The Project Gutenberg EBook of El caso extrao del Doctor Jekyll, by 
Robert Louis Stevenson

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Title: El caso extrao del Doctor Jekyll

Author: Robert Louis Stevenson

Translator: Emilio Soulre

Release Date: July 12, 2020 [EBook #62627]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CASO EXTRAO DEL DOCTOR JEKYLL ***




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  Nota del Transcriptor:


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                     NOVELAS PUBLICADAS EN ESPAOL
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                          EL CASO EXTRAO DEL
                             DOCTOR JEKYLL


                      _NOVELA ESCRITA EN INGLS_


                                  POR
                        ROVERTO LUIS STEVENSON

                       TRADUCIDA AL ESPAOL POR
                            EMILIO SOULRE


                              NUEVA YORK
                        D. APPLETON Y COMPAA
                         1, 3, Y 5 BOND STREET
                                 1891




                           COPYRIGHT, 1891,
                      BY D. APPLETON AND COMPANY.


_La propiedad de esta obra est protegida por la ley en varios pases,
donde se perseguir  los que la reproduzcan fraudulentamente._




SOBRE LA PRESENTE OBRA.


El Caso extrao del Dr. Jekyll,  sea del _Dr. Jekyll y de Mister
Hyde_, es, despus de _La Isla del Tesoro_, la obra ms afamada de
Stevenson y no ser dudoso el que la primera sea an ms conocida que
la segunda en los pases anglosajones. Dbese esto indudablemente 
que adems de haber sido y ser constantemente leda por casi todo el
mundo, fu dramatizada y obtuvo tan buen xito que se ha representado
centenares de veces. Recientemente se public tambin una versin
francesa: _Le Cas trange du Docteur Jekyll_, hecha con no poco gusto
y tino por Mme. B. J. Low, esposa del reputado artista de este nombre,
y ahora aparece la espaola, que estamos seguros ha de ser tan bien
recibida como aqulla.

La novela posee ya de por s un inters dramtico poco comn, y en
toda ella se revela ese arte peculiar y caracterstico de su autor en
el relato, que desde el principio atrae la curiosidad del que la lee.
En este trabajo psicolgico  psico-fisiolgico, Stevenson ha logrado
sacar, del misterio de la dualidad humana, efectos irresistibles,
uniendo discretamente lo maravilloso con lo cientfico y la enseanza
moral con la narracin ms interesante de ese combate entre dos
naturalezas distintamente opuestas, que luchan sin cesar entre s,
revelando el imperio que ejerce la ms ruin sobre la ms noble, cuando
 tiempo no se logran dominar sus exigencias y caprichos.

La historia del Dr. Jekyll, despojada de ciertos atavos, de todo
adorno maravilloso y de la parte fantstica, es la historia de muchos
que acaso todos conocemos y tratamos diariamente, slo que en el
presente caso est trazada por la mano maestra del reputado autor
escocs.

                                                 LOS EDITORES.

  NUEVA YORK, _Abril, 1891_.




EL CASO EXTRAO DEL DOCTOR JEKYLL.




HISTORIA DE LA PUERTA.


El Sr. Utterson, el abogado, era un hombre de rostro duro en el cual
no brillaba jams una sonrisa; fro, lacnico y confuso en su modo de
hablar; poco expansivo; flaco, alto, de porte descuidado, triste, y
sin embargo, capaz no s por qu, de inspirar afecto. En las reuniones
de amigos, y cuando el vino era de su gusto, haba en todo su ser algo
eminentemente humano que chispeaba en sus ojos; pero ese no s qu,
nunca se traduca en palabras; slo lo manifestaba por medio de esos
sntomas mudos que aparecen en el rostro despus de la comida, y de un
modo ms ostensible, por los actos de su vida. Era rgido y severo para
consigo mismo; beba ginebra cuando se hallaba solo, para mortificarse
por su aficin al vino; y, aunque le agradaba el teatro, haca veinte
aos que no haba penetrado por la puerta de ninguno. Pero tena para
con los dems una tolerancia particular;  veces se sorprenda, no
sin una especie de envidia, de las desgracias ocurridas  hombres
inteligentes, complicados  envueltos en sus propias maldades, y
siempre procuraba ms bien ayudar que censurar. "Me inclino,--tena por
costumbre decir, no sin cierta agudeza--hacia la hereja de Can; dejo
que mi hermano siga su camino en busca del diablo." Con ese carcter,
resultaba  menudo, que era el ltimo conocido honrado y la ltima
influencia buena para aquellos cuya vida iba  mal fin; y an  esos,
durante todo el tiempo que andaban  su alrededor, jams llegaba 
demostrar ni siquiera la sombra de un cambio en su manera de ser.

Sin duda era fcil esa actitud para Utterson, pues era absolutamente
impasible, y hasta sus amistades parecan fundadas en sentimientos
similares de natural bondad. Es caracterstico en un hombre modesto el
aceptar de manos de la casualidad las amistades, y eso es lo que haba
hecho el abogado. Sus amigos eran sus parientes  aquellos  quienes
haba conocido desde haca mucho tiempo; sus afecciones, como la
hiedra, crecan con el tiempo, pero no procedan de ninguna inclinacin
especial. De ah, sin duda, provena la amistad que le una  Ricardo
Enfield, uno de sus lejanos parientes, y hombre que frecuentaba mucho
la sociedad. Para algunos haba en ello un enigma; qu podran hallar
uno en otro, y qu poda haber de comn entre ambos? Los que los
encontraban en sus paseos del domingo, referan que no se hablaban,
que parecan sombros, y que la aparicin  la llegada de algn amigo
era acogida por ellos con evidentes signos de satisfaccin y hasta de
consuelo.

 pesar de todo, ambos daban gran importancia  aquellos paseos, que
eran como el principal placer para ellos, y no slo rechazaban todas
las dems distracciones, sino que prescindan en absoluto de los
negocios, para disfrutar con mayor libertad de sus paseos.

La casualidad hizo que en una de aquellas excursiones, cruzasen una
callejuela situada en un barrio comercial de Londres. Era sumamente
tranquila, pero en los das de trabajo haba en ella un comercio
activo. Sus habitantes hacan todos buenos negocios, esperaban hacerlos
mejores en el porvenir, y dedicaban el sobrante de sus beneficios al
embellecimiento de sus residencias, de tal suerte, que las fachadas
de las tiendas alineadas  lo largo de la calle parecan invitarlo 
uno como hubieran podido hacerlo dos hileras de sonrientes vendedoras.
Hasta el domingo, cuando aquellos atractivos encantos estaban ocultos y
la calle pareca relativamente desierta, ofreca marcado contraste con
las inmediaciones, bastante sucias, contraste parecido al de un fuego
brillante en medio de un bosque sombro; no cabe duda de que aquellas
persianas recin pintadas, aquellos bronces relucientes, y aquella nota
de limpieza y de alegra sorprendan y agradaban  los transeuntes.

 dos casas de distancia de la esquina de la calle,  mano izquierda
yendo hacia el Este, la lnea se hallaba cortada por la entrada
de un callejn sin salida, en el que se levantaba un edificio de
aspecto triste, cuyos aleros se extendan sobre la calle. Tena dos
pisos, ninguna ventana, solo una puerta en la planta baja, y el
muro deteriorado que se elevaba hasta el extremo superior; en todo
demostraba aquella construccin largo tiempo de abandono y descuido.
La puerta, en la cual no haba ni campanilla ni picaporte, estaba
deteriorada y sucia. Los vagos acostumbraban sentarse en el escaln
de ella, y la utilizaban para encender fsforos; los muchachos de
las escuelas haban probado sus cuchillas en las molduras; y durante
muchsimo tiempo nadie se haba preocupado de rechazar  aquellos
visitantes,  de reparar sus daos.

El Sr. Enfield y el abogado cruzaban por el otro lado de la callejuela,
y al llegar frente  aquel edificio, el primero seal  la puerta con
su bastn.

--Habis observado alguna vez esta puerta?--pregunt; y cuando su
amigo le hubo contestado afirmativamente, aadi:--se halla enlazada en
mi memoria con una historia harto singular.

--De veras?--dijo Utterson, con una ligera alteracin en la voz--qu
historia es esa?

--Hela aqu--replic el Sr. Enfield.--Regresaba  mi casa desde un
punto lejano,  eso de las tres de la madrugada, una obscura noche de
invierno, y mis pasos me llevaron  una parte de la ciudad en donde
no se vea ms que los faroles. Todo el mundo dorma; las calles se
hallaban iluminadas como para una procesin y completamente desiertas;
mi nimo haba llegado  hallarse en aquel estado en que se desea
ardientemente ver  un agente de polica. De pronto vi dos personas:
una de ellas era un hombrecillo que caminaba  buen paso hacia el Este,
y la otra una nia de ocho  diez aos que corra tanto como le era
dable, por una calle transversal. Al cruzarse en la interseccin de las
dos calles, chocaron uno con otro, y el hombre pisote con la mayor
calma el cuerpo de la nia, dejndola tendida en el suelo y continuando
su camino. Aquello no era el proceder de un hombre, sino ms bien el
del diablo indio Juggernaut. Lanc un grito, ech  correr, cog  mi
hombre por el cuello, y lo llev al punto en donde ya, alrededor de la
criatura, que se quejaba lastimosamente, haba varias personas. Estaba
enteramente tranquilo, y adems, no opuso la menor resistencia, pero
me lanz una mirada que me infundi verdadero terror. Las personas
que haban salido de la casa inmediata eran todas de la familia de la
nia, y poco despus lleg el mdico,  quien haban ido  buscar.
En realidad, la criatura no estaba gravemente herida, sino ms bien
asustada, segn dijo el facultativo; y tal vez podrais suponer que las
cosas no pasaron de ah; pero haba una circunstancia curiosa. Desde el
primer golpe de vista haba experimentado yo odio contra el agresor,
as como la familia de la nia, lo cual era muy natural. Lo que ms me
sorprendi fu la conducta del mdico. Era un tipo ordinario, sin nada
de particular, con un marcado acento escocs, y de aspecto tranquilo
y pacfico; pero no pudo menos de experimentar la misma conmocin que
nosotros; cada vez que miraba  mi prisionero, vea yo que el doctor
palideca y contena el deseo de arrojarse sobre l. Yo comprenda
lo que pensaba, y l  su vez, tambin comprenda mi pensamiento; y
como no era posible asesinar  aquel hombre, optamos por lo mejor.
Le dijimos que nos proponamos hacer tanto ruido respecto de aquel
asunto, que su nombre sera maldecido de un extremo  otro de Londres.
Mientras le decamos esto, nos vimos obligados  defenderlo contra
las mujeres, que parecan tan exaltadas como harpas. En mi vida he
visto una reunin de caras que demostrasen el odio que aqullas; y en
medio de todos, nuestro hombre, pareca hacer alarde de una presencia
de espritu brutal, sarcstica--como desafiando  todos, aunque en el
fondo yo vea que estaba asustado.

--Si lo que deseis--dijo--es sacar dinero  costa de este
incidente, me declaro vencido. Todo caballero desea evitar el
escndalo--aadi;--decidme la suma que pretendeis.

La fijamos, no sin trabajo, en cien libras esterlinas para la familia
de la nia; se comprenda que hubiera querido resistir, pero haba en
todas nuestras fisonomas algo que debi asustarle, y concluy por
acceder. Despus fu preciso obtener el dinero; y adnde creis que
nos llev? precisamente al mismo lugar en que se halla esa puerta;
sac rpidamente una llave, entr, y volvi  salir con diez libras
en oro y un vale por el resto,  cargo del Banco de Coutt, pagadero
al portador y  la vista, y firmado con un nombre que no puedo decir;
era un nombre muy conocido y ms de una vez publicado en caracteres
de imprenta. La suma era fuerte, pero la firma vala mucho ms, si
realmente era autntica. Me tom la libertad de hacer notar  nuestro
personaje, que todo aquel negocio pareca fantstico, y que no era
comn que un hombre entrase  las cuatro de la madrugada por la puerta
de una cueva para salir con un vale perteneciente  otra persona, por
un valor de cerca de cien libras; pero acogi mi indicacin con una
tranquilidad perfecta y dijo con tono sarcstico:

--Tranquilizaos; voy  permanecer con ustedes hasta que se abra el
despacho del Banco, y cobrar el vale yo mismo.--Partimos todos; el
doctor, el padre de la nia, nuestro hombre y yo pasamos el resto de la
noche en mi casa. Por la maana, despus de haber almorzado, fuimos
juntos al Banco. Present el vale, dudando si sera falso; pero nada de
eso; era bueno.

--Vaya, vaya--exclam Utterson.

--Veo que experimentais igual duda que yo--repuso Enfield;--s, es
verdaderamente una historia original. En cuanto  mi hombre, era un
ser con el cual nadie hubiera querido tener tratos; un hombre temible
y peligroso; y la persona que firm el vale pertenece  la flor de la
alta sociedad, es muy conocida y, lo que da lugar  mayores sospechas
es que forma parte de los que se tienen por hombres de bien, y 
quienes se llama as. Yo creo que es un hombre honrado que tiene que
pagar  peso de oro el silencio de alguien que conoce alguna locura de
su juventud; as es que  esa casa de la puerta le llamo yo la casa de
la difamacin, aunque, como lo podis comprender, todo esto se halla
lejos de explicar las cosas--aadi; y despus continu pensativo,
sumido al parecer en profunda meditacin; pero no tard en salir de
ella, por la siguiente pregunta que le dirigi Utterson:

--Y no sabis si el firmante del vale vive aqu?

--Ah! sera verdaderamente una hermosa residencia para l!--repuso
Enfield--pero he tenido la suerte de lograr algunas noticias relativas
 sus seas; no vive aqu.

--Y jams habis preguntado nada respecto del sitio en que est la
puerta?--volvi  decir el Sr. Utterson.

--No seor, he tenido esa delicadeza--aadi Enfield.--Tengo viva
repugnancia por las preguntas; eso se asemeja demasiado  lo que se
har el da del Juicio final. Lanzis una pregunta, y es como si
tirseis una piedra; estis tranquilamente sentado en la cima de una
colina, y la piedra desciende arrastrando  otras consigo; y resulta
que un viejo pjaro cualquiera (el ltimo de quien os acordis), queda
herido por la piedra en su propio jardn, en su misma casa, y la
familia se ve obligada  cambiar de nombre  causa del escndalo. No,
seor, he llegado  hacer de ello una regla de conducta; cuanto ms
sospechosa me parece una cosa, menos pregunto.

--Es, verdaderamente, un buen mtodo--dijo el abogado.

--Pero he estudiado el paraje yo mismo--sigui diciendo Enfield;--la
construccin no se parece apenas  una casa. No tiene ninguna otra
puerta, y nadie ha entrado  salido por esa en un largo espacio de
tiempo, sino el caballero de mi historia. Hay tres ventanas, con vista
al callejn sin salida, en el piso principal; debajo no existe ninguna;
los postigos estn siempre cerrados, pero se ven limpios. Adems, tiene
una chimenea que echa humo constantemente; luego, alguien debe vivir
all. Mas no es absolutamente seguro, pues las casas de aquel callejn
sin salida encajan de tal modo unas dentro de otras, que es difcil
decir dnde concluye una y comienza otra.

Caminaron durante algn tiempo sin decir una palabra.

--Enfield--exclam el Sr. Utterson--tenis una excelente regla de
conducta.

--As lo creo--repuso Enfield.

--Pero,  pesar de todo--continu el jurisconsulto--hay una cosa que
quisiera preguntaros; deseara saber el nombre del hombre que pisote 
la nia.

--Bien--contest Enfield--no veo ningn mal en ello. Era un individuo
llamado Hyde.

--Hum!--dijo Utterson--qu clase de hombre es?

--No es fcil de describir. Se observa en todo su exterior cierta
falsedad, algo desagradable, algo evidentemente detestable. Jams he
visto un hombre que me agrade menos, y casi no s por qu. Debe haber
en l algo deforme; produce el efecto de una gran deformidad, aunque
no me sea posible precisarla. Tiene una mirada extraordinaria, y sin
embargo, nada puedo especificar que se salga de lo comn y ordinario.
No, seor, no me es posible llegar  una conclusin, ni tampoco
describirlo. Y no es por falta de memoria, pues puedo verlo en este
mismo instante.

El Sr. Utterson anduvo algunos pasos ms sin interrumpir el silencio, y
luego pregunt, como obligado por sus reflexiones:

--Estis seguro que hizo uso de una llave?

--Querido seor...--dijo Enfield, notablemente sorprendido por aquella
pregunta.

--S, ya s,--continu Utterson--ya s que eso debe parecer extrao.
El hecho es que no os pregunto el nombre de la otra persona, porque la
conozco ya. Lo veis, Ricardo, vuestra relacin ha dado en el blanco. Si
en algn punto habis sido inexacto, harais bien en rectificar.

--Creo que hubirais podido avisarme--replic Enfield, con algo de mal
humor--pero he sido completamente exacto. El hombre tena una llave; y
lo que es ms, la tiene todava. Lo vi usarla no hace an una semana.

Utterson lanz un profundo suspiro, pero no volvi  hablar; y el
joven, reanudando entonces la conversacin, aadi:

--H aqu para m una nueva leccin y otro motivo para callar. Me
avergenzo de haber tenido la lengua demasiado larga, y convengamos en
no volver  tratar ese asunto.

--De todo corazn--respondi el abogado--os doy mi palabra y un apretn
de manos, Ricardo.




EN BUSCA DEL SR. HYDE.


Aquella noche, el Sr. Utterson volvi  su habitacin de soltero,
con el nimo sombro, y se sent sin placer ante la mesa en donde
se hallaba servida la comida. Tena costumbre, el domingo, cuando
conclua de comer, de ir  sentarse junto al fuego, con un tomo de
cualquier telogo rido sobre su pupitre, permaneciendo as hasta que
el reloj de la vecina iglesia tocaba doce campanadas, y entonces iba
tranquilamente  acostarse. Sin embargo, la noche aquella, as que
quitaron el mantel, tom una buja y fu  su gabinete. All abri su
cofre y sac del sitio ms secreto un documento envuelto en un sobre,
en el cual estaba escrito lo siguiente: "Testamento del Doctor Jekyll,"
y se sent melanclicamente para estudiar su contenido. El testamento
era olgrafo, pues aunque Utterson se haba encargado de guardarlo
una vez hecho, no quiso intervenir en su redaccin. Aquel testamento
declaraba, que no slo en el caso del fallecimiento de Enrique Jekyll,
Doctor en Medicina, etc., etc., todos sus bienes deberan pasar  manos
de su amigo y bienhechor Eduardo Hyde, sino que por la desaparicin 
una ausencia inexplicable del Dr. Jekyll, ausencia que excediese de un
perodo de tres meses, el referido Eduardo Hyde debera tomar posesin
de los bienes de dicho Enrique Jekyll, sin ningn otro plazo, y libre
de toda carga  obligacin, salvo algunas pequeas sumas que pagar 
los criados de la casa del doctor. Haca ya mucho tiempo que aquel
documento desagradaba al abogado. Le molestaba  la vez en su calidad
de jurisconsulto, y en el concepto de partidario de los usos sensatos y
ordinarios de la vida, y de enemigo de todo lo extravagante. Adems, su
desconocimiento de la persona del Sr. Hyde era lo que haba aumentado
su indignacin; y ahora, gracias  un acontecimiento inesperado, le
conoca. Ya era bastante malo que tuviese un nombre respecto del cual
nada poda saber, que nada deca, y era mucho peor cuando aquel nombre
fu revestido con detestables imputaciones; y el espeso y nebuloso velo
que haba cubierto sus ojos durante tanto tiempo se rasg de golpe para
dejarle ver  un verdadero demonio.

Despus de esto, apag la buja, se puso un gabn, y sali. Encaminse
hacia la plaza Cavendish, ciudadela de la Medicina, en donde su amigo,
el gran doctor Lanyn, tena su casa, y reciba  sus numerosos
clientes. "Si alguien sabe, ser Lanyn," se dijo  s mismo el
jurisconsulto.

El solemne ayuda de cmara le conoca, y le salud; como no se le
someta  las interminables antesalas de las visitas ordinarias, fu
directamente desde la puerta hasta el comedor, en donde se hallaba el
doctor Lanyn.

