The Project Gutenberg EBook of Divertidas aventuras del nieto de Juan
Moreira, by Roberto Payr

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Title: Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

Author: Roberto Payr

Release Date: November 5, 2019 [EBook #60634]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DIVERTIDAS AVENTURAS DEL ***




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                        NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las palabras en itlicas estn indicadas con _sub-ndices_, mientras
que las palabras en negritas estn indicadas =de este modo=.

Las reglas ortogrficas del castellano cuando esta obra fue publicada
por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se realiz la
transcripcin.

Por ejemplo vi, fu, di, lo mismo que conjunciones como "", "",
"", en esa poca llevaban acento ortogrfico, mientras que vocablos
que actualmente llevan acento ortogrfico, como "rer" y "or", cuando
la obra fue publicada no llevaban acento ortogrfico.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripcin ha sido el
de respetar la ortografa original, salvo en caso de errores evidentes
de ortografa, impresin y/o puntuacin, los cuales han sido corregidos.

La cubierta del libro fue modificada por el Transcriptor y ha sido
puesta en el dominio pblico.

El ndice de captulos ha sido agregado por el Transcriptor.


                   *       *       *       *       *


                         DIVERTIDAS AVENTURAS
                       DEL NIETO DE JUAN MOREIRA


                         OBRAS DEL MISMO AUTOR

               (De venta en la Biblioteca de LA NACIN y
                    en las principales libreras).

    =La Australia Argentina=, (dos volmenes).
    =El Falso Inca=, (cronicn de la Conquista).
    =El Casamiento de Laucha=, (novela picaresca).
    =Sobre las ruinas=... (drama en cuatro actos).
    =Marco Severi=, (drama en tres actos).
    =El Triunfo de los otros=, (drama en tres actos).
    =Pago Chico.=
    =Violines y toneles.=
    =Crnicas.=
    =En las tierras de Inti.=


                               AGOTADAS

    =Ensayos poticos.=--=Antgona=, (novela).--=Scripta.=
    (cuentos).--=Novelas y fantasas.=--=Los
    Italianos en la Argentina.=--=Emilio Zola=, etc., etc.




                           ROBERTO J. PAYR

                         _Divertidas aventuras
                      Del nieto de Juan Moreira_

                            [Illustration]


                             BUENOS AIRES
                       CASA EDITORA  IMPRESORA
                          M. RODRGUEZ GILES
                         Corrientes, nm. 1379

                Imp. Sopena, Provenza, 95.--BARCELONA




                                NDICE

                                                       PG.
            PRIMERA PARTE                                5

            SEGUNDA PARTE                              147

            TERCERA PARTE                              257




                         DIVERTIDAS AVENTURAS
                       DEL NIETO DE JUAN MOREIRA




                             PRIMERA PARTE


                                   I

Nac  la poltica, al amor y al xito, en un pueblo remoto de
provincia, muy considerable segn el padrn electoral, aunque tuviera
escasos vecinos, pobre comercio, indigente sociabilidad, nada de
industria y lo dems en proporcin. El clima benigno, el cielo siempre
azul, el sol radiante, la tierra fertilsima, no haban bastado, como
se comprender, para conquistarle aquella preeminencia. Era menester
otra cosa. Y los dirigentes de Los Sunchos, al levantarse el ltimo
censo, por arte de birlibirloque haban dotado al departamento con una
importante masa de sufragios--mayor que el natural,--para procurarle
decisiva representacin en la Legislatura de la provincia, directa
participacin en el gobierno autnomo, voz y voto delegados en el
Congreso Nacional y, por ende, influencia eficaz en la direccin del
pas. Escrutando las causas y los efectos, no me cabe duda de que los
sunchalenses confiaban ms en sus propias luces y patriotismo, que en
el patriotismo y las luces del resto de nuestros compatriotas, y de que
se esforzaban por gobernar con espritu puramente altruista. El hecho
es que, siendo cuatro gatos, como suele decirse, alcanzaban tcita
 manifiesta ingerencia en el manejo de la res pblica. Pero esto,
que puede parecer una de tantas incongruencias de nuestra democracia
incipiente, no es divertido y no hace, tampoco, al caso. Lo que s hace
y quiz resulte divertido, es que mi padre fuera uno de los susodichos
dirigentes, quiz el de ascendiente mayor en el departamento, y que mi
aristocrtica cuna me diera--como en realidad me di,--vara alta en
aquel pueblo manso y feliz, holgazn bajo el sol de fuego, soador bajo
el cielo sin nubes, cebado en medio de la prdiga naturaleza. Hoy me
parece que hasta el aire de Los Sunchos era alimenticio, y que bastaba
masticarlo al respirar para mantener y aun acrecentar las fuerzas:
milagro de mi pas, donde, virtualmente, todava se encuentran pepitas
de oro en medio de la calle.

Desde chicuelo era yo, Mauricio Gmez Herrera, el nio mimado de
vigilantes, peones, gente del pueblo y empleados pblicos de menor
cuanta, quienes me ensearon pacientemente  montar  caballo,
vistear, tirar la taba, fumar y beber. Mi capricho era ley para
todos aquellos buenos paisanos, en especial para el populacho, los
subalternos y los humildes amigos  paniaguados de las autoridades; y
cuando algn opositor, vctima de mis bromas, que solan ser pesadas,
se quejaba  mis padres, nunca me falt defensa  excusa, y si bien
ambos prometan  veces reprenderme  castigarme, la verdad es
que--especialmente el viejo--no hacan sino reirse de mis gracias.

Y aqu debo confesar que yo era, en efecto, un nio gracioso si se me
consideraba en lo fsico. Tengo por ah arrumbada cierta fotografa
amarillenta y borrosa que me sac un fotgrafo trashumante al cumplir
mis cinco aos, y aparte la ridcula vestimenta de lugareo y el aire
cortado y temeroso, la verdad es que mi efigie puede considerarse la
de un lindsimo muchacho, de grandes ojos claros y serenos, frente
espaciosa, cabello rubio naturalmente rizado, boca bien dibujada,
en forma de arco de Cupido, y barbilla redonda y modelada, con su
hoyuelo en el medio, como la de un Apolo infante. En la adolescencia
y en la juventud fu lo que mi niez prometa, todo un buen mozo, de
belleza un tanto femenil, pese  mi poblado bigote, mi porte altivo, mi
clara mirada, tan resuelta y firme; y estos dotes de la Naturaleza me
procuraron siempre, hasta en pocas de madurez... Pero, no adelantemos
los acontecimientos...

Tena yo por aquel entonces un carcter de todos los demonios que,
segn me parece, la edad y la experiencia han modificado y mejorado
mucho, especialmente en las exteriorizaciones. Nada poda torcer mi
voluntad, nadie lograba imponrseme, y todos los medios me eran buenos
para satisfacer mis caprichos. Gran cualidad. Recomiendo  los padres
de familia deseosos de ver el triunfo de su prole, que la fomenten en
sus hijos, renunciando, como  cosa intil y perjudicial,  la tan
preconizada disciplina de la educacin, que slo servir para crearles
luego graves y quizs insuperables dificultades en la vida. Estudien mi
ejemplo, sobre el que nunca insistir bastante: desde nio he logrado,
detalle ms, detalle menos, todo cuanto soaba  quera, porque nunca
me detuvo ningn falso escrpulo, ninguna regla arbitraria de moral,
como ninguna preocupacin melindrosa, ningn juicio ajeno. As, cuando
una criada  un pen me eran molestos  antipticos, espiaba todos sus
pasos, acciones, palabras y aun pensamientos, hasta encontrarlos en
falta y poder acusarlos ante el tribunal casero; --no hallando hechos
reales,--imaginaba y revelaba hechos verosmiles, valindome de las
circunstancias y las apariencias paciente y sutilmente estudiadas. Y
cuntas veces habr sido profunda  ignorada verdad lo que yo mismo
crea dudoso por falta de otras pruebas que la induccin y la deduccin
instintivas!

Pero esto era, slo, una complicacin poco evidente--para descubrirla
he debido forzar el anlisis,--de mi carcter que, si bien obstinado
y astuto, era, sobre todo--extraa antinomia aparente,--exaltado y
violento, como irreflexivo y de primer impulso, lo que me permita
tomar por asalto cuanto con un golpe de mano poda conseguirse. Y como
en el arrebato de mi clera llegaba fcilmente  usar de los puos,
los pies, las uas y los dientes, natural era que en el ataque  en
la batalla con el criado  otro adversario eventual, resultara yo con
alguna marca, contusin  rasguo que ellos no me haban inferido
quiz, pero que, dndome el triunfo en la misma derrota, bastaba y
aun sobraba como prueba de la ajena barbarie, y haca recaer sobre el
enemigo todas las iras paternas:

--Pobre muchacho! Miren cmo me lo han puesto! Es una verdadera
atrocidad!...

Y tras de mis araones, puntapis, cachetadas y mordiscos, llovan
sobre el antagonista los puetazos de mi padre, hombre de malas pulgas,
extraordinario vigor, destreza envidiable y amn de esto grande
autoridad. Quin se atreva con el rbitro de Los Sunchos? Quin no
cejaba ante el brillo de sus ojos de acero, que relampagueaban en la
sombra de sus espesas cejas, como intensificados por su gran nariz
ganchuda, por su grueso bigote cano, por su perilla que en ocasiones
pareca adelantarse como la punta de un arma?

Vivamos con grandeza--naturalmente en la relatividad aldeana, que no
da pretexto  los lujos desmedidos,--y tatita gastaba cuanto ganaba
 un poco ms, pues  su muerte slo hered la chacra paterna, gravada
con una crecida hipoteca que hacan ms molesta algunas otras deudas
menores. S; slo tenamos una chacra, pero hay que explicarse: era una
vasta posesin de cuatrocientas varas de frente por otras tantas de
fondo, y estaba enclavada casi en el mismo centro del pueblo. Su cerco,
en parte de adobe, en parte de pita, cina-cina y talas, interceptaba
las calles de Libertad, Tunes y Cadillal, que corran de norte  sud, y
las de Santo Domingo, Avellaneda y Pampa, de Este  Oeste. Los cuatro
grandes frentes daban sobre San Martn, Constitucin, Blandengues y
Monteagudo. Nuestra casa ocupaba la esquina de las calles San Martn y
Constitucin, la ms prxima  la plaza y los edificios pblicos, y era
una amplia construccin de un solo piso,  lo largo de la cual corra
una columnata de pilares delgados, sosteniendo un ancho alero. En ella
habitbamos nosotros solos, pues las cocinas, cocheras, dependencias
y cuartos de la servidumbre, formaban cuerpo aparte, cuadrando una
especie de patio en que mamita cultivaba algunas flores y tatita
criaba sus gallos. En el resto de la chacra haba algunos montecillos
de rboles frutales, un poco de alfalfa, un chiquero, un gallinero,
y varios potreros para los caballos y las dos vacas lecheras. Tengo
idea de que alguna vez se plantaron hortalizas en un rincn de la
chacra, pero en todo caso no fu siempre, ni siquiera con frecuencia,
sin duda para no desdecir mucho del indolente carcter criollo que en
aquel tiempo consideraba cosa de gringos ordear las vacas y comer
legumbres. Con todo, nuestra casa era un palacio y nuestra chacra un
vergel, comparadas con las dems mansiones seoriales de Los Sunchos,
y nuestras costumbres de familia tenan un sello aristocrtico que
ms de una vez envenen las malas lenguas del pueblo, que zumbaban
como avispas irritadas, aunque  respetable distancia de los odos de
tatita. Esta especie de refinamiento, cada vez ms borroso, se explica
naturalmente: mi padre perteneca  una de las familias ms viejas del
pas, una familia patricia radicada en Buenos Aires desde la guerra
de la Independencia, vinculada  la alta sociedad y duea de una
respetable fortuna que varias ramas conservan todava. Menos previsor 
ms atrevido que sus parientes, mi padre se arruin--ignoro cmo y no
me importa saberlo,--sali  correr tierras en busca de mejor suerte, y
fu  varar en Los Sunchos, llevando hasta all algunos de sus antiguos
hbitos y aficiones.

No se ocupaba ms que de la poltica activa, y de la tramitacin
de toda clase de asuntos ante las autoridades municipales y
provinciales. Intendente y presidente de la Municipalidad, en varias
administraciones, haba acabado por negarse  ocupar puesto oficial
alguno, conservando, sin embargo, meticulosamente, su influencia y
su prestigio: desde afuera, manejaba mejor sus negocios, sin dar que
hablar, y siempre era l quien decida en las contiendas electorales, y
otras, como supremo caudillo del pueblo. Cuando no se iba  la capital
de la provincia, llevado por asuntos propios  ajenos--en calidad de
intermediario,--pasaba el da entero en el caf, en la cancha de
carreras  de pelota, en el billar  la sala de juego del Club del
Progreso,  de visita en casa de alguna comadre. Tena muchas comadres,
y mam hablaba siempre de ellas con cierto retintn y  veces hasta
colrica, cosa extraa en una mujer tan buena, que era la mansedumbre
en persona. Tatita sola mostrarse emprendedor.  l se debe, entre
otros grandes adelantos de Los Sunchos, la fundacin del Hipdromo
que acab con las canchas derechas y de andarivel,  hizo, tambin,
para las rias de gallos, un verdadero circo en miniatura. Lea los
peridicos de la capital de la provincia, que le llegaban tres veces
por semana, y gracias  esto,  su copiosa correspondencia epistolar y
 las noticias de los pocos viajeros y de Isabel Contreras, el mayoral
de la galera de Los Sunchos, estaba siempre al corriente de lo que
suceda y de lo que iba  suceder, sirvindole para prever esto ltimo
su peculiar olfato y su larga experiencia poltica, acopiada en aos
enteros de intrigas y de revueltas. La inmensa utilidad prctica de
esta clase de informacin fu, sin duda, lo que le hizo mandarme  la
escuela, no con la mira de hacer de m un sabio, sino con la plausible
intencin de proveerme de una herramienta preciosa para despus.

Esto ocurri pasados ya mis nueve aos, puede tambin que los diez.
Mi ingreso en la escuela fu como una catstrofe que abriera un
parntesis en mi vida de vagancia y holgazanera, y luego como una
tortura, momentnea s, pero muy dolorosa, tanto ms cuanto que, si
aprend  leer, fu gracias  mi santa madre, cuya inagotable paciencia
supo aprovechar todos mis fugitivos instantes de docilidad, y cuya
bondad tmida y enfermiza, premiaba cada pequeo esfuerzo mo tan
esplndidamente como si fuera una accin heroica. Me parece verla
todava, siempre de negro, oprimida en un vestido muy liso, plida
bajo sus bands castao obscuro, hablando con voz lenta y suave y
sonriendo casi dolorosamente,  fuerza de ternura. Mucho le costaron
las primeras lecciones, como le cost hacerme ir  misa  inculcarme
inciertas doctrinas de un vago catolicismo, algo supersticioso, por
mi inquietud indmita; pero  poco ced y me plegu, ms que todo,
interesado con los cuentos de las viejas sirvientas y los, an ms
maravillosos, de una costurerita espaola, jorobada, que deca  cada
paso intern, que estaba siempre en los rincones obscuros, y en quien
crea yo ver la encarnacin de un diablillo entretenido y amistoso  de
una bruja momentneamente inofensiva. Intern me contaban las unas
las hazaas de Pedro Urdemalas (Rimales, decan ellas), y la otra los
amores de Beldad y la Bestia,  las terribles aventuras del Gato, el
Ujier y el Esqueleto, ledas en un tomo trunco de Alejandro Dumas, mi
naciente raciocinio me deca que mucho ms interesante sera contarme
aquello  m mismo, todas las veces que quisiera y en cuanto se me
antojara, ampliado y embellecido con los detalles en que sin duda
abundara la letra menudita y cabalstica de los libros. Y aprend
 leer, rpidamente, en suma, buscando la emancipacin, tratando de
conquistar la independencia.


                                  II

Acab por acostumbrarme un tanto  la escuela. Iba  ella  divertirme,
y mi diversin mayor consista en hacer rabiar al pobre maestro, don
Lucas Arba, un infeliz espaol, cojo y ridculo, que, gracias  m,
se sent centenares de veces sobre una punta de pluma  en medio de
un lago de pega-pega, y otras tantas recibi en el ojo  la nariz,
bolitas de pan  de papel, cuidadosamente masticadas. Era de verle dar
el salto  lanzar el chillido provocados por la pluma,  levantarse
con la silla pegada  los fondillos,  llevar la mano al rgano
acariciado por el hmedo proyectil, mientras la cara se le pona como
un tomate! Qu alboroto, y cmo se desternillaba de risa la escuela
entera! Mis tmidos condiscpulos, sin imaginacin, ni iniciativa, ni
arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesino, vean en m un
ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente
que, para atreverse  tanto, era preciso haber nacido con privilegios
excepcionales de carcter y de posicin.

Don Lucas tena la costumbre de restregar las manos sobre el
pupitre--ctedra deca l,--mientras explicaba  interrogaba;
despus, en la hora de caligrafa  de dictado, ponase de codos en
la mesa y apoyaba las mejillas en la palma de las manos, como si su
cerebro pedaggico le pesara en demasa. Observar esta peculiaridad,
procurarme pica-pica y espolvorear con ella la ctedra, fueron para
m cosas tan lgicas como agradables. Y repet  menudo la ingeniosa
operacin, entusiasmado con el xito, pues nada ms cmico que ver 
don Lucas rascarse primero suavemente, despus con cierto ardor, en
seguida rabioso, por ltimo frentico hasta el estallido final:

--Todo el mundo se queda dos horas!

Iba  lavarse,  ponerse calmantes, sebo, aceite, qu s yo, y la clase
abandonada se converta en una casa de orates, obedeciendo entusiasta
 mi toque de zafarrancho; volaban los cuadernos, los libros, los
tinteros--quebrada la inercia de mis condiscpulos,--mientras los
instrumentos musicales ms inslitos ejecutaban una sinfona
infernal. Muchas veces he pensado, recapitulando estas escenas, que
mi verdadero temperamento es el revolucionario y que he necesitado un
prodigio de voluntad para ser toda mi vida un elemento de orden, un
hombre de gobierno... Volva, al fin, don Lucas rojo y barnizado de
ungentos, con las pupilas saltndosele de las rbitas--espectculo
bufo si los hay,--y, exasperado por la intolerable picazn, comenzaba
 distribuir castigos suplementarios  diestro y siniestro, condenando
sin distincin  inocentes y culpables,  juiciosos y traviesos, 
todos, en fin...  todos menos  m. No era yo, acaso, el hijo de don
Fernando Gmez Herrera? No haba nacido con corona, segn solan
decir mis camaradas?

Vaya con mi don Lucas! Si mucho me re de ti, en aquellos tiempos,
ahora no compadezco siquiera tu memoria, aunque la evoque entre
sonrisas, y aunque aprecie debidamente  los que, como t entonces,
saben acatar la autoridad poltica en todas sus formas, en cada
una de ellas y hasta en sus simples reflejos. Porque, si bien este
acatamiento es la nica base posible de la felicidad de las naciones,
y en consecuencia de los ciudadanos, la verdad es que t exagerabas
demasiado, olvidando que eras, tambin, autoridad, aunque de nfimo
orden. Y esta flaqueza es, para m, irritante  inadmisible, sobre todo
cuando llega  extremos como ste.

Una tarde,  la hora de salir de la escuela y  raz de un alboroto
colosal, don Lucas me llam y me dijo gravemente que tena que hablar
conmigo. Sospechando que el cielo iba  carseme encima, me prepar 
rechazar los ataques del magster hasta en forma viril y contundente,
si era preciso, de tal modo que, como consecuencia inevitable, ni
yo continuara bajo su frula ni l regentando la escuela, su nico
medio de vida: un araazo  una equimosis no significaban nada para
m--era y soy valiente,--y con una marca directa  indirecta de don
Lucas, obtendra sin dificultad su destierro de Los Sunchos, despus de
algunas otras pellejeras que le dieran que rascar. Considrese, pues,
mi pasmo, al oirle decir, apenas estuvimos solos, con su amanerado y
acadmico lenguaje, , mejor dicho, prosodia:

--Despus de recapacitar muy seriamente, he arribado  una conclusin,
mi querido Mauricio... Usted (me trataba de usted, pero tuteaba 
todos los dems), usted es el ms inteligente y el ms fuerte de la
escuela, aunque no el ms juicioso ni el ms aplicado... No, no se
enfade todava, permtame terminar, que no ha de pesarle... Pues
bien, usted que todo lo comprende y que sabe hacerse respetar por sus
condiscpulos, mis alumnos, puede ayudarme con verdadera eficacia, s,
con la mayor eficacia,  conservar el orden y mantener la disciplina
en las clases, minadas por el espritu rebelde y revoltoso que es la
carcoma de este pas...

Aunque sorprendido por lo inslito de estas palabras, pronunciadas
con solemne gravedad, como en una tribuna, comenc  esperar ms
serenamente los acontecimientos, sospechando, sin embargo, alguna
celada.

--Pero no he querido--continu don Lucas, en el mismo tono,--adoptar
una resolucin, cualquiera que ella sea, sin consultarle previamente.

El aula estaba solitaria y en la penumbra de la cada de la tarde.
Junto  la puerta, yo vea, al exterior, un vasto terreno baldo,
cubierto de gramneas, rojizas ya, un pedazo de cielo con reflejos
anaranjados, y, al interior, la masa informe y azulada de los bancos y
las mesas, en la que pareca flotar an el ruido y el movimiento de
los alumnos ausentes. Esta doble visin de luz y de sombra me absorbi,
sobre todo, durante una pausa trgica del maestro, para preparar esta
pregunta:

--Quiere usted ser monitor?

Monitor! El segundo en la escuela, el jefe de los camaradas, la
autoridad ms alta en ausencia de don Lucas, quizs en su misma
presencia, ya que l era tan dbil de carcter!... Y yo apenas saba
leer de corrido, gracias  mamita! Y en la escuela haba veinte
muchachos ms adelantados, ms juiciosos, ms aplicados y mayores que
yo! Oh! estos aspavientos son cosa de ahora; entonces, aunque no
esperara semejante ganga, y aunque mucho me sonriera el inmerecido
honor, la proposicin me pareci tan natural y tan ajustada  mis
merecimientos, que la acept, diciendo sencillamente, sin emocin
alguna:

--Bueno, don Lucas.

Yo siempre he sido as, imperturbable, y aunque me nombraran papa,
mariscal  almirante, no me sorprendera ni me considerara inepto para
el cargo. Pero, deseando ser enteramente veraz, agregar que el don
Lucas de la aceptacin haba sido, desde tiempo atrs, desterrado de
mis labios, en los que las contestaciones se limitaban  un s  un
no, como Cristo nos ensea, sin aditamento alguno de seor  don,
como nos ensea la cortesa. Y sta fu una evidente demostracin de
gratitud...

Despus he pensado que, en la emergencia, don Lucas se condujo como
un filsofo  como un canalla: como un filsofo, si quiso modificar
mi carcter y disciplinarme, hacindome, precisamente, custodio de la
disciplina; como un canalla, si slo trat de comprarme  costa de una
claudicacin moral, mucho peor que la msica de su pata coja. Pero,
meditndolo ms, quiz no obrara ni como una ni como otra cosa, sino,
apenas, como un simple que se defiende con las armas que tiene, sin
mala ni buena intencin, por espritu de conservacin propia, y utiliza
para ello los medios polticos  su alcance--medios poco sutiles  la
verdad, porque la sutileza poltica no es el dote de los simples.--Para
los dems muchachos, el ejemplo poda ser descorazonador, anrquico,
desastroso como disolvente, porque don Lucas no saba contemporizar
con la cabra y con la col; pero bah! yo tena tanto prestigio entre
los camaradas, era tan fuerte, tan poderoso, tan resuelto y tan
autoritario, para decirlo todo de una vez, que el puesto gubernativo me
corresponda como por derecho divino, y muy rebelde y muy avieso haba
de ser el que protestara de mi ascensin y desconociese mi regencia.

Comenc, pues, desde el da siguiente,  ejercer el mando, como si
no hubiera nacido para otra cosa, y segu ejercindolo con grande
autoridad, sobre todo desde el famoso da en que present  don Lucas
mi renuncia indeclinable...

He aqu por qu:

Irritado contra uno de los condiscpulos ms pequeos, que, corriendo
en el patio,  la hora del recreo, me llev por delante, levant la
mano, y sin ver lo que haca le di una soberbia bofetada. Mientras el
chicuelo se echaba  llorar  moco tendido, uno de los ms adelantados,
Pedro Vzquez, con quien estbamos en entredicho desde mi nombramiento
de monitor, me falt audazmente al respeto, gritando:

--Granduln! Sinvergenza!

Iba  precipitarme sobre l con los puos cerrados, cuando record mi
alta investidura, y, contenindome, le dije con severidad:

--Usted, Vzquez! Dos horas de penitencia!

Me volvi las espaldas, rudamente, y se encogi de hombros,
refunfuando no s qu, vagas amenazas, sin duda,  frases
despreciativas y airadas. Este muchacho, que iba  desempear un papel
bastante considerable en mi vida, era alto, flaco, muy plido, de ojos
grandes, azul obscuro, verdosos  veces, cuando la luz les daba de
costado, frente muy alta, tupido cabello castao, boca bondadosamente
risuea, largos brazos, largas piernas, torso endeble, inteligencia
clara, mucha aptitud para los trabajos imaginativos, intuicin
cientfica y voluntad desigual, tan pronto enrgica, tan pronto muelle.

Aquel da, cuando volvimos  entrar en clase, Pedro, que estaba en
uno de sus perodos de firmeza, apel del castigo ante don Lucas, que
revoc incontinenti la sentencia, quebrando de un golpe mi autoridad.

--Pues si es as, caramba!--grit,--no quiero seguir de monitor ni un
minuto ms. Mtase el nombramiento en donde no le d el sol!

Don Lucas recapacit un instante, murmurando: Calma! calma! y
tratando de apaciguarme con suaves movimientos sacerdotales de la
mano derecha. Sin duda evocara el punzante recuerdo de las puntas de
pluma, el aglutinante de la pega-pega, el viscoso del papel mascado, el
urticante de la pica-pica, pues con voz melosa, pregunt, tutendome
contra su costumbre:

--Es decir que renuncias?

--S! Renuncio in-de-cli-na-ble-mente!--repliqu, recalcando cada
slaba del adverbio, aprendido de tatita en sus disquisiciones
electorales.

La clase entera abri tamaa boca, espantada, creyendo que la
palabrota era un terno formidable, nuncio de alguna colisin ms
formidable an; pero volvi  la serenidad, al ver que don Lucas se
levantaba conmovido, y, tutendome de nuevo, me deca:

--Pues no te la acepto, no puedo aceptrtela... T tienes mucha,
pero mucha dignidad, hijo mo. Este nio ir lejos, hay que
imitarle!--agreg, sealndome con ademn ponderativo  la admiracin
de mis estupefactos camaradas.--La dignidad es lo primero!... Mauricio
Gmez Herrera seguir desempeando sus funciones de monitor, y Pedro
Vzquez sufrir el castigo que se le ha impuesto. He dicho... Y
silencio!

La clase estaba muda, como alelada; pero aquel silencio! era una de
esas terminantes afirmaciones de autoridad que deben hacerse en los
momentos difciles, cuando dicha autoridad peligra, para que no se
produzca ni siquiera un conato de rebelin; aquel silencio! era,
en suma, una declaracin de estado de sitio, que yo me encargara
de utilizar en servicio de la buena causa, desempeando el papel de
ejrcito y polica al mismo tiempo.

Slo Vzquez se atrevi  intentar una protesta, balbuciendo entre
indignado y lloroso un:

--Pero, seor!...

--Silencio he dicho!... Y dos horas ms, por mi cuenta.

Acostumbrado  obedecer, Vzquez call y se qued quietecito en su
banco, mientras una oleada de triunfal orgullo me hencha el pecho y me
haca subir los colores  la cara, la sonrisa  los labios, el fuego 
los ojos.

                                  III

Este acontecimiento, que debi abrir un abismo entre Vzquez y yo,
provocando nuestra mutua enemistad, result luego, de manera lgica,
punto de partida de una unin, si no estrecha, bastante afectuosa, por
lo menos. Para esto fu, naturalmente, necesaria una crisis.

Sufri el castigo con estoica serenidad, quedndose en la escuela,
durante dos das, hasta ya entrada la noche; pero, al tercero, antes
de la hora de clase, me esper en un campito de alfalfa que yo cruzaba
siempre, y, en aquella soledad, me desafi  singular combate,
considerando que mis fueros desaparecan extraterritorialmente de los
dominios de don Lucas.

--Ven, si sos hombre! Aqu te voy  ensear  que les pegus  los
chicos!

Todo mi amor propio de varn, sublevndose entonces, me hizo renunciar
por el momento  las prerrogativas que l consideraba, errneamente,
suspendidas en la calle, con ese desconocimiento de la autoridad que
caracteriza  nuestros compatriotas. Sent necesaria, con romntica
tontera, la afirmacin de mi superioridad hasta en el terreno de la
fuerza, y contest:

--Aqu no! Soy monitor, y no quiero que los muchachos me vean
peleando; pero en cualquiera otra parte soy muy capaz de darte una
zurra, para que aprends  meterte  sonso.

--Vamos donde querrs, maula!

Nos dimos de moquetes, no lejos de all, en un galpn desocupado,
supletorio depsito de lanas, y debo confesar que saqu la peor parte
en la batalla. La excitacin nerviosa di  Vzquez una fuerza y una
tenacidad que nunca le hubiera sospechado. Ambos llegamos tarde 
la escuela, con la cara amoratada, pero l no habl ni yo me quej,
aunque me hubiera sido muy fcil la venganza. Aquel era mi primer duelo
formal--toda proporcin guardada,--y el duelo, aun entre muchachos,
ha sido siempre para m, no una costumbre, sino una institucin
respetabilsima, que contribuye eficazmente al sostenimiento de la
sociedad, un complemento imprescindible de las leyes, aleatorio 
veces, si se quiere, pero no ms aleatorio y ms arbitrario que muchas
de ellas. En el caso insignificante que refiero, sirvi para zanjar
entre Vzquez y yo, diferencias que con otros trmites hubieran podido
llegar al odio, y que, gracias  l, no dejaron huellas, pues mi
adversario no supo nunca cmo agradecer mi caballerosidad despus del
combate, y hasta creo que se consider vencido, para retribuir de algn
modo mi hidalgua. Los mismos tribunales,  quienes muchos querran
confiar la solucin de toda clase de cuestiones, aun en el orden moral,
dejan  menudo heridas ms incurables y dolorosas que las de una
partida de armas...  de puos.

Esta manera de considerar el duelo--confusa  instintiva entonces,
pero clara y lgica hoy--me haba sido inspirada por algunas lecturas,
pues ya comenzaba  devorar libros,--novelas, naturalmente.--Y si
Don Quijote me aburra, porque ridiculizaba las ms caballerescas
iniciativas, encantbanme las otras gestas, en que la accin tena
un objeto real y arribaba  un triunfo previsto  inevitable. No me
preocupaban las tendencias buenas  malas del hroe, su concepto
acertado  errneo de la moral, porque, como el obispo Nicols de Osl,
me hallaba en estado de inocencia  ignoraba la distincin entre el
bien y el mal, limbo del que, segn creo, no he llegado  salir
nunca. Las hazaas de Diego Corrientes, de Rocambole, de Jos Mara, de
Men Rodrguez de Sanabria, de d'Artagnan, del Churiador, de don Juan
y de otros cientos, eran para m motivo de envidia, y sus peregrinas
epopeyas formaban mi nico bagaje histrico, sociolgico y literario,
pues el Facundo quedaba fuera de mi alcance y la Historia del Den
Funes me aburra como un libro de escuela. El universo, ms all de Los
Sunchos, era tal como aquellas obras me lo pintaban, y al que quisiera
hacer buena figura en el mundo, imponase la imitacin de alguno de
los admirables personajes, hroes de tan estupendas aventuras, siempre
coronadas por el xito. Cambibamos libros con Vzquez, desde que la
conciencia de nuestro propio valor nos hizo amigos; pero yo estimaba
poco lo que l me daba--narraciones de viaje y novelas de Julio Verne,
principalmente,--mientras que l desdeaba un tanto mis divertidas
historias de capa y espada, considerndolas tejido de mentiras.

--Como si tus Ingleses en el Polo Norte no fueran una estpida
farsa--le deca yo.--Jos Mara ser un bandido, pero es, tambin,
un caballero valiente y generoso, y Rocambole era ms diablo que
cualquiera...

Slo estbamos de acuerdo en la admiracin por las Mil y una noches,
pero nuestros conceptos eran distintos: l se encantaba con lo que
llamar su poesa y yo con su accin, con la fuerza, la riqueza,
el poder que suelen desbordar de sus pginas. Este modo de ver,
esta tendencia, mejor dicho, pues era subconsciente an, me llev
 acaudillar, como Aladino, una pandilla de muchachos resueltos y
semisalvajes, que me proclamaron capitn, apenas reconocieron mi
espritu de iniciativa, mi imaginacin siempre llena de recursos,
mi temeridad innata y la egida invulnerable con que me revesta mi
apellido. Con esta cuadrilla, en la que en un principio figur Vzquez,
hacamos verdaderas incursiones, conquistando gallineros, melonares,
zarzos de parra, higuerales y montes de duraznos. Pedro, que en los
comienzos era uno de los ms entusiastas, como si lo embriagara aquel
ambiente de desmedida libertad, desert desde la noche en que baamos
en petrleo  un gato y le prendimos fuego, para verlo correr en la
obscuridad como un nima en pena. Yo tambin me arrepent de semejante
atrocidad, pero nunca quise exteriorizarlo ante mis subalternos, para
no revelar flaqueza; por el contrario, recordando la hazaa, sola
decirles con sonrisa prometedora:

--Cuando cacemos un gato...

Pero no reincidimos nunca, y nadie reclam la repeticin de aquella
escena neroniana que haba resultado tan terrible. No nos faltaban,
por fortuna, otros entretenimientos. Qu vida aqulla! Cunto dara
por volver, siquiera un instante,  los dulces aos de mi infancia!
Cunto! y slo me resta el tibio consuelo de recordarlos y revivirlos
como en sueos al escribir estos garabatos!

Qu magnas empresas las de entonces! En invierno, predispuestos, sin
duda, por la displicencia de los das nublados y lluviosos, hacamos
de salteadores, ahondando, por ejemplo, las huellas pantanosas en
el camino de la diligencia para tratar de que volcara el pesado
vehculo, atestado de carga y pasajeros,--proeza que realizamos una
vez.--Atravesbamos la calle con una cuerda,  una cuarta del suelo,
para que rodaran los caballos,  quitbamos las chavetas de los carros
abandonados un instante  la puerta de los despachos de bebidas
para darnos el placer de verles perder una rueda. Ponamos, as, en
escena, episodios de Gil Blas  de Paquillo Aliaga, que yo contaba
compendiosamente  mis hombres, sugirindonos que ramos la banda de
Rolando  de Juan Bautista Balseiro, y la imaginacin se encargaba de
complementar lo que en nuestro acto quedaba de trunco y de estril:
con el pensamiento despojbamos coche y pasajeros, jinete y montura,
carro y conductor, llevndonos  la madriguera  las personas de
fuste, para exigir luego por ellas magnfico rescate. Otras proezas
eran menos dramticas: algunas noches muy fras, cuando todos dorman
en el pueblo, y en nuestras casas nos crean en cama, soltbamos
un gato previamente enfurecido,  un perro asustado, con una lata
llena de piedras en la cola, para divertirnos viendo  los vecinos
alarmados asomarse en paos menores  puertas y ventanas bajo la lluvia
torrencial y el viento helado.

En primavera, gozbamos invadiendo los jardines de los pocos maniticos
de las plantas, y podando stas hasta el tronco  despojndolas
simplemente de todos sus botones. Qu cara la de los dueos al
encontrarse, por la maana, con la desolacin aqulla! Ni la de un
candidato frustrado cuando crea ms segura su eleccin!

En verano pescbamos valindonos de una especie de lnea, las ropas
de los que dorman con la ventana abierta, y luego quembamos 
enterrbamos aquellos despojos, para no dejar rastros de nuestra
diablura, realizada sin idea de robar, por el gusto de hacer dao
y reirnos de la gente. As, rara vez aprovechamos del poco dinero
que quedara en los bolsillos, por casualidad, pues en Los Sunchos,
como en todo pueblo chico, nadie tena que pagar al contado lo que
compraba  consuma, salvo, naturalmente, por necesaria anttesis, los
ms menesterosos. Eran, en fin, cosas de muchachos, bromas sin ms
trascendencia que la que debe atribuirse  una inocente travesura,
y justificadas, adems, en cierto modo, pues slo las sufran las
personas antipticas por su excesiva severidad,  las que haban
merecido el desdn, el desprecio  el odio de mi padre; los amigos
polticos,  de la familia, gozaban de completa inmunidad, porque
siempre ha existido en m el espritu de cuerpo. Pero la gente es tan
necia que, en vez de dar  nuestros juegos su verdadero y limitado
alcance, considerndolos ingenuos remedos de las aventuras novelescas,
se imagin que Los Sunchos haba sido invadido por una horda de
rateros y se propuso perseguirlos hasta atraparlos  ahuyentarlos.
Quines eran y dnde se ocultaban? Aunque las vctimas fuesen
siempre opositores  indiferentes, la polica y la municipalidad se
preocuparon de defenderlas, cuando las cosas haban llegado ya muy
lejos, temiendo probablemente que la cuadrilla ensanchara su campo
de accin y cesara de respetar  los partidarios de la buena causa.
Cuando esto resolvieron las autoridades, hubiramos sido descubiertos
inevitablemente,  no mediar una circunstancia salvadora: tatita,
siempre al corriente de los sucesos, dijo una tarde, en la mesa:

--Por fin, nos vamos  sacar de encima esa plaga de rateros. Esta noche
caern, sin remedio, en la trampa. Se ha organizado una gran batida
con todos los vigilantes y algunos vecinos voluntarios, y muy diablos
sern si consiguen escaparse!

Yo no ech la noticia en saco roto, corr  prevenir  los camaradas, y
aquella noche y las siguientes nos quedamos ms quietos que en misa.
Pero, as fu, tambin, el desquite, en cuanto comenz  relajarse
la vigilancia! Puede decirse que en Los Sunchos no qued ttere con
cabeza, y nuestras fechoras produjeron tan honda sensacin que durante
mucho tiempo no se habl sino de la semana del saqueo como de una
calamidad pblica. Y la imaginacin popular cre toda una leyenda
al rededor de la desaparicin de unas cuantas ropas, leyenda en que
figuraban el hombre-chancho, la viuda, el lobinsn y cuantos duendes 
fantasmas enriquecen las supersticiones criollas.

En fin, para concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos
infantiles: cierto verano surgi, en competencia con la ma, otra
banda, acaudillada por Pancho Guerra, hijo del presidente de la
Municipalidad; muchacho envidioso y grosero, enorgullecido por la
posicin del padre, que se la deba al mo, trataba de disputarme
mi creciente influencia, sin ver que esto no lo tolerara yo jams.
No haba organizado todava su gente, cuando les camos encima.
Hubo--anlogo  la batalla del Piojito,--un gran combate, al caer
la tarde, en las afueras del pueblo, junto al arroyo cuyas orillas
estn cubiertas de pedregullo. Los cantos rodados nos sirvieron
de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias narices
ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fu
nuestra, tan brillante que la mayora de los guerristas se enrol en
mis huestes, y Pancho se qued solo y desprestigiado para siempre.

Esta especie de pastoral de sabor tan genuino y rstico, dur hasta mis
quince aos, y hoy no puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas
sin una sonrisa enternecida, sin una nubecilla hmeda en los ojos...


                                  IV

Antes de los quince aos haba comenzado ya mi historia pasional--que
as debe llamarse, libre como estaba de todo sentimentalismo.--Bajo
la influencia del clima y las costumbres--ardiente el uno, libres las
otras por su mismo carcter patriarcal,--en los pueblos de provincia
y hasta en las capitales populosas, el hombre despertaba en el cuerpo
del nio cuando en otros pases apenas si apuntaran las primeras
vislumbres de la adolescencia. La iniciacin de los muchachos era
siempre ancilar: las inmensas casas bonaerenses, y ms an las
provincianas y campesinas, con tres grandes patios y,  veces, huerta,
llenas de vericuetos, escondrijos y rincones no frecuentados por la
gente mayor, hacan ineficaz la vigilancia paterna despertada por
algn sntoma  indicio que aconsejara la represin, tanto ms cuanto
que los criados eran por lo comn cmplices y encubridores,  cambio
de reciprocidad[1]. Poco  poco, este defecto de nuestra organizacin
domstica, tan contrario  los principios entonces imperantes, ha
venido modificndose, no tanto por mayor disciplina moral, cuanto por
la fuerza de las circunstancias que, dando enorme valor  la tierra,
han empequeecido las casas, facilitando la observacin y agrupando
ms la familia. Vase cmo causas al parecer muy lejanas en la
materialidad de las cosas, producen en la conducta de los hombres los
ms inesperados efectos. En este caso, los instintos en libertad se han
visto paulatinamente coartados por las exigencias de la vida, es decir,
por las manifestaciones de ellos mismos, bajo otra forma.

Yo, por mi parte, en aquel tiempo, no poda estar menos vigilado
ni gozar de mayores libertades; era dueo de m mismo, y en esta
independencia total realic actos que no son para contarlos y 
los que slo me refiero por la influencia que tuvieron despus
sobre mi carcter. Mamita pasaba los das taciturna y casi inmvil,
cosiendo, tomando mate  rezando, presa de incurable melancola, que
slo ahuyentaba un momento para abrazarme y besarme con transporte
enfermizo. Tatita, siempre ocupado  entretenido fuera de casa, no
tena tiempo ni quizs inters de imponerme una moral medianamente
rgida. No los critico ni hay para qu. Sin duda, ella, en su candor
de mujer siempre aislada, no lleg nunca  sospechar que mi inocencia
corriera peligro, y mi padre pensaba, probablemente, que no tena
por qu preocuparse de cosas que haban de suceder ms tarde  ms
temprano, tratndose de un muchacho robusto, de salud de hierro,
alegre, decidido, apasionado, que slo se enfermaba,  mejor, enervaba
con la oposicin  sus antojos y la restriccin  su autonoma. Qu
quiere un padre, si no es que sus hijos resulten bien aptos para la
vida y sepan manejarse por s solos, en lo sentimental como en lo
material, en lo intelectual como en lo fsico?

 un buen padre, como yo lo entiendo, le basta, en suma, con que sus
hijos sean inteligentes y no le falten al respeto. Era nuestro caso.
Yo daba pruebas de no ser tonto y estaba muy lejos de no respetar  mi
padre. Por el contrario, le admiraba y veneraba, porque era el caudillo
indiscutible del pueblo, y todos le rendan pleito homenaje; porque
siempre fu muy hombre, es decir, capaz de ponrsele delante al ms
pintado y de arrostrar cualquier peligro, por grave que fuese; porque
tena una libertad de palabra demostrativa de la ms plena confianza
en s mismo; porque montaba  caballo como un centauro y realizaba sin
aparente esfuerzo los ejercicios camperos ms difciles, las hazaas
gauchescas ms brillantes, sea trabajando con el ganado en alguna
estancia amiga, sea en las boleadas de avestruces,  en las carreras,
en el juego del pato, en las domadas; porque se distingua en la taba,
el truco, la carambola, el casn, el chocln y la treinta y una, amn
de otros juegos de azar y de destreza, y porque criaba los mejores
gallos de ria del departamento en una serie de cajones puestos en
fila, en el patio de casa, frente  mi cuarto; porque, gracias  l,
con quien nadie se atrevi nunca, yo poda atreverme impunemente con
cualquiera. En suma, era para m un dechado de perfecciones, y yo me
senta demasiado orgulloso de l, demasiado satisfecho de su proteccin
directa  indirecta para que este orgullo y esta satisfaccin no se
tradujeran en un gran cario y en una veneracin sui generis, semejante
al afecto admirativo hacia el camarada ms fuerte, ms apto y ms
poderoso, que accede, sin embargo, bondadosamente  todos nuestros
caprichos.

Como ms de una vez, siendo yo muy nio an, me llev  las carreras,
las rias y otras diversiones pblicas, y como nunca tomaba  mal
mi presencia en aquellos sitios--ni  bien tampoco, porque siempre
hizo como que no me vea,--pronto me aficion y acostumbr  correr
tambin, la caravana, y no tard en conocer todos los rincones ms
 menos misteriosos de Los Sunchos, trinquetes, casas de baile y
dems. En cambio, me faltaba tiempo para frecuentar la escuela, pese
 mi cargo inamovible de monitor, pero esto no era un mal, porque,
sabiendo ya leer, creo que don Lucas hubiera podido ensearme bien
poca cosa ms--quiz la ortografa, que he ido aprendiendo luego, en
el camino.--Pedro Vzquez no faltaba, y nunca quiso acompaarme en mis
correras  la hora de clase.

--Sos un sonso! Para lo que se aprende en la escuela!

--Pap dice que eso es bueno, porque uno se acostumbra  la disciplina
y el trabajo, y como me va  mandar  estudiar en la ciudad...--me
contestaba Pedro, gravemente, muy cmico con su gran chapona
crecedera, los pantalones por los tobillos y el chambergo de anchas
alas.

--Se necesita ser pavo!--rea yo, encogindome de hombros y corriendo
 mis diversiones con un gran desprecio en el alma hacia la parte tonta
de la humanidad.

Entretanto mi educacin se completaba en otros sentidos: inicibame
rpidamente en la vida bajo dos formas, al parecer antagnicas, pero
que luego me han servido por igual: la fantstica, que me ofrecan los
libros de imaginacin, y la real, que aprenda en plena comedia humana.
Esta ltima forma me pareca trivial y circunscrita, pero consideraba
que su mezquino aspecto era una simple peculiaridad de nuestra aldea,
y que su campo de accin estrecho, embrionario, se ensanchara y
agigantara en las ciudades, hasta adquirir la maravillosa amplitud
que me sugeran las novelas de aventuras. Pero aun no senta el deseo
de vivir la vida, para m extraordinaria, de los grandes centros, y
el mismo proyectado viaje de Vzquez no me caus la menor envidia;
bastbame imaginarla y soar con ella, porque estaba entonces harto
absorbido por las personas y las cosas de mi ambiente, y me deca por
instinto, sin reminiscencia histrica alguna: Ms vale ser el primero
aqu, que el segundo en Roma. Es que, en realidad, me diverta,
satisfaciendo todos mis apetitos, en la forma que ms arriba dejo
anotada. Para no ser demasiado explcito, agregar, tan slo, que me
haba hecho asiduo lector de Paul de Koch, de Pigault Lebrun, del abate
Prevost, traducidos al castellano, pero que si bien estos autores me
divertan, no me contaban nada nuevo, aparte algunas inverosmiles
intrigas. Me hacan, s, soar, en ocasiones, con aventuras imposibles
 difciles, ms altas y envanecedoras que la resignada pasividad del
estropajo  su servil provocacin. Con las vulgares realizaciones de
los libros humorsticos, luchaba en mi imaginacin el idealismo sensual
de algunas novelas romnticas, y estas dos fases de la sensacin,
conviviendo en mi cerebro, me hacan pensar ora en la mujer tal cual la
conoca, con el simple atractivo del sexo, ora en esa entidad superior
de la gran dama, golosina exquisita y complicada.

Estos sueos, no me caba duda, eran realizables y se realizaran
despus, mucho despus, cuando hubiera conquistado brillante posicin,
cuando hubiera hecho... Hecho, qu? Lo ignoraba, pero deba ser
alguna hazaa notable, algo dentro del gnero guerrero  poltico,
una victoria decisiva sobre el enemigo--qu enemigo?--que me hiciera
un nuevo Napolen;  un triunfo colosal sobre mis adversarios--qu
adversarios?--llave que me abriese de par en par las puertas del poder;
 la adquisicin de una fortuna inmensa--por qu herencia, lotera
 hallazgo?--que me convirtiera en un Montecristo criollo. Todo esto
era, naturalmente, nebuloso y variable, y mi ambiciosa voluntad estaba
indecisa y como ciega, sin acertar  trazarse un camino, una norma de
conducta que la llevara  las grandes realizaciones. Las circunstancias
no eran propicias, y largo tiempo esper en vano una oportunidad que me
iluminara, invitndome  la accin.

Sin embargo, la princesa  su sucedneo, estaba muy cerca y en forma
tangible: viva frente  casa, en un bosque durmiente, aguardando que
yo fuera  despertarla...

Era la hija nica de don Higinio Rivas (don Inginio para el pueblo),
personaje que comparta con mi padre, muy secundariamente, la direccin
poltica del departamento. Se llamaba Teresa y, segn la ve ahora mi
experiencia, no pasaba en aquel tiempo de ser una muchacha casi tan
vulgar como su nombre ( es que el nombre me parece vulgar porque lo
llevaba ella?). Sin embargo, resultaba entonces para m la flor de la
maravilla, porque tena el divino prestigio de la juventud, y porque
en nuestra democracia campesina ocupaba en realidad un puesto anlogo
al de una princesa, as como yo poda parecer un prncipe sin corona.
Morena, de cabellos y ojos negros, cara oval, nariz fina y recta, boca
grande y roja, barbilla un tanto avanzada, sin rasgo alguno notable,
tena, no obstante, una tez aterciopelada de morocha, sonrosada en las
redondas mejillas, que era un verdadero encanto  invitaba  besarla,
  morderla como un fruto maduro. De estatura mediana, gruesa por
falta de ejercicio y exceso de golosinas y mate dulce, pareca bajita y
esto le afeaba un tanto el cuerpo que, ms esbelto, hubiera resultado
gracioso. En cambio, tena el don de atraer con su mirada bondadosa y
suave, como lejana  dormida, y con su palabra lenta y melosa  causa
de un ligero ceceo y de las inflexiones largas y cantantes de la voz.
Era, en suma, una criollita poco excepcional, pero en Los Sunchos
hubiera obtenido el primer premio,  estilarse all los concursos
de belleza. Siempre  una ventana del viejo casern que, rodeado de
rboles, daba frente  casa en la calle de la Constitucin, Teresa, que
fu mi compaera en la primera infancia, me segua infatigablemente con
los ojos en mis continuas idas y venidas, sin que yo parara mientes
en aquel inters, ni tratara de investigar sus causas. Pero cuando
sent las iniciales aspiraciones amorosas y comenc  soar en la
mujer ideal, el instinto me llev  fijar la vista en ella, como en
la posible realizacin de mi deseo potico de conquistar el primer
perfume de una flor de invernculo,  por lo menos de jardn cultivado
y custodiado. Aquel hortus conclusus lleg, en fin,  detener mi
atencin y  despertar en m un sentimiento exteriormente parecido al
amor; amor cerebral, apenas, primer despertamiento de la imaginacin en
consorcio con los sentidos, como lo prueba la forma en que me di cuenta
de que lo experimentaba...

Era una noche, tarde ya, y mientras todos dorman en casa, yo lea
con entusiasmo la _Mademoiselle de Maupin_, de Tefilo Gautier; como
 Paolo y Francesca los amores de Lancelotto, aquel libro sensual
me produjo extraordinario y repentino vrtigo. La sugestin surgi,
imperativa, y, como si se iluminara de golpe mi cerebro, vi rodeada de
un nimbo la imagen de Teresa, tal como nunca se haba presentado  mis
ojos ni  mi imaginacin, hermosa, provocativa, con un encanto nuevo
y fascinador. Tan poderoso fu este choque recibido por mi espritu,
que--cual si se tratara de una cita convenida de antemano,--salt de
la cama con arrebato infantil, me vest  toda prisa, y sin pensar en
la ridiculez y la inutilidad de mi accin, sal  la calle y, envuelto
en la sombra de la noche, sola nima viviente en el pueblo amodorrado,
comenc  tirar piedrecitas  los vidrios de la que, improvisamente
llamaba ya mi novia, con la esperanza de verla asomarse y de trabar
con ella el primer coloquio sentimental, vibrante de pasin... Como
ni ella ni nadie se movi en la casa, al cabo de una hora de salvas
intiles me volv desalentado, como quien acaba de sufrir un desengao
terrible, crendome toda una tragedia de indiferencia, infidelidades
y perfidias, en la que no faltaban ni el rival, ni el perjurio, ni el
arma homicida con sus consiguientes lagos de sangre.

Oh, imaginacin desenfrenada! Quin podr admitir que, sin otra causa
que el propio demente arrebato, aquella noche pens en el suicidio,
llor, mord las almohadas y represent para m solo toda una larga
escena de violencias romnticas?... Hoy quiz me explique aquel estado
de nimo. De m poda decirse, seguramente, que por la edad y el
temperamento, amn de las lecturas especiadas, me hallaba en el punto
en que no se ama una mujer, ni la mujer en general, sino sencillamente
en que se comienza  amar el amor; situacin difcil y peligrosa, 
poco que falten los derivativos.

Pero, con toda mi desesperacin, despus de divagar, algo febril, acab
por dormirme tan tranquilo, como si nada hubiese pasado. La pesadilla
en vigilia cedi su lugar al sueo sin ensueos de la adolescencia que
se fatiga hasta caer rendida con el esfuerzo fsico de largas horas.


                                   V

Al da siguiente, bien temprano, cuando despert, como si el sueo
hubiese sido slo un parntesis, y aunque me sintiera fresco, dispuesto
y con la cabeza despejada, reanudse la pesadilla y la imaginacin
recobr sobre m su imperio tirnico. Menos nervioso, sin embargo, me
vest con un esmero que no acostumbraba, y me dirig  casa de Teresa,
resuelto  aclarar la situacin, absolver posiciones, y, si  mano
vena, enrostrarle su desvo y acusarla de traicin. Y, en pleno drama,
me senta alegre.

Ya he hablado de la vehemencia de mi carcter y de mi empuje para
realizar mi voluntad; no extraar, pues, que en aquella poca estas
peculiaridades llegaran  la ridiculez, y menos si se tiene en cuenta,
por una parte, que dada la inexperiencia de la muchacha mi tontera no
resultara para ella ridcula, sino dramtica, y por otra, que aquella
maana primaveral haca un calor bochornoso y enervante, soplaba el
viento norte, enloquecedor, el sol,  pesar de la hora temprana, echaba
chispas, y la tierra hmeda con las lluvias recientes, desprenda un
vaho capitoso, creando una atmsfera de invernculo.

Don Inginio acababa de salir  caballo, y Teresa tomaba mate,
pasendose lentamente en el primer patio, cuando yo llegu. Al
atravesar nuestro jardn asoleado y la calle, cuyo suelo de tierra
abrasaba bajo el sol, sent como un zumbido en el cerebro, y toda mi
tranquila frescura desapareci. No vi  Teresa, no vi ms que una
imagen confusa, morena y sonrosada, con largas trenzas cadentes sobre
el suelto vestido de muselina, y olvidando toda la escena combinada
en mi cuarto, corr hacia ella, la as de la cintura y exclam con
arrebato, como si la nia estuviera ya al corriente de cuanto haba
pasado  yo imaginara.

--Por qu sos as?

Este ex abrupto, casi demente, produjo su efecto natural, cuya lgica
comprend, aunque no estuviese acostumbrado  tales repulsas. No se
trataba de una de mis siervas, y aquel arranque la sobrecogi, la
espant, la indign. Con violento ademn, se libert de mi brazo, y
en su movimiento medroso y brusco dej caer y rodar por las baldosas
el mate que se rompi con sordo ruido, mientras la bombilla de plata
saltaba repicando con notas argentinas.

La reaccin se produjo bruscamente en m. Al acto impulsivo y brutal
sigui una timidez extrema. Quise decir algo y slo acert  iniciar la
frase con un risible pero... pero... varias veces repetido. Trat,
nuevo Quijote, de recordar alguna circunstancia anloga, leda en los
libros, pero no evoqu sino hechos vagos y caricaturescos, enteramente
fuera de situacin, y, con el amor propio herido por la vergenza,
all hubiese puesto fin  las cosas, si la muchacha, magnfica 
instintivamente femenina, no me hubiera tendido un puente y quitado
toda importancia  la escena, dicindome con su ligero ceceo, mientras
recoga la bombilla y los restos del mate:

--Qu zuzto me haz dado! Eztaba diztrada.

No agreg ms. Era innecesario y no le hubiera sido fcil. Pero
aquellas pocas palabras bastaron para devolverme el aplomo, y me
permitieron buscar un nuevo plan, otro punto de partida para el ataque.
Y, sin mucho cavilar, comprendiendo instintivamente que en el presunto
enemigo poda ver un secreto aliado, comenc por donde primero se me
ocurri, es decir, por la ms tonta de las trivialidades.

--Has visto--pregunt con acento indiferente,--la cantidad de
macachines que hay en el campo?

Como si aquello la interesara de veras, sonri, di un paso hacia m, 
inquiri, clavndome los ojos, negros y francos:

--Hay muchoz?

--Muchsimos! Quers que te traiga?

--Con ezte zolazo? No, no! Te podra dar un ataque  la cabeza.

--Bah! El sol no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace
nada.

--Ademz, no me guztan.

Lo dijo con mucha coquetera, ruborizada, encantadora por el ceceo, la
sonrisa tierna, el brillo feliz de los ojos. Yo busqu otro obsequio.

--Y los huevos de gallo?

--Oh! Ezo z; pero no para comerloz: los pongo en los floreros, con
los penachos de cortadera, y resultan mz bonitoz...

--Pues ya vers! Ya vers el montn que te traigo!--exclam con
resolucin, como si prometiera realizar una hazaa, tanto que,
alarmada, tratando de detenerme dulcemente, porque yo sala ya  toda
prisa:

--No vayas  hacer ningn dizparate, Mauricio!--suplic.

--Dej, dej no ms!

Y sal corriendo, s. Por tres razones: porque la situacin, mucho
menos tirante que en un principio, no dejaba, todava, de serme
embarazosa; porque aquel pretexto, aunque trado de los cabellos, me
serva  maravilla para retirarme con dignidad, dejando pendiente
la escena, y porque acababa de ocurrrseme un acto romntico que,
trasnochado y todo, era de los que siempre producirn gran efecto en
el corazn femenino. Huevos de gallo, no haba, por el momento, sino
en una barranca  pico, junto al arroyo, y las matas de la plantita
silvestre, cuyos frutos aovados y nacarinos son la delicia de los
muchachos, colgaban sobre lo que poda llamarse un abismo, apenas ms
arriba de las cuevas de los loros barranqueros, expertos descubridores
de sitios inaccesibles para instalar su nido.

Los que arriesgan la vida por realizar el capricho de una mujer amada,
sea en las traidoras neveras, buscando la flor de los hielos, sea en el
cubil para recoger un guante perfumado entre las fauces de las fieras,
tenan toda mi admiracin, no slo por su herosmo, sino tambin porque
su voluntad les llevaba  la realizacin de sus apasionados deseos.
sos son hombres! Quieren un triunfo, un placer, y se lo pagan sin
fijarse en el precio, ms grandes que quien tira su fortuna por un
capricho, aunque ste sea muy grande tambin, pese al ridculo de
que suelen rodearlo los que no comprenden su accin heroica. Yo me
senta capaz de hacer lo mismo que los primeros, y agregar que aun me
sentira con disposiciones anlogas, si el motivo determinante fuera
de mayor cuanta. As como en la adolescencia fu capaz de exponerme
por ofrecer huevos de gallo  una chiquilla, as tambin, ahora que
peino canas, me siento apto para intentar cualquier esfuerzo, heroico
 no, loable  vituperable, si de l depende el logro de un fin que
me importe mucho. Qu fin no hace el caso. Bstame con afirmar mi
capacidad de accin.

Una hora despus de mi brusca partida, volva yo  casa de Teresa con
el pauelo lleno de grandes perlas verdosas, semitransparentes, que se
destacaban sobre el verde ms obscuro y sucio de las hojas. La nia
recibi el regalo con regocijo y se empe en que le contara dnde y
cmo haba hecho la hermosa cosecha. En el lenguaje tosco  impreciso
que era entonces mi nico medio de expresin, relat la aventura, el
descenso hasta la mitad de la Barranca de los Loros, valindome de una
cuerda atada  un rbol al borde del abismo, los chillidos alborotados
y furiosos de los loros al creerse atacados, las oscilaciones de la
cuerda en el vaco, mientras arrancaba la fruta y la meta en los
bolsillos, el dolor de las manos quemadas por el roce violento, la
dificultad de la ascensin final, cuando hubiera sido tan fcil, si la
cuerda alcanzara, bajar hasta el arroyo que corra  diez metros de
mis pies... Teresa, maravillada, me acosaba  preguntas, obligndome 
completar el relato con minuciosos detalles, muchos de ellos inventados
 evocados de mis lecturas, para dar ms realce  la proeza. Los ojos
le brillaban de entusiasmo. Sus labios, algo gruesos y tan rojos,
sonrean con expresin admirativa, y, al propio tiempo, angustiada,
y sus mejillas se coloraban y empalidecan alternativamente. Cuando
termin:

--Muchaz graciaz!--murmur.--Zos muy valiente!

Y se puso encarnada como una flor de seibo, mientras bajaba la vista
para mirar las frutitas que sostena con ambas manos en el delantal.

Pens que la situacin haba cambiado radicalmente; pero no me atrev
 utilizar sus ventajas,  no encontr el medio de aprovecharlas.
Limitme  decir que aquello no tena importancia, que cualquiera
hubiese hecho lo mismo, que estaba pronto  todo por complacerla...
Me di, en premio, un ramito de jazmines del pas, que ella misma
cultivaba, y me dijo sonriente, al despedirme:

--Y no hagz como antez, no seaz tan chcaro. Ven  vernos de cuando
en cuando.

--Ya lo creo que vendr!

Y fu todos los das,  veces maana y tarde, preferentemente cuando
don Inginio no estaba en casa. Renaci as la intimidad de la niez,
pero en otra forma. Aunque evidentemente enamorada de m, aunque
cndida y confiada, Teresa se mantena en una reserva que, en otra
mujer, hubiera parecido calculada y hbil. Sin tomar demasiado  mal
mis avances, saba tenerme  distancia y rechazar sin acrimonia toda
libertad de accin, permitindome, en cambio, todas las que de palabra
me tomaba. stas no eran muchas,  decir verdad, porque los abstrusos
 almibarados requiebros que me proporcionaban algunas novelas, me
parecan incomprensibles para ella,  inadecuados por aadidura,
mientras que las frmulas odas en mi mundo rstico  ignorante, las
burdas alusiones, los equvocos rebuscados y brutales, la frase cruda,
grosera, primitivamente sensual, asomaban, s,  mis labios, pero no
salan de ellos, por una especie de pudor instintivo que era, ms bien,
buen gusto innato comenzando  desarrollarse. Jugbamos, en suma, como
chiquillos, corriendo y saltando, nos contbamos cuentos y ensueos, y
haba en ella una mezcla de toda la coquetera de la mujer y todo el
candor de la nia, que irritaba y, al propio tiempo, tranquilizaba mis
pasiones...


                                  VI

Tal fu la primera parte de mis primeros amores serios, que no pasaron,
naturalmente, inadvertidos para don Inginio, quien no les puso
obstculos, sin embargo, considerando que el hijo de Gmez Herrera
y la hija de Rivas estaban destinados el uno  la otra, por la ley
sociolgica que rige  las grandes casas solariegas, en el sentir de
los creyentes, todava numerosos, en estas aristocracias de nuevo  de
viejo cuo. Aquel astuto poltico de aldea, calculaba, sin duda, que si
bien mi padre no posea una fortuna muy slida, el porvenir que se me
presentaba no dejara de ser, gracias  mi nombre, fcil y brillante,
sobre todo si tatita y l se empeaban en crearme una posicin. Ni al
uno ni al otro le faltaban medios para ello, y los dos unidos podran
hacer cuanto quisieran.

Bajo y grueso, con la barba blanquecina y los bigotes amarillos por
el abuso del tabaco negro, la melena entrecana, los ojos pequeos y
renegridos, semiocultos por espesas cejas blancas  hirsutas, la tez
tostada, entre aceitunada y rojiza, don Inginio pareca, fsicamente,
un viejo len manso; moralmente era bondadoso en todo cuanto no
afectaba  su inters, servicial con sus amigos, carioso con su hija,
libre de preocupaciones sociales y religiosas, de conciencia elstica
en poltica y administracin, como si el pas, la provincia, la
comarca, fueran abstracciones inventadas por los hbiles para servirse
de los simples, socarrn y dicharachero en las conversaciones,  estilo
de los antiguos gauchos frecuentadores de yerras y pulperas. Rara vez
se quedaba entre Teresa y yo; prefera dejar que el destino urdiera
su tela, pronto, sin embargo,  intervenir en el momento oportuno para
la mejor realizacin de sus proyectos. Aunque conociera gran parte
de mis diabluras y excesos, pareca no temer que yo abusara de la
situacin, quiz por su absoluta confianza en Teresa, quiz, tambin,
porque contaba con mi temor y mi respeto hacia l, considerndose
excepcionalmente defendido por su prestigio y por mi propio inters.
Para demostrarme cul era ste, me deca,  menudo, que mi padre y
l haran de m todo un hombre, hacindome vislumbrar la fortuna y
el xito. Teresa, al oirlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba
perplejo, sin poder adivinar sus planes,  intrigado con ellos.

--Qu quiere decir don Inginio cuando habla de hacerme todo un
hombre?--pregunt un da  Teresa.--Te ha dicho algo sobre eso?

--Puede ser--contest con sonrisa indefinible, llena de
reticencias.--Lo nico que puedo decirte--agreg, muy afirmativa,--es
que tatita te quiere mucho, y que siempre hace todo lo que dice.

No tardara, por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que
haban de darme los primeros das desgraciados de mi vida.

Entretanto, y como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba
un afecto cada vez ms tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con
cierta admiracin, dulce caricia  mi amor propio y causa de obscura
felicidad.

Satisfecho por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intent
renovar la fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta,
desahogando el exceso de mi vitalidad, el ansia insaciada de accin,
en las antiguas correras picarescas con los pillastres del pueblo
que, ya mayorcitos, haban ensanchado, como yo, el teatro de sus
diversiones, refinando y complicando tambin los elementos de stas.
Pero cada vez me senta menos interesado por mis camaradas. Ms precoz
que casi todos ellos, atraanme los hombres hechos y derechos, cuyos
placeres me parecan ms intensos y picantes, ms dignos de m, y
por esto se me vea continuamente en los cafs, donde se jugaba 
los naipes, en el reidero, en las canchas, en todos los puntos de
alegre reunin, donde si no se me reciba con regocijo, tampoco se me
demostraba enfado ni desdn.

Pero esta agradable vida y mis inocentes amores se interrumpieron  un
tiempo, de all  poco. Tatita, inspirado por don Inginio, segn supe
despus--y aqu comienza la realizacin de los misteriosos proyectos
de ste,--declar un da que la enseanza de don Lucas era demasiado
rudimentaria para prepararme al porvenir que me estaba deparado, y
que haba resuelto hacerme ingresar en el Colegio Nacional de la
capital de la provincia, antesala de la Facultad de Derecho,  la
que me destinaba, ambicionando verme un da doctor, quiz ministro,
gobernador, presidente... Recuerdo que, al comunicarme su decisin, lo
hizo, agregando juiciosas consideraciones:

--El saber no ocupa lugar. Pero no es eso slo. En la ciudad te
relacionars muy bien, gracias  mis amigos y correligionarios, y una
relacin importante, una alta proteccin, valen ms en la vida que
todos los mritos posibles. Tambin, sepas  no sepas, el ttulo de
doctor ha de servirte de mucho. Ese ttulo es, en nuestro pas, una
llave que abre todas las puertas, sobre todo en la carrera poltica,
donde es imprescindible, cuando se quiere llegar muy lejos y muy alto.
Algunos han subido sin tenerlo, pero  costa de grandes sacrificios,
porque no ostentaban esa patente de sabidura que todo el mundo acata.
Pero, en fin, aunque no llegaras  ser doctor, siempre habras ganado,
en la ciudad, buenas cuas para los momentos difciles y para el
ascenso deseado, conociendo y conquistndote  los que tienen la sartn
por el mango y pueden hacerte cancha cuando ests en edad.

La resolucin de mi padre me di un gran disgusto, pues prev que
cualquiera cosa nueva sera peor que la vida de holganza y libertad 
que estaba acostumbrado. Me opuse, pues, con toda mi alma, protest,
hasta llor, tiernamente secundado por mamita, que no quera separarse
de m, y para quien mi ausencia equivala  la muerte, siendo yo
el nico lazo que la ligaba  la tierra. Mi resistencia, airada 
afligida, segn el momento, fu tan intil como las splicas maternas:
tatita no cedi esta vez, tan profundamente lo haba convencido don
Inginio, entre otras cosas con el ejemplo de Vzquez, fletado meses
antes  la ciudad, aunque su familia no tuviese los medios de la
nuestra.

--Mire, misia Mara--dijo irnicamente mi padre  mam, que insista en
tenerme  su lado.--Deje que el mocoso se haga hombre. Prendido  la
pretina de sus polleras, no servir nunca para nada.

Mi madre call y se limit  seguir llorando en los rincones, de
antiguo sometida sin rplica  la voluntad de su marido. Rog y
consigui, tan slo, que se me pusiese en una casa cristiana, donde no
hubiera malos ejemplos, perdicin de los jvenes, juzgndome, en su
candor, tan blanco  inocente como el cordero pascual. Yo, entretanto,
fu  desahogar mi dolor en el seno amante de Teresa.

Con qu asombro vi que consideraba mi destierro como un sacrificio
penoso, pero necesario para mi felicidad! Ganas tuve hasta de
insultarla, cuando me dijo ceceando, con los ojos llenos de lgrimas,
en su lenguaje indeterminado  veces, que mi partida era para ella
un desgarramiento, que me iba  echar mucho de menos y le parecera
estar completamente sola, como muerta, en el pueblo, pero que, como se
trataba de mi bien, se consolaba pensando en volverme  ver hecho un
personaje.

--Adems--agreg,--la ciudad te va  gustar mucho, te vas  divertir,
te vas  olvidar de Los Sunchos y de tus amigos. Esto sera lo
peor!--suspir tristemente.--En cuanto le tomes el gusto ya no querrs
volver!

--No seas tonta! Lo nico que yo quisiera sera quedarme!...

Lleg el da de la partida. Momentos antes de la hora corr 
despedirme de Teresa que me abraz por primera vez, espontneamente,
llorando, desvanecida la entereza que se haba impuesto para infundirme
nimo. Yo me conmov, sintiendo por primera vez tambin que quera
de veras  aquella muchacha  que tena un vago temor de lo futuro
desconocido y me aferraba conservadoramente  la familia.

En casa, mamita, hecha una mar de lgrimas, renov la escena,
dramatizndola hasta el espasmo, y su desconsuelo produjo en m una
extraa sensacin. No haba que exagerar tanto; yo no me iba  morir y
puede que, por el contrario, me esperaran muchos momentos agradables en
la ciudad... La desesperacin materna tuvo la virtud de devolverme la
sangre fra.

Cuando, en la puerta de casa, se detuvo la diligencia que, tres veces
por semana, iba de Los Sunchos  la ciudad y de la ciudad  Los
Sunchos, haban llegado en manifestacin de despedida los notables
del pueblo: don Higinio Rivas, alegre y dicharachero, el intendente
municipal, don Scrates Casajuana, muy grave y como preocupado de mi
porvenir, el presidente de la Municipalidad, don Temstocles Guerra,
protector conmigo, servil con tatita, el comisario de polica, don
Sandalio Surez, que, tirndome suavemente de la oreja, tuvo la
amabilidad de explicarme: En la ciudad no hay que ser tan cachafaz
como aqu. All no hay tatita que valga, y  los traviesos los atan muy
corto. Entre otros muchos, no olvidar  don Lucas que crey de su
deber alabar mis altas dotes intelectuales y de carcter, y vaticinarme
una serie indefinida de triunfos:

--Este joven ir lejos! Este joven ir muy lejos! Ser una gloria
para su familia, para sus maestros--entre los cuales tengo el honor de
contarme, aunque indigno,--para sus amigos y para su pueblo!... Estudie
usted, Mauricio, que ningn puesto, por elevado que sea, resultar
inaccesible para usted...

En seguida, como si sus vaticinios fueran de inminente realizacin,
agreg:

--Pero, cuando llegue la hora de la victoria, no olvide usted al
humilde pueblo que ha sido su cuna, haga usted todo cuanto pueda por
Los Sunchos.

--S! Que nos traiga el ferrocarril, y... y un Banquito!--dijo
burlonamente don Inginio.

Todos rieron, con gran disgusto de don Lucas, que quera ser tomado en
serio.

Isabel Contreras, mayoral de la diligencia, suba entretanto nuestro
equipaje  la imperial--la valija de tatita y dos  tres maletas
atestadas de ropa blanca, de dulces y pasteles, amn de una canasta
con vituallas para almorzar en el camino.--Muchos apretones de manos.
Mamita me abraz, llorando desgarradoramente.

--Vamos! Arriba, que se hace tarde!

Pap y yo ocupamos el ancho asiento del cup, hubo algunos gritos
de despedida, recomendaciones y encargos confusos, la galera ech 
andar con gran ruido de hierros, chasquidos de ltigo, silbidos de los
postillones y ladridos de perros, seguida  la carrera por una pandilla
de muchachos desarrapados que la acompaaron hasta el arrabal. Teresa
se haba asomado  la ventana, y, lejos ya, desde el fondo de la calle
Constitucin, todava vi flotar en el aire su pauelito blanco...


                                  VII

El viaje en la galera, muy agradable y divertido en un principio, sobre
todo  la hora de almorzar, que adelantamos bastante para entretenernos
en algo, result  la larga interminable y molesto, aun para nosotros
que no bamos estivados entre bolsas y paquetes, como los infelices
pasajeros del interior.

--Qu brutos hemos sido en no venirnos  caballo!--deca mi padre.

l utilizaba muy poco la diligencia, prefiriendo los largos galopes
que lo dejaban tan fresco como una lechuga, y despus de los cuales
afirmaba con naturalidad no exenta de satisfaccin:

--Veinte leguas en un da no me hacen ni la cola, con un buen
montado y otro de tiro.

Pero tema que la jornada fuese demasiado penosa para m, y no
era hombre de hacer noche en mitad del camino, pues considerara
menoscabada con ello su fama de eximio jinete, , ms bien, de buen
gaucho. En cuanto  m, doce leguas era el maximum que haba
alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las veinte, en
mi petulancia juvenil.

Nuestra nica diversin era mirar el campo, que pareca ensancharse
inacabablemente delante de la galera, lanzada  todo galope de sus
doce caballos flacos y nerviosos, atados con sogas, ensillados con
cueros que ya no tenan  nunca haban tenido la forma de un arns, y
tres de ellos,  la izquierda, montados por otros tantos postillones
harapientos, de chirip, bota de potro y vincha en la frente,
sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban
alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de
su arriador, que caa implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la
cabeza de los pobres mancarrones. Contreras, desde su alto pescante,
con cuatro riendas en la izquierda, blanda con la derecha el ltigo
largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos caballos de
la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube de
polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera
hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la haca gemir por
todas sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios  un
tiempo.

Terminaba el verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte
del pas--hoy ocano de trigo,--estaban levantadas ya, los rastrojos
tendan aqu y all sus erizados felpudos, la hierba mora, reseca y
terrosa, y el campo rido nos envolva en densas polvaredas, mientras
el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas paredes del
vehculo. En el paisaje ondulado y montono, el camino se desarrollaba
caprichosamente, ms obscuro sobre el fondo amarillento del campo,
descendiendo  los baados en lnea casi recta, como un tringulo
issceles de base inapreciable,  subiendo  las lomas en curvas
serpentinas que desaparecan de pronto para reaparecer ms lejos como
una cinta estrecha y ennegrecida por el roce de cien manos pringosas.
Pocos rboles, unos, verdes y melenudos, como baistas que salieran
de zambullirse, otros, escasos de follaje, negros y retorcidos, como
muertos de sed, salpicaban la campia, cortada  veces por la faja
caprichosa y fresca de la vegetacin, siguiendo el curso de un arroyo,
pero sin inters, con una majestad vaga y difusa, indiferente, en
suma, para la mayora, y mucho ms para m, que, medio adormecido,
pensaba confusamente en mis compaeros, en Teresa, un poco en mi madre,
desconsolada, y un mucho en la vida de desenfrenado holgorio que
llevara durante tantos aos en Los Sunchos. Se haba acabado la fiesta
para siempre? Me aguardaban otras mejores?

