The Project Gutenberg EBook of El arbol de la ciencia, by Po Baroja

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Title: El arbol de la ciencia

Author: Po Baroja

Release Date: October 11, 2019 [EBook #60464]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ARBOL DE LA CIENCIA ***




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                              PO BAROJA

                                LA RAZA

                        EL RBOL DE LA CIENCIA

                                NOVELA

                            [Illustration]

                      RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR
                    Calle de Ventura Rodrguez, 18
                                 1918




                                LA RAZA

                        EL RBOL DE LA CIENCIA




_Copyright by Rafael Caro Raggio-1918._

_Es propiedad._

_Prohibida la reproduccin._

Imp. Artstica, Sez Hermanos, Tudescos, 34.-Telf. 5365




                             PRIMERA PARTE

                  La vida de un estudiante en Madrid.




                                   I

                  ANDRS HURTADO COMIENZA LA CARRERA


SERAN las diez de la maana de un da de octubre. En el patio de la
Escuela de Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se
abriera la clase.

De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban
entrando muchachos jvenes que, al encontrarse reunidos, se saludaban,
rean y hablaban.

Por una de estas anomalas clsicas de Espaa, aquellos estudiantes
que esperaban en el patio de la Escuela de Arquitectura, no eran
arquitectos del porvenir, sino futuros mdicos y farmacuticos.

La clase de Qumica general del ao preparatorio de Medicina y Farmacia
se daba en esta poca en una antigua capilla del Instituto de San
Isidro convertida en clase, y sta tena su entrada por la Escuela de
Arquitectura.

La cantidad de estudiantes y la impaciencia que demostraban por entrar
en el aula se explicaba fcilmente por ser aqul, primer da de curso y
del comienzo de la carrera.

Ese paso del bachillerato al estudio de facultad siempre da al
estudiante ciertas ilusiones, le hace creerse ms hombre, que su vida
ha de cambiar.

Andrs Hurtado, algo sorprendido de verse entre tanto compaero, miraba
atentamente arrimado a la pared la puerta de un ngulo del patio por
donde tenan que pasar.

Los chicos se agrupaban delante de aquella puerta como el pblico a la
entrada de un teatro.

Andrs segua apoyado en la pared, cuando sinti que le agarraban del
brazo y le decan:

--Hola, chico!

Hurtado se volvi y se encontr con su compaero de Instituto Julio
Aracil.

Haban sido condiscpulos en San Isidro; pero Andrs haca tiempo que
no vea a Julio. ste haba estudiado el ltimo ao del bachillerato,
segn dijo, en provincias.

--Qu, t tambin vienes aqu?--le pregunt Aracil.

--Ya ves.

--Qu estudias?

--Medicina.

--Hombre! Yo tambin. Estudiaremos juntos.

Aracil se encontraba en compaa de un muchacho de ms edad que l,
a juzgar por su aspecto, de barba rubia y ojos claros. Este muchacho
y Aracil, los dos correctos, hablaban con desdn de los dems
estudiantes, en su mayora palurdos provincianos, que manifestaban la
alegra y la sorpresa de verse juntos con gritos y carcajadas.

Abrieron la clase, y los estudiantes, apresurndose y apretndose como
si fueran a ver un espectculo entretenido, comenzaron a pasar.

--Habr que ver cmo entran dentro de unos das--dijo Aracil
burlonamente.

--Tendrn la misma prisa para salir que ahora tienen para
entrar--repuso el otro.

Aracil, su amigo y Hurtado se sentaron juntos. La clase era la antigua
capilla del Instituto de San Isidro de cuando ste perteneca a los
jesutas. Tena el techo pintado con grandes figuras a estilo de
Jordaens; en los ngulos de la escocia los cuatro evangelistas, y en el
centro una porcin de figuras y escenas bblicas. Desde el suelo hasta
cerca del techo se levantaba una gradera de madera muy empinada con
una escalera central, lo que daba a la clase el aspecto del gallinero
de un teatro.

Los estudiantes llenaron los bancos casi hasta arriba; no estaba an el
catedrtico, y como haba mucha gente alborotadora entre los alumnos,
alguno comenz a dar golpecitos en el suelo con el bastn; otros muchos
le imitaron, y se produjo una furiosa algaraba.

De pronto se abri una puertecilla del fondo de la tribuna, y apareci
un seor viejo, muy empaquetado, seguido de dos ayudantes jvenes.

Aquella aparicin teatral del profesor y de los ayudantes provoc
grandes murmullos; alguno de los alumnos ms atrevidos comenz a
aplaudir, y viendo que el viejo catedrtico, no slo no se incomodaba,
sino que saludaba como reconocido, aplaudieron an ms.

--Esto es una ridiculez--dijo Hurtado.

--A l no le debe parecer eso--replic Aracil rindose--; pero si es
tan majadero que le gusta que le aplaudan, le aplaudiremos.

El profesor era un pobre hombre presuntuoso, ridculo. Haba estudiado
en Pars y adquirido los gestos y las posturas amaneradas de un francs
petulante.

El buen seor comenz un discurso de salutacin a sus alumnos, muy
enftico y altisonante, con algunos toques sentimentales: les habl de
su maestro Liebig, de su amigo Pasteur, de su camarada Berthelot, de la
Ciencia, del microscopio...

Su melena blanca, su bigote engomado, su perilla puntiaguda, que le
temblaba al hablar, su voz hueca y solemne le daban el aspecto de
un padre severo de drama, y alguno de los estudiantes que encontr
este parecido, recit en voz alta y cavernosa los versos de Don Diego
Tenorio, cuando entra en la Hostera del Laurel en el drama de Zorrilla:

      Que un hombre de mi linaje
    descienda a tan ruin mansin.

Los que estaban al lado del recitador irrespetuoso se echaron a reir, y
los dems estudiantes miraron al grupo de los alborotadores.

--Qu es eso? Qu pasa?--dijo el profesor ponindose los lentes y
acercndose al barandado de la tribuna--. Es que alguno ha perdido la
herradura por ah? Yo suplico a los que estn al lado de ese asno, que
rebuzna con tal perfeccin que se alejen de l, porque sus coces deben
ser mortales de necesidad.

Rieron los estudiantes con gran entusiasmo, el profesor di por
terminada la clase retirndose haciendo un saludo ceremonioso y los
chicos aplaudieron a rabiar.

Sali Andrs Hurtado con Aracil, y los dos, en compaa del joven de la
barba rubia, que se llamaba Montaner, se encaminaron a la Universidad
Central, en donde daban la clase de Zoologa y la de Botnica.

En esta ltima los estudiantes intentaron repetir el escndalo de la
clase de Qumica; pero el profesor, un viejecillo seco y malhumorado,
les sali al encuentro, y les dijo que de l no se rea nadie, ni
nadie le aplauda como si fuera un histrin.

De la Universidad, Montaner, Aracil y Hurtado marcharon hacia el centro.

Andrs experimentaba por Julio Aracil bastante antipata, aunque en
algunas cosas le reconoca cierta superioridad; pero sinti an mayor
aversin por Montaner.

Las primeras palabras entre Montaner y Hurtado fueron poco amables.
Montaner hablaba con una seguridad de todo algo ofensiva; se crea, sin
duda, un hombre de mundo. Hurtado le replic varias veces bruscamente.

Los dos condiscpulos se encontraron en esta primera conversacin
completamente en desacuerdo. Hurtado era republicano, Montaner defensor
de la familia real; Hurtado era enemigo de la burguesa, Montaner
partidario de la clase rica y de la aristocracia.

--Dejad esas cosas--dijo varias veces Julio Aracil--; tan estpido es
ser monrquico como republicano; tan tonto defender a los pobres como
a los ricos. La cuestin sera tener dinero, un cochecito como se--y
sealaba uno--y una mujer como aqulla.

La hostilidad entre Hurtado y Montaner todava se manifest delante del
escaparate de una librera. Hurtado era partidario de los escritores
naturalistas, que a Montaner no le gustaban; Hurtado era entusiasta de
Espronceda, Montaner de Zorrilla; no se entendan en nada.

Llegaron a la Puerta del Sol y tomaron por la Carrera de San Jernimo.

--Bueno, yo me voy a casa--dijo Hurtado.

--Dnde vives?--le pregunt Aracil.

--En la calle de Atocha.

--Pues los tres vivimos cerca.

Fueron juntos a la plaza de Antn Martn y all se separaron con muy
poca afabilidad.




                                  II

                            LOS ESTUDIANTES


EN esta poca era todava Madrid una de las pocas ciudades que
conservaba espritu romntico.

Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de frmulas prcticas
para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente
fsico y moral. Tales frmulas, tal especial manera de ver, constituye
un pragmatismo til, simplificador, sintetizador.

El pragmatismo nacional cumple su misin mientras deja paso libre a
la realidad; pero si se cierra este paso, entonces la normalidad de
un pueblo se altera, la atmsfera se enrarece, las ideas y los hechos
toman perspectivas falsas. En un ambiente de ficciones, residuo de un
pragmatismo viejo y sin renovacin viva el Madrid de hace aos.

Otras ciudades espaolas se haban dado alguna cuenta de la necesidad
de transformarse y de cambiar; Madrid segua inmvil, sin curiosidad,
sin deseo de cambio.

El estudiante madrileo, sobre todo el venido de provincias, llegaba a
la corte con un espritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar,
perseguir a las mujeres, pensando, como deca el profesor de Qumica
con su solemnidad habitual, quemarse pronto en un ambiente demasiado
oxigenado.

Menos el sentido religioso, la mayora no lo tenan, ni les preocupaba
gran cosa la religin; los estudiantes de las postrimeras del siglo
XIX venan a la corte con el espritu de un estudiante del siglo XVII,
con la ilusin de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de
vivir

    llevando a sangre y a fuego
    amores y desafos.

El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la
realidad e intentara adquirir una idea clara de su pas y del papel que
representaba en el mundo, no poda. La accin de la cultura europea en
Espaa era realmente restringida, y localizada a cuestiones tcnicas,
los peridicos daban una idea incompleta de todo; la tendencia general
era hacer creer que lo grande de Espaa poda ser pequeo fuera de ella
y al contrario, por una especie de mala fe internacional.

Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de Espaa, o
hablaban de ellas en broma, era porque nos odiaban; tenamos aqu
grandes hombres que producan la envidia de otros pases: Castelar,
Cnovas, Echegaray... Espaa entera, y Madrid sobre todo, viva en un
ambiente de optimismo absurdo. Todo lo espaol era lo mejor.

Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusin del pas pobre que se
aisla, contribua al estancamiento, a la fosilificacin de las ideas.

Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, se reflejaba en las
ctedras. Andrs Hurtado pudo comprobarlo al comenzar a estudiar
Medicina. Los profesores del ao preparatorio eran viejsimos; haba
algunos que llevaban cerca de cincuenta aos explicando.

Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpata y
respeto que ha habido siempre en Espaa por lo intil.

Sobre todo, aquella clase de Qumica de la antigua capilla del
Instituto de San Isidro era escandalosa. El viejo profesor recordaba
las conferencias del Instituto de Francia, de clebres qumicos, y
crea, sin duda, que explicando la obtencin del nitrgeno y del cloro
estaba haciendo un descubrimiento, y le gustaba que le aplaudieran.
Satisfaca su pueril vanidad dejando los experimentos aparatosos para
la conclusin de la clase, con el fin de retirarse entre aplausos, como
un prestidigitador.

Los estudiantes le aplaudan, riendo a carcajadas. A veces, en medio
de la clase, a alguno de los alumnos se le ocurra marcharse, se
levantaba y se iba. Al bajar por la escalera de la gradera los pasos
del fugitivo producan gran estrpito, y los dems muchachos sentados
llevaban el comps golpeando con los pies y con los bastones.

En la clase se hablaba, se fumaba, se lean novelas, nadie segua la
explicacin; alguno lleg a presentarse con una corneta, y cuando el
profesor se dispona a echar en un vaso de agua un trozo de potasio,
di dos toques de atencin; otro meti un perro vagabundo, y fu un
problema echarlo.

Haba estudiantes descarados que llegaban a las mayores insolencias;
gritaban, rebuznaban, interrumpan al profesor. Una de las gracias
de estos estudiantes era la de dar un nombre falso cuando se lo
preguntaban.

--Usted--deca el profesor sealndole con el dedo, mientras le
temblaba la perilla por la clera--, cmo se llama usted?

--Quin? Yo?

--S, seor usted, usted! Cmo se llama usted?--aada el profesor,
mirando la lista.

--Salvador Snchez.

--Alias Frascuelo--deca alguno, entendido con l.

--Me llamo Salvador Snchez; no s a quin le importar que me llame
as, y si hay alguno que le importa, que lo diga--replicaba el
estudiante, mirando al sitio de donde haba salido la voz y hacindose
el incomodado.

--Vaya usted a paseo!--replicaba el otro.

--Eh! Eh! Fuera! Al corral!--gritaban varias voces.

--Bueno, bueno. Est bien. Vyase usted--deca el profesor, temiendo
las consecuencias de estos altercados.

El muchacho se marchaba, y a los pocos das volva a repetir la gracia,
dando como suyo el nombre de algn poltico clebre o de algn torero.

Andrs Hurtado los primeros das de clase no sala de su asombro.
Todo aquello era demasiado absurdo. l hubiese querido encontrar una
disciplina fuerte y al mismo tiempo afectuosa, y se encontraba con
una clase grotesca en que los alumnos se burlaban del profesor. Su
preparacin para la ciencia no poda ser ms desdichada.




                                  III

                      ANDRS HURTADO Y SU FAMILIA


EN casi todos los momentos de su vida Andrs experimentaba la sensacin
de sentirse solo y abandonado.

La muerte de su madre le haba dejado un gran vaco en el alma y una
inclinacin por la tristeza.

La familia de Andrs, muy numerosa, se hallaba formada por el padre y
cinco hermanos. El padre, don Pedro Hurtado, era un seor alto, flaco,
elegante, hombre guapo y calavera en su juventud.

De un egosmo frentico, se considera el metacentro del mundo. Tena
una desigualdad de carcter perturbadora, una mezcla de sentimientos
aristocrticos y plebeyos insoportable. Su manera de ser se revelaba
de una manera inslita e inesperada. Diriga la casa despticamente,
con una mezcla de chinchorrera y de abandono, de despotismo y de
arbitrariedad, que a Andrs le sacaba de quicio.

Varias veces, al oir a don Pedro quejarse del cuidado que le
proporcionaba el manejo de la casa, sus hijos le dijeron que lo dejara
en manos de Margarita. Margarita contaba ya veinte aos, y saba
atender a las necesidades familiares mejor que el padre; pero don Pedro
no quera.

A ste le gustaba disponer del dinero, tena como norma gastar de
cuando en cuando veinte o treinta duros en caprichos suyos, aunque
supiera que en su casa se necesitaran para algo imprescindible.

Don Pedro ocupaba el cuarto mejor, usaba ropa interior fina, no poda
utilizar pauelos de algodn, como todos los dems de la familia, sino
de hilo y de seda. Era socio de dos casinos, cultivaba amistades con
gente de posicin y con algunos aristcratas, y administraba la casa de
la calle de Atocha, donde vivan.

Su mujer, Fermina Iturrioz, fu una vctima; pas la existencia
creyendo que sufrir era el destino natural de la mujer. Despus de
muerta, don Pedro Hurtado haca el honor a la difunta de reconocer sus
grandes virtudes.

--No os parecis a vuestra madre--deca a sus hijos--; aqulla fu una
santa.

A Andrs le molestaba que don Pedro hablara tanto de su madre, y a
veces le contest violentamente, dicindole que dejara en paz a los
muertos.

De los hijos, el mayor y el pequeo, Alejandro y Luis, eran los
favoritos del padre.

Alejandro era un retrato degradado de don Pedro. Ms intil y egosta
an, nunca quiso hacer nada, ni estudiar ni trabajar, y le haban
colocado en una oficina del Estado, adonde iba solamente a cobrar el
sueldo.

Alejandro daba espectculos bochornosos en casa; volva a las altas
horas de las tabernas, se emborrachaba y vomitaba y molestaba a todo el
mundo.

Al comenzar la carrera Andrs, Margarita tena unos veinte aos. Era
una muchacha decidida, un poco seca, dominadora y egosta.

Pedro vena tras ella en edad y representaba la indiferencia
filosfica y la buena pasta. Estudiaba para abogado, y sala bien
por recomendaciones; pero no se cuidaba de la carrera para nada. Iba
al teatro, se vesta con elegancia, tena todos los meses una novia
distinta. Dentro de sus medios gozaba de la vida alegremente.

El hermano pequeo, Luisito, de cuatro o cinco aos, tena poca salud.

La disposicin espiritual de la familia era un tanto original. Don
Pedro prefera a Alejandro y a Luis; consideraba a Margarita como si
fuera una persona mayor; le era indiferente su hijo Pedro, y casi
odiaba a Andrs, porque no se someta a su voluntad. Hubiera habido que
profundizar mucho para encontrar en l algn afecto paternal.

Alejandro senta dentro de la casa las mismas simpatas que el padre;
Margarita quera ms que a nadie a Pedro y a Luisito, estimaba a Andrs
y respetaba a su padre. Pedro era un poco indiferente; experimentaba
algn cario por Margarita y por Luisito y una gran admiracin por
Andrs. Respecto a este ltimo, quera apasionadamente al hermano
pequeo, tena afecto por Pedro y por Margarita, aunque con sta rea
constantemente, despreciaba a Alejandro y casi odiaba a su padre; no le
poda soportar, le encontraba petulante, egosta, necio, pagado de s
mismo.

Entre padre e hijo exista una incompatibilidad absoluta, completa, no
podan estar conformes en nada. Bastaba que uno afirmara una cosa para
que el otro tomara la posicin contraria.




                                  IV

                           EN EL AISLAMIENTO


LA madre de Andrs, navarra fantica, haba llevado a los nueve o diez
aos a sus hijos a confesarse.

Andrs, de chico, sinti mucho miedo, slo con la idea de acercarse al
confesonario. Llevaba en la memoria el da de la primera confesin,
como una cosa transcendental, la lista de todos sus pecados; pero
aquel da, sin duda el cura tena prisa y le despach sin dar gran
importancia a sus pequeas transgresiones morales.

Esta primera confesin fu para l un chorro de agua fra; su hermano
Pedro le dijo que l se haba confesado ya varias veces, pero que nunca
se tomaba el trabajo de recordar sus pecados. A la segunda confesin,
Andrs fu dispuesto a no decir al cura ms que cuatro cosas para salir
del paso. A la tercera o cuarta vez se comulgaba sin confesarse sin el
menor escrpulo.

Despus, cuando muri su madre, en algunas ocasiones su padre y su
hermana le preguntaban si haba cumplido con Pascua, a lo cual l
contestaba que s indiferentemente.

Los dos hermanos mayores, Alejandro y Pedro, haban estudiado en un
colegio mientras cursaban el bachillerato; pero al llegar el turno
a Andrs, el padre dijo que era mucho gasto, y llevaron al chico al
Instituto de San Isidro y all estudi un tanto abandonado. Aquel
abandono y el andar con los chicos de la calle despabil a Andrs.

Se senta aislado de la familia, sin madre, muy solo, y la soledad
le hizo reconcentrado y triste. No le gustaba ir a los paseos donde
hubiera gente, como a su hermano Pedro; prefera meterse en su cuarto y
leer novelas.

Su imaginacin galopaba, lo consuma todo de antemano. Har esto y
luego esto--pensaba--. Y despus? Y resolva este despus y se le
presentaba otro y otro.

Cuando concluy el bachillerato se decidi a estudiar Medicina sin
consultar a nadie. Su padre se lo haba indicado muchas veces: Estudia
lo que quieras; eso es cosa tuya.

A pesar de decrselo y de recomendrselo el que su hijo siguiese sus
inclinaciones sin consultrselo a nadie, interiormente le indignaba.

Don Pedro estaba constantemente predispuesto contra aquel hijo, que
l consideraba dscolo y rebelde. Andrs no ceda en lo que estimaba
derecho suyo, y se plantaba contra su padre y su hermano mayor con una
terquedad violenta y agresiva.

Margarita tena que intervenir en estas trifulcas, que casi siempre
concluan marchndose Andrs a su cuarto o a la calle.

Las discusiones comenzaban por la cosa ms insignificante; el
desacuerdo entre padre e hijo no necesitaba un motivo especial para
manifestarse, era absoluto y completo; cualquier punto que se tocara
bastaba para hacer brotar la hostilidad, no se cambiaba entre ellos una
palabra amable.

Generalmente el motivo de las discusiones era poltico; don Pedro se
burlaba de los revolucionarios, a quien diriga todos sus desprecios e
invectivas, y Andrs contestaba insultando a la burguesa, a los curas
y al ejrcito.

Don Pedro aseguraba que una persona decente no poda ser ms que
conservador. En los partidos avanzados tena que haber necesariamente
gentuza, segn l.

Para don Pedro, el hombre rico era el hombre por excelencia; tenda a
considerar la riqueza, no como una casualidad, sino como una virtud;
adems supona que con el dinero se poda todo. Andrs recordaba el
caso frecuente de muchachos imbciles, hijos de familias ricas, y
demostraba que un hombre con un arca llena de oro y un par de millones
del Banco de Inglaterra, en una isla desierta, no podra hacer nada;
pero su padre no se dignaba atender estos argumentos.

Las discusiones de casa de Hurtado se reflejaban invertidas en el
piso de arriba entre un seor cataln y su hijo. En casa del cataln,
el padre era el liberal y el hijo el conservador; ahora que el padre
era un liberal cndido y que hablaba mal el castellano, y el hijo un
conservador muy burln y mal intencionado. Muchas veces se oa llegar
desde el patio una voz de trueno con acento cataln, que deca:

--Si la Gloriosa no se hubiera quedado en su camino, ya se hubiera
visto lo que era Espaa.

Y poco despus la voz del hijo, que gritaba burlonamente:

--La Gloriosa! Valiente mamarrachada!

--Qu estpidas discusiones!--deca Margarita con un mohn de
desprecio, dirigindose a su hermano Andrs--. Como si por lo que
vosotros hablis se fueran a resolver las cosas!

A medida que Andrs se haca hombre, la hostilidad entre l y su padre
aumentaba. El hijo no le peda nunca dinero; quera considerar a don
Pedro como a un extrao.




                                   V

                          EL RINCN DE ANDRS


LA casa donde viva la familia Hurtado era propiedad de un marqus, a
quien don Pedro haba conocido en el colegio.

Don Pedro la administraba, cobraba los alquileres y hablaba mucho y con
entusiasmo del marqus y de sus fincas, lo que a su hijo le pareca de
una absoluta bajeza.

La familia de Hurtado estaba bien relacionada; don Pedro, a pesar de
sus arbitrariedades y de su despotismo casero, era amabilsimo con los
de fuera y saba sostener las amistades tiles.

Hurtado conoca a toda la vecindad y era muy complaciente con
ella. Guardaba a los vecinos muchas atenciones, menos a los de las
guardillas, a quienes odiaba.

En su teora del dinero equivalente a mrito, llevada a la prctica,
desheredado tena que ser sinnimo de miserable.

Don Pedro, sin pensarlo, era un hombre a la antigua; la sospecha de
que un obrero pretendiese considerarse como una persona, o de que una
mujer quisiera ser independiente le ofenda como un insulto.

Slo perdonaba a la gente pobre su pobreza, si unan a sta la
desvergenza y la canallera. Para la gente baja, a quien se poda
hablar de t, chulos, mozas de partido, jugadores, guardaba don Pedro
todas sus simpatas.

En la casa, en uno de los cuartos del piso tercero, vivan dos ex
bailarinas, protegidas por un viejo senador.

La familia de Hurtado las conoca por las del Moete.

El origen del apodo provena de la nia de la favorita del viejo
senador. A la nia la peinaban con un moo recogido en medio de la
cabeza muy pequeo. Luisito, al verla por primera vez, le llam la
Chica del Moete, y luego el apodo del Moete pas por extensin a
la madre y a la ta. Don Pedro hablaba con frecuencia de las dos ex
bailarinas y las elogiaba mucho; su hijo Alejandro celebraba las frases
de su padre como si fueran de un camarada suyo; Margarita se quedaba
seria al oir las alusiones a la vida licenciosa de las bailarinas,
y Andrs volva la cabeza desdeosamente, dando a entender que los
alardes cnicos de su padre le parecan ridculos y fuera de lugar.

nicamente a las horas de comer Andrs se reuna con su familia; en lo
restante del tiempo no se le vea.

Durante el bachillerato, Andrs haba dormido en la misma habitacin
que su hermano Pedro; pero al comenzar la carrera pidi a Margarita le
trasladaran a un cuarto bajo de techo, utilizado para guardar trastos
viejos.

Margarita al principio se opuso; pero luego accedi, mand quitar los
armarios y bales, y all se instal Andrs.

La casa era grande, con esos pasillos y recovecos un poco misteriosos
de las construcciones antiguas.

Para llegar al nuevo cuarto de Andrs haba que subir unas escaleras,
lo que le dejaba completamente independiente.

El cuartucho tena un aspecto de celda: Andrs pidi a Margarita le
cediera un armario y lo llen de libros y papeles, colg en las paredes
los huesos del esqueleto que le di su to el doctor Iturrioz, y dej
el cuarto con cierto aire de antro de mago o de nigromntico.

All se encontraba a su gusto, solo; deca que estudiaba mejor con
aquel silencio; pero muchas veces se pasaba el tiempo leyendo novelas o
mirando sencillamente por la ventana.

Esta ventana caa sobre la parte de atrs de varias casas de las calles
de Santa Isabel y de la Esperancilla, y sobre unos patios y tejavanas.

Andrs haba dado nombres novelescos a lo que se vea desde all: la
casa misteriosa, la casa de la escalera, la torre de la cruz, el
puente del gato negro, el tejado del depsito de agua...

Los gatos de casa de Andrs salan por la ventana y hacan largas
excursiones por estas tejavanas y saledizos, robaban de las cocinas, y
un da, uno de ellos se present con una perdiz en la boca.

Luisito sola ir contentsimo al cuarto de su hermano, observaba las
maniobras de los gatos, miraba la calavera con curiosidad; le produca
todo un gran entusiasmo. Pedro, que siempre haba tenido por su hermano
cierta admiracin, iba tambin a verle a su cubil y a admirarle como a
un bicho raro.

Al final del primer ao de carrera, Andrs empez a tener mucho
miedo de salir mal en los exmenes. Las asignaturas eran para marear
a cualquiera: los libros muy voluminosos; apenas haba tiempo de
enterarse bien; luego las clases, en distintos sitios, distantes los
unos de los otros, hacan perder tiempo andando de aqu para all, lo
que constitua motivos de distraccin.

Adems, y esto Andrs no poda achacrselo a nadie ms que a s mismo,
muchas veces, con Aracil y con Montaner, iba, dejando la clase, a la
parada de Palacio o al Retiro, y despus, por la noche, en vez de
estudiar, se dedicaba a leer novelas.

Lleg mayo y Andrs se puso a devorar los libros a ver si poda
resarcirse del tiempo perdido. Senta un gran temor de salir mal, ms
que nada por la rechifla del padre, que poda decir: Para eso creo que
no necesitabas tanta soledad.

Con gran asombro suyo aprob cuatro asignaturas, y le suspendieron, sin
ningn asombro por su parte, en la ltima, en el examen de Qumica. No
quiso confesar en casa el pequeo tropiezo e invent que no se haba
presentado.

--Valiente primo!--le dijo su hermano Alejandro.

Andrs decidi estudiar con energa durante el verano. All, en su
celda, se encontrara muy bien, muy tranquilo y a gusto. Pronto se
olvid de sus propsitos, y en vez de estudiar miraba por la ventana
con un anteojo la gente que sala en las casas de la vecindad.

Por la maana dos muchachitas aparecan en unos balcones lejanos.
Cuando se levantaba Andrs ya estaban ellas en el balcn. Se peinaban y
se ponan cintas en el pelo.

No se les vea bien la cara, porque el anteojo, adems de ser de poco
alcance, no era acromtico y daba una gran irisacin a todos los
objetos.

Un chico que viva enfrente de estas muchachas sola echarlas un rayo
de sol con un espejito. Ellas le rean y amenazaban, hasta que,
cansadas, se sentaban a coser en el balcn.

En una guardilla prxima haba una vecina que, al levantarse, se
pintaba la cara. Sin duda no sospechaba que pudieran mirarle y
realizaba su operacin de un modo concienzudo. Deba de hacer una
verdadera obra de arte; pareca un ebanista barnizando un mueble.

Andrs, a pesar de que lea y lea el libro, no se enteraba de nada. Al
comenzar a repasar vi que, excepto las primeras lecciones de Qumica,
de todo lo dems apenas poda contestar.

Pens en buscar alguna recomendacin; no quera decirle nada a su
padre, y fu a casa de su to Iturrioz a explicarle lo que le pasaba.
Iturrioz le pregunt:

--Sabes algo de Qumica?

--Muy poco.

--No has estudiado?

--S; pero se me olvida todo en seguida.

--Es que hay que saber estudiar. Salir bien en los exmenes es una
cuestin mnemotcnica, que consiste en aprender y repetir el mnimum
de datos hasta dominarlos...; pero, en fin, ya no es tiempo de eso, te
recomendar, vete con esta carta a casa del profesor.

Andrs, fu a ver al catedrtico, que le trat como a un recluta.

El examen que hizo das despus le asombr por lo detestable; se
levant de la silla confuso, lleno de vergenza. Esper teniendo la
seguridad de que saldra mal; pero se encontr, con gran sorpresa, que
le haban aprobado.




                                  VI

                         LA SALA DE DISECCIN


EL curso siguiente, de menos asignaturas, era algo ms fcil, no haba
tantas cosas que retener en la cabeza.

A pesar de esto, slo la Anatoma bastaba para poner a prueba la
memoria mejor organizada.

Unos meses despus del principio de curso, en el tiempo fro, se
comenzaba la clase de diseccin. Los cincuenta o sesenta alumnos se
repartan en diez o doce mesas y se agrupaban de cinco en cinco en cada
una.

Se reunieron en la misma mesa, Montaner, Aracil y Hurtado, y otros dos
a quien ellos consideraban como extraos a su pequeo crculo.

Sin saber por qu, Hurtado y Montaner, que en el curso anterior se
sentan hostiles, se hicieron muy amigos en el siguiente.

Andrs le pidi a su hermana Margarita que le cosiera una blusa para
la clase de diseccin; una blusa negra con mangas de hule y vivos
amarillos.

Margarita se la hizo. Estas blusas no eran nada limpias, porque en las
mangas, sobre todo, se pegaban piltrafas de carne, que se secaban y no
se vean.

La mayora de los estudiantes ansiaban llegar a la sala de diseccin
y hundir el escalpelo en los cadveres, como si les quedara un fondo
atvico de crueldad primitiva.

En todos ellos se produca un alarde de indiferencia y de jovialidad
al encontrarse frente a la muerte, como si fuera una cosa divertida y
alegre destripar y cortar en pedazos los cuerpos de los infelices que
llegaban all.

Dentro de la clase de diseccin, los estudiantes gustaban de encontrar
grotesca la muerte; a un cadver le ponan un cucurucho en la boca o un
sombrero de papel.

Se contaba de un estudiante de segundo ao que haba embromado a un
amigo suyo, que saba era un poco aprensivo, de este modo: cogi el
brazo de un muerto, se emboz en la capa y se acerc a saludar a su
amigo.

--Hola, qu tal?--le dijo sacando por debajo de la capa la mano del
cadver--. Bien y t, contest el otro. El amigo estrech la mano, se
estremeci al notar su frialdad y qued horrorizado al ver que por
debajo de la capa sala el brazo de un cadver.

De otro caso sucedido por entonces se habl mucho entre los alumnos.
Uno de los mdicos del hospital, especialista en enfermedades
nerviosas, haba dado orden de que a un enfermo suyo, muerto en su
sala, se le hiciera la autopsia y se le extrajera el cerebro y se le
llevara a su casa.

El interno extrajo el cerebro y lo envi con un mozo al domicilio
del mdico. La criada de la casa, al ver el paquete, crey que eran
sesos de vaca, y los llev a la cocina y los prepar y los sirvi a la
familia.

Se contaban muchas historias como sta, fueran verdad o no, con
verdadera fruicin. Exista entre los estudiantes de Medicina una
tendencia al espritu de clase, consistente en un comn desdn por la
muerte; en cierto entusiasmo por la brutalidad quirrgica, y en un gran
desprecio por la sensibilidad.

Andrs Hurtado no manifestaba ms sensibilidad que los otros; no le
haca tampoco ninguna mella ver abrir, cortar y descuartizar cadveres.

Lo que s le molestaba, era el procedimiento de sacar los muertos del
carro en donde los traan del depsito del hospital. Los mozos cogan
estos cadveres, uno por los brazos y otro por los pies, los aupaban y
los echaban al suelo.

Eran casi siempre cuerpos esquelticos, amarillos, como momias. Al
dar en la piedra, hacan un ruido desagradable, extrao, como de algo
sin elasticidad, que se derrama; luego, los mozos iban cogiendo los
muertos, uno a uno, por los pies y arrastrndolos por el suelo; y al
pasar unas escaleras que haba para bajar a un patio donde estaba
el depsito de la sala, las cabezas iban dando lgubremente en los
escalones de piedra. La impresin era terrible; aquello pareca el
final de una batalla prehistrica, o de un combate del circo romano, en
que los vencedores fueran arrastrando a los vencidos.

Hurtado imitaba a los hroes de las novelas ledas por l, y
reflexionaba acerca de la vida y de la muerte; pensaba que si las
madres de aquellos desgraciados que iban al _spoliarium_, hubiesen
vislumbrado el final miserable de sus hijos, hubieran deseado
seguramente parirlos muertos.

Otra cosa desagradable para Andrs, era el ver despus de hechas las
disecciones, cmo metan todos los pedazos sobrantes en unas calderas
cilndricas pintadas de rojo, en donde apareca una mano entre un
hgado, y un trozo de masa enceflica, y un ojo opaco y turbio en medio
del tejido pulmonar.

A pesar de la repugnancia que le inspiraban tales cosas, no le
preocupaban; la anatoma y la diseccin le producan inters.

Esta curiosidad por sorprender la vida; este instinto de inquisicin
tan humano, lo experimentaba l como casi todos los alumnos.

Uno de los que lo sentan con ms fuerza, era un cataln amigo de
Aracil, que an estudiaba en el Instituto.

Jaime Mass, as se llamaba, tena la cabeza pequea, el pelo
negro, muy fino, la tez de un color blanco amarillento, y la
mandbula prognata. Sin ser inteligente, senta tal curiosidad por
el funcionamiento de los rganos, que si poda se llevaba a casa la
mano o el brazo de un muerto, para disecarlos a su gusto. Con las
piltrafas, segn deca, abonaba unos tiestos o los echaba al balcn de
un aristcrata de la vecindad a quien odiaba.

Mass, especial en todo, tena los estigmas de un degenerado. Era
muy supersticioso; andaba por en medio de las calles y nunca por las
aceras; deca, medio en broma, medio en serio, que al pasar iba dejando
como rastro, un hilo invisible que no deba romperse. As, cuando iba a
un caf o al teatro sala por la misma puerta por donde haba entrado
para ir recogiendo el misterioso hilo.

Otra cosa caracterizaba a Mass; su wagnerismo entusiasta e
intransigente que contrastaba con la indiferencia musical de Aracil, de
Hurtado y de los dems.

Aracil haba formado a su alrededor una camarilla de amigos a quienes
dominaba y mortificaba, y entre stos se contaba Mass; le daba grandes
plantones, se burlaba de l, lo tena como a un payaso.

Aracil demostraba casi siempre una crueldad desdeosa, sin brutalidad,
de un carcter femenino.

Aracil, Montaner y Hurtado, como muchachos que vivan en Madrid, se
reunan poco con los estudiantes provincianos; sentan por ellos un
gran desprecio; todas esas historias del casino del pueblo, de la novia
y de las calaveradas en el lugarn de la Mancha o de Extremadura, les
parecan cosas plebeyas, buenas para gente de calidad inferior.

Esta misma tendencia aristocrtica, ms grande sobre todo en Aracil
y en Montaner que en Andrs, les haca huir de lo estruendoso, de lo
vulgar, de lo bajo; sentan repugnancia por aquellas chirlatas en donde
los estudiantes de provincia perdan curso tras curso, estpidamente
jugando al billar o al domin.

A pesar de la influencia de sus amigos, que le inducan a aceptar las
ideas y la vida de un seorito madrileo de buena sociedad, Hurtado se
resista.

Sujeto a la accin de la familia, de sus condiscpulos y de los libros,
Andrs iba formando su espritu con el aporte de conocimientos y datos
un poco heterogneos.

Su biblioteca aumentaba con desechos; varios libros ya antiguos de
Medicina y de Biologa, le di su to Iturrioz; otros, en su mayora
folletines y novelas, los encontr en casa; algunos los fu comprando
en las libreras de lance. Una seora vieja, amiga de la familia, le
regal unas ilustraciones y la historia de la Revolucin francesa, de
Thiers. Este libro, que comenz treinta veces y treinta veces lo dej
aburrido, lleg a leerlo y a preocuparle. Despus de la historia de
Thiers, ley los _Girondinos_, de Lamartine.

Con la lgica un poco rectilnea del hombre joven, lleg a creer que el
tipo ms grande de la Revolucin, era Saint Just. En muchos libros, en
las primeras pginas en blanco, escribi el nombre de su hroe, y lo
rode como a un sol de rayos.

Este entusiasmo absurdo lo mantuvo secreto; no quiso comunicrselo a
sus amigos. Sus carios y sus odios revolucionarios, se los reservaba,
no salan fuera de su cuarto. De esta manera, Andrs Hurtado se senta
distinto cuando hablaba con sus condiscpulos en los pasillos de San
Carlos y cuando soaba en la soledad de su cuartucho.

Tena Hurtado dos amigos a quienes vea de tarde en tarde. Con ellos
debata las mismas cuestiones que con Aracil y Montaner, y poda as
apreciar y comparar sus puntos de vista.

De estos amigos, compaeros de Instituto, el uno estudiaba para
ingeniero, y se llamaba Rafael Saudo; el otro era un chico enfermo,
Fermn Ibarra.

A Saudo, Andrs le vea los sbados por la noche en un caf de la
calle Mayor, que se llamaba Caf del Siglo.

A medida que pasaba el tiempo, vea Hurtado cmo diverga en gustos y
en ideas de su amigo Saudo, con quien antes, de chico, se encontraba
tan de acuerdo.

Saudo y sus condiscpulos no hablaban en el caf ms que de msica; de
las peras del Real, y sobre todo, de Wagner. Para ellos, la ciencia,
la poltica, la revolucin, Espaa, nada tena importancia al lado
de la msica de Wagner. Wagner era el Mesas, Beethoven y Mozart los
precursores. Haba algunos beethovenianos que no queran aceptar a
Wagner, no ya como el Mesas, ni aun siquiera como un continuador
digno de sus antecesores, y no hablaban ms que de la quinta y de la
novena, en xtasis. A Hurtado, que no le preocupaba la msica, estas
conversaciones le impacientaban.

Empez a creer que esa idea general y vulgar de que el gusto por la
msica significa espiritualidad, era inexacta. Por lo menos en los
casos que l vea, la espiritualidad no se confirmaba. Entre aquellos
estudiantes amigos de Saudo, muy filarmnicos, haba muchos, casi
todos, mezquinos, mal intencionados, envidiosos.

Sin duda, pens Hurtado, que le gustaba explicrselo todo, la vaguedad
de la msica hace que los envidiosos y los canallas, al oir las
melodas de Mozart, o las armonas de Wagner, descansen con delicia
de la acritud interna que les produce sus malos sentimientos, como un
hiperclorhdrico al ingerir una substancia neutra.

En aquel Caf del Siglo, adonde iba Saudo, el pblico, en su mayora,
era de estudiantes; haba tambin algunos grupos de familia, de esos
que se atornillan en una mesa, con gran desesperacin del mozo, y unas
cuantas muchachas de aire equvoco.

Entre ellas llamaba la atencin una rubia muy guapa, acompaada de su
madre. La madre era una chatorrona gorda, con el colmillo retorcido,
y la mirada de jabal. Se conoca su historia; despus de vivir con
un sargento, el padre de la muchacha, se haba casado con un relojero
alemn, hasta que ste, harto de la golfera de su mujer, la haba
echado de su casa a puntapis.

Saudo y sus amigos se pasaban la noche del sbado hablando mal de
todo el mundo, y luego comentando con el pianista y el violinista del
caf, las bellezas de una sonata de Beethoven o de un minu de Mozart.
Hurtado comprendi que aquel no era su centro y dej de ir por all.

Varias noches, Andrs entraba en algn caf cantante con su tablado
para las cantadoras y bailadoras. El baile flamenco le gustaba y el
canto tambin cuando era sencillo; pero aquellos especialistas de caf,
hombres gordos que se sentaban en una silla con un palito y comenzaban
a dar jipos y a poner la cara muy triste, le parecan repugnantes.

La imaginacin de Andrs le haca ver peligros imaginarios que por un
esfuerzo de voluntad intentaba desafiar y vencer.

Haba algunos cafs cantantes y casas de juego, muy cerrados, que
a Hurtado se le antojaban peligrosos; uno de ellos era el caf del
Brillante, donde se formaban grupos de chulos, camareras y bailadoras;
el otro un garito de la calle de la Magdalena, con las ventanas ocultas
por cortinas verdes. Andrs se deca: Nada, hay que entrar aqu; y
entraba temblando de miedo.

Estos miedos variaban en l. Durante algn tiempo, tuvo como una mujer
extraa, a una buscona de la calle del Candil, con unos ojos negros
sombreados de obscuro, y una sonrisa que mostraba sus dientes blancos.

Al verla, Andrs se estremeca y se echaba a temblar. Un da la
oy hablar con acento gallego, y sin saber por qu, todo su terror
desapareci.

Muchos domingos por la tarde, Andrs iba a casa de su condiscpulo
Fermn Ibarra. Fermn estaba enfermo con una artritis, y se pasaba la
vida leyendo libros de ciencia recreativa. Su madre le tena como a un
nio y le compraba juguetes mecnicos que a l le divertan.

Hurtado le contaba lo que haca, le hablaba de la clase de diseccin,
de los cafs cantantes, de la vida de Madrid de noche.

Fermn, resignado, le oa con gran curiosidad. Cosa absurda; al salir
de casa del pobre enfermo, Andrs tena una idea agradable de su vida.

Era un sentimiento malvado de contraste? El sentirse sano y fuerte
cerca del impedido y del dbil?

Fuera de aquellos momentos, en los dems, el estudio, las discusiones,
la casa, los amigos, sus correras, todo esto, mezclado con sus
pensamientos, le daba una impresin de dolor, de amargura en el
espritu. La vida en general, y sobre todo la suya, le pareca una cosa
fea, turbia, dolorosa e indominable.




                                  VII

                           ARACIL Y MONTANER


ARACIL, Montaner y Hurtado concluyeron felizmente su primer curso de
Anatoma. Aracil se fu a Galicia, en donde se hallaba empleado su
padre; Montaner a un pueblo de la Sierra y Andrs se qued sin amigos.

El verano le pareci largo y pesado; por las maanas iba con Margarita
y Luisito al Retiro, y all corran y jugaban los tres; luego la tarde
y la noche las pasaba en casa dedicado a leer novelas; una porcin de
folletines publicados en los peridicos durante varios aos. Dumas
padre, Eugenio Su, Montepn, Gaboriau, Miss Braddon sirvieron de pasto
a su afn de leer. Tal dosis de literatura, de crmenes, de aventuras y
de misterios acab por aburrirle.

Los primeros das del curso le sorprendieron agradablemente. En estos
das otoales duraba todava la feria de septiembre en el Prado,
delante del Jardn Botnico, y al mismo tiempo que las barracas con
juguetes, los tos vivos, los tiros al blanco, y los montones de
nueces, almendras y acerolas, haba puestos de libros en donde se
congregaban los biblifilos, a revolver y a hojear los viejos volmenes
llenos de polvo. Hurtado sola pasar todo el tiempo que duraba la
feria, registrando los libracos entre el seor grave, vestido de negro,
con anteojos, de aspecto doctoral, y algn cura esqueltico, de sotana
rada.

Tena Andrs cierta ilusin por el nuevo curso, iba a estudiar
Fisiologa y crea que el estudio de las funciones de la vida le
interesara tanto o ms que una novela; pero se enga, no fu as.
Primeramente el libro de texto era un libro estpido, hecho con
recortes de obras francesas y escrito sin claridad y sin entusiasmo;
leyndolo no se poda formar una idea clara del mecanismo de la vida;
el hombre apareca, segn el autor, como un armario con una serie de
aparatos dentro, completamente separados los unos de los otros, como
los negociados de un ministerio.

Luego el catedrtico era hombre sin ninguna aficin a lo que explicaba,
un seor senador, de esos latosos, que se pasaba las tardes en el
Senado discutiendo tonteras y provocando el sueo de los abuelos de la
Patria.

Era imposible que con aquel texto y aquel profesor llegara nadie a
sentir el deseo de penetrar en la ciencia de la vida. La Fisiologa,
cursndola as, pareca una cosa estlida y deslavazada, sin problemas
de inters ni ningn atractivo.

Hurtado tuvo una verdadera decepcin. Era indispensable tomar la
Fisiologa como todo lo dems, sin entusiasmo, como uno de los
obstculos que salvar para concluir la carrera.

Esta idea, de una serie de obstculos, era la idea de Aracil. l
consideraba una locura el pensar que haban de encontrar un estudio
agradable.

Julio, en esto, y en casi todo, acertaba. Su gran sentido de la
realidad le engaaba pocas veces.

Aquel curso, Hurtado intim bastante con Julio Aracil. Julio era un ao
o ao y medio ms viejo que Hurtado y pareca ms hombre. Era moreno,
de ojos brillantes y saltones, la cara de una expresin viva, la
palabra fcil, la inteligencia rpida.

Con estas condiciones cualquiera hubiese pensado que se haca
simptico; pero no, le pasaba todo lo contrario; la mayora de los
conocidos le profesaban poco afecto.

Julio viva con unas tas viejas; su padre, empleado en una capital de
provincia, era de una posicin bastante modesta. Julio se mostraba muy
independiente, poda haber buscado la proteccin de su primo Enrique
Aracil, que por entonces acababa de obtener una plaza de mdico en el
hospital, por oposicin, y que poda ayudarle; pero Julio no quera
proteccin alguna; no iba ni a ver a su primo; pretenda debrselo
todo a s mismo. Dada su tendencia prctica, era un poco paradjica
esta resistencia suya a ser protegido.

Julio, muy hbil, no estudiaba casi nada, pero aprobaba siempre.
Buscaba amigos menos inteligentes que l para explotarles; all donde
vea una superioridad cualquiera, fuese en el orden que fuese, se
retiraba. Lleg a confesar a Hurtado, que le molestaba pasear con gente
de ms estatura que l.

Julio aprenda con gran facilidad todos los juegos. Sus padres,
haciendo un sacrificio, podan pagarle los libros, las matrculas y la
ropa. La ta de Julio sola darle para que fuera alguna vez al teatro
un duro todos los meses, y Aracil se las arreglaba jugando a las cartas
con sus amigos, de tal manera, que despus de ir al caf y al teatro y
comprar cigarrillos, al cabo del mes, no slo le quedaba el duro de su
ta, sino que tena dos o tres ms.

