Project Gutenberg's El amor, el dandysmo y la intriga, by Po Baroja

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Title: El amor, el dandysmo y la intriga

Author: Po Baroja

Release Date: January 17, 2020 [EBook #61189]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMOR, EL DANDYSMO Y LA INTRIGA ***




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  Nota del Transcriptor:

  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.

  Ilustraciones han sido eliminadas.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.




                             _Po Baroja_

                            _MEMORIAS DE UN
                           HOMBRE DE ACCIN_

                     _El aprendiz de conspirador._

                     _El escuadrn del Brigante._

                       _Los caminos del mundo._

                    _Con la pluma y con el sable._

                     _Los recursos de la astucia._

                       _La ruta del aventurero._

                     _Los contrastes de la vida._

                       _La veleta de Gastizar._

                       _Los caudillos de 1830._

                            _La Isabelina._

                      _El sabor de la venganza._

                             _Las Furias._

                 _El amor, el dandysmo y la intriga._




                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

                   EL AMOR, EL DANDYSMO Y LA INTRIGA




                             ES PROPIEDAD
                          DERECHOS RESERVADOS
                         PARA TODOS LOS PASES


                             COPYRIGHT BY
                              PO BAROJA
                                 1923


           IMPRENTA DE CARO RAGGIO: MENDIZBAL, 34, MADRID.




                              PO BAROJA

                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

                               EL AMOR,
                              EL DANDYSMO
                             Y LA INTRIGA

                                NOVELA

                            SEGUNDA EDICIN

                             [Ilustracin]

                          CARO RAGGIO, EDITOR
                        MENDIZBAL, 34, MADRID




                             PRIMERA PARTE

                      EXPERIENCIAS Y DESILUSIONES


                                                         EN LA ENGADINA

COMIENZO a escribir este libro--dice Legua--en Suiza, en un pueblo del
cantn de los Grisones. No s dnde lo concluir, ni si lo concluir.

Me han recomendado pasar el verano en un sitio alto para mis bronquios
y para mi citica, y aqu estoy, en un cuarto amplio y ventilado de una
casa antigua que perteneci a un obispo.

Es una casa que tiene en una de las paredes que da al jardn un reloj
de sol y, alrededor de l, una orla con esta sentencia, en romanche:
_Il solacl splendura per touts_, sentencia optimista y mixtificadora
que parece querer decir mucho y no dice nada.

El verano actual el sol _splendura_ poco, y aunque la duea de la casa,
duea tambin de un barmetro tan optimista como el letrero del reloj
de sol, afirma que el buen tiempo se aproxima, el buen tiempo no llega
y el sol no _splendura_ para nadie.

Hace siempre lluvia, fro y sobre todo viento, un viento furioso
que muge como si hubiera por esos campos algn bfalo gigantesco de
malhumor.

La casa est bien preparada para el fro. Mi cuarto se halla recubierto
de madera: tiene dos ventanas con vidrieras dobles, que cierran
perfectamente, y una estufa de faienza en un rincn.

Una de las ventanas mira hacia el pueblo, que es silencioso y triste,
con una torre de iglesia alta, blanca, puntiaguda, con el tejado de
pizarra; la otra da al valle, valle largo y estrecho.

En el pueblo, enfrente, veo una casa antigua, con un mirador de madera
adornado con escudos y un esgrafito que representa un macho cabro
erguido, y debajo, este letrero: _Evvva la Grisha!_

Delante de la ventana que da al valle tengo mi mesa, y cuando no leo
contemplo distrado el panorama. A la derecha hay montes formidables
con la cima nevada, y las faldas que avanzan hacia el centro del valle,
cubiertas de abetos y de alerces; a la izquierda, montes ms bajos, con
rboles y praderas; en medio corre el ro, verde, blanquecino, trazando
eses, costeando aldeas por entre campos llenos de flores, y en el
fondo aparecen unas montaas blancas, altas, como dos gigantes que se
apoyaran el uno en el otro.

No se ve apenas nadie por estos contornos, ni por la carretera, ni por
los caminos. El cantn de los Grisones tiene el buen acuerdo de no
permitir automviles. El silencio aqu es imponente, magnfico.

Mi entretenimiento los das malos es mirar el ir y venir de las nubes
a los lejos, sobre las montaas lejanas y blancas, que se me figuran
gigantes hermanos.

Cuando la niebla se nos echa encima, los montes, cubiertos de rboles,
tienen un aire misterioso y romntico de balada germnica. Se ve todo
vagamente, como por un cristal esmerilado. Las copas de los rboles en
la lnea quebrada de los montes dan la impresin de un regimiento de
fantasmas.

En este cuarto de mi casa solitaria, ante el paisaje grave y
silencioso, voy a continuar mi obra las MEMORIAS DE UN HOMBRE DE
ACCIN. Ahora me toca escribir sobre mi juventud.

Esta calma, este reposo, deben ser propicios para sacar a flote los
recuerdos ms lejanos, aun aquellos ya dormidos en el fondo de la
conciencia. En sitios as nicamente se comprende que un poeta suizo,
al escribir sus Memorias, haya dedicado un captulo largo a las
impresiones de su infancia, de cuando contaba la tierna edad de un ao.
Tal era la precocidad del autor, que, ya a los pocos meses de vida,
filosofaba y estetizaba. Un esfuerzo ms, y este suizo nos hubiera
contado sus impresiones de la vida intrauterina.

Yo no poseo tan prodigiosa memoria, no puedo llegar a la precisin de
un individuo de esta raza de relojeros y de tiradores al blanco; no soy
suizo, sino vasco, y aunque vasco y gascn es primitivamente lo mismo,
no he llegado ni por la fantasa ni por el recuerdo a figurarme lo que
pensaba cuando estaba en paales.

Voy a recordar mi juventud. No s si habr alguno que me lea o si todo
este montn de papel escrito acerca de la vida de Aviraneta y la ma
ir a parar al fuego. Aunque as sea, esta es mi nica distraccin, mi
nico entretenimiento, por desgracia, y me pongo a la obra.

Comprendo que esta literatura, hecha exclusivamente como recurso contra
la tristeza y el aburrimiento, tiene que ser mediana y de pocos vuelos;
pero, en fin, no es fcil volar, ni siquiera con la imaginacin, cuando
se es viejo y se est cansado.

Pero hay que ser optimista, qu diablo! _Il solacl splendura per
tuots! Evvva la Grisha!_




                                   I

                         DE SANTANDER A BAYONA


UN da de verano de mucho calor bamos Aviraneta y yo en un barco de
Santander a San Sebastin. El barco era el bergantn la _Gaviota_, y
tena unas trescientas toneladas. Marchaba suavemente, con un viento
fresco que hinchaba todo su velamen.

Aviraneta dorma envuelto en una manta, tendido en un banco de la
toldilla de popa, y yo me paseaba de un lado a otro mirando la costa
con un anteojo del capitn.

Al pasar por delante del cabo de Machichaco, Aviraneta se levant, mir
su reloj y me llam con la mano.

Yo me acerqu a l.

--Tenemos que hablar--me dijo.

--Es lo que yo estaba pensando.

--La misin que te voy a encargar, amigo Pello, va a ser una misin
difcil y que exigir mucho tacto.

--Har lo posible por tenerlo.

--Por el momento vas a establecerte en Bayona.

--Muy bien.

--No tienes ninguna objecin que hacer contra Bayona?

--Ninguna. No he estado all, pero no tengo ningn motivo de antipata
contra esa ciudad famosa por sus capones y sus chalecos.

Habamos salido Aviraneta y yo de Laguardia, pasado por Miranda de
Ebro, y de Miranda de Ebro alcanzado en silla de posta Santander. El
tiempo estaba muy caliente, el cielo muy azul y el mar tranquilo.

--T conoces San Sebastin?--me pregunt Aviraneta.

--S; he vivido all ms de un ao.

--Vas a estar en San Sebastin una semana.

--Usted tambin?

--No; yo pasar all esta noche solamente. Maana por la maana ir a
Bayona.

--Y yo, qu tengo que hacer en San Sebastin?

--Hars lo posible por enterarte de todo lo que se dice respecto a la
guerra.

--No es mucha ocupacin.

--La ocupacin vendr ms tarde. Visitars tambin a mi primo don
Lorenzo de Alzate, que es secretario del Ayuntamiento; a don Domingo
Orbegozo, persona de importancia, y al jefe poltico de Guipzcoa,
don Eustasio Amilibia. Al mismo tiempo escribirs a tus conocimientos
comerciales diciendo que vas a establecer una casa de comisin en
Bayona.

--Yo! Una casa de comisin!

--S.

--No lo saba.

--Es que te parece mal?

--No, no. Por qu?

--Dile a Orbegozo que te recomiende a los comerciantes amigos suyos de
San Sebastin; sobre todo, a ver si te puede poner en relaciones con
Lasala y con Collado.

--Y luego?

--Luego, en cualquier lancha que salga para San Juan de Luz, te
embarcas, y de all, a Bayona.

--Y en Bayona, qu hago?

--En Bayona llegas y te instalas en la fonda de San Esteban; luego
miras en un plano de la ciudad que hay en el escritorio del hotel
dnde est la calle de los Vascos; te diriges a esa calle y buscas
una lencera que tiene en el escaparate pauelos de colores y que
es tambin posada: es la casa de Iturri. Entras en ella y preguntas
por m. Si yo no estoy me mandarn un aviso e ir en seguida y
continuaremos esta conversacin.


                                                          EXPLICACIONES

--Y por qu no continuarla ahora?--pregunt yo.

--Qu quieres decir?

--Las instrucciones que usted me ha dado tratar de cumplirlas lo mejor
posible; pero creo que deba usted explicarme algo de lo que hay en el
fondo de esta expedicin, decirme su objeto y quin la dirige, para que
no vaya yo, sin saberlo, a hacer una tontera.

--S; tienes razn. No hay nadie por ah que nos oiga?

--No. Ahora sube un pasajero. Vamos, si quiere usted, hacia la proa.
Haremos como que miramos al mar.

Nos acercamos a la proa del barco. Se vea a lo lejos, a la derecha, el
cabo Ogoo, alto, romo, tajado a pico y de color rojo, y delante, la
silueta gris de la isla de Guetaria.

--Te contar--me dijo Aviraneta--cmo he aceptado yo esta comisin.
Estaba en Madrid, a principios de este ao, escondido porque me
persegua el Gobierno de Mendizbal, viva obscuramente llevando las
cuentas de un ferretero de la calle de los Estudios, cuando a fines
de mayo se comenz a hablar de la expedicin real de los carlistas.
Yo haba tenido que recurrir varias veces a un amigo mo, don Jos
Mara Cambronero, jefe de una de las secciones del Ministerio de la
Gobernacin, para parar los golpes de la polica, que me molestaba
constantemente. Una noche, al volver a mi casa, encontr una tarjeta de
Cambronero, en la cual me deca que fuera a verle a su oficina. Fu,
me acogi amablemente y me hizo pasar al despacho del ministro, don
Po Pita Pizarro. El ministro me dijo que se haban interceptado unas
cartas escritas desde Bayona, en las que se hablaba de un gran complot
carlista que tena por objeto sublevar la Mancha, Andaluca y los
presidios de Africa. Pita Pizarro me pregunt si quera encargarme de
este asunto y de estudiar la manera de hacer abortar la conspiracin.
En principio le dije que s y le hice varias observaciones. A los
cuatro o cinco das un palaciego amigo mo, Fidalgo, vino a buscarme
a casa, me llev al Palacio Real y me present a la Reina.--S la
misin que has tomado--me dijo Mara Cristina--; pon en la empresa toda
tu alma. Si el dinero que te da Pita Pizarro no te basta, escrbeme a
m.--As lo har--. Es todo lo que ha ocurrido.

--Sabindolo me parece que estoy ms seguro de m mismo--le dije a don
Eugenio.

--Vamos a trabajar por la libertad y por la Reina; vamos a poner todos
los medios para acabar la guerra, que nos consume y nos aniquila.

Tras de esta confidencia, yo intent llevar a Aviraneta al terreno de
los detalles, pero l me dijo:

--En esta clase de trabajos en donde colaboran varios conviene que slo
uno, el jefe, est enterado del conjunto de las operaciones. T, poco a
poco, irs conociendo a los agentes que trabajan en tu mismo campo; yo
te los ir indicando cuando venga el momento.

Comprend que mi misin iba a tener mucho de confidencia y de
espionaje; pero en esta poca todos los polticos activos y los
generales, quitando los oradores ampulosos y huecos de Madrid, tenan
que practicar el espionaje.

Llegamos a San Sebastin; yo fu a la antigua casa de huspedes en
donde haba vivido, y Aviraneta, al Parador Real.


                                                       EN SAN SEBASTIN

En los ocho das que estuve en San Sebastin me enter de varias cosas
relacionadas con el viaje de Aviraneta. Los polticos estaban alarmados
con la marcha de don Eugenio a Francia; los masones trabajaban contra
l.

La Plana Mayor General haba escrito al conde de Mirasol sealndole
la presencia del peligroso personaje. Alzate cont que la misma noche
de nuestra llegada a San Sebastin el conde de Mirasol mand llamar a
Aviraneta, y que tuvieron los dos una conferencia reservada. Pasada la
semana en San Sebastin, siguiendo las instrucciones de don Eugenio, y
habiendo logrado que algunos comerciantes me dieran representaciones
de sus casas, me embarqu en una trincadura, desembarqu en Socoa y fu
en un cochecito a Bayona, y par en la fonda de San Esteban.

Contempl el plano de la ciudad, me di cuenta de sus calles y, al
anochecer, segu la orilla derecha del Nive por el muelle de los
Mercados.

Estaban algunos pescadores en el pretil del ro, di la vuelta a la
torre de Sault y aparec en la calle de los Vascos. Era una calle
estrecha, triste, en la que ola a pescado; se hallaba entre los
muelles del Nive y la calle de Espaa, y sala a la de la Pescadera.

Vi en las portadas muchos nombres vascongados: Olhagaray, Etcheverry,
Hiribarne, Errachu, y, por fin, encontr la tienda de Iturri, tienda de
paolera en el piso bajo y de posada en los altos, y entr en ella.




                                  II

                            AVIRANETA Y YO


NO s si habr notado el lector que, despus de los doce tomos ya
publicados de las MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN, ahora sigo con mi
relato, interrumpido en la mitad del primer tomo de _El aprendiz de
conspirador_. Esa mitad del primer volumen es como el prlogo de toda
mi obra.

Si algn curioso ha llegado en la lectura hasta aqu, no cabe duda que
es amigo y que habr perdonado los innumerables olvidos, equivocaciones
y errores que se me han pasado en tan larga narracin. En este libro
que comienzo ahora hablo ms de m mismo que de Aviraneta, y hago casi
mi autobiografa.

Podra haber escrito una historia con pretensiones de seria de algunos
sucesos, porque muchos de mis datos son nuevos y desconocidos, pero
desconfo de la historia que se tiene por seria.

La historia es siempre una fantasa sin base cientfica, y cuando se
pretende levantar un tinglado invulnerable y colocar sobre l una
consecuencia, se corre el peligro de que un dato cambie y se venga
abajo toda la armazn histrica. Creyndolo as, casi vale ms afirmar
las consecuencias sin los datos.

Para algunos hubiera sido quiz ms interesante hablar slo de
Aviraneta, retirndome yo a un ltimo plano; pero creo que de
Aviraneta he hablado bastante, y que a las cosas y a los hombres hay
que compararlos para apreciar sus caracteres; y en esta narracin,
Aviraneta y yo estamos con frecuencia frente a frente, no como
enemigos, sino como tipos de modalidad espiritual distinta.

La vida de Aviraneta fu, sin duda alguna, un segmento de vida mucho
ms interesante que cualquiera de los trozos de la vida ma; pero, en
conjunto, la existencia ma fu ms completa que la suya.

La mayora de la gente supone que vivir bien es esa cosa un poco vulgar
y cotidiana de comer abundantemente, de tener una casa cmoda, una
familia respetable, sin ocurrrseles pensar que un intrigante, metido
en un convento o en un presidio, pueda experimentar ms emociones y
hasta ms satisfacciones que el buen hombre en su casa confortable, y
que muchas veces el ciudadano rico y tranquilo que tiene motivos para
ser feliz, no lo es, porque no bastan los motivos para que una cosa se
realice.


                                                        EL AVENTURERO
                                                        Y EL AFICIONADO

Aviraneta, con relacin a m, fu el perfecto aventurero al lado del
_dilettante_, el maestro al lado del aficionado.

Yo siempre tuve ms prudencia que l, y no olvid jams las
dificultades de una empresa. Si a veces fu imprudente, lo fu a
sabiendas. El, no. Era imprudente, creyndose lleno de tino. Yo, cuando
he tenido algo que realizar obscuro y sin claridad, he ido tanteando.
Aviraneta marchaba a veces con una mezcla de ceguedad y de lucidez de
sonmbulo. Pareca como si el mapa del pas fantstico que recorra lo
conociese admirablemente.

--Hay que ir de este modo y por aqu. Es lo lgico y lo seguro--deca
l.

--Por qu?

--Porque s. Es evidente.

Yo no vea la evidencia por ningn lado. No he podido nunca llegar a
esa seguridad un poco absurda y mal fundada.

A Aviraneta, como a m, le gustaba el movimiento, lo imprevisto, la
aventura; pero l crea dominar lo fortuito, y yo, no. Su espritu,
frtil en recursos, encontraba remedio para todos los males.

Indudablemente hay algo fatal en el aventurero.

Yo, al conocer a don Eugenio, intent imitarle, y quise ser como l;
pero la corriente de la vida me fu llevando por otros caminos y
termin convirtindome en un seor tranquilo y burgus. He sido un
hombre de suerte, y las cosas se me han arreglado siempre con relativa
facilidad.


                                                        EL SUBJETIVISMO
                                                        DE LA AVENTURA

No cabe duda que los mismos hechos, los mismos acontecimientos
recogidos por espritus diferentes, son absolutamente distintos, en
forma tal, que lo que para uno es una aventura rara y casi absurda,
para otros es un accidente vulgar y corriente de la vida cotidiana.

Las inteligencias y las conciencias son seguramente distintas unas de
otras, no slo por su contenido de impresiones venidas de fuera, sino
por su esencia. Todo es individual en la Naturaleza, y como no hay dos
hojas de rbol iguales, probablemente no hay tampoco dos conciencias
iguales.

El dogma de la igualdad de las conciencias de los hombres es un dogma
afirmativo, como los dogmas religiosos, pero no es un resultado de la
observacin ni de la experiencia.

El espritu del aventurero es el que crea la aventura, ms que las
contingencias de la vida exterior.


                                                         LOS OBSTCULOS

Adems del factor individual interior que nos diferenciaba a Aviraneta
y a m, haba factores exteriores, y entre stos se contaban las
dificultades y obstculos que don Eugenio haba encontrado en su
camino, cosa en que yo no tropec.

En los primeros aos de la vida l se haba sentido comprimido por
el ambiente; yo, por el contrario, march con facilidad, y ms bien
ayudado por las influencias exteriores. Es indudable que los obstculos
enriquecen nuestra vida y la van moldeando.

Yo no poda tener el sentimiento de estar comprimido por el medio,
porque hasta salir de San Sebastin y reunirme a Aviraneta haba
vivido en una obscuridad tranquila y modesta; luego, antes de tener
ambiciones, me vi tratado por gente distinguida que no slo no me
pusieron obstculos a mi paso, sino que ms bien contribuyeron a
limarme y a pulirme.

Yo me transform por la accin del tiempo casi por completo. Aviraneta,
no; Aviraneta fu siempre hombre de una pieza. Desde su juventud hasta
la vejez sigui siendo el mismo, sin variar en nada. Para l no haba
posibilidad de cambio.

Le suceda como a algunos tipos animales, como, por ejemplo, el gato,
que son demasiado perfectos para evolucionar.

Aviraneta era tambin demasiado perfecto en su gnero para cambiar.

Yo, adems de transformarme, tena dudas acerca de mi vida y momentos
de depresin: experimentaba muchas veces un vago sentimiento de no
haber seguido una lnea ms recta, ms pura.

Aviraneta no poda sospechar que l pudiera discurrir y obrar de una
manera distinta a la que discurra y obraba.

Aviraneta era hombre de otro tiempo: haba nacido demasiado temprano
o demasiado tarde, probablemente demasiado tarde. En una poca de
absolutismo hubiera sido algo ms. Tena la base del gran aventurero,
del gran conquistador, la fe en s mismo, la voluntad tensa y fuerte.
Para ser un poltico importante de nuestro pas y nuestro tiempo le
faltaba la facundia y la petulancia; para un pas ms adelantado que
el nuestro le hubiese faltado la cultura profunda constituda con las
lecturas lentas y reposadas.

Su cultura, somera como la ma, de _dilettante_, no poda substitur en
su espritu a esa formacin honda que va creciendo y engrosando como un
rbol, poco a poco, con los aos.

Como deca al principio, imit a Aviraneta; quise ser como l un hombre
de accin, un cabecilla. La vanagloria me seduca; me gustaba ser
interesante, un poco tenebroso, asombrar, intrigar, por el placer de
intrigar, demostrar la fertilidad de mis recursos.

Sistema poltico o moral no tena ninguno: no haba pensado seriamente
en nada. En esto no me diferenciaba gran cosa de Aviraneta. En lo que
s me separaba de l era en que yo tena un sentido de humanidad ms
agudo y ms amplio.

Don Eugenio hubiera sido un gran ministro a la antigua: de aquellos
para quienes sacrificar unos cuantos cientos de hombres en beneficio
del orden no tena importancia.

Yo no hubiera llegado nunca a eso; para m la vida de cualquiera
era respetable y no poda ser sacrificada por una idea o por una
conveniencia de la mayora.

Jugar con la vida propia me pareca cosa de valientes; jugar con la
ajena es lo que me pareca ilcito.

Aviraneta era maquiavelista en la teora y en la prctica. La gran
fraseologa masnica del tiempo, que giraba alrededor de los derechos
individuales y sociales, le produca un gran desprecio.

--Todo eso del derecho es una farsa--le o decir varias veces--; la
moral cambia segn las circunstancias y el tiempo. Las cabezas de los
hombres de hoy, ni son como las de los hombres de ayer, ni sern como
las de los hombres de maana.

Unicamente el utilitarismo le atraa un tanto; pero en el fondo era un
casusta.

De ser ms hipcrita hubiera tenido menos enemigos; pero haca gala de
hablar de una manera libre, cnica, y esto le restaba simpatas.




                                  III

                               PROYECTOS


AL llegar a la fonda de Iturri pregunt a una muchacha por Aviraneta;
me indic una escalera estrecha y tortuosa; sub, llam a una puerta y
pas a un comedor, con un armario y una mesa en medio.

Haba en la pared un retrato, en litografa, de Mina; una estampa
iluminada con las varias edades de la existencia, y un reloj muy
adornado, en cuya pndola se vea un picador recortado de hoja de lata,
muy repintado, con patillas, picando a un toro, tambin de hoja de lata
y con los cuernos de bfalo. Con el movimiento del reloj, el picador se
inclinaba y clavaba la pica en el toro semibfalo.

Sali Aviraneta y me pas a un cuarto pequeo y blanqueado, y charlamos.

Le cont lo que se haba dicho en San Sebastin acerca de l y de su
conversacin con el conde de Mirasol.

--Han dicho que hemos reido?

--S.

--Pues no es cierto. El Conde me llam por conducto del jefe poltico,
Amilibia, muy alarmado; me pidi el pasaporte, se lo mostr; me dijo
que saba que yo era comisario de guerra, y entonces le entregu la
credencial que me haba dado el ministro de la Gobernacin. No s
cules eran sus temores, pero cuando se tranquiliz me pregunt qu
misin traa; se la expliqu, y l me dijo que si iba a la frontera de
Catalua me dara toda clase de noticias y de informes.

--Pues all se ha dicho que Mirasol haba recibido avisos de la Plana
Mayor General de que usted vena al Norte a sublevar el ejrcito contra
Espartero y contra Mirasol.

--Enviado por quin?

--Sin duda por los progresistas; y que con usted vena un francs
misterioso cargado de dinero, cuyo nombre no se conoce, y que slo se
sabe que su apellido empieza con Z y que firma sus cartas con esta
inicial.

--Eso se ha dicho?

--S.

--Me choca. De dnde habrn sacado la existencia de este hombre que
firma con una Z? La mentira es siempre hija de algo. Y esa noticia,
cmo ha llegado a San Sebastin?

--Yo creo que ha debido venir por los masones.

--Eso debe ser. Ya te dir, con el tiempo, quin es esa Zeda.


                                                       UN ENTE DE RAZN

Despus habl de mis gestiones para encontrar casas que me dieran su
representacin comercial, y le dije a don Eugenio que de una manera,
ms bien honoraria que efectiva, poda titularme representante de la
casa Collado, de San Sebastin.

--Est bien eso.

--Traigo, adems, una carta para el cnsul de Espaa en Bayona, don
Agustn Fernndez de Gamboa.

--La tienes ah?

--S.

Le di la carta, la ley y me dijo:

--Es una carta corriente; no s si te servir de algo. Si vas a verle a
Gamboa no le hables de m. Es un enemigo mo furioso.

--No le hablar; no tenga usted cuidado.

--Bueno. Ahora vamos a hacer una sociedad para la casa de comisin que
tenemos que fundar.

--Una sociedad! Entre quines?

--T sers uno de los socios.

--Y el otro?

--El otro ser el seor Etchegaray.

--Y quin es el seor Etchegaray?

--El seor Etchegaray es un ente de razn.

--No s lo que es eso.

--Pues es un personaje que no existe.

--Y para qu lo necesitamos?

--El dar seriedad y gravedad a tu casa de comisin; as, cuando t
alquiles un piso bajo con una pequea oficina, pondrs una placa en la
que se leer:

                                                    ETCHEGARAY Y LEGUA
                                                    CASA DE COMISIN

--Muy bien. Me tendr usted que pintar qu clase de pjaro es este
Etchegaray, para que no cometa alguna pifia si me preguntan por l.

--Etchegaray tendr unos diez aos ms que yo: unos cincuenta y cinco a
cincuenta y seis. Habr estado en Mjico...

--Lo mejor sera que hiciera usted un documento de identificacin
completo.

--Lo voy a hacer ahora mismo.

Aviraneta se puso los anteojos, tom una hoja de papel, y escribi:

                 Dominique Michel Etchegaray Legua.

--Hombre! Legua! Es pariente mo?

--S; to tuyo y primo mo.

       *       *       *       *       *

Nacido en Bidart, Bajos Pirineos, el 21 de diciembre de 1782; estado,
viudo; profesin, comerciante; estatura, alta; pelo, canoso; ojos,
garzos; nariz, larga; barba, afeitada; color, sano...

--Tiene hijos?

--Uno, que est en Amrica establecido.

--En qu Repblica?

--En Mjico.

--Qu ha hecho mi to por all?

--Ha sido comerciante y minero en California.

--Tiene parientes en Francia?

--No; nicamente una hermana en Espaa.

--Que es, naturalmente, ta ma.

--Claro.

--La haremos soltera, o casada?

--Soltera.

--La ta Juana?

--Bueno.

--Dnde vivir?

--En Vergara, si te parece.

--Muy bien.

--Ya que estamos de acuerdo en la existencia de este ente de
razn, har que maana Iturri, el dueo de esta fonda, saque en la
subprefectura, donde tiene un amigo, documentos de identificacin de
Dominique Etchegaray, avencindado en Bidart; luego haremos la escritura
de sociedad comercial entre Etchegaray y t. Etchegaray ser socio tuyo
y andar yendo y viniendo de Espaa. Cuando t pongas tu oficina, yo
escribir siempre a nombre de Etchegaray.

--Ahora, qu tengo yo que hacer?

--Nada. Sigues en la fonda de San Esteban, donde dirs que cuando quede
vacante un cuarto alto y barato te lo reserven. Maana por la maana
irs a un comercio de antigedades de la calle Salie: el comercio
del seor Falcn. All vers a doa Francisca Gonzlez de Falcn,
que es espaola, y ella te ir resolviendo las dudas que tengas,
dndote el dinero que necesites e indicndote lo que debes hacer. Nos
comunicaremos por carta; t me escribirs a nombre de Iturri; yo, a
nombre de Etchegaray, cuando la casa de comisin est establecida.
Mientrastanto, si te necesito, te avisar.

--Bueno.

--Eres un joven de una familia acomodada del comercio, a quien han
enviado a aprender francs a Bayona y a estar fuera de la lucha
carlista.

--Muy bien. Comprendido.

Me desped de Aviraneta y fu marchando despus hacia el centro del
pueblo. Mi vida en Bayona comenzaba de una manera rara y pintoresca.




                                  IV

                          ALGO DE MI INFANCIA


NO s si lo que he contado de m mismo en esta larga obra habr bastado
a los lectores para conocerme.

De chico fu yo un poco brbaro, valiente, reidor y turbulento. Tena
un amor propio exagerado. Esto hizo, principalmente, que no pudiera
acomodarme a vivir en mi casa con mi padrastro. Era, sobre todo, terco,
y cuando me decida a hacer alguna cosa no retroceda jams.

Los compaeros de la escuela, en Vera, que lo saban, se burlaban de m.

Una vez estbamos subidos a una tapia muy alta, y dos chicos me dijeron:

--A que no te tiras de aqu?

--A que s.

Me tir; al caer me agach, me di con una rodilla en un ojo, y lo tuve
hinchado cerca de un mes.

Cuando bamos a baarnos al Bidasoa, al comienzo del verano, yo era de
los primeros que se tiraban al ro.

Al caer al agua y sentir que estaba helada me pona a temblar, pero
luego me vengaba.

--Cmo est el agua?--me decan los chicos; y yo, tiritando de fro y
nadando, deca--: Caliente, caliente!

Una vez fuimos a las fiestas de Pamplona, en donde se hace un encierro
que a la mayora le parece brbaro, pero que yo lo encuentro bien. La
gente del pueblo marcha por las calles delante de los toros bravos que
se han de lidiar excitndolos y desafindolos.

Para m lo repugnante en los toros es que un cobarde pueda comprar con
dinero el derecho de ver cmo otro hombre se expone a que lo maten;
pero si el espectador es capaz de ser actor y de exponerse a su vez a
la muerte, entonces los toros constituyen una fiesta brava y atrevida.

Si todos los espectadores de una plaza fueran capaces de torear, si no
vieran en el torero mas que una superioridad de agilidad, de habilidad
o de talento, pero no de valor, los toros me pareceran, como digo,
bien.

Por eso yo dejara las capeas de los pueblos, aunque murieran en cada
fiesta cuatro o cinco, y suprimira las corridas de los profesionales.

Estando en el encierro de las fiestas de Pamplona corr delante de los
toros, y al llegar a la plaza me encontr con un ribereo que me dijo:

--A que no haces lo que hago yo?

--A que s.

Se puso l en el camino por donde tenan que pasar los toros con la
boina en la mano. Yo hice lo mismo. Los toros pasaron por delante, y no
nos mataron porque sin duda tenan ms buen sentido que nosotros.

Otra de mis aventuras sonadas la pens imitando a mi to Fermn, por
quien senta gran admiracin. Como l haba escalado el castillo de
Fuenterraba, yo pens que deba escalar algo, y escal la casa de una
muchacha, hija del enterrador, que me gustaba.

Tena en mi casa guardada una cuerda para cualquier evento, con un
gancho de hierro en la punta. Una noche tir mi cuerda con su gancho
al balcn de atrs de la casa de la muchacha; di la coincidencia de
que agarr, y sub. Las maderas del balcn estaban cerradas. Decidido
a llevar adelante la aventura, escal el tejado y vi la chimenea rota.
Caba yo por all. Sujet el gancho de la cuerda, me met por el tubo
de la chimenea y baj a la cocina del enterrador, envuelto en holln y
asustando a la familia.

Varias otras calaveradas de esta clase hice de chico, y la que me
oblig a salir de Vera fu el haberle acompaado al general Ora en un
encuentro que tuvo con los carlistas cerca del pueblo.

Yo era liberal rabioso y anticlerical furibundo. Consideraba a mi
to Fermn como a un hroe, y recordaba sus frases y su odio por los
clrigos. Haban excitado tambin mis rencores antifrailunos los
frailes del convento de capuchinos del pueblo prximo al barrio de
Alzate, que nos enseaban a los chicos la Gramtica, las Matemticas y
el Latn a fuerza de pescozones y de puntapis.

Hay que reconocer que por entonces era la poca en que los dmines,
fueran laicos o seglares, tenan como principio pedaggico el apotegma:
la letra, con sangre entra.

Los dos frailes encargados de la enseanza superior en el convento eran
el padre Gregorio y el padre Aquilino. El padre Gregorio era hombre
simptico, y nos enseaba Matemticas. Se desacredit porque, segn se
dijo, visitaba a una muchacha del pueblo que acababa de casarse con un
zapatero. Una noche el marido sorprendi al fraile en una habitacin de
su casa. El zapatero era un filsofo, y no dijo nada; cogi las ropas
del fraile, interiores y exteriores, se las ech al hombro y fu a casa
de su suegra.

--Aqu tiene usted--le dijo--lo que haba ahora en la alcoba de su
hija--y ech al suelo las ropas del capuchino.

La suegra puso el grito en el cielo, fu al convento, intervino el
prior, y llevaron las ropas al padre Gregorio, quien tuvo que marcharse
poco despus de Vera.

El otro padre, el padre Aquilino, era un bruto muy malhumorado y muy
austero que nos zurraba a los chicos como quien varea lana. Yo le tena
un odio profundo; as que, al quemar las tropas liberales el convento y
dispersar a los frailes, me alegr muchsimo.

El incendio se verific cuando pas por Vera el general Rodil;
y yo estuve presenciando cmo salan las llamas de los tejados
y celebrndolo. Por este motivo tuve un gran altercado con mi
padrastro, que se reprodujo cuando pas Zuaznavar con una compaa de
chapelgorris, y luego cuando vino el general Ora. Yo tena entonces
diez y seis o diez y siete aos. Todo el pueblo estaba escondido a la
llegada de las tropas liberales. Yo me present y habl con el mismo
Ora, que era un viejo navarro, de cara de malhumor, pero muy simptico.

Sera esto hacia abril; haca un tiempo admirable. Ora me pregunt
primero quin era; le dije que era sobrino de Fermn Legua, y liberal.
Luego me pidi detalles sobre la topografa del terreno. Los carlistas
estaban enfrente del pueblo, en un alto, que se llama Casherna gaa.

--Vamos a echar a los carlistas de ese monte--me dijo Ora--. Quieres
venir a verlo?

--Si me dan un caballo, s.

Me mont a caballo y, al lado del general, presenci el combate.
Estaba entusiasmado oyendo los tiros. Yo crea que los carlistas se
defenderan mejor, y que los nuestros atacaran desde ms cerca. Al
cabo de unas horas, los carlistas se retiraron. Entre los liberales
haba muchos muertos, y vi pasar hacia el cementerio diez o doce; entre
ellos, me dijeron que estaba un abogado, Goicochea, que mandaba una de
las compaas de cazadores de Isabel II.

Esta nueva aventura con Ora alarm mi casa; mi padrastro afirm
que acabara en presidio o en el patbulo; mi madre me dijo que era
mejor que me marchara del pueblo. Al da siguiente iba camino de San
Sebastin...

Con estos datos de la infancia creo que se puede componer mi retrato
moral. Respecto a lo fsico, era alto, fornido, con la cara redonda,
los ojos pardos y el pelo negro y ensortijado. Aviraneta me dijo varias
veces que me encontraba cierto aire neroniano. Afortunadamente, el
parecido con Nern no pasaba del aspecto.




                                   V

                       LA TIENDA DE ANTIGEDADES


A la maana siguiente de llegar a Bayona sal del hotel y pregunt por
la tienda de Antigedades de Falcn. Estaba en la calle de la Salie.

La calle de la Salie era una calle antigua, con algunas casas gticas,
modernizadas, de arcos apuntados, calle de burguesa comerciante, con
almacenes profundos y bien surtidos y tiendas abarrotadas de gnero.

La tienda de Falcn estaba en la planta baja de una casa grande y
negra. Se llegaba a ella por unos cuantos escalones, tena una portada
pintada de nogal y un escaparate pequeo, en donde se exhiban un
secreter de laca, varios jarrones, abanicos, porcelanas, jarras de
cobre, figuritas, objetos de plata y miniaturas.

Dentro, el almacn estaba repleto de muebles, cuadros, estatuas,
bordados, y tena una dependencia interior, ms repleta an, que daba a
un patio obscuro.

En medio de la tienda haba una mesa de mrmol estilo Luis XIV y varios
sillones dorados, en los que se sentaban a hacer tertulia algunos
parroquianos y amigos.

Era difcil, a primera vista, darse cuenta clara de lo que all haba
amontonado, porque cada vez que se entraba se haca un descubrimiento.
Detrs de dos o tres vargueos espaoles aparecan relojes ingleses de
pared; detrs de un armario, cuadros antiguos, grabados muy perfilados
y groseras litografas brbaramente iluminadas. En las vitrinas se
vean camafeos, puos de bastn, fosforeras, tabaqueras y relojes de
repeticin con esmaltes primorosos.


                                                              DOA PACA

Doa Francisca Gonzlez de Falcn era una mujer de treinta y cinco
aos, gruesa, morena, de ojos negros. Su marido, el seor Falcn, era
hombre delgado, fino, que estaba casi siempre fuera, pues viajaba mucho
por Francia y por Espaa, andaba por rincones raros y traa cajas con
preciosidades. El seor Falcn coleccionaba medallas, y en esta aficin
pona todo su entusiasmo.

Los Falcn tenan cuatro hijos, que estaban por entonces en el colegio.

Entr en la tienda de la calle de la Salie y me encontr con doa Paca.
Me present a ella; me hizo sentar y hablamos. Saba a lo que yo iba.

--Le conozco a Aviraneta ya hace muchos aos y somos muy amigos--me
dijo--, pero estamos de acuerdo en no hablar el uno del otro, y cuando
nos vemos pasamos por desconocidos.

--Es decir, que con usted no hay que hablar de don Eugenio ante la
gente.

--Es lo mejor. A l tampoco le conviene que se hable de adnde va y
adnde viene. Aviraneta me ha recomendado a usted. Yo ser la encargada
de dirigirle al principio en Bayona, de darle los informes necesarios y
el dinero para ir viviendo.

--Muy bien. Puedo venir a la tienda con frecuencia?

--S; cuando usted quiera.

--Esto ser entretenido.

--Ahora, en el verano, menos, porque la gente se marcha. En otoo es
otra cosa. Usted puede venir aqu cuando quiera; oiga usted y entrese
usted de lo que le interese. Sabe usted francs?

--Muy poco.

--Pues es conveniente que lo aprenda. Yo conozco a un seor que le dar
lecciones muy baratas. Es un profesor: el seor Serret. Vive en la
calle de la Platera. Aqu tiene usted sus seas.

--As que yo puedo venir aqu y estarme horas y horas?

--S; todas las que usted quiera.

Me desped de doa Paca y fu a ver al seor Serret. Era ste un hombre
alto, flaco, seco, spero y severo, con el pelo gris. Tena la boca
recta, dura; viva retirado y modestamente, con una familia numerosa.

Yo me figuraba que saba algo de francs, pero, cuando llev cuatro o
cinco lecciones con el profesor, comprend que no saba nada.


                                                          SARA LA JUDA

Al da siguiente, por la tarde, volv a casa de la Falcn. Doa Paca
tena una dependiente, una muchacha juda del barrio de Saint-Esprit,
delgada, morena, de aire un poco triste, con los ojos como dos
azabaches, la nariz corva, los labios gruesos y el pelo negro, rizado.
Esta muchacha se llamaba Sara, hablaba muy bien castellano y era muy
inteligente.

En los primeros das, en que no conoca a nadie, fu para m un gran
recurso ir a hablar con ella.

Por la noche, a la hora de cerrar la tienda, sola venir la madre de
Sara a acompaarla. Era una vieja juda, gruesa, mal vestida, con los
ojos negros e inquietos.

Sara me habl de la vida triste que llevaba en su rincn de
Saint-Esprit; el padre, malhumorado e indiferente; la madre, llena
de suspicacia por todo, no queriendo que nadie entrase en su casa y
cerrando de noche las puertas y ventanas con barras de hierro, como si
viviera en un pas peligroso.

El hermano de Sara vena tambin con frecuencia. Era un jorobado, con
unas manos largas y delgadas, tipo muy plido, con aire febril, muy
inteligente y muy triste.

Me hubiera dejado llevar por el atractivo de hablar con Sara y la
hubiera galanteado, pero comprend que doa Paca Falcn me espiaba, y
esto bast para no seguir adelante en mis proyectados galanteos.

En frente de la tienda de antigedades haba una camisera, y entre los
dependientes, una seorita del mostrador, muy bonita y muy displicente,
con la cabeza llena de rizos. Sola venir con frecuencia a casa de doa
Paca a cambiar dinero, y yo hablaba con ella, y la acompa un domingo
en los Arcos.

En general, estaba en Bayona aburrido. Contribua al aburrimiento el
calor, que fu grande aquel verano, y el que no hubiera gente en la
ciudad, pues todo el mundo distinguido se haba marchado a tomar los
baos de mar a Biarritz.

Mis nicos recursos de distraccin eran el hotel y la tienda de doa
Paca. El hotel serva de punto de cita a muchos jefes carlistas, que
desde all marchaban a sus respectivos destinos. Muchas veces me
enteraba de lo que decan, porque, como buenos espaoles, tenan la
costumbre de hablar alto.


                                                         LAS CORREDORAS

En la tienda de la Falcn fu conociendo a corredoras de alhajas y de
muebles, gente de vida muy pintoresca. A una de stas le llamaban la
Condesa. Era una seora alta, esbelta, que deba haber sido muy guapa,
pero que estaba ya marchita. Hablaba mucho mejor el francs que el
castellano, a pesar de que deca que era espaola, y tena grandes
conferencias con doa Paca, que la trataba secamente.

Otra de estas corredoras era la seora Hidalgo. La Hidalgo era una
vieja gruesa, algo coja, muy ocurrente y muy insinuante, que tena una
conversacin divertida y amena. Ella finga que haca sus gestiones
comerciales de compras y ventas por amistad, por remediar la situacin
precaria de alguna familia carlista, pero cobraba sus corretajes.
Esta mujer viva con un fillogo, agricultor y libelista, que se
llamaba Martnez Lpez. La seora Hidalgo llevaba una cartera grande,
como un maletn, donde guardaba una porcin de cosas; de all sola
sacar abanicos, fosforeras, relojes, collares, papeles con piedras
preciosas, y discuta el precio de estas joyas con doa Paca, diciendo
ingeniosidades de cuando en cuando, que hacan rer a todos los que la
escuchaban.

Haba otros espaoles que trabajaban en la casa: un carpintero
madrileo, muy hbil para imitar muebles antiguos y hacer
falsificaciones, que se llamaba Joaqun Garca; un cerrajero riojano,
Horcajo, que tena una especialidad semejante en los hierros, y una
mujer, Angela, que compona y arreglaba los encajes y tapices rotos y
haca unos zurcidos maravillosos, que apenas se notaban.

Doa Paca Falcn prefera a los espaoles para tales menesteres, no por
patriotismo, sino porque, aislados como estaban en el pueblo, cobraban
menos por sus trabajos.

La primera semana de Bayona me pareci aburridsima. No le vea a
Aviraneta ni saba nada de l.

A los diez o doce das don Eugenio me escribi para que fuera a la
fonda de Iturri.




                                  VI

                         NUEVAS INSTRUCCIONES


LLEGU al anochecer al comedor de la fonda de Iturri y me encontr con
Aviraneta.

--Me marcho--me dijo--, pero t te vas a quedar aqu.

--Lo siento.

--Te aburres?

--Un poco.

--Te irs acostumbrando. Ya est hecha la escritura con el supuesto
Etchegaray. Iturri tiene un poder del ente de razn. T tienes que ir
maana con Iturri a la notara a firmar.

--Bueno.

--Luego buscars un piso bajo y pondrs la casa de comisin.

--Muy bien, todo se har. Y qu le ocurre a usted para marcharse?

--Gamboa, el cnsul, que me hace la guerra a muerte y me cierra todos
los caminos.

--Y por qu?

--Gamboa es amigo y agente de Calatrava, y ste es, a su vez, compadre
de Mendizbal y de Gil de la Cuadra. Todos ellos son masones escoceses
y enemigos mos, y me persiguen; no quieren que yo salga adelante en
mis propsitos.

--Y qu le ha pasado a usted con Gamboa?

--Al llegar aqu, sin salir, sin hacer el menor alarde, he visto que la
polica francesa me vigilaba como a un criminal. Cansado, he ido a ver
al cnsul, le he mostrado mi nombramiento del Ministerio y le he dicho
a qu vena. Gamboa ha examinado detenidamente mis credenciales, y he
visto que ha quedado resentido.

--Por qu?

--Porque cree que vengo a quitarle atribuciones, a enmendarle la
plana. Al da siguiente de mi visita a Gamboa, un empleado de la
Subprefectura, amigo mo y de Iturri, un italiano, Pagani, me ha
invitado a que vaya a all a regularizar mi residencia y a visar el
pasaporte. El subprefecto me ha sometido a un interrogatorio acerca
del objeto de mi viaje, y me ha dicho que no puedo permanecer en
Bayona.--Est bien--le he contestado yo--; entonces me ir. Al da
siguiente ha venido a mi hotel el canciller del Consulado, Ignacio
Vidaurreta, y me ha dicho que no puedo salir de Bayona. He ido a
ver a Gamboa y hemos tenido un altercado. Ha aparecido la causa del
resentimiento. Gamboa cree que el Gobierno le ha ofendido enviando
una persona a su distrito para que dirija los asuntos polticos de la
guerra como si l fuera un imbcil, y ha aadido que en su Consulado
no puede haber ms direccin que la suya, ni ms agentes que los que
l designe.--Eso, al Gobierno--le he replicado yo.--Al Gobierno y
a usted--me ha contestado l--, porque mientras yo est aqu en el
Consulado, usted no podr hacer nada.--Bueno; me ir a Perpin.--No
ir usted, no le dar pasaporte.--Ir con el pasaporte de usted o
sin l--le he contestado--. As que me marcho en seguida hacia la
frontera catalana. Si no puedo sostenerme all, me ir a Madrid, pero
t seguirs aqu, porque es indispensable que tengamos en Bayona una
persona de confianza. No te faltar el dinero necesario. El ministro
o la reina darn para vivir. Aqu no creo que puedas perder el tiempo
en absoluto. Si la cosa sale mal y no da resultado, habrs pasado unos
meses en Bayona, habrs aprendido el francs, y eso ser todo; si la
cosa sale bien, habr otras esperanzas.

--Tengo que cambiar de plan?

--No. T sigues en la fonda de San Esteban, y desde maana buscas el
piso para la casa de comisin. Doa Paca te indicar los mejores sitios
y te ayudar a arreglar la oficina.

--Muy bien.

--Por ahora, amigo Pello, no te voy a dar un plan de campaa. Hazte
amigo de toda la gente que puedas y de todas las mujeres que anden
cerca de ti. No te enamores. Ya te basta con Corito. Una pequea
intriga amorosa bien llevada y sin escndalo, no est mal. Piensa que
de que aqu puede salir tu porvenir. Respecto a tu amigo don Eugenio de
Aviraneta, no hables nunca de l, ni para defenderle ni para atacarle.
T no le conoces a ese seor.

--Respecto a los dems, no habr que llevar tan lejos la prudencia?

--Sin embargo, acostmbrate a hablar lo menos posible, sobre todo de
poltica.

--No s si podr.

--Habla de lo que hablen los dems; desconfa de asombrar a los otros
con ideas originales y brillantes, y aprende a decir slo lo que te
convenga.

--Eso me parece muy difcil.

--Ah! Claro! Eso no se consigue en seguida; pero t tienes
condiciones de diplomtico, y ya te las arreglars.

--Cree usted?

--S.

--Que s yo!

--Naturalmente, como todos, tendrs tus tropiezos. La prudencia y la
diplomacia no se improvisan: es cuestin de tiempo y de voluntad. De
cuando en cuando recuerdas mi consejo, y cuando ests en camino de
decir algo atrevido, piensas: Si estar diciendo una tontera? Si te
hacen a ti una confidencia, gurdala lo mejor posible.

--Voy a matar en m toda espontaneidad.

--Siempre queda espontaneidad. Otro consejo: Si te invitan a hacerte
masn, no digas que no: acepta, pero sin entusiasmo. Si nadie te
invita, no te presentes t.

--Muy bien.

--Segundo consejo. Ahora no; pero si ms tarde tienes algo importante
que guardar, lo llevas al casero Ithurbide, de Bidart, y lo dejas en
el armario de mi cuarto. Siempre ve solo y aprende a guiar un cochecito.

--S guiar.

--Iturri tiene un tlburi, y te lo prestar siempre que lo necesites.

--Muy bien.

--Es importante en muchas ocasiones no tener ms testigo que un
caballo. Ahora nos vamos a quedar de acuerdo en los medios de
correspondencia entre nosotros dos. Asunto de familia, sin importancia:
carta corriente. Asunto poltico reservado, pero sin trascendencia:
papel blanco y tinta simptica. Asunto poltico importante: papel
amarillento, carta con plantilla nmero uno y tinta simptica. Asunto
importantsimo: carta con papel azulado, con plantilla nmero dos y
tinta simptica.

Aviraneta me di dos frasquitos de la tinta simptica, las plantillas
una y dos, y me explic su uso.

--Tambin convendra--concluy diciendo--que escribieras un diario
contando todo lo que vayas viendo, y haciendo una biografa de cuantas
personas conozcas. Si haces esto que te aconsejo, nunca pongas nombres,
sino anagramas.

--Bah! Cree usted que el espionaje va a llegar a tanto?

--Quin sabe? Viviendo en un hotel el espionaje es fcil. T, como yo,
puedes tener enfrente el espionaje masn y el de los curas, que aqu,
en Francia, lo dirigen las congregaciones en que se mueven los jesutas.

Dicho esto, Aviraneta se despidi de m.


                                                             LA OFICINA

Das despus de marcharse don Eugenio alquil un piso bajo en la
calle del Puerto Nuevo, en los arcos, y puse una placa de metal en la
entrada, con este letrero:

                          ETCHEGARAY Y LEGUA
                           CASA DE COMISIN

Del mobiliario de la oficina se encarg doa Paca Falcn, y le di
un aire muy elegante. Haba dos armarios, una mesa tallada, un reloj
magnfico de pared, varias sillas y una caja fuerte. All dentro me
senta un capitalista. Tom un chico para abrir la puerta y llevar las
cartas al correo. Este chico, Fernandito, hijo de un emigrado carlista
andaluz, era un chico muy listo, saba el francs bien y conoca todos
los rincones de Bayona.

Las horas de oficina me las tena que pasar escribiendo a la novia,
mirando a las paredes y leyendo novelas.

La sociedad con Etchegaray, aquel ente de razn, como le llamaba
Aviraneta, me lleg a veces a inquietar. Me preguntaron varias veces
por Etchegaray, y haba gente que pretenda conocerle, y que contaba
ancdotas de su vida.

En las causas clebres de Gayot de Pitaval, que luego le, en momentos
de aburrimiento, encontr que un joyero francs de a principios del
siglo XVIII, de apellido vascongado, un tal Duhalde, hizo una sociedad
nada menos que con Dios, para explotar el negocio de la joyera.

Luego, andando el tiempo, he visto que un prendero madrileo le ha
imitado o ha tenido la misma idea que Duhalde, y ha fundado su sociedad
nada menos que con Jesu-Cristo.

No s si a Aviraneta se le ocurri la sociedad con el fantstico
Etchegaray por haberse enterado de la fundada por el joyero francs, o
si fu el suyo un proyecto espontneo de su imaginacin de intrigante.

Ya despus de montada mi oficina fu al Consulado de Espaa, en la
plaza de Armas, a entregar a Gamboa la carta de recomendacin que me
haban dado para l. Gamboa me recibi un tanto framente y me pregunt
qu parentesco tena con Fermn Legua. Le dije que era su sobrino.
Luego me interrog acerca de Etchegaray. Le cont la novela inventada
por Aviraneta y por m.

--Qu hace ahora Etchegaray?

--Est en Espaa. Va a ir a Amrica a realizar su fortuna.

Gamboa pretenda conocer a Etchegaray.

Unos das despus, el canciller del Consulado, Vidaurreta, estuvo en mi
oficina y qued admirado al verla tan elegantemente puesta.

Por lo que supe despus, tanto Gamboa como Vidaurreta se extraaron
de que un hombre tan sesudo como Etchegaray--se le consideraba
sesudo!--hubiera dejado su negocio en manos tan inexpertas como las
mas.


                                                             ELOGIO DE
                                                             ETCHEGARAY

Algunos me hablaban de Etchegaray como de un hombre lleno de virtudes.
Yo, al orles, me rea; hoy no me ro. La verdad es que era un hombre
completo este ente de razn, como le llamaba Aviraneta.

Qu varn virtuoso! Qu ejemplo de filosofa y de virtudes
comerciales! Qu modestia en sus aspiraciones! Qu falta de amor
propio!

No, con l no haba miedo de que se empeara terca y estpidamente en
defender sus opiniones; con l no haba cuidado de que se acalorase
hasta perder su serenidad.

Se le encontraba siempre tranquilo, siempre ecunime. No se quejaba
si se le abran las cartas, ni si se firmaba con su firma; ni si se
le echaba la culpa de un olvido o de una falta; no peda cuentas del
dinero gastado, ni se enfurruaba, ni murmuraba, ni intrigaba.

Era el ideal del hombre y el ideal del socio. No le faltaba ms que
existir; pero, seguramente, si hubiera existido, no hubiera sido tan
ideal.




                                  VII

                           LA VIDA EN BAYONA


MI vida en Bayona era muy aburrida. Con las advertencias de Aviraneta
me encontraba entre la gente cohibido. El miedo a la indiscrecin me
quitaba la espontaneidad natural.

Pasaba en la oficina ocho o diez horas al da.

--Trabaja usted mucho?--me preguntaban.

--S; ahora tengo que arreglar unas cuentas de mi socio, el seor
Etchegaray--les contestaba yo.

Mis trabajos consistan en escribir todos los das largas epstolas a
Corito, que estaba todava en Laguardia, hablndole de mis trabajos,
que no deca cules eran, y explicndole mis esperanzas. Despus me
pona a leer peridicos y novelas. Lea por la maana _El Centinela
de los Pirineos_, peridico bayons de la oposicin, y el _Faro de
Bayona_. Cuando llegaba el correo de Espaa me dedicaba al _Eco del
Comercio_, de Madrid.

Tras de los peridicos venan las novelas, y el primer autor que
devor, no precisamente un clsico, fu Paul de Kock; despus fu
leyendo todos los folletinistas de la poca.

Si mientras estaba en esta ocupacin seria sonaba la campanilla y vena
alguien, meta el libro en un cajn y haca como que estaba escribiendo.

Pasadas las horas de oficina iba a casa de doa Paca Falcn de tertulia
y me sentaba en uno de los sillones que haba en la tienda alrededor de
la mesa estilo Luis XIV.

Los ms constantes en la tertulia eran un comerciante judo, Gomes
Salcedo, hombre muy listo que traficaba en todo; un cura, el abate
d'Arzacq, que coleccionaba monedas romanas, y un seor, viejo,
manitico, monsieur de Saint-Allais, que, por lo que se deca, tena
una casa llena de preciosidades, que no dejaba ver a nadie.

Yo empezaba por entonces a comprender el francs y a hablar algo.
Comenzaba a entender de cuadros, muebles, relojes antiguos y dems
antigedades. Al cabo de algn tiempo fu casi un especialista y
conoca el mueble de Boule o el de Chippendale, el reloj del siglo
XVIII, y diferenciaba el de Pars y el de Lyon.

No slo conoca los estilos, sino que saba tambin los precios de los
varios objetos almacenados all. En el cajn del mostrador de casa de
la Falcn haba un catlogo voluminoso de cuanto contena la tienda,
con tres precios para cada cosa: el que haba costado, el ltimo en
que se poda vender y el que se poda pedir. Estos conocimientos me
sirvieron despus para hacer compras de muebles en Madrid y para
adornar mi casa.

                                                          LOS CARLISTAS

Bayona, al principio, me pareci un pueblo triste, aburrido; luego, ya
me fu gustando ms. Con sus murallas, sus castillos, su ciudadela, sus
puertas estrechas, me oprima el corazn. Haba das que me parecan de
una longitud inusitada, y desde que me levantaba hasta que sonaban, a
las diez de la noche, los tambores y las cornetas, que anunciaban que
se cerraban los portales, con sus puentes levadizos, crea haber pasado
lo menos una semana.

Esta ciudad militar y comerciante, tranquila y soolienta, un poco
espaola, un poco bearnesa, un poco vasca y un poco juda, encerraba
entonces en su seno, una emigracin de carlistas, la mayora gente
brbara, violenta, sanguinaria, y, sin embargo, no se notaba apenas.

Unicamente por la maana, en la encrucijada de los Cuatro Cantones o
en el caf de enfrente del teatro de la plaza Grammont, se vean grupos
de hombres hablando espaol, que se escabullan en seguida.

En la calle de Espaa, con sus tiendas espaolas de ultramarinos, de
zapateras y lenceras, se oa hablar mucho castellano, y por el aire
de los tipos se comprenda que eran carlistas riojanos y navarros.

En los alrededores de la plaza de los Capuchinos, del Pequeo Bayona,
que era como una aldea, estaba el punto central de las posadas
vascas y se oa hablar mucho vascuense, y se hacan negocios entre
contrabandistas, guerrilleros y negociantes; pero, en general, los
carlistas en Bayona, como gallinas en corral ajeno, alborotaban poco.

Bayona era entonces una gran casa de huspedes; por cualquier parte,
por cualquier rincn, apareca un carlista.

Las tiendas que tenan una tertulia espaola eran un centro de intrigas
polticas.

Se hacan muchas compras de armas y de vestuario por delante de las
narices del cnsul de Espaa, sin que ste se enterara. Los judos
bayoneses haban puesto dinero en el carlismo.

Todo el mundo intrigaba: unos por fanatismo, otros por ambicin, otros
por dinero. Haba algunos que lo hacan por amor al arte. Algn tiempo
despus, estando en Pars, o contar que un napolitano fu a ofrecer
trabajo a un editor. Este le dijo:--No lo quiero porque s que es usted
un espa.--Es cierto--contest el italiano--que soy un espa, pero no
por el dinero, _ma per l'onore_.

Haba muchos espas en Bayona, en los dos bandos, que no lo eran por
dinero, sino _per l'onore_.

Los carlistas espaoles no tenan el aire de casaca, lazo y peluca
que queran darles los legitimistas franceses, ni el aspecto de
bandidos siniestros con que los pintaban los liberales. Su carcter
estaba ms en sus ideas que en sus actitudes y sus trajes: en el sello
reconcentrado y un tanto sombro de todo lo espaol. El carlista tena
la candidez de creer que la vida espaola era superior a todas las
dems, y supona que el espaol era ms inteligente, ms comprensivo y
ms enrgico que los dems hombres.

Yo no tena por ellos la menor simpata. Aviraneta, en cambio,
experimentaba por estos absolutistas cierto afecto, y les reconoca el
mrito de ser patriotas.

Entre los carlistas los haba de todas clases: fanticos, moderados,
absolutistas, de un clericalismo cerril, y verdaderos liberales.
Unos llevaban una vida pobre y austera; otros se mezclaban en toda
clase de negocios. Los ms pedantes eran los que se llamaban a s
mismo los puros. La pureza, la incorruptibilidad, es un tpico de
todas las revoluciones. Generalmente, ser puro es ser ms estlido e
incomprensivo que los dems, no avenirse a razones y no discurrir.

Muchos de estos pobres carlistas haban ido a Bayona, arruinndose, y
vivan en una situacin precaria. Las seoritas distinguidas trabajaban
para fuera con gran misterio.

La misma situacin precaria haca que aquellos soldados de Cristo se
enredaran con la primera aventurera o fregona que encontraran al paso,
sin considerar indispensable la bendicin de un clrigo.

Se haba unido la inmoralidad de la vida provinciana francesa con la
hipocresa y la mojigatera espaola en silencio. Aquel viejo mundo
espaol decrpito, cuya esencia representaba el carlismo, con sus
generales intiles, sus frailes y curas fanticos y sus guerrilleros
atrevidos y crueles, haba hecho su nido en la tranquila Bayona, ciudad
burguesa, que aparentemente tena una moral muy respetable, pero en la
que haba mucho mar de fondo.

De esta unin resultaba que la ciudad estaba ms espaolizada que nunca
y que en casi todos los comercios se hablaba castellano.

Se vendan en las tiendas muchos objetos de procedencia espaola y
americana: joyas, relojes, anillos, cuadros, imgenes, tabaqueras,
vajillas de plata y cadenas gruesas de oro, tradas de Mjico.

