*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78160 *** NOTA DE TRANSCRIPCIÓN * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. * Los errores de imprenta han sido corregidos tras consultar otras ediciones modernas y el manuscrito Ticknor conservado en Boston. * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española, siempre que no resultara afectada la métrica o la rima del verso. * Las abreviaturas en los nombres de los personajes han sido expandidas para mayor facilidad de lectura. * El comienzo de las estrofas se señala por un breve sangrado. * Se destacan los versos relevantes de la _glosa_ «En fin, señora, me veo» del final del segundo acto, pág. 37, como hacen las ediciones modernas. EL CASTIGO SIN VENGANZA, TRAGEDIA DE FREY LOPE FÉLIX DE VEGA CARPIO del hábito de San Juan, Procurador Fiscal de la Cámara Apostólica del Arzobispado de Toledo. AL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DON LUIS FERNÁNDEZ de Córdova, Cardona y Aragón; Duque de Sessa, de Baena, y de Soma; Conde de Cabra, Palamós, y Olivito; Vizconde de Hinajar; Señor de las Baronías de Belpuche, Liñola, y Calonge; Gran Almirante de Nápoles, y Capitán General del mar de aquel reino, y Comendador de Bedmar y Albanchez, de la Orden y Caballería de Santiago, etc. [Ilustración] Año 1634. Con licencia, En Barcelona, por PEDRO LACAVALLERÍA, junto la Librería. APROBACIÓN DEL MUY REVERENDO PADRE MAESTRO fray Francisco Palau del Orden de Predicadores. He leído con sumo gusto y debido aplauso la famosa tragedia del Castigo sin Venganza, la cual me ha mandado leer el muy ilustre señor don Ramón de Santmenat y de Lanuza, canónigo y arcediano y vicario general en la santa iglesia de Barcelona, para que, con mi aprobación y censura, se pueda comunicar por la impresión a todo el mundo, y satisfacer a tantos que con particulares y debidas ansias desean verla. Con decir que es de frey Lope Félix de Vega Carpio, y que la confiesa por hija de su ingenio, queda aprobada por muy conforme a la fe y buenas costumbres, y adornada y compuesta de suma erudición, doctrina, elegancia y agudeza acostumbrada; y de hecho es tal esta tragedia que solo podía ser de Lope, y solo la podía hacer su caudaloso ingenio. Pero ¿qué hay que admirarse de esta?, pues quien hubiere leído sus obras (que son muchísimas) y advertido aquel su natural corriente y propiedad de términos, que parece le obedecen todas las ciencias e historias y la frasis castellana, le ha de tener por la octava maravilla del mundo, pues dicen ellas mismas que todo lo sabe, y con eminencia; y que es la preciosa piedra Acates, la cual (como cuenta Plinio, y refiere Bartolomé Cassaneo) tenía esculpidas las nueve musas (que son las ciencias) con sus cetros y demás insignias e instrumentos, y al dios Apolo en medio tocando su cítara. Y así si se glorió y tuvo por muy dichoso Pirro, rey de los epirotas, de tener tan inestimable piedra, con mayores ventajas debe estar muy ufana la coronada villa de Madrid, y aun España toda, de tener a Lope, y por muy felices y dichosos los presentes siglos que gocen de su resplandor, y quedan enriquecidos con sus quilates, pues tienen en un sujeto todas las musas, que es tener todas las ciencias; y así merece le pongan como a aquellas los dorados cetros en las manos, y coronen sus sienes con vistosas y gallardas guirnaldas de plumas, como las que se pusieron las mismas musas, compuestas de las que tomaron de las alas de sus vencidas sirenas, porque atrevidamente quisieron competir con ellas, como lo refieren Alciato, Lilio Giraldo, Séneca, Pitágoras, san Clemente Alejandrino, san Teodoreto, Del Río y otros para que prosiga con su veloz vuelo la parlera fama de este nuestro ave Fénix, no de España, y por España sola (que para nuestro héroe es corto espacio), sino del mundo y por el mundo todo. Este es mi sentimiento, que para elogio es muy corto. De Santa Catalina Mártir de Barcelona, julio 23 de 1634. _Fray Francisco Palau._ Santmenat Vic. Gen. & Offic. _Don Franciscus de Erill, Cancell._ AL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DUQUE DE SESSA, MI SEÑOR, etc. Desigual atrevimiento parece dedicar a Vuestra Excelencia esta tragedia, cuando fuera más justo poemas heroicos, de quien fuera argumento las gloriosas hazañas de sus progenitores invictísimos, que dieron a la Corona de España tantos reinos, a las plumas tantas historias, a la fama tantos triunfos, y a las armas insignes de su apellido tantas banderas, de que son fieles testigos reyes infieles, y alguno que, preso, ocupa (con honra suya) un cuartel de ellas entre los Córdovas, Cardonas y Aragones, ilustrísimos por inmortal memoria en tantos siglos, y por sangre generosa en tantos reinos. Mas, como suele el que cultiva flores enviar al dueño del jardín algunas como en reconocimiento de que son suyas las que quedan, así yo me atrevo a enviar a Vuestra Excelencia las de este asunto, indicio de que reconocen las demás que de todas es señor, como del que las cultiva. En los amigos, los presentes son amor; en los amantes, cuidado; en los pretendientes, cohecho; en los obligados, agradecimiento; en los señores, favor, en los criados, servicio. Este no va a solicitar mercedes, sino a reconocer obligaciones, de tantas como he recibido de sus liberales manos en tantos años que ha que vivo escrito en el número de los criados de su casa. Guarde nuestro Señor a Vuestra Excelencia como deseo. Frey Lope Félix de Vega Carpio. EL PRÓLOGO. Señor lector, esta tragedia se hizo en la corte solo un día, por causas que a vuestra merced le importan poco. Dejó entonces tantos deseosos de verla que los he querido satisfacer con imprimirla. Su historia estuvo escrita en lengua latina, francesa, alemana, toscana, y castellana: esto fue prosa, ahora sale en verso. Vuestra merced la lea por mía, porque no es impresa en Sevilla, cuyos libreros, atendiendo a la ganancia, barajan los nombres de los poetas, y a unos dan sietes y a otros sotas, que hay hombres que por dinero no reparan en el honor ajeno, que a vueltas de sus mal impresos libros venden y compran. Advirtiendo que está escrita al estilo español, no por la antigüedad griega y severidad latina, huyendo de las sombras, nuncios y coros; porque el gusto puede mudar los preceptos, como el uso los trajes, y el tiempo las costumbres. PERSONAS DEL PRIMER ACTO. El Duque de Ferrara. Autor. Casandra. Autora. El Conde Federico. Arias. Aurora. Bernarda. Albano. Lucrecia. Gerónima. Rutilio. Batín. Salinas. Floro. Cintia. María Zavallos. Lucindo. Febo y Ricardo. El Marqués Gonzaga. Salas. ACTO PRIMERO. (_El Duque de Ferrara, de noche; Febo y Ricardo, criados_). RICARDO. ¡Linda burla! FEBO. Por extremo; pero ¿quién imaginara, que era el Duque de Ferrara? DUQUE. Que no me conozcan temo. RICARDO. Debajo de ser disfraz, hay licencia para todo, que aun el cielo en algún modo es de disfraces capaz. ¿Qué piensas tú que es el velo con que la noche le tapa? Una guarnecida capa con que se disfraza el cielo. Y para dar luz alguna las estrellas que dilata son pasamanos de plata y una encomienda la luna. DUQUE. ¿Ya comienzas desatinos? FEBO. No, lo ha pensado poeta de estos de la nueva seta, que se imaginan divinos. RICARDO. Si a sus licencias apelo, no me darás culpa alguna, que yo sé quien a la luna llamó requesón del cielo. DUQUE. Pues no te parezca error, que la poesía ha llegado a tan miserable estado que es ya como jugador de aquellos transformadores, muchas manos, ciencia poca, que echan cintas por la boca de diferentes colores. Pero dejando a otro fin esta materia cansada, no es mala aquella casada. RICARDO. ¿Cómo mala? ¡Un serafín! Pero tiene un bravo azar que es imposible sufrillo. DUQUE. ¿Cómo? RICARDO. Un cierto maridillo, que toma, y no da lugar. FEBO. ¡Guarda la cara! DUQUE. Ese ha sido siempre el más crüel linaje de gente de este paraje. FEBO. El que la gala, el vestido y el oro deja traer, tenga (pues él no lo ha dado) lástima al que lo ha comprado, pues si muere su mujer, ha de gozar la mitad, como bienes gananciales. RICARDO. Cierto que personas tales poca tienen caridad, hablando cultidiablesco, por no juntar las dicciones. DUQUE. Tienen esos socarrones con el diablo parentesco, que, obligando a consentir, después estorba el obrar. RICARDO. Aquí pudiera llamar; pero hay mucho que decir. DUQUE. ¿Cómo? RICARDO. Una madre beata, que reza, y riñe a dos niñas entre majuelos y viñas, una perla, y otra plata. DUQUE. Nunca de exteriores fío. RICARDO. No lejos vive una dama como azúcar de retama, dulce y morena. DUQUE. ¿Qué brío? RICARDO. El que pide la color; mas el que con ella habita, es de cualquiera visita cabizbajo rumiador. FEBO. Rumiar siempre fue de bueyes. RICARDO. Cerca he visto una mujer que diera buen parecer si hubiera estudiado leyes. DUQUE. Vamos allá. RICARDO. No querrá abrir a estas horas. DUQUE. ¿No? ¿Y si digo quién soy yo? RICARDO. Si lo dices, claro está. DUQUE. Llama pues. RICARDO. Algo esperaba, que a dos patadas salió. (_Cintia en lo alto_). CINTIA. ¿Quién es? RICARDO. Yo soy. CINTIA. ¿Quién es yo? RICARDO. Amigos, Cintia. ¡Abre, acaba, que viene el Duque conmigo! ¡Tanto mi alabanza pudo! CINTIA. ¿El Duque? RICARDO. ¿Eso dudas? CINTIA. Dudo, no digo el venir contigo, mas el visitarme a mí tan gran señor, y a tal hora. RICARDO. Por hacerte gran señora viene disfrazado así. CINTIA. Ricardo, si el mes pasado lo que ahora me dijeras del Duque, me persuadieras que a mis puertas ha llegado; pues toda su mocedad ha vivido indignamente, fábula siendo a la gente su viciosa libertad. Y como no se ha casado por vivir más a su gusto, sin mirar que fuera injusto ser de un bastardo heredado, —aunque es mozo de valor Federico—, yo creyera que el Duque a verme viniera; mas ya que como señor se ha venido a recoger, y de casar concertado su hijo a Mantua ha enviado por Casandra, su mujer, no es posible que ande haciendo locuras de noche ya, cuando esperándola está y su entrada previniendo; que si en Federico fuera libertad, ¿qué fuera en él? Y si tu fueras fiel, aunque él ocasión te diera, no anduvieras atrevido deslustrando su valor, que ya el Duque, tu señor, está acostado y dormido. Y así cierro la ventana, que ya sé que fue invención para hallar conversación. ¡Adiós, y vuelve mañana! DUQUE. ¡A buena casa de gusto me has traído! RICARDO. Yo, señor, ¿qué culpa tengo? DUQUE. Fue error fiarle tanto disgusto para la noche que viene. FEBO. Si quieres, yo romperé la puerta. DUQUE. ¡Que esto escuché! FEBO. Ricardo la culpa tiene. Pero, señor, quien gobierna, si quiere saber su estado, cómo es temido o amado, deja la lisonja tierna del crïado adulador y disfrazado, de noche, en traje humilde o en coche, salga a saber su valor; que algunos emperadores se valieron de este engaño. DUQUE. Quien escucha, oye su daño, y fueron, aunque doctores, filósofos majaderos, porque el vulgo no es censor de la verdad, y es error de entendimientos groseros fiar la buena opinión de quien, inconstante y vario, todo lo juzga al contrario de la ley de la razón. Un quejoso, un descontento echa, por vengar su ira, en el vulgo una mentira, a la novedad atento. Y como por su bajeza no la puede averiguar, ni en los palacios entrar, murmura de la grandeza. Yo confieso que he vivido libremente y sin casarme, por no querer sujetarme, y que también parte ha sido pensar que me heredaría Federico, aunque bastardo: mas ya que a Casandra aguardo, que Mantua con él me envía, todo lo pondré en olvido. FEBO. Será remedio casarte. RICARDO. Si quieres desenfadarte, pon a esta puerta el oído. DUQUE. ¿Cantan? RICARDO. ¿No lo ves? DUQUE. ¿Pues quién vive aquí? RICARDO. Vive un autor de comedias. FEBO. Y el mejor de Italia. DUQUE. Ellos cantan bien. ¿Tiénelas buenas? RICARDO. Están entre amigos y enemigos: buenas las hacen amigos con los aplausos que dan, y los enemigos, malas. FEBO. No pueden ser buenas todas. DUQUE. Febo, para nuestras bodas prevén las mejores salas, y las comedias mejores, que