Aracil era un poco petulante, se cuidaba el pelo, el bigote, las uas y
le gustaba echrselas de guapo. Su gran deseo en el fondo era dominar,
pero no poda ejercer su dominacin en una zona extensa, ni trazarse un
plan, y toda su voluntad de poder y toda su habilidad se empleaba en
cosas pequeas. Hurtado le comparaba a esos insectos activos que van
dando vueltas a un camino circular con una decisin inquebrantable e
intil.

Una de las ideas gratas a Julio era pensar que haba muchos vicios y
depravaciones en Madrid.

La venalidad de los polticos, la fragilidad de las mujeres, todo lo
que significara claudicacin, le gustaba; que una cmica, por hacer un
papel importante, se entenda con un empresario viejo y repulsivo; que
una mujer, al parecer honrada, iba a una casa de citas, le encantaba.

Esa omnipotencia del dinero, antiptica para un hombre de sentimientos
delicados, le pareca a Aracil algo sublime, admirable, un holocausto
natural a la fuerza del oro.

Julio era un verdadero fenicio; proceda de Mallorca y probablemente
haba en l sangre semtica. Por lo menos si la sangre faltaba, las
inclinaciones de la raza estaban ntegras. Soaba con viajar por el
Oriente, y aseguraba siempre que, de tener dinero, los primeros pases
que visitara seran Egipto y el Asia Menor.

El doctor Iturrioz, to carnal de Andrs Hurtado, sola afirmar
probablemente de una manera arbitraria, que en Espaa, desde un punto
de vista moral, hay dos tipos: el tipo ibrico y el tipo semita. Al
tipo ibrico asignaba el doctor las cualidades fuertes y guerreras
de la raza; al tipo semita las tendencias rapaces, de intriga y de
comercio.

Aracil era un ejemplar acabado del tipo semita. Sus ascendientes
debieron ser comerciantes de esclavos en algn pueblo del
Mediterrneo. A Julio le molestaba todo lo que fuera violento y
exaltado: el patriotismo, la guerra, el entusiasmo poltico o social;
le gustaba el fausto, la riqueza, las alhajas, y como no tena dinero
para comprarlas buenas, las llevaba falsas y casi le haca ms gracia
lo mixtificado que lo bueno.

Daba tanta importancia al dinero, sobre todo al dinero ganado, que el
comprobar lo difcil de conseguirlo le agradaba. Como era su dios,
su dolo, de darse demasiado fcilmente, le hubiese parecido mal. Un
paraso conseguido sin esfuerzo no entusiasma al creyente; la mitad por
lo menos del mrito de la gloria est en su dificultad, y para Julio
la dificultad de conseguir el dinero constitua uno de sus mayores
encantos.

Otra de las condiciones de Aracil era acomodarse a las circunstancias,
para l no haba cosas desagradables; de considerarlo necesario, lo
aceptaba todo.

Con su sentido previsor de hormiga, calculaba la cantidad de placeres
obtenibles por una cantidad de dinero. Esto constitua una de sus
mayores preocupaciones. Miraba los bienes de la tierra con ojos de
tasador judo. Si se convenca de que una cosa de treinta cntimos la
haba comprado por veinte, senta un verdadero disgusto.

Julio lea novelas francesas de escritores medio naturalistas, medio
galantes; estas relaciones de la vida de lujo y de vicio de Pars le
encantaban.

De ser cierta la clasificacin de Iturrioz, Montaner tambin tena ms
del tipo semita que del ibrico. Era enemigo de lo violento y de lo
exaltado, perezoso, tranquilo, comodn.

Blando de carcter, daba al principio de tratarle cierta impresin
de acritud y energa, que no era ms que el reflejo del ambiente de
su familia, constituda por el padre y la madre y varias hermanas
solteronas, de carcter duro y avinagrado.

Cuando Andrs lleg a conocer a fondo a Montaner, se hizo amigo suyo.

Concluyeron los tres compaeros el curso. Aracil se march, como sola
hacerlo todos los veranos, al pueblo en donde estaba su familia, y
Montaner y Hurtado se quedaron en Madrid.

El verano fu sofocante; por las noches, Montaner, despus de cenar,
iba a casa de Hurtado, y los dos amigos paseaban por la Castellana
y por el Prado, que por entonces tomaba el carcter de un paseo
provinciano, aburrido, polvoriento y lnguido.

Al final del verano un amigo le di a Montaner una entrada para los
Jardines del Buen Retiro. Fueron los dos todas las noches. Oan cantar
peras antiguas, interrumpidas por los gritos de la gente que pasaba
dentro del vagn de una montaa rusa que cruzaba el jardn; seguan a
las chicas, y a la salida se sentaban a tomar horchata o limn en algn
puesto del Prado.

Lo mismo Montaner que Andrs hablaban casi siempre mal de Julio;
estaban de acuerdo en considerarle egosta, mezquino, srdido, incapaz
de hacer nada por nadie. Sin embargo, cuando Aracil llegaba a Madrid,
los dos se reunan siempre con l.




                                 VIII

                        UNA FRMULA DE LA VIDA


EL ao siguiente, el cuarto de carrera, haba para los alumnos, y sobre
todo para Andrs Hurtado, un motivo de curiosidad: la clase de don Jos
de Letamendi.

Letamendi era de estos hombres universales que se tenan en la Espaa
de hace unos aos; hombres universales a quienes no se les conoca ni
de nombre pasados los Pirineos. Un desconocimiento tal en Europa de
genios tan transcendentales, se explicaba por esa hiptesis absurda,
que aunque no la defenda nadie claramente, era aceptada por todos, la
hiptesis del odio y la mala fe internacionales que haca que las cosas
grandes de Espaa fueran pequeas en el extranjero y viceversa.

Letamendi era un seor flaco, bajito, esculido, con melenas grises y
barba blanca. Tena cierto tipo de aguilucho: la nariz corva, los ojos
hundidos y brillantes. Se vea en l un hombre que se haba hecho una
cabeza, como dicen los franceses. Vesta siempre levita algo entallada,
y llevaba un sombrero de copa de alas planas, de esos sombreros
clsicos de los melenudos profesores de la Sorbona.

En San Carlos corra como una verdad indiscutible que Letamendi era un
genio; uno de esos hombres guilas que se adelantan a su tiempo; todo
el mundo le encontraba abstruso porque hablaba y escriba con gran
empaque un lenguaje medio filosfico, medio literario.

Andrs Hurtado, que se hallaba ansioso de encontrar algo que llegase al
fondo de los problemas de la vida, comenz a leer el libro de Letamendi
con entusiasmo. La aplicacin de las Matemticas a la Biologa le
pareci admirable. Andrs fu pronto un convencido.

Como todo el que cree hallarse en posesin de una verdad tiene cierta
tendencia de proselitismo, una noche Andrs fu al caf donde se
reunan Saudo y sus amigos a hablar de las doctrinas de Letamendi, a
explicarlas y a comentarlas.

Estaba como siempre Saudo con varios estudiantes de ingenieros.
Hurtado se reuni con ellos y aprovech la primera ocasin para llevar
la conversacin al terreno que deseaba, y expuso la frmula de la vida
de Letamendi e intent explicar los corolarios que de ella deduca el
autor.

Al decir Andrs que la vida, segn Letamendi, es una funcin
indeterminada entre la energa individual y el cosmos, y que esta
funcin no puede ser ms que suma, resta, multiplicacin y divisin,
y que no pudiendo ser suma, ni resta, ni divisin, tiene que ser
multiplicacin, uno de los amigos de Saudo se ech a reir.

--Por qu se re usted?--le pregunt Andrs, sorprendido.

--Porque en todo eso que dice usted hay una porcin de sofismas y de
falsedades. Primeramente hay muchas ms funciones matemticas que
sumar, restar, multiplicar y dividir.

--Cules?

--Elevar a potencia, extraer races... Despus, aunque no hubiera ms
que cuatro funciones matemticas primitivas, es absurdo pensar que en
el conflicto de estos dos elementos la energa de la vida y el cosmos,
uno de ellos, por lo menos, heterogneo y complicado, porque no haya
suma, ni resta, ni divisin, ha de haber multiplicacin. Adems, sera
necesario demostrar por qu no puede haber suma, por qu no puede haber
resta y por qu no puede haber divisin. Despus habra que demostrar
por qu no puede haber dos o tres funciones simultneas. No basta
decirlo.

--Pero eso lo da el razonamiento.

--No, no; perdone usted--replic el estudiante--. Por ejemplo, entre
esa mujer y yo puede haber varias funciones matemticas: suma, si
hacemos los dos una misma cosa ayudndonos; resta, si ella quiere
una cosa y yo la contraria y vence uno de los dos contra el otro;
multiplicacin, si tenemos un hijo, y divisin si yo la corto en
pedazos a ella o ella a m.

--Eso es una broma--dijo Andrs.

--Claro que es una broma--replic el estudiante--una broma por el
estilo de las de su profesor, pero que tiende a una verdad, y es que
entre la fuerza de la vida y el cosmos, hay un infinito de funciones
distintas; sumas, restas, multiplicaciones, de todo, y que adems
es muy posible que existan otras funciones que no tengan expresin
matemtica.

Andrs Hurtado, que haba ido al caf creyendo que sus preposiciones
convenceran a los alumnos de ingenieros, se qued un poco perplejo y
cariacontecido al comprobar su derrota.

Ley de nuevo el libro de Letamendi, sigui oyendo sus explicaciones
y se convenci de que todo aquello de la frmula de la vida y sus
corolarios, que al principio le pareci serio y profundo, no eran ms
que juegos de prestidigitacin, unas veces ingeniosos, otras veces
vulgares, pero siempre sin realidad alguna, ni metafsica, ni emprica.

Todas estas frmulas matemticas y su desarrollo no eran ms que
vulgaridades disfrazadas con un aparato cientfico, adornadas por
conceptos retricos que la papanatera de profesores y alumnos tomaba
como visiones de profeta.

Por dentro, aquel buen seor de las melenas, con su mirada de guila
y su diletantismo artstico, cientfico y literario; pintor en sus
ratos de ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro costados,
era un mixtificador audaz con ese fondo aparatoso y botarate de los
mediterrneos. Su nico mrito real era tener condiciones de literato,
de hombre de talento verbal.

La palabrera de Letamendi produjo en Andrs un deseo de asomarse al
mundo filosfico y con este objeto compr en unas ediciones econmicas
los libros de Kant, de Fichte y de Schopenhauer.

Ley primero _La Ciencia del Conocimiento_, de Fichte, y no pudo
enterarse de nada. Sac la impresin de que el mismo traductor no haba
comprendido lo que traduca; despus comenz la lectura de _Parerga y
Paralipomena_, y le pareci un libro casi ameno, en parte cndido, y
le divirti ms de lo que supona. Por ltimo, intent descifrar _La
crtica de la razn pura_. Vea que con un esfuerzo de atencin poda
seguir el razonamiento del autor como quien sigue el desarrollo de un
teorema matemtico; pero le pareci demasiado esfuerzo para su cerebro
y dej Kant para ms adelante, y sigui leyendo a Schopenhauer, que
tena para l el atractivo de ser un consejero chusco y divertido.

Algunos pedantes le decan que Schopenhauer haba pasado de moda, como
si la labor de un hombre de inteligencia extraordinaria fuera como la
forma de un sombrero de copa.

Los condiscpulos, a quien asombraban estos buceamientos de Andrs
Hurtado, le decan:

--Pero no te basta con la filosofa de Letamendi?

--Si eso no es filosofa ni nada--replicaba Andrs--. Letamendi
es un hombre sin una idea profunda; no tiene en la cabeza ms que
palabras y frases. Ahora, como vosotros no las comprendis, os parecen
extraordinarias.

El verano, durante las vacaciones, Andrs ley en la Biblioteca
Nacional algunos libros filosficos nuevos de los profesores franceses
e italianos y le sorprendieron. La mayora de estos libros no tenan
ms que el ttulo sugestivo; lo dems era una eterna divagacin acerca
de mtodos y clasificaciones.

A Hurtado no le importaba nada la cuestin de los mtodos y de las
clasificaciones, ni saber si la Sociologa era una ciencia o un
ciempis inventado por los sabios; lo que quera encontrar era una
orientacin, una verdad espiritual y prctica al mismo tiempo.

Los bazares de ciencia de los Lombroso y los Ferri, de los Fouille y
de los Janet, le produjeron una mala impresin.

Este espritu latino y su claridad tan celebrada le pareci una de
las cosas ms insulsas, ms banales y anodinas. Debajo de los ttulos
pomposos no haba ms que vulgaridad a todo pasto. Aquello era, con
relacin a la filosofa, lo que son los especficos de la cuarta plana
de los peridicos respecto a la medicina verdadera.

En cada autor francs se le figuraba a Hurtado ver un seor cyranesco,
tomando actitudes gallardas y hablando con voz nasal; en cambio todos
los italianos le parecan bartonos de zarzuela.

Viendo que no le gustaban los libros modernos volvi a emprender con
la obra de Kant, y ley entera con grandes trabajos la _Crtica de la
razn pura_.

Ya aprovechaba algo ms lo que lea y le quedaban las lneas generales
de los sistemas que iba desentraando.




                                  IX

                              UN REZAGADO


AL principio de otoo y comienzo del curso siguiente, Luisito, el
hermano menor, cay enfermo con fiebres.

Andrs senta por Luisito un cario exclusivo y hurao. El chico le
preocupaba de una manera patolgica, le pareca que los elementos todos
se conjuraban contra l.

Visit al enfermito el doctor Aracil, el pariente de Julio, y a los
pocos das indic que se trataba de una fiebre tifoidea.

Andrs pas momentos angustiosos; lea con desesperacin en los libros
de Patologa la descripcin y el tratamiento de la fiebre tifoidea y
hablaba con el mdico de los remedios que podran emplearse.

El doctor Aracil a todo deca que no.

--Es una enfermedad que no tiene tratamiento especfico--aseguraba--;
baarle, alimentarle y esperar, nada ms.

Andrs era el encargado de preparar el bao y tomar la temperatura a
Luis.

El enfermo tuvo das de fiebre muy alta. Por las maanas, cuando bajaba
la calentura, preguntaba a cada momento por Margarita y Andrs. ste,
en el curso de la enfermedad, qued asombrado de la resistencia y de la
energa de su hermana; pasaba las noches sin dormir cuidando del nio;
no se le ocurra jams, y si se le ocurra no le daba importancia, la
idea de que pudiera contagiarse.

Andrs desde entonces comenz a sentir una gran estimacin por
Margarita; el cario de Luisito los haba unido.

A los treinta o cuarenta das la fiebre desapareci, dejando al nio
flaco, hecho un esqueleto.

Andrs adquiri con este primer ensayo de mdico un gran escepticismo.
Empez a pensar si la medicina no servira para nada. Un buen puntal
para este escepticismo le proporcionaba las explicaciones del profesor
de Teraputica, que consideraba intiles cuando no perjudiciales casi
todos los preparados de la farmacopea.

No era una manera de alentar los entusiasmos mdicos de los alumnos,
pero indudablemente el profesor lo crea as y haca bien en decirlo.

Despus de las fiebres Luisito qued dbil y a cada paso daba a la
familia una sorpresa desagradable; un da era un calenturn, al otro
unas convulsiones. Andrs muchas noches tena que ir a las dos o a las
tres de la maana en busca del mdico y despus salir a la botica.

En este curso, Andrs se hizo amigo de un estudiante rezagado, ya
bastante viejo, a quien cada ao de carrera costaba por lo menos dos o
tres.

Un da este estudiante le pregunt a Andrs qu le pasaba para estar
sombro y triste. Andrs le cont que tena al hermano enfermo, y el
otro intent tranquilizarle y consolarle. Hurtado le agradeci la
simpata y se hizo amigo del viejo estudiante.

Antonio Lamela, as se llamaba el rezagado, era gallego, un tipo flaco,
nervioso, de cara esculida, nariz afilada, una zalea de pelos negros
en la barba ya con algunas canas, y la boca sin dientes, de hombre
dbil.

A Hurtado le llam la atencin el aire de hombre misterioso de Lamela,
y a ste le choc sin duda el aspecto reconcentrado de Andrs. Los dos
tenan una vida interior distinta al resto de los estudiantes.

El secreto de Lamela era que estaba enamorado, pero enamorado de
verdad, de una mujer de la aristocracia, una mujer de ttulo, que
andaba en coche e iba a palco al Real.

Lamela le tom a Hurtado por confidente y le cont sus amores con toda
clase de detalles. Ella estaba enamoradsima de l, segn aseguraba el
estudiante; pero existan una porcin de dificultades y de obstculos
que impedan la aproximacin del uno al otro.

A Andrs le gustaba encontrarse con un tipo distinto a la generalidad.
En las novelas se daba como anomala un hombre joven sin un gran amor;
en la vida lo anmalo era encontrar un hombre enamorado de verdad. El
primero que conoci Andrs fu Lamela; por eso le interesaba.

El viejo estudiante padeca un romanticismo intenso, mitigado en
algunas cosas por una tendencia beocia de hombre prctico: Lamela crea
en el amor y en Dios; pero esto no le impeda emborracharse y andar de
crpula con frecuencia. Segn l, haba que dar al cuerpo necesidades
mezquinas y groseras y conservar el espritu limpio.

Esta filosofa la condensaba, diciendo: Hay que dar al cuerpo lo que es
del cuerpo, y al alma lo que es del alma.

--Si todo eso del alma, es una pamplina--le deca Andrs--. Son cosas
inventadas por los curas para sacar dinero.

--Cllate, hombre, cllate! No disparates.

Lamela en el fondo era un rezagado en todo: en la carrera y en las
ideas. Discurra como un hombre de a principio del siglo. La concepcin
mecnica actual del mundo econmico y de la sociedad, para l no
exista. Tampoco exista cuestin social. Toda la cuestin social se
resolva con la caridad y con que hubiese gentes de buen corazn.

--Eres un verdadero catlico--le deca Andrs-; te has fabricado el ms
cmodo de los mundos.

Cuando Lamela le mostr un da a su amada, Andrs se qued estupefacto.
Era una solterona fea, negra, con una nariz de cacata y ms aos que
un loro.

Adems de su aire antiptico, ni siquiera haca caso del estudiante
gallego, a quien miraba con desprecio, con un gesto desagradable y
avinagrado.

Al espritu fantaseador de Lamela no llegaba nunca la realidad.

A pesar de su apariencia sonriente y humilde, tena un orgullo y una
confianza en s mismo extraordinaria; senta la tranquilidad del que
cree conocer el fondo de las cosas y de las acciones humanas.

Delante de los dems compaeros Lamela no hablaba de sus amores:
pero cuando le coga a Hurtado por su cuenta, se desbordaba. Sus
confidencias no tenan fin.

A todo le quera dar una significacin complicada y fuera de lo normal.

--Chico--deca sonriendo y agarrando del brazo a Andrs--. Ayer la vi.

--Hombre!

--S--aada con gran misterio--. Iba con la seora de compaa; fu
detrs de ella, entr en su casa y poco despus sali un criado al
balcn. Es raro, eh?

--Raro? Por qu?--preguntaba Andrs.

--Es que luego el criado no cerr el balcn.

Hurtado se le quedaba mirando preguntndose cmo funcionara el cerebro
de su amigo para encontrar extraas las cosas ms naturales del mundo y
para creer en la belleza de aquella dama.

Algunas veces que iban por el Retiro charlando, Lamela se volva y
deca:

--Mira, cllate!

--Pues qu pasa?

--Que aquel que viene all es de esos enemigos mos que le hablan a
ella mal de m. Viene espindome.

Andrs se quedaba asombrado. Cuando ya tena ms confianza con l le
deca:

--Mira, Lamela, yo como t, me presentara a la Sociedad de Psicologa
de Pars o de Londres.

--A qu?

--Y dira: Estdienme ustedes, porque creo que soy el hombre ms
extraordinario del mundo.

El gallego se rea con su risa bonachona.

--Es que t eres un nio--replicaba--; el da que te enamores vers
cmo me das la razn a m.

Lamela viva en una casa de huspedes de la plaza de Lavapis;
tena un cuarto pequeo, desarreglado, y como estudiaba, cuando
estudiaba, metido en la cama, sola descoser los libros y los guardaba
desencuadernados en pliegos sueltos en el bal o extendidos sobre la
mesa.

Alguna que otra vez fu Hurtado a verle a su casa.

La decoracin de su cuarto consista en una serie de botellas vacas,
colocadas por todas partes. Lamela compraba el vino para l y lo
guardada en sitios inverosmiles, de miedo de que los dems huspedes
entrasen en el cuarto y se lo bebieran, lo que, por lo que contaba, era
frecuente. Lamela tena escondidas las botellas dentro de la chimenea,
en el bal, en la cmoda.

De noche, segn le dijo a Andrs, cuando se acostaba pona una botella
de vino debajo de la cama, y si se despertaba coga la botella y se
beba la mitad de un trago. Estaba convencido de que no haba hipntico
como el vino, y que a su lado el sulfonal y el cloral eran verdaderas
filfas.

Lamela nunca discuta las opiniones de los profesores, no le
interesaban gran cosa; para l no poda aceptarse ms clasificacin
entre ellos que la de los catedrticos de buena intencin, amigos de
aprobar y los de mala intencin, que suspendan slo por echrselas de
sabios y darse tono.

En la mayora de los casos Lamela divida a los hombres en dos grupos:
los unos, gente franca, honrada, de buen fondo, de buen corazn; los
otros, gente mezquina y vanidosa.

Para Lamela, Aracil y Montaner eran de esta ltima clase, de los ms
mezquinos e insignificantes.

Verdad es que ninguno de los dos le tomaba en serio a Lamela.

Andrs contaba en su casa las extravagancias de su amigo. A Margarita
le interesaban mucho estos amores. Luisito, que tena la imaginacin
de un chico enfermizo, haba inventado, escuchndole a su hermano, un
cuento que se llamaba: Los amores de un estudiante gallego con la
reina de las cacatas.




                                   X

                       PASO POR SAN JUAN DE DIOS


SIN gran brillantez, pero tambin sin grandes fracasos, Andrs Hurtado
iba avanzando en su carrera.

Al comenzar el cuarto ao se le ocurri a Julio Aracil asistir a unos
cursos de enfermedades venreas que daba un mdico en el hospital
de San Juan de Dios. Aracil invit a Montaner y a Hurtado a que le
acompaaran; unos meses despus iba a haber exmenes de alumnos
internos para ingreso en el Hospital General; pensaban presentarse los
tres, y no estaba mal el ver enfermos con frecuencia.

La visita en San Juan de Dios fu un nuevo motivo de depresin y
melancola para Hurtado. Pensaba que por una causa o por otra el mundo
le iba presentando su cara ms fea.

A los pocos das de frecuentar el hospital, Andrs se inclinaba a creer
que el pesimismo de Schopenhauer era una verdad casi matemtica. El
mundo le pareca una mezcla de manicomio y de hospital; ser inteligente
constitua una desgracia, y slo la felicidad poda venir de la
inconsciencia y de la locura. Lamela, sin pensarlo, viviendo con sus
ilusiones, tomaba las proporciones de un sabio.

Aracil, Montaner y Hurtado visitaron una sala de mujeres de San Juan de
Dios.

Para un hombre excitado e inquieto como Andrs, el espectculo tena
que ser deprimente. Las enfermas eran de lo ms cado y miserable.
Ver tanta desdichada sin hogar, abandonada, en una sala negra, en un
estercolero humano; comprobar y evidenciar la podredumbre que envenena
la vida sexual, le hizo a Andrs una angustiosa impresin.

El hospital aquel, ya derrudo por fortuna, era un edificio inmundo,
sucio, mal oliente; las ventanas de las salas daban a la calle de
Atocha y tenan, adems de las rejas, unas alambreras para que las
mujeres recludas no se asomaran y escandalizaran. De este modo no
entraba all el sol ni el aire.

El mdico de la sala, amigo de Julio, era un vejete ridculo, con unas
largas patillas blancas. El hombre, aunque no saba gran cosa, quera
darse aire de catedrtico, lo cual a nadie poda parecer un crimen;
lo miserable, lo canallesco era que trataba con una crueldad intil a
aquellas desdichadas acogidas all y las maltrataba de palabra y de
obra.

Por qu? Era incomprensible. Aquel petulante idiota mandaba llevar
castigadas a las enfermas a las guardillas y tenerlas uno o dos das
encerradas por delitos imaginarios. El hablar de una cama a otra
durante la visita, el quejarse en la cura, cualquier cosa, bastaba para
estos severos castigos. Otras veces mandaba ponerlas a pan y agua. Era
un macaco cruel este tipo, a quien haban dado una misin tan humana
como la de cuidar de pobres enfermas.

Hurtado no poda soportar la bestialidad de aquel idiota de las
patillas blancas, Aracil se rea de las indignaciones de su amigo.

Una vez Hurtado decidi no volver ms por all. Haba una mujer que
guardaba constantemente en el regazo un gato blanco. Era una mujer que
debi haber sido muy bella, con ojos negros, grandes, sombreados, la
nariz algo corva y el tipo egipcio. El gato era, sin duda, lo nico
que le quedaba de un pasado mejor. Al entrar el mdico, la enferma
sola bajar disimuladamente al gato de la cama y dejarlo en el suelo;
el animal se quedaba escondido, asustado, al ver entrar al mdico con
sus alumnos; pero uno de los das el mdico le vi y comenz a darle
patadas.

--Coged a ese gato y matadlo--dijo el idiota de las patillas blancas al
practicante.

El practicante y una enfermera comenzaron a perseguir al animal por
toda la sala; la enferma miraba angustiada esta persecucin.

--Y a esta ta llevadla a la guardilla--aadi el mdico.

La enferma segua la caza con la mirada, y cuando vi que cogan a su
gato, dos lgrimas gruesas corrieron por sus mejillas plidas.

--Canalla! Idiota!--exclam Hurtado, acercndose al mdico con el
puo levantado.

--No seas estpido--dijo Aracil--. Si no quieres venir aqu, mrchate.

--S, me voy, no tengas cuidado, por no patearle las tripas a ese
idiota, miserable.

Desde aquel da ya no quiso volver ms a San Juan de Dios.

La exaltacin humanitaria de Andrs hubiera aumentado sin las
influencias que obraban en su espritu. Una de ellas era la de Julio,
que se burlaba de todas las ideas exageradas, como deca l; la otra,
la de Lamela, con su idealismo prctico, y, por ltimo, la lectura de
_Parerga y Paralipomena_ de Schopenhauer, que le induca a la no accin.

A pesar de estas tendencias enfrenadoras, durante muchos das estuvo
Andrs impresionado por lo que dijeron varios obreros en un mitin de
anarquistas del Liceo Rus. Uno de ellos, Ernesto lvarez, un hombre
moreno, de ojos negros y barba entrecana, habl en aquel mitin de una
manera elocuente y exaltada; habl de los nios abandonados, de los
mendigos, de las mujeres cadas...

Andrs sinti el atractivo de este sentimentalismo, quiz algo morboso.
Cuando expona sus ideas acerca de la injusticia social, Julio Aracil
le sala al encuentro con su buen sentido:

--Claro que hay cosas malas en la sociedad--deca Aracil--. Pero quin
las va a arreglar? Esos vividores que hablan en los mtines? Adems,
hay desdichas que son comunes a todos; esos albailes de los dramas
populares que se nos vienen a quejar de que sufren el fro del invierno
y el calor del verano, no son los nicos; lo mismo nos pasa a los dems.

Las palabras de Aracil eran la gota de agua fra en las exaltaciones
humanitarias de Andrs.

--Si quieres dedicarte a esas cosas--le deca--, hazte poltico,
aprende a hablar.

--Pero si yo no me quiero dedicar a poltico--replicaba Andrs
indignado.

--Pues si no, no puedes hacer nada.

Claro que toda reforma en un sentido humanitario tena que ser
colectiva y realizarse por un procedimiento poltico, y a Julio no le
era muy difcil convencer a su amigo de lo turbio de la poltica.

Julio llevaba la duda a los romanticismos de Hurtado; no necesitaba
insistir mucho para convencerle de que la poltica es un arte de
granjera.

Realmente, la poltica espaola nunca ha sido nada alto ni nada noble;
no era muy difcil convencer a un madrileo de que no deba tener
confianza en ella.

La inaccin, la sospecha de la inanidad y de la impureza de todo
arrastraban a Hurtado cada vez ms a sentirse pesimista.

Se iba inclinando aun anarquismo espiritual, basado en la simpata y en
la piedad, sin solucin prctica ninguna.

La lgica justiciera y revolucionaria de los Saint-Just ya no le
entusiasmaba, le pareca una cosa artificial y fuera de la naturaleza.
Pensaba que en la vida ni haba ni poda haber justicia. La vida era
una corriente tumultuosa e inconsciente donde los actores representaban
una tragedia que no comprendan, y los hombres, llegados a un estado
de intelectualidad, contemplaban la escena con una mirada compasiva y
piadosa.

Estos vaivenes en las ideas, esta falta de plan y de freno, le llevaban
a Andrs al mayor desconcierto, a una sobrexcitacin cerebral continua
e intil.




                                  XI

                           DE ALUMNO INTERNO


A mediados de curso se celebraron exmenes de alumnos internos para el
hospital general.

Aracil, Montaner y Hurtado decidieron presentarse. El examen consista
en unas preguntas hechas al capricho por los profesores acerca de
puntos de las asignaturas ya cursadas por los alumnos. Hurtado fu a
ver a su to Iturrioz para que le recomendara.

--Bueno, te recomendar--le dijo el to--; tienes aficin a la carrera?

--Muy poca.

--Y entonces, para qu quieres entrar en el hospital?

--Ya, qu le voy a hacer! Ver si voy adquiriendo la aficin. Adems,
cobrar unos cuartos, que me convienen.

--Muy bien--contest Iturrioz--. Contigo se sabe a qu atenerse; eso me
gusta.

En el examen, Aracil y Hurtado salieron aprobados.

Primero tenan que ser libretistas; su obligacin consista en ir por
la maana y apuntar las recetas que ordenaba el mdico; por la tarde,
recoger la botica, repartirla y hacer guardias. De libretistas, con
seis duros al mes, pasaban a internos de clase superior, con nueve,
y luego a ayudantes, con doce duros, lo que representaba la cantidad
respetable de dos pesetas al da.

Andrs fu llamado por un mdico amigo de su to, que visitaba una de
las salas altas del tercer piso del hospital. La sala era de Medicina.

El mdico, hombre estudioso, haba llegado a dominar el diagnstico
como pocos. Fuera de su profesin no le interesaba nada: poltica,
literatura, arte, filosofa o astronoma, todo lo que no fuera
auscultar o percutir, analizar orinas o esputos, era letra muerta para
l.

Consideraba, y quiz tena razn, que la verdadera moral del estudiante
de Medicina estribaba en ocuparse nicamente de lo mdico, y fuera
de esto, divertirse. A Andrs le preocupaban ms las ideas y los
sentimientos de los enfermos que los sntomas de las enfermedades.

Pronto pudo ver el mdico de la sala la poca aficin de Hurtado por la
carrera.

--Usted piensa en todo menos en lo que es Medicina--le dijo a Andrs
con severidad.

El mdico de la sala estaba en lo cierto. El nuevo interno no llevaba
el camino de ser un clnico; le interesaban los aspectos psicolgicos
de las cosas; quera investigar qu hacan las hermanas de la Caridad,
si tenan o no vocacin; senta curiosidad por saber la organizacin
del hospital y averiguar por dnde se filtraba el dinero consignado por
la Diputacin.

La inmoralidad dominaba dentro del vetusto edificio. Desde los
administradores de la Diputacin provincial hasta una sociedad de
internos que venda la quinina del hospital en las boticas de la calle
de Atocha, haba seguramente todas las formas de la filtracin. En las
guardias, los internos y los seores capellanes se dedicaban a jugar al
monte, y en el Arsenal funcionaba casi constantemente una timba en la
que la postura menor era una perra gorda.

Los mdicos, entre los que haba algunos muy chulos; los curas, que no
lo eran menos, y los internos se pasaban la noche tirando de la oreja a
Jorge.

Los seores capellanes se jugaban las pestaas; uno de ellos era
un hombrecito bajito, cnico y rubio, que haba llegado a olvidar
sus estudios de cura y adquirido aficin por la Medicina. Como la
carrera de mdico era demasiado larga para l, se iba a examinar de
ministrante, y si poda, pensaba abandonar definitivamente los hbitos.

El otro cura era un mozo bravo, alto, fuerte, de facciones enrgicas.
Hablaba de una manera terminante y desptica; sola contar con gracejo
historias verdes, que provocaban brbaros comentarios.

Si alguna persona devota le reprochaba la inconveniencia de sus
palabras, el cura cambiaba de voz y de gesto, y con una marcada
hipocresa, tomando un tonillo de falsa uncin, que no cuadraba bien
con su cara morena y con la expresin de sus ojos negros y atrevidos,
afirmaba que la religin nada tena que ver con los vicios de sus
indignos sacerdotes.

Algunos internos que le conocan desde haca algn tiempo y le hablaban
de t, le llamaban Lagartijo, porque se pareca algo a este clebre
torero.

--Oye, t, Lagartijo--le decan.

--Qu ms quisiera yo--replicaba el cura--que cambiar la estola por una
muleta, y en vez de ayudar a bien morir ponerme a matar toros.

Como perda en el juego con frecuencia, tena muchos apuros.

Una vez le deca a Andrs, entre juramentos pintorescos:

--Yo no puedo vivir as. No voy a tener ms remedio que lanzarme a la
calle a decir misa en todas partes y tragarme todos los das catorce
hostias.

A Hurtado estos rasgos de cinismo no le agradaban.

Entre los practicantes haba algunos curiossimos, verdaderas ratas
de hospital, que llevaban quince o veinte aos all, sin concluir la
carrera, y que visitaban clandestinamente en los barrios bajos ms que
muchos mdicos.

Andrs se hizo amigo de las hermanas de la Caridad de su sala y de
algunas otras.

Le hubiera gustado creer, a pesar de no ser religioso, por
romanticismo, que las hermanas de la Caridad eran angelicales; pero la
verdad, en el hospital no se las vea ms que cuidarse de cuestiones
administrativas y de llamar al confesor cuando un enfermo se pona
grave.

Adems, no eran criaturas idealistas, msticas, que consideraran el
mundo como un valle de lgrimas, sino muchachas sin recursos, algunas
viudas, que tomaban el cargo como un oficio, para ir viviendo.

Luego las buenas hermanas tenan lo mejor del hospital acotado para
ellas...

Una vez un enfermero le di a Andrs un cuadernito encontrado entre
papeles viejos que haban sacado del pabelln de las hijas de la
Caridad.

Era el diario de una monja, una serie de notas muy breves, muy
lacnicas, con algunas impresiones acerca de la vida del hospital, que
abarcaban cinco o seis meses.

En la primera pgina tena un nombre: sor Mara de la Cruz, y al lado
una fecha. Andrs ley el diario y qued sorprendido. Haba all una
narracin tan sencilla, tan ingenua de la vida hospitalesca, contada
con tanta gracia, que le dej emocionado.

Andrs quiso enterarse de quin era sor Mara, de si viva en el
hospital o dnde estaba.

No tard en averiguar que haba muerto. Una monja, ya vieja, la haba
conocido. Le dijo a Andrs que al poco tiempo de llegar al hospital,
la trasladaron a una sala de tficos, y all adquiri la enfermedad y
muri.

No se atrevi Andrs a preguntar cmo era, qu cara tena, aunque
hubiese dado cualquier cosa por saberlo.

Andrs guard el diario de la monja como una reliquia, y muchas veces
pens en cmo sera, y hasta lleg a sentir por ella una verdadera
obsesin.

Un tipo misterioso y extrao del hospital, que llamaba mucho la
atencin, y de quien se contaban varias historias, era el hermano Juan.
Este hombre, que no se saba de dnde haba venido, andaba vestido
con una blusa negra, alpargatas y un crucifijo colgado al cuello. El
hermano Juan cuidaba por gusto de los enfermos contagiosos. Era, al
parecer, un mstico, un hombre que viva en su centro natural, en medio
de la miseria y el dolor.

El hermano Juan era un hombre bajito, tena la barba negra, la mirada
brillante, los ademanes suaves, la voz melflua. Era un tipo semtico.

Viva en un callejn que separaba San Carlos del Hospital General. Este
callejn tena dos puentes encristalados que lo cruzaban, y debajo de
uno de ellos, del que estaba ms cerca de la calle de Atocha, haba
establecido su cuchitril el hermano Juan.

En este cuchitril se encerraba con un perrito que le haca compaa.

A cualquier hora que fuesen a llamar al hermano, siempre haba luz en
su camaranchn y siempre se le encontraba despierto.

Segn algunos, se pasaba la vida leyendo libros verdes; segn otros,
rezaba; uno de los internos aseguraba haberle visto poniendo notas en
unos libros en francs y en ingls acerca de psicopatas sexuales.

Una noche en que Andrs estaba de guardia uno de los internos dijo:

--Vamos a ver al hermano Juan, y a pedirle algo de comer y de beber.

Fueron todos al callejn en donde el hermano tena su escondrijo.
Haba luz, miraron por si se vea algo, pero no se encontraba rendija
por donde espiar lo que haca en el interior el misterioso enfermero.
Llamaron e inmediatamente apareci el hermano con su blusa negra.

--Estamos de guardia, hermano Juan--dijo uno de los internos--; venimos
a ver si nos da usted algo para tomar un modesto piscolabis.

--Pobrecitos! Pobrecitos!--exclam l--. Me encuentran ustedes muy
pobre. Pero ya ver, ya ver si tengo algo. Y el hombre desapareci
tras de la puerta, la cerr con mucho cuidado, y se present al poco
rato con un paquete de caf, otro de azcar y otro de galletas.

Volvieron los estudiantes al cuarto de guardia, comieron las galletas,
tomaron el caf y discutieron el caso del hermano.

No haba unanimidad; unos crean que era un hombre distinguido; otros
que era un antiguo criado; para algunos era un santo; para otros un
invertido sexual o algo por el estilo.

El hermano Juan era el tipo raro del hospital. Cuando reciba dinero,
no se saba de dnde, convidaba a comer a los convalecientes y regalaba
las cosas que necesitaban los enfermos.

A pesar de su caridad y de sus buenas obras, este hermano Juan era para
Andrs repulsivo; le produca una impresin desagradable, una impresin
fsica, orgnica.

Haba en l algo anormal, indudablemente. Es tan lgico, tan natural
en el hombre huir del dolor, de la enfermedad, de la tristeza! Y, sin
embargo, para l, el sufrimiento, la pena, la suciedad, deban de ser
cosas atrayentes.

Andrs comprenda el otro extremo, que el hombre huyese del dolor
ajeno, como de una cosa horrible y repugnante, hasta llegar a la
indignidad, a la inhumanidad; comprenda que se evitara hasta la idea
de que hubiese sufrimiento alrededor de uno; pero ir a buscar lo
sucio, lo triste, deliberadamente, para convivir con ello, le pareca
una monstruosidad.

As que cuando vea al hermano Juan, senta esa impresin repelente, de
inhibicin, que se experimenta ante los monstruos.




                             SEGUNDA PARTE

                            Las Carnarias.




                                   I

                           LAS MINGLANILLAS


JULIO Aracil haba intimado con Andrs. La vida en comn de ambos en
San Carlos y en el hospital, iba unificando sus costumbres, aunque no
sus ideas ni sus afectos.

Con su dura filosofa del xito, Julio comenzaba a sentir ms
estimacin por Hurtado que por Montaner.

Andrs haba pasado a ser interno como l; Montaner, no slo no pudo
aprobar en estos exmenes, sino que perdi el curso, y abandonndose
por completo, empez a no ir a clase y a pasar el tiempo haciendo el
amor a una muchacha vecina suya.

Julio Aracil comenzaba a experimentar por su amigo un gran desprecio y
a desearle que todo le saliera mal.

Julio, con el pequeo sueldo del hospital, haca cosas extraordinarias,
maravillosas; lleg hasta jugar a la Bolsa, a tener acciones de minas,
a comprar un ttulo de la Deuda.

Julio quera que Andrs siguiera sus pasos de hombre de mundo.

--Te voy presentar en casa de las Minglanillas--le dijo un da riendo.

--Quines son las Minglanillas?--pregunt Hurtado.

--Unas chicas amigas mas.

--Se llaman as?

--No; pero yo las llamo as; porque, sobre todo la madre, parece un
personaje de Taboada.

--Y qu son?

--Son unas chicas hijas de una viuda pensionista. Nin y Lul. Yo estoy
arreglado con Nin, con la mayor; t te puedes entender con la chiquita.

--Pero arreglado hasta qu punto ests con ella?

--Pues hasta todos los puntos. Solemos ir los dos a un rincn de la
calle de Cervantes, que yo conozco, y que te lo recomendar cuando lo
necesites.

--Te vas a casar con ella despus?

--Quita de ah, hombre! No sera mal imbcil.

--Pero has inutilizado a la muchacha.

--Yo! Qu estupidez!

--Pues no es tu querida?

--Y quin lo sabe? Adems, a quin le importa?

--Sin embargo...

--Ca! Hay que dejarse de tonteras y aprovecharse. Si t puedes hacer
lo mismo, sers un tonto si no lo haces.

A Hurtado no le pareca bien este egosmo; pero tena curiosidad por
conocer a la familia, y fu una tarde con Julio a verla.

Viva la viuda y las dos hijas en la calle del Fcar, en una casa
srdida, de esas con patio de vecindad y galeras llenas de puertas.

Haba en casa de la viuda un ambiente de miseria bastante triste; la
madre y las hijas llevaban trajes rados y remendados; los muebles eran
pobres, menos alguno que otro indicador de ciertos esplendores pasados;
las sillas estaban destripadas y en los agujeros de la estera se meta
el pie al pasar.

La madre, doa Leonarda, era mujer poco simptica; tena la cara
amarillenta, de color de membrillo; la expresin dura, falsamente
amable; la nariz corva; unos cuantos lunares en la barba, y la sonrisa
forzada.

La buena seora manifestaba unas nfulas aristocrticas grotescas, y
recordaba los tiempos en que su marido haba sido subsecretario e iba
la familia a veranear a San Juan de Luz. El que las chicas se llamaran
Nin y Lul proceda de la niera que tuvieron por primera vez, una
francesa.

Estos recuerdos de la gloria pasada, que doa Leonarda evocaba
accionando con el abanico cerrado como si fuera una batuta, le hacan
poner los ojos en blanco y suspirar tristemente.

Al llegar a la casa con Aracil, Julio se puso a charlar con Nin, y
Andrs sostuvo la conversacin con Lul y con su madre.

Lul era una muchacha graciosa, pero no bonita; tena los ojos verdes,
obscuros, sombreados por ojeras negruzcas; unos ojos que a Andrs le
parecieron muy humanos; la distancia de la nariz a la boca y de la boca
a la barba era en ella demasiado grande, lo que le daba cierto aspecto
simio: la frente pequea, la boca, de labios finos, con una sonrisa
entre irnica y amarga; los dientes blancos, puntiagudos; la nariz un
poco respingona, y la cara plida, de mal color.

Lul demostr a Hurtado que tena gracia, picarda e ingenio de sobra;
pero le faltaba el atractivo principal de una muchacha: la ingenuidad,
la frescura, la candidez. Era un producto marchito por el trabajo, por
la miseria y por la inteligencia. Sus diez y ocho aos no parecan
juventud.

Su hermana Nin, de facciones incorrectas, y sobre todo menos
espirituales, era ms mujer, tena deseo de agradar, hipocresa,
disimulo. El esfuerzo constante hecho por Nin para presentarse como
ingenua y cndida, le daba un carcter ms femenino, ms corriente
tambin y vulgar.

Andrs qued convencido de que la madre conoca las verdaderas
relaciones de Julio y de su hija Nin. Sin duda ella misma haba
dejado que la chica se comprometiera, pensando que luego Aracil no la
abandonara.

A Hurtado no le gust la casa; aprovecharse, como Julio, de la miseria
de la familia para hacer de Nin su querida, con la idea de abandonarla
cuando le conviniera, le pareca una mala accin.

Todava si Andrs no hubiera estado en el secreto de las intenciones
de Julio, hubiese ido a casa de doa Leonarda sin molestia; pero
tener la seguridad de que un da los amores de su amigo acabaran con
una pequea tragedia de lloros y de lamentos, en que doa Leonarda
chillara y a Nin le daran soponcios, era una perspectiva que le
disgustaba.




                                  II

                            UNA CACHUPINADA


ANTES de Carnaval, Julio Aracil le dijo a Hurtado:

--Sabes? Vamos a tener baile en casa de las Minglanillas.

--Hombre! Cundo va a ser eso?

--El domingo de Carnaval. El petrleo para la luz y las pastas, el
alquiler del piano y el pianista, se pagarn entre todos. De manera que
si t quieres ser de la cuadrilla, ya ests apoquinando.

--Bueno. No hay inconveniente. Cunto hay que pagar?

--Ya te lo dir uno de estos das.

--Quines van a ir?

--Pues irn algunas muchachas de la vecindad, con sus novios; Casares,
ese periodista amigo mo; un sainetero, y otros. Estar bien. Habr
chicas guapas.

El domingo de Carnaval, despus de salir de guardia del hospital, fu
Hurtado al baile. Eran ya las once de la noche. El sereno le abri la
puerta. La casa de doa Leonarda rebosaba gente; la haba hasta en la
escalera.

Al entrar Andrs se encontr a Julio en un grupo de jvenes a quienes
no conoca. Julio le present a un sainetero, un hombre estpido y
fnebre, que a las primeras palabras, para demostrar sin duda su
profesin, dijo unos cuantos chistes, a cual ms conocidos y vulgares.
Tambin le present a Antoito Casares, empleado y periodista, hombre
de gran partido entre las mujeres.

Antoito era un andaluz con una moral de chulo; se figuraba que dejar
pasar a una mujer sin sacarle algo era una gran torpeza. Para Casares
toda mujer le deba, slo por el hecho de serlo, una contribucin, una
gabela.

Antoito clasificaba a las mujeres en dos clases: unas las pobres, para
divertirse, y otra las ricas, para casarse con alguna de ellas por su
dinero, a ser posible.

Antoito buscaba la mujer rica, con una constancia de anglo-sajn. Como
tena buen aspecto y vesta bien, al principio las muchachas a quien se
diriga le acogan como a un pretendiente aceptable. El audaz trataba
de ganar terreno; hablaba a las criadas, mandaba cartas, paseaba la
calle. A esto llamaba l _trabajar_ a una mujer. La muchacha, mientras
consideraba al galanteador como un buen partido, no le rechazaba; pero
cuando se enteraba de que era un empleadillo humilde, un periodista,
desconocido y gorrn, ya no le volva a mirar a la cara.

Julio Aracil senta un gran entusiasmo por Casares, a quien consideraba
como un compadre digno de l. Los dos pensaban ayudarse mutuamente para
subir en la vida.

Cuando comenzaron a tocar el piano todos los muchachos se lanzaron en
busca de pareja.

--T sabes bailar?--le pregunt Aracil a Hurtado.

--Yo no.

--Pues mira, vete al lado de Lul, que tampoco quiere bailar, y trtala
con consideracin.

--Por qu me dices esto?

--Porque hace un momento--aadi Julio con irona--doa Leonarda me ha
dicho: A mis hijas hay que tratarlas como si fueran vrgenes, Julito,
como si fueran vrgenes.