Se deca que el comercio bayons marchaba mal, probablemente a causa
del cierre de la frontera.

Los bayoneses se mostraban amables y, al mismo tiempo, explotadores
y srdidos. Quiz en una ciudad espaola hubiramos hecho lo mismo,
aunque yo creo que, en general, los espaoles hubiramos sido con los
extranjeros menos amables y menos srdidos.


                                                             MIS PASEOS

A veces iba a las Alles Marines, hasta la colina de Blanc-Pignon;
otras, daba la vuelta a las murallas; pero lo que ms me atraa eran
las proximidades del Nive. El Adour, como ro gascn, me era ms
antiptico que el Nive.

Iba por los muelles de una y otra orilla, paseaba por los arcos bajos
de la Galuprie y del Pont Traversant y vea las gabarras y las
chalanas que bajaban de Ustariz y de Cambo. Cruzaba los puentes de
madera, el Puente Mayou y el Puente Panecau, y contemplaba las casuchas
srdidas y sucias de los muelles.

Al bajar hacia la plaza de Armas contemplaba la animacin del puente de
Saint-Esprit, puente de madera tendido sobre barcas, y vea el puerto,
ya en el Adour, con sus goletas, sus bergantines y sus pataches.

La larga fila de embarcaciones, que comenzaba en la confluencia del
Nive y del Adour, se extenda por el muelle de la Aduana, a lo largo de
la reja de la plaza de Armas, hacia las Alles Marines.

Los carros de bueyes iban y venan; los obreros del muelle, con sus
sacos en la cabeza como capuchas y los pies descalzos, cargaban y
descargaban las barricas de vino y de aguardiente de Armagnac, las
maderas de los Pirineos y de las Landas, los sacos de harina del centro
de Francia, los fardos de pita americana para los alpargateros y los
cordeleros. El sol daba en el Adour de una manera lnguida, y las
gaviotas jugueteaban sobre las aguas muertas de este ro, que deja de
ser un torrente para convertirse en seguida en un pantano.


                                                          CONOCIMIENTOS
                                                          DE HOTEL

Por entonces, en la fonda de San Esteban, haba algunas personas fijas
como yo: un profesor del Liceo, monsieur Teinturier, varios militares
y un seor rico que quera ser elegante. Este seor se llamaba Tartas.
El seor de Tartas tena ya cerca de cincuenta aos, pero pretenda
pasar por joven; vesta a la ltima moda; llevaba una peluca muy bien
disimulada; era gordo, rechoncho, ventrudo, con los dientes postizos,
el bigote pintado, y con cors. Era voluptuoso y goloso. Las modistas
y los pasteles de crema eran sus debilidades. Yo le deca Tartas, el
elegante, y algunos chuscos le haban llamado por su laminera Tartas
a la crema, lo que recordaba la _Tarte  la crme_, de Molire. Tartas
tena un color rubio falso y una piel rojiza: pareca un cochinillo
asado. Se las echaba de muchacho y sola pasearse conmigo por los Arcos
del Puerto Nuevo hablando de sus conquistas y mirndose en todos los
escaparates.

Tartas era mentiroso y farsante como pocos, un verdadero gascn. A
creerle a l, con la historia de sus antepasados, y con la suya,
y con sus amores, se podan hacer tomos y tomos. La preocupacin
ntima de Tartas era no ser bastante alto. Respecto a todas las
dems particularidades de su fsico, estaba convencido de que eran
encantadoras. Tena un abdomen abultado, pero esto era una seal de
fuerza; tena un color rojizo, pero haca bien, su optimismo no poda
conseguir el que se creyera de buena estatura.

La amistad con Tartas me daba a m tambin un aire de donjuanismo y de
fatuidad que no estaba mal para un hombre que, como yo, iba a intentar
una segunda vida de conspirador.

Otro de los huspedes de la fonda era el profesor Teinturier, joven,
del centro de Francia, de unos veinticinco a treinta aos. Teinturier
era un tipo de galo: tena una cara juanetuda y cuadrada, una mirada
dura y fuerte, los labios gruesos, la barba cobriza y las manos fuertes.

Era muy radical en sus ideas y muy tmido con las mujeres.

Teinturier y Tartas se despreciaban mutuamente; yo comprenda que
vala mucho ms el profesor que aquel _dandy_ grasiento, encorsetado y
repintado; pero ste tena ms relaciones, y me inclin a reunirme con
l.

Tambin vena a pasear con nosotros un abate, el abate d'Arzacq,
que viva en la misma fonda. El abate d'Arzacq era un hombre rubio,
sonriente, sonrosado, anticuario y coleccionista de monedas. Yo le
conoca de casa de la Falcn, porque era uno de los contertulios de la
tienda de antigedades. D'Arzacq tena un aire tan insinuante y tan
burln, que pareca que deba ser inteligentsimo. A m me daba la
impresin de un cnife, pero en l todo era fachada.

El abate d'Arzacq era un hombre hecho para las reverencias: las
haca maravillosamente. En compaa del seor de Tartas conoc a
algunas chicas guapas que estaban en los comercios, y con el abate
d'Arzacq visit a varias familias de la buena sociedad bayonesa, que,
naturalmente, eran clericales y legitimistas.




                                 VIII

                        SENSIBILIDAD PATRITICA


ADEMS de mis conocimientos del hotel, tena otros de espaoles, gente
modesta, a quien conoca por doa Paca Falcn y sus operarios.

Uno de estos espaoles, amigo del carpintero Joaqun Garca y del
cerrajero Horcajo, era un tal Jess Daz, carlista, andaluz, el padre
del chico de mi oficina, Fernandito; Jess Daz haba tenido que
emigrar de su pueblo con su mujer y sus hijos, y se haba establecido
en Bayona. Lo cmico era que a medida que viva en Francia iba
perdiendo el fervor carlista y hacindose republicano.

Don Jess viva en la calle de la Zapatera, una callejuela que iba de
la calle de Espaa hacia la muralla, callejuela sombra, en una casa de
cuatro pisos, con unas habitaciones que daban a un patio obscuro. Don
Jess era un hombre joven, guapo, de bigote negro. Daba lecciones de
espaol, pintaba cuadritos y escudos nobiliarios, y haca juguetes de
madera y alambre, que venda a bajo precio.

Deba pasar pocas de miseria negra. Algunas veces fu a su casa.
Tena una mujer que trabajaba mucho y, adems de Fernandito, dos
chicas morenitas muy graciosas, que se pasaban la vida abanicndose
vertiginosamente y lamentndose de estar en Francia, que les pareca un
pas muy soso, en donde los hombres no decan galanteras a las mujeres
en la calle. Don Jess tocaba la guitarra, y las chicas bailaban las
sevillanas o los caracoles, u otros bailes de su tierra.

En la misma casa, srdida y siniestra, vivan otros dos espaoles: uno
de ellos era Joaqun el carpintero, que trabajaba en la tienda de doa
Paca; y el otro, un carlista vascongado, Zabaleta, amigo del conde de
Negr, que estaba empleado en una frutera. Todos ellos tenan de noche
su tertulia en una taberna de la calle de Espaa, que antiguamente se
haba llamado la Bandera Blanca, y que era de un ex polica.

En aquella taberna se haca espionaje a favor de Don Carlos, como en la
casa de Iturri a favor de la Reina.

A este rincn solan ir espaoles que vivan en la vecindad, tipos
raros y desgarrados.

Uno de ellos era un cura cataln, mosn Pau, hombre cetrino, cejijunto,
muy spero. Mosn Pau haba peleado con Tristany, y estaba resentido
con l por un motivo de dinero.

Mosn Pau viva en una casa de la calle de la Carnicera Vieja, y todo
su entretenimiento era ir al campo y tirar al blanco con una pistola
sobre botellas vacas, huevos vacos, etctera. Para este cura, tirador
al blanco, no haba hisopo que tuviera el encanto de una carabina o de
cualquiera otra arma de fuego, ni agua bendita tan agradable como la
plvora.

En la misma casa de mosn Pau, en una guardilla, viva otro carlista
viejo, arruinado por la causa. Era un hombre de cerca de setenta aos,
con varias cicatrices profundas en la cara. Iba a casa de los espaoles
pudientes y esperaba a la puerta horas y horas, embozado en una capa
rada y apoyado en un bastn, a que le dieran una limosna. Si reciba
algunos cuartos, saludaba dignamente y se marchaba.

Era tambin contertulio de la taberna un tipgrafo de la imprenta de
Lamaignere, donde trabajaba como corrector de pruebas. Este tipgrafo
se llamaba Barbanegre: era hombre de unos cuarenta aos, muy culto; muy
enterado de la poltica y de los asuntos espaoles, y muy aficionado al
vino.

Para publicar algunas hojas, cuyos originales me envi Aviraneta, me
entend con Barbanegre y fu a la imprenta de Lamaignere, que estaba en
la calle de Bourg-Neuf del Pequeo Bayona, una de las calles ms fras
y ms hmedas del pueblo.

Un da me encontr a mosn Pau; me dijo que estaba Tristany en Bayona y
que iba a verle. Me invit a comer con ellos.

Fuimos a un fonducho miserable de la calle de los Toneleros, obscuro
y hmedo, y all conoc a Tristany, que andaba vestido de cura y se
preparaba a entrar de nuevo en Catalua. Mosn Pau y Tristany se
pusieron a discutir, en cataln, con tal violencia, que pareca que
estaban dispuestos a matarse. Dej a estos dos energmenos con placer.


                                                            TERTULIA EN
                                                            LA LIBRERA

Barbanegre, el cajista, me llev a la librera de Mocochain, sucesor
de Gosse, donde me present al librero, que era un seor ya viejo. Yo
quera suscribirme a una librera circulante, y me suscrib all.

Haba otro librero en Bayona llamado Larroullet, que prestaba libros, y
un saln de lectura en la plaza de Armas.

Mocochain tena la especialidad de los libros raros. Fu a su tienda
con frecuencia. All se reunan varios biblifilos, la mayora curas;
entre ellos, el abate Miano.

Miano era hombre muy acicalado, muy elegante, de una gran facundia,
y, como haba vivido mucho y conocido muchas gentes, se manifestaba
muy escptico. Empleaba en la conversacin frases maquiavlicas que,
aunque no las hubiera inventado l, las usaba con gran oportunidad. Es
ms que un crimen: es una falta. Una victoria ms como sta, y estamos
perdidos...

La librera, madama Mocochain, muy sonriente y muy joven, segn las
malas lenguas, no era una virtud muy slida.

Fu a la librera varias veces, al anochecer, y escuch lo que all
se hablaba, y me qued asombrado de la cantidad de cosas desconocidas
por m: la historia antigua, la historia moderna, la literatura, el
arte, la poltica, sin contar las ciencias, que no pretenda, ni aun
siquiera someramente, enterarme de ellas. Qu suma se poda hacer con
mis ignorancias!

Tena buen sentido y bastante buena memoria, y pens en los
procedimientos para cubrir mi desnudez mental de una manera decente.
Como mi cultura era tan escasa discurr el modo de adquirirla. Decid
que despus de aprender el francs me dedicara al ingls.


                                                           MIS LECTURAS

Abonado a la librera circulante de Mocochain y al gabinete de lectura
de la plaza de Armas, me puse a leer de una manera frentica. Ya la
vida en Bayona no me pareca tan aburrida, y muchas veces me faltaba el
tiempo para las cosas ms elementales.

Alternando con las novelas y los libros de historia me puse a leer
biografas de hombres clebres para ver qu camino emprendieron en la
vida tales hombres. La _Biografa Universal_, de Michaud, que entonces
se acababa de publicar e iba dando suplementos, me sirvi mucho para
mis planes.

Tomaba notas de todo lo que me chocaba en la lectura, y, como tena
buena memoria y mucha curiosidad y deseo de saber, me iba improvisando
una cultura y marchaba camino de ser un _polihistor_.


                                                          LOS FRANCESES
                                                          Y ESPAA

Uno de los resultados de mis lecturas fu el darme una preocupacin
grande por Espaa y, al ltimo, hacerme patriota.

Le un _Resumen Geogrfico de la Pennsula ibrica_, por Bory de
Saint-Vincent, muy spero para nosotros, y otro libro, _L'Espagne sous
Fernand VII_, por el marqus de Custine, que tena escrito en los
mrgenes palabras de protesta de algn lector espaol. Yo conoca de
Espaa muy poco, casi nada, y, sin embargo, me di la impresin de que
el libro del seor marqus era un tejido de embustes y de tonteras.

Le todos los libros que encontr sobre nuestro pas.

Hay que reconocer que la mayora de las cosas que los franceses han
escrito acerca de Espaa valen poco: son casi siempre observaciones
superficiales y vulgaridades que destilan antipata y odio. No se
explica bien, mas que teniendo un fondo entre rencoroso e indelicado,
la rabia de los franceses contra un pas como el nuestro en el siglo
XIX, en plena disolucin y decadencia.

Estas duras invectivas contra Espaa me hicieron, como digo, patriota.

Mi sensibilidad patritica fu un hecho nuevo que surgi en m con la
lectura y al ver que se denigraba constantemente a Espaa. En Espaa
no se poda vivir una vida relativamente civilizada, ni comer, ni
dormir. Espaa era un pas imposible. Los espaoles, al parecer, ramos
una excepcin en el mundo: malos, crueles, sanguinarios, incultos,
indisciplinados, de color negro y cobardes.

Sin embargo, cuando fu leyendo biografas, encontr que los tipos
histricos espaoles valan lo de los otros pases, y que muchas veces
los superaban. Me choc la incomprensin de los franceses para con
nosotros. Reconocan que Espaa poda haber tenido en otras pocas
hombres de genio, pero eso no vala.

Los franceses, en general, creen que el colmo de la civilizacin es
llevar un _redingote_ con elegancia, y que decir cuatro o cinco lugares
comunes con una pronunciacin muy perfilada y con un acento muy nasal
es algo sublime. En esto se engaan. El mundo que admira el acento
parisiense, y la cocina francesa, y las cantantes de caf concierto, es
el mundo de los tontos, de los rastacueros y de los negros disfrazados.
Al mundo inteligente lo que le interesa de Francia es su aportacin a
la cultura general, sobre todo su aportacin cientfica.


                                                    LOS GRANDES HOMBRES
                                                    DE LA POCA

Una cosa que me asombr leyendo la _Biografa Universal_,
principalmente los tomos del Suplemento, que se referan a hombres
contemporneos, fu ver que casi todos ellos haban sido de una
perfecta inmoralidad: ladrones, inconsecuentes y traidores. Adems,
no slo ocurra esto, sino que casi todos los traidores haban sido
premiados, y casi todos los hombres fieles a una causa acababan en la
miseria, en la prisin o en el patbulo.

Era un ejemplo verdaderamente inmoral. Yo me fijaba, sobre todo, en
espaoles y franceses. Los fieles a una idea, Robespierre, Vergniaud,
Saint-Just, Ney, Berton, Riego, el Empecinado, Torrijos, caan en la
lucha; en cambio, los Tayllerand, los Fouch, los Bernardotte, los
Soult, suban como la espuma.

La ingratitud de los reyes era verdaderamente espantosa. Fernando
VII fusilaba a los generales de la Independencia, que haban luchado
heroicamente por l, y hunda en la miseria a Godoy, que quiz era su
padre; Luis XVIII daba pensiones a los bonapartistas y republicanos
y dejaba abandonado a Fauche-Borel, agente de los Borbones durante
ms de treinta aos, que, vindose en la vejez, sin amparo, acab
suicidndose. Mara Cristina, traicionando a los que la defendan,
pactaba con Don Carlos, y este ltimo vea con inquietud los xitos de
Zumalacrregui y escuchaba con tranquilidad la noticia de su muerte.

Si de la historia puede desprenderse una moral, de la historia de
nuestro tiempo no poda desprenderse ms que una leccin de inmoralidad.

Qu grandes hombres de estercolero todos los grandes hombres
de la poca! Me hizo pensar mucho su ejemplo. Es que los
hombres, como las hortalizas, necesitarn el fiemo para crecer y
desarrollarse?--pensaba--. Es que las sociedades honestas y virtuosas
no producirn ms que hombres mediocres?




                                  IX

                         NOTICIAS DE AVIRANETA


AL marcharse Aviraneta de Bayona le la prensa espaola con curiosidad,
por ver si apareca su nombre y en qu concepto se le tena.

Unas tres semanas despus de su marcha lo encontr citado en el
peridico _El Eco de la Razn y de la Justicia_.

Deca as el peridico madrileo:

  Pretende quiz _El Eco del Comercio_ secundar los buenos
  oficios del seor Aviraneta, que, segn se asegura, ha ido a las
  provincias del Norte a promover escisiones, como acostumbra, y a
  introducir el desorden en el ejrcito?

El 25 de julio apareca otra noticia en el mismo peridico:

  El clebre Aviraneta, segn carta que hemos visto de Cdiz,
  ha llegado a aquella ciudad acompaado de otro revolucionario,
  ayudante suyo, y cuyo nombre no dice la carta. Ignoramos si
  lleva recomendaciones de don Gil de los Ojos Verdes, firmadas
  _El Consabido_, como las que le diriga a Zaragoza, o si el
  magnate de los unitarios habr tomado otro seudnimo.

Don Gil de los Ojos Verdes era, indudablemente, Gil de la Cuadra. Por
qu le aludan a l, tomndole como compinche, siendo como era enemigo
de Aviraneta? No lo supe.

Estas noticias procedan, indudablemente, de las logias, y como los
informes que tenan stos no eran buenos, se distinguan por su
confusin.

Dos das despus, el 27 del mismo mes, volvi a aparecer en el mismo
peridico otro suelto, enviado desde San Sebastin, titulado:

                       NOTICIAS DE LA FRONTERA

  Hace varios das que el famoso Aviraneta se ha presentado
  aqu, y aunque no permaneci mas que cortos instantes,
  pues el conde de Mirasol le hizo conducir a Francia en una
  trincadura de guerra, no por eso dej de sembrar sus principios
  revolucionarios entre nuestros soldados. Desde San Juan de Luz,
  donde se halla, parece que envi un impreso, que circul entre
  la tropa, y en el cual se deca que el Gobierno haba enviado
  medios suficientes para pagar al ejrcito hasta 1840, pero que
  los oficiales y jefes que quieren prolongar la guerra se han
  apoderado de este dinero.

El 30 de julio, el mismo peridico, public esta noticia:

                  AVISO IMPORTANTE A LOS GADITANOS

  El clebre Aviraneta regres a Madrid desde San Juan de Luz;
  tuvo una conferencia con El Consabido, el magnate de los
  unitarios; otra con un alto personaje; recibi sus instrucciones
  y march el jueves de la semana pasada a Cdiz.

La insistencia en pintarle a Aviraneta conjurado con Gil de la Cuadra,
con quien estaba reido haca tiempo, y de llevarle a Cdiz, me chocaba.

_El Eco del Comercio_ coment estas noticias hablando desdeosamente de
Aviraneta. Mientras se le crea en Cdiz, don Eugenio estaba entre Pau
y Perpin. Pens que si todas las noticias de los peridicos tenan
la misma exactitud, no estbamos muy bien enterados de lo que pasaba
en el mundo, ni en Espaa, ni en ninguna parte. A mediados de agosto,
Aviraneta contest en los peridicos de Madrid negando las andanzas
que le atribuan y diciendo que no tena nada que ver con el motn de
Hernani.


                                                              UNA CARTA

Poco despus, Aviraneta me escribi una carta larga; me hablaba de
sus diferencias con el cnsul de Bayona, que haban hecho que el
subprefecto diera una orden para expulsarle de la ciudad de Bayona. El
30 de junio Aviraneta haba ido a Pau, y estando aqu ocurri, el 4 de
julio, un motn militar en Hernani, a pesar de lo cual los peridicos
de Madrid se lo atribuyeron a l. De Pau, el 12 de julio, march a
Tolosa; luego, a Carcasona, y lleg a Perpin el 24. No hizo ms que
llegar a esta ciudad cuando se vi rodeado por agentes de polica
secreta que le impidieron hacer nada. Los tena en el pasillo de la
fonda, y cuando sala de ella le acompaaban por calles y paseos.
Aburrido, y viendo que no haba accin posible en aquellas condiciones,
se decidi a volver a Espaa, se embarc en Port Vendres y march a
Barcelona.

Recordando su prisin de la poca de Mina, no quiso salir del barco;
pero el gobernador le llam a su presencia y tuvo que ir y dar una
serie de explicaciones para que le dejaran seguir a Valencia. De
Valencia se traslad a Madrid, y all estaba esperando, como siempre,
el buen momento para entrar en accin.

  Tena el proyecto de publicar un manifiesto para confundir
  a mis enemigos--me deca Aviraneta con cierta solemnidad, al
  final de su carta--; pero las circunstancias son tan graves,
  que en obsequio de la causa nacional voy a sacrificar la ma
  propia. El Pretendiente, con sus hordas, se acerca a la Corte;
  se necesita unin entre los patriotas para acudir a la comn
  defensa, y creo sera una traicin el dividir los nimos en un
  momento de peligro con un alegato que necesariamente herira
  la susceptibilidad de algunas notabilidades. Tampoco quiero
  llamar la atencin ni arrojar luz sobre el objeto de mi viaje a
  Francia. T sigue ah, aunque te aburras, porque puedes prestar
  grandes servicios.




                                   X

                           MADAMA DE LAUSSAT


CUANDO venga septiembre--me haba dicho doa Paca Falcn--le presentar
a algunas seoras distinguidas de aqu.

Efectivamente, en la misma tienda me present a las seoras de Laussat
y de Saint-Allais, que eran personas ricas y de distincin.

Mi amigo Tartas, el elegante, me habl de madama Laussat, a quien l
haba hecho la corte.

Madama Laussat haba tenido amantes y segua tenindolos, siempre con
una gran discrecin y sin dar el menor escndalo. Era muy amable con
todo el mundo, y desarmaba con su amabilidad al que tuviera intenciones
agresivas para ella.

El marido de madama Laussat era un comerciante rico, y, como estaba
enfermo, dejaba a su mujer que hiciera la vida que quisiera.

Probablemente saba que tena amantes, pero, aun as, miraba a su mujer
como a una amiga y, al mismo tiempo, como una colaboradora. Ella, para
l, era un motivo de lujo y de ornamentacin, como una hermosa finca, y
quera lucirla y demostrar con su esplendidez que era rico y poderoso.

Madama de Laussat era una rubia de unos treinta a treinta y cinco aos,
de cara ancha y un poco juanetuda, de ojos claros y labios gruesos y
rojos.

Creo que, espontneamente, yo no me hubiera fijado en ella, ni ella
en m; pero con esa tendencia a la tercera que hay en Francia, nos
empujaron al uno hacia el otro.

Madama Laussat fu varias veces a la tienda de la Falcn y me cit en
su casa.

Realmente, yo no senta entusiasmo por ella, ni ella tampoco por m;
pero ella tena casi siempre un amante y, durante un par de meses, ese
amante fu yo.

Uno de los medios de seduccin de aquella dama era la risa; tena unos
dientes muy hermosos y una boca muy fresca.

Era una mujer sana, fuerte, con la nariz gruesa y respingona, y cierta
tendencia a la gordura.

Doa Paca Falcn, siempre muy lista, me dijo:

--Estos amores con madama Laussat le avisparn a usted.

--Usted cree?

--Ah! Es una lagarta muy viva.

Uno de los contertulios de la librera de Mocochain, un cura viejo, el
abate Faurel, hablando de madama Laussat, me deca:

--La cara de madama Laussat es una de esas caras que tienen atractivo
con la juventud y con la frescura de los pocos aos, pero que se
convierten en mscaras grotescas con la vejez, sobre todo si la mujer
se empea en luchar con afeites contra los estragos de la edad.

Como no senta entusiasmo por aquella madama, no me cost gran trabajo
retenerme y no hacer enormes tonteras. A pesar de esto, tuve que pasar
por muchas humillaciones y bajezas, adular a su marido y fingir gran
admiracin por Francia. Estas admiraciones fingidas me avergonzaban y
me hicieron creerme un miserable.

Si yo fing frialdad y egosmo con ella, ella no tuvo necesidad de
fingirlo, porque lo senta espontneamente. Su amor, si aquello poda
llamarse amor, estaba condicionado por sus amistades, sus compromisos,
y hasta sus digestiones. Todo esto me pareca desagradable y ridculo,
y me humillaba y me ofenda.

El deseo de conseguir todo de las gentes de los pases que se llaman
civilizados me pareca, y me sigue pareciendo, muy antiptico. Da una
mezquindad, un cuadriculado a la vida completamente odioso.

Madama Laussat iba a las citas con este espritu ansioso y glotn.
Era completamente prctica y positiva. Si en una de nuestras citas le
hubiera estropeado un lazo, no me lo hubiera perdonado nunca.

Consideraba madama Laussat que el mundo entero le deba una cantidad de
satisfacciones y de placeres suficientes que tena que cobrar.

Me inst a que le hiciera un regalo; pero como no tena dinero, ni
voluntad, le hice un regalo pequeo...

Actualmente veo que en los pases del centro de Europa se habla con un
entusiasmo lrico de la vida sexual: hay profesores serios que cantan
el amor fsico con una mezcla de lirismo y de pedantera, como algo
misterioso y sublime, y lo que para nosotros, los espaoles, sobre todo
los espaoles viejos, es puro cerdismo, para ellos es algo intelectual
y maravilloso.

Madama Laussat tena tambin una idea ansiosa del placer. Era una idea
de avaro. No comprenda que slo el sacrificar algo da perspectivas
nobles a la vida.

Ella no quera sacrificar nada, y este espritu tan mezquino me lleg a
hacer a aquella mujer perfectamente antiptica. No era slo su espritu
el que me rechazaba, sino su manera de comer y de beber, de hablar y de
sonrer.

Al notar mi alejamiento, ella me sustituy pronto por un teniente de
Artillera, el seor de Gassion.

El haber sido el preferido de madama de Laussat durante algn tiempo
me di cierto prestigio entre las seoras de la buena sociedad, que me
acogieron ms amablemente. Conoc por entonces a madama D'Aubignac, que
era la mujer de un militar, y fu presentado en su casa por el teniente
Gassion.




                                  XI

                           MADAMA D'AUBIGNAC


MADAMA D'Aubignac, Delfina Vitelli, no se pareca en nada a madama
Laussat; era un tipo completamente distinto.

Madama D'Aubignac tendra entonces veintisis o veintisiete aos. Era
rubia, con un color como desteido, de ojos azules, la nariz recta, las
cejas finas, la boca pequea, de labios plidos, la expresin reservada
y un tanto teatral. Era muy elegante y esbelta; tena las manos
delgadas, de dedos largos, con las que accionaba muy bien, y tomaba
unas actitudes artsticas. Tena un nio y una nia. Delfina era nieta
de un italiano, y deca que era descendiente de Vitellozzo Vitelli, uno
de los _condottieri_ muerto por Csar Borgia en la clebre emboscada de
Sinigaglia.

Delfina tena un ingenio muy agudo y un gran sentido de observacin, lo
que no le impeda ser muy romntica.

Entonces, no; pero hoy hubiera dicho que era una mujer envenenada por
la literatura. Le hubiera gustado ser sacerdotisa como Velleda, no como
la de Tcito, sino como la de Chateaubriand, y tener un destino trgico
y triste. Excitada por la literatura y por la msica, Delfina era una
mujer descontenta, una mujer alambicada, con una gran inclinacin a las
sutilezas psicolgicas y literarias, muy aficionada a escribir largas
cartas, con anlisis espirituales.

Madama D'Aubignac tena en sus reuniones la actitud de una seora de
casa que aspira a que la gente se distraiga en su saln; hablaba de
una manera muy insinuante, y sus explicaciones eran siempre claras,
precisas, sin obscuridades, y las ayudaba con el gesto y con el ademn
de aquellas manos de dedos largos y finos.

El seor D'Aubignac era militar, hombre correcto, fro, realista y muy
arbitrario. O decir que se haba casado con Delfina principalmente por
la dote; guardaba consideraciones a su mujer, pero no le tena cario.
Galanteaba a madama Picamilh, que era una morena opulenta, de ojos
negros, que estaba muy enamorada de su marido.

El seor D'Aubignac me trataba muy amablemente.


                                                          LAS AMISTADES
                                                          DE DELFINA

A casa de Delfina solan ir con frecuencia madama Picamilh y madama
Saint-Allais, que era una viuda vaporosa, como una slfide, que haca
versos sepulcrales. Tambin iba madama Laussat, pero Delfina saba
demostrar que no consideraba a esta dama entre sus amistades ntimas.

Los hombres que acudan a las reuniones eran en su mayora militares,
aunque haba tambin paisanos, magistrados, empleados y comerciantes.
El clero frecuentaba poco la casa; algunas veces iba un cannigo, y, en
una o dos ocasiones, el obispo, que se dedic a galantear a las seoras.

Uno de los hombres que ms bulla era el doctor Iriart, hombre alto,
viejo, muy empaquetado, muy derecho, muy bien vestido, y a quien se le
tena por una eminencia. El doctor hablaba como si tuviera el secreto
de todas las cosas. A m me pareci un antiptico farsante de la tribu
de los galenos.

Otro mdico que frecuentaba la casa era el doctor Lacroix, mdico del
regimiento. El doctor Lacroix tena un tipo frailuno: era fuerte,
rechoncho, displicente, con el crneo calvo y abultado; haba vivido en
Argelia; era soltero, y tena aficin por los caballos y por los perros.

Los jvenes oficiales que acudan a casa de madama D'Aubignac estaban
cortados todos por el mismo patrn: eran fatuos, vanidosos y de aire
fro y ceremonioso.

El nico amable, al menos conmigo, era el teniente Gassion, mi
substituto cerca de madama Laussat. Gassion era alto, delgado, rubio,
con los bigotes en punta, con la cara roja y con esa insignificancia
corriente en el tipo rubio, que da la impresin de un joven de
mostrador o de un mozo de fonda. El teniente Gassion era una buena
persona, hombre amable y servicial, pero un charlatn desenfrenado.


                                                     MIS RESENTIMIENTOS

En esta tertulia, muchas veces los oficiales jvenes me trataban con
desdn o me decan alguna impertinencia. Varias veces me propuse no ir.

Al principio me senta muy cohibido y muy molesto. Me encontraba como
un mozo del campo a quien le ponen por primera vez cuello almidonado y
botas nuevas. A veces, por una frase, por una sonrisa, la ira brotaba
en m de una manera sbita.

No sospechaba yo que tuviera este fondo de violencia y de barbarie.

Me senta ms iracundo y ms irritable en Bayona que en Espaa. Yo
me explicaba a veces esto, porque en Espaa, con el odio de los dos
partidos, se dividan las actividades psquicas, y una gran cantidad de
irritacin y de clera se empleaba en detestar a los enemigos; pero en
Francia, en donde esta divisin no era posible para un espaol, pona
uno la violencia y la rabia dentro de la vida social.

Me chocaba encontrar en m mismo, de una manera tan exagerada, esta
mezcla de violencia, de brutalidad y de debilidad. Por un motivo
pequeo me senta indignado e irritado, y al cabo de un par de das
surga otro que recoga a su alrededor la misma clera y violencia.

Me haba credo cndidamente un hombre comprensible y amable, pero iba
viendo que no haba tal cosa y que estallaba por dentro a cada paso
con una irritacin y una rabia frenticas.

Algunos das en que haba poca gente me senta muy a gusto en casa de
madama D'Aubignac. Era ya a principios de otoo; se encenda fuego en
la chimenea, se charlaba, y yo me encontraba bien y, a veces, hasta
ocurrente.


                                                      LAS IDEAS DE
                                                      MADAMA D'AUBIGNAC

Delfina me invit varias veces a comer en su casa, y llegu a tener
cierta confianza, nunca mucha, porque la manera de ser de aquella
seora no lo permita, y haba que estar siempre en guardia.

Madama D'Aubignac era la pulcritud llevada al ltimo extremo: toda
su casa estaba tan cuidada, que daba pena pisar el suelo con las
botas sucias de la calle. Tenan un saln verde, con una sillera
Chippendale, de seda tambin verde; un piano Erard, la araa en el
techo, un velador, una vitrina con miniaturas y abanicos preciosos,
unas cortinas de terciopelo verde con guarniciones de hierro forjado,
un retrato al leo de una dama de su familia y varias estampas; la
llegada de una diligencia, de Bailly, grabada por Massard, y Le Bal
Par y el Concierto, dibujados por Saint-Aubin y grabados por Duclos,
que son pequeas obras maestras en el gnero.

Delfina tocaba el piano y cantaba, si no con mucha voz, con mucho
sentimiento, _El barbero de Sevilla_, _Luca de Lammermoor_, que se
estren por entonces, y algunas canciones vascas como _Iru damacho_
(las tres seoritas donostiarras de una tienda de Rentera, que saben
coser bien, pero que saben mejor beber vino). Esta cancin la haba
instrumentado el msico francs Habeneck, y lleg a hacerse popular.

Delfina era muy entusiasta de los libros de Balzac y de los dibujos de
Gavarni, que le parecan maravillosos. Estaba suscrita al peridico
_La Moda_, rbitro entonces de las opiniones y de las costumbres de la
gente elegante.

Tena tambin gran entusiasmo por Vctor Hugo, aunque el carcter
demaggico que iba tomando el poeta no le gustaba. Saba de memoria
trozos de _Hernani_, y una vez ella y un joven oficial recitaron la
escena de Hernani y Doa Sol, en que Doa Sol dice aquella frase
clebre: _Vous tes mon lion superbe et gnreux!_ Realmente, madama
D'Aubignac declamaba muy bien.

Delfina hubiera querido vivir en Pars. No senta amor por su marido,
pero era de una conducta severa. Unicamente una gran pasin la hubiera
arrancado de su pasividad. Tena por la gran pasin un amor exaltado.
Yo sospechaba que en este culto por la gran pasin haba mucho de
exasperacin, producida por la literatura romntica.

Tena tambin un entusiasmo exagerado por la belleza, por la prestancia
y por el rango, que a m me irritaba profundamente.

La verdad es que en la vida todos los caminos, cuando queremos
recorrerlos hasta el final, nos llevan a algo feo e innoble.

La admiracin por la belleza, por la fuerza, por el rango, es justa,
est bien, pero nos induce fcilmente a la adulacin y hasta a la
vileza. La compasin, la piedad, tienen mucho de sublime, pero
conducen, a poco que crezcan, al odio por el feliz y por el ecunime.

Tan difcil es tomar una posicin sentimental honesta en la vida!

Yo, cuando veo a una persona que busca deliberadamente como amigos
a los ricos, a los fuertes, a los hombres de rango, desconfo de
ella; pero cuando veo a otro que busca tambin deliberadamente a los
desgraciados, a los tristes, a los rencorosos, desconfo ms.

Slo el amor por lo intelectual tiene nobleza en su comienzo y en su
fin.

Delfina era eminentemente social. A m me chocaba que fuera tan amable
con viejos estpidos y malhumorados, que apenas si hacan caso de sus
lagoteras.

Haba uno, sobre todo, un seor Durand, rico, que a m me exasperaba.
Era un hombre gordo, rojo, apopltico, con un pelo blanco que pareca
lana, unos ojos claros y una voz con notas agudas de falsete. Era el
hombre de las observaciones mal intencionadas. Yo, en un perodo de
revolucin y teniendo poder, lo hubiera mandado fusilar slo por el
tipo.

Cuando tuve confianza con Delfina le dije:

--Me choca que haga usted caso y que prodigue usted sus amabilidades
a ese viejo estpido y antiptico, que adems no le agradece su
solicitud. Qu manera de dilapidar la amabilidad!

--Pero as hay que ser: todos tenemos defectos.

Claro que todos tenemos defectos--pensaba yo--. Hay hasta defectos que
son muy simpticos. Lo que me chocaba es que Delfina tuviera simpata,
estimacin por gentes pesadas, plmbeas, sin ninguna cualidad.

Entonces senta yo por la burguesa, por el filisteo negado y
petulante, un odio verdaderamente violento.

Me hubiera parecido una obra casi meritoria, encontrando un tipo de
estos estpidos, satisfechos y mal intencionados, como el seor Durand,
el quitarle el dinero, el arrebatarle la mujer y el seducir a su hija.

Hoy ya la ms intensa de las estupideces me deja fro.


                                                          LA IDEA SOBRE
                                                          ESPAA

Si algunas veces yo chocaba con las opiniones de Delfina llevndole
la contraria, ella me hera siempre que hablaba de Espaa y de los
espaoles. La mala opinin que tena de nosotros me irritaba, y a veces
la replicaba violentamente. Todos hablaban de Espaa con irona, como
de un pas atrasado, sucio, brbaro, que no haca nada bien. Esto me
ofenda, y pensaba en devolver el golpe que me daban. Me irritaba luego
el ver que yo, en el fondo, era ms rencoroso que ellos, porque yo
recordaba durante algn tiempo lo que me haba ofendido, y ellos, con
esa superficialidad francesa, se olvidaban en seguida de lo que haban
dicho.

Una vez que me quejaba delante de Delfina de la mala opinin que tenan
los franceses de nosotros, ella me dijo:

--A los franceses nos da Espaa una impresin de barbarie y de
tosquedad.

--S; tambin a nosotros Francia nos da una impresin de relajacin.
Para un espaol, todos los franceses son cornudos, y, naturalmente,
todas las mujeres engaan a sus maridos.

--Pero eso es una falsedad.

--Es posible; pero, por qu no ha de ser una falsedad tambin la
opinin de ustedes sobre Espaa?




                                  XII

                         LA DUQUESA Y SU ABATE


UN da, en la puerta del hotel, me encontr a un abate que me pregunt,
en castellano, dnde estaba el Consulado de las Dos Sicilias. Le dije
que no lo saba, pero que poda preguntar en el Consulado de Espaa, en
la plaza de Armas.

A la hora de comer le volv a ver al abate. Era un tipo raro, con una
cabeza dantesca. Llevaba melenas. Tena la frente ancha, arrugada,
tempestuosa; el entrecejo, fruncido; la nariz, corva, un poco roja; los
labios, finos; la boca, sardnica; las cuencas de los ojos, grandes, y
los ojos, negros e inquietos.

Tena una cara de polichinela, pero de un polichinela sombro y ttrico.

Al volver a encontrarle me salud con una profunda inclinacin de
cabeza.

Al mozo del hotel le pregunt:

--Quin es este tipo?

--Es un abate que ha venido con una seora. Se han inscrito en el hotel
as: La duquesa de Catalfano y el abate Girovanna.

Al da siguiente, el abate me volvi a hablar y me dijo que la duquesa
tena inters en conocerme. No comprend qu inters poda ser el suyo,
pero fu con el abate al cuarto de la duquesa.

Era sta una mujer de unos cuarenta aos, con la cara larga y marchita,
la nariz tambin larga, el color muy plido, los labios muy finos,
con las comisuras para abajo. Tena un aire de galgo, un tipo muy
aristocrtico; se manifestaba muy lnguida, muy amable y como sumida
en una profunda tristeza. Toda su vida estaba en los ojos, unos ojos
claros, profundos y enigmticos que miraban muy atentamente, con una
fijeza de felino.

Hablamos un instante la duquesa y yo, y al salir de su habitacin el
abate Girovanna se despidi de m con grandes demostraciones de amistad.

Volv a interrogar al mozo acerca de aquellos extraos personajes. Me
dijo que la duquesa viva alternativamente en Npoles, en Niza y en
Pars, y que el abate Girovanna haca las veces de secretario o de
mayordomo, aunque en sus relaciones con la duquesa ms pareca el amo.


                                                      UN HOMBRE EXTRAO

Al da siguiente, el abate Girovanna fu a mi oficina y estuvo
charlando largamente conmigo. Hablaba espaol muy bien, aunque en su
conversacin mezclaba palabras de italiano y de francs. Me invit
a dar una vuelta; fuimos paseando por los arcos hasta la catedral,
tomamos hacia la muralla, y por el Rempart Lachepaillet salimos a la
Puerta de Espaa.

Me habl de las torres que haba habido antiguamente en Bayona y me
indic los sitios por donde pasaba la muralla galorromana.

--Vamos a seguir un poco hacia San Pedro de Irube--dijo--. Este camino
se conoca antes con el nombre de camino de los Agotes.

Luego vi que, efectivamente, as era.

El abate me dijo que se llamaba Jenaro Girovanna y que haba nacido en
Npoles, aunque se consideraba cosmopolita. Me asombr. Era un hombre
inquieto y turbulento. Saba diez o doce idiomas. Su cabeza no rega
bien: discurra a veces con buen sentido, pero de pronto desbarraba.
Me dijo que era botnico y mdico; me habl de todos los pases del
mundo, y me cont unas cosas que me dejaron espantado.

Segn l, en los ltimos tiempos, en las cortes de Roma, de Npoles, de
Viena y de Madrid se haba envenenado mucho.

--No lo creo--le dije yo.

--No sea usted _navo_--me contest l--. Est probado. Muchos
prncipes, palaciegos y cardenales han muerto envenenados.

--Y se sigue envenenando?

--No; porque ha habido un qumico ingls, Marsh, que ha descubierto
hace un par de aos un aparato que revela los rastros del arsnico, y
el arsnico era el veneno ms usado.

El abate Girovanna me cont una porcin de casos de envenenamiento,
y slo se interrumpi a la vuelta de nuestro paseo para mirar con
curiosidad un escaparate de una tienda de ultramarinos de la calle de
Espaa, que no tena nada de curioso.

Al da siguiente, el abate volvi a mi oficina, y salimos a pasear
hacia Anglet.

El abate me interesaba cada vez ms. Yo no he conocido un hombre
ms sugestivo que aquel siniestro polichinela. Tena una ciencia de
benedictino, una memoria repleta de datos, de ideas, de conocimientos.

A esto una una versatilidad de mujer histrica y una imaginacin
de taumaturgo. Era una cabeza capaz de abarcarlo todo. La historia
la conoca al dedillo; se pona a hablar de geologa y explicaba la
formacin de los terrenos con un lujo de detalles de un especialista;
de esto pasaba a la poltica o a los idiomas, y se vea que no slo
saba de todo, sino que tena de la mayora de las cosas una idea
propia y original.

Sabiendo que yo era vasco me habl del vascuence y me explic una
porcin de particularidades del idioma que yo ignoraba.

El abate tena unas opiniones radicales. Deca que el cristianismo y
los brbaros del Norte haban perdido el mundo.

Para Girovanna todas las extravagancias de la poca tenan una gran
importancia: la frenologa, el magnetismo animal, la necromancia. Crea
tambin, o por lo menos aceptaba, la posibilidad de que existieran
elixires de larga vida y bebedizos hechos con sangre de nio. Hablando
de esto expuso la teora de que la sangre fresca, fuerte, deba
emplearse en ciertos casos en alargar la vida de los hombres superiores.

Cada vez que le vea al abate mostraba una nueva faceta. Result que
era tambin algo ventrlocuo y prestidigitador. Lo ms curioso suyo
era el rpido cambio de estado espiritual. Pasaba de la alegra a la
tristeza, y de la risa casi al llanto, sin trnsito apenas.

A m me produca una mezcla de atraccin y de horror. Algn da no
apareci; luego me dijo, ms tarde, que a veces tena dolores muy
fuertes en el pecho y en la cintura, y que para calmarlos tomaba opio.

Sus observaciones frenolgicas eran muy curiosas; de repente cambiaba
de aspecto y se notaba que experimentaba una gran curiosidad o una gran
repulsin por una persona en cuya cabeza haba visto algn signo que le
desagradaba.

--Tiene usted la sagacidad comparativa--me dijo una vez.

--Y eso, en qu se distingue?

--En esa protuberancia de en medio de la frente.

Yo, no s por qu, no crea en esto gran cosa, y se lo dije.

--Pues hay algo de verdad--replic l--. Fjese usted en los hombres
valientes, decididos, que tienen condiciones para la msica y las
matemticas. Ver usted que casi siempre tienen la cabeza ancha y las
sienes abultadas; en cambio, en los grandes poetas, en los artistas,
en los historiadores, no ver usted con frecuencia esas cabezas, sino
cabezas largas, con la frente prominente.

--Y yo qu clase de hombre soy, segn usted?

--Usted es un hombre sensual; pero hay dos cosas en usted fuertes que
corrigen su sensualidad.

--Y son?

--La intuicin y la lgica. Usted no har grandes tonteras; si las
hace ser llevado por el orgullo o por la curiosidad, impulsado por una
pasin intelectual, pero nunca por el instinto ciego.

A la semana de conocerme, el abate me di un frasquito que contena un
narctico.

--Gurdelo usted--me dijo--; a veces se encuentra uno con una persona
que estorba. Se le dan unas gotas de este licor en un vino _capitoso_,
y ya lo tiene usted fuera de combate.

Hice la prueba dndole unas gotas en un terrn de azcar al perro
del hotel, que se qued durante muchas horas dormido. En vista de la
eficacia del narctico me decid a llevar siempre el frasquito en el
chaleco, en el bolsillo del pecho, hasta que pens que estara viejo y
lo tir.


                                                        UNA PROPOSICIN

A los diez o doce das de conocerle, el abate me propuso ser secretario
de la duquesa. El empezaba a perder la memoria y a estar demasiado
nervioso. Me dara quinientos francos al mes y todos los gastos
pagados. Tendra en perspectiva una vida esplndida, viajes, gran
mundo, trato con mujeres hermosas... Como para mostrarme la generosidad
de la duquesa me mostr un sobre lleno de diamantes y esmeraldas que
ella le haba regalado.

Yo, pensando en Aviraneta, le contest que tena que consultar con mi
padre.

--Para qu? Los padres nunca saben dar buenos consejos...; pero, en
fin, haga usted lo que quiera.

Estaba indeciso; la proposicin me halagaba extraordinariamente. No
saba qu hacer, y me decid a explicar el asunto a Delfina.

Ella me dijo que le pareca una imprudencia el seguir a la duquesa y al
abate, que probablemente seran unos aventureros.

--Es muy extrao--aadi ella--que le hagan un ofrecimiento as, sin
motivo alguno, y sin conocerle. Por lo menos, entrese usted de quines
son.

El consejo era bueno y me determin a seguirle. Fu a ver al canciller
del Consulado de Espaa para que pidiera al cnsul de las Dos Sicilias
datos de la duquesa y del abate.

Al da siguiente los dos haban desaparecido.


                                                                RUMORES

Poco tiempo despus corri el rumor extrao de que la duquesa de
Catalfano era una mujer vampiro.

Se dijo que al ver a un muchacho de la fonda que se haba hecho sangre
en una mano le haba entrado una gran agitacin, brillndole los ojos
como a un ave de rapia; que tom la actitud de abalanzarse hacia l, y
que el abate le haba detenido.

Luego se aadi que la duquesa necesitaba para vivir el sorber sangre,
y que el abate le llevaba muchachos engaados.

No se pudo averiguar de dnde sali este rumor, ni de qu proceda; a
pesar de no tener la menor verosimilitud, la idea me haca temblar.

Ms o menos claramente, haba tenido la sospecha de que la titulada
duquesa era una mujer lasciva que se vala de su secretario para tener
hombres jvenes.

Luego se dijo que detrs de la duquesa y del abate vino a Bayona un
viejo de Npoles, a quien el abate le haba llevado un hijo que no se
saba dnde estaba. Tampoco pude comprobar esto. Lo que s result
verdad fu que, en Niza, el abate se haca llamar Lazaretti, y ella, la
princesa de Campo Chiaro.

Tambin averiguamos que, a una seora vieja del hotel, el abate haba
prometido regenerarla y convertirla en un jovencito la primera luna
del ao siguiente. La seora estaba desconsolada porque el abate se
haba marchado, dejndola preocupada, y pensando, sin duda, en la
transformacin que iba a haber en sus instintos para que le empezaran
a gustar las mujeres ms que los hombres. Con este motivo se habl de
Cagliostro, del conde de San Germn, de los elixires, de los vampiros y
de los brucolacos.

Yo no cre gran cosa que Girovanna fuera un bandido. Ms bien pensaba
que era un hombre fantstico y raro y amigo de asombrar con sus
conocimientos y sus ideas; pero aun as me produca cierto espanto.

Delfina se ri mucho comentando los peligros a que me hubiera expuesto
si llego a aceptar la plaza de secretario de la Catalfano.

--Lo que me choca es que creyera usted que le iban a hacer un
ofrecimiento tan esplndido por nada. Algo le tenan que pedir.

--S; es verdad.

--En parte es usted muy modesto, y, en parte, muy orgulloso.

A veces, en sueos, recordaba a la duquesa y al abate con sus ojos
hundidos y su aire de polichinela, y muchas veces imagin que entre los
dos me metan en una campana de cristal y me dejaban exange y blanco
como un papel.




                                 XIII

                           LA ARBITRARIEDAD


IBA intimando ms con madama D'Aubignac y asistiendo con frecuencia a
su casa.

Delfina encontraba que mi manera de hablar francs era dura y
recortada, y me recomend que aprendiera de memoria trozos de Corneille
y de Racine, como el sueo de Atalia, el furor de Hermiona, las
imprecaciones de Camila, cosas que me aburran lo indecible. Tambin
me recomend que leyera en voz alta los _Mrtires_, de Chateaubriand.
Tampoco poda con ellos; todos los personajes del ilustre vizconde
me parecan de cartn, figuras sin relieve ni calor humano, como las
estampas que reproducan cuadros de Ingres y de David, que tanto
gustaban a Delfina.

Para convencerme con el ejemplo, madama D'Aubignac me ley una
vez aquel trozo de los _Mrtires_: Pharamond! Pharamond, nous
avons combattu avec l'pe! Ella pronunciaba esto de una manera
perfiladsima; a m me pareca todo ello amaneramiento y afectacin. Si
no de una manera clara, con algn circunloquio se lo dije.


                                                         LA AFECTACIN
                                                         Y LA TRADICIN

Para Delfina el reproche de afectacin no constitua un defecto.
Ella crea que la afectacin amanerada era la verdadera forma de la
civilizacin; supona que la prdida de las costumbres, y de las modas
de la antigua sociedad francesa, con sus peinados y sus pelucas, sus
moscas, y sus tacones rojos, y el colorete, era lastimoso. A m todo
esto me sorprenda y me indignaba. Ahora no me hubiera indignado;
comprendo que la sociedad que pretenda ser elegante tiene que ser
amanerada, jerrquica y tradicionalista. Las cosas no se improvisan tan
fcilmente como quieren creer los revolucionarios.

Durante mucho tiempo yo he tenido el desdn y la antipata por la
tradicin en la poltica, y sobre todo en la literatura, y he llegado
hasta leer con gusto los libros de Tolstoy, Dostoievski e Ibsen, con
su psicologa del hombre solo y desnudo de viejas frmulas; pero ahora
voy volviendo al redil y prefiero la psicologa del hombre vestido,
acompaado y con tradiciones.

Del amor por la literatura obscura y catica, aunque llena de
sugestin, he pasado, por grados sucesivos, al gusto, para m
aviranetiano, por la claridad y la sequedad.

Es la influencia de la vejez y del retorno a lo antiguo.

Actualmente, este gusto no es un gusto a la moda, porque el pblico
de hoy desea la solemnidad y que el poeta, el msico, el cantor y el
bailarn tomen aires de sacerdotes; pero, en fin, no me preocupa gran
cosa estar a la moda.


                                                          INCOMPRENSIN

Delfina era muy partidaria de la aristocracia; yo me senta entonces
rabiosamente demagogo. Hoy tampoco lo soy. No se puede creer que un
hombre, por el hecho de pertenecer a una familia aristocrtica, sea
slo por eso noble y distinguido; ni al revs: que un hombre, porque
su familia haya sido obscura, sea un bruto; pero que en el rgimen de
vida actual hay mucho en el individuo que se pega de la familia, es
indudable.

Delfina me pregunt por los Leguas, y cuando le dije que tenan su
escudo, le pareci bien.

La verdad es que hay una incomprensin completa entre las personas de
los distintos pases.

Delfina aceptaba nicamente su punto de vista francs; ms, era un
defecto; menos, tambin.

Crea, como un dogma, que el idioma francs era bonito, y el alemn y
el ingls, feos. Yo le deca:

--Para m un idioma es bonito si se entiende. Si no se en en tiende y
no se ha odo, todos los idiomas parecen absurdos. La prueba est en
los chicos. Un chico oye hablar a un extranjero y se burla de l; le
parece ridculo.

Delfina no aceptaba mis puntos de vista generales. Hablbamos, por
ejemplo, de las mujeres espaolas, y las reprochaba que andaban con
pasos menudos y con mucho melindre.

--S--deca yo--; las espaolas son ms pequeas de estatura que las
francesas; tienen que dar los pasos ms cortos si le gusta a usted que
una mujer tenga el paso largo, le gustar la manera de andar de una
inglesa.

--Ah, no! La inglesa anda como un granadero.

En todo, Delfina, era lo mismo. Ella tena que dar la norma: estaba en
el fiel de la balanza.


                                                            DESCONTENTO

Iba estando nervioso y poco satisfecho en Bayona. Pasaba el tiempo y
no haca nada; los planes de Aviraneta no tenan el menor xito; la
casa de comisin no marchaba bien, cosa natural, porque no ofreca
condiciones de vida. En el primer negocio que quise intervenir tropec
con la mala voluntad del cnsul Gamboa; llegamos a reir, y yo le dije
algunas cosas duras.

Hubiera vuelto a Espaa con mucho gusto, pero adnde? El ir de
dependiente de comercio me pareca horrible; volver a mi casa de Vera,
estando mi padrastro, no lo hubiera podido soportar.

Hice un viaje a San Juan de Luz, a visitar a la madre de Corito, y esta
seora me acogi muy framente. A m me fu tambin bastante antiptica
mi futura suegra; me pareci muy orgullosa y muy entonada.

Volv a Bayona pensando que la suerte me volva la espalda. Estaba
desesperado, desilusionado. No tena tampoco un amigo a quien contar
mis penas.

Mucho de mi malhumor se convirti en autocrtica.

--Qu bruto soy--pensaba muchas veces--. Qu farsantera hay dentro de
m! Me emborracho de petulancia y de deseo de ser interesante!

Entre los dems y yo mismo me haban laminado. Aviraneta, doa Paca
Falcn, madama Laussat, Delfina, la madre de Corito, me haban alargado
y estrechado y puesto en el lecho de Procusto. Iba perdiendo toda
espontaneidad y toda alegra.

Hablando de esto, Delfina me deca:

--Se va usted haciendo hombre, y antes era usted un nio.

La verdad, no agradeca el cambio.




                             SEGUNDA PARTE

                               DANDYSMO


                                                         EN LA FRONTERA
                                                         DEL TIROL

COMO el enfermo que cambia de postura, me he trasladado a otro pueblo
del mismo valle de los Grisones.

Es un pueblo en un alto, desde el cual se divisa un gran panorama de
montes de Suiza y del Tirol. He ido al nico hotel de la aldea, que
tiene una esplndida terraza.

Estamos ahora en el momento ms caliente del verano; el sol brilla de
una manera implacable y el cielo se muestra uniformemente azul.

A la cada de la tarde salgo a pasear. El ro murmura en el fondo del
valle; se oye en los montes, entre los rboles, el cencerro de las
vacas y el sonido romntico del cuerno de los pastores.

Por el camino no pasa casi nunca nadie; a veces me cruzo con algn
hombre barbudo en un carro y, con frecuencia tambin, con un
deshollinador vestido de negro, con un sombrero de copa encasquetado en
la cabeza y una escalera en la espalda, que marcha montado en bicicleta.

Como el campo est seco, me siento sobre la hierba y contemplo estos
prados con las anmonas y pulsatilas florecidas, de colores variados;
los vilanos del diente de len y de las escabiosas, que se deshacen
con el viento; los tomillos, las saxfragas, las siemprevivas y las
pequeas flores azules de los myosotis.

Cuando el sol se retira se siente en seguida fro, y vuelvo a mi cuarto
del hotel.

No tengo nada que hacer, no tengo nada actual en qu pensar, y me
dedico a seguir mis MEMORIAS.




                                   I

                            UNA IMPRUDENCIA


EN el invierno de 1837, estando en Bayona, tuve como negociante una
gran sorpresa y un acontecimiento inesperado en mi vida. La sorpresa
fu el entrar en relacin directa con las casas de Collado y Lasala,
de San Sebastin, y empezar a hacer negocios con las compras para el
ejrcito cristino.

La Casa de Comisin de Etchegaray y Legua, puesta sin ms objeto que
el de servir de pantalla para las intrigas de Aviraneta, comenz a
marchar de pronto viento en popa.

Gamboa me llam, y fu l quien me relacion estrechamente con Lasala y
Collado. Poco despus me entend con algunos vinateros espaoles para
entrar vino de Navarra y de la Rioja en Francia.

Gamboa quiso avasallarme, y en los negocios en que entr con l tom la
parte del len.

Gamboa era el tipo del hombre honrado que se aprovecha de todo lo
que es legal. De ah no pasaba su moralidad. A pesar de creerse el
prototipo de la justicia y de la honradez, se beneficiaba de su cargo
y de sus relaciones para enriquecerse. A m me puso la proa mientras
crey que no tena gran formalidad ni resistencia comercial; cuando vi
que segua firme, se hizo amigo y aliado mo.

Esta prudencia, que en la burguesa pasa por sesudez y por buen juicio,
es una cualidad de los miserables y de las gentes de espritu bajo e
innoble.

Yo no le tuve nunca simpata a aquel hombre, y al globo inflado de su
vanidad le hubiera dado con gusto un alfilerazo si hubiese podido.

Entre las comisiones de Gamboa y las de los vinateros comenc a tener
mucho trabajo, y me vi en la necesidad de tomar un dependiente en mi
oficina, y al cabo de poco tiempo, dos.


                                                          GOMES SALCEDO

Colaboraba conmigo un judo, Gomes Salcedo, hombre ms listo que el
hambre. Claro que esta listeza en un judo no es cosa rara, y menos
siendo de la familia de Lev, como Gomes Salcedo, porque los Lev
descienden del rey David, o del rey Salomn, o de no s qu otro
ilustre granuja bblico. Gomes Salcedo, con su aire de cabra triste,
era un guila. Se haba arruinado dos o tres veces, y hecho rico otras
tantas. Afortunadamente para m, sus intereses y los mos no eran
contrarios; si no, yo hubiese andado muy mal.

Gomes Salcedo arrancaba el dinero a Lasala y a Collado con una energa
terrible, y se impona al cnsul Gamboa, que era el representante y el
asociado de los dos comerciantes de San Sebastin, luego ingresados en
la aristocracia espaola. No se poda saber de todos estos negociantes
quin era el ms judo.

Gomes Salcedo tena como ayudante para los negocios sucios a un tal
Cazalet, bohemio, que se pasaba la vida en los cafs, jugando al
billar, fumando y bebiendo.

Cazalet haba hecho de todo: el espionaje, el _chantage_, la compra de
correspondencias secretas entre carlistas y liberales, etc., etc. Si no
haba envenenado a nadie, lo confesaba l mismo, era porque no tena
valor y le tema al Cdigo y a los gendarmes.

Cazalet era un hombre listo, inteligente, con un conocimiento
instintivo de los hombres, pero su ciencia del mundo no poda
utilizarla, desacreditado como estaba y hundido en todos los vicios.

Cazalet, con sus melenas, y su pipa, y su corbata flotante, vena
con frecuencia a mi oficina y contaba una porcin de historias, a
cual ms escandalosas, de los unos y de los otros, con su habitual
cinismo. Oyendo a aquel bohemio se vea la parte baja de negocios
y de chanchullos que haba en el comercio de Bayona y en la guerra
de Espaa, a pesar de que carlistas y liberales se batan por puro
fanatismo.


                                                                TORPEZA

El acontecimiento inesperado de que hablo al principio comenz por unas
palabras mas imprudentes.

Haba ido una noche a la tertulia de la librera de Mocochain, donde
estaban los contertulios de siempre y un seor viejo a quien no conoca.

En medio de la conversacin, de pronto, me pregunt Miano:

--Usted conoce al comandante D'Aubignac?

--S.

--Qu clase de hombre es?

--Es un hombre de poco talento y un tremendo reaccionario.

--A m me lo haban pintado como hombre inteligente y liberal--dijo el
viejo desconocido.

--No. Ca!--repliqu yo--; el otro da estuvo hablando mal del general
Harispe y lamentndose de que el Gobierno de Luis Felipe haya puesto al
mando de la divisin de Bayona a un republicano.

--As que usted cree que D'Aubignac es realista?

--Lo es, sin duda alguna.

--Y qu dice del subprefecto?

--Dice, como todos, que es un tonto presuntuoso.

--Y de Delfina, qu opina usted?--me pregunt el viejo.

--Es una mujer muy sabia, muy perfilada, muy compuesta.

--A usted no le entusiasma?

--No; estas mujeres tan bachilleras no me encantan.

--Y se le conoce algn amante?

--No; yo creo que no le quiere gran cosa a su marido; pero su virtud
consiste en que no tiene, por ahora, nadie que le guste de verdad.