no quiero que repares en las que fueren vulgares. FEBO. Las que ingenios y señores aprobaren llevaremos. DUQUE. ¿Ensayan? RICARDO. Y habla una dama. DUQUE. Si es Andrelina, es de fama. ¡Qué acción! ¡Qué afectos! ¡Qué extremos! (_Dentro_). «Déjame pensamiento, no más, no más, memoria, que mi pasada gloria conviertes en tormento, y de este sentimiento ya no quiero memoria sino olvido, que son de un bien perdido, aunque presumes que mi mal mejoras, discursos tristes para alegres horas». DUQUE. ¡Valiente acción! FEBO. ¡Extremada! DUQUE. Más oyera: pero estoy sin gusto, a acostarme voy. RICARDO. ¿A las diez? DUQUE. Todo me enfada. RICARDO. Mira que es esta mujer única. DUQUE. Temo que hable alguna cosa notable. RICARDO. De ti ¿cómo puede ser? DUQUE. ¿Ahora sabes, Ricardo, que es la comedia un espejo en que el necio, el sabio, el viejo, el mozo, el fuerte, el gallardo, el rey, el gobernador, la doncella, la casada, siendo al ejemplo escuchada de la vida y del honor, retrata nuestras costumbres, o livianas o severas, mezclando burlas y veras, donaires y pesadumbres? Basta, que oí del papel de aquella primera dama el estado de mi fama; bien claro me hablaba en él. ¿Que escuche, me persüades, la segunda? Pues no ignores que no quieren los señores oír tan claras verdades. (_Federico de camino muy galán, y Batín, criado_). BATÍN. Desconozco el estilo de tu gusto. ¿Ahora en cuatro sauces te detienes, cuando a negocio, Federico, vienes de tan grande importancia? FEDERICO. Mi disgusto no me permite, como fuera justo, más prisa y más cuidado, antes la gente dejo, fatigado de varios pensamientos, y al dosel de estos árboles que, atentos a las dormidas ondas de este río, en su puro cristal, sonoro y frío, mirando están sus copas, después que los vistió de verdes ropas. De mí mismo quisiera retirarme, que me cansa el hablarme del casamiento de mi padre, cuando pensé heredarle, que si voy mostrando a nuestra gente gusto, como es justo, el alma llena de mortal disgusto, camino a Mantua, de sentido ajeno, que voy por mi veneno, en ir por mi madrastra, aunque es forzoso. BATÍN. Ya de tu padre el proceder vicioso, de propios y de extraños reprendido, quedó a los pies de la virtud vencido; ya quiere sosegarse, que no hay freno, señor, como casarse. Presentole un vasallo al rey francés un bárbaro caballo de notable hermosura, Cisne en el nombre, y por la nieve pura de la piel que cubrían las rizas canas que a los pies caían de la cumbre del cuello, en levantando la pequeña cabeza. Finalmente le dio naturaleza, que alguna dama estaba imaginando hermosura y desdén, porque su furia tenía por injuria sufrir el picador más fuerte y diestro. Viendo tal hermosura y tal siniestro, mandole el rey echar en una cava, a un soberbio león, que en ella estaba; y en viéndole feroz, apenas viva el alma sensitiva, hizo que el cuerpo alrededor se entolde de las crines, que ya crespas sin molde, si el miedo no lo era, formaron como lanzas blanca esfera, y en espín erizado de orgulloso caballo transformado; sudó por cada pelo una gota de hielo, y quedó tan pacífico y humilde que fue un enano en sus arzones tilde, y el que a los picadores no sufría, los pícaros sufrió desde aquel día. FEDERICO. Batín, ya sé que a mi vicioso padre no pudo haber remedio que le cuadre como es el casamiento; pero ¿no ha de sentir mi pensamiento haber vivido con tan loco engaño? Ya sé que al más altivo, al más extraño, le doma una mujer, y que, delante de este león, el bravo, el arrogante se deja sujetar del primer niño que con dulce cariño y media lengua, o muda o balbuciente, teniéndole en los brazos le consiente que le tome la barba. Ni rudo labrador la roja parva, como un casado la familia mira, y de todos los vicios se retira. Mas ¿qué me importa a mí que se sosiegue mi padre, y que se niegue a los vicios pasados, si han de heredar sus hijos sus estados, y yo, escudero vil, traer en brazos algún león, que me ha de hacer pedazos? BATÍN. Señor, los hombres cuerdos y discretos, cuando se ven sujetos a males sin remedio, poniendo la paciencia de por medio fingen contento, gusto y confianza por no mostrar envidia y dar venganza. FEDERICO. ¿Yo sufriré madrastra? BATÍN. ¿No sufrías las muchas que tenías con los vicios del Duque? Pues ahora sufre una sola, que es tan gran señora. FEDERICO. ¿Qué voces son aquellas? BATÍN. En el vado del río suena gente. FEDERICO. Mujeres son, a verlas voy. BATÍN. ¡Detente! FEDERICO. ¡Cobarde! ¿No es razón favorecellas? (_Vase_). BATÍN. Excusar el peligro es ser valiente. ¡Lucindo, Albano, Floro! (_Estos salen_). LUCINDO. El Conde llama. ALBANO. ¿Dónde está Federico? FLORO. ¿Pide acaso los caballos? BATÍN. Las voces de una dama con poco seso y con valiente paso le llevaron de aquí; mientras le sigo, llamad la gente. (_Vase_). LUCINDO. ¿Dónde vas? Espera. ALBANO. Pienso que es burla. FLORO. Y yo lo mismo digo; aunque suena rumor en la ribera de gente que camina. LUCINDO. Mal Federico a obedecer se inclina el nuevo dueño, aunque por ella viene. ALBANO. Sale a los ojos el pesar que tiene. (_Federico sale con Casandra en los brazos_). FEDERICO. Hasta poneros aquí los brazos me dan licencia. CASANDRA. Agradezco, caballero, vuestra mucha gentileza. FEDERICO. Y yo a mi buena fortuna traerme por esta selva, casi fuera de camino. CASANDRA. ¿Qué gente, señor, es esta? FEDERICO. Crïados que me acompañan. No tengáis, señora, pena, todos vienen a serviros. (_Batín sale con Lucrecia, criada, en los brazos_). BATÍN. Mujer, dime, ¿cómo pesas, si dicen que sois livianas? LUCRECIA. Hidalgo, ¿dónde me llevas? BATÍN. A sacarte por lo menos de tanta enfadosa arena como la falta del río en estas orillas deja. Pienso que fue treta suya por tener ninfas tan bellas volverse el coche al salir, que si no fuera tan cerca, corriérades gran peligro. FEDERICO. Señora, porque yo pueda hablaros con el respeto que vuestra persona muestra, decidme quién sois. CASANDRA. Señor, no hay causa por que no deba decirlo. Yo soy Casandra, ya de Ferrara Duquesa, hija del Duque de Mantua. FEDERICO. ¿Cómo puede ser que sea Vuestra Alteza, y venir sola? CASANDRA. No vengo sola, que fuera cosa imposible. No lejos el Marqués Gonzaga queda, a quien pedí me dejase, atravesando una senda, pasar sola en este río, parte de esta ardiente siesta, y por llegar a la orilla, que me pareció cubierta de más árboles y sombras, había más agua en ella, tanto, que pude correr, sin ser mar, fortuna adversa; mas no pudo ser Fortuna, pues se pararon las ruedas. Decidme, señor, quién sois, aunque ya vuestra presencia lo generoso asegura y lo valeroso muestra; que es razón que este favor no solo yo le agradezca, pero el Marqués y mi padre que tan obligados quedan. FEDERICO. Después que me dé la mano, sabrá quién soy Vuestra Alteza. CASANDRA. ¿De rodillas? ¡Es exceso! No es justo que lo consienta la mayor obligación. FEDERICO. Señora, es justo, y es fuerza; mirad que soy vuestro hijo. CASANDRA. Confieso que he sido necia en no haberos conocido. ¿Quién sino quien sois pudiera valerme en tanto peligro? Dadme los brazos. FEDERICO. Merezca vuestra mano. CASANDRA. No es razón. Dejadles pagar la deuda, señor Conde Federico. FEDERICO. El alma os dé la respuesta. (_Hablen quedo, y diga Batín_). BATÍN. Ya que ha sido nuestra dicha que esta gran señora sea por quien íbamos a Mantua, solo resta que yo sepa si eres tú Vuestra Merced, Señoría o Excelencia, para que pueda medir lo razonado a las prendas. LUCRECIA. Desde mis primeros años sirvo, amigo, a la Duquesa, soy domestica criada; visto y desnudo a Su Alteza. BATÍN. ¿Eres camarera? LUCRECIA. No. BATÍN. Serás haciacamarera, como que lo fuiste a ser y te quedaste a la puerta. Tal ves tienen los señores como lo que tú me cuentas unas criadas malillas, entre doncellas y dueñas, que son todo y no son nada. ¿Cómo te llamas? LUCRECIA. Lucrecia. BATÍN. ¿La de Roma? LUCRECIA. Más acá. BATÍN. ¡Gracias a Dios, que con ella topé! Que desde su historia, traigo llena la cabeza de castidades forzadas y de diligencias necias. ¿Tú viste a Tarquinio? LUCRECIA. ¿Yo? BATÍN. ¿Y qué hicieras si le vieras? LUCRECIA. ¿Tienes mujer? BATÍN. ¿Por qué causa lo preguntas? LUCRECIA. Porque pueda ir a tomar su consejo. BATÍN. Herísteme por la treta. ¿Tú sabes quien soy? LUCRECIA. ¿De qué? BATÍN. ¿Es posible que no llega aun hasta Mantua la fama de Batín? LUCRECIA. ¿Por qué excelencias? Pero tú debes de ser como unos necios que piensan que en todo el mundo su nombre por único se celebra, y apenas le sabe nadie. BATÍN. No quiera Dios que tal sea, ni que murmure envidioso de las virtudes ajenas; esto dije por donaire, que no porque piense o tenga satisfacción y arrogancia. Verdad es que yo quisiera tener fama entre hombres sabios que ciencia y letras profesan, que en la ignorancia común no es fama sino cosecha, que sembrando disparates coge lo mismo que siembra. CASANDRA. Aún no acierto a encarecer el haberos conocido, poco es lo que había oído para lo que vengo a ver, el hablar, el proceder a la persona conforma, hijo y mi señor, de forma que muestra en lo que habéis hecho cuál es el alma del pecho que tan gran sujeto informa. Dicha ha sido haber errado el camino que seguí, pues más presto os conocí por yerro tan acertado; cual suele en el mar airado la tempestad, después de ella ver aquella lumbre bella, así fue mi error la noche, mar el río, nave el coche, yo el piloto, y vos mi estrella. Madre os seré desde hoy, señor Conde Federico, y de este nombre os suplico que me honréis, pues ya lo soy. De vos tan contenta estoy, y tanto el alma repara en prenda tan dulce y cara, que me da más regocijo teneros a vos por hijo que ser Duquesa en Ferrara. FEDERICO. Basta que me dé temor, hermosa señora, el veros; no me impida el responderos, turbarme tanto favor: hoy el Duque, mi señor, en dos divide mi ser, que del cuerpo pudo hacer que mi ser primero fuese, para que el alma debiese a mi segundo nacer. De estos nacimientos dos lleváis, señora, la palma, que para nacer con alma hoy quiero nacer de vos, que, aunque quien la infunde es Dios, hasta que os vi, no sentía en qué parte la tenía, pues si conocerla os debo vos me habéis hecho de nuevo, que yo sin alma vivía. Y de esto se considera, pues que de vos nacer quiero, que soy el hijo primero, que el Duque de vos espera. Y de que tan hombre quiera nacer, no son fantasías, que, para disculpas mías, aquel divino crisol ha seis mil años que es sol, y nace todos los días. (_El Marqués Gonzaga, Rutilio y criados_). RUTILIO. Aquí, señor, los dejé. MARQUÉS. Extraña desdicha fuera, si el caballero que dices no llegara a socorrerla. RUTILIO. Mandome alejar, pensando dar nieve al agua risueña, bañando en ella los pies para que corriese perlas, Y así no pudo llegar tan presto mi diligencia, y en brazos de aquel hidalgo salió, señor, la Duquesa, pero como vi que estaban seguras en la ribera, corrí a llamarte. MARQUÉS. Allí está, entre el agua y el arena el coche solo. RUTILIO. Estos sauces nos estorbaron el verla. Allí está con los criados del caballero. CASANDRA. Ya llega mi gente. MARQUÉS. ¡Señora mía! CASANDRA. ¡Marqués! MARQUÉS. Con notable pena a todos nos ha tenido hasta ahora Vuestra Alteza; gracias a Dios que os hallamos sin peligro. CASANDRA. Después de ellas Las dad a este caballero. Su piadosa gentileza me sacó libre en los brazos. MARQUÉS. Señor Conde, ¿quién pudiera sino vos favorecer a quien ya es justo que tenga el nombre de vuestra madre? FEDERICO. Señor Marqués, yo quisiera ser un Júpiter entonces, que transformándome cerca en aquel ave imperial, aunque las plumas pusiera a la luz de tanto sol, ya de Faetonte soberbia, entre las doradas uñas, tusón del pecho la hiciera, y por el aire en los brazos por mi cuidado la vieran los del Duque, mi señor. MARQUÉS. El cielo, señor, ordena estos sucesos que veis, para que Casandra os deba un beneficio tan grande que desde este punto pueda confirmar las voluntades, y en toda Italia se vea amarse