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NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

José Enrique Rodó fue un esritor y poeta uruguayo que vivió entre los años 1871 y 1917. Entre sus parábolas se encuentra Hylas, incluida en este proyecto. Esta transcripción intenta evocar la memoria de los buscadores de Hylas que existieron, existen y existirán, con seguridad, en el futuro, y en particular la de José "el Pepe" Mujica, que fue presidente de la Republica Oriental del Uruguay entre los años 2010 y 2015.

En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_ y las palabras en versalitas en MAYÚSCULAS.

La cubierta del libro fue agregada por el transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano, cuando la presente edición de esta obra fue publicada, eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción. El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las regla establecida por la RAE, que indica que las letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se trata únicamente de la mayúscula inicial.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final, ha sido trasladado al principio por el transcriptor.


JOSÉ ENRIQUE RODÓ

PARÁBOLAS



(DE ARIEL, MOTIVOS DE PROTEO, EL MIRADOR
DE PRÓSPERO, NUEVOS MOTIVOS DE PROTEO
Y EL CAMINO DE PAROS)


LECTURA SELECTA
MÉXICO MCMXX

1º de enero de 1920.—TIP. MURGUIA. Av. 16 de Septiembre, 54




ÍNDICE

Pág.
De «Ariel»
El Rey hospitalario 5
De «Motivos de Proteo»
Mirando jugar a un niño 11
La respuesta de Leuconoe 15
El Faro de Alejandría 25
El meditador y el esclavo 29
El barco que parte 33
Ayax 37
El monje Teótimo 41
Los seis peregrinos 47
Hylas 63
La despedida de Gorgias 67
Lucrecia y el mago 77
La pampa de granito 83
De «El Mirador de Próspero»
Sueño de Nochebuena 89
De «Nuevos Motivos de Proteo»
El león y la lágrima 93
De «El Camino de Paros»
La estatua de Cesárea 99

[Pg 5]

EL REY HOSPITALARIO

Era un rey patriarcal, en el Oriente indeterminado e ingenuo donde gusta hacer nido la alegre bandada de los cuentos. Vivía ese reino la candorosa infancia de las tiendas de Ismael y los palacios de Pilos. La tradición le llamó después, en la memoria de los hombres, el rey hospitalario. Inmensa era la piedad del rey. A desvanecerse en ella tendía, como por su propio peso, toda desventura. A su hospitalidad acudían lo mismo por blanco pan el miserable que el alma desolada por el bálsamo de la palabra que acaricia. Su corazón reflejaba, como sensible placa sonora, el ritmo de los otros. Su palacio era la casa del pueblo. Todo era libertad y animación dentro de este augusto recinto, cuya entrada nunca hubo guardas que vedasen. En los abiertos pórticos formaban corro los pastores cuando consagraban a rústicos conciertos sus ocios; platicaban al caer la tarde los ancianos, y frescos grupos de mujeres disponían, sobre trenzados juncos, las flores y racimos de que se componía únicamente el [Pg 6]diezmo real. Mercaderes de Ofir, buhoneros de Damasco, cruzaban a toda hora las puertas anchurosas, y ostentaban en competencia, ante las miradas del rey, las telas, las joyas, los perfumes. Junto a su trono reposaban los abrumados peregrinos. Los pájaros se citaban al mediodía para recoger las migajas de su mesa; y con el alba, los niños llegaban en bandas bulliciosas al pie del lecho donde dormía el rey de la barba de plata y le anunciaban la presencia del sol.—Lo mismo a los seres sin ventura que a las cosas sin alma alcanzaban su liberalidad infinita. La Naturaleza sentía también la atracción de su llamado generoso; vientos, aves, plantas, parecían buscar—como en el mito de Orfeo y en la leyenda de San Francisco de Asís,—la amistad humana en aquel oasis de hospitalidad. Del germen caído al acaso, brotaban y florecían, en las junturas de los pavimentos y de los muros, los alhelíes de las ruinas, sin que una mano cruel los arrancase ni los hollara un pie maligno. Por las francas ventanas se tendían al interior de las cámaras del rey las enredaderas osadas y curiosas. Los fatigados vientos abandonaban largamente sobre el alcázar real su carga de aromas y armonías. Empinándose desde el vecino mar, como si quisieran ceñirle en un abrazo, le salpicaban las olas con su espuma. Y una libertad paradisial, una inmensa[Pg 7] reciprocidad de confianzas, mantenían por dondequiera la animación de una fiesta inextinguible.

Pero dentro, muy dentro; aislada del alcázar ruidoso por cubiertos canales, oculta a la mirada vulgar—como la “perdida iglesia” de Uhland en lo esquivo del bosque—al cabo de ignorados senderos, una misteriosa sala se extendía, en la que a nadie era lícito poner la planta, sino al mismo rey, cuya hospitalidad se trocaba en sus umbrales en la apariencia de escéptico egoísmo. Espesos muros la rodeaban. Ni un eco del bullicio exterior, ni una nota escapada al concierto de la Naturaleza, ni una palabra desprendida de labios de los hombres, lograba traspasar el espesor de los sillares de pórfido y conmover una onda del aire en la prohibida estancia. Religioso silencio velaba en ella la castidad del aire dormido. La luz, que tamizaban esmaltadas vidrieras, llegaba lánguida, medido el paso por una inalterable igualdad, y se diluía, como copo de nieve que invade un nido tibio, en la calma de un ambiente celeste.—Nunca reinó tan honda paz; ni en oceánica gruta, ni en soledad nemorosa.—Alguna vez, cuando la noche era diáfana y tranquila—abriéndose a modo de dos valvas de nácar la artesonada techumbre, dejaba cernerse en su lugar la magnificencia de las sombras serenas. En el [Pg 8]ambiente flotaba como una onda indisipable la casta esencia del nenúfar, el perfume sugeridor del adormecimiento penseroso y de la contemplación del propio ser. Graves cariátides custodiaban las puertas de marfil en la actitud del silenciario. En los testeros, esculpidas imágenes hablaban de idealidad, de ensimismamiento, de reposo.—Y el viejo rey aseguraba que, aun cuando a nadie fuera dado acompañarle hasta allí, su hospitalidad seguía siendo en el misterioso seguro tan generosa y grande como siempre, sólo que los que él congregaba dentro de sus muros discretos eran convidados impalpables y huéspedes sutiles. En él soñaba, en él se libertaba de la realidad, el rey legendario; en él sus miradas se volvían a lo interior y se bruñían en la meditación de sus pensamientos como las guijas lavadas por la espuma; en él se desplegaban sobre su noble frente las blancas alas de Psiquis... Y luego, cuando la muerte vino a recordarle que él no había sido sino un huésped más en su palacio, la impenetrable estancia quedó clausurada y muda para siempre; para siempre abismada en su reposo infinito; nadie la profanó jamás, porque nadie hubiera osado poner la planta irreverente allí donde el viejo rey quiso estar solo con sus sueños y aislado en la última Thule de su alma.

[Pg 9]

Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino interior. Abierto con una saludable liberalidad, como la casa del monarca, confiado a todas las corrientes del mundo, exista en él, al mismo tiempo, la celda escondida y misteriosa que desconozcan los huéspedes profanos y que a nadie más que a la razón serena pertenezca. Sólo cuando penetréis dentro del inviolable seguro, podréis llamaros, en realidad, hombres libres. No lo son quienes, enajenando incesantemente el dominio de sí a favor de la desordenada pasión o el interés utilitario, olvidan que, según el sabio precepto de Montaigne, nuestro espíritu puede ser objeto de préstamo pero no de cesión.—Pensar, soñar, admirar: he ahí los nombres de los sutiles visitantes de mi celda. Los antiguos los clasificaban dentro de su noble inteligencia del ocio, que ellos tenían por el más elevado empleo de una existencia verdaderamente racional, identificándolo con la libertad del pensamiento emancipado de todo innoble yugo. El ocio noble era la inversión del tiempo que oponían, como expresión de la vida superior, a la actividad económica. Vinculado exclusivamente a esa alta y aristocrática idea del reposo su concepción de la dignidad de la vida, el espíritu clásico encuentra su corrección y su complemento en nuestra moderna creencia en la dignidad del trabajo útil; [Pg 10]y entrambas atenciones del alma pueden componer, en la existencia individual, un ritmo, sobre cuyo mantenimiento necesario nunca será inoportuno insistir...

[Pg 11]

MIRANDO JUGAR A UN NIÑO

...A menudo se oculta un sentido
sublime en un juego de niño.

(Schiller: Thecla. Voz de un espíritu).

Jugaba el niño en el jardín de la casa con una copa de cristal que, en el límpido ambiente de la tarde, un rayo de sol tornasolaba como un prisma. Manteniéndola, no muy firme, en una mano, traía en la otra un junco con el que golpeaba acompasadamente en la copa. Después de cada toque, inclinando la graciosa cabeza, quedaba atento, mientras las ondas sonoras, como nacidas de vibrante trino de pájaro, se desprendían del herido cristal y agonizaban suavemente en los aires. Prolongó así su improvisada música hasta que, en un arranque de volubilidad, cambió el motivo de su juego: se inclinó a tierra, recogió en el hueco de ambas manos la arena limpia del sendero y la fué vertiendo en la copa hasta llenarla. Terminada esta obra, alisó, por primor, la arena desigual[Pg 12] de los bordes. No pasó mucho tiempo sin que quisiera volver a arrancar al cristal su fresca resonancia; pero el cristal, enmudecido, como si hubiera emigrado un alma de su diáfano seno, no respondía más que con un ruido de seca percusión al golpe del junco. El artista tuvo un gesto de enojo para el fracaso de su lira. Hubo de verter una lágrima, mas la dejó en suspenso. Miró, como indeciso, a su alrededor; sus ojos húmedos se detuvieron en una flor muy blanca y pomposa, que a la orilla de un cantero cercano, meciéndose en la rama que más se adelantaba, parecía rehuir la compañía de las hojas, en espera de una mano atrevida. El niño se dirigió, sonriendo, a la flor; pugnó por alcanzar hasta ella; y aprisionándola, con la complicidad del viento que hizo abatirse por un instante la rama, cuando la hubo hecho suya la colocó graciosamente en la copa de cristal, vuelta en ufano búcaro, asegurando el tallo endeble merced a la misma arena que había sofocado el alma musical de la copa. Orgulloso de su desquite, levantó, cuan alto pudo, la flor entronizada, y la paseó, como en triunfo, por entre la muchedumbre de las flores.


¡Sabia, candorosa filosofía!—pensé—. Del fracaso cruel no recibe desaliento que dure, ni [Pg 13]se obstina en volver al goce que perdió, sino que las mismas condiciones que determinaron el fracaso, toma la ocasión de nuevo juego, de nueva idealidad, de nueva belleza... ¿No hay aquí un polo de sabiduría para la acción? ¡Ah, si en el transcurso de la vida todos imitáramos al niño! ¡Si ante los límites que pone sucesivamente la fatalidad a nuestros propósitos, nuestras esperanzas y nuestros sueños, hiciéramos todos como él!... El ejemplo del niño dice que no debemos empeñarnos en arrancar sonidos de la copa con que nos embelesamos un día, si la naturaleza de las cosas quiere que enmudezca. Y dice luego que es necesario buscar, en derredor de donde entonces estemos, una reparadora flor, una flor que poner sobre la arena por quien el cristal se tornó mudo... No rompamos torpemente la copa contra las piedras del camino sólo porque haya dejado de sonar. Tal vez la flor reparadora existe. Tal vez está allí cerca. Esto declara la parábola del niño, y toda filosofía viril, viril por el espíritu que la anima, confirmará su enseñanza fecunda.

[Pg 15]

LA RESPUESTA DE LEUCONOE

Soñé una vez que volviendo el gran Trajano de una de sus gloriosas conquistas, pasó por no sé cuál de las ciudades de la Etruria, donde fué agasajado con tanta espontaneidad como magnificencia. Cierto patricio preparó en honor suyo el más pomposo y delicado homenaje que hubiera podido imaginar. Escogió en las familias ciudadanas las más lindas doncellas, y las instruyó de modo que, con adecuados trajes y atributos, formasen una alegórica representación del mundo conocido, donde cada una personificara a determinada tierra, ya romana, ya bárbara, y en su nombre reverenciase al César y le hiciera ofrecimiento de sus dones. Púsose en ensayo este propósito; todo marchaba a maravilla; pero sea que distribuidos los papeles, quedase sin ninguno una aspirante a quien no fuera posible desdeñar, sea que lo exigiese el arreglo y proporción en la manera como debían tejerse las danzas y figuras, ello es que hubo necesidad de aumentar en uno el número de las personas. Se había contado ya con [Pg 16]todos los países del mundo, y se dudaba cómo salvar esta dificultad, cuando el patricio, que era dado a los libros, se dirigió a un estante, de donde tomó un ejemplar de las tragedias de Séneca, y buscando en la “Medea” el pasaje donde están unos versos que hoy son famosos, por el soplo profético que los inspira, habló de la presunción que hacía el poeta de la existencia de una tierra ignorada, que futuras gentes hallarían, yendo sobre el misterioso océano, más allá (añadió el patricio) de donde situó a la sumergida Atlántida, Platón. Este soñado país propuso que fuera el que completase el cuadro, ya que faltaba otro. Poco apetecible destino parecía ser el de representar a una tierra de que nada podía afirmarse, ni aun su propia existencia, mientras que todas las demás daban ocasión para lucir pintorescos y significativos atributos, y para que se las loase, o se las diferenciase cuando menos, en elocuentes recitados. Pero hubo quien, renunciando al papel que ya tenía atribuido, reclamó el humilde oficio para sí. Era la más joven de todas y la llamaban Leuconoe. No se halló el modo de caracterizar, con apropiadas galas, su parte, y se acordó que no llevara más que un traje blanco y aéreo, como una página donde no se ha sabido qué poner... Llegado el día, realizóse la fiesta, y noblemente [Pg 17]personificadas las tierras desfilaron ante el señor del mundo, después de concertarse en variadas danzas de artificio, y cada una de ellas le dedicó sus ofrendas.