Charlamos de otra cosa, y al salir yo de la librera pens que haba
hecho una torpeza al hablar de Delfina y de su marido como haba
hablado, y ms a una persona desconocida.

La primera vez que fu a casa de madama D'Aubignac tuve un momento la
sospecha de que alguien habra contado lo dicho por m en la librera;
pero se me pas este susto.

Quince das despus estaba de visita en casa de Delfina, hablando
delante de la chimenea, cuando ella repiti mis palabras de la
librera. Al principio no supe qu replicar, tan turbado me hallaba;
luego, levantndome nervioso, la dije:

--Aunque esto no sea la verdad estricta, sino adornada, no creo que
tenga ms valor que una estpida indiscrecin ma y una indiscrecin,
an mayor, del que ha venido a usted con el cuento.

--Ha podido usted perjudicar a mi marido.

--Lo reconozco, lo comprendo. He obrado neciamente, ya lo s, y para
castigarme como merezco, no volver ms a su casa.

El pedir perdn no vena a cuento; as que me march al hotel
consternado, pensando unas veces no ir ya a ninguna parte y otras
proponindome no hablar de nada.




                                  II

                                DESAFIO


HUBIERA deseado que la cosa no tuviera ms derivaciones, pero las tuvo.

Unos das despus, al pasar por delante del caf de la plaza del teatro
para ir al Consulado de Espaa, me llam el teniente Gassion, que
estaba con otros dos oficiales.

--Adis, seor Legua!--me dijo--. Sintese usted; no vaya usted tan
deprisa. Ayer le echamos a usted de menos en casa de madama D'Aubignac.

--Son ustedes muy amables. Ando estos das un poco atareado.

--Sintese usted y tome algo. Pues, s; madama D'Aubignac me pregunt
varias veces por usted; si no le habamos visto, etctera. Le tiene a
usted mucho afecto.

--S; es una seora muy buena.

El teniente Gassion sigui hablando de Delfina de una manera tan
indiscreta, que me puso frentico.

--Gassion--le dijo uno de los oficiales--, est usted molestando a su
amigo, que tiene que emplear toda su diplomacia con usted.

--Yo, por qu?

--Como se dice que es usted un buen amigo de madama D'Aubignac.

--Bah! Se dicen tantas tonteras!--exclam con acritud.

--De todas maneras, aunque sea usted su amante, no ser usted el
primero.

--Yo no soy su amante. La seora D'Aubignac es una seora amiga ma, y
nada ms.

--Sigue la diplomacia--salt insolentemente el oficial--. Yo supongo
que madama D'Aubignac, a quien no tengo el honor de conocer, se ir con
el que le haga algunos regalitos.

--Usted la conoce?

--No.

--Entonces por qu habla usted as de ella? Me parece estpido el
denigrar a una mujer a quien no se conoce, por que s.

El me replic de una manera desdeosa y altiva, asegurando que mi
opinin sobre l le tena sin cuidado; yo insist afirmando con
violencia que lo que deca era una estupidez y una indignidad. Nos
insultamos, y l me provoc a un duelo. Le dije al teniente Gassion que
arreglara el asunto de manera que no se supiera la causa.

--Bueno; ya lo arreglar. La verdad es que l tiene la culpa de todo;
pero usted tambin le ha contestado de una manera tan desdeosa y tan
agria! Es usted un buen tirador de armas?

--Yo, no. No he cogido un arma en mi vida.

--Qu locura! Entonces le va a herir como quiera. Yo se lo pienso
advertir: si le hiere a usted gravemente, lo mato.

Esto no era un gran consuelo para m. El oficial que se iba a batir
conmigo se llamaba Martn, y, al parecer, su antipata por madama
D'Aubignac provena de no haber sido invitado por ella a ir a su casa.


                                                                 HERIDO

Convinieron los testigos el duelo a primera sangre y a espada.

Fuimos con nuestros padrinos y dos mdicos, uno de ellos, el doctor
Lacroix, a una finca del camino de Biarritz. Mis dos testigos eran el
teniente Gassion y un joven ingls, Stratford Grain, a quien conoca de
casa de doa Paca Falcn. Todo se hizo con una gravedad y una ceremonia
solemnes. Se escogi el terreno, se midieron las espadas, con un
cambio de cortesas y de sonrisas. Yo crea que estaba leyendo algn
prrafo de Chateaubriand. Pharamond! Pharamond, nous avons combattu
avec l'pe! Tambin pensaba que estbamos en la batalla de Fontenay,
cuando ingleses y franceses se invitaban a tirar los primeros. Nos
quitamos las levitas mi enemigo y yo, y nos pusieron a los dos
adversarios tan lejos, que a m me pareci imposible que nos pudiramos
herir.

--Allez, messieurs!--dijo el director de la escena. En el primer asalto
mi contrincante me hizo un rasguo en el antebrazo derecho que me
doli. Mis testigos dijeron que bastaba; pero yo protest. El pinchazo
me produjo tal clera, que ard en deseos de venganza. Los testigos
debatieron el asunto y decidieron que poda seguir la lucha.

--Laissez aller!--dijo el juez de campo.

Yo avanc dispuesto a herir a mi adversario de cualquier manera,
creyendo que esto era cosa fcil, y entonces l me di una estocada
en el hombro. Quise seguir adelante, cegado por la clera, pero los
testigos nos metieron los bastones entre nuestras espadas y se di por
terminado el acto. Hubo nuevo cambio de ceremonias y de sonrisas, y mi
adversario y sus testigos desaparecieron.

--Ha quedado usted muy bien. Ha hecho usted retroceder varias veces al
contrario--me dijo Gassion.

--S; pero l, mientrastanto, me ha pinchado.

Volvimos en coche a Bayona y tuve que estar ms de una semana en la
cama. El doctor Lacroix me cuid. Este hombre, al parecer brusco, en la
intimidad era un buen hombre y hasta un sentimental, y me atendi con
afecto.

Mis dos testigos, Gassion y Stratford, vinieron todos los das a verme.
Estuvieron tambin Tartas, el profesor Teinturier y el abate D'Arzacq.
Delfina me escribi una carta muy cariosa y muy amable. Stratford la
visit y me trajo noticias de ella.

--Se ha dicho algo en el pueblo del desafo?--les pregunt a mis
amigos.

--S--me contest Stratford--; se habla mucho de usted.

--Se aade--repuso Gassion--que quiere usted traer aqu las costumbres
brutales de Espaa.

--Ven ustedes--salt yo--. Es la eterna injusticia. Decirme eso a m,
que no me he batido nunca hasta ahora!

--Eso, qu importa. El caso es que usted est a la moda--replic
Gassion.

Cuando me cur fu a ver a Delfina, que me recibi muy cariosamente.
Me llam muchas veces su querido amigo, y me pregunt con inters cmo
iba. Luego dijo:

--Qu estpida bestia ese hombre que insulta a una mujer, por que s!

Delfina encontr que la insolencia y la ordinariez del oficial que se
haba batido conmigo proceda de su cuna. Era hijo de un tabernero.

Mientras hablaba con Delfina lleg mi amigo Stratford; charlamos largo
rato delante de la chimenea, al lado del fuego; poco despus vino el
comandante D'Aubignac, y, ya de noche, nos fuimos a casa.

Me pareci notar que la insensibilidad de Delfina se conmova un poco
en presencia de Stratford, y se lo dije a ste.

--Usted cree...?--me pregunt el ingls con indiferencia--. Yo, al
menos, no lo he notado.


                                                             EN LA SALA
                                                             DE ESGRIMA

Despus de este desafo, del que haba salido bastante bien librado,
decid aprender la esgrima, hacer gimnasia y practicar otros ejercicios
de lucha, como el boxeo, etc.

Stratford era muy enemigo de tales deportes; deca que estos ejercicios
no producan mas que una gran brutalidad y una gran petulancia. Segn
l, Inglaterra llegara a ser un pas completamente estpido a fuerza
del abuso de los deportes.

A pesar de su opinin, como yo pensaba seguir una vida de lucha, fu
a la sala de armas que regentaba un militar retirado, el profesor
Bratiano, que haba estado en Argelia, en la Legin extranjera.

Segn el maestro, yo tena serenidad, buena vista, brazos y piernas
fuertes, pero me faltaba la prontitud en el ataque.

--Con un hombre nervioso, al principio podr usted verse en peligro,
pero si logra usted sujetar un poco al adversario, al ltimo lo
dominar usted.

Adems de la esgrima y del boxeo aprend a montar a caballo.




                                  III

                            STRATFORD GRAIN


JORGE Stratford Grain, el joven ingls que me haba servido de testigo
en el desafo, era un muchacho elegante, moreno, de cara larga y tipo
aristocrtico. La cara de Stratford era de esas caras que se contemplan
a gusto; daba la impresin de una fisonoma serena y amable.

Jorge saba mucho, tena una gran cultura; haba pasado tres o cuatro
aos enfermo del pie, sin poder andar mas que con muletas, y durante
este tiempo se dedic a leer. Su madre viva en una casa magnfica, en
Cambo.

La madre de Stratford era una seora alta, con un aire de reina, de
unos cuarenta a cuarenta y cinco aos, con una amabilidad un tanto
imperiosa.

A la madre, como al hijo, los haba conocido en casa de doa Paca
Falcn; despus, a Jorge le trat con motivo de mi desafo, y llegamos
a intimar.

Tena Stratford un hermano y una hermana mayores en Inglaterra, por
los que senta gran afecto. Me habl de que su hermano haba hecho la
expedicin de Vera, en 1830, con Mina y con Fermn Legua.

Tuvimos grandes charlas, sobre todo mientras yo estuve en la cama con
la herida. Hablamos mucho de poltica y de literatura. El desenfreno en
el elemento pattico, cosa tpica en nuestra poca, era para l algo
que le produca repugnancia. Stratford se senta antirromntico.

--Toda esta literatura romntica de hoy--me dijo un da--es slo
confusin y aparato y afectacin; quiere ser muchas cosas al mismo
tiempo y, a veces, no es nada. Bien est ser elstico y poder saltar,
pero no se saltar nunca por encima de la propia sombra.

Yo no estaba completamente conforme con l. Es cierto que en la
literatura romntica del siglo XIX hay mucha cosa pesada, exagerada y
ridcula, pero, aun as, es la nica que todava conmueve al hombre
moderno.

Como siempre sucede, en el seno mismo de una tendencia aparece ya
un impulso contrario y Stratford se haba saciado en su juventud de
romanticismo e iba teniendo una inclinacin opuesta a l.

--Quin haba de pensar--me deca una vez--que la _Nueva Elosa_,
_Pablo y Virginia_, _Atala y el Genio del Cristianismo_ y los _Poemas_
de Lord Byron estaran ya tan olvidados? Es la vida, la naturalidad, lo
que perdura. El _Asno de Oro_, de Apuleyo; el _Satiricn_, de Petronio,
o el _Lazarillo de Tormes_, aunque no son mas que juguetes, vivirn ms
que todas esas obras aparatosas de literatura recalentada.

Cierto--pensaba yo--; hay una clase de romanticismo que muere, pero hay
otro que vive, como el de Goethe, Dickens, el de Balzac, el de Carlyle,
y que vivirn siempre.

Varias veces supuse que Stratford escriba; pero por ms insinuaciones
que le hice respecto a esto, no me dijo nada. En algunas cosas era de
una extrema reserva.

Stratford tena un vivo deseo de ir a Londres y de escuchar a los
grandes parlamentarios ingleses. Sobre todo, Disraeli le produca una
gran curiosidad.

Su madre no quera dejarle marchar hasta que no estuviera completamente
fuerte; pues le consideraba todava como un nio, y como un nio dbil.

Estuve una vez con Stratford en su casa de Cambo, y tanto l como su
madre me convencieron de que deba estudiar el ingls.

Haba en Bayona una seorita vieja, miss Rose, a quien los Stratford
conocan por miss Rose, la flaca, porque, sin duda, haba habido otra
del mismo apellido a quien llamaban miss Rose, la gorda. Fu a casa de
miss Rose, la flaca, y comenc con ella a dar lecciones de ingls.




                                  IV

                    LAS CARTAS DE LORD CHESTERFIELD


MI profesora de ingls me di, como libro para traducir, las cartas de
lord Chesterfield a su hijo: _Lord Chesterfield's Letters_.

Me pareci que este libro deba ser muy aburrido, lleno de lugares
comunes, y no tuve ninguna gana de avanzar en su lectura.

Luego encontr la biografa del lord, y me indujo a seguir leyendo sus
cartas el ver que un autor ingls, Johnson, deca de Chesterfield: Su
seora ensea a su hijo la moral de una cortesana y las maneras de un
profesor de baile.

He aqu lo que a m me conviene--me dije a m mismo--: un poco de moral
de cortesana y otro poco de maneras de maestro de baile. Esto me dar
el barniz necesario para lucirme en sociedad.

Encontr luego en el gabinete de lectura las cartas del lord traducidas
al francs, y las le rpidamente.

He aqu los hallazgos que hice:

La sociedad es un pas--dice el lord a su hijo--que nadie ha conocido
por medio de descripciones; cada uno de nosotros debe conocerlo en
persona para ser iniciado.

Los pensamientos del lord pedagogo no llegan a la sublimidad, pero
indudablemente son de buen sentido y mucha discrecin. Ambas cosas yo
las necesitaba.

No hay en el mundo--dice en otro lado nuestro autor--seal ms segura
de un espritu pobre y pequeo que la inatencin. Todo lo que vale la
pena de ser hecho merece y exige ser bien hecho, y nada puede ser bien
hecho sin atencin.

En otra parte dice nuestro lord: Un joven debe ser ambicioso, y
brillar, y excederse.

Es lo que haba pensado yo tambin siempre; en contra de la moral
familiar, de la modestia y de la humildad.


                                                           LA MORAL DE
                                                           LA CORTESANA

La idea de considerar el placer como complemento de la educacin me
produjo cierta sorpresa. Es una idea del siglo XVIII que desapareci,
sin duda alguna, con las predicaciones en favor de la austeridad de
la Revolucin Francesa: El placer--indica el lord a su hijo--es hoy
la ltima rama de vuestra educacin: l endulzar y pulir vuestras
maneras, os impulsar a buscar y a adquirir la gracia.

Aqu estaba uno dentro de la moral de la cortesana.

Las cenas, los bailes, son ahora vuestras escuelas y vuestras
universidades... No hagis sacrificios mas que a las Gracias.
Sacrificad en su honor hecatombes de libros.

Las mujeres son las refinadoras del oro masculino; ellas no aaden, es
verdad, pero dan el resplandor y la brillantez.

Cuando el noble lord se siente maestro de baile le dice a su hijo:
Antetodo, tened maneras.

Adems de la moral de la cortesana y de la esttica del maestro de
baile, hay en el autor ingls los consejos de un diplomtico y de un
hombre de mundo, tipo quiz intermedio entre la cortesana y el maestro
de baile.

He aqu unas mximas suyas reunidas: Leed mejor diez hombres que veinte
libros antiguos. Hay que conocer y amar lo bueno y lo mejor, pero no
hacerse el campen de lo bueno contra todos. Es preciso saber tolerar
las debilidades de los dems, dejarles disfrutar tranquilamente de sus
errores en el gusto como en la religin.


                                                           LOS NEGOCIOS
                                                           DIPLOMTICOS

Ahora una pauta para dirigir una cuestin diplomtica.

  Un asunto--dice nuestro aristcrata pedagogo--est a medias
  resuelto cuando se ha ganado la simpata y las afecciones de
  aquellos con quienes hay que tratar. El buen aspecto, una
  presentacin fcil, deben comenzar la obra; las buenas maneras
  y mil atenciones deben llevarla al fin... suaviter in modo,
  fortiter in re... Despus del conocimiento de los tratados,
  y de la historia, y de los talentos necesarios para las
  negociaciones, viene el arte de agradar, de ganar el corazn y
  la confianza, no slo de aquellos con quien se colabora, sino
  tambin de aquellos con quienes hay que luchar. Es necesario
  esconder vuestros pensamientos y vuestros planes y descubrir
  los de los dems; ganar la confianza por una franqueza aparente
  y un aire abierto y sereno, sin ir ms lejos; atraerse el
  favor personal del rey, del prncipe, de los ministros o de la
  favorita que mande como duea en la corte adonde hayis sido
  enviado; dominar vuestro carcter y vuestros gustos de tal
  manera, que la clera no os haga decir o que vuestra fisonoma
  no traicione lo que debe mantenerse en secreto; familiarizaos,
  vivid en relacin con las mejores casas del lugar donde os
  encontris, de suerte que seis recibido ms bien como amigo que
  como extranjero... De la misma manera que hacis una amistad,
  que os ponis en guardia contra un adversario o que subyugis
  una querida, haris un tratado ventajoso, desconcertando a los
  que os hacen la guerra, y ganaris el favor de la corte adonde
  hayis sido enviado. Vuestros planes harn de vos un negociador
  consumado. Agradad a todos aquellos que valgan la pena de ser
  conquistados; no ofendis a nadie; guardad vuestro secreto e
  intentad arrancar el de los dems. Desconcertad los proyectos
  de vuestros rivales con diligencia y destreza, pero al mismo
  tiempo con las mayores consideraciones personales. Sed firme,
  sin exaltacin. Los seores d'Avaux y Servien, nuestros hbiles
  negociadores en el tratado de Westfalia, no han hecho ms. Los
  mejores negociadores han sido siempre los hombres ms pulidos,
  los ms bien educados, aquellos a quienes las mujeres llaman
  _des hommes charmants_. Yo sostengo que un ministro en el
  extranjero no puede ser un buen poltico, un poltico consumado,
  si no es al mismo tiempo un hombre de placer. Por amor de Dios,
  no perdis nunca de vista estos puntos importantes: las gracias,
  las gracias personales... De diez individuos hay nueve que
  consideran la cortesa como sinnima de bondad y que toman las
  atenciones por servicios. El que se preocupa de tener siempre
  razn en las cosas pequeas puede permitirse padecer errores en
  las grandes; se estar inclinado a excusarle.


                                                   DIVAGACIN SOBRE LOS
                                                   HOMMES CHARMANTS

Esta teora de la vieja diplomacia de lord Chesterfield me caus mucho
efecto. En nuestro tiempo hubiera hecho rer a carcajadas al seor de
Bismarck.

Llevado por la teora del aristcrata pedagogo, me dediqu a aprender a
hacer reverencias mirndome al espejo, echando el pie para atrs, y a
sonrer amablemente. Crea en eso de los hombres encantadores.

Hoy tengo poco entusiasmo por los _hommes charmants_. Todava un joven
de elegancia afectada, est bien; pero un hombre cincuentn, sonriendo
con coquetera y haciendo muecas de cortesana, es algo verdaderamente
desagradable. Las canas, que ya de por s son repugnantes, a pesar
de los eptetos de respetables, venerables y dems, se hacen an ms
repulsivas cuando estn repeinadas y aliadas.

La teora de Chesterfield es falsa. Pensar que el hombre cuando
ha aprendido a fuerza de miserias y de vilezas--quin no las ha
cometido?--a ser falso constantemente, es cuando es encantador, es una
idea absurda.

Entre esas gentes que tropezamos en las calles, en las oficinas y en
los teatros, hay muchos inteligentes y llenos de astucia que saben
saludar con una sonrisa amable, llevar una raya impecable en la cabeza
y en el pantaln y que tienen esas gracias preconizadas por lord
Chesterfield, y, sin embargo, no los queremos, no los ayudamos y los
dejaremos arruinarse en la Bolsa o morirse en un rincn con perfecta
serenidad; y, en cambio, seremos capaces de ayudar a un nio, de
tenderle la mano y de salvarlo, a pesar de que tenga en germen todas
las malas pasiones del hombre, slo porque el nio si es malo, egosta,
envidioso, lo es de una manera ingenua, sin astucia, sin premeditacin
y sin comiquera; y esto le basta para hacerle amable y simptico.

Esta idea de los _hommes charmants_ del lord pedagogo es una idea de
solterona inglesa y ridcula que no tiene ningn valor.


                                                       NUEVA DIVAGACIN
                                                       SOBRE LA TEORA
                                                       Y LA PRCTICA

La verdad es que, por ms que intent llevar a la prctica los
principios de lord Chesterfield, no consegu gran cosa.

Nadie obra exclusivamente por principios, sino impulsado por el
instinto; pocos al ejecutar razonan previamente; ms bien improvisan.
Adems, entre la teora y la prctica, hay un abismo. Quin no lo sabe?

Nunca he comprendido la exactitud de esta vulgaridad como en el hotel
de un pueblo alemn donde estuve hace das. En ese pueblo conoc a un
doctor, hombre sabio e inteligente, a juzgar por su conversacin.

Era un seor grueso, rechoncho, con grandes bigotes y barbas grises,
armado de unos anteojos dobles, al travs de los cuales se vean sus
ojos azules.

El doctor coma con avidez, pero distrado. A veces me preguntaba
despus de comer algo:

--Estaba bueno esto?

--No lo ha comido usted?

--S; pero yo no me fijo.

Este seor cantaba la Naturaleza con un lirismo germnico oh, Natura,
qu bella eres!; pero, luego, hablaba a continuacin de los miasmas, de
los microbios, de los mil peligros que hay en el ambiente. El aire, el
agua, las plantas, las flores, todo se hallaba infestado, segn este
entusiasta de la Naturaleza.

Estaba yo hace unos das sentado en el _hall_ del hotel, que tena una
gran ventana a la calle, cuando entr el doctor. Se acerc a m, se
sent en una butaca de mimbre, y me dijo de pronto en francs:

--Aj! Aqu hay moscas.

--S.

--Qu porquera!

--S; es un poco desagradable, pero qu se va a hacer?

--La mosca es uno de los animales ms perjudiciales del mundo.

El doctor habl de la mosca domstica, de la Stomoxys, de la Anthomya,
de la Sarcophaga, de la Piophila...

--Aj!--exclam luego--. La mosca es el vehculo de innumerables
enfermedades (cit quince o veinte). Sobre todo, esas verdes (dijo el
nombre cientfico) son malsimas. A m me repugnan.

Despus de decir esto, el doctor se levant, se acerc al ventanal, y
con el pulgar y el ndice aplast siete u ocho moscas, y luego se pas
los dedos sonriendo por los bigotes, con gran tranquilidad.

Yo le miraba en el colmo del asombro y de la estupefaccin, y l segua
sonriendo, sin comprender qu salto mortal haba dado, sin notarlo,
entre la teora y la prctica.




                                   V

                     VARIEDADES SOBRE EL DANDYSMO


MUCHAS veces vena Stratford a Bayona y pasaba el da conmigo, e bamos
a visitar a Delfina. Esta me preguntaba mucho por l.

--Qu hace el Bello Tenebroso?--me dijo una vez--. Lo ha visto usted
de nuevo?

--A Stratford no se le puede llamar tenebroso--le contest yo--; no
tiene nada de byroniano.

Delfina quera averiguar qu vida haca el joven ingls, cules eran
sus ideas y sus costumbres.

Stratford poda pasar por un _dandy_, pero su dandysmo, no tena nada
de donjuanesco.

No senta Stratford el menor entusiasmo por el tipo de Don Juan ni
por la extravagancia. Su idea consista en que haba que vivir de una
manera limpia y razonable. Su filosofa acababa en un estoicismo con
cierto aire de fatuidad.

Este dandysmo espiritual suyo no se pareca en nada al de Jorge
Brummell.

--Hay que ser principalmente _gentleman_--deca l--; defender al
dbil, al nio y a la mujer, suponiendo que la mujer sea dbil, y
aunque no lo sea.


                                                       INDIFERENCIA POR
                                                       LA VULGARIDAD

Yo no me entenda completamente bien con Stratford. Su individualismo
y el mo chocaban muchas veces, y aunque l era hombre generoso, su
indiferencia por las cosas de los dems me molestaba.

No se le poda hablar de algo ntimo, porque desdeaba las intimidades
y confidencias.

El desdn por la vulgaridad era uno de sus dogmas.

--Yo soy implacable con el hombre estpido y rampln.

Stratford sola muy bien fingir la indiferencia y expresarla; para esto
le ayudaba su aire fro.

No le gustaba lo enftico, lo exagerado.

--Toda idea exaltada es un peligro--deca--: una invitacin a la
grosera, a la violencia y a la brutalidad.

Senta antipata por los declamadores; haba que tener, segn l,
una actitud fra e impasible para las tonteras de la masa: nada de
exaltacin, de republicanismo francs, ni de democracia, ni de otras
cosas, para l de mal gusto.

Tambin le repugnaban los crmenes y las canalladas colectivas. Una
vez, paseando por las Alles Marines, me deca:

--Yo prefiero el crimen a la vileza. Yo no s si podra llegar al
crimen individual. A lo que no llegara nunca es al crimen poltico o
colectivo. Antes de matar, prender o fusilar por defender un principio,
me retirara de la poltica.

Es extrao, pensaba yo al orle. Su posicin espiritual era
absolutamente contraria a la de Aviraneta, que afirmaba que por la
salud del Estado se poda sacrificar a los individuos.

--El mundo es negro--aada Stratford--; conservemos la cara y las
manos limpias. No por limpiarlo vayamos a tiznarnos.

Era tambin el punto de vista contrario al de Aviraneta, que aceptaba
el tiznado suyo para mejorar la sociedad.

--La mayora de la gente hay que considerarla como manada--afirmaba
Stratford--; luchar contra ella, es una locura. Si viene a nuestro
encuentro, lo ms prudente es apartarse.

Las mximas de Stratford me confundan y me hacan pesar el pro y el
contra de muchas cuestiones que hasta entonces no se me haba ocurrido
examinar.

Todava ms que la exaltacin poltica, repugnaban a Stratford
las nuevas sectas religiosas que constantemente estn naciendo en
Inglaterra y en los Estados Unidos; pensaba que de aceptar un dogma
cerrado, el mejor era el catlico.

Yo vea en la actitud de Stratford una actitud de decadencia, pues
slo en las sociedades que decaen aparecen estos tipos, que, en vez de
apoyarse sobre las conveniencias sociales, se asientan en la tierra, y
en vez de mirar con los ojos de todo el mundo, quieren mirar con los
suyos.


                                                          UN AVENTURERO

Por entonces apareci en Bayona un aventurero, un _lion_, que se
llamaba o se haca llamar Narbonne Burton. Este aventurero se deca
hijo natural del conde de Narbonne Lara, y de una seora francesa
emigrada en Londres. A su vez, de Narbonne Lara, el presunto padre del
_lion_, se deca que era hijo de Luis XV y de su hija Adelaida, es
decir, que era hijo de su abuelo y hermano de su madre.

Este aventurero par en mi hotel. Tena el tipo borbnico, vesta bien
y llevaba un alfiler con una flor de lis, de oro, en la corbata.

Habl con l. Era un hombre solemne y vulgar; todo lo que deca estaba
inspirado en las novelas de Balzac, en donde sin duda, crea encontrar
las esencias de la vida.

El pretenda ser un _lion_ como de Marsay, o Ronquerolles, o cualquier
otro de los hroes balzaquianos.

El juego, la poltica, las duquesas diablicas con aire angelical,
los hombres monstruos, toda la fauna inventada por el novelista crea
haberla encontrado en la vida.

Lo ms divertido de este aventurero era que llamaba en serio primos
suyos a Don Carlos y a Mara Cristina.

--Yo tambin soy un Borbn--me dijo varias veces.

Cuando le habl del aventurero a Stratford, le pregunt:

--No quiere usted conocerle? Es un tipo que le interesar a usted.

--No creo. Es el tipo bajo de Don Juan--me contest con su indiferencia
Stratford.


                                                         SOBRE DON JUAN

--Es decir--aadi Stratford--, hoy todos los tipos de Don Juan son
bajos e insignificantes. Para m Don Juan no ha tenido valor mas que
all donde ha habido creencias religiosas fuertes, donde la mujer se
guardaba ansiosamente por temor al pecado y al infierno.

--En Espaa.

--Claro, en la Espaa de los Austrias, donde el amor tena que luchar
con enormes dificultades. En otras partes es una tontera. El Don Juan
de Molire me parece un contrasentido y hasta una ridiculez. Un seor
rico en Francia que seduce muchachas aldeanas! En un pas en donde las
chicas estn deseando dejarse seducir!

--S, la verdad que no es un gran mrito!

--Ninguno. El Don Juan no tiene valor mas que en la Espaa catlica
y fantica del siglo XVI y XVII, con un fondo de miedo al infierno,
de terror mstico, de misterio. Fuera de esa poca y de Espaa es un
personaje ridculo.

--Y todos esos franceses, ingleses y alemanes que han transplantado a
su pas el tipo de Don Juan?--le pregunt yo.

--Pues son unos petulantes majaderos. Los de ms talento no lo han
podido rejuvenecer y transplantar. Lord Byron no lo ha conseguido.
Respecto a Lovelace, es un canalla insignificante. Don Juan en el
amor es lo que el hereje en la Teologa. Se necesita un dogma activo,
eficiente, con un brazo secular, poderoso, para que haya un hereje;
si no lo hay, el hombre que piense atrevidamente ser un original,
un librepensador, pero no un hereje. Lo mismo pasa en el amor; no
hay peligro, no hay misterio? Pues Don Juan no puede ser un hroe
malo y demonaco, sino un seor vulgar. Qu es el Don Juan en este
tiempo? Joven, es el calavera corriente; entrado en aos, es el _vieux
marcheur_, que se ve en Pars, rojo, pesado, delante de un escaparate
tratando de seducir con su dinero a una aprendiza de quince a diez y
seis aos. En ninguna de estas edades creo que se le pueda ocurrir
a nadie el tener a este tipo de Don Juan como un ornamento de la
humanidad.

--Y el dandysmo, no es algo as como una variedad del donjuanismo?--le
pregunt yo.

--No. El _dandy_ es un tipo ms en consonancia con nuestro tiempo. Hoy
se puede ser un _dandy_ verdadero: en cambio, no se puede ser mas que
un Don Juan falsificado.




                                  VI

                               EN CAMBO


AL comenzar la primavera, la madre de Stratford nos invit a Delfina, a
madama Saint-Allais y a m a pasar una temporada en Jauregua, su casa
de Cambo.

Tomamos un coche y salimos de Bayona una maana esplndida. Jorge
Stratford nos acompa y fu todo el camino hablando animadamente
con Delfina. Yo tuve que recoger como en un lacrimatorio las frases
sepulcrales de la poetisa madama de Saint-Allais, que vea el mundo con
los ojos del vizconde de Arlincourt, el segundo o tercero de la serie
de los vizcondes ilustres que comenzaba por el de Chateaubriand.

Despus de Ustariz, pasamos por el seminario de Larresore. Madama de
Saint-Allais quera ver a un sobrino suyo que estaba educndose all,
y entramos. Nos llevaron a un patio con arcos, y luego, a una gran
terraza con un barandado de hierro, desde donde se divisaba la vista
admirable del valle del ro Nive.


                                                              JAUREGUA

Poco despus de salir de Larresore llegamos a Jauregua, la casa donde
viva Stratford, cerca de Cambo.

Era una casa del tiempo del Imperio, con un hermoso parque de rboles
antiguos, algunos cortados en formas artificiales, cnicas y redondas.
Delante de la fachada haba un jardn enarenado con macizos de flores y
un estanque en medio.

Al entrar por la avenida principal nos salieron a ladrar dos perrazos
grandes que, despus de cumplir su misin, se retiraron tranquilamente.

Stratford salt del coche, ayud a bajar a las seoras, dndoles la
mano, y fuimos los cuatro hasta la gran escalera del hotel, donde
aparecieron madama Stratford y un seor viejo ingls, afeitado,
elegante, con un perfil aguileo, sir David Hardeloch, y su sobrina,
una seora joven, casada con un marino; Stratford nos condujo a cada
uno al cuarto que nos destinaron.

El mo era un cuarto antiguo con muebles de estilo Luis XV, con dos
ventanas que daban a un jardn con grandes rboles y una fuente redonda
en medio.

Yo me vest, me arregl, me puse el frac azul que tena para las
grandes solemnidades, entonces el frac no era slo prenda de noche, y
baj al comedor.

La comida fu un poco ceremoniosa, y yo estuve atento viendo lo que
hacan los dems para no cometer una inconveniencia. Se habl en
francs y en ingls. Despus de comer pasamos a un saloncito, desde
donde se vea el curso del Nive, que se alejaba serpenteando por el
valle, ancho y verde.


                                                              SE HABLA
                                                              DE ESPAA

El seor ingls, sir David, que era diplomtico, me pregunt noticias
de la guerra de Espaa; y como yo me mostrara algo pesimista sobre la
suerte de mi pas y de sus destinos histricos, me dijo:

--No tenga usted cuidado. Espaa est en un perodo de crisis, pero se
arreglar.

--Cree usted?

--S. Por otra parte, pensar que Espaa no ha infludo en el mundo
de las ideas, como se afirma ahora, es una cosa injusta. Los hroes
espaoles reinan todava en la literatura del mundo, y el Cid, Don Juan
y Don Quijote son universales. Qu fuego en estas figuras religiosas,
como Santo Domingo, Loyola y Santa Teresa! Qu bro en el pensamiento
de Mariana, Servet, Molina, Surez, Molinos! Qu hombres de hierro
estos espaoles de la conquista de Amrica! Tipos como Hernn Corts y
Pizarro no se encuentran en ningn pas. Los italianos del Renacimiento
no llegan a la fuerza de estos hombres. En el Arte y la Literatura los
espaoles tienen una personalidad de las ms relevantes. Os falta en
Espaa un progreso material y ciencia moderna porque llevis un perodo
largo de guerras y de miseria, y la ciencia y el progreso necesitan
reposo; pero eso vendr. Eso vendr porque es fatal, automtico. Lo
que os falta es precisamente lo que se improvisa. Se improvisa un
investigador; lo que no se improvisa es un poeta, ni un artista, ni un
historiador. Esto necesita tradicin.

Le di las ms efusivas gracias a aquel seor, porque desde que estaba
fuera de Espaa no haba odo mas que hablar mal de mi pas.

--Estar usted contento--me dijo Delfina.

--S, seora. Por qu negarlo?


                                                           LAS MUJERES
                                                           Y LOS POETAS

Poco despus nos enzarzamos en una discusin acerca de las condiciones
artsticas de las mujeres.

Stratford defenda con cierto valor que las mujeres tenan muy escaso
sentido artstico.

Las seoras le atacaban, creyendo, sin duda, un poco ofensivo el que
Stratford las considerara sin dotes estticas.

--El arte es la ms masculina de las actividades--deca mi amigo--, no
en el sentido de que sea ms fuerte, ni ms noble, ni ms elevada, ni
ms superior, sino en un sentido orgnico sexual. Se ve que el hombre
siente ms el arte que la mujer.

--Quiz a las mujeres nos ha faltado libertad para desarrollarnos en
ese sentido--dijo madama D'Aubignac.

--Lo que nos falta a las mujeres es vanidad--aadi lady Hardeloch--.
No tenemos esa tonta soberbia del hombre.

--Oh, oh!--exclam riendo sir David--. Qu descubrimiento est
haciendo mi sobrina!

--Madama Saint-Allais nos afirm que las mujeres, por instinto y por
una inspiracin genial, saban ms que el hombre con su ciencia, sus
experiencias y sus libros.

--No lo creo--replic Stratford--. Si fuera eso verdad no habra
tampoco mrito alguno, como no hay mrito en que usted sea mujer y yo
hombre, pero no lo creo; creo que no se aprende mas que con esfuerzo y
con atencin.

--Indudablemente--dijo sir David--; pero no hay que estar tampoco
demasiado seguro de ello.

Stratford reconoci que era siempre prudente no tener una confianza
absoluta en las cosas, por lgicas que pareciesen.

Como contraste de la conversacin anterior, se habl despus de si los
poetas y los artistas eran hombres capaces de grandes pasiones.

Madama Saint-Allais, siguiendo el tpico corriente, crea que un poeta,
que un artista, era el hombre ms apasionado, ms capaz de amar.

Madama Saint-Allais nos coloc con este motivo una serie de frases
romnticas y sepulcrales sorbidas en el vizconde de Arlincourt; el
garbanzo negro en la serie de los vizcondes escritores ilustres.

--Yo no creo--dijo Stratford--en las condiciones amatorias de los
poetas y los artistas. El poeta, como el artista, es un eglatra:
aspira a que la mujer le quiera y le admire. Ve en la mujer una
concrecin del pblico, un pblico apasionado que exagera su entusiasmo
y disimula sus faltas.

--Cmo habla contra s mismo!--me dijo riendo sir David.

--Quiere convencer a estas damas que no se le debe querer--aad yo.

Despus, la sobrina de sir David, lady Hardeloch, cant trozos de _El
Barbero de Sevilla_, acompaada al piano por Delfina.




                                  VII

                       CITA, A LA LUZ DE LA LUNA


POR la tarde sir David y yo fuimos paseando a caballo por la orilla del
Nive, y vimos el Campo de Csar, y fantaseamos acerca de este nombre
y del objeto que podan tener los antiguos trabajos hechos all en la
tierra. Tambin hablamos de Soult y de Wllington, y de sus campaas en
el Nive en 1813.

De vuelta del paseo estuve en la biblioteca leyendo, y a las siete baj
al comedor. Despus de cenar, sir David se retir; mistress Stratford,
lady Hardeloch y madama Saint-Allais quisieron que tomara parte en un
juego ingls, pero como no lo conoca, tuvo que ser el cuarto _partner_
Jorge Stratford.

Yo estuve hablando con Delfina, que me pareci algo preocupada.

--Qu ha hecho usted esta tarde?--me pregunt.

Le cont cmo haba paseado con sir David por las orillas del ro, y lo
que hablamos del Campo de Csar y de la campaa de 1813.

Cuando concluyeron la partida, y antes de empezar una segunda,
Stratford dijo que vea que tenamos sueo, y que lo mejor sera
retirarnos.

Salud a las seoras, y me fu a mi cuarto. Me met en la cama y dorm
con un sueo profundo tres o cuatro horas. Al despertarme, pens:

--He debido dormir mucho.

Mir el reloj; era la una y media. Estas tres o cuatro horas de sueo
me haban dejado tan descansado, que me hubiese gustado tener algo que
hacer, para salir inmediatamente al campo a andar o a correr.

--Voy a ver qu tiempo hace y qu aspecto tiene la noche.

Me levant de la cama, descorr las cortinas, abr la ventana y las
persianas. Haca una noche soberbia, fresca. La luna resplandeca en el
cielo y llenaba los boscajes de sombras misteriosas. A lo lejos, el ro
serpenteaba luminoso y fantstico. En el parque del castillo brillaba
la luna sobre las copas plateadas de los tilos y de los robles; delante
de la casa, en el jardn, se vea subir el surtidor de la fuente
como una varita mgica de cristal y romper en su cada la superficie
tranquila del estanque.

--Es una verdadera decoracin--me dije--; ahora, como siempre en la
naturaleza, en estos escenarios maravillosos faltan los actores y la
accin.

Como en aquella poca no tena tanto miedo al relente como ahora, me
puse el abrigo y me qued en la ventana. Tuve el cuidado de apagar la
luz.

De pronto vi dos sombras que se acercaban en la obscuridad, por una
avenida de tilos. Aguc el odo. No hablaban; se oan sus pasos en la
arena del jardn. Deban de ser un hombre y una mujer.

--Quin demonio sern?--me pregunt.

Me entr la curiosidad y me decid a no retirarme de la ventana. Si los
paseantes volvan a casa, tenan que cruzar una gran zona iluminada por
la luz de la luna, y se les vera. Para que ellos no notaran mi ventana
abierta, entorn las persianas, dejando slo una rendija.

Poco despus, las dos sombras aparecieron a la luz de la luna; iban
separados el uno del otro, y hablaban en voz baja. Ella llevaba un
pauelo en la mano. Cerca de la casa, y en la sombra, volvieron
nuevamente a hablar.

--Ahora le quiero ms que nunca--dijo ella.

Era la misma voz que, cuando recitaba el dilogo de Hernani y de Doa
Sol, deca cantando:

Vous tes mon lion superbe et gnreux!

Eran Stratford y Delfina.

Luego no se oy nada; ni murmullo de besos ni de palabras. Yo me volv
a acostar, y dorm hasta las nueve.




                                 VIII

                             LOS POLTICOS


A la maana siguiente, cuando baj al comedor a desayunar, me encontr
con sir David y su sobrina, y con Stratford, siempre impasible.

En la comida me pareci que Delfina estaba triste y que apenas probaba
los platos.

Despus de comer, como el da estaba tan esplndido, salimos a tomar
caf a una gran terraza, con una enorme enredadera que empezaba a
verdear con el tiempo primaveral, y que tena el tronco tan grueso como
el cuerpo de un nio.

Desde all se vea el ro, verdoso, brillando al sol, que se alejaba
por el campo.

Como tpico para la conversacin nos pusimos a hablar de poltica, y
discutimos la personalidad de Disraeli.


                                                               DISRAELI

En Inglaterra, en esta poca, ms que de O'Connell, de sir Roberto
Peel y de lord Palmerston, se hablaba de Benjamn Disraeli, el judo
escritor y orador, que despus de haberse mostrado demcrata y
republicano en su _Epopeya Revolucionaria_ (_Revolutionary Epic_) se
presentaba poco despus partidario de los conservadores y campen de
los _tories_. Disraeli estaba en el momento de ser discutido. Se deca
que su primer discurso en el Parlamento haba sido tan pedantesco, y
producido tal risa, que no pudo acabarlo.

Disraeli se acababa de casar con una viuda rica, ms vieja que l.

El clebre O'Connell, furioso por la defeccin del judo del
campo radical y democrtico, le haba llamado apstata, renegado,
saltimbanqui y heredero del ladrn que muri en la cruz en la
impenitencia final.

Un poltico a quien se ataca as es un hombre que ha llegado a
ser algo, y Disraeli, a pesar de la antipata que inspiraba al
partido _tory_ por su procedencia juda, era el futuro jefe de los
conservadores ingleses.

Despus de pasar revista a los polticos de la Gran Bretaa hablamos de
los de Francia. A m me interesaba or las opiniones de un aristcrata
colocado en una alta posicin, como sir David.


                                                             TALLEYRAND

Yo llev la conversacin sobre Talleyrand. Acababa de publicarse un
libro acerca del viejo diplomtico.

--Talleyrand--dijo Stratford--es el egosmo y la pillera ordinaria con
un decorado suntuoso de mucho uniforme y penacho.

--Lo cual no quita, mi querido Jorge, para que haya sido un poltico
muy importante y hasta muy til a Europa entera--dijo sir David.

--Los ingleses tienen gran simpata por Talleyrand, porque ha sido
anglfilo--replic Stratford.

--No slo por eso--replic sir David.

--Parece que Chateaubriand ha hablado mal del cinismo y del
histrionismo del ex obispo de Autun--dije yo.

--S; hay en el clebre escritor una antipata grande por el
diplomtico. Sin embargo, hay algo en ellos que suena lo mismo--repuso
Stratford--. Los dos son valores nacionales, pero no universales. Para
un francs de la poca sern muy diferentes, pero un extranjero al pas
y a la poca les encontrar un carcter comn.

--Pero eso no es un buen argumento--replic sir David--; para un chino,
entre Lutero y Loyola no habr apenas diferencia.

--Y no la hay--dijo Stratford.

Sir David y yo nos remos.

--Lo que parece cierto--indiqu yo--es que Talleyrand era hombre de
gran ingenio.

--No lo creo--exclam Stratford--; de cualquier bohemio insolente se
recuerdan frases de la misma clase que las suyas.

--Est usted hoy muy difcil, Stratford--dijo riendo sir David.

--Algunas frases atribudas a l--sigui diciendo Stratford--parece que
eran de Chamfort, que a su vez las recogi en los salones.

--Y eso de que la palabra ha sido dada al hombre para ocultar el
pensamiento, no es exclusivamente suyo?--pregunt sir David.

--No--continu Stratford--; la idea existe en esta forma o en otra
aproximada en casi todos los idiomas. La frase, en francs, aparece ya
construda en Voltaire, en el cuento del _Chapon et de la Poularde_, y
luego fu arreglada por un dramaturgo y periodista, Hazel, y atribuda
a Talleyrand.


                                                            EL AMBIENTE

--Es indudable--dijo sir David--que Talleyrand ha tenido, como todas
las figuras histricas, una gran cantidad de aportaciones extraas,
y, adems, el fondo que le ha dado la poca. Qu hubiera sido Csar
Borgia si en vez de vivir en Italia hubiera vivido en Islandia o en la
Siberia? Qu carcter hubieran tenido sus hazaas si no se hubieran
destacado sobre el fondo brillante de Roma y del papado? Probablemente,
la historia de Csar Borgia sera en estos casos desconocida.

--Es cierto--contest Stratford--, pero siempre tenemos la tendencia de
buscar y de separar lo que nace de la personalidad y lo que presta el
ambiente.

--Todo lo humano--repuso sir David--es producto de una individualidad,
multiplicndose o luchando con el ambiente. Las facilidades que da el
medio, como los obstculos, son nuestros, llegan a formar el substrato
de nuestra personalidad. Claro; sera curioso, nos gustara saber
qu cantidad de energa hay en el hombre separado de las condiciones
del ambiente, pero esto, por ahora, es imposible. No sabemos si la
psicologa, con el tiempo, podr tener un dinammetro para medir la
fuerza espiritual, pero por ahora no lo tiene, ni lo busca.

--Estamos, adems, en pleno doctrinarismo--dijo Stratford--; en una
poca en que se rinde culto a las utopas y a las sombras de las
utopas.


                                                       LAS CONDICIONES
                                                       DE LOS POLTICOS

Despus de pasar revista a los polticos de casi todos los pases se
habl de las condiciones especiales que se necesitaban para la poltica.

--Para ser poltico hay que ser un monstruo de ambicin--dijo Stratford.

--Hoy est usted terrible--exclam sir David.

--Todos los grandes polticos han subido a fuerza de traiciones, de
hipocresa, de disimulo y de ingratitud. Csar, Fernando el Catlico,
Catalina de Mdicis, Richelieu, Cisneros, Mazarino, la gran Catalina de
Rusia, Napolen...

--Y hasta Cromwell--dije yo.

--Sir David se ech a rer.

--Eso, quiz no lo quiera reconocer Stratford.

--S; Cromwell fu un hipcrita--replic mi amigo--, pero ms que un
poltico tiene el carcter de un agitador religioso. A Cromwell se le
podr comparar con Lutero o con Calvino, o con el mismo Loyola, mejor
que con un Mdicis o con un Borgia. Todos estos polticos clsicos
son fros, ateos, bandidos con xito. Catalina de Mdicis acepta el
patronaje de Diana de Poitiers, la querida de su marido; Csar, el
de Catilina; Richelieu, el de Concini y su mujer, a quienes deja que
los asesinen cuando caen en la desgracia; Talleyrand, el de Mirabeau;
Napolen, el de Robespierre, y luego, el de Barras, y no contento con
esto se casa con su querida.

--Tienen que tener buen estmago--indiqu yo.

--Todos son comedores de sapos--dijo Stratford--, para los cuales no
hay nada que d asco. Luego, claro es, se vengan cruelmente de la
humanidad entera, tratndola a baquetazos. Todo es perfidia, todo es
traicin, todo es rivalidad en estos hombres que llamamos ilustres.
Nos asombramos de que en esta pequea guerra de Espaa, Don Carlos
mirara con recelo a Zumalacrregui, y que Cabrera haya denunciado a
Carnicer. Siempre ha sido as en todos los pases. Las repblicas
italianas eran un semillero de odios; los conquistadores espaoles se
denunciaban unos a otros e intentaban toda clase de calumnias para
perjudicarse y enajenar a los rivales el favor real. La Convencin era
un cmulo de odio: Marat odiaba a Dantn y a Robespierre, a quienes
tena por hombres distinguidos; Dantn despreciaba a Marat como a un
loco furioso, y odiaba a Robespierre como a un pedante rampln, que se
haca llamar incorruptible; Robespierre tena a Marat como un rival en
popularidad, y detestaba a Dantn como un hombre de talento mediano a
un tipo genial que improvisa.

--Mi querido Stratford--dijo sir David--: no s de dnde saca usted hoy
tanta palabra y tanta clera.


                                                        LOS TRAIDORES
                                                        Y LA INGRATITUD

--Para ser poltico hay que ser decidido--sigui diciendo Stratford,
a quien el asunto entretena y prestaba aliento a su irritacin
interior--y no parar ni en la traicin ni en la ingratitud.

--Yo no veo que la historia haya cantado a los traidores--hice observar
yo.

--La historia! La historia, por fuera, es pomposa y falsa, y por
dentro, no es mas que una serie de intrigas miserables, de zancadillas
y de ingratitudes.

--Bien, sea as; pero reconozcamos que, al menos pblicamente, no
cantamos a los traidores en nuestras epopeyas histricas--dije yo.

--Es que hay mucha clase de traidores--replic Stratford--. Yo no
hablo de esos traidores como Judas, Perpenna, Ganelon, Bellido Dolfos
o el Conde don Julin; esos son, si han existido, pobres diablos que
se sacrificaron para que se puedan escribir malas tragedias y pintar
detestables cuadros de historia. No, no hablo de los traidores que han
nacido para hablar en endecaslabos o en alejandrinos, ni tampoco de
los traidores de los melodramas de Bouchardy, sino de los traidores de
todos los das, a los que a veces se les entierra, cuando mueren, en el
Panten o en la abada de Westminster.

--S, una perfidia obscura hay en todos los hombres--replic sir
David--. Eso es humano. Qu le vamos a hacer?

--Por lo menos, sealarlo; no engaarnos sobre nosotros mismos.

--Es la tendencia puritana que habla en usted, mi querido
Stratford--dijo el viejo ingls.

--Yo espero que la poltica no ser lo que ha sido hasta aqu: un
conjunto de traiciones y de ingratitudes; yo creo que con el tiempo
habr otros medios de triunfar. Hoy por hoy, los que triunfan son
los cnicos, los que no ven en los hombres y en las mujeres mas que
instrumentos. Luego el xito lo justifica todo.

--Pero a usted, Stratford--le dije yo--, por qu le entristece tanto
la idea de la traicin y de la ingratitud, porque piensa usted que
puede tener traidores y desagradecidos por sus favores o porque usted
mismo puede ser desagradecido y traidor?

--Por ninguna de las dos cosas; pero ms por lo ltimo que por lo
primero. Hacer favores y no tener gente agradecida no me importara
gran cosa.

Stratford estaba siempre en las alturas.


                                                          QU QUEDAR?

Dejamos esta conversacin, y yo tom en mi mano dos o tres peridicos
ingleses y los estuve hojeando.

--De todo este barullo de nuestra poca, qu quedar?--dije yo.

--Quiz lo que menos sospechamos--contest sir David.

--Yo creo que va a quedar muy poco o casi nada--dijo Stratford--; de
todas esas utopas antiguas, religiones, supersticiones, mitologas,
como se las quiera llamar, han quedado unos magnficos cementerios
en los museos, formados por piedras, estatuas, cuadros; pero de esta
pobre seudodemocracia actual, qu va a quedar? Unos cuantos montones
de libros y de peridicos, y nada ms. Ya que nuestra poca no puede
levantar el Panten, ni las Pirmides, ni la catedral gtica, toda su
gloria va a consistir en ensuciar toneladas y toneladas de papel.

--Yo, entonces, no crea en lo que deca Stratford. Hoy, tampoco.
Seguramente de todo ese ruido de palabras de los parlamentos y de
la prensa no quedar gran cosa, y es probable que no quede nada;
pero quedar la ciencia, que en el siglo XIX ha tenido una expansin
admirable.

Claro, la ciencia no va a resolver si vamos a vivir despus de la
muerte o no, ni si las oraciones sirven o no sirven; pero nos quitar
mucho dolor en la vida y nos dar puntos de apoyo para soar y emplear
la imaginacin en temas mucho ms altos y ms nuevos que los que han
dado el arte y las religiones.




                                  IX

                              NOSTALGIAS


HIZO un par de das, mientras estuve en Cambo, deliciosos, de verano.
El sol brillaba en el follaje nuevo de los rboles con una alegra, con
una pompa esplndida y magnfica. Los manzanos y los perales estaban en
flor; las abejas y los moscones rezongaban en el aire caliente. Este
prlogo de la nueva vida tena algo admirable y encantador.

Yo me senta conmovido como con un acceso sentimental. Estaba a veces
casi a punto de llorar. Mi cuarto, con sus muebles rococos y sus
retratos antiguos, tena un aire tan potico y al mismo tiempo tan
viejo, sobre todo cuando entraba el sol de media tarde, que me llenaba
el espritu de melancola, de una melancola dulce y potica.

Me pareca que viva en un aire ya pasado, con cosas muertas, que
tenan un perfume marchito, como un manojo de flores guardado en un
armario. Cuando sala al campo pensaba que me gustara vivir en uno
de aquellos caseros, marchando delante de la carreta con los bueyes,
yendo con el aguijn al hombro diciendo: Aida! Aida!, y que todas
estas fantasas de intrigas polticas, de espionajes y de enredos no
eran mas que estpidas maniobras que no tenan la menor importancia...

La verdad es que este pas vasco francs es encantador; ms templado
que el vasco espaol, menos montaoso y ms soleado, parece hecho
nicamente para dormir y soar. Yo no he visto nada ms ingenuo, ms
suave, ni ms amable. All no hay grandes montes rudos y melanclicos,
ni cascadas, ni castillos roqueros de aire amenazador; all no hay
preciosidades artsticas, ni gente muy rica, ni gente muy pobre; todo
es alegre, pequeo, sin exageracin, claro, reposado.

El campesino vasco es casi el nico aldeano de Europa que tiene hoy
aspecto de campesino. Cuando se le ve trabajar en su tierra con sus
bueyes, est tan identificado con la naturaleza, que se funde con ella.
El contemplar a estos aldeanos es para m uno de los pocos motivos que
me induce a tener respeto por ciertas formas de la tradicin.

Muchas veces, contemplando el campo, recordaba aquellos versos de
Elizamburu, el poeta de Sara, que fu capitn de granaderos de la
Guardia Imperial de Napolen:

      Icusten duzu goicean,
    Arguia asten denian,
    Mendito baten gaian
    Eche tipitho aintzin churi bat,
    Lau aitz ondoren erdian
    Chacur churi bat atean
    Iturrio bat aldean.
    An bizi naiz ni paquean.

(Ves por las maanas, cuando la luz comienza a alumbrar, en lo alto
del monte una casa chiquita, con la fachada blanca, en medio de cuatro
robles, con un perro blanco en la puerta y una fuentecilla al lado?
All vivo yo en paz.)


Estos versos no tenan la originalidad de los de Goethe, de los de
Vctor Hugo o de los de Heine; pero reflejaban dentro de su mediana
admirablemente el deseo de un vasco de vivir en la tierra de los
antepasados.

Elizamburu, el capitn de granaderos, que haba recorrido media Europa,
haba sentido al escribirlos la nostalgia de su aldea, soando con
volver a su casa, blanca y pequea, a la vida obscura del campo. Yo,
que no haba recorrido Europa, experimentaba un anhelo parecido.

Quiz era un anhelo intelectual, ms que real, un amor por una idea,
por un concepto...

No conozco yo bien la casa campesina de otros pases; no s si es
mejor o peor; pero no creo que me entusiasme como la casa vasca.

No me ilusiona el cortijo o la masa en donde apenas se hace fuego, ni
las porcelanas, ni los azulejos, ni los suelos de ladrillo; a m me
gusta que en el hogar haya siempre lumbre, y que una columna de humo
salga constantemente de la chimenea; me gusta que en la cocina haya
poca luz, que huela a lea quemada, que haya una buena vieja junto al
fuego y que se oiga cerca el mugido de los bueyes...

No, seguramente Aviraneta no tena estos ridculos accesos
sentimentales. El era en sus ideas y en sus planes ms constante,
ms tenaz; su personalidad estaba constituda de una substancia
homognea; no tena esta heterogeneidad de mi carcter, ni tampoco este
sentimentalismo mo, no s si perruno o de capitn de granaderos.




                                   X

                                FSICA


TENA curiosidad por averiguar lo ocurrido entre Delfina y Stratford,
pero a ninguno de los dos me hubiera atrevido a preguntarles nada. A
los tres das de nuestra estancia en Jauregua fuimos a Bayona madama
D'Aubignac, la de Saint-Allais y yo; y al llegar a casa me encontr con
una carta de Aviraneta, en la que me deca que fuese a Bidart y buscase
y copiase unos documentos en su archivo, y que luego fuera a Sara y me
enterase del giro de los asuntos de Muagorri.

Al da siguiente march a Bidart y fu a hospedarme al casero
Ithurbide, la antigua casa de Gastn de Etchepare, donde me encontraba
muy a gusto.


                                                          LOS CARACOLES

El cuarto que me ceda madama Ithurbide (yo la llamaba as, aunque no
fuera ste su apellido) era una sala con alcoba, la principal de la
casa. Esta sala tena un balcn corrido que daba a una duna verde que
se cortaba en el acantilado del mar.

Era una sala eminentemente marina; el papel de la habitacin tena unas
fragatas que navegaban a todo trapo.

En la chimenea, sobre el mrmol, se vean dos ramilletes hechos de
conchas y metidos en fanales de cristal; en la mampara, una estampa de
color con una lancha de pescadores. Sobre una cmoda haba un barco de
marfil, y sobre un velador, una caja con conchas pegadas en la tapa, y
varios caracoles, estrellas de mar, plipos y corales.

Tanta concha y tanto caracol daba la impresin de que se estaba en
un acuario, y que uno mismo era algn molusco o algn plipo que por
equivocacin haba dejado su cueva para entrar en aquel cuarto.

El primer da registr el archivo de Aviraneta, y encontr los
documentos que me indicaba, y me puse a copiarlos.

Terminado mi trabajo paseaba por el arenal desierto de Bidart y
contemplaba el anochecer esplndido, en que el sol se iba poniendo
hacia el cabo Higuer. Luego tom la costumbre de ir por la maana a la
playa, a primera hora, y despus, por la tarde, hacia el crepsculo.

Este mar resplandeciente con el sol de primavera, cuando lo divisaba
desde encima de las lomas verdes, me daba una gran alegra.

En la casa me encontraba contento. Madama Ithurbide me haca un potaje
de judas y de verdura, que coma con gusto despus de un ao de comida
de hotel.

Me hubiera quedado all mucho tiempo si no hubiese sido porque tena
que seguir mi marcha.

Uno de estos das, el tercero, al salir de mi casa, por la maana, para
ir hacia el mar, pas por delante de un jardn en donde una muchacha
cantaba una cancin que haba odo en Laguardia:

      La Pisqui, la peinadora,
    con excusa de peinar,
    le da citas al velero,
    y se van a pasear.

Me ergu un poco para mirar por la tapia. La que cantaba era una
muchacha morena, de ojos negros.

--Muy bien--la dije--, muy bien. Veo que est usted de buen humor.

--Y usted, no?

--S, tambin. Es usted espaola?

--S.

--De dnde?

--De Haro. Y usted?

--Yo, de Vera.

La muchacha estaba sirviendo con una seora que tena un nio enfermo.
All, sola, en aquella casa prxima al mar, se aburra soberanamente.
Aquel da, la seora haba ido a Bayona a casa del mdico.

Al pasar por la tarde volv a ver a la muchacha, que estaba cantando y
tendiendo ropa al sol.

--Por qu no viene usted a pasear conmigo?

--Adnde?

--Por la playa.

--Pues, vamos.

Fuimos por la playa, charlando. Me cont su vida. Era de un pueblo
prximo a Haro. Se llamaba Dolores.

Se nos obscureci. Yo estaba muy conmovido, y ella tambin.

Yo la abrac y la bes varias veces.

Al retornar a su casa entr ella por el jardn para ver si haba vuelto
la seora; pero no haba vuelto.

La soledad, la noche esplndida y tibia, el ruido del mar prximo, una
especie de aura ertica nos sobrecogi a los dos...

Por la maana, cuando sal de all, la muchacha lloraba.

--Qu locura! Qu locura he hecho!--murmur.

Ella no saba por qu; a m me pasaba lo mismo.

Al salir en el tlburi de Bidart a San Juan de Luz sent un ligero
remordimiento, pero se me pas pronto, y olvid rpidamente a Dolores,
la riojana.




                                  XI

                         MUAGORRI Y SU GENTE


EN San Juan de Luz visit a doa Mercedes, la madre de Corito, que me
dijo que su hija vendra pronto.

De San Juan de Luz march a Sara.

Me encontr all con Cazalet, el bohemio, que haba ido, sin duda, con
alguna comisin para Muagorri.

--Qu hace usted aqu?--le dije yo.

--Y usted, qu hace?

Nos echamos a rer.

--Lo mo no es ningn misterio--repliqu--: he venido a verle a
Muagorri.

--Yo tambin. Yo he estado hospedado en la misma casa en donde estuvo
Don Carlos acompaado de Auguet de Saint-Silvain, titulado por el
Pretendiente el barn de los Valles.

--Qu honor!