El doctor era un caballero que viva bien, excelente compaero,
saludable, bien portado y de rostro algo encendido; su cabello haba
encanecido antes de tiempo, y lo llevaba desordenado. Sus ademanes
eran bruscos y alborotados. Al ver  Utterson, dej la silla y corri
 su encuentro, tendindole ambas manos. Aquella efusin, que era uno
de sus hbitos, tena algo de teatral, pero se hallaba cimentada sobre
verdaderos sentimientos de amistad, pues ambos eran antiguos camaradas
y condiscpulos de la escuela y la Universidad, que se guardaban mutua
consideracin, y aunque no sea consecuencia de ello, les agradaba
hallarse juntos.

Despus de una corta y trivial conversacin, el abogado lleg al asunto
que le aguijoneaba penosamente el espritu.

--Supongo, Lanyn--dijo--que vos y yo debemos ser los dos amigos ms
viejos que tiene Enrique Jekyll.

--Yo quisiera que los amigos fuesen ms jvenes--contest rindose el
Dr. Lanyn;--pero creo que as es. Y qu ms? Lo veo tan poco  menudo
ahora...

--Cmo?--exclam Utterson--yo crea que tenais intereses comunes.

--Los hemos tenido--repuso el doctor--pero desde hace diez aos,
el Dr. Enrique Jekyll se ha vuelto demasiado fantstico para m.
Comenzaba  emprender un mal camino, mal camino desde el punto de
vista intelectual, y aunque sigo, sin duda, interesndome por l,
 causa de nuestro antiguo y buen compaerismo, he visto y veo muy
rara vez  nuestro hombre en estos ltimos tiempos. Sus extravagantes
ideas--aadi el doctor ponindose encarnado--hubieran hecho reir 
Damn y Pythias.

Ese pequeo estallido de clera llev un poco de calma y algo de alivio
al nimo de Utterson. "Habrn diferido nicamente de opinin en alguna
cuestin cientfica," pens para s, y no siendo hombre capaz de tener
pasiones cientficas (salvo el caso del procedimiento y diligencias de
su oficio) aadi, hablando consigo mismo: "no ser cosa grave." Dej
algunos segundos de respiro para que se repusiese su amigo, y le lanz
la pregunta objeto de su visita:

--Habis visto alguna vez  uno de sus protegidos, un tal Hyde?

--Hyde?--repiti Lanyn.--No, jams he odo nada de l. Su amistad
debe ser posterior  nuestras pequeas diferencias.

Esos eran los nicos informes que llevaba el abogado al regresar  su
gran lecho sombro, sobre el cual se agit en todos sentidos hasta las
primeras horas de la maana. Fu una noche aquella de poco descanso
para su atormentado espritu, envuelto en obscuridades y asediado por
la duda.

Las seis daban en la cercana iglesia, tan bien situada con respecto
 la habitacin del Sr. Utterson, y ste continuaba soando en su
problema.

Hasta entonces slo le haba considerado desde el punto de vista
intelectual; pero en aquel momento estaba dominado por las diferencias,
por los saltos de su imaginacin; y aunque acostado, y volvindose
de un lado para otro, en medio de la sombra obscuridad del cuarto,
conservada por espesas colgaduras, la historia del Sr. Enfield se iba
desenvolviendo delante de l, y todos los detalles se le presentaban
como cuadros luminosos de un panorama.

Vea primero los espacios inmensos de una ciudad alumbrados por
faroles; luego la forma de un hombre caminando rpidamente; despus
la de una criatura que volva corriendo de la casa del mdico, y en
fin, su encuentro, y aquel diablo (Juggernaut) de apariencia humana,
pisoteando  la nia y marchndose sin que le detuviesen sus gritos.
Su visin continuaba: vea un cuarto, en una hermosa casa, en donde
dorma su amigo, soando y sonriendo  sus sueos, abrirse la puerta
del cuarto, separarse los cortinajes, despertarse su amigo, y frente
 l presentarse una forma que tena el poder, aun en aquella hora
indebida, de hacerle levantar y darle rdenes. Aquella forma con
dos rostros tan distintos persigui el espritu del abogado toda
la noche, y si lograba dormirse algunos instantes, segua viendo la
forma deslizarse disimuladamente  lo largo de las casas cerradas, 
caminando rpidamente, ms rpidamente an, hasta caer desvanecida, 
travs del laberinto de una ciudad alumbrada, iluminada, y luego, en la
esquina de cada calle, pisotear  una criatura y abandonarla  pesar
de sus lamentos y sus gritos. Y aquella forma no tena jams un rostro
que permitiese reconocerla; hasta en sueos no tena una cara conocida,
 la que tena se ocultaba y desvaneca cuando quera mirarla; y
as fu, gracias  ese sueo, como creci y creci en el nimo del
abogado aquella curiosidad verdaderamente extraa, casi extravagante,
de conocer la fisonoma del verdadero Sr. Hyde. Pensaba que, si
alguna vez llegaba  fijar sus ojos en l, se aclarara el misterio,
desapareciendo en absoluto, como sucede con todo lo sobrenatural cuando
se examina de cerca. Hallara sin duda alguna razn para explicar la
extraa preferencia  esa esclavitud de su amigo (llmesele como se
quiera), y tambin las clusulas sorprendentes de su testamento. Sea lo
que fuere, no cabe duda de que el rostro vala la pena de ser visto;
ese rostro de un hombre cuyas entraas no tenan compasin ni piedad
ninguna, era rostro que slo con presentarse haba logrado inspirar en
el nimo del insensible Enfield un sentimiento de odio profundo.

Desde aquel instante, Utterson se puso  examinar frecuentemente la
puerta de la callejuela de las tiendas. Por la maana antes de la
hora del escritorio, al medioda cuando los negocios estaban en plena
actividad y teniendo escaso tiempo, por la noche  la luz de una luna
velada por la niebla, en una palabra, con todas las luces y  todas
horas, solo  en medio del gento, poda verse el abogado en aquel
sitio.

Al fin, su paciencia se vi recompensada. Era una noche hermosa y
apacible; helaba, y las calles estaban tan limpias como el piso de un
saln de baile; los faroles, cuyos mecheros no agitaba ni el ms ligero
soplo de aire, daban la cantidad de luz y de sombra requerida.

Hacia las diez, cuando todas las tiendas estuvieron cerradas, la
callejuela qued desierta y silenciosa, sin oirse ms que el ruido
sordo de sus alrededores. Del otro lado de la calle se perciban
los movimientos, las idas y venidas en el interior de las casas,
distinguindose los pasos de los transeuntes mucho antes de verlos.
Haca algunos minutos que Utterson estaba en su puesto, cuando llam
su atencin un paso ligero y extrao que se aproximaba. En el curso
de sus nocturnas peregrinaciones haba llegado  acostumbrarse 
distinguir en medio de los zumbidos y de los ruidos ms diferentes
de una gran ciudad, los pasos de una persona sola, lejos an, y que
vena bruscamente  l, pero nunca se haba sentido su atencin tan
excitada ni tan fija como en aquel momento definitivo, y posedo de un
presentimiento absoluto y supersticioso de un buen xito, se ocult en
la entrada del callejn.

Los pasos se acercaban rpidamente, hacindose ms y ms distintos
en el recodo de la calle. El abogado, mirando desde su escondite, no
tard en ver con qu clase de hombre se las tena que haber. ste era
pequeo, vestido con sencillez; su exterior, aun  aquella distancia,
no fu enteramente del agrado del observador. El hombre fu derecho
 la puerta, atravesando el arroyo para ganar tiempo, y sin dejar de
andar, sac una llave del bolsillo, como quien llega  su casa.

El Sr. Utterson atraves la calle y le toc el hombro cuando pasaba,
diciendo:

--El Sr. Hyde, si no me equivoco?

Hyde retrocedi vivamente, y su respiracin pareci cambiarse en un
silvido. Pero su temor slo fu momentneo, y aunque no poda ver el
rostro del abogado, contest con sequedad:

--Ese es mi nombre. Qu me queris?

--Veo que vais  entrar--repuso el abogado.--Soy un antiguo amigo del
Dr. Jekyll;--Utterson, de la calle Gaunt.--Debis haber odo mi nombre,
y encontrndoos tan  propsito, he pensado que tendrais la bondad de
recibirme.

--No hallaris al Dr. Jekyll; no est en su casa--replic Hyde soplando
en el can de la llave, y luego, de repente, sin mirar al abogado,
aadi:--Cmo me habis conocido?

--Ahora os toca  vos--dijo Utterson--queris concederme un favor?

--Con mucho gusto--contest Hyde--de qu se trata?

--Queris dejarme ver vuestro rostro?--pregunt el abogado.

Hyde pareci vacilar; luego, impelido sin duda por alguna reflexin
sbita, se volvi enseando el rostro con cierto aire de provocacin 
desafo, y ambos se miraron fijamente durante algunos segundos.

--Ahora os reconocer--dijo Utterson--lo cual puede ser conveniente.

--S--replic Hyde--no me disgusta que nos hayamos encontrado; y, 
propsito, os dar las seas de mi casa--y le dijo un nmero de una
calle en Soho.

--Dios mo!--pens Utterson--se habr acordado tambin l del
testamento?--Pero guard sus temores para s, y murmur algunas
palabras como para agradecer las seas dadas.

--Bien, veamos--dijo Hyde--cmo me habis conocido?

--Por una descripcin--fu la repuesta.

--Una descripcin, de quin?

--Tenemos amigos comunes--aadi Utterson.

--Amigos comunes?--repuso Hyde como un eco y con voz ronca.--Quines
son?

--Jekyll, por ejemplo--dijo el abogado.

--Jams os ha dicho nada--exclam Hyde con un movimiento de clera.--No
os crea capaz de mentir.

--Algo dura me parece esa palabra--replic Utterson.

Hyde lanz una estrepitosa carcajada, y con una rapidez extraordinaria,
levant el pestillo de la puerta y desapareci dentro de la casa.

El abogado se qued inmvil y desconcertado al ver la desaparicin
de Hyde. Al cabo de un rato ech  andar calle arriba, detenindose
 cada paso y llevndose una mano  la frente, como un hombre preso
de la mayor perplejidad. El problema cuya solucin buscaba, segn iba
caminando, era de aquellos que rara vez la tienen. El Sr. Hyde era
plido y de pequea estatura; produca la impresin de lo deforme sin
que fuese posible designar esa deformidad con una palabra exacta; tena
una sonrisa desagradable; se haba conducido con una mezcla criminal
de timidez y de audacia; haba hablado con una voz ronca, que silvaba
por momentos, y algo cascada. Todos estos detalles le eran contrarios,
pero aun reunidos no bastaban para explicar la repugnancia, el odio y
el miedo con que los consideraba Utterson. Debe de haber algo ms, se
dijo perplejo. Hay algo ms; si pudiese darle  eso un nombre. Ese
hombre apenas se parece  un ser humano! Tiene algo del troglodita.
Ser esto como la antigua historia del Dr. Fell?  es nicamente el
simple reflejo  irradiacin de un alma mala que pasa  travs de l
y que altera  desnaturaliza su envoltorio corporal? Porque, oh, mi
pobre viejo Enrique Jekyll, si alguna vez he ledo la firma de Satans
puesta en un rostro, ha sido en el de vuestro nuevo amigo!

Precisamente al doblar la esquina de la calle, haba un grupo de
antiguas y grandes casas, en su mayor parte ya muy deterioradas,
divididas en pisos con habitaciones separadas que se alquilaban 
hombres de todas clases y condiciones, grabadores, arquitectos,
abogados sin clientes, y agentes de negocios dudosos. Una de aquellas
casas, sin embargo, la inmediata  la de la esquina de la calle, se
hallaba ocupada por un solo inquilino, y  la puerta de aquella casa,
que tena cierto aspecto de comodidad y de riqueza, aunque medio sumida
en la obscuridad, porque nicamente la alumbraba un farol interior, fu
donde se detuvo Utterson, y  la que llam. Un criado anciano y de buen
porte abri la puerta.

--Poole, est en casa el Dr. Jekyll?--pregunt el abogado.

--Voy  ver, Utterson--contest Poole, haciendo entrar al jurisconsulto
en un extenso recibimiento bajo de techo y embaldosado, adornado con
hermosos armarios de roble, y calentado, al estilo de las casas de
campo, por un gran fuego que arda en una chimenea abierta.

--Queris esperar aqu junto al hogar, caballero,  prefers pasar al
comedor?

--Aqu, gracias--contest el abogado, aproximndose al fuego.

Aquella habitacin, en la que se qued solo por unos momentos, era la
predilecta de su amigo el doctor, y el mismo Utterson tena costumbre
de hablar de ella como de la ms agradable de Londres. Pero aquella
noche Utterson se hallaba en una situacin excepcional; el rostro
de Hyde no se apartaba de su memoria; senta (cosa rara en l) como
disgusto de la vida, y su espritu entristecido le haca ver como una
amenaza en los reflejos de las llamas sobre las partes brillantes de
los armarios, y en los oscilantes movimientos de las sombras del techo.

Cuando Poole regres y anunci que el Dr. Jekyll haba salido;--he
visto al Sr. Hyde entrar por la vieja puerta del gabinete de anatoma,
Poole--le dijo el abogado--es eso natural no estando en casa el Dr.
Jekyll?

--Completamente natural y regular, Sr. Utterson--repuso el criado.--El
Sr. Hyde tiene una llave de aquella puerta.

--Vuestro amo, Poole, parece tener la mayor confianza en ese joven.

--S, seor, es verdad--contest Poole--todos tenemos orden de
obedecerle.

--No creo haber encontrado aqu jams al Sr. Hyde--dijo Utterson.

--Oh! de seguro que no; nunca come aqu--aadi el ayuda de
cmara.--En realidad pocas veces omos hablar de l en este lado de la
casa; casi siempre entra y sale por el laboratorio.

--Bien, buenas noches, Poole.

--Buenas noches, Sr. Utterson.

Y el abogado emprendi el camino de su casa con el corazn oprimido.
Pobre Enrique Jekyll! (deca hablando consigo mismo) tengo el
presentimiento de que va por mal camino. Era libertino cuando joven,
hace tiempo, es verdad, pero segn la ley de Dios, siempre, tarde 
temprano, llega para cada uno el castigo de sus pecados. Y debe ser
algo as; el espectro de algn antiguo pecado, el cncer roedor de
alguna vergenza oculta, cuyo castigo viene cuando aos despus la
memoria ha olvidado la falta y el amor propio la ha excusado.

Asustado por sus mismas ideas, record su pasado, buscando y
escudriando en todos los rincones de su memoria, temeroso de que
algn antiguo pecado se mostrase en plena luz. Su pasado era bastante
limpio y sin tacha; pocos hombres hubieran podido leer las pginas
de su vida con menos temor y aprensin, y sin embargo, sentase como
profundamente humillado  causa de las numerosas malas acciones que
crea haber cometido, al mismo tiempo que se gozaba con el recuerdo de
las que haba sabido evitar.

Volviendo al asunto que le preocupaba, tuvo un rayo de esperanza.

Si se pudiera profundizar en el estudio de ese Hyde.... dijo para
s--debe tener grandes secretos; secretos siniestros,  juzgar por su
cara; secretos ante los cuales las peores acciones del pobre Jekyll
seran como brillantes rayos de sol. Pero las cosas no pueden seguir
as. Se me hiela la sangre cuando pienso que ese ser se arrastra como
un ladrn hasta el lecho de Enrique; Pobre Enrique, qu despertar el
tuyo! Y lo ms peligroso de todo eso es que si el tal Hyde sospecha la
existencia del testamento, tendr prisa por heredar. Es preciso que
yo me ocupe de este asunto--si Jekyll quiere permitrmelo--aadi--si
Jekyll quiere dejarme obrar--pues una vez ms vi ante sus ojos
escritas, con igual claridad que en el papel, las extraas clusulas
del testamento.




EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO.


Quince das despus, por una feliz casualidad, el doctor daba una
de sus alegres comidas  cinco  seis antiguos amigos, hombres
inteligentes, respetables y conocedores del buen vino; el Sr. Utterson,
que era uno de ellos, se arregl de modo que permaneci all despus de
haberse marchado los dems. No fu aquello un hecho fortuito, porque
ya haba ocurrido otras veces. En donde queran  Utterson, lo queran
de veras. Los anfitriones se complacan en retener al austero abogado,
cuando los dems convidados, con la lengua suelta y el corazn alegre,
haban traspasado el umbral de la puerta; les era grato permanecer
algn tiempo en su discreta compaa, comenzando as  acostumbrarse 
la soledad en que iban  quedar, y habituando el espritu al silencio,
pasada la exuberante alegra producida por el banquete. El Dr. Jekyll
no era una excepcin de esta regla; y sentado en el lado opuesto al
fuego, l, hombre de unos cincuenta aos, bien constitudo, de rostro
barbilampio, con un aspecto quiz algo disimulado, pero de apariencia
inteligente y bondadosa, daba  entender que experimentaba por Utterson
una amistad tan viva como sincera.

--Deseaba hablaros, Jekyll--comenz diciendo el Sr.
Utterson--recordis aquel testamento vuestro?

Un atento observador hubiera podido notar que el asunto no era
agradable al doctor, pero lo acogi alegremente, al parecer.

--Mi pobre Utterson--le dijo--sois desgraciado tratndose de un cliente
como yo. Jams he visto  un hombre tan turbado como vos cuando mi
testamento, excepcin hecha del intratable pedante, el Doctor Lanyn,
cada vez que habla de lo que llama mis herejas cientficas. Oh! bien
s que es un excelente compaero--no tenis necesidad de fruncir el
entrecejo--s, un excelente compaero, y cada da deseo verlo ms 
menudo; pero,  pesar de todo es un intratable pedante; un pedante
declamador  ignorante. Nunca me ha contrariado tanto un hombre como
Lanyn, ni me he equivocado con otro, como con l.

--Ya sabis que jams he aprobado vuestro testamento--dijo el Sr.
Utterson, volviendo al tema de su conversacin.

--Mi testamento? S, ciertamente; lo conozco--aadi el doctor algo
contrariado--ya me habais hablado de eso.

--Pues bien, os lo vuelvo  decir--continu el jurisconsulto--he sabido
algo respecto del tal Hyde.

La ancha y hermosa cara del Doctor Jekyll palideci, y un crculo
negruzco se dibuj alrededor de sus ojos.

--No deseo oir nada ms--exclam;--pensaba que no volveramos  hablar
de esa cuestin, segn lo tenamos convenido.

--Lo que he sabido es horrible--dijo Utterson.

--No puedo variar nada; no comprendis mi situacin--replic el
doctor, con cierta incoherencia.--Mi situacin es penosa, Utterson;
mi situacin es verdaderamente extraa; muy extraa. Es uno de esos
asuntos que no se pueden arreglar con palabras.

--Jekyll--dijo Utterson--me conocis; soy hombre en quien se puede
confiar y  quien todo se puede decir. Decidme toda la verdad en
confianza, y tengo la seguridad de poder sacaros de esa situacin.

--Mi buen Utterson--repuso el doctor--lo que hacis es bueno, es
francamente una gran bondad de vuestra parte, y no puedo hallar
expresiones suficientes para daros las gracias. Os creo en absoluto,
me fiara de vos antes que de cualquiera otro hombre, antes que de
m mismo, si tuviese que escoger; pero no es lo que os imaginis; no
es tan malo; y para tranquilizar vuestro buen corazn, os dir una
cosa, y es que en el instante mismo que yo quiera, podr librarme,
desembarazarme del Sr. Hyde. Dicho sto, he aqu mi mano; gracias
otra vez. Sin embargo, quiero aadir una palabra, Utterson, y estoy
persuadido de que no la llevaris  mal: ese es un asunto privado, y os
ruego que lo dejis dormir.

Utterson reflexion un momento, mientras segua mirando al fuego del
hogar.

--No dudo que quiz tengis razn--dijo, en fin, levantndose.

--Pues bien, ya que hemos hablado de este asunto, y por ltima vez,
segn lo espero--sigui diciendo el doctor--hay un punto que deseara
haceros comprender bien. Tengo, realmente, grandsimo inters por ese
pobre Hyde. S que lo habis visto; me lo ha dicho, y temo que haya
sido grosero. Pero tengo afecto, muchsimo afecto por ese hombre;
y si llego  perecer, Utterson, deseo que me prometis sufrirlo y
hacer valer sus derechos. Creo que lo harais si lo supiseis todo, y
aliviarais  mi espritu de un gran peso si me lo prometiseis.

--No puedo asegurar,  pesar de todo, que llegue  quererle--dijo el
abogado.

--No es eso lo que os pido--contest Jekyll, como si defendiese una
causa, y apoyando la mano sobre el brazo de Utterson--no os pido ms
que justicia; os pido que le ayudis por amor  m, cuando yo no est
aqu.