Presentóse, primero que ninguna, Roma, en forma casi varonil; éste era el modo de hermosura de la que llevaba sus colores; el andar, de diosa; el imperio en el modo de mirar; la majestad en cada actitud y cada movimiento. Ofreció el orbe por tributo; y la siguió, como madre que viene después de la hija, por ser ésta soberana, Grecia, coronada de mirto. Lo que dijo de sí, sólo podría abreviarse en lápida de mármol. Italia vino luego. Habló de la gracia esculpida, en suaves declives, sobre un suelo que dora el sol, al son armónico del aire. Celebró su feracidad; aludió al trigo de Campania, al óleo de Venafro, al vino de Falerno. La rubia Galia, depuesto el primitivo furor, mostró, colmadas de pacíficos frutos, las corrientes del Saona y el Ródano. Iberia presentó sus rebaños, sus trotones, sus minas. Ceñida de bárbaros arreos, se adelantó Germania, e hizo el elogio de las pieles espesas, el ámbar transparente, y los gigantes de ojos azules cazados para el circo en la espesura de la Carbonaria y de la Hircinia. Bretaña dijo que en sus Casitérides había el metal de que toman su firmeza los bronces. La Iliria, famosa por sus abundantes cosechas; [Pg 18]la Tracia, que cría caballos raudos como el viento; la Macedonia, cuyos montes son arcas de ricos minerales, rindieron sus tesoros; y se acercó tras ellas la postrera Thule, que ofreció juntos fuego y nieve, con la fianza de Pythéas. Llegó el turno de las tierras asiáticas; y en cuerpo de faunesca hermosura, la Siria habló de los laureles de Dafne y los placeres de Antioquía. El Asia Menor reunió en doble tributo los esplendores del Oriente con las gracias de Jonia, tendiendo entre ambas ofrendas la flauta frigia, como cruz de balanza. Se ufanó Babilonia con el resplandor de sus recuerdos. La Persia, madre de los frutos de Europa, brindó semillas de generosa condición. Grande estuvo la India cuando pintó montañas y ríos colosales, cuando invocó las piedras fúlgidas, el algodón, el marfil, la pluma de los papagayos, las perlas; cuando nombró cien plantas preciosas: el ébano, que ensalzó Virgilio; el amono y el malabatro, braseros de raros perfumes; el árbol milagroso cuyo fruto hace vivir doscientos años... La Palestina ofreció olivos y viñedos. Fenicia se glorió de su púrpura. La región sabea, de su oro. Mesopotamia hizo mención de los bosques espesísimos donde Alejandro cortó las tablas de sus naves. El país de Sérica cifró su orgullo en una tela primorosa; y Taprobana, que remece el doble monzón, en la fragante canela.[Pg 19] Vinieron luego los pueblos de la Libia. Presidiéndolos llegó el Egipto multisecular; habló de sus pirámides, de sus esfinges y colosos; del despertar mejor de su grandeza, en una ciudad donde una torre iluminada señala el puerto a los marinos. La Cirenaica dijo el encanto de su serenidad, que hizo que fuese el lecho a donde iban a morir los epicúreos. Cartago, a quien realzara Augusto de las ruinas, se anunció llamada a esplendor nuevo. La Numidia expuso que daba mármoles para los palacios; fieras para las theriomaquias y las pompas. La Etiopía afirmó que en ella estaban el país del cinamomo, el de la mirra, los enanos de un pigmo y los macrobios de mil años. Las Fortunadas, fijando el término de lo conocido, recordaron que en su seno esperaba a las almas de los justos la mansión de la eterna felicidad.

Por último, con suma gracia y divino candor, llegó Leuconoe. En nada aparentaba formar parte de la viviente y simbólica armonía. No llevaba sino un traje blanco y aéreo, como una página donde no se ha sabido qué poner... En aquel instante, nadie la envidiaba, por más que luciese su hermosura. El César preguntó la razón de su presencia, y se extrañó, cuando lo supo, viéndola tan mal destinada y tan hermosa.

—Leuconoe—dijo, con una benévola ironía—:[Pg 20] no te ha tocado un gran papel. Tu poca suerte quiso que la realidad concluyera en manos de las otras, y he aquí que has debido contentarte con la ficción del poeta... Admiro tu dulce conformidad, y me complace tu homenaje, puesto que eres hermosa. Pero ¿qué bien me dirás de la región que representas, si has de evitar el engañarme?... ¿Qué me ofreces de allí? ¿Qué puedes afirmar que haya en tu tierra de quimera?

—¡Espacio!—dijo con encantadora sencillez, Leuconoe.

Todos sonreían.

—Espacio...—repitió el César—. ¡Es verdad! Sea desapacible o risueña, estéril o fecunda, espacio habrá en la tierra incógnita, si existe; y aun cuando ella no exista, y allí donde la finge el poeta sólo esté el mar, o acaso el vacío pavoroso, ¿quién duda que en el mar o en el vacío habrá espacio?... Leuconoe—prosiguió con mayor animación—: tu respuesta tiene un alto sentido. Tiene, si se la considera, más de uno. Ella dice la misteriosa superioridad de lo soñado sobre lo cierto y tangible, porque está en la humana condición que no haya bien mejor que la esperanza, ni cosa real que se aventaje a la dulce incertidumbre del sueño. Pero, además, encierra tu respuesta una hermosa consigna para nuestra voluntad, un brioso estímulo [Pg 21]a nuestro denuedo. No hay límite en donde acabe para el fuerte el incentivo de la acción. Donde hay espacio, hay cabida para nuestra gloria. Donde hay espacio, hay posibilidad de que Roma triunfe y se dilate.

Dijo el César; arrancó de su pecho una gruesa esmeralda que allí estaba de broche, y era de las que el Egipto produce mayores y más puras; y prendiéndola al seno de la niña, la dejó, como un fulgor de esperanza, sobre la estola, toda blanca, mientras terminaba diciendo:

—¡Sea el premio para la región desconocida; sea el premio para Leuconoe!


Espacio, espacio, es lo que te queda, después que la esperanza con color y figura, y el ideal concreto, y la fuerza o aptitud de calidad conocida, te abandonaron en mitad del camino. Espacio: mas no ése, donde el viento y el pájaro se mueven más arriba que tú y con alas mejores; sino dentro de ti, en la inmensidad de tu alma, que es el espacio propio para las alas que tú tienes. Allí queda infinita extensión por conquistar mientras dura la vida: extensión siempre capaz de ser conquistada, siempre merecedora de ser conquistada... Imaginar que no hay en ti más que lo que ahora percibes con la trémula luz de tu conciencia, [Pg 22]equivale a pensar que el océano acaba allí donde la redondez de la esfera lo sustrae al alcance de tus ojos. Incomparablemente más vasto es el océano que la visión de los ojos; incomparablemente más hondo nuestro ser que la intuición de la conciencia. Lo que de él está en la superficie y a la luz, es comúnmente, no ya una escasa parte, sino la parte más vulgar y más mísera. Dame acertar con la ocasión y yo sacaré de ti fuerzas que te maravillen y agiganten. Tu languidez de ánimo, tu desesperanza y sentimiento como de vacío interior, no son distintos de los de miles de almas electas, en las vísperas de la transfiguración que las sublimó a la excelsa virtud, o a la invención genial, o al heroísmo. Si veinte horas antes de consagrarse héroe el héroe, apóstol el apóstol, inventor el inventor, o de tender resuelta y eficazmente a hacerlo, hubiérales anunciado un zahorí de corazones su destino inminente, ¡cuántas veces no se hubieran encogido de hombros o sonreído con amarga incredulidad! Dame la ocasión y yo te haré grande; no porque infunda en ti lo que no hay en ti, sino porque haré brotar y manifestarse lo que tu alma tiene oculto. De afuera pueden auxiliarte cateadores y picos; pero en ti sólo está la mina. La ocasión es como el artista pintor de quien dijo originalmente uno [Pg 23]que lo era: no crea el pintor su cuadro, sino que se limita a descorrer los velos que impedían verlo mientras la tela estaba en blanco. Hallar y traer al haz del alma esa ignorada riqueza: tal es tu obra y la de cada uno. Derramar luz dentro de sí por la observación interior y la experiencia: tal es el medio de abrir camino a la ocasión dichosa, que vendrá traída por el movimiento de la realidad. Empeño difícil éste de conocerse—¿quién lo duda?—y expuesto a mil engaños. Pero ¿no vale todos los tesoros de la voluntad el término que quien lo acomete se propone? ¿Hay cosa que te interese más que descubrir lo que está en ti y en ninguna parte sino en ti: tierra que para ti sólo fué creada; América cuyo único descubridor posible eres tú mismo, sin que puedas temer, en tu designio gigante, ni émulos que te disputen la gloria, ni conquistadores que te usurpen el provecho?

[Pg 25]

EL FARO DE ALEJANDRÍA

El primero y más grande de los Tolomeos se propuso levantar, en la isla que tiene a su frente Alejandría, alta y soberbia torre, sobre la que una hoguera siempre viva fuese señal que orientara al navegante y simbolizase la luz que irradiaba de la ilustre ciudad. Sóstrato, artista capaz de un golpe olímpico, fué el llamado para trocar en piedra aquella idea. Escogió blanco mármol; trazó en su mente el modelo simple, severo y majestuoso. Sobre la roca más alta de la isla echó las bases de la fábrica, y el mármol fué lanzado al cielo mientras el corazón de Sóstrato subía de entusiasmo tras él. Columbraba allá arriba, en el vértice que idealmente anticipaba, la gloria. Cada piedra, un anhelo; cada forma rematada, un deliquio. Cuando el vértice estuvo, el artista, contemplando en éxtasis su obra, pensó que había nacido para hacerla. Lo que con genial atrevimiento había creado, era el Faro de Alejandría, que la antigüedad contó entre las siete maravillas del mundo. Tolomeo, después de admirar[Pg 26] la obra del artista, observó que faltaba al monumento un último toque, y consistía en que su nombre de rey fuera esculpido, como sello que apropiase el honor de la idea, en encumbrada y bien visible lápida. Entonces Sóstrato, forzado a obedecer, pero celoso en su amor por el prodigio de su genio, ideó el modo de que en la posteridad, que concede la gloria, fuera su nombre y no el del rey el que leyesen las generaciones sobre el mármol eterno. De cal y arena compuso para la lápida de mármol una falsa superficie, y sobre ella extendió la inscripción que recordaba a Tolomeo; pero debajo, en la entraña dura y luciente de la piedra, grabó su propio nombre. La inscripción, que durante la vida del mecenas fué engaño de su orgullo, marcó luego las huellas del tiempo destructor; hasta que un día, con los despojos del mortero, voló, hecho polvo vano el nombre del príncipe. Rota y aventada la máscara de cal, se descubrió, en lugar del nombre del príncipe, el de Sóstrato, en gruesos caracteres, abiertos con aquel encarnizamiento que el deseo pone en la realización de lo prohibido. Y la inscripción vindicadora duró cuanto el mismo monumento; firme como la justicia y la verdad; bruñida por la luz de los cielos en su campo eminente; no más sensible que a la mirada de los hombres, al viento y a la lluvia.

[Pg 27]


Un arranque de sinceridad y libertad que te lleve al fondo de tu alma, fuera del yugo de la imitación y la costumbre, fuera de la sugestión persistente que te impone modos de pensar, de sentir, de querer, que son como el ritmo isócrono del paso del rebaño, puede hacer en ti lo que la obra justiciera del tiempo verificó en la inscripción de la torre de Alejandría. Deshecho en polvo leve, caerá de la superficie de tu alma cuanto es allí vanidad, adherencia, remedo; y entonces, acaso por primera vez, conocerás la verdad de ti mismo. Despertarás como de un largo sueño de sonámbulo. Tu hastío y agotamiento son quizá, cual los de muchos otros, cosa de la personalidad ficticia con que te vistes para salir al teatro del mundo: es ella la que se ha vuelto en ti incapaz de estímulo y reacción. Pero por bajo de ella reposan, frescas y límpidas, las fuentes de tu personalidad verdadera, la que es toda de ti; apta para brotar en vida, en alegría, en amor, si apartas la endurecida broza que detiene y paraliza su ímpetu. Allí está lo tuyo y allí y no en el esquilmado campo que ahora alumbra el resplandor de tu conciencia. ¿Por qué llamas tuyo lo que siente y hace el espectro que hasta este instante usó de tu mente para pensar, de tu lengua [Pg 28]para articular palabras, de tus miembros para agitarse en el mundo, cuyo autómata es, cuyo dócil instrumento es, sin movimiento que no sea reflejo, sin palabra que no sea eco sumiso? ¡Ése no eres ! ¡Ése que roba tu nombre no eres ! ¡Ése no es sino una vana sombra que te esclaviza y te engaña, como aquélla otra que, mientras duermes, usurpa el sitio de tu personalidad e interviene en desatinadas ficciones, bajo la bóveda de tu frente!

[Pg 29]

EL MEDITADOR Y EL ESCLAVO

Pasó que, huésped en una casa de campo de Megara, un prófugo de Atenas, acusado de haber pretendido llevarse bajo el manto, para reliquia de Sócrates, la copa en que bebían los reos la cicuta, se retiraba a meditar, al caer las tardes, a lo esquivo de extendidos jardines, donde sombra y silencio consagraban un ambiente propicio a la abstracción. Su gesto extático algo parecía asir en su alma: dócil a la enseñanza del maestro, ejercitaba en sí el desterrado la atención del conocimiento propio.

