The Project Gutenberg EBook of El Protestantismo comparado con el
Catolicismo en sus relaciones con la Civilizacin Europea (Vols 1-2), by Jaime Luciano Balmes

This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever.  You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
www.gutenberg.org.  If you are not located in the United States, you'll
have to check the laws of the country where you are located before using
this ebook.



Title: El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilizacin Europea (Vols 1-2)

Author: Jaime Luciano Balmes

Release Date: June 23, 2019 [EBook #59797]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PROTESTANTISMO COMPARADO ***




Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
file was produced from images generously made available
by The Internet Archive/Canadian Libraries)










                           EL PROTESTANTISMO
                             COMPARADO CON
                            EL CATOLICISMO




                 Obras del Dr. D. Jaime Balmes, Pbro.


                           EL PROTESTANTISMO
                             COMPARADO CON
                            EL CATOLICISMO


                         EN SUS RELACIONES CON
                        LA CIVILIZACIN EUROPEA


                            DCIMA EDICIN


                             TOMO PRIMERO


                               BARCELONA
                  IMPRENTA DEL DIARIO DE BARCELONA
                    CALLE DE LA LIBRETERA, N. 22
                                 1921




                                                           ES PROPIEDAD




PRLOGO


Entre los muchos y gravsimos males que han sido el necesario resultado
de las hondas revoluciones modernas, figura un bien sumamente precioso
para la ciencia, y que probablemente no ser estril para el linaje
humano: la _aficin  los estudios que tienen por objeto al hombre y
la sociedad_. Tan recios han sido los sacudimientos, que la tierra,
por decirlo as, se ha entreabierto bajo nuestras plantas; y la
inteligencia humana, que poco antes marchaba altiva y desvanecida
sobre una carroza triunfal, no oyendo ms que vtores y aplausos, y
como abrumada de laureles, se ha estremecido tambin, se ha detenido
en su carrera, y, absorta en un pensamiento grave, y dominada por un
sentimiento profundo, se ha dicho  s misma: _Quin soy? de dnde
sal? cul es mi destino?_ De aqu es que han vuelto  recobrar su
alta importancia las cuestiones religiosas: por manera que, mientras
se las crea disipadas por el soplo del indiferentismo,  reducidas 
muy pequeo espacio por el sorprendente desarrollo de los intereses
materiales, por el progreso de las ciencias naturales y exactas,
y por la pujanza siempre creciente de los debates polticos, se ha
visto que, lejos de estar ahogadas bajo la inmensa balumba que pareca
oprimirlas, se han presentado de nuevo con todo su grandor, con su
forma gigantesca, sentadas en la cspide de la sociedad, con la cabeza
en el cielo y los pies en el abismo.

En esta disposicin de los espritus, era natural que llamase su
atencin la revolucin religiosa del siglo XVI; y que se preguntase
qu es lo que haba hecho esa revolucin en pro de la causa de
la humanidad. Desgraciadamente se han padecido en esta parte
equivocaciones de cuanta;  bien por mirarse los hechos al travs del
prisma de las preocupaciones de secta,  por considerarlos tan slo por
lo que presentaban en su superficie: y as se ha llegado  asegurar
que los reformadores del siglo XVI contribuyeron al desarrollo de las
ciencias, de las artes, de la libertad de los pueblos, y de todo cuanto
se encierra en la palabra _civilizacin_, y que as dispensaron  las
sociedades europeas un sealado beneficio.

Qu dice sobre esto la historia? qu ensea la filosofa? Bajo el
aspecto religioso, bajo el social, bajo el poltico y el literario,
qu es lo que deben  la reforma del siglo XVI el individuo y la
sociedad? Marchaba bien la Europa bajo la sola influencia del
Catolicismo? ste embargaba en nada el movimiento de la civilizacin?
He aqu lo que me he propuesto examinar en esta obra. Cada poca tiene
sus necesidades; y fuera de desear que todos los escritores catlicos
se convenciesen de que una de las ms imperiosas en la actualidad,
es el analizar  fondo ese linaje de cuestiones: Belarmino y Bossuet
trataron las materias conforme  las necesidades de su tiempo; nosotros
debemos tratarlas cual lo exigen las necesidades del nuestro. Conozco
la inmensa amplitud de las cuestiones que arriba he indicado; y as no
me lisonjeo de poder dilucidarlas cual ellas demandan: como quiera,
emprendo mi camino con el aliento que inspira el amor  la verdad;
cuando mis fuerzas se acaben, me sentar tranquilo, aguardando que otro
que las tenga mayores, d cumplida cima  tan importante tarea.




CAPITULO PRIMERO


Existe en medio de las naciones civilizadas un hecho muy grave, por
la naturaleza de las materias sobre que versa; muy transcendental,
por la muchedumbre, variedad  importancia de las relaciones
que abarca; interesante en extremo, por estar enlazado con los
principales acontecimientos de la historia moderna: este hecho es el
_Protestantismo_.

Ruidoso en su origen, llam desde luego la atencin de la Europa
entera, sembrando en unas partes la alarma, y excitando en otras las
ms vivas simpatas; rpido en su desarrollo, no di lugar siquiera
 que sus adversarios pudiesen ahogarle en su cuna; y, al contar
muy poco tiempo desde su aparicin, ya dejaba apenas esperanza de
que pudiera ser atajado en su incremento, ni detenido en su marcha.
Engredo con las consideraciones y miramientos, tomaba bros su osada
y se acrecentaba su pujanza; exasperado con las medidas coercitivas,
 las resista abiertamente,  se replegaba y reconcentraba para
empezar de nuevo sus ataques con ms furiosa violencia; y de la
misma discusin, de las mismas investigaciones crticas, de todo
aquel aparato erudito y cientfico que se despleg para defenderle
 combatirle, de todo se serva como de vehculo para propagar su
espritu y difundir sus mximas. Creando nuevos y pinges intereses,
se hall escudado por protectores poderosos; mientras, convidando
con los ms vivos alicientes todo linaje de pasiones, las levantaba
en su favor, ponindolas en la combustin ms espantosa. Echaba mano
alternativamente de la astucia  de la fuerza, de la seduccin 
de la violencia, segn  ello se brindaban las varias ocasiones 
circunstancias; y, empeado en abrirse paso en todas direcciones, 
rompiendo las barreras  salvndolas, no paraba hasta alcanzar en los
pases que iba ocupando, el arraigo que necesitaba para asegurarse
estabilidad y duracin. Logrlo as, en efecto; y,  ms de los vastos
establecimientos que adquiri y conserva todava en Europa, fu llevado
en seguida  otras partes del mundo,  inoculado en las venas de
pueblos sencillos  incautos.

Para apreciar en su justo valor un hecho, para abarcar cumplidamente
sus relaciones, deslindndolas como sea menester, sealando  cada
una su lugar,  indicando su mayor  menor importancia, es necesario
examinar si sera dable descubrir el principio constitutivo del hecho;
, al menos, si se puede notar algn rasgo caracterstico, que, pintado
por decirlo as en su fisonoma, nos revele su ntima naturaleza.
Difcil tarea, por cierto, al tratar de hechos de tal gnero y
tamao como es el que nos ocupa; ya por la variedad de los aspectos
que se ofrecen, ya por la muchedumbre de relaciones que se cruzan y
enmaraan. En tales materias, amontnanse con el tiempo un gran nmero
de opiniones, que, como es natural, han buscado todas sus argumentos
para apoyarse; y as se encuentra el observador con tantos y tan varios
objetos, que se ofusca, se abruma y se confunde: y, si se empea en
mudar de lugar, por colocarse en un punto de vista ms  propsito,
halla esparcidos por el suelo tanta abundancia de materiales, que le
obstruyen el paso, , cubriendo el verdadero camino, le extravan en su
marcha.

Con slo dar una mirada al Protestantismo, ora se le considere en su
estado actual, ora en las varias fases de su historia, sintese desde
luego la suma dificultad de encontrar en l nada de constante, nada que
pueda sealarse como su principio constitutivo: porque, incierto en
sus creencias, las modifica de continuo, y las vara de mil maneras;
vago en sus miras, y fluctuante en sus deseos, ensaya todas las formas,
tantea todos los caminos; y, sin que alcance jams una existencia
bien determinada, sigue siempre con paso mal seguro nuevos rumbos, no
logrando otro resultado que enredarse en ms intrincados laberintos.

Los controversistas catlicos le han perseguido y acosado en todas
direcciones; pero, si les preguntis con qu resultado, os dirn
que han tenido que habrselas con un nuevo Proteo, que, prximo 
recibir un golpe, le eluda, cambiando de forma. Y en efecto, si se
quiere atacar al Protestantismo en sus doctrinas, no se sabe  dnde
dirigirse; porque no se sabe nunca cules son stas, y aun l propio
lo ignora; pudiendo decirse que bajo este aspecto el Protestantismo es
invulnerable, porque invulnerable es lo que carece de cuerpo. sta es
la razn de no haberse encontrado arma ms  propsito para combatirle
que la empleada por el ilustre obispo de Meaux: _T varas, y lo que
vara no es verdad_. Arma muy temida por el Protestantismo, y, por
cierto, digna de serlo; pues que todas las transformaciones que se
empleen para eludir su golpe, slo sirven para hacerle ms certero
y ms recio. Qu pensamiento tan cabal el de ese grande hombre! El
solo ttulo de la obra debi hacer temblar  los protestantes: es la
_Historia de las variaciones_; y una historia de _variaciones_ es la
historia del _error_.[1]

Esta variedad, que no debe mirarse como extraa en el Protestantismo,
antes s como natural y muy propia, al paso que nos indica que l no
est en posesin de la verdad, nos revela tambin que el principio
que le mueve y le agita, no es un principio de vida, sino un elemento
disolvente. Hasta ahora siempre se le ha pedido en vano que asentase en
alguna parte el pie, y presentase un cuerpo uniforme y compacto; y en
vano ser tambin pedrselo en adelante, porque vano es pedir asiento
fijo  lo que est fluctuando en la vaguedad de los aires; y mal puede
formarse un cuerpo compacto por medio de un elemento, que tiende de
continuo  separar las partes, disminuyendo siempre su afinidad, y
comunicndoles nuevas fuerzas para repelerse y rechazarse. Bien se
deja entender que estoy hablando del _examen privado en materias de
fe_; ya sea que para el fallo se cuente con la sola luz de la razn,
 con particulares inspiraciones del cielo. Si algo puede encontrarse
de constante en el Protestantismo, es este espritu de examen; es el
substituir  la autoridad pblica y legtima, el dictamen privado: esto
se encuentra siempre junto al Protestantismo, mejor diremos, en lo ms
ntimo de su seno; ste es el nico punto de contacto de todos los
protestantes, el fundamento de su semejanza; y es bien notable que se
verifica todo esto  veces sin su designio,  veces contra su expresa
voluntad.

Psimo y funesto como es semejante principio, s al menos los corifeos
del Protestantismo le hubieran proclamado como sea de combate,
apoyndole, empero, siempre con su doctrina, y sostenindole con su
conducta, hubieran sido consecuentes en el error, y, al verles caer
de precipicio en precipicio, se habra conocido que era efecto de un
mal sistema, pero que, bueno  malo, era al menos un sistema. Pero ni
esto siquiera: y, examinando las palabras y hechos de los primeros
novadores, se nota que, si bien echaron mano de ese funesto principio,
fu para resistir  la autoridad que los estrechaba; pero, por lo
dems, nunca pensaron en establecerle completamente. Trataron, s, de
derribar la autoridad legtima, pero con el fin de usurpar ellos el
mando; es decir, que siguieron la conducta de los revolucionarios
de todas clases, tiempos y pases: quieren echar al suelo el poder
existente, para colocarse ellos en su lugar. Nadie ignora hasta qu
punto llevaba Lutero su frentica intolerancia; no pudiendo sufrir, ni
en sus discpulos, ni en los dems, la menor contradiccin  cuanto le
pluguiese  l establecer, sin entregarse  los ms locos arrebatos,
sin permitirse los ms soeces dicterios. Enrique VIII, el fundador en
Inglaterra de lo que se llama _independencia del pensamiento_, enviaba
al cadalso  cuantos no pensaban como l; y  instancias de Calvino fu
quemado vivo en Ginebra Miguel Servet.

Llamo tan particularmente la atencin sobre este punto, porque me
parece muy importante el hacerlo: el hombre es muy orgulloso, y, al oir
que se deja como sentado que los novadores del siglo XVI proclamaron
la _independencia del pensamiento_, sera posible que algunos incautos
tomaran por aquellos corifeos un secreto inters, mirando sus violentas
peroratas como la expresin de un arranque generoso, y contemplando
sus esfuerzos como dirigidos  la vindicacin de los derechos del
entendimiento. Spase, pues, para no olvidarse jams, que aquellos
hombres proclamaban el principio del _libre examen_, slo para
escudarse contra la legtima autoridad; pero que en seguida trataban de
imponer  los dems el yugo de las doctrinas que ellos haban forjado.
Se proponan destruir la autoridad emanada de Dios, y sobre las ruinas
de ella establecer la suya propia. Doloroso es el verse precisado 
presentar las pruebas de esta asercin: no porque no se ofrezcan en
abundancia, sino porque, si se quiere echar mano de las ms seguras 
incontestables, hay que recordar palabras y hechos que, si bien cubren
de oprobio  los fundadores del Protestantismo, tampoco es grato el
traerlos  la memoria; porque al pronunciar tales cargos la frente
se ruboriza, y al consignarlos en un escrito parece que el papel se
mancha.[2]

Mirado en globo el Protestantismo, slo se descubre en l un informe
conjunto de innumerables sectas, todas discordes entre s, y acordes
slo en un punto: _en protestar contra la autoridad de la Iglesia_.
sta es la causa de que slo se oigan entre ellas nombres particulares
y exclusivos, por lo comn slo derivados del fundador de la secta;
y que, por ms esfuerzos que hayan hecho, no han alcanzado jams
 darse un nombre general, expresivo al mismo tiempo de una idea
positiva; de suerte que hasta ahora slo se denominan  la manera
de las sectas filosficas. Luteranos, calvinistas, zuinglianos,
anglicanos, socinianos, arminianos, anabaptistas, y la interminable
cadena que podra recordar, son nombres que muestran plenamente la
estrechez y mezquindad del crculo en que se encierran sus sectas; y
basta pronunciarlos para notar que no hay en ellos nada de general,
nada de grande.  quien conozca medianamente la religin cristiana,
parece que esto debera bastarle para convencerse de que estas sectas
no son verdaderamente cristianas; pero lo singular, lo ms notable,
es lo que ha sucedido con respecto  encontrar un nombre general.
Recorred su historia, y veris que tantea varios, pero ninguno le
cuadra, en encerrndose en ellos algo de positivo, algo de cristiano;
pero, al ensayar uno como recogido al acaso en la Dieta de Espira, uno
que en s propio lleva su condenacin, porque repugna al origen, al
espritu,  las mximas,  la historia entera de la religin cristiana;
un nombre que nada expresa de unidad, ni de unin; es decir, nada de
aquello que es inseparable del nombre cristiano; un nombre que no
envuelve ninguna idea positiva, que nada explica, nada determina; al
ensayar ste, se le ha ajustado perfectamente, todo el mundo se lo ha
adjudicado por unanimidad, por aclamacin; y es porque era el suyo:
_Protestantismo_.[3]

En el vago espacio sealado por este nombre, todas las sectas se
acomodan, todos los errores tienen cabida: negad con los luteranos el
libre albedro, renovad con los arminianos los errores de Pelagio,
admitid la presencia real con unos, desechadla luego con los
zuinglianos y calvinistas; si queris, negad con los socinianos la
divinidad de Jesucristo, adheros  los episcopales   los puritanos,
daos si os viniera en gana  las extravagancias de los cuqueros, todo
esto nada importa: no dejis por ello de ser protestantes, porque
todava _protestis_ contra la autoridad de la Iglesia. Es se un
espacio tan anchuroso, del que apenas podris salir, por grandes que
sean vuestros extravos: es todo el vasto terreno que descubrs en
saliendo fuera de las puertas de la Ciudad Santa.[4]




CAPITULO II


Pero, cules fueron las causas de que apareciese en Europa el
Protestantismo, y de que tomase tanta extensin  incremento? Digna
es, por cierto, tal cuestin de ser examinada con mucho detenimiento,
ya por la importancia que encierra en s propia, ya tambin porque,
llamndonos  investigar el origen de semejante plaga, nos gua al
lugar ms  propsito para que podamos formarnos una idea ms cabal
de la naturaleza y relaciones de ese fenmeno, tan observado como mal
definido.

Cuando  efecto de la naturaleza y tamao del Protestantismo se
trata de sealarle sus causas, es poco conforme  razn el recurrir
 hechos de poca importancia; ya porque lo sean de suyo,  porque
estn limitados  determinados lugares y circunstancias. Es un error
el suponer que de causas muy pequeas pudiesen resultar efectos muy
grandes; pues que, si bien es verdad que las cosas grandes tienen 
veces su principio en las pequeas, tambin lo es que no es lo mismo
principio que causa, y que el principiar una cosa por otra, y el ser
causada por ella, son expresiones de significado muy diferente. Una
leve chispa produce tal vez un espantoso incendio; pero es porque
encuentra abundancia de materias inflamables. Lo que es general,
ha de tener causas generales; lo que es muy duradero y arraigado,
causas muy duraderas y profundas. sta es una ley constante, as en
el orden moral como en el fsico, pero ley cuyas aplicaciones son muy
difciles, particularmente en el orden moral; pues en l  veces estn
las cosas grandes encubiertas con velos tan modestos, est cada efecto
enlazado con tantas causas, y por medio de tan delicadas hebras y tan
complicada contextura, que al ojo ms atento y perspicaz,  se le
escapa enteramente,  se le pasa como cosa liviana y de poco resultado,
lo que tena tal vez la mayor importancia  influjo; y, al contrario,
andan las cosas pequeas tan cubiertas de oropel, tan adornadas y
relumbrantes, tan acompaadas de ruidoso cortejo, que es muy fcil
que engaen al hombre, ya muy propenso de suyo  juzgar por meras
apariencias.

Insistiendo en los principios que acabo de asentar, no puedo inclinarme
 dar mucha importancia, ni  la rivalidad excitada por la predicacin
de las indulgencias, ni  las demasas que pudieran cometer en esta
materia algunos subalternos; pudo todo esto ser una ocasin, un
pretexto, una seal de combate, pero en s era muy poca cosa para poner
en conflagracin el mundo. Aunque tal vez sea ms plausible, no es,
sin embargo, ms puesto en razn, el buscar las causas del nacimiento
y extensin del Protestantismo en el carcter y circunstancias de
los primeros novadores. Pondrase con nfasis la fogosa violencia de
los escritos y palabras de Lutero; y hcese notar cun  propsito
eran para inflamar el nimo de los pueblos, arrastrarlos en pos de
los nuevos errores,  inspirarles encarnizado odio contra la Iglesia
romana; encarcense no menos la sofstica astucia, el estilo metdico,
la expresin elegante de Calvino, calidades muy adaptadas para dar
alguna aparente regularidad  la informe masa de errores que enseaban
los nuevos sectarios, ponindola ms en estado de ser abrazada por
personas de ms fino gusto: y  este tenor se van trazando cuadros
ms  menos verdicos de los talentos y dems calidades de otros
hombres: ni  Lutero, ni  Calvino, ni  ninguno de los principales
fundadores del Protestantismo, trato de disputarles los ttulos con que
adquirieron su triste celebridad; pero me parece que el insistir mucho
sobre las calidades personales, y el atribuir  stas la principal
influencia en el desarrollo del mal, es no conocerle en toda su
extensin, es no evaluar toda su gravedad, y es, adems, olvidar lo que
nos ha enseado la historia de todos los tiempos.

En efecto: si miramos con imparcialidad  aquellos hombres, nada
encontraremos en ellos de tan singular que no se halle con igualdad,
 con exceso, en casi todas las cabezas de secta. Sus talentos, su
erudicin, su saber, todo ha pasado ya por el crisol de la crtica;
y, ni entre los catlicos ni entre los protestantes, se halla ya
nadie instrudo  imparcial que no tenga por exageraciones de partido
las desmedidas alabanzas que les haban tributado. Bajo todos
aspectos, ya se los considera slo en la clase de aquellos hombres
turbulentos, que reunen las circunstancias necesarias para provocar
trastornos. Desgraciadamente, la historia de todos tiempos y pases
y la experiencia de cada da nos ensean que esos hombres son cosa
muy comn, y que aparecen dondequiera que una funesta combinacin de
circunstancias ofrezca ocasin oportuna.

Cuando se ha querido buscar otras causas, que por su extensin 
importancia estuvieran ms en proporcin con el Protestantismo, se
han sealado comunmente dos: _la necesidad de una reforma_, y el
_espritu de libertad_. Haba muchos abusos, han dicho algunos; se
descuid la reforma legtima, y este descuido provoc la revolucin.
El entendimiento humano estaba en cadenas, han dicho otros; quiso
quebrantarlas; y el Protestantismo no fu otra cosa _que un esfuerzo
extraordinario en nombre de la libertad, un vuelo atrevido del
pensamiento humano_. Por cierto que  esas opiniones no puede
tachrselas de que sealen causas pequeas, y cuya influencia se
circunscriba  espacio breve; y hasta en ambas se encuentra algo
que es muy  propsito para atraerles proslitos. Ponderando la una
la necesidad de una reforma, abre anchuroso campo para reprender la
inobservancia de las leyes y la relajacin de las costumbres, y esto
excita siempre simpatas en el corazn del hombre, indulgente cuando se
trata de los deslices propios, pero severo  inexorable con los ajenos;
y, pronunciando la otra las deslumbradoras palabras de _libertad_, de
_vuelo atrevido del espritu_, puede estar siempre segura de hallar
dilatado eco, pues que ste no falta jams  la palabra que lisonjea el
orgullo.

No trato yo de negar la necesidad que  la sazn haba de una reforma;
convengo en que era necesaria; bastndome para esto el dar una ojeada
 la historia, el escuchar los sentidos lamentos de grandes hombres,
mirados por la Iglesia como hijos muy predilectos, y sobre todo me
basta leer en el primer decreto del Concilio de Trento que uno de los
objetos del Concilio era la _reforma del clero y del pueblo cristiano_;
me basta oir de boca del Papa Po IV, en la confirmacin del mismo
Concilio, que uno de los objetos para que se haba celebrado, era la
_correccin de las costumbres y el restablecimiento de la disciplina_.
Sin embargo, y  pesar de todo esto, no puedo inclinarme  dar  los
abusos tanta influencia en el nacimiento del Protestantismo como le
han atribudo muchos; y,  decir verdad, me parece muy mal resuelta
la cuestin, siempre que, para sealar la verdadera causa del mal,
se insiste mucho sobre los funestos resultados que haban de traer
consigo los abusos; as como, por otra parte, no me satisfacen las
palabras de _libertad_ y de _atrevido vuelo del pensamiento_. Lo dir
paladinamente: por ms respeto que se merezcan algunos de los hombres
que han dado tanta importancia  los abusos; por ms consideraciones
que tenga  los talentos de otros que han apelado al espritu de
libertad, ni en unos ni en otros encuentro aquel anlisis, filosfico 
histrico  la par, que no se aparta del terreno de los hechos, sino
que los examina y alumbra, mostrando la ntima naturaleza de cada uno,
sin descuidar su enlace y encadenamiento.

Se ha divagado tanto en la definicin del Protestantismo y en el
sealamiento de sus causas, por no haberse advertido que no es ms
que un hecho comn  todos los siglos de la historia de la Iglesia,
pero que tom su _importancia y peculiares caracteres de la poca en
que naci_. Con esta sola consideracin, fundada en el testimonio
constante de la historia, y confirmada por la razn y la experiencia,
todo se allana, todo se aclara y explica; nada hemos de buscar en
sus doctrinas, ni en sus fundadores, de extraordinario ni singular;
porque todo lo que tiene de caracterstico, todo proviene de que naci
en _Europa, y en el siglo_ XVI. Desenvolver este pensamiento, no
echando mano de raciocinios areos, que slo estriben en suposiciones
gratuitas, sino apelando  hechos que nadie podr contestar.

Es innegable que el principio de sumisin  la autoridad en materias
de fe, ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espritu
humano. No es ste el lugar de sealar las causas de esta resistencia,
causas que en el curso de esta obra me propongo analizar; me basta
por ahora consignar el hecho, y recordar  quien lo pusiere en duda,
que la historia de la Iglesia va siempre acompaada de la historia de
las herejas. Conforme  la variedad de tiempos y pases, el hecho ha
presentado diferentes fases: ora haciendo entrar en torpe mezcolanza
el judasmo y el cristianismo, ora combinando con la doctrina de
Jesucristo los sueos de los orientales, ora alterando la pureza del
dogma catlico con las cavilaciones y sutilezas del sofista griego;
es decir, presentando diferentes aspectos, segn ha sido diferente el
estado del espritu humano. No ha dejado, empero, este hecho de tener
dos caracteres generales, que han manifestado bien  las claras que
el origen es el mismo,  pesar de ser tan vario el resultado en su
naturaleza y objeto. Estos caracteres son: _el odio  la autoridad de
la Iglesia y el espritu de secta_.

Bien claro es que, si en cada siglo se haba visto nacer alguna secta
que se opona  la autoridad de la Iglesia, y eriga en dogmas las
opiniones de sus fundadores, no era regular que dejase de acontecer lo
mismo en el siglo XVI; y, atendido el carcter del espritu humano,
me parece que, si el siglo XVI hubiera sido una excepcin de la regla
general, tendramos actualmente una cuestin bien difcil de resolver,
y sera: cmo fu posible que no apareciese en aquel siglo ninguna
secta? Pues bien: una vez nacido en el siglo XVI un error cualquiera,
sea cual fuere su origen, su ocasin y pretexto; luego que se haya
reunido en torno de la nueva ensea una porcin de proslitos, veo ya
al Protestantismo en toda su extensin, en toda su transcendencia, con
todas sus divisiones y subdivisiones, con toda su audacia y energa
para desplegar un ataque general contra cuantos puntos de dogma y de
disciplina se enseen y observen en la Iglesia. En vez de Lutero,
de Zuinglio, de Calvino, poned, si os place,  Arrio,  Nestorio, 
Pelagio; en lugar de los errores de aqullos, ensead, si queris, los
de stos: todo ser indiferente, porque todo tendr un mismo resultado.
El error excitar desde luego simpatas, encontrar defensores,
acalorar entusiastas, se extender, se propagar con la rapidez de
un incendio, se dividir luego, y tomarn sus chispas direcciones muy
diferentes; todo se defender con aparato de erudicin y de saber,
variarn de continuo las creencias, se formularn mil profesiones de
fe, se cambiar  anonadar la liturgia, y harnse mil trozos los
lazos de disciplina: es decir, tendris el _Protestantismo_. Y cmo
es que en el siglo XVI haya de tomar el mal tanta gravedad, tanta
extensin y transcendencia? Porque la sociedad de entonces es muy
diferente de todas las anteriores, y lo que en otras pocas pudiera
causar un incendio parcial, haba de acarrear en sta una conflagracin
espantosa. Componase la Europa de un conjunto de sociedades inmensas
que, como formadas en una misma matriz, tenan mucha semejanza en
ideas, costumbres, leyes  instituciones; habase entablado, por
consiguiente, entre ellas una viva comunicacin, ora excitada por
rivalidades, ora por comunidad de intereses; en la generalidad de la
lengua latina exista un medio que facilitaba la circulacin de toda
clase de conocimientos; y, sobre todo, acababa de generalizarse un
rpido vehculo, un medio de explotacin, de multiplicacin y expresin
de todos los pensamientos y afectos; un medio que poco antes saliera
de la cabeza de un hombre, como un resplandor milagroso preado de
colosales destinos: _la imprenta_.

Tal es el espritu humano, tal su volubilidad, tanto el apego que cobra
fcilmente  toda clase de innovaciones, tal el placer que siente en
abandonar los antiguos rumbos para seguir otros nuevos, que, una vez
levantada la ensea del error, era imposible que no se agrupasen muchos
en torno de ella. Sacudido el yugo de la autoridad en pases donde
era tan vasta, tan activa la investigacin, donde fermentaban tantas
discusiones, donde bullan tantas ideas, donde germinaban todas las
ciencias, ya no era dable que el vago espritu del hombre se mantuviera
fijo en ningn punto, y deba por precisin pulular un hormiguero de
sectas, marchando cada una por su camino,  merced de sus ilusiones
y caprichos. Aqu no hay medio: las naciones civilizadas,  sern
catlicas,  recorrern todas las fases del error;  se mantendrn
aferradas al ncora de la autoridad,  desplegarn un ataque general
contra ella, combatindola en s misma, y en cuanto ensea  prescribe.
El hombre cuyo entendimiento est despejado y claro,  vive tranquilo
en las apacibles regiones de la verdad,  la busca desasosegado 
inquieto; y como, estribando en principios falsos, siente que no est
firme el terreno, que est mal segura y vacilante su planta, cambia
continuamente de lugar, saltando de error en error, de abismo en
abismo. El vivir en medio de errores, y estar satisfecho de ellos, y
transmitirlos de generacin en generacin, sin hacer modificacin ni
mudanza, es propio de aquellos pueblos que vegetan en la ignorancia y
envilecimiento: all el espritu no se mueve, porque duerme.

Colocado el observador en este punto de vista, descubre el
Protestantismo tal cual es en s; y, como domina completamente la
posicin, ve cada cosa en su lugar, y puede, por tanto, apreciar su
verdadero tamao, descubrir sus relaciones, estimar su influencia, y
explicar sus anomalas. Entonces, situados los hombres en su lugar, y
comparados con el vasto conjunto de los hechos, aparecen en el cuadro
como figuras muy pequeas, que podran muy bien ser substitudas por
otras, que nada importa que estuvieran un poco ms ac,  un poco ms
all; que era indiferente que tuviesen esta  aquella forma, este 
aquel colorido; y entonces salta  los ojos que el entretenerse mucho
en ponderar la energa de carcter, la fogosidad y audacia de Lutero,
la literatura de Melanchton, el talento sofstico de Calvino, y otras
cosas semejantes, es desperdiciar el tiempo y no explicar nada. Y,
en efecto: qu eran todos esos hombres y otros corifeos? tenan,
acaso, algo de extraordinario? no eran, por ventura, tales como se
los encuentra con frecuencia en todas partes? Algunos de ellos ni
excedieron siquiera de la raya de medianos; y de casi todos puede
asegurarse que, si no hubieran tenido celebridad funesta, la hubieran
tenido muy escasa. Pues por qu hicieron tanto? Porque encontraron un
montn de combustible y le pegaron fuego: ya veis que esto no es muy
difcil; y, sin embargo, ah est todo el misterio. Cuando veo  Lutero
loco de orgullo, precipitarse en aquellos delirios y extravagancias
que tanto lamentaban sus propios amigos; cuando le veo insultar
groseramente  cuantos le contradicen, indignarse contra todo lo que no
se humilla en su presencia; cuando le oigo vomitar aquel torrente de
dicterios soeces, de palabras inmundas, apenas me causa otra impresin
que la de lstima: este hombre, que tiene la singular ocurrencia de
llamarse _Notharius Dei_, desvara, tiene medio perdido el juicio, y
no es extrao, porque ha soplado, y con su soplo se ha manifestado un
terrible incendio; es que haba un almacn de plvora, y su soplo le ha
aproximado una chispa, y el insensato que en su ceguera no lo advierte,
dice en su delirio: _muy poderoso soy; mirad: mi soplo es abrasador:
pone en conflagracin al mundo_.

Y los abusos qu influencia tuvieron? Si no abandonamos el mismo punto
de vista en que nos hemos colocado, veremos que dieron tal vez alguna
ocasin, que suministraron algn pbulo, pero que estn muy lejos de
haber ejercido la influencia que se les ha atribudo, y no es porque
trate ni de negarlos, ni de excusarlos; no es porque no haga el debido
caso de los lamentos de grandes hombres; pero no es lo mismo llorar un
mal, que sealar y analizar su influencia. El varn justo que levanta
su voz contra el vicio, el ministro del santuario devorado por el celo
de la Casa del Seor, se expresan con acento tan alto y tan sentido,
que no siempre sus quejas y gemidos pueden servir de dato seguro para
estimar el justo valor de los hechos. Ellos sueltan una palabra que
sale del fondo de su corazn; sale abrasada, porque arde en sus pechos
el amor, y el celo de la justicia; y viene en pos de ellos la mala fe,
interpreta  su maligno talante las expresiones, y todo lo exagera y
desfigura.

Sea lo que fuere de todo esto, bien claro es que, atenindonos  lo
que dejamos firmemente asentado con respecto al origen y naturaleza
del Protestantismo, no pueden sealarse como principal causa de l los
abusos; y que, cuando ms, pueden indicarse como ocasiones y pretextos.
Si as no fuere, sera menester decir que en la Iglesia, ya desde
su origen, aun en el tiempo de su primitivo fervor, y de su pureza
proverbial, tan ponderada por los adversarios, ya haba muchos abusos:
porque tambin entonces pululaban de continuo sectas, que protestaban
contra sus dogmas, que sacudan su autoridad, y se apellidaban la
verdadera Iglesia. Esto no tiene rplica; el caso es el mismo; y si se
alegare la extensin que ha tenido el Protestantismo, y su propagacin
rpida, recordar que esto se verific tambin con respecto  otras
sectas; reproducir lo que deca San Jernimo de los estragos del
arrianismo: _Gimi el orbe entero y asombrse de verse arriano_. Que,
si algo ms se quiere citar con respecto al Protestantismo, bastante se
lleva evidenciado que lo que tiene de caracterstico, todo lo debe, no
 los abusos, sino  la _poca en que naci_.

Lo dicho hasta aqu es bastante para que pueda formarse concepto de
la influencia que los abusos pudieron ejercer: pero, como este asunto
ha dado tanto que hablar, y prestado origen  muchas equivocaciones,
ser bien, antes de pasar ms adelante, detenerse todava ms en esta
importante materia, fijando, en cuanto cabe, las ideas, y separando
lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo incierto. Que en los siglos
medios se haban introducido abusos deplorables, que la corrupcin
de costumbres era mucha, y que, por consiguiente, era necesaria una
reforma, es cierto, indudable. Por lo que toca  los siglos XI y
XII, tenemos de esta triste verdad testigos tan intachables como
San Pedro Damin, San Gregorio VII y San Bernardo. Algunos siglos
despus, si bien se haban corregido mucho los abusos, todava eran
de consideracin, bastando para convencernos de esta verdad los
lamentos de los varones respetables que anhelaban por la reforma;
distinguindose muy particularmente el cardenal Julin en las terribles
palabras con que se diriga al Papa Eugenio IV, representndole los
desrdenes del clero, principalmente del de Alemania. Confesada
paladinamente la verdad, pues no creo que la causa del Catolicismo
necesite para su defensa del embozo y de la mentira, resolver en pocas
palabras algunas cuestiones importantes.

Quin tena la culpa de que se hubiesen introducido tamaos
desrdenes? Era la Corte de Roma? Eran los obispos? Creo que slo
se la debe achacar  la calamidad de los tiempos. Para un hombre
sensato bastar recordar que en Europa se haban consumado los hechos
siguientes: la disolucin del viejo y corrompido imperio romano; la
irrupcin  inundacin de los brbaros del Norte; la fluctuacin y las
guerras de stos entre s y con los dems pueblos por espacio de largos
siglos; el establecimiento y el predominio del feudalismo con todas sus
turbulencias y desastres; la invasin de los sarracenos, y su ocupacin
de una parte considerable de Europa. La ignorancia, la corrupcin,
la relajacin de la disciplina, no deban ser el resultado natural,
necesario, de tanto trastorno? La sociedad eclesistica poda menos de
resentirse profundamente de esa disolucin, de ese aniquilamiento de la
sociedad civil? poda no participar de los males de ese horroroso caos
en que se hallaba envuelta la Europa?

Falt nunca en la Iglesia, el espritu, el deseo, el anhelo de la
reforma de los abusos? Se puede demostrar que no. Pasar por alto los
santos varones, que en todos aquellos calamitosos tiempos no dej de
abrigar en su seno; la historia nos los cuenta en nmero considerable,
y de virtudes tan acendradas, que, al paso que contrastaban con la
corrupcin que les rodeaba, mostraban que no se haba apagado en
el seno de la Iglesia catlica el divino fuego de las _lenguas del
Cenculo_. Este solo hecho prueba ya mucho; pero prescindir de
l, para llamar la atencin sobre otro ms notable, menos sujeto 
cuestiones, menos tachable de exageracin, y que no puede decirse
limitado  este   aquel individuo, sino que es la verdadera expresin
del espritu que animaba al cuerpo de la Iglesia. Hablo de la incesante
reunin de concilios en que se reprobaban y condenaban los abusos, y se
inculcaba la santidad de costumbres, y la observancia de la disciplina.
Afortunadamente este hecho consolador est fuera de toda duda; est
patente  los ojos de todo el mundo, bastando, para convencerse de l,
el haber abierto una vez siquiera algn libro de historia eclesistica,
 alguna coleccin de concilios. Es sobremanera digno este hecho de
llamar la atencin, y aun puede aadirse que quiz no se ha advertido
toda la importancia que encierra. En efecto: si observamos las otras
sociedades, repararemos que,  medida que las ideas  las costumbres
cambian, van modificando rpidamente las leyes; y, si stas le son muy
contrarias, en poco tiempo las hacen callar, las arrollan, las echan
por el suelo. Pero en la Iglesia no sucedi as: la corrupcin se haba
extendido por todas partes de una manera lamentable: los ministros de
la religin se dejaban arrastrar de la corriente, y se olvidaban de
la santidad de su ministerio; pero el fuego santo arda siempre en
el santuario: all se proclamaba, se inculcaba sin cesar la ley; y
aquellos mismos hombres cosa admirable!, aquellos mismos hombres que
la quebrantaban, se reunan con frecuencia para condenarse  s mismos,
para afear su propia conducta, haciendo de esta manera ms sensible,
ms pblico el contraste entre su enseanza y sus obras. La simona
y la incontinencia eran los dos vicios dominantes; pues bien, abrid
las colecciones de los concilios, y por dondequiera los encontraris
anatematizados. Jams se vi tan prolongada, tan constante, tan tenaz
lucha del derecho contra el hecho; jams, como entonces, se vi por
espacio de largos siglos  la ley colocada cara  cara contra las
pasiones desencadenadas; y mantenerse all firme, inmvil, sin dar un
paso atrs, sin permitirles tregua ni descanso hasta haberlas sojuzgado.

Y no fu intil esa constancia, esa santa tenacidad: y as es que 
principios del siglo XVI, es decir,  la poca del nacimiento del
Protestantismo, vemos que los abusos eran incomparablemente menores,
que las costumbres se haban mejorado mucho, que la disciplina haba
adquirido vigor, y que se la observaba con bastante regularidad. El
tiempo de las declamaciones de Lutero no era el tiempo calamitoso
llorado por San Pedro Damin y por San Bernardo: el caos se haba
desembrollado mucho; la luz, el orden y la regularidad se iban
difundiendo rpidamente; y, por prueba incontestable de que no yaca
en tanta ignorancia y corrupcin como se quera ponderar, poda la
Iglesia ofrecer una exquisita muestra de hombres tan distinguidos en
santidad como brillaron en aquel mismo siglo, y tan eminentes en
sabidura como resplandecieron en el Concilio de Trento. Es menester
no olvidar la situacin en que se haba encontrado la Iglesia; es
necesario no perder de vista que las grandes reformas exigen largo
tiempo; que estas reformas encontraban resistencia en los eclesisticos
y en los seglares, y que, por haberlas querido emprender con firmeza
y constancia Gregorio VII, se ha llegado  tacharle de temerario. No
juzguemos  los hombres fuera de su lugar y tiempo; no pretendamos
que todo se ajuste  los mezquinos tipos que nos forjamos en nuestra
imaginacin: los siglos ruedan en una rbita inmensa, y la variedad
de circunstancias produce situaciones tan extraas y complicadas, que
apenas alcanzamos  concebirlas.

Bossuet, en su _Historia de las variaciones_, despus de haber hecho
una clasificacin del diferente espritu que guiaba  los hombres que
haban intentado una reforma antes del siglo XVI, y despus de citar
las amenazadoras palabras del cardenal Julin, dice: As es como, en
el siglo XV, ese cardenal, el hombre ms grande de su tiempo, deploraba
los males, previendo sus funestas consecuencias; de manera que parece
haber pronosticado los que Lutero iba  causar  toda la cristiandad,
empezando por la Alemania; y no se enga al creer que el _no haber
cuidado de la reforma_, y el aumento del odio contra el clero, iba 
producir una secta ms temible para la Iglesia que la de los bohemios.
De estas palabras se infiere que el ilustre obispo de Meaux encontraba
una de las principales causas del Protestantismo en no haberse hecho 
tiempo la reforma legtima. No se crea, por esto, que Bossuet excuse
en lo ms mnimo  los corifeos del Protestantismo, ni que trate de
poner en salvo las intenciones de los novadores; antes al contrario,
los coloca en la clase de los reformadores turbulentos, que, lejos
de favorecer la verdadera reforma deseada por los hombres sabios y
prudentes, slo servan para hacerla ms difcil, introduciendo con sus
malas doctrinas el espritu de desobediencia, de cisma y de hereja.

 pesar de la autoridad de Bossuet, no puedo inclinarme  dar tanta
importancia  los abusos, que los mire como una de las principales
causas del Protestantismo, y no es necesario repetir lo que en apoyo de
mi opinin he dicho antes. Pero no ser fuera del caso advertir que mal
pueden apoyarse en la autoridad de Bossuet los que intenten sincerar
las intenciones de los primeros reformadores; pues que el ilustre
prelado es el primero en suponerlos altamente culpables, y en reconocer
que, si bien existan los abusos, nunca tuvieron los novadores la
intencin de corregirlos, antes s de valerse de este pretexto para
apartarse de la fe de la Iglesia, substraerse al yugo de la legtima
autoridad, quebrantar todos los lazos de la disciplina,  introducir de
esta suerte el desorden y la licencia.

Y  la verdad, cmo sera posible atribuir  los primeros reformadores
el espritu de una verdadera reforma, cuando casi todos cuidaron
de desmentirlo con su vergonzosa conducta? Si al menos se hubieran
entregado  un riguroso ascetismo, si con la austeridad de sus
costumbres hubiesen condenado la relajacin de que se lamentaban,
entonces podramos sospechar si sus mismos extravos fueron efecto de
un celo exagerado, si fueron arrebatados al mal por un exceso de amor
al bien; pero sucedi algo de semejante? Oigamos lo que dice sobre el
particular un testigo de vista, un hombre que por cierto no puede ser
tildado de fantico, un hombre que guard con los primeros corifeos
del Protestantismo tantas consideraciones y miramientos, que no pocos
los han calificado de culpables: es Erasmo, que, hablando con su
acostumbrada gracia y malignidad, dice as: Segn parece, la reforma
viene  parar  la secularizacin de algunos frailes, y al casamiento
de algunos sacerdotes: y esa gran tragedia se termina, al fin, por un
suceso muy cmico, pues que todo se desenlaza, como en las comedias,
por un casamiento.

Esto manifiesta hasta la evidencia cul era el verdadero espritu de
los novadores del siglo XVI, y que, lejos de intentar la enmienda de
los abusos, se proponan ms bien agravarlos. En esta parte, la simple
consideracin de los hechos ha guiado  M. Guizot por el camino de la
verdad, cuando no admite la opinin de aquellos que pretenden que la
reforma haba sido una tentativa concebida y ejecutada con el solo
designio de reconstituir una Iglesia pura, la Iglesia primitiva; ni una
simple mira de mejora religiosa, ni el fruto de una utopia de humanidad
y de verdad. (_Historia general de la civilizacin europea, leccin
12._)

Tampoco ser difcil ahora el apreciar en su justo valor el mrito de
la explicacin que ha dado de este fenmeno el escritor que acabo de
citar. La reforma, dice M. Guizot, fu un esfuerzo extraordinario en
nombre de la libertad, una insurreccin de la inteligencia humana.

Este esfuerzo naci, segn el mismo autor, de la _vivsima actividad_
que desplegaba el espritu humano, y del estado de _inercia_ en que
haba cado la Iglesia romana: de que  la sazn caminaba el espritu
humano con fuerte  impetuoso movimiento, y la Iglesia se hallaba
_estacionaria_. sta es una de aquellas explicaciones que son muy 
propsito para granjearse admiradores y proslitos; porque, colocados
los pensamientos en terreno tan general y elevado, no pueden ser
examinados de cerca por la mayor parte de los lectores, y, presentados
con el velo de una imagen brillante, deslumbran los ojos, y preocupan
el juicio.

Como lo que coarta la libertad de pensar, tal como la entiende aqu
M. Guizot, y como la entienden los protestantes, es la _autoridad_ en
materias de fe, infirese que el levantamiento de la inteligencia debi
ser seguramente contra esa _autoridad_; es decir, que aconteci la
sublevacin del entendimiento, porque l marchaba, y la Iglesia no se
mova de sus dogmas; , por valerme de la expresin de M. Guizot: la
Iglesia se hallaba _estacionaria_.

Sea cual fuere la disposicin de nimo de M. Guizot con respecto  los
dogmas de la Iglesia catlica, al menos como filsofo debi advertir
que andaba muy desacertado en sealar, como particular de una poca, lo
que para la Iglesia era un carcter de que ella se haba glorificado
en todos tiempos. En efecto: van ya ms de 18 siglos que  la Iglesia
se la puede llamar _estacionaria_ en sus dogmas; y sta es una prueba
inequvoca de que ella sola est en posesin de la verdad: porque la
verdad es _invariable_, por ser _una_.

Si, pues, el levantamiento de la inteligencia se hizo por esta causa,
nada tuvo la Iglesia en aquel siglo que no tuviera en todos los
anteriores, y no lo haya conservado en los siguientes; nada hubo de
particular, nada de caracterstico; nada, por consiguiente, se ha
adelantado en la explicacin de las causas del fenmeno; y si por
esta razn la compara M. Guizot  los gobiernos _viejos_, sta es
una _vejez_ que la tuvo la Iglesia desde su cuna. Como si M. Guizot
hubiese sentido l propio la flaqueza de sus raciocinios, presenta
los pensamientos en grupo, en tropel; hace desfilar  los ojos del
lector diferentes rdenes de ideas, sin cuidar de clasificaciones, ni
deslindes, para que la variedad distraiga y la mezcla confunda. En
efecto:  juzgar por el contexto de su discurso, no parece que entienda
aplicar  la Iglesia los eptetos de _inerte_, ni _estacionaria_ con
respecto  los dogmas, sino que ms bien se deja conjeturar que trata
de referirlo  pretensiones bajo el aspecto poltico y econmico; pues,
por lo que toca  la _tirana  intolerancia_ que han achacado algunos
 la Corte de Roma, lo rechaza M. Guizot como una calumnia.

Supuesto que en esta parte presenta una incoherencia de ideas que
parece no debamos esperar de su claro entendimiento, incoherencia
que  muchos se les hara recio de creer, me es indispensable copiar
literalmente sus propias palabras, y en ellas aprenderemos que nada
hay ms incoherente que los grandes talentos, una vez colocados en una
posicin falsa.

Haba cado la Iglesia, dice M. Guizot, en un estado de inercia,
se hallaba estacionaria: el crdito poltico de la Corte de Roma se
haba disminudo mucho: la direccin de la sociedad europea ya no le
perteneca, puesto que haba pasado al gobierno civil. Con todo, tena
el poder espiritual las mismas pretensiones que antes; conservaba
an toda su pompa, toda su importancia exterior: sucedale lo que ha
acontecido, ms de una vez  los gobiernos viejos y que han perdido
su influencia: se dirigan de continuo quejas contra ella, y la mayor
parte eran fundadas. Cmo es posible que M. Guizot no advirtiese
que nada sealaba aqu que tuviese relacin con la libertad del
pensamiento, nada que no fuera de un orden muy diferente? El haberse
disminudo el influjo poltico de la Corte de Roma, y el conservar
an sus pretensiones; el no pertenecerle ya la direccin de la
sociedad europea, y el conservar ella su pompa  importancia exterior,
significa acaso otra cosa que las rivalidades que pudieron existir
con respecto  asuntos polticos? Y cmo pudo olvidar M. Guizot que
poco antes haba dicho que el sealar como causa del Protestantismo la
_rivalidad de los soberanos con el poder eclesistico_, no le pareca
_fundado_, ni muy _filosfico_, ni en correspondiente _proporcin con
la extensin  importancia de este suceso_?

Si algunos creyesen que, aun cuando todo esto no tuviera relacin
directa con la libertad del pensamiento, no obstante, se provoc la
sublevacin intelectual con la intolerancia que manifestaba  la sazn
la Corte de Roma: No es verdad, les responder M. Guizot, que en el
siglo XVI la Corte de Roma fuese muy tirnica; no es verdad que los
abusos, propiamente dichos, fuesen entonces ms numerosos y ms graves
de lo que hasta aquella poca haban sido. _Al contrario, nunca quizs_
el gobierno eclesistico se haba mostrado ms _condescendiente y
tolerante_, ms dispuesto  dejar marchar todas las cosas mientras
no se cuestionase sobre su poder, mientras se le reconociesen, aun
dejndolos sin ejercicio, los derechos que tena: mientras se le
asegurase la misma existencia, se le pagasen los mismos tributos. De
este modo el gobierno eclesistico hubiera dejado tranquilo al espritu
humano, si el espritu humano hubiese querido hacer otro tanto con
respecto  l. Es decir, que no parece sino que M. Guizot se olvid
completamente de que asentaba todos esos antecedentes para manifestar
que la reforma protestante haba sido un _grande esfuerzo en nombre
de la libertad, un levantamiento de la inteligencia humana_; pues que
nada nos alega, nada recuerda que se opusiese  esta libertad; y aun
si algo pudiera provocar el _levantamiento_, como habra sido _la
intolerancia_, _la crueldad_, el no dejar tranquilo al espritu humano,
ya nos ha dicho M. Guizot que el gobierno eclesistico en el siglo XVI
no era tirnico, antes bien era _condescendiente_, _tolerante_, y que
de su parte hubiera _dejado tranquilo al espritu humano_.

 la vista de tales datos, es evidente que el _esfuerzo extraordinario
en nombre de la libertad de pensar_, es, en boca de M. Guizot, una
palabra vaga, indefinible; y, al proferirla, parece que se propuso
cubrir con brillante velo la cuna del Protestantismo, aun  expensas
de la consecuencia en sus propias opiniones. Desech las rivalidades
polticas y apela luego  ellas; no da importancia  la influencia de
los abusos, no los juzga por verdadera causa, y se olvida que en la
leccin antecedente haba asentado que, si se hubiera hecho  tiempo
una reforma legal _tan oportuna y necesaria_, tal vez se hubiera
evitado la revolucin religiosa: traza un cuadro en que se propone
presentar puntos de contraste con esta libertad, quiere alzarse 
consideraciones generales, elevadas, que abarquen la posicin y las
relaciones de la inteligencia, y se detiene en _la pompa y aparato
exterior_, recuerda las _rivalidades polticas_, y, abatiendo su vuelo,
hasta desciende al terreno de los _tributos_.

Esa incoherencia de ideas, esa debilidad de raciocinio, ese olvido
de los propios asertos, slo podr parecer extrao  quien est ms
acostumbrado  admirar el vuelo de los grandes talentos que  estudiar
la historia de sus aberraciones. Cabalmente M. Guizot se hallaba en
tal posicin, que es muy difcil no equivocarse y deslumbrarse; porque,
si es verdad que el caminar rastreramente sobre los hechos individuales
trae el inconveniente de circunscribir la vista, y de conducir al
observador  la coleccin de una serie de hechos aislados, ms bien
que  la formacin de un cuerpo de ciencia, tambin es cierto que,
divagando el espritu por un inmenso espacio donde haya de abarcar
muchos y muy variados hechos en todos sus aspectos y relaciones, corre
peligro de alucinarse  cada paso; tambin es cierto que la demasiada
generalidad suele rayar en hipottica y fantstica; que no pocas veces,
alzndose con inmoderado vuelo el entendimiento para descubrir mejor el
conjunto de los objetos, llega  no verlos como son en s, quizs hasta
los pierda enteramente de vista; y por eso es menester que los ms
elevados observadores recuerden con frecuencia el dicho de Bacn: _no
alas, sino plomo_.

M. Guizot tena demasiada imparcialidad para que no pudiese menos de
confesar la exageracin con que haban sido abultados los abusos;
adems, tena mucha filosofa para desconocer que no eran causa
suficiente para producir un efecto tamao; y hasta el sentimiento de
su propia dignidad y decoro no le permiti mezclarse con esa turba
bulliciosa y descomedida, que clama sin cesar contra la crueldad y la
intolerancia; y as es que en esta parte hizo un esfuerzo para hacer
justicia  la Iglesia romana. Pero desgraciadamente sus prevenciones
contra la Iglesia no le permitieron ver las cosas como son en s:
columbr que el origen del Protestantismo deba buscarse en el mismo
espritu humano; pero, conocedor del siglo en que vive, y, sobre todo,
de la poca en que hablaba, presinti que, para ser bien acogidos sus
discursos, era menester lisonjear al auditorio apellidando _libertad_;
templ con algunas palabras suaves la amargura de los cargos contra
la Iglesia, mas procurando luego que todo lo bello, todo lo grande
y generoso, estuviera de parte del pensamiento engendrador de la
reforma, y que recayesen sobre la Iglesia todas las sombras que haban
de obscurecer el cuadro.

 no ser as, hubiera visto, sin duda, que, si bien la principal
causa del Protestantismo se halla en el espritu humano, no era
necesario recurrir  parangones injustos; no hubiera cado en la
incoherencia que acabamos de ver; hubiera encontrado la raz del hecho
en el propio carcter del espritu humano, y hubiera explicado su
gravedad y transcendencia, con slo recordar la naturaleza, posicin
y circunstancias de las sociedades en cuyo centro apareci. Habra
notado que no hubo all un _esfuerzo extraordinario, sino una simple
repeticin de lo acontecido en cada siglo; un fenmeno comn, que
tom un carcter especial,  causa de la particular disposicin de la
atmsfera que le rodeaba_.

Este modo de considerar el Protestantismo como un hecho comn,
agrandado, empero, y extendido  causa de las circunstancias de la
sociedad en que naci, me parece tan filosfico como poco reparado:
y as presentar otra proposicin, que nos suministrar juntamente
razones y ejemplos. Tal es el estado de las sociedades modernas,
de tres siglos  esta parte, que todos los hechos que en ellas se
verifiquen, han de tomar un carcter de generalidad, y, por tanto, de
gravedad, que los ha de distinguir de los mismos hechos, verificados,
empero, en otras pocas en que era diferente el estado de las
sociedades. Dando una ojeada  la historia antigua, observaremos que
todos los hechos tenan cierto aislamiento, por el cual ni eran tan
provechosos cuando eran buenos, ni tan nocivos cuando eran malos.
Cartago, Roma, Lacedemonia, Atenas, y todos esos pueblos antiguos,
ms  menos adelantados en la carrera de la civilizacin, siguen cada
cual su camino; pero siempre de una manera particular: las ideas, las
costumbres, las formas polticas se sucedan unas  otras; pero no se
descubre esa influencia de las ideas de un pueblo sobre las ideas de
otro pueblo, de las costumbres del uno sobre las costumbres del otro;
ese espritu propagador que tiende  confundirlos  todos en un mismo
centro: por manera que, excepto el caso de violenta conmixtin, se
conoce muy bien que podran los pueblos antiguos estar largo tiempo muy
cercanos, conservando ntegramente cada uno sus propias fisonomas, sin
experimentar  causa del contacto considerables mudanzas.

Observad, empero, cun de otra manera sucede en Europa: una revolucin
en un pas afecta todos los otros; una idea salida de una escuela pone
en agitacin  los pueblos, y en alarma  los gobiernos: nada hay
aislado; todo se generaliza, todo se propaga, tomando con la misma
expansin una fuerza terrible. He aqu por qu no es posible estudiar
la historia de un pueblo, sin que se presenten en la escena todos los
pueblos; no es posible estudiar la historia de una ciencia, de un arte,
sin que se compliquen desde luego cien relaciones con otros objetos que
no son ni cientficos, ni artsticos: y es porque todos los pueblos se
asimilan, todos los objetos se enlazan, todas las relaciones se abarcan
y se cruzan; he aqu por qu no hay un asunto en un pas en que no
tomen inters, y aun parte si es posible, todos los dems; y he aqu
por qu, concretndonos  la poltica, es y ser siempre una idea sin
aplicaciones la de _no intervencin_; pues no se ha visto jams que
cada cual no procure intervenir en todos los negocios que le interesan.

Estos ejemplos, tomados de los rdenes polticos, literarios y
artsticos, me parecen muy  propsito para dar  entender mi idea
sobre lo que ha sucedido con respecto al orden religioso; y, si bien
despojan al Protestantismo de ese manto filosfico con que se le ha
querido cubrir aun en su cuna; si le quitan todo derecho  suponerse
como un pensamiento que, lleno de previsin y de proyectos grandiosos,
encerraba grandes destinos, tampoco rebajan en nada su gravedad y su
extensin, en nada limitan el hecho; antes s indican la verdadera
causa de que se haya presentado con aspecto tan imponente.

Desde el punto de vista que acabo de sealar, todo se descubre en
su verdadero tamao: los hombres apenas figuran, casi desaparecen;
los abusos se ofrecen como son: ocasiones y pretextos; los planes
vastos, las ideas altas y generosas, los esfuerzos de independencia se
reducen  suposiciones arbitrarias; el cebo de las depredaciones, la
ambicin, las rivalidades de los soberanos, juegan como causas ms 
menos influyentes, pero siempre en un orden secundario: ninguna causa
se excluye; slo que se las coloca  todas en su lugar, no se permite
la exageracin en su influencia, y, sealndose una principal, no
deja de mirarse el hecho como de tal naturaleza, que en su nacimiento
y desarrollo debieron de obrar un sinnmero de agentes. Y, cuando se
llega  una cuestin capital en la materia; cuando se pregunta la causa
del odio, de la exasperacin, que han manifestado los sectarios contra
Roma; cuando se pregunta si esto no revela algunos grandes abusos
de su parte, si no hace sospechar su sinrazn, se puede responder
tranquilamente: que siempre se ha visto que las olas en la tormenta
braman furiosas contra la roca inmvil que las resiste.

Tan lejos estoy de atribuir  los abusos la influencia que muchos
les han asignado con respecto al nacimiento y desarrollo del
Protestantismo, que estoy convencido de que, por ms reformas legales
que se hubieran hecho, por ms condescendiente que se hubiera
manifestado la autoridad eclesistica en acceder  demandas y
exigencias de todas clases, hubiera acontecido, poco ms  menos, la
misma desgracia.

Es necesario haber reparado bien poco en la extrema inconstancia y
movilidad del espritu humano, y haber estudiado muy poco su historia,
para desconocer que era sta una de aquellas grandes calamidades que
slo Dios, por providencia especial, es bastante  evitarlas.[5]




CAPITULO III


La proposicin sentada al fin del captulo anterior me sugiere un
corolario, que, si no me engao, ofrece una nueva demostracin de la
divinidad de la Iglesia catlica.

Se ha observado como cosa muy admirable la duracin de la Iglesia
catlica por espacio de 18 siglos, y eso  pesar de tantos y tan
poderosos adversarios; pero quiz no se ha notado bastante que,
atendida la ndole del espritu humano, uno de los grandes prodigios
que presenta sin cesar la Iglesia, es la unidad de doctrina en medio
de toda clase de enseanza, y abrigando siempre en su seno un nmero
considerable de sabios.

Llamo muy particularmente sobre este punto la atencin de todos los
hombres pensadores; y estoy seguro de que, aun cuando yo no acierte
 desenvolver cual merece este pensamiento, encontrarn ellos aqu
un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodar tambin
este modo de mirar la Iglesia, al gusto de ciertos lectores, pues
prescindir enteramente de los caracteres que se rocen con la
revelacin, y considerar el Catolicismo, no como religin divina, sino
como escuela filosfica.

Nadie que haya saludado la historia de las letras, me podr negar que,
en todos tiempos, haya tenido la Iglesia en su seno hombres ilustres
por su sabidura. En los primeros siglos, la historia de los Padres de
la Iglesia es la historia de los sabios de primer orden, en Europa, en
frica y en Asia; despus de la irrupcin de los brbaros, el catlogo
de los hombres que conservaron algo del antiguo saber, no es ms que un
catlogo de eclesisticos; y, por lo que toca  los tiempos modernos,
no es dable sealar un solo ramo de los conocimientos humanos, en que
no figuren en primera lnea un nmero considerable de catlicos. Es
decir, que, de 18 siglos  esta parte, hay una serie no interrumpida
de sabios, que son catlicos,  que estn acordes en un cuerpo de
doctrina formado de la reunin de las verdades enseadas por la Iglesia
catlica. Prescindiendo ahora de los caracteres de divinidad que la
distinguen, y considerndola nicamente como una escuela,  una secta
cualquiera, puede asegurarse que presenta en el hecho que acabo de
consignar, un fenmeno tan extraordinario, que, ni es posible hallarle
semejante en otra parte, ni es dable explicarle como comprendido en el
orden regular de las cosas.

Seguramente que no es nuevo en la historia del espritu humano, el que
una doctrina, ms  menos razonable, haya sido profesada algn tiempo
por un cierto nmero de hombres ilustrados y sabios: este espectculo
lo hemos presenciado en las sectas filosficas antiguas y modernas;
pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de muchos siglos,
conservando adictos  ella  sabios de todos tiempos y pases, y
sabios, por otra parte, muy discordes en sus opiniones particulares,
muy diferentes en costumbres, muy opuestos tal vez en intereses y muy
divididos por sus rivalidades, este fenmeno es nuevo, es nico, slo
se encuentra en la Iglesia catlica. Exigir fe, unidad en la doctrina,
y fomentar de continuo la enseanza, y provocar la discusin sobre
toda clase de materias; incitar y estimular el examen de los mismos
cimientos en que estriba la fe, preguntando para ello  las lenguas
antiguas,  los monumentos de los tiempos ms remotos,  los documentos
de la historia,  los descubrimientos de las ciencias observadoras, 
las lecciones de las ms elevadas y analticas; presentarse siempre con
generosa confianza en medio de esos grandes liceos donde una sociedad,
rica de talentos y de saber, reune como en focos de luz todo cuanto
le han legado los tiempos anteriores, y lo dems que ella ha podido
reunir con sus trabajos, he aqu lo que ha hecho siempre, y est
haciendo todava, la Iglesia; y, sin embargo, la vemos perseverar firme
en su fe, en su unidad de doctrina, rodeada de hombres ilustres, cuyas
frentes, ceidas de los laureles literarios ganados en cien palestras,
se le humillan serenas y tranquilas, sin que lo tengan  mengua, sin
que crean que deslustren las brillantes aureolas que resplandecen sobre
sus cabezas.

Los que miran el Catolicismo como una de tantas sectas que han
aparecido sobre la tierra, ser menester que busquen algn hecho que
se parezca  ste; ser menester que nos expliquen cmo la Iglesia
puede de continuo presentarnos ese fenmeno, que tan en oposicin
se encuentra con la innata volubilidad del espritu humano; ser
necesario que nos digan cmo la Iglesia romana ha podido realizar este
prodigio, y qu imn secreto tiene en sus manos el Sumo Pontfice para
que l pueda hacer lo que no ha podido otro hombre. Los que inclinan
respetuosamente sus frentes al oir la palabra salida del Vaticano;
los que abandonan su propio parecer para sujetarse  lo que les dicta
un hombre que se apellida _Papa_, no son tan slo los sencillos 
ignorantes: miradlos bien: en sus frentes altivas descubriris el
sentimiento de sus propias fuerzas, y en sus ojos vivos y penetrantes
veris que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente. En
ellos reconoceris  los mismos que han ocupado los primeros puestos
de las academias europeas, que han llenado el mundo con la fama de
sus nombres: nombres transmitidos  las generaciones venideras entre
corrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos, viajad
por todos los pases del orbe, y, si encontris en ninguna parte un
conjunto tan extraordinario, el saber unido con la fe, el genio sumiso
 la autoridad, la discusin hermanada con la unidad, presentadle:
habris hecho un descubrimiento importante; habris ofrecido  la
ciencia un nuevo fenmeno que explicar: ah! esto os ser imposible,
bien lo sabis; y por esto apelaris  nuevos efugios, por esto
procuraris obscurecer con cavilaciones la luz de una observacin que
sugiere  una razn imparcial, y hasta al sentido comn, la legtima
consecuencia de que en la Iglesia catlica hay algo que no se encuentra
en otra parte.

Estos hechos, dirn los adversarios, son ciertos; las reflexiones que
sobre ellos se han emitido no dejan de ser deslumbradoras; pero, bien
analizada la materia, desaparecern todas las dificultades que pueden
presentarse por la extraeza que causa el haberse verificado en la
Iglesia un hecho que no se ha verificado en ninguna secta. Si bien se
mira, cuanto hasta aqu se lleva alegado, slo prueba que en la Iglesia
ha habido siempre un sistema determinado, que, apoyado en un punto
fijo, ha podido ser realizado con uniforme regularidad. En la Iglesia
se ha conocido que el origen de la fuerza est en la unin, que para
esta unin era necesario establecer _unidad_ en la doctrina, y que para
conservar esta _unidad_ era necesaria la sumisin  la autoridad. Esto
una vez conocido, se ha establecido el principio de sumisin, y se le
ha conservado invariablemente: he aqu explicado el fenmeno; en esto
no negaremos que haya sabidura profunda, que haya un plan vasto, un
sistema singular; pero nada podris inferir en pro de la divinidad del
Catolicismo.

Esto es lo que se responder, porque es lo nico que se puede
responder; pero fcil es de notar que,  pesar de esa respuesta, queda
la dificultad en todo su vigor. Resulta siempre en claro que hay una
sociedad sobre la tierra, que por espacio de 18 siglos ha sido siempre
dirigida por un principio constante, fijo; una sociedad que ha logrado
que se adhiriesen  este principio hombres eminentes de todos tiempos
y pases, y, por tanto, permanece siempre en pie todo el embarazo que
ofrecen  los adversarios las siguientes preguntas: Cmo es que slo
la Iglesia ha tenido este principio? cmo es que  slo ella se le
haya ocurrido tal pensamiento? cmo es que, si ha ocurrido  otra
secta, ninguna lo haya podido poner en planta? cmo es que todas
las sectas filosficas hayan desaparecido unas en pos de otras, y la
Iglesia no? cmo es que las otras religiones, si han querido conservar
alguna unidad, han tenido siempre que huir de la luz, y esquivar la
discusin, y envolverse en negras sombras; y la Iglesia haya siempre
conservado su _unidad_, buscando la luz, y no ocultando sus libros,
no escaseando la enseanza, sino fundando por todas partes colegios,
universidades y dems establecimientos, donde pudiesen reunirse y
concentrarse todos los resplandores de la erudicin y del saber?

No basta decir que hay un sistema, un plan: la dificultad est en la
misma existencia de ese sistema, de ese plan; la dificultad est en
explicar cmo se han podido concebir y ejecutar. Si se tratase de pocos
hombres reunidos en ciertas circunstancias, en determinados tiempos y
pases, para la ejecucin de un proyecto limitado  breve espacio, no
habra aqu nada de particular; pero se trata de 18 siglos, se trata de
todos los pases, de las circunstancias ms variadas, ms diferentes,
ms opuestas; se trata de hombres que no han podido avenirse, ni
concertarse. Cmo se explica todo esto? Si no es ms que un sistema,
un plan humano, qu hay de misterioso en esa ciudad de Roma, que
as reune en torno suyo  tantos hombres ilustres de todos tiempos y
pases? Si el Pontfice de Roma no es ms que el jefe de una secta,
cmo es que de tal modo alcanza  fascinar el mundo? se habra visto
jams un mago que ejecutase extraeza ms estupenda? No hace ya mucho
tiempo que se declama contra su _despotismo religioso_? por qu, pues,
no ha habido otro hombre que le haya arrebatado el cetro? por qu no
se ha erigido otra ctedra que disputase  la suya la preeminencia,
y se mantuviese en igual esplendor y podero? Es acaso por su poder
material? Es muy limitado, y no podra medir sus armas con ninguna
potencia de Europa. Es por el carcter particular, por la ciencia,
por las virtudes de los hombres que han ocupado el solio pontificio?
Pero, cmo es posible que en el espacio de 18 siglos no hayan tenido
infinita variedad los caracteres de los Papas, y muy diferentes
graduaciones su ciencia y sus virtudes?  quien no sea catlico, 
quien no viere en el Pontfice romano al Vicario de Jesucristo, aquella
_piedra_ sobre la cual edific Jesucristo la Iglesia, la duracin de su
autoridad ha de parecerle el ms extraordinario de los fenmenos, ha de
ofrecrsele como una de las cuestiones ms dignas de proponerse  la
ciencia que se ocupa en la historia del espritu humano la siguiente:
cmo es posible que por espacio de tantos siglos haya podido existir
una serie no interrumpida de sabios, que no se hayan apartado de la
doctrina de la Ctedra de Roma?

Al comparar M. Guizot el Protestantismo con la Iglesia romana, parece
que la fuerza de esta verdad conmova algn tanto su entendimiento,
y que los rayos de esta luz introducan el desconcierto en sus
observaciones. Oigmosle de nuevo; oigamos  ese escritor cuyos
talentos y nombrada habrn deslumbrado en estas materias  aquellos
lectores que ni examinan siquiera la solidez de las pruebas, mientras
vengan envueltas en hermosas imgenes;  aquellos que aplauden toda
clase de pensamientos, mientras desfilen ante sus ojos en un torrente
de elocuencia encantadora; que, llenos de entusiasmo por el mrito de
un hombre, le escuchan como infalible orculo, y, mientras blasonan de
independencia intelectual, subscriben sin examen  las decisiones de su
director, escuchan con sumisin sus fallos, y no se atreven  levantar
la frente para pedirle los ttulos del predominio. En las palabras de
M. Guizot notaremos que sinti, como todos los grandes hombres del
Protestantismo, el vaco inmenso que hay en estas sectas, y la fuerza
y robustez que entraa la Religin catlica; notaremos que no pudo
eximirse de la regla general de los grandes ingenios, regla de que
son prueba los ms explcitos testimonios consignados en los escritos
de los hombres ms eminentes que ha tenido la reforma protestante.
Despus de haber notado M. Guizot la inconsecuencia con que precedi
el Protestantismo, y su falta de buena organizacin en la sociedad
intelectual, contina: No se ha sabido hermanar todos los derechos y
necesidades _de la tradicin_ con las pretensiones de la libertad. Y
eso proviene, sin duda, de que la _reforma no ha plenamente comprendido
y aceptado, ni sus principios, ni sus efectos_. Qu religin ser
sa que _ni comprende ni acepta plenamente sus principios, y sus
efectos_? Sali jams de boca humana condenacin ms terminante de la
reforma? Cmo podr pretender el derecho de dirigir ni al hombre ni 
la sociedad? Pudo decirse jams otro tanto de las sectas filosficas
antiguas y modernas? De ah ese aire de inconsecuencia, contina M.
Guizot, que ha tenido la reforma, y el _espritu limitado_ que ha
manifestado, circunstancias que han prestado armas y ventajas  sus
adversarios. Saban stos bien lo que deseaban y lo que hacan; partan
de principios fijos, y marchaban hasta sus ltimas consecuencias.
Nunca ha habido un gobierno ms consecuente y sistemtico que el
de la Iglesia romana. Y de dnde trae su origen ese sistema tan
consecuente? Cuando es tanta la inconstancia y la volubilidad del
espritu del hombre, este sistema, esta consecuencia, estos principios
fijos, nada dicen  la filosofa y al buen sentido?

Al reparar en esos terribles elementos de disolucin que tienen su
origen en el espritu del hombre, y que tanta fuerza han adquirido en
las sociedades modernas; al notar cmo destrozan y pulverizan todas las
escuelas filosficas, todas las instituciones religiosas, sociales y
polticas, pero sin alcanzar  abrir una brecha en las doctrinas del
Catolicismo, sin alterar ese sistema tan fijo y consecuente, nada
se inferir en favor de la Religin catlica? Decir que la Iglesia
ha hecho lo que no han podido hacer jams ninguna escuela, ningn
gobierno, ninguna sociedad, ninguna religin, no es confesar que es
ms sabia que la humanidad entera? Y esto no prueba que no debe su
origen al pensamiento del hombre, y que ha bajado del mismo seno
del Criador del universo? En una sociedad formada de hombres, en un
gobierno manejado por hombres, que cuenta 18 siglos de duracin, que se
extiende  todos los pases, que se dirige al salvaje en sus bosques,
al brbaro en su tienda, al hombre civilizado en medio de las ciudades
ms populosas; que cuenta entre sus hijos al pastor que se cubre con
el pellico, al rstico labrador, al poderoso magnate; que hace resonar
igualmente su palabra al odo del hombre sencillo ocupado en sus
mecnicas tareas, como al del sabio que, encerrado en su gabinete, est
absorto en trabajos profundos; un gobierno como ste, tener, como ha
dicho M. Guizot, _siempre una idea fija, una voluntad entera, y guardar
una conducta regular y coherente_, no es su apologa ms victoriosa,
no es su panegrico ms elocuente, no es una prueba de que encierra en
su seno algo de misterioso?

Mil veces he contemplado con asombro ese estupendo prodigio; mil veces
he fijado mis ojos sobre este rbol inmenso que extiende sus ramas
desde el Oriente al Occidente, desde el Aquiln al Medioda: vole
cobijando con su sombra  tantos y tan diferentes pueblos, y encuentro
descansando tranquilamente debajo de ella la inquieta frente del genio.

En Oriente, en los primeros siglos de haber aparecido sobre la tierra
esa religin divina, en medio de la disolucin que se haba apoderado
de todas las sectas, veo que se agolpan para escuchar su palabra los
filsofos ms ilustres; y en Grecia, en Asia, en los mrgenes del
Nilo, en todos esos pases donde hormigueaba poco antes un sinnmero
de sectas, veo que se levanta de repente una generacin de hombres
grandes, ricos de erudicin, de saber y de elocuencia, y todos acordes
en la _unidad_ de la doctrina catlica. En Occidente, cuando se va
 precipitar sobre el caduco imperio una muchedumbre de brbaros,
que se presentan  lo lejos como una negra nube que asoma en el
horizonte preada de calamidades y desastres, en medio de un pueblo
sumergido en la corrupcin de costumbres y olvidado completamente de
su antigua grandeza, veo  los nicos hombres que pueden apellidarse
dignos herederos del nombre romano, buscar un asilo  su austeridad
de costumbres en el retiro de los templos, y pedir  la religin
sus inspiraciones para conservar el antiguo saber y enriquecerle y
agrandarle. Llname de admiracin y asombro el encontrar al talento
sublime, al digno heredero del genio de Platn, que, despus de haber
preguntado por la verdad  todas las escuelas y sectas, despus de
haber recorrido todos los errores con briosa osada y con indomable
independencia, se siente al fin dominado por la autoridad de la
Iglesia, y el filsofo libre se transforma en el grande obispo de
Hipona. En los tiempos modernos desfila delante de mis ojos esa serie
de hombres grandes que brillaron en los siglos de Len X y de Luis XIV;
veo perpetuarse esa ilustre raza  travs del calamitoso siglo XVIII;
y en el siglo XIX veo que se levantan tambin nuevos atletas, que,
despus de haber acosado al error en todas direcciones, van  colgar
sus trofeos en la puerta de la Iglesia catlica.

Qu prodigio es ste! dnde se ha visto jams una escuela, una
secta, una religin semejante! Todo lo estudian, de todo disputan,
 todo responden, todo lo saben, pero siempre acordes en la unidad
de doctrina, siempre sumisos  la autoridad, siempre inclinando
respetuosamente sus frentes, siempre humillndolas en obsequio de
la fe; esas frentes donde brilla el saber, donde imprime sus rasgos
un sentimiento de noble independencia, de donde salen tan generosos
arranques. No os parece descubrir un nuevo mundo planetario, donde
globos luminosos ruedan en vastas rbitas por la inmensidad del
espacio, pero atrados por una misteriosa fuerza hacia el centro
del sistema? Fuerza que no les permite el extravo, sin quitarles,
empero, nada, ni de la magnitud de su mole, ni de la grandiosidad de
su movimiento, antes inundndolos de luz, y dando  su marcha una
regularidad majestuosa.[6]




CAPITULO IV


Esa idea fija, esa voluntad entera, ese plan tan sabio y constante, ese
sistema tan trabado, esa conducta tan regular y coherente, ese marchar
siempre con seguro paso hacia objeto y fin determinado, ese admirable
conjunto reconocido y confesado por M. Guizot, y que tanto honra 
la Iglesia catlica, mostrando su profunda sabidura y revelando la
altura de su origen, no ha sido nunca imitado por el Protestantismo,
ni en bien, ni en mal; porque, segn llevo ya demostrado, no puede
presentar un solo pensamiento del que tenga derecho  decir: _esto es
mo_. Se ha querido apropiar el principio de examen privado en materias
de fe, y algunos de sus adversarios tal vez no se han resistido mucho
 adjudicrselo, por no reconocer en l otro elemento que pudiera
llamarse constitutivo; y, adems, por reparar que, si de haber
engendrado tal principio quisiera gloriarse, sera semejante  aquellos
padres insensatos que labran su propia ignominia, haciendo gala de
tener hijos de psima ndole, y, dscolos en conducta. Es falso,
sin embargo, que tal principio sea hijo suyo; antes al contrario,
ms bien podra decirse que el principio de examen ha engendrado el
Protestantismo, pues que este principio se halla ya en el seno de
todas las sectas, y se le reconoce como germen de todos los errores:
por manera que, al proclamar los protestantes el examen privado, no
hicieron ms que ceder  la necesidad que es comn  todas las sectas
separadas de la Iglesia.

Nada hubo en esto de plan, nada de previsin, nada de sistema: la
simple resistencia  la autoridad de la Iglesia envolva la necesidad
de un examen privado sin lmites, la ereccin del entendimiento en
juez nico; y as fu desde un principio enteramente intil toda la
oposicin que  las consecuencias y aplicaciones de tal examen hicieron
los corifeos protestantes: roto el dique, no es posible contener las
aguas.

El derecho de examinar lo que debe creerse, dice una famosa dama
protestante (De l'Allemagne, par Mad. Stal, 4.^e partie, chap. 2), es
el principio fundamental del Protestantismo. _No lo entienden as los
primeros reformadores; crean poder fijar las columnas del espritu
humano_ en los trminos de sus propias luces; pero mal podan esperar
que sus decisiones fuesen recibidas como infalibles, cuando ellos
negaban este gnero de autoridad  la Religin catlica. Semejante
resistencia por parte de ellos slo sirvi  manifestar que no
abrigaban ninguna de aquellas ideas que, si extravan el entendimiento,
muestran al menos en cierto modo la generosidad y nobleza del corazn;
y de ellos no podr decir el entendimiento humano que le descaminasen
con la mira de hacerle andar con mayor libertad. La revolucin
religiosa del siglo XVI, dice M. Guizot, _no conoci los verdaderos
principios de la libertad intelectual_; emancipaba el pensamiento, y
todava se empeaba en gobernarlo por medio de la ley.

Pero en vano lucha el hombre contra la fuerza entraada por la misma
naturaleza de las cosas; en vano fu que el Protestantismo quisiera
poner lmites  la extensin del principio de examen, y que  veces
levantase tan alto la voz, y aun descargase su brazo con tal fuerza,
que no pareca sino que trataba de aniquilarle. El espritu de examen
privado estaba en su mismo seno, all perseveraba, all se desenvolva,
all obraba, aun  pesar suyo: no tena medio el Protestantismo: 
echarse en brazos de la autoridad, es decir, reconocer su extravo,
 dejar al principio disolvente que ejerciera su accin, haciendo
desaparecer de entre las sectas separadas hasta la sombra de la
religion de Jesucristo, y viniendo  poner el Cristianismo en la clase
de las escuelas filosficas. Dado una vez el grito de resistencia  la
autoridad de la Iglesia, pudironse muy bien calcular los funestos
resultados: fu desde luego muy fcil prever que, desenvuelto, el
maligno germen traa consigo la ruina de todas las verdades cristianas.
Y cmo era posible que no se desenvolviese rpidamente ese germen, en
un suelo donde era tan viva la fermentacin? Sealaron  voz en grito
los catlicos la gravedad  inminencia del riesgo; y en obsequio de la
verdad es menester confesar que tampoco se ocult  la previsin de
algunos protestantes. Quin ignora las explcitas confesiones que se
oyeron ya desde un principio, y se han odo despus, de boca de sus
hombres ms distinguidos? Los grandes talentos nunca se han hallado
bien con el Protestantismo; siempre han encontrado en l un inmenso
vaco: y por esta causa se los ha visto propender,   la irreligin, 
 la unidad catlica.

El tiempo, ese gran juez de todas las opiniones, ha venido  confirmar
el acierto de tan tristes pronsticos: y actualmente han llegado ya
las cosas  tal extremo, que es necesario,  estar muy escaso de
instruccin,  tener muy limitados alcances, para no conocer que la
Religin cristiana, tal como la explican los protestantes, es una
opinin, y no ms; es un sistema formado de mil partes incoherentes, y
que pone el Cristianismo al nivel de las escuelas filosficas. Y nadie
debe extraar que parezca aventajarse algn tanto  ellas, y conserve
ciertos rasgos que dan  su fisonoma algo que no se encuentra en lo
que es puramente excogitado por el entendimiento del hombre; sabis
de dnde nace todo esto? Nace de aquella sublimidad de la doctrina, de
aquella santidad de moral, que, ms  menos desfiguradas, resplandecen
siempre en todo cuanto conserva algn vestigio de la palabra de
Jesucristo. Pero el endeble resplandor que queda luchando con las
sombras despus que ha desaparecido del horizonte el astro luminoso, no
puede compararse con la luz del da; las sombras avanzan, se extienden,
y, ahogando el dbil reflejo, acaban por sumir la tierra en obscuridad
tenebrosa.

Tal es la doctrina del Cristianismo entre los protestantes: con slo
dar una ojeada  sus sectas se conoce que ni son meramente filosficas,
ni tienen los caracteres de religin verdadera: el Cristianismo
est entre ellas sin una autoridad, y por esto parece un viviente
separado de su elemento, un rbol secado en su raz; por esto presenta
la fisonoma plida y desfigurada de un semblante que no est ya
animado por el soplo de vida. Habla el Protestantismo de la fe, y
su principio fundamental la hiere de muerte; ensalza el Evangelio,
y el mismo principio hace vacilar su autoridad, pues que le deja
abandonado al discernimiento del hombre; y, si pondera la santidad y
pureza de Jesucristo, ocurre desde luego que en algunas de las sectas
disidentes se le despoja de su divinidad, y que todas podran hacerlo
muy bien, sin faltar al nico principio que les sirve de punto de
apoyo. Y, una vez negada,  puesta en duda, la divinidad de Jesucristo,
queda, cuando ms, colocado en la clase de los grandes filsofos y
legisladores, pierde la autoridad necesaria para dar  sus leyes
aquella augusta sancin que tan respetables las hace  los mortales,
no puede imprimirles aquel sello que tanto las eleva sobre todos
los pensamientos humanos, y no se ofrecen ya sus consejos sublimes
como otras tantas lecciones que fluyen de los labios de la sabidura
increada.

Quitando al espritu humano el punto de apoyo de una autoridad, en
qu podr afianzarse? no queda abandonado  merced de sus sueos y
delirios? no se le abre de nuevo la tenebrosa  intrincada senda de
interminables disputas que condujo  un caos  los filsofos de las
antiguas escuelas? Aqu no hay rplica, y en esto andan acordes la
razn y la experiencia: substitudo  la autoridad de la Iglesia el
examen privado de los protestantes, todas las grandes cuestiones sobre
la divinidad y el hombre quedan sin resolver; todas las dificultades
permanecen en pie; y, flotando entre sombras el entendimiento humano,
sin divisar una luz que pueda servirle de gua segura, abrumado por
la gritera de cien escuelas que disputan de continuo sin aclarar
nada, cae en aquel desaliento y postracin en que le haba encontrado
el Cristianismo, y del que le haba levantado  costa de grandes
esfuerzos. La duda, el pirronismo, la indiferencia, sern entonces el
patrimonio de los talentos ms aventajados; las teoras vanas, los
sistemas hipotticos, los sueos, formarn el entretenimiento de los
sabios comunes; la supersticin y las monstruosidades sern el pbulo
de los ignorantes.

Y entonces, qu habra adelantado la humanidad? qu habra hecho el
Cristianismo sobre la tierra? Afortunadamente para el humano linaje,
no ha quedado la Religin cristiana abandonada al torbellino de las
sectas protestantes; y en la autoridad de la Iglesia catlica ha
tenido siempre anchurosa base donde ha encontrado firme asiento para
resistir  los embates de las cavilaciones y errores. Si as no fuera,
 dnde habra ya parado? La sublimidad de sus dogmas, la sabidura
de sus preceptos, la uncin de sus consejos, seran acaso ms que
bellos sueos contados en lenguaje encantador por un sabio filsofo?
S, es preciso repetirlo: sin la autoridad de la Iglesia nada queda de
seguro en la fe, es dudosa la divinidad de Jesucristo, es disputable su
misin, es decir, que desaparece completamente la Religin cristiana;
porque, en no pudiendo ella ofrecernos sus ttulos celestiales, en no
pudiendo darnos completa certeza de que ha bajado del seno del Eterno,
que sus palabras son palabras del mismo Dios, que se dign aparecer
sobre la tierra para la salud de los hombres, ya no tiene derecho
 exigirnos acatamiento. Colocada en la serie de los pensamientos
puramente humanos, deber someterse  nuestro fallo como las dems
opiniones de los hombres; en el tribunal de la filosofa podr sostener
sus doctrinas como ms  menos razonables, pero siempre tendr la
desventaja de habernos querido engaar, de habrsenos presentado como
divina, cuando no era ms que humana; y al empezarse la discusin sobre
la verdad de su sistema de doctrinas, siempre tendr en contra de s
una terrible presuncin, cual es, el que, con respecto  su origen,
habr sido una impostora.

Gloranse los protestantes de la independencia de su entendimiento, y
achacan  la Religin catlica el que viola los derechos ms sagrados,
pues que, exigiendo sumisin, ultraja la dignidad del hombre. Cuando
se declama en este sentido, vienen muy  propsito las exageraciones
sobre las fuerzas de nuestro entendimiento, y no se necesita ms que
echar mano de algunas imgenes seductoras, pronunciando las palabras de
_atrevido vuelo_, de _hermosas alas_, y otras semejantes, para dejar
completamente alucinados  los lectores vulgares.

Goce enhorabuena de sus derechos el espritu del hombre, glorese de
poseer la centella divina que apellidamos entendimiento, recorra ufano
la naturaleza, y, observando los dems seres que le rodean, note con
complacencia la inmensa altura  que sobre todos ellos se encuentra
elevado; colquese en el centro de las obras con que ha embellecido
su morada, y seale como muestras de su grandeza y poder las
transformaciones que se ejecutan dondequiera que estampare su huella,
llegando,  fuerza de inteligencia y de gallarda osada,  dirigir y
seorear la naturaleza; mas, por reconocer la dignidad y elevacin
de nuestro espritu mostrndonos agradecidos al beneficio que nos ha
dispensado el Criador, deberemos llegar hasta el extremo de olvidar
nuestros defectos y debilidad?  qu engaarnos  nosotros mismos,
queriendo persuadirnos de que sabemos lo que en realidad ignoramos? 
qu olvidar la inconstancia y volubilidad de nuestro espritu?  qu
disimularnos que en muchas materias, aun de aquellas que son objeto de
las ciencias humanas, se abruma y confunde nuestro entendimiento, y
que hay mucho de ilusin en nuestro saber, mucho de hiperblico en la
ponderacin de los adelantos de nuestros conocimientos? No viene un
da  desmentir lo que asentamos otro da? no viene de continuo el
curso de los tiempos burlando todas nuestras previsiones, deshaciendo
nuestros planes, y manifestando lo areo de nuestros proyectos?

Qu nos han dicho en todos tiempos aquellos genios privilegiados
 quienes fu concedido descender hasta los cimientos de nuestras
creencias, alzarse con brioso vuelo hasta la regin de las ms sublimes
inspiraciones, y tocar, por decirlo as, los confines del espacio que
puede recorrer el entendimiento humano? S, los grandes sabios de todos
tiempos, despus de haber tanteado los senderos ms ocultos de la
ciencia, despus de haberse arrojado  seguir los rumbos ms atrevidos,
que en el orden moral y fsico se presentaban  su actividad y osada
en el anchuroso mar de las investigaciones, todos vuelven de sus
viajes llevando en su fisonoma aquella expresin de desagrado, fruto
natural de muy vivos desengaos; todos nos dicen que se ha deshojado
 su vista una bella ilusin, que se ha desvanecido como una sombra
la hermosa imagen que tanto los hechizaba; todos refieren que en el
momento en que se figuraban que iban  entrar en un cielo inundado de
luz, han descubierto con espanto una regin de tinieblas, han conocido
con asombro que se hallaban en una nueva ignorancia. Y por esta causa
todos  una miran con tanta desconfianza las fuerzas del entendimiento,
ellos que tienen un sentimiento ntimo que no les deja dudar de que las
fuerzas del suyo exceden  las de los otros hombres. Las ciencias,
dice profundamente Pascal, tienen dos extremos que se tocan: el primero
es la pura ignorancia natural, en que se encuentran los hombres al
nacer; el otro es aquel en que se hallan las grandes almas, que,
habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber, encuentran que
_no saben nada_.

El Catolicismo dice al hombre: Tu entendimiento es muy flaco, y en
muchas cosas necesita un apoyo y una gua; y el Protestantismo le
dice: La luz te rodea, marcha por do quieras, no hay para ti mejor
gua que t mismo. Cul de las dos religiones est de acuerdo con las
lecciones de la ms alta filosofa?

Ya no debe, pues, parecer extrao que los talentos ms grandes que
ha tenido el Protestantismo, todos hayan sentido cierta propensin 
la Religin catlica, y que no haya podido ocultrseles la profunda
sabidura que se encierra en el pensamiento de sujetar en algunas
materias el entendimiento humano al fallo de una autoridad irrecusable.
Y en efecto: mientras se encuentre una autoridad que en su origen, en
su establecimiento, en su conservacin, en su doctrina y conducta,
reuna todos los ttulos que puedan acreditarla de divina, qu adelanta
el entendimiento con no querer sujetarse  ella? qu alcanza divagando
 merced de sus ilusiones, en gravsimas materias, siguiendo caminos
donde no encuentra otra cosa que recuerdos de extravos, escarmientos y
desengaos?

Si tiene el espritu del hombre un concepto demasiado alto de s mismo,
estudie su propia historia, y en ella ver, palpar, que, abandonado
 sus solas fuerzas, tiene muy poca garanta de acierto. Fecundo
en sistemas, inagotable en cavilaciones, tan rpido en conseguir
un pensamiento como poco  propsito para madurarle; semillero de
ideas que nacen, hormiguean y se destruyen unas  otras, como los
insectos que rebullen en un lago; alzndose tal vez en alas de sublime
inspiracin, y arrastrndose luego como el reptil que surca el polvo
con su pecho; tan hbil  impetuoso para destruir las obras ajenas como
incapaz de dar  las suyas una construccin slida y duradera; empujado
por la violencia de las pasiones, desvanecido por el orgullo, abrumado
y confundido por tanta variedad de objetos como se le presentan en
todas direcciones, deslumbrado por tantas luces falsas, y engaosas
apariencias; abandonado enteramente  s mismo, el corazn humano
presenta la imagen de una centella inquieta y vivaz, que recorre sin
rumbo fijo la inmensidad de los cielos, traza en su vario y rpido
curso mil extraas figuras, siembra en el rastro de su huella mil
chispas relumbrantes, encanta un momento la vista con su resplandor,
su agilidad y sus caprichos, y desaparece luego en la obscuridad,
sin dejar en la inmensa extensin de su camino una rfaga de luz para
esclarecer las tinieblas de la noche.

Ah est la historia de nuestros conocimientos: en ese inmenso depsito
donde se hallan en confusa mezcla las verdades y los errores, la
sabidura y la necedad, el juicio y la locura; ah se encontrarn
abundantes pruebas de lo que acabo de afirmar: ellas saldrn en mi
abono, si se quisiera tacharme de haber recargado el cuadro.[7]




CAPITULO V


Tanta verdad es lo que acabo de decir sobre la debilidad del humano
entendimiento, que, aun prescindiendo del aspecto religioso, es muy
notable que la prvida mano del Criador ha depositado en el fondo de
nuestra alma un preservativo contra la excesiva volubilidad de nuestro
espritu; y preservativo tal, que, sin l, hubiranse pulverizado
todas las instituciones sociales, , ms bien, no se hubieran jams
planteado; sin l, las ciencias no hubieran dado jams un paso; y, si
llegase jams  desaparecer del corazn del hombre, el individuo y la
sociedad quedaran sumergidos en el caos. Hablo de cierta inclinacin 
deferir  la autoridad; del _instinto de fe_, digmoslo as; instinto
que merece ser examinado con mucha detencin, si se quiere conocer
algn tanto el espritu del hombre, estudiar con provecho la historia
de su desarrollo y progresos, encontrar las causas de muchos fenmenos
extraos, descubrir hermossimos puntos de vista que ofrece bajo este
aspecto la Religin catlica, y palpar, en fin, lo limitado y poco
filosfico del pensamiento que dirige al Protestantismo.

Ya se ha observado muchas veces que no es posible acudir  las
primeras necesidades, ni dar curso  los negocios ms comunes, sin
la deferencia  la autoridad de la palabra de otros, sin la fe; y
fcilmente se echa de ver que, sin esa fe, desaparecera todo el caudal
de la historia y de la experiencia; es decir, que se hundira el
fundamento de todo saber.

Importantes como son estas observaciones, y muy  propsito para
demostrar lo infundado del cargo que se hace  la Religin catlica
por slo exigir fe, no son ellas, sin embargo, las que llaman ahora
mi atencin, tratando como trato de presentar la materia bajo otro
aspecto, de colocar la cuestin en otro terreno, donde ganar la verdad
en amplitud  inters, sin perder nada de su inalterable firmeza.

Recorriendo la historia de los conocimientos humanos, y echando
una ojeada sobre las opiniones de nuestros contemporneos, ntase
constantemente que, aun aquellos hombres que ms se precian de espritu
de examen, y de libertad de pensar, apenas son otra cosa que el eco
de opiniones ajenas. Si se examina atentamente ese grande aparato,
que tanto ruido mete en el mundo con el nombre de ciencia, se notar
que, en el fondo, encierra una gran parte de autoridad; y al momento
que en l se introdujera un espritu de examen enteramente libre, aun
con respecto  aquellos puntos que slo pertenecen al raciocinio,
hundirase en su mayor parte el edificio cientfico, y seran muy
pocos los que quedaran en posesin de sus misterios. Ningn ramo de
conocimientos se excepta de esta regla general, por mucha que sea la
claridad y exactitud de que se glore. Ricas como son en evidencia de
principios, rigurosas en sus deducciones, abundantes en observaciones
y experimentos, las ciencias naturales y exactas, no descansan,
acaso, muchas de sus verdades en otras verdades ms altas, para cuyo
conocimiento ha sido necesaria aquella delicadeza de observacin,
aquella sublimidad de clculo, aquella ojeada perspicaz y penetrante, 
que alcanza tan slo un nmero de hombres muy reducido?

Cuando Newton arroj en medio del mundo cientfico el fruto de sus
combinaciones profundas, cuntos eran entre sus discpulos los que
pudieran lisonjearse de estribar en convicciones propias, aun hablando
de aquellos que,  fuerza de mucho trabajo, haban llegado  comprender
algn tanto al grande hombre? Haban seguido al matemtico en sus
clculos, se haban enterado del caudal de datos y experimentos que
expona  sus consideraciones el naturalista, y haban escuchado las
reflexiones con que apoyaba sus aserciones y conjeturas el filsofo:
crean de esta manera hallarse plenamente convencidos, y no deber
en su asenso nada  la autoridad, sino nicamente  la fuerza de la
evidencia y de las razones: s? Pues haced que desaparezca entonces
el nombre de Newton, haced que el nimo se despoje de aquella honda
impresin causada por la palabra de un hombre que se presenta con un
descubrimiento extraordinario, y que para apoyarle despliega un tesoro
de saber que revela un genio prodigioso; quitad, repito, la sombra
de Newton, y veris que en la mente de su discpulo los principios
vacilan, los razonamientos pierden mucho de su encadenamiento y
exactitud, las observaciones no se ajustan tan bien con los hechos; y
el hombre que se creyera tal vez un examinador completamente imparcial,
un pensador del todo independiente, conocer, sentir cun sojuzgado se
hallaba por la fuerza de la autoridad, por el ascendiente del genio;
conocer, sentir que en muchos puntos tena asenso, mas no conviccin,
y que, en vez de ser un filsofo enteramente libre, era un discpulo
dcil y aprovechado.

Aplese confiadamente al testimonio, no de los ignorantes, no de
aquellos que han desflorado ligeramente los estudios cientficos, sino
de los verdaderos sabios, de los que han consagrado largas vigilias 
los varios ramos del saber: invteselos  que se concentren dentro de
s mismos,  que examinen de nuevo lo que apellidan sus convicciones
cientficas; y que se pregunten con entera calma y desprendimiento si,
aun en aquellas materias en que se conceptan ms aventajados, no
sienten repetidas veces sojuzgado su entendimiento por el ascendiente
de algn autor de primer orden, y no han de confesar que, si 
muchas cuestiones de las que tienen ms estudiadas les aplicasen con
rigor el mtodo de Descartes, se hallaran con ms _creencias_ que
_convicciones_.

As ha sucedido siempre, y siempre suceder as: esto tiene races
profundas en la ntima naturaleza de nuestro espritu, y, por lo mismo,
no tiene remedio. Ni tal vez conviene que lo tenga; tal vez entra en
esto mucho de aquel instinto de conservacin que Dios con admirable
sabidura ha esparcido sobre la sociedad; tal vez sirve de fuerte
correctivo  tantos elementos de disolucin como sta abriga en su seno.

Malo es, en verdad, muchas veces, malo es, y muy malo, que el hombre
vaya en pos de la huella de otro hombre; no es raro el que se vean por
esta causa lamentables extravos; pero peor fuera an que el hombre
estuviera siempre en actitud de resistencia contra todo otro hombre
para que no le pudiese engaar, y que se generalizase por el mundo la
filosfica mana de querer sujetarlo todo  riguroso examen: pobre
sociedad entonces! pobre hombre! pobres ciencias, si cundiese  todos
los ramos el espritu de riguroso, de escrupuloso, de independiente
examen!

Admiro el genio de Descartes, reconozco los grandes beneficios que
ha dispensado  las ciencias; pero he pensado ms de una vez que, si
por algn tiempo pudiera generalizarse su mtodo de duda, se hundira
de repente la sociedad; y aun entre los sabios, entre los filsofos
imparciales, me parece que causara grandes estragos; por lo menos es
cierto que en el mundo cientfico se aumentara considerablemente el
nmero de los orates.

Afortunadamente no hay peligro de que as suceda; y, si el hombre tiene
cierta tendencia  la locura, ms  menos graduada, tambin posee
un fondo de buen sentido de que no le es posible desprenderse; y la
sociedad, cuando se presentan algunos individuos de cabeza volcnica
que se proponen convertirla en delirante,  les contesta con burlona
sonrisa, , si se deja extraviar por un momento, vuelve luego en s, y
rechaza con indignacin  aquellos que la haban descaminado.

Para quien conozca  fondo el espritu humano, sern siempre
despreciables vulgaridades esas fogosas declamaciones contra las
preocupaciones del vulgo; contra esa docilidad en seguir  otro hombre,
contra esa facilidad en creerlo todo sin haber examinado nada. Como
si en esto de preocupaciones, en esto de asentir  todo sin examen,
hubiera muchos hombres que no fueran vulgo; como si las ciencias no
estuvieran llenas de suposiciones gratuitas; como si en ellas no
hubiera puntos flaqusimos sobre los cuales estribamos buenamente, cual
en firmsimo  inalterable apoyo.

El derecho de posesin y de prescripcin es otra de las singularidades
que ofrecen las ciencias, y es bien digno de notarse que, sin haber
tenido jams esos nombres, haya sido reconocido este derecho, con
tcito, pero unnime, consentimiento. Cmo es esto posible? Cmo?
Estudiad la historia de las ciencias, y encontraris  cada paso
confirmada esta verdad. En medio de las eternas disputas que han
dividido  los filsofos, cul es la causa de que una doctrina antigua
haya opuesto tanta resistencia  una doctrina nueva, y diferido por
mucho tiempo y tal vez impedido completamente su establecimiento?
Es porque la antigua estaba ya en posesin, es porque se hallaba
robustecida por un derecho de prescripcin: no importa que no se
usaran esos nombres: el resultado era el mismo; y por esta razn los
inventores se han visto muchas veces menospreciados  contrariados,
cuando no perseguidos.

Es preciso confesarlo, por ms que  ello se resista nuestro orgullo,
y por ms que se hayan de escandalizar algunos sencillos admiradores
de los progresos de las ciencias: muchos han sido esos progresos,
anchuroso es el campo por donde se ha espaciado el entendimiento
humano, vastas las rbitas que ha recorrido, y admirables las obras
con que ha dado una prueba de sus fuerzas; pero en todas estas cosas
hay siempre una buena parte de exageracin, hay mucho que cercenar,
sobre todo cuando el nombre de ciencia se refiere  las relaciones
morales. De semejantes ponderaciones nada puede deducirse para probar
que nuestro entendimiento sea capaz de marchar con entera agilidad
y desembarazo por toda clase de caminos; nada puede deducirse que
contradiga el hecho que hemos establecido de que el entendimiento
del hombre est sometido casi siempre, aunque sin advertirlo,  la
autoridad de otro hombre.

En cada poca se presentan algunos pocos, poqusimos entendimientos
privilegiados, que, alzando su vuelo sobre todos los dems, les
sirven de gua en las diferentes carreras; preciptase tras ellos una
numerosa turba que se apellida sabia, y con los ojos fijos en la ensea
enarbolada va siguiendo afanosa los pasos del aventajado caudillo. Y
cosa singular! todos claman por la independencia en la marcha, todos
se precian de seguir aquel rumbo nuevo, como si ellos le hubieran
descubierto, como si avanzaran en l, guiados nicamente por su propia
luz  inspiraciones. Las necesidades, la aficin  otras circunstancias
nos conducen  dedicarnos  este  aquel ramo de conocimientos;
nuestra debilidad nos est diciendo de continuo que no nos es dada la
fuerza creatriz; y, ya que no podemos ofrecer nada propio, ya que nos
sea imposible abrir un nuevo camino, nos lisonjeamos de que nos cabe
una parte de gloria siguiendo la ensea de algn ilustre caudillo;
y, en medio de tales sueos, llegamos tal vez  persuadirnos de que
no militamos bajo la bandera de nadie, que slo rendimos homenaje 
nuestras convicciones, cuando en realidad no somos ms que proslitos
de doctrinas ajenas.

En esta parte el sentido comn es ms cuerdo que nuestra enfermiza
razn; y as es que el lenguaje (esta misteriosa expresin de las
cosas, donde se encuentra tanto fondo de verdad y exactitud sin saber
quin se lo ha comunicado) nos hace una severa reconvencin por tan
orgulloso desvanecimiento; y  pesar nuestro llama las cosas por sus
nombres, clasificndonos  nosotros, y  nuestras opiniones, del
modo que corresponde, segn el autor  quien hemos seguido por gua.
La historia de las ciencias es acaso ms que la historia de los
combates de una escasa porcin de aventajados caudillos? Recrranse los
tiempos antiguos y modernos, extindase la vista  los varios ramos
de nuestros conocimientos, y se ver un cierto nmero de escuelas,
planteadas por algn sabio de primer orden, dirigidas luego por otro
que por sus talentos haya sido digno de sucederle; y durando as, hasta
que, cambiadas las circunstancias, falta de espritu de vida, muere
naturalmente la escuela,  presentndose algn hombre audaz, animado
de indomable espritu de independencia, la ataca, y la destruye, para
asentar sobre sus ruinas la nueva ctedra del modo que  l le viniera
en talante.

Cuando Descartes destron  Aristteles no se coloc por de pronto
en su lugar? La turba de filsofos que blasonaban de independientes,
pero cuya independencia era desmentida por el ttulo que llevaban de
_Cartesianos_, eran semejantes  los pueblos que en tiempo de revueltas
aclaman libertad, y destronan al antiguo monarca, para someterse
despus al hombre bastante osado que recoge el cetro y la diadema que
yacen abandonados al pie del antiguo solio.

Crese en nuestro siglo, como se crey en el anterior, que marcha el
entendimiento humano con entera independencia; y  fuerza de declamar
contra la autoridad en materias cientficas,  fuerza de ensalzar la
libertad del pensamiento, se ha llegado  formar la opinin de que
pasaron ya los tiempos en que la autoridad de un hombre vala algo,
y que ahora ya no obedece cada sabio sino  sus propias  ntimas
convicciones. Allgase  todo esto que, desacreditados los sistemas y
las hiptesis, se ha desplegado grande aficin al examen y anlisis de
los hechos, y esto ha contribudo  que se figuren muchos que, no slo
ha desaparecido completamente la autoridad en las ciencias, sino que
hasta ha llegado  hacerse imposible.

 primera vista, bien pudiera esto parecer verdad; pero, si damos en
torno de nosotros una atenta mirada, notaremos que no se ha logrado
otra cosa sino aumentar algn tanto el nmero de los jefes, y reducir
la duracin de su mando. ste es verdadero tiempo de revueltas, y tal
vez de revolucin literaria y cientfica, semejante en un todo  la
poltica, en que se imaginan los pueblos que disfrutan ms libertad,
slo porque ven el mando distribudo en mayor nmero de manos, y porque
tienen ms anchura para deshacerse con frecuencia de los gobernantes,
haciendo pedazos como  tiranos  los que antes apellidaran padres y
libertadores; bien que, despus de su primer arrebato, dejan el campo
libre para que se presenten otros hombres  ponerles un freno, tal vez
un poco ms brillante, pero no menos recio y molesto.  ms de los
ejemplos que nos ofrecera en abundancia la historia de las letras de
un siglo  esta parte, no vemos ahora mismo unos nombres substitudos
 otros nombres, unos directores del entendimiento humano substitudos
 otros directores?

En el terreno de la poltica, donde al parecer ms debiera campear
el espritu de libertad, no son contados los hombres que marchan al
frente? no los distinguimos tan claro como  los generales de ejrcito
en campaa? En la arena parlamentaria vemos acaso otra cosa que dos 
tres cuerpos de combatientes que hacen sus evoluciones  las rdenes
del respectivo caudillo con la mayor regularidad y disciplina? Oh!
cun bien comprendern estas verdades aquellos que se hallan elevados
 tal altura! Ellos que conocen nuestra flaqueza, ellos que saben que
para engaar  los hombres bastan por lo comn las palabras, ellos
habrn sentido mil veces asomar en sus labios la sonrisa, cuando,
al contemplar engredos el campo de sus triunfos, al verse rodeados
de una turba preciada de inteligente que los admiraba y aclamaba con
entusiasmo, habrn odo  algunos de sus ms fervientes y ms devotos
proslitos cul blasonaban de ilimitada libertad de pensar, de completa
independencia en las opiniones y en los votos.

Tal es el hombre; tal nos le muestran la historia y la experiencia de
cada da. La inspiracin del genio, esa fuerza sublime que eleva el
entendimiento de algunos seres privilegiados, ejercer siempre, no slo
sobre los sencillos  ignorantes, sino tambin sobre el comn de los
sabios, una accin fascinadora. Dnde est, pues, el ultraje que hace
 la razn humana la Religin catlica, cuando, al propio tiempo que le
presenta los ttulos que prueban su divinidad, le exige la fe? Esa fe
que el hombre dispensa tan fcilmente  otro hombre, en todas materias,
aun en aquellas en que ms presume de sabio, no podr prestarla sin
mengua de su dignidad  la Iglesia catlica? Ser un insulto hecho
 su razn el sealarle una norma fija, que le asegure con respecto
 los puntos que ms le importan, dejndole, por otra parte, amplia
libertad de pensar lo que ms le agrade sobre aquel mundo que Dios
ha entregado  las disputas de los hombres? Con esto hace acaso ms
la Iglesia que andar muy de acuerdo con las lecciones de la ms alta
filosofa, manifestar un profundo conocimiento del espritu humano, y
librarle de tantos males como le acarrea su volubilidad  inconstancia,
su veleidoso orgullo, combinados de un modo extrao con esa facilidad
increble de deferir  la palabra de otro hombre? Quin no ve que con
ese sistema de la Religin catlica se pone un dique al espritu de
_proselitismo_ que tantos daos ha causado  la sociedad? Ya que el
hombre tiene esa irresistible tendencia  seguir los pasos de otro, no
hace un gran beneficio  la humanidad la Iglesia catlica, sealndole
de un modo seguro el camino por donde debe andar, si quiere seguir las
pisadas de un Hombre-Dios? No pone de esta manera muy  cubierto la
dignidad humana, librando, al propio tiempo, de terrible naufragio los
conocimientos ms necesarios al individuo y  la sociedad?[8]




CAPITULO VI


En contra de la autoridad que trata de ejercer su jurisdiccin sobre el
entendimiento, se alegar, sin duda, el adelanto de las sociedades; y
el alto grado de civilizacin y cultura  que han llegado las naciones
modernas se producir como un ttulo de justicia para lo que se
apellida emancipacin del entendimiento.  mi juicio, est tan distante
esta rplica de tener algo de slido, est tan mal cimentada sobre el
hecho en que pretende apoyarse, que, antes bien, del mayor adelanto de
la sociedad debiera inferirse la necesidad ms urgente de una regla
viva, tal como lo juzgan indispensable los catlicos.

Decir que las sociedades en su infancia y adolescencia hayan podido
necesitar esa autoridad como un freno saludable, pero que este freno se
ha hecho intil y degradante cuando el entendimiento humano ha llegado
 mayor desarrollo, es desconocer completamente la relacin que tienen
con los diferentes estados de nuestro entendimiento, los objetos sobre
que versa semejante autoridad.

La verdadera idea de Dios, el origen, el destino y la norma de conducta
del hombre, y todo el conjunto de medios que Dios le ha proporcionado
para llegar  su alto fin, he aqu los objetos sobre que versa la
fe, y sobre los cuales pretenden los catlicos la necesidad de una
regla infalible; sosteniendo que,  no ser as, no fuera dable evitar
los ms lamentables extravos, ni poner la verdad  cubierto de las
cavilaciones humanas.

Esta sencilla consideracin bastar para convencer de que el examen
privado sera mucho menos peligroso en pueblos poco adelantados en la
carrera de la civilizacin, que no en otros que hayan ya adelantado
mucho en ella. En un pueblo cercano  su infancia hay naturalmente un
gran fondo de candor y sencillez, disposiciones muy favorables para
que recibiera con docilidad las lecciones esparcidas en el Sagrado
Texto, saborendose en las de fcil comprensin, y humillando su frente
ante la sublime obscuridad de aquellos lugares que Dios ha querido
encubrir con el velo del misterio. Hasta su misma posicin creara en
cierto modo una autoridad; pues, como no estuviera an afectado por
el orgullo y la mana del saber, se habra reducido  muy pocos el
examinar el sentido de las revelaciones hechas por Dios al hombre, y
esto producira naturalmente un punto cntrico de donde dimanara la
enseanza.