Entramos en una tienda, en donde haba una muchacha muy guapa, que
Cazalet conoca, y que se llamaba Pepita, Pepita Haramboure, y all
tomamos unas copas de vino blanco con bizcochos.

Cuando se fu Cazalet le pregunt a Pepita dnde podra ver a
Muagorri, y me dijo que tena el campamento cerca del pueblo. Sal
de la tienda y fu a ver si lo encontraba. Vi en el camino a varios
hombres, por su aspecto, soldados de Muagorri. Le pregunt a uno
de ellos dnde podra encontrar al jefe, y me seal un casero
abandonado. Efectivamente, all estaba, en compaa de otros dos
hombres, moviendo con una gran cuchara un caldero de habas. Jos
Antonio Muagorri pareca un buen hombre. Era grueso, rechoncho, de
cabeza redonda, de nariz aguilea, ojos negros y sonrisa amable.

--Ya ha comido usted?--me pregunt hablando con un canto de aldeano
vascongado.

--No.

--Pues dentro de una hora comeremos aqu. Si quiere usted venir...

Le dije que Aviraneta me haba enviado para que me diera ciertos datos
acerca de sus futuros planes.

--Conoce usted a Altuna?--me pregunt.

--No.

--Pues vaya usted a verle al pueblo. Estar ahora en la fonda de
Hoyartzbal.

Fu a la fonda y lo encontr. Asensio Ignacio Altuna, el secretario
de la empresa Paz y Fueros, dirigida por Muagorri, era hombre alto,
rubio, de buen color, de ojos claros, con un aire atltico.

--Ha comido usted?--me pregunt.

--No.

--Qudese usted a comer aqu.

--Me ha invitado tambin Muagorri.

--No haga usted caso; aqu comer usted mejor.

Me pareci poco corts, pero, ya que el subordinado de Muagorri me lo
deca, me qued all. Le expliqu a Altuna el objeto de mi viaje; cmo
vena de parte de Aviraneta, quien probablemente pasara mis informes
al Gobierno.

--Le dar a usted mi opinin sin ambages--me dijo Altuna--. Muagorri
es un hombre inteligente y un hombre honrado. Es un tipo que encontrar
usted aqu en el pas vasco, bueno, optimista, pero de esos a quienes
se les ocurre una idea y ya no varan jams. Su proyecto de Paz y
Fueros le parece admirable.

Yo saba que esta idea no era originalmente de Muagorri, pues haba
sido inventada por un amigo y compaero de Aviraneta, don Juan
Olavarra, y patrocinada primero por el ministerio Bardaj, y luego por
el ministerio Ofalia.

--Muagorri no avanza--sigui diciendo Altuna--, porque en vez de
luchar por una causa vieja y tradicional tiene que defender una causa
nueva inventada por l. Para esto, no basta un talento corriente: se
necesita genio.

--Y l no lo tiene?--pregunt yo.

--No, no lo tiene. Quin lo tiene? l no es capaz de cambiar de ideas,
pero s de procedimientos. En su misma vida ha cambiado: Muagorri
antes de ser fundidor era de profesin escribano; luego abandon el
oficio y arrend varias ferreras en Berastegui, con lo que ganaba
mucho y daba de comer al pas. Tampoco es un aventurero. Ha sido
un hombre rico, condecorado con la cruz de Carlos III, y ahora con
su empresa se ha arruinado, y sus ferreras de Berastegui trabajan
fundiendo caones carlistas.

--As, que el jefe no es malo.

--No, no es malo.

--Pues corre por el pas la idea de que es un inepto.

--No, no es verdad. Lo que nos pasa a l y a los suyos, es que tenemos
muchas dificultades. Usted sabe que se organizaron en Bayona juntas
de las cuatro provincias para que influyesen en el pas y ayudasen a
Muagorri. Estas juntas no han dado resultado. El Gobierno nos abri
un crdito de dos millones de reales en la casa Ardoin. Este dinero ha
venido mermado. Quin se ha quedado con l? Yo no lo s. Al principio
patrocinaron la idea algunos de nuestros polticos y varios prohombres
ingleses. Lord Palmerston y sir Jorge Villiers escribieron a lord John.
Hay para que nos favoreciese. Hoy ya no se acuerda nadie de nosotros,
y nicamente el general Juregui nos alienta. El cnsul Gamboa trabaja
contra nosotros. En Bayona, las autoridades del Gobierno cristino nos
han tratado como criminales y desertores. El subprefecto daba noticias
a los carlistas de lo que haca Muagorri. Al cnsul esto le pareca
muy bien.

--Es que este Gobierno espaol y sus empleados son de una incapacidad
tan extraa, que llega a lo ridculo--dije yo.

--Parecen agentes de los carlistas. No nos favorecen los liberales, y
los carlistas nos odian. El general Iturbe, que estaba comprometido,
se ha puesto francamente en contra de la empresa. Los carlistas han
empleado toda clase de recursos contra nosotros. El cannigo Batanero
ha pedido para Muagorri y su gente la excomunin. Necesitaramos
alguien que consultara con los generales cristinos y nos indicara sus
intenciones.

--Yo no puedo hacer eso.

Le dije a Altuna que, pasadas un par de semanas, tena el proyecto de
ir a San Sebastin para enterarme all de qu pensaban los generales de
la Reina de la empresa de Paz y Fueros.

--Escrbanos usted con detalles el resultado de su entrevista--me dijo
l.

--Lo har, no tenga usted cuidado.

Volvimos Altuna y yo al campamento de Muagorri.


                                                              CANCIONES

Haba concludo de comer Muagorri con quince o veinte de sus
partidarios, y un viejo cantaba una cancin en honor del caudillo
fuerista, que comenzaba as:

      Carlos aguertu ezquero
    Provinci auyetan,
    Beti bici guerade
    Neque ta penetan.

(Desde que Carlos ha aparecido en estas provincias, nosotros vivimos
siempre en la fatiga y en la pena. Se nos quita nuestros bienes y nunca
se nos da nada.)


Esta cancin lacrimosa me pareci muy propia de una empresa que
marchaba tan mal.

Me desped de Muagorri y de Altuna y tom a caballo el camino de San
Juan de Luz. Antes de llegar a Ascan me encontr con tres muchachos
carlistas que haban estado quince das en el campamento de Muagorri y
que pensaban volver de nuevo a Espaa, al ejrcito de Don Carlos. Uno
era guipuzcoano, el otro navarro, y el otro francs. Se burlaban de
Muagorri y de sus planes y me cantaron varias canciones contra l. El
francs llevaba un pito, con el que tocaba. El guipuzcoano cant:

      Estute aditzen sou eder ori,
    Saratican elduda gure Muagorri.
    Riau, riau, riau, cataplau.
    Gure humoria,
    Utzi al de batera,
    Euscaldun gendia.

(No os un hermoso sonido? De Sara ha salido nuestro Muagorri. Riau,
riau, riau, cataplau, nuestro buen humor, dejad a un lado, gente vasca.)


Despus de esta cancin cant otra ms burlona, que empezaba diciendo:

      Muagorrien sarrera
    Espaiaco lurrera,
    Legua guchi aurrera.

(La entrada de Muagorri en el suelo espaol, pocas leguas adentro.)


El navarro a su vez cant:

      Muagorrien gendiac
    Shutan ez dirade trebiac;
    Billa litezque obiac
    Seculan eztu
    Gauz onic eguin.
    Guizon gogoric gabiac
    Gueyenac desertoriac:
    Diru billa ateriac.
    Aditu biarcodute beriac.

(La gente de Muagorri no es muy lista para el fuego; podra
encontrarse fcilmente otra mejor. Nunca ha hecho cosa buena la gente
sin ganas: la mayora desertores. Tendrn que or lo suyo.)


Estas canciones, mucho mejor que las palabras de Altuna, me indicaron
que la empresa de Muagorri marchaba muy mal.




                                  XII

                            NUEVA TERTULIA


CUANDO llegu a Bayona a hacer la vida ordinaria, me encontr con
algunas ligeras novedades. Se haba instalado en mi mismo hotel
Gonzlez Arnao, que tena su tertulia en su cuarto.

Solan ir a ella varios espaoles, entre ellos, Eugenio de Ochoa, hijo
natural del abate Miano. Ochoa era por entonces un joven elegante,
de veintitrs a veinticuatro aos, muy emperifollado, muy culto y que
hablaba perfectamente el francs.

Tambin sola ir un pintor muy malo, Augusto Bertrand, entusiasta de lo
ms oo de la pintura francesa, ya de por s un tanto oa. Monsieur
Bertrand era gran admirador de David, de Ingres, y sobre todo de
Greuze. Fuimos al estudio del seor Bertrand, que, cuando mostraba sus
cuadros, daba una lente grande, como si se tuviera que contemplar la
fractura de algn mineral o de algn pequeo insecto.

Otro de los contertulios fu el profesor Teinturier.

Yo, a este hombre, no le entenda. Era republicano radical, entusiasta
de Barbes, de Blanqui y de Martn Bernard y de los que con ellos
preparaban la revolucin en las sociedades secretas, y al mismo tiempo
tena una predileccin marcada por Racine y los clsicos antiguos. Sin
duda aspiraba a una revolucin con formas clsicas. Esto para m era
difcil de comprender. Yo me explico que los revolucionarios exaltados
deseen la igualdad absoluta, el comunismo y hasta la antropofagia,
pero revolucionarios con versos de Horacio y de Racine, no me caben
en la cabeza. Para revolucin con formas acadmicas, hemos tenido la
Revolucin Francesa, y ya basta.

Teinturier, despus de muchos rodeos, me pidi que le presentase en
casa de madama D'Aubignac. Le dije que haca tiempo que no la vea a
esta seora, pero que en la primera ocasin le presentara.

Cuando fu a casa de Delfina y se lo dije a ella, se opuso.

--De ninguna manera se le ocurra a usted traer a mi casa a ese
seor--me indic.

No repliqu nada.

--La vista slo de ese hombre me molesta--aadi--. Tiene un tipo tan
vulgar! Unas manos tan ordinarias! Unos pies tan grandes! Luego mira
de una manera tan descarada!

--No crea usted. Es ms bien la timidez. Est muy entusiasmado con
usted.

--Pues, no; no le traiga usted aqu.

Pobre hombre!--pens yo--. Para eso ha estudiado tanto, para que no lo
consideren ni siquiera a la altura de uno de estos oficiales majaderos
e insolentes que se lucen en los salones.

Siempre me ha chocado la poca comprensin que tienen las mujeres por
cierta clase de hombres. Estos tipos de hombres fuertes, que se creen
ms fuertes de lo que son, que ven a la mujer como un producto dbil,
ms dbil de lo que es en realidad, este hombre toro, que parece que
deba ser el ideal de la mujer femenina, lo es pocas veces, casi nunca.


                                                           CONVERSACIN
                                                           CON DELFINA

Delfina me pregunt si le haba vuelto a ver a Stratford. Le dije que
le haba visto un momento.

--No le ha hablado a usted de m?

--No.

--Estamos reidos.

--De verdad?

--S.

--Y por qu?

--Yo le tengo cario a Jorge, le tengo por un caballero, por un hombre
noble y bueno.

--Yo tambin.

--Yo deseara conservar con l una buena amistad, pero l no se
contenta con eso.

--El quisiera ser su amante.

--No.

--Pues entonces, qu quiere?

--El quisiera que yo abandonara mi casa y furamos juntos los dos a
otro pas.

--Y los hijos?

--El me deca que nos llevaramos los hijos.

--Pero su marido de usted?

--A m, qu quiere usted? No me importa nada mi marido, pero lo que no
puedo sacrificar es mis hijos. Prefiero ser desgraciada.

Hablando del asunto llegu a comprender la situacin respectiva de
Delfina y de Stratford. Ella le haba dado a entender la posibilidad de
que l fuera su amante sin escndalo, lo que ocurra en muchos hogares.
El no aceptaba la solucin. Nada de bajo adulterio, ocultndose del
marido. Afrontar la situacin desde el principio y marcharse a otro
pas.

--Jorge es un corazn noble y yo le admiro ahora ms que antes--dijo
Delfina.

Hablamos largamente y me pidi que la primera vez que le viera a
Stratford le sondeara acerca de sus intenciones.

Al despedirme de ella, Delfina me dijo:

--Cuento con su discrecin, Legua, verdad?

--Una vez he podido ser imprudente, pero dos, no.

--As lo espero. Adems, aquello era una niera.

Cuando sal a la calle, todo lo que se me haba ocurrido mientras
hablaba con Delfina se lo dije al viento:

--Seora: usted es muy alambicada y muy cuca; quiere usted religin y
libertad de pensamiento exclusiva para usted, costumbres muy severas y
al mismo tiempo facilidad en las pasiones; ser muy honorable y tener
un amante, tener un hombre enrgico y altivo y al mismo tiempo que se
doblegue a sus necesidades y a sus caprichos. Todo esto no se encuentra
mas que en Jauja o en el pas de las Gangas. Yo no dir nada, pero no
ser tampoco el que intervenga en sus asuntos.




                                 XIII

                           VUELTA POR ESPAA


COMO quera cumplir el encargo de Altuna y dar informaciones precisas a
don Eugenio, me prepar a ir a San Sebastin; ped pasaportes y cartas
de recomendacin a Gonzlez Arnao, quien me recomend al coronel ingls
Colquhoun.

Part de Bayona para San Juan de Luz, fu a Socoa y sal en un
pailebote que marchaba a San Sebastin. Llegu a la ciudad donostiarra
y me vi inmediatamente con Alzate y Orbegozo. Alzate me dijo que con
quien podra enterarme bien de las intenciones inglesas con respecto
a Muagorri, sera hablando con el coronel Colquhoun, que estaba en
aquel momento en Ategorrieta. Seguramente la carta de Gonzlez Arnao
me servira para llegar a l. Respecto a los planes de los generales
cristinos, l me dara una carta para el general Juregui.

A la maana siguiente tom un coche y fu a Ategorrieta. Llevaba en
aquel punto mucho tiempo acantonada la Legin inglesa. A la entrada del
barrio haba un letrero con pintura negra en una pared: Westminster
Square, y en otra esquina pona Constitution Hill (colina o cuesta de
la Constitucin). Este segundo letrero dur mucho tiempo; yo lo vi
quince aos despus. Algunos supusieron que quedaba porque Hill, en
vascuence, quiere decir muerto, y los campesinos vascos, en su mayora
carlistas, al leer Constitution Hill, suponan que deca Constitucin
muerta.

Al acercarme al barrio me detuvo un centinela, que llam a un cabo,
quien me condujo al Cuerpo de guardia. Cerca haba una fila de carros,
caballos y caones.

Entramos el cabo y yo en el Cuerpo de guardia britnico.

Los soldados ingleses, con sus casacas rojas, se paseaban de arriba
a abajo con las manos cruzadas en el pecho, silbando o tarareando;
otros, sentados en los bancos, cosan un botn o remendaban una ropa
vieja. En la pared estaban colocados los fusiles, y en medio haba un
brasero lleno de tablas ardiendo. Haba un olor fuerte a tabaco. Sali
un oficial, le pregunt por el coronel Colquhoun, y me indic una casa
prxima al camino de Pasajes.

Aquellos ingleses me parecieron gente de buen aspecto, a pesar de
que tenan mala fama como soldados. Se deca que eran vagabundos
enrolados en los muelles y en las tabernas de Inglaterra; se aada que
desertaban a la mejor ocasin a las filas liberales o carlistas; que
robaban en los pueblos, y que se emborrachaban siempre que podan.

A pesar de esto se haban batido como leones a las rdenes del general
Lacy-Evans en la batalla de Oriamendi.

En la casa que me indicaron como residencia del coronel Colquhoun vi a
un soldado ingls con su mujer y dos chicos en brazos. Le pregunt si
saba si viva all el coronel, y me dijo que s.

Colquhoun me recibi muy amablemente, pero me dijo que no saba nada;
l influa con el comodoro lord John Hay para que no se abandonara la
empresa de Muagorri, pero no conoca los planes del Gobierno ingls.

Colquhoun me pareci un hombre amable y culto. Era matemtico e
ingeniero, y por la presin de lord John se haba metido a politiquear
y a intrigar, cosas para las cuales no tena condiciones.

Volv a San Sebastin y fu a Hernani, en donde me dijeron que
encontrara a Juregui. Efectivamente, le encontr; le di la carta de
Alzate, y me pregunt por mi to Fermn, y nos hicimos muy amigos.
Tena l que ir a Urnieta; le ofrec mi coche; acept, y fuimos juntos.

Me dijo que O'Donnell y l pensaban hacer un reconocimiento en Vera, y
que le iba a ver en aquel momento al general para ponerse de acuerdo en
los detalles de la expedicin.

--Cree usted que yo le podra hablar a O'Donnell?--le pregunt a
Juregui.

--Acerca de qu?

--Acerca de la actitud que piense tener con relacin a Muagorri.

--No le contestar a usted nada.

--Est usted seguro?

--Segursimo. O'Donnell es un hombre impasible, impenetrable; le oir a
usted muy amablemente, le preguntar lo que usted opina, le escuchar
con mucha atencin, y cuando usted intente averiguar lo que cree l
de esto o de lo otro, sonreir y pasar a otro asunto. Adems, esa
cuestin de Muagorri es un punto que no le gusta tratar.

--Entonces no le preguntar nada.

--Usted es de Vera?--me pregunt Juregui.

--S.

--Quiere usted venir al reconocimiento que vamos hacer en su pueblo?

--Con mucho gusto.

--Dnde para usted?

Le di mis seas en San Sebastin.

--Bueno, yo le avisar a usted.

Llegamos a Urnieta. Urnieta tena todava las huellas de la batalla
dada por O'Donnell el otoo pasado, que haba costado el incendio casi
total del pueblo. Dej a Juregui en una casa prxima a la iglesia, y
entr yo en una taberna, donde ped una botella de sidra. En la taberna
haba un hombre manco y tuerto, con una blusa larga, que llevaba un
montn de papeles bajo el brazo. Tena el hombre aquel cierto aire de
sacristn y una voz un poco aguda. Hablamos.

--Viene usted aqu de paseo?--me pregunt.

--S; y usted?

--Yo, por el comercio.

--Por qu comercio?

--Vendo canciones.

--Hombre! A ver qu canciones tiene usted?

--Son canciones carlistas.

--Muy bien. Yo soy liberal, pero eso no me importa. A ver, cante
usted!

El manco empez a cantar, con su voz aguda, una cancin sobre O'Donnell
y la quema del pueblo, que empezaba as:

      Orra nun den Urnieta,
    Ez ta besteric pareta,
    Malamentian erreta.

(Ah est Urnieta, no quedan ms que las paredes, malamente quemadas.)


      O'Donnell generala
    Zubela aguintzen
    Fanfarroi zebillen
    Etchiac erretzen.
    Solamente jauna ori
    Ez da gaitz itzuzen,
    Chapela galdu eta;
    Hernani sartu zen.

(El general O'Donnell mandaba y andaba muy fanfarrn quemando las
casas. Solamente ese seor es difcil de asustar; perdi el sombrero y
entr en Hernani.)


      Chapela galdu eta
    Gaera saldiya,
    Beste bat artu eta
    Iguesi abiya,
    Guezurra gabetanic
    Esango det eguiya,
    Traidoria da eta
    Cobarde aundiya.

(Perdido el sombrero y adems el caballo, tomando otro para correr ms
deprisa, sin mentira dir la verdad, porque es traidor y cobarde.)


      Santo Toms eguneco,
    Amar terdiyetan,
    Etsagon atseguin
    Ategorrietan.
    Pechotican eztuta
    Caqueguin galzetan.
    Orra sein cobardiac
    Dirade beltzetan.

(El da de Santo Toms, a las diez y media, no estaba muy tranquilo en
Ategorrieta. Con el pecho oprimido y ensuciados los calzones. Ah se ve
lo cobardes que son los negros.)


Luego, el manco cant otras canciones que, a pesar de ser primitivas y
brbaras y casi siempre incoherentes, no dejaban de tener gracia. Una
de ellas, contra los extranjeros, comenzaba as:

      Francesac ta inglesac berriz
    Cecen icusten dabiltz
    Barrera gaetic irritz,
    Arriya tira escua gorde
    Eguindigute bost alditz,
    Au consideratzen balitz.
    Baliyoco luque aunitz
    Buru gogorric ez balitz.

(Los franceses y los ingleses de nuevo estn viendo los toros desde la
barrera, rindose; tiran la piedra y esconden la mano; nos lo han hecho
muchas veces. Esto lo comprenderamos muy bien si no tuviramos la
cabeza tan dura.)


Este reconocimiento de la dureza de nuestra cabeza vasca me hizo rer a
carcajadas.

Despus de la rabia contra los extranjeros vena el rencor contra los
castellanos y los hojalateros, que queran que continuara la guerra:

      Orien votoz necazariyac,
    Pasabiarcodu dieta.
    Erdealdunaren copeta.
    Morralac ondo beteta
    Guero iguesi lasterta.

(Por el voto de esos, los trabajadores tendrn que vivir a dieta.
Qu tup el de los forasteros! Llenan bien el morral y luego echan a
correr.)


Despus de estas imprecaciones y cleras el manco cant una cancin
filosfica que comenzaba as:

      Aurten eztegu izango
    Fortuna charra;
    Bici galdu ezquero,
    Acabo guerra.

(Este ao no tendremos mala fortuna; perdiendo la vida, se acab la
guerra.)


Le compr al cantor varias de sus canciones y volv a San Sebastin,
y esper a que me avisara Juregui para ir a Vera. En tanto, ped
a Bayona un libro que haba comprado meses antes, que se titulaba
_Campaas de 1813 y de 1814 sobre el Ebro_, _los Pirineos y el Garona_,
por Eduardo Lapene. Cuando me lo mandaron le la parte que hablaba de
combates entre franceses y aliados en el Bidasoa y en las proximidades
de Vera.

Aquellos das de lluvia charl bastante con el antiguo amigo de
Aviraneta, el cabo de chapelgorris, Juan Larrumbide, Ganisch, en la
taberna del Globulillo, de la calle del Puerto de San Sebastin, quien
me dijo que iba a ir tambin en la expedicin a Vera.

El da primero de abril me avis Juregui y fuimos a Oyarzun.

A m me dieron un hermoso caballo, y, como llevaba un magnfico
impermeable y un sombrero tambin impermeable, llegu sin mojarme a
Oyarzun.

Ganisch, que conoca todos los rincones de la provincia, me llev a un
casero de Arichulegui, donde comimos admirablemente y donde dormimos
igualmente bien.

Por la maana, nos levantamos, y, a la hora de la diana, tom yo mi
caballo, y, con mi impermeable y mi sombrero de hule, segu a la
comitiva de Juregui. Nos encaminamos hacia la pea de Aya, pasamos por
la ermita y la ferrera de San Antn, por el mismo camino por donde
fueron las tropas de Wllington y donde murieron despeados muchos
soldados y oficiales ingleses. A media tarde llegamos a los montes
prximos a Vera, y all se acamp.

Ganisch me llev al barrio de Zalan, prximo al Bidasoa, al casero
del cabecilla Gamio.

Gamio fu el capitn de una partida liberal que, en una correra a
Zugarramurdi, mat al coronel carlista don Rafael Ibarrola. Al volver
de la expedicin, el mismo da, Gamio fu visto por una patrulla
carlista cuando descansaba, a la puerta de un casero, con sus
partidarios, y le soltaron una descarga cerrada y lo mataron. En Vera
se haba confundido el hecho y se crea que la muerte de Ibarrola era
debida a mi to Fermn Legua, que por entonces estaba en Cuenca.

Me recibieron muy bien en el casero de Gamio, el hijo y las hijas del
partidario liberal. Cenamos esplndidamente, y tuvimos baile despus de
cenar. Por la maana me present en una chavola de Alcayaga, en donde
estaban reunidos Juregui, O'Donnell y otros jefes.

--Qu ha hecho usted?--me pregunt Juregui.

Le cont cmo haba pasado la noche.

--Es usted un hombre de suerte.

No acababa de decir esto cuando una granada di en la puerta de la
chavola y la hizo polvo, y uno de los cascos pas por encima de mi
cabeza.

Nada; no tena duda. Era un hombre de suerte.

Los carlistas saban ya dnde estaban los generales enemigos, y
disparaban all.

Salimos fuera; O'Donnell, Juregui y los oficiales del Estado Mayor
montaron a caballo, y yo hice lo mismo, y luc mi impermeable y mi
sombrero de hule.

El tiempo estaba malo: llova y venteaba.

El Bidasoa vena muy crecido.

--Vamos a ver--me dijo Juregui--, cmo pasaremos mejor el ro?

--Supongo que no querrn ustedes forzar el puente!

--No.

--El hacerlo cost mil bajas a los franceses en 1813 y la prdida del
general Vander-Maesen, que muri aqu.

--Tantas bajas hubo!--exclam Juregui--. No lo saba. Por entonces,
yo estaba herido en Cestona; por eso no pude tomar parte en la batalla
de San Marcial.

--Por lo que he ledo, si no muri ms gente francesa fu porque un
jefe del batalln, Lunel, se coloc en esta orilla y caone esas dos
casas de enfrente y el fuerte de ese alto, llamado Casherna.

--Es curioso. Desechada la idea de forzar el puente hay que intentar
atravesar el ro por otro lado. Por dnde le parece a usted mejor?

--Por aqu, aguas arriba, se puede ir hasta el puente de Lesaca, por
donde pasaron los ingleses de Wllington en 1813. El puente quiz est
fortificado por los carlistas.

--S.

--Y el de Endarlaza?

--Lo mismo.

--Entonces, creo que lo mejor es que algunos de sus hombres vayan a
Zalan, saquen la barca, que quiz la tengan escondida los campesinos,
y vayan pasando y fortificndose en la otra orilla.

Juregui conferenci con O'Donnell; decidieron esto y fu marchando
hacia Zalan un grupo y despus una compaa de chapelgorris, que cruz
luego el ro.

La situacin respectiva de carlistas y liberales era sta; ellos tenan
algunas fuerzas en el pueblo, varios tiradores en dos casas situadas no
muy lejos del puente, una de ellas llamada Dorrea, y otra que era una
antigua hospedera de peregrinos de Roncesvalles; tenan fortificado
el puente, unas compaas en un fortn de un alto llamado Casherna
y patrullas en el monte de Santa Brbara. Los nuestros estaban en
un barrio de Lesaca, de nombre Alcayaga, y diseminados por el monte
Baldrn y por la orilla del ro.

Para distraer a los carlistas se hizo un simulacro de atacar el puente
y se enviaron varias compaas hacia Lesaca. Se cambiaron caonazos de
un lado y de otro y, al medioda, los chapelgorris se apoderaron de
las primeras casas del pueblo.

Entonces empezaron a pasar ms soldados por la barca de Zalan y
comenzaron a aparecer y avanzar por la orilla del ro. Los tiradores de
las dos casas, Dorrea y la hospedera de peregrinos, se opusieron a su
avance; las caones de O'Donnell bombardearon las casas hasta que las
desalojaron.

Al ocupar las dos casas prximas al ro los liberales, los tiradores
carlistas del puente se vieron mal y lo abandonaron. El puente estaba
libre de enemigos, pero lleno de obstculos, y los que fueran a
quitarlos se exponan a ser cazados.

Entonces los soldados de Juregui cogieron dos carros con hierba y
los fueron llevando por el puente, y, avanzando detrs, quitaron los
obstculos, y los nuestros comenzaron a pasar y a marchar al pueblo.

Un grupo de veintitantos carlistas, al mando de un sargento, qued
rodeado en la plaza por los chapelgorris y los soldados cristinos, y
los veintitantos subieron a la torre de la iglesia y se fortificaron
all. Por la noche bajaron de la torre con una cuerda y se escaparon.

Al anochecer, Ganisch y yo y un liberal del pueblo, al que llamaban
Laubeguicoa, fuimos a una posada de Illecueta y cenamos con unos
carlistas; pasamos parte de la noche cantando, y dormimos muy bien.

Por la maana volvimos a la plaza de Vera. Le cont a Juregui dnde
habamos estado, lo que le sigui pareciendo un exceso de suerte.

Al da siguiente de entrar en el pueblo los liberales, tenan las
casas, la iglesia y el calvario; los carlistas estaban en un alto
enfrente de Vera, en un fuerte, con un can que lo disparaban a cada
paso. Lo que me hizo gracia es que los cornetas del fuerte carlista,
de cuando en cuando, tocaban la jota navarra, como para demostrarnos a
nosotros que no nos teman.

Yo le dije a Ganisch que alguno de nuestros chapelgorris tocara con la
corneta _Andre Madalen_ y _Ay ay, mutilla_.

Los carlistas, como ofendidos al or nuestra msica, dejaron de tocar
la jota.

Yo me acerqu varias veces, a caballo, con mi esclavina y mi sombrero
de copa, al reducto de Casherna, y o silbar las balas cerca de mi
cabeza.

En dos das, a fuerza de zambombazos, qued desmontado el can
enemigo, desmoronado el fortn, y los carlistas abandonaron los
alrededores de Vera.

Toda esta accin, en mi pueblo, no me pareci muy diferente de una
pedrea de chicos. Al menos, en ingenio, no haba gran superioridad de
los militares profesionales sobre los chicos. La nica superioridad que
se poda encontrar era que en esta lucha de soldados haba muertos de
verdad; hombres con el pecho agujereado y las piernas rotas.

Pens varias veces, aunque, naturalmente, no me atreva a decrselo a
nadie, que esto de la guerra, como ciencia, es una verdadera tontera;
yo creo que la guerra es una cosa instintiva; as se comprende que un
cura, o un maestro de escuela, metido a guerrillero, pueda tener en
jaque a cualquier general: que un moro desharrapado haga maniobrar a su
gente como el ms perfecto tctico.

El 5 de abril, O'Donnell y Juregui se dispusieron a volver a sus
campamentos; yo me un a unas tropas francesas que haban avanzado
desde el lado de Oleta a Vera, y fu con ellas hasta la frontera, y
luego, solo, a San Juan de Luz.

La accin a la que haba asistido me pareci poca cosa y me afirm en
la idea de que si alguna vez tena que tomar parte en la guerra, no
sentira el menor miedo. Mi dandysmo estaba por encima del peligro de
las balas.




                             TERCERA PARTE

                         NUEVOS CONOCIMIENTOS


                                                        EN SAINT-MORITZ

CADA nueva parte de mi libro la voy escribiendo en distintos lugares.
Ahora he venido a Saint-Moritz, sitio de moda, por el que tena alguna
curiosidad, pero pienso pasar poco tiempo. Este hotel, grande como un
cuartel, con tanto millonario, me ha dejado espantado.

El enorme edificio est lleno de judos, de americanos, de japoneses,
casados con francesas e inglesas, y hasta de chinos.

Qu decadencia la de nuestro continente! Por todas partes no se ven
mas que amarillos, negros y achocolatados. Qu pisto! Dentro de
algunos aos, en Europa no quedar un europeo de verdad: todos sern
mestizos y habr una extraa mezcla de sangre de todas partes.

Entonces, esta vieja Europa, que no tiene ya ideales, no tendr tampoco
razas un poco limpias, y la comn basura humana ser el patrimonio de
sus ciudades y de sus campos.

La contemplacin de la naturaleza no me compensa del desagradable
espectculo de esta jaula de micos que me parece el hotel.

Es curioso el poco entusiasmo que siento por la naturaleza alpina.
Acostumbrado al pas vasco, con sus montes pequeos y claros, estas
enormes montaas me cansan, me abruman, me parecen extrahumanas y casi
desagradables.

El resplandor de las manchas de nieve en los montes, como trozos de
porcelana sobre el cielo azul, me hace dao a la vista.

Esta naturaleza grandiosa no la encuentro atrayente. Es una naturaleza
de aire csmico, nada humanizada, montona de de color, que se ofrece,
como una virgen selvtica, al hombre joven y fuerte, y que desdea la
debilidad y el cansancio.

Creo que el artista no debe encontrar grandes inspiraciones en estos
paisajes, que son para el turismo y la fotografa ms que para la
literatura y el arte.

Me dicen que aqu puede haber una inspiracin de algo grandioso y
colosal. Yo cada vez tengo ms antipata por lo grandioso y por lo
colosal. No creo en nada colosal. El hombre es, como deca el filsofo
griego, la medida de todas las cosas. Lo que pasa de nuestra medida no
es nada, al menos para nosotros.

Yo me contento con lo que abarca la medida humana; creo que hay en sus
lmites materia bastante con que llenar el corazn y la cabeza de un
hombre, y no aspiro a ms.




                                   I

                            PARS Y MADRID


A la primera ocasin que tuve fu a Pars.

El Pars de entonces no era el de ahora, este Pars enorme, cortado
por grandes avenidas con rboles. Era todava un pueblo de calles
estrechas, misterioso, en donde todo pareca posible. No haba este
cuadriculado policaco actual de la vida, que hace en una inmensa
ciudad como Pars, Londres o Berln, se conozca a la gente casa por
casa y cuarto por cuarto.

Eugenio de Ochoa me sirvi de cicerone; pero me ense, sobre todo,
aquello que le poda dar lustre a l. Al cabo de quince das volv a
Bayona.

Muy poco tiempo despus, al comienzo de la primavera, don Eugenio me
escribi dicindome que sera conveniente que fuese a Madrid.

Me alegr mucho; tena curiosidad de ver algo del interior de Espaa.

Me ofrec a mis amigos y conocidos bayoneses por si queran algo para
Madrid. Gamboa me di un paquete para que lo entregara al secretario
del infante don Francisco, el brigadier Rosales, y dos cartas: una
para don Ramn Gil de la Cuadra, y otra para don Martn de los Heros,
polticos amigos suyos.

Eugenio de Ochoa me di tambin una carta de presentacin, para Usoz
del Ro.

A mediados de mayo march a Santander, en barco, y de Santander, con
grandes dificultades, a Madrid. Ya en el viaje me choc la confusin y
el desorden que haba en todo, y me asombr, al entrar en Castilla, la
cantidad de pramos y de desiertos que atravesamos.

Don Eugenio me esperaba en la Aduana, a la bajada de la diligencia, y
me llev a una casa de huspedes de la calle del Lobo, donde viva l.

Verdaderamente, Madrid me pareci feo y destartalado. La Puerta del Sol
era una encrucijada sin importancia; todo lo encontraba muy polvoriento
y descuidado.

--La verdad es que esto, al lado de Pars--le dije a don Eugenio--,
parece poca cosa.

--Ah! T tambin vas a ser de esos imbciles que porque han estado
unos das en Pars creen que han de despreciarlo todo?

Me call, dispuesto a hacer las observaciones para adentro.

No es que yo despreciara Madrid, al revs; para m, naturalmente,
era ms interesante que Pars, porque en Pars no poda ver nada mas
que paredes y calles, y en Madrid hablaba con gentes de cosas que me
interesaban. Cierto que entonces todava tena ese pobre entusiasmo de
admirar una calle ancha y recta, o un monumento muy grande, como si por
eso fuera uno ms feliz; pero, aun a pesar de eso, como espaol, Madrid
me interesaba ms que Pars.

Yo comprenda claramente que ante la vida europea los espaoles ramos
muy poca cosa, que no pesbamos apenas nada. Madrid no llegaba a ser
mas que un barrio pobre de Pars.

Y la gente! Qu mal aspecto! Qu aire de miseria, de mala
alimentacin!

--Esta pobre Espaa tan enteca, tan mal dotada, cmo ha podido hacer
tanta cosa?--me preguntaba yo--. Ha sido el bro, la confianza, la
ilusin, la que ha hecho levantarse estos Escoriales en medio de
nuestros pramos. Hemos sido arquitectos con caas, hemos construdo
sin medios; as ha resultado todo tan inconsistente.

En el tiempo en que yo he vivido, y sin ofrecer la historia espaola
un inters universal, qu tipos ha tenido nuestra poca!, qu fuerza
y qu gallarda! Mina, el Empecinado, Zurbano, Zumalacrregui, don
Diego Len... Si hubiera habido entre nosotros un poeta, estos hombres
hubiesen llegado a ser universales, no por su ideologa, que era
seguramente msera, sino por su bro y su prestancia. Yo en Madrid
disenta un tanto de la opinin de las gentes; me hablaban mal del
clima de la corte, que a m me pareca magnfico, y me elogiaban cosas
que yo no encontraba tan admirables. La Puerta del Sol, este pequeo
foro, con sus militares, sus intrigantes, sus cesantes, sus rateros,
sus mozos de cuerda, sus desharrapados polticos, sus sablistas y sus
aguadores; todos estos grupos de hombres harapientos, con manta y
calas, y de seores con capa y sombrero de copa; las manolas de rumbo
que pasaban a pie o se mostraban en las calesas; los chicos que corran
descalzos, vendiendo papeles y hojas volantes; toda esta gusanera
revolvindose al aire me interesaba mucho.

Pase en el Prado con sus lechuguinos, sus damas aristocrticas, sus
jvenes oficiales; vi a la Reina Madre con Muoz en su land, y a la
Reina nia, en un coche, tirado por seis mulas grises.

Pas el tiempo en los cafs obscuros, llenos de humo, con los espejos
manchados por las moscas, los divanes, que olan a terciopelo
arratonado; los mozos, que servan de mala gana; frecuent la Fontana
de Oro, la Cruz de Malta, el Caf Nuevo, el de Venecia, el de San
Sebastin; y vi en ellos tipos de todas clases, militares de las varias
guerras espaolas de la Pennsula y de las Colonias, exclaustrados,
masones, etc., etc. Le _El Guirigay_ y _El Fray Gerundio_, y los
folletos annimos y los papeles que corran de mano en mano.

Estuve tambin en los toros a ver a Paquiro Montes, y habl con l un
momento en el Caf Nuevo.

Pasaba poco tiempo en la casa de huspedes. Tena en ella un cuarto
bastante grande, blanqueado, un tanto obscuro, con una cama de madera,
y en las paredes, estampas de Atala y de los Incas, con la leyenda en
castellano y en francs. Siendo el cuarto tan triste y estando la calle
tan alegre, cmo quedarse en casa? La misma reflexin deban hacerse
la mayora de los madrileos, a juzgar por la gente que andaba por las
calles.

Por la maana, el criado que cepillaba las botas me despertaba cantando
canciones liberales:

      Guerra, guerra a muerte,
    a tiranos y a esclavos,

o aquello de

      Viva, viva, viva,
    viva la nacin;
    viva eternamente
    la Constitucin.

El or estos _guerras_ o estos _vivas_ era seal de que haba que
levantarse. Efectivamente, me levantaba, y ya no volva a casa hasta la
hora de comer, si no coma fuera.

Hice mis visitas.

Primeramente fu a ver a los amigos de Gamboa, don Martn de los Heros
y don Ramn Gil de la Cuadra.

Estos dos seores, los dos vizcanos, de Valmaseda, vivan en la misma
casa de la calle de Cantarranas, hoy Lope de Vega, donde tambin haba
vivido Argelles. La casa era un antro de progresismo. En la visita a
Gil de la Cuadra tuve el maligno placer de hacerle hablar de Aviraneta,
dicindole que Gamboa haba estado muy preocupado con la estancia de
don Eugenio en Francia.

Gil de la Cuadra habl pestes de Aviraneta: dijo que era un miserable
intrigante, traidor a la masonera, difamador, enemigo de todas las
personas sensatas, y a quien deban poner a la sombra. Not que no
poda decir contra don Eugenio nada en concreto.

Tambin visit a Usoz del Ro, a quien encontr en compaa de don
Jos Somoza. Los dos eran tipos raros y extravagantes. Somoza tena la
preocupacin de la metempscosis, y Usoz, la del protestantismo.

A Usoz le volv a ver aos despus en San Sebastin, de vuelta de
Inglaterra, ya declaradamente cuquero.

Usoz no era, como dice Menndez Pelayo, en _Los Heterodoxos_, nacido en
Madrid, sino americano, de familia navarra. El no me lo dijo, porque
no hablaba nunca de s mismo, pero encontr su filiacin en las notas
policacas del _Livre Noir de Delaveau y Franchet_, hechas en tiempo de
Carlos X. La primera vez que le vi, Usoz estaba preparando un viaje a
Londres. Usoz me present al escritor ingls Borrow, y me llev a casa
del embajador de Inglaterra en Madrid, sir Jorge Villiers; luego, lord
Clarendon, hombre que tena por entonces una gran importancia en la
poltica espaola.

Fu tambin a casa del infante don Francisco, y habl con su
secretario, el brigadier Rosales. Este me pregunt mucho acerca de lo
que se deca en Bayona.

De pronto el brigadier me dijo:

--El otro da le vi a usted en el caf hablando con un sujeto que se
llama Aviraneta. Le conoce usted?

--De vista, nada ms.

--Pues tenga usted cuidado con l. Es el mayor revolucionario de
Espaa, hombre muy peligroso. Su alteza real el infante don Francisco y
yo le conocemos mucho, por desgracia.

Estando hablando con Rosales vino el general Minuissir, y me
presentaron a l. Yo tena curiosidad por este hombre, y le pregunt
algo acerca de las conspiraciones del tiempo de Fernando VII.

Minuissir no quiso hablar; ya no tena ningn entusiasmo por los
revolucionarios. Pocos aos despus, cuando el proceso de don Diego
Len, Minuissir fu fiscal de la causa, y se habl mal de l por haber
pedido con energa la muerte del reo. Se dijo que haba exagerado el
servilismo con Espartero; que era hijo de un cocinero italiano, y que
cuando, como premio a su sumisin, le pidi a San Miguel la faja de
general, ste le dijo: Sera una faja manchada de sangre.

Cuando le cont a don Eugenio mi visita a Rosales, se ri:

--As que Rosales dice que yo soy hombre peligroso? Ms peligroso ha
sido l para m, que me ha propuesto varias veces conspirar a favor del
infante don Francisco.

--Es hombre revolucionario ese militar?

--S; si los dems hacen revoluciones en beneficio de su amo y de l,
es revolucionario. El es un cobarde, un tumbn. Le conoc en Ciudad
Rodrigo, en 1823. Estaba all de comandante sin mando. Mientras
nosotros nos rompamos la crisma por aquellos vericuetos, l se entreg
en seguida que llegaron los absolutistas.

Habl con otras personas, y me presentaron en un saln de la buena
sociedad. Habiendo vivido en un medio pequeo, como Bayona, con tantas
precauciones, al llegar a un medio grande, como Madrid, en donde poda
hablar a mis anchas, me encontraba como los soldados romanos, a quienes
despus de haberles obligado a andar con sandalias de plomo les dejaban
correr libremente los das de batalla.

Acostumbrado a la ficcin constante, no me costaba ningn trabajo
mentir.

La frase de Talleyrand, o de quien sea, de que la palabra es un medio
de ocultar el pensamiento, era uno de mis dogmas. Llegu hasta saber
fingir la confusin de una manera perfecta.




                                  II

                         LOS AGENTES SECRETOS


--TE he dejado que veas Madrid durante unas cuantas semanas--me dijo
Aviraneta--y que hables con la gente, porque no tenemos prisa. Por
ahora no podemos dar un golpe decisivo; pero preparamos nuestras
bateras. El ministro que me envi a Bayona no est en el poder, y
trabajamos con el dinero de Mara Cristina.

--Yo, por mi parte--le dije--, tengo para vivir. Etchegaray y Legua
van viento en popa.

--Ya lo s, y me alegro mucho.

--La parte de Etchegaray ser para usted.

--No, no, para qu? T has creado eso y debe ser para ti. Yo no
necesito dinero: vivo con cualquier cosa. Vamos a nuestro asunto. Ha
llegado el momento de que te ponga al corriente de la parte secreta de
mis trabajos. En este mes de marzo pasado se han reunido gran nmero
de batallones en Estella, y por el motivo de la falta de pagas se
han sublevado. Ha acudido el mismo Don Carlos a sosegar el motn; ha
exhortado a los rebeldes a que volviesen a la disciplina, y les ha
prometido que les pagar parte de lo que les debe. No se han conformado
ellos slo con la promesa; y viendo Don Carlos el asunto ms grave de
lo que pareca al principio, se ha retirado. Entonces algunos sargentos
han empezado a pedir la destitucin de Don Carlos; pero la mayora se
ha asustado de su propia audacia, y el movimiento se ha sosegado por s
solo. Conocais esto en Bayona?

--S; se ha hablado de este motn de Estella; pero no se ha dicho nada
de que se pidiera la destitucin de Don Carlos.

--Pues se ha pedido. Esta iniciativa no era completamente espontnea,
porque dentro de las filas carlistas contamos nosotros con alguno que
otro agente que, cuando vuelvas a Bayona, tendrs ocasin de conocer.

--Muy bien.

--Ahora tu accin se limitar a esto: a asegurar en todas partes, en
Bayona, que los carlistas estn muy descontentos de las Expediciones
reales; que consideran a Don Carlos completamente inepto, y que creen
que sera mucho mejor que el infante don Sebastin fuera proclamado rey.

--Esto har algn efecto; pero no creo que mucho, porque todos los das
hay versiones de esa especie.

--De todas maneras, t reptelo.

--No hay que hacer ms que eso?

--Luego recibirs a los agentes nuestros, a quienes irs citando en
distintos sitios por los nombres y seas que yo te dar, y hars una
minuta clara con todos los detalles posibles de lo que te diga cada
uno de ellos. No importa que te repitas. Cuantos ms detalles, mejor.
Hecha la minuta se la leers al agente; luego la escribirs con tinta
simptica, y si hay una parte importante de nombres y de seas la
envas por separado y empleas la plantilla nmero uno.

--Est bien. Usted no va a ir Bayona?

--Por ahora, no. Ya veremos cundo. Si fuera all, los carlistas y
Gamboa pondran en juego todas sus intrigas para expulsarme. Pita
Pizarro ha querido que yo nombrase cnsul a algn amigo mo.

--Y por qu no le nombran a usted mismo?

--Eso producira un escndalo y no adelantaramos nada.

--Bueno, qu ms?

--Conviene tambin que vayas a San Sebastin; que veas a mi primo
Alzate, y que ste enve un confidente a Azcoitia, para que le diga en
qu condiciones vive Don Carlos, en qu casa, con qu servidumbre, qu
guardia tiene, etc., etc.

--Entendido.


                                                               INFORMES

--Ahora te voy a dar algunos informes de nuestros agentes, que son S,
T, U, V, X y Z.

--Estamos enterados.

--Yo no bromeo cuando hablo de cosas serias. Vete tomando notas. S, es
Iturri, posadero y comerciante de la calle de los Vascos.

--Lo conozco.

--Es navarro, buena persona, liberal por conviccin, y trabaja por que
se acabe la guerra con entusiasmo. Te puedes fiar de l. Es hombre de
conciencia.

--Eso mismo pienso yo.

--La T es Luci Belz.

--Por un poco Lucifer.

--Y por tan poco, porque es mala como un diablo. Luci est empleada en
el hotel del Comercio de Bayona. Escucha todo cuanto se habla all. Es
francesa, y lo mismo le da por los carlistas que por los liberales.
Es solterona, y ms fea que Picio. El medio de hacerla trabajar con
entusiasmo es mirarla lnguidamente y decirla que es muy simptica.

--Muy bien. La miraremos con languidez.

--La U es la Falcn; ya la conoces. No tienes mas que decirla que yo
te he encargado de hacer una minuta, y ella en la trastienda te la
dictar. La Falcn te citar el da que quieras a Luci Belz, que ir
probablemente a la tienda de antigedades a hablar contigo.

--Bueno.

--La V es Valds, un Valds que llaman de los gatos; t no habrs odo
hablar nunca de l?

--No.

--Valds es un elegante, un petimetre de hace aos, que unas veces
est en Pars y otras en el ejrcito carlista. Manuel Valds hace
quince o diez y seis aos era un buen mozo: alto, guapo, moreno. Quiso
ser de la Escolta Real, y no le aceptaron por su liberalismo. Entre
los aos 20 a 23, Valds fu un _dandy_ madrileo. Era de los que
usaban monculo y de los primeros en poner en la Corte la moda de los
sombreros blancos y las levitas verde lechuga con cuello de terciopelo.
Este lechuguino tom parte en la jornada del siete de julio, formando
parte del Batalln Sagrado. Se cuenta que por entonces estaba en un
saln presumiendo, cuando entr el gato de la casa; un gato de Angora
muy lucido.--Qu hermoso es! Qu elegante!--dijo alguno--. Es el
Manolo Valds de los gatos--replic el mismo Valds--. Desde entonces
a Manolo le qued el nombre de Valds de los gatos. En el _faubourg_
Saint-Germain le llaman _le beau Valds_. Al entrar los franceses de
Angulema, la gente baja de Madrid estuvo a punto de matar a Valds,
y el hombre se hizo absolutista. Ahora es pblicamente carlista y
privadamente agente secreto de Mara Cristina.

--Es una frmula individual como otra cualquiera.

--Este Valds tiene que ir con frecuencia a Bayona. Te ir a ver. Quiz
te cuente algo curioso. Se le mandarn tus seas a la casa en donde
vive en Pars.

--Vamos con la letra X.

--Vamos con ella. La X es Pedro Martnez Lpez, un seor que escribi
un folleto contra Mara Cristina por encargo de su hermana la Infanta
Luisa Carlota.

--Y le paga el Gobierno de la Reina?

--S; quiz pudo poner en su libelo mucho ms de lo que puso. Este
Martnez Lpez, para m, es un to antiptico e intil. Es burgals, de
Villahoz; se ocupa de cuestiones filolgicas y agrcolas, y est liado
con una corredora que va a casa de la Falcn, la Hidalgo.

--La conozco.

--Martnez Lpez no creo que te diga nada interesante; chismografa
nada ms. Se le puede avisar por la imprenta de Lamaignere.

--De la calle de Bourg-Neuf; la conozco tambin.

--La Y es Bertache, un hombre de cuidado que te lo recomiendo. Bertache
es un sargento carlista, joven, llamado Luis Arreche, de la casa
Bertache de Almandoz. Este Bertache es casi un bandido. Tiene una
querida, Gabriela la Roncalesa, que es una muchacha contrabandista a
quien hace andar de aqu para all. Iturri, el fondista de Bayona, sabe
el modo de avisar a Bertache.


                                                             LA LETRA Z

--Por ltimo, la letra Z de que te hablaron a ti en San Sebastin y te
dijeron que indicaba el nombre de un francs, es Jos Garca Orejn,
teniente en las filas de Don Carlos. Orejn ha sido caballista, es muy
listo, muy cuco y muy desconfiado. Garca Orejn fu enviado por la
misma Reina Gobernadora al cuartel general hace aos, y aparece all
como furibundo carlista. Orejn tiene tambin relaciones con Gamboa.

El fu el que me di a m, cuando estuve en Bayona, escrito en cifra y
con tinta simptica, el plan de la Expedicin Real, que se ha realizado
despus. Con l combin yo tambin la manera de sublevar las provincias
Vascongadas y Navarra, en ausencia de Don Carlos y de sus tropas,
aprovechando el cansancio de los pueblos; proyecto que, por falta de
medios, no se ha podido realizar. Para avisar a Orejn dejars una nota
en un comercio de vinos de Saint-Esprit, de la calle de Santa Catalina,
de un tal Artigues. De cuanto te digo no hay que hablar nada a nadie.

--Descuide usted.

--A estas gentes, nicamente conocen por referencias la reina Cristina,
el ministro Pita Pizarro, el subdelegado de polica, don Canuto Aguado,
t y yo. No hay para qu recomendarte la discrecin. Cualquier dato que
te arranquen te puede perjudicar. Te acuerdas que en San Sebastin
te dijeron que yo haba ido a Bayona con un extranjero cuya inicial
era una Z? La causa de esto fu que Pita Pizarro tuvo que poner en
conocimiento del ministro Calatrava, en pleno consejo, la misin que yo
iba a desempear en Francia, y revelar el nombre del agente con quien
me iba a entender, y le mostr una de sus cartas, escrita con tinta
simptica y con la firma Z. El mismo da, seguramente Calatrava hablaba
en la logia, e inmediatamente se comunicaba la noticia a San Sebastin.
Actualmente, en Espaa tenemos dos clases de policas, sin contar con
la del Gobierno, que es la oficial y la que vale menos: una es la de
los apostlicos, jesutas, clericales, como se quiera llamarlos, y la
otra, la de los masones. La una y la otra son policas espontneas,
y, por lo mismo, ms activas. As, claro, nosotros estamos entre dos
fuegos. Por esto hay que tener ms cuidado y tomar ms precauciones.
Esto es como el juego del mus: se gana la partida fingiendo y
engaando. As, que ya sabes: la cuestin es no soltar prenda. Or,
callar y mostrarse impenetrable.

--No tenga usted miedo; he hecho el aprendizaje.

--Todas las minutas me las mandas por la estafeta del consulado ingls.

Haba hecho unas notas con las recomendaciones de Aviraneta. Se las
repet, y di su visto bueno.




                                  III

                               LA REINA


AL da siguiente, don Eugenio me dijo que tenamos que ir al Ministerio
de Estado a ver una persona importante.

Tomamos un coche, llegamos a Palacio, subimos varias escaleras,
cruzamos dos pasillos, guardados por alabarderos, y entramos en un
saln con la bveda pintada, donde haba, entre varios palaciegos y
militares, una seora gruesa, vestida de blanco.

--Pero es la Reina!--exclam yo, asombrado.

--Seora--exclam Aviraneta inclinndose ligeramente--: aqu le traigo
a este joven amigo mo y paisano, que va a llevar una misin difcil a
Bayona, de la que yo le garantizo a Su Majestad que saldr triunfante.

--No le habas dicho que ibas a traerle aqu?--pregunt la Reina.

--No; y, sin embargo, como ve Vuestra Majestad, no se ha confundido.

--Es cierto.

--No es cierto, seora. Estoy confundido de la bondad de Su Majestad
para conmigo--dije yo.

--Nuestro amigo Aviraneta, te ha explicado bien lo que debes
hacer?--me pregunt la Reina.

--S, seora.

--Lo has comprendido bien?

--Creo que s, seora.

--Ests dispuesto a trabajar con entusiasmo y con fe?

--Todo lo poco que pueda hacer yo por la causa de Su Majestad y de su
augusta hija lo har con toda mi alma.

--Cmo te llamas?

--Pedro Legua.

--Est bien. Est bien. No me olvidar de ti. Tengo confianza en tu
triunfo. Cuando cumplas tu misin, ven a verme. Adis!

La Reina Gobernadora me alarg la mano, que yo bes respetuosamente, y
Aviraneta y yo salimos del saln.

--Veo que tienes pasta de cortesano--dijo Aviraneta--; t marchars ms
de prisa que yo.

--Por qu dice usted eso?

--El ambiente de Palacio no te marea. A m me marea y me repugna.




                                  IV

                             AQUEL MADRID


LLEVABA un mes en Madrid y tena que dejarlo, y senta pena.

Aquel Madrid de mi tiempo tena mucho atractivo, un gran encanto para
nosotros los espaoles.

Hay pueblos y paisajes que son como el pan, que gustan a todos; otros,
en cambio, se parecen a la cerveza, en que hay que acostumbrarse
primero para tomarles el gusto.

Madrid era de estos ltimos. No tena, ni tiene seguramente la
teatralidad de Sevilla y de Granada, ni el encanto que forma la base
del turismo de Pars, Roma, Venecia, Npoles o Constantinopla.

La gracia del Madrid de entonces era una gracia particular, limitada, y
exiga en el espectador un particularismo. Ni el americano del Sur, con
su petulancia y su avidez, que le dan sus gotas de sangre de negro; ni
el norteamericano, con su sequedad y su barbarie; ni el francs repleto
de frases, ni el alemn repleto de datos, podan sentir y apreciar esta
gracia de aquel pueblo polvoriento y destartalado. Tena que ser un
espaol, probablemente no castellano, un poco culto, sin serlo mucho,
un poco artista, sin serlo demasiado, para gustar del encanto de esta
ciudad, un tanto absurda.

Madrid era y quiz es un pueblo para gente vieja que comprende que hay
que tomar de las cosas poco: de ese vino una gota, de esa naranja un
gajo, porque si se vaca la botella o se devora todo el fruto, las
ltimas gotas o los ltimos gajos resultarn amargos.

En la juventud se quiere todo; en la vejez se comprende que slo puede
gustarse algo. La juventud es ansia, pantesmo, turbulencia; la vejez,
limitacin y sabidura.

Madrid tena y tiene siempre en su aire como una invitacin a la
vida ligera y a la sabidura. El cielo suyo no es ese cielo de tonos
calientes, ambarinos de los pueblos de Levante; el cielo de Madrid no
se parece nada al de Roma, como afirmaba Castelar.

El cielo de Roma es ms azul, ms oriental, ms pomposo; el cielo de
Madrid es ms plido, ms limpio, ms de montaa; el cielo de Roma,
como el de casi todas las ciudades de Italia, est en la paleta
del Verons y del Tiziano; el cielo de Madrid est en la paleta de
Velzquez, en esos tonos un poco grises, de una gran suavidad y de una
gran elegancia.

Es el ambiente fsico, el aire sutil, el que da en Madrid ese aire
ingrvido a los cuerpos. Todo se desmaterializa y se sutiliza en este
ambiente madrileo; nada parece que tiene substancia ni peso; un
palacio, como el Palacio Real, al anochecer, ms que un conjunto de
piedras, es una masa de rosa plido en un cielo de palo.

Al disponerme a marchar a Bayona tena la melancola de no poder
pasearme en la Castellana, de no poder entrar por la maana en el
Retiro, de no presenciar la tarde lnguida en el Botnico, de no
asomarme al anochecer a ver la vista incomparable del Guadarrama desde
el balcn de la plaza de la Armera y de no or una cancin popular en
una callejuela tortuosa.

Qu noches las de Madrid de mi tiempo, con los escaparates de las
tiendas encendidos hasta las doce, los teatros hasta la madrugada, y
los cafs, que no se cerraban!

Qu mezcla de gracia, de desorden, de abandono, de clera, de bueno y
de mal humor!

Pero todo eso ha pasado con el tiempo, y su encanto nadie lo sentir,
ni nadie lo comprender.

Hay indudablemente en el desorden, en el abandono, en lo que no est
realizado an, una gracia, un sabor especial, como hay tambin, en
lo que est logrado y maduro, una melancola de lo que ya no tiene
porvenir.




                                   V

                         VINUESA Y SU FAMILIA


AL da siguiente de la visita a la Reina, tomaba la diligencia y me
despeda de don Eugenio. Mientras marchaba camino de Lozoyuela iba
reflexionando en mi vida. En poco tiempo, qu cambio!

Todos los vagos sentimentalismos de joven, todas las aspiraciones de
aventuras infantiles se me iban pasando. Mi ideal era subir y afirmarme.

Estaba viendo que no tardara mucho en tener que dejar a Aviraneta,
seguir su suerte, para volar solo y por mi propio impulso. Me preparaba
a ser desagradecido, como hubiera dicho Stratford. Pensaba en este
fenmeno raro que todava han experimentado los hombres de mi tiempo,
y yo con ellos: el sentimiento de sentirse engrandecidos por el favor
real.

Despus de haber besado la mano de la Reina me crea yo ms importante
y miraba a los dems mortales con cierto desdn.

En mi ensimismamiente engredo, no hice apenas caso de los dems
viajeros, ni escuch las divagaciones de un cannigo pedante que
peroraba acerca de los adelantos de Francia, hasta que un seor
insistentemente se puso a hablarme.

--Qu le ha dicho a usted don Eugenio?--me pregunt.

--Qu don Eugenio?

--Don Eugenio de Aviraneta.

--Le conoce usted?

--S; es muy amigo mo.

Este seor me dijo que iba a Francia con real permiso, pues desempeaba
el cargo de oficial de la Secretara de Estado, y se iba a establecer
en Pau.

Pocas cosas inspiran tanta confianza como el no tener inters en
terciar en una conversacin, y el seor, viendo que yo no tena
muchas ganas de hablar, insisti en su charla, y me dijo que se
llamaba Francisco Snchez Vinuesa, y me present a su seora, que
tambin viajaba en el coche, una seora rubia, muy arrogante, de aire
extranjero.

Al llegar a las paradas tuve algunas atenciones con la seora, y
Vinuesa me obsequi de una manera exagerada. Yo pensaba si es que
pensara pedirme algn favor; pero, no; sin duda, su carcter era as,
efusivo y generoso.

Me pregunt varias cosas acerca de la vida de Bayona. Se le vea
inquieto con la idea de entrar en Francia.

El buen seor era tmido y asustadizo. Su mujer pareca mucho ms
decidida que l, y tambin ms inteligente. Habl con ella largo rato
en el camino. Estaba muy enfadada por el viaje que emprendan.

Era mujer alta, fuerte, con el pelo rubio y la tez blanca y sonrosada:
una verdadera _valkiria_. Tena los ojos azules, los labios muy gruesos
y la dentadura muy blanca. Me habl del viaje que realizaban como de
una aventura absurda y ridcula.