Cerca de donde él meditaba, sobre un fondo de sauces melancólicos, un esclavo, un vencido de Atenas misma o de Corinto, en cuyo semblante el envilecimiento de la servidumbre no había alcanzado a desvanecer del todo un noble sello de naturaleza, se ocupaba en sacar agua de un pozo para verterla en una acequia vecina. Llegó ocasión en que se encontraron las miradas del huésped y el esclavo. Soplaba el viento de la Libia, producidor de fiebres y congojas.[Pg 30] Abrasado por su aliento, el esclavo, después de mirar cautelosamente en derredor, interrumpió su tarea, dejó caer los brazos extenuados, y abandonando sobre el brocal de piedra, como sobre su cruz, el cuerpo flaco y desnudo:—“Compadéceme, dijo al pensador, compadéceme si eres capaz de lágrimas, y sabe, para compadecerme bien, que ya apenas queda en mi memoria rastro de haber vivido despierto, sino es en este mortal y lento castigo. ¡Ve cómo el surco de la cadena que suspendo, abre las carnes de mis manos; ve cómo mis espaldas se encorvan! Pero lo que más exacerba mi martirio es que, cediendo a una fascinación que nace del tedio y el cansancio, no soy dueño de apartar la mirada de esta imagen de mí que me pone delante el reflejo del agua cada vez que encaramo sobre el brocal el cubo del pozo. Vivo mirándola, mirándola, más petrificado, en realidad, que aquella estatua cabizbaja de Hipnos, porque ella sólo a ciertas horas de sol tiene los ojos fijos en su propia sombra. De tal manera conocí mi semblante casi infantil, y veo hoy esta máscara de angustia, y veré cómo el tiempo ahonda en la máscara las huellas de su paso, y cómo se acercan y la tocan las sombras de la muerte... Sólo tú, hombre extraño, has logrado desviar algunas veces la atención de mis ojos con tu actitud y tu ensimismamiento de [Pg 31]esfinge. ¿Sueñas despierto? ¿Maduras algo heroico? ¿Hablas a la callada con algún dios que te posee?... ¡Oh, cómo envidio tu concentración y tu quietud! Dulce cosa debe de ser la ociosidad que tiene espacio para el vagar del pensamiento!”—“No son éstos los tiempos de los coloquios con los dioses, ni de las heroicas empresas, (dijo el meditador); y en cuanto a los sueños deleitosos, son pájaros que no hacen nido en cumbres calvas... Mi objeto es ver dentro de mí... Quiero formar cabal idea y juicio de éste que soy yo, de éste por quien merezco castigo o recompensa...; y en tal obra me esfuerzo y peno más que tú. Por cada imagen tuya que levantas de lo hondo del pozo, yo levanto también de las profundidades de mi alma una imagen nueva de mí mismo; una imagen contradictoria con la que la precedió, y que tiene por rasgo dominante un acto, una intención, un sentimiento, que cada día de mi vida presenta, como cifra de su historia, al traerle al espejo de la conciencia bruñida por la soledad; sin que aparezca nunca el fondo estable y seguro bajo la ondulación de estas imágenes que se suceden. He aquí que parece concretarse una de ellas en firmes y precisos contornos; he aquí que un recuerdo súbito la hiere, y como las formas de las nubes, tiembla y se disipa. Alcanzaré al extremo de la ancianidad; no alcanzaré [Pg 32]al principio de la ciencia que busco. Desagotarás tu pozo; no desagotaré mi alma. ¡Ésta es la ociosidad del pensamiento!...” Llegó un rumor de pasos que se aproximaban; volvió el esclavo a su faena, el desterrado a lo suyo; y no se oyó más que la áspera quejumbre de la garrucha del pozo, mientras el sol de la tarde tendía las sombras alargadas del meditador y el esclavo, juntándolas en un ángulo cuyo vértice tocaba al pie de la estatua cabizbaja de Hipnos.

[Pg 33]

EL BARCO QUE PARTE

Mira la soledad del mar. Una línea impenetrable la cierra, tocando al cielo por todas partes menos aquélla en que el límite es la playa. Un barco, ufano el porte, se aleja, con palpitación ruidosa, de la orilla. Sol declinante; brisa que dice “¡vamos!”; mansas nubes. El barco se adelanta, dejando una huella negra en el aire, una huella blanca en el mar. Avanza, avanza, sobre las ondas sosegadas. Llegó a la línea donde el mar y el cielo se tocan. Bajó por ella. Ya sólo el alto mástil aparece; ya se disipa esta última apariencia del barco. ¡Cuán misteriosa vuelve a quedar ahora la línea impenetrable! ¿Quién no la creyera, allí donde está, término real, borde de abismo? Pero tras ella se dilata el mar, el mar inmenso; y más hondo, más hondo, el mar inmenso aún; y luego hay tierras que limitan, por el opuesto extremo, otros mares; y nuevas tierras, y otras más, que pinta el sol de los distintos climas y donde alientan variadas castas de hombres: la estupenda extensión de las tierras [Pg 34]pobladas y desiertas, la redondez sublime del mundo. Dentro de esta inmensidad, hállase el puerto para donde el barco ha partido. Quizás, llegado a él, tome después caminos diferentes entre otros puntos de ese campo infinito, y ya no vuelva nunca, cual si la misteriosa línea que pasó fuese de veras el vacío en donde todo acaba...

Pero he aquí que, un día, consultando la misma línea misteriosa, ves levantarse un jirón flotante de humo, una bandera, un mástil, un casco de aspecto conocido... ¡Es el barco que vuelve! Vuelve, como el caballo fiel a la dehesa. Acaso más pobre y leve que al partir; acaso herido por la perfidia de la onda; pero acaso también, sano y colmado de preciosas cosechas. Tal vez, como en alforjas de su potente lomo, trae el tributo de los climas ardientes: aromas deleitables, dulces naranjas, piedras que lucen como el sol, o pieles suaves y vistosas. Tal vez, a trueque de las que llevaba, trae gentes de más sencillo corazón, de voluntad más recia y brazos más robustos. ¡Gloria y ventura al barco! Tal vez, si de más industriosa parte procede, trae los forjados hierros que arman para el trabajo la mano de los hombres; la tejida lana; el metal rico, en las redondas piezas que son el acicate del mundo; tal vez trozos de mármol y de bronce, a que el arte humano infundió[Pg 35] el soplo de la vida, o mazos de papel donde, en huellas de diminutos moldes, vienen pueblos de ideas. ¡Gloria, gloria y ventura, al barco!


Fija tu atención, por breve espacio, un pensamiento; lo apartas de ti, o él se desvanece por sí mismo; no lo divisas más; y un día remoto reaparece a pleno sol de tu conciencia, transfigurado en concepción orgánica y madura, en convencimiento capaz de desplegarse con toda fuerza de dialéctica y todo ardimiento de pasión.

Nubla tu fe una leve duda; la ahuyentas, la disipas; y cuando menos la recuerdas, torna de tal manera embravecida y reforzada, que todo el edificio de tu fe se viene, en un instante y para siempre, al suelo.

Lees un libro que te hace quedar meditabundo; vuelves a confundirte en el bullicio de las gentes y las cosas; olvidas la impresión que el libro te causó; y andando el tiempo, llegas a averiguar que aquella lectura, sin tú removerla voluntaria y reflexivamente, ha labrado de tal modo dentro de ti, que toda tu vida espiritual se ha impregnado de ella y se ha modificado según ella.

Experimentas una sensación; pasa de ti; [Pg 36]otras comparecen que borran su dejo y su memoria, como una ola quita de la playa las huellas de la que la precedió; y un día que sientes que una pasión, inmensa y avasalladora, rebosa de tu alma, induces que de aquella olvidada sensación partió una oculta cadena de acciones interiores, que hicieron de ella el centro obedecido y amparado por todas las fuerzas de tu ser: como ese tenue rodrigón de un hilo, a cuyo alrededor se ordenan dócilmente las lujuriosas pompas de la enredadera.

Todas estas cosas son el barco que parte, y desaparece, y vuelve cargado de tributos.

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AYAX

Florecía el jacinto en los prados de Laconia y a márgenes del Tíber, y había una especie de él cuya flor tenía estampados, sobre cada uno de los pétalos, dos signos de color obscuro. El uno imitaba el dibujo de una “alfa”; el otro el de una “i” griega. La imaginación antigua se apropió de esto como de toda singularidad y capricho de las cosas. En la égloga tercera de Virgilio, Menalcas propone, por enigma, a Palemón, cuál es la flor que lleva escrito un nombre augusto. Alude a que con las dos letras del jacinto da comienzo el nombre de Ayax, el héroe homérico que envuelto por la niebla en densas sombras, pide a los dioses luz, sólo luz, para luchar, aun cuando sea contra ellos. En tiempos en que Roma congregaba todas las filosofías, vivió en ella Lupercio, geómetra y filósofo. De un amor juvenil tuvo Lupercio una hija a quien dió el nombre de Urania y educó en la afición de la sabiduría. Imaginémonos a Hipatia en un albor de adolescencia: candorosa alma de invernáculo sobre la [Pg 38]cual los ojos habían reflejado tan intensamente la luz que parte de las ideas increadas y baña la tersa faz de los papiros, como poco y en reducido espacio la luz real que el sol derrama sobre la palpitación de la Naturaleza. Nada sabía del campo. Cierto día, una ráfaga que vino de lo espontáneo y misterioso de los sentimientos, llamóla a conocer la agreste extensión. Dejó su encierro. Desentumida el alma por el contento de la fuga, vió extenderse ante sí, bajo la frescura matinal, el Agro romano. La tierra sonreía, toda llena de flores. Junto a una pared en ruina el manso viento mecía unas de color azul, que fueron gratas a Urania. Eran seis, dispuestas en espiga a la extremidad de esbelto bohordo, cuya graciosa cimbra arrancaba de entre hojas comparables a unos glaucos puñales. Urania se inclinó sobre las flores de jacinto; y más que con la suavidad de su fragancia, se embelesó con aquellas dos letras, que provocaron en su espíritu la ilusión de una Naturaleza sellada por los signos de la inteligencia. Aún fué mayor su hechizo al columbrar que, como impresión de la idea soberana, era el nombre de Ayax el que estaba así desparramado sobre lo más limpio y primoroso de la corteza del mundo; segura prenda—pensó—de que, por encima de los dioses, resplandece la luz que Ayax pidió para vencerlos... Pero las flores no tenían sino dos [Pg 39]letras de aquel nombre, y en Urania dominaba un concepto sobrado ideal del orden infinito para creer que, una vez el nombre comenzado por mano de la Naturaleza, hubiera podido quedar, como en aquellas flores, inconcluso. Ocurrió en vano a nuevos bohordos de jacinto. Quizás, las letras que faltaban se hallarían sobre las hojas de otras flores. Grande era lo visible del campo, y en toda su extensión variadas flores lo esmaltaban. Buscando las letras terminales aventuróse Urania campo adentro. Miró en las margaritas, mártires diezmadas por las ruedas y el casco; en las rojinegras amapolas; en los narcisos, que guardan oro entre la nieve; en los pálidos lirios, en las violetas, amigas de la esquividad; llegó a la orilla de una charca donde frescos nenúfares mentían imágenes del sueño de la onda dormida. Todo en vano... Tanto se había obstinado en la búsqueda que ya se aproximaba la noche. Contó su cuita a un boyero que recogía su hato, y él se rió de su candor. Cansada, y triste con la decepción que desvanecía su sueño de una Naturaleza sellada por las cifras de las ideas, volvió el paso a la ciudad, que extendía, frente adonde se había abismado el sol, su sombra enorme.

Este fué el día de campo de Urania. En presencia de los destinos incompletos; de la risueña vida cortada en sus albores, del bien que promete[Pg 40] y no madura, ¡quién no ha experimentado alguna vez el sentimiento con que se preguntaba Urania cómo la Naturaleza pudo no completar en ninguna parte el nombre de Ayax, habiendo impreso las dos primeras letras en la corola del jacinto!...

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EL MONJE TEÓTIMO

LA EMANCIPACIÓN PERSONAL Y LA SOLEDAD

Para burlar la sugestión del ambiente en que se vive y reivindicar la libertad interior, apartándose de él, hay dos modos de apartamiento: los viajes y la soledad. En rigor, los dos son necesarios; y una vida bien ordenada a los fines de su renovación perseverante y eficaz, sabrá conceder lugar dentro de sí a períodos de incomunicación respecto de la sociedad que sea habitualmente la suya, distribuyéndolos con sabiduría entre el recurso de la soledad y el de los viajes.—La soledad es escudo diamantino, sueño reparador, bálsamo inefable, en ciertas situaciones de alma y por determinado espacio de tiempo. Pero como medio único y constante de asegurar la plenitud de la personalidad contra las opresiones y falacias del mundo, marra la soledad, porque le faltan: un instrumento eficacísimo con que desenvolver el contenido de nuestra conciencia: la acción, y una preciosa [Pg 42]alianza a quien fiar lo que no logre consumar de su obra: la simpatía. Sólo el sacudimiento de la acción es apto para traer a la superficie del alma todo lo que en el fondo de ésta hay pesado e inerte; y sólo el estímulo de la simpatía alcanza a corroborar y sostener nuestra reacción espontánea hasta el punto que se requiere para emanciparse firmemente de los vínculos de la preocupación y la costumbre. La soledad continua ampara y fomenta conceptos engañosos, no sólo en cuanto a la realidad exterior, de cuya percepción nos aparta, sino también en cuanto a nosotros mismos, sugiriéndonos quizás, sobre nuestro propio ser y nuestras fuerzas, figuraciones que luego, al más leve tropiezo con la realidad, han de trocarse en polvo, porque no se las valoró en las tablas de la comparación con los demás, ni se las puso a prueba en las piedras de toque de la tentación y de la lucha.

EL MONJE TEÓTIMO

Acaso nunca ha habido anacoreta que viviese en tan desapacible retiro como Teótimo, monje penitente, en alturas más propias que de penitentes, de águilas. Tras de placer y gloria, gustó lo amargo del mundo; debió su conversión al dolor; buscó un refugio, bien [Pg 43]alto, sobre la vana agitación de los hombres, y le eligió donde la montaña era más dura, donde la roca era más árida, donde la soledad era más triste. Cumbres escuetas, de un ferruginoso color, cerraban en reducido espacio el horizonte. El suelo era como gigantesca espalda desnuda: ni árboles, ni aun rastreras matas en él. A largos trechos se abría en un resalte de la roca una concavidad que semejaba negra herida, y en una de ellas halló Teótimo su amparo. Todo era inmóvil y muerto en la extensión visible, a no ser un torrente que precipitaba su escaso raudal por cauce estrecho, fingiendo llantos de la roca, y las águilas que solían cruzarse entre las cimas. En esta espantosa soledad clavó Teótimo su alma, como el jirón de una bandera destrozada en lides del mundo, para que el viento de Dios la limpiase de la sangre y el cieno. Bien pronto, casi sin luchas de tentación y sin nostálgicas memorias, la gracia vino a él, como el sueño al cuerpo vencido del cansancio. Logró la entera sumersión del pecho en el amor de Dios; y al paso que este amor crecía, un sentimiento intenso, lúcido, de la pequeñez humana, se concretaba dentro de él, en este diamante de la gracia: la más rendida y congojosa humildad. De las cien máscaras del pecado tomó en mayor aborrecimiento a la soberbia, que por ser primera en el tiempo que las otras, [Pg 44]antes que máscara del pecado le pareció su semblante natural. Y sobre la roca yerma y desolada, frente al adusto silencio de las cumbres, Teótimo vivió sin otros pensamientos que el de la única grandeza velada allí tras la celeste bóveda que sólo en reducida parte veía, y el de su propia pequeñez e indignidad.