Utterson no pudo impedir que se le escapase un profundo suspiro.

--Bien--dijo--lo prometo.




EL CASO DEL ASESINO DE CAREW.


Un ao despus, poco ms  menos, en el mes de octubre de 18**, la
ciudad de Londres qued horrorizada por un crimen que demostraba una
brutalidad poco comn, siendo el hecho ms ruidoso aun  causa de la
alta posicin de la vctima. Una criada que viva en una casa situada
cerca del ro, suba  acostarse hacia las once. Aunque la neblina
haba cubierto  la ciudad durante las primeras horas del da, la noche
estaba clara, y la callejuela  la cual tena vistas la ventana del
cuarto de la criada, se hallaba brillantemente iluminada por la luz
de la luna llena. Nuestra mujer tena ideas romnticas, pues se sent
sobre su bal, que estaba colocado precisamente al lado de la ventana,
y se entreg por completo  sus ensueos.

Jams--acostumbraba  decir, derramando lgrimas, cuando refera
despus el acontecimiento--jams se haba sentido tan en paz con
todos los hombres, ni haba tenido ideas tan buenas acerca del mundo.
Hallndose sentada as, vi  un caballero de edad, de buen porte, con
el pelo blanco, que caminaba casi rozando la pared de la callejuela; 
su encuentro fu otro caballero, de pequea estatura, en quien no haba
reparado ella al principio. Cuando llegaron bastante cerca uno de otro
para poder hablar, el hombre de ms edad se inclin, acercndose al
otro con la mayor deferencia.

No pareci que el objeto de su pregunta fuese de grande importancia;
y, segn su manera de hablar, poda suponerse que slo preguntaba
el camino; la luna se reflejaba en su rostro mientras hablaba, y la
muchacha se alegraba de verlo, porque pareca indicar un carcter
ingnuo, con un no s qu de altivo, y como de amor propio bien fundado.

En esto, los ojos de la joven se volvieron hacia el otro personaje, y
le sorprendi reconocer en l  un Sr. Hyde, que haba una vez visitado
 su amo, y cuya presencia le desagrad. Tena en la mano un pesado
bastn, con el cual jugaba; no contest, y pareca apartarse con una
impaciencia mal contenida. De pronto tuvo un terrible acceso de clera,
pateando, blandiendo el bastn y agitndose como un loco (segn los
trminos mismos empleados por la criada). El seor anciano retrocedi
un paso, como sorprendido y ofendido; pero el Sr. Hyde, arrebatado,
le acometi  palos y lo derrib. Al mismo tiempo, y con la furia de
un mono, pate el cuerpo, y le descarg una lluvia de golpes bajo los
cuales se rompan los huesos, rodando la vctima hasta el arroyo.
Viendo aquellos horrores y oyendo los golpes, la muchacha perdi el
conocimiento.

Eran las dos de la madrugada cuando volvi en s y fu en busca de la
polica. El asesino haba hudo haca ya tiempo, y la vctima yaca
en medio de la callejuela, horriblemente mutilada. El bastn que
sirvi para cometer el delito, aunque de madera dura, rara y pesada,
estaba roto por la mitad  causa de los golpes dados con una ferocidad
insensata; uno de los pedazos haba quedado all, y el otro debi,
probablemente, llevrselo el asesino. Al registrar  la vctima, se
le encontraron una bolsa y un reloj de oro, pero ninguna tarjeta ni
papeles, salvo un sobre cerrado y sellado que iba, sin duda,  echar
al correo y en el cual estaban escritos el nombre y las seas del Sr.
Utterson.

Aquel sobre fu llevado al abogado al da siguiente por la maana,
antes de que se levantase; as que lo vi y supo las circunstancias en
que haba sido encontrado, sus labios se contrajeron.

--Nada dir hasta haber visto el cadver--exclam--esto puede ser muy
serio. Servos esperar  que me vista. Y con la misma cara impasible
tom su desayuno, y parti en coche hasta el vecino puesto de polica
en donde se encontraba el cadver.

Tan pronto como entr en la celda, inclin la cabeza y dijo:

--S, le reconozco. Tengo el sentimiento de decir que es Sir Danvers
Carew.

--Dios mo! ser posible! caballero--exclam el agente de polica. Y
sus ojos brillaron con el fulgor de la alegra del oficio.--Este asunto
har ruido, y quiz podis ayudarnos  encontrar al asesino.--Luego
refiri rpidamente lo que haba visto la criada, y ense el pedazo
roto del bastn.

Utterson se haba extremecido ya al oir el nombre de Hyde; pero cuando
le ensearon el bastn no le qued la menor duda; roto y todo, lo
reconoci, por habrselo regalado haca muchos aos  Enrique Jekyll.

--Es Hyde--pregunt el abogado--persona de pequea estatura?

--Es pequeo, y tiene muy mala mirada, segn ha declarado la
criada--aadi el agente.

Utterson reflexion; luego, levantando la cabeza, dijo:

--Si queris venir conmigo, en mi carruaje, creo poder llevaros  casa
del asesino.

Seran, entonces, las nueve de la maana, y era el primer da de gran
neblina de la estacin. Un inmenso velo sombro cubra la ciudad, pero
el viento rompa de cuando en cuando aquellas nubes de vapor, y como
el coche caminaba con precaucin, Utterson pudo presenciar  su sabor
un continuo cambio de sombras y de luz; pues ya la obscuridad era como
al anochecer, ya se vea, por el contrario, una claridad viva como
la que proyecta un incendio, y ya, por fin, la neblina se desvaneca
completamente, y un descolorido rayo de luz penetraba por entre los
torbellinos de nubes.

El triste barrio de Soho, visto  travs de aquellos rpidos claros,
con sus calles enfangadas, sus transeuntes sucios, sus faroles
encendidos para poder luchar contra aquella invasin de obscuridad,
pareca en la mente del abogado como la parte de una ciudad presentada
en una pesadilla, entrevista en sueos. Sus pensamientos, adems, eran
lgubres, y al volver la vista hacia su vecino de coche, sinti algo de
ese temor que inspiran siempre la ley y sus representantes, y que puede
experimentar hasta el hombre ms honrado.

Cuando el carruaje lleg frente al nmero indicado, la neblina se
disip un poco y le dej ver una calle sucia, una taberna, una casa
de comidas de precio nfimo, una tienda en donde vendan peridicos
 cinco cntimos y lechugas  dos cuartos, muchos nios harapientos
acurrucados en las puertas de las casas, y numerosas mujeres de
distintas nacionalidades que iban y venan, llevando en la mano las
llaves de sus cuartos, de donde salan para ir  tomar el trago de
la maana. Poco despus, la neblina volvi  ser intensa, y se hall
separado de todos aquellos desagradables cuadros.

All estaba la residencia del favorito de Enrique Jekyll, de un hombre
que deba heredar la cuarta parte de un milln de libras esterlinas.

Una mujer de edad, de rostro plido y cabello blanco, abri la puerta.
Tena mala cara, aunque suavizada por la hipocresa, pero sus modales
nada dejaban que desear.

--S--dijo--aqu vive el Sr. Hyde, pero no est en casa.

Aadi, que haba llegado por la noche, muy tarde, y que haba vuelto
 salir hara poco menos de una hora; nada de particular haba en eso;
sus costumbres eran muy poco uniformes, y estaba  menudo ausente; en
prueba de ello, dijo que haca dos meses que no lo haba visto, hasta
la tarde del da anterior.

--Perfectamente, deseamos ver su habitacin--dijo el abogado--y como
la mujer empezaba  manifestar que era imposible.--Bueno es que
sepis--continu--que el seor es el inspector Newcomen del Distrito de
Scotland.

Un relmpago de siniestra alegra brill en el rostro de la
mujer.--Ah!--exclam--tiene que habrselas con la polica? Qu ha
hecho?

Utterson y el inspector cambiaron una mirada.

--Parece que no es hombre muy popular--observ el inspector.--Y ahora,
buena mujer, permitidnos hacer un examen minucioso de la habitacin.

En toda la extensin de la casa, que estaba enteramente vaca, salvo la
presencia de la vieja, Hyde slo ocupaba dos piezas, que se hallaban
adornadas con lujo y buen gusto. Un armario estaba lleno de botellas
de vino, la vajilla era de plata, la mantelera elegante, de la pared
colgaba un buen cuadro, regalo (supuso Utterson) de Enrique Jekyll,
quien era muy inteligente en pinturas, las alfombras gruesas y de
colores agradables. Pero en aquel momento haba en las dos habitaciones
indicios numerosos de un desorden reciente y precipitado; se vean
trajes en el suelo, con los bolsillos vueltos para fuera; en el hogar
un montn de ceniza gris, como si hubiesen quemado muchos papeles. De
entre las cenizas, calientes an, sac el inspector el lomo verde de un
libro talonario de vales, que haba resistido  la accin del fuego; la
segunda parte del bastn roto se encontr detrs de la puerta; y como
esto confirmaba las sospechas, el inspector se regocij de ello. Una
visita al Banco, en donde el asesino tena un crdito de varios miles
de libras, complet su satisfaccin.

--Podis estar seguro, caballero--dijo el inspector  Utterson--de que
caer en mi poder. Es preciso que haya perdido la cabeza, pues de otro
modo jams hubiera dejado aqu el trozo del bastn roto, ni el pedazo
del libro talonario. No tenemos ms que esperarlo en el Banco, y mandar
publicar los anuncios con su filiacin.

Sin embargo, esas seas no eran fciles de dar, pues el Sr. Hyde
tena pocas intimidades; el amo de la criada slo le haba visto dos
veces; no se tena ninguna noticia respecto de su familia; jams haba
sido fotografiado; y aquellas personas que pudieron describirlo,
no estuvieron conformes en muchos puntos, como acostumbra suceder
comunmente con los observadores inexpertos. Slo convenan en una cosa,
en esa idea vaga de una deformidad difcil de describir, que haba
llamado la atencin de cuantos lo haban visto.




INCIDENTE DE LA CARTA.


Era ya muy entrada la tarde cuando Utterson lleg  la puerta de la
casa del Doctor Jekyll, en donde fu recibido por Poole, quien lo
condujo por las cocinas y atravesando un patio, que en otro tiempo
fu jardn, hasta el edificio llamado indistintamente laboratorio 
gabinete de diseccin. El doctor haba comprado aquella casa  los
herederos de un clebre cirujano; pero como sus aficiones particulares
le inducan ms bien  la qumica que  la anatoma, haba cambiado
el destino del edificio situado al extremo del jardn. Era la primera
vez que el abogado penetraba en aquella parte de las habitaciones
de su amigo; examin con curiosidad aquel edificio desaseado y sin
ventanas; mir  su alrededor con extraeza, mientras atravesaba la
sala que antes se llenaba de estudiantes, y ahora se hallaba vaca
y silenciosa. Las mesas estaban cubiertas materialmente de aparatos
qumicos, y el suelo de tarros y de manojos de paja. La luz bajaba
obscura desde la cpula, como en medio de una atmsfera nebulosa; en el
extremo, unos cuantos escalones conducan  una puerta tapada con un
lienzo rojo, y pasando por esa puerta, entr, en fin, Utterson en el
gabinete del doctor. Era una pieza espaciosa, adornada con armarios con
puertas de cristal, y entre cuyos muebles se vean un espejo grande,
de cuerpo entero, y una mesa escritorio. Ese gabinete reciba luz
por tres ventanas cubiertas de polvo, con vistas al patio. El fuego
chisporroteaba en el hogar; una lmpara estaba colocada sobre la piedra
de la chimenea, pues hasta dentro de la casa dejaba sentir sus efectos
la neblina; muy cerca del fuego se hallaba sentado el Doctor Jekyll, al
parecer, enfermo de cuidado.

No se levant para ir al encuentro de su amigo, pero le alarg una mano
helada, y le di la bienvenida con voz conmovida.

--Y bien--le dijo Utterson, as que Poole se hubo marchado--ya sabis
la noticia?

El doctor se estremeci.

--La voceaban por el barrio--contest.--Lo he odo todo desde mi
comedor.

--Una sola palabra--repuso el abogado--Carew era cliente mo, vos
tambin lo sois, y deseo saber lo que debo hacer. Habis sido bastante
loco para ocultar  ese hombre?

--Utterson, juro por Dios--exclam el doctor--que jams volvern mis
ojos  mirarlo. Os doy mi palabra de honor de haber concludo con l en
este mundo. Todo tiene fin; y, en realidad, no necesita mi ayuda; no
lo conocis como yo; est en lugar seguro, enteramente seguro; atended
bien  mis palabras, no volver nunca ms  tratarse de l.

El abogado escuchaba con tristeza; la actitud febril de su amigo no le
agradaba.

--Parecis estar muy seguro de l--le dijo--y por lo que os estimo,
espero que tendris razn. Si el asunto llega  los tribunales, vuestro
nombre podr salir  luz.

--Estoy completamente seguro de l--replic Jekyll;--para semejante
certidumbre, tengo razones que no me es posible comunicar  nadie.
Pero hay un punto respecto del cual podris darme consejo. Tengo...
he recibido una carta, y estoy dudando si debo  no ensearla  la
polica. Deseara dejarla en vuestro poder, Utterson; vos juzgaris
la cosa con saber y prudencia, estoy cierto de ello; tengo tanta
confianza en vos!

--Temis, probablemente, que esa carta pueda llegar  hacerlo
descubrir?--pregunt el abogado.

--No--contest el doctor--no puedo decir que me preocupe lo que ocurra
 Hyde; he concludo enteramente con l. Slo pensaba en m mismo;
hasta dnde podra exponerme ese deplorable asunto.

Utterson reflexion durante algunos instantes; le sorprenda el egosmo
de su amigo, y sin embargo, qued en cierto modo tranquilo.

--Pues bien--dijo--dejadme ver la carta.

La carta estaba escrita con una letra extraa, casi perpendicular, y
firmada: "Eduardo Hyde." Deca, en trminos breves, que su bienhechor,
el Doctor Jekyll,  quien desde tanto tiempo haba recompensado tan
indignamente las mil generosidades de l recibidas, no tena que
afligirse ni alarmarse en cuanto  su salvacin, pues, para escapar,
posea medios en los cuales tena absoluta confianza.

La carta agrad bastante al abogado, porque pareca dar un color ms
favorable  la amistad que exista entre Hyde y Jekyll; y se censur
interiormente por algunas sospechas que haba llegado  concebir.

--Tenis el sobre?--le pregunt.

--Lo he quemado--repuso Jekyll--antes de reflexionar en lo que poda
contener; pero no tena sello de correo. La carta ha sido trada  la
mano.

--Debo guardar la carta y esperar  maana para tomar una
determinacin?--pregunt Utterson.

--Os ruego que juzguis vos mismo y que obris como os parezca
mejor--le contest;--he perdido toda confianza en m mismo.

--Bueno, examinar la cosa--replic el abogado--pero me queda todava
que haceros una pregunta. Fu Hyde quien dict las frases de vuestro
testamento referentes  esa desaparicin?

Pareci que una gran debilidad se apoderaba del doctor; apret los
labios y baj la cabeza.

--Lo he sabido--dijo Utterson--tena intencin de asesinaros; de buena
habis escapado!

--Pero hay algo que me ha contrariado mucho ms que el peligro; oh!
Dios mo, qu leccin he recibido, Utterson!--Y se cubri el rostro
con ambas manos.

Al salir, detvose el abogado y cambi algunas palabras con Poole.

--Decidme han trado hoy una carta?  quin se pareca el portador?

Poole afirm que nada haban llevado sino por el correo, y slo
circulares.

Ante aquellas afirmaciones, Utterson volvi  experimentar sus
antiguos temores. La carta habra llegado, sin duda, por la puerta del
laboratorio. Tambin era posible que hubiese sido escrita en el mismo
gabinete del doctor; y en este caso, era preciso apreciarla de otro
modo, examinarla con el mayor cuidado y con gran prudencia.

En la calle, los chiquillos, vendedores de peridicos, gritaban con voz
ronca: "Edicin extraordinaria! Horrible asesinato de un miembro del
Parlamento!"

Esa fu la oracin fnebre de un amigo y cliente; y el abogado no
poda dejar de temer que la buena fama de otro de sus amigos se viese
comprometida de rechazo en aquel escndalo. De todos modos, era una
determinacin difcil la que tena que tomar, y aunque generalmente
acostumbraba  fiarse de su propio discernimiento, comenz  sentir la
necesidad de pedir consejo  algn otro, si no directa, indirectamente.

Poco despus, estaba sentado junto  la chimenea de su cuarto, y el
Sr. Guest, su primer pasante, enfrente de l, teniendo entre ambos,
 una distancia bien calculada del hierro, cierta botella de vino
aejo, especial, que durante mucho tiempo haba permanecido en la cueva
de la casa. La neblina se cerna an sobre la ciudad, y los faroles
encendidos brillaban como carbunclos. En medio de los ruidos de todas
clases, que las espesas nubes hacan ms sordos, la vida general de
la ciudad segua su curso ordinario en las grandes arterias, imitando
el rugido poderoso de un fuerte viento. Pero, gracias  la lumbre, el
cuarto tena un aspecto alegre; el vino haba llegado ya al grado de
calor deseado; el rojo haba adquirido con los aos tonos ms suaves,
parecidos  los colores tamizados de las vidrieras ojivales; el ardor
de las calientes tardes de otoo sobre las colinas plantadas de vias
iba  poder salir de su recipiente y dispersar las neblinas de Londres.
Poco  poco el abogado se fu volviendo ms expansivo. No haba hombre
para quien tuviese menos secretos que para el Sr. Guest; y hasta crea
haberle confiado demasiados. Guest haba ido  menudo  casa del
doctor para tratar de asuntos; conoca  Poole; era imposible que no
hubiese odo hablar de la familiaridad con que el Sr. Hyde era tratado
en casa del doctor; por consiguiente, deba haberse formado una idea,
una opinin; no era, pues, conveniente, ensearle una carta que poda
explicar aquel misterio? Y, adems, siendo Guest un buen estudiante
y perito en autgrafos, considerara aquel paso como muy natural y
corriente.

El pasante era, adems, hombre de buen juicio; le hubiera sido difcil
leer un documento tan extrao sin dejar escapar alguna observacin, y
segn fuese sta, podra Utterson orientar su futura conducta.

--Es un triste suceso ese de Sir Danvers--dijo el abogado.

--S, seor. Ha excitado vivamente el sentimiento pblico--repuso el
Sr. Guest.--Aquel hombre deba estar loco.

--Me gustara saber vuestra opinin sobre eso--contest
Utterson.--Tengo aqu un documento en forma de carta... esto con
reserva y entre los dos, pues ignoro an lo que har; de todos modos
es un negocio feo, pero he aqu el documento; es nada menos que el
autgrafo de un asesino.

Los ojos de Guest brillaron; se recost en la silla y ley el documento
con el mayor inters.

--No, seor--dijo--no es de un loco, pero la letra es muy extraa.

--Y segn parece, el que lo escribi es tambin un hombre
extrao--aadi el abogado.

Precisamente en aquel mismo instante, entr el criado con una carta.

--Es del Doctor Jekyll, seor?--pregunt el pasante;--me parece haber
reconocido la letra. Algn asunto privado?

--Me invita  comer, nada ms. Por qu? Queris ver la carta?

--S, permitidme por un momento.--Y el pasante coloc una al lado de la
otra ambas hojas de papel, y las compar cuidadosamente.

--Gracias, caballero--dijo al fin, devolvindole una y otra--es un
autgrafo muy interesante.

Se sucedi una pausa, durante la cual tuvo lugar una lucha en el nimo
del Sr. Utterson, que de repente pregunt al pasante:

--Guest, por qu habis comparado esas dos cartas?

--Pues bien, Sr. Utterson, hay entre ellas una rara semejanza; las dos
letras son idnticas en muchos puntos; slo difieren en su oblicuidad.

--Es cosa original, verdad?

--S, seor, muy original--contest Guest.

--No pienso hablar  nadie de esta carta, me entendis?--dijo el
abogado.

--S, seor--contest el pasante--ya comprendo.

Tan pronto como Utterson se qued solo, se apresur  guardar el
documento en la caja de hierro, en donde permaneci siempre.

--Cmo!--pens.--Ser posible que Enrique Jekyll haya falsificado la
letra de un asesino?--y la sangre se le hel en las venas.




NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYN.