Y Julio Aracil sonri, remedando a la madre de Nin, con su sonrisa de
hombre mal intencionado y canalla.

Andrs fu abrindose paso. Haba varios quinqus de petrleo
iluminando la sala y el gabinete. En el comedorcito, la mesa ofreca
a los concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas de vino
blanco. Entre las muchachas que ms sensacin producan en el baile
haba una rubia, muy guapa, muy vistosa. Esta rubia tena su historia.
Un seor rico que la rondaba se la llev a un hotel de la Prosperidad,
y das despus la rubia se escap del hotel, huyendo del raptor, que al
parecer era un stiro.

Toda la familia de la muchacha tena cierto estigma de anormalidad. El
padre, un venerable anciano por su aspecto, haba tenido un proceso por
violar a una nia, y un hermano de la rubia, despus de disparar dos
tiros a su mujer, intent suicidarse.

A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la distinguan casi todas
las vecinas con un odio furioso.

Al parecer, por lo que dijeron, exhiba en el balcn, para que rabiaran
las muchachas de la vecindad, medias negras caladas, camisas de
seda llenas de lacitos y otra porcin de prendas interiores lujosas
y esplndidas que no podan proceder ms que de un comercio poco
honorable.

Doa Leonarda no quera que sus hijas se trataran con aquella muchacha;
segn deca, ella no poda sancionar amistades de cierto gnero.

La hermana de la Estrella, Elvira, de doce o trece aos, era muy
bonita, muy descocada, y segua, sin duda, las huellas de la mayor.

--Esta _peque_ de la vecindad es ms sinvergenza!--dijo una vieja
detrs de Andrs, sealando a la Elvira.

La Estrella bailaba como hubiese podido hacerlo la diosa Venus, y al
moverse, sus caderas y su pecho abultado, se destacaban de una manera
un poco insultante.

Casares, al verla pasar, la deca:

--Vaya usted con Dios, guerrera!

Andrs avanz en el cuarto hasta sentarse cerca de Lul.

--Muy tarde ha venido usted--le dijo ella.

--S, he estado de media guardia en el hospital.

--Qu, no va usted a bailar?

--Yo no s.

--No?

--No. Y usted?

--Yo no tengo ganas. Me mareo.

Casares se acerc a Lul a invitarle a bailar.

--Oiga usted, negra--la dijo.

--Qu quiere usted, blanco?--le pregunt ella con descaro.

--No quiere usted darse unas vueltecitas conmigo?

--No, seor.

--Y por qu?

--Porque no me sale... de adentro--contest ella de una manera achulada.

--Tiene usted mala sangre, negra--le dijo Casares.

--S, que usted la debe tener buena, blanco--replic ella.

--Por qu no ha querido usted bailar con l?--le pregunt Andrs.

--Porque es un boceras; un to antiptico, que cree que todas las
mujeres estn enamoradas de l. Que se vaya a paseo!

Sigui el baile con animacin creciente y Andrs permaneci sin hablar
al lado de Lul.

--Me hace usted mucha gracia--dijo ella de pronto, rindose, con una
risa que le daba la expresin de una alimaa.

--Por qu?--pregunt Andrs, enrojeciendo sbitamente.

--No le ha dicho a usted Julio que se entienda conmigo? S, verdad?

--No, no me ha dicho nada.

--S, diga usted que s. Ahora, que usted es demasiado delicado para
confesarlo. A l le parece eso muy natural. Se tiene una novia pobre,
una seorita cursi como nosotras para entretenerse, y despus se busca
una mujer que tenga algn dinero para casarse.

--No creo que esa sea su intencin.

--Que no? Ya lo creo! Usted se figura que no va a abandonar a Nin?
En seguida que acabe la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un
egosta y un canallita. Est engaando a mi madre y a mi hermana... y
total, para qu?

--No s lo que har Julio... yo s que no lo hara.

--Usted no, porque usted es de otra manera... Adems, en usted no hay
caso, porque no se va a enamorar usted de m, ni aun para divertirse.

--Por qu no?

--Porque no.

Ella comprenda que no gustara a los hombres.

A ella misma le gustaban ms las chicas, y no es que tuviera instintos
viciosos; pero la verdad era que no le hacan impresin los hombres.

Sin duda, el velo que la naturaleza y el pudor han puesto sobre todos
los motivos de la vida sexual, se haba desgarrado demasiado pronto
para ella; sin duda supo lo que eran la mujer y el hombre en una poca
en que su instinto nada le deca, y esto le haba producido una mezcla
de indiferencia y de repulsin por todas las cosas del amor.

Andrs pens que esta repulsin provena ms que nada de la miseria
orgnica, de la falta de alimentacin y de aire.

Lul le confes que estaba deseando morirse, de verdad, sin
romanticismo alguno; crea que nunca llegara a vivir bien.

La conversacin les hizo muy amigos a Andrs y a Lul.

A las doce y media hubo que terminar el baile. Era condicin
indispensable, fijada por doa Leonarda; las muchachas tenan que
trabajar al da siguiente, y por ms que todo el mundo pidi que se
continuara, doa Leonarda fu inflexible, y para la una estaba ya
despejada la casa.




                                  III

                              LAS MOSCAS


ANDRS sali a la calle con un grupo de hombres.

Haca un fro intenso.

--Adnde iramos?--pregunt Julio.

--Vamos a casa de doa Virginia--propuso Casares--. Ustedes la
conocern?

--Yo s la conozco--contest Aracil.

Se acercaron a una casa prxima, de la misma calle, que haca esquina a
la de la Vernica. En un balcn del piso principal se lea este letrero
a la luz de un farol:

                            VIRGINIA GARCA

                   COMADRONA CON TTULO DEL COLEGIO
                             DE SAN CARLOS

                            (_Sage femme._)

--No se ha debido acostar, porque hay luz--dijo Casares.

Julio llam al sereno, que les abri la puerta, y subieron todos al
piso principal. Sali a recibirles una criada vieja que les pas a
un comedor en donde estaba la comadrona sentada a una mesa con dos
hombres. Tenan delante una botella de vino y tres vasos.

Doa Virginia era una mujer alta, rubia, gorda, con una cara de
angelito de Rubens que llevara cuarenta y cinco aos revoloteando
por el mundo. Tena la tez iluminada y rojiza, como la piel de un
cochinillo asado y unos lunares en el mentn que le hacan parecer una
mujer barbuda.

Andrs la conoca de vista por haberla encontrado en San Carlos en la
clnica de partos, ataviada con unos trajes claros y unos sombreros de
nia bastante ridculos.

De los dos hombres, uno era el amante de la comadrona. Doa Virginia
le present como un italiano profesor de idiomas de un colegio. Este
seor, por lo que habl, daba la impresin de esos personajes que han
viajado por el extranjero viviendo en hoteles de dos francos y que
luego ya no se pueden acostumbrar a la falta de _confort_ de Espaa.

El otro, un tipo de aire siniestro, barba negra y anteojos, era nada
menos que el director de la revista _El Masn Ilustrado_.

Doa Virginia dijo a sus visitantes que aquel da estaba de guardia,
cuidando a una parturiente. La comadrona tena una casa bastante grande
con unos gabinetes misteriosos que daban a la calle de la Vernica;
all instalaba a las muchachas, hijas de familia, a las cuales, un mal
paso dejaba en situacin comprometida.

Doa Virginia pretenda demostrar que era de una exquisita sensibilidad.

--Pobrecitas!--deca de sus huspedas--. Qu malos son ustedes los
hombres!

A Andrs esta mujer le pareci repulsiva.

En vista de que no podan quedarse all, sali todo el grupo de hombres
a la calle. A los pocos pasos se encontraron con un muchacho, sobrino
de un prestamista de la calle de Atocha, acompaando a una chulapa con
la que pensaba ir al baile de la Zarzuela.

--Hola, Victorio!--le salud Aracil.

--Hola, Julio!--contest el otro--. Qu tal? De dnde salen ustedes?

--De aqu; de casa de doa Virginia.

--Valiente ta! Es una explotadora de esas pobres muchachas que lleva
a su casa engaadas.

Un prestamista llamando explotadora a una comadrona! Indudablemente,
el caso no era del todo vulgar.

El director de _El Masn Ilustrado_, que se reuni con Andrs, le dijo
con aire grave que doa Virginia era una mujer de cuidado; haba echado
al otro mundo dos maridos, con dos jicarazos; no le asustaba nada.
Haca abortar, suprima chicos, secuestraba muchachas y las venda.
Acostumbrada a hacer gimnasia, y a dar masaje, tena ms fuerzas que
un hombre, y para ella no era nada sujetar a una mujer como si fuera un
nio.

En estos negocios de abortos y de terceras manifestaba una audacia
enorme. Como esas moscas sarcfagas que van a los animales despedazados
y a las carnes muertas, as apareca doa Virginia con sus palabras
amables, all donde olfateaba la familia arruinada a quien arrastraban
al _spoliarium_.

El italiano, asegur el director de _El Masn Ilustrado_, no era
profesor de idiomas ni mucho menos, sino un cmplice en los negocios
nefandos de doa Virginia, y si saba francs e ingls, era porque
haba andado durante mucho tiempo de carterista, desvalijando a la
gente en los hoteles.

Fueron todos con Victorio hasta la Carrera de San Jernimo; all,
el sobrino del prestamista, les invit a acompaarle al baile de la
Zarzuela; pero Aracil y Casares supusieron que Victorio no les querra
pagar la entrada, y dijeron que no.

--Vamos a hacer una cosa--propuso el sainetero amigo de Casares.

--Qu?--pregunt Julio.

--Vamos a casa de Villass. Pura habr salido del teatro ahora.

Villass, segn le dijeron a Andrs, era un autor dramtico que tena
dos hijas coristas. Este Villass viva en la Cuesta de Santo Domingo.

Se dirigieron a la Puerta del Sol; compraron pasteles en la calle del
Carmen esquina a la del Olivo; fueron despus a la Cuesta de Santo
Domingo, y se detuvieron delante de una casa grande.

--Aqu no alborotemos--advirti el sainetero, porque el sereno no nos
abrira.

Abri el sereno, entraron en un espacioso portal, y Casares y su amigo,
Julio, Andrs y el director de _El Masn Ilustrado_, comenzaron a subir
una ancha escalera hasta llegar a las guardillas, alumbrndose con
fsforos.

Llamaron en una puerta, apareci una muchacha que les hizo pasar a un
estudio de pintor y poco despus se present un seor de barba y pelo
entrecano, envuelto en un gabn.

Este seor Rafael Villass era un pobre diablo autor de comedias y de
dramas detestables en verso.

El poeta, como se llamaba l, viva su vida en artista, en bohemio; era
en el fondo un completo majadero, que haba echado a perder a sus hijas
por un estpido romanticismo.

Pura y Ernestina llevaban un camino desastroso; ninguna de las dos
tena condicin para la escena; pero el padre no crea ms que en el
arte, y las haba llevado al Conservatorio, luego metido en un teatro
de partiquinas y relacionado con periodistas y cmicos.

Pura, la mayor, tena un hijo con un sainetero amigo de Casares, y
Ernestina estaba enredada con un revendedor.

El amante de Pura, adems de un acreditado imbcil, fabricante de
chistes estpidos, como la mayora de los del gremio, era un granuja,
dispuesto a llevarse todo lo que vea. Aquella noche estaba all. Era
un hombre alto, flaco, moreno, con el labio inferior colgante.

Los dos saineteros hicieron gala de su ingenio, sacando a relucir una
coleccin de chistes viejos y manidos. Ellos dos y los otros, Casares,
Aracil y el director de _El Masn Ilustrado_, tomaron la casa de
Villass como terreno conquistado e hicieron una porcin de horrores
con una mala intencin canallesca.

Se rean de la chifladura del padre, que crea que todo aquello era la
vida artstica. El pobre imbcil no notaba la mala voluntad que ponan
todos en sus bromas.

Las hijas, dos mujeres estpidas y feas, comieron con avidez los
pasteles que haban llevado los visitantes, sin hacer caso de nada.

Uno de los saineteros hizo el len, tirndose por el suelo y rugiendo,
y el padre ley unas quintillas que se aplaudieron a rabiar.

Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de los saineteros, fu a la
cocina a beber un vaso de agua y se encontr con Casares y el director
de _El Masn Ilustrado_. Este estaba empeado en ensuciarse en uno de
los pucheros de la cocina y echarlo luego en la tinaja del agua.

Le pareca la suya una ocurrencia graciossima.

--Pero usted es un imbcil--le dijo Andrs bruscamente.

--Cmo?

--Que es usted un imbcil, una mala bestia.

--Usted no me dice a m eso!--grit el masn.

--No est usted oyendo que se lo digo?

--En la calle no me repite usted eso.

--En la calle y en todas partes.

Casares tuvo que intervenir, y como sin duda quera marcharse,
aprovech la ocasin de acompaar a Hurtado diciendo que iba para
evitar cualquier conflicto. Pura baj a abrirles la puerta, y el
periodista y Andrs fueron juntos hasta la Puerta del Sol. Casares le
brind su proteccin a Andrs; sin duda, prometa proteccin y ayuda a
todo el mundo.

Hurtado se march a casa mal impresionado. Doa Virginia, explotando y
vendiendo mujeres; aquellos jvenes, escarneciendo a una pobre gente
desdichada. La piedad no apareca por el mundo.




                                  IV

                                 LUL


LA conversacin que tuvo en el baile con Lul, di a Hurtado el deseo
de intimar algo ms con la muchacha.

Realmente la chica era simptica y graciosa. Tena los ojos
desnivelados, uno ms alto que otro, y al reir los entornaba hasta
convertirlos en dos rayitas, lo que le daba una gran expresin de
malicia; su sonrisa levantaba las comisuras de los labios para arriba,
y su cara tomaba un aire satrico y agudo.

No se morda la lengua para hablar. Deca habitualmente horrores. No
haba en ella dique para su desenfreno espiritual, y cuando llegaba a
lo ms escabroso, una expresin de cinismo brillaba en sus ojos.

El primer da que fu Andrs a ver a Lul despus del baile, cont su
visita a casa de doa Virginia.

--Estuvieron ustedes a ver a la comadrona?--pregunt Lul.

--S

--Valiente ta cerda.

--Nia--exclam doa Leonarda-, qu expresiones son esas?

--Pues qu es, sino una alcahueta o algo peor?

--Jess! Qu palabras!

--A m me vino un da--sigui diciendo Lul--preguntndome si quera ir
con ella a casa de un viejo. Qu ta guarra!

A Hurtado le asombraba la mordacidad de Lul. No tena ese repertorio
vulgar de chistes odos en el teatro; en ella todo era callejero,
popular.

Andrs comenz a ir con frecuencia a la casa, slo para oir a Lul.
Era, sin duda, una mujer inteligente, cerebral, como la mayora de
las muchachas que viven trabajando en las grandes ciudades, con una
aspiracin mayor por ver, por enterarse, por distinguirse, que por
sentir placeres sensuales.

A Hurtado le sorprenda; pero no le produca la ms ligera idea de
hacerle el amor. Hubiera sido imposible para l pensar que pudiera
llegar a tener con Lul ms que una cordial amistad.

Lul bordaba para un taller de la calle de Segovia, y sola ganar hasta
tres pesetas al da. Con esto, unido a la pequea pensin de doa
Leonarda, viva la familia; Nin ganaba poco, porque, aunque trabajaba,
era torpe.

Cuando Andrs iba por las tardes, se encontraba a Lul con el bastidor
en las rodillas, unas veces cantando a voz en grito, otras muy
silenciosa.

Lul coga rpidamente las canciones de la calle y las cantaba con una
picarda admirable. Sobre todo, esas tonadillas encanalladas, de letra
grotesca, eran las que ms le gustaban.

El tango aquel que empieza diciendo:

        Un cocinero de Cdiz, muy afamado,
      a las mujeres las compara con el guisado,

y esos otros en que las mujeres entran en quinta, o tienen que ser
marineras, el de la Nia qu?, o el de las mujeres que montan en
bicicleta, en el que hay esa preocupacin graciosa, expresada as:

      Por eso hay ahora
          mil discusiones,
      por si han de llevar faldas
          o pantalones.

Todas estas canciones populares las cantaba con muchsima gracia.

A veces le faltaba el humor y tena esos silencios llenos de
pensamientos de las chicas inquietas y neurticas. En aquellos
instantes sus ideas parecan converger hacia adentro, y la fuerza de
la ideacin le impulsaba a callar. Si la llamaban de pronto, mientras
estaba ensimismada, se ruborizaba y se confunda.

--No s lo que anda maquinando cuando est as--deca su madre--; pero
no debe ser nada bueno.

Lul le cont a Andrs que de chica haba pasado una larga temporada
sin querer hablar. En aquella poca el hablar le produca una gran
tristeza, y desde entonces le quedaban estos arrechuchos.

Muchas veces Lul dejaba el bastidor y se largaba a la calle a comprar
algo en la mercera prxima, y contestaba a las frases de los horteras
de la manera ms procaz y descarada.

Este poco apego a defender los intereses de la clase les pareca a doa
Leonarda y a Nin una verdadera vergenza.

--Ten en cuenta que tu padre fu un personaje--deca doa Leonarda con
nfasis.

--Y nosotras nos morimos de hambre--replicaba Lul.

Cuando obscureca y las tres mujeres dejaban la labor, Lul se meta
en algn rincn, apoyndose en varios sitios al mismo tiempo. As como
encajonada, en un espacio estrecho, formado por dos sillas y la mesa
o por las sillas y el armario del comedor, se pona a hablar con su
habitual cinismo, escandalizando a su madre y a su hermana. Todo lo que
fuera deforme en un sentido humano la regocijaba. Estaba acostumbrada
a no guardar respeto a nada ni a nadie. No poda tener amigas de su
edad, porque le gustaba espantar a las mojigatas con barbaridades; en
cambio, era buena para los viejos y para los enfermos, comprenda sus
manas, sus egosmos, y se rea de ellos. Era tambin servicial; no
le molestaba andar con un chico sucio en brazos o cuidar de una vieja
enferma de la guardilla.

A veces, Andrs la encontraba ms deprimida que de ordinario; entre
aquellos parapetos de sillas viejas sola estar con la cabeza apoyada
en la mano, rindose de la miseria del cuarto, mirando fijamente el
techo o alguno de los agujeros de la estera.

Otras veces se pona a cantar la misma cancin sin parar.

--Pero, muchacha, cllate!--deca su madre--. Me tienes loca con ese
estribillo.

Y Lul callaba; pero al poco tiempo volva con la cancin.

A veces iba por la casa un amigo del marido de doa Leonarda, don
Prudencio Gonzlez.

Don Prudencio era un chulo grueso, de abdomen abultado. Gastaba levita
negra, chaleco blanco, del que colgaba la cadena del reloj llena de
dijes. Tena los ojos desdeosos, pequeos, el bigote corto y pintado y
la cara roja. Hablaba con acento andaluz y tomaba posturas acadmicas
en la conversacin.

El da que iba don Prudencio, doa Leonarda se multiplicaba.

--Usted, que ha conocido a mi marido--deca con voz lacrimosa--. Usted,
que nos ha visto en otra posicin.

Y doa Leonarda hablaba con lgrimas en los ojos de los esplendores
pasados.




                                   V

                              MS DE LUL


ALGUNOS das de fiesta, por la tarde, Andrs acompa a Lul y a su
madre a dar un paseo por el Retiro o por el Jardn Botnico.

El Botnico le gustaba ms a Lul por ser ms popular y estar cerca
de su casa, y por aquel olor acre que daban los viejos mirtos de las
avenidas.

--Porque es usted, le dejo que acompae a Lul--deca doa Leonarda,
con cierto retintn.

--Bueno, bueno, mam--replicaba Lul--. Todo eso est de ms.

En el Botnico se sentaban en algn banco, y charlaban. Lul contaba
su vida y sus impresiones, sobre todo de la niez. Los recuerdos de la
infancia estaban muy grabados en su imaginacin.

--Me da una pena pensar en cuando era chica!--deca.

--Por qu? Viva usted bien?--le preguntaba Hurtado.

--No, no; pero me da mucha pena.

Contaba Lul que de nia la pegaban para que no comiera el yeso de
las paredes y los peridicos. En aquella poca haba tenido jaquecas,
ataques de nervios; pero ya haca mucho tiempo que no padeca ningn
trastorno. Eso s, era un poco desigual; tan pronto se senta capaz de
estar derecha una barbaridad de tiempo, como se encontraba tan cansada,
que el menor esfuerzo la renda.

Esta desigualdad orgnica se reflejaba en su manera de ser espiritual y
material. Lul era muy arbitraria; pona sus antipatas y sus simpatas
sin razn alguna.

No le gustaba comer con orden, ni quera alimentos calientes; slo le
apetecan cosas fras, picantes, con vinagre, escabeche, naranjas...

--Ah!, si yo fuera de su familia, eso no se lo consentira a usted--le
deca Andrs.

--No?

--No.

--Pues diga usted que es mi primo.

--Usted rase--contestaba Andrs--; pero yo la metera en cintura.

--Ay, ay, ay, que me estoy mareando!--contestaba ella, cantando
descaradamente.

Andrs Hurtado trataba a pocas mujeres; si hubiese conocido ms y
podido comparar, hubiera llegado a sentir estimacin por Lul.

En el fondo de su falta de ilusin y de moral, al menos de moral
corriente, tena esta muchacha una idea muy humana y muy noble de las
cosas. A ella no le parecan mal el adulterio, ni los vicios, ni las
mayores enormidades; lo que le molestaba era la doblez, la hipocresa,
la mala fe. Senta un gran deseo de lealtad.

Deca que si un hombre la pretenda, y ella viera que la quera de
verdad, se ira con l, fuera rico o pobre, soltero o casado.

Tal afirmacin pareca una monstruosidad, una indecencia a Nin y a
doa Leonarda. Lul no aceptaba derechos ni prcticas sociales.

--Cada cual debe hacer lo que quiera--deca.

El desenfado inicial de su vida le daba un valor para opinar muy grande.

--De veras se ira usted con un hombre?--le preguntaba Andrs.

--Si me quera de verdad, ya lo creo! Aunque me pegara despus.

--Sin casarse?

--Sin casarme, por qu no? Si viva dos o tres aos con ilusin y con
entusiasmo, pues eso no me lo quitaba nadie.

--Y luego?...

--Luego seguira trabajando como ahora, o me envenenara.

Esta tendencia al final trgico era muy frecuente en Lul; sin duda
le atraa la idea de acabar, y de acabar de una manera melodramtica.
Deca que no le gustara llegar a vieja.

En su franqueza extraordinaria, hablaba con cinismo. Un da le dijo a
Andrs:

--Ya ve usted: hace unos aos estuve a punto de perder la honra, como
decimos las mujeres.

--Por qu?--pregunt Andrs, asombrado, al oir esta revelacin.

--Porque un bestia de la vecindad quiso forzarme. Yo tena doce aos.
Y gracias que llevaba pantalones y empec a chillar; si no... estara
deshonrada--aadi con voz campanuda.

--Parece que la idea no le espanta a usted mucho.

--Para una mujer que no es guapa, como yo, y que tiene que estar
siempre trabajando, como yo, la cosa no tiene gran importancia.

Qu haba de verdad en esta mana de sinceridad y de anlisis de
Lul?--se preguntaba Andrs--. Era espontnea, era sentida, o haba
algo de ostentacin para parecer original? Difcil era averiguarlo.

Algunos sbados por la noche, Julio y Andrs convidaban a Lul, a Nin
y a su madre a ir a algn teatro, y despus entraban en un caf.




                                  VI

                          MANOLO EL CHAFANDN


UNA amiga, con la cual sola prestarse mutuos servicios Lul, era una
vieja, planchadora de la vecindad, que se llamaba Venancia.

La seora Venancia tendra unos sesenta aos, y trabajaba
constantemente; invierno y verano estaba en su cuartucho, sin cesar de
planchar un momento. La seora Venancia viva con su hija y su yerno,
un chulapo a quien llamaban Manolo el Chafandn.

El tal Manolo, hombre de muchos oficios y de ninguno, no trabajaba ms
que rara vez, y viva a costa de la suegra.

Manolo tena tres o cuatro hijos, y el ltimo era una nia de pecho que
sola estar con frecuencia metida en un cesto en el cuarto de la seora
Venancia, y a quien Lul sola pasear en brazos por la galera.

--Qu va a ser esta nia?--preguntaban algunos.

Y Lul contestaba:

--Golfa, golfa--u otra palabra ms dura, y aada: As la llevarn en
coche, como a la Estrella.

La hija de la seora Venancia era una vaca sin cencerro, holgazana,
borracha, que se pasaba la vida disputando con las comadres de la
vecindad. Como a Manolo, su hombre, no le gustaba trabajar, toda la
familia viva a costa de la seora Venancia, y el dinero del taller de
planchado no bastaba, naturalmente, para subvenir a las necesidades de
la casa.

Cuando la Venancia y el yerno disputaban, la mujer de Manolo siempre
sala a la defensa del marido, como si este holgazn tuviera derecho a
vivir del trabajo de los dems.

Lul, que era justiciera, un da, al ver que la hija atropellaba a la
madre, sali en defensa de la Venancia, y se insult con la mujer de
Manolo; la llam ta zorra, borracha, perro y aadi que su marido
era un cabronazo; la otra le dijo que ella y toda su familia eran
unas cursis muertas de hambre, y gracias a que se interpusieron otras
vecinas, no se tiraron de los pelos.

Aquellas palabras ocasionaron un conflicto, porque Manolo el
Chafandn, que era un chulo aburrido, de estos cobardes, decidi pedir
explicaciones a Lul de sus palabras.

Doa Leonarda y Nin, al saber lo ocurrido, se escandalizaron. Doa
Leonarda ech una chillera a Lul por mezclarse con aquella gente.

Doa Leonarda no tena sensibilidad ms que para las cosas que se
referan a su respetabilidad social.

--Ests empeada en ultrajarnos--dijo a Lul medio llorando--. Qu
vamos a hacer, Dios mo, cuando venga ese hombre?

--Que venga--replic Lul--; yo le dir que es un gandul y que ms le
vala trabajar y no vivir de su suegra.

--Pero a ti qu te importa lo que hacen los dems? Por qu te mezclas
con esa gente?

Llegaron por la tarde Julio Aracil y Andrs y doa Leonarda les puso al
corriente de lo ocurrido.

--Qu demonio; no les pasar a ustedes nada--dijo Andrs--; aqu
estaremos nosotros.

Aracil, al saber lo que suceda y la visita anunciada del Chafandn, se
hubiera marchado con gusto, porque no era amigo de trifulcas; pero por
no pasar por un cobarde, se qued.

A media tarde llamaron a la puerta, y se oy decir:

--Se puede?

--Adelante--dijo Andrs.

Se present Manolo el Chafandn, vestido de da de fiesta, muy
elegante, muy empaquetado, con un sombrero ancho torero y una gran
cadena de reloj de plata. En su mejilla, un lunar negro y rizado
trazaba tantas vueltas como el muelle de un reloj de bolsillo. Doa
Leonarda y Nin temblaron al ver a Manolo. Andrs y Julio le invitaron
a explicarse.

El Chafandn puso su garrota en el antebrazo izquierdo, y comenz una
retahila larga de reflexiones y consideraciones acerca de la honra y de
las palabras que se dicen imprudentemente.

Se vea que estaba sondeando a ver si se poda atrever a echrselas de
valiente, porque aquellos seoritos lo mismo podan ser dos panolis que
dos puntos bragados que le hartasen de mojicones.

Lul escuchaba nerviosa, moviendo los brazos y las piernas, dispuesta a
saltar.

El Chafandn comenz a envalentonarse al ver que no le contestaban, y
subi el tono de la voz.

--Porque aqu (y seal a Lul con el garrote) le ha llamado a mi
seora zorra, y mi seora no es una zorra; habr otras ms zorras
que ella, y aqu (y volvi a sealar a Lul) ha dicho que yo soy un
cabronazo, y maldita sea la!... que yo le como los hgados al que diga
eso.

Al terminar su frase, el Chafandn di un golpe con el garrote en el
suelo.

Viendo que el Chafandn se desmandaba, Andrs, un poco plido, se
levant y le dijo:

--Bueno; sintese usted.

--Estoy bien as--dijo el chulo.

--No, hombre. Sintese usted. Est usted hablando desde hace mucho
tiempo, de pie, y se va usted a cansar.

Manolo el Chafandn se sent, algo escamado.

--Ahora, diga usted--sigui diciendo Andrs--qu es lo que usted
quiere, en resumen.

--En resumen?

--S.

--Pues yo quiero una explicacin.

--Una explicacin, de qu?

--De las palabras que ha dicho aqu (y volvi a sealar a Lul) contra
mi seora y contra este servidor.

--Vamos, hombre, no sea usted imbcil.

--Yo no soy imbcil.

--Qu quiere usted que diga esta seorita? Que su mujer no es una
zorra, ni una borracha, ni un perro, y que usted no es un cabronazo?
Bueno; Lul, diga usted eso para que este buen hombre se vaya tranquilo.

--A m ningn pollo neque me toma el pelo--dijo el Chafandn,
levantndose.

--Yo lo que voy a hacer--dijo Andrs irritado--es darle un silletazo en
la cabeza y echarle a puntapis por las escaleras.

--Usted?

--S; yo.

Y Andrs se acerc al chulo con la silla en el aire. Doa Leonarda y
sus hijas empezaron a gritar; el Chafandn se acerc rpidamente a la
puerta y la abri. Andrs se fu a l; pero el Chafandn cerr la
puerta y se escap por la galera, soltando bravatas e insultos.

Andrs quera salir a calentarle las costillas para ensearle a tratar
a las personas; pero entre las mujeres y Julio le convencieron de que
se quedara.

Durante toda la ria Lul estaba vibrando, dispuesta a intervenir.
Cuando Andrs se despidi, le estrech la mano entre las suyas con ms
fuerza que de ordinario.




                                  VII

                        HISTORIA DE LA VENANCIA


LA escena bufa con Manolo el Chafandn hizo que en la casa de doa
Leonarda se le considerara a Andrs como a un hroe. Lul le llev
un da al taller de la Venancia. La Venancia era una de estas viejas
secas, limpias, trabajadoras; se pasaba el da sin descansar un momento.

Tena una vida curiosa. De joven haba estado de doncella en varias
casas, hasta que muri su ltima seora y dej de servir.

La idea del mundo de la Venancia era un poco caprichosa. Para ella el
rico, sobre todo el aristcrata, perteneca a una clase superior a la
humana.

Un aristcrata tena derecho a todo, al vicio, a la inmoralidad, al
egosmo; estaba como por encima de la moral corriente. Una pobre como
ella, voluble, egosta o adltera le pareca una cosa monstruosa; pero
esto mismo en una seorona lo encontraba disculpable.

A Andrs le asombraba una filosofa tan extraa, por la cual el que
posee salud, fuerza, belleza y privilegios tiene ms derecho a otras
ventajas que el que no conoce ms que la enfermedad, la debilidad, lo
feo y lo sucio.

Aunque no se sabe la garanta cientfica que tenga, hay en el cielo
catlico, segn la gente, un santo, San Pascual Bailn, que baila
delante del Altsimo, y que dice siempre: Ms, ms, ms. Si uno tiene
suerte, le da ms, ms, ms; si tiene desgracias le da tambin ms,
ms, ms. Esta filosofa bailonesca era la de la seora Venancia.

La seora Venancia, mientras planchaba, contaba historias de sus amos.
Andrs fu a oirla con gusto.

La primera ama donde sirvi la Venancia era una mujer caprichosa y
loca, de un humor endiablado; pegaba a los hijos, al marido, a los
criados y le gustaba enemistar a sus amigos.

Una de las maniobras que empleaba era hacer que uno se escondiera
detrs de una cortina al llegar otra persona, y a sta le incitaba para
que hablase mal del que estaba escondido y le oyese.

La dama obligaba a su hija mayor a vestirse de una manera pobre y
ridcula, con el objeto de que nadie se fijara en ella. Lleg en su
maldad hasta esconder unos cubiertos en el jardn y acusar a un criado
de ladrn y hacer que lo llevaran a la crcel.

Una vez en esta casa, la Venancia velaba a uno de los hijos de la
seora que se encontraba muy grave. El nio estaba en la agona, y a
eso de las diez de la noche muri. La Venancia fu llorando a avisar a
su seora lo que ocurra, y se la encontr vestida para un baile. Le
di la triste noticia, y ella le dijo: Bueno, no digas nada ahora. La
seora se fu al baile, y cuando volvi comenz a llorar, hacindose la
desesperada.

--Qu loba!--dijo Lul al oir la narracin.

De esta casa la seora Venancia haba pasado a otra de una duquesa muy
guapa, muy generosa, pero de un desenfreno terrible.

Aquella tena los amantes a pares--dijo la Venancia--. Muchas veces iba
a la iglesia de Jess con un hbito de estamea parda, y pasaba all
horas y horas rezando, y a la salida la esperaba su amante en coche y
se iba con l.

--Un da--cont la planchadora--estaba la duquesa con su querido en
la alcoba; yo dorma en un cuarto prximo que tena una puerta de
comunicacin. De pronto oigo un estrpito de campanillazos y de golpes.
Aqu est el marido--pens. Salt de la cama y entr por la puerta
excusada en la habitacin de mi seora. El duque, a quien haba abierto
algn criado, golpeaba furioso la puerta de la alcoba; la puerta no
tena ms que un pestillo ligero, que hubiera cedido a la menor fuerza;
yo la atranqu con el palo de una cortina. El amante, azorado, no
saba qu hacer; estaba en una facha muy ridcula. Yo le llev por la
puerta excusada, le d las ropas de mi marido y le ech a la escalera.
Despus me vest de prisa y fu a ver al duque, que bramaba furioso,
con una pistola en la mano, dando golpes en la puerta de la alcoba. La
seora, al oir mi voz, comprendi que la situacin estaba salvada y
abri la puerta. El duque mir por todos los rincones, mientras ella le
contemplaba tan tranquila. Al da siguiente, la seora me abraz y me
bes, y me dijo que se arrepenta de todo corazn, que en adelante iba
a hacer una vida recatada; pero a los quince das ya tena otro amante.

La Venancia conoca toda la vida ntima del mundo aristocrtico de
su poca; los sarpullidos de los brazos y el furor ertico de Isabel
II; la impotencia de su marido; los vicios, las enfermedades, las
costumbres de los aristcratas las saba por detalles vistos por sus
ojos.

A Lul le interesaban estas historias.

Andrs afirmaba que toda aquella gente era una sucia morralla, indigna
de simpata y de piedad; pero la seora Venancia, con su extraa
filosofa, no aceptaba esta opinin; por el contrario, deca que
todos eran muy buenos, muy caritativos, que hacan grandes limosnas y
remediaban muchas miserias.

Algunas veces Andrs trat de convencer a la planchadora de que el
dinero de la gente rica proceda del trabajo y del sudor de pobres
miserables que labraban el campo, en las dehesas y en los cortijos.
Andrs afirmaba que tal estado de injusticia poda cambiar; pero esto
para la seora Venancia era una fantasa.

--As hemos encontrado el mundo y as lo dejaremos--deca la vieja,
convencida de que su argumento no tena rplica.




                                 VIII

                        OTROS TIPOS DE LA CASA


UNA de las cosas caractersticas de Lul era que tena reconcentrada su
atencin en la vecindad y en el barrio de tal modo, que lo ocurrido en
otros puntos de Madrid para ella no ofreca el menor inters. Mientras
trabajaba en su bastidor llevaba el alza y la baja de lo que pasaba
entre los vecinos.

La casa donde vivan, aunque a primera vista no pareca muy grande,
tena mucho fondo y habitaban en ella gran nmero de familias. Sobre
todo, la poblacin de las guardillas era numerosa y pintoresca.

Pasaban por ella una porcin de tipos extraos del hampa y la
pobretera madrilea. Una inquilina de las guardillas, que daba siempre
que hacer, era la ta Negra, una verdulera ya vieja. La pobre mujer se
emborrachaba y padeca un delirio alcohlico poltico, que consista
en vitorear a la Repblica y en insultar a las autoridades, a los
ministros y a los ricos.

Los agentes de seguridad la tenan por blasfema, y la llevaban de
cuando a la sombra a pasar una quincena; pero al salir volva a las
andadas.

La ta Negra, cuando estaba cuerda y sin alcohol, quera que la dijeran
la seora Nieves, pues as se llamaba.

Otra vieja rara de la vecindad era la seora Benjamina, a quien daban
el mote de Doa Pitusa. Doa Pitusa era una viejezuela pequea, de
nariz corva, ojos muy vivos y boca de sumidero.

Sola ir a pedir limosna a la iglesia de Jess y a la de Montserrat;
deca a todas horas que haba tenido muchas desgracias de familia y
prdidas de fortuna; quiz pensaba que esto justificaba su aficin al
aguardiente.

La seora Benjamina recorra medio Madrid pidiendo con distintos
pretextos, enviando cartas lacrimosas. Muchas veces, al anochecer,
se pona en una bocacalle con el velo negro echado sobre la cara, y
sorprenda al transeunte con una narracin trgica, expresada en tonos
teatrales; deca que era viuda de un general; que acababa de morrsele
un hijo de veinte aos, el nico sostn de su vida; que no tena para
amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar su cadver.

El transeunte a veces se estremeca, a veces replicaba que deba tener
muchos hijos de veinte aos, cuanto con tanta frecuencia se le mora
uno.

El hijo verdadero de la Benjamina tena ms de veinte aos; se llamaba
el Chuleta, y estaba empleado en una funeraria. Era chato, muy delgado,
algo giboso, de aspecto enfermizo, con unos pelos azafranados en la
barba y ojos de besugo. Decan en la vecindad que l inspiraba las
historias melodramticas de su madre. El Chuleta era un tipo fnebre;
deba ser verdaderamente desagradable verle en la tienda en medio de
sus atades.

El Chuleta era muy vengativo y rencoroso, no se olvidaba de nada; a
Manolo el Chafandn le guardaba un odio insaciable.

El Chuleta tena muchos hijos, todos con el mismo aspecto de
abatimiento y de estupidez trgica del padre y todos tan mal
intencionados y tan rencorosos como l.

Haba tambin en las guardillas una casa de huspedes de una gallega
bizca, tan ancha de arriba como de abajo. Esta gallega, la Paca, tena
de pupilos, entre otros, un mozo de la clase de diseccin de San
Carlos, tuerto, a quien conocan Aracil y Hurtado; un enfermero del
Hospital General y un cesante, a quien llamaban don Cleto.

Don Cleto Meana era el filsofo de la casa, era un hombre bien educado
y culto, que haba cado en la miseria. Viva de algunas caridades que
le hacan los amigos. Era un viejecito bajito y flaco, muy limpio, muy
arreglado, de barba gris recortada; llevaba el traje rado, pero sin
manchas, y el cuello de la camisa impecable. l mismo se cortaba el
pelo, se lavaba la ropa, se pintaba las botas con tinta cuando tenan
alguna hendidura blanca, y se cortaba los flecos de los pantalones.
La Venancia sola plancharle los cuellos de balde. Don Cleto era un
estoico.

--Yo, con un panecillo al da y unos cuantos cigarros vivo bien como un
prncipe--deca el pobre.

Don Cleto paseaba por el Retiro y Recoletos; se sentaba en los bancos,
entablaba conversacin con la gente; si no le vea nadie, coga algunas
colillas y las guardaba, porque, como era un caballero, no le gustaba
que le sorprendieran en ciertos trabajos menesteres.

Don Cleto disfrutaba de los espectculos de la calle; la llegada de un
prncipe extranjero, el entierro de un poltico constituan para l
grandes acontecimientos.

Lul, cuando le encontraba en la escalera, le deca:

--Ya se va usted, don Cleto?

--S; voy a dar una vueltecita.

--De pira eh? Es usted un pirantn, don Cleto.

--Ja, ja, ja--rea l--. Qu chicas stas! Qu cosas dicen!

Otro tipo de la casa muy conocido era el Maestrn, un manchego muy
pedante y sabihondo, droguero, curandero y sanguijuelero. El Maestrn
tena un tenducho en la calle del Fcar, y all sola estar con
frecuencia con la Silveria, su hija, una buena moza, muy guapa, a quien
Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo los puntos. El
Maestrn, muy celoso en cuestiones de honor, estaba dispuesto, al menos
as lo deca l, a pegarle una pualada al que intentara deshonrarle.

Toda esta gente de la casa pagaba su contribucin en dinero o en
especie al to de Victorio, el prestamista de la calle de Atocha,
llamado don Martn, y a quien por mal nombre se le conoca por el to
Miserias.

El to Miserias, el personaje ms importante del barrio, viva en una
casa suya de la calle de la Vernica, una casa pequea, de un piso
solo, como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos y una reja en
el piso bajo.

El to Miserias era un viejo encorvado, afeitado y ceudo. Llevaba un
trapo cuadrado, negro, en un ojo, lo que haca su cara ms sombra.
Vesta siempre de luto; en invierno usaba zapatillas de orillo y una
capa larga, que le colgaba de los hombros como de un perchero.

Don Martn, el humano, como le llamaba Andrs, sala muy temprano de
su casa y estaba en la trastienda de su establecimiento, siempre de
vigilancia. En los das fros se pasaba la vida delante de un brasero,
respirando continuamente un aire cargado de xido de carbono.

Al anochecer se retiraba a su casa, echaba una mirada a sus tiestos y
cerraba los balcones. Don Martn tena, adems de la tienda de la calle
de Atocha, otra de menos categora en la del Tribulete. En esta ltima
su negocio principal era tomar en empeo sbanas y colchones a la gente
pobre.

Don Martn no quera ver a nadie. Consideraba que la sociedad le deba
atenciones que le negaba. Un dependiente, un buen muchacho al parecer,
en quien tena colocada su confianza, le jug una mala pasada. Un da
el dependiente cogi un hacha que tenan en la casa de prstamos para
hacer astillas con que encender el brasero, y abalanzndose sobre don
Martn, empez a golpes con l, y por poco no le abre la cabeza.

Despus el muchacho, dando por muerto a don Martn, cogi los cuartos
del mostrador y se fu a una casa de trato de la calle de San Jos, y
all le prendieron.

Don Martn qued indignado cuando vi que el Tribunal, aceptando una
serie de circunstancias atenuantes, no conden al muchacho ms que a
unos meses de crcel.

--Es un escndalo--deca el usurero pensativo--. Aqu no se protege a
las personas honradas. No hay benevolencia ms que para los criminales.

Don Martn era tremendo; no perdonaba a nadie; a un burrero de la
vecindad, porque no le pagaba unos rditos, le embarg las burras de
leche, y por ms que el burrero deca que si no le dejaba las burras
sera ms difcil que le pagara, don Martn no accedi. Hubiera sido
capaz de comerse las burras por aprovecharlas.

Victorio, el sobrino del prestamista, prometa ser un gerifalte como el
to, aunque de otra escuela. El tal Victorio era un Don Juan de casa
de prstamos. Muy elegante, muy chulo, con los bigotes retorcidos,
los dedos llenos de alhajas y la sonrisa de hombre satisfecho,
haca estragos en los corazones femeninos. Este joven explotaba al
prestamista. El dinero que el to Miserias haba arrancado a los
desdichados vecinos pasaba a Victorio, que se lo gastaba con rumbo.

A pesar de esto, no se perda, al revs, llevaba camino de enriquecerse
y de acrecentar su fortuna.

Victorio era dueo de una chirlata de la calle del Olivar, donde se
jugaba a juegos prohibidos, y de una taberna de la calle del Len.

La taberna le daba a Victorio grandes ganancias, porque tena una
tertulia muy productiva. Varios puntos entendidos con la casa iniciaban
una partida de juego, y cuando haba dinero en la mesa, alguno gritaba:

--Seores, la Polica!

Y unas cuantas manos solcitas cogan las monedas, mientras que los
agentes de Polica conchabados entraban en el cuarto.

A pesar de su condicin de explotador y de conquistador de muchachas,
la gente del barrio no le odiaba a Victorio. A todos les pareca muy
natural y lgico lo que haca.




                                  IX

                         LA CRUELDAD UNIVERSAL


TENA Andrs un gran deseo de comentar filosficamente las vidas de
los vecinos de la casa de Lul. A sus amigos no le interesaban estos
comentarios y filosofas, y decidi, una maana de un da de fiesta, ir
a ver a su to Iturrioz.

Al principio de conocerle, Andrs no le trat a su to hasta los
catorce o quince aos. Iturrioz le pareci un hombre seco y egosta,
que lo tomaba todo con indiferencia; luego, sin saber a punto fijo
hasta dnde llegaba su egosmo y su sequedad, encontr que era una
de las pocas personas con quien se poda conversar acerca de puntos
transcendentales.

Iturrioz viva en un quinto piso del barrio de Argelles, en una casa
con una hermosa azotea.

Le asista un criado, antiguo soldado de la poca en que Iturrioz fu
mdico militar.

Entre amo y criado haban arreglado la azotea, pintado las tejas con
alquitrn, sin duda para hacerlas impermeables y puesto unas graderas
donde estaban escalonados las cajas de madera y los cubos llenos de
tierra donde tenan sus plantas.

Aquella maana en que se present Andrs en casa de Iturrioz, su to se
estaba baando y el criado le llev a la azotea.

Se vea desde all el Guadarrama entre dos casas altas; hacia el Oeste,
el tejado del cuartel de la Montaa ocultaba los cerros de la Casa
de Campo, y a un lado del cuartel se destacaba la torre de Mstoles
y la carretera de Extremadura, con unos molinos de viento en sus
inmediaciones. Ms al Sur brillaban, al sol de una maana de abril, las
manchas verdes de los cementerios de San Isidro y San Justo, las dos
torres de Getafe y la ermita del Cerrillo de los ngeles.

Poco despus sala Iturrioz a la azotea.

--Qu, te pasa algo?--le dijo a su sobrino al verle.

--Nada; vena a charlar un rato con usted.

--Muy bien, sintate; yo voy a regar mis tiestos.

Iturrioz abri la fuente que tena en un ngulo de la terraza, llen
una cuba y comenz con un cacharro a echar agua en las plantas.

Andrs habl de la gente de la vecindad de Lul, de las escenas del
hospital, como casos extraos, dignos de un comentario; de Manolo el
Chafandn, del to Miserias, de don Cleto, de doa Virginia...

--Qu consecuencias puede sacarse de todas estas vidas?--pregunt
Andrs al final.

--Para m la consecuencia es fcil--contest Iturrioz con el bote de
agua en la mano--. Que la vida es una lucha constante, una cacera
cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas,
microbios, animales.

--Si yo tambin he pensado en eso--repuso Andrs--; pero voy
abandonando la idea. Primeramente el concepto de la lucha por la vida
llevada as a los animales, a las plantas y hasta los minerales,
como se hace muchas veces, no es ms que un concepto antropomrfico,
despus, qu lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se
abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los
enfermos?

--Te contestar por partes--repuso Iturrioz dejando el bote para regar,
porque estas discusiones le apasionaban--. T me dices, este concepto
de lucha es un concepto antropomrfico. Claro, llamamos a todos los
conflictos lucha, porque es la idea humana que ms se aproxima a esa
relacin que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no
tuviramos este concepto en el fondo, no hablaramos de lucha. La hiena
que monda los huesos de un cadver, la araa que sorbe una mosca, no
hace ms ni menos que el rbol bondadoso llevndose de la tierra el
agua y las sales necesarias para su vida. El espectador indiferente,
como yo, ve a la hiena, a la araa y al rbol, y se los explica. El
hombre justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la
araa y se sienta a la sombra del rbol, y cree que hace bien.