Tuvimos algunos pequeos percances en el camino; nos embarcamos en
Santander y llegamos felizmente a Bayona. All, Vinuesa me confes
que era carlista, aunque moderado y tolerante. Iba a dejar a su mujer
en una casita que tena alquilada en Pau para l un amigo carlista, y
despus pensaba presentarse a Don Carlos.

--Va usted a dejar sola a su mujer?

--S.

--Le advierto a usted que est muy enfadada con usted por este viaje.

--Se lo ha dicho a usted?

--S.

--Pues no s qu hacer.

--No vaya usted.

--S; pero, qu quiere usted? Es un deber de conciencia.

El seor de Vinuesa se despidi muy efusivamente de m, dicindome
que fuera a verle a Pau, y la seora me inst tambin a que marchara a
visitarles.

En seguida que llegu a Bayona me hice cargo de mis asuntos; visit al
cnsul Gamboa, a Delfina, a todas las familias conocidas, y comenc a
preparar las entrevistas con nuestros agentes secretos.

Delfina me habl con irona de la aventura de la mujer de Don Carlos,
de la Brasilea, una mujer como la princesa de Beira, ya vieja, con un
hijo general del ejrcito carlista que marchaba a campo traviesa con
una doncella y el conde de Custine, como una trotacaminos, a casarse
con el vulgar y poco interesante Borbn, pretendiente a la corona de
Espaa.

Delfina se burl de las seoras espaolas, devotas y pedantes, que
haban aparecido en Bayona, como doa Jacinta Prez de Soaes y doa
Vicenta Maturana de Rodrguez, ambas musas del carlismo.

Doa Jacinta era la pedantera hecha carne; doa Vicenta, la poetisa
gaditana, haba publicado varias novelas, entre ellas _Teodoro, o el
hurfano agradecido_, _Amar despus de la muerte_, y acababa de dar a
luz el _Himno a la Luna_, en cuatro cantos, que el Gobierno carlista
prohibi, no se sabe si por resentimiento contra doa Vicenta o contra
la luna.

La Maturana tena fama de ser una gran profesora de baile.

--Ah! Quel monument! Ah! Quel phenomene!--me dijo irnicamente
Delfina, hablando de ella.

Me acomod de nuevo a la vida de mi hotel y de mi oficina.

Comprend entonces, al volver a vivir en Francia, cosa que antes
no comprenda bien: cmo era extranjero, cmo haba en m cierta
hostilidad interna por el pas, y en el pas cierta hostilidad para m.
Estas dos hostilidades, la del hombre por un pas extrao y la del pas
extrao por el hombre, forman el lado negativo del patriotismo, que a
veces es ms fuerte que el lado positivo, o sea la simpata del hombre
por su propia tierra y de su tierra por el hombre.




                                  VI

                     AVENTURA EN TOLOSA DE FRANCIA


--SI alguna vez vas a Tolosa de Francia visita a una familia en cuya
casa estuve durante mi estancia all, la familia de Esperamons. Aqu
tienes sus seas--me dijo don Eugenio en Madrid.

--Bueno.

--Hay en la casa una muchacha que es muy simptica, Josefina. No vayas
a cortejarla. Deja algo para los dems.

--Descuide usted.

--Ya s que eres un Tenorio; pero, en fin, ten en cuenta que es una
muchacha que me gusta.

--Lo tendr en cuenta.

Haba recordado esta conversacin al hablar con Gamboa de un negocio de
vinos que se tena que hacer en Tolosa, no de gran importancia. Decid
ir yo, porque quera ver el pueblo, y algo tambin porque me interesaba
el conocer a la muchacha que le gustaba a don Eugenio.

Tom, pues, la diligencia en Saint-Esprit, y fu por Orthez a Pau, y
luego a Tarbes, y de Tarbes a Auch y a Toulouse. Entre Orthez y Pau
fu charlando con un ingls que viajaba para ahuyentar el _spleen_; de
Pau a Tarbes, con dos seoras francesas, y de Tarbes a Auch, con unos
militares. Llegu a Toulouse, y me fu a hospedar al hotel del Gran Sol.

Ped al dueo una habitacin, y ste llam a una muchacha que llevaba
en el delantal un llavero, quien me condujo a un cuarto decorativo,
aunque un poco viejo, con el techo con artesonados dorados, la
alfombra roja y las sillas y las cortinas tambin rojas.

Cen, me acost, y a la maana siguiente, temprano, sal a ver el
pueblo y a arreglar mis asuntos comerciales.

Estos asuntos se haban arreglado por s solos; as que no me quedaba
mas que echar un vistazo a la ciudad y visitar a la familia amiga de
Aviraneta.

Hoy Tolosa creo que es un pueblo modernizado, con grandes avenidas y
bulevares; entonces era, ntegramente, una vieja ciudad meridional,
un pueblo rojo de ladrillo, con calles estrechas y tortuosas mal
pavimentadas. Anduve toda la maana y parte de la tarde callejeando;
vi la casa del Ayuntamiento, que tiene el nombre pomposo de Capitolio;
pas por calles de nombres pintorescos, como la del Pato, la de
la Manzana, la de la Estrella, del Faran, la de los Hilanderos,
Pergamineros, etctera.

En la entrada de la calle de la Vieja Cepa contempl el sitio donde se
celebraban los autos de fe de la Inquisicin, y en uno de los asientos
del coro de Saint-Sernin vi esculpido a Calvino, predicando, con cabeza
de cerdo.

A pesar de no ser arquelogo ni de entender nada de arquitectura, me
gustaron las murallas de la ciudad, con sus gruesas torres redondas,
y estas calles tortuosas con grandes caserones de ladrillo, con sus
tapias, por donde salan las copas de los rboles, y sus puertas
cocheras, con aldabones de hierro forjado.


                                                      LA DAMA DEL HOTEL
                                                      DEL GRAN SOL

Al volver, ya cansado, al hotel, me encontr en la escalera con una
mujer que me entusiasm. Iba acompaada por un hombre de unos cuarenta
aos, tipo seco, flaco, de bigote y barba negros, con un aire triste y
distinguido, los ojos sombros y los labios plidos. Ella era preciosa:
una morena con el valo alargado, el pelo castao y los ojos claros,
y una expresin alucinada. Iba tocada con una mantilla espaola. Yo
la contempl absorto; ella me mir sonriendo. El hombre me lanz una
mirada sombra.

Estaba esta pareja en el mismo hotel, en un cuarto pared por medio del
mo.

Yo entr en mi habitacin preocupado por tener aquella mujer esplndida
tan cerca. Me acerqu a la pared, y not que, entre mi cuarto y el de
al lado, haba slo un biombo recubierto con un terciopelo rojo.

Sal al pasillo del hotel y vi poco despus que mi vecino, el marido,
o lo que fuera, de aquella mujer tan guapa, sala a la calle con otro
hombre que, por su tipo, pareca un criado, un viejo con la cara larga,
el pelo casi albino y unos ojos de espantado.

Pregunt al mozo del hotel quines eran mis vecinos, pero no saba ms
sino que eran espaoles y que haban llegado el mismo da que yo.

Volv a mi cuarto; pase de arriba a abajo, escuch, poniendo el odo
en el biombo, y en esto sent que se abra el balcn en el cuarto de
al lado. Abr yo el mo. All estaba, cerca de m, aquella mujer. Al
verla, me palpitaba el corazn como un martillo de fragua.

--Qu hermosa es usted!--la dije.

Ella sonri amablemente; luego puso un dedo en los labios imponindome
silencio, y se retir.

Nunca me he encontrado yo tan agitado como aquel da. Pens que aquella
mujer querra decirme algo. Si no, por qu el signo de silencio?

Fu a cenar, suponiendo ver en el comedor a la dama y a su acompaante,
pero no aparecieron. Volv a mi cuarto. Al lado hablaban. Sin duda la
pareja haba cenado en la habitacin.

Pasaron unas horas y not que hablaban vivamente, y hasta cre or un
beso. No se entendan las palabras. Me entr una gran desesperacin y
pens salir a la calle e irme a dormir a otra parte. De pronto o un
rumor montono en el cuarto de al lado. Qu poda ser esto? Me fij.
Estaban rezando el rosario.

Despus no se oy nada. Me acost y dorm muy mal.

A la maana siguiente sal varias veces al balcn y, en vez de
encontrarme con ella, me vi una vez con la figura sombra del hombre,
que me mir amenazadoramente.

Aquella mujer me haba a m sorbido el seso, trastornado, alucinado. Se
me haban olvidado mis asuntos, Bayona, la poltica, Aviraneta; todo
haba quedado all, muy lejos.


                                                      LA CALLE TRIPIERE

Al tercer da, el galn y la dama desaparecieron y fueron a vivir,
segn me dijo el mozo del hotel, a una casa pequea de la calle
Tripire.

La calle Tripire era una callejuela que cruzaba la de Saint-Rome, que
es de las ms cntricas y de las ms concurridas de Tolosa. La calle
Tripire, triste y estrecha, adoquinada con cantos del ro, tena
algunos grandes palacios del Renacimiento, con altas tapias y puertas
cocheras, y casuchas miserables con ventanas pequeas y rejas, desde
cuyos portales partan largos corredores obscuros, que se abran a lo
lejos en un patio sucio y sombro.

En algunas de estas casas me dijeron que se encontraban cuevas con
calabozos e _in paces_, con grandes anillos que haban servido en otro
tiempo de prisin.

Los dos das siguientes pase maana y tarde por delante de la casa de
la calle de Tripire, sin volver a ver a la bella dama.

Desconcertado, se me ocurri visitar a la familia amiga de Aviraneta,
con la vaga esperanza de que me diera algn dato. Precisamente vivan
tambin cerca de la calle de Saint-Rome, en la del May.

Las seoras de Esperamons, madre e hija, me recibieron muy amablemente;
la madre era una seora gruesa, que haba vivido en mejor posicin
y se lamentaba de su suerte; la hija, Josefina, era rubia, gordita,
sonriente, de ojos azules, de poca estatura, peinada con rizos y
sortijillas, y muy apetitosa.

Josefina cantaba y tocaba la guitarra. Nos hicimos amigos ella y yo, y
yo le cont mi aventura del hotel.

--Yo me enterar--me dijo ella--; maana lo sabr.

Al da siguiente fu a casa de Josefina, verdaderamente emocionado.

--Estoy enterada de todo--me dijo.

--Qu pasa?

--Es una cosa triste. Esa chica tan guapa est loca.

--Loca?

--S. El seor que va con ella es su padre, y es brigadier carlista.
Parece que desde hace tiempo vena trastornada. De cuando en cuando se
viste muy elegante, y se pasea, y se mira en el espejo. Se cree una
reina, de la que todo el mundo est enamorado, y dice que tiene un
secreto que no puede contar.

--Y la ha visto algn mdico?

--S, varios; pero dicen que es una cosa desesperada.

La noticia me hizo un efecto lamentable. Me decid a marcharme. Le ped
a Josefina que me diera noticias de ella por carta, y me desped de las
dos seoras de Esperamons, a tomar la diligencia para Bayona.

Unos meses despus, Josefina me escribi dicindome que la muchacha
estaba completamente loca; que ya no quera ver a nadie, y que se
pasaba la vida en el hotel de la calle de Tripire corriendo de un
extremo a otro del patio, medio desnuda y jadeante, y repitiendo a cada
paso:

--Ah! El amor, el amor, el amor...




                             CUARTA PARTE

                         LOS PEONES DEL JUEGO


                                                             EN BASILEA

HE vuelto de Saint-Moritz a Basilea. Voy ideando proyectos y dejndolos
sin realizar. Tena el pensamiento de seguir la ruta de Aviraneta y de
mi suegro Arteaga, por el Rhin, hasta salir al mar; pero, al comenzar
el camino en tren, estas enormes estaciones de los pueblos de Alemania,
la gente atareada, que marcha de prisa, tanta fbrica y tanta chimenea,
me han entristecido, y he vuelto atrs.

Nunca me haba fijado como hasta ahora en la melancola de los
crepsculos de estos pueblos del centro de Europa. Qu cosa ms
lamentable! La vida es tambin en estas ciudades bastante triste. Para
la mayora de esta gente, el ideal es bien pobre: comer mucha grasa,
beber mucha cerveza, y por toda diversin ir al cinematgrafo, al
_kino_, como dicen ellos.

Estoy en Basilea, que es pueblo que me atrae. Vivo en un hotel modesto,
muy agradable, que da sobre un jardn, con rboles y una fuente, y que
no tiene nada de ese lujo insolente y aparatoso de los grandes hoteles,
tan grato a los americanos y a los judos.

Por las maanas paseo por los alrededores de la catedral, ando por
el claustro y me siento en la terraza a contemplar el Rhin, con sus
olas verdes. Veo tambin el casero del otro lado del ro, los montes
prximos y las chimeneas de las fbricas del barrio industrial de
Basilea.

Miro el puente, reconstrudo, por donde Aviraneta y mi suegro vieron
pasar hace cerca de un siglo las tropas aliadas del prncipe de
Schwarzenberg. Ahora pasan tranvas verdes y gente en bicicleta. Por
la tarde voy al Jardn Botnico, a ver a las marmotas, y me gusta
pasear por el Pequeo Basilea a orilla del ro y contemplar las dos
torres rojas del Munster, que se levantan al cielo y tienen en su base
arboledas, terrazas y jardines, que se reflejan en las aguas del Rhin.

Los domingos, por la maana, qu melancola en todo el pueblo! Una
niebla suave invade las calles, desiertas; las casas gticas y las
casas barrocas, con sus tejados apuntados, muestran sus ventanales,
como unos ojos lnguidos y sin brillo. En la plaza de la Catedral y en
la terraza que da sobre el Rhin no hay un alma. Alguna lancha marcha
de lado, llevada por la gran corriente del ro, y el barquero hace
esfuerzos titnicos para dirigirla.

A las nueve comienzan a sonar todas las campanas del pueblo, y luego
se oye el rumor del rgano y de los cantos de los oficios en la
Munsterplatz. Por la tarde suelo estar en mi cuarto, con la ventana
abierta, que da al parque.

Al anochecer cruzan empleados y empleadas de tiendas, montados en
bicicletas. El cielo toma un color de palo, y pasan las golondrinas
rpidamente, revoloteando y chillando.

Un orquestn de un circo de lona que han puesto delante de la estacin
del tren toca valses, polcas, _la donna  mobile_ y la marcha de
Tanhauser. Se enciende una luz de arco voltaico en el aire, y comienza
a chirriar un grillo.

       *       *       *       *       *

Hoy, sbado, despus de cenar, oa una orquesta desde mi ventana, y
he salido al parque prximo al hotel. Tocaba la msica en un quiosco.
La noche estaba tibia; los relmpagos iluminaban el cielo, haciendo
destacarse en el horizonte esclarecido las ramas de los rboles.

La msica ha tocado unos aires populares, entre los cuales he
reconocido uno o dos de Haydn.

Unas muchachas cantaban al mismo tiempo la letra de estas canciones, y
sus acentos guturales tenan un acento de juventud y de energa para m
encantador.

Algunos hombres se haban tendido en la hierba a escuchar; las
muchachas paseaban en grupos, con sus trajes claros; haba un olor de
flores, y a veces resonaban las gotas de lluvia en las hojas de los
rboles. Luego ha empezado a llover torrencialmente, y he corrido a
refugiarme en el hotel.

Hoy, domingo, llueve tambin. He sacado mis papeles y me he puesto a
escribir. Ya vivo slo con mis recuerdos. Todo lo que uno ha vivido
est bien muerto. Quin se acuerda de ello? Nadie. Cierto que lo que
vive ahora morir tambin; pero esto no es un consuelo.

El cielo est gris y triste, como yo; para m no hay sol mas que en los
das transcurridos, y me refugio en mis recuerdos, como el animal se
mete en su cueva.




                                   I

                              LOS RIVALES


POR aquella poca, verano y otoo de 1838, todas las conversaciones
comenzaron a girar alrededor de Espartero y de Maroto.

Durante el mando del general Guergu, el desorden y la disciplina
haban cundido en las filas carlistas. Los polticos amigos de Don
Carlos vieron el peligro, y el Real decidi destitur al general
navarro y llamar a Maroto, que estaba entonces viviendo en Burdeos.

El grupo carlista moderado, con el padre Cirilo a la cabeza, patrocin
la idea, y el partido fantico, a cuyo frente se haba puesto un joven
gallego, Arias Teijeiro, se opuso con energa.


                                                                 MAROTO

Triunf la tendencia moderada, y en junio de 1838 se encarg Maroto
del ejrcito, restableci la disciplina, organiz las tropas y la
administracin militar, e hizo que sus fuerzas ascendieran a ms de
veinticinco mil hombres.

Esto no pudo llevar la concordia a las filas carlistas. Maroto no
tena ninguna simpata por Don Carlos; Don Carlos senta una gran
desconfianza y un gran temor por Maroto.

Maroto estaba reido con la mayora de los generales carlistas
afiliados al partido fantico. Adems de esto, despreciaba a Gonzlez
Moreno, que a su vez miraba a Maroto como a un hombre voluntarioso y
arbitrario; consideraba a Uranga y a Egua como generales ineptos y
sin talento, y odiaba con todo su corazn al grupo de los fanticos
capitaneados por Arias Teijeiro, sobre todo al cura Echeverra y a los
generales Garca, Sanz y Guergu.

Mil resentimientos y rivalidades corroan el campo carlista; verdad es
que en el liberal ocurra lo propio.

A principios de septiembre, Maroto consigui derrotar en el Perdn al
general cristino Alaix, y con la victoria el prestigio suyo aument
entre las tropas.

Los soldados eran grandes entusiastas de Maroto. Se deca que cuando no
haba dinero para pagarles, Maroto lo buscaba, y que cuando no llegaba
a encontrarlo lo daba de su bolsillo.

Por entonces el nuevo jefe hizo que se comenzaran a formar sumarios
para encontrar a los promotores de los motines militares y a los
autores de los complots que se fraguaron contra la vida de los
hojalateros y de los castellanos, como el que produjo la muerte del
brigadier Cabaas.

Resultaban cmplices varios sargentos y oficiales, pertenecientes a los
batallones navarros, mandados por los generales Guergu, Sanz, Garca
y Carmona, que eran los representantes del fanatismo clerical y del
navarrismo.

Estos generales tenan mucho apoyo en la corte de Don Carlos, y
Maroto, al notarlo, no slo no sigui en su campaa con los Tribunales
militares, sino que ni aun siquiera se atrevi a procesar a los
oficiales complicados en este asunto, y mand que, hasta nueva orden,
se suspendieran las causas, de miedo de que el elemento fantico y
clerical se le echara encima.

No por eso dejaba de pensar en el castigo, buscando la ocasin
oportuna, porque el nuevo general era rencoroso y tenaz.


                                                              ESPARTERO

As como Maroto apareca a la cabeza de una fraccin carlista,
Espartero, por entonces, era jefe adicto a la Reina Gobernadora, y,
dentro de las filas liberales, no estaba afiliado ni a los moderados ni
a los progresistas.

Los dos partidos cristinos se hallaban sin jefe militar: el moderado,
por la emigracin del general Crdova; el progresista, porque no lo
tena desde la muerte del general Mina.

Los progresistas pensaron un momento en hacer su jefe militar a
Narvez, y le favorecieron escandalosamente cuando la expedicin de
Gmez, postergando, sin motivo, a Alaix y a Rodil, que eran amigos de
Espartero.

Narvez no correspondi al favor de los progresistas, y despus del
movimiento de Sevilla se ali con los moderados y tuvo que escapar de
Espaa.

Mientrastanto los progresistas vean la elevacin de Espartero
recelosos; crean que este general se inclinaba a una tendencia
conservadora, cosa muy lgica en un militar, y la Prensa le reprochaba,
justa o injustamente, la lentitud en las operaciones.

Aviraneta afirmaba que los motines militares que estallaron en esta
poca fueron dirigidos por los progresistas y por la masonera
escocesa, que queran desacreditar a Espartero, porque teman que un
general, al parecer moderado, acabara la guerra con xito y pudiera
erigirse en dictador.

Segn Aviraneta, el general Seoane, progresista y afiliado a la
masonera escocesa, entonces enemigo acrrimo de Espartero, haba sido
el promotor del motn de Hernani.

De permanecer Espartero alejado de los dos partidos liberales, hubiera
podido ser, despus de su xito en Vergara, el rbitro de Espaa;
pero la ambicin y la prisa le impulsaron a tomar partido entre los
progresistas, que le conquistaron y lo pusieron a su cabeza.

El que hizo en este caso de sirena fu el cnsul de Bayona, Gamboa, a
pesar de su mediocridad, quiz por ella misma.

Horas despus de haber abandonado el Pretendiente el suelo de Espaa,
y de refugiarse en Francia, Gamboa pas a Urdax, tuvo una larga
conferencia con Espartero, e hizo su conquista.

Gamboa llevaba plenos poderes de la masonera y del partido progresista
para pactar con el general victorioso. Aviraneta que lo supo, no s por
qu conducto, mand inmediatamente por el Consulado ingls de Bayona
un parte a la Reina, advirtindola lo que pasaba, y aconsejndola que
empleara todos los medios posibles para impedir que los progresistas
aceptaran la jefatura de Espartero, pues la jefatura de un militar en
uno de los partidos del Gobierno poda producir grandes daos al pas,
llevndolo al militarismo.

Don Eugenio era de los que vean un peligro en la preponderancia
militar.

La mujer de Espartero se enter de este aviso en Madrid, y se lo
comunic a su marido, y Espartero no se lo perdon nunca a Aviraneta.

Por ms de que luego dijo el general que su encono contra Aviraneta
dependa de tenerlo por un conspirador y por un intrigante, la causa
verdadera fu este parte que don Eugenio envi a la Reina.




                                  II

                             EL MURCILAGO


UN da que estaba en el cuarto del hotel buscando unos papeles en mi
cartera sal rpidamente al pasillo, y me encontr con un hombre que se
hallaba al lado de la puerta.

--Qu hace usted aqu?--le dije.

El hombre, al principio, no supo qu contestar.

--Nada..., nada...--balbuce--; me haba equivocado de piso.

Me choc mucho esto. Supe que aquel hombre, a quien haba sorprendido
espindome, viva en mi hotel, que sala poco, y que no vena nadie a
visitarle.

Hice por verle. Era un hombre plido, delgado, marchito, con los ojos
grandes, obscuros, y el bigote negro. Vesta un tanto rado. Sala
del hotel casi siempre al anochecer, entre dos luces; as que no se
le notaba apenas. Coma en la segunda mesa. En el hotel pasaba por
llamarse Manuel Gonzlez y ser carlista.

Como tena bastante confianza con Vidaurreta, el canciller del
Consulado espaol, le ped se enterara de la vida de aquel pjaro
crepuscular, pero no averigu nada. Haba varios Gonzlez inscritos
en el Consulado espaol: el uno, comerciante; el otro, obrero; pero
ninguno de ellos era mi espa.

A este hombre le llamaba yo el Murcilago. El Murcilago y yo tenamos
el uno por el otro una manifiesta antipata de perro a gato y de gato
a perro. Cuando nos encontrbamos en la escalera no nos saludbamos;
l me miraba con una indiferencia desdeosa, y yo haca al verle,
deliberadamente, un gesto de molestia y de desprecio. Como por
instinto, nos sentamos hostiles.

El deba ser del grupo carlista exaltado; lo vi alguna vez hablando con
el ingls Mitchel, que era el jefe en Bayona del partido antimarotista,
como el marqus de Lalande era el director del marotista. Otra vez,
de noche, vi al Murcilago que charlaba con la Condesa, una de las
corredoras de la Falcn.


                                                             LA CAJA
                                                             SOSPECHOSA

Un da me mandaron una cajita de dulces a casa. Era una caja muy
bonita, con unas cintas azules.

El mozo del hotel me dijo que vena de parte de una seora que no
haba querido dar su nombre. Al principio pens si sera de madama
D'Aubignac, pero me choc. Quin poda enviarme aquello?

Abr la caja, e iba a comer uno de los bombones, cuando me asalt la
idea del envenenamiento.

Mir la caja: no tena etiqueta ni indicacin alguna de dnde vena.

Pens en llevar los dulces a una botica, para que los analizaran, pero
no me convena llamar la atencin, y me decid por echar los dulces y
la caja al ro.


                                                             EL ANNIMO

Algn tiempo despus encontr una carta debajo de la puerta, dirigida a
m. La carta deca lo siguiente:

  Seor Legua: Sabemos a qu se dedica usted en Bayona. Le
  seguimos los pasos. Tenga usted cuidado. Huya usted. Si no, le
  vendrn consecuencias graves.

                                   _El Angel Exterminador._

Pens que la caja de dulces y la carta procedan las dos de mi vecino
de hotel, el Murcilago.




                                  III

                         LAS LETRAS S, T, U, V


LAS primeras conferencias que celebr con nuestros agentes secretos
tuvieron poca novedad. Las contara en detalles, pero ya todo su
inters poltico pas. Los datos que me dieron los fu enviando a
Aviraneta, conforme a sus instrucciones.


                                                             LA LETRA S

Era Iturri el comerciante y fondista de la calle de los Vascos. Me dijo
que se iban acentuando por das las diferencias entre Maroto y Arias
Teijeiro y sus partidarios respectivos.

--Maroto--aadi--es un hombre muy vengativo, desptico, altanero y
rencoroso. Tiene gran odio a los dems generales carlistas, y muy poca
simpata por los vascos y por el fuerismo. Cualquier contrariedad
le pone frentico. Arias Teijeiro es tambin hombre de cuidado, muy
intrigante y muy tenaz. La mayora del ejrcito est por Maroto,
excepto los navarros, que prefieren a Guergu y a Garca. Don Carlos y
la corte estn por Arias, y algunos ambiciosos como Corpas y el padre
Cirilo, andan buscando frmulas de transaccin que sirvan para ponerlos
a ellos a flote.

Iturri agreg que Aviraneta deba presentarse en Bayona cuanto antes.


                                                             LA LETRA T

La letra T, Luci Belz, se present en casa de la Falcn a verme, y me
cont mil chismes de los carlistas.

Era esta Luci Belz una mujer pequea, fea, negra, con una cara de enana
que tena algo de la Mari Barbola de Velzquez. Era la curiosidad, la
malicia y la mala intencin reunidas.

--Se asegura--me dijo--que la princesa de Beira hace buenas migas con
el padre Cirilo. A doa Jacinta Prez de Soaes, esposa de don Luis
de Velasco, hombre de gran cabeza, le llaman _la Obispa_, porque se
entiende muy bien con el obispo de Len; Maroto sigue indignado con Don
Carlos. Maroto visitaba con frecuencia, en Elorrio, a una muchacha,
hija de un oficial postergado y enfermo. Maroto ascendi al padre, y
dijeron en seguida que lo haca porque la muchacha era su querida. Don
Carlos, considerndose el rbitro de la moral, hizo la estupidez de
llamar al padre de la chica y decirle que su ascenso se deba a que su
hija era la querida de Maroto, con lo cual el pobre hombre se agrav
y muri. Se asegura que la camarista Pilar Arce tiene amores con el
infante don Sebastin, y que, como l es un poco bisojo y de mirada
extraviada, le han cantado a ella esta copla el otro da:

      Ojos de presidente
    tiene mi amante:
    uno mira al poniente
    y otro al levante.

Se dice que la mujer del infante don Sebastin, la princesa Mara
Amalia, que vive en Salzburgo, est tan gorda que parece un cerdo, por
lo cual algunos consideran muy lgico el que su marido no le sea fiel.

Aadi Luci que haba una gran corrupcin entre los carlistas de
Bayona, a pesar de los rezos y los golpes de pecho; que algunas
seoritas iban a casas sospechosas para vivir, porque no tenan medios;
que unas cuantas haban ido a ver una vieja de Ciburu, que les haba
dado pociones para abortar, y que, por ltimo, se deca que entre Don
Carlos y Arias Teijeiro haba relaciones parecidas a las de Enrique III
de Francia y sus _mignones_.

Luci Belz sacaba a flote, con su malicia de enana, todo el cieno que
encontraba a su alrededor.


                                                             LA LETRA U

La letra U era la Falcn, y ella misma escribi su informe.

Hay muchos rencores--deca--entre unos y otros, y todo el mundo est
cansado. El papel de Maroto y el de Arias Teijeiro sube por das, y
tiene que venir, tarde o temprano, entre los dos, un rompimiento. Los
marotistas dicen que Teijeiro es un vanidoso, ridculo, ignorante y
corrompido; los teijeristas afirman que Maroto es un baratero y un
hombre que est preparando la traicin. Arias favorece descaradamente a
los amigos y los asciende, y persigue con saa a los enemigos. El padre
Cirilo y los dems cortesanos no estn ni con Maroto ni con Arias,
y Corpas, que ha intentado entablar varias veces negociaciones con
los cristinos, sin xito, y que ve que ni con Maroto ni con Teijeiro
tiene porvenir, ha mandado a su compinche, Fernando Freire, con una
bolsa de dinero y de alhajas a depositarla en un banco de Pars. Se
afirma que Teijeiro ha puesto en juego todas las intrigas bajas que
le son familiares; que ha hecho circular las mayores calumnias contra
el infante don Sebastin, entre ellas la de que es gran maestro de
la masonera, acusndole de tener malas costumbres, en un folleto
publicado ltimamente en Bayona.

Se dice que el malagueo don Diego Miguel Garca, el instrumento, el
alma negra de Gonzlez Moreno, cuando el fusilamiento de Torrijos, ha
realizado su fortuna adquirida por depredaciones, y que la ha colocado
en Francia. Muchos otros, segn se asegura, han hecho lo mismo. La
gente desea la paz; se espera con ansia una solucin, sea la que sea,
pero que acabe la guerra.


                                                             LA LETRA V

La letra V era Martnez Lpez, el folletista, que haba escrito contra
Mara Cristina.

Me cit en el Caf de la Nive, del muelle de la Galuprie, un cafetn
obscuro y triste.

Martnez Lpez era un hombre gordo, pesado, sucio, fsica y moralmente,
que haba puesto su turbina en las aguas infectas de la poltica, y
que viva muy ordenadamente y se ocupaba de cuestiones filolgicas y
agrcolas.

Martnez Lpez era el amigo de la Hidalgo; tenan los dos una casa con
jardn y con ciertas comodidades.

Su informe no tena gran inters:

Don Vicente Gonzlez Arnao y su secretario Pags--dijo--se gastan
alegremente el dinero de la empresa de Muagorri. El abate Miano sigue
intrigando y cobrando de carlistas y liberales. Bayona es una jaula de
grillos, y hay una tal cantidad de odios y de mentiras en el ambiente,
que nadie puede distinguir ya lo que es cierto de lo que es falso. Todo
el mundo est deseando que se acabe la guerra de la manera que sea,
y el que d una solucin satisfactoria ser recibido con los brazos
abiertos. La vida de los emigrados aqu es cada vez ms difcil. Hay
mucha moneda falsa espaola, que dicen hacen los carlistas; se juega
mucho en las tertulias, y las tiendas ya no fan. El cnsul, Gamboa,
que es un hombre inepto, no se ocupa mas que de negocios mercantiles,
contratos, suministros y equipos para el Ejrcito, y trabaja para las
casas de Collado y de Lasala, de San Sebastin, que se estn haciendo
millonarias.

Estos fueron los primeros informes que recib y que envi a Aviraneta.




                                  IV

                          VALDS DE LOS GATOS


UNOS das ms tarde recib una carta, fechada en Pars, de Manuel
Valds, citndome para cenar el domingo siguiente en el Caf de
Burdeos, caf poco frecuentado, adonde iban, principalmente, militares
franceses.

Llegu a la hora de la cita al caf indicado; el dueo me dijo que
me esperaban en el piso entresuelo; sub por una escalera de caracol
y entr en un comedor pequeo, empapelado de rojo, en donde haba un
caballero. Era Valds de los gatos.

--El seor Valds?

--El mismo. Usted es el seor Legua?

--Para servirle.

Nos dimos la mano.

--Qu puntual!--me dijo Valds.

--Es mi costumbre.

--No es una costumbre de espaol.

--Si no es costumbre de espaol hay que adoptarla.

--Sintese usted. Pero usted es muy joven!

--S; no soy viejo.

--Le felicito a usted.

--Por qu?

--Porque al darle la misin que le dan se ve que tienen confianza en
usted.

--No pienso ser mas que un amanuense. Contar lo que usted me diga.

Nos sentamos a la mesa.

--Vea usted el men, a ver si le gusta--me dijo Valds.

--S, seguramente; no soy un _gourmet_.

--No? Qu error, mi querido! La cocina es el mayor manantial de
nuestros placeres.

--Por ahora tengo bastante apetito para contentarme con comer--le dije
yo.

Tenamos de cena langosta, pechugas de perdiz rellenas y _foie-gras_.
De vino, una botella de Sauterne y otra de Burdeos. Nos pusimos a cenar.

Valds era un tipo alto, esbelto, afeitado, muy peripuesto. Tena la
cara larga, delgada, fina, la nariz recta, la frente despejada, el pelo
blanco, pegado y planchado, los ojos cansados y sin brillo.

Era un elegante un tanto arruinado por la vida. Vesta levita azul
entallada, chaleco de terciopelo negro y pantaln con trabillas.

Un observador de minucias hubiera quiz notado, en pequeos detalles,
que nuestro _dandy_ no estaba en la opulencia.

El cuello, alto, limpio; la corbata, que le agarrotaba la garganta,
impecable; los puos, inmaculados, denotaban su pulcritud; pero la
levita y los pantalones, seguramente de buen sastre, se hallaban
rozados, y las polainas, a la inglesa, disimulaban que las botas no
eran nuevas.

Valds tena una ingenuidad de aventurero confinante con la del pillo,
muy graciosa. Era hombre acostumbrado a dar a entender que, si se
quera, se poda muy bien no darle a l importancia, pero que l tena
sus ideas, que le parecan tan buenas como las de otro cualquiera.

--Yo siempre he sido liberal--me dijo--; pero, qu quiere usted?; la
suerte y el haber consumido mi escasa fortuna me han obligado a adoptar
una actitud que, ntimamente, no es la ma. He tomado, hace poco, parte
en la expedicin del conde de Negr y he andado entre balas. Usted ha
presenciado alguna batalla?

--S.

--No le ha dado a usted la impresin de una cosa ridcula?

--En absoluto.

Valds me cont, concisamente, algunos detalles de las acciones en que
haba intervenido.

Despus de cenar y tomar caf comenzamos a pensar en el informe.

--No creo que le pueda decir a usted nada nuevo, pero en fin, le dar
mi opinin--me dijo Valds--. Don Carlos, aunque probablemente no
es hermano de Fernando VII mas que de madre, tiene condiciones muy
parecidas a l: es astuto, desagradecido, egosta; se puede decir de
l lo que de Fernando dijo un escritor francs: Corazn de tigre y
cabeza de mula. Don Carlos, como casi todos los Borbones, tiene la
inclinacin por la intriga, el favoritismo y la bajeza. Es verdad que
ha odiado a Zumalacrregui, como odia a Maroto, a Cabrera y a todos los
hombres fuertes, exaltados y valientes.

--Es decir, que es un miserable.

--Si a m me gustaran los eptetos fuertes, no me parecera mal
llamarle as.


                                                             EQUILIBRIO
                                                             CARLISTA

--Para m, al menos--sigui diciendo Valds, despus de contarme
algunas ancdotas que ya conoca--hoy, los elementos importantes en
el carlismo son Maroto, Arias Teijeiro, el padre Cirilo y el cura
Echeverra. Cada cual tira por su lado; la fuerza de un grupo balancea
la del otro, y as se establece el equilibrio. El da que uno de
estos soportes del carlismo se quiebre, el equilibrio se perder y
todo el tinglado se vendr abajo. Maroto tiene la fuerza material,
pero no cuenta con la confianza del rey ni con los fanticos; Arias
Teijeiro cuenta con el rey, pero no con el ejrcito; el padre Cirilo
es inteligente, intrigante, capaz de todo, pero su fuerza est en una
sacrista, en un palacio o en un saln, pero no en el campo; el cura
Echeverra tiene partidarios entusiastas en el pueblo, pero es tosco
y con l estn solamente los brutos, como se ha llamado a s mismo el
general Guergu.


                                                    LOS SOBORNABLES
                                                    Y LOS INSOBORNABLES

--De estos cuatro elementos--sigui diciendo Valds--, Maroto es,
indudablemente, sobornable, no por dinero, el general es rico, sino
por orgullo y por rencor. Maroto es un matn y un soberbio, pero al
mismo tiempo es hbil y tenaz. Se la ha jugado a Cecilio Corpas, que es
flexible y viscoso como una anguila, y al padre Cirilo, que es de la
misma especie de animal de sangre fra. Maroto es muy cuco, y si puede
pasar al ejrcito cristino de capitn general, pasar, si es que el
cambio le parece suficientemente satisfactorio para su ambicin.

--Usted tiene la seguridad de esto?--le pregunt yo.

--Toda la seguridad que se puede tener en una cuestin as.

--Porque la cosa es muy importante para el Gobierno.

--Importantsima. Sigo adelante. El padre Cirilo es ms sobornable
todava que Maroto. El seor arzobispo de Cuba no es hombre de
descampados y de breales; es hombre de saln, de damas elegantes;
un Talleyrand de sacrista. A la primera ocasin, el padre Cirilo se
pasar a la monarqua liberal. Siempre muy catlico, muy realista, sin
abjurar de sus ideas, har el honor de cobrar al Estado constitucional
cincuenta o sesenta mil duros al ao en cuanto le nombre arzobispo de
Sevilla o de Toledo. Respecto a Arias Teijeiro, aunque dicen que es
un danzante, no lo es tanto. Arias Teijeiro es el tipo del galleguito
listo: mucha memoria, mucha viveza, mucho desparpajo. Arias no es
sobornable, no es hombre que pueda ir, hoy al menos, a Madrid a
alternar con un Mendizbal, con un Argelles o con un Alcal Galiano.
Al cura Echeverra le pasa algo de lo mismo. Es un fantico, y un
fantico que, fuera de sus navarros, a quienes exalta con sus discursos
truculentos, no puede ser nada.

--De esto se deduce--le dije yo--que, segn usted, hay dos grupos
sobornables y dos insobornables. El de Maroto y el del padre Cirilo,
sobornables; el de Teijeiro y el del cura Echeverra, insobornables.

--Eso es. As que si el Gobierno de Madrid tiene fuerza y medios y buen
sentido para influr en el campo carlista, su poltica ser bien clara;
consistir en ayudar todo lo que pueda a Maroto y al padre Cirilo, y en
reventar con toda su fuerza a Arias Teijeiro y a Echeverra.

Despus de escribir la minuta y de lersela a Valds, nos despedimos
los dos, muy amigos, y Valds me invit repetidas veces a que fuera
a Pars, donde me presentara a sus relaciones del _faubourg_
Saint-Germain. El viejo _dandy_ me di sus seas: en la rue
Saint-Honor, donde viva.




                                   V

                               BERTACHE


BERTACHE, la letra Y, me cit con tres das de anticipacin en una
taberna del puerto de Socoa, de San Juan de Luz, la taberna de la Bella
Marinera. Se presentara vestido con blusa azul, boina, pauelo rojo al
cuello y un bastn de tratante de ganado.

Fu a San Juan de Luz, encontr la taberna, que tena un ancla en la
puerta, y entr en ella y ped de cenar.

Me trajeron unas sopas de ajo con huevos y una cazuela de merluza con
salsa verde, muy suculenta.

Siempre que como en una taberna platos regionales me parece encontrar
una relacin estrecha entre el gusto y el color del guiso con el
paisaje material y espiritual. Un guisote de esos de marineros del
Mediterrneo con sus pimientos, sus tomates y su azafrn, est tan en
consonancia con el clima por su sabor, su color y su olor, como un
guiso con perejil con el Cantbrico; un plato de salchichera fra nos
recuerda la mitologa germnica de Wagner, y el queso de Gruyre, con
sus agujeros, nos trae a la imaginacin los abismos alpinos de Suiza.

No hablo ya de los productos naturales, porque esos no hay duda que
representan admirablemente el clima; los melocotones, las peras, las
uvas, las naranjas, los pltanos, dicen por su aspecto el paisaje de
donde vienen; pero aun los productos elaborados parece que saben algo
del clima de donde proceden. El aceite habla latn, y la manteca,
germano. El vino tiene todos los acentos: es ciceroniano en el Jerez
y en el Mlaga, recuerda al Espritu de las leyes en el Burdeos, y se
parece a una cancin chispeante de caf concierto parisiense en el
Champaa, por su espuma y su picor...

Estando en estas profundas reflexiones apareci Bertache, y le conoc
en seguida por su blusa azul, su boina, su pauelo rojo y el bastn de
tratante. Vena con l su novia.

Me levant para saludarles, y se sentaron a la mesa.

--Quieren ustedes cenar?--les pregunt.

--Hemos cenado ya--contestaron.

Bertache pidi una botella de Champaa. Dentro de mis ideas anteriores,
el pedir una botella de Champaa en la Bella Marinera era un absurdo;
deba de haber pedido una botella de sidra o de chacol.

Mientras beba, contempl a Bertache. Era tipo de estatura mediana,
bien plantado, moreno, esbelto, de ojos claros, facciones serias y
tristes, y labios delgados. Usaba patilla corta y bigote pequeo.

Segn las teoras frenolgicas del abate Girovanna deba ser muy
valiente y tener grandes condiciones para la msica y las matemticas,
porque sus sienes eran muy abultadas.

Llevaba el pelo largo, y una boina grande de medio lado dejaba parte
de la cabellera rizada al descubierto. Tena las manos finas y con
anillos. Por entre la abertura de la blusa se vea un chaleco bordado y
una gruesa cadena de plata, y colgando de ella, un sello con las armas
de los Arreches: un rbol con dos osos. Contemplando a aquel hombre, se
impona la idea de que lo que decan de l era verdad: que era audaz,
atrevido, sanguinario, egosta, rapaz, dispuesto a todo. Se senta en
l al hombre felino, sin conciencia, para quien los deseos son los amos
absolutos de su espritu.

Pedro Luis Arreche, alias Bertache, era oficial del 5. de Navarra.
Proceda de Almandoz, un pueblo del valle del Baztn, en la subida de
la carretera de Irn a Pamplona, por el alto de Velate.

La casa de Bertache era casa importante en el pueblo: entonces vivan
la madre y tres hijos, dos varones y una hembra. Los dos Arreches
varones eran de la piel del diablo, malos, rencorosos y vengativos.

El subteniente Bertache, por los datos que adquir de l, era un Don
Juan de aldea, ambicioso, cnico, atrevido, que haba matado ya varios
hombres, entre ellos al brigadier Cabaas, por odio, por venganza y por
rabia.

Bertache, segn la opinin de todos los que le conocan, era un tipo
sanguinario, para quien asesinar o robar no tena gran importancia.


                                                            GABRIELA LA
                                                            RONCALESA

La muchacha que le acompaaba se llamaba Gabriela Sarris, y la decan
Gabriela la Roncalesa. Era alta, huesuda, rubia, de un rubio de color
de panocha, con los ojos claros, las facciones un poco duras, el aire
enrgico e inteligente.

Gabriela era contrabandista; tena una mula, que cargaba de gnero en
Francia, y que introduca en Guipzcoa y en Navarra.

Gabriela sola hacer sus compras en casa de Iturri; y por Iturri,
Aviraneta se entendi con Gabriela, y luego, con Bertache.

Mientras bebimos, estuve yo contemplando a esta pareja, y Bertache
estudindome a m. Gabriela no separaba los ojos de su amante. Se vea
que estaba locamente enamorada de l.

Comprend que Bertache senta una gran antipata por m. Sin duda, me
consideraba como un joven rico, mimado por la fortuna.

Bertache era el mozo guapo del pueblo, acostumbrado a romeras y a
fiestas, a quien las mujeres adoran, y que va por la pendiente del
donjuanismo hacindose cada vez ms violento, ms orgulloso y ms
canalla. Un rival para l deba ser algo muy odioso.

Bertache era un hombre despistado, de poca penetracin psicolgica. Se
vea que le costaba trabajo el comprender la manera de pensar de los
dems. Yo le sorprenda. Sin duda, daba vueltas en su cabeza a la idea
de quin sera yo y qu importancia tendra.


                                                      DINERO! DINERO!

Bertache me dijo desde el principio, speramente, que lo que se
necesitaba era dinero. Con dinero l era capaz de todo.

Me cont framente cmo haban asesinado al brigadier Cabaas, hijo del
ministro de la Guerra de Don Carlos, en un casero llamado Saracoz,
hacia Cirauqui, por rdenes del comandante Aguirre y del general Garca.

Lo haban matado entre el subteniente Urciz, los soldados Salaverri,
Santacilia, Nuin y l. Explic cmo le dieron tres bayonetazos, le
tuvieron dos horas herido, le cortaron una mano y, por ltimo, lo
tiraron a un arroyo prximo. Uno de los soldados se haba quedado con
el reloj de Cabaas.

Me choc que Bertache no intentara exculparse. Contaba el crimen como
si tal cosa. Despus me explic los antecedentes de la asonada que
haban conseguido provocar entre el teniente del 2. de Guipzcoa, Jos
Zabala, y otros sargentos y subtenientes, por la falta de pagas, en
la que gritaron las tropas: Muera la Junta! Mueran los hojalateros!
Abajo los castellanos!, y Vengan nuestras pagas!

Don Carlos y su corte estuvieron a punto de caer en las garras de
la tropa amotinada, y si no ocurri esto fu por haberse acobardado
algunos sargentos en el momento del conflicto.

--Y si le cogen ustedes a Don Carlos--le pregunt yo--, qu hacen
ustedes con l?

--Le hubiramos pegado cuatro tiros.

Bertache tena odio por Don Carlos. En su naturaleza de felino, pareca
que el nico sentimiento espontneo era el odio.

A consecuencia del motn de las pagas de Estella y de la muerte del
brigadier Cabaas, Bertache y sus amigos estaban en entredicho, y
Maroto haba mandado que se comenzase un proceso para aclarar estos
motines y muertes, aunque luego dispuso que se suspendieran las causas.

Bertache apareca entre los intransigentes carlistas, y estaba entonces
en Almandoz con unos das de licencia.


                                                            LA TRAICIN
                                                            Y EL VALOR

Bertache era como un gato monts, como una alimaa.

Hay el lugar comn general de identificar el tipo del traidor con el
del cobarde. La retrica corriente, que llama cobarde atentado al
atentado de un anarquista fiero y de un terrible valor, quiere que
traidor y cobarde sean sinnimos.

Estas son ilusiones del buen burgus, tranquilo, apacible, a quien
inciensa cotidianamente el periodista con sus adulaciones. Claro, es
lgico que haya algunos espas y traidores, cobardes y pusilnimes;
pero la mayora son valientes y atrevidos. En cambio, en el buen
burgus, honrado, hasta cierto punto, y patriota, se da el caso del
tipo cobarde con muchsima ms frecuencia.

El valor no es un resultado intelectual, ni moral, sino un caso de
fuerza nerviosa.

Bertache era de una fiereza y de un valor de tigre, de estos hombres de
cieno y de sangre que no tienen ninguna idea poltica, ni religiosa,
ni social, y que marchan dejando a su paso un rastro de violencia y de
crmenes.

A las diez de la noche, Bertache se levant dispuesto a marcharse.

--Adnde va usted ahora?--le dije.

--Voy a Vera, donde dormir un par de horas, y para el medioda estar
en Almandoz.

--Quiere usted que le lea lo que he escrito?

--No, para qu? Mi ltima palabra es sta: dinero, dinero y dinero!

--Lo necesita usted inmediatamente?

--S.

Le di dos mil pesetas que llevaba en el bolsillo, y me firm un recibo
con la inicial Y.

--Tendrn ustedes pronto noticias mas. Diga usted al Gobierno de
Madrid que si quiere emplear dinero, se har todo..., si no, esto
seguir no sabemos hasta cundo.

Gabriela me indic que antes de un mes estara en Bayona de nuevo para
sus negocios, y que me avisara por Iturri.

Bertache pag la botella de Champaa y sali con su novia de la taberna
contonendose, golpeando el suelo con el bastn.

Yo me march a dormir a San Juan de Luz, y al da siguiente estaba en
Bayona.




                                  VI

                              LA LETRA Z


POCO despus de mi entrevista con Bertache me avisaron, por la casa
Artigues de Saint-Esprit, que el domingo me presentara en Ezpeleta, en
la taberna del Comps de Oro, donde podra verme a las seis de la tarde
con Garca Orejn, la letra Z. Me indicaban que preguntara al amo de la
taberna por el Picador.

Sal en el tlburi de Iturri, el domingo por la maana, camino de
Ezpeleta. Estuve un momento en Cambo, a saludar a Stratford. Haca un
da esplndido. Se vean los montes prximos muy azules; la pea de
Aya, Larrun, Mondarrain y, ms a lo lejos, el pico de Ossau, todava
con la cima nevada.

Stratford me convid a almorzar con l; acept, y despus sal de Cambo
con el caballo al paso, camino de Ezpeleta, adonde llegu a eso de las
tres o tres y media.

La posada del Comps de Oro estaba en la calle principal de Ezpeleta,
a la salida, marchando de Bayona a San Juan Pie de Puerto. Tena en el
piso bajo una taberna, con sus bancos y su mostrador de cinc, y a un
lado, el comedor, con una mesa larga, un armario y un reloj en la pared.

Dej el coche en un patio y el caballo en la cuadra, y me sent.

Ped una botella de sidra y llam al tabernero, que se present en
seguida. Otharre, el amo del Comps de Oro, era un hombre grueso,
pesado, de nariz abultada y roja, boca de labios finos y ojos pequeos,
negros, llenos de malicia. Era un tipo que tena una mirada burlona y
una sonrisa llena de irona. Vesta como de domingo: camisa muy blanca,
blusa negra nueva, boina y alpargatas.

--Usted le conoce al Picador?--le pregunt.

--S.

--Pues va a venir aqu esta tarde a hablar conmigo. As que, cuando
venga, diga usted que me avisen.

--Muy bien.

Mientras beba mi botella de sidra estuve oyendo a dos aldeanos que
tenan un papel con una cancin en dilogo, en vascuence, titulada el
_Amo y el criado_, y que se refera a la guerra carlista. La cantaban,
mientras otros campesinos que les oan se rean a carcajadas. En
la cancin, el amo reciba en Burdeos a Fraschcu, su criado, y le
preguntaba noticias de Oyarzun, su pueblo. El criado le contestaba
contando miserias de la poca, y el amo deca que los hombres que
haban desencadenado la guerra deban tener los demonios en el cuerpo,
fueran curas o frailes, y que era bastante mejor seguir la ley del
turco que no la fe que predicaban aquellas gentes.

      Duc ascoz obia
    Turcuen legua,
    Ez oyec predicatzen
    Duten fedia.

Me hizo gracia la energa de la afirmacin.

Cansado de estar quieto sal a la calle y estuve contemplando las
viejas casas vascas de Ezpeleta, con sus ventanas rojas y su entramado
de maderas, que trazan figuras de H y de V en las paredes blancas.

Me choc que hubiese tanta gente en la calle, y luego me fij en que
haba colgaduras en los balcones.

--Qu pasa?--pregunt a unos aldeanos.

--Que viene el obispo de Bayona en visita pastoral.

--Cundo?

--Ahora mismo acaba de llegar el coche.


                                                        LLEGA EL OBISPO

Esper una media hora, y comenz a pasar la comitiva que preceda
al obispo. Venan primero cuatro zapadores con morriones inmensos,
adornados con estampitas, delantales de cuero y hachas de cartn al
hombro; luego, cuatro trompetas y cuatro tambores; despus, varios
jvenes con boinas rojas, chaquetillas tambin rojas, pantaln blanco
y sable, y otros muchachos, jinetes en caballos pequeos, enarbolando
banderas blancas. Me pareci una manifestacin realista.

Despus vena el obispo, rodeado por la gente del pueblo, saludando y
echando bendiciones y dando a besar la mano, sobre todo a las seoras.

En el tropel vi a una mujer guapa, morena, que me llam la atencin.

--Yo conozco a esta seora--me dije--, pero de qu? No recordaba.

Pens que quiz la habra visto en Bayona. Fu toda la comitiva al
Ayuntamiento, una casa torre antigua colocada en un cerro y separada
del casero del pueblo. El prroco ley un discurso, y el obispo
contest con una pltica. Le estuve observando mientras hablaba. Le
conoca de casa de madama D'Aubignac, donde se manifestaba burln y
mundano. All, en Ezpeleta, tomaba un aire mstico, pero su actitud,
indudablemente, era una comedia.

Cuando concluy su pltica, la gente grit: Viva monseor!; y el
pblico comenz a agitarse y a dispersarse.


                                                     FERMINA LA NAVARRA

En aquel momento vi, de frente, a la seora morena que me llam la
atencin. Era la misma que haba visto salir de Laguardia con Aviraneta
y que Zurbano hizo comparecer ante su presencia. Era Fermina la
Navarra, casada con Vargas.

Ella me reconoci tambin en seguida y me mostr disimuladamente a
un grupo de hombres que, por su aspecto, me parecieron espaoles y
carlistas. Efectivamente; poco despus advert, entre ellos, a mi
vecino de hotel, el Murcilago. Como vea que me espiaban, me retir a
la posada. Le pregunt al tabernero Otharre.

--Oiga usted: una seora morena espaola, de negro, vive aqu?

--Una guapa. La seora de Vargas?

--S.

--Suele venir con frecuencia, pero no creo que vive en el pueblo. Es
carlista y conoce en Ezpeleta mucha gente.

--Por aqu habr mucho carlista?

--Naturalmente. Van y vienen como usted.

El tabernero, sin duda, me haba tomado por carlista.


                                                             EL PICADOR

A media tarde apareci Garca Orejn en la taberna del Comps de Oro,
en compaa de Otharre. Era un hombre alto, grueso, fornido, de unos
cuarenta aos. Haba sido picador de caballos; tena la cara curtida,
amarillenta y marcada por las viruelas; las piernas, arqueadas.
Usaba bigote largo, negro y cado. Era un poco calvo; tena los ojos
brillantes, la mirada obscura, de travs, y los labios gruesos.

--Hablaremos por el camino--me dijo el Picador.

--Aparejar el cochecillo que he trado e iremos en l.

--No; no me conviene que nos vean juntos. Yo ir por esta carretera, a
pie, y usted me recoge al paso. Si no tiene usted prisa, me lleva usted
hasta Aoa.

--Muy bien.

Lo hice as, y sal del pueblo por el otro extremo de donde haba
entrado. Encontr a poco a Orejn, que mont en el tlburi, y fuimos
despacio.

El Picador no me dijo, naturalmente, nada nuevo; pero me di ms
detalles de las cuestiones. Me habl de la lucha envenenada entre
Maroto y Arias Teijeiro, del odio de Guergu y de Garca contra Maroto,
que ya no se velaba, y de la actitud levantisca de muchos oficiales
y sargentos partidarios de los presos de Arciniega. El fusilamiento
del capitn don Felipe de Urra, amigo de los presos, ordenado por Don
Carlos, despus del primer motn de Estella, haba exasperado a muchos
carlistas.

Orejn me asegur que el ejrcito estaba inquieto, hambriento, sin
cobrar una paga.

--Con poco dinero--dijo--sera fcil provocar disturbios e
insurrecciones: siempre pidiendo las pagas.

--Qu dinero necesita usted para empezar?

--Unos tres mil duros.

--Se le girarn cuanto antes.

--No s--aadi--si podr ir inmediatamente a Estella, porque me han
denunciado a Maroto como uno de los cmplices del ltimo motn militar
y como partidario de la abdicacin de Don Carlos y de la proclamacin
de su primognito. He estado unos das escondido en una casa del
Roncal. Me enterar. Si no puedo ir yo en seguida, mandar a una mujer.

--Yo conozco a una roncalesa de mucho bro.

--Ser la misma, Gabriela.

--S.

--Me entender con Bertache, Zabala y con otros. Le escribir a usted
lo que haga con tinta simptica.

--Muy bien.

--Diga usted que me sigan mandando el dinero por conducto del cura de
Sara.

--Lo dir.

Luego hablamos de otras cosas.

Garca Orejn estaba enredado con una mujerona de Burdeos que haba
sido cocinera. Orejn era hombre de gustos pacficos. Su ideal
consista en construr una casita en Francia, en una aldea; en Espaa
tena miedo de la venganza de algn carlista; soaba con hacer una vida
tranquila, comer bien e ir a pasear por el campo y a pescar en el ro,
como un buen burgus retirado.




                                  VII

                      LAS BACANTES VASCAS DE AOA


LLEGAMOS a Aoa, entramos en un caf, titulado A la Cita de los
Cazadores; saqu yo papel y pluma y me puse a escribir el informe.
Cuando lo conclu entregu la minuta a Orejn, quien se puso unos
anteojos y la ley muy atentamente. Hizo algunas observaciones y di su
beneplcito. Inmediatamente se levant; dijo que tena prisa. Antes de
salir del caf mir a derecha e izquierda, y cerciorado de que nadie
le segua, se march a la carrera, y desapareci en la penumbra del
crepsculo.

Me dej la impresin de hombre obscuro, misterioso, hundido en el
fango: un hombre de pesadilla.

Iba a montar en el cochecito para volver a Bayona, cuando vi venir por
la calle del pueblo una cabalgata de diez a doce hombres vestidos de
mujer, montados en burros, adornados de vejigas y de cencerros, al son
de un tambor y de un pito.

--Qu pasa?--le pregunt al mozo del caf.

--Nada; una tontera. Que van a hacer una cencerrada, un charivari,
dedicado a un espaol.

--A un espaol, y por qu?

--Ha habido aqu un ex oficial carlista que se cas con una muchacha
del pueblo y se llev la cuada a su casa, y al cabo del ao ha
resultado que la cuada ha quedado embarazada, y la mujer, dicen que,
de rabia, le ha pegado al marido. Para celebrar esto han inventado este
charivari.

--Y est aqu el espaol?

--No; se ha ido. Estas cosas estn prohibidas por la polica, pero como
los gendarmes se han marchado a Ezpeleta, los del pueblo se aprovechan.


                                                       LAS BASA-ANDRIAC

La funcin se celebr en un escenario improvisado en un gran portal. En
medio, en unos bancos, se colocaron los hombres vestidos de mujer, que
representaban las _Basa-andriac_ (mujeres del bosque) que tenan que
juzgar el caso.

Estas _Basa-andriac_ eran tipos grotescos, tipos de borrachos del
pueblo, con caras maliciosas y ojos burlones. Llevaban faldas, enaguas,
pauelos en la cabeza, y estaban armados de escobas.

Al lado de estas damas estaban sus maridos, vestidos de pieles y con
sus correspondientes cuernos.

El mozo del caf me indic, entre las _Basa-andriac_, el barbero del
pueblo, el alpargatero, el sacristn, el que haca las chisteras para
jugar a la pelota, y el zapatero. La obra que se iba a tener el honor
de representar era del sacristn Dominique Elissalde de Elissagaray, en
colaboracin con el barbero Juan Pedro de Irumberry.

Irumberry tena fama de ingenioso desde que mand pintar la muestra de
su barbera. Esta muestra representaba un hombre a punto de ahogarse, a
quien otro socorra y sujetaba por el pelo; pero el salvador agarraba
de unos pelos falsos al que estaba a punto de ahogarse, y no le
salvaba, porque el hombre llevaba peluca. Debajo de esta pintura estaba
escrita la leyenda: Al inconveniente de las pelucas. Algunos decan
que Irumberry no era original y que haba copiado su muestra.

El presidente de las _Basa-andriac_ hizo sonar un cencerro, y grit:

--Se abre la sesin; que entre el procesado.

Entonces pasaron al escenario dos abogadas, con togas de percal negro;
dos gendarmes, el espaol, su mujer y su cuada, todos terriblemente
caricaturizados. El espaol, que se llamaba nada menos que el seor
Garbanzn, tena una cara estilo Zumalacrregui: patillas negras,
entrecejo sombro, un tricornio de papel en la cabeza y una espada de
madera.

El seor Garbanzn miraba a derecha e izquierda de una manera
siniestra, apoyndose en la espada, y deca a cada paso:

--Mil rayos! Mil bombas! Mil truenos! Por el vientre del Papa! Le
voy a comer a uno los hgados!

El que haca de esposa del seor Garbanzn era un hombre muy alto, muy
flaco, con una peluca y un lazo de color de rosa en la cabeza; y la
que haca de su cuada era un hombre bajito, vestido con falda corta,
con el pecho lleno de trapos, y el trasero lo mismo, y un mueco, al
que cantaba y haca como que daba de mamar. Comenz el juicio con
el interrogatorio del acusado. El seor Garbanzn contestaba a las
preguntas con aire de malhumor.

--Levntese el procesado! Cmo se llama usted?--le pregunt la
presidenta.

--Mil rayos! Mil bombas! Mil truenos! Por Satans! Me llamo don
Pepito Garbanzn de los Prados.

--Qu profesin tiene usted?