En las postas, mientras Contreras, los postillones y los peones
ociosos, lentos y malhumorados, reunan los caballos, siempre
dispersos, aunque la galera tuviese das y horas fijos de paso,
los pasajeros todos bajbamos  estirar las piernas entumecidas en
la inmovilidad. Como estas postas eran, generalmente, una esquina 
pulpera--pongamos mesn, para hablar castellano y francs al mismo
tiempo,--se explicar la inevitable ausencia del refresco hpico, con
la imperativa presencia del refresco alcohlico. Tatita pagaba la copa
 todo el mundo, y la caa con limonada, la ginebra  el suis,[2]
daban nuevas fuerzas  nuestros compaeros de viaje para seguir
desempeando resignadamente el papel de sardinas. Cmo lo adulaban,
exteriorizando familiaridades que pareceran excluir toda adulacin!
Y cmo me senta yo orgulloso de ser hijo de aquel dominador, tan
servilmente acatado!...

Llegamos, por fin,  la ciudad, anquilosados por tan largas horas
de traqueo. La galera rod por las calles toscamente empedradas,
despertando ecos de las paredes taciturnas, y haciendo asomarse  las
puertas las comadres que nos seguan con la vista, curiosas, inmviles
y calladas, ladrar furiosos los perros alborotadores, correr tras el
armatoste desvencijado la turba de chiquillos sucios y casi desnudos,
cuyo entusiasmo tiene manifestaciones de odio, en la torpe confusin de
los instintos y las sensaciones.

Y, al caer la tarde, entre resplandores rojizos, clida y triste, la
galera nos deposit frente  la casa de don Claudio Zapata, la casa
cristiana, donde no haba malos ejemplos, perdicin de los jvenes,
reclamada por mamita. Don Claudio y su mujer nos aguardaban  la puerta.

Ambos hicieron grandes agasajos  tatita, casi sin parar mientes en m,
lo que me lastim mucho, pensando que estaban llamados  constituir
provisionalmente toda mi familia. Con la indiferencia de mi padre y
el apasionamiento de mi madre se llegaba  un trmino medio mucho
ms caluroso. Y esta primera impresin tuvo una fuerza incalculable:
de semihombre que era en Los Sunchos, me sent, de pronto, rebajado
 nio, regresin que iba  seguir experimentando despus, y que se
manifest de nuevo, en otras proporciones, cuando me estren de lleno
en la vida bonaerense, aos ms tarde...

La hembra de aquella pareja--era la hembra, aquel sargentn de
fornidos hombros, pecho como alforjas, porte militar, gran cabellera
castaa--postiza, claro,--bozo negro en el labio, mano de gan, mirada
imperativa, voz agria y fuerte, nariz de loro, pie de gigante? Era el
macho aquel pajarraco enclenque, delgado como una vaina de daga sobre
la que se hubiese puesto una pasa de higo con bigote y perilla blancos
(caricatura de tatita), con dos cuentas de azabache en vez de ojos?--La
hembra, digo, al verme inmvil y cortado, dando vueltas al chambergo
al borde de la acera, crey llegado el momento de representar su papel
femenino, mostrndose algo afectuosa, y se dirigi  m, dicindome las
palabras ms agradables y maternales que se le podan ocurrir. Pero su
voz tena inflexiones desapacibles, y pese  sus melosos aspavientos,
me produjo una sensacin de antipata, algo como una intuicin de que
todo aquello era falso y de que por su parte me aguardaban muchas
desazones. Tan honda fu esta impresin que--vuelto  ser nio, como ya
dije,--los ojos se me llenaron de lgrimas que disimul y me sorb como
pude porque nadie advirtiera una emocin de que nadie se preocupaba
en realidad, pero que hubiera desconsolado  mamita, si la hubiese
supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto...

Algunos amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron 
saludarlo, y poco  poco llense de gente la vasta sala desmantelada,
de la que recuerdo, como decoracin y mueblaje, una docena de sillas
con asiento de paja--las de enea  anea de los espaoles--dos sillones
de hamaca, amarillos, montados sobre simples maderas encorvadas,
paredes blanqueadas con cal, de las que pendan algunas groseras
imgenes de vrgenes y santos, iluminadas con los colores primarios,
como las de Epinal,  las aleluyas, una consola de jacarand muy
lustroso y muy negro, sosteniendo un nio Jess de cera envuelto en
oropeles y encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera
cuyas quebrajas dibujaban el damero de los toscos ladrillos que
pretenda disimular, y el techo de cilndricos troncos de palma del
Paraguay, blanqueados tambin y medio descascarados por la humedad,
como si tuvieran lepra.

Dos chinitas descalzas y vestidas con una especie de bolsas de zaraza
floreada, atadas  la cintura formando buches irregulares y sin gracia,
con las trenzas de crin, azul  fuerza de ser negro, pendientes  la
espalda, la tez muy morena, las narices chatas, la mirada esquiva y
recelosa como de animal perseguido, los ademanes bruscos  indecisos,
como de semisalvajes, hacan circular entre las visitas el interminable
mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azcar rubia de
Tucumn, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de
cscara de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa--que
no he descrito,--pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas
y ms desarrapadas tambin.

Yo me aburra solemnemente, fuera del ancho crculo regular que
formaban las visitas, sentado en un rincn obscuro, olvidado por todos,
muerto de hambre, de cansancio y hasta de sueo, porque despus de
escuchar un rato la chismografa social y poltica  que se entregaban
aquellos ciudadanos, hablando  ratos cuatro y cinco  la vez, mi
atencin se haba relajado y me dejaba presa de un sonambulismo
que slo me permita oir palabras sueltas, que no me sugeran sino
imgenes borrosas  inconexas. Mi padre puso, por fin, trmino  esta
situacin, proponiendo un paseo para estirar las piernas, frase
cuyo significado interpret al momento: iran hasta el caf  el club
 jugar al billar  el truco, y  beber el vermouth de la tarde. Fu
el primero que se puso en pie lanzando un suspiro de liberacin. De
los visitantes, unos se excusaron, otros se dispusieron  acompaar 
tatita.

--No vuelvan tarde, que pronto va  estar la cena!--recomend misia
Gertrudis con una sonrisa avinagrada, la ms dulce, sin embargo, de su
corto repertorio.

Salimos, pues, y en el trayecto comenc  conocer la maravillosa
ciudad de calles angostas y rectilneas formadas por caserones  la
antigua espaola, de un solo piso, algunas con portales anchos y bajos,
pretendidamente dibujados  lo Miguel ngel, sobre cuyo dintel sola
verse, entre volutas, ya una imagen de bulto, ya el monograma I. H. S.,
flanqueados, algo ms abajo, por series de ventanas con gruesas y
toscas rejas de hierro forjado.  cada cien varas  menos se vea la
fachada, el costado  el bside de alguna iglesia  capilla, el largo
paredn de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle
las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisceo
de durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solan
entreverse, al pasar, las habitaciones interiores de las casas,
anlogas  la sala de don Claudio, con escasos muebles, piso de
ladrillo  de baldosa, tirantes visibles, paredes encaladas  ingenuos
adornos cuyo motivo principal eran las estampas de santos, las vrgenes
de yeso, y  veces un retrato de familia groseramente pintado al leo.
Todo aquello era primitivo, casi rstico, de un mal gusto pronunciado
y de una inarmona chocante, pero debo confesar que esta impresin es
muy posterior  mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme
desmedidamente, la ciudad me caus un efecto de lujo, de grandeza y de
esplendor que nunca haba experimentado en Los Sunchos. Qu hacerle!
Nadie nace sabiendo!

Sin embargo, ms que todo aquello, me gust la plaza pblica, muy vasta
y llena de rboles, con una gran calle circular de viejos parasos
cuyas redondas copas verde obscuro se unan entre s formando una
techumbre baja, una especie de claustro lleno de penumbra por el que se
paseaban, en fila, dndose el brazo, grupos de nias cruzados por otros
de jvenes que las devoraban con los ojos  las requebraban al pasar,
mientras que los viejos--padres benvolos y madres ceudas,--sentados
en los escaos de piedra  de listones pintados de verde, mantenan con
su presencia la disciplina y el decoro.

Apenas mi padre entr en el Caf de la Paz con sus amigos, me hice
perdiz y corr  fumar un cigarrillo en el quiosco de madera que, para
la msica de las retretas, se elevaba en mitad de la plaza, olvidado
del hambre por el gusto de verme libre despus de tan larga sujecin.
All, entre nubes de humo, contempl admirado aquel, para m enorme,
hormiguear de gente, y tras de los rboles, las casas y las pardas
torres de las iglesias, all lejos, las colinas que circundan la ciudad
dejndola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores
morados y rojizos. Y, de repente, un hondo, un irresistible sentimiento
de tristeza se apoder de m: encontrbame solo, abandonado,--como si
aquel cinturn de colinas me separara del mundo,--en medio de tanta
gente y tantas cosas desconocidas, y me imagin que as haba de ser
siempre, siempre, porque no exista ni existira vnculo alguno entre
aquella ciudad y yo. Ningn presentimiento proftico me entreabri el
porvenir; todas mis ideas iban directamente hacia el pasado. Volv 
experimentar, ms aguda, la sensacin de hambre, pero aquella congoja
del estmago, ms que fsica, pareca producida por el miedo, por una
espectativa temerosa, como cuando, muy nio an, los cuentos de la
costurera jorobada me sugeran la presencia virtual de algn espritu
malfico  la aproximacin de algn peligro desconocido. Me sent
tan pequeo, tan dbil, tan incapaz hasta de defenderme!... El mismo
exceso de esta sensacin hizo que la sacudiese, levantndome de pronto
y corriendo hacia el Caf de la Paz.

Cuando entr, las luces de petrleo, el rumor de las conversaciones, el
chas-chas de las bolas en el inmenso billar, la presencia de mi padre
y sus amigos me devolvieron la calma. Como todava recuerdo el aspecto
del cielo y de las cosas en aquella tarde memorable, creo que me haba
perturbado--ayudndola el cansancio y el trasplante,--la intensa
melancola del crepsculo.


                                 VIII

En casa de Zapata nos aguardaba haca rato la cena, gargantuesca como
toda comida de gala en provincia.

Alrededor de la mesa de mantel largo, muy blanca pero con tosca
vajilla de loza y gruesos vasos de vidrio, adems de don Claudio,
misia Gertrudis, mi padre y yo, sentronse varios convidados de
importancia: don Nstor Orozco, rector del Colegio Nacional, don
Quintiliano Paz, diputado al Congreso, el doctor Juan Argello, abogado
y senador provincial, don Mximo Colodro, intendente de la ciudad,
y el doctor Vivaldo Orlandi, mdico italiano, situacionista, que
acumulaba los cargos de director del hospital, mdico de polica y de
la municipalidad, profesor del Colegio Nacional y no recuerdo qu otra
cosa, con gran ira y escndalo de sus colegas argentinos.

El que absorbi toda mi atencin en los primeros momentos fu, con
justicia, el doctor Orlandi. Hombre de cincuenta y cinco  sesenta
aos, alto, delgado, seco, de ojos negros pequeos y vivsimos, cutis
aceitunado y rugoso, nariz aguilea algo rojiza en el extremo, gran
cabellera que, como el bigote y la perilla que llevaba  lo Napolen
III, era de un negro tan negro que resultaba sobrenatural, deca pocas
palabras, con rudo acento piamonts, en tono siempre sentencioso y
dogmtico. Despus me aseguraron que era un cirujano habilsimo, el
mejor de las provincias, y que en su mano hubiera estado conquistar,
como mdico, la misma capital de la repblica. Esto no me admir tanto
como su sombrero de copa, inmenso y brillante, que llevaba de medio
lado y hundido hasta las cejas cuando andaba por la calle y que, en la
circunstancia, haba puesto cuidadosamente sobre una de las consolas
de jacarand. Tambin me ocup don Nstor, anciano bajo y grueso,
blanco en canas, de cara de luna llena, muy risueo siempre, amable
conversador de ancha y roja boca, cuyos labios carnosos y sensuales
relucan hmedos como besando las palabras que modulaba no sin gracia
con una especie de cadenciosa melopea. Le gustaba hablar de los
tiempos de antes, y al referirse  su juventud pareca buscar el
testimonio de misia Gertrudis con una sonrisa picarescamente expresiva.
Varias veces se insinu en la mesa que haba sido muy diablo, cosa
que me hizo mucha gracia, sobre todo cuando replic:

--Y no lo tienten al diablo... Porque todava, todava... Y acurdense
que ms sabe por viejo que por diablo... No es as, misia Gertrudis?

--Qu quiere que yo sepa, don Nstor?--contest evasivamente el
sargentn, con un tono de enfado que hizo sonreir  todos menos el
marido.

Cuando mi padre habl, por fin, de m, al servirse los postres--arroz
con leche cubierto de canela en polvo, dulce de zapallo y de membrillo
y tabletas y confites de Crdoba--yo me estremec en el extremo de la
mesa  que me haban relegado con la orden tradicional de no meter mi
cuchara, vale decir de no despegar los labios, como si quisieran que
aprendiese para estatua. Me estremec porque tatita dijo:

--Aqu tienen ustedes un mocito que quiere hacerse hombre. Viene 
estudiar para doctor y cuenta, como yo cuento, con la ayuda de los
amigos. Es muy pollo todava, pero tiene enjundia suficiente para no
quedarse aplastado  lo mejor. Va  entrar al Colegio Nacional, y
usted, don Nstor, bien puede darle una manito.

--Con mucho gusto--contest el interpelado.--Hasta le pondremos
cuarta si es preciso--agreg mirndome con sonrisa entre burlona y
afectuosa.--Ests bien preparado para el examen de ingreso?

--Cmo dice?--balbuce, no entendiendo la pregunta y con toda mi
indgena descortesa, como si fuera el ms chcaro de mis jvenes
convecinos.

--Que si has terminado tus estudios en la escuela de Los Sunchos.

Comprendiendo  medias, contest, no sin cierto orgullo:

--Era monitor.

--Ah!--exclam don Nstor, divertidsimo.--Conque, monitor? est
bueno! est bueno! Ser monitor no es moco de pavo, pero...

Tatita corri en mi auxilio diciendo socarronamente:

--La verdad... La verdad es que no sabe muy mucho; pero, hay que
considerar... hay que considerar lo brutos que son los maestros de
campaa... Y el tal don Lucas de Los Sunchos es tan mulita que no sirve
ni para rejuntar lea... Vaya, don Nstor, no se haga el malo y no
me lo abatate al chico... ya sabe que en el camino se hacen bueyes...!
Y usted, doctor--dirigindose  Orlandi,--d un arrempujoncito, pues
hombre!

Esto fu dicho con tal jovialidad bonachona que todos se echaron 
reir; todos menos, naturalmente, doa Gertrudis, que no consegua
llegar  mostrarse amable ni aun para adular  tatita.

--Tien l'aspetto mucho inteliguente--sentenci el doctor, examinndome
con sus ojillos escrutadores.--Y los cvenes creollos aprenden muy
fchile.

--Eso es verdad--asinti don Nstor.--Nuestra muchachada es viva como
la luz. En cuanto  ste, ya se despertar en el Colegio. Si para
admitir  los que vienen del campo exigiramos que se presentaran
al examen de ingreso como unos Picos de la Mirndola, el Colegio
quedara monopolizado por la ciudad. Por eso el examen es,  veces, una
mera formalidad, casi un simulacro... Podemos hacer esta concesin,
confiando en nuestro excelente plan de estudios y en el saber de
nuestros profesores. S, amiguito; el Colegio Nacional no es la
escuela primaria de Los Sunchos. Aqu se hacen hombres!

Ya apareci aquello: Se hacen hombres! Este idiotismo haba de
perseguirme toda la vida sin que hasta ahora sepa yo lo que quiere
decir.

--Presntese el nio sin cuidado--continu don Nstor, volviendo  su
hmeda sonrisa que haba abandonado un instante.--Ahora lo tratarn
como si lo presentaran en bandeja. Pero, despus, cuidado con los
exmenes de fin de curso! Entonces... entonces habr que saber,
amiguito; hay que hamacarse!

Todo aquello de exmenes, colegio, profesores, plan de estudios,
me parecan  veces, pamplinas, palabras sin sentido, gracias  mi
profunda ignorancia; pero, inmediatamente despus me intimidaban, como
algo cabalstico y misterioso, como un rito terrible y arcano que slo
el poder de mi padre haca accesible para m,--tan accesible que todas
las primeras dificultades se desvanecan ante su conjuro.--Por qu no
habra de seguir siempre siendo as?... Y, ahito de comidas pesadas,
mareado por el vino fuerte y amargo de la tierra, definitivamente
rendido por la fatiga del viaje, comenc  dar cabezazos sobre la
mesa,  pescar como deca tatita, soando ya, semidespierto, con las
pruebas de las sociedades secretas descritas en los novelones, como si
se impusieran  un ser que, ajeno  m, fuese al propio tiempo yo mismo.

--Se le van los bueyes, amigo!--grit mi padre al verme dar con la
frente en el mantel maculado de salsas y de vino.--Vyase  hacer nono.
Msia Gertrudis, dnde es el cuarto del chacho?

--Yo lo he de llevar--dijo la vieja, levantndose y haciendo terminar
para m aquella comida que debi asumir colosales proporciones,
pues mucho ms tarde parecime oir, entre sueos, gran vocero 
inextinguibles carcajadas.

Algo montonos, pero agradables por la libertad que me procuraba mi
papel de cola de tatita,  quien segua  todas partes, esquivndome
en todas para fumar  corretear, pasaron los das que me separaban del
misterioso y vagamente temido examen de ingreso.

Entr en la vasta aula, abovedada y solemne, pese  su poca elevacin
y merced  su aspecto alargado de catacumba, y me mezcl con otros
chicos, ms azorados que yo, casi sin ver la mesa examinadora, all, en
el extremo de la sala, destacndose con su tapete verde, su campanilla
de plata y el amenazante bombo de las bolillas, sobre la pared blanca
de cal, bajo un gran crucifijo negro, de madera, y tras de la cual
se sentaban, en el medio don Nstor con su sonrisa,  la derecha el
doctor Orlandi con el bigote y la perilla ms negros que el betn, y 
la izquierda un hombrecillo plido y enjuto como un haz de sarmientos,
quien, segn despus supe, era el doctor Prilidiano Mndez, profesor
de latn, idlatra de esta lengua que, muerta y todo, era para l el
Paladin del saber y la civilizacin humanos: quien ignorara el latn
estaba dispensado de tener sentido comn, y quien lo supiera poda, 
su juicio, ignorar todo lo dems y ser, sin embargo, una deslumbrante
lumbrera.

No entend nada en los abracadabrantes interrogatorios sufridos por
los muchachos que me precedieron, y preguntas y respuestas eran para
m un zumbido molesto de cosas informes, el rezongo de una liturgia
desconocida. Pero una desazn me oprima el pecho, perdido ya
completamente mi aplomo de Los Sunchos, y cuando me lleg la vez, 
pesar de mi conviccin de invulnerabilidad, tiritando me acerqu  la
silla que, en medio de un espacio vaco y frente al tapete verde, me
pareca el banquillo de un acusado si no de un reo de muerte...

Qu me preguntaron primero? Qu contest? Imposible reconstituirlo!
Slo recuerdo que don Prilidiano se inclin al odo de don Nstor, y
murmur, no tan bajo que yo no lo oyera, con los sentidos aguzados por
el temor:

--Pero si no sabe una palabra!

--Bah! Para eso viene, para aprender. Es el hijo de Gmez
Herrera--dijo don Nstor.

--Ah! entonces...

El doctor Orlandi cort el aparte, preguntndome:

--Cule  il gondinende ms grande del mondo?

Un relmpago de inspiracin me ilumin hacindome recordar lo que
haba odo de la grandeza de nuestro pas, y contest, resuelta,
categricamente:

--La Repblica Argentina!

Los tres se echaron  reir, Orlandi, alzando los bigotes de tinta,
don Nstor, estirando de oreja  oreja la gruesa boca hmeda, don
Prilidiano con un je, je, je! seco y sonoro como el choque de dos
tablas. Me desconcert y una ola de sangre me subi  la cara. Don
Nstor acudi en mi auxilio, diciendo entrecortadamente:

--No es del todo exacto... pero siempre es bueno ser patriota... No
aprenden geografa en la escuela de Los Sunchos?... Est bueno!...

Hice ademn de levantarme, considerando terminado el martirio con la
muerte moral; pero el latinista me detuvo, hacindome esta pregunta
fulminante:

--Cul es la funcin del verbo?

Medio de pie, con la mano derecha apoyada en el respaldar de la silla,
clav en l los ojos espantados y balbuc:

--Yo... yo no la he visto nunca!

La ira de don Prilidiano qued sofocada por las carcajadas homricas de
los otros dos, entre cuyos estallidos o que don Nstor repeta:

--Est bien, sintese! Est bien, sintese!

Completamente cortado volv  sentarme en el banquillo, dicindome que
aquella tortura no acabara sino con mi muerte, material esta vez; pero
el rector acert  contenerse y me dijo ms claro, con burlona bondad:

--No, no. Vaya  su asiento. Vaya  su asiento.

Los odos me zumbaban, pero, al pasar junto  los bancos, parecime
oir: Es un burro, y pens en huir sin detenerme, hasta Los Sunchos,
pero no tuve fuerzas. Ca desplomado en mi asiento. Cmo se haban
redo de m profesores y alumnos! de m, de quien, en mi pueblo, no se
haba atrevido nadie  reirse, de m, de Mauricio Gmez Herrera!...


                                  IX

Como era lgico--aunque ahora quiz no lo parezca,--entr  cursar el
primer ao del Colegio Nacional, y con este favor empez el primer
calvario de mi vida, quizs el nico hasta hoy.

En cuanto supo que haba pasado, tatita se volvi  Los Sunchos,
dejndome en poder de los Zapata, cuyos procedimientos resultaron ay!
muy otros que los de mis padres, y cuyo seco rigor era la anttesis
de la tolerancia cariosa  servil  que estaba acostumbrado. En un
principio, trat de rebelarme contra esta tirana sobre todo contra la
de misia Gertrudis; pero mis esfuerzos se estrellaron en su carcter
inflexible, que pocas veces trataba de disimular bajo una apariencia
dulzona.

--Es por tu bien!--me deca, despus de arrancarme  las ms inocentes
diversiones.--Qu dira tu padre, si te dejramos hacer lo que
quisieras, y perder el tiempo  tu antojo?

--Tatita--replicaba yo airado,--no me ha tenido nunca encerrado como un
preso, y no me persegua como usted.

--Es por tu bien, te repito! Y, adems, seguimos las instrucciones del
mismo don Fernando. Acurdate de que, cuando don Nstor le dijo que, si
no estudiaba mucho, te quedaras en primer ao, tu padre me recomend:
temelo  soga corta, misia Gertrudis. Tngamelo en un puo! Ni ms
ni menos! Y... basta de discusin!

Se marchaba y yo me quedaba temblando de clera y de impotencia.
Qu se haba hecho de mi indomable voluntad? Ay! desterrado, en el
aislamiento, en un mundo desconocido y hostil, sin los slidos puntos
de apoyo de mamita, de los sirvientes, de todos cuantos me adulaban
para adular  mi padre, sentame deprimido, incapaz de iniciativa y
de rebelin, desde que mis primeros esfuerzos revolucionarios slo
arribaron  hacer mayor la severidad de mis carceleros. Porque los
Zapata lo eran: no me dejaban ni  sol ni  sombra, no me permitan
salir solo; inspirado por su mujer, don Claudio me llevaba todos los
das al Colegio, para hacerme imposible el dulce vagar de la rabona.
Los domingos y fiestas tena que ir con ellos  misa, al sermn,  la
doctrina, y, en los intervalos, me hacan acompaarles  recorrer las
calles como un bobo, cuando no  hacer visitas que me daban un tedio
mortal y acababan con mi resto de energa. La vigilancia de misia
Gertrudis no se adormeca un momento. Me haba dado un cuarto contiguo
al suyo, para tenerme siempre  la vista  al alcance de la mano y de
la voz; limitaba mis relaciones con las chinitas  lo ms estrictamente
necesario para mi servicio, sin dejarme charlar ni jugar con ellas;
registraba todas las noches mi habitacin y mis bolsillos para
confiscarme los cigarros y cuanto libro de entretenimiento me procurara
 hurtadillas;  media noche se levantaba para hacer una ronda por la
casa, ver si las criadas dorman y si todo estaba en orden, celosa,
hasta la mana, de una moral que, segn las malas lenguas, no haba
sido su culto cuando moza, ni aun en los umbrales de la vejez. Era
de las que daban vuelta los santos cara  la pared--contbanme sus
contemporneos, aos ms tarde,--y don Nstor Orozco no fu ni el
primero ni el ltimo de sus amigo, y aadan nombres y detalles que
no hacen al caso, rindose unos de don Claudio, denigrndolo otros por
su tolerancia segn ellos interesada. En mi tiempo, misia Gertrudis
trataba probablemente de redimir sus antiguos pecados con la monstica
austeridad de los ltimos aos, ya fros, sin sol ni flores. Dios la
haya perdonado en mrito de lo que hizo gozar y luego sufrir  los
dems, si no en gracia de los interminables rosarios que nos haca
rezar todas las noches, de rodillas sobre el rudo enladrillado de la
sala semi  obscuras!

Con todo, mi ingenio me permita burlar de cuando en cuando su
espionaje, especialmente para fumar y leer novelas que encuadernaba
con las tapas de los libros de texto. Pero aquel sistema depresivo
daba aparentemente sus frutos que cualquier observador superficial
como misia Gertrudis y don Claudio, poda haber juzgado benficos
y duraderos, sin que fueran, en realidad, ni una ni otra cosa: del
Mauricio arrebatado, alegre y franco de Los Sunchos, haba hecho un
muchachn disimulado, avieso y triste, una criatura aislada y arisca,
como un perro perseguido. Ocultamente tambin escrib varias veces
 mi madre, quejndome de la horrible sujecin y pidiendo que le
pusiese remedio; me contestaba, afligida, diciendo que nada poda
contra la voluntad de mi padre, que ste estaba resuelto  hacerme
hombre, y mandndome dulces, tabletas y un poco de dinero, muy poco,
porque tatita se lo haba prohibido por consejo y exigencia de los
Zapata. De vez en cuando, agregaba noticias de Teresa Rivas, que
siempre le preguntaba con mucho inters por m... Estas cartas, lejos
de consolarme un tanto, hacan mayor mi desaliento y mi depresin,
privndome de mis ltimas esperanzas.

Acababa de quitarme toda energa mi situacin en el Colegio, donde
los condiscpulos me demostraban la mayor antipata, un poco por mi
culpa, sea dicho de paso, y sin que la provocara el favoritismo de
mi admisin, ni la estupenda ridiculez de mi examen, aunque  veces
recordaran, burlndose, el famoso Yo no la he visto nunca. Y es que,
en un principio, falto de experiencia  iniciando una poltica inhbil
y contraproducente, quise imponerles el mismo respeto y el mismo
acatamiento de que gozaba en Los Sunchos, donde era monitor. Esta
pretensin, mezclada quizs  un poco de envidia por mi buena figura, y
de celos por cierta condescendencia de algunos profesores, desencaden
la enemistad de los muchachos, y el monitor-pajuerano, como me
decan, fu la vctima de sus camaradas, que no vislumbraban siquiera,
tras l, la sombra omnipotente y amenazadora del pap. Esta enemistad,
que se traduca en agresiones colectivas, manteos, ronga-catonga
bailadas en torno mo, no sin puetazos, puntapis, escupidas y otras
amenidades escolares, de que nunca me quej  los superiores por
caballeresco puntillo, cedi un tanto, casi por completo, despus de
varios combates con los ms guapos, en los que, por fortuna, result
casi siempre vencedor. Pero la sorda hostilidad no ces nunca, porque,
envalentonado con mi triunfo, me mostr altivo en demasa, y porque mi
forzoso aislamiento, fuera de las horas de clase y de los recreos en
los claustros sombros  en el gran patio del Colegio, no me permita
cultivar amistad alguna, ni aun la del mismo Pedro Vzquez, alumno de
segundo ao ya. Cmo hacerme de camaradas ntimos, si don Claudio
ahuyentaba en la calle  mis condiscpulos, que de otro modo quizs se
hubieran unido  m?

El estudio me interesaba muy poco; antes que aprender las largas
lecciones de memoria, el musa musae, el bonus, bona, bonum, la
nomenclatura interminable de los departamentos de provincia, los
cuentos inspidos del Compendio de Historia Sagrada, prefera quedarme
horas enteras mirando al aire, evocando las risueas imgenes de Los
Sunchos,  rehaciendo las complicadas intrigas de las novelas. Era el
ms burro de la clase, pero mi insuficiencia no me molestaba en lo
ms mnimo, ni por mis condiscpulos ni por los profesores, olfateando
instintivamente en estos ltimos, quizs, una insuficiencia si no
mayor, ms perniciosa an. Salvo raras excepciones eran ignorantes, se
limitaban  tomar las lecciones con el texto en la mano, docti cum
libro, y contestaban rara vez  las preguntas que se les haca para
aclarar una duda, maestros improvisados, en fin, en una poca en que
las ctedras eran el refugio de los amigos del Gobierno que no tenan
profesin ni aptitudes para ganarse el pan.

Mi vida, pues, no era vida. Morame de hasto en casa de Zapata, que
apenas reciba  dos  tres personas, adems del cura Ferreira y de
fray Pedro Arosa, franciscano, y que no di fiesta alguna despus de
la comida en honor de tatita; sufra y rabiaba en el Colegio, donde
lo que aprend fu de oirlo repetir  los dems; cada da me era ms
difcil procurarme novelas, porque el dinero escaseaba mucho, pues,
como repeta misia Gertrudis:

--Aqu tienes todo cuanto necesitas, y la plata es la perdicin de los
muchachos, sobre todo en una ciudad como sta--considerando que la
dormida capital provinciana era una Babilonia, si no un Pars.

Qu hacer, entonces? Volverme  Los Sunchos! Esta idea lleg 
convertirse en obsesin. Pero, cmo realizarla, sin medios, sin
recursos? En ltimo extremo, cansado de quejarme intilmente  mi
madre, haba escrito  tatita, pintndole mis padecimientos con los ms
negros colores, y pidindole que me llamara  su lado, , por lo menos,
me hiciera tratar de un modo ms humano; pero l, convencido de que yo
exageraba, alentado por los consejos de don Higinio, engaado por las
cartas de don Claudio, me contest dicindome que aguantara, porque en
la vida todo no eran rosas, y que mayores pellejeras haba pasado l
cuando muchacho para hacerse hombre. Todava no me doy cuenta de lo
que se proponan doa Gertrudis y su marido tratndome as, y,  lo
ms que puedo llegar, es  decirme que daban libre curso  su carcter
con los que estaban bajo su dependencia--las chinas y yo,--y que era
ms sabroso para ellos dominarme, engaando  tatita, so color de
rigidez de principios. No cej, sin embargo, y volv al asalto por
la parte ms dbil, escribiendo una y otra carta  mam, con tantas
jeremiadas, revueltas entre repeticiones y faltas de ortografa, que la
buena seora se resolvi, por fin,  desobedecer de lleno, y quiz, por
primera vez,  su marido, envindome algunos pesos bolivianos que yo
le peda con el pretexto de suavizar un tanto mis amarguras y comprar
libros y otras cosas necesarias.

Una vez dueo de este capital madur mi proyecto de fuga, no tan
fcil como  primera vista podra creerse: me cost das enteros de
meditacin, pero el plan result de una pieza.

La galera para Los Sunchos sala los lunes, mircoles y viernes muy
temprano, de una posada cntrica, el Hotel de la Bola de Oro, y despus
de atravesar la ciudad, se detena en una pulpera de las afueras--la
Esquina del Poste Blanco,--especie de sub-agencia para encomiendas
y pasajeros, antes de emprender seriamente el galope, camino real
adelante. All haba que tomarla, no cabe duda, pues atravesando la
ciudad alguien entre los acostumbrados espectadores del paso de la
galera, haba de verme, necesariamente.

Los hbitos recin adquiridos de disimulo me sirvieron en la
circunstancia como si slo para ella me los hubieran inculcado; despus
tuve ocasin de utilizarlos muchas veces con xito, probando que los
frutos de la buena educacin no se pierden nunca. Bueno, pues; con gran
sorpresa y mucho gusto de misia Gertrudis, que hasta entonces tena
que despertarme tres y cuatro veces cada maana, comenc  madrugar
por iniciativa propia, y  dar cortos paseos, con el libro en la mano,
como quien estudia, primero en la huerta, despus en la acera de la
calle, casi siempre  la vista de la vigilante centinela, pero cuidando
de desaparecer  veces un momento, para que fueran adormecindose
sus sospechas. Cuid tambin de hablar mucho por aquellos das, de
un paraje pintoresco,  una legua  poco ms de la ciudad, al otro
extremo del Poste Blanco, que habamos visitado en una excursin con
los Zapata, y donde el ro, que ms cerca era apenas un hilo de agua
tendido sobre un inmenso lecho de cantos rodados, ofreca entonces,
gracias  una especie de dique natural, un buen baadero y un excelente
sitio para pescar bagres y dientudos. El Mojarral con sus sauces,
sus peces y su baadero no se me caa de la boca, y cualquiera hubiese
jurado que yo no pensaba en otro paraso.

--As me gusta! Ests muy estudioso!--deca misia Gertrudis, no sin
sorna, al verme salir de mi cuarto, con el libro en la mano, casi
de madrugada.--Si segus as, un da de estos te vamos  llevar al
Mojarral.

--S! Pero que sea pronto... Tengo tantsimas ganas!

En fin, un martes por la noche deposit una maletita con parte de mi
ropa en el fondo de la huerta, que daba  una calle excusada, y en un
rincn de donde podra sacarla fcilmente sin ser visto. Me acost,
en seguida, pero no me fu posible dormir: la fiebre me devoraba,
considerbame libre ya, y renaca en m el muchacho inventivo y
resuelto de Los Sunchos, aparentemente domado por el freno terrible de
los Zapata, hasta el punto de buscar en mi imaginacin cmo vengarme
de misia Gertrudis. No encontr, por el momento, castigo alguno digno
de su perversidad, y dej que la ocasin me ofreciera la venganza,
jurndome, sin embargo, no abandonar jams este santo propsito. Como,
apenas me amodorraba, despertaba sobresaltado, soando que me haban
descubierto, resolv levantarme, de noche an. Deb hacer ruido, porque
misia Gertrudis grit de pronto:

--Quin anda ah?

Volv  meterme en cama, medio vestido, y o que la vieja se levantaba
 su vez precipitadamente, encenda luz, se asomaba  mi cuarto y luego
sala al patio  hacer una ronda extraordinaria.

--Esta es la ma!--me dije, sin reflexionar, inspirado por mi grande
amiga, la oportunidad.

Y precipitndome al dormitorio de misia Gertrudis--don Claudio tena
cuarto aparte,--tom de sobre la cmoda, donde las pona siempre, sus
magnficas trenzas castaas, que slo se ataba  la cabeza una vez
terminadas las faenas matinales. Qu iba  hacer con ellas? No lo
saba ni me importaba por el momento.

Amaneci poco despus, sin que misia Gertrudis volviera de su
inspeccin, y yo sal, como de costumbre, con el libro en la mano. La
vieja estaba haciendo fuego en la cocina. Corr  la huerta, tir en
el lodo infecto del comedero de los cerdos las hermosas trenzas que
los cuchis se encargaran de devorar  destrozar, por lo menos, como
un plato exquisito, saqu la maleta de su escondite, y, por las calles
solitarias an, envueltas en hmeda neblina, me fu al boliche del
Poste Blanco,  esperar la galera de Los Sunchos que ya estara por
llegar. En efecto, la aguardaba haca dos minutos, cuando se detuvo
en la puerta, con gran ruido de hierros y de maderas entrechocados.
El mayoral, Isabel Contreras, y los postillones, entraron  tomar
su segunda maanita, de caa pura, caa con limonada  ginebra,
sorbida ya la primera en la Bola de Oro, y  recoger encomiendas,
correspondencia y pasajeros, si los haba. Y haba uno: yo.

Contreras, que como miembro conspicuo de la poblacin flotante de Los
Sunchos, me conoca como  sus manos, y respetaba  tatita,  quien,
segn ya dije, serva de correo especial y de informante celoso, me
hizo la mejor acogida, no se meti en indiscretas averiguaciones 
propsito de mi presencia all, y me dispens el sealado honor de
invitarme  que lo acompaara en el pescante, mientras pona l mismo
mi valija en la imperial. Cuando hice mencin de pagar el pasaje,
rechaz el dinero.

--Ya me pagar don Fernando.

Si yo hubiese sabido! Cuntas semanas antes hubiera desertado de la
zapatil mazmorra!

Charlando durante el viaje, y animado por alguna libacin en las
postas, con la falta de reserva que caracteriza  la petulancia
infantil, y que no haba corregido del todo, todava, pese  la
inquisitorial fiscalizacin de misia Gertrudis, cont por lo largo
 Contreras mis padecimientos y mi escapatoria, cuando ya no poda
aguantar ms. Sobresaltse el buen paisano en un principio, pensando
en sus responsabilidades, y ya iba  arrepentirme de mi desmedida
confianza, cuando reaccion, echse  reir  carcajadas, y, haciendo
restallar su largo ltigo, exclam:

--Hijo  tigre, overo has de ser! ste no desmiente la casta!

Se ri mucho ms de la jugarreta del pelo postizo, diciendo que bien se
la mereca la perra vieja aquella, y despus, como hombre ducho, me
aconsej que no me dejase ver por tatita antes de hablar con mi madre,
porque las madres son siempre las mejores tapaderas para los hijos,
y porque hay que tener mucho ojo con el mal genio de don Fernando.
Y, para hacerlo mejor, detuvo la galera en una callecita solitaria, 
corta distancia de casa, guard la maleta para envirmela ms tarde, y
me estrech campechanamente la mano con la suya, como papel de lija,
dicindome:

--Y ahora, compadre, bajes y vaya corriendo  su mam, que es la
nica que tendr lstima de sus penurias... Dgale que aqu, como en
cualquiera otra parte puede hacerse hombre.

Hacerse hombre!... Rod la galera, siguiendo su camino, y yo me qued
inmvil, alelado, entre alegre y temeroso. All, muy lejos, quedaban la
ciudad, el Colegio, doa Gertrudis, don Claudio, el latn, el infierno,
como una horrible pesadilla. Estaba en Los Sunchos, en mi pueblo, en
mi teatro, y aunque receloso de lo que iba  ocurrir, me senta con ms
valor, con ms fuerzas, dueo de m mismo, en fin!


                                   X

Mi madre me recibi con transportes de alegra, extraordinarios en
ella, y despus de abrazarme y besarme mil veces, como loca, se ech
 llorar de pronto, sin preguntarme nada, mezclando sus besos, sus
abrazos, sus risas y sus lgrimas con exclamaciones entrecortadas y
frases de cario. Era un alma amante la de mamita, un alma apasionada
que, sin embargo, no pudo tener en la vida ms pasin que yo, olvidada
como estaba por los hombres y las cosas, y que slo se desahogaba
en una religin muy alta y muy pura, aunque bastante velada por
la supersticin,  mejor dicho, por una especie de iconolatra
quietista. Slo despus de largo rato me interrog sobre los motivos
de mi regreso--que adivinaba perfectamente,--y se condoli de mis
padecimientos hasta las lgrimas. Tambin es verdad que yo los describ
con calurosa elocuencia, y que hubiera podido conmover  otra que mi
madre, siempre que fuese crdula y blanda de corazn.

--Has hecho bien! Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! Pobre
mi hijo!--exclamaba.--Yo hablar con tu padre y lo convencer de que
tienes razn.

Y en un rapto de santo egosmo, revel el fondo de su pensamiento:

--Me hacas tanta falta!

Cuando,  la hora de comer, tatita volvi de sus quehaceres 
diversiones acostumbrados, mam, que me haba hecho quedar en mi
cuarto, le habl largo rato  solas. De tiempo en tiempo, llegaban
hasta m la voz irritada de mi padre y la suplicante de mamita. Por
fin, hubo un prolongado silencio, que interrumpi una china dicindome
desde la puerta:

--Nio! Don Fernando que vaya al comedor!

Mi temerosa incertidumbre desapareci como por encanto: iba  verme
frente de los hechos, con la firme voluntad de no doblegarme. Adems,
auguraba mucho bueno de la forma en que se presentaba aquel choque:
si tatita no estuviera pronto  ceder y quisiera castigarme, se
precipitara furioso  mi cuarto, no me llamara al comedor.

Sin embargo, me recibi con una piedra en cada mano, colrico en
apariencia, llenndome de improperios y amenazndome con darme de
lazazos hasta que me corriera la sangre. Me afirm en mi opinin de
que era una tormenta de verano y que ya comenzaba  aclarar, pero no
dej de sobresaltarme un poco cuando me dijo:

--Has hecho mal, pero muy mal, y mereces un buen castigo. Te has
portado como un bellaco, y si no fuera por tu madre, veras lo que te
pasaba. Porque ella me lo pide y por ser la primera vez, me contento
con que te vayas inmediatamente  casa de Zapata, le pidas perdn y no
vuelvas  hacer de las tuyas. Maana sale la galera!...

Yo me encabrit, y con el pecho oprimido, casi  punto de romper 
llorar, hice un esfuerzo y dije desgarradoramente:

--Pero, tatita!... Si son unos tiranos, unos verdaderos verdugos!
Yo no he hecho nada para que me tengan preso!... No, tatita! puede
matarme, pero yo no ir... Prefiero que me mate!

--Que no irs?--estall mi padre indignado, esta vez de veras, porque
no toleraba la abierta oposicin.--Eso ser lo que tase un sastre!
Habrse visto! Cuando yo mando se obedece y se calla la boca! Irs 
la ciudad y les pedirs perdn, canejo!

--Fernando, por Dios!--clam mi madre.

--No tengas miedo. No le voy  hacer nada. Pero, en cuanto  lo otro,
no hay tu ta! Ir  la ciudad, y ms pronto que ligero!

--No ir, no ir. Me tirar de la galera si es preciso, pero no ir!

Esto no lo dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pens, tan slo, y me
lo jur  m mismo.  decirlo, mi padre me da sin ms trmite una zurra
de no te muevas, en el arrebato de su impulsividad.

Hubo un largo silencio.

--Bueno! Ahora,  comer!--orden tatita, por fin, calmado ya.

La comida comenz lgubremente. Todos callbamos, y las mismas
chinitas que servan la mesa se deslizaban sin ruido, como sombras,
asustadas por la tormenta. Hasta la lmpara de petrleo me pareca
lanzar una luz trgica sobre el mantel. Por ltimo, al servirse el
asado de tira con ensalada de lechuga--an me parece verlo en la
fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas de
morena pelcula, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando
todava,--mi padre me pregunt con tono natural:

--Y cmo ha sido eso?

Repet el relato, primero tmidamente, despus con cierta entereza, al
final entusiasmado por mis propias palabras, acumulando cargos contra
don Claudio, contra misia Gertrudis, descubrindolos con repentina
clarividencia, inventndolos  veces. Y, por ltimo, indignado de
veras, exclam:

--Se vengan en m de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los
desaires que les hace todo el mundo. Se alegran de tener como un
sirviente, como un esclavo, nada menos que al hijo de Gmez Herrera!...

Quin dijo que la lisonja es la mercanca ms barata y ms productiva?
Sea quien sea, dijo una gran verdad.

Tatita se sinti herido en su amor propio  encontr aquella coyuntura
favorable para hacer una diversin y encaminarse  sus verdaderos
propsitos. El caso es que vi pasar un relmpago por sus ojos, y juzgu
que haba tomado el buen rumbo.

--No respetan  nadie!--agregu.--Para ellos todo es cuestin de
suerte y de favoritismo, y los ms ricos y los que pueden ms, no son
ms que unos busca vidas.

--Hum, hum!--hizo tatita, receloso.--Han hablado de m?

--Dios los hubiera librado! Lo que es estando yo, no han dicho nada.
Pero, como hablan pestes de todos los amigos...

--Est bien! Est bien! sas son suposiciones y nada
ms!--interrumpi, mal engestado.

--No te parece, Fernando--dijo mamita despus de una pausa,--que
este muchacho debera irse  acostar? Con el viaje de hoy, y las
aflicciones, si tiene que salir maana temprano, se nos va  enfermar...

--Es posible.

Mam insisti?. La enfermedad era inevitable. En aquel mismo instante
ya tena fiebre. Y si caa en cama en la ciudad, cmo me cuidaran?
No sera mejor dejarme descansar unos das, muy pocos, hasta la vuelta
de la galera, por ejemplo?

--Bueno--contest, por fin, tatita, como quien hace un sacrificio.--Ir
en el otro viaje, pero eso, sin remisin!

--No ir nunca!--pens.

--Voy  escribir  don Claudio dndole una satisfaccin y pidiendo
disculpas  misia Gertrudis de tu parte, para que te perdone.

--No me ha de perdonar!--murmur.

--Por qu? Al fin y al cabo, no has hecho ms que una muchachada.

No pude menos que sonreirme.

-- has hecho algo ms, que no sabemos todava?

Conociendo el carcter de tatita, no vacil en contarle la travesura de
las trenzas, pero trat de hacerlo con habilidad y gracia, comenzando
por describir las dos figuras de la vieja sin y con sus postizos,
la pretensin ridcula de su coquetera senil, tan contraria  la
beatera, la rabia que me daba verla presumir de muchacha... Cuando
agregu que los cerdos se haban precipitado, en el chiquero, 
devorar aquel amasijo de crines engrasadas, como si fuera un plato
delicado, y pint la cara que pondra misia Gertrudis buscando su
cabellera, tatita rompi  reir  carcajadas, echndose hacia atrs en
su silln, como si estuviera asistiendo  la escena ms cmica de su
vida. Estaba derrotado...

Poco rato despus, me fu, en apariencia,  dormir, pero en realidad
me qued atisbando para ver si tatita escriba  los Zapata, con esa
incertidumbre de los muchachos que no saben decirse: esto suceder
y no otra cosa. No escribi, naturalmente, porque no era hombre de
pedir disculpas  nadie, por nada de este mundo; en cambio, adivin
que comentaba risueo mis aventuras de la ciudad, primero con mamita,
despus con don Inginio que, sabedor de mi escapatoria, fu  casa en
procura de mayores datos. Al oir entrar al viejo Rivas, me acerqu al
comedor para sorprender algo de lo que dijeran. El juicio era, ms
bien, favorable para m. Don Higinio estaba pronto  creer que los
Zapata haban ido demasiado lejos, tanto ms cuanto que los muchachos
criollos son amigos de la libertad y no hijos del rigor, y  m se me
haba transplantado violentamente de la independencia casi total  una
especie de encarcelamiento.

--Pero, as y todo--termin,--es preciso que se haga hombre, no es
cierto, misia Mara?...

Sostenido nerviosamente por las mismas emociones, en cuanto los viejos
se fueron al club, consider que cualquier cosa era mejor que meterme
como un tonto en cama, y sin pedir permiso  nadie, me escabull en
busca de mis camaradas. La visita de don Higinio me haba hecho pensar
en Teresa, pero esta evocacin qued muy en segundo trmino, siendo
lo dominante la tentadora farra con los amigotes. Sin embargo, al
salir muy recatadamente, para evitar las posibles intiles objeciones
de mamita, o un siseo que parta de su ventana, all, en la casa de
enfrente.

Sabiendo mi llegada, Teresa me aguardaba  la reja, segura de que ira
 conversar con ella  temerosa de que no la recordara--caben ambas
interpretaciones en el determinismo femenil.

Al sentirla all, sbitamente despertados mis instintos novelescos,
vuelto  la vida de antes, corr  la ventana  saludar en ella toda la
poesa ertico-sentimental que encarnaba para m.  mis transportes,
al propio tiempo ingenuos y perversos, respondi la nia con una
emocin intensa y contagiosa. Su pobre alma se enajenaba ms con
los sentimientos que con las pasiones, mientras yo, como un actor,
me entusiasmaba con el papel que las circunstancias me distribuan,
pronto  ser Otelo  Marco-Antonio, Don Juan  Marsilla. La dije--y
en aquel momento yo mismo lo crea,--que haba vuelto  Los Sunchos,
despreciando los esplendores de la ciudad, slo porque no poda vivir
lejos de ella.

Y tanto efecto le produjo este eterno y tonto estribillo, que asomando
la carita morena entre dos barrotes de hierro, me tendi como una flor
los labios frescos y rojos, para darme el primer beso.


                                  XI

Como mi fiebre de accin no me permita quedarme all, platnicamente,
observ  Teresa que podran sorprendernos y que no quera enojar
ms  tatita, para quien estaba en cama desde haca mucho. Minutos
despus entraba en el Caf de la Esperanza, buscando  mis amigos, y la
casualidad quiso que pap estuviera all, jugando  la treinta y una
ciega. Hizo como que no me vea, y sigui su partida tranquilamente.
Este sntoma me pareci mucho ms favorable y decisivo que todos los
anteriores. Adis los Zapata!

Sal con mi pandilla, buscando un sitio ms libre para reanudar
nuestras diversiones. Los camaradas me haban recibido con grandes
muestras de alegra y entusiasmo, y como llevaba en el bolsillo los
bolivianos que Contreras no quiso recibir, hicimos aquella noche, en el
trinquete de la Zorrita, la ms memorable de las fiestas, continuada en
el mismo diapasn hasta formar una como cuaresma de vida maravillosa,
que me pareca un sueo encantado despus de mis prisiones en la ciudad.

Pero, ni aun embriagado por estas delicias, descuid completamente la
parte seria de las cosas, y mal seguro todava de mi elocuencia que
poda fallar por causas exteriores y transitorias, escrib  mi padre
una larga carta, modelo de diplomacia juvenil, y de la que destilaban
las indirectas lecciones zapatiles. Decale que, dado mi carcter,
tan anlogo al suyo--cosa de que me enorgulleca,--la correccin de
mi conducta dependa precisamente de la mayor  menor amplitud de
mi libertad, pues nunca hara yo lo de otros que, desconociendo su
valor, abusan de ella hasta perderla.  m, como  l, sin duda, la
sujecin me enloqueca. Su afectuosa vigilancia (tan distinta del
malvolo espionaje de gente incapaz de interpretar acciones y menos
an pensamientos), haba sido hasta entonces ms que suficiente para
hacerme cumplir con mi deber, y no vala la pena--antes bien era un
error,--cambiarla por un despotismo de extraos que me impulsaba
necesariamente  la rebelin... Todo esto salvo su mejor parecer...

Ni la sintaxis era clara ni la analoga exacta, pero el fondo result
as. Adems, las cartas de los hijos, por vulgares que sean, resultan
para los padres una revelacin y un encanto, si no estn corrodos por
el cncer de la crtica. Y notable efecto produjo la ma en tatita.
Inmediatamente escribi  los Zapata, dicindoles que por razones de
salud yo no volvera  la ciudad, que me perdonaran si acaso les
haba faltado en algo, y que me enviaran la ropa y los libros... Pero
antes me haba arrancado la promesa de estudiar seriamente en casa para
presentarme  fin de ao como libre en los exmenes.

--Tienes los programas, los libros, y con lo que has aprendido ya,
podrs pasar fcilmente. Si pasas, el ao que viene te mandar  la
ciudad en otras condiciones, sin tutores que te majaderen, como un
hombre. Pero para eso hay que prometerme que te portars bien.

--S, tatita! como un hombre!--jur, pensando para mis adentros que
los hombres suelen no portarse bien.

Llegada la poca de los exmenes fu  alojarme en la casa de huspedes
de la viuda de Calleja, donde vivan varios estudiantes del campo y
de otras provincias. Era el prototipo de esas posadas vergonzantes,
sin respetabilidad y al propio tiempo sin descaro, en que se explota
un nombre de familia  veces venerable, por mercantilismo  por
necesidad-- falta de otro medio de subsistencia,--y que abundan en
provincia. No la describir, pero no olvidar nunca, tampoco, aquellos
manteles inmundos y aquel infernal desorden, en que la patrona, las
chinitas, los huspedes y los visitantes nos burlbamos como  porfa
de las reglas ms elementales del buen vivir. Qu casa de Tcame-Roque
ni qu Auberge du Libre change! Para divertirse, all, en la
respetable pensin de la distinguida viuda del seor Calleja, sobrina
de un obispo y ta de un diputado. Si yo no hubiera tenido Los Sunchos,
me quedo en aquella Capua srdida si se quiere, pero, en cambio, tan
libre, precisamente lo que ms haba envidiado desde casa de Zapata...
Viva la libertad! y pasemos  otra cosa.

 qu decir que me dejaron suspenso en varias materias--creo que
cuatro de seis--y que en otras pas por suerte  por benevolencia de
la mesa examinadora? Para qu contar que el latinista don Prilidiano
Mndez, despus de otras preguntas, me invit con alevosa y
ensaamiento  que declinara el quis vel qui, del que yo slo saba
la aleluya de todos los burros se quedan aqu? Todo aquello no me
importaba un ardite. Intuitivamente comprenda que ni en colegios ni en
facultades se aprende nada, y hoy mismo, si quisiera ser completamente
franco... En fin, no lo dir, pero es el caso que en nuestro pas, los
hombres realmente superiores se han ilustrado casi siempre solos, han
sido autodidactas, self made men, mientras que los rutinarios, los
mediocres, han tenido casi siempre un diploma universitario como un
pasaporte de complacencia...

Para desquitarme de los malos ratos que me haba procurado el
examen, ocurriseme darle uno  misia Gertrudis, antes de volver 
la aldea. No tena que quebrarme mucho la cabeza para inventar una
buena broma: abrigaba la seguridad de que mi presencia bastara para
darle un soponcio, y con algunos requiebros como Bicho feo! Vieja
mamarracho!  otros, estaba seguro de mi venganza, pues rabiara
quince das por lo menos. Pas por su casa sin verla, dos, tres veces,
 la cuarta estaba precisamente en el umbral, con su acostumbrado
aspecto de sargentn que llevase la mochila sobre el pecho, y con una
nueva cabellera castaa ms abundante y ms juvenil que nunca.

--Bicho feo!--silb.

Volvi los ojos hacia m con tal expresin al reconocerme, que el
Vieja mamarracho! no pudo salir de mi boca. Tuve miedo, como hay
Dios! Tuve miedo y ech  correr! Es la primera y ltima vez que he
sentido el pnico en mi vida, como Facundo acosado por el tigre...

Volv  Los Sunchos con la santa intencin de no poner de nuevo
los pies en la ciudad, y ni siquiera fing prepararme para los
misericordiosos exmenes de marzo. No quera, no poda renunciar otra
vez, ni por un momento,  mi individualidad, tan sealada en el pueblo
y tan desvanecida  insignificante en aquel escenario. Ms vale cabeza
de ratn que cola de len, como deca tatita.

Mam se encarg de arreglar las cosas  medida de mis deseos, para
tenerme definitivamente  su lado. Yo quera trabajar, empezar 
ganarme la vida. Era lo ms fcil procurarme una ocupacin, tarea 
empleo que me preparara prcticamente  la lucha por la existencia, ya
que la teora no era de mi agrado ni me entraba en la cabeza, como
afirmaba yo. Habl varias veces con tatita al respecto, y como me val
de Teresa para conquistar  don Higinio que, decididamente, ejerca
gran influencia sobre mi destino, pap accedi sin muchas dificultades
y dicindose quizs que, como me dedicara  la poltica que no exige
sino fuerza en los dedos y resolvencia, cualquier camino era bueno,
con tal que me permitiera meterme en danza lo ms pronto posible. Y el
intendente municipal, don Scrates Casajuana,  la primera insinuacin
me concedi un empleto rentado que ira preparndome  ms altas
funciones.

Pocos das despus,  principios de ao, tom posesin de mi empleo,
y aqu comenz mi vida de aprendiz de hombre... Como todava era
muy muchacho y poco inclinado  la observacin, las oficinas de
la Municipalidad, cerebro y corazn del pueblo, sin embargo, me
fastidiaban profundamente.  la media hora de estar en mi puesto,
sentado  una mesa llena de papeles intiles, me mora de hasto y
escapaba  divertirme en otra parte. Sin embargo,  la larga, conoc el
personal superior y subalterno: don Scrates, el intendente, paisano
astuto y retobado, gordo y de piernas torcidas, por andar  caballo
desde nio de teta, gran mercachifle, gran especulador, gran rata del
presupuesto; el presidente de la Municipalidad, don Temstocles Guerra,
no s si menos tosco  ms presuntuoso, gran comerciante tambin; el
tesorero, don Ubaldo Mir, que, con un sueldo miserable alcanzaba, sin
embargo,  llevar una vida casi suntuosa, gracias  su habilidad para
el escamoteo y  la bondad benvola con que adelantaba los sueldos 
los empleados y peones, mediante un mdico inters; los secretarios,
uno de la intendencia--Joaqun Valdez--otro del Concejo--Rodolfo
Martirena--que andaban siempre  caza de propinas, y que las provocaban
deteniendo los expedientes todo el tiempo que podan y prolongando
indefinidamente la tramitacin de cualquier asunto que no interesara 
los partidarios ms caracterizados de la situacin.

Yo estaba adscripto  la Oficina de Guas, como escribiente; pero mi
jefe, Antonio Casajuana, hermano de don Scrates, no me observaba
nunca por mis ausencias, antes bien pareca invitarme  continuar
aquella nueva especie de rabona. Despus, comprend el por qu de su
conducta: no quera testigos molestos, y yo le estorbaba tanto que se
haba quejado amargamente  su hermano de mi nombramiento intempestivo.
Y es que cobraba de ms  los ganaderos que enviaban animales, cueros
 lanas  otros departamentos, se robaba las estampillas que deban
quedar obliteradas en el libro de guas, y hasta daba certificados
falsos  los encubridores de los cuatreros, ganndose as buena parte
de los abigeatos, moneda corriente entonces... Es natural, era hermano
del intendente, su otro socio era el tesorero, ni la comuna, ni la
misma provincia, tenan fuerzas bastantes para reprimir el cuatrerismo,
y es mxima de buen gobierno encauzar todo mal irremediable. Cuando
supe esto, ms por indiscreciones malvolas de gente envidiosa que por
observacin personal, no dej de utilizar el secreto, modestamente,
para mis gastos menudos, sin intencin de hacer fortuna, como los
otros. Siempre he sido imprevisor, y no lo lamento.

En cuanto escapaba de la oficina, divertame corriendo el pueblo y
los alrededores,  pie unas veces, pero, generalmente,  caballo, con
algunos camaradas mayores, pero tan znganos como yo, y persiguiendo
 las muchachas de los ranchos y las casuchas de las afueras, con una
especie de odio, primera manifestacin, todava desviada, de mi futura
inclinacin irresistible al bello sexo.

Ya iniciado en las aventuras domsticas, era an incapaz de cortejar
en regla y con perseverancia, pero Marto Contreras, hijo de mi amigo
el mayoral, paisanito de diez y siete  diez y ocho aos, diablo y
atrevido como l slo, con quien me haba ligado estrechamente, me
aleccion, hacindome adoptar para mis amores un trmino medio rstico
y brutal, cuya frmula es sta: Hay que pastoriarlas.

Estos amores eran, pues, simplistas, sin preparativo alguno, casi
animales: un momento de vrtigo, una violencia y se acab.  veces,
continuaban algn tiempo, haba hecho una conquista; pero, en la
mayora de los casos, se me hua despus como  un enemigo. Teresa
qued relegada al fondo obscuro de la memoria, aunque la viese casi
todos los das, al pasar.

Las otras ingenuas diversiones con los camaradas--excepcin hecha de
Marto,--comenzaron  parecerme, poco despus, insulsas, parangonadas
con la compaa de los empleados de la Municipalidad, mucho ms
entretenidos porque, siendo ms hombres, se pasaban el da en peso
conversando de carreras, de rias, de partidos de pelota, diciendo
compadradas, contando duelos y otras atrocidades, chismorreando amoros
ms  menos escabrosos, despus de lo cual, como intervalo, salan 
tomar el vermouth (merm)  horas de almuerzo, y como final, al caer la
tarde, hablando entonces magistralmente de poltica, y combinando el
programa nocturno. Comenc  frecuentarlos, ms interesado cada da.
Jugbamos al billar, hasta que entraba la noche; comamos en casa 
en el restaurant,  la disparada, y despus nos reunamos, ora aqu,
ora all, en la timba del Manco, en el establecimiento de Ilka, la
polaca, donde sola haber descomunales bochinches, y en el que nadie
entraba sin que un agente de polica lo registrase para quitarle las
armas,  en algn otro sitio del mismo gnero. Me sorprendi encontrar,
alrededor de un tapete criollo  bajo un emparrado polaco, no slo 
los camaradas,  los dems contemporneos, sino tambin  toda la
flor y nata de Los Sunchos, con el mismo don Scrates  la cabeza. Y
dicen que la Grecia antigua no renace en nuestro pis, con Scrates
y todo!... En fin,  la madrugada nos bamos  acostar, y yo gozaba
de esa hora admirable en que todo lo viviente calla un momento,
reconcentrndose, reconstituyndose en el sueo, para despertar, poco
despus, ms fresco, ms ardiente, ms vigoroso. Siempre he tenido un
flaco por los grandes espectculos de la Naturaleza, y creo que si la
poltica no me hubiese absorbido por completo, hoy sera el descriptor
ms notable de las bellezas y la grandiosidad del paisaje argentino.

Pero no es posible repicar y andar en la procesin.


                                  XII

Pocos aos ms tarde, una diversin de otro orden, que me atraa
muchsimo, fu el punto de arranque de una de las manifestaciones ms
significativas de mi vida.

Sola yo visitar de noche la redaccin de La poca, peridico semi
oficial, sostenido por la Municipalidad y redactado por un joven
aventurero espaol, que responda al sonoro nombre de Miguel de la
Espada, mozo capaz de escribir cuanto conviniese  los que le pagaban,
y tipo comn de todos los pueblos y ciudades de la Repblica. La
imprenta era una casucha de tres piezas, sucia y miserable, situada 
pocos pasos de la plaza pblica, en una calle adyacente. En el primer
cuartujo estaba instalada la Redaccin, con una mesa larga de pino
blanco, llena de diarios y papeles, un pupitre alto para los libros
de caja de la Administracin, varias sillas de enea, una silla de
baqueta, de alto respaldo, piso de ladrillos hechos polvo, paredes
blanqueadas, llenas de telaraas y manchas de tinta y de mugre,
cieloraso empapelado, del que colgaban lamentablemente varias tiras
de papel, despegadas por las goteras... Aquello ola  humedad, 
aceite,  petrleo. En la segunda habitacin, obscura y mal ventilada,
veanse los burros y las cajas de componer, para los tres operarios;
en la tercera estaba la vieja prensa de mano y el catre del pen.
All reinaba de la Espada, y all nos reunamos algunas noches varios
jvenes situacionistas,  comentar la vida domstica, social y poltica
de Los Sunchos. Eran de oir las habladuras, chismes, crticas,
difamaciones y calumnias que formaban el fondo de aquellas amenas
charlas, anlisis de la vida y milagros del pueblo entero, en que los
detalles faltantes eran substitudos con ventaja por otros, fruto de la
imaginacin de los contertulios. La famosa botica de Paredes, llamada
el mentidero, no aventajaba en nada  la redaccin de La poca.
All me inici en todos los misterios de la aldea, conoc la historia
de todas las familias, supe las faltas de stos, los errores de
aqullos, los delitos de los otros, aquilat la virtud exigida de las
mujeres y comenc  ver otro aspecto del mundo, quizs algo exagerado,
quizs un poco ennegrecido, pero, en resumen, muy aproximado  la
realidad.

De la Espada era hombre de unos treinta aos, menudito y mvil, de
ojos pequeos, llorosos y casi sin pestaas, cetrino, con un bigotito
de cerdas, horrible, en fin, pero tan simptico merced  su gracia
madrilea,  su picaresco pesimismo... Sola resumir las conversaciones
por medio de sentencias que constituan todo un curso de enseanza, la
sntesis de lo nuevo para m, en aquel entonces, aunque flaquearan
bastante en cuanto  originalidad. Haba sido en pocos meses, cuanto se
poda ser, desde acomodador de teatro en Buenos Aires, hasta director
de peridico en Los Sunchos, y deca (vaya un ejemplo):

--Todas las mujeres tienen su cuarto de hora, y el que acierte 
acercrseles en ese momento, puede estar seguro de obtenerlas.

 bien:

--Todos los hombres se venden; la cuestin es dar con el precio.

 bien:

--Para llamar honrado  un hombre es preciso ponerlo en la mayor
necesidad, y, al mismo tiempo, darle ocasin de que robe. Si no roba es
honrado. Pero en esas condiciones no hay quien no robe.

Igual cosa digo de la mujer honesta. No hay mujer que no haya engaado
 su marido, por lo menos en pensamiento, si ante su vista pas alguien
 su juicio mejor que el marido. Ante su vista  tambin ante su
imaginacin...

Estas doctrinas me seducan, aunque hiciera de vez en cuando algunas
reservas, porque, entre otras cosas, no poda admitir que mi madre
hubiera faltado, ni aun soando,  sus deberes. Pero esta excepcin no
alcanzaba, generalmente,  la madre de los dems, y pecaba por exceso
de limitacin. La sabidura de de la Espada, se infiltraba, pues, en
m, y no haba de tardar en ensayarla en la prctica de la vida.

Otro entretenimiento que no debo pasar por alto, pues tuvo cierta
influencia en mi vida: iba  menudo  tomar mate con el viejo comisario
don Sandalio Surez, en la misma comisara, interesndome en la
organizacin de la vigilancia y otros servicios, y, sobre todo, en
los problemas policiales, aunque Sherlock Holmes no hubiese nacido
todava, ni el genial Poe y el montono Gaboriau hubiesen llegado  Los
Sunchos. Yo interrogaba al viejo paisano acerca de las maravillosas
facultades investigadoras de los Rastreadores, y la admirable
perspicacia de Facundo, que pinta Sarmiento.

--Todas esas son camamas--contestaba don Sandalio.--Nadie descubre
 los criminales, cuando no se entregan ellos mismos, y yo, que te
hablo, con todos mis aos de polica, no he agarrado  ninguno, sino en
fragante, por casualidad,  porque, de sonso, se me entreg l mismo.

Me contaba sus recuerdos, casi todos poltico-electorales, y varias
veces me invit  acompaarle en sus pesquisas, en las que yo
colaboraba con entusiasmo. Recuerdo, entre otras cosas, el asesinato de
una mujer, cuyo autor busqu por el buen mtodo, averiguando  quin
podra aprovechar su muerte. Di con el marido, enamorado de otra, joven
y bonita, y lo hice prender. Pero, pocas noches despus, un borracho se
jact en una trastienda de ser el asesino, y de que nadie sospechara
de l. Detenido  interrogado, supimos que haba asesinado  la mujer
por gusto, sin razn ni objeto, slo porque se le ocurri, estando
muy ebrio, al verla asomada  la puerta de su casa... Este fracaso no
me desalent, y hasta me propuse perseguir y descubrir  los cuatreros
que infestaban el departamento.

--Djate de cuatreros!--exclam don Sandalio, cuando le habl de mi
intencin.--Si te mets en eso te va  salir la torta un pan! El
chasco que te daras si los descubrieses y supieses que eran don, y
don, y otros que tampoco te quiero nombrar!

Pero dejemos la polica para seguir el hilo de mi historia.

Celebrbanse entonces, como ahora, en Los Sunchos, al mediar la
primavera, fiestas populares introducidas por los vecinos espaoles
y adoptadas con entusiasmo por la poblacin criolla: las Romeras.
En un gran terreno cercano al pueblo alzbanse tinglados, tiendas de
lona, galpones de madera, enramadas, quioscos, improvisndose una
aldea volante, una especie de paradero de indios, que se adornaba
con banderas, follaje, gallardetes, guirnaldas de telas baratas y
churriguerescas, y que habitaban algunos comerciantes establecidos en
el pueblo, y muchos de ocasin, ofreciendo baratijas, gneros y ropas
ya invendibles, y sobre todo, cosas de comer y de beber, buuelos,
cerveza, tortas fritas, vino carln, chorizos asados... En la gran
carpa de la Sociedad Espaola se instalaba un bazar de caridad,
atendido por las nias ms conocidas del pueblo, y en el que se
vendan, se remataban  se rifaban mil clavos generosamente regalados
por los comerciantes fuertes. La gente menuda tena, como diversin,
palo-jabonado, rompecabezas, calesitas; el populacho, baile al aire
libre, al son de gaitas y tamboriles, rara vez substitudos por la
banda de msica de Los Sunchos, que tocaba, sobre todo, en la carpa
de la Sociedad, punto de reunin de la gente distinguida. Una atmsfera
sensual, intensificada por todos los efluvios de la primavera, una loca
necesidad de divertirse, de gritar, de moverse, de rozarse, reinaba en
las romeras, y embriagaba  todos, comenzando por la masa popular,
para invadir poco  poco las capas superiores. Ms capitosas que el
carnaval, porque reunan  todo el mundo en un solo sitio, el contagio
sexual era en ellas ms rpido y avasallador; pero en la ingenuidad
de las costumbres, esto no lo advertan sino el cura, que predicaba
contra los excesos y peda moderacin, y alguno que otro viejo, cuyas
observaciones se tomaban generalmente como una demostracin de envidia
de los que ya no pueden divertirse.

Aquel ao fu el asiduo cortejante de Teresa, un poco por iniciativa
propia, un poco porque ella hall manera de cautivarme con sus
monadas, acercndoseme  cada rato, en un principio, con el pretexto
de ofrecerme cedulillas de la rifa,  artculos del bazar de Caridad.
Bailamos toda la noche, cuantas veces se organiz el baile para la
gente decente, en un tablado hecho  propsito junto  la carpa de
la Sociedad; le di el brazo, acompandola cuando ejerca sus funciones
de vendedora  travs de la multitud acudida del pueblo y de las
aldeas y estancias vecinas, y no desperdici la ocasin de decirla mil
ternezas que la conmovan y la enajenaban, hasta el extremo de sentirla
temblar, al apoyarse con abandono en mi brazo.

--Pero eres un malo, un perverso!--me deca.--No te puedo creer! Si
me quisieras de veras no te pasaras los meses enteros sin ir  verme!

Era el cuarto de hora de de Espada _d'aprs_ Rabelais? As lo cre,
pues le declar que si no iba  verla era porque me daba rabia hablar
con ella, habiendo gente delante,  con una reja de por medio.

--Si me esperaras en la huerta, donde podemos conversar  gusto, yo
ira  verte todas las noches.

--Pero eso est muy mal hecho!--exclam.

Por qu? Qu haba de malo? No tena confianza en m? No estbamos
acostumbrados  andar juntos y solos, desde chicos?  insist:

--No me digas que s ni que no. Esta noche ir  la huerta. Si quieres,
me esperas; si no ests, lo sentir mucho y me volver  casa...

Lo dije con un acento de tristeza y termin con un tono de vaga
amenaza, tales que, vencida, me estrech el brazo y me mir  los ojos
con la vista turbia. Ira  la huerta, sin duda alguna.

Don Higinio, como es natural, haba notado mis asiduidades y la actitud
de Teresa, pero no les di importancia, , ms bien dicho, se felicit,
sin duda, de nuestro acuerdo, que deba conducirnos  la ejecucin de
sus proyectos matrimoniales, de larga data planteados.

--Ah, pcaro!--me dijo, golpendome el hombro.--Ya te he visto de
temporada... Como ha de ser! Los muchachos se apuran  ocupar
nuestro sitio, y no tienen reparo en dejarnos  un lado...

Me re, sin contestar, pensando en cun distintos de los suyos eran
mis planes, y dicindome: Si ste piensa en casarme, ya est fresco.
Cualquier da renuncio yo  mi libertad por una cosa que puedo obtener
sin semejante sacrificio! Sin embargo, me promet, tanto si Teresa
acuda  la cita, cuanto si me dejaba plantado, conducirme de all en
adelante con mayor cautela y ocultar en lo posible nuestros amores,
para no dar asidero  don Higinio y rehuir sus insinuaciones, que no
tardaran en ser exigencias.

Teresa me aguard cuando, al volver de las romeras, todos se hubieron
acostado en su casa. Hablamos largo rato, ella con ternura, yo con
diplomacia, sentados bajo un enorme sauce que haba en el fondo de la
huerta. Un momento cre que estaba completamente  mi discrecin, pero
 la primera libertad que quise tomarme se levant sin aspavientos, y
separndose un paso de m, me dijo con serenidad y blandura:

--No, eso no, Mauricio. Me has prometido portarte bien, y por eso estoy
aqu. Conversemos cuanto quieras, pero con juicio. Mira que ya no somos
criaturas.

Sonsa! Ms que sonsa!

Haba tanta tranquila resolucin en su acento, que me qued cortado,
sin acertar  decir palabra. La entrevista perdi para m todo su
encanto. Quin la haca tan cauta? Cmo, en su inocencia y en su
afecto, real y grande, hallaba, sin embargo, fuerzas para resistir? No
lo s, aunque me parece efecto de la educacin, no de las lecciones
paternas, sino de las charlas ntimas con las amigas que van
revelndose mutuamente la vida y sus peligros. Pens que el cuarto de
hora no haba sonado  haba pasado ya, pero, repuesto de la primera
impresin, logr decirla algunas nuevas ternezas, prometindola ser
ms serio en adelante, no importunarla en otra cita que ped para la
siguiente noche.

--S, vendr. Pero tienes que jurarme que estars quietito.

Le estrech la mano, y me fu, rabiando conmigo mismo. Deba haber
sido ms audaz, deba... Y me puse  forjar para lo futuro planes de
seduccin anlogos  los ledos en las novelas, recordando al propio
tiempo el aforismo de de la Espada: Para conquistar  una mujer
desinteresada, se necesita mucho tiempo y mucha paciencia.  su tiempo
maduran las uvas, y el pobre porfiado saca mendrugo, mientras que el
exigente se queda afeitado y sin visita. Pero me pareca que nuestros
amores duraban ya tanto, tanto...

--Ser que no me quiere?  tiene la decidida voluntad de que me
case con ella, y sabe que para eso es necesario no ceder? Diablo de
muchacha!... Bah! consultar  de la Espada, lo har mi confidente...
Por qu no?... l s que tiene experiencia... y no dir nada  nadie...


                                 XIII

Al da siguiente, revel  de la Espada todos mis secretos, sin omitir
ni aun el fracaso de mi ltima tentativa. Se ech  reir.

--No seas tonto!--dijo.--No te aflijas ni te desalientes. La muchacha
est  punto, y slo te falta la ocasin. No vayas  asustarla! Por
el contrario, insprale la mayor confianza posible, y espera. La
casualidad te proporcionar, indudablemente, algn momento de gran
emocin para ella. se es el bueno, y habr que aprovecharlo... Pero
ten cuidado! Mira que el padre no es de los que aguantan esas cosas, y
en cuanto llegue  descubrir tus intenciones,  su realizacin, si no
te mata es muy capaz de casarte  la fuerza. Tanto ms cuanto que es
ntimo amigo de tu padre.

--Bah!--repliqu.--Ya veremos lo que se hace. No le tengo miedo al
viejo, y no es el primero que tiene que jorobarse. Cuntos del pueblo,
segn t mismo me has dicho, han tenido que hacerse los sonsos, para
evitar que el escndalo fuese ms grande!...

La oportunidad de que hablaba el galleguito, como le decamos, no
tard, efectivamente, en circunstancias trgicas para m... Haba
conversado muchas noches con Teresa, adormeciendo sus recelos,
exasperando su amor, y entre nosotros reinaba la ms deliciosa
intimidad. Hablbamos de casarnos... hacamos proyectos... Ella quera
que vivisemos en casa de su padre, yo finga exigir que habitsemos
en la nuestra, y slo se arribaba  un acuerdo, cuando nos proponamos
hacer una sola de las dos familias, cosa fcil, dada la amistad que las
vinculaba.