tales contrarios, y que en un sujeto quepan. (_Hablen los dos, y aparte Casandra y Lucrecia_). CASANDRA. Mientras los dos hablan, dime qué te parece, Lucrecia, de Federico. LUCRECIA. Señora, si tu me dieses licencia, mi parecer te diría. CASANDRA. Aunque ya no sin sospecha, yo te la doy. LUCRECIA. Pues yo digo... CASANDRA. Di. LUCRECIA. ... que más dichosa fueras si se trocara la suerte. CASANDRA. Aciertas, Lucrecia, y yerra mi fortuna; mas ya es hecho, porque cuando yo quisiera, fingiendo alguna invención, volver a Mantua, estoy cierta que me matara mi padre, y por toda Italia fuera fábula mi desatino; fuera de que no pudiera casarme con Federico, y así no es justo que vuelva a Mantua, sino que vaya a Ferrara, en que me espera el Duque, de cuya libre vida y condición me llevan las nuevas con gran cuidado. MARQUÉS. ¡Ea! ¡Nuestra gente venga, y alegremente salgamos del peligro de esta selva! Parte delante a Ferrara, Rutilio, y lleva las nuevas al Duque del buen suceso, si por ventura no llega anticipada la fama, que se detiene en las buenas cuanto corre en siendo malas. Vamos, señora, y prevengan caballo al Conde. FLORO. ¡El caballo del Conde! CASANDRA. Vuestra Excelencia irá mejor en mi coche. FEDERICO. Como mande Vuestra Alteza que vaya, la iré sirviendo. (_El Marqués lleve de la mano a Casandra, y quédense Federico y Batín_). BATÍN. ¡Que bizarra es la Duquesa! FEDERICO. ¿Parécete bien, Batín? BATÍN. Paréceme una azucena que está pidiendo a la aurora, en cuatro cándidas lenguas, que le trueque en cortesía los granos de oro a sus perlas. No he visto mujer tan linda, por Dios, señor, que si hubiera lugar —porque suben ya, y no es bien que la detengas— que te dijera... FEDERICO. No digas nada, que con tu agudeza me has visto el alma en los ojos, y el gusto me lisonjeas. BATÍN. ¿No era mejor para ti esta clavellina fresca, esta naranja en azahar, toda de pimpollos hecha, esta alcorza de ámbar y oro, esta Venus, esta Elena? ¡Pesia las leyes del mundo! FEDERICO. Ven, no les demos sospecha, y seré el primer alnado a quien hermosa parezca su madrastra. BATÍN. Pues, señor, no hay más de tener paciencia, que a fe que a dos pesadumbres ella te parezca fea. (_Salgan el Duque de Ferrara, y Aurora su sobrina_). DUQUE. Hallarala en el camino Federico, si partió cuando dicen. AURORA. Mucho erró, pues cuando el aviso vino era forzoso el partir a acompañar a Su Alteza. DUQUE. Pienso que alguna tristeza pudo el partir diferir; que, en fin, Federico estaba seguro en su pensamiento de heredarme, cuyo intento, que con mi amor consultaba, fundaba bien su intención, porque es Federico, Aurora, lo que más mi alma adora, y fue casarme, traición que hago a mi propio gusto; que mis vasallos han sido quien me ha forzado y vencido a darle tanto disgusto, si bien dicen que esperaban tenerle por su señor, o por conocer mi amor, o porque también le amaban; mas que los deudos que tienen derecho a mi sucesión, pondrán pleito con razón; o que, si a las armas vienen, no pudiendo concertallos, abrasarán estas tierras, porque siempre son las guerras a costa de los vasallos. Con esto determiné casarme, no pude más. AURORA. Señor, disculpado estás, yerro de fortuna fue: pero la grave prudencia del Conde, hallará templanza, para que su confianza tenga consuelo y paciencia; aunque, en esta confusión un consejo quiero darte, que será remedio, en parte, de su engaño y tu afición. Perdona el atrevimiento que, fiado en el amor que me muestras, con valor te diré mi pensamiento. Yo soy, invicto Duque, tu sobrina; hija soy de tu hermano, que en su primera edad, como temprano almendro que la flor al cierzo inclina, cinco lustros (¡ay, suerte crüel!) rindió la inexorable muerte. Criásteme en tu casa, porque luego quedé también sin madre; tú solo fuiste mi querido padre, y en el confuso laberinto ciego de mis fortunas tristes, el hilo de oro que de luz me vistes. Dísteme por hermano a Federico, mi primo en la crianza, a cuya siempre honesta confianza, con dulce trato honesto amor aplico, no menos de él querida, viviendo entrambos una misma vida, una ley, un amor, un albedrío, una fe nos gobierna, que con el matrimonio será eterna, siendo yo suya, y Federico mío, que aun apenas la muerte osará dividir lazo tan fuerte. Desde la muerte de mi padre amado tiene mi hacienda aumento; no hay en Italia ahora casamiento más igual a sus prendas y a su estado; que yo entre muchos grandes, ni miro a España, ni me aplico a Flandes. Si le casas conmigo estás seguro de que no se entristezca de que Casandra sucesión te ofrezca, sirviendo yo de su defensa y muro. Mira si en este medio promete mi consejo tu remedio. DUQUE. Dame tus brazos, Aurora, que en mi sospecha y recelo eres la misma del cielo que mi noche ilustra y dora. Hoy mi remedio amaneces, y en el sol de tu consejo miro, como en claro espejo, el que a mi sospecha ofreces. Mi vida y honra aseguras, y así te prometo al Conde, si a tu honesto amor responde la fe con que le procuras, que bien creo que estarás cierta de su justo amor, como yo, que tu valor, Aurora, merece más. Y así, pues vuestros intentos conformes vienen a ser, palabra te doy de hacer juntos los dos casamientos. Venga el Conde, y tú verás, qué día a Ferrara doy. AURORA. Tu hija y tu esclava soy, no puedo decirte más. (_Entre Batín_). BATÍN. Vuestra Alteza, gran señor, reparta entre mí y el viento las albricias, porque a entrambos se las debe de derecho; que no sé cuál de los dos vino en el otro corriendo, yo en el viento, o él en mí, él en mis pies, yo en su vuelo. La Duquesa mi señora viene buena, y si primero dijo la fama que el río, con atrevimiento necio, volvió el coche, no fue nada, porque el Conde al mismo tiempo llegó, y la sacó en sus brazos, con que las paces se han hecho de aquella opinión vulgar que nunca bien se quisieron los alnados y madrastras; porque con tanto contento vienen juntos, que parecen hijo y madre verdaderos. DUQUE. Esa paz, Batín amigo, es la nueva que agradezco, y que traiga gusto el Conde, fuera de ser nueva, es nuevo. ¿Querrá Dios que Federico, con su buen encendimiento, se lleve bien con Casandra? En fin ya los dos se vieron, y en tiempo que pudo hacerle ese servicio. BATÍN. Prometo a Vuestra Alteza que fue dicha de los dos. AURORA. Yo quiero que me des nuevas también. BATÍN. ¡Oh Aurora, que a la del cielo das ocasión con el nombre para decirte conceptos! ¿Qué me quieres preguntar? AURORA. Deseo de saber tengo si es muy hermosa Casandra. BATÍN. Esa pregunta y deseo no era de Vuestra Excelencia, sino del Duque, mas pienso, que entrambos sabéis por fama lo que repetir no puedo, porque ya llegan. DUQUE. Batín, ponte esta cadena al cuello. (_Entren con grande acompañamiento y bizarría Rutilio, Floro, Albano, Lucindo, el Marqués Gonzaga, Federico, Casandra y Lucrecia_). FEDERICO. En esta huerta, señora, os tienen hecho aposento para que el Duque os reciba, en tanto que disponiendo queda Ferrara la entrada, que a vuestros merecimientos será corta, aunque será la mayor que en estos tiempos en Italia se haya visto. CASANDRA. Ya, Federico, el silencio me provocaba a tristeza. FEDERICO. Fue de aquesta causa efecto. FLORO. Ya salen a recibiros el Duque y Aurora. DUQUE. El cielo, hermosa Casandra, a quien con toda el alma os ofrezco estos estados, os guarde para su señora y dueño, para su aumento y su honor, los años de mi deseo. CASANDRA. Para ser de Vuestra Alteza esclava, gran señor, vengo, que de este título solo recibe mi casa aumento, mi padre honor y mi patria gloria, en cuya fe poseo los méritos de llegar a ser digna de los vuestros. DUQUE. Dadme vos, señor Marqués, los brazos, a quien hoy debo prenda de tanto valor. MARQUÉS. En su nombre los merezco, y por la parte que tuve en este alegre himeneo, pues hasta la ejecución me sois deudor del concierto. AURORA. Conoced, Casandra, a Aurora. CASANDRA. Entre los bienes que espero de tanta ventura mía, es ver, Aurora, que os tengo por amiga y por señora. AURORA. Con serviros, con quereros por dueño de cuanto soy, solo responder os puedo. ¡Dichosa Ferrara ha sido, oh Casandra, en mereceros para gloria de su nombre! CASANDRA. Con tales favores entro, que ya en todas mis acciones próspero fin me prometo. DUQUE. Sentaos porque os reconozcan con debido amor mis deudos y mi casa. CASANDRA. No replico; cuanto mandáis obedezco. (_Siéntense debajo de dosel el Duque y Casandra, y el Marqués y Aurora_). CASANDRA. ¿No se sienta el Conde? DUQUE. No, porque ha de ser el primero, que os ha de besar la mano. CASANDRA. Perdonad, que no consiento esa humildad. FEDERICO. Es agravio de mi amor; fuera de serlo, es ir contra mi obediencia. CASANDRA. Eso no. FEDERICO. ¡Temblando llego! CASANDRA. Teneos. FEDERICO. No lo mandéis. Tres veces, señora, beso vuestra mano: una por vos, con que humilde me sujeto a ser vuestro mientras viva, de estos vasallos ejemplo; la segunda por el Duque mi señor, a quien respeto obediente; y la tercera por mí, porque no teniendo más por vuestra obligación, ni menos por su precepto, sea de mi voluntad, señora, reconoceros, que la que sale del alma sin fuerza de gusto ajeno es verdadera obediencia. CASANDRA. De tan obediente cuello sean cadena mis brazos. DUQUE. Es Federico discreto. MARQUÉS. Días ha, gallarda Aurora, que los deseos de veros nacieron de vuestra fama, y a mi fortuna le debo que tan cerca me pusiese de vos, aunque no sin miedo, para que sepáis de mí que, puesto que se cumplieron, son mayores de serviros cuando tan hermosa os veo. AURORA. Yo, señor Marqués, estimo ese favor como vuestro, porque ya de vuestro nombre, que por las armas eterno será en Italia, tenía noticia por tantos hechos. Lo de galán ignoraba, y fue ignorancia, os confieso, porque soldado y galán es fuerza, y más en sujeto de tal sangre y tal valor. MARQUÉS. Pues haciendo fundamento de ese favor, desde hoy me nombro vuestro, y prometo mantener en estas fiestas a todos los caballeros de Ferrara, que ninguno tiene tan hermoso dueño. DUQUE. Que descanséis es razón, que pienso que entreteneros es hacer la necedad que otros casados dijeron. No diga el largo camino que he sido dos veces necio, y amor que no estimo el bien, pues no le agradezco el tiempo. (_Todos se entran con grandes cumplimientos, y quédanse Federico y Batín_). FEDERICO. ¡Qué necia imaginación! BATÍN. ¿Cómo necia? ¿Qué tenemos? FEDERICO. Bien dicen que nuestra vida es sueño, y que toda es sueño, pues que no solo dormidos, pero aun estando despiertos, cosas imagina un hombre que al más abrasado enfermo con frenesí no pudieran llegar a su entendimiento. BATÍN. Dices bien, que alguna vez entre muchos caballeros suelo estar, y sin querer se me viene al pensamiento dar un bofetón a uno y morderle del pescuezo. Si estoy en algún balcón, estoy pensando y temiendo echarme de él y matarme. Si estoy en la iglesia oyendo algún sermón, imagino que le digo que está impreso. Dame gana de reír si voy en algún entierro, y si dos están jugando, que les tiro el candelero. Si cantan, quiero cantar; y si alguna dama veo, en mi necia fantasía asirla del moño intento, y me salen mil colores como si lo hubiera hecho. FEDERICO. ¡Jesús! ¡Dios me valga! ¡Afuera, desatinados conceptos de sueños despiertos! Yo ¿tal imagino, tal pienso, tal me prometo, tal digo, tal fabrico, tal emprendo? ¡No más, extraña locura! BATÍN. ¿Pues tú para mí secreto? FEDERICO. Batín, no es cosa que hice, y así nada te reservo, que las imaginaciones son espíritus sin cuerpo. Lo que no es, ni ha de ser, no es esconderte mi pecho. BATÍN. Y si te lo digo yo, ¿negarásmelo? FEDERICO. Primero que puedas adivinarlo, habrá flores en el cielo, y en este jardín estrellas. BATÍN. Pues mira cómo lo acierto: que te agrada tu madrastra, y estás entre ti diciendo... FEDERICO. ¡No lo digas! Es verdad. Pero yo ¿qué culpa tengo, pues el pensamiento es libre? BATÍN. Y tanto, que por su vuelo la inmortalidad del alma se mira como en espejo. FEDERICO. Dichoso es el Duque. BATÍN. Y