--Entonces para usted no hay lucha, ni hay justicia?

--En un sentido absoluto, no; en un sentido relativo, s. Todo lo que
vive tiene un proceso para apoderarse primero del espacio, ocupar un
lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso de la energa
de un vivo contra los obstculos del medio, es lo que llamamos lucha.
Respecto de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo es lo que nos
conviene. Supn, en el ejemplo de antes, que la hiena, en vez de ser
muerta por el hombre, mata al hombre, que el rbol cae sobre l y le
aplasta, que la araa le hace una picadura venenosa; pues nada de eso
nos parece justo, porque no nos conviene. A pesar de que en el fondo
no haya ms que esto, un inters utilitario quin duda que la idea de
justicia y de equidad es una tendencia que existe en nosotros? Pero
cmo la vamos a realizar?

--Eso es lo que yo me pregunto cmo realizarla?

--Hay que indignarse porque una araa mate a una mosca?--sigui
diciendo Iturrioz--. Bueno. Indignmonos. Qu vamos a hacer?
Matarla? Matmosla. Eso no impedir que sigan las araas comindose
a las moscas. Vamos a quitarle al hombre esos instintos fieros que
te repugnan? Vamos a borrar esa sentencia del poeta latino: _Homo
hominis lupus_, el hombre es un lobo para el hombre? Est bien. En
cuatro o cinco mil aos lo podremos conseguir. El hombre ha hecho
de un carnvoro como el chacal, un omnvoro como el perro; pero se
necesitan muchos siglos para eso. No s si habrs ledo que Spallanzani
haba acostumbrado a una paloma a comer carne y a un guila a comer y
digerir el pan. Ah tienes el caso de esos grandes apstoles religiosos
y laicos; son guilas que se alimentan de pan en vez de alimentarse
de carnes palpitantes, son lobos vegetarianos. Ah tienes el caso del
hermano Juan...

--Ese no creo que sea un guila, ni un lobo.

--Ser un mochuelo o una gardua; pero de instintos perturbados.

--S, es muy posible--repuso Andrs--; pero creo que nos hemos desviado
de la cuestin; no veo la consecuencia.

--La consecuencia, a la que yo iba era sta, que ante la vida no hay
ms que dos soluciones prcticas para el hombre sereno, o la abstencin
y la contemplacin indiferente de todo, o la accin limitndose a un
crculo pequeo. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una
anomala; pero tenerlo contra una regla general, es absurdo.

--De manera que, segn usted, el que quiera hacer algo tiene que
restringir su accin justiciera a un medio pequeo.

--Claro, a un medio pequeo; t puedes abarcar en tu contemplacin la
casa, el pueblo, el pas, la sociedad, el mundo, todo lo vivo y todo lo
muerto; pero si intentas realizar una accin, y una accin justiciera,
tendrs que restringirte hasta el punto de que todo te vendr ancho,
quiz hasta la misma conciencia.

--Es lo que tiene de bueno la filosofa--dijo Andrs con amargura; le
convence a uno de que lo mejor es no hacer nada.

Iturrioz di unas cuantas vueltas por la azotea y luego dijo:

--Es la nica objecin que me puedes hacer; pero no es ma la culpa.

--Ya lo s.

--Ir a un sentido de justicia universal--prosigui Iturrioz--es
perderse; adaptando el principio de Fritz Mller de que la embriologa
de un animal reproduce su genealoga, o como dice Haeckel, que la
ontogenia es una recapitulacin de la filogenia, se puede decir que la
psicologa humana no es ms que una sntesis de la psicologa animal.
As se encuentran en el hombre todas las formas de la explotacin y
de la lucha: la del microbio, la del insecto, la de la fiera... Ese
usurero que t me has descrito, el to Miserias, qu de avatares
no tiene en la zoologa! Ah estn los acintidos chupadores que
absorben la substancia protoplasmtica de otros infusorios; ah estn
todas las especies de aspergilos que viven sobre las substancias
en descomposicin. Estas antipatas de gente maleante no estn
admirablemente representadas en ese antagonismo irreductible del bacilo
de pus azul con la bacteridia carbuncosa?

--S es posible--murmur Andrs.

--Y entre los insectos qu de tos Miserias!, qu de Victorios!, qu
de Manolos los Chafandines, no hay! Ah tienes el _ichneumon_, que mete
sus huevos en una lombriz y la inyecta una substancia que obra como el
cloroformo; el _sphex_, que coge las araas pequeas, las agarrota,
las sujeta y envuelve en la tela y las echa vivas en las celdas de
sus larvas para que las vayan devorando; ah estn las avispas, que
hacen lo mismo, arrojando al _spoliarium_ que sirve de despensa para
sus cras, los pequeos insectos, paralizados por un lancetazo que les
dan con el aguijn en los anglios motores; ah est el _estafilino_
que se lanza a traicin sobre otro individuo de su especie, le sujeta,
le hiere y le absorbe los jugos; ah est el _meloe_, que penetra
subrepticiamente en los panales de las abejas, se introduce en el
alvolo en donde la reina pone su larva, se atraca de miel y luego se
come a la larva; ah est...

--S, s, no siga usted ms; la vida es una cacera horrible.

--La Naturaleza es lo que tiene; cuando trata de reventar a uno, lo
revienta a conciencia. La justicia es una ilusin humana; en el fondo
todo es destruir, todo es crear. Cazar, guerrear, digerir, respirar,
son formas de creacin y de destruccin al mismo tiempo.

--Y entonces, qu hacer?--murmur Andrs--. Ir a la inconsciencia?
Digerir, guerrear, cazar, con la serenidad de un salvaje?

--Crees t en la serenidad del salvaje?--pregunt Iturrioz--. Qu
ilusin! Eso tambin es una invencin nuestra. El salvaje nunca ha ido
sereno.

--Es que no habr plan ninguno para vivir con cierto decoro?--pregunt
Andrs.

--El que lo tiene es porque ha inventado uno para su uso. Yo hoy creo
que todo lo natural, que todo lo espontneo es malo; que slo lo
artificial, lo creado por el hombre, es bueno. Si pudiera vivira en un
club de Londres, no ira nunca al campo, sino a un parque; bebera agua
filtrada y respirara aire esterilizado...

Andrs ya no quiso atender a Iturrioz, que comenzaba a fantasear por
entretenimiento. Se levant y se apoy en el barandado de la azotea.

Sobre los tejados de la vecindad revoloteaban unas palomas; en un
canaln grande corran y jugueteaban unos gatos.

Separados por una tapia alta haba enfrente dos jardines: uno era de
un colegio de nias, el otro de un convento de frailes.

El jardn del convento se hallaba rodeado por rboles frondosos; el del
colegio no tena ms que algunos macizos con hierbas y flores, y era
una cosa extraa que daba cierta impresin de algo alegrico, ver al
mismo tiempo jugar a las nias corriendo y gritando, y a los frailes
que pasaban silenciosos en filas de cinco o seis dando la vuelta al
patio.

--Vida es lo uno y vida es lo otro--dijo Iturrioz filosficamente
comenzando a regar sus plantas.

Andrs se fu a la calle.

--Qu hacer? Qu direccin dar a la vida?--se preguntaba con
angustia. Y, la gente, las cosas, el sol, le parecan sin realidad ante
el problema planteado en su cerebro.




                             TERCERA PARTE

                         Tristezas y dolores.




                                   I

                            DA DE NAVIDAD


UN da, ya en el ltimo ao de la carrera, antes de las Navidades,
al volver Andrs del hospital, le dijo Margarita que Luisito escupa
sangre. Al oirlo Andrs qued fro como muerto. Fu a ver al nio,
apenas tena fiebre, no le dola el costado, respiraba con facilidad;
slo un ligero tinte de rosa coloreaba una mejilla, mientras la otra
estaba plida.

No se trataba de una enfermedad aguda. La idea de que el nio estuviera
tuberculoso le hizo temblar a Andrs. Luisito, con la inconsciencia de
la infancia, se dejaba reconocer y sonrea.

Andrs recogi un pauelo manchado con sangre y lo llev a que lo
analizasen al laboratorio. Pidi al mdico de su sala que recomendara
el anlisis.

Durante aquellos das vivi en una zozobra constante; el dictamen
del laboratorio fu tranquilizador: no se haba podido encontrar el
bacilo de Koch en la sangre del pauelo; sin embargo, esto no le dej a
Hurtado completamente satisfecho.

El mdico de la sala, a instancias de Andrs, fu a casa a reconocer
al enfermito. Encontr a la percusin cierta opacidad en el vrtice
del pulmn derecho. Aquello poda no ser nada; pero unido a la ligera
hemoptisis, indicaba con muchas probabilidades una tuberculosis
incipiente.

El profesor y Andrs discutieron el tratamiento. Como el nio era
linftico, algo propenso a catarros, consideraron conveniente llevarlo
a un pas templado, a orillas del Mediterrneo a ser posible; all le
podran someter a una alimentacin intensa, darle baos de sol, hacerle
vivir al aire libre y dentro de la casa en una atmsfera creosotada,
rodearle de toda clase de condiciones para que pudiera fortificarse y
salir de la infancia.

La familia no comprenda la gravedad, y Andrs tuvo que insistir para
convencerles de que el estado del nio era peligroso.

El padre, don Pedro, tena unos primos en Valencia, y estos primos,
solterones, posean varias casas en pueblos prximos a la capital.

Se les escribi y contestaron rpidamente; todas las casas suyas
estaban alquiladas menos una de un pueblecito inmediato a Valencia.

Andrs decidi ir a verla.

Margarita le advirti que no haba dinero en casa; no se haba cobrado
an la paga de Navidad.

--Pedir dinero en el hospital e ir en tercera--dijo Andrs.

--Con este fro! Y el da de Nochebuena!

--No importa.

--Bueno, vete a casa de los tos--le advirti Margarita.

--No, para qu?--contest l--. Yo veo la casa del pueblo, y, si me
parece bien, os mando un telegrama diciendo: Contestadles que s.

--Pero eso es una grosera. Si se enteran...

--Qu se van a enterar! Adems, yo no quiero andar con ceremonias y
con tonteras; bajo en Valencia, voy al pueblo, os mando el telegrama y
me vuelvo en seguida.

No hubo manera de convencerle. Despus de cenar tom un coche y se fu
a la estacin. Entr en un vagn de tercera.

La noche de diciembre estaba fra, cruel. El vaho se congelaba en los
cristales de las ventanillas y el viento helado se meta por entre las
rendijas de la portezuela.

Andrs se emboz en la capa hasta los ojos, se subi el cuello y se
meti las manos en los bolsillos del pantaln. Aquella idea de la
enfermedad de Luisito le turbaba.

La tuberculosis era una de esas enfermedades que le produca un terror
espantoso; constitua una obsesin para l. Meses antes se haba
dicho que Roberto Koch haba inventado un remedio eficaz para la
tuberculosis: la tuberculina.

Un profesor de San Carlos fu a Alemania y trajo la tuberculina.

Se hizo el ensayo con dos enfermos a quienes se les inyect el nuevo
remedio. La reaccin febril que les produjo hizo concebir al principio
algunas esperanzas; pero luego se vi que no slo no mejoraban, sino
que su muerte se aceleraba.

Si el chico estaba realmente tuberculoso, no haba salvacin.

Con aquellos pensamientos desagradables, marchaba Andrs en el vagn de
tercera, medio adormecido.

Al amanecer se despert, con las manos y los pies helados.

El tren marchaba por la llanura castellana y el alba apuntaba en el
horizonte.

En el vagn no iba ms que un aldeano fuerte, de aspecto enrgico y
duro de manchego.

Este aldeano le dijo:

--Qu, tiene usted fro, buen amigo?

--S, un poco.

--Tome usted mi manta.

--Y usted?

--Yo no la necesito. Ustedes, los seoritos, son muy delicados.

A pesar de las palabras rudas, Andrs le agradeci el obsequio en el
fondo del corazn.

Aclaraba el cielo, una franja roja bordeaba el campo.

Empezaba a cambiar el pasaje, y el suelo, antes llano, mostraba
colinas y rboles que iban pasando por delante de la ventanilla del
tren.

Pasada la Mancha, fra y yerma, comenz a templar el aire. Cerca de
Jtiba sali el sol, un sol amarillo, que se derramaba por el campo
entibiando el ambiente.

La tierra presentaba ya un aspecto distinto.

Apareci Alcira con los naranjos llenos de fruta, con el ro Jcar
profundo, de lenta corriente. El sol iba elevndose en el cielo;
comenzaba a hacer calor; al pasar de la meseta castellana a la zona
mediterrnea la naturaleza y la gente eran otras.

En las estaciones los hombres y las mujeres, vestidos con trajes
claros, hablaban a gritos, gesticulaban, corran.

--Eh, t, _ch_--se oa decir.

Ya se vean llanuras con arrozales y naranjos, barracas blancas con el
techado negro, alguna palmera que pasaba en la rapidez de la marcha
como tocando el cielo. Se vi espejear la Albufera, unas estaciones
antes de llegar a Valencia, y poco despus Andrs apareci en el raso
de la plaza de San Francisco, delante de un solar grande.

Andrs se acerc a un tartanero, le pregunt cunto le cobrara por
llevarle al pueblecito, y, despus de discusiones y de regateos,
quedaron de acuerdo en un duro por ir, esperar media hora y volver a la
estacin.

Subi Andrs y la tartana cruz varias calles de Valencia y tom por
una carretera.

El carrito tena por detrs una lona blanca y, al agitarse sta por el
viento, se vea el camino lleno de claridad y de polvo; la luz cegaba.

En una media hora la tartana embocaba la primera calle del pueblo,
que apareca con su torre y su cpula brillante. A Andrs le pareci
la disposicin de la aldea buena para lo que l deseaba; el campo de
los alrededores, no era de huerta, sino de tierras de secano medio
montaosas.

A la entrada del pueblo, a mano izquierda, se vea un castillejo y
varios grupos de enormes girasoles.

Tom la tartana por la calle larga y ancha, continuacin de la
carretera, hasta detenerse cerca de una explanada levantada sobre el
nivel de la calle.

El carrito se detuvo frente a una casa baja encalada, con su puerta
azul muy grande y tres ventanas muy chicas. Baj Andrs; un cartel
pegado en la puerta indicaba que la llave la tenan en la casa de al
lado.

Se asom al portal prximo y una vieja, con la tez curtida y negra por
el sol, le di la llave, un pedazo de hierro que pareca un arma de
combate prehistrica.

Abri Andrs el postigo, que chirri agriamente sobre sus goznes, y
entr en un espacioso vestbulo con una puerta en arco que daba hacia
el jardn.

La casa apenas tena fondo; por el arco del vestbulo se sala a una
galera ancha y hermosa con un emparrado y una verja de madera pintada
de verde. De la galera, extendida paralelamente a la carretera, se
bajaba por cuatro escalones al huerto, rodeado por un camino que
bordeaba sus tapias.

Este huerto, con varios rboles frutales desnudos de hojas, se hallaba
cruzado por dos avenidas que formaban una plazoleta central y lo
dividan en cuatro parcelas iguales. Los hierbajos y jaramagos espesos
cubran la tierra y borraban los caminos.

Enfrente del arco del vestbulo haba un cenador formado por palos,
sobre el cual se sostenan las ramas de un rosal silvestre, cuyo
follaje, adornado por florecitas blancas, era tan tupido que no dejaba
pasar la luz del sol.

A la entrada de aquella pequea glorieta, sobre pedestales de ladrillo,
haba dos estatuas de yeso, Flora y Pomona. Andrs penetr en el
cenador. En la pared del fondo se vea un cuadro de azulejos blancos
y azules con figuras que representaban a Santo Toms de Villanueva
vestido de obispo, con su bculo en la mano y un negro y una negra
arrodillados junto a l.

Luego Hurtado recorri la casa; era lo que l deseaba; hizo un plano
de las habitaciones y del jardn y estuvo un momento descansando,
sentado en la escalera. Haca tanto tiempo que no haba visto rboles,
vegetacin, que aquel huertecito abandonado, lleno de hierbajos, le
pareci un paraso. Este da de Navidad tan esplndido, tan luminoso,
le llen de paz y de melancola.

Del pueblo, del campo, de la atmsfera transparente llegaba el
silencio, slo interrumpido por el cacareo lejano de los gallos; los
moscones y las avispas brillaban al sol.

Con qu gusto se hubiera tendido en la tierra a mirar horas y horas
aquel cielo tan azul, tan puro!

Unos momentos despus, una campana de son agudo comenz a tocar. Andrs
entreg la llave en la casa prxima, despert al tartanero medio
dormido en su tartana, y emprendi la vuelta.

En la estacin de Valencia mand un telegrama a su familia, compr algo
de comer y unas horas ms tarde volva para Madrid, embozado en su
capa, rendido, en otro coche de tercera.




                                  II

                             VIDA INFANTIL


AL llegar a Madrid, Andrs le di a su hermana Margarita instrucciones
de cmo deban instalarse en la casa. Unas semanas despus tomaron el
tren, don Pedro, Margarita y Luisito.

Andrs y sus otros dos hermanos se quedaron en Madrid.

Andrs tena que repasar las asignaturas de la licenciatura.

Para librarse de la obsesin de la enfermedad del nio, se puso a
estudiar como nunca lo haba hecho.

Algunas veces iba a visitar a Lul y le comunicaba sus temores.

--Si ese chico se pusiera bien--murmuraba.

--Le quiere usted mucho?--preguntaba Lul.

--S, como si fuera mi hijo. Era yo ya grande cuando naci l, figrese
usted.

Por Junio, Andrs se examin del curso y de la licenciatura y sali
bien.

--Qu va usted a hacer?--le dijo Lul.

--No s; por ahora ver si se pone bien esa criatura; despus ya
pensar.

El viaje fu para Andrs distinto, y ms agradable que en diciembre;
tena dinero, y tom un billete de primera. En la estacin de Valencia
le esperaba el padre.

--Qu tal el chico?--le pregunt Andrs.

--Est mejor.

Dieron al mozo el taln del equipaje, y tomaron una tartana, que les
llev rpidamente al pueblo.

Al ruido de la tartana salieron a la puerta Margarita, Luisito y una
criada vieja. El chico estaba bien; alguna que otra vez tena una
ligera fiebre, pero se vea que mejoraba. La que haba cambiado casi
por completo era Margarita; el aire y el sol le haban dado un aspecto
de salud que la embelleca.

Andrs vi el huerto, los perales, los albaricoqueros y los granados
llenos de hojas y de flores.

La primera noche Andrs no pudo dormir bien en la casa por el olor a
raz desprendido de la tierra.

Al da siguiente Andrs, ayudado por Luisito, comenz a arrancar y
a quemar todos los hierbajos del patio. Luego plantaron entre los
dos melones, calabazas, ajos, fuera o no fuera tiempo. De todas sus
plantaciones lo nico que naci fueron los ajos. Estos, unidos a los
geranios y a los dompedros, daban un poco de verdura; lo dems mora
por el calor del sol y la falta de agua.

Andrs se pasaba horas y horas sacando cubos del pozo. Era imposible
tener un trozo de jardn verde. En seguida de regar, la tierra se
secaba, y las plantas se doblaban tristemente sobre su tallo.

En cambio todo lo que estaba plantado anteriormente, las pasionarias,
las hiedras y las enredaderas, a pesar de la sequedad del suelo,
se extendan y daban hermosas flores; los racimos de la parra se
coloreaban, los granados se llenaban de flor roja y las naranjas iban
engordando en el arbusto.

Luisito llevaba una vida higinica, dorma con la ventana abierta,
en un cuarto que Andrs, por las noches, regaba con creosota. Por la
maana, al levantarse de la cama, tomaba una ducha fra en el cenador
de Flora y Pomona.

Al principio no le gustaba, pero luego se acostumbr.

Andrs haba colgado del techo del cenador una regadera enorme, y en el
asa at una cuerda que pasaba por una polea y terminaba en una piedra
sostenida en un banco. Dejando caer la piedra, la regadera se inclinaba
y echaba una lluvia de agua fra.

Por la maana, Andrs y Luis iban a un pinar prximo al pueblo, y
estaban all muchas veces hasta el medioda; despus del paseo coman y
se echaban a dormir.

Por la tarde tenan tambin sus entretenimientos: perseguir a las
lagartijas y salamandras, subir al peral, regar las plantas. El tejado
estaba casi levantado por los panales de las avispas; decidieron
declarar la guerra a estos temibles enemigos y quitarles los panales.

Fu una serie de escaramuzas que emocionaron a Luisito y le dieron
motivo para muchas charlas y comparaciones.

Por la tarde, cuando ya se pona el sol, Andrs prosegua su lucha
contra la sequedad, sacando agua del pozo, que era muy profundo. En
medio de este calor sofocante, las abejas rezongaban, las avispas iban
a beber el agua del riego y las mariposas revoloteaban de flor en flor.
A veces aparecan manchas de hormigas con alas en la tierra o costras
de pulgones en las plantas.

Luisito tena ms tendencia a leer y a hablar que a jugar
violentamente. Esta inteligencia precoz le daba que pensar a Andrs. No
le dejaba que hojeara ningn libro, y le enviaba a que se reuniera con
los chicos de la calle.

Andrs, mientras tanto, sentado en el umbral de la puerta, con un libro
en la mano, vea pasar los carros por la calle cubierta de una espesa
capa de polvo. Los carreteros, tostados por el sol, con las caras
brillantes por el sudor, cantaban tendidos sobre pellejos de aceite o
de vino, y las mulas marchaban en fila medio dormidas.

Al anochecer pasaban unas muchachas, que trabajaban en una fbrica, y
saludaban a Andrs con un adis un poco seco, sin mirarle a la cara.
Entre estas chicas haba una que llamaban la Clavariesa, muy guapa, muy
perfilada; sola ir con un pauelo de seda en la mano agitndolo en el
aire, y vesta con colores un poco chillones, pero que hacan muy bien
en aquel ambiente claro y luminoso.

Luisito, negro por el sol, hablando ya con el mismo acento valenciano
que los dems chicos, jugaba en la carretera.

No se haca completamente montaraz y salvaje como hubiera deseado
Andrs, pero estaba sano y fuerte. Hablaba mucho. Siempre andaba
contando cuentos, que demostraban su imaginacin excitada.

--De dnde saca este chico esas cosas que cuenta?--preguntaba Andrs a
Margarita.

--No s; las inventa l.

Luisito tena un gato viejo que le segua, y que deca que era un brujo.

El chico caricaturizaba a la gente que iba a la casa.

Una vieja de Borbot, un pueblo de al lado, era de las que mejor
imitaba. Esta vieja venda huevos y verduras, y deca: _Ous, figues!_
Otro hombre reluciente y gordo, con un pauelo en la cabeza, que a cada
momento deca: _Sap?_, era tambin de los modelos de Luisito.

Entre los chicos de la calle haba algunos que le preocupaban mucho.
Uno de ellos era el Roch, el hijo del saludador, que viva en un barrio
de cuevas prximo.

El Roch era un chiquillo audaz, pequeo, rubio, desmedrado, sin
dientes, con los ojos legaosos. Contaba cmo su padre haca sus
misteriosas curas, lo mismo en las personas que en los caballos, y
hablaba de cmo haba averiguado su poder curativo.

El Roch saba muchos procedimientos y brujeras para curar las
insolaciones y conjurar los males de ojo que haba odo en su casa.

El Roch ayudaba a vivir a la familia, andaba siempre correteando con
una cesta al brazo.

--Ves estos caracoles--le deca a Luisito--, pues con estos caracoles y
un poco de arroz comeremos todos en casa.

--Dnde los has cogido?--le preguntaba Luisito.

--En un sitio que yo s--contestaba el Roch, que no quera comunicar
sus secretos.

Tambin en las cuevas vivan otros dos merodeadores, de unos catorce a
quince aos, amigos de Luisito: el Choriset y el Chitano.

El Choriset era un troglodita, con el espritu de un hombre primitivo.
Su cabeza, su tipo, su expresin eran de un bereber.

Andrs sola hacerle preguntas acerca de su vida y de sus ideas.

--Yo, por un real, matara a un hombre--sola decir el Choriset,
mostrando sus dientes blancos y brillantes.

--Pero te cogeran y te llevaran a presidio.

--Ca! Me metera en una cueva que hay cerca de la ma, y me estara
all.

--Y comer? Cmo ibas a comer?

--Saldra de noche a comprar pan.

--Pero con un real, no te bastara para muchos das.

--Matara a otro hombre--replicaba el Choriset, riendo.

El Chitano no tena ms tendencia que el robo; siempre andaba
merodeando por ver si poda llevarse algo.

Andrs, por ms que no tena inters en hacer all amistades, iba
conociendo a la gente.

La vida del pueblo era en muchas cosas absurda; las mujeres paseaban
separadas de los hombres, y esta separacin de sexos exista en casi
todo.

A Margarita le molestaba que su hermano estuviese constantemente en
casa, y le incitaba a que saliera. Algunas tardes, Andrs sola ir al
caf de la plaza, se enteraba de los conflictos que haba en el pueblo
entre la msica del Casino republicano y la del Casino carlista, y el
Mercaer, un obrero republicano, le explicaba de una manera pintoresca
lo que haba sido la Revolucin francesa y los tormentos de la
Inquisicin.




                                  III

                            LA CASA ANTIGUA


VARIAS veces don Pedro fu y volvi de Madrid al pueblo. Luisito
pareca que estaba bien, no tena tos ni fiebre; pero conservaba
aquella tendencia fantaseadora que le haca divagar y discurrir de una
manera impropia de su edad.

--Yo creo que no es cosa de que sigis aqu--dijo el padre.

--Por qu no?--pregunt Andrs.

--Margarita no puede vivir siempre metida en un rincn. A ti no te
importar; pero a ella s.

--Que se vaya a Madrid por una temporada.

--Pero t crees que Luis no est curado todava?

--No s; pero me parece mejor que siga aqu.

--Bueno; veremos a ver qu se hace.

Margarita explic a su hermano que su padre deca que no tenan medios
para sostener as dos casas.

--No tiene medios para esto; pero s para gastar en el Casino--contest
Andrs.

--Eso a ti no te importa--contest Margarita enfadada.

--Bueno; lo que voy a hacer yo es ver si me dan una plaza de mdico de
pueblo y llevar al chico. Lo tendr unos aos en el campo, y luego que
haga lo que quiera.

En esta incertidumbre, y sin saber si iban a quedarse o marcharse, se
present en la casa una seora de Valencia, prima tambin de don Pedro.
Esta seora era una de esas mujeres decididas y mandonas que les gusta
disponerlo todo. Doa Julia decidi que Margarita, Andrs y Luisito
fueran a pasar una temporada a casa de los tos. Ellos los recibiran
muy a gusto. Don Pedro encontr la solucin muy prctica.

--Qu os parece?--pregunt a Margarita y a Andrs.

--A m, lo que decidis--contest Margarita.

--A m no me parece una buena solucin--dijo Andrs.

--Por qu?

--Porque el chico no estar bien.

--Hombre, el clima es igual--repuso el padre.

--S; pero no es lo mismo vivir en el interior de una ciudad,
entre calles estrechas, a estar en el campo. Adems, que esos
seores parientes nuestros, como solterones, tendrn una porcin de
chinchorreras y no les gustarn los chicos.

--No; eso no. Es gente amable, y tienen una casa bastante grande para
que haya libertad.

--Bueno. Entonces probaremos.

Un da fueron todos a ver a los parientes. A Andrs, slo tener que
ponerse la camisa planchada, le dej de un humor endiablado.

Los parientes vivan en un casern viejo de la parte antigua de la
ciudad. Era una casa grande, pintada de azul, con cuatro balcones, muy
separados unos de otros, y ventanas cuadradas encima.

El portal era espacioso y comunicaba con un patio enlosado como una
plazoleta que tena en medio un farol.

De este patio parta la escalera exterior, ancha, de piedra blanca, que
entraba en el edificio al llegar al primer piso, pasando por un arco
rebajado.

Llam don Pedro, y una criada vestida de negro, les pas a una sala
grande, triste y obscura.

Haba en ella un reloj de pared alto, con la caja llena de
incrustaciones, muebles antiguos de estilo Imperio, varias cornucopias
y un plano de Valencia de a principios del siglo XVIII.

Poco despus sali don Juan, el primo del padre de Hurtado, un seor de
cuarenta a cincuenta aos, que les salud a todos muy amablemente y les
hizo pasar a otra sala, en donde un viejo, reclinado en ancha butaca,
lea un peridico.

La familia la componan tres hermanos y una hermana, los tres solteros.
El mayor, don Vicente, estaba enfermo de gota y no sala apenas; el
segundo, don Juan, era hombre que quera pasar por joven, de aspecto
muy elegante y pulcro; la hermana, doa Isabel, tena el color muy
blanco, el pelo muy negro y la voz lacrimosa.

Los tres parecan conservados en una urna; deban estar siempre a la
sombra en aquellas salas de aspecto conventual.

Se trat del asunto de que Margarita y sus hermanos pasaran all una
temporada, y los solterones aceptaron la idea con placer.

Don Juan, el menor, ense la casa a Andrs, que era extensa. Alrededor
del patio, una ancha galera encristalada le daba vuelta. Los cuartos
estaban pavimentados con azulejos relucientes y resbaladizos y tenan
escalones para subir y bajar, salvando las diferencias de nivel. Haba
un sinnmero de puertas de diferente tamao. En la parte de atrs de la
casa, a la altura del primer piso de la calle brotaba, en medio de un
huertecillo sombro, un altsimo naranjo.

Todas las habitaciones presentaban el mismo aspecto silencioso, algo
moruno, de luz velada.

El cuarto destinado para Andrs y para Luisito era muy grande y daba
enfrente de los tejados azules de la torrecilla de una iglesia.

Unos das despus de la visita, se instalaron Margarita, Andrs y Luis
en la casa.

Andrs estaba dispuesto a ir a un partido. Lea en _El Siglo Mdico_
las vacantes de mdicos rurales, se enteraba de qu clase de pueblos
eran y escriba a los secretarios de los Ayuntamientos pidiendo
informes.

Margarita y Luisito se encontraban bien con sus tos; Andrs, no;
no senta ninguna simpata por estos solterones, defendidos por su
dinero y por su casa contra las inclemencias de la suerte; les hubiera
estropeado la vida con gusto. Era un instinto un poco canalla, pero lo
senta as.

Luisito, que se vi mimado por sus tos, dej pronto de hacer la vida
que recomendaba Andrs; no quera ir a tomar el sol ni a jugar a la
calle; se iba poniendo ms exigente y melindroso.

La dictadura cientfica que Andrs pretenda ejercer, no se reconoca
en la casa.

Muchas veces le dijo a la criada vieja que barra el cuarto que dejara
abiertas las ventanas para que entrara el sol; pero la criada no le
obedeca.

--Por qu cierra usted el cuarto?--le pregunt una vez.--Yo quiero que
est abierto. Oye usted?

La criada apenas saba castellano, y despus de una charla confusa, le
contest que cerraba el cuarto para que no entrara el sol.

--Si es que yo quiero precisamente eso--la dijo Andrs--. Usted ha
odo hablar de los microbios?

--Yo, no, seor.

--No ha odo usted decir que hay unos grmenes... una especie de cosas
vivas que andan por el aire y que producen las enfermedades?

--Unas cosas vivas en el aire? Sern las moscas.

--S; son como las moscas, pero no son las moscas.

--No; pues no las he visto.

--No, si no se ven; pero existen. Esas cosas vivas estn en el aire,
en el polvo, sobre los muebles... y esas cosas vivas, que son malas,
mueren con la luz... Ha comprendido usted?

--S, s, seor.

--Por eso hay que dejar las ventanas abiertas... para que entre el sol.

Efectivamente; al da siguiente las ventanas estaban cerradas, y la
criada vieja contaba a las otras que el seorito estaba loco, porque
deca que haba unas moscas en el aire que no se vean y que las mataba
el sol.




                                  IV

                             ABURRIMIENTO


Las gestiones para encontrar un pueblo adonde ir no dieron resultado
tan rpidamente como Andrs deseaba, y en vista de esto, para matar el
tiempo, se decidi a estudiar las asignaturas del doctorado. Despus se
marchara a Madrid y luego a cualquier parte.

Luisito pasaba el invierno bien; al parecer estaba curado.

Andrs no quera salir a la calle; senta una insociabilidad intensa.
Le pareca una fatiga tener que conocer a nueva gente.

--Pero, hombre, no vas a salir?--le preguntaba Margarita.

--Yo no. Para qu? No me interesa nada de cuanto pasa fuera.

Andar por las calles le fastidiaba, y el campo de los alrededores de
Valencia, a pesar de su fertilidad, no le gustaba.

Esta huerta, siempre verde, cortada por acequias de agua turbia, con
aquella vegetacin jugosa y obscura, no le daba ganas de recorrerla.

Prefera estar en casa. All estudiaba e iba tomando datos acerca de un
punto de psicofsica que pensaba utilizar para la tesis del doctorado.

Debajo de su cuarto haba una terraza sombra, musgosa, con algunos
jarrones con chumberas y piteras donde no daba nunca el sol. All sola
pasear Andrs en las horas de calor. Enfrente haba otra terraza donde
andaba de un lado a otro un cura viejo, de la iglesia prxima, rezando.
Andrs y el cura se saludaban al verse muy amablemente.

Al anochecer, de esta terraza Andrs iba a una azotea pequea, muy
alta, construda sobre la linterna de la escalera.

All se sentaba hasta que se haca de noche. Luisito y Margarita iban a
pasear en tartana con sus tos.

Andrs contemplaba el pueblo, dormido bajo la luz del sol y los
crepsculos esplendorosos.

A lo lejos se vea el mar, una mancha alargada de un verde plido,
separada en lnea recta y clara del cielo, de color algo lechoso en el
horizonte.

En aquel barrio antiguo las casas prximas eran de gran tamao; sus
paredes se hallaban desconchadas, los tejados cubiertos de musgos
verdes y rojos, con matas en los aleros, de jaramagos amarillentos.

Se vean casas blancas, azules, rosadas, con sus terrados y azoteas;
en las cercas de los terrados se sostenan barreos con tierra, en
donde las chumberas y las pitas extendan sus rgidas y anchas paletas;
en alguna de aquellas azoteas se vean montones de calabazas surcadas y
ventrudas, y de otras redondas y lisas.

Los palomares se levantaban como grandes jaulones ennegrecidos. En el
terrado prximo de una casa, sin duda, abandonada, se vean rollos de
esteras, montones de cuerdas de estropajo, cacharros rotos esparcidos
por el suelo; en otra azotea apareca un pavo real que andaba suelto
por el tejado, y daba unos gritos agudos y desagradables.

Por encima de las terrazas y tejados aparecan las torres del pueblo:
el Miguelete, rechoncho y fuerte; el cimborrio de la catedral, areo
y delicado, y luego aqu y all una serie de torrecillas, casi todas
cubiertas con tejas azules y blancas que brillaban con centelleantes
reflejos.

Andrs contemplaba aquel pueblo, casi para l desconocido, y haca
mil cbalas caprichosas acerca de la vida de sus habitantes. Vea
abajo esta calle, esta rendija sinuosa, estrecha, entre dos filas de
caserones. El sol, que al medioda la cortaba en una zona de sombra y
otra de luz, iba, a medida que avanzaba la tarde, escalando las casas
de una acera hasta brillar en los cristales de las guardillas y en los
luceros, y desaparecer.

En la primavera, las golondrinas y los vencejos trazaban crculos
caprichosos en el aire, lanzando gritos agudos. Andrs las segua con
la vista. Al anochecer se retiraban. Entonces pasaban algunos mochuelos
y gavilanes. Venus comenzaba a brillar con ms fuerza y apareca
Jpiter. En la calle, un farol de gas parpadeaba triste y sooliento...

Andrs bajaba a cenar, y muchas veces por la noche volva de nuevo a la
azotea a contemplar las estrellas.

Esta contemplacin nocturna le produca como un flujo de pensamientos
perturbadores. La imaginacin se lanzaba a la carrera a galopar por
los campos de fantasa. Muchas veces el pensar en las fuerzas de la
naturaleza, en todos los grmenes de la tierra, del aire y del agua,
desarrollndose en medio de la noche, le produca el vrtigo.




                                   V

                              DESDE LEJOS


AL acercarse mayo, Andrs le dijo a su hermana que iba a Madrid a
examinarse del doctorado.

--Vas a volver?--le pregunt Margarita.

--No s; creo que no.

--Qu antipata le has tomado a esta casa y al pueblo. No me lo explico.

--No me encuentro bien aqu.

--Claro. Haces lo posible por estar mal!

Andrs no quiso discutir y se fu a Madrid; se examin de las
asignaturas del doctorado, y ley la tesis que haba escrito en
Valencia.

En Madrid se encontraba mal; su padre y l seguan tan hostiles como
antes. Alejandro se haba casado y llevaba a su mujer, una pobre
infeliz, a comer a su casa. Pedro haca vida de mundano.

Andrs, si hubiese tenido dinero, se hubiera marchado a viajar por
el mundo; pero no tena un cuarto. Un da ley en un peridico que
el mdico de un pueblo de la provincia de Burgos necesitaba un
sustituto por dos meses. Escribi; le aceptaron. Dijo en su casa que
le haba invitado un compaero a pasar unas semanas en un pueblo. Tom
un billete de ida y vuelta y se fu. El mdico, a quien tena que
sustituir, era un hombre rico, viudo, dedicado a la numismtica. Saba
poco de Medicina, y no tena aficin ms que por la historia y las
cuestiones de monedas.

--Aqu no podr usted lucirse con su ciencia mdica--le dijo a Andrs,
burlonamente--. Aqu, sobre todo en verano, no hay apenas enfermos,
algunos clicos, algunas enteritis, algn caso, poco frecuente, de
fiebre tifoidea, nada.

El mdico pas rpidamente de esta cuestin profesional, que no le
interesaba, a sus monedas, y ense a Andrs la coleccin; la segunda
de la provincia. Al decir la segunda suspiraba, dando a entender lo
triste que era para l hacer esta declaracin.

Andrs y el mdico se hicieron muy amigos. El numismtico le dijo que
si quera vivir en su casa se la ofreca con mucho gusto, y Andrs se
qued all en compaa de una criada vieja.

El verano fu para l delicioso; el da entero lo tena libre para
pasear y para leer; haba cerca del pueblo un monte sin rboles, que
llamaban el Teso, formado por pedrizas, en cuyas junturas nacan jaras,
romeros y cantuesos. Al anochecer era aquello una delicia de olor y de
frescura.

Andrs pudo comprobar que el pesimismo y el optimismo son resultados
orgnicos como las buenas o las malas digestiones. En aquella aldea se
encontraba admirablemente, con una serenidad y una alegra desconocidas
para l; senta que el tiempo pasara demasiado pronto.

Llevaba mes y medio en este oasis, cuando un da el cartero le entreg
un sobre manoseado, con letra de su padre. Sin duda, haba andado la
carta de pueblo en pueblo hasta llegar a aqul. Qu vendra all
dentro?

Andrs abri la carta, la ley y qued atnito. Luisito acababa de
morir en Valencia. Margarita haba escrito dos cartas a su hermano,
dicindole que fuera, porque el nio preguntaba mucho por l; pero como
don Pedro no saba el paradero de Andrs, no pudo remitrselas.

Andrs pens en marcharse inmediatamente; pero al leer de nuevo la
carta, ech de ver que haca ya ocho das que el nio haba muerto y
estaba enterrado.

La noticia le produjo un gran estupor. El alejamiento, el haber dejado
a su marcha a Luisito sano y fuerte, le impeda experimentar la pena
que hubiese sentido cerca del enfermo.

Aquella indiferencia suya, aquella falta de dolor, le pareca algo
malo. El nio haba muerto; l no experimentaba ninguna desesperacin.
Para qu provocar en s mismo un sufrimiento intil? Este punto le
debati largas horas en la soledad.

Andrs escribi a su padre y a Margarita. Cuando recibi la carta
de su hermana, pudo seguir la marcha de la enfermedad de Luisito.
Haba tenido una meningitis tuberculosa, con dos o tres das de un
perodo prodrmico, y luego una fiebre alta que hizo perder al nio el
conocimiento; as haba estado una semana gritando, delirando, hasta
morir en un sueo.

En la carta de Margarita se trasluca que estaba destrozada por las
emociones.

Andrs recordaba haber visto en el hospital a un nio, de seis a siete
aos, con meningitis; recordaba que en unos das qued tan delgado que
pareca translcido, con la cabeza enorme, la frente abultada, los
lbulos frontales como si la fiebre los desuniera, un ojo bizco, los
labios blancos, las sienes hundidas y la sonrisa de alucinado. Este
chiquillo gritaba como un pjaro, y su sudor tena un olor especial,
como a ratn, del sudor del tuberculoso.

A pesar de que Andrs pretenda representarse el aspecto de Luisito
enfermo, no se lo figuraba nunca atacado con la terrible enfermedad,
sino alegre y sonriente como le haba visto la ltima vez el da de la
marcha.




                             CUARTA PARTE

                            Inquisiciones.




                                   I

                            PLAN FILOSFICO


AL pasar sus dos meses de sustituto, Andrs volvi a Madrid; tena
guardados sesenta duros, y como no saba qu hacer con ellos, se los
envi a su hermana Margarita.

Andrs haca gestiones para conseguir un empleo, y mientras tanto iba a
la Biblioteca Nacional.

Estaba dispuesto a marcharse a cualquier pueblo si no encontraba nada
en Madrid.

Un da se top en la sala de lectura con Fermn Ibarra, el condiscpulo
enfermo, que ya estaba bien, aunque andaba cojeando y apoyndose en un
grueso bastn.

Fermn se acerc a saludar efusivamente a Hurtado.

Le dijo que estudiaba para ingeniero en Lieja, y sola volver a Madrid
en las vacaciones.

Andrs siempre haba tenido a Ibarra como a un chico. Fermn le llev a
su casa y le ense sus inventos, porque era inventor; estaba haciendo
un tranva elctrico de juguete y otra porcin de artificios mecnicos.

Fermn le explic su funcionamiento y le dijo que pensaba pedir
patentes por unas cuantas cosas, entre ellas una llanta con trozos de
acero para los neumticos de los automviles.

A Andrs le pareci que su amigo desvariaba; pero no quiso quitarles
las ilusiones. Sin embargo, tiempo despus, al ver a los automviles
con llantas de trozos de acero como las que haba ideado Fermn, pens
que ste deba tener verdadera inteligencia de inventor.

       *       *       *       *       *

Andrs, por las tardes, visitaba a su to Iturrioz. Se lo encontraba
casi siempre en su azotea leyendo o mirando las maniobras de una abeja
solitaria o de una araa.

--Esta es la azotea de Epicuro--deca Andrs riendo.

Muchas veces to y sobrino discutieron largamente. Sobre todo, los
planes ulteriores de Andrs fueron los ms debatidos.

Un da la discusin fu ms larga y ms completa:

--Qu piensas hacer?--le pregunt Iturrioz.

--Yo! Probablemente tendr que ir a un pueblo de mdico.

--Veo que no te hace gracia la perspectiva.

--No; la verdad. A m hay cosas de la carrera que me gustan; pero la
prctica no. Si pudiese entrar en un laboratorio de fisiologa, creo
que trabajara con entusiasmo.

--En un laboratorio de fisiologa! Si los hubiera en Espaa!

--Ah, claro, si los hubiera. Adems no tengo preparacin cientfica. Se
estudia de mala manera.

--En mi tiempo pasaba lo mismo--dijo Iturrioz--. Los profesores
no sirven ms que para el embrutecimiento metdico de la juventud
estudiosa. Es natural. El espaol todava no sabe ensear; es demasiado
fantico, demasiado vago y casi siempre demasiado farsante. Los
profesores no tienen ms finalidad que cobrar su sueldo y luego pescar
pensiones para pasar el verano.

--Adems falta disciplina.

--Y otras muchas cosas. Pero, bueno, t qu vas a hacer? No te
entusiasma visitar?

--No.

--Y entonces qu plan tienes?

--Plan personal? Ninguno

--Demonio. Tan pobre ests de proyectos?

--S, tengo uno; vivir con el mximum de independencia. En Espaa, en
general, no se paga el trabajo, sino la sumisin. Yo quisiera vivir del
trabajo, no del favor.

--Es difcil. Y como plan filosfico? Sigues en tus buceamientos?

--S. Yo busco una filosofa que sea primeramente una cosmogona, una
hiptesis racional de la formacin del mundo; despus una explicacin
biolgica del origen de la vida y del hombre.

--Dudo mucho que la encuentres. T quieres una sntesis que complete la
cosmologa y la biologa; una explicacin del Universo fsico y moral.
No es eso?

--S.

--Y en dnde has ido a buscar esa sntesis?

--Pues en Kant, y en Schopenhauer sobre todo.

--Mal camino--repuso Iturrioz--; lee a los ingleses; la ciencia en
ellos va envuelta en sentido prctico. No leas esos metafsicos
alemanes; su filosofa es como un alcohol que emborracha y no alimenta.
Conoces el Leviatn de Hobbes? Yo te lo prestar si quieres.

--No; para qu? Despus de leer a Kant y a Schopenhauer, esos
filsofos franceses e ingleses dan la impresin de carros pesados que
marchan chirriando y levantando polvo.

--S, quizs sean menos giles de pensamiento que los alemanes; pero,
en cambio, no te alejan de la vida.

--Y qu?--replic Andrs--. Uno tiene la angustia, la desesperacin de
no saber qu hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse
perdido, sin brjula, sin luz adonde dirigirse. Qu se hace con la
vida? Qu direccin se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le
arrastrara a uno, el pensar sera una maravilla, algo como para el
caminante detenerse y sentarse a la sombra de un rbol, algo como
penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estpida, sin emociones,
sin accidentes, al menos aqu, y creo que en todas partes y el
pensamiento se llena de terrores como compensacin a la esterilidad
emocional de la existencia.

--Ests perdido--murmur Iturrioz--. Ese intelectualismo no te puede
llevar a nada bueno.

--Me llevar a saber, a conocer. Hay placer ms glande que ste? La
antigua filosofa nos daba la magnfica fachada de un palacio; detrs
de aquella magnificencia no haba salas esplndidas, ni lugares de
delicias, sino mazmorras obscuras. Ese es el mrito sobresaliente de
Kant; l vi que todas las maravillas descritas por los filsofos eran
fantasas, espejismos; vi que las galeras magnficas no llevaban a
ninguna parte.

--Vaya un mrito!--murmur Iturrioz.

--Enorme. Kant prueba que son indemostrables los dos postulados ms
transcendentales de las religiones y de los sistemas filosficos: Dios
y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son indemostrables a
pesar suyo.

--Y qu?

--Y qu! Las consecuencias son terribles; ya el universo no tiene
comienzo en el tiempo ni lmite en el espacio; todo est sometido al
encadenamiento de causas y efectos; ya no hay causa primera; la idea de
causa primera, como ha dicho Schopenhauer, es la idea de un trozo de
madera hecho de hierro.

--A m esto no me asombra.

--A m s. Me parece lo mismo que si viramos un gigante que marchara
al parecer con un fin y alguien descubriera que no tena ojos. Despus
de Kant, el mundo es ciego; ya no puede haber ni libertad, ni justicia,
sino fuerzas que obran por un principio de causalidad en los dominios
del espacio y del tiempo. Y esto tan grave, no es todo; hay adems
otra cosa que se desprende por primera vez claramente de la filosofa
de Kant, y es que el mundo no tiene realidad; es que ese espacio y
ese tiempo y ese principio de causalidad no existen fuera de nosotros
tal como nosotros los vemos, que pueden ser distintos, que pueden no
existir.