--Lo malo es que as, nunca estaremos solos!--objetaba yo.--Siempre
tendremos  uno de los viejos pisndonos los talones.

--Y eso, qu le hace?--replicaba Teresa.--Si no nos quisiramos sera
otra cosa, pero nos queremos tanto!...

Pero, vamos al caso. Una tarde, y como sola desde que yo iba
hacindome hombre, tatita me invit  montar  caballo y acompaarlo
hasta una chacra,  dos  ms leguas del pueblo, donde tena un negocio
pendiente que era preciso arreglar sin prdida de tiempo. Su invitacin
era una orden, y no desagradable, porque nunca he visto ms jovial
compaero de viaje, y jams me he aburrido  su lado.

No tardara mucho en hacerse noche, porque haban dado ya las siete,
pero el asunto urga y ambos estbamos acostumbrados  recorrer el
campo  cualquier hora, sin miedo al rayo del sol de medioda, ni  las
luces malas de la media noche. Llegamos  la chacra cuando acababa
el da, con una puesta de sol admirable que envolva la pampa entera
en un manto de prpura. Tatita arregl en un cuarto de hora  veinte
minutos lo que tena que arreglar, apretamos nuevamente la cincha
 los caballos y emprendimos el regreso. Era casi completamente de
noche. Slo una lnea plida, al Oeste, sealaba el sitio por donde se
haba marchado el sol. El crepsculo, engaoso, nos finga paisajes
desconocidos, contagindonos con su propia vacilacin. Sin dejar de
ver, no discernamos la naturaleza de las cosas vistas, y slo una
larga prctica nos permita seguir sin desviarnos la cinta descolorida
del camino.

--Vamos  llegar muy tarde!--exclam de pronto tatita.--Cortemos campo.

--Cortemos!--contest, poniendo la cabeza del caballo en direccin 
Los Sunchos, sin abandonar el galope.

El camino daba un gran rodeo para evitar un baado intransitable en
la poca de las lluvias; aquella larga curva poda acortarse en una
tercera parte tomando la lnea recta, la cuerda, como si dijramos,
pero el trayecto no era muy cmodo, porque el campo, cubierto de
grandes matas de cortadera y de hierbas altas, tena, adems, vastos
limpiones llenos de viscacheras. Afortunadamente la plida mancha
de estos rompecabezas basta para advertir del peligro  un jinete
experimentado, aun en la obscuridad de la noche, sobre todo si monta
un caballo vaqueano, uno de nuestros criollos de tan agudo instinto
campero.

Me adelant, pues, al galope largo, findome de mi cabalgadura que
evitaba matorrales y viscacheras atento  todos los detalles, moviendo
sin descanso las orejas, y habra galopado un cuarto de hora, cuando
me pareci oir un grito. Detuve en seco el caballo y escuch. No o
nada ms, ni siquiera el galope del zaino de tatita, cuyas herraduras
deban resonar, sin embargo, en la tierra del baado, dura entonces
por la sequa como un pavimento de asfalto. Qu significaba aquello?
Alarmado volv grupas y corr hacia atrs  rienda suelta. Nada vea,
nada oa. Mi caballo di de repente una terrible espantada junto  una
viscachera, y ech  disparar pesando violentamente sobre el freno. 
duras penas logr contenerlo, y, acaricindolo le obligu  volver al
paso hacia la viscachera, contra toda su voluntad... Qu espectculo!
Primero entrev, lleno de susto, la masa del zaino que, con las patas
rotas, resollaba y resoplaba lastimeramente. Un poco ms lejos estaba
tatita, tendido en la tierra petrificada de la viscachera. Me tir
del caballo, corriendo en su auxilio. Una larga herida le cruzaba
el crneo, bandolo en sangre. No respiraba; el corazn pareca no
latir...

Volv la vista  todos lados. El camino estaba lejos, y por el baado
no pasaba nadie, sobre todo  aquellas horas. Qu hacer? Dejar 
tatita y correr en busca de socorro, ya que ni agua tena  mi alcance
para tratar de hacerlo volver en s? No haba otro partido que tomar.
Lo recost lo mejor que pude, le hice una almohada con mi blusa y mi
poncho, observ de nuevo si respiraba, si se mova, y, convencido
de lo contrario, con el corazn en la boca, mont y emprend la ms
desesperada de las carreras hacia Los Sunchos, cuyas luces se vean 
la distancia.

Azorado y sin poder coordinar bien las ideas, trat, sin embargo,
de reconstruir el accidente: preocupado por un asunto que poda
significarle la prdida de una crecida suma de dinero, tatita se haba
distrado, confiando en el instinto del viejo caballo, que conoca
perfectamente el campo en muchas leguas  la redonda. Pero el zaino
habra tenido tambin su momento de distraccin, bastante para meter
las manos en una cueva de viscacha, bolearse y proyectar  su jinete
 varios metros de distancia. El pobre tatita debi dar con la cabeza
en la tosca dura que rodeaba las viscacheras... Estara muerto? No!
Semejante fin no era el de un hombre como l. Una simple rodada no
acaba con los gauchos de su temple. No! Cuando mucho, sufrira un
largo desmayo y la herida sera fcil de curar... La primera juventud
se rebela contra la idea de la muerte.

Volv con gente que, por fortuna, encontr en las afueras del pueblo,
mientras un hombre corra  avisar al mdico y  buscar un coche. Yo
esperaba encontrarlo en su sentido, incorporado y pronto  emprender la
marcha; pero segua inerte, tibio an, y no fu posible hacerle tragar
una gota de la ginebra llevada  prevencin. El doctor Merino, que
lleg diez minutos despus, slo pudo comprobar el fallecimiento.

No omitir aqu un episodio que, pese  las circunstancias trgicas, me
ocup un instante, producindome honda impresin. Fidel Gomensoro, uno
de los paisanos que me haban acompaado, oyendo que el zaino de tatita
resollaba y se quejaba casi como una persona, se acerc  examinarlo.

--Tiene las dos patas quebradas--dijo.--Hay que despenarlo.

Y, sacando el facn de la cintura, con ademn resuelto, de un solo tajo
lo degoll, consumando as, sin pensarlo, un sacrificio usual en la
tumba de los antiguos seores de la pampa...

El cadver del pobre tatita fu tendido cuidadosamente en el carruaje,
y yo lo segu al paso de mi caballo, sin saber lo que me ocurra, como
si yo tambin hubiese recibido un golpe en la cabeza... Antes de llegar
al pueblo, nuestro pequeo grupo haba aumentado considerablemente, y
al pasar por las calles principales, dirigindonos  casa, formbamos
ya un imponente cortejo: la noticia haba cundido y todo el mundo
acuda, los amigos, los indiferentes y los enemigos, atrados por la
pena, la curiosidad  la disimulada satisfaccin. Entretanto, algunas
mujeres rodeaban ya  mamita, preparndola para la horrible sorpresa.
Al oirnos llegar, se precipit hacia el carruaje, presintiendo que
slo encontrara un cadver. La escena fu desgarradora, y entonces
comprend cunto amaba mi pobre madre  aquel hombre que haba vivido
con ella treinta aos de indiferencia y de abandono.

El velorio y los funerales hicieron poca en Los Sunchos. Mamita,
incapaz de ocuparse de nada, sino de llorar y rezar junto  su esposo,
di carta blanca  amigos y sirvientes, y la mesa estuvo puesta durante
treinta y seis horas largas, alternndose el chocolate con los vinos
y licores, los churrasquitos con el mate dulce  amargo, el puchero
con la chatasca, las empanadas, la chanfaina y las tortas fritas. Una
nube de chinas de las casas amigas haba ido  ayudar convirtiendo
la nuestra en pandemonium, y la sala, el comedor, las habitaciones de
respeto, estaban llenas de visitantes, hombres y mujeres que hablaban
de poltica, contaban cuentos, jugaban  las prendas, iniciaban 
continuaban sus intrigas amorosas... Y esta animada tertulia, en que
slo falt el baile, se prolong hasta la hora de conducir los restos 
su ltima morada.

Yo estaba aturdido. Tatita haba sido tan bondadoso, tan camarada, que
lo quera de veras, y su ausencia repentina  irrevocable, producame,
al propio tiempo que dolor, una rara sensacin de espanto, como si me
encontrara de pronto y por primera vez ante lo desconocido amenazador.
Pero todo esto, terror y pena, era vago, indeciso, como si no me diera,
como si no pudiera darme cuenta exacta del hecho brutal, como si pasara
por una confusa y angustiosa pesadilla...

Hubo discursos junto  la tumba de don Fernando Gmez Herrera,
cuyo atad acompa el pueblo en masa hasta el pobre y descuidado
cementerio de Los Sunchos, cubierto de pasto y poblado de peludos y de
vboras. Don Scrates Casajuana, el intendente municipal, dijo que
era un prohombre  quien la patria y su partido deban sacrificios
innumerables. Don Temstocles Guerra declar que perdamos en l
un vecino progresista y un ciudadano patriota, que no podra ser
reemplazado jams. El doctor Argello, senador de la provincia, que,
con el diputado Quintiliano Paz, haba ido expresamente  Los Sunchos,
para honrar la memoria de tatita, habl en nombre del poder ejecutivo y
de la legislatura, recomendando al pueblo que siguiera las admirables
huellas del probo y austero ciudadano, prematuramente desaparecido
cuando, en plena madurez, mayores servicios poda prestar  la patria.

Yo oa todas aquellas frases como quien oye un vago y molesto zumbido,
y no podra reconstituirlas ahora, si despus no las hubiera escuchado
cien veces, dichas sobre cien tumbas diferentes, siempre las mismas,
siempre triviales, siempre demostrando un desconocimiento casi completo
de la personalidad  quien se honraba, siempre sin proporcin ni
medida, como si todos los hombres, iguales en la muerte, la hubiesen
sido tambin en la existencia.

 la puerta del cementerio, acompaado por el cura, don Genaro
Cecchi, por algunos presuntos parientes de pap  de mam, y por don
Higinio Rivas, que lagrimeaba sinceramente, estrech una tras otra
todas aquellas manos indiferentes, y escuch de aquellas bocas sin
emocin las rituales palabras de psame. Esta larga, esta interminable
ceremonia fu para m una tortura. Por fin, en el mismo carruaje que
la antevspera haba recogido el cuerpo inanimado de mi padre, volv
 casa, en un estado de estupor, slo comprensible si me digo que
la naturaleza turba y enajena el cerebro del hombre en las grandes
catstrofes, anestesindolo en cierto modo, hasta que empieza 
acostumbrarse al dolor. El cura y don Higinio me acompaaban.

En casa, y con otras seoras y nias, Teresa trataba de consolar 
mamita que, encerrada en su cuarto,  obscuras, llorando y rezando, no
quera ver  nadie ni dejarse distraer de su pena bajo pretexto alguno.
Me tuvo abrazado largo rato, cubrindome de besos y bandome en sus
lgrimas.

 la hora de comer, todas las visitas se marcharon, excepto Teresa, que
qued para acompaar  mi madre y manejar la casa, por indicacin de
don Higinio.

Por la noche, solos, viendo y compartiendo mi honda afliccin, me habl
ms tiernamente que nunca. Embriagados por el dolor, hubo un instante
en que nos abrazamos, perdida la cabeza.

Y este fu el momento de gran emocin de que hablara de la Espada.


                                  XIV

La muerte de tatita dejaba en manos de don Higinio Rivas los destinos
polticos de Los Sunchos, que haba compartido con l. Era el caudillo
nico  indiscutible, entre otras cosas porque, conocedor de los
secretos del gobierno de la comuna, tena  todas las autoridades como
si dijramos rendidas  discrecin. Convencido de que tarde  temprano
me casara con Teresa, ignorante del cambio radical introducido en
nuestras relaciones, sabiendo que mi padre nos haba dejado ms deudas
que bienes, que mamita era incapaz de salir del atolladero y que
yo no sabra manejarme mucho mejor que ella, me propuso encargarse
desinteresadamente de arreglar nuestros negocios, de modo que nos
dieran satisfaccin.

--Yo conseguir que se queden con la chacra y que puedan pagar  los
acreedores por medio de una amortizacin, arrendando las tres cuartas
partes del terreno, que no les hace falta. Para que vivan, para el
puchero, la ropa y los gastos menudos, no ser difcil que el gobierno
de la provincia pase una pensin  la viuda, y yo mismo ir  la
ciudad  trabajar hasta conseguirla. Es lstima que Fernando haya
muerto sin arreglar sus cosas, y que fuese tan despilfarrado, porque
hubiera podido dejarles una fortunita. Pero, no importa! Con todo,
la chacra valdr mucho  la vuelta de pocos aos y podrs venderla
muy ventajosamente cuando mejoren los tiempos. Tu mam, entretanto,
necesita muy poca cosa, vos pods manejarte con el sueldito de la
Municipalidad, que ya te han aumentado dos  tres veces, y lo principal
es ir viviendo sin que los usureros les claven las uas.

Se interrumpi, vacil un poco, como si le costara lo que iba  decir,
y agreg:

--Esto, muchacho, es un secreto para nosotros dos y para tu mam, nada
ms! Fernando tena mucha confianza en m, y con razn, porque siempre
fu muy su amigo... Temiendo que algn da pudieran obligarlo  vender
la chacra en malas condiciones, me pidi que se la hipotecara con pacto
de retroventa. Naturalmente, esto era engaa-pichanga. Hicimos en
la escribana el contrato de hipoteca, y yo le di una contracarta sin
fecha, declarando que me ha pagado y que la propiedad sigue siendo
suya: esto para el caso de que me sucediera una desgracia repentina,
porque entre nosotros no haba necesidad de semejante garanta. Esa
carta debe estar entre los papeles del finado. Tremela y te dar otra
para tu resguardo. La hipoteca vence en estos meses; la renovaremos 
tu nombre y al de tu mam, con las formalidades de la testamentara, y
as nadie podr nunca meter el diente en lo nico que les queda.

Se interrumpi, para aadir despus, con una risita entre maliciosa y
avergonzada:

--Todo esto no ser muy legal; pero, hijito, cada uno se agarra con las
uas que tiene, y  m me parece que tu tata tena mucha razn de no
querer quedarse en camisa y en el medio de la calle, para pagar  sus
acreedores, que son casi todos gente rica, y que no necesita de esos
cobres. Vos, por tu parte, como irs pagando, no tens nada que echarte
en cara...

Dimos  don Higinio cuantos poderes necesitaba para regir libremente
nuestros asuntos. Arrend parte de la chacra en buenas condiciones,
obtuvo la pensin del gobierno de la provincia y otra del nacional
para la viuda  hijo de un guerrero del Paraguay, arregl con los
acreedores exigindoles una importante quita y hacindolos contentarse
con una pequea amortizacin anual--del lobo un pelo, deca l,--de
manera que, en vez de empeorar, nuestra situacin mejor, porque ya
no estaba all tatita, manirroto  quien ningn dinero daba abasto, y
porque yo no me haba acostumbrado todava  tirar la plata, gracias 
las pocas ocasiones que Los Sunchos me ofrecan, y gracias, tambin,
 que Teresa tena an la facultad de absorberme. En casa reinaba,
pues, la abundancia, y hubiera reinado la alegra si mamita, como la
enredadera que se encuentra de pronto sin arrimo, aunque sea el rudo y
spero de una tapia, no se hubiera marchitado y abatido, ms silenciosa
y solitaria que nunca.

--Pocos aos de vida le quedan  misia Mara--murmuraba la gente al
verla pasar como un fantasma, sin ser ya ni la sombra de la mujer de
antes, que, taciturna y resignada, tena, sin embargo, manifestaciones
simpticas y amables para todos.

--Por qu te afliges tanto, mamita?--me atrev  decirla una vez.--Al
fin y al cabo, tatita no te haca tan feliz...

Me mir espantada, como si acabara de blasfemar, y exclam:

--Mauricio! Era tu padre!

La religin de la familia primaba en ella, sobre cualquier otro
sentimiento, sobre todo raciocinio.

As fu pasando lenta y montonamente el tiempo, hasta que don Inginio
quiso un da complementar con un golpe maestro la magnfica ayuda que
nos haba prestado, poniendo en marcha de un modo decisivo su proyecto
de hacerme hombre.

Ocurri que, en la lista de candidatos oficiales por nuestro
departamento, figuraban dos  tres que no eran, ni con mucho, de la
devocin de las autoridades sunchalenses. Uno de ellos, sobre todo,
Cirilo Gmez, ex vecino de Los Sunchos, y culpable de una grave
indiscrecin sobre el manejo de los fondos municipales y de la tierra
pblica, era enemigo personal de Casajuana y de Guerra, que haban
contagiado con su odio  don Sandalio Surez, el comisario de polica.
Los tres, salindose de madre, protestaron violentamente contra los
proyectos electorales de sus jefes (las listas les llegaban siempre
hechas de la ciudad, y ellos las hacan votar  ojos cerrados,
obedeciendo al Gobernador) y declararon que no votaran jams aqulla,
si no era modificada de acuerdo con sus deseos, eliminando la
candidatura ingrata de Cirilo Gmez; y, llegando en su indignacin  la
amenaza, juraron que, en caso de ver desairada su justsima exigencia,
haran abstenerse  sus amigos, dando el triunfo  la oposicin que
se envalentonara enormemente con ese primer xito que le caera de
arriba...

Esto agit hasta la convulsin al pacfico pueblo de Los Sunchos,
desencadenando pasiones y ambiciones. En tan graves circunstancias,
don Higinio asumi su papel de caudillo, predic la moderacin,
el mantenimiento de la disciplina  todo trance, y se encarg de
arreglar personalmente las cosas, de manera que todos quedaran
satisfechos--todos menos el candidato que hoy llamaramos
boycoteado.--Ira  la ciudad, se pondra de acuerdo con los jefes del
partido oficial, hasta vera al Gobernador si era preciso! Le dieron
plenos poderes, y, preparndose para el viaje y la campaa poltica,
aquella misma noche me llam:

--Muchacho!--me dijo.--Tengo tu suerte en la mano. No estaba esperando
ms que una bolada y lo que es sta no me la quita nadie. Aunque
todava no tengs la edad, te vamos  hacer diputado. As, como suena,
diputado.

Me qued estupefacto. En mis sueos ms ambiciosos no me haba
atrevido  esperar semejante ganga, sino para muchos aos despus, y
eso vagamente. De simple empleadillo de la Municipalidad--pues aunque
el sueldo aumentado ya varias veces era crecido, no se me haba dado
funcin alguna, por la sencilla razn de que no la ejercera,--de
simple empleadillo de la Municipalidad  diputado  la Legislatura de
la provincia era tan grande el salto!...

--De veras, don Higinio? No me est titeando?--logr preguntar por
fin.--Con qu ttulos?...

--Sos hijo de tu padre y un poco hijo mo, si me salgo con la
ma... que me he de salir. No! si no soy ciego y no tens para qu
hacer aspavientos. Claro, que si Teresa fuera macho, no te caera
la ganga...! Pero viene  ser lo mismo... Yo me entiendo, y cuando
llegue el momento... La muchacha y vos son muy jvenes todava...
Bueno, pues, adems del nombre de tu tata y de mi proteccin, tens tus
trabajos: has escrito en La poca.

En efecto, con el contagio de la redaccin, haba garabateado uno
que otro sueltecito, una que otra diatriba ms  menos calumniosa 
epigramtica contra nuestros adversarios.

--De la Espada, como que es gallego, no puede pretender otra cosa que
un poco de platita, y se la daremos. Ser el primero en cacarear que
sos el alma del diario, y el mejor elemento del partido. En fin, sta
es cosa ma, y pods estar seguro de que no me la quita nadie.

Yo tena fiebre. No saba lo que me pasaba, no poda estarme quieto, ni
hablar; hubiera bailado, chillado, corrido. Entretanto, don Higinio me
reservaba una sorpresa ms importante todava, si se mira bien.

--Sers diputado--continu,--y tendrs una fortunita. Vengo pensando en
eso desde hace mucho, y creo que, por fin, he dado en el clavo. Apenas
te sents en tu banca de la Legislatura, yo har que la Municipalidad
mande abrir las calles Santo Domingo, Avellaneda, Pampa, Libertad,
Funes y Cadillal, que estn cortadas por tu chacra. Naturalmente
habr que pagarte el valor del terreno que te quiten, es decir, unas
veintitantas mil varas cuadradas, y te las han de pagar bien. Te
quedarn, entonces, nada menos, veintisis manzanas de pueblo, en el
mismo rin, como se dice. Siguiendo mi mal consejo, pods vender dos
 tres de las ms afuera para hacer veredas y tapias con esa platita.
Lo que quede,  la larga ser toda una fortuna, aunque ahora valga
poco. Si el pas sigue adelantando, de repente vas  ser ms rico que
Anchorena. Y no te digo ms.

Lo abrac, bailando.

--Oh, don Higinio, cmo le podr pagar!...

Me apart, sonriente y meneando su cabeza de len manso, se puso 
armar con cachaza un cigarrillo negro. Despus, agreg con calma un
poquito conmovida:

--Yo no te pido nada. S lo que vals y te tengo confianza... Adems,
tambin lo hago por Teresa, que te quiere mucho y ser una compaera de
mi flor... Eso te lo garanto, porque los Rivas somos todos como platita
labrada, muy derecho viejo, ms leales que un perro... Y, ahora,
muchacho, ten mucha paciencia y estte muy calladito la boca, no sea
cosa que nos conozcan el juego.

Y me mand que me fuera, sin querer escuchar mis protestas de gratitud.


                                  XV

Teresa me cont aquella noche que la casa era una romera desde que
don Higinio se haba encargado de arreglar aquel asunto. Sabindolo
con una diputacin en la mano, chicos y grandes iban  pedrsela,
y lo colmaban de ofrecimientos, de promesas, de manifestaciones
entusiastas. El viejo no solt prenda. Todos se marchaban creyendo
en la posibilidad de resultar agraciados, pero sin ninguna palabra
decisiva; enumeraba los mritos de cada uno, en su presencia, alababa
los servicios prestados  la causa, deca con aire protector veremos
lo que piensan en la ciudad, y daba sendos apretones de mano. Los
pechos de todos los ambiciosos de Los Sunchos palpitaban como el de un
solo hombre en vsperas de un gran acontecimiento feliz, y algunos me
hicieron confidente de sus esperanzas, y hasta solicitaron mi apoyo,
suponiendo que tena cierta influencia con don Higinio. Este perodo de
satisfaccin, de beatitud, pas pronto, sin embargo, dando lugar  otro
de irritabilidad  inquina. Despertronse de pronto los recelos, y Los
Sunchos se convirti en un semillero de intrigas. Medio pueblo habl
pestes del otro medio, porque cada cual quera despejar de competidores
el campo de la accin. Slo yo resultaba indemne en aquella lucha 
dentellada limpia, porque nadie me crea con la menor probabilidad de
llevarme la presa.

La poca, inspirada por don Higinio, dijo que los aspirantes, por
muy legtimas que fueran sus ambiciones, eran demasiado numerosos, que
la ardiente competencia iniciada pona en peligro la disciplina del
partido, dando un psimo ejemplo de discordia, y que se impona  todos
los pretendientes en general, como una prueba de generosos sentimientos
y altas ideas, deponer sus pretensiones en el sagrado altar de la
patria. Agregaba que el nuevo candidato sera designado por los jefes
del partido, es decir, en la capital de la provincia, porque, dada la
disconformidad de las opiniones, algunas egostas, fuerza es decirlo,
las circunstancias imponan una decisin completamente imparcial, que
slo all podra obtenerse. Y as, nadie tendra, luego, motivo de
queja.

En el nmero siguiente el editorial de de la Espada apareci
doctrinario, sin alusiones  persona alguna, segn creyeron los
lectores. Era indudable que, en la perplejidad de la designacin, el
diario oficial se daba un comps de espera. Sin embargo, el diario
deca, nada menos, que haba llegado el instante histrico de dar paso
 las nuevas generaciones, de llevar al gobierno del pas  los hombres
nuevos que haban demostrado amplitud de espritu, respeto  las
instituciones, aptitudes de iniciativa, amor al progreso. Cuando los
altos puestos pblicos, desde la presidencia abajo, estn refrescados
por sangre juvenil, ser como si la nacin entera recobrase una nueva y
vigorosa juventud. En pocas de revueltas y trastornos, la experiencia
de los ancianos es el mejor instrumento de Gobierno; en pocas de paz y
de prosperidad, el entusiasmo de los jvenes es lo que conduce  mayor
felicidad y  ms riqueza. Nadie supuso que aquel articulejo preparaba
el lanzamiento de mi candidatura, aunque en Los Sunchos se hilara muy
delgado, y fu porque estas generalizaciones no son para sintetizadas
por gente primitiva y en el fondo candorosa.

Don Higinio se haba marchado  la ciudad y me escriba casi
diariamente, envindome las cartas con el mayoral Contreras, su hombre
de confianza, como lo haba sido de tatita. En sus cartas me sealaba,
punto por punto, lo que deba hacer para complementar sus propios
trabajos.

Por indicacin suya, los miembros del comit local (vale decir
las autoridades del pueblo), organizaron un mitin para determinar
pblicamente cul iba  ser la actitud del partido. En l se rechazara
sin apelacin la candidatura de Cirilo Gmez, pero, para demostrar que
esto no era una rebelin, sino una desobediencia forzosa, que en nada
menoscababa la disciplina, se declarara solemnemente, bajo juramento,
si se consideraba necesario, que el partido votara en masa, como un
solo hombre, el nuevo candidato--quienquiera que fuese,--designado por
el comit central. Slo as--escriba don Higinio,--se substituir
fcilmente  Gmez y seguiremos gozando del favor del Gobierno.

Aquella maana, en el vasto corraln de Varela, se reunieron unos
cuantos centenares de personas--gente del campo y peones municipales,
en su mayora,--capitaneadas por Casajuana, Guerra y Surez,  quienes
servamos de tenientes Mir, Valdez, Martirena, Antonio Casajuana, el
doctor Merino, de la Espada, yo y otros. Se haba preparado un asado
con cuero--una vaquillona carneada probablemente en la estancia de
algn opositor,--y las damajuanas de vino y las frasqueras de ginebra
prometan un gran entusiasmo popular. En este animado escenario me
estren como orador, repitiendo, palabra ms, palabra menos, algunos
editoriales de de la Espada:

Hay que sacrificarlo todo generosamente por el bien del pas. Las
ambiciones desmedidas de algunos ciudadanos, suelen poner en peligro
la marcha de nuestro partido, el ms noble, el ms puro, el ms
progresista, el nico que se ha mostrado capaz de gobernar... Esas
ambiciones deben ser arrancadas de raz, como la mala hierba. Si
los ambiciosos no renuncian voluntariamente  ellas, los verdaderos
patriotas _deben quebrar sus apetitos en sus propias manos como un
arma funesta_ (frase original, calurossimamente aplaudida). Adems,
ya es hora de que se abra paso  los hombres nuevos. En la poltica,
como en la milicia, hay una edad para el retiro, y el Gobierno, como el
Ejrcito, debe _completarse_ con sangre joven. Y, por ltimo,  nada
aspiro personalmente, nada deseo, pero mi mismo desinters me autoriza
 recomendar  mis correligionarios la ms severa disciplina y la ms
estricta obediencia  los mandatos de nuestros jefes. Seores! viva
el partido provincial! Viva el Gobernador de la provincia!

No insistir en la ovacin que se me hizo ni en las escenas que
siguieron, dignas del mismo Pago Chico, no ya de Los Sunchos. Pero
necesito decir que, al otro da, La poca proclam que me haba
revelado orador brillantsimo, pensador profundo, y uno de los cerebros
mejor dotados del pas, que de m deba esperar maravillas. Los dems
discursantes, que los hubo en gran nmero y  cual ms ardoroso,
se eclipsaron ante el astro nuevo, y en la alta sociedad, as como
en los modestos corrillos, alguien comenz  hablar de Mauricio
Gmez Herrera, como de un muchacho de gran porvenir, que se estaba
malgastando en aquel rincn. Como con esto se tiraba  matar  los
prohombres de que todo el mundo estaba harto, la apreciacin cundi,
especialmente desde que los diarios de la ciudad,  instancias del
viejo Rivas, transcribieron los artculos y sueltos de La poca,
ponindome por su cuenta en los cuernos de la luna.

Tom con esto, involuntariamente, un aire misterioso, y de la noche
 la maana me hice un hombre grave, ms grave quiz de lo que
conviniese para no dejar traslucir mi secreto. Haba adquirido enorme
importancia, y una de las manifestaciones exteriores de ello era que
las principales familias hallaban modo de invitarme  sus tertulias,
 almorzar,  comer, cosa que antes ocurra muy de vez en cuando. Yo
no paraba un momento en casa, con gran pena de mamita que, si hasta
entonces slo me vea  las horas de comer, desde entonces ya no me vi
 ninguna hora, si no es por las maanas, mientras dorma... Aprend
con esto los rudimentos de la vida social (en Los Sunchos!) que tanto
deba cultivar ms tarde. Haba sido un oso; pero las mujeres son
tan amables, cuando quieren, que me sorprend de no haber frecuentado
ms la sociedad... No; aventuras no tuve. Me faltaba atrevimiento, y,
por otra parte, la bendita chismografa y el santo espionaje de los
pueblos pequeos, como una especie de cinturn de honestidad, hacen
 las mujeres recatadas y hasta virtuosas, mientras no interviene la
verdadera pasin.

En fin, cuando se lanz mi candidatura, ungida por el mismo Gobierno,
pocos das antes de las elecciones, mi designacin sorprendi  muy
poca gente: estaba en el aire, sembrada espordicamente por don
Higinio, de la Espada y los dems amigos. La nica persona que se
sorprendi y se asust fu mamita. En cuanto supo mi proclamacin,
aceptada sin objeciones, con la mayor disciplina, impulsada por su
misticismo iconlatra, empez  encender velas ante una imagen de
Nuestra Seora de los Dolores, pero nunca quiso decirme si lo haca
para que saliera  no saliera diputado... Sospecho lo ltimo.

La eleccin fu cannica, porque en Los Sunchos, como en todas partes,
las urnas estaban vedadas  los opositores que, desde tiempo inmemorial
se limitaban  protestar las elecciones ante escribano pblico, sin ms
resultado que dejar un documento para la historia que probablemente no
lo utilizar jams. Mauricio Gmez Herrera result diputado, como se
proclam aquella misma noche, calurosa y clara, de un domingo de marzo,
entre los estampidos de las bombas de estruendo y los paso-dobles de
la charanga municipal. En el comit hubo fiesta que se continu en el
club, donde se destaparon algunas botellas de champaa  innumerables
de cerveza. Yo tuve que brindar con todo el mundo y con todos los
lquidos.

Muy tarde, casi  la madrugada, me vi por fin libre de las amables
impertinencias del triunfo. Muchos me acompaaron hasta la puerta de la
casa, pero, adentro ya, no s por qu se me ocurri que Teresa estara
en la huerta, pese  la hora intempestiva, como una esposa abnegada que
aguarda al marido calavera. Y, en la satisfaccin de la victoria, que
ablanda los corazones, quise que, en tal caso, la tonta fuera feliz.
Esper  que mis acompaantes, que cantaban entusiasmados, estuvieran
lejos, atraves la calle y entr en la huerta, casi seguro de no
encontrar  nadie, aunque esto hubiera lastimado hondamente mi amor
propio... Pero all estaba la muchacha, agitada y nerviosa.

--Ya cre que no vendraz--me dijo con su voz cantante.--El zeor
diputado ze hace decear... Tenz razn... Lo nico que ziento ez que
ahora te me iraz!...

--Me ir... Me ir; pero volver  cada rato. Estamos tan cerca de la
ciudad!

Me haba echado los brazos al cuello y se empinaba para, en medio de la
obscuridad, ver y hacerme ver, en mis ojos y en los suyos, el reflejo
de las estrellas que poblaban el cielo, titilantes  innumerables.

--Vendraz  menudo?--pregunt, mimosa.

--Cuantas veces pueda.

--S! Ez preciso que vengaz--y recalc exageradamente el es
preciso.--No z todava... Pero me parece que tengo que decirte... una
coza...

Me di un calofro, tanto temor y tanta alegra vibraban  la vez en
sus palabras. Sera?...

Pero la inslita entrevista no se prolong, ni era posible que se
prolongara, porque ya comenzaba  amanecer.

Como si se hubiera puesto de acuerdo con Teresa para darme mala espina,
de la Espada, en medio de las embriagadoras congratulaciones del da
siguiente, en un momento en que nos quedamos solos, me dijo con una
cmica solemnidad que era exclusivamente suya:

--Mira, chico, yo no quiero meterme en danza; pero debo decirte una
cosa. Se est hablando demasiado de tus relaciones con Teresita. Ya te
han visto entrar muchas veces en su casa, entre otras anoche mismo,
y el comadreo es tremendo y va  ser terrible. Yo no s, tanto se
habla, cmo don Higinio no ha cado en cuenta todava... ser porque es
el ms interesado. Pero no te fes. Mira de quin se trata y ndate con
tiento, si es que no te propones lo mejor, que sera... santificar las
fiestas. Don Higinio no es de los que se llevan de las narices, y puede
darte qu sentir.

La misma perplejidad en que me hallaba me permiti contestar en broma
al galleguito, negando toda importancia al problema que, sin embargo,
era trascendental y me preocupaba hondamente, hasta imponerme la
obsesin de esta pregunta: Ser?...

Era. Noches despus, Teresa me revel el, para ella, terrible y
encantador secreto.

--Tenemos que casarnos pronto, muy pronto, queridito--me dijo,
acaricindome las mejillas con las palmas de las manos.--Ya no es
posible esperar ms, de veras... Despus, sera un bochorno... Y
tatita! Qu dira tatita! Sera capaz de matarme... Y yo... yo me
morira de vergenza...

Rehu toda respuesta comprometedora, puse de relieve, como
dificultades, precisamente todas las facilidades del momento--tan
propicio,--pero sin mala intencin, aunque nadie lo crea, sin segunda
intencin lo juro! slo por instinto, como un ademn subconsciente
que me defendiera de un peligro imprevisto, atvicamente revelado 
no s qu parte de mi ser. Y, dominada  atontada por mi elocuencia,
Teresa se tranquiliz, me abraz, me bes, me hizo mil caricias, y, en
la cesin completa de su cuerpo y de su alma, hasta prometi no decir
nada  don Higinio, mientras yo no se lo mandase.

Una vez  solas, me di cuenta del atolladero en que me haba metido.
Qu  punto venan las insinuaciones de de la Espada! Si hubiera
hablado meses atrs... Pero, como dicen las comadres: Despus del nio
ahogado... Mara, tapa el pozo!... Bah! Todava nadie se ha muerto
de eso. En el peor de los casos, no tendr de qu quejarme. Pero...

La verdad, la verdad es que preferira no casarme, porque aquella
muchacha careca de atractivos,  si los tena eran menores cada
vez. Teresa no me interesaba,  me interesaba poco, ya sin prestigio
ni misterio, con sus grandes ojos de ternera conmovida, su cutis de
magnolia, su ceceo infantil, su candor de paisanita.

Eso est bueno para pasar un rato pero toda la vida!...


                                  XVI

En la ciudad, alcanc un xito que no me esperaba. Muchos de los
antiguos condiscpulos que me perseguan en el Colegio, y que todava
no haban logrado hacerse una posicin, ni terminar una carrera, fueron
 visitarme en el Hotel de la Paz, y me colmaron de felicitaciones,
lisonjas y bajezas, tras de las cuales sola transparentarse la
envidia, una envidia rayana en odio. ste fu el prefacio de una larga
serie de otras visitas y de invitaciones  fiestas, comidas, tertulias,
bailes, en que siempre era yo el nio mimado por excelencia. Todo el
mundo vea despuntar en m un astro nuevo, un hombre predestinado por
la fortuna para ocupar las ms elevadas posiciones, porque nadie quera
creer en mi mrito excepcional ni en los servicios que pudiera haber
prestado al pas, considerndome, slo, como una criatura nacida de
pie. Y una tarde,  quin se dir que me veo aparecer en el cuarto que
me serva de sala de recibo? Pues,  don Claudio Zapata, en cuerpo
y alma! Pero esto sera bien poco, si tras l no hubiera asomado la
soldadesca figura de misia Gertrudis, con sus alforjas al pecho, y su
enorme masa de cabellos castaos que pareca aplastarle y derretirle la
cara, llena de grandes arrugas reunidas en la antigua papada, que ya no
era sino una especie de vejiga vaca.

--Oh! don Claudio! Oh! misia Gertrudis!--exclam sin poder contener
la risa.--Cunto bueno por ac!

--Hemos venido--dijo ceremoniosamente don Claudio, interpretando mi
hilaridad como manifestacin de cario,--hemos venido, seguros de
que no habrs olvidado  los que te sirvieron de padres,  los que,
educndote, algo severamente, es cierto, te prepararon por eso mismo
para la posicin que hoy ocupas.

--Oh, don Claudio! y cmo me he de olvidar!

--Eras un muchacho travieso, muy travieso, pero se vea claro que
haras camino--agreg misia Gertrudis.--Siempre se lo he dicho 
Claudio y  tu tata, que est en gloria. Pobre don Fernando! Quin
haba de decir! Todava tengo su ltima carta, y la guardo como oro en
pao. Nos afligi tanto su muerte!... Aqu le hemos hecho decir unas
misas...

 pesar de los recuerdos que evocaban estas frases, la risa me
retozaba pensando en las trenzas y en la cara que habra puesto al no
encontrarlas. Pero, dominndome, dije:

--Pues me siento muy honrado con la visita de ustedes! Qu recuerdos,
eh!... Vaya con don Claudio! Vaya con misia Gertrudis! Y qu bien
estn los dos! Pero hganme el favor de sentarse y digan si en algo
puedo servirlos... Y ante todo, tomarn un matecito.

El mate comenz  circular. Yo estaba seguro de que llevaban un
propsito interesado, y entre sorbo y sorbo, vencida al parecer por mis
reiteradas instancias, doa Gertrudis consinti, al fin, en decirme
cmo poda pagarles el honor de aquella visita y la refinada educacin
que me haban dado: Los tiempos estaban malos; sin sufrir miseria, lo
que se llama miseria, no estaban, tampoco, en la abundancia ni mucho
menos. Don Claudio haba prestado, en diversas ocasiones, grandes
servicios al Gobierno, y muchos personajes, entre ellos tatita, le
haban prometido hacer algo por l; promesas que se haba llevado
el viento y que slo mi padre hubiera cumplido,  no morir de tan
trgica manera... Muerto l,  m, su hijo y el hijo adoptivo,  poco
menos, de los Zapata, me tocaba esa herencia. Don Claudio era muy
modesto--demasiado modesto, por eso lo dejaban en un rincn!--y se
contentara con una insignificancia cualquiera. Bastara, por ejemplo,
con que yo, diputado influyente  quien el Gobierno no poda negar
nada, lo hiciera nombrar juez de paz de su parroquia. El puesto estaba
vacante.

--Pero, seora!--objet por hacerla hablar,--en primer lugar,
todava no soy diputado, porque las elecciones no han sido aprobadas.

--Oh! eso es una simple formalidad!

--No tan simple... En segundo, no s si tengo  no tengo influencia con
el Gobierno, porque todava no lo he tanteado...

--Bah! Eso est visto! Un Gmez Herrera!

--Y en tercero, don Claudio no remediara nada, pero absolutamente
nada, con el puesto. Las funciones de juez de paz son gratuitas.

Msia Gertrudis me mir como si quisiera devorarme, y lentamente,
meditando para no decir las atrocidades que pensaba, replic:

--No le hace!... Claro que el puesto en s no ha de darle un real...
Claudio no es de sos que aprovechan, no es verdad, Claudio? y son
capaces de quitarles hasta la camisa  los pobres que tienen una
demanda... Pero, como juez de paz tendr otra espectabilidad, podr
hacer muchos servicios, y esto le facilitar alguno que otro negocio
que nos saque de apuros.

La escena me divirti tanto que promet darles lo que me pedan en
cuanto me fuera posible, si llegaba  tener influencia en el Gobierno.
Y, como quien hace una diablura, meses despus di  don Claudio el
nombramiento de juez de paz para gozar con sus sentencias salomnicas
 sanchescas, y con sus coimas inverosmiles. Adelantar aqu,
aprovechando la oportunidad, que se haca pagar por todo el mundo, por
el demandante y el demandado, por el condenado y por el absuelto, y
esta igualdad ante la ley es la mejor prueba posible de su ecunime
imparcialidad.

No fu tan grato mi primer encuentro con Pedro Vzquez, estudiante
entonces de derecho en la Facultad de una provincia vecina, y que
haba ido  la ciudad de paseo. Como todos los dems, me felicit por
mi rpida carrera, pero con cierto aire burln, que yo tom por crtica
 protesta muda.

--Quisieras verte en mi lugar, eh?--le dije, enfadado, con tono de
superioridad hiriente, significndole que deba tener su poco de
envidia.

--Yo? No creas. Te va  costar tanto trabajo mantenerte  la altura
de tu puesto!... Yo no aceptara por nada,  nuestra edad, un cargo
tan lleno de responsabilidades... Hacer buenas leyes y gobernar bien
al pueblo! No; es una tarea inmensa, un sacrificio enorme. Soln ha
dicho...

--No me importa lo que diga Soln, seor estudiante!--interrump,
rabiando por la solapada y sangrienta irona que cre ver en sus
palabras.--Acaso los dems diputados se preocupan de semejantes
tonteras? Sos un pavo que nunca sabrs vivir, y no te das cuenta de
nada! No todos han de proyectar las leyes desde el primer momento, y
cualquiera, con un poco de sentido comn, puede saber si son buenas 
malas las que se le presenten...

--Oh! Ese papel est bueno para los burros que no tienen decoro ni
aspiraciones, no para un muchacho como t, inteligente y de corazn,
que puedes ser ms tarde muy til  tu tierra. No, Mauricio, no te
envidio, por ahora. Hay que prepararse mucho para tareas as, y yo no
estoy preparado; apenas si empiezo  aprender... Dentro de algunos aos
no digo que no. Pero, ahora, lo principal es estudiar.

--S, las cosas viejas de los libros viejos, las antiguallas del tiempo
de Mari-Castaa. Vaya una sabidura!

--De lo viejo ha salido lo nuevo. Lee el Espritu de las leyes de
Montesquieu y vers.

--En fin, Vzquez, no estamos de acuerdo.

Esto lo dije con blandura, convencido de que no llevaba mala intencin,
esforzndome por ser afectuoso, pero con ganas de darle unos sacudones
por burln si se rea de m, por tonto si hablaba en serio. Cuando
nos separamos me fu, sin embargo, rumiando lo que haba dicho,
prometindome leer  Montesquieu, y confesndome que saba muy poco
para legislador, aunque no mucho menos que la mayora de mis colegas.

La ciudad se me presentaba completamente distinta de la otra vez, y
mi individualidad no haba sufrido las antiguas torturas al verse
empequeecida, suprimida casi. Muy al contrario, mi yo se agigantaba,
pues ocupando, relativamente, el mismo lugar que en mi pueblo, el
escenario ms complejo y vasto me daba mucha mayor significacin,
para m mismo y para los dems. El trasplante me favoreca esta vez,
enriquecindome y vigorizndome. Haba ganado en todo, hasta en lo que
 sensualismo y diversiones se refiere. Las costumbres eran all ms
fciles que en Los Sunchos--hablo de la gente de cierta posicin,--y
no dej de aprovechar esta circunstancia. El xito es una aureola que
deslumbra  muchas mujeres, y mi brillante aparicin en la escena
poltica,  una edad en que otros no se han puesto, casi puede decirse,
los primeros pantalones largos, me hizo el nio mimado de las damas.
Algunas me concedieron amables entrevistas matinales   la hora de
la siesta, momentos propicios si los hay, porque generalmente los
maridos slo temen la infidelidad nocturna... Cunto gracioso impudor
en algunas que, para el cnyuge seran, sin duda, de una desesperante
mojigatera!... Pero no se exagere el alcance de estos prrafos. Ms
que inmoralidad, ms que licencia en las costumbres, debe verse en
todo aquello una simple exteriorizacin de primitiva ingenuidad, una
especie de regresin al estado natural, coadyuvada, si no fomentada,
por la completa remisin de los pecados, en la que nadie dejaba de
creer. Y si lo cuento es, slo, porque estas aventuras pasajeras
ahuyentaban cada da ms de mi cerebro la idea del matrimonio, mientras
me alejaban, tambin, de Teresa, un poco por temor, un mucho por desdn
que las comparaciones me inspiraban. Sin una pasin que ciegue, el
matrimonio es un disparate, sobre todo en la primera juventud; con la
pasin que ciega, es una locura en todo tiempo. Se me dir que los
hijos imponen el matrimonio, pero esto, en la actualidad, es un craso
error, aunque antiguamente pudiera resultar exacto. Los hijos toman la
vida como viene, y suelen tener mejores ejemplos en una unin libre,
desligable  la primera falta, que en un hogar legtimo donde, al cabo
de algunos aos, marido y mujer no pueden aguantarse y tienen que
aguantarse aunque se desprecien y se odien, cosa que disimularn  los
extraos,  los mismos amigos, pero que resultar siempre evidente para
los hijos... Pero no era mi intencin meterme en estas honduras, sino
sencillamente, decir que cada da me afirmaba ms en el propsito de
no casarme con Teresa--sobre todo con Teresa,--porque, cmo arrostrar
 sabiendas los peligros que vea ejemplarizados  mi alrededor,
el infortunio, el ridculo, quizs ambos  la vez, sin una gran
compensacin?

Entretanto me preocupaba y me urga la aprobacin de mi diploma, pues
no creera en mi buena suerte mientras no me viera en mi banca de
diputado.  interrogaba  todo el mundo, con aire indiferente, si  su
juicio se presentaran  no dificultades.

--Qu se han de presentar! Su diploma es como una carta en un buzn.

No decan en el Correo, porque el correo era entonces una verdadera
calamidad.

Asista como interesado espectador  las sesiones preparatorias de la
Legislatura, mucho ms divertidas que el resto de la montona vida
provinciana--salvo los amoros, los bailes y las francachelas,--y
me paseaba en antesalas, trabando relacin con mis colegas futuros.
All se tomaba mate interminablemente, y se hablaba de poltica, de
chismografa social, mezclado esto con las viejas ancdotas de que
somos tan golosos los provincianos.

El recinto de la Cmara era, en una casa vieja de pretencioso
frontispicio Renacimiento, un saln cuadrado, disfrazado de anfiteatro
mediante unas barandillas de madera que dejaban  disposicin de la
barra el fondo y los rincones, llenos de largos escaos. Las bancas
 asientos de los padres conscriptos eran una especie de pupitres de
escuela, colocados en tres filas semicirculares y decrecientes, las
mayores  lo largo de la barandilla, las menores, naturalmente, en el
centro, dejando en medio un espacio vaco. En el testero del saln,
sobre la larga mesa de la presidencia, el gran retrato al leo de un
prcer de la provincia. Qu majestuosa me pareci aquella sala la
primera vez que entr en ella, con el pecho algo oprimido, como quien
penetra en un antro misterioso! Y con qu religiosa atencin escuch
lo que se deca, pagando la chapetonada y conquistando as el derecho
de no hacerlo ms tarde!

Los diputados decan sucesiva y enfticamente una docena de sandeces,
que entonces me parecan rasgos de elocuencia, tal es el prestigio
del poder. Eligieron la mesa y comenzaron  discutir las actas de las
elecciones, por mera frmula, segn me dijera misia Gertrudis: bien se
vea que todos se haban puesto de acuerdo antes de entrar en sesin.
Mi diploma era uno de los pocos que parecan peligrar, porque las
elecciones de Los Sunchos haban sido, como de costumbre, protestadas
por la oposicin abstinente. Cuando me toc el turno fu invitado 
entrar en el recinto para defenderlo. Como todos mis eminentes colegas
haban sido electos ms  menos en la misma forma que yo, y haban
pasado sobre iguales protestas, no les fu difcil convencerse de la
legalidad de mi mandato, y de que:

La impotencia hipocondraca y perversa de cuatro ciudadanos egostas
y malos patriotas, hez de la sociedad, alejados de la opinin pblica
y desdeados y aborrecidos por ella, como se hace con una vbora
venenosa, los obliga  adoptar el nico medio de fingirse vivientes,
firmes y numerosos, de mostrarse engaosamente al pueblo como una
fuerza respetable: la cnica protesta de una eleccin legal, en que se
ha respetado la inmaculada pureza del sufragio, protesta que lleva al
pie el nombre de cuatro individuos insignificantes, que quiz no sean
ni siquiera electores, y la falsa afirmacin de siguen las firmas,
testimoniada por un escribano sin fe, sin carcter, sin probidad. No
hay firmas, no hay hombres, no hay ciudadanos, seor Presidente!...

--Las firmas estn!--grit una voz desde la barra.

--Habr... habr nombres inventados, nombres supuestos que no
figuran en el padrn. No, no hay ciudadanos, seor Presidente! Slo
hay ambiciones inconfesables, y, como ya dije, la rabia feroz de la
impotencia. (Muy bien en las bancas). Vengo  apoyar decididamente
al Gobierno que nos rige con general aplauso. Esto es sabido, y esto
despierta contra m el odio de los que quisieran substituirse  l.
Esos cuatro fomentadores de anarqua son, pues, mis enemigos naturales.
Entretanto, el Gobierno actual cuenta con la inmensa mayora del
pueblo, y sa es la que me ha elegido por mis opiniones. No declarar
legtimo mi mandato sera sospechar de impopularidad al mismo poder
ejecutivo que aclaman las muchedumbres entusiastas y del que quiero ser
modesto, pero abnegado colaborador.

Esto lo copio de la versin taquigrfica, corrigiendo apenas el estilo,
no por presuncin, sino porque me gustan las buenas formas, lo que
podra llamarse el aseo en la ropita oratoria. El fondo era as, vago,
indeterminado  insultante para los adversarios. De ms est decir
que, como en mi clebre examen de ingreso, all tambin pas por
unanimidad. Prest juramento y me sent por fin en mi banca. Era,
definitivamente, un personaje.

Escuch desde entonces los discursos con menos respeto, y comenc 
comprender como por vaga intuicin, que aquello no vala nada, que
yo podra hacerlo mejor sin mucho esfuerzo, sin todo ese trabajo de
aos  que Vzquez se refera. Y resolv ponerme  leer discursos
parlamentarios. La indigente biblioteca de la Legislatura, compuesta
de unos pocos centenares de volmenes, me proporcion los diarios
de sesiones del Congreso: devor  Sarmiento, Avellaneda, Rawson,
Mitre, Vlez Sarsfield; le docenas y docenas de discursos, reteniendo
ms las frases que la doctrina y crendome un repertorio de lugares
comunes que pudieran no parecer tales. Compr tambin algunos libros
de Castelar, una traduccin de Cicern, otra de Mirabeau, y me puse 
leer la Historia de la Revolucin Francesa, que entonces me entretena
como antes las novelas de aventuras. Los discursos de la Convencin me
enriquecieron notablemente, y trat de imitar su vehemente entusiasmo,
su heroica entereza, en la forma de los mos. Siempre que hablaba en la
Cmara era como si la patria estuviese en peligro; los otros buenos
oradores, escasos entre mis colegas, hacan, por otra parte lo mismo,
de modo que,  propsito de la construccin de un camino  de cualquier
otro detalle, las sesiones de nuestra humilde Legislatura, alcanzaban
el diapasn de las ms vibrantes y memorables de la historia.

Un discurso que pronunci sobre el estado de las escuelas primarias en
la provincia, mereci que algunos corresponsales escribieran  Buenos
Aires, y dos  tres diarios me dedicaran palabras elogiosas en los
sueltos. ste fu el mayor espolazo que haya recibido mi ambicin,
desde entonces pronta  desbocarse. Me propuse conocer la capital, los
hombres de gobierno, el presidente de la Repblica, ciudadano de gran
talento, elocuentsimo orador l tambin, y quin sabe! quizs abrir
una brecha que me permitiese lanzarme  la conquista de aquel emporio,
y triunfar, y ser all lo que haba sido en Los Sunchos, lo que era en
mi ciudad provinciana, si no el primero, uno de los primeros, con un
porvenir de gloria y de grandeza.

Viva exclusivamente para la poltica; slo en ella pensaba, estuviese
donde estuviese, trabajando  divirtindome, amando  durmiendo,
porque hasta mis sueos eran polticos, y mis amoros buscaban mayor
influencia y ms poder para m. Ningn detalle me pareca nimio, y
todo, hombres, cosas, hechos iban almacenndose en mi memoria, que
tengo magnfica. Ahora mismo podra contar la vida y milagros de
centenares de personas, tanto altamente colocadas cuanto modestas y
aun insignificantes. Formaba mi arsenal, con avidez y con paciencia, y
comenzaba  utilizarlo para avezarme  su manejo.

Como aprendizaje del uso de mis armas, escriba en Los Tiempos,
diario que era una reproduccin agrandada de La poca de Los Sunchos,
y mis sueltos incisivos, mordaces, casi siempre animados con una
ancdota verdadera  imaginada, se destacaban del resto de aquella
prosa indigesta y burda, lana de colchn con que se rellenaban las
columnas del periodicucho. Mi fama comenz  cundir, y ya muchos me
consideraban como una personalidad naciente, mientras que otros me
tenan como  un muchacho mal educado  insolente, capaz de las mayores
desvergenzas.

Entretanto, mamita, Teresa, don Higinio, Los Sunchos quedaban muy
lejos, all atrs, all abajo, como perdidos en la bruma para siempre.
Slo, de tiempo en tiempo, una carta de Teresa vena  sobresaltarme,
 turbarme un momento: su secreto, nuestro secreto, iba  dejar de
serlo; la verdad se impondra dentro de muy poco, y, desesperada, me
suplicaba que fuera, que arreglara las cosas, que la salvara de toda
una inminente tragedia...

Para qu me habra yo metido en semejante atolladero?


                                 XVII

Me pareci oportuno realizar el proyectado viaje  Buenos Aires, antes
de decidir lo que haba de hacer. Ped licencia  la Cmara y algunas
cartas de presentacin de mis amigos del Gobierno para los ases
de la gran capital. Con esto, mi diploma de diputado, mi calidad de
periodista y mi apellido patricio, sal, seguro del xito, en busca
de mis primeras aventuras bonaerenses. Las puertas del mundo oficial
y las de muchos salones provincianos, abrironse de par en par ante
m. Visit  varios miembros notables de mi familia, que ni siquiera
tenan noticia de m, pero que me recibieron deferentemente, ponindose
 mi disposicin y dando por cumplidos todos sus deberes con esta
manifestacin de cortesa.

Buenos Aires estaba, desgraciadamente, muy agitado. Respirbase all
una atmsfera candente, nuncio de una tempestad. Los ciudadanos se
adiestraban en el uso de las armas y en el ejercicio militar,  vista
y paciencia del Gobierno de la nacin, contra quien iban, impotente
para reprimirlos sino con una medida de fuerza que hubiera sido seal
de la revolucin, quiz de la guerra civil. Las antiguas desavenencias
mezcladas de celos entre Buenos Aires y las provincias hacan crisis,
y esta crisis era amenazadora. En la doble capital no caban los
dos grandes poderes, el nacional y el porteo, que se disputaban
la hegemona, y el drama poltico empezado desde los albores de la
independencia, corra rpidamente  su desenlace. Cul sera ste?
Triunfara la altiva Buenos Aires sobre todo el resto del pas,
imponindose como la cabeza pensante  los dems miembros del cuerpo?
Lograramos los provincianos abatir su orgullo y hacerla entrar en
razn? Arduo problema cuya solucin pareca exigir sangre!

Fu  saludar, entretanto, al Presidente de la Repblica, hombre
encantador, de maneras algo afectadas, muy fino, muy amable, tanto que,
 primera vista podra crersele dbil, femenil. Me parece estarlo
viendo, pequeito, menudo, bien proporcionado, sin embargo, con la
frente ancha, coronada por cabellos largos, negros y ensortijados, ojos
llenos de inteligente viveza, bigote y perilla, negros tambin. Hablaba
con mesura, escogiendo las palabras, y sus frases tenan siempre
un ritmo cantante. As, cuando hablaba en pblico, era una delicia
escucharle, porque se hubiera dicho que su oratoria era musical,
persuasiva y tranquilizadora como una caricia.

Me habl de mi provincia, de la suya, de la desgracia de nuestro pas,
siempre agitado por disensiones intestinas y ofreciendo un espectculo
de anarqua y violencia al mundo, que consideraba  las nuevas naciones
de la Amrica del Sur, y, sobre todo,  la nuestra, como grupos de
chiquillos revoltosos, si no como tribus semiprimitivas, incapaces de
comprender la libertad, y, por lo tanto, de gozar de ella. Y, sin duda,
para no penetrar ms en el fondo de las cosas y no hacer confidencias
intempestivas  un jovenzuelo que era, al fin y al cabo, desconocido,
se levant, dando por terminada la audiencia. Nunca lo volv  ver,
pero conservo clara y viva la impresin que me produjo.

Poco dur mi permanencia en Buenos Aires, porque algunos dirigentes
del partido me aconsejaron que volviera  mi provincia, donde poda
hacer falta: la inminente rebelin de la capital portea repercutira,
quizs en alguna otra parte, y aunque mi provincia estuviera al abrigo
de todo temor y toda sospecha, como defensora decidida de la causa
nacional--eran sus palabras,--nunca es malo estar prevenido, y en
pocas de disturbios cada soldado debe ocupar su puesto. Me fu, pues,
y vase cmo asocia uno egosticamente  sus pequeas necesidades,
los ms grandes intereses colectivos: me fu haciendo votos porque
estallara no una revolucin, sino toda una guerra civil, convencido de
que en esta tragedia me sera ms fcil desenlazar mi dramita ntimo,
de acuerdo con mis deseos, es decir, quedando libre de todo compromiso.

En la ciudad me esperaba una carta de don Higinio, todava ignorante de
la desgracia que lo amenazaba. La abr, no sin recelo. Se refera al
negocio de la chacra, que marchaba muy bien, gracias  su muequeo.
Haba conseguido que la misma oposicin clamara por la apertura de las
calles, creyendo hacerme dao al desmembrar una posesin feudal, que,
como los castillos medioevales, dominaba al pueblo de Los Sunchos,
aunque sin protegerlo ni servirle, sino  modo de dique contra su
desarrollo natural. La Municipalidad finga indignarse mucho contra
aquella pretensin; pero estaba, naturalmente, pronta  ceder en cuanto
l lo indicara. No era oportuno todava, si se quera obtener una buena
indemnizacin.

Contingencia feliz  ingrata  la vez, que me dej perplejo. Agregbase
un elemento ms  mis vacilaciones que ya eran sobradas, aunque, en el
fondo, mi resolucin fuera inmutable. Don Higinio, de cuya influencia
poltica necesitaba todava, don Higinio, que, como buen criollo, era
muy capaz de vengarse sangrientamente de m, preparando este brillante
negocio, me obligaba an ms  contemporizar con l. Cmo salvarme
del compromiso, cmo ganar tiempo, al menos?...  fuerza de buscar, se
me ocurri una idea luminosa, y escrib  la muchacha, en una forma
ambigua, slo clara para ella, dicindole que ms que nunca guardara su
secreto, y  don Higinio preguntndole si ira pronto  la ciudad, pues
me urga hablarle de un asunto muy importante que no poda tratarse por
cartas, pero que tampoco era cuestin de das ms  menos. Un se trata
de mi felicidad, deba sugerirle el tema probable de la entrevista.

Me precipitaba hacia el escndalo, precisamente para contrarrestarlo,
y elega la ciudad, donde las cosas ms graves, las que seran
catstrofes en una aldea, pueden pasar inadvertidas, y donde toda
defensa es ms fcil. En aquel teatro se equilibraban mejor nuestro
poder y nuestras armas.

Como lo haba supuesto, el viejo se precipit  la cita. Creo que
estaba ms contento que la misma Teresa, pues crea realizar un sueo
de muchos aos y crear para sus nietos toda una aristocracia, dndoles
al propio tiempo gran fortuna, elevada posicin y un nombre envidiable,
un apellido patricio.

--Don Higinio!--exclam al verlo.--Mi asunto no corra tanta prisa.

--No--dijo ladinamente.--Si he venido por otras muchas cosas; y de paso
es natural que te pregunte lo que quers.

--Yo hubiera debido ir  Los Sunchos; pero ya comprende usted que mis
ocupaciones de la Cmara me lo impiden.

No haba ido, temiendo, adems de lo que ya he dicho, las escenas con
Teresa, y su posible indiscrecin... Oh! las mujeres saben callar,
pero de repente, cuando no hay peligro   ellas les parece que no lo
hay, se les va la lengua y arman un enredo, sin querer.

--Se trata de Teresa--agregu.--Usted bien sabe que nos queremos
desde hace mucho, desde que ramos muchachos. Nos dar usted su
consentimiento para casarnos?

--Pero, hijito, cmo no! Si es mi mayor deseo, y cuanto antes!

Me abraz conmovido.

--Cuanto antes, me parece mucho decir. Yo creo que ser mejor esperar
hasta el ao que viene. Mis asuntos no estn bien claros y los recursos
no son muchos, mientras no se arregle lo de la chacra.

--Se arreglar. Y, adems, yo soy bastante rico para que no les falte
nada.

--Otra cosa: tengo que preocuparme de mi posicin y no puedo descuidar
ni un momento la poltica, si he de hacer camino. Debo frecuentar
asiduamente la sociedad, los comits, el club, la casa de gobierno, la
Legislatura. Todo pinta muy bien; pero, con la desgraciada perspectiva
de una revolucin en Buenos Aires, quiz de una guerra civil, si me
casara ahora, tendra que abandonar  mi mujercita  no cumplir con los
deberes que me imponen mi puesto y mi partido...

--Y cundo, entonces?

--Oh! el ao que viene,  ms tardar. El ao que viene estar
completamente despejada la situacin del pas y la ma...

Un relmpago de recelo atraves por los ojos de don Higinio. Le pareca
extrao--y me lo dijo,--que una vez resuelto  casarme, lo dejara
para ms tarde, sin ardor juvenil de inmediata realizacin. Que antes
vacilara, s, es comprensible; pero, decidido ya, la demora resultaba
menos natural. En fin! que l no hubiera obrado as, y en su tiempo
la gente se casaba sin preocuparse de las revoluciones. Pero, sobre
gustos no hay nada escrito!

--Ser, pues, para el ao que viene. Escrbele  Teresa. Yo mismo le
llevar la carta para ver la cara que pone.

Escribirle! Siempre he tenido miedo de escribir cosas comprometedoras,
y la carta anterior me haba costado prodigios de ingenio. Sal del
paso lo mejor que pude.

--Ella ya sabe--dije.--Lo sabe desde antes de venirme  la ciudad.

--Ah, picarones!... y qu calladito lo tenan!

Se qued todo el da conmigo, haciendo proyectos, castillos en el aire,
como si l fuera el novio. Seramos reyes en Los Sunchos, y en la
ciudad, y en el mismo Buenos Aires, donde Teresa brillara un da como
una reina.

Aqu se me escap una rplica, que tuvo ms tarde consecuencias
trascendentales.

--Djese de eso, viejo--le dije.--Teresa es demasiado modesta para que
se pueda lucir en Buenos Aires. De all vengo, y debo prevenirle que
las mujeres tienen una educacin muy distinta, son grandes seoras, no
muchachas ignorantes, como las de nuestros pueblitos de provincia.

Se qued mirndome, sin replicar palabra, como si mi frase le hubiera
producido la ms honda impresin, y nuestra charla termin con esto.

Cuatro das despus, una carta de Teresa me daba noticia de lo ocurrido
en Los Sunchos,  la llegada de don Higinio. ste, loco de alegra,
le haba dicho que yo acababa de pedir su mano. Ella, cuando el viejo
agreg que el casamiento se celebrara el ao siguiente, no pudo
reprimir un grito:

--Cmo el ao que viene! Es imposible, imposible! Si mucho antes!...

El viejo, alarmado, aunque sin dar toda su significacin  estas
palabras, pregunt, suplic, amenaz, y al fin lo supo todo. Su clera
fu indescriptible. Quera montar  caballo y correr  la ciudad 
llevarme de una oreja para hacerme casar inmediatamente  matarme
como  un perro si me resista. Y lo hubiera hecho como lo deca, si
no le hubiera dado un ataque  la cabeza, que lo dej tendido en medio
del patio, mientras apretaba la cincha  su alazn. No digo que las
mujeres, tan reservadas siempre, siempre son indiscretas cuando sufren
una gran emocin? Pero, en fin, el mal trago haba que pasarlo, tarde 
temprano. Por fortuna, el bendito ataque vino  cambiar completamente
el rumbo de las cosas, porque don Higinio me casa, como hay Dios que
me casa  me mata, si no pierde el sentido y no tiene que guardar cama
despus, muchos das, con ventosas, custicos, sangras y toda la
teraputica provinciana de aquel entonces.

Otras cartas de Teresa me tranquilizaron. Haciendo de enfermera del
viejo haba logrado enternecerlo, impedirle que provocara un conflicto,
gracias  su debilidad momentnea,  su cario de padre y  la
confianza que tena en mi caballerosidad. Lo hecho, hecho estaba. Haba
que ocultar la falta, lo mejor posible; cuando nos casramos, que deba
ser inmediatamente, iramos  hacer un largo viaje  Chile,  Europa,
al Paraguay,  cualquier parte, y volveramos con nuestro hijo, sin que
nadie tuviera nada que decir. Pero el viejo quera, tena que hablar
conmigo, cantarme la cartilla, exigirme seguridades de que cumplira mi
palabra, si no me obligaba  casarme en seguida. Esto sera lo mejor!
La idea de venganza, la de sangre, haba pasado por el momento; pero
el peligro cambiaba de aspecto: el casamiento sera ineludible, si yo
no quera sentir la pesada mano de don Higinio, , por el contrario,
hacerle sentir la ma y provocar con ello un terrible escndalo que
hara fijarse todas las miradas en nosotros y que necesariamente sera
muy perjudicial para mi porvenir, porque, si bien las faltas y aun
los delitos pueden perdonarse y hasta olvidarse en provincias, si no
trascienden mucho y se ha sabido guardar las formas, la condenacin
general, implacable, persigue  los que violentamente perturban el buen
orden social.


                                 XVIII

La situacin poltica se haca ms tirante cada vez, el interior
estaba agitado y receloso, Buenos Aires con las armas en la mano,
dispuesta  romper las hostilidades contra el Gobierno nacional,
contando con la ayuda ms  menos ilusoria de dos  tres provincias.
Nosotros, en realidad, no tenamos nada grave que temer, pues nuestro
pueblo es tradicionalmente adversario del porteo; pero en pocas tan
revueltas, nunca faltan ambiciosos que aprovechan las circunstancias,
y la oposicin local era muy capaz de servirse de ellas para provocar
un cambio de Gobierno que la llevara al poder. As lo comprendamos
los que pulsbamos la situacin con alguna perspicacia. Era fcil
ver que los opositores se movan disimuladamente, preparando algo,
un golpe de mano  una revolucioncita de las que tanto abundaban por
aquellos tiempos. No tenan, sin duda alguna, la menor intencin de
ayudar  Buenos Aires, pero desde haca mucho soaban con derribar al
Gobernador, don Carlos Camino, de quien hablaban pestes, quitndole al
diablo para ponerle  l. No administraba Camino peor que otros, pero
no podan perdonrsele sus costumbres disolutas, y, especialmente, su
aficin al bello sexo de baja estofa, que lo lanzaba  inconfesables
aventuras en las que slo le segua su asistente, Gaspar Cruz, paisano
retobado, valiente como las armas, fiel como un perro, para quien
el mundo estaba exclusivamente cifrado en el Gobernador, persona
excepcional, casi divina, segn su cerebro obtuso y fetichista. Marido
de una matrona ejemplar, casta y piadosa, padre de dos lindas muchachas
candorosas  inteligentes, Camino era considerado realmente como un
criminal, en los crculos austeros, y aparente y utilitariamente en los
que no lo eran tanto, pero podan aprovecharse de su desprestigio. En
suma, muchos le tenan por una especie de tirano corrompido, y, si no
contribuan  derrocarlo, no haran nada por sostenerlo, tampoco.

Vi muy claras las ventajas que me ofreca aquella situacin, y no
tard en utilizarlas. Una noche que, con otros personajes, estaba de
visita en casa del Gobernador, llev la conversacin  las agitaciones
populares, declarando que,  mi juicio, eran mucho ms graves de lo que
se crea. Varias personas, con ese espritu de torpe adulacin que hace
negar hasta la evidencia, si sta puede ser desagradable al que quieren
lisonjear, y aunque con ello le expongan  los mayores peligros, me
replicaron entre risas que estaba viendo visiones, y que me asustaba de
fantasmas.

--No! no hablo  tontas y  locas!--exclam.--Tengo datos, y si el
Gobernador quiere escucharme y seguir mi consejo, no durmindose en
las pajas, podr evitarse un mal rato. Ms tarde, ya no sera tiempo.

Camino qued un tanto preocupado, pero supo disimular, y, al cabo de
un momento, me llam aparte para que le contara lo que saba. Exager
un poco, creyndolo necesario para mis fines. La oposicin se armaba
secretamente--lo que era cierto,--tena en la ciudad verdaderos
arsenales, mucha gente comprometida, paisanos que entraran en campaa
 la primera seal, una especie de logia revolucionaria que funcionaba
todas las noches, y hasta inteligencias en la misma polica, muchos de
cuyos agentes estaban complotados.

--Pero qu hace don Mariano!--exclam el Gobernador, alarmado,
refirindose al viejo Villoldo, jefe de polica.

--Don Mariano no ve ms all de sus narices, est medio chocho y
toda la vida ha sido dbil--contest.--Y en estos momentos lo que se
necesita es un hombre resuelto, que no se preocupe de legalidades ni
se ande con paos calientes...

--Dnde encontrar ese hombre?

--Vamos, Gobernador! No lo tiene delante?

--Usted? Usted se considera capaz?...

--De sofocar  de impedir una revolucin? S, Gobernador, muy capaz!
Si usted me da la jefatura de polica y me deja completa libertad de
accin, le aseguro que antes de quince das todo estar ms tranquilo
que nunca. Pero, eso s! nada de escrpulos tontos y carta blanca
para m! Habr que meter bastante gente en la crcel.

--Pero, la opinin...

--Bah! En las circunstancias actuales hay que hacer la pata ancha;
adems, no pueden ser ms favorables, porque con la agitacin completa
del pas, un detalle ms uno menos, viene  ser la misma cosa. Djeme
hacer, Gobernador, y ver como todo sale bien!

--Bueno... lo pensar!--murmur, perplejo.

--No. No es cuestin de perder tiempo. Hay que decidirse. Nmbreme 
no me nombre  m, don Mariano Villoldo no puede quedar en su puesto
si usted quiere seguir en el gobierno. Es cuestin de das, quiz de
horas, y puede que en este mismo momento se est preparando la ratonera.

--Bien! Est dicho!... Voy  llamar  don Mariano, y maana ser
usted jefe de polica.

--Entendido que conservar mi banca en la Legislatura...

--Cmo? Y la Constitucin?

--Es un librito, deca el viejo Vlez. La Constitucin no dice que
un diputado no puede ser jefe de polica. Y aunque lo dijera, en
circunstancias tan excepcionales... Me interesa conservar el puesto por
si algn da dejo la polica...   usted se le antoja quitrmela...

--En fin, la Cmara decidir.

--No. Si ahora mismo voy  pedir licencia por tiempo indeterminado. Y
carta blanca, eh! Necesito poder obrar resueltamente, como un rayo, en
el momento oportuno!...

Don Mariano Villoldo renunci aquella noche,  pedido del Gobernador,
y al da siguiente comenc  ejercer mis nuevas funciones de jefe
poltico de la provincia, con gran sorpresa de todo el mundo, porque
nadie se explicaba tan enorme salto. Abundaron las crticas, porque un
mocozuelo al frente de la polica no poda hacer ms que barrabasadas.
Pero dej hablar y me dediqu  reorganizar mi gente, valindome de
los comisarios y oficiales en quienes se poda tener confianza. La
tarea era ardua, tanto ms cuanto que deba llevar de frente al propio
tiempo, las averiguaciones de lo que tramaba la oposicin, y hallar
 inventar una buena oportunidad para poner presos  los cabecillas,
secuestrarles las armas y quitarles las ganas, por un tiempo, de
meterse  revoltosos. Da y noche pasaba en el despacho, dando rdenes,
escuchando partes y confidencias, recibiendo espas, amonestando 
subalternos dudosos, pero de quienes todava se poda esperar algo.
Hasta dorma en mi despacho, para estar al pie del can. Los
opositores se reunan unas veces en una parte, otras en otra, nunca
dos das en el mismo sitio, pero no me sera difcil sorprenderlos en
cuanto quisiera, pues no me faltaban indicaciones oportunas del local
elegido. Sin embargo, no precipit las cosas, para no dar golpe en vago
ni provocar demasiada crtica.

En esto, sobrevino el rompimiento entre el Gobierno Nacional y el de
Buenos Aires, como si quisieran servirme exclusivamente  m, tanto en
los asuntos privados cuanto en los polticos. Llegme, aun antes que al
Gobernador, noticia de los sucesos: el Presidente de la Repblica, sus
ministros y gran parte del Congreso haban abandonado la ciudad rebelde
que se fortificaba, y  la que pona sitio el ejrcito de lnea. La
lucha iba  ser terrible, pues los porteos parecan dispuestos  no
cejar y tenan numerosas fuerzas de guardias nacionales, de voluntarios
criollos y extranjeros, y algunas tropas veteranas. La ciudad estaba
rodeada de fosos y trincheras y los puestos avanzados defendidos
estratgicamente. Era una revolucin en regla, como no la haba habido
desde muchos aos atrs, y como era de temerlo, dados los largos y
ostensibles preparativos... El pas entero se hallaba bajo el estado de
sitio.

En cuanto supe esto y antes de que pudiera hacerse pblico, renunci
 esperar otra oportunidad, y ya no trat de tomar reunidos  los
presuntos revolucionarios. Usando de los plenos poderes que tena,
impart mis rdenes, y corr  casa de Camino, para darle cuenta de lo
que acababa de hacer.

--En estos momentos--le dije,--sacan de sus casas  todos los jefes
de la oposicin, y por mi orden los llevan  la polica. Puede V. E.
estar tranquilo. Aunque no tema el ms ligero disturbio, le mandar un
piquete para su custodia, bajo las rdenes de un hombre de confianza.
Todo va bien!

Quiso pedirme mayores datos, pero dej los detalles para ms tarde,
limitndome  decir que Buenos Aires acababa de sublevarse, como se
tema, y agregando:

--Ya comprende, Gobernador, que con los sucesos de Buenos Aires todo
est justificado y nadie tendr nada que decir. En cuanto secuestre las
armas, y despus de tenerlos un tiempo  la sombra, para que aprendan
 no meterse  sonsos, los pondremos en libertad y ya no volvern 
alborotar en muchos aos.

--S, pero, y los ministros?

--Valiente preocupacin! Renalos y dgales... Estn acostumbrados 
callarse y aprobar.

Cuando volv  mi despacho comenzaban  llegar  la polica los
primeros detenidos, unos protestando enrgicamente contra el
atropello, el allanamiento de su casa sin orden de juez, la violencia
contra sus personas, otros asustados y temblando, como criminales, los
menos serenos y dignos, dicindose que desde un principio saban 
lo que se exponan, algunos, por fin, suplicando que los pusieran en
libertad, porque ellos no haban hecho nada, como los muchachos de
la escuela. En casos as, los gobiernos de provincia solan no ser muy
blandos que digamos, y vejaban  los opositores presos, encerrndolos
en calabozos inmundos, maltratndolos, obligndolos  hacer las tareas
ms viles, como limpiar los excusados  barrer las aceras y la plaza
pblica. Esto se explica. Las autoridades, y especialmente la policial,
estaban siempre en manos de hombres rudos y toscos que haban ido, 
veces desde aos enteros, amontonando rencores, y deseaban vengarse
de desaires y desprecios no por lo disimulados menos hirientes y
sangrientos. Yo no tena nada que vengar y quise ser buen prncipe.
Orden que se tratara  mis prisioneros con toda consideracin, que se
les alojara lo mejor posible en las oficinas, que se les permitiera
hacerse llevar cama, ropa y comida, todo esto mantenindolos, sin
embargo, incomunicados con el exterior, y hasta me dign hacer que uno
de mis subalternos les diera noticia de la revolucin bonaerense, y
les explicara que el Gobierno se vea obligado  tomar precauciones
excepcionales, para la seguridad del pas.