Pero sucede muy de otra manera en un pueblo adelantado en la carrera
del saber; porque la extensin de los conocimientos  mayor nmero
de individuos, aumentando el orgullo y la volubilidad, multiplica y
subdivide las sectas en infinitas fracciones, y acaba por trastornar
todas las ideas, y por corromper las tradiciones ms puras. El pueblo,
cercano  su infancia, como est exento de la vanidad cientfica,
entregado  sus ocupaciones sencillas, y apegado  sus antiguas
costumbres, escucha con docilidad y respeto al anciano venerable que,
rodeado de sus hijos y nietos, refiere con tierna emocin la historia y
los consejos que l  su vez haba recibido de sus antepasados; pero,
cuando la sociedad ha llegado  mucho desarrollo; cuando, debilitado
el respeto  los padres de familia, se ha perdido la veneracin 
las canas; cuando nombres pomposos, aparatos cientficos, grandes
bibliotecas, hacen formar al hombre un gran concepto de la fuerza
de su entendimiento; cuando la multiplicacin y actividad de las
comunicaciones esparcen  grandes distancias las ideas, y hacindolas
fermentar por medio del calor que adquieren con el movimiento, les dan
aquella fuerza mgica que seorea los espritus; entonces es precisa,
indispensable, una autoridad, que, siempre viva, siempre presente,
siempre en disposicin de acudir  donde lo exija la necesidad, cubra
con robusta gida el sagrado depsito de las verdades independientes
de tiempos y climas, sin cuyo conocimiento flota eternamente el hombre
 merced de sus errores y caprichos, y marcha con vacilante paso desde
la cuna al sepulcro; aquellas verdades sobre las cuales est sentada
la sociedad como sobre firmsimo cimiento; cimiento que, una vez
conmovido, pierde su aplomo el edificio, oscila, se desmorona, y se cae
 pedazos. La historia literaria y poltica de Europa de tres siglos
 esta parte nos ofrece demasiadas pruebas de lo que acabo de decir,
siendo de lamentar que cabalmente estall la revolucin religiosa
en el momento en que deba ser ms fatal: porque, encontrando  las
sociedades agitadas por la actividad que desplegaba el espritu humano,
quebrant el dique, cuando era necesario robustecerle.

Por cierto que no es saludable apocar en demasa  nuestro espritu,
achacndole defectos que no tenga,  exagerando aquellos de que en
realidad adolece; pero tampoco es conveniente engreirle sobradamente,
ponderando ms de lo que es justo el alcance de sus fuerzas: esto, 
ms de serle muy daoso en diferentes sentidos, es muy poco favorable 
su mismo adelanto; y aun, si bien se mira, es poco conforme al carcter
grave y circunspecto, que ha de ser uno de los distintivos de la
verdadera ciencia. Que la ciencia, si ha de ser digna de este nombre,
no ha de ser tan pueril, que se muestre ufana y vanidosa por aquello
que en realidad no le pertenece como propiedad suya: es menester que
no desconozca los lmites que la circunscriben, y que tenga bastante
generosidad y candidez para confesar su flaqueza.

Un hecho hay en la historia de las ciencias, que, al propio tiempo
que revela la intrnseca debilidad del entendimiento, hace palpar lo
mucho que entra de lisonja en los desmedidos elogios que  veces se
le prodigan; infirindose de aqu cun arriesgado sea el abandonarle
del todo  s mismo, sin ningn gnero de gua. Consiste este hecho
en las sombras que se van encontrando  medida que nos acercamos  la
investigacin de los secretos que rodean los primeros principios de
las ciencias: por manera que, aun hablando de las que ms nombrada
tienen por su verdad, evidencia y exactitud, en llegando  profundizar
hasta sus cimientos, parece que se encuentra un terreno poco firme,
resbaladizo, en trminos que el entendimiento, sintindose poco seguro
y vacilante, retrocede, temeroso de descubrir alguna cosa que lanzara
la incertidumbre y la duda sobre aquellas verdades, en cuya evidencia
se haba complacido.

No participo yo del mal humor de Hobbes contra las matemticas, y,
entusiasta como soy de sus adelantos y profundamente convencido como
estoy de las ventajas que su estudio acarrea  las dems ciencias y
 la sociedad, mal pudiera tratar, ni de disminuir su mrito, ni de
disputarles ninguno de los ttulos que las ennoblecen; pero, quin
dira que ni ellas se exceptan de la regla general? faltan acaso en
ellas puntos dbiles, senderos tenebrosos?

Por cierto que, al exponerse los primeros principios de estas ciencias,
consideradas en toda su abstraccin, y al deducir las proposiciones
ms elementales, camina el entendimiento por un terreno llano,
desembarazado, donde ni se ofrece siquiera la idea de que pueda ocurrir
el ms ligero tropiezo. Prescindir ahora de las sombras que hasta
sobre este camino podran esparcir la ideologa y la metafsica, si se
presentasen  disputar sobre algunos puntos, aun buscando su apoyo en
los escritos de filsofos aventajados; pero, cindonos al crculo en
que naturalmente se encierran las matemticas, quin de los versados
en ellas ignora que, avanzando en sus teoras, se encuentran ciertos
puntos donde el entendimiento tropieza con una sombra; donde, 
pesar de tener  la vista la demostracin, y de haberla empleado en
todas sus partes, se halla como fluctuante, sintiendo un no s qu de
incertidumbre, de que apenas acierta  darse cuenta  s propio? Quin
no ha experimentado que,  veces, despus de dilatados raciocinios,
al divisar la verdad, se halla uno como si hubiera descubierto la luz
del da, pero despus de haber andado largo trecho  obscuras, por un
camino cubierto? Fijando entonces vivamente la atencin sobre aquellos
pensamientos que divagan por la mente como exhalaciones momentneas,
sobre aquellos movimientos casi imperceptibles que en tales casos nacen
y mueren de continuo en nuestra alma, se nota que el entendimiento, en
medio de sus fluctuaciones, extiende la mano sin advertirlo al ncora
que le ofrece la autoridad ajena, y que, para asegurarse, hace desfilar
delante de sus ojos la sombra de algunos matemticos ilustres, y el
corazn como que se alegra de que aquello est ya enteramente fuera
de duda, por haberlo visto de una misma manera una serie de hombres
grandes. Y qu? se sublevarn tal vez la ignorancia y el orgullo
contra semejantes reflexiones? Estudiad esas ciencias, , cuando menos,
leed su historia, y os convenceris de que tambin se encuentran en
ellas abundantes pruebas de la debilidad del entendimiento del hombre.

La portentosa invencin de Newton y Leibnitz no encontr en Europa
numerosos adversarios? no necesit para solidarse bien, el que
pasara algn tiempo, y que la piedra de toque de las aplicaciones
viniese  manifestar la verdad de los principios y la exactitud de los
raciocinios? y creis, por ventura, que si ahora se presentara de
nuevo esa invencin en el campo de las ciencias, hasta suponindola
pertrechada de todas las pruebas con que se la ha robustecido, y
rodeada de aquella luz con que la han baado tantas aclaraciones;
creis, por ventura, repito, que no necesitara tambin de algn
tiempo, para que, afirmada, digmoslo as, con el derecho de
prescripcin, alcanzase en sus dominios la tranquilidad y sosiego de
que actualmente disfruta?

Bien se deja sospechar que no les ha de caber  las dems ciencias
escasa parte de esa incertidumbre, que trae su origen de la misma
flaqueza del espritu humano; y, como quiera que en cuanto  ellas
apenas me parece posible que haya quien trate de contradecirlo, pasar
 presentar algunas consideraciones sobre el carcter peculiar de las
ciencias morales.

Tal vez no se ha reparado bastante que no hay estudio ms engaoso que
el de las verdades morales; y le llamo engaoso, porque, brindando al
investigador con una facilidad aparente, le empea en pasos en que
apenas se encuentra salida. Son como aquellas aguas tranquilas que
manifiestan poca profundidad, un fondo falso, pero que encierran un
insondable abismo. Familiarizados nosotros con su lenguaje desde la ms
tierna infancia; viendo en rededor nuestro sus continuas aplicaciones;
sintiendo que se nos presentan como de bulto, y hallndonos con
cierta facilidad de hablar de repente sobre muchos de sus puntos,
persuadmonos con ligereza de que tampoco nos ha de ser difcil un
estudio profundo de sus ms altos principios, y de sus relaciones
ms delicadas; y cosa admirable! apenas salimos de la esfera del
sentido comn, apenas tratamos de desviarnos de aquellas expresiones
sencillas, las mismas que balbucientes pronuncibamos en el regazo de
nuestra madre, nos hallamos en el ms confuso laberinto. Entonces,
si el entendimiento se abandona  sus cavilaciones; si no escucha la
voz del corazn, que le habla con tanta sencillez como elocuencia;
si no templa aquella fogosidad que le comunica el orgullo; si con
loco desvanecimiento no atiende  lo que le prescribe el cuerdo buen
sentido, llega hasta el exceso de despreciar el depsito de aquellas
tan saludables como necesarias verdades que conserva la sociedad para
irlas transmitiendo de generacin en generacin; y, marchando solo, 
tientas, en medio de las ms densas tinieblas, acaba por derrumbarse en
aquellos precipicios de extravagancias y delirios de que la historia
de las ciencias nos ofrece tan repetidos y lamentables ejemplos.

Si bien se observa, se nota una cosa semejante en todas las ciencias;
porque el Criador ha querido que no nos faltaran aquellos conocimientos
que nos eran necesarios para el uso de la vida, y para llegar 
nuestro destino; pero no ha querido complacer nuestra curiosidad,
descubrindonos verdades que para nada nos eran necesarias. Sin
embargo, en algunas materias ha comunicado al entendimiento cierta
facilidad que le hace capaz de enriquecer de continuo sus dominios;
pero, en orden  las verdades morales, le ha dejado en una esterilidad
completa: lo que necesitaba saber,  se lo ha grabado con caracteres
muy sencillos  inteligibles en el fondo de su corazn,  se lo ha
consignado de un modo muy expreso y terminante en el Sagrado Texto,
mostrndole una regla fija en la autoridad de la Iglesia,  donde poda
acudir para aclarar sus dudas; pero, por lo dems, le ha dejado de
manera que, si se trata de cavilar y espaciarse  su capricho, recorre
de continuo un mismo camino, lo hace y deshace mil veces; encontrando
en un extremo el _escepticismo_, en el otro la _verdad pura_.

Algunos idelogos modernos reclamarn, tal vez, contra reflexiones
semejantes, y mostrarn en contra de esta asercin el fruto de sus
trabajos analticos. Cuando no se haba descendido al anlisis de los
hechos, dirn ellos; cuando se divagaba entre sistemas areos, y se
reciban palabras sin examen ni discernimiento, entonces pudiera ser
verdad todo esto; pero ahora, cuando las ideas de bien y mal moral las
hemos aclarado nosotros tan completamente, que hemos deslindado lo
que haba en ellas de preocupacin y de filosofa; que hemos asentado
todo el sistema de moral sobre principios tan sencillos, como son el
placer y el dolor; que hemos dado en estas materias ideas tan claras,
como son las _varias sensaciones que nos causa una naranja_; ahora,
decir todo esto, es ser ingrato con las ciencias; es desconocer el
fruto de nuestros sudores. Ni me son desconocidos los trabajos de
algunos nuevos idelogo-moralistas, ni la engaosa sencillez con que
desenvuelven sus teoras, dando  las ms difciles materias un aspecto
de facilidad y llaneza, que, al parecer, debe de estar todo al alcance
de las inteligencias ms limitadas: no es ste el lugar  propsito
para examinar esas teoras, esas investigaciones analticas; observar,
no obstante, que,  pesar de tanta sencillez, no parece que se vaya
en pos de ellos ni la sociedad, ni la ciencia; y que sus opiniones,
sin embargo de ser recientes, son ya viejas. Y no es extrao, porque
fcilmente se haba de ocurrir que,  pesar de su positivismo, si puedo
valerme de esta palabra, son tan hipotticos esos idelogos, como
muchos de los antecesores  quienes ellos motejan y desprecian. Escuela
pequea y de espritu limitado, que, sin estar en posesin de la
verdad, no tiene siquiera aquella belleza con que hermosean  otras los
brillantes sueos de grandes hombres; escuela orgullosa y alucinada,
que cree profundizar un hecho, cuando le obscurece, y afianzarle, slo
porque le asevera; y que, en tratndose de relaciones morales, se
figura que analiza el corazn, slo porque le descompone y diseca.

Si tal es nuestro entendimiento, si tanta es su flaqueza con respecto
 todas las ciencias, si tanta es su esterilidad en los conocimientos
morales, que no ha podido adelantar un pice sobre lo que le ha
enseado la bondadosa Providencia, qu beneficio ha hecho el
Protestantismo  las sociedades modernas, quebrantando la fuerza de la
autoridad, nica capaz de poner un dique  lamentables extravos?[9]




CAPITULO VII


Rechazada por el Protestantismo la autoridad de la Iglesia, y
estribando sobre este principio como nico cimiento, ha debido buscar
en el hombre todo su apoyo; y, desconocido hasta tal punto el espritu
humano, y su verdadero carcter, y sus relaciones con las verdades
religiosas y morales, le ha dejado ancho campo para precipitarse, segn
la variedad de las situaciones, en dos extremos tan opuestos como son
el _fanatismo_ y la _indiferencia_.

Extrao parecer quizs enlace semejante, y que extravos tan opuestos
puedan dimanar de un mismo origen, y, sin embargo, nada hay ms cierto;
viniendo en esta parte los ejemplos de la historia  confirmar las
lecciones de la filosofa. Apelando el Protestantismo al solo hombre
en las materias religiosas, no le quedaban sino dos medios de hacerlo:
 suponerle inspirado del cielo para el descubrimiento de la verdad, 
sujetar todas las verdades religiosas al examen de la razn; es decir,
 la _inspiracin_  la _filosofa_. El someter las verdades religiosas
al fallo de la razn deba acarrear tarde  temprano la indiferencia,
as como la inspiracin particular,  el espritu privado, haba de
engendrar el fanatismo.

Hay en la historia del espritu humano un hecho universal y constante,
y es su vehemente inclinacin  imaginar sistemas que, prescindiendo
completamente de la realidad de las cosas, ofrezcan tan slo la
obra de un ingenio, que se ha propuesto apartarse del camino comn,
y abandonarse libremente al impulso de sus propias inspiraciones.
La historia de la filosofa apenas presenta otros cuadros que la
repeticin perenne de este fenmeno; y, en cuanto cabe en las otras
materias, no ha dejado de reproducirse, bajo una  otra forma.
Concebida una idea singular, mrala el entendimiento con aquella
predileccin exclusiva y ciega, con que suele un padre distinguir  sus
hijos; y, desenvolvindola con esta preocupacin, amolda en ella todos
los hechos, y le ajusta todas las reflexiones. Lo que en un principio
no era ms que un pensamiento ingenioso y extravagante, pasa luego 
ser un germen, del cual nacen vastos cuerpos de doctrina; y, si es
ardiente la cabeza donde ha brotado ese pensamiento, si est seoreada
por un corazn lleno de fuego, el calor provoca la fermentacin, y sta
el fanatismo, propagador de todos los delirios.

Acrecintase singularmente el peligro cuando el nuevo sistema versa
sobre materias religiosas,  se roza con ellas por relaciones muy
inmediatas: entonces las extravagancias del espritu alucinado se
transforman en inspiraciones del cielo; la fermentacin del delirio,
en una llama divina, y la mana de singularizarse en vocacin
extraordinaria. El orgullo, no pudiendo sufrir oposicin, se desboca
furioso contra todo lo que encuentra establecido;  insultando la
autoridad, atacando todas las instituciones, y despreciando las
personas, disfraza la ms grosera violencia con el manto del celo,
y encubre la ambicin con el nombre del apostolado. Ms alucinado 
veces que seductor, el miserable manitico llega quizs  persuadirse
profundamente de que son verdaderas sus doctrinas, y de que ha odo la
palabra del cielo; y, presentando en el fogoso lenguaje de la demencia
algo de singular y extraordinario, transmite  sus oyentes una parte de
su locura, y adquiere en breve un considerable nmero de proslitos. No
son,  la verdad, muchos los capaces de representar el primer papel en
esa escena de locura; pero, desgraciadamente, los hombres son demasiado
insensatos para dejarse arrastrar por el primero que se arroje atrevido
 acometer la empresa: pues que la historia y la experiencia harto nos
tienen enseado que, para fascinar un gran nmero de hombres, basta una
palabra, y que, para formar un partido, por malvado, por extravagante,
por ridculo que sea, no se necesita ms que levantar una bandera.

Ahora que se ofrece la oportunidad, quiero dejar consignado aqu un
hecho, que no s que nadie le haya observado: y es, que la Iglesia
en sus combates con la hereja ha prestado un eminente servicio  la
ciencia que se ocupa en conocer el verdadero carcter, las tendencias
y el alcance del espritu humano. Celosa depositaria de todas las
grandes verdades, ha procurado siempre conservarlas intactas, y,
conociendo  fondo la debilidad del humano entendimiento, y su
extremada propensin  las locuras y extravagancias, le ha seguido
siempre de cerca los pasos, le ha observado en todos sus movimientos,
rechazando con energa sus impotentes tentativas, cuando l ha tratado
de corromper el pursimo manantial de que era poseedora. En las fuertes
y dilatadas luchas que contra l ha sostenido, ha logrado poner de
manifiesto su incurable locura, ha desenvuelto todos sus pliegues, y
le ha mostrado en todas sus fases: recogiendo en la historia de las
herejas un riqusimo caudal de hechos, un cuadro muy interesante donde
se halla retratado el espritu humano en sus verdaderas dimensiones,
en su fisonoma caracterstica, en su propio colorido: cuadro de que
se aprovechar, sin duda, el genio  quien est reservada la grande
obra que est todava por hacer: _la verdadera historia del espritu
humano_.[10]

Tocante  extravagancias y delirios del fanatismo, por cierto que no
est nada escasa la historia de Europa de tres siglos  esta parte:
monumentos quedan todava existentes, y por dondequiera que dirijamos
nuestros pasos, encontraremos que las sectas fanticas nacidas en el
seno del Protestantismo, y originadas de su principio fundamental, han
dejado impresa una huella de sangre. Nada pudieron contra el torrente
devastador, ni la violencia de carcter de Lutero, ni los furibundos
esfuerzos con que se opona  cuantos enseaban doctrinas diferentes
de las suyas:  unas impiedades sucedieron presto otras impiedades;
 unas extravagancias, otras extravagancias;  un fanatismo, otro
fanatismo; quedando luego la falsa reforma fraccionada en tantas
sectas, todas  cual ms violentas, cuantas fueron las cabezas que 
la triste fecundidad de engendrar un sistema reunieron un carcter
bastante resuelto para enarbolar una bandera. Ni era posible que de
otro modo sucediese, porque, cabalmente,  ms del riesgo que traa
consigo el dejar solo al espritu humano encarado con todas las
cuestiones religiosas, haba una circunstancia que deba acarrear
resultados funestsimos: hablo de la interpretacin de los Libros
Santos encomendada al espritu privado.

Manifestse entonces con toda evidencia que el mayor abuso es el que se
hace de lo mejor; y que ese libro inefable, donde se halla derramada
tanta luz para el entendimiento, tantos consuelos para el corazn,
es altamente daoso al espritu soberbio, que  la terca resolucin
de resistir  toda autoridad en materias de fe, aada la ilusoria
persuasin de que la Escritura Sagrada es un libro claro en todas sus
partes, de que no le faltar en todo caso la inspiracin del cielo
para la disipacin de las dudas que pudieran ofrecerse,  que recorra
sus pginas con el prurito de encontrar algn texto, que, ms  menos
violentado, pueda prestar apoyo  sutilezas, cavilaciones,  proyectos
insensatos.

No cabe mayor desacierto que el cometido por los corifeos del
Protestantismo, al poner la Biblia en manos de todo el mundo,
procurando, al mismo tiempo, acreditar la ilusin de que cualquier
cristiano era capaz de interpretarla; no cabe olvido ms completo de
lo que es la Sagrada Escritura. Bien es verdad que no quedaba otro
medio al Protestantismo, y que todos los obstculos que opona  la
entera libertad en la interpretacin del Sagrado Texto eran para l
una inconsecuencia chocante, una apostasa de sus propios principios,
un desconocimiento de su origen; pero esto es su ms terminante
condenacin; porque, cules son los ttulos, ni de verdad, ni de
santidad, que podr presentarnos una religin, que en su principio
fundamental envuelve el germen de las sectas ms fanticas y ms
daosas  la sociedad?

Difcil fuera reunir en breve espacio tantos hechos, tantas
reflexiones, tan convincentes pruebas en contra de ese error
capital del Protestantismo, como ha reunido un mismo protestante.
Es O'Callaghan: y no dudo que el lector me quedar agradecido de
que transcriba aqu sus palabras; dice as: Llevados los primeros
reformadores de su espritu de oposicin  la Iglesia romana,
reclamaron  voz en grito el derecho de interpretar las Escrituras
conforme al juicio particular de cada uno....; pero, afanados por
emancipar al pueblo de la autoridad del Pontfice romano, proclamaron
este derecho sin explicacin ni restricciones, y las consecuencias
fueron _terribles_. Impacientes por minar la base de la jurisdiccin
papal, sostuvieron sin limitacin alguna que cada individuo tiene
indisputable derecho  interpretar la Sagrada Escritura por s mismo;
y, como este principio, tomado en toda su extensin, era insostenible,
fu menester, para afirmarle, darle el apoyo de otro principio, cual
es, que la Biblia es un libro fcil, al alcance de todos los espritus;
que el carcter ms inseparable de la revelacin divina es una gran
claridad: principios ambos, que, ora se les considere aislados, ora
unidos, son incapaces de sufrir un ataque serio.

El juicio privado de Munzer descubri en la Escritura que los ttulos
de nobleza y las grandes propiedades son una usurpacin impa,
contraria  la natural igualdad de los fieles,  invit  sus secuaces
 examinar si no era sta la verdad del hecho: examinaron los sectarios
la cosa, alabaron  Dios, y procedieron en seguida, por medio del
hierro y del fuego,  la extirpacin de los impos, y  apoderarse de
sus propiedades. El juicio privado crey tambin haber descubierto en
la Biblia que las leyes establecidas eran una permanente restriccin
de la libertad cristiana; y heos aqu que Juan de Leyde tira los
instrumentos de su oficio, se pone  la cabeza de un populacho
fantico, sorprende la ciudad de Mnster, se proclama  s mismo rey
de Sin, toma catorce mujeres  la vez, asegurando que la poligamia
era una de las libertades cristianas, y el privilegio de los Santos.
Pero, si la criminal locura de los paisanos extranjeros aflige  los
amigos de la humanidad y de una piedad razonable, por cierto que no
es  propsito para consolarlos la historia de Inglaterra, durante un
largo espacio del siglo XVII. En ese perodo de tiempo, levantronse
una innumerable muchedumbre de fanticos, ora juntos, ora unos en pos
de otros, embriagados de doctrinas extravagantes y de pasiones dainas,
desde el feroz dominio de Fox hasta la metdica locura de Barclay,
desde el formidable fanatismo de Cromwell hasta la necia impiedad de
_Praise-God-Barebones_. La piedad, la razn y el buen sentido parecan
desterrados del mundo, y se haban puesto en su lugar una extravagante
algaraba, un frenes religioso, un celo insensato: todos citaban la
Escritura, todos pretendan haber tenido inspiraciones, visiones,
arrobos de espritu; y,  la verdad, con tanto fundamento lo pretendan
unos como otros.

Sostenase con mucho rigor que era conveniente abolir el sacerdocio
y la dignidad Real; pues que los sacerdotes eran los servidores de
Satans, y los reyes eran los delegados de la Prostituta de Babilonia,
y que la existencia de unos y otros era incompatible con el reino del
Redentor. Esos fanticos condenaban la ciencia como invencin pagana,
y las universidades como seminarios de la impiedad anticristiana.
Ni la santidad de sus funciones protega al obispo, ni la majestad
del trono al rey; uno y otro eran objetos de desprecio y de odio, y
degollados sin compasin por aquellos fanticos, cuyo nico libro era
la Biblia, sin notas ni comentarios.  la sazn estaba en su mayor
auge el entusiasmo por la oracin, la predicacin y la lectura de los
Libros Santos; todos oraban, todos predicaban, todos lean, pero nadie
escuchaba. Las mayores atrocidades se las justificaba por la Sagrada
Escritura; en las transacciones ms ordinarias de la vida se usaba
el lenguaje de la Sagrada Escritura; de los negocios interiores de
la nacin, de sus relaciones exteriores, se trataba con frases de la
Escritura; con la Escritura se tramaban conspiraciones, traiciones,
proscripciones; y todo era, no slo justificado, sino tambin
consagrado con citas de la Sagrada Escritura. Estos hechos histricos
han asombrado con frecuencia  los hombres de bien, y consternado 
las almas piadosas; _pero, demasiado embebido el lector en sus propios
sentimientos, olvida la leccin encerrada en esta terrible experiencia,
 saber: que la Biblia, sin explicacin, ni comentarios, no es para
leda por hombres groseros  ignorantes_.

La masa del linaje humano ha de contentarse con recibir de _otro_
sus instrucciones, y no le es dado acercarse  los manantiales de la
ciencia. Las verdades ms importantes en medicina, en jurisprudencia,
en fsica, en matemticas, ha de recibirlas de aquellos que las beben
en los primeros manantiales: y, por lo que toca al Cristianismo, en
general se ha constantemente seguido el mismo mtodo, y siempre que se
le ha dejado hasta cierto punto, _la sociedad se ha conmovido hasta sus
cimientos_.

No necesitan comentarios esas palabras de O'Callaghan; y por cierto
que no se las podr tachar ni de hiperblicas, ni de declamatorias,
no siendo ms que una sencilla y verdica narracin de hechos harto
sabidos. El solo recuerdo de ellos debera ser bastante para convencer
de los peligros que consigo trae el poner la Sagrada Escritura
sin notas ni comentarios en manos de cualquiera, como lo hace el
Protestantismo, acreditando en cuanto puede el error de que para la
inteligencia del Sagrado Texto es intil la autoridad de la Iglesia,
y que no necesita ms todo cristiano que escuchar lo que le dictarn
con frecuencia sus pasiones y sus delirios. Cuando el Protestantismo
no hubiera cometido otro yerro que ste, bastara ya para que se
reprobase, se condenase  s propio, pues que no hace otra cosa una
religin que asienta un principio que la disuelve  ella misma.

Para apreciar en esta parte el desacierto con que procede el
Protestantismo, y la posicin falsa y arriesgada en que se ha colocado
con respecto al espritu humano, no es necesario ser telogo, ni
catlico; basta haber ledo la Escritura, aun cuando sea nicamente
con ojos de literato y filsofo. Un libro que, encerrando en breve
cuadro el extenso espacio de cuatro mil aos, y adelantndose hasta
las profundidades del ms lejano porvenir, comprende el origen
y destinos del hombre y del universo; un libro que, tejiendo la
historia particular de un pueblo escogido, abarca en sus narraciones
y profecas las revoluciones de los grandes imperios; un libro en que
los magnficos retratos donde se presentan la pujanza y el lujoso
esplendor de los monarcas de Oriente, se encuentran al lado de la
fcil pincelada que nos describe la sencillez de las costumbres
domsticas,  el candor  inocencia de un pueblo en la infancia; un
libro donde narra el historiador, vierte tranquilamente el sabio sus
sentencias, predica el apstol, ensea y disputa el doctor; un libro
donde un profeta, seoreado por el espritu divino, truena contra la
corrupcin y extravo de un pueblo, anuncia las terribles venganzas
del Dios de Sina, llora inconsolable el cautiverio de sus hermanos y
la devastacin y soledad de su patria, cuenta en lenguaje peregrino y
sublime los magnficos espectculos que se desplegaron  sus ojos en
momentos de arrobo, en que, al travs de velos sombros, de figuras
misteriosas, de emblemas obscuros, de apariciones enigmticas, viera
desfilar ante su vista los grandes sucesos de la sociedad y las
catstrofes de la naturaleza; un libro,  ms bien un conjunto de
libros, donde reinan todos los estilos y campean los ms variados
tonos, donde se hallan derramadas y entremezcladas la majestad pica
y la sencillez pastoril, el fuego lrico y la templanza didctica,
la marcha grave y sosegada de la narracin histrica y la rapidez y
viveza del drama; un conjunto de libros escritos en diferentes pocas
y pases, en varias lenguas, en circunstancias las ms singulares y
extraordinarias, cmo podr menos de trastrocar la cabeza orgullosa
que recorre  tientas sus pginas, ignorando los climas, los tiempos,
las leyes, los usos y costumbres; abrumada de alusiones que la
confunden, de imgenes que la sorprenden, de idiotismos que la
obscurecen; oyendo hablar en idioma moderno al hebreo  al griego que
escribieron all en siglos muy remotos? Qu efectos ha de producir ese
conjunto de circunstancias, creyendo el lector que la Sagrada Escritura
es un libro muy fcil, que se brinda de buen grado  la inteligencia
de cualquiera, y que, en todo caso, si se ofreciere alguna dificultad,
no necesita el que lee de la instruccin de nadie, sino que le bastan
sus propias reflexiones,  concentrarse dentro de s mismo para prestar
atento odo  la celeste inspiracin que levantar el velo que encubre
los ms altos misterios? Quin extraar que se hayan visto entre los
protestantes tan ridculos visionarios, tan furibundos fanticos?[11]




CAPITULO VIII


Injusticia fuera tachar una religin de falsa, slo porque en su seno
hubieran aparecido fanticos: esto equivaldra  desecharlas todas;
pues que no sera dable encontrar una que estuviese exenta de semejante
plaga. No est el mal en que se presenten fanticos en medio de una
religin, sino en que ella los forme, en que los incite al fanatismo,
 les abra para l anchurosa puerta. Si bien se mira, en el fondo del
corazn humano hay un germen abundante de fanatismo, y la historia
del hombre nos ofrece de ello tan abundantes pruebas, que apenas se
encontrar hecho que deba ser reconocido como ms indudable. Fingid
una ilusin cualquiera, contad la visin ms extravagante, forjad el
sistema ms desvariado; pero tened cuidado de baarlo todo con un tinte
religioso, y estad seguros de que no os faltarn proslitos entusiastas
que tomarn  pecho el sostener vuestros dogmas, el propagarlos, y
que se entregarn  vuestra causa con una mente ciega y un corazn de
fuego; es decir, tendris bajo vuestra bandera una porcin de fanticos.

Algunos filsofos han gastado largas pginas en declamar contra el
fanatismo, y como que se han empeado en desterrarle del mundo, ora
dando  los hombres empalagosas lecciones filosficas, ora empleando
contra el _monstruo_ toda la fuerza de una oratoria fulminante. Bien
es verdad que  la palabra _fanatismo_ le han sealado una extensin
tan lata, que han comprendido bajo esta denominacin toda clase de
religiones; pero yo creo, sin embargo, que, aun cuando se hubieran
ceido  combatir el verdadero fanatismo, habran hecho harto mejor si,
no fatigndose tanto, hubiesen gastado algn tiempo en examinar esta
materia con espritu analtico, tratndola, despus de atento examen,
sin preocupacin, con madurez y templanza.

Por lo mismo que vean que ste era un achaque del espritu humano,
escasas esperanzas podan tener, si es que fueran filsofos cuerdos y
sesudos, de que con razones y elocuencia alcanzaran  desterrar del
mundo al malhadado _monstruo_; pues que, hasta ahora, no s yo que
la filosofa haya sido parte  remediar ninguna de aquellas graves
enfermedades que son como el patrimonio del humano linaje. Entre tantos
yerros como ha tenido la filosofa del siglo XVIII, ha sido uno de los
ms capitales la mana de los tipos: de la naturaleza del hombre, de
la sociedad, de todo se ha imaginado un tipo all en su mente; todo ha
debido acomodarse  aquel tipo, y cuanto no ha podido doblegarse para
ajustarse al molde, todo ha sufrido tal descarga filosfica, que, al
menos, no ha quedado impune por su poca flexibilidad.

Pues qu? podr negarse que haya fanatismo en el mundo? Y mucho.
Podr negarse que sea un mal? Y muy grave. Cmo se podra extirpar?
De ninguna manera. Cmo se podr disminuir su extensin, atenuar su
fuerza, refrenar su violencia? Dirigiendo bien al hombre. Entonces, no
ser con la filosofa? Ahora lo veremos.

Cul es el origen del fanatismo? Antes es necesario fijar el verdadero
sentido de esta palabra. Entindese por fanatismo, tomado en su
acepcin ms lata, una viva exaltacin del nimo fuertemente seoreado
por alguna opinin,  falsa,  exagerada. Si la opinin es verdadera,
encerrada en sus justos lmites, entonces no cabe el fanatismo; y, si
alguna vez lo hubiere, ser con respecto  los medios que se emplean
en defenderla; pero, entonces ya existir tambin un juicio errado, en
cuanto se cree que la opinin verdadera autoriza para aquellos medios;
es decir, que habr error,  exageracin. Pero, si la opinin fuere
verdadera, los medios de defenderla, legtimos, y la ocasin, oportuna,
entonces no hay fanatismo, por grande que sea la exaltacin del nimo,
por viva que sea la efervescencia, por vigorosos que sean los esfuerzos
que se hagan, por costosos que sean los sacrificios que se arrostren;
entonces habr entusiasmo en el nimo y herosmo en la accin, pero
fanatismo no: de otra manera los hroes de todos tiempos y pases
quedaran afeados con la mancha de fanticos.

Tomado el fanatismo con toda esta generalidad, se extiende  cuantos
objetos ocupan al espritu humano; y as hay fanticos en religin, en
poltica, y hasta en ciencias y literatura; no obstante, el significado
ms propio de la palabra _fanatismo_, no slo atendiendo  su valor
etimolgico, sino tambin usual, es cuando se aplica  materias
religiosas; y, por esta causa, el solo nombre de fantico, sin ninguna
aadidura, expresa un _fantico_ en religin; cuando, al contrario, si
se le aplica con respecto  otras materias, debe andar acompaado del
apuesto que las califique; as se dice: fanticos polticos, fanticos
en literatura, y otras expresiones por este tenor.

No cabe duda de que, en tratndose de materias religiosas, tiene el
hombre una propensin muy notable  dejarse dominar de una idea, 
exaltarse de nimo en favor de ella,  transmitirla  cuantos le
rodean,  propagarla luego por todas partes, llegando con frecuencia
 empearse en comunicarla  los otros, aunque sea con las mayores
violencias.

Hasta cierto punto se verifica tambin el mismo hecho en las materias
no religiosas; pero es innegable que en las religiosas adquiere el
fenmeno un carcter que le distingue de cuanto acontece en esfera
diferente. En cosas de religin adquiere el alma del hombre una nueva
fuerza; una energa terrible, una expansin sin lmites; para l no hay
dificultades, no hay obstculos, no hay embarazos de ninguna clase; los
intereses materiales desaparecen enteramente, los mayores padecimientos
se hacen lisonjeros, los tormentos son nada, la muerte misma es una
ilusin agradable.

El hecho es vario, segn lo es la persona en quien se verifica, segn
lo son las ideas y costumbres del pueblo en medio del cual se realiza;
pero, en el fondo, es el mismo: examinada la cosa en su raz, se halla
que tienen un mismo origen las violencias de los sectarios de Mahoma,
que las extravagancias de los discpulos de Fox.

Acontece en esta pasin lo propio que en las dems, que, si producen
los mayores males, es slo porque se extravan de su objeto legtimo, 
se dirigen  l por medios que no estn de acuerdo con lo que dictan la
razn y la prudencia; pues que, bien observado, el fanatismo no es ms
que el _sentimiento religioso extraviado_; sentimiento que el hombre
lleva consigo desde la cuna hasta el sepulcro, y que se encuentra como
esparcido por la sociedad, en todos los perodos de su existencia.
Hasta ahora ha sido siempre vano el empeo de hacer irreligioso al
hombre: uno que otro individuo se ha entregado  los desvaros de una
irreligin completa; pero el linaje humano protesta sin cesar contra
ese individuo, que ahoga en su corazn el sentimiento religioso. Como
este sentimiento es tan fuerte, tan vivo, tan poderoso  ejercer sobre
el hombre una influencia sin lmites, apenas se aparta de su objeto
legtimo, apenas se desva del sendero debido, cuando ya produce
resultados funestos; pues que se combinan desde luego dos causas muy 
propsito para los mayores desastres, como son: _absoluta ceguera del
entendimiento, y una irresistible energa en la voluntad_.

Cuando se ha declamado contra el fanatismo, buena parte de los
protestantes y filsofos no se han olvidado de prodigar ese apodo 
la Iglesia catlica; y por cierto que debieran andar en ello con ms
tiento, cuando menos en obsequio de la buena filosofa. Sin duda que
la Iglesia no se gloriar de que haya podido curar todas las locuras
de los hombres, y, por tanto, no pretender tampoco que de entre sus
hijos haya podido desterrar de tal manera el fanatismo, que, de vez en
cuando, no haya visto en su seno algunos fanticos; pero s que puede
gloriarse de que jams religin alguna ha dado mejor en el blanco para
curar, en cuanto cabe, este achaque del espritu humano; pudiendo,
adems, asegurarse que tiene de tal manera tomadas sus medidas, que,
en naciendo el fanatismo, le cerca desde luego con un vallado, en
que podr delirar por algn tiempo, pero no producir efectos de
consecuencias desastrosas.

Esos extravos de la mente, esos sueos de delirio que, nutridos
y avivados, con el tiempo arrastran al hombre  las mayores
extravagancias, y hasta  los ms horrorosos crmenes, apganse por
lo comn en su mismo origen, cuando existe en el fondo del alma el
saludable convencimiento de la propia debilidad, y el respeto y
sumisin  una autoridad infalible; y, ya que  veces no se logre
sofocar el delirio en su nacimiento, qudase al menos aislado,
circunscrito  una porcin de hechos ms  menos verosmiles, pero
dejando intacto el depsito de la verdadera doctrina, y sin quebrantar
aquellos lazos que unen y estrechan  todos los fieles como miembros de
un mismo cuerpo. Se trata de revelaciones, de visiones, de profecas,
de xtasis? Mientras todo esto tenga un carcter privado, y no se
extienda  las verdades de fe, la Iglesia, por lo comn, disimula,
tolera, se abstiene de entrometerse, calla, dejando  los crticos la
discusin de los hechos, y al comn de los fieles amplia libertad para
pensar lo que ms les agrade. Pero, si toman las cosas un carcter ms
grave, si el visionario entra en explicaciones sobre algunos puntos
de doctrina, veris, desde luego, que se despliega el espritu de
vigilancia; la Iglesia aplica atentamente el odo para ver si se mezcla
por all alguna voz que se aparte de lo enseado por el divino Maestro;
fija una mirada observadora sobre el nuevo predicador, por si hay algo
que manifieste,  al hombre alucinado y errante en materias de dogma, 
al lobo cubierto con piel de oveja; y, en tal caso, levanta desde luego
el grito, advierte  todos los fieles,  del error,  del peligro, y
llama con la voz de pastor  la oveja descarriada. Si sta no escucha,
si no quiere seguir ms que sus caprichos, entonces la separa del
rebao, la declara como lobo, y, de all en adelante, el error y el
fanatismo ya no se hallan en ninguno que desee perseverar en el seno de
la Iglesia.

Por cierto que no dejarn los protestantes de echar en cara  los
catlicos la muchedumbre de visionarios que ha tenido la Iglesia,
recordando las revelaciones y visiones de los muchos Santos que
veneramos sobre los altares; echarnnos tambin en cara el fanatismo:
fanatismo que dirn no haberse limitado  estrecho crculo, pues que
ha sido bastante  producir los resultados ms notables. Los solos
fundadores de las rdenes religiosas, dirn ellos, no ofrecen acaso
el espectculo de una serie de fanticos que, alucinados ellos mismos,
ejercan sobre los dems, con su palabra y ejemplo, la influencia ms
fascinadora que jams se haya visto? Como no es ste el lugar de
tratar por extenso el punto de las comunidades religiosas, cosa que me
propongo hacer en otra parte de esta obra, me contentar con observar
que, aun dando por supuesto que todas las visiones y revelaciones
de nuestros Santos y las inspiraciones del cielo con que se crean
favorecidos los fundadores de las rdenes religiosas, no pasaran de
pura ilusin, nada tendran adelantado los adversarios para achacar 
la Iglesia catlica la nota de fanatismo. Por de pronto, ya se echa
de ver que, en lo tocante  visiones de un particular, mientras se
circunscriban  la esfera individual, podr haber all ilusin, y,
si se quiere, fanatismo; pero no ser el fanatismo daoso  nadie, y
nunca alcanzar  acarrear trastornos  la sociedad. Que una pobre
mujer se crea favorecida con particulares beneficios del cielo, que se
figure oir con frecuencia la palabra de la Virgen, que se imagine que
confabula con los ngeles, que le traen mensajes de parte de Dios; todo
esto podr excitar la credulidad de unos y la mordacidad de otros; pero
 buen seguro que no costar  la sociedad ni una gota de sangre, ni
una sola lgrima.

Y los fundadores de las rdenes religiosas qu muestras nos dan de
fanatismo? Aun cuando prescindiramos del profundo respeto que se
merecen sus virtudes, y de la gratitud con que debe corresponderles
la humanidad por los beneficios inestimables que han dispensado;
aun cuando diramos por supuesto que se engaaron en todas sus
inspiraciones, podramos apellidarlos _ilusos_, ms no _fanticos_. En
efecto: nada encontramos en ellos, ni de frenes, ni de violencia; son
hombres que desconfan de s mismos; que,  pesar de creerse llamados
por el cielo para algn grande objeto, no se atreven  poner manos
 la obra sin haberse postrado antes  los pies del Sumo Pontfice,
sometiendo  su juicio las reglas en que pensaban cimentar la nueva
orden, pidindole sus luces, sujetndose dcilmente  su fallo, y no
realizando nada sin haber obtenido su licencia. Qu semejanza hay,
pues, de los fundadores de las rdenes religiosas con esos fanticos
que arrastran en pos de s una muchedumbre de furibundos, que matan,
destruyen por todas partes, dejando por doquiera regueros de sangre
y de ceniza? En los fundadores de las rdenes religiosas vemos  un
hombre que, dominado fuertemente por una idea, se empea en llevarla 
cabo, aun  costa de los mayores sacrificios; pero vemos siempre una
idea fija, desenvuelta en un plan ordenado, teniendo  la vista algn
objeto altamente religioso y social; y, sobre todo, vemos ese plan
sometido al juicio de una autoridad, examinado con madura discusin, y
enmendado,  retocado, segn parece ms conforme  la prudencia. Para
un filsofo imparcial, sean cuales fueren sus opiniones religiosas,
podr haber en todo esto ms  menos ilusin, ms  menos preocupacin,
ms  menos prudencia y acierto; pero, fanatismo, no, de ninguna
manera, porque nada hay aqu que presente semejante carcter.[12]




CAPITULO IX


El fanatismo de secta, nutrido y avivado en Europa por la _inspiracin
privada_ del Protestantismo, es ciertamente una llaga muy profunda y
de mucha gravedad; pero no tiene, sin embargo, un carcter tan maligno
y alarmante como la incredulidad y la indiferencia religiosa: males
funestos que las sociedades modernas tienen que agradecer en buena
parte  la pretendida reforma. Radicados en el mismo principio que es
la base del Protestantismo; ocasionados y provocados por el escndalo
de tantas y tan extravagantes sectas que se apellidan cristianas,
empezaron  manifestarse con sntomas de gravedad ya en el mismo siglo
XVI. Andando el tiempo, llegaron  extenderse de un modo terrible,
filtrndose en todos los ramos cientficos y literarios, comunicando
su expresin y sabor  los idiomas, y poniendo en peligro todas las
conquistas que en pro de la civilizacin y cultura haba hecho por
espacio de muchos siglos el linaje humano.

En el mismo siglo XVI, en el mismo calor de las disputas y guerras
religiosas encendidas por el Protestantismo, cunda la incredulidad
de un modo alarmante; y es probable que sera ms comn de lo que
aparentaba, pues que no era fcil quitarse de repente la mscara,
cuando, poco antes, estaban tan profundamente arraigadas las creencias
religiosas. Es muy verosmil que andara disfrazada la incredulidad con
el manto de la reforma; y que, ora alistndose bajo la bandera de una
secta, ora pasando  la de otra, tratara de enflaquecerlas  todas
para levantar su trono sobre la ruina universal de las creencias.

No es necesario ser muy lgico para pasar del Protestantismo al
Desmo, y de ste al Atesmo no hay ms que un paso; y es imposible
que, al tiempo de la aparicin de los nuevos errores, no hubiese
muchos hombres reflexivos que desenvolviesen el sistema hasta sus
ltimas consecuencias. La religin cristiana, tal como la conciben
los protestantes, es una especie de sistema filosfico ms  menos
razonable; pues que, examinada  fondo, pierde el carcter de divina;
y, en tal caso, cmo podr seorear un nimo que  la reflexin y 
las meditaciones reuna espritu de independencia? Y,  decir verdad,
una sola ojeada sobre el comienzo del Protestantismo deba de arrojar
hasta el escepticismo religioso  todos los hombres que, no siendo
fanticos, no estaban, por otra parte, aferrados con el ncora de la
autoridad de la Iglesia; porque tal es el lenguaje y la conducta de
los corifeos de las sectas, que brota naturalmente en el nimo una
vehemente sospecha de que aquellos hombres se burlaban completamente de
todas las creencias cristianas; que encubran su atesmo  indiferencia
asentando doctrinas extraas que pudieran servir de ensea para
reunir proslitos; que extendan sus escritos con la ms insigne mala
fe, encubriendo el prfido intento de alimentar en el nimo de sus
secuaces el fanatismo de secta.

Esto es lo que dictaba al padre del clebre Montagne el simple buen
sentido, pues, aunque slo alcanz los primeros principios de la
reforma, sabemos que deca: este principio de enfermedad degenerar en
un execrable atesmo; testimonio notable, cuya conservacin debemos
 un escritor que, por cierto, no era apocado ni fantico:  su hijo
Montagne. (_Ensayos_, de Montagne, 1. 2, c. 12.) Tal vez no presagiara
ese hombre, que con tanta cordura juzgaba la verdadera tendencia del
Protestantismo, que fuese su hijo una confirmacin de sus predicciones;
porque es bien sabido que Montagne fu uno de los primeros escpticos,
que figuraron con gran nombrada en Europa. Por aquellos tiempos era
menester andar con cuidado en manifestarse ateo  indiferente, aun
entre los mismos protestantes; pero, aun cuando sea fcil sospechar
que no todos los incrdulos tendran el atrevimiento de Gruet, por
cierto que no ha de costar trabajo el dar crdito al clebre toledano
Chacn, cuando, al empezar el ltimo tercio del siglo XVII, deca que
la hereja de los atestas, de los que nada creen, andaba muy vlida
en Francia y en otras partes.

Seguan ocupando la atencin de todos los sabios de Europa las
controversias religiosas, y, entre tanto, la gangrena de la
incredulidad avanzaba de un modo espantoso; por manera que, al
promediar el siglo XVI, se conoce que el mal se presentaba bajo un
aspecto alarmante. Quin no ha ledo con asombro los profundos
pensamientos de Pascal sobre la indiferencia en materias de religin?
quin no ha percibido en ellos aquel acento conmovido, que nace de la
viva impresin causada en el nimo por la presencia de un mal terrible?

Se conoce que  la sazn estaban ya muy adelantadas las cosas, y que
la incredulidad se hallaba ya muy cercana  poder presentarse como
una escuela que se colocara al lado de las dems que se disputaban la
preferencia en Europa. Con ms  menos disfraz habase ya presentado
desde mucho tiempo en el socinianismo; pero esto no era bastante,
porque el socinianismo llevaba al menos el nombre de una secta
religiosa, y la religin empezaba  sentirse demasiado fuerte para que
no pudiera apellidarse ya con su propio nombre.

El ltimo tercio del siglo XVII nos presenta una crisis muy notable con
respecto  la religin: crisis que tal vez no ha sido bien reparada,
pero que se di  conocer por hechos muy palpables. Esta crisis fu
un cansancio de las disputas religiosas marcada en dos tendencias
diametralmente opuestas, y, sin embargo, muy naturales: _la una hacia
el Catolicismo, la otra hacia el Atesmo_.

Bien sabido es cunto se haba disputado hasta aquella poca sobre
la religin: las controversias religiosas eran el gusto dominante,
bastando decir que no formaban solamente la ocupacin favorita de los
escolsticos, as catlicos como protestantes, sino tambin de los
sabios seculares; habiendo penetrado esa aficin hasta en los palacios
de los prncipes y reyes. Tanta controversia deba naturalmente
descubrir el vicio radical del Protestantismo; y, no pudiendo
mantenerse firme el entendimiento en un terreno tan resbaladizo, haba
de esforzarse en salir de l,  bien llamando en su apoyo el principio
de autoridad,  bien abandonndose al atesmo   una completa
indiferencia. Estas dos tendencias se hicieron sentir de una manera
nada equvoca; y as es que, mientras Bayle crea la Europa bastante
preparada para que pudiera abrirse ya en medio de ella una ctedra de
incredulidad y de escepticismo, se haba entablado seria y animada
correspondencia para la reunin de los disidentes de Alemania al gremio
de la Iglesia catlica.

Conocidas son de todos los eruditos las contestaciones que mediaron
entre el luterano Molano, abate de Lockum, y Cristbal, obispo de
Tyna, y despus de Neustad; y para que no faltase un monumento del
carcter grave que haban tomado las negociaciones, se conserva an la
correspondencia motivada por este asunto, entre dos hombres de los
ms insignes que se contaban en Europa en ambas comuniones: Bossuet
y Leibnitz. No haba llegado an el feliz momento, y consideraciones
polticas que debieran desaparecer  la vista de tamaos intereses,
ejercieron maligna influencia sobre la grande alma de Leibnitz, para
que no conservara en el curso de la discusin y de las negociaciones
aquella sinceridad y buena fe y aquella elevacin de miras con que al
parecer haba comenzado. Aunque no surtiese buen efecto la negociacin,
el slo haberse entablado indica ya bastante que era muy grande el
vaco descubierto en el Protestantismo, cuando los dos hombres ms
clebres de su comunin, Molano y Leibnitz, se atrevan ya  dar
pasos tan adelantados: y sin duda deban de ver en la sociedad que
los rodeaba abundantes disposiciones para la reunin al gremio de
la Iglesia, pues no de otra manera se hubieran comprometido en una
negociacin de tanta importancia.

Allguese  todo esto la declaracin de la universidad luterana de
Helmstad en favor de la religin catlica, y las nuevas tentativas
hechas  favor de la reunin por un prncipe protestante que se dirigi
al Papa Clemente XI, y tendremos vehementes indicios de que la reforma
se senta ya herida de muerte; y que, si obra tan grande hubiese Dios
querido que tuviera alguna apariencia de depender en algo de la mano
del hombre, tal vez no fuera ya entonces imposible que,  fuerza de la
conviccin que de lo ruinoso del sistema protestante se haban formado
sus sabios ms ilustres, se adelantase no poco para cicatrizar las
llagas abiertas  la unidad religiosa por los perturbadores del siglo
XVI.

Pero el Eterno, en la altura de sus designios, lo tena destinado de
otra manera; y, permitiendo que la corriente de los espritus tomase
la direccin ms extraviada y perversa, quiso castigar al hombre con
el fruto de su orgullo. No fu la propensin  la unidad la que domin
en el siglo inmediato, sino el gusto por una filosofa escptica,
indiferente con respecto  todas las religiones, pero muy enemiga
en particular de la catlica. Cabalmente  la sazn se combinaban
influencias muy funestas para que la tendencia hacia la unidad pudiese
alcanzar su objeto; eran ya innumerables las fracciones en que se
haban dividido y subdividido las sectas protestantes: y esto, si bien
es verdad que debilitaba al Protestantismo, sin embargo, estando l
como estaba difundido por la mayor parte de Europa, haba inoculado
el germen de la duda religiosa en la sociedad europea; y, como no
quedaba ya verdad que no hubiera sufrido ataques, ni caba imaginar
error ni desvaro que no tuviera sus apstoles y proslitos, era muy
peligroso que cundiera en los nimos aquel cansancio y desaliento,
que viene siempre en pos de los grandes esfuerzos hechos intilmente
para la consecucin de un objeto, y aquel fastidio que se engendra con
interminables disputas y chocantes escndalos.

Para colmo de infortunio, para llevar al ms alto punto el cansancio y
fastidio, sobrevino una nueva desgracia, que produjo los ms funestos
resultados. Combatan con gran denuedo y con notable ventaja los
adalides del Catolicismo contra las innovaciones religiosas de los
protestantes: las lenguas, la historia, la crtica, la filosofa, todo
cuanto tiene de ms precioso, de ms rico y brillante el humano saber,
todo se haba desplegado con el mayor aparato en esa gran palestra; y
los grandes hombres que por doquiera se vean figurar en los puestos
ms avanzados de los defensores de la Iglesia catlica, parecan
consolarla algn tanto de las lamentables prdidas que le haban hecho
sufrir las turbulencias del siglo XVI, cuando he aqu que, mientras
estrechaba en sus brazos  tantos hijos predilectos que se gloriaban
de este nombre, not con pasmosa sorpresa que algunos de stos se
le presentaban en ademn hostil, bien que solapado: y al travs de
palabras mal encubiertas, y de una conducta mal disfrazada, no le
fu difcil reparar que trataban de herirla con herida de muerte.
Protestando siempre la sumisin y la obediencia, pero sin someterse
ni obedecer jams; resistiendo siempre  la autoridad de la Iglesia,
ensalzando, empero, de continuo esa misma autoridad de origen divino;
encubriendo sagazmente el odio  todas las leyes  instituciones
existentes, con la apariencia del celo por el restablecimiento de la
antigua doctrina; zapando los cimientos de la moral, al paso que se
mostraban entusiastas encarecedores de su pureza; disfrazando con falsa
humildad y afectada modestia la hipocresa y el orgullo, llamando
firmeza  la obstinacin, y entereza de conciencia  la ceguedad
refractaria, presentaban esos rebeldes el aspecto ms peligroso que
jams haba presentado hereja alguna; y sus palabras de miel, su
estudiado candor, el gusto por la antigedad, el brillo de erudicin
y de saber, hubieran sido parte  deslumbrar  los ms avisados, si
desde un principio no se hubiesen distinguido ya los novadores con
el carcter eterno  infalible de toda secta de error: _el odio  la
autoridad_.

Luchaban, empero, de vez en cuando, con los enemigos declarados de
la Iglesia, defendan con mucho aparato de doctrina la verdad de los
sagrados dogmas, citaban con respeto y deferencia los escritos de
los Santos Padres, manifestaban acatar las tradiciones y venerar las
decisiones conciliares y pontificias; y, teniendo siempre la extraa
pretensin de apellidarse catlicos, por ms que lo desmintieran con
sus palabras y conducta; no abandonando jams la peregrina ocurrencia,
que tuvieron desde su principio, de negar la existencia de su secta,
ofrecan  los incautos el funesto escndalo de una disensin
dogmtica, que pareca estar en el mismo seno del Catolicismo.
Declarbalos herejes la Cabeza de la Iglesia, todos los verdaderos
catlicos acataban profundamente la decisin del Vicario de Jesucristo,
y de todos los ngulos del orbe catlico se levantaba unnimemente un
grito que pronunciaba anatemas contra quien no escuchara al sucesor de
Pedro; pero ellos, empeados en negarlo todo, en eludirlo todo, en
tergiversarlo todo, mostrbanse siempre como una porcin de catlicos
oprimidos por el espritu de _relajacin, de abusos y de intriga_.

Faltaba ese nuevo escndalo para que acabasen de extraviarse los
nimos, y para que la gangrena fatal que iba cundiendo por la sociedad
europea, se desarrollase con la mayor rapidez, presentando los
sntomas ms terribles y alarmantes. Tanto disputar sobre la religin,
tanta muchedumbre y variedad de sectas, tanta animosidad entre los
adversarios que figuraban en la arena, debieron por fin disgustar de
la religin misma  aquellos que no estaban aferrados en el ncora de
la autoridad; y, para que la indiferencia pudiera erigirse en sistema,
el atesmo en dogma y la impiedad en moda, slo faltaba un hombre
bastante laborioso para recoger, reunir y presentar en cuerpo los
infinitos materiales que andaban dispersos en tantas obras; que supiera
baarlos con un tinte filosfico acomodado al gusto que empezaba 
cundir entonces, comunicando al sofisma y  la declamacin aquella
fisonoma seductora, aquel giro engaoso, aquel brillo deslumbrador,
que aun en medio de los mayores extravos se encuentran siempre en las
producciones del genio. Este hombre se present: era Bayle; y el ruido
que meti en el mundo su clebre _Diccionario_, y el curso que tuvo
desde luego, manifestaron bien  las claras que el autor haba sabido
comprender toda la oportunidad del momento.

El _Diccionario_ de Bayle es una de aquellas obras que, aun
prescindiendo de su mayor  menor mrito cientfico y literario,
forman, no obstante, muy notable poca; porque se recoge en ellas el
fruto de lo pasado y se desenvuelven con toda claridad los pliegues
de un extenso porvenir. En tales casos no figura el autor tanto por
su mrito, como por haberse sabido colocar en el verdadero puesto
para ser el representante de ideas que de antemano estaban ya muy
esparcidas en la sociedad, por ms que anduvieran fluctuantes, sin
direccin fija, como marchando al acaso. El solo nombre del autor
recuerda entonces una vasta historia, porque l es la personificacin
de ellas. La publicacin de la obra de Bayle puede mirarse como la
inauguracin solemne de la ctedra de incredulidad en medio de Europa.
Los sofistas del siglo XVIII tuvieron  la mano un abundante repertorio
para proveerse de toda clase de hechos y argumentos; y, para que
nada faltase, para que pudieran rehabilitar los cuadros envejecidos,
avivarse los colores anublados, y esparcirse por doquiera los encantos
de la imaginacin y las agudezas del ingenio; para que no faltara  la
sociedad un director que la condujera por un sendero cubierto de flores
hasta el borde del abismo, apenas haba descendido Bayle al sepulcro,
ya brillaba sobre el horizonte literario un mancebo cuyos grandes
talentos competan con su malignidad y osada: era Voltaire.

Necesario ha sido conducir al lector hasta la poca que acabo de
apuntar, porque tal vez no se hubiera imaginado la influencia que tuvo
el Protestantismo en engendrar y arraigar en Europa la irreligin,
el atesmo, y esa indiferencia fatal que tantos daos acarrea  las
sociedades modernas. No es mi nimo el tachar de impos  todos
los protestantes: y reconozco gustoso la entereza y tesn con que
algunos de sus sabios ms ilustres se han opuesto al progreso de la
impiedad. No ignoro que los hombres adoptan  veces un principio
cuyas consecuencias rechazan, y que entonces sera una injusticia el
colocarlos en la misma clase de aquellos que defienden  las claras
esas mismas consecuencias; pero tambin s que, por ms que se resistan
los protestantes  confesar que su sistema conduzca al atesmo, no deja
por ello de ser muy cierto: pueden exigirme que yo no culpe en este
punto sus intenciones, mas no quejarse de que haya desenvuelto hasta
las ltimas consecuencias su principio fundamental, no desvindome
nunca de lo que nos ensean acordes la filosofa y la historia.

Bosquejar, ni siquiera rpidamente, lo que sucedi en Europa desde
la poca de la aparicin de Voltaire, sera trabajo por cierto bien
intil, pues que son tan recientes los hechos y andan tan vulgares
los escritos sobre esa materia, que, si quisiera entrar en ella,
difcilmente podra evitar la nota de copiante. Llenar, pues, ms
cumplidamente mi objeto presentando algunas reflexiones sobre el estado
actual de la religin en los dominios de la pretendida reforma.

En medio de tantos sacudimientos y trastornos, en el vrtigo comunicado
 tantas cabezas, cuando han vacilado los cimientos de todas las
sociedades, cuando se han arrancado de cuajo las ms robustas y
arraigadas instituciones, cuando la misma verdad catlica slo
ha podido sostenerse con el manifiesto auxilio de la diestra del
Omnipotente, fcil es calcular cun malparado debe de estar el flaco
edificio del Protestantismo, expuesto, como todo lo dems,  tan recios
y duros ataques.

Nadie ignora las innumerables sectas que hormiguean en toda la
extensin de la Gran Bretaa, la situacin deplorable de las creencias
entre los protestantes de Suiza, aun con respecto  los puntos ms
capitales; y, para que no quedase ninguna duda sobre el verdadero
estado de la religin protestante en Alemania, es decir, en su pas
natal, en aquel pas donde se haba establecido como en su patrimonio
ms predilecto, el ministro protestante barn de Starch ha tenido
cuidado de decirnos que _en Alemania no hay ni un solo punto de la fe
cristiana que no se vea atacado abiertamente por los mismos ministros
protestantes_. Por manera que el verdadero estado del Protestantismo
me parece viva y exactamente retratado en la peregrina ocurrencia de
J. Heyer, ministro protestante: public J. Heyer en 1818 una obra que
se titula _Ojeada sobre las confesiones de fe_, y, no sabiendo cmo
desentenderse de los embarazos que para los protestantes presenta la
adopcin de un smbolo, propone un expediente muy sencillo, que, por
cierto, allana todas las dificultades, y es: _desecharlos todos_.

El nico medio que tiene de conservarse el Protestantismo, es falsear,
en cuanto le sea posible, su principio fundamental; es decir, apartar
 los pueblos de la va del examen, haciendo que permanezcan adheridos
 las creencias que se les han transmitido con la educacin, y no
dejndoles que adviertan la inconsecuencia en que caen, cuando se
someten  la autoridad de un simple particular, mientras resisten  la
autoridad de la Iglesia catlica. Pero no es ste cabalmente el camino
que llevan las cosas, y, por ms que tal vez se propusieran seguirle
algunos de los protestantes, las solas sociedades bblicas que con
un ardor digno de mejor causa trabajan para extender entre todas las
clases la lectura de la Biblia, son un poderoso obstculo para que
pueda adormecerse el nimo de los pueblos. Esta difusin de la Biblia
es una perenne apelacin al examen particular, al espritu privado;
ella acabar de disolver lo que resta del Protestantismo, bien que,
al propio tiempo, prepara tal vez  las sociedades das de luto y de
llanto. No se ha ocultado todo esto  los protestantes, y algunos de
los ms notables entre ellos han levantado ya la voz, y advertido del
peligro.[13]




CAPITULO X


Quedando demostrada hasta la evidencia la intrnseca debilidad del
Protestantismo, ocurre naturalmente una cuestin: cmo es que,
siendo tan flaco por el vicio radical de su constitucin misma, no
haya desaparecido completamente? Llevando un germen de muerte en su
propio seno, cmo ha podido resistir  dos adversarios tan poderosos
como la religin catlica, por una parte, y la irreligin y el
atesmo, por otra? Para satisfacer cumplidamente  esta pregunta, es
necesario considerar el Protestantismo bajo dos aspectos:  bien en
cuanto significa una creencia determinada,  bien en cuanto expresa
un conjunto de sectas, que, teniendo la mayor diferencia entre s,
estn acordes en apellidarse cristianas, conservar alguna sombra de
cristianismo, desechando, empero, la autoridad de la Iglesia. Es
menester considerarle bajo estos dos aspectos, ya que es bien sabido
que sus fundadores, no slo se empearon en destruir la autoridad y
los dogmas de la Iglesia romana, sino que procuraron tambin formar
un sistema de doctrina que pudiera servir como de smbolo  sus
proslitos. Por lo que toca al primer aspecto, el Protestantismo
ha desaparecido ya casi enteramente, , mejor diremos, desapareci
al nacer, si es que pueda decirse que llegase ni  formarse. Harto
queda evidenciada esta verdad con lo que llevo expuesto sobre sus
variaciones, y su estado actual en los varios pases de Europa;
viniendo el tiempo  confirmar cun equivocados anduvieron los
pretendidos reformadores, cuando se _imaginaron poder fijar las
columnas de Hrcules del espritu humano_, segn la expresin de una
escritora protestante: Madama de Stal.

Y, en efecto, las doctrinas de Lutero y de Calvino, quin las defiende
ahora? quin respeta los lindes que ellos prefijaron? Entre todas las
Iglesias protestantes, hay alguna que se d  conocer por su celo
ardiente en la conservacin de estos  de aquellos dogmas? cul es
el protestante que no se ra de la _divina_ misin de Lutero, y que
crea que el Papa es el Anticristo? Quin entre ellos vela por la
pureza de la doctrina? quin califica los errores? quin se opone
al torrente de las sectas? El robusto acento de la conviccin, el
celo de la verdad, se deja percibir ya, ni en sus escritos, ni en sus
plpitos? Qu diferencia tan notable cuando se comparan las Iglesias
protestantes con la Iglesia catlica! Preguntadla sobre sus creencias,
y oiris de la boca del Sucesor de San Pedro, de Gregorio XVI, lo mismo
que oy Lutero de la boca de Len X; y cotejad la doctrina de Len X
con la de sus antecesores, y os hallaris conducidos por va recta,
siempre por un mismo camino, hasta los Apstoles, hasta Jesucristo.
Intentis impugnar un dogma? enturbiis la pureza de la moral? La
voz de los antiguos Padres tronar contra vuestros extravos; y,
estando en el siglo XIX, creeris que se han alzado de sus tumbas
los antiguos Leones y Gregorios. Si es flaca vuestra voluntad,
encontraris indulgencia; si es grande vuestro mrito, se os prodigarn
consideraciones; si es elevada vuestra posicin social, se os tratar
con miramiento; pero, si abusando de vuestros talentos queris
introducir alguna novedad en la doctrina, si valindoos de vuestro
podero queris exigir alguna capitulacin en materias de dogma, si
para evitar disturbios, prevenir escisiones, conciliar los nimos,
demandis una transaccin, , al menos, una explicacin ambigua: _eso
no, jams_, os responder el Sucesor de San Pedro; _eso no, jams: la
fe es un depsito sagrado que nosotros no podemos alterar; la verdad
es inmutable, es una_; y  la voz del Vicario de Jesucristo, que
desvanecer todas vuestras esperanzas, se unirn las voces de nuevos
Atanasios, Naciancenos, Ambrosios, Jernimos y Agustinos. Siempre
la misma firmeza en la misma fe, siempre la misma invariabilidad,
siempre la misma energa para conservar intacto el depsito sagrado,
para defenderle contra los ataques del error, para ensearle en
toda su pureza  los fieles, para transmitirle sin mancha  las
generaciones venideras. Ser eso obstinacin, ceguera, fanatismo?
Ah! El transcurso de 18 siglos, las revoluciones de los imperios, los
trastornos ms espantosos, la mayor variedad de ideas y costumbres,
las persecuciones de las potestades de la tierra, las tinieblas de
la ignorancia, los embates de las pasiones, las luces de la ciencia,
nada hubiera sido bastante para alumbrar esa ceguera, ablandar esa
terquedad, enfriar ese fanatismo? Sin duda que un protestante pensador,
uno de aquellos que sepan elevarse sobre las preocupaciones de la
educacin, al fijar la vista en ese cotejo, cuya variedad y exactitud
no podr menos de reconocer, si es que tenga instruccin sobre la
materia, sentir vehementes dudas sobre la verdad de la enseanza
que ha recibido; y que desear, cuando menos, examinar de cerca ese
prodigio que tan de bulto se presenta en la Iglesia catlica. Pero
volvamos al intento.

 pesar de la disolucin que ha cundido de un modo tan espantoso entre
las sectas protestantes,  pesar de que en adelante ir cundiendo
todava ms, no obstante, hasta que llegue el momento de reunirse los
disidentes  la Iglesia catlica, nada extrao es que no desaparezca
enteramente el Protestantismo, mirado como un conjunto de sectas
que conservan el nombre y algn rastro de cristianas. Para que esto
no sucediera as, sera menester,  que los pueblos protestantes se
hundiesen completamente en la irreligin y en el atesmo,  bien que
ganase terreno entre ellos alguna otra religin de las que se hallan
establecidas en otras partes de la tierra. Uno y otro extremo es
imposible, y he aqu la causa por que se conserva, y se conservar bajo
una  otra forma, el falso cristianismo de los protestantes, hasta que
vuelvan al redil de la Iglesia.

Desenvolvamos con alguna extensin estos pensamientos. Por qu los
pueblos protestantes no se hundirn enteramente en la irreligin y en
el atesmo,  en la indiferencia? Porque todo esto puede suceder con
respecto  un individuo, mas no con respecto  un pueblo.  fuerza
de lecturas corrompidas, de meditaciones extravagantes, de esfuerzos
continuados, puede uno que otro individuo sofocar los ms vivos
sentimientos de su corazn, acallar los clamores de su conciencia, y
desentenderse de las preciosas amonestaciones del sentido comn; pero,
un pueblo, no: un pueblo conserva siempre un gran fondo de candor y
docilidad, que, en medio de los ms funestos extravos, y aun de los
crmenes ms atroces, le hace prestar atento odo  las inspiraciones
de la naturaleza. Por ms corrompidos que sean los hombres en sus
costumbres, son siempre pocos los que de propsito han luchado mucho
consigo mismos para arrancar de sus corazones aquel abundante germen de
buenos sentimientos, aquel precioso semillero de buenas ideas, con que
la mano prvida del Criador ha cuidado de enriquecer nuestras almas.
La expansin del fuego de las pasiones produce, es verdad, lamentables
desvanecimientos, tal vez explosiones terribles; pero, pasado el calor,
el hombre vuelve  entrar en s mismo, y deja de nuevo accesible su
alma,  los acentos de la razn y de la virtud. Estudiando con atencin
 la sociedad, se nota que, por fortuna, es poco abundante aquella
casta de hombres que se hallan como pertrechados contra los asaltos
de la verdad y del bien; que responden con una frvola cavilacin 
las reconvenciones del buen sentido; que oponen un fro estoicismo
 las ms dulces y generosas inspiraciones de la naturaleza, y que
ostentan, como modelo de filosofa, de firmeza y de elevacin de alma,
la ignorancia, la obstinacin y la aridez de un corazn helado. El
comn de los hombres es ms sencillo, ms cndido, ms natural; y, por
tanto, mal puede avenirse con un sistema de atesmo  de indiferencia.
Podr semejante sistema seorearse del orgulloso nimo de algn
sabio soador, podr cundir como una conviccin muy cmoda en las
disposiciones de la mocedad; en tiempos muy revueltos, podr extenderse
 un cierto crculo de cabezas volcnicas; pero, establecerse
tranquilamente en medio de una sociedad, formar su estado normal, eso
no suceder jams.

No, mil veces no: un individuo puede ser irreligioso; la familia y
la sociedad no lo sern jams. Sin una base donde pueda encontrar su
asiento el edificio social, sin una idea grande, matriz, de donde
nazcan las de razn, virtud, justicia, obligacin, derecho, ideas
todas tan necesarias  la existencia y conservacin de la sociedad
como la sangre y el nutrimiento  la vida del individuo, la sociedad
desaparecera; y sin los dulcsimos lazos con que traban  los miembros
de la familia las ideas religiosas, sin la celeste harmona que
esparcen sobre todo el conjunto de sus relaciones, la familia deja de
existir, , cuando ms, es un nudo grosero, momentneo, semejante en
un todo  la comunicacin de los brutos. Afortunadamente ha favorecido
Dios  todos los seres con un maravilloso instinto de conservacin,
y, guiadas por ese instinto, la familia y la sociedad rechazan
indignadas aquellas ideas degradantes, que, secando con su maligno
aliento todo jugo de vida, quebrantando todos los lazos y trastornando
toda economa, las haran retrogradar de golpe hasta la ms abyecta
barbarie, y acabaran por dispersar sus miembros, como al impulso del
viento se dispersan los granos de arena, por no tener entre s ni apego
ni enlace.

Ya que no la consideracin del hombre y de la sociedad, al menos las
repetidas lecciones de la experiencia debieran haber desengaado
 ciertos filsofos de que las ideas y sentimientos grabados en
el corazn por el dedo del Autor de la naturaleza, no son para
desarraigados con declamaciones y sofismas; y, si algunos efmeros
triunfos han podido alguna vez engreirlos, dndoles exageradas
esperanzas sobre el resultado de sus esfuerzos, el curso de las ideas
y de los sucesos ha venido luego  manifestarles que, cuando cantaban
alborozados su triunfo, se parecan al insensato que se lisonjeara de
haber desterrado del mundo el amor maternal, porque hubiese llegado 
desnaturalizar el corazn de algunas madres.

La sociedad, y cuenta que no digo el pueblo ni la plebe; la sociedad,
si no es religiosa, ser supersticiosa; si no cree cosas razonables,
las creer extravagantes; si no tiene una religin bajada del cielo,
la tendr forjada por los hombres; pretender lo contrario, es un
delirio; luchar contra esa tendencia, es luchar contra una ley eterna;
esforzarse en contenerla, es interponer una dbil mano para detener el
curso de un cuerpo que corre con fuerza inmensa: la mano desaparece y
el cuerpo sigue su curso. Llmesela supersticin, fanatismo, seduccin,
todo podr ser bueno para desahogar el despecho de verse burlado; pero
no es ms que amontonar nombres, y azotar el viento.

Siendo, como es, la religin una verdadera necesidad, tenemos ya
la explicacin de un fenmeno que nos ofrecen la historia y la
experiencia, y es que la religin nunca desaparece enteramente; y que,
en llegando el caso de una mudanza, las dos religiones rivales luchan
ms  menos tiempo sobre el mismo terreno, ocupando progresivamente
la una los dominios que va conquistando de la otra. De aqu sacaremos
tambin que, para desaparecer enteramente el Protestantismo, sera
necesario que se pusiese en su lugar alguna otra religin; y que, no
siendo esto posible durante la civilizacin actual,  menos que no sea
la catlica, irn siguiendo las sectas protestantes ocupando con ms 
menos variaciones el pas que han conquistado.

Y, en efecto, en el estado actual de la civilizacin de las sociedades
protestantes, es acaso posible que ganen terreno entre ellas, ni las
necedades del Alcorn, ni las groseras de la idolatra?

Derramado como est el espritu del Cristianismo por las venas de
las sociedades modernas, impreso su sello en todas las partes de la
legislacin, esparcidas sus luces sobre todo linaje de conocimientos,
mezclado su lenguaje con todos los idiomas, reguladas por sus
preceptos las costumbres, marcada su fisonoma hasta en los hbitos
y modales, rebosando de sus inspiraciones todos los monumentos del
genio, comunicado su gusto  todas las bellas artes; en una palabra,
filtrado, por decirlo as, el Cristianismo en todas las partes de esa
civilizacin tan grande, tan variada y fecunda de que se gloran las
sociedades modernas, cmo era posible que desapareciese hasta el
nombre de una religin, que  su venerable antigedad reune tantos
ttulos de gratitud, tantos lazos, tantos recuerdos? Cmo era posible
que encontrara acogida en medio de las sociedades cristianas ninguna de
esas otras religiones, que  primera vista muestran, desde luego, el
dedo del hombre; que  primera vista manifiestan como distintivo un
sello grosero, donde est escrito _degradacin_ y _envilecimiento_? Aun
cuando el principio fundamental del Protestantismo zape los cimientos
de la religin cristiana, por ms que desfigure su belleza, y rebaje
su majestad sublime; sin embargo, con tal que se conserven algunos
vestigios de Cristianismo, con tal que se conserve la idea que ste nos
da de Dios, y algunas mximas de su moral, estos vestigios valen ms,
se elevan  mucha mayor altura, que todos los sistemas filosficos, que
todas las otras religiones de la tierra.

He aqu por qu ha conservado el Protestantismo alguna sombra de
religin cristiana: no es otra la causa, sino que era imposible
que desapareciese del todo el nombre cristiano, atendido el estado
de las naciones que tomaron parte en el cisma; y he aqu cmo no
debemos buscar la razn en ningn principio de vida entraado por la
pretendida reforma. Adanse  todo esto los esfuerzos de la poltica,
el natural apego de los ministros  sus propios intereses, el ensanche
con que lisonjea al orgullo la falta de toda autoridad, los restos
de preocupaciones antiguas, el poder de la educacin, y otras causas
semejantes, y se tendr completamente resuelta la cuestin; y no
parecer nada extrao que vaya siguiendo el Protestantismo ocupando
muchos de los pases en que, por fatales combinaciones, alcanz
establecimiento y arraigo.




CAPITULO XI


No hay mejor prueba de la profunda debilidad entraada por el
Protestantismo, considerado como cuerpo de doctrina, que la escasa
influencia que ha ejercido sobre la civilizacin europea, por medio de
sus doctrinas positivas. Llamo doctrinas positivas aquellas en que ha
procurado establecer un dogma propio, y de esta manera las distingo
de las dems, que podramos llamar negativas, porque no consisten en
otra cosa que en la negacin de la autoridad. Estas ltimas, como muy
conformes  la inconstancia y volubilidad del espritu humano, han
encontrado acogida; pero, las dems, no; todo ha desaparecido con sus
autores, todo se ha sepultado en el olvido. Si algo se ha conservado de
cristianismo entre los protestantes, ha sido solamente aquello que era
indispensable para que la civilizacin europea no perdiera eternamente
su naturaleza y carcter; por manera que aquellas doctrinas que tenan
una tendencia demasiado directa  desnaturalizar completamente esa
civilizacin, la civilizacin las ha rechazado; mejor diremos, las ha
despreciado.

Hay en esta parte un hecho muy digno de llamar la atencin, y en
que, sin embargo, quizs no se haya reparado, y es lo acontecido con
respecto  la doctrina de los primeros novadores relativa  la libertad
humana. Bien sabido es que uno de los primeros y ms capitales errores
de Lutero y Calvino consista en negar el libre albedro, hallndose
consignado esta su funesta enseanza en las obras que de ellos nos
han quedado. Esta doctrina parece que deba conservarse con crdito
entre los protestantes, y que deba ser sostenida con tesn, pues que
regularmente as acontece cuando se trata de aquellos errores que han
servido como de primer ncleo para la formacin de una secta. Parece,
adems, que, habiendo alcanzado el Protestantismo tanta extensin y
arraigo en varias naciones de Europa, esa doctrina fatalista deba
tambin influir mucho en la legislacin de las naciones protestantes;
y cosa admirable! nada de esto ha sucedido; y las costumbres europeas
la han despreciado, la legislacin no la ha tomado por base, y la
sociedad no se ha dejado dominar ni dirigir por un principio que zapaba
todos los cimientos de la moral, y que, si hubiese sido aplicado  las
costumbres y  la legislacin, hubiera reemplazado la civilizacin y
dignidad europeas con la barbarie y abyeccin musulmana.

Sin duda que no han faltado individuos corrompidos por tan funesta
doctrina; sin duda que no han faltado sectas ms  menos numerosas
que la han reproducido; y no puede negarse tampoco que sean de mucha
consideracin las llagas abiertas por ella  la moralidad de algunos
pueblos. Pero es cierto tambin que, en la generalidad de la gran
familia europea, los gobiernos, los tribunales, la administracin, la
legislacin, las ciencias, las costumbres, no han dado odos  esa
horrible enseanza de Lutero, en que se despoja al hombre de su libre
albedro, en que se hace  Dios autor del pecado, en que se descarga
sobre el Criador toda la responsabilidad de los delitos de la criatura
humana, en que se le presenta como un tirano, pues que se afirma que
sus preceptos son imposibles, en que se confunden monstruosamente
las ideas de bien y de mal, y se embota el estmulo de toda virtud,
asegurando que basta la fe para salvarse, que todas las obras de los
justos son pecados.

La razn pblica, el buen sentido, las costumbres, se pusieron en este
punto de parte del Catolicismo; y los mismos pueblos que abrazaron en
teora religiosa esas funestas doctrinas, las desecharon por lo comn
en la prctica; porque era demasiado profunda la impresin que en
esos puntos capitales les haba dejado la enseanza catlica, porque
era demasiado vivo el instinto de civilizacin que de las doctrinas
catlicas se haba comunicado  la sociedad europea. As fu como la
Iglesia catlica, rechazando esos funestos errores difundidos por
el Protestantismo, preservaba  la sociedad del envilecimiento que
consigo traen las mximas fatalistas; se constitua en barrera contra
el despotismo, que se entroniza siempre en medio de los pueblos que
han perdido el sentimiento de su dignidad; era un dique contra la
desmoralizacin, que cunde necesariamente cuando el hombre se cree
arrastrado por la ciega fatalidad, como por una cadena de hierro; as
libertaba al espritu de aquel abatimiento en que se postra cuando se
ve privado de dirigir su propia conducta, y de influir en el curso
de los acontecimientos. As fu como el Papa, condenando esos errores
de Lutero que formaban el ncleo del naciente Protestantismo, di un
grito de alarma contra una irrupcin de barbarie en el orden de las
ideas, salvando de esta manera la moral, las leyes, el orden pblico,
la sociedad; as fu como el Vaticano conserv la dignidad del hombre,
asegurndole el noble sentimiento de la libertad en el santuario de la
conciencia; as fu como la ctedra de Roma, luchando con las ideas
protestantes, y defendiendo el sagrado depsito que le confiara el
Divino Maestro, era, al propio tiempo, el numen tutelar del porvenir de
la civilizacin.

Reflexionad sobre esas grandes verdades, entendedlas bien vosotros que
hablis de las _disputas religiosas_ con esa fra indiferencia, con
esos visos de burla y de compasin, como si nunca se tratase de otra
cosa que de frivolidades de escuela. Los pueblos _no viven de slo
pan_; viven tambin de ideas, de mximas que, convertidas en jugo, 
les comunican grandeza, vigor y lozana,  los debilitan, los postran,
los condenan  la nulidad y al embrutecimiento. Tended la vista por la
faz del globo, recorred los perodos de la historia de la humanidad,
comparad tiempos con tiempos, naciones con naciones, y veris que,
dando la Iglesia catlica tan alta importancia  la conservacin de la
verdad en las materias ms transcendentales, y no transigiendo nunca en
punto  ella, ha comprendido y realizado mejor que nadie la elevada y
saludable mxima de que la verdad debe ser la reina del mundo, de que
del orden de las ideas depende el orden de los hechos y de que, cuando
se agitan cuestiones sobre las grandes verdades, se interesan en esas
cuestiones los destinos de la humanidad.

Resumamos lo dicho: el principio esencial del Protestantismo es un
principio disolvente: ah est la causa de sus variaciones incesantes,
ah est la causa de su disolucin y aniquilamiento. Como religin
particular ya no existe porque no tiene ningn dogma propio, ningn
carcter positivo, ninguna economa, nada de cuanto se necesita para
formar un ser: es una verdadera negacin. Todo lo que se encuentra en
l que pueda apellidarse positivo, no es ms que vestigios, ruinas;
todo est sin fuerza, sin accin, sin espritu de vida. No puede
mostrar un edificio que haya levantado por su mano, no puede colocarse
en medio de esas obras inmensas entre las cuales puede situarse con
tanta gloria el Catolicismo, y decir: _esto es mo_. El Protestantismo
puede slo sentarse en medio de espantosas ruinas; y de ellas s que
puede decir con toda verdad: _yo las he amontonado_.

Mientras pudo durar el fanatismo de esta secta, mientras arda la
llamarada encendida por fogosas declamaciones y avivada por funestas
circunstancias, despleg cierta fuerza que, si bien no manifestaba
la verdadera robustez, mostraba al menos la convulsiva energa del
delirio. Pero su poca pas, la accin del tiempo ha dispersado
los elementos que daban pbulo al incendio; y, por ms que se haya
trabajado por acreditar la reforma como obra de Dios, no se ha podido
encubrir lo que era en realidad: obra de las pasiones del hombre. No
deben causarnos ilusin esos esfuerzos que actualmente parece hacer de
nuevo: quien obra en ello, no es el Protestantismo en vida; es la falsa
filosofa, tal vez la poltica, quizs el mezquino inters, que toman
su nombre, se disfrazan con su manto; y, sabiendo cun  propsito es
para excitar disturbios, provocar escisiones y disolver las sociedades,
van recogiendo el agua de los charcos que han quedado manchados con
su huella impura, seguros de que ser un violento veneno para dar la
muerte al pueblo incauto, que llegue  beber de la dorada copa con que
prfidamente se le brinda.

Pero en vano se esfuerza el dbil mortal en luchar contra la diestra
del Omnipotente. Dios no abandonar su obra; y, por ms que el hombre
forceje, por ms que se empee en remedar la obra del Altsimo, no
podr borrar los caracteres eternos que distinguen el error de la
verdad. La verdad es de suyo fuerte, robusta: y, como es el conjunto de
las mismas relaciones de los seres, enlzase, trbase fuertemente con
ellos, y no son parte  desasirla, ni los esfuerzos de los hombres, ni
los trastornos de los tiempos. El error, mentida imagen de los grandes
lazos que vinculan la completa masa del universo, tindese sobre sus
usurpados dominios como un informe conjunto de ramos mal trabados que
no reciben jams el jugo de la tierra, que tampoco le comunican verdor
y frescura, y slo sirven de red engaosa tendida  los pasos del
caminante.

Pueblos incautos! No os seduzcan ni aparatos brillantes, ni palabras
pomposas, ni una actividad mentida: la verdad es cndida, modesta y
confiada, porque es pura y fuerte; el error es hipcrita y ostentoso,
porque es falso y dbil. La verdad es una mujer hermosa que desprecia
el afectado alio porque conoce su belleza; el error se atava, se
pinta, violenta su talle porque es feo, descolorido, sin expresin de
vida en su semblante, sin gracia ni dignidad en sus formas. Admiris
tal vez su actividad y sus trabajos? Sabed que slo es fuerte cuando
es el ncleo de una faccin,  la bandera de un partido; sabed que
entonces es rpido en su accin, violento en sus medios; es un meteoro
funesto que fulgura, truena y desaparece, dejando en pos de s la
obscuridad, la destruccin y la muerte; la verdad es el astro del da
despidiendo tranquilamente su luz vivsima y saludable, fecundando con
suave calor la naturaleza, y derramando por todas partes, vida, alegra
y hermosura.




CAPITULO XII


Para apreciar en su justo valor el efecto que pueden producir sobre la
sociedad espaola las doctrinas protestantes, ser bien dar una ojeada
al actual estado de las ideas religiosas en Europa.  pesar del vrtigo
intelectual, que es uno de los caracteres dominantes de la poca, es
un hecho indudable que el espritu de incredulidad y de irreligin ha
perdido mucho de su fuerza; y que, en la parte que desgraciadamente le
queda de existencia, es ms bien transformado en indiferentismo, que
no conservando aquella ndole sistemtica de que se hallaba revestido
en el pasado siglo. Con el tiempo se gastan todas las declamaciones,
los apodos fastidian, las continuas repeticiones fatigan; irrtase el
nimo con la intolerancia y la mala fe de los partidos, descbrense el
vaco de los sistemas, la falsedad de las opiniones, lo precipitado de
los juicios, lo inexacto de los raciocinios; andando el tiempo, van
publicndose datos que ponen de manifiesto las solapadas intenciones,
lo engaoso de las palabras, la mezquindad de las miras, lo maligno
y criminal de los proyectos; y al fin restablcese en su imperio la
verdad, recobran las cosas sus propios nombres, toma otra direccin el
espritu pblico; y lo que antes se encontraba inocente y generoso,
presntase como culpable y villano; y, rasgados los fementidos
disfraces, mustrase la mentira, rodeada de aquel descrdito que
debiera haber sido siempre su nico patrimonio.

Las ideas irreligiosas, como todas aquellas que pululan en sociedades
muy adelantadas, no quisieron, ni pudieron mantenerse en el recinto de
la especulacin,  invadiendo los dominios de la prctica, quisieron
seorear todos los ramos de administracin y de poltica. El trastorno
que deban producir en la sociedad, deba serles fatal  ellas mismas:
porque no hay cosa que ponga ms de manifiesto los defectos y vicios
de un sistema, y sobre todo que ms desengae  los hombres, que la
piedra de toque de la experiencia. Yo no s qu facilidad tiene nuestro
entendimiento para concebir un objeto bajo muchos aspectos, y qu
fecundidad funesta para apoyar con un sinnmero de sofismas las mayores
extravagancias; pues que, en tratndose de apelar  la disputa, apenas
puede la razn desentenderse de las cavilaciones del sofisma. Pero, en
llegando  la experiencia, todo se cambia: el ingenio enmudece, slo
hablan los hechos; y si la experiencia se ha verificado en grande, y
sobre objetos de mucho inters  de alta importancia, difcil es que
pueda ofuscarse con especiosas razones la convincente elocuencia de
los resultados. Y de aqu es que observamos  cada paso que un hombre
que haya adquirido grande experiencia, llega  poseer cierto tacto tan
delicado y seguro, que,  la sola exposicin de un sistema, seala con
el dedo todos sus inconvenientes: la inexperiencia, fogosa y confiada,
apela  las razones, al aparato de doctrinas; pero el buen sentido,
el precioso, el raro, el inapreciable buen sentido, menea cuerdamente
la cabeza, encoge tranquilamente los hombros, y, dejando escapar una
ligera sonrisa, abandona seguro sus predicciones  la prueba del tiempo.

No es necesario ponderar ahora los resultados que han tenido en la
prctica aquellas doctrinas, cuya divisa era la incredulidad; tanto se
ha dicho ya sobre esto, que quien emprenda el tocarlo de nuevo, corre
mucho riesgo de pasar plaza de insulso declamador. Bastar decir que
aun aquellos hombres que por principios, por intereses, recuerdos 
otras causas, como que pertenecen an al siglo pasado, se han visto
precisados  modificar sus doctrinas,  limitar los principios, 
paliar las proposiciones,  retocar los sistemas,  templar el calor y
el arrebato de las invectivas; queriendo dar una muestra de su aprecio
y veneracin  aquellos escritores que formaron las delicias de su
juventud, dicen con indulgente tono: que aquellos hombres eran grandes
sabios, pero que eran sabios de gabinete; como si, en tratndose de
hechos y de prctica, lo que se llama sabidura de mero gabinete, no
fuese una peligrosa ignorancia.

Como quiera, lo cierto es que de estos ensayos ha resultado el provecho
de desacreditarse la irreligin como sistema; y que los pueblos la
miran, si no con horror, al menos con desvo y con desconfianza. Los
trabajos cientficos provocados en todos ramos por la irreligin, que
con locas esperanzas haba credo que los cielos dejaran de cantar
la gloria del Seor, que la tierra desconocera  Aquel que le di su
cimiento, y que la naturaleza toda levantara su testimonio contra
Dios, que le di el ser y la anim con la vida, han hecho desaparecer
el divorcio que, con escndalo, se iba introduciendo entre la religin
y las ciencias, y los acentos del antiguo hombre de la tierra de Hus
se ha visto que podan resonar sin desdoro del saber en la boca de los
sabios del siglo XIX. Y qu diremos del triunfo de la religin en todo
lo que existe de bello, de tierno y de sublime sobre la tierra? Cun
grande se ha manifestado en este triunfo la accin de la Providencia!
Cosa admirable! En todas las grandes crisis de la sociedad, esa mano
misteriosa que rige los destinos del universo, tiene como en reserva
 un hombre extraordinario; llega el momento, el hombre se presenta,
marcha, el mismo no sabe  dnde, pero marcha con paso firme  cumplir
el alto destino que el Eterno le ha sealado en la frente.

El atesmo anegaba  la Francia en un pilago de sangre y de lgrimas,
y un hombre desconocido atraviesa en silencio los mares; mientras el
soplo de la tempestad despedaza las velas de su navo, l escucha
absorto el bramar del huracn, y contempla abismado la majestad del
firmamento. Extraviado por las soledades de Amrica, pregunta  las
maravillas de la creacin el nombre de su autor; y el trueno le
contesta en el confn del desierto, las selvas le responden con sordo
mugido, y la bella naturaleza, con cnticos de amor y de harmona.
La vista de una cruz solitaria le revela misteriosos secretos, la
huella de un misionero desconocido le excita grandes recuerdos que
enlazan el nuevo mundo con el mundo antiguo; un monumento arruinado,
una choza salvaje, le inspiran aquellos sublimes pensamientos que
penetran hasta el fondo de la sociedad y del corazn del hombre.
Embriagado con los sentimientos que le ha sugerido la grandeza de
tales espectculos, llena su mente de conceptos elevados, y rebosando
su pecho de la dulzura que han producido en l los encantos de tanta
belleza, pisa de nuevo el suelo de su patria. Y qu encuentra all?
La huella ensangrentada del atesmo, las ruinas y cenizas de los
antiguos templos,  devorados por el fuego,  desplomados  los golpes
de brbaro martillo; sepulcros numerosos que encierran los restos
de tantas vctimas inocentes, y que poco antes ofrecieran en su
lobreguez un asilo oculto al cristiano perseguido. Nota, sin embargo,
un movimiento: ve que la religin quiere descender de nuevo sobre la
Francia, como un pensamiento de consuelo, para aliviar un infortunio,
como un soplo de vida para reanimar un cadver; desde entonces oye
por todas partes un concierto de clica harmona; se agitan, rebullen
en su grande alma las inspiraciones de la meditacin y de la soledad,
y enajenado y exttico canta con lengua de fuego las bellezas de la
religin, revela las delicadas y hermosas relaciones que tiene con la
naturaleza, y, hablando un lenguaje superior y divino, muestra  los
hombres asombrados la misteriosa cadena de oro que une el cielo con la
tierra: era Chateaubriand.

Sin embargo, es preciso confesarlo: un vrtigo como se ha introducido
en las ideas no se remedia en poco tiempo; y no es fcil que
desaparezca sin grandes trabajos la huella profunda que ha debido dejar
la irreligin con sus estragos. Los nimos, es verdad, van cansados del
sistema de irreligin; una desazn profunda agita la sociedad; ella
ha perdido su equilibrio; la familia ha sentido aflojar sus lazos,
y el individuo suspira por un rayo de luz, por una gota de consuelo
y esperanza. Pero, dnde hallar el mundo el apoyo que le falta?
Seguir el buen camino, el nico, cual es entrar de nuevo en el redil
de la Iglesia catlica? Ah! Slo Dios es el dueo de los secretos
del porvenir; slo l mira desplegados con toda claridad delante de
sus ojos, los grandes acontecimientos que se preparan sin duda  la
humanidad; slo l sabe cul ser el resultado de esa actividad y
energa que vuelve  apoderarse de los espritus en el examen de
las grandes cuestiones sociales y religiosas; slo l sabe cul ser
el fruto que recogern las generaciones venideras de los triunfos
conseguidos por la religin, en las ciencias, en la poltica, en todos
los ramos por donde se explaya el humano entendimiento.

Nosotros, dbiles mortales, que, arrastrados rpidamente por el
precipitado curso de las revoluciones y trastornos, tenemos apenas
el tiempo necesario para dar una fugaz mirada al caos en que est
envuelto el pas que atravesamos, qu podremos decir que tenga alguna
prenda de acierto? Slo podemos asegurar que la presente es una
poca de inquietud, de agitacin, de transicin; que multiplicados
escarmientos y repetidos desengaos, fruto de espantosos trastornos y
de inauditas catstrofes, han difundido por todas partes el descrdito
de las doctrinas irreligiosas y desorganizadoras, sin que por esto
haya tomado en su lugar el debido ascendiente la verdadera religin;
que el corazn, fatigado de tantos infortunios, se abre de buen grado
 la esperanza, sin que el entendimiento deje de contemplar en grande
incertidumbre el porvenir, y de columbrar tal vez una nueva cadena de
calamidades. Merced  las revoluciones, al vuelo de la industria,  la
actividad y extensin del comercio, al adelanto y expansin prodigiosa
de la imprenta,  los progresos cientficos,  la facilidad, rapidez y
amplitud de las comunicaciones, al gusto por los viajes,  la accin
disolvente del Protestantismo, de la incredulidad y del escepticismo,
presenta en la actualidad el espritu humano una de aquellas fases
singulares, que forman poca en su historia.

El entendimiento, la fantasa, el corazn, se hallan en estado de
grande agitacin, de movilidad, de desarrollo, presentando, al
propio tiempo, los contrastes ms singulares, las extravagancias ms
ridculas, y hasta las contradicciones ms absurdas.

Observad las ciencias, y, sin notar en su estudio aquellos trabajos
prolijos, aquella paciencia incansable, aquella marcha pausada y
detenida que caracterizan los estudios de otras pocas, descbrese,
sin embargo, un espritu de observacin, un prurito de generalizar, de
alzar las cuestiones  un punto de vista elevado y transcendente, y,
sobre todo, un afn de tratar todas las ciencias bajo aquel aspecto en
que se divisan los puntos de contacto que entre s tienen, los lazos
que las hermanan, y los canales por donde se comunican recprocamente
la luz.

Las cuestiones de religin, de poltica, de moral, de legislacin, de
economa, todas van enlazadas, marchan de frente, dndose al horizonte
cientfico un grandor, una inmensidad, que no haba jams alcanzado.
Este adelanto, este abuso,  este caos, si se quiere, es un dato que no
debe despreciarse cuando se estudia el espritu de la poca, cuando se
examina su situacin religiosa; pues que no es la obra de ningn hombre
aislado, no es un efecto casual: es el resultado de un sinnmero de
causas que han conducido la sociedad  este punto; es un grande hecho,
fruto de otros hechos; es una expresin del estado intelectual en la
actualidad; es un sntoma de fuerzas y de enfermedades, un anuncio de
transicin y de mudanza, tal vez una seal consoladora, tal vez un
funesto presagio. Y quin no ha notado el vuelo que va tomando la
fantasa, y la prodigiosa expansin del corazn, en esa literatura tan
varia, tan irregular, tan fluctuante, pero, al propio tiempo, tan rica
de hermossimos cuadros, rebosante de sentimientos delicadsimos, y
embutida de pensamientos atrevidos y generosos? Dgase lo que se quiera
del abatimiento de las ciencias, del decaimiento de los estudios;
nmbrense con tono mofador _las luces del siglo_, vulvase la vista
dolorida hacia tiempos ms estudiosos, ms sabios, ms eruditos; en
esto habr sus verdades, sus falsedades, sus exageraciones, como
acontece siempre en declamaciones semejantes; pero no podr negarse
que, sea lo que fuere de la utilidad de sus trabajos, tal vez nunca
haba desplegado el espritu humano semejante actividad y energa, tal
vez nunca se le haba visto agitado con un movimiento tan vivo, tan
general, tan variado: tal vez nunca como ahora se habr deseado, con
tan excusable curiosidad  impaciencia, el levantar una punta del velo
que encubre un inmenso porvenir.

Quin dominar tan opuestos y poderosos elementos? Quin podr
restablecer el sosiego en ese pilago combatido por tantas borrascas?
Quin podr dar unin, enlace, consistencia, para formar un todo
compacto, capaz de resistir  la accin de los tiempos? Quin podr
darlo  esos elementos que se rechazan con tanta fuerza, que luchan sin
cesar, estallando con detonaciones horrorosas? Ser el Protestantismo,
con su principio fundamental? Ser sentando, difundiendo, acreditando
el principio disolvente del espritu privado en materias religiosas, y
realizando este pensamiento con derramar  manos llenas entre todas las
clases de la sociedad los ejemplares de la Biblia?

Sociedades inmensas, orgullosas con su podero, engredas de su
saber, disipadas por los placeres, refinadas con el lujo, expuestas
de continuo  la poderosa accin de la imprenta, disponiendo de unos
medios de comunicacin que hubieran parecido fabulosos  nuestros
mayores; donde todas las grandes pasiones encuentran su objeto, todas
las intrigas una sombra, toda corrupcin un velo, todo crimen un
ttulo, todo error un intrprete, todo inters un pbulo; trocados
los nombres, socavados los cimientos, cargadas de escarmientos y
desengaos, flotando entre la verdad y la mentira con horrorosa
incertidumbre, dando de vez en cuando una mirada  la antorcha
celestial para seguir sus resplandores, y contentndose luego con
fugaces vislumbres, haciendo un esfuerzo para dominar la tormenta, y
abandonndose luego  merced de los vientos y de las ondas, presentan
las sociedades modernas un cuadro tan extraordinario como interesante,
donde pueden campear con toda amplitud y libertad las esperanzas
y temores, los pronsticos y conjeturas, pero sin que sea dable
lisonjearse de acierto, sin que el hombre sensato pueda tomar ms
cuerdo partido que esperar en silencio el desenlace que est sealado
en los arcanos del Seor,  cuyos ojos estn desplegados con toda
claridad los sucesos de todos los tiempos, y los futuros destinos de
los pueblos.

Pero s que se alcanza fcilmente que, siendo, como es, el
Protestantismo disolvente por su propia naturaleza, nada puede producir
en el orden moral y religioso que sea en pro de la felicidad de los
pueblos; ya que esta felicidad no es dable que exista estando en
continua guerra los entendimientos con respecto  las ms altas 
importantes cuestiones que ofrecerse puedan al espritu humano.

Cuando en medio de ese tenebroso caos, donde vagan tantos elementos,
tan diferentes, tan opuestos y tan poderosos, que, luchando de
continuo, se chocan, se pulverizan y se confunden, busca el observador
un punto luminoso de donde pueda venir una rfaga que alumbre al
mundo, una idea robusta que, enfrenando tanto desorden y anarqua, se
enseoree de los entendimientos, y los vuelva al camino de la verdad,
ocurre, desde luego, el Catolicismo como el nico manantial de tantos
bienes; y al ver cul se sostiene an con brillantez y pujanza, 
pesar de los inauditos esfuerzos que se estn haciendo todos los das
para aniquilarle, llnase de consuelo el corazn, y, brotando en l
la esperanza, parece que le convida  saludar  esa religin divina,
felicitndola por el nuevo triunfo que va  adquirir sobre la tierra.

Hubo un tiempo en que, inundada la Europa por una nube de brbaros,
vi desplomarse de un golpe todos los monumentos de la antigua
civilizacin y cultura: los legisladores con sus leyes, el imperio con
su brillo y podero, los sabios con las ciencias, las artes con sus
monumentos, todo se hundi; y esas inmensas regiones donde florecan
poco antes toda la civilizacin y cultura que haban adquirido los
pueblos por espacio de muchos siglos, vironse sumidas de repente en
la ignorancia y en la barbarie. Pero la brillante centella de luz
arrojada sobre el mundo desde la Palestina, continuaba fulgurando an
en medio del caos; en vano se levant la espesa polvareda que amagaba
envolverla en las tinieblas; alimentada por el soplo del Eterno,
continuaba resplandeciendo; pasaron los siglos, fu extendiendo su
rbita brillante, y los pueblos, que tal vez no pensaban que pudiera
servirles de ms que de una gua para marchar sin tropiezo por entre la
obscuridad, vironla presentarse como sol resplandeciente, esparciendo
por todas partes la luz y la vida.

Y quin sabe si en los arcanos del Eterno no le est reservado otro
triunfo ms difcil, y no menos saludable y brillante? Instruyendo la
ignorancia, civilizando la barbarie, puliendo la rudeza, amansando
la ferocidad, preserv  la sociedad de ser vctima, tal vez para
siempre, de la brutalidad ms atroz, y de la estupidez ms degradante;
pero, qu timbre ms glorioso para ella, si, rectificando las ideas,
centralizando y purificando los sentimientos, asentando los eternos
principios de toda sociedad, enfrenando las pasiones, templando los
enconos, cercenando las demasas, y seoreando todos los entendimientos
y voluntades, pudiera levantarse como una reguladora universal, que,
estimulando todo linaje de conocimientos y adelantos, inspirara la
debida templanza  esta sociedad agitada con tanta furia por tan
poderosos elementos, que, privados de un punto cntrico y atrayente, la
estn de continuo amenazando con la disolucin y el caos?

No es dado al hombre penetrar en el porvenir; pero el mundo fsico
se disolvera con espantosa catstrofe, si faltase por un momento el
principio fundamental que da unidad, orden y concierto  los variados
movimientos de todos los sistemas; y, si la sociedad, llena como est
de movimiento, de comunicacin y de vida, no entra bajo la direccin de
un principio regulador, universal y constante, al fijar la vista sobre
la suerte de las generaciones venideras, el corazn tiembla, y la mente
se anubla.

Hay, empero, un hecho sumamente consolador, y es el admirable progreso
que hace el Catolicismo en varios pases. En Francia, en Blgica se
robustece; en el Norte de Europa parece que se le teme, cuando de tal
manera se le combate; en Inglaterra, es tanto lo que ha ganado en
menos de medio siglo, que sera increble, si no constara en datos
irrecusables; y en sus misiones vuelve  manifestarse tan emprendedor y
fecundo, que nos recuerda los tiempos de su mayor ascendiente y podero.

Y cuando los otros pueblos tienden  la unidad, podra prevalecer el
desbarro de que nosotros nos encaminramos al cisma? Cuando los dems
pueblos se alegraran infinito de que subsistiera entre ellos algn
principio vital que pudiese restablecerles las fuerzas que les ha
quitado la incredulidad, Espaa, que conserva el Catolicismo, y todava
solo, todava poderoso, admitira en su seno ese germen de muerte que
la imposibilitara de recobrarse de sus dolencias, que asegurara, 
no dudarlo, su completa ruina? En esa regeneracin moral  que aspiran
los pueblos, anhelantes por salir de la posicin angustiosa en que
los colocaron las doctrinas irreligiosas, ser posible que no se
quiera parar la atencin en la inmensa ventaja que la Espaa lleva 
muchos de ellos, por ser uno de los menos tocados de la gangrena de la
irreligin, y por conservar todava la unidad religiosa, inestimable
herencia de una larga serie de siglos? Ser posible que no se advierta
lo que puede ser esa unidad, si la aprovechamos cual merece; esa
unidad, que se enlaza con todas nuestras glorias, que despierta tan
bellos recuerdos, y tan admirablemente podra servir para elemento de
regeneracin en el orden social?

Si se pregunta lo que pienso sobre la proximidad del peligro, y si las
tentativas que estn haciendo los protestantes para este efecto, tienen
alguna probabilidad de resultado, responder con alguna distincin.
El Protestantismo es profundamente dbil, ya por su naturaleza, y,
adems, por ser viejo y caduco; tratando de introducirse en Espaa,
ha de luchar con un adversario lleno de vida y robustez, y que est
muy arraigado en el pas; y por esta causa, y bajo este aspecto, no
puede ser temible su accin. Pero, quin impide que, si llegase 
establecerse en nuestro suelo, por ms reducido que fuera su dominio,
no causara terribles males?

Por de pronto, salta  la vista que tendramos otra manzana de
discordia, y no es difcil columbrar las colisiones que ocasionara
 cada paso. Como el Protestantismo en Espaa,  ms de su debilidad
intrnseca, tendra la que le causara el nuevo clima en que se hallara
tan falto de su elemento, virase forzado  buscar sostn arrimndose
 cuanto le alargase la mano; entonces es bien claro que servira como
un punto de reunin para los descontentos; y, ya que se apartase de su
objeto, fuera cuando menos un ncleo de nuevas facciones, una bandera
de pandillas. Escndalos, rencores, desmoralizacin, disturbios, y
quizs catstrofes, he aqu el resultado inmediato, infalible, de
introducirse entre nosotros el Protestantismo: apelo  la buena fe de
todo hombre que conozca medianamente al pueblo espaol.

Pero no est todo aqu; la cuestin se ensancha y adquiere una
importancia incalculable, si se la mira en sus relaciones con la
poltica extranjera. Qu palanca tendra entonces para causar en
nuestra desgraciada patria toda clase de sacudimientos? Oh! y
cmo se asira vidamente de ella! cmo trabaja quizs para buscar
un punto de apoyo! Hay en Europa una nacin temible por su inmenso
podero, respetable por su mucho adelantamiento en las ciencias y
artes, y que, teniendo  la mano grandes medios de accin por todo el
mbito de la tierra, sabe desplegarlos con una sagacidad y astucia
verdaderamente admirables. Habiendo sido la primera de las naciones
modernas en recorrer todas las fases de una revolucin religiosa y
poltica, y que en medio de terribles trastornos contemplara las
pasiones en toda su desnudez, y el crimen en todas sus formas, se
aventaja  las otras en el conocimiento de toda clase de resortes; al
paso que, fastidiada de vanos nombres, con que en esas pocas suelen
encubrirse las pasiones ms viles y los intereses ms mezquinos, tiene
sobrado embotada su sensibilidad para que puedan fcilmente excitarse
en su seno las tormentas que  otros pases los inundan de sangre y de
lgrimas. No se altera su paz interior en medio de la agitacin y del
acaloramiento de las discusiones; y, aunque no deje de columbrar en
un porvenir ms  menos lejano las espinosas situaciones que podran
acarrearle gravsimos apuros, disfruta entre tanto de aquella calma
que le aseguran su constitucin, sus hbitos, sus riquezas, y sobre
todo el Ocano que la cie. Colocada en posicin tan ventajosa, acecha
la marcha de los otros pueblos, para uncirlos  su carro con doradas
cadenas, si tienen candor bastante para escuchar sus halageas
palabras;  al menos procura embarazar su marcha y atajar sus
progresos, en caso de que con noble independencia traten de emanciparse
de su influjo. Atenta siempre  engrandecerse por medio de las artes
y comercio, con una poltica mercantil en grado eminente, cubre, no
obstante, la materialidad de los intereses con todo linaje de velos;
y si bien, cuando se trata de los dems pueblos, es indiferente del
todo  la religin  ideas polticas, sin embargo, se vale diestramente
de tan poderosas armas para procurarse amigos, desbaratar  sus
adversarios, y envolvernos  todos en la red mercantil que tiene de
continuo tendida sobre los cuatro ngulos de la tierra.

No es posible que se escape  su sagacidad lo mucho que tendra
adelantado para contar  Espaa en el nmero de sus colonias, si
pudiese lograr que fraternizase con ella en ideas religiosas; no tanto
por la buena correspondencia que semejante fraternidad promovera
entre ambos pueblos, como porque sera ste el medio ms seguro para
que el espaol perdiese del todo ese carcter singular, esa fisonoma
austera que le distingue de todos los otros pueblos, olvidando la
nica idea nacional y regeneradora que ha permanecido en pie en medio
de tan espantosos trastornos; quedando as susceptible de toda clase
de impresiones ajenas, y dctil y flexible en todos los sentidos que
pudiera convenir  las interesadas miras de los solapados protectores.

No lo olvidemos: no hay nacin en Europa que conciba sus planes con
tanta previsin, que los prepare con tanta astucia, que los ejecute
con tanta destreza, ni que los lleve  cabo con igual tenacidad.
Como, despus de las profundas revoluciones que la trabajaron, ha
permanecido en un estado regular desde el ltimo tercio del siglo XVII,
y enteramente extraa  los trastornos sufridos en este perodo por
los dems pueblos de Europa, ha podido seguir un sistema de poltica
concertado, as en lo interior como en lo exterior; y de esta manera
sus hombres de gobierno han podido formarse ms plenamente, heredando
los datos y las miras que guiaron  los antecesores. Conocen sus
gobernantes cun precioso es estar de antemano apercibidos para todo
evento; y as no descuidan de escudriar  fondo qu es lo que hay
en cada nacin que los pueda ayudar  contrastar; saliendo de la
rbita poltica, penetran en el corazn de la sociedad sobre la cual
se proponen influir; y rastrean all cules son las condiciones de
su existencia, cul es su principio vital, cules las causas de su
fuerza y energa. Era en el otoo de 1805, y daba Pitt una comida de
campo,  la que asistan varios de sus amigos. Llegle entre tanto
un pliego en que se le anunciaba la rendicin de Mack en Ulma con
cuarenta mil hombres, y la marcha de Napolen sobre Viena. Comunic
la funesta noticia  sus amigos, quienes, al oirla, exclamaron:
Todo est perdido, ya no hay remedio contra Napolen. Todava hay
remedio, replic Pitt; todava hay remedio si consigo levantar una
guerra nacional en Europa, y esta guerra ha de comenzar en Espaa.
S, seores, aadi despus, la Espaa ser el primer pueblo donde se
encender esa guerra patritica, la sola que puede libertar la Europa.

Tanta era la importancia que daba ese profundo estadista  la fuerza
de una idea nacional, tanto era lo que de ella esperaba; nada menos
que hacer lo que no podan todos los esfuerzos de todos los gabinetes
europeos: derrocar  Napolen, libertar la Europa. No es raro que la
marcha de las cosas traiga combinaciones tales, que las mismas ideas
nacionales que un da sirvieron de poderoso auxiliar  las miras
de un gabinete, le salgan otro da al paso, y le sean un poderoso
obstculo: y entonces, lejos de fomentarlas y avivarlas, lo que le
interesa es sofocarlas. Lo que puede salvar  una nacin libertndola
de interesadas tutelas, y asegurndole su verdadera independencia, son
ideas grandes y generosas, arraigadas profundamente entre los pueblos;
son los sentimientos grabados en el corazn por la accin del tiempo,
por la influencia de instituciones robustas, por la antigedad de los
hbitos y de las costumbres; es la unidad de pensamiento religioso,
que hace de un pueblo un solo hombre. Entonces lo pasado se enlaza con
lo presente, y lo presente se extiende  lo porvenir; entonces brotan
 porfa en el pecho aquellos arranques de entusiasmo, manantial de
acciones grandes; entonces hay desprendimiento, energa, constancia;
porque hay en las ideas fijeza y elevacin, porque hay en los corazones
generosidad y grandeza.

