Project Gutenberg's El Seor y los dems son Cuentos, by Leopoldo Alas

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Title: El Seor y los dems son Cuentos

Author: Leopoldo Alas

Release Date: July 7, 2020 [EBook #62361]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SEOR Y LOS DEMS SON CUENTOS ***




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                        NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las palabras en itlicas estn indicadas con _guiones bajos_.

Ciertas reglas de acentuacin ortogrfica del castellano cuando esta
obra fue publicada por primera vez, en 1919, eran diferentes a las
existentes cuando se realiz la transcripcin.

Por ejemplo vi, fu, di en esa poca llevaban acento ortogrfico,
mientras que vocablos que actualmente llevan acento ortogrfico,
como "rer" y "or", cuando la obra fue publicada no llevaban acento
ortogrfico.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripcin ha
sido el de respetar las reglas de la Real Academia Espaola vigentes
en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de
Diccionarios Acadmicos de la Real Academia Espaola.

Errores evidentes de impresin y de puntuacin han sido
corregidos.

La cubierta del libro en la versin HTML fue creada por el Transcriptor
y ha sido puesta en el dominio pblico.

El ndice de captulos ha sido trasladado al principio de la obra a
continuacin del prlogo.

                   *       *       *       *       *

                          COLECCIN UNIVERSAL


                        Leopoldo Alas (Clarn)

                    EL SEOR Y LO DEMS SON CUENTOS


                                MCMXIX


                                                 ES PROPIEDAD
                                          Copyright by Leopoldo Alas
                                               Argelles. 1919.


       Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAOLA.


                          COLECCIN UNIVERSAL

                             LEOPOLDO ALAS
                               (CLARN)




                               El Seor
                        y lo dems son cuentos

                            [Illustration]

                           MADRID-BARCELONA
                                MCMXIX


          Tipogrfica Renovacin (C. A.), Larra, 8.--MADRID




_Uno de los nombres ms admirados--y temidos--de nuestra literatura
contempornea ha sido el de Leopoldo Alas, que hizo famoso el seudnimo
de_ Clarn. _Fu profesor de Derecho, escribi tratados de Filosofa
del Derecho, artculos de crtica, cuentos, novelas, y en todo cuanto
hizo, en sus escritos, en sus clases, en sus conversaciones, dej
la huella de un alto espritu de sinceridad moral, de un ingenio
agudsimo, de una honda sensibilidad, de un dominio absoluto del arte
literario._

_Naci en 1852 en Zamora, siendo su padre gobernador civil de aquella
provincia. La familia, asturiana de origen, regres pronto a la
tierra cantbrica, cuando_ Clarn _contaba an pocos meses de edad.
En Asturias se cri_ Clarn; _all estudi y termin la carrera de
Derecho. Aficionado a la literatura desde nio, pas a Madrid a
estudiar Filosofa y Letras, por los aos del reinado de D. Amadeo. En
la corte, no slo se entreg a sus estudios, sino que se dedic tambin
al cultivo de la crtica en los peridicos satricos ms conocidos
entonces. Comenz a firmar sus trabajos con el seudnimo de_ Clarn
_en_ El Solfeo.

_En 1881 obtuvo, por oposicin, la ctedra de Economa poltica de la
Universidad de Zaragoza. Poco tiempo despus consigui trasladarse a
Oviedo, ciudad en que vivi hasta su muerte. Explic Derecho romano y
Derecho natural. Desde la capital asturiana prosigui su labor crtica
y literaria, escribiendo los maravillosos cuentos que reedita ahora la_
"Coleccin Universal"; _sus novelas_ La regenta, Su nico hijo, _los
artculos de crtica, en fin, amontonando esa tan copiosa como valiosa
produccin, cuyos caracteres, originales y profundos, aguardan an un
estudio detenido que determine la aportacin de_ Clarn _al patrimonio
de nuestra cultura_.

_Fu su personalidad complejsima. No cabe analizarla en esta breve
resea. Crtico severo, implacable, derrib muchas reputaciones
ficticias y alent juveniles mritos. Cuentista incomparable, supo
apresar en la brevedad de unas pginas la emocin tierna o fuerte.
Novelista, ha dejado en_ La Regenta _una de nuestras mejores obras
modernas. Por ltimo fu maestro, un maestro tan sugestivo como
apasionado, que derramaba en los espritus jvenes, con la sal de su
ingenio, la fecunda lluvia de su ciencia y la ternura de su corazn.
Los que han tenido la fortuna de ser discpulos de_ Clarn _guardan de
l un recuerdo imborrable_.




                                NDICE


                                                            PG.

        El Seor                                             7

        Adis, Cordera!                                    34

        Cambio de luz                                       49

        El Centauro                                         70

        Rivales                                             77

        Protesto                                            96

        La yernocracia                                     108

        Un viejo verde                                     116

        Cuento futuro                                      127

        Un Jornalero                                       165

        Benedictino                                        178

        La Ronca                                           196

        La rosa de oro                                     210




                               EL SEOR

                                   I

No tena ms consuelo temporal la viuda del capitn Jimnez que la
hermosura de alma y de cuerpo que resplandeca en su hijo. No poda
lucirlo en paseos y romeras, teatros y tertulias, porque respetaba
ella sus tocas; su tristeza la inclinaba a la iglesia y a la soledad,
y sus pocos recursos la impedan, con tanta fuerza como su deber,
malgastar en galas, aunque fueran del nio. Pero no importaba: en la
calle, al entrar en la iglesia, y aun dentro, la hermosura de Juan
de Dios, de tez sonrosada, cabellera rubia, ojos claros, llenos de
precocidad amorosa, hmedos, ideales, encantaba a cuantos le vean.
Hasta el seor Obispo, varn austero que andaba por el templo como
temblando de santo miedo a Dios, ms de una vez se detuvo al pasar
junto al nio, cuya cabeza dorada brillaba sobre el humilde trajecillo
negro como un vaso sagrado entre los paos de enlutado altar; y sin
poder resistir la tentacin, el buen mstico, que tantas venca, se
inclinaba a besar la frente de aquella dulce imagen de los ngeles,
que cual un genio familiar frecuentaba el templo.

Los muchos besos que le daban los fieles al entrar y al salir de la
iglesia, transentes de todas clases en la calle, no le consuman ni
marchitaban las rosas de la frente y de las mejillas; sacbanles como
un nuevo esplendor, y Juan, humilde hasta el fondo del alma, con la
gratitud al general cario, se enardeca en sus instintos de amor a
todos, y se dejaba acariciar y admirar como una santa reliquia que
empezara a tener conciencia.

Su sonrisa, al agradecer, centuplicaba su belleza, y sus ojos acababan
de ser vivo smbolo de la felicidad inocente y piadosa al mirar en los
de su madre la misma inefable dicha. La pobre viuda, que por dignidad
no poda mendigar el pan del cuerpo, recoga con noble ansia aquella
cotidiana limosna de admiracin y agasajo para el alma de su hijo, que
entre estas flores, y otras que el jardn de la piedad le ofreca en
casa, iba creciendo lozana, sin mancha, pursima, lejos de todo mal
contacto, como si fuera materia sacramental de un culto que consistiese
en cuidar una azucena.

Con el hbito de levantar la cabeza a cada paso para dejarse acariciar
la barba, y ayudar, empinndose, a las personas mayores que se
inclinaban a besarle, Juan haba adquirido la costumbre de caminar con
la frente erguida; pero la humildad de los ojos quitaba a tal gesto
cualquier asomo de expresin orgullosa.


                                  II

Cual una abeja sale al campo a hacer acopio de dulzuras para sus
mieles, Juan recoga en la calle, en estas muestras generales de lo
que l crea universal cario, cosecha de buenas intenciones, de nimo
piadoso y dulce, para el secreto labrar de msticas puerilidades, a
que se consagraba en su casa, bien lejos de toda idea vana, de toda
presuncin por su hermosura; ajeno de s propio, como no fuera en el
sentir los goces inefables que a su imaginacin de santo y a su corazn
de ngel ofreca su nico juguete de nio pobre, ms hecho de fantasas
y de combinaciones ingeniosas que de oro y oropeles. Su juguete nico
era su altar, que era su orgullo.

O yo observo mal, o los nios de ahora no suelen tener altares.
Compadezco principalmente a los que hayan de ser poetas.

El altar de Juan, _su fiesta_, como se llamaba en el pueblo en que
viva, era el poema mstico de su niez, poema hecho, si no de piedra,
como una catedral, de madera, plomo, talco, y sobre todo, luces de
cera. Tenalo en un extremo de su propia alcoba, y en cuanto poda,
en cuanto le dejaban a solas, libre, cerraba los postigos de la
ventana, cerraba la puerta, y se quedaba en las tinieblas amables,
que iba as como taladrando con estrellitas, que eran los puntos de
luz amarillenta, suave, de las velas de su santuario, delgadas como
juncos, que pronto consuma, cual dbiles cuerpos virginales que
derrite un amor, el fuego. Hincado de rodillas delante de su altar,
sentado sobre los talones, Juan, artista y mstico a la vez, amaba
su obra, el tabernculo minsculo con todos sus santos de plomo, sus
resplandores de talco, sus misterios de muselina y crespn, restos de
antiguas glorias de su madre cuando brillaba en el mundo, digna esposa
de un bizarro militar; y amaba a Dios, el Padre de sus padres, del
mundo entero, y en este amor de su misticismo infantil tambin adoraba,
sin saberlo, su propia obra, las imgenes de inenarrable inocencia,
frescas, lozanas, de la religiosidad naciente, confiada, feliz,
soadora. El universo para Juan vena a ser como un gran nido que
notaba en infinitos espacios; las criaturas piaban entre las blandas
plumas pidiendo a Dios lo que queran, y Dios, con alas, iba y vena
por los cielos, trayendo a sus hijos el sustento, el calor, el cario,
la alegra.

Horas y ms horas consagraba Juan a su altar, y hasta el tiempo
destinado a sus estudios le serva para su _fiesta_, como todos los
regalos y obsequios en metlico, que de vez en cuando reciba, los
aprovechaba para la _corbona_ o el gazofilacio de su iglesia. De sus
estudios de catecismo, de las fbulas, de la historia sagrada y aun de
la profana, sacaba partido, aunque no tanto como de su imaginacin,
para los sermones que se predicaba a s mismo en la soledad de su
alcoba, hecha templo, figurndose ante una multitud de pecadores
cristianos. Era su plpito un antiguo silln, mueble tradicional en
la familia; que haba sido como un regazo para algunos abuelos caducos
y ltimo lecho del padre de Juan. El nio se pona de rodillas sobre
el asiento, apoyaba las manos en el respaldo, y desde all predicaba
al silencio y a las luces que chisporroteaban, lleno de uncin,
arrebatado a veces por una elocuencia interior que en la expresin
material se traduca en frases incoherentes, en gritos de entusiasmo,
algo parecido a la _glosolalia_ de las primitivas iglesias. A veces,
fatigado de tanto sentir, de tanto perorar, de tanto imaginar, Juan de
Dios apoyaba la cabeza sobre las manos, haciendo almohada del antepecho
de su plpito; y, con lgrimas en los ojos, se quedaba como en xtasis,
vencido por la elocuencia de sus propios pensares, enamorado de aquel
mundo de pecadores, de ovejas descarriadas que l se figuraba delante
de su ctedra apostlica, y a las que no saba cmo persuadir para que,
cual l, se derritiesen en caridad, en fe, en esperanza, habiendo en el
cielo y en la tierra tantas razones para amar infinitamente, ser bueno,
creer y esperar. De esta precocidad sentimental y mstica apenas saba
nadie; de aquel llanto de entusiasmo piadoso, que tantas veces fu
roco de la dulce infancia de Juan, nadie supo en el mundo jams: ni su
madre.


                                  III

Pero s de sus consecuencias; porque, como los ros van a la mar, toda
aquella piedad corri naturalmente a la Iglesia. La pasin mstica del
nio hermoso de alma y cuerpo fu convirtindose en cosa seria; todos
la respetaron; su madre cifr en ella, ms que su orgullo, su dicha
futura; y sin obstculo alguno, sin dudas propias ni vacilaciones de
nadie, Juan de Dios entr en la carrera eclesistica; del altar de su
alcoba pas al servicio del altar de veras, del altar _grande_ con que
tantas veces haba soado.

Su vida en el seminario fu una guirnalda de triunfos de la virtud,
que l apreciaba en lo que valan, y de triunfos acadmicos que,
con mal fingido disimulo, despreciaba. S; finga estimar aquellas
coronas que hasta en las cosas santas se tejen para la vanidad; y
finga por no herir el amor propio de sus maestros y de sus mulos.
Pero, en realidad, su corazn era ciego, sordo y mudo para tal casta
de placeres; para l, ser ms que otros, valer ms que otros, era
una apariencia, una diablica invencin; nadie vala ms que nadie;
toda dignidad exterior, todo grado, todo premio eran fuegos fatuos,
intiles, sin sentido. Emular glorias era tan vano, tan soso, tan
intil como discutir; la fe defendida con argumentos le pareca
semejante a la fe defendida con la cimitarra o con el fusil. Atraves
por la filosofa escolstica y por la teologa dogmtica sin la sombra
de una duda; supo mucho, pero a l todo aquello no le serva para
nada. Haba pedido a Dios, all cuando nio, que la fe se la diera de
granito, como una fortaleza que tuviese por cimientos las entraas de
la tierra, y Dios se lo haba prometido con voces interiores, y Dios no
faltaba a su palabra.

A pesar de su carrera brillante, excepcional, Juan de Dios, con humilde
entereza, hizo comprender a su madre y a sus maestros y padrinos que
con l no haba que contar para convertirle en una _lumbrera_, para
hacerle famoso y elevarle a las altas dignidades de la Iglesia. Nada
de plpito; bastante se haba predicado a s mismo desde el silln de
sus abuelos. La altura de la _ctedra_ era como un despeadero sobre
una sima de tentacin: el orgullo, la vanidad, la falsa ciencia estaban
all, con la boca abierta, monstruos terribles, en las obscuridades
del abismo. No condenaba a nadie; respetaba la vocacin de obispos y
de Crisstomos que tenan otros, pero l no quera ni medrar ni subir
al plpito. No quiso pasar de coadjutor de San Pedro, su parroquia.
"Predicar! ah! s--pensaba.--Pero no a los creyentes. Predicar...
all... muy lejos, a los infieles, a los salvajes; no a las Hijas de
Mara que pueden ensearme a m a creer y que me contestan con suspiros
de piedad y cnticos cristianos: predicar ante una multitud que me
contesta con flechas, con tiros, que me cuelga de un rbol, que me
descuartiza."

La madre, los padrinos, los maestros, que haban visto claramente
cun natural era que el nio de aquella _fiesta_, de aquel altar,
fuera sacerdote, no vean la ltima consecuencia, tambin muy natural,
necesaria, de semejante vocacin, de semejante vida... el martirio:
la sangre vertida por la fe de Cristo. S, se era su destino, sa su
elocuencia viril. El nio haba predicado, jugando, con la boca; ahora
el hombre deba predicar, de una manera ms seria, por las bocas de
cien heridas...

Haba que abandonar la patria, dejar a la madre; le esperaban las
misiones de Asia; cmo no lo haban visto tan claramente como l su
madre, sus amigos?

La viuda, ya anciana, que se haba resignado a que su Juan no fuera
_ms que santo_, no fuera una columna muy visible de la Iglesia, ni un
gran sacerdote, al llegar este nuevo desengao, se resisti con todas
sus fuerzas de madre.

"El martirio no! La ausencia no! Dejarla sola, imposible!"

La lucha fu terrible; tanto ms, cuanto que era lucha sin odios, sin
ira, de amor contra amor: no haba gritos, no haba malas voluntades;
pero sangraban las almas.

Juan de Dios sigui adelante con sus preparativos; fu procurndose la
situacin propia del que puede entrar en el servicio de esas avanzadas
de la fe, que tienen casi seguro el martirio... Pero al llegar el
momento de la separacin, al arrancarle las entraas a la madre viva...
Juan sinti el primer estremecimiento de la religiosidad humana, fu
caritativo con la sangre propia, y no pudo menos de ceder, de sucumbir,
como l se dijo.


                                  IV

Renunci a las misiones de Oriente, al martirio probable, a la poesa
de sus ensueos, y se redujo a buscar las grandezas de la vida buena
ahondando en el alma, prescindiendo del espacio. _Por fuera_ ya no
sera nunca nada ms que el coadjutor de San Pedro. Pero en adelante
le faltaba un resorte moral a su vida interna; faltaba el imn que
le atraa; senta la nostalgia enervante de un porvenir desvanecido.
"No siendo un mrtir de la fe, qu era l? Nada." Supo lo que era
melancola, desequilibrio del alma, por la primera vez. Su estado
espiritual era muy parecido al del amante verdadero que padece el
desengao de un nico amor. Le rodeaba una especie de vaco que le
espantaba; en aquella nada que vea en el porvenir caban todos los
misterios peligrosos que el miedo poda imaginar.

Puesto que no le dejaban ser mrtir, verter la sangre, tena terror al
enemigo que llevara dentro de s, a lo que querra hacer la sangre que
aprisionaba dentro de su cuerpo. En qu emplear tanta vida? "Yo no
puedo ser, pensaba, un ngel sin alas; las virtudes que yo podra tener
necesitaban espacio; otros horizontes, otro ambiente: no s portarme
como los dems sacerdotes, mis compaeros. Ellos valen ms que yo, pues
saben ser buenos en una jaula."

Como una expansin, como un ejercicio, busc en la clase de trabajo
profesional que ms se pareca a su vocacin abandonada una especie
de consuelo: se dedic principalmente a visitar enfermos de dudosa
fe, a evitar que las almas se despidieran del mundo sin apoyar la
frente el que mora en el hombro de Jess, como San Juan en la
sublime noche eucarstica. Por dificultades materiales, por incuria
de los fieles, a veces por escaso celo de los clrigos, ello era que
muchos moran sin todos los Sacramentos. Infelices heterodoxos de
superficial incredulidad, en el fondo cristianos; cristianos tibios,
buenos creyentes descuidados, pasaban a otra vida sin los consuelos
del _oleum infirmorum_, sin el aceite santo de la Iglesia..., y como
Juan crea firmemente en la espiritual eficacia de los Sacramentos, su
caridad fervorosa se empleaba en suplir faltas ajenas, multiplicndose
en el servicio del Vitico, vigilando a los enfermos de peligro y a
los moribundos. Corra a las aldeas prximas, adonde alcanzaba la
parroquia de San Pedro; aun iba ms lejos, a procurar que se avivara
el celo de otros sacerdotes en misin tan delicada e importante. Para
muchos esta especialidad del celo religioso de Juan de Dios no ofreca
el aspecto de grande obra caritativa; para l no haba mejor modo de
reemplazar aquella otra gran empresa a que haba renunciado por amor a
su madre. Dar limosna, consolar al triste, aconsejar bien, todo eso lo
haca l con entusiasmo...; pero lo principal era lo otro. Llevar _el
Seor_ a quien lo necesitaba. Conducir las almas hasta la puerta de la
salvacin, darles para la noche obscura del viaje eterno la antorcha
de la fe, el Gua Divino... el mismo Dios! Qu mayor caridad que sta?


                                   V

Mas no bastaba. Juan presenta que su corazn y su pensamiento
buscaban vida ms fuerte, ms llena, ms potica, ms ideal. Las
lejanas aventuras apostlicas con una catstrofe santa por desenlace
le hubieran satisfecho; la conciencia se lo deca: aquella poesa
bastaba. Pero esto de ac no. Su cuerpo robusto, de hierro, que pareca
predestinado a las fatigas de los largos viajes, a la lucha con los
climas enemigos, le daba gritos extraos con mil punzadas en los
sentidos. Comenz a observar lo que nunca haba notado antes, que sus
compaeros luchaban con las tentaciones de la carne. Una especie de
remordimiento y de humildad mal entendida le llev a la aprensin de
empearse en sentir en s mismo aquellas tentaciones que vea en otros
a quien deba reputar ms perfectos que l. Tales aprensiones fueron
como una sugestin, y por fin sinti la carne y triunf de ella, como
los ms de sus compaeros, por los mismos sabios remedios dictados por
una santa y tradicional experiencia. Pero sus propios triunfos le daban
tristeza, le humillaban. l hubiera querido vencer sin luchar; no saber
en la vida de semejante guerra. Al pisotear a los sentidos rebeldes, al
encadenarlos con crueldad refinada, les guardaba rencor inextinguible
por la traicin que le hacan; la venganza del castigo no le apagaba
la ira contra la carne. "All lejos--pensaba--no hubiera habido esto;
mi cuerpo y mi alma hubieran sido una armona."


                                  VI

As viva, cuando una tarde, paseando, ya cerca del obscurecer, por la
plaza, muy concurrida de San Pedro, sinti el choque de una mirada que
pareca ocupar todo el espacio con una infinita dulzura. Por sitios
de las entraas que l jams haba sentido, se le pase un escalofro
sublime, como si fuera precursor de una muerte de delicias: o todo iba
a desvanecerse en un suspiro de placer universal, o el mundo iba a
transformarse en un paraso de ternuras inefables. Se detuvo; se llev
las manos a la garganta y al pecho. La misma conciencia, una muy honda,
que le haba dicho que _all lejos_ se habra satisfecho brindando
con la propia sangre al amor divino, ahora le deca, no ms clara: "O
aquello o esto." Otra voz, ms profunda, menos clara, aadi: "Todo es
uno." Pero "no"--grit el alma del buen sacerdote--: "Son dos cosas;
sta ms fuerte, aqulla ms santa. Aqulla para m, sta para otros."
Y la voz de antes, la ms honda, replic: "No se sabe."

La mirada haba desaparecido. Juan de Dios se repuso un tanto y sigui
conversando con sus amigos, mientras de repente le asaltaba un recuerdo
mezclado con la reminiscencia de una sensacin lejana. Oli, _con la
imaginacin_, a agua de colonia, y vi sus manos blancas y pulidas
extendindose sobre un grupo de fieles para que se las besaran. l era
un misacantano, y entre los que le besaban las manos perfumadas, las
puntas de los dedos, estaba un nia rubia, de abundante cabellera de
seda rizada en ondas, de ojos negros, plida, de expresin de inocente
picarda mezclada con gesto de melanclico y como vergonzante pudor.
Aqullos eran los que acababan de mirarle. La nia era ya una joven
esbelta, no muy alta, delgada, de una elegancia como enfermiza, como
una diosa de la fiebre. El amor por aquella mujer tena que ir mezclado
con dulcsima caridad. Se la deba querer tambin para cuidarla. Tena
un novio que no saba de estas cosas. Era un joven muy rico, muy
fatuo, mimado por la fortuna y por sus padres. Tena la mejor jaca de
la ciudad, el mejor tlburi, la mejor ropa; quera tener la novia ms
bonita. Los diez y seis aos de aquella nia fueron como una salida
del sol, en que se fij todo el mundo, que deslumbr a todos. De los
diez y seis a los diez y ocho la enfermedad que de aos atrs ayudaba
tanto a la hermosura de la rubia, que tanto haba sufrido, desapareci
para dejar paso a la juventud. Durante estos dos aos, Rosario, as
se llamaba, hubiera sido en absoluto feliz... si su novio hubiese
sido otro; pero el de la mejor jaca, el del mejor coche la quiso por
vanidad, para que le tuvieran envidia; y aunque para entrar en su
casa (de una viuda pobre tambin, como la madre de Juan, tambin de
costumbres cristianas) tuvo que prometer seriedad, y muy pronto se vi
obligado a prometer prxima y segura coyunda, lo hizo aturdido, con
la vaga conciencia de que no faltara quien le ayudara a faltar a su
palabra. Fueron sus padres, que queran algo mejor (ms dinero) para su
hijo.

El pollo se fu a viajar, al principio de mala gana; volvi y al
emprender el segundo viaje ya iba contento. Y as siguieron aquellas
relaciones, con grandes intermitencias de viajes, cada vez ms largos.
Rosario estaba enamorada, padeca... pero tena que perdonar. Su madre,
la viuda, disimulaba tambin, porque si el caprichoso galn dejaba a su
hija el desengao poda hacerla mucho mal; la enfermedad, acaso oculta,
poda reaparecer, tal vez incurable. A los diez y ocho aos Rosario era
la rubia ms espiritual, ms hermosa de su pueblo; sus ojos negros,
grandes y apasionados dolorosamente, los ms bellos, los ms poticos
ojos...; pero ya no era el sol que sala. Estaba acaso ms interesante
que nunca, pero al vulgo ya no se lo pareca. "Se seca"--decan
brutalmente los muchachos que la haban admirado, y pasaban ahora de
tarde en tarde por la solitaria plazoleta en que Rosario viva.


                                  VII

Entonces fu cuando Juan de Dios tropez con su mirada en la plaza de
San Pedro. La historia de aquella joven lleg a sus odos, a poco que
quiso escuchar, por boca de los mismos amigos suyos, sacerdotes y todo.
Estaba el novio ausente; era la quinta o sexta ausencia, la ms larga.
La enfermedad volva. Rosario luchaba; sala con su madre porque no
dijeran; pero la renda el mal, y pasaba temporadas de ocho y quince
das en el lecho.

Las tristezas de la niez enfermiza volvan, ms ahora con la nueva
amargura del amor burlado, escarnecido. S, escarnecido; ella lo
iba comprendiendo; su madre tambin, pero se engaaban mutuamente.
Fingan creer en la palabra y en el amor del que no volva. Las cartas
del ricacho escaseaban, y como era l poco escritor, dejaban ver la
frialdad, la distraccin con que _se redactaban_. Cada carta era una
alegra al llegar, un dolor al leerla. Todo el bien que las recetas y
los consejos higinicos del mdico podan causar en aquel organismo
dbil, que se consuma entre ardores y melancolas, quedaba deshecho
cada pocos das por uno de aquellos infames papeles.

Y ni la madre ni la hija procuraban un rompimiento que aconsejaba la
dignidad, porque cada una a su modo, teman una catstrofe. Haba, lo
deca el doctor, que evitar una emocin fuerte. Era menos malo dejarse
matar poco a poco.

La dignidad se defenda a fuerza de engaar al pblico, a los
maliciosos que acechaban.

Rosario, cuando la salud lo consenta, trabajaba junto a su balcn,
con rostro risueo, desdeando las miradas de algunos adoradores que
pasaban por all; pero no el trato del mundo como en los mejores das
de sus amores y de su dicha. A veces la verdad poda ms que ella y se
quedaba triste y sus miradas pedan socorro para el alma...

Todo esto, y ms, acab por notarlo Juan de Dios, que para ir a muchas
partes pasaba desde entonces por la plazoleta en que viva Rosario. Era
una rinconada cerca de la iglesia de un convento que tena una torre
esbelta, que en las noches de luna, en las de cielo estrellado y en las
de vaga niebla, se destacaba romntica, tiendo de poesa mstica todo
lo que tena a su sombra, y sobre todo el rincn de casas humildes que
tena al pie como a su amparo.


                                 VIII

Juan de Dios no di nombre a lo que senta, ni aun al llegar a verlo en
forma de remordimiento. Al principio aturdido, subyugado con el egosmo
invencible del placer, no hizo ms que gozar de su estado. Nada peda,
nada deseaba; slo vea que ya haba para qu vivir, sin morir en Asia.

Pero a la segunda vez que por casualidad su mirada volvi a encontrarse
con la de Rosario, apoyada con tristeza en el antepecho de su balcn,
Juan tuvo miedo a la intensidad de sus emociones, de aquella sensacin
dulcsima, y aplic groseramente nombres vulgares a su sentimiento. En
cuanto la palabra interior pronunci tales nombres, la conciencia se
puso a dar terribles gritos, y tambin dict sentencia con palabras
terminantes, tan groseras e inexactas como los nombres aqullos. "Amor
sacrlego, tentacin de la carne." "De la carne!" Y Juan estaba
seguro de no haber deseado jams ni un beso de aquella criatura: nada
de aquella _carne_, que ms le enamoraba cuanto ms se desvaneca.
"Sofisma, sofisma!", gritaba el moralista oficial, el telogo...
y Juan se horrorizaba a s mismo. No haba ms remedio. Haba que
confesarlo. Esto era peor!

Si la plasticidad tosca, grosera, injusta con que se representaba a
s propio su sentir era ya cosa tan diferente de la verdad inefable,
_incalificable_ de su pasin, o lo que fuera, cunto ms impropio,
injusto, grosero, desacertado, incongruente haba de ser el juicio que
_otros_ pudieran formar al _oirle_ confesar lo que senta, pero sin
_oirle_ sentir? Juan, confusamente, comprenda estas dificultades:
que iba a ser injusto consigo mismo, que iba a alarmar excesivamente
al padre espiritual... No caba explicarle la cosa bien! Busc un
compaero discreto, de experiencia. El compaero no le comprendi. Vi
el pecado mayor, por lo mismo que era _romntico_, _platnico_. "Era
que el diablo se disfrazaba bien; pero all andaba el diablo."

Al oir de labios ajenos aquellas imposturas que antes se deca l a
s mismo, Juan sinti voces interiores que salan a la defensa de
su idealidad herida, profanada. Ni la clase de penitencia que se le
impona, ni los consejos de higiene moral que le daban, tenan nada
que ver con su _nueva vida_: era otra cosa. Cambi de confesor y
no cambi de sentencia ni de pronsticos. Ms irritada cada vez la
conciencia de la justicia en l, se revolva contra aquella torpeza
para entenderla. Y, sin darse cuenta de lo que haca, cambi el rumbo
de su confesin; presentaba el caso con nuevo aspecto, y los nuevos
confesores llegaron a convencerse de que se trataba de una tontera
sentimental, de una ociosidad pseudomstica, de una cosa tan insulsa
como inocente.

Lleg da en que al abordar este captulo el confesor le mandaba pasar
a otra materia, sin oirle aquellos _platonismos_. Hubo ms. Lo mismo
Juan que sus sagrados confidentes, llegaron a notar que aquel ensueo
difuso, inexplicable, coincida, si no era causa, con una disposicin
ms refinada en la moralidad del penitente: si antes Juan no caa en
las tentaciones groseras de la carne, las senta a lo menos; ahora,
no... jams. Su alma estaba ms pura de esta mancha que en los mejores
tiempos de su esperanza de martirio en Oriente. Hubo un confesor, tal
vez indiscreto, que se detuvo a considerar el caso, aunque se guard de
convertir la observacin en receta. Al fin, Juan acab por callar en el
confesonario todo lo referente a esta situacin de su alma; y pues l
slo en rigor poda comprender lo que le pasaba, porque lo senta, l
solo vino a ser juez y espa y director de s mismo en tal aventura.
Pas tiempo, y ya nadie supo de la tentacin, si lo era, en que Juan
de Dios viva. Lleg a abandonarse a su adoracin como a una delicia
lcita, edificante.

De tarde en tarde, por casualidad siempre, pensaba l, los ojos de la
nia enferma, asomada a su balcn de la rinconada, se encontraban con
la mirada furtiva, de relmpago, del joven mstico, mirada en que haba
la misma expresin tierna, amorosa de los ojos del nio que algn da
todos acariciaban en la calle, en el templo.

Sin remordimiento ya, saboreaba Juan aquella dicha sin porvenir, sin
esperanza y sin deseos de mayor contento. No peda ms, no quera ms,
no poda haber ms.

No ambicionaba correspondencia que sera absurda, que le repugnara
a l mismo, y que rebajara a sus ojos la pureza de aquella mujer a
quien adoraba idealmente como si ya estuviera all en el cielo, en
lo inasequible. Con amarla, con saborear aquellos rpidos choques
de miradas tena bastante para ver el mundo iluminado de una luz
pursima, bandose en una armona celeste llena de sentido, de
vigor, de promesas ultraterrenas. Todos sus deberes los cumpla con
ms ahinco, con ms ansia; era un refresco espiritual sublime, de una
virtud mgica, aquella adoracin muda, inocente adoracin que no era
idoltrica, que no era un fetichismo, porque Juan saba supeditarla al
orden universal, al amor divino. S; amaba y veneraba las cosas por su
orden y jerarqua, slo que al llegar a la nia de la rinconada de las
Recoletas, el amor que se deba a todo se impregnaba de una dulzura
infinita que transcenda a los dems amores, al de Dios inclusive.

Para mayor prueba de la pureza de su idealidad, tena el dolor que le
acompaaba. Ah, s! Padeca ella, bien lo observaba Juan, y padeca
l. Era, en lo profano (qu palabra!--pensaba Juan), como el amor a la
Virgen de las Espadas, a la Dolorosa. En rigor, todo el amor cristiano
era as: amor doloroso, amor de luto, amor de lgrimas.


                                  IX

"Bien lo vea l; Rosario iba marchitndose. Luchaba en vano, finga
en vano." Juan la compadeca tanto como la amaba. Cuntas noches, al
mismo tiempo, estaran ella y l pidiendo a Dios lo mismo: que volviera
aquel hombre por quien se mora Rosario!--"S, se deca Juan, que
vuelva; yo no s lo que ser para m verle junto a ella, pero de todo
corazn le pido a Dios que vuelva. Por qu no? Yo no aspiro a nada;
yo no puedo tener celos; yo no quiero su cuerpo, ni aun de su alma ms
que lo que ella da sin querer en cada mirada que por azar llega a la
ma. Mi cario sera infame si no fuera as."--Juan no maldeca sus
manteos; no encontraba una cadena en su estado; no, cada vez era mejor
sacerdote, estaba ms contento de su destino. Mucho menos envidiaba
al clero protestante. Un discpulo de Jess casado... Ca! Imposible.
Absurdo. El protestantismo acabara por comprender que el matrimonio
de los clrigos es una torpeza, una fealdad, una falsedad que
desnaturaliza y empequeece la idea cristiana y la misin eclesistica.
Nada; todo estaba bien. l no peda nada para s; todo para ella.

Rosario deba estar muy sola en su dolor. No tena amigas. Su madre no
hablaba con ella de la pena en que pensaban siempre las dos. El mundo,
la _gente_, no compadeca, espiaba con frialdad maliciosa. Algunas
voces de lstima humillante con que los vecinos apuntaban la idea de
que Rosario se quedaba sin novio, enferma y pobre, ms vala, segn
Juan, que no llegasen a odos de la joven.

Slo l comparta su dolor, slo l sufra tanto como ella misma. Pero
la ley era que esto no lo supiera ella nunca. El mundo era as. Juan no
se sublevaba, pero le dola mucho.

Das y ms das contemplaba los postigos del balcn de Rosario,
entornados. El corazn se le suba a la garganta: "era que guardaba
cama; la debilidad la haba vencido hasta el punto de postrarla."
Sola durar semanas aquella tristeza de los postigos entornados;
entornados, sin duda, para que la claridad del da no hiciese dao a
la enferma. Detrs de los vidrios de otro balcn, Juan divisaba a la
madre de Rosario, a la viuda enlutada, que cosa por las dos, triste,
meditabunda, sin levantar cabeza. Qu solas estaban! No podan
adivinar que l, un transente, las acompaaba en su tristeza, en su
soledad, desde lejos... Hasta sera una ofensa para todos que lo
supieran.

Por la noche, cuando nadie poda sorprenderle, Juan pasaba dos, tres,
ms veces por la rinconada; la torre potica, misteriosa, o sumida
en la niebla, o destacndose en el cielo como con un limbo de luz
estelar, le ofreca en su silencio mstico un discreto confidente; no
dira nada del misterioso amor que presenciaba ella, cancin de piedra
elevada por la fe de las muertas generaciones al culto de otro amor
misterioso. En la casa humilde todo era recogimiento, silencio. Tal vez
por un resquicio sala del balcn una raya de luz. Juan, sin saberlo,
se embelesaba contemplando aquella claridad. "Si duerme ella, yo velo.
Si vela... quin le dira que un hombre, al fin soy un hombre, piensa
en su dolor y en su belleza espiritual, de ngel, aqu, tan cerca... y
tan lejos; desde la calle... y desde lo imposible? No lo sabr jams,
jams. Esto es absoluto: jams. Sabe que vivo? Se ha fijado en m?
Puede sospechar lo que siento? Adivin ella esta compaa de su
dolor?" Aqu empezaba el pecado. No, no haba que pensar en esto. Le
pareca, no slo sacrlega, sino ridcula, la idea de ser querido... a
lo menos as, como las mujeres solan querer a los hombres. No, entre
ellos no haba nada comn ms que la pena de ella, que l haba hecho
suya.


                                   X

Una tarde de julio un aclito de San Pedro busc a Juan de Dios, en su
paseo solitario por las alamedas, para decirle que corra prisa volver
a la iglesia para administrar el Vitico. Era la escena de todos los
das. Juan, segn su costumbre, poco conforme con la general, pero s
con las amonestaciones de la Iglesia, llevaba, adems de la Eucarista,
los Santos leos. El aclito que tocaba la campanilla delante del
triste cortejo, guiaba. Juan no haba preguntado _para quin era_; se
dejaba llevar. Not que el farol lo haba cogido un caballero y que los
cirios se haban repartido en abundancia entre muchos jvenes conocidos
de buen porte. Salieron a la plaza y las dos filas de luces rojizas que
el bochorno de la tarde tena como dormidas, se quebraron, paralelas,
torciendo por una calle estrecha. Juan sinti una aprensin dolorosa;
no poda ya preguntar a nadie, porque caminaba solo, aislado, por medio
del arroyo, con las manos unidas para sostener las Sagradas Formas.
Llegaron a la plazuela de las Descalzas, y las luces, tras el triste
lamento de la esquila, guindose como un rebao de espritus, mstico
y fnebre, subieron calle arriba por la de Cereros. En los Cuatro
Cantones, Juan vi una esperanza: si la campanilla segua de frente,
bajando por la calle de Plateras, bueno; si tiraba a la derecha,
tambin; pero si tomaba la izquierda... Tom por la izquierda, y por la
izquierda doblaban los cirios desapareciendo.