Entretanto, valindome de lo que haban descubierto mis espas y, sobre
todo, de lo que me revelaron algunos conspiradores dbiles de carcter,
por librarse del castigo, y otros venales, por obtener recompensas,
supe dnde estaban ocultas las armas--casi todas,--y las hice recoger.
La conspiracin quedaba sofocada: tenamos quince  veinte opositores
de significacin detenidos, y habamos secuestrado un centenar de
fusiles viejos, casi inservibles, y otras tantas lanzas hechas con
caas tacuaras y tijeras de esquilar.

En medio de toda esta agitacin, tuve una sorpresa que en un principio
me fu ingratsima, pero que me llegaba, precisamente, en el momento
ms favorable para m, como no tard en comprenderlo. Mi despacho
estaba lleno de gente, cuando un ordenanza me anunci que don Higinio
Rivas deseaba hablar conmigo. Haba sonado la hora trgica. Un momento
estuve por retardarla, no recibiendo al viejo, pero me pareci
demasiada cobarda, y mirando al destino cara  cara, le hice entrar,
sin despedir  mis subalternos.

Casi no reconoc  don Higinio. La enfermedad lo haba adelgazado y
debilitado mucho, y las preocupaciones, los sinsabores, el amor propio
herido, despus de provocar un paroxismo de rabia, lo haban dejado
como inquieto y vacilante. Su cara de len manso, alargada y arrugada,
expresaba ms bien melancola que fiereza, y sus ojillos negros,
bajo las cejas blancas  hirsutas, no se fijaban ya ni resueltos ni
investigadores, sino que vagaban indecisos, de una  otra persona, de
uno  otro objeto.

--Quiero que hablemos solos--me dijo despus de saludarme
desabridamente.

--Un momento, don Higinio, y estoy  su disposicin. Tengo que dar
algunas rdenes... Pero sintese... Las circunstancias son tan
graves... Afortunadamente, no tengo secretos para usted...

Di, entonces, con exagerada prosopopeya mis ltimas instrucciones 
comisarios y oficiales, y me pareci conveniente--ms por don Higinio
que por otra cosa,--extremar las disposiciones guerreras ofensivas y
defensivas: dispuse el acuartelamiento de los vigilantes con las armas
en la mano, la instalacin de cantones en los puntos estratgicos para
defender la casa de Gobierno, la Municipalidad, la polica, el Banco,
los domicilios del Gobernador y los Ministros. Con esto, entraban y
salan empleados, presurosos, con aire importante, y don Higinio,
sorprendido, escuchaba con creciente atencin, tanto que su rostro
comenz  animarse y  tomar la astuta y resuelta expresin de antes.
El politiquero, el caudillo despertaba en l. No me haba equivocado
al esperarlo.

--Pero, de qu se trata?--pregunt por fin, sin poderse contener.

--Cmo? No sabe?

--Acabo de llegar de un galope de Los Sunchos. He dejado el caballo 
la puerta; no he visto  nadie, sino  tu sirviente que me dijo que
estabas aqu.

--Pues estamos en momentos muy difciles. Ha estallado la revolucin,
terrible, en Buenos Aires, y aqu se iban  sublevar tambin si no los
sorprendemos  tiempo. Por eso me ve usted nada menos que de jefe de
polica, don Higinio!

--Jefe de polica... Revolucin... Y yo sin saber nada!...

Olvidando por un momento lo que lo llevaba, obedeciendo  sus
instintos, quiso saber cuanto ocurra, me pidi datos, aclaraciones,
detalles... El primer encuentro, que me haca temblar, estaba atenuado
como por un para-golpes, por la oportunsima revolucin, que Dios
bendiga. Y aun me era posible atenuarlo ms, dificultando para despus
cualquier choque violento.

--Usted llega como llovido del cielo--le dije en voz baja.--El piquete
que hace la guardia en casa del Gobernador, est mandado por un oficial
que no me inspira confianza. Usted podra ponerse al frente de l. Es
necesario!

--Si crees que puedo servir...

--Voy  redactar la orden de que el piquete se ponga  su disposicin.
Usted es amigo de Camino, y l estar ms tranquilo  su lado.

Juzgu que haba llegado el momento de hablar del asunto principal,
y mientras escriba, ped que nos dejaran solos, indicando
reservadamente que alguien volviera al poco rato para interrumpir la
entrevista.

Al entregarle el pliego, me atrev  tomar al toro por las astas.

--Quiere decir que no ha venido por la revolucin?

Se levant, hosco y turbado, di algunos pasos, como buscando la manera
de empezar, y estall:

--No! No vengo por eso! Vengo por una cosa muy grave y muy triste,
por una cosa tremenda, Mauricio!... Nunca lo hubiera credo!

Se interrumpi para dominarse, y con voz lenta y sorda, agreg luego:

--Tens que casarte... inmediatamente.

--Inmediatamente, por qu?

--S, inmediatamente! Teresa me lo ha confesado todo... No quiero
echarte en cara tu conducta, ni decirte lo que pienso de tu decencia.
Pero, eso s, te lo repito: Tens que casarte inmediatamente!...
Estas son vergenzas que no admiten los Rivas!

Con acento que busqu conmovido y firme al par:

--Bien sabe, don Higinio--repliqu,--bien sabe que quiero casarme y
que ya lo habra hecho si no fuera por la situacin! Quiero  Teresa, y
ya que usted est al corriente de lo que pasa, le juro que no la dejar
en mal lugar... ni  ella, ni  usted, que ha sido siempre como mi
segundo padre...

Not en l cierta emocin. Tema, probablemente, encontrarse con la
negativa, con el drama, y la falta de resistencia lo haca vacilar,
como despus de un golpe en vago, y deslizarse hacia la comedia
sentimental.

--Te casars inmediatamente?

--En cuanto sea posible.

--Me das tu palabra?

--S.

--Bueno!--y me estrech la mano, con lgrimas en los ojos.--Entonces
maana mismo nos iremos  Los Sunchos.

--Eso no puede ser, don Higinio! En qu piensa? Sera ms que
una locura, una verdadera traicin! En este puesto y en estas
circunstancias, soy militar, soy soldado, y no puedo desertar...

--S, pero, y el honor de Teresa, y el mo? Te repito que la cosa
urge, que el escndalo va  venir, y que yo eso no lo tolero!

Se haba puesto rojo, reconquistando su cabeza de len... Yo acababa
de tocar disimuladamente la campanilla elctrica... El comisario
de rdenes entr en el despacho. Le hice sea de que esperase, y
dirigindome  Rivas:

--Vaya tranquilo, viejo--le dije afectuosamente.--Todo se arreglar 
medida de sus deseos; todo. Ahora,  cumplir cada cual con su deber.
El Gobernador lo necesita. Defindalo, tome todas las medidas que le
parezca y tngame al corriente.

Quiso insistir, pero la presencia del comisario lo contuvo. Hizo un
ademn de descontento y sali.

Aquella misma noche hice que Camino lo nombrara comandante militar
extraordinario de Los Sunchos, con plenos poderes, encomendndole
la misin de impedir el paso, por el departamento, de partidas
revolucionarias procedentes de otras provincias, para lo cual se le di
un piquete del guardia de crceles, refuerzo necesario de la escasa
polica local. Deba prepararse, tambin,  movilizar la guardia
nacional en cuanto le llegara la orden.

Con esto ganaba tiempo. Tiempo! No me era necesaria otra cosa, porque
saba y s cunta es la fuerza de los hechos consumados. En cuanto
pasara el momento fisiolgico que temamos, en cuanto se impusiera lo
irremediable, en cuanto se comenzara  pensar peor es meneallo, yo me
encontrara fuera  casi fuera del atolladero. Con un poco de habilidad
y un poco de suerte, aquel cuasi drama sera, slo, historia antigua...

Das despus supe que don Higinio haba enviado  Teresa  la chacra
de unas parientas pobres en quienes tena plena confianza y que vivan
muy lejos de Los Sunchos, entre el pueblo y la ciudad. Comenzaba la
complicidad, provocada por el mismo honor. Un esfuerzo ms y me vera
libre para siempre. El esfuerzo necesario era toda una hazaa, pero
lo realic. Fu  ver  Teresa. Entre halagos y ternuras, le pint mi
situacin, mi porvenir, el grande ascenso obtenido y los que se me
ofrecan an. Pero era preciso no ponerme piedras en el camino, era
preciso no comprometerme con un escndalo, era preciso llegar hasta el
sacrificio para ser felices despus, como recompensa.

--Qu sacrificio?--me pregunt con su candor pronto ya  todas las
abnegaciones.

Se impona retardar nuestro casamiento hasta que yo hubiera consolidado
mi posicin. Y tuve la crueldad--de que ahora me arrepiento por sus
consecuencias,--de decirla que ella no estaba preparada ni por su
educacin, ni por su saber, ni por su modo de vestir, para ser la digna
esposa de todo un personaje. Tena que modificarse, que estudiar, que
ponerse  mi altura, y entonces...

--Pero qu pretexto darle  tatita?

--Dile que no tienes confianza en m, que soy demasiado calavera, que
te hara desgraciada, que te matara  disgustos y que no quieres, en
fin!

La dej llorando como una Magdalena, sin haber querido decirme si
acceda  no  mis pretensiones. Pero me fu tranquilo. Conozco tanto
el corazn humano!

La revolucin acab pacficamente en mi provincia, no sin sangre y
padecimientos en Buenos Aires, sitiada y, al fin, vencida--esta vez
para siempre,--por las fuerzas de la nacin.

Al propio tiempo, naca el nieto de don Higinio, sin que lo supiera en
un principio demasiada gente, as como despus lo supo todo el mundo.
El viejo no volvi  verme,  causa, sin duda, de la actitud de Teresa,
y, avergonzado, meses ms tarde, se fu  Buenos Aires con ella y el
nio. Al marcharse, la pobre me escribi recordndome mis sagradas
promesas, ms sagradas ahora que tenemos un hijo, y prometindome
esforzarse por ser toda una seora que me hiciera honor en cualquier
parte... Oh, esperanza! oh, candor! oh, ilusiones!

Yo, entretanto, me limitaba  observar la realidad,  utilizarla, con
la va libre, al fin.




                                NOTAS:

[1] Ver La ciudad indiana de J. A. Garca.

[2] Mezcla de ajenjo, horchata y agua, usual entonces y llamada _suis_
porque... el ajenjo vena de Suiza...




                             SEGUNDA PARTE


                                   I

Pas tiempo, no s cunto, aunque  m me pareciera bien largo en
aquella edad privilegiada en que no se toman en cuenta las horas,
ni los das, pero en que los aos parecen tener el privilegio de no
acabarse jams. Y aunque, terminado el perodo de Camino, tuviramos
entonces otro gobernador--don Lucas Benavides,--ste se mostraba mi
amigo y yo segua desempeando mis puestos, no dir con brillo, pero
s con cierta discrecin que hizo acallar muchas de las malevolencias
suscitadas en un principio por mi inesperado encumbramiento. Se
me agradeca, sin decirlo, la cortesa y la blandura que haba
demostrado para con los presos polticos, en la hora tragi-cmica
de la revolucin, contra todas las tradiciones y los precedentes
provincianos. Aunque lo comprendiera muy bien, quien me confirm en
este pensamiento fu Vzquez, al volver con su ttulo de doctor, recin
conquistado en la Facultad de la provincia vecina. Alab mi conducta,
demostrndome que yo haba dado un paso hacia las mejores costumbres
polticas y sociales que los buenos ciudadanos soaban para nuestro
pas.

--Empiezas bien--me dijo,--y no esperaba tanto de ti. Esas
demostraciones de cultura son ms eficaces que las barrabasadas de
antao, y elevan el nivel moral del pas.

--Bah! No seas exagerado!--repliqu.--He hecho lo que cualquiera.

--No. Has hecho ms que otros: has dado un buen ejemplo.

Contribua, sin duda,  su juicio benvolo, que  m, en realidad, me
importaba bien poco, el estado beatfico en que se hallaba, con un
ttulo respetable para la mayora, recursos suficientes que su padre
le proporcionaba, y una novia bonita y de alta posicin social--Mara
Blanco.--Pero, al decir novia, no me sirvo de la palabra exacta, porque
Mara Blanco, la patricia por antonomasia, no haca, en realidad, ms
que distinguirlo, dejando suponer estas distinciones que llegara
probablemente  ser su novia. No estaban comprometidos en forma
alguna, segn l mismo me lo confi en un momento de expansin. Con
todo, la posicin social, sentimental y pecuniaria de Pedro, era
brillante.

Yo, en cambio, atravesaba un momento algo difcil: haba jugado mucho
en todo aquel tiempo, pues, aparte las intrigas amorosas, y segn
creo haberlo dicho ya, no se me ofreca otra diversin en aquella
ciudad amodorrada y taciturna. Y as como haba jugado haba perdido,
casi hasta agotar mi crdito. Tampoco me era posible, por el momento,
echar mano de mi fortuna, grande  pequea, porque estaba indivisa con
mamita, y liquidarla entonces hubiera sido una locura que nos dejara en
la calle.

Para remachar el clavo, en una larga partida con varios personajes
venidos de Buenos Aires, perd cierta noche unos diez mil pesos (no
eran diez mil pesos, en realidad, sino su equivalente, no adoptado an
el actual sistema monetario), y para pagar me vi en las ms graves
dificultades. Ya desesperaba de conseguir un prstamo tan crecido,
cuando me acord de Vzquez, y acud  l, como ltimo recurso,
pensando que sera de buena poltica ocultarle la verdadera causa de
mis apuros.

--Quiero instalarme bien--le dije,--poner una casa decorosamente
amueblada, y me acosan al propio tiempo algunas deudas apremiantes. T
sabes que tengo con qu responder y que no estoy en el caso de trampear
 nadie; pero te agradecer como un sealadsimo servicio que me
prestes veinte mil pesos, lo ms pronto posible. Los tienes? Porque no
dudo que,  tenerlos, me los prestars inmediatamente...

--Haces bien en no dudar; pero, por el momento, no los tengo--me
contest.--Habra que esperar...

--Es que el caso es urgente, muy urgente!

--Entonces, no se trata slo de instalarte.

--Ya te dije que tena algunas deudas de honor.

--Vaya! s franco! has jugado y has perdido?

No vacil, entonces, en decirle la verdad.

--Es cierto--exclam.--Por eso hablaba de una deuda de honor. Tienes
buen olfato. Podrs, aunque sea haciendo un sacrificio, procurarme
esos pesos dentro de las veinticuatro horas? de las doce, mejor dicho,
porque ya llevo otras doce perdidas?

--S. Acompame, y los tendrs.

Fu  ver  uno de sus parientes, que no vacil en prestarle la
suma, sobre slidas garantas probablemente, porque los viejos de mi
provincia no soltaban el dinero as como as, ni aunque se tratara de
su padre. Abreviando: aquella misma tarde pude pagar  mis ganadores,
quedndome con una cantidad importante, que me permitira comenzar 
poner casa, como era, en realidad, mi deseo, y, buscando el desquite,
hacer una que otra partidita. Vzquez no quiso aceptar pagars, ni
siquiera un recibo...

Yo haba vivido hasta entonces en el hotel, bastante bien instalado,
pero esto me traa ms de una seria dificultad, pues no me hallaba
en mi casa, y todos mis actos se vean continua y necesariamente
fiscalizados, no slo por la servidumbre, ms  menos fiel y discreta,
al fin y al cabo, sino tambin por los extraos que iban  hospedarse
all. Aunque mi departamento estuviera relativamente aislado, sin
otros aposentos vecinos, al fondo de uno de los grandes patios de la
vetusta casa de familia, transformada en hotel de la noche  la maana,
era imposible impedir que los huspedes pasaran  menudo por mis
dominios, y, ms que todo, que vieran quin entraba y quin sala de
mis habitaciones. Tom, pues, una casita en una calle poco frecuentada
pero muy cntrica, y la amuebl, aunque modestamente, con las mayores
comodidades que entonces podan conseguirse en provincia. Hice,
tambin, arreglar el pequeo jardn que, con sus cuatro higueras, sus
seis perales y su grupo de albarillos, extendindose detrs de las
habitaciones, iba  dar  otra calle, ms solitaria an que la primera.
Tena as casa y garonnire al propio tiempo, y como jefe dirigente
de todo aquello, puse  mi antiguo compinche Marto Contreras, el hijo
de mi amigo el mayoral de la diligencia de Los Sunchos, que--aspirando
 la dignidad de vigilante, como  un bastn de mariscal,--me haba
pedido muchas veces que lo llevara  la ciudad, y hombre en quien poda
confiar tan ciegamente como Camino en su asistente Cruz.

Hecho esto, sintiendo de nuevo la escasez de fondos, resolv pensar
seriamente en mis asuntos de inters, y darme cuenta exacta del estado
de nuestra fortuna.

Don Higinio haba preparado muy hbilmente el negocio de la chacra,
obligado punto de partida de nuestro posible enriquecimiento, pero en
los ltimos tiempos lo dej completamente de mano, como es natural,
aunque--debo decirlo en honor suyo,--sin destruir, la obra con
vindicativo espritu, quiz por ingnita caballerosidad, quiz porque
abrigara an la esperanza de verme yerno suyo, quiz tambin porque
yo era ya demasiado fuerte para hacerme la guerra con armas pequeas
y miserables. Haba que herirme de muerte  no tocarme, sin trmino
medio. Entretanto, como nadie se ocupara del negocio si no me ocupaba
yo, resolv ir  Los Sunchos,  darle la ltima mano, aprovechando la
noticia de que la oposicin, lanzada aos atrs en ese camino por la
habilidad de Rivas, reclamaba  gritos la apertura de las calles que mi
chacra interceptaba, sin darse cuenta de que as haca precisamente el
juego de uno de sus enemigos. En mi carrera poltica, muchas veces he
tenido oportunidad de ver producirse este fenmeno, ms comn de lo que
se creer. No hay mejor colaborador que el adversario, cuando uno sabe
servirse de l.

Un da, pues, sal para Los Sunchos, con toda la pompa que exiga mi
alta posicin de diputado y jefe poltico, aunque con la aparente
modestia que cuadra  un demcrata criollo. Fu  caballo, vestido de
bombacha, poncho, chambergo y botas, pero llevando conmigo una pequea
escolta, como que iba en misin oficial  realizar una visita de
inspeccin  las policas de los departamentos, y especialmente del
mo. Era bueno no dejar que aquellos tigres supieran exactamente
mis propsitos, porque eran capaces de coimear  la misma
madre, y aunque yo estuviese resuelto  darles algo, no llegaba mi
desprendimiento hasta dejarles maas libres, como suele decirse
alrededor del tapete verde.

Noticiosas de mi llegada, las autoridades locales me aguardaban con
una gran recepcin. Algunos funcionarios salieron  caballo hasta
las afueras del pueblo, como se haca con los antiguos seores, y
me acompaaron hasta la Municipalidad, donde se haba preparado
un refresco, y donde estaban reunidos numerosos vecinos, con la
infaltable banda de msica.

All hubo abrazos, apretones de manos, aclamaciones, brindis, marchas
triunfales, Himno Nacional y un largo discurso encomendado de antemano
 mi amigo, el galleguito de la Espada, quien me llam orgullo de Los
Sunchos, hijo predilecto de la provincia y ahijado de la fortuna y de
la gloria, provocando los aplausos entusiastas del partido oficial
reunido para honrarme. Trat de escapar  estos agasajos, demasiado
rsticos ya para mi incipiente refinamiento de funcionario de ciudad,
pero no lo consegu antes de sostener este corto dilogo con el
director de _La poca_.

--Eres un ingrato!

--Por qu?--inquir, sorprendido.

--Yo esperaba que me llevaras  la ciudad. Esto no es vida! Aqu me
estoy malgastando!

--Pero, qu haras all?

--Toma! Dirigir,  siquiera redactar algn diario. Ya sabes que tengo
dedos para organista! All te puedo ser muy til, y aqu no te sirvo
 ti, ni me sirvo  m, ni sirvo  nadie. Ea! un buen movimiento, y
bscame algo por all!

--Pero hijo! No me puedo llevar al pueblo entero, y ya sabes 
cuntos he tenido que colocar... sin tener dnde! Los Sunchos en masa
se me cae encima!...

--Razn de ms! Nadie te ha servido como yo. Y eso es ingratitud,
Mauricio!

Me lo deca con tal mezcla de seriedad y de jarana, que no pude menos
que reirme y prometerle trabajar para que se fuera  la ciudad en
buenas condiciones. Y escap con el pretexto de abrazar  mamita, que
estara aguardndome ansiosa.

Lo estaba, efectivamente, y se arroj en mis brazos llorando y riendo
 la vez, sin atinar  decir otra cosa que Mi hijito! Mi hijito!
como si yo acabara de resucitar. Mucho me cost conseguir que calmara
sus transportes y se sentara en aquel comedor desmantelado y pobre, tan
lleno de recuerdos como vaco de muebles. Entonces pude verla. En la
soledad haba envejecido con una rapidez increble. Dirase que era ms
baja, mucho ms delgada, con la columna vertebral como un arco, y as,
tan menuda, tan llena de arrugas, con sus bands blancoceniciento, mi
pobre vieja estaba hecha una pasita. Sonrea, sin embargo, entre las
lgrimas que seguan corrindole por las mejillas descarnadas.

--Te quedars ahora?--me pregunt.

--S. Unos cuantos das...

--Otra vez separarnos!

--Es preciso, mamita, si usted no quiere venirse conmigo  la ciudad...
Yo no tengo nada que hacer en Los Sunchos...

--Nada?--y haba como un reproche en su voz, al decirlo.--Es
cierto!... Los muchachos de hoy... Pero yo s, tengo que hacer... Yo no
me puedo ir  la ciudad... Esperar que vengas  verme... Pero, ven
ms  menudo... Yo no puedo ir...

Despus supe la razn de esta insistencia en quedarse: renda  la
memoria de tatita un culto exagerado, casi enfermizo, llevada por sus
antiguas tendencias msticas, visitando todos los das el sepulcro que
haba convertido en un jardn, y que llenaba, sin embargo, de flores
cortadas. No me hizo confidencia alguna, con la reserva caracterstica
de algunas antiguas damas criollas, pero creo que desde que muri
tatita lo consideraba ms suyo, ms exclusivamente suyo, y renovaba
con su sombra la breve luna de miel. Si no, cmo explicar la especie
de tibieza para conmigo, fenmeno extraordinario que le permita vivir
voluntariamente separada de m? Por amor  Los Sunchos? Por temor 
otro abandono, anlogo al de su marido viviente? Por amor pstumo que
senta correspondido desde la tumba?...

Cumplidos estos deberes y llenadas otras formalidades, me ocup
de estudiar en sus detalles la situacin de Los Sunchos. Habanse
producido algunos cambios, profundos  primera vista: Don Scrates
Casajuana no era ya intendente municipal ni don Temstocles Guerra
presidente de la Municipalidad. Pero, no haya miedo! El trastorno no
haba sido tan radical, porque don Temstocles ejerca la intendencia
y don Scrates la presidencia, gracias  una serie de hbiles permutas
iniciada aos atrs. No siendo reelegible el intendente, haban hallado
este medio de monopolizar el poder en bien de los sunchalenses, sin
tener ya, siquiera, la amable fiscalizacin de don Higinio. Y jugaban 
las dos esquinas. Hallbame, pues, en terreno amigo, y poda tentar
la realizacin del negocio.

--La cosa puede hacerse, pero esa maldita oposicin!--exclam
Casajuana, cuando los llam  conferenciar.

--Ahora no lo dejan  uno dar ni siquiera un paso, esos
indinos!--exclam Guerra.

--Vaya, don Temstocles! Vaya, don Scrates!--dije, riendo
irnicamente.--Si la oposicin pide  gritos la apertura de las
calles!  es que me quieren tomar de ahijado?

Casajuana, el ms ladino, se apresur  contestar, teniendo ya, sin
duda, preparada la objecin... y un rosario de objeciones ms, si no
vea claro su provecho:

--Ah! pero los opositores alegan que el terreno de las calles es de
propiedad municipal, y que debe volver gratuitamente al municipio.

--Cmo as? Qu disparate!--protest.

--No dejan de tener en qu fundarse. En el plano primitivo del pueblo,
que existe en los archivos, las calles aparecen abiertas en toda su
extensin.

--Ni aunque as fuera--objet.--Siempre faltara saber si el derecho de
propiedad no es anterior  ese plano.

--La escritura es posterior--dijo don Scrates.--Yo mismo he comparado
las fechas. Y lo que embarra ms las cosas, es que se trata de
terrenos vendidos por la misma Municipalidad.

--Con obligacin de abrir las calles?

--Eso cae de su peso. Adems, ah est el plano.

--Habra que ver la escritura, que seguramente no habla de las
calles... Y, en ltimo caso, no s  qu viene ese plano en los
archivos... All no hace falta.

Y buscando los eufemismos ms hbiles, las agachadas criollas, toda
la dialctica de que era capaz, les insinu que les dara una amplia
participacin en el negocio, si eran bastante gauchos para allanar
esas dificultades y otras que pudieran presentarse. Como rindose de
mis melindres, y antes de que me hubiera atrevido  hablarles claro,
comenzaron  debatir la cuestin  cartas vistas, con tanta libertad
como si se tratara de la ms lcita de las compraventas. En suma, que
me sacaron un buen pedazo de terreno, y unos cuantos lotecitos para
Mir, tesorero municipal, Antonio Casajuana, hermano del presidente
de la Municipalidad, mi antiguo jefe, y varios miembros del Concejo,
cuyos votos haba que conquistar. Acced  todo, que no era mucho, en
la relatividad de las cosas, si se tiene en cuenta que yo les daba
terrenos casi sin valor, que ellos me retribuan con dinero, ajeno si
se quiere, pero contante y sonante. En efecto, la Municipalidad iba 
pagarme  elevado precio la superficie de las calles que duplicaran,
precisamente, el valor de mis solares.

Tuve que vencer otra resistencia ms grande: la de mamita, que no
quera por nada ni que se dividiera la propiedad, ni mucho menos que
se sacara  la venta una parte de ella, como era mi proyecto. Quera
conservar la chacra tal y como era en vida de su marido, y toda
modificacin le pareca un crimen.

--Pero si todo es tuyo!--exclamaba.--Esprate  que me muera, y lo
tendrs, como lo tienes desde ahora, pero no para fraccionarlo ni para
tirarlo  la calle. Fernando no hubiera vendido ni dividido jams la
chacra!...

--Si le convena, s, mamita; no lo dude!

Slo despus de discusiones interminables, consegu que consintiera en
pedir la divisin judicial de condominio. De otra manera, siempre me
hubiera sido imposible realizar el negocio tan hbilmente planteado.
El sentimiento es mal consejero en pases as, como el nuestro, donde
los grandes patrimonios no pueden pasar ntegros de generacin en
generacin como en Inglaterra y algunas partes de Alemania. Ni tampoco
hay para qu, porque los medios de hacer fortuna suelen ser muy otros.

En fin, terminada mi campaa, me march de Los Sunchos no sin tener
que soportar antes media docena de banquetes y tertulias con que
mis convecinos me agasajaron, convencidos ya de que yo les haca
efectivamente honor, y olvidados de mis antiguas hazaas de pillete
imitador de mosqueteros, contrabandistas y bandidos. Pero, como
haba salido de la ciudad en viaje de inspeccin  las policas de
los departamentos, no poda dejar de visitar, siquiera por frmula,
la Comisara de Los Sunchos, que segua rigiendo mi viejo amigo
don Sandalio Surez, el ms asiduo de los concurrentes  todas las
manifestaciones de simpata que se me haban hecho.

 la primera ojeada, comprend que don Sandalio se coma veinte
vigilantes, es decir, que slo tena la mitad del personal sealado en
el presupuesto, y que el sueldo de la otra mitad serva para aumentar
decorosamente sus modestos emolumentos. Y, cuando pas revista, me
divert mucho viendo la cara que pona al escuchar estas observaciones:

--Pero, don Sandalio! sta es demasiado poca gente para un
departamento tan grande como Los Sunchos. Habr que aumentar el
personal. Cuntos hombres tiene?

--Oh, no es necesario aumentarlos--contest apresuradamente, rehuyendo
la cifra acusadora.--Estos son bastantes.

--Pero, usted me garante la situacin de Los Sunchos con estos
cuatro gatos, don Sandalio?--insist.--Mire que sta es una de las
policas ms pobres!...

--Que si la garanto? Ya lo creo! Dej no ms. Te pods ir tranquilo.
Aqu no se ha de mover una mosca. No faltaba ms! Antes que eso
resucitara el contingente!...

--Qu don Sandalio ste! No se me asuste! Si todava hay otros ms
comilones!...--dije, por fin, para tranquilizarlo sin pasar por sonso.

Me mir como  un Dios, y desde aquel punto cre en su fidelidad...
mientras continuara de jefe de polica.


                                  II

El asunto march viento en popa. El plano primitivo del pueblo
desapareci de los archivos de la Municipalidad. La indemnizacin
se vot, generosa y contante. Pocos meses despus las nuevas calles
estaban abiertas al trfico pblico, con gran contentamiento de la
poblacin, y mientras los opositores, cados por fin de su burro,
gritaban que aquello era una indignidad, un negocio leonino, de
la Espada hall manera de dar en _La poca_ un bombo colosal  la
progresista Municipalidad, y de alabar el patritico desinters
de Mauricio Gmez Herrera, hijo preclaro de Los Sunchos, por cuyo
engrandecimiento me sacrificaba, y eminente jefe de polica de la
provincia. Pero no todas eran rosas. El negocio, magnficamente
pensado, era  larga data, y por aquel entonces slo en parte resultaba
realizable el plan de vender toda aquella tierra dividida en lotes,
y obtener por ella un alto precio, aunque estuviese en el mismo
rin de Los Sunchos. No haba llegado todava la hora de las locas
especulaciones, y era necesario esperar. Con todo, confiando en el
porvenir, y  imitacin de algunos atrevidos hombres de negocios, saqu
dinero del Banco y edifiqu algunas casas en los puntos ms cercanos
 la plaza pblica, cercando de adobes  con cina-cina lo dems,  la
espera de poca ms propicia. Como me quedara algn dinero disponible,
poco  decir verdad, quise amortizar mi deuda con Vzquez, y fu 
verle, llevndole un cheque de cinco mil pesos.

--No seas tonto!--me dijo.--Yo, por ahora, no necesito esa platita.
Ya le pagu  mi pariente, y no me hace falta para nada. Cuando la
necesite, te la pedir, y me la pagars toda junta. Ahora, mientras
no arreglas tus negocios,  ti te hace ms falta que  m. Lo nico
que te pido es que si me ves en un apuro y puedes hacerlo, no dejes
de devolverme esos cuatro reales, con tanto gusto como yo te los he
prestado.

--Oh, de eso pods estar seguro!--exclam.--Aunque tuviera que
quitarme el pan de la boca!

Resueltas las cosas en forma tan halagea, no pens sino en concederme
unas vacaciones, tanto ms cuanto que el pas estaba tranquilo,
tascando un freno que  las veces le pareca duro, pero sin poder
sacudirlo, ni siquiera corcovear, como hubiera dicho don Higinio.

Y fu  divertirme en Buenos Aires,  donde aflua entonces, ms que
nunca, todo lo que las provincias tienen de brillante, como nombre,
como fortuna  como posicin poltica.

Como la primera vez, despus de despuntar el vicio, concurriendo
 teatros y otras diversiones menos inocentes, visit  mis amigos
y parentela, y, por ltimo fu  reanudar mis tiles relaciones
oficiales, y  anudar otras nuevas, sobre todo la del Presidente de la
Repblica. Tratbase esta vez de un hombre joven an, muy criollo y
socarrn epigramtico, que guiaba siempre imperceptiblemente un ojo,
y que, gran conocedor del corazn humano y sus flaquezas, no dejaba
ver nunca, en la intimidad, si hablaba en serio  si estaba gozando
 su interlocutor. Nadie le hubiera reconocido diez  veinte aos ms
tarde, pero entonces era, no s si instintiva  rebuscadamente, el tipo
del gaucho refinado hasta el extremo de ocultar casi completamente su
procedencia, que apenas se revelaba--pero se revelaba al fin,--entre
otras cosas, en su afn de contar y escuchar ancdotas, as como sus
antepasados se complacan en las interminables payadas y en los
cuentos del fogn. Ahora que lo pienso mejor, creo que lo haca de
propsito, para demostrar ms  los porteos su carcter genuino de
hijo del pas, y hasta sentira ganas de agradecrselo. Me sorprendi
que me conociera de nombre--sin caer en la cuenta de que todos estos
personajes tienen quienes los informen momentos antes de recibir una
nueva pero anunciada visita,--de que supiera lo poco que haba hecho yo
hasta entonces, y de que me hablara de tatita como de un viejo amigo
con quien haba hecho no s qu campaa, creo que la del Paraguay,
cuando l era simple teniente. Su acogida me llen de satisfaccin:
no me haba recibido como  un cualquiera, sino demostrndome un
grande aprecio y una gran confianza en mi porvenir, casi prometindome
toda suerte de distinciones. Cre tener el mundo en la mano, pero no
tardaron en decirme que el presidente era igual con todo el mundo, y
que lo mismo hubiera tratado  su peor enemigo. No lo quise creer.
Cmo, entonces, tena tantos amigos y tan decididos partidarios, en
un pas que, si ha heredado mucha parte de la hidalgua espaola, ha
heredado  ha aprendido tambin, de los indios, la sagrada frmula de
dando, hermano, dando, traduccin brbara del latino do ut des?

--En fin, seor Presidente!--pens,--lo que sea, sonar. Y no he de
bailar al son que me toquen, lo que no significa que me niegue  seguir
detrs de la banda y  marcar el paso como cualquier hijo de vecino. Lo
primero que yo respeto es la autoridad. Y ms ahora, que soy, tambin,
autoridad!...

Al terminar la entrevista, que fu agradable y sin ceremonia, le ped
que no me olvidara y me tuviera siempre por un resuelto servidor y
amigo.

--Venga  visitarme  menudo, Gmez Herrera--me contest.--Yo tengo
siempre gusto en conversar con muchachos como usted, y en oir sus
opiniones.

Reiter, en efecto, la visita, pero viendo que slo muy  la larga
podra sacar provecho de ellas, y,  pesar de su evidente inters,--las
reuniones no podan ser ms amenas,--resolv regresar, dejando, sin
embargo, detrs de m la conviccin de que era un elemento con el que
se poda contar en cualquier emergencia.

--Vaya sin cuidado! Yo lo conozco bien--fueron las ltimas palabras
del Presidente, que no volvi  recordarme, sin duda porque me conoca
ms que yo mismo, y saba que no tena nada que temer ni nada que
esperar de m.

Hacer que teman, hacer que esperen!--ssamo del xito en poltica.
Pero, ya lo he dicho, nadie nace sabiendo...

Con todo, este viaje, mi aparente intimidad con el Presidente--yo haba
cuidado de dar publicidad  mis visitas,--y las evidentes vinculaciones
con entidades sociales y polticas de Buenos Aires, contribuyeron
no poco  aumentar mi prestigio, y, por ende,  fijar sobre m las
miradas de la siempre envidiosa y dscola oposicin. De vuelta en mi
capital, de nuevo al frente de la polica, y dando los ltimos toques
al negocio de la chacra, reanud mi vida de holgorio, jugando todas
las noches en el club, aprovechando las oportunidades amorosas que se
me ofrecan, no tanto en las altas esferas cuanto en los bajos fondos,
ms accesibles y mucho menos comprometedores, y mis rumbosidades y mis
maneras de gran seor, molestaron  mucha gente. As como me haba
hecho una corte de aduladores  todo trance, as tambin me hice de
una falange de enemigos irreconciliables, hasta en las filas de mi
propio partido y entre los mismos que me bailaban el agua delante,
como vulgarmente se dice. Estos resultan los peores, porque son los
que estn ms al corriente de nuestra vida y milagros, conocen la
falla de nuestra armadura, y suelen atacarnos en la sombra, con plena
impunidad. Si no fuera por alguno de mis correligionarios envidiosos,
nadie hubiera recordado, quiz, que yo conservaba an mi banca en
la Legislatura, y que ste era un hecho susceptible de ser probado,
ms que cualquier otra de las acusaciones de mala administracin, de
psimas costumbres y lo dems que nunca falta en la foja de servicios
de un alto funcionario, sea porque es realmente culpable, sea porque
es necesariamente culpable para sus enemigos  sus competidores. En
suma, yo era un hombre muy discutido; pero eso, qu quiere decir, y
que querra significar ahora, si yo no hiciera aqu mis Confesiones?
 no tener defectos, me los hubieran inventado, y cualquier costumbre,
hasta una virtud--por ejemplo, la discrecin,--me la hubieran
convertido en vicio, llamndola disimulo  hipocresa. Parece que
entre los hombres slo hubiera un propsito: matar  disminuir  los
vivientes, que incomodan  pueden incomodar, y divinizar y eternizar
 los muertos, incapaces ya de molestar  nadie.  los que parecen
 punto de triunfar se les opone, por aadidura, los que comienzan;
y stos,  su vez, ya cerca del triunfo, se ven substitudos por
los que fueron y no sern ya, y por los que, como ellos, seran
posiblemente... si la serie no estuviera constituda en forma de
cadena sin fin... En mi caso, se sac  luz mi olvido de renunciar 
la diputacin, y el hecho inconcebible de que siguiera recibiendo la
dieta, mientras cobraba tambin mi sueldo de jefe de polica, y otras
gangas. No tard en darme cuenta del fondo de la intriga. Algunos
correligionarios, asustados de mi creciente influencia, de mi elevacin
inusitada, haban buscado un competidor que ponerme delante, pero un
competidor  su juicio ms fcil de dominar que yo, si acaso alcanzaba
el triunfo--error inevitable, alucinacin en que caen los imbciles que
resultan derrotados  sujetos  una fuerza mayor,--y haban dado con
el flamante doctor, honra de su provincia, con mi amigo Pedro Vzquez.
As, los enemigos, por dar un mal rato al Gobierno, y los amigos por
darme un mal rato  m, recordaron en un momento dado que haba una
representacin virtualmente vacante.

Mis competidores vean en Pedrito, al universitario terico, que
derramara su elocuencia sin pedir nada en cambio, y que se dejara
llevar en la prctica por las narices; considerbanle, pues, mucho ms
conveniente que yo, que no daba puntada sin nudo, y que utilizaba mis
puestos sacndoles bien la chicha. El gobernador Benavides, trado y
llevado por los politiqueros, no tard en convenir en que era necesario
quitarme la diputacin y drsela  Vzquez, pero, aunque decidido 
hacerlo, buscaba la manera de no irritarme demasiado, de sacarme la
muela sin dolor... del sacamuelas... Tan evidente me pareci de pronto
la intriga, que quise precipitarla, hacindola volverse en favor mo,
hasta donde fuera posible. Y apenas lo pens, cuando lo puse en planta.

Aleccionado por mis viajes  la capital, y por la frecuentacin de
los grandes restoranes, preocupbame en la ciudad de refinar mis
comidas, as como refinaba el vestido y las maneras. No slo tena en
casa un cocinero que saba preparar algunos pocos platos  la francesa,
sino que en el hotel, en el club, en la fonda, exiga siempre cosas
finamente hechas y bien condimentadas. Si ahora puedo reirme de mis
primeros candorosos mens, , mejor dicho, minutas, entonces haba
muy pocos en provincia que supieran comer como yo, y que dieran  los
vinos su colocacin adecuada en una comida  un almuerzo. Vzquez,
cuyas tendencias fueron siempre aristocrticas, aunque l no lo quiera
confesar, y que ama la vida confortable, advirti desde su vuelta 
la ciudad este refinamiento mo, y se propuso aprovecharlo, comiendo
conmigo cuantas veces pudiera, aunque sin idea de gula: simplemente
como un aprendiz de sibarita.  la mesa, siempre lo mejor servida que
era posible, y con los vinos ms autnticos que se ponan al alcance de
la mano, solamos tener en menos, cun equivocadamente!, la sabrosa
cocina provinciana y los caldos generosos que, como el Cafayate, son
merecedores de toda una reivindicacin. Pero tambin hablbamos de
otras cosas, sobre todo, de Mara Blanco.

--No se te ha ocurrido nunca ser diputado?--le pregunt una tarde,
mientras comamos en el Club, solitario.

--Hombre! Creo haberte dicho una vez lo que pensaba al respecto... y
que lo tomaste bastante  mal.

--S, pero me parece que ahora habrs cambiado un poco de opinin...
Sobre todo t, que eres doctor, que has estudiado, vers figurando en
las Cmaras  muchos que valen menos que t, ms, menos de lo que yo
vala cuando me hicieron diputado.

--Es verdad... Los hechos estn ah... No es posible negarlos...

--En ese caso, aceptaras una diputacin?

--Vaya una pregunta! Eso se piensa cuando viene el ofrecimiento.

--Y es el caso.

--Cmo?

--S. Yo te ofrezco la diputacin. Yo-te-la-o-frez-co!--repet,
recalcando cada slaba.

--Djate de bromas!

--No son tales.

Le cont entonces cmo estaba, en cierto modo, vacante la diputacin de
Los Sunchos, y cmo poda l resultar diputado sin tener que competir
con un tercero, amigo  enemigo de la situacin. No me quera creer. Y
en cuanto me quiso creer, asomaron los escrpulos.

--En ese caso no me elegiran. Me nombrara el Gobierno!...

--Resultaras elegido como todos los dems, y con esta enorme ventaja:
que no tendras compromisos, porque, al fin y al cabo, tu Gran Elector
sera yo. Vaya! Autorzame  obrar, y yo te aseguro que antes de tres
meses ests en la Legislatura haciendo maravillas.

Fingi creer que era broma, y esto le permiti darme plenos poderes.
Despus, enternecindose un tanto, me hizo esta declaracin:

--Si esos sueos se realizaran, sera una suerte para m. No por la
poltica. No. Pero mi novia tiene unas ideas...  veces la creo
demasiado ambiciosa!

--Tu novia? Es tu novia, por fin?

--No; pero lo ser. Todo pinta muy bien.

--De modo que todava se puede tantear... sin hacerte mal tercio--dije,
en broma.

Aquella noche, puesto en vena por mi inesperada proposicin, y quizs,
tambin, por un vinillo muy capitoso que acababa de importar el gerente
del Club, habl con ms locuacidad que nunca, y se permiti hacer un
examen de mi modesta individualidad. Antes de renovar en lo posible
sus palabras, tratar de decir lo que l me pareca y la impresin que
me produce todava ahora. Algo taciturno  inclinado  la melancola,
buscaba seguramente en m un contraste que lo animara; se diverta
mucho con cualquiera de mis ocurrencias, hasta las ms tontas,  causa,
sin duda, de ese mismo contraste, sin dejar, por eso, de discutir
lo que l llamaba mis doctrinas  mis paradojas. Desde antes de
salir de Los Sunchos, escriba versos--malos  decir verdad,--pero no
renunci  ellos, antes de doctorarse, por su indigencia presuntuosa,
sino--aseguraba l,--porque el verso le obligaba  abandonar una parte
de su pensamiento, y  veces  escribir algo que no haba pensado.
Esto me haca recordar la famosa frase del negro bozal: Corazn
ladino, lengua no ayuda! Pero agregaba con sentido comn, que, para
escribir versos medianos, ms vale escribir cartas  la familia.
Cuando yo le motejaba de teorizador, l sostena que estudiaba en
los hombres y en las cosas, prefirindolos  los libros, pero que
stos no deben dejarse de lado, porque son la sntesis de los estudios
anteriores, y, sobre todo, el ms grato de los entretenimientos.
Alguna vez se me ocurri que me haba tomado como anima vile para
disecarme en sus estudios psicolgicos, pero aunque esto fuera, en
realidad, se lo perdonara con gusto, porque siempre se mostr muy
mi amigo. En fin, recuerdo que aquella noche me espet este singular
discurso:

--Todos los caminos estn abiertos para ti. Eres miembro--cmplice,
diran otros, los de la oposicin ciega, que no ve la marcha paulatina
de las cosas,--eres miembro de una oligarqua que prepara la gran
repblica democrtica de maana, as como Napolen III prepar sin
comprenderlo, la todava lejana verdadera Repblica Francesa. Eres
audaz, valiente, flexible, despreocupado, amoral: Con esto se puede
llegar muy lejos, y lo que es ms curioso, lo que es casi inverosmil,
hacer mucho bien al pas, con el ms perfecto egosmo... Quiz yo
debiera ser tu enemigo. Pero, como eres un ejemplar caracterstico
de la raza en formacin, de la raza de los tiempos que vienen, soy
ms bien tu amigo, tu admirador, y puedes contar con mi ayuda, como
puede contar con ella el partido  que pertenecemos, por muchos
errores que cometa, porque es un partido histrico, un partido de
transicin marcada, y realiza por buenas  por malas el papel que le
corresponde... Como los dems partidos, por otra parte, pero no en el
mismo escenario... Los otros quieren quedarse demasiado atrs  ir
demasiado adelante, mientras que el nuestro evoluciona insensiblemente,
harto insensiblemente en ocasiones, para conservarse en el poder. Ya
ves que soy tolerante... Esta tolerancia que puede parecer exagerada,
es una tendencia ms fuerte que yo, ms fuerte que mi voluntad, porque
mi instinto me obliga  comprender, y comprender es ms que perdonar,
es tolerar, es hasta colaborar, segn vengan los tantos... Lo mismo
que del partido digo de ti... Si no hubiera muchos hombres como t,
nuestro pas sera otra cosa--quin sabe cul,--pero dejara de ser
lo que es y no llegara  ser lo que ser. Perogrullada, dirs!
Pero perogrullada que pocos se dan el trabajo de comprender! Con
la gente esttica no se va  ninguna parte, con la muy dinmica se
puede llegar  incurables desrdenes,  la anarqua que engendra la
tirana compensadora. La til es la acomodaticia que sabe andar y
detenerse, la oportunista, en fin, como t. T, yo, nosotros, somos
tan necesarios como lo son los dems, los que siguen  los jefes de
la oposicin, al que lo ha sido todo en nuestro pas y al que no ha
sido nada--somos los reguladores,--y vers cmo, gracias  nosotros y
 ellos,--poco  poco van convergiendo los caminos y los esfuerzos,
aun en los momentos en que ms alejados y ms antagnicos parezcan. Y
es que el hombre quiere someter la Naturaleza  una armona que nadie,
sino la caprichosa Naturaleza nos ha enseado, que nadie, sino ella,
puede crear... Vers cmo, entre todos,  la larga, se establece un
equilibrio, sin imponerse como nico y definitivo, porque es variable,
y cambia  cada hora, en un segundo para la historia, en muchos aos
para nuestra nacionalidad, si tenemos en cuenta que no alcanza al siglo
todava... Dicen que las virtudes de nuestros antepasados, sus luchas
para conquistar una patria, se han convertido en vicios en nosotros,
en lucha por conquistar un bienestar epicreo, y que esto nos lleva al
desastre. Mentira! Cada poca tiene sus exigencias y sus hroes. Y si
los locos como t no aspiraran  una vida de lujo y de molicie, ste
sera un pueblo de santos patriarcas, es decir, un pueblo estancado en
plena vida pastoril. Lo inerte es lo nico que no cambia, lo nico
sometido  la estabilidad que parece imponerse  los pueblos que
suean en ser dichosos, los pueblos que, segn el dicho famoso no
tienen historia. Y un pueblo inerte es un pueblo muerto. Quieres que
brindemos, Mauricio,  tu soberbia,  tu insolente vitalidad?


                                  III

Aquellas antiguas aficiones despertadas en _La poca_ de Los Sunchos,
y cultivadas despus, mientras haca mis primeras armas en la ciudad,
revivieron vigorosamente desde el punto en que, cumpliendo una promesa
hecha en hora de debilidad, consegu que se encomendase al galleguito
la direccin y redaccin de _Los Tiempos_, el diario oficial, siempre
necesitado de quien lo llenara de mala tinta  precio vil. De la Espada
conservaba an, para m, cierto vago, cierto humorstico prestigio,
y ms que todo por hablarle y renovar con l, en cierta manera, las
antiguas diabluras sunchalenses, frecuentaba la imprenta, y recomenc
 escribir en el peridico, hazaa que no consignara aqu, pues ms
lejos debo reincidir en ello, si no estuviera tan ntimamente ligada
con lo que vengo contando. Y,  propsito, antes terminar con lo
atinente  la diputacin de Vzquez.

Poco despus de dejarlo, fu  ver al gobernador Benavides, y le
propuse de buenas  primeras lo que l estaba deseando imponerme.

--Mi banca en la Legislatura puede darse por vacante; no sera bueno
elegir  Vzquez en mi lugar?

--Hombre! mire usted qu casualidad! En eso mismo he pensado estos
das; sera una magnfica combinacin, en la que usted, al fin y al
cabo no perdera nada, mientras que nosotros ganaramos, quitndonos
de encima un posible enemigo. Vzquez, con sus lirismos, puede ser
peligroso, si no nos lo conquistamos.

Y con esto qued resuelta su eleccin, pues la forma republicana de
gobierno no es tan complicada como algunos aparentan creerlo todava.

Volviendo  mis artculos de _Los Tiempos_, agregar  lo ya dicho
que mi colaboracin era bastante asidua, pues siempre me ha divertido
mucho hacer rabiar  la gente. Adems, algunos correligionarios haban
descubierto en m un espritu satrico de primer orden, y hablaban de
mi estilo como del ms gallardo y desenvuelto que conocieran. Era, para
ellos, segn me decan, otro Sarmiento, con la particularidad en mi
favor de que yo defenda la buena causa, sin sembrar el desorden bajo
pretexto alguno, mientras que al autor de Civilizacin y barbarie
sola rsele la mano, arrastrado por su espritu analtico, capaz de no
dejar ttere con cabeza, en un instante de acaloramiento.

En lo que entonces escrib puse  los hombres de la oposicin como
chupa de dmine, no slo ridiculizndolos, sino sacndoles, tambin,
con ms  menos disimulo y contemplaciones, todos los trapitos al sol.
Mis informes del mundo eran tan completos, que no se me escapaban ni
las andanzas polticas ni los traspis privados de la gente. As, el
hecho graciossimo de un joven que haba tenido que pasarse una noche
encaramado en un rbol, para no ser apaleado por un padre feroz, me
tent un da, y lo escrib con alusiones desgraciadamente tan claras,
que uno de los interesados en el asunto, don Sofanor Vinuesca, opositor
de primera fila y hombre de malas pulgas, se puso en campaa para
saber quin era el indiscreto escritor, y pedirle cuenta y razn del
suelto que haba hecho reir  toda la ciudad  su costa y  la de otros
miembros de su familia. Supo que era yo y me mand los padrinos, 
pedirme una retractacin en regla,  una satisfaccin por las armas.

Conflicto. Yo, jefe de polica, no deba batirme, porque el duelo
estaba severamente prohibido en aquel centro catlico, donde no era
slo una infraccin  las leyes, sino tambin un abominable pecado
mortal. Pero si me negaba, mi actitud menoscabara la reputacin de
valiente que tanto bien me haba hecho hasta entonces, y  la que
no quera renunciar por nada. Encargu, pues,  mis padrinos, Pedro
Vzquez y Ulises Cabral, ex redactor de _Los Tiempos_, que concertaran
el encuentro fuera de la provincia--de retractacin no quise ni oir
hablar,--y me fu  ver al Gobernador para exponerle el caso y tratar
de conciliar todo lo que ms me importaba: si no quera renunciar 
mi fama de valiente, tampoco quera renunciar  mi puesto de jefe de
polica.

--Yo creo que debe evitarse  todo trance ese duelo--me dijo Benavides:

--Imposible! He ido demasiado lejos, y para evitarlo tendra que hacer
un papeln.

--Entonces, no veo otro camino que la renuncia.

--Gobernador!--exclam;--usted me necesita, usted me necesita ms que
 nadie, dado su carcter bondadoso, porque no tiene otro hombre en
quien confiar de veras, aunque tantos parezcan sus amigos. Yo deseo
seguir sirvindole como hasta ahora.

--Yo tambin lo deseo; pero no encuentro la manera.

Recapacit un momento, y luego dije:

--Hagamos una cosa, quiere?... Yo le presento ahora mismo mi renuncia,
y usted la hace publicar, sin resolver sobre ella, antes de que se
realice el duelo... Despus, si la opinin digna de tenerse en cuenta
no se satisface con la simple noticia, y quiere que se acepte la
renuncia, siempre hay tiempo de hacerla efectiva. Si el asunto no se
toma demasiado  mal, vuelvo  mi puesto y se acab. No le parece?

Hizo algunas objeciones, pero acept, por fin, el arreglo. No
arriesgaba nada, y as quiz le fuera posible seguir utilizando mis
servicios.

El duelo se realiz fuera del territorio de la provincia
(aparentemente; en realidad, nos batimos en una chacra cercana), y sus
resultados fueron lo ms halageos que pudieran darse. Contra lo que
yo esperaba, y muy afortunadamente, result herido en una pierna.

All mismo me reconcili caballerosamente con mi adversario, retirando
cuanto hubiera podido lastimarlo en su persona, pero en modo alguno
mis convicciones de ciudadano.

Era yo, pues, un mrtir de nuestro credo partidista, porque desde
el primer momento habamos cuidado de dar  la cuestin un alcance
altamente poltico, y mi reconciliacin lo demostraba, en realidad.
Adems, el pueblo, entusiasta, como todos los criollos, por los actos
de valor, aument mi prestigio, y los mismos opositores me respetaron
por el culto al coraje que existe en nuestra tierra. Slo haba, pues,
que temer  los clericales, pero justamente en aquel tiempo estaban
de capa cada, por las malas relaciones del pas con el Vaticano, y,
adems, cuid de llamar al padre Pedro Arosa, el franciscano amigo de
los Zapata, para confesarme con l y reconciliarme con la iglesia.

--Aunque no estoy en peligro de muerte, lo he hecho venir, padrecito,
porque he cometido un pecado muy grande.

Aquella confesin me vali elogios de la prensa clerical, porque Fray
Pedro tena grande influencia en su partido...

Nadie critic, pues, que el gobernador no aceptara mi renuncia y me
dejara en el puesto que tan brillantemente desempeaba--como deca de
la Espada cada vez que mi nombre le caa bajo las puntas de la pluma.

Mi herida era ligera, y no tard en estar bueno, acontecimiento que
se festej muchsimo en la ciudad. Hasta una tertulia del Club del
Progreso vino  resultar en mi honor. Tratando de igualarse  Buenos
Aires, orgullosa entonces del suyo, no haba en el pas ciudad, pueblo
ni aldea que no tuviese  pensase tener su Club del Progreso, siquiera
en el nombre, y todos estos clubs eran, casi sin excepcin, patrimonio
del partido del Gobierno, con abstencin generalmente voluntaria, 
veces forzosa, de los opositores.

En la tertulia, que era una de tantas, pero de la que fu hroe nico,
gracias  mi renuevo de gloria, bail varias veces con Mara Blanco,
la novia de Vzquez. ste que,  fuer de padrino primerizo estaba
encantado con el duelo, como con la realizacin de algo novelesco
que slo puede verse en los libros  en el teatro, haba contado
ponderativamente  la joven mi valerosa y tranquila actitud antes
del combate, en el encuentro mismo, cuando ca herido y cuando ped
noblemente excusas  mi adversario. Mara estaba encantada de bailar y
de conversar conmigo, y no trat de ocultrmelo.

Yo la conoca mucho de vista aunque nunca hubiera hablado con ella.
Salamos, con Vzquez,  con otros camaradas, muchas tardes en
victoria descubierta,  correr las calles empedradas, exhibindonos
 la admiracin de las muchachas, que se exhiban  su vez en
ventanas, balcones y puertas, haciendo una especie de feria de
noviazgos, usual en muchas ciudades de provincia, y famosa en la poca
romntico-gauchesca de Buenos Aires, cuando los mozos bien que se
iban  la estancia, paseaban  caballo das enteros, para ver y
hacerse ver. Las negociaciones preliminares entre novios y novias
han sido siempre ridculas para quien las mira de afuera, pero cun
interesantes para actores y actrices, ya queden en la forma salvaje
de la cacera de la mujer, ya lleguen al refinamiento del baile, la
tertulia  la visita, en la alta sociedad civilizada! Amor, eterno
amor, genio de la colmena, como dira Maeterlinck, instinto invencible
que embriaga al adolescente, impulsa al joven y suele enloquecer al
viejo!

En estas andanzas conoc de vista  Mara Blanco, que desde un
principio me pareci una muchacha muy interesante y muy honesta, aunque
siguiera la costumbre de la exhibicin, que nadie tomaba  mal, por
otra parte, incorporada como estaba  nuestra vida. Era una joven alta,
rubia, muy blanca, de ademn severo, y sus ojos azules tenan pestaas
y cejas negras, lo que les daba un brillo particular de agua clara y
profunda y los haca,  veces, parecer negros tambin. Su conversacin,
segn observ en la tertulia, era agradable, al propio tiempo mesurada
y entusiasta, y daba la impresin de un alma ardiente regida por un
carcter firme y resuelto. Por lo menos, estas fueron mis sensaciones
de aquella noche, y muchas de ellas han tenido que reproducirse ms
tarde, con igual  mayor intensidad.

--Si ser sta la mujer que me est destinada?--llegu  preguntarme
entonces, casi instintivamente.

Me deslumbraba el prestigio de su belleza, de su ingenio, de su
amabilidad--su bondad, sin duda,--y de su nombre, uno de los ms
preclaros de la provincia, donde su familia desempeaba gran papel,
pese  cierta escasez de fortuna; y me deslumbraba hasta el punto de
hacerme dejar de lado, por un momento, mis tendencias, resueltamente
antimatrimoniales. S! con una mujer as, bien poda casarme,
porque, aun sin el dinero, su aporte  la sociedad conyugal sera
importantsimo. Una alianza con los Blanco podra resultarme altamente
provechosa, porque tenan positiva influencia en la provincia y eran
de lo que puede llamarse la ms elevada aristocracia. Nuestros dos
apellidos, vinculndonos  lo ms granado de la Repblica entera--ella
con el contingente del interior, yo con el de Buenos Aires,--crearan
todo un nuevo ttulo  la consideracin social y poltica. Me detuve
un poco en estas ideas, viendo que Vzquez perda terreno aquella
noche, ms que todo por su culpa, pues, quin le mand entonar mis
alabanzas ante una nia de espritu algo romntico, prendada de lo
caballeresco?... Y como el padre de Mara, don Evaristo, me ofreciera
su casa, agradec calurosamente, prometiendo cultivar tan honrosa
relacin. La veleidad matrimonial haba pasado, sin embargo, como un
relmpago; puede que su semilla quedara en algn rincn de mi cerebro.
Ya veramos ms tarde... Pero desde entonces visit  los Blanco con
asiduidad, en ocasiones hasta dos veces por semana.

Entretanto, Vzquez, lleno de gratitud hacia m, su padrino, su Gran
Elector, lleg  ser diputado por Los Sunchos.

La eleccin pas sin tropiezo, porque yo mismo fu  arreglar las
cosas, con autorizacin del gobernador Benavides, dejando as bien
demarcada mi accin en este asunto, que Vzquez crey siempre debido
 mi iniciativa. Pero en la Legislatura no lo aguardaba el papel que
l se haba soado gracias  mis sugestiones. Lejos de ser el leader
de la Cmara, nadie le haca caso  poco menos. No estaba la provincia
para principismos, doctrinarismos ni teoras sacadas de los librotes.
All se deba gobernar y legislar  lo que te criaste, sin meterse
en novedades ni en honduras. Sus proyectos pasaban, pues,  comisin,
para dormir el sueo de los justos, pese  sus reclamaciones, y en
cuanto pronunciaba un discurso algo avanzado, poco faltaba para que
lo acusaran de traidor al partido, y por consiguiente,  la patria,
y para que le hicieran una zancadilla que lo echara  rodar fuera de
la Legislatura. Hasta le enrostraron su eleccin, hecha entre gallos
y media noche, ellos que tambin eran representantes del pueblo por
arte de encantamento, dicindole, no sin razn, que aquello no estaba
muy de acuerdo con su principismo. Pero intervine yo, y  ruego mo,
el gobernador, considerando ambos que es ms prudente dejar tranquilo
al len que duerme, y que Vzquez, en defensa propia, poda causarnos
mucho dao, aunque cayera al fin. No hice esto, debo decirlo, por
generosidad de alma, sino porque realmente lo crea de buena poltica.
Aunque me convena que conservara un puesto que yo poda considerar
feudo mo, y reclamarle en un momento dado--sin temor de que se negase
 restiturmelo,--no me preocupaba mucho, sin embargo, de sostener
 Vzquez; por el contrario, desde que conoc  Mara Blanco, sent
contra l y como por instinto, una especie de inquina, que me obligaba
 hablar desdeosamente de sus mritos, de su inteligencia y de su
utilidad, diciendo, por ejemplo, que era buen muchacho, pero un loco,
un soador, un hombre que nunca hara nada prctico ni serio, y que,
cuando mucho, si su mana se agravaba, se convertira en agitador
lrico, en revolucionario de anga-pichanga.

Cuando llegaban  sus odos estas mis apreciaciones,  no las crea 
no le importaban. Se encoga de hombros y no haca comentario alguno.
Lo que le importaba era cierta visible distincin, casi predileccin,
que Mara Blanco me demostraba cuando la visitbamos juntos, pero era
demasiado orgulloso para dejar ver  las claras su despecho. Cuando
nos encontrbamos solos, por casualidad, pues yo no lo buscaba nunca y
l no pareca muy interesado en frecuentarme y reanudar los antiguos
paseos y comidas selectas, conversbamos un rato, pero jams hizo
alusin  Mara, como si aquella competencia iniciada entre ambos, no
existiese en realidad. Pero se le vea ms reconcentrado y melanclico
que antes, y pas por una crisis de inercia en la Legislatura,  cuyas
sesiones asista apenas, y siempre en silencio, como medio dormido. Su
despecho slo se manifest una vez, y eso indirectamente.

--Contigo--me dijo,--soy como el perro dans que se cri con un
cachorro de tigre. Eran amigos, hermanos, pero un da de hambre  de
fiebre, el tigre devor al dans. T me devorars, tambin, si llega el
caso... Y puede que llegue...

Bien sabe Dios que esta profeca pesimista no se ha realizado nunca.
Dar una dentellada  un zarpazo, para abrirse camino, ser ofender, si
se quiere, pero no devorar.


                                  IV

Entretanto, el tiempo pareca haber comenzado  deslizarse ms deprisa,
 bien, ahora, al poner relativamente en orden mis recuerdos, confundo
algunas fechas  salto por encima de algunos acontecimientos que se
han desvanecido en mi memoria. Esto no tiene importancia alguna y no
deja al presente relato menos verdico que otros escritos, pretendidos
histricos, donde se hace mangas y capirotes con la verdad.

El caso es que el perodo presidencial iniciado cuando mi estreno
de jefe de polica tocaba  su fin, y que mi amigo el Presidente
se preparaba  bajar del poder, en cuyo ejercicio haba logrado
pacificar relativamente el pas, fomentar la instruccin pblica,
emprender algunas obras de importancia y sobre todo dejar que las
enormes fuerzas naturales de la nacin comenzaran  desarrollarse por
su propio impulso, abriendo un perodo de bienestar que nos daba las
mayores esperanzas. Como en un principio tuvo que luchar en Buenos
Aires con una poblacin hostil, como algunos actos de rigor de la
polica agitaron los nimos, hasta entre el bello sexo, como, al fin,
la necesidad de la paz se impuso  todos, en provincia se deca con
entusiasmo que haba domado la soberbia portea, y se le consideraba
como el jefe nico, no slo de su partido sino de la Repblica entera.
Nadie discuta sus rdenes, ni siquiera sus insinuaciones, y hubirase
jurado que el pas quedaba en sus manos para siempre, aunque tuviera
que ceder su puesto  otro presidente, no siendo l reelegible segn
la Constitucin. Quin podra contrarrestar su fuerza? Seguira
gobernando desde su casa, tranquilamente, con cualquier personero,
para bien del pas, que tanto haba adelantado y tanto tena que
agradecerle! Y, efectivamente, gracias  l,  sus consejos de
disciplina y de relativa tolerancia, en nuestra provincia, por ejemplo,
vivamos en una paz octaviana, que nos permita dejar un poco de lado
la poltica para ocuparnos de nuestros negocios y diversiones, sin que
por eso faltaran los chismes y las intrigas que daban sabor  nuestras
tertulias.

Yo sala  menudo  cazar en los alrededores, acompaado por varios
amigos de buen humor, con quienes tenamos grandes almuerzos
campestres, famosos entre todos, tanto que nos llovan las directas
 indirectas solicitudes de invitacin. Las largas partidas en el
Club del Progreso, ocupaban mis noches, con alternativas de prdida y
ganancia que no comprometan ya mi presupuesto. Por las tardes sala de
paseo  de visita--sobre todo  casa de Blanco,--y as dejaba correr
los das perezosos, esperando el man que, sin duda alguna, caera del
cielo, ms tarde  ms temprano, en exclusivo beneficio mo. Nada, ni
aun la ambicin, turbaba en aquel entonces mi tranquilidad; la vida
amodorrada de provincia me iba enervando, conquistndome hasta el punto
de que ya casi no comprenda otra, y nuestras mismas reuniones en el
despacho de la polica, que en pocas de agitacin llegaban  febriles
y bulliciosas, eran entonces montonas y aburridas hasta el bostezo,
como si la invitacin  la siesta entrara por puertas y ventanas, con
el aire y la luz, con el mate inacabable que nos serva un asistente.

El gobierno de Benavides no era ni sal ni agua, ni chicha ni limonada.
l y sus ministros se limitaban, como quien est cayndose de sueo,
 pasarse unos  otros,  largos intervalos, desganadamente, los
expedientes de asuntos en trmite que, con ese paso, nunca lograran
una solucin. Me recordaban  aquellos personajes de Swift, que llevan
siempre detrs  un criado con una vejiga para que los despierte de
cuando en cuando. Bah! lo mejor era dejarlos dormir, pues as no
hacan dao  nadie, y ajustando mi accin  este pensamiento hice
cuanto estuvo de mi parte para no arrancarlos de su siesta, y creo que
hasta entraba en la casa de Gobierno en puntas de pies cuando all me
llevaba alguna urgencia.

Entretanto, sigilosamente, de puntillas tambin, la oposicin comenz
 moverse, pensando que podra aprovecharse del letargo aquel para
dar un buen golpe en las prximas elecciones. Habl al respecto con
los jefes del partido, que no encontraron actitud mejor que consultar
al Presidente. Rodeen  Camino, contest ste, sin ms, y la frase,
conocida por una indiscrecin, se hizo famosa.

Camino estaba en Buenos Aires, pero no dejamos de comprender que era
necesario darle la jefatura del partido y preparar su reeleccin. Por
qu? No era en realidad porque la oposicin fuera de temer en las
elecciones provinciales, y menos an en las nacionales. La razn se me
presentaba ms honda y trascendental: aquello era una hbil previsin
para el futuro, para cuando otro ocupara la presidencia. Entonces, el
ex presidente necesitara apoyo en las provincias, y Camino era para
l un hombre de confianza. Si en los dems estados se haca lo propio,
el nuevo gobernante se vera con el poder muy disminudo, y sera
necesariamente, el personero de su antecesor.

--No est mal! no est mal!--me dije.--Pero hay que preparar la
combinacin. Despus veremos.

Nadie objet palabra, sino Vzquez, cuyo don de errar es indiscutible.
Se opuso resueltamente  que proclamramos la jefatura de Camino y
su candidatura para la prxima eleccin, diciendo que era un hombre
desconceptuado, un espritu estrecho, y que los que votaran por l
seran, en el concepto de las familias honestas, unos pervertidos que
aprobaban,  por lo menos, toleraban sus torpezas. No todo lo haca
la poltica, tambin era necesario tener en cuenta  la sociedad.
Trat de disuadirlo, por frmula, demostrndole la necesidad de que
el Presidente saliente tuviera gobernadores fieles que custodiaran
su autoridad, una vez fuera del poder, y recordndole que deba su
diputacin al gobierno.

--Ni una ni otra cosa me obligan  nada--replic.--El Presidente hace
mal en preparar un estado dentro del estado, una especie de presidencia
doble, en la que un poder anular al otro. En cuanto  que el gobierno
me hiciera elegir, no es verdad: lo hiciste t.

--Con su aprobacin, y l era el que poda...

--Aunque haya sido as. Puede que fuera mi deber sostenerlo, y eso
mismo lo dudo; pero nadie me dir que tengo el compromiso de hacer
reelegir  Camino. Eso sera monstruoso! En esa forma, el pas no
cambiara jams de gobernantes, como la Municipalidad de Los Sunchos.

--Te enajenars la voluntad del futuro presidente, sea quien sea.

--Poco me importa. No he de vivir de la poltica. Slo en estos pases
la poltica resulta una profesin, cuando es una funcin general, casi
dira obligatoria, de todos los ciudadanos...

--Slo en stos? No embroms!

La voz de Vzquez fu, como es natural, la clamantis in deserto.
Nadie le hizo caso, y Camino tuvo sus dos proclamaciones en medio
de un entusiasmo popular que preparamos por todos los medios 
nuestro alcance. Pero el candidato  la reeleccin no tard en saber
que Vzquez le haba hecho fuego, cosa que no le perdonara nunca.
No. No fu yo quien se lo dijo, no fu yo el indiscreto ni el mal
intencionado. Vzquez no me molestaba mucho en la Legislatura, y aunque
hubiera querido malquistarlo, no hubiera ido con el chisme, sabiendo
que otros lo haran, por adulonera, por espritu de intriga  por
maldad.

Casi al propio tiempo se proclam en una provincia lejana y con el
apoyo gubernativo la candidatura presidencial, que desde all fu
comunicndose  todas partes, siempre en las mismas condiciones, como
un reguero de plvora, segn decan con admiracin los diarios amigos,
que ensalzaban los mritos incomparables del candidato, representante
de la juventud, y, por lo tanto, del progreso, ciudadano de iniciativa,
como lo haba demostrado en el gobierno de su provincia, espritu
liberal, enemigo de toda hipocresa y de toda bajeza, hombre tolerante,
que sera el vnculo de unin entre los estados, las sociedades, las
religiones, los partidos del pas, y  quien acompaaran maana, como
le acompaaban hoy, las fuerzas ms sanas y eficaces del mismo, los
jvenes de corazn entero y altas aspiraciones patriticas.

--Paso  los jvenes!--comenzamos  gritar, como gritara de la Espada
en otro tiempo, en Los Sunchos.

Buenos Aires--la provincia,--celosa de su hegemona poltica, aunque
sta no fuese ya ms que un hecho casi legendario, quiso oponernos
otras candidaturas, arrastrar la opinin del pas, enarbolando como
bandera el nombre de preclaros patricios, y aun el de un poltico
eminente que poda considerar conquistado el interior, porque, en la
lucha decisiva, tom, siendo porteo, partido  favor suyo y contra su
provincia, como muchos otros que no dejaban de tener razn segn ha
podido verse despus.

Pero si todos los jefes de polica, si todas las autoridades obraban
como yo, no haba miedo de que nos arrebataran el poder, ni con
sutilezas, ni con esfuerzos. De ello qued convencido cuando Camino
result electo gobernador, y Casiano Correa, antiguo amigo de tatita,
vice,--con casi todas las actas protestadas, es cierto,--casi sin
oposicin, , como decamos entonces, con elecciones cannicas. Qu
cmo se alcanzaba este resultado? Pues muy sencillamente. Preparndolo
todo con tiempo, el padrn y el registro cvico, sorteando las mesas
de modo que los escrutadores fueran nuestros, y contando con los
jueces provinciales  federales para el posible caso de un juicio.
En aquella poca no hubo sino un juez que se atreviera  desafiar al
poder, pero su derrota fu completa, por el momento, aunque hoy todos
lo consideremos como ejemplarsimo y muchos hayamos contribudo 
perpetuar en el mrmol su memoria.

Dir, despus de esto, que nuestro candidato  la presidencia result
triunfante?

No, ni he de contar, tampoco, el xodo de sus conprovincianos que
invadieron la capital de la Repblica, convencidos de haber triunfado
con l.  m mismo me dieron ganas de irme, y lo hubiera hecho, 
ser de su provincia y de sus allegados. No hay cosa mejor que tener
buenas relaciones--deca tatita. Pero era preciso esperar; estaba muy
lejos de l, y no hay que forzar la suerte, ni aun en el juego, sino
cuando llega la ocasin. Y  m tena que llegarme, como me llegaban
las pocas de trabajo--las electorales,--y las de descanso--la modorra
provinciana en las pocas de normalidad.

Por el momento, bueno era volver tranquilamente  la siesta. No
habamos pasado por un largo perodo de agitacin tal, que ya ni
visitaba la casa de Blanco, ni me daba apenas tiempo para ver  mis
viejas amigas, y hasta tena que interrumpir de vez en cuando mis
partidas en el Club del Progreso, postergar mis caceras con almuerzo,
y suspender cien otras empresas agradables?... S. Volvamos  la vida
epicrea, que es la mejor, mientras no llegue el momento oportuno de
lanzarse al asalto de la gran capital, de la verdadera, de la nica.

Camino me pregunt un da, como si se le ocurriese de repente:

--Cundo acaba Vzquez?

--Creo que dentro de cuatro meses.

--Hay que ir pensando en eso.

--En qu?

--En la eleccin. Hay que ver  quien se elige.

--Al mismo Vzquez, pues!

Me mir primero con enojo, despus con serenidad, en seguida con sorna,
y dijo:

--No... No lo quieren en Los Sunchos.


                                   V

Slo la ingenuidad de Vzquez es comparable  la tontera de Camino;
desdeando un efecto teatral, dir que Vzquez no sigui mucho tiempo
en su banca de diputado, ni Camino en su silla de gobernador, Vzquez
porque Camino no quera, y Camino por... lo que se sabr en seguida.

El ex presidente haba tomado sus medidas como hombre de vistas
claras y largas, buen conocedor del corazn humano, para mantener
todo el tiempo posible la mayor suma posible de influencia, pero no
con la candorosa ilusin que le atribuamos de seguir gobernando
entre telones y haciendo del nuevo Presidente un simple personero.
Si as no fu, si tal no pensaba, desde los primeros tanteos pudo
advertir que el instrumento no le obedeca, y que, como se debe cantar
bien  no cantar, por el instante lo ms prctico era llamarse 
silencio--como lo hizo. Pero algunos pazguatos, ms papistas que el
papa, deslumbrados con el poder que recibieran de l, creyeron que
ste era un atributo propio, que slo poda reclamarles y retirarles
quien se lo haba concedido, y comenzaron  corcovearle al nuevo
Presidente, y  no hacer sus gustos con la requerida sumisin, como si
no dependieran directa ni indirectamente de l, y como si no pudiera
ponerlos patas arriba  las primeras de cambio. Uno de estos tontos
fu mi gobernador, el del clebre Rodeen  Camino!

Fu torpeza la suya. Nuestra provincia haba ido pacificndose poco
 poco, y la oposicin, bajo una mano de hierro, confesaba, al fin,
su impotencia, retirndose de toda lucha, y contentndose con la
lrica actitud de criticar acerbamente al oficialismo,  todos los
oficialismos, en la intimidad de sus reuniones privadas, y en la no
menos ntima escasez de circulacin de sus diarios. Tambin es cierto
que el Guardia de Crceles, batalln de lnea, creado aos atrs--no s
si por mi inspiracin,--y el cuerpo de vigilantes y bomberos--stos
s, organizados y disciplinados por m,--los criollos nacemos
militares,--constituan una fuerza decisiva y aseguraban la estabilidad
del Poder, invulnerable, pues un golpe de mano quiz lograra suprimir
 substituir personas, nunca variar el rgimen. Y esta arma era ma,
casi exclusivamente ma!