--Bah. Eso es absurdo--murmur Iturrioz--. Ingenioso si se quiere, pero
nada ms.

--No; no slo es absurdo, sino que es prctico. Antes para m era una
gran pena considerar el infinito del espacio; creer el mundo inacabable
me produca una gran impresin; pensar que al da siguiente de mi
muerte el espacio y el tiempo seguiran existiendo me entristeca,
y eso que consideraba que mi vida no es una cosa envidiable; pero
cuando llegu a comprender que la idea del espacio y del tiempo son
necesidades de nuestro espritu, pero que no tienen realidad; cuando
me convenc por Kant que el espacio y el tiempo no significan nada;
por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir fuera
de nosotros, me tranquilic. Para m es un consuelo pensar que as
como nuestra retina produce los colores, nuestro cerebro produce
las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado nuestro
cerebro, se acab el mundo. Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el
espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acab la comedia, pero
definitivamente. Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para
los dems. Pero eso qu importa si no es el nuestro que es el nico
real?

--Bah. Fantasas! Fantasas!--dijo Iturrioz.




                                  II

                         REALIDAD DE LAS COSAS


No, no, realidades--replic Andrs--. Qu duda cabe que el mundo
que conocemos es el resultado del reflejo de la parte de cosmos del
horizonte sensible en nuestro cerebro? Este reflejo unido, contrastado,
con las imgenes reflejadas en los cerebros de los dems hombres que
han vivido y que viven, es nuestro conocimiento del mundo, es nuestro
mundo. Es as, en realidad, fuera de nosotros? No lo sabemos, no lo
podemos saber jams.

--No veo claro. Todo eso me parece poesa.

--No; poesa no. Usted juzga por las sensaciones que le dan los
sentidos. No es verdad?

--Cierto.

--Y esas sensaciones e imgenes las ha ido usted valorizando desde
nio con las sensaciones e imgenes de los dems. Pero tiene usted la
seguridad de que ese mundo exterior es tal como usted lo ve? Tiene
usted la seguridad ni siquiera de que existe?

--S.

--La seguridad prctica, claro; pero nada ms.

--Esa basta.

--No, no basta. Basta para un hombre sin deseo de saber; si no para
qu se inventaran teoras acerca del calor o acerca de la luz? Se
dira: hay objetos calientes y fros, hay color verde o azul; no
necesitamos saber lo que son.

--No estara mal que procediramos as. Si no, la duda lo arrasa, lo
destruye todo.

--Claro que lo destruye todo.

--Las matemticas mismas quedan sin base.

--Claro. Las proposiciones matemticas y lgicas son nicamente las
leyes de la inteligencia humana; pueden ser tambin las leyes de
la Naturaleza exterior a nosotros, pero no lo podemos afirmar. La
inteligencia lleva como necesidades inherentes a ella, las nociones de
causa, de espacio y de tiempo, como un cuerpo lleva tres dimensiones.
Estas nociones de causa, de espacio y de tiempo son inseparables de
la inteligencia, y cuando sta afirma sus verdades y sus axiomas _a
priori_, no hace ms que sealar su propio mecanismo.

--De manera que no hay verdad?

--S; el acuerdo de todas las inteligencias en una misma cosa, es lo
que llamamos verdad. Fuera de los axiomas lgicos y matemticos, en los
cuales no se puede suponer que no haya unanimidad, en lo dems todas
las verdades tienen como condicin el ser unnimes.

--Entonces son verdades porque son unnimes?--pregunt Iturrioz.

--No, son unnimes, porque son verdades.

--Me es igual.

--No, no. Si usted me dice: la gravedad es verdad porque es una idea
unnime, yo le dir no; la gravedad es unnime porque es verdad. Hay
alguna diferencia. Para m, dentro de lo relativo de todo, la gravedad
es una verdad absoluta.

--Para m no; puede ser una verdad relativa.

--No estoy conforme--dijo Andrs--. Sabemos que nuestro conocimiento
es una relacin imperfecta entre las cosas exteriores y nuestro yo;
pero como esa relacin es constante, en su tanto de imperfeccin, no le
quita ningn valor a la relacin entre una cosa y otra. Por ejemplo,
respecto al termmetro centgrado: usted me podr decir que dividir en
cien grados la diferencia de temperatura que hay entre el agua helada
y el agua en ebullicin es una arbitrariedad, cierto; pero si en esta
azotea hay veinte grados y en la cueva quince, esa relacin es una cosa
exacta.

--Bueno. Est bien. Quiere decir que t aceptas la posibilidad de
la mentira inicial. Djame suponer la mentira en toda la escala de
conocimientos. Quiero suponer que la gravedad es una costumbre, que
maana un hecho cualquiera la desmentir. Quin me lo va impedir?

--Nadie; pero usted, de buena fe, no puede aceptar esa posibilidad. El
encadenamiento de causas y efectos es la ciencia. Si ese encadenamiento
no existiera, ya no habra asidero ninguno; todo podra ser verdad.

--Entonces vuestra ciencia se basa en la utilidad.

--No; se basa en la razn y en la experiencia.

--No, porque no podis llevar la razn hasta las ltimas consecuencias.

--Ya se sabe que no, que hay claros. La ciencia nos da la descripcin
de una falange de este mamuth, que se llama universo; la filosofa nos
quiere dar la hiptesis racional de cmo puede ser este mamuth. Que
ni los datos empricos, ni los datos racionales son todos absolutos?
Quin lo duda! La ciencia valora los datos de la observacin;
relaciona las diversas ciencias particulares, que son como islas
exploradas en el ocano de lo desconocido, levanta puentes de paso
entre unas y otras, de manera que en su conjunto tengan cierta unidad.
Claro que estos puentes no pueden ser ms que hiptesis, teoras,
aproximaciones a la verdad.

--Los puentes son hiptesis y las islas lo son tambin.

--No, no estoy conforme. La ciencia es la nica construccin fuerte de
la Humanidad. Contra ese bloque cientfico del determinismo, afirmado
ya por los griegos, cuntas olas no han roto? Religiones, morales,
utopas; hoy todas esas pequeas supercheras del pragmatismo y de las
ideas-fuerzas..., y, sin embargo, el bloque contina inconmovible, y la
ciencia, no slo arrolla estos obstculos, sino que los aprovecha para
perfeccionarse.

--S--contest Iturrioz--; la ciencia arrolla esos obstculos y arrolla
tambin al hombre.

--Eso, en parte, es verdad--murmur Andrs paseando por la azotea.




                                  III

             EL RBOL DE LA CIENCIA Y EL RBOL DE LA VIDA


YA la ciencia para vosotros--dijo Iturrioz--no es una institucin con
un fin humano, ya es algo ms; la habis convertido en dolo.

--Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es intil, pueda
ser til maana--replic Andrs.

--Bah! Utopa! T crees que vamos a aprovechar las verdades
astronmicas alguna vez?

--Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.

--En qu?

--En el concepto del mundo.

--Est bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento prctico, inmediato.
Yo, en el fondo, estoy convencido de que, la verdad en bloque, es
mala para la vida. Esa anomala de la naturaleza que se llama la vida
necesita estar basada en el capricho, quiz en la mentira.

--En eso estoy conforme--dijo Andrs--. La voluntad, el deseo de vivir
es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor
la comprensin. A ms comprender, corresponde menos desear. Esto es
lgico, y adems se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer
se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolucin,
cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es
conocer, es como la mariposa que rompe la crislida para morir. El
individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son; porque no
le conviene. Est dentro de una alucinacin. Don Quijote, a quien
Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un smbolo de la afirmacin
de la vida. Don Quijote vive ms que todas las personas cuerdas que le
rodean, vive ms y con ms intensidad que los otros. El individuo o el
pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses
cuando se aparecan a los mortales. El instinto vital necesita de la
ficcin para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crtica,
el instinto de averiguacin, debe encontrar una verdad: la cantidad de
mentira que es necesaria para la vida. Se re usted?

--S, me ro, porque eso que t expones con palabras del da, est
dicho nada menos que en la Biblia.

--Bah!

--S, en el Gnesis. T habrs ledo que en el centro del paraso haba
dos rboles, el rbol de la vida y el rbol de la ciencia del bien y
del mal. El rbol de la vida era inmenso, frondoso, y, segn algunos
santos padres, daba la inmortalidad. El rbol de la ciencia no se dice
cmo era; probablemente sera mezquino y triste. Y t sabes lo que le
dijo Dios a Adn?

--No recuerdo; la verdad.

--Pues al tenerle a Adn delante, le dijo: Puedes comer todos los
frutos del jardn; pero cuidado con el fruto del rbol de la ciencia
del bien y del mal, porque el da que t comas su fruto morirs de
muerte. Y Dios, seguramente, aadi: Comed del rbol de la vida, sed
bestias, sed cerdos, sed egostas, revolcaos por el suelo alegremente;
pero no comis del rbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dar
una tendencia a mejorar que os destruir. No es un consejo admirable?

--S, es un consejo digno de un accionista del Banco--repuso Andrs.

--Cmo se ve el sentido prctico de esa granujera semtica!--dijo
Iturrioz--. Cmo olfatearon esos buenos judos, con sus narices
corvas, que el estado de conciencia poda comprometer la vida!

--Claro, eran optimistas; griegos y semitas tenan el instinto fuerte
de vivir, inventaban dioses para ellos, un paraso exclusivamente suyo.
Yo creo que en el fondo no comprendan nada de la naturaleza.

--No les convena.

--Seguramente no les convena. En cambio, los turanios y los arios del
Norte, intentaron ver la naturaleza tal como es.

--Y, a pesar de eso, nadie les hizo caso y se dejaron domesticar por
los semitas del Sur?

--Ah, claro! El semitismo, con sus tres impostores, ha dominado al
mundo, ha tenido la oportunidad y la fuerza; en una poca de guerras
di a los hombres un dios de las batallas, a las mujeres y a los
dbiles un motivo de lamentos, de quejas y de sensiblera. Hoy, despus
de siglos de dominacin semtica, el mundo vuelve a la cordura, y la
verdad aparece como una aurora plida tras de los terrores de la noche.

--Yo no creo en esa cordura--dijo Iturrioz--ni creo en la ruina del
semitismo. El semitismo judo, cristiano o musulmn, seguir siendo
el amo del mundo, tomar avatares extraordinarios. Hay nada ms
interesante que la Inquisicin, de ndole tan semtica, dedicada a
limpiar de judos y moros al mundo? Hay caso ms curioso que el de
Torquemada, de origen judo?

--S, eso define el carcter semtico, la confianza, el optimismo, el
oportunismo... Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad cientfica
de los hombres del Norte de Europa lo barrer.

--Pero, dnde estn esos hombres? Dnde estn esos precursores?

--En la ciencia, en la filosofa, en Kant sobre todo. Kant ha sido
el gran destructor de la mentira greco-semtica. El se encontr
con esos dos rboles bblicos de que usted hablaba antes y fu
apartando las ramas del rbol de la vida que ahogaban al rbol de
la ciencia. Tras l no queda, en el mundo de las ideas, ms que un
camino estrecho y penoso: la ciencia. Detrs de l, sin tener quiz
su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte,
Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro
sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia
que esa gruesa rama del rbol de la vida, que se llama libertad,
responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del rbol de la
ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer,
ms austero, ms probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida
aparece como una cosa obscura y ciega, potente y jugosa sin justicia,
sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que l
llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia
organizada, produce un fenmeno secundario, una fosforescencia
cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos
dos principios: vida y verdad, voluntad e inteligencia.

--Ya debe haber filsofos y bifilos--dijo Iturrioz.

--Por qu no? Filsofos y bifilos. En estas circunstancias el
instinto vital, todo actividad y confianza, se siente herido y tiene
que reaccionar y reacciona. Los unos, la mayora literatos, ponen su
optimismo en la vida, en la brutalidad de los instintos y cantan la
vida cruel, canalla, infame, la vida sin finalidad, sin objeto, sin
principios y sin moral, como una pantera en medio de una selva. Los
otros ponen el optimismo en la misma ciencia. Contra la tendencia
agnstica de un Du Boie-Reymond que afirm que jams el entendimiento
del hombre llegara a conocer la mecnica del universo, estn las
tendencias de Berthelot, de Metchnikoff, de Ramn y Cajal en Espaa,
que supone que se puede llegar a averiguar el fin del hombre en la
Tierra. Hay, por ltimo, los que quieren volver a las ideas viejas y a
los viejos mitos, porque son tiles para la vida. Estos son profesores
de retrica, de esos que tienen la sublime misin de contarnos cmo
se estornudaba en el siglo XVIII despus de tomar rap, los que nos
dicen que la ciencia fracasa, y que el materialismo, el determinismo,
el encadenamiento de causa a efecto es una cosa grosera, y que el
espiritualismo es algo sublime y refinado. Qu risa! Qu admirable
lugar comn para que los obispos y los generales cobren su sueldo y los
comerciantes puedan vender impunemente bacalao podrido! Creer en el
dolo o en el fetiche es smbolo de superioridad; creer en los tomos
como Demcrito o Epicuro, seal de estupidez! Un _aissaua_ de Marruecos
que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor de la
divinidad, o un buen mandingo con su taparabos, son seres refinados y
cultos; en cambio el hombre de ciencia que estudia la naturaleza es un
ser vulgar y grosero. Qu admirable paradoja para vestirse de galas
retricas y de sonidos nasales en la boca de un acadmico francs!
Hay que reirse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontera: lo que
fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollndolo todo.

--S, estamos conformes, lo hemos dicho antes arrollndolo todo. Desde
un punto de vista puramente cientfico, yo no puedo aceptar esa teora
de la duplicidad de la funcin vital: inteligencia a un lado, voluntad
a otro, no.

--Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad a otro--replic
Andrs--, sino predominio de la inteligencia o predominio de la
voluntad. Una lombriz tiene voluntad e inteligencia, voluntad de vivir
tanta como el hombre, resiste a la muerte como puede; el hombre tiene
tambin voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.

--Lo que quiero decir es que no creo que la voluntad sea slo una
mquina de desear y la inteligencia una mquina de reflejar.

--Lo que sea en s, no lo s; pero a nosotros nos parece esto
racionalmente. Si todo reflejo tuviera para nosotros un fin, podramos
sospechar que la inteligencia no es slo un aparato reflector, una
luna indiferente para cuanto se coloca en su horizonte sensible;
pero la conciencia refleja lo que puede aprehender sin inters,
automticamente y produce imgenes. Estas imgenes, desprovistas de lo
contingente, dejan un smbolo, un esquema, que debe ser la idea.

--No creo en esa indiferencia automtica que t atribuyes a la
inteligencia. No somos un intelecto puro, ni una mquina de desear,
somos hombres que al mismo tiempo piensan, trabajan, desean,
ejecutan... Yo creo que hay ideas que son fuerzas.

--Yo, no. La fuerza est en otra cosa. La misma idea que impulsa a un
anarquista romntico a escribir unos versos ridculos y humanitarios,
es la que hace a un dinamitero poner una bomba. La misma ilusin
imperialista tiene Bonaparte, que Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo
que les diferencia es algo orgnico.

--Qu confusin! En qu laberinto nos vamos metiendo--murmur Iturrioz.

--Sintetice usted nuestra discusin y nuestros distintos puntos de
vista.

--En parte, estamos conformes. T quieres, partiendo de la relatividad
de todo, darle un valor absoluto a las relaciones entre las cosas.

--Claro, lo que deca antes; el metro en s, medida arbitraria; los
360 grados de un crculo, medida tambin arbitraria; las relaciones
obtenidas con el metro o con el arco, exactas.

--No, si estamos conformes! Sera imposible que no lo estuviramos
en todo lo que se refiere a la matemtica y a la lgica; pero cuando
nos vamos alejando de estos conocimientos simples y entramos en el
dominio de la vida, nos encontramos dentro de un laberinto, en medio
de la mayor confusin y desorden. En este baile de mscaras, en donde
bailan millones de figuras abigarradas, t me dices: Acerqumonos a la
verdad. Dnde est la verdad? Quin es ese enmascarado que pasa por
delante de nosotros? Qu esconde debajo de su capa gris? Es un rey o
un mendigo? Es un joven admirablemente formado o un viejo enclenque y
lleno de lceras? La verdad es una brjula loca que no funciona en este
caos de cosas desconocidas.

--Cierto, fuera de la verdad matemtica y de la verdad emprica que se
va adquiriendo lentamente, la ciencia no dice mucho. Hay que tener la
probidad de reconocerlo..., y esperar.

--Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de afirmar? Mientras tanto
no vamos a saber si la Repblica es mejor que la Monarqua, si el
Protestantismo es mejor o peor que el Catolicismo, si la propiedad
individual es buena o mala; mientras la Ciencia no llegue hasta ah,
silencio.

--Y qu remedio queda para el hombre inteligente?

--Hombre, s. T reconoces que fuera del dominio de las matemticas y
de las ciencias empricas existe, hoy por hoy, un campo enorme adonde
todava no llegan las indicaciones de la ciencia. No es eso?

--S.

--Y por qu en ese campo no tomar como norma la utilidad?

--Lo encuentro peligroso--dijo Andrs--. Esta idea de la utilidad, que
al principio parece sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las
mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.

--Cierto, tambin, tomando como norma la verdad, se puede ir al
fanatismo ms brbaro. La verdad puede ser un arma de combate.

--S, falsendola, haciendo que no lo sea. No hay fanatismo en
matemticas, ni en ciencias naturales. Quin puede vanagloriarse de
defender la verdad en poltica o en moral? El que as se vanagloria,
es tan fantico como el que defiende cualquier otro sistema poltico o
religioso. La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es cristiana,
ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.

--Pero ese agnosticismo, para todas las cosas que no se conocen
cientficamente, es absurdo porque es antibiolgico. Hay que vivir.
T sabes que los fisilogos han demostrado que, en el uso de nuestros
sentidos, tendemos a percibir, no de la manera ms exacta, sino de la
manera ms econmica, ms ventajosa, ms til. Qu mejor norma de la
vida que su utilidad, su engrandecimiento?

--No, no; eso llevara a los mayores absurdos en la teora y en la
prctica. Tendramos que ir aceptando ficciones lgicas: el libre
albedro, la responsabilidad, el mrito; acabaramos aceptndolo todo,
las mayores extravagancias de las religiones.

--No, no aceptaramos ms que lo til.

--Pero para lo til no hay comprobacin como para lo verdadero--replic
Andrs--. La fe religiosa para un catlico, adems de ser verdad,
es til; para un irreligioso puede ser falsa y til, y para otro
irreligioso puede ser falsa e intil.

--Bien, pero habr un punto en que estemos todos de acuerdo, por
ejemplo, en la utilidad de la fe para una accin dada. La fe, dentro de
lo natural, es indudable que tiene una gran fuerza. Si yo me creo capaz
de dar un salto de un metro, lo dar; si me creo capaz de dar un salto
de dos o tres metros, quiz lo d tambin.

--Pero si se cree usted capaz de dar un salto de cincuenta metros, no
lo dar usted por mucha fe que tenga.

--Claro que no; pero eso no importa para que la fe sirva en el radio
de accin de lo posible. Luego la fe es til, biolgica; luego hay que
conservarla.

--No, no. Eso que usted llama fe no es ms que la conciencia de
nuestra fuerza. Esa existe siempre, se quiera o no se quiera. La otra
fe conviene destruirla, dejarla es un peligro; tras de esa puerta que
abre hacia lo arbitrario una filosofa basada en la utilidad, en la
comodidad o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.

--En cambio, cerrando esa puerta y no dejando ms norma que la verdad,
la vida languidece, se hace plida, anmica, triste. Yo no s quin
deca la legalidad nos mata; como l podemos decir: La razn y la
ciencia nos apabullan. La sabidura del judo se comprende cada vez ms
que se insiste en este punto: a un lado el rbol de la ciencia, al otro
el rbol de la vida.

--Habr que creer que el rbol de la ciencia es como el clsico
manzanillo, que mata a quien se acoge a su sombra--dijo Andrs
burlonamente.

--S, rete.

--No, no me ro.




                                  IV

                              DISOCIACIN


NO s, no s--murmur Iturrioz--. Creo que vuestro intelectualismo
no os llevar a nada. Comprender? Explicarse las cosas? Para qu?
Se puede ser un gran artista; un gran poeta, se puede ser hasta un
matemtico y un cientfico y no comprender en el fondo nada. El
intelectualismo es estril. La misma Alemania, que ha tenido el cetro
del intelectualismo, hoy parece que lo repudia. En la Alemania actual
casi no hay filsofos, todo el mundo est vido de vida prctica. El
intelectualismo, el criticismo, el anarquismo, van en baja.

--Y qu? Tantas veces han ido de baja y han vuelto a
renacer!--contest Andrs.

--Pero se puede esperar algo de esa destruccin sistemtica y
vengativa?

--No es sistemtica ni vengativa. Es destruir lo que no se afirme
de por s; es llevar el anlisis a todo; es ir disociando las ideas
tradicionales para ver qu nuevos aspectos toman; qu componentes
tienen. Por la desintegracin electroltica de los tomos van
apareciendo estos iones y electrones mal conocidos. Usted sabe tambin
que algunos histlogos han credo encontrar en el protoplasma de las
clulas, granos que consideran como unidades orgnicas elementales, y
que han llamado bioblastos. Por qu lo que estn haciendo en fsica en
este momento los Roentgen y los Becquerel, y en biologa los Haeckel
y los Hertwig, no se ha de hacer en filosofa y en moral? Claro que
en las afirmaciones de la qumica y de la histologa no est basada
una poltica, ni una moral, y si maana se encontrara el medio de
descomponer y de transmutar los cuerpos simples, no habra ningn papa
de la ciencia clsica que excomulgara a los investigadores.

--Contra tu disociacin en el terreno moral, no sera un papa el que
protestara, sera el instinto conservador de la sociedad.

--Ese instinto ha protestado siempre contra todo lo nuevo y seguir
protestando; eso qu importa? La disociacin analtica ser una obra
de saneamiento, una desinfeccin de la vida.

--Una desinfeccin que puede matar al enfermo.

--No, no hay cuidado. El instinto de conservacin del cuerpo social
es bastante fuerte para rechazar todo lo que no puede digerir. Por
muchos grmenes que se siembren, la descomposicin de la sociedad ser
biolgica.

--Y para qu descomponer la sociedad? Es que se va a construir un
mundo nuevo mejor que el actual?

--S, yo creo que s.

--Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada es el egosmo del
hombre, y el egosmo es un hecho natural, es una necesidad de la vida.
Es que supones que el hombre de hoy es menos egosta y cruel que el de
ayer? Pues te engaas. Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras
y conejos cazara hombres si pudiera. As como se sujeta a los patos y
se les alimenta para que se les hipertrofie el hgado, tendramos a las
mujeres en adobo para que estuvieran ms suaves. Nosotros civilizados
hacemos jockeys como los antiguos monstruos, y si fuera posible les
quitaramos el cerebro a los cargadores para que tuvieran ms fuerza,
como antes la Santa Madre Iglesia quitaba los testculos a los cantores
de la Capilla Sixtina para que cantasen mejor. Es que t crees que el
egosmo va a desaparecer? Desaparecera la Humanidad. Es que supones,
como algunos socilogos ingleses y los anarquistas, que se identificar
el amor de uno mismo con el amor de los dems?

--No; yo supongo que hay formas de agrupacin social unas mejores que
otras, y que se deben ir dejando las malas y tomando las buenas.

--Esto me parece muy vago. A una colectividad no se le mover jams
dicindole: Puede haber una forma social mejor. Es como si a una mujer
se le dijera: Si nos unimos, quizs vivamos de una manera soportable.
No, a la mujer y a la colectividad hay que prometerles el paraso;
esto demuestra la ineficacia de tu idea analtica y disociadora. Los
semitas inventaron un paraso materialista (en el mal sentido) en el
principio del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo, coloc
el paraso al final y fuera de la vida del hombre y los anarquistas,
que no son ms que unos neo-cristianos, es decir, neo-semitas, ponen su
paraso en la vida y en la tierra. En todas partes y en todas pocas
los conductores de hombres son prometedores de parasos.

--S, quiz; pero alguna vez tenemos que dejar de ser nios, alguna vez
tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad. Cuntos terrores
no nos han quitado de encima el anlisis! Ya no hay monstruos en el
seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos
siendo dueos del mundo.




                                   V

                        LA COMPAA DEL HOMBRE


S, nos ha quitado terrores--exclam Iturrioz--; pero nos ha quitado
tambin vida. S, es la claridad la que hace la vida actual
completamente vulgar! Suprimir los problemas es muy cmodo; pero
luego no queda nada. Hoy, un chico lee una novela del ao 30, y las
desesperaciones de Larra y de Espronceda y se re; tiene la evidencia
de que no hay misterios. La vida se ha hecho clara; el valor del dinero
aumenta; el burguesismo crece con la democracia. Ya es imposible
encontrar rincones poticos al final de un pasadizo tortuoso; ya no hay
sorpresas.

--Usted es un romntico.

--Y t tambin. Pero yo soy un romntico prctico. Yo creo que hay
que afirmar el conjunto de mentiras y verdades que son de uno hasta
convertirlo en una cosa viva. Creo que hay que vivir con las locuras
que uno tenga, cuidndolas y hasta aprovechndose de ellas.

--Eso me parece lo mismo que si un diabtico aprovechara el azcar de
su cuerpo para endulzar su taza de caf.

--Caricaturizas mi idea, pero no importa.

--El otro da le en un libro--aadi Andrs burlonamente--que un
viajero cuenta que en un remoto pas los naturales le aseguraron que
ellos no eran hombres, sino loros de cola roja. Usted cree que hay que
afirmar las ideas hasta que uno se vea las plumas y la cola?

--S; creyendo en algo ms til y grande que ser un loro, creo que
hay que afirmar con fuerza. Para llegar a dar a los hombres una regla
comn, una disciplina, una organizacin, se necesita una fe, una
ilusin, algo que aunque sea una mentira salida de nosotros mismos
parezca una verdad llegada de fuera. Si yo me sintiera con energa,
sabes lo que hara?

--Qu?

--Una milicia como la que invent Loyola, con un carcter puramente
humano. La Compaa del Hombre.

--Aparece el vasco en usted.

--Quiz.

--Y con qu fin iba usted a fundar esa compaa?


--Esta compaa tendra la misin de ensear el valor, la serenidad, el
reposo; de arrancar toda tendencia a la humildad, a la renunciacin a
la tristeza, al engao, a la rapacidad, al sentimentalismo...

--La escuela de los hidalgos.

--Eso es, la escuela de los hidalgos.

--De los hidalgos ibricos, naturalmente. Nada de semitismo.

--Nada; un hidalgo limpio de semitismo; es decir, de espritu
cristiano, me parecera un tipo completo.

--Cuando funde usted esa compaa, acurdese usted de m. Escrbame
usted al pueblo.

--Pero de veras te piensas marchar?

--S; si no encuentro nada aqu, me voy a marchar.

--Pronto?

--S, muy pronto.

--Ya me tendrs al corriente de tu experiencia. Te encuentro mal armado
para esa prueba.

--Usted no ha fundado todava su compaa...

--Ah, sera utilsima. Ya lo creo.

Cansados de hablar, se callaron. Comenzaba a hacerse de noche.

Las golondrinas trazaban crculos en el aire, chillando. Venus haba
salido en el Poniente, de color anaranjado, y poco despus brillaba
Jpiter con su luz azulada. En las casas comenzaban a iluminarse las
ventanas. Filas de faroles iban encendindose, formando dos lneas
paralelas en la carretera de Extremadura. De las plantas de la azotea,
de los tiestos de sndalo y de menta llegaban rfagas perfumadas...




                             QUINTA PARTE

                     La experiencia en el pueblo.




                                   I

                               DE VIAJE


UNOS das despus nombraban a Hurtado mdico titular de Alcolea del
Campo.

Era ste un pueblo del centro de Espaa, colocado en esa zona
intermedia donde acaba Castilla y comienza Andaluca. Era villa de
importancia, de ocho a diez mil habitantes; para llegar a ella haba
que tomar la lnea de Crdoba, detenerse en una estacin de la Mancha y
seguir a Alcolea en coche.

En seguida de recibir el nombramiento, Andrs hizo su equipaje y se
dirigi a la estacin del Medioda. La tarde era de verano, pesada,
sofocante, de aire seco y lleno de polvo.

A pesar de que el viaje lo haca de noche, Andrs supuso que seria
demasiado molesto ir en tercera, y tom un billete de primera clase.

Entr en el andn, se acerc a los vagones, y en uno que tena el
cartel de no fumadores, se dispuso a subir.

Un hombrecito vestido de negro, afeitado, con anteojos, le dijo con voz
melosa y acento americano:

--Oiga, seor; este vagn es para los no fumadores.

Andrs no hizo el menor caso de la advertencia, y se acomod en un
rincn.

Al poco rato se present otro viajero, un joven alto, rubio, membrudo,
con las guas de los bigotes levantadas hasta los ojos.

El hombre bajito, vestido de negro, le hizo la misma advertencia de que
all no se fumaba.

--Lo veo aqu--contest el viajero algo molesto, y subi al vagn.

--Quedaron los tres en el interior del coche sin hablarse; Andrs,
mirando vagamente por la ventanilla, y pensando en las sorpresas que le
reservara el pueblo.

El tren ech a andar.

El hombrecito negro sac una especie de tnica amarillenta, se envolvi
en ella, se puso un pauelo en la cabeza y se tendi a dormir. El
montono golpeteo del tren acompaaba el soliloquio interior de Andrs;
se vieron a lo lejos varias veces las luces de Madrid en medio del
campo, pasaron tres o cuatro estaciones desiertas, y entr el revisor.
Andrs sac su billete, el joven alto hizo lo mismo, y el hombrecito,
despus de quitarse su balandrn, se registr los bolsillos y mostr un
billete y un papel.

El revisor advirti al viajero que llevaba un billete de segunda.

El hombrecito de negro, sin ms ni ms, se encoleriz, y dijo que
aquello era una grosera; haba avisado en la estacin su deseo de
cambiar de clase; l era un extranjero, una persona acomodada, con
mucha plata, s, seor, que haba viajado por toda Europa, y toda
Amrica, y slo en Espaa, en un pas sin civilizacin, sin cultura, en
donde no se tena la menor atencin al extranjero, podan suceder cosas
semejantes.

El hombrecito insisti y acab insultando a los espaoles. Ya estaba
deseando dejar este pas, miserable y atrasado; afortunadamente, al da
siguiente estara en Gibraltar, camino de Amrica.

El revisor no contestaba. Andrs miraba al hombrecito que gritaba
descompuesto, con aquel acento meloso y repulsivo, cuando el joven
rubio, irguindose, le dijo con voz violenta:

--No le permito hablar as de Espaa. Si usted es extranjero y no
quiere vivir aqu, vyase usted a su pas pronto, y sin hablar, porque
si no, se expone usted a que le echen por la ventanilla, y voy a ser
yo; ahora mismo.

--Pero, seor!--exclam el extranjero--. Es que quieren
atropellarme...

--No es verdad. El que atropella es usted. Para viajar se necesita
educacin, y viajando con espaoles no se habla mal de Espaa.

--Si yo amo a Espaa y el carcter espaol--exclam el hombrecito--.
Mi familia es toda espaola. Para qu he venido a Espaa sino para
conocer a la madre patria?

--No quiero explicaciones--. No necesito oirlas--contest el otro con
voz seca, y se tendi en el divn como para manifestar el poco aprecio
que senta por su compaero de viaje.

Andrs qued asombrado; realmente aquel joven haba estado bien.

El, con su intelectualismo, pens qu clase de tipo sera el hombre
bajito, vestido de negro; el otro haba hecho una afirmacin rotunda
de su pas y de su raza. El hombrecito comenz a explicarse, hablando
solo. Hurtado se hizo el dormido.

Un poco despus de media noche llegaron a una estacin plagada de
gente; una compaa de cmicos transbordaba, dejando la lnea de
Valencia, de donde venan, para tomar la de Andaluca. Las actrices,
con un guardapolvo gris; los actores, con sombreros de paja y gorritas,
se acercaban todos como gente que no se apresura, que sabe viajar, que
consideran el mundo como suyo. Se acomodaron los cmicos en el tren y
se oy gritar de vagn a vagn:

--Eh, Fernndez, dnde est la botella?--Molina, que la
caracterstica te llama!--A ver ese traspunte que se ha perdido!

Se tranquilizaron los cmicos, y el tren sigui su marcha.

Ya al amanecer, a la plida claridad de la maana, se iban viendo
tierras de via y olivos en hilera.

Estaba cerca la estacin donde tena que bajar Andrs. Se prepar, y
al detenerse el tren salt al andn, desierto. Avanz hacia la salida
y di la vuelta a la estacin. En frente, hacia el pueblo, se vea
una calle ancha, con unas casas grandes, blancas y dos filas de luces
elctricas mortecinas. La luna, en menguante, iluminaba el cielo. Se
senta en el aire un olor como dulce a paja seca.

A un hombre que pas hacia la estacin le dijo:

--A qu hora sale el coche para Alcolea?

--A las cinco. Del extremo de esta misma calle suele salir.

Andrs avanz por la calle, pas por delante de la garita de consumos,
iluminada, dej la maleta en el suelo y se sent encima a esperar.




                                  II

                           LLEGADA AL PUEBLO


YA era entrada la maana cuando la diligencia parti para Alcolea. El
da se preparaba a ser ardoroso. El cielo estaba azul, sin una nube;
el sol brillante; la carretera marchaba recta, cortando entre viedos
y alguno que otro olivar, de olivos viejos y encorvados. El paso de la
diligencia levantaba nubes de polvo.

En el coche no iba ms que una vieja vestida de negro, con un cesto al
brazo.

Andrs intent conversar con ella, pero la vieja era de pocas palabras
o no tena ganas de hablar en aquel momento.

En todo el camino el pasaje no variaba; la carretera suba y bajaba
por suaves lomas entre idnticos viedos. A las tres horas de marcha
apareci el pueblo en una hondonada. A Hurtado le pareci grandsimo.

El coche tom por una calle ancha de casas bajas, luego cruz varias
encrucijadas y se detuvo en una plaza delante de un casern blanco, en
uno de cuyos balcones se lea: Fonda de la Palma.

--Usted parar aqu?--le pregunt el mozo.

--S, aqu.

Andrs baj y entr en el portal. Por la cancela se vea un patio, a
estilo andaluz, con arcos y columnas de piedra. Se abri la reja y el
dueo sali a recibir al viajero. Andrs le dijo que probablemente
estara bastante tiempo, y que le diera un cuarto espacioso.

--Aqu abajo le pondremos a usted--y le llev a una habitacin bastante
grande, con una ventana a la calle.

Andrs se lav y sali de nuevo al patio. A la una se coma. Se sent
en una de las mecedoras. Un canario en su jaula, colgada del techo,
comenz a gorjear de una manera estrepitosa.

La soledad, la frescura, el canto del canario hicieron a Andrs cerrar
los ojos y dormir un rato.

Le despert la voz del criado, que deca:

--Puede usted pasar a almorzar.

Entr en el comedor. Haba en la mesa tres viajantes de comercio. Uno
de ellos era un cataln que representaba fbricas de Sabadell; el otro,
un riojano que venda tartratos para los vinos, y el ltimo, un andaluz
que viva en Madrid y corra aparatos elctricos.

El cataln no era tan petulante como la generalidad de sus pasanos del
mismo oficio; el riojano no se las echaba de franco ni de bruto, y el
andaluz no pretenda ser gracioso.

Estos tres mirlos blancos del comisionismo eran muy anticlericales.

La comida le sorprendi a Andrs, porque no haba ms que caza y carne.
Esto, unido al vino muy alcohlico, tena que producir una verdadera
incandescencia interior.

Despus de comer, Andrs y los tres viajantes fueron a tomar caf
al casino. Haca en la calle un calor espantoso: el aire vena en
rfagas secas, como salidas de un horno. No se poda mirar a derecha
y a izquierda; las casas, blancas como la nieve, rebozadas de cal,
reverberaban esta luz vvida y cruel hasta dejarle a uno ciego.

Entraron en el casino. Los viajantes pidieron caf y jugaron al domin.
Un enjambre de moscas revoloteaba en el aire. Terminada la partida
volvieron a la fonda a dormir la siesta.

Al salir a la calle, la misma bofetada de calor le sorprendi a Andrs;
en la fonda los viajantes se fueron a sus cuartos. Andrs hizo lo
propio, y se tendi en la cama aletargado. Por el resquicio de las
maderas entraba una claridad brillante como una lmina de oro; de las
vigas negras, con los espacios entre una y otra pintados de azul,
colgaban telas de araa plateadas. En el patio segua cantando el
canario con su gorjeo chilln, y a cada paso se oan campanadas lentas
y tristes...

El mozo de la fonda le haba advertido a Hurtado, que si tena que
hablar con alguno del pueblo no podr verlo, por lo menos, hasta las
seis. Al dar esta hora, Andrs sali de casa y se fu a visitar al
secretario del Ayuntamiento y al otro mdico.

El secretario era un tipo un poco petulante, con el pelo negro rizado y
los ojos vivos. Se crea un hombre superior, colocado en un medio bajo.

El secretario brind en seguida su proteccin a Andrs.

--Si quiere usted--le dijo--iremos ahora mismo a ver a su compaero, el
doctor Snchez.

--Muy bien, vamos.

El doctor Snchez viva cerca, en una casa de aspecto pobre. Era un
hombre grueso, rubio, de ojos azules, inexpresivos, con una cara de
carnero, de aire poco inteligente.

El doctor Snchez llev la conversacin a la cuestin de la ganancia, y
le dijo a Andrs que no creyera que all, en Alcolea, se sacaba mucho.

Don Toms, el mdico aristcrata del pueblo, se llevaba toda la
clientela rica. Don Toms Solana era de all; tena una casa hermosa,
aparatos modernos, relaciones...

--Aqu el titular no puede ms que mal vivir--dijo Snchez.

--Qu le vamos a hacer!--murmur Andrs. Probaremos.

El secretario, el mdico y Andrs salieron de la casa para dar una
vuelta.

Segua aquel calor exasperante, aquel aire inflamado y seco. Pasaron
por la plaza, con su iglesia llena de aadidos y composturas, y sus
puestos de cosas de hierro y esparto. Siguieron por una calle ancha, de
caserones blancos, con su balcn central lleno de geranios, y su reja
afiligranada, con una cruz de Calatrava en lo alto.

De los portales se vea el zagun con un zcalo azul y el suelo
empedrado de piedrecitas, formando dibujos. Algunas calles extraviadas,
con grandes paredones de color de tierra, puertas enormes y ventanas
pequeas, parecan de un pueblo moro. En uno de aquellos patios vi
Andrs muchos hombres y mujeres, de luto, rezando.

--Qu es esto?--pregunt.

--Aqu le llaman un rezo--dijo el secretario; y explic que era una
costumbre que se tena de ir a las casas donde haba muerto alguno a
rezar el rosario.

Salieron del pueblo por una carretera llena de polvo; las galeras de
cuatro ruedas volvan del campo cargadas con montones de gavillas.

--Me gustara ver el pueblo entero; no me formo idea de su tamao--dijo
Andrs.

--Pues subiremos aqu, a este cerrillo--indic el secretario.

--Yo les dejo a ustedes, porque tengo que hacer una visita--dijo el
mdico.

Se despidieron de l, y el secretario y Andrs comenzaron a subir un
cerro rojo, que tena en la cumbre una torre antigua, medio derruda.

Haca un calor horrible; todo el campo pareca quemado, calcinado;
el cielo plomizo, con reflejos de cobre, iluminaba los polvorientos
viedos, y el sol se pona tras de un velo espeso de calina, a travs
del cual quedaba convertido en un disco blanquecino y sin brillo.

Desde lo alto del cerro se vea la llanura cerrada por lomas grises,
tostada por el sol; en el fondo, el pueblo inmenso se extenda con sus
paredes blancas, sus tejados de color de ceniza, y su torre dorada en
medio. Ni un boscaje, ni un rbol, slo viedos y viedos se divisaban
en toda la extensin abarcada por la vista; nicamente dentro de las
tapias de algunos corrales una higuera extenda sus anchas y obscuras
hojas.

Con aquella luz del anochecer, el pueblo pareca no tener realidad; se
hubiera credo que un soplo de viento lo iba a arrastrar y a deshacer
como nube de polvo sobre la tierra enardecida y seca.

En el aire haba un olor empireumtico, dulce, agradable.

--Estn quemando orujo en alguna alquitara--dijo el secretario.

Bajaron el secretario y Andrs del cerrillo. El viento levantaba
rfagas de polvo en la carretera; las campanas comenzaban a tocar de
nuevo.

Andrs entr en la fonda a cenar, y sali por la noche. Haba
refrescado; aquella impresin de irrealidad del pueblo se acentuaba. A
un lado y a otro de las calles, languidecan las cansadas lmparas de
luz elctrica.

Sali la luna; la enorme ciudad, con sus fachadas blancas, dorma en el
silencio; en los balcones centrales encima del portn, pintado de azul,
brillaban los geranios; las rejas, con sus cruces, daban una impresin
de romanticismo y de misterio, de tapadas y escapatorias de convento;
por encima de alguna tapia, brillante de blancura como un tmpano de
nieve, caa una guirnalda de hiedra negra, y todo este pueblo, grande,
desierto, silencioso, baado por la suave claridad de la luna, pareca
un inmenso sepulcro.




                                  III

                         PRIMERAS DIFICULTADES


ANDRS Hurtado habl largamente con el doctor Snchez, de las
obligaciones del cargo. Quedaron de acuerdo en dividir Alcolea en dos
secciones, separadas por la calle Ancha.

Un mes, Hurtado visitara la parte derecha, y al siguiente la
izquierda. As conseguiran no tener que recorrer los dos todo el
pueblo.

El doctor Snchez recab como condicin indispensable, el que si alguna
familia de la seccin visitada por Andrs quera que la visitara l o
al contrario, se hara segn los deseos del enfermo.

Hurtado acept; ya saba que no haba de tener nadie predileccin por
llamarle a l: pero no le importaba.

Comenz a hacer la visita. Generalmente el nmero de enfermos que le
correspondan no pasaba de seis o siete.

Andrs haca las visitas por la maana; despus, en general, por la
tarde no tena necesidad de salir de casa.

El primer verano lo pas en la fonda; llevaba una vida soolienta; oa
a los viajantes de comercio que en la mesa discurseaban y alguna que
otra vez iba al teatro, una barraca construda en un patio.

La visita, por lo general, le daba pocos quebraderos de cabeza; sin
saber por qu, haba supuesto los primeros das que tendra continuos
disgustos; crea que aquella gente manchega sera agresiva, violenta,
orgullosa; pero no, la mayora eran sencillos, afables, sin petulancia.

En la fonda, al principio se encontraba bien; pero se cans pronto de
estar all. Las conversaciones de los viajantes le iban fastidiando; la
comida, siempre de carne y sazonada con especias picantes, le produca
digestiones pesadas.

--Pero no hay legumbres aqu?--le pregunt al mozo un da.

--S.

--Pues yo quisiera comer legumbres: judas, lentejas.

El mozo se qued estupefacto, y a los pocos das le dijo que no
poda ser; haba que hacer una comida especial; los dems huspedes
no queran comer legumbres; el amo de la fonda supona que era
una verdadera deshonra para su establecimiento poner un plato de
habichuelas o de lentejas.

El pescado no se poda llevar en el rigor del verano, porque no vena
en buenas condiciones. El nico pescado fresco eran las ranas, cosa un
poco cmica como alimento.

Otra de las dificultades era baarse: no haba modo. El agua en Alcolea
era un lujo y un lujo caro. La traan en carros desde una distancia de
cuatro leguas, y cada cntaro vala diez cntimos. Los pozos estaban
muy profundos; sacar el agua suficiente de ellos para tomar un bao,
constitua un gran trabajo; se necesitaba emplear una hora lo menos.
Con aquel rgimen de carne y con el calor, Andrs estaba constantemente
excitado.

Por las noches iba a pasear solo por las calles desiertas. A primera
hora, en las puertas de las casas, algunos grupos de mujeres y chicos
salan a respirar. Muchas veces, Andrs se sentaba en la calle Ancha en
el escaln de una puerta y miraba las dos filas de luces elctricas que
brillaban en la atmsfera turbia. Qu tristeza! Qu malestar fsico
le produca aquel ambiente!

A principios de septiembre, Andrs decidi dejar la fonda. Snchez le
busc una casa. A Snchez no le convena que el mdico rival suyo se
hospedara en la mejor fonda del pueblo; all estaba en relacin con los
viajeros, en sitio muy cntrico; poda quitarle visitas. Snchez le
llev a Andrs a una casa de las afueras, a un barrio que llamaban del
Marrubial.

Era una casa de labor, grande, antigua, blanca, con el frontn pintado
de azul y una galera tapiada en el primer piso.

Tena sobre el portal un ancho balcn y una reja labrada a una
callejuela.

El amo de la casa era del mismo pueblo que Snchez, y se llamaba Jos;
pero le decan en burla en todo el pueblo, Pepinito. Fueron Andrs y
Snchez a ver la casa, y el ama les ense un cuarto pequeo, estrecho,
muy adornado, con una alcoba en el fondo oculta por una cortina roja.

--Yo quisiera--dijo Andrs--un cuarto en el piso bajo y a poder ser,
grande.

--En el piso bajo no tengo--dijo ella--ms que un cuarto grande, pero
sin arreglar.

--Si pudiera usted ensearlo.

--Bueno.

La mujer abri una sala antigua y sin muebles con una reja afiligranada
a la callejuela que se llamaba de los Carretones.

--Y este cuarto est libre?

--S.

--Ah, pues aqu me quedo--dijo Andrs.

--Bueno, como usted quiera; se blanquear, se barrer y se traer la
cama.

Snchez se fu y Andrs habl con su nueva patrona.

--Usted no tendr una tinaja inservible?--le pregunt.

--Para qu?

--Para baarme.

--En el corralillo hay una.

--Vamos a verla.

La casa tena en la parte de atrs una tapia de adobes cubierta con
bardales de ramas que limitaba varios patios y corrales adems del
establo, la tejavana para el carro, la sarmentera, el lagar, la bodega
y la almazara.

En un cuartucho que haba servido de tahona y que daba a un corralillo,
haba una tinaja grande cortada por la mitad y hundida en el suelo.

--Esta tinaja me la podr usted ceder a m?--pregunt Andrs.

--S, seor; por qu no?

--Ahora quisiera que me indicara usted algn mozo que se encargara de
llenar todos los das la tinaja; yo le pagar lo que me diga.

--Bueno. El mozo de casa lo har. Y de comer? Qu quiere usted de
comer? Lo que comemos en casa?

--S, lo mismo.

--No quiere usted alguna cosa ms? Aves? Fiambres?

--No, no. En tal caso, si a usted no le molesta, quisiera que en las
dos comidas pusiera un plato de legumbres.

Con estas advertencias, la nueva patrona crey que su husped, si no
estaba loco, no le faltaba mucho.

La vida en la casa le pareci a Andrs ms simptica que en la fonda.

Por las tardes, despus de las horas de bochorno, se sentaba en el
patio a hablar con la gente de casa. La patrona era una mujer morena,
de tez blanca, de cara casi perfecta; tena un tipo de Dolorosa; ojos
negrsimos y pelo brillante como el azabache.