--Rayos y centellas! Por los cuernos de Lucifer! Soy oficial del
ejrcito de Su Majestad Catlica Don Carlos de Borbn (aqu salud con
el sombrero de papel), rey legtimo de Castilla, de Len, de Aragn, de
las dos Sicilias, de Jerusaln...

--Bueno, bueno.

--De Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia...

--Ya, ya, comprendido.

--De Sevilla, de Cerdea, de Crdoba...

--Bien. Bien.

--De Crcega, de Murcia, de los Algarbes, de Algeciras...

--Basta! Basta!

--De Gibraltar, duque de Atenas y de Neopatria; conde de Barcelona,
seor de Vizcaya...

--Socorro! Socorro!--grit la presidenta--. Ponedle, como a las
barricas de sidra, un tapn de barro.

Le taparon la boca, y el seor Garbanzn sigui mascullando su retahla
hasta que la acab.

--Est bien, don Pepito--le pregunt la presidenta--; y ahora, aqu, en
confianza, usted por qu abandonaba a su mujer e iba a la cama de su
cuada?

--Mil rayos! Mil terremotos! Por el ombligo de Buda! Mi cuada es
ms gordita; en cambio, mi mujer no tiene nada.

--Que no tengo nada!--grit el que haca de mujer propia--. Cochino!
Cerdo! Que no tengo nada!--y mostr un pecho negro y peludo--. Qu
es esto entonces?

--Eso es una piel de oso.

--En cambio, sta est ms gordita--dijo don Pepito.

La cuada se levant del banco con su mueco en brazos y mostr su
pecho, enorme, lleno de trapos, y su trasero, igualmente enorme, y di
una vuelta de bailarina.

--Mil rayos! Sangre y centellas! Por las barbas de Lutero! Esto ya
es otra cosa--dijo el seor Garbanzn pellizcando en el trasero a la
supuesta cuada.

--Me va a dar algo! Me va a dar algo!--grit la mujer propia
agitndose de una manera violenta, abanicndose y rugiendo, y tirando
el lazo de la cabeza al suelo, y patendolo con unas botas como dos
gabarras.

La cuada del seor Garbanzn comenz a mecer y a cantar al mueco
la cancin _Lo, lo, lo_; pero la mujer legtima le quitaba el nio
iracunda, y deca que era suyo. Le quera dar de mamar, le pona cabeza
abajo y terminaba por ponerle el dedo en la boca para que chupara.

Despus de una porcin de disparates y de absurdos se dilucid el punto
de si la mujer de don Pepito le haba pegado a su marido con un palo o
con una caa, y si le haba dado en la cabeza o en la espalda.

--Cmo le ha pegado usted?--le pregunt la presidenta a la mujer
propia.

--Pues le he pegado as--y le di cuatro o cinco caazos al seor
Garbanzn.

--Rayos y centellas! Por los hgados de Mahoma! No ha sido as--dijo
don Pepito.

--Pues, cmo ha sido?

--As--y don Pepito cogi la caa y arre una tanda de caazos a su
mujer.

Luego se mezclaron los gendarmes en la contienda y stos recibieron los
golpes de don Pepito, de su mujer y de su cuada.


                                                          LA SENTENCIA
                                                          DE DON PEPITO

Despus de aclarado este punto, la fiscala y la defensora soltaron dos
discursos grotescos, y la presidenta pregunt a las _Basa-andriac_.

--El seor Garbanzn de los Prados, es culpable de haberse acostado
con su cuada y haberle hecho un pequeo Garbanzn?

--S, s!--aullaron todas las _Basa-andriac_.

--Madama Garbanzn de los Prados, es culpable de haber dado con una
caa o palo u otro objeto contundente uno o varios golpes a su marido
al saber lo que ocurra en su casa?

--S, s!--volvieron a aullar las bacantes.

Despus de esta deliberacin la presidenta ley la sentencia:

Artculo 1. Que supuesto que la mujer de don Pepito Garbanzn de los
Prados no tiene gracia para tener cros, se le encarga de esta tarea a
la cuada, que cuenta con ms facultades.

Artculo 2. Que la mujer propia de dicho seor Garbanzn puede seguir
en la casa haciendo la comida, barriendo la escalera, cepillando las
botas, fregando los platos y dems adminculos, como ahora.

Artculo 3. Que como no est demostrado que madama Garbanzn no
pueda tener cros, el seor Garbanzn, don Pepito, estar obligado
a acostarse con ella una vez al ao, o antes, si est en peligro de
muerte.

Artculo 4. Que en casa del seor Garbanzn desaparecer todo lo que
tenga carcter de instrumento contundente, sea de caa, de palo o de
otra substancia, para que el hecho de autos no se repita.

Despus de leda la sentencia, las _Basa-andriac_ se levantaron,
enarbolaron las escobas, agarraron a don Pepito y se pusieron a dar
gritos terribles y a agitar los cencerros. Los maridos cornudos se
unieron a la algazara mugiendo sonoramente.

Tras del juicio se prepar la farndula y salieron todos, agarrados de
la mano, al son del pito y del tamboril, hasta la plaza, donde se bail
un fandango desenfrenado.

Yo me re mucho con aquella farsa. Encontr a la gente de Aoa de
muy buen humor, y el sacristn, Dominique Elissalde de Elissagaray,
y su colaborador, Juan Pedro de Irumberry, me parecieron dos Plautos
campesinos.




                                 VIII

                               EMBOSCADA


ERA ya bastante tarde cuando aparej el caballo y el coche y me prepar
para volver a casa.

Al entrar en Ezpeleta vacil en seguir adelante o en quedarme all.
No adelantaba gran cosa en encontrarme en Bayona a las altas horas de
la noche, y el recordar al Murcilago en aquel grupo de carlistas que
haba visto a la llegada del obispo, en compaa de Fermina la Navarra,
me infunda algunas sospechas.

Pens en las precauciones que tomaba el Picador para entrar y salir de
cualquier parte.

--Entre hacer y no hacer, es mejor hacer, qu diablo! Vamos adelante.

La noche estaba con alternativas, clara y obscura; haba luna en el
cielo y pasaban de cuando en cuando nubarrones espesos que dejaban el
campo negro.

A los cinco minutos de salir de Ezpeleta se me apag la luz del coche.

--Qu fastidio!--pens--. El caballo se va a espantar con las sombras
del camino y me va a dar la gran jaqueca.


                                                                  TIROS

Poco despus, un nubarrn cubri la luna, y qued la carretera tan
negra que no se vea a cuatro pasos. Se me encogi el corazn y pens
que haba hecho un gran disparate en salir. Iba con el caballo al
trote corto, cuando brillaron dos fogonazos en los setos del camino, y
silbaron unas balas cerca de m.

Azot al caballo, que ech a correr al galope, y al poco rato sonaron,
ya detrs, otros dos estampidos.

Yo me agach en el pescante, por si disparaban de nuevo, y segu
azotando al caballo.

Poco despus volvi a salir la luna.

A la hora llegu a Cambo y llam en casa de Stratford. Me abrieron. Mi
amigo estaba an levantado y le cont, riendo, lo que me haba ocurrido.

--El farol apagado a tiempo y el nubarrn le han salvado a usted la
vida.

--S, es verdad.

Tom unos bizcochos y una copa de Jerez y me fu a acostar.

Al pensar en lo que me haba ocurrido sent una mezcla de terror y de
placer al mismo tiempo.

--Tengo que tener confianza en mi estrella--me dije, y me restregu las
manos con gusto.




                                  IX

                          AVIRANETA, DE NUEVO


EN los primeros das de enero de 1839 se present Aviraneta en Bayona.
Estuvo unas horas en una fonda y se traslad despus a una casa de
huspedes modesta de cerca de la Catedral, en la calle de la Moneda, o
calle Nueva.

Me avis para que fuera a verle, y lo encontr en la cama.

--Vengo acatarrado--me dijo--; he hecho un viaje malsimo.

--Pues qu le ha pasado a usted?

--He venido por Zaragoza, Jaca y el puerto de Canfrac, que estaba
cerrado por las nieves. He andado perdido, durmiendo en mesones
infames, calado hasta los huesos.

--Y por qu no ha venido usted por Santander?

--Parece que sospechaba alguien que yo iba a volver a Bayona y se me
esperaba, no con muy buenas intenciones. Y cmo va esto?

Le cont lo que haba hecho con toda clase de detalles.

--Has trabajado muy bien, Pello--me dijo--; t vas a llegar ms lejos
que yo.

--Ca! No crea usted.

--S, s. Le he ledo tus informes a la Reina y ha quedado
entusiasmada.--A ese joven le tengo que ayudar--me ha dicho.

--S; no digo que no me ayude, pero yo no tengo gran ambicin. No
siento, como usted, el deseo de mando. Por ahora, me divierte el
peligro, la aventura, pero nada ms; dentro de poco me gustar la vida
tranquila y la buena mesa.

--Hombres de poca fe.

--Mejor sera decir hombres de poco nervio.

--Sin embargo, para tu edad has hecho cosas. Eres casi un diplomtico,
cuando otros con tus aos son unos nios zangolotinos.

--Y ahora, qu vamos a hacer? Qu tiene usted en proyecto?

--He estudiado un plan para prender al Pretendiente. Yo creo que est
bien concebido, pero lo discutiremos en detalles. No digas nada a nadie.

--Est usted sin cuidado.

--Respecto a nuestros trabajos para la escisin del carlismo,
convendra enviar al Real un agente que nos comunicara las ltimas
noticias.

Haremos lo posible para encontrarlo. Cundo nos veremos?

--Ya te avisar.


                                                            EL VALOR DE
                                                            LA HISTORIA

A los tres das de la llegada de don Eugenio, el peridico de Bayona
_El Centinela de los Pirineos_ publicaba este suelto, para la mayora
enigmtico:

Se sabe positivamente que ha llegado a Bayona un antiguo y conocido
agente de revoluciones y desrdenes, cuya presencia precedi a los
sangrientos sucesos de Hernani en julio de 1837.

--As se escribe la historia--me deca Aviraneta unos das despus, con
irona--; yo he hecho algunas cosas buenas y malas, pero ninguna de
ellas me caracteriza. En cambio, me caracteriza el haber precedido a un
acontecimiento en el cual no he tomado parte.

--Tiene gracia.

--Si es mentira lo que se cuenta del ao pasado, qu ser lo que se
dice de hace dos mil aos?


                                                            EL GRABADOR

Se le haba ocurrido a Aviraneta, basndose en la lucha de los
marotistas contra los teijeristas, hacer creer a los exaltados que
Maroto estaba afiliado a la masonera. Para esto haba trado dos
diplomas masnicos, y pensaba borrar los nombres que constaban en ellos
y sustiturlos por el del general y por el del conde de Negr.

La cosa result ms difcil de lo que pareca.

Se emplearon varios procedimientos qumicos para borrar la tinta, y no
dieron resultado. Entonces se le ocurri a don Eugenio mandar grabar un
diploma igual que el masnico y utilizarlo poniendo el nombre de Maroto.

Esta idea fu el germen de un legajo de documentos falsos, que luego,
ms tarde, Aviraneta pas al Real de Don Carlos, y que produjo un gran
revuelo. A este legajo llam el Simancas.

Barbanegre, el corrector de pruebas de la imprenta de Lamaignere, nos
dirigi a un grabador, Meyer, que viva en el Rempart Lachepaillet.
Este grabador era novio de una de las chicas del andaluz Julio Daz.

La casa del grabador era una casa antigua, pequea; el primer piso,
saliente sobre el bajo, y el segundo, sobre el primero.

Estaba pintada de un color verdoso sucio, ya descascarillado, y tena
un entramado de maderas negras al descubierto. Cada piso era de muy
poca altura, y los techos no tendran ms de dos metros.

La puerta de la casa era gtica, con un llamador de metal, y en una
de las dos jambas haba una placa pequea de cobre con este letrero:
Meyer, grabador cincelador.

Pasando la puerta se encontraba un pasillo hmedo y negro, y al
final, un patio, y antes del patio, a mano izquierda, el rincn donde
trabajaba el grabador.

Era un taller que tena todo el aspecto de un taller medieval. Lo
iluminaba una ventana grande, a poco ms de un metro de altura, que
daba hacia la muralla, y otra pequea, que reciba la luz de un patio.

Cerca de la ventana grande tena su mesa de trabajo el grabador, con
sus planchas, sus buriles y sus piedras de esmeril. En la pared, en
unos estantes, se vean frascos de cido ntrico con agua, mezcla ya
empleada en morder el cobre, a juzgar por el color azul que tena.

Delante de la ventana pequea y alta estaba el trculo, un trculo de
madera, antiguo, donde sacaba las pruebas el grabador. Todo el pequeo
taller, negro, se hallaba como barnizado de tinta, y los papeles
blancos parecan all de nieve.

Encontramos al grabador, que estaba recubriendo de barniz una plancha
de cobre con un pincel.

Era un joven alto, rubio barbudo, encorvado, con anteojos, de cara
indiferente.

--Yo vena a encargarle a usted un trabajo--le dijo Aviraneta.

--Usted dir.

--Podra usted hacerme una lmina igual a sta?

El grabador tom la lmina que le present don Eugenio e hizo un ligero
movimiento de sorpresa. Al instante, Aviraneta llev la mano al hombro,
y el grabador, poco despus, hizo lo mismo.

Aunque me choc el movimiento, no le di importancia.

--Esta lmina la puedo hacer--dijo el grabador--, pero tiene mucho
trabajo. Tardar bastante en conclurla.

--No me urge. Cundo podr estar?

El grabador midi la lmina a lo largo y a lo ancho, y dijo que
llevara por grabarla quinientos francos, pero que tardara algn
tiempo en hacerla, porque no tena plancha de aquel tamao y le sera
necesario encargarla a Pars.

--Quiere usted que le de, por adelantado, algn dinero?--le pregunt
Aviraneta.

--S; no estara mal.

Aviraneta le di trescientos francos, y nos fuimos a la calle.

--Te habrs fijado que el grabador y yo nos hemos hecho el signo de
reconocimiento de la masonera.

--Ah! Qu bruto he sido! Lo he visto y no me he figurado lo que era.

Marchamos Aviraneta y yo a casa, separados.


                                                            DE NUEVO EL
                                                            MURCILAGO

Un par de semanas despus volvimos al taller del grabador, y al salir
para tomar la calle de Espaa, don Eugenio y yo, cada uno por su lado,
le vi al vecino del hotel, que me espiaba, al Murcilago. Esper en el
escaparate de una tienda a que se me acercara don Eugenio y le dije.

--Ve usted se que va por la acera de enfrente?; es un hombre que me
espa.

--Hay que saber quin es--dijo Aviraneta, que iba embozado hasta los
ojos--. Ve t a casa de la Falcn, parndote en las tiendas. Si l te
sigue, yo le ir siguiendo.

Lo hicimos as, y yo fu, como hombre desocupado, parndome en los
escaparates, como si no hubiera notado la persecucin, hasta la tienda
de antigedades.

Al da siguiente me avis don Eugenio para que fuese a casa de Iturri.

--Sabes quin era el que te segua?--me dijo.

--Quin?

--Un tal Salvador que nos hizo traicin en la Isabelina. Est aqu ese
granuja.

Me cont la historia de Salvador, que haba sido uno de los mayores
intrigantes de la poca.

Salvador era un tipo de aquellos como Regato, que haba vivido en plena
intriga, con un fin de lucro.

Yo le habl a don Eugenio de la caja de dulces que me enviaron al
hotel; de la carta annima que me haban dirigido despus, y de los
tiros del camino de Ezpeleta, cosas que yo supona provenan de
Salvador.

Aviraneta dijo que era muy probable mi suposicin.

Aviraneta le tena odio y miedo a aquel hombre.

Para espantarle, le escribi una carta amenazadora, que deca as:

  Miserable espa: Sabemos que ests intrigando y vendiendo a los
  liberales y a los carlistas. Si no abandonas inmediatamente tu
  espionaje y te marchas de Bayona, pagars caras tus maniobras.
  Conocemos tu abominable historia de traiciones y de crmenes.

                            _Demstenes, Espartaco, Mirabeau_
                               de la logia Irradiacin.

Salvador no se march de Bayona; se mud a una casa de huspedes del
barrio de Saint-Esprit.




                                   X

                           APUROS DE VINUESA


POCOS das despus de esto sala del hotel, cuando me encontr con mi
compaero de viaje de Madrid a Bayona, que vena demudado y tembloroso.

--Qu le pasa a usted?--le dije.

--Estoy muy apurado.

--Quiere usted subir a mi cuarto?

--Bueno, s.

Subi, se sent y me dijo:

--Estoy temiendo que me van a internar en Francia.

--Pues, por qu? Qu ha hecho usted?

--Ver usted. He estado estos meses en Pau, resistindome a entrar en
el campo carlista, cuando hace tres das recib una carta del mismo Don
Carlos llamndome a su Real con toda urgencia, y dicindome que si no
voy me considerar separado de su partido. Me he puesto en camino y he
venido aqu con mi mujer, al hotel de Francia. Me he visto con varios
carlistas para que me indiquen el medio mejor de trasladarme al campo
de Don Carlos, y alguno de ellos sin duda lo ha dicho por ah; se ha
enterado el subprefecto y me ha llamado, me ha pedido los papeles y
luego, con violencia y mal gesto, me ha ordenado que vuelva a Pau, de
donde ser internado. Y aqu me tiene usted que no s qu hacer. El
Seor me espera, y si ahora ya no voy pierdo para siempre la gracia de
Su Majestad.

--No se apure usted--le dije yo--. Qudese usted esperando en mi
cuarto; yo ir y le preguntar al canciller del consulado de Espaa qu
hay en la subprefectura contra usted.

Sal del hotel y me encontr a Vidaurreta en el momento en que iba
a visitar al subprefecto. Le expliqu el caso de Snchez Vinuesa,
dicindole que era una buena persona, un excelente sujeto, nada
peligroso.

Le esper en el caf, enfrente del teatro. Al poco tiempo volvi
Vidaurreta; me dijo que en la subprefectura haba la delacin de un
individuo llamado Manuel Gonzlez contra un diplomtico carlista,
residente en Pau, que haba ido a Bayona con la intencin de pasar al
campo del Pretendiente, y a quien se le haba intimado la orden de que
retornara a Pau.

Volv al cuarto del hotel y le dije a Vinuesa:

--No hay nada grave contra usted. Si quiere usted se vuelve a Pau,
donde nadie le molestar; si prefiere usted entrar en Espaa, yo mismo
le preparar la marcha.

--Prefiero entrar en Espaa, porque si no, el Seor va a pensar que no
quiero obedecerle.

--Bueno; pues como usted quiera. Vamos ahora a una posada de un amigo
mo. All encontraremos un gua para Espaa.

--Vamos.

Fuimos a casa de Iturri. Le pregunt en el camino a Vinuesa con qu
carlistas haba hablado, y qued convencido que el Manuel Gonzlez que
le haba denunciado era el vecino de mi hotel, el Murcilago, Manuel
Salvador. Trabajara ste por los liberales y por los carlistas?
Tendra algn motivo de odio contra Vinuesa? No lo pude averiguar.

Llegamos a la posada de Iturri, y le expliqu a ste los deseos de mi
amigo.

--Un gua--dijo Iturri a Vinuesa--le costar veinte o treinta francos.

--Le dar cien con gusto.

--No, no. Es demasiado. Eh!--grit a su mujer el fondista.

--Qu quieres?

--Est ah Pinterdi?

--S.

--Que suba.

Subi Pinterdi, un muchacho fuerte y rubio, de Ascan, a quien Iturri
explic lo que tena que hacer.

--Necesitar usted un caballo--pregunt Iturri a Vinuesa--, o prefiere
usted una mula?

--Un caballo.

--Quiere usted ir de una tirada hasta Vera, o prefiere usted dormir en
el camino?

--Qu distancia habr?

--Unas siete u ocho leguas.

--Es bastante.

--Si se cansa usted, duerme usted en San Juan de Luz, o en Urrua.

--Bueno; ya ver.

--Tiene usted la maleta hecha?--le pregunt yo.

--S.

--Bueno. Entonces, nosotros dos vamos a ir a almorzar fuera de puertas,
a un merendero que se llama el Buen Rincn, del barrio de Onzac; este
chico, Pinterdi, coger su maleta en su hotel, y con la maleta y el
caballo ir al merendero.

Vinuesa me pregunt varias veces por Aviraneta y por lo que haca. Yo
le contest con prudencia.

Llegamos al merendero, y almorzamos muy bien. Al final del almuerzo se
present Pinterdi, at la maleta al caballo e invit a subir a Vinuesa.
Este me recomend que fuera a ver a su mujer con frecuencia, para
tranquilizarla.


                                                        LA DAMA ALEMANA

Dos das despus, por la noche, fu a ver a la seora de Vinuesa y a
decirle que su marido haba llegado bien a Espaa. Me encontr a la
dama indignada, furiosa, contra su marido.

--Mi marido es un imbcil, un mentecato--me dijo--; me ha trado aqu
engaada dicindome que volvamos a Espaa, y se va porque le ha
llamado Don Carlos. Ha visto usted nada ms estpido? Un hombre viejo,
como l, me separa de los hijos, que he dejado en Madrid, y me deja
aqu sola para ir a ver a Don Carlos. No se lo perdono. Hasta ahora no
le he engaado, pero de ahora en adelante, s. Pienso tener amantes.

--Seora!

--S, s; estoy decidida. Vea usted lo que tengo aqu--y me ense una
botella de Champaa y unas pastas--. Es para animarme. Abra usted.

Abr la botella y bebimos dos copas.

--A ese viejo imbcil de mi marido le tengo que engaar. Eche usted ms
vino, y beba usted.

Bebimos ms. Ella empez a rerse a carcajadas.

--Usted ser mi primer amante--dijo luego.

Al principio, la cosa me pareci un poco absurda.

Luego, por el contrario, me pareci muy alegre.

La alemana llev hasta el final su venganza.




                                  XI

                         UN PROYECTO ATREVIDO


UN da de invierno me cit Aviraneta para que fuera a su casa despus
de comer. Fu, pas a un despachito pequeo que tena don Eugenio en
la casa de huspedes, y me encontr all con don Lorenzo Alzate y don
Domingo Orbegozo, a quienes conoca de San Sebastin.

Hablamos de la guerra, y despus Aviraneta nos explic el proyecto que
haba madurado.

--Cuando Don Carlos entr en Espaa por Urdax, en 1834--nos dijo--,
y di principio el general Rodil a una persecucin activa, andaba
el Pretendiente a salto de mata ocultndose entre los breales para
librarse de ser hecho prisionero por las tropas de la Reina. Al
organizar Zumalacrregui sus fuerzas, Don Carlos pudo abandonar en
parte su vida trashumante; entonces eligi pueblos grandes para su
residencia, nombrando ministros, secretarios y empleados. Esta pequea
corte, que entre los carlistas se llama el Real, ha andado siempre
trasladndose de un punto a otro, y ha estado, como saben ustedes, en
Estella, Durango, Oate, Azcoitia y Villafranca.

Zumalacrregui tena sus fuerzas siempre en movimiento, y al
Pretendiente le era necesario seguirle, cosa que no le agradaba.

Este estado ambulante del Real dur mientras mandaron los ejrcitos
de la Reina los generales Rodil, Quesada, Mina, Valds y Crdova, que
hacan una guerra irregular con alternativas de xito y de fracaso.
Al ser nombrado general en jefe Espartero, se abandon el sistema de
guerra irregular, y se adopt el de la guerra de lneas, cesando las
operaciones militares cuando vena con el invierno el mal tiempo.

Este sistema de guerra regular y la muerte de Zumalacrregui, por
quien Don Carlos no tena el menor afecto, y que le inquietaba con
sus andanzas, ha permitido al Pretendiente habitar los pueblos largo
tiempo, y hasta poner su _Gaceta Oficial_ en Oate.

Por otra parte, el matrimonio de Don Carlos con la duquesa de Beira,
celebrado en Azcoitia, ha hecho que el hombre que pas la luna de
miel en el palacio del duque de Granada de Ega se estabilice ms. El
Pretendiente ha querido tener una corte, aunque pequea; el Real ha
progresado en camaristas, caballerizos y mayordomos, y los frailes y el
obispo de Len han dado con el botafumeiro en las reales narices de Don
Carlos, y ste, que nunca ha sido listo, se ha hecho ms endiosado y
ms tonto de lo que es por naturaleza.

Yo, que he ledo cuantos folletos y artculos hablan de la vida de
Don Carlos y que conozco Guipzcoa, he visto con asombro que el
Pretendiente se queda casi solo en Azcoitia cuando sus tropas se alejan
para luchar con las liberales.

Azcoitia est relativamente cerca del mar, a una distancia de un par de
horas de marcha para un buen andarn; un golpe de mano rpido me parece
posible. Yo creo que es fcil apoderarse del Pretendiente. Qu les
parece a ustedes?

Alzate, Orbegozo y yo nos callamos un momento.

--La verdad es que, en principio, no parece difcil el proyecto--dijo
Alzate.

--Una empresa como sta, a la mayora, que es gente ramplona, le parece
muy natural cuando se ha realizado; pero antes de hacerse se le figura
imposible--dijo Aviraneta--. Este proyecto que les expongo se lo he
expuesto tambin al ministro Pita Pizarro, a quien le ha parecido muy
atrevido, pero de una ejecucin factible.

--Veamos los detalles--dijo Orbegozo.

--Quiz primero lo mejor sera--repuso Aviraneta--que alguno de ustedes
se pusiera al habla con el comodoro ingls lord John Hay y que le
preguntara si podra prestar alguno de sus barcos para una empresa de
este gnero. Al mismo tiempo sera conveniente que otro le viera a
don Gaspar de Juregui, el Pastor, y primero le consultara sobre el
plan, y si lo encontraba bien, indicara un oficial para que al frente
de un cierto nmero de soldados fuera a Azcoitia a realizar la empresa.
Contando con estos factores estudiaremos el proyecto en sus detalles
ms pequeos, como quien estudia un aparato de relojera.

Quedamos todos de acuerdo, contemplamos un plano de la costa, del
Depsito Hidrogrfico de Madrid, que sac Aviraneta, y cada vez nos
pareci que la tentativa era ms lgica y ms factible.

Alzate y Orbegozo se fueron a San Sebastin dispuestos a trabajar en el
proyecto.


                                                            EL SARGENTO
                                                            ELORRIO

Orbegozo habl con el coronel ingls Colquhoun, quien le dijo que lord
John Hay examinara el proyecto que le expusieran, y que si le pareca
bueno colaborara con l; Alzate conferenci con el general Juregui, y
ste indic para realizar la empresa al sargento de chapelgorris Ramn
Elorrio.

Cuando lo supo Aviraneta avis a Alzate que le enviaran inmediatamente
a Elorrio, y ste apareci en Bayona.

Elorrio tena entonces unos veintisis o veintisiete aos; era de poca
estatura, moreno, de ojos negros, de aire atrevido y sagaz. Llevaba
bigote pequeo y tena un tic nervioso en la cara.

El sargento Elorrio vino a mi hotel, y all esperamos a Aviraneta.

Elorrio se bebi dos o tres copas de coac mientras aguardaba; lo que
me hizo pensar que era muy aficionado al alcohol.

Cuando lleg Aviraneta, ste explic al sargento en pocas palabras de
qu se trataba; le ley su plan de prender a Don Carlos en Azcoitia,
y le mostr el mapa de la costa de Zumaya y del terreno que recorre el
ro Urola.

--Qu le parece a usted mi plan?--le pregunt Aviraneta despus.

--Est muy bien pensado--dijo Elorrio--. Quin lo va a realizar?

--Usted mismo.

--Me permitirn? Ya sabe usted que hay muchas envidias en el Ejrcito.

--S; he hablado con el general Juregui y l le ha designado a usted.
El comodoro John Hay espera conocer el proyecto para dar su aceptacin.
Si los dos aceptan, la empresa se realiza.

--Muy bien--dijo Elorrio--. Yo, dentro del plan de usted, me encargo de
todo. La cuestin es que no haya obstculos y que no se hable demasiado
de ello. Yo conozco la provincia bien y adems tengo en la compaa
chicos de Zumaya, Cestona y Azcoitia que conocen el terreno palmo a
palmo. Yendo por los senderos a primera hora de la noche, en dos horas
podramos ponernos desde Zumaya en Azcoitia.


                                                              PREGUNTAS

--Bueno--dijo Aviraneta--; puesto que usted asume la direccin y la
responsabilidad del proyecto en bloque, pongmonos de acuerdo en los
detalles. Supongamos que llega usted a Azcoitia, a la casa del duque de
Granada de Ega, qu hara usted all?

--Creo que no encontraramos resistencia; todas las fuerzas carlistas
estn en Vizcaya, Alava y Navarra. En Guipzcoa tienen las de Andoan.
Por esa parte de Azcoitia no hay mas que unos cuantos cadetes, guardias
de Corps, y unos cuantos hojalateros que no valen nada. A patadas los
echaramos.

--Y si ofrecan resistencia?

--Entraramos a la fuerza; y si alguno se opona le pegaramos un tiro.

--Muy bien.

--All, naturalmente, no haba de ser cosa de dar odos a ruegos y
lgrimas.

--Y usted no cree que alguno de los chapelgorris, al ver que se
trataba de prender a Don Carlos, no se echara atrs?--pregunt
Aviraneta.

--Ca! Nuestros chapelgorris--exclam Elorrio--le tienen un odio a Don
Carlos terrible. Si se defendiera, le aplastaran como a una rata.

--Bueno; supongamos que ya han entrado ustedes en la casa del duque de
Granada y han preso a Don Carlos y a su hijo, qu hara usted despus?

--Los montara en unos caballos.

--Los habr?

--S, los hay en casa del duque de Granada; y en dos o tres horas, por
la carretera, de noche, llegaramos a Zumaya. Cuando se enteraran los
carlistas del suceso, estaramos embarcados.

--Hay que pensar todas las eventualidades. Si, por ejemplo, mientras
ustedes se encontraban en Azcoitia vena una galerna que impeda que
las lanchas de desembarco de los ingleses estuvieran a punto para
recogerles, o aparecieran, por casualidad, tropas carlistas que les
cortaran el paso a Zumaya, qu haran ustedes?, se veran perdidos?

--No, ca! Iramos hacia el monte Grate y nos refugiaramos en el
castillo de Guetaria. Si nos cerraban el paso para Guetaria, nos
dispersaramos, deshacindonos de las caballeras, e iramos a Zarauz.

--Y con los prisioneros, qu haran ustedes?

--Lo que nos mandaran: soltarlos o pegarles un tiro.

Aviraneta contempl atentamente a Elorrio.

--Yo creo que sera mejor pegarles un tiro.

--Yo, tambin--dijo Elorrio.

--As, que en la parte de empresa que a usted le corresponde, y que es
la ms importante, estamos de acuerdo?

--Completamente.

--Ahora nos falta que el comodoro ingls d su visto bueno al plan. Se
le avisar a usted.

Elorrio se despidi de nosotros dos, y se march.

Ahora, al cabo de ms de medio siglo, lo recuerdo como si lo estuviera
viendo, y, al recordarlo, pienso tambin en el pobre Muagorri.

Cuando en 1841 se sublev en Pamplona el general O'Donnell contra
la Regencia de Espartero, Muagorri sali de Bayona para Pamplona a
reunirse con el general sublevado, siempre con su plan favorito de Paz
y Fueros.

Elorrio, que por entonces era teniente y esparterista rabioso, cogi
a Muagorri el 14 de octubre en la ferrera de Zumarrista y lo fusil
inmediatamente.

Elorrio tampoco acab bien; despus de la guerra le nombraron oficial
de carabineros, y como era un impulsivo y un alcohlico, hizo mil
absurdos; le echaron del Cuerpo por meter contrabando, fu despus jefe
de una partida de contrabandistas, y un compaero le di una pualada.




                                  XII

                            EL PLAN ESCRITO


A los tres das de la visita del sargento Elorrio me escribi Aviraneta
dndome noticias. Alzate haba enviado unos confidentes sagaces a
Azcoitia.

En la villa guipuzcoana no haba alrededor del Pretendiente, de su
mujer y de su hijo mas que una corte de ministros y empleados, frailes
y oficiales hojalateros de poco cuidado. Aada que Alzate le indicaba
que fuera a San Sebastin a ponerse de acuerdo con ellos y a visitar a
lord John Hay. Don Eugenio no poda ir. Vidaurreta le haba dicho que
si entraba en Espaa le prenderan.

No tena ms remedio que delegar la misin en m. Fu al da siguiente
a ver a Aviraneta, y me di unas cuartillas con el plan, y me hizo
algunas observaciones.

--Si el comodoro dice que s, avsame en seguida. Temo un poco de
Elorrio y de sus chapelgorris. No s si sern lo suficientemente
violentos. El guipuzcoano no es cruel y se deja convencer con facilidad.

--Primero, veamos si el comodoro acepta--dije yo.

--Tienes razn.

March a casa y le el plan; deca as:

Teniendo yo, como tengo, la conviccin de que es fcil apoderarse del
Pretendiente mientras se encuentra en Azcoitia, pues no dispone all de
tropas que le defiendan, he ideado este proyecto.

Se pondrn de acuerdo lord John Hay, el general don Gaspar de Juregui
y el jefe poltico de la provincia, don Eustasio Amilibia, para
concertar el mejor modo de poner en ejecucin el plan.

Estar listo un cuerpo de chapelgorris de doscientos hombres en
Rentera o Lezo, dispuesto a embarcar a la primera orden, y cincuenta
soldados escogidos entre los chapelgorris por el sargento Elorrio.

Lord John Hay tendr preparados dos vapores y un aviso en el puerto de
Pasages.

Se escoger una noche obscura, a ser posible lluviosa; se embarcarn
los doscientos cincuenta hombres a bordo de los vapores. De antemano
se llevarn, en cajones cerrados y en los mismos vapores, cincuenta y
una levitas cortas, iguales a las que usan los chapelchuris, o sean los
soldados carlistas del quinto batalln de Guipzcoa; cincuenta y una
boinas blancas, ciento dos pistolas y cincuenta y un puales.

Levadas anclas, de cinco a seis de la tarde, tomarn los vapores rumbo
a alta mar para despistar a los curiosos, si los hay; y despus se
dirigirn a Zumaya. A la misma hora de zarpar los vapores saldrn tres
o cuatro trincaduras, al mando de uno de los comandantes del general
Juregui, con destino a Guetaria. El comandante ser portador de un
pliego cerrado para el jefe de la fortaleza, y en el pliego se le
recomendar a ste que se halle preparado, por si los expedicionarios
tuvieran que acogerse a Guetaria.

Ya en el mar la expedicin, los cincuenta soldados y el sargento
Elorrio abrirn los cajones y sacarn las levitas iguales a las de los
chapelchuris, y las boinas blancas, y se pondrn los nuevos trajes,
y se armarn. Llevarn en el morral una cantimplora con aguardiente,
media libra de salchichn y un pan de dos libras.

Los vapores debern estar hacia las ocho de la noche delante de la
punta de Izustarri, entre Guetaria y Zumaya. Desembarcarn, primero,
el sargento Elorrio con sus cincuenta hombres, y al momento marcharn
camino de Azcoitia, sin pasar por ningn pueblo ni tocar en ningn
casero. Despus desembarcarn los doscientos hombres y vigilarn la
costa, la punta de Izustarri, la de Arrauna y la playa de Santiago,
hasta la desembocadura del Urola, prendiendo a todo el que pueda darse
cuenta de la novedad.

Las lanchas permanecern a poca distancia de tierra.

El sargento Elorrio y sus compaeros estarn en Azcoitia de diez y
media a once de la noche, lo ms tarde; no preguntarn nada a nadie.
Deben emplear, lo ms, una hora en la prisin del Pretendiente y su
hijo. A las dos o dos y media de la maana estarn de regreso. Cuando
se encuentren a media legua del sitio del desembarco echarn tres
cohetes en direccin a la playa de Santiago, con tres minutos de
intervalo. Al cuarto de legua, otros tres.

Los chapelgorris contestarn a esta seal con cinco cohetes, para
indicar que la playa est franca.

Los expedicionarios llevarn con ellos dos paquetes de cohetes: uno
para el sargento Elorrio, que lo esconder en el camino, para recogerlo
a su regreso, y al aproximarse a Zumaya, de vuelta de la expedicin,
servirse de los cohetes anunciando su llegada; el otro lo guardarn los
otros chapelgorris para contestar a sus compaeros indicndoles que
pueden avanzar hacia la punta de Izustarri y la playa de Santiago, sin
temor.

En seguida empezar el embarque en los vapores.

El general Juregui, para entonces, tendr extendidos dos partes:
uno para el ministro de la Guerra, el otro para el general en jefe
del ejrcito de la Reina, contando el hecho y notificndoles que
el Pretendiente se halla a bordo de un barco ingls y que va a ser
conducido a San Sebastin.

Los vapores regresarn con rumbo a Pasages. Al cruzar por las aguas de
Guetaria, el general Juregui avisar al jefe de las trincaduras el
haberse realizado la expedicin.

Llegado a la vista de San Sebastin se desembarcar al Pretendiente y a
su hijo, con la escolta correspondiente.

En el inesperado caso de que el sargento Elorrio y sus compaeros de
expedicin no pudieran regresar a Zumaya a la hora convenida, y que
para las cinco de la maana no se hubiesen presentado, los doscientos
chapelgorris se apoderarn del pueblo, sin permitir que ningn vecino
salga de la villa, ni por tierra ni por mar, y vigilarn todas las
embarcaciones del puerto, como quechemarines, lanchas y botes.

Permanecern en el puerto hasta las diez de la maana, en espera del
sargento Elorrio y sus compaeros, y si no hubiesen llegado para esta
hora, se embarcarn en los vapores ingleses e irn por cerca de la
costa, despacio, por las aguas de Guetaria y Zarauz, para ver si pueden
distinguir a sus compaeros. De ser posible, lord John Hay y el general
Juregui dirigirn personalmente la expedicin.--Bayona, enero de
1839.--_Eugenio de Aviraneta._

El proyecto me pareci muy bien; nicamente encontr que era un poco
demasiado seco al hablar del comodoro ingls y del general Juregui, y
que ordenaba de una manera un tanto napolenica. As que aad algunas
frmulas de cortesa y met, por aqu y por all, algunos excelentsimo
seor.

Al da siguiente sal de Bayona y llegu a San Sebastin. Me present
a don Lorenzo Alzate, y ste avis al jefe poltico y al general
Juregui. Les le el plan de Aviraneta, y se decidi que Juregui,
Amilibia y yo furamos a Pasages a visitar al comodoro.


                                                          LORD JOHN HAY

Marchamos los tres, en coche, a Pasages, y nos embarcamos en una
lancha, conducida por una batelera, una chica joven y fuerte. Juregui
le hizo algunas preguntas en broma, y ella contest con gracia y
desgarro.

La batelera nos llev al costado de una hermosa fragata inglesa;
subimos la escala del barco y llegamos sobre cubierta.

Se nos present el oficial de guardia, al que expliqu, en ingls,
quines ramos y a lo que bamos; el oficial nos pas a un camarote muy
elegante, y hubo all grandes saludos y ceremoniosas presentaciones.

En esto lleg un tal Queille, comerciante de San Sebastin, que era
el intrprete de lord John. Queille quiso enterarse del asunto que
traamos; pero yo le dije que slo a lord John Hay le hablaramos, y
que si el comodoro consideraba necesario que estuviera su intrprete
delante, que entonces sera otra cosa.

Queille dijo que lord John no tena secretos para l.

--No digo que no, pero nuestro encargo se limita a hablar al
comandante, y slo a l hablaremos--le dije.

Vino lord John y le saludamos. El comodoro conoca a Juregui. Yo
le expliqu, en mi mal ingls, que el proyecto que traamos era muy
reservado y que preferamos lerselo a l solo.

--Bueno, muy bien. El castellano hablado no lo entiendo siempre, pero
escrito, s.

Le le el proyecto, y luego le di las cuartillas; me hizo varias
preguntas en ingls, que yo contest, y aad algunas explicaciones
sobre lo que haba dicho Elorrio acerca de la posibilidad de llevar a
cabo el plan pensado por Aviraneta.

Lord John Hay era hombre de buena pasta, un tanto vanidoso, y a quien
le haba entrado la obsesin de hacer un papel trascendental en la
historia de Espaa.

Era un hombre sin tipo y sin carcter, un ingls de los muchos
que produce el troquel de la Gran Bretaa, correctos, tranquilos
e insignificantes. Lord John Hay hablaba demasiado, porque crea
que hablaba bien; quera ser maquiavlico y le gustaba provocar la
expectacin rodendose de misterio; pero, en general, se engaaba, y
entenda las cosas despacio, cuando no las entenda al revs.

Era hombre, en el fondo, cndido y de buena fe.

Se haba engaado con Muagorri, creyndole capaz de grandes cosas, y
le molestaba su fracaso como algo propio.

Despus de pensar algn rato el comodoro, dijo:

--Estoy convencido, como ustedes, de que este plan est muy bien
pensado y de que su realizacin es relativamente fcil, pero tengo
que estudiarlo detenidamente. As que creo que lo mejor que podemos
hacer es que ustedes vuelvan por la tarde, despus de comer, a hablar
conmigo. Yo les convidara a comer en el barco; pero ahora tenemos un
cocinero muy malo y no quiero desacreditarme.


                                                               NEGATIVA

Bajamos del barco ingls y fuimos en la lancha a Pasages de San Pedro,
donde comimos.

La dilacin del lord me di a m mala espina, y dije a mis compaeros
que no crea que el marino ingls aceptara el proyecto.

Desde la fonda, que tena una galera que daba al mar, vi con los
gemelos a Queille, el intrprete, que baj del barco y tom un bote, y
una hora despus advertimos que volva con el coronel Colquhoun y con
otro, para m desconocido, a la fragata inglesa. Todas estas idas y
venidas me daban poca confianza.

Volvimos a las cuatro al barco y pasamos a la cmara del lord.

--Sigo--nos dijo el comodoro--pensando que el proyecto que ustedes me
han trado est muy bien pensado y es factible, pero yo no voy a poder
patrocinarlo.

--Podemos saber por qu?--le pregunt yo.

--Porque yo no puedo ser ms espaol que los espaoles, ni ms cristino
que los cristinos. He favorecido la empresa de Muagorri pensando que
haca un beneficio a la causa de la Reina, y el general O'Donnell y
el cnsul de Bayona se han quejado, y han hecho todo lo posible para
que la empresa de Paz y Fueros no tenga el menor xito. Los generales
espaoles son como el perro del hortelano.

Les traduje a Juregui y a Amilibia lo que deca el lord.

--Hay que reconocer--dijo Juregui--que el pensamiento de Muagorri era
ms obscuro y ms vago que lo que le proponemos a usted.

--Si el proyecto me parece magnfico!--exclam el lord--. Si usted,
Juregui, fuera el comandante general de la provincia, no tendra
usted mas que fijar el da para que las fuerzas navales de su Graciosa
Majestad saliesen para Zumaya; pero el comandante es el brigadier
Araoz, y mi Gobierno me ha mandado varias veces que no obre mas que
en colaboracin con las autoridades espaolas. Si ustedes traen el
consentimiento de Araoz, inmediatamente salimos.

Se pens en visitar al brigadier Araoz, pero no tenamos atribuciones
de Aviraneta, y decidimos, primero, consultar con ste.

Lord John me ofreci una escampava de la marina real inglesa para ir a
San Juan de Luz, y fu, hecho un personaje, acompaado de un oficial, a
desembarcar en Socoa.

De all mand una carta a Aviraneta contndole lo ocurrido y dicindole
que esperaba sus rdenes.

Al da siguiente recib la contestacin:

El proyecto hay que darlo por muerto--me deca--. Con la burocracia
del Ejrcito sera un fracaso ridculo. Los militares quieren acabar
la guerra con batallas, y no pueden; pero, a pesar de ello, el pensar
en otro sistema para traer la paz les irrita. Consideran que es el
reconocimiento de su impotencia. Hoy mismo le he escrito al ministro lo
que pasa, y por qu no se ha podido realizar mi plan. Otra cosa, aunque
no tiene gran importancia: si no te viene mal, vete a ver el campamento
de Muagorri, prximo a Endarlaza, a ver qu es eso.




                                 XIII

                          DE BIRIATU A ERLAIZ


VOLV a Hendaya, y me dijeron all que la gente de Muagorri estaba
acampada en un grupo de casas llamado Lastaola, del camino de Irn a
Vera, y que los carlistas vigilaban de cerca a los muagorrianos.

Me aseguraron que para comunicarse con ellos lo mejor era ir por la
orilla del Bidasoa, hasta enfrente de Lastaola.


                                                               LASTAOLA

Conoca yo el camino perfectamente; fu de Hendaya a Behovia francesa,
y de Behovia, por la orilla del ro, pasando por debajo de Biriatu,
hasta llegar frente por frente de la vieja casa de Lastaola.

Al acercarme a este sitio vi unas barcas en el ro y un cable fijo que
iba de un lado a otro del Bidasoa.

Me encontr all con una muchacha joven que discuta con el barquero
porque quera cruzar a la otra orilla.

--Es que no se puede pasar?--le pregunt yo al barquero.

--No.

--Por qu? No est Muagorri?

--No.

--Est Altuna?

--Tampoco.

--Quin est?

--El capitn Jauariz.

--Bueno. No le conozco; pero le hablar.

Le di dos pesetas al barquero y entr en la barca. La muchacha entr
conmigo. Entonces la reconoc. Era Pepita Haramboure, la chica de la
tienda de Sara, a quien haba conocido por Cazalet.

--Usted tambin viene al campamento de Muagorri?--le pregunt.

--S.

La chica me dijo que era novia de uno de los soldados de Muagorri, un
muchacho francs, de Biriatu, a quien haba conocido en Sara.

Era Pepita una chica bonita, de ojos negros; hablaba vascuence, con
gracia, y tena, al hablar, como un sobrealiento muy caracterstico de
su pueblo. Me dijo que llevaba ropa para su novio.

Pasamos la chica y yo a la orilla espaola, y saltamos a tierra.
Haba entre el ro y el fuerte de los muagorrianos una distancia de
trescientos o cuatrocientos metros de campos de maz, con caaverales,
que servan para esconderse los contrabandistas, pues el sitio era
estratgico para el contrabando.

Fuimos andando hasta llegar a Lastaola. Esta era una casa vieja,
probablemente una antigua ferrera, con muy pocas ventanas.

Tena en los alrededores una explanada fortificada, con una muralla de
palos y tierra; ocho tiendas de campaa y dos piezas de artillera.

El centinela nos di el alto e hizo llamar al oficial de guardia, el
capitn Jauariz, a quien expliqu yo el objeto de mi visita y el de la
muchacha. El oficial nos recibi de malhumor y me dijo que nos iba a
detener.

--Bueno; haga usted lo que quiera.

--Aqu estn viniendo a cada paso agentes para provocar la desercin de
nuestros soldados.

Yo le dije que era amigo de Muagorri y de Altuna y partidario de la
empresa de Paz y Fueros. El hombre no se convenca, cuando vino el
capitn Brunet, que mandaba los muagorrianos que estaban acampados en
las inmediaciones de Lastaola, y me di la razn.

--Qu quera usted?--me pregunt.

--Quera visitar las obras de la defensa y dar informe al Gobierno.

--Pues vea usted lo que se ha hecho aqu, y luego pide usted un caballo
y sube usted al fuerte de Pago-gaa.

Curiose por los alrededores de Lastaola, y me choc que el campamento
estuviera tan abandonado. Aquello no tena aire militar ninguno. Los
soldados charlaban y jugaban a las cartas; los centinelas fumaban.


                                                              PAGO-GAA

Tom algunas notas, y al soldado que me haba indicado el capitn
Brunet le ped el caballo. Lo trajo.

--Por dnde se sube a ese fuerte de Pago-gaa?--le pregunt.

--Por ah, por esa regata que se llama de Charodi.

--No me puede acompaar nadie?

--Yo, por lo menos, no.

La chica de Sara se enter de que su novio estaba en el alto de
Pago-gaa, y vino conmigo.

Montamos a caballo; ella, a la grupa; comenzamos a subir el monte por
un sendero estrecho, hasta llegar, a la media hora, a una explanada con
un casero. Vimos a una mujer y a un muchacho, que al vernos echaron a
correr.

--Cmo se llama este sitio?--les pregunt.

--Erlaiz.

--Dnde est ese fuerte Pago-gaa?

--Ah arriba.

Nos habamos desviado un poco, y tenamos el fuerte encima. Hablamos
la mujer y yo de los muagorrianos, a quien ella tena por unos
holgazanes, y nos mostr cerca del casero, como la nica curiosidad
del lugar, una piedra antigua, llena de musgo, con este letrero:

                       DESDE AQU, LA DESERCIN
                         TIENE PENA DE LA VIDA

Le di al muchacho unas monedas para que nos acompaara al fuerte.

El fuerte era muy slido; tena la figura de un polgono de muchos
lados, y dentro de su permetro haba un almacn de plvora, un gran
barracn de madera y varias tiendas de campaa.

Haban trabajado en esta obra los zapadores ingleses, bajo la direccin
del coronel Colquhoun y del comandante Vicars, de los Ingenieros
Reales. En las paredes se vean escritos muchos nombres ingleses.

La pequea guarnicin del fuerte tena el mismo aire de indisciplina
que la de Lastaola. Haba muchos visitantes, que andaban por el fuerte
mirndolo todo. Llegaban, sin duda, del lado de Irn mujeres y hombres
a ver a sus hijos, maridos y hermanos, que estaban all acampados, y
hablaban y revolvan como si estuvieran en su casa. Se vea claramente
que la empresa de Muagorri marchaba mal. Pepita la de Sara encontr a
su novio, que era un jovencito con aire de nio, y estuvo hablando con
l.

Yo, cuando me cans de andar arriba y abajo, le avis a la muchacha que
iba a bajar, y se reunieron conmigo la Pepita y su novio.

Como me pareci que bajar a caballo desde el fuerte a la orilla del ro
sera difcil y peligroso, marchamos a pie.

El novio de la Pepita nos acompa un rato.

Pepita me cont que su novio era hijo del sacristn de Biriatu, y haba
sido seminarista. Sus hermanos eran contrabandistas y atrevidos, pero
a su novio le gustaban ms los libros, cosa que le pareca absurda a
Pepita.

Al ir descendiendo son un tiro a lo lejos, entre las ramas; no s si
de algn carlista o de algn cazador.

Llegamos a Lastaola, pasamos a la orilla francesa, y Pepita se fu a
Biriatu, y yo march a Hendaya, donde com en el hotel del Comercio.

Unos das despus supimos que el Bidasoa haba subido repentinamente y
que se llev las tiendas del campamento de Muagorri, dejndolo todo
inundado, los caones en el fango y sin comunicaciones con Francia.

Un par de semanas despus el capitn Jauariz, que tanto miedo tena a
los que fomentaban la desercin, desertaba del campo de Muagorri con
sus soldados y se pasaba a los carlistas de Vera, y stos incendiaban
el campamento muagorriano.

El antiguo escribano de Berastegui tena mala suerte.




                                  XIV

                              ROMPIMIENTO


AL pasar por San Juan de Luz fu a visitar a doa Mercedes, la madre
de Corito, que me recibi muy secamente. Me dijo que Corito estaba
en Laguardia, que no sala porque no haba seguridad en los caminos,
ocupados por los carlistas.

La muchacha deseaba venir a San Juan de Luz, pero ella, su madre, haba
pensado trasladarse definitivamente a Madrid.

Doa Mercedes aadi con cierta energa que pensaba casar a su hija con
una persona seria, religiosa y de buenas costumbres.

--Y ella est de acuerdo con usted?--la dije yo emocionado.

--Completamente de acuerdo.

--Creo que tengo derecho a una explicacin.

--Usted! Derecho!

--Por qu no? Aunque yo tenga una posicin modesta...

--Aqu no se trata de la modestia de su posicin. Se trata de la vida
que est usted haciendo--me dijo doa Mercedes.

--Yo!

--S, tengo informes ciertos y fidedignos. Hace usted la vida de un
hombre vicioso, sin fe y sin conciencia. No quiero hablar.

--Es que me he metido en una clase de asuntos... Su amigo de usted, don
Eugenio...

--No sea usted mentiroso. No creo que Eugenio le haya aconsejado el
seducir muchachas y abandonarlas, ni el desunir matrimonios.

--Yo he hecho eso?

--S, y no me tiente usted la boca. Eugenio siempre ha sido un hombre
honrado. Habr tenido ideas falsas en poltica y en religin, pero ha
sido un caballero.

--Y yo, no?

--Usted, no.

--Seora...

--Qu, me va usted a desafiar; me va usted a mandar los padrinos?

--Me atropella usted.

--No; usted es el atropellador.

--No creo que haya que juzgar los hechos sin aclararlos.

--Los hechos estn suficientemente aclarados, y, en su consecuencia,
le tengo que decir que no se acuerde usted para nada de mi hija, ni
la escriba usted tampoco, porque ella est enterada de todo y no le
contestar.

--Bueno. Est bien. Est bien--y me march a la calle sin saber qu
decir.


                                                                 ME VOY

Cuando vi a Aviraneta en Bayona le cont lo que me haba pasado, y le
dije que para matar la pena iba a ir a Pars.

--Cunto tiempo vas a estar all?

--Un mes, si no hay algn asunto importante que me obligue a volver.

--Tanto?

--S.

--Qu presupuesto vas a hacer?

--Unos treinta francos al da; con el viaje, unos mil doscientos
francos. Llevar dos mil; creo que tendr de sobra. Llevaba, por si
acaso, mil ms.

--Adnde vas a ir a vivir?

--No s. Veremos Valds adnde me lleva.

--Vas con Valds?

--S.

--Este te meter en algn lo.

--Bah! No soy ningn nio.

--Bueno. Un consejo: reserva el dinero para la vuelta. Gstate el resto
del dinero en una semana o en un da, pero resrvate siempre el dinero
para la vuelta, porque es un poco ridculo tener que pedir para volver.

--Qu desconfianza tiene usted en m!

--Es un consejo; t sguelo, si quieres.




                                  XV

                    EN EL "FAUBOURG" SAINT-GERMAIN


TOM la diligencia, llegu a Pars y fu a parar a una fonda bastante
cmoda de la calle Tournon, enfrente del antiguo palacio del mariscal
de l'Ancre, convertido en cuartel de gendarmera.

Inmediatamente me arregl y march a la casa de Valds, en la calle de
Saint-Honor. Lo encontr, al antiguo _dandy_, en la cama; esper a que
se vistiera, y fuimos a almorzar al Rocher de Cancale, restaurante que
entonces tena mucha fama.

--Tiene usted algo que hacer?--me pregunt Valds.

--No.

--Pues entonces venga usted esta tarde a buscarme e iremos a algunas
casas del _faubourg_ Saint-Germain, donde le presentar a usted.


                                                              GRANDEZAS

Despus de dar un paseo por los bulevares tom un coche, le recog a
Valds y fuimos a la calle de Babilonia, a casa del marqus de Fronsac.
Como Valds era un cnico y saba que un ttulo vena muy bien en aquel
medio, me present como el barn de Legua.

Segn me dijo luego Valds, tuve un xito entre las damas; me haban
encontrado muy gentil; les haba chocado que un joven espaol hablara
el francs tan correctamente.

Una de las mujeres que me produjo un gran entusiasmo fu una marquesa
austriaca, la marquesa Radensky. Era una mujer encantadora. Tena unos
ojos azules brillantes y una dentadura que mostraba, al sonrer, como
una rfaga de nieve.

Esta marquesa me dijo que fuera a visitarla, aunque no tena una buena
casa.

Valds, luego, me indic que estaba separada del marido y sostenida por
un banquero de Viena, que viva en Pars.

Salimos Valds y yo del hotel y fuimos a un pequeo restaurante de la
calle del Bac, donde comimos muy bien.

--Usted piensa ir al teatro?--me dijo Valds.

--Yo, no. No tengo dinero para grandes gastos.

--S, vale ms reservarse. Me puede usted prestar dos luises?

--S.

Se los prest, y hablamos de la marquesa Radensky. Valds me dijo que
si quera hacerla la corte le enviara un ramo de flores con mi tarjeta.

Nos despedimos Valds y yo y nos citamos para el da siguiente, a la
hora de comer, en el restaurante de la calle del Bac.

Cuando me encontr en mi cuarto y se me fu un poco la sensacin de las
grandezas y pens en si el primer da habra sobrepasado mi presupuesto
de treinta francos diarios, vi que haba gastado entre las comidas, el
coche y el prstamo a Valds, ms de cien francos, sin contar el hotel.

Me qued un tanto asombrado.

--Tena razn don Eugenio: hay que separar el dinero para el viaje y
cien francos ms, y darlo como si no existiera.

Efectivamente; envolv unos billetes en un papel, los met en el
bolsillo interior de una chaqueta y cerr el bolsillo con dos alfileres.

Al da siguiente envi un ramo de flores a la marquesa austriaca y fu
con Valds a otras casas del _faubourg_ Saint-Germain.

Pasado el primer momento de entusiasmo, empec a pensar que este
barrio aristocrtico no me pareca tan admirable como yo haba
supuesto. Yo me lo haba figurado ms suntuoso, ms rico. Adems crea
que iba a encontrar en aquellos palacios los tipos de Balzac, que,
naturalmente, no han existido mas que en la imaginacin del novelista.

--Oiga usted--le dije a Valds--, Balzac no ha tomado datos en el
_faubourg_ para escribir sus novelas?

--No. Aqu nadie le conoce. El, como todos los grandes escritores,
inventa su mundo. Se ha hablado mucho de Balzac en el _faubourg_, tiene
grandes entusiastas y algunos detractores, pero nadie le conoce; parece
que vive encerrado, trabajando febrilmente.

--Qu extrao!

--Extrao, no. Si quisiera escribir la realidad, no podra; hara una
cosa vulgar, pedestre.

--Me desilusiona usted. All, en nuestras tertulias de Bayona,
suponamos que el gran escritor estara siempre en los salones de la
alta sociedad.

--Entonces no escribira nada.

--Pero no tiene carcter esta gente?

--Pse! Qu s yo! En estos pueblos viejos, grandes, de una cultura
antigua, que ha penetrado hasta las ltimas capas sociales, es muy
difcil diferenciarse. Yo suelo ir, cuando ando mal de dinero, lo que
es ms frecuente de lo que yo deseara, a comer a un fonducho pobre, y
la duea de la casa, que es de Orlans, habla un francs tan puro, tan
acadmico, que la llevara usted a un saln y parecera una duquesa.

--As que usted cree que este barrio no tiene un espritu distinto del
resto al pueblo, un carcter especial?

--Hay mucho de literatura en eso. Aqu, como en todas partes, lo
esencial es igual. Si es usted joven y rico le harn ms caso que
si es usted viejo y pobre. Lo nico que vara es la poltica. Aqu
hacemos poltica realista, como en otros barrios se hace republicanismo
o justo medio. Las damas de la burguesa se citan con sus amantes
en las _soires_, en el bosque de Boulogne y en el teatro; nuestras
damas tienen, adems de esto, como punto de cita, las iglesias y las
sacristas. Ahora, si quiere usted seguir un consejo mo, se lo dar
gratis: Si tiene usted amores con una gran dama de stas, piense usted
que no se diferencia en nada de una costurera o de una peinadora, y en
novecientos noventa y nueve casos sobre mil acertar usted.


                                                           LA AUSTRIACA

El consejo de Valds lo puse en prctica con mi marquesa austriaca, que
se encontr encantada de que yo la tratara sin el menor respeto.

Era una mujer admirable, graciosa, imprevisora, capaz de cualquier cosa
buena y de cualquier cosa mala, con un espritu de alegra y de bohemia
verdaderamente loco. Acept mis cenas, fu varias veces a mi casa, hizo
extravagancias, y a los quince das me encontr yo, con sorpresa, que
no tena ms dinero que doscientos francos y lo que haba guardado en
el bolsillo de la chaqueta.

--Haciendo la vida que hago--me dije--, este dinero no me llega para
dos das. Voy a exponerme. Voy a jugar mis doscientos francos.

Haba odo que en la plaza del Palais Royal haba casas de juego. Fu
all y encontr una ruleta. Divid mi dinero en diez puestas de un luis
cada una y fu ponindolas a un entero. En diez vueltas, casi seguidas,
perd los doscientos francos.

Fu a ver a Valds, a pedirle los cuatro o cinco luises que le haba
dado; pero me dijo su ama de llaves que no estaba en casa, y le
escrib. Pens luego qu poda hacer, y comprend que lo mejor era
marcharme.

Le escrib una carta a la austriaca dicindola que mi familia me
llamaba urgentemente y que no tena ms remedio que volver a mi pas.

Ella me contest alegremente dicindome que arreglara pronto mis
asuntos, y que volviera. Aada que me sera fiel si no tardaba mucho
tiempo.

Me avergonzaba un poco la vuelta prematura a Bayona, porque Aviraneta
se reira de m, y pens en irme a Burdeos y pasar all unos das.