Cuando me di cuenta de ello pas por mi imaginacin... Pero,  qu
contar ensueos que mi juicio mismo desvaneca entonces, apenas
formulados? Vamos  los hechos, que es lo importante.

Molest al Presidente el Gobernador de una provincia vecina, ms
recalcitrante que Camino, y no faltaron voceros que llegaran hasta m,
insinundome cunto agradara mi ayuda para un cambio de situacin.
Como poda pulsar el valimiento de los que esto me decan y la
autntica procedencia de sus invitaciones, no vacil un punto, y
organic una partida de guardias de crceles y vigilantes vestidos
de particular. Por desgracia, yo no poda mandarlos en persona, sin
comprometer gravemente la autonoma de las provincias; pero uno de
mis amigos, diputado y ex redactor de _Los Tiempos_, Ulises Cabral, mi
padrino en el duelo, se comprometi  representarme y obrar como si
fuera yo mismo. El cambio deseado se hizo con poco derramamiento de
sangre y mucha intervencin nacional, y supe que el Presidente me tena
muy en cuenta, agradeciendo mi colaboracin sin mentarla.

Por el mismo conducto, bien confidencial, se me hizo saber poco
despus que el gobernador Camino, mi propio gobernador, no era ya
persona grata, y que en las altas esferas se le vera con placer
substitudo por el vicegobernador Correa, hombre en quien se tena la
mayor confianza, como entusiasta, patriota, fiel, capaz, y, sobre
todo, menos desconceptuado en sociedad. Debo confesar que Correa vala
probablemente menos que Camino, como hombre de pensamiento y de accin.
Pero no me convena hacer odos de mercader, y comprend desde el
primer momento lo que de m se esperaba: que pusiera fuego  la mecha,
que buscara el pretexto para poner al Gobernador de patitas en la
calle, alterando el orden lo menos posible, pero sin una revolucin, si
tena dedos para tanto. Una agitacin era, por lo menos, inevitable,
porque Camino no abandonara el puesto as como as.

Pero l mismo haba de darme pie para romper las hostilidades, porque
bien dijo el latino que Jpiter ciega  los que quiere perder. He aqu
cmo ocurri aquello: la inaccin de los opositores y alguno que otro
desliz demasiado exagerado de lo que la mala prensa llamaba guardia
pretoriana, hizo que el Gobernador creyera llegado el momento de
entrar en la normalidad y me exigiera el castigo de un comisario
cuyo delito consista en haber hecho dar de planazos  una persona
conocida que le haba criticado cierta travesura, creo que la fuga de
un cuatrero sorprendido infraganti.

--Si empezamos as, Gobernador, pronto no tendremos polica--le dije
con gravedad.

--Pero vea, amigo, cmo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es
inicuo. Hasta los mismos amigos me caen.

--No les haga caso. Hay que acostumbrarse  esas cosas cuando se es
gobernador. Mire! si no fuera eso, ya le encontraran otro pretexto, y
sera lo mismo.

--S. Pero yo no quiero que se apalee  la gente... sin necesidad.

--Bah! no se aflija, y dejemos en su puesto  ese comisario, que es
un tigre! Nos hara falta en un momento dado.

--Por lo menos, cmbielo. Mndelo  la campaa hasta que se acabe esta
gritera.

Me encog de hombros.

--As no se hace patria. Djelos que aguanten... Hoy empezaramos por
dejar que la oposicin echara  la calle  un comisario, y maana no
podramos evitar que echaran  un Gobernador. No hay que ser tan flojo!

No replic, no insisti en el castigo del presunto culpable; pero no me
perdon, tampoco, ms que mi desobediencia mi franqueza. As suelen
ser, en cuanto uno se descuida y por muy til que les sea! Lo peor
para l, en este caso, es que haca mi juego, iniciando la anarqua en
el poder, pretexto magnfico para hacerle la deseada zancadilla. Tan
ciego estaba, que cay en la trampa como un inocente. Ciertos indicios,
algunas visitas, frases sueltas, un principio de despego de los ms
allegados  su persona, me hicieron comprender que el gobernador Camino
me buscaba reemplazante.

--Esas tenemos? Pues ya vers quien es Callejas!--me dije.

Me acerqu desde entonces, sin disimularlo, ms bien con ostentacin,
al vicegobernador, don Casiano Correa, viejo marrullero, abogado,
glotn, jugador y avaro, cuyo cuerpo pequeito, endeble 
insignificante, ocultaba el espritu ms vicioso y ambicioso que
imaginarse pueda. Aunque no estuviera tan al corriente como yo de lo
que se tramaba, lisonje su ambicin, insinundole que las debilidades
de Camino comenzaban tambin,  mi juicio,  comprometer su Gobierno,
y que no sera difcil que el mismo Presidente de la Repblica
interviniera para hacerle dejar el mando, en que haca tan desairado
papel.

--Provoca una escisin del partido en la provincia, lo debilita, y lo
enerva; no es lo que conviene. En cuanto sepa esto el Presidente, le
pondr remedio, no lo dude, Correa.

--Pero cmo?--pregunt Correa, para verme venir.

--Tan fcilmente como lo ha hecho en otras provincias: provocando una
revolucin, si es preciso. No hemos ido nosotros mismos ?...

--Es cierto!--interrumpi.--Ahora, la cuestin es que el Presidente lo
sepa.

--Usted puede hacrselo saber por medio de alguno de sus amigos. Si es
que ya no est al tanto de todo...

Lo conduje  que me preguntara si en un caso dado poda contar
conmigo.

--Incondicionalmente... Pero con una condicin. El gobernador Camino me
promete hacerme diputado nacional en la prxima renovacin del Congreso.

No era verdad, ni Correa lo crey, pero me prometi solemnemente que
si eso llegaba  depender de l, yo sera diputado nacional. Y
comenz la intriga que condujo admirablemente, fuerza es confesarlo,
haciendo que el Presidente se convenciera del todo de la necesidad de
pasar la mano al vicegobernador, mediante mil informes ms  menos
antojadizos, segn los cuales Camino le ladeaba el caballo, como
dicen los paisanos, y estaba pronto  hacerle, en la oportunidad, la
ms violenta oposicin, en vista de que volviera el otro. Como
si eso fuera posible! Pero el Presidente era crdulo, tema  su
antecesor como  un fantasma, estaba rodeado de cortesanos venales, y
crea preciso quebrantar no slo  todos sus enemigos, sino tambin 
cuantos pudieran llegar  serlo. Tena la locura de la unanimidad, 
lo Napolen III, con quien se le comparaba. Comenz, pues, con gran
sorpresa de Camino, que hasta entonces no tema las represalias, 
demostrarle cierto encono, retardndole los arreglos financieros que
peda, insinuando que el Banco Nacional restringiese los descuentos
 sus amigos personales, y  hacerle directa  indirectamente otras
muchas manifestaciones de que haba perdido la gracia presidencial y no
estaba ya en predicamento.

Como estos indicios no pasaban inadvertidos para nadie, muchos se
le fueron alejando, como se haban alejado de m al verme romper
la primera lanza con el Gobernador, y comenzaron  rodearme, como
si yo fuera el rbitro de la situacin. Don Casiano Correa, que ya
tena, tambin, su corte, no caba en s de gozo y no vea la hora de
posesionarse del mando.

Camino, en tal atolladero, no encontr hombre con quien substituirme.
Slo los muy desconceptuados, los intiles, hubieran aceptado un puesto
en que quiz no duraran un par de meses, olfateada ya la voluntad
presidencial.

No hubo ms que un hombre de vala que hubiera aceptado el puesto, bajo
ciertas condiciones: Pedro Vzquez. Lo o mucho despus, de sus propios
labios. El Gobernador le ofreci la jefatura.

--Yo la aceptara si usted me nombrara, pero no me nombrar--le dijo
Vzquez.

--Vaya si lo nombrar! Quin lo impide? Estoy harto de Gmez
Herrera, que me hace mal tercio con el Presidente, lo mismo que el
vicegobernador.

--Entonces, puede nombrarme, si me autoriza: Primero,  licenciar el
Guardia de Crceles, que es inconstitucional  innecesario...

--Usted est loco!...--exclam Camino.--Licenciar el Guardia de
Crceles! Sera lo mismo pedirme la renuncia.

--Pues yo no lo veo as. Con la polica basta para mantener el orden
y la provincia no debe tener ejrcito. El orden no se mantiene con el
ejrcito, sino con la legalidad. Ese acto, por otra parte, levantara
notablemente el prestigio del Gobierno. En cuanto  las otras
condiciones...

--Con esa basta!--interrumpi el Gobernador.--Prefiero la sospecha
de que el Gobierno Nacional me mande  no me mande  mi casa,  la
seguridad de que la oposicin me ponga de patitas en la calle. Usted
est, decididamente, loco, amigo Vzquez!

Este agregaba, al contrmelo:

--Yo saba que su cada era inevitable. Lo ms que poda conseguir
Camino era caer en beaut, como dicen los franceses, lindo, como
decimos nosotros. Pero ahora nadie se preocupa de la belleza, y un da
de vida, es vida, proclaman los paisanos. Por veinticuatro horas ms
de Gobierno hay muchos que arrostraran el ridculo y la vergenza,
sin ver que stos los aguardan de todos modos, borrachos de mando como
estn.

Palabras profticas que luego pudieron aplicarse  ms de un Presidente
de la Repblica. Los nios y los locos dicen las verdades...


                                  VI

La intriga iniciada en las alturas nacionales, secundada por m y
tmidamente por Correa, iba  dar sus frutos, pues el Presidente estaba
ms que nunca resuelto  dejar de mano  un Gobernador que no era
incondicionalmente suyo. Pero la casualidad quiso que todo el trabajo
resultara ocioso, facilitando el cumplimiento de nuestros deseos de
tal manera que, aunque no hubiramos hecho nada, el resultado hubiera
sido el mismo. Slo que este triunfo, provocado por el destino, sin
nuestra intervencin, hubo de costarnos moralmente mucho ms que el que
habamos preparado con paciencia y destreza, y que no tengo para qu
contar porque no se puso en planta. La casualidad no es hbil y suele
cortar los nudos gordianos, sin fijarse en las consecuencias. Pero
vamos al caso.

Hallbame una noche en el Club del Progreso, jugando con los amigos de
siempre, cuando Cruz, el asistente del Gobernador, entr en la sala, y
se me acerc, plido y agitado. Llamme aparte y me di la noticia de
que Camino acababa de sufrir un ataque de apoplega, y que, segn todas
las apariencias haba muerto  estaba agonizando. El doctor Orlandi,
llamado  toda prisa, no daba esperanzas: segn l, la muerte haba
sido fulminante.

--Dnde est? en su casa?

--No! Y eso es lo pior!

Siguiendo sus plebeyas costumbres, Camino haba pasado su ltima hora
en un sitio inconfesable.

Sin decir una palabra  mis compaeros, sal, dando orden al asistente
de que callara como un muerto y dijera al comisario de rdenes que se
reuniese conmigo sin perder un momento, en la casa  donde me diriga.
Corr  una cochera, mand atar un gran land, y al galope de los
caballos me hice llevar al suburbio norte, en una de cuyas casas haba
muerto el Gobernador. Era la una de la maana, cuando llegu: la ciudad
dorma, y, afortunadamente, no haba un alma en las calles. Dos agentes
policiales, llamados con espritu previsor por el diablo de Cruz,
hacan la guardia en la cuadra, sin saber lo que ocurra; creyndome
un particular, trataron de impedirme el paso. Me alegr mucho de la
discreta precaucin del asistente, porque en las circunstancias haba
que obrar con mucho tacto.

En la casa no haba ms hombre que el doctor Orlandi, sentado junto 
una cama revuelta en que yaca el Gobernador. Estaba muerto.

--Qu vamos  hacer?--me pregunt el italiano, atolondrado por aquella
inesperada catstrofe, producida con tan poca nobleza.

--Llevrnoslo  su casa lo ms sigilosamente que sea posible, en cuanto
lleguen Cruz y el comisario de rdenes.

--Ma! Es una responsabilidad terrible!

--Qu quiere, doctor! nosotros no lo hemos trado aqu. Lo ms que
podemos hacer es disimular las cosas.

Momentos despus, mi segundo, el doctor Orlandi, Cruz y yo, sacamos el
cadver y lo metimos en el carruaje. El cochero fu amenazado con los
ms contundentes castigos si deca una palabra, y lo mismo se hizo con
la gente de la casa que, por fortuna, era sumisa  la polica y estaba
bajo su inmediata dependencia. En el trayecto di mis instrucciones al
Comisario de rdenes: deba hacer acuartelar las policas y el Guardia
de Crceles en toda la provincia, para sofocar inmediatamente hasta el
ms ligero disturbio que pudiera producirse cuando se hiciera pblica
la noticia. La situacin era nuestra, ma, y no era cosa de perderla ni
de comprometerla siquiera...

Cruz abri la puerta de la casa del gobernador, y entre Orlandi, yo, el
asistente y el cochero, llevamos el cadver hasta el dormitorio, y lo
metimos en la cama.

Ahora, cmo avisar  la familia? Inmediatamente concertamos lo
que bamos  decir: Camino, sintindose mal, haba llamado  su
asistente, prohibindole que alarmara  los suyos y ordenndole que
llamara al doctor Orlandi. Cruz, al pasar por el Club, entr  ver
si el doctor se encontraba all, como de costumbre, y vindome,
juzg conveniente decirme lo que ocurra, pues yo poda hacer llamar
 Orlandi con mayor rapidez. Yo sal, por deferencia, encontramos
al doctor, los tres acudimos en un coche  casa de Camino... Pero,
desgraciadamente, cuando llegamos haba muerto. As se dijo.

Es de imaginar el trastorno de aquella casa, hasta entonces tranquila,
los llantos de las mujeres, las carreras de los criados, las preguntas,
las exclamaciones, los ayes. Una hora despus, los parientes, los
amigos, acudan desolados. Figrense ustedes! no mora slo un
pariente, un amigo, sino un gobernador!...

Nuestra versin fu perfectamente admitida en los primeros momentos, y
nadie puso en duda que las cosas hubieran pasado as.

Yo me ocup de avisar al vicegobernador Correa, que dorma
profundamente, sin sospechar lo que pasaba.

--Ya es gobernador, amigo!--le dije.

--Qu! Ha habido revolucin?

--No, hombre!--contest rindome.

--Ha renunciado, entonces?

--S, en casa de Maritski!

--No me diga?

Le cont el suceso. No dijo palabra, pero tena la cara radiante.
Visti en un segundo su minscula y nerviosa persona, y sali conmigo
para correr  la casa mortuoria.

--Diga, don Casiano, yo quedar en la jefatura de polica?

--Claro! Vaya una pregunta!

--Y tendr la primera diputacin?

--Si depende de m...

--No. Conteste categricamente, s  no. De otro modo... Usted sabe que
tengo la provincia en la mano.

--Vaya hombre! Ni que yo fuera tu enemigo! Sers diputado
nacional!--y me tuteaba, camarada hasta la muerte.

--Palabra?

--Palabra de honor!

--En la primera eleccin?

--En la primera! No seas cargoso! Ya sabes que soy tu amigo.

Amaneci aquel da sin que hubisemos dormido. En la sala de Camino
haba, ms que nunca, olor  encerramiento,  humedad, atmsfera 
la que se mezclaba el humo capitoso del benju, del incienso, y del
cachimbo como deca mamita hablando del cigarro.

Correa firm su primer decreto--como provisional todava,--determinando
los honores que deban rendirse al ex gobernador en sus funerales: la
bandera  media asta en todos los establecimientos provinciales, la
escolta del Guardia de Crceles, la presencia del Poder Ejecutivo que
encargaba al ministro de Gobierno de pronunciar la oracin fnebre...
La Legislatura resolvi asistir en masa  las exequias, lo mismo que el
poder judicial. Preparbase una manifestacin de duelo como nunca se
haba visto, tanto ms cuanto que Camino, vinculado por el parentesco
 casi todas las familias representativas de la provincia, arrastrara
tras de su fretro  buena parte de la oposicin, acalladas las
pasiones ante el silencio del sepulcro.

De aquella magnfica ceremonia slo quiero recordar un detalle: El
ministro de Gobierno, Gonzlez Medina, termin su oracin fnebre
diciendo no s si con ingenuidad  con malicia provinciana:

--Ha cado en el puesto de honor, manteniendo alta la bandera de sus
convicciones. Llorad, pero imitad este ejemplo, ciudadanos!

No s lo que Cruz, si estaba presente, comprendi en estas palabras.
En cuanto  m, es la primera y ltima vez que he tenido que hacer
esfuerzos para no reirme en un cementerio.


                                  VII

Al da siguiente, me llam Correa  su despacho de gobernador.

--Mir--me dijo.--He pensado mucho en la situacin, y he resuelto
cambiar el ministerio. Quers ser ministro de Gobierno?

--No friegue, don!--exclam.--Usted me ha prometido otra cosa.

--S. Pero, hijito, ministro!...

--Y qu hay con eso?  usted no le quedan ms que dos aos de
gobierno; y yo quiero ir  Buenos Aires. Esto es muy chico para
m. Mire, no cambie los ministros: son buenos muchachos y ya estn
acostumbrados  hacer lo que quiere el gobernador.

--Eran hombres de Camino.

--Se equivoca. Eran y son hombres del gobernador. Tanto les da Juan
como Pedro, con tal de que ellos figuren.

--Es que quisiera cambiar un poco el Gobierno, darle al pueblo alguna
satisfaccin.

--Llame  Vzquez, entonces.

--Puede que no sea mala idea.

--Pero, le advierto: Vzquez es un contemporizador y una especie de
puritano: como contemporizador no satisfar  la oposicin, y como
puritano har enfurecerse  los nuestros. Adems, Camino lo ha puesto
mal con el Presidente... Conque...

--Conque... se puede ir al diablo.

Sonre, y le di el ltimo golpe:

--Y, al concluir su perodo, con Vzquez tendra usted que renunciar 
ir al Senado, porque la Legislatura, nacionalista y presidencial, no le
perdonara sus lirismos.

Correa no era difcil de convencer en cosas evidentes y de utilidad,
y todo qued como estaba. Los ministros no me hacan sombra, porque
eran completamente ineptos y yo saba la manera de manejarlos. Siempre
me haban temido, y desde que Correa subi al poder, comenzaron
 temblar ante m aunque yo les hubiera prometido hacer todo lo
posible para mantenerlos en su puesto. Una amargusima incidencia
que debi costarnos caro, vino  darme un terrible poder, aumentando
inopinadamente mi prestigio.

La muerte de Camino, ocurrida en circunstancias tan misteriosas,
precisamente cuando comenzaban  trascender nuestras intrigas
tendientes  derrocarlo, pareci de pronto al pblico menos clara de lo
que la presentbamos. Nuestras idas y venidas en aquella noche aciaga,
y aunque fuera ya tan tarde, no haban pasado inadvertidas, porque la
gente provinciana parece dormir con un solo ojo cuando se trata de algo
que puede alimentar la chismografa. Adems, aunque el cuento estuviera
urdido magistralmente, haba demasiados testigos de la verdad: si
se poda contar con mi reserva, la de Orlandi, la del Comisario de
rdenes, la del zorro de Cruz, no suceda lo mismo con las mujeres, los
dos vigilantes, el cochero. Los secretos de almohada por la almohada
suelen trascender. Uniendo  esto la malevolencia de la oposicin, no
es raro que comenzara de pronto  correr este rumor siniestro:

El gobernador Camino ha muerto envenenado.

Y, con este rumor, el gobernador Camino, que era execrado por cuantos
no reciban sus favores, que las familias excomulgaban por sus notorias
costumbres, que nunca haba hecho nada notable ni siquiera bueno, ni
aun regular, result un defensor de los intereses del pueblo, que el
Presidente de la Repblica quera suprimir, una vctima del sistema,
un cordero pascual, y nosotros, el doctor Orlandi, yo, Correa, quin
sabe cuntos ms! unos envenenadores, unos Borgia de nuevo cuo. En
vano trat, trat Orlandi, de poner las cosas en su lugar, de presentar
la verdad tal cual era; en vano dijimos que el Gobernador estaba cado
y no poda estorbarnos ya. Todo el mundo crey,  fingi creer, que
lo habamos suprimido con el Aqua Tofana, y que Orlandi--italiano al
fin,--era la mano, mientras Correa y yo ramos la voluntad!... Ah,
canalla, canalla, canalla! Cmo es la canalla, y cmo maldije entonces
la libertad de la calumnia que pasa de boca  odo y resulta ms
notoria que la insertada en los diarios! Yo haba mentido  sabiendas
y pblicamente, para destruir al contrario, muchas veces, pero nunca
haba llegado  tal extremo, nunca haba inventado una calumnia que,
como aquella monstruosidad, estuviese tan fuera, tan lejos de las
costumbres polticas de nuestro pas!

Y, vean ustedes lo que son las cosas!... No me creern, pero aquello
nos hizo mucho bien, si no moral, materialmente. El temor que nos
rodeaba y que comenzaba  ser lo ms claro de nuestro prestigio entre
el pueblo bajo, se intensific hasta un grado increble. Nunca, como
entonces, fumos dueos de la situacin, aunque nos execraran. Entre la
gente de buena posicin, nadie crea aquella horrible calumnia, aunque
algunos energmenos la aprovecharan para denigrarnos. Entre stos,
que afirmaban la verdad del envenenamiento y los otros que la ponan
caballerosamente en duda, el pueblo deca:

--Los que los acusan dicen la verdad; los otros se callan de miedo.

Y si gente tan bien colocada tema, qu no haba de temer el pobre
pueblo? De tan vil, de tan inexistente causa, nunca he visto salir
tales efectos. Como si estuvisemos en tiempos de Rosas, la provincia
call, y no hay gobernante que haya gobernado tan pacficamente como
Correa.

Una persona, sin embargo, tuvo una sombra de duda que me afligi en
extremo: Mara.

La visitaba frecuentemente, y estaba entonces enamorado de ella, de
su hermosura, de su ingenio, de su delicadeza, de su instruccin
artstica. Era toda una seora con los candores deliciosos de una nia.
Haca tiempo que la notaba ms fra y reservada que antes, sin poder
darme cuenta del motivo, cuando una noche, como se aludiera, no s 
qu cuento, al difunto Gobernador, dej escapar esta frase:

--Cundo se aclarar ese misterio, tan doloroso!

Comprend entonces todas sus reservas, y le dije la verdad, comenzando
por revelarle la vida ntima de Camino, sus extravos, sus malas
costumbres, para terminar con el cuadro de su muerte, sin detalles
ociosos y escandalosos, tal, en fin, como lo he hecho en estas pginas.
Y termin diciendo:

--Para que no tenga usted la menor duda, voy  mandar que venga Cruz, y
l le contar las cosas tal como pasaron.

Comenzaba  escribir una tarjeta cuando Mara, levantndose y poniendo
su mano sobre la ma, me interrumpi as:

--Nadie sino usted poda contarme semejantes atrocidades. Le creo, pero
no quiero que nadie me repita cosas que yo no debo saber. Perdone mi...

No dijo sospecha, no dijo duda porque cualquiera de estas palabras le
hubiese parecido excesiva.

Oh, el pudor de nuestras antiguas mujeres! Decir que todava
quedan algunos ejemplares, contrastando con la inmensa muchedumbre
de libertadas, de emancipadas, aspirantes  hombre, que hoy nos
rodea! Conquistar una mujer era todava entonces (y de vez en cuando)
robarse un fruto saltando una tapia coronada de vidrios de botella;
conquistarla hoy, suele ser robarla del escaparate en que las ofrecen.

Mara se mostr aquella noche afectuossima, y comprend que la haba
convencido. En cuanto  Blanco, ya haca mucho que estaba al corriente
de todo lo ocurrido.

Pocos das despus tuve una noticia que me sorprendi. La gente se
marcha mucho ms pronto de lo que uno supone, y el camino va quedando
sembrado de cadveres. Hoy pienso que si se llevara una nomenclatura
de todos los parientes, amigos y allegados que se mueren, al cumplir
los cuarenta aos uno estara siempre con los pelos de punta, en cuanto
viera la enorme, la interminable lista de los que hemos dejado atrs.
La noticia era la de la muerte de don Higinio Rivas, ocurrida una
semana antes en Buenos Aires. Esto constitua, apenas, un incidente en
mi vida, y sin embargo, me conmovi, removiendo todos los recuerdos
de la infancia y la adolescencia. Don Higinio! Los Sunchos, en que
an viva mi madre, hecha una pasita! Teresa, de quien nada saba!
Qu lejos estaba todo aquello! Y qu jugoso y qu sabroso era,
con su candor, un poco perverso  veces!... Pens que un da, como
 Sarmiento, me sera dado revivir toda aquella conmovedora comedia
primitiva, tan sentimental, componiendo mis Recuerdos de provincia...
Pero mientras llegaba esta obra maestra, futura como tantas, me
content con escribir un largo artculo necrolgico para _Los Tiempos_
que, gracias  mis buenos oficios, segua dirigiendo y redactando mi
amigo el galleguito Miguel de la Espada.

Qu dije de don Higinio? Nadie se preocupe de ello. Precisamente aquel
artculo necrolgico que conservo pegado en un cuaderno de recortes,
es el que me ha servido pginas atrs para esbozar su retrato, su cara
leonina, su ingenio astuto y quizs quizs su carcter dbil de gritn.
Pero le hice justicia y disimul sus defectos.

De la Espada, despus de leer las cuartillas que le haba llevado, me
dijo, como quien quiere decir algo y no acierta, en el tono que los
autores dramticos acotan con intencin:

--Bien se lo ha ganado, el pobre.

Cumplido este deber, el nico de mi incumbencia, segn crea,
preparbame  dar por definitivamente cerrado aquel capitulito de mi
vida, cuando recib esta carta:

    Mi muy querido Mauricio: Slo quince das despus de la muerte
    de tatita, de la que debes tener noticia, me siento con valor
    suficiente para escribirte. Todo el luto que orla este papel no
    es nada comparado con el que pesa sobre mi alma y mi corazn.
    Pobre, pobre tatita! Muri abrazando  tu hijito, que tanto
    se te parece y que todava no puede comprender todo lo que ha
    perdido. No habl de ti, no aludi  ti, como si ya no tuviera
    esperanza de remedio al dao que hiciste.  m me dijo--y son
    sus ltimas palabras:--Cudalo bien.--Para qu te escribo esta
    carta, Mauricio? Slo para una cosa, slo para decirte: Ya no me
    queda en el mundo nada ms que mi hijito, y quizs t. No te pido
    nada, nada, nada! Slo quisiera estar  tu lado, vivir con tu
    vida, ser como una guachita mansa de esas que siguen al dueo por
    todas partes... Estoy tan triste, Mauricio!... Quieres que vaya,
     vendrs t, por fin,  conocer  tu hijo que ya va siendo un
    hombrecito!...

Puedo transcribir (como transcribo en parte) esta carta, porque la
guard, contra mi costumbre, tanta fu la sorpresa que me caus su
forma. La haba escrito Teresa? Se la haba dictado alguien?... De
dnde sala todo ese atildado romanticismo,  sentimentalismo, si
hay quien lo prefiera? Hace poco, revolviendo papeles viejos, volv
 encontrar esta carta, amarillenta ya, la rele, y debo confesar
que me conmovi. Era bien de Teresa! Lo probaban mil detalles, mil
tiernos recuerdos que omito. Si la hubiera comprendido entonces como
la comprendo ahora! Qu me peda Teresa? Nada. Qu me ofreca?
Todo. Sinceramente, me lo ofreca todo, pero entonces sospech de
ella y me re de la gauchesca figura de la guachita y de sus
ofrecimientos, cebo,  mi juicio, que deba arrastrarme al matrimonio,
al reconocimiento del chico,  empear mi vida, en fin, como en el
Monte de Piedad. No, no. En mi opinin, su clculo era ste: vivir
conmigo y esperar la ocasin propicia para hacerse duea de m, gracias
al vnculo del muchacho, del hombrecito. Era una infeliz; es la
nica mujer  quien quizs haya hecho desgraciada. Pero, quin iba 
decirme entonces que tanta candidez puede existir en el mundo?

Y en aquel tiempo, pensando de otro modo, despus de leer la carta me
dije que poda optar por dos temperamentos,  saber: contestarla  no
contestarla.

Me acord de Vzquez,  quien hubiera comparado entonces con el doctor
Relling de Ibsen, si lo hubiese conocido, y tom el camino del medio.
No obr, es cierto, ni como Vzquez ni como Relling, pero... tom el
camino del medio: Escrib sin contestar.

Y el borrador de mi carta, muy estudiada, muy medida, estaba el otro
da, cuando revolv mis papeles viejos, al alcance de mi mano, prendida
con un alfiler  la extraa misiva de Teresa. Deca as:

    Seorita: He lamentado infinito el fallecimiento de don Higinio,
     quien siempre quise mucho, como viejo amigo de mi padre, y 
    quien siempre admir y respet como  uno de los hombres ms
    representativos de nuestra provincia, y sobre todo de nuestro amado
    pueblo de Los Sunchos.

    Ha dejado un vaco que nadie podr llenar en las filas de nuestro
    partido, en el crculo de sus amigos y camaradas, y ms an en el
    corazn de su hija, la estimable compaera de mis aos infantiles 
    quien nunca olvidar y para quien son mis mejores sentimientos.

    Acompao  la triste hurfana en su hondo pesar, como un hermano
    que sufre y llora al par de ella, y lamento ms que nunca la
    impotencia del hombre  quien el misterio de la muerte dice:--No
    pasars de aqu.

    Teresa! si en algo puedo ser til  la hija del gran caudillo, no
    tiene ms que mandar.

    Ordene al compaero de los primeros aos de la vida, al que
    confundi con usted sus pensamientos y sus aspiraciones con todo
    su candor de nio, antes de que ambos entrramos en la lucha por
    la existencia; al que hoy pide  Dios que traiga  su espritu la
    conformidad en tan duro, pero tambin en tan inevitable trance.

Esto parecer  algunos un poco... qu dir?... canalla?... Pero, he
aqu la verdad: Estaban en juego mis sentimientos ms ntimos--entonces
crea que comenzaba  amar  Mara Blanco,--estaban en juego mi afecto
y mi respeto hacia don Higinio, hacia Teresa, estaba en juego, tambin,
todo mi porvenir. Mi porvenir! Un vago  intil sentimentalismo deba
apartarme del camino recto que se abra ante mi vista? Eso, nunca. Los
mismos Evangelios lo han dicho: Rompe con tu padre, con tu madre, con
tu amigo, y sgueme.

Lo sent mucho: como la oveja, evanglica tambin, tena que ir
dejando vellones de mi lana en las zarzas del camino. Teresa!...
oh recuerdos!... Pero, desgraciadamente, no he nacido con todas
las felicidades y todas las preeminencias, no he podido dejar de
hacer sacrificios para llegar  donde he llegado. He ah! yo tena,
fatalmente, que recorrer mi rbita y tanto peor para los que encontraba
en mi trayecto. Una desviacin de un milmetro en mis comienzos, me
hubiera hecho otro hombre, me hubiera lanzado  lo ignoto. Por otra
parte, qu deba preocuparme? El hijo de mis amores? Bah! leve
escrpulo.

Mauricio Rivas haba nacido rico.


                                 VIII

Ms me preocupaba Mara Blanco,  quien segua cortejando con
asiduidad. Teresa haba pasado  la categora de los recuerdos
indiferentes, vale decir que no son ni gratos ni desagradables. No
me haba contestado mi carta-ruptura, y supuse que daba todo por
terminado. Comprenda la distancia que nos separaba y que se haca
mayor cada vez? No s si era ste  otro el orden de sus pensamientos;
lo cierto es que no volv  oir hablar de ella en mucho tiempo, y
que no me escribi una lnea. Era, pues, un captulo terminado de mi
vida, y si insisto en l es slo porque acontecimientos posteriores
me lo evocaron vvidamente en circunstancias que ms tarde narrar.
Entonces--lo repito,--me acordaba de Teresa y el chicuelo como de seres
y cosas vinculadas  una travesura de la niez, como de un paisaje
lleno de sol, visto al pasar, en un sitio donde era imposible clavar la
tienda en el trnsito de la vida.

Pero si Mara, conocedora en parte de mis antecedentes, pretenda
vengar al sexo, afectando, si no desdn--que esto yo nunca lo hubiera
admitido,--una especie de despego prometedor y cautivador, pero
engaoso, la verdad es que si pudo detenerme un tiempo no consigui en
modo alguno su propsito de venganza,  cualquier otro que tuviera. Yo
me le fu  los caones, como vulgarmente se dice, y me esforc en
aclarar la situacin con entera franqueza.

Una tarde, que nos pasebamos en la huerta,  poca distancia de don
Evaristo, que haca como que cuidaba las plantas para dejarnos cierta
libertad, la habl resueltamente.

--Est muy esquiva conmigo, Mara. He hecho algo que pueda enojarla?

-- m? No, que yo sepa. Pero,  qu viene esa pregunta? No somos
tan amigos como siempre?

--Hay una diferencia... Una diferencia imperceptible para los dems,
enorme para m. Las cosas que usted me dice suenan cmo dir?
desafinadas. Ya no tiene usted el adorable abandono de los primeros
das, que me cautiv tanto...

--Vamos! Yo soy siempre la misma. Pienso lo mismo, digo lo mismo. Ser
usted el que ha cambiado.

Hablaba tranquilamente, con la voz sin inflexiones, algo ms aguda que
de costumbre y, por lo tanto, hiriente para m.

Estuve por decirla:

--Pero, cmo es eso? No me ha elegido, no me ha atrado usted, como
hacen las mujeres, nicas que tienen la eleccin? No me ha dicho
usted, sin decrmelo, que deba festejarla, porque usted me haba
designado para novio? No la atraa esa misma aureola de calavera que
quiz en este momento la hace alejarse de m?

No se lo dije. Slo acert  esto:

--Me trata de un modo que me da pena, Mara. Como  un amigo, s; pero
no como  un amigo que puede aspirar  ms, sino como  una simple
relacin, como  un conocido que pasa y se olvida.

--No soy de amistad tan fcil!--replic sonriendo, siempre fra.

--Mara! Alguien le ha hablado mal de m!--exclam, pensando en
Vzquez.

Me mir de hito en hito, seria, pero sin acritud.

--Todos--contest.

--En estos das?--inquir, casi colrico.

--No. Antes... mucho antes... Yo crea que no era verdad. Pero ahora
veo que no se puede contar con usted. Tonta de m! Supuse por un
momento, que, ocupndose de cosas ms serias, ms elevadas, se
olvidara de hacer locuras... Locuras! Si no fuera ms que eso!

No s por qu me acord de las escenas de la huerta de Rivas, en Los
Sunchos, tan ingenuas, en las que no se trataba de imponerme nada,
nada, ni an de la manera ms indirecta del mundo. Donde cabe el examen
cabe, al propio tiempo, el amor?

Me parece que no, me pareci especialmente entonces que no, y me sent
desconcertado y molesto.

--No la entiendo, de veras--dije con displicencia.--Ya me ve usted,
sujeto  todas sus voluntades, visitndola da  da, no pensando sino
en usted.

--S, usted viene, me agasaja, me lisonjea; pero eso no tiene gran
significacin para una muchacha como yo, Mauricio, acostumbrada 
pensar y  juzgar. Ninguno de esos actos le cuesta el menor esfuerzo,
como le costara, por ejemplo, abandonar el caf, el club, las... las
relaciones.

Esto era significativo. Se me impona un sacrificio, sin ofrecerme nada
en cambio, categricamente por lo menos. Era el momento de hablar de un
modo decisivo:

--Mire, Mara! Soy todava muy joven y estoy lleno de defectos, es
verdad. Pero no tengo nada grave que echarme en cara...

Esto lo dije, tanteando el terreno, por ver si estaba al corriente de
lo ocurrido con Teresa. No se inmut, no replic: no saba, entonces...

--Pero cmo quiere--agregu, ms seguro de m mismo,--que de la noche
 la maana me convierta en un viejo, ni que renuncie  mis pocas
diversiones--muy inocentes, por otra parte,--si no veo ms  menos
cercana la recompensa de ese pequeo sacrificio? Ofrzcame usted la
recompensa, y yo entonces, le aseguro...

--Y qu recompensa puedo ofrecerle yo?

--Decirme que me quiere.

--Hgase usted querer--dijo con seriedad y coquetera  un tiempo.

Don Evaristo, que se acercaba, puso fin al dilogo, y yo me qued
pensando en las desmedidas ambiciones de la nia. Conque, nada
menos, quera que yo renunciara  todo y que me quedara prosternado,
adorndola como  una imagen? Qu pretensin! Estaba enamorada de m,
y se haca la desdeosa. Qu me costaba hacer lo mismo, renovando con
variantes el desdn con el desdn?

Yo, para m, y por una fuerza, quizs ajena  mi voluntad, por un
instinto poderoso, he sido, soy y ser, lo digo as, brutalmente,
porque es la mejor, la ms verdadera forma de decirlo, el centro
del mundo. Lo que ms me interesa es el propio yo, el resto debe
supeditarse  esta entidad. Pero hay una atenuante  esto, demasiado
absoluto quiz, atenuante que me ha permitido llegar  ser lo que soy:
cuando las cosas exteriores no pueden  no quieren supeditarse, el yo
debe aprovechar las circunstancias para seguir siendo centro,  toda
costa. Y jugar conmigo es cosa seria.

Dej  Mara y  su padre, que me invitaba  comer con ellos,
pretextando quehaceres y jurndome tener la ltima palabra en la
cuestin. Para ello, bastaba  mi juicio con cesar, durante un tiempo,
toda visita, y esquivar todo encuentro con la altiva moza, aspirante
 mi esclavitud, que ella soaba probablemente redencin. Cosa fcil,
porque en aquel momento me preocupaba mucho mi porvenir poltico, y
ms an porque mi puesto de jefe de polica me daba nociones de la
vida--exageradas por lo unilaterales,--que no ha escrito el ms negro
de los pesimistas, que no se han expresado ni aun en la redaccin de
los diarios ms chismgrafos. El mejor informado de los reprteres
no sabe, en cuanto  la vida privada de los habitantes de una ciudad
grande  pequea, ni lo que sabe el ms nfimo de los policas, y si
quisiera novelas  escndalos, no tendra ms que pasar por ese cedazo,
, mejor dicho, tenerlo en la mano. Se echan pestes contra la polica,
pero si ella hablara se acabara, sencillamente, la sociedad, minada
en sus cimientos, , por lo menos, en la parte convencional de sus
cimientos, que no es la menos importante. Pero, como educacin moral,
esta escuela de la polica es, como ya dije, excesiva, porque slo
pone de relieve la parte mala, baja y despreciable de la humanidad,
invitando  creer que toda ella es as, sin excepciones,  casi... No
se extrae, pues, que no pudiera tener confianza en una mujer, por pura
y altiva que pareciese.

Sin embargo, Mara haba lastimado hondamente mi amor propio. Lo
comprend al encontrarme aquella misma tarde de manos  boca con
Vzquez, quien se acerc  saludarme, afectuoso, aunque con el velo de
tristeza que ya no lo abandonaba nunca.

--Cmo te va?

--Mal!--le repliqu.

--Qu te pasa?

--Alguien me ha desconceptuado en la opinin de una persona que estimo
muy mucho...

--El Gobernador?

--No te hagas el tonto!

Encogise de hombros, estuvo un momento callado, y luego murmur:

--Mauricio! Temo que hagas desgraciadas  muchas personas y, lo que es
ms curioso, que no te conquistes con ello la felicidad... Si aludes 
m, y crees que yo me pongo en cualquiera de tus caminos para cerrarte
el paso, te equivocas... Mauricio. T has nacido de pie, como decan
nuestros abuelos. Yo no lucho contigo, ni abierta ni solapadamente,
porque sera intil. T no emprenders nunca nada en que no ests
seguro del xito,  impulsado  ello por las circunstancias. Oh, t
hars siempre lo que quieras!...

--Por qu?

--Ya te lo he dicho: Sencillamente, porque nunca querrs sino lo que
est al alcance de tu mano. Eres como un chico que va  la juguetera
con el bolsillo lleno, sin proyecto alguno, sin ms que un deseo vivo 
indeterminado de tener cosas, y que va tomando todo cuanto le gusta...

--Y t?--dije, no sin irona.

--Yo tengo, por desgracia, ambiciones determinadas y una lnea de
conducta. Como s lo que quiero, es muy probable que no lo consiga, y
los dems dirn siempre que me estrello contra las murallas en vez de
buscar el portillo que encontrara seguramente abierto...

Las ambiciones determinadas de Vzquez! Su lnea de conducta!...
Ahora las juzgo abstracciones morales y polticas, sin nada positivo,
sueos romnticos y nada ms. Pero entonces no par mientes en ello,
y lo di por admitido, encarando de lleno y francamente el asunto
principal.

--Hablemos claro! Mara Blanco?

--Es la muchacha ms interesante de la ciudad. Pero est deslumbrada
por un espejismo. No tratar de desengaarla. S, Mauricio, es verdad,
la quiero; pero no deseara unirme  una mujer convencindola, sino
enamorndola. Convencida, siempre estara viendo tras de m, ms grande
y ms hermoso que yo, el prncipe de su cuento azul, por insignificante
que fuese en realidad... Y no es tu caso: con tu capital de buen mozo,
de inteligente, de elegante, de afortunado, de hombre de posicin
poltica, y no sin bienes materiales, no eres un cualquiera. Tienes
todos los elementos necesarios para que te hagan un don Juan; porque
los don Juan no se hacen ellos mismos: los hacen los dems...

Hube de pegarle. Pero no se burlaba; por el contrario, hablaba amarga,
dolorosamente, aunque con entereza. Era irona de buena ley. Le tend
la mano, y le dije:

--Sos un misntropo. As no irs  ninguna parte.

--Ni quiero!--contest.

Cualquier otra cosa hubiera sido mejor para m que este coloquio,
pues me dej ms nervioso que antes, aunque convencido de que Pedro
no influa para nada en la actitud de Mara Blanco. Esperar que lo
quieran, as, resueltamente, es como decirse que uno es estatua,
monumento... Qu animal! Pero y si tena conciencia de valer todo
eso? Era feliz? Feliz, renunciando  lo que quiz pudiera conquistar?
 es que consideraba que la felicidad slo existe en el equilibrio
perfecto, no en la lucha? Bah!...


                                  IX

La lucha, en cambio, me conviene  m, es mi elemento. S, como el
cazador primitivo, estudiar las costumbres de la presa futura, las
circunstancias, la atmsfera, los accidentes del terreno, todo cuanto
puede contribuir  la satisfaccin de mis deseos  ambiciones. Este
estudio es, en la prctica, una verdadera lucha, al contrario del que
se hace en los bufetes  en las escuelas, puramente especulativo 
contemplativo: exige accin continua, atencin infatigable, decisin
rpida, lo mismo que el de la caza, porque nadie se hace cazador, sino
cazando.

Ya en aquel entonces, en esos lejanos aos juveniles, tena todas
estas cualidades, como habr podido verse,  iba adquiriendo gran
conocimiento del mundo un tanto especial en que actuaba, inspirador
de una filosofa sui generis, empricamente materialista--pese  mi
confesin cuando el duelo,--y en cierto modo antistnica, lo que me
permita pasar por algunos detalles que  otros quizs les hubieran
parecido molestos, si no indecorosos. Pero no se exagere el alcance de
esta otra confesin. Me refiero, sencillamente,  casos como el que,
por ejemplo, me present el gobernador Correa... Nadie imaginar lo
que le ocurri  este buen seor, embriagado, sin duda, por el mando.
Lo dara en mil. Pues, simplemente, seguir las huellas de su digno
antecesor, sin arredrarse ante los resultados, sin escarmentar en
cabeza ajena, y quiso profundizar sus vagas ideas pasionales, l, que,
desde los veintids aos, edad en que se cas, conoca nicamente al
sexo femenino por intermedio de misia Carmen, su honesta esposa. Y
 quin haba de dirigirse, con su inexperiencia de cincuentn, sus
temores de dar que hablar, su terror pnico  los celos pstumos de
su mujer? Una tarde que fu  su despacho, me dijo sonriendo, entre
desenvuelto y cortado:

--Corren las mentas de que se divierte, Herrera.

--Eh! Se hace lo que se puede, Gobernador.

--Qu diablo de muchacho! Hace bien de aprovechar, mientras es mozo...
Yo tambin, si pudiese... Pero ya se me pas el tiempo... Solamente...
Solamente me gustara acompaarlo alguna vez... Oh! por curiosear,
como mosquetero, no ms, porque ya no sirvo para nada... Pero, en fin,
un rato de vida es vida...

--Y  dnde me querra acompaar, Gobernador?--le pregunt, por
tirarle de la lengua.

--Bah! Usted bien sabe... No ha de ser  misa, est claro... Usted
tiene tantas buenas relaciones, y ha de ser tan divertido... No me
convida, entonces?

--Cmo no! Cuando usted quiera...

Abrevio. Lo ms difcil de decir es esto: el gobernador Correa, como
novel aspirante, adopt las modas despus de abandonarlas yo. Y nadie
tuvo de qu quejarse, ni yo, ni las modas, ni el Gobernador. Slo misia
Carmen, quiz.

sta era una de tantas entre todas mis funciones policiales. Y,
 propsito, apenas he hablado de mi accin en cuanto al orden y
la seguridad. Esto se explica: se ha abusado del gnero en estos
ltimos tiempos y no quiero plagiar involuntariamente  Gaboriau, 
Conan-Doyle,  Leblanc   Eduardo Gutirrez.  ellos envo  los que
me quieran ver realizando hazaas de pesquisante, pues siempre saldr
ganando; quizs, en efecto, no haya hecho nada notable como detective,
pero agregar en mi defensa que nadie me lo exiga. Muy al contrario,
 veces se me aconsejaron procedimientos anlogos  los del comisario
Barraba de Pago Chico, especialmente en asuntos de abigeato. Pero
adopt siempre sistemas menos primitivos...

Entretanto, la actitud de Vzquez haba producido una especie de rebote
en mi espritu. En vano pensaba yo que aquellos dos espritus, serios y
ponderados, estaban probablemente hechos para unirse, y que una mujer
como Mara, llena de principios y de escrpulos, no era lo que me
cuadraba. Haba una circunstancia favorable, y mi amor propio de gallo
nico--recuerdo  Ibsen,--me obligaba  aprovecharla. As es que fing
desdn durante una, dos semanas, pero, esforzndome por fingirlo, me
iba convenciendo cada vez ms--por autosugestin,--de que era falso. Y
un desdn fingido es, simplemente, un deseo verdadero. Me puse  desear
ardientemente  Mara, y esto me obcec hasta extremos incomprensibles,
tratndose de un sentimiento que hoy juzgo artificial.

Como un chiquillo romntico, fu  verla arrebatado, despus de dos
semanas de ausencia, y aprovechando la soledad en que nos encontramos,
comenc  echarle violentamente en cara su frialdad, su inconsecuencia,
todo cuanto se me vino  la boca.

Se puso muy colorada, tembl toda, dejando caer los brazos  inclinando
la cabeza, bajo aquel alud de pasin superficial. Me dej hablar, decir
cuando quise, y un rato despus de que call, alz los ojos, me mir
tiernamente y me dijo:

--Est tan enojado... de veras?

Cre ver un relmpago de duda en sus pupilas, y me tranquilic de
pronto.

--No estoy enojado--contest con calma relativa.--Es mi modo de hablar.

--Ah!

Se irgui, se puso plida, y continu, despus de un momento:

--Usted tiene siempre modos de hablar, de portarse, de hacer... Pero
anda demasiado aprisa y me trata mal.

--Mal, Mara? No sabe usted que mi mayor deseo es que sea usted la
compaera de mi vida? Diga! quiere ser mi mujer?

--Su mujer?

Y despus de otra pausa, contest:

--Pensmoslo ms... Hablemos de eso dentro de unos meses... Djeme la
ridiculez de ser algo romntica, repitindole los versos de Campoamor:
La tierra est cansada de dar flores; necesita algn ao de reposo.

--Tantas ha dado?

--Alg...unas...

--Con Vzquez?

Se separ violentamente, como si la hubiese herido en lo hondo.

--Las flores son la condicin de la primavera. Qu importa dnde,
cundo, ni cmo, ni por qu?--dijo amargamente.

--Se ha enojado, Mara? Mire! Y yo que le iba  pedir...

--Qu?

--Que nos casramos... cuando usted quisiera.

--Dentro de un ao?--pregunt, sonriendo como entre nublados.

--Dentro de un ao? Tanto! Pero si usted quiere... Por qu dentro de
un ao?

--Porque... no tengo... con-fi-an-za... Mi amigo es muy veleta.

--Yo!

--Muy veleta y muy... Ah, Mauricio! quiere que volvamos  hablar de
esto el ao que viene? Quiere? Sea buenito!

--Pero Mara, usted duda de m, usted piensa que yo...

--No, Mauricio--interrumpi.--stas son cuestiones ms serias de lo
que nosotros creemos. Ahora le dira s, pero quizs me arrepintiera
ms tarde. Dejemos que las cosas lleguen  su punto. Qu importa
esperar, si luego no hay que discutir?...

Y he aqu toda la declaracin de un temible donjun. No significa esto
que cuando la mujer no quiere?... Resultado: la frecuent an ms y
segu creyendo haberme enamorado de ella como un loco.

De todos modos, modifiqu notablemente mi conducta, guardando mejor las
apariencias y afectando una reserva que no me sentaba mal y que llam
bastante la atencin en el crculo de mis relaciones. Durante algunos
meses, slo frecuent los crculos polticos, la casa de Gobierno,
mi despacho de la jefatura, sin aparecer por el Club sino breves
instantes. Tambin, por entonces me absorba enormemente la cuestin de
mi candidatura, que si en un principio pudo parecerme cosa hecha, de
pronto comenz  presentarme dificultades. Haba muchos aspirantes y el
gobernador Correa se senta trado y llevado por ellos. Era de buena
fe conmigo, pero los que deseaban suplantarme le llenaban la cabeza
de objeciones, de chismes y de intrigas. Demasiado muchacho, no tena
antecedentes polticos de valor; mi vida era un semillero de locuras;
hacerme elegir sera desconceptuar el Gobierno, ya harto malparado,
tanto ms cuanto que yo ocupaba la jefatura de polica, cosa que hara
demasiado evidente la intromisin del Gobierno en las elecciones. Algo
de todo esto me dijo Correa, pero yo le rebat victoriosamente todas
sus objeciones, y muchas otras que podra presentarme.

--Soy joven, es cierto, pero eso no es un obstculo, ni ser el primer
diputado nacional de mi edad. En nuestro pas todos los hombres
pblicos, casi sin excepcin, han empezado muy temprano su carrera. Y
lo mejor que han hecho lo hicieron cuando jvenes, cuando tenan ms
iniciativa y ms empuje. En cuanto  mis pretendidas calaveradas, no
son, Gobernador, ni ms ni menos graves que las que hace todo el mundo,
y  usted menos que  nadie pueden sorprenderle, conociendo como conoce
la vida privada de tanta gente... Adems, pienso casarme pronto con una
muchacha virtuosa, inteligente, instruda y de una familia notable.

--S, s; ya s: la de Blanco.

--No le parece esto suficiente garanta de seriedad? No entrar as,
en Buenos Aires, en las mejores condiciones sociales y polticas?

--S; eso cambia...

--Ahora, que soy jefe de polica de la provincia? Puedo renunciar, si
usted quiere, pero esto le traera algn trastorno si no tiene ya bajo
la mano un hombre de confianza, que yo le encontrar apenas me elijan.
Adems, la Constitucin no dice que un jefe poltico no pueda ser
electo diputado--agregu, repitiendo un viejo argumento.

--Pero hay que tener muy en cuenta  la oposicin...

--Bah! Prefiere usted que grite  que mande? Si le hacemos caso,
ella ser la que gobierne, no nosotros... Vaya! No hablemos ms,
Gobernador! Tengo su palabra, y ha de cumplirla, no es verdad?

Dije esto sonriendo y levantndome para dar por terminada la
entrevista, como si yo fuera el amo, y con un acento tal que Correa
slo poda interpretar la frase de este modo:

--Me ha dado su palabra, y yo sabr hacrsela cumplir, de grado  por
fuerza. Para algo tengo la provincia en la mano!...

--Vyase tranquilo--murmur el Gobernador, vencido, prometiendo...


                                   X

Una sola cosa perjudicaba realmente  mi candidatura. Por falta de
reflexin, por insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los
Sunchos como en los primeros tiempos de mi vida ciudadana, habame
mostrado de un liberalismo quiz excesivo. Cualquiera hubiese dicho
entonces que me desayunaba comindome un fraile y que cenaba devorando
un cura  poco menos. En realidad, no me importaban un ardite,
pero crea que esta actitud me daba cierto carcter batallador 
independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antiptico
pudiera haber en mi sumisin  los poderes constitudos y en mi
partidismo incondicional. Adems, el escepticismo estaba de moda.

Pero, desde mi elevado puesto, que me obligaba  la observacin
de los hechos con documentos reales y positivos, sospech en un
principio--cuando el duelo con Vinuesca,--y pude convencerme despus
de que estaba equivocado. Qu haba hecho posible, por ejemplo, la
abortada intentona revolucionaria contra el difunto gobernador Camino?
Simplemente, la inclinacin del clero hacia las filas opositoras, unos
cuantos sermones contra los infieles que, amenazando la religin,
conducan el pas  la ruina. La palabra de los agitadores polticos
era sospechosa en las campaas; pero las mismas ideas vertidas desde el
plpito,  difundidas de casa en casa por el seor cura, adquiran una
resonancia y una eficacia extremas. As ha ocurrido siempre en nuestra
tierra. El hombre sencillo, sin ser practicante, tiene supersticiosa
veneracin por cuanto sale de la iglesia, y el escepticismo bonaerense
es ms superficial y de moda que real y profundo, qu decir entonces
de las provincias, que han conservado mucho ms el carcter espaol,
y donde en aquel tiempo no haba una casa que no estuviese llena de
crucifijos, santos de talla y vrgenes de bulto! Qu torpe y qu tonto
haba sido yo, descuidando y aun enajenndome tan poderosas voluntades!
Era preciso corregir aquello,  todo trance, pero con la suficiente
habilidad para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese an ms
que si pasara inadvertida.

Doa Gertrudis Zapata haba ido entregndose cada vez ms  la
religin, hasta llegar  un feroz fanatismo. Vesta el hbito del
Carmen, comase  todos los santos, no sala de las iglesias, llevaba
de casa en casa el Nio-Dios en bandeja, pidiendo limosna para la
fbrica de tal  cual templo, adornaba altares, visitaba  las monjas,
haca escapularios. Las malas lenguas decan que los viernes pona
calzones al gallo de su corral y que durante la semana santa lo
tena enjaulado en el jardn. La casa de don Claudio, quien segua
desempeando las funciones de juez de paz, estaba siempre llena de
curas y frailecitos, y los domingos haba en ella gran almuerzo, de
cazuela, chanfaina y empanadas, al que asistan dos  tres sacerdotes
de significacin, el padre predicador ms sonado, el curita de mayor
influencia, las autoridades eclesisticas, en fin, pues el mismo obispo
se haba dignado aceptar una  dos veces la humilde invitacin de misia
Gertrudis, que en esas ocasiones ech la casa por la ventana haciendo
un men sardanapalesco. Equilibrbanse as la zorrera de don Claudio
con la santidad de su mujer, y todo marchaba  las mil maravillas.

Yo los haba visitado de vez en cuando para oir, como se sabe, de boca
del mismo autor, la narracin de alguna de las sentencias notables de
Zapata, de modo que, cuando me mostr ms asiduo, no llam la atencin
de nadie. De este modo estrech relaciones que ms tarde haban de
serme utilsimas, con el buen padre fray Pedro Arosa, mi antiguo
conocido, franciscano regordete y jovial que era entonces el pico de
oro de la provincia, con el cura Ferreira, largo, flaco, triste y
silencioso, y con otros sacerdotes de mayor  menor cuanta. Reservado
en un principio, demostrles el mayor respeto, no exento de dignidad,
escuch sus opiniones, se las ped  veces, y me permit discutirlas
con la mayor reverencia, cuidando de darme por vencido y convencido
al fin. Esta tctica me conquist del todo sus voluntades, tanto ms
cuanto que no vean,  aparentaban no ver, dnde iba yo  parar. Mi
plan era tan sencillo, tan instintivo, que yo mismo no hubiera acertado
 explicarlo, sino como una simple tontera. Haba visto una fuerza que
poda serme til y me colocaba en situacin tal que pudiera servirme
en un momento dado. Otros correligionarios no lo pensaron, tanto peor
para ellos!

En el curso de mi vida me han llamado aprovechador de circunstancias.
Lo cierto es, por una parte--ya lo saben ustedes,--que no las he
desdeado nunca, y por otra que  veces he solido verlas venir desde
muy lejos, y nunca he reido con ellas antes de tiempo. Aprovechar las
circunstancias! Pero si eso es, slo, saber vivir la vida! Vislumbrar
las que han de producirse! Pero si eso es tener talento poltico!
Qu han hecho los reformadores, los creadores de circunstancias,
en nuestro pas y en todas partes, sino ir  la inmolacin  ponerse
sencillamente en ridculo?...

Fray Pedro Arosa, el ms inteligente de la tertulia, quiso saber
 qu atenerse respecto de m, y un da me someti  un amable
interrogatorio, como si hablara de cosas indiferentes.

--Muchos hay--me dijo,--que no creen ciegamente en los sagrados
misterios de nuestra religin, pero que tampoco se atreven  negarlos
y les tributan el ms profundo respeto. Esperan el estado de gracia
que, dada su situacin, no puede tardar en llegarles. Entretanto, se
sienten _desgraciados_--as debe decirse,--porque les falta la inefable
satisfaccin de todos los momentos que slo puede darles la fe.

Pis el palito, contestando distrado que yo me hallaba precisamente
en esa situacin, que quera creer, pero que no poda librarme de toda
duda. Veneraba la iglesia--haba dado pruebas de ello,--pero se me
haca difcil admitir todo su credo, probablemente porque no me hallaba
en el susodicho estado de gracia.

Por qu no frecuenta ms los sacramentos?--pregunt campechanamente el
padre Arosa.

--Cmo dice, padre?

--Por qu no se confiesa y comulga ms  menudo? Cuando se est con
un pie dentro y otro fuera de nuestra santa religin, hay que hacer un
esfuerzo. El estado de gracia viene de lo alto, repentinamente, como
 San Pablo en el camino de Damasco, pero tambin puede obtenerse,
mediante la oracin y las prcticas religiosas. La fe, la conviccin,
se logra con la voluntad de la evidencia, y trae consigo innumerables
satisfacciones, morales y materiales. Qu gana usted con su
indiferentismo? No servir ni para Dios ni para el diablo, como dicen
los paisanos, con este aditamento: que el que no est con Dios est
contra l.

--Santas palabras!--exclam misia Gertrudis.--Con razn le dicen
pico de oro, padre! Ni fray Marcolino hubiera hablado mejor. Pero
este Mauricio ha sido siempre algo hereje, y no se dejar convencer
hasta que no vea cerca su ltima hora.

--Por qu dice eso, misia Gertrudis? He hecho como todo el mundo, pero
eso no quiere decir que sea un hereje.

--No. No es el caso--repuso fray Pedro.--La hereja es otra cosa muy
distinta, como es distinta la incredulidad. Aqu estamos frente  un
acabado ejemplo de indiferentismo. Frecuente los sacramentos y ese
estado enfermizo de su alma ir cediendo poco  poco  rpidamente,
quin lo sabe!  la celestial medicina.

--Lo har, padre, y quiero creer que esa medicina, como usted la llama,
me traer la paz y la felicidad.

--As en la tierra como en el cielo; no lo dude usted, hijo mo. Dios
premia  sus servidores, sin contar, como padre generoso y amante.

Pocas noches despus fu  visitarlo al convento, y me confes con l.
Pars vale bien una misa. Por otra parte, la confesin no me repugnaba,
desde que el padre Arosa estaba ya muy al corriente de mi vida. En
efecto, nada de lo nuevo que le cont le sorprendi, quiz porque ya lo
saba, quiz porque en su carrera de confesor haba odo cosas mucho
ms gordas que mis travesuras. Tem un momento, como en mi primera
confesin, que me ordenara casarme con Teresa, pero no lo hizo, sin
duda convencido de que un matrimonio sin amor no sera ms que un
semillero de pecados mortales. Lo nico que me recomend fu que huyera
de las tentaciones, pues la ocasin es el arma por excelencia del
demonio...

--Debes frecuentar la iglesia, tener piadosas conversaciones, dedicarte
 la oracin, leer libros que eleven tu espritu. No quiero decirte
que te hagas un anacoreta, ni un mstico, no. Tambin ha habido santos
en la sociedad, y la alegra y los placeres lcitos no daan al buen
cristiano. La religin necesita servidores en el mundo, no slo en la
iglesia. Reza el Confiteor y ve en paz. _Ego te absolvo, in nmine_...

La noticia de mi definitiva conversin se divulg rpidamente de
sacrista en sacrista y de convento en convento, y no tard en
trascender hasta el pblico. Muchos liberales la creyeron cuento, y no
le atribuyeron importancia alguna. Y cuando el hecho se confirm, ya
todo el mundo estaba acostumbrado  l.

Mi temible enemigo era, pues, mi aliado. El camino  la diputacin
nacional quedaba abierto y sin obstculos.


                                  XI

Aunque lo esperaba de un momento  otro, no supe sino algo ms tarde
que el partido catlico de la provincia apoyara indirectamente mi
candidatura. Digo indirectamente, y voy  explicar por qu. Desde
mucho tiempo atrs, la oposicin no se presentaba  las elecciones 
sala afrentosamente derrotada apenas trataba de dar seales de vida.
Con las mesas totalmente gobiernistas, la polica nuestra, los jueces
nuestros, sin grandes gastos de movilizacin de gente, el triunfo nos
perteneca sin disputa: bastaba con que los escrutadores copiaran los
registros durante un par de horas. Pero si la oposicin propiamente
dicha no tena ingerencia alguna en la eleccin, el partido catlico
en particular era influyente, sobre todo antes de la eleccin, es
decir, en la designacin de candidatos. En el partido del Gobierno, as
como en los dems, haba muchos de sus miembros, gente por lo general
rica y conservadora, de elevada posicin social, y cuyos consejos se
escuchaban siempre y se seguan  menudo. La opinin de stos en cuanto
 hombres y cosas, se consideraba el exponente de lo que el pueblo
poda tolerar. Algo que provocara su violenta desaprobacin, sera
necesariamente inaguantable para los dems. Podan, pues, hacer con
xito la guerra  mi candidatura, antes de que saliera  luz, ya que no
en los comicios. Esto lo tem siempre hasta una conversacin que tuve
con fray Pedro Arosa.

--Ha odo usted hablar--me pregunt una tarde,--de un proyecto de ley
de divorcio que va  presentarse al Congreso, y que completara la
iniquidad de la ley de matrimonio civil? Sabe usted si el Presidente
est dispuesto  apoyarlo?

--No lo creo--repliqu.--El Presidente debe tener en la actualidad
otras preocupaciones. En cuanto al proyecto, existe, pero lo considero
un simple tanteo de la opinin, un preparativo para ms tarde...

--Pues, ni como tanteo!--grit el padre Arosa.--Los tanteos preparan
las realizaciones... Esos herejes, relapsos, mereceran un terrible
castigo! Es necesario que su tentativa fracase ruidosa, totalmente!
Estn minando el edificio de la Iglesia, el templo del Seor, que
aplastar al pas con sus ruinas. El da que se acabe la religin,
esta Repblica habr dejado de existir, ser un pueblo muerto,
abandonado de la mano de Dios! El divorcio! sabe usted lo que es el
divorcio? La disolucin de la familia, la anarqua de la sociedad,
el olvido de todas las tradiciones, el atesmo en auge! La mujer, sin
el freno del matrimonio, no ir  buscar consuelo y confortacin en
la iglesia, arrastrada como se ver por el torrente de una vida de
aventuras, corriendo como ir tras de una felicidad terrena que se le
ofrecer engaosamente, en sustitucin de la dicha celestial que es,
hoy por hoy, la nica que espera... Hay que hacer que ese proyecto
caiga de tal modo bajo la condenacin general, que nadie se atreva, en
muchos aos,  volver  presentarlo!... Vaya con el tanteto!...

--Si llego  ir al Congreso, como espero, me dedicar exclusivamente
al triunfo de la buena causa, y el divorcio no tendr enemigo ms
resuelto--dije con uncin.

--Aunque el Presidente lo apoye?

--En cuestiones de conciencia, los partidos no tienen que entrometerse.
Yo encontrar el medio de hacer que el Presidente deje  sus
partidarios en plena libertad en esta cuestin.

--Es tan liberalote! En su provincia se mostr siempre tan enemigo
nuestro!

--Eran otros tiempos. Y, adems, padre, tena que propiciarse el pueblo
bajo, en vista de la Presidencia... Ahora no querr mezclar  la
cuestin poltica una especie de guerra de religin, ni enajenarse la
voluntad femenina, inclinada  l por el apogeo del lujo y la riqueza,
por el brillo de una vida de holgura y diversiones... amn de otras
cosas...

--Puede que eso sea verdad. En fin, ya que est usted animado de tan
buenas intenciones, es preciso que vaya al Congreso. All hacen falta
hombres como usted.

No ocult mi satisfaccin. Fray Pedro, recobrando su bonhoma y
regocijo acostumbrados, agreg, sonriente:

--No le parecera bueno hacer un viajecito  Buenos Aires? Yo creo
muy til que se vea con el Presidente y le hable de cmo recibiramos
el proyecto de divorcio. Oh! como simple informe, sin meterse en
honduras! Tanto ms cuanto que sera magnfico que el Presidente se
mostrara favorable  su eleccin.

Gran consejo! Ungido por el Presidente, ni Correa ni nadie sera capaz
de ponerse en mi camino.

--Ir esta misma semana--dije.--Cuente conmigo, padre.

--Dios te lo pagar!

Entretanto, Mara no haba cambiado de actitud. Amable, afectuosa, me
reciba como  un buen amigo, y slo de vez en cuando pasaba--pronto
reprimida,--una promesa por sus ojos. Y aquella misma tarde, cuando fu
 verla como de costumbre, me dijo con cierta gravedad:

--Ayer, incidentalmente, habl pap de que est usted muy religioso,
es cierto?

--No tengo por qu ocultarlo: he vuelto al seno de la Iglesia, como
dicen los sacerdotes, Mara--contest en tono de broma.

--No se enojar si le hago algunas preguntas, que han de parecerle
indiscretas?

--Qu esperanza!

--Dgame, pues: Usted cree, de veras, en todo lo que ensea la
religin?

--S, creo--dije tanto ms resueltamente cuanto que no quera dejarle
ver mi vacilacin.--Por qu me lo pregunta?

--Porque me parece bastante extrao. Muchas veces le he odo hablar
con incredulidad y hasta con burla de ms de un misterio, de ms de un
dogma.

--Extravos de la juventud... Las malas lecturas... Uno vuelve siembre
 sus primeras creencias,  lo que le ense la madre, cuando nio...

--Ah!

--Siempre queda, all en el fondo, un resto de fe, que florece y
fructifica en determinadas circunstancias. Ya sabe usted que quiero
hacerme hombre serio, Mara.

--S, s. Eso debe tambin ser un motivo... Pero no se puede ser
serio sin ser religioso? Pap no cree, por lo menos l lo dice, y, sin
embargo, lo considero grave, bueno, honrado y puro... Me afligira que
cambiara de modo de pensar, sin una causa evidente y convincente...

--Lo que quiere decir que le desagradan mis ideas actuales, Mara. Lo
que quiere decir que usted tampoco cree?

--Yo creo... Yo creo... La verdad es que nunca, hasta hoy, me he puesto
 examinar esa cuestin. Tom sin discusin lo que me ensearon, y
todava no estoy preparada para discutir. Los mandamientos de la Ley
de Dios son justos y santos, esto me basta. Los considero la regla de
conducirse bien en la vida, y me someto  ellos como  una disciplina
salvadora... Pero, si llegara  dudar de los artculos de la fe,
me parece tan difcil que volviera  creer en ellos de la noche 
la maana... En fin! Estas cuestiones no son muy entretenidas que
digamos. Dejmoslas, Herrera, que nada adelantamos con eso.

Mucho me sorprendi esta conversacin, y la expresin de desgano y
tristeza que vi en la cara de Mara. La habra mordido el demonio
implacable de la duda? Desmereca yo en su concepto con mi nueva
actitud? Imposible! La mujer es creyente en nuestro pas, y recuerdo
que cuando incidentalmente criticaba yo  satirizaba la religin en su
presencia, Mara me llamaba al orden, diciendo que no deba hacer burla
de las cosas respetables.

Pero quin entiende  las mujeres? Cualquiera dira que aquella
muchacha sospechaba de mi sinceridad, vislumbraba un sentido oculto y
utilitario en mi conversin, y abrigaba temores respecto de mi carcter
y mi conducta futura para con ella. Quise poner esto en claro y
anuncindole mi prximo viaje  Buenos Aires, le dije que, segn todas
las probabilidades, sera electo diputado al Congreso.

--Ya lo saba, y lo felicito, Herrera. En el Congreso puede hacer mucho
por el pas.

--Lo dice usted sin inters ni entusiasmo.

--Vaya! No es cosa tan del otro mundo. Ser diputado no significa
nada... Es un buen empleo, nada ms... Eso si no se halla manera de
elevarlo hasta la altura de una misin, y de servirse de l como de una
herramienta poderosa para hacer el bien.

--As lo hara yo, si tuviera quien me confortara  inspirara. Quiere
usted ser mi apoyo y mi inspiradora?. Quiere ser mi mujer en cuanto me
elijan, y entrar del brazo conmigo en Buenos Aires?

Me mir con fijeza tranquila y severa.

--Ya se lo he dicho, Mauricio. Le contestar dentro de un ao.
Quiero... quiero estar segura de m misma... y de los dems.

--Me hace usted desesperar!--dije, tomando el sombrero.--Es su ltima
palabra?

--No, pues! La ltima se la dir dentro de un ao.

--Y ser que no?

--Creo, espero lo contrario, Herrera--contest con blandura,
tendindome la mano.

Curiosa mujer! No me caba duda de que me quisiera, pero dirase
que en ella ms poda la reflexin que el sentimiento. Haba
una lucha ardiente entre su corazn y su cabeza, y sta era tan
encarnizada que repercuta en su fsico, adelgazndola, y en su
moral, entristecindola. Nunca, en mi vida, he hallado otra mujer
como aqulla, ni en las que conoc ntimamente, ni en las que pude
observar en sus relaciones con los dems. Qu diferencia con Teresa,
por ejemplo! Toda confianza, toda ingenuidad, algo tonta, muy
ignorante, la otra se daba entera, sin reticencia, sin reflexin,
sin condiciones, como un ser primitivo que se deja llevar por los
sentimientos, por las circunstancias. Mara, en cambio, pura y tambin
candorosa  su modo, tena, sin embargo, la intuicin de no dejarse
arrastrar por sus sensaciones  impresiones, estaba en guardia contra
peligros desconocidos, quiz imaginarios, y me resultaba una criatura
artificial, una especie de coqueta terrible, porque filosofaba y pona
en prctica su filosofa.

Sabia coquetera, en caso de serlo. Su actitud me ligaba cada vez ms
 ella, y mi voluntad iba violentamente  su conquista, por cualquier
medio.

Esta situacin se complic, se hizo ms vidriosa y desagradable,
desde una visita de don Evaristo en mi despacho, anloga, pero, qu
diferente!  la del viejo Rivas.

--Mi querido Mauricio--djome Blanco, afectuosamente,--debo hablarle de
un asunto de importancia. Quiz le pueda molestar, pero le ruego que
no tome  mal mis palabras, y que se ponga en mi lugar de padre, con
imprescriptibles obligaciones.

--Hable usted con toda libertad, don Evaristo!--exclam sin sospechar
an lo que me dira, aunque sabiendo de quin se trataba.

La vida tiene ironas inesperadas, que resultaran cmicas, si uno
pudiese considerarlas desde afuera, con nimo sereno. La escena con
Blanco era ms que una irona, un sarcasmo. Iba  decirme que, como mi
asiduidad en su casa se prolongaba demasiado y comprometa  su hija,
era necesario que explicara mis intenciones, pidiera la mano de la nia
 me retirara, como cuadra  un caballero. Todo el mundo me consideraba
novio de Mara, y algunos pretendientes serios se haban retirado,
al verme en tal pie de intimidad. l no tena prisa en casar  Mara
muy al contrario! pero deseaba aclarar la situacin y no verla en una
posicin anmala sin que ni l ni ella tuvieran la menor culpa.

Le dej hablar con su calma sentenciosa de siempre, sabiendo que no le
agradaba ser interrumpido. Puntualiz su discurso con esa minuciosidad
provinciana y ese acento oratorio que es todava atributo de algunos
viejos chapados  la antigua y olvidados por la muerte. Cuando con
una larga pausa y una mirada invitadora seal que haba terminado,
repliqu, muy grave:

--Todo eso est muy bien, don Evaristo, tan bien que no vacilara en
pedirle ahora mismo la mano de Mara, considerndome muy honrado en
obtenerla, pero... Pero es el caso que no puedo hacerlo, por ahora.

--Cmo as! Por qu?--pregunt sobresaltado.

--Porque ella misma me lo impide. Le he pedido que nos casemos
inmediatamente, sin prdida de tiempo, pero  todas mis splicas
contesta que resolver dentro de un ao. Sin quitarme las esperanzas,
no me las quiere confirmar tampoco...

--Es posible!... Pues no me doy cuenta de qu locura...

Y se interrumpi en seco, al comprender que iba  hablar mal de su
hija,  penetrar con cierto impudor en su fuero interno de mujer,
cayendo luego en honda meditacin como si el inesperado problema lo
dejara perplejo. Convencido, sin duda, de nuestro amor recproco, no
haba querido interrogar  Mara, con ese exceso de pudor de ciertos
padres criollos que, no dejando escapar ante sus hijas ni la menor
palabra referente al galanteo, digmoslo as, son ms incapaces an
de someterlas  un interrogatorio siempre escabroso, por ms tacto que
se tenga.

Haba respetado, pues, hasta el extremo, su reserva pudorosa, su candor
que se imaginara probablemente integral, cuando la nueva Rosina, lo
mismo que su antepasada, manejaba sus asuntos sentimentales como una
mujer hecha y derecha, experimentada en amorosas lides. Que tanto
puede el misterio!

--En ese caso--dijo por fin el viejo, llegando  una crisis de su
meditacin,--en ese caso doy por pedida la mano de Mara. Yo hablar
con ella, har que me diga s  no, , por lo menos, sabr qu piensa...

--Creo que su intervencin, don Evaristo, ser intil... y perdone.
Mara me ha declarado que est resuelta  no acortar el plazo...

--Oh! estas muchachas... Miren en qu situacin me ha puesto!...
Pero las cosas no pueden seguir as, hay que definirlas de una vez...
En cuanto  usted, mi querido Mauricio, le ruego que no complique ms
el problema con tan frecuentes visitas. Nada se pierde con ello; al
contrario, es posible que as se arreglen las cosas mucho ms pronto...

Se fu el buen hombre, y yo me qued riendo de rabia por la irnica
comunicacin, y ardiendo en deseos de asistir al coloquio revelador que
iban  tener padre  hija. En la imposibilidad de escucharlo, trat de
encontrarme al da siguiente con Blanco, lo que no era muy difcil,
pues todas las tardes sala  caminar.  mis preguntas, contest
evasivamente, con aparente franqueza:

--Dice que los dos son muy jvenes todava. Que tienen tiempo de
casarse. Que quiere conocerlo ms, para no lamentar despus una
equivocacin...