Juan sinti que la aprensin se le converta en terrible
presentimiento, en congoja fra, en temblor invencible. Apretaba
convulso su sagrada carga para no dejarla caer; los pies se le
enredaban en la ropa talar. El crepsculo en aquella estrechez, entre
casas altas, sombras, pobres, pareca ya la noche. Al fin de la calle,
larga, angosta, estaba la plazuela de las Recoletas. Al llegar a ella
mir Juan a la torre como preguntndole, como pidindole amparo...
Las luces tristes descendan hacia la rinconada, y las dos filas se
detuvieron a la puerta a que nunca haba osado llegar Juan de Dios en
sus noches de vigilia amorosa y sin pecado. La comitiva no se mova;
era l, Juan, el sacerdote, el que tena que seguir andando. Todos le
miraban, todos le esperaban. Llevaba a Dios.

Por eso, porque llevaban en sus manos _el Seor_, la salud del alma,
pudo seguir, aunque despacio, esperando a que un pie estuviera bien
firme sobre el suelo para mover el otro. No era l quien llevaba el
Seor, era el Seor quien le llevaba a l: iba agarrado al sacro
depsito que la Iglesia le confiaba como a una mano que del cielo le
tendieran. "Caer, no!" pensaba. Hubo un instante en que su dolor
desapareci para dejar sitio al cuidado absorbente de no caer.

Lleg al portal, inundado de luz. Subi la escalera, que jams haba
visto. Entr en una salita pobre, blanqueada, baja de techo. Un
altarcico improvisado estaba enfrente, iluminado por cuatro cirios.
Le hicieron torcer a la derecha, levantaron una cortina; y en una
alcoba pequea, humilde, pero limpia, fresca, santuario de casta
virginidad, en un lecho de hierro pintado, bajo una colcha de flores
de color de rosa, vi la cabeza rubia que jams se haba atrevido a
mirar a su gusto, y entre aquel esplendor de oro vi los ojos que le
haban transformado el mundo mirndole sin querer. Ahora le miraban
fijos, a l, slo a l. Le esperaban, le deseaban; porque llevaba el
bien verdadero, el que no es barro, el que no es viento, el que no es
mentira. Divino Sacramento! pens Juan que, a travs de su dolor, vi
como en un cuadro, en su cerebro, la ltima Cena y al apstol de su
nombre, al dulce San Juan, al bien amado, que desfalleciendo de amor
apoyaba la cabeza en el hombro del Maestro que les reparta en un poco
de pan su cuerpo.

El sacerdote y la enferma se hablaron por la vez primera en la vida.
De las manos de Juan recibi Rosario la Sagrada Hostia, mientras a los
pies del lecho, la madre, de rodillas, sollozaba.

Despus de comulgar, la nia sonri al que le haba trado aquel
consuelo. Procur hablar, y con voz muy dulce y muy honda dijo que le
conoca, que recordaba haberle besado las manos el da de su primera
misa, siendo ella muy pequea; y despus, que le haba visto pasar
muchas veces por la plazuela.

--"Debe usted de vivir por ah cerca..."

Juan de Dios contemplaba tranquilo, sin vergenza, sin remordimiento,
aquellos plidos, aquellos pobres msculos muertos, aniquilados.
"He aqu _la carne_ que yo adoraba, que yo adoro", pens sin miedo,
contento de s mismo en medio del dolor de aquella muerte. Y se acord
de las velas como juncos que tan pronto se consuman ardiendo en su
altar de nio.

Rosario misma pidi la Extremauncin. La madre dijo que era lo
convenido entre ellas. Era malo esperar demasiado. En aquella casa
no asustaban como sntomas de muerte estos santos cuidados de
la religin solcita. Juan de Dios comprendi que se trataba de
cristianas verdaderas, y se puso a administrar el ltimo sacramento sin
preparativos contra la aprensin y el miedo; nada tena que ver aquello
con la muerte, sino con la vida eterna. La presencia de Dios una en un
vnculo puro, sin nombre, aquellas almas buenas. Este tocado ltimo, el
supremo, lo hizo Rosario sonriente, aunque ya no pudo hablar ms que
con los ojos. Juan la ayud en l con toda la pureza espiritual de su
dignidad, sagrada en tal oficio. Todo lo meramente humano estaba all
como en suspenso.

Pero hubo que separarse. Juan de Dios sali de la alcoba, atraves la
sala, lleg a la escalera... y pudo bajarla porque llevaba _el Seor_
en sus manos. A cada escaln tema desplomarse. Haciendo eses lleg
al portal. El corazn se le rompa. La transfiguracin de all arriba
haba desaparecido. Lo humano, puro tambin a su modo, volva a
borbotones.

"No volvera a ver aquellos ojos!" Al primer paso que di en la
calle, Juan se tambale, perdi la vista y vino a tierra. Cay sobre
las losas de la acera. Le levantaron; recobr el sentido. El _oleum
infirmorum_ corra lentamente sobre la piedra bruida. Juan, aterrado,
pidi algodones, pidi fuego; se tendi de bruces, empap el algodn,
quem el lquido vertido, enjug la piedra lo mejor que pudo. Mientras
se afanaba, el rostro contra la tierra, secando la losa, sus lgrimas
corran y caan, mezclndose con el leo derramado. Ces el terror. En
medio de su tristeza infinita se sinti tranquilo, sin culpa. Y una voz
honda, muy honda, mientras l trabajaba para evitar toda profanacin,
frotando la piedra manchada de aceite, le deca en las entraas:

"No queras el martirio por amor Mo? Ah le tienes. Qu importa en
Asia o aqu mismo? El dolor y Yo estamos en todas partes."




                           ADIS, CORDERA!


Eran tres: siempre los tres! Rosa, Pinn y la _Cordera_.

El _prao_ Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde
tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus
ngulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a
Gijn. Un palo del telgrafo, plantado all como pendn de conquista,
con sus _jcaras_ blancas y sus alambres paralelos, a derecha e
izquierda, representaba para Rosa y Pinn el ancho mundo desconocido,
misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinn, despus de pensarlo
mucho, cuando a fuerza de ver das y das el poste tranquilo,
inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea
y parecerse todo lo posible a un rbol seco, fu atrevindose con l,
llev la confianza al extremo de abrazarse al leo y trepar hasta cerca
de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que
le recordaba las _jcaras_ que haba visto en la rectoral de Puao. Al
verse tan cerca del misterio sagrado, le acometa un pnico de respeto,
y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el csped.

Rosa, menos audaz, pero ms enamorada de lo desconocido, se contentaba
con arrimar el odo al palo del telgrafo, y minutos, y hasta cuartos
de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metlicos que el
viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre.
Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasn, que,
aplicado al odo, parece que quema con su vertiginoso latir, eran para
Rosa los _papeles_ que pasaban, las _cartas_ que se escriban por los
_hilos_, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo
ignorado; ella no tena curiosidad por entender lo que los de all,
tan lejos, decan a los del otro extremo del mundo. Qu le importaba?
Su inters estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su
misterio.

La _Cordera_, mucho ms formal que sus compaeros, verdad es que,
relativamente, de edad tambin mucho ms madura, se abstena de toda
comunicacin con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del
telgrafo, como lo que era para ella, efectivamente, como cosa muerta,
intil, que no le serva siquiera para rascarse. Era una vaca que
haba vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos,
saba aprovechar el tiempo, meditaba ms que coma, gozaba del placer
de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como
quien alimenta el alma, que tambin tienen los brutos; y si no fuera
profanacin, podra decirse que los pensamientos de la vaca matrona,
llena de experiencia, deban de parecerse todo lo posible a las ms
sosegadas y doctrinales odas de Horacio.

Asista a los juegos de los pastorcicos encargados de _llindarla_,
como una abuela. Si pudiera, se sonreira al pensar que Rosa y Pinn
tenan por misin en el prado cuidar de que ella, la _Cordera_, no se
extralimitase, no se metiese por la va del ferrocarril ni saltara a la
heredad vecina. Qu haba de saltar! Qu se haba de meter!

Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada da menos, pero con
atencin, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad
necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y, despus, sentarse
sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el
deleite del no padecer, del dejarse existir: esto era lo que ella tena
que hacer, y todo lo dems aventuras peligrosas. Ya no recordaba cundo
le haba picado la mosca.

"El _xatu_ (el toro), los saltos locos por las praderas adelante...
todo eso estaba tan lejos!"

Aquella paz slo se haba turbado en los das de prueba de la
inauguracin del ferrocarril. La primera vez que la _Cordera_ vi pasar
el tren, se volvi loca. Salt la sebe de lo ms alto del Somonte,
corri por prados ajenos, y el terror dur muchos das, renovndose,
ms o menos violento, cada vez que la mquina asomaba por la trinchera
vecina. Poco a poco se fu acostumbrando al estrpito inofensivo.
Cuando lleg a convencerse de que era un peligro que pasaba, una
catstrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en
pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo;
ms adelante no haca ms que mirarle, sin levantarse, con antipata y
desconfianza; acab por no mirar al tren siquiera.

En Pinn y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones ms
agradables y persistentes. Si al principio era una alegra loca, algo
mezclada de miedo supersticioso, una excitacin nerviosa, que les
haca prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, despus
fu un recreo pacfico, suave, renovado varias veces al da. Tard
mucho en gastarse aquella emocin de contemplar la marcha vertiginosa,
acompaada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro
de s tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extraas.

Pero telgrafo, ferrocarril, todo eso, era lo de menos: un accidente
pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el _prao_
Somonte. Desde all no se vea vivienda humana; all no llegaban
ruidos del mundo ms que al pasar el tren. Maanas sin fin, bajo los
rayos del sol a veces, entre el zumbar de los insectos, la vaca y
los nios esperaban la proximidad del medioda para volver a casa. Y
luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado,
hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la
altura. Rodaban las nubes all arriba, caan las sombras de los rboles
y de las peas en la loma y en la caada, se acostaban los pjaros,
empezaban a brillar algunas estrellas en lo ms obscuro del cielo
azul, y Pinn y Rosa, los nios gemelos, los hijos de Antn de Chinta,
teida el alma de la dulce serenidad soadora de la solemne y seria
Naturaleza, callaban horas y horas, despus de sus juegos, nunca muy
estrepitosos, sentados cerca de la _Cordera_, que acompaaba el augusto
silencio de tarde en tarde con un blando son de perezosa esquila.

En este silencio, en esta calma inactiva, haba amores. Se amaban
los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la
misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto,
de cuanto los separaba; amaban Pinn y Rosa a la _Cordera_, la vaca
abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz pareca una cuna. La _Cordera_
recordara a un poeta la _zavala_ del Ramayana, la vaca santa; tena
en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pausados
y nobles movimientos, aires y contornos de dolo destronado, cado,
contento con su suerte, ms satisfecha con ser vaca verdadera que dios
falso. La _Cordera_, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede
decirse que tambin quera a los gemelos encargados de apacentarla.

Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en
sus juegos ella les serva de almohada, de escondite, de montura, y
para otras cosas que ideaba la fantasa de los pastores, demostraba
tcitamente el afecto del animal pacfico y pensativo.

En tiempos difciles, Pinn y Rosa haban hecho por la _Cordera_ los
imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antn de Chinta haba
tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva.
Aos atrs, la _Cordera_ tena que salir _a la gramtica_, esto es, a
apacentarse como poda, a la buena ventura de los caminos y callejas
de las rapadas y escasas praderas del comn, que tanto tenan de va
pblica como de pastos. Pinn y Rosa, en tales das de penuria, la
guiaban a los mejores altozanos, a los parajes ms tranquilos y menos
esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que estn expuestas
las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un
camino.

En los das de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba, y el
narvaso para _estrar_ el lecho caliente de la vaca faltaba tambin,
a Rosa y a Pinn deba la _Cordera_ mil industrias que la hacan ms
suave la miseria. Y qu decir de los tiempos heroicos del parto y la
cra, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo
de la _nacin_, y el inters de los Chintos, que consista en robar a
las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente
indispensable para que el ternero subsistiese! Rosa y Pinn, en tal
conflicto, siempre estaban de parte de la _Cordera_, y en cuanto haba
ocasin, a escondidas, soltaban el recental, que, ciego, y como loco,
a testaradas contra todo, corra a buscar el amparo de la madre, que le
albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solcita,
diciendo, a su manera:

--Dejad a los nios y a los recentales que vengan a m.

Estos recuerdos, estos lazos, son de los que no se olvidan.

Adase a todo que la _Cordera_ tena la mejor pasta de vaca sufrida
del mundo. Cuando se vea emparejada bajo el yugo con cualquier
compaera, fiel a la gamella, saba someter su voluntad a la ajena, y
horas y horas se la vea con la cerviz inclinada, la cabeza torcida, en
incmoda postura, velando en pie mientras la pareja dorma en tierra.

                   *       *       *       *       *

Antn de Chinta comprendi que haba nacido para pobre cuando palp la
imposibilidad de cumplir aquel sueo dorado suyo de tener un _corral_
propio con dos yuntas por lo menos. Lleg, gracias a mil ahorros, que
eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, lleg a la primera
vaca, la _Cordera_, y no pas de ah; antes de poder comprar la
segunda se vi obligado, para pagar atrasos al _amo_, el dueo de la
_casera_ que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de
sus entraas, la _Cordera_, el amor de sus hijos. Chinta haba muerto a
los dos aos de tener la _Cordera_ en casa. El establo y la cama del
matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas
de castao y de caas de maz. La Chinta, musa de la economa en aquel
hogar miserable, haba muerto mirando a la vaca por un boquete del
destrozado tabique de ramaje, sealndola como salvacin de la familia.

"Cuidadla, es vuestro sustento", parecan decir los ojos de la pobre
moribunda, que muri extenuada de hambre y de trabajo.

El amor de los gemelos se haba concentrado en la _Cordera_; el regazo,
que tiene su cario especial, que el padre no puede reemplazar, estaba
al calor de la vaca, en el establo, y all, en el Somonte.

Todo esto lo comprenda Antn a su manera, confusamente. De la venta
necesaria no haba que decir palabra a los _neos_. Un sbado de julio,
al ser de da, de mal humor Antn, ech a andar hacia Gijn, llevando
la _Cordera_ por delante, sin ms atavo que el collar de esquila.
Pinn y Rosa dorman. Otros das haba que despertarlos a azotes.
El padre los dej tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la
_Cordera_. "Sin duda, _mo p_ la haba llevado al _xatu_." No caba
otra conjetura. Pinn y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana;
crean ellos que no deseaba ms hijos, pues todos acababa por perderlos
pronto, sin saber cmo ni cundo.

Al obscurecer, Antn y la _Cordera_ entraban por la _corrada_ mohinos,
cansados y cubiertos de polvo. El padre no di explicaciones, pero los
hijos adivinaron el peligro.

No haba vendido, porque nadie haba querido llegar al precio que a l
se le haba puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cario.
Peda mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevrsela.
Los que se haban acercado a intentar fortuna se haban alejado
pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y
desafo al que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que l se
abroquelaba. Hasta el ltimo momento del mercado estuvo Antn de Chinta
en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. "No se dir, pensaba, que
yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la _Cordera_ en lo que
vale." Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo,
volvi a emprender el camino por la carretera de Cands adelante, entre
la confusin y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los
aldeanos de muchas parroquias del contorno conducan con mayor o menor
trabajo, segn eran de antiguo las relaciones entre dueos y bestias.

En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todava estuvo expuesto el
de Chinta a quedarse sin la _Cordera_; un vecino de Carri que le haba
rondado todo el da ofrecindole pocos duros menos de los que peda, le
di el ltimo ataque, algo borracho.

El de Carri suba, suba, luchando entre la codicia y el capricho
de llevar la vaca. Antn, como una roca. Llegaron a tener las manos
enlazadas, parados en medio de la carretera, interrumpiendo el paso...
Por fin, la codicia pudo ms; el pico de los cincuenta los separ
como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tir por su lado;
Antn, por una calleja que, entre madreselvas que an no florecan y
zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.

                   *       *       *       *       *

Desde aquel da en que adivinaron el peligro, Pinn y Rosa no
sosegaron. A media semana se _person_ el mayordomo en el _corral_ de
Antn. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel
con los _caseros_ atrasados. Antn, que no admita reprimendas, se puso
lvido ante las amenazas de desahucio.

El amo no esperaba ms. Bueno, vendera la vaca a vil precio, por una
merienda. Haba que pagar o quedarse en la calle.

El sbado inmediato acompa al Humedal Pinn a su padre. El nio
miraba con horror a los contratistas de carnes, que eran los tiranos
del mercado. La _Cordera_ fu comprada en su justo precio por un
rematante de Castilla. Se la hizo una seal en la piel y volvi a su
establo de Puao, ya vendida, ajena, taendo tristemente la esquila.
Detrs caminaban Antn de Chinta, taciturno, y Pinn, con ojos como
puos. Rosa, al saber la venta, se abraz al testuz de la _Cordera_,
que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.

"Se iba la vieja!"--pensaba con el alma destrozada Antn el hurao.

"Ella ser, era una bestia, pero sus hijos no tenan otra madre ni otra
abuela!"

Aquellos das en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era
fnebre. La _Cordera_, que ignoraba su suerte, descansaba y paca como
siempre, _sub specie ternitatis_, como descansara y comera un minuto
antes de que el brutal porrazo la derribase muerta. Pero Rosa y Pinn
yacan desolados, tendidos sobre la hierba, intil en adelante. Miraban
con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telgrafo. Era
aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado, y por otro el
que les llevaba su _Cordera_.

El viernes, al obscurecer, fu la despedida. Vino un encargado del
rematante de Castilla por la res. Pag; bebieron un trago Antn y
el comisionado, y se sac a la _quintana_ la _Cordera_, Antn haba
apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo
le animaba tambin. Quera aturdirse. Hablaba mucho, alababa las
excelencias de la vaca. El otro sonrea, porque las alabanzas de
Antn eran impertinentes. Que daba la res tantos y tantos _xarros_
de leche? Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? Y qu,
si dentro de pocos das haba de estar reducida a chuletas y otros
bocados suculentos? Antn no quera imaginar esto; se la figuraba viva,
trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de l y de sus hijos,
pero viva, feliz... Pinn y Rosa, sentados sobre el montn de _cucho_,
recuerdo para ellos sentimental de la _Cordera_ y de los propios
afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto.
En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos:
hubo de todo. No podan separarse de ella. Antn, agotada de pronto la
excitacin del vino, cay como en un marasmo; cruz los brazos, y entr
en el _corral_ obscuro.

Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos,
el triste grupo del indiferente comisionado y la _Cordera_, que iba
de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que
separarse. Antn, malhumorado, clamaba desde casa:

--Bah, bah, _neos_, ac vos digo; basta de _pamemes_!--As gritaba de
lejos el padre con voz de lgrimas.

Caa la noche; por la calleja obscura que hacan casi negra los altos
setos, formando casi bveda, se perdi el bulto de la _Cordera_, que
pareca negra de lejos. Despus no qued de ella ms que el _tintn_
pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los
chirridos melanclicos de cigarras infinitas.

--Adis, _Cordera_!--gritaba Rosa deshecha en llanto--. Adis,
_Cordera_ de _mo_ alma!

--Adis, _Cordera_!--repeta Pinn, no ms sereno.

--Adis--contest por ltimo, a su modo, la esquila, perdindose su
lamento triste, resignado, entre los dems sonidos de la noche de
julio en la aldea...

                   *       *       *       *       *

Al da siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinn y Rosa
fueron al _prao_ Somonte. Aquella soledad no lo haba sido nunca para
ellos, triste; aquel da, el Somonte sin la _Cordera_ pareca el
desierto.

De repente silb la mquina, apareci el humo, luego el tren. En un
furgn cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos,
vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas,
miraban por aquellos tragaluces.

--Adis, _Cordera_!--grit Rosa, adivinando all a su amiga, a la vaca
abuela.

--Adis, _Cordera_!--vocifer Pinn con la misma fe, enseando los
puos al tren, que volaba camino de Castilla.

Y, llorando, repeta el rapaz, ms enterado que su hermana de las
picardas del mundo:

--La llevan al Matadero... Carne de vaca, para comer los seores, los
curas... los indianos.

--Adis, _Cordera_!

--Adis, _Cordera_!

Y Rosa y Pinn miraban con rencor la va, el telgrafo, los smbolos
de aquel mundo enemigo, que les arrebataba, que les devoraba a su
compaera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus
apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones...

--Adis, _Cordera_!...

--Adis, _Cordera_!...

                   *       *       *       *       *

Pasaron muchos aos. Pinn se hizo mozo y se lo llev el rey. Arda
la guerra carlista. Antn de Chinta era casero de un cacique de los
vencidos; no hubo influencia para declarar intil a Pinn, que, por
ser, era como un roble.

Y una tarde triste de octubre, Rosa, en el _prao_ Somonte sola,
esperaba el paso del tren correo de Gijn, que le llevaba a sus nicos
amores, su hermano. Silb a lo lejos la mquina, apareci el tren en la
trinchera, pas como un relmpago. Rosa, casi metida por las ruedas,
pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de
pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los rboles,
al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequea, que
dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande,
al servicio de un rey y de unas ideas que no conocan.

Pinn, con medio cuerpo fuera de una ventanilla, tendi los brazos a
su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oir entre el estrpito de las
ruedas y la gritera de los reclutas la voz distinta de su hermano, que
sollozaba exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:

--Adis, Rosa!... Adis, _Cordera_!

--Adis, Pinn! Pinn de _mo_ alma!...

"All iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo.
Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma,
carne de can para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas."

Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba as la pobre hermana
viendo al tren perderse a los lejos, silbando triste, con silbido que
repercutan los castaos, las vegas y los peascos...

Qu sola se quedaba! Ahora s, ahora s que era un desierto el _prao_
Somonte.

--Adis, Pinn! Adis, _Cordera_!

Con qu odio miraba Rosa la va manchada de carbones apagados; con
qu ira los alambres del telgrafo. Oh! bien haca la _Cordera_ en
no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba
todo. Y sin pensarlo, Rosa apoy la cabeza sobre el palo clavado como
un pendn en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entraas
del pino seco su cancin metlica. Ahora ya lo comprenda Rosa. Era
cancin de lgrimas, de abandono, de soledad, de muerte.

En las vibraciones rpidas, como quejidos, crea oir, muy lejana, la
voz que sollozaba por la va adelante:

--Adis, Rosa! Adis, _Cordera_!




                             CAMBIO DE LUZ


A los cuarenta aos era D. Jorge Arial, para los que le trataban
de cerca, el hombre ms feliz de cuantos saben contentarse con una
_acerada_ mediana y con la paz en el trabajo y en el amor de los
suyos; y adems era uno de los mortales ms activos y que mejor saben
estirar las horas, llenndolas de substancia, de tiles quehaceres.
Pero de esto ltimo saban, no slo sus amigos, sino la gran multitud
de sus lectores y admiradores y discpulos. Del mucho trabajar, que
vean todos, no caba duda; mas de aquella dicha que los ntimos lean
en su rostro y observando su carcter y su vida, tena D. Jorge algo
que decir para sus adentros, slo para sus adentros, si bien no negaba
l, y hubiera tenido a impiedad inmoralsima el negarlo, que todas las
cosas perecederas le sonrean, y que el nido amoroso que en el mundo
haba sabido construirse, no sin grandes esfuerzos de cuerpo y alma,
era que ni pintado para su modo de ser.

Las grandezas que no tena, no las ambicionaba, ni soaba con ellas, y
hasta cuando en sus escritos tena que figurrselas para describirlas,
le costaba gran esfuerzo imaginarlas y _sentirlas_. Las pequeas y
disculpables vanidades a que su espritu se renda, como verbi gracia,
la no escasa estimacin en que tena el aprecio de los doctos y de los
buenos, y hasta la admiracin y simpata de los ignorantes y sencillos,
vealas satisfechas, pues era su nombre famoso, con slida fama, y
popular; de suerte que esta popularidad que le aseguraba el renombre
entre los muchos, no le perjudicaba en la estimacin de los escogidos.
Y por fin, su dicha grande, seria, era una casa, su mujer, sus
hijos; tres cabezas rubias, y l deca tambin, tres almas _rubias_,
_doradas_, _mi lira_, como los llamaba al pasar la mano por aquellas
frentes blancas, altas, despejadas, que destellaban la idea noble que
sirve ante todo para ensanchar el horizonte del amor.

Aquella esposa y aquellos hijos, una pareja; la madre hermosa, que
pareca hermana de la hija, que era un botn de oro de quince abriles,
y el hijo de doce aos, remedo varonil y gracioso de su madre y de su
hermana, y sta, la _dominante_, como l deca, parecan, en efecto,
estrofa, antistrofa y epodo de un himno perenne de dicha en la virtud,
en la gracia, en la inocencia y la sencilla y noble sinceridad.
"Todos sois mis hijos, pensaba D. Jorge, incluyendo a su mujer; todos
nacisteis de la espuma de mis ensueos." Pero eran ensueos con
dientes, y que apretaban de firme, porque como todos eran jvenes,
estaban sanos y no tenan remordimientos ni disgustos que robaran el
apetito, coman que devoraban, sin llegar a glotones, pero pasando
con mucho de ascetas. Y como no vivan slo de pan, en vestirlos como
convena a su clase y a su hermosura, que es otra clase, y al cario
que el amo de la casa les tena, se iba otro buen pico, sobre todo
en los trajes de la _dominante_. Y mucho ms que en cubrir y adornar
el cuerpo de su gente gastaba el padre en vestir la desnudez de su
cerebro y en adornar su espritu con la instruccin y la educacin ms
esmeradas que poda; y como ste es artculo de lujo entre nosotros,
en maestros, instrumentos de instruccin y otros accesorios de la
enseanza de su pareja, se le iba a D. Jorge una gran parte de su
salario y otra no menos importante de su tiempo, pues l diriga todo
aquel negocio tan grave, siendo el principal maestro y el nico que no
cobraba. No crea el lector que apunta aqu el pero de la dicha de D.
Jorge; no estaba en las dificultades econmicas la espina que guardaba
para sus adentros Arial, siempre apacible. Costbale, s, muchos
sudores juntar los cabos del presupuesto domstico; pero consegua
triunfar siempre, gracias a su mucho trabajo, el cual era para l una
sagrada obligacin, adems, por otros conceptos ms filosficos y
_altrustas_, aunque no ms santos, que el amor de los suyos.

Muchas eran sus ocupaciones, y en todas se distingua por la
inteligencia, el arte, la asiduidad y el esmero. Siguiendo una
vocacin, haba llegado a cultivar muchos estudios, porque ahondando
en cualquier cosa se llega a las dems. Haba empezado por enamorarse
de la belleza que entra por los ojos, y esta vocacin, que le hizo
pintor en un principio, le oblig despus a ser naturalista, qumico,
fisilogo; y de esta excursin a las profundidades de la realidad
fsica sac en limpio, ante todo, una especie de religin de la _verdad
plstica_, que le hizo entregarse a la filosofa... y abandonar los
pinceles. No se sinti gran maestro, no vi en s un intrprete de esas
dos grandes formas de la belleza que se llaman _idealismo y realismo_,
no se encontr con las fuerzas de Rafael ni de Velzquez, y, suavemente
y sin dolores del amor propio, se fu transformando en un pensador y
en amador del arte; y fu un sabio en esttica, un crtico de pintura,
un profesor insigne; y despus un artista de la pluma, un historiador
del arte con el arte de un novelista. Y de todas estas habilidades y
maestras a que le haba ido llevando la sinceridad con que segua las
voces de su vocacin verdadera, los instintos de sus facultades, fu
sacando sin violencia ni _simona_ provecho para la hacienda, cosa tan
potica como la que ms al mirarla como el medio necesario para tener
en casa aquella dicha que tena, aquellos amores, que, slo en botas,
le gastaban un dineral.

Al verle ir y venir, y encerrarse para trabajar, y despus correr con
el producto de sus encerronas a casa de quien haba de pagrselo;
siempre activo, siempre afable, siempre lleno de la realidad ambiente,
de la vida que se le impona con toda su seriedad, pero no tristeza,
nadie, y menos sus amigos y su mujer y sus hijos, hubiera adivinado
detrs de aquella mirada franca, serena, cariosa, una pena, una llaga.

                   *       *       *       *       *

Pero la haba. Y no se poda hablar de ella. Primero, porque era un
deber guardar aquel dolor para s; despus, porque hubiera sido intil
quejarse; sus familiares no le hubieran comprendido, y ms vala as.

Cuando en presencia de D. Jorge se hablaba de los incrdulos, de los
escpticos, de los poetas que _cantan_ sus dudas, que se quejan de la
musa del _anlisis_, Arial se pona de mal humor, y, cosa rara en l,
se irritaba. Haba que cambiar de conversacin o se marchaba D. Jorge.
"sos, deca, son males secretos que no tienen gracia, y en cambio
entristecen a los dems y pueden contagiarse. El que no tenga fe, el
que dude, el que vacile, que se aguante y calle y luche por vencer esa
flaqueza." Una vez, repeta Arial en tales casos, un discpulo de San
Francisco mostraba su tristeza delante del maestro, tristeza que naca
de sus escrpulos de conciencia, del miedo de haber ofendido a Dios; y
el santo le dijo: "Retiraos, hermano, y no turbis la alegra de los
dems; eso que os pasa son cuentas vuestras y de Dios: arregladlas con
l a solas."

A solas procuraba arreglar sus cuentas don Jorge, pero no le salan
bien siempre, y sta era su pena. Sus estudios filosficos, sus
meditaciones y sus experimentos y observaciones de fisiologa, de
anatoma, de qumica, etc., etc., haban desenvuelto en l, de modo
excesivo, el espritu del anlisis emprico; aquel enamoramiento de la
belleza plstica, aparente, visible y palpable, le haba llevado, sin
sentirlo, a cierto materialismo intelectual, contra el que tena que
vivir prevenido. Su corazn necesitaba fe, y la clase de filosofa y
de ciencia que haba profundizado le llevaban al dogma materialista de
_ver y creer_. Las ideas predominantes en su tiempo entre los sabios
cuyas obras l ms tena que estudiar; la ndole de sus investigaciones
de naturalista y fisilogo y crtico de artes plsticas, le haban
llevado a una predisposicin reflexiva que pugnaba con los anhelos ms
ntimos de su sensibilidad de creyente.

Don Jorge senta as: "Si hay Dios, todo est bien. Si no hay Dios,
todo est mal. Mi mujer, mi hijo, la _dominante_, la paz de mi casa, la
belleza del mundo, el _divino_ placer de entenderla, la tranquilidad
de la conciencia... todo eso, los mayores tesoros de la vida, si no
hay Dios, es polvo, humo, ceniza, viento, nada... Pura apariencia,
congruencia ilusoria, sustancia fingida; positiva sombra, dolor sin
causa, pero seguro, lo nico cierto. Pero si hay Dios, qu importan
todos los males? Trabajos, luchas, desgracias, desengaos, vejez,
desilusin, muerte, qu importan? Si hay Dios, todo est bien, si no
hay Dios, todo est mal."

Y el amor de Dios era el vapor de aquella mquina siempre activa; el
amor de Dios, que envolva, como los ptalos encierran los estambres,
el amor a sus hijos, a su mujer, a la belleza, a la conciencia
tranquila, le animaba en el trabajo incesante, en aquella suave
asimilacin de la vida ambiente, en la adaptacin a todas las cosas que
le rodeaban y por cuya realidad seria, evidente, se dejaba influir.

Pero a lo mejor, en el cerebro de aquel mstico vergonzante, mstico
activo y alegre, estallaba, como una _estpida_ frase hecha, esta
duda, esta pregunta del materialismo lgico de su ciencia de analista
emprico:

"Y si no hay Dios? Puede que no haya Dios. Nadie ha visto a Dios. La
ciencia de los _hechos_ no prueba a Dios..."

Don Jorge Arial despreciaba al pobre diablo _cientfico_,
_positivista_, que en el fondo de su cerebro se le presentaba con este
_obstruccionismo_; pero a pesar de este desprecio, oa al miserable,
y discuta con l, y unas veces tena algo que contestarle, aun en el
terreno de la _fra lgica_, de la mera _intelectualidad_... y otras
veces no.

sta era la pena, ste el tormento del seor Arial.

Es claro que gritase lo que gritase el materialista escptico, el que
pona a Dios en tela de juicio, D. Jorge segua trabajando de firme,
afanndose por el pan de su hijos y educndolos, y amando a toda su
casa y cumpliendo como un justo con la infinidad de su deberes...;
pero la espina dentro estaba. "Porque, si no hubiera Dios, deca
el corazn, todo aquello era intil, apariencia, idolatra", y el
_cientfico_ aada: "Y cmo puede no haberlo!..."

Todo esto haba que callarlo, porque hasta ridculo hubiera parecido
a muchos, confesado como un dolor cierto, serio, grande. "Cuestin de
nervios" le hubieran dicho. "Ociosidad de un hombre feliz a quien Dios
va a castigar por darse un tormento intil cuando todo le sonre."
Y en cuanto a los _suyos_, a quienes ms hubiera D. Jorge querido
comunicar su pena, cmo confesarles la causa? Si no le comprendan
qu tristeza! Si le comprendan... qu tristeza y qu pecado y qu
peligro! Antes morir de aquel dolor. A pesar de ser tan activo, de
tener tantas ocupaciones, le quedaba tiempo para consagrar la mitad de
las horas que no dorma a pensar en su duda, a discutir consigo mismo.
Ante el mundo su existencia corra con la monotona de un destino
feliz; para sus adentros su vida era una serie de batallas; das de
triunfo!--oh, qu voluptuosidad espiritual entonces!--seguidos de
horrorosos das de derrota, en que haba que fingir la ecuanimidad de
siempre, y amar lo mismo, y hacer lo mismo y cumplir los mismos deberes.

                   *       *       *       *       *

Para la mujer, los hijos y los amigos y discpulos queridos de D.
Jorge, aquel dolor oculto lleg a no ser un misterio, no porque
adivinaran su causa, si no porque empezaron a sentir sus efectos; le
sorprendan a veces preocupado sin motivo conocido, triste; y hasta en
el rostro y en cierto desmayo de todo el cuerpo vieron sntomas del
disgusto, del dolor evidente. Le buscaron causa y no dieron con ella.
Se equivocaron al atribuirla al temor de un mal _positivo_, a una
aprensin, no desprovista de fundamento por completo. Lo peor era que
el miedo de un mal, tal vez remoto, tal vez incierto, pero terrible si
llegaba, tambin les iba invadiendo a ellos, a la noble esposa sobre
todo, y no era extrao que la aprensin que ellos tenan quisieran
verla en las tristezas misteriosas de D. Jorge.

Nadie hablaba de ello, pero lleg tiempo en que apenas se pensaba en
otra cosa; todos los _silencios_ de las animadas chcharas en aquel
nido de alegras, aludan al temor de una desgracia, temor cuya
presencia ocultaban todos como si fuese una vergenza.

Era el caso que el trabajo excesivo, el abuso de las vigilias, el
constante empleo de los ojos en lecturas nocturnas, en investigaciones
de documentos de intrincados caracteres y en observaciones de
menudsimos pormenores de laboratorio, y acaso ms que nada, la gran
excitacin nerviosa, haban debilitado la vista del sabio, miope antes,
y ahora incapaz de distinguir bien lo cercano... sin el consuelo
de haberse convertido en guila para lo distante. En suma; no vea
bien ni de cerca ni de lejos. Las jaquecas frecuentes que padeca
le causaban perturbaciones extraas en la visin: dejaba de ver los
objetos con la intensidad ordinaria; los vea y no los vea, y tena
que cerrar los ojos para no padecer el tormento inexplicable de esta
parlisis pasajera, cuyos fenmenos subjetivos no poda siquiera
puntualizar a los mdicos. Otras veces vea manchas ante los objetos,
manchas mviles; en ocasiones puntos de color, azules, rojos... muy
a menudo, al despertar especialmente, lo vea todo tembloroso y como
desmenuzado... Padeca bastante, pero no hizo caso: no era aquello lo
que le preocupaba a l.

Pero a la familia, s. Y hubo consulta, y los pronsticos no fueron muy
tranquilizadores. Como fu agravndose el mal, el mismo D. Jorge tom
en serio la enfermedad, y, en secreto, como haban consultado por l,
consult a su vez, y la ciencia le meti miedo para que se cuidara y
evitase el trabajo nocturno y otros excesos. Arial obedeci a medias y
se asust a medias tambin.

Con aquella nueva vida a que le obligaron sus precauciones higinicas,
coincidi en l un paulatino cambio del espritu que senta venir
con hondo y obscuro deleite. Not que perda aficin al anlisis
del laboratorio, a las preciosidades de la miniatura en el arte, a
las delicias del pormenor en la crtica, a la claridad plstica en
la literatura y en la filosofa: el arte del dibujo y del color le
llamaba menos la atencin que antes; no gozaba ya tanto en presencia
de los cuadros clebres. Era cada da menos activo y ms soador. Se
sorprenda a veces holgando, pasando las horas muertas sin examinar
nada, sin estudiar cosa alguna concreta; y, sin embargo, no le acusaba
la conciencia con el doloroso vaco que siempre nos delata la ociosidad
verdadera. Senta que el tiempo de aquellas vagas meditaciones no era
perdido.

Una noche, oyendo a un famoso sexteto de nclitos profesores
interpretar las piezas ms selectas del repertorio clsico, sinti
con delicia y orgullo que a l le haba nacido algo en el alma para
comprender y amar la gran msica. La sonata de Kreutzer, que siempre
haba odo alabar sin penetrar su mrito como era debido, le produjo
tal efecto, que temi haberse vuelto loco; aquel hablar sin palabras,
de la msica serena, graciosa, profunda, casta, seria, sencilla,
noble; aquella revelacin, que pareca extranatural, de las afinidades
armnicas de las cosas, por el lenguaje de las vibraciones ntimas;
aquella elocuencia sin conceptos del sonido sabio y sentimental,
le pusieron en un estado mstico que l comparaba al que debi
experimentar Moiss ante la zarza ardiendo.