mucho. FEDERICO. Con ser imposible, llego a estar envidioso de él. BATÍN. Bien puedes, con presupuesto, de que era mejor Casandra para ti. FEDERICO. Con eso puedo morir de imposible amor, y tener posibles celos. ACTO SEGUNDO. (_Salen Casandra y Lucrecia_). LUCRECIA. Con notable admiración me ha dejado Vuestra Alteza. CASANDRA. No hay altezas con tristeza, y más si bajezas son; más quisiera, y con razón, ser una ruda villana, que me hallara la mañana al lado de un labrador, que desprecio de un señor en oro, púrpura y grana. Pluguiera a Dios que naciera bajamente, pues hallara quien lo que soy estimara, y a mi amor correspondiera. En aquella humilde esfera, como en las camas reales, se gozan contentos tales que no los crece el valor, si los efectos de amor son en las noches iguales. No los halla a dos casados el sol, por las vidrieras de cristal a las primeras luces del alba, abrazados con más gusto, ni en dorados techos más descanso halló; que tal vez su rayo entró del aurora a los principios por mal ajustados ripios, y un alma en dos cuerpos vio. Dichosa la que no siente un desprecio autorizado, y se levanta del lado de su esposo alegremente; la que en la primera fuente mira o lava, ¡oh cosa rara!, con las dos manos la cara, y no en llanto, cuando fue mujer de un hombre sin fe, con ser Duque de Ferrara. Sola una noche le vi en mis brazos en un mes, y muchas le vi después que no quiso verme a mí. Pero de que viva así ¿cómo me puedo quejar, pues que me pudo enseñar la fama que quien vivía tan mal no se enmendaría, aunque mudase lugar? Que venga un hombre a su casa, cuando viene al mundo el día, que viva a su fantasía, por libertad de hombre pasa. ¿Quién puede ponerle tasa? Pero que con tal desprecio trate una mujer de precio de que es casado olvidado, o quiere ser desdichado o tiene mucho de necio. El Duque debe de ser de aquellos cuya opinión, en tomando posesión, quieren en casa tener como alhaja la mujer para adorno, lustre y gala, silla o escritorio en sala. Y es término que condeno, porque con marido bueno ¿cuándo se vio mujer mala? La mujer de honesto trato viene para ser mujer a su casa, que no a ser silla, escritorio o retrato. Basta ser un hombre ingrato, sin que sea descortés, y es mejor, si causa es de algún pensamiento extraño, no dar ocasión al daño, que remediarle después. LUCRECIA. Tu discurso me ha causado lástima y admiración, que tan grande sinrazón puede ponerte en cuidado. ¿Quién pensara que, casado, fuera el Duque tan vicioso, o que no siendo amoroso, cortés, como dices, fuera, con que tu pecho estuviera para el agravio animoso? En materia de galán puédese picar con celos y dar algunos desvelos cuando dormidos están: el desdén, el ademán, la risa con quien pasó, alabar al que la habló, con que despierta el dormido. Pero celos a marido ¿quién en el mundo los dio? ¿Hale escrito Vuestra Alteza a su padre estos enojos? CASANDRA. No, Lucrecia, que mis ojos solo saben mi tristeza. LUCRECIA. Conforme a naturaleza, y a la razón, mejor fuera que el Conde te mereciera, y que, contigo casado, asegurando su estado su nieto le sucediera. Que aquestas melancolías que trae el Conde no son, señora, sin ocasión. CASANDRA. No serán sus fantasías, Lucrecia, de envidias mías, ni yo hermanos le daré; con que Federico esté seguro que no soy yo la que la causa le dio; desdicha de entrambos fue. (_Salen el Duque, Federico, y Batín_). DUQUE. Si yo pensara, Conde, que te diera tanta tristeza el casamiento mío, antes de imaginarlo me muriera. FEDERICO. Señor, fuera notable desvarío entristecerme a mí tu casamiento, ni de tu amor por eso desconfío. Advierta, pues, tu claro entendimiento, que si del casamiento me pesara, disimular supiera el descontento. La falta de salud se ve en mi cara, pero no la ocasión. DUQUE. Mucho presumen los médicos de Mantua y de Ferrara, y todos finalmente se resumen en que casarte es el mejor remedio en que tales tristezas se consumen. FEDERICO. Para doncellas era mejor medio, señor, que para un hombre de mi estado, que no por esos medios me remedio. CASANDRA. Aun apenas el Duque me ha mirado. ¡Desprecio extraño y vil descortesía! LUCRECIA. Si no te ha visto, no será culpado. CASANDRA. Fingir descuido es brava tiranía. Vamos, Lucrecia, que si no me engaño, de este desdén le pesará algún día. (_Vanse las dos_). DUQUE. Si bien de la verdad me desengaño, yo quiero proponerte un casamiento no lejos de tu amor, ni en reino extraño. FEDERICO. ¿Es por ventura Aurora? DUQUE. El pensamiento me hurtaste, al producirle por los labios como quien tuvo el mismo sentimiento. Yo consulté los más ancianos sabios del magistrado nuestro, y todos vienen en que esto sobredora tus agravios. FEDERICO. Poca experiencia de mi pecho tienen; neciamente me juzgan agraviado, pues sin causa ofendido me previenen. Ellos saben que nunca reprobado tu casamiento de mi voto ha sido, antes por tu sosiego deseado. DUQUE. Así lo creo y siempre lo he creído, y esa obediencia, Federico, pago con estar de casarme arrepentido. FEDERICO. Señor, porque no entiendas que yo hago sentimiento de cosa que es tan justa, y el amor que me muestras satisfago, sabré primero si mi prima gusta, y luego, disponiendo mi obediencia, pues lo contrario fuera cosa injusta, haré lo que me mandas. DUQUE. Su licencia tengo firmada de su misma boca. FEDERICO. Yo sé que hay novedad de cierta ciencia, y que, porque a servirla le provoca, el Marqués en Ferrara se ha quedado. DUQUE. Pues eso, Federico, ¿qué te toca? FEDERICO. Al que se ha de casar le da cuidado el galán que ha servido, y aun enojos, que es escribir sobre papel borrado. DUQUE. Si andan los hombres a mirar antojos, encierren en castillos las mujeres desde que nacen, contra tantos ojos; que el más puro cristal, si verte quieres, se mancha del aliento; mas ¿qué importa si del mirar escrupuloso eres?, pues luego que se limpia y se reporta, tan claro queda como estaba de antes. FEDERICO. ¡Muy bien tu ingenio y tu valor me exorta! Señor, cuando centellas rutilantes escupe alguna fragua, y el que fragua quiere apagar las llamas resonantes, moja las brasas de la ardiente fragua, pero, rebeldes ellas, crecen luego, y arde el fuego voraz lamiendo el agua. Así un marido, del amante ciego, templa el deseo y la primera llama, pero puede volver más vivo el fuego; y así debo temerme de quien ama, que no quiero ser agua que le aumente dando fuego a mi honor y humo a mi fama. DUQUE. Muy necio, Conde, estás, e impertinente: hablas de Aurora cual si noche fuera, con bárbaro lenguaje, e indecente. FEDERICO. Espera. DUQUE. ¿Para qué? FEDERICO. Señor, espera. (_Vase_). BATÍN. ¡Oh, qué bien has negociado la gracia del Duque! FEDERICO. Espero su desgracia, porque quiero ser en todo desdichado; que mi desesperación ha llegado a ser de suerte que solo para la muerte me permite apelación. Y si muriera, quisiera poder volver a vivir mil veces, para morir cuantas a vivir volviera. Tal estoy que no me atrevo ni a vivir ni a morir ya, por ver que el vivir será volver a morir de nuevo. Y si no soy mi homicida, es por ser mi mal tan fuerte, que, porque es menos la muerte, me dejo estar con la vida. BATÍN. Según esto, ni tu quieres vivir, Conde, ni morir, que entre morir y vivir como hermafrodita eres, que como aquel se compone de hombre y mujer, tú de muerte y vida, que de tal suerte la tristeza te dispone, que ni eres muerte ni vida. Pero, ¡por Dios!, que, mirado tu desesperado estado, me obligas a que te pida o la razón de tu mal, o la licencia de irme adonde que fui confirme desdichado por leal. Dame tu mano. FEDERICO. Batín, si yo decirte pudiera mi mal, mal posible fuera, y mal que tuviera fin; pero la desdicha ha sido, que es mi mal de condición que no cabe en mi razón, sino solo en mi sentido; que cuando por mi consuelo voy a hablar, me pone en calma ver que de la lengua al alma hay más que del suelo al cielo. Vete si quieres también, y déjame solo aquí, porque no haya cosa en mí que aun tenga sombra de bien. (_Entren Casandra y Aurora_). CASANDRA. ¿De eso lloras? AURORA. ¿Le parece a Vuestra Alteza, señora, sin razón, si el Conde ahora me desprecia y aborrece? Dice que quiero al Marqués Gonzaga. ¿Yo a Carlos? ¿Yo? ¿Cuándo? ¿Cómo? Pero no, que ya sé lo que esto es. Él tiene en su pensamiento irse a España, despechado de ver su padre casado; que antes de su casamiento la misma luz de sus ojos era yo, pero ya soy quien en los ojos le doy, y mis ojos sus enojos. ¿Qué aurora nuevas del día trujo al mundo, sin hallar al Conde, donde a buscar la de sus ojos venía? ¿En qué jardín, en qué fuente no me dijo el Conde amores? ¿Qué jazmines o qué flores no fueron mi boca y frente? ¿Cuándo de mí se apartó? ¿Qué instante vivió sin mí? ¿O cómo viviera en sí, si no le animara yo? Que tanto el trato acrisola la fe de amor, que de dos almas que nos puso Dios hicimos un alma sola. Esto desde tiernos años, porque con los dos nació este amor que hoy acabó a manos de sus engaños. ¡Tanto pudo la ambición del estado que ha perdido! CASANDRA. Pésame de que haya sido, Aurora, por mi ocasión. Pero templa tus desvelos mientras voy a hablar con él, si bien es cosa crüel poner en razón los celos. AURORA. ¿Yo, celos? CASANDRA. Con el Marqués, dice el Duque. AURORA. Vuestra Alteza crea que aquella tristeza ni es amor, ni celos es. (_Vase Aurora_). CASANDRA. Federico. FEDERICO. Mi señora, dé Vuestra Alteza la mano a su esclavo. CASANDRA. ¿Tú en el suelo? Conde, no te humilles tanto, que te llamaré Excelencia. FEDERICO. Será de mi amor agravio; ni me pienso levantar sin ella. CASANDRA. Aquí están mis brazos. ¿Qué tienes? ¿Qué has visto en mí? Parece que estás temblando. ¿Sabes ya lo que te quiero? FEDERICO. El haberlo adivinado el alma lo dijo al pecho, el pecho al rostro, causando el sentimiento que miras. CASANDRA. Déjanos solos un rato, Batín, que tengo que hablar al Conde. BATÍN. ¡El Conde turbado, y hablarle Casandra a solas! No lo entiendo. (_Vase_). FEDERICO. ¡Ay, cielo! En tanto que muero fénix, poned a tanta llama descanso, pues otra vida me espera. CASANDRA. Federico, aunque reparo en lo que me ha dicho Aurora de tus celosos cuidados, después que vino conmigo a Ferrara el Marqués Carlos, por quien de casarte dejas, apenas me persuado que tus méritos desprecies siendo, como dicen sabios, desconfianza y envidia; que más tiene de soldado, aunque es gallardo el Marqués, que de galán cortesano. De suerte que lo que pienso de tu tristeza y recato es porque el Duque tu padre se casó conmigo, dando por ya perdida tu acción, a la luz del primer parto, que a sus estados tenías; y siendo así que yo causo tu desasosiego y pena, desde aquí te desengaño; que puedes estar seguro de que no tendrás hermanos, porque el Duque solamente por cumplir con sus vasallos este casamiento ha hecho; que sus viciosos regalos, por no les dar otro nombre, apenas el breve espacio de una noche, que a su cuenta fue cifra de muchos años, mis brazos le permitieron; que a los deleites pasados ha vuelto con mayor furia, roto el freno de mis brazos. Como se suelta al estruendo un arrogante caballo del atambor (porque quiero usar de término casto), que del bordado jaez va sembrando los pedazos: allí las piezas del freno vertiendo espumosos rayos, allí la barba y la rienda, allí las cintas y lazos; así el Duque, la obediencia rota al matrimonio santo, va por mujercillas viles pedazos de honor sembrando: allí se deja la fama, allí los laureles y arcos, los títulos y los nombres de sus ascendientes claros; allí el valor, la salud, y el tiempo tan mal gastado, haciendo las noches días en estos indignos pasos, con que sabrás cuán seguro estás de heredar su estado; o escribiendo yo a mi padre que es más que esposo, tirano, para que me saque libre del Argel de su palacio, si no anticipa la muerte breve fin a tantos daños. FEDERICO. Comenzando Vuestra Alteza riñéndome, acaba en llanto su discurso, que pudiera en el más duro peñasco imprimir dolor. ¿Qué es esto? Sin duda