Hoy me alegro infinito de estas reticencias y dudas de Mara. La mujer
debe entregarse sin condiciones al marido, y no someterlo eternamente 
la crtica, porque de otro modo ni l ni ella podrn nunca ser felices.
Este deba ser el fondo del pensamiento de Vzquez, al decir que no
quera conquistar  una mujer convencindola, sino enamorndola.
Pero entonces, mis sentimientos llegaron  exagerar todos sus
caracteres apasionados ya, y me pareci imposible vivir sin Mara, no
vencer ese primer obstculo opuesto  la realizacin de mi voluntad,
hasta entonces siempre vencedora.

Ajustndome, pues,  los deseos manifestados por don Evaristo, y
siguiendo una tctica que an me pareca eficaz, pese  su fracaso
anterior, no fu  ver  Mara, sino el da antes de marcharme  Buenos
Aires. Estuve pocos minutos y me desped, diciendo:

--Espero que  mi vuelta de la capital habr variado de idea; mi vida
est devorada por la impaciencia y resulta intolerable.

--Por qu impacientarse, Herrera, deseando iniciar una cosa que, si
empezara, tendra luego que durar toda la vida? Es usted muy arrebatado.

--Y usted demasiado indiferente. Adis, Mara.


                                  XII

La capital me atraa poderosamente, por su vida ms amplia y ms libre,
su movimiento, sus diversiones, su buen humor aparente que contrasta
con la amodorrada gravedad provinciana, pero nunca produjo en m tanto
efecto de atraccin como aquella vez, sin duda porque ya vislumbraba
prxima la hora en que emprendera su conquista. Pis sus aceras con
paso firme, de propietario, y me sent ms familiarizado que nunca con
aquel torbellino que en un principio me mareara, desconcertndome. Una
nueva vida pareca empezar para m, excitando mi orgullo, y con la
frente alta, miraba la ciudad como cosa ma.

--Soy provinciano?--me preguntaba, recorriendo aquellas calles
animadas que diez  veinte aos ms tarde iban  convertirse en
tumultuosas.--Y ese epteto de provinciano significara que esto no me
pertenece como al mejor entre los mejores? Bah! sas son tonteras que
slo sirven para alimentar la conversacin de los fogones y las salas
de aldea. Aunque no tuviera antepasados porteos, en cuanto me pasara
el primer mareo de la multitud, me encontrara en casa, como todos los
del interior que han triunfado, y que slo utilitariamente mantuvieron
el antagonismo tradicional. Qu es lo porteo, sino la suma de
los mejores esfuerzos de todo el pas? Vamos! desde el ochenta, ms
gozan de Buenos Aires los provincianos que los bonaerenses, como gozan
menos de Pars los parisienses que los forasteros. Buenos Aires es
una resultancia, y yo la quiero, y todos debemos quererla, hasta por
egosmo, porque todos colaboramos  hemos colaborado en la tarea de
su realizacin. Una capital con la quinta parte de la poblacin de un
pas que es un mundo, capital que, sin embargo, vive en la abundancia,
en el lujo, en la esplendidez! Qu ciudad, qu pas, qu maravilla!...
Quererla mal es renegar de la propia obra, es no saber lo que estamos
haciendo...

La ciudad de provincia quedaba lejos, muy lejos, all atrs, y el
mismo recuerdo de Mara se esfumaba como algo que comenzara  ser
remoto. El grande hombre del interior iba  ser grande hombre de la
capital, centuplicando su importancia sin trabajo, conducido por el
curso natural de las cosas... Pero y si el Presidente?... No! no
haba nada que temer: me dara su confirmacin, pues le constaba que
lo haba servido y lo servira incondicionalmente, mientras ocupara el
Poder. Despus, no poda forjarse ilusiones; su sucesor lo arrumbara
en cualquier rincn, como l mismo haba hecho con su antecesor, como
lo hicieron casi todos antes, en la corta serie de los presidentes.
Lo importante para l era contar durante su perodo, con hombres
probados, y prepararse  volver en las mejores condiciones posibles
 la vida privada... Pero, no sera peligroso hablarle de lo que me
haba encargado fray Pedro? no considerara aquello como una falta de
disciplina? Qu pensaba del divorcio? deseaba implantarlo realmente?
Bah! todo es cuestin de tantear el terreno con destreza y no
precipitarse, teniendo en cuenta, adems, que una medida tan radical no
es de su temperamento...

Fu  verlo en su casa particular al da siguiente, y en cuanto hice
pasar mi tarjeta me recibi. Era un hombre joven, bien parecido,
de mirada suave y bondadosa, muy campechano y afable. Hablaba con
cierto dejo provinciano que no careca de gracia, y accionaba con
viveza, cuando deca algo interesante, acentuando entonces ms las
slabas. Vesta bien, sin excesivo atildamiento, y no llevaba nada
aparatoso ni llamativo sobre su persona. Me tendi la mano, con ademn
resuelto y franco, me hizo sentar junto  l en un sof, y entr
inmediatamente en materia, preguntndome--cual si sta fuera una Gua
de la Conversacin de los presidentes,--cmo andaban las cosas en mi
provincia y cmo se presentaran las prximas elecciones nacionales.

Exager la paz y la bienandanza de que gozbamos, la fidelidad
del pueblo  su Gobierno, la riqueza que flua de todas partes,
la floreciente situacin de los bancos, el progreso que avanzaba
vertiginosamente. En cuanto  las elecciones, procuraran un nuevo
triunfo  nuestro partido, del que l era tan digno jefe, aunque entre
los candidatos hubiera alguno  algunos de escaso mrito.

--Por ejemplo, cul?--me pregunt extraado.

--Por ejemplo, ste su servidor, Presidente--dije, mirndole al
soslayo, para sorprender la impresin que le causaba.

Se ech  reir.

--Vaya una modestia, amigo!--me contest.--Usted har muy buen papel
en la Cmara... mejor que muchos otros. Ya me han escrito sobre su
candidatura, que me satisface, porque usted es un hombre con quien se
puede contar.

--Oh, en cuanto  eso!...

--Pero, dgame lo que pasa por all. Cmo se porta el gobernador
Correa?

Inicise, entonces, una larga pltica, l preguntando, yo dndole
detalles de todo gnero, haciendo retratos ms  menos parecidos de
mis comprovincianos influyentes, contndole las ltimas ancdotas
y los ltimos escndalos. Era curioso y se diverta muchsimo con
aquella chismografa poltico-social, que yo manejaba como un maestro.
Aprovech la circunstancia para informarlo de la actitud del clero y
del partido catlico ante el anuncio del proyecto de ley del divorcio.

--Pero no ve, amigo, cmo nos atacan los clericales--exclam con un
ademn violento y ponindose ligeramente encarnado.--Nunca se ha
visto!... Hacen poltica hasta en el plpito, y hay que darles una
leccin... Estn demasiado engredos (engridos, pronunciaba l), y no
quiero que en mi Gobierno haya nadie que se ra de m.

--Y no cree usted, Presidente, que atacndolos as, en lo ms vivo,
no se portarn peor? Todava si el proyecto se lanzara sin el apoyo
ostensible del Gobierno...

--Eso es lo que se har, precisamente... No tengo inters mayor en
la ley. Pero, al sentir esa amenaza, comprendern que slo yo puedo
desvanecerla  alejarla indefinidamente.

--De modo que nuestros diputados podrn votar como les parezca?

--Naturalmente. Lo que importa es el debate, un gran debate que
entretenga la opinin. Preprese, amigo Herrera, pues se ser un lindo
estreno para usted.

Sal radiante de alegra, y corr al hotel  escribir  Correa,  los
amigos, para comunicarles que el Presidente me haba ungido diputado.
Todo temor desapareca: era como si ya tuviese el diploma en el
bolsillo. Tambin escrib al padre Arosa, dicindole que todo haba
pasado de acuerdo con nuestros deseos, y  de la Espada, pidindole que
lanzara abiertamente mi candidatura en _Los Tiempos_, sin esperar 
que el Comit me proclamase. Me rea yo de todos los comits, de todos
los gobernadores de provincia, de todos los candidatos de s mismos!

Pas en Buenos Aires una semana encantadora, corriendo de un teatro
 una tertulia, de una visita  un paseo, de un club  alguna libre
y amena reunin femenina, derrochando el dinero como slo se ha
derrochado en aquella poca delirante y magnfica, que la mala suerte
vino  interrumpir, pero que pudo ser, sin la intervencin de la
fatalidad, el comienzo de una era grandiosa que pareci reiniciarse
diez  quince aos despus. Un entorpecimiento, una momentnea escasez
de dinero provocada por varias malas cosechas, hizo poco ms tarde
que todo el edificio, cimentado en el crdito, pero que se hubiera
consolidado echando profundas races, se viniera abajo de la noche
 la maana, y pusiera en grave peligro la misma estabilidad de
nuestro partido, es decir, del nico que tiene suficientes fuerzas
para gobernar el pas, experiencia profunda y clara comprensin de
cmo deben dirigirse sus progresos. Lamentable aventura, que me hizo
pasar las horas ms amargas de mi vida! Pero an estbamos lejos de
tan penosa situacin, y Buenos Aires se diverta bulliciosamente, 
despecho de la prdica incendiaria de algunos peridicos, y al amparo
de una polica fuerte y admirablemente organizada, cuya severidad era
motivo de odio para el populacho que la oposicin trataba de anarquizar.

Cuando volv  mi provincia, haba gastado lo que all me bastara
para vivir con rumbo seis meses, por lo menos. Poco me importaba. Mis
terrenos y casas nuevas de Los Sunchos, sin darme sino muy escasa
renta, se valorizaban da  da, y no tardaran en constituirme una
regular fortuna que, bien utilizada en especulaciones que Buenos Aires
ofreca fcil y seguramente, haran de m en poco tiempo un hombre muy
rico. El porvenir estaba asegurado, , por lo menos, as lo crea yo.

Para asegurarlo ms, siguiendo la corriente de la poca, haba sacado
dinero de los bancos, no slo en el de la provincia, sino tambin en
el Nacional, unas veces con mi firma--las menos,--otras con las de
algunos servidores de confianza, para ponerme al abrigo de todo evento,
y no con la intencin de suspender las amortizaciones, salvo caso de
fuerza mayor. Por qu haba de permitir que una casualidad pudiera
arruinarme, cuando muchos en peor posicin poltica que yo, no corran
riesgo alguno, usando de cuanto dinero necesitaban? Adems, con aquello
no haca dao  nadie, y esas sumas me permitan edificar, especular,
aumentar el nmero y la extensin de mis propiedades...

Vuelto  la ciudad, mi primera visita fu para Mara, que me
recibi como me haba despedido, amistosa pero framente, con una
reserva que se esforzaba al propio tiempo por mantener y disimular.
Estaba evidentemente en guardia; pero, contra qu? Hay misterios
incomprensibles en el alma femenina.

Fray Pedro,  quien fu  ver en seguida, me abrum  preguntas, y
slo se tranquiliz cuando le dije lo que se propona el Presidente:
amenazarlos para mostrarse despus buen prncipe, y atraerlos  su
lado, , por lo menos, neutralizarlos en la fiera campaa de oposicin
que se iniciaba entonces.

Bien, muy bien! Pero no conseguir ni lo uno ni lo otro, ni la ley,
ni... lo que se propone con ese espantajo. No se puede encender una
vela  Dios y otra al diablo, sus pretensiones demuestran que sigue
tan hereje como antes.

Mi candidatura estaba proclamada y mi despacho de la polica, lo mismo
que mi casa particular, se hallaban continuamente llenos de gente, de
amigos adventicios, deslumbrados por mi rpida fortuna, y  quienes
Zapata haca los honores, dndoles el tono y el comps en el coro de
mis alabanzas, y haciendo que se atiborraran de mate dulce y de ginebra
con agua y panal. Mi gloria estaba en su apogeo. Yo era, si no el ms
importante, uno de los personajes ms importantes de la provincia:
todo el mundo me aseguraba que iba  votar por m, y me peda alguna
cosa para cuando estuviera en Buenos Aires, un empleo para el hijo
 el pariente, una pensin para la viuda, la hurfana  la hermana
de un guerrero del Paraguay, que probablemente no haba salido de su
casa, una recomendacin para que le descontaran en el Banco, mi apoyo
para un pedido de concesin  de privilegio, ctedras en los Colegios
Nacionales, en las Escuelas Normales y hasta en las Universidades,
cuanto Dios cri y las administraciones humanas inventaron desde que el
mundo es mundo. Hubirase dicho que yo tena el cuerno de Amaltea, 
la varita de virtud, y creo que durante un tiempo fu ms rodeado que
Camino,  incomparablemente ms que Correa.

Yo  todos deca que s.

Cuando se va subiendo en poltica, hay que acceder  cuanto se nos
pide. Basta con reservarse la ocasin de hacerlo, que siempre llega
en los tiempos indefinidos... Slo que suele llegar tarde para los
interesados.


                                 XIII

En cambio, mi candidatura haba hecho psimo efecto en los diarios de
oposicin, que me llenaban de improperios, lo mismo que  los otros
candidatos situacionistas. La prensa bonaerense nos zurraba tambin,
incitada por sus corresponsales, eco molesto del periodismo local.
El diario catlico de la ciudad, entretanto, me perdonaba  m slo,
atacando con singular violencia  mis futuros colegas que, al fin y
al cabo, no valan ni mucho menos ni mucho ms que yo, en cuanto 
preparacin, dotes intelectuales y morales y principios polticos. Como
Correa, cuyas intiles veleidades de dejarme plantado se desvanecieron
una vez conocida la voluntad presidencial, me sonrea como al elegido
de su corazn, y haca cuanto estaba en su mano para ayudarme, los
ataques recrudecieron, diciendo los diarios que l era el ms empeado
en mi triunfo y que yo deba considerarme su hijo... poltico,
agregando que sta era la mayor vejacin que se hubiese hecho sufrir
 la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tena
segura mi banca en el Congreso, no me avine  dejar pasar sin
castigo todas estas impertinencias y empuando mi mejor tajada pluma,
y mojndola en bilis y veneno, inici aquellas clebres Semblanzas
contemporneas cuya serie forma una galera de retratos satricos de
los prohombres de la oposicin de mi provincia.

All salan  bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y
fsicos, y hasta los detalles ms  menos pintorescos y escabrosos
de su vida privada. Tuve para esto dos colaboradores eximios en don
Claudio Zapata y misia Gertrudis, que conocan la vida y milagros
de la provincia entera, desde tres generaciones atrs. Aparte la
genealoga minuciosa de cada familia, saban todos los escndalos
verdaderos  calumniosos, presentes, pasados y hasta futuros de cada
uno de nuestros comprovincianos de significacin.

--Qu se puede decir de Fulano, misia Gertrudis?

--Que es un mulatillo y nada ms. El abuelo era un negro liberto de los
Bermdez, que entr de sacristn en San Francisco. Los buenos padres
ensearon  leer y escribir  los hijos, que se hicieron comerciantes
en un boliche de almacn y pulpera, y ganaron platita. Me acuerdo
que, cuando muchacha, al pasar el padre de este personaje de hoy, le
cantbamos para hacerlo rabiar:

      _La Habana se v' perder
      la culpa tiene el dinero:
      Los negros quieren ser blancos,
      los mulatos caballeros._

Tena el odio ms inveterado y mortal contra los negros y los mulatos,
slo comparable con el que dedicaba  los carcamanes,  sea italianos
burdos,  los gringos, es decir,  los extranjeros en general, y 
los catalanes, aunque fueran nobles hijos de la pennsula ibrica,
patria de sus antepasados. Para cada colectividad de stas tena una
copla, ms  menos chistosa, por ejemplo:

      _ la orilla de un barranco
      dos negros cantando estn:
      Dios mo! quin fuera blanco...
      aunque fuese cataln!_

 los carcamanes, bachichas, mangia polenta, escasos por entonces en
la provincia, no les economizaba dicterios, y el mismo doctor Orlandi,
pese  su alta posicin oficial y pecuniaria, no escapaba  sus tiros.
Don Claudio le haca coro y complementaba  veces sus recuerdos y
observaciones, con anloga malevolencia, subrayando algn detalle 
exhumando otros desconocidos  olvidados por su cara mitad.

--Acordate de que, cuando naci Zutanito, haca meses que haba
parado en su casa don Justo, el gran caudillo. Y Zutanito es el vivo
retrato de don Justo, mientras que no se parece nada al padre.

Y as para todos, sin que nadie quedara en pie. Completaban, pues,
admirablemente mi polica oficial, en el tiempo y en el espacio,
metindose donde sta no poda entrar, resucitando archivos
inaccesibles para ella, y gracias  sus informes  insinuaciones
poda yo escribir sueltecitos picantes como aj cumbar. Pero,
aleccionado por el caso de Vinuesca, que no haba para qu repetir--los
duelos son tiles cuando el motivo lo merece y pueden darnos mayor
notoriedad,--cuidaba de indicar clara, inequvocamente  mi vctima,
pero sin sealarla de un modo categrico. Quiero presentar aqu un
espcimen de aquella literatura, una silueta--no la ms hiriente, por
cierto,--de un enemigo de significacin, el redactor en jefe de _El
Grito del pueblo_, diario el ms vehementemente radical que se haya
visto en mi provincia:

    Escribe con una copa de caa al lado. Esta copa siempre est
    llena, y no porque l la olvide. No. Cuando se la bebe, distrado,
    le escancia inmediatamente otra una mujerona de color sospechoso,
    entre china y mulata, con quien se cas hace poco para legitimar
    una larga prole de negritos de mota y pata en el suelo. Este manejo
    se repite cada cinco minutos   cada prrafo de sana doctrina
    poltica. La Hebe archicriolla, si no se prefiere archiafricana,
    cobra, naturalmente, su comisin en especies, echando sendos
    tragos, de modo que al acabar un artculo atiborrado de insultos y
    de calumnias y hediendo  alcohol, ambos, el salvador del pas y
    su Egeria cetrina, estn completamente borrachos. Entonces leen lo
    que el Literato ha escrito, y la Musa orillera hace corregir las
    palabras demasiado suaves, substituyndolas con las ms gordas del
    diccionario populachero, y dndoles todo el ftido aliento de su
    dipsomana. Y el engendro de su doble embriaguez delirante es para
    ellos algo sagrado, si no divino, el eco exacto y admirable del
    grito del pueblo. Para los dems es nicamente, y no puede ser otra
    cosa, el eructo del porrn.

No copio ms, porque juzgo ahora este sistema de polmica menos
distinguido que entonces, y mucho ms ineficaz de lo que parece. Va ms
all del blanco. Pero agregar en mi descargo, si no en mi honor, que
estos mismos sueltos, procaces si se quiere, eran modelo de discrecin
y agudeza, comparados con los que entonces solan leerse en la prensa
provinciana, y de los que guardo algunos tan curiosos, como aqul que
discuta el modo y forma del nacimiento de un personaje puntano... Ni
insinuar se puede lo que deca.

Como es fcil de comprender, este deporte periodstico era para m una
diversin incomparable, que me absorba largas horas en la rebusca de
insidias y gracejos. El resto de mi tiempo estaba ocupadsimo, pues
ya haba comenzado la agitacin poltica con sus asambleas de comits,
sus almuerzos campestres, sus asados con cuero, sus manifestaciones
callejeras, sus mtines en el teatro  en las canchas de pelota, su
serie interminable de fiestas y reuniones, en que tuve que pronunciar
casi tantos discursos como un candidato yanqui  la Presidencia.
Pero, con un arsenal de lugares comunes que me haba formado, sala
airoso, barajando unas veces de una manera y otras de otra, los: sanos
principios de poltica, el sistema republicano de gobierno, la unidad
y la integridad nacional, el partido dirigente por excelencia, la
hidra siempre amenazadora de la anarqua, la representacin genuina
de las provincias, el Presidente de la Repblica, garanta de paz, de
prosperidad y de progreso, la vil canalla de la oposicin, la tralla
de perros rabiosos de su prensa, la baba venenosa de la calumnia, los
altos intereses del Estado, que defendera hasta el sacrificio, la
era de las instituciones... y mil otras frases ms  menos hurfanas
de pensamiento, que el pblico me escuchaba con tamaa boca abierta,
y me aplauda  rabiar, porque con esa intencin  esa consigna haba
acudido  oirme.

Pero tanto fu el _tolle_ que arm la prensa local y la bonaerense
sobre mi presencia inmoral y tirnica al frente de la polica, siendo
candidato, tanto se protest contra este escndalo electoral, que
Correa estuvo  punto de ceder y quitarme el mejor escaln para llegar
al Congreso. No en mis das! Las circunstancias me ayudaron otra vez.

Volvan  correr rumores de revolucin. En nuestra tierra siempre han
corrido rumores de revolucin, sobre todo entonces, y desde tiempo
inmemorial. Poda aplicarse al pas lo de que cuando no estaba preso
lo andaban buscando, y la prensa europea glosaba nuestras convulsiones
internas como otros tantos cuadros de una opereta pasada de moda.
Las ltimas, sin embargo, haban realizado la unidad nacional,
poniendo al unsono  todos los gobiernos de provincia, que pertenecan
exclusivamente  nuestro partido por obra y gracia del ejecutivo de
la nacin, del ejrcito y de las intervenciones. Pero la oposicin,
desalojada hasta de sus ltimos baluartes, quera tomar el desquite y
se armaba para luchar en el terreno de la fuerza, declarando que el de
la legalidad estaba clausurado para ella. Mi provincia no constituy
excepcin. Pero las oposiciones, cuando no son enormemente fuertes,
resultan muy desgraciadas en nuestro pas, y nunca son as, enormemente
fuertes, sino en circunstancias especiales y siempre transitorias. La
mayora, en realidad, prefiere ser martillo y no yunque.

No tard, pues, en saber los preparativos que se hacan contra
el Gobierno local. Los jefes de dos de las estaciones urbanas de
ferrocarriles, que tenan tambin la direccin del resto de sus
lneas en la provincia, se permitan ser opositores con mayor  menor
franqueza. El tercero se declaraba situacionista, porque no era
forastero como los otros, venidos de Buenos Aires y Santa Fe. Este
ltimo acudi un da  mi despacho, muy alarmado, para revelarme que se
haban introducido algunos cajones de armas por su lnea, aunque fuera
notoria su fidelidad al Gobierno y su continua vigilancia.

--Y si se han atrevido  servirse de mi compaa--agreg,--estoy seguro
de que se sirven mucho ms de las otras, y de que en estos momentos ya
hay centenares de fusiles en la provincia.

--Gracias por la noticia, Snchez. Ya haba olfateado algo de eso.
Pero, vaya sin cuidado, que no va  suceder nada... Eso s, averige
quines han recibido las armas, pero sin alborotar  nadie, y hgamelo
saber. Lo dems corre de mi cuenta.

Al da siguiente hice citar  los dos jefes opositores, para que
concurrieran  la misma hora  mi despacho. En cuanto los tuve en
mi presencia, agitando unos papeles, como si fueran los documentos
reveladores de sus manejos, exclam:

--S todo lo que pasa!... Pero de hoy en adelante estoy dispuesto
 no hacerme el desentendido, y  perseguir cualquier malevolencia,
cualquier traicin... As, pues, desde este mismo instante, me darn
ustedes cuenta exacta de todas las armas que se introduzcan en la
provincia por sus ferrocarriles, y del nombre de sus destinatarios...
Estoy cansado de hacer practicar estas averiguaciones por mi personal,
y es deber de ustedes facilitar la obra del Gobierno. Si no lo hacen y
resulta en la ciudad mayor nmero de armas del que yo conozco, los har
responsables de todo lo que ocurra y sus consecuencias. Lo mismo digo
respecto de los pueblos de la campaa por donde pasan sus lneas.

Varias veces haban tratado de interrumpirme, protestando de su
inocencia y alegando ignorancia, pero no lo permit. Al final, cuando
renovaban sus protestas, les hice callar, afirmando:

--Estar siempre al corriente de lo que se hace por mis propios medios,
pero ustedes tienen que informarme con toda exactitud, si no quieren
pasarlo mal... Por otra parte, no tengan cuidado, porque sus informes
quedarn completamente secretos...

--Esto tiene que venir de habladuras, de calumnias de
Snchez--insisti uno de ellos, Smithson;--nadie sino l tiene inters
en perjudicarnos.

--Qu clase de inters puede tener Snchez que, por otra parte, no me
ha dicho una palabra?...

--Qu clase de inters?--salt el otro, llamado Peacan.--Congraciarse
al Gobierno, para que no se haga la luz en los robos del depsito de
mercancas de su estacin central!

--Bah! Ese asunto est en mis manos, y la pesquisa se sigue con toda
actividad. El culpable ser descubierto, y ms pronto de lo que ustedes
creen.

Y mirando  Peacan, con sonrisa burlona, como si le insinuara
involuntariamente que Smithson y no otro era el sopln, agregu:

--Vaya, vaya! Ni se suea usted quin me ha informado.

Al despedirme de l remach el clavo dicindole en voz baja:

--Me cree usted tan simple que no hubiera convocado  Snchez, si ste
fuese mi informante? Qu costaba llamarlo tambin, para desviar las
sospechas?

En cuanto  Smithson,  quien retuve unos minutos ms, tambin le
suger la idea de que el indiscreto era Peacan, y esper el resultado
de mi pequea combinacin: Cualquier otro hubiese hablado  solas con
cada uno de ellos, para tratar de sacarle la verdad, pero hubiera
fracasado inevitablemente; yo, hablando con los dos  un tiempo,
suscitando sus recprocas sospechas, tena que lograr mi objeto. Y,
en efecto, das despus, Smithson me anunci que acababan de llegar
dos cajones de remingtons, consignados  un bolichero de las afueras,
hombre de Ziga y Vinuesca, dos de los jefes de la oposicin. En
cuanto  Peacan, ms leal  menos asustadizo, haba pedido que no se
siguiera enviando armas por su lnea, porque estaba descubierto.

Hice seguir los cajones, que quedaron sigilosamente custodiados para
que no me los escamotearan. Todava no era conveniente descubrirlos.
Un tercer cajn lleg  casa de un opositor catlico, el doctor Lasso;
tambin lo dej. Por ltimo, Ziga cometi la tontera de recibir dos
en su propio domicilio. Era el momento de obrar. Hice allanar la casa
de Ziga y tomarle los fusiles, recog los que haba en las chacras,
en el boliche, en poder de algunos particulares, y escrib  Lasso un
billetito diciendo que conoca su depsito de armas pero que, como
no quera molestarlo, porque ambos tenamos las mismas convicciones
religiosas, l deba mandrmelas ocultamente lo ms pronto posible.

Correa se qued boquiabierto al saber la noticia, porque si bien los
rumores haban llegado  sus odos, nunca les atribuy importancia, al
ver que yo me encoga de hombros cuando me interrogaba al respecto. Y
honrndome como nunca lo haba hecho, se fu  visitarme en la polica.

--Ah, muchacho!--exclam.--Si cuando yo deca que sos un tigre!...
Ahora, lo que hay que hacer es enjuiciar  todos esos revoltosos de
porra!

--No se precipite! Mire bien lo que va  hacer, don Casiano--le
dije.--El pueblo est demasiado alborotado para que nos metamos en
persecuciones. Lo mejor ser practicar una larga investigacin, sin
tomar preso  nadie por el momento. Siempre habr tiempo de hacerlo en
el curso de la instruccin, si vuelven  alzar el gallo. Y, ahora, para
hacerle el gusto, permtame que le presente mi renuncia...

--Cmo tu renuncia! Has perdido el juicio? Por nada te dejar que
renuncies en estos momentos. No faltaba ms!

--S, Gobernador. As se salvan las apariencias. Y usted aceptar la
renuncia, pero copiando este borrador.

Y le present una minuta as concebida:

    Considerando: l. que el benemrito jefe de polica de la
    provincia, don Mauricio Gmez Herrera, tiene razones poderosas para
    renunciar el puesto que con tanto acierto y patriotismo desempea;
    2. que las circunstancias anormales porque atraviesa la provincia,
    teatro de una agitacin subversiva, hacen imprescindibles sus
    servicios.

    El gobernador de la provincia en Acuerdo de Ministros, DECRETA:

    Art. 1. Acptase la renuncia indeclinable de don Mauricio Gmez
    Herrera;

    Art. 2. Encrgase al mismo don Mauricio Gmez Herrera, del
    desempeo de las funciones de jefe de polica de la Provincia,
    mientras duren las presentes anormales circunstancias.

--Lo firmar?--pregunt.

--Pues, est claro!

--Viva la Repblica! Cualquier da iba yo  dejar que _mi_ eleccin
se hiciera sin dirigirla personalmente yo!


                                  XIV

Estas sencillas maniobras, que no s si llamar hbiles, dieron lugar 
un hecho agradablemente inesperado. Mara me escribi un billetito,
el primero, pidindome que fuera  su casa. Haca semanas enteras que
no iba  visitarla, y recib su invitacin con verdadero regocijo,
como una seal evidente de mi triunfo prximo y definitivo. Corr 
casa de Blanco sin perder un minuto, y entr en la sala con aire de
conquistador, aunque ligeramente conmovido. Salud con efusin, pero
qued sorprendido al ver que Mara me reciba con cierta gravedad.

--Mauricio--dijo, por fin, entrando en materia.--He credo de mi deber
atreverme  hacerle una advertencia. Usted comprender que, dadas
nuestras relaciones... amistosas, me preocupe de cuanto hace, y tenga,
como si dijramos, los ojos clavados en usted... Y, perdneme, su
actitud me aflige.

--No he hecho el menor dao  nadie!--exclam estupefacto.--Hasta he
salvado  los revolucionarios, negndome  tomarlos presos, como quera
el Gobernador.

--No me considere politiquera. No lo soy. Si me informo de la
poltica, es porque usted es poltico; me ocupara, tambin, de usted,
en cualquier otro terreno en que actuara. La mujer que quiere conocer
su destino sabe adaptarse al medio de su... de los amigos que han de
influir decididamente en su vida.

Una luz me ilumin como un relmpago, y despus de callar un momento,
pregunt con afectada tranquilidad:

--Hace mucho que no ve  Pedro Vzquez?

--Por qu me lo pregunta?

--Simple curiosidad.

--Vino ayer...

--Y hablaron ustedes de m?

--No.

--S, Mara.

--No!... Por lo menos no se ha pronunciado su nombre. Hablamos...
hablamos del xito.

--Y Pedro considera que el xito es caprichoso, siempre  casi siempre
injusto, que se ofrece al ms torpe  al ms tonto, y que se niega al
mrito, al esfuerzo, al sacrificio... Qu bien veo  Pedro en esto, y
cmo sabe hacerse la mosca muerta para intrigar mejor y dar los golpes
ms certeros!

--No. Vzquez considera, como yo, que el xito suele ser el salario de
los que se doblegan  todas las influencias y se dejan llevar por todas
las corrientes, tengan mritos  no...

--Sabe, Mara, que usted piensa mucho? Sabe que piensa demasiado para
poder sentir?

--Y eso significa?...

--Que quien tanto analiza, seal es que quiere poco.

--Deben aceptarse las cosas y los hombres sin examen?

--Bah! Bien admira  Pedrito...

--Analizando, como usted dice.

Yo rabiaba de celos y de despecho. La Marisabidilla aquella, que se
abrogaba la facultad de juzgarme, de criticarme y de aconsejarme!
Porque si bien no me haba dicho nada concreto an, yo lea en sus
ojos la amonestacin preparada... Con qu derecho? Una mujer, que
no deba ocuparse sino de sus trapos y sus cintas! No es odiosa esta
clase de marimachos que se creen dueas de todo el saber porque han
ledo cuatro librejos y han credo meditar cinco minutos? Ah! todo
hubiera concludo all, si los celos  el amor propio no me mordieran
el corazn. No estar Vzquez presente, para saltarle al pescuezo!...
Y, con las manos trmulas de ira y la voz entrecortada, dije:

--Me ha hecho muchos reproches sin formularlos, Mara! Usted condena
mi conducta, aunque sta se ajuste estrictamente  lo que exije la vida
real. Bah! usted es una soadora, una criatura angelical, convengo
en ello, pero ajena al mundo, incapaz de manejarse en el mundo...
Quiz por eso la quiero tanto... Pero que la quiera no significa
que... No, no tiene derecho de criticarme. Ya se dar cuenta de las
cosas, y entonces comprender. Cuando uno se propone llegar  un
punto determinado, tiene forzosamente que tomar el camino que conduce
 l, sea una carretera, sea un atajo, sea un desfiladero entre
precipicios... Yo voy donde debo ir por el nico camino que tengo, sin
mirar hacia atrs ni hacia los lados, sin que me detengan tropiezos
humanos  materiales, pero sin faltar por ello  mis principios de
hombre de honor,  mi...

Una risita, entre dolorosa y sarcstica me interrumpi.

--Usted cree, entonces--dijo en voz clara,--que sus sueltos del
diario, por ejemplo, no pasan los lmites de la gentileza y la
correccin, por no decir ms?

--Mis sueltos? Yo no escribo.

--Vamos! No agrave la falta, si es falta, como yo creo, con su
negativa. Usted sabe que esos juegos, que probablemente as los
consideran muchos, abren todas las puertas  la calumnia y al
escndalo. El que hoy es objeto de burlas  difamaciones, para
vengarse, no se detendr maana por consideracin alguna, y har, 
su vez, que todo ruede al pantano, el enemigo y cuanto lo rodee, sus
afectos, su hogar... Las consecuencias de estos excesos suelen ser
terribles, y nadie sabe de antemano hasta dnde pueden llegar.

La mir de hito en hito, sin conseguir que bajara los ojos.

--Para eso me ha llamado usted?--balbuc, ardiendo en ira.--Slo
para eso me ha llamado? No poda ni siquiera esperar?... Pues bien!
yo tambin tengo algo que decirle: Usted no me quiere, usted no me ha
querido nunca, Mara!

Inclin la frente con vaga sonrisa dolorosa, y murmur, arrugando el
vestido entre sus dedos:

--Puede ser. Puede ser muy bien.

En su acento haba, nuevamente, un poco de ternura y un poco de
irona. Para un fro espectador, hubiera sido evidente que en su alma
luchaba la imagen que de m se haba forjado, con la realidad que iba
presentndole yo poco  poco. Romanticismo, en fin. Cuando alz de
nuevo los ojos, su mirada estaba completamente serena. No dijo una
palabra. Y, durante un tiempo incalculable, quiz treinta segundos,
quiz media hora, call y medit. Qu iba  ser de m, si llegaba 
compaero de aquella Aspasia criolla, de aquella Lucrecia principista?
Unirme  ella, sera condenarme  una vida de amargos sinsabores, 
una tirana perenne,  una censura continua  inflexible de todos mis
actos. Tuve miedo. Tuve miedo y al propio tiempo indomable deseo de
subyugarla, de dominarla, de someterla  una incondicional adoracin de
mi persona. Y obedeciendo  este impulso, trat de serenarme. Cambi
de tono y le dije con mimo que cuanto haca, bueno  malo--sin saber
que pudiera ser malo,--era por ella, por conquistarla, por prepararle
tambin la ms elevada de las posiciones, la riqueza, el poder, la
felicidad, que ella mereca ms que nadie. Yo no ambicionaba nada para
m; para ella nada me pareca suficiente.

--Usted es una de las mujeres excepcionales que hacen  los grandes
hombres. Con usted  mi lado estoy seguro de llegar  donde me
proponga, y ms lejos an... Soy rico, ser muy rico. Tengo algn
poder, lo tendr cada vez mayor. En el pas no habr dentro de poco
quien pueda competir conmigo...

--S, Mauricio.

--Quin?

--El que piense mejor.

La sombra de Vzquez se condens ante mi vista. El rival derrotado
recuperaba poco  poco sus antiguas posiciones. Y esta alucinacin me
desconcert, porque no acertaba  explicarme la mudanza de Mara, pese
 los sntomas anteriores. Trat, sin embargo, de ahondar ms en el
alma de la joven, y la pregunt:

--Slo para eso me ha llamado?

--No. Quera, sobre todo, decirle una cosa... No hay quien no critique
su presencia al frente de la polica, mientras se prepara su propia
eleccin. Por qu no deja el puesto y satisface as  amigos y
enemigos?

--Porque seran capaces de dejarme  pie!--exclam, sonriendo.--Se
necesita ser muy ingenua, Mara, para preguntarme  para pedirme
semejante cosa.

--Y, sin embargo, yo crea...--murmur, casi con las lgrimas en los
ojos, conmovindome  m tambin con su tono de queja.

En esto, entr en la sala don Evaristo que, viendo nuestro
enternecimiento, crey dado el gran paso y zanjadas las ltimas
dificultades.

--Se adelanta algo, muchacho?--me pregunt, sonriendo alegremente, en
la esperanza de una grata noticia.

--Ah, don Evaristo! Mucho me temo que la oposicin se haga duea del
Poder--contest.

Don Evaristo entendi la frase en su sentido ms directo, y me someti
 todo un interrogatorio sobre la situacin poltica de la provincia.
Mara escuchaba mis palabras, posiblemente sin oirlas, con los ojos muy
abiertos, tan abiertos como cuando uno mira  su interior.

Das ms tarde, volv. Dominbame el insensato deseo de reconquistarla,
un arrebato slo semejante  la sed de venganza de un ultraje terrible,
todo el feroz impulso del amor propio desenfrenado. Ella mantena
 toda costa la conversacin en el terreno de las generalidades,
muy correcta, fra, apenas amable, de cuando en cuando. Yo me pona
alternativamente rojo y plido.  veces, senta ganas de lanzarme sobre
ella, de sacudirla, de dominarla por la fuerza bruta, pero la presencia
de don Evaristo que nos acompaaba probablemente  indicacin suya,
impeda toda iniciativa, imposibilitaba toda nueva explicacin.

Las elecciones iban  practicarse el domingo, tres das despus. Blanco
me habl de mi diputacin, segura ya, de mi gran papel futuro en Buenos
Aires. Yo le repliqu, con fingida modestia:

--Se puede ser el primero en Los Sunchos, uno de los primeros aqu, y
el ltimo  poco menos en la gran capital. Cuntos que brillaron en
sus pueblos, naufragan y se pierden en Buenos Aires! Y puede que yo
mismo no llegue  ser sino uno de tantos, perdido entre la multitud...

--Es posible--murmur distradamente Mara.

Una oleada de sangre me subi  la cabeza, y empec:

--Y se imagina usted que yo!...

Pero me contuve, y sal, trmulo de rabia, casi sin despedirme.

Las elecciones me dieron el triunfo. Al da siguiente de practicado
el escrutinio, resign mi puesto en manos de mi sucesor, y comenc
 preparar el viaje  Buenos Aires, teatro de mis futuras hazaas,
mientras en el cerebro me trotaba la maldita hiptesis, tan fcilmente
aceptada por Mara... Iba yo, gallo de aldea, prohombre de provincia
luego,  desmerecer en la capital,  ocupar un rango inferior,  no
abrirme paso hasta la primera fila? Y recordaba invenciblemente el
triste papel representado por tantos comprovincianos, brillantes en el
pago y despus deslucidos, opacos y obscuros, en cuanto salieron de
su centro, indebidamente confundidos en la corriente de seleccin del
pas que aspira y absorbe la capital.

Oh, Mara, Mara! Cmo deseaba triunfar, conquistar Buenos Aires,
para avasallarla tambin  ella, de rechazo, en una apoteosis de mi
amor propio!




                                NOTAS:

[3] El original da el adjetivo correspondiente  su provincia en
particular.




                             TERCERA PARTE


                                   I

Aunque ya estuviese bastante acostumbrado  la vida intensa de la gran
metrpoli, Buenos Aires me mare en un principio, y este fenmeno se
explica: hasta entonces slo haba ido all por paseo, sin nada bien
determinado que hacer, el tiempo completamente mo, contando siempre
con el refugio hospitalario de mi ciudad, como con un baluarte que me
defendera en caso necesario, pudiendo elegir mis relaciones, retraerme
 prodigarme, segn me conviniera, simple visitante, en fin,  quien
hasta los enemigos reciben corteses, como en un alto del combate;
mientras que esta vez, iba  radicarme all, con un plan de conducta
establecido en sus grandes lneas, y obligaciones polticas y sociales,
deberes de orden diverso, necesidades urgentes como la de ponerme al
diapasn del gran centro, para no hacer un papel ridculo, sin contar
ya con tirios y troyanos, como que entraba decisivamente en la arena,
ni poder pensar en el modesto abrigo de la provincia, pues retirarme
sera equivalente al ms estruendoso fracaso. Al mareo contribua,
tambin, la embriaguez de mi triunfo, la satisfaccin arrebatadora de
verme con un pie en los ltimos peldaos de la inmensa escala, pudiendo
considerar que todo me era accesible, que todo estaba al alcance de mi
mano. Y otra cosa ms: quise, apenas llegado, reconstruir mis antiguos
ensueos de cuando vagaba desocupado en la gran ciudad, aquel vasto
proyecto de aparecer, y deslumbrar, trabajando activa y brillantemente
por la unin estrecha de Buenos Aires y las provincias, por la
extincin total de los viejos antagonismos; pero, apenas me puse 
pensar en esta misin me pareci trivial, infantil, ya realizada  en
vas de realizarse, y tem dar pasos en falso, exponerme  las burlas
de los hombres experimentados y escpticos, hablar como una criatura...
No, si no es tan fcil la iniciacin como parece.

--Bah!--me dije.--Lo que debo hacer es, por una parte, ocultar que
estoy algo boleado, que me azoro como un advenedizo, y, por otra,
no darme por ahora aires de grande hombre, ni esforzarme por llegar
 serlo, mientras no se me ofrezca una oportunidad verdaderamente
favorable... Seamos modestos, Mauricio, hasta la hora de ser soberbios.

Gracias  un dominio de m mismo que me permita parecer tranquilo 
indiferente en las mayores pellejeras, consegu que nadie advirtiera
mi azoramiento. En cuanto al otro auto-consejo, lo modifiqu, pensando
que, sin aparentes pretensiones, poda y deba presentarme en plena
vida poltico-social, irreprochablemente y aun con atildada elegancia
en cuanto  mi exterior se refera. Renov, pues, mi guardarropa,
abandonando los trajes que en provincia podan dar el tono, pero que
en Buenos Aires resultaban lugareos por no s qu detalles de corte,
de color, creo que hasta de olor, comenc  frecuentar los grandes
restaurants  la moda, los teatros, los clubs, los crculos que
ya conoca, con el rumbo discreto que siempre acostumbr, y esto me
hizo creer un instante que comenzaba  ser popular. Veame siempre,
en efecto, rodeado por un crculo de amigos y conocidos que se
ensanchaba cada da, y del que era  del que crea ser eje principal,
pues todos me demostraban no slo deferencia, sino tambin hasta
admiracin. Seuelo de este rebao haban sido algunos camaradas, que
en mis visitas anteriores se sentaban  mi mesa y me iniciaban en el
conocimiento de los ms amables rincones de la capital; pero antes no
eran tan numerosos ni tan permanentes--no me parecieron as, al menos,
gracias  lo transitorio de mi estada,--mientras que, en este nuevo
perodo, llegu  considerarlos innumerables y pesados en demasa,
sobre todo cuando saqu cuentas al cabo del segundo mes: me haba
gastado lo que crea suficiente para medio ao, por lo menos. Mis
recursos, grandes en provincia, resultaban escassimos en la capital,
llena de declives, cloacas y alcantarillas por donde se va el dinero
como agua en da de lluvia, sin que, para quedarse sin un cntimo, sea
preciso caer en la exageracin de prestar  cuantos piden. Resolv,
pues, substraerme un poco  la admiracin de mis contemporneos, y
record mis buenos propsitos de modestia, jurndome cumplirlos esta
vez.

Con todo, y aunque hubiera podido descontar desde luego mis dietas de
diputado, el dinero no me alcanzaba, en medio de aquel maelstrm
devorador, sobre todo, si quera mantener ntegra mi pequea fortuna,
como era mi intencin. Puede que se me considere vido y hasta mezquino
por esto, pero era, slo, previsor, y saba gastarme las rentas sin
pestaear. Y qu hubiera sido de m  no proceder de esta manera,
cuando tantos ms ricos que yo, arrastrados por la corriente, fueron
luego  rodar al abismo de la miseria,  poco menos!

Era urgente, pues, arbitrar recursos, y para ello escrib  Correa,
pidindole un auxilio, en forma de comisin gubernativa,  otra
cualquiera. Haba observado que los funcionarios y empleados mejor
retribudos eran generalmente ricos  de mediana posicin, como si los
poderes pblicos se empearan en conservar y aumentar las fortunas, y
mantener un patriciado seguramente necesario para la buena marcha del
pas. Esto es ms lgico de lo que parece. Los hombres, por muchos
mritos que tengan, acostumbrados  vivir con poco, no necesitan de
grandes recursos, especialmente si trabajan de veras, y darles ms que
el bienestar en sus comienzos suele ser pervertirlos; mientras que los
nacidos en la abundancia deben ver protegida y conservada su posicin,
pues de otro modo fcil sera que hicieran disparates, perdieran la
riqueza y se hundieran, comprometiendo luego  buena parte de la
sociedad, en su insuficiencia para resurgir por propio esfuerzo. Esta
accin conservadora de los poderes y de la colectividad acomodada, es
evidente y es plausible. Quin no encontrar bien que, en el caso
de Faustino Estbanez, perdido por deudas de juego, todo el mundo le
ayudara pecuniariamente  salvarse, aunque fuera un intil, mientras
que  Renato Pietranera, el fsico, que buscaba la solucin de no s
qu problema, y se mora de hambre, nadie le facilit recursos y tuvo
que desistir, buscndose la vida como dependiente de comercio? En el
primer caso, la vergenza de Faustino recaa sobre todos los Estbanez,
emparentados con la alta sociedad, y no era posible dejarlo en el
pantano, por lo cual, despus de pagadas sus deudas, se le envi con
una misin al extranjero; en el segundo, nadie, ni el mismo Pietranera
quedaba comprometido, y si sus trabajos eran realmente de valor, no se
han de evaporar por eso. Hombres ms grandes que lo que l pueda ser,
han vivido en la miseria, pero la humanidad no ha perdido sus obras.
En suma, harta mezcolanza social hay en nuestro pas, para que nos
ocupemos en aumentarla.

Don Casiano, buen gaucho, considerando, sin duda, que yo poda serle
muy til en Buenos Aires, me procur inmediatamente una prebenda,
una representacin innecesaria pero bien pagada, ante diversas
oficinas pblicas que tenan asuntos con la provincia. Con esto poda
manejarme, pues ya he dicho que tena prudencia, y no cometera
locuras irremediables, ni siquiera peligrosas, aunque fuera capaz de
despilfarrar las entradas y beneficios extraordinarios con la mayor
impavidez, como lo hiciera hasta entonces. En las luchas anteriores 
mi eleccin, la prensa opositora me acus ms  menos injustamente,
de malversaciones, de coimas exigidas  los proveedores de la
polica, de sobresueldos secretos recibidos del Gobierno, de cientos
de vigilantes comidos, como se los coma don Sandalio Surez, el
comisario de Los Sunchos; cierto es--no tengo reparo en confesarlo,
porque en aquella poca todo el mundo hizo lo mismo,--cierto es que
acept cuanto se me ofreci, pero tambin es verdad que no lo hice
por aumentar mis capitales, sino con entero desprendimiento, por
darme mejor vida: todo aquello, como vino se fu, y  no ser por la
especulacin de mi chacra y otras emprendidas con platita de los
bancos, mi fortuna sera muy modesta. Amo el dinero, pero no por el
dinero mismo, sino por la libertad que procura y complementa--porque
la libertad, sin medios de accin, no es libertad, ni es nada,
tanto, que se ha llegado  hablar de la libertad de morirse de
hambre.--Desgraciadamente, las gangas  que ms arriba me refiero,
haban cesado, y en Buenos Aires no poda conquistarme otras nuevas
mientras no estuviese en el ejercicio de mis funciones. Ya me
desquitara ms tarde, y, entretanto, el sueldito de Correa me vena
como anillo al dedo.

Para modificar mi vida, dej, pues, el hotel suntuoso y caro en que me
haba hospedado y alquil una casita antigua en una calle central--tres
 cuatro habitaciones y las dependencias, no muy primitivas,--la hice
empapelar, pintar, amueblar con cierto gusto--con ese gusto innato de
la familia, que permite  uno de mis tos hacer viajes  Europa con el
beneficio de los muebles que compra all y usa y revende aqu,--y me
instal como quien est dispuesto  llevar una vida seria y arreglada.
Llam  Marto Contreras para que fuese mi hombre de confianza, y
complet el servicio con un cocinero y un sirviente que sala de una
casa aristocrtica, y que hall modo de robarme como  un pazguato. Y,
ya en mi casa, en vez de correr cafs y restaurants y rotisseries,
me limit  mis clubs y crculos, y frecuent mis relaciones, previo
estudio de sus caractersticas, y fu espiritual y escptico en unas
partes, bonachn y creyente en otras, austero aqu, liberal all,
tolerante acull, sectario unas veces, despreocupado las ms. Y as
logr que se me recibiera con gusto, pero sin entusiasmo, porque mi
figura permaneca indecisa y enigmtica,  inspiraba, cuando mucho, una
especie de tibia curiosidad.

En esto, passeme el tiempo y llegaron los primeros das de mayo, el
mes de la apertura del Congreso en que iba  estrenarme. Ahorro la
crnica de las sesiones preliminares, de las largas guardias en los
salones y los pasillos de la vieja casa que pareca un reidero de
gallos en el recinto, y una carnicera para gigantes desde afuera, y
llego  la defensa de mi diploma, que fu en un da desagradable, de
humedad y viento norte, enervante y hosco, tal como slo se ven en
Buenos Aires. Los das hmedos de la capital, cuando reina el norte
pegajoso y hasta mal oliente, me molestan de un modo indecible. Los
ruidos me son ms discordantes, ms ensordecedores, los movimientos
ms difciles, como dolorosos, las ideas ms escasas, como ausentes,
los olores ms intensos  ingratos, hasta nauseabundos, la luz
falsa, engaosa, mareadora, las aceras son lodazales, las paredes
chorrean agua, los vidrios sudan, los hombres se muestran irritables,
provocativos, impertinentes, las mujeres andan como sonmbulas y todas
parecen viejas; cualquier frase, insignificante en otros momentos, se
convierte en insulto; los nervios, exasperados, nos hacen momentneos
pero acrrimos enemigos de seres y de cosas, y creo que en un momento
as, no nos sera muy difcil acabar con el mundo, si ello dependiera
de nuestra voluntad. En tales condiciones, tuve que mantener la validez
de mi diploma.

Comenc vacilante, con la palabra floja y cansada, en medio de la
indiferencia ambiente; pero el mismo desgano de mi auditorio me
excit, me irrit poco  poco, lanzndome en mi oratoria acostumbrada.
Soy verboso y brillante. No importa que no sepa lo que voy  decir:
substituyo fcilmente las ideas con figuras, con frases retumbantes y
efectistas, con imgenes  veces pintorescas, que subrayan muy bien
mis actitudes y ademanes de actor. Como no me detengo, pese  las
frecuentes interrupciones, ni doy tiempo al examen, llego sin esfuerzo
 cautivar  los oyentes y aun  arrancarles el aplauso. Aquella tarde
memorable,  las acusaciones de coaccin, contest entre otras cosas,
cuando ya estaba en vena:

Se me acusa de la anttesis de mi accin! Precisamente! He
garantizado la libertad del sufragio, me he desvivido por ella en
las altas funciones que me incumban; no he movido un dedo para que
se proclamara mi candidatura... Estaba demasiado ocupado en mantener
la paz y el orden en nuestra provincia; estaba demasiado ocupado
en arrancar, ms por la persuasin que por la violencia, de manos
de los agitadores, las armas con que queran imponernos un estado
anrquico... Y si mi candidatura surgi en el ltimo instante, una vez
pacificada la provincia, gracias  mi humilde esfuerzo, cuando ya no
era jefe poltico, sino comisionado eventual para mantener el orden,
fu porque la parte honesta, la parte patriota, la parte bien pensante
de la opinin--que es, afortunadamente, la mayora en mi provincia
y en el pas entero,--quiso afirmar, exteriorizar, materializar sus
nobles aspiraciones, eligiendo por su representante al ms modesto
de los ciudadanos, al ms insignificante de todos, slo porque haba
realizado desinteresados y generosos--s, generosos!--sacrificios
en pro de la verdadera libertad, que no es la licencia ergotista, ni
menos la incendiaria anarqua... Al oleaje desbordado de las pasiones
inconfesables y de las ambiciones malvadas, se ha opuesto en mi
persona sin relieve ni mritos, la playa de arena, mansa, que aplaca
sus furores, siendo como es, apenas, un lazo de unin entre la ola
devastadora y la tranquila paz de los campos fecundos.

Ya con Pegaso desbocado agregu que  estas consideraciones de hecho
se sumaban otras simplemente morales, intelectuales y tnicas, que,
hacindome un prototipo de la nacionalidad (gracias, Vzquez),
demostraban hasta la evidencia la bondad de mi eleccin:

El hombre que lleva en todo su ser el sello de la familia--de una
familia que ha dado hroes y mrtires  la patria,--dondequiera que
vaya es reconocido como miembro de esa familia, como genuino, como
su ms genuino representante; y yo me encuentro aqu, en el seno
de mi verdadera familia patricia, como un hijo prdigo quiz, pero
afectuoso y sin mancha, que se enorgullece de reincorporarse  los
suyos... S, seor Presidente! S, seores diputados! Sabis cmo me
llama la gentil Buenos Aires? Sabis cmo se me indica en todos los
centros polticos y sociales que tengo el honor de frecuentar?... El
provinciano!... El provinciano![3] adjetivo que me enorgullece, porque
demuestra la legitimidad de mi representacin... Aunque sin merecerlo,
puedo afirmar que dondequiera que yo est est mi provincia... Y qu,
si no es esto, manda la Constitucin al estatuir que todas las regiones
del pas estn sintticamente reunidas en este recinto? Y cul de
mis honorables colegas--no vacilo en llamarlos as, adelantndome 
su justa sancin--puede invalidar este doble reconocimiento de mis
comprovincianos y del resto de los argentinos reunidos en la capital,
sntesis del pas?

Alguien replic que todo esto era literatura y que yo slo haba
demostrado mi carcter de... provinciano; y como la barra haba
aplaudido, y como mi diploma estaba aprobado de antemano, se vot y
pas  prestar juramento.

Grandes felicitaciones en antesalas, comentarios, lisonjas:

--Nos ha nacido un gran orador!

--No desmiente la casta.

--Est bien, amiguito, as me gusta!

Un opositor, echndoselas de ingls, murmur el ttulo de una comedia
de Shakespeare:

--_Much ado about nothing._

Y otro le replic:

--Esperemos  que vengan las ideas.

Raza envidiosa, raza de vboras. Como si ellos tuvieran tantas!


                                  II

No s si bien  mal inspirado, don Evaristo me convid  comer antes
de mi partida para Buenos Aires. La reunin, muy ntima--estbamos
nicamente los tres,--fu, sin embargo, casi tan ceremoniosa como
nuestros primeros encuentros con Mara en su casa. Slo Blanco
demostraba  afectaba buen humor, y me invit  que le escribiera
dndole noticia de mis primeros actos  impresiones, cosa que le
promet.

--Y usted, Mara, me escribir?--le pregunt.

--Yo no s escribir, Mauricio, pero siempre acertar  decirle si
estamos buenos  no. Cualquier cosa que aadiera, podra hacerlo enojar.

Esta alusin al final de nuestra ltima entrevista me supo mal, pero
slo repliqu, tratando de ser afectuoso:

--Aunque sea una lnea suya, me har muy feliz. Me permitir esperar
con calma que se cumpla el plazo.

--Ah!... Falta tanto an!... Ya pensar en otra cosa...

Ciego, no vea  no quera ver que la nia me estaba despidiendo, que
desde mucho antes haba renunciado  su capricho de un minuto, que yo
no significaba nada para ella, y que todos mis esfuerzos, todo mi
amor propio, toda mi pasin, se estrellaran contra su indiferencia.
Pero, tambin, que mantendra su palabra, y que no se avena  que se
pisoteara su orgullo con un desdn.

--Y usted pensar en otra cosa?--pregunt.

--No, Mauricio, yo no tengo ms que una palabra... Lo dicho, dicho
est. Y, escuche, quiere? Deseo de veras, deseo con toda el alma, que
cuando el plazo se cumpla, podamos darnos la mano... para toda la vida.

--Ah! Esto me consuela de muchos malos ratos... Es decir que me
quiere un poquito, Mara?

--S...

La despedida fu ms tierna de lo que yo esperaba. Ambos nos conmovimos
y quedamos largo rato con las manos enlazadas. Llegu  creer que la
haba vencido, conquistado para siempre, y sent honda satisfaccin.
Pero esto dur poco.  un saludo que le dirig al llegar  Buenos
Aires, contest con una frmula corriente de cortesa, y con esto qued
cortada casi radicalmente nuestra correspondencia. As se explica que
pensara poco en mi cuasi-novia, en medio de las febriles disipaciones
de la capital, que, aun sin tener que concurrir  la Cmara, no me
hubieran dejado en aquel tiempo ni un minuto para la meditacin.
Bailes, tertulias, comidas, teatros, carreras, paseos, no me permitan
ni siquiera seguir mi vieja costumbre de leer algunas horas, por la
noche, en cama, buscando la tranquilidad de los nervios antes de
dormirme. La noche me la consuman, despus del teatro, las partidas,
las largas partidas en el crculo, con los prohombres de la situacin.

No s por qu se niega que el juego de naipes tenga otro inters que
el del dinero y se diga que los que cambian cartas es porque no saben
cambiar ideas. Yo le encuentro, entretanto, mucho inters moral y
hasta una grande importancia, no por sus combinaciones y azares en s,
sino por lo que desarrolla la facultad de conocer  primera vista el
carcter de los hombres, y hasta adivinar sus pensamientos. Ms que
cualquier otro, un jugador sabr cundo una persona le miente y hasta
qu punto llega su mentira, y estoy cierto de que Facundo Quiroga vea
ms esto por jugador que por gaucho.  mi juicio, todo poltico debe
ser jugador--con tal que no se dedique  juegos de simple azar ni de
pura destreza,--pues la prctica de los naipes le dar dominio sobre s
mismo, facilidad para improvisar ardides y subterfugios, ojo clnico
para descifrar caracteres, habilidad para descubrir las tretas del
adversario, y esa serenidad que permite perder hasta la camisa sin que
nadie se entere, serenidad que en el pblico verstil hace sobrevivir
el prestigio  las mayores derrotas, facilitando as el, de otro modo,
imposible desquite.

Ay del poltico si el pueblo advierte que est totalmente arruinado!
se no volver  brillar, porque no le ha quedado ni un albur, como al
jugador sin plata y sin crdito, que no puede apostar sobre palabra.

Por otra parte, aquellas largas partidas eran mucho ms interesantes
que las de mi club provinciano, y no porque parecieran ms animadas.
Por el contrario, eran correctas, casi fras, sin las exclamaciones y
los ternos que solan salpicar las nuestras; pero en los intervalos
se cambiaban algunas ideas tiles, algunos datos importantes, entre
todos iba formndose una especie de solidaridad, de complicidad, y
no faltaban, tampoco, las notas amenas. Una noche, por ejemplo,
extrabamos la ausencia del secretario de polica, gran punto que nos
tena locos por su apasionada manera de jugar, cuando lo vimos entrar
como una tromba y sentarse en su sitio acostumbrado, exclamando:

--Llego tarde, porque vengo de sorprender  unos jugadores!...

Ni faltaba su poco de psicologa, ms  menos trasnochada. Uno de mis
colegas de la Cmara, sin darse  dndose cuenta de que escupa al
cielo, me dijo cierta noche:

--Mire, Herrera. Uno se sienta caballero junto  un tapete verde; pero
si permanece mucho tiempo aqu, seguro que se levanta siendo un pillo...

-- un sonso--complet.

Sin embargo, los griegos eran escasos en nuestras reuniones, en las
que no se hacan ms trampas que las necesarias, como dicen los
prestidigitadores espirituales segn la receta. Varios hubo... Pero
esto es tan general en el mundo civilizado que no hay para qu entrar
en detalles.

Algunas veces, al dejar la partida y salir  la calle, la hora del
alba sumerga el empedrado, las aceras, las fachadas, en un bao de
azul tan intenso, que yo me quedaba absorto ante aquella maravilla
monocroma, mucho ms sorprendente al dejar la iluminacin anaranjada de
los salones. Pero slo un espectculo excesivo como ste poda llamarme
la atencin en el enervamiento de la partida; las medias tintas, los
matices me dejan indiferente.

As tambin la vida de la ciudad, que slo poda detenerme en
sus grandes manifestaciones, y cuyos matices me escapaban, en la
preocupacin de la importante partida que estaba dispuesto  jugar,
pero que no vea armada en ninguna parte: la partida de mi porvenir.

La iniciacin era muy dura. Muchas veces me ech  muerto, renunciando
 abrirme camino de las ltimas  las primeras filas. Era tanta la
competencia en todos los terrenos accesibles para m! Aun en el del
servilismo. Recuerdo el caso de aquellos dos personajes, hombres
de reconocido valer, que se precipitaron  abrir la portezuela del
carruaje, para el Presidente que sala del Congreso. El que qued
atrs, dijo al otro, irritado:

--Aduln!

Y su competidor triunfante, todava doblado en una gran reverencia,
replic:

--Envidioso!

Mi incipiente reputacin oratoria no me bastaba, faltndome las
ocasiones de hablar sin peligro y con brillo. Se debatan cuestiones
demasiado complejas, demasiado tcnicas para que pudieran lucir las
lindas y sonoras frases huecas de mi repertorio, y no me encontraba con
valor suficiente, por el momento, para emprender el estudio  fondo de
un asunto determinado, tanto ms cuanto que, desde nuestras filas, los
argumentos deban ser muy especiosos y singularmente hbiles para que
resultaran admisibles. Toda la elocuencia pareca haberse vuelto del
lado de la oposicin...

Debatame, pues, en la obscuridad, y ms que entonces, mucho ms que
entonces lo comprendo ahora cuando, como fondo  mi individualidad,
trato de poner aquella decoracin de ciudad-emporio, y aquella poca
de delirio de las grandezas. Desaparezco, no resulto yo, pigmeizado,
y lo peor es que tampoco acierto  dar la impresin de aquel
pandemonium, de aquel desenfreno de ambiciones y lujurias, slo regido
por el egosmo ms feroz, y en el que la gente sola entredevorarse
acaricindose. As los amigos del Club, indiferentes en cuanto se
levantaban de la mesa...

Pugnaba yo por abrirme paso en la alta poltica, pero el destino, mi
protector incomprendido entonces, no lo permiti. Me guardaba para
despus, no quera que me comprometiera. Sabio destino! l vea en el
futuro que toda aquella grandeza iba  caer derribada de un soplo, y
que slo subsistiran, no los rboles erguidos, sino el cepelln que
crece mejor cuando el bosque se aclara. Bien es cierto que, despus,
si yo he crecido, muchos de aquellos rboles tronchados han vuelto 
retoar. No hay que quejarse. Slo los muertos no vuelven.

Perdneseme esta digresin: es la ltima  una de las ltimas, porque
comprendo que, despus de tan larga caminata como hemos hecho juntos,
el lector, viendo  creyendo ver prxima la etapa final, me incita 
no detenerme  coger flores y contemplar el paisaje, sino  seguir
andando derecho viejo, hasta el apetecido descanso. Dejar, pues,
que los hechos se expliquen por s solos, tanto ms cuanto que pienso
en la posible excelencia de unas memorias escritas de ese modo desde
la primera pgina. Resultaran admirables quiz, pero no seran mis
memorias, pues tengo cierta cavilosidad caracterstica que me lleva 
los anlisis minuciosos. Mas lo prometido es deuda. Vamos  los hechos
descarnados.

Luis Ferrando, uno de mis camaradas del Club, joven insignificante pero
muy difundido en los salones de la alta sociedad, me abord cierta
noche dicindome:

--Usted, que es un verdadero orador, no sera capaz de hablar en una
velada de caridad que organizan las Amigas de los Pobres, una sociedad
formada por las seoras ms distinguidas?...

--Si ellas creen que puedo servirles...--contest, pensando que aquello
me era conveniente.

--Me han encargado, justamente, de que se lo pida.

--Entonces, no hay ms que decir... Cuando esas damas quieran.

La fiesta result magnfica y en ella pronunci el ms florido de mis
discursos, como podr verse por el siguiente prrafo, que no era, ni
con mucho, el ms deslumbrador:

Como la cascada que, saltando desde la altura, deshecha en lluvia de
colores, en avalancha de piedras preciosas, fecunda todo el alto monte
y toda la campia, desde la planta aromtica de la cumbre hasta la
flor de la falda, hasta la espiga del llano, hasta el rbol corpulento
y aoso que crece entre las grietas del peasco, as el sentimiento
desbordante, as la irisada caridad de la mujer argentina, baja desde
la cima excelsa en que es soberana, hasta la hondonada obscura en que
hormiguea la humanidad doliente; y lo que arriba se llama Gracia, abajo
se llama Beneficencia. Oh! dadme, dadme vuestra limosna admirable
como nico premio de mi vida! Si soy un mendigo, tendr por vosotras
el pan cuotidiano; si soy un luchador, tendr por vosotras dnde
recuperar los alientos perdidos; si soy un triunfador, encontrar en
vuestras manos la corona de laurel; si soy un poeta, tendr en vuestros
ojos, cuando entone un sublime canto, la gota diamantina de roco,
la gema incomparable que no puede pagarse con todos los tesoros de
la tierra, de vuestros tiernos, de vuestros abnegados, de vuestros
preciosos sentimientos, emanacin nica de Dios!

Esto parecer rebuscado, enftico, y  los ms exigentes hueco, pero
haba que oirmelo decir con mi voz sonora y musical, y mi ademn, al
propio tiempo, amplio, rtmico y dominador! Un calofro corri por toda
la sala, como una rfaga de viento en un trigal; las mujeres lloraban,
los hombres aplaudan  despellejarse las manos. Qu triunfo aqul!

Al salir del teatro, en medio de los agasajos, los apretones de manos,
las felicitaciones entusiastas que exteriorizaban mi triunfo, Ferrando
se me acerc en el vestbulo, donde las damas aguardaban sus carruajes
mal cubriendo con los abrigos todava innecesarios dada la estacin,
sus riqusimos trajes de soire.

--Un caballero y una seorita muy distinguida acaban de pedirme que lo
presente. All estn aguardando el coche, quiere venir?

--Quines son?

--Don Estanislao Rozsahegy (pronunci Rosahegui) y su hija Eulalia, una
muchacha preciosa...

Y mientras yo le deca Vamos all, l agregaba an:

--La ms rica heredera de Buenos Aires...


                                  III

Soplaba el pampero, picante y vivaz, y bajo mi sobretodo sentame como
un hombre nuevo, ms alegre y ms resuelto que de costumbre, para quien
todas las empresas tenan que resultar fciles y gratas. Por el cielo
azul cobalto, transparente como una vidriera de colores, cruzaban
rpidas nubes blancas y cenicientas, caprichosamente redondeadas,
mientras que el sol, velado por momentos, lanzaba en otros  la tierra
sus rayos clidos an, en una iluminacin de apoteosis. Baj  buen
paso por las calles que el domingo dejaba desiertas y vibrantes como
una caja de resonancia, hasta la vieja y miserable Estacin Central,
donde iba  tomar el tren para Los Olivos. Don Estanislao Rozsahegy me
haba invitado  una garden-party--la ltima de la estacin,--en su
magnfica quinta.

Durante el viaje recapitul, sacudido por el traqueo del vagn, los
preliminares de nuestra naciente amistad. Despus de la presentacin
en el vestbulo de la pera, me haba abierto su casa, y suplicado 
Ferrando que me llevara una noche, pues, de otro modo, yo sera capaz
de no ir. Los haba visitado una  dos veces, y digo los, porque
quien me atraa era Eulalia, que, indiscutiblemente, haba quedado
prendada del orador y del hombre, y que no trataba de disimularlo. Es
tan grato verse querido!... Aunque sea por la hija de don Estanislao
Rozsahegy, advenedizo enriquecido en el comercio y la especulacin,
que comenz su carrera triunfal ejerciendo los oficios ms bajos, 
quien todo el mundo adulaba y de quien todo el mundo hablaba mal en su
ausencia. Nadie saba,  ciencia cierta, cul era el verdadero punto
de partida de su enorme fortuna, valorada en muchos millones: unos
decan que se haba sacado una grande en la lotera; otros que Irma,
su mujer--eslava  teutona zafia  ignorante que quin sabe qu habra
hecho en su primera juventud,--le llev en dote unos pocos miles de
pesos; los menos afectaban sospechar una procedencia poco honesta,
si no criminal,  los fondos con que inici su brillante carrera de
agiotista. Hablillas sin fundamento quiz, y para cuya aclaracin
hubieran sido necesarias las investigaciones ms minuciosas, porque
en un cuarto de siglo de triunfos, los testigos de los comienzos
habran desaparecido  olvidado. Lo incontestable era su riqueza, su
habilidad de banquero, su adivinacin de especulador, su acierto y su
suerte de bolsista, que le permitan aumentar sin tregua una fortuna
ingente ya. En cuanto  su fsico y sus maneras, slo dir que era
rechoncho sin ser obeso, moreno y velludo, con la cabeza como una bola,
los ojos pequeos y maliciosos, negros como el grueso bigote teido
que dominaba una nariz chata y ancha, de grandes fosas bien abiertas,
como para olfatear mejor los negocios, brazos cortos y manos gordas,
enormes, peludas, de dedos enanos y deformes--atractivos todos estos
complementados con ademanes bruscos  irregulares, voz rotunda de bajo,
franqueza afectada hasta la vulgaridad si no la grosera, y lenguaje
incorrecto de hombre que nunca aprendi gramtica alguna, ni la de su
pas de origen ni la de aqul en que haba clavado definitivamente
su tienda.--Irma, su mujer, debi ser hermosa cuando joven, pues an
le quedaban algunos restos que la hacan parecer  la Isabel Bas de
Rembrandt, pero sin la extraordinaria nobleza de esta gran dama de la
burguesa flamenca. Era, tambin, tosca y familiar con todo el mundo,
hasta extremos chocantes, y hablaba en un inverosmil dialecto de su
exclusiva composicin.

En cambio, Eulalia era tan bonita como distinguida, y lo pareca
ms junto  sus padres, por contraste, como si stos fueran zafios
y grotescos para que resaltara la delicadeza de su fina persona, su
frente clara y abovedada, sus ojos profundos rodeados de una aureola
obscura que les daban un encanto dulce y luminoso, la boca dibujada
como una caricia, la nariz algo larga, recta, la barbilla como la de
un nio. Y con esto unas manos de largos y admirables dedos, una
voz argentina, convincente y subyugadora, que subrayaba siempre su
linda, su graciosa sonrisa de buen humor, y un cutis terso, blanco,
sin mancilla, ligeramente matizado de rosa. Parecame mucho ms bonita
que Mara Blanco, sobre todo mucho ms mujer y mucho ms nia. La otra
iba rodeada de una aureola de severidad, que la haca como lejana 
intangible, y sus trajes modestos, casi austeros, poco  nada ceidos
 la moda, aadan  la impresin de alejamiento que esto produca.
Eulalia, en cambio, siempre alegre, siempre riente, conversadora y
bromista, vesta trajes elegantes, quiz demasiado ricos y vistosos
para su edad y su estado--pero, por otra parte, ya se haba perdido
en el pas la costumbre de hacer que las jvenes se vistieran
sencillamente y sin joyas hasta el da de su casamiento...--Puestas
ambas en parangn, y como mujeres, no como Egerias, no cabe duda que el
triunfo corresponda  Eulalia.

Me haba encantado, pero no estaba enamorado de ella como podra
creerse: otras aventuras, muy recientes an, y con todo el atractivo
de la novedad, me absorban entonces, y mis relaciones con Laurentina
de la Selva, la viuda treintona codiciada por tantos y tan apetecible,
no eran un secreto para la parte de la sociedad que frecuentbamos...
ni para el resto tampoco. Esta vinculacin--sobre la que no insistir
porque es innecesario--bastaba para distraerme y hacerme rehuir 
postergar todo otro devaneo, pues, en cuanto  la parte seria de la
vida, no abandonaba por estas consideraciones, galanteos y flirts, mis
proyectos matrimoniales con la buena Mara.

Llegu, en fin,  Olivos y  la quinta de Rozsahegy donde, pese al
fresco intempestivo del da, numerosas parejas paseaban por los
jardines y se divertan animadamente en diversos juegos, al son de una
msica discreta. Eulalia deba estar atisbando, pues apenas llegu
sali alegremente  mi encuentro.

--Bien venido! Bien venido!--me deca con una voz que pareca un
canto, un arrullo, un mimo.

Casi podra tomarse aquello por una declaracin, si el infantil
regocijo que caracterizaba  Eulalia no explicase sus arrebatos, de
todas maneras inocentes.

Ella misma me tom el brazo  hizo que la acompaara por el jardn,
que recorra como sus padres cuidando de que no faltara nada  los
invitados, y entretanto parloteaba como un pjaro, me miraba sonriente
con sus ojos grandes  ingenuos, mova el cuerpo flexible con gracia
serpentina, agitaba las manos finas--sin anillos que deslucieran su
belleza en el errado supuesto de llamar la atencin--con ademanes
mesurados y curvilneos que no eran seguramente fruto del estudio, sino
don natural. Hablamos de arte, de msica, de pintura, de letras... Sin
decir nada nuevo ni profundo, no deca tampoco disparates; era educada,
relativamente instruda, haba pasado algunos aos en un colegio
de hermanas francesas, y luego el roce social acab de barnizarla.
No criticaba  sus padres, pero se vea que, en el fondo, haca
comparaciones, y que este mismo anlisis contribua  refinarla.

Pas, en suma, una tarde deliciosa, sin ocuparme casi para nada del
centenar de personas ms  menos elegantes, ricas  aristocrticas
que pululaban en el jardn y en los salones. Apenas si haba cambiado
cuatro palabras con Rozsahegy y con Irma. Pero esta ltima iba  tratar
de desquitarse. Y en efecto, cuando un grupo numeroso pas  tomar el
t en el comedor, la buena seora alz de pronto la voz y, encarndose
conmigo, que estaba al otro extremo de la mesa:

--Herrera! Por qu no nos repite el discurso?

Eulalia se puso roja, y apenas acert  murmurar: Mam, por Dios!
Yo, sonriendo, para no dar importancia al despropsito que ya provocaba
disimuladas pero irresistibles risas, repliqu:

--No es el momento, otra vez... Son ustedes de una amabilidad tan
exquisita y esta reunin es tan agradable, que no hay que turbarla sino
con palabras de agradecimiento. Brindemos, pues, por los dueos de casa.

Eulalia me agradeci con una sonrisa y una mirada en que se mezclaban
la emocin y la alegra. Creo que me consider un hroe.

Ferrando, que volvi conmigo en el tren, me dijo en tono confidencial,
probablemente para quitarme las ganas:

--La muchacha es un coquito, pero lo que es el gringo no la larga 
dos tirones... El que la pretenda tiene que hamacarse... y ser muy
rico. Es natural!... Un millonario como Rozsahegy...

--Sin embargo, creo que usted no pierde la esperanza--observ, riendo.

--S, pero la chica no las va por ahora... y los viejos tampoco...
Veremos despus... Lo nico que me da nimo es que el gringo se
pirra por entrar de veras en la buena sociedad, donde apenas si lo
admiten de vez en cuando, como de lstima, y eso slo en las kermesses
y en las fiestas de caridad, en que la entrada es libre para todo el
mundo... Con mi nombre y mi familia...

Y desarroll largamente el tema de su nobleza, l, cuyo padre haba
sido mercero en la calle Buen Orden, y cuyo abuelo fu remendn 
sastre en la de Potos, casi en el barrio del alto, donde llueve y no
gotea...

Pero el dato me llam la atencin y me hizo pensar: Conque Rozsahegy y
todos sus millones, ambicionaban emparentar con una familia patricia,
para que sus nietos y su misma hija obtuvieran patente limpia y no
sufrieran ms tarde los desaires disimulados que l deba olfatear
necesariamente, pese  su tosquedad? No era malo saberlo, y quin sabe
si...