Pasaron años de esta suerte; largos años durante los cuales la conciencia de Teótimo sólo reflejó de su alma imágenes de abatimiento y penitencia. Si acaso alguna duda de la constancia de su piedad humilde le amargaba, ella nacía del extremo de su misma humildad. Fué condición que Teótimo había puesto en su voto ir, una vez que pasase determinado tiempo de retiro, a visitar la tumba de sus padres y volver luego, para siempre, al desierto. Cumplido el plazo, tomó el camino del más cercano valle. La montaña perdía, en lo tendido de su falda, parte de su aridez, y algunas matas, rezagadas de vegetación más copiosa, interrumpían lo desnudo del suelo. Teótimo se sentó a descansar junto a una de ellas. ¿Cuántos años hacía que no posaba los ojos en una flor, en una rama, en nada de lo que compone el manto alegre y undoso colgado de los hombros del mundo?... Miró a sus pies y vió una blanca florecilla que nacía de un tallo acamado sobre el césped; trémula y como medrosa, con el soplo del aura. [Pg 45]Era de una gracia suave, tímida, sin hermosura, sin aroma... Teótimo, que reparó en ella sin quererlo, se puso a contemplarla con tranquilo deleite. Mientras notaba la sencilla armonía de sus hojuelas blancas, el ritmo de sus movimientos, la gracia de su debilidad, una idea súbita nació de la contemplación de Teótimo. ¡También cuidaba el cielo de aquella tierna florecilla; también a ella destinaba un rayo de su amor, de su complacencia en la obra que vió buena!... Y esta idea no era en él grata, afectuosa, dulcemente conmovida, como acaso la tuvimos nosotros. Era amarga, y promovía dentro de su pecho como una hesitante rebelión. Sobre la roca yerma y desolada nunca había nublado su humildad el pensamiento que ahora le inquietaba. ¿Todo el amor de Dios no era entonces para el alma del hombre? ¿El mundo no era el yermo sobre el cual, única flor, flor de espinoso cardo, el alma humana se entreabría sabedora de no merecer la luz del cielo, pero sola en gozar del beneficio de esta luz? Vano fué que luchara por quitar los ojos del alma de este obstinado pensamiento, porque él volvía a presentársele cual si lo empujase a la claridad de la conciencia de Teótimo una tenaz persecución. Y tras él sentía el eremita venir de lo hondo de su ser un rugido cada vez más cercano... un rugido cada vez más siniestro... [Pg 46]un rugido cuyo son conocía, y que brotaba de unas fauces que creyó mortalmente secas en su alma. Bastó una débil florecilla para que el monstruo oculto, la soberbia apostada tras la ilusión de la humildad, dejase con avasallador empuje su guarida... Bajo la alegre bondad de la mañana, mientras tocaba en su pecho un rayo de sol, Teótimo, torvo y airado puso el pie sobre la flor indefensa.

[Pg 47]

LOS SEIS PEREGRINOS

DOS DISTINTAS ESPECIES DE ALMAS ENTUSIASTAS

Grande es la unidad que enlaza todas las partes de nuestra existencia bajo una idea soberana; pero más bella y fecunda, si, poniendo a prueba la extensión de su fuerza ordenadora, se diversifica por la flexibilidad y la amplitud. Dentro de toda comunión, de toda fe, de toda sociedad ideal, es fácil distinguir dos especies de almas sinceras y entusiastas. Hay el entusiasta inflexible, alma monocorde y austera; y hay aquél cuyo entusiasmo asume las múltiples formas de la vida, y consiente, generoso con su riqueza de amor, otros objetos de atención y de deseo que el que preferentemente se propone. De aquella pasta están hechos el estoico y el asceta, el puritano y el jansenista; de ésta, los espíritus amplios, comunicativos y curiosos, sin mengua de su fidelidad inquebrantable ni su férvida consagración. De los unos y de los otros, es decir, de los perseverantes, de los entusiastas,[Pg 48] de los creyentes, y sólo de ellos es el secreto de la acción; pero la más alta forma de la perseverancia, del entusiasmo y de la fe, es su aptitud para extenderse y transformarse, sin desleirse ni desnaturalizarse.

LOS SEIS PEREGRINOS

Cuentan leyendas que no están escritas, que Endimión, no el que recibió favores de Diana, sino un evangelista de quien nada sabe la historia, recorría, después de doctrinado en Corinto por Pablo de Tharso, las islas del Archipiélago. En una ciudad pequeña de la Eubea, su palabra tocó el corazón de seis jóvenes paganos que formaron un grupo lleno de adhesión hacia él, no menos que de fe pura y sencilla. Esta comunidad naciente vivió, durante cierto tiempo, en la intimidad afectuosa con que la vida de las iglesias primitivas imitaba los lazos fraternales. Un día, un día del Señor, en la expansión cordial de la cena, maestro y discípulos fueron heridos de un pensamiento que les pareció una vocación: partirían a propagar la buena nueva siguiendo la ruta de Alejandro; soldados de una mansa conquista, llegarían sobre las huellas del conquistador, hasta donde el cielo quisiera; pero juraban que no se detendría, falta de impulso, la divina palabra, en tanto[Pg 49] que uno solo de sus propagadores quedara, con vida y libertad, sobre el camino que por ellos sería, otra vez y con más pureza, glorioso.

La fe, radiante, ofuscaba la temeridad de la intención. Aún no estaba formulada la idea, y ya la impaciencia por la acción y la gloria hacía aletear las voluntades. Pero como Endimión, el maestro, necesitaba completar, ante todo, su viaje por la isla, convinieron que, pasado el término que para ello se consideraba menester, él y sus seis discípulos se encontrarían en un vecino puerto, desde donde atravesarían el mar para emprender la ruta soñada.

El tiempo transcurrió para todos como en el éxtasis de una visión. Llegaron los días de la cita. Una mañana alegre, apenas provistos de pan y frutas los zurrones, en la dirección de la marcha un claro sol, y dentro de sí, como la mano de Dios en el timón del alma, el entusiasmo, los seis amigos partieron a reunirse al maestro.

Corría, suavísimo y opulento, el otoño. La Naturaleza parecía concertar con la felicidad de los viajeros sus galas; diríase que de cada cosa del camino nacía una bendición para ellos. Sintiéndola, recogiéndola en su corazón, se regocijaban y hacían sonar todo el tesoro de su sueño[Pg 50] en joviales coloquios, cuando de improviso distrajeron su interés unos lastimeros ayes que venían de unas breñas cercanas. Dirigiéronse allí, y viendo tendido entre las zarzas a un pastor que se desangraba, herido acaso por los lobos, se aproximaron a valerle. Sólo uno de los seis, Agenor, laconio enjuto y pálido, de grandes ojos absortos, había permanecido indiferente, desde el primer momento, a los ayes, atribuyéndolos a uno de los mil rumores del viento, y extraño a todo lo que no fuese la idea sublime a cuya ejecución se encaminaban; en la impaciencia de ver convertirse en realidad las imágenes deslumbradoras de su sueño, se había negado a desviarse y a esperar que se satisficiera la curiosidad de sus amigos. Agenor siguió adelante, adelante, como en el ciego ímpetu de una fascinación.

Ellos, en tanto, después de haber lavado y vendado con jirones de sus propias ropas las heridas del rústico, le condujeron a su choza, que descollaba a cierta distancia, sobre una ladera donde se columbraban restos dispersos del hato. Allí, prolongando sus cuidados, les sorprendió la noche. Cuando, abriendo la aurora, llegó el momento de partir, he aquí que Nearco, otro de los seis compañeros, permaneció apartado y melancólico, con el aire de quien no se resuelve a hacer una confidencia dolorosa. Instáronle los [Pg 51]demás a confesar lo que sentía.—Sabéis—dijo Nearco—que, desde que este episodio nos obligó a alterar por compasión el rumbo que llevábamos, me entró en el alma la duda de la inoportunidad de nuestra empresa, y oí una voz interior que me decía: “Si hay tanto y tan desamparado dolor, tanto abandono y tanta impiedad cerca de nosotros donde emplear el fuego de caridad que nos inflama, ¿por qué buscar objeto para él en climas extraños y remotos?”. Me dormí con este pensamiento en el alma; y soñé; y así como el apóstol vió en sueños la imagen del macedón que le llamaba, lo que él interpretó como un ruego de que fuera a redimir a los suyos, a mí se me apareció la imagen de este pastor, que intentando yo continuar el viaje, me cerraba el camino, y lo aparté para avanzar; y entonces, en los enebros y las zarzas a cuyo lado le encontramos, sentí que se enredaban mis ropas y me detenían...

Dicho lo cual, Nearco en quien, un sueño disipó el encanto de otro, abrazó a sus amigos, que ya daban cara al sol para continuar su ruta, y volvióse en dirección a la ciudad.

El grupo siguió con entusiasmo intacto, adelante. De los cuatro que le componían ahora, Idomeneo parecía ser el que, por su superioridad, llenaba la ausencia del maestro. Él había sido el primero en percibir y atender los ayes [Pg 52]del herido. Era de Atenas; era suave, inteligente, benévolo. En su fisonomía se reflejaba algo de la inquietud con que se significaría la curiosidad espiritual de un estudiante, y algo de la ternura con que se expresaría el omnímodo amor de un panteísta. Pero el sello de expresión más hondo lo imprimía el dulce estupor con que aún lo embargaba la inmensidad de la fe nueva que había conquistado su alma.

Cuando en los bordes de algún soto vecino asomaba una lozana flor silvestre, Idomeneo, desviándose, se acercaba a admirar su forma, su color, o a aspirar su perfume. Cuando el viento traía, de cercanas cabañas de pastores, un son de zampoña o caramillo, o bien si una cigarra levantaba su canto, Idomeneo se detenía un instante a escuchar. Cuando una guija pintada lucía entre la arena del camino, Idomeneo, con el afán de un niño, la recogía, y bruñéndola, la llevaba en la mano. Y cuando allá, en la profundidad del horizonte, un ave o una nube pasaban o se descubría el triángulo blanco de una vela sobre la línea obscura del mar, el alma del neófito parecía tender presurosamente hacia ellos sobre el riel de una mirada anhelante...

Ya el sol había templado la fuerza de sus rayos cuando los viajeros vieron aparecer, en la [Pg 53]caída de una loma, las casas dispersas de una aldea.

Gigante encina descollaba, en lo más avanzado del lugar, sobre los techos, que esmaltaba el oro de la tarde; y en derredor del árbol veíase un gran grupo de gente, que formaba corro, con muestras de atención y respeto. Preguntando a unos labradores que habían interrumpido su trabajo para dirigirse hacia allí, supieron que era un cantor ambulante, mendigo consagrado por la vejez y por el numen, que todos los años recorría, en ocasión de las cosechas, aquella parte de la isla.—¿Oigámosle?—propuso Idomeneo.

Acercándose al corro, los cuatro amigos se empinaron para ver al cantor. Un soplo de antigüedad heroica llegó a ellos. Todo lo del Homero legendario reaparecía en una dulce y majestuosa figura; el continente regio, la luenga barba lilial, la frente olímpica; a la espalda el zurrón, la lira a la cintura, el nudoso báculo en la diestra, el can escuálido y enlodado a sus plantas. Hízose un silencio solemne; y desatando al dios ya inquieto en su seno, el mendigo cantó; y sobre el aliento de sus labios, mientras las manos trémulas tocaban las cuerdas de la lira, flotaron cosas de historia y de leyenda, cosas que estaban en todas las memorias, pero que parecían recobrar, en versos ingenuos (tal [Pg 54]como se serena el agua en cántaro de barro), la frescura y el resplandor de la invención. Cantó del germinar de los elementos en las sombras primeras; de la majestad de Zeus; de los dioses y sus luchas sublimes; de los amores de las diosas y los hombres. Cantó de las tradiciones heroicas. Hércules y Teseo lidiando, en el amanecer del mundo, con monstruos y tiranos; la nave que busca el vellocino; Tebas y su estirpe fatídica... Mostró después la cólera de Aquiles, y a Héctor en los muros de Ilión; y luego, a Ulises errabundo, los encantamientos de Circe, y la castidad de Penélope. Todos escuchaban arrobados: Idomeneo, con la expresión del que contempla una imagen que evoca en él el recuerdo de otra más bella o más querida; Lucio, uno de sus tres compañeros, con gesto en que alternaban el embeleso y la angustia.—Este canto divino—dijo Lucio—me ha hecho sentir de nuevo la hermosura de los dioses que abandonamos. Conozco que mi fe ha sido herida de muerte por el poeta...—Tu fe era débil—contestó Idomeneo—; yo siento magnificada y victoriosa la mía; yo guardo para mí el dulzor del canto, y como se arroja la corteza de la almendra, desecho la vanidad de la ficción.

Pero, insistiendo Lucio en su arrepentimiento, sólo siguieron viaje Idomeneo, Merión y [Pg 55]Adimanto. A mitad de la jornada siguiente, atormentados por la sed, divisaron, no lejos del camino, el mirador de una alquería, y se dirigieron a ella. La casa estaba ceñida, en ancho espacio, por un huerto frondoso, que vides opulentas, enlazadas, por todas partes, a los árboles, adornaban con el oro de sus sazones. Cuando los viajeros llegaron, vieron que se preparaba en el huerto la vendimia. Ocupábanse unos en remover toneles y disponer para la obra el lagar. Otros afilaban, para segar los racimos, hoces que llenaban de desapacible música y de rojas chispas el aire. Un grupo de mujeres tejía los cuévanos y las cestas de mimbres para recogerlos. Por dondequiera reinaba la animación comunicativa con que se anuncia el trabajo preparado de buena voluntad; la animación que provoca el desasosiego del estímulo en los corazones y los brazos robustos.

Satisfecha su sed, los viajeros hacían señal de despedirse, cuando el viñador preguntóles si querían quedarse aquella tarde y ayudar a las faenas, porque sus hombres eran pocos, y debía apresurar la vendimia, a fin de terminarla para el día que había indicado su señor. Agregó que hasta la otra mañana no vendrían, de los pueblos vecinos, los braceros que necesitaba, y que el tiempo que ganaría con el auxilio[Pg 56] de los huéspedes sería bastante para evitar la demora y el castigo.