Transcurri algn tiempo; ofrecironse miles de libras esterlinas de
recompensa, pues la muerte de Sir Danvers fu considerada por todos
como un ultraje pblico, pero Hyde haba desaparecido  pesar de las
investigaciones de la polica, lo mismo que si jams hubiese existido.
Desentraronse, descubrironse muchas cosas respecto de su vida
pasada, y verdaderamente, el conjunto era vergonzoso. Refirironse
historias sobre la crueldad  la vez insensible y violenta del hombre,
sobre su vida abyecta, sus extraos conocidos, sobre el odio que
haba ido dejando tras s; pero del momento presente, ni siquiera un
indicio. Desde la maana del asesinato, en que haba dejado la casa de
Soho, haba desaparecido por completo; poco  poco, y con ayuda del
tiempo, Utterson comenz  reponerse de sus temores, y su tranquilidad
fu aumentando.  su juicio, la muerte de Sir Danvers se hallaba
ampliamente compensada con la desaparicin de Hyde. Ahora que aquella
nefasta influencia no se ejerca, el Doctor Jekyll tena una vida
nueva. Dej el encierro, reanud las relaciones con sus amigos, volvi
 ser su husped familiar y su anfitrin, y como antes por su caridad,
se hizo entonces notar por sus sentimientos religiosos. Estaba ocupado
 menudo, fuera de su casa; tena buena salud; su rostro pareca ms
franco, ms dilatado, como si sintiese el golpe de rechazo del bien que
haca; y durante ms de dos meses el doctor llev una vida apacible.

El ocho de enero, Utterson haba comido en casa del doctor en compaa
de un pequeo grupo de invitados, Lanyn entre ellos; las miradas
del doctor se dirigan de unos  otros, como en otro tiempo, cuando
formaban los tres un tro de amigos inseparables. El doce, y despus el
catorce, cerrse la puerta para el abogado: "el doctor est encerrado
en sus habitaciones--deca Poole--y no recibe  nadie." El quince trat
otra vez de entrar, pero obtuvo igual negativa; y como durante los dos
meses que acababan de transcurrir, se haba acostumbrado  ver  su
amigo casi todos los das, aquella vuelta  la soledad influy en su
nimo. Cinco das despus convid  Guest  comer, y al siguiente se
decidi  ir  casa del Doctor Lanyn.

All,  lo menos, no se le neg la entrada; pero desde que lleg junto
al doctor, qued sorprendido por el cambio operado en todo su ser. El
doctor llevaba escrito en su rostro el signo de la muerte. Aquel hombre
de tez sonrosada, se haba vuelto plido; sus carnes estaban cadas;
distintamente se le vea ms calvo y ms viejo; pero no fueron slo
aquellas visibles pruebas de rpida decadencia fsica lo que llamaron
la atencin del abogado, sino ms bien la mirada y la manera de ser del
doctor, testimonio evidente de algn terrible espanto en su espritu.
Era poco probable que el doctor tuviese miedo  la muerte; as lo
sospech Utterson.--Es mdico--pens,--debe conocer su estado y saber
que sus das estn contados; y esa revelacin es superior  lo que sus
fuerzas le permiten soportar.--Y como Utterson le hizo notar su mala
cara, el doctor con un acento de gran firmeza, le declar que estaba
perdido.

--He sufrido un choque--dijo el doctor--y no volver  recobrar
nunca la salud. Es cuestin de algunas semanas. S, la vida ha sido
agradable; la he querido; s, seor, tena el hbito de quererla.
Pienso algunas veces, que si lo supisemos todo, nos iramos con ms
gusto.

--Jekyll est enfermo tambin--indic Utterson.--Lo habis visto?

Pero el rostro de Lanyn cambi, y levant la mano temblorosa:

--Deseo no volver  ver ni oir jams hablar del Doctor Jekyll--exclam
con voz trmula.--Todo ha concludo entre l y yo, y os ruego que
evitis cualquier alusin  alguien  quien considero muerto.

--Veamos--dijo Utterson, despus de un largo silencio:--puedo seros
til para algo?--ramos tres viejos amigos, Lanyn; no viviremos lo
bastante para tener otros.

--No hay nada que hacer--repuso Lanyn--interrogadle ms bien  l.

--No quiere verme--contest el abogado.

--No me sorprende--aadi Lanyn;--quiz algn da, cuando yo haya
muerto, sabris, Utterson, lo fuerte y lo dbil de todo esto. No puedo
decroslo ahora. Y adems, si queris permanecer sentado y hablar
conmigo de otras cosas, por amor de Dios, quedos y hablad; pero si no
podis evitar tocar ese asunto, oh! entonces en nombre de Dios, idos,
pues no puedo sufrir esa conversacin.

As que regres  su casa, Utterson escribi  Jekyll, quejndose de
ser excludo, de no ser recibido por l, y preguntndole la razn de
su desdichada ruptura con Lanyn. Al siguiente da, recibi una larga
contestacin, en la cual empleaba Jekyll expresiones muy patticas, y
 veces, con intencin, trminos obscuros y misteriosos. La disputa
con Lanyn no tena remedio ni arreglo. "No censuro  nuestro viejo
amigo--escriba Jekyll--pero pienso como l, que no debemos volver 
vernos. Desde ahora me propongo llevar una vida absolutamente retirada;
no os sorprendis y dudis de mi amistad, si mi puerta est  menudo
cerrada hasta para vos. Es preciso que me soportis dejndome seguir
mi sombro camino. Llevo conmigo un castigo y un peligro que no puedo
nombrar. Si soy el principal culpable, soy, tambin, la vctima
principal. No crea que esta tierra pudiese contener un sitio para
sufrimientos y terrores tan inhumanos; y vos, Utterson, no tenis que
hacer ms que una cosa, aliviar mis sufrimientos, y para ello, respetar
mi silencio."

Utterson qued pasmado; separada la nefasta influencia de Hyde, haba
vuelto el doctor  sus antiguas inclinaciones y amistades; haca una
semana que sus ojos se haban alegrado ante repetidas pruebas de una
dulce y honrada vejez; y ahora, pocos instantes despus, amistad,
tranquilidad de espritu, todo el orden de su vida quedaba roto de
nuevo. Un cambio tan grande y tan imprevisto indicaba, evidentemente,
locura. Pero recordando el estado y las palabras de Lanyn, deba haber
en todo aquello algn misterio ms grave.

Una semana despus, el Doctor Lanyn tuvo que meterse en cama, y antes
de los quince das, muri. La tarde que sigui  los funerales, que
le afectaron profundamente, Utterson abri la puerta de su gabinete,
y sentndose junto  la melanclica claridad de una luz, sac de una
gaveta y coloc enfrente de s un sobre que le haba sido dirigido por
su difunto amigo, cerrado con su propio sello. Ese sobre llevaba la
enftica inscripcin siguiente: _Personal. Para ser entregado en manos
del mismo Sr. Utterson solamente, y en el caso de haber fallecido
antes que yo, para ser destrudo sin leer su contenido._ El abogado
tema abrirlo. "He enterrado  un amigo hoy--pensaba--qu sera si
esto me costase otro?" Luego, considerando ese temor como un acto poco
leal, rompi el sello. Pero haba un segundo sobre, sellado lo mismo
que el primero, y en el cual se hallaban escritas estas palabras: _No
debe ser abierto antes del fallecimiento  de la desaparicin del
Doctor Enrique Jekyll_. Utterson no poda creer lo que estaban viendo
sus ojos. Otra vez la desaparicin; otra vez, como en aquel insensato
testamento que haba devuelto haca ya tiempo  su autor, la idea de
desaparicin y el nombre de Enrique Jekyll estaban juntos.

Pero en el testamento, la idea de desaparicin era debida  la
siniestra sugestin de Hyde, estaba all con un fin harto claro y harto
horrible. Mas, en la pluma de Lanyn, qu significaba aquella palabra?
Una gran curiosidad se apoder del fideicomisario; tuvo deseos de no
atender  la prohibicin y de penetrar hasta el fondo, en busca de
todos aquellos misterios.

Pero su profesin y la confianza que tena en su difunto amigo le
imponan severos deberes; de modo que el paquete fu  descansar en el
ms secreto cajn de su cofre particular.

Si por una parte su curiosidad se hallaba mortificada, por otra
pareca excitada con violencia; y casi puede dudarse si desde aquel
momento dese Utterson con igual vehemencia la sociedad del amigo
superviviente. Pensaba en l con afecto, sin duda; pero sus ideas
estaban perturbadas y eran temerosas. Fu  verlo, sin embargo; quiz
se congratul de no ser conducido hasta su presencia; quiz tambin,
en el fondo de su corazn, prefera hablar con Poole en la escalera y
en medio de la atmsfera y de los ruidos de la gran ciudad,  penetrar
en aquella casa en donde reinaba una esclavitud voluntaria, y sentarse
 hablar con su impenetrable prisionero. Poole, adems, no tena nada
bueno que comunicarle. El doctor, al parecer, se encerraba ms que
nunca en su gabinete  en el laboratorio, en donde llegaba algunas
veces, hasta  quedarse dormido. Estaba muy triste; hablaba poco, no
lea, y hubirase dicho que pesaba algo sobre su nimo. Utterson estaba
ya tan acostumbrado  aquellas respuestas idnticas, que poco  poco
fu disminuyendo las visitas.




INCIDENTE DE LA VENTANA.


Aconteci un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr.
Enfield, la casualidad los condujo de nuevo  pasar por la callejuela;
cuando llegaron frente  la puerta, ambos se detuvieron un instante
para examinarla.

--En fin--dijo Enfield--esa historia ha concludo. No volveremos  ver
al Sr. Hyde.

--As lo creo--repuso Utterson.--Os he dicho que lo vi una sola vez y
que experiment la misma repulsin que vos?

--Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento--aadi
Enfield.--Y sea dicho de paso por cun tonto me habris tenido, al
saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conduca  casa del
Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habis sido la causa de que yo
buscase y de que haya encontrado.

--Habis hallado, pues, la comunicacin no es verdad?--pregunt
Utterson--y ya que la conocis, ahora podramos detenernos en el patio
y echar un vistazo  las ventanas.  deciros verdad, estoy inquieto
respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me
indica el bien que podra quiz procurarle la presencia de un amigo.

El patio era muy fro y tambin un poco hmedo; reinaba en l un
crepsculo prematuro, aunque el cielo estaba an brillantemente
iluminado por los rayos del sol poniente.

La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrs de
ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso
inconsolable, vi Utterson al Doctor Jekyll.

--Hola! Jekyll--le grit--supongo que estis mejor.

--Estoy muy decado, Utterson--contest el doctor tristemente, con voz
apagada.--No ser por mucho tiempo, gracias  Dios.

--Permanecis demasiado encerrado--sigui diciendo el
abogado.--Deberais salir para hacer ejercicio, como lo hacemos Enfield
y yo. Es mi primo, el Sr. Enfield, el Doctor Jekyll.--Venid, poneos el
sombrero y venid  dar una vuelta con nosotros.

--Sois demasiado bueno--repuso el doctor;--bien lo quisiera; pero no,
es enteramente imposible. No me atrevo. Pero, de veras, Utterson, me
alegro que hayis venido; es realmente una gran alegra para m el
veros. Quisiera preguntaros  vos y al Sr. Enfield, pero el lugar no es
del todo conveniente.

--Por qu?--exclam el abogado con afabilidad;--lo mejor que podemos
hacer es permanecer aqu abajo, y hablar con vos desde el sitio en que
estamos.

--Era precisamente lo que iba  atreverme  proponeros--replic
sonriendo el doctor. Pero pronunci las palabras con dificultad; y
antes que la sonrisa hubiese desaparecido por completo de su cara,
sta expres un terror y una desesperacin tales, que nuestros dos
caballeros sintieron helrseles la sangre en el cuerpo.

Todo aquello dur nada ms que un momento, pues la ventana fu cerrada
instantneamente; sin embargo, aquel instante les haba bastado, y
dieron media vuelta, saliendo del patio para cambiar algunas palabras.
Atravesaron en silencio la callejuela, y slo cuando llegaron  una
calle inmediata, en la cual,  pesar de ser domingo, haba alguna
animacin, fu cuando Utterson se volvi, por fin, hacia su amigo y lo
mir.

Ambos estaban plidos, y haba en sus ojos una expresin de horror tan
grande, que deca bastante por s misma.

--Que Dios nos perdone! Que Dios nos perdone!--exclam Utterson.

El Sr. Enfield hizo gravemente un signo con la cabeza, y sigui en
silencio su camino.




LA LTIMA NOCHE.


Una tarde, despus de comer, Utterson estaba sentado junto al hogar,
cuando qued sorprendido por la visita de Poole.

--Dios mo! qu es lo que os trae aqu, Poole?--le dijo el abogado; y
mirndolo de nuevo, aadi:

--Qu os apena? est enfermo el doctor?

--Sr. Utterson--contest el criado--hay algo que va mal.

--Tomad asiento, y aqu tenis un vaso de vino para vos--aadi
Utterson.--Ahora, sin ninguna prisa, decidme con sinceridad lo que
deseis.

--Conocis la manera de vivir del doctor--empez  decir Poole--y
sabis como se encierra. Pues bien, se ha encerrado de nuevo en su
gabinete, y no me gusta eso. Sr. Utterson, estoy asustado.

--Y ahora, mi buen Poole, por qu estis asustado? Hablad claro.

--Me asust hace una semana poco ms  menos--contest Poole, evitando
con algo de mal humor la pregunta que se le haca--y no puedo ya
soportar ms la cosa.

El aspecto del hombre justificaba completamente sus palabras; y salvo
el instante en que por primera vez haba hablado de su espanto, no
haba vuelto  mirar  la cara del abogado. Aun despus, permaneca con
el vaso apoyado sobre la rodilla, pero sin beber, y sus ojos se fijaban
en un punto del techo.

--No puedo soportar ms tiempo eso--volvi  repetir.

--Vamos--dijo Utterson--veo que tenis un verdadero motivo para
hablarme as, Poole; veo que hay algo que anda verdaderamente mal.
Procurad decirme lo que es.

--Creo que ha habido algn crimen--aadi Poole con voz ronca.

--Un crimen!--exclam el abogado muy asustado, y dispuesto  parecer
ms irritado an--qu crimen? qu queris decir con eso?

--No me atrevo  decirlo, seor, pero queris venir conmigo y verlo
vos mismo?

Por toda contestacin, Utterson se puso en pie, tom su sombrero y una
capa de abrigo, y not con sorpresa el rostro del criado, quien le
pareci como aligerado de un gran peso; observ tambin, con no menor
sorpresa, que el vino no haba sido tocado.

La noche era fra, noche propia del mes de marzo; la luna estaba plida
y en su ltimo cuarto, como si el viento la hubiese volcado; algunas
nubes rpidas y difanas corran por el cielo. El viento furioso
impeda hablar y cruzaba la cara; haba, adems, ahuyentado  los
transeuntes y limpiado las calles de gente. Deca Utterson que no haba
visto nunca tan desierto aquel barrio de Londres, y no era precisamente
lo que hubiera deseado en su interior; jams durante toda su vida
haba sentido un deseo tan vivo de ver y tocar  sus semejantes, pues
volviendo al curso de sus ideas lbregas, tena el presentimiento de
que se encaminaba hacia una gran desgracia.

Cuando llegaron  la plaza, todo estaba lleno de polvo; los rboles
descarnados del jardn parecan fustigarse entre s  lo largo del
muro. Poole, que durante el camino se haba adelantado uno  dos
pasos, se detuvo bruscamente en medio de la calle;  pesar del fro,
se haba quitado el sombrero y se secaba el sudor de la frente con un
pauelo encarnado. No obstante la rapidez de su marcha, no era el sudor
producido por ella lo que enjugaba, sino el provocado por la angustia
que le sofocaba, pues su rostro estaba plido y su voz era dura y ronca.

--En fin, seor--dijo--hemos llegado, y quiera Dios que no haya
sucedido nada malo.

--Amn, Poole--contest el abogado.

En esto, el criado llam con precaucin; abrieron la puerta, pero no la
cadena, y una voz pregunt desde adentro:

--Sois vos, Poole?

--Yo soy--dijo Poole--abrid la puerta.

El recibimiento estaba brillantemente alumbrado; un gran fuego
arda en la chimenea, y en derredor todos los criados, hombres y
mujeres, confundidos, se estrechaban unos contra otros como un rebao
de carneros. Al ver al Sr. Utterson, una criada fu acometida de
contorsiones histricas; y el cocinero, exclamando:--Bendito sea Dios!
es el Sr. Utterson--corri hacia l como queriendo abrazarlo.

--Qu hay? Estis todos aqu?--dijo el abogado con aire triste.--Es
muy irregular, muy inconveniente, y disgustara mucho  vuestro amo.

--Todos estn asustados--repuso Poole.

Desconcertados, permanecieron callados, ninguno protest contra
aquellas palabras; la doncella sola dej oir su ahogado llanto y sus
gemidos.

--Callad, de una vez--le dijo Poole, con un acento tan brutal que
demostraba hasta qu punto tena los nervios sobrexcitados; y
realmente, cuando la doncella haba lanzado gritos de desesperacin,
todos se estremecieron mirando la puerta interior, con espanto en los
rostros.

--Y ahora--aadi Poole dirigindose al mozo de cocina--dadme una luz,
y vamos  saber la verdad de este asunto.

Rog al Sr. Utterson que le siguiese, y le ense el camino que
conduca al jardn.

--Andad lo ms despacio que podis--dijo Poole--y sin ruido; os ruego
que escuchis y que no dejis oir nuestras pisadas. Tened cuidado,
seor, de no entrar, si por casualidad os llamase.

Ante esta inesperada recomendacin, Utterson se extremeci y casi
qued desconcertado; pero pronto recobr su valor, y sigui al criado
 travs del laboratorio, de la sala de anatoma con sus vasos y
sus botellas, y lleg al pie de la escalera. Poole le indic que
permaneciese  un lado y escuchase, mientras que l, dejando la luz,
y apelando visiblemente  todo su valor, subi los peldaos, llamando
con temblorosa mano, es decir, dando algunos golpecitos sobre la tela
encarnada de la puerta del gabinete.

--El Sr. Utterson desea veros, seor--dijo el criado; y al hablar haca
sea con viveza al abogado para que escuchase.

Una voz contest desde el interior:

--Decidle que no puedo ver  nadie--y sus palabras parecan un largo
quejido.

--Gracias, seor--respondi Poole, con cierto acento de triunfo en la
voz; y tomando otra vez la luz, condujo  Utterson por el patio hasta
la gran cocina, en donde el fuego estaba apagado y los grillos saltaban
por el suelo.

--Seor--dijo mirando  Utterson--os parece que era aqulla la voz de
mi amo?

--S, parece haber cambiado mucho--contest Utterson muy plido, y
mirndole tambin.

--Cambiada, no cabe duda--aadi el criado.--Hubiera estado yo veinte
aos al servicio de mi amo para engaarme de ese modo respecto de su
voz? No, seor, la voz de mi amo ha desaparecido y tambin l; ha sido
muerto, hace ocho das, cuando le omos gritar el nombre de Dios; y
quin est aqu en vez de l? y por qu ese ser est aqu? Todo eso
pide venganza ante Dios, Sr. Utterson.

--He aqu una extraa relacin, Poole, que ms bien parece
relacin salvaje, mi buen hombre--dijo Utterson mordindose los
dedos.--Supongamos que la cosa fuese tal cual la creis; supongamos que
el Doctor Jekyll haya sido asesinado, por qu se empeara el asesino
en permanecer aqu? Esa historia no se sostiene por s misma; la simple
razn se niega  creerla.

--Bueno, Sr. Utterson, sois hombre difcil de convencer, pero sin
embargo, llegar  lograrlo--contest Poole.--Es preciso que sepis,
que durante toda la ltima semana, l,  sea quien fuere el que est en
aquel gabinete, gritaba noche y da para tener una especie de droga y
no poda lograrla como la deseaba. Mi amo acostumbraba algunas veces
 escribir sus rdenes en un papel y echarlo por los escalones. Desde
hace una semana, eso es todo cuanto tenemos de l; nada ms que papeles
y una puerta cerrada; con respecto  los alimentos, colocados sobre
los peldaos, iba  retirarlos  escondidas. Pues bien, seor, todos
los das y aun dos  tres veces en un da, he sido enviado corriendo 
todos los drogueros de la ciudad. Cada vez traa el producto, pero otro
papel me mandaba volver, porque no era puro y tena otra orden para
distinta casa. Necesita, pues, seor, en absoluto aquella droga por una
razn cualquiera.