Pero apenas bajamos del tren y nos fumos  comer en el Caf de Pars,
entonces en todo su apogeo, olvid  Eulalia,  los Rozsahegy, y creo
que aquella noche slo cont dos  tres veces la salida de pie de banco
de Irma pidindome que repitiera mi discurso en su garden-party.

En casa me esperaba una cartita muy lacnica de Mara Blanco,
dicindome que todos estaban buenos y pidiendo noticias mas. Hace
un siglo que no escribe, y eso no est bien. Eh! ya le escribira
cuando tuviera tiempo y algo que decirle, algo referente  mis primeras
armas en Buenos Aires--no en sociedad, se entiende--y  mis primeros
triunfos. Me fastidi que no me dijera nada de mi xito en la pera,
aunque le hubiera mandado varios diarios con sendos bombos y uno
que publicaba ntegra mi magnfica pieza oratoria, como deca el
encabezamiento.

Tena muchos amigos en la prensa de todos los colores, pues, desde el
primer momento, trat de propiciarme el cuarto poder del Estado.
Pocos periodistas son venales entre nosotros, pero ninguno, si no es
un dscolo feroz, deja de mostrarse sensible  las atenciones y las
lisonjas; otros, los menos, suelen ser candorosamente parsitos, como
los escritores del siglo de oro, considerando su parasitismo como un
derecho. Y yo me esforzaba por estar bien con todos.

Los periodistas que me haban conquistado ms completamente,  mejor
dicho, que yo haba conquistado con mis amabilidades  invitaciones, me
demostraban  veces su afecto, exigindome pretextos para hablar de m
y renovar mis dos triunfos anteriores.

--Es preciso hacer algo--repetan.--Si usted no hace nada, nada se
puede decir. Usted es demasiado hombre para quedar empantanado en las
noticias sociales.

--Pero, qu he de hacer?--preguntaba yo.

--Cualquier cosa. Escribir, hablar, dar conferencias.

--Como el padre Jordn? No. Por ahora no tengo nada que hacer, y me
basta con figurar en sociedad. Ya llegar el momento.

Pero no dejaba de comprender que para salir de la penumbra era
necesario un esfuerzo, y tanto es as que pens en realizarlo. La poca
estaba completamente entregada  las finanzas; nunca se ha estudiado
ni discutido ms--en ninguna parte del mundo--la economa poltica,
y nunca--en ninguna parte del mundo, tampoco,--se han hecho ms
disparates econmicos. Juzgue, pues, que bien  mal, para mi estreno
definitivo en la Cmara deba hablar de hacienda pblica, cosa que
quiz facilitara mi progreso en la carrera poltica. Para hacerlo,
busqu algunos tratados especiales, sin detenerme mucho en ver si eran
antiguos  modernos, y le  salto de mata  algunos economistas, entre
otros  Paul Leroy-Beaulieu,  Juan Bautista Say,  Adam Smith. En esto
ltimo encontr lo que buscaba, aunque fuera libre cambista rabioso.
Sus opiniones sobre la fuerza del trabajo y de la industria, me dieron
pie para demostrar que los argentinos debamos ser proteccionistas 
todo trance, porque la industria es la base de la riqueza, pero, cmo
tener industria si las cosas nos vienen hechas del extranjero y los
productos nacionales no pueden competir ni en calidad ni en precio?
Ahorro lo dems al lector, aunque con aquel discurso creyera, entonces,
que la crematstica no tena ya secretos para m, opinin en que me
confirmaron varios amigos  quienes le mis borradores, llenos de
frases rotundas y deslumbradoras.

--Eres el orador ms brillante del pas!

--Todo un poeta! Ni el mismo Guido te iguala en la euritmia de las
frases!

--S, pero, y el fondo? qu me dicen ustedes del fondo?

--De eso yo no puedo hablar, pero... me parece que est muy bien.

--Ni Rivadavia, hermano, crme!

Lleg el momento de dar  luz aquella pieza histrica. Tratbase de
conceder entrada libre, sin derechos de aduana,  la maquinaria y el
alambre para una fbrica de clavos, as como la excepcin de todo
impuesto nacional y municipal, y la concesin de pasajes subsidiarios
(gratuitos)  los obreros que deban venir de Europa  poner en
movimiento aquella nueva industria argentina. Mis razones eran
elocuentes... Se me escuch con agrado; algunos pasajes produjeron
efecto, hasta en la barra, que ya comenzaba  ser decididamente
opositora. El proyecto pas como era lgico. Varios colegas me
felicitaron. Pero en antesalas sorprend cuchicheos, en los que no
desdeaban tomar parte algunos correligionarios de espritu inquieto y
burln. Y por todas partes me pareca oir como un estribillo, como un
zumbido persistente y cargoso:

--Qu ha dicho?

--Qu ha dicho?

--Habla muy bien!

--Lstima que no diga nada!

--Decididamente--pens,--aqu no estamos en la Legislatura de mi
provincia... Es preciso no volver  meterse en... economas.

Y luego, profundamente sorprendido, me pregunt:

--Pero de dnde salen sabiendo, todos estos burros?...  basta con
que sepan dos  tres, para elevar el nivel cientfico de la Cmara?...
Eso ha de ser, pero es curioso!


                                  IV

Esto me di mucho que pensar, confirmndome en mis primitivos temores
de ver mi personalidad anulada en Buenos Aires. Y la naciente
experiencia me planteaba este dilema de hierro:

 eres un hombre de verdadero valor, tienes que conducirte como
tal, y entonces verte probablemente condenado al desdn si no  la
persecucin, pues renunciaras  tus amigos actuales sin conquistarte
antes otros que te defendieran,  eres un hombre mediano que debe
contentarse con la mediana y aprovechar las migajas sin provocar los
grandes golpes de fortuna, aguardndolos, por si llegan un da, y
conservando, entretanto, todos sus puntos de apoyo.

Tengo de lo uno y de lo otro, y caben en mi cabeza las grandes ideas,
aunque no me d por los grandes sacrificios, y soy, como el hroe de
Stendhal, capaz de disimular mi superioridad en beneficio propio.

Opt por esto ltimo.

Un gran orador, secundado por algunos opositores de pelo en pecho,
comenz por aquel entonces una terrible campaa contra el Gobierno,
tratando de demostrar que ste proceda ilegalmente en no quiero
recordar qu combinaciones financieras importantes, sobre todo para las
provincias. Al propio tiempo, como movimiento convergente, formbase un
gran partido con todos los elementos heterogneos que no comulgaban con
la poltica oficial. Vi el abismo abierto  nuestros pies, cuando todo
el mundo quera negarlo, pero me dije que el lado de los dirigentes era
y sera siempre... el lado de los dirigentes. Los hombres de gobierno
pueden verse alejados pero no suprimidos de la escena--porque forman
una verdadera casta, una institucin,--y los Gobiernos se renuevan
con hombres que han gobernado ya, nunca, sino en muy pequea dosis,
con hombres nuevos, que no saben el mecanismo del poder. Comprend,
pues, que para no caer definitivamente, sin remedio, deba caer con
los mos, y me aferr  la defensa del Presidente y su poltica. Grit
contra aquel orador de cara de Nazareno, que hablaba con voz aflautada
de mujer, armoniosa  veces, retumbante otras, y creo que, parodiando
 misia Gertrudis, hasta insinu que era mulato y mal nacido... Esto
no lo haca en discursos--voluntaria y radicalmente suprimidos,--sino
en simples interrupciones. Los correligionarios me estimulaban, me
agasajaban para sacar las castaas del fuego con la mano del gato,
pero yo senta el gran vaco de una posicin falsa, y de pronto ces
hasta en mis invectivas, buscando tambin el silencio y el olvido. Poco
antes, algunos diarios me atacaban, tomndome como pretexto para mesar
las barbas del Presidente en persona, y presentndome como su vocero,
como su alma condenada. Esto me afliga y me torturaba, aunque en las
calles, en los clubs, en el Congreso y en el teatro, me diera aires de
Matamoros, y... al buen callar llaman Sancho. El grande hombre de Los
Sunchos, el rbitro de la capital provinciana, era, cada vez ms, uno
de tantos en la capital de la Repblica...

Coen, el banquero, cuya mujer me haca ojitos en casa de Rozsahegy, y
con quien haba hecho varias jugadas de Bolsa, me dijo un da:

--Yo le aconsejara, don Mauricio, que realizara. Usted tiene algunos
negocios, como el de sus tierras, que pueden darle todava magnfico
resultado. Si espera un tiempo ms, es muy posible que se vaya al
bombo. Realice y compre oro para dentro de tres meses; pero compre
oro efectivo, no se contente con las diferencias, porque si no se
embromar. Est cierto de que va  quebrar medio mundo el da menos
pensado.

--No embrome!--le dije, sonriendo.--sos son cuentos para asustar 
las viejas.

Sin embargo, fu  ver al Presidente y le hice comprender en forma
velada lo que haba en la atmsfera.

--Bah! sos son excesos de la oposicin--me dijo.--Y usted, qu
piensa hacer?

--Yo? No mover un dedo. Sabiendo lo vinculado que estoy 
la situacin, y por ms insignificante que sea, una maniobra
temerosa ma podra acelerar un pnico que nuestros adversarios se
esfuerzan en producir. Yo soy muy amigo de mis amigos... y de mis
protectores--agregu, al ver que arrugaba el vanidoso entrecejo.

--Haga lo que se le antoje. Y no se crea que puede comprometer todava
la marcha del pas--dijo con sorna.

--La oposicin sabe exagerar, cuando le conviene. Estoy seguro de que
se fija en todo... hasta en m... Yo estoy  la baja...

--S, es lo mejor. Pero no se preocupe. Son alaracas de los
opositores, nada ms.

Pepe Serna, el secretario particular del Presidente, me dijo ms tarde
en el Club, que mi actitud haba complacido mucho al Presidente.

--Poco me importa!--contest.--Lo nico que quiero es demostrar
carcter. Podra comprar oro, realizar ahora mi fortunita y ser muy
rico; pero prefiero mirar al futuro y no hacer pavadas que lo echen 
perder. Y vos?

--Yo--contest Pepe,--se lo debo todo al doctor; soy consecuente, y
tengo miedo de dejar de serlo, porque entonces dejara de estimarme 
m mismo. Como que si me estima un poco todava es slo por eso!...

Nos fumos  comer juntos sin hablar ms de la cuestin, aunque ambos
siguiramos pensando en ella. Alguien que coma en el mismo Caf de
Pars, con otros amigos, un comprovinciano muy al corriente de todos
los chismes de nuestra ciudad, me mand con el maitre d'hotel un
diario de mi provincia, al margen del cual haba escrito con lpiz:
Hay noticias interesantes para usted.

Busqu la noticia interesante, y fuera de la habitual palabrera
poltica no encontr nada. Mir al comprovinciano, mostrndole el
peridico y encogindome de hombros, para indicarle que aquello me
importaba un bledo. l sonri, me hizo con la mano seas de que
esperase y escribi en una tarjeta: En la Crnica Social. La noticia
era sta:

 El doctor Pedro Vzquez ha pedido la mano de la distinguida seorita
 Mara Blanco, hija de don Evaristo Blanco, uno de los hombres que en
 nuestra provincia, etc., etc...

Me puse plido? Creo que s, aunque no puedo afirmarlo. S solamente
que aquello, tan previsto, sin embargo, me produjo una honda sacudida,
un profundo desgarramiento de mi amor propio. El plazo no haba
vencido, Mara no me haba dicho nada, yo no haba retirado mi palabra,
antes bien insista aparentemente en mi solicitud...

--Qu tienes?--me pregunt Pepe Serna, advirtiendo mi turbacin.

--Nada! Me acabo de acordar de que esta misma noche debo ir  casa de
Rozsahegy, y me fastidia pensar que he estado  punto de cometer una
gran grosera. No puedo dejar de...

--De ver  Eulalita, no?

--Como lo dices! Precisamente, de ver  Eulalia.

Una vez ms era juguete de las circunstancias que, en lugar de
perjudicarme, han sido siempre mis abnegadas servidoras. Algunos,
 quienes suelo estorbar todava, dicen que soy un oportunista.
Bah! se es un rtulo como cualquier otro. La verdad es que siempre
he sabido amoldarme  la vida, aunque en mi interior ardan todas las
pasiones, convencido de que la pasin slo sirve para hacer disparates.
Y siempre he sido el hombre de las resoluciones rpidas.

--Pero algo te pasa--insisti Pepe.--El simple propsito de hacer una
visita no puede turbarte as...

--Maana...  pasado, lo sabrs... Tengo un proyecto que ha de influir
en todo el resto de mi vida...

--sas tenemos?--murmur, adivinando.

--S.

Pagu la cuenta y salimos.

Eran las diez cuando entr en el palacio de Rozsahegy, la casa
solariega de una vieja familia de prceres, que el advenedizo haba
comprado  fuerza de dinero para darse cierto barniz ladrillezco de
aristocracia.

Haba en el saln unas diez personas de clase muy mezclada: dos jvenes
conocidos--Ferrando y otro,--un poltico secundario, muy mercachifle,
con nfulas de influyente; el banquero Coen, con su mujer, rubia, miope
y tierna, figulina de Sajonia medio resquebrajada ya pero siempre de
colores chillones y como infantiles, que me haca una corte asidua
 incondicional; una seorita extranjera, con aires de demoiselle
de compagnie en reemplazo de su seora; un sabio europeo venido 
estudiar no s qu epizootia y  llevarse no s cuntos pesos; el dueo
de casa, don Estanislao Rozsahegy, su esposa Irma, con su idioma tan
semejante al alemn como al castellano, y la linda Eulalia, que reuna
en torno suyo  los dos elegantes, la muequita de porcelana barnizada
y la demoiselle de compagnie, mientras que el gran Rozsahegy
acaparaba al poltico, al banquero y  la germano-criolla, es decir la
parte seria de la sociedad.

--Por fin sale usted del bosque!--exclam Eulalia con la libertad de
ideas de las nias de sociedad, acudiendo presurosa  recibirme, con
gran disgusto de los dos gomosos.

--Del bosque, Eulalia, en pleno Buenos Aires?

--No dicen que los osos, insociables, viven en los bosques? Y usted es
un poquito oso, no es verdad? Vaya! Deje  los viejos que hablan de
negocios y especulaciones sin ocuparse de los muchachos, y vngase con
nosotros...

La alusin  la seora de la Selva haba sido clara, pero ni me di por
entendido, ni ella insisti, por buen gusto innato, aunque criada en
un medio que no era cultivador de semejantes matices.

En el grupo juvenil, bullicioso, superficial y entrometido, me encontr
molesto, porque no iba  mantener conversaciones generales: iba en
busca de algo decisivo, y necesitaba hablar aparte con Eulalia.
Buscaba el medio de alejarla del grupo, cuando Rozsahegy me hizo muy
indirectamente el juego, llamndome.

--La situacin slida, usted cree?--pregunt con aire de inocencia y
de perplejidad, aunque fuera un zorro viejo.

--S, don Estanislao. Todo va bien. No hay que hacer caso de la
oposicin. Su misma fiebre lo demuestra. Son perros que ladran  la
luna...

--Muchos perros... Ese metin del Frontn...

--Ha viajado por el campo? En las estancias, en cuanto ladra un cuzco,
todos los perros desocupados se ponen  ladrar tambin, sin saber por
qu, y no muerden, porque no tienen qu morder...

--Oh!--dijo Coen, con aire misterioso.--La Bolsa est intranquila...

--Bah! contra los que juegan al alza estn los que juegan  la baja.
Es una partida reida, pero jugarreta al fin.

--La apuesta es la fortuna del pas, no unos cuantos pesos de los
jugadores...

--El pas es demasiado rico para que eso pueda comprometer su fortuna.

--Hum! usted est muy confiado, muy confiado, lo mismo que el
Gobierno. Qu hace el Gobierno?

--Pues, nada! Provocar la baja! Y lo conseguir. Quin lucha, don
Estanislao, contra el poder y el dinero, el poder total, el dinero
inagotable?...

--S, eso es muy importante--murmur Rozsahegy, sin conviccin.

--Papelitos impresos--murmur Coen.

--Oro! El oro caer en la Bolsa como el man en el desierto! El
ministro lo ha prometido. Ser el man, y los israelitas no se morirn
de hambre!...

--Eso no dudo--insinu Coen, burln.

--Y... eso, usted tiene confianza, entonces?--pregunt Rozsahegy con
aire extremadamente candoroso.

--Absoluta!

--Yo tambin--apoy don Estanislao, entre sonrisas indescifrables.--Yo
tambin... por ahora.

Y llam  Eulalia para decirla que hiciera servir el t, ponindola as
 mi alcance fuera de odos indiscretos.

Me acerqu  ella y entabl el coloquio proyectado.

--Conque, soy un oso, no?

--Silvestre, s, segn se dice.

--Vamos, Eulalia! Dejemos los rboles, y yo le demostrar que soy,
por el contrario, una fiera domesticada. No me cree usted capaz de
abandonar la arboricultora para dedicarme al cultivo de las flores?

--De qu flores?

--De las ms hermosas, las ms gallardas, las ms perfumadas... Usted,
por ejemplo.

--Oh!--y el rubor le invadi las mejillas, mientras que un ligero
calofro le corra de los pies  la cabeza.

--Ni el momento ni el sitio parecen oportunos, Eulalia: pero, sin
embargo, son favorables para quien no puede aguardar ms. Hace mucho
que tengo que decrselo: La quiero... Y usted, me quiere?

Le clav los ojos; ella no desvi los suyos, humedecidos y vagos.
Busc el botn de la campanilla, tras de su espalda, con la mano
izquierda, como para disimular su turbacin, y no pudo menos que
tenderme la derecha, que sent trmula de emocin en la ma, seca y
febril.

--Est dicho?

--S.

Un lacayo apareci.

--El t--dijo Eulalia, con voz temblorosa.--El t en el comedor.

--Por qu en el comedor?--pregunt Rozsahegy.--Aqu estamos muy bien.

--En el comedor, pap...--insisti Eulalia, con ese acento
profundamente persuasivo que slo saben encontrar las mujeres, y sobre
todo las muy jvenes, mezcla de orden y de splica.

Rozsahegy no insisti, ni hubiera insistido aun tratndose de cosas de
mayor importancia; en el trato social se dejaba guiar ciegamente por su
hija, confiando en su discrecin y en su cultura, l que no tena el
menor roce, y que slo saba tratar con los hombres de negocios, y sus
empleados y peones.

Entretanto, los dos grupos, interesados por nuestro aparte, hacan
converger sus miradas hacia nosotros, lo que me demostr que nuestra
actitud no haba sido tan disimulada como lo esperbamos. Supongo que
Eulalia hara la misma observacin, pero sigui  mi lado sin dar
importancia  la curiosidad que nos rodeaba.

--Es cierto, Herrera? Es cierto... Mauricio?...

--S, Eulalia!

--Oh! Si usted supiera cmo tema...

--Y yo, Eulalia! Cunto deseara que estuviramos solos para
decirle!...

--Ahora... cuando entren  tomar el t.

Mentira; no deseaba que estuviramos solos. Me sonrea, por el
contrario, aquella declaracin en plena sociedad; sta justificaba
la falta de arrebatos romnticos y me permita no buscar frases y
actitudes artificiales y dramticas. Me gustaba Eulalia, me haba
prendado desde el primer momento, pero me era imposible encontrar para
ella frases arrebatadoras, explosiones de pasin. Tras de la princesa
de cuento de hadas, vea los dos ogros que entibiaban mi ardor, como
una amenaza.

Cuando los invitados pasaron al comedor, nos quedamos un momento en
la sala, desierta y rutilante de luz. Muy ruborizada, con las manos
cadas, torturando el abanico de ncar, la nia esper.

--Est usted deslumbradora esta noche!

--No quisiera...

--Por qu, mi Eulalia?

--Porque lo deslumbrante no se ve.

--Ah, coqueta! Y usted quiere ser vista...

--S. Con todos mis defectos y todas mis fealdades... para que despus
no venga el arrepentimiento.

--Usted no tiene ni defectos ni fealdades...

--Quiz sea que no se ven ahora...

--Para m no existen... No existirn nunca, Eulalia.

--De veras?--murmur, casi burlona.

--No se ra!... La quiero con el alma!

Se puso seria, muy seria, de una gravedad inslita para decirme:

--Yo tambin  usted... Pero me aflige pensar... en la arboricultura y
otras cosas.

--Y usted puede creer?... Habladuras, malevolencias.

Me mir sonriente esta vez, tranquila, vencedora, y pregunt con
intencin:

--No, pero... Qu cree usted que pensara la mujer de Csar?

--No colijo...

--Pues... que Csar no debera ser sospechado, l tampoco.

La mir como hacindola un montn de promesas y juramentos, y, por fin,
murmur, decisivo:

--Es preciso que me autorice...

-- qu, Mauricio?

-- pedirla  sus padres.

Fij en m los ojos, tan vagos, tan empaados que tem verla desmayarse.

--S, Mauricio--murmur apenas.

Y el Mauricio sonaba en su boca como una caricia de sus labios,
porque ese nombre, mi nombre, deba haber sido besado mil veces al
pasar por sus labios, aunque su estructura parezca no prestarse al beso
tanto como otras, Pepe, por ejemplo, que son dos besos seguidos.

--Pues, esta misma noche!--dije.--Maana...  ms tardar...

El grupo de los jvenes, viendo que la montaa no se acercaba  ellos,
se acerc  la montaa, saliendo del comedor. Fu buen prncipe,
ayudando  formar la rueda y reanudando la conversacin general, de
modo que Eulalia pudo recobrar su sangre fra. La seora de Coen me
lanz una indirecta como un mazazo:

--No hay como la soledad para los idilios!

--Oh, seora, cuando yo tenga un idilio, le aseguro que estar ms y
menos solo que hoy.

--No entiendo...

--Eh! as son los idilios... nadie los entiende, sino el que los hace
 el que goza de ellos... Los dems, cuando mucho, aciertan  echarlos
 perder, por indiscrecin  por... competencia.

Se mordi los labios, y o que se juraba en silencio, vengarse de mi
impertinencia.

Al despedirme, ped  Rozsahegy una entrevista para el da siguiente.

--Vaya  mi escritorio,  cualquiera hora.

--No es cosa de negocios.

--Entonces, aqu, de nueve  diez de la noche. Le conviene?

--Muchas gracias! Hasta maana, don Estanislao.


                                   V

 la noche siguiente, y no sin haber vacilado todo el da, me present
en casa de Rozsahegy para pedir la mano de Eulalia. Era un paso
comprometedor, al que me impulsaban el deseo de vengarme de Mara 
ms bien de demostrarle que su indiferencia y su traicin eran, por
lo menos, simultneas con las mas, y al propio tiempo los atractivos
indiscutiblemente seductores de la nia. Pero me fastidiaba enajenar
tan prematuramente la libertad, y  no ser porque una gran fortuna
facilitara mi rpida ascensin, convirtindome en un hombre de
verdadera importancia, mis cavilaciones de aquel da me hubieran hecho
volverme atrs, y renunciar al casamiento,  dejar, por lo menos, las
cosas pendientes.

Rozsahegy me recibi sonriente y curioso en el soberbio bufete lleno
de libros vrgenes que tena en su palacio. Algo sospechaba de la
naturaleza de la entrevista, pues no le poda haber pasado inadvertida
nuestra intimidad con Eulalia, pero no estaba seguro, porque sta no
haba querido hacerle confidencia alguna. Mostrse benvolo, casi
servil, como lo era con todos los hombres de la situacin que poda
utilizar como instrumentos. Yo, por mi parte, no me anduve por las
ramas.

--Usted es todo un hombre--comenc,--y no le gustan los rodeos.

--Est claro. Al vino, vino. Es lo mecor.

--Y cuando yo resuelvo algo, necesito realizarlo inmediatamente.

--Yo tambin. Es lo mecor.

--Todos los hombres de accin somos as... Ahora, lo que me trae,
don Estanislao, no puede ser ms sencillo: Quiero  Eulalia, ella me
quiere, y vengo  pedirle su mano... Me parece...

--Eh!--exclam, interrumpindome.

Abri enormemente los ojos; un deslumbramiento pas por ellos... Lo
haba soado, lo haba pensado, lo esperaba, pero an le pareca
imposible. Me ech las enormes y velludas manos sobre los hombros, me
atrajo hacia s como si intentara besarme en la boca, y tartamude,
olvidado del castellano por la emocin:

--_Donner! Donner!_ Qu bueno! Yo  mi mujier diciendo... Irma!
Irma!... _Kommen Sie!_

Se haba asomado  la puerta que da al vestbulo, y gritaba. La voz de
la dama que acuda corriendo, contest desde el saln:

--_Was ist d'los?_

No haba acabado de entrar en el bufete, cuando ya don Estanislao casi
la alzaba en sus cortos y forzudos brazos, gritando:

--Todo hecho! Herera quiere casar con Eulalia.

--Y echa qui dice?--murmur la pobre mujer, como alelada.

--Hay que preguntrselo, seora--dije, sonriendo,  pesar de la
gravedad interna de la situacin.

Y nuevos gritos:

--Eulalia! Eulalia! Schnel! Schnel!--apresrate, como si se tratara
de un sueo que pudiera desvanecerse de un momento  otro.

Eulalia apareci, muy colorada, sabiendo lo que se le iba  preguntar.
Pero no vacil y di su respuesta en firme:

--S!

Con un movimiento lleno de gracia tom entonces con la izquierda dos
dedos de la mano de su padre, y me tendi la diestra  m, mientras
miraba mimosa y conmovida la redonda cara plcida de Irma,  punto
de llorar. Despus, desprendindose de ambos, corri  colgarse del
cuello de la madre, y le cubri las mejillas de besos, que en parte me
dedicaba, sin duda.

Qu contraste! De aquellos rudos y espinosos troncos importados de qu
s yo qu comarcas extranjeras, haba brotado como por milagro aquella
suave y delicada flor criolla, como de los torturados espinillos brotan
en primavera las aromas de oro, ms sutiles, ms finas y ms perfumadas
que cualquier florescencia de invernculo.

Irma, un instante despus, me someti, como  una prueba masnica,  un
concienzudo abrazo, y me bes en ambas mejillas con verdadero furor.

Mi solicitud haba sido aceptada, pues, no slo con benevolencia,
sino con entusiasmo y sin ninguna aparatosa formalidad. Eulalia y yo
nos acercamos, mientras los viejos se hablaban aparte, y comenzamos
una de esas gentiles conversaciones que pueden compararse al arrullo,
porque las palabras no dicen nada, mientras que la expresin lo dice
todo... y muchas otras cosas ms.

Nos interrumpi Rozsahegy, para decirnos que, con Irma, haban resuelto
dar una comida  sus amigos ms ntimos, para comunicarles  los
postres nuestro prximo casamiento. La comida se celebrara dos das
despus.

--Dentro de dos das, sin falta, don Estanislao--observ.--Tengo que ir
 mi provincia lo ms pronto posible.

Dos das despus, los salones de Rozsahegy se hallaban llenos de gente.
 las ocho en punto, un lacayo abri de par en par las puertas del
comedor, donde estaba la mesa tendida, con gran lujo de flores, de
cristales y de vajilla de plata. Entramos, dando el brazo  nuestras
parejas. La ma, en la circunstancia, era, naturalmente, Irma. Slo
Rozsahegy se qued atrs, como hacindonos la guardia, y fumos
desfilando ante sus ojos relampagueantes de orgullo, que parecan
decirnos:

--Miren ustedes cmo se hacen las cosas, y digan despus que soy un
patn enriquecido... S, yo, el antiguo pen, el changador miserable,
soy ahora un gran seor con mucho estilo, y esos muebles principescos,
y ese mantel con encajes, y esa vajilla de plata--de plata legtima
y maciza,--y esas orqudeas maravillosas, y esos cristales tallados,
que parecen diamantes, y esas porcelanas que son como ptalos de
flores, y esos frascos tallados en que los licores y los vinos brillan
como piedras preciosas, como una cascada de piedras preciosas que se
derramara sobre el mantel, tan deslumbradoramente blanco... todo eso
y mucho ms es mo... Y mucho ms; porque, si mi mano, un poco torpe
an, volcara sobre la mesa el Oporto de cincuenta aos, como antes el
chacol  el espeso vino negro griego de las tabernas, llamara  mis
lacayos y hara cambiar en un momento la decoracin, con ms encajes, y
ms plata, y ms cristales, y ms porcelanas, y flores ms hermosas, y
todava podra exclamar con mi gruesa voz alegre:--Rompa, rompa, que
est pago!

Y ningn orgullo semejante  aqul!

Yo haba dado, pues, el brazo  Irma, conducindola  su asiento en
una de las cabeceras de la mesa, y fu, menos Rozsahegy, el ltimo en
ocupar su sitio. No haban puesto tarjetas indicando la colocacin de
los convidados, y Ferrando, no s si distrado  presuntuoso, quiso
sentarse junto  Eulalia. Irma, que vi esto, corri hacia l, le
golpe amistosamente el hombro, y le dijo:

--Permite, permite...

Y cuando el otro se apart, desconcertado, me llam  m, indicndome
la silla y diciendo:

--Sienta... sienta aqu... Al lado novia.

Tal fu el parte oficial de nuestro compromiso, que agu el probable
discursito de Rozsahegy.

Eulalia se mora de vergenza... y yo tambin, porque jams me he visto
en una situacin ms ridcula, situacin que hubiera sido intolerable,
sin el desconcierto del infeliz Ferrando, que no saba lo que le pasaba
ni cmo deba tomar semejante salida. Lo mir, y unas atroces ganas de
reir me asaltaron de pronto, hacindome olvidar mi propia desventura.
Ferrando, ciego, buscaba dnde sentarse, tropezaba con muebles y
personas, sin comprender que nadie le observaba sino yo y la seora de
Coen, y pensaba evidentemente en marcharse  la francesa, como gato
escaldado, cuando sta ltima, compadecida  resuelta  consolarse
con l de mi indiferencia, lo llam junto  su redonda persona,  sus
ojillos miopes y parpadeantes,  su traje de colores deslumbradores, 
sus manos regordetas anquilosadas por los anillos,  su descote en que
los brillantes parecan agua de manantial en la sima de un profundo
barranco.

Y,  los postres, la voz de Rozsahegy retumb como un trueno, haciendo
retemblar hasta aquellos mismos peascos de carne:

--Traiga champaa! Ahora tenemos que brindar por los novios: mi hica
Eulalia y don Mauricio Comes Herera!

Oh, manes de mis antepasados! Qu satisfechos debisteis sentiros en
aquel momento! Y, al fin y al cabo, por qu no? Si no entonces, lo
habris estado ms tarde, al ver unida  la fuerza del conquistador
que ante nada se detiene, esa otra fuerza ms pura y distinguida que
proviene de vosotros...

No hay que buscar tres pies al gato en nuestra plebeya aristocracia,
donde, salvo algunos, todos tenemos abuelos mercaderes  artesanos. Y
nuestros antepasados ms nobles no se quejan. Ellos mismos lo han dicho
en sus declaraciones doctrinarias: todos somos iguales, y un detalle
de educacin no es cosa que pueda conmover sus huesos en la gloriosa
tumba... Adems, Eulalia hubiera podido ser en sus tiempos, como lo es
hoy, una gran seora, porque como vosotros, oh, abuelos mos!, hijos
de europeos tambin, naci en esta tierra de belleza y de intuicin...

En suma, cuando brindamos, eran ya las doce de la noche, porque el
men haba sido desbordante. Una taza de caf  de t, enormes
cigarros habanos, licores, ms champaa para los que lo deseaban--Coen,
el poltico influyente, Ferrando, el otro high-life, varios
jovenzuelos;--bombones para las nias; monadas de madama Coen,
dirigidas ya abiertamente  Ferrando, con abandono de mi humilde
persona; una  dos frases pseudo amables, pero bien perversas, de
la demoiselle de compagnie, sobre la demonaca maldad de los
hombres y lo inane de las riquezas; lagrimitas de mam Irma; rubores
y balbuceos de Eulalia; risotadas jubilosas de Rozsahegy; clculos
tele-futuros de Coen--vidente de lo que yo podra ser con mi nombre y
con nuestra fortuna al cabo de diez aos,--sonrisas entendidas de los
mundanos, comentando el chisme sensacional que yo les proporcionaba
inesperadamente para el club y las tertulias medianochescas de Matilde
y la Calandraca, puntos de reunin en aquel tiempo de lo ms granado
de la sociedad oficial, militares y paisanos; continuos paseos de los
sirvientes de librea, ofreciendo vinos, refrescos, helados, sandwichs
y bombones  los comensales de un patrn que fu quiz su camarada; un
poco de msica, unas vueltas de vals...

Se marcharon, al fin, todos aparentemente contentos, excepto la
demoiselle de compagnie, ms que nunca deseosa de ser actriz y no
espectadora; los elegantes que hacan el inventario de la fortuna de
Rozsahegy; el poltico sin prestigio que hubiera dado generosamente
esta negacin  cambio de los millones rozsaheguianos; la mujer de
Coen, que haba debido cambiar el programa y postergar la data de sus
deseados estudios psicolgicos; algunos otros... y nadie ms, porque
ya el resto era de la familia, salvo Coen, quien, al fin y al cabo,
saba que saba sacar provecho de todas las circunstancias.

El tte  tte con Eulalia que sigui  la fiesta fu encantador,
pero corto. Aquella virgen de Andrea del Sarto me arrebataba, y hasta
me haca olvidar, en esos minutos, que al pedir su mano slo haba
obedecido  un rapto de despecho,  un impulso de orgullo satnico.
Estaba enamorada de m, y nada embriaga tanto  un hombre como verse
querido incondicionalmente. Es como si tomara  grandes copas el ms
capitoso de los licores. Ah, si Mara!...

--Cundo piensa usted casarse?--me pregunt Rozsahegy, acercndoseme.

--Lo ms pronto posible, don Estanislao.

--Tambin  m me gusta. Eulalia es rica, ms rica que usted (no lo
digo por mal), porque... Venga un poco aqu y le dir.

Me tom aparte, y continu:

--Porque usted tiene...

Y me dej boquiabierto, presentndome de memoria un inventario de mi
fortuna, que yo mismo hubiera sido incapaz de hacer, ni aun tomndome
dos meses de tiempo para buscar los datos y ordenar los papeles. Total,
realizando en aquel momento, mi capital ascendera, por lo menos,  un
milln seiscientos  setecientos mil nacionales. Ahora bien, habra
que rebajar la deuda  los bancos (pero sta no era de preocuparse),
y considerar que yo no tena renta alguna, sino el simple aumento por
la especulacin. Pero eso no importaba. Eulalia tena rentas de sobra,
y yo, con dejar dormir mis propiedades, me despertara una maana
poderoso.

--Dquese estar! dquese estar!--me repeta Rozsahegy, sonriendo
con su ancha cara rojiza y bigotuda de mozo de cordel.--En este pas,
para ganar plata, lo mejor es no hacer nada, nada, nada, sino esperar
las gangas. Para hacerse rico trabacando, hay que ser muy vivo y no
tener sonseras.

Divertido, y, al propio tiempo, vejado por esto, quise poner trmino 
los desarrollos econmicos de mi suegro futuro, dicindole:

--Pero don Estanislao! Si me caso con Eulalia es sencillamente porque
la quiero, no por otra cosa. Es la nia ms bonita y ms espiritual de
Buenos Aires.

--Eulalia Cmez Herera--exclam sentenciosamente el viejo,--es una
cosa. Pero si Eulalia Cmez Herera no tuviera ms que lo que tiene el
marido, sera otra cosa. Eulalia Cmez Herera, hija de Rozsahegy, es
una gran persona, y el marido tambin, y el padre tambin.

--Oh, s!--exclam Irma, corriendo otra vez  abrazarme.

Eulalia se mora de vergenza y de amor. Yo tena unas ganas locas de
echarme  reir. Pero bes  Eulalia en la frente, abrac  la suegra,
estrech la ancha y velluda pata sudorosa de Rozsahegy y me desped,
diciendo:

--Maana salgo para mi provincia. All estar dos  tres das, nada
ms. Entretanto, comenzarn  hacerse todos los preparativos para el
casamiento.

--Se va!--exclam Eulalia, como si obscureciera de repente.

--Pero escribir, querida--le dije al odo.--Si me voy, es precisamente
para que seamos felices ms pronto...

Cuando me march, parecime que aquel palacio ola  grosera felicidad,
como un local dudoso, donde se hubiera desarrollado una fiesta rayana
en orga. Eulalia era all como una flor olvidada que se agotaba en la
atmsfera caliginosa.


                                  VI

Golpe por golpe! Las circunstancias me permitan vengarme sin sufrir,
ms que sin sufrir, ganando en cambio. Mara!... Vzquez!... La
cara que iban  poner en cuanto supieran que, conquistando una de
las mujeres ms hermosas de Buenos Aires, conquistaba, tambin, una
fortuna que me pona fuera de todo parangn: Mauricio Gmez Herrera,
gran familia, gran posicin, gran talento, gran fortuna!, todo! Oh,
circunstancias, amigas mas! oh, santo oportunismo, oh, propicia
fatalidad, que llevas de la mano hacia todos los triunfos y todas las
cumbres  los elegidos de tu capricho!... Y la venganza!...

Sin embargo, la maana siguiente me trajo un rato de malhumor. Eran las
once, cuando mi valet de pied se atrevi  despertarme con una serie
de discretos golpecitos  la puerta de mi dormitorio.

--Una seora espera en la sala...

--Imbcil! no te he mandado que me dejaras dormir?

--Son las once, seor, y don Marto me ha dicho que poda despertarlo.

--Ah, bueno! Quin es?

--Una seora. No ha dicho su nombre.

Tantas seoras!... Un sablazo matutino? Bah! Noblesse oblige.

Sobre el pyjama me puse la robe de chambre, y me dirig serenamente 
la sala, seguro de que el sablazo ms feroz no podra interesar sino la
superficie de mi coraza, reforzada por Rozsahegy.

Quin es? No la conozco. Porte distinguido, ojos negros y severos,
traje elegantemente cortado, sombrero de buena marca, ni una alhaja,
nada que choque al gusto ms refinado.

--Seora... usted disculpar; pero, por no hacerla esperar...  quin
tengo el honor?...

Se haba puesto de pie al verme entrar, con una actitud desconcertada,
como si slo esperara mi presencia para marcharse, ms que como
demostracin de respetuosa cortedad.

--He vacilado mucho antes de venir--murmur,--y ahora veo que tena
razn en vacilar, puesto que ni siquiera me conoce.

El ceceo me la revel.

--Teresa!--exclam, atolondrado, sin acertar  moverme ni  decir ms.

--S, Teresa Rivas... Era mi deber hablar una vez siquiera con usted,
Mauricio, y por eso vengo. Hay en mi casa una criatura que ya va 
ser un hombre, mi hijo, que tiene derecho  preguntarme quin es su
padre... Se llama Mauricio Rivas, y es un muchacho inteligente y bueno,
trabajador, y ms noble...

Yo callaba. Teresa se interrumpi para continuar en seguida, con un
esfuerzo, conmovida hasta las lgrimas:

--Ese nio, ese jovencito, est al abrigo de la necesidad, ha recibido
una excelente educacin, porque su madre no es ya una campesina tosca
 ignorante, y puede emprender cualquier carrera, aspirar  cualquier
situacin... con tal que la sociedad no le cierre sus puertas... Ese
nio no tiene padre.

Yo estaba en ascuas. La inesperada escena, descabelladamente romntica,
me pona fuera de m. Ganas me daban de tomar  aquella mujer por la
cintura y ponerla sin ceremonia en la puerta de calle. Caramba! Y qu
complemento  la comedia idiota de casa de Rozsahegy!

--Ese nio no tiene padre--continuaba diciendo Teresa, balbuciente,--y
este defecto le har tropezar con gravsimas, con quiz insuperables
dificultades, aunque sea relativamente rico, porque, por ms
que se diga, en nuestro pas el dinero no es todava el todo.
Por eso, como usted, Mauricio, es su... amigo ms cercano, he
venido  preguntarle--oh, sin segunda intencin, sin exigencia
alguna!:--Mauricio, qu puede usted hacer por esa infeliz criatura?

De qu modo resolver esta peripecia, como la llamara un dramaturgo?
Mir  las paredes,  las puertas, invoqu al rayo, la presencia de
cualquier persona, amiga  enemiga, pens hasta en el suicidio, todo
me pareci preferible  aquella situacin tremenda por lo inslita 
inconducente...

Oh, destino! oh, fatalidad! Por qu las cosas de la vida se
amontonan en un instante dado, formando lo que los novelistas, poetas
y comedigrafos llaman el nudo? Mara, Eulalia, ahora Teresa! Todo
de golpe!  todo esto exista antes, y el _nudo_ no es ms que una
visin ms aguda y sinttica de lo que viene sucediendo y ha estado
anudado siempre? Por los clavos de Cristo! Cmo resolver esta maldita
peripecia, sin rebajarla hasta lo innoble? Yo no s lo que imaginara
un novelista, dado el problema psicolgico. Lo nico que puedo exponer
es lo que hice, dejndome inspirar, sencillamente, por mi instinto de
conservacin.

--Tenga usted confianza... Sintese... Conversemos--dije.

Se sent, automticamente.

--Debe estar hecho todo un hombre... Y buen mozo, eh?... Cmo se
llama?...

--Ya dije... Mauricio... Mauricio, como... como su padre.

--Ah!

Y luego, bajando cabeza y brazos hacia el suelo, como en el colmo de la
desolacin, agregu:

--Puedes... puede usted estar segura, seora, de que ese nio tendr
siempre en m el ms resuelto, el ms abnegado de los protectores y de
los amigos... Ser para m... como un hijo adoptivo... Oh, Teresa!...
Y puedes... y puede usted haberlo puesto en duda?...

--No se trata de eso, Mauricio--dijo, dolorosa.--Lo nico que el nio
necesita es un apellido legtimo y el honor de su madre... Oh, no se
espante! Usted se equivoca mucho al suponerse, ni por un momento, en
una situacin sin salida, , por lo menos, difcil de resolver!...
Nada ms fcil, por el contrario! Aquella pobre Teresa Rivas de Los
Sunchos, tan ingenua, ha cedido su puesto  la mujer experimentada que
Mauricio Gmez Herrera la invit  ser para que fuera digna de l...
Esta nueva encarnacin no pide nada para ella, vuelta ya de su engao,
pero tiene un hijo y viene  preguntarle: Mauricio, qu va usted 
hacer por esa infeliz criatura?... Nada?... Nada?...

Me qued silencioso, aterrado. Ella call, tambin, medio minuto,
impvida, mirndome con sus olmpicos ojos de ternera.

--Esto no es una tentativa de chantage, Mauricio, ni un arrebato de
sentimentalismo malsano. Lo vengo pensando hace mucho, y creyndolo mi
estricto deber y recordando sus promesas, he querido, por primera y
ltima vez, ponerlo frente  frente  su deber, al suyo, sin imponerle
que lo cumpla. Puedo hacerlo ahora, mientras es todava tiempo,
mientras el nio no entre de lleno en la vida... pero ni reclamo ni
impongo nada...

--No s cmo...--murmur, dndome aires de irritacin.

--Es cierto, entonces, el rumor que ha llegado  mis odos? Se casa
usted con Mara Blanco?

--Con Mara Blanco? No!

--Importa poco... Ser con ella, con otra,  no ser... Lo que yo
tena que hacer est hecho... No puedo suplicarle, no puedo llorar...
Ya supondr usted todas las splicas que formul, todas las amargas
lgrimas que he derramado en estos aos tan largos... inacabables...
Pero comprendo que mi actitud lo sorprende y lo hiere... No me conteste
por el momento, no... Yo tambin he tenido que meditar mucho antes de
dar este paso... Aqu tiene usted mis seas... Hable  su conciencia,
ella le dir... Y yo esperar su palabra, que vendr,  no... Adis,
Mauricio...

Dej su tarjeta sobre un velador, hizo un movimiento como para
acercarse  m, pero se contuvo, y, muy digna, sali paso  paso del
saln.

Jurara que nadie creer lo que pens mientras, petrificado, miraba
alejarse para siempre  la nueva Teresa. Y lo que pensaba era,
sencillamente:

--Parece mentira que de aquello haya salido esto! Si me hubieran dicho
que la cndida y vulgar Teresa... Decididamente, ste es un gran
pas!...

Pero, acto continuo, volv al sentimiento de la situacin. Haba sido
ridculo y de una pobreza inverosmil de recursos. No encontrar
nada, nada, nada que contestarle! No acertar con nada, sino con una
irritacin absurda, una clera terrible, mortfera quiz, que slo
haba podido dominar lo que se llama educacin, que no es sino una
autodomesticacin de la fiera!... Y ella, que no me haba dado ni el
ms mnimo pretexto para el estallido, para el estallido salvador que
hubiera convertido en trgica  siquiera dramtica aquella escena tan
profundamente ridcula!...

--Manuel! Manuel! Manuel!

Azorado, el gallego asom su hocico  la puerta de la sala.

--Has hecho mis maletas?

--Todava no, seorito... El almuerzo...

--Imbcil, torpe! No te he dicho que hicieras mis valijas?

Desapareci  tiempo, pues mi puntapi hizo que la hoja de la puerta le
golpeara las espaldas. Y, enervado por aquel arrebato demente  intil,
me sent en un sof, mordindome los puos, me levant, hice pedazos
la tarjeta, sin leerla, corr como un loco alrededor de la sala, dando
puetazos  los muebles, y de repente me calm, me ech  reir, y fu
 vestirme, completamente tranquilo, repitiendo un refrn que don
Fernando Gmez Herrera, mi seor padre, sola decir  menudo: Lo que
no tiene remedio, remediado est.


                                  VII

Dos horas despus, en el tren que me conduca  mi provincia,
pensaba en aquella nueva Teresa que era como el smbolo de toda la
perfectibilidad de nuestra raza, y me repeta:

--Si uno pudiese saber  tiempo!

Pero bah! nunca se puede desandar lo andado ni desvivir lo vivido. No
obraban los dems, conmigo, con igual desparpajo? Mara, por ejemplo...
Vaya! en la guerra, como en la guerra! No hay otro remedio que el de
amoldarse  las circunstancias, y entre varios males elegir el menor...
cuando se puede elegir.

Extraas antinomias! Quin explicar jams que, en mi fatalismo, no
hiciera yo aquel viaje sino para representar ante Mara Blanco una
escena anloga, sino igual  la que Teresa Rivas acababa de representar
ante m? No iba, nicamente,  echarle en cara su falta de palabra, y
 afirmar mi superioridad de varn declarndole que yo haba faltado
antes, al comprometerme con Eulalia Rozsahegy?

Hoy creo que nunca he hecho una serie ms larga y disparatada de
locuras, y tanto me escuece este recuerdo, que nunca lo escribir en
toda su amplitud. Me haba cegado el xito de todas mis empresas, y mi
orgullo creca tanto ms cuanto que, en la realidad, era ms mediana mi
situacin intelectual, social y moral en Buenos Aires. Instintivamente
senta, pese  las adulaciones y los triunfos visibles, que se me haca
poco caso, quiz menos del que yo mereca en realidad, porque, al fin
y al cabo, modestia aparte, estoy bastante arriba del trmino medio de
mis contemporneos. Esto explica bien naturalmente la exasperacin de
mi amor propio...

Ca como una bomba en casa de Blanco. Era por la tarde. En la
vasta sala en que parecan naufragar los viejos y pesados muebles
provincianos, sentada junto  la ventana, y bordando un pauelo, estaba
Mara. Frente  ella, un hombre: Vzquez.

Sent que toda la sangre se me suba  la cabeza, pero haciendo un
titnico esfuerzo, me domin, y con risa sardnica acerqume  la
joven, haciendo como que no vea  Vzquez, tranquilo y grave, y sin
ver en realidad al viejo Blanco, que estaba en la sombra.

--Mauricio!--exclam Mara con un tono de cndida satisfaccin que me
sorprendi.

--En persona--dije, inclinndome con exagerada reverencia.--Arda en
deseos de saludarla, seorita.

Y girando rpidamente sobre mis talones, me volv  Vzquez y dije,
provocativo:

--Y  ti tambin!

Entonces vi  don Evaristo que acababa de ponerse de pie y me tenda
afectuosamente la mano. Esto me desconcert un poco, retardando la
explosin de mi rabia.

--Seor Blanco...

Hubo un silencio, porque todos sentamos que la situacin era violenta
y tempestuosa. En este corto intervalo cobr bros, y dije:

--He querido venir personalmente  anunciarles mi prximo enlace con
Eulalia Rozsahegy, una de las...

Tres exclamaciones, dos de sorpresa, una de angustia, me
interrumpieron. Vi que Mara se haba puesto intensamente plida y que
estaba  punto de desmayarse. Los dos hombres, mudos, la miraban y me
miraban, inmviles en su sitio.

De pronto, Mara Blanco se levant, de una pieza, como si fuese de
acero, di un paso hacia m, plida mortal, me mir  los ojos, dijo
con esfuerzo Muchas felicidades, y sali como una sonmbula.

Don Evaristo se lanz hacia m, pero Pedro lo detuvo, me asi del brazo
y me sac de la sala, diciendo al viejo:

--Deje usted... Todo esto se arreglar... se arreglar...

Cuando estuvimos en la calle:

--Qu has hecho?--me pregunt.

--Mi deber. He ledo la noticia.

--Es una infamia, un chisme de aldea, una calumnia para enfurecerte y
hacer dao  Mara. No has recibido su carta?

--No! Pretendes reirte de m?

--Mauricio! Esto es una desgracia! Esto es un infortunio causado
por una perfidia! Yo te juro, te juro que hasta hoy no haba vuelto 
poner los pies en esta casa. Han jugado conmigo, contigo, con Mara,
pobre Mara! Si me has encontrado hoy all, es porque he venido de
Los Sunchos, donde estaba,  buscar el modo de castigar esa infamia
y evitar sus desastrosos efectos! Creme  no me creas; no te doy
explicaciones; no hago sino decirte la verdad. Es una canallada sin
nombre, de las que slo se ven en estas sociedades inorgnicas, donde
los espritus malficos encuentran terreno propicio para sus hazaas.
Al chisme se agrega ahora, gracias  los periodicuchos inmundos, la
noticia, inocente en apariencia, pero cargada de veneno. Te callas?
no me dices nada?

--Ya es tarde--repliqu.--Te creo, pero ya es tarde.

--Cmo! Lo de tu compromiso es cierto?

--De lo ms cierto del mundo. Y no s cmo puede componerse todo esto...

Call largo rato, y, al cabo, meneando la cabeza, sin dolor, sin
alegra, dijo, como contestando  mi ltima frase:

--Yo s.

--Yo tambin!--exclam, riendo forzadamente, y encogindome de hombros.

Y, doblando una esquina,  que llegbamos, aad, con sorna:

--Muchas felicidades, como dice Mara!

Se qued clavado, y yo me fu sin volver la cabeza.

Mis bodas, meses ms tarde, fueron todo un acontecimiento social en la
capital de la Repblica. La bendijo uno de los prncipes de la Iglesia,
 quien fu  pedrselo por indicacin de mi suegro, que deseaba verme
en buenas relaciones con el alto clero. Yo asent, naturalmente.

--La fe es una de las columnas ms robustas de la sociedad--pensaba,--y
cuando en Los Sunchos y en la capital de mi provincia quise desviarme
de ella, hasta ponrmele en contra, no vea que atacaba mis propios
intereses, mi propia personalidad. Despus, cuando me reconcili con
la Iglesia, no lo hice con toda la intensidad, con toda la exageracin
que deba, y segu siendo indiferente, salvo las apariencias. Ahora hay
que reaccionar y rehacer el camino. El pueblo necesita una disciplina:
aqu la tenemos hecha. Ninguna ms fcil y eficaz que la religin.
Yo, Alcalde, de acuerdo con el cura, har de mi aldea lo que se me
antoje. Yo, Gobernador, har con el diocesano lo que creamos preciso.
Yo, Presidente, har con el arzobispo cuanto se nos ocurra... ste es
el nico peligro: el nos. Slo Rosas supo meterse al clero en el
bolsillo; porque  Rivadavia lo voltearon ellos... En fin! no me ha
llegado el caso, no estoy  tales alturas... Si llego, ya veremos...
Entretanto, bueno es estar de ese lado...

Y fu  visitar  Monseor, para pedirle que nos echara la bendicin
nupcial. Me sorprend al verle. Era un hombre de tipo sensual y
gastado, de cutis terroso y lleno de precoces arrugas, labio inferior
grueso y colgante en la ancha boca cortada como un tajo, ojos pequeos,
mviles y hmedos, narices chatas y muy abiertas--un mulatillo, hubiera
diagnosticado misia Gertrudis.--Su historia era vulgar. Siendo simple
cura y redactor de un diario catlico de su provincia, hizo gran
campaa en pro de un candidato  Gobernador que, una vez triunfante,
le pag sus servicios con una proteccin decidida y hall medio de
enviarlo  Buenos Aires en las mejores condiciones de figurar. La
ayuda oficial le facilit sus ascensos en la corte de Roma, al mismo
tiempo que le daba grande influencia en la sociedad bonaerense. Hombre
de mundo, al par que poltico y religioso, dedicse especialmente 
conquistar las familias patricias, por medio de las mujeres, y alcanz
brillantes resultados en esta empresa. Se le vea en todas partes, en
los salones,  la cabecera de los moribundos ilustres, en las fiestas
oficiales, y l era quien bendeca la unin de los favorecidos del
nombre y la fortuna, l quien bautizaba  los futuros prceres.

--Quin es el padrino?--me pregunt.

--El Presidente de la Repblica.

--Ah, ja! eso est bien... Y la madrina?

--Mi ta Mnica Vallmitjana, ya sabe, Monseor, es de la ilustre
familia catalana que...

--Ah! Una seora perltica?

--La misma.

--Bien! Vaya en paz, hijo! Tendr el mayor gusto en casarlos... Y
dir unas palabritas en la ceremonia.

El da de nuestra boda, la gran nave central de la Metropolitana se vi
llena de lo ms granado de la sociedad, y el lujo que all se despleg
hizo poca, tanto como el clebre baile de la Bolsa en que se robaron
los sobretodos y los abrigos...

Mucho ms modesto fu, varios meses despus, en la iglesia matriz de
aquella dormida ciudad provinciana, el casamiento de Pedro Vzquez con
Mara Blanco.

--Muchas felicidades!--como dijo Mara.


                                 VIII

Qu bonita y amable ciudad es Montevideo, sobre todo cuando se llega
 ella dando el brazo  una mujer joven y hermosa, con quien se ha
compartido un regio departamento  bordo del vapor de la carrera!
Cmo reposan aquellas accidentadas calles, de la chata monotona de
Buenos Aires, y aquella alegre limpidez del cielo, y del agua, la
del mar y la del ro, que se ve  un tiempo  un lado y otro, desde
ciertos rincones, y las playas de baos, y las plazas llenas de gente
elegante, y las avenidas sombreadas de rboles, y los parques antiguos,
como la quinta de Buschental, llenos de poesa...  un paso de la
gran ciudad argentina, y tan diversa de aspecto, de modo de vivir,
hasta de calidad de ambiente! Con cunto gusto hubiramos estudiado
 fondo todo aquello, Eulalia y yo, si hubiramos ido all en otras
condiciones! Pero, ya se ve! No tenamos un minuto que dedicar  las
cosas exteriores, y, seguramente, me parece que en el caso, lo mismo
hubiera sido Montevideo que Martn Garca, Martn Garca que Santa Cruz
 Ushuaia.

Porque yo estaba enamorado de mi mujer, ella de m, y nuestra luna de
miel se prolongaba indefinidamente, tibia, clara y dulce, como una
caricia de nio.

Descubr en aquella muchacha mritos insospechados, fuera de sus
atractivos fsicos, que eran avasalladores. Cmo haba nacido aquella
flor del aire entre aquellas zarzas groseras? De dnde le vena toda
aquella delicadeza angelical, aquella elegancia sin esfuerzo, aquella
pasin ardiente y pudorosa  la vez, aquella alta dignidad que se
impona entre sonrisas y blandos ademanes acariciadores? Cunto y
cuntas veces me felicit de que una desinteligencia inexplicable,
si no un acto instintivo, me hubiera obligado  romper con Mara, la
severa, la que  los treinta aos sera inevitablemente un fiscal
pensante y actuante, un censor celoso del marido! Obligado  romper,
digo, y de un modo inevitable: No hubiera roto yo, de todos modos,
considerando que aquel enlace no me convena y que se me ofrecan en
Buenos Aires cien partidos mejores, aun sin contar  Eulalia? y no
hubiera roto ella, antes de finalizar el ao de plazo, considerando
que yo no era el compaero soado, el hombre capaz de los grandes
actos y las grandes abnegaciones que ella soaba, sino el protegido
del xito y la fortuna? Es el problema que no me atrevo  resolver
definitivamente, quiz porque cualquiera de las dos soluciones hubiera
podido imponerse. Unas veces pienso que Mara no me haba querido, que
no haba tenido hacia m sino un capricho pasajero, semejante al de la
nia inocente que se enamora de un viejo actor al verlo en el papel
de un hroe romntico, como lo probara su casamiento con Vzquez;
otras me digo que me amaba de veras pero que mi conducta la aterraba,
aunque estuviera pronta an  pasar por ella, si le demostraba yo,
por lo menos, la perseverancia de aguardar hasta el trmino del plazo
establecido. Respecto de m, ya se colige cmo hubiera procedido, y no
tengo una palabra que agregar.

En fin, la hija de Blanco, la mujer de Vzquez, se perda  se haba
perdido ya en las brumas de un pasado remoto, y Eulalia tena para m
todos los atractivos de una amante exquisita y de una amiga ideal.
Temblaba yo, antes de casarme y en los primeros das del viaje de
novios, recordando la zafia ostentacin de los Rozsahegy, su falta
de educacin, su torpe orgullo de gaanes enriquecidos, el lenguaje
papagallesco de Irma, que no haba podido aprender el castellano,
la irritante soberbia del marido, tan humilde con los grandes como
dominador con los pequeos: imposible que, tarde  temprano, todo aquel
color plebeyo no destiera sobre Eulalia, quitndole su brillantez de
flor inmaculada. Pero me tranquilic bien pronto, gracias  un pequeo
detalle.

Eulalia haba llevado en sus bales una docena de trajes de gran
riqueza, que Irma se empeaba en que usara  toda hora, para demostrar
su riqueza y su distincin. Mi mujer no se puso ninguno, ni para los
paseos matinales, ni en nuestras excursiones por las playas, y aun de
noche, cuando bajbamos al gran comedor del hotel, se vesta con una
modestia que haca resaltar su buen gusto. Yo no estaba todava en
condiciones de raciocinar sobre esto, pero me produca buena impresin,
como la que se experimenta ante un cuadro bien compuesto, en que nada
choca. En ella era, tambin, instintivo, y fu desarrollndose con
la edad. Los grandes vestidos de nuestros Worms  nuestros Paquins
bonaerenses, quedaron, pues, para las noches de pera y las soires
extraordinarias.

En nuestras charlas interminables, mientras pasebamos lentamente por
la arena de Ramrez y los Pocitos   lo largo del puerto, viendo la
ciudad tendida en anfiteatro, el pequeo Cerro con su fortaleza que
parece un juguete de cartn, la rada con sus vapores y sus buques de
vela, que cabeceaban mecidos por el oleaje, los botes de pasajeros que
la marejada sacuda, los barcos de pesca con su latina al sol, las
bandadas de gaviotas vocingleras, Eulalia sola mostrarse melanclica,
y entonces me hablaba de mi madre con una ternura que slo poda
comprender como un reflejo de su afecto hacia m.

--Me llevars un da? Deseo tanto conocerla!... Mientras no la
conozca me parecer que no te conozco bien  ti tampoco... Debe ser
una de esas seoras antiguas, tan graves y tan modestas, que se hacen
respetar por todo el mundo sin necesidad de exigirlo, y que, en medio
de su gravedad saben sonreir, y estar siempre de buen humor, con
infinita benevolencia, con inagotable bondad, no es cierto?

No quise decirle que mamita era taciturna, melanclica, mstica,
aunque muy buena y muy tolerante. Por el contrario, apoy sus
conjeturas, viendo que mentalmente, sin querer confesarlo quiz, haca
comparaciones entre su madre y la ma, y que esto me daba una nueva 
inesperada superioridad sobre ella.

--S, queridita: mi pobre vieja es tal y como te la imaginas. Lstima
que no haya podido asistir  nuestro casamiento! De seguro que, apenas
te viera, te querra  ti ms que  m, si es posible.

--Oh! eso no! Pero iremos  verla, quieres?

--En cuanto sea posible... El verano prximo. El viaje es largo y
molesto.

--Eso no importa! hay que ir!

Mes y medio delicioso pasamos en aquella ciudad encantadora, en que
apenas conocamos unas cuantas personas que nos dejaban discretamente
la ms amplia libertad. Al cabo de este tiempo, comenc  encontrar
algo montono nuestro continuo tte--tte, y  echar de menos el
movimiento y la accin de Buenos Aires. Le con ms atencin los
peridicos, escrib y recib cartas, y me dije que el momento era
llegado de reanudar la vida activa, porque todas las noticias venan 
alarmarme. Eulalia intent una ligera oposicin:

--Estamos tan bien aqu! Tiempo tendrs de dedicarte  los otros.
Ahora te quiero todo mo, segura de que me descuidars en cuanto
estemos en Buenos Aires.

Pero se convenci de que era preciso regresar en cuanto le describ la
situacin como yo la vea. Los opositores agitaban el pueblo sin tregua
ni descanso; el combate arreciaba en toda la lnea; el Presidente de
la Repblica tena necesidad hasta de sus amigos ms insignificantes
en los puestos avanzados; el descontento cunda,  pesar de esfuerzos
tan extraordinarios como una gran reunin de los jvenes, declarndose
dispuestos  sostener al Presidente sin condicin alguna, hiciera lo
que hiciera.

--No tengo el nimo tan tranquilo como mis correligionarios. Todo me
huele  tormenta, y aunque yo poco he de perder, me gusta ver cmo van
desarrollndose los sucesos, para que no me tomen de sorpresa.

Volvimos  Buenos Aires, y mi primera visita fu para el suegro, el
mejor de los informantes.

--La situacin es aparentemente slida--me dijo Rozsahegy, en su media
lengua.--El Presidente cuenta con todos los Gobernadores de provincia,
con la inmensa mayora de las Cmaras, con todo el ejrcito y toda
la escuadra, con una polica aguerrida y resuelta, con diarios que
defienden todos sus actos. Muy bien, perfectamente! Este conjunto
parece demostrar que est firme en el poder, pero hay vagas seales de
que no es as. La Bolsa se muestra recelosa. Muchos economistas y aun
simples comerciantes encuentran que se abusa del crdito. Los diarios
de oposicin exageran los ataques, sembrando una gran desconfianza en
el pblico. Todo esto parece nada, pero es mucho para el que sabe ver
ms all de sus narices. Si no fueras mi hico--agreg tutendome,
pues me trataba indistintamente de tu  de usted,--no te lo dira,
pero... ah est... Es bueno que te ds cuenta de las cosas antes que
los dems. Para algo soy tu suegro, tu suegro Rozsahegy!...

Y despus de una pausa, agreg:

--Hay que andar con mucho oco. Un derrepente, cataplm!

No dejaron de alarmarme estos informes, pero me alarm mucho ms
todava la observacin de que la poltica del Presidente no satisfaca
al mismo partido que lo elevara al poder, y de que algunos de sus
miembros ms conspcuos se retiraban  cuarteles de invierno  se
plegaban ms  menos abiertamente  la oposicin.

--Cuando las ratas se van, seal de que el barco hace agua!--me dije.

Pero no eran precisamente las ratas las que desembarcaban, sino los
marineros, y hasta los pilotos.  esta desercin contribua de un
modo visible la guerra que desde un principio se haba hecho al mismo
exjefe de nuestro partido, cuya voluntad creara aquella situacin,
y que continuaba an, tratando de suprimir hasta los ltimos restos
de su prestigio y de su influencia. Siguiendo esta poltica intil
y equivocada, se lleg  extremos tontos. Uno de los allegados al
Presidente, el mismo que aos ms tarde iba  ocupar elevadsimas
posiciones, se ensa contra l en el diario oficioso, tratando
de demostrar que era un mueco insignificante, un pobre individuo
presuntuoso y ridculo,  quien slo el azar de las circunstancias
haba podido dar cierto relieve. Hasta entre los militares comenzaban
 notarse sntomas amenazadores. Entretanto, la nica situacin
provincial que permaneca fiel al viejo jefe caa derrocada por una
especie de revolucin que organizara el mismo Gobierno Nacional, con
soldados del ejrcito disfrazados de particulares. Algunos partidarios
se retiraron, pues, y sin hacer abiertamente buenas migas con la
oposicin, dejaron ver que, en caso de una revuelta, no se pondran
de parte del Presidente. Otros entraron resueltamente en las filas
enemigas.

Se pensar que ante este cuadro y con tales perspectivas me apresur
 decir ah queda eso y  abandonar al Presidente para no caer con
l, si caa, como era ya muy probable. Pero quien tal crea no me
conoce. Hilo ms delgado que todo eso. Sin que me preocuparan mis
deudas  los Bancos, que podran apretarme el torniquete en caso de
defeccin (hasta cierto punto apenas, pues la mayor parte de mis
letras no estaban firmadas por m); sin que me moviera ningn motivo
sentimental, rechac la idea de pasarme  las filas contrarias desde el
punto en que se present  mi imaginacin. No era se el papel que me
convena. Si hubiese ocupado el puesto eminente con que so al venir
 Buenos Aires, si fuese uno de los hombres de alta significacin de
la poca, no digo que no me hubiera convenido una actitud de hroe
salvador del pas, tanto ms cuanto que podra adoptarla sin arriesgar
nada  muy poco--los situacionistas que cambiaron de casaca no se
cuidaron de devolver previamente lo que haban comido;--pero, dada mi
relativa insignificancia de hombre de tercero  cuarto trmino, casi
perdido entre la multitud, y que apenas conquistara un miserable
ascenso en las filas contrarias, no haba ventaja alguna para m en la
maniobra. Lo til, lo verdaderamente provechoso era pasar inadvertido,
permaneciendo fiel  la causa: con eso no tena nada que temer, y s
mucho que esperar. Nuestro partido seguira gobernando--por lo menos en
un perodo de muchos aos,--y salvo los que se hubieran comprometido
exageradamente en aquel tiempo, todos quedaramos en disponibilidad, y
con muchas mayores probabilidades de ocupar los altos puestos.

Sabia poltica, de la que nunca me felicitar bastante, porque
mis vaticinios resultaron plenamente confirmados: los opositores
tradicionales no llegaron nunca al poder, los transitorios se
hicieron sospechosos y no obtuvieron ms que migajas, y los amigos del
Presidente que se comprometieron demasiado tuvieron que vivir largos
aos metidos en un rincn, esperando  que los olvidaran!

Como es de presumir dados sus antecedentes, Vzquez fu, en nuestra
provincia, uno de los primeros que se plegaron  la oposicin. Como
yo le pidiera sus razones en uno de sus viajes  Buenos Aires, me las
explic candorosamente as:

--La poltica del Presidente es demasiado exclusivista y tiene el
defecto capital de no contentar  nadie sino  los pocos que lo rodean
en la intimidad y que no son hombres de grandes miras. Estn matando
la gallina de los huevos de oro. La locura de la especulacin que hoy
embriaga  tantos, pasar necesariamente, porque se edifica sobre
arena; y, al primer desastre, todo el mundo se volver contra el iluso
que lo provoca, ms por ceguera que por maldad... Y esto no puede durar
mucho...

--Vaya un socilogo!--pens.--Ms sabe mi suegro Rozsahegy que todos
estos doctorcitos juntos!

Y en voz alta repliqu  Vzquez:

--Puede que tengas razn, pero yo no la veo. Digan lo que digan, el
pas progresa maravillosamente, y eso se debe al Gobierno actual. Que
tropezamos con dificultades? Siempre las hubo, y deberamos trabajar
por vencerlas, no por agravarlas complicndolas, como hacen ustedes.

Pedro se encogi de hombros.

--Comprendera tu ceguera si tuvieses un puesto inamovible!--dijo con
irona.

Un puesto inamovible! Qu rayo de luz! Eso era, precisamente, lo que
me convendra mientras pasaba la tormenta en ciernes. Pero, cul?
No poda ser juez, porque haba desdeado hacerme dar, como tantos
otros, un ttulo de doctor en alguna caritativa Facultad provinciana,
y ya no era tiempo--dada mi relativa notoriedad--de volver sobre mis
pasos. Me quedaba la carrera diplomtica... Por qu no hacerme nombrar
ministro en Europa , por lo menos, en uno de esos hospitalarios y
divertidos pases sudamericanos, donde se lleva una vida patriarcal y
caballeresca, ante paisajes admirables, bajo un clima esplndido, en
medio de las ms sentimentales aventuras, sin nada que hacer, ni nadie
que amenace la estabilidad del puesto?

Oh! gracias por la idea, dulce Vzquez!


                                  IX

Fu  visitar al Presidente, como lo haca todas las semanas, y
le habl incidentalmente de mis deseos, para tantear el terreno
y guardndome la retirada. Me dijo que estaba loco, que no poda
habrseme ocurrido tontera mayor. En aquellos momentos, necesitaba
de sus verdaderos amigos; yo poda serle utilsimo presentando con
elocuencia sus ideas en el Congreso, y no era cosa de nombrarme, ni aun
de permitir que me expatriara.

--Preferira hacerte ministro aqu--exclam tutendome como lo haca en
los grandes momentos de expansin.--Y si la situacin lo permitiera, lo
hara sin vacilar, como lo har en cuanto se calmen los nimos. No te
apures: tu porvenir est asegurado! Antes de dos aos sers ministro
 otra cosa semejante, y con eso se consolidar definitivamente tu
situacin.

Me march perplejo, mientras una luz iba hacindose cada vez ms clara
en mi cerebro. Pensaba que haba poco que esperar de aquel hombre que
se empeaba en una poltica por lo menos enojosa para todos, y que sus
promesas eran demasiado brillantes, demasiado extemporneas.

--ste es--me deca--como el doctor Sangredo que, viendo al enfermo
desfallecer  fuerza de sangras y agua caliente, le recetaba ms
sangras y ms agua caliente, y cuando mora, declaraba que era porque
no se le haba sangrado lo bastante ni dado toda el agua caliente
necesaria.

En fin, lo mejor era vivir de la poltica hacindola lo menos posible,
permanecer mudo como un sbalo, y divertirse en otras cosas.

Llegu  saber entonces, por intermedio de relaciones comunes, la
vida de Teresa, desde que saliera de Los Sunchos. Habase dedicado
completamente  su hijo y  estudiar, con la buena fortuna de encontrar
una institutriz alemana, mujer de alguna edad, que haba pasado largos
aos en Pars. Esta buena seora que lleg en poco tiempo al rango
de amiga, si no de madre, limitse  ensearla idiomas y msica, y
 aconsejarle lecturas, dejndole el espritu libre. La disciplina
germnica estaba atemperada en ella por su segunda educacin latina,
y como la discpula era ya una mujer hecha y derecha, no trat de
torcer--por enderezar,--su carcter, sino de dar el mayor relieve
posible  sus buenas cualidades. En msica, le ense  leerla y
entenderla, sin esforzarse por darle la brillante ejecucin que
ella tena, y la felicitaba cuando Teresa interpretaba un trozo de
Beethoven  Bach, de una manera distinta  ella, porque esto afirma
su personalidad, le deca. Con insensible gradacin, logr que
Teresa pasara de las lecturas objetivas, las narraciones de accin,
que estaban entonces de acuerdo con su temperamento,  las lecturas
algo ms subjetivas de las novelas psicolgicas, de stas, luego,
 los libros de simple generalizacin, y, por fin,  los puramente
especulativos. Para esta ltima etapa se vali de la discusin,
interesando  la joven en asuntos filosficos, y dndole, despus,
elementos para formar juicio. Y en medio de estas tareas metafsicas,
con su espritu prctico de alemana--Frulein Hildegard la enseaba
las tareas domsticas, el bordado, la costura, la cocina, el arte de
hacer conservas y de adornar la casa. De tal modo, que Teresa no tena
un minuto desocupado y no senta la necesidad de ser feliz, tanto ms
cuanto que Mauricio le absorba todos los pocos restos de su tiempo.

Cuando supe esto, que lleg hasta m muy fragmentariamente, sent una
gran curiosidad de verlo de cerca, y busqu toda clase de pretextos
viables para acercarme  Teresa. Pero nuestra ltima entrevista
haba sido tan ridcula para m, ella permaneca tan encerrada, y mi
casamiento era un obstculo tan grande, que tuve que renunciar  mis
antojadizos propsitos. Sin embargo, no fu sin un ensayo: la encontr
un da en la calle, la hice un saludo hasta el suelo, y me aproxim
tendiendo la mano. Hizo como que no vea el gesto, y usando la frase
trivial de prctica, dijo Servir  usted y pas de largo, sin
exagerada modestia ni excesiva altivez, dejndome plantado en medio de
la acera.

Yo, por las tardes, iba  la redaccin del diario oficioso, verdadero
fox-terrier lanzado  las pantorrillas de la oposicin. Pero no
escriba. Escribir es oficio de dupa. Profesionalmente, no da de comer
 su amo, como deca Sancho Panza, y en mi caso, dada la vidriossima
situacin, no hubiera hecho otra cosa que comprometerme, lo mismo que
hablar en pblico. Sin embargo,  veces pensaba que me gustara tener
tiempo y ganas de escribir una novela: un simple antojo irrealizable
de aficionado.  encontrarme con la constancia necesaria para acometer
el proyecto, lo iniciara como la novela del progreso de la Repblica
Argentina, tomando por personaje principal una figura simblica que
no fuese sino un vago mosaico cambiante, ms esplndido y luminoso
cada vez. Esa figura no sera nadie y sera todo el mundo, y un todo
el mundo de una fuerza genial. Obsrvese: todos trabajan, todos han
trabajado, el magnfico producto est  la vista, pero nadie puede
discernir lo que ha hecho cada cual, ni lo que ha ejecutado un grupo,
ni un partido, ni una raza, como en esos guisados de la gran cocina,
en que se mezclan y confunden mil ingredientes para producir una cosa
nica. En mi novela, el guisado sera el protagonista y los condimentos
el resto de los actores...

Pero bien pronto, renunciaba  estas tontas divagaciones peligrosas, y
cuando mucho escriba un sueltecito de crnica social, adulando  mi
ms reciente conquista. No tengo carcter para vctima, ni me gusta
el papel de genio incomprendido. All, en la imprenta, estrech
relacin con algunos escritores y pichones de escritor, que  estas
horas han muerto de miseria  han cambiado de rumbo, dejando de
escribir otra cosa que cuentas y facturas. Pero, entonces, me hacan
morir de risa con su petulancia. Se reunan entre ellos para quemarse
mutuamente incienso, miraban  los dems por encima del hombro, como
si perteneciesen  una raza subalterna, y luego se entredevoraban,
despreciando  los ausentes. Pobres tontos! No vean ni han visto
nunca que slo ellos se hacen caso, y su ceguera llega  tal punto
que se esfuerzan por destruirse unos  otros, sin ver que todos estn
destrudos por definicin en un pas como el nuestro, donde apenas si
pueden hacer el papel de vctimas cmicas. Y lo ms curioso es que esos
pobres parias, tomaban  fingan tomar bajo su proteccin,  pintores,
escultores, msicos, actores y hasta sabios  la violeta, que-- su
vez--les formaban crculo, creando en la vida portea algo as como uno
de esos islotes del Paran que nadie utiliza, porque se inundan, estn
llenos de sabandija y no tienen comunicacin con la vida comercial.

Mi espritu curioso me haca no espantarlos ni alejarlos; para eso los
trataba en serio, finga interesarme en lo que hacan, y hasta cuid
de aprender el ttulo de alguna de sus publicaciones. En cuanto citaba
ste, el rostro de mi escritor se iluminaba, y ya no tena ms que
dejarlo hablar, porque me repeta lo que haba dicho, pidindome mi
parecer, cosa fcil de exponerle con un ah!  un oh! admirativo, 
con una sonrisa entendida y un movimiento de cabeza.