No fuera imposible que en algunos de los vaivenes que trabajan  esta
nacin desventurada, tuviramos la desgracia de que se levantasen
hombres bastante ciegos para ensayar la insensata tentativa de
introducir en nuestra patria la religin protestante. Estamos demasiado
escarmentados para dormir tranquilos, y no se han olvidado sucesos
que indican  las claras hasta dnde se hubiera ya llegado algunas
veces, si no se hubiese reprimido la audacia de ciertos hombres con el
imponente desagrado de la inmensa mayora de la nacin. Y no es que se
conciban siquiera posibles las violencias del reinado de Enrique VIII;
pero s que podra suceder que, aprovechndose de una fuerte ruptura
con la Santa Sede, de la terquedad y ambicin de algunos eclesisticos,
del pretexto de aclimatar en nuestro suelo el espritu de tolerancia,
 de otros motivos semejantes, se tantease con este  aquel nombre,
que eso poco importa, el introducir entre nosotros las doctrinas
protestantes.

Y no sera por cierto la tolerancia lo que se nos importara del
extranjero, pues que sta ya existe de hecho, y tan amplia, que
seguramente nadie recela el ser perseguido, ni aun molestado, por
sus opiniones religiosas; lo que se nos traera y se trabajara por
plantear, fuera un nuevo sistema religioso, pertrechndole de todo lo
necesario para alcanzar predominio, y para debilitar,  destruir, si
fuera posible, el Catolicismo. Y mucho me engao, si en la ceguedad y
rencor que han manifestado algunos de nuestros hombres que se dicen
de gobierno, no encontrase en ellos decidida proteccin el nuevo
sistema religioso, una vez le hubiramos admitido. Cuando se tratara
de admitirle, se nos presentara quizs el nuevo sistema en ademn
modesto, reclamando tan slo habitacin, en nombre de la tolerancia y
de la hospitalidad; pero bien pronto le viramos acrecentar su osada,
reclamar derechos, extender sus pretensiones, y disputar  palmos el
terreno de la religin catlica. Resonaran entonces con ms y ms vigor
aquellas rencorosas y virulentas declamaciones que tan fatigados nos
traen por espacio de algunos aos; esos ecos de una escuela que delira
porque est por expirar. El desvo con que miraran los pueblos  la
pretendida reforma, sera,  no dudarlo, culpado de rebelda; las
pastorales de los obispos seran calificadas de insidiosas sugestiones;
el celo fervoroso de los sacerdotes catlicos, acusado de provocacin
sediciosa, y el concierto de los fieles para preservarse de la
infeccin, sera denunciado como una conjuracin diablica, urdida por
la intolerancia y el espritu de partido, y confiada en su ejecucin 
la ignorancia y al fanatismo.

En medio de los esfuerzos de los unos y de la resistencia de los
otros, viramos ms  menos parodiadas escenas de tiempos que pasaron
ya, y, si bien el espritu de templanza, que es uno de los caracteres
del siglo, impedira que se repitiesen los excesos que mancharon de
sangre los fastos de otras naciones, no dejaran, sin embargo, de ser
imitados. Porque es menester no olvidar que, en tratndose de religin,
no puede contarse en Espaa con la frialdad  indiferencia que, en
caso de un conflicto, manifestaran en la actualidad otros pueblos:
en stos han perdido los sentimientos religiosos mucho de su fuerza,
pero en Espaa son todava muy hondos, muy vivos, muy enrgicos: y
el da que se les combatiera de frente, abordando las cuestiones sin
rebozo, sentirase un sacudimiento tan universal como recio. Hasta
ahora, si bien es verdad que en objetos religiosos se han presenciado
lamentables escndalos, y hasta horrorosas catstrofes, no ha faltado
nunca un disfraz que, ms  menos transparente, encubra, empero, algn
tanto la perversidad de las intenciones. Unas veces ha sido el ataque
contra esta  aquella persona,  quien se han achacado maquinaciones
polticas; otras contra determinadas clases, acusadas de crmenes
imaginarios; tal vez se ha desbordado la revolucin, y se ha dicho que
era imposible contenerla, y que los atropellamientos, los insultos, los
escarnios de que ha sido objeto lo ms sagrado que hay en la tierra
y en el cielo, eran sucesos inevitables, tratndose de un populacho
desenfrenado: aqu mediaba al menos un disfraz, y un disfraz, poco 
mucho, siempre cubre; pero, cuando se viesen atacados de propsito,
 sangre fra, todos los dogmas del Catolicismo, despreciados los
puntos ms capitales de la disciplina, ridiculizados los misterios ms
augustos, escarnecidas las ceremonias ms sagradas; cuando se viera
levantar un templo contra otro templo, una ctedra contra otra ctedra,
qu sucedera? Es innegable que se exasperaran los nimos hasta
el extremo, y, si no resultaban, como fuera de temer, estrepitosas
explosiones, tomaran al menos las controversias religiosas un
carcter tan violento, que nos creeramos trasladados al siglo XVI.

Siendo tan frecuente entre nosotros que los principios dominantes en
el orden poltico sean enteramente contrarios  los dominantes en la
sociedad, sucedera  menudo que el principio religioso, rechazado
por la sociedad, encontrara su apoyo en los hombres influyentes en
el orden poltico; reproducindose con circunstancias agravantes el
triste fenmeno, que tantos aos ha estamos presenciando, de querer
los gobernantes torcer  viva fuerza el curso de la sociedad. sta es
una de las diferencias ms capitales entre nuestra revolucin y la de
otros pases; sta es la clave para explicar chocantes anomalas: all
las ideas de revolucin se apoderaron de la sociedad, y se arrojaron
en seguida sobre la esfera poltica; aqu se apoderaron primero de la
esfera poltica, y trataron en seguida de bajar  la esfera social;
la sociedad estaba muy distante de hallarse preparada para semejantes
innovaciones, y por esto han sido indispensables tan rudos y repetidos
choques.

De esta falta de harmona ha resultado que el gobierno en Espaa ejerce
sobre los pueblos muy escasa influencia, entendiendo por influencia
aquel ascendiente moral que no necesita andar acompaado de la idea de
la fuerza. No hay duda que esto es un mal, porque tiende  debilitar el
poder, necesidad imprescindible para toda sociedad; pero no han faltado
ocasiones en que ha sido un gran bien: porque no es poca fortuna,
cuando un gobierno es liviano  insensato, el que se encuentre con una
sociedad mesurada y cuerda, que, mientras aqul corre  precipitarse
desatentado, vaya sta marchando con paso sosegado y majestuoso. Mucho
hay que esperar del buen instinto de la nacin espaola, mucho hay
que prometerse de su proverbial gravedad, aumentada adems con tanto
infortunio; mucho hay que prometerse de ese tino que le hace distinguir
tambin el verdadero camino de su felicidad, y que la vuelve sorda 
las insidiosas sugestiones con que se ha tratado de extraviarla. Si
van ya muchos aos que por una funesta combinacin de circunstancias,
y por la falta de harmona entre el orden poltico y el social, no
acierta  darse un gobierno que sea su verdadera expresin, que adivine
sus instintos, que siga sus tendencias, que la conduzca por el camino
de la prosperidad, esperanza alimentamos de que ese da vendr, y de
que brotarn del seno de esa sociedad, rica de vida y de porvenir,
esa misma harmona que le falta, ese equilibrio que ha perdido. Entre
tanto, es altamente importante que todos los hombres que sientan
latir en su pecho un corazn espaol, que no se complazcan en ver
desgarradas las entraas de su patria, se reunan, se pongan de acuerdo,
obren concertados para impedir el que prevalezca el genio del mal,
alcanzando  esparcir en nuestro suelo una semilla de eterna discordia,
aadiendo esa otra calamidad  tantas otras calamidades, y ahogando los
preciosos grmenes de donde puede rebrotar lozana y brillante nuestra
civilizacin remozada, alzndose del abatimiento y postracin en que la
sumieran circunstancias aciagas.

Ah! oprmese el alma con angustiosa pesadumbre, al solo pensamiento
de que pudiera venir un da en que desapareciese de entre nosotros esa
unidad religiosa, que se identifica con nuestros hbitos, nuestros
usos, nuestras costumbres, nuestras leyes; que guarda la cuna de
nuestra monarqua en la cueva de Covadonga, que es la ensea de nuestro
estandarte en una lucha de ocho siglos con el formidable poder de la
Media Luna, que desenvuelve lozanamente nuestra civilizacin en medio
de tiempos tan trabajosos, que acompaaba  nuestros terribles tercios
cuando imponan silencio  la Europa, que conduce  nuestros marinos
al descubrimiento de nuevos mundos,  dar los primeros la vuelta 
la redondez del globo; que alienta  nuestros guerreros al llevar 
cabo conquistas heroicas, y que en tiempos ms recientes sella el
cmulo de tantas y tan grandiosas hazaas derrocando  Napolen.
Vosotros que con precipitacin tan liviana condenis las obras de los
siglos, que con tanta avilantez insultis  la nacin espaola, que
tiznis de barbarie y obscurantismo el principio que presidi nuestra
civilizacin, sabis  quin insultis? sabis quin inspir el
genio del gran Gonzalo, de Hernn Corts, de Pizarro, del Vencedor de
Lepanto? Las sombras de Garcilaso, de Herrera, de Ercilla, de Fray
Luis de Len, de Cervantes, de Lope de Vega, no os infunden respeto?
Osaris, pues, quebrantar el lazo que  ellos nos une, y hacernos
indigna prole de tan esclarecidos varones? Quisierais separar por
un abismo nuestras creencias de sus creencias, nuestras costumbres
de sus costumbres, rompiendo as con todas nuestras tradiciones,
olvidando los ms embelesantes y gloriosos recuerdos, y haciendo que
los grandiosos y augustos monumentos que nos leg la religiosidad de
nuestros antepasados, slo permanecieran entre nosotros, como una
reprensin la ms elocuente y severa? Consentirais que se cegasen los
ricos manantiales  donde podemos acudir para resucitar la literatura,
vigorizar la ciencia, reorganizar la legislacin, restablecer el
espritu de nacionalidad, restaurar nuestra gloria, y colocar de nuevo
 esta nacin desventurada en el alto rango que sus virtudes merecen,
dndole la prosperidad y la dicha que tan afanosa busca, y que en su
corazn augura?




CAPITULO XIII


Parangonados ya bajo el aspecto religioso el Catolicismo y el
Protestantismo en el cuadro que acabo de trazar, y evidenciada la
superioridad de aqul sobre ste, no slo en lo concerniente  certeza,
sino tambin en todo lo relativo  los instintos,  los sentimientos,
 las ideas, al carcter del espritu humano, ser bien entrar
ahora en otra cuestin, no ms importante por cierto, pero s menos
dilucidada, y en que ser preciso luchar con fuertes antipatas, y
disipar considerable nmero de prevenciones y errores. En medio de
las dificultades de que est erizada la empresa que voy  acometer,
alintame una poderosa esperanza, y es que lo interesante de la
materia, y el ser muy del gusto cientfico del siglo, convidar quizs
 leer, obvindose de esta manera el peligro que suele amenazar  los
que escriben en favor de la religin catlica: son juzgados sin ser
odos. He aqu, pues, la cuestin en sus precisos trminos: _Comparados
el Catolicismo y el Protestantismo, cul de los dos es ms conducente
para la verdadera libertad, para el verdadero adelanto de los pueblos,
para la causa de la civilizacin?_

_Libertad_: sta es una de aquellas palabras tan generalmente usadas
como poco entendidas; palabras que, por envolver cierta idea vaga muy
fcil de percibir, presentan la engaosa apariencia de una entera
claridad, mientras que, por la muchedumbre y variedad de objetos  que
se aplican, son susceptibles de una infinidad de sentidos, hacindose
su comprensin sumamente difcil. Y quin podr reducir  guarismo
las aplicaciones que se hacen de la palabra _libertad_? Salvndose en
todas ellas una idea que podramos apellidar radical, son infinitas las
modificaciones y graduaciones  que se la sujeta. Circula el aire con
libertad; se despejan los alrededores de una planta para que crezca y
se extienda con libertad; se mondan los conductos de un regado para
que el agua corra con libertad; al pez cogido en la red, al avecilla
enjaulada se los suelta, y se les da libertad; se trata  un amigo
con libertad; hay modales libres, pensamientos libres, expresiones
libres, herencias libres, voluntad libre, acciones libres; no tiene
libertad el encarcelado, carece de libertad el hijo de familia, tiene
poca libertad una doncella, una persona casada ya no es libre, un
hombre en tierra extraa se porta con ms libertad, el soldado no tiene
libertad; hay hombres libres de quintas, libres de contribuciones;
hay votaciones libres; dictmenes libres, interpretacin libre,
versificacin libre, libertad de comercio, libertad de enseanza,
libertad de imprenta, libertad de conciencia, libertad civil, libertad
poltica, libertad justa, injusta, racional, irracional, moderada,
excesiva, comedida, licenciosa, oportuna, inoportuna; mas,  qu
fatigarse en la enumeracin, cuando es poco menos que imposible el dar
cima  tan enfadosa tarea? Pero menester pareca detenerse algn tanto
en ella, aun  riesgo de fastidiar al lector; quizs el recuerdo de
este fastidio podr contribuir  grabar profundamente en el nimo la
saludable verdad de que, cuando en la conversacin, en los escritos,
en las discusiones pblicas, en las leyes, se usa tan  menudo esta
palabra, aplicndola  objetos de mayor importancia, es necesario
reflexionar maduramente sobre el nmero y naturaleza de ideas que en
el respectivo caso abarca, sobre el sentido que la materia consiente,
sobre las modificaciones que las circunstancias demandan, sobre las
precauciones y tino que las aplicaciones exigen.

Sea cual fuere la acepcin en que se tome la palabra libertad, chase
de ver que siempre entraa en su significado _ausencia de causa que
impida  coarte el ejercicio de alguna libertad_: infirindose de aqu
que, para fijar en cada caso el verdadero sentido de esta palabra, es
indispensable atender  la naturaleza y circunstancias de la facultad
cuyo uso se quiere impedir  limitar, sin perder de vista los varios
objetos sobre que versa, las condiciones de su ejercicio, como y
tambin el carcter, la eficacia y extensin de la causa que al efecto
se empleare. Para aclarar la materia, propongmonos formar juicio de
esta proposicin: el hombre ha de tener libertad de pensar. Aqu se
afirma que al hombre no se le ha de coartar el pensamiento. Ahora bien:
hablis de coartacin fsica ejercida inmediatamente sobre el mismo
pensamiento? Pues entonces es de todo punto intil la proposicin;
porque, como semejante coartacin es imposible, vano es decir que no
se la debe emplear. Entendis que no se debe coartar la expresin
del pensamiento, es decir, que no se ha de impedir ni restringir
la libertad de manifestar cada cual lo que piensa? Entonces habis
dado un salto inmenso, habis colocado la cuestin en muy diferente
terreno; y, si no queris significar que todo hombre,  todas horas,
en todo lugar, pueda decir sobre cualquier materia cuanto le viniere 
la mente, y del modo que ms le agradare, deberis distinguir cosas,
personas, lugares, tiempos, modos, condiciones, en una palabra, atender
 mil y mil circunstancias, impedir del todo en unos casos, limitar
en otros, ampliar en stos, restringir en aqullos, y as tomaros tan
largo trabajo que de nada os sirva el haber sentado, en favor de la
libertad del pensamiento, aquella proposicin tan general, con toda su
apariencia de sencillez y claridad.

Aun penetrando en el mismo santuario del pensamiento, en aquella regin
donde no alcanzan las miradas de otro hombre, y que slo est patente
 los ojos de Dios, qu significa la libertad de pensar? Es acaso
que el pensamiento no tenga sus leyes,  las que ha de sujetarse por
precisin, si no quiere sumirse en el caos? Puede despreciar la norma
de una sana razn? Puede desoir los consejos del buen sentido? Puede
olvidar que su objeto es la verdad? Puede desentenderse de los eternos
principios de la moral?

He aqu cmo, examinando lo que significa la palabra libertad, aun
aplicndola  lo que seguramente hay de ms libre en el hombre, como
es el pensamiento, nos encontramos con tal muchedumbre y variedad de
sentidos, que nos obligan  un sinnmero de distinciones, y nos llevan
por necesidad  restringir la proposicin general, si algo queremos
expresar que no est en contradiccin con lo que dictan la razn y el
buen sentido, con lo que prescriben las leyes eternas de la moral, con
lo que demandan los mismos intereses del individuo, con lo que reclaman
el buen orden y la conservacin de la sociedad. Y qu no podra
decirse de tantas otras libertades como se invocan de continuo, con
nombres indeterminados y vagos, cubiertos  propsito con el equvoco y
las tinieblas?

Pongo estos ejemplos, slo para que no se confundan las ideas; porque,
defendiendo como defiendo la causa del Catolicismo, no necesito abogar
por la opresin, ni invocar sobre los hombres una mano de hierro, ni
aplaudir que se huellen sus derechos sagrados. Sagrados, s; porque,
segn la enseanza de la augusta religin de Jesucristo, sagrado es
un hombre  los ojos de otro hombre, por su alto origen y destino,
por la imagen de Dios que en l resplandece, por haber sido redimido
con inefable dignacin y amor por el mismo Hijo del Eterno; sagrados
declara esa religin divina los derechos del hombre, cuando su augusto
Fundador amenaza con eterno suplicio, no tan slo  quien le matare, no
tan slo  quien le mutilare, no tan slo  quien le robare, sino cosa
admirable! hasta  quien se propasare  ofenderle con solas palabras.
Quien llamare  su hermano _fatuo_, ser reo del fuego del infierno.
(Mat., c. 5, v. 22.) As hablaba el Divino Maestro.

Levntase el pecho con generosa indignacin, al oir que se achaca 
la religin de Jesucristo tendencia  esclavizar. Cierto es que, si
se confunde el espritu de verdadera libertad con el espritu de los
demagogos, no se le encuentra en el Catolicismo; pero, si no se quieren
trastrocar monstruosamente los nombres, si se da  la palabra libertad
su acepcin ms razonable, ms justa, ms provechosa, ms dulce,
entonces la religin catlica puede reclamar la gratitud del humano
linaje: _ella ha civilizado las naciones que la han profesado; y la
civilizacin es la verdadera libertad_.

Es un hecho ya generalmente reconocido y paladinamente confesado, que
el Cristianismo ha ejercido muy poderosa influencia en el desarrollo
de la civilizacin europea; pero  este hecho no se le da todava por
algunos la importancia que merece,  causa de no ser bastante bien
apreciado. Con respecto  la civilizacin, distnguese  veces el
influjo del Cristianismo del influjo del Catolicismo, ponderando las
excelencias de aqul y escaseando los encomios  ste; sin reparar
que, cuando se trata de la civilizacin europea, puede el Catolicismo
demandar una consideracin siempre principal, y, por lo tocante 
mucho tiempo, hasta exclusiva, pues que se hall por largos siglos
enteramente solo en el trabajo de esa grande obra. No se ha querido
ver que, al presentarse el Protestantismo en Europa, estaba ya la obra
por concluir; y que con una injusticia  ingratitud que no acierta uno
 calificar, se ha tachado al Catolicismo de espritu de barbarie, de
obscurantismo, de opresin, mientras se haca ostentosa gala de la rica
civilizacin, de las luces y de la libertad que  l principalmente son
debidas.

Si no se tena gana de profundizar las ntimas relaciones del
Catolicismo con la civilizacin europea; si faltaba la paciencia que
es menester en las prolijas investigaciones  que tal examen conduce,
al menos pareca del caso dar una mirada al estado de los pases donde
en siglos trabajosos no ejerci la religin catlica todo su influjo,
y compararlos con aquellos otros en que fu el principio dominante.
El Oriente y el Occidente, ambos sujetos  grandes trastornos, ambos
profesando el Cristianismo, pero de manera que el principio catlico se
hall dbil y vacilante all, mientras estuvo robusto y profundamente
arraigado entre los occidentales, hubieran ofrecido dos puntos de
comparacin muy  propsito para estimar lo que vale el Cristianismo
sin el Catolicismo, cuando se trata de salvar la civilizacin y
la existencia de las naciones. En Occidente los trastornos fueron
repetidos y espantosos, el caos lleg  su complemento, y, sin embargo,
del caos han brotado la luz y la vida. Ni la barbarie de los pueblos
que inundaron estas regiones y que adquirieron en ellas asiento, ni las
furiosas arremetidas del islamismo, aun cuando estaba en su mayor bro
y pujanza, bastaron para que se ahogase el germen de una civilizacin
rica y fecunda: en Oriente todo iba envejeciendo y caducando, nada
se remozaba, y  los embates del ariete que nada haba podido contra
nosotros, todo cay. Ese poder espiritual de Roma, esa influencia en
los negocios temporales, dieron por cierto frutos muy diferentes de los
que produjeron en semejantes circunstancias sus rencorosos rivales.

Si un da estuviese destinada la Europa  sufrir de nuevo algn
espantoso y general trastorno,  por un desborde universal de las ideas
revolucionarias,  por alguna violenta irrupcin del pauperismo sobre
los poderes sociales y sobre la propiedad; si ese coloso que se levanta
en el Norte en un trono asentado entre eternas nieves, teniendo en su
cabeza la inteligencia y en su mano la fuerza ciega, que dispone 
la vez de los medios de la civilizacin y de la barbarie, cuyos ojos
van recorriendo de continuo el Oriente, el Medioda y el Occidente,
con aquella mirada codiciosa y astuta, seal caracterstica que nos
presenta la historia en todos los imperios invasores; si, acechando el
momento oportuno, se arrojase  una tentativa sobre la independencia
de la Europa, entonces quizs se vera una prueba de lo que vale en
los grandes apuros el principio catlico; entonces se palpara el
poder de esa _unidad_ proclamada y sostenida por el Catolicismo;
entonces, recordando los siglos medios, se vera una de las causas de
la debilidad del Oriente y de la robustez del Occidente; entonces se
recordara un hecho que, aunque es de ayer, empieza ya  olvidarse,
y es que el pueblo contra cuyo denodado bro se estrell el poder de
Napolen, era el pueblo proverbialmente catlico. Y quin sabe si en
los atentados cometidos en Rusia contra el Catolicismo, atentados que
ha deplorado en sentido lenguaje el Vicario de Jesucristo; quin sabe
si influye el secreto presentimiento,  quizs la previsin, de la
necesidad de debilitar aquel sublime poder, que, en tratndose de la
causa de la humanidad, ha sido en todas pocas el ncleo de los grandes
esfuerzos? Pero volvamos al intento.

No puede negarse que desde el siglo XVI se ha mostrado la civilizacin
europea muy lozana y brillante, pero es un error atribuir este fenmeno
al Protestantismo. Para examinar la influencia y eficacia de un hecho,
no se han de mirar tan slo los sucesos que han venido despus de l;
se ha de considerar si estos sucesos estaban ya preparados, si son
algo ms que un resultado necesario de hechos anteriores: conviene
no hacer aquel raciocinio que tachan de sofstico los dialcticos:
_despus de esto, luego por esto; post hoc, ergo propter hoc_. Sin el
Protestantismo, y antes del Protestantismo, estaba ya muy adelantada
la civilizacin europea por los trabajos  influencia de la religin
catlica; y la grandeza y esplendor que sobrevinieron despus, no se
desplegaron  causa del Protestantismo, sino  pesar del Protestantismo.

Al extravo de ideas en esta materia ha contribudo no poco el estudio
poco profundo que se ha hecho del Cristianismo, el haberse contentado
no pocas veces con una mirada superficial sobre los principios de
fraternidad que l tanto recomienda, sin entrar en el debido examen de
la historia de la Iglesia. Para comprender  fondo una institucin, no
basta pararse en sus ideas ms capitales; es necesario seguirle tambin
los pasos, ver cmo va realizando esas ideas, cmo triunfa de los
obstculos que le salen al encuentro. Nunca se formar concepto cabal
sobre un hecho histrico, si no se estudia detenidamente su historia;
y el estudio de la historia de la Iglesia catlica en sus relaciones
con la civilizacin deja todava mucho que desear. Y no es que sobre la
historia de la Iglesia no se hayan hecho estudios profundos; sino que,
desde que se ha desplegado el espritu de anlisis social, no ha sido
todava objeto de aquellos trabajos admirables que tanto la ilustraron
bajo el aspecto dogmtico y crtico.

Otro embarazo media para que pueda dilucidarse cual conviene esta
materia, y es el dar sobrada importancia  las intenciones de los
hombres, distrayndose de considerar la marcha grave y majestuosa de
las cosas. Se mide la magnitud y se califica la naturaleza de los
acontecimientos por los motivos inmediatos que los determinaron, y por
los fines que se proponan los hombres que en ellos intervinieron; y
esto es un error muy grave: la vista se ha de extender  mayor espacio
y se ha de observar el sucesivo desarrollo de las ideas, el influjo
que anduvieron ejerciendo en los sucesos, las instituciones que de
ellas iban brotando, pero considerndolo todo como es en s, es decir,
en un cuadro grande, inmenso, sin pararse en hechos particulares,
contemplados en su aislamiento y pequeez. Que es menester grabar
profundamente en el nimo la importante verdad de que, cuando se
desenvuelve alguno de esos grandes hechos que cambian la suerte de
una parte considerable del humano linaje, rara vez lo comprenden los
mismos hombres que en ello intervienen, y que como poderosos agentes
figuran: la marcha de la humanidad es un gran drama, los papeles se
distribuyen entre los individuos que pasan y desaparecen: el hombre es
muy pequeo, slo Dios es grande. Ni los actores de las escenas de los
antiguos imperios de Oriente, ni Alejandro arrojndose sobre el Asia y
avasallando innumerables naciones, ni los romanos sojuzgando el mundo,
ni los brbaros derrocando y destrozando el imperio romano, ni los
musulmanes dominando el Asia y el frica y amenazando la idependencia
de Europa, pensaron, ni pensar podan en que sirviesen de instrumento
para realizar los destinos cuya ejecucin nosotros admiramos.

Quiero indicar con esto que, cuando se trata de civilizacin cristiana,
cuando se van notando y analizando los hechos que sealan su marcha, no
es necesario, y muchas veces ni conveniente, el suponer que los hombres
que  ella han contribudo de una manera muy principal, conocieran en
toda su extensin el resultado de su propia obra; bstale  la gloria
de un hombre, el que se le seale como escogido instrumento de la
Providencia, sin que sea menester atribuir demasiado  su conocimiento
particular,  sus intenciones personales. Basta reconocer que un
rayo de luz ha bajado del cielo y ha iluminado su frente; pero no
hay necesidad de que l mismo previera que ese rayo reflejando se
desparramara en inmensas madejas sobre las generaciones venideras. Los
hombres pequeos son comunmente ms pequeos de lo que piensan; pero
los hombres grandes son  veces ms grandes de lo que creen; y es que
no conocen todo su grandor, por no saber que son instrumentos de altos
designios de la Providencia.

Otra observacin debe tenerse presente en el estudio de esos grandes
hechos, y es que no se debe buscar un sistema cuya trabazn y harmona
se descubran  la primera ojeada. Preciso es resignarse  sufrir la
vista de algunas irregularidades y algunos objetos poco agradables; es
menester precaverse contra la pueril impaciencia de querer adelantarnos
al tiempo; es indispensable despojarse de aquel deseo, que, ms 
menos vivo, nunca nos abandona, de encontrarlo todo amoldado conforme
 nuestras ideas, de verlo marchar todo de la manera que ms nos
agrada. No veis esa naturaleza tan grande, tan variada, tan rica,
cmo prodiga en cierto desorden sus productos ocultando inestimables
piedras y preciossimos veneros entre montones de tierra ruda, cul
despliega inmensas cordilleras, riscos inaccesibles, horrendas
fragosidades, que contrastan con amenas y espaciosas llanuras? no veis
ese aparente desorden, esa prodigalidad, en medio de las cuales estn
trabajando en secreto concierto innumerables agentes para producir el
admirable conjunto que encanta nuestros ojos y admira al naturalista?
Pues he aqu la sociedad: los hechos andan dispersos, desparramados
ac y acull, sin ofrecer muchas veces visos de orden ni concierto;
los acontecimientos se suceden, se empujan, sin que se descubra un
designio; los hombres se anan, se separan, se auxilian, se chocan;
pero va pasando el tiempo, ese agente indispensable para la produccin
de las grandes obras, y va todo caminando al destino sealado en los
arcanos del Eterno.

He aqu cmo se concibe la marcha de la humanidad, he aqu la norma
del estudio filosfico de la historia, he aqu el modo de comprender
el influjo de esas ideas fecundas, de esas instituciones poderosas que
aparecen de vez en cuando entre los hombres para cambiar la faz de la
tierra. En semejante estudio, y cuando se descubre obrando en el fondo
de las cosas una idea fecunda, una institucin poderosa, lejos de
asustarse el nimo por encontrar alguna irregularidad, se complace y se
alienta; porque es excelente seal de que la idea est llena de verdad,
de que la institucin rebosa de vida, cuando se las ve atravesar
el caos de los siglos y salir enteras de entre los ms horrorosos
sacudimientos. Que estos  aquellos hombres no se hayan regido por la
idea, que no hayan correspondido al objeto de la institucin, nada
importa, si la institucin ha sobrevivido  los trastornos, si la idea
ha sobrenadado en el borrascoso pilago de las pasiones. Entonces
el mentar las flaquezas, las miserias, la culpa, los crmenes de
los hombres, es hacer la ms elocuente apologa de la idea y de la
institucin.

Mirados los hombres de esta manera, no se los saca de su lugar
propio, ni se exige de ellos lo que racionalmente no se puede exigir.
Encajonados, por decirlo as, en el hondo cauce del gran torrente
de los sucesos, no se atribuye  su inteligencia ni voluntad, mayor
esfera de la que les corresponde: y, sin dejar, por eso, de apreciar
debidamente la magnitud y naturaleza de las obras en que tomaron
parte, no se da exagerada importancia  sus personas, honrndolas con
encomios que no merezcan  achacndoles cargos injustos. Entonces no se
confunden monstruosamente tiempos y circunstancias; el observador mira
con sosiego y templanza los acontecimientos que se van desplegando ante
sus ojos; no habla del imperio de Carlomagno como hablar pudiera del
imperio de Napolen, ni se desata en agrias invectivas contra Gregorio
VII, porque no sigui en su poltica la misma lnea de conducta que
Gregorio XVI.

Y cuenta que no exijo del historiador filsofo una impasible
indiferencia por el bien y por el mal, por lo justo y lo injusto;
cuenta que no reclamo indulgencia para el vicio, ni pretendo que
se escaseen los elogios  la virtud; no simpatizo con esa escuela
histrica fatalista, que ha vuelto  presentar sobre el mundo
el Destino de los antiguos; escuela que, si extendiera mucho su
influencia, malograra la ms hermosa parte de los trabajos histricos,
y ahogara los destellos de las inspiraciones ms generosas. En la
marcha de la sociedad veo un plan, veo un concierto, mas no ciega
necesidad; no creo que los sucesos se revuelvan y barajen en confusa
mezcolanza en la obscura urna del destino, ni que los hados tengan
ceido el mundo con un arco de hierro.

Veo s una cadena maravillosa tendida sobre el curso de los siglos;
pero es cadena que no embarga el movimiento de los individuos ni de las
naciones; que, ondeando suavemente, se aviene con el flujo y reflujo
demandado por la misma naturaleza de las cosas; que con su contacto
hace brotar de la cabeza de los hombres pensamientos grandiosos: cadena
de oro que est pendiente de la mano del Hacedor Supremo, labrada con
infinita inteligencia y regida con inefable amor.




CAPITULO XIV


En qu estado encontr al mundo el Cristianismo? Pregunta es sta
en que debemos fijar mucho nuestra atencin, si queremos apreciar
debidamente los beneficios dispensados por esa religin divina al
individuo y  la sociedad; si deseamos conocer el verdadero carcter de
la civilizacin cristiana.

Sombro cuadro, por cierto, presentaba la sociedad en cuyo centro
naci el Cristianismo. Cubierta de bellas apariencias, y herida en su
corazn con enfermedad de muerte, ofreca la imagen de la corrupcin
ms asquerosa, velada con el brillante ropaje de la ostentacin y de
la opulencia. La moral sin base, las costumbres sin pudor, sin freno
las pasiones, las leyes sin sancin, la religin sin Dios, flotaban
las ideas  merced de las preocupaciones, del fanatismo religioso,
y de las cavilaciones filosficas. Era el hombre un hondo misterio
para s mismo, y ni saba estimar su dignidad, pues que consenta
que se le rebajase al nivel de los brutos; ni, cuando se empeaba en
ponderarla, acertaba  contenerse en los lindes sealados por la razn
y la naturaleza: siendo  este propsito bien notable que, mientras una
gran parte del humano linaje gema en la ms abyecta esclavitud, se
exaltasen con tanta facilidad los hroes, y hasta los ms detestables
monstruos, sobre las aras de los dioses.

Con semejantes elementos deba cundir tarde  temprano la disolucin
social; y, aun cuando no hubiera sobrevenido la violenta arremetida
de los brbaros, ms  menos tarde aquella sociedad se hubiera
trastornado: porque no haba en ella ni una idea fecunda, ni un
pensamiento consolador, ni una vislumbre de esperanza que pudiese
preservarla de la ruina.

La idolatra haba perdido su fuerza: resorte gastado con el tiempo y
por el uso grosero que de l haban hecho las pasiones; expuesta su
frgil contextura al disolvente fuego de la observacin filosfica,
estaba en extremo desacreditada; y, si, por efecto de arraigados
hbitos, ejerca sobre el nimo de los pueblos algn influjo maquinal,
no era ste capaz ni de restablecer la harmona de la sociedad, ni
de producir aquel fogoso entusiasmo inspirador de grandes acciones:
entusiasmo que, en tratndose de corazones vrgenes, puede ser excitado
hasta por la supersticin ms irracional y absurda.  juzgar por
la relajacin de costumbres, por la flojedad de los nimos, por la
afeminacin y el lujo, por el completo abandono  las ms repugnantes
diversiones y asquerosos placeres, se ve claro que las ideas religiosas
nada conservaban de aquella majestad que notamos en los tiempos
heroicos; y que, faltas de eficacia, ejercan sobre el nimo de los
pueblos escaso ascendiente, mientras servan de un modo lamentable
como instrumentos de disolucin. Ni era posible que sucediese de otra
manera: pueblos que se haban levantado al alto grado de cultura de
que pueden gloriarse griegos y romanos; que haban odo disputar 
sus sabios sobre las grandes cuestiones acerca de la Divinidad y el
hombre, no era regular que permaneciesen en aquella candidez que era
necesaria para creer de buena fe los intolerables absurdos de que
rebosa el paganismo: y, sea cual fuere la disposicin de nimo de la
parte ms ignorante del pueblo,  buen seguro que lo creyeran cuantos
se levantaban un poco sobre el nivel regular, ellos que acababan de oir
filsofos tan cuerdos como Cicern, y que se estaban saboreando en las
maliciosas agudezas de sus poetas satricos.

Si la religin era impotente, quedaba, al parecer, otro recurso: la
_ciencia_. Antes de entrar en el examen de lo que poda esperarse de
ella, es necesario observar que jams la ciencia fund una sociedad,
ni jams fu bastante  restituirle el equilibrio perdido. Revulvase
la historia de los tiempos antiguos: hallarnse al frente de algunos
pueblos hombres eminentes que, ejerciendo un mgico influjo sobre el
corazn de sus semejantes, dictan leyes, reprimen abusos, rectifican
las ideas, enderezan las costumbres, y asientan sobre sabias
instituciones un gobierno, labrando ms  menos cumplidamente la dicha
y la prosperidad de los pueblos que se entregaron  su direccin y
cuidado. Pero muy errado anduviera quien se figurase que esos hombres
procedieron  consecuencia de lo que nosotros llamamos combinaciones
cientficas: sencillos por lo comn, y hasta rudos y groseros, obraban
 impulsos de su buen corazn, y guiados por aquel buen sentido, por
aquella sesuda cordura que dirigen al padre de familia en el manejo de
los negocios domsticos; mas nunca tuvieron por norma esas miserables
cavilaciones que nosotros apellidamos teoras, ese frrago indigesto
de ideas que nosotros disfrazamos con el pomposo nombre de ciencia. Y
qu? fueron acaso los mejores tiempos de la Grecia aquellos en que
florecieron los Platones y los Aristteles? Aquellos fieros romanos que
sojuzgaron el mundo, no posean, por cierto, la extensin y variedad de
conocimientos que admiramos en el siglo de Augusto: y quin trocara,
sin embargo, unos tiempos con otros tiempos, unos hombres con otros
hombres?

Los siglos modernos podran tambin suministrarnos abundantes pruebas
de la esterilidad de la ciencia en las instituciones sociales; cosa
tanto ms fcil de notar, cuando son tan patentes los resultados
prcticos que han dimanado de las ciencias naturales. En stas dirase
que se ha concedido al hombre lo que en aqullas le fu negado; si bien
que, mirada  fondo la cosa, no es tanta la diferencia como  primera
vista pudiera parecer. Cuando el hombre trata de hacer aplicacin de
los conocimientos que ha adquirido sobre la naturaleza, se ve forzado
 respetarla; y como, aunque quisiese, no alcanzara con su dbil
mano  causarle considerable trastorno, se limita en sus ensayos 
tentativas de poca monta, excitndole el mismo deseo del acierto, 
obrar conforme  las leyes  que estn sujetos los cuerpos sobre los
cuales se ejercita. En las aplicaciones de las ciencias sociales sucede
muy de otra manera: el hombre puede obrar directa  inmediatamente
sobre la misma sociedad; con su mano puede trastornarla, no se ve
por precisin limitado  practicar sus ensayos en objetos de poca
entidad y respetando las eternas leyes de las sociedades, sino que
puede imaginarlas  su gusto, proceder conforme  sus cavilaciones,
y acarrear desastres de que se lamente la humanidad. Recurdense las
extravagancias que sobre la naturaleza han corrido muy vlidas en las
escuelas filosficas antiguas y modernas, y vase lo que hubiera sido
de la admirable mquina del universo, si los filsofos la hubieran
podido manejar  su arbitrio. Por desgracia, no sucede as en la
sociedad: los ensayos se hacen sobre ella misma, sobre sus eternas
bases, y entonces resultan gravsimos males, pero males que evidencian
la debilidad de la ciencia del hombre. Es menester no olvidarlo:
la ciencia, propiamente dicha, vale poco para la organizacin de
las sociedades; y en los tiempos modernos, en que tan orgullosa se
manifiesta por su pretendida fecundidad, ser bien recordarle que
atribuye  sus trabajos lo que es fruto del transcurso de los siglos,
del sano instinto de los pueblos, y  veces de las inspiraciones de un
genio: y ni el instinto de los pueblos, ni el genio, tienen nada de
parecido  la ciencia.

Pero, dando de mano  esas consideraciones generales, siempre muy
tiles, como que son tan conducentes para el conocimiento del hombre,
qu poda esperarse de la falsa vislumbre de ciencia que se conservaba
sobre las ruinas de las antiguas escuelas,  la poca de que hablamos?
Escasos como eran en semejantes materias los conocimientos de los
filsofos antiguos, aun de los ms aventajados, no puede menos de
confesarse que los nombres de Scrates, de Platn, de Aristteles,
recuerdan algo de respetable; y que, en medio de desaciertos y
aberraciones, ofrecen conceptos dignos de la elevacin de sus genios.
Pero, cuando apareci el Cristianismo, estaban sofocados los grmenes
del saber esparcidos por aquellos grandes hombres: los sueos haban
ocupado el lugar de los pensamientos altos y fecundos; el prurito de
disputar reemplazaba el amor de la sabidura, y los sofismas y las
cavilaciones se haban substitudo  la madurez del juicio y  la
severidad del raciocinio. Derribadas las antiguas escuelas, formadas
de sus escombros otras, tan estriles como extraas, brotaba por todas
partes cuantioso nmero de sofistas, como aquellos insectos inmundos
que anuncian la corrupcin de un cadver. La Iglesia nos ha conservado
un dato preciossimo para juzgar de la ciencia de aquellos tiempos: la
historia de las primeras herejas. Si prescindimos de lo que en ellas
indigna, cual es su profunda inmoralidad, puede darse cosa ms vaca,
ms insulsa, ms digna de lstima?[14]

La legislacin romana, tan recomendable por la justicia y equidad que
entraa y por el tino y sabidura con que resplandece, si bien puede
contarse como uno de los ms preciosos esmaltes de la civilizacin
antigua, no era parte, sin embargo,  prevenir la disolucin de
que estaba amenazada la sociedad. Nunca debi sta su salvacin 
jurisconsultos; porque obra tamaa no est en la esfera del influjo de
la jurisprudencia. Que sean las leyes tan perfectas como se quiera, que
la jurisprudencia se haya levantado al ms alto punto de esplendor, que
los jurisconsultos estn animados de los sentimientos ms puros, que
vayan guiados por las miras ms rectas, de qu servir todo esto, si
el corazn de la sociedad est corrompido, si los principios morales
han perdido su fuerza, si las costumbres estn en perpetua lucha con
las leyes?

Ah estn los cuadros que de las costumbres romanas nos han dejado sus
mismos historiadores, y vase si en ellos se encuentran retratadas la
equidad, la justicia, el buen sentido, que han merecido  las leyes
romanas el honroso dictado de _razn escrita_.

Como una prueba de imparcialidad, omito de propsito el notar
los lunares de que no carece el derecho romano; no fuera que se
me achacase que trato de rebajar todo aquello que no es obra del
Cristianismo. No debe, sin embargo, pasarse por alto que no es verdad
que al Cristianismo no le cupiese ninguna parte en la perfeccin de
la jurisprudencia romana; no slo con respecto al perodo de los
emperadores cristianos, lo que no admite duda, sino tambin hablando
de los anteriores. Es cierto que algn tiempo antes de la venida de
Jesucristo era muy crecido el nmero de las leyes romanas, y que su
estudio y arreglo llamaba la atencin de los hombres ms ilustres.
Sabemos por Suetonio (in _Caesa._, c. 44) que Julio Csar se haba
propuesto la utilsima tarea de reducir  pocos libros lo ms selecto y
necesario que andaba desparramado en la inmensa abundancia de leyes;
un pensamiento semejante haba ocurrido  Cicern, quien escribi un
libro sobre la redaccin metdica del derecho civil (_De iure civili in
arte dirigendo_), como atestigua Gellio (_Noct. Att._, l. 1, c. 22);
y, segn nos dice Tcito (_Ann._, l. 3, c. 28), este trabajo haba
tambin ocupado la atencin del emperador Augusto. Esos proyectos
revelan ciertamente que la legislacin no estaba en su infancia; pero
no deja por ello de ser verdad que el derecho romano, tal como le
tenemos, es casi todo un producto de siglos posteriores. Varios de los
jurisconsultos ms afamados, y cuyas sentencias forman una buena parte
del derecho, vivan largo tiempo despus de la venida de Jesucristo;
y las constituciones de los emperadores llevan en su propio nombre el
recuerdo de su poca.

Asentados estos hechos, observar que, por ser paganos los emperadores
y los jurisconsultos, no se infiere que las ideas cristianas dejasen
de ejercer influencia sobre sus obras. El nmero de los cristianos
era inmenso por todas partes; la misma crueldad con que se los haba
perseguido, la heroica fortaleza con que arrostraban los tormentos y
la muerte, deban de haber llamado la atencin de todo el mundo; y es
imposible que entre los hombres pensadores no se excitara la curiosidad
de examinar cul era la enseanza que la religin nueva comunicaba 
sus proslitos. La lectura de las apologas del Cristianismo, escritas
ya en los primeros siglos con tanta fuerza de raciocinio y elocuencia,
las obras de varias clases publicadas por los primeros Padres, las
homilas de los obispos dirigidas  los pueblos, encierran un caudal
tan grande de sabidura, respiran tanto amor  la verdad y  la
justicia, proclaman tan altamente los eternos principios de la moral,
que no poda menos de hacerse sentir su influencia aun entre aquellos
que condenaban la religin del Crucificado.

Cuando van extendindose doctrinas que tengan por objeto aquellas
grandes cuestiones que ms interesan al hombre, si estas doctrinas
son propagadas con fervoroso celo, aceptadas con ardor por un crecido
nmero de discpulos, y sustentadas con el talento y el saber de
hombres ilustres, dejan en todas direcciones hondos surcos, y afectan
aun  aquellos mismos que las combaten con acaloramiento. Su influencia
en tales casos es imperceptible, pero no deja de ser muy real y
verdadera; se asemejan  aquellas exhalaciones de que se impregna la
atmsfera: con el aire que respiramos absorbemos  veces la muerte, 
veces un aroma saludable que nos purifica y conforta.

No poda menos de verificarse el mismo fenmeno con respecto  una
doctrina predicada de un modo tan extraordinario, propagada con tanta
rapidez, sellada su verdad con torrentes de sangre, y defendida por
escritores tan ilustres como Justino, Clemente de Alejandra, Ireneo
y Tertuliano. La profunda sabidura, la embelesante belleza de las
doctrinas explanadas por los doctores cristianos, deban de llamar
la atencin hacia los manantiales donde las beban; y es regular
que esa picante curiosidad pondra en manos de muchos filsofos y
jurisconsultos los libros de la Sagrada Escritura. Qu tuviera de
extrao que Epicteto se hubiese saboreado largos ratos en la lectura
del _sermn sobre la montaa_; ni que los orculos de la jurisprudencia
recibiesen sin pensarlo las inspiraciones de una religin que,
creciendo de un modo admirable en extensin y pujanza, andaba
apoderndose de todos los rangos de la sociedad? El ardiente amor 
la verdad y  la justicia, el espritu de fraternidad, las grandiosas
ideas sobre la dignidad del hombre, temas perpetuos de la enseanza
cristiana, no eran para quedar circunscritos al solo mbito de los
hijos de la Iglesia. Con ms  menos lentitud, banse filtrando por
todas las clases; y cuando con la conversin de Constantino adquirieron
influencia poltica y predominio pblico, no se hizo otra cosa que
repetir el fenmeno de que, en siendo un sistema muy poderoso en el
orden social, pasa  ejercer un seoro,  al menos su influencia, en
el orden poltico. Con entera confianza abandono estas reflexiones al
juicio de los hombres pensadores, seguro de que, si no las adoptan, al
menos no las juzgarn desatendibles. Vivimos en una poca fecunda en
acontecimientos, y en que se han realizado revoluciones profundas: y
por eso estamos ms en proporcin de comprender los inmensos efectos
de las influencias indirectas y lentas, el poderoso ascendiente de las
ideas, y la fuerza irresistible con que se abren paso las doctrinas.

 esa falta de principios vitales para regenerar la sociedad,  tan
poderosos elementos de disolucin como abrigaba en su seno, allegbase
otro mal, y no de poca cuanta, en lo vicioso de la organizacin
poltica. Doblegada la cerviz del mundo bajo el yugo de Roma, veanse
cien y cien pueblos, muy diferentes en usos y costumbres, amontonados
en desorden como el botn de un campo de batalla, forzados  formar un
cuerpo facticio, como trofeos ensartados en el astil de una lanza.

La unidad en el gobierno no poda ser provechosa, porque era violenta;
y aadindose que esta unidad era desptica, desde la silla del imperio
hasta los ltimos mandarines, no poda traer otro resultado que el
abatimiento y la degradacin de los pueblos; sindoles imposible
desplegar aquella elevacin y energa de nimo, frutos preciosos del
sentimiento de la propia dignidad, y el amor  la independencia de la
patria. Si al menos Roma hubiese conservado sus antiguas costumbres,
si abrigara en su seno aquellos guerreros tan clebres por la fama de
sus victorias como por la sencillez y austeridad de sus costumbres,
pudirase concebir la esperanza de que emanara  los pueblos vencidos
algo de las prendas de los vencedores, como un corazn joven y
robusto reanima con su vigor un cuerpo extenuado con las ms rebeldes
dolencias. Pero desgraciadamente no era as: los Fabios, los Camilos,
los Escipiones, no hubieran conocido su indigna prole; y Roma, la
seora del mundo, yaca esclava bajo los pies de unos monstruos,
que ascendan al trono por el soborno y la violencia, manchaban el
cetro con su corrupcin y crueldad, y acababan la vida en manos de un
asesino. La autoridad del Senado y la del pueblo haban desaparecido:
quedaban tan slo algunos vanos simulacros, _vestigia morientis
libertatis_, como los apellida Tcito; vestigios de la libertad
expirante; y aquel pueblo rey, _que antes distribua el imperio, las
fasces, las legiones, y todo,  la sazn ansiaba tan slo dos cosas:
pan y juegos_.

    Qui dabat olim
    Imperiun, fasces, legiones, omnia, nunc se
    Continet, atque duas tantum res anxius optat:
    Panem et circenses.

                          (JUVENAL, SATYR. 10.)

Vino, por fin, la plenitud de los tiempos: el Cristianismo apareci, y
sin proclamar ninguna alteracin en las formas polticas, sin atentar
contra ningn gobierno, sin ingerirse en nada que fuese mundanal y
terreno, llev  los hombres una doble salud, llamndolos al camino
de una felicidad eterna, al paso que iba derramando  manos llenas
el nico preservativo contra la disolucin social, el germen de una
regeneracin lenta y pacfica, pero grande, inmensa, duradera,  la
prueba de los trastornos de los siglos. Y ese preservativo contra
la disolucin social, y ese germen de inestimables mejoras, era una
enseanza elevada y pura, derramada sobre todos los hombres, sin
excepcin de edades, de sexos, de condiciones, como una lluvia benfica
que se desata en suavsimos raudales sobre una campia mustia y
agostada.

No hay religin que se haya igualado al Cristianismo, ni en conocer el
secreto de dirigir al hombre, ni cuya conducta en esa direccin sea un
testimonio ms solemne del reconocimiento de la alta dignidad humana.
El Cristianismo ha partido siempre del principio de que el primer paso
para apoderarse de todo el hombre es apoderarse de su entendimiento;
que, cuando se trata de extirpar un mal,  de producir un bien, es
necesario tomar por blanco principal las ideas, dando de esta manera un
golpe mortal  los sistemas de violencia, que tanto dominan dondequiera
que l no existe, y proclamando la saludable verdad de que, cuando se
trata de dirigir  los hombres, el medio ms indigno y ms dbil es la
fuerza. Verdad benfica y fecunda, que abra  la humanidad un nuevo y
venturoso porvenir.

Slo desde el Cristianismo se encuentran, por decirlo as, ctedras de
la ms sublime filosofa, abiertas  todas horas, en todos lugares,
para todas las clases del pueblo: las ms altas verdades sobre Dios
y el hombre, las reglas de la moral ms pura, no se limitan ya  ser
comunicadas  un nmero escogido de discpulos en lecciones ocultas
y misteriosas: la sublime filosofa del Cristianismo ha sido ms
resuelta, se ha atrevido  decir  los hombres la verdad entera y
desnuda, y eso en pblico, en alta voz, con aquella generosa osada,
compaera inseparable de la verdad.

Lo que os digo de noche, decidlo  la luz del da, y lo que os digo
al odo, predicadlo desde los terrados. As hablaba Jesucristo  sus
discpulos. (Mat., c. 10, v. 27.)

Luego que se hallaron encarados el Cristianismo y el paganismo, hzose
palpable la superioridad de aqul, no tan slo por el contenido de las
doctrinas, sino tambin por el modo de propagarlas: pdose conocer
desde luego que una religin cuya enseanza era tan sabia y tan pura,
y que, para difundirla, se encaminaba sin rodeos, en derechura, al
entendimiento y al corazn, haba de desalojar bien pronto de sus
usurpados dominios  otra religin de impostura y mentira. Y, en
efecto, qu haca el paganismo para el bien de los hombres? cul
era su enseanza sobre las verdades morales? qu diques opona  la
corrupcin de costumbres? Por lo que toca  las costumbres, dice 
este propsito San Agustn, cmo no cuidaron los dioses de que sus
adoradores no las tuvieran tan depravadas? El verdadero Dios,  quien
no adoraban, los desech, y con razn; pero los dioses, cuyo culto se
quejan que se les prohiba esos hombres ingratos, esos dioses, por qu
 sus adoradores no les ayudaron con ley alguna para vivir? Ya que
los hombres cuidaban del culto, justo era que los dioses no olvidasen
el cuidado de la vida y costumbres. Se me dir que nadie es malo sino
por su voluntad; quin lo niega? Pero cargo era de los dioses, no
ocultar  los pueblos sus adoradores los preceptos de la moral, sino
predicrselos  las claras, reconvenir y reprender por medio de los
vates  los pecadores, amenazar pblicamente con la pena  los que
obraban mal, y prometer premios  los que obraban bien. En los templos
de los dioses, cundo reson una voz alta y vigorosa que  tamao
objeto se dirigiese? (_De Civit. Dei_, l. 2, c. 4.) Traza en seguida
el Santo Doctor un negro cuadro de las torpezas y abominaciones que se
cometan en los espectculos y juegos sagrados celebrados en obsequio
de los dioses,  que l mismo dice que haba asistido en su juventud, y
luego contina: Infirese de esto que no se curaban aquellos dioses de
la vida y costumbres de las ciudades y naciones que les rendan culto,
dejndolas que se abandonasen  tan horrendos y detestables males, no
daando tan slo  sus campos y viedos, no  su casa y hacienda, no al
cuerpo sujeto  la mente, sino permitindoles, sin ninguna prohibicin
imponente, que abrevasen de maldad  la directora del cuerpo,  su
misma alma. Y, si se pretende que vedaban tales maldades, que se nos
manifieste, que se nos pruebe. Jctanse de no s qu susurros que
sonaban  los odos de muy pocos, en que, bajo un velo misterioso, se
enseaban los preceptos de una vida honrada y pura; pero mustrennos
los lugares sealados para semejantes reuniones, no los lugares donde
los farsantes ejecutaban los juegos con voces y acciones obscenas, no
donde se celebraban las fiestas fugales con la ms estragada licencia,
sino donde oyesen los pueblos los preceptos de los dioses, sobre
reprimir la codicia, quebrantan la ambicin, y refrenar los placeres;
donde aprendiesen esos infelices aquella enseanza que con severo
lenguaje les recomendaba Persio (_Satyr._ 3) cuando deca: Aprended,
oh miserables,  conocer las causas de las cosas, lo que somos, 
qu nacimos, cul debe ser nuestra conducta, cun deleznable es el
trmino de nuestra carrera, cul es la razonable templanza en el amor
del dinero, cul su utilidad verdadera, cul la norma de nuestra
liberalidad con nuestros deudos y nuestra patria,  dnde te ha llamado
Dios y cul es el lugar que ocupas entre los hombres. Dgasenos en qu
lugares solan recitarse de parte de los dioses semejantes preceptos,
dnde pudiesen oirlos con frecuencia los pueblos sus adoradores;
mustrensenos estos lugares, as como nosotros mostramos iglesias
institudas para este objeto, dondequiera que se ha difundido la
religin cristiana. (_De Civit. Dei_, l. 2, c. 6.)

Esta religin divina, profunda conocedora del hombre, no ha olvidado
jams la debilidad  inconstancia que le caracterizan; y por esta
causa ha tenido siempre por invariable regla de conducta, inculcarle
sin cesar, con incansable constancia, con paciencia inalterable,
las saludables verdades de que dependen su bienestar temporal y
su felicidad eterna. En tratndose de verdades morales, el hombre
olvida fcilmente lo que no resuena de continuo  sus odos; y, si se
conservan las buenas mximas en su entendimiento, quedan como semilla
estril, sin fecundar el corazn. Bueno es y muy saludable que los
padres comuniquen esta enseanza  sus hijos: bueno es y muy saludable
que sea ste un objeto preferente en la educacin privada; pero es
necesario, adems, que haya un ministerio pblico que no le pierda
nunca de vista, que se extienda  todas las clases y  todas las
edades, que supla el descuido de las familias, que avive los recuerdos
y las impresiones que las pasiones y el tiempo van de continuo
borrando.

Es tan importante para la instruccin y moralidad de los pueblos
ese sistema de continua predicacin y enseanza practicado en
todas pocas y lugares por la Iglesia catlica, que debe juzgarse
como un gran bien el que, en medio del prurito que atorment  los
primeros protestantes, de desechar todas las prcticas de la Iglesia,
conservasen, sin embargo, la de la predicacin. Y no es necesario
por eso el desconocer los daos que en ciertas pocas han trado las
violentas declamaciones de algunos ministros,  insidiosos  fanticos;
sino que, en el supuesto de haberse roto la unidad, en el supuesto de
haberse arrojado  los pueblos por el azaroso camino del cisma, habr
infludo no poco en la conservacin de las ideas ms capitales sobre
Dios y el hombre, y de las mximas fundamentales de la moral, el oir
los pueblos con frecuencia explicadas semejantes verdades por quien
las haba estudiado de antemano en la Sagrada Escritura. Sin duda que
el golpe mortal dado  las jerarquas por el sistema protestante, y
la consiguiente degradacin del sacerdocio, hace que la ctedra de
la predicacin no tenga entre los disidentes el sagrado carcter de
ctedra del Espritu Santo; sin duda que es un grande obstculo, para
que la predicacin pueda dar fruto, el que un ministro protestante no
pueda ya presentarse como un ungido del Seor, sino que, como ha dicho
un escritor de talento, slo sea _un hombre vestido de negro que sube
al plpito todos los domingos para hablar de cosas razonables_; pero
al menos oyen los pueblos algunos trozos de las excelentes plticas
morales que se encuentran en el Sagrado Texto; tienen con frecuencia
 su vista los edificantes ejemplos esparcidos en el viejo y nuevo
Testamento; y, sobre todo, se les refieren  menudo los pasos de la
vida de Jesucristo, de esa vida admirable, modelo de toda perfeccin;
y que, aun mirada con ojos humanos, es, en confesin de todo el mundo,
la pura santidad por excelencia, el ms hermoso conjunto moral que se
viera jams, la realizacin de un bello ideal que bajo la forma humana
jams concibi la filosofa en sus altos pensamientos, jams retrat
la poesa en sus sueos ms brillantes. Esto es muy til, altamente
saludable; porque siempre lo es el nutrir el nimo de los pueblos con
el jugoso alimento de las verdades morales, y el excitarlos  la virtud
con el estmulo de tan altos ejemplos.




CAPITULO XV


Por grande que fuese la importancia dada por la Iglesia  la
propagacin de la verdad, y por ms convencida que estuviera de que,
para disipar esa informe masa de inmoralidad y degradacin que se
ofreca  su vista, el primer cuidado haba de dirigirse  exponer el
error al disolvente fuego de las doctrinas verdaderas, no se limit 
esto; sino que, descendiendo al terreno de los hechos, y siguiendo un
sistema lleno de sabidura y cordura, hizo de manera que la humanidad
pudiese gustar el precioso fruto, que hasta en las cosas terrenas
dan las doctrinas de Jesucristo. No fu la Iglesia slo una _escuela
grande y fecunda, fu una asociacin regeneradora_; no esparci sus
doctrinas generales arrojndolas como al acaso, con la esperanza de
que fructificaran con el tiempo, sino que las desenvolvi en todas
sus relaciones, las aplic  todos los objetos, procur inculcarlas
 las costumbres y  las leyes, y realizarlas en instituciones que
sirviesen de silenciosa, pero elocuente, enseanza  las generaciones
venideras. Vease desconocida la dignidad del hombre, reinando por
doquiera la esclavitud; degradada la mujer, ajndola la corrupcin
de costumbres y abatindola la tirana del varn; adulteradas las
relaciones de familia, concediendo la ley al padre unas facultades
que jams le di la naturaleza; despreciados los sentimientos de
humanidad en el abandono de la infancia, en el desamparo del pobre y
del enfermo; llevadas al ms alto punto la barbarie y la crueldad en
el derecho atroz que regulaba los procedimientos de la guerra; vease,
por fin, coronando el edificio social, rodeada de satlites y cubierta
de hierro, la odiosa tirana, mirando con despreciador desdn  los
infelices pueblos que yacan  sus plantas, amarrados con remachadas
cadenas.

En tamao conflicto no era pequea empresa la de desterrar el error,
reformar y suavizar las costumbres, abolir la esclavitud, corregir los
vicios de la legislacin, enfrenar el poder y harmonizarle con los
intereses pblicos, dar nueva vida al individuo, reorganizar la familia
y la sociedad; y, sin embargo, esto, y nada menos que esto, ejecut la
Iglesia.

Empecemos por la esclavitud. sta es una materia que conviene
profundizar, dado que encierra una de las cuestiones que ms pueden
excitar la curiosidad de la ciencia,  interesar los sentimientos del
corazn. Quin ha abolido entre los pueblos cristianos la esclavitud?
Fu el Cristianismo? y fu l solo, con sus ideas grandiosas sobre
la dignidad del hombre, con sus mximas y espritu de fraternidad y
caridad, y, adems, con su conducta prudente, suave y benfica? Me
lisonjeo de poder manifestar que s.

Ya no se encuentra quien ponga en duda que la Iglesia catlica ha
tenido una poderosa influencia en la abolicin de la esclavitud; es
una verdad demasiado clara, salta  los ojos con sobrada evidencia,
para que sea posible combatirla. M. Guizot, reconociendo el empeo
y la eficacia con que trabaj la Iglesia para la mejora del estado
social, dice: Nadie ignora con cunta obstinacin combati los vicios
de aquel estado, la esclavitud por ejemplo. Pero  rengln seguido, y
como si le pesase de asentar sin ninguna limitacin un hecho que por
necesidad haba de excitar  favor de la Iglesia catlica las simpatas
de la humanidad entera, contina: Mil veces se ha dicho y repetido
que la abolicin de la esclavitud en los tiempos modernos, es debida
enteramente  las mximas del Cristianismo. Esto es,  mi entender,
adelantar demasiado: mucho tiempo subsisti la esclavitud en medio
de la sociedad cristiana, sin que semejante estado la confundiese 
irritase mucho. Muy errado anda M. Guizot, queriendo probar que no es
debida exclusivamente al Cristianismo la abolicin de la esclavitud,
porque subsistiese tal estado por mucho tiempo en medio de la sociedad
cristiana. Si se quera proceder con buena lgica, era necesario mirar
antes si la abolicin repentina de la esclavitud era posible; y si el
espritu de orden y de paz que anima  la Iglesia, poda permitir que
se arrojase  una empresa, con la que hubiera trastornado el mundo,
sin alcanzar el objeto que se propona. El nmero de los esclavos era
inmenso; la esclavitud estaba profundamente arraigada en las ideas, en
las costumbres, en las leyes, en los intereses individuales y sociales:
sistema funesto, sin duda, pero que era una temeridad pretender
arrancarle de un golpe, pues que sus races penetraban muy hondo, se
extendan  largo trecho debajo de las entraas de la tierra.

Contronse en un censo de Atenas veinte mil ciudadanos y cuarenta mil
esclavos; en la guerra del Peloponeso se les pasaron  los enemigos
nada menos que veinte mil, segn refiere Tucdides. El mismo autor nos
dice que en Cho era crecidsimo el nmero de los esclavos, y que la
defeccin de stos, pasndose  los atenienses, puso en apuros  sus
dueos; y, en general, era tan grande su nmero en todas partes, que
no pocas veces estaba en peligro por ellos la tranquilidad pblica.
Por esta causa era necesario tomar precauciones para que no pudieran
concertarse. Es muy conveniente, dice Platn (_Dil. 6. De las
leyes_), que los esclavos no sean de un mismo pas, y que, en cuanto
fuere posible, sean discordes sus costumbres y voluntades, pues que
repetidas experiencias han enseado en las frecuentes defecciones que
se han visto entre los mesenios, y en las dems ciudades que tienen
muchos esclavos de una misma lengua, cuntos daos suelen de esto
resultar.

Aristteles en su _Economa_ (1. 1, c. 5) da varias reglas sobre el
modo con que deben tratarse los esclavos, y es notable que coincide
con Platn, advirtiendo expresamente: que no se han de tener muchos
esclavos de un mismo pas. En su _Poltica_ (l. 2, c. 7) nos dice
que los tesalios se vieron en graves apuros por la muchedumbre de
sus penestas, especie de esclavos; aconteciendo lo propio  los
lacedemonios, de parte de los ilotas. Con frecuencia ha sucedido,
dice, que los penestas se han sublevado en Tesalia; y los lacedemonios,
siempre que han sufrido alguna calamidad, se han visto amenazados por
las conspiraciones de los ilotas. sta era una dificultad que llamaba
seriamente la atencin de los polticos, y no saban cmo salvar los
inconvenientes que consigo traa esa inmensa muchedumbre de esclavos.
Lamntase Aristteles de cun difcil era acertar en el verdadero modo
de tratarlos, y se conoce que era sta una materia que daba mucho
cuidado. Transcribir sus propias palabras:  la verdad, que el modo
con que se debe tratar  esa clase de hombres es tarea trabajosa y
llena de cuidados: porque, si se usa de blandura, se hacen petulantes
y quieren igualarse con los dueos: y, si se los trata con dureza,
conciben odio y maquinan asechanzas.

En Roma era tal la multitud de esclavos, que, habindose propuesto el
darles un traje distintivo, se opuso  esta medida el Senado, temeroso
de que, si ellos llegaban  conocer su nmero, peligrase el orden
pblico: y  buen seguro que no eran vanos semejantes temores, pues que
ya de mucho antes haban los esclavos causado considerables trastornos
en Italia. Platn, para apoyar el consejo arriba citado, recuerda
que los esclavos repetidas veces haban devastado la Italia con la
piratera y el latrocinio; y en tiempos ms recientes, Espartaco,  la
cabeza de un ejrcito de esclavos, fu por algn tiempo el terror de
Italia, y di mucho que entender  distinguidos generales romanos.

Haba llegado  tal exceso en Roma el nmero de los esclavos, que
muchos dueos los tenan  centenares. Cuando fu asesinado el prefecto
de Roma Pedanio Secundo, fueron sentenciados  muerte 400 esclavos
suyos (Tcit., _Ann._, l. 14); y Pudentila, mujer de Apuleyo, los tena
en tal abundancia, que di  sus hijos nada menos que 400. Esto haba
llegado  ser un objeto de lujo, y  competencia se esforzaban los
romanos en distinguirse por el nmero de sus esclavos. Queran que, al
hacerse la pregunta de _Quot pascit servos_, cuntos esclavos mantiene,
segn expresin de Juvenal (_Satyr._ 3, v. 140), pudiesen ostentarlos
en grande abundancia; llegando la cosa  tal extremo, que, segn nos
asegura Plinio, ms bien que al squito de una familia, se parecan 
un verdadero ejrcito.

No era solamente en Grecia  Italia donde era tan crecido el nmero de
los esclavos; en Tiro se sublevaron contra sus dueos, y, favorecidos
por su inmenso nmero, lo hicieron con tal resultado, que los
degollaron  todos. Pasando  pueblos brbaros, y prescindiendo de
otros ms conocidos, nos refiere Herodoto (lib. 3) que, volviendo de la
Media, los escitas se encontraron con los esclavos sublevados, vindose
forzados los dueos  cederles el terreno, abandonando su patria; y
Csar en sus comentarios (_De Bello Gall._, lib. 6) nos atestigua lo
abundantes que eran los esclavos en la Galia.

Siendo tan crecido en todas partes el nmero de esclavos, ya se ve que
era del todo imposible predicar su libertad, sin poner en conflagracin
el mundo. Desgraciadamente, queda todava en los tiempos modernos un
punto de comparacin, que, si bien en una escala muy inferior, no deja
de cumplir  nuestro propsito. En una colonia donde los esclavos
negros sean muy numerosos, quin se arroja de golpe  ponerlos en
libertad? Y cunto se agrandan las dificultades, qu dimensin tan
colosal adquiere el peligro, tratndose, no de una colonia, sino del
universo? El estado intelectual y moral de los esclavos los haca
incapaces de disfrutar de un tal beneficio en provecho suyo y de la
sociedad; y en su embrutecimiento, aguijoneados por el rencor y por el
deseo de venganza nutridos en sus pechos con el mal tratamiento que
se les daba, hubieran reproducido en grande las sangrientas escenas
con que dejaran ya manchadas en tiempos anteriores las pginas de
la historia. Y qu hubiera acontecido entonces? Que, amenazada la
sociedad por tan horroroso peligro, se hubiera puesto en vela contra
los principios favorecedores de la libertad, hubiralos en adelante
mirado con prevencin y suspicaz desconfianza, y, lejos de aflojar
las cadenas de los esclavos, se las habra remachado con ms ahinco y
tenacidad. De aquella inmensa masa de hombres brutales y furibundos,
puestos sin preparacin en libertad y movimiento, era imposible que
brotase una organizacin social: porque una organizacin social no se
improvisa, y mucho menos con semejantes elementos; y, en tal caso,
habindose de optar entre la esclavitud y el aniquilamiento del
orden social, el instinto de conservacin que anima  la sociedad,
como  todos los seres, hubiera acarreado indudablemente la duracin
de la esclavitud all donde hubiese permanecido todava, y su
restablecimiento all donde se la hubiese destrudo.

Los que se han quejado de que el Cristianismo no anduviera ms pronto
en la abolicin de la esclavitud, deban recordar que, aun cuando
supongamos posible una emancipacin repentina  muy rpida, aun cuando
queramos prescindir de los sangrientos trastornos que por necesidad
habran resultado, la sola fuerza de las cosas, saliendo al paso con
sus obstculos insuperables, hubiera inutilizado semejante medida.
Demos de mano  todas las consideraciones sociales y polticas, y
fijmonos nicamente en las econmicas. Por de pronto era necesario
alterar todas las relaciones de la propiedad: porque, figurando en ella
los esclavos como una parte principal, cultivando ellos las tierras,
ejerciendo los oficios mecnicos, en una palabra, estando distribudo
entre ellos lo que se llama trabajo, y hecha esta distribucin en
el supuesto de la esclavitud, quitada esta base se acarreaba una
dislocacin tal, que la mente no alcanza  comprender sus ltimas
consecuencias.

Quiero suponer que se hubiese procedido  despojos violentos, que
se hubiese intentado un reparto, una nivelacin de propiedades; que
se hubiesen distribudo tierras  los emancipados, y que  los ms
opulentos seores se les hubiese forzado  manejar el azadn y el
arado; quiero suponer realizados todos estos absurdos, todos esos
sueos de un delirante: ni aun as, se habra salido del paso: porque
es menester no olvidar que la produccin de los medios de subsistencia
ha de estar en proporcin con las necesidades de los que han de
subsistir; y esto era imposible, supuesta la emancipacin de los
esclavos. La produccin estaba regulada, no suponiendo precisamente el
nmero de individuos que  la sazn existan, sino tambin que la mayor
parte de stos eran esclavos; y las necesidades de un hombre libre son
alguna cosa ms que las necesidades de un esclavo.

Si ahora, despus de diez y ocho siglos, rectificadas las ideas,
suavizadas las costumbres, mejoradas las leyes, amaestrados los pueblos
y los gobiernos, fundados tantos establecimientos pblicos para el
socorro de la indigencia, ensayados tantos sistemas para la buena
distribucin del trabajo, repartidas de un modo ms equitativo las
riquezas, hay todava tantas dificultades para que un nmero inmenso
de hombres no sucumba vctima de horrorosa miseria; si es ste el mal
terrible que atormenta  la sociedad, y que pesa sobre su porvenir como
un sueo funesto, qu hubiera sucedido con la emancipacin universal
al principio del Cristianismo, cuando los esclavos no eran reconocidos
en el derecho como _personas_, sino como _cosas_; cuando su unin
conyugal no era juzgada como matrimonio, cuando la pertenencia de los
frutos de esa unin era declarada por las mismas reglas que rigen con
respecto  los brutos, cuando el infeliz esclavo era maltratado,
atormentado, vendido, y aun muerto, conforme  los caprichos de su
dueo? No salta  los ojos que el curar males semejantes era obra de
siglos? No es esto lo que nos estn enseando las consideraciones de
humanidad, de poltica y de economa?

Si se hubiesen hecho insensatas tentativas,  no tardar mucho, los
mismos esclavos habran protestado contra ellas, reclamando una
esclavitud que al menos les aseguraba pan y abrigo, y despreciando
una libertad incompatible con su existencia. ste es el orden de la
naturaleza: el hombre necesita ante todo tener para vivir, y si le
faltan los medios de subsistencia, no le halaga la misma libertad. No
es necesario recorrer  ejemplos de particulares, que se nos ofrecieran
con abundancia; en pueblos enteros se ha visto una prueba patente de
esta verdad. Cuando la miseria es excesiva, difcil es que no traiga
consigo el envilecimiento, sofocando los sentimientos ms generosos,
desvirtuando los encantos que ejercen sobre nuestro corazn las
palabras de independencia y libertad. La plebe, dice Csar, hablando
de los galos (_Bello Gallico_, lib. 6), est casi en el lugar de los
esclavos, y de s misma ni se atreve  nada, ni es contado su voto para
nada; y muchos hay que, agobiados de deudas y de tributos,  oprimidos
por los poderosos, _se entregan  los nobles en esclavitud_: habiendo
sobre stos as entregados, todos los mismos derechos que sobre los
esclavos. En los tiempos modernos no faltan tampoco semejantes
ejemplos; porque sabido es que entre los chinos abundan en gran manera
los esclavos, cuya esclavitud no reconoce otro origen, sino que ellos 
sus padres no se vieron capaces de proveer  su subsistencia.

Estas reflexiones, apoyadas en datos que nadie me podr contestar,
manifiestan hasta la evidencia la profunda sabidura del Cristianismo
en proceder con tanto miramiento en la abolicin de la esclavitud.
Hzose todo lo que era posible en favor de la libertad del hombre; no
se adelant ms rpidamente en la obra, porque no poda ejecutarse sin
malograr la empresa, sin poner gravsimos obstculos  la deseada
emancipacin. He aqu el resultado que, al fin, vienen  dar siempre
los cargos que se hacen  algn procedimiento de la Iglesia: se le
examina  la luz de la razn, se le coteja con los hechos, vinindose
 parar  que el procedimiento de que se la culpa, est muy conforme
con lo que dicta la ms alta sabidura, y con los consejos de la ms
exquisita prudencia.

Qu quiere decirnos, pues, M. Guizot cuando, despus de haber
confesado que el Cristianismo trabaj con ahinco en la abolicin de
la esclavitud, le echa en cara el que consintiese por largo tiempo su
duracin? Con qu lgica pretende de aqu inferir que no es verdad
que sea debido exclusivamente al Cristianismo ese inmenso beneficio
dispensado  la humanidad? Dur siglos la esclavitud en medio del
Cristianismo, es cierto; pero anduvo siempre en decadencia, y su
duracin fu slo la necesaria para que el beneficio se realizase sin
violencias, sin trastornos, asegurando su universalidad y su perpetua
conservacin. Y de estos siglos en que dur, dbese todava cercenar
una parte muy considerable,  causa de que, en los tres primeros, se
hall la Iglesia proscripta  menudo, mirada siempre con aversin, y
enteramente privada de ejercer influjo directo sobre la organizacin
social. Dbese tambin descontar mucho de los siglos posteriores,
porque haba transcurrido todava muy poco tiempo desde que la Iglesia
ejerca su influencia directa y pblica, cuando sobrevino la irrupcin
de los brbaros del Norte, que, combinada con la disolucin de que se
hallaba atacado el imperio, y que cunda de un modo espantoso, acarre
un trastorno tal, una mezcolanza tan informe de lenguas, de usos, de
costumbres y de leyes, que no era casi posible ejercer con mucho fruto
una accin reguladora. Si en tiempos ms cercanos ha costado tanto
trabajo el destruir el feudalismo, si despus de siglos de combates
quedan todava en pie muchas de sus reliquias, si el trfico de los
negros,  pesar de ser limitado  determinados pases,  peculiares
circunstancias, est todava resistiendo al grito universal de
reprobacin que contra semejante infamia se levanta de los cuatro
ngulos del mundo, cmo hay quien se atreva  manifestar extraeza,
 inculpar al Cristianismo, porque la esclavitud dur algunos siglos,
despus de proclamadas la fraternidad entre todos los hombres, y su
igualdad ante Dios?




CAPITULO XVI


Afortunadamente la Iglesia catlica fu ms sabia que los filsofos,
y supo dispensar  la humanidad el beneficio de la emancipacin, sin
injusticias y trastornos: ella regenera las sociedades, pero no lo hace
en baos de sangre. Veamos, pues, cul fu su conducta en la abolicin
de la esclavitud.

Mucho se ha encarecido ya el espritu de amor y fraternidad que anima
al Cristianismo; y esto basta para convencer de que debi de ser grande
la influencia que tuvo en la grande obra de que estamos hablando.
Pero quizs no se ha explorado bastante todava cules son los medios
positivos, prcticos, digmoslo as, de que ech mano para conseguir su
objeto. Al travs de la obscuridad de los siglos, en tanta complicacin
y variedad de circunstancias, ser posible rastrear algunos hechos que
sean como las huellas que indiquen el camino seguido por la Iglesia
catlica para libertar  una inmensa porcin del linaje humano de la
esclavitud en que gema? Ser posible decir algo ms que algunos
encomios generales de la caridad cristiana? Ser posible sealar un
plan, un sistema, y probar su existencia y desarrollo, apoyndose,
no precisamente en expresiones sueltas, en pensamientos altos, en
sentimientos generosos, en acciones aisladas de algunos hombres
ilustres, sino en hechos positivos, en documentos histricos, que
manifiesten cul era el espritu y la tendencia del mismo cuerpo de la
Iglesia? Creo que s: y no dudo que me sacar airoso en la empresa lo
que puede haber de ms convincente y decisivo en la materia,  saber:
los monumentos de la legislacin eclesistica.

Y ante todo no ser fuera del caso recordar lo que se lleva ya indicado
anteriormente: que, cuando se trata de conducta, de designios, de
tendencias, con respecto  la Iglesia, no es necesario suponer que
esos designios cupieran en toda su extensin en la mente de ningn
individuo en particular, ni que todo el mrito y efecto de semejante
conducta fuesen bien comprendidos por ninguno de los que en ella
intervenan: y aun puede decirse que no es necesario suponer que los
primeros cristianos conociesen toda la fuerza de las tendencias del
Cristianismo con respecto  la abolicin de la esclavitud. Lo que
conviene manifestar es que se obtuvo el resultado por las doctrinas y
la conducta de la Iglesia; pues que entre los catlicos, si bien se
estiman los mritos y el grandor de los individuos en lo que valen, no
obstante, cuando se habla de la Iglesia, desaparecen los individuos;
sus pensamientos y su voluntad son nada, porque el espritu que anima,
que vivifica y dirige  la Iglesia, no es el espritu del hombre,
sino el Espritu del mismo Dios. Los que no pertenezcan  nuestra
creencia, echarn mano de otros nombres; pero estaremos conformes,
cuando menos, en que, mirados los hechos de esta manera, elevados
sobre el pensamiento y voluntad del individuo, conservan mucho mejor
sus verdaderas dimensiones, y no se quebranta en el estudio de la
historia la inmensa cadena de los sucesos. Dgase que la conducta de la
Iglesia fu inspirada y dirigida por Dios,  bien que fu hija de un
_instinto_, que fu el _desarrollo de una te tendencia entraada por
sus doctrinas_; emplense estas  aquellas expresiones, hablando como
catlico  como filsofo: en esto no es menester detenerse ahora; que
lo que conviene manifestar es que ese instinto fu generoso y atinado,
que esa tendencia se diriga  un grande objeto y que lo alcanz.

Lo primero que hizo el Cristianismo con respecto  los esclavos,
fu disipar los errores que se oponan, no slo  su emancipacin
universal, sino hasta  la mejora de su estado; es decir, que la
primera fuerza que despleg en el ataque fu, segn tiene de costumbre,
_la fuerza de las ideas_. Era este primer paso tanto ms necesario
para curar el mal, cuanto aconteca en l lo que suele suceder en
todos los males, que andan siempre acompaados de algn error, que, 
los produce,  los fomenta. Haba no slo la opresin, la degradacin
de una gran parte de la humanidad; sino que estaba muy acreditada una
opinin errnea, que procuraba humillar ms y ms  esa parte de la
humanidad. La raza de los esclavos era, segn dicha opinin, una raza
vil, que no se levantaba ni de mucho al nivel de la de los hombres
libres: era una raza degradada por el mismo Jpiter, marcada con un
sello humillante por la naturaleza misma, destinada ya de antemano 
ese estado de abyeccin y vileza. Doctrina ruin sin duda, desmentida
por la naturaleza humana, por la historia, por la experiencia, pero
que no dejaba por esto de contar distinguidos defensores, y que, con
ultraje de la humanidad y escndalo de la razn, la vemos proclamar por
largos siglos, hasta que el Cristianismo vino  disiparla, tomando  su
cargo la vindicacin de los derechos del hombre.

Homero nos dice (_Odis._, 17) que Jpiter quit la mitad de la mente
 los esclavos. En Platn encontramos el rastro de la misma doctrina,
pues que, si bien en boca de otros, como acostumbra, no deja, sin
embargo, de aventurar lo siguiente: Se dice que en el nimo de los
esclavos nada hay de sano ni entero, y que un hombre prudente no debe
fiarse de esa casta de hombres, cosa que atestigua tambin el ms sabio
de nuestros poetas; citando en seguida el pasaje de Homero, arriba
indicado (_Plat._, _l. de las Leyes._) Pero donde se encuentra esa
degradante doctrina en toda su negrura y desnudez, es en la _Poltica_
de Aristteles. No ha faltado quien ha querido defenderle, pero en
vano; porque sus propias palabras le condenan sin remedio. Explicando
en el primer captulo de su obra la constitucin de la familia, y
proponindose fijar las relaciones entre el marido y la mujer, y entre
el seor y el esclavo, asienta que, as como la hembra es naturalmente
diferente del varn, as el esclavo es diferente del dueo; he aqu sus
palabras: _y as la hembra y el esclavo son distinguidos por la misma
naturaleza_. Esta expresin no se le escap al filsofo, sino que la
dijo con pleno conocimiento, y no es otra cosa que el compendio de su
teora. En el captulo 3 contina analizando los elementos que componen
la familia y, despus de asentar que una familia perfecta consta de
libres y de esclavos, se fija en particular sobre los ltimos, y
empieza combatiendo una opinin que pareca favorecerles demasiado.
Hay algunos, dice, que piensan que la esclavitud es cosa fuera del
orden de la naturaleza; pues que slo viene de la ley el ser ste
esclavo y aqul libre, ya que por la naturaleza en nada se distinguen.
Antes de rebatir esta opinin, explica las relaciones del dueo y del
esclavo, valindose de la semejanza del artfice y del instrumento, y
tambin del alma y del cuerpo, y contina: Si se comparan el macho
y la hembra, aqul es superior y por esto manda, sta inferior y por
esto obedece, y lo propio ha de suceder en todos los hombres; y _as
aquellos que son tan inferiores cuanto lo es el cuerpo respecto del
alma, y el bruto respecto del hombre, y cuyas facultades consisten
principalmente en el uso del cuerpo, siendo este uso el mayor provecho
que de ellos se saca, stos son esclavos por naturaleza_.  primera
vista podra parecer que el filsofo habla solamente de los fatuos,
pues as parecen indicarlo sus palabras; pero veremos en seguida por el
contexto que no es tal su intencin. Salta  la vista que, si hablara
de los fatuos, nada probara contra la opinin que se propone impugnar,
siendo el nmero de stos tan escaso, que es nada en comparacin de
la generalidad de los hombres: adems que, si  los fatuos quisiera
ceirse, de qu sirviera su teora, fundada nicamente en una
excepcin monstruosa y muy rara?

Pero no necesitamos andarnos en conjeturas sobre la verdadera mente
del filsofo; l mismo cuida de explicrnosla, revelndonos, al propio
tiempo, el por qu se haba valido de expresiones tan fuertes, que
parecan sacar la cuestin de su quicio. Nada menos se propone que
atribuir  la naturaleza el expreso designio de producir hombres de
dos clases: unos nacidos para la libertad, otros para la esclavitud.
El pasaje es demasiado importante y curioso para que podamos dejar de
copiarle. Dice as: _Bien quiere la naturaleza procrear diferentes
los cuerpos de los libres y los de los esclavos: de manera que los
de stos sean robustos, y  propsito para los usos necesarios, y
los de aqullos bien formados, intiles s para trabajos serviles,
pero acomodados para la vida civil, que consiste en el manejo de
los negocios de la guerra y de la paz_; pero muchas veces sucede lo
contrario, y  unos les cabe cuerpo de esclavo y  otros alma de libre.
No hay duda que, si en el cuerpo se aventajasen tanto algunos como las
imgenes de los dioses, todo el mundo sera de parecer que debieran
servirlos aquellos que no hubiesen alcanzado tanta gallarda. Si esto
es verdad hablando del cuerpo, mucho ms lo es hablando del alma; bien
que no es tan fcil ver la hermosura de sta como la de aqul; y as
no puede dudarse que hay algunos hombres nacidos para la libertad, as
como hay otros nacidos para la esclavitud: esclavitud que,  ms de ser
til  los mismos esclavos, es tambin _justa_.

Miserable filosofa! que para sostener un estado degradante necesitaba
apelar  tamaas cavilaciones, achacando  la naturaleza la intencin
de procrear diferentes castas, nacidas las unas para dominar, las
otras para servir: filosofa cruel! la que as procuraba quebrantar
los lazos de fraternidad con que el Autor de la naturaleza ha querido
vincular al humano linaje, que as se empeaba en levantar una
barrera entre hombre y hombre, que as ideaba teoras para sostener
la desigualdad; y no aquella desigualdad que resulta necesariamente
de toda organizacin social, sino una desigualdad tan terrible y
degradante cual es la de la esclavitud.

Levanta el Cristianismo la voz, y en las primeras palabras que
pronuncia sobre los esclavos los declara iguales en dignidad de
naturaleza  los dems hombres: iguales tambin en la participacin
de las gracias que el Espritu Divino va  derramar sobre la tierra.
Es notable el cuidado con que insiste sobre este punto el apstol San
Pablo: no parece sino que tena  la vista las degradantes diferencias
que por un funesto olvido de la dignidad del hombre se queran sealar:
nunca se olvida de inculcar la nulidad de la diferencia del esclavo y
del libre. Todos hemos sido bautizados en un espritu, para formar un
mismo cuerpo, judos  gentiles, _esclavos  libres_. (I ad Cor., c.
12, v. 13.) Todos sois hijos de Dios por la fe que es Cristo Jess.
Cualesquiera que habis sido bautizados en Cristo, os habis revestido
de Cristo: no hay judo ni griego, no hay _esclavo ni libre_, no hay
macho ni hembra: pues todos sois uno en Jesucristo. (Ad Gal., c. 3, v.
26, 27, 28.) Donde no hay gentil ni judo, circunciso  incircunciso,
brbaro y escita, _esclavo y libre_, sino todo y en todos Cristo. (_Ad
Coloss._, c. 3, v. 11.)

Parece que el corazn se ensancha al oir proclamar en alta voz esos
grandes principios de fraternidad y de santa igualdad; cuando acabamos
de oir  los orculos del paganismo ideando doctrinas para abatir
ms y ms  los desgraciados esclavos, parece que despertamos de un
sueo angustioso, y nos encontramos con la luz del da, en medio de
una realidad halagea. La imaginacin se complace en mirar  tantos
millones de hombres que, encorvados bajo el peso de la degradacin y
de la ignominia, levantan sus ojos al cielo, y exhalan un suspiro de
esperanza.

Aconteci con esta enseanza del Cristianismo lo que acontece con
todas las doctrinas generosas y fecundas: penetran hasta el corazn
de la sociedad, quedan all depositadas como un germen precioso y,
desenvueltas con el tiempo, producen un rbol inmenso que cobija bajo
su sombra las familias y las naciones. Como esparcidas entre hombres,
no pudieron tampoco librarse de que se las interpretase mal, y se las
exagerase; y no faltaron algunos que pretendieron que la libertad
cristiana era la proclamacin de la libertad universal. Al resonar 
los odos de los esclavos las dulces palabras del Cristianismo, al oir
que se los declaraba hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, al ver que
no se haca distincin alguna entre ellos y sus amos, ni aun los ms
poderosos seores de la tierra, no ha de parecer tampoco muy extrao
que hombres acostumbrados solamente  las cadenas, al trabajo y 
todo linaje de pena y envilecimiento, exagerasen los principios de la
doctrina cristiana,  hiciesen de ella aplicaciones, que ni eran en s
justas, ni tampoco capaces de ser reducidas  la prctica.

Sabemos por San Jernimo que muchos, oyendo que se los llamaba  la
libertad cristiana, pensaron que con sta se les daba la libertad; y
quizs el Apstol aluda  este error, cuando en su primera carta 
Timoteo (c. 6, v. 1) deca: Todos los que estn bajo el yugo de la
esclavitud, que honren con todo respeto  sus dueos para que el nombre
y la doctrina del Seor no sean blasfemados. Este error haba tenido
tal eco, que despus de tres siglos andaba todava muy vlido, vindose
obligado el concilio de Gangres, celebrado por los aos de 324, 
excomulgar  aquellos que, bajo pretexto de piedad, enseaban que los
esclavos deban dejar  sus amos, y retirarse de su servicio. No era
esto lo que enseaba el Cristianismo; y, adems, queda ya bastante
evidenciado que no hubiera sido ste el verdadero camino para llegar 
la emancipacin universal.

As es que el mismo Apstol,  quien hemos odo hablar  favor de
los esclavos un lenguaje tan generoso, les inculca repetidas veces
la obediencia  sus dueos; pero es notable que, mientras cumple con
este deber impuesto por el espritu de paz y de justicia que anima al
Cristianismo, explica de tal manera los motivos en que se ha de fundar
la obediencia de los esclavos, recuerda con tan sentidas y vigorosas
palabras las obligaciones que pesan sobre los dueos, y asienta tan
expresa y terminantemente la igualdad de todos los hombres ante Dios,
que bien se conoce cul era su compasin para con esa parte desgraciada
de la humanidad, y cun diferentes eran sobre este particular sus ideas
de las de un mundo endurecido y ciego.

Albrgase en el corazn del hombre un sentimiento de noble
independencia, que no le consiente sujetarse  la voluntad de otro
hombre,  no ser que se le manifiesten ttulos legtimos en que
fundarse puedan las pretensiones del mando. Si estos ttulos andan
acompaados de razn y de justicia, y, sobre todo, si estn radicados
en altos objetos que el hombre acata y ama, la razn se convence, el
corazn se ablanda, y el hombre cede. Pero, si la razn del mando es
slo la voluntad de otro hombre, si se hallan encarados, por decirlo
as, hombre con hombre, entonces bullen en la mente los pensamientos
de igualdad, arde en el corazn el sentimiento de la independencia,
la frente se pone altanera y las pasiones braman. Por esta causa, en
tratndose de alcanzar obediencia voluntaria y duradera, es menester
que el que manda se oculte, desaparezca el hombre, y slo se vea el
representante de un poder superior,  la personificacin de los motivos
que manifiestan al sbdito la justicia y la utilidad de la sumisin: de
esta manera no se obedece  la voluntad ajena por lo que es en s, sino
porque representa un poder superior,  porque es el intrprete de la
razn y de la justicia; y as no mira el hombre ultrajada su dignidad,
y se le hace la obediencia suave y llevadera.

No es menester decir si eran tales los ttulos en que se fundaba la
obediencia de los esclavos antes del Cristianismo: las costumbres los
equiparaban  los brutos, y las leyes venan, si cabe,  recargar la
mano, usando de un lenguaje que no puede leerse sin indignacin.
El dueo mandaba porque tal era su voluntad, y el esclavo se vea
precisado  obedecer, no en fuerza de motivos superiores, ni de
obligaciones morales, sino porque era una propiedad del que mandaba,
era un caballo regido por el freno, era una mquina que haba de
corresponder al impulso del manubrio. Qu extrao, pues, si aquellos
infelices, abrevados de infortunio y de ignominia, abrigaban en su
pecho aquel hondo y concentrado rencor, aquella virulenta saa, aquella
terrible sed de venganza, que  la primera oportunidad reventaba
con explosin espantosa? El horroroso degello de Tiro, ejemplo y
terror del universo, segn la expresin de Justino, las repetidas
sublevaciones de los penestas en Tesalia, de los ilotas en Lacedemonia,
las defecciones de los de Cho y Atenas, la insurreccin acaudillada
por Herdonio, y el terror causado por ella  todas las familias de
Roma, las sangrientas escenas, la tenaz y desesperada resistencia de
las huestes de Espartaco, qu eran sino el resultado natural del
sistema de violencia, de ultraje y desprecio con que se trataba  los
esclavos? No es esto lo mismo que hemos visto reproducido en tiempos
recientes, en las catstrofes de los negros de las colonias? Tal es la
naturaleza del hombre: quien siembra desprecio y ultraje, recoge furor
y venganza.

Estas verdades no se ocultaron al Cristianismo, y as es que, si
predic la obediencia, procur fundarla en ttulos divinos; si
conserv  los dueos sus derechos, tambin les ense altamente sus
obligaciones; y all donde prevalecieron las doctrinas cristianas,
pudieron los esclavos decir: Somos infelices, es verdad;  la desdicha
nos han condenado,  el nacimiento,  la pobreza,  los reveses de
la guerra; pero al fin se nos reconoce por hombres, por hermanos; y
entre nosotros y nuestros dueos hay una reciprocidad de obligaciones
y de derechos. Oigamos,  si no, lo que dice el Apstol: Esclavos,
obedeced  los seores carnales con temor y temblor, con sencillez
de corazn como  Cristo, _no sirviendo con puntualidad para agradar
 los hombres_, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazn la
voluntad de Dios, sirviendo de buena voluntad, _como al Seor, y no
como  los hombres_; sabiendo que cada uno recibir del Seor el bien
que hiciere, sea _esclavo_, sea _libre_. Y vosotros, seores, haced lo
mismo con vuestros esclavos, aflojando en vuestras amenazas; sabiendo
que el Seor de ellos y vuestro est en los cielos; y _delante de l no
hay acepcin de personas_. (_Ad Ephes._, c. 6, v. 5, 6, 7, 8, 9.)

En la carta  los colosenses (c. 3) vuelve  inculcar la misma
doctrina de la obediencia, fundndola en los mismos motivos; y, como
consolando  los infelices esclavos, les dice: Del Seor recibiris
la retribucin de la heredad. Servid  Cristo Seor. Pues, quien
hace injuria, recibir su condigno castigo: y no hay delante de Dios
acepcin de personas. Y ms abajo (c. 4, v. 1), dirigindose 
los seores, aade: Seores, dad  los esclavos lo que es justo y
equitativo; sabiendo que vosotros tambin tenis un Seor en el cielo.

Esparcidas doctrinas tan benficas, ya se ve que haba de mejorarse
en gran manera la condicin de los esclavos, siendo el resultado ms
inmediato el templarse aquel rigor tan excesivo, aquella crueldad que
nos sera increble, si no nos constara en testimonios irrecusables.
Sabido es que el dueo tena el derecho de vida y de muerte, y que se
abusaba de esta facultad hasta matar  un esclavo por un capricho,
como lo hizo Quinto Flaminio en medio de un convite; y hasta arrojar
 las murenas  uno de esos infelices, por haber tenido la desgracia
de quebrar un vaso, como se nos refiere de Vedio Polin. Y no se
limitaba tamaa crueldad al crculo de algunas familias que tuviesen un
dueo sin entraas, no, sino que estaba erigida en sistema; resultado
funesto, pero necesario, del extravo de las ideas sobre este punto,
del olvido de los sentimientos de humanidad: sistema violento que slo
se sostena teniendo hincado sin cesar el pie sobre la cerviz del
esclavo, que slo se interrumpa cuando, pudiendo ste prevalecer, se
arrojaba sobre su dueo y lo haca pedazos. Era antiguo proverbio:
tantos enemigos, cuantos esclavos.

Ya hemos visto los estragos que hacan esos hombres furiosos y
abrasados de sed de venganza, siempre que podan quebrantar las
cadenas que los opriman; pero,  buen seguro que no les iban en zaga
los dueos, cuando se trataba de inspirarles terror. En Lacedemonia,
temindose un da de la mala voluntad de los ilotas, los reunieron 
todos cerca del templo de Jpiter, y los pasaron  cuchillo (_Tucy._,
l. 4); y en Roma haba la brbara costumbre de que, siempre que fuese
asesinado algn dueo, fueran condenados  muerte todos sus esclavos.
Congoja da el leer en Tcito (_Ann._, l. 14, 43) la horrorosa escena
ocurrida despus de haber sido asesinado por uno de sus esclavos
el prefecto de la ciudad, Pedanio Secundo. Eran nada menos que 400
los esclavos del difunto, y, segn la antigua costumbre, deban ser
conducidos todos al suplicio. Espectculo tan cruel y lastimoso en que
se iba  dar la muerte  tantos inocentes, movi  compasin al pueblo,
que lleg al extremo de amotinarse para impedir tamaa carnicera.
Perplejo el Senado, deliberaba sobre el negocio, cuando, tomando la
palabra un orador llamado Casio, sostuvo con energa la necesidad de
llevar  cabo la sangrienta ejecucin, no slo  causa de prescribirlo
as la antigua costumbre, sino tambin por no ser posible de otra
manera el preservarse de la mala voluntad de los esclavos. En sus
palabras slo hablan la injusticia y la tirana; ve por todas partes
peligros y asechanzas; no sabe excogitar otros preservativos que la
fuerza y el terror; siendo notable en particular la siguiente clusula,
porque en breve espacio nos retrata las ideas y costumbres de los
antiguos sobre este punto: Sospechosa fu siempre  nuestros mayores
la ndole de los esclavos, aun de aquellos que, por haberles nacido
en sus propias posesiones y casas, podan desde la cuna haber cobrado
aficin  los dueos; pero, despus que tenemos esclavos de naciones
extraas, de diferentes usos y de diversa religin, para contener 
esa canalla no hay otro medio que el terror. La crueldad prevaleci:
se reprimi la osada del pueblo, se cubri de soldados la carrera, y
los 400 desgraciados fueron conducidos al patbulo.

Suavizar ese trato cruel, desterrar esas horrendas atrocidades, era
el primer fruto que deban dar las doctrinas cristianas; y puede
asegurarse que la Iglesia no perdi jams de vista tan importante
objeto, procurando que la condicin de los esclavos se mejorase en
cuanto era posible; que en materia de castigo se substituyese la
indulgencia  la crueldad; y, lo que ms importaba, se esforz en
que ocupase la razn el lugar del capricho, que  la impetuosidad
de los dueos sucediese la calma de los tribunales: es decir, que
se anduvieran aproximando los esclavos  los libres, rigiendo, con
respecto  ellos, no el hecho, sino el derecho.

La Iglesia no ha olvidado jams la hermosa leccin que le di el
Apstol cuando, escribiendo  Filemn, interceda por un esclavo, y
esclavo fugitivo, llamado Onsimo, y hablaba en su favor un lenguaje
que no se haba odo nunca en favor de esa clase desgraciada. Te
ruego, le deca, por mi hijo Onsimo; ah te lo he remitido, recbelo
como mis entraas, no como  esclavo, sino como  hermano cristiano;
si me amas, recbelo como  m; si en algo te ha daado,  te debe,
yo quedo responsable. (_Ep. ad Philem._) No, la Iglesia no olvid
esta leccin de fraternidad y de amor, y el suavizar la suerte de los
esclavos fu una de sus atenciones ms predilectas.

El concilio de Elvira, celebrado  principios del siglo IV, sujeta 
penitencia  la mujer que haya golpeado con dao grave  su esclava. El
de Orleans, celebrado en 549 (can. 22), prescribe que, si se refugiare
en la iglesia algn esclavo que hubiere cometido algunas faltas, se le
vuelva  su amo, pero hacindole antes prestar juramento de que, al
salir, no le har dao ninguno; mas que, si le maltratare quebrantando
el juramento, sea separado de la comunin y de la mesa de los
catlicos. Este canon nos revela dos cosas: la crueldad acostumbrada
de los amos, y el celo de la Iglesia por suavizar el trato de los
esclavos. Para poner freno  la crueldad, nada menos se necesitaba
que exigir un juramento; y la Iglesia, aunque de suyo tan delicada en
materia de juramentos, juzgaba, sin embarco, el negocio de bastante
importancia para que pudiera y debiera emplearse en l el augusto
nombre de Dios.

El favor y proteccin que la Iglesia dispensaba  los esclavos, se iba
extendiendo rpidamente: y,  lo que parece, deba de introducirse en
algunos lugares la costumbre de exigir juramento, no tan slo de que el
esclavo refugiado en la iglesia no sera maltratado en su persona, pero
que ni aun se le impondra trabajo extraordinario, ni se le sealara
con ningn distintivo que le diera  conocer. De esta costumbre,
procedente sin duda del celo por el bien de la humanidad, pero que
quizs hubiera trado inconvenientes aflojando con demasiada prontitud
los lazos de la obediencia, y dando lugar  excesos de parte de los
esclavos, encuntranse los indicios en una disposicin del concilio de
Epaona (hoy, segn algunos, Abbn), celebrado por los aos de 517, en
que se procura atajar el mal, prescribiendo una prudente moderacin,
sin levantar por eso la mano de la proteccin comenzada. En el canon
39 ordena que, si un esclavo reo de algn delito atroz se retrae  la
iglesia, slo se le libre de las penas corporales; sin obligar al dueo
 prestar juramento de que no le impondr trabajo extraordinario,  que
no le cortar el pelo para que no sea conocido. Y ntese bien que, si
se pone esa limitacin, es cuando el esclavo haya cometido un delito
atroz, y que, en tal caso, la facultad que se le deja al amo, es la de
imponerle trabajo extraordinario,  de distinguirle cortndole el pelo.

Quizs no faltar quien tizne de excesiva semejante indulgencia; pero
es menester advertir que, cuando los abusos son grandes y arraigados,
el empuje para arrancarlos ha de ser fuerte; y que  veces, si bien
parece  primera vista que se traspasan los lmites de la prudencia,
este exceso aparente no es ms que aquella oscilacin indispensable
que sufren las cosas antes de alcanzar su verdadero aplomo. Aqu no
trataba la Iglesia de proteger el crimen, no reclamaba indulgencia
para el que no la mereciese; lo que se propona era poner coto  la
violencia y al capricho de los amos; no quera consentir que un hombre
sufriese los tormentos y la muerte, porque tal fuese la voluntad de
otro hombre. El establecimiento de leyes justas, y la legtima accin
de los tribunales, son cosas  que jams se ha opuesto la Iglesia; pero
la violencia de los particulares no ha podido consentirla nunca.

De este espritu de oposicin al ejercicio de la fuerza privada,
espritu que entraa nada menos que la organizacin social, encontramos
una muestra muy  propsito en el canon 15 del concilio de Mrida,
celebrado en el ao 666. Sabido es, y lo llevo ya indicado, que los
esclavos eran una parte principal de la propiedad, y que, estando
arreglada la distribucin del trabajo conforme  esa base, no le era
posible prescindir de tener esclavos  quien tuviese propiedades,
sobre todo si eran algo considerables. La Iglesia se hallaba en este
caso; y, como no estaba en su mano el cambiar de golpe la organizacin
social, tuvo que acomodarse  esta necesidad, y tenerlos tambin. Si
con respecto  stos quera introducir mejoras, bueno era que empezase
ella misma  dar el ejemplo; y este ejemplo se halla en el canon del
concilio que acabo de citar. En l, despus de haber prohibido  los
obispos y  los sacerdotes el maltratar  los sirvientes de la Iglesia
mutilndolos, dispone el concilio que, si cometen algn delito, se los
entregue  los jueces seglares, pero de manera que los obispos moderen
la pena  que sean condenados. Es digno de notarse que, segn se deduce
de este canon, estaba todava en uso el derecho de mutilacin, hecha
por el dueo particular, y que quizs se conservaba an muy arraigado,
cuando vemos que el concilio se limita  prohibir esta pena  los
eclesisticos, y nada dice con respecto  los legos.

En esta prohibicin influa, sin duda, la mira de que, derramando
sangre humana, no se hicieran incapaces los eclesisticos de ejercer
aquel elevado ministerio, cuyo acto principal es el augusto sacrificio
en que se ofrece una vctima de paz y de amor; pero esto nada quita de
su mrito, ni disminuye su influencia en la mejora de la suerte de los
esclavos: siempre era reemplazar la vindicta particular con la vindicta
pblica; era una nueva proclamacin de la igualdad de los esclavos con
los libres cuando se trataba de efusin de sangre; era declarar que las
manos que derramasen la de un esclavo, quedaban con la misma mancha que
si hubiesen vertido la de un hombre libre. Y era necesario inculcar de
todos modos esas verdades saludables, ya que estaban en tan abierta
contradiccin con las ideas y costumbres antiguas; era necesario
trabajar asiduamente en que desapareciesen las expresiones vergonzosas
y crueles, que mantenan privados  la mayor parte de los hombres de la
participacin de los derechos de la humanidad.

En el canon que acabo de citar hay una circunstancia notable, que
manifiesta la solicitud de la Iglesia para restituir  los esclavos la
dignidad y consideracin de que se hallaban privados. El rapamiento de
los cabellos era entre los godos una pena muy afrentosa, y que, segn
nos dice Lucas de Tuy, casi les era ms sensible que la muerte. Ya se
deja entender que, cualquiera que fuese la preocupacin sobre este
punto, poda la Iglesia permitir el rapamiento, sin incurrir en la
nota que consigo lleva el derramamiento de sangre; pero, sin embargo,
no quiso hacerlo; y esto indica que procuraba borrar las marcas de
humillacin, estampadas en la frente del esclavo. Despus de haber
prevenido  los sacerdotes y obispos, que entreguen al juez  los que
sean culpables, dispone que no toleren que se los rape con ignominia.

Ningn cuidado estaba de ms en esta materia: era necesario
acechar todas las ocasiones favorables, procurando que anduviesen
desapareciendo las odiosas excepciones que afligan  los esclavos.
Esta necesidad se manifiesta bien  las claras en el modo de expresarse
el concilio undcimo de Toledo, celebrado en el ao 675. En su canon
6. prohibe  los obispos el juzgar por s los delitos dignos de
muerte, y el mandar la mutilacin de los miembros; pero vase cmo
juzg necesario advertir que no consenta excepcin, aadiendo: ni aun
contra los siervos de su Iglesia. El mal era grave, y no poda ser
curado sino con solicitud muy asidua; por manera que, aun limitndonos
al derecho ms cruel de todos, cual es el de vida y muerte, vemos
que cuesta largo trabajo el extirparle.  principios del siglo VI no
faltaban ejemplos de tamao exceso, pues que el concilio de Epaona en
su canon 34 dispone que sea privado por dos aos de la comunin de la
Iglesia el amo que por su _propia autoridad_ haga quitar la vida  un
esclavo. Haba promediado ya el siglo IX, y todava nos encontramos
con atentados semejantes; atentados que procuraba reprimir el concilio
de Wormes, celebrado en el ao 868, sujetando  dos aos de penitencia
al amo que con su _autoridad privada_ hubiese dado muerte  su esclavo.




CAPITULO XVII


Mientras se suavizaba el trato de los esclavos, y se los aproximaba en
cuanto era posible  los hombres libres, era necesario no descuidar
la obra de la emancipacin universal; pues que no bastaba mejorar
ese estado, sino que, adems, convena abolirle. La sola fuerza de
las doctrinas cristianas, y el espritu de caridad que, al par con
ellas, se iba difundiendo por toda la tierra, atacaban tan vivamente
la esclavitud, que, tarde  temprano, deban llevar  cabo su completa
abolicin; porque es imposible que la sociedad permanezca por largo
tiempo en un orden de cosas que est en oposicin con las ideas de que
est imbuda. Segn las doctrinas cristianas, todos los hombres tienen
un mismo origen y un mismo destino, todos son hermanos en Jesucristo,
todos estn obligados  amarse de todo corazn,  socorrerse en
las necesidades,  no ofenderse ni siquiera de palabra; todos son
iguales ante Dios, pues que sern juzgados sin acepcin de personas;
el Cristianismo se iba extendiendo, arraigando por todas partes,
apoderndose de todas las clases, de todos los ramos de la sociedad:
cmo era posible, pues, que continuase la esclavitud, ese estado
degradante en que el hombre es propiedad de otro, en que es vendido
como un bruto, en que se le priva de los dulcsimos lazos de familia,
en que no participa de ninguna de las ventajas de la sociedad? Cosas
tan contrapuestas, podan vivir juntas?

Las leyes estaban en favor de la esclavitud, es verdad, y aun puede
aadirse ms, y es que el Cristianismo no despleg un ataque directo
contra esas leyes; pero, en cambio, qu hizo? Procur apoderarse de
las ideas y costumbres, les comunic un nuevo impulso, les di una
direccin diferente, y, en tal caso, qu pueden las leyes? Se afloja
su rigor, se descuida su observancia, se empieza  sospechar de su
equidad, se disputa sobre su conveniencia, se notan sus malos efectos,
van caducando poco  poco, de manera que,  veces, ni es necesario
darles un golpe para destruirlas; se las arrumba por intiles, , si
merecen pena de una abolicin expresa, es por mera ceremonia: son como
un cadver que se entierra con honor.

Mas no se infiera de lo que acabo de decir, que, por dar tanta
importancia  las ideas y costumbres cristianas, pretenda que se
abandon el buen xito  esa sola fuerza, sin que, al propio tiempo,
cuidara la Iglesia de tomar las medidas conducentes, demandadas por los
tiempos y circunstancias: nada de eso; antes, como llevo indicado ya,
la Iglesia ech mano de varios medios, los ms  propsito para surtir
el efecto deseado.

Si se quera asegurar la obra de emancipacin, era muy conveniente,
en primer lugar, poner  cubierto de todo ataque la libertad de los
manumitidos: libertad que, desgraciadamente, no dejaba de verse
combatida con frecuencia, y de correr graves peligros. De este triste
fenmeno no es difcil encontrar las causas en los restos de las ideas
y costumbres antiguas, en la codicia de los poderosos, en el sistema
de violencia generalizado con la irrupcin de los brbaros, y en la
pobreza, desvalimiento y completa falta de educacin y moralidad,
en que deban de encontrarse los infelices que iban saliendo de la
esclavitud; porque es de suponer que muchos no conoceran todo el valor
de la libertad, que no siempre se portaran en el nuevo estado conforme
dicta la razn y exige la justicia, y que, entrando de nuevo en la
posesin de los derechos de hombre libre, no sabran cumplir con sus
nuevas obligaciones. Pero, todos estos inconvenientes, inseparables de
la naturaleza de las cosas, no deban impedir la consumacin de una
obra reclamada por la religin y la humanidad; era necesario resignarse
 sufrirlos, considerando que en la parte de culpa que caber pudiera
 los manumitidos, haba muchos motivos de excusa,  causa de que
el estado de que acababan de salir, embargaba el desarrollo de las
facultades intelectuales y morales.

Ponase  cubierto de los ataques de la injusticia, y quedaba, en
cierto modo, revestida de una inviolabilidad sagrada la libertad de
los nuevos emancipados, si su emancipacin se enlazaba con aquellos
objetos que  la sazn ejercan ms poderoso ascendiente. Hallbase
en este caso la Iglesia, y cuanto era de su pertenencia; y por lo
mismo fu, sin duda, muy conducente que se introdujese la costumbre de
manumitir en los templos. Este acto, al paso que reemplazaba los usos
antiguos, y los haca olvidar, vena  ser como una declaracin tcita
de lo muy agradable que era  Dios la libertad de los hombres; una
proclamacin prctica de su igualdad ante Dios, ya que all mismo se
ejecutaba la manumisin, donde se lea con frecuencia que delante de
Dios no hay acepcin de personas, en el mismo lugar donde desaparecan
todas las distinciones mundanas, donde quedaban confundidos todos los
hombres, unidos con suaves lazos de fraternidad y de amor. Verificada
de este modo la manumisin, la Iglesia tena un derecho ms expedito
para defender la libertad del manumitido; pues que, habiendo sido
ella testigo del acto, poda dar fe de su espontaneidad y dems
circunstancias para asegurar la validez; y aun poda tambin reclamar
su observancia, apoyndose en que faltar  ella era, en cierto modo,
una profanacin del lugar sagrado, era no cumplir lo prometido delante
del mismo Dios.

No se olvidaba la Iglesia de aprovechar en favor de los manumitidos,
semejantes circunstancias; y as vemos que el primer concilio de
Orange, celebrado en 441, dispone en su canon 7 que es menester
reprimir con censuras eclesisticas  los que quieren someter  algn
gnero de servidumbre  los esclavos  quienes se haya dado libertad
en la Iglesia; y un siglo despus encontramos repetida la misma
prohibicin en el canon 7 del 5. concilio de Orleans, celebrado en el
ao 549.