que me ha mirado por hijo de quien la ofende; pero yo la desengaño que no parezca hijo suyo para tan injustos casos. Esto persuadido así, de mi tristeza me espanto que la atribuyas, señora, a pensamientos tan bajos. ¿Ha menester Federico para ser quien es, estados? ¿No lo son los de mi prima si yo con ella me caso, o si la espada, por dicha, contra algún príncipe saco de estos confinantes nuestros, los que le quitan restauro? No procede mi tristeza de interés, y aunque me alargo a más de lo que es razón, sabe, señora, que paso una vida la más triste que se cuenta de hombre humano, desde que Amor en el mundo puso las flechas al arco. Yo me muero sin remedio, mi vida se va acabando como vela, poco a poco, y ruego a la muerte en vano que no aguarde a que la cera llegue al último desmayo, sino que con breve soplo cubra de noche mis años. CASANDRA. Detén, Federico ilustre, las lágrimas, que no ha dado el cielo el llanto a los hombres sino el ánimo gallardo. Naturaleza el llorar vinculó por mayorazgo en las mujeres, a quien, aunque hay valor faltan manos. No en los hombres, que una vez sola pueden, y es en caso de haber perdido el honor mientras vengan el agravio. ¡Mal haya Aurora y sus celos, que un caballero bizarro, discreto, dulce, y tan digno de ser querido, a un estado ha reducido tan triste! FEDERICO. No es Aurora, que es engaño. CASANDRA. ¿Pues quién es? FEDERICO. El mismo Sol, que de esas auroras hallo muchas siempre que amanece. CASANDRA. ¿Que no es Aurora? FEDERICO. Más alto vuela el pensamiento mío. CASANDRA. ¿Mujer te ha visto y hablado, y tú le has dicho tu amor, que puede con pecho ingrato corresponderte? ¿No miras que son efectos contrarios, y proceder de una causa parece imposible? FEDERICO. Cuando supieras tú el imposible, dijeras que soy de mármol, pues no me matan mis penas, o que vivo de milagro. ¿Qué Faetonte se atrevió del sol al dorado carro, o aquel que juntó con cera débiles plumas, infausto, que, sembradas por los vientos, pájaros que van volando, las creyó el mar, hasta verlas en sus cristales salados? ¿Qué Belerofonte vio en el caballo Pegaso parecer el mundo un punto del círculo de los astros? ¿Qué griego Sinón metió aquel caballo preñado de armados hombres en Troya, fatal de su incendio parto? ¿Qué Jasón tentó primero pasar el mar temerario poniendo yugo a su cuello los pinos y lienzos de Argos, que se iguale a mi locura? CASANDRA. ¿Estás, Conde, enamorado de alguna imagen de bronce, ninfa o diosa de alabastro? Las almas de las mujeres no las viste jaspe helado, ligera cortina cubre todo pensamiento humano. Jamás Amor llamó al pecho siendo con méritos tantos, que no respondiese el alma: «Aquí estoy, pero entrad paso». Dile tu amor, sea quien fuere, que no sin causa pintaron a Venus tal vez los griegos rendida a un sátiro o fauno. Más alta se ve la luna, y de su cerco argentado bajó por Endimión mil veces al monte Latmo. Toma mi consejo, Conde, que el edificio más casto tiene la puerta de cera. Habla, y no mueras callando. FEDERICO. El cazador con industria pone al pelícano indiano fuego alrededor del nido, y él, descendiendo de un árbol para librar a sus hijos, bate las alas turbado, con que más enciende el fuego que piensa que está matando; finalmente se le queman, y sin alas en el campo se deja coger, no viendo que era imposible volando. Mis pensamientos, que son hijos de mi amor que guardo en el nido del silencio, se están, señora, abrasando; bate las alas amor, y enciéndelos por librarlos. Crece el fuego, y él se quema; tú me engañas, yo me abraso; tú me incitas, yo me pierdo; tú me animas, yo me espanto; tú me esfuerzas, yo me turbo; tú me libras, yo me enlazo; tú me llevas, yo me quedo; tú me enseñas, yo me atajo; porque es tanto mi peligro que juzgo por menos daño, pues todo ha de ser morir, morir sufriendo y callando. (_Vase Federico_). CASANDRA. No ha hecho en la tierra el cielo cosa de más confusión, que fue la imaginación para el humano desvelo; ella vuelve el fuego en hielo, y en el color se transforma del deseo, donde forma guerra, paz, tormenta y calma; y es una manera de alma que más engaña que informa. Estos oscuros intentos, estas claras confusiones más que me han dicho razones me han dejado pensamientos. ¿Qué tempestades los vientos mueven de más variedades que estas confusas verdades en una imaginación?, porque las del alma son las mayores tempestades. Cuando a imaginar me inclino que soy lo que quiere el Conde, el mismo engaño responde que lo imposible imagino; luego mi fatal destino me ofrece mi casamiento, y en lo que siento consiento; que no hay tan grande imposible que no le juzguen visible los ojos del pensamiento. Tantas cosas se me ofrecen juntas, como esto ha caído sobre un bárbaro marido, que pienso que me enloquecen. Los imposibles parecen fáciles, y yo, engañada, ya pienso que estoy vengada; mas siendo error tan injusto, a la sombra de mi gusto estoy mirando su espada. Las partes del Conde son grandes, pero mayor fuera mi desatino si diera puerta a tan loca pasión. No más, necia confusión, salid, cielo, a la defensa, aunque no yerra quien piensa, porque en el mundo no hubiera hombre con honra si fuera ofensa pensar la ofensa. Hasta ahora no han errado ni mi honor, ni mi sentido, porque lo que he consentido ha sido un error pintado consentir lo imaginado para con Dios error, mas no para el deshonor, que diferencian intentos el ver Dios los pensamientos y no los ver el honor. (_Aurora entra_). AURORA. Larga plática ha tenido Vuestra Alteza con el Conde. ¿Qué responde? CASANDRA. Que responde a tu amor agradecido. Sosiega, Aurora, sus celos, que esto pretende no más. (_Vase Casandra_). AURORA. ¡Qué tibio consuelo das a mis ardientes desvelos! ¡Que pueda tanto en un hombre que adoró mis pensamientos ver burlados los intentos de aquel ambicioso nombre con que heredaba a Ferrara! Tú eres poderoso, Amor, por ti ni en vida, ni honor, ni aun en alma se repara. Y Federico se muere, que me solía querer, con la tristeza de ver lo que de Casandra infiere. Pero, pues él ha fingido celos por disimular la ocasión, y despertar suelen el amor dormido, quiero dárselos de veras favoreciendo al Marqués. (_Rutilio y el Marqués_). RUTILIO. Con el contrario que ves, en vano remedio esperas de tus locas esperanzas. MARQUÉS. Calla, Rutilio, que aquí está Aurora. RUTILIO. Y tú sin ti, firme entre tantas mudanzas. MARQUÉS. Aurora del claro día en que te dieron mis ojos con toda el alma en despojos la libertad que tenía; Aurora que el sol envía cuando en mi pena anochece, por quien ya cuanto florece viste colores hermosas, pues entre perlas y rosas de tus labios amanece. Desde que de Mantua vine hice con poca ventura elección de tu hermosura, que no hay alma que no incline. ¡Qué mal mi engaño previne, puesto que el alma te adora, pues solo sirve, señora, de que te canses de mí, hallando mi noche en ti cuando te suspiro, Aurora! No el verte desdicha ha sido, que ver luz nunca lo fue, sino que mi amor te dé causa para tanto olvido. Mi partida he prevenido, que es el remedio mejor; fugitivo a tu rigor, voy a buscar resistencia en los milagros de ausencia y en las venganzas de amor. Dame licencia, y la mano. AURORA. No se morirá de triste el que tan poco resiste ni galán ni cortesano, Marqués, el primer desdén; que no están hechos favores para primeros amores antes que se quiera bien. Poco amáis, poco sufrís; pero en tal desigualdad, con la misma libertad que licencia me pedís, os mando que no os partáis. MARQUÉS. Señora, a tan gran favor, aunque parece rigor con que esperar me mandáis, no los diez años que a Troya cercó el griego, ni los siete del pastor a quien promete Labán su divina joya, pero siglos inmortales como Tántalo estaré, entre la duda y la fe de vuestros bienes y males. Albricias quiero pedir a mi amor de mi esperanza. AURORA. Mientras el bien no se alcanza, méritos tiene el sufrir. (_El Duque, Federico y Batín_). DUQUE. Escríbeme el Pontífice por esta, que luego a Roma parta. FEDERICO. ¿Y no dice la causa en esa carta? DUQUE. Que sea la respuesta, Conde, partirme al punto. FEDERICO. Si lo encubres, señor, no lo pregunto. DUQUE. ¿Cuándo te encubro yo, Conde, mi pecho? Solo puedo decirte que sospecho que, con las guerras que en Italia tiene, si numeroso ejército previene, podemos presumir que hacer me intenta general de la Iglesia; que a mi cuenta también querrá que con dinero ayude, si no es que en la elección de intento mude. FEDERICO. No en vano lo que piensas me encubrías si solo te partías, que ya será conmigo, que a tu lado no pienso que tendrás mejor soldado. DUQUE. Eso no podrá ser, porque no es justo, Conde, que sin los dos mi casa quede. Ninguno como tú regirla puede: esto es razón, y basta ser mi gusto. FEDERICO. No quiero darte, gran señor, disgusto, pero en Italia ¿qué dirán si quedo? DUQUE. Que esto es gobierno, y que sufrir no puedo, aun de mi propio hijo, compañía. FEDERICO. Notable prueba en la obediencia mía. (_Váyase el Duque_). BATÍN. Mientras con el Duque hablaste, he reparado en que Aurora, sin hacer caso de ti, con el Marqués habla a solas. FEDERICO. ¿Con el Marqués? BATÍN. Sí, señor. FEDERICO. ¿Y qué piensas tú que importa? AURORA. Esta banda prenda sea del primer favor. MARQUÉS. Señora, Será cadena en mi cuello, será de mi mano esposa, para no darla en mi vida; si queréis que me la ponga, será doblado el favor. AURORA. Aunque es venganza amorosa, parece a mi amor agravio. Porque de dueño mejora, os ruego que os la pongáis. BATÍN. Ser las mujeres traidoras fue de la naturaleza invención maravillosa, porque si no fueran falsas, (algunas, digo, no todas), idolatraran en ellas los hombres que las adoran. ¿No ves la banda? FEDERICO. ¿Qué banda? BATÍN. ¿Qué banda? ¡Graciosa cosa! Una que lo fue del sol, cuando lo fue de una sola en la gracia y la hermosura, planetas con que la adorna; y ahora, como en eclipse, del dragón lo extremo toca. Yo me acuerdo cuando fuera la banda de la discordia, como la manzana de oro de Paris y las tres diosas. FEDERICO. Eso fue entonces, Batín, pero es otro tiempo ahora. AURORA. Venid al jardín conmigo. (_Vanse los dos_). BATÍN. ¡Con qué libertad la toma de la mano, y se van juntos! FEDERICO. ¿Qué quieres, si se conforman las almas? BATÍN. ¿Eso respondes? FEDERICO. ¿Qué quieres que te responda? BATÍN. Si un cisne no sufre al lado otro cisne, y se remonta con su prenda muchas veces a las extranjeras ondas, y un gallo, si al de otra casa con sus gallinas le topa, con el suyo le deshace los picos de la corona, y encrespando su turbante, turco por la barba roja, celoso vencerle intenta hasta en la nocturna solfa, ¿cómo sufres que el Marqués a quitarte se disponga prenda que tanto quisiste? FEDERICO. Porque la venganza propia, para castigar las damas que a los hombres ocasionan, es dejarlas con su gusto, porque aventura la honra quien la pone en sus mudanzas. BATÍN. Dame, por Dios, una copia de ese arancel de galanes, tomarele de memoria. No, Conde; misterio tiene tu sufrimiento. Perdona, que pensamientos de amor son arcaduces de noria: ya deja el agua primera el que la segunda toma. Por nuevo cuidado dejas el de Aurora, que si sobra el agua, ¿cómo es posible que pueda ocuparse de otra? FEDERICO. Bachiller estás, Batín, pues con fuerza cautelosa lo que no entiendo de mí a presumir te provocas. Entra y mira qué hace el Duque, y de partida te informa porque vaya a acompañarle. BATÍN. Sin causa necio me nombras, porque abonar tus tristezas fuera más necia lisonja. (_Vase_). FEDERICO. ¿Qué buscas, imposible pensamiento? Bárbaro, ¿qué me quieres, qué me incitas? ¿Por qué la vida sin razón me quitas, donde volando aun no te quiere el viento? Detén el vagaroso movimiento, que la muerte de entrambos solicitas; déjame descansar, y no permitas tan triste fin a tan glorioso intento. No hay pensamiento, si rindió despojos, que sin determinado fin se aumente, pues dándole esperanzas sufre enojos. Todo es posible a quien