Como los diarios tienen que llenarse con algo, y ya en aquella poca
disminuan las transcripciones y traducciones de los peridicos
europeos, estos desgraciados plumferos alcanzaban de vez en cuando un
sueldecito, y vivan muriendo,  la espera de un puesto oficial  en la
espectativa de un cambio de situacin... No saben cunto me he redo
de ellos, como no saben cunto se han redo de ellos los directores
y administradores de los diarios que redactaban, gente cuyo nico
propsito era sacar las castaas del fuego con la mano del gato...
Lo digo, para que aprendan los ingenuos que quiz pretendan recoger
ahora la herencia de esas pobres criaturas ridculas y pretensiosas,
verdaderos parsitos de la sociedad, soadores intiles que llegan 
creerse llenos de influencia y de poder. Idiotizados, viven mirndose
los unos  los otros, y como ellos son los que escriben en los diarios
y  veces en los libros, llegan  creer que todo el mundo est
pendiente de ellos, cuando  nadie importan un ardite. Chicos y grandes
les han manifestado siempre su inane insuficiencia, pero ellos--tieso
que tieso,--lejos de convencerse, protestan contra una ignorancia y una
envidia que slo existe en su cerebro. Y como,  fuerza de escribir
cuartillas, al fin llega  salirles algo bonito, puede que, cuando
alguno de ellos muera, le pongan una chapa de bronce en el sepulcro,
 le hagan un bustito,  se cite su nombre en las antologas de
escritores regionales.

Ya se ver, despus, con qu rima ste mi justo enojo contra los
escritorzuelos periodsticos de aquella poca... y de otras, anteriores
y posteriores.

Por el momento, en mis charlas con los redactores del rgano oficioso
de la tarde y el oficial de la maana, trasluc una cosa que acab de
darme mala espina: Los diarios de oposicin se enriquecan, mientras
que los nuestros vivan apenas de las subscripciones gubernativas,
y para circular un poco tenan que enviarse casi gratuitamente 
correligionarios y empleados pblicos; esto tena dos explicaciones: 
estaban administrados y dirigidos por gente demasiado vida de dinero,
 la que nada bastaba,  el soberano pblico se mostraba para con ellos
de un desdn desesperante. En la disyuntiva, tom sabiamente el trmino
medio y me dije:

--El pblico los abandona un poco, y los empresarios aprovechan un
mucho de la situacin. En suma, se hacen pagar dos veces...  una vez
y media.

Esto, con los dems antecedentes, me hizo abrir del todo los ojos y
preparar lo que podra llamarse mi coartada.

Aquellos pobres escribidores que  veces no tenan siquiera ropa
que mudarse, eran al fin y al cabo una fuerza, y ms del lado de la
oposicin que de la del Poder, porque cuando escriban no eran ellos,
sino la entidad que estaba detrs. De esto no se han dado cuenta nunca,
y an reclaman una individualidad refleja que jams tuvieron realmente.
Yo no lo dije, entonces, y si lo digo ahora, es porque ya no puede
perjudicarme mi franqueza. Resolv, pues, servirme de aquella arma.

En el Congreso, en los teatros, en algn Club, me encontraba con
reprteres y redactores de la oposicin. Les habl de lo que escriban,
cuidando de objetarlo, sin lastimarlos, y facilitndoles la rplica
victoriosa. No me fu difcil conquistar su buena voluntad, porque,
aparte de adularlos, sola insinuarles alguna idea y darles algunos
informes. Uno  dos llegaron hasta aceptar mi invitacin  comer, y
convinieron conmigo en que, si el _Gobierno_ les nombraba alguna cosa,
no hara ms que rendirles justicia. Otros se acercaron luego  casa,
atrados por m y por sus colegas, y lo pasaron tanto mejor cuanto
que Eulalia tena el don de gentes, , ignorando mis propsitos y mi
poltica, los crea hombres de gran valer, literatos eximios, y los
trataba con respetuosa deferencia.

He aqu por qu los diarios de la poca no tienen una palabra contra
m--salvo una dolorosa excepcin, algo ms tarde,--aunque en aquel
entonces no quedara ttere con cabeza.

stos y otros me pedan mil cosas. Nunca dije no. Puse aparentemente
mi influencia al servicio de todos, sin ocuparme de nadie, y cuando
alguno de mis protegidos obtena por otro conducto lo que deseaba,
nunca dej de encontrar quien le dijera que lo haba alcanzado gracias
 m.

Entretanto, la situacin se meta en agua. Una noche que me hallaba en
la tertulia del Presidente, alguien le habl aparte con decisin. Ambos
gesticulaban, acalorados. Se separaron con visible enojo. Yo estaba
cerca del Presidente que, irritado todava, me golpe el hombro, y me
dijo, reconcentrando su rabia:

--El que venga despus, har lo mismo que yo,  el pas volver  la
anarqua. La oposicin es heterognea, y de ella no puede salir un
partido de Gobierno. No te parece?

--S, Excelencia!--dije, y pens:-- este hombre ve mucho  no ve
absolutamente nada y se va  estrellar...


                                   X

Pocos das despus marchse  Europa uno de los hombres ms importantes
del pas, el ltimo vstago de nuestra raza heroica, como hubiera
podido decir yo mismo en un discurso. Era un militar, un socilogo,
un literato, un sabio, que haba optado por ser un patriarca. El
pueblo bonaerense lo adoraba, el de las provincias lo respetaba,
considerndolo, sin embargo, enemigo, por fuerza de inercia, por
espritu tradicional.  mi juicio, era una especie de Cincinato,
ilustrado y romntico, un hombre que haba tomado en serio los
idealismos de 1830. Conservo viviente la impresin de nuestro nico
coloquio, en una visita de consulta que le hice. El grande hombre me
escuchaba impasible, dejando escapar, de vez en cuando, una ligera
exclamacin afirmativa, dubitativa  negativa, mientras que la mirada
de sus ojos muy claros, como desteidos, no me revelaba nada de su
interior y me pareca el cristal de unos gemelos asestados  mi
alma. Con el gesto de su mano larga y descarnada, detena de pronto
la palabra en mi labio, dominando inquebrantablemente mi petulancia
juvenil, y narraba  explicaba entonces, con acento al par sentencioso
y blando, como un abuelo que hablara  sus nietos y les dijera la
indiscutible verdad bebida en la experiencia...

--Pero...

--Es como yo le digo--insista tranquilo y perentorio, y su memoria
sorprendente y su juicio extraordinario evocaban cuadros admirables de
pasado y de futuro. Era un prcer y un poeta.

Se march  Europa en medio de una formidable manifestacin de
despedida, que fu como un motn pacfico.

--Se da por vencido!--dijeron los que le vean como un espantapjaros,
como una tcita condenacin de lo que estbamos haciendo.-- enemigo
que huye, puente de plata...

--No comulga con la oposicin--declararon los que husmeaban en el aire
efluvios revolucionarios.

Difcil me resulta la actitud del Presidente. Quiso disimular ante el
pueblo? Quiso comprometer al patricio, conquistndoselo con oropeles?
Realiz un acto de nobleza, sin segunda intencin, como justiciero,
atenindose  lo que viniera despus? Cualquiera de estos motivos
es loable, por una razn  por otra, y en su actitud no careci de
belleza al devolver al gran ciudadano todos los honores que le haban
suspendido, porque hasta entonces manifestara su voluntad de una
manera demasiado imperativa  veces.

Pero, admirando el tipo, aunque no fuera de mi credo ni de mis
conveniencias, no estaba dispuesto  dejarme engaar por su viaje y por
su mansedumbre.

--S!--me dije.--Revolucionario recalcitrante se ha domesticado hoy,
y no quiere sancionar una cosa que, sin embargo, le parece inevitable.
Deseara ser el gran pacificador, despus de tantas revueltas. Est
bien! Est bien! pero se va para permitir que la revolucin estalle...
Es evidente! Y, como es evidente, hay que andarse con cuidado... con
ms cuidado que nunca.

Y mientras los otros comentaban estos acontecimientos con un
sentimentalismo trasnochado, utilitario  lrico, yo juzgu conveniente
saber lo que al respecto pensaba mi suegro Rozsahegy, el ms grande
de los hombres de la poca, porque era el ms prctico. Nunca, entre
nosotros se ha consultado bastante al extranjero, que ser el ms
egosta, pero que es tambin el ms capaz de imparcialidad. Como no
se ha consultado al criollo que se queda afuera de los negocios y la
poltica, sin tener en cuenta el famoso dicho de los jugadores de
carambola: Mirn y errarla...

Con la ms absoluta de las aprobaciones por mi parte, Rozsahegy no dot
 Eulalia, aunque se comprometa  pasarle una mensualidad crecida
para alfileres, y aun cuando tom  su cargo todos los gastos de
instalacin en nuestra casa, cercana  la suya, que yo organic y
Eulalia perfeccion en los detalles, con su buen gusto innato. Yo no
tena, pues, reparo en hablarle de asuntos de inters, cuestiones
financieras, porque estbamos, respectivamente, en la independencia
total.

--Qu piensa de la situacin poltica... de la situacin econmica,
don Estanislao?

--Eh! Pienso... Pienso que ya he tomado todas las precauciones
necesarias, de acuerdo con lo que opina don Ernesto...

Y despus de este nombre, sagrado en las finanzas, hizo una pausa
solemne. Luego, descendiendo de la altura, se refiri  mis pequeos
intereses:

--Usted no tiene que preocuparse por ahora... Eh!... Pero no podr ser
rico por usted mismo hasta que pase esto momento... La question
est en soltar toda la menos plata que se puede... Y usted, Mauricio,
cuega, usted cuega demasiao en el Club y en el Crculo y en el
Jocquey, y en las careras... Dquese de historias, hombre... Guarde
la platita y ver despus...

--Pero pap!--exclam con mimo burln.--No ve que yo tengo que vivir
como quien soy, he sido y ser?...

--Est claro! Yo no digo nada... Pero el ms quien soy tiene que
pensar en lo que puede suceder maana... Vos, Cmez, tens una cabeza
de chorlito.

Cabeza de chorlito yo, Rozsahegy? Qu error! Comparando tu espritu
prctico y el mo, no s cul resultara ms completo. Slo que hay
formas, hay formas, hay formas... El centavo tiene que venirme; yo
nunca correr tras l, como has podido hacerlo t...

Pero lo admir, cuando me hizo el cuadro acabado de la situacin.

--Con vos puedo hablar claro... sos me hico... Compr oro!... Es
una cosa segura y te dar el cuatrociento por ciento, si sos capaz de
guardarlo...

Se interrumpi, objetndose  s mismo:

--Pero dnde est el efectivo? sa es la quistin!... No
importa... Hay otras maneras, aunque no se compre oro... Hay el
equivalente... el equivalente... y eso lo tens...

--Mi querido suegro, usted se anda por las ramas... Lo que yo le he
preguntado es lo que piensa de la situacin...

--Es una locura, un despilfarro, una borrachera...

Y me explic: Todo el mundo haba perdido el juicio. Fuera de los
centenares de millones que bailaban en plaza, acababan de abrirse
una docena de bancos con un capital de cincuenta y tantos millones,
sin base slida alguna, millones soados, escritos en el agua; se
imprima papel moneda como se imprime una novela popular, en rotativa;
se descontaba con el desprendimiento del calavera ebrio, que siembra
su peculio en medio de la calle; en la Bolsa se jugaba como en una
timba, con el bluf y todo, sobre palabra, casi exclusivamente para
cobrar y pagar diferencias;  la propiedad raz se haba dado un valor
ficticio, pues nunca producira la renta que el capital representaba;
el comercio nacional quedaba deudor en un tercio por lo menos del
comercio extranjero, porque nuestra produccin no estaba  la altura
de nuestras ilusiones; todo el mundo robaba  estafaba al pas, con
cuentas corrientes ilimitadas, prstamos hipotecarios hechos sobre
propiedades que no existan, descuentos concedidos  testaferros sin
responsabilidad...

--Es como si en tu casa, incomodado ya por los acreedores, siguieras
tomando fiado donde te dejaran... Vas  ver lo que pasa despus!

--Usted cree, entonces, que esto no tiene remedio?

--S, tiene... Por lo menos para nosotros... Don Ernesto me ha dicho...
Pero hay que tener paciencia... Hay que estarse muy quietito... Ya
dir... Usted no tiene ningn apuro, ninguna necesidad... Bueno!...
Hay que esperar... ste es un pas de esperar sin asustarse.

--Pero, quiz si yo pudiera liquidar en condiciones pasables...

--Deque estar... Pueda ser que parezca menos rico, pero ser
relativamente tan rico y ms... Cuando el nivel baja, baja para todos;
y si no baja demasiado, el que est ms arriba queda ms arriba... y
viene  ser lo mismo.

--Don Estanislao! no se equivoque! El ministro de Hacienda va 
sofocar la plaza con una avalancha de oro, con cien millones que el
Gobierno tiene en caja...

--Y la Bolsa har como el papel secante... Qu es un peso, cuando se
deben cinco?

--Se hace esperar.

--Eh! S. Cuando uno se queda con cincuenta centavos para comer...
Pero aqu no nos quedamos con nada...

--Usted cree entonces que la revolucin...

--Pshit!

Irma se precipitaba, ms que acercaba, hacia m, para increparme:

--La muchacha est triste, qu tiene?

--Yo no s, seora...

--Debe saber! parece enferma, afligida...

--Eulalia?... Bah! Monadas de muchacha mimosa.

--No. Est plida y ojerosa, est intranquila...

--Le ha dicho algo?

--No.

--Y entonces?

Me levant, tom el sombrero, y encarndome con don Estanislao.

--Hablaremos otra vez--dije.--Hay mucho pao que cortar.

--S, hiquito s. Yo no puedo hablar, pero... no hagas nada sin
consultarme antes. Sobre todo, no vends.

Y en voz ms baja:

--Ni pagus... hay tiempo.

El ataque de Irma se explicaba en cierto modo, porque, desde que
volvimos  Buenos Aires, arrebatndome el torbellino de la vida, no fu
ni poda ser para Eulalia el compaero amable, despreocupado y carioso
de todas las horas. Un desencanto, tambin, la afliga y marchitaba:
yo no era siempre, en la intimidad, el orador elocuente y triunfal,
ni el ameno y espiritual convidado de las reuniones sociales, sino
un ser comn, como un actor que no slo ha abandonado la escena sino
tambin los bastidores. En cambio,  m, hecho  todas las libertades
del sensualismo, en los acercamientos venales  caprichosos, la
austera unin que ella consideraba nica posible, me pareca insulsa y
timorata. Sin tenernos en menos, bamos alejndonos poco  poco, pues;
ella, sufra, yo... filosofaba.

Quizs ahond esta separacin, cuando, al recibir das despus la
noticia de la muerte de mamita, y olvidando nuestras conversaciones
de Montevideo, me opuse  que Eulalia fuese conmigo, pretextando las
molestias y fatigas del viaje hasta Los Sunchos, donde las autoridades,
con exquisita deferencia, me aguardaban para el sepelio y los
funerales, que haban preparado magnficos. All me hice contar los
ltimos momentos de mi viejita.

Se haba ido apagando poco  poco. Ya no andaba, sino arrastrando los
pies, como quien patina, para llegar penosamente hasta el sepulcro
de mi padre. No hablaba, pero sonrea  todo, con esa sonrisa entre
compasiva y alegre que suelen tener muchos ancianos, y que algunos
consideran atontada, casi idiota, aunque otros la crean excesiva
benevolencia, total perdn... Por fin, no pudo salir, y guard cama,
siempre sonriente y en silencio, hasta que una tarde, echando las
enjutas piernas fuera, y sentada en la orilla, dijo:

--Quiero vestirme. Voy al cementerio.

Pero, incapaz de sostenerse, cay hacia un lado; murmur: Fernando, y
se qued dormida para siempre.

Fernando dijo y no Mauricio; entre las dos indiferencias olvidaba
mejor la del esposo, que nunca parece tan total como la de los hijos,
porque nunca se le ha dado tanto... Pero, quin me asegura que no
nos confundiera  ambos en un solo nombre, no pronunciado para los
dems sino para ella misma?... Pobre mamita!; la llor de veras, no
acertando, sin embargo,  darle determinados relieves, como si slo
fuera una sombra vaga que hubiese fluctuado sin rumor en el fondo
de mi vida. Y su recuerdo es, hoy mismo, borroso y tierno, sin que
provoque ni grandes alegras ni grandes penas. Pobre mamita!... Cuando
la evoco, no tengo ms que una sensacin de penumbra y de silencio,
de renunciamiento  la vida. Mi padre, don Fernando Gmez Herrera la
model as, y yo, su hijo, no hice sino continuar su obra. No haba ni
siquiera asistido  mi casamiento; yo no le escriba desde aos atrs,
pero estoy seguro de que siempre estuvo ocupada de m, y al recordarla
ahora, siento que he hecho un mal negocio, y que las caricias locas
con que pudo regalarme, no sern renovadas por nadie en el mundo!... Y
tanto me conmovi la evocacin de su gran figura resignada, que pens
en edificar en Los Sunchos un sepulcro de familia, donde yo dormira
tambin, llegada mi hora. Esto consolar  la pobre viejita, me
deca, embriagado por el licor demencial de la muerte, del misterio...
Casi un cuarto de siglo despus, todava no he realizado el proyecto...

Pero no poda yo pasar por mi aldea, ni aun en momentos de luto, sin
tener que amoldarme  mi papel. Para distraerme, amigos y aduladores me
mostraron el pueblo, que creca  ojos vistas y al que hubiera llegado
meses despus el ferrocarril... El villorrio iba transformndose,
materialmente, en pueblo con visos de ciudad, y Los Sunchos, teatro
de mis primeras correras y mis primeros triunfos, perda su carcter
con los pretenciosas imitaciones de la arquitectura de las capitales.
Iba  poseer aguas corrientes, cloacas, luz elctrica, tena algunos
empedrados, gas, teatro, y sus cabezas ms fuertes pensaban en
hacerla... capital de una nueva provincia, formada con parte pequea de
la nuestra y parte de un territorio nacional contiguo.

--Y para qu provincia?--pregunt.

--Para que Los Sunchos tenga toda la importancia que merece!--me
contestaron.

No era una respuesta. Aquellos buenos burgueses queran ser
gobernadores, diputados, senadores, etc.; fundar una pequea
aristocracia, en fin, y no ser el departamento ms alejado pero ms
influyente, el bourg pourri, sino una gran entidad. Bah! Si ellos
supieran dnde van  parar las grandezas de Los Sunchos, y pudieran
leer en mi alma cmo calculo yo mi posicin en Buenos Aires!... Pero
tienen razn. Yo en Los Sunchos, dominando patanes, era ms feliz
que en la capital tratando de contemporizar con todo el mundo, y sin
ms xito que el obtenido con las mujeres, que no _cuantifican_ el
mrito y que magnifican sus caprichos hasta la sublimidad. S; lo dir
aunque parezca no venir  pelo: La mujer, en nuestro pas, como en
todas partes, es el mejor vocero, el nico propagador de la fama. No
se la tiene, muchas veces, en cuenta, pero en mi larga experiencia de
la vida s que quien la ha descuidado, ha cado necesariamente en el
olvido, y que quien la cultiv, por nfimo que fuese, ha llegado  las
alturas, porque ms tira un pelo de mujer que una yunta de bueyes--como
dicen que dijo Rosas,--y porque, como no envidian  los hombres, ni
los desdean, tienen para la mercanca de su agrado recomendaciones
entusiastas que no pueden nunca tener los hombres para sus rivales...

Cuando volv  Buenos Aires, cumplidas las fnebres ceremonias, reanud
mi vida de agitacin.

Eulalia me hizo algunas observaciones: la descuidaba demasiado. Era
cierto, pero no me inquiet. Me consideraba fuera de todo peligro,
gracias  mis mritos fsicos  intelectuales, pese  todos los
ejemplos que en contrario me presentaban la historia, la tradicin
y la crnica escandalosa de nuestra poca... Eulalia, tan fina, tan
discreta, podra y debera ser una gran seora en el momento oportuno,
que no haba llegado todava. Cmo exhibirla con sus toscos padres?
Cmo fundar  refundar una aristocracia con los Rozsahegy  la rastra?
Yo tena fuerzas suficientes para imponer  Eulalia, pero no  Irma y 
don Estanislao. Puede que pudiera; pero, en fin, ni yo mismo lo quera.
Eulalia,  veces, pareca comprenderlo; otras, su ambicin rompa todo
lazo: pero era una ambicin hacia m, no hacia la sociedad, y esto me
haca desgraciado.

--Mara hara lo mismo, pero con todo derecho y toda probabilidad de
triunfo--me deca yo.--Teresa podra intentarlo con xito, porque, al
fin, es de una vieja y respetable familia del pas. Pero, justamente,
Eulalia, que tiene la bondad de Teresa y la individualidad de Mara,
es la nica que no puede exigirme que la imponga  esta sociedad, por
mezclada que est, porque no he de llevarla  los bailes de la Bolsa
 otros peringundines, sino precisamente  los salones tradicionales
que hoy estn semicerrados, y donde sera muy posible que nos
recibieran mal.

Mi ta Mnica, aquella excelente dama que haba quedado soltera porque
un mdico, all en su juventud, le cort un msculo del cuello y la
dej para siempre con la cabeza bamboleante, como una perltica, mi
madrina de casamiento, en fin, me ilustr el punto casi con tanta
crueldad inhbil como la del cirujano que la mutilara agostando su
juventud, su gracia y su talento de mujer.

--Tenemos, s--me dijo,--la aristocracia del dinero; pero es
superficial, mientras no desaparecen los que lo han ganado
directamente. Recuerda, Mauricio, el dicho de aquel extranjero en
Coln, al ver cuajada de diamantes nuestra ms alta sociedad: Muy
hermoso, pero huele  bosta! Todos somos descendientes de negociantes
 estancieros; eso lo sabemos muy bien. Pero todo el mundo se esfuerza
para hacerlo olvidar, y en tal caso, el que est ms lejos de su abuelo
pulpero, tendero, zapatero  criador, es el ms aristcrata. T, con
tu casamiento, has perdido dos  tres peldaos, porque el patn de tu
suegro vive, y se muestra demasiado... Es un carcamn, y eso no se te
perdona.

Mauricio Gmez Herrera, sin el carcamn, sera como algunos de sus
primos  sobrinos, que, sin dinero, y aunque puedan, por excepcin,
tener talento, no son sino pobres aspirantes  infelices descontentos,
socialistas, anarquistas  cosa por el estilo...

Qu mi ta Mnica!


                                  XI

El juego, las mujeres, los paseos y la controversia chismogrfica--he
aqu cmo distribuyo mi vida, desde que he dejado la poltica en
segundo trmino, previendo lo que va  suceder.--Ni  tiros me hacen
hablar ni escribir... Mi suegro me ha contado la historia de las
anteriores crisis, sobre todo la que trajo la conversin al peso moneda
corriente y el derrumbamiento del Banco Nacional.

--Haga una cosa. Si debe algo al Banco Nacional, trasldelo pronto al
Banco garantido de su provincia; yo s lo que le digo... All ser ms
fcil arreglar...

Sin saber  qu poda corresponder aquel consejo, me apresur 
seguirlo, y al hacer esta permuta, que mi posicin poltica me
facilit, supe que, con mi nombre  el de otros, deba nada menos
que cerca de un milln de pesos nacionales. Aunque mis propiedades
de Los Sunchos y las de la capital de la provincia y campos vecinos,
representaran entonces algo ms de esa suma, me asust, y fu 
consultar  Rozsahegy, seguro de que se haba equivocado y me haba
hecho cometer un desatino.

--Creo--le dije,--que siendo yo rico, y Eulalia tambin, Eulalia
debe ayudarme  consolidar mi fortuna, tanto ms cuanto que ella no
pierde un centavo. En su nombre, pues, vengo  pedirle que sanee mis
propiedades, pagando mi deuda al Banco de la provincia.

--Usted es muy muchacho--me replic.--Yo no pago deudas de nadie que
puede pagarlas.  Eulalia no le faltar nada, ni hoy ni nunca, y, por
lo tanto,  usted, sobre todo si no sigue haciendo sonseras y jugando
hasta la camisa. Y deje estar, ya le he dicho: nadie se ha de llevar
sus tierras, mientras que viva Rozsahegy.

--Debo cerca de un milln.

--Eso es una porquera. No hay un allegado al Presidente ni siquiera 
un Gobernador de provincia que no deba otro tanto. Y vos cres que los
van  matar? Se acabara el pas!... Eh, nadie se muere de deudas!...

Y, paternal, agreg:

--Eulalia tendr cuanto necesite. Vos pods seguir haciendo negocios
para tus farras. Yo no me meto en eso. Pero, en el momento oportuno,
ya sabr cmo ayudarte. Eso s! no venda sus tierras, porque entonces
ya no hay defensa.

--El gringo sabe lo que se pesca--pens,--y lo mejor es hacer
negocitos.

Era todava, en sus ltimos boqueos, el tiempo llamado de las coimas.
Ganar algn dinero no me costaba ms trabajo que el de leer un
memorndum presentado por algn postulante de concesin, y repetirlo en
otra forma en el recinto de la Cmara. Estos memorandums solan estar
tan bien hechos, que afirmaban mi reputacin de orador enciclopedista,
sin comprometerme como poltico. Poda hacrseme, por el mismo
procedimiento, una competencia mortal, pero, pese  mi modestia, dir
que yo presentaba aquello con elocuencia y con xito, sobre todo porque
entre los colegas habamos establecido un convenio tcito, y nos
dbamos mutua y alternativamente el voto.

Mis bohemios oficialistas y opositores no vean ms que fuego,
como dicen los franceses, y los primeros, obedeciendo  mi consigna,
no me ponan nunca muy de relieve, mientras que lo segundos,
conquistados, cargaban la romana sobre otros, nunca sobre m, y estaban
(unos y otros) tanto ms conformes conmigo cuanto que no me daban
notoriedad. Los correligionarios hablaban de Mauricio con mesura y
respeto; los opositores, dada mi insignificancia, cuando me nombraban
solan--rara vez, pero solan--deslizar una palabra amable junto 
mi nombre. Tambin es cierto que nunca me opuse  un sablazo, ni
negu una recomendacin, ni dej de aparentar que buscaba un puesto,
ni habl mal sino de los cados, ni habl bien sino de los notorios
y momentneamente indiscutibles. Y los cuentos y comentarios me
llegaban.

--Yo no tena talento, pero era, en cambio, bondadoso; no tena
ilustracin, pero era inteligente y receptivo; no tena moralidad, pero
era muy tolerante para los defectos ajenos; no tena carcter, pero era
incapaz de hacer dao  una mosca; no era altruista, pero no dejara 
nadie sin comer por hartarme yo.

Virtudes negativas, pero, al fin, virtudes.

Pero, pasemos. Tal era mi accin, la nica que me interesaba para
mantenerme en la posicin debida: frecuentando la sociedad, por lo
que poda darme, gracias sobre todo  las mujeres, haciendo pequeos
negocios para poder vivir sin comprometer mi fortuna y con ella mi
libertad de accin; entregndome  veces al placer, en forma que la
plebe dogmtica encuentra excesiva; presentndome como un elegante
y un gran seor, sin exageracin,--para no morirme de hasto en los
momentos obligados de inercia, apareca yo como un protector nato de
las letras y las artes, que no me importan un pito, era el dolo en
los salones, el pico de oro en la Cmara, el instrumento admirable y
admirado del Gobierno-- quien no serva,--y el hombre, en suma, capaz
de ponerse, si quisiera, frente  frente de otro cualquiera, del ms
alto, del ms popular, del ms poderoso. Qudame esta fama, todava; y
si me queda es, precisamente, porque hasta ahora he rehudo el combate.
_Ser_ capaz de una accin decisiva, pero cuando la sienta de antemano
decisiva, y todas las altiveces de la raza, todas las protestas de
mis antepasados emancipadores, se reducen  la conquista del xito. 
los abuelos les obligaron  ser yunque, y yo quiero y siempre quise
ser martillo, aprovechando para ello nuestras mismas cualidades,
diversamente encaminadas.

Eulalia se haba resignado al papel de amiga.  pesar de su familia,
era, para m, como una decoracin, gracias  su admirable don de
gentes. La llevaba al teatro,  alguno de esos salones curiosos que
perduraban en Buenos Aires como confuso rasgo de unin entre la antigua
sociedad y la que iba  nacer ms tarde, muy libres, muy rastacueros,
pero, en fin, lo nico que entonces haba. Era muy solicitada y muy
cortejada.  veces me pareci que las galanteras de algunos iban
demasiado lejos, y que ella, sin embargo, las tomaba como moneda
corriente. Pero no cuadra  Mauricio Gmez Herrera preocuparse de
estos detalles, cuando cien cosas de mayor cuanta para s y los suyos
solicitan en todo instante su atencin. Por otra parte, Eulalia era,
ha sido y es fundamentalmente honesta-- as me ha parecido, y eso
basta!...

Y cuando, en aquel entonces, planteaba en parte estos problemas
psicolgicos, siempre se me evocaba la imagen de Mara Blanco, y
siempre refera las acciones de Eulalia  las que ella hubiera
realizado! Y aunque Eulalia actuase como Mara hubiera podido actuar,
siempre encontraba una superioridad en Mara, quin sabe por qu
atvica preocupacin, olvidando que mi mujer era toda una seora.
Rozsahegy, Blanco: todo estribaba aqu: cuestin de pronunciacin.

Mara, entretanto, estaba en Buenos Aires, y no se ocupaba para nada de
m. Llevaba, seguramente, una vida anloga  la de Teresa, y dedicaba
 Vzquez   su deber, todo su tiempo y todo su pensamiento. No se la
vea jams en parte alguna. Vzquez deseaba hacer un viaje  Europa.
Quera completar su educacin y ver de cerca, en la realidad, lo que le
haban mostrado los libros, sintindose capaz de ser til  su tierra,
no porque fuera  aprender ms en el extranjero, sino por la mayor
autoridad que una permanencia en el viejo mundo le dara. Imitando
burlescamente aquello de Caldern de que porque no sepas que s que
sabes flaquezas mas, observaba que, para ser eficaz, es preciso que
los dems sepan que uno sabe,  lo supongan, que es lo mismo.

Una tarde, comentando la crnica del Congreso de los diarios de
oposicin, en la que se me trataba muy bien, llegu  decirle que
despreciaba resueltamente  todos esos escritorzuelos, y que, cuando
mucho, los toleraba. El romntico de Vzquez me contest, animadamente:

--Los toleras? Pero, tonto! No ves que ellos son los nicos que
hacen algo y que tienen el derecho de tolerar? El ms insignificante
tiene mayores probabilidades que t y que yo, de ser admirado y
venerado por los que vienen!... Pobre consuelo, dirs. Pero es que
ellos cobran su paga mental por adelantado, y no la descuentan para
poder enorgullecerse an ms de s mismos... Estn bien convencidos de
ser lo que son, mientras que nosotros no sabemos lo que somos.

--Qu significa?

--Ellos pueden oponerse  las circunstancias; nosotros las estudiamos
para seguirlas.

--Haces juegos de palabras, y nada ms.

--Me alegro de que lo tomes as.

Yo crea y creo todava en la existencia de lo que se llama hombres
superiores, y en que son los que sealan rumbos  las sociedades y
los pueblos. Y, mientras escribo estas lneas, leo un discurso de
Roosevelt, pronunciado en Bruselas, panegirizando la mediana. Es una
adulacin electoral, como las de nuestros discursos de provincia, en
que alabamos  los labradores y los ganaderos, como  las ms altas y
fuertes columnas de la sociedad y de la inteligencia...

Otras cosas me distrajeron. El Gobierno estaba cada vez ms preocupado
con la situacin, especialmente en su parte econmica. Una especie
de bancarrota amenazaba al pas, y los Ministros de Hacienda se
sucedan haciendo desatinos cada vez mayores. Para detener el alza
del oro, el Gobierno vendi todo lo que tena, que fu inmediatamente
absorbido por los banqueros, y emigr. Sin haber detenido la subida,
lejos de eso, tuvo necesidad de metlico en crecida cantidad para
amortizar emprstitos y pagar intereses, y debi comprarlo  precios
inverosmiles. Corri la voz de graves irregularidades en los bancos,
y en la capital se respiraba un ambiente de desconcierto que ola 
revolucin. Lo que supo Rozsahegy meses antes lo saba todo el mundo
ya. Mi suegro me llam entonces, con urgencia.

--Has hecho lo que dije?

--No s  qu se refiere.

--Hacer trasladar toda tu deuda al Banco garantido de tu provincia.

--S.

-- cunto asciende?

--Con algunos intereses acumulados, ya le dije,  cerca de un milln de
pesos.

--Con tu sola firma?

--La mayor parte. Hay unos doscientos cincuenta mil pesos, cuyas letras
no he firmado yo. Pero se sabe...

--Eso no importa. Djese estar. No se apure. No haga caso de nada.
Sobre todo, no venda... Ahora viene el temporal y hay que tener mucha
sangre fra, mucha...

--Usted tambin cree en la revolucin?--dije, irnico.

Me mir con aire socarrn, sonrindole los ojillos de cerdo.

--Yo ms que nadie--contest.--Esto no puede seguir as.

Comprend que saba ms de lo que quera decir, y trat de sondarlo.

--Estoy seguro de que hasta ha dado dinero...

--sas son cuentas mas!--exclam riendo ms que antes.--La verdad es
que cualquier cosa, entiende? cualquier cosa es mejor que prolongar
esta situacin. Hay que liquidar. Esto es un loquero sin nombre; ya no
hay desatino que no se haga, y se ha tocado demasiado  lo hondo el
bolsillo de la gente.

--La revolucin no triunfar. No har ms que consolidar el Gobierno.

--Puede que no triunfe. Hasta es casi seguro, porque la harn gentes
muy distintas. Pero el Gobierno no podr consolidarse, sino en calidad
de Gobierno; es decir, quedando como es, pero variando de hombres y de
procederes.

--Qu curioso!

--Ser lo que te parezca. Pero, quieres un consejo, Mauricio, para
completar los otros, que son salvadores?

--Venga el consejo.

--Andate de Buenos Aires. Eulalia est delicada, el invierno amenaza
ser crudo. Llvatela  un rincn del Norte,   Ro de Janeiro, si
prefieres la ciudad al campo, y espera los sucesos.

--No puedo. Tengo compromisos. Por mucho que justificara mi ausencia,
sera una desercin. Me quedar aqu,  pie firme.

--Compromete su porvenir!

--No crea viejito. Tengo uas para salir del paso. Ya ver. Y nadie
podr decir nunca que Mauricio Gmez Herrera es un traidor ni un
cobarde!


                                  XII

La revolucin estall, porque al pueblo no le quedaba un centavo ni
crdito con qu substituirlo. Yo era ya, oportunamente, en aquel
momento, una persona formal porque haba logrado que nadie se ocupara
de m. Y en la difcil emergencia, me dije:

--Hay que prepararse  echar piel nueva. Callemos como muertos y veamos
venir. Yo no hago nada malo. La poltica es una serie de accidentes en
los que uno debe poder ser til  utilizable, y demostrarlo, aunque
sea de un modo pasivo. La sociedad dice: S rico, ten influencia,
y triunfars. La religin actual dice lo mismo, exigiendo, como la
sociedad, que se le guarden las formas. Yo soy rico,  mejor dicho,
tengo todas las probabilidades y todas las apariencias de tal. Soy rico
por mi mujer, y rico por m mismo, si es cierto lo que dice Rozsahegy.
Tengo talento , lo que quiz sea preferible, el don de saber vivir. La
cuestin es no destruirse  los treinta y cinco aos. Este perodo ha
sido un gran gastador de jvenes. Todava puedo ser un hombre nuevo,
y muchos de nuestros prceres no haban despuntado an  los cuarenta
aos. Quin me dice?...

Pero quise cerrar con broche de oro este largo captulo de mi
vida, mostrndome fiel, si no  mis principios,  mis amistades y
vinculaciones, y en cuanto estall la revolucin fu de los primeros en
rodear al Presidente, mientras que los sublevados, contemporizadores,
se encerraban en la plaza del Parque y formaban cantones en los
alrededores, dedicndose  matar vigilantes para satisfacer una
necesidad de venganza contra la autoridad  sus smbolos.

--Es un motn militar--me dijo el Presidente, dndome un instante
de atencin, en medio de la turba azorada de palaciegos que le
rodeaba.--Pero el ejrcito fiel no tardar en reducir  los revoltosos.

--Es mi conviccin--dije.--Y si puedo ser til en algo... Ya sabe usted
que se debe contar conmigo.

--Gracias! Ya s, ya s!...

Otros lo rodeaban, acaparando su atencin, y marendolo por completo.
l vea la montaa que se le vena encima, pero demostraba entereza y
confianza. No era el pusilnime que sus enemigos han querido presentar:
iluso, s, como lo probaron ms tarde las circunstancias, dando razn
 mi suegro; pero quiz no hubiera sido tan iluso, si aqullos que
lo rodeaban hubiesen tenido un poco ms de sentido comn y un poco
menos de adulonera. En suma, los dados estaban tirados, y era preciso
mostrarse buen jugador, sin cobardas ni desplantes. Es lo que hizo,
pues no habl de ir  ponerse personalmente al frente de sus tropas,
ni tampoco de huir como una rata de una casa incendiada. Pens que se
amoldaba, como yo,  las circunstancias que lo haban llevado tan alto,
y que sabra esperar otras, en caso de derrota.

No era esta tranquilidad patrimonio de todos. Pepe Serna, por ejemplo,
gritaba jurando que haba que poner  raya  los revoltosos y darles
en seguida una fiera leccin, sin suponer por un momento, en su
inconsciencia, que aquello se caa  pedazos. Otros, al contrario, se
agarraban la cabeza, como si el cataclismo que presenciaban fuera el
anuncio del juicio final. Recuerdo un juez que, tragando saliva para
parecer completamente tranquilo, preguntaba de grupo en grupo, despus
de una torpe entrada en materia, un  propsito tirado por los
cabellos:

--Cree usted que si la revolucin triunfa habr juicios polticos?
Nuestra historia revolucionaria los repugna, y generalmente, la ms
amplia amnista...

No le hacan caso, como dicindole ve  hacerte ahorcar en otra
parte, y, en efecto, slo aos ms tarde cay como un vulgar
pillastre, en un asunto de aprovechamiento de ajenas falsificaciones...

El hombre que ms me interesaba era el presunto candidato  Presidente
de la Repblica. Pas varias veces frente  m, dueo de s mismo,
habiendo medido ya todas las posibilidades que se le presentaban,
porque tena talento. Era el que jugaba ms fuerte en la partida, y
hubiera pagado por saber el desarrollo de sus pensamientos ntimos,
pero aunque reinara entre nosotros cierta antigua y aparente
intimidad, no era aqul el momento de pedirle una confesin sincera.

--Qu me dice de todo esto, doctor?--le pregunt, sin embargo,
estrechndole la mano.

--Que la revolucin est vencida, nada ms. Es una revolucin inerte...

Pero sus ojos negros se perdan, mirando en lo futuro quin sabe qu
ostracismos, y en su cara plida, de un tono amarillento, encuadrada
por la barba castao obscuro y el abundante cabello lacio de msico,
haba una expresin asctica de angustia aceptada. Vease ya, en lo
porvenir, chivo emisario de todos los pecados de aquel fugaz momento
histrico? Despus de m, aqul era el personaje que ms simpata me
inspiraba; pero domin mi sentimentalismo, y dej en mi interior toda
manifestacin comprometedora, pensando: Si t tambin ves las cosas
tan mal paradas, hijito, qu quieres que le haga yo? No puedo ser ms
papista que el Papa...

Mi estudiada mesura en aquellas circunstancias me condujo adonde deba
conducirme. El Presidente estaba demasiado obcecado para ocuparse de
m sino como yo quera: hasta saber que yo no lo haba abandonado,
nada ms. Los seguros de triunfar me encontraban demasiado tibio para
enredarme en sus ensueos... Los temerosos de la derrota me vean
demasiado partidario de la situacin para invitarme  buscar otra
cosa... Los sensatos pensaban, probablemente, como yo... De modo que
fu una entidad al propio tiempo apreciable y desdeable para todos:
que era lo que se quera demostrar.

Volv todos los das  presentarme al Presidente, hasta que la
revolucin, vindose vencida, capitul. Entonces, me retir  mi casa.
Slo haba sufrido una que otra pulla, sobre mi inactividad.

--Aqu no estamos en mi provincia--repliqu,--y esto es una cuestin
militar. No quiero hacer de mosca de la fbula, y complicar la cosa so
pretexto de simplificarla. Que el que manda me mande, y yo obedecer.

La revolucin cay y con ella, de rechazo, cuatro das despus, el
Presidente de la Repblica, contra quien se ensaaron el populacho,
la juventud inconsciente y algunos de los que le haban arrastrado 
los peores extremos, para demostrar que no tenan participacin en la
culpa. Y as se fu, entre el vocero, un jefe que quiz no tuvo ms
culpa que confiar demasiado en las fuerzas del pas y en la lealtad de
sus amigos--esto fuera de los otros defectos que pudiera tener y de los
otros errores que hubiera cometido.-- m no me toca acusarlo, y debo
decir que no cargu la romana sobre l cuando lo vi cado, porque...
porque no me pareci un ademn elegante.

Eulalia, que no haba encontrado mal mi aparente fidelidad, me dijo al
fin:

--Creo que han hecho bien en derrocarlo.

--Me parece lo mismo.

--Pero lo ayudabas...

--Era mi deber.

--Me gusta eso que dices--y su mirada me perdon muchas cosas.

Yo pens en Mara, y reproduje el dilogo que podramos haber mantenido
los dos en las mismas circunstancias:

--Obedecas  tu deber   tu inters?

Protesta violenta de mi parte.

--En fin, t debas comprender que el Gobierno no marchaba, como se ha
dicho en el mismo Congreso, hechura del Presidente, en ese Congreso que
tendra que cambiarse antes de aplaudir el nuevo orden de cosas, que
no existe. Ayudarlo era ayudar tu inters no tus principios.

--Principios? T lo has dicho! En estos pueblos adolescentes hay que
mantener  todo trance... el principio de autoridad.

Y la discusin no hubiera podido terminar nunca, mientras que con
Eulalia tuvo el ms grato de los desenlaces: sentirse amado y admirado
por una mujer nada vulgar, es siempre el mejor de los desenlaces,
cuando ste se desarrolla en una casa con todo el confort moderno, y
donde no falta ni lo superfluo siquiera.

Y en la nuestra no faltaba. Rozsahegy daba  Eulalia cuanto poda
necesitar. Yo tena mi dieta, y como al despilfarro de los aos
anteriores haba sucedido una modestia franciscana, porque muchos
lo haban perdido todo y otros trataban de ocultarlo todo, aquello
y la poca renta que me llegaba de Los Sunchos y de la provincia (el
sueldecito de marras), me bastaban y aun sobraban para vivir bien,
frecuentar el Club, jugar mi amena partida de pker, y hacer nuevas
deudas, no muy graves, dada la modestia de los tiempos. Lo nico que
sola molestarme (oh, en idea solamente!), era mi compromiso con los
Bancos, , ms bien dicho, con el Banco Provincial.

Lleg la hora en que las autoridades se ocuparan de liquidar y de
imponer la liquidacin.

Esta vez, mi suegro no me llam, sino que fu  verme.

--Has de darme un poder general para administrar tus bienes...

--Oh, don Estanislao! Bien puedo hacerlo yo, como hasta aqu.

--No, no es lo mismo. Usted es muy sonso. Y adems se necesita dinero
contante.

Le di el poder. Hizo maravillas. Descart cuantas letras estaban
firmadas por testaferros, disminuyendo as notablemente mi deuda. Cedi
 los Bancos, en pago, las tierras y propiedades de dudoso porvenir,
y adelantndome, en suma, unos ciento cincuenta mil pesos, me hizo
propietario de un milln por la parte baja.

--Estos ciento cincuenta mil pesos, que me han servido para pagar
certificados de depsito (la plata de los unos para los otros, siempre
as! pero plata annima), los va  recuperar duplicando como ganancia
lo que importaba la deuda. Dentro de pocos aos usted tendr dos  tres
millones.

El pobre Vzquez venda, entretanto, todos sus bienes para pagar  sus
acreedores, porque no tena un liquidador como Rozsahegy. La baja de
los precios era tal, que, valiendo una fortuna, mi suegro los adquiri
por sesenta mil pesos, prometindome cederlos  Eulalia por el mismo
precio en cuanto yo quisiera, por medio de una escritura privada. Y me
dijo:

--Te quecabas que yo no daba dote  Eulalia. Aqu tens tres
millones, por lo menos... Y no hay que apurarse. Si no hacs locuras,
lo que gans y lo que le doy  tu mujer, bastar suficiente...
Ahora... cuando yo me muero, es otra cosa.

Pero ni siquiera deseo que se muera mi suegro, pese  la herencia
incalculable. La fortuna de don Estanislao ha sido ms fortuna para m,
precisamente porque nunca la he tenido al alcance de mi mano, cuando
todo el mundo la cree ma. El crdito es inagotable...


                                 XIII

Vzquez, como muchos otros, qued completamente arruinado, y ahora me
consta que no pudo pagar  todos sus acreedores, sino algn tiempo ms
tarde, y eso, gracias  m, despus de haber sufrido las consecuencias
de su imprevisin  de no tener un suegro como el mo, sino, apenas,
como el ingenuo don Evaristo Blanco, hidalgo provincial, incapaz de
negocios.

Fu  verme, y recordndome el viejo prstamo, me pregunt cmo andaba
de dinero.

--Mal--le dije.--Con estas cosas, los pesos andan  caballo. Tenemos
apenas lo estrictamente necesario. Hay que capear el temporal.

--Naturalmente--replic, pensativo.--Por disminuir una desgracia no hay
que hacer mayores dos desgracias.  m eso no me empeora...

Y se fu.

En aquel momento, yo no tena veinte mil pesos disponibles, sino
pidindoselos  Rozsahegy; y no era cosa de abusar de mi suegro, que se
haba portado tan admirablemente conmigo, sobre todo cuando slo  l
poda acudir para mis pequeas necesidades de juego y otras anlogas.
No era Vzquez una querida por quien pudiera yo hacer un disparate, ni
Vzquez tena, tampoco, exigencias que me pusieran fuera de m. Por el
contrario, habl tranquilamente y se fu, y aqu no ha pasado nada.

Entretanto, la situacin poltica era la misma,  mejor para m. Todo
el mundo se haba reconciliado, y los mismos hombres gobernbamos, con
sordina, pero gobernbamos. Mi actitud antes, durante y despus de la
revolucin se consideraba, no un milagro de equilibrio, como lo era
realmente, sino una prueba irrefutable de mis altas dotes de estadista.
En antesalas de la Cmara, en la Casa Rosada, en las redacciones de
los diarios, comenz  hablarse en broma de mis probabilidades de ser
ministro  la primera vacante. Tomlo  broma, me hice tan modesto,
tan pequeo, que las burlas fueron poco  poco perdiendo de acritud y
displicencia y llegaron  hacer ver como posible una cosa  la que,
desde luego, estaba acostumbrado ya el odo de la mayora.

Mi carrera empezaba,  mejor dicho, estaba terminada.

Se habl una vez, en serio, de ministrarme, y hubo quien fuera 
proponrmelo. Era aos ms tarde de los sucesos que acabo de narrar,
segua yo, por fuerza de inercia, siendo diputado de mi provincia, pero
la situacin me pareci harto ambigua, con un Presidente honestsimo,
pero inseguro y burgus, y no me resolv  apuntalarlo, y  hacer
un pasaje de ave migradora por el Ministerio. Resentidos an por
la crisis financiera, los negocios no haban tomado empuje, y yo,
muy rico, no era rico todava, aunque viviera como tal, y no me era
permitido meterme en las honduras de ministro sin repeticin, es decir,
de ministro de dos meses, muerto para siempre como futuro ministro.
Rechac la oferta, diciendo que mejor serva al Gobierno desde abajo
que desde arriba.

Lo que me sonrea era una legacin, y volv  este viejo sueo,
dicindome: en Europa, no en Amrica, como antes. Pero el competidor
nato sali otra vez  mi encuentro. Vzquez pretenda, precisamente, la
nica legacin de alguna importancia  que entonces se poda aspirar.
Vzquez ha sido siempre mi bestia negra, pero no le envidio ninguno
de sus triunfos, aunque me alegre de alguna de sus derrotas... sin
quererlo mal, por eso.

--Un ministerio nacional... Pues una legacin es todava ms fcil
de conseguir. Todo es cosa de saber aprovechar la circunstancia para
pedirla. Y la aprovechar, como hay Dios!

Acababa de pensar esto, cuando me anunciaron una visita, pasndome un
pedazo de cartn, ajado y sucio:

                          MIGUEL DE LA ESPADA
                              PERIODISTA

Lo hice entrar, y desde la puerta me dijo:

--No viene  verte de la Espada, sino del Sable. Hace dos meses que
estoy murindome de hambre en la capital, y he venido  verte cincuenta
veces, por lo menos. As est mi ltima tarjeta, Mauricio!

Y viendo que su entrada en materia no me haca maldita la gracia,
cambi inmediatamente de tono, y aadi:

--Los aos pasan trayendo para unos felicidades, para otros desdichas.
Yo no he sabido conducirme, y ahora, que envejezco, me encuentro ms
abajo que el betn, precisamente, por falta de conducta. No acuso
 nadie de ingratitud, sino  m mismo de insensatez. He servido 
muchos, pero por la ddiva, como las mujerzuelas que no recuerdan
despus  quines quisieron... Hoy me hallo en la derrota, porque, como
dijo tan amargamente mi paisano Caldern en circunstancias no menos
trgicas el traidor no es menester, siendo la traicin pasada.

Su cara me deca su historia de decepciones, pobre vocero de todas las
pasiones y todos los caprichos, juguete de los hombres, ms que de
las circunstancias, y sus ojos, de mirada amistosa y humilde de perro
pcaro, me recordaban la historia de Los Sunchos y de la capital de
provincia. Mi situacin me obligaba  tratarlo de alto abajo; un resto
de juventud me hizo acercarme  l, golpearle el hombro y preguntarle:

--Vamos! qu quieres?

--Comer!--grit con desesperacin bufonesca.--Comer todos los das 
por lo menos tres veces por semana!

--Aqu come todo el mundo.

Con el ndice sobre la nariz, dijo, sentenciosamente:

--Eso dicen todos los que comen!

--Qu haces?

--Desde hace dos meses soy secretario de una sociedad de socorros
mutuos, fundada por un pillastre que se socorre  s mismo. No veo un
cuarto. Con mi mujer y mis hijos vivimos en un departamento de la calle
Corrientes, que es una cueva de anguilas, no ya de ratas. Haz algo por
m!

--Todo lo posible. Aqu tienes cincuenta pesos.

--No era eso. En fin. Despus vendr lo otro.

No par mientes en lo que me deca, preocupado por una asociacin de
ideas:

--Vive don Claudio Zapata?--le pregunt.

--Y doa Gertrudis, naturalmente. Es curioso: son los dos patriarcas
de la ciudad, y  nadie se respeta tanto. Hablan, los pobres viejos,
maravillas de ti, pero terminan siempre diciendo: Dios lo traer al
buen camino!, lo que significa que todava no has llegado  su grado
de perfeccin.

--Ah, canalla!

--Gracias, en nombre de don Claudio!

Se sent. Call un instante, mientras yo lo miraba sonriendo. Despus,
reanud la charla:

--Soy un fracasado, Mauricio, y me atengo  todas las consecuencias
de esto. No tena dedos para organista, por ser gallego, bueno,
est bien! Pero no soy tonto, y tengo algn talento, sin muchas
pretensiones, t ya lo sabes. Cincuenta pesos son cincuenta pesos...
suma respetable, sobre todo para m, que hace cinco minutos no tena un
centavo ni de dnde descolgarlo... Pero dentro de diez das  de dos
horas, me volver  encontrar en la misma situacin... Para salvarme,
no hay ms que esto: tmame  tu servicio; yo ser tu secretario, tu
comisionista, tu amanuense, tu perro... En tu situacin, necesitas
quien te ayude en lo fundamental, porque tienes todo tu tiempo ocupado
en lo superfluo. Yo te buscar los datos que necesites, redactar tus
informes, escribir tus cartas, compondr tus discursos, y...

Se interrumpi al ver mi mal gesto, y cambiando otra vez de tono, dijo,
como un Marcos de Obregn:

--No hay hombre sin hombre, don Mauricio Gmez Herrera. Yo no reclamo,
yo no pido nada. Yo suplico tan slo mi derecho  vivir, aunque cigarra
sin arte. Empiezo  ser viejo, y un gran seor como don Mauricio debe
comprender que estas palabras son decisivas, aunque vengan de un pobre
hombre como yo. Es triste que...

--Ven  verme maana--contest, divertido.--Hablaremos maana.

Fu hasta la puerta, volvi, y, modestamente, dijo:

--Suprimir toda familiaridad. Yo tambin s cunto molesta la
familiaridad intempestiva...

Y haciendo un grande y picaresco saludo, ya en la puerta, murmur:

--Puesto que se me permite... hasta maana.


                                 XIV

Ridculos, los escritos de de la Espada, buenos para un diario de
provincia, pero trasnochados en Buenos Aires. Le indiqu otros asuntos
para que me buscara datos y me extractara libros, y se desempe con
un celo tal, que poco  poco fu convirtindose en mi secretario. Un
secretario modelo, ya sin ambicin, pronto  ejecutar cuanto yo le
mandaba sin hacer objeciones ni permitirse el atrevimiento de pensar.

--He aqu un hombre--me dije ms de una vez--que obedece como yo  las
circunstancias. Por qu  m me va tan bien y  l tan mal?

Y conclu que ocupbamos nuestras posiciones respectivas, bien
equilibradas en la relatividad de las cosas.

Me sirvi mucho, poniendo sobre todo en orden mi correspondencia
harto descuidada, y dndome algunos de esos consejos que uno no
adopta, pero que siempre sirven de punto de referencia para saber
cmo piensan los dems. Es una calumnia la afirmacin de que l
ha hecho casi la totalidad de mis trabajos de diez aos  esta
parte; pero, en cambio, es verdad que me ayud mucho siempre, y que
entre los pocos escritos mos en que no tom participacin figuran
precisamente stas  modo de Memorias caprichosas. En cuanto  sus
consejos, dos tengo que agradecerle infinito, porque--aunque no los
siguiera exactamente--contribuyeron  resolver dos graves situaciones
de mi vida, los dos ltimos episodios que por ahora he de contar, y
rpidamente, porque ya la pluma se me cae de las manos.

Vzquez y yo desebamos la misma cosa desde haca mucho, pero uno
y otro tropezbamos con la misma dificultad: la mala voluntad del
Gobierno, disfrazada bajo una enorme cantidad de pretextos plausibles,
como, por ejemplo, la de que no ramos diplomticos de carrera, y no
caba en lo posible postergar  los viejos ministros para darnos un
puesto superior ( l   m), como si esto no se hubiera hecho toda la
vida y no fuera  seguir hacindose por los siglos de los siglos.

Pedro tena dos elementos en su favor y en su contra al propio tiempo:
era empeoso y necesitaba de ese puesto para salvarse de la miseria. Yo
soy tenaz, tambin, aunque tengo, ahora, en la madurez, la virtud de no
demostrarlo, pero, en cambio, no necesito realmente de nada. Cualquier
cosa que ambicione para mi brillo personal, puedo pedirla para servir
al pas, y aceptarla luego en condiciones inaceptables para los
dems, con la simple diferencia de que luego le he de sacar ventajas
inesperadas, como tantos que reciben gratificaciones por trabajos
completamente desinteresados, al parecer, en un principio...

Pero esta vez mis clculos salieron errados  poco menos. Las
probabilidades de Vzquez subieron un da  trminos tales que su
nombramiento era inminente.

Por indiscrecin, lament esto delante de de la Espada, que, mirndome
de hito en hito, murmur:

--Yo lo matara con cuchillo de palo.

--Dnde est ese cuchillo?

--En lo que debe!

--Bah!

--Un momento, un momento!--replic.--Cunto dara usted por anularlo?

--Diez, vente, cincuenta mil pesos!--exclam.--Es un punto de
partida tan hermoso!...

--No se necesita tanto.

--Cmo as?

--Radnitz tiene, desde hace mucho, letras protestadas de Vzquez, por
un valor de veinte  veinticinco mil pesos, que no ejecuta, confiando
en su porvenir inmediato. En cuanto vea un negocio lo hace saltar.

--Qu hombre es ese Radnitz?

--Tiene un banquito y hace comercio de obras de arte. En el banquito
presta liberalmente al uno por ciento mensual, que resulta el cinco 
el diez, porque hay que comprar acciones...

--Ests muy enterado.

--Te dir. Cuando vine  Buenos Aires todava tena relaciones y cierto
aspecto. Necesitando dinero, me presentaron  Radnitz que me prest
quinientos pesos, obligndome  tomar dos acciones de cien pesos de su
banco, y  firmar una letra de setecientos.

--Sin garanta?

--Casi!! Al mismo tiempo, como fianza, me constitu depositario de
mis propios muebles, valuados en setecientos pesos.

--Los tenas?

--No. Era para renovar la crcel por deudas. Si no pagaba los
setecientos pesos, yo resultara depositario infiel  ira  la
crcel por abuso de confianza...

--De modo que se puede contar con l?

--En absoluto. Dame cinco mil pesos y arreglo el negocio.

--No. Eso me parece bajo!--exclam.

Pero aquella misma tarde encontr  Radnitz en una de sus exposiciones
de pinturas y le dije que haba Bancos, etc., que bastara una
denuncia para que este sistema usurario se viniera abajo. Luego habl
de los cuadros, que l expona, despus de haberlos comprado en Europa
con ayuda de su mujer, diciendo que el Gobierno debera comprar dos
 tres. Y al despedirnos lament que Vzquez no fuera  ser nombrado
ministro, porque hay alguien en el Gobierno que se opone con todas sus
fuerzas, y que aprovechar--con mucha razn,--cualquier pretexto para
desmonetizarlo.

Radnitz no dijo palabra, pero me estrech la mano significativamente.
Al otro da le vi en los pasillos de la Cmara, muy correcto, muy
elegante. Despus de algunas maniobras, se me acerc.

--He venido  ver ... Es muy amigo del ministro de Instruccin y
deseaba saber si comprarn dos cuadros de la Exposicin de la calle de
Florida para el Gobierno. Me han dicho que se interesaba mucho, y como
yo tambin los deseo, no quiero ponerme en pugna con tal competidor
como el Gobierno...

--Y no lo haga, Radnitz, porque estoy convencido de que los comprarn.
Me lo han dicho hace un momento. Lo nico que usted conseguira es
hacer que los cuadros suban demasiado, si se venden en remate. En fin,
all usted...

Hizo como que se iba, y agreg, en tono confidencial:

--He estado en la Bolsa. Lo del banquero y las garantas me parece
una exageracin.  ser uno de esos pequeos prestamistas de tres al
cuarto...

--Sin duda!...

-- propsito! Sabe el escndalo?  Pedro Vzquez acaban de
demandarle ante el juez del crimen por depositario infiel y abuso de
confianza. Parece que, en circunstancias difciles, ha hecho cosas
que... que no estaban bien...

No hice que le compraran los cuadros y de ello me felicito, porque es
un hombre infecto. Creo, tambin, que el cuento del Banco bastaba y
sobraba. Adems, se le pagaran sus crditos.

Llegu tarde  casa  la hora de comer. Cuando tomaba el caf, con
Eulalia, en el hall, antes de irme al Club, me anunciaron  Vzquez.

--Vienes  tiempo de tomar una taza de caf, pero tengo que salir en
seguida--le dije rehuyendo toda explicacin delante de mi mujer.

Pero Pedro estaba demasiado agitado para callarse.

--Tienes dinero disponible?--me dijo, tomando el caf  grandes
sorbos.--Me encuentro en una circunstancia embarazosa.

--Algn dinero tengo. Cunto necesitas?

--Veinte mil pesos.

Di un salto en la silla. Despus me tranquilic.

--Tanto no--dije.--Apenas ochocientos  mil. Pero, dentro de ocho das
 quince...

--Ahora mismo.

--Es una fatalidad.

--Recuerda que yo no te hice objeciones, y que t me prometiste, cuando
te prest igual suma...

--Que todava no te he pagado. Me lo echas en cara? No! siempre estn
 tu disposicin. Slo que en este momento...

Eulalia se levant y nos dej solos.

--De veras? No podras conseguir?... Se trata de un asunto de honor
ms grave que el tuyo, una deuda descuidada, que unos viles usureros
hacen revivir ahora. Lo peor es que lo han llevado  los Tribunales,
para echarme la cuerda al cuello, y que si la cosa trasciende no me
nombrarn ministro en Europa... Si hubieran tardado quince das! Es
una maldicin!

--Ver  mis amigos en el Club.

--S, Mauricio! es tremendo lo que me pasa. Alguien ha ido  tratar de
impedir que salga la noticia en los diarios, pero si esta situacin se
prolonga, estoy reventado para toda la siega...

Salimos juntos.

--Es fcil. Voy  buscar el dinero.

--Te ver esta noche? Dnde?

-- las dos, en el Crculo. , mejor, maana, temprano, en casa...
Veinte mil... No te aflijas... No es una montaa.

Se fu consolado y no me acord de l hasta la hora de levantarme,  la
una del da siguiente. Eulalia me aguardaba en el comedor.

--Vzquez ha venido ya tres veces--me dijo.

--Como si no hubiera venido.

--Por qu?

--Porque no he podido conseguirle el dinero.

--Pero yo s.

--Cmo? Los veinte mil?

--Aqu estn. Pap me los ha prestado.

--Es decir que has ido...

--Te vea tan perplejo!...

--Oh, admirable inocencia! Le di un beso en la frente, guard los
veinte billetes de mil, y orden que hicieran pasar  Vzquez  mi
despacho, en cuanto volviera  presentarse.

Entr.

--Has conseguido?

--S, y no.

--Cmo?

--Dentro de dos das los tendrs. Imposible andar ms ligero ni aun
tratndose de Bancos. Ven  verme el jueves; no; el mircoles por la
tarde: har que las cosas anden lo ms rpidamente posible.

--Si no los tengo hoy, pueden perderme... Es un asunto de honor. Si
llego  los tribunales   la prensa, aunque mi nombre quede  salvo,
mi porvenir se va al demonio...

--Tranquilzate. En nuestra tierra no se hila tan delgado. Muchos han
salido triunfantes de situaciones ms difciles y escabrosas.

--Ah, Mauricio! Quiera Dios! En fin! de todos mis amigos y de todos
los que me deben servicios, t eres el nico  quien no he acudido en
vano...

Ya en el hall, y cuando comenzaba  bajar la escalera, le dije:

--Pues, para abreviar tu espectativa, yo mismo ir  buscarte el
mircoles, llevndote eso...

--Seguro?

--Y tan seguro!

De la Espada se puso al corriente de todo esto. Creo que corri  los
diarios que malqueran  Vzquez. El hecho es que, veladamente, algunos
dieron aquella misma tarde la noticia de un grave escndalo en que
estaba implicado un candidato  ministro plenipotenciario, aadiendo
datos inequvocos de que se trataba de Vzquez. Sent un movimiento
de temor, de repugnancia  de arrepentimiento, recordando uno  dos
dramas  que asistiera en mi vida y que provocaron el suicidio de
algunos ilusos, pero me tranquilic inmediatamente, porque no haba
hecho ms que favorecer la lgica de los hechos, separando de ellos la
parte romntica y, por lo tanto, enfermiza. Quin llamaba  Eulalia?
Yo no tena el dinero... Por qu imponerme que cambiara el rumbo de
las circunstancias? Y adems, yo estaba resuelto  pagar, y el honor
de Vzquez siempre quedaba  salvo. El honor s; pero, y el puesto?
Vamos! como si el puesto no me correspondiera!

El Presidente era meticuloso y bast aquel boceto de escndalo para que
hiciera encarpetar la credencial de Vzquez, mezclado  un mal asunto
de crdito de la poca todava execrada y no bastante maldecida.

El mircoles me present en casa de Vzquez y le di los veinte mil
pesos.

--Aun con esto estoy arruinado!--solloz.

--No creas. Ve  ver  mi suegro. Yo he hablado con l. Rozsahegy est
seguro de recoger esas malhadadas letras con cinco  diez mil pesos
cuando ms. Es un chantage. No tengas escrpulos.

--No lo har. Me importa poco. Me voy al campo  trabajar. Es lo que me
aconseja Mara.

Mara! Sent de pronto el spero deseo de verla, de hablar con ella, y
prolongu la conversacin con la esperanza de conseguirlo.

--Irse al campo es intil sin capital, sin una estancia. Qu hars?

--Poco me importa.

--Un hombre de tu mrito...

--Mi mrito es nulo.

--Por qu?

--Porque no puedo amoldarme  las circunstancias, ni servir  nadie,
ni ser mi propio instrumento. Me sueo pintor, escultor, herrero,
ebanista, y, en ltimo caso, labrador  pastor. Ah, Mauricio, si todo
el mundo fuera como t!...

Es amargo esto? No. La vida es la amarga. Uno tiene que ir abrindose
camino  costa de los otros por la fuerza, por la astucia  por ambas
cosas  la vez.

Pero Mara me preocupaba tanto en aquel momento, que acab por
preguntar:

--Y tu seora?

--Est indispuesta. Desde que se inici este drama en que t vienes
 ser mi salvador, duda de todo el mundo, y lo que son las mujeres!
sta, tan inteligente, tan aguda, tan fina, no quiere rendirse  la
evidencia, y hasta sospecha de...

Se detuvo, como no queriendo decir la enormidad que adivin, y que
descubr preguntando afirmativamente:

--De m, eh?

Y sin esperar la respuesta, le tend la mano, efusivo y conmovido,
murmurando:

--Qu le haremos! No hay dicha ni desgracia completas en este mundo!


                                  XV

Escribo estas Memorias en Europa, lo que quiere decir que obtuve
la plenipotencia malamente ambicionada por Vzquez. Pero no fu
sin sufrimientos. Apenas se comenz  hablar de mi candidatura, un
periodicucho efmero, de sos que suelen publicar los muchachos
en los momentos de agitacin, _El Chispero_, emprendi una feroz
campaa contra m, como si yo fuese el representante de toda una
poca de corrupcin. No le hice caso. No le hice caso hasta que
habl malvolamente de la muerte de Camino, insinuando las peores
suposiciones. Y aun as, no di importancia  aquellos dicterios,
teniendo como tena mi nombramiento en el bolsillo y mi paz perpetua
asegurada, hasta el instante en que, al pie de uno de esos artculos vi
esta firma desconcertante: Mauricio Rivas.

Mauricio Rivas.

--Mauricio Rivas! Qu quiere decir esto?

Llam  de la Espada.

--Quin es este Rivas, este Mauricio Rivas que escribe en _El
Chispero_?--pregunt.

--Debe ser un jovencito que empieza. Yo nunca he odo hablar de l.

--Hay que averiguar--dije aparentando indiferencia.

Y luego:

--Hay que averiguar hoy mismo. Me interesa.

--Lo har.

Me interesaba el artculo por dos razones: porque era una violenta
diatriba contra m, para denigrarme como ministro diplomtico ante una
corte europea, y porque estaba firmado con un nombre... con el nombre
del hijo de Teresa.

El farsante se que, conociendo mi vida juvenil, me jugaba aquella
pesada broma, iba  pasarlo mal. No es Mauricio Gmez Herrera de los
que se dejan tocar impunemente las narices. Y, sobre todo, no me
gustaba ese smbolo, trado de los cabellos, de la juventud consciente
y sabia que pasa por encima de las ideas de los padres, para ir  la
conquista de un porvenir romnticamente soado.

Busqu entre mis amigos y mis enemigos quin poda ser el autor de
aquel artculo garboso, y se lo atribu  Vzquez. Pero Vzquez estaba
en Los Sunchos, con su Mara, como arrendatario de una estanzuela que
haba ido convirtiendo en granja,  si se quiere chacra, y me escriba
de vez en cuando cartas llenas de amistad, seguramente  escondidas de
su mujer.

--No es Vzquez. Pero qu canalla!--exclam, volviendo  empezar el
artculo para darme cuenta exacta de sus detalles.

No. No poda ser un contemporneo, porque sintetizaba demasiado. Uno
de mis camaradas hubiera entrado en mayores detalles, no hubiera visto
las cosas  bulto, hubiera cometido menos errores. Vean ustedes: aqu
tengo el recorte, con su ttulo y todo:

            DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA

Tan ignorante y tan dominador como el abuelo, naci en un rincn de
provincia, y creci en l sin aprender otra cosa que el amor de su
persona y la adoracin de sus propios vicios.

Nunca entendi ni acept cosa alguna de la ley, sino cuando le convino
para sus intereses y sus pasiones.

Es la sntesis de la respetable generacin que nos gobierna; y media
sociedad, si se viera en el espejo, se dira cuando pasa: Yo soy se.

Tuvo de su abuelo el atavismo al revs, y as como aqul pele
contra la partida, muchas veces sin razn, ste pelea siempre sin
razn, con la partida, contra todo lo dems. Suprime sin ruido, hasta
gobernadores, como el otro compadremente, facn en mano. Que Camino
lo diga... Est llamado por eso  todos los triunfos, y no morir
clavado  una tapia por gentes de bien, sino clavando  las gentes de
bien, moral  materialmente, en todas partes...

Pero basta de prlogo y pasemos  sus aventuras.

Hered de su padre el caudillaje, y vistiendo la ropa del civilizado,
fu, desde criatura, la esencia del gaucho y del compadrito, despojado
con el chirip y el poncho de todas las que pudieran parecer virtudes,
conservando slo cierto valor personal y un desprendimiento que no es
sino la jactancia del ente que se cree superior, y se ensoberbece tanto
ms cuanto ms grandes son las personas  quienes pueda  trate de
humillar.

As, por ejemplo...

Y segua una larga serie de ancdotas, casi todas falsas--entre
ellas el envenenamiento de Camino,--pero tras de cuyas lneas se
transparentaba claramente mi persona, para terminar diciendo:

El que esto escribe, no quiere mal al nieto de Juan Moreira, ni  don
Mauricio Gmez Herrera, ni ... tantos otros! para qu citar nombres?
Pero cree que es sonada la hora de acabar con el gauchismo y el
compadraje, de no rendir culto  esos fantasmas del pasado, de respetar
la cultura en sus mejores formas, y de preferir el mrito modesto al
exitismo  todo trance. Quiz se le crea exagerado, pero por el estudio
que har detenidamente de esta personalidad y de otras anlogas, en
sucesivos artculos, se ver que tiene razn de reclamar, en nombre de
la juventud, contra estos crmenes de lesa patria.

Que el nieto de Juan Moreira nos represente en Europa! Por qu no
hacer, entonces, que nos gobierne Facundo, que era lo mismo que l?

Y firmaba: Mauricio Rivas.

Que el artculo era contra m, resultaba evidente de la lnea aquella:
el autor no quiere mal ni al nieto de Juan Moreira, ni  don Mauricio
Gmez Herrera...

El asunto me preocup hondamente todo el da, pero no quise interrogar
 de la Espada, aunque lo viera salir  la calle y volver varias
veces, con la cara larga, y esquivndome los ojos.

--Qu habr?--me deca.

Por la tarde, cuando iba  retirarse, vacil un rato, despus se acerc
 m, y me llam aparte, pues estaba, como siempre, rodeado de amigos.

--Es una desgracia--tartamude.

--Qu?

--El autor del artculo...

--Ah!

--S; es un jovencito de diez y ocho  veinte aos, que me parece...

--El hijo de Teresa?

--Tu hijo, s.

--Tena que suceder!...--exclam haciendo un esfuerzo para
reirme.--Pero esto no puede continuar as. Dnde vive?

--No s. Pero, tienes que hablarle...

--Dnde se le ve?

--Come todas las noches en una fonda de la calle Carabelas.

--En la cortada del Mercado del Plata?

--Eso es.

De todas las dificultades de mi vida, aqulla era la ms nimia
porque de _El Chispero_ nadie haca el menor caso, pero ninguna me
molest ni me irrit ms, hacindome llegar  creer que de aquellas
indiscreciones, de aquella diatriba, dependa todo mi porvenir... Tom
el sombrero y sal, dejando, como de costumbre, que las visitas se
quedaran  se fueran,  su antojo, y comenc  pasearme por las calles
ms solitarias, pensando en lo que habra de hacer.

De pronto, me encontr en la calle Carabelas. Entr en la fonda
indicada. Pregunt, despus de pedir un caf, que result infame
decoccin de porotos, si estaba all don Mauricio...

--Qu don Mauricio?

--Rivas. Un jovencito que viene  comer.

--Uno que escribe sobre los diarios?

--se.

--Todava no vino.

Esper, domando los nervios.

Por fin, vi acercarse un jovencito que deba parecerse  m, cuando
haca mis primeras armas en Los Sunchos. Llam al mozo.

--Es se?

--No. se es un amigo. Todos los que vienen se parecen...

 la media hora, l mismo me seal un joven ojinegro, pelinegro, como
Teresa, tmido en el andar y la expresin, como Teresa, pero con algo
en la mirada, especie de resolucin heroica y tierna  la vez.

--Es usted don Mauricio Rivas?

--Servidor.  quin tengo la honra?

--Habla usted con un hombre de quien acaba de decir que no lo quiere
mal...

--No me doy cuenta--murmur sorprendido.

--Tiene usted dos minutos que dedicar  un desconocido? En tal caso,
hgame el favor de sentarse...

Se sent, tmido, contrastando con la violencia de su escrito.

--Impulsivo--pens.--Si yo soy el nieto, t eres el biznieto de Juan
Moreira!...

l estaba cortado, esperando un acontecimiento que no saba adivinar,
ni siquiera sospechar.

--Tome usted un poco de vermouth.

--Bien.

--Mis compaeros me esperan para comer--agreg.--Deseara saber qu me
vale este honor...

--He ledo su artculo de _El Chispero_. Es notable, como vigor,
pero me parece exagerado. Usted har camino en el periodismo, y tengo
razones para darle un consejo...

--Ah?--murmur bebiendo un sorbo de vermouth.

--Es preciso que usted conozca ms  fondo  las personas que ataca, y
que no se haga un dao irreparable por impremeditacin juvenil.

--Seor--me dijo incorporndose, como para marcharse,--no pido, por el
momento, cursos de literatura ni de periodismo...

--Muy bien contestado!--exclam, tomndolo acariciadoramente de un
brazo.--Muy bien contestado, y si yo no fuera quien soy, no insistira
en aconsejarle.

--Y quin es usted?--pregunt con enojo.

--Yo soy Mauricio Gmez Herrera.

Se qued boquiabierto. Yo continu, blandamente, con la serenidad que
me daba mi experiencia segura de triunfar de toda aquella candidez:

--Y si usted hubiera consultado ese artculo con su mam, con doa
Teresa, no lo hubiera escrito nunca,  no lo hubiera publicado...
Somos amigos... amigos ntimos con su mam... desde la infancia... y
despus...

--Eso no impide...

--Pregntele  ella...

--La razn se sobrepone  los afectos, y las pocas tienen sus
exigencias.

--El deber no cambia.

--Quiere decir?--grit.

--Silencio!

Me levant, y dije reposadamente, mientras pagaba al mozo:

--Habla con Teresa, Mauricio.

Un rayo no lo hubiera inmovilizado ms.

Al da siguiente busqu _El Chispero_; no traa el artculo anunciado.
En cambio, por la tarde recib esta esquela firmada _T. R._:

Tuvo usted razn, pero no sentimiento. La vida es suya. El pobre
muchacho es otro, desde que sabe. Pero vivir matando debe ser una
desgracia.

Vi algo horrible, y sal de mi despacho, dejando la esquela tirada en
el suelo. Cuando me tranquilic y volv, la quem sin piedad, casi con
rabia.

Vaya una tontera! Suponer que, por vanas consideraciones
sentimentales, uno ha de renunciar  sus grandes proyectos  dejarse
manosear por quien quiera!...


_Uccle-lez-Bruxelles, 9 diciembre 1910._







End of the Project Gutenberg EBook of Divertidas aventuras del nieto de Juan
Moreira, by Roberto Payr

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DIVERTIDAS AVENTURAS DEL ***

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