El marido, Pepinito, era un hombre estpido, con facha de degenerado,
cara juanetuda, las orejas muy separadas de la cabeza y el labio
colgante. Consuelo, la hija de doce o trece aos, no era tan
desagradable como su padre ni tan bonita como su madre.

Con un primer detalle adjudic Andrs sus simpatas y antipatas en la
casa.

Una tarde de domingo, la criada cogi una cra de gorrin en el tejado
y la baj al patio.

--Mira, llvalo al pobrecito al corral--dijo el ama--, que se vaya.

--No puede volar--contest la criada, y lo dej en el suelo.

En esto entr Pepinito, y al ver al gorrin se acerc a una puerta y
llam al gato. El gato, un gato negro con los ojos dorados, se asom
al patio. Pepinito entonces, asust al pjaro con el pie, y al verlo
revolotear, el gato se abalanz sobre l y le hizo arrancar un quejido.
Luego se escap con los ojos brillantes y el gorrin en la boca.

--No me gusta ver esto--dijo el ama.

Pepinito, el patrn, se ech a reir con un gesto de pedantera y
de superioridad del hombre que se encuentra por encima de todo
sentimentalismo.




                                  IV

                         LA HOSTILIDAD MDICA


DON Juan Snchez haba llegado a Alcolea haca ms de treinta aos de
maestro cirujano; despus, pasando unos exmenes, se lleg a licenciar.
Durante bastantes aos estuvo, con relacin al mdico antiguo, en una
situacin de inferioridad, y cuando el otro muri, el hombre comenz a
crecerse y a pensar que ya que l tuvo que sufrir las chinchorreras
del mdico anterior, era lgico que el que viniera sufriera las suyas.

Don Juan era un manchego aptico y triste, muy serio, muy grave, muy
aficionado a los toros. No perda ninguna de las corridas importantes
de la provincia, y llegaba a ir hasta las fiestas de los pueblos de la
Mancha baja y de Andaluca.

Esta aficin bast a Andrs para considerarle como un bruto.

El primer rozamiento que tuvieron Hurtado y l fu por haber ido
Snchez a una corrida de Baeza.

Una noche llamaron a Andrs del molino de la Estrella, un molino de
harina que se hallaba a un cuarto de hora del pueblo. Fueron a buscarle
en un cochecito. La hija del molinero estaba enferma; tena el vientre
hinchado, y esta hinchazn del vientre se haba complicado con una
retencin de orina.

A la enferma la visitaba Snchez; pero aquel da, al llamarle por la
maana temprano, dijeron en casa del mdico que no estaba; se haba ido
a los toros de Baeza. Don Toms tampoco se encontraba en el pueblo.

El cochero fu explicando a Andrs lo ocurrido, mientras animaba al
caballo con la fusta. Haca una noche admirable; miles de estrellas
resplandecan soberbias, y de cuando en cuando pasaba algn meteoro por
el cielo. En pocos momentos, y dando algunos barquinazos en los hoyos
de la carretera, llegaron al molino.

Al detenerse el coche, el molinero se asom a ver quin vena, y
exclam:

--Cmo? No estaba don Toms?

--No.

--Y a quin traes aqu?

--Al mdico nuevo.

El molinero, iracundo, comenz a insultar a los mdicos. Era hombre
rico y orgulloso, que se crea digno de todo.

--Me han llamado aqu para ver a una enferma--dijo Andrs framente--.
Tengo que verla o no? Porque si no, me vuelvo.

--Ya, qu se va a hacer! Suba usted.

Andrs subi una escalera hasta el piso principal, y entr detrs del
molinero en un cuarto en donde estaba una muchacha en la cama y su
madre cuidndola.

Andrs se acerc a la cama. El molinero sigui renegando.

--Bueno. Cllese usted--le dijo Andrs--, si quiere usted que reconozca
a la enferma.

El hombre se call. La muchacha era hidrpica, tena vmitos, disnea
y ligeras convulsiones. Andrs examin a la enferma; su vientre
hinchado pareca el de una rana; a la palpacin se notaba claramente la
fluctuacin del lquido que llenaba el peritoneo.

--Qu? Qu tiene?--pregunt la madre.

--Esto es una enfermedad del hgado, crnica, grave--contest Andrs,
retirndose de la cama para que la muchacha no le oyera--; ahora la
hidropesa se ha complicado con la retencin de orina.

--Y qu hay que hacer, Dios mo? O no tiene cura?

--Si se pudiera esperar, sera mejor que viniera Snchez. l debe
conocer la marcha de la enfermedad.

--Pero se puede esperar?--pregunt el padre con voz colrica.

Andrs volvi a reconocer a la enferma; el pulso estaba muy dbil; la
insuficiencia respiratoria, probablemente resultado de la absorcin de
la urea en la sangre, iba aumentando; las convulsiones se sucedan con
ms fuerza. Andrs tom la temperatura. No llegaba a la normal.

--No se puede esperar--dijo Hurtado dirigindose a la madre.

--Qu hay que hacer?--exclam el molinero--. Obre usted...

--Habra que hacer la puncin abdominal--repuso Andrs, siempre
hablando a la madre--. Si no quieren ustedes que la haga yo...

--S, s, usted.

--Bueno; entonces ir a casa, coger mi estuche, y volver.

El mismo molinero se puso al pescante del coche. Se vea que la
frialdad desdeosa de Andrs le irritaba. Fueron los dos durante
el camino sin hablarse. Al llegar a su casa, Andrs baj, cogi su
estuche, un poco de algodn y una pastilla de sublimado. Volvieron al
molino.

Andrs anim un poco a la enferma, jabon y friccion la piel en el
sitio de eleccin, y hundi el trcar en el vientre abultado de la
muchacha. Al retirar el trcar y dejar la cnula, manaba el agua,
verdosa, llena de serosidades, como de una fuente a un barreo.

Despus de vaciarse el lquido, Andrs pudo sondar la vejiga, y la
enferma comenz a respirar fcilmente. La temperatura subi en seguida
por encima de la normal. Los sntomas de la uremia iban desapareciendo.
Andrs hizo que le dieran leche a la muchacha, que qued tranquila.

En la casa haba un gran regocijo.

--No creo que esto haya acabado--dijo Andrs a la madre--; se
reproducir, probablemente.

--Qu cree usted que debamos hacer?--pregunt ella humildemente.

--Yo, como ustedes, ira a Madrid a consultar con un especialista.

Hurtado se despidi de la madre y de la hija. El molinero mont en el
pescante del coche para llevar a Andrs a Alcolea. La maana comenzaba
a sonreir en el cielo; el sol brillaba en los viedos y en los
olivares; las parejas de mulas iban a la labranza, y los campesinos,
de negro, montados en las ancas de los borricos, les seguan. Grandes
bandadas de cuervos pasaban por el aire.

El molinero fu sin hablar en todo el camino; en su alma luchaban el
orgullo y el agradecimiento; quiz esperaba que Andrs le dirigiera la
palabra; pero ste no despeg los labios. Al llegar a casa baj del
coche, y murmur:

--Buenos das.

--Adis!

Y los dos hombres se despidieron como dos enemigos.

Al da siguiente, Snchez se le acerc a Andrs, ms aptico y ms
triste que nunca.

--Usted quiere perjudicarme--le dijo.

--S por qu dice usted eso--le contest Andrs--; pero yo no tengo la
culpa. He visitado a esa muchacha, porque vinieron a buscarme, y la
oper, porque no haba ms remedio, porque se estaba muriendo.

--S; pero tambin le dijo usted a la madre que fuera a ver a un
especialista de Madrid, y eso no va en benefici de usted ni en
beneficio mo.

Snchez no comprenda que este consejo lo hubiera dado Andrs por
probidad, y supona que era por perjudicarle a l. Tambin crea que
por su cargo tena un derecho a cobrar una especie de contribucin por
todas las enfermedades de Alcolea. Que el to Fulano coga un catarro
fuerte, pues eran seis visitas para l; que padeca un reumatismo, pues
podan ser hasta veinte visitas.

El caso de la chica del molinero se coment mucho en todas partes e
hizo suponer que Andrs era un mdico conocedor de procedimientos
modernos.

Snchez, al ver que la gente se inclinaba a creer en la ciencia del
nuevo mdico, emprendi una campaa contra l. Dijo que era hombre
de libros, pero sin prctica alguna, y que, adems, era un tipo
misterioso, del cual no se poda uno fiar.

Al ver que Snchez le declaraba la guerra francamente, Andrs se puso
en guardia. Era demasiado escptico en cuestiones de medicina para
hacer imprudencias. Cuando haba que intervenir en casos quirrgicos,
enviaba al enfermo a Snchez que, como hombre de conciencia bastante
elstica, no se alarmaba por dejarle a cualquiera ciego o manco.

Andrs casi siempre empleaba los medicamentos a pequeas dosis; muchas
veces no producan efecto; pero al menos no corra el peligro de una
torpeza. No dejaba de tener xitos; pero l se confesaba ingenuamente
a s mismo, que, a pesar de sus xitos, no haca casi nunca un
diagnstico bien.

Claro que por prudencia no aseguraba los primeros das nada; pero casi
siempre las enfermedades le daban sorpresas; una supuesta pleuresa,
apareca como una lesin heptica; una tifoidea, se le transformaba en
una gripe real.

Cuando la enfermedad era clara, una viruela o una pulmona, entonces la
conoca l y la conocan las comadres de la vecindad, y cualquiera.

El no deca que los xitos se deban a la casualidad; hubiera sido
absurdo; pero tampoco los luca como resultado de su ciencia. Haba
cosas grotescas en la prctica diaria; un enfermo que tomaba un poco
de jarabe simple, y se encontraba curado de una enfermedad crnica del
estmago; otro, que con el mismo jarabe deca que se pona a la muerte.

Andrs estaba convencido de que en la mayora de los casos una
teraputica muy activa no poda ser beneficiosa ms que en manos de
un buen clnico, y para ser un buen clnico era indispensable, adems
de facultades especiales, una gran prctica. Convencido de esto, se
dedicaba al mtodo expectante. Daba mucha agua con jarabe. Ya le haba
dicho confidencialmente al boticario:

--Usted cobre como si fuera quinina.

Este escepticismo en sus conocimientos y en su profesin le daba
prestigio.

A ciertos enfermos les recomendaba los preceptos higinicos, pero nadie
le haca caso.

Tena un cliente, dueo de unas bodegas, un viejo artrtico, que se
pasaba la vida leyendo folletines. Andrs le aconsejaba que no comiera
carne y que anduviera.

--Pero si me muero de debilidad, doctor--deca l--. No como ms que un
pedacito de carne, una copa de Jerez y una taza de caf.

--Todo eso es malsimo--deca Andrs.

Este demagogo, que negaba la utilidad de comer carne, indignaba a la
gente acomodada... y a los carniceros.

Hay una frase de un escritor francs que quiere ser trgica y es
enormemente cmica. Es as: Desde hace treinta aos no se siente placer
en ser francs. El vinatero artrtico deba decir: Desde que ha venido
este mdico, no se siente placer en ser rico.

La mujer del secretario del Ayuntamiento, una mujer muy remilgada y
redicha, quera convencer a Hurtado de que deba casarse y quedarse
definitivamente en Alcolea.

--Ya veremos--contestaba Andrs.




                                   V

                           ALCOLEA DEL CAMPO


LAS costumbres de Alcolea eran espaolas puras, es decir, de un absurdo
completo.

El pueblo no tena el menor sentido social; las familias se metan en
sus casas, como los trogloditas en su cueva. No haba solidaridad;
nadie saba ni poda utilizar la fuerza de la asociacin. Los hombres
iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salan ms que los
domingos a misa.

Por falta de instinto colectivo el pueblo se haba arruinado.

En la poca del tratado de los vinos con Francia, todo el mundo, sin
consultarse los unos a los otros, comenz a cambiar el cultivo de sus
campos, dejando el trigo y los cereales, y poniendo viedos; pronto el
ro de vino de Alcolea se convirti en ro de oro. En este momento de
prosperidad, el pueblo se agrand, se limpiaron las calles, se pusieron
aceras, se instal la luz elctrica...; luego vino la terminacin del
tratado, y como nadie senta la responsabilidad de representar el
pueblo, a nadie se le ocurri decir: Cambiemos el cultivo; volvamos a
nuestra vida antigua; empleemos la riqueza producida por el vino en
transformar la tierra para las necesidades de hoy. Nada.

El pueblo acept la ruina con resignacin.

--Antes ramos ricos--se dijo cada alcoleano--. Ahora seremos pobres.
Es igual; viviremos peor; suprimiremos nuestras necesidades.

Aquel estoicismo acab de hundir al pueblo.

Era natural que as fuese; cada ciudadano de Alcolea se senta tan
separado del vecino como de un extranjero. No tenan una cultura comn
(no la tenan de ninguna clase); no participaban de admiraciones
comunes: slo el hbito, la rutina les una; en el fondo, todos eran
extraos a todos.

Muchas veces a Hurtado le pareca Alcolea una ciudad en estado de
sitio. El sitiador era la moral, la moral catlica. All no haba nada
que no estuviera almacenado y recogido: las mujeres en sus casas, el
dinero en las carpetas, el vino en las tinajas.

Andrs se preguntaba: Qu hacen estas mujeres? En qu piensan? Cmo
pasan las horas de sus das? Difcil era averiguarlo.

Con aquel rgimen de guardarlo todo, Alcolea gozaba de un orden
admirable; slo un cementerio bien cuidado poda sobrepasar tal
perfeccin.

Esta perfeccin se consegua haciendo que el ms inepto fuera el que
gobernara. La ley de seleccin en pueblos como aqul se cumpla al
revs. El cedazo iba separando el grano de la paja, luego se recoga la
paja y se desperdiciaba el grano.

Algn burln hubiera dicho que este aprovechamiento de la paja entre
espaoles no era raro. Por aquella seleccin a la inversa, resultaba
que los ms aptos all eran precisamente los ms ineptos.

En Alcolea haba pocos robos y delitos de sangre: en cierta poca los
haba habido entre jugadores y matones; la gente pobre no se mova,
viva en una pasividad lnguida; en cambio los ricos se agitaban, y la
usura iba sorbiendo toda la vida de la ciudad.

El labrador, de humilde pasar, que durante mucho tiempo tena una casa
con cuatro o cinco parejas de mulas, de pronto apareca con diez, luego
con veinte; sus tierras se extendan cada vez ms, y l se colocaba
entre los ricos.

La poltica de Alcolea responda perfectamente al estado de inercia
y de desconfianza del pueblo. Era una poltica de caciquismo, una
lucha entre dos bandos contrarios, que se llamaban el de los Ratones
y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales, y los Mochuelos
conservadores.

En aquel momento dominaban los Mochuelos. El Mochuelo principal era
el alcalde, un hombre delgado, vestido de negro, muy clerical, cacique
de formas suaves, que suavemente iba llevndose todo lo que poda del
Municipio.

El cacique liberal del partido de los Ratones era don Juan, un tipo
brbaro y desptico, corpulento y forzudo, con unas manos de gigante,
hombre, que cuando entraba a mandar, trataba al pueblo en conquistador.
Este gran Ratn no disimulaba como el Mochuelo; se quedaba con todo lo
que poda, sin tomarse el trabajo de ocultar decorosamente sus robos.

Alcolea se haba acostumbrado a los Mochuelos y a los Ratones, y los
consideraba necesarios. Aquellos bandidos eran los sostenes de la
sociedad; se repartan el botn; tenan unos para otros un _tab_
especial, como el de los polinesios.

Andrs poda estudiar en Alcolea todas aquellas manifestaciones del
rbol de la vida, y de la vida spera manchega: la expansin del
egosmo; de la envidia, de la crueldad, del orgullo.

A veces pensaba que todo esto era necesario; pensaba tambin que se
poda llegar, en la indiferencia intelectualista, hasta disfrutar
contemplando estas expansiones, formas violentas de la vida.

Por qu incomodarse, si todo est determinado, si es fatal, si no
puede ser de otra manera?, se preguntaba. No era cientficamente
un poco absurdo el furor que le entraba muchas veces al ver las
injusticias del pueblo? Por otro lado: no estaba tambin determinado,
no era fatal el que su cerebro tuviera una irritacin que le hiciera
protestar contra aquel estado de cosas violentamente?

Andrs discuta muchas veces con su patrona. Ella no poda comprender
que Hurtado afirmase que era mayor delito robar a la comunidad, al
Ayuntamiento, al Estado, que robar a un particular. Ella deca que
no; que defraudar a la comunidad, no poda ser tanto como robar a una
persona. En Alcolea casi todos los ricos defraudaban a la Hacienda, y
no se les tena por ladrones.

Andrs trataba de convencerla, de que el dao hecho con el robo a la
comunidad, era ms grande que el producido contra el bolsillo de un
particular; pero la Dorotea no se convenca.

--Qu hermosa sera una revolucin--deca Andrs a su patrona--,
no una revolucin de oradores y de miserables charlatanes, sino una
revolucin de verdad! Mochuelos y Ratones, colgados de los faroles, ya
que aqu no hay rboles; y luego lo almacenado por la moral catlica,
sacarlo de sus rincones y echarlo a la calle: los hombres, las mujeres,
el dinero, el vino; todo a la calle.

Dorotea se rea de estas ideas de su husped, que le parecan absurdas.

Como buen epicreo, Andrs no tena tendencia alguna por el apostolado.

Los del Centro republicano le haban dicho que diera conferencias
acerca de higiene; pero l estaba convencido de que todo aquello era
intil, completamente estril.

Para qu? Saba que ninguna de estas cosas haba de tener eficacia, y
prefera no ocuparse de ellas.

Cuando le hablaban de poltica, Andrs deca a los jvenes republicanos:

--No hagan ustedes un partido de protesta. Para qu? Lo menos malo que
puede ser es una coleccin de retricos y de charlatanes; lo ms malo
es que sea otra banda de Mochuelos o de Ratones.

--Pero, don Andrs! Algo hay que hacer.

--Qu van ustedes a hacer! Es imposible! Lo nico que pueden ustedes
hacer es marcharse de aqu.

El tiempo en Alcolea le resultaba a Andrs muy largo.

Por la maana haca su visita; despus volva a casa y tomaba el bao.

Al atravesar el corralillo se encontraba con la patrona, que diriga
alguna labor de la casa; la criada sola estar lavando la ropa en una
media tinaja, cortada en sentido longitudinal, que pareca una canoa, y
la nia correteaba de un lado a otro.

En este corralillo tenan una sarmentera, donde se secaban las gavillas
de sarmientos, y montones de lea de cepas viejas.

Andrs abra la antigua tahona y se baaba. Despus iba a comer.

El otoo todava pareca verano; era costumbre dormir la siesta. Estas
horas de siesta se le hacan a Hurtado pesadas, horribles.

En su cuarto echaba una estera en el suelo y se tenda sobre ella, a
obscuras. Por la rendija de las ventanas entraba una lmina de luz; en
el pueblo dominaba el ms completo silencio; todo estaba aletargado
bajo el calor del sol; algunos moscones rezongaban en los cristales; la
tarde bochornosa, era interminable.

Cuando pasaba la fuerza del da, Andrs sala al patio y se sentaba a
la sombra del emparrado a leer.

El ama, su madre y la criada cosan cerca del pozo; la nia haca
encaje de bolillos con hilos y unos alfileres clavados sobre una
almohada; al anochecer regaban los tiestos de claveles, de geranios y
de albahacas.

Muchas veces venan vendedores y vendedoras ambulantes a ofrecer
frutas, hortalizas o caza.

--Ave Mara Pursima!--decan al entrar--. Dorotea vea lo que traan.

--Le gusta a usted esto, don Andrs?--le preguntaba Dorotea a Hurtado.

--S, pero por m no se preocupe usted--contestaba l.

Al anochecer volva el patrn. Estaba empleado en unas bodegas, y
conclua a aquella hora el trabajo. Pepinito era un hombre petulante;
sin saber nada, tena la pedantera de un catedrtico. Cuando explicaba
algo bajaba los prpados, con un aire de suficiencia tal, que a Andrs
le daban ganas de estrangularle.

Pepinito trataba muy mal a su mujer y a su hija; constantemente las
llamaba estpidas, borricas, torpes; tena el convencimiento de que l
era el nico que haca bien las cosas.

--Que este bestia tenga una mujer tan guapa y tan simptica, es
verdaderamente desagradable!--pensaba Andrs.

Entre las manas de Pepinito estaba la de pasar por tremendo. Le
gustaba contar historias de rias y de muertes. Cualquiera, al oirle,
hubiese credo que se estaban matando continuamente en Alcolea; contaba
un crimen ocurrido haca cinco aos en el pueblo, y le daba tales
variaciones y lo explicaba de tan distintas maneras, que el crimen se
desdoblaba y se multiplicaba.

Pepinito era del Tomelloso, y todo lo refera a su pueblo. El
Tomelloso, segn l, era la anttesis de Alcolea; Alcolea era lo
vulgar, el Tomelloso lo extraordinario; que se hablase de lo que se
hablase, Pepinito le deca a Andrs:

--Deba usted ir al Tomelloso. All no hay ni un rbol.

--Ni aqu tampoco--le contestaba Andrs, riendo.

--S. Aqu algunos--replicaba Pepinito--. All todo el pueblo est
agujereado por las cuevas para el vino, y no crea usted que son
modernas, no, sino antiguas. All ve usted tinajones grandes metidos en
el suelo. All todo el vino que se hace es natural; malo muchas veces,
porque no saben prepararlo, pero natural.

--Y aqu?

--Aqu ya emplean la qumica--deca Pepinito, para quien Alcolea era un
pueblo degenerado por la civilizacin--: tartratos, campeche, fuchsina,
demonios le echan stos al vino.

Al final de septiembre, unos das antes de la vendimia, la patrona le
dijo a Andrs:

--Usted no ha visto nuestra bodega?

--No.

--Pues vamos ahora a arreglarla.

El mozo y la criada estaban sacando lea y sarmientos, metidos durante
todo el invierno en el lagar; y dos albailes iban picando las paredes.
Dorotea y su hija le ensearon a Hurtado el lagar a la antigua, con su
viga para prensar, las chanclas de madera y de esparto que se ponen los
pisadores en los pies y los vendos para sujetrselas.

Le mostraron las piletas donde va cayendo el mosto y lo recogen en
cubos, y la moderna bodega capaz para dos cosechas con barricas y conos
de madera.

--Ahora, si no tiene usted miedo, bajaremos a la cueva antigua--dijo
Dorotea.

--Miedo, de qu?

--Ah! Es una cueva donde hay duendes, segn dicen.

--Entonces hay que ir a saludarlos.

El mozo encendi un candil y abri una puerta que daba al corral.
Dorotea, la nia y Andrs le siguieron. Bajaron a la cueva por una
escalera desmoronada. El techo rezumaba humedad. Al final de la
escalera se abra una bveda que daba paso a una verdadera catacumba,
hmeda, fra, largusima, tortuosa.

En el primer trozo de esta cueva haba una serie de tinajones
empotrados a medias en la pared; en el segundo, de techo ms bajo, se
vean las tinajas de Colmenar, altas, enormes, en fila, y a su lado las
hechas en el Toboso, pequeas, llenas de mugre, que parecan viejas
gordas y grotescas.

La luz del candil, al iluminar aquel antro, pareca agrandar y achicar
alternativamente el vientre abultado de las vasijas.

Se explicaba que la fantasa de la gente hubiese transformado en
duendes aquellas nforas vinarias, de las cuales, las ventrudas y
abultadas tinajas toboseas, parecan enanos; y las altas y airosas
fabricadas en Colmenar tenan aire de gigantes. Todava en el fondo se
abra un anchurn con doce grandes tinajones. Este hueco se llamaba la
Sala de los Apstoles.

El mozo asegur que en aquella cueva se haban encontrado huesos
humanos, y mostr en la pared la huella de una mano que l supona era
de sangre.

--Si a don Andrs le gustara el vino--dijo Dorotea--, le daramos un
vaso de este aejo que tenemos en la solera.

--No, no; gurdelo usted para las grandes fiestas.

Das despus comenz la vendimia. Andrs se acerc al lagar, y el ver
aquellos hombres sudando y agitndose en el rincn bajo de techo, le
produjo una impresin desagradable. No crea que esta labor fuera tan
penosa.

Andrs record a Iturrioz, cuando deca que slo lo artificial es
bueno, y pens que tena razn. Las decantadas labores rurales, motivo
de inspiracin para los poetas, le parecan estpidas y bestiales.
Cunto ms hermosa, aunque estuviera fuera de toda idea de belleza
tradicional, la funcin de un motor elctrico, que no este trabajo
muscular, rudo, brbaro y mal aprovechado!




                                  VI

                            TIPOS DE CASINO


AL llegar el invierno, las noches largas y fras hicieron a Hurtado
buscar un refugio fuera de casa, donde distraerse y pasar el tiempo.
Comenz a ir al casino de Alcolea.

Este casino, La Fraternidad, era un vestigio del antiguo esplendor
del pueblo; tena salones inmensos, mal decorados, espejos de cuerpo
entero, varias mesas de billar y una pequea biblioteca con algunos
libros.

Entre la generalidad de los tipos vulgares, obscuros, borrosos, que
iban al casino a leer los peridicos y hablar de poltica, haba dos
personajes verdaderamente pintorescos.

Uno de ellos era el pianista; el otro, un tal don Blas Carreo, hidalgo
acomodado de Alcolea.

Andrs lleg a intimar bastante con los dos.

El pianista era un viejo flaco, afeitado, de cara estrecha, larga, y
anteojos de gruesos lentes. Vesta de negro y accionaba al hablar de
una manera un tanto afeminada. Era al mismo tiempo organista de la
iglesia, lo que le daba cierto aspecto eclesistico.

El otro seor, don Blas Carreo, tambin era flaco; pero ms alto, de
nariz aguilea, pelo entrecano, tez cetrina y aspecto marcial.

Este buen hidalgo haba llegado a identificarse con la vida antigua
y a convencerse de que la gente discurra y obraba como los tipos de
las obras espaolas clsicas, de tal manera, que haba ido poco a
poco arcaizando su lenguaje, y entre burlas y veras hablaba con el
alambicamiento de los personajes de Feliciano de Silva, que tanto
encantaba a Don Quijote.

El pianista imitaba a Carreo y le tena como modelo. Al saludar a
Andrs, le dijo:

--Este mi seor don Blas, querido y agareno amigo, ha tenido la
dignacin de presentarme a su merced como un hijo predilecto de
Euterpe; pero no soy, aunque me pesa, y su merced lo habr podido
comprobar con el arrayn de su buen juicio, ms que un pobre, cuanto
humilde aficionado al trato de las Musas, que labora con estas sus
torpes manos en amenizar las veladas de los socios, en las frigidsimas
noches del helado invierno.

Don Blas escuchaba a su discpulo sonriendo. Andrs, al oir a aquel
seor expresarse as, crey que se trataba de un loco; pero luego vi
que no, que el pianista era una persona de buen sentido. nicamente
ocurra, que tanto don Blas como l, haban tomado la costumbre de
hablar de esta manera enftica y altisonante hasta familiarizarse con
ella. Tenan frases hechas, que las empleaban a cada paso: el ascua de
la inteligencia, la flecha de la sabidura, el collar de perlas de las
observaciones juiciosas, el jardn del buen decir...

Don Blas le invit a Hurtado a ir a su casa y le mostr su biblioteca
con varios armarios llenos de libros espaoles y latinos. Don Blas la
puso a disposicin del nuevo mdico.

--Si alguno de estos libros le interesa a usted, puede usted
llevrselo--le dijo Carreo.

--Ya aprovechar su ofrecimiento.

Don Blas era para Andrs un caso digno de estudio. A pesar de su
inteligencia no notaba lo que pasaba a su alrededor; la crueldad de la
vida en Alcolea, la explotacin inicua de los miserables por los ricos,
la falta de instinto social, nada de esto para l exista, y si exista
tena un carcter de cosa libresca, serva para decir:

--Dice Scaligero... o: Afirma Huarte en su _Examen de ingenios_...

Don Blas era un hombre extraordinario, sin nervios; para l no haba
calor, ni fro, placer, ni dolor. Una vez, dos socios del casino le
gastaron una broma transcendental: le llevaron a cenar a una venta
y le dieron a propsito unas migas detestables, que parecan de
arena, dicindole que eran las verdaderas migas del pas, y don Blas
las encontr tan excelentes y las elogi de tal modo y con tales
hiprboles, que lleg a convencer a sus amigos de su bondad. El manjar
ms insulso, si se lo daban diciendo que estaba hecho con una receta
antigua y que figuraba en _La Lozana Andaluza_, le pareca maravilloso.

En su casa gozaba ofreciendo a sus amigos sus golosinas.

--Tome usted esos melindres, que me han trado expresamente de
Yepes...; esta agua no la beber usted en todas partes, es de la fuente
del Maillo.

Don Blas viva en plena arbitrariedad; para l haba gente que no
tena derecho a nada; en cambio, otros lo merecan todo. Por qu?
Probablemente porque s.

Deca don Blas que odiaban a las mujeres, que le haban engaado
siempre; pero no era verdad; en el fondo, esta actitud suya serva para
citar trozos de Marcial, de Juvenal, de Quevedo...

A sus criados y labriegos, don Blas les llamaba galopines, bellacos,
follones, casi siempre sin motivo, slo por el gusto de emplear estas
palabras quijotescas.

Otra cosa que le encantaba a don Blas era citar los pueblos con sus
nombres antiguos: Estbamos una vez en Alczar de San Juan, la antigua
Alce... En Baeza, la Biatra de Ptolomeo, nos encontramos un da...

Andrs y don Blas se asombraban mutuamente. Andrs se deca:

--Pensar que este hombre y otros muchos como l viven en esta mentira,
envenenados con los restos de una literatura, y de una palabrera
amanerada es verdaderamente extraordinario!

En cambio, don Blas miraba a Andrs sonriendo, y pensaba: Qu hombre
ms raro!

Varias veces discutieron acerca de religin, de poltica, de la
doctrina evolucionista. Estas cosas del darwinisno, como deca l, le
parecan a don Blas cosas inventadas para divertirse. Para l los datos
comprobados no significaban nada. Crea en el fondo que se escriba
para demostrar ingenio, no para exponer ideas con claridad, y que la
investigacin de un sabio se echaba abajo con una frase graciosa.

A pesar de su divergencia, don Blas no le era antiptico a Hurtado.

El que s le era antiptico e insoportable era un jovencito, hijo
de un usurero, que en Alcolea pasaba por un prodigio, y que iba con
frecuencia al casino. Este joven, abogado, haba ledo algunas revistas
francesas reaccionarias, y se crea en el centro del mundo.

Deca que l contemplaba todo con una sonrisa irnica y piadosa. Crea
tambin que se poda hablar de filosofa empleando los lugares comunes
del casticismo espaol, y que Balmes era un gran filsofo.

Varias veces el joven, que contemplaba todo con una sonrisa irnica y
piadosa, invit a Hurtado a discutir; pero Andrs rehuy la discusin
con aquel hombre que, a pesar de su barniz de cultura, le pareca de
una imbecilidad fundamental.

Esta sentencia de Demcrito, que haba ledo en la Historia del
Materialismo de Lange, le pareca a Andrs muy exacta: El que ama la
contradiccin y la verbosidad, es incapaz de aprender nada que sea
serio.




                                  VII

                       SEXUALIDAD Y PORNOGRAFA


En el pueblo, la tienda de objetos de escritorio era al mismo tiempo
librera y centro de suscripciones. Andrs iba a ella a comprar papel y
algunos peridicos. Un da le choc ver que el librero tena quince o
veinte tomos con una cubierta en donde apareca una mujer desnuda. Eran
de estas novelas a estilo francs; novelas pornogrficas, torpes, con
cierto barniz psicolgico hechas para uso de militares, estudiantes y
gente de poca mentalidad.

--Es que eso se vende?--le pregunt Andrs al librero.

--S; es lo nico que se vende.

El fenmeno pareca paradjico y, sin embargo, era natural. Andrs
haba odo a su to Iturrioz que en Inglaterra, en donde las costumbres
eran interiormente de una libertad extraordinaria, libros, aun los
menos sospechosos de libertinaje, estaban prohibidos, y las novelas que
las seoritas francesas o espaolas lean delante de sus madres, all
se consideraban nefandas.

En Alcolea suceda lo contrario; la vida era de una moralidad terrible;
llevarse a una mujer sin casarse con ella, era ms difcil que raptar
a la Giralda de Sevilla a las doce del da; pero, en cambio, se lean
libros pornogrficos de una pornografa grotesca por lo transcendental.

Todo esto era lgico. En Londres, al agrandarse la vida sexual por la
libertad de costumbres, se achicaba la pornografa; en Alcolea, al
achicarse la vida sexual, se agrandaba la pornografa.

--Qu paradoja esta de la sexualidad--pensaba Andrs al ir a su casa--.
En los pases donde la vida es intensamente sexual no existen motivos
de lubricidad; en cambio en aquellos pueblos como Alcolea, en donde la
vida sexual era tan mezquina y tan pobre, las alusiones erticas a la
vida del sexo estaban en todo.

Y era natural, era en el fondo un fenmeno de compensacin.




                                 VIII

                               EL DILEMA


POCO a poco, y sin saber cmo, se form alrededor de Andrs una
mala reputacin; se le consideraba hombre violento, orgulloso, mal
intencionado, que se atraa la antipata de todos.

Era un demagogo, malo, daino, que odiaba a los ricos y no quera a los
pobres.

Andrs fu notando la hostilidad de la gente del casino y dej de
frecuentarlo.

Al principio se aburra.

Los das iban sucedindose a los das y cada uno traa la misma
desesperanza, la seguridad de no saber qu hacer, la seguridad de
sentir y de inspirar antipata, en el fondo sin motivo, por una mala
inteligencia.

Se haba decidido a cumplir sus deberes de mdico al pie de la letra.

Llegar a la abstencin pura, completa, en la pequea vida social de
Alcolea, le pareca la perfeccin.

Andrs no era de estos hombres que consideran el leer como un sucedneo
de vivir; l lea porque no poda vivir. Para alternar con esta gente
del casino, estpida y mal intencionada, prefera pasar el tiempo en su
cuarto, en aquel mausoleo blanqueado y silencioso.

Pero que con qu gusto hubiera cerrado los libros si hubiera habido
algo importante que hacer; algo como pegarle fuego al pueblo o
reconstruirlo!

La inaccin le irritaba.

De haber caza mayor, le hubiera gustado marcharse al campo; pero para
matar conejos, prefera quedarse en casa.

Sin saber qu hacer, paseaba como un lobo por aquel cuarto. Muchas
veces intent dejar de leer estos libros de filosofa. Pens que quiz
le irritaban. Quiso cambiar de lecturas. Don Blas le prest una porcin
de libros de historia. Andrs se convenci de que la historia es una
cosa vaca. Crey, como Schopenhauer, que el que lea con atencin _Los
Nueve Libros de Herodoto_, tiene todas las combinaciones posibles de
crmenes, destronamientos, herosmos e injusticias, bondades y maldades
que puede suministrar la historia.

Intent tambin un estudio poco humano y trajo de Madrid y comenz
a leer un libro de astronoma, la Gua del Cielo, de Klein, pero le
faltaba la base de las matemticas y pens que no tena fuerza en el
cerebro para dominar esto. Lo nico que aprendi fu el plano estelar.
Orientarse en ese infinito de puntos luminosos, en donde brillan como
dioses Arturus y Vega, Altair y Aldebarn era para l una voluptuosidad
algo triste; recorrer con el pensamiento esos crteres de la Luna y el
mar de la Serenidad; leer esas hiptesis acerca de la Va Lctea y de
su movimiento alrededor de ese supuesto sol central que se llama Alcin
y que est en el grupo de las Plyades, le daba el vrtigo.

Se le ocurri tambin escribir; pero no saba por dnde empezar, ni
manejaba suficientemente el mecanismo del lenguaje para expresarse con
claridad.

Todos los sistemas que discurra para encauzar su vida dejaban
precipitados insolubles, que demostraban el error inicial de sus
sistemas.

Comenzaba a sentir una irritacin profunda contra todo.

A los ocho o nueve meses de vivir as excitado y aplanado al mismo
tiempo, empez a padecer dolores articulares; adems el pelo se le caa
muy abundantemente.

--Es la castidad--se dijo.

Era lgico; era un neuro-artrtico. De chico, su artritismo se
haba manifestado por jaquecas y por tendencia hipocondraca. Su
estado artrtico se exarcerbaba. Se iban acumulando en el organismo
las substancias de desecho y esto tena que engendrar productos de
oxidacin incompleta, el cido rico sobre todo.

El diagnstico lo consider como exacto; el tratamiento era lo difcil.

Este dilema se presentaba ante l. Si quera vivir con una mujer tena
que casarse, someterse. Es decir, dar por una cosa de la vida toda su
independencia espiritual, resignarse a cumplir obligaciones y deberes
sociales, a guardar consideraciones a un suegro, a una suegra, a un
cuado; cosa que le horrorizaba.

Seguramente entre aquellas muchachas de Alcolea, que no salan ms que
los domingos a la iglesia, vestidas como papagayos, con un mal gusto
exorbitante, haba algunas, quiz muchas, agradables, simpticas. Pero
quin las conoca? Era casi imposible hablar con ellas. Solamente el
marido podra llegar a saber su manera de ser y de sentir.

Andrs se hubiera casado con cualquiera, con una muchacha sencilla;
pero no saba dnde encontrarla. Las dos seoritas que trataba un poco
eran la hija del mdico Snchez y la del secretario.

La hija de Snchez quera ir monja; la del secretario era de una
cursilera verdaderamente venenosa; tocaba el piano muy mal, calcaba
las laminitas del _Blanco y Negro_ y luego las iluminaba, y tena unas
ideas ridculas y falsas de todo.

De no casarse, Andrs poda transigir e ir con los perdidos del
pueblo a casa de la Fulana o de la Zutana, a estas dos calles en
donde las mujeres de vida airada vivan como en los antiguos burdeles
medioevales; pero esta promiscuidad era ofensiva para su orgullo. Qu
ms triunfo para la burguesa local y ms derrota para su personalidad
si se hubiesen contado sus devaneos? No; prefera estar enfermo.

Andrs decidi limitar la alimentacin, tomar slo vegetales y no
probar la carne, ni el vino, ni el caf. Varias horas despus de comer
y de cenar beba grandes cantidades de agua. El odio contra el espritu
del pueblo le sostena en su lucha secreta; era uno de esos odios
profundos, que llegan a dar serenidad al que lo siente, un desprecio
pico y altivo. Para l no haba burlas, todas resbalaban por su coraza
de impasibilidad.

Algunas veces pensaba que esta actitud no era lgica. Un hombre que
quera ser de ciencia y se incomodaba porque las cosas no eran como
l hubiese deseado! Era absurdo. La tierra all era seca; no haba
rboles, el clima era duro, la gente tena que ser dura tambin.

La mujer del secretario del Ayuntamiento y presidenta de la Sociedad
del Perpetuo Socorro, le dijo un da:

--Usted, Hurtado, quiere demostrar que se puede no tener religin y ser
ms bueno que los religiosos.

--Ms bueno, seora?--replic Andrs--. Realmente, eso no es difcil.

Al cabo de un mes de nuevo rgimen, Hurtado estaba mejor; la comida
escasa y slo vegetal, el bao, el ejercicio al aire libre le iban
haciendo un hombre sin nervios. Ahora se senta como divinizado por
su ascetismo, libre; comenzaba a vislumbrar ese estado de _ataraxia_,
cantado por los epicreos y los pirronianos.

Ya no experimentaba clera por las cosas ni por las personas.

Le hubiera gustado comunicar a alguien sus impresiones y pens en
escribir a Iturrioz; pero luego crey que su situacin espiritual era
ms fuerte siendo l solo el nico testigo de su victoria.

Ya comenzaba a no tener espritu agresivo. Se levantaba muy temprano,
con la aurora, y paseaba por aquellos campos llanos, por los viedos,
hasta un olivar que l llamaba el trgico por su aspecto. Aquellos
olivos viejos, centenarios, retorcidos, parecan enfermos atacados
por el ttanos; entre ellos se levantaba una casa aislada y baja con
bardales de cambroneras, y en el vrtice de la colina haba un molino
de viento tan extraordinario, tan absurdo, con su cuerpo rechoncho y
sus brazos chirriantes, que a Andrs le dejaba siempre sobrecogido.

Muchas veces sala de casa cuando an era de noche y vea la estrella
del crepsculo palpitar y disolverse como una perla en el horno de la
aurora llena de resplandores.

Por las noches, Andrs se refugiaba en la cocina, cerca del fogn bajo.
Dorotea, la vieja y la nia hacan sus labores al amor de la lumbre y
Hurtado charlaba o miraba arder los sarmientos.




                                  IX

                       LA MUJER DEL TO GARROTA


UNA noche de invierno, un chico fu a llamar a Andrs; una mujer haba
cado a la calle y estaba murindose.

Hurtado se emboz en la capa, y de prisa, acompaado del chico, lleg
a una calle extraviada, cerca de una posada de arrieros que se llamaba
el Parador de la Cruz. Se encontr con una mujer privada de sentido, y
asistida por unos cuantos vecinos que formaban un grupo alrededor de
ella.

Era la mujer de un prendero llamado el to Garrota; tena la cabeza
baada en sangre y haba perdido el conocimiento.

Andrs hizo que llevaran a la mujer a la tienda y que trajeran una luz;
tena la vieja una conmocin cerebral.

Hurtado le hizo una sangra en el brazo. Al principio la sangre
negra, coagulada, no sala de la vena abierta; luego comenz a brotar
despacio; despus ms regularmente, y la mujer respir con relativa
facilidad.

En este momento lleg el juez con el actuario y dos guardias, y fu
interrogando, primero a los vecinos y despus a Hurtado.

--Cmo se encuentra esta mujer?--le dijo.

--Muy mal.

--Se podr interrogarla?

--Por ahora, no; veremos si recobra el conocimiento.

--Si lo recobra avseme usted en seguida. Voy a ver el sitio por donde
se ha tirado y a interrogar al marido.

La tienda era una prendera repleta de trastos viejos que haba por
todos los rincones y colgaban del techo; las paredes estaban atestadas
de fusiles y escopetas antiguas, sables y machetes.

Andrs estuvo atendiendo a la mujer hasta que sta abri los ojos y
pareci darse cuenta de lo que le pasaba.

--Llamadle al juez--dijo Andrs a los vecinos.

El juez vino en seguida.

--Esto se complica--murmur--; luego pregunt a Andrs. Qu? Entiende
algo?

--S, parece que s.

Efectivamente, la expresin de la mujer era de inteligencia.

--Se ha tirado usted, o la han tirado a usted desde la
ventana?--pregunt el juez.

--Eh!--dijo ella.

--Quin la ha tirado?

--Eh!

--Quin la ha tirado?

--Garro... Garro...--murmur la vieja haciendo un esfuerzo.

El juez y el actuario y los guardias quedaron sorprendidos.

--Quiere decir Garrota--dijo uno.

--S, es una acusacin contra l--dijo el juez--. No le parece a
usted, doctor?

--Parece que s.

--Por qu la ha tirado a usted?

--Garro... Garro...--volvi a decir la vieja.

--No quiere decir ms sino que es su marido--afirm un guardia.

--No, no es eso--repuso Andrs--. La lesin la tiene en el lado
izquierdo.

--Y eso qu importa?--pregunt el guardia.

--Cllese usted--dijo el juez--. Qu supone usted, doctor?

--Supongo que esta mujer se encuentra en un estado de afasia. La lesin
la tiene en el lado izquierdo del cerebro; probablemente la tercera
circunvolucin frontal, que se considera como centro del lenguaje,
estar lesionada. Esta mujer parece que entiende, pero no puede
articular ms que esa palabra. A ver, pregntele usted otra cosa.

--Est usted mejor?--dijo el juez.

--Eh!

--Si est usted ya mejor?

--Garro... Garro...--contest ella.

--S; dice a todo lo mismo--afirm el juez.

--Es un caso de afasia o de sordera verbal--aadi Andrs.

--Sin embargo..., hay muchas sospechas contra el marido--replic el
actuario.

Haban llamado al cura para sacramentar a la moribunda.

Le dejaron solo y Andrs subi con el juez. La prendera del to
Garrota tena una escalera de caracol para el primer piso.

Este constaba de un vestbulo, la cocina, dos alcobas y el cuarto
desde donde se haba tirado la vieja. En medio de este cuarto haba un
brasero, una badila sucia y una serie de manchas de sangre que seguan
hasta la ventana.

--La cosa tiene el aspecto de un crimen--dijo el juez.

--Cree usted?--pregunt Andrs.

--No, no creo nada; hay que confesar que los indicios se presentan como
en una novela policaca para despistar a la opinin. Esta mujer que se
le pregunta quin la ha tirado, y dice el nombre de su marido; esta
badila llena de sangre; las manchas que llegan hasta la ventana, todo
hace sospechar lo que ya han comenzado a decir los vecinos.

--Qu dicen?

--Le acusan al to Garrota, al marido de esta mujer. Suponen que el
to Garrota y su mujer rieron; que l le di con la badila en la
cabeza; que ella huy a la ventana a pedir socorro, y que entonces l,
agarrndola de la cintura, la arroj a la calle.

--Puede ser.

--Y puede no ser.

Abonaba esta versin la mala fama del to Garrota y su complicidad
manifiesta en las muertes de dos jugadores, el Caamero y el Pollo,
ocurridas haca unos diez aos cerca de Daimiel.

--Voy a guardar esta badila--dijo el juez.

--Por si acaso no deban tocarla--repuso Andrs--; las huellas pueden
servirnos de mucho.

El juez meti la badila en un armario, lo cerr y llam al actuario
para que lo lacrase. Se cerr tambin el cuarto y se guard la llave.

Al bajar a la prendera Hurtado y el juez, la mujer del to Garrota
haba muerto.

El juez mand que trajeran a su presencia al marido. Los guardias le
haban atado las manos.

El to Garrota era un hombre ya viejo, corpulento, de mal aspecto,
tuerto, de cara torva, llena de manchas negras, producidas por una
perdigonada que le haban soltado haca aos en la cara.

En el interrogatorio se puso en claro que el to Garrota era borracho,
y hablaba de matar a uno o de matar a otro con frecuencia.

El to Garrota no neg que daba malos tratos a su mujer; pero s que la
hubiese matado. Siempre conclua diciendo:

--Seor juez, yo no he matado a mi mujer. He dicho, es verdad, muchas
veces que la iba a matar; pero no la he matado.

El juez, despus del interrogatorio, envi al to Garrota incomunicado
a la crcel.

--Qu le parece a usted?--le pregunt el juez a Hurtado.

--Para m es una cosa clara; este hombre es inocente.

El juez, por la tarde, fu a ver al to Garrota a la crcel, y dijo
que empezaba a creer que el prendero no haba matado a su mujer. La
opinin popular quera suponer que Garrota era un criminal. Por la
noche el doctor Snchez asegur en el casino que era indudable que el
to Garrota haba tirado por la ventana a su mujer, y que el juez y
Hurtado tendan a salvarle, Dios sabe por qu; pero que en la autopsia
aparecera la verdad.

Al saberlo Andrs fu a ver al juez y le pidi nombrara a don Toms
Solana, el otro mdico, como rbitro para presenciar la autopsia, por
si acaso haba divergencia entre el dictamen de Snchez y el suyo.