La proteccin dispensada por la Iglesia  los esclavos manumitidos
era tan manifiesta y conocida de todos, que se introdujo la costumbre
de recomendrselos muy particularmente. Hacase esta recomendacin 
veces en testamento, como nos lo indica el concilio de Orange poco ha
citado; ordenando que, por medio de las censuras eclesisticas, se
impida que sean sometidos  gnero alguno de servidumbre los esclavos
manumitidos, recomendados en testamento  la Iglesia. No siempre se
haca por testamento esa recomendacin, segn se infiere del canon 6
del concilio de Toledo, celebrado en 589, donde se dispone que, cuando
sean recomendados  la Iglesia algunos manumitidos, no se los prive
ni  ellos ni  sus hijos de la proteccin de la misma. Aqu se habla
en general, sin limitarse al caso de mediar testamento. Lo mismo
puede verse en otro concilio de Toledo, celebrado en el ao 633, donde
se dice que la Iglesia recibir nicamente bajo su proteccin  los
libertos de los particulares que se los hayan recomendado.

Aun cuando la manumisin no se hubiese hecho en el templo, ni hubiese
mediado recomendacin particular, no obstante, la Iglesia no dejaba de
tomar parte en la defensa de los manumitidos, en viendo que peligraba
su libertad. Quien estime en algo la dignidad del hombre, quien abrigue
en su pecho algn sentimiento de humanidad, seguramente no llevar 
mal que la Iglesia se entrometiese en esa clase de negocios, aunque
no considerramos otros ttulos que los que da al hombre generoso la
proteccin del desvalido; no le desagradar el encontrar mandado en el
canon 29 del concilio de Agde en Languedoc, celebrado en 506, que la
Iglesia, en caso necesario, tome la defensa de aquellos  quienes sus
amos han dado legtimamente libertad.

En la grande obra de la abolicin de la esclavitud, ha tenido no
escasa parte el celo que en todos tiempos y lugares ha desplegado la
Iglesia por la redencin de los cautivos. Sabido es que una porcin
considerable de esclavos deba esta suerte  los reveses de la guerra.
 los antiguos les hubiera parecido fabulosa la ndole suave de las
guerras modernas; ay de los vencidos! podase exclamar con toda
verdad; no haba medio entre la muerte y la esclavitud. Agravbase el
mal con una preocupacin funesta que se haba introducido contra la
redencin de los cautivos; preocupacin que tena su apoyo en un rasgo
de asombroso herosmo. Admirable es sin duda la fortaleza de Rgulo;
erzanse los cabellos al leer las valientes pinceladas con que le
retrata Horacio (L. 3, od. 5); y el libro se cae de las manos al llegar
el terrible lance en que:

    Fertur pudicae confugis osculum
    Parvosque natos, ut capitis minor,
    A se removisse, et virilem
    Torvus humi possuisse vultum.

Pero, sobreponindonos  la profunda impresin que nos causa tanto
herosmo, y al entusiasmo que excita en nuestro pecho todo cuanto
revela una grande alma, no podremos menos de confesar que aquella
virtud rayaba en feroz; y que en el terrible discurso que sale de los
labios de Rgulo, hay una poltica cruel contra la que se levantaran
vigorosamente los sentimientos de humanidad, si no estuviera embargada
y como aterrada nuestra alma,  la vista del sublime desprendimiento
del hombre que habla.

El Cristianismo no poda avenirse con semejantes doctrinas: no quiso
que se sostuviese la mxima de que, para hacer  los hombres valientes
en la guerra, era necesario dejarlos sin esperanza; y los admirables
rasgos de valor, las asombrosas escenas de inalterable fortaleza y
constancia, que esmaltan por doquiera las pginas de la historia de
las naciones modernas, son un elocuente testimonio del acierto de la
religin cristiana, al proclamar que la suavidad de costumbres no
estaba reida con el herosmo. Los antiguos rayaban siempre en uno de
dos extremos: la molicie  la ferocidad; entre estos extremos hay un
medio, y este medio lo ha enseado la religin cristiana.

Consecuente, pues, el Cristianismo en sus principios de fraternidad
y de amor, tuvo por uno de los objetos ms dignos de su caritativo
celo el rescate de los cautivos; y ora miremos los hermosos rasgos de
acciones particulares que nos ha conservado la historia, ora atendamos
al espritu que ha dirigido la conducta de la Iglesia, encontraremos
un nuevo y bellsimo ttulo para granjear  la religin cristiana la
gratitud de la humanidad.

Un clebre escritor moderno, M. de Chateaubriand, nos ha presentado en
los bosques de los francos  un sacerdote cristiano esclavo, y esclavo
voluntario, por haberse entregado l mismo  la esclavitud en rescate
de un soldado cristiano que gema en el cautiverio, y que haba dejado
su esposa en el desconsuelo, y  tres hijos en la orfandad y en la
pobreza. El sublime espectculo que nos ofrece Zacaras, sufriendo
con serena calma la esclavitud por el amor de Jesucristo y de aquel
infeliz  quien haba libertado, no es una mera ficcin del poeta; en
los primeros siglos de la Iglesia vironse en abundancia semejantes
ejemplos, y el que haya llorado al ver el heroico desprendimiento y
la inefable caridad de Zacaras, puede estar seguro de que con sus
lgrimas ha pagado un tributo  la verdad.  muchos de los nuestros
hemos conocido, dice el Papa San Clemente, que se entregaron ellos
mismos al cautiverio para rescatar  otros. (Carta 1  los Corin., c.
55.)

Era la redencin de los cautivos un objeto tan privilegiado, que estaba
prevenido por antiqusimos cnones que, si esta atencin lo exiga, se
vendiesen las alhajas de las iglesias, hasta sus vasos sagrados: en
tratndose de los infelices cautivos, no tena lmites la caridad; el
celo saltaba todas las barreras, hasta llegar al caso de mandarse que,
por malparados que se hallasen los negocios de una iglesia, primero que
 su reparacin, deba atenderse  la redencin de los cautivos. (Cuas.
12, q. 2.) Al travs de los trastornos que consigo trajo la irrupcin
de los brbaros, vemos que la Iglesia, siempre constante en su
propsito, no desmiente la generosa conducta con que haba principiado.
No cayeron en olvido ni en desuso las disposiciones benficas de los
antiguos cnones, y las generosas palabras del santo obispo de Miln en
favor de los cautivos, encontraron un eco, que nunca se interrumpi, 
pesar del caos de los tiempos. (V. S. Ambros., de off. L. 2, c. 15.)
Por el canon 5 del concilio de Macn, celebrado en 585, vemos que los
sacerdotes se ocupaban en el rescate de los cautivos, empleando para
ello los bienes eclesisticos; el de Reims, celebrado en el ao 625,
impone la pena de suspensin de sus funciones al obispo que deshaga
los vasos sagrados; aadiendo, empero, generosamente: _por cualquier
otro motivo que no sea el de redimir cautivos_; y mucho tiempo despus
hallamos en el canon 12 del de Verneuil, celebrado en el ao 844, que
los bienes de la Iglesia servan para la redencin de cautivos.

Restitudo  la libertad el cautivo, no le dejaba sin proteccin la
Iglesia, antes se la continuaba con solicitud, librndole cartas
de recomendacin; seguramente con el doble objeto de guardarle de
nuevas tropelas en su viaje, y de que no le faltasen los medios para
repararse de los quebrantos sufridos en el cautiverio. De este nuevo
gnero de proteccin tenemos un testimonio en el canon 2 del concilio
de Lin, celebrado en 583, donde se dispone: que los obispos deben
poner en las cartas de recomendacin que dan  los cautivos, la fecha,
y el precio del rescate.

De tal manera se despleg en la Iglesia el celo por la redencin de
los cautivos, que hasta se llegaron  cometer imprudencias, que se
vi en la necesidad de reprimirlas la autoridad eclesistica. Pero
estos mismos excesos nos indican hasta qu punto llegaba el celo, pues
que por su impaciencia caa en extravos. Sabemos por un concilio
celebrado en Irlanda, llamado de San Patricio, y que tuvo lugar por
los aos de 451  456, que algunos clrigos se ocupaban en procurar
la libertad de los cautivos hacindoles huir; exceso que reprime
con mucha prudencia el concilio en su canon 32, disponiendo que el
eclesistico que quiera redimir cautivos, lo haga con su dinero, pues
que el robarlos para hacerles huir, daba ocasin  que los clrigos
fuesen mirados como ladrones, y redundaba en deshonra de la Iglesia.
Documento notable, que, si bien nos manifiesta el espritu de orden
y de equidad que dirige  la Iglesia, no deja, al propio tiempo, de
indicarnos cun profundamente estaba grabado en los nimos lo santo, lo
meritorio, lo generoso que era el dar libertad  los cautivos, pues que
algunos llegaban al exceso de persuadirse de que la bondad de la obra
autorizaba la violencia.

Es tambin muy loable el desprendimiento de la Iglesia en este punto:
una vez invertidos sus bienes en la redencin de un cautivo, no quera
que se la recompensase en nada, aun cuando alcanzasen  hacerlo las
facultades del redimido. De esto tenemos un claro testimonio en las
cartas del Papa San Gregorio, donde vemos que, estando recelosas
algunas personas, libradas del cautiverio con la plata de la Iglesia,
de si con el tiempo podra venir caso en que se les pidiera la cantidad
expendida, les asegura el Papa que no, y manda que nadie se atreva 
molestarles ni  ellos ni  sus herederos, en ningn tiempo, atendido
que los sagrados cnones permiten invertir los bienes eclesisticos en
la redencin de los cautivos. (L. 7, ep. 14.)

Este celo de la Iglesia por tan santa obra debi de contribuir
sobremanera  disminuir el nmero de los esclavos; y fu mucho ms
saludable su influencia por haberse desplegado cabalmente en las pocas
de ms necesidad; es decir, cuando, por la disolucin del imperio
romano, por la irrupcin de los brbaros, por la fluctuacin de los
pueblos, que fu el estado de Europa durante muchos siglos, y por la
ferocidad de las naciones invasoras, eran tan frecuentes las guerras,
y tan repetidos los trastornos, y tan familiar se haba hecho por
doquiera el reinado de la fuerza.  no haber mediado la accin benfica
y libertadora del Cristianismo, lejos de disminuirse el inmenso nmero
de los esclavos legado por la sociedad vieja  la sociedad nueva, se
habra acrecentado ms y ms: porque dondequiera que prevalece el
derecho brutal de la fuerza, si no le sale al paso para contenerla y
suavizarla algn poderoso elemento, el humano linaje camina rpidamente
al envilecimiento, resultando, por necesidad, el que la esclavitud gane
terreno.

Ese lamentable estado de fluctuacin y de violencia, era de suyo muy
 propsito para inutilizar los esfuerzos que haca la Iglesia en la
abolicin de la esclavitud; y no le costaba escaso trabajo el impedir
que se malograse por una parte lo que ella procuraba remediar por
otra. La falta de un poder central, la complicacin de las relaciones
sociales, pocas bien deslindadas, muchas violentas, y todas sin prenda
de estabilidad, haca que estuviesen mal seguras las propiedades y
las personas, y que, as como eran invadidas aqullas, fueran stas
privadas de su libertad. Por manera que era menester evitar que hiciese
ahora la violencia de los particulares, lo que antes hacan las
costumbres y la legislacin. As vemos que en el canon 3 del concilio
de Lin, celebrado por los aos de 566, se excomulga  los que retienen
injustamente en la esclavitud  personas libres; en el canon 17 del de
Reims, celebrado en el ao 625, se prohibe bajo pena de excomunin el
perseguir  personas libres para reducirlas  esclavitud; en el canon
27 del de Londres, celebrado en el ao 1102, se prohibe la brbara
costumbre de hacer comercio de hombres cual si fueran brutos animales;
y en el captulo 7 del concilio de Coblenza, celebrado en el ao 922,
se declara reo de homicidio al que seduce  un cristiano para venderlo.
Declaracin notable, en que la libertad es tenida en tanto precio, que
se la equipara con la vida.

Otro de los medios de que se vali la Iglesia para ir aboliendo la
esclavitud, fu el dejar  los infelices que por su pobreza hubiesen
cado en ese estado, camino abierto para salir de l. Ya he notado ms
arriba que la indigencia era una de las fuentes de la esclavitud; y
hemos visto el pasaje de Julio Csar, en que nos dice cun general era
esto entre los galos. Sabido es tambin que, por el derecho antiguo,
el que haba cado en la esclavitud, no poda recuperar su libertad
sino conforme  la voluntad de su amo; pues que, siendo el esclavo una
verdadera propiedad, nadie poda disponer de ella sin consentimiento
del dueo, y mucho menos el mismo esclavo. Este derecho era muy
corriente, supuestas las doctrinas paganas; pero el Cristianismo miraba
la cosa con otros ojos; y, si el esclavo era una propiedad, no dejaba
por esto de ser hombre. As fu que la Iglesia no quiso seguir en este
punto las estrictas reglas de las otras propiedades; y, en mediando
alguna duda,  en ofrecindose alguna oportunidad, siempre se pona
de parte del esclavo. Previas estas consideraciones, se comprender
todo el mrito de un nuevo derecho que introdujo la Iglesia, cual es,
que las personas libres que hubiesen sido vendidas  empeadas por
necesidad, tornasen  su estado primitivo, en devolviendo el precio que
hubiesen recibido.

Este derecho, que se halla expresamente consignado en un concilio de
Francia, celebrado por los aos 616, segn se cree en Boneuil, abra
anchurosa puerta para recobrar la libertad: pues que,  ms de dejar
en el corazn del esclavo la esperanza, con la que poda discurrir y
practicar medios para obtener el rescate, haca la libertad dependiente
de la voluntad de cualquiera, que, compadecido de la suerte de un
desgraciado, quisiera pagar  adelantar la cantidad necesaria.
Recurdese ahora lo que se ha notado sobre el ardiente celo despertado
en tantos corazones para esa clase de obras, y que los bienes de la
Iglesia se daban por muy bien empleados, siempre que podan acudir
al socorro de un infeliz, y se ver la influencia incalculable que
haba de tener la disposicin que se acaba de mentar; se ver que
esto equivala  cegar uno de los ms abundantes manantiales de la
esclavitud, y abrir  la libertad un anchuroso camino.




CAPITULO XVIII


No dej tambin de contribuir  la abolicin de la esclavitud la
conducta de la Iglesia con respecto  los judos. Ese pueblo singular,
que lleva en su frente la marca de un proscripto, que anda disperso
entre todas las naciones, sin confundirse con ellas, como nadan enteras
en un lquido las porciones de una materia insoluble, procura mitigar
su infortunio acumulando tesoros, y parece que se venga del desdeoso
aislamiento en que le dejan los otros pueblos, chupndoles la sangre
con crecidas usuras. En tiempos de grandes trastornos y calamidades,
que por necesidad deban de acarrear la miseria, poda campear  sus
anchuras el detestable vicio de una codicia desapiadada; y, recientes
como eran la dureza y crueldad de las antiguas leyes y costumbres sobre
la suerte de los deudores, no estimado an en su justa medida todo el
valor de la libertad, no faltando ejemplos de algunos que la vendan
para salir de un apuro, era urgente evitar el riesgo y no consentir que
tomase sobrado incremento el podero de las riquezas de los judos, en
perjuicio de la libertad de los cristianos.

Que no era imaginario el peligro, demustralo el mal nombre que desde
muy antiguo llevan los judos en la materia; y lo confirman los hechos
que todava se estn presenciando en nuestros tiempos. El clebre
Herder, en su _Adrastea_, se atreve  pronosticar que los hijos de
Israel llegarn con el tiempo,  fuerza de su conducta sistemtica
y calculada,  reducir  los cristianos  no ser ms que esclavos
suyos: si, pues, en circunstancias infinitamente menos favorables 
los judos, cabe que hombres distinguidos abriguen semejantes temores,
qu no deba recelarse de la codicia inexorable de los judos en los
desgraciados tiempos  que nos referimos?

Por estas consideraciones, un observador imparcial, un observador
que no est dominado del miserable prurito de salir abogando por una
secta cualquiera, con tal que pueda tener la complacencia de inculpar
 la Iglesia catlica, aun cuando sea en contra de los intereses de
la humanidad; un observador que no pertenezca  la clase de aquellos
que no se alarmaran tanto de una irrupcin de cafres como de una
disposicin en que la potestad eclesistica parezca extender algn
tanto el crculo de sus atribuciones; un observador que no sea tan
rencoroso, tan pequeo, tan miserable, ver, no con escndalo, sino con
mucho gusto, que la Iglesia segua con prudente vigilancia los pasos de
los judos, aprovechando las ocasiones que se ofrecan, para favorecer
 los esclavos cristianos, y llegando al fin  madurar el negocio
hasta prohibirles el tenerlos.

El tercer concilio de Orleans, celebrado en el ao 538, en su canon
13 prohibe  los judos el obligar  los esclavos cristianos  cosas
opuestas  la religin de Jesucristo. Esta disposicin, que aseguraba
al esclavo la libertad en el santuario de su conciencia, le haca
respetable  los ojos de su propio dueo, y era una proclamacin
solemne de la dignidad del hombre, en que se declaraba que la
esclavitud no poda extender sus dominios  la sagrada regin del
espritu. Esto, sin embargo, no bastaba, sino que era conveniente
facilitar  los esclavos de los judos el recobro de la libertad.
Slo haban pasado tres aos cuando se celebr el cuarto concilio
de Orleans, y es notable lo que se adelant en ste con respecto al
anterior: pues que en su canon 30 permite rescatar  los esclavos
cristianos que huyan  la iglesia, con tal que se pague  los dueos
judos el precio correspondiente. Si bien se mira, una disposicin
semejante deba producir abundantes resultados en favor de la libertad,
dando asa  los esclavos cristianos para que huyesen  la iglesia,
 implorando desde all la caridad de sus hermanos, lograsen ms
fcilmente que se les socorriera con el precio del rescate.

El mismo concilio, en su canon 31, dispone que el judo que pervierta
 un esclavo cristiano, sea condenado  perder todos sus esclavos.
Nueva sancin  la seguridad de la conciencia del esclavo, nuevo camino
abierto por donde pudiera entrar la libertad.

Iba la Iglesia avanzando con aquella unidad de plan, con aquella
constancia admirable que han reconocido en ella sus mismos enemigos,
y en el breve espacio que media entre la poca indicada y el ltimo
tercio del mismo siglo, se deja notar el adelanto, pues se encuentra en
las disposiciones cannicas mayor empresa, y, si podemos expresarnos
as, mayor osada. En el concilio de Macn, celebrado en el ao 581
 582, en su canon 16 llega  prohibir expresamente  los judos el
tener esclavos cristianos: y  los existentes permite rescatarlos,
pagando 12 sueldos. La misma prohibicin encontramos en el canon 14
del concilio de Toledo, celebrado en el ao 589; por manera que, 
esta poca, manifestaba la Iglesia sin rebozo cul era su voluntad: no
quera absolutamente que un cristiano fuese esclavo de un judo.

Constante en su propsito, atajaba el mal por todos los medios
posibles, limitando, si era menester, la facultad de vender los
esclavos, en ocurriendo peligro de que pudieran caer en manos de los
judos. As vemos que en el canon 9 del concilio de Chlons, celebrado
en el ao 650, se prohibe el vender esclavos cristianos fuera del reino
de Clodoveo, con la mira de que no caigan en poder de los judos.
No todos comprendan el espritu de la Iglesia en este punto, ni
secundaban debidamente sus miras; pero ella no se cansaba de repetirlas
y de inculcarlas.  mediados del siglo VII se nota que en Espaa no
faltaban seglares y aun clrigos cristianos que vendieran sus esclavos
 los judos; pero acude desde luego  reprimir este abuso el concilio
10 de Toledo, tenido en el ao 656, prohibiendo en su canon 7 que
los cristianos, y principalmente los clrigos, vendan sus esclavos 
judos; porque, aade bellamente el concilio, no se puede ignorar que
estos esclavos fueron redimidos con la sangre de Jesucristo, por cuyo
motivo antes se los debe comprar que venderlos.

Esa inefable dignacin de un Dios hecho hombre, vertiendo la sangre
por la redencin de todos los hombres, era el ms poderoso motivo que
induca  la Iglesia  interesarse con tanto celo en la manumisin
de los esclavos; y, en efecto, no se necesitaba ms para concebir
aversin  desigualdad tan afrentosa, que pensar cmo aquellos mismos
hombres, abatidos hasta el nivel de los brutos, haban sido objeto
de las miradas bondadosas del Altsimo, lo mismo que sus dueos, lo
mismo que los monarcas ms poderosos de la tierra. Ya que nuestro
Redentor, deca el Papa San Gregorio, y Criador de todas las cosas,
se dign propicio tomar carne humana, para que, roto con la gracia de
su divinidad el vnculo de la servidumbre que nos tena en cautiverio,
nos restituyese  la libertad primitiva, es obra saludable el restituir
por la manumisin su nativa libertad  los hombres, pues que en
su principio  todos los cri libres la naturaleza, y slo fueron
sometidos al yugo de la servidumbre por el derecho de gentes. (Lib. 5,
ep. 12.)

Siempre juzg la Iglesia muy necesario el limitar todo lo posible la
enajenacin de sus bienes; y puede asegurarse que, en general, fu
regla de su conducta, en esta materia, confiar poco en la discrecin
de ninguno de los ministros, tomados en particular. Obrando de esta
manera, se propona evitar las dilapidaciones, que de otra suerte
hubieran sido frecuentes, estando esos bienes desparramados por todas
partes, y encontrndose  cargo de ministros escogidos de todas
las clases del pueblo, y expuestos  la diversidad de influencias
que consigo llevan las relaciones de parentesco, de amistad, y mil
y mil otras circunstancias, efecto de la variedad de ndole, de
conocimientos, de prudencia, y aun de tiempos, climas y lugares: por
esto se mostr recelosa la Iglesia en punto  conceder la facultad
de enajenar; y, si vena el caso, saba desplegar saludable rigor
contra los ministros que olvidasen sus deberes, dilapidando los bienes
que tenan encomendados.  pesar de todo esto, ya hemos visto que
no reparaba en semejantes consideraciones cuando se trataba de la
redencin de cautivos: y se puede tambin manifestar que, en lo tocante
 la propiedad que consista en esclavos, miraba la cosa con otros
ojos, y trocaba su rigor en indulgencia.

Bastaba que los esclavos hubiesen servido bien  la Iglesia, para
que los obispos pudiesen concederles la libertad, donndoles tambin
alguna cosa para su manutencin. Este juicio sobre el mrito de los
esclavos se encomendaba, segn parece,  la discrecin del obispo; y
ya se ve que semejante disposicin abra ancha puerta  la caridad
de los prelados, as como, por otra parte, estimulaba  los esclavos
 observar un comportamiento que les mereciese tan precioso galardn.
Como poda ocurrir que el obispo sucesor, levantando dudas sobre la
suficiencia de los motivos que haban inducido al antecesor  dar
libertad  un esclavo, quisiese disputrsela, estaba mandado que los
obispos respetasen en esta parte las disposiciones de sus antecesores;
no tan slo dejando en libertad  los manumitidos, sino tambin no
quitndoles lo que el obispo les hubiera sealado, fuese en _tierras_,
_vias_,  _habitacin_. As lo encontramos ordenado en el canon 7 del
concilio de Agde, en Languedoc, celebrado en el ao 506. Ni obsta el
que en otros lugares se prohiba la manumisin, pues que en ellos se
habla en general, y no concretndose al caso en que los esclavos fuesen
benemritos.

Las enajenaciones  empeos de los bienes eclesisticos hechos por un
obispo que no dejase nada al morir, deban revocarse; y ya se echa de
ver que la misma disposicin est indicando que se trata de aquellos
casos en que el obispo hubiese obrado con infraccin de los cnones;
mas,  pesar de esto, si suceda que el obispo hubiese dado libertad 
algunos esclavos, encontramos que se templaba el rigor, previnindose
que los manumitidos continuasen gozando de su libertad. As lo orden
el concilio de Orleans, celebrado en el ao 541, en su canon 9; dejando
tan slo  los manumitidos el cargo de prestar sus servicios  la
Iglesia: servicios que, como es claro, no seran otros que los de los
libertos, y que, por otra parte, eran tambin recompensados con la
proteccin que  los de esta clase dispensaba la Iglesia.

Como un nuevo indicio de la indulgencia en punto  los esclavos, puede
tambin citarse el canon 10 del concilio de Celchite (Celichytense)
en Inglaterra, celebrado en el ao 816, canon de que nada menos
resultaba, sino quedar libres en pocos aos todos los siervos ingleses
de las iglesias en los pases donde se observase; pues que dispona
que  la muerte de un obispo se diese libertad  todos sus siervos
ingleses, aadiendo que cada uno de los dems obispos y abades deba
manumitir tres siervos, dndoles  cada uno tres sueldos. Semejantes
disposiciones iban allanando el camino para adelantar ms y ms lo
comenzado, y preparando las cosas y los nimos de manera que, pasado
algn tiempo, pudieran presentarse escenas tan generosas como la
del concilio de Armach, en 1171, en que se di libertad  todos los
ingleses que se hallaban esclavos en Irlanda.

Estas condiciones ventajosas de que disfrutaban los esclavos de la
Iglesia, eran de mucho ms valor,  causa de una disciplina que se
haba introducido que se las haca inadmisibles. Si los esclavos de
la Iglesia hubieran podido pasar  manos de otros dueos, venido este
caso, se habran hallado sin derecho  los beneficios que reciban
los que continuaban bajo su poder; pero felizmente estaba permitido
el permutar esos esclavos por otros, y, si salan del poder de la
Iglesia, era quedando en libertad. De esta disciplina tenemos un
expreso testimonio en las Decretales de Gregorio IX (l. 3, t. 19, c. 3
y 4); y es notable que en el documento que all se cita, son tenidos
los esclavos de la Iglesia como consagrados  Dios, fundndose en esto
la disposicin de que no puedan pasar  otras manos, y que no salgan
de la Iglesia,  no ser para la libertad. Se ve tambin all mismo que
los fieles, en remedio de su alma, solan ofrecer los esclavos  Dios
y  sus santos; y, pasando as al poder de la Iglesia, quedaban fuera
del comercio comn, sin que pudiesen volver  servidumbre profana. El
saludable efecto que deban producir esas ideas y costumbres, en que
se enlazaba la religin con la causa de la humanidad, no es menester
ponderarlo: basta observar que el espritu de la poca era altamente
religioso, y que todo cuanto se asa del ncora de la religin estaba
seguro de salir  puerto.

La fuerza de las ideas religiosas que se andaban desenvolviendo
cada da, dirigiendo su accin  todos los ramos, se enderezaba muy
particularmente  substraer por todos los medios posibles al hombre
del yugo de la esclavitud.  este propsito, es muy digna de notarse
una disposicin cannica del tiempo de San Gregorio el Grande. En
un concilio de Roma, celebrado en el ao 597, y presidido por este
Papa, se abri  los esclavos una nueva puerta para salir de su
abyecto estado, concedindoles que recobrasen la libertad aquellos
que quisiesen abrazar la vida monstica. Son dignas de notarse las
palabras del Santo Papa, pues que en ellas se descubre el ascendiente
de los motivos religiosos, y cmo iban prevaleciendo sobre todas las
consideraciones  intereses mundanos. Este importante documento se
encuentra entre las epstolas de San Gregorio, y se hallar en las
notas al fin de este tomo.

Sera desconocer el espritu de aquellas pocas el figurarse que
semejantes disposiciones quedasen estriles; no era as, sino que
causaban los mayores efectos. Pudenos dar de ello una idea lo que
leemos en el decreto de Graciano (Distin. 54, c. 12), donde se ve que
rayaba la cosa en escndalo; pues que fu menester reprimir severamente
el abuso de que los esclavos huan de sus amos  se iban con pretexto
de religin  los monasterios; lo que daba motivo  que se levantasen
por todas partes quejas y clamores. Como quiera, y aun prescindiendo de
lo que nos indican esos abusos, no es difcil conjeturar que no dejara
de cogerse abundante fruto, ya por procurarse la libertad de muchos
esclavos; ya tambin porque los realzara en gran manera  los ojos del
mundo, el verlos pasar  un estado, que luego fu tornando creces, y
adquiriendo inmenso prestigio y poderosa influencia.

Contribuir no poco  darnos una idea del profundo cambio que por
esos medios se iba obrando en la organizacin social, el pararnos un
momento  considerar lo que aconteca con respecto  la ordenacin de
los esclavos. La disciplina de la Iglesia sobre este punto era muy
consecuente con sus doctrinas. El esclavo era un hombre como los
dems, y por esta parte poda ser ordenado lo mismo que el primer
magnate; pero, mientras estaba sujeto  la potestad de su dueo,
careca de la independencia necesaria  la dignidad del augusto
ministerio, y por esta razn se exiga que el esclavo no pudiese ser
ordenado, sin ser antes puesto en libertad. Nada ms razonable, ms
justo ni ms prudente que esta limitacin en una disciplina que, por
otra parte, era tan noble y generosa; en esa disciplina que por s sola
era una protesta elocuente en favor de la dignidad del hombre, una
solemne declaracin de que, por tener la desgracia de estar sufriendo
la esclavitud, no quedaba rebajado del nivel de los dems hombres, pues
que la Iglesia no tena  mengua el escoger sus ministros entre los que
haban estado sujetos  la servidumbre; disciplina altamente humana y
generosa, pues que, colocando en esfera tan respetable  los que haban
sido esclavos, tenda  disipar las preocupaciones contra los que se
hallaban en dicho estado, y labraba relaciones fuertes y fecundas,
entre los que  l pertenecan, y la ms acatada clase de los hombres
libres.

En esta parte llama sobremanera la atencin el abuso que se haba
introducido de ordenar  los esclavos sin consentimiento de sus dueos:
abuso muy contrario, en verdad,  los sagrados cnones, y que fu
reprimido con laudable celo por la Iglesia, pero que, sin embargo,
no deja de ser muy til al observador para apreciar debidamente el
profundo efecto que andaban produciendo las ideas  instituciones
religiosas. Sin pretender disculpar en nada lo que en eso hubiera de
culpable, bien se puede hacer tambin mritos del mismo abuso; pues
que los abusos muchas veces no son ms que exageraciones de un buen
principio. Las ideas religiosas estaban mal avenidas con la esclavitud,
sta se hallaba sostenida por las leyes, y de aqu esa lucha incesante
que se presentaba bajo diferentes formas, pero siempre encaminada al
mismo blanco,  la emancipacin universal. Con mucha confianza se
pueden emplear en la actualidad ese linaje de argumentos, ya que los
ms horrendos atentados de las revoluciones los hemos visto excusar con
la mayor indulgencia, slo en gracia de los principios de que estaban
imbudos los revolucionarios, y de los fines que llevaba la revolucin,
que eran el cambiar enteramente la organizacin social.

Curiosa es la lectura de los documentos que sobre este abuso nos han
quedado, y que pueden leerse por extenso al fin de este volumen,
sacados del Decreto de Graciano. (Dist. 54, c. 9, 10, 11, 12.)
Examinndolos con detenimiento se echa de ver: 1. Que el nmero de
esclavos que por este medio alcanzaban libertad era muy numeroso, pues
que las quejas y los clamores que en contra se levantan son generales.
2. Que los obispos estaban por lo comn  favor de los esclavos, que
llevaban muy lejos su proteccin, y que procuraban realizar de todos
modos las doctrinas de igualdad, pues que se afirma all mismo que casi
ningn obispo estaba exento de caer en esa reprensible condescendencia.
3. Que los esclavos, conociendo ese espritu de proteccin, se
apresuraban  deshacerse de las cadenas, y arrojarse en brazos de la
Iglesia. 4. Que ese conjunto de circunstancias deba de producir en
los nimos un movimiento muy favorable  la libertad, y que, entablada
tan afectuosa correspondencia entre los esclavos y la Iglesia,  la
sazn tan poderosa  influyente, debi de resultar que la esclavitud se
debilitase rpidamente, caminando los pueblos  esa libertad que siglos
adelante vemos llevada  complemento.

La Iglesia de Espaa,  cuyo influjo civilizador han tributado tantos
elogios hombres por cierto poco adictos al Catolicismo, manifest
tambin en esta parte la altura de sus miras y su consumada prudencia.
Siendo tan grande como hemos visto el celo caritativo  favor de
los esclavos, y tan decidida la tendencia  elevarlos al sagrado
ministerio, era conveniente dejar un desahogo  ese impulso generoso,
concilindole, en cuanto era dable, con lo que demandaba la santidad
del ministerio.  este doble objeto se encaminaba sin duda la
disciplina que se introdujo en Espaa de permitir la ordenacin de
los esclavos de la Iglesia, manumitindolos antes, como lo dispone el
canon 74 del 4. concilio de Toledo, celebrado en el ao 633, y como
se deduce tambin del canon 11 del 9. concilio tambin de Toledo,
celebrado en el ao 655, donde se manda que los obispos no puedan
introducir en el clero  los siervos de la Iglesia sin haberles dado
antes libertad.

Es notable que esta disposicin se ensanch en el canon 18 del concilio
de Mrida, celebrado en el ao 666, donde se concede, hasta  los
curas prrocos, el escoger para s clrigos entre los siervos de su
iglesia, con la obligacin, empero, de mantenerlos segn sus rentas.
Con esta disciplina sin cometer ninguna injusticia se salvaban todos
los inconvenientes que poda traer consigo la ordenacin de los
esclavos; y, adems, se conseguan muy benficos resultados por una va
ms suave: porque, ordenndose siervos de la misma iglesia, era ms
fcil que se los pudiera escoger con tino, echando mano de aquellos
que ms lo merecieran por sus dotes intelectuales y morales: se abra
tambin ancha puerta para que pudiese la Iglesia emancipar sus siervos,
hacindolo por un conducto tan honroso, cual era el de inscribirlos
en el nmero de sus ministros, y, finalmente, dbase  los legos un
ejemplo muy saludable, pues que, si la Iglesia se desprenda tan
generosamente de sus esclavos, y era en este punto tan indulgente, que,
sin limitarse  los obispos, extenda la facultad hasta  los curas
prrocos, no deba tampoco ser tan doloroso  los seglares el hacer
algn sacrificio de sus intereses en pro de la libertad de aquellos que
pareciesen llamados  tan santo ministerio.




CAPITULO XIX


As andaba la Iglesia deshaciendo, por mil y mil medios, la cadena de
la servidumbre, sin salirse, empero, nunca de los lmites sealados
por la justicia y la prudencia: as procuraba que desapareciese de
entre los cristianos ese estado degradante, que de tal modo repugnaba
 sus grandiosas ideas sobre la dignidad del hombre,  sus generosos
sentimientos de fraternidad y de amor. Dondequiera que se introduzca
el Cristianismo, las cadenas de hierro se trocarn en suaves lazos, y
los hombres abatidos podrn levantar con nobleza su frente. Agradable
es sobremanera el leer lo que pensaba sobre este punto uno de los
ms grandes hombres del Cristianismo: San Agustn. (_De Civit. Dei_,
1. 19, c. 14, 15, 16.) Despus de haber sentado en pocas palabras la
obligacin del que manda, sea padre, marido  seor, de mirar por el
bien de aquel  quien manda, encontrando as uno de los cimientos de
la obediencia en la misma utilidad del que obedece; despus de haber
dicho que los justos no mandan por prurito ni soberbia, sino por el
deseo de hacer bien  sus sbditos: _neque enim dominandi cupiditate
imperant, sed officia consulendi, nec principandi superbia, sed
providendi misericordia_; despus de haber proscripto con tan nobles
doctrinas toda opinin que se encaminara  la tirana,  que fundase la
obediencia en motivos de envilecimiento; como si temiese alguna rplica
contra la dignidad del hombre, enardcese de repente su grande alma,
aborda de frente la cuestin, la eleva  su altura ms encumbrada, y,
desatando sin rebozo los nobles pensamientos que hervan en su frente,
invoca en su favor el orden de la naturaleza, y la voluntad del mismo
Dios, exclamando: As lo prescribe el orden natural, as cri Dios
al hombre; djole que dominara  los peces del mar,  las aves del
cielo, y  los reptiles que se arrastran sobre la tierra. _La criatura
racional, hecha  su semejanza, no quiso que dominase sino  los
irracionales, no el hombre al hombre, sino el hombre al bruto._

Este pasaje de San Agustn es uno de aquellos briosos rasgos que se
encuentran en los escritores de genio, cuando, atormentados por la
vista de un objeto angustioso, sueltan la rienda  la generosidad
de sus ideas y pensamientos, expresndose con osada valenta. El
lector, asombrado con la fuerza de la expresin, busca, suspenso y sin
aliento, lo que est escrito en las lneas que siguen, como abrigando
un recelo de que el autor se haya extraviado, seducido por la nobleza
de su corazn y arrastrado por la fuerza de su genio; pero se siente
un placer inexplicable cuando se descubre que no se ha apartado del
camino de la sana doctrina, sino que nicamente ha salido, cual
gallardo atleta,  defender la causa de la razn, de la justicia y de
la humanidad. Tal se nos presenta aqu San Agustn: la vista de tantos
desgraciados como geman en la esclavitud, vctimas de la violencia y
caprichos de los amos, atormentaba su alma generosa; mirando al hombre
 la luz de la razn y de las doctrinas cristianas, no encontraba
motivo por que hubiese de vivir en tanto envilecimiento una porcin
tan considerable del humano linaje; y por eso, mientras proclama las
doctrinas que acabo de indicar, lucha por encontrar el origen de tamaa
ignominia, y, no hallndola en la naturaleza del hombre, la busca en el
pecado, en la maldicin. Los primeros justos, dice, fueron ms bien
constitudos pastores de ganados que no reyes de hombres, dndonos
Dios  entender con esto lo que peda el orden de las criaturas, y lo
que exiga la pena del pecado: pues que la condicin de la servidumbre
fu con razn impuesta al pecador; y por esto no encontramos en las
Escrituras la palabra _sirvi_ hasta que el justo No la arroj como
un castigo sobre su hijo culpable. De lo que se sigue que este nombre
vino de la culpa, no de la naturaleza.

Este modo de mirar la esclavitud como hija del pecado, como un fruto de
la maldicin de Dios, era de la mayor importancia; pues que, dejando
salva la dignidad de la naturaleza del hombre, atajaba de raz todas
las preocupaciones de superioridad natural que en su desvanecimiento
pudieran atribuirse los libres. Quedaba tambin despejada la esclavitud
del valor que poda darle el ser mirada como un pensamiento poltico,
 medio de gobierno; pues slo se deba considerarla como una de
tantas plagas arrojadas sobre la humanidad por la clera del Altsimo.
En tal caso, los esclavos tenan un motivo de resignacin; pero la
arbitrariedad de los amos encontraba un freno, y la compasin de todos
los libres, un estmulo; pues que, habiendo nacido todos en culpa,
todos hubieran podido hallarse en igual estado; y, si se envanecan por
no haber cado en l, no tenan ms razn que quien se gloriase, en
medio de una epidemia, de haberse conservado sano, y se creyese por eso
con derecho de insultar  los infelices enfermos. En una palabra, el
estado de la esclavitud era una plaga, y nada ms; era como la peste,
la guerra, el hambre  otras semejantes; y por esta causa era deber de
todos los hombres el procurar, por de pronto, aliviarla, y el trabajar
para abolirla.

Semejantes doctrinas no quedaban estriles; proclamadas  la faz
del mundo, resonaban vigorosamente por los cuatro ngulos del orbe
catlico: y,  ms de ser puestas en prctica como lo acabamos de ver
en ejemplos innumerables, eran conservadas, como una teora preciosa
al travs del caos de los tiempos. Haban pasado ocho siglos, y las
vemos reproducidas por otra de las lumbreras ms resplandecientes de
la Iglesia catlica: Santo Toms de Aquino. (1 p, q. 96, art. 4.) En
la esclavitud no ve tampoco ese grande hombre, ni diferencia de razas,
ni la inferioridad imaginaria, ni medios de gobierno; no acierta 
explicrsela de otro modo que considerndola como una plaga acarreada 
la humanidad por el pecado del primer hombre.

Tanta es la repugnancia con que ha sido mirada entre los cristianos la
esclavitud, tan falso es lo que asienta M. Guizot de que  la sociedad
cristiana no la confundiese ni irritase ese estado. Por cierto que
no hubo aquella confusin  irritacin ciegas, que, salvando todas
las barreras, y no reparando en lo que dicta la justicia y aconseja
la prudencia, se arrojan sin tino  borrar la marca de abatimiento 
ignominia; pero, si se habla de aquella confusin  irritacin que
resultan de ver oprimido y ultrajado al hombre, que no estn, empero,
reidas con una santa resignacin y longanimidad, y que, sin dar
treguas  la accin de un celo caritativo, no quieren, sin embargo,
precipitar los sucesos, antes los preparan maduramente para alcanzar
efecto ms cumplido; si hablamos de esta santa confusin  irritacin,
cabe mejor prueba de ella, que los hechos que he citado, que las
doctrinas que he recordado? cabe protesta ms elocuente contra la
duracin de la esclavitud que la doctrina de los dos insignes doctores,
que, como acabamos de ver, la declaran un fruto de maldicin, un
castigo de la prevaricacin del humano linaje; que no la pueden
concebir sino ponindola en la misma lnea de las grandes plagas que
afligen  la humanidad?

Las profundas razones que mediaron para que la Iglesia recomendase 
los esclavos la obediencia, bastante las llevo evidenciadas, y no puede
haber nadie imparcial que se lo achaque  olvido de los derechos del
hombre. Ni se crea por eso que faltase en la sociedad cristiana la
firmeza necesaria para decir la verdad toda entera, con tal que fuera
verdad saludable. Tenemos de ello una prueba en lo que sucedi con
respecto al matrimonio de los esclavos: sabido es que no era reputado
como tal, y que ni aun podan contraerle sin el consentimiento de sus
amos, so pena de considerarse como nulo. Haba en esto una usurpacin,
que luchaba abiertamente con la razn y la justicia: qu hizo, pues,
la Iglesia? Rechaz sin rodeos tamaa usurpacin. Oigamos,  si no,
lo que deca el Papa Adriano I. Segn las palabras del Apstol, as
como en Cristo Jess no se ha de remover de los sacramentos de la
Iglesia ni al libre ni al esclavo, as tampoco entre los esclavos no
deben de ninguna manera prohibirse los matrimonios; y, si los hubieren
_contrado contradicindolo y repugnndolo los amos, de ninguna manera
se deben por eso disolver_. (_De Coniu. serv._, l. 4., t. 9, c. 1.)
Esta disposicin, que aseguraba la libertad de los esclavos en uno
de los puntos ms importantes, no debe ser tenida como limitada 
determinadas circunstancias; era algo ms, era una proclamacin de
su libertad en esta materia, era que la Iglesia no quera consentir
que los hombres estuviesen al nivel de los brutos, vindose forzados
 obedecer al capricho  al inters de otro hombre, sin consultar
siquiera los sentimientos del corazn. As lo entenda Santo Toms,
pues que sostiene abiertamente que, en punto  contraer matrimonio, _no
deben los esclavos obedecer  sus dueos_. (2. 2.^{ae}, q. 104, art.
5.)

En el rpido bosquejo que acabo de trazar, he cumplido, segn creo,
con lo que al principio insinu: de que no adelantara una proposicin
que no la apoyara en irrecusables documentos, sin dejarme extraviar
por el entusiasmo  favor del Catolicismo, hasta atribuirle lo que
no le pertenezca. Velozmente,  la verdad, hemos atravesado el caos
de los siglos: pero se nos han presentando, en diverssimos tiempos
y lugares, pruebas convincentes de que el Catolicismo es quien ha
abolido la esclavitud,  pesar de las ideas, de las costumbres, de los
intereses, de las leyes que formaban un reparo, al parecer invencible;
y todo sin injusticias, sin violencias, sin trastornos, y todo con la
ms exquisita prudencia, con la ms admirable templanza. Hemos visto
 la Iglesia catlica desplegar contra la esclavitud un ataque tan
vasto, tan variado, tan eficaz, que, para quebrantarse la ominosa
cadena, no se ha necesitado siquiera un golpe violento; sino que,
expuesta  la accin de poderossimos agentes, se ha ido aflojando,
deshaciendo, hasta caerse  pedazos. Primero se ensean en alta voz
las verdaderas doctrinas sobre la dignidad del hombre, se marcan las
obligaciones de los amos y de los esclavos, se los declara iguales
ante Dios, reducindose  polvo las teoras degradantes que manchan
los escritos de los mayores filsofos de la antigedad; luego se
empieza la aplicacin de las doctrinas, procurando suavizar el trato
de los esclavos; se lucha con el derecho atroz de vida y muerte, se
les abren por asilo los templos, no se permite que  la salida sean
maltratados, y se trabaja por substituir  la vindicta privada la
accin de los tribunales; al propio tiempo se garantiza la libertad de
los manumitidos enlazndola con motivos religiosos, se defiende con
tesn y solicitud la de los ingenuos, se procura cegar las fuentes
de la esclavitud, ora desplegando vivsimo celo por la redencin de
los cautivos, ora saliendo al paso  la codicia de los judos, ora
abriendo expeditos senderos por donde los vendidos pudiesen recobrar
la libertad; se da en la Iglesia el ejemplo de la suavidad y del
desprendimiento, se facilita la emancipacin admitiendo  los esclavos
 los monasterios y al estado eclesistico, y por otros medios que iba
sugiriendo la caridad: y as,  pesar del hondo arraigo que tena la
esclavitud en la sociedad antigua,  pesar del trastorno trado por la
irrupcin de los brbaros,  pesar de tantas guerras y calamidades de
todos gneros, con que se inutilizaba en gran parte el efecto de toda
accin reguladora y benfica, se vi, no obstante, que la esclavitud,
esa lepra que afeaba  las civilizaciones antiguas, fu disminuyndose
rpidamente en las naciones cristianas, hasta que al fin desapareci.

No se descubre, por cierto, un plan concebido y concertado por los
hombres; mas, por lo mismo que sin ese plan se nota tanta unidad de
tendencias, tanta identidad de miras, tanta semejanza en los medios,
hay una prueba evidente del espritu civilizador y libertador entraado
por el Catolicismo; y los verdaderos observadores se complacern, sin
duda, en ver en el cuadro que acabo de presentar, cul concuerdan
admirablemente en dirigirse al mismo blanco, los tiempos del imperio,
los de la irrupcin de los brbaros, y los de la poca del feudalismo;
y, ms que en aquella mezquina regularidad que distingue lo que es
obra exclusiva del hombre, se complacern, repito, los verdaderos
observadores, en andar recogiendo los hechos desparramados en aparente
desorden, desde los bosques de la Germania hasta las campias de la
Btica, desde las orillas del Tmesis hasta las mrgenes del Tiber.

Estos hechos yo no los he fingido; anotadas van las pocas, citados
los concilios; al fin de este volumen encontrar el lector, originales
y por extenso, los textos que aqu he extractado y resumido, y all
podr cerciorarse plenamente de que no le he engaado. Que, si tal
hubiera sido mi intencin,  buen seguro que no hubiera descendido al
terreno de los hechos: entonces habra divagado por las regiones de
las teoras; habra pronunciado palabras pomposas y seductoras; habra
echado mano de los medios ms  propsito para encantar la fantasa
y excitar los sentimientos; me habra colocado en una de aquellas
posiciones, en que puede un escritor suponer  su talante cosas que
jams han existido, y lucir, con harto escaso trabajo, las galas de la
imaginacin y la fecundidad del ingenio. Me he impuesto una tarea algo
ms penosa, quizs no tan brillante, pero ciertamente ms fecunda.

Y ahora podremos preguntar  M. Guizot, cules han sido las _otras
causas_, las _otras ideas_, los _otros principios_ de _civilizacin_,
cuyo completo desarrollo, segn nos dice, ha sido necesario _para que
triunfase al fin la razn, de la ms vergonzosa de las iniquidades_.
Esas causas, esas ideas, esos principios de civilizacin que, segn
l, ayudaron  la Iglesia en la abolicin de la esclavitud, menester
era explicarlos, indicarlos cuando menos; que as el lector hubiera
podido evitarse el trabajo de buscarlos como quien adivina. Si no
brotaron del seno de la Iglesia, dnde estaban? Estaban en los
restos de la civilizacin antigua? Pero los restos de una civilizacin
destrozada, y casi aniquilada, podran hacer lo que no hizo ni
pens hacer jams esa misma civilizacin cuando se hallaba en todo
su vigor, pujanza y lozana? Estaban quizs en el individualismo de
los brbaros, cuando este individualismo era inseparable compaero de
la violencia, y, por consiguiente, deba ser una fuente de opresin
y esclavitud? Estaban quizs en el patronazgo militar, introducido,
segn Guizot, por los mismos brbaros, que puso los cimientos de esa
organizacin aristocrtica, convertida ms tarde en feudalismo? Pero,
qu tena que ver ese patronazgo con la abolicin de la esclavitud,
cuando era lo ms  propsito para perpetuarla en los indgenas de
los pases conquistados, y extenderla  una porcin considerable
de los mismos conquistadores? Dnde est, pues, una idea, una
costumbre, una institucin que, sin ser hija del Cristianismo, haya
contribudo  la abolicin de la esclavitud? Selese la poca de su
nacimiento, el tiempo de su desarrollo; mustresenos que no tuvo su
origen en el Cristianismo, y entonces confesaremos que l no puede
pretender exclusivamente el honroso ttulo de haber abolido estado
tan degradante; y no dejaremos por eso de aplaudir y ensalzar aquella
idea, costumbre  institucin que haya tomado una parte en la bella y
grandiosa empresa de libertar  la humanidad.

Y ahora, bien se puede preguntar  las Iglesias protestantes,  esas
hijas ingratas que, despus de haberse separado del seno de su madre,
se empean en calumniarla y afearla: dnde estabais vosotras cuando la
Iglesia catlica iba ejecutando la inmensa obra de la abolicin de la
esclavitud? Cmo podris achacarle que simpatiza con la servidumbre,
que trata de envilecer al hombre, de usurparle sus derechos? Podris
vosotras presentar un ttulo, que as os merezca la gratitud del
linaje humano? Qu parte podis pretender en esa grande obra, que es
el primer cimiento que deba echarse para el desarrollo y grandor de
la civilizacin europea? Solo, sin vuestra ayuda, la llev  cabo el
Catolicismo; y solo hubiera conducido  la Europa  sus altos destinos,
si vosotras no hubierais venido  torcer la majestuosa marcha de esas
grandes naciones, arrojndolas desatentadamente por un camino sembrado
de precipicios: camino cuyo trmino est cubierto con densas sombras,
en medio de las cuales slo Dios sabe lo que hay.[15]




NOTAS


       [1] Pg. 11.--_La historia de las variaciones de los
       protestantes_, de Bossuet, es una de aquellas obras que
       agotan su objeto; que ni dejan rplica, ni consienten
       aadidura. Leda con reflexin esta obra inmortal, la causa
       del Protestantismo est fallada bajo un aspecto dogmtico; no
       queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad.
       Gibbon la haba ledo en su juventud, y se haba hecho
       catlico, abandonando la religin protestante, en que haba
       sido educado. Despus volvi  separarse de la Iglesia
       catlica, pero no fu protestante, sino incrdulo. Quizs no
       disgustar  los lectores el oir de la boca de este clebre
       escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la
       relacin del efecto que le produjo su lectura; dice as:
       En la _Historia de las variaciones_, ataque tan vigoroso
       como bien dirigido, desenvuelve, con felicsima mezcla de
       raciocinio y de narracin, las faltas, los extravos, las
       incertidumbres y las contradicciones de nuestros primeros
       reformadores, cuyas variaciones, como l sostiene hbilmente,
       llevan el carcter del error, mientras que la no _interrumpida
       unidad de la Iglesia catlica es la seal y testimonio de la
       infalible verdad_: le, aprob, cre. (_Gibbon, Memorias._)

       [2] Pg. 13.--Lutero,  quien se empean todava algunos
       en presentrnoslo como un hombre de altos conceptos, de
       pecho noble y generoso, de vindicador de los derechos de la
       humanidad, nos ha dejado en sus escritos el ms seguro y
       evidente testimonio de su carcter violento, de su extremada
       grosera y de la ms feroz intolerancia. Enrique VIII, Rey
       de Inglaterra, haba refutado el libro de Lutero llamado
       _de Captivitate Babilonica_, y, enojado este por semejante
       atrevimiento, escribe al Rey, llamndole _sacrlego_, _loco_,
       _insensato_, _el ms grosero de todos los puercos y de todos
       los asnos_. Si la majestad real no inspiraba  Lutero respeto
       ni miramiento, tampoco tena ninguna consideracin al mrito.
       Erasmo, quizs el hombre ms sabio de su siglo,  al menos
       el ms erudito, ms literato y brillante, y que, por cierto,
       no escase la indulgencia con Lutero y sus secuaces, fu, no
       obstante, tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo,
       as que ste vi que no poda traerle  la nueva secta, que,
       lamentndose de ello Erasmo, deca: que en su vejez se vea
       obligado  pelear con una bestia feroz,  con un furioso
       jabal. No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba
        los hechos: y bien sabido es que por instigacin suya fu
       desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia,
       hallndose, por efecto de la persecucin, reducido  tal
       miseria, que se vea precisado  ganarse el sustento llevando
       lea, y haciendo otros oficios muy ajenos  su estado. En
       sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desminti
       Lutero su carcter, llamndolos hombres _condenados_,
       _insensatos_, _blasfemos_. Cuando as trataba  sus compaeros
       disidentes, nada extrao es que llamase  los doctores
       de Lovaina _verdaderas bestias_, _puercos_, _paganos_,
       _epicreos_, _ateos_; que prorrumpiese en otras expresiones
       que la decencia no permite copiar, y que, desenfrenndose
       contra el Papa, dijese, que era un lobo rabioso, que todo
       el mundo deba armarse contra l, sin esperar orden alguna
       de los magistrados; que en este punto slo poda caber
       arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada;
       y que todos aquellos que le seguan, deban ser perseguidos
       como los soldados de un capitn de bandoleros, aunque fueran
       reyes  emperadores. Este es el espritu de tolerancia y
       libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta que nos sera
       fcil aducir muchas otras pruebas.

       No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia
       de Lutero; extendase  todo el partido, y se hacan sentir
       sus efectos de un modo cruel. Afortunadamente tenemos de esta
       verdad un testigo irrefragable. Es Melanchton, el discpulo
       querido de Lutero, uno de los hombres ms distinguidos que ha
       tenido el Protestantismo. Me hallo en tal esclavitud (deca,
       escribiendo  su amigo Camerario) como si estuviera en la
       cueva de los cclopes; por manera que apenas me es posible
       explicarte mis penas, vinindome  cada paso tentaciones de
       escaparme. Son gente ignorante (deca en otra carta) que
       no conoce piedad ni disciplina; mirad  los que mandan, y
       veris que estoy como Daniel en la cueva de los leones. Y
       se dir todava que presida  tamaa empresa un pensamiento
       generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano!
       La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues,  ms
       de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se
       manifiesta  cada paso en sus obras, por el tratamiento que
       da  sus adversarios. _Malvados_, _tunantes_, _borrachos_,
       _locos_, _furiosos_, _rabiosos_, _bestias_, _toros_,
       _puercos_, _asnos_, _perros_, _viles esclavos de Satans_: he
       aqu las lindezas que se hallan  cada paso en los escritos
       del clebre reformador. Cunto y cunto de semejante podra
       aadir, si no temiese fastidiar  los lectores!

       [3] Pg. 14.--En la dieta de Espira se haba hecho un decreto
       que contena varias disposiciones relativas al cambio de
       religin: catorce ciudades del imperio no quisieron someterse
        este decreto y presentaron una _protesta_; de aqu vino
       que los disidentes empezaron  llamarse _protestantes_. Como
       este nombre es la condenacin de las Iglesias separadas,
       han tratado algunas veces de apropiarse otros; pero siempre
       en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre
       falso no dura. Qu pretendan significar cuando se
       llamaban evanglicos? acaso el que se atenan nicamente
       al Evangelio? En tal caso mejor deban llamarse, bblicos,
       pues que no pretendan precisamente atenerse al Evangelio,
       sino  la _Biblia_. Llmanse tambin  veces _reformados_, y
       algunos suelen apellidar al Protestantismo _Reforma_; pero
       basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad.
       _Revolucin religiosa_ le cuadrara mucho mejor.

       [4] Pg. 15.--El conde de Maistre, en su obra _Del Papa_,
       ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera
       inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy
       atinada, cual es, que slo la Iglesia catlica tiene un nombre
       _positivo_ y propio, con que se llama ella  s misma, y hace
       que la llamen los otros. Las Iglesias separadas han excogitado
       varios, pero no han podido apropirselos. Si cada uno, dice,
       es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en
       persona podra escribir sobre la puerta de su casa: _Palacio
       de Artemisa_. La dificultad est en obligar  los dems 
       darnos el nombre que nosotros escogemos.

       No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese
       argumento de los nombres: habanlo empleado de antemano San
       Jernimo y San Agustn: Si oyeres, dice San Jernimo, que se
       llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no
       son la Iglesia de Cristo, sino la Sinagoga del Anticristo.
       _Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos,
       montanenses, scito non Ecclesiam Christi, sed Antichristi
       esse Sinagogam._ (_Hieron., lib. adversus Luciferanios._)
       Tineme en la Iglesia, dice San Agustn, el mismo nombre de
       catlica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le
       obtuvo ella sola, y de tal manera, que, querindose llamar
       catlicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino
       les pregunta por el templo catlico, ninguno de los herejes
       se atreve  mostrarle su baslica  su casa. _Tenet me in
       Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine causa inter
       tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes
       haeretici se catholicos dici velint, quaerenti tamen peregrino
       alicui, ubi ad catholicam conveniatur, nullus haereticorum,
       vel basilicam suam, vel domum audcat ostendere._ (_S. Aug._)
       Esto que observaba San Agustn en su tiempo, se ha verificado
       tambin con respecto  los protestantes, y pueden dar de ello
       testimonio los que han visitado aquellos pases en que hay
       diferentes comuniones. Un ilustre espaol del siglo XVII y
       que haba pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: Todos
       quieren llamarse catlicos y apostlicos, pero los dems los
       llaman luteranos y calvinistas. _Singuli volunt dici catholici
       et apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc praetenso illis
       nomine, sed luterani potius aut calviniani nominantur._
       (_Caramuel._) He habitado, contina el mismo, en ciudades
       de herejes, y vi con mis ojos y o con mis odos, una cosa
       que debieran pesar los heterodoxos: esto es, _que  excepcin
       del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden
       saber ms de lo que conviene, todo el vulgo de los herejes
       llama catlicos  los romanos_. (_Habitavi in haereticorum
       civitatibus; et hoc propriis oculis vidi, propriis auditi
       auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter
       praedicantem, et pauculos qui plus sapiunt quam oportet
       sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos._)
       Tanta es la fuerza de la verdad. Los idelogos saben muy bien
       que semejantes fenmenos proceden de causas profundas, y que
       estos argumentos son algo ms que sutilezas.

       [5] Pg 36.--Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha
       exagerado su influencia en los desastres que en los ltimos
       siglos han afligido  la Iglesia, tenindose cuidado, al
       propio tiempo, de ensalzar con hipcritas encomios la pureza
       de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los
       primeros siglos, que algunos han llegado  imaginarse una
       lnea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en
       los primeros ms que verdad y santidad, y no atribuyendo  los
       segundos otra cosa que corrupcin y mentira; como si en los
       primeros siglos de la Iglesia todos los miembros hubiesen sido
       ngeles, como si en todas pocas no hubiese tenido la Iglesia
       que corregir errores y enfrenar pasiones. Con la historia
       en la mano sera fcil reducir  su justo valor estas ideas
       exageradas; exageracin de que se hizo cargo el mismo Erasmo,
       por cierto poco inclinado  disculpar  sus contemporneos. En
       un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia,
       hace ver hasta la evidencia, cun infundado y pueril era el
       prurito que entonces cunda de ensalzar todo lo antiguo para
       deprimir lo presente. Un fragmento de este objeto se halla
       entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre las
       historia de Fleury.

       Curioso fuera tambin hacer una resea de las disposiciones
       tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos.
       Las colecciones de los concilios podran suministrarnos tan
       copiosa materia para comprobar este aserto, que no sera
       fcil encerrarla en pocos volmenes; , ms bien, las mismas
       colecciones, con toda su mole asombradora, no son otra cosa,
       de un extremo  otro, que una prueba evidente de estas dos
       verdades: primera, que en todos tiempos ha habido muchos
       abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad
       y la corrupcin humanas; segunda, que en todas pocas la
       Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo, desde luego,
       asegurarse que no es posible sealar uno, sin que se ofrezca
       tambin la correspondiente disposicin cannica que lo reprime
        castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que
       el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos,
       sino que era una de aquellas grandes calamidades que, atendida
       la volubilidad del espritu humano y el estado en que se
       encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables.
       En el mismo sentido que dijo Jesucristo que era _necesario
       que hubiese escndalos_, no porque nadie se halle forzado 
       darlos, sino porque tal es la corrupcin del corazn humano,
       que, siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de
       haberlos.

       [6] Pg. 45.--Ese concierto, esa unidad, que se descubren en
       el Catolicismo, deben llenar de admiracin y asombro  todo
       hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas.
       Si no suponemos que _hay aqu el dedo de Dios_, cmo ser
       posible explicar ni concebir la duracin del centro de la
       unidad, que es la Ctedra de Roma? Tanto se ha dicho ya
       sobre la supremaca del Papa, que es muy difcil aadir nada
       nuevo; pero quizs no desagradar  los lectores el que les
       presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en
       que reuni los varios y notables ttulos que ha dado  los
       Sumos Pontfices, y  su silla, la antigedad eclesistica.
       Este trabajo del santo Obispo es interesante, no tan slo por
       lo que pica la curiosidad, sino tambin porque da margen 
       gravsimas reflexiones, que el lector har, sin duda, por s
       mismo. Helo aqu:

                    NOMBRES QUE SE HAN DADO AL PAPA

    El muy santo Obispo de la Iglesia   } En el concilio de Soissons de
    Catlica.                           } 300 Obispos.

    El muy santo y muy feliz Patriarca. } Ibd., tomo 7. Concil.

    El muy feliz Seor.                 } S. Agustn., Ep. 95.

    El Patriarca universal.             } S. Len P, Ep. 62.

    El Jefe de la Iglesia del mundo.    } Innoc. ad PP. Concili.
                                        } Milevit.

    El Obispo elevado  la cumbre       } S. Cipr., Ep. 3 et 12.
    apostlica.                         }

    El Padre de los Padres.             } Concil. de Calced., ses. 3.

    El Soberano Pontfice de los        } Ibd. in praef.
    Obispos.                            }

    El Soberano Sacerdote.              } Concil. de Calced., ses. 16.

    El Prncipe de los Sacerdotes.      } Esteban Ob. de Cartago.

    El Prefecto de la Casa de Dios,     } Concil. de Cartago, Ep. ad
    y el Custodio y Guarda de la        } Damasum.
    via del Seor.                     }

    El Vicario de Jesucristo, y el      } S. Jern., praef. in Evang.
    Confirmador de la fe de los         } ad Damasum.
    cristianos.                         }

    El Sumo Sacerdote.                  } Valentiniano y toda la
                                        } antigedad.

    El Soberano Pontfice.              } Concil. de Calced., in Ep. ad
                                        } Theod. Imper.

    El Prncipe de los Obispos.         } Ibd.

    El Heredero de los apstoles.       } S. Bern., lib. de Consid.

    Abrahn por el Patriarcado.         } S. Ambros., in 1 ad Tim., 3.

    Melquisedech por el orden.          } Concil. de Calced., Epist. ad
                                        } Leonem.

    Moiss por la autoridad.            } S. Bern., Epist. 190

    Samuel por la jurisdiccin.         } Ibd. et in lib. de Consid.

    Pedro por el poder.                 } Ibd.

    Cristo por la uncin.               } Ibd.

    El Pastor del aprisco de            } Ibd., lib. 2, Consid.
    Jesucristo.                         }

    El Llavero de la Casa de Dios.      } Idem idem, cap. 8.

    El Pastor de todos los pastores.    } Ibd.

    El Pontfice llamado  la plenitud  } Ibd.
    del poder.

    San Pedro fu la boca de            } S. Crisst., Homil. 2, in
    Jesucristo.                         } divers. serm.

    La Boca y el Jefe del apostolado.   } Orig., Hom. 55, in Matth.

    La Ctedra y la Iglesia principal.  } S. Cipr., Ep. 55, ad Corn.

    El Origen de la unidad sacerdotal.  } S. Cipr., Epist. 3,2

    El Lazo de la unidad.               } Idem ibd., 4,2.

    La Iglesia donde reside el poder    } Idem ibd., 3,8.
    principal.

    La Iglesia Raz y Matriz de todas   } S. Anaclet. Pap., Epist. ad
    las dems Iglesias.                 } om. Episc. et fidel.

    La Sede sobre la cual ha construdo } S. Dmas., Ep., ad univ.
    el Seor la Iglesia universal.      } Episc.

    El Punto Cardinal y el Jefe de      } S. Marcelin., Pap., Epist. ad
    todas las Iglesias.                 } Episc. Antioc.

    El Refugio de los Obispos.          } Conc. de Alex., Ep. ad Felic.
                                        } P.

    La Suprema Sede Apostlica.         } S. Atanas.

    La Iglesia presidente.              } Imp. Justin., in 1, 8, Cod. de
                                        } SS. Trinit.

    La Sede Suprema que no puede        } S. Len, in nat. SS. Apost.
    ser juzgada por otra.               }

    La Iglesia antepuesta  todas las   } Vctor de Utica, in lib. de
    dems Iglesias.                     } perfect.

    La primera de todas las Sedes.      } S. Prspero, lib. de Ingrat.

    La Fuente apostlica.               } S. Ignat., Ep. ad Rom, in
                                        } Suscript.

    El Puerto segursimo de toda la     } Concil. Rom. por S. Gelasio.
    Comunin Catlica.                  }

       [7] Pg. 54.--He dicho que los ms distinguidos protestantes
       sintieron el vaco que encerraban todas las sectas separadas
       de la Iglesia catlica: voy  presentar las pruebas de esta
       asercin, que quizs algunos juzgaran aventurada. Oigamos
       al mismo Lutero, que, escribiendo  Zuinglio, deca: Si
       dura mucho el mundo, ser de nuevo necesario,  causa de las
       varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan,
       para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de
       los concilios y refugiarnos en ellos. (_Si diutius steterit
       mundus, iterum erit necessarium, propter diversas Scripturae
       interpretationes quae nunc sunt, ad conservandam fidei
       unitatem, ut conciliorum decreta recipiamus, adque ad ea
       confugiamus._)

       Melanchton, lamentndose de las funestas consecuencias de
       la falta de jurisdiccin espiritual, deca: resultar una
       libertad de ningn provecho  la posteridad; y en otra
       parte dice estas notabilsimas palabras: En la Iglesia se
       necesitan inspectores para conservar el orden, observar
       atentamente  los que son llamados al ministerio eclesistico,
       velar sobre la doctrina de los sacerdotes, y ejercer los
       juicios eclesisticos; por manera que, si no hubiera obispos,
       sera menester crearlos. _La monarqua del Papa servira
       tambin mucho para conservar entre tan diversas naciones la
       uniformidad de la doctrina._

       Oigamos  Calvino: Coloc Dios la silla de su culto en el
       centro de la tierra, poniendo all un Pontfice, nico, 
       quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad.
       (Cultus sui sedem in medio terrae collocavit illi _unum_
       Antistitem praefecit, quem omnes respicerent, quo melius in
       _unitate_ continerentur.) (Calv., inst. 6, . 11.)

       Atormentronme tambin  m mucho y por largo tiempo, dice
       Beza, esos mismos pensamientos que t me pintas: veo  los
       nuestros divagando  merced de todo viento de doctrina, y,
       levantados en alto, caerse ahora  una parte, despus  otra.
       Lo que piensan hoy de la religin quiz podra saberlo; lo que
       pensarn maana, no. Las Iglesias que han declarado la guerra
       al Romano Pontfice, _en qu punto de la religin convienen?
       Recrrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrars
       cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro
       como impa._ Exercuerunt me diu et multum illae, ipsae
       quas describis cogitationes: video nostros palantes omni
       doctrinae vento et, in altum sublatos, modo ad hanc, modo
       ad illam partem deferri. Horum quae sit hodie de Religione
       sententia scire fortasse possis; sed quae eras de eadem futura
       sit opinio, neque tu certo affirmare queas. In quo tandem
       religionis capite, congruunt inter se Ecclesiae, quae Romano
       Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si percurras
       omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod
       alter statim non impium esse clamitet. (Th. Epist. ad Andream
       Duditium.)

       Grocio, uno de los hombres ms sabios que haya tenido el
       Protestantismo, conoci tambin la flaqueza de los cimientos
       en que estriban las sectas separadas. No son pocos los que
       han credo que haba muerto catlico. Los protestantes le
       acusaron de que intentaba convertirse al Catolicismo, y los
       catlicos que le haban tratado en Pars, pensaban de la
       misma manera. No dir que sea verdad lo que se cuenta del
       insigne P. Petau, amigo de Grocio, de que, habiendo sabido su
       muerte, haba celebrado misa por l; pero lo cierto es que
       Grocio en su obra titulada _De Antichristo_ no piensa como
       los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es
       que en otra obra publicada, _Votum pro pace Ecclesiae_, dice
       redondamente que sin el primado del Papa no es posible dar
       fin  las disputas, como acontece entre los protestantes;
       lo cierto es que en su obra pstuma, _Rivetiani apologetici
       discussio_, asienta abiertamente el principio fundamental del
       Catolicismo,  saber, que los dogmas de la fe deben decidirse
       por la tradicin y la autoridad de la Iglesia, y no por la
       sola Sagrada Escritura.

       La ruidosa conversin del clebre protestante Papn es otra
       prueba de lo mismo que estamos demostrando. Meditaba Papn
       sobre el principio fundamental del Protestantismo, y la
       contradiccin en que estaba con este principio la intolerancia
       de los protestantes, pues que, estribando en el examen
       privado, apelaban para conservarse  la va de la autoridad,
       y argumentaba de esta manera: Si la va de la autoridad de
       que pretenden asirse es inocente y legtima, ella condena su
       origen, en el que no quisieron sujetarse  la autoridad de
       la Iglesia catlica; mas, si la va del examen que en sus
       principios abrazaron fu recta y conforme, resulta entonces
       condenada la va de autoridad que ellos han ideado para evitar
       excesos: quedando as abierto y allanado el camino  los
       mayores desrdenes de la impiedad.

       Puffendorf, que por cierto no puede ser notado de frialdad
       cuando se trata de atacar al Catolicismo, no pudo menos de
       tributar su obsequio  la verdad, estampando una confesin
       que le agradecern todos los catlicos. La supresin de la
       autoridad del Papa ha sembrado en el mundo infinitas semillas
       de discordia; pues, no habiendo ya ninguna autoridad soberana
       para terminar las disputas que se suscitaban en todas
       partes, se ha visto  los protestantes dividirse entre si
       mismos, y _despedazarse las entraas con sus propias manos_.
       (Puffendorf, de Monarch. Pont. Rom.)

       Leibnitz, ese grande hombre que, segn la expresin de
       Fontenelle, conduca de frente todas las ciencias, reconoci
       tambin la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de
       organizacin de la Iglesia catlica. Sabido es que, lejos
       de participar del furor de los protestantes contra el Papa,
       miraba su supremaca religiosa con las mayores simpatas.
       Confesaba paladinamente la superioridad de las misiones
       catlicas sobre las protestantes; y las mismas comunidades
       religiosas, objeto para muchos de tanta aversin, eran para
       l altamente respetables. Cuando tales antecedentes se
       tenan sobre las ideas religiosas de ese grande hombre, vino
        confirmarlos ms y ms una obra suya pstuma, publicada
       en Pars por primera vez en 1819. Quizs no disgustar 
       los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan
       singular. En el citado ao dise  luz en Pars la _Exposicin
       de la doctrina de Leibnitz sobre la religin, seguida de
       pensamientos extrados de las obras del mismo autor, por M.
       Emery, antiguo superior general de San Sulpicio_. En esta obra
       de M. Emery est contenida la pstuma de Leibnitz, y cuyo
       ttulo en el manuscrito original es: _Sistema teolgico_. El
       principio de la obra es notable por su gravedad y sencillez,
       dignas ciertamente de la grande alma de Leibnitz. Hele aqu:
       Despus de largo y profundo estudio sobre las controversias
       en materia de religin, implorada la asistencia divina, y
       depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo
       espritu de partido, me he considerado como un nefito venido
       del Nuevo Mundo, y que todava no hubiese abrazado ninguna
       opinin; y he aqu dnde al fin me he detenido, y, entre
       todos los dictmenes que he examinado, lo que me parece que
       debe ser reconocido por todo hombre exento de preocupaciones,
       como lo ms conforme  la Escritura Santa,  la respetable
       antigedad, y hasta  la recta razn y  los hechos histricos
       ms ciertos.

       Leibnitz establece en seguida la existencia de Dios, la
       Encarnacin, la Trinidad, y los otros dogmas del Cristianismo;
       adopta con candor y defiende con mucha ciencia la doctrina
       de la Iglesia catlica sobre la tradicin, los sacramentos,
       el sacrificio de la misa, el culto de las reliquias y de las
       santas imgenes, la jerarqua eclesistica, y el primado del
       Romano Pontfice. En todos los casos, dice, que no permiten
       los retardos de un concilio general,  que no merecen ser
       tratados en l, es preciso admitir que el primero de los
       obispos,  el Soberano Pontfice, tiene el mismo poder que la
       Iglesia entera.

       [8] Pg. 63.--Quizs algunos podran creer que lo dicho sobre
       la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de
       nuestro entendimiento, es con la sola mira de realzar la
       necesidad de una regla en materias de fe. Muy fcil fuera
       aducir larga serie de textos sacados de los escritos de los
       hombres ms sabios, antiguos y modernos; pero me contento con
       insertar un excelente trozo de un ilustre espaol, de uno de
       los hombres ms grandes del siglo XVI. Es Luis Vives.

       _Iam mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit
       quantopere sit tum natura sua tarda ac praepedita, tum
       tenebris peccati caeca, et a doctrina, usu, ac solertia
       imperita et rudis, ut ne ea quidem quae videt, quaeque manibus
       contrectat, cuiusmodi sint, aut qui fiant assequatur, nedum ut
       in abdito illa naturae arcana possit penetrare; sapienterque
       ab Aristotele illa est posita sententia: Mentem nostram ad
       manifestissima naturae non aliter habere se, quam noctuae
       oculum ad lumen solis_: ea omnia, quae universum hominum
       genus novit, quota sunt pars eorum quae ignoramus! nec solum
       id in universitate artium est verum, sed in singulis earum,
       in quarum nulla tantum, est humanum ingenium progressum, ut
       ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis:
       ut nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam:
       _scire nihil_. (_Ludovicus Vives, De Concordia et Discordia.
       Lib. 4, cap. 3._)

       As pensaba este grande hombre, que,  ms de estar muy
       versado en toda clase de erudicin, as sagrada como profana,
       haba meditado profundamente sobre el mismo entendimiento
       humano; que haba seguido con ojo observador la marcha de las
       ciencias, y que, como lo acreditan sus escritos, se haba
       propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan copiar
       por extenso sus palabras, as del lugar citado, como de su
       obra inmortal sobre las causas de la decadencia de las artes y
       ciencias y el modo de ensearlas.

       Como quiera,  quien se manifestase descontento porque se
       han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros
       alcances, y tuviese recelos de que esto daara al progreso
       de las ciencias, porque as se apoca el entendimiento, ser
       bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar 
       nuestro espritu es el que se conozca  s mismo; pudiendo
        este propsito citarse la profunda sentencia de Sneca:
       Pienso que muchos hubieran podido alcanzar la sabidura, si
       no hubiesen presumido que la haban ya alcanzado. _Puto
       multos ad sapientiam potuisse pervenire, nisi se iam crederent
       pervenisse._

       [9] Pg. 70.--Es cierto que, al acercarse  los primeros
       principios de las ciencias, se encuentra el entendimiento
       rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general
       no se exceptan las mismas matemticas, cuya certeza y
       evidencia se han hecho proverbiales. El clculo infinitesimal,
       que en el estado actual de la ciencia puede decirse que la
       domina, estriba, sin embargo, en algunas ideas sobre los
       _lmites_, ideas que hasta ahora nadie ha podido aclarar bien.
       Y no es que trate de poner en duda su certeza y verdad; solo
       me propongo hacer notar que, si se quisiera llamar  examen
       en el tribunal de la metafsica las ideas que son como los
       elementos de ese clculo, no dejaran de poder esparcirse
       sobre ellas algunas sombras. Aun concretndonos  la parte
       elemental de la ciencia, se podran tambin descubrir algunos
       puntos que no sufriran sin algn dao un detenido anlisis
       metafsico  ideolgico; cosa que sera muy fcil manifestar,
       si lo consintiese el gnero de esta obra. Entre tanto puede
       recomendarse  los lectores la preciosa carta dirigida por
       el distinguido jesuta espaol _Eximeno_  su amigo _Juan
       Andrs_, donde se hallan observaciones muy oportunas sobre la
       materia, hechas por un hombre  quien de seguro no se puede
       recusar por incompetente. Esta carta est en latn, y su
       ttulo es: _Epistola ad clarissimum virum Ioannem Andresium_.

       Por lo que toca  las otras ciencias, no es necesario insistir
       en manifestar cunta obscuridad se encuentra al acercarse
        sus primeros principios; pudindose asegurar que los
       brillantes sueos de los hombres ms ilustres han reconocido
       este origen. Impulsados por el sentimiento de sus propias
       fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad;
       all la _antorcha se apagaba en sus manos_, por valerme de la
       expresin de un ilustre poeta contemporneo, y extraviados por
       un obscuro laberinto se entregaban  merced de su fantasa y
       de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos
       sueos de su genio.

       [10] Pg. 73.--Para ver con toda claridad, para sentir con
       viveza la innata debilidad del espritu humano, no hay cosa
       ms  propsito que recorrer la historia de las herejas,
       historia que debemos  la Iglesia por el sumo cuidado que ha
       tenido en definirlas y clasificarlas. Desde Simn Mago, que
       se apellidaba el _legislador de los judos_, _el reparador
       del mundo_, _el Paracleto_, mientras tributaba  su querida
       Elena culto de latra bajo el nombre de Minerva, hasta Hermn,
       predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados
       del mundo, y asegurando que l era el verdadero Hijo de Dios,
       puede un observador contemplar ese vasto cuadro, que, si bien
       es muy desagradable, cuando no por otras causas, al menos por
       su extravagancia, no deja, sin embargo, de sugerir graves y
       profundas reflexiones sobre el verdadero carcter del espritu
       humano, manifestando la sabidura del Catolicismo, cuando en
       ciertas materias se empea en sujetarle  una regla.

       [11] Pg 79.--Quizs no todos se persuadirn fcilmente de
       que las ilusiones y el fanatismo estn, como en su elemento,
       en medio de los protestantes; y por esto ser preciso traer
       aqu el irrecusable testimonio de los hechos. Podran
       escribirse sobre el particular crecidos volmenes, pero habr
       de contentarme con una rapidsima resea, empezando desde
       Lutero. Yo no s si puede llevarse ms all el delirio, que el
       pretender haber sido enseado por el diablo, y gloriarse de
       ello, y sostener con tamaa autoridad las nuevas doctrinas.
       Y, sin embargo, el fundador del Protestantismo, el mismo
       Lutero, es quien as delira, dejndonos consignado en sus
       obras el testimonio de su entrevista con Satans. Puede
       darse mayor desvaro? Ya fuese real la aparicin, ya fuese un
       sueo de cabeza calenturienta, puede llegarse ms all en la
       lnea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal maestro?
       Varios fueron los coloquios que, segn nos dice l mismo, tuvo
       con el diablo; pero es digna de referirse la visin, en que,
       segn nos cuenta con toda seriedad, le oblig Satans con sus
       argumentos  prohibir la misa privada. La descripcin que del
       caso nos hace es muy viva. Despierta Lutero  media noche,
       se le aparece Satans, Lutero se horroriza, suda, tiembla,
       y el corazn le palpita de un modo horrible. Entblase, no
       obstante, la disputa; el diablo,  fuer de buen dialctico,
       le estrecha con sus argumentos de tal manera, que no le queda
       respuesta. Lutero queda vencido; y no es extrao, porque
       la lgica del diablo dice que andaba acompaada con una
       voz tan horrorosa que helaba la sangre. Entonces entend,
       dice este miserable, lo que sucede  menudo, de que mueren
       repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede
       matar  ahogar  los hombres; y hasta sin esto, los pone con
       sus disputas en tales apuros, que puede causar la muerte de
       esta manera, como muchas veces lo he experimentado yo. El
       pasaje es peregrino. El fantasma de Zuinglio, fundador del
       Protestantismo en Suiza, no deja tambin de presentar un
       ejemplo de ridcula extravagancia. Quera este heresiarca
       negar la presencia real de Jesucristo en la Eucarista,
       pretendiendo que lo que hay debajo de las especies consagradas
       no es ms que un signo. Como en la Sagrada Escritura se
       expresa tan claramente lo contrario, se hallaba embarazado con
       la autoridad del sagrado texto; cuando he aqu que, mientras
       se imaginaba que estaba disputando con el Secretario de la
       Ciudad, se le aparece un fantasma _blanco  negro_, como nos
       dice l mismo, y le seala una salida que le deja libre del
       apuro. Este gracioso cuento lo sabemos por el mismo Zuinglio.

       Quin no se aflige al ver  un hombre como Melanchton
       entregado  las preocupaciones y manas de la supersticin ms
       ridcula, al verle neciamente crdulo en materia de sueos, de
       fenmenos raros, de pronsticos astrolgicos? Y, sin embargo,
       nada hay ms cierto; lanse sus cartas y se tropezar  cada
       paso con semejantes miserias. Al tiempo de celebrarse la
       dieta de Augsburgo, parecanle presagios muy favorables al
       nuevo _Evangelio_, una inundacin del Tiber, el que en Roma
       una mula hubiese dado  luz un monstruo con un pie de grulla,
       y el haber nacido en el territorio de Augsburgo un becerro
       con dos cabezas. Estos acontecimientos eran para l anuncios
       indudables de un cambio en el universo, y singularmente de la
       prxima ruina de Roma por el cisma. As escriba seriamente
        Lutero. Forma l mismo el horscopo de su hija, pero est
       temblando por ella  causa de que Marte presenta un aspecto
       horrible, asustndole no menos la pavorosa llama de un cometa
       muy septentrional. Los astrlogos haban pronosticado que
       por el otoo seran los astros ms favorables  las disputas
       eclesisticas, y ese pronstico basta para consolar  nuestro
       buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre
       religin vayan tan lentamente; y se ve adems que sus amigos,
       es decir, los jefes del partido, se dejan dominar tambin por
       tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes penas,
       se le pronostica que haba de padecer un naufragio en el
       Bltico y l se guardara de surcar aquellas aguas fatales.
       Cierto franciscano haba tenido la humorada de profetizar que
       el poder del Papa iba  debilitarse y en seguida  caer para
       siempre, como y tambin que en el ao 1600 el turco dominara
       la Italia y la Alemania; y el bueno de Melanchton se glora
       de tener en su poder la profeca original, adems que los
       terremotos que suceden le confirman en su creencia.

       Apenas acababa de erigirse en juez nico el espritu privado,
       ya la Alemania estaba inundada de sangre por las atrocidades
       del ms furioso fanatismo. Matas Harlem, anabaptista, puesto
        la cabeza de una turba feroz, manda saquear las iglesias,
       destrozar sus ornamentos y quemar todos los libros como impos
        intiles, exceptuando slo la Biblia. Situado en Mnster,
       que l llama _La Montaa de Sin_, hace llevar  sus pies todo
       el oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes,
       lo deposita en un tesoro comn, y nombra diconos para la
       distribucin. Obliga  todos sus discpulos  comer en comn,
        vivir en perfecta igualdad y  prepararse para la guerra
       que haban de emprender, saliendo de la _Montaa de Sin_,
       _para someter_, segn deca, _ su poder todas las naciones
       de la tierra_; y mueren por fin en un arrojo temerario, en
       que se prometa que, _cual nuevo Geden_, exterminara con
       un puado de hombres el _ejrcito de los impos_. No falt 
       Matas un heredero de fanatismo, presentndose luego Becold,
       quizs ms conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este
       fantico, sastre de profesin, ech  correr desnudo por las
       calles de Mnster gritando: _El rey de Sin viene_. Entr en
       su casa, se encerr all por tres das, y, cuando el pueblo
       se present preguntando por el, aparent que no poda hablar.
       Como otro Zacaras, pidi por seas recado de escribir, y
       escribi que Dios le haba revelado que el pueblo haba de
       ser regido por jueces,  imitacin del pueblo de Israel.
       Nombr doce jueces, escogiendo aquellos que le eran ms
       adictos, y hasta que la autoridad de los nuevos magistrados
       fu reconocida, tuvo l la precaucin de no dejarse ver de
       nadie. Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del
       nuevo profeta, pero no se content con el mando efectivo, sino
       que le ambicion rodeado de toda pompa y majestad; propsose
       nada menos que proclamarse _rey_. En tan lastimoso vrtigo
       estaban los fanticos sectarios, que no le fu difcil salir
        cabo con su loca empresa: no se necesitaba ms que jugar
       una grosera farsa. Un platero, que estaba en inteligencia con
       el aspirante  rey, y que tambin se hallaba iniciado en el
       arte de profetizar, se presenta  los _jueces de Israel_ y les
       habla de esta manera: _He aqu lo que dice el Seor Dios, el
       Eterno: como en otro tiempo yo establec  Sal sobre Israel,
       y despus de l  David, no siendo ms que un simple pastor,
       as establezco hoy  Becold, mi profeta, rey de Sin_. Los
       jueces no podan determinarse  renunciar; pero Becold asegur
       que tambin haba tenido l la misma revelacin, que la haba
       callado por humildad, pero que, habiendo Dios hablado  otro
       profeta, era menester resignarse  subir al trono, _para
       cumplir las rdenes del Altsimo_. Los jueces insistieron
       en que se convocase al pueblo, que en efecto se reuni en
       la plaza del mercado; y all, habindosele presentado por
       un _profeta_ de parte de Dios una espada desnuda _en seal
       de quedar constitudo justiciero sobre toda la tierra para
       extender el imperio de Sin por los cuatro ngulos del
       mundo_, fu proclamado rey con ruidosa alegra, y coronado
       solemnemente en 24 de junio de 1534. Como se haba casado con
       la esposa de su predecesor, la elev tambin  la dignidad
       real; pero, si bien  sta sola la mir como reina, no dej de
       tener hasta diez y siete mujeres; todo conforme  la _santa_
       libertad que en esta materia haba proclamado. Las orgas, los
       asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases que se
       siguieron, no hay por qu referirlo: pudiendo asegurarse que
       los 16 meses del reinado de este frentico no fueron ms que
       una cadena de crmenes. Clamaron los catlicos contra tamaos
       excesos; clamaron tambin, es verdad, los protestantes; pero
       quin tena la culpa? no eran aquellos que haban proclamado
       la resistencia  la autoridad de la Iglesia, y que haban
       arrojado la Biblia en medio de aquellos miserables, para que
       con la interpretacin individual se les trastornase la cabeza,
       y se arrojaran  proyectos tan criminales como insensatos?
       As lo conocieron los mismos anabaptistas, y as es que se
       indignaron sobremanera contra Lutero, que con sus escritos
       los condenaba. Y, en efecto: quien haba sentado el principio
       qu derecho tena para atajar las consecuencias? Si Lutero
       encontraba en la Biblia que el Papa era el Anticristo, y de
       su propia autoridad se arrojaba  destruir el reino del Papa,
       exhortando  todo el mundo  conjurarse contra l; por qu no
       podan tambin los anabaptistas decir: _que haban hablado con
       Dios, y que haban recibido el mandato de exterminar  todos
       los impos, y de constituir un nuevo mundo en que vivieran
       solamente los pios  inocentes, siendo dueos de todas las
       cosas_?

       Hermn predicando la _matanza de todos los sacerdotes y
       magistrados del mundo_; David Jorge proclamando que slo
       su doctrina era perfecta, que _la del antiguo y nuevo
       Testamento era imperfecta, y que l era el verdadero Hijo de
       Dios_; Nicols desechando la fe y el culto como intiles,
       despreciando los preceptos fundamentales de la moral, y
       enseando que _era bueno perseverar en el pecado para que
       la gracia pudiese abundar_; Macket pretendiendo que haba
       descendido sobre el el espritu del Mesas, enviando  dos
       de sus discpulos, Arthington y Coppinger,  vocear por las
       calles de Londres _que el Cristo vena all con su vaso en
       la mano_, y clamando l mismo  la vista del cadalso y en el
       trance del suplicio: _Jehovah! Jehovah! no veis que los
       cielos se abren, y  Jesucristo que viene  libertarme?_ Esos
       deplorables espectculos, y cien y cien otros que podramos
       recordar, son pruebas harto evidentes del terrible fanatismo
       nutrido y avivado por el sistema protestante. Venner, Fox,
       William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el
       barn de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan
       para recordar un conjunto de sectas tan locas, y una serie
       de extravagancias y crmenes tales, que daran materia para
       formar gruesos volmenes donde se presentaran los cuadros ms
       ridculos y ms negros, las mayores miserias y extravos del
       espritu humano. Eso no es fingir, no es exagerar; brase la
       historia, consltense los autores, no precisamente catlicos,
       sino protestantes,  sean cuales fueren; por dondequiera se
       encontrarn abundancia de testigos que deponen de la verdad de
       esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos  la luz del da, en
       medio de grandes capitales, en tiempos que casi tocan  los
       nuestros. Y no se crea que se haya agotado con el transcurso
       del tiempo ese manantial de ilusin y de fanatismo;  lo que
       parece, no lleva camino de cegarse, y la Europa est condenada
       todava  escuchar la relacin de otras visiones como la
       acaecida en la fonda de Londres al barn de Sweedenborg, y 
       ver pasaportes de tres sellos como los que despacha para el
       cielo Juana Soutchote.

       [12] Pg. 86.--Nada ms palpable que la diferencia que media
       en este punto entre los protestantes y los catlicos. En ambas
       partes hay personas que se pretenden favorecidas con visiones
       celestiales; pero con las visiones los protestantes se vuelven
       orgullosos, turbulentos, frenticos, mientras los catlicos
       ganan en humildad, y en espritu de paz y de amor. En el mismo
       siglo XVI, cuando el fanatismo de los protestantes llevaba
       revuelta la Europa entera, y la inundaba de sangre, haba en
       Espaa una mujer que,  juicio de los protestantes y de los
       incrdulos, debe de ser una de las que ms han adolecido de
       achaque de ilusin y fanatismo; pero el pretendido fanatismo
       de esa mujer, hizo derramar acaso, ni una gota de sangre, ni
       una sola lgrima? Y sus visiones eran acaso rdenes del cielo
       para exterminar  los hombres como desgraciadamente suceda
       entre les protestantes? Despus que en la nota anterior se
       habr horrorizado el lector con las visiones de los sectarios,
       quizs no le desagradar tener  la vista un cuadro tan bello
       como apacible.

       Es Santa Teresa, que, escribiendo su propia vida, por motivos
       de pura obediencia, nos refiere sus visiones con un candor
       angelical, con una dulzura inefable. Quiso el Seor que
       viese aqu algunas veces esta visin, vea un ngel cabe m,
       hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo
       ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan
       ngeles, es sin verlos, sino como la visin pasada, que dije
       primero. En esta visin quiso el Seor le viese ans, no era
       grande, sino pequeo, hermoso mucho, el rostro tan encendido,
       que pareca de los ngeles muy subidos, que parece todos se
       abrasan: deben ser los que llaman serafines; que los nombres
       no me los dicen; mas, bien veo que en el cielo hay tanta
       diferencia de unos ngeles  otros, y de otros  otros, que no
       lo sabra decir. Veale en las manos un dardo de oro largo, y
       al fin del hierro me pareca tener un poco de fuego. Este me
       pareca meter por el corazn algunas veces, y que me llegaba 
       las entraas: al sacarle me pareca las llevaba consigo, y me
       dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. (_Vida de Santa
       Teresa_, captulo 29, n. 11.)

       He aqu otra muestra: Estando en esto, veo sobre mi cabeza
       una paloma bien diferente de las de ac, porque no tena estas
       plumas, sino las de unas conchitas, que echaban de s gran
       resplandor. Era grande ms que paloma, parceme que oa el
       ruido que hacia con las alas. Estara aleando por espacio de
       una Avemara. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdindose
        s de s la perdi de vista. Sosegse el espritu con tan
       buen husped, que, segn mi parecer, la merced tan maravillosa
       le deba de desasosegar y espantar, y como comenz  gozarla,
       quitsele el miedo y comenz la quietud con el gozo, quedando
       en arrobamiento. (_Vida_, cap. 28, n. 7.)

       Difcil ser encontrar algo de tan bello, expresado con tan
       vivo colorido, y con tan amable sencillez.

       No ser inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto
       gnero, que, al paso que harn sensible lo que nos proponemos
       evidenciar, podrn contribuir  despertar la aficin hacia
       cierta clase de escritores castellanos que van cayendo en
       olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con
       afn, y hacen de ellos lujosas ediciones.

       Estando una vez en las horas con todas, de presto se recogi
       mi alma, y parecime ser como un espejo claro toda, sin haber
       espaldas, ni lado, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda
       clara, y en el centro de ella se me represent Cristo Nuestro
       Seor como le suelo ver. Parecame en todas las partes de mi
       alma, le vea claro como en un espejo, y tambin este espejo
       (yo no s decir cmo) se esculpa todo en el mismo Seor,
       por una comunicacin que yo no sabr decir, muy amorosa. S
       que me fu esta visin de gran provecho, cada vez que se me
       acuerda, en especial cuando acabo de comulgar. Diseme 
       entender que estar una alma en pecado mortal, es cubrirse este
       espejo de gran niebla, y quedar muy negro, y ans no se puede
       representar, ni ver este Seor, aunque est siempre presente
       dndonos el ser, y que los herejes, es como si el espejo fuese
       quebrado, que es muy peor que obscurecido. Es muy diferente
       el cmo se ve,  decirse, porque se puede mal dar  entender.
       Mas hame hecho mucho provecho y gran lstima de las veces que,
       con mis culpas, obscurec mi alma, para no ver este Seor.
       (_Vida_, captulo 40, nmero 4.)

       En otro lugar explica un modo de ver las cosas en Dios, y
       presenta su idea bajo una imagen tan brillante y grandiosa,
       que nos parece que leemos  Malebranche explanando su famoso
       sistema.

       Digamos ser la Divinidad como un claro diamante muy mayor
       que todo el mundo,  espejo,  manera de lo que dije del alma
       en otra visin, salvo que es por tan sublime manera que yo no
       lo sabr encarecer, y que todo lo que hacemos se ve en este
       diamante, siendo de manera que l encierra todo en s, porque
       no hay nada que salga fuera de esta grandeza. Cosa espantosa
       me fu en tan breve espacio ver tantas cosas juntas aqu
       en este claro diamante, y lastimossima cada vez que se me
       acuerda ver que cosas tan feas se me representan en aquella
       limpieza de claridad, como eran mis pecados. (_Vida_, cap.
       40, nmero 7.)

       Supongamos ahora con los protestantes que todas esas visiones
       no sean ms que pura ilusin; pues es evidente que ni
       extravan las ideas, ni corrompen las costumbres, ni perturban
       el orden pblico; y ciertamente que, aun cuando no hubieran
       servido ms que para inspirar tan hermosas pginas, no habra
       por qu dolernos de la ilusin. Y he aqu confirmado lo que he
       dicho sobre los saludables efectos que produce en las almas
       el principio catlico, no dejndolas cegar por el orgullo,
       ni andar por caminos peligrosos, antes limitndolas  un
       crculo, desde el cual no pueden daar  nadie, si es que sus
       favores del cielo no sean ms que ilusin, y no perdiendo nada
       de su fuerza y energa para hacer el bien, dado caso que su
       inspiracin sea una realidad.

       Mil y mil otros ejemplos podra citar; pero, en obsequio de
       la brevedad, me he limitado  uno solo, escogiendo  Santa
       Teresa, ya por ser una de las que ms se han distinguido en la
       materia, ya por ser contempornea de las grandes aberraciones
       de los protestantes, ya tambin por ser espaola; aprovechando
       esta oportunidad de recordarla  los espaoles que empiezan 
       olvidarla.

       [13] Pg. 96.--He indicado las sospechas que inspiraban
       algunos de los corifeos de la reforma, de que, procediendo de
       mala fe, no dando asenso  lo mismo que predicaban, tratasen
       nicamente de alucinar  sus proslitos. No quiero que se diga
       que he andado con ligereza en achacarles ese cargo, y as
       producir algunas pruebas que garanticen mi asercin.

       Oigamos al mismo Lutero. Muchas veces pienso  mis solas
       que casi no s dnde estoy, ni si enseo la verdad  no.
       Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio quo loco sim, et
       utrum veritatem doceam, necne. (Luther, colloquio. Isleb. de
       Christo.) Y ste es el mismo hombre que deca: Es cierto que
       yo he recibido mis dogmas del cielo: no permitir que juzguis
       de mi doctrina, ni vosotros, ni los mismos ngeles del cielo.
       Certum est dogmata mea habere me de coelo. Non sinam vel vos
       vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina iudicare. (Luth.
       Contra Reg. Ang.) Juan Metthei, que public algunos escritos
       sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas del
       heresiarca, nos ha conservado una ancdota curiosa sobre las
       convicciones de Lutero; dice as: Un predicante llamado Juan
       Musa me cont que cierta vez se haba lamentado con Lutero,
       de que no poda resolverse  creer lo que predicaba  los
       otros. _Bendito sea Dios_, respondi Lutero, _pues que sucede
        los dems lo mismo que  m: antes crea yo que slo  m me
       suceda_. (Ioannes Matthesius, condone 12.)

       Las doctrinas de la incredulidad no se hicieron esperar mucho,
       y quizs no se figuraran algunos lectores que se hallen
       consignadas expresamente en varios lugares de las obras de
       Lutero. Es verosmil, dice, que, excepto pocos, todos duermen
       insensibles. Soy de parecer que los muertos estn sepultados
       en tan inefable y admirable sueo, que sienten  ven menos que
       los que duermen con sueo comn. Las almas de los muertos no
       entran ni en el purgatorio ni en el infierno. El alma humana
       duerme embargados todos los sentidos. En la mansin de los
       muertos no hay tormentos. Verisimile est, exceptis paucis,
       omnes dormire insensibiles. Ego puto mortuos sic ineffabili,
       et miro somno sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam
       hi qui alias dormiunt. Animae mortuorum non ingrediuntur
       in purgatorium nec infernum. Anima humana dormit omnibus
       sensibus sepultis. Mortuorum locus cruciatus nullus habet.
       (Tom. 2, Epist Latin Isleb. fol. 44. Tom. 6, Lat. Wittemberg,
       in cap. 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49. Genes. et
       Tom. 4, Lat Wittemberg, fol. 109.) No faltaba quien recogiese
       semejantes doctrinas, y los estragos que tal enseanza andaba
       haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discpulo y
       sucesor de Lutero, no dudaba en decir lo siguiente: _Aunque
       no exista entre nosotros ninguna profesin pblica de que el
       alma perezca con el cuerpo, y que no haya resurreccin de
       muertos, sin embargo, la vida impursirna y profansima que
       la mayor parte lleva, indica bien  las claras que no creen
       que haya otra vida. Y  algunos se les escapan ya semejantes
       expresiones, no slo entre el calor de los brindis, s que
       tambin en la templanza de las conversaciones familiares._
       Etsi inter nos nulla sit publica professio, quod anima simul
       cum corpore intereat, et quod non sit mortuorum resurrectio:
       tamen impurissima et profanissima illa vita, quam maxima
       pars hominum sectatur, perspicue indicat quod non sentiat
       vitam post hanc. Nonnullis etiam tales voces, tam ebriis inter
       pocula excidunt, quam sobriis in familiaribus colloquiis.
       (_Brentius, hom. 35, in cap. 20, Luc._)

       En el mismo siglo XVI no faltaron algunos que, sin curarse de
       dar su nombre  esta  aquella secta, profesaban sin rebozo la
       incredulidad y escepticismo. Sabido es que al famoso Gruet le
       cost la cabeza su atrevimiento en este punto; y no fueron los
       catlicos los que se la hicieron cortar, sino los calvinistas,
       que llevaban  mal el que este desgraciado se hubiese tomado
       la libertad de pintar con sus verdaderos colores el carcter
       y la conducta de Calvino, y de fijar en Ginebra algunos
       pasquines en que acusaba de inconsecuencia  los pretendidos
       reformados, por la tirana que queran ejercer sobre las
       conciencias, despus de haber sacudido ellos mismos el yugo
       de la autoridad. Todo esto suceda no mucho despus de haber
       nacido el Protestantismo, pues que la sentencia de Gruet fu
       ejecutada en el ao 1549.

       Montaigne,  quien he sealado como uno de los primeros
       escpticos que alcanzaron mucha nombrada, llevaba la cosa
       tan all, que ni siquiera admite ley natural. Graciosos
       estn, dice, cuando, para dar alguna certeza  las leyes,
       asientan que hay algunas, firmes, perpetuas  inmutables, que
       ellos llaman naturales, grabadas en el linaje humano por la
       condicin de su propia esencia. _Ils sont plaisants quand,
       pour donner quelque certitude aux lois, ils disent qu'il y en
       a aucunes, fermes, perptuelles et immuables, qu'ils nomment
       naturelles, qui sont empreintes en l'humain genre par la
       condition de leur propre essence, etc._ (_Montaigne Es. Tom.
       2, cap. 12._)

       Ya hemos visto lo que pensaba Lutero sobre la muerte,  al
       menos las expresiones que sobre este particular se le haban
       escapado; no es extrao, pues, que Montaigne pretendiese morir
       como verdadero incrdulo, y que hablando de este terrible
       trance dijera: Estpidamente, y con la cabeza baja, me
       sumerjo en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como
       en una profundidad silenciosa y obscura que me traga de un
       golpe, y me ahoga en un instante, en un hondo sueo lleno
       de insensibilidad y de indolencia. _Je me plonge, la tte
       baisse, stupidement dans la mort, sans la considrer et
       reconnatre, comme dans une profondeur muette et obscure,
       qui m'engloutit d'un saut, et m'touffe en un instant d'un
       puissant sommeil plein d'insipidit et d'indolence._
       (_Montaigne Livr. 3, chap. 9._)

       Pero este hombre, que deseaba que la muerte le sorprendiese
       plantando sus hortalizas, y sin curarse de ella (_Je veux que
       la mort me trouve plantant mes choux, mais sans me soucier
       d'elle_), no lo pens as en sus ltimos momentos; pues que,
       estando para expirar, quiso que se celebrara en su mismo
       aposento el santo sacrificio de la misa, y expir en el mismo
       instante en que acababa de hacer un esfuerzo para levantarse
       sobre su cama en el acto de la adoracin de la Sagrada Hostia.
       Bien se ve que no haba quedado estril en su corazn aquel
       pensamiento con que hablando de la religin cristiana deca:
       El orgullo es lo que aparta al hombre de los caminos comunes,
       que le hace abrazar novedades, prefiriendo ser jefe de una
       tribu errante y descaminada, enseando el error y la mentira,
        ser discpulo de la escuela de la verdad. Acordarase
       tambin de lo que haba dicho en otro lugar, condenando de un
       rasgo todas las sectas disidentes: En materia de religin es
       preciso atenerse  los que son establecidos jefes de doctrina
       y que tienen una autoridad legtima, y no  los ms sabios y 
       los ms hbiles. _En matire de religion il faut s'attacher
        ceux qui sont tablis juges de la doctrine, et qui ont
       une autorit lgitime, non pas aux plus savants et aux plus
       habiles._

       Por lo que acabo de decir, se echa de ver con cunta razn
       he culpado al Protestantismo de haber sido una de las
       principales causas de la incredulidad en Europa. Repito aqu
       lo que he dicho en el texto: que no es mi nimo desconocer
       los esfuerzos que hicieron algunos protestantes para oponerse
        la incredulidad; pues lo que ataco no son las personas,
       sino las cosas, y respeto el mrito dondequiera que se
       encuentre. Aadir tambin que, si en el siglo XVII se not
       que no pocos protestantes tendan hacia el Catolicismo, debi
       de ser  causa de que vean los progresos que iba haciendo
       la incredulidad; progresos que no era posible atajar, sino
       asindose del ncora de la autoridad que les ofreca la
       Iglesia Catlica.

       No me es posible, sin salir de los lmites que me he
       prefijado, dar noticias circunstanciadas sobre la
       correspondencia entre Molano y el obispo de Tyna, y entre
       Leibnitz y Bossuet; pero los lectores que quieran instruirse 
       fondo en la materia, podrn verlo, parte en las mismas obras
       de Bossuet, parte en la interesante obra del abate Bausset,
       que precede  la edicin de las obras de Bossuet, hecha en
       Pars en 1814.

       [14] Pg. 143.--Para formarse idea del estado de la _ciencia_
       al tiempo de la aparicin del Cristianismo, y convencerse
       de lo que poda esperarse del espritu humano, abandonado
        sus propias luces, basta recordar las monstruosas sectas
       que pululaban por doquiera, en los primeros siglos de la
       Iglesia, y que reunan en sus doctrinas la mezcolanza ms
       informe, ms extravagante  inmoral, que concebirse pueda.
       Cerinto, Menandro, Ebin, Saturnino, Baslides, Nicolao,
       Carpocrates, Valentino, Marcin, Montano y otros, son nombres
       que recuerdan sectas donde el delirio andaba hermanado con
       la inmoralidad. Echando una ojeada sobre aquellas sectas
       filosfico-religiosas, se conoce que ni eran capaces de
       concebir un sistema filosfico un poco concertado, ni de idear
       un conjunto de doctrinas y prcticas, que pudiese merecer el
       nombre de religin. Todo lo trastornan, todo lo mezclan y
       confunden; el judasmo, el Cristianismo, los recuerdos de las
       antiguas escuelas, todo se amalgama en sus delirantes cabezas;
       no olvidndose, empero, de soltar la rienda  todo linaje de
       corrupcin y obscenidad.

       Abundante campo ofrecen aquellos siglos  la verdadera
       filosofa para conjeturar lo que hubiera sido del humano
       saber, si el Cristianismo no hubiese alumbrado el mundo con
       sus doctrinas celestiales; si no hubiese venido esa religin
       divina  confundir el desatentado orgullo del hombre,
       mostrndole cun vanos  insensatos eran sus pensamientos,
       y cun descarriado andaba del camino de la verdad. Cosa
       notable! Y esos mismos hombres cuyas aberraciones hacen
       estremecer, se apellidaban  s mismos _Gnsticos_, por el
       superior conocimiento de que se imaginaban dotados! Est
       visto: el hombre en todos los siglos es el mismo.

       [15] Pg 205.--He credo que no dejara de ser til copiar
       aqu literalmente los cnones  que hice referencia en el
       texto. As podrn los lectores enterarse por s mismos de su
       contenido, y no podr caber sospecha de que, extrayendo la
       especie del canon, se le haya atribudo un sentido de que
       careca.


       Cnones y otros documentos que manifiestan la solicitud de la
       Iglesia en aliviar la suerte de los esclavos, y los diferentes
       medios de que se vali para llevar  cabo la abolicin de la
       esclavitud.


        I


       (Concilium Eliberitanum, anno 305.)

       Se impone penitencia  la seora que maltrata  su esclava.

       Si qua domina furore zeli accensa flagris verberaverit
       ancillam suam, ita ut in tertium diem animam cum cruciatu
       effundat; eo quod incertum sit, voluntate an casu occiderit;
       si voluntate, post septem annos, si casu, post quinquenii
       tempora, acta legitima poenitentia, ad communionem placuit
       admiti. Quod si infra tempora constituta fuerit infirmata,
       accipiat communionem. (Canon 5.)

       Ntese que la palabra _ancillam_ expresa una esclava
       propiamente tal, no una sirvienta cualquiera, como se entiende
       de aquellas otras palabras _flagris verberaverit_, que era el
       castigo propio de los esclavos.


       (Concilium Epaonense, anno 517.)

       Se excomulga al dueo que por autoridad propia mata  su
       esclavo.

       Si quis servum proprium sine conscientia iudicis occiderit,
       excommunicatione biennii effusionem sanguinis expiabit.
       (Canon 34.)

       Esta misma disposicin se halla repetida en el canon 15 del
       concilio 17 de Toledo, celebrado en el ao 694, copindose el
       mismo canon del concilio de Epaona, con muy ligera variacin.

       (Ibd.) El esclavo reo de un delito atroz, se libra de
       suplicios corporales, refugindose en la iglesia.

       Servus reatu atrociore culpabilis si ad ecclesiam confugerit,
       a corporalibus tantum suppliciis excusetur. De capillis vero,
       vel quocumque opere, placuit a dominis iuramenta non exigi.
       (Canon 39.)


       (Concilium Aurelianense quintum, anno 549.)

       Precauciones muy notables para que los amos no maltratasen 
       los esclavos que se haban refugiado en las iglesias.

       De servis vero, qui pro qualibet culpa ad ecclesiae septa
       confugerint, id statuimus observandum, ut sicut in antiquis
       constitutionibus tenetur scriptum, pro concessa culpa datis a
       domino sacramentis, quisquis ille fuerit, expediatur de venia
       iam securus. Enim vero si immemor fidei dominus trascendisse
       convincitur quod iuravit, ut is qui veniam acceperat, probetur
       postmodum pro ea culpa qualicumque supplicio cruciatus,
       dominus ille qui immemor fuit datae fidei, sit ab omnium
       communione suspensus. Iterum si servus de promissione veniae
       datis sacramentis a domino iam securus exire noluerit, ne
       sub tali contumacia requirens locum fugae, domino fortasse
       dispereat, egredi nolentem a domino eum liceat occupari,
       ut nullam, quasi pro retentatione servi, quibuslibet modis
       molestiam, aut calumniara patiatur ecclesia: fidem tamen
       dominus, quam pro concessa venia dedit, nulla temeritate
       trascendat. Quod si aut gentilis dominus fuerit, aut alterius
       sectae, qui a conventu ecclesiae probatur extraneus, is qui
       servum repetit, personas requirat bonae fidei chistianas,
       ut ipsi in persona domini servo praebeant sacramenta: quia
       ipsi possunt servare quod sacrum est, qui pro transgressione
       ecclesiasticam metuunt disciplinam. (Can. 22.)

       Difcil es llevar ms all la solicitud para mejorar la suerte
       de los esclavos, de lo que se deduce del curioso documento que
       se acaba de copiar.


       (Concilium Emeritense, anno 666.)

       Se prohibe  los obispos la mutilacin de sus esclavos, y se
       ordena que su castigo se encargue el juez de la ciudad, pero
       sin raparlos torpemente.

       Si regalis pietas pro salute omnium suarum legum dignata est
       ponere decreta, cur religio sancta per sancti concilii ordinem
       non habeat instituta, quae omnino debent esse cavenda? Ideoque
       placuit huic sancto concilio, ut omnis potestas episcopalis
       modum suae ponat irae; nec pro quolibet excessu cuilibet ex
       familia ecclesiae aliquod corporis membrorum sua ordinatione
       praesumat extirpare, aut auferre. Quod si talis emerserit
       culpa advocato iudice civitatis, ad examen eius deducatur quod
       factum fuisse asseritur. Et quia omnino iustum est ut pontifex
       saevissimam non impendant vindictam; quidquid coram iudice
       verius patuerit, per disciplinae severitatem absque turpi
       decalvatione maneat emendatum. (Can 15.)


       (Concilium Teletanum undecimum, anno 675.)

       Se prohibe  los sacerdotes la mutilacin de los esclavos.