--Tenis alguno de esos papeles?--pregunt Utterson.

Poole busc en sus bolsillos y hall un papel arrugado, que el abogado
examin cuidadosamente acercndose  la luz. Su contenido deca lo
siguiente: "El Doctor Jekyll saluda  los seores Maw, y les asegura
que la ltima muestra es impura y no sirve para el objeto deseado. En
el ao de 18** el Doctor J. adquiri una cantidad bastante grande en
casa de los seores M., y hoy les ruega que busquen con la exactitud
ms escrupulosa, y si quedase de igual calidad, que se la enven
inmediatamente. No hay que reparar en el precio. La importancia de
la cosa para el Doctor Jekyll est por encima de cuanto pudiera
decir." Hasta all la carta estaba bastante correctamente escrita,
pero entonces la emocin le haba vendido, y hubirase dicho que
haba materialmente aplastado la pluma contra el papel al aadir las
siguientes palabras: "Por el amor de Dios, envidmela de igual calidad
que la antigua."

--Es una extraa nota--dijo Utterson, y luego aadi con
severidad:--cmo la habis tenido abierta?

--El dependiente del Sr. Maw estaba furioso, seor, y la ech hacia m
como si hubiese sido una cosa repugnante--repuso Poole.

--Sabis si esa nota es con seguridad de puo y letra del
doctor?--pregunt el abogado.

--He pensado que la letra se pareca  la suya--dijo el criado con tono
spero; y luego, cambiando de tono, aadi:--pero qu importancia
puede tener una nota escrita, cuando le he visto  l en persona?

--Le habis visto?--repiti Utterson.--Y bien?

--He aqu, he aqu la historia--prosigui Poole.--Entr sbitamente
en el laboratorio, yendo desde el jardn; creo que se haba atrevido
 salir en busca de esa droga  de cualquier otra cosa, pues la
puerta del gabinete estaba abierta, y l se hallaba en el fondo de
la habitacin revolviendo y escudriando las viejas botellas. Me
vi entrar, lanz una especie de grito, y se volvi rpidamente al
gabinete. No le vi ms que un instante, pero los pelos se me pusieron
de punta. Seor, si aquella aparicin era mi amo, por qu llevaba
una careta sobre el rostro? Si era mi amo, por qu haba lanzado
aquel grito y haba hudo de m? Hace bastante tiempo que le sirvo; y
luego...--Poole call y se pas la mano por la frente.

--Realmente, son muy extraos esos detalles--dijo Utterson--pero creo
entrever la verdad. Vuestro amo, Poole, se halla sin duda atacado por
una de esas enfermedades que,  la vez torturan y deforman al enfermo;
de ah, por poco que yo sepa, la alteracin de su voz; de ah la
mscara y su propsito de evitar la presencia de sus amigos; de ah
la pasin de buscar esa droga por medio de la cual el pobre hombre
conserva alguna esperanza de curacin. Dios quiera que no se defraude!
Esa es mi explicacin; la cosa es bastante triste, Poole, y bastante
sorprendente de considerar, pero se explica y es natural; todo ello
concuerda bien, y nos saca de esas espantosas alarmas.

--Seor--dijo el criado ponindose alternativamente plido y
encarnado--aquella aparicin no era mi amo, esa es la verdad. Mi
amo--mir entonces  su alrededor y se puso  hablar en voz muy
baja--es un hombre alto, bien constitudo, y el otro era ms bien un
enano.

Utterson trat de protestar.

--Oh! seor--exclam Poole--podis pensar que no conozco  mi amo
despus de treinta aos? Pensis que no s  qu altura llega su
cabeza en la puerta del gabinete, en donde le he visto todas las
maanas de mi vida? No, seor, esa cosa con mscara no ha sido nunca
el Doctor Jekyll; sabe Dios lo que era, pero jams ha sido el Doctor
Jekyll; y nadie me quitar de la cabeza que ha debido de cometerse un
crimen.

--Poole--replic el abogado--si hablis as, mi deber exige llegar
hasta la certidumbre. Por ms que deseo respetar los sentimientos de
vuestro amo, me desconcierta esa nota, segn la cual parece demostrado
que vive todava; considero como un deber romper aquella puerta.

--Ah! Sr. Utterson, eso se llama hablar!--exclam el criado.

--Y ahora viene la segunda pregunta--continu diciendo
Utterson;--quin romper la puerta?

--Cmo? vos y yo, seor--dijo valerosamente Poole.

--Bien dicho--repuso el abogado--y suceda lo que quiera, yo cuidar de
que nada perdis; dejadlo de mi cuenta.

--Hay un hacha en el laboratorio--indic Poole--y vos podis tomar un
hierro de la cocina.

El abogado se apoder de un grosero pero pesado instrumento, y
movindolo, dijo  Poole que le estaba mirando:--Sabis que vos y yo
vamos  colocarnos en una situacin que ofrece algn peligro?

--Bien lo podis decir, seor--contest el criado.

--Entonces es justo y conveniente que seamos francos. En nosotros dos,
el pensamiento va ms lejos que las palabras que nos hemos dicho;
hablemos con claridad. Esa cara enmascarada que visteis, la habis
reconocido?

--Pues bien, seor, pas tan rpidamente, la persona estaba tan
inclinada, que no me atrevo  afirmar; pero si pensis que fuese el
Sr. Hyde, yo tambin me figuro que era l, pues aquel ser era de su
tamao, tena el mismo andar rpido y ligero, y adems, quin sino l
hubiera podido entrar por la puerta del laboratorio? No habis olvidado
sin duda, seor, que cuando ocurri el asesinato, conservaba la llave
consigo. Pero hay ms aun. Ignoro, Sr. Utterson, si habis visto alguna
vez al Sr. Hyde.

--S--contest el abogado--he hablado una vez con l.

--Entonces, debis saber como todos nosotros, que haba algo extrao
en ese personaje, algo que trastornaba, no se cmo expresarme, seor;
senta uno fro hasta la mdula de los huesos, al mirarlo.

--Confieso que he experimentado una cosa parecida  lo que
indicis--contest Utterson.

--Pues bien--sigui diciendo Poole--cuando aquella cosa enmascarada,
parecida  un mono, salt en medio de los aparatos de qumica y se
escurri en el gabinete, sent un fro terrible en la espalda. Oh!
bien s que eso no es creble, Sr. Utterson; soy bastante instrudo
para saberlo; pero el hombre tiene presentimientos y os aseguro que era
el Sr. Hyde.

--Ah! ah!--exclam el abogado--mis temores me hacen creer lo mismo.
Temo que se oculte aqu una gran desgracia, que ocurrira sin duda, con
semejante encuentro. Y, de veras, os creo; creo que el pobre Enrique ha
sido asesinado y que su asesino (slo Dios sabe con qu objeto) est
an oculto en el cuarto de su vctima. Pues bien, vengumosle. Llamad 
Bradshaw.

El lacayo contest en el acto, pero muy plido y muy nervioso.

--Armos de valor, Bradshaw;--dijo el abogado--el misterio que reina
aqu es un peso para todos vosotros; queremos conocerlo. Poole y yo
queremos penetrar, hasta empleando la fuerza, en el gabinete. Si todo
va bien, soy bastante fuerte para responder de las consecuencias de
esa fractura. Sin embargo, como puede haber debajo de todo eso algo
obscuro y malo,  bien que algn malhechor trate de huir por la puerta
trasera, vos y otro criado id, dando vuelta por la calle,  colocaros 
la puerta del laboratorio armados con buenos palos. Tenis diez minutos
para llegar  vuestro puesto.

Cuando Bradshaw hubo salido, el abogado mir su reloj.--Ahora
Poole--dijo al criado--vamos all;--y llevando el hierro bajo el
brazo, se dirigi hacia el patio. Las nubes haban ocultado la luna,
y todo estaba completamente obscuro. El viento que llegaba como por
bocanadas  aquel fondo de los edificios, agitaba la llama de la buja
mientras caminaban, hasta que estuvieron al abrigo, bajo el techo del
laboratorio; sentronse en silencio y aguardaron.  su alrededor se oa
el apagado murmullo de Londres; pero junto  ellos, slo interrumpan
el silencio y la tranquilidad los pasos que iban y venan dentro del
gabinete.

--As es como anda todo el da--dijo Poole--y ay! tambin parte de la
noche. nicamente se detiene un poco cuando llega un nuevo producto
de la droguera. Slo una conciencia mala puede animar  semejante
enemigo del descanso! Ah! seor, hay sangre vertida en cada uno de
sus pasos! Pero escuchad con atencin desde ms cerca, y decidme si es
ese el andar del doctor.

Los pasos eran ligeros y extraos, como una especie de balanceo, pero
muy apagados, y en nada se parecan al andar ruidoso y pesado del
Doctor Jekyll. Utterson suspir.

--No hay nada ms?--pregunt luego.

Poole hizo un signo afirmativo con la cabeza--una vez--dijo--una vez
le he odo llorar!

--Llorar? cmo puede ser?--exclam el abogado extremecindose de
horror.

--Llorar como una mujer  como un alma extraviada--aadi el
criado.--Me fu con el corazn tan enternecido que hubiera podido
llorar tambin.

Los diez minutos estaban para concluir. Poole sac el hacha que se
hallaba oculta bajo un montn de paja; colocaron la buja sobre la
mesa ms prxima para alumbrarse durante el ataque; comprimiendo los
latidos de sus corazones se acercaron al paraje en donde los pasos iban
y venan en medio de la tranquilidad de la noche.

--Jekyll--grit Utterson con voz fuerte--quiero veros.--Detvose un
instante, pero nadie contest.--Os doy un buen consejo; hemos concebido
sospechas; es preciso que os vea y os ver--y movindose, aadi--si
no por medios leales y honrados, ser por medios violentos; si no lo
permits, entonces se emplear la fuerza bruta.

--Utterson--dijo la voz--por amor de Dios, piedad, piedad!

--Ah! no es la voz de Jekyll, es la de Hyde--exclam
Utterson.--Poole, derribad la puerta!

Poole blandi el hacha por encima del hombro; el golpe extremeci el
edificio, y las colgaduras encarnadas quedaron pendientes sobre la
cerradura y los goznes. Un grito horrible, como el de un verdadero
animal espantado, reson en el gabinete. El hacha di un nuevo golpe;
los tableros crujieron, el marco salt; otras cuatro veces cay
el hacha, pero la madera era dura, y las diversas partes estaban
completamente ajustadas; de modo que hasta el quinto golpe no qued
rota la cerradura y los trozos de la puerta echados hacia el interior
de la estancia.

Los vencedores, asustados de su obra, y del silencio que haba
sucedido, se retiraron un poco y miraron. El gabinete estaba  su vista
con su lmpara tranquilamente encendida; un gran fuego llameaba y
chisporroteaba en el hogar; la cafetera herva junto  la lumbre. Una 
dos gavetas abiertas, papeles bien ordenados sobre la mesa escritorio,
y ms cerca del fuego, los utensilios preparados para el te; hubirase
credo que era el cuarto ms tranquilo, y  no ser por los armarios
brillantes llenos de botes y redomas, el lugar ms vulgar de Londres
aquella noche.

Precisamente en medio de la habitacin yaca el cuerpo de un hombre
cuyas contorsiones se vean an. Acercronse en puntillas, pusironlo
boca arriba, y reconocieron el rostro de Eduardo Hyde. Estaba vestido
con ropas demasiado grandes para l; ropas que correspondan  la
corpulencia del doctor; las fibras de su rostro se movan todava con
una semejanza de vida, pero la vida se haba separado del hombre; el
frasco roto que tena en las manos, y el fuerte olor de almendras
esparcido por el aire, probaron  Utterson que tena delante de s el
cuerpo de un suicida.

--Hemos llegado tarde--dijo con dureza--tanto para salvar como para
castigar. Hyde ha pagado su deuda, y slo nos queda que buscar el
cuerpo de vuestro amo.

La mayor parte del edificio se hallaba ocupada por el laboratorio que
comprenda casi todo el piso bajo, y reciba luz por el techo, y por el
gabinete que, en uno de los extremos formaba otro piso y tena vistas
al patio. Un corredor llevaba desde el laboratorio  la puerta de la
callejuela, y sta comunicaba, tambin, directamente con el gabinete
por otra escalera.

Hacia el otro lado no haba ms que cuartos obscuros y una gran
despensa.

Todos aquellos parajes fueron completamente examinados. Cada habitacin
poda verse con rapidez porque estaban llenas de objetos, y por el
polvo que caa de las puertas al abrirlas, se comprenda que haban
permanecido cerradas haca mucho tiempo. La despensa estaba ocupada por
objetos rotos puestos all desde el tiempo del cirujano, predecesor
de Jekyll, pero al tratar de abrir la puerta, se convencieron de la
inutilidad de sus investigaciones por la cada de una inmensa tela de
araa que desde aos tapaba la entrada. En ningn punto haba el menor
rastro, la ms ligera seal de Enrique Jekyll, ni muerto ni vivo.

Poole di con el pie fuertes golpes sobre las losas del corredor:

--Es preciso--dijo, escuchando el ruido de los golpes que volva como
un eco--que est enterrado aqu.

-- puede haber hudo--repuso Utterson, y fu  examinar de nuevo la
puerta de la callejuela. Estaba cerrada; cerca de ella, sobre las losas
del pavimento se hallaba la llave enmohecida ya.

--Esta llave no parece haber servido--observ el abogado.

--Haber servido?--repiti Poole con la exactitud de un eco--no veis,
seor, que est rota? Dirase que alguien la ha pisado.

--Y--sigui diciendo Utterson--los puntos rotos tambin estn
enmohecidos.

Los dos hombres se miraron con espanto.

--Todo eso, Poole, est por encima de mi inteligencia--dijo el
abogado.--Volvamos al gabinete.

Subieron la escalera sin hablar, y mirando con temor al cadver,
comenzaron  examinar con mayor atencin los diversos objetos que haba
en el gabinete. Sobre una de las mesas se vean restos de preparaciones
qumicas; montoncitos de diferente tamao de una especie de sal blanca
estaban puestos en platos de cristal como si el desdichado hombre
hubiese preparado alguna experiencia que qued interrumpida.

--Esa es precisamente la misma droga que yo iba siempre 
buscarle--dijo Poole; y mientras hablaba, el agua del jarro se puso
 hervir con ms fuerza y se esparci por el suelo haciendo un ruido
espantoso.

Aquel incidente los llev hacia el hogar, cerca del cual haba sido
colocado un cmodo silln; los utensilios para el te estaban preparados
junto al silln, y el azcar necesario, en la taza. Sobre una mesita
veanse varios libros; uno de ellos, abierto, figuraba al lado mismo de
los utensilios para el te, y Utterson qued sorprendido al ver que era
una obra piadosa, respecto de la cual haba expresado Jekyll ms de
una vez grandsima admiracin; mas el libro contena notas del propio
puo del doctor, que eran horribles blasfemias.

Continuando las investigaciones llegaron al espejo de cuerpo entero,
en el cual se miraron, extremecindose  pesar suyo. El espejo estaba
colocado de tal modo que no les dejaba ver nada ms que el reflejo de
las llamas rojas sobre el techo, el del fuego reproducindose cien
veces sobre los tableros pulimentados de los armarios, y tambin sus
propias personas plidas y asustadas.

--Este espejo ha debido ver extraas cosas, seor--dijo Poole.

--Pero de seguro que nada sera tan raro como ese ser--repuso el
abogado casi con el mismo sonido de voz.--Con qu objeto tena
Jekyll...?--y la palabra se perdi en sus labios; pero luego, dominando
su debilidad, aadi:--para qu tena Jekyll necesidad de un espejo?

--Tambin me dirijo idntica pregunta--contest Poole.

Luego fueron  la mesa escritorio. Sobre el pupitre, en medio de
papeles colocados con orden, haba un gran sobre, en cuyo sobrescrito,
de puo del doctor, se lea el nombre del Sr. Utterson. El abogado lo
abri, y varios otros sobres cayeron al suelo. El primero contena sus
ltimas disposiciones, redactadas en los mismos trminos excntricos
que el testamento devuelto seis meses antes; eran un testamento para
el caso de muerte, y una donacin en el caso de desaparicin; pero en
vez del nombre de Eduardo Hyde, el abogado ley con grandsima sorpresa
el nombre de Gabriel Juan Utterson. Mir  Poole, despus al papel y
finalmente al cadver del criminal que yaca en el suelo.

--La cabeza me da vueltas--dijo--ha tenido este documento todos estos
das en su poder; no tena motivo ninguno para quererme; debi rabiar
al verse desbancado, y no ha destrudo el documento.

Recogi otro papel; era una carta muy corta escrita de propio puo
del doctor con una fecha en lo alto.--Oh! Poole--exclam el
abogado--estaba vivo aqu hoy mismo; no puede haber arreglado todo
eso tan rpidamente; debe estar vivo, debe haber hudo! Pero por
qu haber hudo? Y cmo? En este caso podemos exponernos  declarar
el suicidio? Oh! hay que pensar mucho en todo eso, pues preveo que
podramos conducir  vuestro amo  alguna espantosa catstrofe.

--Por qu no leis lo dems?--pregunt Poole.

--Porque temo--repuso el abogado con tono solemne--quiera Dios que no
tenga ningn motivo para temer!--y hablando as, acerc el papel  sus
ojos y ley lo siguiente:

  "Querido Utterson: cuando estas lneas caigan en vuestras manos,
  habr desaparecido; en qu circunstancias, no tengo la presidencia
  requerida para preverlo, pero mi instinto y todas las condiciones
  de mi indefinible vida me dicen que mi fin es seguro y debe estar
  prximo. Id, pues, y leed primero la relacin que Lanyn me ha
  avisado haber dejado en vuestro poder, y si queris saber ms
  todava, leed despus la confesin de vuestro indigno y desgraciado
  amigo

                                              ENRIQUE JEKYLL."

--Hay otro sobre?--pregunt Utterson.

--Aqu est, seor--dijo Poole entregndole un paquete cerrado con
varios sellos.

El abogado lo guard en uno de sus bolsillos.--No hablar de este
paquete--aadi.--Si vuestro amo ha hudo  ha muerto, podemos  lo
menos salvar su honor. Son las diez; debo volver  mi casa y leer con
calma esos documentos; pero volver antes de las doce, para enviar 
buscar  la polica.

Salieron, cerrando tras s la puerta del laboratorio, y Utterson,
dejando de nuevo  los criados reunidos alrededor del fuego en la
antesala, regres tranquilamente  su despacho para leer los dos
documentos, en los cuales va  descorrerse el velo de este misterio.




RELACIN DEL DOCTOR LANYN.


"El nueve de enero, hace hoy cuatro das, recib por el correo, en el
reparto de la tarde, una carta certificada, cuyo sobre estaba escrito
del propio puo y letra de mi colega y antiguo compaero Enrique
Jekyll. Qued sumamente sorprendido, pues no tenamos costumbre de
corresponder por escrito; adems, haba visto al doctor el da anterior
y comido con l, y no poda adivinar lo que en nuestras relaciones
exiga las formalidades del certificado. El contenido de la carta
aument an mi sorpresa; h aqu los trminos en que se hallaba
concebida:

                                        "_10 de diciembre de 18**_

  "QUERIDO LANYN: Sois uno de mis ms antiguos amigos; aunque
  hayamos tenido  veces discusiones sobre asuntos cientficos,
  no recuerdo, por lo que  m se refiere,  lo menos, la menor
  interrupcin en nuestra amistad. Si hubiese llegado un da en que
  me hubiseis dicho:--Jekyll, mi vida, mi honra, mi razn se hallan
   vuestra merced, hubiera sacrificado mi fortuna y mi mano derecha
  para ir en vuestra ayuda. Lanyn, mi vida, mi honra, mi razn se
  hallan enteramente  vuestra merced; si me faltis esta noche,
  estoy perdido. Despus de este prefacio vais  creer que necesito
  pediros alguna cosa deshonrosa. Juzgad vos mismo.