Estaba en esto, cuando vino Valds a verme. Me dijo que no tena
un cuarto, que no poda devolverme lo que le haba prestado, pero
que me llevara a comer a un restaurante donde a l le fiaban y,
probablemente, me fiaran a m.




                                  XVI

                       LOS CHAPUZONES DE VALDS


VALDS viva ordenadamente en su casa de la calle Saint-Honor. Tena
una criada vieja, que le cuidaba y le consideraba como a un joven
doncel. Le arreglaba la casa, le haca la comida, le compona la ropa,
le zurca las medias y le cepillaba las botas.

Este interior respetable y burgus del soltern naufragado y perdido,
era gracioso. All, en su casa, Valds era un hombre serio, reposado,
de ideas sensatas, que tena que luchar con la inmoralidad del ambiente
de Pars.

Valds tena pocas de penuria que se repetan peridicamente, al ao,
dos o tres veces.

Entonces avisaba en su casa de la calle de Saint-Honor que tena que
marchar a Espaa, y se iba a un hotel miserable de la calle del Dragn,
diciendo all que vena de Madrid.

Cuando se marchaba el seorito, la vieja ama de llaves se arreglaba
para vivir en la casa con un franco al da.

Estuve en el hotel del Dragn para ver la nueva vivienda de Valds.
El hotel tena una entrada srdida, negra, maloliente, en la que ola
a caldo de berza y a queso fermentado. El amo de este hotel, antiguo
afiliado al carbonarismo, reservaba un cuarto a Valds porque le crea
un gran revolucionario.

Valds, en estas pocas de penuria, coma en el Restaurant des
Gourmets, de la calle de la Barouillre.

As, durante una temporada, desapareca en esta vida miserable, hasta
que cobraba, y volva a salir a la superficie y al fausto. Gracias a
esto conservaba su prestigio de hombre rico y elegante de la calle de
Saint-Honor y del _faubourg_ Saint-Germain.


                                                     CAMBIO DE ROPA Y
                                                     CAMBIO DE ESPRITU

En estas malas pocas Valds utilizaba los trajes viejos que ya
no le servan en su avatar brillante, y tomaba un aire de miseria
perfecto. El _redingote_ rado, los pantalones deshilachados, las botas
deformadas, el sombrero de copa con las alas cadas; todo le serva.
Para darse un aire ms miserable, llevaba en el ojal una condecoracin
espaola, probablemente falsa.

Durante estas etapas de miseria, Valds era capaz de hacer enormes
caminatas, de no leer peridicos, de no desayunar, para economizar
medio franco. En las pocas buenas daba una propina de cuatro o cinco
francos por la cosa ms pequea: por una cerilla, porque le abrieran la
portezuela del coche; sobre todo, si alguien poda verle.

--As es la vida--deca l filosficamente--. Esta gente del
_faubourg_, que me invita a una comida de cincuenta o sesenta francos,
porque me cree harto, si me viera hambriento y con el cuello de la
camisa sucio no me dara dos reales.

Efectivamente, era cierto.

--Y no le ha visto a usted alguna vez por aqu algn conocido del
mundo brillante?--le pregunt yo.

--Nunca. Son dos mundos opuestos. La calle de la Barouillre y la calle
del Dragn, a dos pasos del _faubourg_, estn socialmente tan lejos
como los dos polos.

Una combinacin como la de Valds no poda darse mas que en un pueblo
grande.

Llegaba el bohemio, en su doble personalidad, a hablar mal de la
aristocracia cuando viva en la miseria. Entonces contaba historias
revelando el origen verdadero o supuesto de las familias ricas y les
acusaba de vicios y de irregularidades.

--Yo cre que tena usted gran entusiasmo por esa gente--le dije una
vez.

--S, a veces, por lo que me conviene; pero crea usted que si tocaran a
saquear el _faubourg_, no sera yo de los ltimos.

En estas pocas de penuria, Valds se senta liberal exaltado, y sola
visitar a republicanos franceses que conoca. Iba una o dos veces al
ao a ver al convencional Barre, que viva an en Pars, ya muy viejo.


                                                               MISERIAS

Siguiendo el ejemplo del machucho _dandy_, alquil un cuarto en una
calle prxima a la de Sevres, por doce francos al mes. El cuarto era
pequeo y poco confortable, y tena una ventana a un patio de un
hospital, patio triste, con un pabelln negruzco en medio. Iba a comer
al Restaurant des Gourmets, sitio obscuro y lastimoso, frecuentado por
una gente rada, de una pobreza vergonzante.

Valds coma en aquella sala miserable con la misma elegancia que en
los palacios.

Llevaba por todas partes su estoicismo resignado y jovial.

Tena all su guitarra, y a veces amenizaba los postres tocando y
cantando canciones espaolas, con poca voz, pero con mucho estilo.

Como en el Restaurant des Gourmets no se avinieron a fiarme y no
representaba para m ventaja ninguna el ir all, frecuent la taberna
del Perro que Fuma, la de la Espada de Madera, la de la Cita de
los Cocheros, y otros figones de nombres pintorescos.


                                                             EXAMEN DE
                                                             CONCIENCIA

Aquellos das que estuve en Pars por amor propio me hicieron ver el
reverso de la vida elegante de una manera descarnada y fuerte.

No pensaba que estos crepsculos del invierno de Pars fueran tan
tristes, tan largos, tan inhospitalarios. Estaba, adems, acatarrado, y
tena siempre fro.

Miraba todo con un espritu acre. Aquellos hoteles del _faubourg_ me
parecan feos y sin carcter.

Ya en la latitud de Pars--me deca--la piedra no tiene color de
piedra. La piedra aqu es una cosa agrisada, cuando no es negra.

En estos paseos, no s si por la influencia de los crepsculos de
Pars, del catarro o de las dos cosas, se me impuso la idea de que
era un hombre vulgar, bien vulgar, que no tena una idea grande en
la cabeza, ni un plan en la vida, ni un amigo. Todo mi dandysmo era
vanidad, humo. Era un pobre majadero presuntuoso.

Qu examen de conciencia hice por estas calles hmedas y nebulosas
de Pars, entre toses y estornudos! Tambin me serva como motivo
de ejercicios espirituales el ver mi cuarto msero y la niebla que
dominaba en el patio negruzco del hospital vecino.

En el hotel casi todos los tipos eran como yo: gente que pareca no
tener ninguna gana de que se les viera, que entraban y salan de sus
cuartos furtiva y rpidamente, como los fantasmas.

La portera, una vieja gorda, chata, roja, con una cofia blanca,
anteojos y una cara satrica, que me recordaba los retratos de las
damas del siglo XVIII, me miraba burlonamente mientras lea el
peridico al lado de su gato.

Muchas veces no tena ninguna gana de ir a ver a Valds, a quien
tontamente achacaba mi mala suerte.

Una vez, al entrar en el Restaurant des Gourmets, me dijo:

--Querido amigo; entra usted aqu como si los dems tuviramos la culpa
de que usted se haya quedado sin un cuarto.

--Tiene usted razn; perdone usted.

Esta conversacin nos volvi a la cordialidad.

Como la miseria aguza indudablemente el sentido crtico, tuvimos
largas discusiones acerca de Espaa y de sus hombres, de Pars, de sus
polticos, de sus escritores, de sus artistas y, sobre todo, de Balzac
y Gavarni.

Tambin hablamos de la influencia de las grandes capitales. Valds,
como viva en Pars, quera pensar que slo en las ciudades grandes se
discurre y se vive; que en las pequeas no se hace mas que vegetar; yo
le llevaba la contraria, naturalmente, porque viva en Bayona.




                                 XVII

                               ENCUENTRO


UN da, en la calle de Babilonia, vi a un hombre rado, triste,
derrotado, cabizbajo, vestido de negro, que pas cerca de m como una
sombra: como una de esas estampas de la miseria que se ven en las
grandes ciudades.

Al fijarme en l le reconoc. Era el abate Girovanna. Al principio
vacil en acercarme a l, porque tena un aire tan derrotado y tan
siniestro, que lo mejor que poda suponerse, viendo aquella fantasma
humana, era que sala de un presidio.

Venciendo el primer momento de repulsin, me decid y le llam.
Girovanna me estrech la mano, conmovido.

--Y la duquesa?--le pregunt yo.

--No s dnde est. Era una loca.

--Y qu hace usted aqu?

--Estoy de qumico en una perfumera. Y usted?

--Yo he venido con algn dinero y lo he gastado demasiado de prisa, y
ahora ando mal; estoy esperando a que me enven de casa.

--La juventud loca imprevisora--dijo el abate.

--Yo suelo comer en un restaurante muy malo. Si quiere usted venir, le
convido.

--S, vamos.

Fuimos al Restaurant des Gourmets, donde present el abate Girovanna a
Valds.

Girovanna habl con la facundia que le caracterizaba, y dej perplejo a
Valds.

Yo le fu sometiendo en preguntas, al abate, las cuestiones que
constituan el fondo de las diferencias entre Valds y yo, que versaban
acerca de Francia, de Espaa, de literatura y de poltica.


                                                          SOBRE FRANCIA

--Francia lo tiene todo--dijo el abate--; es el pas privilegiado por
excelencia, los dos mares principales de Europa...

--Como Espaa--salt yo.

--Ros como no tiene Espaa, campos como no tiene Espaa--replic l--,
ciudades que no ha soado nunca tener Espaa... Los franceses tienen
de todo, material y espiritualmente... Sabios, artistas, militares,
pensadores, escritores... Lo nico que no tienen, aunque ellos hacen
esfuerzos para creer que s, es ese tipo de genio espontneo que hay
en otros pases... Va usted al museo del Louvre: hay buenos pintores
franceses, pero un Ticiano, un Tintoreto, un Velzquez o un Goya no
hay entre ellos; hay buenos poetas, pero no un Dante; hay buenos
dramaturgos, pero no hay un Shakespeare. Son, ante todo, gente fuerte
y de buen sentido, pero el genio espontneo irregular que adoran ellos
eso es precisamente lo que les falta.


                                                           OPINIONES DE
                                                           ESTOS DAS

Recordaba hoy las palabras del abate, viendo en un peridico suizo
una comparacin de un sabio profesor entre Baudelaire y Dostoievski.
Qu incomprensin! Cmo se puede comparar el poeta francs en el
fondo perfectamente normal, que se violenta para ser anmalo, retrico
consumado, que trabaja todos los das, que estudia su idioma, que
quiere asombrar a su pblico con el loco genial de Rusia, que se cree
un hombre bien equilibrado y que levanta construcciones absurdas y
alucinadas con la mejor buena fe del mundo?

S; creo que tena razn el abate: el genio espontneo no es cosa de
Francia.


                                                       BALZAC Y GAVARNI

--Usted ha ledo a Balzac, abate?--le pregunt yo.

--A Balzac, el novelista moderno?

--S.

--Qu opinin tiene usted de l?

--Es un hombre indudablemente extraordinario. Est fijando la vida de
su tiempo de una manera un poco desmedida y absurda, pero con cierta
grandiosidad. Es un espritu vido de todo, que recoge lo que ve, lo
que suea y lo que piensa, y lo va enlazando en la poca. Sus hroes
sern siempre menos universales que los de los creadores de los grandes
tipos, como Shakespeare, Cervantes, Goethe. Don Juan y Fausto, Hamlet
y Don Quijote no tienen tiempo: son sombras que se proyectan en todas
las pocas, ayer como hoy; hoy, probablemente, como maana. Los hroes
balzaquianos son de hoy; maana parecern figuras de cera vestidas; los
otros, los eternos, seguirn siendo como estatuas.

--Cree usted?--le pregunt yo.

--S. Usted no cree lo mismo?

--Yo, no. A m, sin duda, me gustan ms las figuras de cera que las
estatuas.

--Es usted un cnico--dijo el abate, riendo.

--Y Gavarni? Qu le parece a usted?--pregunt Valds.

--Quin es Gavarni?

--Ese dibujante del _Charivari_ y de la _Moda_.

--Bah! Eso no vale nada.

--No?

--Nada. Es un dibujante mediano y amanerado, que tiene algn talento
literario.

Valds, a pesar de que era partidario de Gavarni, no se atrevi a decir
lo contrario.


                                                            LAS GRANDES
                                                            CIUDADES

--Y usted cree en la influencia de la gran ciudad para producir
monstruos humanos en el bien y en el mal?--le volv a preguntar yo.

--Esa es una idea romntica de la poca--contest Girovanna--. Yo
no creo en ella. La ciudad, con uno o dos millones de habitantes,
no le aade ni le quita a uno nada; ni al inteligente le hace ms
inteligente, ni al cretino le disipa su estupidez. Es verdad que, al
menos por ahora, es necesario un cierto nmero de habitantes para que
una ciudad tenga un espritu de libertad y de transigencia; pero ese
resultado se consigue en las ciudades italianas y alemanas que no
llegan a tener medio milln. El romanticismo de las grandes ciudades
pasar. Cuando Pars sea una ciudad limpia y clara, ya no habr
romanticismo. El romanticismo es una enfermedad, una cosa forzada,
recalentada, que no produce mas que fantasmas monstruosos. La salud no
puede venir mas que de pequeas ciudades cultas e inteligentes.


                                                              GUITARREO

Habamos comido; el abate se despidi de m dicindome que al anochecer
ira a mi casa, pero, en vez de marcharse, se qued al ver a Valds que
traa la guitarra. Toc Valds unas sevillanas y un fandango; luego, en
burla, le dijo al abate:

--Usted no sabe tocar algo?

El abate cogi la guitarra y toc una tarantela napolitana, en tres
tiempos, con verdadera gracia y maestra.

--Muy bien! Muy bien!

--Eso no vale nada. En mi pueblo cualquier pescador lo hace mejor que
yo.

Luego cant una cancin rusa del Volga, muy melanclica, y despus, una
jota espaola, con mucho bro.

--Bravo! Bravo!--dijimos todos.

--Hasta luego, hijo mo--murmur el abate dirigindose a m; y sali a
la calle.

--Qu le parece a usted este hombre?--le pregunt a Valds.

--Este es un bandido, ste es un monstruo. Un hombre como ste, que con
lo que sabe y con su talento vive tan miserable y tan derrotado, tiene
que tener algn vicio muy fuerte y muy innoble.

--No s; es posible.

--Y usted lo va a recibir en su casa?

--S.

--Yo, como usted, cuando viniera, tendra la pistola en la mano.




                                 XVIII

                       UN HOMBRE DE MALA SUERTE


EFECTIVAMENTE, al anochecer, el abate se present en mi casa. Haba
encendido yo la chimenea de lea y tena sobre la mesa una merienda con
pan, queso y caf con leche.

El abate, despus de merendar, se sent en el nico silln del cuarto,
y hablamos largamente. Me cont cmo viva y cmo le haban engaado
comerciantes honrados, robndole a l, pobre hombre sin recursos, sus
frmulas y descubrimientos.

--Soy un loco, hablo demasiado--me dijo--; expongo mis ideas, mis
conocimientos, y esto produce en unos desconfianza y en otros la idea
de explotarme. Y as vivo.

Le habl yo de la curiosidad que haba producido en Bayona su paso y de
las mil versiones que se haban hecho acerca de la duquesa y de l.

Girovanna sonri.

--Dgame usted, qu era la duquesa de Catalfano?

--Era una loca.

--Y qu pretenda de usted?

--Pretenda que yo le hiciera un elixir, para rejuvenecer, con sangre
de nio.

--Y usted, qu hizo?

--Yo le di largas al asunto, hasta que tuvimos que reir, y nos
separamos.

--Pero usted en Bayona hablaba como si creyera en esos elixires.

--Hablaba! Claro es. Cuando se est representando una comedia, vale
ms representarla siempre en todos los momentos para no olvidar el
papel.

--Sabe usted lo que me deca este espaol con quien hemos comido?

--Qu le deca a usted?

--Que un hombre del talento y de la cultura de usted, que anda tan
derrotado, debe tener algn vicio muy fuerte y muy innoble.

--Vicio yo! El nico vicio que creo que he tenido ha sido el de
dejarme arrastrar por la imaginacin.

El abate tom un aspecto triste y pensativo.


                                                             EN NPOLES

--Ha debido usted de llevar una vida bien azarosa--le dije yo.

--S, es verdad; todo el mundo me dice lo mismo vindome tan decrpito,
tan usado.

--Y no es verdad?

--En parte, s. He sido principalmente un hombre de mala suerte...
Conoce usted Npoles?

--No.

--Pero habr usted odo hablar de la Strada de Santa Luca?

--S.

--Pues cerca he nacido yo. Mi padre era herbolario. A pesar de su
condicin humilde era hombre culto y conoca la literatura, la historia
y, sobre todo, la botnica. Eramos varios hermanos; yo, el ms pequeo.
Mi padre, un buen hombre, haba hecho grandes esfuerzos para colocar a
sus hijos, y a m, creyndome chico listo, me hizo estudiar para cura.
Mi padre tena un hermano frutero en la misma Strada de Santa Luca,
rico, sin hijos, que le ayudaba.

Entr en el Seminario, donde aprenda todo con gran facilidad. Mi
ilusin era la carrera eclesistica; todas mis esperanzas estaban en
ella. Era un buen latinista y comenzaba a estudiar el griego. En esto
traen al Seminario un profesor de Palermo, un sabio, pero un hombre de
costumbres depravadas, y me empieza a perseguir.

Oh, era un sucio personaje, desagradable, repugnante! El abate puso
una cara de stiro que contempla a una ninfa.

Una noche lo encuentro en mi cuarto y armamos un escndalo.

Me quejo al director del Seminario; no me hacen caso, y me escapo.

Esto era precisamente cuando entraron los franceses y establecieron en
Npoles la Repblica Partenopea. El pueblo estaba entusiasmado.

El arzobispo Zurlo Capaze anunci desde el plpito que, das antes, la
sangre de San Jenaro se haba liquidado. El pueblo se entusiasm con el
milagro y consider que San Jenaro vea la Repblica con benevolencia.

--Usted haba odo hablar del milagro de la sangre de San _Gennaro_?

--No.

--Pero, hombre, dnde ha vivido usted? Pues la sangre de San _Gennaro_
todos los aos se liquida...

El abate tom una expresin alegre e irnica al decir esto.

--Le dir a usted que la supuesta sangre de San _Gennaro_, que se
guarda en dos vasos en la Catedral, es una mezcla de una solucin
etrea de la ancusa, la _Alkanna tinctoria_ y la _Radix alkann_ en
_sperma ceti_, y que se liquida fcilmente al calor de la mano o de un
cirio.

Mi padre fu de los entusiastas de la Repblica. A nuestra tienda
iba un militar francs, y me convenci de que deba alistarme en el
Ejrcito. Yo estaba dispuesto a ello cuando lleg mayo; entr el
cardenal Ruffo en Npoles; los franceses tuvieron que marcharse y
comenzaron las venganzas de los realistas.

Aunque yo era sospechoso, no tena importancia y me dejaron en paz. Por
este tiempo entro en una farmacia y me dedico a estudiar Botnica y
Qumica. La hija del farmacutico, una chiquilla entonces, fu mi novia.

Era una bambina, ms bonita, ms simptica!

Al hablar de la muchacha, la cara del abate se ilumin, tom una
expresin de entusiasmo, de admiracin y de candor.

--El padre era un bruto--sigui diciendo Girovanna--, un estpido
animal, un _mascalzone_, y la cas a disgusto con un viejo rico. La
pobrecilla muri dos aos despus.

El abate tom una expresin como si algo muy desagradable y repugnante
tuviera delante de los ojos.

--Entristecido con ese matrimonio, estaba decidido a no enamorarme. Por
entonces logro entrar de preceptor en una casa rica de Npoles. Haba
en la casa una gran biblioteca que me vena muy bien, y una solterona
que me perturbaba.

Esta solterona, sabiendo que yo era qumico, me pide pomadas y aguas
para rejuvenecer. Luego me propone que me escape con ella. Le digo que
no. Y qu hace la vieja loca? Dice a su hermano que yo la he querido
violentar. El hermano se indigna, y me pega unos cuantos bastonazos, y
me echa de su casa.

A Girovanna le brillaron los ojos como si le fueran a echar chispas.

Yo le espero una noche, y le doy una tanda de palos que me pareci
suficiente. Tomo un vetturino, voy al puerto y me escapo a Argel.


                                                            RODANDO POR
                                                            EL MUNDO

En Argel me anuncio como mdico y botnico, y vivo dos aos bien;
aprendo el rabe. Uno de los bajs me llama un da, me dice que le d
algo para la frialdad. Le doy una pocin sencilla de pimienta, jengibre
y nuez vmica, cosa inofensiva; al da siguiente, horas despus de
tomarla, el baj tiene una congestin cerebral, y se muere.

Me acusan de envenenador, y echo a correr al puerto sin bagaje ni nada;
me meto en un mstico, y llego a Gnova.

De Gnova voy a Suiza; y en Basilea me encuentro con un intrigante,
que se haca llamar el conde de Montgaillard. El conde de Montgaillard
me protege y me enva con una carta de recomendacin para el general
Moreau, a Pars. All le conozco al abate Marchena, que era secretario
de Moreau.

En casa de Moreau me dedican a escribir cartas; y un da, al llegar a
la oficina, me prenden y me llevan a la prisin del Temple. Estoy tres
aos encerrado con un bvaro y un fanariota, a los que acusaban de
espas y con quienes aprend el alemn y el griego moderno.

Pens que quiz no volvera a salir nunca de la prisin, porque los
presos polticos durante el Imperio se eternizaban en las crceles,
tuvieran o no culpabilidad, y cuando salan era por el capricho de la
polica o porque necesitaban sitio para otros presos.

Al fin nos dejan libres, y voy a Alemania. Estoy en Berln y en Viena
dando lecciones, hasta que se me ofrece una plaza de preceptor en
Rusia, en una ciudad cerca de Mosc, en una casa catlica. Tena que
decir misa todos los das. Era una obligacin para m desagradable;
crea que haba dado en el puerto; pero vienen los franceses, saquean
la aldea y voy yo huyendo a la buena aventura a Constantinopla; de
Constantinopla, a Egipto, y de Egipto, a Italia.

Cambio de nombre, voy a Roma y entro de secretario en casa de un
prncipe. Ganaba poco y cumpla mi misin y, al mismo tiempo,
estudiaba. Mis estudios despiertan la envidia de un abate rival, y ste
me denuncia a la Inquisicin, y tengo que escaparme de Roma y marcharme
a Npoles.

Era la poca del carbonarismo. Me afilio a una venta carbonaria y me
envan a Espaa con el general Pepe. Vivo en Barcelona y en Madrid, me
relaciono con el Gobierno liberal y llego a pensar si Espaa ser mi
patria adoptiva, cuando entran los Cien Mil Hijos de San Luis, y tengo
que hur con mis amigos a refugiarme a Gibraltar.

Un absolutista me ofrece su proteccin si quiero volver a Madrid; pero
yo considero que no debo abandonar a mis amigos.

De Gibraltar voy a Londres. All vivo con los espaoles, y le conozco y
trato a Hugo Foscolo, aunque era hombre intratable.

En Londres me encargan varios diccionarios y un atlas de botnica. Paso
seis aos estudiando y amontonando datos, y, al cabo de este tiempo,
se muere el editor, interviene la justicia, y se apoderan de mis
manuscritos y de mis estampas.


                                                           DE CHARLATN

Entonces ya perd la moral: me entregu a la mala suerte. Todos los
emigrados se haban marchado a Francia; yo hice lo mismo. Me recogi un
charlatn y me hice, como l, charlatn de plazuela y algo saltimbanqui.

Haba perdido mis esperanzas; haba llegado a creer que el nico
ideal del filsofo es tener un rincn donde dormir, protegido de la
intemperie, y algo caliente y sustancioso que meter en el estmago.

Ech mi primer discurso en Pars, en la plaza del Instituto.

Me decid, pensando que haba que ponerse el mundo por montera. Le dar
a usted una muestra de mi elocuencia.

Girovanna se engall y mir a derecha e izquierda.

--Seores--dijo--: muchos de vosotros, por lo menos algunos de
vosotros, porque nos ven en la va pblica dirigindonos a un concurso
popular modesto, aunque culto e ilustrado, nos motejarn de impostores
y charlatanes.

Si nos vieran en la sala de este viejo edificio, adornados con medallas
y con cintajos, nos tomaran por sabios. Es achaque muy viejo juzgar
a la gente por su indumentaria y por sus condecoraciones. No debis
juzgarnos por nuestros trajes, sino por nuestros conocimientos; no
antes de ornos sino despus de ornos.

Un charlatn deca: Mi blsamo se compone de simples, y mientras haya
simples en este pueblo no me ir de l. Aceptemos que haya muchos
simples en la va pblica. Pero es que vosotros creis que son menos
simples los que forman el auditorio de las Academias e Institutos? Es
que creis que son menos charlatanes los de los salones que los de
las plazuelas? Qu quiere decir charlatn? Me queris decir? Qu
significa esto, sino una palabra despreciativa que se puede emplear
contra todos los espritus originales y de talento?

Charlatn se puede llamar al hombre que marcha a la plaza, al _gora_,
a convencer a sus semejantes de la verdad que se ha encendido en su
alma.

Charlatn se le llam a Scrates cuando hablaba de su demonio familiar;
charlatn, a Alejandro el Magno cuando se deca hijo de un rayo;
charlatn, a Scipin el Africano cuando se tena inspirado por los
dioses; charlatanes, a Pitgoras, a Empdocles, a Mahoma, a Polonio
de Tyana, a Alberto el Magno, que hablaban de sombras y de diablos;
charlatn, a Bacon, que afirmaba tener una cabeza de acero que hablaba;
charlatn, a Miguel Scott, que desde su caverna de Escocia haca sonar,
con una varita mgica, las campanas de Nuestra Seora de Pars.

Y entre los innovadores, a quin no se le ha motejado de charlatn?
Charlatn se le ha llamado a Coprnico, a Paracelso, a Miguel Servet, a
Coln, a Watt, a Stephenson...

Y, en fin, seores; si llegara a tanto vuestra obcecacin, podrais
llamar charlatn, impunemente, a Nuestro Seor Jesucristo...

La cara de Girovanna tom de pronto un aire de desagrado, y dijo:

--Ya en la pendiente del charlatanismo tuve xito: aguas maravillosas,
elixires de amor y de juventud, filtros de belleza. Mi destino ha sido
ste: estudiar... aprender seriamente... no poder llegar a ser nada mas
que un histrin.

--Ya ve usted cmo el amigo de usted, que cree que yo debo de tener
algn vicio muy grande y muy fuerte, que me empuja a la miseria, se
engaa. No se quiere creer ciego al destino; se supone que es, a lo
ms, tuerto; conmigo ha sido ciego de los dos ojos.

--Y nadie le ha querido a usted, abate?

--Nadie... nadie... Slo aquella pobre bambina...


                                                           OFRECIMIENTO

Girovanna me explic despus sus sufrimientos y me habl de lo solo
que estaba en Pars. Luego me dijo que le gustara vivir conmigo y que
me cedera sus trabajos gramaticales y sus procedimientos y recetas
qumicas, para que yo los explotara.

--S, pero yo tengo que volver a Espaa--le dije.

--Lo comprendo. Usted es un hombre de mundo, tiene usted otros planes.
Adems, quin se amarra a un barco viejo como yo que va al fondo?

Le mir al abate con tristeza. Realmente no era mas que un pobre hombre
con una imaginacin exaltada.

Antes de marcharse, Girovanna me di dos frascos: uno de un narctico
y otro de un perfume. Al da siguiente tom yo el camino para Bayona,
donde llegu con cinco francos.




                             QUINTA PARTE

                         LA AVENTURA PELIGROSA


                                                            EN LA COSTA
                                                            CANTBRICA

ESTE libro, comenzado en verano en un valle de los Alpes, voy a
terminarlo en otoo, a orillas del Cantbrico.

Estoy en casa de un amigo, en un pueblo de la costa vasca, uno de esos
pueblos un poco industrial, un poco pescador, un poco agrcola, con una
playa de baistas. La casa donde vivo da por delante a una callejuela
y tiene por detrs una galera que mira al mar. Desde esta galera
suelo ver el puerto con sus vaporcitos, sus pailebotes y sus goletas,
que cargan cemento y descargan carbn. A la entrada de la ra hay un
puente gris, por donde corren raudos los automviles y pasan coches y
bicicletas; ms lejos, otro puente, por donde cruza el tren, dejando
nubes de humo negro, y estos diversos medios de locomocin, el tren,
el auto, los carros, las bicicletas, los vapores y los barcos de vela,
dan al paisaje un aire pedaggico e instructivo de lmina de libro de
lectura para nios.

Por la maana paseo en la playa con mi amigo. Los veraneantes se van;
las casetas de lona desaparecen; algunos chicos juegan todava en el
arenal haciendo agujeros; el mar se muestra ms azul que nunca; el sol,
amarillo y templado.

Por las tardes vamos por la carretera que bordea la costa. Es la
poca del equinoccio. El mar est irritado; las olas se erizan de
espuma y rompen en las rocas; los pedregales de la costa resuenan como
descargas, en la resaca; las gaviotas revolotean; la espuma espesa va
llevada por el viento en copos, no tan blancos como los de la nieve, y,
a lo lejos, el cabo de Machichaco, misterioso y fantstico, se destaca
en el mar sombro y hostil.

De noche oigo el rumor lejano de las olas, y cuando no puedo dormir
pienso en mis memorias y escribo alguna pgina de ellas.




                                   I

                        MARA LUISA DE TABOADA


AL llegar a Bayona me encontr a don Eugenio preocupado; ni Garca
Orejn ni Bertache daban seales de vida.

Aviraneta haba pensado enviar un nuevo agente al campo carlista para
que observase el carcter de la escisin entre marotistas y partidarios
de Arias Teijeiro, y hasta qu punto llegaba el odio entre ellos.

Aviraneta consult el caso con doa Paca Falcn, y sta le dijo:

--Un agente no tengo; pero una agente, s. Conozco a una mujer que creo
que sera capaz de ir al campo carlista y hacer con inteligencia la
comisin que se le indicara.

--Es carlista?

--S, carlista, aunque del grupo moderado. Se encuentra, por el
momento, en una situacin un poco difcil. Yo le hablar, y, si quiere,
le citar para maana aqu mismo.

Efectivamente; al da siguiente, doa Paca Falcn estaba en la
trastienda con la seorita Mara Luisa de Taboada.

Mara Luisa era hija de un abogado, corregidor de Guipzcoa en 1824, y
despus, fiscal de la Audiencia de La Corua. Este seor, al comienzo
de la guerra, se declar por Don Carlos y escribi un folleto atacando
con violencia a Mara Cristina y a Isabel II y haciendo la apologa del
Pretendiente. El abogado Taboada fu amigo y asesor de Zumalacrregui.

Mara Luisa, en este momento, serva de seorita de compaa a una
familia francesa en una casa de campo de las inmediaciones de Bayona.

Mara Luisa era muy conocida en el pueblo por su ingenio, su desparpajo
y su exaltacin carlista. En tiempo de Zumalacrregui haba desempeado
algunas misiones diplomticas en Madrid, Turn y Npoles, por lo cual
se la consideraba como una mujer dotada de sagacidad y de travesura.

Mara Luisa perteneca al partido carlista moderado, al grupo de
Maroto, Villarreal y el padre Cirilo.

La vi a esta muchacha entrar y salir en la trastienda de la casa de
doa Paca.

--He tratado de sondearla y de que pasara a nuestras filas--me dijo
don Eugenio--; pero es imposible. Esta muchacha es fantica carlista y
pertenece a la Congregacin de San Vicente de Paul. Tengo que variar de
plan. La he convidado a comer maana en Bidegaeche, una fonda de San
Pedro de Irube. Iremos ella y yo paseando, y luego t la llevas en el
tlburi de Iturri a su casa.

--Muy bien.

--Galantala un poco.

--Bueno. Vaya un papel que me quiere usted dar!

--No te costar mucho trabajo. Ya sabemos cmo eres.

Fu con el tlburi a San Pedro de Irube. Haca un da de invierno,
esplndido. Dej el cochecito en la cuadra de Bidegaeche y sub al
comedor pequeo, que estaba empapelado con un papel que representaba un
puerto con sus muelles, sus barcos y sus montes a lo lejos.

Aviraneta me present a Mara Luisa de Taboada.

Mara Luisa era una mujer de mediana estatura, morena, seca. Tena
el valo de la cara muy alargado; la nariz, tambin larga; los ojos,
pequeos, brillantes, muy bonitos; el pelo, negro; la piel, curtida
por el sol; la boca, un poco incorrecta, que dejaba al descubierto
la dentadura, blanca y fuerte. Nadie hubiera dicho que era bonita,
pero tena atractivo. Haba en ella algo de la viveza y de la gracia
de la cabra. Su cuerpo era esbelto y bien formado; la mano, chiquita
y, a pesar de esto, fuerte; el pie, muy pequeo. Se vesta un tanto
caprichosamente, aunque siempre de obscuro. Llevaba corbatas de hombre
y sombreros de hombre. Tendra unos veinticinco a veintisis aos. Su
padre era gallego y su madre castellana. Ella haba heredado de su
madre su sequedad y su energa.

Hablando, Mara Luisa era un poco redicha y recalcaba las palabras con
cierta complacencia. Se expresaba de una manera coloreada y pintoresca.
A veces haca gala de su erudicin, y sacaba a relucir a Santo Toms o
a San Agustn, y entonces resultaba un poco pedante.

Estas observaciones hice mientras Aviraneta y ella charlaban de
poltica en la comida.

Aviraneta se mostr partidario del bando moderado entre los cristinos,
y enemigo mortal de los exaltados. Dijo a Mara Luisa que los moderados
de Isabel II y los de Don Carlos pretendan una misma cosa, y que
podran entenderse, pues los puntos que los dividan apenas tenan
importancia.

El casamiento del hijo de Don Carlos con Isabel II podra ser la mejor
solucin y el trmino de la guerra, y para prevenir dificultades y
celos, si se llegaba a un acuerdo, se extraara del Reino al infante
Don Carlos y a Mara Cristina. La realeza o suprema autoridad del
Estado residira mancomunadamente en Isabel y Carlos, como en tiempo de
los Reyes Catlicos. Se convocaran Cortes, y se dara a la nacin una
Constitucin y un rgimen moderados. Para conseguir esto era preciso
acabar con los corifeos del bando exaltado de ambos campos.

Mara Luisa, con la pedantera que tienen las mujeres cuando se ocupan
de poltica, baraj aquellos lugares comunes con entusiasmo. Yo, como
haba odo muchas veces exponer estas y otras teoras parecidas, oa la
conversacin como el que oye el rumor de las olas.

Despus de la comida prepar el tlburi y ayud a montar a Mara Luisa.

Fuimos a ver a San Pedro de Irube, el castillo del Petit-Lisague y la
gruta en donde el caballero de Belzunce mat a un terrible dragn, tan
cndido y buena persona como todos los dragones.

--Y usted no se ocupa de poltica?--me pregunt Mara Luisa.

--Yo, no; todo eso me aburre profundamente.

--Usted ser un seorito rico que no piensa mas que en divertirse.

--Le parece a usted poco! Es muy difcil divertirse.

--Qu asco! Yo con un hombre como usted no ira a ninguna parte.

--Yo con una mujer como usted ira a algunos sitios.

--Bah! Se las va usted a echar de Don Juan?

--Por qu no?

--Conmigo no tendr usted xito.

--Oh, s! Quin sabe!

--Qu estpido es usted!

--Quiz. Usted tambin es un poco pedante.

--Yo!

--S.

El calificativo no le hizo ninguna gracia.

Mara Luisa tena una gran seguridad en s misma. Se crea la
ciencia infusa. Tena una risa clara, despreciativa, una petulancia
completamente ibrica.

Dej a Mara Luisa en su casa y me volv a la fonda de Iturri a
entregar el coche.




                                  II

                     PETULANCIA CONTRA PETULANCIA


LA seorita de Taboada me hizo efecto, y dispuse emprender su conquista.

Al da siguiente de comer con ella en San Pedro de Irube la volv a ver
en casa de la Falcn, y hablamos.

Ella estaba conmigo siempre en guardia.

Mara Luisa, por lo que me dijo la Falcn, era una mujer original, de
una vida poco corriente, con una extraa juventud.

Haba vivido en Francia, en Italia y en Espaa; haba seguido con su
padre a las tropas de Zumalacrregui, montando a caballo, andando entre
breales y descampados, recibiendo la lluvia y el sol; saba historias
libertinas, que las contaba con mucha gracia, y pasaba de contar estas
verduras a hablar de sus ideas religiosas, que en ella se hallaban muy
arraigadas.

Era muy devota, y al mismo tiempo, en su conversacin, muy atrevida,
cndida y maliciosa, intrigante y simple, y siempre muy novelera.
Brome con ella preguntndole acerca de sus amores en Bayona.

Para ella en Francia no haba gente que le interesara. Los franceses le
parecan muecos que no le preocupaban; para ella no haba mas que los
espaoles.

Era un caso de arbitrariedad parecido, aunque contrario al de madama
D'Aubignac.

Conoc a una de sus amigas, hija de un coronel carlista, que era una
solterona fea y rencorosa, que no poda soportar la importancia de
Mara.

--Mara Luisa es una loca--me dijo--. Se figura que ha de cumplir
grandes misiones en el mundo; suea con ser una Juana de Arco o una
Santa Teresa de Jess.

--Es ambiciosa, entonces?

--S, pero sin base. Es muy superficial. No tiene talento alguno. Ha
aprendido aqu y all frases de efecto, y las baraja en la conversacin.

--Sin embargo, dicen que Zumalacrregui la consultaba a menudo.

--Ca! A su padre; a ella, no. En muchas cartas que Zumalacrregui
dirigi a su padre, en donde pona: Querido amigo, ella cambi las oes
en aes y puso: Querida amiga.

--Dicen que el general Villarreal la atiende mucho.

--Si ha sido su querida.

--Cree usted!

--Eso dice todo el mundo. Es verdad tambin que han pensado en casarse,
pero l est preso y tsico, y no se pueden casar.

La amiga me di estos detalles con fruicin.

Me enter de la vida de Villarreal. Entonces el caudillo carlista
tendra unos treinta y cinco aos. Gozaba fama de hombre valiente,
recto y de carcter. Se le consideraba como sencillo, modesto y
ordenancista. Deba ser, sin embargo, un fantico, a juzgar por
la orden de fusilar al viejo mdico don Francisco Manzanares, en
Escoriaza, slo porque ste no tena ideas religiosas.

Aquellos datos me serviran en mi lucha contra Mara.

A los pocos das de conocerla estaba casi enamorado de Mara Luisa;
tena por ella una pasin de vanidad, de amor propio y de algo de
rencor.

Mis relaciones con madama Laussat haban sido un amor tan fsico,
que no me dejaron ningn recuerdo en el espritu; mis amores con la
marquesa Radensky fueron una fantasa vaga y corta, como una borrachera
de Champaa; a Corito la segua queriendo, pero su recuerdo me daba la
impresin de algo vago, ideal como celeste.

En cambio, por Mara Luisa tena una pasin ertica, de malos
instintos, un fondo de rencor, una necesidad de dominarla, de
humillarla, y una antipata profunda por sus inclinaciones, sus ideas y
sus amistades. Tena en esta poca una petulancia y una impertinencia
donjuanesca. Me crea capaz de todo y de vencer cualquier dificultad
que se me presentase. Estaba convencido de que vencera y sometera a
Mara Luisa.

Adems, me atraa; haba en ella algo ardiente y seco que me gustaba.
Era como un paisaje castellano tostado por el sol.

Cuando supe que Mara Luisa, aceptando la peligrosa comisin que le
daba Aviraneta, iba a entrar en Espaa, la dije:

--La voy a acompaar a usted.

--Ca!

--Ya ver usted. Pienso hacer su conquista. Tengo que quitar la novia
al general Villarreal.

--Qu ilusin!

--Usted me deja acompaarla?

--Bueno. No tengo inconveniente.

--Usted, naturalmente, no me denunciar a los carlistas. Sera una mala
accin.

--Yo no le denunciar. Usted tampoco intentar intervenir en mis
asuntos.

--No, seora.

--Ni intentar ninguna violencia contra m.

--Ninguna.

Mara Luisa empezaba a tenerme miedo.

--Nada; iremos juntos. Dir que es usted un pariente mo.

Le agarr la mano.

--Tiene usted una mano fuerte, de hierro. Podra usted estrangular a
uno.

--Vaya un cumplimiento!

--Es una mano que me enamora.

Se la bes.

--Qu estpido es usted!--exclam ella.

--Es posible; pero usted me llegar a querer.

--Nunca.

--Tengo la mala suerte de que todo lo que quiero, al fin lo consigo.

--Qu alabancioso! Qu tonto!

--Usted lo ver.

--S, usted es el emperador, su alteza real.

--No se ra usted todava; al final veremos quin tena razn.

Cuando Aviraneta supo mis propsitos de acompaar a Mara me quiso
disuadir del proyecto.

--Deje usted--le contest yo--; yo creo que habr algo interesante que
ver en ese viaje.

Mi vanidad me haca creer en esta poca que vacilar, abandonar una
accin cualquiera por pereza o por blandura de espritu, era una
cobarda indigna de un hombre de accin, de un discpulo de Aviraneta,
que con el tiempo tena que eclipsar a su maestro.

Haba tomado como norma de conducta no estar en la indecisin, pesando
el pro y el contra de las cosas por hacer, sino decidir, y despus de
decidir, ya no volver sobre mi acuerdo hasta que un obstculo fuerte me
impidiera seguir adelante, y entonces ver de vencerlo o de soslayarlo,
segn su importancia.

Una de las cosas que poda llamar sobre m las sospechas en mi viaje
era mi aire de juventud.

Para remediarlo fu a casa del peluquero y le pregunt si no habra
medio de pintarse canas. Le choc mucho la pregunta e hizo algunas
pruebas, hasta que eligi un lquido, que me di en un frasco.

--No creo que el efecto dure mucho tiempo; tendr usted que darse cada
dos o tres das.

Me mir a un espejo.

--Est muy bien--le dije--. Me envejece lo menos diez aos.

--Y adems le da a usted un aire muy distinguido.

Me prepar para el viaje. No llevaba mas que algunos billetes de Banco
cosidos en distintos puntos de la ropa, un gabn y un impermeable.
En el bolsillo del pecho guardaba el frasco de narctico del abate
Girovanna.

Aviraneta di largas instrucciones a Mara, escritas con tinta
simptica, acerca de lo que tena que hacer y decir al verse con Maroto
y con los generales carlistas del bando exaltado. Le di tambin diez
onzas de oro para el viaje, que Mara cosi en el cors.

A final de enero, con los papeles en regla, Mara Luisa y yo tomamos
la diligencia, bajamos en San Juan de Luz, alquilamos dos caballeras,
pasamos por Vera, y llegamos por los montes a Oyarzun, donde dormimos.

El segundo da cruzamos las filas carlistas, y el tercero estbamos en
Tolosa.

Mara Luisa escribi desde all a don Eugenio dicindole que la
mayora de la gente con quien hablaba era partidaria de los presos ya
libertados de Arciniega. Villarreal no tena mando an y esperaba, para
obtenerlo, el que el padre Cirilo subiese al Poder.

El 3 de febrero llegamos a Vergara y presenciamos la entrada del
Pretendiente. Despus fuimos a una misa de gala muy decorativa. En la
iglesia, en el sitio de honor, estaban Don Carlos y su hijo, vestidos
de uniforme; la duquesa de Beira, con traje de cola muy lujoso, y luego
la corte, galones, penachos, plumeros, levitas; el general Uranga; doa
Jacinta, la Obispa; la camarista seorita de Arce; el obispo de Len,
etctera, etc.

Yo me coloqu al lado de Mara Luisa, que me indicaba cundo tena que
arrodillarme y levantarme.

--La verdad es que estara gracioso que ahora me adelantara yo e
intentara dirigir todos estos movimientos msticos y ceremoniosos de la
etiqueta cortesana--le dije a Mara.

--Usted est malo de la cabeza--me contest ella.

--Mara Luisa me iba tomando cierto respeto; lo que yo consideraba
como un buen sntoma para mis propsitos. Mi petulancia antirreligiosa
y antimonrquica y mi mana de impiedad le producan a ella verdadero
espanto.

Al salir de la iglesia le dije a Mara Luisa:

--Sabe usted que encuentro a su rey cierto aire de carnero!

--No, pues no tiene usted razn; es un hombre guapo.

--Guapo, no. Por mucho fervor monrquico y borbnico que sea el suyo,
no puede usted decir que es guapo. Con esa quijada, y ese labio belfo,
y ese aire tristn y ridculo! La verdad es que estos Borbones, desde
el punto de vista esttico, no valen gran cosa.

--Y Mara Cristina, es mejor?--pregunt ella con sorna.

--La excelsa Cristina! Es una italiana guapetona, vasta; pero esta
brasilea de ustedes es peor. Chata, fea, disciplente, herptica... Eso
es un perro de presa. Yo no la tomara ni de cocinera.

--Ah, claro! Usted, no. Usted necesita una hada, una hur de Mahoma.

--Ya ve usted que usted me gusta y no es usted ninguna hur.

--Usted tampoco es muy galante.

--Es verdad; nunca lo he sido.

En Vergara, Mara Luisa fu a visitar a Maroto y le habl. Maroto
parece que le dijo que estaba cansado de ver que el rey favoreca a los
enemigos suyos, y que iba a tomar una determinacin grave y que hara
poca.

Corri por Vergara que entre el Pretendiente y su general en jefe se
haban cruzado estas palabras:

--Seor--le haba dicho el general--: la irresolucin de Su Majestad
compromete la autoridad que en m ha depositado. Si Su Majestad no
castiga a los generales y palaciegos que trabajan sediciosamente contra
mi honor y mi vida, me ver en el caso de fusilarlos.

--De fusilarlos! Te atreveras?

--Me atrever, aunque Su Majestad despus tenga el disgusto de mandar
separar mi cabeza de los hombros.

--No lo hars--replic Don Carlos.

--Eso ya lo veremos--murmur Maroto al cesar la entrevista.

Aquello fu un desafo entre el rey y el general, y todos los
palaciegos se mostraron indignados de la soberbia de Maroto.

Antes de salir de Vergara, Mara Luisa tuvo una segunda conferencia con
el general. A m no me dijo de qu haban tratado; pero deba de ser de
algo grave, porque Mara Luisa volvi muy preocupada.




                                  III

                              EN ESTELLA


DOS das despus de llegar a Vergara salimos para Estella en un
carricoche roto y desvencijado, con un cochero que cantaba alegremente.
Este cochero tena dos motes a falta de uno: le llamaban Choln
Tripatriste, y era hombre alegre como unas castauelas.

En el camino haca fro; yo me quit el gabn y se lo puse en las
rodillas a Mara.

--No quiero; de ninguna manera--me dijo ella.

--Entonces deje usted que nos sirva para los dos.

--Bueno; pero no intente usted aprovecharse.

--Es que lo he intentado alguna vez?

--No, no. Es verdad. Lo reconozco; y si abandona usted ese ridculo
proyecto de que yo me enamore de usted a la fuerza, seremos buenos
amigos.

--No, a la fuerza, no. Yo desplegar mis recursos en lnea de batalla;
usted se opondr a su modo.

--Y por qu no ser buenos amigos?

--No me basta.

El cochero se puso a cantar:

      Yo tengo una cachuchita
    slo para mi recreo.

Luego se dedicaba al estribillo:

      Vmonos,
    china del alma;
      vmonos
    a Puerto Rico;
      irmonos.

Mara Luisa y yo hablamos de nuestros amigos y conocidos de Bayona, y
ella me cont un sinfn de ancdotas de los carlistas que vivan all.

El cochero volvi de nuevo a la cachuchita:

      Tengo yo una cachuchita
    que siempre est suspirando,
    y sus ayes y suspiros
    se dirigen a Don Carlos.

--Bueno, bueno, Choln. Basta de cachuchita!--le grit yo con voz
estentrea.

--Qu bruto es usted!--me dijo Mara Luisa.

--Gracias.

--Le ha dejado usted al hombre aturdido.

--Es que ese animal no nos dejaba hablar.

Entramos en Estella. Todas las posadas estaban ocupadas. Mara fu a
visitar a la viuda de don Santos Ladrn, que le di hospedaje, y yo
march, por indicacin de Choln, a la calle de San Nicols, a casa de
una mujer que tena huspedes.

La casa de la Martina era una casucha pequea, con una cuadra, una
leera y la cocina en el piso bajo; una salita y un gabinete, con dos
alcobas, en el alto. Este gabinete haba sido de un cura y tena varios
armarios llenos de libros religiosos.

En una de las alcobas, en la ms grande, dorman un oficial carlista
que, segn me dijo la duea, estaba algo enfermo, y un fraile
castellano. La alcoba ms pequea me la destinaron a m.

En el pueblo haba una gran agitacin. Los soldados de los batallones
navarros estaban excitados, y se deca que iba a haber una matanza
general de marotistas y de hojalateros.

La plaza sola estar, maana y tarde, llena de corrillos de
apostlicos, a los que llamaban de la vela verde, entre los que se
destacaban curas y frailes que peroraban con violencia y con pasin.

Una maana le vi all al general Guergu en un grupo de sus
partidarios. Era don Juan Antonio Guergu hombre de unos cincuenta
aos, pequeo, rechoncho, spero en el hablar. El general Guergu
haba tenido la humorada de decir a Don Carlos: Nosotros, los brutos,
llevaremos a Su Majestad a Madrid; y pareca tener empeo en demostrar
que no abdicaba de su papel de bruto.

En el corro, al lado de Guergu estaba el oficial de la secretara de
Guerra, don Luis Ibez, hombre de confianza de don Juan Antonio, tipo
de fantico sombro, de rostro macilento, con la mirada baja.

El grupo de curas, apostlicos y empleados, escuchaba las palabras de
Guergu con gran respeto.

Son la oracin del medioda; se descubrieron todos y rezaron.

Luego, un asistente sac de la posada de la plaza un caballo; mont
Guergu y, despus de haber lanzado una ltima bravata, se fu como una
exhalacin. Iba, segn me dijeron, a Legaria, donde viva.

En estos corros encontr tambin a Orejn y a Bertache.

Orejn me dijo que exista una conspiracin entre los _puros_, en
la que entraban los generales Garca, Guergu, Sanz y Carmona, el
intendente Uriz, el cura de Allegui, don Juan Echeverra; don Ramn
Allo, capelln del Estado Mayor General, y otros, todos apostlicos
rabiosos y absolutistas puros y netos.

La correspondencia de los generales navarros conjurados con sus amigos
del Real pasaba por las manos de dos secretarios del Ministerio de la
Guerra, don Florencio Sanz, hermano del general, y don Luis Ibez,
antiguo secretario de Guergu, que sola aparecer con frecuencia en
Estella, y a quien yo haba visto das antes.

Entre los generales rebeldes se haba pensado en prender a Maroto
cuando pasase revista a varias fuerzas destinadas a cruzar el Ebro, y
fusilarlo.

--Le ha dado a usted instrucciones don Eugenio?--me pregunt Orejn.

--No.

--Qu falta!

--Se las ha dado a una seorita que ha venido conmigo, y que se llama
Mara Luisa de Taboada.

--Quin es esa seorita?

Le expliqu quin era.

--Dnde vive?

--Ha parado en casa de la viuda de don Santos Ladrn.

--Muy bien; la buscar.

Dej a Orejn, que me cit para el da siguiente en el mismo sitio, y
anduve con Bertache oyendo lo que se deca entre los grupos:

--Redis! No ha de quedar uno de los que quieran transacciones--deca
un hombre del pueblo--. A tiros acabaremos con ellos, y no le
obedeceremos ni al rey.

--Est probado--saltaba otro--que Maroto es fracmasn; lo ha dicho el
general Garca en el convento de San Francisco.

--Pues otros dicen que Maroto es comunero, que es peor.

--Yo he odo que es carbonario--aada un tercero--, y esos son los ms
malos.

Bertache me cont que en el convento de San Francisco de Estella haban
andado los frailes a linternazos, despus de una disputa en que unos se
pusieron a favor y otros en contra de Maroto.

Fuimos a otro grupo.

--Maroto es el protector de todos los pcaros y ateos--deca un viejo
apostlico--, un masn ms.

Todos suponan que se entenda con los liberales.

Las noticias que pude recoger aquel da eran de la misma ndole. Al
parecer, el general Garca tena comprometidos al batalln de Guas de
Navarra, al 5. y al 9., para el movimiento antimarotista.

Los _puros_, como se decan ellos, tenan gran confianza en su triunfo.

Crean que la trampa que haban preparado para Maroto, y que, segn
decan, haba perfeccionado Carmona, era una maravilla de maquiavelismo
y de precisin, y dorman tranquilos.




                                  IV

                            LOS CONJURADOS


AL da siguiente me encontr en el mismo sitio con Garca Orejn, que
me indic que le siguiese de lejos. Fu tras l a una casa de la calle
de la Ra, donde tena su alojamiento. Subimos a un cuarto pequeo,
cerr bien las puertas, y luego, con mucho misterio, me dijo:

--La cosa anda mal. Estos navarros creen que van a poder contra Maroto,
y Maroto es un hombre terrible. Esta gente se dedica a charlar y a
decir que va a hacer, y el otro hace. En casa de Prez Tafalla, de la
viuda de Santos Ladrn, y en las dems tertulias del pueblo, se dice
que todos los amigos de Maroto y del justo medio van a ser presos.
El general Garca, que est como loco, le pidi hace das un plan a
Carmona para sublevar Navarra. Este plan se lo han enviado a Guergu
a su casa de Legaria, con un primo de ste, que se llama Lagardn y a
quien la gente llama Lagartn. Despus de haberlo examinado Guergu,
se lo ha vuelto a dar a Carmona, y Carmona ha mandado el proyecto
definitivo a Garca, por intermedio de la amiga de usted, Mara Luisa
de Taboada. Mara Luisa me lo ha dejado a m antes, y yo lo he copiado.

--Y qu va usted a hacer con el plan?

--Se lo voy a entregar a Maroto.

Me qued helado.

--Va usted a enviar eso por correo?

--No; ahora mismo me voy de Estella. Entregar yo el plan en persona.

Salimos de su casa; yo, pensando en el peligro que corra Mara Luisa.
Si se descubra que haca traicin a sus amigos, la iban a hacer
pedazos.

Por la tarde fu a visitar a Mara Luisa a casa de la viuda de don
Santos Ladrn. Pensaba advertirla del peligro que corra. Mara Luisa
me present en la casa como legitimista de Bayona. Conoc a los
generales Sanz y Garca.

Don Pablo Sanz era el futuro marido de la viuda de don Santos Ladrn.
Era un hombre todava joven, de buen aspecto. Me pareci un tanto
vanidoso y petulante. Me dijeron que era borracho y de un carcter
desigual, como la mayora de los alcohlicos.

El general Garca era ms viejo que Sanz, de unos cincuenta aos, de
cara seria, de malhumor, flaco, de bigote corto. Era brusco, bilioso,
de modales toscos, mal hablado, amigo de la clase de tropa ms que de
los oficiales; enemigo de los forasteros y navarrista furioso. Tena
el aire de un atrabiliario. Habl de una manera muy jactanciosa y
fanfarrona, como si despreciara profundamente a Maroto.

Asegur que Sanz y l lo que queran sobre todo era comenzar las
operaciones, cosa a que se opona Maroto, porque indudablemente estaba
de acuerdo con Espartero. Las seoras carlistas se entusiasmaban con
los desplantes de Garca.

--Y si viene aqu Maroto?--dijo uno.

--Que venga. El pueblo se levantar contra l, y aqu mismo lo
fusilaremos--contest el general carlista.

Toda aquella gente tena una tranquilidad y una seguridad un poco
absurda.

Como yo no haba podido hablar a Mara Luisa a solas, le dije que al
da siguiente fuera a mi casa.

Fu quiz creyendo que le iba a importunar con galanteras; y le
expliqu de qu se trataba.

--Creo que debe usted marcharse ya--le dije.

--Tiene usted miedo?--me pregunt ella.

--No; tengo miedo por usted.

--Pues yo, ninguno.

--No sea usted pedante!

--Me est usted cargando con eso. Vyase usted; no le necesito para
nada.

--Bueno, bueno. Est bien.

Mara Luisa se despidi muy orgullosa de su valor.

Los das siguientes hizo un tiempo muy malo de fro y lluvia. Era poco
agradable andar por las calles, llenas de barro. Entr en conversacin
con el fraile castellano que dorma en la alcoba inmediata y que
cuidaba del oficial carlista enfermo. El oficial estaba flaco como un
espectro. A cada paso tena que levantarse de la cama. Haban llamado a
un mdico militar, y ste contest que ira cuando pudiera.

En Estella haba tifus, como en todos los pueblos donde estaban
amontonados los soldados; pero yo no tena aprensin alguna. En la casa
no se tomaban precauciones, ni se separaban los vasos y cucharas que
empleaba el enfermo.

El oficial no me pareci que estaba tan grave como deca el fraile,
porque hablaba, aunque de noche se pona ya pesado y empezaba a
delirar. El fraile era castellano y marotista.

Me dijo que el proyecto de transaccin entre carlistas y cristinos
que se atribua a Maroto era falso, y que lo haba inventado el padre
capuchino Larraga, para desacreditar al general en jefe.

Me cont cmo el cura Echeverra y el general Garca prepararon el
asesinato del brigadier Cabaas, por castellano y moderado, y que los
azuz Arias Teijeiro.

Me describi a Guergu, que era un bruto violento, arbitrario, a quien
movan como a un mueco los palaciegos desde el Real; al general
don Pablo Sanz, otro navarro, violento y voluble, de poco talento y
entregado a la bebida; al brigadier Carmona, que era el ms listo
de todos, y al intendente Ibez, que era un fantico, de carcter
siniestro, que no disfrutaba mas que haciendo dao, viendo prender o
fusilar a alguien.

Escuch las confidencias del fraile, y me ofrec a l por si necesitaba
algo el oficial enfermo.

Le habl luego yo de los capuchinos del convento de Vera, sobre todo
del padre Gregorio, y me dijo que crea que ste se encontraba de
oficial en las filas de Don Carlos.




                                   V

                         LAS TROPAS DE MAROTO


LLEVABA ya una semana en Estella. Un da corri el rumor de que Maroto
se acercaba al pueblo con sus tropas. Me dijo el fraile de mi casa que
el general haba ido por Lecumberri a buscar Irurzun, y de all bajaba
por Riezu y Abarzuza. La emocin en el vecindario era enorme.

Sal de casa y encontr a Bertache en el puente del Azucarero. Me dijo
que la cosa iba mal para los exaltados. Maroto haba salido de Tolosa y
pareca que vena a Estella dispuesto a pegar de firme.

Se dijo que Maroto haba llamado al brigadier don Teodoro Carmona y le
haba dicho:

--Voy a Estella. Vaya usted primero y advierta usted a sus amigos
Garca, Guergu y Sanz, que se preparen y se defiendan, porque, con sus
mismas fuerzas, los voy a fusilar.

Carmona crey que era una bravata para asustarles, y que, por lo mismo
que lo deca, no hara nada.

Maroto estaba ya a las puertas de la ciudad.

--Qu pasar?--se preguntaban todos.

A media tarde comenzaron a entrar en Estella los soldados de Maroto.
Yo los vi en patrullas desde la ventana de mi cuarto. En casa de mi
patrona entraron seis, subieron a la sala y dejaron los fusiles en
los rincones, y despus las cartucheras y los morrales. Eran mozos
castellanos.

--Estarn descargados los fusiles?--pregunt la patrona.

--S, seora; no tenga usted cuidado.

--Es que vienen los chicos de la vecindad y, jugando, pueden hacer un
estropicio...

--Nada; no hay miedo. Cuntas camas tiene usted, patrona?

--Cuatro; pero estn ocupadas: una la tiene un oficial enfermo.

--Lo dejaremos tranquilo. En las camas, cuntos colchones hay?

--Dos; y en algunas, tres.

--Bueno, pues se repartirn. Tiene usted guardilla, patrona?

--S, seor.

--Se puede dormir all?

--S, quitando unos trastos que hay. Ahora, que har fro.

--Eso no importa; ya estamos acostumbrados. Con tal de que no llueva
dentro!

--No, no. Eso, no; no entra agua.

Se oyeron las botas pesadas del cabo y de otros soldados en la
escalera, que subieron y luego bajaron, metiendo un ruido como si
fueran un regimiento.

--Bueno--dijo el cabo--; tres dormirn en la guardilla; dos, en la
sala, y uno, en la cocina. Tiene usted algo que decir, patrona?

--Nada, nada. Veo que os hacis cargo de las cosas y que sois unos
buenos muchachos, que no queris perjudicar a una pobre vieja como yo.

--Todos tenemos que vivir, seora.

--Es verdad, y no somos ricos.

--Ahora dgale usted a nuestro cocinero, que es este chico cigaleo,
dnde puede hacer nuestra cena, y dele usted la lea y la sal.

--Voy al momento.