       His a quibus domini sacramenta tractanda sunt, iudicium
       sanguinis agitare non licet: et ideo magnopere talium
       excessibus prohibendum est; ne indiscretae praesumptionis
       motibus agitati, aut quod morte plectendum est, sententia
       propriae iudicare praesumant, aut truncationes quaslibet
       membrorum quibuslibet personis aut per se inferant, aut
       inferendas praecipiant. Quod si quisquam horum immemor
       praeceptorum, aut ecclesiae, suae familiis, aut in quibuslibet
       personis tale quid fecerit, et concessi ordinis honore
       privatus, et loco suo, perpetuo damnationis teneatur religatus
       ergastulo: cui tamen communio exeunti ex hac vita non neganda
       est, propter domini misericordiam, _qui non vult peccatoris
       mortem, sed ut convertatur et vivat_. (Can. 6.)

       Es de notar que, cuando en los dos cnones ltimamente
       citados se usa de la palabra _familia_, se deben entender los
       esclavos. Que sta es la verdadera acepcin de la palabra se
       deduce claramente del canon 74 del concilio 4. de Toledo,
       celebrado en el ao 633, donde se lee: De _familiis_ ecclesiae
       constituere presbiteros et diaconos per parochias liceat.....
       ea tamen ratione ut _antea manumissi libertatem status sui
       percipiant_. Lo mismo se deduce del sentido en que emplea
       esta palabra el Papa San Gregorio, en su epstola 44, 1. 4.


       (Concilium Wormatiense, anno 868.)

       Se impone penitencia al amo que por autoridad propia mata  su
       esclavo.

       Si quis servum proprium sine conscientia iudicum qui
       tale quid commisserit, quod morte sit dignum, occiderit,
       excommunicatione vel poenitentia biennii, reatum sanguinis
       emendabit. (Can. 38)

       Si qua femina furore zeli accensa, flagris verberaverit
       ancillam suam, ita ut intra tertium diem animam suam cum
       cruciata efiundat, eo quod incertum sit voluntate, an casu
       occiderit; si voluntate, septem annos, si casu, per quinque
       annorum tempora legitimam peragat poenitentiam. (Can. 39.)


       (Concilium Arausicanum primum, anno 441.)

       Se reprime la violencia de los que se vengaban del asilo
       dispensado  los esclavos, apoderndose de los de la Iglesia.

       Si quis autem mancipia clericorum pro suis mancipiis ad
       ecclesiam fugientibus crediderit occupanda, per omnes
       ecclesias districtissima damnatione feriatur. (Can. 6.)


        II

       (Ibd) Se reprime  los que atentan en cualquier sentido
       contra la libertad de los manumitidos en la Iglesia,  que le
       hayan sido recomendados por testamento.

       In ecclesia manumissos, vel per testamentum ecclesiae
       commendatos, si quis in servitutem, vel obsequium, vel ad
       colonariam conditionem imprimere tentaverit, animadversione
       ecclesiastica coerceatur. (Can. 7.)


       (Concilium quintum Aurelianense, anno 549.)

       Se asegura la libertad de los manumitidos en las iglesias;
       y se prescribe que stas se encarguen de la defensa de los
       libertos.

       Et quia plurimorum suggestione comperimus, eos qui in
       ecclesiis iuxta patrioticam consuetudinem a servitiis fuerunt
       absoluti, pro libito quorumcumque iterum ad servitium
       revocari, impium esse tractavimus, ut quod in ecclesia Dei
       consideratione a vinculo servitutis absolvitur, irritum
       habeatur. Ideo pietatis causa communi concilio placuit
       observandum, ut quaecumque mancipia ab ingenuis dominis
       servitute laxantur, in ea libertate maneant, quam tunc a
       dominis perceperunt. Huiusmodi quoque libertas si a quocumque
       pulsata fuerit, cum iustitia ab ecclesiis defendatur, praeter
       eas culpas, pro quibus leges collatas servis revocare
       iusserunt libertates. (Can. 7.)


       (Concilium Masticonense secundum, anno 585.)

       Se prescribe que la Iglesia defienda  los libertos, ora hayan
       sido manumitidos en el templo, ora hayan pasado largo tiempo
       disfrutando la libertad. Se reprime la arbitrariedad de los
       jueces que atropellaban  esos desgraciados, y se dispone que
       los obispos conozcan de estas causas.

       Quae dum postea universo coetui secundum consuetudinem
       recitata innotescerent, Praetextatus et Pappulus viri
       beatissimi dixerunt: Decernat itaque, et de miseris libertis
       vestrae auctoritatis vigor insignis, qui ideo plus a iudicibus
       affliguntur, quia sacris sunt commendati ecclesiis; ut
       si quas quispiam dixerit contra eos actiones habere, non
       audeat eos magistratus contradere; sed in episcopi tantum
       iudicio, in cuius praesentia litem contestans quae sunt
       iustitiae ac veritatis audiat. Indignum est enim, ut hi qui
       in sacrosancta ecclesia iure noscuntur legitimo manumissi aut
       per epistolam, aut per testamentum aut per longinquitatem
       temporis libertatis iure fruuntur, a quolibet iniustissime
       inquietentur Universa sacerdotalis Congregatio dixit: Iustum
       est, ut contra calumniatorum omnium versutias defendantur, qui
       patrocinium immortalis ecclesiae concupiscunt. Et quicumque a
       nobis de libertis latum decretum; superbiae ausu praevaricare
       tentaverit, irreparabili damnationis suae sententia feriatur.
       Sed si placuerit episcopu ordinarium iudicem, aut quemlibet
       alium saecularem, in audientiam eorum accerseri, cum libuerit
       fiat, et nullus alius audeat causas pertractare libertorum
       nisi episcopus cuius interest, aut is cui idem audiendum
       tradiderit. (Can. 7.)


       (Concilium Parisiense quintum, anno 614.)

       Se encarga  los sacerdotes la defensa de los manumitidos.

       Liberti quorumcumque ingenuorum a sacerdotibus defensentur,
       nec ad publicum ulterius revocentur. Quod si quis ausu
       temerario eos imprimere voluerit, aut ad publicum revocare, et
       admonitus per pontificem ad audientiam venire neglexerit, aut
       emendare quod perpetravit distulerit, communione privetur.
       (Can. 5.)


       (Concilium Toletanum tertium, anno 589.)

       Se prescribe que los manumitidos recomendados  las iglesias
       sean protegidos por los obispos.

       De libertis autem id Dei praecipiunt sacerdotes, ut si qui
       ab episcopis facti sunt secundum modum quo canones antiqui
       dant licentiam, sint liberi; et tantum a patrocinio ecclesiae
       tam ipsi quam ab eis progeniti non recedant. Ab aliis quoque
       libertati traditi, et ecclesiis commendati, patrocinio
       episcopali tegantur, a principe hoc episcopus postulet. (Can.
       6.)


       (Concilium Toletanum quartum, anno 633.)

       Se manda que la Iglesia se encargue de defender la libertad y
       el peculio de los manumitidos recomendados  ella.

       Liberti qui a quibuscumque manumissi sunt, atque ecclesiae
       patrocinio commendati existunt, sicut regulae antiquorum
       patrum constituerunt, sacerdotali defensione a cuiuslibet
       insolentia protegantur; sive in statu libertatis eorum, seu in
       peculio quod habere noscuntur. (Can. 72.)


       (Concilium Agathense, anno 506.)

       Se dispone que la Iglesia defienda  los manumitidos; y
       se habla en general, prescindiendo de que le hayan sido
       recomendados  no.

       Libertos legitime a dominis suis factos ecclesia, si
       necessitas exigerit, tueatur quos si quis ante audientiam,
       aut pervadere aut expoliare praesumpserit, ab ecclesia
       repellatur. (Can. 29.)


        III

       Se dispone que se atienda  la redencin de los cautivos; y
       que  este objeto se pospongan los intereses de la Iglesia,
       por desolada que se halle.

       Sicut omnino grave est, frustra ecclesiastica ministeria
       venundare, sic iterum culpa est, imminente huiusmodi
       necessitate, res maxime desolatae Ecclesiae captivis suis
       praeponere, et in eorum redemptione cessare. (Caus. 12. Q 2.
       Can. 16.)

       Notables palabras de San Ambrosio sobre la redencin de los
       cautivos. Para atender  tan piadoso objeto, el santo obispo
       quebranta y vende los vasos sagrados.


       (S. Ambrosius, de Off. L. 2, cap. 15.)

       ( 70) Summa etiam liberalitas captos redimere, eripere ex
       hostium manibus, subtrahere neci homines, et maxime faeminas
       turpidini, reddere parentibus liberos, parentes liberis, cives
       patriae restituere. Nota sunt haec nimis Illiriae vastitate et
       Thraciae: quanti ubique venales erant captivi orbe.....

       Ibd. ( 71.) Praecipua est igitur liberalitas, redimere
       captivos et maxime ab hoste barbaro, qui nihil deferat
       humanitatis ad misericordiam, nisi quod avaritia reservaverit
       ad redemptionem.

       Ib. L. 2. C. 2. ( 13.) _Ut nos aliquando in invidiam
       incidimus, quod confregerimus vasa mistica, ut captivos
       redimeremus_, quod arrianis displicere potuerat, nec
       tam factum displicerit, quam ut esset quod in nobis
       reprehenderetur.

       Estos nobles y caritativos sentimientos no eran slo de San
       Ambrosio; sus palabras son la expresin de los sentimientos
       de toda la Iglesia. A ms de diferentes pruebas que podra
       traer aqu, y de lo que se deduce de los cnones que insertar
        continuacin, es digna de notarse la sentida carta de San
       Cipriano, de la cual copiar algunos trozos, en los cuales
       estn compendiados los motivos que impulsaban  la Iglesia en
       tan piadosa tarea, y vivamente pintados el celo y la caridad
       con que la ejerca:

       Cyprianus, Ianuario, Maximo, Proculo, Victori, Modiano,
       Nemesiano, Nampulo et Honorato fratribus salutem. Cum
       maximo animi nostri gemitu et non sine lacrymis legimus
       litteras vestras, fratres carissimi, quas ad nos pro
       dilectionis vestrae sollicitudine de fratrum nostrorum
       et sororum captivitate fecistis. Quis enim non doleat in
       eiusmodi casibus, ut quis non dolorem fratris sui suum
       proprium computet, cum loquatur apostolus Paulus et dicat:
       _Si patitur unum membrum, compatiuntur et caetera membra;
       si laetatur membrum unum, collaetantur et caetera membra?_
       (1 ad Cor., 12.) Et alio loco: _Quis infirmatur inquit et
       non ego infirmor?_ (2 ad Cor., 11.) Quare nunc et nobis
       captivitas fratrum nostra captivitas computanda est; et
       periclitantium dolor pro nostro dolore numerandus est, cum
       sit scilicet adunationis nostrae corpus unum, et non tantum
       dilectio instigare nos debeat et conferare ad fratrum membra
       redimenda. Nam cum denuo apostolus Paulus dicat: _Nescitis
       quia templum Dei estis, et Spiritus Dei habitat in vobis?_
       (1 ad Cor., 3) etiamsi charitas nos minus adigeret ad opem
       fratribus ferendam, considerandum tamen hoc in loco fuit, Dei
       templum esse quae capta sunt, nec pati non longa cessatione
       et neglecto dolore debere, ut diu Dei templa captiva sint;
       sed quibus possumus viribus elaborare et velociter gerere
       ut Christum iudicem et Dominum et Deum nostum promereamur
       absequiis nostris. Nam cum dicat Paulus apostolus, _Quotquot
       in Christo baptizati estis, Christum induistis_ (Ad Gal.,
       3), in captivis fratribus nostris contemplandus est Christus
       et redimendus de periculo captivitatis, qui nos de diaboli
       faucibus exuit, nunc ipse qui manet et habitat in nobis de
       barbarorum manibus exuatur, et redimatur nummaria quantitate
       qui nos cruce redemit et sanguine...

       Quantus vero communis omnibus nobis moeror atque cruciatus
       est de periculo virginum quae illic tenentur; pro quibus
       non tantum libertatis, sed et pudoris iactura plangenda
       est, nec tam vincula barbarorum quam lenonum et lupanarium
       stupra deflenda sunt, ne membra Christo dicata et in aeternum
       continentiae honorem pudica virtute devota, insultantium
       libidine et contagione foedentur? Quae omnia istic secundum
       litteras vestras fraternitas nostra cogitans et dolenter
       examinans; prompte omnes et libenter ac largiter subsidia
       nummaria fratribus contulerunt...

       Missimus autem sextertia centum millia nummorum, quae istic in
       ecclesia cui de Domini indulgentia praesumus, cleri et plebis
       apud nos consistentis collatione, collecta sunt, quae vos
       illic pro vestra diligentia dispensabitis...

       Si tamen ad explorandam nostri animi charitatem, et examinandi
       nostri pectoris fidem tale aliquid acciderit, nolite cunctari
       nuntiare haec nobis litteris vestris, pro certo habentes
       ecclesiam nostram et fraternitatem istic universam, ne haec
       ultra fiant precibus orare, si facta fuerint, libenter et
       largiter, subsidia praestare. (Epist. 60)...

       Vase, pues, cmo el celo de la Iglesia por la redencin
       de los cautivos, que tan vivo se despleg siglos despus,
       haba comenzado ya en los primeros tiempos; y se fundaba en
       los grandes y elevados motivos que divinizan en cierto modo
       la obra, asegurando, adems,  quien la ejerce, una corona
       inmarcesible.

       En las obras de San Gregorio se hallarn tambin importantes
       noticias sobre este punto (V. L. 3, ep. 16; L. 4, ep. 17; L.
       6, ep. 35; L. 7, ep. 26, 28 y 38; L. 9, ep. 17.)


       (Concilium Masticonense secundum, anno 585.)

       Los bienes de la Iglesia se empleaban en la redencin de los
       cautivos.

       Unde statuimus ac decernimus, ut nos antiquus a fidelibus
       reparetur; et decimas ecclesiasticis famulantibus ceremoniis
       populus omnis inferat, quas sacerdotes aut in pauperum
       usum, _aut in captivorum redemptionem praerogantes_, suis
       orationibus pacem populo ac salutem impetrent: si quis autem
       contumax nostris statutis saluberrimis fuerit, a membris
       ecclesiae omni tempore separetur. (Can. 5.)


       (Concilium Rhemense, anno 625 vel 630.)

       Se permite quebrar los vasos sagrados para expenderlos en la
       redencin de cautivos.

       Si quis episcopus, excepto si evenerit ardua necessitas
       pro redemptione captivorum, ministeria sancta frangere pro
       qualicumque conditione praesumpserit, ab officio cessabit
       ecclesiae. (Can. 22.)


       (Concilium Lugdunense tertium, anno 683.)

       Se ve, por el siguiente canon, que los obispos daban  los
       cautivos cartas de recomendacin; y se prescribe en l que se
       pongan en ellas la fecha y el precio del rescate; y que se
       expresen tambin las necesidades de los cautivos.

       Id etiam de epistolis placuit captivorum, ut ita sint sancti
       pontifices cauti, ut in servitio pontificibus consistentibus,
       qui eorum manu vel subscriptione agnoscat epistolae aut
       quaelibet insinuationum litterae dari debeant, quatenus de
       subscriptionibus nulla ratione possit Deo propitio dubitare:
       et epistola commendationis pro necessitate cuiuslibet
       promulgata dies datarum et pretia constituta, vel necessitates
       captivorum quos cum epistolis dirigunt, ibidem inserantur.
       (Can. 2.)


       (Synodus S. Patricii Auxilii et Isernini Episcoporum in
       Hibernia celebrata, circa annum Christi 450, vel 456.)

       Excesos  que eran llevados algunos eclesisticos por un celo
       indiscreto  favor de los cautivos.

       Si quis clericorum voluerit iuvare captivo com suo pretio
       illi subveniat, nam si per furtum illum inviolaberit,
       blasphemantur multi clerici per unum latronem, qui sic fecerit
       excommunionis sit. (Can. 32.)


       (Ex epistolis S. Gregorii.)

       La Iglesia gastaba sus bienes en el rescate de los cautivos,
       y, aun cuando con el tiempo tuvieran facultades para
       reintegrarla de la cantidad adelantada, ella no quera
       semejante reintegro: les condonaba generosamente el precio del
       rescate.

       Sacrorum canonum statuta et legalis permitit auctoritas,
       licite res ecclessiasticas in redemptionem captivorum impendi.
       Et ideo, quia edocti a vobis sumus, ante annos fere 18
       reverendissimum quemdam Fabium, Episcopum Ecclesia Firmanae,
       libras 11 argenti de eadem ecclesia pro redemptione vestra, ac
       patris vestri Passivi, fratris et coepiscopi nostri, tunc vero
       clerici, necnon matris vestrae, hostibus impedisse, atque ex
       hoc quamdam formidinem vos habere, ne hoc quod datum est, a
       vobis quolibet tempore repetatur, huius praecepti auctoritate
       suspicionem vestram praevidimus auferendam; constituentes,
       nullam vos exinde, haeredesque vestros quolibet tempore
       repetitionis molestiam sustinere, nec a quoquam vobis aliquam
       obiici quaestionem. (Libro 8, ep. 14, et hab. Caus. 12, Q. 2,
       C. 15.)


       (Concilium Vernense secundum, anno 884.)

       Los bienes de la Iglesia servan para el rescate de los
       cautivos.

       Ecclessiae facultates quas reges et reliqui christiani
       Deo voverunt, ad alimentum servorum Dei et pauperum, ad
       exceptionem hospitum, _redemptionis captivorum_, atque
       templorum. Dei instaurationem, nunc in usu saecularium
       detinentur. Hinc multi servi Dei pecuniam cibi et potus ac
       vestimentorum patiuntur, pauperes consuetam eleemosynam non
       accipiunt, negliguntur hospites, _fraudantur captivi_, et fama
       omnium meritu laceratur. (Can. 12.)

       Es digno de notarse en el canon anterior el uso que haca
       la Iglesia de sus bienes; pues que vemos que,  ms de la
       manutencin de los clrigos y los gastos del culto, servan
       para el socorro de pobres, de peregrinos, y para el rescate de
       los cautivos. Hago aqu esta observacin, porque se ofrece la
       oportunidad; y no porque sea el canon citado el nico texto en
       que pueda fundarse la prueba del buen uso que haca la Iglesia
       de sus bienes. Muchos son los cnones que podran citarse,
       empezando desde los llamados apostlicos; siendo de notar
       la expresin de que se valen  veces para afear la maldad
       de los que se apoderaban de los bienes eclesisticos,  los
       administraban mal. _Pauperum necatores, matadores de pobres_,
       se los llama, para dar  entender que uno de los principales
       objetos de esos bienes era el socorro de los necesitados.


        IV


       (Concilium Lugdunense secundum, anno 566.)

       Se excomulga  los que atentan contra la libertad de la
       personas.

       Et quia peccatis facientibus multi in perniciem animae suae
       ita conati sunt, aut conantur assurgere, ut animas longa
       temporis quiete sine ulla status sui competitione viventes,
       nunc improba proditione atque traditione, aut captivaverint
       aut captivare conentur, si iuxta praeceptum domini regis
       emendare distulerint, quosque hos quos obduxerunt, in loco
       in quo longum tempus quiete vixerint, restaurare debeant,
       ecclesiae communione priventur. (Can. 3.)

       Del canon que acabo de citar se infiere que era muy general el
       abuso de apelar los particulares  la violencia para reducir
        esclavitud  personas libres. Tal era en aquella poca
       la situacin de Europa,  causa de las irrupciones de los
       brbaros, que el poder pblico era dbil en extremo, , mejor
       podramos decir, que no exista. Por esto es muy bello el ver
        la Iglesia salir en apoyo del orden pblico, y en defensa de
       la libertad, excomulgando  los que atacaban y menospreciaban
       as el precepto del rey: _praeceptum domini regis_.


       (Concilium Rhemense, anno 625 vel 630.)

       Se reprime el mismo abuso que en el canon anterior.

       Si quis ingenuum aut liberum ad servitium inclinare voluerit,
       an fortasse iam fecit, et commonitus ab episcopo se de
       inquietudine eius revocare neglexerit, aut emendare noluerit,
       tanquam calumniae reum placuit sequestrari. (Can. 17.)


       (Concilium Confluentium, anno 922.)

       Se declara reo de homicidio al que seduce  un cristiano y lo
       vende.

       Item interrogatum est, quid de eo faciendum sit qui
       christianum hominem seduxerit, et sic vendiderit; responsumque
       est ab omnibus, homicidii reatum, ipsum hominem sibi
       contrahere. (Can. 7.)


       (Concilium Londinense, anno 1102.)

       Se prohibe el comercio de hombres que se haca en Inglaterra,
       vendindolos como brutos animales.

       Nequis illud _nefarium negotium_ quo hactenus in Anglia
       solebant homines sicut bruta animalia venundari, deinceps
       ullatenus facere praesumat.

       Echase de ver, por el canon que acabo de citar, cunto se
       adelantaba la Iglesia en todo lo perteneciente  la verdadera
       civilizacin. Estamos en el siglo XIX, y se mira como un
       notable paso dado por la civilizacin moderna, el que las
       grandes naciones europeas firmen tratados para reprimir el
       trfico de los negros; y por el canon citado se ve que, 
       principios del siglo XI, cabalmente en la misma ciudad de
       Londres, donde se ha firmado ltimamente el famoso convenio,
       se prohiba el trfico de hombres, calificndole cual merece.
       _Nefarium negorium: detestable negocio_, le apellida el
       concilio; _trfico infame_, le llame la civilizacin moderna,
       heredando, sin advertirlo, sus pensamientos y hasta sus
       palabras de aquellos hombres  quienes se apellida _brbaros_,
       de aquellos obispos  quienes se ha calumniado, pintndolos
       poco menos que como una turba de conjurados contra la libertad
       y la dicha del gnero humano.


       (Synodus incerti loci, circa annum 616.)

       Se manda que las personas que se hubiesen vendido  empeado,
       vuelvan _sin dilacin_ al estado de libertad, as que
       devuelvan el precio; y se dispone que no se les pueda exigir
       ms de lo que hubiesen recibido.

       De ingenuis qui se pro pecunia aut alia re vendiderint, vel
       oppignoraverint, placuit ut quandoquidem pretium, quantum
       pro ipsis datum est, invenire potuerunt, absque dilatione
       ad statum suae conditionis reddito pretio reformentur, nec
       amplius quam pro eis datum est requiratur. Et interim,
       si vir ex ipsis, uxorem ingenuam habuerit, aut mulier
       ingenuum habuerit maritum filii qui ex ipsis nati fuerint in
       ingenuitate permaneant. (Can. 14.)

       Es tan importante el canon del concilio que acabo de citar,
       celebrado, segn opinan algunos, en Boneuil, que bien merece
       que se hagan sobre l algunas reflexiones. Cabalmente esta
       disposicin tan benfica en que se conceda al vendido el
       volver  la libertad, una vez satisfecho el precio que haba
       recibido en la venta, atajaba un mal que deba de estar muy
       arraigado en las Galias, pues que databa de muy antiguo;
       supuesto que sabemos por Csar, citado ya en el texto, que
       muchos, acosados por la necesidad, se vendan para salir de
       situaciones apuradas.

       Es tambin muy digno de notarse lo que se dispone en el mismo
       canon con respecto  los hijos de la persona vendida; pues,
       ora sea el padre, ora la madre, se prescribe que, en ambos
       casos, los hijos sean libres; derogndose aqu la tan sabida
       regla del derecho civil: _partus sequitur ventrem_.


        V


       (Concilium Aurelianense tertium, anno 538.)

       Se prohibe el devolver  los judos los esclavos refugiados
       en las iglesias, si hubieren buscado este asilo,  bien
       por obligarlos los amos  cosas contrarias  la religin
       cristiana, bien por haber sido maltratados despus de haberlos
       sacado antes del asilo de la iglesia.

       De mancipiis christianis, quae in iudaeorum servitio
       detinentur, si eis quod christiana religio vetat, a dominis
       imponitur, aut si eos quos de ecclesia excusatos tollent,
       pro culpa quae remissa est, affligere aut caedere fortasse
       praesumpserint, et ad ecclesiam iterato confugerint,
       nullatenus a sacerdote reddantur, nisi pretium offeratur
       ac detur, quod mancipia ipsa valere pronuntiaverit iusta
       taxatio. (Can. 13.)


       (Concilium Aurelianense quartum, anno 541.)

       Se manda observar lo mandado en el precedente concilio del
       mismo nombre, en el canon arriba citado.

       Cum prioribus canonibus iam fuerit definitum, ut de mancipiis
       christianis, quae apud iudaeos sunt, si ad ecclesiam
       confugerint, et redimi se postulaverint, etiam ad quoscumque
       christianos refugerint, et servire iudaeis noluerint,
       taxato et oblato a fidelibus iusto pretio, ab eorum dominio
       liberentur, ideo statuimus, ut tam iusta constitutio ab
       omnibus catholicis conservetur. (Can. 30.)

       (Ibd.) Se castiga con la prdida de todos los esclavos al
       judo que pervierte  un esclavo cristiano.

       Hoc etiam decernimus observandum, ut quicumque iudaeus.
       proselytum, qui advena dicitur, iudaeum facere praesumpserit,
       aut christianum factum ad iudaicam superstitionem adducere;
       vel si iudaeus christianam ancillam suam sibi crediderit
       sociandum; vel si de parentibus christianis natum, iudaeum
       sub promissione fecerit libertatis, mancipiorum amissione
       multetur. (Can. 31.)


       (Concilium Masticonense primum, anno 581.)

       Se prohibe  los judos el tener en adelante esclavos
       cristianos, y con respecto  los existentes, se permite 
       cualquier cristiano el rescatarlos, pagando al dueo judo 12
       sueldos.

       Et liceat quid de christianis qui aut de captivitatis
       incursu, aut fratribus iudaeorum servitio implicantur,
       debeat observari, non solum canonicis statutis, sed et
       legum beneficio pridem fuerit constitutum; tamen quia
       nunc item quorundam querela exorta est, quosdam iudaeos,
       per civitates aut municipia consistentes, in tantam
       insolentiam et proterviam prorrupisse, ut nec reclamantes
       christianos liceat vel pretio de eorum servitute absolvi;
       idcirco praesenti concilio, Deo auctore, sancimus ut nullus
       christianus iudaeos deinceps debeat deservire; sed datis pro
       quolibet bono mancipio 12 solidis, ipsum mancipium quicumque
       christianus, seu ad ingenuitatem, seu ad servitium, licentiam
       habeat redimendi: quia nefas est, ut quos Christus dominus
       sanguinis sui effusione redemit, persecutorum vinculis maneant
       irretiti. Quod si acquiescere his quae statuimus quicumque
       iudaeus noluerit, quamdiu ad pecuniam constitutam venire
       distulerit, liceat mancipio ipsi cum christianis ubicumque
       voluerit habitare. Illud etiam specialiter sancientes, quod
       si qui iudaeus christianum mancipium ad errorem iudaicum
       convictus fuerit suassisse, ut ipse mancipio careat et legandi
       damnatione plectatur. (Can. 16.)

       El canon que antecede, equivale  poco menos que un decreto
       de entera emancipacin de los esclavos cristianos; porque,
       si los judos quedaban inhibidos de adquirir nuevos esclavos
       cristianos, y los que tenan, podan ser rescatados por
       cualquier cristiano, claro es que la puerta quedaba abierta
       de tal suerte  la caridad de los fieles, que por necesidad
       hubo de disminuirse en gran manera el nmero de los esclavos
       cristianos que geman en poder de los judos. Y no es esto
       decir que estas disposiciones cannicas surtiesen desde luego
       todo el efecto que se propona la Iglesia; pero s que,
       siendo ste el nico poder que  la sazn permaneca en pie,
       y que ejerca influencia sobre los pueblos, deban de ser sus
       disposiciones sumamente provechosas  aquellos en cuyo favor
       se establecan.


       (Concilium Toletanum tertium, anno 589.)

       Se prohibe  los judos el adquirir esclavos cristianos. Si un
       judo induce al judasmo,  circuncida  un esclavo cristiano,
       ste queda libre, sin que haya de pagarse nada al dueo.

       Suggerente concilio, id gloriosissimus dominus noster,
       canonibus inserendum praecipit, ut iudaeis non liceat
       christianas habere uxores, _neque mancipia comparare in usus
       proprios_.

       Si qui vero christiani ab eis iudaico ritu sunt maculati,
       vel etiam circumcissi, non reddito pretio ad libertatem et
       religionem redeant christianam. (Can. 14.)

       Es notable este canon, ya porque defenda la conciencia
       del esclavo, ya porque impona al dueo una pena favorable
        la libertad. De esta clase de penas para reprimir la
       arbitrariedad de los amos que violentaban la conciencia de
       los esclavos, encontramos un ejemplo muy curioso en el siglo
       siguiente, en una coleccin de leyes de Ina, rey de los
       sajones occidentales. Helo aqu:


       (Leges Inae Regis Saxonum Occidiorum, anno 692.)

       Si un amo hace trabajar  su esclavo en domingo, el esclavo
       queda libre.

       Si servus operatur die dominica per praeceptura domini sui,
       sit liber. (Leg. 3.)


       OTRO EJEMPLO

  (Concilium Berghamstedae anno 5. Withredi Regis Cantii, id est
  Christi 697: sub Bertualdo Cantuariensi archiepiscopo celebratum.
  Haec sunt iudicia Withredi Regis Cantuariorum.)

Si un amo da de comer carne  un esclavo en da de ayuno, ste queda
libre.

Si quis servo suo carnem in ieiunio dediderit comedendam, servus liber
exeat. (Can. 15.)


(Concilium Toletanum quartum, anno 633.)

Se prohibe enteramente  los judos el tener esclavos cristianos;
disponindose que, si algn judo contraviene  lo mandado aqu, se le
quiten los esclavos y stos alcancen del prncipe la libertad.

Ex decreto gloriosissimi principis hoc sanctum elegit concilium, ut
iudaeis non liceat christianos servos habere, nec christiana mancipia
emere, nec cuiusquam consequi largitate: nefas est enim ut membra
Christi serviant Antichristi ministris. Quod si deinceps servos
christianos, vel ancillas iudaei habere praesumpserint, sublati ab
eorum dominatu libertatem a principe consequantur. (Can. 66.)


(Concilium Rhemense, anno 625.)

Se prohibe vender esclavos cristianos  los gentiles  judos; y se
anulan esas ventas si se hicieren.

Ut christiani iudaeis vel gentilibus non vendantur; et si quis
christianorum necessitate cogente mancipia sua christiana elegerit
venundanda, non aliis nisi tantum christianis expendat. Nam si
paganis aut iudaeis vendiderit, communione privetur, et emptio careat
firmitate. (Can. 11.)

Ninguna precaucin era excesiva en aquellos calamitosos tiempos. A
primera vista podra parecer que semejantes disposiciones eran efecto
de la intolerancia de la Iglesia con respecto  los judos y  los
gentiles; y, sin embargo, era en realidad un dique contra la barbarie
que lo iba invadiendo todo; una garanta de los derechos ms sagrados
del hombre: garanta tanto ms necesaria cuanto puede decirse que todas
las otras haban desaparecido. Lase,  si no el documento que sigue
 continuacin, donde se ve que algunos llegaban hasta el horrible
extremo de vender sus esclavos  los gentiles para sacrificarlos.


(Gregorius Papa III, ep. I ad Bonifacium Archiepiscoporum; anno 731.)

Hoc quoque inter alia crimina agi in partibus illis dixisti, quod
quidam ex fidelibus ad _immolandum_ paganis sua venundent mancipia.
Quod ut magnopere corrigere debeas fratres commonemus, nec sinas fieri
ultra; scelus est enim et impietas. Eis ergo qui haec perpetraverunt,
similem homicidiae indices poenitentiam.

Estos excesos deban de llamar en gran manera la atencin, pues que
vemos que el concilio de Ciptines, celebrado en el ao 743, vuelve
 insistir en lo mismo, prohibiendo que los esclavos cristianos se
entreguen  gentiles.

Et ut mancipia christiana paganis non tradantur. (Can. 7.)


(Concilium Cabilonense, anno 650.)

Se prohibe vender un esclavo cristiano fuera del territorio comprendido
en el reino de Clodoveo.

Pietatis est maxime et religionis intuitus, ut captivitatis vinculum
omnino a christianis redimatur. Unde Sancta Synodus noscitur censuisse,
ut nullus mancipium extra fines vel terminos, qui ob regnum domini
Clodovei regis pertinent, debeat venundare, ne quod obsit, per tale
commercium, aut captivitatis vinculo, vel quod peius est, iudaica
servitute mancipia christiana teneantur implicita. (Can. 9.)

El antecedente canon en que se prohibe la venta de los esclavos
cristianos fuera del territorio del reino de Clodoveo, por temor de
que caiga el esclava en poder de paganos,  de judos; y el otro del
concilio de Reims copiado ms arriba en que se encuentra una especie
semejante, son notables bajo dos aspectos: 1. En cuanto manifiestan
el sumo respeto que se ha de tener al alma del hombre, aunque sea
esclavo; pues que se prohibe el venderlo all donde pueda hallarse en
un compromiso la conciencia de vendido; respeto que era muy importante
sostener, as para desarraigar las erradas doctrinas antiguas sobre
este punto, como por ser el primer paso que deba darse para llegar 
la emancipacin. 2. Limitndose la facultad de vender, se entrometa
la ley en esa clase de propiedad, distinguindola de las dems, y
colocndola en una categora diferente, y ms elevada: esto era un paso
muy adelantado para declarar guerra abierta  esa misma propiedad,
pasando  abolirla por medios legtimos.


(Concilium decimum Toletanum, anno 656.)

Se reprende severamente  los clrigos que vendan sus esclavos 
judos y se les conmina con penas terribles.

Septimae collationis immane satis et infandum operationis studium
nunc sanctum nostrum adiit concilium; quo plerique ex sacerdotibus
et Levitis, qui pro sacris ministeriis, et pietatis studio,
gubernationisque augmento sanctae ecclesiae deputati sunt officio,
malunt imitari turbam malorum, potius quam sanctorum patrum insistere
mandatis: ut ipsi etiam qui redimere debuerunt, venditiones facere
intendant, quos Christi sanguine praesciunt esse redemptos; ita
dumtaxat ut eorum dominio qui sunt empti in rito Iudaismi convertantur
opressi, et fit execrabile commercium ubi nitente Deo iustum et sanctum
adesse conventum; quia maiorum canones vetuerunt ut nullus iudaeorum
coniugia vel servitia habere praesumat de christanorum coetu.

Sigue reprendiendo elocuentemente  los culpables, y luego contina:
Si quis enim post hanc definitionem talia agere tentaverit, noverit se
extra ecclesiam fieri, et praesenti, et futuro iudicio cum Iuda simili
poena percelli, dummodo Dominum denuo proditionis pretio malunt ad
iracundiam provocare. (Can. 7.)


 VI

Manumisin que hace el Papa San Gregorio I de dos esclavos de la
Iglesia romana; texto notable en que explica el Papa los motivos que
inductan  los cristianos  manumitir sus esclavos.

Cum Redemptor noster totius conditor creaturae ad hoc propitiatus
humanam voluerit carnem assumere, ut divinitatis suae gratia, diruto
quo tenebamur captivi vinculo servitutis, pristinae nos restitueret
libertati; salubriter agitur, si homines quos ab initio natura creavit
liberos et protulit, et ius gentium iugo substituit servitutis, in
ea natura in qua nati fuerant, manumitentis beneficio, libertati
reddantur. Atque ideo pietatis intuitu, et huius rei consideratione
permoti, vos Montanam atque Thomam famulos Sanctae Romanae Ecclesiae,
cui Deo adiutore deservimus, liberos ex hac die civesque Romanos
efficimus, omneque vestrum vobis relaxamus servitutis peculium. (S.
Greg., L. 5, ep. 12.)


(Concilium Agathense, anno 506.)

Se manda que los obispos respeten la libertad de los manumitidos por
sus predecesores. Se indica la facultad que tenan los obispos de
manumitar  los esclavos benemritos, y se fija la cantidad que podan
donarles para su subsistencia.

Sane si quos de servis ecclesiae benemeritos sibi episcopus libertate
donaverit collatam libertatem a successoribus placuit custodiri cum
ho quod eis manumissor in libertate contulerit, quod tamen iubemus
viginti solidorum numerum, et modum in terrula, vineola, vel hospitiola
tenere. Quod amplius datum fuerit, post manumissoris mortem ecclesia
revocabit. (Can. 7.)


(Concilium Aurelianense quartum, anno 541.)

Se manda devolver  la Iglesia lo empeado  enajenado por el obispo,
que nada le haya dejado de bienes propios; pero se exceptan de esta
regla los esclavos manumitidos, quienes debern quedar en libertad.

Ut episcopus qui de facultate propria ecclesiae nihil relinquit,
de ecclesiae facultate si quid aliter quam canones eloquuntur
obligaverit, vendiderit, aut distraxerit, ad ecclesiam revocetur.
Sane si de servis ecclesiae libertos fecerit numero competenti, in
ingenuitate permaneant, ita ut ab officio ecclesiae non recedant.
(Can. 9.)


(Synodus Celichytensis, anno 816.)

Se ordena que  la muerte de cada obispo se d libertad  todos sus
esclavos ingleses. Se dispone la solemnidad que ha de haber en las
exequias del difunto, previnindose que, al fin de ellas, cada obispo
y abad haban de manumitir tres esclavos, dndoles  cada uno tres
sueldos.

Decimo iubetur, et hoc firmiter statuimus asservandum, tam in nostris
diebus, quamque etiam futuris temporibus, omnibus successoribus
nostris qui post nos illis sedibus ordinentur quibus ordinati sumus:
ut quandocumque aliquis ex numero episcoporum migraverit de saeculo,
hoc pro anima illius praecipimus, ex substantia uniuscumque rei
decimam partem dividere, ad distribuere pauperibus in eleemosynam,
sive in pecoribus, et armentis, scu de ovibus et porcis, vel etiam in
cellariis, _necnon omnem hominem Anglicum liberare, qui in diebus suis
sit servituti subiectus_, ut per illud sui proprii laboris fructum
retributionis percipere mereatur, et indulgentiam peccatorum. Nec
ullatenus ab aliqua persona huic capitulo contradicatur, sed magis,
prout condecet, a successoribus augeatur, et eius memoria semper in
posterum per universas ecclesias nostrae ditioni subiectas cum Dei
laudibus habeatur et honoretur. Prorsus orationes et eleemosynas
quae inter nos specialiter condictam habemus, id est, ut statim per
singulas parochias in singulis quibusque ecclesiis, pulsato signo,
omnis famulorum Dei coetus ad basilicam conveniant, ibique pariter XXX
psalmos pro defuncti animae decantent. Et postea unusquisque antistes
et abbas sexcentos psalmos, et centum viginti missas celebrare faciat,
_et tres homines liberet, et eorum cuilibet tres solidos distribuat_.
(Can. 10.)


(Concilium Ardamachiense in Hibernia celebratum anno 1171:)

(Ex Giraldo Cambrensi, cap. 28 Hiberniae expugnatae.)

Curioso documento en que se refiere la generosa resolucin tomada en
el concilio de Armach en Irlanda, de dar libertad  todos los esclavos
ingleses.

His completis convocatos apud Ardamachiam totius Hiberniae clero, et
super advenarum in insulam adventu tractato diutius et deliberato,
tandem communis omnium in hoc sententia resedit; propter peccata
scilicet populi sui, eoque praecipue quod Anglos olim, tam a
mercatoribus, quam praedonibus atque piratis, emere passim, et in
servitutem redigere consueverant, divinae, censura vindictae hoc eis
incomodum accidisse, ut et ipsi quoque ab eadem gente in servitutem
vice reciproca iam redigantur. Anglorum namque populus adhuc integro
eorum regno, communi gentis vitio liberos suos venales exponere, et
priusquam inopiam ullam aut inediam sustinerent, filios proprios et
cognatos in Hiberniam vendere consueverant. Unde et probabiliter credi
potest, sicut venditores olim, ita emptores, tam enormi delicto iuga
servitutis iam meruisse. Decretum est itaque in praedicto concilio,
et cum universitatis consensu publice statutum, ut Angli ubique
per insulam, servitutis vinculo mancipati, in pristinam revocentur
libertatem.

En el documento que se acaba de leer, es digno sobremanera de notarse
cmo influan las ideas religiosas en amansar las feroces costumbres
de los pueblos. Sobreviene una calamidad pblica, y he aqu que
desde luego se encuentra la causa de ella en la indignacin divina,
ocasionada por el trfico que hacan los irlandeses comprando esclavos
ingleses  los mercaderes, y  los bandoleros y piratas.

No deja tambin de ser curioso el ver que por aquellos tiempos eran
los ingleses tan brbaros, que vendan  sus hijos y parientes, 
la manera de los africanos de nuestros tiempos. Y esto deba de ser
bastante general, pues que leemos en el lugar arriba copiado: que esto
era _comn vicio de aquellos pueblos_; _communi gentis vitio_. As se
concibe mejor cun necesaria era la disposicin insertada ms arriba,
del concilio de Londres, celebrado en 1102, en que se prohibe ese
infame trfico de hombres.


(Ex concilio apud Silvanectum, anno 864.)

Los esclavos de la Iglesia no deben permutarse con otros;  no ser que
por la permuta se les d libertad.

Mancipia ecclesiastica, nisi ad libertatem, non convenit commutari;
videlicet ut mancipia, quae pro eclesiastico homine dabuntur, in
Ecclesiae servitute permaneant, et ecclesiasticus homo, qui commutatur,
fruatur perpetua libertate. Quod enim semel Deo consecratum est, ad
humanus usus transferri non decet. (V. Decret. Greg. IX. L. 3, Tit.
19, cap. 3.)


(Ex eodem, anno 864.)

Contiene la misma especie que el anterior; y adems se deduce de el que
los fieles, en remedio de sus almas, acostumbraban ofrecer sus esclavos
 Dios y  los santos.

Iniustum videtur et impium, ut mancipia, quae fideles Deo, et
Sanctis eius pro remedio animae suae consecrarunt, cuiuscumque
muneris mancipio, vel commutationis commercio iterum in servitutem
saecularium redigantur, cum canonica auctoritas servos tantummodo
permittat distrahi fugitivos. Et ideo ecclaesiarum Rectores summopere
caveant, ne eleemosyna unius, alterius peccatum fiat. Et est absurdum
ut ab ecclesiastica dignitate servus discedens, humanae sit obnoxius
servituti. (Ibd., cap. 4.)


(Concilium Romanum sub S. Gregorio I, anno 597.)

Se ordena que se d libertad  los esclavos que quieran abrazar la vida
monstica, previas las precauciones que pudiesen probar la verdad de la
vocacin.

Multos de ecclesiastica seu saeculari familia, novimus ad omnipotentis
Dei servitium festinare ut ab humana servitute liberi in divino
servitio valeant familiarius in monasteriis conservari, quos si passim
dimittimus, omnibus fugiendi ecclesiastici iuris dominium occasionem
praebemus: si vero festinantes ad omnipotentis Dei servitium, incaute
retinemus, illi invenimur negare quaedam qui dedit omnia. Unde necesse
est, ut quisquis ex iuris ecclesiastici vel saecularis militiae
servitute ad Dei servitium converti desiderat, probetur prius in laico
habitu constitutus: et si mores eius atque conversatio bona desiderio
eius testimonium ferunt, absque retractatione servire in monasterio
omnipotenti Domino permittatur, ut ab humano servitio liber recedat qui
in divino obsequio districtiorem appetit servitutem. (S. Greg., Epist.
44., Lib. 4.)


(Ex epistolis Gelasii Papae.)

Se reprime el abuso que iba cundiendo de ordenar  los esclavos sin
consentimiento de sus dueos.

Ex antiquis regulis et novella synodali explanatione comprehensum est,
personas obnoxias servituti, cingulo coelestis militiae non praecingi.
Sed nescio utrum ignorantia an voluntate rapiamini, _ita ut ex hac
causa nullus pene Episcoporum videatur extorris_. Ita enim nos frequens
et plurimorum querela nos circumstrepit, ut ex hac parte nihil penitus
potetur constitutum. (Distin. 54, c. 9.)

_Frequens equidem, et assidua nos querela circumstrepit_ de his
pontificibus, qui nec antiquas regulas nec decreta nostra noviter
directa cogitantes, obnoxias possesionibus obligatasque personas,
venientes ad clericalis officii cingulum non recusant. (Ibd., c. 10.)

Actores siquidem filiae nostrae illustris et magnificae feminae,
Maximae petitori nobis insinuatione conquesti sunt, Sylvestrum atque
Candidum, originarios suos, contra constitutiones quae supradictae
sunt, et contradictione praeeunte a Lucerino Pontifice Diaconos
ordinatos. (Ibd, c. 11.)

_Generalis etiam querelae vitanda praesumptio est, qua propemodum
causantur universi_, passim servos et originarios, dominorum iura,
possesionumque fugientes, sub religiosae conversationis obtentu,
vel ad monasteria sese conferre, vel ad ecclesiasticum famulatum,
conniventibus quippe praesulibus, indifferenter admitti. Quae modis
omnibus est amovenda pernicies, ne per christiani nominis institutum
aut aliena pervadi, aut publica videatur disciplina subverti. (Ibd.,
c. 12.)


(Concilium Emeritense, anno 666.)

Se permite  los prrocos el escoger de entre los siervos de la Iglesia
algunos para clrigos.

Quidquid unanimiter digne disponitur in sancta Dei ecclesia,
necessarium est ut a parochitanis presbyteris custoditum maneat. Sunt
enim nonnulli qui ecclessiarum suarum res ad plenitudinem habent et
sollicitudo illis nulla est habendi clericos cum quibus omnipotenti
Deo laudum debita persolvant officia. Proinde instituit haec sancta
synodus ut omnes parochitani presbyteri, iuxta ut in rebus sibi a Deo
creditis sentiunt habere virtutem, de ecclesiae suae familia clericos
sibi faciant; quos per bonam voluntatem ita nutriant, ut et officium
sanctum digne peragant, et ad servitium suum aptos eos habeat. Hi etiam
victum et vestitum dispensatione presbyteri merebuntur, et domino et
presbytero suo, atque utilitati ecclesiae fideles esse debent. Quod
si inutiles apparuerint, ut culpa patuerit, correptione disciplinae
feriantur: si quis presbyterorum hanc sententiam minime custodierit et
non adimpleverit, ab episcopo suo corrigatur: ut plenissime custodiat,
quod digne iubetur. (Can. 18.)


(Concilium Toletanum nonum, anno 655.)

Se dispone que los obispos den libertad  los esclavos de la Iglesia
que hayan de ser admitidos en el clero.

Qui ex familiis ecclesiae servituri devocantur in clerum ab Episcopis
suis, necesse est, ut libertatis percipiant donum: et si honestae vitae
claruerint meritis, tunc demum maioribus fungantur officiis. (Can. 11.)


(Concilium quartum Toletanum, anno 633.)

Se permite ordenar  los esclavos de la Iglesia dndoles antes libertad.

De familiis ecclesiae constituere presbyteros et diaconos per
parochias liceat; quos tamen vitae rectitudo et probitas morum
comendat: ea tamen ratione, _ut antea manumissi libertatem status sui
percipiant_, et denuo ad ecclesiasticos honores succedant; irreligiosum
est enim obligatos existere servituti, qui sacri ordinis suscipiunt
dignitatem. (Can. 74.)


VII

Visto ya cul fu la conducta de la Iglesia con respecto  la
esclavitud en Europa, excitase, naturalmente, el deseo de saber cmo se
ha portado en tiempos ms recientes con relacin  los esclavos de las
otras partes del mundo. Afortunadamente puedo ofrecer  mis lectores
un documento, que, al paso que manifiesta cules son en este punto las
ideas y los sentimientos del actual pontfice Gregorio XVI, contiene,
en pocas palabras, una interesante historia de la solicitud de la Sede
Romana, en favor de los esclavos de todo el universo. Hablo de unas
letras apostlicas contra el trfico de negros, publicadas en Roma en
el da 3 de noviembre de 1839. Recomiendo encarecidamente su lectura,
porque ellas son una confirmacin autntica y decisiva, de que la
Iglesia ha manifestado siempre y manifiesta todava, en este gravsimo
negocio de la esclavitud, el ms acendrado espritu de caridad, sin
herir en lo ms mnimo la justicia, ni desviarse de lo que aconseja la
prudencia.


Gregorio PP. XVI ad futuram rei memoriam.

Elevado al grado supremo de dignidad apostlica, y siendo, aunque sin
merecerlo, en la tierra vicario de Jesucristo Hijo de Dios, que por su
caridad excesiva se dign hacerse hombre y morir para redimir al gnero
humano, hemos credo que corresponde  nuestra pastoral solicitud hacer
todos los esfuerzos para apartar  los cristianos del trfico que estn
haciendo con los negros y con otros hombres, sean de la especie que
fueren. Tan luego como comenzaron  esparcirse las luces del Evangelio,
los desventurados que caan en la ms dura esclavitud, y en medio de
las infinitas guerras de aquella poca, vieron mejorarse su situacin
porque los apstoles, inspirados por el espritu de Dios, inculcaban
 los esclavos la mxima de obedecer  sus seores temporales como al
mismo Jesucristo, y  resignarse con todo su corazn  la voluntad
de Dios; pero, al mismo tiempo, imponan  los dueos el precepto de
mostrarse humanos con sus esclavos, concederles cuanto fuese justo y
equitativo, y no maltratarlos, sabiendo que el Seor de unos y otros
est en los cielos, y que para El no hay acepcin de personas.

La Ley Evanglica, al establecer de una manera universal y fundamental
la caridad sincera para con todos, y el Seor declarando que mirara
como hechos  negados  s mismo, todos los actos de beneficencia y de
misericordia hechos  negados  las pobres y  los dbiles, produjo,
naturalmente, el que los cristianos, no slo mirasen como hermanos 
sus esclavos sobre todo cuando se haban convertido al Cristianismo,
sino que se mostrasen inclinados  dar la libertad  aquellos que por
su conducta se hacan acreedores  ella, lo cual acostumbraban hacer,
particularmente en las fiestas solemnes de Pascuas, segn refiere San
Gregorio de Nicea. Todava hubo quienes inflamados de la caridad ms
ardiente, cargaron ellos mismos con las cadenas para rescatar  sus
hermanos, y un hombre apostlico, nuestro predecesor el Papa Clemente
I, de santa memoria, atestigua haber conocido  muchos que hicieron
esta obra de misericordia; y sta es la razn por que, habindose
disipado con el tiempo las supersticiones de los paganos, y habindose
dulcificado las costumbres de los pueblos ms brbaros, gracias  los
beneficios de la fe, movida por la caridad, las cosas han llegado al
punto de que hace muchos siglos no hay esclavos en la mayor parte de
las naciones cristianas.

Sin embargo, y lo decimos con el dolor ms profundo, todava se
vieron hombres, aun entre cristianos, que, vergonzosamente cegados
por el deseo de una ganancia srdida, no vacilaron en reducir  la
esclavitud en tierras remotas  los indios,  los negros, y  otras
desventuradas razas,  ayudar en tan indigna maldad, nstituyendo y
organizando el trfico de estos desventurados,  quienes otros haban
cargado de cadenas. Muchos pontfices romanos, nuestros predecesores,
de gloriosa memoria, no se olvidaron, en cuanto estuvo de su parte,
de poner un coto  la conducta de semejantes hombres, como contraria
 su salvacin, y degradante para el nombre cristiano; porque ellos
vean bien que sta era una de las causas que ms influyen para que las
naciones infieles mantengan un odio constante  la verdadera religin.

A este fin se dirigen las letras apostlicas de Paulo III de 20 de
mayo de 1537, remitidas al cardenal arzobispo de Toledo, selladas con
el sello del Pescador, y otras letras mucho ms amplias de Urbano
VIII de 22 de abril de 1639 dirigidas al colector de los derechos de
la Cmara apostlica en Portugal; letras en las cuales se contienen
las ms serias y fuertes reconvenciones contra los que se atreven 
reducir  la esclavitud  los habitantes de la India occidental 
meridional, venderlos, comprarlos, cambiarlos, regalarlos, separarlos
de sus mujeres y de sus hijos, despojarlos de sus bienes, llevarlos
 enviarlos  reinos extranjeros, y privarlos de cualquier modo de
su libertad, retenerlos en la servidumbre,  bien prestar auxilio y
favor  los que tales cosas hacen, bajo cualquier causa  pretexto,
 predicar  ensear que esto es lcito, y por ltimo cooperar 
ello de cualquier modo. Benedicto XIV confirm despus y renov
estas prescripciones de los Papas ya mencionados, por nuevas letras
apostlicas  los obispos del Brasil y de algunas otras regiones en
20 de diciembre de 1741, en las que excita con el mismo objeto la
solicitud de dichos obispos.

Mucho antes, otro de nuestros predecesores ms antiguos, Po II, en
cuyo pontificado se extendi el dominio de los portugueses en la
Guinea y en el pas de los negros, dirigi sus letras apostlicas en 7
de octubre de 1482 al obispo de Ruvo, cuando iba  partir para aquellas
regiones, en las que no se limitaba nicamente  dar  dicho prelado
los poderes convenientes para ejercer en ellas el santo ministerio
con el mayor fruto, sino que tom de aqu ocasin para censurar
severamente la conducta de los cristianos que reducan  los nefitos
 la esclavitud. En fin, Po VII en nuestros das, animado del mismo
espritu de caridad y de religin que sus antecesores, interpuso con
celo sus buenos oficios cerca de los hombres poderosos, para hacer
que cesase enteramente el trfico de los negros entre los cristianos.
Semejantes prescripciones y solicitud de nuestros antecesores nos han
servido, con la ayuda de Dios, para defender  los indios y otros
pueblos arriba dichos, de la barbarie, de las conquistas y de la
codicia de los mercaderes cristianos; mas es preciso que la Santa
Sede tenga por qu regocijarse del completo xito de sus esfuerzos y
de su celo, puesto que, si el trfico de los negros ha sido abolido
en parte, todava se ejerce por un gran nmero de cristianos. Por
esta causa, deseando borrar semejante oprobio de todas las comarcas
cristianas, despus de haber conferenciado con todo detenimiento con
muchos de nuestros venerables hermanos, los cardenales de la Santa
Iglesia romana, reunidos en consistorio, y siguiendo las huellas de
nuestros predecesores, en virtud de la autoridad apostlica, advertimos
y amonestamos con la fuerza del Seor  todos los cristianos, de
cualquiera clase y condicin que fuesen, y les prohibimos que ninguno
sea osado en adelante  molestar injustamente  los indios,  los
negros   otros hombres, sean los que fueren, despojarlos de sus
bienes  reducirlos  la esclavitud, ni  prestar ayuda  favor 
los que se dedican  semejantes excesos,   ejercer un trfico tan
inhumano, por el cual los negros, como si no fuesen hombres, sino
verdaderos impuros animales, reducidos cual ellos  la servidumbre
sin ninguna distincin, y contra las leyes de la justicia y de la
humanidad, son comprados, vendidos y dedicados  los trabajos ms
duros, con cuyo motivo se excitan desavenencias, y se fomentan
continuas guerras en aquellos pueblos por el cebo de la ganancia
propuesta  los raptores de negros.

Por esta razn, y en virtud de la autoridad apostlica, reprobamos
todas las dichas cosas como absolutamente indignas del nombre
cristiano; y en virtud de la propia autoridad, prohibimos enteramente,
y prevenimos  todos los eclesisticos y legos el que se atrevan 
sostener como cosa permitida el trfico de negros, bajo ningn pretexto
ni causa,  bien predicar y ensear en pblico ni en secreto, ninguna
cosa que sea contraria  lo que se previene en estas letras apostlicas.

Y con el fin de que dichas letras lleguen  conocimiento de todos,
y que ninguno pueda alegar ignorancia, decretamos y ordenamos que se
publiquen y fijen segn costumbre, por uno de nuestros oficiales,
en las puertas de la Baslica del Prncipe de los Apstoles de la
Cancillera Apostlica, del Palacio de Justicia, del monte Citorio, y
en el campo de Flora.

Dado en Roma en Santa Mara la Mayor, sellado con el sello
del Pescador  3 de noviembre de 1839, y el 9. de nuestro
pontificado.--Aloisio, cardenal Lambruschini.

Llamo particularmente la atencin sobre el interesante documento que
acabo de insertar, y que puede decirse que corona magnficamente el
conjunto de los esfuerzos hechos por la Iglesia para la abolicin de
la esclavitud. Y como en la actualidad sea la abolicin del trfico de
los negros uno de los negocios que ms absorben la atencin de Europa,
siendo el objeto de un tratado concludo recientemente entre las
grandes potencias, ser bien detenernos algunos momentos  reflexionar
sobre el contenido de las letras apostlicas del Papa Gregorio XVI.

Es digno de notarse, en primer lugar, que ya en 1482 el Papa Po II
dirigi sus letras apostlicas al obispo de Ruvo cuando iba  partir
para aquellas regiones, letras en que no se limitaba nicamente  dar
 dicho prelado los poderes convenientes para ejercer en ellas el
santo ministerio con el mayor fruto, sino que tom de aqu ocasin
para censurar severamente la conducta de los cristianos que reducan 
los nefitos  la esclavitud. Cabalmente  fines del siglo XV, cuando
puede decirse que tocaban  su trmino los trabajos de la Iglesia
para desembrollar el caos en que se haba sumergido la Europa  causa
de la irrupcin de los brbaros, cuando las instituciones sociales y
polticas iban desarrollndose cada da ms, formando ya  la sazn un
cuerpo algo regular y coherente, empieza la Iglesia  luchar con otra
barbarie que se reproduce en pases lejanos, por el abuso que hacan
los conquistadores de la superioridad de fuerzas y de inteligencia con
respecto  los pueblos conquistados.

Este solo hecho nos indica que para la verdadera libertad y bienestar
de los pueblos, para que el derecho prevalezca sobre el hecho y no se
entronice el mando brutal de la fuerza, no bastan las luces, no basta
la cultura de los pueblos, sino que es necesaria la religin. All
en tiempos antiguos vemos pueblos extremadamente cultos que ejercen
las ms inauditas atrocidades; y en tiempos modernos, los europeos,
ufanos de su saber y de sus adelantos, llevaron la esclavitud 
los desgraciados pueblos que cayeron bajo su dominio. Y quin fu
el primero que levant la voz contra tamaa injusticia, contra tan
horrenda barbarie? No fu la poltica, que quizs no lo llevaba  mal
para que as se asegurasen las conquistas; no fu el comercio, que vea
en ese trfico infame un medio expedito para srdidas pero pinges
ganancias; no fu la filosofa, que, ocupada en comentar las doctrinas
de Platn y Aristteles, no se hubiera quizs resistido mucho  que
renaciese para los pases conquistados la degradante teora de las
_razas nacidas para la esclavitud_; fu la religin catlica, hablando
por boca del Vicario de Jesucristo.

Es ciertamente un espectculo consolador para los catlicos el que
ofrece un pontfice romano condenando, hace ya cerca de cuatro siglos,
lo que la Europa, con toda su civilizacin y cultura, viene  condenar
ahora; y con tanto trabajo, y todava con algunas sospechas de miras
interesadas por parte de alguno de los promovedores. Sin duda que
no alcanz el pontfice  producir todo el bien que deseaba; pero
las doctrinas no quedan estriles, cuando salen de un punto desde el
cual pueden derramarse  grandes distancias, y sobre personas que las
reciben con acatamiento, aun cuando no sea sino por respeto  aquel
que las ensea. Los pueblos conquistadores eran  la sazn cristianos,
y cristianos sinceros; y as es indudable que las amonestaciones del
Papa, transmitidas por boca de los obispos y dems sacerdotes, no
dejaran de producir muy saludables efectos. En tales casos, cuando
vemos una providencia dirigida contra un mal, y notamos que el mal
ha continuado, solemos equivocarnos, pensando que ha sido intil, y
que quien la ha tomado no ha producido ningn bien. No es lo mismo
extirpar un mal que disminuirle; y no cabe duda en que, si las bulas
de los Papas no surtan todo el efecto que ellos deseaban, deban
de contribuir al menos  atenuar el dao, haciendo que no fuese tan
desastrosa la suerte de los infelices pueblos conquistados. El mal que
se previene y evita no se ve, porque no llega  existir,  causa del
preservativo; pero se palpa el mal existente, ste nos afecta, ste nos
arranca quejas, y olvidamos con frecuencia la gratitud debida  quien
nos ha preservado de otros ms graves. As suele acontecer con respecto
 la religin. Cura mucho, pero todava precave ms que no cura,
porque, apoderndose del corazn del hombre, ahoga muchos males en su
misma raz.

Figurmonos  los europeos del siglo XV, invadiendo las Indias
orientales y occidentales, sin ningn freno, entregados nicamente 
las instigaciones de la codicia,  los caprichos de la arbitrariedad,
con todo el orgullo de conquistadores, y con todo el desprecio
que deban de inspirarles los indios, por la inferioridad de sus
conocimientos, y por el atraso de su civilizacin y cultura; qu
hubiera sucedido? Si es tanto lo que han tenido que sufrir los pueblos
conquistados,  pesar de los gritos incesantes de la religin,  pesar
de su influencia en las leyes y en las costumbres, no hubiera llegado
el mal  un extremo intolerable,  no mediar esas poderosas causas que
le salan sin cesar al encuentro, ora previnindole ora atenundole? En
masa hubieran sido reducidos  la esclavitud los pueblos conquistados,
en masa se los hubiera condenado  una degradacin perpetua, en masa se
los hubiera privado para siempre, hasta de la esperanza de entrar un
da en la carrera de la civilizacin.

Deplorable es, por cierto, lo que han hecho los europeos con los
hombres de las otras razas; deplorable es, por cierto, lo que todava
estn haciendo algunos de ellos; pero al menos no puede decirse que la
religin catlica no se haya opuesto con todas sus fuerzas  tamaos
excesos, al menos no puede decirse que la Cabeza de la Iglesia haya
dejado pasar ninguno de esos males, sin levantar contra ellos la voz,
sin recordar los derechos del hombre, sin condenar la injusticia y sin
execrar la crueldad, sin abogar por la causa del linaje humano, no
distinguiendo razas, climas ni colores.

De dnde le viene  Europa ese pensamiento elevado, ese sentimiento
generoso, que la impulsan  declararse tan terminantemente contra
el trfico de hombres, que la conducen  la completa abolicin de
la esclavitud en las colonias! Cuando la posteridad recuerde esos
hechos tan gloriosos para la Europa, cuando los seale para fijar una
nueva poca en los anales de la civilizacin del mundo, cuando busque
y analice las causas que fueron conduciendo la legislacin y las
costumbres europeas hasta esa altura; cuando elevndose sobre causas
pequeas y pasajeras, sobre circunstancias de poca entidad, sobre
agentes muy secundados, quiera buscar el principio vital que impulsaba
 la civilizacin europea hacia trmino tan glorioso, encontrar que
ese principio era el Cristianismo. Y cuando trate de profundizar ms y
ms en la materia, cuando investigue si fu el Cristianismo bajo una
forma general y vaga, el Cristianismo sin autoridad, el Cristianismo si
el Catolicismo, he aqu lo que le ensear la historia. El Catolicismo
dominando solo, exclusivo, en Europa, aboli la esclavitud en las
razas europeas; el Catolicismo, pues, introdujo en la civilizacin
europea el principio de la abolicin de la esclavitud; manifestando
con la prctica que no era necesaria en la sociedad como se haba
credo antiguamente, y que para desarrollarse una civilizacin grande y
saludable era necesario empezar por la santa obra de la emancipacin.
El Catolicismo inocul, pues, en la civilizacin europea el principio
de la abolicin de la esclavitud;  l se debe, pues, si, dondequiera
que esta civilizacin ha existido junto con esclavos, ha sentido
siempre un profundo malestar que indicaba bien  las claras que haba
en el fondo de las cosas dos principios opuestos dos elementos en
lucha, que haban de combatir sin cesar hasta que prevaleciendo el
ms poderoso, el ms noble y fecundo, pudiese sobreponerse al otro,
logrando primero sojuzgarle, y no parando hasta aniquilarle del todo.
Todava ms: cuando se investigue si en la realidad vienen los hechos
 confirmar esa influencia del Catolicismo, no slo por lo que toca 
la civilizacin de Europa, sino tambin de los pases conquistados por
los europeos en los tiempos modernos, as en Oriente como en Occidente,
ocurrir desde luego la influencia que han ejercido los prelados y
sacerdotes catlicos en suavizar la suerte de los esclavos en las
colonias, se recordar lo que se debe  las misiones catlicas, y se
producirn, en fin, las letras apostlicas de Po II, expedidas en
1482, y mencionadas ms arriba, las de Paulo III en 1537, las de Urbano
VIII en 1639, las de Benedicto XIV en 1741 y las de Gregorio XVI en
1839.

En esas letras se encontrar, ya enseado y definido, todo cuanto se ha
dicho y decirse puede en este punto en favor de la humanidad; en ellas
se encontrar reprendido, condenado, castigado, lo que la civilizacin
europea se ha resuelto al fin  condenar y castigar; y cuando se
recuerde que fu tambin un Papa, Po VII, quien en el presente siglo
_interpuso con celo su mediacin y sus buenos oficios con los hombres
poderosos, para hacer que cesase enteramente el trfico de negros entre
los cristianos_, no podr menos de reconocerse y confesarse que el
Catolicismo ha tenido la principal parte en esa grandiosa obra, dado
que l es quien ha fundado el principio en que ella se funda, quien ha
establecido los precedentes que la guan, quien ha proclamado sin cesar
las doctrinas que la inspiran, quien ha condenado siempre las que se
le oponan, quien se ha declarado en todos tiempos en guerra abierta
con la crueldad y la codicia, que venan en apoyo y fomento de la
injusticia y de la inhumanidad.

El Catolicismo, pues, ha cumplido perfectamente su misin de paz y de
amor, quebrantando sin injusticias ni catstrofes las cadenas en que
gema una parte del humano linaje; y las quebrantara del todo en las
cuatro partes del mundo, si pudiese dominar por algn tiempo en Asia
y en frica, haciendo desaparecer la abominacin y el envilecimiento,
introducidos y arraigados en aquellos infortunados pases por el
mahometismo y la idolatra.

Doloroso es,  la verdad, que el Cristianismo no haya ejercido todava
sobre aquellos desgraciados pases toda la influencia que hubiera sido
menester para mejorar la condicin social y poltica de sus habitantes,
por medio de un cambio en las ideas y costumbres; pero, si se buscan
las causas de tan sensible retardo, no se encontrarn, por cierto,
en la conducta del Catolicismo. No es ste el lugar de sealarlas;
pero, reservndome hacerlo despus, indicar entre tanto que no cabe
escasa responsabilidad al Protestantismo por los obstculos que, como
demostrar  su tiempo, ha puesto  la influencia universal y eficaz
del Cristianismo sobre los pueblos infieles.

En otro lugar de esta obra me propongo examinar detenidamente tan
importante materia, lo que hace que me contente aqu con esta ligera
indicacin.


                           FIN DE LAS NOTAS




                  NDICE DE LOS CAPTULOS Y MATERIAS
                                  DEL
                             TOMO PRIMERO


                                                                    PG.

  Prlogo. Objeto de la obra.                                          5

  Captulo I. Naturaleza y nombre del Protestantismo.                  9

  Cap. II. Investigacin de las causas del Protestantismo. Examen
  de la influencia de sus fundadores. Varias causas que
  se le han sealado. Equivocaciones que se han padecido en
  este punto. Opiniones de Guizot y de Bossuet. Se designa la
  verdadera causa del hecho, fundada en el mismo estado social
  de los pueblos europeos.                                            15

  Cap. III. Nueva demostracin de la divinidad de la Iglesia
  catlica sacada de sus relaciones con el espritu humano.
  Fenmeno extraordinario que se presenta en la Ctedra de
  Roma. Superioridad del Catolicismo sobre el Protestantismo.
  Confesin notable de Guizot; sus consecuencias.                     37

  Cap. IV. El Protestantismo lleva en su seno un principio
  disolvente. Tiende de suyo al aniquilamiento de todas las
  creencias. Peligrosa direccin que da al entendimiento.
  Descripcin del espritu humano.                                    46

  Cap. V. _Instinto de fe._ Se extiende hasta  las ciencias.
  Newton. Descartes. Observaciones sobre la historia de la
  filosofa. Proselitismo. Actual situacin del entendimiento.        54

  Cap. VI. Diferentes necesidades religiosas de los pueblos, en
  relacin  los varios estados de su civilizacin. Sombras
  que se encuentran al acercarse  los primeros principios de
  las ciencias. Ciencias matemticas. Carcter particular de
  las ciencias morales. Ilustracin de algunos idelogos
  modernos. Error cometido por el Protestantismo en la direccin
  religiosa del espritu humano.                                      63

  Cap. VII. Indiferencia y fanatismo: dos extremos opuestos
  acarreados  la Europa por el Protestantismo. Origen del
  fanatismo. Servicio importante prestado por la Iglesia  la
  _historia del espritu humano_. La Biblia abandonada al examen
  privado, sistema errado y funesto del Protestantismo. Texto
  notable de O'Callaghan. Descripcin de la Biblia.                   71

  Cap. VIII. El fanatismo. Su definicin. Sus relaciones con el
  _sentimiento religioso_. Imposibilidad de destruirle. Medios de
  atenuarle. El Catolicismo ha puesto en prctica esos medios,
  muy acertadamente. Observaciones sobre los pretendidos
  fanticos catlicos. Verdadero carcter de la exaltacin
  religiosa de los fundadores de rdenes religiosas.                  79

  Cap. IX. La incredulidad y la indiferencia religiosa, acarreadas
   la Europa por el Protestantismo. Sntomas fatales que
  se manifestaron desde luego. Notable crisis religiosa ocurrida
  en el ltimo tercio del siglo XVII. Bossuet y Leibnitz.
  Los jansenistas: su influencia. Diccionario de Bayle:
  observaciones sobre la poca de su publicacin. Deplorable
  estado de las creencias entre los protestantes.                     86

  Cap. X. Se resuelve una importante cuestin sobre la duracin
  del Protestantismo. Relaciones del individuo y de la
  sociedad con el indiferentismo religioso. Las sociedades
  europeas con respecto al mahometismo y al paganismo. Cotejo
  del Catolicismo y Protestantismo en la defensa de la
  verdad. ntimo enlace del Cristianismo con la civilizacin
  europea.                                                            96

  Cap. XI. Doctrinas del Protestantismo. Su clasificacin en
  positivas y negativas. Fenmeno muy singular: la civilizacin
  europea ha rechazado uno de los dogmas ms principales
  de los fundadores del Protestantismo. Servicio importante
  prestado  la civilizacin europea por el Catolicismo, con
  la defensa del libre albedro. Carcter del error. Carcter de
  la verdad.                                                         103

  Cap. XII. Examen de los efectos que producira en Espaa el
  Protestantismo. Estado actual de las ideas religiosas. Triunfos
  de la religin. Estado actual de la ciencia y de la literatura.
  Situacin de las sociedades modernas. Conjeturas sobre
  su porvenir, y sobre la futura influencia del Catolicismo.
  Sobre las probabilidades de la introduccin del Protestantismo
  en Espaa. La Inglaterra. Sus relaciones con Espaa.
  Pitt: Carcter de las ideas religiosas en Espaa. Situacin
  de Espaa. Sus elementos de regeneracin.                          108

  Cap. XIII. Empieza el cotejo del Protestantismo con el Catolicismo
  en sus relaciones con el adelanto social de los pueblos.
  _Libertad._ Vago sentido de esta palabra. La civilizacin
  europea se debe principalmente al Catolicismo. Comparacin
  del Oriente con el Occidente. Conjeturas sobre los destinos
  del Catolicismo en las catstrofes que pueden amenazar
   la Europa. Observaciones sobre los estudios
  filosfico-histricos. Fatalismo de cierta escuela histrica
  moderna.                                                           127

  Cap. XIV. Estado religioso, social y cientfico del mundo  la
  poca de la aparicin del Cristianismo. Derecho romano.
  Conjeturas sobre la influencia ejercida por las ideas
  cristianas sobre el derecho romano. Vicios de la organizacin
  poltica del imperio. Sistema del Cristianismo para regenerar
  la sociedad: su primer paso se dirigi al cambio de las ideas.
  Comparacin del Cristianismo con el paganismo en la enseanza
  de las buenas doctrinas. Observaciones sobre el plpito
  de los protestantes.                                               138

  Cap. XV. La Iglesia no fu tan slo una _escuela grande y
  fecunda, sino tambin una asociacin regeneradora_. Objetos que
  tuvo que llenar. Dificultades que tuvo que vencer. _La
  esclavitud._ Quin aboli la esclavitud. Opinin de Guizot.
  Nmero inmenso de esclavos. Con qu tino deba procederse en la
  abolicin de la esclavitud. La abolicin repentina era
  imposible. Impgnase la opinin de Guizot.                         152

  Cap. XVI. La Iglesia catlica emple para la abolicin de la
  esclavitud, no slo un sistema de doctrinas, y sus mximas
  y espritu de claridad, sino tambin un conjunto de medios
  prcticos. Punto de vista desde el cual debe mirarse este
  hecho histrico. Ideas erradas de los antiguos sobre la
  esclavitud. Homero, Platn, Aristteles. El Cristianismo se
  ocup desde luego en combatir esos errores. Doctrinas
  cristianas sobre las relaciones entre esclavos y seores. La
  Iglesia se ocupa en suavizar el trato cruel que se daba  los
  esclavos.                                                          161

  Cap. XVII. La Iglesia defiende con celo la libertad de los
  manumitidos. Manumisin en las iglesias. Saludables efectos
  de esta prctica. Redencin de cautivos. Celo de la Iglesia
  en practicar y promover esta obra. Preocupacin de los romanos
  sobre este punto. Influencia que tuvo en la abolicin de la
  esclavitud el celo de la Iglesia por la redencin de los
  cautivos. La Iglesia protege la libertad de los ingenuos.          176

  Cap. XVIII. Sistema seguido por la Iglesia con respecto  los
  esclavos de los judos. Motivos que impulsaban  la Iglesia
   la manumisin de sus esclavos. Su indulgencia en este
  punto. Su generosidad para con sus libertos. Los esclavos
  de la Iglesia eran considerados como consagrados  Dios.
  Saludables efectos de esta consideracin. Se concede libertad
   los esclavos que queran abrazar la vida monstica.
  Efectos de esta prctica. Conducta de la Iglesia en la
  ordenacin de los esclavos. Represin de abusos que en esta
  parte se introdujeron. Disciplina de la Iglesia de Espaa sobre
  este particular.                                                   186

  Cap. XIX. Doctrinas de San Agustn sobre la esclavitud.
  Importancia de estas doctrinas para acarrear su abolicin. Se
  impugna  Guizot. Doctrinas de Santo Toms sobre la misma
  materia. Matrimonio de los esclavos. Disposicin del derecho
  cannico sobre este matrimonio. Doctrina de Santo
  Toms sobre este punto. Resumen de los medios empleados
  por la Iglesia para la abolicin de la esclavitud. Impgnase
   Guizot. Se manifiesta que la abolicin de la esclavitud es
  debida exclusivamente al Catolicismo. Ninguna parte tuvo
  en esta grande obra el Protestantismo.                             197




NDICE DE LAS NOTAS


                                                                    PG.

   (1) Gibbon, y la Historia de las variaciones de los
      protestantes, de Bossuet.                                      207

   (2) Intolerancia de Lutero y dems corifeos del
       Protestantismo.                                               207

   (3) _Protestantismo_: origen de este nombre.                      209

   (4) Observaciones sobre los nombres.                              209

   (5) Abuso.                                                        210

   (6) Unidad y concierto del Catolicismo. Feliz pensamiento de
       San Francisco de Sales.                                       211

   (7) Confesiones de los ms distinguidos protestantes sobre la
       debilidad del Protestantismo. Lutero, Melanchton,
       Calvino, Reza, Grocio, Papn, Puffendorf, Leibnitz.
       Descubrimiento importante de una obra pstuma de Leibnitz
       sobre la religin.                                            213

   (8) Ciencias humanas. Luis Vives.                                 215

   (9) Ciencias matemticas. Eximeno, jesuta espaol.               216

  (10) Herejas de los primeros siglos. Su carcter.                 217

  (11) Supersticin y fanatismo de los protestantes. El diablo de
       Lutero. La fantasma de Zuinglio. Los pronsticos de
       Melanchton. Matas Harlem. El sastre de Leyde, rey de
       Sin. Hermn, Nicols, Hacket, y otros visionarios y
       fanticos.                                                    217

  (12) Sobre las visiones de los catlicos. Santa Teresa. Las
       visiones de esta Santa.                                       221

  (13) Mala fe de los fundadores del Protestantismo. Textos
       notables que la manifiestan. Estragos que hizo desde luego
       la incredulidad. Gruet. Pasajes notables de Montaigne.        223

  (14) Las extravagancias de las primeras herejas como muestra
       del estado de la _ciencia_ en aquellos tiempos.               226

  (15) Cnones y otros documentos que manifiestan la solicitud
       de la Iglesia en aliviar la suerte de los esclavos, y los
       diferentes medios de que se vali para llevar  cabo la
       abolicin de la esclavitud.                                   227

  (1) Cnones dirigidos  suavizar el trato de los esclavos.        228

  (2) Cnones dirigidos  la defensa de la libertad de los
       manumitidos, y  la proteccin de los libertos
       recomendados  la Iglesia.                                    230

  (3) Cnones y otros documentos con respecto  la redencin de
       cautivos.                                                     232

  (4) Cnones relativos  la defensa de la libertad de los
       ingenuos. (Al principiar el canon del Concilium Lugdunense
       secundum, anno 566).                                          236

  (5) Cnones sobre los esclavos de los judos.                     238

  (6) Cnones sobre las manumisiones que haca la Iglesia de
       sus esclavos.                                                 243

  (7) Letras apostlicas del Papa Gregorio XVI sobre el trfico
       de negros. Doctrinas, conducta  influencia del Catolicismo
       sobre la abolicin de este trfico, y de la esclavitud
       en las colonias.                                              248




                           EL PROTESTANTISMO
                             COMPARADO CON
                            EL CATOLICISMO


                             TOMO SEGUNDO




CAPITULO XX


El ms bello timbre de la civilizacin europea, la conquista ms
preciosa en favor de la humanidad, cual es la abolicin de la
esclavitud, ya hemos visto  quin se debe:  la Iglesia catlica: por
medio de sus doctrinas tan benficas como elevadas, y de un sistema
tan eficaz como prudente, con su generosidad sin lmites, su celo
incansable, su firmeza invencible, aboli la esclavitud en Europa;
es decir, di el primer paso que deba darse en la regeneracin de
la humanidad, sent la primera piedra que deba sentarse en el hondo
y anchuroso cimiento de la civilizacin europea: _la emancipacin de
los esclavos, la abolicin para siempre de este estado tan degradante:
la libertad universal_. Sin levantar antes al hombre de ese abyecto
estado, sin alzarle sobre el nivel de los brutos, no era posible crear
ni organizar una civilizacin llena de grandor y dignidad; porque,
dondequiera que se ve  un hombre acurrucado  los pies de otro hombre,
esperando con ojo inquieto las rdenes de su amo,  temblando medroso
al solo movimiento de un ltigo; dondequiera que el hombre es vendido
como un bruto, estimadas todas sus facultades, y hasta su vida, por
algunas monedas, all la civilizacin no se desenvolver jams cual
conviene: siempre ser flaca, enfermiza, falseada, porque, donde esto
se verifica, la humanidad lleva en su frente una marca de ignominia.

Probado, pues, que fu el Catolicismo quien quit de en medio ese
obstculo  todo adelanto social, limpiando, por decirlo as,  la
Europa de esa repugnante lepra que la infestaba de pies  cabeza,
entremos ahora en la investigacin de lo que hizo el Catolicismo
para levantar el grandioso edificio de la civilizacin europea; que,
si reflexionamos seriamente cuanto ella entraa de vital y fecundo,
encontraremos nuevos y poderosos ttulos que merecen  la Iglesia
catlica la gratitud de los pueblos. Y ante todo ser bien echar
una ojeada sobre el vasto  interesante cuadro que nos presenta la
civilizacin europea, resumiendo en pocas palabras sus principales
perfecciones; pues que de esta manera podremos ms fcilmente darnos
razn  nosotros mismos de la admiracin que nos causa, y del
entusiasmo que nos inspira. El individuo, con un vivo sentimiento de su
dignidad, con un gran caudal de laboriosidad, de accin y energa, y
con un desarrollo simultneo de todas sus facultades; la mujer, elevada
al rango de compaera del hombre, y compensado, por decirlo as, el
deber de la sujecin con las respetuosas consideraciones de que se la
rodea; la blandura y firmeza de los lazos de familia, con poderosas
garantas de buen orden y de justicia; una admirable conciencia
pblica, rica de sublimes mximas morales, de reglas de justicia y
de equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia que
sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente que
el descaro de la corrupcin llegue al exceso de los antiguos; cierta
suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita grandes
catstrofes, y en medio de la paz hace la vida ms dulce y apacible; un
profundo respeto al hombre y  su propiedad, que hace tan raras las
violencias particulares, y sirve de saludable freno  los gobernantes
en toda clase de formas polticas: un vivo anhelo de perfeccin en
todos ramos; una irresistible tendencia, errada  veces, pero siempre
viva,  mejorar el estado de las clases numerosas; un secreto impulso
 proteger la debilidad,  socorrer el infortunio, impulso que  veces
se desenvuelve con generoso celo, y, cuando no, permanece siempre
en el corazn de la sociedad causndole el malestar y la desazn de
un remordimiento; un espritu de universalidad, de propagacin, de
cosmopolitismo; un inagotable fondo de recursos para remozarse sin
perecer, para salvarse en las mayores crisis; una generosa inquietud
que se empea en adelantarse al porvenir, y de que resultan una
agitacin y un movimiento incesantes, algo peligrosos  veces, pero
que son comunmente el germen de grandes bienes, y seal de un poderoso
principio de vida: he aqu los grandes caracteres que distinguen  la
civilizacin europea, he aqu los rasgos que la colocan en un puesto
inmensamente superior  todas las dems civilizaciones antiguas y
modernas.

Leed la historia, desparramad vuestras miradas por todo el orbe, y
dondequiera que no reina el Cristianismo, si no prevalece la vida
brbara  la salvaje, hallaris, por lo menos, una civilizacin que en
nada se parece  la nuestra, que ni aun remotamente puede comparrsele.
Veris algunas de esas civilizaciones con cierta regularidad, con
seales de firmeza, pues que duran al travs de largos siglos; pero,
cmo duran? Sin caminar, sin moverse, porque carecen de vida, porque
su regularidad y duracin son la de una estatua de mrmol, que
inmvil ve pasar ante s numerosas generaciones. Pueblos hubo tambin
con una civilizacin que rebosaba de actividad y movimiento; pero,
qu actividad? qu movimiento? Unos, dominados por el espritu
mercantil, no aciertan  fundar sobre slida base su felicidad
interior, slo saben abordar  nuevas playas que ofrezcan cebo  su
codicia, desembarazndose del excedente de la poblacin por medio
de las colonias, y estableciendo en el nuevo pas crecido nmero de
factoras; otros, disputando y combatiendo eternamente por la mayor
 menor latitud de la libertad poltica, olvidan su organizacin
social, no cuidan de su libertad civil, y, revolvindose turbulentos en
estrechsimo crculo de espacio y de tiempo, no seran dignos siquiera
de que la posteridad conservara sus nombres, si no brillara entre ellos
con indecible encanto el genio de lo bello, si en los monumentos de su
saber no reflejaran, como en un claro espejo, algunos hermosos rayos
de la ciencia tradicional del Oriente; otros, grandiosos y terribles 
la verdad, pero trabajados sin cesar por las disensiones intestinas,
llevan esculpido en su frente el formidable destino de la conquista,
le cumplen avasallando el mundo, y caminan desde luego  su ruina
por un rapidsimo declive, en que nada los puede contener; otros,
por fin, exaltados por un violento fanatismo, se levantan como las
olas azotadas por el huracn, se arrojan sobre los dems pueblos como
inundacin devastadora, y amenazan arrastrar en su fragosa corriente
 la misma civilizacin cristiana; pero es en vano su esfuerzo, se
estrellan sus oleadas contra una resistencia invencible; redoblan sus
acometidas, pero siempre forzadas  retroceder, y  tenderse de nuevo
sobre su lecho con un sordo bramido. Y ahora, vedlos all al Oriente,
cual parecen un turbio charco que los ardores del sol acaban de secar;
vedlos all los hijos y sucesores de Mahoma y de Omar, vedlos all de
rodillas  las plantas del podero europeo, mendigando una proteccin
que por ciertas miras se les dispensa, pero con desdeoso desprecio.

ste es el cuadro que nos ofrecen todas las civilizaciones antiguas y
modernas, excepto la europea, es decir, la cristiana. Slo ella abarca
 la vez todo lo grande y lo bello que se encuentra en las dems;
slo ella atraviesa las ms profundas revoluciones, sin perecer; slo
ella se extiende  todas las razas, se acomoda  todos los climas,
se aviene con las ms variadas formas polticas; slo ella se enlaza
amigablemente con todo linaje de instituciones, mientras pueda circular
por su corazn cual fecundante savia, produciendo gratos y saludables
frutos para bien de la humanidad.

Y de dnde habr recibido la civilizacin europea su inmensa
superioridad sobre todas las otras? De dnde ha salido tan gallarda,
tan rica, tan variada y fecunda, con ese sello de dignidad, de nobleza
y elevacin, sin castas, sin esclavos, sin eunucos, sin esas miserias
que cual asquerosa lepra encontramos en los dems pueblos antiguos y
modernos? Ah! los europeos nos lamentamos  menudo, y tan sentidamente
cual hacerlo pudo ningn pueblo; y no reflexionamos que somos los hijos
mimados de la Providencia, y que, si es verdad que sufrimos males,
patrimonio inseparable de la humanidad, son, empero, muy ligeros,
nulos, en comparacin de los que sufrieron y sufren los dems pueblos.
Por lo mismo que es grande nuestra dicha, somos ms descontentadizos,
y, por decirlo as, ms melindrosos; sucedindonos lo que  un hombre
de distinguida clase, acostumbrado  vivir rodeado de consideracin
y respeto en medio de las comodidades y regalos: una leve palabra le
indigna, la ms pequea molestia le mortifica y desazona; sin reparar
que hay tantos hombres desnudos, y transidos de miseria, que no pueden
cubrir su desnudez sino con algunos harapos, ni apagar su hambre sino
con algunos mendrugos, todo recogido al travs de mil repulsas y
bochornos.

Al contemplar la civilizacin europea, hieren el nimo tantas y tan
varias impresiones, aglpase tal tropel de objetos como demandando
consideracin y preferencia, que, si bien la imaginacin se recrea con
la magnificencia y hermosura del cuadro, el entendimiento se abruma,
no atinando fcilmente por dnde se deba empezar el examen. El mejor
recurso, en tales casos, es la simplificacin, descomponiendo el
objeto complexo, y reducindolo todo  sus elementos ms simples.
_El individuo_, _la familia_, _la sociedad_: he aqu lo que debemos
examinar  fondo, he aqu lo que ha de ser el blanco de nuestras
investigaciones; que, si llegamos  comprenderlo bien, tal como es en
s y prescindiendo de ligeras variaciones que no afectan su esencia, la
civilizacin europea, con todas sus riquezas, con todos sus secretos,
se desenvolver  nuestros ojos, como sale de entre las sombras una
campia abundante y amena al baarla los rayos de la aurora.

Debe la civilizacin europea todo cuanto es y todo cuanto tiene,  la
posesin en que est de las principales verdades sobre el individuo,
sobre la familia y sobre la sociedad; se han comprendido en Europa
mejor que en ninguna otra parte la verdadera naturaleza, las verdaderas
relaciones, el verdadero fin de estos objetos; se tienen sobre ellos
ideas, sentimientos, miras de que se careci en otras civilizaciones; y
estas ideas y sentimientos estn grabados fuertemente en la fisonoma
de los pueblos europeos, inoculados en sus leyes, en sus costumbres,
en sus instituciones, en su lenguaje; se respiran con el aire, porque
traen impregnada nuestra atmsfera como un aroma vivificante. Y es
porque de largos siglos abriga en su seno la Europa un principio
robusto que los conserva, propaga y aplica; es porque en las pocas ms
trabajosas en que disuelta la sociedad tuvo que formarse de nuevo, fu
cabalmente cuando este principio regenerador disfrut de ms influjo
y prepotencia. Pasaron los tiempos, sobrevinieron grandes mudanzas,
el Catolicismo sufri alternativas en su poder  influencia sobre la
Europa; pero la civilizacin, que era su obra, era demasiado slida
para ser fcilmente destruda; el impulso era sobrado fuerte y certero
para que se perdiera fcilmente el rumbo; la Europa era un joven en
la flor de sus aos, dotado de complexin robusta, y en cuyas venas
circula en abundancia la salud y la vida; los excesos del trabajo y de
la disipacin le postran por algn tiempo, le hacen palidecer; pero
bien pronto recobra su rostro la lozana y los colores, bien pronto
recobran sus miembros la agilidad y la fuerza.




CAPITULO XXI


El _individuo_: he aqu el elemento ms simple de la sociedad; he aqu
lo primero que debe estar bien constitudo, por decirlo as; he aqu lo
que, en siendo mal comprendido y apreciado, ser un eterno obstculo
 la medra de la verdadera civilizacin. Ante todo es necesario
advertir que aqu se trata slo del individuo, del hombre tal como
es en s, y prescindiendo de las numerosas relaciones que le rodean,
luego que se pasa  considerarlo como miembro de una sociedad. Mas
no se crea, por esto, que voy  considerar al hombre en un completo
aislamiento, llevndole al desierto, reducindole al estado salvaje,
y analizando el individualismo tal como nos le ofrecen algunas hordas
errantes, excepcin monstruosa que slo ha podido resultar de la
degradacin de la naturaleza humana. Esto equivaldra  resucitar el
mtodo de Rousseau, mtodo puramente utpico, que slo puede conducir
al error y  la extravagancia. Las piezas de una mquina pueden ser
examinadas aparte, aisladamente, con la mira de comprender mejor su
construccin peculiar; pero nunca deben olvidarse los usos  que se
las destina, nunca debe perderse de vista el todo  que pertenecen; de
otra suerte; el juicio que sobre ellas se forme, no podr menos de ser
equivocado. El cuadro ms sublime y sorprendente no sera ms que una
ridcula monstruosidad, si se examinaran en completo aislamiento, 
en combinaciones arbitrarias, los grupos y las figuras: con semejante
mtodo podran convertirse en sueos de un delirante los prodigios de
Miguel ngel y Rafael.

Pero, sin olvidar que el hombre no est solo en el mundo, y que no
ha nacido para vivir solo; sin olvidar que,  ms de lo que es en
s, forma tambin parte del gran sistema del universo, y que,  ms
de los destinos que le corresponden como comprendido en el vasto
plan de la creacin, est elevado por la bondad del Criador  otra
esfera ms alta, superior  todo pensamiento terreno; sin prescindir
de nada de esto, como en buena filosofa no se puede prescindir,
queda todava lugar al estudio del individuo, y del individualismo;
en la consideracin del hombre pudese todava abstraer la calidad
del ciudadano, abstraccin que, lejos de conducirnos  extravagantes
paradojas, es muy  propsito para comprender  fondo cierta
particularidad notable que se observa en la civilizacin europea,
cierto distintivo que por s solo no la dejara confundir con las otras.

Que deba hacerse una distincin entre el hombre y el ciudadano, que
estos dos aspectos den lugar  consideraciones muy diferentes, nadie
habr que no lo perciba fcilmente; pero es tarea algo difcil el
deslindar hasta dnde se extiendan los resultados de esa distincin,
hasta qu punto sea conveniente el sentimiento de la independencia
personal, cul sea la esfera que deba sealarse al desarrollo puramente
individual, qu es lo que sobre este particular se encuentra en nuestra
civilizacin que no se halle en las otras; es tarea harto difcil
apreciar debidamente esta diferencia, sealar su origen y objeto, y
pesar atinadamente cul ha sido su verdadero influjo en la marcha de
la civilizacin. Tarea, repito, muy difcil, porque se encierran aqu
varias cuestiones, bellas  importantes en verdad, pero delicadas,
profundas, donde es muy fcil equivocarse, porque es casi imposible
fijar certeramente la mirada,  causa de que los objetos tienen algo
de vago, de indeterminado, de areo, andan como fluctuando, slo
vinculados entre s por relaciones imperceptibles.

Tropezamos aqu con el famoso _individualismo_, que, segn Guizot,
fu importado por los brbaros del Norte y represent un papel tan
descollante, que debe se reconocido como uno de los primeros y ms
fecundos principios de la civilizacin europea. Analizando el clebre
publicista los elementos de esta civilizacin, sealando la parte que
en su juicio cupo al imperio romano y  la Iglesia, pretende hallar
algo de singular y muy fecundo en el sentimiento de individualismo
que traan los germanos consigo, y que inocularon en las costumbres
europeas.

No ser intil dar razn aqu de la opinin de M. Guizot sobre esta
importante y delicada materia, porque, al paso que se lograr fijar
mejor el estado de la cuestin, cosa harto difcil en objetos de suyo
tan vagos, se disipar la grave equivocacin que padecen algunos en
este punto, debida  la autoridad del citado escritor, que, con los
recursos de su ingenio y los encantos de su elocuencia, ha hecho
verosmil y plausible lo que, examinado  fondo, no es ms que una
paradoja.

Como al combatir las opiniones de un escritor debe tenerse el primer
cuidado en no alterrselas, atribuyndole lo que en realidad no ha
dicho, y estando, por otra parte, la materia que nos ocupa tan sujeta 
equivocaciones, ser bien copiar por entero las palabras de M. Guizot.
El estado general de la sociedad entre los brbaros es lo que nos
importa conocer; y esto cabalmente es muy difcil. Comprendemos sin
mucho trabajo el sistema municipal romano, y la Iglesia cristiana; su
influencia se ha perpetuado hasta nuestros das; encontramos su huella
en muchas instituciones, en hechos que tenemos  la vista, y esto nos
facilita mil medios de reconocerlos y explicarlos. Nada, empero, ha
quedado de las costumbres y del estado social de los brbaros; vmonos
obligados  adivinar, ora apelando  remotsimos monumentos histricos,
ora supliendo la falta de esos monumentos con un atrevido esfuerzo de
imaginacin.

No negar ser muy poco lo que nos ha quedado de las costumbres de los
brbaros, ni disputar con M. Guizot sobre lo que pueda valer una
observacin que versa sobre hechos en que sea menester _suplir con
esfuerzos de imaginacin lo mucho que de ellos nos falta_, en que
nos _veamos obligados_  entrar en la peligrosa y resbaladiza senda
de _adivinar_; no desconozco lo que son estas materias, y en las
reflexiones que acabo de hacer sobre la cuestin que nos ocupa, y en
los trminos con que la he calificado, bien se alcanza que no juzgo
posible andar con la regla y el comps; pero s que puede servir esto
para prevenir  los lectores contra la ilusin que pudiera causarles
una doctrina que, bien profundizada, no es ms, repito, que una
brillante paradoja.

Hay un sentimiento, un hecho, contina M. Guizot, que es preciso
analizar y comprender para pintar con rasgos verdicos  un brbaro:
tal es el placer de la independencia individual: el placer de lanzarse
con su fuerza y su libertad en medio de las vicisitudes del mundo y
de la vida; los goces de una actividad sin trabajo, la inclinacin 
una vida aventurera, llena de imprevisin, de desigualdad, de peligro.
ste era el sentimiento dominante del estado bravo, la necesidad
moral que pona en perpetuo movimiento aquellas masas de hombres.
Viviendo nosotros en medio de una sociedad tan regular, tan uniforme,
nos es sobremanera difcil representarnos ese sentimiento con todo el
imperio, con toda la violencia que ejerca sobre los brbaros de los
siglos IV y V. Una sola obra he visto en la cual se halla perfectamente
retratado ese carcter de la barbarie: la Historia de la conquista
de Inglaterra por los normandos, de M. Thierry, es el solo libro
en que se ven reproducidos con una exactitud, con una naturalidad
verdaderamente homricas, los motivos, las inclinaciones, los impulsos
que mueven y agitan  los hombres en un estado social prximo  la
barbarie. En ninguna parte he comprendido, he sentido mejor lo que
es un brbaro, lo que es la vida de un brbaro. Algo semejante se
encuentra en las novelas de Cooper sobre los salvajes de Amrica, si
bien,  mi entender, en un grado muy inferior, de una manera menos
simple, menos verdadera. Vese en la vida de los salvajes americanos,
en las relaciones que los unen, en los sentimientos que abrigan en
medio de sus bosques, algn reflejo, alguna analoga que recuerda hasta
cierto punto la vida y las costumbres de los primitivos germanos.
Estos cuadros son ciertamente un poco ideales, tienen algo de potico;
la parte repugnante de las costumbres y de la vida de los brbaros
no se presenta en ellos con toda su crudeza; y no hablo solamente de
los males acarreados por esas costumbres al estado social, sino de la
situacin interior, individual del mismo brbaro. En esta necesidad
imperiosa de independencia personal haba algo de ms material, algo de
ms grosero de lo que se desprende y pudiera deducirse de la obra de M.
Thierry: dominaba en los brbaros del Norte cierto grado de brutalidad,
de embriaguez, de apata, que no siempre se ven fielmente representadas
en aquellas narraciones. No obstante, profundizando ms y ms las
cosas,  pesar de esa confusa mezcla de brutalidad, de materialismo,
de egosmo estpido, se conoce que aquella pasin por la independencia
individual es un sentimiento noble, cuyo poder deriva todo de la parte
superior, de la naturaleza moral del mismo hombre: es el placer de
sentirse hombre, el sentimiento de la personalidad, de la espontaneidad
humana en su libre desarrollo.

 los brbaros germanos, seores, debe la moderna civilizacin ese
sentimiento desconocido enteramente de los romanos, de la Iglesia, de
casi todas la civilizaciones antiguas. Cuando en stas hace algn papel
la libertad, es la libertad poltica, la libertad del ciudadano; sta
era la que le mova, la que le entusiasmaba; no su libertad personal:
perteneca  una asociacin, se hallaba consagrado  una asociacin,
y por una asociacin estaba pronto  sacrificarse. Lo mismo suceda
en la Iglesia cristiana: reinaba entre los fieles un vivo apego  la
corporacin cristiana, un rendido acatamiento, un entero abandono 
sus leyes, un fuerte empeo de extender su imperio: otras veces el
sentimiento religioso conduca al hombre  una reaccin sobre s
mismo, sobre su alma,  una lucha interior, para sojuzgar su libre
albedro y someterlo  las inspiraciones de su fe. El sentimiento,
empero, de independencia personal, ese anhelo de libertad que se
desarrolla sin otro fin ni objeto que el de complacerse, este
sentimiento, repito, era desconocido  los romanos y  la sociedad
cristiana. Los brbaros le llevaron consigo y le depositaron en la
cuna de la civilizacin europea. Tan descollante papel ha en ella
representado, tan hermosos resultados ha producido, que es imposible
dejar de reconocerle como uno de sus elementos principales. (_Historia
de la civilizacin europea. Leccin II._)

El sentimiento de la independencia personal atribudo exclusivamente 
un pueblo, ese sentimiento vago, indefinible, con una extraa mezcla de
noble y de brutal, de brbaro y de civilizador, tiene algo de potico,
muy propio para seducir la fantasa; pero, como el contraste mismo con
que se procura aumentar el efecto de las pinceladas lleva en s algo de
extraordinario y hasta contradictorio, la severa razn sospecha algn
error oculto, y se pone en cautelosa guarda.

Si es verdad que tal fenmeno haya existido, de dnde pudo dimanar?
fu quizs un resultado del clima? Pero cmo es concebible que
abrigaran los hielos del Norte lo que no abrigaban los ardores del
Medioda? cmo es que, desenvolvindose con tanta fuerza en los pases
meridionales de Europa el sentimiento de la independencia poltica,
cabalmente no se encontrara en ellos el sentimiento de la independencia
personal? no fuera una extraeza, mejor dir, un absurdo, que los
climas se hubiesen repartido como patrimonios los sentimientos de las
dos clases de libertad?

Dirse quizs que proceda este sentimiento del estado social; pero, en
tal caso, no era menester atribuirle como caracterstico  un pueblo;
bastaba asentar, en general, que ese sentimiento era propio de los
pueblos que se hallasen en el estado social de los germanos. Adems
que, si era un efecto del estado social, cmo pudo ser un germen, un
principio fecundo de civilizacin, lo que era propio de la barbarie?
Este sentimiento debiera haberse borrado por la civilizacin, no
conservarse en medio de ella, no contribuir  su desarrollo; y, si bajo
alguna forma deba permanecer, por qu no sucedi lo mismo en otras
civilizaciones, ya que no fueron, por cierto, los germanos el nico
pueblo que haya pasado de la barbarie  la civilizacin?

No se pretende, por eso, decir que los brbaros del Norte no ofrecieran
bajo este aspecto alguna particularidad notable, ni tampoco que no se
encuentre en la civilizacin europea un sentimiento de personalidad,
por decirlo as, que no se halla en las dems civilizaciones; pero s
que para explicar el individualismo de los germanos es poco filosfico
valerse de misterios y enigmas, s que para sealar la razn de la
superioridad que tiene en esta parte la civilizacin europea, no es
necesario acudir  la barbarie de los germanos. Si queremos formarnos
idea cabal de esta cuestin tan complexa  importante, conviene ante
todo fijar en cuanto cabe la verdadera naturaleza del individualismo
de los brbaros. En un opsculo que di  luz hace algn tiempo, cuyo
ttulo era: _Observaciones sociales, polticas y econmicas sobre
los bienes del clero_, trat por incidencia de ese individualismo,
y me esforc en aclarar sobre este punto las ideas, y, como desde
entonces no he variado de opinin, antes me he confirmado ms en ella,
trasladar  continuacin lo que all deca: Qu vena  ser este
sentimiento? era peculiar de aquellos pueblos, era un resultado de
las influencias del clima, de una situacin social? era tal vez un
sentimiento, que se halle en todos lugares y tiempos, pero modificado 
la sazn por circunstancias particulares? Cul era su fuerza, cul su
tendencia, qu encerraba de justo  de injusto, de noble  degradante,
de provechoso  nocivo? qu bienes llev  la sociedad, qu males?
y stos cmo se combatieron, por quin, y por qu medios, con qu
resultado? Muchas cuestiones hay encerradas aqu; pero no traen,
sin embargo, la complicacin que pudiera parecer; aclarada una idea
fundamental, las dems se desenvolvern muy fcilmente; y, simplificada
la teora, vendr luego la historia en su confirmacin y apoyo.

Hay en el fondo del corazn del hombre un sentimiento fuerte,
vivo, indeleble, que le inclina  conservarse,  evitarse males, y
 procurarse bienestar y dicha. Llmesele amor propio, instinto de
conservacin, deseo de la felicidad, anhelo de perfeccin, egosmo,
individualismo, llmesele como se quiera, el sentimiento existe: aqu
dentro le tenemos, no podemos dudar de l; l nos acompaa en todos
nuestros pasos, en todas nuestras acciones, desde que abrimos los
ojos  la luz hasta que descendemos al sepulcro. Este sentimiento,
si bien se le observa en su origen, naturaleza y objeto, no es ms
que una gran ley de todos los seres, aplicada al hombre; ley que,
siendo una garanta de la conservacin y perfeccin de los individuos,
contribuye de un modo admirable  la harmona del universo. Bien claro
es que semejante sentimiento nos ha de llevar naturalmente  aborrecer
la opresin, y  experimentar un desagrado por cuanto tiende 
embarazarnos,   coartarnos el uso de nuestras facultades: la razn es
obvia; todo esto nos causa un malestar, y  semejante estado se opone
nuestra naturaleza; hasta el nio ms tierno sufre ya de mala gana la
ligadura que le embarga el libre movimiento: se enfada, forceja, llora.

Adems, si por una  otra causa no carece totalmente el individuo
del conocimiento de s mismo; si, por poco que sea, han podido
desarrollarse algn tanto sus facultades intelectuales, brotar en
el fondo de su alma otro sentimiento que nada tiene de comn con el
instinto de conservacin que impele  todos los seres, otro sentimiento
que pertenece exclusivamente  la inteligencia: hablo del sentimiento
de dignidad, del aprecio, de la estimacin de nosotros mismos, de ese
fuego que brota en el corazn de nuestra ms tierna infancia, y que,
nutrido, extendido y avivado con el pbulo que va suministrando el
tiempo, es capaz de aquella fuerza prodigiosa, de aquella expansin que
tan inquietos, tan activos, tan agitados nos trae en todos los perodos
de nuestra vida. La sujecin de un hombre  otro hombre envuelve algo
que hiere este sentimiento de dignidad; porque, aun suponiendo esta
sujecin conciliada con toda la libertad y suavidad posibles, con
todos los respetos  la persona sujeta, revela al menos  sta alguna
flaqueza  necesidad que la obliga  dejarse cercenar algn tanto del
libre uso de sus facultades: y he aqu otro origen del sentimiento de
independencia personal.

Infirese de lo que acabo de exponer, que el hombre lleva siempre
consigo el amor  la independencia, que este sentimiento es comn 
todos los tiempos y pases, y que no puede ser de otra manera, pues que
hemos encontrado su raz en dos sentimientos tan naturales al hombre,
como son: _el deseo de bienestar, y el sentimiento de su dignidad_.

Es evidente que en la infinidad de situaciones, fsica y moralmente
diversas, en que puede encontrarse el individuo, las modificaciones de
tales sentimientos podrn tambin variarse hasta lo infinito; y que
stos, sin salir del crculo que les traza su esencia, tienen mucha
latitud para que sean susceptibles de muy diferentes graduaciones
en su energa  debilidad, y para que sean morales  inmorales,
justos  injustos, nobles  innobles, provechosos  nocivos, y, por
consiguiente, para que puedan comunicar al individuo  quien afectan
mucha diversidad de inclinaciones, de hbitos y costumbres, dando as
 la fisonoma de los pueblos rasgos muy diferentes, segn sea el modo
particular y caracterstico con que se hallan afectados los individuos.
Aclaradas ya estas nociones, sin haber dejado nunca de la mano el
corazn del hombre, queda tambin manifestado cmo deben resolverse
todas las cuestiones generales que se haban ofrecido con relacin
al sentimiento de individualismo; echndose de ver tambin que no es
menester recurrir  palabras misteriosas, ni  explicaciones poticas;
porque nada hay aqu que no pueda sujetarse  riguroso anlisis.

Las ideas que el hombre se forme de su bienestar y dignidad, y los
medios de que disponga para alcanzar aqul, y conservar sta, he
aqu lo que graduar la fuerza, determinar la naturaleza, fijar
el carcter, sealar la tendencia de todos estos sentimientos;
es decir, que todo depender del estado fsico y moral en que se
hallen la sociedad y el individuo. Y, aun en igualdad de las dems
circunstancias, dad al hombre las verdaderas ideas de su bienestar y
dignidad, tales como las ensean la razn y, sobre todo, la religin
cristiana, y formaris un buen ciudadano; ddselas equivocadas,
exageradas, absurdas, tales como las explican escuelas perversas y como
las propalan los tribunos de todos los tiempos y pases, y sembraris
abundante semilla de turbulencias y desastres.

Falta ahora hacer una aplicacin de esta doctrina, para que,
concretndonos al objeto que nos ocupa, podamos manifestar con toda
claridad el punto principal que nos hemos propuesto.

Si fijamos nuestra atencin sobre los pueblos que invadieron y
derribaron el imperio romano, atenindonos  los rasgos que sobre
ellos nos ha conservado la historia,  lo que de s arrojan las mismas
circunstancias en que se encontraban, y  lo que en esta materia
ha podido ensear  la ciencia moderna la inmediata observacin de
algunos pueblos de Amrica, no nos ser imposible formarnos idea de
cul era entre los brbaros invasores el estado de la sociedad y del
individuo. Situados los brbaros en su pas natal, en medio de sus
montes y bosques cubiertos de nieve y de escarcha, tenan tambin
sus lazos de familia, sus relaciones de parentesco, su religin, sus
tradiciones, sus hbitos, sus costumbres, su apego al propio suelo, su
amor  la independencia de la patria, su entusiasmo por las hazaas
de sus mayores, su amor  la gloria adquirida en el combate, su anhelo
de perpetuar en sus hijos una raza robusta, valiente y libre, sus
distinciones de familias, sus divisiones en tribus, sus sacerdotes, sus
caudillos, su gobierno. Sin que sea menester entrar ahora en cuestiones
sobre el carcter que entre ellos tenan las formas de gobierno, y
dando de mano  cuanto pudiera decirse sobre su monarqua, asambleas
pblicas y otros puntos semejantes, cuestiones todas que,  ms de ser
ajenas de este lugar, llevan siempre consigo mucho de imaginario 
hipottico, me contentar con observar lo que para todos los lectores
ser incontestable, y es, que la organizacin de la sociedad era entre
ellos cual deba esperarse de ideas rudas y supersticiosas, usos
groseros y costumbres feroces; es decir, que su estado social no se
elevaba sobre aquel nivel que naturalmente deban de haberle sealado
tan imperiosas necesidades, como son, el que no se convirtieran en
absoluto caos sus bosques, y que  la hora del combate no marcharan sin
alguna cabeza y gua confusos pelotones.

Nacidos aquellos pueblos en climas destemplados y rigurosos,
embarazndose y estrechndose unos  otros por su asombrosa
multiplicacin, escasos, por lo mismo, de medios de subsistencia, y
teniendo  la vista la abundancia y comodidades con que les brindaban
espaciosas y cultivadas comarcas, sentanse  la vez acosados de
grandes necesidades, y estimulados vivamente por la presencia y
cercana de la presa; y, como que no vean otro dique que las flacas
legiones de una civilizacin muelle y caduca, sintindose ellos
robustos de cuerpo, esforzados y briosos de nimo, y alentados por
su misma muchedumbre, despegbanse fcilmente de su pas natal,
desenvolvase en su pecho el espritu emprendedor, y se precipitaban
impetuosos sobre el imperio, como un torrente que se despea de un alto
risco, inundando las llanuras vecinas.

Por imperfecto que fuera su estado social, por groseros que fueran
los lazos de que estaba formado, bastbales, sin embargo,  ellos
en su pas natal, y en sus costumbres primitivas; y, si los brbaros
hubiesen permanecido en sus bosques, habra continuado aquella forma de
gobierno llenando  su modo su objeto, como nacida que era de la misma
necesidad, adaptada  las circunstancias, arraigada con el hbito,
sancionada por la antigedad, y enlazada con todo linaje de tradiciones
y recuerdos.

Pero eran sobrado dbiles estos lazos sociales para que pudieran ser
trasladados sin quebrantarse; y aquellas formas de gobierno eran,
como se echa de ver, tan acomodadas al estado de barbarie, y, por
consiguiente, tan circunscriptas y limitadas, que mal podan aplicarse
 la nueva situacin en que casi de repente se encontraron aquellos
pueblos.

Figuraos ahora  los bravos hijos de las selvas arrojados sobre el
Medioda, como un len sobre su presa, precedidos de sus feroces
caudillos, seguidos del enjambre de sus mujeres  hijos, llevando
consigo sus rebaos y sus groseros arreos, destrozando de paso
numerosas legiones, saltando trincheras, salvando fosos, escalando
baluartes y murallas, talando campias, arrasando bosques, incendiando
populosas ciudades, arrastrando grandes pelotones de esclavos recogidos
en el camino, arrollando cuanto se les opone, y llevando delante de
s numerosas bandadas de fugitivos, corriendo pavorosas y azoradas
por escapar del hierro y del fuego; figuroslos un momento despus,
engredos por la victoria, ufanos con tantos despojos, encrudecidos
con tantos combates, incendios, saqueos y matanzas; trasladados
como por encanto  un nuevo clima, bajo otro cielo, nadando en la
abundancia, en los placeres, en nuevos goces de todas clases; con una
confusa mezcla de idolatra y de Cristianismo, de mentira y de verdad,
muertos en los combates los principales caudillos, confundidas con el
desorden las familias, mezcladas las razas, alterados y perdidos los
antiguos hbitos y costumbres, y desparramados, por fin, los pueblos
en pases inmensos, en medio de otros pueblos de diversas lenguas, de
otras ideas, de distintos usos y costumbres; figuraos, si podis, ese
desorden, esa confusin, ese caos; y decidme si no veis quebrantados,
hechos mil trozos todos los lazos que formaban la sociedad de esos
pueblos, y si no veis desaparecer de repente la sociedad civilizada con
la sociedad brbara, aniquilarse todo lo antiguo, antes que pudiera
reemplazarlo nada nuevo.