amando intente, y solo tú naciste de mis ojos para ser imposible eternamente. (_Casandra entre_). CASANDRA. Entre agravios y venganzas, anda solícito Amor, después de tantas mudanzas, sembrando contra mi honor mal nacidas esperanzas. En cosas inaccesibles quiere poner fundamento como si fuesen visibles, que no puede haber contentos fundados en imposibles. En el ánimo que inclino al mal, por tantos disgustos del Duque, loca imagino hallar venganzas y gustos en el mayor desatino. Al galán Conde y discreto, y su hijo, ya permito para mi venganza efeto, pues para tanto delito conviene tanto secreto. Vile turbado, llegando a decir su pensamiento, y desmayarse temblando, aunque ¿es más atrevimiento hablar un hombre callando? Pues de aquella turbación, tanto el alma satisfice, dándome el Duque ocasión, que hay dentro de mí quien dice que, si es amor, no es traición, y que cuando ser pudiera rendirme desesperada a tanto valor, no fuera la postrera enamorada, ni la traidora primera. A sus padres han querido sus hijas, y sus hermanos algunas; luego no han sido mis sucesos inhumanos, ni mi propia sangre olvido. Pero no es disculpa igual que haya otros males de quien me valga en peligro tal, que para pecar no es bien tomar ejemplo del mal. Este es el Conde, ¡ay de mí! Pero ya determinada, ¿qué temo? FEDERICO. Ya viene aquí desnuda la dulce espada por quien la vida perdí. ¡Oh hermosura celestial! CASANDRA. ¿Cómo te va de tristeza, Federico? FEDERICO. En tanto mal responderé a Vuestra Alteza que es mi tristeza inmortal. CASANDRA. Destemplan melancolías la salud; enfermo estás. FEDERICO. Traigo unas necias porfías, sin que pueda decir más, señora, de que son mías. CASANDRA. Si es cosa que yo la puedo remediar, fía de mí, que en amor tu amor excedo. FEDERICO. Mucho fiara de ti, pero no me deja el miedo. CASANDRA. Dijísteme que era amor tu mal. FEDERICO. Mi pena y mi gloria nacieron de su rigor. CASANDRA. Pues oye una antigua historia, que el amor quiere valor. Antíoco, enamorado de su madrastra, enfermó de tristeza y de cuidado. FEDERICO. Bien hizo si se murió, que yo soy más desdichado. CASANDRA. El Rey, su padre, afligido, cuantos médicos tenía juntó, y fue tiempo perdido, que la causa no sufría que fuese amor conocido. Mas Eróstrato, más sabio en su ciencia que Galeno, conoció luego su agravio; pero que estaba el veneno entre el corazón y el labio. Tomole el pulso, y mandó que cuantas damas había en palacio entrasen. FEDERICO. Yo presumo, señora mía, que algún espíritu habló. CASANDRA. Cuando su madrastra entraba, conoció, en la alteración del pulso, que ella causaba su mal. FEDERICO. ¡Extraña invención! CASANDRA. Tal en el mundo se alaba. FEDERICO. ¿Y tuvo remedio así? CASANDRA. No niegues, Conde, que yo he visto lo mismo en ti. FEDERICO. ¿Pues enojáraste? CASANDRA. No. FEDERICO. ¿Y tendrás lástima? CASANDRA. Sí. FEDERICO. Pues, señora, yo he llegado, perdido a Dios el temor, y al Duque, a tan triste estado, que este mi imposible amor me tiene desesperado. _En fin, señora, me veo_ _sin mí, sin vos y sin Dios;_ _sin Dios, por lo que os deseo;_ _sin mí, porque estoy sin vos;_ _sin vos, porque no os poseo._ Y por si no lo entendéis, haré sobre estas razones un discurso en que podréis conocer de mis pasiones la culpa que vos tenéis: «Aunque dicen, que el no ser es, señora, el mayor mal, tal por vos me vengo a ver que, para no verme tal, quisiera dejar de ser. En tantos males me empleo después que mi ser perdí, que, aunque no verme deseo, para ver si soy quien fui, _en fin, señora, me veo._ A decir que soy quien soy, tal estoy que no me atrevo, y por tales pasos voy que aun no me acuerdo que debo a Dios la vida que os doy. Culpa tenemos los dos del no ser que soy ahora, pues, olvidado por vos, de mí mismo estoy, señora, _sin mí, sin vos y sin Dios._ Sin mí no es mucho, pues ya no hay vida sin vos, que pida al mismo que me la da; pero sin Dios, con ser vida, ¿quién, sino mi amor, está? Si en desearos me empleo, y él manda no desear la hermosura que en vos veo, claro está que vengo a estar _sin Dios, por lo que os deseo._ ¡Oh, qué loco barbarismo es presumir conservar la vida en tan ciego abismo, hombre que no puede estar ni en vos, ni en Dios, ni en sí mismo! ¿Qué habemos de hacer los dos, pues a Dios por vos perdí, después que os tengo por dios, sin Dios, porque estáis en mí, _sin mí, porque estoy sin vos?_ Por haceros solo bien mil males vengo a sufrir; yo tengo amor, vos desdén, tanto, que puedo decir: ¡mirad con quién, y sin quién! Sin vos y sin mí peleo con tanta desconfianza: sin mí, porque en vos ya veo imposible mi esperanza; _sin vos, porque no os poseo»._ CASANDRA. Conde, cuando yo imagino a Dios y al Duque, confieso que tiemblo, porque adivino juntos para tanto exceso poder humano y divino. Pero viendo que el amor halló en el mundo disculpa, hallo mi culpa menor, porque hace menor la culpa ser la disculpa mayor. Muchas ejemplos me dieron, que a errar se determinaron, porque los que errar quisieron siempre miran los que erraron, no los que se arrepintieron. Si remedio puede haber, es huir de ver y hablar; porque con no hablar ni ver, o el vivir se ha de acabar o el amor se ha de vencer. Huye de mí, que de ti yo no sé si huir podré, o me daré muerte a mí. FEDERICO. Yo, señora, moriré, que es lo más que haré por mí. No quiero vida; ya soy cuerpo sin alma, y de suerte a buscar mi muerte voy, que aun no pienso hallar mi muerte por el placer que me doy. Sola una mano suplico que me des; dame el veneno que me ha muerto. CASANDRA. Federico todo principio condeno si pólvora al fuego aplico. Vete con Dios. FEDERICO. ¡Que traición! CASANDRA. Ya determinada estuve; pero advertir es razón que por una mano sube el veneno al corazón. FEDERICO. Sirena, Casandra, fuiste; cantaste para meterme en el mar, donde me diste la muerte. CASANDRA. Yo he de perderme; tente, honor; fama, resiste. FEDERICO. Apenas a andar acierto. CASANDRA. Alma y sentidos perdí. FEDERICO. ¡Oh, qué extraño desconcierto! CASANDRA. Yo voy muriendo por ti. FEDERICO. Yo no, porque ya voy muerto. ACTO TERCERO. (_Aurora y el Marqués_). AURORA. Yo te he dicho la verdad. MARQUÉS. No es posible persuadirme. Mira si nos oye alguno, y mira bien lo que dices. AURORA. Para pedirte consejo quise, Marqués, descubrirte esta maldad. MARQUÉS. ¿De qué suerte ver a Casandra pudiste con Federico? AURORA. Está atento. Yo te confieso que quise al Conde, de quien lo fui, más traidor que el griego Ulises. Creció nuestro amor el tiempo, mi casamiento previne cuando fueron por Casandra, en fe de palabras firmes, si lo son las de los hombres cuando sus iguales sirven. Fue Federico por ella, de donde vino tan triste que, en proponiéndole el Duque lo que de los dos le dije, se disculpó con tus celos. Y como el amor permite que cuando camina poco fingidos celos le piquen, díselos contigo, Carlos, pero el mismo efecto hice que en un diamante, que celos, donde no hay amor, no imprimen. Pues viéndome despreciada y a Federico tan libre, di en inquirir la ocasión; y como celos son linces que las paredes penetran, a saber la causa vine. En correspondencia tiene, sirviéndole de tapices, retratos, vidrios y espejos, dos iguales camarines el tocador de Casandra; y como sospechas pisen tan quedo, dos cuadras antes miré y vi, ¡caso terrible!, en el cristal de un espejo, que el Conde las rosas mide de Casandra con los labios. Con esto, y sin alma, fuime donde lloré mi desdicha y la de los dos que viven, ausente el Duque, tan ciegos que parece que compiten en el amor y el desprecio, y gustan que se publique el mayor atrevimiento que pasara entre gentiles o entre los desnudos cafres que lobos marinos visten. Pareciome que el espejo que los abrazos repite, por no ver tan gran fealdad, oscureció los alindes; pero, más curioso, amor la infame empresa prosigue, donde no ha quedado agravio de que no me certifique. El Duque dicen que viene victorioso, y que le ciñen sacros laureles la frente por las hazañas felices con que del pastor de Roma los enemigos reprime. Dime, ¿qué tengo de hacer en tanto mal? Que me afligen sospechas de mayor daño, si es verdad que me dijiste tantos amores con alma; aunque soy tan infelice que parecerás al Conde en engañarme o en irte. MARQUÉS. Aurora la muerte sola es sin remedio invencible, y aun a muchos hace el tiempo en el túmulo fenices, porque dicen que no mueren los que por su fama viven. Dile que te case al Duque; que, como el sí me confirmes, con irnos los dos a Mantua no hayas miedo que peligres; que si se arroja en el mar con el dolor insufrible, de los hijos que le quitan los cazadores, el tigre, cuando no puede alcanzarlos, ¿qué hará el ferrarés Aquiles por el honor y la fama? ¿Cómo quieres que se limpie tan fea mancha sin sangre para que jamás se olvide, si no es que primero el cielo sus libertades castigue, y por gigantes de infamia con vivos rayos fulmine? Este consejo te doy. AURORA. Y de tu mano le admite mi turbado pensamiento. MARQUÉS. Será de la nueva Circe el espejo de Medusa, el cristal en que la viste. (_Federico y Batín_). FEDERICO. ¿Que no ha querido esperar que salgan a recibirle? BATÍN. Apenas el Duque vio los deseados confines, cuando, dejando la gente y aun sin querer que te avisen, tomó caballos y parte; tan mal el amor resiste y los deseos de verte, que, aunque es justo que le obligue la Duquesa, no hay amor a quien el tuyo no prive. Eres el sol de sus ojos, y cuatro meses de eclipse le han tenido sin paciencia. Tú, Conde, el triunfo apercibe para cuando todos vengan, que las escuadras que rige han de entrar con mil trofeos llenos de dorados timbres. FEDERICO. Aurora, ¿siempre a mis ojos con el Marqués? AURORA. ¡Qué donaire! FEDERICO. ¿Con este tibio desaire respondes a mis enojos? AURORA. Pues ¿qué maravilla ha sido el darte el Marqués cuidado? Parece que has despertado de cuatro meses dormido. MARQUÉS. Yo, señor Conde, no sé, ni he sabido que sentís lo que ahora me decís, que a Aurora he servido en fe de no haber competidor, y más como vos lo fuera a quien humilde rindiera cuanto no fuera mi amor. Bien sabéis que nunca os vi servirla, mas siendo gusto vuestro, que la deje es justo, que mucho mejor que en mí se emplea en vos su valor. (_Vase el Marqués_). AURORA. ¿Qué es esto que has intentado? O ¿qué frenesí te ha dado sin pensamiento de amor? ¿Cuántas veces al Marqués hablando conmigo viste, desde que diste en ser triste y mucho tiempo después? Y aun no volviste a mirarme, cuanto más a divertirme. ¿Ahora celoso y firme, cuando pretendo casarme? Conde, ya estás entendido. Déjame casar, y advierte que antes me daré la muerte que ayudar lo que has fingido. Vuélvete, Conde, a estar triste, vuelve a tu suspensa calma, que tengo muy en el alma los desprecios que me hiciste. Ya no me acuerdo de ti. ¿Invenciones? ¡Dios me guarde! Por tu vida, que es muy tarde para valerte de mí. (_Vase Aurora_). BATÍN. ¿Qué has hecho? FEDERICO. No sé, por Dios. BATÍN. Al emperador Tiberio pareces, si no hay misterio en dividir a los dos. Hizo matar su mujer, y habiéndose ejecutado, mandó, a la mesa sentado, llamarla para comer. Y Mesala fue un romano que se le olvidó su nombre. FEDERICO. Yo me olvido de ser hombre. BATÍN. O eres como aquel villano que dijo a su labradora, después que de estar casados eran dos años pasados: «Ojinegra es la señora». FEDERICO. ¡Ay, Batín, que estoy turbado y, olvidado, desatino! BATÍN. Eres como el vizcaíno que dejó el macho enfrenado, y, viendo que no comía, regalándole las crines, un galeno de rocines trujo a ver lo que tenía; el cual, viéndole con freno, fuera al vizcaíno echó; quitole, y cuando volvió, de todo el pesebre lleno apenas un grano había, porque con gentil despacho, después de la paja, el macho hasta el pesebre comía. «Albéitar, juras a Dios», dijo, «es mejor que doctora, y yo y macho desde ahora queremos curar con vos». ¿Qué freno es este que tienes que no te deja comer, si médico puedo ser? ¿Qué aguardas? ¿Qué te detienes? FEDERICO. ¡Ay, Batín, no sé de mí! BATÍN. Pues estese la cebada queda, y no me digas nada. (_Entren Casandra y Lucrecia_). CASANDRA. ¿Ya viene? LUCRECIA. Señora, sí. CASANDRA. ¿Tan brevemente? LUCRECIA. Por verte toda la gente dejó. CASANDRA. No lo creas; pero yo más quisiera ver mi muerte. En fin, señor Conde, ¿viene el Duque, mi señor? FEDERICO. Ya dicen que muy cerca está; bien muestra el amor que os tiene. (_Aparte_). CASANDRA. Muriendo estoy de pesar de que ya no podré verte como solía. FEDERICO. ¿Qué muerte pudo mi amor esperar, como su cierta venida? CASANDRA. Yo pierdo, Conde, el sentido. FEDERICO. Yo no, porque le he perdido. CASANDRA. Sin alma estoy. FEDERICO. Yo, sin vida. CASANDRA. ¿Qué habemos de hacer? FEDERICO. Morir. CASANDRA. ¿No hay otro remedio? FEDERICO. No, porque en perdiéndote yo, ¿para qué quiero vivir? CASANDRA. ¿Por eso me has de perder? FEDERICO. Quiero fingir desde ahora que sirvo y que quiero a Aurora, y aun pedirla por mujer al Duque, para desvelos de él y de palacio, en quien yo sé que no se habla bien. CASANDRA. ¿Agravios? ¿No bastan celos? ¿Casarte? ¿Estás, Conde, en ti? FEDERICO. El peligro de los dos me obliga. CASANDRA. ¿Qué? ¡Vive Dios!, que si te burlas de mí, después que has sido ocasión de esta desdicha, que a voces diga —¡oh, qué mal me conoces!