Vino despus un oratorio de Hndel a poner el sello religioso ms
determinado y ms tierno a las impresiones anteriores. Un profundsimo
sentimiento de humildad le inund el alma; not humedad de lgrimas
bajo los prpados y escondi de las miradas profanas aquel tesoro de
su misteriosa religiosidad esttica, que tan pobre hubiera sido como
argumento en cualquier discusin lgica y que ante su corazn tena la
voz de lo inefable.

En adelante busc la msica por la msica, y cuando sta era buena y
la ocasin propicia, siempre obtuvo anlogo resultado. Su hijo era
un pianista algo mejor que mediano; empez Arial a fijarse en ello,
y venciendo la vulgaridad de encontrar detestable la msica de las
teclas, adquiri la fe de la msica buena en malas manos; es decir,
crey que en poder de un pianista regular suena bien una gran msica.
Goz oyendo a su hijo las obras de los maestros. Como sus ratos de ocio
iban siendo cada da mayores, porque los mdicos le obligaban a dejar
en reposo la vista horas y horas, sobre todo de noche, D. Jorge, que
no saba estar sin ocupaciones, discurri, o mejor, fu hacindolo sin
pensarlo, sin darse cuenta de ello, tentar l mismo fortuna, dejando
resbalar los dedos sobre las teclas. Para aprender msica como Dios
manda era tarde; adems, leer en el pentgrama hubiese sido cansar la
vista como con cualquiera otra lectura. Se acord de que en cierto
caf de Zaragoza haba visto a un ciego tocar el piano primorosamente.
Arial, cuando nadie le vea, de noche, a obscuras, se sentaba delante
del Erard de su hijo, y cerrando los ojos, para que las tinieblas
fuesen absolutas, por instinto, como l deca, tocaba a su manera
melodas sencillas, mitad reminiscencias de peras y de sonatas, mitad
invencin suya. La mano izquierda le daba mucho que hacer y no obedeca
al instinto del ciego voluntario; pero la derecha, como no exigieran de
ella grandes prodigios, no se portaba mal. _Mi msica_ llamaba Arial
a aquellos conciertos solitarios, msica _subjetiva_ que no poda ser
agradable ms que para l, que soaba, y soaba llorando dulcemente
a solas, mientras su fantasa y su corazn seguan la corriente y el
ritmo de aquella meloda suave, noble, humilde, seria y sentimental en
su pobreza.

A veces tropezaban sus dedos, como con un tesoro, con frases breves,
pero intensas, que recordaban, sin imitarlos, motivos de Mozart y otros
maestros. Don Jorge experimentaba un pueril orgullo, del que se rea
despus, no con toda sinceridad. Y a veces, al sorprenderse con estas
pretensiones de msico que no sabe msica, se deca: "Temen que me
vuelva ciego, y lo que voy a volverme es loco." A tanto llegaba sta
que l sospechaba locura, que en muchas ocasiones, mientras tocaba y en
su cerebro segua batallando con el tormento metafsico de sus dudas,
de repente una meloda nueva, misteriosa, le pareca una revelacin,
una voz de lo _explicable_ que le peda llorando interpretacin,
traduccin lgica, literaria... Si no hubiera Dios, pensaba entonces
Arial, estas combinaciones de sonidos no me diran esto; no habra este
rumor como de fuente escondida bajo hierba, que me revela la frescura
del ideal que puede apagar mi sed. Un pesimista ha dicho que la msica
habla de un mundo que _deba_ existir; yo digo que nos habla de un
mundo que _debe de_ existir.

Muchas veces haca que su hija le leyera las lucubraciones en que
Wagner defendi sus sistemas, y les encontraba un sentido muy profundo
que no haba visto cuando, aos atrs, las lea con la preocupacin de
crtico de esttica que ama la claridad plstica y aborrece el misterio
nebuloso y los tanteos msticos.

En tanto, el mal creca, a pesar de haber disminudo el trabajo de los
ojos: la desgracia temida se acercaba.

l no quera mirar aquel abismo de la noche eterna, anticipacin de los
abismos de ultratumba.

"Quedarse ciego, se deca, es como ser enterrado en vida."

                   *       *       *       *       *

Una noche, la pasin del trabajo, la exaltacin de la fantasa creadora
pudo en l ms que la prudencia, y a hurtadillas de su mujer y de sus
hijos escribi y escribi horas y horas a la luz de un quinqu. Era
el asunto de invencin potica, pero de fondo religioso, metafsico;
el cerebro vibraba con impulso increble; la mquina, a todo vapor,
mova las cien mil ruedas y correas de aquella fbrica misteriosa, y
ya no era empresa fcil apagar los hornos, contener el vrtigo de las
ideas. Como tantas otras noches de sus mejores tiempos, D. Jorge se
acost... sin dejar de trabajar, trabajando para el obispo, como l
deca cuando, despus de dejar la pluma y renunciar al provecho de sus
ideas, stas seguan gritando, engranndose, produciendo pensamiento
que se perda, que se esparca intilmente por el mundo. Ya saba l
que este tormento febril era peligroso, y ni siquiera le halagaba la
vanidad como en los das de la petulante juventud. No era ms que un
dolor material, como el de muelas. Sin embargo, cuando al calor de las
sbanas la excitacin nerviosa, sin calmarse, se hizo placentera, se
dej embriagar, como en una orga, de corazn y cabeza, y sintindose
arrebatado como a una vorgine mstica, se dej ir, se dej ir, y con
delicia se vi sumido en un paraso subterrneo luminoso, pero con una
especie de luz elctrica, no luz de sol, que no haba, sino de las
entraas de cada casa, luz que se confunda disparatadamente con las
vibraciones musicales: el timbre sonoro era, adems, la luz.

Aquella luz prendi en el espritu; se sinti iluminado y no tuvo esta
vez miedo a la locura. Con calma, con lgica, con profunda intuicin,
sinti filosofar a su cerebro y atacar de frente los ms formidables
fuertes de la ciencia atea; vi entonces la realidad de lo divino, no
con evidencia matemtica, que bien saba l que sta era relativa y
condicional y precaria, sino con evidencia _esencial_; vi la verdad
de Dios, el creador santo del Universo, sin contradiccin posible. Una
voz de conviccin le gritaba que no era aquello fenmeno histrico,
arranque mstico; y don Jorge, por la primera vez despus de muchos
aos, sinti el impulso de orar como un creyente, de adorar con el
cuerpo tambin, y se incorpor en su lecho, y al notar que las lgrimas
ardientes, grandes, pausadas, resbalaban por su rostro, las dej ir,
sin vergenza, humilde y feliz, oh! s, feliz para siempre. "Puesto
que haba Dios, todo estaba bien."

Un reloj di la hora. Ya deba de ser de da. Mir hacia la ventana.
Por las rendijas no entraba luz. Di un salto, saliendo del lecho,
abri un postigo y... el sol haba abandonado a la aurora, no la
segua; el alba era noche. Ni sol ni estrellas. El reloj repiti la
hora. El sol _deba_ estar sobre el horizonte y no estaba. El cielo se
haba cado al abismo. "Estoy ciego!", pens Arial, mientras un sudor
terrible le inundaba el cuerpo y un escalofro, azotndole la piel, le
absorba el nimo y el sentido. Lleno de pavor, cay al suelo.

                   *       *       *       *       *

Cuando volvi en s, se sinti en su lecho. Le rodeaban su mujer, sus
hijos, su mdico. No los vea; no vea nada. Faltaba el tormento mayor;
tendra que decirles: no veo. Pero ya tena valor para todo. "_Segua_
habiendo Dios, y todo estaba bien." Antes que la pena de contar su
desgracia a los suyos, sinti la ternura infinita de la piedad cierta,
segura, tranquila, sosegada, agradecida. Llor sin duelo.


      "Salid sin duelo, lgrimas, corriendo."


Tuvo serenidad para pensar, dando al verso de Garcilaso un sentido
sublime.

"Cmo decirles que no veo... si en rigor s veo? Veo de otra manera;
veo las cosas por dentro; veo la verdad; veo el amor. Ellos s que no
me vern a m..."

Hubo llantos, gritos, sncopes, abrazos locos, desesperacin sin fin
cuando, a fuerza de rodeos, Arial declar su estado. l procuraba
tranquilizarlos con consuelos vulgares, con esperanzas de sanar, con
el valor y la resignacin que tena, etctera, etc.; pero no poda
comunicarles la fe en su propia alegra, en su propia serenidad
ntimas. No le entenderan, no podan entenderle; creeran que los
engaaba para mitigar su pena. Adems, no poda, delante de extraos,
hacer el papel de estoico, ni de Scrates o cosa por el estilo. Ms
vala dejar al tiempo el trabajo de persuadir a las _tres cuerdas de la
lira_, a aquella madre, a aquellos hijos, de que el amo de la casa no
padecera tanto como ellos pensaban por haber perdido la luz; porque
haba descubierto otra. Ahora vea por dentro.

                   *       *       *       *       *

Pas el tiempo, en efecto, que es el lazarillo de ciegos y de linces, y
va delante de todos abrindoles camino.

En la casa de Arial haba sucedido a la antigua alegra el terror, el
espanto de aquella desgracia, dolor sin ms consuelo que el no ser
desesperado, porque los mdicos dejaron vislumbrar lejana posibilidad
de devolver la vista al pobre ciego. Ms adelante la esperanza se fu
desvaneciendo con el agudo padecer del infortunio todava nuevo; y todo
aquel sentir insoportable, de excitacin continua, se troc para la
mujer y los hijos de D. Jorge en taciturna melancola, en resignacin
triste: el hbito hizo tolerable la desgracia; el tiempo, al mitigar
la pena, mat el consuelo de la esperanza. Ya nadie esperaba en que
volviera la luz a los ojos de Arial, pero todos fueron comprendiendo
que podan seguir viviendo en aquel estado. Verdad es que ms que el
desgaste del dolor por el roce de las horas, pudo en tal lenitivo la
conviccin que fueron adquiriendo aquellos pedazos del alma del enfermo
de que ste haba descubierto, al perder la luz, mundos interiores en
que haba consuelos grandes, paz, hasta alegras.

Por santo que fuera el esposo adorado, el padre amabilsimo, no podra
fingir continuamente y cada vez con ms arte la calma dulce con que
haba acogido su desventura. Poco a poco lleg a persuadirlos de que l
segua siendo feliz, aunque de otro modo que antes.

Los gastos de la casa hubo que reducirlos mucho, porque la mina del
trabajo, si no se agot, perdi muchos de sus filones. Arial sigui
publicando artculos y hasta libros, porque su hija escriba por l, al
dictado, y su hijo lea, buscaba datos en las bibliotecas y archivos.

Pero las obras del insigne crtico de esttica pictrica, de historia
artstica, fueron tomando otro rumbo: se referan a asuntos en que
intervenan poco los testimonios de la vista.

Los trabajos iban teniendo menos color y ms alma. Es claro que, a
pesar de tales expedientes, Arial ganaba mucho menos. Pero, y qu?
La vida exiga ahora mucho menos tambin; no por economa slo,
sino principalmente por pena, por amor al ciego, madre e hijos se
despidieron de teatros, bailes, paseos, excursiones, lujo de ropa y
muebles para qu? _l_ no haba de verlo! Adems, el mayor gasto de
la casa, la educacin de la querida pareja, ya estaba hecho; saban lo
suficiente, sobraban ya los maestros.

En adelante, amarse, juntarse alrededor del hogar y alrededor del
cario, cerca del ciego, cerca del fuego. Hacan una pia en que Arial
pensaba por todos y los dems vean por l. Para no olvidarse de las
formas y colores del mundo, que tena grabado en la imaginacin como un
infinito museo, D. Jorge peda noticias de continuo a su mujer y a sus
hijos: ante todo de ellos mismos, de los cabellos de la _dominante_,
del bozo que le haba apuntado al chico..., de la primera cana de la
madre. Despus noticias del cielo, de los celajes, de los verdores de
la primavera... "Oh! despus de todo, siempre es lo mismo. Como si lo
viera!"

"Compadeced a los ciegos de nacimiento, pero a m no. La luz del sol no
se olvida: el color de la rosa es como el recuerdo de unos amores; su
perfume me lo hace ver, como una caricia de la _dominante_ me habla de
las miradas primeras con que me enamor su madre. Y sobre todo, est
ah la msica!"

Y D. Jorge, a tientas, se diriga al piano, y como cuando tocaba a
obscuras, cerrando los ojos de noche, tocaba ahora, sin cerrarlos, al
medioda... Ya no se rean los hijos y la madre de las melodas que
improvisaba el padre: tambin a ellos se les figuraba que queran decir
algo, muy obscuramente... Para l, para D. Jorge, eran bien claras,
ms que nunca; eran todo un himnario de la fe inenarrable que l haba
creado para sus adentros; su religin de ciego; eran una dogmtica en
solfa, una teologa en dos o tres octavas.

Don Jorge hubiera querido, para intimar ms, mucho ms, con los suyos,
ya que ellos nunca se separaban de l, no separarse l jams de
ellos con el pensamiento, y para esto iniciarlos en sus ideas, en su
dulcsima creencia...; pero un rubor singular se lo impeda. Hablar
con su hija y con su mujer de las cosas misteriosas de la otra vida,
de lo metafsico y fundamental, le daba vergenza y miedo. No podran
entenderle. La educacin, en nuestro pas particularmente, hace que
los ms unidos por el amor estn muy distantes entre s en lo ms
espiritual y ms grave. Adems, la fe racional y trabajada por el alma
pensadora y tierna--es cosa tan personal, tan inefable!--Prefera
entenderse con los suyos por msica. Oh, de esta suerte, s!
Beethoven, Mozart, Hndel, hablaban a todos cuatro de lo mismo. Les
decan, bien claro estaba, que el pobre ciego tena dentro del alma
otra luz, luz de esperanza, luz de amor, de santo respeto al misterio
sagrado... La poesa no tiene, dentro ni fuera, fondo ni superficie;
toda es transparencia, luz increada y que penetra al travs de todo...;
la luz material se queda en la superficie, como la explicacin
intelectual, lgica, de las realidades resbala sobre los objetos sin
comunicarnos su esencia...

Pero la msica que todas estas cosas deca a todos, segn Arial, no
era la suya, sino la que tocaba su hijo. El cual se sentaba al piano
y peda a Dios inspiracin para llevar al alma del padre la alegra
mstica con el beleo de las notas sublimes; Arial, en una silla baja,
se colocaba cerca del msico para poder palparle disimuladamente de
cuando en cuando: al lado de Arial, tocndole con las rodillas, haba
de estar su compaera de luz y sombra, de dicha y de dolor, de vida y
muerte..., y ms cerca que todos, casi sentada sobre el regazo, tena
a la _dominante_...; y de tarde en tarde, cuando el amor se lo peda,
cuando el ansia de vivir, comunicndose con todo de todas maneras, le
haca sentir la nostalgia de la visin, de la luz fsica, del _verbo
solar_..., coga entre las manos la cabeza de su hija, se acariciaba
con ella las mejillas... y la seda rubia, suave, de aquella flor con
ideas en el cliz, le meta en el alma con su contacto todos los rayos
de sol que no haba de ver ya en la vida... Oh! En su espritu, slo
Dios entraba ms adentro.




                              EL CENTAURO


Violeta Pags, hija de un librepensador cataln, opulento industrial,
se educ, si aquello fu educarse, hasta los quince aos, como el
diablo quiso, y de los quince aos en adelante como quiso ella. Anduvo
por muchos colegios extranjeros, aprendi muchas lenguas vivas, en
todas las cuales saba expresar correctamente las herejas de su seor
padre, dogmas en casa. Saba ms que un bachiller y menos que una joven
recatada. Era hermossima; su cabeza pareca destacarse en una medalla
antigua, como aquellas sicilianas de que nos habla el poeta de los
_Trofeos_; su indumentaria, su figura, sus posturas, hablaban de Grecia
al menos versado en las delicadezas del arte helnico; en su tocador,
de gusto arqueolgico, sencillo, noble, potico, Violeta pareca una
pintura mural clsica, recogida en alguna excavacin de las que nos
descubrieron la elegancia antigua. En el Manual de arqueologa de Guhl
y Koner, por ejemplo, podris ver grabados que parecen retratos de
Violeta componiendo su tocado.

Era pagana, no con el corazn, que no lo tena, sino con el instinto
imitativo, que le haca remedar en sus ensueos las locuras de sus
poetas favoritos, los modernos, los franceses, que andaban a vueltas
con sus recuerdos de ctedra, para convertirlos en creencia potica y
en inspiracin de su musa _plstica_ y afectadamente sensualista.

A fuerza de creerse pagana y leer libros de esta clase de caballeras,
lleg Violeta a sentir, y, sobre todo, a imaginar con cierta sinceridad
y fuerza, su mana seudoclsica.

Como, al fin, era catalana, no le faltaba el necesario buen sentido
para ocultar sus caprichosas ideas, algunas demasiado extravagantes,
ante la mayor parte de sus relaciones sociales, que no podan servirle
de pblico adecuado, por lo poco bachilleras que son las seoritas en
Espaa, y lo poco eruditos que son la mayor parte de los bachilleres.

A m, no s por qu, a los pocos das de tratarme creyme digno de oir
las intimidades de su locura pagana. No fu porque yo hiciera ante ella
alarde de conocimientos que no poseo; ms bien debi de haber sido por
haber notado la sincera y callada admiracin con que yo contemplaba
a hurtadillas, siempre que poda, su hermosura soberana, los divinos
pliegues de su tnica, las graciosas lneas de su cuerpo, el resplandor
tranquilo e ideal de sus ojos garzos. Oh, en aquella cabecita
peinada por Praxsteles, haba el fsforo necesario para hacer un
poeta _parnasiano_ de tercer orden; pero, qu templo el que albergaba
aquellos pobres dioses falsos, recalentados y enfermizos! Qu divino
molde, qu elocuente _estatuaria_!

Violeta, como todas las mujeres de su clase, creera que por gustarme
tanto su cuerpo, yo admiraba su talento, su imaginacin, sus caprichos,
traducidos de sus imprudentes lecturas...

Ello fu que una noche, en un baile, despus de cenar, a la hora de
la fatiga voluptuosa en que las vrgenes escotadas y excitadas parece
que olfatean en el ambiente perfumado los misterios nupciales con que
suea la insinuante vigilia, Violeta, a solas conmigo en un rincn de
un jardn, transformado en estancia palatina, me cont su secreto, que
empezaba como el de cualquier romntica despreciable, diciendo:

"Yo estoy enamorada de un imposible."

Pero segua de esta suerte:

"Yo estoy enamorada de un Centauro. Este sueo de la mitologa clsica
es el mo; para m todo hombre es poco fuerte, poco rpido y tiene
pocos pies. Antes de saber yo de la fbula del hombre-caballo, desde
muy nia sent vagas inclinaciones absurdas y una aficin loca por las
cuadras, las dehesas, las ferias de ganado caballar, las carreras y
todo lo que tuviera relacin con el caballo. Mi padre tena muchos,
de silla y de tiro, y cuadras como palacios, y a su servicio media
docena de robustos mozos, buenos jinetes y excelentes cocheros. Muy de
madrugada, yo bajaba, y no levantara un metro del suelo, a perderme
entre las patas de mis bestias queridas, bosque de columnas movibles
de un templo vivo de mi adoracin idoltrica. No sin miedo, pero con
deleite, pasaba horas enteras entre los cascos de los nobles brutos,
cuyos botes, relinchos, temblores de la piel, me imponan una especie
de pavor religioso y cierta precoz humildad femenil voluptuosa, que
conocen todas las mujeres que aman al que temen. Me embriagaba el
extrao perfume picante de la cuadra, que me sacaba lgrimas de los
ojos y me haca soar, como el mijo a los espectadores del teatro persa.

"Soaba con carreras locas por breales y precipicios, saltando colinas
y rompiendo vallas, tendida, como las amazonas de circo, sobre la
reluciente espalda de mis hroes fogosos, fuertes y sin conciencia,
como yo los quera. Fu creciendo y no mengu mi aficin, ni yo trat
de ocultarla; los primeros hombres que empezaron a ser para m rivales
de mis caballos fueron mis lacayos y mis cocheros, los hombres de
mis cuadras. Bien lo conoci alguno de ellos, pero me libraron de su
malicia mis desdenes, que al ver de cerca el amor humano lo encontraron
ridculo por pobre, por dbil, por hablador y sutil. El caballo no
bastaba a mis ansias, pero el hombre tampoco. Oh, qu dicha la ma,
cuando mis estudios me hicieron conocer al Centauro! Como una mstica
se entrega al esposo ideal, y desprecia por mezquinos y deleznables
los amores terrenos, yo me entregu a mis ensueos, despreci a mis
adoradores, y da y noche vi, y an veo, ante mis ojos, la imagen del
hombre bruto, que tiene cabeza humana y brazos que me abrazan con
amor, pero tiene tambin la crn fuerte y negra, a que se agarran mis
manos crispadas por la pasin salvaje; y tiene los robustos humeantes
lomos, mezcla de luz y de sombra, de graciosa curva, de msculo amplio
y frreo, lecho de mi amor en la carrera de nuestro frenes, que nos
lleva a travs de montes y valles, bosques, desiertos y playas, por
el ancho mundo. En el corazn me resuenan los golpes de los terribles
cascos del animal, al azotar y dominar la tierra, de que su rapidez me
da el imperio; y es dulce, con voluptuosidad infinita, el contraste de
su vigor de bruto, de su energa de macho feroz, fiel en su instinto,
con la suavidad apasionada de las caricias de sus manos y de los
halagos de sus ojos..."

Call un momento Violeta, entusiasmada de veras, y hermossima en su
exaltacin; mirme en silencio, mir con sonrisa de lstima burlona a
un grupo de muchachos elegantes que pasaban, y sigui diciendo:

"Qu ridculos me parecen esos buenos mozos con su frac y sus
pantalones!... Son para m espectculo cmico, y hasta repugnante, si
insisto en mirarlos; les falta la mitad de lo que yo necesito en el
hombre...; en el macho a quien yo he de querer y he de entregarme...
Si me quieren robar, cmo me roban? Cmo me llevan a la soledad,
lejos de todo peligro?... En ferrocarril o en brazos... Absurdo! Mi
Centauro, sin dejar de estrecharme contra su pecho, vuelto el tronco
humano hacia m, galopara al arrebatarme, y el furor de su carrera
encendera ms y ms la pasin de nuestro amor, con el ritmo de los
cascos al batir el suelo... Cuntos viajes de novios hizo as mi
fantasa! La de tierras desconocidas que yo cruc, tendida sobre la
espalda de mi Centauro volador!... Qu delicia respirar el aire que
corta la piel en el vertiginoso escape!... Qu delicia amar entre el
torbellino de las cosas que pasan y se desvanecen mientras la caricia
dura!... El mundo escapa, desaparece, y el beso queda, persiste..."

Como aquello del beso me pareci un poco fuerte, aunque fuese dicho por
una seorita pagana, Violeta, que conoci en mi gesto mi extraeza,
suspendi el relato de sus locuras, y cerrando los ojos se qued sola
con su Centauro, entregndome a m al brazo secular de su desprecio.

Un poco avergonzado, dej mi asiento y sal del rincn de nuestra
confidencia, contento con que ella, por tener cerrados los ojos, como
he dicho, no contemplara mi ridcula manera de andar como el bpedo
menos mitolgico, como un gallo, por ejemplo.

                   *       *       *       *       *

Pasaron algunos aos y he vuelto a ver a Violeta. Est hermosa, a
la griega, como siempre, aunque ms gruesa que antes. Hace das me
present a su marido, el Conde de La Pita, capitn de caballera,
hombrachn como un roble, hirsuto, de inteligencia de cerrojo, brutal,
grosero, jinete insigne, enamorado exclusivamente del _arma_, como
l dice, pero equivocndose, porque al decir el _arma_, alude a su
caballo. Tambin se equivoca cuando jura (y jura bien!), que para l
no hay ms creencia que el espritu de cuerpo; porque tambin entonces
alude al cuerpo de su tordo, que sera su Plades, si hubiera Plades
de cuatro patas, y si hombres como el Conde de La Pita pudieran ser
Orestes. El tiempo que no pasa a caballo lo da La Pita por perdido; y,
en su misantropa de animal perdido en una forma cuasi humana, declama,
suspirando o relinchando, que no tiene ms amigo verdadero que su tordo.

Violeta, al preguntarle si era feliz con su marido, me contestaba
ayer, disimulando un suspiro: "S, soy feliz... en lo que cabe... Me
quiere... le quiero... Pero... el ideal no se realiza jams en este
mundo. Basta con soarlo y acercarse a l en lo posible. Entre el Conde
y su tordo... Ah! Pero el ideal jams se cumple en la tierra."

Pobre Violeta; le parece _poco Centauro_ su marido!




                                RIVALES


No ha llegado a notar el discreto lector que en las letras
contemporneas de los pases que mejores y ms espirituales las tienen,
brillan por algn tiempo jvenes de gran talento, de alma exquisita,
promesas de genio, que poco a poco se cansan, se detienen, se
obscurecen, vacilan, dejan de luchar por el primer puesto y consienten
que otros vengan a ocupar la atencin y a gozar iguales ilusiones,
y a su vez experimentar el mismo desencanto? Un crtico perspicaz,
fijndose en tal fenmeno, ha credo explicarlo atribuyndolo a la poca
fuerza de esas almas, genios abortados, superiores en cierto sentido
(si no se atiende al resultado, a la obra acabada), a los mismos genios
que tienen la virtud... y el _lmite_ de la idea fija, del propsito
exclusivo y constante, pero inferiores en voluntad, en vigor, en
facultades generales, en suma.

Leyendo al autor que eso dice, Vctor Cano cerr el volumen en que lo
dice y se puso a pensar por su cuenta:

"Algo habr de esto; pero yo, mejor que genios abortados, llamara
a esos hombres, como cierto novelista ruso, _genios sin cartera_.
Como otros espritus escogidos, renuncian al placer, al mundo y sus
vanidades, y renuncian a la accin, al buen xito, a los triunfos del
orgullo y del egosmo, en nuestras letras contemporneas hay quien no
conserva, en la gran bancarrota espiritual moderna, en el naufragio
de ideas y esperanzas, ms que un vago pero acendrado amor a la tenue
poesa del bien moral profundo, sin principios, sin sanciones, por
dulce instinto, por abnegacin melanclica y lnguidamente musical
pudiera decirse. Al ver o presentir la nada de todo, menos la
nobleza del corazn, qu alma sincera insiste en luchar por cosas
particulares, por empresas que, ante todo, son egostas, por triunfos
que, por de pronto, son de la vanidad? No se renuncia a la gloria por
aquello del _genio no comprendido_, ni se insiste, como en los tiempos
de los Heine y los Flaubert, en sealar con sarcasmos el abismo que
separa al _artista_ del _philistin_ o del _burgus_, sino que, como
Carlos V junto a la tumba de Carlomagno, se grita: _Perdono  tutti_;
y se declara a todos hermanos en la ceniza, en el polvo, en el viento,
y se mata en el alma la ilusin literaria, la contumacia artstica,
y se renuncia a ser genio, porque ser genio cuesta mucho trabajo,
y no es lo mismo ser genio que ser bueno, que ser humilde, que es
lo que hay que ser; porque hay dos clases de humildes: los que hace
Dios, que son los primeros, mejores y ms seguros, y los que se hacen
a s mismo, a fuerza de pensar, de sentir, de observar, de amar y
renunciar y _prescindir_. S, hoy existen hombres, especie de trapenses
disfrazados, que se tonsuran la aureola del genio como se rasura el
monje, y que no dan ms aprecio al bien efmero de que se despojan, la
gloria, que el humilde religioso al cabello que ve caer a sus pies.
No importa que estos modernos sectarios de la _prescindencia_ sigan
figurando en el mundo, escribiendo poemas, novelas, ensayos; todo eso
es apariencia, tal vez un modo de ganar el pan y las distracciones;
pero en el fondo ya no hay nada; no hay deseo, no hay plan, no hay
orden bello de vida que aspira a un fin determinado; no hay nada de lo
que haba, por ejemplo, en el sistemtico Goethe, que meti el mundo
en su cabeza para poder ser egosta pensando en lo que no era l;
por eso se ve que tales hombres siguen figurando entre los artistas,
entre los escritores; parece que siguen aspirando al primer puesto...
sin facultades suficientes. Acaso no las tengan, pero no les importa;
ni aunque las tuvieran las emplearan con la constancia, la fe, el
entusiasmo, el orden que ellas exigen; por despreciar la fama hasta
consienten que se crea que aun aspiran a ella. Insisten en escribir,
por ejemplo, porque no saben hacer otra cosa; por inercia, porque es el
pretexto mejor para pensar y sentir... y sufrir."

"Y si no, aqu estoy yo--segua pensando Vctor, pero esto ms _piano_
para no _oirse_ a s mismo, si era posible;--aqu estoy yo, que no
ser genio, pero soy algo, y renuncio tambin a la _cartera_, a la
gloria que empezaba a sonreirme, aunque buenos sudores y berrinches me
costaba."

Y no crea decirse esto a humo y pajas y por vanagloria, sino que
tena la vanidad de fundarlo en hechos. Cierto era que en aquel mes
de mayo que acababa de pasar haba entregado a un editor un libro;
pero cmo lo haba entregado? Como quien mete un hijo en el hospicio.
El editor era novel, pobre, no tena amigos en la prensa ni apenas
corresponsales; Cano haba dado la obra por cuatro cuartos, a condicin
de que no se le molestara exigindole propaganda; no quera _faire
l'article_; nada de reclamos, nada de regalos a los crticos, nada de
sueltecitos autobiogrficos; all iba el libro, que viviera si poda.
No podra; cmo haba de poder? El autor era conocido; cuatro o cinco
novelas suyas haban llamado la atencin; no pocos peridicos las
haban puesto en los cuernos de la luna; el pblico se haba interesado
por aquel estilo, por aquella manera; haba sido un poco de fiebre
momentnea de novedad. Al publicarse el ltimo volumen ya haban
insinuado algunos malvolos la idea de decadencia; se haba hablado
de extravo, de atrofia, de estancamiento, de esperanzas fallidas, y,
lo que era peor, se haba mostrado claro, _matemtico_, el cansancio,
el hasto, ante lo conocido y repetido. Vctor, en vez de buscar un
desquite, una reparacin en su obra reciente, con una especie de
coquetera refinada, con el placer del _Heautontimorumenos_, se haba
esmerado en escribir de suerte que su libro tuviera que parecerle al
vulgo vulgar, anodino. Era un libro moral, sencillo, desprovisto de la
pimienta psicolgica que en los anteriores haba sabido emplear con
tanto arte como cualquier _jeune matre_ francs. En rigor, aquella
ausencia de tiquis miquis decadentistas, de misticismos diablicos, era
un refinamiento de voluptuosidad espiritual; la pretensin de Vctor
era sacarle nuevo y delicadsimo jugo al oprimido limn de la moral
corriente, como se llama con estpido menosprecio a la moral producida
siglo tras siglo por lo ms selecto del pensamiento y del corazn
humanos.

Como l esperaba, su libro, sincero, noble, leal a la tradicin de
la sana piedad humana, no llam la atencin, porque nadie se tom
el trabajo de ayudar al buen xito; dijeron de l cuatro necedades
los crticos semigalos que crean seguir la moda con su desfachatado
materialismo, con su procaz hedonismo de burdel y su estilo, de falso
_neurosismo_; pero ni la crtica digna, la que no hace alarde de ser
cnica y de no pagar al sastre ni a la patrona, ni el pblico imparcial
y desapasionado dieron cuenta de s.

Aunque Vctor esperaba este resultado; aunque, en rigor, lo haba
provocado l mismo, sometindose a una especie de experimento en que
quera probar el temple de su alma y la grosera estofa del sentido
esttico general en su patria, tuvo que confesarse que en algunos
momentos de abandono sinti indignacin ante la frialdad con que
era acogida una obra que comenzaba por ser edificante, un rasgo de
reflexin sana, continente.

Se consolaba de este desfallecimiento del nimo, de esta contradiccin
entre sus ideas y anhelos de abnegacin, de _prescindencia_ efectiva,
y la realidad de sus preocupaciones, de su vanidad herida de artista
quisquilloso, pensando que la tal flaqueza era cosa de la parte baja
de su ser, de centros viles del organismo que no haba podido dominar
todava de modo suficiente la hegemona del alma cerebral, del _yo_ que
reinaba desde la cabeza. Como gritan el hambre, el miedo, la lascivia
en el cuerpo del asceta, del hroe, del casto, gritaba en l, a su
juicio, la vanidad artstica; pero el remedio estaba en despreciarla,
en ahogar sus protestas.

                   *       *       *       *       *

Y lo mejor era ausentarse; salir de Madrid, de aquellas cuatro calles
y de los cuatro rincones de murmuracin seudoliteraria; huir, olvidar
las letras de molde, vivir, en fin, de veras. Empezaba el verano, la
emigracin general. Se meti en el tren. Adnde iba? A cualquier
parte; al Norte, al mar. Qu iba a hacer? No lo saba. Dejaba a la
casualidad que le prendiese el alma por donde quisiera. En una fonda
de una estacin, a la luz del petrleo, al amanecer, ante una mesa
fra cubierta de hule, entre el ruido y el movimiento incmodos,
antipticos, de las prisas de los viajeros, vi de repente lo que iba a
hacer aquel verano, si el azar lo permita: iba a amar. Era lo mejor;
la ilusin ms ilusoria, pero, por lo mismo, ms llena del encanto
de la hermosa apariencia de la buena realidad. El amor era lo que
mejor imitaba el mundo que deba haber. Enfrente de l, ante una gran
taza de caf con leche, una mujer meditaba a la _orilla_ de aquel mar
ceniciento, con los ojos pardos muy abiertos, las cejas muy pobladas,
de arco de Cupido, en tirantez nerviosa, como conteniendo el peso de
pensamientos que caan de la frente. No pensaba en el caf, ni en el
lugar donde estaba, ni en nada de cuanto tena alrededor. Son fuera
una campana, y la dama levant los ojos y mir a Vctor, que se di por
enamorado, en lo que caba, de aquella mujer, que de fijo no pensaba
como un cualquiera. El marido de aquella seora la di un suave codazo,
que fu como despertarla; se levantaron, salieron, y Vctor se fu
detrs. Estaba resuelto a seguir a la dama meditabunda, metindose en
el mismo coche que ella, si era posible, por lo menos en el mismo tren,
aunque no fuera el suyo y tuviera que dejar en otra lnea el equipaje y
los enseres de primera necesidad que llevaba ms cerca. Por fortuna, la
dama viajaba en el mismo tren en que Vctor vena, en un coche contiguo
al suyo. Cano tom sus brtulos, cambi de departamento, y entr, con
gran serenidad, donde el matrimonio desconocido. Nadie not el cambio
ni la persecucin iniciada. A pesar del naciente amor, Vctor se durmi
un poco, porque la madrugada le suma siempre en un sopor de muerte.
Mil veces se lo haba dicho a s mismo: "Yo morir al salir el sol."
Cuando despert, la maana ya haba entrado en calor; la luz alegraba
el mundo, el tren volaba, el marido dorma, y la seora de las cejas de
arco de amor lea con avidez en un rincn, olvidada del mundo entero:
lea un libro en rstica, en octavo menor, forrado prosaicamente con
medio peridico. Para ella no haba esposo al lado, un desconocido de
buen ver enfrente, una inmensa llanura en que apuntaban los verdores
del trigo hasta tocar el horizonte, por derecha e izquierda; no haba
ms que lo negro de las pginas que beba. A veces deba de leer
entre lneas, porque tardaba en dar vuelta a la hoja; pensaba, pero
por sugestin de la lectura; para colmo de humillacin, Vctor vi a
la dama levantar algunas veces la cabeza, mirar al campo, a la red
que tena enfrente, como si pasara revista a los bultos que llevaba
en ella; hasta mirarle a l, sin verle, lo que se llama verle en
conciencia.

Con esto se encenda ms lo que Vctor quera llamar su naciente amor:
una mujer que no le haca caso, ya tena mucho adelantado para que l
la idealizara y la pusiera en el altar de lo Imposible, su dios falso.

Qu demonio de libro sera aqul? Probablemente alguna novela de
Daudet, o, a todo tirar, de Guy de Maupassant... No quera pensar en la
posibilidad de que fuese de algn autor espaol contemporneo, de un
amigo suyo sobre todo. No lo permitiera Dios!

"Pero yo soy un texto vivo; yo valgo ms que un folleto, que una
lucubracin pasajera; ese volumen dentro de un ao ser una hoja seca,
olvidada; dentro de dos, un montn sucio de papel, y, moralmente,
polvo; en el recuerdo de los lectores que tenga, nada... y yo ser yo
todava; un joven, viejo para la metafsica, pero rozagante, nuevo,
siempre nuevo para el amor, que es un dulce engao compatible con todos
los nirvanas del mundo y con todas las obras pas.

"La literatura era una cosa _estpida_; porque si era mala, era
estpida por s, y si era buena, era necio, intil, entregarla al vulgo
que no puede comprenderla. Aquella seora, guapa y todo, con los ojos
pensadores y sus cejas cargadas de ideas nobles y de poesa, sera,
es claro, como las dems mujeres en el fondo; inteligente slo en el
rostro, no de veras, no por dentro. Si el libro era bueno, caso poco
probable, no lo entendera, y si era malo, por qu leerlo?"

Ello era que pasaban el tiempo y la campia, y el marido no despertaba
ni la mujer dejaba la lectura que tan absorta la tena.

Vctor no pudo ms, y fu a la montaa, ya que la montaa no vena
a l. Busc un pretexto para entablar conversacin, o por lo menos
hacerse oir, y dijo:

--Seora, le molestar a usted el humo... si...?