Y entonces, si fijis vuestra vista sobre el adusto hijo del aquiln,
al sentir que se relajan de repente todos los vnculos que le unan
con su sociedad, que se quebrantan todas las trabas que contenan su
fiereza, al encontrarse solo, aislado, en posicin tan nueva, tan
singular y extraordinaria, conservando un obscuro recuerdo de su pas,
sin haberse aficionado todava al recin ocupado, sin respeto  una
ley, sin temor  un hombre, sin apego  una costumbre, no le veis,
arrastrado de su impetuosa ferocidad, arrojarse sin freno  dondequiera
que le conducen sus hbitos de violencia, de vagancia, de pillaje y
matanzas; y, confiado siempre en su nervudo brazo, en su planta ligera,
guiado por las inspiraciones de un corazn lleno de bro y de fuego, y
por una fantasa exaltada con la vista de tantos, tan nuevos y variados
pases, por los azares de tantos viajes y combates, no le veis acometer
temerario todas las empresas, rechazar toda sujecin, sacudir todo
freno, y saborearse en los peligros de nuevas luchas y aventuras? Y
no encontris aqu el misterioso individualismo, el sentimiento de
independencia personal, con toda su realidad filosfica y con toda su
verdad histrica?

Este individualismo brutal, este feroz sentimiento de independencia,
que ni poda conciliarse con el bienestar del individuo, ni con su
verdadera dignidad; que, entraando un principio de guerra eterna, y de
vida errante, deba acarrear necesariamente la degradacin del hombre
y la completa disolucin de la sociedad, tan lejos estaba de encerrar
un germen de civilizacin, que antes bien era lo ms  propsito para
conducir la Europa al estado salvaje, ahogando en su misma cuna toda
sociedad, desbaratando todas las tentativas encaminadas  organizarla
y acabando de aniquilar cuantos restos hubiesen quedado de la
civilizacin antigua.

Las reflexiones que se acaban de presentar sern ms  menos felices,
pero al menos no adolecen de la inconcebible incoherencia, por no
decir contradiccin, de hermanar la barbarie y la brutalidad con
la civilizacin y la cultura; por lo menos no se llama principio
descollante, fecundo en la civilizacin europea,  lo mismo que un
poco ms all se seala como uno de los obstculos ms poderosos que
salan al paso  las tentativas de organizacin social. Como en este
punto coincide M. Guizot con la opinin que acabo de manifestar, y
hace resaltar notablemente la incoherencia de su doctrina, el lector
no llevar  mal que se lo haga oir de su propia boca: Es claro
que, si los hombres carecen de ideas que se extiendan ms all de su
propia existencia; si su horizonte intelectual no alcanza ms all del
individualismo; si se dejan arrastrar por la fuerza de sus pasiones 
intereses; si no poseen un cierto nmero de nociones y de sentimientos
comunes que sirvan como de lazo entre todos los asociados; es claro,
digo, que ser imposible entre ellos toda idea de sociedad, que cada
individuo ser en la sociedad  que pertenezca, un principio de
trastorno y de disolucin.

Dondequiera que domine casi absolutamente el individualismo;
dondequiera que el hombre no se considere ms que  s propio, que
sus ideas no se extiendan ms all de s mismo, no obedezca ms que
 su pasin, la sociedad (hablo de una sociedad un poco dilatada y
permanente) llega  ser poco menos que imposible. Tal era en el tiempo
de que hablamos el estado moral de los conquistadores de Europa.
Hice ya notar en la ltima reunin que debamos  los germanos el
sentimiento enrgico de la libertad particular y del individualismo
humano. Pues bien: cuando el hombre se halla en un estado de extrema
rusticidad y de ignorancia, entonces ese sentimiento es el egosmo
con toda su brutalidad, con toda su insociabilidad, y en este estado
se encontraba entre los germanos desde el siglo V hasta el VIII.
Sin hallarse acostumbrados  ms que  cuidar de su propio inters,
 satisfacer sus pasiones,  dar cumplimiento  su voluntad, cmo
habran podido acomodarse  un estado un poco organizado? Habase
intentado varias veces hacerlos entrar en l, ellos mismos lo deseaban;
mas, burlaban siempre esos deseos, y hacan intil toda tentativa,
la brutalidad, la ignorancia, la imprevisin.  cada instante se ve
levantarse un embrin de sociedad, y  cada instante se ve esa misma
sociedad desmembrarse, arruinarse, por faltar en los hombres ideas
morales y comunes, elementos tan necesarios  indispensables.

Tales eran, seores, las dos verdaderas causas que prolongaron el
estado de la barbarie: mientras existieron, ella tambin dur.
(_Historia general de la civilizacin europea. Leccin III._)

 M. Guizot sucedile con su _individualismo_ lo que suele acontecer
 los grandes talentos: un fenmeno singular los hiere vivamente,
insprales un ardiente deseo de averiguar la causa, y tropiezan 
menudo, caen en error, arrastrados por una secreta inclinacin 
sealar un origen nuevo, inesperado, sorprendente. Para extraviarle,
mediaba todava otra causa. En su mirada vasta y penetrante sobre la
civilizacin europea, en el cotejo que de ella hizo con las ms famosas
civilizaciones antiguas, descubri una diferencia muy notable entre el
individuo de la primera y el individuo de las otras; vi, sinti en el
hombre europeo algo de ms noble, de ms independiente que no hallaba
ni en el griego ni en el romano; era menester sealar el origen de esta
diferencia, y no era poco trabajosa la tarea para la posicin en que se
encontraba el historiador filsofo. Ya al echar una ojeada sobre los
varios elementos de la civilizacin europea, se le haba presentado la
Iglesia como uno de los ms poderosos, como uno de los ms influyentes
en la organizacin social, y en el impulso que hizo marchar el
mundo hacia un porvenir grande y venturoso; ya lo haba reconocido
expresamente as, y tributado un testimonio  la verdad, con aquellos
rasgos magnficos que trazar sabe su elocuente pluma; y querase ahora
que, para explicar el fenmeno que llamaba su atencin, recurriese
tambin al Cristianismo,  la Iglesia? Eso hubiera sido dejarla
sola en la grande obra de la civilizacin, y M. Guizot  toda costa
quera sealarle coadjutores; por esta causa fija sus miradas sobre
las hordas brbaras; y en la frente adusta, en la fisonoma feroz,
en el mirar inquieto y fulminante del hijo de las selvas, pretende
descubrir el tipo, algo tosco s, pero no menos verdadero, de la noble
independencia, de la elevacin y dignidad, que lleva rasgueadas en su
frente el individuo europeo.

Aclarada ya la naturaleza del misterioso individualismo de los
germanos, y demostrado tambin que, lejos de ser un elemento de
civilizacin, lo era de desorden y barbarie, falta ahora examinar cul
es la diferencia que media entre la civilizacin europea y las dems
con respecto al sentimiento de dignidad  independencia que anima al
individuo; falta determinar  punto fijo cules son las modificaciones
que en Europa ha tomado un sentimiento, el cual, como vimos ya, mirado
en s, es comn  todos los hombres.

En primer lugar, carece de fundamento lo que afirma M. Guizot: que
_el sentimiento de independencia personal, ese anhelo de libertad que
agita los corazones sin otro fin ni objeto que el de complacerse, fuese
caracterstico de los brbaros, y desconocido entre los romanos_.
Claro es que, al entablarse semejante comparacin, no puede entenderse
del sentimiento en su estado de bravura y ferocidad, pues que esto
equivaldra  decirnos que los pueblos civilizados no podan tener el
carcter distintivo de la barbarie; pero, si le despojamos de esta
circunstancia, hallbase, y muy vivo, no slo entre los romanos, sino
tambin entre los pueblos ms famosos de la antigedad.

Cuando en las civilizaciones antiguas, dice M. Guizot, hace algn
papel la libertad, debe entenderse de la libertad poltica, de
la libertad del ciudadano; sta era la que le mova, la que le
entusiasmaba, no su libertad personal; perteneca  una asociacin, y
por una asociacin estaba pronto  sacrificarse. Sin que sea menester
negar que haba ese espritu de consagrarse  una asociacin, y con
algunas particularidades notables, que ms abajo me propongo explicar,
pudese afirmar, no obstante, que el deseo de _la libertad personal,
con el solo fin y objeto de complacerse_, quizs era entre ellos
ms vivo que entre nosotros; si no, qu buscaban los fenicios, los
griegos isleos y asiticos, y los cartagineses, cuando emprendan
sus navegaciones, que, para el atraso de aquellos tiempos, eran tan
osadas y peligrosas como las de nuestros ms intrpidos marinos?
Era acaso por _sacrificarse  una asociacin_, cuando slo ansiaban
descubrir nuevas playas donde pudiesen amontonar plata y oro, y
todo linaje de preciosidades? No los guiaba el anhelo de adquirir,
de _complacerse_? Dnde est la asociacin? Dnde se la divisa?
Vemos acaso otra cosa que el individuo con sus pasiones, con sus
gustos, con su afn de satisfacerlos? Y los griegos, esos griegos
tan muelles, tan voluptuosos, tan sedientos de placer, no tenan
vivsimo el sentimiento de su _libertad personal_, de poder vivir con
amplia libertad, con el _solo fin y objeto de complacerse_? Sus poetas
cantando el nctar y los amores, sus libres cortesanas recibiendo los
obsequios de los hombres ms famosos, y haciendo olvidar  los sabios
la mesura y gravedad filosficas, y el pueblo celebrando sus fiestas
en medio de la disolucin ms espantosa, era todo esto un sacrificio
que se haca en las aras de la asociacin? Tampoco haba aqu el
individualismo, el afn de _complacerse_?

Por lo que toca  los romanos, si se hablase de lo que se llama bellos
tiempos de la repblica, no fuera quizs tan fcil ofrecer pruebas de
lo que estamos manifestando; pero cabalmente se trata de los romanos
del imperio, de los romanos que vivan en la poca de la irrupcin
de los brbaros; de esos romanos tan sedientos de _complacerse_, y
tan devorados de esa fiebre de que tan negros cuadros nos conserva la
historia. Sus soberbios palacios, sus magnficas quintas, sus regalados
baos, sus esplndidos cenculos, sus mesas opparas, sus lujosos
trajes, su disipacin voluptuosa, no muestran acaso al individuo,
que, sin pensar en la asociacin  que pertenece, trata tan slo de
lisonjear sus pasiones y caprichos, viviendo con la mayor comodidad,
regalo y esplendor posibles; que no cuida de otra cosa que de solazarse
con sus amigos, de mecerse blandamente en los brazos del placer, de
satisfacer todos sus caprichos, de saciar todas sus pasiones, que todo
lo ha olvidado, que en nada piensa, sino en que tiene un corazn que
ansa por complacerse y gozar?

No es fcil tampoco atinar por qu M. Guizot atribuye exclusivamente
 los brbaros _el placer de sentirse hombre, el sentimiento de su
personalidad, de la espontaneidad humana en su libre desarrollo_. Y
podemos creer que de tales sentimientos carecieran los vencedores
de Maratn y de Platea, los pueblos que tantos monumentos nos han
legado que inmortalizan sus nombres? Cuando en las bellas artes, en
las ciencias, en la oratoria, en la poesa, brillaban por doquiera
hermossimos rasgos de genio, no exista el _placer de sentirse
hombre_, no se tena _el sentimiento y poder del libre desarrollo en
todas las facultades_? Y en una sociedad donde tan apasionadamente
se amaba la gloria, como suceda entre los romanos, que puede
presentarnos hombres como Cicern y Virgilio; en una sociedad donde
pudieron escribirse las valientes plumadas de Tcito, esas plumadas
que  la distancia de diez y nueve siglos hacen retemblar todava los
corazones generosos; all no haba el _placer de sentirse hombre, no
haba el orgullo de comprender su dignidad, no haba el sentimiento
de la espontaneidad humana en su libre desarrollo_? Cmo es posible
concebir que en esta parte se aventajasen los brbaros del Norte  los
griegos y romanos?

 qu semejantes paradojas?  qu semejante trastorno y confusin de
ideas? Qu valen las palabras, por brillantes que sean, cuando nada
significan? Qu valen las observaciones, por delicadas que parezcan,
cuando el entendimiento  la primera ojeada descubre en ellas la
inexactitud y la vaguedad, y, examinndolas  fondo, las encuentra
llenas de incoherencias y de absurdos?




CAPITULO XXII


Si profundizamos la cuestin que se agita, si no nos dejamos llevar
hasta el error y la extravagancia por la mana de pasar plaza de
pensadores profundos y de observadores muy delicados, si hacemos uso
de una recta y templada filosofa, fundada en los hechos que nos
suministra la historia, echaremos de ver que la diferencia capital
entre nuestra civilizacin y las antiguas, con respecto al individuo,
consista en que el _hombre, como hombre_, no era estimado en lo que
vale. No faltaban ni el _sentimiento de independencia personal_, ni
el anhelo de _complacerse y gozar, ni cierto orgullo de sentirse
hombre_: el defecto no estaba en el corazn, sino en la cabeza. Lo que
faltaba, s, era la comprensin de toda la dignidad del hombre, era el
alto concepto que de nosotros mismos nos ha dado el Cristianismo, al
paso que con admirable sabidura nos ha manifestado tambin nuestras
flaquezas; lo que faltaba, s,  las sociedades antiguas, lo que ha
faltado y faltar  todas en las que no reine el Cristianismo, era
ese respeto, esa consideracin de que entre nosotros est rodeado
un individuo, un _hombre slo por ser hombre_. Entre los griegos el
griego lo es todo; los extranjeros, los brbaros, no son nada; en
Roma el ttulo de ciudadano romano hace al hombre; quien carece de
ese ttulo, es nada. En los pases cristianos, si nace una criatura
deforme  privada de algn miembro, excita la compasin, es objeto
de ms tierna solicitud, bstale para ello el ser hombre, y, sobre
todo, hombre desgraciado; entre los antiguos era mirada una criatura
as como cosa intil, despreciable, y, en ciertas ciudades, como por
ejemplo en Lacedemonia, estaba prohibido alimentarla, y por orden de
los magistrados encargados de la polica de los nacimientos horror
causa decirlo! era arrojada  una sima. Era un hombre; pero esto qu
importaba? Era un hombre que para nada poda servir, y una sociedad
sin entraas no quera imponerse la carga de mantenerle. Lase 
Platn (_Lib. 5 de Rep._),  Aristteles (_Pol._, lib. 7, c. 15 y
16), y se ver los medios crueles que saban excogitar esos filsofos
para precaver el excesivo progreso que ha hecho la sociedad bajo la
influencia del Cristianismo, en todo lo que dice relacin al hombre.

Los juegos pblicos, esas horrendas escenas en que moran  centenares
los hombres, para divertir  un concurso desnaturalizado, no son un
elocuente testimonio de cun en poco era tenido el hombre, pues que tan
brbaramente se le sacrificaba por motivos los ms livianos?

El derecho del ms fuerte estaba terriblemente practicado por los
antiguos, y sta es una de las causas  que debe atribuirse esa
absorcin, por decirlo as, en que vemos al individuo con respecto 
la sociedad. La sociedad era fuerte, el individuo era dbil; y as la
sociedad absorba al individuo, se arrogaba sobre l cuantos derechos
puedan imaginarse; y, si alguna vez serva de embarazo, poda estar
seguro de ser aplastado con mano de hierro. Al leer el modo con que
explica M. Guizot esta particularidad de las civilizaciones antiguas,
no parece sino que en ellas haba un patriotismo desconocido, entre
nosotros, patriotismo que, llevado hasta la exageracin, y no andando
acompaado del sentimiento de independencia personal, produca esa
especie de absorcin individual, ese anonadamiento del individuo
en presencia de la sociedad. Si hubiese reflexionado ms  fondo
sobre esta materia, habra alcanzado fcilmente que no estribaba la
diferencia en que unos hombres tuvieran unos sentimientos de que
carezcan los otros, sino en que se ha verificado una revolucin inmensa
en las ideas, en que el individuo, el hombre, es tenido en mucho,
cuando entonces era tenido en nada; y de aqu no era difcil inferir
que las mismas diferencias que se notasen en los sentimientos, deban
tener su origen en la diferencia de las ideas.

En efecto, no es extrao que, viendo el individuo cun en poco era
tenido por s mismo, viendo el poder ilimitado que sobre l se arrogaba
la sociedad, y que sirviendo de estorbo era pulverizado, nada extrao
es que l mismo se formase de la sociedad y del poder pblico una
idea exagerada, que se anonadase en su corazn ante ese coloso que le
infunda miedo, y que, lejos de mirarse como miembro de una asociacin,
cuyo objeto era la seguridad y la felicidad de todos los individuos, y
para cuyo logro era indispensable por parte de stos el resignarse 
algunos sacrificios, se considerase antes bien como una cosa consagrada
 esta asociacin, y en cuyas aras deba ofrecerse en holocausto sin
reparos de ninguna clase. sta es la condicin del hombre: cuando un
poder obra sobre l por mucho tiempo en accin ilimitada,  se indigna
contra este poder y le rechaza con violencia,  bien se humilla, se
abate, se anonada ante aquella fuerza cuya accin prepotente le doblega
y aterra. Vase si es ste el contraste que sin cesar nos ofrecen las
sociedades antiguas: la ms ciega sumisin, el anonadamiento, de una
parte, y, de otra, el espritu de insubordinacin, de resistencia,
manifestado en explosiones terribles. As, y slo as, es posible
comprender cmo unas sociedades en que la agitacin y las turbulencias
eran, por decirlo as, el estado normal, nos presentan ejemplos tan
asombrosos como Lenidas pereciendo con sus trescientos lacedemonios en
el paso de las Termpilas, Scvola con la mano en el brasero, Rgulo
volvindose  Cartago para padecer y morir, y Marco Curcio arrojndose
armado en la insondable sima abierta en medio de Roma.

Todo esto, que  primera vista pudiera parecer inconcebible, se aclara
perfectamente cotejndolo con lo acontecido en las revoluciones de
los tiempos modernos. Trastornos terribles han desquiciado algunas
naciones; la lucha de las ideas  intereses, trayendo consigo el calor
de las pasiones, acarre por algunos intervalos, ms  menos duraderos,
el olvido de las verdaderas relaciones sociales: y qu sucedi? Que,
al paso que se proclamaba una libertad sin lmites, y se ponderaban sin
cesar los derechos del individuo, levantbase en medio de la sociedad
un poder terrible, que, concentrando en su mano toda la fuerza pblica,
la descargaba del modo ms inhumano sobre el individuo. En esas pocas
resucitaba en toda su fuerza la formidable mxima del _salus populi_
de los antiguos, pretexto de tantos y tan horrendos atentados; y, por
otra parte, se vea renacer aquel patriotismo frentico y feroz, que
los hombres superficiales admiran en los ciudadanos de las antiguas
repblicas.

Cosa notable! Algunos escritores haban prodigado desmedidos elogios
 los antiguos, y sobre todo  los romanos; parece que tenan vivos
deseos de que la civilizacin moderna se amoldase  la antigua;
hicironse locas tentativas, se atac con inaudita violencia la
organizacin social existente, procurse con ahinco que perecieran,
 al menos se sofocaran, las ideas cristianas sobre el individuo y
la sociedad, se pidieron inspiraciones  las sombras de los antiguos
romanos, y en el brevsimo plazo que dur el ensayo, vironse tambin,
cual en la antigua Roma, rasgos admirables de fortaleza, de valor,
de patriotismo, contrastando de un modo horroroso con inauditas
crueldades, con horrendos crmenes; y en medio de una nacin grande y
generosa, vironse aparecer de nuevo con espanto de la humanidad los
sangrientos espectros de Mario y Sila. Tanta verdad es que el hombre
es el mismo por todas partes, y que un mismo orden de ideas viene, al
fin,  engendrar un mismo orden de hechos. Que desaparezcan la ideas
cristianas, que las ideas antiguas recobren su fuerza, y veris que el
mundo nuevo se parecer al mundo viejo.

Felizmente para la humanidad, esto es imposible; todos los ensayos
hechos hasta ahora para lograr tan funesto efecto han sido y debido
ser poco duraderos; lo propio suceder en adelante; pero la pgina
ensangrentada que dejan en la historia de la humanidad tan criminales
tentativas, ofrece un rico caudal de reflexiones al observador filsofo
para conocer  fondo las delicadas  ntimas relaciones de las ideas
con los hechos, para contemplar en su desnudez la vasta trama de
la organizacin social, y apreciar en su justo valor la influencia
benfica  nociva de las varias religiones y sistemas filosficos.

Las pocas de revolucin, es decir, aquellas pocas tempestuosas en
que se hunden los gobiernos unos tras otros, como edificios cimentados
sobre un terreno volcanizado, llevan todas ese carcter que las
distingue: _el predominio de los intereses del poder pblico sobre
todos los intereses privados_. Nunca es ms flaco ese poder, nunca es
menos duradero; pero nunca es ms violento, ms frentico; todo lo
sacrifica  su seguridad   su venganza; la sombra de sus enemigos
le persigue y le hace estremecer  todas horas; su propia conciencia
le atormenta y no le deja descanso; la debilidad de su organizacin y
la movilidad de su asiento le advierten  cada paso de la proximidad
de su cada, y en su impotente desesperacin se agita y se revuelve
convulsivo, como un moribundo que expira entre padecimientos atroces.
Qu es entonces  sus ojos la vida de los ciudadanos, si esta vida
puede inspirarle la ms leve, la ms remota sospecha? Si con la sangre
de millares de vctimas puede alcanzar algunos momentos de seguridad,
si puede prolongar por algunos das ms su existencia: perezcan, dice,
perezcan mis enemigos; as lo exige la seguridad del Estado; es decir,
la ma.

Y de dnde tanto frenes? de dnde tanta crueldad? Sabis de dnde?
La causa est en que, derribado el gobierno antiguo por medio de la
fuerza, y entronizado otro en su lugar, apoyado slo en la fuerza, la
idea del derecho ha desaparecido de la regin del poder, la legitimidad
no le escuda, su misma novedad le muestra como de poco valer, y le
augura escasa duracin; y, falto de razn y de justicia, y vindose
precisado  invocarlas para sostenerse, las busca en la misma necesidad
de un poder, en esa necesidad social que est siempre patente; proclama
que la salud del pueblo es la suprema ley, y entonces la propiedad, la
vida del individuo son nada, se aniquilan completamente  la vista de
un espectro sangriento, que se levanta en el centro de la sociedad, y
que, armado con la fuerza, y rodeado de satlites y de cadalsos dice:
yo soy el poder pblico,  m me est confiada la salud del pueblo, yo
soy el que vela por los intereses de la sociedad.

Y sabis lo que acontece entonces con esa falta absoluta de respeto
al individuo, con ese completo aniquilamiento del hombre ante el poder
aterrador que se pretende representante de la sociedad? Sucede que
renace el sentimiento de asociacin en diferentes sentidos; pero no un
sentimiento dirigido por la razn y por miras benficas y previsoras,
sino un sentimiento ciego, instintivo, que lleva  los hombres  no
quedarse solos, sin defensa, en medio del campo de batalla y asechanzas
en que se ha convertido la sociedad; que los conduce  unirse,  para
sostener al poder, si, arrastrados por el torbellino de la revolucin,
se han identificado con l y le miran como su nico resguardo y
defensa contra los enemigos que les amenazan,  para derribarle, si,
arrojados por una  otra causa  las filas contrarias, le contemplan
como su enemigo ms capital, y la fuerza de que dispone, como una
espada levantada de continuo sobre sus cabezas. Entonces se verifica
que los hombres pertenecen  una asociacin, estn consagrados 
una asociacin, y por esta asociacin estn prontos  sacrificarse;
porque no pueden vivir solos, porque conocen,  sienten al menos
instintivamente, que el individuo es nada, porque, rotos todos los
diques que mantenan el orden social, no le queda al individuo aquella
esfera tranquila donde poda vivir sosegado, independiente, seguro de
que un poder, fundado en la legitimidad y guiado por la razn y la
justicia, velaba por la conservacin del orden pblico y por el respeto
de los derechos del individuo. Entonces los medrosos tiemblan y se
humillan, y empiezan  representar la primera escena de la esclavitud,
donde el oprimido besa la mano opresora, donde la vctima adora al
verdugo; los ms audaces,  se resisten y pelean,  se buscan y reunen
en las sombras, preparando explosiones terribles; nadie pertenece
 s mismo; el individuo se siente absorbido por todas partes, 
por la fuerza que oprime,  por la fuerza que conspira; porque slo
la justicia es el numen tutelar de los individuos; y, cuando ella
desaparece, no son ms que imperceptibles granos de arena arrebatados
por el huracn, gotas de agua confundidas en las oleadas de una
tormenta.

Concebid sociedades donde no reine ese frenes que nunca puede ser
duradero, pero que, sin embargo, no posean las verdaderas ideas sobre
los derechos y deberes del individuo y del poder pblico; sociedades
donde se encuentren como divagando al acaso algunas nociones sobre esos
puntos cardinales, pero inciertas, obscuras, imperfectas, ahogadas en
la atmsfera de mil preocupaciones y errores, donde bajo esa influencia
se haya organizado un poder pblico, con estas  aquellas formas, pero
que al fin haya llegado  solidarse por la fuerza del hbito, y por
falta de otro mejor que satisfaga las necesidades ms urgentes de la
sociedad; y entonces habris concebido las sociedades antiguas, mejor
diremos, las sociedades sin el Cristianismo; entonces concebiris
el anonadamiento del individuo ante la fuerza del poder pblico, sea
bajo el despotismo asitico, sea bajo la turbulenta democracia de las
antiguas repblicas. Es lo mismo que habris podido observar en las
sociedades modernas en las pocas de revolucin; slo que en estas
sociedades es pasajero y estrepitoso ese mal, cual los estragos de
una tempestad; pero en las antiguas era su estado normal, como una
atmsfera viciada, que afecta y daa sin cesar  los que viven en ella.

Si examinamos la causa de dos fenmenos tan encontrados, como son,
la exaltacin patritica de los antiguos griegos y romanos, y la
postracin y abatimiento poltico en que yacan otros pueblos, y en que
yacen todava aquellos donde no domina el Cristianismo; si buscamos
la raz de esa abnegacin individual que se descubre en el fondo de
dos sentimientos tan opuestos; si investigamos cul es la causa de que
no se encuentre ni en unos ni en otros ese desarrollo individual que
se observa en Europa, acompaado de un patriotismo razonable, pero
que no sofoca el sentimiento de una legtima independencia personal;
encontraremos una muy poderosa en que el hombre no se conoca  s
mismo, no saba bien lo que era; y que sus verdaderas relaciones con la
sociedad eran miradas al travs de mil preocupaciones y errores, y, por
consiguiente, mal comprendidas.

 la luz de estas observaciones se echa de ver que la admiracin por el
patritico desprendimiento, por la heroica abnegacin de los antiguos,
se ha llevado quizs demasiado lejos; y que tanto distan esas calidades
de revelar en ellos una mayor perfeccin individual, una elevacin de
alma superior  la de los hombres de los tiempos modernos, que antes
bien podran indicar ideas menos altas que las nuestras, sentimientos
menos independientes que los nuestros. Y qu, no conciben, acaso,
algunos ciegos admiradores de los antiguos cmo pueden sostenerse
tan extraas aserciones? Entonces les dir que admiren tambin  las
mujeres de la India al arrojarse tranquilas  la hoguera despus de
la muerte de sus maridos; que admiren al esclavo que se da la muerte
porque no puede sobrevivir  su dueo; y entonces notarn que la
abnegacin personal no es siempre seal infalible de elevacin de alma,
sino que  veces puede ser el resultado de no conocer toda la dignidad
propia, de imaginarse consagrado  otro ser, absorbido por l, de mirar
la propia existencia como una cosa secundaria, sin ms objeto que el de
servir  otra existencia.

Y no queremos, no, rebajar en nada el mrito que  los antiguos
legtimamente pertenezca; no queremos, no, deprimir su herosmo en
lo que tenga de justo y de laudable; no queremos, no, atribuir  los
modernos un individualismo egosta que les impida el sacrificarse
individualmente por su patria: tratamos nicamente de sealar  cada
cosa su justo lugar, disipando preocupaciones hasta cierto punto
excusables, pero que no dejan de falsear lastimosamente los principales
puntos de vista de la historia antigua y moderna.

 ese anonadamiento del individuo, que notamos en los antiguos,
contribuan tambin la escasez y la imperfeccin de su desarrollo
moral, la falta de reglas en que se hallaba con respecto  su direccin
propia, por cuyo motivo la sociedad se entrometa en todas sus cosas,
como si la razn pblica hubiese querido suplir el defecto de la razn
privada. Si bien se observa, se notar que, aun en los pases en que
meta ms ruido la libertad poltica, era harto desconocida la libertad
civil; de manera que, mientras los ciudadanos se lisonjeaban de ser
muy libres porque podan tomar parte en las deliberaciones de la plaza
pblica, eran privados de aquella libertad que ms de cerca interesa
al hombre, cual es, la que ahora se denomina civil. Podemos formar
concepto de las ideas y costumbres de los antiguos sobre este punto,
leyendo  uno de sus ms clebres escritores polticos: Aristteles.
Ntase en los escritos de este filsofo que apenas acertaba  ver otro
ttulo que hiciera digno del nombre de ciudadano que el tomar parte en
el gobierno de la repblica; y estas ideas, que pudieran parecer muy
democrticas, muy  propsito para extender los derechos de la clase
ms numerosa, y que quizs algunos creeran dimanadas de la exageracin
de la dignidad del hombre, se hermanaban muy bien en su mente con un
profundo desprecio del mismo hombre, con el sistema de vincular en
un reducido nmero todos los honores y consideraciones, condenando
al abatimiento y  la nulidad, nada menos que todos los labradores,
artesanos y mercaderes. (_Pol._ L. 7, c. 9 y 12. L. 8, c. 1 y 2, L.
3, c. 1.) Ya se ve que esto supona ideas muy peregrinas sobre el
individuo y la sociedad, y confirma ms y ms lo que he dicho arriba
sobre el origen de las extraezas, por no decir monstruosidades, que
nos admiran en las repblicas antiguas. Lo repetir, porque conviene
mucho no olvidarlo: una de las principales races del mal, era la
falta de conocimiento del hombre, era el poco aprecio de su dignidad
en cuanto hombre, era que el individuo estaba escaso de reglas para
dirigirse  s mismo y para conciliarse la estimacin; en una palabra,
era que faltaban las luces cristianas que deban esclarecer el caos.

Tan profundamente se ha grabado en el corazn de las sociedades
modernas ese sentimiento de la dignidad del hombre, con tales
caracteres se halla escrita por doquiera la verdad de que el hombre,
ya por solo este ttulo, es muy respetable, muy digno de alta
consideracin, que aquellas escuelas que se han propuesto realzar al
individuo, aunque sea con inminente riesgo de un espantoso trastorno
en la sociedad, toman siempre por tema de su enseanza, esa dignidad,
esa nobleza, distinguindose sobremanera de los antiguos demcratas,
en que stos se agitaban en un crculo reducido, mezquino, sin pasar
ms all de un cierto orden de cosas, sin extender su vista fuera de
los lmites del propio pas; cuando en el espritu de los demcratas
modernos se nota un anhelo de invasin en todos los ramos, un ardor de
provocacin que abarca todo el mundo: nunca invocan nombres pequeos;
_el hombre, su razn, sus derechos imprescriptibles_: he aqu sus
temas. Preguntadles qu quieren, y os dirn que quieren pasar el nivel
sobre todas las cabezas, para defender la santa causa de la humanidad.
Esta exageracin de ideas, motivo y pretexto de tantos trastornos
y crmenes, nos revela un hecho precioso, cual es, el progreso
inmenso que  las ideas sobre la dignidad de nuestra naturaleza ha
comunicado el Cristianismo, pues que en las sociedades que le deben su
civilizacin, cuando se trata de extraviarlas, no se encuentra medio
ms  propsito que el invocar esa dignidad.

Como la religin cristiana es altamente enemiga de todo lo criminal,
y no poda consentir que,  nombre de defender y realzar la dignidad
humana, se trastornase la sociedad, muchos de los ms ardientes
demcratas se han desatado en injurias y sarcasmos contra la religin;
pero, como tambin la historia est diciendo muy alto que todo cuanto
se sabe y se siente de verdadero, de justo y de razonable sobre este
punto, es debido  la religin cristiana, se ha tanteado ltimamente
si se podra hacer una monstruosa alianza entre las ideas cristianas y
lo ms extravagante de las democrticas: un hombre demasiado clebre
se ha encargado del proyecto; pero el verdadero Cristianismo, es
decir, el Catolicismo, rechaza esas monstruosas alianzas, y no conoce
 sus ms insignes apologistas, as que llegan  desviarse del camino
sealado por la eterna verdad. El abate de Lamennais vaga ahora por las
tinieblas del error abrazado con una mentida sombra de Cristianismo;
y el supremo Pastor de la Iglesia ha levantado ya su augusta voz para
prevenir  los fieles contra las ilusiones con que podra deslumbrarnos
un nombre por tantos ttulos ilustre.




CAPITULO XXIII


Si, entendiendo el individualismo en un sentido justo y razonable; si,
tomando el sentimiento de la independencia personal en una acepcin,
que ni repugne  la perfeccin del individuo, ni est en lucha con los
principios constitutivos de toda sociedad, queremos hallar otras causas
que hayan infludo en el desarrollo de ese sentimiento, aun pasando
por alto una de las principales, sealada ya ms arriba, cual es, la
verdadera idea del hombre y de sus relaciones con sus semejantes,
encontraremos todava en las mismas entraas del Catolicismo, algunas
sobremanera dignas de llamar la atencin. M. Guizot se ha equivocado
grandemente cuando ha pretendido equiparar  los fieles con los
antiguos romanos en punto  falta del sentimiento de independencia
personal; nos pinta al individuo fiel como absorbido por la asociacin
de la Iglesia, como enteramente consagrado  ella, como pronto 
sacrificarse por ella; de manera que lo que haca obrar al fiel, eran
los intereses de la asociacin. En esto hay un error; pero, como lo que
ha dado quizs ocasin  este error, es una verdad, menester se hace
deslindar los objetos con mucho cuidado.

Es indudable que desde la cuna del Cristianismo fueron los fieles
sumamente adictos  la Iglesia, y que siempre se entendi que dejaba de
ser contado en el nmero de los verdaderos discpulos de Jesucristo el
que se apartase de la comunin de la Iglesia. Es indudable tambin que
tenan los fieles, como dice M. Guizot, un vivo apego  la Iglesia,
un rendido acatamiento  sus leyes, un fuerte empeo de extender su
imperio; pero no es verdad que obrase en el fondo de todos estos
sentimientos, como causa de ellos, el solo espritu de asociacin, y
que esto excluyese el desarrollo del verdadero individualismo. El fiel
perteneca  una asociacin, pero esta asociacin l la miraba como
un medio de alcanzar su felicidad eterna, como una nave en que andaba
embarcado entre las borrascas de este mundo para llegar salvo al puerto
de la eternidad; y, si bien crea imposible el salvarse fuera de ella,
no se entenda consagrado  ella, sino  Dios. El romano estaba pronto
 sacrificarse por su patria; el fiel, por su fe; cuando el romano
mora, mora por su patria; pero, cuando el fiel mora, no mora por
la Iglesia, sino que mora por su Dios. branse los monumentos de la
Historia eclesistica, lanse las actas de los mrtires, y vase lo que
suceda en aquel lance terrible, en que el Cristianismo manifestaba
todo lo que era; en que,  la vista de los potros, de las hogueras y
de los ms horrendos suplicios, se manifestaba en toda su verdad el
resorte que obraba en el corazn del fiel. Les pregunta el juez su
nombre; lo declaran, y manifiestan que son cristianos: se les invita
 que sacrifiquen  los dioses: nosotros no sacrificamos sino  un
solo Dios, criador del cielo y de la tierra; se les echa en cara como
ignominioso el seguir  un hombre que fu clavado en cruz; ellos tienen
 mucha honra la ignominia de la cruz, y proclaman altamente que el
crucificado es su Salvador y su Dios: se les amenaza con los tormentos;
los desprecian porque son pasajeros, y se regocijan de que puedan
sufrir algo por Jesucristo: la cruz del suplicio est ya aparejada,
 la hoguera arde  su vista,  el verdugo tiene levantada el hacha
fatal que ha de cortarles la cabeza; nada les importa, esto es un
instante, y en pos viene una nueva vida, una felicidad inefable, y sin
fin. chase de ver en todo esto que lo que mova el corazn del fiel,
eran el amor de su Dios y el inters de la felicidad eterna; y que,
por consiguiente, es falso y muy falso que el fiel se pareciese  los
antiguos republicanos, anonadando su individuo ante la asociacin  que
perteneca, y dejando que en ella se absorbiese  su persona como una
gota de agua en la inmensidad del Ocano. El individuo fiel perteneca
 una asociacin que le daba la pauta de su creencia y la norma de
su conducta:  esta asociacin la miraba como fundada y dirigida por
el mismo Dios; pero su mente y su corazn se elevaban hasta el mismo
Dios, y, cuando escuchaba la voz de la Iglesia, crea tambin hacer su
negocio propio, individual, nada menos que el de su felicidad eterna.

El deslinde que se acaba de hacer era muy necesario en esta materia,
donde son tan varias y delicadas las relaciones, que la ms ligera
confusin puede conducir  errores de monta, haciendo, de otra parte,
perder de vista un hecho recndito y preciossimo, que arroja mucha
luz para estimar debidamente las causas del desarrollo y perfeccin
del individuo en la civilizacin cristiana. Necesario como es un orden
social al que est sometido el individuo, conviene, sin embargo, que
ste no sea de tal modo absorbido por aqul, de manera que slo se le
conciba como parte de la sociedad, sin que tenga una esfera de accin
que pueda considerrsele como propia.  no ser as, no se desarrollar
jams de un modo cabal la verdadera civilizacin, la que, consistiendo
en la perfeccin simultnea del individuo y de la sociedad, no puede
existir  no ser que tanto sta como aqul tengan sus rbitas de tal
manera arregladas, que el movimiento que se hace en la una, no embargue
ni embarace el de la otra.

Previas esas reflexiones, sobre las que llamo muy particularmente la
atencin de todos los hombres pensadores, observar lo que quizs no se
ha observado todava, y es, que el Cristianismo contribuy sobremanera
 crear esa esfera individual en que el hombre, sin quebrantar los
lazos que le unen  la sociedad, desenvuelve todas sus facultades.
De la boca de un apstol salieron aquellas generosas palabras que
encierran nada menos que una severa limitacin del poder poltico,
que proclaman nada menos que este poder no debe ser reconocido por el
individuo, cuando se propasa  exigirle lo que ste cree contrario  su
conciencia: _Obedire oportet Deo magis quam hominibus_. (_Act._, c.
5, v. 29.) _Primero se ha de obedecer  Dios que  los hombres._ Los
cristianos fueron los primeros que dieron el grandioso ejemplo de que
individuos de todos pases, edades, sexos y condiciones, arrostrasen
toda la clera del poder y todo el furor de las pasiones populares,
antes de pronunciar una palabra que los manifestase desviados de los
principios que profesaban en el santuario de su conciencia: y esto no
con las armas en la mano, no en conmociones populares donde pudiesen
despertarse las pasiones fogosas que comunican al alma una energa
pasajera; sino en medio de la soledad y lobreguez de los calabozos, en
la aterradora calma de los tribunales, es decir, en aquella situacin
en que el hombre se encuentra solo, aislado, y en que el mostrar
fortaleza y dignidad revela la accin de las ideas, la nobleza de los
sentimientos, la firmeza de una conciencia inalterable, el grandor del
alma.

El Cristianismo fu quien grab fuertemente en el corazn del hombre,
que el individuo tiene sus deberes que cumplir, aun cuando se
levante contra l el mundo entero; que el individuo tiene un destino
inmenso que llenar, y que es para l un negocio propio, enteramente
propio, y cuya responsabilidad pesa sobre su libre albedro. Esta
importante verdad, sin cesar inculcada por el Cristianismo  todas las
edades, sexos y condiciones, ha debido de contribuir poderosamente
 despertar en el hombre un sentimiento vivo de su personalidad, en
toda su magnitud, en todo su inters, y combinndose con las dems
inspiraciones del Cristianismo, llenas todas de grandor y dignidad,
ha levantado el alma humana del polvo en que la tenan sumida la
ignorancia, las ms groseras supersticiones, y los sistemas de
violencia que la opriman por todas partes. Como extraas y asombrosas
sonaran sin duda  los odos de los paganos las valientes palabras de
Justino, que expresaban nada menos que la disposicin de nimo de la
generalidad de los fieles, cuando en su Apologa dirigida  Antonio Po
deca: Como no tenemos puestas las esperanzas en las cosas presentes,
despreciamos  los matadores, mayormente siendo la muerte una cosa que
tampoco se puede evitar.

Esa admirable entereza, ese heroico desprecio de la muerte, esa
presencia de nimo en el hombre, que, apoyado en el testimonio de su
conciencia, desafa todos los poderes de la tierra, deba de influir
tanto ms en el engrandecimiento del alma, cuanto no dimanaba de
aquella fra impasibilidad estoica, que, sin contar con ningn motivo
slido, se empeaba en luchar con la misma naturaleza de las cosas;
sino que tena su origen en un sublime desprendimiento de todo lo
terreno, en la profunda conviccin de lo sagrado del deber, y de que
el hombre, sin cuidar de los obstculos que le oponga el mundo, debe
marchar con firme paso al destino que le ha sealado el Criador. Ese
conjunto de ideas y sentimientos comunicaba al alma un temple fuerte
y vigoroso, que, sin rayar en aquella dureza feroz de los antiguos,
dejaba al hombre en toda su dignidad, en toda su nobleza y elevacin. Y
conviene notar que esos preciosos efectos no se limitaban  un reducido
nmero de individuos privilegiados, sino que, conforme al genio de
la religin cristiana, se extendan  todas las clases: porque la
expansin ilimitada de todo lo bueno, el no conocer ninguna acepcin
de personas, el procurar que resuene su voz hasta en los ms obscuros
lugares, es uno de los ms bellos distintivos de esa religin divina.
No se diriga tan slo  las clases elevadas, ni  los filsofos, sino
 la generalidad de los fieles, la lumbrera del frica, San Cipriano,
cuando compendiaba en pocas palabras la grandeza del hombre, y
rasgueaba con osada mano el alto temple en que debe mantenerse nuestra
alma, sin aflojar jams. Nunca, deca, nunca admirar las obras
humanas quien se conociere hijo de Dios. _Despase de la cumbre de su
nobleza quien puede admirar algo que no sea Dios._ (_De Spectaculis._)
Sublimes palabras que hacen levantar la frente con dignidad, que hacen
latir el corazn con generoso bro, que, derramndose sobre todas las
clases como un calor fecundo, hacan que el ltimo de los hombres
pudiese decir lo que antes pareciera exclusivamente propio del mpetu
de un vate:

    Os homini sublime dedit, coelumque tueri
    Iussit, et erectos ad sidera tullere vultus.

El desarrollo de la vida moral, de la vida interior, de esa vida en que
el hombre se acostumbra  concentrarse sobre s mismo, dndose razn
circunstanciada de todas sus acciones, de los motivos que las dirigen,
de la bondad  malicia que encierran, y del fin  que le conducen, es
debido principalmente al Cristianismo,  su influjo incesante sobre
el hombre en todos los estados, en todas las situaciones, en todos
los momentos de su existencia. Con un desarrollo semejante de la
vida individual, en todo lo que tiene de ms ntimo, de ms vivo 
interesante para el corazn del hombre, era incompatible esa absorcin
del individuo en la sociedad, esa abnegacin ciega en que el hombre se
olvidaba de s mismo para no pensar en otra cosa que en la asociacin
 que perteneca. Esa vida moral, interior, faltaba  los antiguos,
porque carecan de principios donde fundarla, de reglas para dirigirla,
de inspiraciones con que fomentarla y nutrirla; y as observamos que en
Roma, tan pronto como el elemento poltico fu perdiendo su ascendiente
sobre las almas, gastndose el entusiasmo con las disensiones
intestinas, y sofocndose todo sentimiento generoso con el insoportable
despotismo que sucedi  las ltimas turbulencias de la repblica, se
desenvuelven rpidamente la corrupcin y la molicie ms espantosas;
pues que la actividad del alma, consumida poco antes en los debates del
foro, y en las gloriosas hazaas de la guerra, no encontrando pbulo
en que cebarse, se abandona lastimosamente  los goces materiales, con
un desenfreno tal, que nosotros apenas acertamos  concebir,  pesar
de la relajacin de costumbres de que con razn nos lamentamos. Por
manera que entre los antiguos slo vemos dos extremos:  un patriotismo
llevado al ms alto punto de exaltacin,  una postracin completa
de las facultades de una alma, que se abandona sin tasa  cuanto le
sugieren sus pasiones desordenadas: el hombre era siempre esclavo,  de
sus propias pasiones,  de otro hombre,  de la sociedad.

Merced al enflaquecimiento de las creencias, acarreado por el
individualismo intelectual en materias religiosas proclamado por el
Protestantismo; merced al quebrantamiento del lazo moral con que reuna
 los hombres la unidad catlica, podemos observar en la civilizacin
europea algunas muestras de lo que deba de ser entre los antiguos el
hombre, falto como estaba de los verdaderos conocimientos sobre s
mismo, y sobre su origen y destino. Pero, dejando para ms adelante
el sealar los puntos de semejanza que se descubren entre la sociedad
antigua y la moderna en aquellas partes donde se ha debilitado la
influencia de las ideas cristianas, bstame por ahora observar que,
si la Europa llegase  perder completamente el Cristianismo, como
lo han deseado algunos insensatos, no pasara una generacin, sin
que renaciesen entre nosotros el individuo y la sociedad tales como
estaban entre los antiguos, salvo, empero, las modificaciones que trae
necesariamente consigo el diferente estado material de ambos pueblos.

La libertad de albedro, altamente proclamada por el Catolicismo, y tan
vigorosamente por l sostenida, no slo contra la antigua enseanza
pagana, sino y muy particularmente contra los sectarios de todos
tiempos, y en especial contra los fundadores de la llamada Reforma,
ha sido tambin un poderoso resorte que ha contribudo ms de lo que
se cree al desarrollo y perfeccin del individuo, y  realzar sus
sentimientos de independencia, su nobleza y su dignidad. Cuando el
hombre llega  considerarse arrastrado por la irresistible fuerza
del destino, sujeto  una cadena de acontecimientos en cuyo curso l
no puede influir; cuando llega  figurarse que las operaciones del
alma, que parecen darle un vivo testimonio de su libertad, no son
ms que una vana ilusin, desde entonces el hombre se anonada, se
siente asimilado  los brutos, no es ya el prncipe de los vivientes,
el dominador de la tierra; es una rueda colocada en su lugar, y que
mal de su grado ha de continuar ejerciendo sus funciones en la gran
mquina del universo. Entonces el orden moral no existe; el mrito
y el demrito, la alabanza y el vituperio, el premio y la pena son
palabras sin sentido; el hombre goza  sufre, s, pero  la manera del
arbusto, que, ora es mecido por el blando cfiro, ora azotado por el
furioso aquiln. Muy al contrario sucede cuando se cree libre: l es
el dueo de su destino; y el bien y el mal, la vida y la muerte estn
ante sus ojos; puede escoger, y nada es capaz de violentarle en el
santuario de su conciencia. El alma tiene all su trono, donde est
sentada con dignidad, y el mundo entero bramando contra ella, y el orbe
desplomndose sobre su frgil cuerpo, no pueden forzarla  querer  
no querer. El orden moral en todo su grandor, en toda su belleza, se
despliega  nuestros ojos, y el bien se presenta con toda su hermosura,
el mal con toda su fealdad, el deseo de merecer nos estimula, el de
desmerecer nos detiene, y la vista del galardn que puede ser alcanzado
con libre voluntad, y que est como suspendido al extremo de los
senderos de la virtud, hace estos senderos ms gratos y apacibles, y
comunica al alma actividad y energa. Si el hombre es libre, conserva
un no s qu de ms grandioso y terrible, hasta en medio de su crimen,
hasta en medio de su castigo, hasta en medio de la desesperacin del
infierno. Qu es un hombre que ha carecido de libertad, y que, sin
embargo, es castigado? qu significa ese absurdo, dogma capital de
los fundadores del Protestantismo? Es una vctima miserable, dbil,
en cuyos tormentos se complace una omnipotencia cruel, un Dios que ha
querido criar para ver sufrir, un tirano con infinito poder, es decir,
el ms horrendo de los monstruos. Pero, si el hombre es libre, cuando
sufre, sufre porque lo ha merecido: y, si le contemplamos en medio
de la desesperacin, sumido en un pilago de horrores, lleva en su
frente la seal del rayo con que justamente le ha herido el Eterno; y
parcenos oirle todava con su ademn altanero, con su mirada soberbia,
cul pronuncia aquellas terribles palabras: _non serviam, no servir_.

En el hombre, como en el universo, todo est enlazado maravillosamente,
todas las facultades tienen sus relaciones, que, por delicadas, no
dejan de ser ntimas, y el movimiento de una cuerda hace retemblar
todas las otras. Necesario es llamar la atencin sobre esa mutua
dependencia de nuestras facultades para prevenir la respuesta que
quizs daran algunos, de que slo se ha probado que el Catolicismo
ha debido de contribuir  desenvolver al individuo en un sentido
mstico: no, no; las reflexiones que acabo de presentar, prueban algo
ms: prueban que al Catolicismo es debida la clara idea, el vivo
sentimiento del orden moral en toda su grandeza y hermosura; prueban
que al Catolicismo es debido lo que se llama conciencia propiamente
tal; prueban que al Catolicismo es debido el que el hombre se crea con
un destino inmenso cuyo negocio le es enteramente propio, y destino que
est puesto en manos de su libre albedro; prueban que al Catolicismo
es debido el verdadero conocimiento del hombre, el aprecio de su
dignidad, la estimacin, el respeto que se le dispensan por el mero
ttulo de hombre; prueban que el Catolicismo ha desenvuelto en nuestra
alma los grmenes de los sentimientos ms nobles y generosos, puesto
que ha levantado la mente con los ms altos conceptos, y ha ensanchado
y elevado nuestro corazn, asegurndole una libertad que nadie le puede
arrebatar, brindndole con un galardn de eternal ventura, pero dejando
en su mano la vida y la muerte, hacindole en cierto modo rbitro de su
destino. Algo ms que un mero misticismo es todo esto: es nada menos
que el verdadero individualismo, el nico individualismo noble, justo,
razonable; es nada menos que un conjunto de poderosos impulsos para
llevar al individuo  su perfeccin en todos sentidos; es nada menos
que el primero, el ms indispensable, el ms fecundo elemento de la
verdadera civilizacin.[1]




CAPITULO XXIV


Hemos visto lo que debe al Catolicismo el individuo; veamos ahora
lo que le debe la familia. Claro es que, si el Catolicismo es quien
ha perfeccionado al individuo, siendo ste el primer elemento de la
familia, la perfeccin de ella deber ser tambin mirada como obra
del Catolicismo; pero sin insistir en esta ilacin, quiero considerar
el mismo lazo de familia, y para esto es menester llamar la atencin
sobre la mujer. No recordar lo que era la mujer entre los antiguos,
ni lo que es todava en los pueblos que no son cristianos; la
historia, y aun ms la literatura de Grecia y Roma, nos daran de ello
testimonios tristes,  ms bien vergonzosos; y todos los pueblos de
la tierra nos ofreceran abundantes pruebas de la verdad y exactitud
de la observacin de Buchanan, de que, dondequiera que no reine el
Cristianismo, hay una tendencia  la degradacin de la mujer.

Quizs el Protestantismo no quiera en esta parte ceder terreno al
Catolicismo, pretendiendo que, por lo que toca  la mujer, en nada ha
perjudicado la Reforma  la civilizacin europea. Pero, prescindiendo,
por de pronto, de si el Protestantismo acarre en este punto algunos
males, cuestin que se ventilar ms adelante, no puede al menos
ponerse en duda que, cuando l apareci, tena ya la religin catlica
concluda su obra por lo tocante  la mujer: pues que nadie ignora
que el respeto y consideracin que se dispensa  las mujeres, y la
influencia que ejercen sobre la sociedad, datan de mucho antes que del
primer tercio del siglo XVI. De lo que se deduce que el Catolicismo no
tuvo ni pudo tener al Protestantismo por colaborador, y que obr solo,
enteramente solo, en uno de los puntos ms cardinales de toda verdadera
civilizacin; y que, al confesarse generalmente que el Cristianismo ha
colocado  la mujer en el rango que le corresponde, y que ms conviene
para el bien de la familia y de la sociedad, tributndose este elogio
al Cristianismo se le tributa al Catolicismo; pues que, cuando se
levantaba  la mujer de la abyeccin, cuando se la alzaba al grado
de digna compaera del hombre, no existan esas sectas disidentes,
que tambin se apellidan cristianas; no haba ms Cristianismo que la
Iglesia catlica.

Como el lector habr notado ya que en el decurso de esta obra no
se atribuyen al Catolicismo blasones y timbres, echando mano de
generalidades, sino que para fundarlos se desciende al pormenor de los
hechos, estar naturalmente esperando que se haga lo mismo aqu, y que
se indique cules son los medios de que se ha valido el Catolicismo
para dar  la mujer consideracin y dignidad: no quedar el lector
defraudado en su esperanza.

Por de pronto, y antes de bajar  pormenores, es menester observar que
 mejorar el estado de la mujer debieron de contribuir sobremanera
las grandiosas ideas del Cristianismo sobre la humanidad; ideas que,
comprendiendo al varn como  la hembra, sin diferencia ninguna,
protestaban vigorosamente contra el estado de envilecimiento en que
se tena  esa preciosa mitad del linaje humano. Con la doctrina
cristiana quedaban desvanecidas para siempre las preocupaciones contra
la mujer;  igualada con el varn en la unidad de origen y destino y en
la participacin de los dones celestiales, admitida en la fraternidad
universal de los hombres entre s y con Jesucristo, considerada
tambin como hija de Dios y coheredera de Jesucristo, como compaera
del hombre, no como esclava, ni como vil instrumento de placer, deba
callar aquella filosofa que se haba empeado en degradarla; y aquella
literatura procaz que con tanta insolencia se desmandaba contra las
mujeres, hallaba un freno en los preceptos cristianos, y una reprensin
elocuente en el modo lleno de dignidad con que,  ejemplo de la
Escritura, hablaban de ella todos los autores eclesisticos.

Pero,  pesar del benfico influjo que por s mismas haban de
ejercer las doctrinas cristianas, no se hubiera logrado cumplidamente
el objeto, si la Iglesia no tomara tan  pecho el llevar  cabo la
obra ms necesaria, ms imprescindible para la buena organizacin
de la familia y de la sociedad: hablo de la reforma del matrimonio.
La doctrina cristiana es en esta parte muy sencilla: _uno con una,
y para siempre_; pero la doctrina no era bastante,  no encargarse
de su realizacin la Iglesia,  no sostener esa realizacin con
firmeza inalterable; porque las pasiones, y sobre todo las del varn,
braman contra semejante doctrina, y la hubieran pisoteado sin duda,
 no estrellarse contra el insalvable valladar que no les ha dejado
vislumbrar ni la ms remota esperanza de victoria. Y querr tambin
gloriarse de haber formado parte del valladar el Protestantismo, que
aplaudi con insensata algazara el escndalo de Enrique VIII, que se
dobleg tan villanamente  las exigencias de la voluptuosidad del
landgrave de Hesse-Cassel? Qu diferencia tan notable! Por espacio
de muchos siglos, en medio de las ms varias y muchas veces terribles
circunstancias, lucha impvida la Iglesia catlica con las pasiones de
los potentados, para sostener sin mancilla la santidad del matrimonio:
ni los halagos ni las amenazas nada pueden recabar de Roma que sea
contrario  la enseanza del Divino Maestro, y el Protestantismo, al
primer choque, , mejor dir, al asomo del ms ligero compromiso, al
solo temor de malquistarse con un prncipe, y no muy poderoso, cede, se
humilla, consiente la poligamia, hace traicin  su propia conciencia,
abre ancha puerta  las pasiones para que puedan destruir la santidad
del matrimonio, esa santidad que es la ms segura prenda del bien de
las familias, la primera piedra sobre que debe cimentarse la verdadera
civilizacin.

Ms cuerda en este punto la sociedad protestante que los falsos
reformadores, empeados en dirigirla, rechaz con admirable buen
sentido las consecuencias de semejante conducta; y ya que no conservase
las doctrinas del Catolicismo, sigui al menos la saludable tendencia
que l le haba comunicado, y la poligamia no se estableci en Europa.
Pero la historia conservar los hechos que muestran la debilidad de
la llamada Reforma, y la fuerza vivificante del Catolicismo: ella
dir  quin se debe que en medio de los siglos brbaros, en medio
de la ms asquerosa corrupcin, en medio de la violencia y ferocidad
por doquiera dominantes, tanto en el perodo de la fluctuacin de los
pueblos invasores, como en el del feudalismo, como en el tiempo en que
descollaba ya prepotente el podero de los reyes, ella dir, repito, 
quin se debe que el matrimonio, el verdadero paladin de la sociedad,
no fuera doblegado, torcido, hecho trizas, y que el desenfreno de la
voluptuosidad no campease con todo su mpetu, con todos sus caprichos,
llevando en pos de s la desorganizacin ms profunda, adulterando el
carcter de la civilizacin europea, y lanzndola en la honda sima en
que yacen desde muchos siglos los pueblos del Asia.

Los escritores parciales pueden registrar los anales de la historia
eclesistica para encontrar desavenencias entre papas y prncipes, y
echar en cara  la Corte de Roma su espritu de _terca intolerancia_
con respecto  la santidad del matrimonio; pero, si no los cegara el
espritu de partido, comprenderan que, si esa _terca intolerancia_
hubiera aflojado un instante, si el Pontfice de Roma hubiese
retrocedido ante la impetuosidad de las pasiones un solo paso, una vez
dado el primero, encontrbase una rpida pendiente, y al fin de sta,
un abismo; comprenderan el espritu de verdad, la honda conviccin, la
viva fe de que est animada esa augusta Ctedra, ya que nunca pudieron
consideraciones ni temores de ninguna clase hacerla enmudecer, cuando
se ha tratado de recordar  todo el mundo, y muy en particular 
los potentados y  los reyes: _sern dos en una carne; lo que Dios
uni, no lo separe el hombre_; comprenderan que, si los papas se han
mostrado inflexibles en este punto, aun  riesgo de los desmanes de
los reyes, adems de cumplir con el sagrado deber que les impona el
augusto carcter de jefes del Cristianismo, hicieron una obra maestra
en poltica, contribuyeron grandemente al sosiego y bienestar de los
pueblos: porque los casamientos de los prncipes, dice Voltaire,
forman en Europa el destino de los pueblos, y nunca se ha visto una
corte libremente entregada  la prostitucin, sin que hayan resultado
revoluciones y sediciones. (_Ensayo sobre la historia gener., tom. 3,
cap. 101._)

Esta observacin tan exacta de Voltaire bastara para vindicar  los
papas, y con ellos al Catolicismo, de las calumnias de miserables
detractores; pero, si esa reflexin no se concreta al orden poltico
y se la extiende al orden social, crece todava en valor, y adquiere
una importancia inmensa. La imaginacin se asombra al pensar en lo que
hubiera acontecido, si esos reyes brbaros en quienes el esplendor de
la prpura no bastaba  encubrir al hijo de las selvas, si esos fieros
seores encastillados en sus fortalezas, cubiertos de hierro y rodeados
de humildes vasallos, no hubieran encontrado un dique en la autoridad
de la Iglesia; si al echar  alguna belleza una mirada de fuego, si al
sentir con el nuevo ardor que se engendraba en su pecho el fastidio
por su legtima esposa, no hubiesen tropezado con el recuerdo de una
autoridad inflexible. Podan, es verdad, cometer una tropela contra
el obispo,  hacer que enmudeciese con el temor  los halagos; podan
violentar los votos de un concilio particular,  hacerse un partido
con amenazas,  con la intriga y el soborno; pero all, en obscura
lontananza, divisaban la cpula del Vaticano, la sombra del Sumo
Pontfice se les apareca como una visin aterradora; all perdan la
esperanza, era intil combatir: el ms encarnizado combate no poda
dar por resultado la victoria; las intrigas ms maosas, los ruegos
ms humildes, no recabarn otra respuesta que: _uno con una, y para
siempre_.

La simple lectura de la historia de la Edad Media, aquella escena
de violencias, donde se retrata con toda viveza el hombre brbaro
forcejando por quebrantar los lazos que pretende imponerle la
civilizacin; con slo recordar que la Iglesia deba estar siempre
en vigilante guarda, no tan slo para que no se hiciesen pedazos los
vnculos del matrimonio, sino tambin para que no fuesen vctimas de
raptos y tropelas las doncellas, aun las consagradas al Seor; salta 
los ojos que, si la Iglesia catlica no se hubiese opuesto como un muro
de bronce al desbordamiento de la voluptuosidad, los palacios de los
prncipes y castillos de los seores se habran visto con su serrallo y
harn, y siguiendo por la misma corriente las dems clases, quedara la
mujer europea en el mismo abatimiento en que se encuentra la musulmana.
Y, ya que acabo de mentar  los sectarios de Mahoma, recordar aqu 
los que pretenden explicar la monogamia y poligamia slo por razones de
clima, que los cristianos y mahometanos se hallaron por largo tiempo
en los mismos climas, y que con las vicisitudes de ambos pueblos se
han establecido las respectivas religiones, ora en climas ms rgidos,
ora en ms templados y suaves; y, sin embargo, no se ha visto que las
religiones se acomodasen al clima, sino que antes bien el clima ha
tenido, por decirlo as, que doblegarse  las religiones.

Gratitud eterna deben los pueblos europeos al Catolicismo, por
haberles conservado la monogamia, que  no dudarlo ha sido una de las
causas que ms han contribudo  la buena organizacin de la familia
y al realce de la mujer. Cul sera ahora la situacin de Europa,
qu consideracin disfrutara la mujer, si Lutero, el fundador del
Protestantismo, hubiese alcanzado  inspirar  la sociedad la misma
indiferencia en este punto que l manifiesta en su _Comentario sobre
el Gnesis_? Por lo que toca  saber, dice Lutero, si se pueden tener
muchas mujeres, la autoridad de los patriarcas nos deja en completa
libertad; y aade despus que _esto no se halla ni permitido, ni
prohibido, y que l por s no decide nada_. Desgraciada Europa, si
semejantes palabras, salidas nada menos que de la boca de un hombre que
arrastr en pos de su secta tantos pueblos, se hubiesen pronunciado
algunos siglos antes, cuando la civilizacin no haba recibido
todava bastante impulso para que,  pesar de las malas doctrinas,
pudiese seguir en los puntos ms capitales una direccin certera!
Desgraciada Europa, si  la sazn en que escriba Lutero, no se
hallaran ya muy formadas las costumbres, y si la buena organizacin
dada  la familia por el Catolicismo, no tuviera ya races demasiado
profundas para ser arrancadas por la mano del hombre! El escndalo
del landgrave de Hesse-Cassel,  buen seguro que no fuera un ejemplo
aislado, y la culpable condescendencia de los doctores luteranos habra
tenido resultados bien amargos. De qu sirvieran, para contener la
impetuosidad feroz de los pueblos brbaros y corrompidos, aquella fe
vacilante, aquella incertidumbre, aquella cobarde flojedad con que se
amilanaba la Iglesia protestante,  la sola exigencia de un prncipe
como el landgrave? Cmo sostuviera una lucha de siglos, la que al
primer amago del combate ya se rinde, la que antes del choque ya se
quebranta?

Al lado de la monogamia, puede decirse que figura por su alta
importancia la indisolubilidad del matrimonio. Aquellos que se apartan
de la doctrina de la Iglesia opinando que es til en ciertos casos
permitir el divorcio, de tal manera que se considere, como suele
decirse, disuelto el vnculo, y que cada uno de los consortes pueda
pasar  segundas nupcias, no me podrn negar que miran el divorcio como
un remedio, y remedio peligroso, de que el legislador echa mano  duras
penas, slo en consideracin  la malicia   la flaqueza; no me podrn
negar que el multiplicarse mucho los divorcios acarreara males de
gravsima cuenta, y que, para prevenirlos en aquellos pases donde las
leyes civiles consienten este abuso, es menester rodear la permisin
de todas las precauciones imaginables; y, por consiguiente, tampoco me
podrn disputar que el establecer la indisolubilidad como principio
moral, el cimentarla sobre motivos que ejercen poderoso ascendiente
sobre el corazn, el seguir la marcha de las pasiones, tenindolas de
la mano para que no se desven por tan resbaladiza pendiente, es un
eficaz preservativo contra la corrupcin de costumbres, es una garanta
de tranquilidad para las familias, es un firme reparo contra gravsimos
males que vendran  inundar la sociedad; y, por tanto, que obra
semejante es la ms propia, la ms digna de ser objeto de los cuidados
y del celo de la verdadera religin. Y qu religin ha cumplido con
este deber, sino la catlica? Cul ha desempeado ms cumplidamente
tan penosa y saludable tarea? Ha sido el Protestantismo, que ni
alcanz  penetrar la profundidad de las razones que guiaban en este
particular la conducta de la Iglesia catlica?

Los protestantes, arrastrados por su odio  la Iglesia romana, y
llevados del prurito de innovarlo todo, creyeron hacer una gran reforma
secularizando, por decirlo as, el matrimonio, y declamando contra
la doctrina catlica, que le miraba como un verdadero sacramento. No
cumplira  mi objeto el entrar aqu en una controversia dogmtica
sobre esta cuestin; bstame hacer notar que fu grave desacuerdo
despojar el matrimonio del augusto sello de un sacramento, y que con
semejante paso se manifest el Protestantismo muy escaso conocedor del
corazn humano. El considerar el matrimonio, no como un mero contrato
civil, sino como un verdadero sacramento, era ponerle bajo la augusta
sombra de la religin, y elevarle sobre la turbulenta atmsfera de las
pasiones: quin puede dudar que todo esto se necesita cuando se trata
de poner freno  la pasin ms viva, ms caprichosa, ms terrible del
corazn del hombre? Quin duda que para producir este efecto no son
bastante las leyes civiles, y que son menester motivos que, arrancando
de ms alto origen, ejerzan ms eficaz influencia?

Con la doctrina protestante se echaba por tierra la potestad de la
Iglesia en asuntos matrimoniales, quedando exclusivamente en manos de
la potestad civil. Quizs no faltar quien piense que este ensanche
dado  la potestad secular no poda menos de ser altamente provechoso
 la causa de la civilizacin, y que el arrojar de este terreno 
la autoridad eclesistica fu un magnfico triunfo sobre aejas
preocupaciones, una utilsima conquista sobre usurpaciones injustas.
Miserables! Si se albergaran en vuestra mente elevados conceptos,
si vibraran en vuestros pechos aquellas harmoniosas cuerdas, que
dan un conocimiento delicado y exacto de las pasiones del hombre, y
que inspiran los medios ms  propsito para dirigirlas, vierais,
sintierais que el poner el matrimonio bajo el manto de la religin,
substrayndolo, en cuanto cabe, de la intervencin profana, era
purificarle, era embellecerle, era rodearle de hermossimo encanto,
porque se colocaba bajo inviolable salvaguardia aquel precioso tesoro,
que con slo una mirada se aja, que con un levsimo aliento se empaa.
Tan mal os parece un denso velo corrido  la entrada del tlamo
nupcial, y la religin guardando sus umbrales con ademn severo?




CAPITULO XXV


Pero, se nos dir  los catlicos: no encontris vuestras doctrinas
sobrado duras, demasiado rigurosas? no adverts que esas doctrinas
prescinden de la flaqueza y volubilidad del corazn humano, que
le exigen sacrificios superiores  sus fuerzas? no conocis que
es inhumano sujetar  la rigidez de un principio las afecciones
ms tiernas, los sentimientos ms delicados, las inspiraciones ms
livianas? Concebs toda la dureza que entraa una doctrina que se
empea en mantener unidos, amarrados con el lazo fatal,  dos seres que
ya no se aman, que ya se causan mutuo fastidio, que quiz se aborrecen
con un odio profundo?  estos seres que suspiran por su separacin,
que antes quisieran la muerte que permanecer unidos, responderles con
un _jams_, con un _eterno jams_, mostrndoles, al propio tiempo,
el sello divino, que se grab en su lazo en el momento solemne de
recibir el sacramento del matrimonio, no es olvidar todas las reglas
de la prudencia, no es un proceder desesperante? No vale algo ms la
indulgencia del Protestantismo, que, acomodndose  la flaqueza humana,
se presta ms fcilmente  lo que exige,  veces nuestro capricho, 
veces nuestra debilidad?

Es necesario contestar  esta rplica, disipar la ilusin que pueden
causar ese linaje de argumentos, muy  propsito para inducir  un
errado juicio, seduciendo de antemano el corazn. En primer lugar,
es exagerado el decir que, con el sistema catlico, se reduzca  un
extremo desesperante  los esposos desgraciados. Casos hay en que
la prudencia demanda que los consortes se separen, y entonces no
se oponen  la separacin, ni las doctrinas ni las prcticas de la
Iglesia catlica. Verdad es que no se disuelve por eso el vnculo
del matrimonio, ni ninguno de los consortes queda libre para pasar 
segundas nupcias; pero hay ya lo bastante para que no se pueda suponer
tiranizados  ninguno de los dos; no se les obliga  vivir juntos, y,
de consiguiente, no sufren ya el tormento,  la verdad intolerable, de
permanecer siempre reunidas dos personas que se aborrecen.

Pero bien, se nos dir, una vez separados los consortes, no se
les atormenta con la cohabitacin, que les era tan penosa, pero se
les priva de pasar  segundas nupcias, y, por tanto, se les veda
el satisfacer otra pasin que pueden abrigar en su pecho, y que
quiz fu la causa del fastidio  aborrecimiento, de que resultaron
la discordia y la desdicha en el primer matrimonio. Por qu no se
considera entonces este matrimonio como disuelto del todo, quedando
enteramente libres ambos consortes? Por qu no se les permite seguir
las afecciones de su corazn, que, fijado ya sobre otro objeto, les
augura das ms felices? Aqu, donde la salida parece ms difcil,
donde la fuerza de la dificultad se presenta ms apremiadora, aqu es
donde puede alcanzar el Catolicismo un triunfo ms sealado, aqu es
donde puede mostrar ms claramente cun profundo es su conocimiento del
corazn del hombre, cun sabias son en este punto sus doctrinas, cun
previsora y atinada su conducta. Lo que parece rigor excesivo, no es
ms que una severidad necesaria; y que, tanto dista de merecer la tacha
de cruel, que antes bien es para el hombre una prenda de sosiego y
bienestar.  primera vista no se concibe cmo puede ser as, y, por lo
mismo, ser menester desentraar este asunto, descendiendo, en cuanto
posible sea,  un profundo examen de los principios que justifican  la
luz de la razn la conducta observada por el Catolicismo, no slo por
lo tocante al matrimonio, sino tambin en todo lo relativo al corazn
humano.

Cuando se trata de dirigir las pasiones, se ofrecen dos sistemas de
conducta. Consiste el uno en condescender, el otro en resistir. En el
primero se retrocede delante de ellas  medida que avanzan; nunca se
les opone un obstculo invencible, nunca se las deja sin esperanza; se
les seala en verdad una lnea para que no pasen de ciertos lmites,
pero se les deja conocer que, si se empean en pisarla, esta lnea
se retirar un poco ms; por manera que la condescendencia est en
proporcin con la energa y con la obstinacin de quien la exige. En
el segundo, tambin se marca  las pasiones una lnea, de la que no
pueden pasar; pero esta lnea es fija, inmvil, resguardada en toda su
extensin por un muro de bronce. En vano lucharan para salvarla; no
les queda ni una sombra de esperanza; el principio que las resiste no
se alterar jams; no consentir transacciones de ninguna clase. No les
queda recurso de ninguna especie,  no ser que quieran pasar adelante
por el nico camino que nunca puede cerrarse  la libertad humana:
el de la maldad. En el primer sistema, se permite el desahogo para
prevenir la explosin; en el segundo, no se consiente que principie
el incendio, para no verse obligado  contener su progreso; en aqul,
se temen las pasiones cuando estn en su nacimiento, y se confa
limitarlas cuando hayan crecido; en ste, se concepta que, si no es
fcil contenerlas cuando son pequeas, lo ser mucho menos cuando sean
grandes; en el uno, se procede en el supuesto de que las pasiones
con el desahogo se disipan y se debilitan; en el otro, se cree que
satisfacindose no se sacan, y que antes bien se hacen ms sedientas.

Generalmente hablando, puede decirse que el Catolicismo sigue el
segundo sistema; es decir, que, en tratando con las pasiones, su regla
constante es atajarlas en los primeros pasos; dejarlas, en cuanto
cabe, sin esperanza; ahogarlas, si es posible, en la misma cuna. Y es
necesario advertir que hablamos aqu de la severidad con las pasiones,
no con el hombre que las tiene; que es muy compatible no transigir con
la pasin, y ser indulgente con la persona apasionada; ser inexorable
con la culpa, y sufrir benignamente al culpable. Por lo tocante al
matrimonio, ha seguido este sistema con una firmeza que asombra; el
Protestantismo ha tomado el camino opuesto; ambos convienen en que
el divorcio que llevare consigo la disolucin del vnculo, es un mal
gravsimo; pero la diferencia est en que, segn el sistema catlico,
no se deja entrever ni siquiera la esperanza de que pueda venir el
caso de esa disolucin, pues se la veda absolutamente, sin restriccin
alguna, se la declara imposible, cuando en el sistema protestante se la
puede consentir en ciertos casos; el Protestantismo no tiene para el
matrimonio un sello divino que garantice su perpetuidad, que lo haga
inviolable y sagrado; el Catolicismo tiene este sello, le imprime en
el misterioso lazo, y en adelante queda el matrimonio bajo la guarda de
un smbolo augusto.

Cul de las dos religiones es ms sabia en este punto? cul procede
con ms acierto? Para resolver esta cuestin, prescindiendo, como
prescindimos aqu, de las razones dogmticas, y de la moralidad
intrnseca de los actos humanos que forman el objeto de las leyes cuyo
examen nos ocupa, es necesario determinar cul de los dos sistemas
arriba descritos es ms  propsito para el manejo y direccin de
las pasiones. Meditando sobre la naturaleza del corazn del hombre y
atenindonos  lo que nos ensea la experiencia de cada da, puede
asegurarse que el medio ms adaptado para enfrenar una pasin es
dejarla sin esperanza; y que el condescender con ella, el permitirle
continuos desahogos, es incitarla ms y ms, es juguetear con el fuego
al rededor del combustible, dejarle que prenda en l una y otra vez,
con la vana confianza de que siempre ser fcil apagar el incendio.

Demos una rpida ojeada sobre las pasiones ms violentas, y observemos
cul es su curso ordinario, segn el sistema que con ellas se practica.
Ved al jugador,  ese hombre dominado por un desasosiego indefinible,
que abriga al mismo tiempo una codicia insaciable y una prodigalidad
sin lmites, que ni se contenta con la ms inmensa fortuna, ni vacila
en aventurarla  un azar de un momento, que en medio del mayor
infortunio suea todava en grandes tesoros, que corre afanoso y
sediento en pos de un objeto, que parece el oro, y que, sin embargo,
no lo es, pues que su posesin no le satisface; ved  ese hombre, cuyo
corazn inquieto slo puede vivir en medio de la incertidumbre, del
riesgo, suspenso entre el temor y la esperanza, y que, al parecer,
se complace en esa rpida sucesin de vivas sensaciones que de
continuo le sacuden y atormentan: cul es el remedio para curarle
de esa enfermedad, de esa fiebre devoradora? Aconsejadle un sistema
de condescendencia, decidle que juegue, pero que se limite  cierta
cantidad,  ciertas horas,  ciertos lugares; qu lograris? Nada,
absolutamente nada. Si estos medios pudieran servir de algo, no habra
jugador en el mundo que no se hubiese curado de su pasin; porque
ninguno hay que no se haya fijado mil veces  s mismo esos lmites,
que no se haya dicho mil veces: jugars no ms que hasta tal hora,
no ms que en este  aquel lugar, no ms que sobre tal cantidad. Con
estos paliativos, con estas precauciones impotentes, qu le sucede
al desgraciado jugador? Que se engaa miserablemente, que la pasin
transige para cobrar fuerzas y asegurar mejor la victoria, que va
ganando terreno, que va ensanchando el crculo prefijado, y que vuelve
 los primeros excesos, si no  otros mayores. Queris curarle de
raz? Si algn remedio queda, ser, no lo dudis, abstenerse desde
luego completamente. Esto,  primera vista, ser ms doloroso, pero
en la prctica ser ms fcil; desde que la pasin vea cerrada toda
esperanza, empezar  debilitarse, y al fin desaparecer. No creo que
ninguna persona experimentada tenga la menor duda sobre la exactitud de
lo que acabo de decir; y que no convenga conmigo en que el mejor medio
de ahogar esa formidable pasin es quitarle de una vez todo pbulo,
dejarla sin esperanza.

Vamos  otro ejemplo ms allegado al objeto que principalmente me
propongo dilucidar. Supongamos  un hombre seoreado por el amor;
creis que, para curarle de su mal, ser conveniente consentirle un
desahogo, concedindole ocasiones, bien que menos frecuentes, de ver
 la persona amada? Parceos si podr serle saludable el permitirle
la continuacin, vedndole, empero, la frecuencia? Se apagar, se
amortiguar siquiera con esa precaucin, la llama que arde en su
pecho? Es cierto que no: la misma compresin de esta llama acarrear
su aumento, y multiplicar su fuerza; y como, por otra parte, se le va
dando algn pbulo, si bien ms escaso, y se le deja un respiradero por
donde puede desahogarse, ir ensanchando cada da ese respiradero,
hasta que, al fin, alcance  desembarazarse del obstculo que la
resiste. Pero quitad  esa pasin la esperanza; empead al amante
en un largo viaje,  poned de por medio algunos impedimentos que no
dejen entrever como probable, ni siquiera posible, el logro del fin
deseado; y entonces, salvas algunas rarsimas excepciones, conseguiris
primero la distraccin, y en seguida el olvido. No es esto lo que
est enseando  cada paso la experiencia? No es ste el remedio que
la misma necesidad sugiere todos los das  los padres de familia? Las
pasiones son como el fuego: se apaga si se le echa agua en abundancia;
pero se enardece con ms viveza, si el agua es poca  insuficiente.

Pero elevemos nuestra consideracin, coloqumonos en un horizonte ms
vasto, y observemos las pasiones obrando en un campo ms extenso,
y en regiones de mayor altura. Cul es la causa de que, en pocas
tormentosas, se exciten tantas y tan enrgicas pasiones? Es que todas
conciben esperanzas de satisfacerse; es que, volcadas las clases ms
elevadas, y destrudas las instituciones ms antiguas y colosales,
y reemplazadas por otras que antes eran imperceptibles, todas las
pasiones ven abierto el camino para medrar en medio de la confusin
y de la borrasca. Ya no existen las barreras que antes parecan
insalvables, y cuya sola vista,  no dejaba nacer la pasin,  la
ahogaba en su misma cuna; todo ha quedado abierto, sin defensa; slo se
necesita valor y constancia para saltar intrpido por en medio de los
escombros y ruinas que se han amontonado con el derribo de lo antiguo.

Considerada la cosa en abstracto, no hay absurdo ms palpable que la
monarqua hereditaria, que la sucesin en la corona asegurada  una
familia donde  cada paso puede encontrarse sentado en el solio, 
un nio,  un imbcil,  un malvado; y, sin embargo, en la prctica
nada hay ms sabio, ms prudente, ms previsor. As lo ha enseado la
experiencia de largos siglos, as con esa enseanza lo conoce bien
claro la razn, as lo han aprendido con tristes escarmientos los
desgraciados pueblos que han tenido la monarqua electiva. Y esto,
por qu? Por la misma razn que estamos ponderando: porque con la
monarqua hereditaria se cierra toda puerta  la esperanza de una
ambicin desmesurada; porque, de otra suerte, abriga la sociedad un
eterno germen de agitacin y revueltas, promovidas por todos los que
pueden concebir alguna esperanza de empuar un da el mando supremo.
En tiempos sosegados, y en una monarqua hereditaria, llegar  ser
rey un particular, por rico, por noble, por sabio, por valiente, por
distinguido que sea de cualquier modo, es un pensamiento insensato,
que ni siquiera asoma en la mente del hombre; pero cambiad las
circunstancias, introducid la probabilidad, tan slo una remota
posibilidad, y veris como no faltan luego fervientes candidatos.

Fcil sera desenvolver ms semejante doctrina, haciendo de ella
aplicacin  todas las pasiones del hombre; pero estas indicaciones
bastan para convencer que, cuando se trata de sojuzgar una pasin, lo
primero que debe hacerse es oponerle una valla insuperable, que no le
deje esperanza alguna de pasar adelante; entonces la pasin se agita
por algunos momentos, se levanta contra el obstculo que la resiste;
pero, encontrndole inmvil, retrocede, se abate, y cual las olas del
mar se acomoda murmurando al nivel que se le ha sealado.

Hay en el corazn humano una pasin formidable que ejerce poderosa
influencia sobre los destinos de la vida, y que con sus ilusiones
engaosas y seductoras labra no pocas veces una larga cadena de dolor
y de infortunio. Teniendo un objeto necesario para la conservacin del
humano linaje, y encontrndose en cierto modo en todos los vivientes
de la naturaleza, revstese, sin embargo, de un carcter particular,
con slo abrigarse en el alma de un ser inteligente. En los brutos
animales, el instinto la gua de un modo admirable, limitndola  lo
necesario para la conservacin de las especies; pero, en el hombre,
el instinto se eleva  pasin; y esta pasin, nutrida y avivada por el
fuego de la fantasa, refinada con los recursos de la inteligencia,
y veleidosa  inconstante por estar bajo la direccin de un libre
albedro, que puede entregarse  tantos caprichos cuantas son las
impresionas que reciben los sentidos y el corazn, se convierte en un
sentimiento vago, voluble, descontentadizo, insaciable; parecido al
malestar de un enfermo calenturiento, al frenes de un delirante, que
ora divaga por un ambiente embalsamado de pursimos aromas, ora se
agita convulsivo con las ansias de la agona.

Quin es capaz de contar la variedad de formas bajo las cuales se
presenta esa pasin engaosa, y la muchedumbre de lazos que tiende 
los pies del desgraciado mortal? Observadla en su nacimiento, seguidla
en su carrera, hasta el fin de ella, cuando toca  su trmino y se
extingue como una lmpara moribunda. Asoma apenas el leve bozo en el
rostro del varn, dorando graciosamente una faz tierna y sonrosada,
y ya brota en su pecho como un sentimiento misterioso, le inquieta y
desasosiega, sin que l mismo conozca la causa. Una dulce melancola
se desliza en su corazn, pensamientos desconocidos divagan por su
mente, sombras seductoras revolotean por su fantasa, un imn secreto
obra sobre su alma, una seriedad precoz se pinta en su semblante,
todas sus inclinaciones toman otro rumbo; ya no le agradan los juegos
de la infancia, todo le hace augurar una vida nueva, menos inocente,
menos tranquila; la tormenta no ruge an, el cielo no se ha encapotado
todava, pero los rojos celajes que le matizan son un triste presagio
de lo que ha de venir. Llega, entre tanto, la adolescencia, y lo que
antes era un sentimiento vago, misterioso, incomprensible al mismo
que le abrigaba, es, desde entonces, ms pronunciado, los objetos se
esclarecen y se presentan como son en s, la pasin los ve, y  ellos
se encamina. Pero no creis que por esto la pasin sea constante; es
tan vana, tan voluble y caprichosa, como los objetos que se le van
presentando; corre sin cesar en pos de ilusiones, persiguiendo sombras,
buscando una satisfaccin que nunca encuentra, esperando una dicha que
jams llega. Exaltada la fantasa, hirviendo el corazn, arrebatada el
alma entera, sojuzgada en todas sus facultades, rodase el ardiente
joven de las ms brillantes ilusiones, comuncalas  cuanto le
circunda, presta  la luz del cielo un fulgor ms esplendente, reviste
la faz de la tierra de un verdor ms lozano, de colores ms vivos,
esparciendo por doquiera el reflejo de su propio encanto.

En la edad viril, cuando el pensamiento es ms grave y ms fijo,
cuando el corazn ha perdido de su inconstancia, cuando la voluntad
es ms firme y los propsitos ms duraderos, cuando la conducta que
debe regir los destinos de la vida est ya sujeta  una norma, y como
encerrada en un carril, todava se agita en el corazn del hombre
esa pasin misteriosa, todava le atormenta con inquietud incesante.
Slo que entonces, con el mayor desarrollo de la organizacin fsica,
la pasin es ms robusta y ms enrgica; slo que entonces, con el
mayor orgullo que inspiran al hombre la independencia de la vida, el
sentimiento de mayores fuerzas, y la mayor abundancia de medios, la
pasin es ms decidida, ms osada, ms violenta; as como,  fuerza
de los desengaos y escarmientos que le ha dado la experiencia, se ha
hecho ms cautelosa, ms previsora, ms astuta; no anda acompaada de
la candidez de los primeros aos, sino que sabe aliarse con el clculo,
sabe marchar  su fin por caminos ms encubiertos, sabe echar mano de
medios ms acertados. Ay del hombre que no se precave  tiempo contra
semejante enemigo! Consumir su existencia en una agitacin febril; y
de inquietud en inquietud, de tormenta en tormenta, si no acaba con la
vida en la flor de sus aos, llegar  la vejez dominado todava por
su pasin funesta; ella le acompaar hasta el sepulcro, con aquellas
formas asquerosas y repugnantes con que se pinta en un rostro surcado
por los aos, en unos ojos velados que auguran la muerte ya cercana.

Ahora bien: cul es el sistema que conviene seguir para enfrenar esa
pasin y encerrarla en sus justos lmites, para impedir que acarree al
individuo la desdicha,  las familias el desorden,  las sociedades el
caos? La regla invariable del Catolicismo, as en la moral que predica,
como en las instituciones que plantea, es la _represin_. Ni siquiera
el deseo le consiente; y declara culpable  los ojos de Dios  quien
mirare  una mujer con pensamiento impuro. Y esto por qu? Porque, 
ms de la moralidad intrnseca que se encierra en la prohibicin, hay
una mira profunda en ahogar el mal en su origen; siendo muy cierto que
es ms fcil impedir al hombre el que se complazca en malos deseos, que
no el que se abstenga de satisfacerlos, despus de haberles dado cabida
en su abrasado corazn; porque hay una razn muy profunda en procurar
de esta suerte la tranquilidad del alma, no permitindole que, cual
sediento Tntalo, sufra con la vista del agua que huye de sus labios.
_Quid vis videre quod non licet habere?_ _Para qu quieres ver lo
que no puedes obtener?_ dice sabiamente el autor del admirable libro
_De la imitacin de Jesucristo_, compendiando as, en pocas palabras,
la sabidura que se encierra en la santa severidad de la doctrina
cristiana.

Los lazos del matrimonio, sealando  la pasin un objeto legtimo,
no ciegan, sin embargo, el manantial de agitacin y de caprichosa
inquietud que se alberga en el corazn. La posesin empalaga y
fastidia, la hermosura se marchita y se aja, las ilusiones se disipan,
el hechizo desaparece, y, encontrando el hombre una realidad que est
muy lejos de alcanzar  los bellos sueos  que se entregara all en
sus delirios una imaginacin fogosa, siente brotar en su pecho nuevos
deseos; y, cansado del objeto posedo, alimenta nuevas ilusiones,
buscando en otra parte aquella dicha ideal que se imaginaba haber
encontrado, y huyendo de la triste realidad, que as burla sus ms
bellas esperanzas.

Dad entonces rienda suelta  las pasiones del hombre, dejadle que
de un modo  otro pueda alimentar la ilusin de hacerse feliz con
otros enlaces, que no se crea ligado para siempre y sin remedio  la
compaera de sus das, y veris como el fastidio llegar ms pronto,
como la discordia ser ms viva y ruidosa; veris como los lazos
se aflojan luego de formados, como se gastan con poco tiempo, como
se rompen al primer impulso. Al contrario, proclamad la ley que no
excepte ni  pobres ni  ricos, ni  dbiles ni  potentados, ni
 vasallos ni  reyes; que no atienda  diferencias de situacin,
de ndole, de salud, ni  tantos otros motivos, que en manos de las
pasiones, y sobre todo entre los poderosos, fcilmente se convierten
en pretextos; proclamad esa ley como bajada del cielo, mostrad el lazo
del matrimonio como sellado con un sello divino; y  las pasiones que
murmuran, decidles en alta voz que si quieren satisfacerse no tienen
otro camino que el de la inmoralidad; pero que la autoridad encargada
de la guarda de esa ley divina, jams se doblegar  condescendencias
culpables, que jams consentir que se cubra con el velo de la dispensa
la infraccin del precepto divino, que jams dejar  la culpa sin
el remordimiento, y entonces veris que las pasiones se abaten y se
resignan, que la ley se extiende, se afirma, y se arraiga hondamente
en las costumbres, y habris asegurado para siempre el buen orden y
la tranquilidad de las familias; y la sociedad os deber un beneficio
inmenso. Y he aqu cabalmente lo que ha hecho el Catolicismo,
trabajando para ello largos siglos; y he aqu lo que vena  deshacer
el Protestantismo, si se hubiesen seguido generalmente en Europa sus
doctrinas y sus ejemplos; si los pueblos dirigidos no hubiesen tenido
ms cordura que sus directores.

Los protestantes y los falsos filsofos, examinando las doctrinas y las
instituciones de la Iglesia catlica al travs de sus preocupaciones
rencorosas, no han acertado  concebir  qu servan los dos grandes
caracteres que distinguen siempre por doquiera los pensamientos y las
obras del Catolicismo: _unidad y fijeza_: _unidad_ en las doctrinas,
_fijeza_ en la conducta, sealando un objeto y marchando hacia l, sin
desviarse jams. Esto los ha escandalizado; y, despus de declamar
contra la _unidad_ de la doctrina, han declamado tambin contra la
_fijeza_ en la conducta. Si meditaran sobre el hombre, conocieran que
esta fijeza es el secreto de dirigirle, de dominarle, de enfrenar sus
pasiones cuando convenga, de exaltar su alma cuando sea menester,
hacindola capaz de los mayores sacrificios, de las acciones ms
heroicas. Nada hay peor para el hombre que la _incertidumbre_, que
la _indecisin_; nada que tanto le debilite y esterilice. Lo que es
el escepticismo al entendimiento, es la indecisin  la voluntad.
Prescribidle al hombre un objeto fijo, y haced que se dirija hacia l:
 l se dirigir y le alcanzar. Dejadle vacilando entre varios, que no
tenga para su conducta una norma fija, que no sepa cul es su porvenir,
que marche sin saber  dnde va, y veris que su energa se relaja,
sus fuerzas se enflaquecen, hasta que se abate y se para. Sabis el
secreto con que los grandes caracteres dominan el mundo? Sabis cmo
son capaces ellos mismos de acciones heroicas, y cmo hacen capaces
de ellas  cuantos los rodean? Porque tienen un objeto fijo para s,
y para los dems: porque le ven con claridad, le quieren con firmeza,
y se encaminan hacia l, sin dudas, sin rodeos, con esperanza firme,
con fe viva, sin consentir la vacilacin, ni en s mismos ni en los
otros. Alejandro, Csar, Napolen, y los dems hroes antiguos y
modernos, ejercan sin duda con el ascendiente de su genio una accin
fascinadora; pero el secreto de su predominio, de su pujanza, de su
impulso que todo lo arrollaba, era la unidad de pensamiento, la fijeza
del plan, que engendraban un carcter firme, aterrador, dndoles sobre
los dems hombres una superioridad inmensa. As pasaba Alejandro el
Grnico, y empezaba, y llevaba  cabo su prodigiosa conquista del
Asia; as pasaba Csar el Rubicn, y ahuyentaba  Pompeyo, y venca
en Farsalia, y se haca seor del mundo; as dispersaba Napolen  los
habladores que estaban disertando sobre la suerte de Francia, venca en
Marengo, se cea la diadema de Carlomagno, y aterraba y asombraba el
mundo con los triunfos de Austerlitz y de Jena.

Sin _unidad_ no hay orden, sin _fijeza_ no hay estabilidad; y en
el mundo moral como en el fsico, nada puede prosperar que no
sea ordenado y estable. As el Protestantismo, que ha pretendido
hacer progresar al individuo y  la sociedad destruyendo la unidad
religiosa,  introduciendo en las creencias y en las instituciones la
_multiplicidad_ y _movilidad_ del pensamiento privado, ha acarreado
por doquiera la confusin y el desorden, y ha desnaturalizado la
civilizacin europea, inoculando en sus venas un elemento desastroso,
que le ha causado y le causar todava gravsimos males. Y no puede
inferirse de esto que el Catolicismo est reido con el adelanto de los
pueblos, por la _unidad_ de sus doctrinas y la _fijeza_ de las reglas
de su conducta; pues tambin cabe que marche lo que es _uno_, tambin
cabe movimiento en un sistema que tenga _fijos_ algunos de sus puntos.
Este universo que nos asombra con su grandor, que nos admira con sus
prodigios, que nos encanta con su variedad y belleza, est sujeto  la
_unidad_, y est regido por leyes fijas y constantes.

Ved ah algunas de las razones que justifican la severidad del
Catolicismo; ved ah por qu no ha podido mostrarse condescendiente con
esa pasin que, una vez desenfrenada, no respeta linde ni barrera, que
introduce la turbacin en los corazones y el desorden en las familias,
que gangrena la sociedad, quitando  las costumbres todo decoro, ajando
el pudor de las mujeres y rebajndolas del nivel de dignas compaeras
del hombre. En esta parte el Catolicismo es severo, es verdad; pero
esta severidad no poda renunciarla, sin renunciar al propio tiempo sus
altas funciones de depositario de la sana moral, de vigilante atalaya
por los destinos de la humanidad.[2]




CAPITULO XXVI


Ese anhelo del Catolicismo para cubrir con tupido velo los secretos
del pudor, y por rodear de moralidad y de recato la pasin ms procaz,
manifistase en sumo grado en la importancia que ha dado  la virtud
contraria, hasta coronando con brillante aureola la entera abstinencia
de placeres sensuales: la _virginidad_. Cuanto haya contribudo
con esto el Catolicismo  realzar  la mujer, no lo comprendern
ciertamente los entendimientos frvolos, mayormente si andan guiados
por las inspiraciones de un corazn voluptuoso; pero no se ocultar
 los que sean capaces de conocer que todo cuanto tiende  llevar al
ms alto punto de delicadeza el sentimiento del pudor, todo cuanto
fortifica la moralidad, todo cuanto se encamina  presentar  una parte
considerable del bello sexo como un dechado de la virtud ms heroica,
todo esto se endereza tambin  levantar  la mujer sobre la turbia
atmsfera de las pasiones groseras, todo esto contribuye  que no se
presente  los ojos del hombre como un mero instrumento de placer,
todo esto sirve maravillosamente  que, sin disminuirse ninguno de los
atractivos con que la ha dotado la naturaleza, no pase rpidamente de
triste vctima del libertinaje  objeto de menosprecio y fastidio.

La Iglesia catlica haba conocido profundamente esas verdades; y as,
mientras celaba por la santidad de las relaciones conyugales, mientras
creaba en el seno de las familias la bella dignidad de una matrona,
cubra con misterioso velo la faz de la virgen cristiana, y las esposas
del Seor eran guardadas como un depsito sagrado en la augusta
obscuridad de las sombras del santuario. Reservado estaba  Lutero,
al grosero profanador de Catalina de Bor, el desconocer tambin en
este punto la profunda y delicada sabidura de la religin catlica;
digna empresa del fraile apstata, que despus de haber hecho pedazos
el augusto sello religioso del tlamo nupcial, se arrojase tambin 
desgarrar con impdica mano el sagrado velo de las vrgenes consagradas
al Seor; digna empresa de las duras entraas del perturbador violento
el azuzar la codicia de los prncipes, para que se lanzasen sobre
los bienes de doncellas desvalidas, y las expulsaran de sus moradas,
atizando luego la voluptuosidad, y quebrantando todas las barreras
de la moral, para que, cual bandadas de palomas sin abrigo, cayesen
en las garras del libertinaje. Y qu? tambin as se aumentaba el
respeto debido al bello sexo? tambin as se acendraba el sentimiento
del pudor? tambin as progresaba la humanidad? tambin as daba
Lutero robusto impulso  las generaciones venideras, bro al espritu
humano, medra y lozana  la cultura y civilizacin? Quin que sienta
latir en su pecho un corazn sensible, podr soportar las desenvueltas
peroratas de Lutero, mayormente si ha ledo las bellsimas pginas de
los Ciprianos, de los Ambrosios, de los Jernimos y dems lumbreras de
la Iglesia catlica, sobre los altos timbres de una virgen cristiana?
En medio de siglos donde campeaba sin freno la barbarie ms feroz,
quin llevar  mal encontrarse con aquellas solitarias moradas, donde
se albergan las esposas del Seor, preservando sus corazones de la
corrupcin del mundo, y ocupadas perennemente en levantar sus manos al
cielo para atraer hacia la tierra el roco de la divina misericordia?
Y en tiempos y pases ms civilizados, tan mal contrasta un asilo de
la virtud ms pura y acendrada, con un inmenso pilago de disipacin
y libertinaje? Tambin eran aquellas moradas un legado funesto de la
ignorancia, un monumento de fanatismo, en cuya destruccin se ocupaban
dignamente los corifeos de la Reforma protestante? Ah! si as fuere,
protestemos contra todo lo interesante y bello, ahoguemos en nuestro
corazn todo entusiasmo por la virtud, no conozcamos otro mundo que el
que se encierra en el crculo de las sensaciones ms groseras, que tire
el pintor su pincel y el poeta su lira, y, desconociendo todo nuestro
grandor y dignidad, digamos embrutecidos: _comamos y bebamos, que
maana moriremos_.

No, la verdadera civilizacin no puede perdonarle jams al
Protestantismo esa obra inmoral  impa; la verdadera civilizacin
no puede perdonarle jams el haber violado el santuario del pudor
y de la inocencia, el haber procurado con todas sus fuerzas que
desapareciese todo respeto  la virginidad, pisando, de esta suerte, un
dogma profesado por todo el humano linaje; el no haber acatado lo que
acataron los griegos en sus sacerdotisas de Ceres, los romanos en sus
vestales, los galos en sus druidesas, los germanos en sus adivinas; el
haber llevado ms all la procacidad de lo que no hicieron jams los
disolutos pueblos del Asia, y los brbaros del nuevo continente. Mengua
es, por cierto, que se haya atacado en Europa lo que se ha respetado
en todas las partes del mundo; que se haya tachado de preocupacin
despreciable, una creencia universal del gnero humano, sancionada,
adems, por el Cristianismo. Dnde se ha visto una irrupcin de
brbaros que compararse pudiera al desbordamiento del Protestantismo
contra lo ms inviolable que debe haber entre los hombres? Quin di
el funesto ejemplo  los perpetradores de semejantes crmenes en las
revoluciones modernas?

Que, en medio de furores de una guerra, se atreva la barbarie de los
vencedores  soltar el brutal desenfreno de la soldadesca sobre las
moradas de las vrgenes consagradas al Seor, esto se concibe muy
bien; pero, el perseguir por sistema estos santos establecimientos,
concitando contra ellos las pasiones del populacho, y atacando
groseramente la institucin en su origen y en su objeto, esto es ms
que inhumano y brutal, esto carece de nombre cuando lo hacen los mismos
que se precian de reformadores, de amantes del Evangelio puro, y que
se proclaman discpulos de Aquel que en sus sublimes consejos seal la
_virginidad_ como una de las virtudes ms hermosas que pueden esmaltar
la aureola de un cristiano. Y quin ignora que sta fu una de las
obras con ms ardor emprendidas por el Protestantismo?

La mujer sin pudor ofrecer un cebo  la voluptuosidad, pero no
arrastrar jams el alma con el misterioso sentimiento que se apellida
amor. Cosa notable! El deseo ms imperioso que se abriga en el corazn
de una mujer, es el de agradar, y tan luego como se olvida del pudor,
desagrada, ofende; as est sabiamente ordenado que sea el castigo de
su falta, lo que hiere ms vivamente su corazn. Por esta causa, todo
cuanto contribuye  realzar en las mujeres ese delicado sentimiento,
las realza  ellas mismas, las embellece, les asegura mayor predominio
sobre el corazn de los hombres, les seala un lugar ms distinguido,
as en el orden domstico como en el social. Estas verdades no las
comprendi el Protestantismo, cuando conden la _virginidad_. Sin duda
que esta virtud no es condicin necesaria para el pudor; pero es su
bello ideal, su tipo de perfeccin; y por cierto que el desterrar de la
tierra ese modelo, el negar su belleza, el condenarle como perjudicial,
no era nada  propsito para conservar un sentimiento que est en
continua lucha con la pasin ms poderosa del corazn humano, y que
difcilmente se conserva en toda su pureza si no anda acompaado de las
precauciones ms exquisitas. Delicadsima flor, de hermosos colores
y suavsimo aroma, puede apenas sufrir el leve oreo del aura ms
apacible; su belleza se marchita con extremada facilidad, sus olores se
disipan como exhalacin pasajera.

Pero, combatiendo la virginidad, se me hablar quizs de los
perjuicios que acarrea  la poblacin, contndose como defraudadas 
la multiplicacin del humano linaje las ofrendas que se hacen en las
aras de aquella virtud. Afortunadamente, las observaciones de los ms
distinguidos economistas han venido  disipar este error proclamado
por el Protestantismo, y reproducido por la filosofa incrdula del
siglo XVIII. Los hechos han demostrado, de una manera convincente, dos
verdades,  cual ms importantes, para vindicar las doctrinas y las
instituciones catlicas: 1. Que la felicidad de los pueblos no est
en proporcin necesaria con el aumento de su poblacin. 2. Que tanto
ese aumento como la disminucin dependen del concurso de tantas otras
causas, que el celibato religioso, si es que en algo figure entre
ellas, debe considerarse como de una influencia insignificante.

Una religin mentida y una filosofa bastarda y egosta se empearon
en equiparar los secretos de la multiplicacin humana con la de los
otros vivientes. Prescindieron de todas las relaciones religiosas, no
vieron en la humanidad ms que un vasto plantel, en que no convena
dejar nada estril. As se allan el camino para considerar tambin al
individuo como una mquina de que deban sacarse todos los productos
posibles; para nada se pens en la caridad, en la sublime enseanza
de la religin sobre la dignidad y los destinos del hombre; y as la
industria se ha hecho cruel, y la organizacin del trabajo, planteada
sobre bases puramente materiales, aumenta el bienestar presente de los
ricos, pero amenaza terriblemente su porvenir.

Hondos designios de la Providencia! La nacin que ha llevado ms
all estos principios funestos, encuntrase en la actualidad agobiada
de hombres y de productos. Espantosa miseria devora sus clases ms
numerosas, y toda la habilidad de los hombres que la dirigen no ser
parte  desviarla de los escollos  que se encamina, impelida por la
fuerza de los elementos  que se entreg sin reserva. Los distinguidos
profesores de la universidad de Oxford, que, al parecer, van conociendo
los vicios radicales del Protestantismo, encontraran aqu abundante
objeto de meditacin para investigar hasta qu punto contribuyeron
los pretendidos reformadores del siglo XVI  preparar la situacin
crtica, en que,  pesar de sus inmensos adelantos, se encuentra la
Inglaterra.

En el mundo fsico, todo est dispuesto con _nmero, peso y medida_;
las leyes del universo muestran, por decirlo as, un clculo infinito,
una geometra infinita; pero guardmonos de imaginarnos que todo
podemos expresarlo por nuestros mezquinos signos, que todo podemos
encerrarlo en nuestras reducidas combinaciones. Guardmonos, sobre
todo, de la insensata pretensin de semejar demasiado el mundo moral al
mundo fsico, de aplicar sin distincin  aqul lo que slo es propio
de ste, y de trastornar con nuestro orgullo la misteriosa harmona
de la creacin. El hombre no ha nacido tan slo para _procrear_, no
es slo una rueda colocada en su puesto para funcionar en la gran
mquina del mundo. Es un ser  imagen y semejanza de Dios, un ser
que tiene su destino superior  cuanto le rodea sobre la tierra. No
rebajis su altura, no inclinis su frente al suelo inspirndole tan
slo pensamientos terrenos; no estrechis su corazn privndole de
sentimientos virtuosos y elevados, no dejndole otro gusto que el de
los goces materiales. Si sus pensamientos religiosos le llevan  una
vida austera, si se apodera de su alma el generoso empeo de sacrificar
en las aras de su Dios los placeres de esta vida, por qu se lo habis
de impedir? con qu derecho le insultis, despreciando un sentimiento
que exige, por cierto, ms alto temple de alma que el entregarse
livianamente al goce de los placeres?

Estas consideraciones, comunes  ambos sexos, adquieren todava mayor
importancia cuando se aplican  la mujer. Con su fantasa exaltada,
su corazn apasionado y su espritu ligero, necesita, aun ms que el
varn, de inspiraciones severas, de pensamientos serios, graves, que
contrapesen, en cuanto sea posible, aquella volubilidad con que recorre
todos los objetos, recibiendo con facilidad extrema las impresiones
de cuanto toca, y comunicndolas  su vez, como un agente magntico,
 cuantos la rodean. Dejad, pues, que una parte del bello sexo se
entregue  una vida de contemplacin y austeridad, dejad que las
doncellas y las matronas tengan siempre  la vista un modelo de todas
las virtudes, un sublime tipo de su ms bello adorno, que es el pudor;
esto no ser intil por cierto: esas vrgenes no son defraudadas, ni 
la familia ni  la sociedad; una y otra recobrarn con usura lo que os
imaginabais que haban perdido.

En efecto: quin alcanza  medir la saludable influencia que deben
de haber ejercido sobre las costumbres de la mujer, las augustas
ceremonias con que la Iglesia catlica solemniza la consagracin de
una virgen  Dios? Quin puede calcular los santos pensamientos, las
castas inspiraciones que habrn salido de esas silenciosas moradas del
pudor, que ora se elevan en lugares retirados, ora en medio de ciudades
populosas? Creis que la doncella en cuyo pecho se agitara una pasin
ardorosa, que la matrona que diera cabida en su corazn  inclinaciones
livianas, no habrn encontrado mil veces un freno  su pasin, en el
solo recuerdo de la hermana, de la parienta, de la amiga, que all en
silencioso albergue levantaba al cielo un corazn puro, ofreciendo en
holocausto al Hijo de la Virgen, todos los encantos de la juventud y de
la hermosura? Esto no se calcula, es verdad; pero es cierto  lo menos
que de all no sale un pensamiento liviano, que all no se inspira una
inclinacin voluptuosa; esto no se calcula, es verdad; pero tampoco se
calcula la saludable influencia que ejerce sobre las plantas el roco
de la maana, tampoco se calcula la accin vivificante de la luz sobre
la naturaleza, tampoco se calcula cmo el agua que se filtra en las
entraas de la tierra, la fecunda y fertiliza, haciendo brotar de su
seno vistosas flores y regalados frutos.

Son tantas las causas cuya existencia y eficacia son indudables, y
que, sin embargo, no pueden sujetarse  un clculo riguroso, que, si
buscamos la razn de la impotencia que caracteriza toda obra hija
exclusiva del pensamiento del hombre, la encontraremos en que l no
es capaz de abarcar el conjunto de relaciones que se complican en esa
clase de objetos, y no puede apreciar debidamente las influencias
indirectas,  veces ocultas,  veces imperceptibles, de puro delicadas.
Por eso viene el tiempo  disipar tantas ilusiones,  desmentir tantos
pronsticos,  manifestar la debilidad de lo que se crea fuerte, y
la fuerza de lo que se crea dbil; y es que con el tiempo se van
desenvolviendo mil relaciones cuya existencia no se sospechaba,
se ponen en accin mil causas que no se conocan,  quizs se
despreciaban; los efectos van creciendo, se van presentando de bulto,
hasta que, al fin, se crea una situacin nueva, donde no es posible
cerrar los ojos  la evidencia de los hechos, donde no es dado resistir
 la fuerza de las cosas.

Y he aqu una de las sinrazones que ms chocan en los argumentos de
los enemigos del Catolicismo. No aciertan  mirar los objetos sino por
un aspecto, no comprenden otra direccin de una fuerza que en lnea
recta; no ven que, as el mundo moral como el fsico, es un conjunto de
relaciones infinitamente variadas, de influencias indirectas, que obran
 veces con ms eficacia que las directas; que todo forma un sistema de
correspondencia y harmona, donde no conviene aislar las partes sino
lo necesario para conocer mejor los lazos ocultos y delicados que las
unen con el todo; donde es necesario dejar que obre el tiempo, elemento
indispensable de todo desarrollo cumplido, de toda obra duradera.

Permtaseme esa breve digresin para inculcar verdades que nunca se
tendr demasiado presentes, cuando se trate de examinar las grandes
instituciones fundadas por el Catolicismo. La filosofa tiene en la
actualidad que devorar amargos desengaos; vese precisada  retractar
proposiciones avanzadas con demasiada ligereza,  modificar principios
establecidos con sobrada generalidad; y todo este trabajo se hubiera
podido ahorrar, siendo un poco ms circunspecta en sus fallos, andando
con mayor mesura en el curso de sus investigaciones. Coligada con el
Protestantismo, declar guerra  muerte  las grandes instituciones
catlicas, clam por la excentralizacin moral y religiosa, y un
grito unnime se levanta de los cuatro ngulos del mundo civilizado
invocando un principio de unidad. El instinto de los pueblos le busca,
los filsofos ahondan en los secretos de la ciencia con la mira de
descubrirle; vanos esfuerzos! _Nadie puede poner otro fundamento que
el que est puesto ya_; su duracin responde de su solidez.




CAPITULO XXVII


Un celo incansable por la santidad del matrimonio, y un sumo cuidado
para llevar el sentimiento del pudor al ms alto punto de delicadeza,
son los dos polos de la conducta del Catolicismo para realzar  la
mujer. stos son los grandes medios de que ech mano para lograr su
objeto; de ah procede el poder y la importancia de las mujeres en
Europa; y es muy falso lo que dice M. Guizot (Lec. 4) de que esta
particularidad de la civilizacin europea haya venido del seno del
feudalismo. No disputar sobre la mayor  menor influencia que pudo
ejercer en el desarrollo de las costumbres domsticas; no negar que
el estado de aislamiento en que viva el seor feudal, el encontrar
siempre en su castillo  su mujer,  sus hijos y  nadie ms que 
ellos, el ser ellos siempre su compaa permanente, el participar ellos
solos de sus placeres y penas, el compartir sus intereses y destinos,
no hubiese de contribuir  desenvolver las costumbres domsticas, y
 que stas tomasen un grande y poderoso ascendiente sobre el jefe
de familia. Pero quin hizo que, al volver el seor  su castillo,
encontrase tan slo  una mujer, y no  muchas? Quin le contuvo para
que no abusase de su podero, convirtiendo su casa en harn? Quin
le enfren para que no soltase la rienda  sus pasiones, y de ellas no
hiciese vctimas  las ms hermosas doncellas que vea en las familias
de sus rendidos vasallos? Nadie negar que quien esto hizo fueron las
doctrinas y las costumbres introducidas y arraigadas en Europa por la
Iglesia catlica, y las leyes severas con que opuso un firme valladar
al desbordamiento de las pasiones; y, por consiguiente, aun dado que el
feudalismo hubiera hecho el bien que se supone, sera este bien debido
 la Iglesia catlica.