— tu maldad y mi traición. FEDERICO. ¡Señora! CASANDRA. No hay que tratar. FEDERICO. Que te oirán. CASANDRA. Que no me impidas. Quíteme el Duque mil vidas, pero no te has de casar. (_Floro, Febo, Ricardo, Albano, Lucindo, el Duque detrás, galán, de soldado_). RICARDO. Ya estaban disponiendo recibirte. DUQUE. Mejor sabe mi amor adelantarse. CASANDRA. ¿Es posible, señor, que persuadirte pudiste a tal agravio? FEDERICO. Y de agraviarse, quejosa mi señora la Duquesa, parece que mi amor puede culparse. DUQUE. Hijo, el paterno amor, que nunca cesa de amar su propia sangre y semejanza, para venir facilitó la empresa, que ni cansancio ni trabajo alcanza a quien de ver a sus queridas prendas más hiciera en sufrir larga esperanza. Y tú, señora, así es razón que entiendas el mismo amor, y en igualarte al Conde por encarecimiento no te ofendas. CASANDRA. Tu sangre y su virtud, señor, responde que merece el favor; yo le agradezco, pues tu valor al suyo corresponde. DUQUE. Bien sé que a entrambos ese amor merezco, y que estoy de los dos tan obligado cuanto mostrar en la ocasión me ofrezco, que Federico gobernó mi estado en mi ausencia, he sabido, tan discreto que vasallo ninguno se ha quejado. En medio de las armas, os prometo que imaginaba yo con la prudencia que se mostraba senador perfeto. ¡Gracias a Dios que con infame ausencia los enemigos del Pastor romano respetan en mi espada su presencia! Ceñido de laurel besé su mano, después que me miró Roma triunfante como si fuera el español Trajano. Y así pienso trocar de aquí adelante la inquietud en virtud, porque mi nombre, como le aplaude aquí, después le cante; que cuando llega a tal estado un hombre, no es bien que, ya que de valor mejora, el vicio más que la virtud le nombre. RICARDO. Aquí vienen, señor, Carlos y Aurora. (_Carlos y Aurora_). AURORA. Tan bien venido Vuestra Alteza sea, como le está esperando quien le adora. MARQUÉS. Dad las manos a Carlos, que desea que conozcáis su amor. DUQUE. Paguen los brazos deudas del alma en que tan bien se emplea. Aunque siente el amor los largos plazos, todo lo goza el venturoso día que llega a merecer tan dulces lazos. Con esto, amadas prendas, yo querría descansar del camino, y porque es tarde después celebraréis tanta alegría. FEDERICO. Un siglo el cielo, gran señor, te guarde. (_Todos se van con el Duque, y quedan Batín y Ricardo_). BATÍN. ¡Ricardo amigo! RICARDO. ¡Batín! BATÍN. ¿Cómo fue por esas guerras? RICARDO. Como quiso la justicia, siendo el cielo su defensa. Llana queda Lombardía, y los enemigos quedan puestos en fuga afrentosa, porque el león de la Iglesia pudo, con solo un bramido, dar con sus armas en tierra. El Duque ha ganado un nombre que por toda Italia suena; que si mil mató Saúl cantan por él las doncellas que David mató cien mil; conque ha sido tal la enmienda que traemos otro Duque. Ya no hay damas, ya no hay cenas, ya no hay broqueles ni espadas, ya solamente se acuerda de Casandra, ni hay amor más que el Conde y la Duquesa. El Duque es un santo ya. BATÍN. ¡Qué me dices! ¡Qué me cuentas! RICARDO. Que como otros con las dichas dan en vicios y en soberbias, tienen a todos en poco, tan inmortales se sueñan, el Duque se ha vuelto humilde y parece que desprecia los laureles de su triunfo; que el aire de las banderas no le ha dado vanagloria. BATÍN. Plegue al cielo que no sea, después de estas humildades, como aquel hombre de Atenas que pidió a Venus le hiciese mujer, con ruegos y ofrendas, una gata dominica, quiero decir, blanca y negra. Y estando en su estrado un día, con moño y enaguas de tela, vio pasar un animal de aquestos, como poetas, que andan royendo papeles, y dando un salto ligera de la tarima al ratón, mostró que, en naturaleza, la que es gata será gata, la que es perra será perra, _in secula seculorum_. RICARDO. No hayas miedo tú que vuelva el Duque a sus mocedades, y más si a los hijos llega, que con las manillas blandas las barbas más graves peinan de los más fieros leones. BATÍN. Yo me holgaré de que sea verdad. RICARDO. Pues, Batín, adiós. BATÍN. ¿Dónde vas? RICARDO. Fabia me espera. (_Vase_). (_Entre el Duque con algunos memoriales_). DUQUE. ¿Está algún crïado aquí? BATÍN. Aquí tiene Vuestra Alteza el más humilde. DUQUE. Batín. BATÍN. Dios te guarde, bueno llegas. Dame la mano. DUQUE. ¿Qué hacías? BATÍN. Estaba escuchando nuevas de tu valor a Ricardo, que es gran coronista de ellas. Héctor de Italia te hacía. DUQUE. ¿Cómo ha pasado en mi ausencia el gobierno con el Conde? BATÍN. Cierto, señor, que pudiera decir que igualó en la paz tus hazañas en la guerra. DUQUE. ¿Llevose bien con Casandra? BATÍN. No se ha visto, que yo sepa, tan pacífica madrastra con su alnado; es muy discreta, y muy virtuosa y santa. DUQUE. No hay cosa que le agradezca como estar bien con el Conde, que como el Conde es la prenda que más quiero y más estimo, y conocí su tristeza cuando a la guerra partí, notablemente me alegra que Casandra se portase con él con tanta prudencia; que estén en paz y amistad, que es la cosa que desea mi alma con más afecto de cuantas pedir pudiera al cielo; y así, en mi casa hoy, dos victorias se cuentan: la que de la guerra traigo, y la de Casandra bella conquistando a Federico. Yo pienso de hoy más quererla sola en el mundo, obligado de esta discreta fineza y cansado juntamente de mis mocedades necias. BATÍN. Milagro ha sido del Papa llevar, señor, a la guerra al Duque Luis de Ferrara, y que un ermitaño vuelva. ¡Por Dios, que puedes fundar otra Camáldula! DUQUE. Sepan mis vasallos que otro soy. BATÍN. Mas dígame Vuestra Alteza, ¿cómo descansó tan poco? DUQUE. Porque al subir la escalera de palacio, algunos hombres que aguardaban mi presencia me dieron estos papeles, y temiendo que son quejas quise descansar en verlos, y no descansar con ellas. Vete, y déjame aquí solo, que deben los que gobiernan esta atención a su oficio. BATÍN. El cielo que remunera el cuidado de quien mira el bien público, prevenga laureles a tus victorias, siglos a tu fama eterna. (_Vase_). DUQUE. Este dice: (_lea_). «Señor, yo soy Estacio, que estoy en los jardines de palacio, y, enseñado a plantar hierbas y flores, planté seis hijos, a los dos mayores suplico que les deis...». Basta, ya entiendo, con más cuidado ya premiar pretendo. «Lucinda dice que quedó viuda del capitán Arnaldo...». También pide. «Albano, que ha seis años que reside». Este pide también. «Julio Camilo, preso, porque sacó...». Del mismo estilo. «Paula de san Germán, doncella honrada...». Pues si es honrada, no le falta nada, si no quiere que yo le dé marido. Este viene cerrado, y mal vestido un hombre me le dio, todo turbado, que quise detenerle con cuidado. «Señor, mirad por vuestra casa atento, que el Conde y la Duquesa en vuestra ausencia...». No me ha sido traidor el pensamiento. Habrán regido mal, tendré paciencia. «... ofenden con infame atrevimiento vuestra cama y honor». ¿Qué resistencia harán a tal desdicha mis enojos? «Si sois discreto, os lo dirán los ojos». ¿Qué es esto que estoy mirando? Letras, ¿decís esto, o no? ¿Sabéis que soy padre yo de quien me estáis informando que el honor me está quitando? ¡Mentís, que no puede ser! ¿Casandra me ha de ofender? ¿No veis que es mi hijo el Conde? Pero ya el papel responde que es hombre, y ella mujer. ¡Oh, fieras letras, villanas! Pero direisme que sepa que no hay maldad que no quepa en las flaquezas humanas. De las iras soberanas debe de ser permisión. Esta fue la maldición que a David le dio Natán; la misma pena me dan, y es Federico Absalón. Pero mayor viene a ser, cielo, si así me castigas, que aquellas eran amigas y Casandra es mi mujer. El vicioso proceder de las mocedades mías trujo el castigo, y los días de mi tormento, aunque fue sin gozar a Bersabé, ni quitar la vida a Urías. ¡Oh, traidor hijo!, si ha sido verdad, porque yo no creo que emprenda caso tan feo hombre de otro hombre nacido. Pero si me has ofendido..., ¡oh, si el cielo me otorgara que después que te matara, de nuevo a hacer te volviera, pues tantas muertes te diera cuantas veces te engendrara! ¡Qué deslealtad! ¡Qué violencia! ¡Oh, ausencia! ¡Qué bien se dijo que aun un padre de su hijo no tiene segura ausencia! ¿Cómo sabré con prudencia verdad que no me disfame con los testigos que llame? Ni así la podré saber, porque ¿quién ha de querer decir verdad tan infame? Mas ¿de qué sirve informarme, pues esto no se dijera de un hijo, cuando no fuera verdad que pudo infamarme? Castigarle no es vengarme, ni se venga el que castiga, ni esto a información me obliga; que mal que el honor estraga no es menester que se haga, porque basta que se diga. (_Entre Federico_). FEDERICO. Sabiendo que no descansas, vengo a verte. DUQUE. Dios te guarde. FEDERICO. Y a pedirte una merced. DUQUE. Antes que la pidas, sabes que mi amor te la concede. FEDERICO. Señor, cuando me mandaste que con Aurora mi prima por tu gusto me casase, lo fuera notable mío; pero fueron más notables los celos de Carlos, y ellos entonces causa bastante para no darte obediencia. Mas después que te ausentaste supe que mi grande amor hizo que ilusiones tales me trujesen divertido. En efecto, hicimos paces, y le prometí, señor, en satisfacción casarme, como me dieses licencia luego que el bastón dejases. Esta te pido y suplico. DUQUE. No pudieras, Conde, darme mayor gusto. Vete ahora porque trate con tu madre, pues es justo darle cuenta; que no es razón que te cases sin que lo sepa y le pidas licencia, como a tu padre. FEDERICO. No siendo su sangre yo, ¿para qué quiere dar parte Vuestra Alteza a mi señora? DUQUE. ¿Qué importa no ser su sangre siendo tu madre Casandra? FEDERICO. Mi madre Laurencia yace muchos años ha difunta. DUQUE. ¿Sientes que madre la llame? Pues dícenme que en mi ausencia, de que tengo gusto grande, estuvisteis muy conformes. FEDERICO. Eso, señor, Dios lo sabe; que prometo a Vuestra Alteza, aunque no acierto en quejarme, pues la adora, y es razón que, aunque es para todos ángel, que no lo ha sido conmigo. DUQUE. Pésame de que me engañen, que me dicen que no hay cosa que más Casandra regale. FEDERICO. A veces me favorece, y a veces quiere mostrarme que no es posible ser hijos los que otras mujeres paren. DUQUE. Dices bien y yo lo creo, y ella pudiera obligarme más que en quererme en quererte, pues con estas amistades aseguraba la paz. Vete con Dios. FEDERICO. Él te guarde. (_Vase_). DUQUE. No sé cómo he podido mirar, Conde traidor, tu infame cara. ¡Qué libre, qué fingido, con la invención de Aurora se repara para que yo no entienda que puede ser posible que me ofenda! Lo que más me asegura es ver con el cuidado y diligencia, que a Casandra