La autopsia se verific al da siguiente por la tarde; se hizo una
fotografa de las heridas de la cabeza producidas por la badila y se
sealaron unos cardenales que tena la mujer en el cuello.

Luego se procedi a abrir las tres cavidades y se encontr la fractura
craneana, que coga parte del frontal y del parietal y que haba
ocasionado la muerte. En los pulmones y en el cerebro aparecieron
manchas de sangre, pequeas y redondas.

En la exposicin de los datos de la autopsia estaban conformes los tres
mdicos; en su opinin, acerca de las causas de la muerte, divergan.

Snchez daba la versin popular. Segn l, la interfecta, al
sentirse herida en la cabeza por los golpes de la badila, corri a
la ventana a pedir socorro; all una mano poderosa la sujet por el
cuello, producindole una contusin y un principio de asfixia que se
evidenciaba en las manchas petequiales de los pulmones y del cerebro,
y despus, lanzada a la calle, haba sufrido la conmocin cerebral y
la fractura del crneo, que le produjo la muerte. La misma mujer, en
la agona, haba repetido el nombre del marido indicando quin era su
matador.

Hurtado deca primeramente que las heridas de la cabeza eran tan
superficiales que no estaban hechas por un brazo fuerte, sino por
una mano dbil y convulsa; que los cardenales del cuello procedan
de contusiones anteriores al da de la muerte, y que, respecto a las
manchas de sangre en los pulmones y en el cerebro, no eran producidas
por un principio de asfixia, sino el alcoholismo inveterado de la
interfecta. Con estos datos, Hurtado aseguraba que la mujer, en un
estado alcohlico, evidenciado por el aguardiente encontrado en su
estmago, y presa de mana suicida, haba comenzado a herirse ella
misma con la badila en la cabeza, lo que explicaba la superficialidad
de las heridas, que apenas interesaban el cuero cabelludo, y despus,
en vista del resultado negativo para producirse la muerte, haba
abierto la ventana y se haba tirado de cabeza a la calle. Respecto a
las palabras pronunciadas por ella, estaba claramente demostrado que al
decirlas se encontraba en un estado afsico.

Don Toms, el mdico aristcrata, en su informe haca equilibrios, y en
conjunto no deca nada.

Snchez estaba en la actitud popular; todo el mundo crea culpable al
to Garrota, y algunos llegaban a decir que, aunque no lo fuera, haba
que castigarlo, porque era un desalmado capaz de cualquier fechora.

El asunto apasion al pueblo; se hicieron una porcin de pruebas; se
estudiaron las huellas frescas de sangre de la badila, y se vi no
coincidan con los dedos del prendero; se hizo que un empleado de la
crcel, amigo suyo, le emborrachara y le sonsacara. El to Garrota
confes su participacin en las muertes del Pollo y del Caamero; pero
afirm repetidas veces, entre furiosos juramentos, que no y que no. No
tena nada que ver en la muerte de su mujer, y aunque le condenaran por
decir que no y le salvaran por decir que s, dira que no, porque esa
era la verdad.

El juez, despus de repetidos interrogatorios, comprendi la inocencia
del prendero y lo dej en libertad.

El pueblo se consider defraudado. Por indicios, por instinto, la gente
adquiri la conviccin de que el to Garrota, aunque capaz de matar
a su mujer, no la haba matado; pero no quiso reconocer la probidad
de Andrs y del juez. El peridico de la capital que defenda a los
Mochuelos, escribi un artculo con el ttulo Crimen o suicidio?,
en el que supona que la mujer del to Garrota se haba suicidado; en
cambio, otro peridico de la capital, defensor de los Ratones, asegur
que se trataba de un crimen y que las influencias polticas haban
salvado al prendero.

--Habr que ver lo que habrn cobrado el mdico y el juez--deca la
gente.

A Snchez, en cambio, le elogiaban todos.

--Ese hombre iba con lealtad.

--Pero no era cierto lo que deca--replicaba alguno.

--S; pero l iba con honradez.

Y no haba manera de convencer a la mayora de otra cosa.




                                   X

                               DESPEDIDA


ANDRS, que hasta entonces haba tenido simpata entre la gente pobre,
vi que la simpata se trocaba en hostilidad. En la primavera decidi
marcharse y presentar la dimisin de su cargo.

Un da de mayo fu el fijado para la marcha; se despidi de don Blas
Carreo y del juez y tuvo un violento altercado con Snchez, quien,
a pesar de ver que el enemigo se le iba, fu bastante torpe para
recriminarle con acritud. Andrs le contest rudamente y dijo a su
compaero unas cuantas verdades un poco explosivas.

Por la tarde, Andrs prepar su equipaje y luego sali a pasear. Haca
un da tempestuoso con vagos relmpagos, que brillaban entre dos nubes.
Al anochecer comenz a llover y Andrs volvi a su casa.

Aquella tarde, Pepinito, su hija y la abuela, haban ido al Maillo, un
pequeo balneario prximo a Alcolea.

Andrs acab de preparar su equipaje. A la hora de cenar entr la
patrona en su cuarto.

--Se va usted de verdad maana, don Andrs?

--S.

--Estamos solos; cuando usted quiera cenaremos.

--Voy a terminar en un momento.

--Me da pena verle a usted marchar. Ya le tenamos a usted como de la
familia.

--Qu se le va a hacer! Ya no me quieren en el pueblo.

--No lo dir usted por nosotros.

--No, no lo digo por ustedes. Es decir, no lo digo por usted. Si siento
dejar el pueblo es, ms que nada, por usted.

--Bah! Don Andrs.

--Cralo usted o no lo crea, tengo una gran opinin de usted. Me parece
usted una mujer muy buena, muy inteligente...

--Por Dios, don Andrs, que me va usted a confundir!--dijo ella riendo.

--Confndase usted todo lo que quiera, Dorotea. Eso no quita para que
sea verdad. Lo malo que tiene usted...

--Vamos a ver lo malo...--replic ella con seriedad fingida.

--Lo malo que tiene usted--sigui diciendo Andrs--es que est usted
casada con un hombre que es un idiota, un imbcil petulante, que
le hace sufrir a usted, y a quien yo como usted le engaara con
cualquiera.

--Jess! Dios mo! Qu cosas me est usted diciendo!

--Son las verdades de la despedida... Realmente yo he sido un imbcil
en no haberle hecho a usted el amor.

--Ahora se acuerda usted de eso, don Andrs?

--S, ahora me acuerdo. No crea usted que no lo he pensado otras veces;
pero me ha faltado decisin. Hoy estamos solos en toda la casa. No?

--S, estamos solos. Adis, don Andrs; me voy.

--No se vaya usted, tengo que hablarle.

Dorotea, sorprendida del tono de mando de Andrs, se qued.

--Qu me quiere usted?--dijo.

--Qudese usted aqu conmigo.

--Pero yo soy una mujer honrada, don Andrs--replic Dorotea con voz
ahogada.

--Ya lo s, una mujer honrada y buena, casada con un idiota. Estamos
solos, nadie habra de saber que usted haba sido ma. Esta noche para
usted y para m sera una noche excepcional, extraa...

--S y el remordimiento?

--Remordimiento?

Andrs, con lucidez, comprendi que no deba discutir este punto.

--Hace un momento no crea que le iba a usted a decir esto. Por qu se
lo digo? No s. Mi corazn palpita ahora como un martillo de fragua.

Andrs se tuvo que apoyar en el hierro de la cama, plido y tembloroso.

--Se pone usted malo?--murmur Dorotea con voz ronca.

--No; no es nada.

Ella estaba tambin turbada, palpitante. Andrs apag la luz y se
acerc a ella.

Dorotea no resisti. Andrs estaba en aquel momento en plena
inconsciencia...

Al amanecer comenz a brillar la luz del da por entre las rendijas de
las maderas. Dorotea se incorpor. Andrs quiso retenerla entre sus
brazos.

--No, no--murmur ella con espanto, y, levantndose rpidamente, huy
del cuarto.

Andrs se sent en la cama atnito, asombrado de s mismo.

Se encontraba en un estado de irresolucin completa; senta en la
espalda como si tuviera una plancha que le sujetara los nervios y tena
temor de tocar con los pies el suelo.

Sentado, abatido, estuvo con la frente apoyada en las manos, hasta que
oy el ruido del coche que vena a buscarle. Se levant, se visti y
abri la puerta antes que llamaran por miedo al pensar en el ruido de
la aldaba; un mozo entr en el cuarto y carg con el bal y la maleta
y los llev al coche. Andrs se puso el gabn y subi a la diligencia,
que comenz a marchar por la carretera polvorienta.

--Qu absurdo! Qu absurdo es todo esto!--exclam luego--. Y
se refera a su vida y a esta ltima noche tan inesperada, tan
aniquiladora.

En el tren su estado nervioso empeor. Se senta desfallecido, mareado.
Al llegar a Aranjuez se decidi a bajar del tren. Los tres das que
pas aqu tranquilizaron y calmaron sus nervios.




                              SEXTA PARTE

                       La experiencia en Madrid




                                   I

                        COMENTARIO A LO PASADO


A los pocos das de llegar a Madrid, Andrs se encontr con la sorpresa
desagradable de que se iba a declarar la guerra a los Estados Unidos.
Haba alborotos, manifestaciones en las calles, msica patritica a
todo pasto.

Andrs no haba seguido en los peridicos aquella cuestin de las
guerras coloniales; no saba a punto fijo de qu se trataba. Su nico
criterio era el de la criada vieja de la Dorotea que sola cantar a voz
en grito mientras lavaba, esta cancin:

        Parece mentira que por unos mulatos
      estemos pasando tan malitos ratos;
      a Cuba se llevan la flor de la Espaa
      y aqu no se queda ms que la morralla.

Todas las opiniones de Andrs acerca de la guerra estaban condensadas
en este cantar de la vieja criada.

Al ver el cariz que tomaba el asunto y la intervencin de los Estados
Unidos, Andrs qued asombrado.

En todas partes no se hablaba ms que de la posibilidad del xito o
del fracaso. El padre de Hurtado crea en la victoria espaola; pero
en una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran todos vendedores
de tocino, al ver a los primeros soldados espaoles, dejaran las
armas y echaran a correr. El hermano de Andrs, Pedro, haca vida
de _sportman_ y no le preocupaba la guerra; a Alejandro le pasaba lo
mismo; Margarita segua en Valencia.

Andrs encontr un empleo en una consulta de enfermedades del estmago,
sustituyendo a un mdico que haba ido al extranjero por tres meses.

Por la tarde Andrs iba a la consulta, estaba all hasta el anochecer,
luego marchaba a cenar a casa y por la noche sala en busca de noticias.

Los peridicos no decan ms que necedades y bravuconadas; los yanquis
no estaban preparados para la guerra; no tenan ni uniformes para sus
soldados. En el pas de las mquinas de coser el hacer unos cuantos
uniformes era un conflicto enorme, segn se deca en Madrid.

Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de Castelar a los yanquis.
Cierto que no tena las proporciones bufo-grandilocuentes del
manifiesto de Vctor Hugo a los alemanes para que respetaran Pars;
pero era bastante para que los espaoles de buen sentido pudieran
sentir toda la vacuidad de sus grandes hombres.

Andrs sigui los preparativos de la guerra con una emocin intensa.

Los peridicos traan clculos completamente falsos. Andrs lleg a
creer que haba alguna razn para los optimismos.

Das antes de la derrota encontr a Iturrioz en la calle.

--Qu le parece a usted esto?--le pregunt.

--Estamos perdidos.

--Pero si dicen que estamos preparados?

--S, preparados para la derrota. Slo a ese chino, que los espaoles
consideramos como el colmo de la candidez, se le pueden decir las cosas
que nos estn diciendo los peridicos.

--Hombre, yo no veo eso.

--Pues no hay ms que tener ojos en la cara y comparar la fuerza de las
escuadras. T, fjate; nosotros tenemos en Santiago de Cuba seis barcos
viejos, malos y de poca velocidad; ellos tienen veintiuno, casi todos
nuevos, bien acorazados y de mayor velocidad. Los seis nuestros en
conjunto desplazan aproximadamente veintiocho mil toneladas; los seis
primeros suyos sesenta mil. Con dos de sus barcos pueden echar a pique
toda nuestra escuadra; con veintiuno no van a tener sitio dnde apuntar.

--De manera, que usted cree que vamos a la derrota?

--No a la derrota, a una cacera. Si alguno de nuestros barcos puede
salvarse, ser una gran cosa.

Andrs pens que Iturrioz poda engaarse, pero pronto los
acontecimientos le dieron la razn. El desastre haba sido como deca
l: una cacera, una cosa ridcula.

A Andrs le indign la indiferencia de la gente al saber la noticia.
Al menos l haba credo que el espaol, inepto para la ciencia y para
la civilizacin, era un patriota exaltado y se encontraba que no;
despus del desastre de las dos pequeas escuadras espaolas en Cuba y
en Filipinas, todo el mundo iba al teatro y a los toros tan tranquilo;
aquellas manifestaciones y gritos haban sido espuma, humo de paja,
nada.

Cuando la impresin del desastre se le pas, Andrs fu a casa de
Iturrioz; hubo discusin entre ellos.

--Dejemos todo eso, ya que afortunadamente hemos perdido las
colonias--dijo su to--y hablemos de otra cosa. Qu tal te ha ido en
el pueblo?

--Bastante mal.

--Qu te pas? Hiciste alguna barbaridad?

--No; tuve suerte. Como mdico he quedado bien. Ahora, personalmente,
he tenido poco xito.

--Cuenta, veamos tu odisea en esa tierra de Don Quijote.

Andrs cont sus impresiones en Alcolea; Iturrioz le escuch
atentamente.

--De manera que all no has perdido tu virulencia ni te has asimilado
el medio?

--Ninguna de las dos cosas. Yo era all una bacteridia colocada en un
caldo saturado de cido fnico.

--Y esos manchegos son buena gente?

--S, muy buena gente; pero con una moral imposible.

--Pero esa moral no ser la defensa de la raza que vive en una tierra
pobre y de pocos recursos?

--Es muy posible; pero si es as, ellos no se dan cuenta de este motivo.

--Ah, claro! En dnde un pueblo del campo ser un conjunto de gente
con conciencia? En Inglaterra, en Francia, en Alemania? En todas
partes, el hombre, en su estado natural, es un canalla, idiota y
egosta. Si ah en Alcolea es una buena persona, hay que decir que los
alcoleanos son gente superior.

--No digo que no. Los pueblos como Alcolea estn perdidos, porque el
egosmo y el dinero no est repartido equitativamente; no lo tienen ms
que unos cuantos ricos; en cambio, entre los pobres no hay sentido
individual. El da que cada alcoleano se sienta a s mismo y diga: no
transijo, ese da el pueblo marchar hacia adelante.

--Claro; pero para ser egosta hay que saber; para protestar hay que
discurrir. Yo creo que la civilizacin le debe ms al egosmo que a
todas las religiones y utopas filantrpicas. El egosmo ha hecho el
sendero, el camino, la calle, el ferrocarril, el barco, todo.

--Estamos conformes. Por eso indigna ver a esa gente, que no tiene nada
que ganar con la maquinaria social que, a cambio de cogerle al hijo y
llevarlo a la guerra, no les da ms que miseria y hambre para la vejez,
y que an as la defienden.

--Eso tiene una gran importancia individual, pero no social. Todava
no ha habido una sociedad que haya intentado un sistema de justicia
distributiva, y, a pesar de eso, el mundo, no digamos que marcha, pero
al menos se arrastra y las mujeres siguen dispuestas a tener hijos.

--Es imbcil.

--Amigo, es que la naturaleza es muy sabia. No se contenta slo con
dividir a los hombres en felices y en desdichados, en ricos y pobres,
sino que da al rico el espritu de la riqueza, y al pobre el espritu
de la miseria. T sabes cmo se hacen las abejas obreras; se encierra a
la larva en un alvolo pequeo y se le da una alimentacin deficiente.
La larva sta se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera,
una proletaria, que tiene el espritu del trabajo y de la sumisin. As
sucede entre los hombres, entre el obrero y el militar, entre el rico y
el pobre.

--Me indigna todo esto--exclam Andrs.

--Hace unos aos--sigui diciendo Iturrioz--me encontraba yo en la isla
de Cuba en un ingenio donde estaban haciendo la zafra. Varios chinos y
negros llevaban la caa en manojos a una mquina con grandes cilindros
que la trituraba. Contemplbamos el funcionamiento del aparato, cuando
de pronto vemos a uno de los chinos que lucha arrastrado. El capataz
blanco grita que paren la mquina. El maquinista no atiende a la orden
y el chino desaparece e inmediatamente sale convertido en una sbana de
sangre y de huesos machacados. Los blancos que presencibamos la escena
nos quedamos consternados; en cambio los chinos y los negros se rean.
Tenan espritu de esclavos.

--Es desagradable.

--S, como quieras; pero son los hechos y hay que aceptarlos y
acomodarse a ellos. Otra cosa es una simpleza. Intentar andar entre
los hombres, en ser superior, como t has querido hacer en Alcolea, es
absurdo.

--Yo no he intentado presentarme como ser superior--replic Andrs con
viveza--. Yo he ido en hombre independiente. A tanto trabajo, tanto
sueldo. Hago lo que me encargan, me pagan, y ya est.

--Eso no es posible; cada hombre no es una estrella con su rbita
independiente.

--Yo creo que el que quiere serlo lo es.

--Tendr que sufrir las consecuencias.

--Ah, claro! Yo estoy dispuesto a sufrirlas. El que no tiene dinero
paga su libertad con su cuerpo; es una onza de carne que hay que dar,
que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo que del corazn. El hombre
de verdad busca antes que nada su independencia; se necesita ser un
pobre diablo o tener alma de perro para encontrar mala la libertad.
Que no es posible? Que el hombre no puede ser independiente como una
estrella de otra? A esto no se puede decir ms sino que es verdad,
desgraciadamente.

--Veo que vienes lrico del pueblo.

--Ser la influencia de las migas.

--O del vino manchego.

--No; no lo he probado.

--Y queras que tuvieran simpata por ti y despreciabas el producto
mejor del pueblo? Bueno, qu piensas hacer?

--Ver si encuentro algn sitio donde trabajar.

--En Madrid?

--S, en Madrid.

--Otra experiencia?

--Eso es, otra experiencia.

--Bueno, vamos ahora a la azotea.




                                  II

                              LOS AMIGOS


A principio de otoo, Andrs qued sin nada que hacer. Don Pedro se
haba encargado de hablar a sus amigos influyentes, a ver si encontraba
algn destino para su hijo.

Hurtado pasaba las maanas en la Biblioteca Nacional, y por las tardes
y noches paseaba. Una noche, al cruzar por delante del teatro de Apolo,
se encontr con Montaner.

--Chico, cunto tiempo!--exclam el antiguo condiscpulo,
acercndosele.

--S, ya hace algunos aos que no nos hemos visto.

Subieron juntos la cuesta de la calle de Alcal, y al llegar a la
esquina de la de Peligros, Montaner insisti para que entraran en el
caf de Fornos.

--Bueno, vamos--dijo Andrs.

Era sbado y haba gran entrada; las mesas estaban llenas; los
trasnochadores, de vuelta de los teatros, se preparaban a cenar, y
algunas busconas paseaban la mirada de sus ojos pintados por todo el
mbito de la sala.

Montaner tom vidamente el chocolate que le trajeron, y despus le
pregunt a Andrs:

--Y t, qu haces?

--Ahora nada. He estado en un pueblo. Y t? Concluste la carrera?

--S, hace un ao. No poda acabarla por aquella chica que era mi
novia. Me pasaba el da entero hablando con ella; pero los padres de la
chica se la llevaron a Santander y la casaron all. Yo entonces fu a
Salamanca, y he estado hasta concluir la carrera.

--De manera que te ha convenido que casaran a la novia?

--En parte, s. Aunque para lo que me sirve el ser mdico!.

--No encuentras trabajo?

--Nada. He estado con Julio Aracil.

--Con Julio?

--S.

--De qu?

--De ayudante.

--Ya necesita ayudantes Julio?

--S; ahora ha puesto una clnica. El ao pasado me prometi
protegerme. Tena una plaza en el ferrocarril, y me dijo que cuando no
la necesitara me la cedera a m.

--Y no te la ha cedido?

--No; la verdad es que todo es poco para sostener su casa.

--Pues qu hace? Gasta mucho?

--S.

--Antes era muy rooso.

--Y sigue sindolo.

--No avanza?

--Como mdico poco, pero tiene recursos: el ferrocarril, unos conventos
que visita; es tambin accionista de La Esperanza, una sociedad
de esas de mdico, botica y entierro, y tiene participacin en una
funeraria.

--De manera que se dedica a la explotacin de la caridad?

--S; ahora, adems, como te deca, tiene una clnica que ha puesto
con dinero del suegro. Yo he estado ayudndole; la verdad es que me
ha cogido de primo; durante ms de un mes he hecho de albail, de
carpintero, de mozo de cuerda y hasta de niera; luego me he pasado en
la consulta asistiendo a pobres, y ahora que la cosa empieza a marchar,
me dice Julio que tiene que asociarse con un muchacho valenciano que
se llama Nebot, que le ha ofrecido dinero, y que cuando me necesite me
llamar.

--En resumen, que te ha echado.

--Lo que t dices.

--Y qu vas a hacer?

--Voy a buscar un empleo cualquiera.

--De mdico?

--De mdico o de no mdico. Me es igual.

--No quieres ir a un pueblo?

--No, no; eso nunca. Yo no salgo de Madrid.

--Y los dems, qu han hecho?--pregunt Andrs--. Dnde est aquel
Lamela?

--En Galicia. Creo que no ejerce, pero vive bien. De Caizo no s si te
acordars...

--No.

--Uno que perdi curso en Anatoma.

--No, no me acuerdo.

--Si lo vieras, te acordaras en seguida--repuso Montaner--. Pues este
Caizo es un hombre feliz; tiene un peridico de carnicera. Creo que
es muy glotn, y el otro da me deca: Chico, estoy muy contento; los
carniceros me regalan lomo, me regalan filetes... Mi mujer me trata
bien; me da langosta algunos domingos.

--Que animal!

--De Ortega si te acordars.

--Uno bajito, rubio?

--S.

--Me acuerdo.

--Ese estuvo de mdico militar en Cuba, y se acostumbr a beber de una
manera terrible. Alguna vez le he visto y me ha dicho: Mi ideal es
llegar a la cirrosis alcohlica y al generalato.

--De manera que nadie ha marchado bien de nuestros condiscpulos.

--Nadie o casi nadie, quitando a Caizo con su peridico de carnicera
y con su mujer que los domingos le da langosta.

--Es triste todo eso. Siempre en este Madrid la misma interinidad, la
misma angustia hecha crnica, la misma vida sin vida, todo igual.

--S; esto es un pantano--murmur Montaner.

--Ms que un pantano es un campo de ceniza. Y Julio Aracil, vive bien?

--Hombre, segn lo que se entienda por vivir bien.

--Su mujer, cmo es?

--Es una muchacha vistosa, pero l la est prostituyendo.

--Por qu?

--Porque la va dando un aire de _cocotte_. El hace que se ponga trajes
exagerados, la lleva a todas partes; yo creo que l mismo la ha
aconsejado que se pinte. Y ahora prepara el golpe final. Va a llevar a
ese Nebot, que es un muchacho rico, a vivir a su casa y va a ampliar la
clnica. Yo creo que lo que anda buscando es que Nebot se entienda con
su mujer.

--De veras?

--S. Ha mandado poner el cuarto de Nebot en el mejor sitio de la
casa, cerca de la alcoba de su mujer.

--Demonio. Es que no la quiere?

--Julio no quiere a nadie; se cas con ella por su dinero. El tiene una
querida que es una seora rica, ya vieja.

--De manera que en el fondo, marcha?

--Qu s yo! Lo mismo puede hundirse que hacerse rico.

Era ya muy tarde y Montaner y Andrs salieron del caf y cada cual se
fu a su casa.

A los pocos das Andrs encontr a Julio Aracil que entraba en un coche.

--Quieres dar una vuelta conmigo?--le dijo Julio--. Voy al final del
barrio de Salamanca, a hacer una visita.

--Bueno.

Entraron los dos en el coche.

--El otro da vi a Montaner--le dijo Andrs.

--Te hablara mal de m? Claro. Entre amigos es indispensable.

--S; parece que no est muy contento de ti.

--No me choca. La gente tiene una idea estpida de las cosas--dijo
Aracil con voz colrica--. No quisiera ms que tratar con egostas
absolutos, completos, no con gente sentimental que le dice a uno con
las lgrimas en los ojos: Toma este pedazo de pan duro, al que no le
puedo hincar el diente, y a cambio convdame a cenar todos los das en
el mejor hotel.

Andrs se ech a reir.

--La familia de mi mujer es tambin de las que tienen una idea imbcil
de la vida--sigui diciendo Aracil--. Constantemente me estn poniendo
obstculos.

--Por qu?

--Nada. Ahora se les ocurre decir que el socio que tengo en la clnica,
le hace el amor a mi mujer y que no le debo tener en casa. Es ridculo.
Es que voy a ser un Otelo? No; yo le dejo en libertad a mi mujer.
Concha no me ha de engaar. Yo tengo confianza en ella.

--Haces bien.

--No s qu idea tiene de las cosas--sigui diciendo Julio--estas
gentes chapadas a la antigua, como dicen ellos. Porque yo comprendo
un hombre como t que es un puritano. Pero ellos! Que me presentara
yo maana y dijera: Estas visitas, que he hecho a Don Fulano o a Doa
Zutana, no las he querido cobrar porque, la verdad, no he estado
acertado... toda la familia me pondra de imbcil hasta las narices!

--Ah! No tiene duda.

--Y si es as, a qu se vienen con esas moralidades ridculas?

--Y qu te pasa para necesitar socio? Gastas mucho?

--Mucho; pero todo el gasto que llevo es indispensable. Es la vida de
hoy que lo exige. La mujer tiene que estar bien, ir a la moda, tener
trajes, joyas... Se necesita dinero, mucho dinero para la casa, para la
comida, para la modista, para el sastre, para el teatro, para el coche;
yo busco como puedo ese dinero.

--Y no te convendra limitarte un poco?--le pregunt Andrs.

--Para qu? Para vivir cuando sea viejo? No, no; ahora mejor que
nunca. Ahora que es uno joven.

--Es una filosofa; no me parece mal, pero vas a inmoralizar tu casa.

--A m la moralidad no me preocupa--replic Julio--. Aqu, en
confianza, te dir que una mujer honrada me parece uno de los productos
ms estpidos y ms amargos de la vida.

--Tiene gracia.

--S, una mujer que no sea algo coqueta no me gusta. Me parece bien
que gaste, que se adorne, que se luzca. Un marqus, cliente mo, suele
decir: Una mujer elegante deba tener ms de un marido. Al oirle todo
el mundo se re.

--Y por qu?

--Porque su mujer, como marido no tiene ms que uno; pero, en cambio,
amantes tiene tres.

--A la vez?

--S, a la vez; es una seora muy liberal.

--Muy liberal y muy conservadora, si los amantes le ayudan a vivir.

--Tienes razn, se le puede llamar liberal-conservadora.

Llegaron a la casa del cliente.

--Adnde quieres ir t?--le pregunt Julio.

--A cualquier lado. No tengo nada que hacer.

--Quieres que te dejen en la Cibeles?

--Bueno.

--Vaya usted a la Cibeles y vuelva--le dijo Julio al cochero.

Se despidieron los dos antiguos condiscpulos y Andrs pens que por
mucho que subiera su compaero no era cosa de envidiarle.




                                  III

                             FERMN IBARRA


UNOS das despus, Hurtado se encontr en la calle con Fermn Ibarra.
Fermn estaba desconocido; alto, fuerte, ya no necesitaba bastn para
andar.

--Un da de estos me voy--le dijo Fermn.

--Adnde?

--Por ahora, a Blgica; luego, ya ver. No pienso estar aqu;
probablemente no volver.

--No?

--No. Aqu no se puede hacer nada; tengo dos o tres patentes de cosas
pensadas por mi, que creo que estn bien; en Blgica me las iban a
comprar; pero yo he querido hacer primero una prueba en Espaa, y me
voy desalentado, descorazonado; aqu no se puede hacer nada.

--Eso no me choca--dijo Andrs--; aqu no hay ambiente para lo que t
haces.

--Ah, claro!--repuso Ibarra--. Una invencin supone la recapitulacin,
la sntesis de las fases de un descubrimiento; una invencin, es muchas
veces una consecuencia tan fcil de los hechos anteriores, que casi
se puede decir que se desprende ella sola sin esfuerzo. Dnde se va a
estudiar en Espaa el proceso evolutivo de un descubrimiento? Con qu
medios? En qu talleres? En qu laboratorios?

--En ninguna parte.

--Pero, en fin, a m esto no me indigna--aadi Fermn--, lo que me
indigna es la suspicacia, la mala intencin, la petulancia de esta
gente... Aqu no hay ms que chulos y seoritos juerguistas. El chulo
domina desde los Pirineos hasta Cdiz...; polticos, militares,
profesores, curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado.

--S, es verdad.

--Cuando estoy fuera de Espaa--sigui diciendo Ibarra--quiero
convencerme de que nuestro pas no est muerto para la civilizacin;
que aqu se discurre y se piensa, pero cojo un peridico espaol y me
da asco; no habla ms que de polticos y de toreros. Es una vergenza.

Fermn Ibarra cont sus gestiones en Madrid, en Barcelona, en Bilbao.
Haba millonario que le haba dicho que l no poda exponer dinero
sin base, que despus de hechas las pruebas con xito, no tendra
inconveniente en dar dinero al cincuenta por ciento.

--El capital espaol est en manos de la canalla ms abyecta--concluy
diciendo Fermn.

Unos meses despus, Ibarra le escriba desde Blgica, diciendo que le
haban hecho jefe de un taller y que sus empresas iban adelante.




                                  IV

                          ENCUENTRO CON LUL


UN amigo del padre de Hurtado, alto empleado en Gobernacin, haba
prometido encontrar un destino para Andrs. Este seor viva en la
calle de San Bernardo. Varias veces estuvo Andrs en su casa, y siempre
le deca que no haba nada; un da le dijo:

--Lo nico que podemos darle a usted, es una plaza de mdico de higiene
que va a haber vacante. Diga usted si le conviene, y, si le conviene,
le tendremos en cuenta.

--Me conviene.

--Pues ya le avisar a tiempo.

Este da, al salir de casa del empleado, en la calle Ancha, esquina a
la del Pez, Andrs Hurtado se encontr a Lul. Estaba igual que antes;
no haba variado nada.

Lul se turb un poco al ver a Hurtado, cosa rara en ella. Andrs la
contempl con gusto. Estaba con su mantillita, tan fina, tan esbelta,
tan graciosa. Ella le miraba, sonriendo un poco ruborizada.

--Tenemos mucho que hablar--le dijo Lul--; yo me estara charlando con
gusto con usted, pero tengo que entregar un encargo. Mi madre y yo,
solemos ir los sbados al caf de la Luna. Quiere usted ir por all?

--S, ir.

--Vaya usted maana, que es sbado. De nueve y media a diez. No falte
usted, eh?

--No, no faltar.

Se despidieron, y Andrs, al da siguiente por la noche, se present
en el caf de la Luna. Estaban doa Leonarda y Lul en compaa de un
seor de anteojos, joven. Andrs salud a la madre, que le recibi
secamente, y se sent en una silla lejos de Lul.

--Sintese usted aqu--dijo ella, hacindole sitio en el divn.

Se sent Andrs cerca de la muchacha.

--Me alegro mucho que haya usted venido--dijo Lul--; tena miedo de
que no quisiera usted venir.

--Por qu no haba de venir?

--Como es usted tan as!

--Lo que no comprendo es por qu han elegido ustedes este caf. O es
que ya no viven all en la calle del Fcar?

--Ca, hombre! Ahora vivimos aqu en la calle del Pez. Sabe usted
quin nos resolvi la vida de plano?

--Quin?

--Julio.

--De veras?

--S.

--Ya ve usted, cmo no es tan mala persona, como usted deca.

--Oh, igual; lo mismo que yo crea o peor. Ya se lo contar a usted. Y
usted qu ha hecho? Cmo ha vivido?

Andrs cont rpidamente su vida y sus luchas en Alcolea.

--Oh! Qu hombre ms imposible es usted!--exclam Lul--. Qu lobo!

El seor de los anteojos, que estaba de conversacin con doa Leonarda,
al ver que Lul no dejaba un momento de hablar con Andrs se levant y
se fu.

--Lo que es si a usted le importa algo por Lul, puede usted estar
satisfecho--dijo doa Leonarda con tono desdeoso y agrio.

--Por qu lo dice usted?--pregunt Andrs.

--Porque sta le tiene a usted un cario verdaderamente raro. Y la
verdad, no s por qu.

--Yo tampoco s que a las personas se les tenga cario por
algo--replic Lul vivamente--; se las quiere o no se las quiere; nada
ms.

Doa Leonarda, con un mohn despectivo, cogi el peridico de la noche
y se puso a leerlo. Lul sigui hablando con Andrs.

--Pues ver usted cmo nos resolvi la vida Julio--dijo ella en voz
baja--. Yo ya le deca a usted que era un canalla que no se casara
con Nin. Efectivamente; cuando concluy la carrera comenz a huir
el bulto y a no aparecer por casa. Yo me enter, y supe que estaba
haciendo el amor a una seorita de buena posicin. Llam a Julio y
hablamos; me dijo claramente que no pensaba casarse con Nin.

--As, sin ambages?

--S; que no le convena; que sera para l un engorro casarse con una
mujer pobre. Yo me qued tranquila y le dije: Mira, yo quisiera que t
mismo fueras a ver a don Prudencio y le advirtieras eso. Qu quieres
que le advierta?--me pregunt l--. Pues nada; que no te casas con Nin
porque no tienes medios; en fin, por las razones que me has dado.

--Se quedara atnito--exclam Andrs--, porque l pensaba que el da
que lo dijera iba a haber un cataclismo en la familia.

--Se qued helado, en el mayor asombro--. Bueno, bueno--dijo--, ir a
verle y se lo dir. Yo le comuniqu la noticia a mi madre, que pens
hacer algunas tonteras, pero que no las hizo; luego se lo dije a
Nin, que llor y quiso tomar venganza. Cuando se tranquilizaron las
dos, le dije a Nin que vendra don Prudencio y que yo saba que a don
Prudencio le gustaba ella y que la salvacin estaba en don Prudencio.
Efectivamente; unos das despus vino don Prudencio en actitud
diplomtica; habl de que si Julio no encontraba destino, de que si no
le convena ir a un pueblo... Nin estuvo admirable. Desde entonces, yo
ya no creo en las mujeres.

--Esa declaracin tiene gracia--dijo Andrs.

--Es verdad--replic Lul--, porque mire usted que los hombres son
mentirosos, pues las mujeres todava son ms. A los pocos das, don
Prudencio se presenta en casa; habla a Nin y a mam, y boda. Y all
le hubiera usted visto a Julio unos das despus en casa, que fu a
devolver las cartas a Nin, con la risa del conejo, cuando mam le
deca con la boca llena que don Prudencio tena tantos miles de duros y
una finca aqu y otra all...

--Le estoy viendo a Julio con esa tristeza que le da pensar que los
dems tienen dinero.

--S, estaba frentico. Despus del viaje de boda, don Prudencio me
pregunt--: T qu quieres? Vivir con tu hermana y conmigo o con
tu madre? Yo le dije: Casarme no me he de casar; estar sin trabajar
tampoco me gusta; lo que preferira es tener una tiendecita de
confecciones de ropa blanca y seguir trabajando--. Pues nada, lo que
necesites dmelo. Y puse la tienda.

--Y la tiene usted?

--S; aqu en la calle del Pez. Al principio mi madre se opuso, por
esas tonteras de que si mi padre haba sido esto o lo otro. Cada uno
vive como puede. No es verdad?

--Claro. Qu cosa ms digna que vivir del trabajo!

Siguieron hablando Andrs y Lul largo rato. Ella haba localizado su
vida en la casa de la calle del Fcar, de tal manera, que slo lo que
se relacionaba con aquel ambiente le interesaba. Pasaron revista a
todos los vecinos y vecinas de la casa.

--Se acuerda usted de aquel don Cleto, el viejecito?--le pregunt Lul.

--S; qu hizo?

--Muri el pobre...; me di una pena.

--Y de qu muri?

--De hambre. Una noche entramos la Venancia y yo en su cuarto, y estaba
acabando, y l deca con aquella vocecita que tena:--No, si no tengo
nada; no se molesten ustedes; un poco de debilidad nada ms--, y se
estaba muriendo.

A la una y media de la noche, doa Leonarda y Lul se levantaron, y
Andrs las acompa hasta la calle del Pez.

--Vendr usted por aqu?--le dijo Lul.

--S; ya lo creo!

--Algunas veces suele venir Julio tambin.

--No le tiene usted odio?

--Odio? Ms que odio siento por l desprecio, pero me divierte, me
parece entretenido, como si viera un bicho malo metido debajo de una
copa de cristal.




                                   V

                           MDICO DE HIGIENE


A los pocos das de recibir el nombramiento de mdico de higiene y de
comenzar a desempear el cargo, Andrs comprendi que no era para l.

Su instinto antisocial se iba aumentando, se iba convirtiendo en odio
contra el rico, sin tener simpata por el pobre.

--Yo que siento este desprecio por la sociedad--se deca a s mismo--,
teniendo que reconocer y dar patentes a las prostitutas! Yo que me
alegrara que cada una de ellas llevara una toxina que envenenara a
doscientos hijos de familia!

Andrs se qued en el destino, en parte por curiosidad, en parte
tambin para que el que se lo haba dado no le considerara como un
fatuo.

El tener que vivir en este ambiente le haca dao.

Ya no haba en su vida nada sonriente, nada amable; se encontraba como
un hombre desnudo que tuviera que andar atravesando zarzas. Los dos
polos de su alma eran un estado de amargura, de sequedad, de acritud, y
un sentimiento de depresin y de tristeza.

La irritacin le haca ser en sus palabras violento y brutal.

Muchas veces a alguna mujer que iba al Registro la deca:

--Ests enferma?

--S.

--T qu quieres, ir al hospital o quedarte libre?

--Yo prefiero quedarme libre.

--Bueno. Haz lo que quieras; por m puedes envenenar medio mundo; me
tiene sin cuidado.

En ocasiones, al ver estas busconas que venan escoltadas por algn
guardia, riendo, las increpaba.

--No tenis odio siquiera. Tened odio; al menos viviris ms tranquilas.

Las mujeres le miraban con asombro. Odio, por qu?, se preguntara
alguna de ellas. Como deca Iturrioz: la naturaleza era muy sabia;
haca el esclavo, y le daba el espritu de la esclavitud; haca la
prostituta, y le daba el espritu de la prostitucin.

Este triste proletariado de la vida sexual tena su honor de cuerpo.
Quiz lo tienen tambin en la obscuridad de lo inconsciente las abejas
obreras y los pulgones, que sirven de vacas a las hormigas.

De la conversacin con aquellas mujeres sacaba Andrs cosas extraas.

Entre los dueos de las casas de lenocinio haba personas decentes: un
cura tena dos y las explotaba con una ciencia evanglica completa.
Qu labor ms catlica, ms conservadora poda haber, que dirigir una
casa de prostitucin!

Solamente teniendo al mismo tiempo una plaza de toros y una casa de
prstamos poda concebirse algo ms perfecto.

De aquellas mujeres, las libres iban al Registro, otras se sometan al
reconocimiento en sus casas.

Andrs tuvo que ir varias veces a hacer estas visitas domiciliarias.

En alguna de aquellas casas de prostitucin distinguidas encontraba
seoritos de la alta sociedad, y era un contraste interesante ver estas
mujeres de cara cansada, llena de polvos de arroz, pintadas, dando
muestras de una alegra ficticia, al lado de gomosos fuertes, de vida
higinica, rojos, membrudos por el _sport_.

Espectador de la iniquidad social, Andrs reflexionaba acerca de los
mecanismos que van produciendo esas lacras: el presidio, la miseria, la
prostitucin.

--La verdad es que si el pueblo lo comprendiese--pensaba Hurtado--, se
matara por intentar una revolucin social, aunque sta no sea ms que
una utopa, un sueo.

Andrs crea ver en Madrid la evolucin progresiva de la gente rica que
iba hermosendose, fortificndose, convirtindose en casta; mientras el
pueblo evolucionaba a la inversa, debilitndose, degenerando cada vez
ms.

Estas dos evoluciones paralelas eran sin duda biolgicas: el pueblo no
llevaba camino de cortar los jarretes de la burguesa, e incapaz de
luchar, iba cayendo en el surco.

Los sntomas de la derrota se revelaban en todo. En Madrid, la talla
de los jvenes pobres y mal alimentados que vivan en tabucos, era
ostensiblemente ms pequea que la de los muchachos ricos, de familias
acomodadas que habitaban en pisos exteriores.

La inteligencia, la fuerza fsica, eran tambin menores entre la
gente del pueblo que en la clase adinerada. La casta burguesa se iba
preparando para someter a la casta pobre y hacerla su esclava.




                                  VI

                       LA TIENDA DE CONFECCIONES


CERCA de un mes tard Hurtado en ir a ver a Lul, y cuando fu se
encontr un poco sorprendido al entrar en la tienda. Era una tienda
bastante grande, con el escaparate ancho y adornado con ropas de nio,
gorritos rizados y camisas llenas de lazos.

--Al fin ha venido usted--le dijo Lul.

--No he podido venir antes. Pero toda esta tienda es de
usted?--pregunt Andrs.

--S.

--Entonces es usted capitalista; es usted una burguesa infame.

Lul se ri satisfecha; luego ense a Andrs la tienda, la trastienda
y la casa. Estaba todo muy bien arreglado y en orden. Lul tena una
muchacha que despachaba y un chico para los recados. Andrs estuvo
sentado un momento. Entraba bastante gente en la tienda.

--El otro da vino Julio--dijo Lul--y hablamos mal de usted.

--De veras?

--S; y me dijo una cosa, que usted haba dicho de m, que me incomod.

--Qu le dijo a usted?

--Me dijo que usted haba dicho una vez, cuando era estudiante, que
casarse conmigo era lo mismo que casarse con un orangutn. Es verdad
que ha dicho usted de m eso? Conteste usted?

--No lo recuerdo; pero es muy posible.

--Que lo haya dicho usted?

--S.

--Y qu deba hacer yo con un hombre que paga as la estimacin que yo
le tengo?

--No s.

--Si al menos, en vez de orangutn, me hubiera usted llamado mona!

--Otra vez ser. No tenga usted cuidado.

Dos das despus, Hurtado volvi a la tienda, y los sbados se reuna
con Lul y su madre en el caf de la Luna. Pronto pudo comprobar que el
seor de los anteojos pretenda a Lul. Era aquel seor un farmacutico
que tena la botica en la calle del Pez, hombre muy simptico e
instrudo. Andrs y l hablaron de Lul.

--Qu le parece a usted esta muchacha?--le pregunt el farmacutico.

--Quin? Lul?

--S.

--Pues es una muchacha por la que yo tengo una gran estimacin--dijo
Andrs.

--Yo tambin.

--Ahora, que me parece que no es una mujer para casarse con ella.

--Por qu?

--Es mi opinin; a m me parece una mujer cerebral, sin fuerza orgnica
y sin sensualidad, para quien todas las impresiones son puramente
intelectuales.

--Qu s yo! No estoy conforme.

Aquella misma noche Andrs pudo ver que Lul trataba demasiado
desdeosamente al farmacutico.

Cuando se quedaron solos, Andrs le dijo a Lul:

--Trata usted muy mal al farmacutico. Eso no me parece digno de una
mujer como usted, que tiene un fondo de justicia.

--Por qu?

--Porque no. Porque un hombre se enamore de usted, hay motivo para que
usted le desprecie? Eso es una bestialidad.

--Me da la gana de hacer bestialidades.

--Habra que desear que a usted le pasara lo mismo, para que supiera lo
que es estar desdeada sin motivo.

--Y usted sabe si a m me pasa lo mismo?

--No; pero me figuro que no. Tengo demasiada mala idea de las mujeres
para creerlo.

--De las mujeres en general y de m en particular?

--De todas.

--Qu mal humor se le va poniendo a usted, don Andrs! Cuando sea
usted viejo no va a haber quien le aguante.

--Ya soy viejo. Es que me indignan esas necedades de las mujeres. Qu
le encuentra usted a ese hombre para desdearle as? Es un hombre
culto, amable, simptico, gana para vivir...

--Bueno, bueno; pero a m me fastidia. Basta ya de esa cancin.




                                  VII

                       DE LOS FOCOS DE LA PESTE


ANDRS sola sentarse cerca del mostrador. Lul le vea sombro y
meditabundo.

--Vamos, hombre, qu le pasa a usted?--le dijo Lul un da que le vi
ms hosco que de ordinario.

--Verdaderamente--murmur Andrs--el mundo es una cosa divertida:
hospitales, salas de operaciones, crceles, casas de prostitucin;
todo lo peligroso tiene su antdoto; al lado del amor la casa de
prostitucin; al lado de la libertad la crcel. Cada instinto
subversivo, y lo natural es siempre subversivo, lleva al lado su
gendarme. No hay fuente limpia sin que los hombres metan all las patas
y la ensucien. Est en su naturaleza.

--Qu quiere usted decir con eso? Qu le ha pasado a usted?--pregunt
Lul.

--Nada; este empleo sucio que me han dado, me perturba. Hoy me han
escrito una carta las pupilas de una casa de la calle de la Paz, que me
preocupa. Firman _Unas desgraciadas_.

--Qu dicen?

--Nada; que en esos burdeles hacen bestialidades. Estas _desgraciadas_
que me envan la carta me dicen horrores. La casa donde viven se
comunica con otra. Cuando hay una visita del mdico o de la autoridad,
a todas las mujeres no matriculadas las esconden en el piso tercero de
la otra casa.

--Para qu?

--Para evitar que las reconozcan, para tenerlas fuera del alcance de la
autoridad que, aunque injusta y arbitraria, puede dar un disgusto a las
amas.

--Y esas mujeres vivirn mal?

--Muy mal; duermen en cualquier rincn amontonadas, no comen apenas;
les dan unas palizas brutales; y cuando envejecen y ven que ya no
tienen xito, las cogen y las llevan a otro pueblo sigilosamente.

--Qu vida! Qu horror!--murmur Lul.

--Luego todas estas amas de prostbulo--sigui diciendo Andrs--,
tienen la tendencia de martirizar a las pupilas. Hay algunas que
llevan un vergajo, como un cabo de vara, para imponer el orden. Hoy he
visitado una casa de la calle de Barcelona, en donde el matn es un
hombre afeminado a quien llaman el Cotorrita, que ayuda a la celestina
al secuestro de las mujeres. Este invertido se viste de mujer, se pone
pendientes, porque tiene agujeros en las orejas, y va a la caza de
muchachas.

--Qu tipo.

--Es una especie de halcn. Este eunuco, por lo que me han contado las
mujeres de la casa, es de una crueldad terrible con ellas, y las tiene
aterrorizadas--. Aqu, me ha dicho el Cotorrita, no se da de baja a
ninguna mujer.--Por qu?--le he preguntado yo.--Porque no--; y me ha
enseado un billete de cinco duros. Yo he seguido interrogando a las
pupilas y he mandado al hospital a cuatro. Las cuatro estaban enfermas.