--Bueno, muchachos--dijo el cabo--. Vamos a ver qu hay por esas
calles... y viva Maroto!

Fu a la cocina. El soldado estaba preparando el fuego y cantando:

      Para mi padre
    le traigo una espuela;
    para mi madre,
    un pauelo de seda.

Charl un rato con este muchacho, que me habl de Cigales, su pueblo, y
me cont por qu circunstancias estaba en la faccin.

Luego sal a la calle. Haba grandes corros de soldados en las plazas
y en las puertas de las tabernas. Le encontr al fraile compaero de
cuarto. Me dijo, celebrndolo, que todos los curas, apostlicos y
empleados, haban echado a correr como liebres a salvar la preciosa
vida. Cerca de Lecumberri, Maroto haba atrapado al general Sanz, que
iba hudo.

De Lecumberri, al bajar a Irurzun, pasando por las Dos Hermanas, un
momento antes de llegar a Atondo, en una vuelta que forma el camino
entre el ro Larraun y una piedra que sobresale cerca del paso de
Osquia, tropezaron los caballos de Maroto y del intendente Uriz, que
marchaba tambin escapado. Maroto mand prenderlo, y con Sanz y Uriz,
presos, entr en Estella.

El general Garca haba hecho la baladronada de asomarse al balcn de
su casa con sus ayudantes a ver la entrada de Maroto, y no le haba
saludado ni se haba presentado a l. Se deca que los batallones
navarros estaban tomando posiciones en las casas del pueblo y en la
carretera de Pamplona y de Logroo para oponerse al avance de Maroto,
pero no era verdad.

Fuimos el fraile y yo adonde se alojaba Mara, y nos dijeron que no
estaba. Entonces volvimos a casa y advertimos en la calle de San
Nicols mucho bullicio. De pronto vimos pasar un cura, rodeado de
soldados. Como ya estaba obscurecido, no se le vean las facciones.

--Qu ocurre?--pregunt el fraile a una vieja.

--Dicen que al general Garca acaban de prenderle.

--Y ese cura, quin es?

--No s.

El cura era el general Garca, que, disfrazado con sotana y manteo,
haba querido escapar por el portal de San Nicols.

Nos asomamos el fraile y yo al portal, un arco negro, pequeo, con un
farolillo de una luz triste encima, que iluminaba una imagen de un
Cristo. Dos oficiales nos intimaron violentamente a marcharnos de all.




                                  VI

                             LA ENCERRONA


VOLV a entrar en casa y me met en la cocina, iluminada por la luz del
candil. El soldado de Cigales segua cantando y cuidando del rancho.
Hablamos del asunto del da.

Charlaba con el soldado cuando vino la patrona, conmovida por el suceso
ocurrido en la vecindad: la prisin del general Garca. La mujer del
general Garca haba suplicado a su marido que se fuera, y que se
fuera de Estella, pero l no quiso; luego haba estado en su casa el
cura de San Pedro, que le convenci, le di su sotana, el manteo y la
teja, y Garca fu a casa del cura y estuvo all una hora, hasta que
quiso escapar saliendo por el portal de San Nicols, donde le detuvo el
centinela.

Se deca que lo iban a fusilar, y que lo iban a fusilar vestido de cura.

En esto entr una vieja preguntando por m y me di una carta. La abr.
Deca lo siguiente:

  A Mara Luisa la han llevado engaada a una casa de la calle
  del Chapitel dos hombres del 5. batalln, y la tienen all
  presa. Avsele usted a Bertache, que est alojado en el callejn
  sin salida de la calle de la Calderera, en la casa del fondo, a
  la derecha, y entre los dos, y mejor si llevan algn compaero,
  pueden salvarla. Qumeme usted esta carta.

                                                _Un amigo._

--Y la vieja que ha trado esta carta?--le pregunt a la patrona.

--Pues se ha marchado.

--La conoce usted?

--No.

Me hubiera gustado hacerle algunas preguntas; pero yo haba estado muy
lento, o ella muy rpida, porque, aunque me asom corriendo a la calle,
no la vi.

Quem la carta en el fuego de la cocina, sub a mi cuarto y me met una
pistola en el bolsillo. Me ech el impermeable sobre los hombros y me
dispuse a buscar a Bertache.

No llova; la noche estaba hmeda; al pasar por el puente del Azucarero
estuve un momento contemplando la luna, que asomaba por encima de los
tejados y se reflejaba en el ro.

El pueblo estaba desierto. Se haban cerrado todas las tiendas y las
puertas de las casas. Fu a la plaza. All haba grupos y corrillos
de militares y de algunos curiosos. Los militares decan que haba
que fusilar a Garca, a Guergu y a sus amigos, y seguir el mismo
procedimiento con los traidores del Cuartel Real.

Me alej de la plaza y me met en el callejn sin salida de la calle de
la Calderera.

Avanc hasta el fondo y vi a mano derecha una puerta entornada.

Llam, dando unas palmadas. Apareci una vieja, la que me haba
entregado la carta, alumbrndose con un candil. Era una vieja bruja,
encorvada, de ojos negros, nariz afilada y boca sumida.

--Est aqu Bertache?--le pregunt.

--S; pase usted.

Avanc en el portal y me sent de pronto que me taparon la boca y que
me agarraron por los brazos y la cintura.

--Otro que ha cado en la trampa--dijo una voz.

Me registraron, me quitaron la pistola, abrieron una puerta y me
hicieron bajar las escaleras de una bodega iluminada por un candil.
All, sentados en un banco, con los pies y las manos atados, estaban
Mara Luisa Taboada y Salvador, el espa del hotel de Bayona.

Hice un movimiento de sorpresa.

--Parece que te asombras!--dijo una voz burlona.

No contest, y me dej atar brazos y pies.




                                  VII

                       EXPLICACIONES Y AMENAZAS


HABA cuatro hombres en la bodega, los cuatro militares.

Uno era bajito, moreno, pequeo, con la cara triste, bigote y la barba
de varios das sin afeitar; llevaba levita de oficial; los otros tres
eran soldados del 5. de Navarra.

El oficial se llamaba Remacha, y tena un aspecto reconcentrado y
sombro. Se adivinaba en l el fanatismo y la hipocondra.

--Ustedes me dirn lo que quieren--dije yo framente.

--De dnde ha venido usted?--me pregunt Remacha.

--De Vergara.

--Y a qu ha venido?

--He venido acompaando a esta seorita, a quien pretendo.

--A conspirar, a intrigar contra nosotros.

--No.

--Yo le digo a usted que s.

--Yo le digo a usted que no.

--S; ese hombre es liberal y masn; yo lo conozco de Bayona--exclam
Salvador sealndome a m.

--Eso es verdad? Es usted liberal?

--S, seor.

--Y masn?

--Tambin; pero no soy amigo de Maroto, ni del conde de Negr, como
este hombre--y seal a Salvador--. No he venido a desunir a los
carlistas, sino a acompaar a esta mujer. Que diga ella misma si tengo
alguna relacin poltica con sus amigos, si no hemos reido, porque
ella es carlista y yo liberal.

--Es verdad--dijo Mara, sollozando.

--El mismo lo confiesa--exclam Salvador.

--S, cierto, lo confieso: soy liberal y comerciante; he vendido
gneros al ejrcito de la Reina, pero no denuncio a los carlistas como
este hombre que me acusa.

--De qu conoce usted a Bertache?

--A Bertache?

--S.

No poda negar que le conoca.

--Hemos hecho un negocio de contrabando juntos.

--Para Espaa?

--S.

--Y quin entr el contrabando?

--Parte, su novia.

--Gabriela?

--S.

--Bueno. Est bien.

El teniente Remacha se puso a pasear por el stano arriba y abajo,
mirndonos a los tres prisioneros y enfurecindose poco a poco.

La bodega era larga, angosta, con un respiradero en el techo, una mesa
vieja y unas barricas amontonadas en el fondo. La iluminaba un candil
humeante.

En la mesa haba una taza vaca y una botella de aguardiente con una
copa.

De cuando en cuando, Remacha beba.

En esto se oyeron golpes en la puerta de la bodega, dados con la culata
de un fusil; abrieron la puerta y apareci un hombre viejo, bizco,
amarillento, con la cara picada de viruelas y el traje destrozado.

--Remacha!--grit.

--Qu hay?

--A Garca, a Sanz y a Uriz los acaban de poner en capilla, en la
sacrista de la ermita del Puy.

--Le habis avisado a Guergu?

--S. Han ido a buscarle a Lagardn, pero no le han encontrado.

--Y no han mandado nadie a Legaria?

--No.

El viejo bizco desapareci de la puerta. Remacha comenz de nuevo su
paseo, y se bebi dos copas de aguardiente.

--Estaba en un acceso de rabia. Sus ojos brillaron con furor; y su
cara tom un aire de tristeza que en l, sin duda, acompaaba a la
ira, y entre puetazos, y patadas, y grandes blasfemias, en las que
aparecieron Cristo, la Virgen y el Copn, nos asegur que bamos a
pagarla si fusilaban a los generales navarros.

--A ti, por zorra--le dijo a Mara Luisa--, porque eres la querida de
Villarreal y has venido aqu a intrigar, para ver si puedes conseguir
que tu querido vuelva a tener mando.

Mara Luisa comenz a sollozar.

--Reconozca usted que, si es as, es un motivo muy laudable--dije yo.

--T, cllate! Que si no te voy a aplastar como a una cucaracha.

--Es muy fcil ser valiente con un hombre atado.

--A ste--y Remacha seal a Salvador--le fusilaremos, por traidor; y a
ti, ya que eres liberal y masn y odias a los carlistas...

--No slo los odio, los desprecio.

--Te sacaremos la vida poco a poco. Ya veremos si eres valiente.

--Ms que t, siempre.

Pasamos un momento de silencio.

--Y si yo le propusiera a usted hacer una gestin para salvar la vida
de Garca?--pregunt Salvador, que estaba plido como un muerto.

--Yendo adonde est Maroto, para quedarse all?... Ca!... No, no.

--Haciendo que venga a esta casa solo el conde de Negr, dndome usted
la palabra de que aunque no nos pusiramos de acuerdo usted y yo, a l
no le pasara nada.

--Eso ya es otra cosa. Venga usted; hablaremos en otro cuarto.

Remacha tom la botella de aguardiente en la mano.

Salieron Remacha y Salvador, y uno de los soldados fu siguindole a
ste. Quedamos Mara Luisa y yo atados y vigilados por dos hombres,
Miguelico el Tuerto e Ilundain. Miguelico el Tuerto era pequeo, negro,
tostado por el sol; tena una cara de vencejo; la nariz, afilada y
corva, como un pico; las mejillas, hundidas; los labios, delgados; el
pelo, negro, y la barba, crecida de varios das. Uno de sus ojos estaba
vaciado; el otro brillaba en la rbita, como el de un guila.

Llevaba un traje de soldado roto y una boina vieja, y no abandonaba una
carabina, que sin duda estimaba mucho.

Record a Gastibelza, el hombre de la carabina, el hroe de una cancin
de Vctor Hugo, cuyo nombre debi de tomar el poeta de Sagastibelza, el
cabecilla carlista baztans, que tuvo alguna fama a su muerte, ocurrida
haca dos aos.

Ilundain era un hombretn fuerte; tena los ojos brillantes y vidos;
la nariz, recta; la boca, dominadora, con el labio inferior prominente.
Llevaba un capotn de soldado, boina pequea, muy calada, y el pelo,
negro, que le llegaba hasta los ojos. Todo esto le daba el carcter de
un guerrero antiguo.

Estuvimos algn tiempo en silencio; Mara Luisa gema; yo pensaba en m
mismo, como en otro, y haca cbalas imaginando qu diran mis amigos
al saber mi desaparicin.

Miguelico se puso a pasear por el stano y a cantar una cancin
montona, que quera ser irnica.

    Vosotros nos decais a nosotros,
          al vernos:
        en la lid moriremos
          con gloria.
        Y apenas en Hontoria
          entr Merino,
        recorristeis ms tierra
          que un peregrino.

En aquellos momentos pens una porcin de cosas rpidas. Mi imaginacin
galopaba; pero se perda en fantasas intiles.

Las hiptesis y comentarios que haran en Bayona mis amigos al saber mi
desaparicin me llenaban el espritu. Qu dira Aviraneta? Qu dira
Delfina? Iba a tener un final pintoresco entre aquellos foragidos como
Remacha, Ilundain y Miguelico el Tuerto, el hombre de la carabina.

El lugar era tambin siniestro, negro, lleno de telaraas. El candil
chisporroteaba y llenaba de humo espeso y acre la bodega. Yo miraba a
los dos guardianes y a las negruras del stano como quien contempla una
decoracin de teatro...




                                 VIII

                            LA ESCAPATORIA


DE pronto sent como la protesta del instinto vital. Haba que hacer
algo para salvarse.

--Sois unos brutos--dije a nuestros dos guardianes--: nos tenis como
si furamos cerdos. No creo que nos podamos escapar. Soltadme una mano,
para que pueda fumar un cigarro.

Me desataron las manos y fumamos los tres.

--No podamos beber un poco?--pregunt luego.

--T pagas?--pregunt Miguelico.

--S.--Saqu un duro.

--Ilundain, anda, ve t por vino--dijo Miguelico--. Llvate la llave y
luego devulvemela.

Ilundain sali y vino poco despus con una jarra grande y tres vasos.
Yo llen uno y lo cog en la mano.

--Por qu no trais algo para comer?

--Qu quieres que traiga?

--Un poco de jamn o de queso.

Saqu otro duro.

--No; ya basta--dijo Miguelico rechazndome la moneda.

--Gente difcil de sobornar--pens yo.

--El caso es--murmur Ilundain--que hay que ir a la taberna de la plaza
de Santiago, y andan por all patrullas.

--No sabes el santo y sea?

--S. Julin, valor y subordinacin; pero, y si lo han cambiado...?

--Ca! No lo habrn cambiado. Ve si no a la taberna del Muturranga, de
aqu cerca.

Ilundain sali del stano. Entonces yo le dije a Miguelico:

--Sultela usted un poco las manos a esta mujer. Qu va a hacer? Les
va a matar? Es una vergenza tratarla as.

--S, la soltar un poco--dijo Miguelico.

Mientras se dedicaba a esa faena, Mara Luisa gimi. Yo saqu el
frasquito del abate Girovanna y ech la mitad de su contenido en la
jarra.

Volvi Ilundain con un trozo de jamn, queso, pan y la vuelta del duro.

Mara Luisa no quiso probar nada; yo com jamn y queso y beb el vino
que me haba echado anteriormente en mi vaso. Los dos hombres comieron
y bebieron en abundancia.

El narctico tard mucho en hacerles efecto. De pronto, Ilundain dijo:

--Esta noche pasada no he podido dormir. Voy a descabezar un poco el
sueo.

Yo hice como que echaba la cabeza en la pared y quedaba dormido.
Miguelico el Tuerto, estaba en guardia, con su ojo de ave de rapia,
brillante; me miraba a m, miraba tambin a la puerta, y, al ltimo,
puso un brazo sobre la mesa, inclin la frente y se qued inmvil. Hice
entonces un movimiento como involuntario para ver si se despertaba. No
se despert. En vista de la profundidad de su sueo le agarr por el
pie a Mara con fuerza.

--Qu me quieren?--gimi ella.

--Silencio!--le dije yo--. Les he dado un narctico a stos. Ahora hay
que escapar. Puede usted levantarse?

--S--exclam levantndose.

--Este Ilundain lleva un cuchillo en la faja. A ver si se lo puede
usted sacar.

--Para qu?

--Para cortar nuestras ligaduras. Yo estoy atado, adems, al banco, y
no me puedo mover.

Mara Luisa se levant, se desliz por el banco, se acerc a Ilundain y
le quit el cuchillo de la faja. Ilundain suspir en aquel momento.

Mara Luisa me di el cuchillo y cort las cuerdas con que nos haban
atado a los dos. En seguida registr el bolsillo de Miguelico, saqu la
llave del stano y le quit la bayoneta del cinturn. Despus Mara y
yo subimos las escaleras hasta la puerta, llevando en la mano: ella, el
cuchillo de Ilundain; yo, la bayoneta de Miguelico.

Haba en la puerta una gran cerradura mohosa, que seguramente iba a
rechinar al dar la vuelta a la lengeta. Mara quiso abrir la puerta
inmediatamente.

--Hay que tener calma. Espere usted--le dije yo--; no vayamos tan de
prisa.

Baj las escaleras, cog un resto de la grasa del jamn y lubrifiqu la
llave y la cerradura. Cuando cre que lo estaban ya suficientemente, di
una vuelta rpida a la llave, que chirri con acritud, y abr la puerta.

Ni Miguelico ni Ilundain se movieron. En esto, la vieja del candil se
acerc. Yo la agarr del cuello y la dije:

--Si grita usted, la ahogo.

La mujer no resoll; abr la puerta del stano, empuj a la vieja hacia
dentro y cerr por fuera con llave.

--Aqu lo nico que nos puede salvar es la audacia--le dije a Mara
Luisa.

Salimos corriendo hacia la puerta de la calle; pero estaba cerrada, y,
por ms esfuerzos que hicimos, no pudimos abrirla.

--Vamos a ver en la parte de atrs si hay salida.

Abr una puerta pesada y aparecimos en un corral abandonado.

Era un corral pequeo, de tapias altas, con el suelo lleno de varias
cosas, que a obscuras no se vean bien: tablones, barricas, cubos y
restos de algn derribo.

Haba en un rincn un emparrado medio deshecho.

Pens que encontrara alguna escalera, y, efectivamente, haba una,
aunque rota. La coloqu en la pared, y sub por ella, primero sobre el
emparrado y luego sobre la tapia.

Era la tapia toscamente construda, con piedras gruesas, sin
cimentacin. Daba a un camino.

--Suba usted--le dije a Mara--; se monta usted en la tapia; luego
subir yo, y a ver si entre los dos podemos echar la escalera al otro
lado.

Dej la bayoneta en el suelo y sujet la escalera, de miedo de que se
desbaratase.

Haba subido Mara, ayudada por m, a la tapia, cuando vi que Remacha
se acercaba, armado de un sable y una pistola. Comprend que no
disparara la pistola porque vendra gente, cosa que a l no le
convena. Yo quise coger la bayoneta, que haba dejado en el suelo,
para defenderme, pero no la encontr.

--Rndete--me dijo Remacha.

--No.

l levant el sable; yo retroced al momento, pero el sable me alcanz
y me hiri con la punta en la frente.

Not la sangre, que me mojaba la cara. Me refugi debajo del emparrado.
Estaba all ms obscuro, y el emparrado era de poca altura. Remacha no
podra all manejar su sable. Mir otra vez al suelo para buscar mi
bayoneta, y no la vi. Entonces, decidido, me lanc sobre Remacha y le
agarr del brazo.

Yo tena ms fuerza que l, y sujetndole la mano derecha se la retorc
y le hice soltar el sable.

l entonces me cogi del pelo, y yo a l del cuello.

Forcejeamos los dos, estrujndonos violentamente. l me morda, yo le
golpeaba la cabeza sobre la pared. En esto l resbal y cay hacia
atrs. Iba a levantarse, cuando una piedra grande, cada de la tapia,
le di en el pecho. El hombre ya no se movi.

--Es que le he dado?--pregunt Mara Luisa desde arriba.

--S.

--Y qu ha hecho?

--Ha cado.

--Muerto?

--No; slo atontado.

No quise decrselo, pero cre que estaba muerto. Al momento escal la
tapia, y con una energa sobrehumana sub la escalera, medio rota, y la
puse hacia afuera.

Estbamos en un camino que iba del convento de Recoletas hacia la
ermita del Puy. No pude calcular qu hora sera. El cielo estaba
estrellado. Deba ser algo ms de media noche. Se oan prximos los
alertas de los centinelas.

Salimos Mara Luisa y yo por la calleja de Belviste a la plaza de
Santiago. En la plaza, a obscuras, haba una patrulla que iba y vena a
la luz de unas antorchas. Se oa de cuando en cuando el Quin vive?
de los soldados. Tena la noche un aire siniestro; no sabamos si
aquella patrulla era de amigos o de enemigos. En la duda, retrocedimos.
Encontramos un portal abierto.

--Aqu podramos pasar la noche?--pregunt yo a una vieja que apareci
en el zagun con una vela.

--S; pasen ustedes.

Seguimos a la vieja por el portal, subimos la escalera hasta un
corredor largo y pasamos a una alcoba.

Aquella casa era una casa de citas.




                                  IX

                             TRIBULACIONES


CUANDO vi en un espejo pequeo de la alcoba que tena en la frente una
hinchazn llena de sangre coagulada, me asust; luego, al lavarme, vi
que la herida de mi cabeza era larga, pero no profunda. Mara Luisa me
vend con un pauelo. Yo le bes las manos y no protest.

El cuarto en donde estbamos era una alcoba grande con un balcn a la
calleja. Tena un papel amarillo, rasgado en muchas partes, un sof
tambin amarillo, un espejo, la cama y un aguamanil.

--chese usted en la cama; yo me tender en el sof--le dije a Mara.

--No, no; usted est herido.

--No es nada; coger una manta y una almohada, y ya est.

Cog la manta y me tend en el canap, que era duro como el corazn de
un carlista.

--Ahora, acustese usted--le dije a Mara.

--No, no.

--Por qu no?

--No podr dormir--suspir ella.

--Vamos, no sea usted nia--repliqu yo--. No es usted una mujer
fuerte? Qutese usted los zapatos y el abrigo, y se dormir usted.

--No podr--murmur ella sollozando.

--Vamos--dije yo--, le servir de doncella.

Me levant y le quit los zapatos, sin que ella protestara.

--Ahora, fuera el abrigo, y a dormir. Apague usted la luz.

--No, no.

--Como usted quiera.

--Si Carmona habla del plan de sublevacin de Navarra y cuenta que yo
se lo llev al general Garca, me buscan y me matan.

--Para qu va a declarar una cosa que no le conviene? Adems, Maroto
es el que manda.

Me volv a echar en el canap, y estuve dormido, o, por lo menos,
atontado, una media hora. Mara Luisa segua inquieta, agitndose en la
cama y quejndose.

--No puede usted dormir?--le pregunt.

--No.

--Tiene usted algo? Le duele la cabeza?

--No; no tengo nada. Y usted, duerme?

--Yo he dormido un poco. La herida me empieza a doler y parece que hay
ratas aqu.

--Qu situacin, Dios mo!--exclam ella.

--Qu le vamos a hacer! Peor nos veamos hace un momento.

--Estamos bien--exclam de pronto ella riendo con una risa nerviosa--.
Qu noche! No va a pasar nunca! Qu haramos?

--Yo, sabe usted qu voy a hacer?

--Qu?

--Tomar un poco del narctico que he dado a esos hombres. Todava me
queda.

--No haga usted ese disparate. Eso debe ser un veneno.

--No. Ca! Lo voy a tomar.

--Y qu defensa voy a tener yo?

--Tome usted tambin un poco, y se duerme.

--No, no. De ninguna manera.

--Entonces, qu quiere usted hacer?

--No s. No s. Ay, Dios mo! Yo creo que tengo fiebre!

--A ver...--le toqu las manos--. No tiene usted nada. No se asuste
usted.

--Qu haramos? Qu haramos?

--Yo, sabe usted lo que hara, como usted?

--Qu?

--Hacerme sitio en la cama. Despus de todo, quiz maana nos vayan a
fusilar...

Mara Luisa se incorpor como movida por un resorte.

--Sera usted capaz...?

--De violentarla? No. Nunca. Usted manda. Yo quisiera resarcirme de
todas las angustias que he pasado. Lo quiere usted tambin? Apague
usted la luz. No lo quiere? Tenga usted la luz encendida.

Mara me mir con estupefaccin, y al poco rato apag la luz.

Cuando me acerqu a ella, intent rechazarme, pero luego cedi...
Despus del da, lleno de emociones, la noche, furiosa de erotismo.

Por la maana siguiente, cuando me despert de un sueo febril, vi a
Mara Luisa, desnuda, arrodillada en el suelo y llorando.

--No haga usted locuras--le dije--, hace un fro terrible.

--He hecho una horrible traicin, he cometido un tremendo pecado. Qu
va a ser de m, Dios mo?

--Yo no le abandonar a usted.

--Usted! Usted no tiene obligacin ninguna conmigo. Mi reputacin est
perdida; mi conciencia no podr recuperar su calma. Su amigo de usted,
Aviraneta, es un monstruo.

--No sea usted injusta, Mara. En esta intriga ha seguido usted los
consejos de otros amigos.

--No; ha sido l el que me ha perdido.

Consegu que Mara se tranquilizara y se vistiera. Haba adquirido ya
su presencia de nimo; yo estaba agotado y febril.

En esto, empez a orse un terrible estrpito de tambores y y cornetas.

--Voy a ver qu pasa--dijo Mara.

--No haga usted alguna imprudencia.

--Tengo que salir.

Mara sali; pas una hora, y otra hora, y no volvi.

Me levant yo como pude y llam en la puerta, y entr la duea de
la casa, la Coneja. Era una mujer gruesa, con unos ojos redondos de
lechuza, la nariz corva, los labios delgados y un aire entre burln y
suspicaz. Hablaba de una manera muy redicha.

--Qu le pasa a usted? Le han herido?

--S, ya ve usted.

La Coneja crey que me haban herido en su casa.

--No salga usted ahora, por Dios!--me dijo.

--Qu ha pasado? Qu era ese ruido de tambores?--le pregunt.

--Que han fusilado a los generales navarros Guergu, Garca, Sanz y
Carmona.

--Dnde los han fusilado?

--En el Puy, en una era que hay detrs de la casa del Prior. La gente
est indignada porque los han matado de espaldas y arrodillados, como
a los traidores, y porque dicen que a Garca le han fusilado con la
sotana que llevaba puesta cuando iba a escaparse.

La Coneja, por lo que cont, se haba levantado temprano a lechucear.

Haba visto pasar por la madrugada al general Guergu, que vena
andando, con una escolta de caballera, y luego, poco despus, al
brigadier Carmona.

Al primero lo traan de Legaria, y al otro, de Cirauqui.

Los subieron a los dos al Puy, y una hora despus los fusilaban.

El cadver de Sanz lo pidi para enterrarlo la viuda de don Santos
Ladrn.

Esta seora, que haba tenido el sino de ver fusilar a su primer
marido, general navarro y realista, vea fusilar a su futuro segundo
marido, tambin general navarro y realista.

La vieja me dijo que el pueblo estaba desierto, que las tropas
recorran las calles e iban haciendo prisioneros, y todas las casas
estaban cerradas.

Maroto, sin duda, se haba decidido a dar el gran golpe. Teniendo entre
las manos a Garca y a Sanz, haba dado la orden de prender a Carmona
y a Guergu, y a los cuatro generales, con el intendente Uriz, los
haba fusilado sobre la marcha. Al da siguiente le toc el turno
al secretario del Ministerio de la Guerra, Ibez, que fu tambin
fusilado.

Haba que reconocer que Maroto era un hombre decidido, un hombre de
agallas. Un jefe que se atreva a fusilar a cuatro generales navarros,
por tropas navarras, en una ciudad como Estella, que tena una
guarnicin de navarros, era un valiente.




                                   X

                     DE ESTELLA A SAN JUAN DE LUZ


--Y usted, qu va hacer?--me pregunt la Coneja.

--Esperar aqu.

--Si le dejan, porque andan registrando las casas.

Efectivamente, al medioda se oy estrpito de pasos en la escalera y
entraron varios soldados en la alcoba.

--Hala! A levantarse!--me dijo uno.

--No, no. Yo estoy malo. Tengo mi pasaporte en regla.

--Qu pasa?--pregunt asomndose un oficial.

--Aqu hay un hombre que est herido.

Entr un oficial barbudo, me mir atentamente, y dijo:

--Cristo! T eres Legua!

--S.

--No me conoces?

--No.

Entonces el oficial, acercndose a mi odo, me dijo:

--El padre Gregorio.

Nos estrechamos la mano efusivamente y nos contamos nuestras mutuas
aventuras. Le dije yo lo que me haba pasado el da anterior en el
callejn de la Calderera, y el ex padre Gregorio prometi traerme un
salvoconducto especial.

--Bueno, chico, aqu te quedas. No se te molestar. Si me necesitas
para alguna otra cosa, avsame.

Se fu el ex fraile convertido en capitn, y yo qued en casa de la
Coneja.

La Coneja se mostr muy amable conmigo.

Durante el da me trajo de comer y me cont lo que se deca en el
pueblo.

Al parecer se daban toda clase de versiones para explicar la rapidez
con que se haba enterado Maroto de la conjura tramada contra l.

Unos decan que el delator haba sido Gonzlez Moreno, hombre muy
odiado por los navarros; otros, que el general Alzaa haba enviado a
Maroto un annimo; otros atribuan el descubrimiento de la intriga al
consejero Arizaga, y otros, por ltimo, al gobernador de Estella.

A los dos das se mejor mi herida, y, el ex padre Gregorio me trajo un
salvoconducto, y me dijo que Remacha estaba murindose. Me advirti que
me convena marcharme pronto. Pregunt a la Coneja si conocera alguno
que tuviera un cochecillo. Me dijo que s.

Trajo un cochero. Era mi amigo Choln Tripatriste.

Este me indic que me llevara a cualquier parte si le daba cincuenta
pesetas al da.

--Nada, est hecho el trato.

Pagu a la Coneja, y fu a casa de la Martina, en donde supe que el
oficial marotista se haba muerto de las fiebres, y part de Estella.

Tuve prisa, porque corra la versin de que cuando saliera Maroto
habra represalias.

Efectivamente; al da siguiente de marchar yo evacuaron Estella las
tropas de Maroto, y poco despus entr Balmaseda.

Este quiso de nuevo sublevar los navarros contra Maroto, y dej libres
a los presos de las crceles; pero su tentativa no logr el menor
xito, y tuvo que marchar huyendo hacia Aragn.

El capitn Gregorio me regal una pistola para el camino.

Yo haba pensado primero ir por Vergara a Deva o a Zumaya, y embarcarme
all; pero esto poda ser expuesto y complicado, y como tena pasaporte
y dispona del coche de Choln, decid marchar ms lentamente por
tierra hasta Francia.

Viajaramos de noche.

El primer da de marcha fu da de emociones. Me quisieron detener a
la salida de Estella, y pocas horas despus omos tiros. Estbamos en
aquel momento delante de Cirauqui. La silueta quebrada del pueblo se
destacaba negra y trgica en el cielo anubarrado y obscuro, sin una luz.

Seguan los tiros cada vez ms cerca, tanto que Choln par el coche.
Cuando cesaron, marchamos adelante. Poco despus vimos un cuerpo en la
carretera. Par de nuevo Choln, cogi el farol del coche y mir al
cado.

--Est muerto?--pregunt yo.

--Completamente.

Seguimos nuestra marcha; llegamos al amanecer a Pamplona y dormimos en
una posada. El segundo da tomamos la carretera de Ulzama y fuimos a
parar a la venta de Arraiz.

All me prestaron un papel que tena este ttulo: Ligera resea de
los medios usados por Maroto y su pandilla para alcanzar lo que ellos
llaman su triunfo. Hecha por A. de C.

Este A. de C. era fray Antonio de Casares. En su escrito, el fraile
insultaba a Maroto y aseguraba que Gmez, Elo y Zaratiegui eran
masones.

Este papel lo haban trado a la venta dos desertores del ejrcito
carlista que marchaban a Francia. El uno era alemn; el otro, ingls.
Hablaron conmigo, me tomaron por francs y me contaron sus aventuras.

El alemn era alto, flaco, de ojos azules, tostado por el sol; haba
peleado primero en las filas cristinas. En una ocasin haba robado un
Cristo de oro de una iglesia, tan pesado, que no haba podido llevarlo.
Le condenaron a muerte, se escap y se pas a los carlistas, donde
haba llegado a sargento. Me dijo riendo que se haba bautizado varias
veces para ser protegido por las seoras carlistas.

El ingls era una verdadera caricatura, un tipo de clown, con los ojos
saltones y la boca de rana.

Tenan un documento para pasar la frontera, que poda servir muy bien
para m, y que me ofrecieron por cinco duros.

Acept el trato; di el dinero y recib el papel. Nos acostamos; y como
yo no dorma apenas estos das, estuve largo tiempo despierto.

A media noche not en el cuarto pasos y vi la luz vaga que entraba
por un ventanillo, que el alemn se acercaba a mi cama, sin duda a
registrar mi ropa. Inmediatamente me ergu yo en la cama con la pistola
en la mano.

--Se va usted a enfriar, amigo mo--le dije--; vale ms que se vuelva
usted a la cama si no quiere usted que le agujeree la piel.

El alemn se escabull a la carrera.

Al da siguiente atravesamos, Choln y yo, Velate, con nieve y fro y
una niebla que no se vea a cinco pasos, llegando a Vera al anochecer,
donde me sirvi el documento del alemn y del ingls, y nos hospedamos
en la posada de Vera, que en mi ausencia haba tomado el ttulo pomposo
de la Corona de Oro.

Como yo quera llegar a San Juan de Luz pronto, habl al dueo de la
Corona de Oro, quien me proporcion un gua y un caballo, y sal con
l por el camino de Inzola, despus de pagar a Choln Tripatriste.
En la misma frontera nos encontramos con una patrulla de carlistas
desharrapados. Les mostr mi salvoconducto y les di unas monedas, y me
dejaron pasar.

A media noche llegu a San Juan de Luz y me acost, muerto de fatiga.




                                  XI

                           OTRA VEZ VINUESA


SEGUA malo y febril, no poda dormir. A la maana siguiente de llegar
tom la diligencia. Me met en un rincn de la berlina, y estaba con
los ojos cerrados, cuando o una voz conocida. Era Vinuesa.

--Qu le pasa a usted?--me dijo--. Est usted enfermo?

--S; tengo una herida--contest--. Usted tampoco tiene buen aspecto.

--Estoy acatarrado y no puedo con mi alma.

Estaba el hombre desconocido, flaco, macilento, con el pelo blanco.

--Vengo muerto--me dijo entre dos estornudos--. He pasado en el campo
de Don Carlos unas semanas y vuelvo ansiando descansar. Aquello es un
manicomio.

--S, eh?

--Un horror! Ya le contar a usted.

Parti la diligencia. No bamos en la berlina ms que Vinuesa y yo, y
el hombre se puso a hablar.

--Pues, s--me dijo--; mientras he estado all, no he tenido un da
tranquilo. Llegu el siete de febrero a Villarreal, y el Seor me hizo
alojar en una de las mejores casas del pueblo. Al da siguiente tuve mi
primera audiencia con Su Majestad. Usted no es carlista?

--No.

--Le molesta a usted que yo le d este ttulo de Majestad a Don
Carlos?

--No, no; de ninguna manera.

Lo que me molestaba era el dolor de cabeza, cada vez ms creciente, que
tena.

--Pues bien: Su Majestad--sigui contando Vinuesa--me dijo que el
objeto de llevarme al Real no era otro que nombrarme ministro de
Estado, en una combinacin pensada de acuerdo con el general Maroto.
Me honra Su Majestad--le dije--, pero no creo que sirva para tan alto
cargo. S, s; no has de servir!--me contest--. Eres inteligente,
culto y fiel.

Luego me dijo que el ejrcito carlista mejoraba; que Maroto haba
conseguido restablecer la disciplina por completo, y que tena la
esperanza de poner sus tropas en un estado brillante, al que no haban
llegado nunca.

--As que Don Carlos estaba contento de Maroto?--pregunt yo, aunque
en aquel momento no me interesaba nada la cosa.

--Mucho. A Maroto le da por la organizacin--me dijo Don Carlos.

--Le da por la organizacin!--repet yo--. Qu frase ms poco
napolenica!

--A los tres o cuatro das el Seor me encarg que hiciera un proyecto
de arreglo para la Secretara de Estado, que fuera econmico y
sencillo; lo hice a la carrera, y, para recompensarme de los servicios
que, segn l, le haba prestado, me nombr conde de Gracia Real.

--Gracia Real! Es bonito--murmur yo.

--Le parece a usted?

--Muy bonito. S.

En la confusin de mi cerebro, Gracia Real me pareca que deba ser
algn pjaro de muchos colores.

--Su Majestad me ha tomado afecto--sigui diciendo Vinuesa--. Tuve
que seguir, con el Real, andando de ac para all, y el da veinte
de febrero, a m me parece que han pasado no das, sino aos desde
esa fecha!, una maana de lluvia y de fro se nos present, yendo por
el monte, el oficial don Joaqun Sacanell con un pliego, de parte de
Maroto. Lelo--me dijo el Seor--. Yo empec la lectura. Haba un
prembulo largo, en que Maroto se quejaba de la indiferencia del Rey,
que Don Carlos escuch con indiferencia. Luego venan estas palabras,
que se me han quedado grabadas en la memoria: Es el caso, seor, que
he mandado pasar por las armas a los generales Guergu, Garca, Sanz,
al brigadier Carmona y al intendente Uriz...

--Qu dices?--exclam Don Carlos--. Eso no puede ser. Entremos aqu,
en esta casa.

Pasamos a un casero que se hallaba cerca del camino real, nos
sentamos, y le yo todo el parte de Maroto.

--Jess! Jess! Dios mo!--exclam el Seor--. Estoy perdido. Maroto
se ha vuelto loco o me hace traicin. No digas nada y vamos pronto
a Villafranca. Estoy sofocado. Necesito descansar. Dios mo, qu
disgustos me estn dando!

Llegamos a Villafranca y tuvimos una conferencia con el Rey, Arias
Teijeiro, el brigadier Montenegro y yo, y acordamos redactar una
proclama declarando traidor al general Maroto, que comenzaba as:
Voluntarios, fieles vascongados y navarros.

Arias Teijeiro hizo observar que Maroto senta gran odio por Balmaseda
y que sera capaz de fusilarlo, tenindole preso en el castillo de
Guevara, y, para evitarlo, Don Carlos mand, al momento, una esquela
dirigida al gobernador del castillo de Guevara, que deca as:
Gaviria: pondrs en libertad, inmediatamente, a Balmaseda, porque as
te lo manda y es la voluntad de tu Rey.--_Carlos._

Volvimos con el Real a Villafranca el 23 y se encontr Don Carlos con
la dimisin del Ministerio.

--Qu haras t?--me pregunt.

--Yo llamara al brigadier Montenegro.

Lo hizo as y se constituy el Ministerio. Unos das despus, el Seor
se encerr conmigo en un gabinete y me dijo que su causa marchaba muy
mal.

--Pero, por qu, Seor?--le pregunt yo.

--No hay que hacerse ilusiones; esto va mal. El paso lamentable que ha
dado Maroto fusilando cuatro de mis jefes mejores es el principio del
fin. Aqu hay alguna trama oculta contra el carlismo. Maroto ha hecho
la guerra en el Per, y Espartero y l se han debido conocer. No me
chocara nada que los dos sean masones. La masonera nos ha perdido.
Dicen que Fulgosio, Urbistondo, Lasala y otros jefes son tambin
francmasones y estn de acuerdo con Espartero y Maroto para vender
mi causa. Yo no lo creo, ni lo dejo de creer, pero me lo temo; no me
asombrara nada que fuera cierto. Comet la grave falta de recibir a
los castellanos y de preferirles a los fieles navarros y vascos, que
no me han faltado nunca. Ya la cosa no tiene remedio y es preciso
conformarse con la voluntad del Seor.

--Pero todava hay un ejrcito carlista fuerte y bien organizado--le
dije yo.

--S; pero le obedece a Maroto ms que a m. l es el dueo de los
batallones, y no es slo eso, sino que todos mis verdaderos amigos y
consejeros fieles me los arranca de mi lado y me los expatria a Francia.

--Y no puede Su Majestad destitur a Maroto?

--Por ahora, imposible, imposible. Hay que disimular. Ah! Si tuviera
pruebas claras de su traicin!

--Y no las hay, claro.

--No las hay. Y ellos son muchos, y yo voy estando solo. T, amigo
Vinuesa, no conoceras en Madrid o en Bayona algn hombre activo,
inteligente y sagaz, que pudiera traer a mi lado? Entonces yo pens en
usted y en Aviraneta.

Yo haba odo esta relacin dominado por el dolor de cabeza y el ruido
de la diligencia.

--En Aviraneta y en m!--exclam yo, verdaderamente asombrado.

--S, en Aviraneta y en usted. Conozco--le dije al Seor--dos hombres
de un talento extraordinario. El uno, es un hombre ya hecho, avezado
a las revoluciones; el otro, es un joven activo, fuerte, lleno de
inteligencia y de energa. A ste le encontr en Bayona y le cont que
estaba denunciado, perseguido. En un momento lo arregl todo, y, al da
siguiente, estaba en Vera.

--Y qu hacen esos hombres? A qu se dedican?--me pregunt Don Carlos.

--El ms viejo debe estar empleado; el joven es un comerciante rico.

--De dnde son?

--Creo que vascos.

--Y son tan inteligentes?

--Son dos cabezas privilegiadas. Han viajado, saben idiomas, conocen a
los hombres...

--Gentes as, de arrestos, de energas, me convendran. Consultar el
caso con el padre Gil. Vuelve maana, a las nueve.

Al da siguiente me present a Su Majestad, quien me dijo:

--Tengo confianza en ti. Vuelve inmediatamente a Bayona y trae a los
dos amigos tuyos. Le ofrecers a cada uno, desde luego, diez mil duros,
que te entregar el marqus de Lalande, con una libranza ma, y les
dirs de mi parte, que, si satisfacen mis deseos, ser para ellos, no
el rey, sino un amigo; y que llegado a Madrid y colocado en el trono de
mis padres, har lo que pidan y deseen. As que ponte en camino cuanto
antes.

Me desped de Don Carlos, pas por Vera el mismo da en que se esperaba
que el general Urbiztondo llegara con el convoy de los desterrados a
Francia, de orden de Maroto, y aqu estoy.

Todo esto me pareca una fantasa de sueo.

No comprenda cmo Vinuesa poda tener tanta influencia sobre Don
Carlos para darle un consejo y convencerle.

Por otra parte, el consejo no era malo porque Aviraneta y yo en el Real
de Don Carlos hubiramos hecho algo trascendental.

--Qu me contesta usted?--me pregunt Vinuesa.

--Amigo Vinuesa--le dije, haciendo un esfuerzo--: es usted ms bueno
que el pan. Yo le agradezco a usted mucho lo que ha hecho por Aviraneta
y por m y los informes que ha dado usted a Don Carlos. Si yo creyera
en el triunfo de la causa carlista y tuviera alguna simpata por ella,
aceptara con entusiasmo esa misin; pero no tengo simpata, ni creo en
el triunfo del carlismo. Para m, hoy por hoy, la causa carlista est
perdida. Maroto, indudablemente, est de acuerdo con Espartero. Querer
hacer revivir el carlismo es querer resucitar a un muerto.

--Pero a ustedes les convendra, aunque no fuera mas que por hacer su
carrera, unirse a Don Carlos.

--Yo no puedo, y creo que Aviraneta, tampoco; pero pregnteselo usted a
l.

--Y usted, por qu no puede?

--Porque soy... masn.

--Y Aviraneta es tambin masn?

--S.

Al decirlo me rea por dentro. Toda esta conversacin me haca el
efecto de un sueo.

--Ah... es usted masn?

--S.

--Entonces lo comprendo. El hacer traicin a los francmasones le podra
costar la vida.

--Es cierto.

--Y usted cree que Aviraneta no querr?

--Desde luego, no.

--Y qu piensa usted que yo debo hacer ahora? Cmo le contestara a
Don Carlos?

--Pues le escribe usted que ha venido usted a Bayona, que nos ha
hablado, que hemos dicho que somos masones y que estamos comprometidos
con los liberales. De paso le devuelve usted la libranza de los veinte
mil duros, y le dice usted, con relacin a usted mismo, que se va usted
a quedar una temporada en Bayona hasta restablecerse. Porque usted,
como yo, necesita reposo.

--Muy bien, muy bien. Es usted un verdadero amigo. Yo no estoy para
nada con este catarro. Tengo la cabeza como un bombo. Quiere usted
redactarme esa carta?

--Bueno, cuando lleguemos a Bayona.

En el escritorio del hotel, y con grandes trabajos, redact la carta.

--Es usted mi salvador--me dijo varias veces Vinuesa--; voy a ahora
casa del marqus de Lalande, para que encamine mi carta al Real de Don
Carlos.

Yo comenc a subir la escalera de mi hotel para llegar a mi cuarto. En
la cabeza senta unos golpes como de un martillo. Al llegar, me desnud
como pude y me met en la cama; luego llam a la criada y la dije que
avisara a don Eugenio de Aviraneta, en la calle de la Moneda, 11, que
haba llegado.




                                  XII

                              ENFERMEDAD


AL poco tiempo vino Aviraneta, a quien cont todo lo que nos haba
ocurrido a Mara y a m.

--He estado muy inquieto--me dijo--; he mandado tres mujeres al campo
carlista para averiguar vuestro paradero: una, a la casa de la viuda
de Zumalacrregui; otra, a Plasencia de las Armas, y la tercera, a
Vergara. Esta ltima encontr vuestro paradero en Estella.

Despus le cont cmo haba hablado con Vinuesa, y su proposicin de ir
al Real de Don Carlos.

--Qu lstima que hayas hecho ese viaje estpido, que te ha cansado y
te ha reventado! Eso s que hubiera valido la pena. Ir de secretario
ntimo de Don Carlos!

--Vaya usted, le dije yo. A usted tambin le invitan.

Se march Aviraneta, y toda la tarde y toda la noche la pas con fiebre
y con unos sueos raros, siempre alrededor de Estella.

Al da siguiente volvi don Eugenio, y al verme en la cama, me dijo:

--Todava no te has levantado?

--No me siento con fuerzas--le contest.

--Bah! No tienes nada. Sabes quin me ha escrito?

--Quin?

--Corito. Me pregunta por ti. Dice que su madre le asegura que t eres
un desalmado, un hombre peligroso, y que ella no lo cree. Quiere que yo
le conteste.

Esta noticia, que en circunstancias normales me hubiera hecho saltar de
la cama, la recib con perfecta indiferencia.

Al da siguiente la fiebre fu mayor, y don Eugenio se present con un
mdico; me tom el pulso, me mir la lengua, y pocas horas despus me
pusieron en un colchn y me llevaron no comprend adnde.

Por la maana, cuando remiti la fiebre, vi que una monja me cuidaba,
y supuse que me hallaba en un hospital. Deba de estar en una sala de
pago. Las hermanas de la Caridad se acercaban a mi cama y me miraban.
Yo no comprenda bien quines eran ni qu queran: viva en mundo
irreal y extrao. Por la maana oa el canto de las monjas en la
capilla, y este canto me produca unos sueos dulces, inefables.

Todas las maanas la fiebre remita un poco; luego aument de tal modo,
que los intervalos se hicieron raros. So mucho con Mara, y cre
varias veces ver a mi lado a Corito. Por lo que me dijeron luego, cant
y grit y ech discursos en mi delirio.

Por ltimo, un da, tras de un largo sueo profundo, me despert. Tena
tal debilidad, que no poda mover un dedo.

Poco despus vi alrededor de mi cama a Aviraneta, a Corito, a doa
Mercedes y a mi madre.

Quera hacer muchas preguntas, pero me dijeron que no hablase.

Unos das despus, Corito me dijo que su madre y ella haban dispuesto
que, cuando me pusiera bueno, nos casaramos e iramos a Madrid.

Ya sin fiebre, comenc a sentir una languidez y una tristeza cada da
mayores. Tena un sentimentalismo enfermizo. Cuando me hablaba Corito,
tomaba sus manos entre las mas y lloraba como un nio.

Este sentimentalismo se complic pronto en m con una idea de
remordimiento. Fu un da que vino Vinuesa a visitarme. Estuvo el
hombre tan carioso conmigo, que me avergonc de mi proceder con l.

Es posible que haya una moral de hombre sano y una moral de hombre
enfermo; yo haba pasado de la una a otra.

Tena una idea de remordimiento de la que no me poda librar: el haber
seducido a la muchacha alavesa en Bidart, el caso de Mara Luisa y el
de la mujer de Vinuesa me turbaban el espritu.

Para qu haba hecho esto? No no lo comprenda. No me lo explicaba.
Haba seguido una tradicin de violencia y de egosmo, por que s.

Todos mis amigos y conocidos aparecan al pie de la cama y me echaban
en cara mi dureza y mi crueldad.

Indudablemente, los hombres tenemos una mezcla de bueno y de malo, de
sombra y de luz; yo siempre haba credo que en m la zona de sombra
era grande, pero ahora me pareca toda mi vida en sombra.

Cuando pude levantarme de la cama dej el hospital y fu de nuevo al
hotel. Stratford vino varias veces a hablar conmigo, y estuvieron
tambin doa Paca Falcn y Sara, su dependiente.

Cuando ya pude salir y haca bueno, paseaba con doa Mercedes y
Corito. Hablaba de vivir tranquilamente. La idea de exponerme y correr
aventuras y peligros no me seduca. Mi impulso por la accin haba
desaparecido. Aquella fiebre, que me haba durado cerca de dos meses,
arrastr mis ambiciones, mis preocupaciones y mi erotismo.




                                 XIII

                          LA VUELTA DE MARA


EL 27 de abril, Mara Luisa de Taboada apareci en Bayona, y fu a
visitar a don Eugenio. Ya no era la muchacha de antes, petulante y
charlatana, sino una mujer reservada y taciturna. A m me vi en la
calle y se escap para no hablarme.

Pregunt a la hija del brigadier carlista qu le pasaba a Mara.

--Ya sabe usted que es la novia del general Villarreal y que quieren
casarse; pero al pobre Villarreal no le reponen en su puesto; le han
tenido preso, y, adems, est tsico. Parece que haban decidido vivir
como marido y mujer hasta que se pudieran casar, pero como no tienen
medios, Mara Luisa vuelve aqu, no s si a ser seorita de compaa o
a qu.

Aviraneta me dijo que pensaba emplearla de nuevo.

Un da encontr a Mara en casa de Aviraneta. Al verme palideci y se
turb.

--Me odia usted?--le pregunt.

--No.

Estuvimos un rato en silencio.

--Se va usted a casar?--me dijo.

--S.

--Le quiere usted a su novia?

--S; pero si usted hubiere querido, me hubiese casado con usted.

--Ms vale que se case usted con ella.

--Cree usted?

--S; nosotros no nos hubiramos entendido nunca.

Al despedirme de Mara Luisa me di la mano cordialmente.

Una semana despus, don Eugenio me dijo maliciosamente:

--Mara Luisa tiene una gran desconfianza y me espa. La he tendido un
lazo para ver si me puedo fiar de ella, y ha cado en l.

--Qu ha hecho usted?

--Haba observado estos ltimos das que, en medio de la indiferencia
que tiene ahora por todo, cuando la pasaba a mi despacho cambiaba de
actitud y se pona disimuladamente a ver si poda enterarse de algo;
miraba los sellos de las cartas, los timbres de las fbricas de los
papeles al trasluz, etctera, etc. El otro da le avis a la sobrina
de mi patrona, una chica muy lista, que se llama Veronique, y le cont
lo que me pasaba. Luego le pregunt si sera capaz de observar a Mara
Luisa, para lo cual yo la dejara a sta sola en mi despacho, y ella,
Veronique, podra mirarla desde una ventana pequea que comunica mi
cuarto con un corredor. Le promet a la chica un sombrero, y ella dijo
que hara lo que le dijese. Pusimos una escalera en el corredor, que
es bastante obscuro, debajo del ventanillo, y yo redact unas notas
figuradas del ministro de la Gobernacin, en que apareca Maroto de
acuerdo con Espartero, y fabriqu una clave falsa con el nmero cinco.
Al da siguiente convid a almorzar a Mara Luisa, y estando en la
mesa, a los postres, hice que la criada me entregara una carta.

--Qu fastidio--dije a Mara--. El cnsul me llama. Usted haga lo que
quiera; si quiere usted marcharse, se va; si no, puede usted entrar en
mi despacho, donde hay libros y peridicos.

--Me quedar un rato--contest ella.

Yo tom mi sombrero y sal a la calle. Mara Luisa, poco despus, sali
del comedor, entr en mi despacho, y lentamente cerr la puerta con
pestillo. Veronique, la sobrina de mi patrona, se coloc en su atalaya.
Mara Luisa abri los cajones de mi mesa y principi a examinar los
papeles uno por uno; luego encontr las notas que yo haba escrito la
noche anterior, con la clave cifrada. Inmediatamente que Mara Luisa
tropez con estos papeles se puso a copiarlos; luego encendi una vela
y sac tres impresiones en lacre de los tres sellos que yo uso. Acabada
la obra se guard todo en el pecho, descorri el pestillo de la puerta,
la dej entornada y se puso a leer los peridicos. Cuando volv yo de
mi paseo me encontr a Mara Luisa ms jovial que de costumbre. Le dije
que el cnsul Gamboa me molestaba por cosas de poca importancia, y le
invit a que volviera a almorzar conmigo al da siguiente. Veronique
me di cuenta exacta de todo lo que haba observado, y ya tiene su
sombrerito.

--Cmo desmoraliza usted al pueblo!

--Pues mira que t!

--Va usted a prescindir de Mara?

--No; le he propuesto un nuevo viaje al campo carlista; por ella sabr
lo que piensan Villarreal y sus amigos. Para m, Mara es una mujer muy
simptica.

--Y para m tambin.

--Para ti algo ms que simptica.

--Por qu dice usted eso?

--A m no me engaas t ni ella. Tiene uno el colmillo muy retorcido.

--No s por qu supone usted que le quiero engaar.

--Bueno, bueno. Es asunto liquidado, y no hay que insistir en l. Mara
es muy buena y, adems, muy generosa. Todo el dinero que le he dado yo
se lo ha entregado a Villarreal para sus deudas.

Unas semanas despus estaba Mara de nuevo de regreso en Bayona,
muy descontenta de su viaje. A Villarreal, como al padre Cirilo y a
sus compaeros, que haban credo apoderarse del mando y formar el
Ministerio a su manera, despus de aniquilar al partido intransigente,
les haba salido mal la maniobra, y el despotismo militar se entroniz
bajo la direccin absoluta de Maroto.

Villarreal, el padre Cirilo y sus amigos quedaron de nuevo cesantes y
reducidos a la ms absoluta impotencia.

Despus de este ltimo viaje, Mara volvi a otra casa de Bayona, como
seorita de compaa, y se dijo que estaba entregada a la iglesia y que
haca con frecuencia ejercicios espirituales en la Congregacin de San
Vicente de Paul.




                                  XIV

                        COMIENZA LA NUEVA VIDA


SE acercaba la poca de mi matrimonio. Doa Mercedes aseguraba que en
llegando a la Corte conseguira para m un buen empleo.

Despus de hablar con Aviraneta, quien me dijo que no tena nada que
ver con el asunto, me entend con Gomes Salcedo, y le ced la casa de
comisin Etchegaray y Legua por veinte mil francos.

Me desped de mis amigos de Bayona y de Aviraneta.

--Bueno--me dijo ste--, seguiremos el procedimiento de comunicarnos
como antes, t desde Madrid y yo desde Bayona.

--Mire usted--le dije--, no, don Eugenio. Me obligan a hacer otra
vida, necesito independencia y libertad en los movimientos. No puedo
perturbar la vida de estas dos mujeres. No quiero ser conspirador.

--Bueno, bueno, est bien--replic Aviraneta, ofendido.

--No creo que se deba usted ofender; yo le debo a usted todo lo que
soy, es cierto, pero tambin es cierto que ahora no voy a ser solo, y
no quiero dar a mi mujer una vida de sobresaltos, teniendo a su marido
vigilado y perseguido por la polica.

Me separ con tristeza de don Eugenio. Qu iba a hacer? No poda tomar
otra determinacin.

Unos das despus, Corito y yo nos casamos y fuimos a Madrid. Mara
Cristina nos recibi, a mi suegra, a mi mujer y a m, en Palacio. Al
mes tena yo un alto empleo.

       *       *       *       *       *

En Madrid hice relaciones y comenc una nueva vida, tan desligada
de la de Bayona, que sta, en mi existencia, era como un prlogo
completamente aislado del resto de ella.

De mis conocidos en Bayona, volv a ver aos despus a muy pocos. A
Vinuesa le encontr y me llev a su casa. No me haca mucha gracia
hablar con su mujer. Vinuesa se lament con Aviraneta de que yo no
fuera a visitarle con frecuencia.

--Legua no me quiere porque soy carlista--le dijo.

--Es un hombre seco y poco efusivo--le contest don Eugenio.

Otro de mis conocidos, a quien vi en Madrid despus de la guerra, fu
Garca Orejn. Era de los convenidos de Vergara, y le haban dado un
destino en la polica. Pensaba desempearlo durante cinco o seis aos,
y luego, retirarse a una finca que haba comprado cerca de Crdoba.

Dentro de la burocracia fu avanzando en mi carrera. Ya se me haba
pasado el bro, la confianza en mi fuerza.

Comprend cun inferior era en este sentido a Aviraneta, que llevaba
ms de treinta aos en una constante aventura, y que an no estaba
saciado. Me pareci que lo ms propio para m, desde entonces, era ser
espectador en las luchas polticas.

El decidirme a esta actitud hizo que fuera consultado y considerado
como un diplomtico sagaz.

Sobre todo, hay que tener poco celo--deca Talleyrand a los amigos que
empleaba--. Es lo que hice yo: tener poco celo y dejarme llevar por la
corriente.


                FIN DEL AMOR, EL DANDYSMO Y LA INTRIGA

    Itzea, octubre, 1922.




                                NDICE


                  PRIMERA PARTE

           EXPERIENCIAS Y DESILUSIONES

                                              Pginas.

  En la Engadina                                      7

      I.--De Santander a Bayona                      11

     II.--Aviraneta y yo                             16

    III.--Proyectos                                  21

     IV.--Algo de mi infancia                        26

      V.--La tienda de antigedades                  30

     VI.--Nuevas instrucciones                       35

    VII.--La vida en Bayona                          41

   VIII.--Sensibilidad patritica                    48

     IX.--Noticias de Aviraneta                      54

      X.--Madama de Laussat                          57

     XI.--Madama d'Aubignac                          60

    XII.--La duquesa y su abate                      67

   XIII.--La arbitrariedad                           74


                    SEGUNDA PARTE

                      DANDYSMO

  En la frontera del Tirol                           79

      I.--Una imprudencia                            80

     II.--Desafo                                    84

    III.--Stratford Grain                            89

     IV.--Las cartas de lord Chesterfield            91

      V.--Variedades sobre el dandysmo               97

     VI.--En Cambo                                  102

    VII.--Cita a la luz de la luna                  106

   VIII.--Los polticos                             108

     IX.--Nostalgias                                115

      X.--Fsica                                    118

     XI.--Muagorri y su gente                      121

    XII.--Nueva tertulia                            126

   XIII.--Vuelta por Espaa                         130


                  TERCERA PARTE

              NUEVOS CONOCIMIENTOS

  En Saint-Moritz                                   141

      I.--Pars y Madrid                            143

     II.--Los agentes secretos                      149

    III.--La Reina                                  155

     IV.--Aquel Madrid                              157

      V.--Vinuesa y su familia                      159

     VI.--Aventura en Tolosa de Francia             162


                     CUARTA PARTE

                 LOS PEONES DEL JUEGO

  En Basilea                                        167

      I.--Los rivales                               170

     II.--El Murcilago                             174

    III.--Las letras S, T, U, V                     177

     IV.--Valds de los gatos                       181

      V.--Bertache                                  186

     VI.--La letra Z                                192

    VII.--Las bacantes vascas de Aoa               197

   VIII.--Emboscada                                 203

     IX.--Aviraneta, de nuevo                       205

      X.--Apuros de Vinuesa                         211

     XI.--Un proyecto atrevido                      215

    XII.--El plan escrito                           221

   XIII.--De Biriatu a Erlaiz                       228

    XIV.--Rompimiento                               233

     XV.--En el _faubourg_ Saint-Germain            236

    XVI.--Los chapuzones de Valds                  241

   XVII.--Encuentro                                 246

  XVIII.--Un hombre de mala suerte                  251


                      QUINTA PARTE

                 LA AVENTURA PELIGROSA

  En la costa cantbrica                            259

      I.--Mara Luisa de Taboada                    261

     II.--Petulancia contra petulancia              265

    III.--En Estella                                271

     IV.--Los conjurados                            275

      V.--Las tropas de Maroto                      278

     VI.--La encerrona                              282

    VII.--Explicaciones y amenazas                  284

   VIII.--La escapatoria                            290

     IX.--Tribulaciones                             295

      X.--De Estella a San Juan de Luz              300

     XI.--Otra vez Vinuesa                          304

    XII.--Enfermedad                                310

   XIII.--La vuelta de Mara                        313

    XIV.--Comienza la nueva vida                    316





End of Project Gutenberg's El amor, el dandysmo y la intriga, by Po Baroja

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMOR, EL DANDYSMO Y LA INTRIGA ***

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Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

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Literary Archive Foundation

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