murmura que le ha tratado mal en esta ausencia, que piensan los delitos que callan cuando están hablando a gritos. De que la llame madre se corre, y dice bien, pues es su amiga la mujer de su padre, y no es justo que ya madre se diga. Pero yo, ¿cómo creo con tal facilidad caso tan feo? ¿No puede un enemigo del Conde haber tan gran traición forjado, porque con su castigo, sabiendo mi valor, quede vengado? Ya de haberlo creído, si no estoy castigado, estoy corrido. (_Entren Casandra y Aurora_). AURORA. De vos espero, señora, mi vida en esta ocasión. CASANDRA. Ha sido digna elección de tu entendimiento, Aurora. AURORA. Aquí está el Duque. CASANDRA. Señor, ¿tanto desvelo? DUQUE. A mi estado debo, por lo que he faltado, estos indicios de amor. Si bien del Conde y de vos ha sido tan bien regido, como muestra agradecido este papel de los dos. Todos alaban aquí lo que los dos merecéis. CASANDRA. Al Conde, señor, debéis ese cuidado, no a mí, que, sin lisonja, os prometo que tiene heroico valor, en toda acción superior, gallardo como discreto: un retrato vuestro ha sido. DUQUE. Ya sé que me ha retratado tan igual en todo estado, que por mí le habéis tenido, de que os prometo, señora, debida satisfacción. CASANDRA. Una nueva petición os traigo, señor, de Aurora. Carlos la pide, ella quiere, y yo os lo suplico. DUQUE. Creo, que le ha ganado el deseo, quien en todo le prefiere. El Conde se va de aquí, y me la ha pedido ahora. CASANDRA. ¿El Conde ha pedido a Aurora? DUQUE. Sí, Casandra. CASANDRA. ¿El Conde? DUQUE. Sí. CASANDRA. Solo de vos lo creyera. DUQUE. Y así se la pienso dar. Mañana se han de casar. CASANDRA. Será como Aurora quiera. AURORA. Perdóneme Vuestra Alteza, que el Conde no será mío. DUQUE. ¿Qué espero más? ¿Qué porfío? Pues, Aurora, en gentileza, entendimiento y valor, ¿no vence al Marqués? AURORA. No sé. Cuando quise y le rogué, él me despreció, señor, y ahora que él quiere, es justo que yo le desprecie a él. DUQUE. Hazlo por mí, no por él. AURORA. El casarse ha de ser gusto, yo no le tengo del Conde. DUQUE. Extraña resolución. CASANDRA. Aurora tiene razón, aunque atrevida responde. DUQUE. No tiene, y ha de casarse, aunque le pese. CASANDRA. Señor, no uséis del poder, que amor es gusto y no ha de forzarse. (_Vanse Aurora y el Duque_). Ay de mí, que se ha cansado el traidor Conde de mí. (_Entre el Conde_). FEDERICO. ¿No estaba mi padre aquí? CASANDRA. ¿Con qué infame desenfado, traidor Federico, vienes, habiendo pedido a Aurora al Duque? FEDERICO. Paso, señora, mira el peligro que tienes. CASANDRA. ¡Qué peligro, cuando estoy, villano, fuera de mí! FEDERICO. ¿Pues tú das voces así? (_Entre el Duque acechando_). DUQUE. Buscando testigos voy. Desde aquí quiero escuchar, que, aunque mal, tengo de oír, Lo que no puedo sufrir es lo que vengo a buscar. FEDERICO. Oye, señora, y repara en tu grandeza siquiera. CASANDRA. ¿Cuál hombre en el mundo hubiera que cobarde me dejara, después de haber obligado con tantas ansias de amor a su gusto mi valor? FEDERICO. Señora, aún no estoy casado. Asegurar pretendí al Duque, y asegurar nuestra vida, que durar no puede, Casandra, así; que no es el Duque algún hombre de tan baja condición que a sus ojos, ni es razón, se infame su ilustre nombre. Basta el tiempo que tan ciegos el amor nos na tenido. CASANDRA. ¡Oh, cobarde, mal nacido! Las lágrimas y los ruegos hasta hacernos volver locas robando las honras nuestras, que de las traiciones vuestras cuerdas se libraron pocas, ¿ahora son cobardías? ¡Pues, perro, sin alma estoy! DUQUE. Si aguardo, de mármol soy. ¿Qué esperáis desdichas mías? Sin tormento han confesado, pero sin tormento no, que claro está que soy yo a quien el tormento han dado. No es menester más testigo, confesaron de una vez; prevenid pues sois jüez, honra, sentencia y castigo. Pero de tal suerte sea, que no se infame mi nombre, que en público siempre a un hombre queda alguna cosa fea. Y no es bien que hombre nacido sepa que yo estoy sin honra, siendo enterrar la deshonra como no haberla tenido. Que aunque parece defensa de la honra el desagravio, no deja de ser agravio cuando se sabe la ofensa. (_Vase_). CASANDRA. ¡Ay, desdichadas mujeres! ¡Ay, hombres falsos sin fe! FEDERICO. Digo, señora, que haré todo lo que tú quisieres, y esta palabra te doy. CASANDRA. ¿Será verdad? FEDERICO. Infalible. CASANDRA. Pues no hay a Amor imposible. Tuya he sido, y tuya soy; No ha de faltar invención para vernos cada día. FEDERICO. Pues vete, señora mía, y pues tienes discreción, finge gusto, pues es justo, con el Duque. CASANDRA. Así lo haré sin tu ofensa; que yo sé que el que es fingido no es gusto. (_Vanse los dos_). (_Entren Aurora y Batín_). BATÍN. Yo he sabido, hermosa Aurora, que ha de ser, o ya lo es, tu dueño el señor Marqués, y que a Mantua os vais, señora. Y así vengo a suplicar, que allá me llevéis. AURORA. Batín, mucho me admiro. ¿A que fin al Conde quieres dejar? BATÍN. Servir mucho y medrar poco es un linaje de agravio que al más cuerdo, que al más sabio, o le mata o vuelve loco. «Hoy te doy, mañana no; quizá te daré después». Yo no sé «quizá» quién es, mas sé que nunca «quizó». Fuera de esto, está endiablado el Conde; no sé qué tiene: ya triste, ya alegre viene, ya cuerdo, ya destemplado. La Duquesa, pues, también insufrible y desigual. Pues donde va a todos mal, ¿quieres que me vaya bien? El Duque, santo fingido, consigo a solas hablando, como hombre que anda buscando algo que se le ha perdido. Toda la casa lo está; contigo a Mantua me voy. AURORA. Si yo tan dichosa soy que el Duque a Carlos me da, yo te llevaré conmigo. BATÍN. ¡Beso mil veces tus pies, y voy a hablar al Marqués! (_Vase, y entra el Duque_). DUQUE. ¡Ay, honor, fiero enemigo! ¿Quién fue el primero que dio tu ley al mundo? ¡Y que fuese mujer quien en sí tuviese tu valor, y el hombre no! Pues sin culpa el más honrado te puede perder, honor, bárbaro legislador fue tu inventor, no letrado. Mas dejarla entre nosotros muestra que fuiste ofendido, pues esta invención ha sido para que lo fuesen otros. ¡Aurora! AURORA. Señor. DUQUE. Ya creo que con el Marqués te casa la Duquesa, y yo a su ruego; que más quiero contentarla que dar este gusto al Conde. AURORA. Eternamente obligada quedo a servirte. DUQUE. Bien puedes decir a Carlos que a Mantua escriba al Duque, su tío. AURORA. Voy donde el Marqués aguarda tan dichosa nueva. (_Vase Aurora_). DUQUE. Cielos, hoy se ha de ver en mi casa, no más de vuestro castigo: alzad la divina vara. No es venganza de mi agravio, que yo no quiero tomarla en vuestra ofensa, y de un hijo ya fuera bárbara hazaña. Este ha de ser un castigo vuestro no más, porque valga para que perdone el cielo el rigor por la templanza. Seré padre y no marido dando la justicia santa a un pecado sin vergüenza un castigo sin venganza. Esto disponen las leyes del honor, y que no haya publicidad en mi afrenta con que se doble mi infamia. Quien en público castiga dos veces su honor infama; pues, después que le ha perdido por el mundo le dilata. La infame Casandra dejo de pies y manos atada, con un tafetán cubierta, y, por no escuchar sus ansias, con una liga en la boca, porque, al decirle la causa, para cuanto quise hacer medio lugar, desmayada. Esto aun pudiera, ofendida, sufrir la piedad humana; pero dar la muerte a un hijo, ¿qué corazón no desmaya? Solo de pensarlo, ¡ay, triste!, tiembla el cuerpo, espira el alma, lloran los ojos, la sangre muere en las venas heladas, el pecho se desalienta, el entendimiento falta, la memoria está corrida y la voluntad turbada. Como arroyo que detiene el hielo de noche larga, del corazón a la boca prende el dolor las palabras. ¿Qué quieres, amor? ¿No ves que Dios a los hijos manda honrar los padres, y el Conde su mandamiento quebranta? Déjame, amor, que castigue a quien las leyes sagradas contra su padre desprecia, pues tengo por cosa clara que si hoy me quita la honra, la vida podrá mañana. Cincuenta mató Artajerjes con menos causa, y la espada de Darío, Torcuato y Bruto ejecutó sin venganza, las leyes de la justicia. Perdona, Amor, no deshagas el derecho del castigo, cuando el Honor, en la sala de la Razón presidiendo, quiere sentenciar la causa. El fiscal Verdad le ha puesto la acusación, y está clara la culpa, que Ojos y Oídos juraron en la probanza; Amor y Sangre, abogados, le defienden, mas no basta, que la Infamia y la Vergüenza son de la parte contraria. La Ley de Dios, cuando menos, es quien la culpa relata; su Conciencia quien la escribe. ¿Pues para qué me acobardas? Él viene. ¡Ay, cielos, favor! (_Entre el Conde_). FEDERICO. Basta que en palacio anda pública fama, señor, que con el Marqués Gonzaga casas a Aurora, y que luego se parta con ella a Mantua. ¿Mándasme que yo lo crea? DUQUE. Conde, ni sé lo que tratan ni he dado al Marqués licencia, que traigo en cosas más altas puesta la imaginación. FEDERICO. Quien gobierna, mal descansa. ¿Qué es lo que te da cuidado? DUQUE. Hijo, un noble de Ferrara se conjura contra mí con otros que le acompañan. Fiose de una mujer que el secreto me declara: necio quien de ellas se fía, discreto quien las alaba. Llamé al traidor finalmente, que un negocio de importancia dije que con él tenía, y cerrado en esta cuadra le dije el caso, y apenas le oyó, cuando se desmaya, con que pude fácilmente, en la silla donde estaba, atarle y cubrir el cuerpo, porque no viese la cara quien a matarle viniese, por no alborotar a Italia. Tú has venido, y es más justo hacer de ti confianza para que nadie lo sepa. Saca animoso la espada, Conde, y la vida le quita, que a la puerta de la cuadra quiero mirar el valor con que mi enemigo matas. FEDERICO. ¿Pruébasme acaso, o es cierto que conspirar intentaban contra ti los dos que dices? DUQUE. Cuando un padre a un hijo manda una cosa injusta o justa, ¿con él se pone a palabras? ¡Vete, cobarde, que yo...! FEDERICO. Ten la espada, y aquí aguarda, que no es temor, pues que dices que es una persona atada; pero no sé qué me ha dado que me está temblando el alma. DUQUE. ¡Quédate, infame! FEDERICO. Ya voy, que, pues tú lo mandas, basta. Pero ¡vive Dios...! DUQUE. ¡Oh, perro! FEDERICO. Ya voy, detente, y si hallara el mismo César, le diera por ti, ¡ay, Dios!, mil estocadas. DUQUE. Aquí lo veré. Ya llega, ya con la punta la pasa: ejecute mi justicia quien ejecutó mi infamia. ¡Capitanes! ¡Hola, gente! ¡Venid los que estáis de guarda! ¡Ah, caballeros, criados! ¡Presto! (_Entren el Marqués, Aurora, Batín, Ricardo y todos los demás que se han introducido_). MARQUÉS. ¿Para qué nos llamas, señor, con tan altas voces? DUQUE. ¿Hay tal maldad? A Casandra ha muerto el Conde, no más de porque fue su madrastra y le dijo que tenía mejor hijo en sus entrañas para heredarme. ¡Matadle, matadle! ¡El Duque lo manda! MARQUÉS. ¿A Casandra? DUQUE. Sí, Marqués. MARQUÉS. Pues no volveré yo a Mantua sin que la vida le quite. DUQUE. Ya con la sangrienta espada sale el traidor. (_Salga el Conde_). FEDERICO. ¿Qué es aquesto? Voy a descubrir la cara del traidor que me decías, y hallo... DUQUE. ¡No prosigas! ¡Calla! ¡Matadle, matadle! MARQUÉS. ¡Muera! FEDERICO. ¡Oh, padre! ¿Por qué me matan? DUQUE. En el tribunal de Dios, traidor, te dirán la causa. Tú, Aurora, con este ejemplo parte con Carlos a Mantua, que él te merece, y yo gusto. AURORA. Estoy, señor, tan turbada que no sé lo que responda. BATÍN. Di que sí, que no es sin causa todo lo que ves, Aurora. AURORA. Señor, desde aquí a mañana te daré respuesta. (_Salga el Marqués_). MARQUÉS. Ya queda muerto el Conde. DUQUE. En tanta desdicha, aun quieren los ojos verle muerto con Casandra. (_Descúbralos_). MARQUÉS. Vuelve a mirar un castigo sin venganza. DUQUE. No es tomarla el castigar la justicia. Valor sobra y llanto falta: pagó la maldad que hizo por heredarme. BATÍN. Aquí acaba, senado, aquella tragedia del castigo sin venganza, que, siendo en Italia asombro, hoy es ejemplo en España. _Laus Deo, & M. V._ *** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78160 ***