Ellos, que no habían permanecido insensibles a la sana tentación del trabajo; que recordaron la parábola de los pocos obreros para la mucha mies, y que agradecían, además, la hospitalidad que habían recibido, accedieron, y puestos a la obra, no fueron avaros de sus fuerzas. Adimanto contribuyó a recolectar los racimos, Merión a transportarlos, Idomeneo a la faena del lagar. La jornada acabó con tal suma de adelanto, que el viñador, lleno de júbilo, abandonó sus temores. Empezó luego la fiesta con que se celebraba la vendimia, junto al báquico altar que descollaba en lo más alto del huerto, bajo brutesca arquitectura de ramas. Los vendimiadores fueron congregándose allí, mientras se distribuía, con prodigalidad, vino de anteriores cosechas. Cuando recibieron su parte, Idomeneo invitó a los suyos a beber, al modo de los festines eucarísticos. Apartándose de los demás algún espacio, levantaron las copas. En alto las miradas extáticas, invocaron el nombre del Señor. Y como dos zuritas, de las que acudían a picar en el suelo granos dispersos de la uva, cruzasen en aquel mismo instante sobre ellos: “¡Irene y Ágape!”—dijo con gracia mística el de Atenas—, recordando a las dos escanciadoras invisibles, mientras un rayo de sol inflamaba en las [Pg 57]copas levantadas al aire el oro burbujante del vino...

Poco después, siendo ya de noche, y en el deseo de estar de pie con la aurora, los tres amigos buscaron un rincón protegido por los árboles y se tendieron a dormir. Pero en los ojos de Merión, beocio que llevaba en el semblante los rasgos de la sensualidad, el vino había dejado un toque de luz cálida. Sentíase allí cerca la agitación del festejo que congregaba a los trabajadores en derredor del ara del dios. El circular de sarmientos encendidos pintaba de fuego las sombras de la noche. Por todas partes parecía vagar en libertad el alma del vino. En el viento, embriagado con las exhalaciones del lagar, venían risas, canciones y el resonar de rústicos instrumentos, que denunciaba alegres danzas. Merión, incorporándose, levantó su copa del suelo y se perdió con paso sigiloso en la sombra.

Aún no se había disipado la fiesta cuando sus dos amigos saludaban de pie la bandera de la mañana, que les mostraba la dirección de su camino. No encontraron a Merión junto a ellos.—“¿Estás despierto, Merión?”. Tendido en tierra, desceñido, faunesco, coronado de pámpanos, como Dionysos joven a la sombra de las grutas de Nisa, el beocio les respondió, cuando [Pg 58]le hallaron, alargándoles negligentemente su copa. Idomeneo y Adimanto partieron.

Y ¿qué era en tanto de Agenor, el que desde la primera jornada se había adelantado en su impaciencia a los otros?... Agenor había llegado acaso al término del viaje, o tal vez seguía adelante, adelante, como en el ciego ímpetu de una fascinación.

A poco andar, Adimanto e Idomeneo vieron abrirse ante su paso una hermosísima llanura, por donde el camino serpeaba con deliciosa volubilidad, como atraído a un tiempo por mil cosas. Blancas aldeas, rubias y onduladas mieses; tupidos bosques, a cuyos pies se deslizaba la corriente sosegada de un río, y en lo remoto, el mar azul y profundo. Caminaban absortos en la contemplación, cuando, percibiendo de cerca un aroma de manzanas silvestres, traspusieron, no sin esfuerzo, el natural vallado que orillaba el camino; y el soto más ameno, la más risueña espesura rústica que pueda imaginarse, apareció ante sus ojos y los envolvió en la fragancia de su aliento. Bajo la bóveda que extendían los árboles más altos tejía la vida una gloriosa urdimbre, entre la cual formaba caprichosos cambiantes con la sombra, la luz que descendía tenuemente velada. De aquí y de allá partían, buscando el corazón de la espesura, senderos estrechos y tortuosos, y no tardaban en [Pg 59]oponerse a su paso las vigilantes zarzas y las hiedras cuajadas de corimbos. Los frutos todavía sujetos a la rama veíanse en tan gran copia como los que, ya desprendidos, yacían en el suelo y le alfombraban de tintes más obscuros que los que desparramaban los otros por el aire. A pesar del otoño, no escaseaban, junto a esta riqueza, galas más tempranas que el fruto. Y todo estaba virgen, radiante, como húmedo aún de la humedad del soplo creador. Fresco aposento de quién sabe qué divinidad esquiva, no había señales de haber tocado en aquel retiro planta humana. A medida que se internaban en lo espeso del soto, Idomeneo sentía cómo iba estrechándole el alma, dulcemente, el abrazo de la Naturaleza, y se abandonaba sin recelos a él. Admiraba, con la admiración que pone húmedos los ojos, todo cuanto le rodeaba; parecía beber con delicia en el ambiente; perdíase de intento allí donde formaban más hondo laberinto las frondas; tenía dulces palabras para las flores que le embalsamaban el camino; se detenía a grabar el signo de la cruz en la corteza de los árboles, como en el corazón de catecúmenos; recordaba, de los libros sagrados, el Paraíso y la tierra que mana leche y miel; los cedros del Líbano y las rosas de Jericó, y el fondo de imágenes campestres del Evangelio. Como en la copa donde se mezclan dos vinos para mitigar [Pg 60]los humos del más fuerte, en él el entusiasmo, la embriaguez de la vida, cosa de su raza, que, sin él quererlo, subía de las raíces de su ser, se dulcificaba con el sabor de la fe nueva, con el recuerdo del Dios que también había sabido detenerse ante la gracia de un ave, de una colina o de una flor... Idomeneo bautizaba toda aquella hermosura al difundirse en ella por obra del amor, que identifica el alma y las cosas.

Pasóse el tiempo en aquel vagar infantil y les sorprendió en la soledad del monte el crepúsculo. Sus sombras graves parecieron una reconvención a Adimanto. Cuando, a la mañana siguiente, Idomeneo recordó que sólo faltaba una jornada para terminar el viaje, y se echó al hombro el zurrón con renovado júbilo, Adimanto confesó tristemente que no se atrevía a ponerse en presencia del maestro... Pensaba que los recibiría con severidad por su tardanza, si es que ya no había partido a la llegada de Agenor; y a pesar de las instancias de su compañero, se despidió y marchó cabizbajo a desandar su camino.

Idomeneo, solo ya, siguió adelante. No tardó en divisar, sobre la playa graciosamente enarcada, las casas blancas y risueñas de una ciudad marina, y las palmeras que la engalanaban agitándose con señas como de llamamiento, que le parecieron dirigidas a él. Inquirió, por los [Pg 61]que hallaba a la puerta de alguna finca rústica o ejerciendo las labores del campo, si había pasado en aquella dirección Agenor, y conoció que sí cuando le describieron la prisa, como de quien huye; el gesto extático, que les habían admirado días antes en un extraño pasajero; su palidez, el cansancio inconsciente, o desdeñado, que revelaba, y la indiferencia con que proseguía, en medio a la curiosidad de los que se detenían a observarle.—¡Parecía un sonámbulo!—decían.

Tal como estas noticias lo pintaban, Agenor había llegado al término del viaje en un solo impulso de deseo desde su partida, insensible a la fatiga de su cuerpo, insensible a los accidentes del camino, insensible al espectáculo de la Naturaleza. No bien llegó, cayó extenuado a las plantas del maestro, aunque, más feliz que el soldado de Maratón, no fué sin vida. Durante tres mañanas y tres tardes, maestro y discípulo consultaron, de lo más alto de la ciudad, como desde una atalaya, la dirección por donde esperaban ver venir a los otros, hasta que apareció Idomeneo, y por él supieron dolidos, mas no desalentados, la inutilidad de esperar más. Endimión puso a Agenor a su derecha, puso a su izquierda a Idomeneo, y entonando uno de los salmos que cantan la felicidad del caminante, marchó con ellos hacia el mar. Nubes extrañas[Pg 62] fingían maravillosas rutas en el confín del horizonte. La vela de la nave que los conduciría palpitaba sobre las aguas turbias e inquietas, a modo de un gran corazón blanco...

Y así, junto al maestro que representaba para ellos la verdad, inmunes de las tentaciones a que habían sucumbido los discípulos que, por veleidosos o cobardes, no continuaron el camino, partieron: Agenor, el entusiasmo rígido y austero, la sublime obsesión que corre arrebatada a su término, con ignorancia o desdén de lo demás; Idomeneo, la convicción amplia, graciosa y expansiva, dueña de sí para corresponder, sin mengua de su fidelidad inquebrantable, al reclamo de las cosas; el convertido de Atenas, que de paso para su vocación, supo atender a las voces con que lo solicitaron la caridad, el arte, el trabajo, la Naturaleza, y que de las impresiones recogidas en lo vario del mundo formaba, alrededor del sueño grande de su alma, un cortejo de ideas...

[Pg 63]

HYLAS

Hylas, efebo de la edad heroica, acompañaba a Hércules en la expedición de los Argonautas. Llegadas las naves frente a las costas de la Misia, Hylas bajó a tierra para traer a sus camaradas agua que beber: En el corazón de un fresco bosque halló una fuente calma y límpida. Se inclinó sobre ella, y aún no había hecho ademán de sumergir bajo el cristal de las aguas la urna que llevaba en la mano, cuando graciosas ninfas surgieron, rasgando el seno de la onda y le arrebataron prisionero de amor, a su encantada vivienda. Los compañeros de Hylas bajaron a buscarle, así que advirtieron su tardanza. Llamándole, recorrieron la costa y fatigaron vanamente los ecos. Hylas no parecía; las naves prosiguieron con rumbo al país del áureo vellocino. Desde entonces fué uso en los habitantes de la comarca donde quedó el cautivo de amor, salir a llamarle al comienzo de cada primavera, por los bosques y prados. Cuando apuntaban las flores primerizas, cuando el viento empezaba a ser tibio[Pg 64] y dulce, la juventud lozana se dispersaba, vibrante de emoción, por los contornos de Prusium. ¡Hylas! ¡Hylas! clamaba. Ágiles pasos violaban misterios de las frondas; por las suaves colinas trepaban grupos sonoros; la playa se orlaba de mozos y doncellas. ¡Hylas! ¡Hylas! repetía el eco en mil partes, y la sangre ferviente coloreaba las risueñas mejillas y los pechos palpitaban de cansancio y de júbilo, y las curvas de tanta alegre carrera eran como guirnaldas trenzadas sobre el campo. Con el morir del sol, acababa, sin fruto, la pesquisa. Pero la nueva primavera convocaba otra vez a la búsqueda del hermoso argonauta. El tiempo enflaquecía las voces que habían sonado briosa y entonadamente; inhabilitaba los cuerpos antes ágiles para correr los prados y los bosques, generaciones nuevas entregaban el nombre legendario al viento primaveral: ¡Hylas! ¡Hylas! Vano clamor que nunca tuvo respuesta. Hylas no pareció jamás. Pero de generación en generación se ejercitaba en el bello simulacro la fuerza joven; la alegría del campo florecido penetraba en las almas, y cada día de esta fiesta ideal se reanimaba con el candor que quedaba aún no marchito, una inquietud sagrada: la esperanza de una venida milagrosa.

Mientras Grecia vivió, el gran clamor flotó [Pg 65]una vez por año en el viento de la primavera ¡Hylas! ¡Hylas!


Exista el Hylas perdido a quien buscar, en el campo de cada humano espíritu; viva Hylas para cada uno de nosotros. Pongamos que él no haya de parecer jamás: ¿qué importa, si el sólo afán de buscarle es ya sazón y estímulo con que se mantiene el halago de la vida?

Un supremo objeto para los movimientos de nuestra voluntad; una singular preferencia en el centro de nuestro corazón; una idea soberana en la cúspide de nuestro pensamiento...; no a modo de celosas y suspicaces potestades, sino de sueños hospitalarios y benévolos, a cuyo lado haya lugar para otras manifestaciones de la vida que las que ellos tienen de inmediato bajo su jurisdicción; aunque, indirecta y delicadamente, a todas las penetren de su influjo y las usen para sus fines.

Ya por el moroso Idomeneo supimos cómo la perseverancia en una alta idealidad, cómo el fervor de un gran designio, puede hermanarse con un tierno interés por las demás cosas bellas y buenas que abarca la extensión infinita del mundo.

[Pg 67]

LA DESPEDIDA DE GORGIAS

Ésos que están sentados a una mesa donde hay flores y ánforas de vino, y que preside un viejo hermoso y sereno como un dios; ésos que beben, mas no dan muestra de contento; ésos que suelen levantarse a consultar la altura del sol, y a veces se enjugan una lágrima, son los discípulos de Gorgias. Gorgias ha enseñado, en la ciudad que fué su cuna, nueva filosofía. La delación, la suspicacia, han hecho que ella ofenda y alarme a los poderosos. Gorgias va a morir. Se le ha dado a escoger el género de muerte, y él ha escogido la de Sócrates. A la hora de entrarse el sol ha de beber la cicuta: aún tiene vida por dos más, y él las pasa en serenidad sublime, rector de melancólica fiesta, donde las flores acarician los ojos de los convidados, que el pensamiento enciende con luz íntima, y un vino suave difunde el soplo para el brindis postrero. Gorgias dijo a sus discípulos: “Mi vida es una guirnalda a la que vamos a ajustar la última rosa”.

[Pg 68]

Esta vez, el placer de filosofar con gracia, que es propio de almas exquisitas, se realzaba con una desusada unción. “Maestro—dijo uno—nunca podrá haber olvido en nosotros, para ti ni para tu doctrina”. Otro añadió:—“Antes morir que negar cosa salida de tus labios”. Y cundiendo este sentimiento, hubo un tercero que propuso:—“Jurémosle ser fieles a cada una de sus palabras, a cuanto esté virtualmente contenido en cada una de sus palabras; fieles ante los hombres y en la intimidad de nuestra conciencia; ¡siempre e invariablemente fieles!”... Gorgias preguntó al que había hablado de tal modo:—“¿Sabes, Lucio, lo que es jurar en vano?”—“Lo sé—repuso el joven—; pero siento firme el fundamento de nuestra convicción, y no dudo de que debamos consolar tu última hora con la promesa que más dulce puede ser a tu alma”.