  "Vengo  rogaros que aplacis todos los compromisos que podis
  tener para esta noche--aunque fuseis llamado junto al lecho de
  un emperador--que tomis un coche, y llevando con vos esta carta
  para consultarla, que vengis directamente  mi casa. Poole, mi
  criado, tiene mis rdenes; estar aguardndoos con un cerrajero.
  Ser preciso forzar la puerta de mi gabinete; luego entraris
  solo; abriris el armario que tiene un cristal (letra E),  la
  izquierda, romperis la cerradura si est cerrado; sacaris, _con
  todo su contenido, tal cual est_, la cuarta gaveta contando desde
  arriba,  lo que es igual, la tercera empezando  contar desde
  abajo. En medio de mi extremada desesperacin, tengo un temor
  mortal de no indicaros bien las cosas; pero aunque me equivocase,
  conocerais la gaveta que necesito, examinando lo que contiene:
  algunos polvos, un frasco y una carterita de apuntes. Os ruego que
  llevis con vos esa gaveta  la plaza de Cavendish, tal cual la
  hallis.

  "Esta es la primera parte del favor que os pido. Si parts as que
  recibis esta carta, deberis estar de regreso mucho antes de media
  noche; pero os dejo algunas horas de margen, no slo por temor de
  uno de esos obstculos que no se pueden prever ni impedir, sino
  tambin porque es preferible que haya llegado la hora del descanso
  de vuestros criados para concluir lo que os quedar que hacer.

  "Luego,  media noche, os ruego que permanezcis solo en vuestro
  gabinete de consulta, que conduzcis hasta l  un hombre que
  se presentar en mi nombre, y que le entreguis la gaveta que
  habris llevado de mi casa. Entonces habr concludo vuestro papel
  y mereceris mi ms completa gratitud. Cinco minutos despus, si
  insists deseoso de tener una explicacin, comprenderis que todas
  estas precauciones tenan una importancia capital, y que el haber
  descuidado una sola, por fantstica que pueda parecer, hubiera sido
  cargar vuestra conciencia con mi muerte  con la prdida de mi
  razn.

  " pesar de la confianza en que estoy de que no os burlaris de mi
  ruego, mi corazn desfallece, y tiembla mi mano slo con pensar
  en semejante posibilidad. Acordaos de m en esta hora, de m que
  estoy en una extraa situacin, atormentado por la negrura de una
  desgracia que ninguna imaginacin podra llegar  exagerar; pensad,
  tambin, que si queris servirme con puntualidad, desaparecer mi
  turbacin y todo ello no ser ms que una historia enterrada.

  "Prestadme ese servicio, mi querido Lanyn y salvad  vuestro
  amigo--E. J.


  "P. S.--Haba cerrado ya esta carta cuando un nuevo terror se
  apodera de mi alma. Es posible que el correo cometa un error y que
  esta carta no llegue  vuestras manos hasta maana por la maana.
  En ese caso, querido Lanyn, cumplid mi encargo durante el da 
  la hora que os sea ms cmoda, y aguardad otra vez mi mensajero
   media noche. Pero quiz ser demasiado tarde; y si transcurre
  entonces la noche sin ninguna novedad, podris decir que habis
  recibido la ltima noticia de,

                                              ENRIQUE JEKYLL."

Al leer aquella carta me convenc de que mi colega estaba loco; pero
hasta que la cosa no ofreciese gnero ninguno de duda, decid ejecutar
lo que me peda. Cuanto menos comprenda yo todo aquel frrago, menos
me hallaba en el caso de juzgar de su importancia, y tal peticin
dirigida en semejantes trminos, no poda ser rechazada sin incurrir
en grave responsabilidad. Me levant inmediatamente de la mesa y fu
 buscar un carruaje que me condujo directamente  casa de Jekyll.
El criado aguardaba mi llegada; haba recibido por el mismo correo
que yo un pliego certificado que contena sus instrucciones, y envi
 buscar en el acto  un cerrajero y un carpintero. Ambos obreros
llegaron mientras estbamos hablando, y fuimos todos juntos  la sala
de diseccin del viejo Doctor Denman, por el extremo de la cual, segn
lo sabis probablemente, se entra con mayor comodidad en el gabinete
particular de Jekyll. La puerta era muy slida, la cerradura excelente;
el carpintero confes que tendra mucho trabajo y que hara mucho
destrozo, si tena que emplear la fuerza; el cerrajero lleg  creer
que no podra descerrajarla, pero era un hbil obrero, y despus de dos
horas de trabajo, qued abierta la puerta.

El armario sealado con la letra E no estaba cerrado; saqu la gaveta,
la hice rellenar con paja y envolver en papel, llevndomela  la plaza
de Cavendish.

As que llegu, me puse  examinar su contenido. Los polvos estaban
bastante bien arreglados, pero no con el cuidado de un qumico
fabricante  vendedor, de modo que,  no dudarlo, haban sido
manipulados personalmente por el Doctor Jekyll. Abriendo uno de los
sobres, vi que su contenido se pareca, sencillamente,  una sal
cristalizada de color blanco. El frasco, que examin despus, estaba
lleno hasta la mitad; contena un licor rojo, con un olor muy agrio,
con algo de fsforo y ter voltil. En cuanto  los otros ingredientes,
no pude saber lo que eran. El cuaderno  carterita de apuntes era como
casi todos los que usan los colegiales, y slo contena unas cortas
series de fechas. Esas fechas se extendan  un largo perodo de aos,
pero observ que las entradas haban cesado haca un ao poco ms
 menos, y bruscamente. Aqu y all, se vea aadida alguna breve
observacin,  una fecha, que generalmente era nada ms que la palabra
_doble_, que se hallaba repetida quiz seis veces en un total de
algunos centenares de entradas; una vez, enteramente al principio de la
lista, y seguidas de algunos signos de admiracin, estaban las palabras
_fracaso total_.

Todo esto, aunque excitando mi curiosidad, me deca poco respecto del
objeto final. Un tarro con cierta tintura, un papel con una sal, el
diario de una serie de experimentos que, (como ocurra  menudo con
las investigaciones de Jekyll), no conduca  nada prctico. Por qu
razn la presencia en mi casa de esos varios objetos poda afectar 
la honra,  al estado del espritu,   la vida de mi ligero colega?
Si su mensajero poda ir  un punto por qu no poda ir  otro? Y
aunque hubiese alguna imposibilidad, por qu ese caballero tena que
ser recibido en secreto? Cuanto ms reflexionaba en todo eso, ms me
convenca de que me hallaba en presencia de una enfermedad cerebral;
sin embargo, al ordenar  mis criados que se recogiesen, fu  buscar
un viejo revolver, para encontrarme en estado de defensa personal, si
hubiese sido necesario.

Las doce acababan apenas de sonar en Londres cuando el picaporte se
dej oir muy despacio. Fu  abrir yo mismo, y encontr  un hombre de
pequea estatura vuelto de espaldas  los pilares de la entrada.

--Vens de parte del Doctor Jekyll?--le pregunt.

Me contest que s, con aire encogido; cuando le dije que entrase, no
me obedeci sin haber lanzado antes una mirada escudriadora hacia
la plaza sumida en la obscuridad. Un agente de polica estaba cerca,
y vena con su linterna sorda abierta; al verlo cre notar que el
desconocido tembl y que se apresur  entrar.

Estos incidentes me sorprendieron, no lo ocultar, de un modo
desagradable; no perd de vista  mi hombre, gracias  la luz
brillante que haba en mi sala de consultas, y puse la mano sobre
el arma para estar prevenido  todo evento. En fin, tuve la suerte
de verlo. Jams, es absolutamente cierto, mis ojos lo haban visto
antes. Era pequeo, segn he dicho; me sorprendi la expresin de su
fisonoma, en la que poda leerse una curiosa mezcla de grandsima
actividad muscular y de indudable debilidad de constitucin; por
ltimo, me sorprendi todava ms la penosa turbacin subjetiva que me
produca su vecindad; y fu de gnero tal, que mis miembros parecan
helarse y que el pulso lata con menos violencia. Atribu entonces
aquellas sensaciones  alguna repugnancia idiosincrsica y personal;
pero  pesar de todo, me sorprenda la vivacidad de mis impresiones,
si bien desde aquella fecha he tenido motivos para pensar que su causa
yaca muy profundamente oculta en la naturaleza misma de aquel hombre,
y que me mova algn pensamiento ms noble que el odio.

Esa persona, que desde el instante en que entr haba producido en m
una sensacin que slo puedo definir llamndola _curiosidad mezclada
con repugnancia_, estaba vestida de un modo que hubiera sido ridculo
en cualquiera otro individuo; su traje, aunque era, en realidad, de un
gnero rico y de color obscuro, pareca enorme, inmensamente grande
para l, bajo todos conceptos; sus pantalones colgaban de las piernas
y haban sido recogidos para preservarlos del lodo; el chaleco le
llegaba muy abajo de las caderas, y el cuello de la levita se extenda
demasiado ancho sobre los estrechos hombros. Por extrao que fuese,
aquel burlesco traje no me hizo rer. Al contrario, como haba un no s
qu de anormal y de contrahecho en el ser que tena  la vista, algo
que sobrecoga, que sorprenda y que escandalizaba en su repugnancia
misma, aquella nueva originalidad confirmaba mis ideas y les daba
fuerza; lleg casi  interesarme la naturaleza y el carcter del
hombre, y sent curiosidad de saber su origen, su vida, su fortuna y
la posicin que ocupaba en el mundo.

Aunque estas observaciones requiriesen mucho tiempo para analizarlas,
se me ocurrieron en el espacio de algunos segundos. El desconocido
demostraba arder en una sombra impaciencia.

--La habis trado?--exclam--la habis trado?

Y era tal su impaciencia que puso la mano sobre mi brazo, tratando de
sacudirlo.

Lo rechac, habiendo experimentado  su contacto como una sensacin
glacial en toda mi sangre.

--Vamos, caballero--le dije--olvidis que no tengo el gusto de
conoceros; permaneced sentado, si gustis.

Le d ejemplo, sentndome en mi silln habitual, con la misma
tranquilidad que si hubiese tenido que habrmelas con un enfermo
cualquiera; tan tranquilo,  lo menos, como me lo permitan la hora
avanzada, la naturaleza de mis preocupaciones y el horror que me
inspiraba mi husped.

--Os pido perdn, Doctor Lanyn--contest bastante cortesmente;--vengo
aqu  ruego de vuestro compaero el Doctor Enrique Jekyll, para un
asunto de cierta importancia, y quera decir...

Detvose, y se llev la mano  la garganta, reparando por su accin que
luchaba contra los sntomas de un ataque de histeria.

--Quera decir, una gaveta...

Tuve entonces compasin del estado del desconocido, y quiz tambin
llevado por mi curiosidad, contest:

--Aqu est;--le ense la gaveta que estaba en el suelo detrs de una
mesa y cubierta con el lienzo.

Salt hacia el lado de la gaveta, luego se par, y llev una mano al
corazn; o rechinar sus dientes; su rostro era tan horrible de ver,
que me alarm, y tem  la vez por su vida y su razn.

--Reponos--le dije.

Volvise  m, me dirigi una sonrisa atroz, y como un desesperado
descubri la gaveta. Al ver lo que contena lanz un gemido ahogado y
un grito de alivio tal, que permanec petrificado. Un instante despus,
con voz ya algo ms tranquila, me dijo:

--Tenis un vaso graduado?

Me levant de mi asiento no sin dificultad, y le entregu lo que peda.

Diome las gracias con un gesto adecuado, midi algunas gotas de la
tintura encarnada y aadi uno de los polvos. La mezcla, que al
principio era de un color rojizo,  medida que los cristales se
deshacan comenz  adquirir un color ms vivo,  hervir visiblemente,
luego ech como una nubecilla de vapor. De pronto, ces la ebullicin,
y la mezcla adquiri un color de prpura obscuro, pasando despus
lentamente  un verde agua. El desconocido, que haba seguido con
mirada muy atenta todas aquellas metamrfosis, se sonri, coloc el
vaso sobre la mesa, y volvindose hacia m y mirndome con un aire muy
grave, me dijo:

--Ahora hay que tomar una determinacin en cuanto  lo que resta que
hacer. Queris ser prudente? queris ser conducido? queris que me
lleve este vaso en la mano y que salga de vuestra casa sin decir una
palabra ms?  bien vuestra curiosidad exige otra cosa? Reflexionad
antes de contestar, pues se har lo que mandis. Si queris, quedaris
como antes, tal cual estis ahora, ni ms rico ni ms sabio,  menos
que la conciencia de haber prestado un servicio  un hombre puesto en
un apuro mortal, no pueda ser considerada como una especie de riqueza
espiritual.  si prefers escoger el otro camino, un nuevo reino de
ciencia, nuevas vas que conducen  la fama y al podero os sern
abiertas, aqu ante vos, en este cuarto, al instante mismo; vuestra
vista quedar confundida por un prodigio que hara vacilar, que
conmovera la incredulidad del mismo Satans.

--Seor--contest, haciendo creer en una calma y tranquilidad que
estaba lejos de tener--hablis con enigmas, y no os sorprender el
que escuche vuestras palabras sin darles mucho crdito; pero he ido
demasiado lejos al prestar esos servicios inexplicables, para detenerme
antes de haber visto el final.

--Bien est--replic el desconocido.--Lanyn, recordis vuestros
juramentos; lo que va  acontecer se halla colocado bajo el sagrado
secreto de nuestra profesin. Y ahora, vos, que desde largo tiempo
estis encadenado  las concepciones ms estrechas y ms materiales,
vos que habis negado la virtud de la medicina trascendental, vos que
habis hecho burla de vuestros superiores, mirad!

Llev el vaso  los labios y bebi su contenido de un solo trago. 
esto sigui un grito; bambole, tropez, cogi la mesa para apoyarse,
y continu sus movimientos, con los ojos extraviados  inyectados
en sangre, la boca abierta y espumosa; y mientras que yo miraba, se
produca un cambio, segn mi imaginacin; base hinchando, su rostro se
volvi negro de repente y las lneas fisonmicas parecieron fundirse
y modificarse, y un instante despus, me puse en pie, retroced hasta
la pared, con un brazo extendido hacia adelante como para defenderme
contra aquel milagro, y con mi espritu anonadado por el terror:--Oh,
Dios!--exclam aterrorizado;--Oh, Dios!--dije varias veces; pues
all, delante de mi vista, plido, tembloroso, medio desfallecido,
palpando con las manos como un hombre que acaba de resucitar, estaba
Enrique Jekyll!

Lo que me dijo durante la hora siguiente me es imposible reconcentrar
suficientemente el espritu para escribirlo. Vi lo que vi, o lo que
o, y mi alma iba enfermando; y hoy que aquella visin se borra de mis
ojos, me pregunto  m mismo si creo en ella, y no puedo contestar. Mi
vida est resentida hasta en los cimientos; un terror mortal se apodera
de m continuamente, noche y da; comprendo que mis das estn contados
y que es preciso morir; y lo que es ms, morir incrdulo.

En cuanto  la ignominia moral que ese hombre ense ante m, ni con
lgrimas de penitencia, podra, ni aun como recuerdo, pensar en ella
sin estremecerme de horror. Slo puedo decir una cosa, Utterson, y ser
(si podis creerla cierta) ms de lo necesario.

Ese ser que se arrastr aquella noche por mi casa, era, segn confesin
del mismo Jekyll, conocido bajo el nombre de Hyde y perseguido en todos
los rincones del pas como asesino de Carew.

                                               HASTIE LANYN."




EXPLICACIN COMPLETA DEL CASO EXTRAO DEL DR. ENRIQUE JEKYLL.


Nac en el ao de 18**, heredero de una gran fortuna, dotado con
excelentes cualidades; mi naturaleza me induca al trabajo, estimaba
mucho la consideracin de aquellos de mis compaeros que me parecan
prudentes y buenos, en una palabra, hasta donde era posible creerlo,
posea las condiciones necesarias para tener un porvenir honroso y
distinguido. En realidad, el peor de mis defectos era una tendencia
excesiva hacia la alegra, lo que causa el jbilo en otros, pero
difcil de conciliar con mi vivo deseo de llevar la frente alta y
afectar en pblico una actitud ms seria de la que generalmente
tienen los otros hombres. De ah result que comenc  ocultar mis
diversiones y placeres, y cuando llegu  la edad en que se piensa y
reflexiona, empec  mirar  mi alrededor y  considerar la prspera
posicin que ocupaba en el mundo. Me sent ya destinado  una profunda
duplicidad en mi manera de vivir. Ms de uno hubiera tenido  gloria
las irregularidades de que era yo culpable, pero desde el alto punto
de vista en el cual me haba colocado, las miraba y las ocultaba con
una sensacin de vergenza casi mrbida. De modo que fu ms bien
la naturaleza exigente de mis aspiraciones, que ninguna clase de
degradacin particular en mis faltas, lo que me llev  ser cuanto
fu, lo que con un surco ms hondo del que ordinariamente existe para
la mayor parte de los hombres, dividi en dos, en mi ser, aquellas
provincias del bien y del mal, que parten y forman el dualismo de
la naturaleza humana. En tal estado de nimo, me vi inclinado 
reflexionar profundamente y sin descanso respecto de esa dura ley
de la existencia que reposa sobre las bases de la religin y que es
una de las causas de la desgracia de nuestra raza.  pesar de ser
en modo tan absoluto un hombre de doble faz, no era hipcrita en la
acepcin que se da  esta palabra; las dos partes de mi _yo_ eran
ambas verdaderamente serias. No era ms _yo_ en realidad, cuando
arrojando todo freno, obraba vergonzosamente, que cuando,  la luz del
da, trabajaba para aumentar mis conocimientos,  cuando procuraba
aliviar  los desgraciados y  los enfermos. La casualidad quiso que la
orientacin de mis estudios cientficos, que me guiaban absolutamente
hacia lo mstico y trascendental, diese de rechazo ejerciendo como una
fuerza de repulsin, y me hiciese comprender, iluminndolo con mayor
claridad, ese estado de perpetua lucha entre las distintas partes de
mi ser. Cada da, y desde el doble punto de vista de la moral y de la
inteligencia, llegaba con mayor seguridad al conocimiento de aquella
verdad, cuyo descubrimiento parcial me arrastr  este espantoso
naufragio:  saber que el hombre no es realmente una entidad, sino que
existen dos entidades en l. Digo dos, porque el estado de mi propia
ciencia no me ha permitido pasar de ah. Otros me seguirn, otros irn
ms all en esa va; y aventuro, y me atrevo  emitir la opinin de que
ulteriormente se reconocer que el hombre es una simple aglomeracin
de diversos individuos sin ninguna relacin entre s. En cuanto  m,
por la misma naturaleza de mi vida, adelant forzosamente en una sola y
nica direccin.

En el ser moral y en mi propia persona aprend  conocer el perfecto
y primitivo dualismo del hombre; vi que, de las dos naturalezas que
parecan satisfechas en la extensin de mi conciencia, aunque hubiese
podido realmente ser la una y la otra, era nicamente porque, en
absoluto, tena  posea las dos  la vez; y desde aquel momento,
antes de que hubiese comenzado la marcha de mis descubrimientos
cientficos  sugerirme la ms evidente posibilidad de semejante
milagro, haba aprendido  insistir con placer, como en un sueo
despierto, en la idea de la separacin de esos dos elementos. "Si--me
deca  m mismo--cada uno de ellos pudiese estar domiciliado en
entidades diferentes, la vida se hallara desembarazada de todo cuanto
la hace insoportable; lo injusto seguira su camino, libre de las
aspiraciones y de los remordimientos de la parte gemela, de la parte
ms virtuosa; y lo justo podra  su vez viajar segura y constantemente
por sus elevados senderos, llevando  cabo el bien que le llenara de
satisfaccin, y sin verse expuesto  los disgustos y remordimientos
que le ocasionaran los actos de la parte extraa y mala. Fu,
pues, destino fatal de la humanidad ver unir esos haces opuestos y
disparatados, y que en la matriz agonizante de la conciencia, aquellas
dos estrellas polares estuviesen luchando continuamente. Cmo,
entonces, podran ser separadas?"

 ese punto haba llegado en mis reflexiones cuando, segn he dicho
ya, una luz inesperada comenz  brotar sobre este asunto, de la
mesa del laboratorio. Empec  concebir de un modo ms profundo que
hasta entonces la vacilante inmaterialidad, el paso an obscuro de
un estado  otro, de ese cuerpo que parece tan slido y en el cual
caminamos con todos nuestros adornos. Hall ciertos agentes que poseen
el poder de separar y de rechazar esa vestidura carnal, como el viento
posee el de agitar los lienzos de una tienda de campaa. Pero por dos
excelentes razones no entrar completamente de lleno en esta parte
cientfica de mi confesin. Primero, porque he aprendido que los
hombros del hombre deben para siempre jams soportar el destino y la
carga de nuestra vida, y si llega  efectuarse alguna tentativa para
separar  los dos elementos, slo servir para aumentar su peso de un
modo ms desagradable y ms terrible. Y despus, porque (mi relacin
lo demostrar ay! harto claramente) mis descubrimientos no eran
completos. Me bastar, por consiguiente, decir que no slo reconoc que
mi cuerpo natural era el fantasma y el ter de algunos de los poderes
que componan mi espritu, sino que llegu  inventar una pcima con
la cual esos poderes podan perder su supremaca, y reemplazarlos con
una segunda forma, que era tan natural como la primera, tan _yo_ como
la otra, porque constitua la manifestacin misma de los ms bajos y
despreciables elementos de mi alma.