Ha dado ocasin, sin duda,  que se exagerase la influencia del
feudalismo en dar importancia  las mujeres, un hecho de aquella
poca que se presenta muy de bulto, y que efectivamente  primera
vista no deja de deslumbrar. Este hecho consiste en el gallardo
espritu de caballera, que, brotando en el seno del feudalismo, y
extendindose rpidamente, produjo las acciones ms heroicas, di
origen  una literatura rica de imaginacin y sentimiento, y contribuy
no poco  amansar y suavizar las feroces costumbres de los seores
feudales. Distinguase principalmente aquella poca por su espritu de
galantera; mas no la galantera comn cual se forma dondequiera con
las tiernas relaciones de los dos sexos, sino una galantera llevada
 la mayor exageracin por parte del hombre, combinada de un modo
singular con el valor ms heroico, con el desprendimiento ms sublime,
con la fe ms viva y la religiosidad ms ardiente. _Dios y su dama_:
he aqu el eterno pensamiento del caballero; lo que embarga todas
sus facultades, lo que ocupa todos sus instantes, lo que llena toda
su existencia. Con tal que pueda alcanzar un triunfo sobre la hueste
infiel, con tal que le aliente la esperanza de ofrecer  los pies de
su seora los trofeos de la victoria, no hay sacrificio que le sea
costoso, no hay viaje que le canse, no hay peligro que le arredre, no
hay empresa que le desanime; su imaginacin exaltada le traslada  un
mundo fantstico, su corazn arde como una fragua, todo lo acomete, 
todo da cima; y aquel mismo hombre que poco antes peleaba como un len,
en los campos de la Btica  de la Palestina, se ablanda como una cera
al solo nombre del dolo de su corazn, vuelve sus amorosos ojos hacia
su patria, y se embelesa con el solo pensamiento de que, suspirando un
da al pie del castillo de su seora, podr recabar quizs una sea
amorosa,  una mirada fugitiva. Ay del temerario que osare disputarle
su tesoro! Ay del indiscreto que fijare sus ojos en las almenas de
donde espera el caballero una sea misteriosa! No es tan terrible la
leona  la que han arrebatado sus cachorros; y el bosque azotado por el
aquiln no se agita como el corazn del fiero amante; nada ser capaz
de detener su venganza;  dar la muerte  su rival,  recibirla.

Examinando esta informe mezcla de blandura y de fiereza, de religin y
de pasiones, mezcla que, sin duda, habrn exagerado un poco el capricho
de los cronistas y la imaginacin de los trovadores, pero que no deja
de tener su tipo muy real y verdadero, ntase que era muy natural en
su poca, y que nada entraa de la contradiccin que  primera vista
pudiera presentar. En efecto: nada ms natural que el ser muy violentas
las pasiones de unos hombres, cuyos progenitores poco lejanos haban
venido de las selvas del Norte  plantar su tienda ensangrentada sobre
las ruinas de las ciudades que haban destrudo; nada ms natural
que el no conocer otro juez que el de su brazo unos hombres que no
ejercan otra profesin que la guerra, y que, adems, vivan en una
sociedad que, estando todava en embrin, careca de un poder pblico
bastante fuerte para tener  raya las pasiones particulares; y nada,
por fin, ms natural en esos mismos hombres que el ser tan vivo el
sentimiento religioso, pues que la religin era el nico poder por
ellos reconocido, la religin haba encantado su fantasa con el
esplendor y magnificencia de los templos y la majestad y pompa del
culto, la religin los haba llenado de asombro presentando  sus ojos
el espectculo de las virtudes ms sublimes y haciendo resonar  sus
odos un lenguaje tan elevado, como dulce y penetrante: lenguaje que,
si bien no era por ellos bien comprendido, no dejaba de convencerlos de
la santidad y divinidad de los misterios y preceptos de la religin,
arrancndoles una admiracin y acatamiento, que, obrando sobre almas de
tan vigoroso temple, engendraba el entusiasmo y produca el herosmo.
En lo que se echa de ver que todo cuanto haba de bueno en aquella
exaltacin de sentimientos, todo dimanaba de la religin; y que, si de
ella se prescinde, slo vemos al brbaro que no conoce otra ley que su
lanza, ni otra gua en su conducta que las inspiraciones de un corazn
lleno de fuego.

Calando ms y ms en el espritu de la caballera, y parndose
particularmente en el carcter de los sentimientos que entraaba con
respecto  la mujer, parece que, lejos de realzarla, la supone ya
realzada, ya rodeada de consideracin; no le da un nuevo lugar, la
encuentra ocupndolo ya. Y,  la verdad,  no ser as, cmo es posible
concebir tan exagerada, tan fantstica galantera? Pero imaginaos
la belleza de la virgen cubierta con el velo del pudor cristiano, y
aumentndose as la ilusin y el encanto; entonces concebiris el
delirio del caballero; imaginaos  la virtuosa matrona,  la compaera
del hombre,  la madre de familia,  la mujer nica en quien se
concentran todas las afecciones del marido y de los hijos,  la esposa
cristiana, y entonces concebiris tambin por qu el caballero se
embriaga con el solo pensamiento de alcanzar tanta dicha, y por qu
el amor es algo ms que un arrebato voluptuoso, es un respeto, una
veneracin, un culto.

No han faltado algunos que han pretendido encontrar el origen de esa
especie de culto, en las costumbres de los germanos, y, refirindose
 ciertas expresiones de Tcito, han querido explicar la mejora
social de las mujeres como dimanada del respeto con que las miraban
aquellos brbaros. M. Guizot desecha esta asercin, y la combate
muy atinadamente, haciendo observar que lo que nos dice Tcito de
los germanos, no era caracterstico de aquellos pueblos, pues que
expresiones iguales  las de Tcito, los mismos sentimientos, los
mismos usos de los germanos se descubren en las relaciones que hacen
una multitud de historiadores de otros pueblos salvajes. Todava
despus de la observacin de M. Guizot, se ha sostenido la misma
opinin, y as es menester combatirla de nuevo.

He aqu el pasaje de Tcito: Inesse quin etiam sanctum aliquid et
providum putant: nec aut consilia earum aspernantur, aut responsa
negligunt. Vidimus sub divo Vespasiano, Velledam diu apud plerosque
numinis loco habitam. (_De mor. Germ._) Hasta llegan  creer que
hay en las mujeres algo de santo y de proftico, y ni desprecian sus
consejos, ni desoyen sus pronsticos. En tiempo del divino Vespasiano,
vimos que por largo espacio Velleda fu tenida por muchos como diosa.
 mi juicio, se entiende muy mal ese pasaje de Tcito, cuando se le
quiere dar extensin  las costumbres domsticas, cuando se le quiere
tomar como un rasgo que retrata las relaciones conyugales. Si se fija
debidamente la atencin en las palabras del historiador, se echar de
ver que esto distaba mucho de su mente; pues que sus palabras slo
se refieren  la supersticin de considerar  algunas mujeres como
profetisas. Confrmase la verdad y exactitud de esta observacin con
el mismo ejemplo que aduce de Velleda, la cual dice era reputada por
muchos como diosa. En otro lugar de sus obras (_Histor._, lib. 4),
explica Tcito su pensamiento, pues hablando de la misma Velleda nos
dice que esta doncella de la nacin de los Bructeros tena gran
dominio,  causa de la antigua costumbre de los germanos, con que
miraban  muchas mujeres como profetisas, y, andando en aumento la
supersticin, llegaban hasta  tenerlas por diosas. Ea virgo nationis
Bructerae late imperitabat: vetere apud germanos more, quo plerasque
faeminarum, fatidicas, e augescente superstitione, arbitrantur deas.
El texto que se acaba de citar prueba hasta la evidencia que Tcito
habla de la supersticin, no del orden domstico, cosas muy diferentes,
pues no media inconveniente alguno en que algunas mujeres sean tenidas
como semidiosas, y, entre tanto, la generalidad de ellas no ocupen en
la sociedad el puesto que les corresponde. En Atenas se daba grande
importancia  las sacerdotisas de Ceres; en Roma  las vestales; y las
Pitonisas, y la historia de las famosas Sibilas, manifiestan que el
tener por fatdicas  las mujeres, no era exclusivamente propio de los
germanos. No debo ahora explicar la causa de estos hechos, me basta
consignarlos; tal vez la fisiologa podra en esta parte suministrar
luces  la filosofa de la historia.

Que el orden de la supersticin y el de la familia eran muy diferentes,
es fcil notarlo en la misma obra de Tcito, cuando describe la
severidad de costumbres de los germanos con respecto al matrimonio.
Nada hay all de aquel _sanctum et providum_; slo s una austeridad
que conservaba  cada cual en la lnea de sus deberes, y lejos de
ser la mujer tenida como diosa, si caa en la infidelidad, quedaba
encomendado al marido el castigo de su falta. Es curioso el pasaje,
pues indica que entre los germanos no deban tampoco de ser escasas las
facultades del hombre sobre la mujer. Accisis crinibus, dice, nudatam
coram propinquis expellit domo maritus, ac per omnem vicum verbere
agit. Rapado el cabello, chala de casa el marido en presencia de
los parientes, y desnuda la anda azotando por todo el lugar. Este
castigo da, sin duda, una idea de la ignominia que entre los germanos
acompaaba al adulterio; pero no es muy favorable  la estimacin
pblica de la mujer: sta hubiera ganado mucho con la pena del
apedreamiento.

Cuando Tcito nos describe el estado social de los germanos, es
preciso no olvidar que quizs algunos rasgos de costumbres son de
propsito realzados algn tanto, pues que nada es ms natural en un
escritor del temple de Tcito, viviendo acongojado y exasperado
por la espantosa corrupcin de costumbres que  la sazn dominaba
entre los romanos. Pntanos con magnficas plumadas la santidad
del matrimonio de los germanos, es verdad; pero quin no ve que,
mientras escribe, tiene  la vista aquellas matronas que, como dice
Sneca, deban contar los aos, no por la sucesin de los cnsules,
sino por el cambio de maridos? aquellas damas sin rastro de pudor,
entregadas  la disolucin ms asquerosa? Poco trabajo cuesta el
concebir dnde se fijaba la ceuda mirada de Tcito, cuando arroja sus
concisas reflexiones como flechas: Nemo, enim, illic vitia ridet, nec
corrumpere et corrumpi saeculum vocatur. All el vicio no hace reir,
ni la corrupcin se apellida moda. Rasgo vigoroso que retrata todo
un siglo, y que nos hace entender el secreto gusto que tendra Tcito
en echar en cara  la corrompida cultura de los romanos la pureza de
costumbres de los brbaros. Lo mismo que aguzaba el festivo ingenio de
Juvenal y envenenaba su punzante stira, excitaba la indignacin de
Tcito, y arrancaba  su grave filosofa reprensiones severas.

Que sus cuadros tenan algo de exagerado en favor de los germanos, y
que entre ellos no eran las costumbres tan puras cual se nos quiere
persuadir, indcanlo otras noticias que tenemos sobre aquellos
brbaros. Posible es que fueran muy delicados en punto al matrimonio,
pero lo cierto es que no era desconocida en sus costumbres la
poligamia. Csar, testigo ocular, refiere que el rey germano Ariovisto
tena dos mujeres (_De bello gall._, L. 1); y esto no era un ejemplo
aislado, pues que el mismo Tcito nos dice que haba algunos pocos que
tenan  un tiempo varias mujeres, no por liviandad, sino por nobleza:
exceptis admodum paucis, qui non libidine, sed ob nobilitatem pluribus
nuptiis ambiuntur. No deja de hacer gracia aquello de _non libidine,
sed ob nobilitatem_; pero, al fin, resulta que los reyes y los nobles,
bajo uno  otro pretexto, se tomaban alguna mayor libertad de la que
hubiera querido el austero historiador.

Quin sabe cmo estara la moralidad en medio de aquellas selvas? Si
discurriendo con analoga quisiramos aventurar algunas conjeturas
fundndonos en las semejanzas que es regular tuviesen entre s los
diferentes pueblos del Norte, qu no podramos sospechar por aquella
costumbre de los bretones, quienes, de diez en diez  de doce en doce,
tenan las mujeres comunes, y mayormente hermanos con hermanos, y
padres con hijos, de suerte que, para distinguir las familias, tenan
que andar  tientas, atribuyendo los hijos al primero que haba tomado
la doncella? Csar, testigo de vista, es quien lo refiere: Uxores
habent (Britanni) deni duodenique inter se communes, et maxime fratres
cum fratribus et parentes cum liberis; sed si qui sunt ex his nati,
eorum habentur liberi, a quibus primum virgines quaeque ductae sunt.
(_De bell. gall._, L. 4.)

Sea de esto lo que fuere, es cierto, al menos, que el principio de la
monogamia no era tan respetado entre los germanos como se ha querido
suponer; haba una excepcin en favor de los nobles, es decir, de los
poderosos, y esto bastaba para desvirtuarle y preparar su ruina. En
estas materias, limitar la ley con excepciones en favor del poderoso
es poco menos que abrogarla. Se dir que al poderoso nunca le faltan
medios para quebrantar la ley; pero no es lo mismo que l la quebrante
 que ella misma se retire para dejarle el camino libre: en el primer
caso, el empleo de la fuerza no anonada la ley, el mismo choque con que
se la rompe hace sentir su existencia, y pone de manifiesto la sinrazn
y la injusticia; en el segundo, la misma ley se prostituye, por decirlo
as: las pasiones no necesitan de la violencia para abrirse paso, ella
les franquea villanamente la puerta. Desde entonces queda envilecida
y degradada, hace vacilar el mismo principio moral que le sirve de
fundamento; y, como en pena de su complicidad inicua, se convierte en
objeto de animadversin de aquellos que se encuentran forzados todava
 rendirle homenaje.

As que, una vez reconocido entre los germanos el privilegio
de poligamia en favor de los poderosos, deba, con el tiempo,
generalizarse esta costumbre  las dems clases del pueblo; y es muy
probable que as se hubiera verificado luego que la ocupacin de nuevos
pases ms templados y feraces, y algn adelanto en su estado social,
les hubiesen proporcionado en mayor abundancia los medios de satisfacer
las necesidades ms urgentes. Slo puede prevenirse tan grave mal, con
la inflexible severidad de la Iglesia catlica. Los nobles y los reyes
conservaban todava fuerte inclinacin al privilegio de que hemos visto
que disfrutaran sus antecesores antes de abrazar la religin cristiana,
y de aqu es que, en los primeros siglos despus de la irrupcin, vemos
que la Iglesia alcanza  duras penas  contenerlos en sus inclinaciones
violentas. Los que se han empeado en descubrir entre los germanos
tantos elementos de la civilizacin moderna, no hubieran quizs andado
ms acertados en encontrar en las costumbres que se han indicado ms
arriba, una de las causas que ocasionaron tan frecuentes choques entre
los prncipes seculares y la Iglesia?

No alcanzo por qu se ha de buscar en los bosques de los brbaros
el origen de una de las ms bellas cualidades que honran nuestra
civilizacin, ni por qu se les han de atribuir virtudes de que, por
cierto, no se mostraron muy provistos, tan pronto como se arrojaron
sobre el Medioda. Sin monumentos, sin historia, con escassimos
indicios sobre el estado social de aquellos pueblos, difcil es, por
no decir imposible, asentar nada fijo sobre sus costumbres; pero qu
haba de ser de la moralidad en medio de tanta ignorancia, tanta
supersticin y barbarie?

Lo poco que sabemos de aquellos tiempos hemos tenido que tomarlo de
los historiadores romanos, y, desgraciadamente, no es ste uno de
los mejores manantiales para beber el agua bien pura. Sucede, casi
siempre, que los observadores, mayormente cuando son guerreros que van
 conquistar, slo pueden dar alguna cuenta del estado poltico de
los pueblos poco conocidos  quienes observan, andando escasos en lo
tocante al social y de familia. Y es que, para formarse idea de esto
ltimo, es necesario mezclarse  intimarse con los pueblos observados,
cosa que no suele consentir el diferente estado de la civilizacin, y
mucho menos cuando entre observadores y observados reinan encarnizados
odios, hijos de largas temporadas de guerra  muerte. Adase  esto
que, en tales casos, lo que llama ms particularmente la atencin es lo
que puede favorecer  contrariar los designios de los conquistadores,
quienes, por lo comn, no dan mucha importancia  las relaciones
morales, y se ver por qu los pueblos que son objeto de observacin
quedan conocidos slo en la corteza, y cunto debe desconfiarse
entonces de todas las narraciones relativas  religin y costumbres.

Juzgue el lector si esto es aplicable cuando se trata de apreciar
debidamente el valor de lo que sobre los brbaros nos cuentan los
romanos; basta fijar la vista en aquellas escenas de sangre y horrores
prolongadas por siglos, en las que se vea, de una parte, la ambicin
de Roma, que, no contenta con el dominio del orbe conocido, quera
extender su mando hasta lo ms recndito y escabroso de las selvas del
Norte, y, de otra, resaltaba el indomable espritu de independencia de
los brbaros, que rompan y hacan pedazos las cadenas que se pretenda
imponerles, y destruan con briosas acometidas las vallas con que se
esforzaba en encerrarlos en los bosques la estrategia de los generales
romanos.

Como quiera, siempre es muy arriesgado buscar en la barbarie el origen
de uno de los ms bellos florones de la civilizacin, y explicar por
sentimientos supersticiosos y vagos, lo que por espacio de muchos
siglos forma el estado normal de un gran conjunto de pueblos, los ms
adelantados que se vieron jams en los fastos del mundo. Si estos
nobles sentimientos que se nos quieren presentar como dimanados de los
brbaros, existan realmente entre ellos, cmo es que no perecieron
en medio de las transmigraciones y trastornos? Si nada ha quedado de
aquel estado social, sern cabalmente estos sentimientos lo nico
que se habr conservado, y no como quiera, sino despojados de la
supersticin y grosera, purificados, ennoblecidos, transformados en
un sentimiento racional, justo, saludable, caballeresco, digno de
pueblos civilizados? Tamaas aserciones presentan  la primera ojeada
el carcter de atrevidas paradojas. Por cierto que, cuando se ofrece
explicar grandes fenmenos en el orden social, es algo ms filosfico
buscar su origen en ideas que hayan ejercido por largo tiempo vigorosa
influencia sobre la sociedad, en las costumbres  instituciones que
hayan emanado de esas ideas, en leyes que hayan sido reconocidas y
acatadas durante muchos siglos, como establecidas por un poder divino.

 qu, pues, para explicar la consideracin de que disfrutan las
mujeres europeas, recurrir  la veneracin supersticiosa tributada por
pueblos brbaros, all en sus salvajes guaridas,  Velleda,  Aurinia 
 Gauna? La razn, el simple buen sentido, nos estn diciendo que no es
ste el verdadero origen del admirable fenmeno que vamos examinando;
que es necesario buscar en otra parte el conjunto de causas que han
concurrido  producirle. La historia nos revela estas causas, mejor
diremos, nos las hace palpables, ofrecindonos en abundancia los hechos
que no dejan la menor duda sobre el principio del cual ha dimanado tan
saludable y transcendental influencia. Antes del Cristianismo, la mujer
estaba oprimida bajo la tirana del varn, pero elevada sobre el rango
de esclava: como dbil que era, vease condenada  ser la vctima del
fuerte. Vino la religin cristiana, y con sus doctrinas de fraternidad
en Jesucristo, y de igualdad ante Dios, sin distincin de condiciones
ni sexos, destruy el mal en su raz, enseando al hombre que la
mujer no deba de ser su esclava, sino su compaera. Desde entonces
la mejora de la condicin de la mujer se hizo sentir en todas partes
donde iba difundindose el Cristianismo; y en cuanto era posible,
atendido el arraigo de las costumbres antiguas, la mujer recogi bien
pronto el fruto de una enseanza que vena  cambiar completamente
su posicin, dndole, por decirlo as, una nueva existencia. He aqu
una de las primeras causas de la mejora de la condicin de la mujer:
causa sensible, patente, cuyo sealamiento no pide ninguna suposicin
gratuita, que no se funda en conjeturas, que salta  los ojos con slo
dar una mirada  los hechos ms conocidos de la historia.

Adems, el Catolicismo, con la severidad de su moral, con la alta
proteccin dispensada al delicado sentimiento del pudor, corrigi y
purific las costumbres; as realz considerablemente  la mujer,
cuya dignidad es incompatible con la corrupcin y la licencia. Por
fin: el mismo Catolicismo,  la Iglesia catlica, y ntese bien que
no decimos el Cristianismo, con su firmeza en establecer y conservar
la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio, puso un freno  los
caprichos del varn, y concentr sus sentimientos hacia su esposa,
nica  inseparable. As con este conjunto de causas pas la mujer del
estado de esclava al rango de compaera del hombre; as se convirti
el instrumento de placer en digna madre de familia rodeada de la
consideracin y respeto de los hijos y dependientes; as se cre en
las familias la identidad de intereses, se garantiz la educacin de
los hijos, resultando esa intimidad en que se hermanan marido y mujer,
padres  hijos, sin el derecho atroz de vida y muerte, sin facultad
siquiera para castigos demasiado graves: y todo vinculado por lazos
robustos, pero blandos, afianzados en los principios de la sana moral;
sostenidos por las costumbres, afirmados y vigilados por las leyes,
apoyados en la reciprocidad de intereses, asegurados con el sello de la
perpetuidad y endulzados por el amor. He aqu descifrado el misterio,
he aqu explicado  satisfaccin el origen del realce y de la dignidad
de la mujer europea, he aqu de donde nos ha venido esa admirable
organizacin de la familia que los europeos poseemos sin apreciarla,
sin conocerla bastante, sin procurar, cual debiramos, su conservacin.

Al ventilar esta importante materia, he distinguido de propsito
entre el Cristianismo y el Catolicismo, para evitar la confusin de
palabras, que nos habra llevado  la confusin de las cosas. En la
realidad, el verdadero, el nico Cristianismo es el Catolicismo; pero
hay ahora la triste necesidad de no poder emplear indistintamente
estas palabras: y esto no slo  causa de los protestantes, sino por
razn de esa monstruosa nomenclatura filosfico-cristiana que no se
olvida jams de mezclar el Cristianismo entre las sectas filosficas;
ni ms ni menos que si esa religin divina no fuera otra cosa que un
sistema imaginado por el pensamiento del hombre. Como el principio de
la caridad descuella en todas partes donde se encuentra la religin
de Jesucristo, y se hace visible hasta  los ojos de los incrdulos,
aquellos filsofos que han querido permanecer en la incredulidad, sin
incurrir, empero, en la nota de volterianos, se han apoderado de las
palabras de fraternidad y de humanidad, para hacerlas servir de tema
 su enseanza, atribuyendo principalmente al Cristianismo el origen
de esas ideas sublimes y de los generosos sentimientos que de ellas
emanan. As aparentan que no rompen con toda la historia de lo pasado,
como lo hiciera all en sus sueos la filosofa del siglo anterior,
sino que pretenden acomodarlo  lo presente, y preparar el camino  ms
grande y dichoso porvenir.

Pero no creis que el Cristianismo de esos filsofos sea una religin
divina; nada de eso: es una idea feliz, grandiosa, fecunda en grandes
resultados, pero no es ms que una idea puramente humana. Es un
producto de largos y penosos trabajos de la humanidad. El politesmo,
el judasmo, la filosofa de Oriente, la de Egipto, de Grecia, todo era
una especie de trabajo preparatorio para la grande obra. Jesucristo,
segn ellos, no hizo ms que formular ese pensamiento que en embrin
se remova y se agitaba en el seno de la humanidad: l fij la idea,
la desenvolvi, y, hacindola bajar al terreno de la prctica, hizo
dar al linaje humano un paso de inmensa importancia en el camino de la
perfeccin  que se dirige. Pero, en todo caso, Jesucristo no es ms, 
los ojos de esos filsofos, que un filsofo en Judea, como un Scrates
en Grecia,  un Sneca en Roma:[.?] Y no es poca fortuna si le conceden
todava esa existencia de hombre, y no les place transformarle en un
ser mitolgico, convirtiendo la narracin del Evangelio en una pura
alegora.

As es de la mayor importancia en la poca actual el distinguir entre
el Cristianismo y el Catolicismo, siempre que se trata de poner en
claro y de presentar  la gratitud de los pueblos los inefables
beneficios de que son deudores  la religin cristiana. Conviene
demostrar que lo que ha regenerado al mundo no ha sido una idea lanzada
como al acaso en medio de tantas otras que se disputaban la preferencia
y el predominio; sino un conjunto de verdades y de preceptos bajados
del cielo, transmitidos al gnero humano por un Hombre-Dios por medio
de una sociedad formada y autorizada por l mismo, para continuar hasta
la consumacin de los siglos la obra que l estableci con su palabra,
sancion con sus milagros y sell con su sangre. Conviene, por tanto,
mostrar  esa sociedad, que es la Iglesia catlica, realizando en sus
leyes y en sus instituciones las inspiraciones y la enseanza del
Divino Maestro, y cumpliendo al mismo tiempo el alto destino de guiar
 los hombres hacia la felicidad eterna, y el de mejorar su condicin
y consolar y disminuir sus males en esta tierra de infortunio. De esta
suerte se concreta, por decirlo as, el Cristianismo,  mejor diremos,
se le muestra tal cual es, no cual lo finge el vano pensamiento del
hombre.

Y cuenta que no debemos temer jams por la suerte de la verdad  causa
de un examen detallado y profundo de los hechos histricos: que, si
en el vasto campo  que nos conducen semejantes investigaciones
encontramos de vez en cuando la obscuridad, andando largos trechos
por caminos abovedados donde no penetran los rayos del sol, donde
sonoroso el terreno que pisamos amenaza con abismos  nuestra planta,
marchemos todava con ms aliento y bro;  la vuelta de la sinuosidad
ms medrosa descubriremos en lontananza la luz que alumbra la
extremidad del camino, y la verdad sentada  sus umbrales, sonrindose
apaciblemente de nuestros temores y sobresaltos.

Entre tanto es necesario decirlo  esos filsofos, como  los
protestantes: el Cristianismo, sin estar realizado en una sociedad
visible que est en continuo contacto con los hombres, y autorizada,
adems, para ensearlos y dirigirlos, no sera ms que una teora
semejante  tantas otras como se han visto y se ven sobre la tierra;
y, por consiguiente, fuera tambin, si no del todo estril,  lo menos
impotente para levantar ninguna de esas obras que atraviesan intactas
el curso de los siglos. Y es una de stas, sin duda, el matrimonio
cristiano, la organizacin de la familia, que ha sido su inmediata
consecuencia. En vano se hubieran difundido ideas favorables  la
dignidad de la mujer, y encaminadas  la mejora de su condicin, si
la santidad del matrimonio no se hubiese hallado escudada por un
poder generalmente reconocido y acatado. Las pasiones, que  pesar de
encontrarse con este poder forcejaban, no obstante, por abrirse camino,
qu hubieran hecho en el caso de no hallar otro obstculo que el de
una teora filosfica,  de una idea religiosa no realizada en ninguna
sociedad que exigiese sumisin y obediencia?

No tenemos, pues, necesidad de acudir  esa filosofa extravagante que
anda buscando la luz en medio de las tinieblas, y que, al ver que el
orden ha sucedido al caos, tiene la peregrina ocurrencia de afirmar que
el orden fu producido por el caos. Supuesto que encontramos en las
doctrinas, en las leyes de la Iglesia catlica el origen de la santidad
del matrimonio y de la dignidad de la mujer, por qu lo buscaramos
en las costumbres brutales de unos brbaros que tenan apenas un velo
para el pudor, y para los secretos del tlamo nupcial? Hablando Csar
de las costumbres de los germanos de no conocer  las mujeres hasta
cierta edad, dice: Y en esto no cabe ocultacin ninguna, pues que
en los ros se baan mezclados y slo usan de unas pieles  pequeos
zamarros, dejando desnuda gran parte del cuerpo; _cuius res nulla est
ocultatio. quod et promiscui in fluminibus perluuntur, et pellibus aut
rhenonum tegumentis utuntur magna corporis parte nuda_. (Csar, _De
bel. gall._, L. 6.)

Heme visto obligado  contestar  textos con textos, disipando los
castillos areos levantados por el prurito de cavilar y de andar en
busca de causas extraas en la explicacin de fenmenos cuyo origen se
encuentra fcilmente, apelando con sinceridad y buena fe  lo que nos
ensean de consuno la filosofa y la historia. As era menester, dado
que se trataba de esclarecer uno de los puntos ms delicados de la
historia del linaje humano, de buscar la procedencia de uno de los ms
fecundos elementos de la civilizacin europea: se trataba nada menos
que de comprender la organizacin de la familia, es decir, de fijar uno
de los polos sobre que gira el eje de la sociedad.

Glorese enhorabuena el Protestantismo de haber introducido el
divorcio, de haber despojado el matrimonio del bello y sublime carcter
de sacramento, de haber substrado del cuidado y de la proteccin de
la Iglesia el acto ms importante de la vida del hombre; gcese en
las destrucciones de los sagrados asilos de las vrgenes consagradas
al Seor, y en sus declamaciones contra la virtud ms angelical y ms
heroica: nosotros, despus de haber defendido la doctrina y la conducta
de la Iglesia catlica en el tribunal de la filosofa y de la historia,
concluiremos invocando el fallo, no precisamente de la alta filosofa,
sino del simple buen sentido, de las inspiraciones del corazn.[3]




CAPITULO XXVIII


Al enumerar en el captulo XX los principales caracteres que distinguen
la civilizacin europea, seal, como uno de ellos, _una admirable
conciencia pblica, rica de sublimes mximas morales, de reglas de
justicia y equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia
que sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente
que el descaro de la corrupcin llegue al exceso de los antiguos_.
Ahora es menester explicar con alguna extensin en qu consiste esa
conciencia pblica, cul es su origen, y cules sus resultados,
indagando al propio tiempo la parte que en formularla ha cabido, as
al Protestantismo como al Catolicismo. Cuestin importante y delicada,
y que, sin embargo, me atrevera  decir que est intacta; pues que
no s que nadie se haya ocupado en ella. Se habla continuamente de
la excelencia de la moral cristiana, y en este punto estn acordes
los hombres de todas las sectas y escuelas de Europa; pero no se
fija bastante la atencin en el modo con que esa moral ha llegado 
dominarlo todo, desalojando primero la corrupcin del paganismo, y
mantenindose despus,  pesar de los estragos de la incredulidad,
formando una admirable conciencia pblica, cuyos beneficios disfrutamos
todos, sin apreciarlos debidamente, sin advertirlos siquiera.

Profundizaremos mejor la materia si ante todo nos formamos una idea
bien clara de lo que se entiende por conciencia. La conciencia, tomando
esta palabra en su sentido general  ms bien ideolgico, significa
el conocimiento que tiene cada cual de sus propios actos. As se dice
que el alma tiene conciencia de sus pensamientos, de los actos de su
voluntad, de sus sensaciones; por manera que, tomada en esta acepcin
la palabra conciencia, expresa una percepcin de lo que estamos
haciendo  padeciendo.

Trasladada esta palabra al orden moral, significa el juicio que
formamos de nuestras acciones, en cuanto son buenas  malas. As,
antes de ejercer una accin, la conciencia nos la seala como buena 
mala, y, de consiguiente, como lcita  ilcita, dirigiendo de este
modo nuestra conducta; as, despus de haberla ejercido, nos dice la
conciencia si hemos obrado bien  mal, excusndonos  condenndonos,
premindonos con la tranquilidad del corazn  atormentndonos con el
remordimiento.

Previas estas aclaraciones, no ser difcil concebir la que debe
entenderse por conciencia pblica; la cual no es otra cosa que el
juicio que forma sobre las acciones la generalidad de los hombres;
resultando de esto que, as como la conciencia privada puede ser recta
 errnea, ajustada  lata, lo propio sucede con la pblica; y que
entre la generalidad de los hombres de distintas sociedades ha de
mediar una diferencia semejante  la que se nota en este punto entre
los individuos. Es decir, que, as como en una misma sociedad se
encuentran hombres de una conciencia ms  menos recta, ms  menos
errnea, ms  menos ajustada, ms  menos lata, deben encontrarse
tambin sociedades que aventajan  otras en formar el juicio ms 
menos acertado sobre la moralidad de las acciones, y que sean en este
punto ms  menos delicadas.

Si bien se observa, la conciencia del individuo es el resultado de
varias causas muy diferentes. Es un error el creer que la conciencia
est slo en el entendimiento; tiene races en el corazn. La
conciencia es un juicio, es verdad; pero juzgamos de las cosas de
una manera muy diferente, segn el modo con que las sentimos, y si 
esto se aade que, en tratndose de ideas y acciones morales, tienen
muchsima influencia los sentimientos, resulta que la conciencia
se forma bajo el influjo de todas las causas que obran con alguna
eficacia sobre nuestro corazn. Comunicad  los nios los mismos
principios morales, dndoles la enseanza por un mismo libro y por un
mismo maestro; pero suponed que el uno vea en su propia familia la
aplicacin continua de la instruccin que recibe, cuando el otro no
observa ms en la suya que tibieza  distraccin. Suponed, adems,
que estos dos nios entran en la adolescencia con la misma conviccin
religiosa y moral, de suerte que, por lo tocante  su entendimiento, no
se descubra entre los dos la menor diferencia. Creis, sin embargo,
que su juicio ser idntico sobre la moralidad de las acciones que se
les vaya ofreciendo? Es cierto que no. Y esto, por qu? Porque el uno
no tiene ms que convicciones, el otro tiene, adems, los sentimientos;
en el uno la doctrina ilustraba la mente, en el otro vena el ejemplo
continuo  grabar la doctrina en el corazn. As es que lo que aqul
mirar con indiferencia, ste lo contemplar con horror; lo que el
primero practicar con descuido, el segundo lo practicar con mucho
cuidado; lo que para el uno ser objeto de mediano inters, ser para
el otro de alta importancia.

La conciencia pblica, que en ltimo resultado viene  ser en cierto
modo la suma de las conciencias privadas, est sujeta  las mismas
influencias  que lo estn stas: por manera que tampoco le basta la
enseanza, sino que le es necesario, adems, el concurso de otras
causas que pueden, no slo instruir el entendimiento, sino formar el
corazn. Comparando la sociedad cristiana con la pagana, chase de ver
al instante que en esta parte debe aqulla encontrarse muy superior 
sta, no slo por la pureza de su moral y la fuerza de los principios
y motivos con que la sanciona, sino tambin porque sigue el sabio
sistema de inculcar de continuo esa moral, consiguiendo de esta suerte
grabarla ms vivamente en el nimo de los que la aprendan y recordarla
incesantemente para que no pueda olvidarse.

Con esta continua repeticin de las mismas verdades consigue el
Cristianismo lo que no pueden alcanzar las dems religiones, de las
cuales ninguna ha podido acertar en la organizacin y ejercicio de
un sistema tan importante. Pero, como quiera que sobre este punto me
extend bastante en el primer tomo de esta obra (cap. XIV), no repetir
aqu lo que dije all, y pasar  consideraciones particulares sobre la
conciencia pblica europea.

Es innegable que en esta conciencia dominan, generalmente hablando, la
razn y la justicia. Revolved los cdigos, observad los hechos, y, ni
en las leyes, ni en las costumbres, descubriris aquellas chocantes
injusticias, aquellas repugnantes inmoralidades que encontraris en
otros pueblos. Hay males, por cierto, y muy graves; pero al menos nadie
los desconoce, y se los llama con su nombre. No se apellida bien al
mal y mal al bien; es decir, que est en ciertas materias la sociedad
como aquellos individuos de buenos principios y de malas costumbres,
que son los primeros en reconocer que su conducta es errada, que hay
contradiccin entre sus doctrinas y sus obras.

Lamentmonos con frecuencia de la corrupcin de costumbres, del
libertinaje de nuestras capitales; pero, qu son la corrupcin y el
libertinaje de las sociedades modernas, si se los compara al desenfreno
de las sociedades antiguas? No puede negarse que hay en algunas
capitales de Europa una corrupcin espantosa. En los registros de la
polica figuran un asombroso nmero de mujeres perdidas; en los de las
casas de beneficencia, el de los nios expsitos; y en las casas ms
acomodadas hacen dolorosos estragos la infidelidad conyugal y todo
linaje de disipacin y desorden. Sin embargo, los excesos no llegan
ni de mucho al extremo en que los vemos entre los pueblos ms cultos
de la antigedad, como son los griegos y romanos. Por manera que
nuestra sociedad, tal como nosotros la vemos con harta pena, hubirales
parecido  ellas un modelo de pudor y de decoro. Ser menester
recordar los nefandos vicios, tan comunes y tan pblicos entonces,
y que ahora apenas se nombran entre nosotros,  por cometerse muy
raras veces,  porque, temiendo la mirada de la conciencia pblica,
se ocultan en las ms densas sombras, como debajo de las entraas de
la tierra? Ser necesario traer  la memoria las infamias de que
estn mancillados los escritos de los antiguos cuando nos retratan
las costumbres de su tiempo? Nombres ilustres, as en las ciencias
como en las armas, han pasado  la posteridad con manchas tan negras,
que, no sin dificultad, se estampan ahora en un escrito; y esto nos
revela la profunda corrupcin en que yaceran sumidas todas las
clases, cuando se saba,  al menos se sospechaba, que hasta tal punto
se haban degradado los hombres que por su elevada posicin y dems
circunstancias eran las lumbreras que guiaban la sociedad en su marcha.

Hablis de la codicia, de esa sed de oro que todo lo invade y
marchita? Pues mirad  esos usureros que chupaban la sangre del
pueblo por todas partes: leed los poetas satricos, y all veris
lo que eran en este punto las costumbres; consultad los anales de
la Iglesia, y veris sus trabajos para atenuar las males de ese
vicio. Leed los monumentos de la historia romana, y encontraris
la _maldita sed de oro_, y los desapiadados pretores robando sin
pudor, llevando  Roma en triunfo el fruto de sus rapias, para vivir
all con escandaloso fausto y comprar los sufragios que haban de
levantarlos  nuevos mandos. No, en la civilizacin europea, entre
pueblos educados por el Cristianismo, no se toleraran por tanto tiempo
tamaos males; supngase el desgobierno, la tirana, la corrupcin de
costumbres, hasta el punto que se quiera; pero la conciencia pblica
levantar su voz, dar una mirada ceuda  los opresores; si bien
podrn cometerse tropelas parciales, jams la rapia se erigir
en un sistema seguido sin rebozo, como una pauta de gobierno. Esas
palabras de _justicia_, de _moralidad_, de _humanidad_, que sin cesar
resuenan entre nosotros, y no como palabras vanas, sino produciendo
efectos inmensos, y evitando grandes males, estn como impregnando
nuestra atmsfera, las respiramos, detienen mil y mil veces la mano
del culpable, y, resistiendo con increble fuerza  las doctrinas
materialistas y utilitarias, continan ejerciendo en la sociedad un
efecto incalculable. Hay un sentimiento de moralidad que todo lo
suaviza y domina, sentimiento cuya fuerza es tanta, que obliga al vicio
 conservar las apariencias de la virtud,  encubrirse con cien velos,
si no quiere ser el objeto de la execracin pblica.

La sociedad moderna parece que debi heredar la corrupcin de la
antigua, supuesto que se form de los fragmentos de ella, y esto en la
poca en que la disolucin de costumbres haba llegado al mayor exceso.
Es notable, adems, que la irrupcin de los brbaros estuvo tan lejos
de mejorar la situacin, que, antes bien, contribuy  empeorarla. Y
esto, no slo por la corrupcin propia de sus costumbres brutales y
feroces, sino tambin por el desorden que introdujeron en los pueblos
invadidos, quebrantando la fuerza de las leyes, convirtiendo en un caos
los usos y costumbres, y aniquilando toda autoridad.

De lo que resulta que es tanto ms singular la mejora de la conciencia
pblica que distingue  los pueblos europeos, y que no puede atribuirse
 otra causa que  la influencia del vital y poderoso principio que
obr en el seno de Europa por largos siglos.

Es sobremanera digna de observarse la conducta seguida en este punto
por la Iglesia, siendo quiz uno de los hechos ms importantes que
se encuentran en la historia de la Edad media. Colocaos en un siglo
cualquiera, en un siglo en que la corrupcin y la injusticia levanten
ms erguida la frente, y siempre observaris que, por ms repugnante,
por ms impuro que sea el hecho, la ley es siempre pura: es decir,
que la razn y la justicia tenan siempre quien las proclamaba, aun
cuando pareciese que por nadie deban ser escuchadas. Las tinieblas
de la ignorancia eran densas en extremo, las pasiones desenfrenadas
no reconocan dique que alcanzase  contenerlas; pero la enseanza,
las amonestaciones de la Iglesia no faltaban jams, como en una
noche tenebrosa brilla  lo lejos el faro que indica  los perdidos
navegantes la esperanza de salvamento.

Al leer la historia de la Iglesia, cuando se ven por todas partes
reuniones de concilios proclamando los principios de la moral
evanglica, mientras se tropieza  cada paso con hechos los ms
escandalosos; cuando se oye sin cesar inculcado el derecho tan
quebrantado y pisoteado por el hecho, pregntase uno naturalmente:
de qu sirve todo esto? de qu sirven las palabras cuando estn en
completa discordancia con las cosas? No creis, sin embargo, que esta
proclamacin sea intil, no os desaliente el tener que esperar siglos
para recoger el fruto de esa palabra.

Cuando por espacio de mucho tiempo se proclama en medio de una sociedad
un principio, al cabo este principio llega  ejercer su influencia;
y, si es verdadero, y entraa, por consiguiente, un elemento de vida,
al fin prevalece sobre los dems que se le oponen y se hace dueo
de cuanto le rodea. Dejad, pues,  la verdad que hable, dejadla
que proteste, y que proteste sin cesar; esto impedir que el vicio
prescriba, esto le dejar siempre con su nombre propio, esto impedir
al hombre insensato de divinizar sus pasiones, de colocarlas sobre los
altares, despus de haberlas adorado en su corazn.

No lo dudis: esa protesta no ser intil; la verdad saldr, al fin,
victoriosa y triunfante: que la protesta de la verdad es la voz del
mismo Dios, que condena las usurpaciones de su criatura.

As sucedi, en efecto: la moral cristiana, en lucha primero con las
disolutas costumbres del imperio y despus con la brutalidad de los
brbaros, tuvo que atravesar muchos siglos sufriendo rudas pruebas;
pero, al fin, triunf de todo y lleg  dominar la legislacin y las
costumbres pblicas. Y no es esto decir que ni  aqulla ni  stas
pudiera elevarlas al grado de perfeccin que reclama la pureza de la
moral evanglica; pero s que hizo desaparecer las injusticias ms
chocantes, desterr los usos ms feroces, enfren la procacidad de
las costumbres ms desenvueltas, y logr, por fin, que el vicio fuera
llamado en todas partes por su nombre, que no se le disfrazase con
mentidos colores, que no se le divinizase con la impudencia intolerable
con que se haca entre los antiguos.

En los tiempos modernos, tiene que luchar con la escuela que proclama
el inters privado como nico principio de moral; y, si bien es verdad
que no alcanza  evitar que esta funesta enseanza acarree grandes
males, no deja, sin embargo, de disminuirlos. Ay del mundo, el da en
que pudiera decirse sin rebozo: _mi virtud es mi utilidad, mi honor
es mi utilidad; todo es bueno  malo, segn que me proporciona una
sensacin grata  ingrata_! Ay del mundo, el da en que la conciencia
pblica no rechazase con indignacin tan impudente lenguaje!

La oportunidad que se brinda, y el deseo de aclarar ms y ms tan
importante materia, me inducen  presentar algunas observaciones sobre
una opinin de Montesquieu relativa  los censores de Grecia y Roma. Si
hay digresin, no ser inoportuna.




CAPITULO XXIX


Montesquieu ha dicho que las repblicas se conservan por la virtud y
las monarquas por el honor: observando, adems, que este honor hace
que no sean necesarios entre nosotros los _censores_, como lo eran
entre los antiguos. Es muy cierto que en las sociedades modernas no
existen esos _censores_ encargados de velar por la conservacin de las
buenas costumbres; pero no lo es que la causa de esta diferencia sea la
sealada por el ilustre publicista. Las sociedades cristianas tienen
en los ministros de la religin los _censores natos_ de las costumbres.
La plenitud de esta magistratura la posee la Iglesia, con la diferencia
de que el poder censorio de los antiguos era una autoridad puramente
civil, y el de la Iglesia, un poder religioso, que tiene su origen y su
sancin en la autoridad divina.

La religin de Grecia y Roma no ejerca ni poda ejercer sobre las
costumbres ese poder censorio, bastando para convencerse de esta verdad
el notable pasaje de San Agustn que llevo copiado en el captulo
XIV, pasaje tan interesante en esta materia, que me atrever  pedir
la repeticin de su lectura. He aqu la razn de que se encuentren en
Grecia y Roma los censores, que no se vieron despus en los pueblos
cristianos. Esos censores eran un suplemento de la religin pagana y
mostraban  las claras su impotencia; pues que, siendo duea de toda la
sociedad, no alcanzaba  cumplir una de las primeras misiones de toda
religin, que es el vigilar sobre las costumbres. Tanta verdad es lo
que acabo de observar, que as que han menguado en los pueblos modernos
la influencia de la religin y el ascendiente de sus ministros, han
aparecido de nuevo en cierto modo los antiguos _censores_ en la
institucin que llamamos _polica_: cuando faltan los medios morales,
es indispensable echar mano de los fsicos;  la persuasin se
substituye la violencia; y, en vez del misionero caritativo y celoso,
encuentra el culpable al encargado de la fuerza pblica.

Mucho se ha escrito ya sobre el sistema de Montesquieu con respecto 
los principios que sirven de base  las diferentes formas de gobierno,
pero quizs no se ha reparado todava en el fenmeno que, observado
por el publicista, contribuy  deslumbrarle. Como esto se enlaza
ntimamente con el punto que acabo de tocar sobre las causas de la
existencia de los censores, desenvolver con alguna extensin las
indicaciones que acabo de presentar.

En tiempo de Montesquieu no era la religin cristiana tan
profundamente conocida como lo es ahora con respecto  su importancia
social, y, si bien en este punto le tribut el autor del _Espritu de
las leyes_ un cumplido elogio, es menester no olvidar cules haban
sido en los aos de su juventud sus preocupaciones anticristianas;
y hasta conviene tener presente que en su _Espritu de las leyes_
dista mucho de hacer  la verdadera religin la justicia que le es
debida. Estaban  la sazn en su ascendiente las ideas de la filosofa
irreligiosa que aos despus arrastr  tantos malogrados ingenios;
y Montesquieu no tuvo bastante fuerza para sobreponerse del todo al
espritu que tanto cunda, y que amenazaba invadirlo y dominarlo todo.

Combinbase con esta causa, otra que, aunque en s distinta, reconoca,
sin embargo, el mismo origen, y era: la prevencin favorable por
todo lo antiguo, una admiracin ciega por todo lo que era griego 
romano. Parecales  los filsofos de dicha poca que la perfeccin
social y poltica haba llegado al ms alto punto entre aquellos
pueblos; que poco  nada se les poda aadir ni quitar; y que hasta
en religin eran mil veces preferibles sus fbulas y sus fiestas, 
los dogmas y al culto de la religin cristiana.  los ojos de los
nuevos filsofos, el cielo del Apocalipsis no poda sufrir parangn
con el cielo de los Campos Elseos; la majestad de Jehov era inferior
 la de Jpiter; todas las ms altas instituciones cristianas eran
un legado de la ignorancia y del fanatismo; los establecimientos ms
santos y benficos eran obra de miras torcidas, la expresin y el
vehculo de srdidos intereses; el poder pblico no era ms que atroz
tirana; slo eran bellas, slo eran justas, slo eran saludables las
instituciones paganas: all todo era sabio, todo abrigaba designios
profundos, altamente provechosos  la sociedad; slo los antiguos
haban disfrutado de las ventajas sociales, slo ellos haban acertado
 organizar un poder pblico con garantas para la libertad de los
ciudadanos. Los pueblos modernos deban llorar con lgrimas de amargura
por no poder disfrutar del bullicio del foro. por no oir oradores como
Demstenes y Cicern, por carecer de los juegos olmpicos, por no poder
asistir al pugilato de los atletas, por no serles dado profesar una
religin que, si bien llena de ilusiones y mentiras, daba, sin embargo,
 la naturaleza toda un inters dramtico, animando sus fuentes, sus
ros, sus cascadas y sus mares, poblando de hermosas ninfas los campos,
las praderas y los bosques, dando al hombre dioses compaeros del hogar
domstico, y, sobre todo, haciendo la vida ms llevadera y agradable
con soltar la rienda  las pasiones, supuesto que las divinizaba bajo
las formas ms hechiceras.

Al travs de semejantes preocupaciones, cmo era posible comprender
las instituciones de la Europa moderna? Todo se trastornaba de un modo
deplorable; todo lo existente se condenaba sin apelacin, y quien
saliera  su defensa, era reputado por hombre  de pocos alcances,  de
mala fe, y que no poda contar con otro apoyo que el que le dispensaban
los gobiernos todava preocupados en favor de una religin y de unas
instituciones que, segn todas las probabilidades, haban de perecer 
no lardar. Lamentables aberraciones del espritu humano! Qu diran
aquellos escritores si ahora se levantasen de la tumba? Y todava
no ha pasado un siglo desde la poca en que empez  ser influyente
su escuela! Y sus discpulos han sido por largo tiempo dueos de
arreglar el mundo como bien les ha parecido! Y no han hecho ms que
hacer derramar torrentes de sangre, amontonando nuevos escarmientos y
desengaos en la historia de la humanidad!

Pero volvamos  Montesquieu. Este publicista, que tanto se resinti
de la atmsfera que le rodeaba, y que tambin no dej de tener alguna
parte en malearla, advirti los hechos que de bulto se presentan  los
ojos del observador, y cules son los efectos de la conciencia pblica
creada entre los pueblos europeos por la influencia cristiana; pero,
notando los efectos, no se remont  la verdadera causa, y as se
empe en ajustarlos de todos modos al sistema que haba imaginado.
Comparando la sociedad antigua con la moderna, descubri una notable
diferencia en la conducta de los hombres, observando que entre nosotros
se ejercen las acciones ms heroicas y ms bellas y se evitan, por una
parte, muchos vicios que contaminaban  los antiguos; cuando, por otra
parte, se echa de ver que los hombres de nuestras sociedades no siempre
tienen aquel alto temple moral que debiera de ser la causa regular de
esta conducta. La codicia, la ambicin, el amor de los placeres y dems
pasiones, reinan todava en el mundo, bastando dar una mirada en torno,
para descubrirlas por doquiera; y, sin embargo, estas pasiones no se
desmandan hasta tal punto que se entreguen  los excesos que lamentamos
en los antiguos: hay un freno misterioso que las contiene; antes de
arrojarse sobre el cebo que las brinda, dan siempre al rededor de s
una cautelosa mirada; no se atreven  ciertos excesos,  no ser que
puedan contar de seguro con un velo que las encubra. Temen de un modo
particular la vista de los hombres: no pueden vivir sino en la soledad
y en las tinieblas. Cul es la causa de este fenmeno? se preguntaba
 s mismo el autor del _Espritu de las leyes_. Los hombres, dira,
obran muchas veces, no por virtud moral, sino por consideracin al
juicio que de las acciones formarn los dems: esto es obrar por
honor; ste es un hecho que se observa en Francia y en las dems
monarquas de Europa: ste ser, pues, un carcter distintivo de los
gobiernos monrquicos; sta ser la base de esa forma poltica; sta la
diferencia de la repblica y del despotismo.

Oigamos al mismo autor: En qu clase de gobierno son necesarios
los censores? En una repblica donde el principio del gobierno es la
virtud. No son solamente los crmenes lo que destruye la virtud, sino
tambin las negligencias, las faltas, cierta tibieza en el amor de la
patria, los ejemplos peligrosos, las semillas de corrupcin, lo que sin
chocar con las leyes las elude, y sin destruirlas las enflaquece. Todo
esto debe ser corregido por los censores.

En las monarquas no son necesarios por estar fundadas en el
honor, y la naturaleza de ste es el tener _por censor  todo el
universo_. Cualquiera que falte al honor, se encuentra expuesto  las
reconvenciones de los mismos que carecen de l. (_Espritu de las
leyes_, lib. V, cap. XIX). He aqu lo que pensaba este publicista. Sin
embargo, reflexionando sobre la materia, se echa de ver que padeci una
equivocacin trasladando al orden poltico, y explicando por causas
meramente polticas, un hecho puramente social. Montesquieu seala
como caracterstico de las monarquas lo que es general  todas las
sociedades modernas, y parece que no comprendi la verdadera causa de
que en stas no haya sido necesaria la institucin de censores, as
como no alcanz el verdadero motivo de esta necesidad en las repblicas
antiguas.

Las formas monrquicas no han dominado exclusivamente en Europa. Se
han visto en ella poderosas repblicas, y se encuentra todava alguna
nada despreciable. La misma monarqua ha sufrido muchas modificaciones,
alindose, ora con la democracia, ora con la aristocracia, ora
ejerciendo un poder sin lmites, ora obrando en crculos ms  menos
dilatados; y, sin embargo, se encuentra por todas partes ese freno de
que habla Montesquieu, y que apellida _honor_; es decir, un poderoso
estmulo para hacer buenas acciones y un robusto dique para evitar las
malas, por consideracin al juicio que de nosotros formarn los dems.

En las monarquas, dice Montesquieu, no se necesitan censores; ellas
estn fundadas sobre el honor, y es de la naturaleza del honor el tener
por censor  todo el universo; palabras notables que nos revelan todo
el pensamiento del escritor, y que, al propio tiempo, nos indican el
origen de su equivocacin. Estas mismas palabras nos servirn de clave
para descifrar el enigma. Para hacerlo cual conviene  la importancia
de la materia, y con la claridad que se necesita en un objeto que
por las complicadas relaciones que abarca ofrece alguna confusin,
procurar presentar las ideas con la mayor precisin posible.

El respeto al juicio de los dems es innato en el hombre: y, de
consiguiente, est en su misma naturaleza el que haga  evite muchas
cosas, por consideracin  este juicio. Esto se funda en un hecho
tan sencillo como es el amor de nuestra buena reputacin, el deseo
de parecer bien  el temor de parecer mal  los ojos de nuestros
semejantes. Esto, de puro claro y sencillo, no necesita ni aun
consiente pruebas ni comentarios.

El honor es un estmulo ms  menos vivo,  un freno ms  menos
poderoso, segn la mayor  menor severidad de juicio que supongamos
en los dems. Por esta causa, entre personas generosas hace el tacao
un esfuerzo por parecer liberal; as como el prdigo se limita, si se
halla entre compaeros amantes de la economa. En una reunin donde
la generalidad de los concurrentes sea morigerada, se mantienen en la
lnea del deber aun los libertinos; cuando en otra donde campee la
licencia, llegan  permitirse cierta libertad hasta los habitualmente
severos de costumbres.

La sociedad en que vivimos es una gran reunin: si sabemos que dominan
en ella principios severos, si omos proclamadas por todas partes
las reglas de la sana moral, si conceptuamos que la generalidad de
los hombres con quienes vivimos llama  cada accin con su verdadero
nombre, sin que falsee su juicio el desarreglo que tal vez pueda haber
en su conducta, entonces nos veremos rodeados por todas partes de
testigos y de jueces,  cuya corrupcin no podemos alcanzar: y esto
nos detendr  cada paso en los deseos de obrar mal, nos impulsar de
continuo  portarnos bien.

Muy de otra suerte suceder si nos prometemos indulgencia en la
sociedad que nos rodea: entonces, aun suponindonos con las mismas
convicciones, el vicio no nos parecer tan feo, ni el crimen tan
detestable, la corrupcin tan asquerosa; sern muy diferentes nuestros
pensamientos con respecto  la moralidad de nuestra conducta, y,
andando el tiempo, llegarn  resentirse nuestras acciones de la
influencia funesta de la atmsfera en que vivimos.

De esto se infiere que, para formar en nuestro corazn el sentimiento
del honor, de manera que sea bastante eficaz para evitar el mal y
producir el bien, conviene que dominen en la sociedad sanos principios
de moral, de suerte que sean una creencia generalmente arraigada. Si
esto se consigue, se llegar  formar ciertos hbitos sociales, que
moralizarn las costumbres, y que, aun cuando no alcancen  prevenir
la corrupcin de muchos individuos, sern bastantes, sin embargo, 
obligar al vicio  cubrirse con ciertas formas, que, por ms hipcritas
que sean, no dejarn de contribuir al decoro de las costumbres.

Los saludables efectos de estos hbitos durarn todava despus de
debilitadas considerablemente las creencias que servan de base  los
principios morales; y la sociedad recoger en abundancia beneficiosos
frutos del mismo rbol que desprecia  descuida. sta es la historia de
la moralidad de las sociedades modernas, que, si bien corrompidas de
un modo lamentable, no lo son tanto, sin embargo, como las antiguas, y
conservan en su legislacin y en sus costumbres un fondo de moralidad
y decoro que no han podido destruir los estragos de las ideas
irreligiosas.

Consrvase todava la conciencia pblica: ella censura todos los
das al vicio y encarece la hermosura y las ventajas de la virtud;
reina sobre los gobiernos y sobre los pueblos, y ejerce el poderoso
ascendiente de un elemento esparcido por todas partes, como
desparramado en la atmsfera que respiramos.

 ms del Arepago, dice Montesquieu, haba en Atenas guardianes de
las costumbres, y guardianes de las leyes; en Lacedemonia todos los
ancianos eran censores; en Roma tenan este encargo los magistrados
particulares; as como el Senado vigila sobre el pueblo, es menester
que haya censores que  su vez vigilen as al pueblo como al Senado:
ellos deben restablecer en la repblica todo lo que se ha corrompido,
notar la tibieza, juzgar las negligencias y corregir las faltas, como
las leyes castigan los crmenes. (_Espritu de las leyes_, lib. V,
cap. VII.) No parece sino que el autor del _Espritu de las leyes_ se
propone retratar las funciones de un poder religioso, describindonos
las atribuciones de los censores antiguos. Alcanzar  donde no llegan
las leyes civiles, corregir y castigar  su modo lo que stas dejan
impune, ejercer sobre la sociedad una influencia ms delicada, ms
minuciosa, de la que pertenece al legislador: he aqu el objeto de
los censores. Y quin no ve que este poder est muy bien reemplazado
por el poder religioso, y que, si aqul no ha sido necesario en las
sociedades modernas, debe atribuirse,   la presencia de ste,  al
resultado de su accin ejercida por largos siglos?

Que este poder religioso obr por largo tiempo sobre todos los
entendimientos y los corazones con un ascendiente decisivo, es un hecho
consignado en todas las pginas de la historia de Europa; y cul haya
sido el resultado de esa influencia saludable, tan calumniada y tan
mal comprendida, lo estamos palpando nosotros, que vemos dominantes
todava en el pensamiento, en la conciencia pblica, los principios de
justicia y de sana moral,  pesar de los estragos que han causado en la
conciencia particular las doctrinas irreligiosas  inmorales.

Para dar mejor  comprender el poderoso influjo de esa conciencia,
ser bien hacerlo sensible con algn ejemplo. Supngase que el
magnate ms opulento, que el monarca ms poderoso, se entregue  los
abominables excesos  que se abandonaron los Tiberios, los Nerones,
y otros monstruos que mancharon el solio del imperio. Qu suceder?
No lo sabemos; pero lo cierto es que nos parece ver levantado tan
alto el grito de reprobacin y de horror universal, parcenos ver al
monstruo tan abrumado bajo el peso de la execracin pblica, que se nos
hace hasta imposible que este monstruo pueda existir. Nos parece un
anacronismo, un absurdo de la poca, y no porque no pensemos que haya
algunos hombres bastante inmorales para semejantes infamias, bastante
pervertidos de entendimiento y de corazn para ofrecer ese espectculo
de ignominia, sino porque vemos que eso choca, se estrella contra las
costumbres universales, y que un escndalo semejante no podra durar un
momento  los ojos de la conciencia pblica.

Infinitos contrastes podra presentar, pero me contentar con otro que,
recordando un bello pasaje de la historia antigua, y pintndonos la
virtud de un hroe, nos retrata las costumbres de una poca, y el mal
estado de la conciencia pblica. Supngase que un general de nuestra
Europa moderna toma por asalto una plaza, donde una seora distinguida,
esposa de uno de los principales caudillos del ejrcito enemigo, cae en
manos de la soldadesca. Presentada al general la hermosa prisionera,
cul debe ser la conducta del vencedor? Claro es que nadie vacilar un
momento en afirmar que la seora debe ser tratada con el miramiento ms
delicado, que debe dejrsela desde luego libre, permitindole que vaya
 reunirse con su esposo, si sta fuera su voluntad. Esta conducta la
encontramos nosotros tan obligatoria, tan en el orden regular de las
cosas, tan conforme  todas nuestras ideas y sentimientos, que  buen
seguro no haramos un mrito particular por ella  quien la hubiese
observado. Diramos que el general vencedor cumpli con un deber
riguroso, sagrado, de que le era imposible prescindir, si no quera
cubrirse de baldn y de ignominia. Por cierto que no encomendaramos
 la historia el cuidado de inmortalizar un hecho semejante; lo
dejaramos pasar desapercibido en el curso regular de los sucesos
comunes. Pues bien: esto hizo Escipin en la toma de Cartagena con la
mujer de Mardonio; y la historia antigua nos recuerda esta generosidad
como un eterno monumento de las virtudes del hroe. Este parangn
explica mejor que todo comentario el inmenso progreso de las costumbres
y de la conciencia pblica bajo la influencia cristiana.

Y esta conducta, que entre nosotros es considerada como muy regular y
como estrictamente obligatoria, no trae su origen del honor monrquico,
como pretendera Montesquieu; sino de la mayor elevacin de ideas sobre
la dignidad del hombre, de un conocimiento ms claro de las verdaderas
relaciones sociales, de una moral ms pura, ms fuerte, porque est
sentada sobre cimientos eternos. Esto que se encuentra en todas partes,
que se hace sentir por doquiera, que ejerce su predominio sobre los
buenos, y que impone respeto aun  los malos, sera el poderoso
obstculo que se atravesara  los pasos del hombre inmoral que en casos
semejantes se empease en dar rienda suelta  su crueldad,   otras
pasiones.

El claro entendimiento del autor del _Espritu de las leyes_ hubiera
reparado, sin duda, en estas verdades,  no estar preocupado por su
distincin favorita, que, establecida desde el comienzo de su obra,
la sujeta toda  un sistema inflexible. Y bien sabido es lo que son
los sistemas, cuando, concebidos de antemano, sirven como de matriz
 una obra. Son el verdadero lecho de tormento de las ideas y de los
sucesos; de buen  de mal grado, todo se ha de acomodar al sistema: lo
que sobra, se trunca; lo que falta, se aade. As vemos que la razn de
la tutela de las mujeres romanas la encuentra tambin Montesquieu en
motivos polticos fundados en la forma republicana; y el derecho atroz
concedido  los padres sobre los hijos, la potestad patria, que tan
ilimitada establecan las leyes romanas, pretende que dimanaba tambin
de razones polticas. Como si no fuera evidente que el origen de una y
otra de estas disposiciones del antiguo derecho romano, debe referirse
 razones puramente domsticas y sociales, del todo independientes de
la forma de gobierno.[4]




CAPITULO XXX


Definida la naturaleza de la conciencia pblica, sealado su origen,
 indicados sus efectos, fltanos ahora preguntar si se pretender
tambin que el Protestantismo haya tenido parte en formarla,
atribuyndole de esta suerte la gloria de haber servido tambin en este
punto  perfeccionar la civilizacin europea.

Se ha demostrado ya que el origen de la conciencia pblica se hallaba
en el Cristianismo. ste puede considerarse bajo dos aspectos: 
como una doctrina,  como una institucin para realizar la doctrina;
es decir, que la moral cristiana podemos mirarla,  en s misma, 
en cuanto es enseada  inculcada por la Iglesia. Para formar la
conciencia pblica, haciendo prevalecer en ella la moral cristiana,
no era bastante la aparicin de esa doctrina; sino que era precisa
la existencia de una sociedad que, no slo la conservase en toda su
pureza para irla transmitiendo de generacin en generacin, sino que
la predicase sin cesar  los hombres, haciendo de ella aplicaciones
continuas  todos los actos de la vida. Conviene observar que, por
ms poderosa que sea la fuerza de las ideas, tienen, sin embargo, una
existencia precaria hasta que han llegado  realizarse, hacindose
sensibles, por decirlo as, en alguna institucin, que, al paso que
reciba de ellas la vida y la direccin de su movimiento, les sirva 
su vez de resguardo contra los ataques de otras ideas  intereses. El
hombre est formado de cuerpo y alma, el mundo entero es un complexo
de seres espirituales y corporales, un conjunto de relaciones morales
y fsicas; y as es que una idea, aun la ms grande y elevada, si
no tiene una expresin sensible, un rgano por donde hacerse oir y
respetar, comienza por ser olvidada, queda confundida y ahogada en
medio del estrpito del mundo, y, al cabo, viene  desaparecer del
todo. Por esta causa, toda idea que quiere obrar sobre la sociedad,
que pretende asegurar un porvenir, tiende, por necesidad,  crear
una institucin que la represente, que sea su personificacin; no
se contenta con dirigirse  los entendimientos, descendiendo as al
terreno de la prctica slo por medios indirectos, sino que se empea,
adems, en pedir  la materia sus formas, para estar de bulto  los
ojos de la humanidad.

Estas reflexiones, que someto con entera confianza al juicio de
los hombres pensadores y sensatos, son la condenacin del sistema
protestante; manifestando que, tan lejos est la pretendida Reforma
de poderse atribuir ninguna parte en el saludable fenmeno cuya
explicacin nos ocupa, que, antes bien, debe decirse que por sus
principios y conducta le hubiera impedido, si afortunadamente en el
siglo XVI la Europa no se hubiese hallado en edad adulta, y, por
consiguiente, poco menos que incapaz de perder las doctrinas, los
sentimientos, los hbitos, las tendencias, que le haba comunicado la
Iglesia catlica con una educacin continuada por espacio de tantos
siglos.

En efecto: lo primero que hizo el Protestantismo fu atacar  la
autoridad; y no como un simple acto de resistencia, sino proclamando
esta resistencia como un verdadero derecho, erigiendo en dogmas el
examen particular y el espritu privado. Con este solo paso quedaba la
moral cristiana sin apoyo; porque no haba una sociedad que pudiera
pretender derecho  explicarla, ni  ensearla; es decir, que esa
moral quedaba relegada al orden de aquellas ideas que, no estando
representadas y sostenidas por ninguna institucin, no teniendo rganos
autorizados para hacerse oir, carecen de medios directos para obrar
sobre la sociedad, ni saben dnde guarecerse, en el caso de hallarse
combatidas.

Pero, se me dir, el Protestantismo ha conservado tambin esa
institucin que realiza la idea, conservando sus ministros, su culto,
su predicacin, en una palabra, todo lo necesario para que la verdad
tuviese medios para llegar hasta el hombre, y de estar con l en
comunicacin continua. No negar lo que haya aqu de verdad, y hasta
recordar que en el captulo XIV de esta obra no tuve reparo en afirmar
que deba juzgarse como un gran bien el que, en medio del prurito que
atorment  los primeros protestantes de desechar todas las prcticas
de la Iglesia, conservasen, sin embargo, la de la predicacin. Aad
tambin en el mismo lugar que, sin desconocer los daos que en ciertas
pocas han trado las declamaciones de algunos ministros,  insidiosos,
 fanticos, sin embargo, en el supuesto de haberse roto la unidad,
en el supuesto de haber arrojado  los pueblos por el azaroso camino
del cisma, habr infludo no poco en la conservacin de las ideas
ms capitales sobre Dios y el hombre, y de las mximas fundamentales
de la moral, el oir con frecuencia los pueblos explicadas semejantes
verdades por quien las haba estudiado de antemano en la Sagrada
Escritura. Repito aqu lo mismo que all dije: que el haber conservado
los protestantes la predicacin deba de haber producido considerables
bienes. Pero, con esto no se dice otra cosa sino que el Protestantismo,
 pesar del mucho mal que hizo, no lo llev al extremo que era de
temer, atendidos sus principios. Parecise en esta parte  los hombres
de malas doctrinas, quienes no son tan malos como debieran ser, si su
corazn estuviera de acuerdo con su entendimiento. Tienen la fortuna de
ser inconsecuentes. El Protestantismo haba proclamado la abolicin de
la autoridad, el derecho de examen sin lmites; haba erigido en regla
de fe y de conducta la inspiracin privada; pero, en la prctica, se
apart algn tanto de estas doctrinas. As es que se entreg con ardor
 lo que l llamaba la predicacin evanglica, y sus ministros fueron
llamados evanglicos. De suerte que, mientras se acababa de establecer
que cada individuo tena el derecho ilimitado de examen, y que, sin
prestar odos  ninguna autoridad externa, slo deba escuchar los
consejos,  de su razn,  de su inspiracin privada, se difundan por
todas partes ministros protestantes, que se pretendan los rganos
legtimos para comunicar  los pueblos la divina palabra.

Se ver todava ms lo extrao de semejante conducta, si se recuerda
la doctrina de Lutero con respecto al sacerdocio. Bien sabido es
que, embarazado el heresiarca por las jerarquas que constituyen el
ministerio de la Iglesia, pretendi derribarlas todas de una vez,
sosteniendo que todos los cristianos eran sacerdotes, sin que se
necesitase ms para ejercer el sagrado ministerio que una simple
presentacin; nada aada de esencial ni caracterstico  la calidad
de sacerdote, pues que sta era patrimonio de todos los fieles.
Infirese de esta doctrina que el predicador protestante carece de
misin, no tiene carcter que le distinga de los dems cristianos,
no puede ejercer, por consiguiente, sobre ellos autoridad alguna, no
puede hablar imitando  Jesucristo _quasi potestatem habens_; y, por
tanto, no es ms que un orador que toma la palabra en presencia de
un auditorio, sin ms derecho que el que le dan su instruccin, su
facundia,  su elocuencia.

Esta predicacin sin autoridad, predicacin que, en el fondo, y por los
propios principios del predicador mismo, no era ms que humana,  pesar
de que por una chocante inconsecuencia se pretendiese divina, si bien
poda contribuir algn tanto  la conservacin de los buenos principios
morales que hallaba ya establecidos por todas partes, hubiera sido
impotente para plantearlos en una sociedad donde hubiesen sido
desconocidos; mayormente teniendo que luchar con otros diametralmente
opuestos, sostenidos, adems, por preocupaciones envejecidas,
por pasiones arraigadas, por intereses robustos. Hubiera sido
impotente para introducir sus principios en una sociedad semejante,
y conservarlos despus intactos al travs de las revoluciones ms
espantosas y de los trastornos ms inauditos; hubiera sido impotente
para comunicarlos  pueblos brbaros que, ufanos de sus triunfos, no
escuchaban otra voz que el instinto de su ferocidad, guiado por el
sentimiento de la fuerza; hubiera sido impotente para hacer doblegar
ante esos principios as  los vencedores como  los vencidos,
refundindolos en un solo pueblo, imprimiendo un mismo sello  las
leyes,  las instituciones,  las costumbres, para formar esa admirable
sociedad, ese conjunto de naciones, , mejor diremos, esa gran nacin,
que se apellida Europa. Es decir, que el Protestantismo, por su misma
constitucin, hubiera sido incapaz de realizar lo que realiz la
Iglesia catlica.

Todava ms: este simulacro de predicacin que ha conservado el
Protestantismo, es, en el fondo, un esfuerzo para imitar  la Iglesia,
para no quedarse desarmado en presencia de un adversario  quien tanto
tema. rale preciso conservar un medio de influencia sobre el pueblo,
un conducto abierto para comunicarle las varias interpretaciones de la
Biblia que  los usurpadores de la autoridad les pluguiese adoptar; y
por esto conservaba la preciosa prctica de la Iglesia romana,  pesar
de las furibundas declamaciones contra todo lo emanado de la Ctedra de
San Pedro.

Pero, donde se hace notar la inferioridad del Protestantismo con
respecto al conocimiento y comprensin de los medios ms  propsito
para extender y cimentar la moralidad, hacindola dominar sobre todos
los actos de la vida, es en haber interrumpido toda comunicacin de la
conciencia del fiel con la direccin del sacerdote, en no haber dejado
 ste otra cosa que una direccin general, la que, por lo mismo que se
extiende de una vez sobre todos, no se ejerce eficazmente sobre nadie.
Aun cuando no consideremos ms que bajo este aspecto la abolicin del
sacramento de la Penitencia entre los protestantes, puede asegurarse
que desconocieron uno de los medios ms legtimos, ms poderosos y
suaves, para dar  la vida del hombre una direccin conforme  los
principios de la sana moral. Accin legtima, porque legtima es la
comunicacin directa, ntima, de la conciencia que debe ser juzgada
por Dios, con la conciencia de aquel que hace las veces de Dios en la
tierra. Accin poderosa, porque, establecida la ntima comunicacin de
hombre  hombre, de alma con alma, se identifican, por decirlo as, los
pensamientos y los afectos, y, ausente todo testigo que no sea el mismo
Dios, las amonestaciones tienen ms fuerza, los mandatos ms autoridad,
y los mismos consejos penetran mejor hasta el fondo del alma, con
ms uncin y ms dulzura. Accin suave, porque supone la espontnea
manifestacin de la conciencia que se trata de dirigir, manifestacin
que trae su origen de un precepto, pero que no puede ser arrancada por
la violencia, supuesto que slo Dios puede ser el juez competente de su
sinceridad; suave, repito, porque, obligado el ministro al ms estricto
secreto, y tomadas por la Iglesia todas las precauciones imaginables
para precaver la revelacin, puede el hombre descansar tranquilo,
con la seguridad de que sern fielmente guardados los arcanos de su
conciencia.

Pero, se nos dir, creis acaso que todo esto sea necesario para
establecer y conservar una buena moralidad? Si esta moralidad ha de
ser algo ms que una probidad mundana, expuesta  quebrantarse al
primer encuentro con un inters,  dejarse arrastrar por el seductor
halago de las pasiones engaosas; si ha de ser una moralidad delicada,
severa, profunda, que se extienda  todos los actos de la vida, que
la dirija, que la domine, haciendo del corazn humano ese bello ideal
que admiramos en los catlicos dedicados  la verdadera observancia y
 las prcticas de su religin; si se habla de esta moralidad, repito,
es necesario que est bajo la inspeccin del poder religioso, y que
reciba la direccin y las inspiraciones de un ministro del santuario en
esa abertura ntima, sincera, de todos los ms recnditos pliegues del
corazn, y de los deslices  que nos conduce  cada paso la debilidad
de nuestra naturaleza. Esto es lo que ensea la religin catlica, y
yo aado que esto es lo que muestra la experiencia, y lo que ensea la
filosofa. No quiero decir con esto que slo entre los catlicos sea
posible practicar acciones virtuosas; sera una exageracin desmentida
por la experiencia de cada da: hablo nicamente de la eficacia con que
obra una institucin catlica despreciada por los protestantes; hablo
de su alta importancia para arraigar y conservar una moralidad firme,
ntima, que se extienda  todos los actos de nuestra alma.

No hay duda que hay en el hombre una monstruosa mezcla de bien y de
mal, y que no le es dado en esta vida alcanzar aquella perfeccin
inefable que, consintiendo en la conformidad perfecta con la verdad
y con la santidad divinas, no puede concebirse siquiera, sino para
cuando el hombre, despojado del cuerpo mortal, tendr su espritu
sumido en un pilago pursimo de luz y de amor. Pero no cabe duda
tampoco que, aun en esta morada terrestre, en esta mansin de miserias
y tinieblas, puede el hombre llegar  poseer esa moralidad universal,
profunda y delicada que se ha descrito ms arriba: y sea cual fuere
la corrupcin del mundo de que con razn nos lamentamos, es menester
confesar que se encuentran todava en l un nmero considerable de
honrosas excepciones, en personas que ajustan su conducta, su voluntad,
hasta sus ms ntimos pensamientos y afecciones,  la severa regla
de la moral evanglica. Para llegar  este punto de moralidad, y
cuenta que aun no decimos de perfeccin evanglica, sino de moralidad,
es necesario que el principio religioso est presente con viveza 
los ojos del alma, que obre de continuo sobre ella, alentndola 
reprimindola en la infinita variedad de encuentros que en el concurso
de la vida se ofrecen para apartarnos del camino del deber. La vida del
hombre es una cadena de actos infinitos en nmero, por decirlo as, y
que no pueden andar acordes siempre con la razn y con la ley eterna, 
no estar incesantemente bajo un regulador universal y fijo.

Y no se diga que una moralidad semejante es un bello ideal, que, aun
cuando existiera, traera consigo una tal confusin en los actos del
alma, y, por consiguiente, tal complicacin en la vida entera, que sta
llegara  hacerse insoportable. No, no es meramente un bello ideal
lo que existe en la realidad, lo que se ofrece  menudo  nuestros
ojos, no tan slo en el retiro de los claustros y en las sombras del
santuario, sino tambin en medio del bullicio y de las distracciones
del mundo. No acarrea tampoco confusin  los actos del alma ni
complica los negocios de la vida, lo que establece una regla fija. Al
contrario: lejos de confundir, aclara y distingue; lejos de complicar,
ordena y simplifica. Asentad esta regla y tendris la unidad, y, en pos
de la unidad, el orden en todo.

El Catolicismo se ha distinguido siempre por su exquisita vigilancia
sobre la moral, y por su cuidado en arreglar todos los actos de
la vida, y hasta los ms secretos movimientos del corazn. Los
observadores superficiales han declamado contra la abundancia de
moralistas, contra el estudio detenido y prolijo que se ha hecho de
los actos humanos, considerados bajo el aspecto moral; pero deban
haber observado que, si el Catolicismo es la religin en cuyo seno han
aparecido mayor nmero de moralistas, y donde se han examinado ms
minuciosamente todas las acciones humanas, es porque esta religin
tiene por objeto moralizar al hombre todo entero, por decirlo as,
en todos sentidos, en sus relaciones con Dios, con sus semejantes y
consigo mismo. Claro es que semejante tarea trae necesariamente un
examen ms profundo y detenido del que sera menester, si se tratase
nicamente de dar al hombre una moralidad incompleta, y que, no pasando
de la superficie de sus actos, no se filtrase hasta lo ntimo del
corazn.

Ya que se ha tocado el punto de los moralistas catlicos, y sin
que pretenda excusar las demasas  que se hayan entregado algunos
de ellos, ora por un refinamiento de sutileza, ora por espritu de
partidos y disputas, demasas que nunca pueden ser imputadas  la
Iglesia catlica, la que, cuando no las ha reprobado expresamente,
al menos les ha hecho sentir su desagrado, obsrvase, no obstante,
que esta abundancia, este lujo, si se quiere, de estudios morales, ha
contribudo quiz ms de lo que se cree  dirigir los entendimientos al
estudio del hombre, ofreciendo abundancia de datos y de observaciones
 los que se han querido dedicar posteriormente  esta ciencia
importante, que es, sin duda, uno de los objetos ms dignos y ms
tiles que pueden ofrecerse  nuestros trabajos. En otro lugar de
esta obra me propongo desenvolver las relaciones del Catolicismo con
el progreso de las ciencias y de las letras, y as me hallo precisado
 contentarme por ahora con las indicaciones que acabo de hacer.
Permtaseme, sin embargo, observar que el desarrollo del espritu
humano en Europa fu principalmente teolgico; y que as en el punto de
que tratamos, como en otros muchos, deben los filsofos  los telogos
mucho ms de lo que, segn parece, ellos se figuran.

Volviendo  la comparacin de la influencia protestante con la
influencia catlica, relativamente  la formacin y conservacin
de una sana conciencia pblica, queda demostrado que, habiendo el
Catolicismo sostenido siempre el principio de autoridad combatido por
el Protestantismo, di  las ideas morales una fuerza, una accin, que
no hubiera podido darles su adversario, quien, por su naturaleza, por
sus mismos principios fundamentales, las ha dejado sin ms apoyo que el
que tienen las ideas de una escuela filosfica.

Pues bien, se me dir, desconocis acaso la fuerza de las ideas,
fuerza propia, entraada en su misma naturaleza, que tan  menudo
cambia la faz de la humanidad, decidiendo de sus destinos? No sabis
que las ideas se abren paso al travs de todos los obstculos,  pesar
de todas las resistencias? Habis olvidado lo que nos ensea la
historia entera? Pretendis despojar el pensamiento del hombre de su
fuerza vital, creadora, que le hace superior  todo cuanto le rodea?
Tal suele ser el panegrico que se hace de la fuerza de las ideas; as
las omos presentar  cada paso como si tuvieran en la mano la varita
mgica para cambiarlo y transformarlo todo,  merced de sus caprichos.
Respetando como el que ms el pensamiento del hombre, y confesando que
en realidad hay mucho de verdadero en lo que se llama la fuerza de una
idea, me permitirn, sin embargo, los entusiastas de esta fuerza, hacer
algunas observaciones, no para combatir de frente su opinin, sino para
modificarla en lo que fuere necesario.

En primer lugar, las ideas con respecto al punto de vista desde el
cual las miramos aqu, deben distinguirse en dos rdenes: unas que
lisonjean nuestras pasiones, otras que las reprimen. Las primeras no
puede negarse que tienen una fuerza expansiva, inmensa. Circulando con
movimiento propio, obran por todas partes, ejercen una accin rpida y
violenta, no parece sino que estn rebosando de actividad y de vida;
las segundas tienen la mayor dificultad en abrirse paso, progresan
lentamente, necesitan apoyarse en alguna institucin que les asegure
estabilidad. Y esto por qu? Porque lo que obra en el primer caso
no son las ideas, sino las pasiones que formando un cortejo toman su
nombre, encubriendo de esta suerte lo que  primera vista se ofrecera
como demasiado repugnante; en el segundo es la verdad la que habla; y
la verdad en esta tierra de infortunio es escuchada muy difcilmente;
porque la verdad conduce al bien, y el _corazn del hombre_, segn
expresin del sagrado texto, _est inclinado al mal desde la
adolescencia_.

Los que tanto nos encarecen la fuerza ntima de las ideas, debieran
sealarnos en la historia antigua y moderna una idea, una sola idea,
que, encerrada en su propio crculo, es decir, en el orden puramente
filosfico, merezca la gloria de haber contribudo notablemente  la
mejora del individuo ni de la sociedad.

Suele decirse  menudo que la fuerza de las ideas es inmensa, que
una vez sembradas entre los hombres fructifican tarde  temprano,
que una vez depositadas en el seno de la humanidad se conservan como
un legado precioso que, transmitido de generacin en generacin,
contribuye maravillosamente  la mejora del mundo,  la perfeccin 
que se encamina el humano linaje. No hay duda que en estas aserciones
se encierra una parte de verdad; porque, siendo el hombre un ser
inteligente, todo lo que afecta inmediatamente su inteligencia, no
puede menos de influir en su destino. As es que no se hacen grandes
mudanzas en la sociedad, si no se verifican primero en el orden de las
ideas; y es endeble y de escasa duracin todo cuanto se establece, 
contra ellas,  sin ellas. Pero de aqu  suponer que toda idea til
encierre tanta fuerza conservadora de s propia, que por lo mismo no
necesite de una institucin que le sirva de apoyo y defensa, mayormente
si ha de atravesar pocas muy turbulentas, hay una distancia inmensa,
que no se puede salvar, so pena de ponernos en desacuerdo con la
historia entera.

No, la humanidad, considerada por s sola, entregada  sus propias
fuerzas, como la consideran los filsofos, no es una depositaria tan
segura como se ha querido suponer. Desgraciadamente tenemos de esa
verdad bien tristes pruebas; pues que, lejos de parecerse el humano
linaje  un depositario fiel, ha imitado ms bien la conducta de un
dilapidador insensato. En la cuna del gnero humano encontramos las
grandes ideas sobre la unidad de Dios, sobre el hombre, sobre sus
relaciones con Dios y sus semejantes: estas ideas eran, sin duda,
verdaderas, saludables, fecundas; pues bien, qu hizo de ellas
el gnero humano? no las perdi, modificndolas, mutilndolas,
estropendolas, de un modo lastimoso? Dnde estaban esas ideas cuando
vino Jesucristo al mundo? Qu haba hecho de ellas la humanidad? Un
pueblo, un solo pueblo las conserva, pero cmo? Fijad la atencin
sobre el pueblo escogido, sobre el pueblo judo, y veris que existe en
l una lucha continua entre la verdad y el error; veris que con una
ceguera inconcebible se inclina sin cesar  la idolatra,  substituir
 la ley sublime del Sina las abominaciones de los gentiles. Y sabis
cmo se conserva la verdad en aquel pueblo? Notadlo bien: apoyada en
instituciones las ms robustas que imaginarse puedan, pertrechada con
todos los medios de defensa de que la rode el legislador inspirado
por Dios. Se dir que aqul era un pueblo de _dura cerviz_, como dice
el sagrado texto; desgraciadamente, desde la cada de nuestro primer
padre, esta dureza de cerviz es un patrimonio de la humanidad; _el
corazn del hombre est inclinado al mal desde su adolescencia_, y
siglos antes de que existiese el pueblo judo, abri Dios sobre el
mundo las cataratas del cielo, y borr al hombre de la faz de la
tierra, _porque toda carne haba corrompido su camino_.

Infirese de aqu la necesidad de instituciones robustas para la
conservacin de las grandes ideas morales; y se ve con evidencia que no
deben abandonarse  la volubilidad del espritu humano, so pena de ser
desfiguradas y aun perdidas.

Adems, las instituciones son necesarias, no precisamente para ensear,
sino tambin para aplicar. Las ideas morales, mayormente las que
estn en oposicin muy abierta con las pasiones, no llegan jams al
terreno de la prctica sino por medio de grandes esfuerzos; y para
esos esfuerzos no bastan las ideas en s mismas, son menester medios
de accin con que pueda enlazarse el orden de las ideas con el orden
de los hechos. Y he aqu una de las razones de la importancia de las
escuelas filosficas cuando se trata de edificar. Son no pocas veces
poderosas para destruir, porque para destruir basta la accin de un
momento, y esta accin puede ser comunicada fcilmente en un acceso
de entusiasmo; pero, cuando quieren edificar poniendo en planta sus
concepciones, se encuentran faltas de accin, y, no teniendo otros
medios de ejercerla que lo que se llama la fuerza de las ideas, como
que stas varan  se modifican incesantemente, dando de ello el
primer ejemplo las mismas escuelas, queda reducido  objeto de pura
curiosidad lo que poco antes se propalara como la causa infalible del
progreso del linaje humano.

Con estas ltimas reflexiones prevengo la objecin que se me podra
hacer, fundndose en la mucha fuerza adquirida por las ideas por medio
de la prensa. sta propaga, es verdad, y por lo mismo multiplica
extraordinariamente la fuerza de las ideas; pero, tan lejos est
de conservar, que antes bien es el mejor disolvente de todas las
opiniones. Obsrvese la inmensa rbita recorrida por el espritu del
hombre desde la poca de ese importante descubrimiento, y se echar
de ver que el consumo (permtaseme la expresin), que el consumo de
las opiniones ha crecido en una proporcin asombrosa. Sobre todo desde
que la prensa se ha hecho peridica, la historia del espritu humano
parece la representacin de un drama rapidsimo, donde unas escenas
suceden  otras, sin dejar apenas tiempo al espectador para oir de boca
de los actores una palabra fugitiva. No estamos todava  la mitad del
presente, y, sin embargo, no parece sino que han transcurrido muchos
siglos. Tantas son las escuelas que han nacido y muerto, tantas las
reputaciones que se han encumbrado muy alto, hundindose luego en el
olvido!

Esta rpida sucesin de ideas, lejos de contribuir al aumento de la
fuerza de las mismas, acarrea necesariamente su flaqueza y esterilidad.
El orden natural en la vida de las ideas es: primero aparecer, en
seguida difundirse, luego realizarse en alguna institucin que las
represente, y, por fin, ejercer su influencia sobre los hechos, obrando
por medio de la institucin en que se han personificado. En todas
estas transformaciones que por necesidad reclaman algn tiempo, es
necesario que las ideas conserven su crdito, si es que han de producir
algn resultado provechoso. Este tiempo falta, cuando se suceden
unas  otras con demasiada rapidez, pues que las nuevas trabajan en
desacreditar las que las han precedido, y de esta suerte las utilizan.
Por cuya causa quizs nunca, como ahora, ha sido ms legtima una
profunda desconfianza en la fuerza de las ideas,  sea en la filosofa,
para producir nada de consistente en el orden moral; y bajo este
aspecto es muy controvertible el bien que ha hecho la imprenta  las
sociedades modernas. Se concibe ms, pero se madura menos: lo que
gana el entendimiento en extensin, lo pierde en profundidad, y la
brillantez terica contrasta lastimosamente con la impotencia prctica.
Qu importa que nuestros antecesores no fuesen tan diestros como
nosotros para improvisar una discusin sobre las ms altas cuestiones
sociales y polticas, si alcanzaron  fundar y organizar instituciones
admirables? Los arquitectos que levantaron los sorprendentes monumentos
de los siglos que apellidamos brbaros, por cierto que no seran ni
tan eruditos ni tan cultos como los de nuestra poca; y, sin embargo,
quin tendra aliento para comenzar siquiera lo que ellos consumaron?
He aqu la imagen ms cabal de lo que est sucediendo en el orden
social  poltico. Es necesario no olvidarlo: los grandes pensamientos
nacen ms bien de la intuicin que del discurso; el acierto en la
prctica depende ms de la calidad inestimable, llamada tino, que de
una reflexin ilustrada; y la experiencia ensea  menudo que quien
_conoce mucho, ve poco_. El genio de Platn no hubiera sido el mejor
consejero del genio de Soln y de Licurgo; y toda la ciencia de Cicern
no hubiera alcanzado  lo que alcanzaron el tacto y el buen sentido de
los hombres rudos, como Rmulo y Numa.[5]




CAPITULO XXXI


_Cierta suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita
grandes catstrofes y en medio de la paz hace la vida ms dulce y
apacible_, es otra de las calidades preciosas que llevo sealadas como
caractersticas de la civilizacin europea. ste es un hecho que no
necesita de prueba; se le ve, se le siente por todas partes, al dar en
torno de nosotros una mirada: resalta vivamente abriendo las pginas
de la historia, y comparando nuestros tiempos con otros tiempos, sean
los que fueren. En qu consiste esta suavidad de costumbres? cul
es su origen? quin la ha favorecido? quin la ha contrariado? He
aqu unas cuestiones  cual ms interesantes, y que se enlazan de un
modo particular con el objeto que nos ocupa: porque en pos de ellas
se ofrecen desde luego al nimo estas preguntas: el Catolicismo ha
infludo en algo en crear esta suavidad de costumbres? le ha puesto
algn obstculo  le ha causado algn retardo? al Protestantismo le ha
cabido alguna parte en esta obra, en bien  en mal?

Conviene ante todo fijar en qu consiste la suavidad de costumbres;
porque, aun cuando sta sea una de aquellas ideas que todo el mundo
conoce,  ms bien siente; no obstante, cuando se trata de esclarecerla
y analizarla, es necesario dar de ella una definicin cabal y exacta,
en cuanto sea posible. La suavidad de costumbres consiste en la
_ausencia de la fuerza_, de modo que sern _ms  menos_ suaves en
cuanto se emplee _menos  ms_ la fuerza. As, costumbres suaves
no es lo mismo que costumbres benficas: stas incluyen el bien,
aqullas excluyen la fuerza; costumbres suaves tampoco es lo mismo
que costumbres conformes  la razn y  la justicia: no pocas veces
la inmoralidad es tambin suave, porque anda hermanada, no con la
fuerza, sino con la seduccin y la astucia. As es que la suavidad de
costumbres consiste en dirigir el espritu del hombre, no por medio de
la violencia hecha al cuerpo, sino por medio de razones enderezadas 
su entendimiento,  de cebos ofrecidos  sus pasiones; y por esto la
suavidad de costumbres no es siempre el reinado de la razn, pero es
siempre el reinado de los espritus, por ms que stos sean no pocas
veces esclavos de las pasiones con las cadenas de oro que ellos mismos
se labran.

Supuesto que la suavidad de costumbres proviene de que en el trato
de los hombres slo se emplean la _conviccin_, la _persuasin_  la
_seduccin_, claro es que las sociedades ms adelantadas, es decir,
aquellas donde la inteligencia ha llegado  gran desarrollo, deben
participar ms  menos de esta suavidad. En ellas la inteligencia
domina porque es fuerte, as como la fuerza material desaparece porque
el cuerpo se enerva. Adems: en sociedades muy adelantadas, que por
precisin acarrean mayor nmero de relaciones y mayor complicacin en
los intereses, son necesarios aquellos medios que obran de un modo
universal y duradero, siendo, adems, aplicables  todos los pormenores
de la vida. Estos medios son sin disputa los intelectuales y morales:
la inteligencia obra sin destruir, la fuerza se estrella contra el
obstculo:  le remueve  se hace pedazos ella misma; y he aqu un
eterno manantial de perturbacin que no puede existir en una sociedad
de relaciones numerosas y complicadas, so pena de convertirse sta en
un caos, y perecer.

En la infancia de las sociedades encontramos siempre un lastimoso abuso
de la fuerza. Nada ms natural: las pasiones se alan con ella porque
se le asemejan: son enrgicas como la violencia, rudas como el choque.
Cuando las sociedades han llegado  mucho desarrollo, las pasiones se
divorcian de la fuerza y se enlazan con la inteligencia; dejan de ser
violentas y se hacen astutas. En el primer caso, si son los pueblos
los que luchan, se hacen la guerra, se combaten y se destruyen; en
el segundo, pelean con las armas de la industria, del comercio, del
contrabando: si son los gobiernos, se atacan, en el primer caso con
ejrcitos, con invasiones; en el segundo con notas: en una poca los
guerreros lo son todo; en la otra no son nada: su papel no puede ser de
mucha importancia, cuando en vez de pelear se negocia.

Echando una ojeada sobre la civilizacin antigua, se nota desde luego
una diferencia singular entre nuestra suavidad de costumbres y la
suya; ni griegos ni romanos alcanzaron jams esta preciosa calidad en
el grado que distingue la civilizacin europea. Aquellos pueblos ms
bien se enervaron, que no se suavizaron; sus costumbres pueden llamarse
muelles, pero no suaves: porque hacan uso de la fuerza siempre que
este uso no demandaba energa en el nimo ni vigor en el cuerpo.

Es sobremanera digna de notarse esa particularidad de la civilizacin
antigua, sobre todo de la romana; y este fenmeno, que  primera vista
parece muy extrao, no deja de tener causas profundas.  ms de la
principal, que es la falta de un elemento suavizador, cual es el que
han tenido los pueblos modernos, _la caridad cristiana_, descendiendo 
algunos pormenores encontraremos las razones de que no pudiese llegar 
establecerse entre los antiguos la verdadera suavidad de costumbres.

La esclavitud, que era uno de los elementos constitutivos de su
organizacin domstica y social, era un eterno obstculo para
introducirse en aquellos pueblos esa preciosa calidad. El hombre
puede arrojar  otro hombre  las murenas, castigando as con la
muerte el haber quebrado un vaso; el que puede por un mero capricho
quitar la vida  uno de sus semejantes en medio de la algazara de un
festn; quien puede acostarse en un blando lecho con los halagos de la
voluptuosidad y el esplendor de la ms suntuosa magnificencia, sabiendo
que centenares de hombres estn encerrados y amontonados en obscuros
subterrneos por su inters y por sus placeres; quien puede escuchar
el gemido de tantos desgraciados que demandan un bocado de pan para
atravesar una noche cruel que enlazar las fatigas y los sudores del
da siguiente con los sudores y fatigas del da que pas, ese tal podr
tener costumbres muelles, pero no suaves; su corazn podr ser cobarde,
pero no dejar de ser cruel. Y tal era cabalmente la situacin del
hombre libre en la sociedad antigua: esta organizacin era considerada
como indispensable; otro orden de cosas no se conceba siquiera como
posible.

Quin removi este obstculo? No fu la Iglesia catlica aboliendo la
esclavitud, despus de haber suavizado el trato cruel que se daba  los
esclavos? Vanse los captulos XV, XVI, XVII, XVIII y XIX de esta obra
con las notas que  ellos se refieren, donde se halla demostrada esta
verdad con razones y documentos incontestables.

El derecho de vida y muerte, concedido por las leyes  la potestad
patria, introduca tambin en la familia un elemento de dureza, que
deba de producir resultados muy daosos. Afortunadamente, el corazn
del padre estaba en lucha continua con la facultad otorgada por la
ley; pero, si esto no pudo impedir algunos hechos, cuya lectura nos
estremece, no hemos de pensar tambin que en el curso ordinario de
la vida pasaran de continuo escenas crueles que recordaran  los
miembros de la familia ese derecho atroz de que estaba investido
su jefe? Quien sabe que puede matar impunemente, no se dejar
llevar repetidas veces al ejercicio de un despotismo cruel, y  la
aplicacin de castigos inhumanos? Esa tirnica extensin de la potestad
patria  derechos que no concedi la naturaleza, fu desapareciendo
sucesivamente por la fuerza de las costumbres y de las leyes,
secundadas tambin en buena parte por la influencia del Cristianismo.
(V. cap. XIV.)  esta causa puede agregarse otra, que tiene con ella
mucha analoga: el despotismo que el varn ejerca sobre la mujer, y
la escasa consideracin que sta disfrutaba.

Los juegos pblicos eran tambin entre los romanos otro elemento de
dureza y crueldad. Qu puede esperarse de un pueblo cuya principal
diversin es asistir framente  un espectculo de homicidios, que se
complace en mirar cmo perecen en la arena  centenares los hombres, 
luchando entre s,  en las garras de las bestias?

Siendo espaol, no puedo menos de intercalar un prrafo para decir dos
palabras en contestacin  una dificultad, que no dejar de ocurrrsele
al lector cuando vea lo que acabo de escribir sobre los combates
de hombres con fieras. Y los toros en Espaa? se me preguntar
naturalmente; no es un pas cristiano catlico donde se ha conservado
la costumbre de lidiar los hombres con las fieras? Apremiadora
parece la objecin, pero no lo es tanto, que no deje una salida
satisfactoria. Y ante todo, y para prevenir toda mala inteligencia,
declaro que esa diversin popular es,  mi juicio, brbara, digna,
si posible fuese, de ser extirpada completamente. Pero, toda vez
que acabo de consignar esta declaracin tan explcita y terminante,
permtaseme hacer algunas observaciones para dejar en buen puesto
el nombre de mi patria. En primer lugar, debe notarse que hay en el
corazn del hombre cierto gusto secreto por los azares y peligros. Si
una aventura ha de ser interesante, el hroe ha de verse rodeado de
riesgos graves y multiplicados; si una historia ha de excitar vivamente
nuestra curiosidad, no puede ser una cadena no interrumpida de
sucesos regulares y felices. Pedimos encontrarnos  menudo con hechos
extraordinarios y sorprendentes; y, por ms que nos cueste decirlo,
nuestro corazn, al mismo tiempo que abriga la compasin ms tierna por
el infortunio, parece que se fastidia si tarda largo tiempo en hallar
escenas de dolor, cuadros salpicados de sangre. De aqu el gusto por la
tragedia, de aqu la aficin  aquellos espectculos donde los actores
corran,  en la apariencia  en la realidad, algn grave peligro.

No explicar yo el origen de este fenmeno; bstame consignarlo aqu,
para hacer notar  los extranjeros que nos acusan de brbaros, que la
aficin del pueblo espaol  la diversin de los toros no es ms que la
aplicacin  un caso particular de un gusto cuyo germen se encuentra
en el corazn del hombre. Los que tanta humanidad afectan cuando se
trata de la costumbre del pueblo espaol, deberan decirnos tambin:
de dnde nace que se vea acudir un concurso inmenso  todo espectculo
que por una  otra causa sea peligroso  los actores; de dnde nace
que todos asistiran con gusto  una batalla por ms sangrienta que
fuese, si era dable asistir sin peligro; de dnde nace que en todas
partes acude un numeroso gento  presenciar la agona y las ltimas
convulsiones del criminal en el patbulo; de dnde nace, finalmente,
que los extranjeros cuando se hallan en Madrid se hacen cmplices
tambin de la barbarie espaola asistiendo  la plaza de toros?

Digo todo esto, no para excusar en lo ms mnimo una costumbre que me
parece indigna de un pueblo civilizado, sino para hacer sentir que en
esto, como casi en todo lo que tiene relacin con el pueblo espaol,
hay exageraciones que es necesario reducir  lmites razonables.  ms
de esto, hay que aadir una reflexin importante, que es una excusa muy
poderosa de esa reprensible diversin.

No se debe fijar la atencin en la diversin misma, sino en los males
que acarrea. Ahora bien: cuntos son los hombres que mueren en Espaa
lidiando con los toros? Un nmero escassimo, insignificante, en
proporcin  las innumerables veces que se repiten las funciones; de
manera que, si se formara un estado comparativo entre las desgracias
ocurridas en esta diversin y las que acaecen en otras clases de
juegos, como las corridas de caballos y otras semejantes, quizs el
resultado manifestara que la costumbre de los toros, brbara como
es en s misma, no lo es tanto, sin embargo, que merezca atraer
esa abundancia de afectados anatemas con que han tenido  bien
favorecernos los extranjeros.

Y, volviendo al objeto principal, cmo puede compararse una diversin
donde pasan quizs muchos aos sin perecer un solo hombre, con aquellos
juegos horribles donde la muerte era una condicin necesaria al placer
de los espectadores? Despus del triunfo de Trajano sobre los dacios,
duraron los juegos ciento veintitrs das, pereciendo en ellos el
espantoso nmero de diez mil gladiadores. Tales eran los juegos que
formaban la diversin, no slo del populacho romano, sino tambin de
las clases elevadas; en esa repugnante carnicera se gozaba aquel
pueblo corrompido, que hermanaba con la voluptuosidad ms refinada, la
crueldad ms atroz. Y he aqu la prueba convincente de lo dicho ms
arriba,  saber: que las costumbres pueden ser muelles sin ser suaves;
antes se aviene muy bien la brutalidad de una molicie desenfrenada con
el instinto feroz del derramamiento de sangre.

En los pueblos modernos, por corrompidas que sean las costumbres, no
es posible que se toleren jams espectculos semejantes. El principio
de la caridad ha extendido demasiado sus dominios, para que puedan
repetirse tamaos excesos. Verdad es que no recaba de los hombres que
se hagan recprocamente todo el bien que deberan; pero al menos impide
que se hagan tan framente el mal, que puedan asistir tranquilos  la
muerte de sus semejantes, cuando no les impele  ello otro motivo que
el placer causado por una sensacin pasajera. Ya desde la aparicin
del Cristianismo comenzaron  echarse las semillas de esta aversin 
presenciar el homicidio. Sabida es la repugnancia de los cristianos
 los espectculos de los gentiles, repugnancia que prescriban y
avivaban las santas amonestaciones de los primeros pastores de la
Iglesia. Era cosa reconocida que la caridad cristiana era incompatible
con la asistencia  unos juegos donde se presenciaba el homicidio bajo
las formas ms crueles y refinadas. Nosotros, deca bellamente uno de
los apologistas de los primeros siglos, hacemos poca diferencia entre
matar  un hombre  ver que se le mata.[6]




CAPITULO XXXII


La sociedad moderna deba, al parecer, distinguirse por la dureza
y crueldad de sus costumbres, pues que, siendo un resultado de la
sociedad de los romanos, y de la de los brbaros, debi heredar de
ambas esa dureza y crueldad. En efecto, quin ignora la ferocidad de
costumbres de los brbaros del Norte? Los historiadores de aquella
poca nos han dejado narraciones horrorosas cuya lectura nos hace
estremecer. Llegse  pensar que estaba cercano el fin del mundo, y 
la verdad que los que hacan semejante presagio eran bien excusables
de creer que estaba muy prxima la mayor de las catstrofes, cuando
eran tantas las que abrumaban  la triste humanidad. La imaginacin no
alcanza  figurarse lo que hubiera sido del mundo en aquella crisis, si
el Cristianismo no hubiese existido; y, aun suponiendo que se hubiese
llegado  organizar de nuevo la sociedad bajo una  otra forma, no
hay duda en que las relaciones, as privadas como pblicas, habran
quedado en un estado deplorable, tomando, adems, la legislacin un
sesgo injusto  inhumano. Por esta razn fu un beneficio inestimable
la influencia de la Iglesia en la legislacin civil; y la misma
prepotencia temporal del clero fu una de las primeras salvaguardias de
los ms altos intereses de la sociedad.

Mucho se ha dicho contra este poder temporal del clero, y contra este
influjo de la Iglesia en los negocios temporales; pero ante todo
era menester hacerse cargo de que ese poder y ese influjo fueron
trados por la misma naturaleza de las cosas; es decir, que fueron
_naturales_, y, por consiguiente, el hablar contra ellos es un estril
desahogo contra la fuerza de acontecimientos cuya realizacin no era
dado al hombre impedir. Eran, adems, _legtimos_: porque, cuando la
sociedad se hunde, es muy legtimo que la salve quien pueda, y en la
poca  que nos referimos, slo poda salvarla la Iglesia. sta, como
que no es un ser abstracto, sino una sociedad real y sensible, deba
obrar sobre la civil por medios tambin reales y sensibles. Supuesto
que se trataba los intereses materiales de la sociedad, los ministros
de la Iglesia deban tomar parte, de una  otra suerte, en la direccin
de estos negocios. Estas reflexiones son tan obvias y sencillas, que
para convencerse de su verdad y exactitud basta el simple buen sentido.
En la actualidad estn generalmente acordes sobre este punto cuantos
entienden algo en historia; y, si no supisemos cunto trabajo suele
costar al entendimiento del hombre el entrar en el verdadero camino, y,
sobre todo, cunta mala fe se ha mezclado en esa clase de cuestiones,
difcil fuera explicar cmo se ha tardado tanto en ponerse todo el
mundo de acuerdo sobre una cosa que salta  los ojos, con la simple
lectura de la historia. Pero volvamos al intento.

Esa informe mezcla de la crueldad de un pueblo culto, pero corrompido,
con la ferocidad atroz de un pueblo brbaro, orgulloso, adems, de sus
triunfos, y abrevado de sangre vertida en tantas guerras continuadas
por tan largo tiempo, dej en la sociedad europea un germen de dureza y
crueldad, que se hizo sentir por largos siglos y cuyo rastro ha llegado
hasta pocas recientes. El precepto de la caridad cristiana estaba
en las cabezas, pero la crueldad de los romanos, combinada con la
ferocidad de los brbaros, dominaba todava el corazn; las ideas eran
puras, benficas, como emanadas de una religin de amor; pero hallaban
una resistencia terrible en los hbitos, en las costumbres, en las
instituciones, en las leyes; porque todo llevaba el sello ms  menos
desfigurado de los dos principios que se acaban de sealar.

Reparando en la lucha continua, tenaz, que se traba entre la Iglesia
catlica y los elementos que le resisten, se conoce con toda evidencia
que las ideas cristianas no hubieran alcanzado  dominar la legislacin
y las costumbres, si el Cristianismo no hubiese sido ms que una idea
religiosa abandonada al capricho del individuo, tal como la conciben
los protestantes; si no se hubiese realizado en una institucin
robusta, en una sociedad fuertemente constituda, cual es la Iglesia
catlica. Para que se forme concepto de los esfuerzos hechos por la
Iglesia, indicar algunas de las disposiciones tomadas con el objeto de
suavizar las costumbres.

Las enemistades particulares tenan  la sazn un carcter violento; el
derecho se decida por el hecho, y el mundo estaba amenazado de no ser
otra cosa que el patrimonio del ms fuerte. El poder pblico, que,  no
exista,  andaba como confundido en el torbellino de las violencias y
desastres que su mano endeble no alcanzaba  evitar ni  reprimir, era
impotente para dar  las costumbres una direccin pacfica, haciendo
que los hombres se sujetasen  la razn y  la justicia. As vemos que
la Iglesia,  ms de la enseanza y de las amonestaciones generales,
inseparables de su augusto ministerio, adoptaba en aquella poca
ciertas medidas para oponerse al torrente devastador de la violencia,
que todo lo asolaba y destrua.

El concilio de Arles, celebrado  mediados del siglo V, por los aos de
443  452, dispone en su canon 50 que no se debe permitir la asistencia
 la iglesia  los que tienen enemistades pblicas, hasta que se hayan
reconciliado con sus enemigos.

El concilio de Angers, celebrado en el ao 453, prohibe en su canon 3.
las violencias y mutilaciones.

El concilio de Agde, en Languedoc, celebrado en el ao 506, ordena en
su canon 31 que los enemigos que no quieran reconciliarse, sean desde
luego amonestados por los sacerdotes, y, si no siguieren los consejos
de stos, sean excomulgados.

En aquella poca tenan los galos la costumbre de andar siempre
armados, y con sus armas entraban en la iglesia. Alcnzase fcilmente
que una costumbre semejante deba de traer graves inconvenientes,
haciendo no pocas veces de la casa de oracin arena de venganzas y de
sangre.  mediados del siglo VII vemos que el concilio de Chlons,
en su canon 17, seala la pena de excomunin contra todos los legos
que promuevan tumultos  saquen la espada para herir  alguno en las
iglesias  en sus recintos. Esto nos indica la prudencia y la previsin
con que haba sido dictado el canon 29 del tercer concilio de Orleans,
celebrado en el ao 538, donde se manda que nadie asista con armas 
misa ni  vsperas.

Es curioso observar la uniformidad de plan y la identidad de miras con
que marchaba la Iglesia. En pases muy distantes, y en poca en que no
poda ser frecuente la comunicacin, hallamos disposiciones anlogas
 las que se acaban de apuntar. El concilio de Lrida, celebrado en
el ao 546, ordena en el canon 7. que el que haga juramento de no
reconciliarse con su enemigo, sea privado de la comunin del cuerpo y
sangre de Jesucristo hasta haber hecho penitencia de su juramento, y
haberse reconciliado.

Pasaban los siglos, continuaban las violencias, y el precepto de
caridad fraternal que nos obliga al amor de nuestros propios enemigos,
encontraba abierta resistencia en el carcter duro y en las pasiones
feroces de los descendientes de los brbaros; pero la Iglesia no
se cansaba de insistir en la predicacin del precepto divino,
inculcndolo  cada paso y procurando hacerlo eficaz por medio de penas
espirituales. Haban transcurrido ms de 400 aos desde la celebracin
del concilio de Arles, en que hemos visto privados de asistir  la
iglesia  los que tenan enemistades pblicas, y encontramos que el
concilio de Worsmes, celebrado en el ao 868, prescribe en su canon 41
que se excomulgue  los enemistados que no quieran reconciliarse.

Basta tener noticia del desorden de aquellos siglos para figurarse si
durante ese largo espacio se haban podido remediar las enemistades
encarnizadas y violentas; parece que debiera de haberse cansado la
Iglesia de inculcar un precepto que tan desatendido estaba,  causa
de funestas circunstancias; sin embargo, ella habla hoy como haba
hablado ayer, como siglos antes, no desconfiando nunca de que sus
palabras produciran algn bien en la actualidad y seran fecundas en
el porvenir.

ste es su sistema; no parece sino que oye de continuo aquellas
palabras _clama y no ceses, levanta tu voz como una trompeta_. As
alcanza el triunfo sobre todas las resistencias; as, cuando no puede
ejercer predominio sobre la voluntad de un pueblo, hace resonar de
continuo su voz en las sombras del santuario; all reune _siete mil
que no doblaron la rodilla ante Baal_, y al paso que los afirma en
la fe y en las buenas obras, protesta en nombre de Dios contra los
que _resisten al Espritu Santo_. Tal vez durante la disipacin y
las orgas de una ciudad populosa, penetramos en un sagrado recinto
donde reinan la gravedad y la meditacin en medio del silencio y
de las sombras. Un ministro del santuario, rodeado de un nmero
escogido de fieles, hace resonar de vez en cuando algunas palabras
austeras y solemnes: he aqu la personificacin de la Iglesia en
pocas desastrosas por el enflaquecimiento de la fe  la corrupcin de
costumbres.

Una de las reglas de conducta de la Iglesia catlica ha sido el no
doblegarse jams ante el poderoso. Cuando ha proclamado una ley, la ha
proclamado para todos, sin distincin de clases. En las pocas de la
prepotencia de los pequeos tiranos que bajo distintos nombres vejaban
los pueblos, esta conducta contribuy sobremanera  hacer populares
las leyes eclesisticas; porque nada ms propio para hacer llevadera
al pueblo una carga, que ver sujeto  ella al noble y hasta al mismo
rey. En el tiempo  que nos referimos, prohibanse severamente las
enemistades y las violencias entre los plebeyos; pero la misma ley se
extenda tambin  los grandes y  los mismos reyes. No haba mucho que
el Cristianismo se hallaba establecido en Inglaterra, y encontramos
sobre este particular un ejemplo curioso. Nada menos que tres prncipes
excomulgados en un mismo ao, y en una misma ciudad, y obligados 
hacer penitencia de los delitos cometidos. En la ciudad de Landaff,
en el pas de Gales, en Inglaterra, en la metrpoli de Cantorbery, se
celebraron en el ao 560 tres concilios. En el primero fu excomulgado
Monrico, rey de Clamargon, por haber dado muerte al rey Cineiba, 
pesar de la paz que se haban jurado sobre las santas reliquias; en
el segundo se excomulga al rey Morcante, que haba quitado la vida
 Friaco su to, despus de haberle jurado igualmente la paz; en el
tercero se excomulg al rey Guidnerto por haber dado muerte  su
hermano, que le disputaba la corona.