Entonces Gorgias comenzó a decir de esta manera:

—¡Lucio! Oye una anécdota de mi niñez. Cuando yo era niño, mi madre se complacía tanto en mi bondad, en mi hermosura, y sobre todo en el amor con que yo pagaba su amor, que no podía pensar sin honda pena en que mi niñez y toda aquella dicha pasaran. Mil y mil veces la oía repetir: “¡Cuánto diera yo por [Pg 69]que nunca dejases de ser niño!...”. Se anticipaba a llorar la pérdida de mi dulce felicidad, de mi bondad candorosa, de aquella belleza como de flor o de pájaro, de aquel amor único, merced al cual sólo ella existía en la tierra para mí. No se resignaba a la idea de la obra ineluctable del Tiempo, bárbaro numen que pondría la mano sobre tanto frágil y divino bien, y desharía la forma delicada y graciosa, y amargaría el sabor de la vida, y traería la culpa allí donde estaba la inocencia sin mácula. Menos aún se avenía con la imagen de una mujer futura, pero cierta, que acaso había de darme penas del alma en pago de amor. Y tornaba al pertinaz deseo: “¡Cuánto daría porque nunca, nunca dejases de ser niño!...”. Cierta ocasión oyóla una mujer de Tesalia, que pretendía entender de ensalmos y hechizos, y le indicó un medio de lograr anhelo tan irrealizable dentro de los comunes términos de la Naturaleza. Diciendo cierta fórmula mágica, había de poner sobre mi corazón, todos los días, el corazón de una paloma, tibio y mal desangrado aún, que sería esponja con que se borraría cada huella del tiempo; y en mi frente pondría la flor del íride silvestre, oprimiéndola hasta que soltase del todo su humedad, con lo que se mantendría mi pensamiento limpio y puro. Dueña del precioso secreto, volvió [Pg 70]mi madre con determinación de ponerlo al punto por obra. Y aquella noche tuvo un sueño. Soñó que procedía tal como le había sido prescripto; que transcurrían muchos años; que mi niñez permanecía en un ser; y que favorecida ella misma con el don de alcanzar una ancianidad extrema, se extasiaba en la contemplación de mi ventura inalterable, de mi belleza intacta, de mi pureza impoluta... Luego, en su sueño, llegó un día en que ya no halló, para traer a casa, ni una flor de íride, ni un corazón de paloma. Y al despertarse y acudir a mí, la mañana siguiente, vió en lugar mío, un hombre viejo ya, adusto y abatido; todo en él revelaba una ansia insaciable; nada había de noble ni grande en su apariencia, y en su mirada vibraban relámpagos de desesperación y de odio. “¡Mujer malvada!—le oyó clamar, dirigiéndose a ella con airado gesto—, me has robado la vida, por egoísmo feroz, dándome en cambio una felicidad indigna, que es la máscara con que disfrazas a tus propios ojos tu crimen espantable... Has convertido en vil juguete mi alma. Me has sacrificado a un necio antojo. Me has privado de la acción, que ennoblece; del pensamiento, que ilumina; del amor, que fecunda... ¡Vuélveme lo que me has quitado! Mas ya no es hora de que me lo vuelvas, porque este mismo es el día en que la [Pg 71]ley natural prefijó el término de mi vida, que tú has disipado en una miserable ficción, y ahora voy a morir, sin tiempo más que para abominarte y maldecirte”. Aquí terminó el sueño de mi madre. Ella, desde que lo tuvo, dejó de deplorar la fugacidad de mi niñez. Si yo aceptara el juramento que propones, ¡oh Lucio! olvidaría la moral de mi parábola, que va contra el absolutismo del dogma revelado de una vez para siempre; contra la fe que no admite vuelo ulterior al horizonte que desde el primer instante nos muestra. Mi filosofía no es religión que tome al hombre en el albor de la niñez, y con la fe que le infunde, aspire a adueñarse de su vida, eternizando en él la condición de la infancia, como mi madre antes de ser desengañada por su sueño. Yo os fuí maestro de amor: yo he procurado daros el amor de la verdad; no la verdad, que es infinita. Seguid buscándola y renovándola vosotros, como el pescador que tiende uno y otro día su red, sin mira de agotar al mar su tesoro. Mi filosofía ha sido madre para vuestra conciencia, madre para vuestra razón. Ella no cierra el círculo de vuestro pensamiento. La verdad que os haya dado con ella no os cuesta esfuerzo, comparación, elección: sometimiento libre y responsable del juicio, como os costará la que por vosotros mismos adquiráis, desde[Pg 72] el punto en que comencéis realmente a vivir. Así, el amor de la madre no le ganamos con los méritos propios: él es gracia que nos hace la Naturaleza. Pero luego otro amor sobreviene, según el orden natural de la vida; y el amor de la novia, éste sí, hemos de conquistarlo nosotros. Buscad nuevo amor, nueva verdad. No se os importe si ella os conduce a ser infieles con algo que hayáis oído de mis labios. Quedad fieles a mí, amad mi recuerdo en cuanto sea una evocación de mí mismo, viva y real, emanación de mi persona, perfume de mi alma en el afecto que os tuve; pero mi doctrina no la améis sino mientras no se haya inventado para la verdad fanal más diáfano. Las ideas llegan a ser cárcel también, como la letra. Ellas vuelan sobre las leyes y las fórmulas; pero hay algo que vuela aún más que las ideas, y es el espíritu de vida que sopla en dirección a la Verdad...

Luego, tras breve pausa, añadió:

—Tú, Leucipo, el más empapado en el espíritu de mi enseñanza: ¿qué piensas tú de todo esto? Y ya que la hora se aproxima, porque la luz se va y el ruido del mundo se adormece: ¿por quién será nuestra postrera libación? ¿por quién este destello de ámbar que queda en el fondo de las copas?...

—Será, pues,—dijo Leucipo—, por quien, [Pg 73]desde el primer sol que no has de ver, nos dé la verdad, la luz, el camino; por quien desvanezca las dudas que dejas en la sombra; por quien ponga el pie delante de tu última huella, y la frente aun más en lo claro y espacioso que tú; por tus discípulos, si alcanzamos a tanto, o alguno de nosotros, o un ajeno mentor que nos seduzca con libro, plática o ejemplo. Y si mostrarnos el error que hayas mezclado a la verdad, si hacer sonar en falso una palabra tuya, si ver donde no viste, hemos de entender que sea vencerte: Maestro, ¡por quien te venza, con honor, en nosotros!

—¡Por ése!—dijo Gorgias; y mantenida en alto la copa, sintiendo ya al verdugo que venía, mientras una claridad augusta amanecía en su semblante, repitió—: ¡Por quien me venza con honor en vosotros!


Desventurado el maestro a quien repugne anunciar, como el Bautista, al que vendrá después de él, y no diga: “Él debe crecer; yo ser disminuido”. Funda dogmas inmutables aquél que viene a poner yugo y marca de fuego, de las que allí donde una vez se estampan, se sustituyen por siempre al aspecto de naturaleza; no los funda quien es enviado a traer vida, luz y nueva alma.

[Pg 74]

La palabra de Cristo, así como anunció la preeminencia del sentido interno y del espíritu sobre la letra, la devoción y la costumbre, dejó también, aun refiriéndose a lo que es espíritu y substancia, el reconocimiento de su propia relatividad, de su propia limitación, no menos cierta (como, en lo material, la del mar y la montaña), por su grandeza sublime; el reconocimiento de la lontananza de verdad que quedaba fuera de su doctrina declarada y concreta, aunque no toda quedase fuera de su alcance potencial o virtual, de las posibilidades de su desenvolvimiento, de su capacidad de adaptación y sugestión.

Éste es el significado imperecedero de aquellas hondas palabras de la Escritura, que Montano levantó por lábaro de su herejía: “Aún tendría otras cosas que enseñaros, mas no podríais llevarlas”. Vale decir: “No está toda la verdad en lo que os digo, sino sólo la suma de verdad que podéis comportar”.

Así, contra la quietud estéril del dogma, contra la soberbia de la sabiduría amortajada en una fórmula eterna, la palabra de Cristo salvó el interés y la libertad del pensamiento de los hombres por venir; salvó la inviolabilidad del misterio reservado para campo del esfuerzo nuestro, en las porfías de la contradicción, en los anhelos de la duda, sin los cuales[Pg 75] la actividad del pensamiento, sal del vivir humano, fuera, si lo decimos también con palabras evangélicas, “como la sal que se tornara desabrida”.

Aún tendría otras cosas que enseñaros, mas ahora no podríais llevarlas, significa, lo mismo en lo que es aplicable a la conciencia de la humanidad que en lo que se refiere a la del individuo: no hay término final en el descubrimiento de lo verdadero, no hay revelación una, cerrada y absoluta; sino cadena de revelaciones, revelación por boca del Tiempo, dilatación constante y progresiva del alma, según sus merecimientos y sus bríos, en el seno de la infinita verdad.

[Pg 77]

LUCRECIA Y EL MAGO

Artemio, corregidor de la Augostólida de Egipto, en tiempo que elegirás dentro del crepúsculo de Roma, era neófito cristiano. A la sombra de su severa ancianidad vivía, en condición de pupila, Lucrecia, cuyo padre, muerto cuando ella estaba en la niñez, había sido conmilitón y amigo de Artemio. No defraudaba esta Lucrecia el esplendor de tal nombre. Antes se le adelantaba por la calidad de una virtud tan cándida, igual y primorosa, que tenía visos y reflejos de beatitud. Un día llegó a casa de Artemio un religioso de algún culto oriental: bramino, astrólogo, o quizás mago caldeo, de los que por el mundo romano vagaban añadiendo a su primitivo saber, retazos de la helénica cultura y profesando artes de adivinación y encantamiento. El corregidor le recibió de buen grado; la religiosidad de estos cristianos de Oriente solía darse la mano con la afición a cosas de hechicería. Oyendo decir al mago que, entre las capacidades de su ciencia, estaba la de poner de manifiesto[Pg 78] lo que las almas encerraban en su centro y raíz más apartados de la sospecha común, Artemio hizo comparecer a Lucrecia, movido del deseo de saber qué prodigiosa forma tomaba, en lo radical y más denso de su espíritu, la esencia de su raro candor. El mago declaró que sólo precisaba una copa que ella colmase de agua por su propia mano, y que bajo la diafanidad del agua vería pintarse, como en limpio espejo, el alma de Lucrecia. “Veamos—dijo Artemio—qué estrella de inocente fulgor, qué cristalino manantial, qué manso cordero ocupa el fondo de esta alma...”. Fué traída la copa, que Lucrecia llenó de agua hasta los bordes, y hecho esto, el mago concentró en la copa la mirada, y la doncella y su tutor anhelaron oir lo que decía. “En primer término—empezó—, veo, como en todas las almas que he calado con esta segunda vista de mis ojos, una sima o abismo comparable a los que estrechan el paso del viajero en los caminos de las montañas ásperas. Y allá, en lo hondo, en lo hondo...”. Interrumpióse vacilando, un momento.—“¿Lo digo?”, preguntó después. Y como Artemio inclinase la cabeza:—“Pues lo que veo—continuó—en las profundidades de ese abismo es una alegre, briosa y resplandeciente cortesana. Está acostada bajo alto pabellón de los de Tiro, y duerme.[Pg 79] Viste toda de púrpura, con el desceñimiento y transparencia que, más que la propia desnudez, sirven de dardo a la provocación. Un fuego de voluptuosidad se desborda de sus ojos, velados por el sueño, y enciende en las comisuras de los labios como dos llamas, entre las que se abre la más divina e infernal sonrisa que he visto. La cabeza reposa sobre uno de los brazos desnudos. El otro sube en abandono, todo entrelazado de ajorcas que figuran víboras ondeantes, y entre el pulgar y el índice alza una peladilla de arroyo, sangrienta de color, que es de los signos de Afrodita. Esto es lo que esta alma tiene en lo virtual, en lo expectante, en lo que es sin ser aún; en fin, Artemio, en la sombra de que quisiste saber por artes mías...”—“¡Vil impostor!—gimió en esto Lucrecia, llenos de lágrimas los ojos—. ¿Tu ciencia es ésa? ¿tu habilidad es infamia? Traigan una brasa de fuego con que probar si pasa por mis labios palabra que no sea de verdad, y óiganme decir si anida en mí intención o sentimiento que guarde relación con la imagen que pretende haber visto dentro de mi espíritu!”—“Calla, pobre Lucrecia—, argüyó el mago—; ¿acaso es menester que tú lo sepas? Tú dices verdad y yo también”.—“¿Justo será entonces—dijo Artemio—menospreciar las promesas que nos cautivan y preparar nuestro [Pg 80]ánimo a la decepción?”—“No pienso como tú—replicó el mago—; ¿quién te asegura que la cortesana despierte?”—“Digo por si despierta”—añadió Artemio—. “Señor—repuso el mago—, yo te concedo que eso pase; pero yo vi también en el fondo del alma de esta hetaira dormida que está en el fondo del alma de Lucrecia, y vi otro abismo, y en el seno del abismo una luz, y como envuelta y suspendida en la luz una criatura suavísima, por la que el ampo de la nieve se holgara en trocarse, según es de blanca. Junto a esta dea, mujer sin sexo, puro espíritu, juzgarías sombra el resplandor de la virtud de Lucrecia, y como la cortesana en tu pupila, ella, en la cortesana, duerme...”. “—Infiero de ahí—dijo el corregidor—que aun con el despertar de la cortesana, ¿podrían resucitar sahumadas nuestras esperanzas en Lucrecia? Demos gracias a Dios, ya que en el extravío de su virtud hallamos el camino de su santidad”.—“Sí—volvió a decir el mago—; pero no olvides que, como en las otras, hay en el alma de esa forma angélica un abismo al cual puedo yo asomarme”.—“Y ¿quién—preguntó Artemio—es la durmiente de ese abismo?”—“Te lo diría—opuso el mago—si fuera bien mostrar a los ojos de Lucrecia una pintura de abominación. Piensa en la escena de la Pasifae corintia de Lucio; piensa en mujer[Pg 81] tal que para con ella la primera cortesana sea, en grado de virtud, lo que para con la primera cortesana es Lucrecia”.—“¡Me abismas—prorrumpió Artemio—en un mar de confusiones! ¿Qué extraña criatura es ésta que la amistad confió en mis manos?”...—“Cesa en tu asombro—dijo, finalmente, el mago, acudiendo a reanimar a Lucrecia, que permanecía sumida en doloroso estupor—: ella no es ser extraordinario, ni las que has visto por mis ojos son cosas que tengan nada de sobrenatural o peregrino. Con cien malvados, que durmieron siempre en lo escondido de su ser, subió a la gloria cada bienaventurado, y con cien justos, que no despertaron nunca, en lo hondo de sí mismo, bajó a su condenación cada réprobo. Artemio, nunca estimules la seguridad en el justo, la desconfianza en el caído: todos tienen huéspedes, que no se les parecen en lo oculto del alma. Veces hay en que el bien consiste en procurar que despierte alguno de esos huéspedes; pero las hay también (y esto te importa) en que turbar su sueño fuera temeridad o riesgo inútil. El sueño vive en un ambiente silencioso; la inocencia es el silencio del alma: ¡haya silencio en el corazón de Lucrecia!...”.