Vacil mucho tiempo, antes de someter esta teora  la prueba de la
prctica. Saba perfectamente que me expona  morir, pues una droga
que deba medirse con tanta exactitud y sacudir, conmover la verdadera
fortaleza de la individualidad, poda con el menor aumento en la dosis,
 por la inoportunidad del momento escogido para el experimento, hacer
desaparecer para siempre el envoltorio inmaterial que no deseaba yo
cambiar. Pero la tentacin de un descubrimiento tan original y tan
importante concluy por hacerme vencer los temores y alarmas. Tena
la pcima preparada haca ya tiempo; compr de una vez, en casa
de un droguero, gran cantidad de una sal especial que, despus de
mis experimentos, saba yo que era el ltimo producto necesario; y
finalmente, en una noche maldita, reun los ingredientes, vigil su
ebullicin, los vapores que salan del vaso, y cuando ces el hervor,
en un arranque de valor, beb la pcima.

Terribles angustias se apoderaron de m; crujidos de huesos, nuseas
mortales, y un horror del alma que no puede ser mayor en la hora
de la muerte  del nacimiento. Luego, aquellos instantes de agona
comenzaron  disminuir gradual y lentamente, y volv en m como si
hubiese salido de una grave enfermedad. Haba algo extrao, algo nuevo
 indescriptible en mis sensaciones, y su novedad real las haca
extraordinariamente dulces y gratas. Me senta ms joven, ms feliz
en todo mi ser; en mi fuero interno experimentaba como una audacia
embriagadora, tena  la vista un mundo de imgenes sensuales que
corran con la misma rapidez que el agua al salir de un molino;
sentame desligado de los lazos de toda obligacin, y tena una
libertad de alma desconocida, pero no inofensiva. Desde el primer
aliento de aquella nueva vida, me consider malo, diez veces ms
malo, esclavo de mi genio malfico original; y estas ideas, en aquel
instante, me fortalecan y me embriagaban como hubiera podido hacerlo
el vino. Alargaba las manos con la alegra de disfrutar, de acariciar
unas sensaciones tan nuevas, y al hacerlo, pude observar que mi
estatura haba disminudo.

No haba, entonces, espejo en mi gabinete; el que est cerca de m
mientras escribo estas lneas, fu puesto all ms tarde con objeto de
ver esas transformaciones.

Sin embargo, haca ya tiempo que la noche haba cedido su puesto  la
maana, y la maana obscura como estaba, iba  desvanecerse ante la
claridad del da. Los inquilinos de mi casa estaban encerrados en sus
habitaciones, durante esas horas tan necesarias al sueo. Decidime,
hinchado como me hallaba por la esperanza y el triunfo,  llegar con
mi nuevo envoltorio hasta mi cuarto de dormir. Atraves el patio, lo
que permiti  las constelaciones lanzar sus reflejos sobre m, pues
poda imaginar, con admiracin, que era la primera criatura de esa
especie que hubiese aparecido  su vigilancia siempre despierta; me
escurr por los corredores, como un extrao en su propia casa, y vi por
vez primera el aspecto exterior de Eduardo Hyde.

Es preciso que hable aqu desde el punto de vista terico solamente,
sin decir lo que s, sino lo que supongo que debe ser ms probable.
La parte mala de mi ser,  la cual haba dado ahora mi vida propia,
era menos robusta y menos desarrollada que la parte buena. Adems, en
el curso de mi existencia que, en sus nueve dcimas partes, despus
de todo, ha sido una vida de esfuerzos, de virtudes y de vigilancia,
ese lado malo haba sido mucho menos ejercitado y puesto de relieve
que el otro. Y de ah resultaba, segn infiero, que Eduardo Hyde era
mucho ms pequeo, ms delgado y ms joven que Enrique Jekyll. As como
el uno llevaba sobre el rostro el resplandeciente sello del bien, el
otro tena escrito sobre su cara el sello de la maldad. La maldad, que
no debe considerarse an como causa del carcter mortal del hombre,
haba impreso en aquel cuerpo signos de deformidad y de decadencia.
Y cuando mir, entonces, en el espejo aquel dolo perverso, tuve
conciencia, no de un sentimiento repulsivo, sino ms bien de la brusca
transicin producida y del buen xito de mis tentativas. Aquel dolo,
por lo dems, era yo mismo. Pareca natural y humano. Para m, tena
 la vista una imagen ms viva del espritu; haba all ms expresin
y originalidad que en el ser imperfecto y doble, hasta aquel momento
acostumbrado  llamar _yo_;  indudablemente tena razn. Observ
que cuando apareca bajo la apariencia de Eduardo Hyde, nadie poda
aproximrseme sin experimentar primero un extremecimiento visible,
en todo su cuerpo. Eso, segn comprend, procede de que todos los
seres humanos, tal cual los vemos, son un compuesto de bien y de mal;
nicamente Eduardo Hyde, en las filas de los humanos, era puramente
malo sin mezcla ninguna.

Permanec por algunos momentos delante del espejo, pero faltaba
intentar todava el ltimo experimento, el decisivo; quedaba por saber
si haba perdido yo mi identidad, sin esperanza de recobrarla, y tena
que esconderme de la luz del da y salir de una casa que ya no era
ma; y apresurndome  volver  mi gabinete, prepar inmediatamente
la pcima necesaria, y beb: sufr otra vez las angustias de una
descomposicin, y volv  ser yo mismo, con el carcter, la estatura y
el rostro de Enrique Jekyll.

Aquella noche llegu pues al fatal encuentro de los distintos caminos
de la vida; si hubiese trabajado mi descubrimiento con un espritu
ms elevado, si hubiese intentado la experiencia bajo el influjo de
aspiraciones generosas y piadosas, las cosas hubieran ido de otro
modo, y hubiera salido yo de aquellas agonas del nacimiento y de la
muerte como un ngel, en vez de haber salido de ellas como un demonio.
La pocin, en suma, era una cosa neutra; quiero decir que no era ni
diablica ni divina; no haca ms que sacudir las puertas de mi crcel
y de mi estado de nimo; y como los presos de Filipi, lo que estaba
encerrado se escapaba fuera. En aquel momento mi virtud se durmi, y mi
genio malo, al contrario, despertado por la ambicin, estaba alerta y
dispuesto para aprovechar las ocasiones, y sus esfuerzos traan siempre
 Eduardo Hyde. As pues, aunque tuviese dos caracteres y dos rostros,
uno era absolutamente malo, y el otro era siempre el viejo Enrique
Jekyll, compuesto disparatado que ya desesperaba de poder perfeccionar
y mejorar. Sus aspiraciones actuales lo empujaban enteramente hacia el
mal.

Pero ni an en aquel instante, haba podido dominar la aversin que me
inspiraba esa conocida aridez de la vida estudiosa. En ciertos momentos
tena todava inclinaciones favorables al jbilo y  la alegra; como
mis placeres eran (empleando la palabra ms benvola) deshonestos, y
como no slo era mejor conocido y ms considerado, sino que llegaba
 ser tambin hombre de edad, aquella incoherencia en mi vida me era
cada da ms importuna, por eso mi nuevo poder me tent para el bien
hasta que ca sumido en la esclavitud. Bastbame con beber la copa,
para despojar al conocido profesor y vestir el burdo traje, el cuerpo
de Eduardo Hyde. Esa idea me agradaba, me haca sonreir; la cosa me
pareca cmica; y haca los preparativos con el cuidado ms atento
y minucioso. Alquil y amuebl aquella casa de Soho, en donde Hyde
fu perseguido por la polica, y tom como guarda  una mujer que me
constaba ser callada y no tener escrpulos. Por otra parte, dije  mis
criados que un seor Hyde, cuyas seas les d, tena plena libertad
y poder para entrar y salir en mi casa; y para prevenir cualquier
acontecimiento desagradable, hice visitas  casa del Doctor Jekyll y
pas como familiar suyo.

Luego escrib aquel testamento contra el cual opussteis tantas
observaciones, y que me permita, si algo me ocurra en la persona del
Doctor Jekyll, entrar en la de Eduardo Hyde sin prdida pecuniaria.
Tranquilizado as respecto del porvenir, comenc  aprovechar las
extraas inmunidades de mi situacin.

Ha habido hombres antes que yo, que pagaron asesinos para hacer
ejecutar sus crmenes, dejando  cubierto su propia personalidad y
su reputacin; pero yo he sido el primero que ha podido obrar as en
cuanto  sus placeres. He sido el primero que ha podido aparecer ante
el pblico con su carga de respetabilidad, y un instante despus,
como un colegial, despojarme de aquellos disfraces y arrojarme sin
miramientos en un ocano de libertades.

Bajo mi impenetrable envoltura, mi salud era completa, excelente.
Pensad en ello: ni siquiera exista! Bastaba que pudiese penetrar por
la puerta de mi laboratorio, tener dos  tres segundos para preparar
y beber la pcima que estaba siempre lista, y fuese cualquiera cosa
lo que hubiese hecho Eduardo Hyde, desapareca como la seal del
aliento sobre un cristal; y all, en vez de Hyde, tranquilo en su casa,
arreglando su lmpara para la noche, se hallaba un hombre que hubiera
podido burlarse de toda sospecha dirigida contra l, Enrique Jekyll en
persona.

Los placeres que me apresuraba  buscar con mi disfraz, eran, como ya
lo he dicho, deshonestos, por no emplear una palabra ms severa, y con
un ser tal cual era Eduardo Hyde, no tardaron en adquirir un carcter
monstruoso. Cuando regresaba de mis excursiones, quedaba estupefacto
de la depravacin de la otra parte de mi ser. El demonio familiar
que sacaba de mi propia alma y que enviaba solo  sus placeres,
era un ser profundamente malvolo y vil; todos sus actos, todas sus
ideas no tenan ms objetivo que su egosmo; tena placer en una sed
bestial de torturar  sus semejantes; sin entraas, como una estatua
de piedra. Haba instantes en que Enrique Jekyll estaba horrorizado
de los hechos de Eduardo Hyde; pero la situacin se hallaba fuera de
las leyes ordinarias, y gradualmente la influencia de la conciencia se
fu relajando. Despus de todo, Hyde era el culpable, nicamente Hyde.
Jekyll no era peor que antes; sus buenas cualidades se despertaban
y aparecan en l sin haber disminudo, y procuraba cuando le era
posible, remediar los daos causados por Hyde; y as, su conciencia
dormitaba.

No me propongo referir circunstanciadamente las infamias en que me vi
mezclado  complicado, pues ni aun hoy puedo admitir que fuese yo quien
las cometi. Slo quiero mencionar los avisos y las etapas sucesivas
que me anunciaban la aproximacin del castigo. Ocurrime primero un
incidente, que, como no tuvo consecuencias, me limitar  indicar
nada ms. Un acto de crueldad contra una nia excit la clera de un
transeunte que reconoc el otro da como uno de vuestros parientes: el
mdico y la familia de la criatura se unieron  l; hubo un instante
en que tem por mi vida; pero finalmente, para calmar su harto justo
resentimiento, Eduardo Hyde se vi obligado  llevarlos hasta la puerta
de la casa del Doctor Jekyll, y  darles un vale girado  la vista con
el nombre de este ltimo. Pero ese peligro qued fcilmente evitado
para el porvenir, abriendo una cuenta en otro Banco  nombre de Eduardo
Hyde; y haciendo mi letra con una cada ms oblicua, haba dado una
firma doble  mi otro ser, y cre de aquel modo ponerme  cubierto
contra todo ataque de la fatalidad.

Dos meses antes del asesinato de Sir Danvers, haba andado en busca
de aventuras; regres tarde, y despert al siguiente da presa de
raras sensaciones. Mir en vano  mi alrededor, y en vano vi los ricos
adornos y las grandes lneas de mi cuarto; en vano, tambin, reconoc
los dibujos de las colgaduras de mi cama y su marco de caoba; algo me
deca continuamente que no estaba en donde estaba realmente, sino que
deba estar en el pequeo cuarto de Soho, en donde tena costumbre
de dormir en el cuerpo de Eduardo Hyde. Me sonre, y con mis ideas
psicolgicas empec  estudiar perezosamente los principios y los
datos de semejante ilusin, y result que, pensando en ello, volv
 caer en el dulce sueo de la maana. Estaba an medio dormido, y
accidentalmente fij la vista en mis manos. La mano de Enrique Jekyll,
como habis podido verlo  menudo, era la mano de un mdico en cuanto 
forma y tamao; era grande, slida, blanca y bien proporcionada; pero
la mano que vi entonces, bastante claramente  pesar de la luz plida
de la maana, medio oculta como se hallaba sobre la colcha, aquella
mano era descarnada, huesosa, de una palidez mate, y cubierta de
abundantes pelos negros. Era la mano de Eduardo Hyde.

Deb permanecer como medio minuto contemplndola, y qued tan anonadado
de admiracin y de sorpresa, que el terror tard en despertarse en
mi pecho, pero despert sbitamente y me produjo un estremecimiento
parecido al que se experimenta al oir un inesperado redoble de
tambores; salt de la cama y fu  mirarme al espejo. Al ver lo que
ste me ense, mi sangre casi se hel en las venas. S, me haba
acostado como Enrique Jekyll, y me despertaba cambiado en Eduardo
Hyde. Cmo explicar semejante transformacin? Dirigme esa pregunta,
y luego, con otro estremecimiento de espanto, cmo remediarla? Era ya
muy entrada la maana; los criados estaban levantados; todas mis drogas
se encontraban en el gabinete, era preciso un largo viaje para ir hasta
l, bajar dos pisos, atravesar un corredor, el patio abierto y la sala
de anatoma, lo cual me asustaba. Poda, es verdad, taparme la cara,
pero de qu me hubiera servido, puesto que no poda ocultar el cambio
de mi estatura? Luego, con indecible alegra record que los criados
estaban ya acostumbrados  las idas y venidas de mi otro yo. Vestme
pronto lo mejor que pude, con el traje de mi estatura ordinaria;
atraves rpidamente la casa y tropec con Bradshaw, quien me mir
sorprendido, apartndose al ver  Mr. Hyde  aquella hora y con aquel
traje; diez minutos despus, el Doctor Jekyll haba recobrado su forma
habitual, y estaba sentado, con la frente sombra, para aparentar que
almorzaba.

Mi apetito era realmente bien excaso. Ese incidente inexplicable, esa
contradiccin en mis experimentos previos, parecan, como los dedos
babilnicos sobre la pared, escribir los trminos y las letras de
mi sentencia. Comenc  reflexionar ms seriamente de lo que hasta
entonces, sobre el fin y sobre los acontecimientos posibles de mi
doble existencia. La parte de mi ser que tena yo el poder de producir,
estaba ms fortalecida y ms nutrida; hasta me pareca que desde algn
tiempo haca, el cuerpo de Eduardo Hyde haba ganado en estatura,
cuando me hallaba bajo aquella forma, tena conciencia de que la
sangre circulaba ms generosa por sus venas, y comenzaba  entrever
el peligro de que si ese estado se prolongaba, el equilibrio de mi
doble naturaleza podra quedar definitivamente destrudo, anonadado el
poder de un cambio  voluntad, y que el carcter de Eduardo Hyde sera
finalmente el mo. El poder de la pcima no haba tenido siempre igual
resultado. Un da, al principio de mis transformaciones, su efecto
haba sido completamente nulo; desde entonces tena con frecuencia
que doblar la dosis, y una vez, hasta con riesgo de mi vida, tuve que
ponerla triple; estos fracasos, aunque raros, haban contribudo 
nublar algo mi alegra. Pero ahora, advertido por el accidente de la
maana, llegu  observar que, as como al principio la dificultad
haba consistido en echar fuera el cuerpo de Enrique Jekyll, haba
ido poco  poco cambiando de aspecto, y consista ahora en desalojar
 la otra individualidad. Todo pareca, pues, conducirme  la misma
conclusin,  saber, que perda lentamente mi poder sobre mi ser
primitivo, el mejor, el superior, y que con la misma lentitud me iba
incorporando en el segundo y el peor.

Comprenda que era preciso escoger entre esos dos seres. Mis dos
naturalezas tenan una memoria comn, pero en cuanto  las otras
facultades, estaban desigualmente compartidas. Jekyll (que era una
mezcla) sufriendo  veces los temores ms vivos y los apetitos ms
vidos, se complaca tomando parte en los placeres y aventuras de
Hyde; pero Hyde era indiferente para con Jekyll,  slo se acordaba de
l como el bandido de las montaas se acuerda de las cuevas en donde
se oculta cuando lo persiguen. Jekyll tena ms que el inters de un
padre; Hyde tena ms que la indiferencia de un hijo. Identificarme
con Jekyll, era renunciar  esos apetitos por los cuales haba tenido
siempre la mayor indulgencia y que desde algn tiempo ac empezaba 
acariciar. Identificarme con Hyde, era renunciar  mil intereses y
ambiciones, y volver  ser de golpe y para siempre un ser despreciable
y privado de toda amistad.

El contrato poda parecer desigual, pues haba an otra consideracin
que tener en cuenta; mientras que Jekyll sufrira el martirio y se
quemara vivo  causa de su abstinencia, Hyde ni siquiera tendra
conciencia de lo que habra perdido. Por extraas que sean las
circunstancias en que me encuentro, los efectos de este dualismo son
tan viejos y tan vulgares como el hombre mismo; pues son poco ms 
menos los mismos apetitos y los mismos temores los que hacen titubear
al pecador apasionado y tembloroso, y sucede conmigo lo que con el
mayor nmero de mis semejantes, y es que escojo la mejor parte, slo
que me falta firmeza para persistir en mi resolucin.

S, prefera al doctor anciano y descontento, rodeado de amigos y
de esperanzas honradas y envidiables; dije resueltamente adis  la
libertad,  la juventud (si se tena en cuenta mi edad), al andar
ligero, al ardiente hervir de la sangre,  los placeres juveniles,
cosas de las cuales disfrutaba bajo el disfraz de Hyde. Tom este
partido, no quiz sin ninguna reserva mental, pues no abandon la
habitacin de Soho ni destru los trajes de Eduardo Hyde, que estn
siempre en mi gabinete, dispuestos para ser puestos en uso. Durante dos
meses, sin embargo, fu sincero en mi determinacin; durante dos meses,
segu una vida de una severidad tal cual nunca haba llegado antes 
observar, y me regocijaba con las compensaciones que me proporcionaba
mi conciencia. Pero andando el tiempo, la impresin de mis temores
concluy por desvanecerse; las alabanzas de la conciencia empezaron
 ser nicamente cosa vulgar; comenzaron  torturarme dolores y
deseos apasionados, como si Hyde luchase para recobrar su libertad; un
da, en un instante de decaimiento moral, compuse de nuevo la bebida
transformadora, y la absorb de un trago.

No creo que, si un borracho discute  raciocina consigo mismo respecto
de su vicio, haya sido detenido  impedido, de cada quinientas veces
una sola, por los peligros que va  correr  causa de la insensibilidad
bestial y fsica en que va  sumirse; jams tampoco, al examinar
mi situacin, me haba dado cuenta de la completa insensibilidad
moral, y de aquella increble tendencia hacia el mal, que eran los
puntos caractersticos del genio de Eduardo Hyde. Tambin por ah fu
castigado. Mi demonio haba permanecido mucho tiempo enjaulado, y
sali rugiendo de su encierro. Tena yo conciencia, sin embargo, en
el momento mismo en que beb la pcima, de aquella tendencia hacia el
mal, ms desenfrenada, ms furiosa. Supongo que debe atribuirse  esa
excitacin de mi alma, la violencia y la impaciencia con las cuales
escuch las atentas palabras de mi desgraciada vctima; quiero  lo
menos confesarlo delante de Dios: es imposible que un hombre moralmente
sano haya podido hacerse culpable de ese crimen tras una provocacin
tan insignificante; quiero declarar, tambin, que her con una idea tan
falta de razn como la que puede tener un nio enfermo que despedaza
un juguete. Pero me haba despojado voluntariamente  m mismo de
todos esos instintos que hacen vacilar, y que obligan al peor de los
hombres  conservar cierta compostura, aun cuando se deje arrastrar por
sus malas pasiones; en mi estado, tener una tentacin, por ligera que
fuese, era caer, sucumbir.