La dama levant la cabeza, _vi_, en rigor por primera vez, a Cano;
y reparndole bien, eso s, contest, sonriendo con una sonrisa
inteligente, que, dijera l lo que quisiera, pareca hablar de
inteligencia de dentro:

--En este departamento est prohibido fumar...

--Ah! No haba visto!...

--S; pero fume usted lo que quiera, porque mi marido en cuanto
despierte no har otra cosa en todo el da.

--Ah, no importa, yo no debo!...

La dama, dulcemente seria, con una mirada tan sincera por lo menos como
la literatura de ltima hora de Vctor, replic:

--Le aseguro a usted que el tabaco no me molesta absolutamente nada;
fume usted lo que quiera.

Y volvi a la lectura.

Vctor se vi ms humillado que antes y sin saber qu hara de aquella
licencia que se le haba otorgado, y que probablemente sera la ltima
contravencin al orden social a que le autorizara aquella dama de la
novela, o lo que fuese.

Cuando despert el seor Carrasco, el digno esposo de la desconocida,
la conversacin prendi fuego ms fcilmente; fumaron los dos
espaoles, y la seora de cuando en cuando dejaba la lectura y terciaba
en el dilogo.

En cuanto supo Vctor que el distinguido acadmico de la Historia,
seor Carrasco, y su esposa iban a baos a un puerto muy animado y
pintoresco del Norte, di una palmada de satisfaccin, aplaudiendo la
_feliz casualidad_ de ir todos con igual destino; l tambin iba a
veranear aquel ao en Z... En efecto, en cuanto tuvo ocasin arregl
en una de las estaciones del trnsito el cambio de itinerario y se
asegur de que su equipaje le acompaara en el nuevo camino que
segua. Todo se arregla con dinero y buenas palabras.

Los de Carrasco no sospecharon la mentira, ni pensaron en tal cosa.
Ello fu que en Z... siguieron tratndose, como era natural; pero es
de advertir que Vctor, por suspicacia de autor, de artista, cuyo amor
propio vive irritado, aun mucho despus de que se le d por muerto,
no quiso decir a sus nuevos amigos su verdadero nombre; tom el de un
pariente muerto, y vivi en Z... como un malhechor o un conspirador
que oculta su estado civil. Tuvo miedo de que al decir a la seora de
Carrasco, Cristina: "Yo soy Vctor Cano", a ella no le sonaran a nada
o le sonaran a poco estas dos palabras juntas. Muchas veces le haba
sucedido encontrarse con personas a quien se deba suponer regular
ilustracin y conocimiento mediano de las letras contemporneas, que no
saban quin era Cano, o saban muy poco de l y sus obras. Si Cristina
reciba el nombre con indiferencia, ignorante de su fama, o teniendo de
ella escasas noticias, Vctor comprenda que su amor propio padecera
mucho, y para desagravio de sus fueros lastimados le obligara a l, al
enamorado Vctor, a tener en poco las luces naturales y adquiridas de
una seora que no saba quin era el autor de _Los Humildes_, su obra
de ms resonancia. Am, pues, de incgnito, y de incgnito empez a
poner en planta un plan de seduccin espiritual, al que se prestaba,
como pronto pudo conocer con sorpresa y alegra, el carcter soador y
caviloso de la seora de Carrasco.

                   *       *       *       *       *

La parte material, el teatro, por decirlo as, de la aventura iniciada,
puede figurrselo el lector que haya vivido en una playa en verano
y haya tenido amoros, o pretensiones a lo menos, en ocasin tan
propicia; los que no, pueden recurrir al recuerdo de cien y cien
novelas, y cuentos y comedias en que el mar, la arena, los marineros y
dems partes de por medio y decoraciones adecuadas hacen el gasto.

El seor Carrasco, el eximio acadmico de la Historia, era tan
aficionado como a sondar los arcanos de lo pasado, a sondar el fondo
de las aguas donde poda sospecharse que haba pesca; pescaba desde
que Dios mandaba la luz al mundo, y cuando no poda, revolva la arena
en busca de conchas pintadas, restos de esos humildes animalitos que
otros ms fuertes persiguen y que por amor a la paz, a la tranquilidad,
se resignan a vivir enterrados, bajo la arena, donde no estorban ni
excitan la voracidad del fuerte. Mientras el acadmico penetraba con el
tentculo de la caa y el anzuelo en lo recndito del agua, o revolva
con su bastn la blanda y deleznable arena, su mujer, paseando al
borde de las espumas, sondaba los misterios del alma guiada por el
inteligente buzo de oficio Vctor Cano.

Durante los primeros das de la estancia en Z..., Vctor haba visto
alguna veces a Cristina leyendo, ora en la playa, ora en un pinar
cercano, ya en la galera del balneario, ya en el comedor de la fonda,
un libro forrado con un peridico, el mismo probablemente que l haba
aborrecido en el tren. Pero notaba con satisfaccin el galn audaz que
la de Carrasco lea poco, y en llegando l pronto dejaba el volumen.
Hasta la oy quejarse, rindose, de lo atrasada que llevaba la lectura
dichosa. "Si sigo as, tengo con un libro para todo el verano." Ni
Vctor le pregunt jams de qu obra se trataba (tanto era su desprecio
y su horror a las letras por entonces), ni ella dej nunca de ocultar
el volumen en cuanto vea acercarse al nuevo amigo.

Por unos quince das la victoria indudablemente fu del texto vivo;
Cristina olvid por completo las letras de molde y oy con atencin
seria, como meditaba aquella madrugada ante una taza de caf, oy las
disquisiciones de moral extraordinaria y de psicologa delicada y
escogida con que Vctor iba preparndola para escuchar sin escndalo la
declaracin _sui generis_ y de quinta esencia en que tena que parar
todo aquello.

Cano, con la mejor fe del mundo, persuadido, a fuerza de imaginacin,
de que estaba potica y msticamente enamorado, en la playa,
en el pinar, en los maizales, en el prado oloroso, en todas
partes, le recitaba a Cristina con fogosa elocuencia las teoras
metafsico-amorosas de su penltima _manera_, las que haba vertido,
como quien envenena un pual, en la prosa de acero de su penltimo
libro. Segn estas ideas, haba moral, claro que s; el positivismo y
sus consecuencias ticas eran groseras horrorosas; el cristianismo
tena razn a la larga y en conjunto...; pero la moral era relativa, a
saber: no haba preceptos generales, abstractos, sino en corto nmero;
lo ms de la moral tena que ser casustico (y aqu una defensa del
jesuitismo, aunque condicional, un panegrico de Ignacio de Loyola
y del Talmud). Los espritus grandes, escogidos, no necesitaban los
mismos preceptos que el vulgo materialista y grosero; demasiado
aborreca la carne el alma enferma de idealidad; lejos de hacrsela
odiosa, como un peligro, se la deba inclinar a transigir con ella, con
la carne, mediante los cosmticos del arte, mediante el dogma de la
santa alegra. En el mundo estaba el amor, la redencin perpetua; el
amor verdadero, que era cosa para muy pocos; cuando dos almas capaces
de comprenderlo y sentirlo se encontraban, la ley era armarse, por
encima de obstculos del orden civil, buenos, en general, para contener
las pasiones de la muchedumbre, pero intiles, perniciosos, ridculos,
tratndose de quien no haba de llevar tan santa cosa como es la pasin
nica, animadora, por el camino de la torpeza y la lascivia... Por
ah adelante, y adems por aquellos trigos de Dios (y si no trigos,
maizales y bosques de pinos), llevaba Vctor a Cristina, que oa y
meditaba, y no sospechaba, o finga no sospechar, lo que vena detrs
de tales lecciones.

Lleg l a creerla persuadida de que el matrimonio era un accidente
insignificante, tratndose de almas msticas a la moderna. "Era absurdo
proclamar el divorcio para facilitar la descomposicin de la familia
vulgar, para dar pbulo a la licencia plebeya; todo estaba bien como
estaba en la ley religiosa y en la civil; slo que haba excepciones
que la grosera expresin legal, vulgar, no poda tener en cuenta, ni
mucho menos puntualizar. Cundo llegaba el caso de la excepcin?
Los dignos de ella eran los encargados de revelarlos a su propia
conciencia, mediante inspiracin sentimental infalible."

Todo esto lo iba diciendo Vctor, no as de golpe y con trminos duros
y abstractos, como lo digo yo que tengo prisa, sino entre prrafos de
filosofa potica y ante las decoraciones de bosque y marina _propias_
del caso.

                   *       *       *       *       *

Cuando la fruta le iba pareciendo ya muy madura y crea llegado el
tiempo de la recoleccin, not Cano que la de Carrasco empezaba a
distraerse mientras l hablaba, y pareca meditar, no lo que l
deca, sino otras cosas. Una tarde que l crea la oportuna para la
declaracin mstica, encontr a Cristina dentro de una caseta, junto al
agua, leyendo hacia el final del libro forrado con un peridico.

Desde entonces pudo ver que la conversin de la buena _burguesa_
iba perdiendo terreno; oa ella con frialdad, a ratos con sealado
disgusto. Comprendi Vctor que a la dama se le ocurran objeciones
que no expona, pero que tena presentes para su conducta. Estupefacto
y airado vi el seductor una maana a su discpula sentada junto al
acadmico que pescaba _panchos_, mientras su esposa lea el libro de
siempre, y lo lea hacia la mitad. Es decir, que haba vuelto a empezar
la lectura, que repasaba lo ledo. Y con qu avidez lo lea! Los ojos
le echaban chispas; la mejillas las tena encendidas. Al llegar Vctor
cerr el volumen de repente, lo escondi bajo el chal, y mirando a
Carrasco con dulzura y simpata, se le cogi del brazo que sujetaba la
caa.

--Suelta, mujer, que me quitas el tiento--dijo el sabio.

Y ella solt, sonriendo, pero no obedeca las seas de Vctor, que,
como otras veces, pedan paseos filosficos, un poco de excursin
peripattico-ertica.

Tanto terreno iba perdiendo el escritor abstinente, que lleg a la
situacin desairada del que tiene que apagar la caldera de la pasin
elocuente por no caer en ridculo ante la frialdad que le rodea.

Lleg el da en que no pudo emplear siquiera el lenguaje fervoroso,
transportado de su misticismo vidente; y entonces fu cuando, con
un realismo brutal, impropio de los antecedentes, declar su amor
desesperado, batindose en vergonzosa fuga...

Cristina tuvo lstima; y, clavndole los ojos pensativos y cargados de
lectura con que le miraba haca tantos das, le dijo:

--Mire usted, Florez, le perdono, porque he tenido yo la culpa de
que usted pudiera llegar a tal extremo. No ha sido coquetera; ha
sido... que todos somos dbiles; que usted ha sido elocuente, y yo iba
hacindome intrincada y _excepcional_..., porque sus palabras parecan
un filtro de melodrama... Pero, francamente, llega usted tarde. Otro ha
corrido ms. No se asuste usted... Su rival... es un libro. Ni siquiera
recuerdo el nombre del autor, porque yo, poco literata, hago como
muchas mujeres que no suelen enterarse del nombre de quien las deleita
con sus invenciones. Pensaba este verano llenarme la cabeza de novelas;
comenc en el tren una, la primera que cog, y empez a interesarme
mucho; despus... lleg usted... con sus novelas de viva voz, y, se
lo confieso, por muchos das me hizo abandonar el libro; pero en la
lucha, que era natural que dentro de m mantuviera mi _vulgaridad_
materialista y grosera de _burguesa honrada_, con la hembra excepcional
que bamos descubriendo, me acord de lo que haba visto en los
primeros captulos de aquel libro extrao... Volv a l... y poco a
poco me llen el alma; ahora lo entenda mejor, ahora le penetraba todo
el sentido... Eran ustedes rivales... y venci l. Porque l da por
sabido todo eso que usted me cuenta..., lo entiende, lo siente... y no
lo aprueba; va ms all, est de vuelta y me restituye a mi prosa de
la vida vulgar honrada, me ensea el idealismo del deber cumplido, me
hace odiar los ensueos que dan en el pecado, me revela la poesa de la
_moral corriente_, que demuestra que el colmo del misticismo esttico,
de la quinta esencia psicolgica, est cifrado en ser una persona
decente, y que no lo es la mujer que falta a la fidelidad jurada a su
marido. Todo esto, que yo digo tan mal, lo dice, con tanta o ms poesa
que usted sus cosas, este libro.

Cristina mostr el volumen de mi cuento, y aadi:

--Si de alguien pudiera yo enamorarme sera del autor de este libro;
pero la mejor manera de rendirle el tributo de admiracin que
merece..., es obedecer su doctrina... y, por consiguiente, enamorarse
slo del humilde y santo deber.

Vctor no pudo contenerse ms, y tendiendo las manos hacia el regazo de
Cristina, donde estaba el volumen que antes odiaba, grit:

--Por Dios, seora, pronto; el nombre de ese libro..., el autor!...

Cristina se puso en pie, y rechazando a Vctor, como si temiera que el
contacto de aquel hombre manchara el texto que veneraba, di un paso
atrs, y abriendo el libro por la primera hoja, ley: "_El Concilio de
Trento_, por Vctor Cano."

Tembl el literato de pies a cabeza; se sinti partido en dos; pero
pudo en l ms la vanidad que la vergenza, y sin tratar de reprimirse,
exclam:

--Seora, Vctor Cano soy yo; no soy Florez; yo he escrito esa novela.

En el rostro que palideci de repente, de Cristina, se pint un gesto
de dolor y repugnancia, de desengao insoportable; y la dama seria,
noble, de alma sincera, dando algunos pasos para alejarse, dijo con voz
muy triste:

--Lo siento.




                               PROTESTO

                                   I


Este D. Fermn Zalda, en cuanto tuvo uso de razn, y fu muy pronto,
por no perder el tiempo, no pens en otra cosa ms que en hacer
dinero. Como para los negocios no sirven los muchachos, porque la
ley no lo consiente, D. Fermn soborn al tiempo y se las compuso de
modo que pas atropelladamente por la infancia, por la adolescencia y
por la primera juventud, para ser cuanto antes un hombre en el pleno
uso de sus derechos civiles; y en cuanto se vi mayor de edad, se
puso a pensar si tendra l algo que reclamar por el beneficio de la
restitucin _in integrum_. Pero ca! Ni un ochavo tena que restituirle
alma nacida, porque, menor y todo, nadie le pona el pie delante en
lo de negociar con astucia, en la estrecha esfera en que la ley hasta
entonces se lo permita. Tan poca importancia daba l a todos los aos
de su vida en que no haba podido contratar, ni hacer grandes negocios,
por consiguiente, que haba olvidado casi por completo la inocente
edad infantil y la que sigue con sus dulces ilusiones, que l no haba
tenido, para evitarse el disgusto de perderlas. Nunca perdi nada don
Fermn, y as, aunque devoto y aun supersticioso, como luego veremos,
siempre se opuso terminantemente a aprender de memoria la oracin de
San Antonio. Para qu?--deca l--. Si yo estoy seguro de que no he
de perder nunca nada!

--S tal--le dijo en una ocasin el cura de su parroquia, cuando Fermn
ya era muy hombre--, s tal; puede usted perder una cosa...: el alma.

--De que eso no suceda--replic Zalda--ya cuidar yo a su tiempo. Por
ahora a lo que estamos. Ya ver usted, seor cura, cmo no pierdo nada.
Procedamos con orden.

El que mucho abarca poco aprieta. Yo me entiendo.

Lo nico de su niez que Zalda recordaba con gusto y con provecho, era
la gracia que desde muy temprano tuvo de hacer parir dinero al dinero
y a otras muchas cosas. Pocos objetos hay en el mundo, pensaba l, que
no tengan dentro algunos reales por lo menos; el caso est en saber
retorcer y estrujar las cosas para que suden cuartos.

Y lo que haca el muchacho era juntarse con los chicos viciosos, que
fumaban, jugaban y robaban en casa dinero o prendas de algn valor. No
los segua por imitarlos, sino por sacarlos de apuros, cuando carecan
de pecunia, cuando perdan al juego, cuando tenan que restituir el
dinero cogido a la familia o las prendas empeadas. Fermn adelantaba
la plata necesaria...; pero era con inters. Y nunca prestaba sino
con garantas, que solan consistir en la superioridad de sus puos,
porque procuraba siempre que fueran ms dbiles que l sus deudores, y
el miedo le guardaba la via.

Lleg a ser hombre y se dedic al nico encanto que le encontraba a la
vida, que era la virtud del dinero de parir dinero. Era una especie
de Scrates crematstico; Scrates, como su madre Fenaretes, matrona
partera, se dedicaba a ayudar a parir..., pero ideas. Zalda era
comadrn del treinta por ciento.

Todo es segn se mira: su avaricia era cosa de su genio; era l un
genio de la ganancia. De una casa de banca ajena pronto pas a otra
propia; lleg en pocos aos a ser el banquero ms atrevido, sin
dejar de ser prudente, ms lince, ms afortunado de la plaza, que
era importante; y no tard su crdito en ser cosa muy superior a la
esfera de los negocios locales, y aun provinciales, y aun nacionales;
emprendi grandes negocios en el extranjero, fu su fama universal,
y a todo esto l, que tena el ojo puesto en todas las plazas y en
todos los grandes negocios del mundo, no se mova de su pueblo, donde
iba haciendo los necesarios gastos de ostentacin, como quien pone
mercancas en un escaparate. Hizo un palacio, gran palacio, rodeado
de jardines; trajo lujosos trenes de Pars y Londres, cuando lo crey
oportuno, y lo crey oportuno cuando cumpli cincuenta aos, y pens
que era ya hora de ir preparando lo que l llamaba para sus adentros
_el otro negocio_.


                                  II

Aunque el cura aquel de su parroquia ya haba muerto, otros quedaban,
pues curas nunca faltan: y D. Fermn Zalda, siempre que vea unos
manteos se acordaba de lo que le haba dicho el prroco y de lo que l
le haba replicado.

se era _el otro negocio_. Jams haba perdido ninguno, y las canas le
decan que estaba en el orden empezar a preparar el terreno para que,
por no perder, ni siquiera el alma se le perdiese.

No se tena por ms ni menos pecador que otros cien banqueros y
prestamistas. Engaar, haba engaado al lucero del alba. Como que
sin engao, segn Zalda, no habra comercio, no habra cambio. Para
que el mundo marche, en todo contrato ha de salir perdiendo uno,
para que haya quien gane. Si los negocios se hicieran tablas como el
juego de damas, se acababa el mundo. Pero, en fin, no se trataba de
hacerse el inocente; as como jams se haba forjado ilusiones en sus
clculos para negociar, tampoco ahora quera forjrselas en el _otro
negocio_: "A Dios--se deca--no he de engaarle, y el caso no es buscar
disculpas, sino remedios. Yo no puedo restituir a todos los que pueden
haber dejado un poco de lana en mis zarzales. La de letras que yo
habr descontado! La de prstamos hechos! No puede ser. No puedo ir
buscando uno por uno a todos los perjudicados; en gastos de correos
y en indagatorias se me ira ms de lo que les debo. Por fortuna,
hay un Dios en los cielos que es acreedor de todos; todos le deben
todo lo que son, todo lo que tienen; y pagando a Dios lo que debo a
sus deudores, unifico mi deuda, y para mayor comodidad me valgo del
banquero de Dios en la tierra, que es la Iglesia. Magnfico! Valor
recibido, y andando. Negocio hecho."

Comprendi Zalda que para festejar al clero, para gastar parte de sus
rentas en beneficio de la Iglesia, atrayndose a sus sacerdotes, el
mejor reclamo era la opulencia; no porque los curas fuesen generalmente
amigos del poderoso y cortesanos de la abundancia y del lujo, sino
porque es claro que, siendo misin de una parte del clero pedir para
los pobres, para las causas pas, no han de postular donde no hay de
qu, ni han de andar oliendo dnde se guisa. Es preciso que se vea de
lejos la riqueza y que se conozca de lejos la buena voluntad de dar.
Ello fu que en cuanto quiso, Zalda vi su palacio lleno de levitas y
tuvo oratorio en casa; y, en fin, la piedad se le entr por las puertas
tan de rondn, que toda aquella riqueza y todo aquel lujo empez a
oler as como a incienso; y los tapices y la plata y el oro labrados
de aquel palacio, con todos sus jaspes y estatuas y grandezas de mil
gneros, llegaron a parecer magnificencias de una catedral, de sas que
ensean con tanto orgullo los sacristanes de Toledo, de Sevilla, de
Crdoba, etc., etc.

Limosnas abundantsimas y aun ms fecundas por la sabidura con que
se distribuyeron siempre; fundaciones piadosas de enseanza, de asilo
para el vicio arrepentido, de pura devocin y aun de otras clases,
todas santas; todo esto y mucho ms por el estilo, brot del caudal
fabuloso de Zalda como de un manantial inagotable.

Mas, como no bastaba pagar con los bienes, sino que se haba de
contribuir con prestaciones personales, D. Fermn, que cada da fu
tomando ms en serio el negocio de la salvacin, se entreg a la
prctica devota, y en manos de su director espiritual y _administrador_
mstico D. Mamerto, maestrescuela de la Santa Iglesia Catedral,
fu convirtindose en paulino, en siervo de Mara, en cofrade del
Corazn de Jess; y, lo que importaba ms que todo, ayun, frecuent
los Sacramentos, huy de lo que le mandaron huir, crey cuanto le
mandaron creer, aborreci lo aborrecible; y, en fin, lleg a ser el
borrego ms humilde y dcil de la dicesis; tanto, que D. Mamerto,
el maestrescuela, hombre listo, al ver oveja tan sumisa y de tantos
posibles, le llamaba para sus adentros "el _Toisn de Oro_".


                                  III

Todos los comerciantes saben que sin buena fe, sin honradez general en
los del oficio, no hay comercio posible; sin buena conducta, no hay
confianza, a la larga; sin confianza, no hay crdito; sin crdito,
no hay negocio. Por propio inters ha de ser el negociante limpio en
sus tratos; una cosa es la ganancia, con su engao necesario, y la
trampa es otra cosa. As pensaba Zalda, que deba gran parte de su
buen xito a esta honradez formal; a esta seriedad y buena fe en los
negocios, una vez emprendidos los de ventaja. Pues bien; el mismo
criterio llev a su _otro negocio_. Sera no conocerle pensar que l
haba de ser hipcrita, escptico: no; se aplic de buena fe a las
prcticas religiosas, y si, modestamente, al sentir el dolor de sus
pecados, se content con el de atricin, fu porque comprendi, con su
gran golpe de vista, que no estaba la Magdalena para tafetanes, y que
a D. Fermn Zalda no haba que pedirle la contricin, porque no la
entenda. Por temor al castigo, a _perder_ el alma, fu, pues, devoto;
pero este temor no fu fingido, y la creencia ciega, absoluta, que se
le pidi para salvarse, la tuvo sin empacho y sin el menor esfuerzo. No
comprenda cmo haba quien se empeaba en condenarse por el capricho
de no querer creer cuanto fuera necesario. l lo crea todo, y aun
lleg, por una propensin comn a los de su laya, a creer ms de lo
conveniente, inclinndole al fetichismo disfrazado y a las ms claras
supersticiones.

En tanto que Zalda edificaba el alma como poda, su palacio era
emporio de la devocin ostensible y aun ostentosa, eterno jubileo,
baslica de los negocios pos de toda la provincia, y a no ser
profanacin excusable, llamralo lonja de los contratos ultratelricos.

Mas sucedi a lo mejor, y cuando el caudal de D. Fermn estaba
recibiendo los ms fervientes y abundantes bocados de la piedad
solcita, que el diablo, o quien fuese, inspir un sueo, endemoniado,
si fu del diablo, en efecto, al insigne banquero.

So de esta manera. Haba llegado la de vmonos; l se mora, se mora
sin remedio, y don Mamerto, a la cabecera de su lecho, le consolaba
diciendo:

--nimo, don Fermn, nimo, que ahora viene la poca de cosechar el
fruto de lo sembrado. Usted se muere, es verdad, pero qu? Ve usted
este papelito? Sabe usted lo que es?--Y don Mamerto sacuda ante los
ojos del moribundo una papeleta larga y estrecha.

--Eso... parece una letra de cambio.

--Y eso es, efectivamente. Yo soy el librador y usted es el tomador;
usted me ha entregado a m, es decir, ha entregado a la Iglesia, a los
pobres, a los hospitales, a las nimas, la cantidad... equis.

--Un buen pico.

--Bueno! Pues bueno; ese pico mando yo, que tengo fondos colocados
en el cielo, porque ya sabe usted que ato y desato, que se lo paguen
a su espritu de usted en el otro mundo, en buena moneda de la que
corre all, que es la gracia de Dios, la felicidad eterna. A usted le
enterramos con este papelito sobre la barriga, y por el correo de la
sepultura esta letra llega a poder de su alma de usted, que se presenta
a cobrar ante San Pedro; es decir, a recibir el cacho de gloria, a la
vista, que le corresponda, sin necesidad de antesalas, ni plazos ni
_fechas_ de purgatorio...

Y en efecto; sigui don Fermn soando que se haba muerto, y que sobre
la barriga le haban puesto, como una recomendacin o como uno de
aquellos viticos en moneda y comestibles, que usaban los paganos para
enterrar sus muertos, le haban puesto la letra a la vista que su alma
haba de cobrar en el cielo.

Y despus l ya no era l, sino su alma, que con gran frescura se
presentaba en la portera de San Pedro, que adems de portera era un
Banco, a cobrar la letra de don Mamerto.

Pero fu el caso que el Apstol, arrugado el entrecejo, ley y reley
el documento, le di mil vueltas, y por fin, sin mirar al portador dijo
mal humorado:

--Ni pago ni acepto!

El alma de Zalda hizo ni ms ni menos lo que su propietario D.
Fermn hubiera hecho en la tierra en situacin semejante. No gast el
tiempo en palabras vanas, sino que inmediatamente se fu a buscar un
notario, y antes de la puesta del sol del da siguiente, se extendi
el correspondiente protesto, con todos los requisitos de la seccin
octava, del ttulo dcimo del libro segundo del Cdigo de Comercio
vigente; y D. Fermn, su alma, dej copia del tal protesto, en papel
comn, al prncipe de los apstoles.

Y el cuerpo miserable del avaro, del capitalista devoto, ya encentado
por los gusanos, se encontr en su sepultura con un papel sobre la
barriga; pero un papel de ms bulto y de otra forma que la letra de
cambio que l haba mandado al cielo.

Era el protesto.

Todo lo que haba sacado en limpio de sus afanes por el _otro negocio_.

Ni siquiera le quedaba el consuelo de presentarse en juicio a exigir
del librador, del pcaro D. Mamerto, los gastos del protesto ni las
dems responsabilidades, porque la sepultura estaba cerrada a cal y
canto, y adems los pies los tena ya hechos polvo.


                                  IV

Cuando despert D. Fermn, vi a la cabecera de su cama al
maestrescuela, que le sonrea complaciente y aguardaba su despertar,
para recordarle la promesa de pagar toda la obra de fbrica de una
nueva y costossima institucin piadosa.

--Dgame usted, amigo don Mamerto--pregunt Zalda, cabizbajo y
cejijunto como el San Pedro que no haba aceptado la letra--, debe
creerse en aquellos sueos que parecen providenciales, que estn
compuestos con imgenes que pertenecen a las cosas de nuestra
sacrosanta religin, y nos dan una gran leccin moral y sano aviso para
la conducta futura?

--Y cmo si debe creerse!--se apresur a contestar el cannigo, que
en un instante hizo su composicin de lugar, pero trocando los frenos
y equivocndose de medio a medio, a pesar de que era tan listo--.
Hasta el pagano Homero, el gran poeta, ha dicho que los sueos vienen
de Jpiter. Para el cristiano vienen del nico Dios verdadero. En la
Biblia tiene usted ejemplos respetables del gran valor de los sueos.
Ve usted primero a Josef interpretando los sueos de Faran, y ms
adelante a Daniel explicndole a Nabucodonosor...

--Pues este Nabucodonosor que tiene usted delante, mi seor don
Mamerto, no necesita que nadie le explique lo que ha soado, que harto
lo entiende. Y como yo me entiendo, a usted slo le importa saber que
en adelante pueden usted y todo el cabildo, y cuantos hombres se visten
por la cabeza, contar con mi amistad..., pero no con mi bolsa. Hoy no
se fa aqu, maana tampoco.

Pidi D. Mamerto explicaciones, y a fuerza de mucho rogar logr que D.
Fermn le contase el sueo del protesto.

Quiso el maestrescuela tomarlo a risa; pero al ver la seriedad del
otro, que pona toda la fuerza de su fe supersticiosa en atenerse a la
leccin del protesto, quem el cannigo el ltimo cartucho diciendo:

--El sueo de usted es falso, es satnico; y lo pruebo probando que es
inverosmil. Primeramente, niego que haya podido hacerse en el cielo
un protesto..., porque es evidente que en el cielo no hay escribanos.
Adems, en el cielo no puede cumplirse con el requisito de extender el
protesto antes de la puesta del sol del da siguiente..., porque en
el cielo no hay noche ni da, ni el sol se pone, porque todo es sol, y
luz, y gloria, en aquellas regiones.

Y como D. Fermn insistiera en su superchera, moviendo a un lado y
a otro la cabeza, don Mamerto, irritado, y echndolo a rodar todo,
exclam:

--Y por ltimo... niego... el portador. No es posible que su alma de
usted se presentara a cobrar la letra... porque los usureros no tienen
alma!

--Tal creo--dijo D. Fermn, sonriendo muy contento y algo socarrn--; y
como no la tenemos, mal podemos perderla.

Por eso, si viviera el cura aquel de mi parroquia, le demostrara
que yo no puedo perder nada. Ni siquiera he perdido el dinero que he
empleado en cosas devotas, porque la fama de santo ayuda al crdito.
Pero como ya he gastado bastante en anuncios, ni pago esa obra de
fbrica... ni aprendo la oracin de San Antonio.




                            LA YERNOCRACIA


Hablaba yo de poltica das pasados con mi buen amigo Aurelio Marco,
gran filsofo _fin de sicle_ y padre de familia no tan _filosfico_,
pues su blandura domstica no se aviene con los preceptos de la
modernsima pedagoga, que le pide a cualquiera, en cuanto tiene un
hijo, ms condiciones de capitn general y de hombre de Estado que a
Napolen o a Julio Csar.

Y me deca Aurelio Marco:

--Es verdad; estamos hace algn tiempo en plena yernocracia: como a ti,
eso me irritaba tiempo atrs, y ahora... me enternece. Qu quieres;
me gusta la sinceridad en los afectos, en la conducta; me entusiasma
el entusiasmo verdadero, sentido realmente; y en cambio, me repugnan
el _pathos_[1] falso, la piedad y la virtud fingidas. Creo que el
hombre camina muy poco a poco del brutal egosmo primitivo, sensual,
instintivo, al espiritual, reflexivo altruismo. Fuera de las rarsimas
excepciones de unas cuantas docenas de santos, se me antoja que hasta
ahora en la humanidad nadie ha querido de veras... a la sociedad, a esa
abstraccin fra que se llama _los dems_, el prjimo, al cual se le
dan mil nombres para dorarle la pldora del menosprecio que nos inspira.


El patriotismo, a mi juicio, tiene de sincero lo que tiene de egosta;
ya por lo que en l va envuelto de nuestra propia conveniencia, ya de
nuestra vanidad. Cerca del patriotismo anda la gloria, quinta esencia
del egosmo, colmo de la _autolatra_; porque el egosmo vulgar se
contenta con adorarse a s propio l solo, y el egosmo que busca la
gloria, el egosmo heroico..., busca la adoracin de los dems: que el
mundo entero le ayude a ser egosta. Por eso la gloria es deleznable...
claro, como que es contra naturaleza, una paradoja, el sacrificio del
egosmo ajeno en aras del propio egosmo.

Pero no me juzgues, por esto, pesimista, sino cauto; creo en el
progreso; lo que niego es que hayamos llegado, as, en masa, como obra
social, al _altruismo_ sincero. El da que cada cual quisiera a sus
conciudadanos de verdad, como se quiere a s mismo, ya no haca falta
la poltica, tal como la entendemos ahora. No, no hemos llegado a eso;
y por elipsis o hipocresa, como quieras llamarlo, convenimos todos en
que cuando hablamos de sacrificios por amor al pas... mentimos, tal
vez sin saberlo; es decir, no mentimos acaso, pero no decimos la verdad.

--Pero... entonces--interrump--, dnde est el progreso?

--A ello voy. La evolucin del amor humano no ha llegado todava ms
que a dar el primer paso sobre el abismo moral insondable del amor _a
otros_. Oh, y es tanto eso! Supone tanta idealidad! Pregntale a un
moribundo que ve cmo le dejan irse los que se quedan, si tiene gran
valor espiritual el esfuerzo de amar _de veras_ a lo que no es yo mismo!

--Qu lenguaje, Aurelio!

--No es pesimista, es la sinceridad pura. Pues bien; el primer paso en
el amor de los dems lo ha dado parte de la humanidad, no de un salto,
sino por el camino... del cordn umbilical...; las madres han llegado
a amar a sus hijos, lo que se llama amar. Los padres dignos de ser
madres, los padres-madres, hemos llegado tambin, por la misteriosa
unin de la sangre, a amar de veras a los hijos. El amor familiar es
el nico progreso serio, grande, _real_, que ha hecho hasta ahora la
_sociologa positiva_. Para los dems crculos sociales, la coaccin,
la pena, el convencionalismo, los _sistemas_, los equilibrios, las
frmulas, las hipocresas necesarias, la _razn de Estado_, lo del
_salus populi_ y otros arbitrios sucedneos del amor verdadero; en la
familia, en sus primeros grados, ya existe el amor cierto, la argamasa
que puede unir las piedras para los cimientos del edificio social
futuro. Repara cmo nadie es utopista ni revolucionario en su casa; es
decir, nadie que haya llegado al amor real de la familia; porque fuera
de este amor quedan los solterones empedernidos y los muchsimos mal
casados y los no pocos padres descastados. No; en la familia buena
nadie habla de corregir los defectos domsticos con _ros de sangre_,
ni de _reformar_ sacrificando miembros _podridos_, ni se conoce en
el hogar de hoy la pena de muerte, y puedes decir que no hay familia
_real_ donde, habiendo hijos, sea posible el divorcio.

Oh, lo que debe el mundo al cristianismo en este punto no se ha
comprendido bien todava!

--Pero... y la yernocracia?

--Ahora vamos. La yernocracia ha venido despus del _nepotismo_,
debiendo haber venido antes; lo cual prueba que el nepotismo era un
falso progreso, por venir fuera de su sitio; un egosmo disfrazado de
altruismo familiar. As y todo, en ciertos casos, el nepotismo ha sido
simptico, por lo que se pareca al verdadero amor familiar; simptico
del todo cuando, en efecto, se trataba de hijos a quien por decoro
haba que llamar sobrinos. El nepotismo eclesistico, el de los Papas,
acaso principalmente, fu por esto una _sinceridad_ disfrazada, se
llevaba a la poltica el amor familiar, filial, por el rodeo fingido
del lazo colateral. En el rigor etimolgico, el nepotismo significara
la influencia poltica del amor a los hijos de los hijos, porque en
buen latn _nepos_, es el nieto; pero en latn de baja latinidad,
_nepos_ pas a ser el sobrino; en la realidad, muchas veces el
_nepotismo_ fu la proteccin del hijo a quien la sociedad negaba esta
gran categora, y haba que compensarle con otros honores.

Nuestra hipocresa social no consiente la _filiocracia_ franca, y
despus del nepotismo, que era o un disfraz de la _filiocracia_ o un
disfraz del egosmo, aparece la yernocracia..., que es el gobierno de
la hija, matriz sublime del amor paternal.

La hija, mi Rosina!

                   *       *       *       *       *

Call Aurelio Marco, conmovido por sus recuerdos, por las imgenes que
le traa la asociacin de ideas.

Cuando volvi a hablar, not que en cierto modo haba perdido el hilo,
o por lo menos, volva a tomarlo de atrs, porque dijo:

--El nepotismo es, generalmente, cuando se trata de verdaderos
sobrinos, la familia refugio, la familia imposicin; algo como el
dinero para el avaro viejo; una mano a que nos agarramos en el trance
de caducar y morir. El sobrino imita la familia real que no tuvimos
o que perdimos; el sobrino finge amor en los das de decadencia; el
sobrino puede imponerse a la debilidad senil. Esto no es el verdadero
amor familiar; lo que se hace en poltica por el sobrino suele ser
egosmo, o miedo, o precaucin, o pago de servicios: egosmo.

Sin embargo, es claro que hay casos interesantes, que enternecen, en
el nepotismo. El ejemplo de Bossuet lo prueba. El hombre integrrimo,
independiente, que echaba al rey-sol en cara sus manchas morales, no
pudo en los das tristes de su vejez extrema abstenerse de solicitar
el favor cortesano. Sufra, dice un historiador, el horrible mal _de
piedra_, y sus indignos sobrinos, sabiendo que no era rico y que,
segn l deca, "sus parientes no se aprovecharan de los bienes de
la Iglesia", no cesaban de torturarle, obligndole continuamente a
trasladarse de Meaux a la corte para implorar favores de todas clases;
y el grande hombre tena que hacer antesalas y sufrir desaires y
burlas de los cortesanos; hasta que en uno de estos tristes viajes de
pretendiente muri en Pars en 1704. se es un caso de _nepotismo_
que da pena y que hace amar al buen sacerdote. Bossuet fu puro, sus
sobrinos eran sobrinos.

--Pero... y la yernocracia?