[Pg 83]

LA PAMPA DE GRANITO

Era una inmensa pampa de granito; su color, gris; en su llaneza, ni una arruga; triste y desierta; triste y fría; bajo un cielo de indiferencia, bajo un cielo de plomo. Y sobre la pampa estaba un viejo gigantesco; enjuto, lívido, sin barbas; estaba un gigantesco viejo de pie, erguido como un árbol desnudo. Y eran fríos los ojos de este hombre, como aquella pampa y aquel cielo; y su nariz, tajante y dura como una segur; y sus músculos, recios como el mismo suelo de granito; y sus labios no abultaban más que el filo de una espada. Y junto al viejo había tres niños ateridos, flacos, miserables: tres pobres niños que temblaban, junto al viejo indiferente e imperioso, como el genio de aquella pampa de granito. El viejo tenía en la palma de una mano una simiente menuda. En su otra mano, el índice extendido parecía oprimir en el vacío del aire como en cosa de bronce. Y he aquí que tomó por el flojo pescuezo a uno de los niños, y le mostró en la palma de la mano [Pg 84]la simiente, y con voz comparable al silbo helado de una ráfaga, le dijo: “Abre un hueco para esta simiente”; y luego soltó el cuerpo trémulo del niño, que cayó, sonando como un saco mediado de guijarros, sobre la pampa de granito.

—“Padre—sollozó él—¿cómo le podré abrir si todo este suelo es raso y duro?”—“Muérdelo”, contestó con el silbo helado de la ráfaga; y levantó uno de sus pies, y lo puso sobre el pescuezo lánguido del niño; y los dientes del triste sonaban rozando la corteza de la roca, como el cuchillo en la piedra de afilar; y así pasó mucho tiempo, mucho tiempo; tanto que el niño tenía abierta en la roca una cavidad no menor que el cóncavo de un cráneo; pero roía, roía siempre, con un gemido de estertor; roía el pobre niño bajo la planta del viejo indiferente e inmutable, como la pampa de granito.

Cuando el hueco llegó a ser lo hondo que se precisaba, el viejo levantó la planta opresora; y quien hubiera estado allí hubiese visto entonces una cosa aún más triste, y es que el niño, sin haber dejado de serlo, tenía la cabeza blanca de canas; y apartóle el viejo con el pie, levantó al segundo niño, que había mirado temblando todo aquello.—“Junta tierra para la simiente”—le dijo.—“Padre—preguntóle [Pg 85]el cuitado—¿en dónde hay tierra?”—“La hay en el viento; recógela”, repuso; y con el pulgar y el índice abrió las mandíbulas miserables del niño; y le tuvo así contra la dirección del viento que soplaba, y en la lengua y en las fauces jadeantes se reunía el flotante polvo del viento, que luego el niño vomitaba, como limo precario; y pasó mucho tiempo, mucho tiempo, y ni impaciencia, ni anhelo, ni piedad, mostraba el viejo indiferente e inmutable sobre la pampa de granito.

Cuando la cavidad de piedra fué colmada, el viejo echó en ella la simiente, y arrojó al niño de sí, como se arroja una cáscara sin jugo, y no vió que el dolor había pintado la infantil cabeza de blanco; y luego levantó al último de los pequeños, y le dijo, señalándole la simiente enterrada:—“Has de regar esa simiente”; y como él le preguntase, todo trémulo de angustia:—“Padre, ¿en dónde hay agua?”—“Llora; la hay en tus ojos”, contestó; y le torció las manos débiles, y en los ojos del niño rompió entonces abundosa vena de llanto, y el polvo sediento la bebía; y este llanto duró mucho tiempo, mucho tiempo, porque para exprimir los lagrimales cansados estaba el viejo indiferente e inmutable, de pie sobre la pampa de granito.

Las lágrimas corrían en un arroyo quejumbroso[Pg 86] tocando el círculo de tierra; y la simiente asomó sobre el haz de la tierra como un punto; y luego echó fuera el tallo incipiente, las primeras hojuelas; y mientras el niño lloraba, el árbol nuevo criaba ramas y hojas, y en todo esto pasó mucho tiempo, mucho tiempo, hasta que el árbol tuvo tronco robusto, y copa anchurosa, y follaje, y flores que aromaron el aire, y descolló en la soledad; descolló el árbol, aún más alto que el viejo indiferente e inmutable, sobre la pampa de granito.

El viento hacía sonar las hojas del árbol, y las aves del cielo vinieron a anidar en su copa, y sus flores se cuajaron en frutos; y el viejo soltó entonces al niño, que dejó de llorar, toda blanca la cabeza de canas; y los tres niños tendieron las manos ávidas a la fruta del árbol; pero el flaco gigante los tomó, como cachorros, del pescuezo, y arrancó una semilla, y fué a situarse con ellos en cercano punto de la roca, y levantando uno de sus pies juntó los dientes del primer niño con el suelo; juntó de nuevo con el suelo los dientes del niño, que sonaron bajo la planta del viejo indiferente e inmutable, erguido, inmenso, silencioso, sobre la pampa de granito.


Esa desolada pampa es nuestra vida, y ese inexorable espectro es el poder de nuestra voluntad,[Pg 87] y esos trémulos niños son nuestras entrañas, nuestras facultades y nuestras potencias, de cuya debilidad y desamparo la voluntad arranca la energía todopoderosa que subyuga al mundo y rompe las sombras de lo arcano.

Un puñado de polvo, suspendido por un soplo efímero sobre el haz de la tierra, para volver, cuando el soplo acaba, a caer y disiparse en ella; un puñado de polvo: una débil y transitoria criatura, lleva dentro de sí la potencia original, la potencia emancipada y realenga, que no está presente ni en los encrespamientos de la mar, ni en la gravitación de la montaña, ni en el girar de los orbes; un puñado de polvo puede mirar a lo alto, y dirigiéndose al misterioso principio de las cosas, decirle:—“Si existes como fuerza libre y consciente de tus obras, eres como yo, una Voluntad: soy de tu raza, soy tu semejante; y si sólo existes como fuerza ciega y fatal, si el universo es una patrulla de esclavos que rondan en el espacio infinito teniendo por amo una sombra que se ignora a sí misma, entonces yo valgo mucho más que tú; y el nombre que te puse, devuélvemelo, porque no hay en la tierra ni en el cielo nada más grande que yo!”.

[Pg 89]

SUEÑO DE NOCHEBUENA

En Nochebuena era el soñar despierto, girando la mariposa interior en torno a la imagen de luz pura, que ya aparecía, infantil, en el regazo de la Madre; ya a márgenes del lago o sobre el monte, con sus rubias guedejas de león manso; ya trágica y sublime, entre los brazos de la Cruz. Mi imaginación era invencionera; la fe le daba alas. Cuentos, leyendas, ficciones de color de rosa nacían de aquel soñar. Una recuerdo. No sabría reproducirla con su tono, con el metal de voz de la fantasía balbuciente. Será una idea de niño dicha con acento de hombre; será un verso de poeta que ha pasado por manos de traductor.

Era en la soledad de los campos, una noche de invierno. Nevaba. Sobre lo alto de una loma, toda blanca y desnuda, se aparecía una forma, blanca también, como de caminante cubierto de nieve. En derredor de esta forma flotaba una claridad que venía, no de la luz [Pg 90]de una linterna, sino del nimbo de una frente. El caminante era Jesús.

Allá donde se eriza el suelo de ásperas rocas, un bulto negro se agita. Jesús marcha hacia él; él viene, como receloso, a su encuentro. A medida que el resplandor divino lo alumbra, se define la figura de un lobo, en cuyo cuerpo escuálido y en cuyos ojos de siniestro brillo está impresa el ansia del hambre. Avanzan; párase el lobo al borde de una roca, ya a pocos palmos del Señor, que también se detiene y le mira. La actitud dulce, indefensa, reanima el ímpetu del lobo. Tiende éste el descarnado hocico y aviva el fuego de sus ojos famélicos; ya arranca el cuerpo de sobre la roca... ya se abalanza a la presa... ya es suya..., cuando Él, con una sonrisa que filtra a través de su inefable suavidad la palabra:

—Soy yo—, le dice.

Y el lobo, que lo oye en el rapidísimo espacio de atravesar el aire para caer sobre él, en el mismo rapidísimo espacio muda maravillosamente de apariencia: se transfigura, se deshace, se precipita en lluvia de blancas y fragantes flores. A los pies de Jesús, entre la nieve, las flores forman como una nube mística, sobre la que el divino cuerpo flotara. Y todo mi afán de poeta consistía, en que se entendiese que no fué voluntad del sagrado caminante,[Pg 91] ni intervención de lo alto, lo que movió la transformación milagrosa, sino que fué virtud del propio sentir del lobo espantado, loco, al reconocer a quien iba a destrozar con sus dientes: virtud en que arrepentimiento, dolor, vergüenza, ternura, adoración, se aunaron como en un fuego de rayo, y derritieron las entrañas feroces, y las refundieron en aquella forma dulcísima, todo ello, mientras declinaba la curva del salto, que tuvo por arranque la intención de hacer daño... Agregaba mi cuento que el Señor, mirando a las flores que a sus plantas había, hizo sonar los dedos como quien llama a un animal doméstico. Entonces, de bajo el manto de flores se levantó, cual si despertara, un perro grande, fuerte y de mirada noble y dulce, de la casta de aquéllos que en las sendas del monte San Bernardo van en socorro del viajero perdido.

Algunas veces asocio al recuerdo de mi ficción candorosa la idea de esas súbitas conversiones de la voluntad, que, por la devoradora virtud de una emoción instantánea, consumen y disipan para siempre la endurecida broza de la naturaleza o la costumbre: Pablo de Tharsos herido por el fuego del cielo, Raimundo Lulio develando el ulcerado pecho de su Blanca, o el Duque de Gandía frente a la inanimada belleza de la Emperatriz Isabel.

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EL LEÓN Y LA LÁGRIMA

El phytónico Astiages, proscrito por tiranos cuya ruina predijo, vivía, ciego y caduco, en la soledad de unas montañas riscosas. Le acompañaban y valían, una hija, dulce y hermosa criatura, y un león, adicto con fidelidad salvaje al viejo mago, desde que éste, hallándole pasado de una saeta en el desierto, le puso el bálsamo en la herida.

De la hija del mago decía la fama una singularidad que era sobrenatural privilegio: contaban que en lo hondo de sus ojos serenos, si se les miraba de cerca, en la sombra de la noche, veíase, en puntual aunque abreviado reflejo, el firmamento estrellado, y aún cierta luz, ulterior al firmamento visible, que era lo más misterioso y sorprendente de ver.

Ciaxar, sátrapa persa, que removía en el tedio de la saciedad las pavesas de su corazón estragado, ardió en deseos de hacer suya a esta mujer, que en el misterio de sus ojos llevaba la gloria de la noche. Todas las tardes, acompañada de su león, iba la doncella en [Pg 94]busca de agua a una fuente, que celaba el corazón bravío de un monte. Ciaxar hizo emboscarse allí soldados suyos, y para el león, fué un sabio nigromante con ellos, que prometió dominarle con su hechizo. Aquella tarde el león se adelantó, como siempre, a explorar la orilla breñosa, y no bien hubo asomado la cabeza entre las zarzas, recibió en ella emponzoñada aspersión, que le postró al punto sumido en un letárgico sueño. Cuando, ignorante y confiada, llegó su dulce amiga, precipitándose los raptores a apresarla, buscó ella con espanto a su león, se abrazó trémula al cuerpo inane de la fiera, y al reparar en que yacía sin aliento, dejó caer sobre el león una lágrima, una sola, que se perdió, como el diamante que cayese dentro de pérsica alcatifa, en la espesura de la melena antes soberbia, ahora rendida y lánguida.

Ya apoderados los esclavos de la hermosura que codiciaba su señor, el nigromante decidió llevarle por su parte otra presea. Aproximándose con hierático gesto al león dormido, tendió hacia él las manos imponentes mientras decía un breve conjuro, y el león, sin cambiar una línea en forma ni actitud, trocóse al punto en león de mármol; tal, que era una estatua de realidad y perfección pasmosas. Cortaron bajo la estatua un trozo de tierra, que, [Pg 95]convertida en mármol también, sirvió al león de zócalo o peana, y con tiro de bueyes llevaron al animal petrificado al palacio del señor.

Cuando apartó éste su atención de la cautiva, admiró al león y quiso que se le pusiera, como símbolo, enfrente de su lecho. León que duerme, potestad que reposa. Desde alta basa, bajo el bruñido entablamento, quitando preeminencias a los unicornios de pórfido que recogían, a ambos lados del lecho, las alas en espeso pabellón de púrpura, el león, en actitud de sueño, dominó la estancia suntuosa.

Pero en lo interno de esa estatua leonina algo lento e inaudito pasaba... Y es que, en el instante del hechizo, a tiempo de cuajarse en mármol la melena del león, la lágrima que dentro de ella había se congeló y endureció con ella y quedó trocada en dardo diamantino y agudo. La lágrima entrañada en el mármol fué como gota de un fuego inextinguible dentro de durísimo hielo; fué como imantada flecha cuyo norte estuviese en el petrificado pecho del león. La lágrima gravitaba al pecho, pero venciendo a su paso resistencia tan dura, que cada día avanzaba un espacio no mayor que uno de los corpúsculos de polvo que hace desprenderse, del mármol en trabajo, el golpe del martillo. No importa: bajo la quietud e impasibilidad de la piedra, en silencioso [Pg 96]ambiente o entre los ecos de la orgía, cuando las dichas y cuando las penas del señor, la lágrima buscaba el pecho.