El espritu infernal despert instantneamente en m con furor. Con
un verdadero transporte de jbilo mola  palos aquel cuerpo que no
opona resistencia, y produca delicioso gozo en mi ser cada golpe que
descargaba; slo cuando vino el cansancio fu cuando repentinamente,
en medio de mi acceso de locura, me lleg al corazn una fuerte
sensacin de terror. La neblina que cubra mi vista se disip, y
comprend que mi vida iba  ser deshonrada; hu lejos del teatro de
tales excesos, radiante de gloria y temblando  un mismo tiempo,
satisfecha y estimulada mi pasin por el mal, y con el amor de la vida
subido al ms alto grado.

Corr  la casa de Soho y, para librarme mejor de cualquier
persecucin, destru mis papeles; luego sal; pase por las calles,
que alumbraban los faroles, llevando la misma alegra en mi espritu,
regocijndome de mi crimen, con el juicio bastante claro y dispuesto
para preparar otros, pero con los ojos y el odo atentos, temiendo los
pasos de algn vengador.

Hyde tena una cancin en los labios cuando prepar la pcima, y al
tomarla, bebi  la salud de su vctima.

Apenas haban concludo las angustias de la transformacin, Enrique
Jekyll vuelto  su propio ser caa de rodillas con un torrente de
lgrimas de gratitud y de remordimiento, elevando hacia Dios sus manos
cruzadas. El velo que ocultaba mi indulgencia se rasg de arriba 
abajo; volv  ver mi vida entera; la vi desde los das de la infancia,
cuando me paseaba dando la mano  mi padre, la vi otra vez en medio
de los trabajos austeros de mi profesin, y llegu finalmente, con un
sentimiento de incredulidad, hasta los espantosos horrores de aquella
noche. Hubiera podido ponerme  gritar, pero busqu en el llanto y
en la oracin el medio de borrar las figuras asquerosas y los ruidos
espantables que volvan  mi memoria para anonadarme; y continuamente,
en medio de mis oraciones, el rostro malo de mi iniquidad me miraba
hasta las profundidades del alma.

Cuando el vivo dolor de esos remordimientos comenz  calmarse,
llegu poco  poco hasta ideas menos tristes. Lo que tena que hacer
en adelante era sencillo. Hyde no poda volver para el porvenir;
querindolo  sin quererlo yo, estaba desde aquel momento encerrado
en la parte mejor de mi existencia, y cunto me complaca esa idea!
Con qu humildad voluntaria me felicitaba por hallarme de nuevo dentro
de las restricciones naturales de la vida ordinaria! Con qu sincera
sumisin cerr la puerta por la cual haba entrado y salido tantas
veces, y destroc la llave bajo mis pies!

Al da siguiente, los diarios anunciaron que el asesino haba sido
visto, que el crimen de Hyde era evidente, y que la vctima era un
hombre que disfrutaba del aprecio pblico. Aquello no haba sido
nicamente un crimen, sino tambin una locura trgica. Me agradaba
ver emitir esa opinin; felicitbame interiormente viendo que mis
tendencias mejores se hallaban fortalecidas de aquel modo, y puestas,
adems, bajo la salvaguardia del horror que inspira el cadalso.

Jekyll era, pues, mi refugio, mi asilo; que Hyde se dejase ver un
instante fuera, y los brazos de todos los hombres se levantaran para
prenderlo y para matarlo.

Resolv rescatar lo pasado con mi conducta futura; y puedo aadir que
mi resolucin produjo algn bien. Sabis por vos mismo cunto trabaj
recientemente, en los ltimos meses del ao pasado, para mejorar la
suerte de los desgraciados; sabis que he hecho mucho por otros, y que
los das han transcurrido para m tranquilamente, casi con dicha y
felicidad. No puedo decir por cierto que esa vida de beneficencia y de
inocencia me pesase; creo, al contrario, que cada da era para m ms
agradable.

Pero me atormentaba siempre el dualismo de mis tendencias, y cuando
los rigores de la penitencia impuesta comenzaron  dulcificarse, los
malos instintos de mi ser, durante tanto tiempo acariciados, aunque
encadenados haca poco, rugieron con violencia pidiendo su libertad.
No pensaba ciertamente en resucitar  Hyde; slo la idea de esa
resurreccin bastaba para asustarme y extremecerme; y como un pecador
vulgar, conclu sin embargo, por sucumbir  los constantes asaltos de
la tentacin.

Todas las cosas tienen fin; el vaso mayor concluye por llenarse; y esa
dbil condescendencia  mis malhadados instintos concluy, tambin, por
destruir mis buenos propsitos; no me hallaba an alarmado; la cada
pareca natural, y ser nicamente un retroceso  aquellos antiguos das
anteriores  mi descubrimiento. Od lo que me aconteci:

Era un hermoso y claro da de enero, atravesaba el Parque del Regente,
el suelo estaba hmedo en los puntos donde la nieve se haba derretido,
pero el cielo apareca despejado y sin nubes; el gorjeo de los pjaros
se mezclaba  unos olores suaves y deliciosos, casi primaverales. Me
sent en un banco al sol. La parte animal de mi ser se gozaba en los
recuerdos; la parte espiritual estaba algo dormida, pero dispuesta
 futuras expiaciones, aunque sin querer comenzarlas desde luego.
Despus de todo, decame  m mismo que era semejante  mis vecinos; y
entonces sonre comparndome con los dems hombres, mi buena voluntad,
mis beneficios y mi actividad, con su crueldad y su pereza.

En el mismo instante en que me acuda aquel orgulloso pensamiento, un
calambre, un extremecimiento me pas por todo el cuerpo, una horrible
nusea, un temblor mortal se apoderaron de m.

Todo ello pas dejndome algo dbil; y  pesar de esa debilidad comenc
 experimentar un cambio en el curso de mis ideas, mayor osada,
desprecio del peligro, y un abandono real de los deberes y obligaciones
de este mundo. Mir al suelo; mi traje caa informe sobre mis miembros
encogidos y arrugados; la mano que descansaba en mi rodilla era
nerviosa y peluda. Otra vez volva  ser Eduardo Hyde. Poco antes
me hallaba seguro del respeto de los dems hombres, rico, estimado;
mientras que ahora me vea convertido en vulgar presa de los hombres,
perseguido, sin domicilio, un asesino comn amenazado con el cadalso.

Mi razn vacilaba, pero no me abandon completamente. Ms de una vez
haba observado ya que, bajo mi segunda forma, mis facultades parecan
ms vivas y animadas, mis ideas ms elsticas; y as aconteci que all
en donde quiz Jekyll hubiese sucumbido, Hyde se elev  la altura
que requera el momento. Mis ingredientes se hallaban en una de las
gavetas de un armario de mi gabinete; cmo hacer para tenerlos? Ese
era el problema cuya solucin buscaba, apretndome las sienes con ambas
manos. Haba cerrado la puerta del laboratorio. Si hubiese tratado de
entrar por la casa, mis propios criados me hubieran llevado  la horca.
Vi que tena que acudir  otras manos, y pens en Lanyn. Pero, cmo
llegar hasta l? Cmo persuadirlo? Suponiendo que llegase  evitar el
arresto en las calles, cmo hacer para ir hasta l? Y cmo lograra
yo, visita desconocida y repugnante, persuadir al gran mdico  ir 
saquear el gabinete de estudio de su colega el Doctor Jekyll?

Record entonces la originalidad de mi carcter; me quedaba un partido
que tomar; poda escribir con mi propia letra, y cuando me hall
iluminado por aquella chispa vivificadora, la va que deba seguir se
present  mi vista desde el principio hasta el fin.

En esto arregl mi traje lo mejor que pude, y llamando un coche que
pasaba, me hice conducir  una posada de la calle de Portland, cuyo
nombre recordaba, felizmente. Al verme (mi aspecto era verdaderamente
bastante cmico, aunque el traje convena ms bien  un hombre que
estuviese en un instante trgico) el cochero no pudo ocultar la
risa. Rechin los dientes, mirndolo con furor diablico; la sonrisa
desapareci de sus labios, afortunadamente para l y ms an para m,
pues en cualquiera otra circunstancia le hubiera arrojado  viva fuerza
de su sitio. Al entrar en la posada, ech una mirada  mi alrededor
con aire tan terrible, que temblaron las personas all presentes;
mientras estuve  su vista, no se miraron entre s, recibieron
obsequiosas mis rdenes, me condujeron  un cuarto y me llevaron recado
de escribir. Hyde en peligro de perder la vida, era un ser desconocido
hasta para m, pues conmovido por una clera desenfrenada, estaba
suficientemente excitado para cometer otro asesinato, deseoso de hacer
sufrir  sus semejantes. Pero fu, sin embargo, hbil, y contuvo sus
accesos de furor, con grandes esfuerzos de voluntad; arregl las
dos importantes cartas, una para Lanyn, y otra para Poole y pudo
convencerse de que haban sido realmente llevadas al correo, pues di
orden para que las certificasen.

Luego permaneci todo el da sentado junto al fuego en su cuarto,
comindose las uas; ms tarde le sirvieron la comida all mismo, sin
ms compaa que sus temores; el criado temblaba bajo el ascendiente de
sus miradas, y as que fu entrada la noche, tom un carruaje cerrado
y se pase de un lado  otro por la ciudad. l, digo--no me es posible
decir _yo_--ese hijo del infierno no tena nada de humano; nada viva
en l fuera del temor y el odio. Cuando en fin, crey que el cochero
iba  empezar  desconfiar, baj del coche y se aventur  pie, con su
traje desproporcionado para su estatura, y propio para atraer sobre l
la atencin de los transeuntes nocturnos. Sus dos bajas pasiones, el
miedo y la rabia, hervan en l furiosas. No ces de andar, perseguido
por sus temores, gruendo en su interior, ocultndose en los parajes
menos frecuentados y contando los minutos que le separaban an de la
media noche. En cierto instante creo que le habl una mujer, para
ofrecerle una caja de fsforos. Pegle en el rostro, y huy.

Cuando llegu  casa de Lanyn, el horror que experiment mi antiguo
amigo me caus quiz alguna impresin; pero no lo aseguro, pues en todo
caso fu slo una gota ms en el ocano de horrores que haban llenado
las horas precedentes. Acababa de operarse un cambio en m. Ya no era
el miedo del cadalso, era el horror de ser Hyde lo que me atormentaba.
La repulsin que inspiraba  Lanyn me apareci como un sueo, y como
soando, tambin, volv  mi casa y me acost. Dorm, despus del
cansancio de aquel da, con un sueo profundo y pesado, que ni siquiera
fu interrumpido por las pesadillas que me atormentaban. Despert por
la maana conmovido, debilitado, pero ms tranquilo. Segua odiando
al animal,  la bestia que dormitaba en m, y la tema, pues no haba
olvidado los terribles peligros del da anterior; pero volva  estar
en mi casa, y cerca de mis drogas; y la gratitud que tuve por haber
escapado al peligro fu tan grande en mi alma, que casi rivalizaba con
el resplandor de la esperanza.

Despus de almorzar, atraves el patio tranquilamente, respirando con
placer el aire fresco, cuando me acometieron de nuevo repentinamente
aquellas indescriptibles sensaciones, heraldos seguros de la
transformacin, y apenas tuve el tiempo preciso para ponerme  cubierto
en mi gabinete, y ya rabiaba y tiritaba de fro, atormentado una vez
ms por las pasiones de Hyde. Tom entonces doble dosis para recobrar
mi identidad, pero ay! seis horas despus, mientras contemplaba
tristemente el fuego, los dolores me acometieron y tuve que volver
 tomar la pcima. En una palabra, desde aquel da slo por medio
de grandes esfuerzos, como los que exige la gimnstica, y bajo la
influencia inmediata de la pcima, poda permanecer siendo el mismo,
es decir, conservar la personalidad de Jekyll.  cada instante, 
cualquiera hora del da  de la noche me acometan los escalofros
precursores; sobre todo cuando dorma,  estando sooliento, y aun
hallndome ocupado en el trabajo, sentado en mi silln, me despertaba
siempre convertido en Hyde. Oprimido por el peso incesante de esta
sentencia, abstenindome voluntariamente de todo sueo, ms all de
lo que consideraba posible para el hombre, me convert bajo la forma
de Jekyll, en una criatura devorada por la fiebre, que se consuma
y se debilitaba  la vez de cuerpo y alma, y perseguida nicamente
por una idea,  saber: el horror que me inspiraba mi otro _yo_. Pero
cuando dorma,  cuando el efecto de la medicina haba pasado, senta
casi sin transicin (pues los dolores de la transformacin iban
disminuyendo cada da) un estado de espritu en el cual me acometan
visiones terribles, en que senta hervir en mi alma odios sin razn ni
motivo, y en que mi cuerpo no pareca ya bastante fuerte para contener
las rabiosas energas vitales. Hubirase dicho que el vigor de Hyde
haba crecido con la debilidad de Jekyll. Y en verdad, el odio que los
divida entonces era igual en ambos lados. Para Jekyll era una lucha
por su propia vida. Habase dado cuenta de la deformidad de aquella
criatura que comparta con l algunas de sus facultades intelectuales,
y era su compaero obligado, forzoso ante la muerte; y ms all de
esos lazos comunes, que en s mismos formaban la parte ms penosa
de sus tormentos, consideraba  Hyde,  pesar de la energa de su
vitalidad, como  un ser no slo infernal, sino tambin inorgnico.
Pero lo que le produca mayor terror era la idea de que el lodo del
infierno poda emitir sonidos y lanzar gritos; que aquel polvo informe
poda gesticular y cometer pecados; que lo que estaba muerto y no tena
ninguna forma, poda sin embargo llenar las funciones de la vida; y que
todo aquel conjunto estaba unido  su persona, ms estrechamente de
lo que hubiera podido estarlo una esposa, un ojo; que aquel conjunto
estaba preso en su propia carne, hasta el punto de que durante el
misterio del sueo, poda luchar contra l y arrebatarle su misma
existencia. El odio que experimentaba Hyde contra Jekyll era de otra
naturaleza. Su miedo al patbulo le obligaba continuamente  suicidarse
por un momento, volviendo  su estado de dependencia, formando
entonces una parte de otro ser, en vez del ser mismo; odiaba aquella
necesidad, odiaba aquella tristeza  la cual Jekyll se entregaba
ahora, y experimentaba todo el odio que sentan contra l. De ah
aquellos juegos de manos que me haca, garabateando con mi propia letra
blasfemias en mis libros, quemando las cartas, destruyendo el retrato
de mi padre; y en realidad, si el temor de su muerte no le hubiese
contenido, tiempo hara que se hubiese perdido para arrastrarme en su
ruina. Pero tena extraordinario amor  la vida; voy aun ms all; yo,
que siento revolvrseme el corazn y me extremezco con slo pensar en
l, cuando recuerdo su vil pasin por la vida, y cuando recuerdo sus
temores de que llegase  suicidarme, casi tengo compasin de l.

Es intil y me falta tiempo para prolongar esta descripcin; bstame
decir que nadie ha sufrido jams tormentos iguales; y sin embargo, el
hbito de sobrellevarlos ha producido, no un alivio, no un descargo,
sino cierta dureza del alma, cierto abandono, cierta indiferencia para
con la desesperacin; mi castigo hubiera podido durar aos todava, si
no me hubiese ocurrido la ltima desgracia, y por fin, no me hubiese
separado de mi propia personalidad. Mi provisin de sal, que jams
haba renovado desde mi primer experimento, comenzaba  disminuir.
Envi  buscar nuevas provisiones y compuse la pcima; prodjose la
ebullicin, el primer cambio de color tambin, pero no el segundo; la
beb, pero no produjo efecto. Sabris por Poole cmo y hasta qu punto
he registrado todo Londres, pero intilmente, y estoy persuadido hoy
de que mi primera provisin era impura (tena mezcla) constituyendo
precisamente esa impureza desconocida la eficacia de la pcima.

Ha transcurrido una semana, y concluyo esta relacin gracias al efecto
producido por los ltimos paquetes de mis antiguos polvos. Es, pues,
la ltima vez--salvo un milagro--en que Enrique Jekyll puede decir
sus propias ideas, ver su propio rostro (y cun cambiado est!) en
el espejo. Adems, no puedo demorar el concluir este escrito, pues si
hasta aqu ha podido salvarse de la destruccin, dbese  una gran
prudencia de mi parte, y  una gran casualidad. Si los dolores de la
transformacin me acometen mientras escribo, Hyde lo har pedazos; pero
si ha transcurrido algn tiempo despus que lo haya puesto aparte, su
egosmo increble y sus ideas siempre fijas en el presente, lo salvarn
otra vez de su maldad de mono; pues el destino que pesa  la vez sobre
nosotros dos, ha contribudo tambin  cambiarlo y  anonadarlo. Me
queda todava media hora que esperar antes de volver  entrar para
siempre en esa personalidad maldecida, y s cmo estar entonces
sentado, gimiendo y tiritando en una silla, escuchando con atencin y
espanto, yendo y viniendo en esta habitacin (mi ltimo asilo en la
tierra) sin cesar un instante, detenindome para escuchar los ruidos
amenazadores.

Morir Hyde en el patbulo?  tendr  ltima hora el valor de
librarse de s propio? Slo Dios lo sabe. Poco cuidado me da; ste
es el verdadero trmino de mi muerte, y todo cuanto venga despus
corresponde  otro que yo. Aqu, pues, dejando la pluma y sellando mi
confesin, concluyo de referir la vida del desgraciado ENRIQUE JEKYLL."


                                 FIN.




SUMARIO


                                        PGINAS

  HISTORIA DE LA PUERTA                       5

  EN BUSCA DEL SR. HYDE                      21

  EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO             41

  EL CASO DEL ASESINO DE CAREW               47

  INCIDENTE DE LA CARTA                      58

  NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYN           70

  INCIDENTE DE LA VENTANA                    80

  LA LTIMA NOCHE                            84

  RELACIN DEL DR. LANYN                   112

  EXPLICACIN COMPLETA DEL CASO EXTRAO
  DEL DR. ENRIQUE JEKYLL                    130




                     NOVELAS PUBLICADAS EN ESPAOL
                                  POR
                    D. APPLETON Y CA., NUEVA YORK.


MARA ANTONIETA Y SU HIJO.

Traduccin del alemn. Un tomo de 173 pginas, con varias lminas y un
retrato de Mara Antonieta, en el frontispicio. 60 centavos.


MISTERIO * * * *

Novela original, escrita en ingls bajo el nombre de CALLED BACK,

                           POR HUGH CONWAY.

_Obra dramatizada._ 800,000 ejemplares vendidos de las ediciones
inglesas. Forma un bonito tomo en 12 de unas 230 pginas, tipo claro,
buena impresin, cubierta de papel de color artsticamente decorada. 50
centavos.


LA ISLA DEL TESORO.

Una preciosa novela escrita en ingls

                      POR ROBERTO L. ESTEVENSON.

Con ilustraciones, y un mapa, uniforme con la novela MISTERIO * * * *.
Un tomo de 342 pginas. 50 centavos.


LA CASA DEL PANTANO.

Una de las novelas ms populares en Inglaterra y en los Estados Unidos.
50 centavos.


SU CARA MITAD.

                            POR J. BARRETT.

Es una preciosa novela inglesa, llena de amenidad y de ejemplos
filosfico-morales de la vida real, escrita en un lenguaje claro,
sencillo y lleno de inters. La versin espaola es muy buena.


EL DOLO CADO.

                       NOVELA INGLESA DE ANSTEY.

Anstey es un novelista peculiar como lo demuestra su _Vice-Versa_ y
otras de sus obras, llenas de una fantasa siempre fundada en alguna
tradicin ms  menos imposible, pero al fin tradicin que instruye
y deleita  la vez; puede considerarse como el Julio Verne de alguna
creencia antigua  de alguna supersticin  leyenda del pasado. El
estilo est lleno de genialidades, de humor y de stira.


CUENTOS EN EL MAR.

Es una preciosa coleccin de cuentos, referidos durante un accidente
en el mar por varios novelistas ingleses y americanos que se suponen
reunidos  bordo de un vapor.





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Robert Louis Stevenson

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CASO EXTRAO DEL DOCTOR JEKYLL ***

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