--Pero esas mujeres no tienen alguna defensa?

--Ninguna; ni nombre, ni estado civil, ni nada. Las llaman como
quieren; todas responden a nombres falsos; Blanca, Marina, Estrella,
frica... En cambio, las celestinas y los matones estn protegidos por
la polica, formada por chulos y por criados de polticos.

--Vivirn poco todas ellas?--dijo Lul.

--Muy poco. Todas estas mujeres tienen una mortalidad terrible; cada
ama de esas casas de prostitucin ha visto sucederse y sucederse
generaciones de mujeres; las enfermedades, la crcel, el hospital, el
alcohol, va mermando esos ejrcitos. Mientras la celestina se conserva
agarrada a la vida, todas esas carnes blancas, todos esos cerebros
dbiles y sin tensin van cayendo al pudridero.

--Y cmo no se escapan al menos?

--Porque estn cogidas por las deudas. El burdel es un pulpo que sujeta
con sus tentculos a estas mujeres bestias y desdichadas. Si se escapan
las denuncian como ladronas, y toda la canalla de curiales las condena.
Luego estas celestinas tienen recursos. Segn me han dicho en esa
casa de la calle de Barcelona, haba hace das una muchacha reclamada
por sus padres desde Sevilla en el Juzgado, y mandaron a otra, algo
parecida fsicamente a ella, que dijo al juez que ella viva con un
hombre muy bien, y que no quera volver a su casa.

--Qu gente!

--Todo eso es lo que queda de moro y de judo en el espaol; el
considerar a la mujer como una presa, la tendencia al engao, a la
mentira... Es la consecuencia de la impostura semtica; tenemos la
religin semtica, tenemos sangre semita. De ese fermento malsano,
complicado con nuestra pobreza, nuestra ignorancia y nuestra vanidad,
vienen todos los males.

--Y esas mujeres son engaadas de verdad por sus novios?--pregunt
Lul, a quien preocupaba ms el aspecto individual que el social.

--No; en general no. Son mujeres que no quieren trabajar; mejor
dicho, que no pueden trabajar. Todo se desarrolla en una perfecta
inconsciencia. Claro que nada de esto tiene el aire sentimental y
trgico que se le supone. Es una cosa brutal, imbcil, puramente
econmica, sin ningn aspecto novelesco. Lo nico grande, fuerte,
terrible, es que a todas estas mujeres les queda una idea de la honra
como algo formidable suspendido sobre sus cabezas. Una mujer ligera
de otro pas, al pensar en su juventud seguramente, dir: Entonces yo
era joven, bonita, sana. Aqu dicen: Entonces no estaba deshonrada.
Somos una raza de fanticos, y el fanatismo de la honra es de los ms
fuertes. Hemos fabricado dolos que ahora nos mortifican.

--Y eso no se poda suprimir?--dijo Lul.

--El qu?

--El que haya esas casas.

--Cmo se va a impedir! Pregntele usted al seor obispo de Trebisonda
o al director de la Academia de Ciencias Morales y Polticas, o a la
presidenta de la trata de blancas, y le dirn: Ah, es un mal necesario.
Hija ma, hay que tener humildad. No debemos tener el orgullo de creer
que sabemos ms que los antiguos... Mi to Iturrioz, en el fondo, est
en lo cierto cuando dice riendo que el que las araas se coman a las
moscas no indica ms que la perfeccin de la naturaleza.

Lul miraba con pena a Andrs cuando hablaba con tanta amargura.

--Deba usted dejar ese destino--le deca.

--S; al fin lo tendr que dejar.




                                 VIII

                         LA MUERTE DE VILLASS


CON pretexto de estar enfermo, Andrs abandon el empleo, y por
influencia de Julio Aracil le hicieron mdico de La Esperanza, Sociedad
para la asistencia facultativa de gente pobre.

No tena en este nuevo cargo tantos motivos para sus indignaciones
ticas, pero, en cambio, la fatiga era terrible; haba que hacer
treinta y cuarenta visitas al da en los barrios ms lejanos; subir
escaleras y escaleras, entrar en tugurios infames...

En verano sobre todo, Andrs quedaba reventado. Aquella gente de las
casas de vecindad, miserable, sucia, exasperada por el calor, se
hallaba siempre dispuesta a la clera. El padre o la madre que vea
que el nio se le mora, necesitaba descargar en alguien su dolor, y
lo descargaba en el mdico. Andrs algunas veces oa con calma las
reconvenciones, pero otras veces se encolerizaba y les deca la verdad:
que eran unos miserables y unos cerdos; que no se levantaran nunca de
su postracin por su incuria y su abandono.

Iturrioz tena razn: la naturaleza, no slo haca el esclavo, sino que
le daba el espritu de la esclavitud.

Andrs haba podido comprobar en Alcolea como en Madrid que, a medida
que el individuo sube, los medios que tiene de burlar las leyes comunes
se hacen mayores. Andrs pudo evidenciar que la fuerza de la ley
disminuye proporcionalmente al aumento de medios del triunfador. La
ley es siempre ms dura con el dbil. Automticamente pesa sobre el
miserable. Es lgico que el miserable por instinto odie la ley.

Aquellos desdichados no comprendan todava que la solidaridad del
pobre poda acabar con el rico, y no saban ms que lamentarse
estrilmente de su estado.

La clera y la irritacin se haban hecho crnicas en Andrs; el calor,
el andar al sol le producan una sed constante que le obligaba a beber
cerveza y cosas fras que le estragaban el estmago.

Ideas absurdas de destruccin le pasaban por la cabeza. Los domingos,
sobre todo cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros,
pensaba en el placer que sera para l poner en cada bocacalle una
media docena de ametralladoras, y no dejar uno de los que volvan de la
estpida y sangrienta fiesta.

Toda aquella sucia morralla de chulos eran los que vociferaban en los
cafs antes de la guerra, los que soltaron baladronadas y bravatas para
luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La moral del espectador
de corrida de toros se haba revelado en ellos; la moral del cobarde
que exige valor en otro, en el soldado en el campo de batalla, en
el histrin, o en el torero en el circo. A aquella turba de bestias
crueles y sanguinarias, estpidas y petulantes, le hubiera impuesto
Hurtado el respeto al dolor ajeno por la fuerza.

El oasis de Andrs era la tienda de Lul. All, en la obscuridad y a la
fresca, se sentaba y hablaba.

Lul mientras tanto, cosa, y, si llegaba alguna compradora, despachaba.

Algunas noches Andrs acompa a Lul y a su madre al paseo de Rosales.
Lul y Andrs se sentaban juntos, y hablaban contemplando la hondonada
negra que se extenda ante ellos.

Lul miraba aquella lneas de luces interrumpidas de las carreteras
y de los arrabales, y fantaseaba suponiendo que haba un mar con sus
islas, y que se poda andar en lancha por encima de estas sombras
confusas.

Despus de charlar largo rato volvan en el tranva, y en la glorieta
de San Bernardo se despedan estrechndose la mano.

Quitando estas horas de paz y de tranquilidad, todas las dems eran
para Andrs de disgusto y de molestia...

Un da, al visitar una guardilla de barrios bajos, al pasar por el
corredor de una casa de vecindad, una mujer vieja, con un nio en
brazos, se le acerc y le dijo si quera pasar a ver un enfermo.

Andrs no se negaba nunca a esto, y entr en el otro tabuco. Un hombre
demacrado, famlico, sentado en un camastro, cantaba y recitaba versos.
De cuando en cuando se levantaba en camisa, e iba de un lado a otro
tropezando con dos o tres cajones que haba en el suelo.

--Qu tiene este hombre?--pregunt Andrs a la mujer.

--Est ciego y ahora parece que se ha vuelto loco.

--No tiene familia?

--Una hermana ma y yo; somos hijas suyas.

--Pues por este hombre no se puede hacer nada--dijo Andrs--. Lo nico
sera llevarlo al hospital o a un manicomio. Ya mandar una nota al
director del hospital. Cmo se llama el enfermo?

--Villass, Rafael Villass.

--Este es un seor que haca dramas?

--S.

Andrs lo record en aquel momento. Haba envejecido en diez o doce
aos de una manera asombrosa; pero an la hija haba envejecido ms.
Tena un aire de insensibilidad y de estupor, que slo un aluvin de
miserias puede dar a una criatura humana.

Andrs se fu de la casa pensativo.

--Pobre, hombre!--se dijo--. Qu desdichado! Este pobre diablo,
empeado en desafiar a la riqueza, es extraordinario! Qu caso de
herosmo ms cmico! Y quiz si pudiera discurrir pensara que ha hecho
bien; que la situacin lamentable en que se encuentra es un timbre de
gloria de su bohemia. Pobre imbcil!

Siete u ocho das despus, al volver a visitar al nio enfermo, que
haba recado, le dijeron que el vecino de la guardilla, Villass,
haba muerto.

Los inquilinos de los cuartuchos le contaron que el poeta loco,
como le llamaban en la casa, haba pasado tres das con tres noches
vociferando, desafiando a sus enemigos literarios, riendo a carcajadas.

Andrs entr a ver al muerto. Estaba tendido en el suelo, envuelto en
una sbana. La hija, indiferente, se mantena acurrucada en un rincn.

Unos cuantos desharrapados, entre ellos uno melenudo, rodeaban el
cadver.

--Es usted el mdico?--le pregunt uno de ellos a Andrs, con
impertinencia.

--S; soy mdico.

--Pues reconozca usted el cuerpo, porque creemos que Villass no est
muerto. Esto es un caso de catalepsia.

--No digan ustedes necedades--dijo Andrs.

Todos aquellos desharrapados que deban ser bohemios, amigos de
Villass, haban hecho horrores con el cadver: le haban quemado los
dedos con fsforos para ver si tena sensibilidad. Ni aun despus de
muerto, al pobre diablo lo dejaban en paz.

Andrs, a pesar de que tena el convencimiento de que no haba tal
catalepsia, sac el estetoscopio y auscult al cadver en la zona del
corazn.

--Est muerto--dijo.

En esto entr un viejo de melena blanca y barba tambin blanca,
cojeando, apoyado en un bastn. Vena borracho completamente. Se acerc
al cadver de Villass, y con una voz melodramtica grit:

--Adis, Rafael! T eras un poeta! T eras un genio! As morir yo
tambin! En la miseria!, porque soy un bohemio y no vender nunca mi
conciencia. No.

Los desharrapados se miraban unos a otros como satisfechos del giro que
tomaba la escena.

Segua desvariando el viejo de las melenas, cuando se present el mozo
del coche fnebre, con el sombrero de copa echado a un lado, el ltigo
en la mano derecha y la colilla en los labios.

--Bueno--dijo hablando en chulo, enseando los dientes negros--. Se va
a bajar el cadver o no? Porque yo no puedo esperar aqu; que hay que
llevar otros muertos al Este.

Uno de los desharrapados, que tena un cuello postizo, bastante sucio,
que le sala de la chaqueta, y unos lentes, acercndose a Hurtado le
dijo con una afectacin ridcula:

--Viendo estas cosas, dan ganas de ponerse una bomba de dinamita en el
velo del paladar.

La desesperacin de este bohemio le pareci a Hurtado demasiado
alambicada para ser sincera, y dejando a toda esta turba de
desharrapados en la guardilla, sali de la casa.




                                  IX

                        AMOR, TEORA Y PRCTICA


ANDRS divagaba, lo que era su gran placer, en la tienda de Lul. Ella
le oa sonriente, haciendo de cuando en cuando alguna objecin. Le
llamaba siempre en burla don Andrs.

--Tengo una pequea teora acerca del amor--le dijo un da l.

--Acerca del amor deba usted tener una teora grande--repuso
burlonamente Lul.

--Pues no la tengo. He encontrado que en el amor, como en la medicina
de hace ochenta aos, hay dos procedimientos: la alopata y la
homeopata.

--Explquese usted claro, don Andrs--replic ella con severidad.

--Me explicar. La alopata amorosa est basada en la neutralizacin.
Los contrarios se curan con los contrarios. Por este principio, el
hombre pequeo busca mujer grande, el rubio, mujer morena, y el moreno,
rubia. Este procedimiento es el procedimiento de los tmidos, que
desconfan de s mismos... El otro procedimiento...

--Vamos a ver el otro procedimiento.

--El otro procedimiento es el homeoptico. Los semejantes se curan con
los semejantes. Este es el sistema de los satisfechos de su fsico.
El moreno con la morena, el rubio con la rubia. De manera que, si mi
teora es cierta, servir para conocer a la gente.

--S?

--S; se ve un hombre gordo, moreno y chato, al lado de una mujer
gorda, morena y chata, pues es un hombre petulante y seguro de s
mismo; pero el hombre gordo, moreno y chato tiene una mujer flaca,
rubia y nariguda, es que no tiene confianza en su tipo ni en la forma
de su nariz.

--De manera que yo, que soy morena y algo chata...

--No; usted no es chata.

--Algo tampoco?

--No.

--Muchas gracias, don Andrs. Pues bien; yo que soy morena, y creo que
algo chata, aunque usted diga que no, si fuera petulante, me gustara
ese mozo de la peluquera de la esquina, y si fuera completamente
humilde, me gustara el farmacutico, que tiene unas buenas napias.

--Usted no es un caso normal.

--No?

--No.

--Pues qu soy?

--Un caso de estudio.

--Yo ser un caso de estudio; pero nadie me quiere estudiar.

--Quiere usted que la estudie yo, Lul?

Ella contempl durante un momento a Andrs, con una mirada enigmtica,
y luego se ech a reir.

--Y usted, don Andrs, que es un sabio, que ha encontrado esas teoras
sobre el amor, qu es eso del amor?

--El amor?

--S.

--Pues el amor, y le voy a parecer a usted un pedante, es la
confluencia del instinto fetichista y del instinto sexual.

--No comprendo.

--Ahora viene la explicacin. El instinto sexual empuja el hombre a la
mujer y la mujer al hombre, indistintamente; pero el hombre que tiene
un poder de fantasear, dice: esa mujer, y la mujer dice: ese hombre.
Aqu empieza el instinto fetichista; sobre el cuerpo de la persona
elegida porque s, se forja otro ms hermoso y se le adorna y se le
embellece, y se convence uno de que el dolo forjado por la imaginacin
es la misma verdad. Un hombre que ama a una mujer la ve en su interior
deformada, y la mujer que quiere al hombre le pasa lo mismo, lo
deforma. A travs de una nube brillante y falsa, se ven los amantes el
uno al otro, y en la obscuridad re el antiguo diablo, que no es ms
que la especie.

--La especie! Y qu tiene que ver ah la especie?

--El instinto de la especie es la voluntad de tener hijos, de tener
descendencia. La principal idea de la mujer es el hijo. La mujer
instintivamente quiere primero el hijo; pero la naturaleza necesita
vestir este deseo con otra forma ms potica, ms sugestiva, y crea
esas mentiras, esos velos que constituyen el amor.

--De manera que el amor en el fondo es un engao?

--S; es un engao como la misma vida; por eso alguno ha dicho, con
razn: una mujer es tan buena como otra y a veces ms; lo mismo se
puede decir del hombre: un hombre es tan bueno como otro y a veces ms.

--Eso ser para la persona que no quiere.

--Claro, para el que no est ilusionado, engaado... Por eso sucede que
los matrimonios de amor producen ms dolores y desilusiones que los de
conveniencia.

--De verdad cree usted eso?

--S.

--Y a usted qu le parece que vale ms, engaarse y sufrir o no
engaarse nunca?

--No s. Es difcil saberlo. Creo que no puede haber una regla general.

Estas conversaciones les entretenan.

Una maana, Andrs se encontr en la tienda con un militar joven
hablando con Lul. Durante varios das lo sigui viendo. No quiso
preguntar quin era, y slo cuando lo dej de ver se enter de que era
primo de Lul.

En este tiempo Andrs empez a creer que Lul estaba displicente con
l. Quiz pensaba en el militar.

Andrs quiso perder la costumbre de ir a la tienda de confecciones,
pero no pudo. Era el nico sitio agradable donde se encontraba bien...

Un da de otoo, por la maana, fu a pasear por la Moncloa. Senta esa
melancola, un poco ridcula, del soltern. Un vago sentimentalismo
anegaba su espritu al contemplar el campo, el cielo puro y sin nubes,
el Guadarrama azul como una turquesa.

Pens en Lul, y decidi ir a verla. Era su nica amiga. Volvi hacia
Madrid, hasta la calle del Pez, y entr en la tiendecita.

Estaba Lul sola, limpiando con el plumero los armarios. Andrs se
sent en su sitio.

--Est usted muy bien hoy, muy guapa--dijo de pronto Andrs.

--Qu hierba ha pisado usted, don Andrs, para estar tan amable?

--Verdad. Est usted muy bien. Desde que est usted aqu se va usted
humanizando. Antes tena usted una expresin muy satrica, muy burlona,
pero ahora no; se le va poniendo a usted una cara ms dulce. Yo creo
que de tratar as con las madres que vienen a comprar gorritos para sus
hijos se le va poniendo a usted una cara maternal.

--Y, ya ve usted, es triste hacer siempre gorritos para los hijos de
los dems.

--Qu querra usted ms que fueran para sus hijos?

--Si pudiera ser, por qu no? Pero yo no tendr hijos nunca. Quin me
va a querer a m?

--El farmacutico del caf, el teniente... puede usted echrselas de
modesta, y anda usted haciendo conquistas...

--Yo?

--Usted, s.

Lul sigui limpiando los estantes con el plumero.

--Me tiene usted odio, Lul?--dijo Hurtado.

--S; porque me dice tonteras.

--Deme usted la mano.

--La mano?

--S.

--Ahora sintese usted a mi lado.

--A su lado de usted?

--S.

--Ahora mreme usted a los ojos. Lealmente.

--Ya le miro a los ojos. Hay ms que hacer?

--Usted cree que no la quiero a usted, Lul?

--S..., un poco..., ve usted que no soy una mala muchacha..., pero
nada ms.

--Y si hubiera algo ms? Si yo la quisiera a usted con cario, con
amor, qu me contestara usted?

--No; no es verdad. Usted no me quiere. No me diga usted eso.

--S, s; es verdad--y acercando la cabeza de Lul a l, la bes en la
boca.

Lul enrojeci violentamente, luego palideci y se tap la cara con las
manos.

--Lul, Lul--dijo Andrs--. Es que la he ofendido a usted?

Lul se levant y pase un momento por la tienda, sonriendo.

--Ve usted, Andrs; esa locura, ese engao que dice usted que es el
amor, lo he sentido yo por usted desde que le vi.

--De verdad?

--S, de verdad.

--Y yo ciego?

--S; ciego, completamente ciego.

Andrs tom la mano de Lul entre las suyas y las llev a sus labios.
Hablaron los dos largo rato, hasta que se oy la voz de doa Leonarda.

--Me voy--dijo Andrs, levantndose.

--Adis--exclam ella, estrechndose contra l--. Y ya no me dejes ms,
Andrs. Donde t vayas, llvame.




                             SPTIMA PARTE

                       La experiencia del hijo.




                                   I

                         EL DERECHO A LA PROLE


UNOS das ms tarde Andrs se presentaba en casa de su to.
Gradualmente llev la conversacin a tratar de cuestiones
matrimoniales, y despus dijo:

--Tengo un caso de conciencia.

--Hombre!

--S. Figrese usted que un seor a quien visito, todava joven, pero
hombre artrtico, nervioso, tiene una novia, antigua amiga suya, dbil
y algo histrica. Y este seor me pregunta: Usted cree que me puedo
casar? Y yo no s qu contestarle.

--Yo le dira que no--contest Iturrioz--. Ahora, que l hiciera
despus lo que quisiera.

--Pero hay que darle una razn.

--Qu ms razn! l es casi un enfermo, ella tambin, l vacila...
basta; que no se case.

--No, eso no basta.

--Para m s; yo pienso en el hijo; yo no creo, como Caldern, que
el delito mayor del hombre sea el haber nacido. Esto me parece una
tontera potica. El delito mayor del hombre es hacer nacer.

--Siempre? Sin excepcin?

--No. Para m el criterio es ste: Se tienen hijos sanos a quienes se
les da un hogar, proteccin, educacin, cuidados... podemos otorgar
la absolucin a los padres; se tienen hijos enfermos, tuberculosos,
sifilticos, neurastnicos, consideremos criminales a los padres.

--Pero eso se puede saber con anterioridad?

--S, yo creo que s.

--No lo veo tan fcil.

--Fcil no es; pero slo el peligro, slo la posibilidad de engendrar
una prole enfermiza, deba bastar al hombre para no tenerla. El
perpetuar el dolor en el mundo me parece un crimen.

--Pero puede saber nadie cmo ser su descendencia? Ah tengo yo un
amigo enfermo, estropeado, que ha tenido hace poco una nia sana,
fortsima.

--Eso es muy posible. Es frecuente que un hombre robusto tenga hijos
raquticos, y al contrario; pero no importa. La nica garanta de la
prole es la robustez de los padres.

--Me choca en un anti-intelectualista como usted esa actitud tan de
intelectual--dijo Andrs.

--A m tambin me choca en un intelectual como t esa actitud de hombre
de mundo. Yo te confieso, para m nada tan repugnante como esa bestia
prolfica, que entre vapores de alcohol va engendrando hijos que hay
que llevar al cementerio o que si no, van a engrosar los ejrcitos
del presidio y de la prostitucin. Yo tengo verdadero odio a esa
gente sin conciencia, que llena de carne enferma y podrida la tierra.
Recuerdo una criada de mi casa; se cas con un idiota borracho, que no
poda sostenerse a s mismo porque no saba trabajar. Ella y l eran
cmplices de chiquillos enfermizos y tristes, que vivan entre harapos,
y aquel idiota vena a pedirme dinero creyendo que era un mrito ser
padre de su abundante y repulsiva prole. La mujer, sin dientes, con el
vientre constantemente abultado, tena una indiferencia de animal para
los embarazos, los partos y las muertes de los nios. Se ha muerto
uno? Pues se hace otro--deca cnicamente. No, no debe ser lcito
engendrar seres que vivan en el dolor.

--Yo creo lo mismo.

--La fecundidad no puede ser un ideal social. No se necesita cantidad
sino calidad. Que los patriotas y los revolucionarios canten al bruto
prolfico, para m siempre ser un animal odioso.

--Todo eso est bien--murmur Andrs--; pero no resuelve mi problema.
Qu le digo yo a ese hombre?

--Yo le dira: Csese usted si quiere; pero no tenga usted hijos.
Esterilice usted su matrimonio.

--Es decir, que nuestra moral acaba por ser inmoral. Si Tolstoi le
oyera, le dira: Es usted un canalla de la facultad.

--Bah! Tolstoi es un apstol y los apstoles dicen las verdades suyas,
que, generalmente, son tonteras para los dems. Yo a ese amigo tuyo
le hablara claramente; le dira: Es usted un hombre egosta, un poco
cruel, fuerte, sano, resistente para el dolor propio e incomprensivo
para los padecimientos ajenos? S? Pues csese usted, tenga usted
hijos: ser usted un buen padre de familia... Pero si es usted un
hombre impresionable, nervioso, que siente demasiado el dolor, entonces
no se case usted, y, si se casa, no tenga hijos.

Andrs sali de la azotea aturdido. Por la tarde escribi a Iturrioz
una carta dicindole que el artrtico que se casaba era l.




                                  II

                             LA VIDA NUEVA


A Hurtado no le preocupaban gran cosa las cuestiones de forma, y no
tuvo ningn inconveniente en casarse en la iglesia, como quera doa
Leonarda. Antes de casarse llev a Lul a ver a su to Iturrioz y
simpatizaron.

Ella le dijo a Iturrioz:

--A ver si encuentra usted para Andrs algn trabajo en que tenga que
salir poco de casa, porque haciendo visitas est siempre de un humor
malsimo.

Iturrioz encontr el trabajo, que consista en traducir artculos y
libros para una revista mdica que publicaba al mismo tiempo obras
nuevas de especialidades.

--Ahora te darn dos o tres libros en francs para traducir--le dijo
Iturrioz--; pero vete aprendiendo el ingls, porque dentro de unos
meses te encargarn alguna traduccin en este idioma y entonces, si
necesitas, te ayudar yo.

--Muy bien. Se lo agradezco a usted mucho.

Andrs dej su cargo en la Sociedad La Esperanza. Estaba desendolo;
tom una casa en el barrio de Pozas, no muy lejos de la tienda de Lul.

Andrs pidi al casero que de los tres cuartos que daban a la calle le
hiciera uno, y que no le empapelara el local que quedase despus, sino
que lo pintara de un color cualquiera.

Este cuarto sera la alcoba, el despacho, el comedor para el
matrimonio. La vida en comn la haran constantemente all.

--La gente hubiera puesto aqu la sala y el gabinete y despus se
hubieran ido a dormir al sitio peor de la casa--deca Andrs.

Lul miraba estas disposiciones higinicas como fantasas, chifladuras;
tena una palabra especial para designar las extravagancias de su
marido.

--Qu hombre ms idetico!--deca.

Andrs pidi prestado a Iturrioz algn dinero para comprar muebles.

--Cunto necesitas?--le dijo el to.

--Poco; quiero muebles que indiquen pobreza; no pienso recibir a nadie.

Al principio doa Leonarda quiso ir a vivir con Lul y con Andrs; pero
ste se opuso.

--No, no--dijo Andrs--; que vaya con tu hermana y con don Prudencio.
Estar mejor.

--Qu hipcrita! Lo que sucede es que no la quieres a mam.

--Ah, claro. Nuestra casa ha de tener una temperatura distinta a la
de la calle. La suegra sera una corriente de aire fro. Que no entre
nadie, ni de tu familia ni de la ma.

--Pobre mam! Qu idea tienes de ella!--deca riendo Lul.

--No; es que no tenemos el mismo concepto de las cosas; ella cree que
se debe vivir para fuera y yo no.

Lul, despus de vacilar un poco, se entendi con su antigua amiga y
vecina la Venancia y la llev a su casa. Era una vieja muy fiel, que
tena cario a Andrs y a Lul.

--Si le preguntan por m--le deca Andrs--diga usted siempre que no
estoy.

--Bueno, seorito.

Andrs estaba dispuesto a cumplir bien en su nueva ocupacin de
traductor.

Aquel cuarto aireado, claro, donde entraba el sol, en donde tena sus
libros, sus papeles, le daba ganas de trabajar.

Ya no senta la impresin de animal acosado, que haba sido en l
habitual. Por la maana tomaba un bao y luego se pona a traducir.

Lul volva de la tienda y la Venancia les serva la comida.

--Coma usted con nosotros--le deca Andrs.

--No, no.

Hubiera sido imposible convencer a la vieja de que se poda sentar a la
mesa con sus amos.

Despus de comer, Andrs acompaaba a Lul a la tienda y luego volva
a trabajar en su cuarto.

Varias veces le dijo a Lul que ya tenan bastante para vivir con lo
que ganaba l, que podan dejar la tienda; pero ella no quera.

--Quin sabe lo que puede ocurrir?--deca Lul--; hay que ahorrar, hay
que estar prevenidos por si acaso.

De noche an quera Lul trabajar algo en la mquina; pero Andrs no se
lo permita.

Andrs estaba cada vez ms encantado de su mujer, de su vida y de
su casa. Ahora le asombraba cmo no haba notado antes aquellas
condiciones de arreglo, de orden y de economa de Lul.

Cada vez trabajaba con ms gusto. Aquel cuarto grande le daba la
impresin de no estar en una casa con vecinos y gente fastidiosa, sino
en el campo, en algn sitio lejano.

Andrs haca sus trabajos con gran cuidado y calma. En la redaccin de
la revista le haban prestado varios diccionarios cientficos modernos
e Iturrioz le dej dos o tres de idiomas, que le servan mucho.

Al cabo de algn tiempo, no slo tena que hacer traducciones, sino
estudios originales, casi siempre sobre datos y experiencias obtenidos
por investigadores extranjeros.

Muchas veces se acordaba de lo que deca Fermn Ibarra; de los
descubrimientos fciles que se desprenden de los hechos anteriores
sin esfuerzo. Por qu no haba experimentadores en Espaa, cuando la
experimentacin para dar fruto no exiga ms que dedicarse a ella?

Sin duda faltaban laboratorios, talleres para seguir el proceso
evolutivo de una rama de la ciencia; sobraba tambin un poco de sol,
un poco de ignorancia y bastante de la proteccin del Santo Padre que,
generalmente, es muy til para el alma, pero muy perjudicial para la
ciencia y para la industria.

Estas ideas, que haca tiempo le hubieran producido indignacin y
clera, ya no le exasperaban.

Andrs se encontraba tan bien, que senta temores. Poda durar esta
vida tranquila? Habra llegado a fuerza de ensayos a una existencia,
no slo soportable, sino agradable y sensata?

Su pesimismo le haca pensar que la calma no iba a ser duradera.

--Algo va a venir el mejor da--pensaba--que va a descomponer este
bello equilibrio.

Muchas veces se le figuraba que en su vida haba una ventana abierta a
un abismo. Asomndose a ella, el vrtigo y el horror se apoderaban de
su alma.

Por cualquier cosa, con cualquier motivo, tema que este abismo se
abriera de nuevo a sus pies.

Para Andrs todos los allegados eran enemigos; realmente la suegra,
Nin, su marido, los vecinos, la portera, miraban el estado feliz del
matrimonio, como algo ofensivo para ellos.

--No hagas caso de lo que te digan--recomendaba Andrs a su mujer--.
Un estado de tranquilidad como el nuestro es una injuria para toda
esa gente que vive en una perpetua tragedia de celos, de envidias, de
tonteras. Ten en cuenta que han de querer envenenarnos.

--Lo tendr en cuenta--replicaba Lul, que se burlaba de la grave
recomendacin de su marido.

Nin, algunos domingos, por la tarde, invitaba a su hermana a ir al
teatro.

--Andrs, no quiere venir?--preguntaba Nin.

--No. Est trabajando.

--Tu marido es un erizo.

--Bueno; dejadle.

Al volver Lul por la noche contaba a su marido lo que haba visto.
Andrs haca alguna reflexin filosfica que a Lul le pareca muy
cmica, cenaban y despus de cenar paseaban los dos un momento.

El verano, salan casi todos los das al anochecer. Al concluir
su trabajo, Andrs iba a buscar a Lul a la tienda, dejaban en el
mostrador a la muchacha y se marchaban a corretear por el Canalillo o
la Dehesa de Amaniel.

Otras noches entraban en los cinematgrafos de Chamber, y Andrs oa
entretenido los comentarios de Lul, que tenan esa gracia madrilea
ingenua y despierta que no se parece en nada a las groseras estpidas
y amaneradas de los especialistas en madrileismo.

Lul le produca a Andrs grandes sorpresas; jams hubiera supuesto que
aquella muchacha, tan atrevida al parecer, fuera ntimamente de una
timidez tan completa.

Lul tena una idea absurda de su marido, lo consideraba como un
portento.

Una noche que se les hizo tarde, al volver del Canalillo, se
encontraron en un callejn sombro, que hay cerca del abandonado
cementerio de la Patriarcal, con dos hombres de mal aspecto. Estaba
ya obscuro; un farol medio cado, sujeto en la tapia del camposanto,
iluminaba el camino, negro por el polvo del carbn y abierto entre dos
tapias. Uno de los hombres se les acerc a pedirles limosna de una
manera un tanto sospechosa. Andrs contest que no tena un cuarto y
sac la llave de casa del bolsillo, que brill como si fuera el can
de un revlver.

Los dos hombres no se atrevieron a atacarles, y Lul y Andrs pudieron
llegar a la calle de San Bernardo sin el menor tropiezo.

--Has tenido miedo, Lul?--le pregunt Andrs.

--S; pero no mucho. Como iba contigo...

--Qu espejismo--pens l--, mi mujer cree que soy un Hrcules.

Todos los conocidos de Lul y de Andrs se maravillaban de la armona
del matrimonio.

--Hemos llegado a querernos de verdad--deca Andrs--, porque no
tenamos inters en mentir.




                                  III

                                EN PAZ


PASARON muchos meses y la paz del matrimonio no se turb.

Andrs estaba desconocido. El mtodo de vida, el no tener que sufrir
el sol, ni subir escaleras, ni ver miserias, le daba una impresin de
tranquilidad, de paz.

Explicndose como un filsofo, hubiera dicho que la sensacin de
conjunto de su cuerpo, la _cenesthesia_ era en aquel momento pasiva,
tranquila, dulce. Su bienestar fsico le preparaba para ese estado
de perfeccin y de equilibrio intelectual, que los epicreos y los
estoicos griegos llamaron _ataraxia_, el paraso del que no cree.

Aquel estado de serenidad le daba una gran lucidez y mucho mtodo en
sus trabajos. Los estudios de sntesis que hizo para la revista mdica
tuvieron gran xito. El director le alent para que siguiera por
aquel camino. No quera ya que tradujera, sino que hiciera trabajos
originales para todos los nmeros.

Andrs y Lul no tenan nunca la menor ria; se entendan muy bien.
Slo en cuestiones de higiene y alimentacin, ella no le haca mucho
caso a su marido.

--Mira, no comas tanta ensalada--le deca l.

--Por qu? Si me gusta.

--S; pero no te conviene ese cido. Eres artrtica como yo.

--Ah, tonteras!

--No son tonteras.

Andrs daba todo el dinero que ganaba a su mujer.

--A m no me compres nada--le deca.

--Pero necesitas...

--Yo no. Si quieres comprar, compra algo para la casa o para ti.

Lul segua con la tiendecita; iba y vena del obrador a su casa, unas
veces de mantilla, otras con un sombrero pequeo.

Desde que se haba casado estaba de mejor aspecto; como andaba ms
al aire libre tena un color sano. Adems, su aire satrico se haba
suavizado, y su expresin era ms dulce.

Varias veces desde el balcn vi Hurtado que algn pollo o algn viejo
haban venido hasta casa, siguiendo a su mujer.

--Mira, Lul le deca--, ten cuidado; te siguen.

--S?

--S; la verdad es que te ests poniendo muy guapa. Vas a hacerme
celoso.

--S, mucho. T ya sabes demasiado cmo yo te quiero--replicaba ella--.
Cuando estoy en la tienda, siempre estoy pensando: Qu har aqul?

--Deja la tienda.

--No, no. Y si tuviramos un hijo? Hay que ahorrar.

El hijo! Andrs no quera hablar, ni hacer la menor alusin a este
punto verdaderamente delicado; le produca una gran inquietud.

La religin y la moral vieja gravitan todava sobre uno--se deca--; no
puede uno echar fuera completamente el hombre supersticioso que lleva
en la sangre la idea del pecado.

Muchas veces, al pensar en el porvenir, le entraba un gran terror;
senta que aquella ventana sobre el abismo poda entreabrirse.

Con frecuencia, marido y mujer iban a visitar a Iturrioz, y ste
tambin a menudo pasaba un rato en el despacho de Andrs.

Un ao, prximamente, despus de casados, Lul se puso algo enferma;
estaba distrada, melanclica, preocupada.

--Qu le pasa? Qu tiene?--se preguntaba Andrs con inquietud.

Pas aquella racha de tristeza, pero al poco tiempo volvi de nuevo con
ms fuerza; los ojos de Lul estaban velados, en su rostro se notaban
seales de haber llorado.

Andrs, preocupado, haca esfuerzos para parecer distrado; pero lleg
un momento en que le fu imposible fingir que no se daba cuenta del
estado de su mujer.

Una noche le pregunt lo que le ocurra, y ella, abrazndose a su
cuello, le hizo tmidamente la confesin de lo que le pasaba.

Era lo que tema Andrs. La tristeza de no tener el hijo, la sospecha
de que su marido no quera tenerlo, haca llorar a Lul a lgrima viva,
con el corazn hinchado por la pena.

Qu actitud tomar ante un dolor semejante? Cmo decir a aquella
mujer, que l se consideraba como un producto envenenado y podrido, que
no deba tener descendencia?

Andrs intent consolarla, explicarse... Era imposible. Lul lloraba,
le abrazaba, le besaba con la cara llena de lgrimas.

--Sea lo que sea!--murmur Andrs.

Al levantarse Andrs al da siguiente, ya no tena la serenidad de
costumbre.

Dos meses ms tarde, Lul, con la mirada brillante, le confes a Andrs
que deba estar embarazada.

El hecho no tena duda. Ya Andrs viva en una angustia continua. La
ventana que en su vida se abra a aquel abismo que le produca el
vrtigo, estaba de nuevo de par en par.

El embarazo produjo en Lul un cambio completo; de burlona y alegre, la
hizo triste y sentimental.

Andrs notaba que ya le quera de otra manera; tena por l un cario
celoso e irritado; ya no era aquella simpata afectuosa y burlona tan
dulce; ahora era un amor animal. La naturaleza recobraba sus derechos.
Andrs, de ser un hombre lleno de talento y un poco _idetico_, haba
pasado a ser su hombre. Ya en esto, Andrs vea el principio de la
tragedia. Ella quera que le acompaara, le diera el brazo, se senta
celosa, supona que miraba a las dems mujeres.

Cuando adelant el embarazo, Andrs comprob que el histerismo de su
mujer se acentuaba.

Ella saba que estos desrdenes nerviosos tenan las mujeres
embarazadas, y no les daba importancia; pero l temblaba.

La madre de Lul comenz a frecuentar la casa, y como tena mala
voluntad para Andrs, envenenaba todas las cuestiones.

Uno de los mdicos que colaboraba en la revista, un hombre joven, fu
varias veces a ver a Lul.

Segn deca, se encontraba bien; sus manifestaciones histricas no
tenan importancia, eran frecuentes en las embarazadas. El que se
encontraba cada vez peor era Andrs.

Su cerebro estaba en una tensin demasiado grande, y las emociones que
cualquiera poda sentir en la vida normal, a l le desequilibraban.

--Ande usted, salga usted--le deca el mdico.

Pero fuera de casa ya no saba qu hacer.

No poda dormir, y despus de ensayar varios hipnticos, se decidi a
tomar morfina. La angustia le mataba.

Los nicos momentos agradables de su vida eran cuando se pona a
trabajar. Estaba haciendo un estudio sinttico de las aminas, y
trabajaba con toda su fuerza para olvidarse de sus preocupaciones y
llegar a dar claridad a sus ideas.




                                  IV

                        TENA ALGO DE PRECURSOR


CUANDO lleg el embarazo a su trmino, Lul qued con el vientre
excesivamente aumentado.

--A ver si tengo dos--deca ella riendo.

--No digas esas cosas--murmuraba Andrs exasperado y entristecido.

Cuando Lul crey que el momento se acercaba, Hurtado fu a llamar a un
mdico joven, amigo suyo y de Iturrioz, que se dedicaba a partos.

Lul estaba muy animada y muy valiente. El mdico le haba aconsejado
que anduviese, y a pesar de que los dolores le hacan encogerse y
apoyarse en los muebles, no cesaba de andar por la habitacin.

Todo el da lo pas as. El mdico dijo que los primeros partos eran
siempre difciles; pero Andrs comenzaba a sospechar que aquello no
tena el aspecto de un parto normal.

Por la noche, las fuerzas de Lul comenzaron a ceder. Andrs la
contemplaba con lgrimas en los ojos.

--Mi pobre Lul, lo que ests sufriendo--la deca.

--No me importa el dolor--contestaba ella. Si el nio viviera!

--Ya vivir, no tenga usted cuidado!--deca el mdico.

--No, no; me da el corazn que no.

La noche fu terrible. Lul estaba extenuada. Andrs, sentado en una
silla, la contemplaba estpidamente. Ella, a veces, se acercaba a l.

--T tambin ests sufriendo. Pobre!--Y le acariciaba la frente y le
pasaba la mano por la cara.

Andrs, presa de una impaciencia mortal, consultaba al mdico a cada
momento; no poda ser aquello un parto normal; deba de existir alguna
dificultad; la estrechez de la pelvis, algo.

--Si para la madrugada esto no marcha--dijo el mdico--veremos qu se
hace.

De pronto, el mdico llam a Hurtado.

--Qu pasa?--pregunt ste.

--Prepare usted los frceps inmediatamente:

--Qu ha ocurrido?

--La procidencia del cordn umbilical. El cordn est comprimido.

Por muy rpidamente que el mdico introdujo las dos lminas del frceps
e hizo la extraccin, el nio sali muerto.

Acababa de morir en aquel instante.

--Vive?--pregunt Lul con ansiedad.

Al ver que no le respondan, comprendi que estaba muerto, y cay
desmayada. Recobr pronto el sentido. No se haba verificado an el
alumbramiento. La situacin de Lul era grave; la matriz haba quedado
sin tonicidad y no arrojaba la placenta.

El mdico dej a Lul que descansara. La madre quiso ver el nio
muerto. Andrs, al tomar el cuerpecito sobre una sbana doblada, sinti
una impresin de dolor agudsimo, y se le llenaron los ojos de lgrimas.

Lul comenz a llorar amargamente.

--Bueno, bueno--dijo el mdico--, basta; ahora hay que tener energa.

Intent provocar la expulsin de la placenta, por la comprensin, pero
no lo pudo conseguir. Sin duda estaba adherida. Tuvo que extraerla con
la mano. Inmediatamente despus, di a la parturiente una inyeccin de
ergotina, pero no pudo evitar que Lul tuviera una hemorragia abundante.

Lul qued en un estado de debilidad grande; su organismo no
reaccionaba con la necesaria fuerza.

Durante dos das estuvo en este estado de depresin. Tena la seguridad
de que se iba a morir.

--Si siento morirme--le deca a Andrs--es por ti. Qu vas a hacer t,
pobrecito, sin m?--y le acariciaba la cara.

Otras veces era el nio lo que la preocupaba y deca:

--Mi pobre hijo. Tan fuerte como era. Por qu se habr muerto, Dios
mo?

Andrs la miraba con los ojos secos.

En la maana del tercer da, Lul muri. Andrs sali de la alcoba
extenuado. Estaban en la casa doa Leonarda y Nin con su marido. Ella
pareca ya una jamona; l un chulo viejo lleno de alhajas. Andrs entr
en el cuartucho donde dorma, se puso una inyeccin de morfina, y qued
sumido en un sueo profundo.

Se despert a media noche y salt de la cama. Se acerc al cadver de
Lul, estuvo contemplando a la muerta largo rato y la bes en la frente
varias veces.

Haba quedado blanca, como si fuera de mrmol, con un aspecto de
serenidad y de indiferencia, que a Andrs le sorprendi.

Estaba absorto en su contemplacin cuando oy que en el gabinete
hablaban. Reconoci la voz de Iturrioz, y la del mdico; haba otra
voz, pero para l era desconocida.

Hablaban los tres confidencialmente.

--Para m--deca la voz desconocida--esos reconocimientos continuos
que se hacen en los partos, son perjudiciales. Yo no conozco este
caso, pero quin sabe? quiz esta mujer, en el campo, sin asistencia
ninguna, se hubiera salvado. La naturaleza tiene recursos que nosotros
no conocemos.

--Yo no digo que no--contest el mdico que haba asistido a Lul--; es
muy posible.

--Es lstima!--exclam Iturrioz--Este muchacho ahora, marchaba tan
bien!

Andrs, al oir lo que decan, sinti que se le traspasaba el alma.
Rpidamente, volvi a su cuarto y se encerr en l.

       *       *       *       *       *

Por la maana, a la hora del entierro, los que estaban en la casa,
comenzaron a preguntarse qu haca Andrs.

--No me choca nada que no se levante--dijo el mdico--porque toma
morfina.

--De veras?--pregunt Iturrioz.

--S.

--Vamos a despertarle entonces--dijo Iturrioz.

Entraron en el cuarto. Tendido en la cama, muy plido, con los labios
blancos, estaba Andrs.

--Est muerto!--exclam Iturrioz.

Sobre la mesilla de noche se vea una copa y un frasco de aconitina
cristalizada de Duquesnel.

Andrs se haba envenenado. Sin duda, la rapidez de la intoxicacin no
le produjo convulsiones ni vmitos.

La muerte haba sobrevenido por parlisis inmediata del corazn.

--Ha muerto sin dolor--murmur Iturrioz--. Este muchacho no tena
fuerza para vivir. Era un epicreo, un aristcrata, aunque l no lo
crea.

--Pero haba en l algo de precursor--murmur el otro mdico.


                                  FIN




                                NDICE


                             PRIMERA PARTE

                  LA VIDA DE UN ESTUDIANTE EN MADRID

                                                                    Pgs.

       I.--Andrs Hurtado comienza la carrera                          9

      II.--Los estudiantes                                            16

     III.--Andrs Hurtado y su familia                                21

      IV.--El aislamiento                                             25

       V.--El rincn de Andrs                                        29

      VI.--La sala de diseccin                                       35

     VII.--Aracil y Montaner                                          46

    VIII.--Una frmula de la vida                                     54

      IX.--Un rezagado                                                61

       X.--Paso por San Juan de Dios                                  69

      XI.--De alumno interno                                          75


                             SEGUNDA PARTE

                             LAS CARNARIAS

       I.--Las Minglanillas                                           85

      II.--Una cachupinada                                            90

     III.--Las moscas                                                 97

      IV.--Lul                                                      104

       V.--Ms de Lul                                               109

      VI.--Manolo el Chafandn                                       113

     VII.--Historia de la Venancia                                   119

    VIII.--Otros tipos de la casa                                    124

      IX.--La crueldad universal                                     132


                             TERCERA PARTE

                          TRISTEZAS Y DOLORES

       I.--Da de Navidad                                            141

      II.--Vida infantil                                             149

     III.--La casa antigua                                           156

      IV.--Aburrimiento                                              162

       V.--Desde lejos                                               166


                             CUARTA PARTE

                             INQUISICIONES

       I.--Plan filosfico                                           171

      II.--Realidad de las cosas                                     178

     III.--El rbol de la ciencia y el rbol de la vida              183

      IV.--Disociacin                                               195

       V.--La compaa del hombre                                    199


                             QUINTA PARTE

                      LA EXPERIENCIA EN EL PUEBLO

       I.--De viaje                                                  203

      II.--Llegada al pueblo                                         208

     III.--Primeras dificultades                                     215

      IV.--La hostilidad mdica                                      222

       V.--Alcolea del Campo                                         231

      VI.--Tipos de casino                                           242

     VII.--Sexualidad y pornografa                                  248

    VIII.--El dilema                                                 250

      IX.--La mujer del to Garrota                                  257

       X.--Despedida                                                 266


                              SEXTA PARTE

                       LA EXPERIENCIA EN MADRID

       I.--Comentario a lo pasado                                    271

      II.--Los amigos                                                279

     III.--Fermn Ibarra                                             288

      IV.--Encuentro con Lul                                        291

       V.--Mdico de higiene                                         297

      VI.--La tienda de confecciones                                 301

     VII.--De los focos de la peste                                  305

    VIII.--La muerte de Villass                                     311

      IX.--Amor, teora y prctica                                   318


                             SPTIMA PARTE

                        LA EXPERIENCIA DEL HIJO

       I.--El derecho a la prole                                     325

      II.--La vida nueva                                             329

     III.--La paz                                                    337

      IV.--Tena algo de precursor                                   343



       *       *       *       *       *


Notas del Transcriptor:


Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

Se han corregido los errores obvios de imprenta.

Se han eliminado las pginas en blanco.

Las letras itlicas se denotan con el caracter de _subrayado_.

Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas) han
sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.






End of the Project Gutenberg EBook of El arbol de la ciencia, by Po Baroja

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ARBOL DE LA CIENCIA ***

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locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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