--A eso voy. Conoces a Rosina? Es una reina de Saba de tres aos y
medio, el sol a domicilio; parece un gran juguete de lujo... con alma.
Sacude la cabellera de oro, con aire imperial, como Jpiter maneja
el rayo; de su vocecita de mil tonos y registros hace una gama de
edictos, decretos y rescriptos, y si me mira airada, siento sobre m
la excomunin de un ngel. Es carne de mi carne, ungida con el leo
sagrado y misterioso de la inocencia amorosa; no tiene, por ahora,
rudimentos de buena crianza, y su madre y yo, grandes pecadores,
pasamos la vida tomando vuelo para educar a Rosina; pero an no
nos hemos decidido ni a perforarle las orejitas para engancharle
pendientes, ni a perforarle la voluntad para engancharle los grillos
de la educacin. A los dos aos se ergua en su silla de brazos, a la
hora de comer, y no cejaba jams en su empeo de ponerse en pie sobre
el mantel, pasearse entre los platos y aun, en solemnes ocasiones,
meti un zapato en la sopa, como si fuera un charco. Deplorable
_educacin_... pero adorable criatura. Oh, si no tuviera que crecer,
no la educaba; y pasara la vida metiendo los pies en el caldo! Ms que
a su madre, ms que a m, quiere a ratos la reina de Saba a _Maolito_,
su novio, un vecino de siete aos, mucho ms hermoso que yo y sin
barbas que piquen al besarle.

_Maolito_ es nuestro eterno convidado; Rosina le sienta junto a s,
y entre cucharada y cucharada le admira, le adora... y le palpa,
untndole la cara de grasa y otras lindezas. No cabe duda; mi hija est
enamorada a su manera, a lo ngel, de _Maolito_.

Una tarde, a los postres, Rosina grit con su tono ms imperativo y ms
_apasionado_ y elocuente, con la voz a que yo no puedo resistir, a que
siempre me rindo...

--Pap... yo quere que pap sea rey (rey lo dice muy claro) y que haga
ministo y general a Maolito, que quere a m...

--No, tonta--interrumpi _Maolito_, que tiene la precocidad de todos
los espaoles--; tu pap no puede ser rey; di t que quieres que sea
ministro y que me haga a m subsecretario.

                   *       *       *       *       *

Call otra vez Aurelio Marco y suspir, y aadi despus, como hablando
consigo mismo:

--Oh, qu remordimientos sent oyendo aquel antojo de mi tirano, de mi
Rosina! Yo no poda ser rey ni ministro! Mis ensueos, mis escrpulos,
mis aficiones, mis estudios, mi filosofa, me haban apartado de la
ambicin y sus caminos; era inepto para poltico, no poda ya aspirar
a nada... Oh, lo que yo hubiera dado entonces por ser hbil, por ser
ambicioso, por no tener escrpulos, por tener influencia, distrito,
cartera, y sacrificarme por el pas, plantear economas, reorganizarlo
todo, salvar a Espaa y hacer a _Maolito_ subsecretario!


                              NOTAS:

[1] Pongo yo la _h_, ya que la haban de poner los cajistas, pero bien
sabe Dios que sobra.




                            UN VIEJO VERDE


Oid un cuento... Que no le queris naturalista? Oh, no!, ser
_idealista_, imposible... romntico.

                   *       *       *       *       *

Monasterio tendi el brazo, brill la batuta en un rayo de luz verde,
y al conjuro, surgieron como convocadas, de una lontananza ideal, las
hadas invisibles de la armona, las notas misteriosas, gnomos del
aire, del bronce y de las cuerdas. Era el alma de Beethoven, ruiseor
inmortal, poesa eternamente insepulta, como larva de un hroe muerto
y olvidado en el campo de batalla; era el alma de Beethoven lo que
vibraba, llenando los mbitos del Circo y llenando los espritus de
la ideal meloda, edificante y seria de su msica nica; como un
contagio, la poesa sin palabras, el ensueo mstico del arte, iba
dominando a los que oan, cual si un cfiro musical, volando sobre la
sala, subiendo de las butacas a los palcos y a las galeras, fuese, con
su dulzura, con su perfume de sonidos, infundiendo en todos el suave
adormecimiento de la vaga contemplacin exttica de la belleza rtmica.

El sol de fiesta de Madrid penetraba, disfrazado de mil colores, por
las altas vidrieras rojas, azules, verdes, moradas y amarillas; y como
polvo de las alas de las mariposas iban los corpsculos iluminados
de aquellos haces alegres y mgicos a jugar con los matices de los
graciosos tocados de las damas, sacando lustre azul, de pluma de gallo,
al negro casco de la hermosa cabeza desnuda de la morena de un palco,
y ms abajo, en la sala, dando reflejos de aurora boreal a las flores,
a la paja, a los tules de los sombreros graciosos y pintorescos que
anunciaban la primavera como las margaritas de un prado.

                   *       *       *       *       *

Desde un palco del centro oa la msica, con ms atencin de la que
suelen prestar las damas en casos tales, Elisa Rojas, especie de
Minerva con ojos de esmeralda, frente pursima, solemne, inmaculada,
con la cabeza de armoniosas curvas, que, no se saba por qu, hablaban
de inteligencia y de pasin, peinada como por un escultor en bano.
Aquellas ondas de los rizos anchos y fijos recordaban las volutas y
las hojas de los chapiteles jnicos y corintios y estaban en dulce
armona con la majestad hiertica del busto, de contornos y movimientos
cannicos, casi simblicos, pero sin afectacin ni monotona, con
sencillez y hasta con gracia. Elisa Rojas, la de los cien adoradores,
estaba enamorada del modo de amar de algunos hombres. Era coqueta como
quien es coleccionista. Amaba a los escogidos entre sus amadores con la
pasin de un biblimano por los ejemplares raros y preciosos. Amaba,
sobre todo, sin que nadie lo sospechara, la constancia ajena: para
ella un adorador antiguo era un _incunable_. A su lado tena aquella
tarde en otro palco, lleno de obscuridad, todo de hombres, su _biblia
de Gutenberg_, es decir, el ejemplar ms antiguo, el amador cuyos
platnicos obsequios se perdan para ella en la noche de los tiempos.

_Aquel seor_, porque ya era un seor como de treinta y ocho a cuarenta
aos, la quera, s, la quera, bien segura estaba, desde que Elisa
recordaba tener malicia para pensar en tales cosas; antes de vestirse
ella de largo ya la admiraba l de lejos, y tena presente lo plido
que se haba puesto la primera vez que la haba visto arrastrando
cola, grave y modesta al lado de su madre. Y ya haba llovido desde
entonces. Porque Elisa Rojas, sus amigas lo decan, ya no era nia, y
si no empezaba a parecer desairada su prolongada soltera, era slo
porque constaba al mundo entero que tena los pretendientes a patadas,
a hermossimas patadas de un pie cruel y diminuto; pues era cada da
ms bella y cada da ms rica, gracias esto ltimo a la prosperidad de
ciertos buenos negocios de la familia.

_Aquel seor_ tena para Elisa, adems, el mrito de que no poda
pretenderla. No saba Elisa a punto fijo por qu; con gran discrecin
y cautela haba procurado indagar el estado de aquel misterioso
adorador, con quien no haba hablado ms que dos o tres veces en diez
aos y nunca ms de algunas docenas de palabras, entre la multitud,
acerca de cosas insignificantes, del momento. Unos decan que era
casado y que su mujer se haba vuelto loca y estaba en un manicomio;
otros, que era soltero, mas que estaba ligado a cierta dama por caso
de conciencia y ciertos compromisos legales...; ello era que a la de
Rojas le constaba que _aquel seor_ no poda pretender amores lcitos,
los nicos posibles con ella, y le constaba porque l mismo se lo haba
dicho en el nico papel que se haba atrevido a enviarle en su vida.

Elisa tena la costumbre, o el vicio, o lo que fuera, de alimentar
el fuego de sus apasionados con miradas intensas, largas, profundas,
de las que a cada amador de los predilectos le tocaba una cada mes,
prximamente. _Aquel seor_, que al principio no haba sido de los ms
favorecidos, lleg, a fuerza de constancia y de humildad, a merecer
el privilegio de una o dos de aquellas miradas en cada ocasin en que
se vean. Una noche, oyendo msica tambin, Elisa, entregada a la
gratitud amorosa y llena de recuerdos de la contemplacin callada,
dulce y discreta del hombre que se iba haciendo viejo adorndola,
no pudo resistir la tentacin, mitad apasionada, mitad picaresca y
maleante, de clavar los ojos en los del triste caballero y ensayar en
aquella mirada una diablica experiencia que pareca cosa de algn
fisilogo de la Academia de ciencias del infierno: consista la gracia
en querer decir con la mirada, slo con la mirada, todo esto que en
aquel momento quiso ella pensar y sentir con toda seriedad: "Toma mi
alma; te beso el corazn con los ojos en premio a tu amor verdadero,
compaa eterna de mi vanidad, esclavo de mi capricho; fjate bien,
este mirar es besarte, idealmente, como lo merece tu amor, que s que
es pursimo, noble y humilde. No ser tuya ms que en este instante y
de esta manera; pero ahora toda tuya, entindeme por Dios, te lo dicen
mis ojos y el acompaamiento de esa msica, toda amores." Y _casi_
firmaron los ojos: Elisa, _tu_ Elisa. Algo debi de comprender _aquel
seor_; porque se puso muy plido y, sin que lo notara nadie ms que
la de Rojas, se sinti desfallecer y tuvo que apoyar la cabeza en una
columna que tena al lado. En cuanto le volvieron las fuerzas, se
march del teatro en que esto suceda. Al da siguiente, Elisa recibi,
bajo un sobre, estas palabras: "Mi divino imposible!" Nada ms; pero
era l, estaba segura. As supo que tal amante no poda pretenderla, y
si esto por una temporada la asust y la oblig a esquivar las miradas
ansiosas de _aquel seor_, poco a poco volvi a la acariciada costumbre
y, con ms intensidad y frecuencia que nunca, se dej adorar y pag
con los ojos aquella firmeza del que no esperaba nada. Nada. Lleg
la ocasin de ver el personaje _imposible_, pretendientes no mal
recibidos al lado de su dolo, y supo hacer, a fuerza de sinceridad
y humildad y cordura, compatible con la dignidad ms exquisita, que
Elisa, en vez de encontrar desairada la situacin del que la adoraba
de lejos, sin poder decir palabra, sin poder _defenderse_, viese nueva
gracia, nuevas pruebas en la resignacin necesaria, fatal, del que
no poda en rigor llamar rivales a los que aspiraban a lo que l no
poda pretender. Lo que no saba Elisa era que _aquel seor_ no vea
las cosas tan claras como ella, y slo a ratos, por rfagas, crea no
estar en ridculo. Lo que ms le iba preocupando cada mes, cada ao que
pasaba, era naturalmente la edad, que le iba pareciendo impropia para
tales contemplaciones. Cada vez se retraa ms; lleg tiempo en que la
de Rojas comprendi que _aquel seor_ ya no la buscaba; y slo cuando
se encontraban por casualidad aprovechaba la feliz coyuntura para
admirarla, siempre con discreto disimulo, por no _poder otra cosa_,
porque no tena fuerza para no admirarla. Con esto creca en Elisa la
dulce lstima agradecida y apasionada, y cada encuentro de aqullos lo
empleaba ella en acumular amor, locura de amor, en aquellos pobres ojos
que tantos aos haba sentido acaricindola con adoracin muda, seria,
absoluta, eterna.

Mas era costumbre tambin en la de Rojas jugar con fuego, poner en
peligro los afectos que ms la importaban, poner en caricatura, sin
pizca de sinceridad, por alarde de paradoja sentimental, lo que
admiraba, lo que quera, lo que respetaba. As, cuando vea al amador
_incunable_ animarse un poco, poner gesto de satisfaccin, de esperanza
loca, disparatada, ella, que no tena por tan absurdas como l mismo
tales ilusiones, se gozaba en torturarle, en _probarle_, como el
bronce de un can, para lo que le bastaba una singular sonrisa, fra,
semiburlesca.

                   *       *       *       *       *

La tarde de mi cuento era solemne para _aquel seor_; por primera vez
en su vida el azar le haba puesto en un palco, codo con codo, junto a
Elisa. Respiraba por primera vez en la atmsfera de su perfume. Elisa
estaba con su madre y otras seoras, que haban saludado al entrar a
alguno de los caballeros que acompaaban al _otro_. La de Rojas se
senta a su pesar exaltada; la msica y la presencia tan cercana de
aquel hombre la tenan en tal estado, que necesitaba, o marcharse a
llorar a solas _sin saber por qu_, o hablar mucho y destrozar el
alma con lo que dijera y atormentarse a s propia diciendo cosas
que no senta, despreciando lo digno de amor..., en fin, como otras
veces. Tena una vaga conciencia, que la humillaba, de que hablando
formalmente no podra decir nada digno de la _Elisa ideal que aquel
hombre_ tendra en la cabeza. Saba que era l un artista, un soador,
un hombre de imaginacin, de lectura, de reflexin... que ella, _a
pesar de todo_, hablaba como _las dems_, punto ms punto menos. En
cuanto a l... tampoco hablaba apenas. Ella le oira... y tampoco crea
digno de aquellos odos nada de cuanto pudiera decir en tal ocasin l,
que haba sabido callar tanto...

Un rayo de sol, atravesando all arriba, cerca del techo, un cristal
verde, vino a caer sobre el grupo que formaban Elisa y su adorador,
tan cerca uno de otro por la primera vez en la vida. A un tiempo
sintieron y pensaron lo mismo, los dos se fijaron en aquel lazo de
luz que los una tan idealmente, en pura ilusin ptica, como la paz
que simboliza el arco iris. El hombre no pens ms que en esto, en
la luz; la mujer pens, adems, en seguida, en el color verde. Y se
dijo: "Debo de parecer una muerta", y de un salto gracioso sali de
la brillante aureola y se sent en una silla cercana y en la sombra.
_Aquel seor_ no se movi. Sus amigos se fijaron en el matiz uniforme,
fnebre que aquel rayo de luz echaba sobre l. Segua Beethoven en el
uso de la orquesta, y no era discreto hablar mucho ni en voz alta. A
las bromas de sus compaeros, el enamorado caballero no contest ms
que sonriendo. Pero las damas que acompaaban a Elisa notaron tambin
la extraa apariencia que la luz verde daba al caballero aquel.

La de Rojas sinti una tentacin invencible, que despus reput
criminal, de decir, en voz bastante alta para que su adorador pudiera
oirla, _un chiste_, un retrucano, o lo que fuese, que se le haba
ocurrido, y que para ella y para l tena ms alcance que para los
dems.

Mir con franqueza, con la sonrisa diablica en los labios, al infeliz
caballero que se mora por ella..., y dijo, como para los de su palco
slo, pero segura de ser oda por l:

--Ah tenis lo que se llama... _un viejo verde_.

Las amigas celebraron el chiste con risitas y miradas de inteligencia.

El _viejo verde_, que se haba odo bautizar, no sali del palco hasta
que call Beethoven. Sali del rayo de luz y entr en la obscuridad
para no salir de ella en su vida.

Elisa Rojas no volvi a verle.

Pasaron aos y aos; la de Rojas se cas con cualquiera, con la mejor
_proporcin_ de las muchas que se le ofrecieron. Pero antes y despus
del matrimonio, sus ensueos, sus melancolas y aun sus remordimientos,
fueron en busca del amor ms antiguo, del _imposible_. Tard mucho en
olvidarle, nunca le olvid del todo: al principio sinti su ausencia
ms que un rey destronado la corona perdida, como un dolo pudiera
sentir la desaparicin de su culto. Se vi Elisa como un _dios en
el destierro_. En los das de crisis para su alma, cuando se senta
humillada, despreciada, lloraba la ausencia de aquellos ojos siempre
fieles, como si fueran los de un amante verdadero, los ojos amados.
"_Aquel seor_ s que me quera, aqul s que me adoraba!"

Una noche de luna, en primavera, Elisa Rojas, con unas amigas inglesas,
visitaba el cementerio civil, que tambin sirve para los protestantes,
en cierta ciudad martima del Medioda de Espaa. Est aquel jardn,
que yo llamar santo, como le llamara religioso el derecho romano, en
el declive de una loma que muere en el mar. La luz de la luna besaba el
mrmol de las tumbas, todas pulcras, las ms con inscripciones de letra
gtica, en ingls o en alemn.

En un modesto pero elegante sarcfago, detrs del cristal de una urna,
Elisa ley, sin ms luz que aqulla de la noche clara, al rayo de
la luna llena, sobre el mrmol negro del nicho, una breve y extraa
inscripcin, en relieve, con letras de serpentina. Estaba en espaol y
deca: "_Un viejo verde_."

De repente sinti la seguridad absoluta de que _aquel viejo verde_ era
el suyo. Sinti esta seguridad porque, al mismo tiempo que el de su
remordimiento, le estall en la cabeza el recuerdo de que una de las
poqusimas veces que _aquel seor_ la haba odo hablar, haba sido en
ocasin en que ella describa aquel _cementerio protestante_ que ya
haba visto otra vez, siendo nia, y que la haba impresionado mucho.

"Por m, pens, se enterr como un pagano! Como lo que era, pues yo
fu su diosa."

Sin que nadie la viera, mientras sus amigas inglesas admiraban los
efectos de luna en aquella soledad de los muertos, se quit un
pendiente, y con el brillante que lo adornaba, sobre el cristal de
aquella urna, detrs del que se lea "Un viejo verde", escribi a
tientas y temblando: "Mis amores."

                   *       *       *       *       *

Me parece que el cuento no puede ser ms romntico, ms _imposible_...




                             CUENTO FUTURO

                                   I


La humanidad de la tierra se haba cansado de dar vueltas mil y mil
veces alrededor de las mismas ideas, de las mismas costumbres, de los
mismos dolores y de los mismos placeres. Hasta se haba cansado de
dar vueltas alrededor del mismo sol. Este cansancio ltimo lo haba
descubierto un poeta lrico del gnero de los desesperados que, no
sabiendo ya qu inventar, invent eso: el _cansancio del sol_. El tal
poeta era francs, como no poda ser menos, y deca en el prlogo de
su libro, titulado _Heliofobe_: "C'est bte de tourner toujours comme
a. A quoi bon cette sotisse eternelle?... Le soleil, ce bourgeois,
m'embte avec ses platitudes..." etc., etc.

El traductor espaol de este libro deca: "_Es bestia_ esto de dar
siempre vueltas as. _A qu bueno_ esta tontera eterna? El sol, ese
burgus, me _embiste_ con sus _platitudes_ enojosas. _l_ cree hacernos
un gran favor quedndose ah plantado, sirviendo de fogn en esta gran
cocina econmica que se llama el sistema planetario. Los planetas
son los pucheros puestos a la lumbre; y el himno de los astros, que
Pitgoras crea oir, no es ms que el _grillo del hogar_, el prosaico
chisporroteo del carbn y el bullir del agua de la caldera... Basta
de olla podrida! Apaguemos el sol, aventemos las cenizas del hogar.
El gran hasto de la luz meridiana ha inspirado este _pequeo libro_.
_Que l_ es sincero! _Que l_ es la expresin fiel de un orgullo
noble que desprecia favores que no ha solicitado, halagos de los rayos
lumnicos que le parecen cadenas insoportables!

"_l tendr bello_ el sol obstinndose en ser benfico; al fin es un
tirano; la emancipacin de la humanidad no ser completa hasta el da
que desatemos este yugo y dejemos de ser satlites de ese reyezuelo
miserable del da, vanidoso y fanfarrn, que despus de todo no es ms
que un esclavo que sigue la carrera triunfal de un seor invisible."

El prlogo segua diciendo disparates que no hay tiempo para copiar
aqu, y el traductor segua soltando galicismos.

Ello fu que el libro _hizo furor_, sobre todo en el frica Central y
en el Ecuador, donde todos aseguraban que el sol ya los tena fritos.

Se vendieron 800 millones de ejemplares franceses y 300 ejemplares de
la traduccin espaola; verdad es que stos no en la Pennsula, sino
en Amrica, donde continuaban los libreros haciendo su agosto sin
necesidad de entenderse con la antiqusima metrpoli.

Despus del poeta vinieron los filsofos y los polticos, sosteniendo
lo que ya se llamaba universalmente la _Heliofobia_.

La ciencia discuti en Academias, Congresos y _seccin de variedades_
en los peridicos: 1., si la vida sera posible separando la Tierra
del Sol y dejndola correr libre por el vaco hasta engancharse con
otro sistema; 2., si habra medio, dado lo mucho que las ciencias
fsicas haban adelantado, de romper el yugo de Febo y dejarse caer en
lo infinito.

Los sabios dijeron que s y que no, y que qu saban ellos respecto de
ambas cuestiones.

Algunos especialistas prometieron romper la fuerza centrpeta como
quien corta un pelo; pero pedan una subvencin, y la mayor parte
de los Gobiernos seguan con el agua al cuello y no estaban para
subvencionar estas cosas. En Espaa, donde tambin haba Gobierno y
especialistas, se redujo a prisin a varios arbitristas que ofrecieron
romper toda relacin solar en un dos por tres.

Las oposiciones, que eran tantas como cabezas de familia haba en la
nacin, pusieron el grito en el cielo: dijeron los Perezistas y los
Alvarezistas y los Gomezistas, etc., etc., que era preciso derribar
aquel Gobierno opresor de la ciencia, etc.

Los obispos, contra los cuales hasta la fecha no haban prevalecido las
puertas del infierno, ensalzaban a todos los sabios e ignorantes que se
declaraban _helifilos_.

"Bueno estaba que se acabase el mundo; que poco vala, pero deba
acabarse como en el texto sagrado se tena dicho que haba de acabar, y
no por enfriamiento, como sera seguro que concluira si en efecto nos
alejbamos del sol..."

Una revista cientfica y retrgrada, que se llamaba _La Harmona_,
recordaba a los _helifobos_ una porcin de textos bblicos,
amenazndoles con el fin del mundo.

Deca el articulista:

"Ah, miserables! Queris que la Tierra se separe del Sol, huya
del da, para convertirse en la _estrella errtica_, a la cual est
reservada eternamente la obscuridad y las tinieblas!, como dice San
Judas Apstol en su Epstola Universal, v. 13. Queris lo que ya est
anunciado, queris la muerte; pero oid la palabra de verdad."

"Y en aquellos das buscarn los hombres la muerte, y no la hallarn;
y desearn morir, y la muerte huir de ellos. (Apocalipsis, cap. IX,
v. 6.)--Porque vuestro tormento es como tormento de escorpin; vuestro
mortal hasto, vuestro odio de la luz, vuestro afn de tinieblas,
vuestro cansancio de pensar y sentir, es tormento de escorpin; y
queris la muerte por huir de las _langostas de cola metlica con
aguijones y con cabello de mujer_, por huir de las huestes de Abaddn.
En vano, en vano buscis la muerte del mundo antes de que llegue su
hora, y por otros caminos de los que estn anunciados. Vendr la
muerte, s, y bien pronto; se acabar el tiempo, como est escrito; los
cuatro ngeles vendrn en su da para matar la tercera parte de los
hombres. Pero no habis de ser vosotros, mortales, quien d las seales
del exterminio. Ah, temis al sol! S, temis que de l descienda el
castigo; temis que el sol sea la copa de fuego que ha de derramar
el ngel sobre la tierra; temis quemaros con el calor, y mors
blasfemando y sin arrepentiros, como est anunciado. (Apocalipsis,
16-9.)--En vano, en vano queris huir del sol, porque est escrito que
esta miserable Babilonia ser quemada con fuego. (Ibid., 18-8.)"

Los sabios y los filsofos nada dijeron a _La Harmona_, que no lean
siquiera. Los peridicos satricos con caricaturas fueron los que se
encargaron de contestar al periodista _babilnico_, como le llamaron
ellos, ponindole como ropa de pascua, y en caricaturas de colores.

Un sabio muy acreditado, que acababa de descubrir el _bacillus del
hambre_, y libraba a la humanidad doliente con inoculaciones de _caldo
gordo_, sabio aclamado por el mundo entero, y que ya tena en todos
los continentes ms estatuas que pelos en la cabeza, el Dr. Judas
Adambis, natural de Mozambique, emporio de las ciencias a la sazn,
Atenas moderna, Judas Adambis, tom cartas en el asunto y escribi una
_Epstola Universal_, cuya primera edicin vendi por una porcin de
millones.

Un peridico popular de la poca, conservador todava, daba cuenta de
la carta del Dr. Adambis, copiando los prrafos culminantes.

El peridico, que era espaol, deca:

"Sentimos no poder publicar ntegra esta interesantsima epstola,
que est llamando la atencin de todo el mundo civilizado, desde la
Patagonia a la Mancha, y desde el _helado hasta el ardiente polo_;
pero no podemos concederle ms espacio, porque hoy es da de toros y
de lotera, y no hemos de prescindir ni de la lista grande, ni de la
corrida, la cual no pas de mediana, entre parntesis."

Dice as el Dr. Judas Adambis:

"... Yo creo que la humanidad de la tierra debe, en efecto, romper
las cadenas que la sujetan a este sistema planetario, miserable y
mezquino para los vuelos de la ambicin del hombre. La solucin que el
poeta francs nos propuso es magnfica, sublime...; pero no es ms que
poesa. Hablemos claro, seores. Qu es lo que se desea? Romper un
yugo ominoso, como dicen los polticos avanzados de la cscara amarga.
Es que no puede llamarse la tierra libre e independiente, mientras
viva sujeta a la cadena impalpable que la ata al sol y la luna d
vueltas alrededor del astro tirnico, como el mono que montado en un
perro y con el cordel al cuello, describe circunferencias alrededor
de su dueo haraposo? Ah, no, seores! No es esto. Aqu hay algo ms
que esto. No negar yo que esta dependencia del sol nos humilla; s,
nuestro orgullo padece con semejante sujecin. Pero eso es lo de menos.
Lo que quiere la humanidad es algo ms que librarse del sol..., es
librarse de la vida.

"Lo que causa hasto insoportable a la humanidad no es tanto que el
sol est plantado en medio del corro, hacindonos dar vueltas a la
pista con sus latigazos de fuego, que una antigedad remota llam las
flechas de Apolo, como las vueltas mismas; esto, esto es lo tedioso:
este volteo por lo infinito. Hubo un tiempo, los sabios pueden decirlo,
feliz para el mundo: fu el tiempo en que se crey en el progreso
indefinido.

"La ignorancia de tales pocas haca creer a los pensadores que los
adelantos que podan notar en la vida humana, refirindose a los ciclos
histricos a que su escasa ciencia les permita remontarse, eran buena
prueba de que el progreso era constante. Hoy nuestro conocimiento de la
historia del planeta no nos consiente formarnos semejantes ilusiones;
los cientos de siglos que antiguamente se atribuan a la vida humana
como hiptesis atrevida, hoy son perfectamente conocidos, con todos los
pormenores de su historia; hoy sabemos que el hombre vuelve siempre a
las andadas, que nuestra descendencia est condenaba a ser salvaje, y
sus descendientes remotos a ser, como nosotros, hombres aburridos de
puro civilizados. ste es el volteo insoportable, aqu est la broma
pesada, lo que nos iguala al msero histrin del circo ecuestre...
No se trata de una de tantas filosofas pesimistas, _charlatanas_ y
cobardes que han apestado al mundo. No se trata de una teora, se
trata de un hecho viril: del suicidio universal. La ciencia y las
relaciones internacionales permiten hoy llevar a cabo tal intento.
El que suscribe sabe cmo puede realizarse el suicidio de todos los
habitantes del globo en un mismo segundo. Lo acepta la humanidad?"


                                  II

La idea de Judas Adambis era el secreto deseo de la mayor parte de
los humanos. Tanto se haba progresado en psicologa, que no haba
un mal zapatero de viejo que no fuera un Schopenhauer perfeccionado.
Ya todos los hombres, o casi todos, eran almas superiores aparte,
_d'elite_ dilletanti, como ahora pueden serlo Ernesto Renn o Ernesto
Garca Ladevese. En siglos remotos, algunos literatos parisienses
haban convenido en que ellos, unos diez o doce, eran los nicos que
tenan dos dedos de frente; los nicos que saban que la vida era una
bancarrota, _un aborto_, etc., etc. Pues bueno; en tiempos de Adambis,
la inmensa mayora de la humanidad estaba al cabo de la calle; casi
todos estaban convencidos de eso, de que esto deba dar un estallido.
Pero, cmo estallar? sta era la cuestin.

El doctor Adambis, no slo haba encontrado la frmula de la aspiracin
universal, sino que prometa facilitar el medio de poner en prctica su
grandiosa idea. El suicidio individual no resolva nada; los suicidios
menudeaban; pero los partos felices mucho ms. Creca la poblacin que
era un gusto, y por ah no se iba a ninguna parte.

El suicidio en grandes masas se haba ensayado varias veces, pero
no bastaba. Adems, las sociedades de suicidas o _voluntarios
de la muerte_, que se haban creado en diferentes pocas, daban
psimos resultados; siempre salamos con que los accionistas y los
comanditarios de buena fe pagaban el pato, y los gestores sobrevivan y
quedaban gastndose los fondos de la sociedad. El caso era encontrar un
medio para realizar el suicidio universal.

Los Gobiernos de todos los pases se entendieron con Judas Adambis,
el cual dijo que lo primero que necesitaba era un gran emprstito, y
adems, la seguridad de que todas las naciones aceptaban su proyecto,
pues sin esto no revelara su secreto ni comenzaran los trabajos
preparatorios de tan gran empresa.

Aunque ya no haba Inglaterra haca mucho tiempo, pues se la haba
tragado el mar siglos atrs, no faltaban polticos anglmanos, y hubo
quien sac a relucir el _hbeas corpus_ como argumento en contra.
Otros, no menos atrasados, hablaron de la _representacin de las
minoras_. Ello era que no todos, absolutamente todos los hombres
aceptaban la muerte voluntaria.

El Papa, que viva en Roma, ni ms ni menos que San Pedro, dijo que ni
l ni los Reyes podan estar conformes con lo del suicidio universal;
que as no se podan cumplir las profecas. Un poeta muy ledo por el
bello sexo, asegur que el mundo era excelente, y que por lo menos,
mientras l, el poeta, viviese y cantase, el querer morir era prueba de
muy mal gusto.

Triunf, a pesar de estas protestas y de las corruptelas de algunos
polticos atrasados, la genuina interpretacin de la _soberana
nacional_. Se puso a votacin en todas las asambleas legislativas del
mundo el suicidio universal, y en todas ellas fu aprobado por gran
mayora.

Pero, qu se hizo con las minoras? Un escritor de la poca dijo que
era imposible que el suicidio universal se realizase desde el momento
que exista una minora que se opona a ello. "No ser suicidio, ser
asesinato, por lo que toca a esa minora."

"Sofisma! Sofisma! Metafsica! Retrica!"--gritaron las mayoras
furiosas--. "Las minoras", advirti el doctor Adambis en otro folleto,
cuya propiedad vendi en cien millones de pesetas, "las minoras no
_se suicidarn_, es verdad; _pero las suicidaremos!_" Absurdo, se
dir. No, no es absurdo. Las minoras no se suicidarn, en cuanto
individuos, o _per se_; pero como de lo que se trata es del suicidio
de la humanidad, que en cuanto colectividad es persona jurdica, y la
persona jurdica, ya desde el derecho romano, manifiesta su voluntad
por la votacin en mayora absoluta, resulta que la minora, en cuanto
parte de la humanidad, tambin se suicidar, _per accidens_.

As se acord. En una Asamblea universal, para elegir cuyos miembros
hubo terribles disturbios, palos, pedradas, tiros (de modo y manera que
por poco se acaba la gente sin necesidad del suicidio); digo que en una
Asamblea universal se vot definitivamente el fin del mundo, por lo que
tocaba a los hombres, y se dieron plenos poderes al doctor Adambis para
que cortara y rajara a su antojo.

El emprstito se haba cubierto una vez y cuartillo (menos que el de
Panam), porque la humanidad de entonces, como la de ahora, se prestaba
a entusiasmarse, a suicidarse; se prestaba a todo menos a prestar
dinero.

Con auxilio de los Gobiernos, pudo Adambis llevar a cabo su obra magna,
que por medio de aplicaciones mecnicas de condiciones qumicas hoy
desconocidas, puso a todos los hombres de la tierra en contacto con la
muerte.

Se trataba de no s qu diablo de fuerza recientemente descubierta
que, mediante conductores de no se sabe ahora qu gnero, converta el
globo en una gran red que encerraba en sus mallas mortferas a todos
los hombres, _velis nolis_. Haba la seguridad de que ni uno solo
podra escaparse del estallido universal. Adambis record al pblico
en otro folleto, al revelar su invencin, que ya un sabio antiqusimo
que se llamaba, no estaba seguro si Renn o Fustigueras, haba soado
con un poder que pusiera en manos de los sabios el destino de la
humanidad, merced a una fuerza destructora descubierta por la ciencia.
Aquel sueo de Fustigueras iba a realizarse; l, Adambis, dictador
del exterminio, gracias al gran plebiscito que le haba hecho verdugo
del mundo, tirano de la agona, iba a destruir a todos los hombres, a
hacerlos reventar en un solo segundo, sin ms que colocar un dedo sobre
un botn.

Sin hacer caso de los gritos y protestas de la minora, se dispuso en
todos los pases civilizados, que eran todos los del mundo, cuanto era
necesario para la ltima hora de la humanidad doliente. El ceremonial
del tremendo trance cost muchas discusiones y disgustos, y por poco
fracasa el gran proyecto por culpa de la etiqueta. En qu traje, en
qu postura, qu da y a qu hora deba estallar la humanidad?

Se aprob que el traje fuese el de etiqueta rigurosa entre las clases
altas, y en las dems el traje nacional. Se desech una proposicin
de suicidarse en el traje de Adn, antes de las hojas de higuera. El
que esto propuso, se fundaba en que la humanidad deba terminar como
haba empezado; pero como lo de Adn no era cosa segura, no se aprob
la idea. Adems, era indecorosa. En cuanto a la postura, cada cual
poda adoptar la que creyese ms digna y elegante. Da? Se design
el primero de ao, por aquello de que ao nuevo, vida nueva. Hora?
Las doce del da, para que el sol aborrecido presidiese, y pudiera dar
testimonio de la suprema resolucin de los humanos.

El doctor Adambis pas un atento B. L. M. a todos los habitantes del
globo, avisndoles la hora y dems circunstancias del lance. Deca as
el documento:

                       "El doctor Judas Adambis
                              _B. L. M._

  al Sr. D...

  y tiene el gusto de anunciarle que el da de Ao Nuevo, a las doce de
  la maana, por el meridiano de tal, sentir una gran conmocin en la
  espina dorsal, seguida de un tremendo estallido en el cerebro. No se
  asuste el Sr. D..., porque la muerte ser instantnea, y puede tener
  el consuelo de que no quedar nadie para contarlo. Este estallido ser
  el smbolo del supremo momento de la humanidad. Conviene tener hecha
  la digestin del almuerzo para esa hora.


  El doctor Judas Adambis aprovecha esta ocasin para ofrecer... etc.,
  etc., etc."

                   *       *       *       *       *

Lleg el da de Ao Nuevo, y a las once y media de la maana, el doctor
Judas, acompaado de su digna y bella esposa Evelina Apple, se present
en el palacio en que resida la Comisin internacional organizadora del
suicidio universal.

Vesta el doctor riguroso traje de luto, frac y corbata negra y gasa en
el sombrero. Evelina Apple, rubia, alta, de anchas caderas y vientre
arrogante, de negro tambin, escotada y con manga corta, daba el
brazo a su digno esposo. La Comisin en masa, de frac y corbata negra
tambin, sali a recibirlos al vestbulo. Entraron en el saln del
_Gran Aparato_, sentronse los esposos en un trono, en sendos sillones;
alrededor los comisionados, y, en silencio todos, esperaron a que
sonaran las doce en un gran reloj de cuco, colocado detrs del trono.
Delante de ste haba una mesa pequea, cuadrada, con tabla de marfil.
En medio de sta, un botn negro, sencillsimo, atraa las miradas de
todos los presentes.

El reloj era una primorosa obra de arte.

Estaba fabricado con material de un extrao pedrusco que la ciencia
actual permita asegurar que era procedente del planeta Marte. No
caba duda; era el proyectil de un caonazo que nos haban disparado
desde all, no se saba si en son de guerra o por ponerse al habla. De
todas suertes, la tierra no haba hecho caso, votado como estaba ya el
suicidio de todos.

La bala o lo que fuera se aprovech para hacer el reloj en que haba
de sonar la hora suprema. El cuco era un esqueleto de este pajarraco.
Entonces se le di cuerda. No daba las medias horas ni los cuartos. De
modo que sonara por primera y ltima vez a las doce.

Judas mir a Evelina con aire de triunfo a las doce menos un minuto.
Entre los comisionados ya haba cinco o seis muertos de miedo. Al
comisionado espaol se le ocurri que iba a perder la corrida del
prximo domingo (los toros de invierno eran ya tan buenos como los
de verano y viceversa) y se levant diciendo... que l adoptaba el
retraimiento y se retiraba. Adambis, sonriendo, le advirti que
era intil, pues lo mismo estallara su cerebro en la calle que en
el puesto de honor. El espaol se sent, dispuesto a morir como un
valiente.

Plin! Con un estallido estridente se abri la portezuela del reloj y
apareci el esqueleto del cuco.

--Cuc, cuc!

Grit hasta seis veces, con largos intervalos de silencio.

--Una, dos!

Iba contando el doctor.

Evelina Apple fu la que mir entonces a su marido con gesto de
angustia y algo desconfiada.

El doctor sonri, y por debajo de la mesa que tena delante di a su
mujer la mano. Evelina se asi a su marido como a un clavo ardiendo.

--Cuc...! Cuc!

--Tres!... Cuatro!

--Cuc, cuc!

--Cinco! Seis!... Adambis puso el dedo ndice de la mano derecha
sobre el botn negro.

Los comisionados internacionales que an vivan, cerraron los ojos por
no ver lo que iba a pasar, y se dieron por muertos.

Sin embargo, el doctor no haba oprimido el botn.

La yema del dedo, de color de pipa culotada, permaneca sin temblar
rozando ligeramente la superficie del botn fro de hierro.