¿Cuánto tiempo pasó antes que con su lenta punzada atravesase la melena, hendiera la cerviz sumisa, penetrase a través del espacioso tórax y llegase a su centro, partiendo su corazón endurecido?

Nadie puede saberlo... Era alta noche. Hondísimo silencio en la estancia. Sólo la vaga luz que alimentaba el aceite de una copa de bronce. Bajo la púrpura, el señor, decrépito, dormía. De pronto hubo un rumor como de levísimo choque: duro latido pareció mover, al mismo tiempo, el pecho del león y propagarse en un sacudimiento extraño por su cuerpo. Y cual si resucitara, todo él revistióse en un instante de un cálido y subido tinte de oro: en el fondo de sus ojos abiertos apuntó roja luz, y la mustia melena comenzó a enrularse como mar en donde el viento hace ondas. Con empuje que fué al principio desperezo, después movimiento voluntario, luego esfuerzo iracundo, el león arrancó del zócalo los tendidos jarretes, que hicieron sangre, manchando la blancura del mármol, y se puso de pie. Quedó un momento en estupor; la ondulante melena encrespóse de un golpe; rasgó los aires el rugido, como una recia tela que se rompe entre dos [Pg 97]manos de Hércules... Y cuando tras un salto de coloso las crispadas garras se hundieron en el lecho macizado de pluma, quien estuviera allí sólo hubiera visto bajo de ellas una sombra anegada en un charco de sangre miserable, y hubiera visto después los unicornios de pórfido, las colgaduras, los tapices, los vidrios de colores, los entablamentos de cedro, los lampadarios y trípodes de bronce, que rodaban, en espantosa confusión, por la estancia, y el león, rugiente, que revolvía el furor de su destrozo entre ellos, mientras la lágrima, asomando fuera de su corazón, como acerada punta, le teñía el pecho de sangre.


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LA ESTATUA DE CESÁREA

¿Qué misteriosa generación es ésta del personaje épico, novelesco o dramático? ¿Qué divina virtud obra para este acto de creación—el más calificable de tal entre todos los actos de los hombres—que consiste en dar al mundo una criatura imaginaria inmortal: D. Quijote o D. Juan, Otelo o Hamlet; en arrancar de las entrañas del alma propia otra alma, no reflejo de ella, sino autónoma y distinta; hecha de la tela de los sueños, y con todo, dotada de espíritu más brioso, de vida más intensa y pertinaz que los mismos héroes de la historia; individual y una, no con la unidad artificial de la abstracción, sino con la lógica viviente de la naturaleza; persona e idea a la vez; alma que, en la sucesión de los tiempos, obsesionará como un numen al pintor, para que interprete y fije su encarnación corpórea; al músico para que destile su más íntima esencia; al pensador, para que alumbre y analice sus reconditeces, alma capaz de imponerse a la imitación de [Pg 100]las que realmente viven en el mundo, de modo que, después de tener vida ideal, maravillosamente tejida de palabras, adquiera real ser y cuerpo tangible, modelando según su imagen la personalidad de hombres de carne y hueso, y siendo como el típico ejemplar en que tienen puesta la mirada generaciones enteras? ¿Qué portentoso secreto es éste de la imaginación, que crea, que arrebata al cielo, como el titán filántropo, la chispa con que se anima a los hombres?...


Cómo habría sido el semblante de Jesús, de que no había imagen conocida, desvelaba a un eremita del Sceto en tiempos de los primeros ermitaños. Unos imaginaban al Redentor en cuerpo hermoso, transparente, forma de su espíritu. Otros, por el contrario, le atribuían, con la fealdad del cuerpo, la intención de alentar el menosprecio de los hombres, por cuanto cae bajo del sentir material. De tradición sabía el eremita que en Cesárea, ciudad del Antilíbano, cerca de donde el Jordán toma sus fuentes, uno de los enfermos a quienes volvió el Maestro, con la salud del cuerpo, la del alma, había consagrado a perpetuar su imagen una estatua de mármol. Era aquélla de que luego habló en su “Historia Eclesiástica” el obispo Eusebio. Hondo impulso de amor sublimaba[Pg 101] la curiosidad del eremita, y fué en él vocación irresistible y ardiente de piedad determinarse a ir en peregrinación hasta la estatua de Cesárea. Duras fatigas padeció, sin que decayera su ánimo, desde su salida del desierto. Llegó a Cesárea, preguntó, y le mostraron los trozados muros que quedaban de una casa en abandono, y junto a esos muros, plantas silvestres que tejían brava y extendida maraña. Aquí en la esquividad de la maleza, debía encontrar la imagen de su Dios, si es que ella duraba todavía: poco había preocupado a Cesárea la imagen de un dios más.

Nunca con tal pavor penetra un niño en la nocturna sombra del bosque, cual se internó el eremita entre las plantas; sólo que este pavor tenía dulzuras de deliquio. Se halló de pronto ante un pedestal de piedra. Alzó los ojos... La estatua estaba allí, pero ya no guardaba vestigios de su fisonomía. Donde el cincel había esculpido los rasgos del semblante, quedaba apenas una superficie rasa, como la cara de los Hermes arcaicos, obscura y vil profanación del tiempo. El cansancio, que había cedido a la esperanza, se apoderó, con la decepción, del eremita, que cayó sumergido en hondo sueño, junto al ruinoso pedestal. Inmenso anhelo se exhaló, durante el sueño de su alma, y difundiéndose por el ámbito del mundo,[Pg 102] convocó a las partículas de piedra que habían sido de la estatua, para que, juntándose de nuevo, recompusieran la máscara divina. Ellas vinieron, alzadas del polvo de la tierra, surgidas del fondo de las aguas, suspensas en las ondas del aire... En breve nube, comparable a la que forma el aliento del caballo después de la carrera, se acumulaban ante el eremita y flotaban con vago y desmayado ritmo. Luego, las partecillas fueron más y parecieron la nube de tierra que levanta del camino el carro que pasa. Pero nada nacía de ellas que prometiese la imagen por la que su evocador había deseado reunirlas. Él, sin embargo, las consideraba con emoción profunda, sólo porque alguna vez habían compuesto la imagen adorable. Fuego de amor derretía la substancia de su corazón; todo era amor, mientras contemplaba el eremita; inmenso amor que se desbordaba de sus ojos. Tembló una lágrima en ellos. Y entonces, al través de la lágrima, la mirada, que era rayo de amor, fué como fuego que hace llama, y a su contacto la nube de leves partecillas se estremeció, como si toda se incendiase de amor. Su agitación incierta cobró brío; acorde impulso distribuyó, cual si los moviera un soplo sabio, los átomos de piedra; formaron éstos líneas y contornos; y como el mundo de la nébula, surgió, [Pg 103]del seno de la nube, la imagen. Amor era la norma que, en la estatua, había concertado a aquellos átomos de piedra, en la expresión del semblante de que componían simulacro; este semblante en la realidad, como en la estatua, había sido pura forma sensible del amor. Y penetrados ahora de la misma alma por la mirada de amor que los sujetaba a su hechizo, el orden renació entre ellos, y, con el orden, la divina apariencia. Dulce premio de la contemplación conmovida, la veneró el soñador, en éxtasis que no duró más que un instante. Despertó. La mutilada estatua mostraba su faz, llana e informe; pero el eremita no miró ya para ella, porque en lo hondo de su alma, allí donde lo que el recuerdo estampa es indeleble, llevaba—más patente que como quedó en el cendal de la Verónica—la imagen, milagro de su amor.


Éste es el proceso en la invención del artista; ésta la “misteriosa generación” de lo bello, de que habló el Sócrates platónico: una belleza entrevista, que enciende amor, deseo de tenerla, anhelo de fijarla; una, congregación de infinitas partes, menudas y dispersas, que el magnetismo del amor atrae, y la perseverancia del amor apura; y por fin, un inspirado acto de amor, que estrecha en abrazo ardorosísimo[Pg 104] esos mil distintos elementos, y del acuerdo y animación que entre ellos pone, saca la apetecida imagen, limpia y luciente, rica de color y de vida.

Allá, en lo hondo del alma de cada uno, duermen las tendidas aguas de la memoria. Sólo un rayo de luz cae sobre esas aguas sombrías; sólo en mínima parte aparecen a la claridad de la conciencia; pero su capacidad es insondable, e indefinida su aptitud de revelar lo que más íntimo guardan. Cuanto ha pasado una vez por los sentidos, cuanto ha brotado de operación interior, cuanto ha tenido ser en la mente, deja por bajo de ella un rastro de su paso, capaz de revivir otra vez, y convertirse en representación actual y luminosa. No ya lo que la conciencia alumbró claramente cuando su presentación primera; no ya lo que labró hondo surco en la atención o la sensibilidad; sino aun lo vislumbrado, lo apenas advertido, lo semi-ignorado, lo visto al pasar, lo que en un punto mismo es y se disipa, desciende a aquel abismo de la memoria latente, y yace en esa profundidad jamás colmada. De esta manera, líneas, colores, sonidos, armonías, palabras, ideas, emociones, duermen en el inmenso depósito, comparable al caos donde está en potencia una creación y guardan su turno para resurgir, ya como recuerdo concreto, [Pg 105]ya como imagen no referida a lo pasado, si logran el favor de un pensamiento que tienda hasta ellos el hilo de una asociación eficaz, y los levante al círculo de lo consciente. Cuanto más vario y copioso sea ese íntimo museo en el alma del artista, cuanto más se le acrezca por la experiencia, y se le haga accesible y dócil a las artes evocadoras de la asociación, tanto más fácil será la inventiva del artista, y más fecunda.

Cierto día, una percepción o representación dichosa suscita en el alma dotada del sentimiento de hermosura la idea original, la primitiva célula, vago y levísimo esbozo de un personaje imaginario. Un acto de ilusa insensatez o vano arrojo, presenciado de paso por un pueblo; o la fugitiva visión de algún hidalgo escuálido, que lee un libro de caballerías junto al estante de sus armas; o bien una anécdota leída sobre la singular monomanía de un loco; o, simplemente, un rasgo recordado en las soledades de la cárcel, del Amadís o el Esplandián, son la chispa por la que comienza a iluminarse, en la mente de Miguel de Cervantes, la portentosa figuración de su héroe. Esta primera idea enamora al alma del artista; y del amor, que es padre del deseo, nace el de completarla y realizarla. Acicateada por el deseo[Pg 106] de amor, la idea se sumerge y abisma en aquel inmenso depósito de los recuerdos, y como quien remueve el lecho de dormido estanque para traer a la superficie lo del fondo, hace que surja de allí hirviente remolino de imágenes. Todo lo que tiene alguna afinidad con la idea, y es propio para enriquecerla y nutrirla, y formar cuerpo con ella, y levantar su relieve, y reforzar su color, y determinar su espíritu, todo despierta y obedece al poderoso conjuro. Mil recuerdos del tesoro de observación consciente e inconsciente que en su azarosa existencia ha acopiado, mil noticias de su ciencia del mundo acuden al pensamiento de Cervantes, para reunirse a aquel esbozo que de su héroe concibió, y añadirle algún toque de verdad y de vida. Estos recuerdos, estas representaciones, son las partículas de piedra que, de los ámbitos del mundo, concurren a reconstruir el semblante de la estatua, para el contemplador que permanecía ante ella en mudo anhelo. Lucha acaso el alma del artista en este momento de la concepción; lucha acaso y se angustia, en su impaciencia de evocar todos los elementos que le interesan y hacen falta, como ardía en ansia y pena de amor la contemplación del eremita. No le basta buscar en lo ya acumulado, en el mundo de sus recuerdos, sino que, mientras [Pg 107]le inquieta aquel germen precioso que lleva en las entrañas, tiene los ojos muy abiertos a la realidad, para cosechar en ella nuevos rasgos de expresión y carácter, y embeberse en vivos reflejos de hermosura, al modo como la madre antigua se rodeaba, cercana al parto, de formas perfectas. Ni le basta tampoco recordar y observar, sino que ha menester meditar sobre lo recordado y observado, de suerte que la inconexa pluralidad de sus imágenes se traduzca en síntesis armónica. Pero la meditación que dirige y ordena, el orden que la meditación es apta para instituir en la obra de la fantasía, no son suficientes aún. Nunca pasaría este orden de orden lógico, de disposición artificiosamente calculada, si, magnificando el acierto con que lo compone el raciocinio, no perseverase la inconsciente fuerza de amor, que, como cálido y plasmante soplo, circula por entre las relaciones y junturas que establece la mente. Y nunca arribaría a vivir el personaje imaginario, nunca su imagen se movería con la vida personal y enérgica que emula la de los más netos caracteres que veamos en la realidad, si el amor del artista, llegado a su más alto punto, al éxtasis en que culmina, inspirado y victorioso, abrazando de un rapto los elementos que ya ha puesto en acuerdo,[Pg 108] compenetrándolos y traspasándolos, como por el “golpe intuitivo” de que hablaban los Plotinos y Jámblicos en la iluminación de lo divino, no suscitase finalmente la visión una, simultánea, completa, de la criatura soñada; la alucinación que la pone a pleno sol de la conciencia del artista, y después de la cual, ya no es menester sino la voluntad que ejecute y la mano que obedezca. Cuando la llama de amor, desbordando de los ojos que esperan la suspirada forma, ha prendido en la nube fluctuante donde se la busca, la imagen es, de definitiva manera y con vida inmortal. La virtud plástica de la concepción depende de la eficacia de este último acto, instantáneo e insubstituible, en el que los que le antecedieron hallan su recompensa y su fruto.

Todo es presidido por una misma fuerza, en la actividad creadora de la imaginación: el primer deseo que excita a la realización de lo hermoso; la convocatoria enérgica y tenaz que allega los elementos con que ha de componérselo; el rapto inspirado que lo vivifica, y aun la obstinación y perseverancia de la voluntad, que consuma y deja la obra en su punto. Todo ello es presidido por una sola fuerza: aquella misma que, llamándose afinidad, genera las formas armoniosas de los cristales, las estrellas[Pg 109] y exágonos en que cuaja la nieve; y llamándose atracción, rige la sublime concordia de los mundos; y llamándose amor de los sentidos, reproduce la proporción y belleza de los seres vivientes; y llamándose amor desinteresado e ideal, florece en la divina hermosura de las cosas del arte.

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*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 79262 ***