--Cuc! Cuc!

--Siete! ocho!

--Cuc! Cuc!

--Nueve! diez!


                                  III

--Cuc!

--Once!--exclam con voz solemne Adambis; y mientras el reloj repeta.

--Cuc!

En vez de decir:--Doce! Judas call y oprimi el botn negro.

Los comisionados permanecieron inmviles en su respectivo asiento. El
doctor y su esposa se miraron: plido l y serio; ella, plida tambin,
pero sonriente.

--Te confieso--dijo Evelina--que al llegar el momento terrible, tema
que me jugaras una mala pasada.--Y apret la mano de su marido, que
tena cogida por debajo de la mesa.

--Ya estamos solos en el mundo!--exclam el doctor con voz de bajo
profundo, ensimismado.

--Crees t que no habr quedado nadie ms?...

--Absolutamente nadie.

Evelina se acerc a su marido. Aquella soledad del mundo le daba miedo.

--De modo que, por lo pronto, todos esos seores...

--Cadveres. Ven, acrcate.

--No, gracias!

El doctor descendi de su trono y se acerc a los bancos de los
comisionados. Ninguno se haba movido. Todos estaban perfectamente
muertos.

--Los ms de ellos dan seales de haber sucumbido antes de la descarga,
de puro miedo. Lo mismo habr pasado a muchos en el resto del mundo.

--Qu horror!--grit Evelina, que se haba asomado a un balcn, del
que se retir corriendo. Adambis mir a la calle, y en la gran plaza
que rodeaba el palacio, vi un espectculo tremendo, con el que no
haba contado, y que era, sin embargo, naturalismo.

La multitud, cerca de 500.000 seres humanos, que llenaba el crculo
grandioso de la plaza, formando una masa compacta, apretada, de carne,
no era ya ms que un inmenso montn de cadveres, casi todos en pie. Un
milln de ojos abiertos, inmviles, se fijaban con expresin de espanto
en el balcn, cuyos balaustres oprima el doctor con dedos crispados.
Casi todas las bocas estaban abiertas tambin. Slo haban cado a
tierra los de las ltimas filas, en las bocacalles; sobre stos se
inclinaban otros que haban penetrado algo ms en aquel mar de hombres,
y ms adentro ya no haba sino cadveres tiesos, en pie, como cosidos
unos a otros; muchos estaban todava de puntillas, con las manos
apoyadas en los hombros del que tenan delante. Ni un claro haba en
toda la plaza. Todo era una masa de carne muerta.

Balcones, ventanas, buhardillas y tejados, estaban cuajados de
cadveres tambin, y en las ramas de algunos rboles, y sobre los
pedestales de las estatuas, yacan pilluelos muertos, supinos, o de
bruces, o colgados. El doctor senta terribles remordimientos--. Haba
asesinado a toda la humanidad!--Dgase en su descargo--l haba obrado
de buena fe al proponer el suicidio universal.

Pero su mujer!... Evelina le tena en un puo.

Era la hermosa rubia de la minora en aquello del suicidio; no tanto
por horror a la muerte, como por llevarle la contraria a su marido.

Cuando vi que lo de morir todos iba de veras, tuvo una encerrona con
su caro esposo; a la hora de acostarse, y en paos menores, con el
pelo suelto, le puso las peras a cuarto; y unas veces llorando, otras
riendo, ya altiva, ya humilde, ora sarcstica, ora pattica, apur los
recursos de su influencia para obligar a su Judas, si no a volverse
atrs de lo prometido, a cometer la felona de hacer una excepcin en
aquella matanza.

--No tienes medio de salvarnos a ti y a m?...

El doctor, aunque lo neg al principio, tuvo que confesar al fin que
s; que podan salvarse ellos, pero slo ellos.

Evelina no tena amantes; se conform con salvarse sola, pues su marido
no era nadie para ella.

Adambis, que era celoso, casi sin motivo, pues su mujer no pasaba nunca
de ciertas coqueteras sin consecuencia, experiment gran consuelo al
pensar que se iba a quedar solo con Evelina en el mundo.

Merced a ciertos menjurjes, el doctor se aisl de la corriente
mortfera; mas, para probar la fe de Evelina, no quiso untarla a ella
con el salvador ingrediente, y la oblig a confiar en su palabra
de honor. Llegado el momento terrible, Adambis, mediante el simple
contacto de las manos, comunic a su esposa la virtud de librarse de la
conmocin mortal que deba acabar con el gnero humano.

Evelina estaba satisfecha de su marido. Pero aquello de quedarse a
solas en el mundo con l, era muy aburrido.

--Y cmo vamos a salir de aqu? Imposible atravesar esa plaza; esa
muralla de carne humana nos lo impedir...

El doctor sonri. Sac del bolsillo del chaleco un pedacito de tela muy
sutil; lo estir entre los dedos, lo dobl varias veces y lo desdobl,
como quien hace una pajarita de papel; result un poliedro regular; por
un agujero que tena la tela sopl varias veces; despus de meterse
una pastilla en la boca, y el poliedro fu hinchndose, se convirti
en esfera y lleg a tener un dimetro de dos metros; era un globo de
bolsillo, mueble muy comn en aquel tiempo.

--Ah!--dijo Evelina--has sido previsor, te has trado el globo. Pues
volemos, y vamos lejos; porque el espectculo de tantos muertos, entre
los que habr muchos conocidos, no me divierte. La pareja entr en el
globo, que tena por dentro todo lo necesario para la direccin del
aparato y para la comodidad de dos o tres viajeros.

Y volaron.

Se remontaron mucho.

Huan, sin decirse nada, de la tierra en que haban nacido.

Saba Adambis que donde quiera que posase el vuelo, encontrara un
cementerio. Toda la humanidad muerta, y por obra suya!

Evelina, en cuanto calcul que estaran ya lejos de su pas, opin
que deban descender. Su repugnancia, que no llegaba a remordimiento,
se limitaba al espectculo de la muerte en tierra conocida... "Ver
_cadveres extranjeros_ no la espantara." Pero el doctor no senta
as. Despus de su gran crimen (pues aquello haba sido un crimen), ya
slo encontraba tolerable el aire; la tierra no. Flotar entre nubes
por el difano cielo azul... menos mal; pero tocar en el suelo, ver el
mundo sin hombres... eso no; no se atreva a tanto. "Todos muertos!
Qu horror!" Cuantas ms horas pasaban, ms aumentaba el miedo de
Adambis a la tierra.

Evelina, asomada a una ventanilla del globo, iba ya distrada
contemplando el _paisaje_. El fresco la animaba; un vientecillo sutil,
que jugaba con los rizos de su frente, la haca cosquillas. "No se
estaba mal all."

Pero de repente se acord de algo. Volvise al doctor, y dijo:

--Chico, tengo hambre.

El doctor, sin decir palabra, tom del bolsillo del frac una especie
de petaca, y de sta sac un rollo que semejaba un cigarro puro. Era
una quinta esencia alimenticia, invencin del doctor mismo. Con aquel
_cigarro-comestible_ se poda pasar perfectamente dos o tres das sin
ms alimento.

--No; quiero comer de veras. Vuestra comida qumica me apesta, ya lo
sabes. Yo no como por sustentar el cuerpo; como, por comer, por gusto;
el hambre que yo tengo no se quita con alimentarse, sino satisfaciendo
el paladar; ya me entiendes, quiero comer bien. Descendamos a la
tierra; en cualquier parte encontraremos provisiones; todo el mundo
es nuestro. Ahora se me antoja ir a comer el almuerzo o la cena que
tuvieran preparados el Emperador y la Emperatriz de Patagonia; ea,
gua hacia la Patagonia; anda, y a escape, a toda mquina!...

Adambis, plido de emocin, con voz temblorosa, a la que en vano
procuraba dar tonos de energa, se atrevi a decir:

--Evelina; ya sabes... que siempre he sido esclavo voluntario de tus
caprichos... pero en esta ocasin... perdname si no puedo complacerte.
Primero me arrojar de cabeza desde este globo, que descender a la
tierra... a robarle la comida a cualquiera de mis vctimas. Asesino
fu; pero no ser ladrn.

--Imbcil! Todo lo que hay en la tierra es tuyo; t sers el primer
ocupante...

--Evelina, pide otra cosa. Yo no bajo.

--Y entonces... nos vamos a morir aqu de hambre?

--Aqu tienes mis cigarros de alimento.

--Pero y en concluyndolos?

--Con un poco de agua y de aire, y de dos o tres cuerpos simples, que
yo buscar en lo ms alto de algunas montaas poco habitadas, tendr lo
suficiente para componer sustancia de la que hay en estos extractos.

--Pero eso es muy soso.

--Pero basta para no morirse.

--Y vamos a estar siempre en el aire?

--No s hasta cundo. Yo no bajo.

--De modo que yo no voy a ver el mundo entero? No voy a apoderarme de
todos los tesoros, de todos los museos, de todas las joyas, de todos
los tronos de los grandes de la tierra? De modo que en vano soy la
mujer del _Dictador in articulo mortis_ de la humanidad? De modo que
me has convertido en una pajarita... despus de ofrecerme el imperio
del mundo?...

--Yo no bajo.

--Pero por qu? Imbcil!

--Porque tengo miedo.

--A quin?

--A mi conciencia.

--Pero hay conciencia?

--Por lo visto.

--No estaba demostrado que la conciencia es una aprensin de la
materia orgnica en cierto estado de desarrollo?

--S, estaba.

--Y entonces?...

--Pero hay conciencia.

--Y qu te dice tu conciencia?

--Me habla de Dios.

--De Dios! De qu Dios?

--Qu s yo! De Dios.

--Ests _incapaz_, hijo. No hay quien te entienda. Explcate. No te
burlabas t de m porque _predicaba_, porque iba a misa, y me confesaba
a veces? Yo era y soy catlica, como casi todas las seoras del mundo
haban llegado a serlo. Pero eso no me impeda reconocer que t, como
casi todos los hombres del mundo, tendras tus razones para ser ateo
y racionalista, y recordars que nunca te arm ningn caramillo por
motivos religiosos.

--Es cierto.

--Pero, ahora, cuando menos falta hace, te vienes t con la
conciencia... y con Dios... Y a buena hora, cuando ya no hay quien te
absuelva, porque las mujeres no podemos meternos en eso. Eres tonto,
Judas, siempre lo he dicho, eres un sabio muy tonto.

--Pues yo no bajo.

--Pues yo no fumo. Yo no me alimento con esas porqueras que t
fabricas. Todo eso debe de ser veneno a la larga. A lo menos, hombre,
descendamos donde no haya gente..., en alguna regin donde haya buena
fruta..., espontnea, qu s yo! t, que lo sabes todo, sabrs dnde
hay de eso. Gua.

--Te contentaras con eso..., con buena fruta?

--Por ahora..., s, puede.

Adambis se qued pensativo. l recordaba que entre los modernsimos
comentaristas de la _Biblia_, tanto catlicos como protestantes,
se haba tratado, con gran erudicin y copia de datos, la cuestin
geogrfico-teolgica del lugar que ocupara en la tierra el Paraso.

l, Adambis, que no crea en el Paraso, haba seguido la discusin
por curiosidad de arquelogo, y hasta haba tomado partido, a reserva
de pensar que el Paraso no poda estar en ninguna parte, porque no
lo haba habido. Pero era lo cierto que, hipotticamente, suponiendo
fidedignos los datos del Gnesis, y concordndolos con modernos
descubrimientos hechos en Asia, resultaba que tenan razn los que
colocaban el Jardn de Adn en tal paraje, y no los que le ponan
en tal otro sitio. La conclusin de Adambis era: que "si el Paraso
hubiera existido, sin duda hubiera estado donde decan los doctores A.
y B., y no donde aseguraban los PP. X. y Z."

De esta famosa discusin y de sus opiniones acerca de ella, le hicieron
acordarse las palabras de su mujer.--"Si la Biblia tuviera razn! Si
todo eso hubiera sido verdad!" Quin sabe? Por si acaso, busquemos.

Y despus de pensar as, dijo en voz alta:

--Ea, Evelina, voy a darte gusto. Voy a buscar eso que pides: una
regin no habitada que produce espontneos frutos y frutas de lo ms
delicado.

Y segua pensando el doctor: Dado que el Paraso exista y que yo d
con l, ser lo que fu?

Seguir Dios hacindole producir tan sabrosos frutos? No se habr
estropeado algo con las aguas del diluvio? Lo que es indudable, si
la Biblia dice bien, es que all no ha vuelto a poner su planta ser
humano. Esos mismos sabios que han discutido dnde estaba el Paraso no
han tenido la ocurrencia de precisar el lugar, de ir all, buscarlo,
como yo voy a hacer.

Ellos decan: debi de estar hacia tal parte, cerca de tal otra; pero
no fueron a buscarle. Tal vez yo lo encuentre. Y bajando en globo,
aunque los ngeles sigan a la puerta con espadas de fuego, no me
impedirn la entrada.

Oh, s, busquemos el Paraso! Paraso para m, porque ser el nico
lugar de la tierra desierto: es decir, que no sea un cementerio; nico
lugar donde no encontrar el espectculo horrendo de la humanidad
muerta e insepulta.

Abreviemos. Buscando, buscando, desde el aire con un buen anteojo,
comparando sus investigaciones con sus recuerdos de la famosa discusin
teolgico-geogrfica, Adambis lleg a una regin del Asia Central,
donde, o mucho se engaaba, o estaba lo que buscaba. Lo primero que
sinti fu una satisfaccin del amor propio... La teora de los _suyos_
era la cierta... El Paraso exista y estaba all, donde l crea. Lo
raro era que existiese el Paraso.

El amor propio por este lado sala derrotado.

Y todava quera defenderse gritndole a Judas en la cabeza:

--Mira, no sea que te equivoques! No sea eso una gran huerta de algn
mandarn chino o de un Baj de siete colas...

El paisaje era delicioso; la frondosidad, como no la haba visto jams
Adambis.

Cuando l dudaba as, de repente Evelina, que tambin observaba con
unos anteojos de teatro, grit:

--Ah, Judas, Judas! por aquel prado se pasea un seor..., muy alto,
s, parece alto..., de bata blanca... con muchas barbas, blancas
tambin...

--Cscaras!--exclam el doctor, que sinti un escalofro mortal.

Y dirigiendo su catalejo hacia la parte a que apuntaba Evelina, dijo
con voz de espanto:

--No hay duda..., es l. l, mejor dicho!

--Pero quin?

--Yova Elhoim! Jehov! El Seor Dios! El Dios de nuestros
mayores!...


                                  IV

El autor de toda esta farsa necesita, al llegar a este punto de su
narracin, interrumpirla, aunque los sienta y mortifique a esas
plyades de jvenes naturalistas _en romn paladino_, que no pueden
ver sin disgusto que aparezca en la novela o cuento, o lo que sea, la
personalidad del escritor. Yo, de buena gana, continuara siendo tan
_objetivo_ como hasta aqu; pero no tengo ms remedio que sacar a plaza
mi humilde personalidad, aunque sea pecando contra todos los cnones y
_Falsas Decretales_ del naturalismo traducido al _vulga-puck_ (lengua
universal del vulgo).

Esas plyades de naturalistas imberbes (y no digo plyade, en singular,
porque plyades no tiene ni puede tener singular, aunque lo olviden la
mayor parte de nuestros periodistas) me dispensarn; pero al presentar
en escena nada menos que al _Deus ex machina_ de la Biblia, necesito
hacer algunas manifestaciones.

Pintar a Jehov (as lo llama el vulgo) tal como es, sin _idealizarlo_
ni nada de eso, es empresa superior a mis fuerzas, porque yo nunca le
he visto.

Discuten los sabios si el mismo Moiss lleg a verlo cara a cara;
algunos afirman que slo una vez goz de su presencia; pero yo, sin
ser sabio, me inclino al parecer de los que piensan que ni Moiss ni
nadie puso en l los ojos en la vida. Otra cosa es aquello de sentir el
Espritu del Seor que pasa, el soplo divino que hiere el rostro, etc.,
etc. Eso es posible.

Ms fcil me sera, una vez presentado en escena Jehov, hacer que su
carcter _fuera sostenido_ desde el principio hasta el fin, como piden
los preceptistas, que de camino son gacetilleros, a los autores de
dramas y novelas. Para sostener el carcter de Jehov me basta con los
documentos bblicos, pues se ve en ellos que su energa no decae ni un
momento y que en l no hay contradicciones; porque el haber hecho el
mundo, y arrepentirse despus, no es una contradiccin, toda vez que,
si a eso furamos, ah est Cnovas, que primero fu revolucionario y
despus se arrepinti, y la energa de Cnovas, sin embargo, est fuera
de toda discusin. Y me alegro de haber citado a este personaje, porque
si ustedes quieren buscarle a Jehov, segn le presenta la Biblia, un
parecido, el mayor que encontrarn en la historia, para tener idea del
_Zeus_ bblico, ser se, Cnovas, el _Feus_ malagueo.

Y ahora tengo que entendrmelas con los timoratos y escrupulosos en
materia religiosa, que acaso quieran ver ribetes de impiedad en mi
cuento. No hay tal impiedad; primero y principalmente, porque slo se
trata de una broma, y yo aqu no quiero probar nada, ni acabar con
la Iglesia de Pedro, ni siquiera con los abusos del clero madrileo.
Ni yo soy clrigo de _El Resumen_, ni siquiera redactor de _Las
Dominicales_, ni se es el camino. Por no ser, ni soy como el autor
de _Namouna_, adorador de Cristo y adems de Ahura-Mazda y de Brahma
y de Apis y de Vichn, etctera, etc. Estos eclecticismos religiosos
no se han hecho para m. Lo que puedo jurar es que respeto a Jehov,
escrbase cmo se escriba, tanto como el que ms, y que en este cuento
no pretendo reemplazar la religin de nuestros mayores por otra de mi
invencin. Para significar ese respeto precisamente, prescindo de los
procedimientos naturalistas, y en vez de presentar al nuevo personaje
obrando y hablando, como quiere la buena retrica, pasar como sobre
ascuas sobre todo lo que se refiere a sus relaciones con Adambis, mi
hroe, valindome de una narracin indirecta y no de una descripcin
directa y plstica.

Apresrome a decir que la bata que Evelina crey haber visto pendiente
de los hombros del que se paseaba por aquel prado del Paraso, no deba
de ser tal bata, ni las barbas, barbas; pero ya saben ustedes que las
mujeres todo lo materializan.

Ello es que aqul era Jehov, efectivamente, y que se estaba paseando
por aquel prado del Paraso, como sola todas las tardes que haca
bueno; costumbre que le haba quedado desde los tiempos de Adn.

Adambis, aturdido con la presencia del Seor, de que no dudaba, pues si
hubiese sido un hombre como los dems hubiera muerto a las doce de la
maana, Adambis, lleno de terror y de vergenza, perdi los estribos...
del globo, como si dijramos; es decir troc los frenos, o de otro
modo, dej que la mquina de dirigir el aerosttico se descompusiese,
y el globo comenz a bajar rpidamente y se enred en las ramas de un
rbol.

Evelina gritaba, espantando las aves del Paraso, que volaban en
grandes crculos alrededor de los inesperados viajeros.

Levant el Seor la cabeza al oir tanto ruido, y viendo el trance,
acudi a salvar a los nufragos del aire.

A presencia de Jehov, el doctor Judas permaneca silencioso y
avergonzado. Evelina miraba al Seor con curiosidad, pero sin asombro.
Encontrarse con un Dios personal de manos a boca, le pareca tan
natural, como le hubiera parecido la demostracin matemtica de que
Dios no existe. Lo que ella quera era tomar algo.

Con arreglo a lo dicho, se renuncia a copiar aqu el dilogo que medi
entre Jehov y el sabio de Mozambique. Pero se dir la sustancia.

El Seor no abus, como hubiera hecho Jpiter, o _El Siglo Futuro_,
de su situacin, que le daba una superioridad incontestable. Nada de
pullas, ni de sarcasmos mucho menos. Demasiado saba l que Adambis,
desde que haba estudiado Anatoma comparada, se haba pasado la vida
negando la posibilidad de un Dios personal. Los dos saban esto. Para
qu hablar de ello?

Judas se crey en el deber de humillarse y de confesar su error. Pero
Jehov, con una delicadeza que nunca tuvieron los Nocedales en sus
palizas a _La Unin_, hizo que la conversacin cambiase de rumbo.

Lo pasado, pasado. Ahora se trataba de reformar la humanidad por
segunda vez. Lo de Adn haba salido mal; el remedio del diluvio
tampoco haba probado; tal vez el mal habra estado en dejar vivos
a tantos parientes; un mundo que comienza entre suegros y cuadas,
no puede ir bien. Adems, lo primero que haba hecho No, pasada la
borrasca, haba sido emborracharse... Jehov esperaba ms formalidad
por parte de Judas Adambis. Judas haba acabado con la humanidad...
Corriente. Poco se haba perdido.

El pesimismo era la tontera que menos poda tolerar Elhoim; la
humanidad se haba hecho pesimista...; bien muerta estaba. Ahora se
trataba de otro ensayo: Adambis iba a repoblar el mundo, y si esta
nueva cra sala mal tambin, basta de ensayos; la tierra se quedara
en barbecho por ahora.

El matrimonio de Adambis y Evelina haba sido hasta entonces infecundo;
pero con las aguas del Paraso, Jehov prometa que la fecundidad
visitara el seno de aquella seora.

--No sern ustedes inocentes--vino a decir Jehov--, porque eso ya no
puede ser. Pero esto mismo me conviene. Inocente y todo, Adn hizo lo
que hizo. Usted, seor Adambis, es un sabio verdadero, a pesar de sus
errores teolgicos, y quiero ver si me conviene ms la suprema malicia
que la suprema inocencia. Desde hoy llevan ustedes en arrendamiento
todo este jardn amensimo. La renta que me han de pagar sern sus
buenas obras. Todo lo que ustedes ven es de ustedes.

--Absolutamente todo?--exclam Evelina.

Y Jehov, aunque con otras palabras, vino a decir:

--S, seora..., sin ms excepcin que una... insignificante. Pongo
por condicin... la misma que puse al otro. No se ha de tocar a este
manzano, que en un tiempo fu el rbol de la ciencia del bien y del
mal, y que ahora no es ms que un manzano de la acreditada clase de
los que producen las ricas manzanas de Balsan. Por comer de esos
manzanos no sabrn ustedes ni ms ni menos de lo que saben, ni sern
como dioses, ni nada de eso. Si Satans se presenta otra vez y quiere
tentar a esta seora, no le haga caso ninguno. Como este manzano los
hay a porrillo en todo el Paraso. Pero yo me entiendo, y no quiero que
se toque en ese rbol. Si comis de esas manzanas... vuelta a empezar;
os echo de aqu, tendris que trabajar, parir esta seora con dolor,
etc., etc. En fin, ya saben ustedes el programa. Y no digo ms.

Y desapareci Jehov Elhoim.

Y casi me alegro, porque ahora ya puedo copiar el dilogo textualmente.

Evelina encogi los hombros y dijo:

--T, Judas, qu opinas de todo esto?

--Figrate!

--Valiente sabio estabas t. Mira qu bien haca yo en ir a misa, por
un si acaso. T eres un tonto, que por poco nos haces condenarnos a los
dos. Afortunadamente, el Seor parece un seor muy amable.

--Oh! La Bondad infinita...

--S, pero...

--El Sumo Bien...

--S, pero...

--La Sabidura infinita.

--S, pero...

--Pero qu, hija?

--Pero algo raro.

--Y tan raro, como que es el nico.

--No, no quiero decir raro en ese sentido, sino en el de... Mira
t que prohibirnos comer de esas manzanas como si furamos unos
chiquillos!...

--Y no comeremos.

--Claro que no, hombre. No te pongas tan fiero. Pues por eso digo
que es raro. Qu trabajo nos cuesta a nosotros ponernos formales y,
escarmentados, prescindir de unas pocas manzanas que son como las dems?

--Mira, en eso no nos metamos. Dios es Dios, ests? y lo que l hace,
bien hecho est.

--Pero confiesa que eso es un capricho.

--No confieso tal, ni t tampoco; y te prohibo blasfemar en adelante.
Por lo pronto, no pienses ms en tales manzanas..., que el diablo las
carga.

--Qu ha de cargar, infeliz! Buena soy yo. A propsito, tengo sed...,
deseo de eso, de eso..., de fruta..., de manzanas precisamente, y de
Balsan.

--Mujer!

--Bobalicn! No ha dicho que de esa clase hay aqu a porrillo? Pues
vamos a buscar otro rbol igual, y me das un hartazgo. Conoces t el
Balsan?

--S, Evelina. _(Busca.)_ Aqu tienes otro rbol igual que ese
prohibido. Toma. Ves qu hermosa manzana? Balsan legtimo.

Evelina clav los blancos y apretados dientes en la manzana que le
ofreca su esposo.

Mientras Judas volva la espalda y buscaba otro ejemplar de la hermosa
fruta, una voz, como un silbido, grit al odo de Evelina.

--Eso no es Balsan!

Tom ella el aviso por voz interior, por revelacin del paladar, y
grit irritada:

--Mira, Judas, a m no me la das t. Esto no es Balsan!

Un sudor fro, como el de las novelas, inund el cuerpo de Adambis.

--Buenos estamos--pens--. Si Evelina empieza a desconfiar... no va a
haber Balsan en todo el Paraso!

As fu... A cien rboles se arranc fruta, y la voz siempre gritaba al
odo de la esposa:

--Eso no es Balsan!

--No te canses, Judas--dijo ella ya fatigada. No hay ms manzanas de
Balsan en todo el Paraso que las del rbol prohibido.

Hubo una pausa.

--Pues hija...--se atrevi a decir Adambis--ya ves..., no hay ms
remedio... Si te empeas en que no hay ms que sas... te quedars sin
ellas.

--Bien, hombre, bien; me quedar! Pero no es esa manera de decrselo a
una.

La voz de antes grit al odo de Evelina:

--No te quedars!

--Otro sera ms... enamorado que t. Claro, un sabio no sabe lo que es
pasin...

--Qu quieres decir, Evelina?...

--Que Adn, con ser Adn, era ms cumplido amador que t.

--Tengamos la fiesta en paz, y renuncia al Balsan.

--Bueno! Pues t... ya que prefieres cumplir un capricho de quien hace
una hora negabas que existiese, a satisfacer un deseo de tu mujer...,
t, mameluco, renuncia a lo otro.

--Qu es lo otro?

--No se nos ha dicho que ser fecunda en adelante?

--S, hija ma; de eso iba a hablarte...

--Pues no hay de qu. Nada de fecundidad.

--Pero, hija...

--Nada, que no quiero.

--As, perfectamente!--dijo la voz que le hablaba al odo a Evelina.

Volvise ella y vi al diablo en figura de serpiente, enroscado en el
tronco del rbol prohibido.

Evelina contuvo una exclamacin, a una seal del diablo, que comprendi
perfectamente; se dirigi a su marido y le dijo sonriente:

--Pues mira, pichn; si quieres que seamos amigos, corre a pescarme
truchas de aquel ro que serpentea all abajo...

--Con mil amores...

Y desapareci el sabio a todo escape.

Evelina y la serpiente quedaron solos.

--Supongo que usted ser el demonio... como la otra vez.

--S, seora; pero crame usted a m: debe usted comer de estas
manzanas y hacer que coma su marido. No digo que despus sern ustedes
iguales que dioses; nada de eso. Pero la mujer que no sabe imponer su
voluntad en el matrimonio, est perdida. Si ustedes comen, perdern
ustedes el Paraso; y qu? Fuera estn las riquezas de todo el mundo
civilizado a su disposicin... Aqu no hara usted ms que aburrirse y
parir...

--Qu horror!

--Y eso por una eternidad...

--Jess! No lo quiera Dios. Venga, venga; y Evelina se acerc al
rbol, arranc una, dos, tres manzanas, y las fu hincando el diente
con apetito de fiera hambrienta.

Desapareci la serpiente, y a poco volvi Adambis... sin truchas.

--Perdname, mona ma, pero en ese ro... no hay truchas...

Evelina ech los brazos al cuello de su esposo.

l se dej querer.

Una nube de voluptuosidad los envolvi luego.

Cuando el doctor se atrevi a solicitar las ms ntimas caricias,
Evelina le puso delante de la boca media manzana ya mordida por ella, y
con sonrisa capaz de seducir a Saia Mun, dijo:

--Pues come.

--_Vade retro_!--grit Judas, ponindose en salvo de un brinco--. Qu
has hecho, desdichada?

--Comer, perderme... Pues ahora pirdete conmigo, come... y yo te har
feliz... mi adorado Judas...

--Primero me ahorcan. No, seora, no como. Yo no me pierdo. T no sabes
cmo las gasta Jehov. No como.

Irritse Evelina, y fu en vano. No sirvieron ruegos, ni amenazas, ni
tentaciones. Judas no comi.

As pasaron aquel da y la noche, riendo como energmenos. Pero Judas
no comi la fruta del rbol prohibido.

Al da siguiente, muy de madrugada, se present Jehov en el huerto.

--Qu tal, habis comido bien?--vino a preguntar.

En fin, hubo explicaciones. Jehov lo supo todo.

--Pues ya sabis la pena cul es--vino a decir, pero sin incomodarse--.
Fuera de aqu, y a ganarse la vida...

--Seor--observ Adambis--, debo advertir a vuestra Divina Majestad que
yo no he comido del fruto prohibido... Por consiguiente, el destierro
no debe ir conmigo.

--Cmo? Y me dejars marchar sola?--grit ella furiosa.

--Ya lo creo. Hasta aqu hemos llegado. A perro viejo no hay tus tus.

--De modo--vino a decir el Seor--que lo que t quieres es el
divorcio... _quo ad thorum et habitationem_.

--Justo, eso; la _separacin de cuerpos_, que decimos los clsicos.

--Pero entonces se va a acabar la humanidad en muriendo tu esposa...;
es decir, no quedar ms hombre que t..., que por ti solo no puedes
procrear--vino a decir Jehov.

--Pues que se acabe. Yo quiero quedarme aqu.

Y en efecto, se qued Adambis en el Paraso.

Y sali Evelina, arrastrada por dos ngeles de guardia.

Renuncio a describir el furor de la desdeada esposa al verse sola
fuera del Paraso. La Historia no dice de ella sino que vivi sola
algn tiempo como pudo. Una leyenda la supone entregada al feo vicio
de Pasfae, y otra ms verosmil cuenta que acab por entregar sus
encantos al demonio.

En cuanto al prudente Adambis, se qued, por lo pronto, como en la
gloria, en el Paraso.

Ahora s que es esto Paraso! Dos veces Paraso! Todo es mo,
todo... menos mi mujer!... Qu mayor felicidad!...

Pasaron siglos y siglos, y Adambis lleg a cansarse del jardn
amensimo. Intent varias veces el suicidio, pero fu intil. Era
inmortal. Pidi a Dios la traslacin, y Judas fu transportado de la
tierra, segn ya lo haban sido Enoch y algn otro.

As fu como, _al fin_, se acab el mundo, por lo que toca a los
hombres.




                             UN JORNALERO


Sala Fernando Vidal de la Biblioteca de N**, donde haba estado
trabajando, segn costumbre, desde las cuatro de la tarde.

Eran las nueve de la noche; acababa de obscurecer.

La Biblioteca no estaba abierta al pblico sino por la maana.

Los porteros y dems dependientes vivan en la planta baja del
edificio, y Fernando, por un privilegio, disfrutaba a solas de la
Biblioteca todas las tardes y todas las noches, sin ms condiciones que
stas: ir siempre sin compaa; correr, por su cuenta, con el gasto
de las luces que empleaba, y encargarse de abrir y cerrar, dejando al
marcharse las llaves en casa del conserje.

En toda N**, ciudad de muchos miles de habitantes, industriosa,
rica, llena de fbricas, no haba un solo ciudadano que disputase ni
envidiase a Vidal su privilegio de la Biblioteca.

Cerr Fernando como siempre la puerta de la calle con enorme llave, y
empuando el manojo que sta y otras varias formaban, anduvo algunos
pasos por la acera, ensimismado, buscando, sin pensar en ello, el
llamador de la puerta en la casa del conserje, que estaba a los pocos
metros, en el mismo edificio.

Pero llam en vano. No abran, no contestaban.

Vidal tard en fijarse en tal silencio. Iba lleno de las ideas que con
l haban bajado a la calle dejando las fras pginas de los libros de
arriba, la eterna prisin.

"No est nadie", pens, por fin, sin fijarse en que deba extraar que
no estuviese nadie en casa del conserje.

--Y qu hago yo con esto!--se dijo, sacudiendo el manojo de llaves que
le daba aspecto de carcelero.

En aquel momento se fij en otra cosa. En que la noche era obscura, en
que haba faroles, tres, bien lo recordaba, a lo largo de la calle, y
no estaba ninguno encendido.

Despus not que a nadie poda parecerle ridcula su situacin, porque
por la calle de la Biblioteca no pasaba un alma. Silencio absoluto.

Una detonacin lejana le hizo exclamar:

--Un tiro!

Y el tiro, ms bien su nombre, le trajo a la actualidad, a la vida real
de su pueblo.

--Cuando sal de casa, despus de comer, en el caf o decir que esta
noche se armaba, que los socialistas o los anarquistas, o no s quin,
preparaban un golpe de mano para sacar de la crcel a no s qu presos
de su comunin y proclamar todo lo proclamable.

Debe de ser eso. Debe de estar armada.

Dios mo!--sigui reflexionando--si est armada, si aqu pasa algo
grave, maana acaso est cerrada la Biblioteca, acaso no me permitan
o no pueda yo venir de tarde a terminar mi examen del cdice en que
he descubierto tan preciosos datos para la historia de los disturbios
de los gremios de R*** en el siglo... por vida del chpiro! Y si
maana no concluyo mi trabajo, el nmero prximo de la Revista
Sociolgico-histrica sale sin mi artculo... y quin sabe si Mr.
Flinder en la Revista de Ciencias morales e histricas de Zurich se
adelantar, si es verdad, como me escriben de all, que ha visto este
precioso documento el ao pasado, cuando estuvo aqu mientras yo fu a
Vichy.

No, mil veces no; eso no puedo consentirlo; no es por vanidad pueril;
es que esos socialistas de ctedra me son antipticos; Flinder de fijo
arrima el ascua a su sardina; de fijo lo convierte todo en sustancia,
y de los datos favorables para sus teoras que este cdice contiene,
quiere hacer una catedral, toda una prueba plena..., y eso, vive Dios,
que es profanar la historia, el arte, la ciencia... No, no; yo dir
primero la verdad desnuda, imparcialmente, reconociendo todo lo que
este manuscrito arroja de luz en la tan debatida cuestin..., pero sin
que sirva de arma para tirios ni troyanos. Me cargan los utopistas, los
dogmticos...

Son otro tiro.

"Pues debe de ser eso. Debe de haberse armado." Vidal se aventur
por la calle arriba. Al dar vuelta a la esquina, que estaba lejos de
la Biblioteca, en la calle inmediata, como a treinta pasos, vi al
resplandor de una hoguera un montn informe, tenebroso, que obstrua la
calle, que cerraba la perspectiva. "Debe de ser una barricada."

Alrededor de la hoguera distingui sombras. "Hombres con fusiles",
pens; "no son soldados; deben de ser obreros. Estoy en poder de los
enemigos... del orden."

Una descarga nutrida le hizo afirmarse en sus conjeturas; oy gritos
confusos, ayes, juramentos...

No caba duda, se haba armado. "Aquello era una barricada, y por aquel
lado no haba salida."

Deshizo el camino andado, y al llegar a la puerta de la Biblioteca se
detuvo, se rasc detrs de una oreja y medit.

"Maana, por fas o por nefas, estar esto cerrado; mi artculo no podr
salir a tiempo... puede adelantarse Flinder... No dejemos para maana
lo que podemos hacer hoy."

Son a lo lejos otra descarga, mientras Vidal meta la gran llave en
su cerradura y abra la puerta de la Biblioteca. Al cerrar por dentro
oy ms disparos, mucho ms cercanos, y voces y lamentos. Subi la
escalera a tientas, repar al llegar a otra puerta cerrada, en que iba
a obscuras; encendi un fsforo, abri la puerta que tena delante,
entr en la portera, contigua al saln principal; encendi un quinqu
de petrleo que an tena el tubo caliente, pues era el mismo con que
momentos antes se haba alumbrado; entr con su luz en el saln de la
Biblioteca, busc sus libros y manuscritos, que tena separados en un
rincn, y a los cinco minutos trabajaba con ardor febril, olvidado
del mundo entero, sin oir los disparos que sonaban cerca. As estuvo
no saba l cunto tiempo. Tuvo que detenerse en su labor porque el
quinqu empez a apagarse; la llama chisporroteaba, se ahogaba la luz
con una especie de bostezo de muy mal olor y de resplandores fugaces.
Fernando maldijo su suerte, su mala memoria, que no le haba hecho
recordar que tena poco petrleo el quinqu..., en fin, recogi los
papeles de prisa, y sali de la Biblioteca a obscuras, a tientas.
Lleg a la puerta de la calle, abri, sali... y al dar la vuelta para
cerrar, sinti que por ambos hombros le sujetaban sendas manos de
hierro y oy voces roncas y feroces que gritaban:

--Alto!

--Date preso!

--Un burgus!

--Matarle!

"Son ellos--pens Vidal--los correligionarios activos, prcticos, de
Mr. Flinder!"

En efecto, eran los socialistas, anarquistas o Dios saba qu,
triunfantes, en aquel barrio a lo menos. Con otros burgueses que haban
encontrado por aquellos contornos haban hecho lo que haban querido;
quedaban algunos mal heridos, los que menos, apaleados. El aspecto de
Fernando, que no revelaba gran holgura ni mucho capital robado al
sudor del pobre, los irrit en vez de ablandarlos. Se inclinaban a
pasarle por las armas y as se lo hicieron saber.

Uno que pareca cabecilla, se fij en el edificio de donde sala Vidal
y exclam:

--sta es la Biblioteca; es un sabio, un burgus sabio!

--Que muera! Que muera!

--Matarlo a librazos... Eso es, arriba, a la Biblioteca, que muera a
pedradas... de libros, de libros infames que han publicado el clero, la
nobleza, los burgueses, para explotar al pobre, engaarle, reducirle a
la esclavitud moral y material.

--Bravo, bravo!...

--Mejor es quemarle en una hoguera de papel...

--Eso, eso!

--Abrasarle en su Biblioteca...

Y a empellones, Fernando se vi arrastrado por aquella corriente de
brutalidad apasionada, que le llev hasta el mismo saln donde l
trabajaba, poco antes, en aquel cdice en que se poda estudiar algn
relmpago antiqusimo, precursor de la gran tempestad que ahora bramaba
sobre su cabeza.

Los sublevados llevaban antorchas y faroles; el saln se ilumin con
una luz roja con franjas de sombras temblorosas, formidables. El grupo
que subi hasta el saln no era muy numeroso, pero s muy fiero.

--Seores--grit Vidal con gran energa--. En nombre del progreso
les suplico que no quemen la Biblioteca... La ciencia es imparcial,
la historia es neutral. Esos libros... son inocentes..., no dicen que
s ni que no; aqu hay de todo. Ah estn, en esos tomos grandes, las
obras de los Santos Padres, algunos de cuyos pasajes les dan a ustedes
la razn contra los ricos... En ese estante pueden ustedes ver a los
socialistas y comunistas del 48... En ese otro est Lassalle... Ah
tienen ustedes _El Capital_, de Carlos Marx. Y en todas esas biblias,
coleccin preciosa, hay multitud de argumentos socialistas: El ao
sabtico, El jubileo... La misma vida de Job. No; la vida de Job no es
argumento socialista! Oh, no, sa es la filosofa seria, la que sabrn
las clases pobres e ilustradas de siglos futuros muy remotos!...

Fernando se qued pensativo, e interrumpi su discurso, olvidado de su
peligro y el de la biblioteca. Pero el discurso, apenas comprendido,
haba producido su efecto. El cabecilla, que era un ergotista a
la moderna, de caf y de club, uno de esos demagogos retricos y
presuntuosos que tanto abundan, extendi una mano para apaciguar las
olas de la ira popular...

--Quietos, dijo..., procedamos con orden. Oigamos a este burgus...
Antes que el fuego de la venganza, la luz de la discusin.
Discutamos... Prubanos que esos libros no son nuestros enemigos, y los
salvas de las llamas; prubanos que t no eres un miserable burgus, un
holgazn que vive, como un vampiro, de la sangre del obrero..., y te
perdonamos la vida, que tienes ahora pendiente de un cabello...

--No, no; que muera..., que muera ese... sofista--grit un zapatero,
que era terrible por la posesin de este vocablo que no entenda, pero
que pronunciaba correctamente y con nfasis.

--Es un sofista!--repiti el coro. Y una docena de bocas de fusil se
acercaron al rostro y al pecho de Fernando.

--Paz!... Paz!... Tregua!...--grit el cabecilla, que no quera
matar sin triunfar antes del _sofista_--. Oigmosle, discutamos...

Vidal, distrado, sin pensar en el peligro inmenso que corra,
_haciendo_ psicologa popular, _teratologa sociolgica_, como l
pensaba, estudiaba aquella locura poderosa que le tena entre sus
garras; y su imaginacin le representaba, a la vez, el coro de locos
del tercer acto de _Jugar con fuego_, y a Mr. Flinder y tantos otros,
que eran en _ltimo anlisis_ los culpables de toda aquella confusin
de ideas y pasiones. "La lgica hecha una madeja enredada y untada de
plvora, para servir de mecha a una explosin social!..." As meditaba.

--Que muera!--volvieron a gritar.

--No, que se disculpe..., que diga qu es, cmo gana el pan que come...

--Oh! Tan bien como t, tan honradamente como t--grit Vidal
volvindose al que tal deca, enrgico, arrogante, apasionado, mientras
separaba con las manos los fusiles que le impedan, apuntndole, ver a
su contrario.

Le haban herido en lo vivo.

Despus de haber tenido en su ya larga vida de erudito y escritor mil
clases de vanidades, ya slo le quedaba el orgullo de su trabajo... No
se reconoca, a fuerza de mucho _anlisis de introspeccin_, virtud
alguna digna de ser llamada tal, ms que sta, la del trabajo; oh,
pero sta s! "Tan bien como t. Has de saber, que, sea lo que sea
de la cuestin del capital y el salario, que est por resolver, como
es natural, porque sabe poco el mundo todava para decidir cosa tan
compleja; sea lo que quiera de la lucha de capitalistas y obreros, yo
soy hombre para no meter en la boca un pedazo de pan, aunque reviente
de hambre, sin estar seguro de que lo he ganado honradamente...

"He trabajado toda mi vida, desde que tuve uso de razn. Yo no pido
ocho horas de trabajo, porque no me bastan para la tarea inmensa que
tengo delante de m. Yo soy un albail que trabaja en una pared que
sabe que no ha de ver concluida, y tengo la seguridad de que cuando ms
alto est me caer de cabeza del andamio. Yo trabajo en la filosofa y
en la historia y s que cuanto ms trabajo me acerco ms al desengao.
Huyo, ascendiendo, de la tierra, seguro de no llegar al cielo y de
precipitarme en un abismo..., pero subo, trabajo. He tenido en el
mundo ilusiones, amores, ideales, grandes entusiasmos, hasta grandes
ambiciones; todo lo he ido perdiendo; ya no creo en las mujeres, en
los hroes, en los _credos_, en los sistemas; pero de lo nico que no
reniego es del trabajo; es la historia de mi corazn, el espejo de
mi existencia; en el caos universal yo no me reconocera a m propio
si no me reconociera en la estela de mis esfuerzos; me reconozco en
el sudor de mi frente y en el cansancio de mi alma; soy un jornalero
del espritu, a quien en vez de disminuirle las horas de fatiga, los
nervios le van disminuyendo las horas de sueo. Trabajo a la hora
de dormir, a obscuras, en mi lecho, sin querer, trabajo en el aire,
sin jornal, sin provecho... y de da sigo trabajando para ganar el
sustento y para adelantar en mi obra... Yo no pido emancipacin, yo no
pido transacciones, yo no pido venganzas... Desde los diez aos, no
ha obscurecido una vez sin que yo tuviera tela cortada para la noche
que vena: siempre mi veln se ha encendido para una labor preparada;
hasta las pocas noches que no he trabajado en mi vida, fueron para m
de fatiga por el remordimiento de no haber cumplido con la tarea de
aquella velada. De nio, de adolescente, trabajaba junto a la lmpara
de mi madre; mi trabajo era escuela de mi alma, compaa de la vejez de
mi madre, oracin de mi espritu y pan de mi cuerpo y el de una anciana.

"ramos tres, mi madre, el trabajo y yo. Hoy ya velamos solos yo y
mi trabajo. No tengo ms familia. Pasar mi nombre, morir pronto
el recuerdo de mi humilde individuo, pero mi trabajo quedar en los
rincones de los archivos, entre el polvo, como un carbn fsil que
acaso prenda y d fuego algn da, al contacto de la chispa de un
trabajador futuro... de otro pobre diablo erudito como yo que me saque
de la obscuridad y del desprecio..."

--Pero a ti no te han explotado; tu sudor no ha servido de sustancia
para que otros engordaran...--interrumpi el cabecilla.

--Con mi trabajo--prosigui Vidal--se han hecho ricos otros;
empresarios, capitalistas, editores de bibliotecas y peridicos; pero
no estoy seguro de que no tuvieran derecho a ello. No me queda el
consuelo de protestar indignado con entera buena fe. se es un problema
muy complejo; est por ver si es una injusticia que yo siga siendo
pobre y los que en mis publicaciones slo ponan cosa material, papel,
imprenta, comercio, se hayan enriquecido.

"No tengo tiempo para trabajar indagando ese problema, porque lo
necesito para trabajar directamente en mi labor propia. Lo que s,
que este trabajo constante, con el cuerpo doblado, las piernas
quietas, el cerebro bullendo sin cesar, quemando los combustibles de
mi sustancia, me ha aniquilado el estmago; el pan que gano apenas lo
puedo digerir..., y lo que es peor, las ideas que produzco me envenenan
el corazn y me descomponen el pensamiento... Pero no me queda ni
el consuelo de quejarme, porque esa queja tal vez fuera en _ltimo
anlisis_, una puerilidad... Compadecedme, sin embargo, compaeros
mos, porque no padezco menos que vosotros y yo no puedo ni quiero
buscar remedio ni represalias; porque no s si hay algo que remediar,
ni si es justo remediarlo... No duermo, no digiero, soy pobre, no
creo, no espero..., no odio..., no me vengo... Soy un jornalero de
una terrible mina que vosotros no conocis, que tomarais por el
infierno si la vierais, y que, sin embargo, es acaso el nico cielo
que existe... Matadme si queris, pero respetad la Biblioteca, que es
un depsito de carbn para el espritu del porvenir..." La plebe, como
siempre que oye hablar largo y tendido, en forma oratoria, callaba,
respetando el misterio religioso del pensamiento obscuro; deidad
idoltrica de las masas modernas y tal vez de las de siempre...

La retrica haba calmado las pasiones; los obreros no estaban
convencidos, sino confusos, apaciguados a su despecho.

Algo quera decir aquel hombre.

Como un contagio, se les pegaba la enfermedad de Vidal, olvidaban la
accin y se detenan a discurrir, a meditar, quietos.

Hasta el lugar, aquellas paredes de libros, les enervaba. Iban teniendo
algo de len enamorado, que se dej cortar las garras.

De pronto oyeron ruido lejano. Tropel de soldados suba por la
escalera. Estaban perdidos. Hubo una resistencia intil. Algunos
disparos; dos o tres heridos. A poco, aquel grupo extraviado de la
insurreccin vencida, estaba en la crcel. Vidal fu entre ellos, codo
con codo. En opinin terrible, y poderosa opinin, del jefe de la
tropa vencedora, aquel seorito tronado era el capitn del grupo de
anarquistas sorprendidos en la Biblioteca. A todos se les form Consejo
de guerra, como era regular. La justicia sumarsima de la Temis marcial
fu ayudada en su ceguera por el egosmo y el miedo del verdadero
cabecilla y por el rencor de sus compaeros. Estaban furiosos todos
contra aquel _traidor_, aquel _polica secreto_, o lo que fuera, que
les haba embaucado con sus sofismas, con sus retricas, y les haba
hecho olvidarse de su misin redentora, de su situacin, del peligro...
Todos declararon contra l. S, Vidal era el jefe. El cabecilla
salvaba con esto la vida, porque la misericordia en estado de sitio
decret que la ltima pena slo se aplicara a los cabezas de motn; a
esta categora perteneca, sin duda, Vidal; y mientras el que quera
discutir con l las bases de la sociedad, el cabecilla verdadero,
quedaba en el mundo para predicar, e incendiar en su caso, el pobre
jornalero del espritu, el distrado y erudito Fernando Vidal pasaba
a mejor vida por la va sumaria de los clsicos y muy conservadores
_cuatro tiritos_.




                              BENEDICTINO


Don Abel tena cincuenta aos, D. Joaqun otros cincuenta, pero muy
otros: no se parecan nada a los de D. Abel, y eso que eran aqullos
dos buenos mozos del ao sesenta, inseparables amigos desde la
juventud, alegre o inspida, segn se trate de D. Joaqun o de D. Abel.
Can y Abel los llamaba el pueblo, que los vea siempre juntos, por las
carreteras adelante, los dos algo encorvados, los dos de _chistera_ y
levita, Can siempre delante, Abel siempre detrs, nunca emparejados; y
era que Abel iba como arrastrado, porque a l le gustaba pasear hacia
Oriente, y Can, por moler, le llevaba por Occidente, cuesta arriba,
por el gusto de oirle toser, segn Abel, que tena su malicia. Ello era
que el que iba delante sola ir sonriendo con picarda, satisfecho de
la victoria que siempre era suya, y el que caminaba detrs iba haciendo
gestos de dbil protesta y de relativo disgusto. Ni un da solo, en
muchos aos, dejaron de reir al emprender su viaje vespertino; pero ni
un solo da tampoco se les ocurri separarse y tomar cada cual por su
lado, como hicieron San Pablo y San Bernab, y eso que eran tan amigos
y apstoles. No se separaban porque Abel ceda siempre. Can tampoco
hubiera consentido en la separacin, en pasear sin el amigo; pero no
ceda porque estaba seguro de que cedera el compinche; y por eso iba
sonriendo: no porque le gustase oir la tos del otro. No, ni mucho
menos; justamente sola l decirse: "No me gusta nada la tos de Abel!"
Le quera entraablemente, slo que hay entraas de muchas maneras, y
Can quera a las personas para s, y, si caba, para reirse de las
debilidades ajenas, sobre todo si eran ridculas o a l se lo parecan.
La poca voluntad y el poco egosmo de su amigo le hacan muchsima
gracia, le parecan muy ridculos, y tena en ellos un estuche de cien
instrumentos de comodidad para su propia persona. Cuando algn chusco
vea pasar a los dos vejetes, oficiales primero y segundo del Gobierno
civil desde tiempo inmemorial (D. Joaqun el primero, por supuesto;
siempre delante), y los vean perderse a lo lejos, entre los negrillos
que orlaban la carretera de Galicia, sola exclamar riendo:

--Hoy le mata, hoy es el da del fratricidio. Le lleva a paseo y le da
con la quijada del burro. No se la ven ustedes? Es aquel bulto que
esconde debajo de la levita.

El bulto, en efecto, exista. Sola ser realmente un hueso de un
animal, pero rodeado de mucha carne, y no de burro, y siempre bien
condimentada. Cosa rica. Merendaban casi todas las tardes como los
pastores de Don Quijote, a campo raso, y chupndose los dedos, en
cualquier soledad de las afueras. Can llevaba generalmente los
bocados y Abel los tragos, porque Abel tena un cuado que comerciaba
en vinos y licores, y eso le regalaba, y Can contaba con el arte de
su cocinera de soltern sibarita. Los dos disponan de algo ms que el
sueldo, aunque lo de Abel era muy poco ms; y eso que lo necesitaba
mucho, porque tena mujer y tres hijas pollas, a quienes en la
actualidad, ahora que ya no eran tan frescas y guapetonas como aos
atrs, llamaban los murmuradores "_Las Contenciosas-administrativas_",
por lo mucho que hablaba su padre de lo contencioso-administrativo,
que le tena enamorado hasta el punto de considerar grandes hombres a
los diputados provinciales que eran magistrados de lo contencioso...,
etc. El mote, segn malas lenguas, se lo haba puesto a las chicas el
mismsimo Can, que las quera mucho, sin embargo, y les haba dado no
pocos pellizcos. Con quien l no transiga era con la madre. Era su
natural enemigo, su rival pudiera decirse. Le haba quitado la mitad de
su Abel; se le haba llevado de la posada donde antes le haca mucho
ms servicio que la cmoda y la mesilla de noche juntas. Ahora tena l
mismo, Can, que guardar su ropa, y llevar la cuenta de la lavandera, y
si quera pitillos y cerillas tena que comprarlos muchas veces, pues
Abel no estaba a mano en las horas de mayor urgencia.

                   *       *       *       *       *

--Ay, Abel! Ahora que la vejez se aproxima, envidias mi suerte, mi
sistema, mi filosofa--exclamaba D. Joaqun, sentado en la verde
pradera, con un _llacn_ entre las piernas. (Un _llacn_ creo que es un
pernil.)

--No envidio tal--contestaba Abel, que enfrente de su amigo, en igual
postura, haca saltar el lacre de una botella y le limpiaba el polvo
con un puado de heno.

--S, envidias tal; en estos momentos de expansin y de dulces
_piscolabis_ lo confiesas; y, a quin mejor que a m, tu amigo
verdadero desde la infancia hasta el infausto da de tu boda, que nos
separ para siempre por un abismo que se llama doa Tomasa Gmez, viuda
de Trujillo? Porque t, oh Trujillo! desde el momento que te casaste
eres hombre muerto; quisiste tener digna esposa y slo has hecho una
viuda...

--Llevas cerca de treinta aos con el mismo chiste... de mal gnero. Ya
sabes que a Tomasa no le hace gracia...

--Pues por eso me repito.

--Cerca de treinta aos!--exclam don Abel, y suspir, olvidndose de
las tonteras epigramticas de su amigo, sumiendo en el cuerpo un trago
de vino del Priorato y el pensamiento en los recuerdos melanclicos de
su vida de padre de familia con pocos recursos.

Y como si hablara consigo mismo continu, mirando a la tierra:

--La mayor...

--Hola--murmur Can--; ya cantamos en _la mayor_? _Jumera_ segura...
tristona como todas tus cosas.

--No te burles, libertino. La mayor naci... s, justo; va para
veintiocho, y la pobre, con aquellos nervios y aquellos ataques, y
aquel afn de apretarse el talle... no s, pero... en fin, aunque no
est delicada... se ha descompuesto; ya no es lo que era, ya no... ya
no me la llevan.

--nimo, hombre; s te la llevarn... No faltan indianos... Y en ltimo
caso... para qu estn los amigos? Cargo yo con ella... y asesino a
mi suegra. Nada, trato hecho; t me das en dote esa botella, que no
hay quien te arranque de las manos, y yo me caso con _la_ (cantando)
_mayor_.

--Eres un hombre sin corazn... un Lovelace.

--Ay, Lovelace! Sabes t quin era se?

--La segunda, Rita, todava se defiende.

--Ya lo creo! Dmelo a m, que ayer por darla un pellizco sal con una
oreja rota.

--S, ya s. Por cierto que dice Tomasa que no le gustan esas bromas;
que las chicas pierden...

--Dile a la de Gmez, viuda de Trujillo, que ms pierdo yo, que pierdo
las orejas, y dile tambin que si la pellizcase a ella puede que no se
quejara...

--Hombre, eres un chiquillo; le ves a uno serio contndote sus cuitas y
sus esperanzas... y t con tus bromas de dudoso gusto...

--Tus esperanzas? Yo te las cantar: _La_ (cantando) Nieves...

--Bah, la Nieves segura est. Los tiene as (juntando por las yemas los
dedos de ambas manos). No es milagro. Hay chica ms esbelta en todo el
pueblo? Y bailar? No es la perla del casino cuando la emprende con
el vals corrido, sobre todo si _la baila_ el secretario del Gobierno
militar _Pacorro_?

Can se haba quedado serio y un poco plido. Sus ojos fijos vean a
la hija menor de su amigo, de blanco, escotada, con media negra, dando
vueltas por el saln colgada de Pacorro... A Nieves no la pellizcaba l
nunca; no se atreva, la tena un respeto raro, y adems, tema que un
pellizco en aquellas carnes fuera una traicin a la amistad de Abel;
porque Nieves le produca a l, a Can, un efecto raro, peligroso,
diablico... Y la chica era la nica para volver locos a los viejos,
aunque fueran ntimos de su padre. "Padrino, baila conmigo!" Qu miel
en la voz mimosa! Y qu miradonas inocentes... pero que se metan en
casa! El diablo que pellizcara a la chica. Valiente tentacin haba
sacado l de pila...

--Nieves--prosigui Abel--se casar cuando quiera; siempre es la reina
de los salones; a lo menos, por lo que toca a bailar.

--Como bailar... baila bien--dijo Can muy grave.

--S, hombre; no tiene ms que escoger. Ella es la esperanza de la
casa.--Ya ves, Dios premia a los hombres sosos, honrados, fieles al
declogo, dndoles hijas que pueden hacer bodas disparatadas, un
fortunn... Eh? viejo verde, calavern eterno. Cundo tendrs t una
hija como Nieves, amparo seguro de tu vejez?

Can, sin contestar a aquel majadero, que tan feliz se las prometa
en teniendo un poco de Priorato en el cuerpo, se puso a pensar, que
siempre se le estaba ocurriendo echar la cuenta de los aos que l
llevaba a _la menor_ de las _Contenciosas_. "Eran muchos aos!"

                   *       *       *       *       *

Pasaron algunos; Abel estuvo cesante una temporada, y Joaqun de
secretario en otra provincia. Volvieron a juntarse en su pueblo, Can
jubilado y Abel en el destino antiguo de Can. Las meriendas menudeaban
menos, pero no faltaban las de das solemnes. Los paseos como antao,
aunque ahora el primero que tomaba por Oriente era Joaqun, porque
ya le fatigaba la cuesta. Las _Contenciosas brillaban_ cada da como
astros de menor magnitud; es decir, no brillaban; en rigor eran ya de
octava o novena clase, invisibles a simple vista; ya nadie hablaba
de ellas, ni para bien ni para mal; ni siquiera se las llamaba las
_Contenciosas_; "las de Trujillo", decan los pocos pollos nuevos que
se dignaban acordarse de ellas.

_La mayor_, que haba engordado mucho y ya no tena novios, por no
apretarse el talle haba renunciado a la lucha desigual con el tiempo y
al martirio de un tocado que peda restauraciones imposibles. Prefera
el disgusto amargo y escondido de quedarse en casa, de no ir a bailes
ni teatros, fingiendo gran filosofa, reconocindose _gallina_, aunque
otra le quedaba. Se permita, como corta recompensa a su renuncia, el
placer material, y para ella voluptuoso, de aflojarse mucho la ropa,
de dejar a la carne invasora y blanqusima (eso s) a sus anchas,
como en desquite de lo mucho que intilmente se haba apretado cuando
era delgada. "La carne! Como el mundo no haba de verla, hermosura
perdida; gran hermosura, sin duda, persistente... pero intil. Y
demasiada." Cuando el cura hablaba, desde el plpito, de _la carne_, a
_la mayor_ se le figuraba que aluda exclusivamente a la suya... Salan
sus hermanas, iban al baile a probar fortuna, y la primognita se
soltaba las cintas y se hunda en un sof a leer peridicos, crmenes y
viajes de hombres pblicos. Ya no lea folletines.

La segunda luchaba con la edad de Cristo y se dejaba sacrificar por el
vestido que la estallaba sobre el corpachn y sobre el vientre. No
haba tenido fama de hermosa? No le haban dicho todos los pollos
atrevidos e instruidos de su tiempo que ella era la mujer que dice
mucho a los sentidos?

Pues no haba renunciado a la palabra. Siempre en la brecha. Se haba
batido en retirada, pero siempre en su puesto.

Nieves... era una tragedia del tiempo. Haba envejecido ms que sus
hermanas; envejecer no es la palabra: se haba marchitado sin cambiar,
no haba engordado, era esbelta como antes, ligera, felina, ondulante;
bailaba, si haba con quien, frentica, cada da ms apasionada del
vals, ms correcta en sus pasos, ms pavorosa, pero arrugada, seca,
plida; los aos para ella haban sido como tempestades que dejaran
huella en su rostro, en todo su cuerpo; se pareca a s misma... en
ruinas. Los jvenes nuevos ya no la conocan, no saban lo que haba
sido aquella mujer en el vals corrido; en el mismo saln de sus
antiguos triunfos, pareca una extranjera insignificante. No se hablaba
de ella ni para bien ni para mal; cuando algn soltern trasnochado se
decida a echar una cana al aire, sola escoger por pareja a Nieves.
Se la vea pasar con respeto indiferente; se reconoca que bailaba
bien, pero y qu? Nieves padeca infinito, pero, como su hermana,
_la segunda_, no faltaba a un baile. Novio!... Quin soaba ya con
eso! Todos aquellos hombres que haban estrechado su cintura, bebido
su aliento, contemplado su _escote virginal_... etc., etc., dnde
estaban? Unos de jueces de trmino a cien leguas; otros en Ultramar
haciendo dinero; otros en el ejrcito sabe Dios dnde; los pocos que
quedaban en el pueblo, retrados, metidos en casa o en la sala de
tresillo. Nieves, en aquel saln de sus triunfos, paseaba sin corte
entre una multitud que la codeaba sin verla...

                   *       *       *       *       *

Tan excelente le pareci a D. Abel el pernil que Can le ense en
casa de ste, y que haban de devorar juntos de tarde en la Fuente de
Mari-Cuchilla, que Trujillo, entusiasmado, tom una resolucin, y al
despedirse hasta la hora de la cita, exclam:

--Bueno, pues yo tambin te preparo algo bueno, una sorpresa. Llevo la
manga de caf, lleva t puros; no te digo ms.

Y aquella tarde, en la fuente de Mari-Cuchilla, cerca del obscurecer
de una tarde gris y tibia de otoo, oyendo cantar un ruiseor en un
negrillo, cuyas hojas inmviles parecan de un rbol-estatua, Can y
Abel merendaron el pernil mejor que di de s cerdo alguno nacido en
Teverga. Despus, en la manga que a Trujillo haba regalado un pariente
voluntario en la guerra de Cuba, hicieron caf..., y al sacar Can dos
habanos peseteros..., apareci la sorpresa de Abel. Momento solemne.
Can no oa siquiera el canto del ruiseor, que era su delicia, nica
aficin potica que se le conoca.

Todo era ojos. Debajo de un peridico, que era la primera cubierta,
apareci un frasco, como poda la momia de Sesostris, entre bandas de
paja, alambre, tela lacrada, sabio artificio de la ciencia misteriosa
de conservar los cuerpos santos inclumes; de guardar lo precioso de
las injurias del ambiente.

--El _benedictino_!--exclam Can en un tono religioso impropio de su
volterianismo. Y al incorporarse para admirar, qued en cuclillas como
un idlatra ante un fetiche.

--El benedictino--repiti Abel, procurando aparecer modesto y sencillo
en aquel momento solemne en que bien saba l que su amigo le veneraba
y admiraba.

Aquel frasco, ms otro que quedaba en casa, eran joyas riqusimas y
raras, seleccin de lo selecto, fragmento de un tesoro nico fabricado
por los ilustres Padres para un regalo de rey, con tales miramientos,
refinamientos y modos exquisitos, que bien se poda decir que aquel
lquido singular, tan escaso en el mundo, era nctar digno de los
dioses. Cmo haba ido a parar aquel par de frascos casi divinos a
manos de Trujillo, era asunto de una historia que pareca novela y que
Can conoca muy bien desde el da en que, despus de oirla, exclam:
Ver y creer! Catemos eso, y se ver si es paparrucha lo del mrito
extraordinario de esos botellines. Y aquel da tambin haba sido el
primero de la nica discordia duradera que separ por ms de una semana
a los dos constantes amigos. Porque Abel, jams enrgico, siempre de
cera, en aquella ocasin supo resistir y neg a Can el placer de
saborear el nctar de aquellos frascos.

--Estos, amigo--haba dicho--los guardo yo para en su da.--Y no haba
querido jams explicar qu da era aqul.

Can, sin perdonar, que no saba, lleg a olvidarse del benedictino.

Y haban pasado todos aquellos aos, muchos, y el benedictino estaba
all, en la copa reluciente, de modo misterioso que Can, triunfante,
llevaba a los labios, relamindose _a priori_.

Pas el soltern la lengua por los labios, volvi a oir el canto del
ruiseor, y contento de la creacin, de la amistad, por un momento,
exclam:

--Excelente! Eres un barbin! Excelentsimo seor benedictino,
bendita sea la Orden! Son unos sabios estos reverendos. Excelente!

Abel bebi tambin. Mediaron el frasco.

Se alegraron; es decir, Abel, como Andrmaca, se alegr
entristecindose.

A Can, la alegra le di esta vez por adular como vil cortesano.

Abel, ciego de vanidad y agradecido, exclam:

--Lo que falta... lo beberemos maana. El otro frasco... es tuyo; te lo
llevas a tu casa esta noche.

Faltaba algo; faltaba una explicacin. Can la peda con los ojillos
burlones llenos de chispas.

A la luz de las primeras estrellas, al primer aliento de la brisa,
cuando cogidos del brazo y no muy seguros de piernas, emprendieron la
vuelta de casa, Abel, triste, humilde, resignado, revel su secreto,
diciendo:

--Estos frascos... este benedictino... regalo de rey...

--De rey...

--Este benedictino... lo guardaba yo...

--Para _su da_...

--Justo; su da... era el da de la boda de _la mayor_. Porque lo
natural era empezar por la primera. Era lo justo. Despus... cuando ya
no me haca ilusiones, porque las chicas pierden con el tiempo y los
noviazgos..., guardaba los frascos..., para la boda de _la segunda_.

Suspir Abel.

Se puso muy serio Can.

--Mi ltima esperanza era Nieves..., y a sa por lo visto no la tira
el matrimonio. Sin embargo, he aguardado, aguardado..., pero ya es
ridculo..., ya...--Abel sacudi la cabeza y no pudo decir lo que
quera, que era: _lasciate ogni speranza_. En fin, cmo ha de ser?--Ya
sabes; ahora mismo te llevas el otro frasco.

Y no hablaron ms en todo el camino. La brisa les despejaba la cabeza
y los viejos meditaban. Abel tembl. Fu un escalofro de la miseria
futura de sus hijas, cuando l muriera, cuando quedaran solas en el
mundo, sin saber ms que bailar y apergaminarse. Lo que le haba
costado a l de sudores y trabajo el vestir a aquellas muchachas y
alimentarlas bien para presentarlas en el _mercado_ del matrimonio! Y
todo en balde. Ahora..., l mismo vea el triste papel que sus hijas
hacan ya en los bailes, en los paseos... Las vea en aquel momento
ridculas, feas por anticuadas y risibles..., y las amaba ms, y las
tena una lstima infinita desde la tumba en que l ya se contemplaba.

Can pensaba en las pobres _Contenciosas_ tambin; y se deca que
Nieves, a pesar de todo, segua gustndole, segua hacindole efecto...

Y pensaba adems en llevarse el otro frasco; y se lo llev
efectivamente.

                   *       *       *       *       *

Muri D. Abel Trujillo; al ao siguiente falleci la viuda de Trujillo.
Las hurfanas se fueron a vivir con una ta, tan pobre como ellas, a
un barrio de los ms humildes. Por algn tiempo desaparecieron del
_gran mundo_, tan chiquitn, de su pueblo. Lo notaron Can y otros
pocos. Para la mayora, como si las hubieran enterrado con su padre y
su madre. Don Joaqun al principio las visitaba a menudo. Poco a poco
fu dejndolo, sin saber por qu. Nieves se haba dado _a la mstica_,
y las dems no tenan gracia. Can, que haba lamentado mucho todas
aquellas catstrofes, y que haba socorrido con la cortedad propia
de su peculio y de su egosmo a las apuradas hurfanas, haba ido
olvidndolas, no sin dejarlas antes en poder del sansimo consejo de
que "se dejaran de bambollas... y cosieran para fuera". Can se olvid
de las chicas como de todo lo que le molestaba. Se haba dedicado a
no envejecer, a conservar la virilidad y demostrar que la conservaba.
Pareca cada da menos viejo, y eso que haba en l un renacimiento de
aventurero galante. Estaba encantado. Quin piensa en la desgracia
ajena si quiere ser feliz y conservarse?

Las de Trujillo, de negro, muy plidas, apiadas alrededor de la ta
caduca, volvan a presentarse en las calles cntricas, en los paseos
no muy concurridos. Devoraban a los transentes con los ojos. Daban
codazos a la multitud hombruna. Nieves aprovechaba la moda de las
faldas ceidas para lucir las lneas esculturales de su hermosa pierna.
Enseaba el pie, las enaguas blanqusimas que resaltaban bajo la falda
negra. Sus ojos grandes, lascivos, bajo el manto recobraban fuerza,
expresin. Poda aparecer apetitosa a uno de esos gustos extraviados
que se enamoran de las ruinas de la mujer apasionada, de los estragos
del deseo contenido o mal satisfecho.

Muri la ta tambin. Nueva desaparicin. A los pocos meses las de
Trujillo vuelven a las calles cntricas, de medio luto, acompaadas, a
distancia, de una criada ms joven que ellas. Se las empieza a ver en
todas partes. No faltan jams en las apreturas de las novenas famosas
y muy concurridas. Primero salen todas juntas, como antes. Despus
empiezan a desperdigarse. A Nieves se la ve muchas veces sola con la
criada. Se la ve al obscurecer atravesar a menudo el paseo de los
hombres y de las artesanas.

Can tropieza con ella varias tardes en una y otra calle solitaria. La
saluda de lejos. Un da le para ella. Se lo come con los ojos. Can
se turba. Nota que Nieves _se ha parado_ tambin, ya no envejece y
se le ha desvanecido el gesto avinagrado de solterona rebelde. Est
alegre, coquetea como en los mejores tiempos. No se acuerda de sus
desgracias. Parece contenta de su suerte. No habla ms que de las
novedades del da, de los escndalos amorosos. Can le suelta un piropo
como un pimiento, y ella le recibe como si fuera gloria. Una tarde,
a la oracin, la ve de lejos, hablando en el postigo de una iglesia
de monjas con un capelln muy elegante, de quien Can sospechaba
horrores. Desde entonces sigue la pista a la solterona, esbelta e
insinuante. "Aquel jamn debe de gustarles a ms de cuatro que no estn
para escoger mucho." Can cada vez que encuentra a Nieves la detiene
ya sin escrpulo. Ella luce todo su antiguo arsenal de coqueteras
escultricas. Le mira con ojos de fuego y le asegura muy seria que est
como nuevo; ms sano y fresco que cuando ella era chica y l le daba
pellizcos.

--A ti yo? Nunca! A tus hermanas, s. No s si tienes dura o blanda
la carne.--Nieves le pega con el pauelo en los ojos y echa a correr
como una "locuela"..., enseando los bajos blanqusimos, y el pie
primoroso.

Al da siguiente, tambin a la oracin, se la encuentra en el portal de
su casa, de la casa del propio Can.

--Le espero a usted hace una hora. Sbame usted a su cuarto. Le
necesito. Suben y le pide dinero; poco, pero ha de ser en el acto. Es
cuestin de honra. Es para arrojrselo a la cara a un miserable... que
no sabe ella lo que se ha figurado. Se echa a llorar. Can la consuela.
Le da el dinero que pide y Nieves se le arroja en los brazos,
sollozando y con un ataque de nervios no del todo fingido.

Una hora despus, para explicarse lo sucedido, para matar los
remordimientos que le punzan, Can reflexiona que l mismo debi de
trastornarse como ella, que, creyndose ms fro, menos joven de lo que
en rigor era todava por dentro, no vi el peligro de aquel contacto.
"No hubo malicia por parte de ella ni por la ma. De la ma respondo.
Fu cosa de la naturaleza. Tal vez sera antigua inclinacin mutua,
disparatada...; pero poderosa... latente."

                   *       *       *       *       *

Y al acostarse, sonriendo entre satisfecho y disgustado, se deca el
soltern empedernido:

--De todas maneras la chica... estaba ya perdida. Oh, es claro! En
este particular no puedo hacerme ilusiones. Lo peor fu lo otro.
Aquello de hacerse la loca despus del lance, y querer aturdirse,
y pedirme algo _que la arrancara el pensamiento_..., y... diablo
de casualidad! Ocurrrsele cogerme la llave de la _biblioteca_...,
y dar precisamente con el recuerdo de su padre, con el frasco de
benedictino!...

Oh! s; estas cosas del pecado, pasan a veces como en las comedias,
para que tengan ms pimienta, ms picarda... Bebi ella. Cmo se
puso! Beb yo... qu remedio? obligado.

"Quin le hubiera dicho a la pobre Nieves que aquel frasco de
benedictino le haba guardado su padre aos y aos para el da que
casara su hija!... No fu mala boda!" Y el ltimo pensamiento de
Can al dormirse ya no fu para la _menor_ de las _Contenciosas_ ni
para el benedictino de Abel, ni para el propio remordimiento. Fu
para los socios viejos del Casino que le llamaban _platnico_; "l,
_platnico_!"




                               LA RONCA


Juana Gonzlez era _otra dama joven_ en la compaa de Petra Serrano,
pero adems era _otra_ doncella de Petra, aunque de ms categora que
la que oficialmente desempeaba el cargo. Ms que deberes taxativamente
estipulados, obligaba a Juana, en ciertos servicios que tocaban en
domsticos, su cario, su gratitud hacia Petra, su protectora, y la que
la haba hecho feliz casndola con Pepe Noval, un segundo galn cmico,
muy plido, muy triste en el siglo, y muy alegre, ocurrente y gracioso
en las tablas.

Noval haba trabajado aos y aos en provincias sin honra ni provecho,
y cuando se vi, como en un asilo, en la famosa compaa de la corte,
a que daba el tono y el crdito Petra Serrano, se crey feliz cuanto
caba, sin ver que iba a serlo mucho ms al enamorarse de Juana,
conseguir su mano y encontrar, ms que su media naranja, su medio
pin; porque el grupo de marido y mujer, humildes, modestos, siempre
muy unidos, callados, menudillo l, delgada y no de mucho bulto ella,
no poda compararse a cosa tan grande, en su gnero, como la naranja.
En todas partes se les vea juntos, procurando ocupar entre los dos el
lugar que apenas bastara para una persona de buen tamao; y en todo
era lo mismo: coma cada cual media racin, hablaban entre los dos nada
ms tanto como hablara un solo taciturno; y en lo que caba, cada
cual supla los quehaceres del otro, llegado el caso. As, Noval, sin
descender a pormenores ridculos, era algo criado de Petra tambin, por
seguir a su mujer.

El tiempo que Juana tena que estar separada de su marido, procuraba
estar al lado de la Serrano. En el teatro, en el cuarto de la primera
dama, se vea casi siempre a su humilde compaera y casi criada, la
Gonzlez. La ltima mano al tocado de Petra siempre la daba Juana; y
en cuanto no se la necesitaba iba a sentarse, casi acurrucada, en un
rincn de un divn, a oir y callar, a observar, sobre todo; que era
su pasin aprender en el mundo y en los libros todo lo que poda.
Lea mucho, juzgaba a su manera, senta mucho y bien; pero de todas
esas gracias slo saba Pepe Noval, su marido, su confidente, nico
ser del mundo ante el cual no le daba a ella mucha vergenza ser
una mujer ingeniosa, instruida, elocuente y soadora. A solas, en
casa, se lucan el uno ante el otro; porque tambin Noval tena sus
habilidades: era un gran trgico y un gran cmico; pero delante del
pblico y de los compaeros no se atreva a desenvolver sus facultades,
que eran extraas, que chocaban con la rutina dominante. Profesaba
Noval, sin grandes teoras, una escuela de naturalidad escnica, de
sinceridad pattica, de jovialidad artstica, que exiga, para ser
apreciada, condiciones muy diferentes de las que existan en el gusto
y las costumbres del pblico, de los autores, de los dems cmicos y
de los crticos. Ni el marido de Juana tena la pretensin de sacar a
relucir su arte recndito, ni Juana mostraba inters en que la gente se
enterase de que ella era lista, ingeniosa, perspicaz, capaz de sentir
y ver mucho. Las pocas veces que Noval haba ensayado representar a
su manera, separndose de la rutina, en que se le tena por un galn
cmico muy aceptable, haba recogido sendos desengaos: ni el pblico
ni los compaeros apreciaban ni entendan aquella clase de naturalidad
en lo cmico. Noval, sin odio ni hiel, se volva a su concha, a su
humilde cscara de actor de segunda fila. En casa se desquitaba
haciendo desternillarse de risa a su mujer, o aterrndola con el
Otelo de su invencin y entristecindola con el Hamlet que l haba
ideado. Ella tambin era mejor cmica en casa que en las tablas. En el
teatro y ante el mundo entero, menos ante su marido, a solas, tena un
defecto que vena a hacer de ella una lisiada del arte, una sacerdotisa
_irregular_ de Tala. Era el caso que, en cuanto tena que hablar a
varias personas que se dignaban callar para escucharla, a Juana se le
pona una telilla en la garganta y la voz le sala, como por un cendal,
velada, tenue; una voz de modestia histrica, de un timbre singular,
que tena una especie de gracia inexplicable para muy pocos, y que
el pblico en general slo apreciaba en rarsimas ocasiones. A veces
el papel, en determinados momentos, se amoldaba al defecto fontico
de la Gonzlez, y en la sala haba un rumor de sorpresa, de agrado,
que el pblico no se quera confesar, y que despertaba leve murmullo
de vergonzante admiracin. Pasaba aquella rfaga, que daba a Juana
ms pena que alegra, y todo volva a su estado; la Gonzlez segua
siendo una discreta actriz de las ms modestas, excelente amiga, nada
envidiosa, servicial, agradecida, pero casi, casi _imposibilitada_ para
medrar y llamar la atencin de veras. Juana por s, por sus pobres
habilidades de la escena, no senta aquel desvo, aquel menosprecio
compasivo; pero en cuanto al desdn con que se miraba el arte de su
marido, era otra cosa. En silencio, sin decrselo a l siquiera, la
Gonzlez senta como una espina la ceguera del pblico, que, por
rutina, era injusto con Noval; por no ser lince.

                   *       *       *       *       *

Una noche entr en el cuarto de la Serrano el crtico a quien Juana, a
sus solas, consideraba como el nico que saba comprender y sentir lo
bueno y mirar su oficio con toda la honradez escrupulosa que requiere.
Era D. Ramn Baluarte, que frisaba en los cuarenta y cinco, uno de
los pocos dolos literarios a quien Juana tributaba culto secreto,
tan secreto, que ni siquiera saba de l su marido. Juana haba
descubierto en Baluarte la absoluta sinceridad literaria, que consiste
en identificar nuestra moralidad con nuestra pluma, gracia suprema
que supone el verdadero dominio del arte, cuando ste es reflexivo,
o un candor primitivo, que slo tuvo la poesa cuando todava no
era cosa de literatura. No escandalizar jams, no mentir jams, no
engaarse ni engaar a los dems, tena que ser el lema de aquella
sinceridad literaria que tan pocos consiguen y que los ms ni siquiera
procuran. Baluarte, con tales condiciones, que Juana haba adivinado a
fuerza de admiracin, tena pocos amigos verdaderos, aunque s muchos
admiradores, no pocos envidiosos e infinitos partidarios, por temor a
su imparcialidad terrible. Aquella imparcialidad haba sido negada,
combatida, hasta vituperada, pero se haba ido imponiendo; en el
fondo, todos crean en ella y la acataban de grado o por fuerza: sta
era la gran ventaja de Baluarte; otros le haban superado en ciencia,
en habilidad de estilo, en amenidad y original inventiva; pero los
juicios de don Ramn continuaban siendo los definitivos. Aparentemente
se le haca poco caso; no era acadmico, ni figuraba en la lista de
eminencias que suelen tener estereotipadas los peridicos, y, a pesar
de todo, su voto era el de ms calidad para todos.

Iba poco a los teatros, y rara vez entraba en los saloncillos y en los
cuartos de los cmicos. No le gustaban cierta clase de intimidades,
que hara dificilsima su tarea infalible de justiciero. Todo esto
encantaba a Juana, que le oa como a un orculo, que devoraba sus
artculos... y que nunca haba hablado con l, de miedo, por no
encontrar nada digno de que lo oyera aquel seor. Baluarte, que
visitaba a la Serrano ms que a otros artistas, porque era una de
las pocas _eminencias_ del teatro, a quien tena en mucho y a quien
elogiaba con la conciencia tranquila, Baluarte jams se haba fijado
en aquella joven que oa, siempre callada, desde un rincn del cuarto,
ocupando el menor espacio posible.

La noche de que se trata, D. Ramn entr muy alegre, ms decidor que
otras veces, y apret con efusin la mano que Petra, radiante de
expresin y alegra, le tendi en busca de una enhorabuena que iba a
estimar mucho ms que todos los regalos que tena esparcidos sobre las
mesas de la sala contigua.

--Muy bien, Petrica, muy bien; de veras bien. Se ha querido usted lucir
en su beneficio. Eso es naturalidad, fuerza, frescura, gracia, vida;
muy bien.

No dijo ms Baluarte. Pero bastante era. Petra no vea su imagen en el
espejo, de puro orgullo; de orgullo no, de vanidad, casi convertida
de vicio en virtud por el agradecimiento. No haba que esperar ms
elogios; D. Ramn no se repeta; pero la Serrano se puso a rumiar
despacio lo que haba odo.

A poco rato, D. Ramn aadi:

--Ah! Pero entendmonos; no es usted sola quien est de enhorabuena:
he visto ah un muchacho, uno pequeo, muy modesto, el que tiene con
usted aquella escena incidental de la limosna...

--Pepito, Pepe Noval...

--No s cmo se llama. Ha estado admirable. Me ha hecho ver todo un
teatro como deba haberlo y no lo hay... El chico tal vez no sabr lo
que hizo..., pero estuvo de veras inspirado. Se le aplaudi, pero fu
poco. Oh! Cosa soberbia. Como no le echen a perder con elogios tontos
y malos ejemplos, ese chico tal vez sea una maravilla...

Petra, a quien la alegra deslumbraba de modo que la haca buena y no
la dejaba sentir la envidia, se volvi sonriente hacia el rincn de
Juana, que estaba como la grana, con la mirada exttica, fija en D.
Ramn Baluarte.

--Ya lo oyes, Juana; y cuenta que el seor Baluarte no adula.

--Esta seorita?...

--Esta seora es la esposa de Pepito Noval, a quien usted tan
justamente elogia.

Don Ramn se puso algo encarnado, temeroso de que se creyera en un
ardid suyo para halagar vanidades. Mir a Juana, y dijo con voz algo
seca:

--He dicho la pura verdad.

Juana sinti mucho, despus, no haber podido dar las gracias.

Pero, amigo, la ronquera ordinaria se haba convertido en afona.

No le sala la voz de la garganta. Pens, de puro agradecida y
entusiasmada, algo as como aquello de "Hgase en m segn tu
palabra"; pero decir, no dijo nada. Se inclin, se puso plida, salud
muy a lo zurdo; por poco se cae del divn... Murmur no se sabe qu
gorjeos roncos...; pero lo que se llama hablar, ni pizca. _Su_ D.
Ramn, el de sus idolatras solitarias de lectora, admirando a su Pepe,
a su marido de su alma! Haba felicidad mayor posible? No, no la haba.

Baluarte, en noches posteriores, repar varias veces en un joven que
entre bastidores le saludaba y sonrea, como adorndole: era Pepe
Noval, a quien su mujer se lo haba contado todo. El chico sinti
el mismo placer que su esposa, ms el incomunicable del amor propio
satisfecho; pero tampoco di las gracias al crtico, porque le pareci
una impertinencia. Buena falta le hace a Baluarte, pensaba l, mi
agradecimiento! Adems, le tena miedo. Saludarle, adorarle al paso,
bien; pero hablarle, qui!

                   *       *       *       *       *

Muri Pepe Noval de viruelas, y su viuda se retir del teatro, creyendo
que para lo poco que habra de vivir, faltndole Pepe, le bastaba con
sus mezquinos ahorrillos. Pero no fu as; la vida, aunque tristsima,
se prolongaba; el hambre vena, y hubo que volver al trabajo. Pero
cun otra volvi! El dolor, la tristeza, la soledad, haban impreso
en el rostro, en los gestos, en el ademn, y hasta en toda la figura
de aquella mujer, la solemne ptina de la pena moral, invencible, como
fatal, trgica; sus atractivos de modesta y taciturna, se mezclaban
ahora en graciosa armona con este reflejo exterior y melanclico de
las amarguras de su alma. Pareca, adems, como que todo su talento
se haba trasladado a la accin; pareca tambin que haba heredado
la habilidad recndita de su marido. La voz era la misma de siempre.
Por eso el pblico, que al verla ahora al lado de Petra Serrano otra
vez se fij ms, y desde luego, en Juana Gonzlez, empez a llamarla y
aun a alabarla con este apodo: _La Ronca_. _La Ronca_ fu en adelante
para pblico, actores y crticos. Aquella voz velada, en los momentos
de pasin concentrada, como pudorosa, era de efecto mgico; en las
circunstancias ordinarias constitua un defecto que tena cierta
gracia, pero un defecto. A la pobre le faltaba el _pito_, decan los
compaeros en la jerga brutal de bastidores.

Don Ramn Baluarte fu desde luego el principal mantenedor del gran
mrito que haba mostrado Juana en su segunda poca. Ella se lo
agradeci como l no poda sospechar: en el corazn de la sentimental y
noble viuda, la gratitud al hombre admirado, que haba sabido admirar
a su vez al pobre Noval, al adorado esposo perdido, tal gratitud, fu
en adelante una especie de monumento que ella conservaba, y al pie del
cual velaba, consagrndole al recuerdo del cmico ya olvidado por el
mundo. Juana, en secreto, pagaba a Baluarte el bien que le haba hecho
leyendo mucho sus obras, pensando sobre ellas, llorando sobre ellas,
viviendo segn el espritu de una especie de _evangelismo_ esttico,
que se desprenda, como un aroma, de las doctrinas y de las frases del
crtico artista, del crtico apstol. Se hablaron, se trataron; fueron
amigos. La Serrano los miraba y se sonrea; estaba enterada; conoca
el entusiasmo de Juana por Baluarte; un entusiasmo que, en su opinin,
iba mucho ms lejos de lo que sospechaba Juana misma... Si al principio
los triunfos de la Gonzlez la alarmaron un poco, ella, que tambin
progresaba, que tambin aprenda, no tard mucho en tranquilizarse; y
de aqu que, si la envidia haba nacido en su alma, se haba secado con
un desinfectante prodigioso: el amor propio, la vanidad satisfecha;
Juana, pensaba Petra, siempre tendr la irremediable inferioridad
de la voz, siempre ser _La Ronca_; el capricho, el alambicamiento
podrn encontrar gracia a ratos en ese defecto..., pero es una placa
resquebrajada, suena mal, no me igualar nunca.

En tanto, la Gonzlez procuraba aprender, progresar; quera subir mucho
en el arte, para desagraviar en su persona a su marido olvidado; segua
las huellas de su ejemplo; pona en prctica las doctrinas ocultas de
Pepe, y adems se esmeraba en seguir los consejos de Baluarte, de su
dolo esttico; y por agradarle a l lo haca todo; y hasta que llegaba
la hora de su juicio, no vena para Juana el momento de la recompensa
que merecan sus esfuerzos y su talento. En esta vida lleg a sentirse
hasta feliz, con un poco de remordimiento. En su alma juntaba el amor
del muerto, el amor del arte y el amor del maestro amigo. Verle casi
todas las noches, oirle de tarde en tarde una frase de elogio, de
animacin, qu dicha!

                   *       *       *       *       *

Una noche se trataba con toda solemnidad en el saloncillo de la
Serrano la ardua cuestin de quines deban ser los pocos artistas del
teatro Espaol a quien el Gobierno haba de designar para representar
dignamente nuestra escena en una especie de certamen teatral que
celebraba una gran corte extranjera. Haba que escoger con mucho
cuidado; no haban de ir ms que las eminencias que fuera de Espaa
pudieran parecerlo tambin. Baluarte era el designado por el ministro
de Fomento para la eleccin, aunque oficialmente la cosa pareca
encargada a una Comisin de varios. En realidad, Baluarte era el
rbitro. De esto se trataba; en otra compaa ya haba escogido; ahora
haba que escoger en la de Petra.

Se haba convenido ya, es claro, en que ira al certamen, exposicin
o lo que fuese, Petra Serrano. Baluarte, en pocas palabras, di a
entender la sinceridad con que proclamaba, el slido mrito de la
actriz ilustre. Despus, no con tanta facilidad, se decidi que
la acompaara Fernando, galn joven que a su lado se haba hecho
eminente de veras. En el saloncillo estaban las principales partes
de la compaa, Baluarte y otros dos o tres literatos, ntimos de
la _casa_. Hubo un momento de silencio embarazoso. En el rincn de
siempre, de antao, Juana Gonzlez, como en capilla, con la frente
humillada, ardiendo de ansiedad, esperaba una sentencia en palabras o
en una pretericin dolorosa. "Baluarte no se acordaba de ella!" Los
ojos de Petra brillaban con el sublime y satnico esplendor del egosmo
en el paroxismo. Pero callaba. Un infame, un envidioso, un _cmico_
envidioso, se atrevi a decir:

--Y... no va _La Ronca_?

Baluarte, sin miedo, tranquilo, sin vacilar, como si en el mundo no
hubiera ms que una balanza y una espada, y no hubiera corazones, ni
amor propio, ni nervios de artista, dijo al punto, con el tono ms
natural y sencillo:

--Quin, Juanita? No; Juana ya sabe dnde llega su mrito. Su talento
es grande, pero... no es a propsito para el empeo de que se trata. No
puede ir ms que lo primero de lo primero.

Y sonriendo, aadi:

--Esa voz que a m me encanta muchas veces..., en arte, en puro arte,
en arte de exposicin, de rivalidad, la perjudica. Lo absoluto es lo
absoluto.

No se habl ms. El silencio se hizo insoportable, y se disolvi la
reunin. Todos comprendieron que all, con la apariencia ms tranquila,
haba pasado algo grave.

Quedaron solos Petra y Baluarte. Juana haba desaparecido. La Serrano,
radiante, llena de gratitud por aquel triunfo, que slo se poda deber
a un Baluarte, le dijo, por ver si le haca feliz tambin halagando su
vanidad:

--Buena la ha hecho usted! Estos _sacerdotes_ de la crtica son
implacables. Pero criatura, usted no sabe que le ha dado un golpe
mortal a la pobre Juana, No sabe usted... que ese desaire... la mata?

Y volvindose al crtico con ojos de pasin, y tocndole casi el rostro
con el suyo, aadi con misterio:

--Usted no sabe, no ha comprendido que Juana est enamorada...,
loca..., perdida por su Baluarte, por su dolo; que todas las noches
duerme con un libro de usted entre sus manos; que le adora?

                   *       *       *       *       *

Al da siguiente se supo que _La Ronca_ haba salido de Madrid, dejando
la compaa, dejndolo todo. No se la volvi a ver en un teatro hasta
que aos despus el hambre la ech otra vez a los de provincias, como
echa al lobo a poblado en el invierno.

Don Ramn Baluarte era un hombre que haba nacido para el amor, y
envejeca soltero, porque nunca le haba amado una mujer como l quera
ser amado. El corazn le dijo entonces que la mujer que le amaba como
l quera era _La Ronca_, la de la fuga. A buena hora!

Y deca suspirando el crtico al acostarse:

--El demonio del _sacerdocio_!




                            LA ROSA DE ORO


Una vez era un papa que a los ochenta aos tena la tez como una
virgen rubia de veinte, los ojos azules y dulces con toda la juventud
del amor eterno, y las manos pequeas, de afiladsimos dedos, de uas
sonrosadas, como las de un nio en estatua de Paros, esculpida por
un escultor griego. Estas manos, que jams haban intervenido en un
pecado, las juntaba por hbito en cuanto se distraa, unindolas por
las palmas, y acercndolas al pecho como santo bizantino. Como un santo
bizantino en pintura, llevaba la vida este papa esmaltada en oro,
pues el mundo que le rodeaba era materia preciosa para l, por ser
obra de Dios. El tiempo y el espacio parecanle sagrados, y como eran
hierticas sus humildes actitudes y posturas, lo eran los actos suyos
de cada da, movidos siempre por regla invariable de piadosa humildad,
de pureza trasparente. Aborreca el pecado por lo que tena de mancha,
de profanacin de la santidad de lo creado. Sus virtudes eran pulcritud.

Cuando supo que le haban elegido para sucesor de San Pedro, se
desmay. Se desmay en el jardn de su palacio de obispo, en una
dicesis italiana, entre ciudad y aldea, en cuyas campias todo
hablaba de Cristo y de Virgilio.

Como si fuera pecado suyo, de orgullo, tena una especie de
remordimiento el ver su humildad sincera elevada al honor ms alto.
"Qu habrn visto en m, se deca? Con qu engao les habr atrado
mi vanidad para hacerles poner en m los ojos?" Y slo pensando que
el verdadero pecado estara en suponer engaados a los que le haban
escogido, se decida, por obediencia y fe, a no considerarse indigno de
la supremaca.

Para este papa no haba parientes, ni amigos, ni grandes de la
tierra, ni intrigas palatinas, ni seduccin del poder; gobernaba con
la justicia como con una luz, como con una fuente: haca justicia
iluminndolo todo, lavndolo todo. No haba de haber manchas, no haba
de haber obscuridades.

Coma legumbres y fruta: beba agua con azcar y un poco de canela.
Pero amaba el oro. Amaba el oro por lo que se pareca al sol: por sus
reflejos, por su pureza. El oro le pareca la imagen de la virtud.
Persegua terriblemente la simona, la avaricia del clero, ms que por
el pecado, que por s mismas eran, porque el oro guardado en monedas,
escondido, se les robaba a los santos del altar, al _Sacramento_, a los
vasos sagrados, a los ornamentos y a las vestiduras de los ministros
del Seor. El oro era el color de la Iglesia. En clices, patenas,
custodias, incensarios, casullas, capas pluviales, mitras, paos del
altar, y mantos de la Virgen, y molduras del tabernculo, y aureolas
de los santos, deban emplearse los resplandores del metal precioso; y
el usarlo para vender y comprar cosas profanas, miserias y vicios de
los hombres, le pareca terrible profanacin, un robo al culto.

El papa era, sin saberlo, porque entonces no se llamaban as, un
socialista ms, un soador utopista que no quera que hubiese dinero:
sus bienes, sus servicios, los hombres deban cambiarlos por caridad y
sin moneda.

La moneda deba fundirse, llevarse en arroyo ardiente de oro lquido
a los pies del Padre Santo, para que ste lo distribuyera entre todos
los obispos del mundo, que lo emplearan en dorar el culto, en iluminar
con sus rayos amarillos el templo y sus imgenes y sus ministros.
"Dad el oro a la Iglesia y quedaos con la caridad", predicaba. Y el
santo bizantino que coma legumbres y beba agua con canela, atraa a
sus manos puras, sin pecado, toda la riqueza que poda, no por medios
prohibidos, sino por la persuasin, por la solicitud en procurar las
donaciones piadosas, cobrando los derechos de la Iglesia sin usura ni
simona, pero sin mengua, sin perdonar nada; porque la ambicin oculta
del Pontfice era acabar con el dinero y convertirlo en cosa sagrada.

Y porque no se dijera que quera el oro para s, slo para su Iglesia,
reparta los objetos preciosos que haca fabricar, a los cuatro
vientos de la cristiandad, regalando a los prncipes, a las iglesias
y monasterios, y a las damas ilustres por su piedad y alcurnia,
riqusimas preseas, que l bendeca, y cuya confeccin haba presidido
como artista enamorado del vil metal, en cuanto material de las artes.

Al comenzar el ao, enviaba a los altos dignatarios, a los prncipes
ilustres, sombreros y capas de honor; cuando nombraba un cardenal, le
regalaba el correspondiente anillo de oro puro y bien macizo; mas su
mayor delicia, en punto a esta liberalidad, consista en bendecir,
antes de las Pascuas, el domingo de _Ltare_, el domingo de las
_Rosas_, las de oro, cuajadas de piedras ricas, que, montadas en tallos
de oro tambin, diriga con sendas embajadas, a las reinas y otras
damas ilustres, a las iglesias predilectas y a las ciudades amigas.
Tampoco de los guerreros cristianos se olvidaba, y el buen pastor
enviaba a los ilustres caudillos de la fe, estandartes bordados, que
ostentaban, con riqusimos destellos de oro, las armas de la Iglesia y
las del papa, la efigie de algn santo.

La nica pena que tena el papa, a veces, al desprenderse de estas
riquezas, de tantas joyas, era el considerar que acaso, acaso, iban a
parar a manos indignas, a hombres y mujeres cuyo contacto manchara la
pureza del oro.

Las rosas de oro, sobre todo! Cada vez que se separaba de una de estas
maravillas del arte florentino, suspiraba, pensando que las grandezas
de la cuna, el oro de la cuna, no siempre servan para inspirar a los
corazones femeniles la pureza del oro.

"En fin, la diplomacia...!" exclamaba el papa, volviendo a suspirar, y
despidindose con una mirada larga y triste del amarillo foco de luz,
sol con manchas de topacios y esmeraldas que imitaban un roco.

Y a sus solas, con cierta comezn en la conciencia, se deca, dando
vueltas en su lecho de anacoreta:

"En rigor, el oro tal vez debiera ser nada ms para el _Santsimo
Sacramento_!"

                   *       *       *       *       *

Una tarde de abril se paseaba el papa, como sola siempre que haca
bueno, por _su jardn_ del Vaticano, un rincn de verdura que l haba
escogido, apoyado en el brazo de su familiar predilecto, un joven
a quien prefera, slo porque en muchos aos de trato no le haba
encontrado idea ni accin pecaminosa, al menos en materia grave. Iba
ya a retirarse, porque senta fro, cuando se le acerc el jardinero,
anciano que se le pareca, con un ramo de florecillas en la mano. Era
la ofrenda de cada da.

El jardinero, de las flores que daba la estacin, que daba el da,
presentaba al Padre Santo las ms frescas y alegres cada tarde que
bajaba a _su jardn_ el amo querido y venerado. Despus el papa
depositaba las flores en su capilla, ante una imagen de la Virgen.

--Tarde te presentas hoy, Bernardino--dijo el Pontfice al tomar las
flores.

--Seor, tema la presencia de Vuestra Santidad... porque... tal vez
he pecado!

--Qu es ello?

--Que por dbil, ante lgrimas y splicas, contra las rdenes que
tengo..., he permitido que entrase en los jardines una extranjera, una
joven que, escondida, de rodillas, detrs de aquellos rboles, espa al
Padre Santo, le contempla, y yo creo que le adora, llorando en silencio.

--Una mujer aqu!

--Pidime el secreto, pero no quiero dos pecados; confieso el primero;
descargo mi conciencia... All est, detrs de aquella espesura... es
hermosa, de unos veinte aos; viste el traje de las Oblatas, que creo
que la han acogido, y viene de muy lejos... de Alemania creo...

--Pero, qu quiere esa nia? No sabe que hay modo de verme y
hablarme... de otra manera?

--S; pero es el caso... que no se atreve. Dice que a Vuestra Santidad
la recomienda en un pergamino, que guarda en el pecho, nada menos que
la santa matrona romana que toda la ciudad venera; mas la nia no se
atreve con vuestra presencia, y segura de su irremediable cobarda,
dice que enviar a Vuestra Santidad, por tercera persona, un sagrado
objeto que se os ha de entregar. Beatsimo Padre, sin falta. "Yo me
vuelvo a mi tierra--me dijo--sin osar mirarle cara a cara, sin osar
hablarle, ni oirle..., sin implorar mi perdn... Pero lo que es de
lejos..., a hurtadillas..., no quisiera morir sin verle. Su presencia
lejana sera una bendicin para mi espritu." Y desde all mira la
Santidad de vuestra persona.

Y el jardinero se puso de rodillas, implorando el perdn de su
imprudencia.

No le vi siquiera el papa, que, volvindose a Esteban, su familiar, le
dijo: "V, acrcate con suavidad y buen talante a esa pobre criatura;
haz que salga de su escondite y que venga a verme y a hablarme. Por
ella y por quien la recomienda, me interesa la aventura."

A poco, una doncella rubia y plida, disfrazando mal su hermosura con
el traje triste y obscuro que le vistieran las Oblatas, estaba a los
pies del Pontfice, empeada en besarle los pies y limpiarle el polvo
de las sandalias, con el oro de sus cabellos, que parecan como ola
dorada por el sol que se pona.

Sin aludir a la imprudencia inocente de la emboscada, por no turbarla
ms que estaba, el papa dijo con suavsima voz, entrando desde luego en
materia:

--Levntate, pobre nia, y dime qu es lo que me traes de tu Alemania,
que estando en tus manos, puede ser tan sagrado como cuentas.

--Seor, traigo una _rosa de oro_.

                   *       *       *       *       *

Mara Blumengold, en la capilla del papa, ante la Virgen, de rodillas,
sin levantar la mirada del pavimento, confesaba aquella misma tarde, ya
casi de noche, la historia de su pecado al Sumo Pontfice, que la oa
arrimado al altar, sonriendo, y con las manos, unidas por las palmas,
apretadas al pecho.

En la iglesia de San Mauricio y de Santa Mara Magdalena, en Hall,
guardbase, como un tesoro que era, una _rosa de oro_ (_gemacht vonn
golde_, dice un antiguo cdigo), regalo de Len X (_Herr Leo... der
zehnde Babst dess nahamens_...). Jams haba visto Mara aquella joya,
pues en su idea ralo, y digna de la Santsima Virgen.

Viva ella, humilde aldeana, en los alrededores de Hall, y tena
un novio sin ms defecto que quererla demasiado y de manera que el
cura del lugar aseguraba ser idolatra; y aun los padres de Mara
se quejaban de lo mismo. Mara, al verle embebecido contemplndola,
besndola el delantal en cuanto ella se distraa, de rodillas a veces
y con las manos en cruz, o como las tena casi siempre el mismo papa,
senta grandes remordimientos y grandes delicias. Qu no hubiera dado
ella porque su novio no la adorase as! Pero imposible corregirle. Qu
castigo se le poda aplicar, como no fuera abandonarle? Y esto no poda
ser. Se hubiera muerto. Pero el cura y los padres llegaron a ver tan
loco de amor al muchacho, que barruntaron un peligro en el exceso de su
cario, y el cura acab por notar una hereja. Todos ellos se opusieron
a la boda; negsele a Mara permiso para hablar con su adorador; y por
ser ella obediente, l, despechado, huy del pueblo, aborreciendo a los
que le impedan arrodillarse delante de su dolo, y jurando profanarlo
todo, puesto que no se le permita a su corazn el culto de sus amores.
Pas a Bohemia[2], donde la casualidad le hizo tropezar con otros
aldeanos, como l, furiosos contra la Iglesia, los cuales, por causas
mezcladas de religin y poltica, se sublevaban contra las autoridades
y eran perseguidos y se vengaban cmo y cundo podan. Pasaron aos. A
Mara le falt su madre, y su padre enfermo, desvalido, viva de lo que
su hija ganaba vendiendo leche y legumbres, lavando ropa, hilando de
noche. Y una tarde, cuando el hambre y la pena le arrancaban lgrimas,
en el huerto contiguo a su choza, junto al pozo, donde en otro tiempo
mejor tenan sus citas, se le apareci su Guillermo, que as se llamaba
el amante. Vena fugitivo; le perseguan; para una guerra sin cuartel
le esperaban all lejos, muy lejos; pero haba hecho un voto, un voto
a la imagen que l adoraba, que era ella, su Mara; herido en campaa,
prximo a morir, haba jurado presentarse a su novia, desafiando todos
los peligros, si la vida no se le escapaba en aquel trance. Y haba de
venir con una rica ofrenda. Y all estaba por un momento, para huir
otra vez, para salvar la vida y volver un da vencedor a buscar a su
amada y hacerla suya, pesare a quien pesare. La ofrenda es sta, dijo,
mostrando una caja de metal, larga y estrecha.

--No abras la caja hasta que yo me ausente, y tenla siempre oculta. No
me preguntes cmo gan ese tesoro; es mo, es tuyo. T lo mereces todo,
yo... bien merec ganarlo por el esfuerzo de mi valor y por la fuerza
con que te quiero. Huy Guillermo; Mara abri la caja al otro da,
a solas en su alcoba, y vi dentro... una _rosa de oro_ con piedras
preciosas en los ptalos, como gotas de roco, y con tallo de oro
macizo tambin. Una piedra de aqullas estaba casi desprendida de la
hoja sobre que brillaba; un golpe muy pequeo la hara caer. El padre
de la infeliz lavandera nada supo. Mara no acertaba a explicarse, ni
la procedencia, ni el valor de aquel tesoro, ni lo que deba hacer
con l para obrar en conciencia. Sera un robo? Le pareci pecado
pensar de su amante tal cosa. Pas tiempo, y un da recibi la joven
una carta que le entreg un viajero. Guillermo le deca en ella que
tardara en volver, que iba cada vez ms lejos, huyendo de enemigos
vencedores y de la miseria, a buscar fortuna. Que si en tanto, aada,
ella careca de algo, si la necesidad la apuraba, vendiera las piedras
de la rosa, que le daran bastante para vivir... "Pero si la necesidad
no te rinde, no la toques; gurdala como te la di, por ser ofrenda de
mi amor." Y el hambre, s, apuraba; el padre se mora, la miseria
precipitaba la desgracia; iba a quedarse sola en el mundo. Trabajaba
ms y ms la pobre Mara, hasta consumirse, hasta matar el sueo; pero
no tocaba a la flor. La piedra preciosa que se meneaba sobre el ptalo
de oro al menor choque, pareca invitarla a desgajarla por completo, y
a utilizarla para dar caldo al padre, y un lecho y un abrigo... Pero
Mara no tocaba a la rosa ms que para besarla. El oro, las piedras
ricas, all no eran riquezas, no eran ms que una seal del amor.
Y en los das de ms angustia, de ms hambre, pas por la aldea un
peregrino, el cual entreg a la nia otro pliego. Vena de Jerusaln,
donde haba muerto penitente el infeliz Guillermo, que, acosado por
mil desgracias, horrorizado por su crimen, confesaba a su amada que
aquella _rosa de oro_ era el fruto de un horrible sacrilegio. Un ladrn
la haba robado a la iglesia de San Mauricio, de Hall; y l, Guillermo,
que encontr a ese ladrn cuando iba por el mundo buscando una ofrenda
para su dolo humano, para ella, haba adquirido la rosa de manos del
infame a cambio de salvarle la vida. Y terminaba Guillermo pidiendo a
su amada que para librarle del infierno, que por tanto amarla a ella
haba merecido, cumpliera la promesa que l desde Jerusaln haca al
Seor agraviado: haba de ir Mara hasta Roma y a pie, en peregrinacin
austera, a dejar la _rosa de oro_ en poder del Padre Santo para que
otra vez la bendijera, si estaba profanada, y la restituyera, si lo
crea justo, a la iglesia de San Mauricio y de Santa Mara Magdalena.

--Mientras viviera mi padre enfermo, la peregrinacin era imposible.
Yo no poda abandonarle. Para la _rosa de oro_ hice, en tanto, en mi
propia alcoba, una especie de altarito oculto tras una cortina. Por
no profanar con mi presencia aquel santuario, procur que mi alma
y mi cuerpo fuesen cada da menos indignos de vivir all; cada da
ms puros, ms semejantes a lo santo. Un da en que la miseria era
horrible, los dolores de mi enfermo intolerables, un _fsico_, un
sabio, brujo, o no s qu, lleg a mi puerta, reconoci la enfermedad
y me ofreci un remedio para mi triste padre, para aliviarle los
dolores y dejarle casi sano. Con qu no comprara yo la salud, o por
lo menos el reposo de aquel anciano querido, que fijos los ojos en m,
sin habla, me peda con tanto derecho consuelos, ayuda, como los que
tantas veces le haba debido yo en mi niez! La medicina era cara, muy
cara; como que, segn deca el mdico extranjero, se haca con oro y
con mezclas de materias sutiles y delicadas, que escaseaban tanto en el
mundo, que valan como piedras preciosas.

"--Yo no doy de balde mis drogas, deca, a solas l y yo. O lo pagas a
su precio, y no tendrs con qu..., o lo pagas con tus labios, que te
har la caridad de estimar como el oro y las piedras finas." Dejar a mi
padre morir padeciendo infinito, imposible... Me acord de la piedra
que por s sola se desprenda de la _rosa de oro_... Me acord de mi
virtud..., de mi pureza, que tambin se me antojaba cosa de Dios, y
bien agarrada a mi alma, piedra preciosa que no se desprenda... Me
acord de mi madre, de Guillermo que haba muerto, tal vez condenado,
sin gozar del beso que el diablico mdico me peda...

--Y... qu hiciste?--pregunt el papa inclinando la cabeza sobre Mara
Blumengold.--Ya no sonrea Su Santidad; le temblaban los labios. La
ansiedad se le asomaba a los dulces ojos azules. Qu hiciste?... Un
sacrilegio?

--Le di un beso al demonio.

--S... sera el demonio.

Hubo un silencio. El papa volvi la mirada a la Virgen del altar,
suspirando, y murmur algo en latn. Mara lloraba; pero como si con
su confesin se hubiese librado de un peso la pursima frente, ahora
miraba al papa cara a cara, humilde, pero sin miedo.

--Un beso--dijo el sucesor de Pedro--. Pero... qu es... un beso?
Habla claro!

--Nada ms que un beso.

--Entonces... no era el diablo.

El papa di a besar su mano a Mara, la bendijo, y al despedirla, habl
as:

--Maana ir a las Oblatas mi querido Sebastin a recoger la _rosa de
oro_... y a llevarte el vitico necesario para que vuelvas a tu tierra.
Y... vive tu padre? Le cur aquel _fsico_?

--Vive mi padre, pero impedido. Durante mi ausencia le cuida una
vecina, pues hoy ya no exige su enfermedad que yo le asista sin cesar
como antes.

--Bueno. Pensaremos tambin en tu padre.

Al da siguiente el papa tena en su poder la _rosa de oro_ de la
iglesia de San Mauricio y Santa Mara Magdalena, de Hall, y Mara
Blumengold volva a su tierra con una abundante limosna del Pontfice.

                   *       *       *       *       *

Cuando lleg la Pascua de aquel ao, la diplomacia se puso en
movimiento, a fin de que la _rosa de oro_ fuera esta vez para una
famosa reina de Occidente, de quien se saba que era una Mesalina
devota, fantica, capaz de quemar a todos sus vasallos por herejes, si
se oponan a sus caprichos amorosos o a los mandatos del obispo que la
confesaba.

Por penuria del tesoro pontificio o por piadosa malicia del papa, aquel
ao no se haba fabricado rosa alguna del metal precioso. El apuro
era grande; el rey de Occidente, poderoso, se daba por desairado, por
injuriado, si su esposa no obtena el regalo del Pontfice. Qu hacer?

El papa, muy asustado, confes que tena una _rosa de oro_, antigua, de
origen misterioso. La reina devota y lbrica cont con ella.

Pero lleg el domingo de _Ltare_ y no se bendijo rosa alguna.
Porque aquella noche el papa lo haba pensado mejor, y sucediera lo
que Dios fuera servido, se negaba a regalar la _rosa de oro_ que
Mara Blumengold haba guardado, como santo depsito, a una Mesalina
hipcrita, devota y fantica, que no se librara del infierno por
tostar a los herejes de su reino.

Lo que hizo el papa fu despertar muy temprano, y al ser de da,
despachar en secreto al familiar predilecto, camino de Hall, con el
encargo, no de restituir a la iglesia de San Mauricio la rica presea
mstica, sino con el de buscar por los alrededores de la ciudad la
choza humilde de Mara y entregarle, de parte del Sumo Pontfice, la
_rosa de oro_.

Y el papa, a solas, si el remordimiento quera asaltarle, se deca,
sacudiendo la cabeza:

--"Dama por dama, para Dios y para m es mujer ms ilustre Mara,
la acogida de las Oblatas, que esa reina de Occidente. Por esta vez
perdone la diplomacia."

Ya saben los habitantes de Hall por qu les falta la _rosa de oro_,
regalo de Len X a la iglesia de San Mauricio y de Santa Mara
Magdalena.

                                  FIN


                              NOTAS:

[2] En esta alusin a los Husitas hay un anacronismo voluntario, como
en lo que atrs queda, referente a Santa Francisca Romana. Adems,
en mi Papa ideal hay rasgos de Martn V y otros de Eugenio VI, ambos
anteriores a Len X.










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without further opportunities to fix the problem.

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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
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LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
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or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

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facility: www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
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