No deja de ser interesante ver  los jefes de los brbaros, que
convertidos en reyes se asesinaban tan fcil y atrozmente, obligados 
reconocer la autoridad de un poder superior que los precisaba  hacer
penitencia de haber manchado sus manos con la sangre de sus parientes,
y haber quebrantado la santidad de sus pactos, y chase de ver los
saludables efectos que de esto deban seguirse para suavizar las
costumbres.

Fcil era, dirn los enemigos de la Iglesia, los que se empean en
rebajar el mrito de todos sus actos, fcil era, dirn, predicar la
suavidad de costumbres exigiendo la observancia de los preceptos
divinos  jefes de tan escaso poder y que no tenan de rey ms que el
nombre. Fcil era habrselas con reyezuelos brbaros que, fanatizados
por una religin que no comprendan, inclinaban humildemente la cabeza
ante el primer sacerdote que se presentaba  intimidarlos de parte de
Dios. Pero qu significa esto? qu influencia pudo tener en el curso
de los grandes acontecimientos? La historia de la civilizacin europea
ofrece un teatro inmenso, donde los hechos deben estudiarse en mayor
escala, donde las escenas han de ser grandiosas, si es que han de
ejercer influencia sobre el nimo de los pueblos.

Despreciemos lo que hay de ftil en un razonamiento semejante; pero, ya
que se quieran escenas grandes, que hayan debido influir en desterrar
el empleo brutal de la fuerza, sin suavizar las costumbres, abramos
la historia de los primeros siglos de la Iglesia, y no tardaremos en
encontrar una pgina sublime, eterno honor del Catolicismo.

Reinaba sobre todo el mundo conocido un emperador cuyo nombre era
acatado en los cuatro ngulos de la tierra, y cuya memoria es respetada
por la posteridad. En una ciudad importante el pueblo amotinado
degella al comandante de la guarnicin, y el emperador en su clera
manda que el pueblo sea exterminado. Al volver en s el emperador
revoca la orden fatal; pero ya era tarde: la orden estaba ejecutada,
y millares de vctimas haban sucumbido en una carnicera horrorosa.
Al esparcirse la noticia de tan atroz catstrofe, un santo obispo se
retira de la corte del emperador y le escribe desde la campaa estas
graves palabras: Yo no me atrevo  ofrecer el sacrificio, si vos
pretendis asistir  l: si el derramamiento de la sangre de un solo
inocente bastara  vedrmelo, cunto ms siendo tantas las muertes
inocentes! El emperador, confiado en su poder, no se detiene por esta
carta y se dirige  la iglesia. Llegado al prtico, se le presenta
un hombre venerable, que con ademn grave y severo le detiene y le
prohibe entrar. Has imitado, le dice,  David en el crimen; imtale
en la penitencia. El emperador cede, se humilla, se somete  las
disposiciones del santo prelado; y la religin y la humanidad quedan
triunfantes. La ciudad desgraciada se llama Tesalnica, el emperador
era Teodosio el Grande, y el prelado era San Ambrosio, arzobispo de
Miln.

En este acto sublime se ven personificadas de un modo admirable, y
encontrndose cara  cara, la justicia y la fuerza. La justicia triunfa
de la fuerza, pero por qu? Porque el que representa la justicia
la representa en nombre del cielo, porque los vestidos sagrados, la
actitud imponente del hombre que detiene al emperador, recuerdan 
ste la misin divina del santo obispo y el ministerio que ejerce en
la sagrada jerarqua de la Iglesia. Poned en lugar del obispo  un
filsofo y decidle que vaya  detener al emperador, amonestndole que
haga penitencia de su crimen, y veris si la sabidura humana alcanza
 tanto como el sacerdocio hablando en nombre de Dios; poned, si os
place,  un obispo de una Iglesia que haya reconocido la supremaca
espiritual en el poder civil, y veris si en su boca tienen fuerza las
palabras para alcanzar tan sealado triunfo.

El espritu de la Iglesia era el mismo en todas pocas, sus tendencias
eran siempre hacia el mismo objeto; su lenguaje igualmente severo,
igualmente fuerte, ora hablase  un plebeyo romano, ora  un brbaro,
sea que dirigiese sus amonestaciones  un patricio del imperio  
un noble germano: no le amedrentaba ni la prpura de los Csares, ni
la mirada fulminante de los reyes _de la larga cabellera_. El poder
de que se hall investida en la Edad media no diman nicamente de
ser ella la sola que haba conservado alguna luz de las ciencias y el
conocimiento de principios de gobierno, sino tambin de esa firmeza
inalterable que ninguna resistencia, ningn ataque, eran bastantes 
desconcertar. Qu hubiera hecho  la sazn el Protestantismo para
dominar circunstancias tan difciles y azarosas? Falto de autoridad,
sin un centro de accin, sin seguridad en su propia fe, sin confianza
en sus medios, qu recursos hubiera empleado para contener el mpetu
de la fuerza que seoreada del mundo acababa de hacer pedazos los
restos de la civilizacin antigua, y opona un obstculo poco menos que
insuperable  toda tentativa de organizacin social? El Catolicismo,
con su fe ardiente, su autoridad robusta, su unidad indivisible, su
trabazn jerrquica, pudo acometer la alta empresa de suavizar las
costumbres con aquella confianza que inspira el sentimiento de las
propias fuerzas, con aquel bro que alienta el corazn cuando se abriga
en l la seguridad del triunfo.

No se crea, sin embargo, que la manera con que suaviz las costumbres
la Iglesia catlica fuese siempre un rudo choque contra la fuerza;
vmosla emplear medios indirectos, contentarse con prescribir lo que
era asequible, exigir lo menos para allanar el camino al logro de lo
ms.

En una capitular de Carlomagno formada en Aix-la-Chapelle en el ao
813, que consta de 26 artculos, que no son otra cosa que una especie
de confirmacin y resumen de cinco concilios celebrados poco antes
en las Galias, encontramos dos artculos aadidos, de los cuales el
segundo prescribe que se proceda contra los que, con pretexto del
derecho llamado _Fayda_, excitan ruidos y tumultos en los domingos y
fiestas, y tambin en los das de trabajo. Ya hemos visto ms arriba
emplear las sagradas reliquias para hacer ms respetable el juramento
de paz y amistad que se prestaban los reyes: acto augusto en que se
haca intervenir el cielo para evitar la fusin de sangre y traer la
paz  la tierra; ahora vemos que el respeto  los domingos y dems
fiestas se utiliza tambin para preparar la abolicin de la brbara
costumbre de que los parientes de un hombre muerto pudiesen vengar la
muerte, dndola al matador.

El lamentable estado de la sociedad europea en aquella poca se retrata
vivamente en los mismos medios que el poder eclesistico se vea
obligado  emplear para disminuir algn tanto los desastres ocasionados
por las violencias de las costumbres. El no acometer  nadie para
maltratarle, el no recurrir  la fuerza para obtener una reparacin, 
desahogar la venganza, nos parece  nosotros tan justo, tan conforme
 razn, tan natural, que apenas concebimos posible que puedan las
cosas andar de otra manera. Si en la actualidad se promulgase una ley
que prohibiese el atacar  su enemigo en este  en aquel da, en esta
 en aquella hora, nos parecera el colmo de la ridiculez y de la
extravagancia. No lo pareca, sin embargo, en aquellos tiempos; y una
prohibicin semejante se haca  cada paso, no en obscuras aldeas, sino
en las grandes ciudades, en asambleas numerossimas, donde se contaban
 centenares los obispos, donde acudan los condes, los duques, los
prncipes y reyes. Esa ley que  nosotros nos parecera tan extraa,
y por la que se ve que la autoridad se tena por dichosa si poda
alcanzar que los principios de justicia fuesen respetados al menos
algunos das, particularmente en las mayores solemnidades, esa ley fu
por largo tiempo uno de los puntos capitales del derecho pblico y
privado de Europa.

Ya se habr conocido que estoy hablando de la _Tregua de Dios_. Muy
necesaria deba ser  la sazn una ley semejante, cuando la vemos
repetida tantas veces en pases muy distantes unos de otros. Entre lo
mucho que se podra recordar sobre esta materia, me contentar con
apuntar algunas decisiones conciliares de aquella poca.

El concilio de Tubuza, en la dicesis de Elna, en el Roselln,
celebrado por Guifredo, arzobispo de Narbona, en el ao 1041, establece
la _Tregua de Dios_, mandando que, desde la tarde del mircoles hasta
la maana del lunes, nadie tomase cosa alguna por fuerza, ni se vengase
de ninguna injuria, ni exigiese prendas de fiador. Quien contraviniese
 este decreto, deba pagar la composicin de las leyes, como merecedor
de muerte,  ser excomulgado y desterrado del pas.

Considerbase tan beneficiosa la prctica de esta disposicin, que, en
el mismo ao, se tuvieron en Francia otros muchos concilios sobre el
mismo asunto. Tenase tambin el cuidado de recordar con frecuencia
esta obligacin, como lo vemos en el concilio de Saint-Gilles, en
Languedoc, celebrado en el ao 1042, y en el de Narbona, celebrado en
1045.

 pesar de insistirse tanto sobre lo mismo, no se alcanzaba todo
el fruto deseado, como lo indica la fluctuacin que sufran las
disposiciones de la ley. As vemos que, en el ao 1047, la _Tregua de
Dios_ se limitaba  un tiempo menor del que tena en 1041, pues que el
concilio de Telugis, de la dicesis de Elna, celebrado en 1047, dispone
que en todo el condado del Roselln nadie acometa  su enemigo desde la
hora nona del sbado hasta la hora de prima del lunes; por manera que
la ley era entonces mucho ms lata que en 1041, donde hemos visto que
la _Tregua de Dios_ comprenda desde la tarde del mircoles hasta la
maana del lunes.

En el mismo concilio que acabo de citar, se encuentra una disposicin
notable, pues que se manda que nadie pueda acometer  un hombre que va
 la iglesia,  vuelve de ella,  que _acompaa mujeres_.

En el ao 1054, la _Tregua de Dios_ iba ganando terreno, pues, no slo
vuelve  comprender desde el mircoles por la tarde hasta el lunes por
la maana despus de la salida del sol, sino que se extiende  largas
temporadas. As vemos que el concilio de Narbona, celebrado por el
arzobispo Guifredo en dicho ao,  ms de sealar comprendido en la
_Tregua de Dios_ desde el mircoles por la tarde hasta el lunes por la
maana, la declara obligatoria para el tiempo y das siguientes: desde
el primer domingo de Adviento hasta la octava de la Epifana, desde el
domingo de la Quincuagsima hasta la octava de Pascua, desde el domingo
que precede la Ascensin hasta la octava de Pentecosts, en los das
de las fiestas de Nuestra Seora, de San Pedro, de San Lorenzo, de San
Miguel, de Todos los Santos, de San Martn, de Santos Justo y Pastor,
titulares de la Iglesia de Narbona, y todos los das de ayuno; y esto,
so pena de anatema y de destierro perpetuo.

En el mismo concilio se encuentran otras disposiciones tan bellas, que
no es posible dejar de recordarlas, dado que se trata de manifestar
y hacer sentir la influencia de la Iglesia catlica en suavizar las
costumbres. En el canon 9. se prohibe cortar los olivos, sealndose
una razn, que, si  los ojos de los juristas no parecer bastante
general y adecuada, es  los de la filosofa de la historia un hermoso
smbolo de las ideas religiosas, ejerciendo sobre la sociedad su
benfica influencia. La razn que seala el concilio, es que los
_olivos suministran la materia del santo Crisma y del alumbrado de las
iglesias_. Una razn semejante produca, sin duda, ms efecto que todas
las que pudieran sacarse de Ulpiano y Justiniano.

En el canon 10 se manda que, en todo tiempo y lugar, gocen de la
seguridad de la _Tregua_ los pastores y sus ovejas, disponindose lo
mismo en el canon 11 con respecto  las casas situadas  treinta pasos
al rededor de las iglesias. En el canon 18 se prohibe  los que tienen
pleito usar de procedimientos de hecho  cometer alguna violencia,
antes que la causa haya sido juzgada en presencia del obispo y del
seor del lugar. En los dems cnones se prohibe robar  los mercaderes
y peregrinos, y hacer dao  nadie, bajo la pena de ser separados de
la Iglesia los perpetradores de este delito, si lo hubiesen cometido
durante la _Tregua_.

 medida que iba adelantando el siglo XI, notamos que se inculca ms y
ms la saludable prctica de la _Tregua de Dios_, interviniendo en este
negocio la autoridad de los Papas.

En el concilio de Gerona, celebrado por el cardenal Hugo el Blanco
en 1068, se confirm la _Tregua de Dios_ por autoridad de Alejandro
II, so pena de excomunin; y en 1080, el concilio de Lilebona, en
Normanda, supone establecida ya muy generalmente esta _Tregua_, pues
que manda en su canon primero que los obispos y los seores cuiden de
su observancia, aplicando  los prevaricadores censuras y otras penas.

En el ao 1093, el concilio de Troya, en la Pulla, celebrado por Urbano
II, confirma tambin la _Tregua de Dios_; siendo notable el ensanche
que deba ir tomando esa disposicin eclesistica, pues que  dicho
concilio asistan setenta y cinco obispos. Mucho mayor era el nmero
en el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado por el mismo Urbano
II en el ao 1095, pues que contaba nada menos que trece arzobispos,
doscientos veinte obispos y muchos abades. En su canon 1. confirma la
_Tregua_ con respecto al jueves, viernes, sbado y domingo; pero quiere
que se observe todos los das de la semana con respecto  los monjes,
clrigos y mujeres.

En los cnones 29 y 30 se dispone que, si alguno, perseguido por su
enemigo, se refugia junto  una cruz, debe estar all tan seguro
como si hubiese buscado asilo en la iglesia. Esta ensea sublime de
redencin, despus de haber dado salud al linaje humano, empapndose
en la cima del Calvario con la sangre del Hijo de Dios, serva ya de
amparo  los que, en el asalto de Roma, se refugiaban  ella, huyendo
del furor de los brbaros; y siglos despus encontramos que, levantada
en los caminos, salvaba todava al desgraciado que se abrazaba con
ella, huyendo de un enemigo sediento de venganza.

El concilio de Run, celebrado en el ao 1096, extiende todava ms
el dominio de la _Tregua_, mandando observarla desde el domingo antes
del mircoles de Ceniza hasta la segunda feria despus de la octava de
Pentecosts, desde la puesta del sol en el mircoles antes del Adviento
hasta la octava de la Epifana, y en cada semana, desde el mircoles
puesto el sol hasta su salida del lunes siguiente; y, por fin, en todas
las fiestas y vigilias de la Virgen y de los Apstoles.

En el canon 2. se ordena que gocen de una paz perpetua todos los
clrigos, monjas y religiosas, _mujeres_, _peregrinos_, _mercaderes_
y sus criados, _los bueyes y caballos de arado_, _los carreteros_,
_los labradores_ y todas las tierras que pertenecen  los santos,
prohibiendo acometerlos, robarlos,  ejercer en ellos alguna violencia.

En aquella poca se conoce que la ley se senta ms fuerte, y que
poda exigir la obediencia en tono ms severo; pues vemos que en el
canon 3. del mismo concilio se prescribe que todos los varones que
hayan cumplido doce aos, presten juramento de observar la _Tregua_;
y en el canon 4. se excomulga  los que se resistan  prestarle; as
como algunos aos despus,  saber, en 1115, la _Tregua_ empieza 
comprender, no ya algunas temporadas, sino aos enteros: el concilio
de Troya, en la Pulla, celebrado en dicho ao por el papa Pascual,
establece la _Tregua_ por tres aos.

Los papas continuaban con ahinco la obra comenzada, sancionando con
el peso de su autoridad, y difundiendo con su influencia, entonces
universal y poderosa en toda la Europa, la observancia de la _Tregua_.
sta, aunque en la apariencia no fuese otra cosa que un acatamiento 
la religin por parte de las pasiones violentas, que por respeto  ella
suspendan sus hostilidades, era, en el fondo, el triunfo del derecho
sobre el hecho, y uno de los ms admirables artificios que se han visto
empleados jams para suavizar las costumbres de un pueblo brbaro.
Quien se vea precisado  no poder echar mano de la fuerza en cuatro
das de la semana, y largas temporadas del ao, claro es que deba de
inclinarse  costumbres ms suaves, no emplendola nunca. Lo que cuesta
trabajo, no es convencer al hombre de que obra mal, sino hacerle perder
el hbito de obrar mal; y sabido es que todo hbito se engendra por la
repeticin de los actos, y se pierde cuando se logra que stos cesen
por algn tiempo.

As, es sumamente satisfactorio el ver que los papas procuraban
sostener y propagar esa _Tregua_ renovando el mandamiento de su
observancia en concilios numerosos, y, por tanto, de una influencia
ms eficaz y universal. En el concilio de Reims, abierto por el mismo
pontfice Calixto II en 1119, se expidi un decreto en confirmacin
de la misma _Tregua_. Asistieron  este concilio trece arzobispos,
ms de doscientos obispos y un gran nmero de abades y eclesisticos
distinguidos en dignidad. Inculcse la misma observancia en el concilio
de Letrn IX, general, celebrado en 1123, congregado por Calixto II.
Eran ms de trescientos los prelados entre arzobispos y obispos, y el
nmero de los abades pasaba de seiscientos. En 1130 se insiste sobre lo
mismo en el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado por Inocencio
II, renovndose los reglamentos pertenecientes  la observancia de la
_Tregua_; y en el concilio de Avin en 1209, celebrado por Hugo,
obispo de Riez, y Miln, notario del papa Inocencio III, ambos legados
de la Santa Sede, se confirman las leyes anteriormente establecidas
para la observancia de la _paz_ y de la _Tregua_, condenndose  los
revoltosos que la perturbaban. En el concilio de Montpeller, celebrado
en 1215, juntado por Roberto de Corcen, y presidido por el cardenal de
Benevento como legado que era en la provincia, se renueva y confirma
todo cuanto en distintos tiempos se haba arreglado para la seguridad
pblica, y ms recientemente para la subsistencia de la paz entre seor
y seor, y entre los pueblos.

 los que han mirado la intervencin de la sociedad eclesistica en
los negocios civiles como una usurpacin de las atribuciones del poder
pblico, podrase preguntarles si puede ser usurpado lo que no existe,
y si un poder incapacitado para ejercer sus atribuciones propias, se
quejara con razn de que las ejerciese otro que tuviese para ello la
inteligencia y la fuerza necesarias. No se quejaba entonces el poder
poltico de esas pretendidas usurpaciones, y as los gobiernos como los
pueblos las miraban como muy justas y legtimas, porque, como se ha
dicho ms arriba, eran naturales, necesarias, tradas por la fuerza de
los acontecimientos, dimanadas de la situacin de las cosas. Por cierto
que sera ahora curioso ver que los obispos se ocupasen en la seguridad
de los caminos, que publicasen edictos contra los incendiarios, los
ladrones, los que cortasen los olivos  causasen otros estragos
semejantes; pero en aquellos tiempos se consideraba este proceder como
muy natural y muy necesario. Merced  estos cuidados de la Iglesia, 
este solcito desvelo, que despus se ha culpado con tanta ligereza,
pudieron echarse los cimientos de este edificio social cuyos bienes
disfrutamos, y llevarse  cabo una reorganizacin que hubiera sido
imposible sin la influencia religiosa y sin la accin de la potestad
eclesistica.

Queris saber el concepto que debe formarse de un hecho, descubriendo
si es hijo de la naturaleza misma de las cosas,  efecto de
combinaciones astutas? Reparad el modo con que se presenta, los
lugares en que nace, los tiempos en que se verifica; y cuando le veis
reproducido en pocas muy distintas, en lugares muy lejanos, entre
hombres que no han podido concertarse, estad seguros que lo que obra
all no es el plan del hombre, sino la fuerza misma de las cosas.
Estas condiciones se verifican de un modo palpable en la accin de la
potestad eclesistica sobre los negocios pblicos. Abrid los concilios
de aquellas pocas y por doquiera os ocurrirn los mismos hechos; as,
por ejemplo, el concilio de Palencia, en el reino de Len, celebrado
en 1129, ordena en su canon 12 que se destierre  se recluya en un
monasterio  los que acometan  los clrigos, monjes, mercaderes,
peregrinos y mujeres. Pasad  Francia y encontraris el concilio de
Clermont, en Auvernia, celebrado en 1130, que en su canon 13 excomulga
 los incendiarios. En 1157 os ocurrir el concilio de Reims, mandando
en su canon 3. que durante la guerra no se toque la persona de los
clrigos, monjes, mujeres, viajantes, labradores y vieros. Pasad 
Italia y encontraris el concilio de Letrn IX, general, convocado
en 1179, que prohibe, en su canon 22, maltratar  inquietar  los
monjes, clrigos, peregrinos, mercaderes, aldeanos que van de viaje,
 estn ocupados en la agricultura, y  los animales empleados en
ella. En el canon 24 se excomulga  los que apresen  despojen  los
cristianos que naveguen para su comercio  otras causas legtimas y 
los que roben  los nufragos, si no restituyen lo robado. Pasando 
Inglaterra, encontramos el concilio de Oxford, celebrado en 1222 por
Esteban Langton, arzobispo de Cantorbery, prohibiendo en el canon 20
que nadie pueda tener ladrones para su servicio. En Suecia el concilio
de Arbogen, celebrado en 1396 por Enrique, arzobispo de Upsal, dispone
en su canon 5. que no se conceda sepultura eclesistica  los piratas,
raptores, incendiarios, ladrones de caminos reales, opresores de pobres
y otros malhechores. Por manera que, en todas partes, y en todos
tiempos, se encuentra el mismo hecho: la Iglesia luchando contra la
injusticia, contra la violencia, y esforzndose por reemplazarlas con
el reinado de la justicia y de la ley.

Yo no s con qu espritu han ledo algunos la historia eclesistica,
que no hayan sentido la belleza del cuadro que se ofrece en las
repetidas disposiciones que no he hecho ms que apuntar, todas
dirigidas  proteger al dbil contra el fuerte. Si al clrigo y al
monje, como dbiles que son por pertenecer  una profesin pacfica, se
les protege de una manera particular en los cnones citados, notamos
que se dispensa la misma proteccin  las mujeres,  los peregrinos,
 los mercaderes,  los aldeanos que van de viaje y se ocupan en los
trabajos del campo,  los animales de cultivo, en una palabra,  todo
lo dbil. Y cuenta que esta proteccin no es un mero arranque de
generosidad pasajera: es un sistema seguido en lugares muy diferentes,
continuado por espacio de siglos, desenvuelto y aplicado por los
medios que la caridad sugiere, inagotable en recursos y artificios
cuando se trata de hacer el bien y de evitar el mal. Y por cierto que
aqu no puede decirse que la Iglesia obrase por miras interesadas,
porque, cul era el provecho material que poda resultarle de impedir
el despojo de un obscuro viajante, el atropellamiento de un pobre
labrador,  el insulto hecho  una desvalida mujer? El espritu que la
animaba entonces,  pesar de los abusos que consigo traa la calamidad
de los tiempos; el espritu que la animaba entonces, como ahora, era el
Espritu de Dios; ese Espritu que le comunica sin cesar una decidida
inclinacin  lo bueno,  lo justo, y que la impele de continuo 
buscar los medios ms  propsito para realizarlo.

Juzgue ahora el lector imparcial si esfuerzos tan continuados por
parte de la Iglesia para desterrar de la sociedad el dominio de la
fuerza debieron  no contribuir  suavizar las costumbres. Esto aun
limitndonos al tiempo de paz; pues, por lo que toca al de guerra, no
es necesario siquiera detenerse en probarlo. El _vae victis_ de los
antiguos ha desaparecido en la historia moderna, merced  la religin
divina que ha inspirado  los hombres otras ideas y sentimientos;
merced  la Iglesia catlica, que con su celo por la redencin de
los cautivos ha suavizado las mximas feroces de los romanos, que
conceptuaban necesario, para hacer  los hombres valientes, no dejarles
esperanza de salir de la esclavitud, en caso de que  ella los
condujesen los azares de la guerra. Si el lector quiere tomarse la pena
de leer el captulo XVII de esta obra con el  III de la nota primera,
donde se hallan algunos de los muchos documentos que se podran citar
sobre este punto, formar cabal concepto de la gratitud que se merece
la Iglesia catlica por su caridad, su desprendimiento, su celo
incansable en favor de los infelices que, privados de libertad, geman
en poder de los enemigos.  esto debe aadirse tambin la consideracin
de que, abolida la esclavitud, haba de suavizarse por necesidad el
sistema de la guerra. Porque, si al enemigo no era lcito matarle, una
vez rendido, ni tampoco retenerle en esclavitud, todo se reduca 
retenerle el tiempo necesario para que no pudiese hacer dao,  hasta
que se recibiese por l la compensacin correspondiente. He aqu el
sistema moderno, que consiste en retener los prisioneros hasta que se
haya terminado la guerra  verificado un canje.

Bien que, segn lo dicho ms arriba, la suavidad de costumbres
consiste, propiamente hablando, en la _exclusin de la fuerza_, no
obstante, como en este mundo todo se enlaza, no debe mirarse esta
exclusin de un modo abstracto, considerando posible que exista por la
sola fuerza del desarrollo de la inteligencia. Una de las condiciones
necesarias para una verdadera suavidad de costumbres, es que, no slo
se eviten en cuanto sea posible los medios violentos, sino que, adems,
se empleen los _benficos_. Si esto no se verifica, las costumbres
sern ms bien enervadas que suaves, y el uso de la fuerza no ser
desterrado de la sociedad, sino que andar en ella disfrazado con
artificio. Por estas razones conviene echar una ojeada sobre el
principio de donde ha sacado la civilizacin europea el espritu de
beneficencia que la distingue; pues que as se acabar de manifestar
que al Catolicismo es debida principalmente nuestra suavidad de
costumbres. Adems, que, aun prescindiendo del enlace que con esto
tiene la beneficencia, ella por s sola entraa demasiada importancia,
para que sea posible desentenderse de consagrarle algunas pginas,
cuando se hace una resea analtica de los elementos de nuestra
civilizacin.[7]




CAPITULO XXXIII


Las costumbres no sern jams suaves, si no existe la beneficencia
pblica. De suerte que la suavidad y esta beneficencia, si bien no
se confunden, no obstante, se hermanan. La beneficencia pblica,
propiamente tal, era desconocida entre los antiguos. El individuo
poda ser benfico una que otra vez; la sociedad no tena entraas.
As es que la fundacin de establecimientos pblicos de beneficencia
no entr jams en su sistema de administracin. Qu hacan, pues, de
los desgraciados? se nos dir; y nosotros responderemos  esta pregunta
con el autor del _Genio del Cristianismo_: Tenan dos conductos para
deshacerse de ellos: el infanticidio y la esclavitud.

Dominaba ya el Cristianismo en todas partes, y vemos todava que los
rastros de costumbres atroces daban mucho que entender  la autoridad
eclesistica. El concilio de Vaisn, celebrado en el ao 442, al
establecer un reglamento sobre pertenencia legtima de los expsitos,
manda castigar con censura eclesistica  los que perturbaban con
reclamaciones importunas  las personas caritativas que haban recogido
un nio; lo que haca el concilio con la mira de no apartar de esta
costumbre benfica, porque, en el caso contrario, segn aade, _estaban
expuestos  ser comidos por los perros_. No dejaban, todava, de
encontrarse algunos, padres desnaturalizados que mataban  sus hijos;
pues que un concilio de Lrida, celebrado en el ao 546, impone siete
aos de penitencia  los que cometan semejante crimen; y el de Toledo,
celebrado en 589, dispone en su canon 17 que se impida que los padres y
madres quiten la vida  sus hijos.

No estaba, sin embargo, la dificultad en corregir estos excesos,
que por su misma oposicin  las primeras ideas de moral, y por su
repugnancia  los sentimientos ms naturales, se prestaban  ser
desarraigados y extirpados. La dificultad consista en encontrar
los medios para organizar un vasto sistema de beneficencia, donde
estuviesen siempre  la mano los socorros, no slo para los nios,
sino tambin para los viejos invlidos, para los enfermos, para los
pobres que no pudiesen vivir de su trabajo; en una palabra, para todas
las necesidades. Como nosotros vemos esto planteado ya, y nos hemos
familiarizado con su existencia, nos parece una cosa tan natural y
sencilla, que apenas acertamos  distinguir una mnima parte del mrito
que encierra. Supngase, empero, por un instante que no existiesen
semejantes establecimientos; trasladmonos con la imaginacin  aquella
poca en que no se tena de ellos ni idea siquiera; qu esfuerzos tan
continuados no supone el plantearlos y organizarlos?

Es claro que, extendida por el mundo la caridad cristiana, deban ser
socorridas todas las necesidades con ms frecuencia y eficacia que
no lo eran anteriormente, aun suponiendo que el ejercicio de ella se
hubiese limitado  medios puramente individuales: porque nunca habra
faltado un nmero considerable de fieles que hubieran recordado las
doctrinas y el ejemplo de Jesucristo, quien, mientras nos enseaba
la obligacin de amar  los dems hombres como  nosotros mismos, y
esto no con un afecto estril, sino dando de comer al hambriento, de
beber al que tiene sed, vistiendo al desnudo y visitando al enfermo
y al encarcelado, nos ofreca en su propia conducta un modelo de la
prctica de esa virtud. De mil maneras poda ostentar el infinito
poder que tena sobre el cielo y la tierra: al imperio de su voz se
hubieran humillado dciles todos los elementos, los astros se hubieran
detenido en su carrera, y la naturaleza toda hubiera suspendido sus
leyes; pero es de notar que se complace en manifestar su omnipotencia,
en atestiguar su divinidad, haciendo milagros que servan de remedio 
consuelo de los desgraciados. Su vida est compendiada en la sencillez
sublime de aquellas dos palabras del sagrado texto: _Pertransiit
benefaciendo._ _Pas haciendo bien._

Sin embargo, por ms que pudiese esperarse de la caridad cristiana
entregada  sus propias inspiraciones, y obrando en la esfera meramente
individual, no era conveniente dejarla en semejante estado, sino que
era menester realizarla en instituciones permanentes, por medio de
las cuales se evitase que el socorro de las necesidades estuviese
sujeto  las contingencias inseparables de todo lo que depende de la
voluntad del hombre y de circunstancias de momento. Por este motivo,
fu sumamente cuerdo y previsor el pensamiento de plantear un gran
nmero de establecimientos de beneficencia. La Iglesia fu quien lo
concibi y lo realiz; y en esto no hizo otra cosa que aplicar  un
caso particular la regla general de su conducta: no dejar nunca  la
voluntad del individuo lo que puede vincularse en una institucin. Y
es digno de notarse que sta es una de las razones de la robustez que
tiene todo cuanto pertenece al Catolicismo: de manera que, as como el
principio de la autoridad en materias de dogma le conserva la unidad
y la firmeza en la fe, as la regla de reducirlo todo  instituciones
asegura la solidez y duracin  todas sus obras. Estos dos principios
tienen entre s una correspondencia ntima; porque, si bien se mira, el
uno supone la desconfianza en el entendimiento del hombre, el otro en
su voluntad y en sus medios Individuales. El uno supone que el hombre
no se basta  s mismo para el conocimiento de muchas verdades, el otro
que es demasiado veleidoso y dbil para que el hacer el bien pueda
quedar encomendado  su inconstancia y flaqueza. Y ni uno ni otro hacen
injuria al hombre, ni uno ni otro rebajan su dignidad; no hacen ms
que decirle lo que en realidad es, sujeto al error, inclinado al mal,
variable en sus propsitos y escaso en sus recursos. Verdades tristes,
pero atestiguadas por la experiencia de cada da, y cuya explicacin
nos ofrece la religin cristiana, asentando como dogma fundamental la
cada del humano linaje en la prevaricacin del primer padre.

El Protestantismo, siguiendo principios diametralmente opuestos, aplica
tambin  la voluntad el espritu de individualismo que predica para
el entendimiento, y as es que de suyo es enemigo de instituciones.
Concretndonos al objeto que nos ocupa, vemos que su primer paso, en
el momento de su aparicin, fu destruir lo existente, sin pensar
cmo podra reemplazarse. Increble parecer que Montesquieu haya
llegado al extremo de aplaudir esa obra de destruccin, y sta es
otra prueba de la maligna influencia ejercida sobre los espritus
por la pestilente atmsfera del siglo pasado. Enrique VIII, dice
el citado autor, queriendo reformar la Inglaterra, destruy los
frailes; gente perezosa que fomentaba la pereza de los dems, porque,
practicando la _hospitalidad_, haca que una infinidad de personas
ociosas, nobles y de la clase del pueblo, pasasen su vida corriendo
de convento en convento. _Quit tambin los hospitales, donde el
pueblo bajo encontraba su subsistencia_, como los nobles la suya en
los monasterios. Desde aquella poca se estableci en Inglaterra
el espritu de industria y de comercio. (_Espritu de las leyes._
Lib. 23, cap. 29.) Que Montesquieu hubiese encomiado la conducta de
Enrique VIII en destruir los conventos apoyndose en la miserable
razn de que, faltando la hospitalidad que en ellos se encontraba,
se quitara  los ociosos este recurso, es cosa que no fuera de
extraar, supuesto que semejantes vulgaridades eran del gusto de la
filosofa que empezaba  cundir  la sazn. En todo lo que estaba en
oposicin con las instituciones del Catolicismo se pretenda encontrar
profundas razones de economa y de poltica; cosa muy fcil, porque
un nimo preocupado encuentra en los libros, como en los hechos, todo
lo que quiere. Podase, sin embargo, preguntar  Montesquieu cul
haba sido el paradero de los bienes de los conventos; y, como de
esos pinges despojos cupo una buena parte  esos mismos nobles que
antes encontraban all la hospitalidad, quizs podra reconvenirse al
autor del _Espritu de las leyes_, por haber pretendido disminuir la
ociosidad de stos por un medio tan singular como era darles los bienes
de aquellos que los hospedaban. Por cierto que, teniendo los nobles
en su casa los mismos bienes que sufragaban para darles hospitalidad,
se les ahorraba el trabajo de _correr de convento en convento_. Pero
lo que no puede tolerarse, es que presente como un golpe maestro en
economa poltica _el haber quitado los hospitales, donde el pueblo
bajo encontraba su subsistencia_. Qu!  tan poco alcanza vuestra
vista, tan desapiadada es vuestra filosofa, que creis conducente para
el fomento de la industria y comercio la destruccin de los asilos del
infortunio?

Y es lo peor que, seducido Montesquieu por el prurito de hacer lo que
se llama observaciones nuevas y picantes, llega al extremo de negar la
utilidad de los hospitales, pretendiendo que en Roma sta es la causa
de que viva en comodidad todo el mundo, excepto los que trabajan. Si
las naciones son pobres, no quiere hospitales; si son ricas, tampoco;
y para sostener esa paradoja inhumana se apoya en las razones que ver
el lector en las siguientes palabras. Cuando la nacin es pobre, dice,
la pobreza particular dimana de la miseria general; y no es ms, por
decirlo as, que la misma miseria general. Todos los hospitales no
sirven entonces para remediar esa pobreza particular; _al contrario, el
espritu de pereza que ellos inspiran aumenta la pobreza general, y,
por consiguiente, la particular_. He aqu los hospitales presentados
como daosos  las naciones pobres, y, por tanto, condenados. Oigmosle
ahora por lo tocante  las ricas. He dicho que las naciones ricas
necesitaban hospitales, porque en ellas est sujeta la fortuna 
mil accidentes; pero _chase de ver que socorros pasajeros valdran
mucho ms que establecimientos perpetuos_. El mal es _momentneo_; de
consiguiente, es menester que _los socorros sean de una misma clase_, y
aplicables al accidente particular. (_Espritu de las leyes._ Lib. 23,
cap. 29.) Difcil es encontrar nada ms vaco y ms falso que lo que
se acaba de citar; de cierto que, si por semejante muestra se hubiese
de juzgar esa obra, cuyo mrito se ha exagerado tanto, merecera una
calificacin aun ms severa de la que le da M. Bonald cuando la llama
_la ms profunda de las obras superficiales_.

Afortunadamente para los pobres, y para el buen orden de la sociedad,
la Europa en general no ha adoptado esas mximas; y en este punto, como
en muchos otros, se han dejado aparte las preocupaciones contra el
Catolicismo, y se ha seguido con ms  menos modificaciones el sistema
que l haba enseado. En la misma Inglaterra existen en considerable
nmero los establecimientos de beneficencia, sin que se crea que para
aguijonear la diligencia del pobre sea menester exponerle al peligro
de perecer de hambre. Conviene, sin embargo, observar que ese sistema
de establecimientos pblicos de beneficencia, generalizado en la
actualidad por toda Europa, no hubiera existido sin el Catolicismo; y
puede asegurarse que, si el cisma religioso protestante hubiese tenido
lugar antes de que se plantease y organizase el indicado sistema, no
disfrutara actualmente la sociedad europea de unos establecimientos
que tanto le honran, y que, adems, son un precioso elemento de buena
polica y de tranquilidad pblica.

No es lo mismo fundar y sostener un establecimiento de esta clase,
cuando ya existen muchos otros del mismo gnero, cuando los gobiernos
tienen  la mano inmensos recursos, y disponen de la fuerza necesaria
para proteger todos los intereses, que plantear un gran nmero de ellos
cuando no hay tipos  que referirse, cuando se han de improvisar los
recursos de mil maneras diferentes, cuando el poder pblico no tiene
ni prestigio ni fuerza para mantener  raya las pasiones violentas
que se esfuerzan en apoderarse de todo lo que les ofrece algn cebo.
Lo primero se ha hecho en los tiempos modernos desde la existencia
del Protestantismo; lo segundo lo haba hecho siglos antes la Iglesia
catlica.

Y ntese bien que lo que se ha realizado en los pases protestantes
 favor de la beneficencia, no ha sido ms que actos administrativos
del gobierno, actos que necesariamente deba inspirarle la vista de
los buenos resultados que hasta entonces haban producido semejantes
establecimientos. Pero el Protestantismo en s, y considerado como
Iglesia separada, nada ha hecho. Ni tampoco poda hacer, pues que all
donde conserva algo de organizacin jerrquica, es un puro instrumento
del poder civil, y, por tanto, no puede obrar por inspiracin propia.
Para acabar de esterilizarse en este punto, tiene, adems del vicio de
su constitucin, sus preocupaciones contra los institutos religiosos,
tanto de hombres como de mujeres; y as est privado de uno de los
poderosos medios que tiene el Catolicismo para llevar  cabo las obras
de caridad ms arduas y penosas. Para los grandes actos de caridad es
necesario el desprendimiento de todas las cosas, y hasta de s mismo; y
esto es lo que se encuentra eminentemente en las personas consagradas
 la beneficencia en un instituto religioso; all se empieza por el
desprendimiento raz de todos los dems: el de la propia voluntad.

La Iglesia catlica, lejos de proceder en esta parte por inspiraciones
del poder civil, ha considerado como objeto propio el cuidar del
socorro de todas las necesidades; y los obispos han sido considerados
como los protectores y los inspectores natos de los establecimientos
de beneficencia. Y de aqu es que por derecho comn los hospitales
estaban sujetos  los obispos, y en la legislacin cannica ha
ocupado siempre un lugar muy principal el ramo de establecimientos de
beneficencia.

Es antiqusimo en la Iglesia legislar sobre esos establecimientos, y
as vemos que el concilio de Calcedonia, al prescribir que est bajo la
autoridad del obispo de la ciudad el clrigo constitudo _in ptochiis_,
esto es, segn explicacin de Zonaras, en unos establecimientos
destinados al alimento y cuidado de los pobres, como son aquellos
donde se reciben y mantienen los pupilos, los viejos y enfermos, usa
la siguiente expresin: _segn la tradicin de los Santos Padres_;
indicando con esto que existan ya disposiciones antiguas de la Iglesia
sobre tales objetos, pues que ya entonces se apelaba  la tradicin,
en tratndose de arreglar algn punto  ellos concerniente. Son
conocidas tambin de los eruditos las antiguas _Diaconas_, lugares de
beneficencia donde se recogan viudas pobres, hurfanos, viejos y otras
personas miserables.

Cuando con la irrupcin de los brbaros se introdujo por todas partes
el dominio de la fuerza, los bienes que haban adquirido,  que en lo
sucesivo adquiriesen, los hospitales, estaban muy mal seguros, pues que
de suyo ofrecan un cebo muy estimulante. No falt, empero, la Iglesia
 cubrirlos con su proteccin. La prohibicin de apoderarse de ellos
se haca de un modo muy severo, y los perpetradores de este atentado
eran castigados como _homicidas de pobres_. El concilio de Orleans,
celebrado en el ao 549, prohibe en su canon 13 el apoderarse de los
bienes de hospitales; y en el canon 15, confirmando la fundacin de un
hospital hecho en Len por el rey Childeberto y la reina Ultragotha,
encargando la seguridad y la buena administracin de sus bienes, impone
 los contraventores la pena de anatema como reos de _homicidio de
pobres_.

Ciertas disposiciones sobre los pobres, que son  un tiempo de
beneficencia y de policia, y adoptadas en la actualidad en varios
pases, las encontramos en antiqusimos concilios; como el formar una
lista de los pobres de la parroquia, el obligar  sta  mantenerlos, y
otras semejantes. As, el concilio de Tours, celebrado por los aos de
566  567, ordena en su canon 5. que cada ciudad mantenga sus pobres,
y que los sacerdotes rurales y sus feligreses alimenten los suyos, para
evitar que los mendigos anden vagabundos por las ciudades y provincias.
Por lo que toca  los leprosos, el canon 21 del concilio de Orleans,
poco ha citado, prescribe que los obispos cuiden particularmente de
los pobres leprosos de sus dicesis, suministrndoles del fondo de la
Iglesia alimento y vestido; y el concilio de Len, celebrado en el
ao 583, manda en su canon 6. que los leprosos de cada ciudad y su
territorio sean mantenidos  expensas de la Iglesia, cuidando de esto
el obispo.

Tenase en la Iglesia una matrcula de los pobres, para distribuirles
una parte de los bienes, y estaba expresamente prohibido el recibir
nada de ellos por inscribirlos en la misma. En el concilio de Reims,
celebrado en el ao 874, se prohibe en el 2. de sus cinco artculos
el recibir nada de los pobres que se matriculaban, y esto so pena de
deposicin.

La solicitud por la mejora de la suerte de los presos, que tanto se
ha desplegado en los tiempos modernos, es antiqusima en la Iglesia,
y es de notar que ya en el siglo sexto haba en ellas un visitador
de crceles. El arcediano,  el prepsito de la iglesia, tena la
obligacin de visitar los presos todos los domingos. No se exceptuaba
de esta solicitud ninguna clase de criminales; y el arcediano deba
enterarse de sus necesidades y suministrarles el alimento y lo dems
que necesitasen, por medio de una persona recomendable elegida por el
obispo. As consta del canon 20 del concilio de Orleans, celebrado en
el ao 549.

Larga sera la tarea de enumerar ni aun una pequea parte de las
disposiciones que atestiguan el celo desplegado por la Iglesia en el
consuelo y alivio de todos los desgraciados; ni esto fuera propio de
este lugar, dado que slo me he propuesto comparar el espritu del
Protestantismo con el del Catolicismo con respecto  las obras de
beneficencia. Pero, ya que el mismo desarrollo de la cuestin me ha
llevado como de la mano  algunas indicaciones histricas, no puedo
menos de recordar el captulo 141 del concilio de Aix-la-Chapelle,
donde se ordena que los prelados, siguiendo los ejemplos de sus
predecesores, funden un hospital para recibir tantos pobres cuantos
alcancen  mantener las rentas de la iglesia. Los cannigos haban
de dar al hospital el diezmo de sus frutos, y uno de ellos deba
ser nombrado para recibir  los pobres extranjeros, y para la
administracin del hospital. Esto en la regla para los cannigos. En la
regla para las canonesas dispone el mismo concilio que se establezca
un hospital cerca del monasterio, y que dentro del mismo haya un sitio
destinado para recibir  las mujeres pobres. De esta prctica result
que, muchos siglos despus, se vean en varias partes hospitales junto
 la iglesia de los cannigos.

Llegando  tiempos ms cercanos, son en muy crecido nmero los
institutos que se fundaron con objetos de beneficencia; siendo de
admirar la fecundidad con que brotaban por dondequiera los medios
de socorrer las necesidades que se iban ofreciendo. No es dado
calcular  punto fijo lo que hubiera sucedido sin la aparicin del
Protestantismo; pero, discurriendo por analoga, se puede conjeturar
que, si el desarrollo de la civilizacin europea se hubiese llevado
 su complemento bajo el principio de la unidad religiosa, y sin
las revoluciones y reacciones incesantes en que se hall sumida la
Europa, merced  la pretendida reforma, no habra dejado de nacer del
seno de la religin catlica algn sistema general de beneficencia
que, organizado con una grande escala y conforme  lo que han ido
exigiendo los nuevos progresos de la sociedad, quizs hubiera prevenido
 remediado esa plaga del pauperismo, que es el cncer de los
pueblos modernos. Qu no poda esperarse de los esfuerzos de toda la
inteligencia y de todos los recursos de Europa, obrando de concierto
para lograr este objeto? Desgraciadamente se rompi la unidad de la
fe, se desconoci la autoridad que deba ser el centro en adelante,
como lo haba sido hasta all, y, desde entonces, la Europa, que
estaba destinada  ser en breve un pueblo de hermanos, se convirti en
un campo de batalla donde se pele con inaudito encarnizamiento. El
rencor, engendrado por la diferencia de religin, no permiti que se
aunasen los esfuerzos para salir al paso de las nuevas complicaciones
y necesidades que iban  brotar de la organizacin social y poltica
alcanzada por la Europa  costa de los trabajos de tantos siglos; en
lugar de esto, se aclimataron entre nosotros las disputas rencorosas,
la insurreccin y la guerra.

Es menester no olvidar que con el cisma de los protestantes, no slo se
ha impedido la reunin de todos los esfuerzos de Europa para alcanzar
el fin indicado, sino que se ha causado, adems, otro mal muy grave,
cual es: que el Catolicismo no ha podido obrar de una manera regular,
aun en los pases donde se ha conservado con predominio,  principal,
 exclusivo. Casi siempre ha tenido que mantenerse en actitud de
defensa, y as se ha visto precisado  gastar una gran parte de sus
recursos en procurarse medios de salvar su existencia propia. Resulta
de esto ser muy probable que el orden actual de cosas en Europa es del
todo diferente del que hubiera sido en la suposicin contraria, y que
tal vez, en este ltimo caso, no hubiera sido necesario fatigarse en
esfuerzos impotentes contra un mal que, segn todas las apariencias, si
no se imaginan otros medios que los conocidos hasta aqu, es poco menos
que incurable.

Se me dir que, en tal caso, la Iglesia hubiera conservado una
autoridad excesiva sobre todo el ramo de beneficencia, lo que habra
sido una limitacin injusta de las facultades del poder civil; pero
esto es un error. Porque es falso que la Iglesia pretendiese nada
que no estuviese muy de acuerdo con lo que exige el mismo carcter de
protectora de todos los desgraciados, de que se halla tan dignamente
revestida. Verdad es que en ciertos siglos apenas se oye otra voz,
ni se ve otra accin que la suya, en todo lo tocante al ramo de
beneficencia; pero es menester observar que en aquellos siglos estaba
muy lejos el poder civil de poseer una administracin ordenada y
vigorosa, con que pudiese auxiliar como corresponde  la Iglesia. Tanto
dista de haber mediado en esto ninguna ambicin por parte de ella, que,
antes bien, llevada por su celo sin lmites, haba cargado sobre sus
hombros todo el cuidado, as de lo espiritual como de lo temporal, sin
reparar en ninguna clase de sacrificios y dispendios.

Tres siglos han pasado desde el funesto acontecimiento que lamentamos,
y la Europa, que durante este tiempo ha estado sujeta en buena parte
 la influencia del Protestantismo, no ha dado un solo paso ms all
de lo que estaba ya hecho antes de aquella poca. No puedo creer que,
si estos tres siglos hubiesen corrido bajo la influencia exclusiva
del Catolicismo, no hubiese brotado de su seno alguna invencin
caritativa, que hubiese elevado los sistemas de beneficencia  toda la
altura reclamada por la complicacin de los nuevos intereses. Echando
una ojeada sobre los varios sistemas que fermentan en el espritu de
los que se ocupan en esta cuestin gravsima, figura la _asociacin_
bajo una  otra forma. Cabalmente ste ha sido uno de los principales
favoritos del Catolicismo, el cual, as como proclama la _unidad_ en
la fe, as proclama la _unin_ en todo. Pero hay la diferencia de que
muchas de las asociaciones que se conciben y plantean, no son ms que
_aglomeracin_ de intereses, faltndoles la _unin_ de voluntades,
la _unidad_ de fin, circunstancias que no se encuentran sino por
medio de la caridad cristiana; y, no obstante, son necesarias estas
circunstancias para llevar  cabo las grandes obras de beneficencia, si
en ella se ha de encontrar algo ms que una medida de administracin
pblica. Esta administracin de poco sirve cuando no es vigorosa; y,
desgraciadamente, cuando alcanza este vigor, su accin se resiente un
poco de la dureza y tirantez de los resortes. Por esto se necesita
la caridad cristiana, que, filtrndose por todas partes  manera de
blsamo, suavice lo que tenga de duro la accin del hombre.

Ay de los desgraciados que no reciben el socorro en sus necesidades,
sino por medio de la administracin civil, sin intervencin de la
caridad cristiana! En las relaciones que se darn al pblico, la
_filantropa_ exagerar los cuidados que prodiga al infortunio,
pero en la realidad las cosas pasarn de otra manera. El amor de
nuestros hermanos, si no est fundado en principios religiosos, es
tan abundante de palabras como escaso de obras. La vista del pobre,
del enfermo, del anciano desvalido, es demasiado desagradable para
que podamos soportarla por mucho tiempo, cuando no nos obligan 
ello muy poderosos motivos. Cunto menos se puede esperar que los
cuidados penosos, humillantes, de todas horas, que reclama el socorro
de esos infelices, puedan ser sostenidos cual conviene por un vago
sentimiento de humanidad? No: donde falte la caridad cristiana, podr
haber puntualidad, exactitud, todo lo que se quiera, por parte de los
asalariados para servir, si el establecimiento est sujeto  una buena
administracin; pero faltar una cosa que con nada se suple, que no se
paga, _el amor_. Mas, se nos dir, no tenis fe en la filantropa? No;
porque, como ha dicho Chateaubriand, la filantropa es la moneda falsa
de la caridad.

Muy razonable era, pues, que la Iglesia tuviese una intervencin
directa en todos los ramos de beneficencia, pues que ella era quien
deba saber mejor que nadie el modo de hacer obrar la caridad
cristiana, aplicndola  todo linaje de necesidades y miserias. No
era esto satisfacer la ambicin, sino dar pbulo al celo; no era
reclamar un privilegio, sino hacer valer un derecho. Por lo dems, si
os empeareis en apellidar ambicin este deseo, al menos no podris
negarnos que es una ambicin de nueva clase, una ambicin muy digna de
gloria y prez, la de reclamar el privilegio de socorrer y consolar el
infortunio.[8]




CAPITULO XXXIV


La cuestin sobre la suavidad de costumbres, tratada en los captulos
anteriores, me conduce naturalmente  otra, harto difcil ya de suyo,
y que, adems, ha llegado  ser en extremo espinosa,  causa de las
muchas preocupaciones que la rodean. Hablo de la tolerancia en materias
religiosas. Para ciertos hombres la palabra Catolicismo es sinnima de
intolerancia; y es tal el embrollo de ideas en este punto, que es tarea
trabajosa el empeo de aclarrselas. Basta pronunciar el nombre de
intolerancia, para que el nimo de algunas personas se sienta asaltado
de toda clase de ideas ttricas y horrorosas. La legislacin, las
instituciones, los hombres de los tiempos pasados, todo es condenado
sin apelacin, al menor asomo que se descubre de intolerancia. Las
causas que  esto contribuyen son varias; pero, si se quiere sealar la
principal, se podra repetir la profunda sentencia de Catn, cuando,
acusado,  la edad de 86 aos, de no s qu delitos de su vida, en
pocas muy anteriores, dijo: Difcil es dar cuenta de la propia
conducta  hombres de otro siglo del en que uno ha vivido.

Cosas hay sobre las que no es posible formar juicio acertado, sin
poseer no slo el conocimiento, sino un sentimiento vivo de la poca en
que se realizaron. Y cuntos son los hombres capaces de llegar  este
punto? Pocos son los que consiguen poner su entendimiento  cubierto
del influjo de la atmsfera que los circunda; pero todava son menos
los que lo alcanzan con respecto al corazn. Cabalmente el siglo en
que vivimos es el reverso de los siglos de la intolerancia, y he aqu
la primera dificultad que ocurre en la discusin de esta clase de
cuestiones.

El acaloramiento y la mala fe de algunos que las examinaron, han tenido
tambin no escasa parte en el extravo de la opinin. Nada existe en el
mundo que no pueda desacreditarse si no se mira ms que por un lado;
porque las cosas, miradas as, son falsas, , en otros trminos, no son
ellas mismas. Todo cuerpo tiene tres dimensiones: quien no atienda ms
que  una, no se forma idea del cuerpo, sino de una cantidad que es muy
diferente de l. Tomad una institucin cualquiera, la ms justa, la
ms til que podis imaginar; proponeos examinarla bajo el aspecto de
los males  inconvenientes que haya acarreado, cuidando de agrupar en
pocas pginas lo que en realidad est desparramado en muchos siglos.
Su historia resultar repugnante, negra, digna de execracin. Dejad
que un amante de la democracia os pinte en breve cuadro, y con hechos
histricos, los males  inconvenientes de la monarqua, y los vicios y
los crmenes de los monarcas; qu parece entonces la monarqua? Pero,
 un amante de sta, dejadle que  su vez pueda retrataros tambin con
hechos histricos, la democracia y los demagogos; qu resulta entonces
la democracia? Reunid en un cuadro los males acarreados por el mucho
adelanto de los pueblos; la civilizacin y la cultura os parecern
detestables. Andando en busca de hechos en los fastos del espritu
humano, se puede hacer de la historia de la ciencia, la historia de
la locura y hasta del crimen. Acumulando los accidentes funestos
ocasionados por los profesores del arte de curar, se puede presentar
esta profesin benfica, como la carrera del homicidio. En una
palabra: todo se puede falsear procediendo de esta suerte. Dios mismo
se nos ofrecer como un monstruo de crueldad y tirana, si, haciendo
abstraccin de su bondad, de su sabidura, de su justicia, no atendemos
 otra cosa que  los males que presenciamos en un mundo creado por su
poder y sujeto  su providencia.

Apliquemos estos principios. Si, dejando aparte el espritu de los
tiempos, de circunstancias particulares de un orden de cosas del todo
diferente, se nos hace la historia de la intolerancia religiosa de los
catlicos, cuidando de que los rigores de Fernando  Isabel, de Felipe
II, de la reina Mara de Inglaterra, de Luis XIV, y todo lo acontecido
en el espacio de tres siglos, se vean reducidos en pocas pginas, y
con los colores tan recargados como posible sea; el lector que recibe
en pocos momentos la impresin de sucesos que se anduvieron realizando
en trescientos aos, el lector que, viviendo en una sociedad donde las
crceles se van convirtiendo en casas de recreo, y donde es vivamente
combatida la pena de muerte, ve delante de sus ojos tanto lbrego
calabozo, aparatos de tormento, sambenitos y hogueras, siente latir
vivamente su corazn, llora sobre el infortunio de los desgraciados
que perecen, y se indigna contra los autores de lo que l apellida
horrendas atrocidades. Nada se le ha dicho al cndido lector de los
principios y de la conducta de los protestantes en la misma poca,
nada se le ha recordado de la crueldad de Enrique VIII y de Isabel de
Inglaterra, y as todo su odio se concentra sobre los catlicos, y
se acostumbra  mirar el Catolicismo como una religin de tirana y
de sangre. Pero el juicio que de ah se forme, ser recto? ser un
fallo dado con pleno conocimiento de causa? Veamos lo que haramos al
encontrar un negro cuadro, tal como se ha indicado ms arriba, sobre
la monarqua, sobre la democracia, sobre la civilizacin, sobre la
ciencia, sobre las profesiones ms benficas. Lo que haramos,  al
menos lo que ciertamente debiramos hacer, sera extender ms all
nuestra vista, volver el objeto mirndole en sus diferentes caras,
atender  los bienes despus de habernos hecho cargo de los males;
disminuir la impresin que stos nos han causado y considerarlos
como fueron en s, es decir, distribudos  grandes distancias en
el curso de los siglos; en una palabra, procuraramos ser justos
tomando en nuestras manos la balanza para pesar el bien y el mal,
para compararlos, como debe hacerse siempre que se trate de apreciar
debidamente las cosas en la historia de la humanidad. Lo propio se
habra de ejecutar en el caso en cuestin, para precaverse contra
el error  que conducen las falsas relaciones, y la exageracin de
ciertos hombres, cuyo objeto evidente ha sido falsear los hechos, no
presentndolos sino por un lado. Ahora no existe la Inquisicin y por
cierto que no hay probabilidades de que se restablezca; no existen
tampoco las leyes severas que sobre este particular regan en otros
tiempos:  estn abrogadas,  han cado en desuso; y as nadie puede
tener un inters en que se las mire desde un punto de vista falso.
Concbese que para algunos existiese ese inters, mientras se trat de
hacerles la guerra con la mira de destruirlas; pero, una vez logrado el
objeto, la Inquisicin y esas leyes son un hecho histrico que conviene
examinar con detenimiento  imparcialidad.

Aqu hay dos cuestiones: la del principio, y la de su aplicacin; 
bien, de la intolerancia, y del modo de ejercerla. Es menester no
confundir estas dos cosas, que, por ms enlazadas que se hallen, son,
sin embargo, muy diferentes. Empezar por examinar la primera.

En la actualidad se proclama como un principio la tolerancia universal,
y se condena sin restriccin todo linaje de intolerancia. Quin cuida
de examinar el verdadero sentido de esas palabras? Quin analiza 
la luz de la razn las ideas que encierran? Quin, para aclararlas,
echa mano de la historia y de la experiencia? Muy pocos. Se pronuncian
maquinalmente, se emplean  cada paso para establecer proposiciones
de la mayor transcendencia, sin recelo siquiera de que en ellas se
envuelva un orden de ideas, de cuya buena  mala inteligencia y
aplicacin est pendiente la sociedad. Pocos se paran en que hay aqu
cuestiones de derecho tan profundas como delicadas, que hay una gran
parte de la historia en que, segn como se resuelvan los problemas
sobre la tolerancia, se condena todo lo pasado, se derriba todo lo
presente, y no se deja, para edificar en el porvenir, ms que un
movedizo cimiento de arena. Por cierto que lo ms cmodo en semejantes
casos, es recibir y emplear las palabras tales como circulan, de la
misma suerte que se toma y da una moneda corriente, sin pararse en
examinar si es  no es de buena ley. Pero lo ms cmodo no es siempre
lo ms til; y as como, en tratndose de monedas de algn valor, nos
tomamos la molestia de examinarlas para evitar el engao, es menester
observar la misma conducta con respecto  palabras cuyo significado sea
muy transcendental.

_Tolerancia_: que significa esa palabra? Propiamente hablando,
significa el sufrimiento de una cosa que se concepta mala, pero que
se cree conveniente dejarla sin castigo. As se toleran cierta clase
de escndalos, se toleran las mujeres pblicas, se toleran estos 
aquellos abusos; de manera que la idea de tolerancia anda siempre
acompaada de la idea del mal. Tolerar lo bueno, tolerar la virtud,
seran expresiones monstruosas. Cuando la tolerancia es en el orden de
las ideas, supone tambin un mal del entendimiento: el error. Nadie
dir jams que _tolera la verdad_.

En contra de esto ltimo puede hacerse una observacin, fundada en
el uso generalmente introducido de decir: _tolerar las opiniones_;
y opinin es muy diferente de error.  primera vista, la dificultad
parece no tener solucin; pero, bien mirada la cosa, es muy difcil
encontrrsela. Cuando decimos que toleramos una opinin, hablamos
siempre de opinin contraria  la nuestra. En este caso, la opinin
ajena es en nuestro juicio un error; pues que no es posible que
tengamos una opinin sobre un punto, es decir, que pensemos que una
cosa es  no es,  es de esta manera  de la otra, sin que al propio
tiempo juzguemos que los que no piensan como nosotros, yerran. Si
nuestra opinin no pasa de tal, es decir, si el juicio, bien que
afianzado en razones que nos parecen buenas, no ha llegado  una
completa seguridad, entonces nuestro juicio sobre el error de los
otros ser tambin una mera opinin; pero, si llega la conviccin 
tal punto, que se afirme y consolide del todo, esto es, si llegamos 
la certeza, entonces estaremos tambin ciertos de que los que forman
un juicio opuesto, yerran. De donde se infiere que en la palabra
tolerancia referida  opiniones, se envuelve siempre la significacin
de tolerancia de errores. Quien est por el _s_, tiene por falso el
_no_; y quien est por el _no_, tiene por falso el _s_. Esto no es ms
que una simple aplicacin de aquel famoso principio: _es imposible que
una cosa sea y no sea al mismo tiempo_.

Pero, entonces, se me dir, qu significamos cuando decimos _respetar
las opiniones_? Se sobrentender tambin que respetamos errores? No.
El _respetar las opiniones_ puede tener dos sentidos muy razonables.
El primero se funda en la misma flaqueza de conviccin de la persona
que respeta; porque, cuando sobre un punto no hemos llegado  ms que
 formar opinin, se entiende que no hemos llegado  certeza; y, por
tanto, en nuestra mente hay el conocimiento de que existen razones
por la parte opuesta. Bajo este concepto podemos muy bien decir que
respetamos la opinin ajena; con lo que expresamos la conviccin de que
podemos engaarnos, y de que quizs no est la verdad de nuestra parte.
Segundo: respetar las opiniones significa  veces respetar las personas
que las profesan, respetar su buena fe, respetar sus intenciones. As
se dice  veces _respetar las preocupaciones_, y claro es que no se
habla entonces de un verdadero respeto que  ellas se profese.

De donde se ve que la expresin _respetar las opiniones ajenas_ tiene
significado muy diferente, segn que la persona que las respeta tiene 
no convicciones ciertas en sentido contrario.

Comprenderemos mejor lo que es la tolerancia, cul su origen y cules
sus efectos, si, antes de examinarla en la sociedad, la analizamos de
suerte que el objeto de nuestra observacin se reduzca  su elemento
ms simple: la tolerancia considerada en el individuo. Se llama
tolerante un individuo, cuando est habitualmente en tal disposicin de
nimo, que soporta sin enojarse ni alterarse las opiniones contrarias 
la suya. Esta tolerancia tendr distintos nombres, segn las diferentes
materias sobre que verse. En materias religiosas, la tolerancia, as
como la intolerancia, pueden encontrarse en quien tenga religin y en
quien no la tenga; de suerte que ni una ni otra de estas dos ltimas
situaciones envuelve por necesidad el ser tolerante ni intolerante.
Algunos se imaginan que la tolerancia es propia de los incrdulos y la
intolerancia de los hombres religiosos; pero esto es un error: quin
ms tolerante que San Francisco de Sales? y quin ms intolerante que
Voltaire?

La tolerancia en un hombre religioso, aquella tolerancia que no dimana
de la flojedad en las creencias, y que se enlaza muy bien con un
ardiente celo por la conservacin y la propagacin de la fe, nace de
dos principios: la caridad y la humanidad: la caridad, que nos hace
amar  todos los hombres, aun  nuestros mayores enemigos; que nos
inspira la compasin de sus faltas y errores; que nos obliga  mirarlos
como hermanos, y  emplear los medios que estn en nuestro alcance
para sacarlos de su mal estado, sin que nos sea lcito considerarlos
privados de esperanza de salvacin, mientras viven sobre la tierra.
Rousseau ha dicho que es imposible vivir en paz con gentes  quienes
se cree condenadas; nosotros no creemos ni podemos creer condenado
 nadie, mientras vive; pues que, por grande que sea su iniquidad,
todava son mayores la misericordia de Dios y el precio de la sangre de
Jesucristo; y tan lejos estamos de pensar lo que dice el filsofo de
Ginebra que amar  esos tales sera aborrecer  Dios, que antes bien
dejara de pertenecer  nuestra creencia quien sostuviese semejante
doctrina. La humildad cristiana es la otra fuente de la tolerancia;
la humildad, que nos inspira un profundo conocimiento de nuestra
flaqueza, que nos hace mirar cuanto tenemos como venido de Dios, que
no nos deja ver nuestras ventajas sobre nuestros prjimos, sino como
mayores ttulos de agradecimiento  la liberal mano de la Providencia;
la humildad, que, no limitndose  la esfera individual, sino abrazando
la humanidad entera, nos hace considerar como miembros de la gran
familia del linaje humano, cado de su primitiva dignidad por el
pecado del primer padre, con malas inclinaciones en el corazn, con
tinieblas en el entendimiento, y, por consiguiente, digno de lstima 
indulgencia en sus faltas y extravos; esa virtud sublime en su mismo
anonadamiento, y que, como ha dicho admirablemente Santa Teresa, agrada
tanto  Dios, porque la _humildad es la verdad_, esa virtud nos hace
indulgentes con todo el mundo, porque no nos deja olvidar un momento
que nosotros, ms tal vez que nadie, necesitamos tambin de indulgencia.

No bastar, sin embargo, para que un hombre religioso sea tolerante
en toda la extensin de la palabra, el que sea caritativo y humilde:
la experiencia nos lo ensea as y la razn nos indica las causas.
Con la mira de aclarar perfectamente un punto cuya mala inteligencia
embrolla casi siempre esta clase de cuestiones, presentar un paralelo
de dos hombres religiosos cuyos principios sern los mismos, pero
cuya conducta ser muy diferente. Supnganse dos sacerdotes, ambos
distinguidos en ciencia y eminentes en virtud; pero de manera que el
uno haya pasado su vida en el retiro, rodeado de personas piadosas, y
no tratando sino con catlicos, mientras el otro, empleado en misiones
en diferentes pases donde se hallan establecidas diversas religiones,
se ha visto precisado  conversar con hombres de distintas creencias, 
vivir entre ellos, y  sufrir el altar de una religin falsa levantado
 poca distancia del de la religin verdadera. Los principios de la
caridad cristiana sern los mismos en ambos, uno y otro mirarn como
un don de Dios la fe que recibieron y conservan; pero,  pesar de
todo esto, su conducta ser muy diferente, si se encuentran con un
hombre que,  tenga otras creencias,  no profese ninguna. El primero,
que jams ha tratado sino con fieles, que siempre ha odo hablar con
respeto de la religin, se estremecer, se indignar,  la primera
palabra que oiga contra la fe  las ceremonias de la Iglesia, sindole
poco menos que imposible sostener con serenidad la conversacin 
la disputa que sobre la materia se entable; mientras el segundo,
acostumbrado  oir cosas semejantes,  ver contrariada su creencia, 
discutir con hombres que la tenan diferente, se mantendr sosegado y
calmoso, entrando reposadamente en la cuestin, si necesario fuere, 
esquivndola hbilmente, si as lo dictare la prudencia. De dnde esta
variedad? No es difcil conocerlo: es que este ltimo, con el trato, la
experiencia, las contradicciones, ha llegado  poseer un conocimiento
claro de la verdadera situacin del mundo, se ha hecho cargo de la
funesta combinacin de circunstancias que han conducido  mantienen
 muchos desgraciados en el error, sabe en cierto modo colocarse en
el lugar en que ellos se encuentran, y as siente con ms viveza el
beneficio que l debe  la Providencia, y es para con los otros ms
benigno  indulgente. Enhorabuena que el otro sea tan virtuoso, tan
caritativo, tan humilde cuanto se quiera; pero, cmo se puede exigir
de l que no se conmueva profundamente, que no deje traslucir las
seales de su indignacin, cuando oye negar por la primera vez lo
que l ha credo siempre con la fe ms viva, sin que haya encontrado
otra oposicin que los argumentos propuestos en algunos libros? No
le faltaba, por cierto, la noticia de la existencia de herejes 
incrdulos, pero le faltaba el haberse encontrado con ellos  menudo,
el haber odo la exposicin de cien sistemas diferentes, el haber visto
extraviadas personas de distintas clases, de diversas ndoles, de
variada disposicin de nimo; la susceptibilidad de su espritu, como
que nunca haba sufrido, no haba podido embotarse; y as, con las
mismas virtudes, y si se quiere con los mismos conocimientos, que el
otro, no haba alcanzado aquella viveza, por decirlo as, con que un
entendimiento claro, y adems ejercitado con la prctica, entra en el
espritu de aquellos con quienes habla, y ve las razones  los motivos
 las pasiones que los ciegan para que no lleguen al conocimiento de la
verdad.

Por donde se echa de ver que la tolerancia en un individuo que tenga
religin, supone cierta blandura de nimo, que, nacida del trato
y de los hbitos que ste engendra, se hermana, no obstante, con
las convicciones religiosas ms profundas, y con el celo ms puro
y ardiente por la propagacin de la verdad. En lo moral como en lo
fsico, el roce afina, el uso gasta, y no es posible que nada se
sostenga por largo tiempo en actitud violenta. El hombre se indignar
una, dos, cien veces al oir que se impugna su manera de pensar; pero
no es posible que contine indignndose siempre, y as al cabo vendr
 resignarse  la oposicin, se acostumbrar  sufrirla con templanza,
y por ms sagradas que concepte sus creencias, se contentar con
defenderlas y propagarlas cuando le sea posible, y, cuando no, tratar
de guardarlas en el fondo de su alma como un precioso depsito,
procurando reservarlas del viento disipador que oye soplar en sus
alrededores.

La tolerancia, pues, no supone en el individuo nuevos principios,
sino ms bien una calidad adquirida con la prctica, una disposicin
de nimo que se va adquiriendo insensiblemente, un hbito de sufrir
formado con la repeticin del sufrimiento.

Pasando ahora  considerar la tolerancia en el hombre no religioso,
observaremos que ste puede serlo de dos maneras. Los hay que, no slo
no tienen religin, sino que le profesan odio, ora por un funesto
extravo de ideas, ora por mirarla como un obstculo  sus pasiones 
 sus particulares designios. stos son en extremo intolerantes; y su
intolerancia es la peor, porque no va acompaada de ningn principio
moral que pueda enfrenarla. El hombre en semejantes circunstancias
sintese, por decirlo as, en guerra consigo mismo, y con el linaje
humano: consigo mismo, porque tiene que sofocar los gritos de su
conciencia propia; con el linaje humano, que protesta contra la
doctrina insensata empeada en desterrar de la tierra el culto de Dios.
Por esta causa se encuentra en los hombres de esta clase un fondo
excesivo de rencor y despecho; por esto sus palabras destilan hiel; por
esto echan mano de la burla, del insulto, de la calumnia.

Hay, empero, otra clase de hombres, que, si bien carecen de religin,
no tienen en contra de ella una opinin determinada; viven en una
especie de escepticismo,  que han sido conducidos,  por la lectura de
malos libros,  por reflexiones de una filosofa superficial y ligera;
no estn adheridos  la religin, pero tampoco estn enemistados con
ella. Muchos conocen su alta importancia para el bien de la sociedad;
y aun algunos abrigan cierto deseo de volver  poseerla: all en
momentos de recogimiento y meditacin recuerdan con gusto los das
en que ofrecan  Dios un entendimiento fiel y un corazn puro, y al
ver cmo se precipitan los momentos de la vida, quizs conservan an
la vaga esperanza de reconciliarse con el Dios de sus padres, antes
de bajar al sepulcro. Estos hombres son tolerantes; pero, si bien se
mira, la tolerancia no es en ellos ni un principio, ni una virtud: es
una simple necesidad que resulta de su posicin. Mal puede indignarse
contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna, y, por tanto, no
encuentra oposicin en ninguna; mal puede indignarse contra la religin
quien la considera como una cosa necesaria al bienestar de la sociedad;
mal puede abrigar contra ella rencorosos sentimientos quien la echa de
menos en el fondo de su alma, quien la mira tal vez como un rayo de
esperanza al fijar sus ojos en un pavoroso porvenir. La tolerancia,
en tal caso, nada tiene de extrao, es natural, necesaria; y lo que
fuera inconcebible, lo que fuera extravagante, y que indicara un mal
corazn, sera la intolerancia.

Elevando del individuo  la sociedad las consideraciones que se
acaban de presentar, debe observarse que la tolerancia, as como la
intolerancia, puede mirarse,  en el gobierno,  en la sociedad:
porque sucede  veces que no andan acordes, y que mientras el gobierno
sostiene un principio, predomina en la sociedad otra directamente
opuesto. Como el gobierno est formado de un corto nmero de
individuos, es aplicable  l todo cuanto se ha dicho de la tolerancia,
considerada en la esfera puramente individual: bien que debe tenerse en
cuenta que los hombres colocados en el gobierno no pueden abandonarse
sin tasa al impulso de sus opiniones y sentimientos, y  menudo se
ven precisados  sacrificarlos en las aras de la opinin pblica. Por
algn tiempo, y favorecidos por circunstancias excepcionales, podrn
contrariarla  falsearla; pero bien pronto la fuerza de las cosas les
sale al paso, obligndolos  cambiar de rumbo.

Limitndonos, pues,  considerar la tolerancia en la sociedad, pues que
al fin, tarde  temprano, el gobierno llega  ser la expresin de las
ideas y sentimientos de esta misma sociedad, podemos notar que sigue
los mismos trmites que en el individuo. No es efecto de un principio,
sino de un hbito. Cuando en una misma sociedad viven por largo tiempo
hombres de diferentes creencias religiosas, al fin llegan  sufrirse
unos  otros,  tolerarse, porque  esto los conduce el cansancio de
repetidos choques, y el deseo de un tenor de vida ms tranquilo y
apacible; pero en el comienzo de esta discordancia de creencias, cuando
se encuentran cara  cara por primera vez los hombres que las tienen
distintas, el choque ms  menos rudo es siempre inevitable. Las causas
de esto se encuentran en la misma naturaleza del hombre, y vano es
luchar contra ella.

Algunos filsofos modernos han credo que la sociedad actual les
es deudora del espritu de tolerancia que en ella domina; pero no
han advertido que esa tolerancia es ms bien un hecho que se ha
consumado lentamente por la fuerza misma de las cosas, que el fruto
de la doctrina por ellos predicada. En efecto: qu es lo que han
dicho por nuevo? Han recomendado la fraternidad universal; pero esta
fraternidad es una de las doctrinas del Cristianismo. Han exhortado 
vivir en paz  los hombres de todas religiones; pero, antes que ellos
empezasen  decrselo, los hombres comenzaban ya  tomar ese partido
en muchos pases de Europa, pues que desgraciadamente eran tantas
y tan diferentes las religiones, que ya no era posible que ninguna
alcanzase un predominio exclusivo. Tienen, es verdad, ciertos filsofos
incrdulos un triste ttulo  sus pretensiones sobre la extensin de
la tolerancia, y es que, habiendo llegado  sembrar la incredulidad y
el escepticismo, han generalizado, as en los gobiernos como en los
pueblos, aquella falsa tolerancia, que no es ninguna virtud, sino la
indiferencia por todas las religiones.

Y en verdad, por qu es tan general la tolerancia en nuestro siglo?;
, mejor diremos, en qu consiste esta tolerancia? Observadla bien,
y veris que no es ms que el resultado de una situacin social, en
un todo conforme  la descrita ms arriba con respecto al individuo
que carece de creencias, pero que no las rechaza porque las considera
como muy tiles al bien pblico, y hasta alimenta una vaga esperanza
de volver  ellas algn da. En lo que hay en esto de bueno ninguna
parte han tenido los filsofos incrdulos, es ms bien una protesta
contra ellos; que ellos, mientras eran impotentes para apoderarse del
mando, prodigaban la calumnia y el sarcasmo  todo lo ms sagrado que
hay en el cielo y en la tierra, y as que pudieron levantarse al poder,
derribaron con furor indecible todo lo existente,  hicieron perecer
millones de vctimas en el destierro y en los cadalsos.

La multitud de religiones, la incredulidad, el indiferentismo, la
suavidad de costumbres, el cansancio dejado por las guerras, la
organizacin industrial y mercantil que han ido adquiriendo las
sociedades, la mayor comunicacin de las personas por medio de los
viajes, y la de las ideas por la prensa: he aqu las causas que han
producido en Europa esa tolerancia universal que lo ha ido invadiendo
todo, establecindose de hecho donde no ha podido establecerse de
derecho. Esas causas, como es fcil de notar, son de diferentes
rdenes; ninguna doctrina puede pretender en ellas una parte
exclusiva; son un resultado de mil influencias diversas que han obrado
simultneamente en el desarrollo de la civilizacin.




CAPITULO XXXV


En el siglo anterior se declam mucho contra la intolerancia; pero una
filosofa menos ligera que la entonces dominante, hubiera reflexionado
algo ms sobre un hecho que, sea cual fuere el juicio que de l se
forme, no puede, sin embargo, negarse haber sido general  todos los
pases y  todos los tiempos. En Grecia, Scrates muere bebiendo la
cicuta; Roma, cuya tolerancia se ha encomiado, no tolera sino aquellos
dioses extranjeros que lo son slo por nombre, pues que, formando parte
de aquella especie de pantesmo que era el fondo de su religin, slo
necesitan, para ser declarados dioses de Roma, una mera formalidad;
que se les libre, por decirlo as, el ttulo de ciudadanos. Pero no
consiente los dioses de los egipcios, ni tampoco la religin de los
judos ni de los cristianos, de quienes tena ideas muy equivocadas,
en verdad, pero bastantes para entender que esas religiones eran muy
diferentes de la suya. La historia de los emperadores gentiles es la
historia de la persecucin de la Iglesia; y as que los emperadores
se hicieron cristianos, empieza una legislacin penal contra los
que siguen una religin diferente de la que domina en el Estado.
En los siglos posteriores la intolerancia continu en diferentes
formas, y tambin ha continuado hasta nosotros, que no estamos de
ellas tan libres como se quisiera hacernos creer. La emancipacin de
los catlicos en Inglaterra es de fecha muy reciente; las ruidosas
desavenencias del gobierno de Prusia con el Sumo Pontfice, por causa
de las arbitrariedades de aqul con respecto  la religin catlica,
son de ayer; la cuestin de Argovia en Suiza est pendiente an; y
la persecucin del gobierno ruso contra el Catolicismo sigue tan
escandalosa como nunca. Esto, en cuanto  los hombres de las sectas
disidentes; pues, por lo que toca  la tolerancia de los _humanos_
filsofos del siglo XVIII, menester es confesar que hubiera sido muy
amable,  no recibir su digna sancin de la mano de Robespierre.

Todo gobierno que profesa una religin es ms  menos intolerante con
las otras; y esta intolerancia slo disminuye,  cesa, cuando los que
profesan la religin odiada se hacen temer por ser muy fuertes, 
despreciar por muy dbiles. Aplicad  todos los tiempos y pases la
regla que se acaba de establecer; por todas partes la encontraris
exacta; es un compendio de la historia de los gobiernos con respecto 
las religiones. El gobierno ingls ha sido siempre intolerante con los
catlicos, y continuar sindolo ms  menos segn las circunstancias;
los gobiernos de Prusia y de Rusia seguirn como hasta aqu, bien que
con las modificaciones que exigir la variedad de los tiempos; as como
en los pases donde predomine el principio catlico se pondrn trabas
ms  menos fuertes al ejercicio del culto protestante. Se me citar
como prueba de lo contrario el ejemplo de la Francia, donde,  pesar
de ser el Catolicismo la religin de la inmensa mayora, son tolerados
los dems cultos, sin que se trasluzca la menor seal de reprimirlos
ni molestarlos. Esto se atribuir quizs al espritu pblico; pero yo
creo que dimana del estado de aquella sociedad, en la cual ha dejado
profundas huellas la filosofa del siglo pasado y tambin de que en
las regiones del poder de aquel pas no prevalece ningn principio
fijo; no siendo ms toda su poltica interior y exterior que una
continua transaccin para salir del paso, del mejor modo, que se pueda.
Esto dicen los hechos, esto expresan las bien conocidas opiniones del
reducido nmero de hombres que de algunos aos  esta parte disponen de
los destinos de la Francia.

Se ha pretendido establecer como un principio la tolerancia universal,
negando  los gobiernos el derecho de violentar las conciencias en
materias religiosas;, sin embargo, y  pesar de cuanto se ha dicho, los
filsofos no han podido poner su asercin bien en claro, y mucho menos
hacerla adoptar generalmente como sistema de gobierno. Para demostrar
que la cosa no es tan sencilla como se ha querido suponer, me han de
permitir esos pretendidos filsofos que les dirija algunas preguntas.

Si viene  establecerse en vuestro pas una religin cuyo culto
demande sacrificios humanos, la toleraris?--No.--Y por qu?--Porque
no podemos tolerar un crimen semejante.--Pero entonces seris
intolerantes, violentaris las conciencias ajenas, prohibiendo como
un crimen lo que  los ojos de estos hombres es un obsequio  la
Divinidad. As lo pensaron muchos pueblos antiguos, as lo piensan
todava algunos en nuestros tiempos; con qu derecho, pues, queris
que vuestra conciencia prevalezca sobre la suya?--No importa,
seremos intolerantes, pero nuestra intolerancia ser en pro de la
humanidad.--Aplaudo vuestra conducta; pero no podis negarme que se ha
ofrecido un caso en que la intolerancia de una religin os ha parecido
un derecho y un deber.

Pero, si proscribs el ejercicio de ese culto atroz, al menos
permitiris ensear la doctrina donde se encarezca como santa y
saludable la prctica de los sacrificios humanos?--No, porque esto
equivaldra  permitir la enseanza del asesinato.--Enhorabuena; pero
reconoced al mismo tiempo que se os ha presentado una doctrina, con la
cual os habis credo con derecho y obligacin de ser intolerantes.

Prosigamos la tarea comenzada. Vosotros no ignoris, por cierto,
los sacrificios ofrecidos en la antigedad  la diosa del amor, y
el nefando culto que se le tributaba en los templos de Babilonia
y Corinto; si un culto semejante renaciese entre vosotros,
le tolerarais?--No, por contrario  las sagradas leyes del
pudor.--Tolerarais que se enseara al menos la doctrina que le
apoyase?--No, por la misma razn.--Entonces encontramos otro caso
en que os creis con derecho y obligacin de ser intolerantes, de
violentar la conciencia ajena, y no podis alegar otra razn, sino que
 esto os obliga vuestra conciencia propia.

Todava ms: supongamos que con la lectura de la Biblia vuelven 
calentarse algunas cabezas, y tratan de fundar un nuevo cristianismo 
imitacin de Matas Harlem  Juan de Leyde; que empiezan los sectarios
 difundir sus doctrinas,  reunir concilibulos, y que con sus
peroratas fanticas arrastran una parte del pueblo; toleraris esa
nueva religin?--No, porque esos hombres podran renovar en nuestros
tiempos las sangrientas escenas de Alemania en el siglo XVI, cuando en
nombre de Dios, y para cumplir, segn decan, las rdenes del Altsimo,
los anabaptistas atacaban la propiedad, destruan todo poder existente,
y sembraban por todas partes la desolacin y el exterminio.--Obraris
con tanta justicia como prudencia, pero al fin tampoco podis negar
que ejerceris un acto de intolerancia. Qu se ha hecho, pues, de la
tolerancia universal, de ese principio tan claro, tan cierto, si  cada
paso os encontris vosotros mismos con la necesidad de restringirle,
mejor dir, de arrumbarle y de obrar en sentido diametralmente opuesto?
Diris que la seguridad del Estado, el buen orden de la sociedad, la
moral pblica, os obligan  obrar as; pero entonces qu viene 
ser un principio que en ciertos casos se halla en oposicin con los
intereses de la moral pblica, del bien social y la seguridad del
Estado? Y creis, por ventura, que aquellos contra quienes declamis,
no pensaban tambin poner  cubierto esos intereses, cuando eran
intolerantes?

En todos tiempos y pases, se ha reconocido como un principio
indisputable que el poder pblico tiene el derecho, en algunos casos,
de prohibir ciertos actos, no obstante la mayor  menor violencia que
con esto se haga  la conciencia de los individuos que los ejercan
 pretendan ejercerlos. Si no bastaba el constante testimonio de la
historia, debiera ser suficiente  convencernos de esta verdad el
breve dilogo que se acaba de leer; donde se ha visto que los ms
ardientes encomiadores de la tolerancia podan verse obligados 
ser intolerantes. Ellos se vean precisados  serlo en nombre de la
humanidad, en nombre del pudor, en nombre del orden pblico; luego
la tolerancia universal de doctrinas y religiones proclamada como un
deber de todo gobierno es un error, una regla sin aplicacin; pues
que hemos demostrado hasta la evidencia que la intolerancia ha sido
siempre, y es todava, un principio reconocido por todo gobierno y cuya
aplicacin, ms  menos severa  indulgente, depende de la diversidad
de circunstancias, y, sobre todo, del punto de vista desde el cual mira
las cosas el gobierno que la ha de ejercer.

Surge aqu una gravsima cuestin de derecho, cuestin que  primera
vista parece conducir  la condenacin de toda intolerancia relativa
 doctrinas y  los actos que  consecuencia de ellas se practican.
Sin embargo, mirada la cosa  fondo, no es as; y aun dado que el
entendimiento no alcanzara  disipar completamente la dificultad
por medio de razones directas, con todo, indirectamente, y con la
argumentacin que llaman _ad absurdum_, se llega  conocer la verdad,
al menos hasta aquel punto que es necesario para servir de gua  la
incierta prudencia humana. He aqu la cuestin: Con qu derecho puede
prohibirse  un hombre que profese una doctrina, y que obre conforme
 ella, si l est convencido de que aquella doctrina es verdadera,
y que cumple con su obligacin  ejerce un derecho, cuando obra
conforme  lo que la misma le prescribe? Si la prohibicin no ha de
ser ridcula, ha de llevar la sancin de la pena; y, cuando apliquis
esa pena, castigaris  un hombre que en su conciencia es inocente. La
justicia supone el culpable; y nadie es culpable, si primero no lo es
en su conciencia. La culpabilidad radica en la misma conciencia, y slo
podemos ser responsables de la infraccin de una ley cuando esta ley ha
hablado por el rgano de nuestra conciencia. Si ella nos dice que una
accin es mala, no podemos ejecutarla, por ms que nos la prescriba la
ley, y si nos dicta que tal accin es un deber, no podemos omitirla,
por ms que est prohibida por la ley. He aqu presentado en pocas
palabras, y con la mayor fuerza posible, todo cuanto puede alegarse
contra la intolerancia de las doctrinas y de los actos que de ellas
emanan; veamos ahora cul es el verdadero peso de estas reflexiones,
que  primera vista parecen tan concluyentes.

Por de pronto salta  la vista que la admisin de este sistema hara
imposible todo castigo de los crmenes polticos. Bruto clavando el
pual en el pecho de Csar, Jacobo Clement asesinando  Enrique III,
obraban, sin duda,  impulsos de una exaltacin de nimo que les
haca mirar su atentado como un acto de herosmo; y, sin embargo,
si uno y otro hubiesen sido conducidos  un tribunal, os parecera
razonable exigir que se libertasen de la pena, el uno alegando su
amor de la patria, el otro su celo por la religin? La mayor parte de
los crmenes polticos se cometen con la conviccin de que se obra
bien, aun prescindiendo de las pocas turbulentas, donde los hombres
de los diferentes bandos estn ntimamente persuadidos de tener cada
cual la razn de su parte. Las mismas conspiraciones que se traman
contra un gobierno en pocas pacficas, son, por lo comn, obra de
algunos individuos que tienen por ilegtimo  por tirnico el poder; y
trabajando para derribarle, obran conforme  sus principios. El juez
los castiga justamente aplicndoles la ley impuesta por el legislador;
y, sin embargo, ni el legislador al sealar la pena, ni el juez al
aplicarla, ignoran, ni ignorar pueden, la disposicin de nimo en que
deba de hallarse el delincuente cuando la infringa.

Se dir que, atendiendo  la fuerza de estas razones, se va aumentando
cada da la compasin y la indulgencia por los crmenes polticos;
pero yo replicar que, si establecemos el principio de que la justicia
humana no tiene derecho  castigar cuando el delincuente ha obrado
en fuerza de sus principios, no slo deberan endulzarse esas penas,
sino abolirse. En tal caso, la pena capital sera un verdadero
asesinato; la pecuniaria, un robo, y las dems, un atropellamiento.
Y advertir de paso que no es verdad que tanto se disminuya el rigor
contra los crmenes polticos; la historia de Europa en los ltimos
aos nos suministrara algunas pruebas de lo contrario. No se ven en
la actualidad aquellos castigos atroces que estaban en uso en otras
pocas; pero esto no dimana de que se atienda  la conciencia del que
ha cometido el crimen, sino de la suavidad y dulzura de costumbres
que va difundindose por todas partes, y que no ha podido menos de
afectar la legislacin criminal. Lo que es extrao es la severidad
que les queda  las leyes relativas  los crmenes polticos, cuando
tantos y tantos de los mismos legisladores, en las diferentes naciones
de Europa, saban muy bien que ellos  su tiempo haban cometido el
mismo crimen. No sern pocos seguramente los que, al votarse una ley
penal, habrn opinado con indulgencia, porque presentan  prevean que
aquella misma ley habra de pesar un da sobre sus propias cabezas.

La impunidad de los crmenes polticos traera consigo la subversin
del orden social, porque hara imposible todo gobierno. Pero, aun
dejando aparte ese mal gravsimo, que, como acabamos de ver, dimana
naturalmente de la doctrina que pretende dejar impune al criminal
cuando ha obrado  impulsos de su conciencia, ntase, por otra parte,
que no son nicamente los crmenes polticos los que vendran  quedar
sin castigo, sino tambin los delitos comunes. Los atentados contra
la propiedad pertenecen  este gnero, y, sin embargo, es bien sabido
que no han faltado en otras pocas, y desgraciadamente no faltan en la
nuestra, muchos hombres que miran la propiedad como una usurpacin,
como una injusticia. Los atentados contra la santidad del matrimonio
son tambin delitos comunes, y, no obstante, se han visto sectas que
le declaraban ilcito, y otras han opinado y opinan por la comunidad
de mujeres. Las santas leyes del pudor y el respeto  la inocencia
han sido tambin consideradas por algunas sectas como una injusta
limitacin de la libertad del hombre, y su atropellamiento como una
obra meritoria. Y qu? Aun cuando no se pudiese dudar del extravo de
ideas, del ciego fanatismo de esos hombres que han profesado semejantes
doctrinas, quin se atrevera  negar la justicia del castigo que se
les impusiese, cuando  consecuencia de ellas perpetrasen un crimen, 
cuando se empeasen en difundir por la sociedad su funesta enseanza?

Si injusto fuese el castigo que se impone cuando el criminal obra
conforme  su conciencia, libres seran de cometer todos los crmenes
que se les antojasen los ateos, los fatalistas, los partidarios de la
doctrina del inters privado, porque, destruyendo como destruyen la
base de toda moralidad, no obraran jams contra su conciencia, pues
que no tienen ninguna. Si hubiese de tener fuerza el argumento que se
ha querido hacer valer, cuntas y cuntas veces podra echarse en
cara  los tribunales de nuestros tiempos, la injusticia que cometen
cuando aplican el castigo  esa clase de hombres? Entonces podramos
decirles: Con qu derecho castigis  ese hombre que, no admitiendo
la existencia de Dios, no puede reconocerse culpable  sus ojos, y, por
tanto, ni  los vuestros? Vosotros habais hecho la ley en cuya fuerza
le castigis, pero esa ley ningn valor tena en su conciencia, porque
vosotros sois sus iguales, y l no reconoce la existencia de ningn ser
superior que haya podido concederos el derecho de coartar la libertad.
Con qu justicia castigis  ese otro que est convencido de que todas
sus acciones son efecto de causas necesarias, que el libre albedro es
una quimera, y que, cuando se arroja  cometer la accin que vosotros
tachis de criminal, no piensa ser ms libre para dejar de obrar, que
el bruto al precipitarse sobre el alimento que tiene  la vista, 
sobre otro bruto que le ha enfurecido? Con qu justicia castigis 
quien est persuadido de que la moral es una mentira, que no hay otra
que el inters privado, que el bien y el mal no son otra cosa que ese
mismo inters bien  mal entendido? Si le hacis sufrir una pena, ser,
no porque sea culpable segn su conciencia, sino porque ha errado un
clculo, porque se ha equivocado en las probabilidades del resultado
que su accin le haba de acarrear. He aqu las consecuencias
necesarias, inevitables, de la doctrina que niega al poder pblico la
facultad de castigar los crmenes que se cometen  consecuencia de un
error de entendimiento.

Pero se dir que el derecho de castigar se entiende con respecto  las
acciones, no  las doctrinas; que las primeras deben sujetarse  la
ley, las segundas deben campear con ilimitada libertad. Si se habla
de las doctrinas en cuanto estn nicamente en el entendimiento sin
manifestarse en lo exterior, claro es que, no slo no hay derecho,
pero ni siquiera posibilidad de castigarlas, porque slo Dios puede
conocer los secretos del espritu del hombre; pero, si se trata de las
doctrinas manifestadas, entonces es falso el principio, y acabamos de
demostrar que ni los mismos que le sostienen en teora pueden atenerse
 l en la prctica. Por fin, se nos podr replicar que, aun cuando la
doctrina que impugnamos conduce  grandes absurdos, sin embargo, no
deja de permanecer en pie la dificultad capital, que consiste en la
incompatibilidad de la justicia del castigo con la accin dictada 
permitida por la conciencia de quien la comete. Cmo se suelta esa
dificultad? Cmo se salva tamao inconveniente? Podr ser lcito en
ningn caso tratar como culpable  quien no lo es en el tribunal de su
propia conciencia?

Al parecer, los hombres de todas opiniones y religiones deben estar de
acuerdo en los puntos principales sobre que gira la presente cuestin;
y, sin embargo, no es as; y entre los catlicos, de una parte, y los
incrdulos y protestantes, de otra, media una diferencia profunda.
Los primeros tienen por principio inconcuso que hay _errores de
entendimiento que son culpables_; los segundos piensan, al contrario,
que todos _los errores de entendimiento son inocentes_. Los catlicos
miran como una de las primeras ofensas que puede el hombre hacer 
Dios, el error acerca de las importantes verdades religiosas y morales;
sus adversarios excusan esa clase de errores con la mayor indulgencia,
y no pueden conducirse de otro modo, so pena de ser inconsecuentes.
Los catlicos admiten la posibilidad de la ignorancia invencible de
algunas verdades muy graves, pero esta posibilidad la limitan  ciertas
circunstancias, fuera de las cuales declaran al hombre culpable; pero
sus adversarios, ponderando de continuo la libertad del pensar, no
ponindole ms trabas que las que sean del gusto de cada individuo,
afirmando sin cesar que cada cual es libre de tener las opiniones que
ms le agraden, han llegado  inspirar  todos sus partidarios la
conviccin de que no hay opiniones culpables ni errores culpables,
que no tiene el hombre la obligacin de escudriar cuidadosamente el
fondo de su alma para examinar si hay algunas causas secretas que le
impelen  apartarse de la verdad; han llegado, por fin,  confundir
monstruosamente la libertad fsica del entendimiento con la libertad
moral; han desterrado del orden de las opiniones las ideas de _lcito_
 _ilcito_; han dado  entender que estas ideas no tenan aplicacin
cuando se trataba del pensamiento. Es decir, que en el orden de las
ideas han confundido el derecho con el hecho, han declarado intiles 
incompetentes todas las leyes divinas y humanas. Insensatos! Cmo
si fuera posible que lo que hay ms alto y ms noble en la humana
naturaleza, no estuviera sujeto  ninguna regla; cmo si fuera posible
que lo que hace al hombre rey de la creacin, no debiese concurrir  la
inefable harmona de las partes del universo entre s, y del todo con
Dios; cmo si esta harmona pudiese ni subsistir ni concebirse siquiera
en el hombre, no declarando como la primera de sus obligaciones la de
mantenerse adherido  la verdad!

He aqu una razn profunda que justifica  la Iglesia catlica, cuando
considera el pecado de hereja como uno de los mayores que el hombre
puede cometer. Qu! Vosotros que os sonres de lstima y desprecio al
slo mentar el nombre de pecado de hereja; vosotros que le consideris
como una invencin sacerdotal para dominar las conciencias y escatimar
la libertad del pensamiento, con qu derecho os arrogis la facultad
de condenar las herejas que se oponen  vuestra ortodoxia? Con qu
derecho condenis esas sociedades donde se ensean mximas atentatorias
 la propiedad, al orden pblico,  la existencia del poder? Si el
pensamiento es libre, si quien pretende coartarle en lo ms mnimo
viola derechos sagrados, si la conciencia no debe estar sujeta 
ninguna traba, si es un absurdo, un contrasentido el pretender obligar
 obrar contra ella   desobedecer sus inspiraciones, por qu no
dejis hacer  esos hombres que quieren destruir todo el orden social
existente,  esas asociaciones subterrneas que de vez en cuando
envan algunos de sus miembros  disparar el plomo homicida contra el
pecho de los reyes? Sabed que si, para declarar injusta y cruel la
intolerancia que se ha tenido en ciertas pocas con vuestros errores,
invocis vosotros vuestras convicciones, ellos tambin pueden invocar
las suyas. Vosotros decais que las doctrinas de la Iglesia eran
invenciones humanas, ellos dicen que las doctrinas reinantes en la
sociedad son tambin invenciones humanas; vosotros decais que el orden
social antiguo era un monopolio, ellos dicen que es un monopolio el
orden actual; vosotros decais que los poderes antiguos eran tirnicos,
y ellos dicen que los poderes actuales tirnicos son; vosotros
decais que querais destruir lo existente para fundar instituciones
nuevas que haran la dicha de la humanidad, ellos dicen que quieren
derribar todo lo existente para plantear tambin otras instituciones
que labrarn la dicha del humano linaje; vosotros declarabais santa
la guerra que se haca al poder antiguo, y ellos declaran santa
la guerra que se hace al poder actual; vosotros apelasteis  los
medios de que podais disponer y los pretendisteis legitimados por
la necesidad, ellos declaran tambin legtimo el nico medio que
tienen, que consiste en concertarse, en prepararse para el momento
oportuno, procurando acelerarle asesinando personas augustas. Habis
pretendido hacer respetar todas vuestras opiniones hasta el atesmo,
y habis enseado que nadie tena el derecho de impediros el obrar
conforme  vuestros principios: pues bien, principios tienen tambin,
y principios horribles, los fanticos de quienes estamos hablando;
convicciones tienen tambin, y convicciones horribles. Qu prueba ms
convincente de que existe entre ellos esa conviccin espantosa, que
verlos, en medio de la alegra y de las fiestas pblicas, deslizarse
plidos y sombros entre la alborozada muchedumbre, escoger el puesto
oportuno y aguardar imperturbables el momento fatal, para sumergir
en la desolacin una augusta familia, y cubrir de luto una nacin,
con la seguridad de atraer sobre la propia cabeza la execracin
pblica y acabar la vida en un cadalso? Pero, nos dirn nuestros
adversarios, estas convicciones no tienen escusa; bien la tendran,
si tenerla hubieran podido las vuestras; con la diferencia de que
vosotros labrasteis vuestros funestos y ambiciosos sistemas en medio
de la comodidad y de los regalos, quizs en medio de la opulencia y 
la sombra del poder, y ellos se formaron sus abominables doctrinas,
en medio de la obscuridad, de la pobreza, de la miseria, de la
desesperacin.

En verdad que la inconsecuencia de ciertos hombres es en extremo
chocante. El burlarse de todas las religiones, el negar la
espiritualidad  inmortalidad del alma, la existencia de Dios, el
derribar toda la moral y socavar sus ms profundos cimientos, todo ha
sido para ellos una cosa muy excusable, y hasta, si se quiere, digna
de alabanza. Los escritores que desempearon tan funesta tarea, son
todava dignos de apoteosis; es menester lanzar la Divinidad de los
templos para colocar en ellos los nombres y las imgenes de los jefes
de aquellas escuelas: debajo de las bvedas de la magnfica baslica,
en los lugares destinados al reposo de las cenizas del cristiano
que espera la resurreccin, es necesario levantar los sepulcros de
Voltaire y de Rousseau, para que las generaciones venideras desciendan
 recogerse algunos momentos en aquellas mansiones silenciosas y
sombras, y  recibir las inspiraciones de aquellos genios. Entonces,
cmo es posible quejarse con razn de que se ataque la propiedad, la
familia, el orden social? La propiedad es sagrada, pero es acaso ms
sagrada que Dios? Por ms transcendentales que quieran suponerse las
verdades relativas  la familia y  la sociedad, son, por ventura,
de un orden superior  los eternos principios de la moral? , por
mejor decir, son, acaso, otra cosa que la aplicacin de esos eternos
principios?

Pero volvamos al hilo del discurso. Una vez sentado el principio de que
hay errores culpables, principio que, si no en la teora, al menos en
la prctica todo el mundo debe admitir, pero principio que en teora
slo el Catolicismo sostiene cumplidamente, resulta bien clara la
razn de la justicia con que el poder humano castiga la propalacin y
la enseanza de ciertas doctrinas, y los actos que  consecuencia de
ellas se cometen, sin pararse en la conviccin que pudiera abrigar el
delincuente. La ley conviene en que existi  pudo existir ese error
de entendimiento; pero en tal caso declara culpable ese mismo error; y
cuando el hombre invoca el testimonio de la propia conciencia, la ley
le recuerda el deber que tena de rectificarla. He aqu el fundamento
de la justicia de una legislacin que pareca tan injusta; fundamento
que era necesario encontrar, si no se quera dejar una gran parte de
las leyes humanas con la mancha ms negra; porque negra mancha fuera
la de arrogarse el derecho de castigar  quien no fuera verdaderamente
culpable: derecho absurdo, que tan lejos est de pertenecer  la
justicia humana, que no compete al mismo Dios. La misma justicia
infinita dejara de ser lo que es, si pudiese castigar al inocente.

Podrase sealar quizs otro origen al derecho que tienen los gobiernos
de castigar la propagacin de ciertas doctrinas, y las acciones que 
consecuencia de ellas se cometen, aun en el caso en que la conviccin
de los criminales sea la ms profunda. Podrase decir que los gobiernos
obran en nombre de la sociedad, la cual, como todo ser, tiene un
derecho  su propia defensa. Hay doctrinas que amenazan la existencia
misma de la sociedad, y, por tanto, sta se halla en la necesidad y en
el derecho de combatir  sus autores. Por ms plausible que parezca
una razn semejante, adolece, sin embargo, de un inconveniente muy
grave, y es que hace desaparecer de un golpe la idea de castigo y de
justicia. Quien se defiende, cuando hiere al invasor, no le castiga,
sino que le rechaza; y, si se mira la sociedad desde este punto de
vista, el criminal conducido al patbulo no ser un verdadero criminal:
no ser ms que un desgraciado que sucumbe en una lucha desigual en
que temerariamente se empe. La voz del juez que le condena no ser
la augusta voz de la justicia; su fallo no representar otra cosa que
la accin de la sociedad, vengndose de quien ha osado atacarla. La
palabra _pena_ tiene entonces un sentido muy diferente: y la graduacin
de ella slo depende del clculo, no de un principio de justicia. Es
menester no olvidarlo: en suponindose que la sociedad, por derecho de
defensa, impone castigo al que ella, por otra parte, considera como
del todo inocente, la sociedad no juzga, no castiga, sino que lucha.
Esto asienta muy bien, tratndose de sociedad con sociedad; pero, muy
mal, tratndose de sociedad con individuo. Parcenos entonces ver la
lucha desigual de un desmesurado gigante con un pequesimo pigmeo. El
gigante le toma en sus manos y le aplasta contra una roca.

Con la doctrina que acabo de exponer se ve con toda evidencia lo
que vale el tan ponderado principio de la tolerancia universal:
demostrado est que es tan impracticable en la regin de los hechos
como insostenible en teora; y, por tanto, vienen al suelo todas las
acusaciones que se han hecho al Catolicismo por su intolerancia. En
claro queda que la intolerancia es, en cierto modo, un derecho de todo
poder pblico; que as se ha reconocido siempre; que as se reconoce
ahora todava;  pesar de que, generalmente hablando, se han elevado
 las regiones del poder los filsofos partidarios de la tolerancia.
Sin duda que los gobiernos han abusado mil veces de este principio;
sin duda que en su nombre se ha perseguido tambin  la verdad; pero,
de qu no abusan los hombres? Lo que deba hacerse, pues, en buena
filosofa, no era establecer proposiciones insostenibles, y adems
altamente peligrosas; no era declamar hasta el fastidio contra los
hombres y las instituciones de los siglos que nos han precedido, sino
procurar la propagacin de sentimientos suaves  indulgentes, y,
sobre todo, no combatir las altas verdades, sin las cuales no puede
sostenerse la sociedad, y cuya desaparicin dejara el mundo entregado
 la fuerza, y, por consiguiente,  la arbitrariedad y  la tirana.

Se han atacado los dogmas, pero no se ha reflexionado bastante que con
ellos estaba ligada ntimamente la moral, y que esa moral misma es un
dogma. Con la proclamacin de una libertad de pensar ilimitada, se ha
concedido al entendimiento la impecabilidad; el error ha dejado de
figurar entre las faltas de que puede el hombre hacerse culpable. Se ha
olvidado que para _querer_, es necesario _conocer_, y que para _querer
bien_, es indispensable _conocer bien_. Si se examinan la mayor parte
de los extravos de nuestro corazn, se encontrar que tienen su origen
en un concepto errado; cmo es posible, pues, que no sea para el
hombre un deber el preservar su entendimiento de error? Pero, desde que
se ha dicho que las opiniones importaban poco, que el hombre era libre
de escoger las que quisiese, sin ningn gnero de trabas, aun cuando
perteneciesen  la religin y  la moral, la verdad ha perdido de su
estimacin y no disfruta  los ojos del hombre aquella alta importancia
que antes tena por s misma, por su valor intrnseco; y muchos son los
que no se creen obligados  ningn esfuerzo para alcanzarla. Lamentable
situacin de los espritus y que encierra uno de los ms terribles
males que afligen  la sociedad.[9]




CAPITULO XXXVI


Hllome naturalmente conducido  decir cuatro palabras sobre la
intolerancia de algunos prncipes catlicos, sobre la Inquisicin,
y particularmente la de Espaa;  examinar brevemente qu es lo que
puede echarse en cara al Catolicismo por la conducta que ha seguido en
los ltimos siglos. Los calabozos y las hogueras de la Inquisicin,
y la intolerancia de algunos prncipes catlicos, ha sido uno de
los argumentos de que ms se han servido los enemigos de la Iglesia
para desacreditarla, y hacerla objeto de animadversin y de odio. Y
menester es confesar que, en esta especie de ataque, tenan de su
parte muchas ventajas que les daban gran probabilidad de triunfo. En
efecto, y como ya llevo indicado ms arriba, para el comn de los
lectores que no cuidan de examinar  fondo las cosas, que se dejan
llevar candorosamente  donde quiera el sagaz autor, que abrigan un
corazn sensible y dispuesto  interesarse por el infortunio, qu
medio ms  propsito para excitar la indignacin, que presentar  su
vista negros calabozos, caballetes, sambenitos y hogueras? En medio de
nuestra tolerancia, de nuestra suavidad de costumbres, de la benignidad
de los cdigos criminales, qu efecto no debe producir el resucitar de
golpe otros siglos con su rigor, con su dureza, y todo exagerado, todo
agrupado, presentando en un solo cuadro las desagradables escenas que
anduvieron ocurriendo en diferentes lugares, y en el espacio de largo
tiempo? Entonces, teniendo el arte de recordar que todo esto se haca
en nombre de un Dios de paz y de amor, se ofrece ms vivo el contraste,
la imaginacin se exalta, el corazn se indigna; y resulta que el
clero, los magistrados, los reyes, los papas de aquellos tiempos son
considerados como una tropa de verdugos que se complacen en atormentar
y desolar  la humanidad. Los escritores que as han procedido, no
se han acreditado, por cierto, de muy concienzudos; porque es regla
que no deben perder nunca de vista ni el orador ni el escritor, que
no es legtimo el movimiento que excitan en el nimo, si antes no le
convencen  no le suponen convencido; y, adems, es una especie de mala
fe el tratar nicamente con argumentos de sentimiento materias que, por
su misma naturaleza, slo pueden examinarse cual conviene, mirndolas
 la luz de la fra razn. En tales casos no debe empezarse moviendo,
sino convenciendo: lo contrario es engaar al lector.

No es mi nimo hacer aqu la historia de la Inquisicin, ni del sistema
que en diferentes pases se ha seguido en punto de intolerancia en
materias religiosas; esto me fuera imposible, atendidos los estrechos
lmites  que me hallo circunscrito; y sera, adems, inconducente
para el objeto de esta obra. De la Inquisicin en general, de la de
Espaa en particular, y de la legislacin ms  menos intolerante
que ha regido en varios pases, puede resultar un cargo contra el
Catolicismo? Bajo este respecto, puede sufrir un parangn con el
Protestantismo? stas son las cuestiones que yo debo examinar.

Tres cosas se presentan desde luego  la consideracin del observador:
la legislacin  instituciones de intolerancia; el uso que de ellas
se ha hecho, y, finalmente, los actos de intolerancia que se han
cometido fuera del orden de dichas leyes  instituciones. Por lo que
 esto ltimo corresponde, dir, en primer lugar, que nada tiene que
ver con el objeto que nos ocupa. La matanza de San Bartolom, y las
dems atrocidades que se hayan cometido en nombre de la religin, en
nada deben embarazar  los apologistas de la misma; porque la religion
no puede hacerse responsable de todo lo que se hace en su nombre, si
no se quiere proceder con la ms evidente injusticia. El hombre tiene
un sentimiento tan fuerte y tan vivo de la excelencia de la virtud,
que aun los mayores crmenes procura disfrazarlos con su manto; y
sera razonable el desterrar por esto la virtud de la tierra? Hay en
la historia de la humanidad pocas terribles en que se apodera de
las cabezas un vrtigo funesto; el furor encendido por la discordia,
ciega los entendimientos y desnaturaliza los corazones; llmase bien
al mal, y mal al bien; y los ms horrendos atentados se cometen
invocando nombres augustos. En encontrndose en semejantes pocas, el
historiador y el filsofo tienen sealada bien claramente la conducta
que han de seguir: veracidad rigurosa en la narracin de los hechos,
pero guardarse de juzgar, por ellos, ni las ideas ni las instituciones
dominantes. Estn entonces las sociedades como un hombre en un acceso
de delirio; y mal se juzgara, ni de las ideas, ni de la ndole, ni de
la conducta del delirante, por lo que dice y hace mientras se halla en
ese lamentable estado.

En tiempos tan calamitosos qu bando puede gloriarse de no haber
cometido grandes crmenes? Atenindonos  la misma poca que acabamos
de nombrar, no vemos los caudillos de ambos partidos, asesinados de
una manera alevosa? El almirante Coligny muere  manos de los asesinos
que comienzan el degello de los hugonotes, pero el duque de Guisa
haba sido tambin asesinado por Poltrot delante de Orleans; Enrique
III muere asesinado por Jacobo Clement, pero ste es el mismo Enrique
que haba hecho asesinar traidoramente al otro duque de Guisa en los
corredores de palacio, y al cardenal hermano del duque en la torre de
Moulins; y que, adems, haba tenido parte tambin en el degello de
San Bartolom. Entre los catlicos se cometieron atrocidades; pero, no
las cometieron tambin sus adversarios? chese, pues, un velo sobre
esas catstrofes, sobre estos aflictivos monumentos de la miseria y
perversidad del corazn del hombre.

El tribunal de la Inquisicin, considerado en s, no es ms que la
aplicacin  un caso particular de la doctrina de intolerancia,
que, con ms  menos extensin, es la doctrina de todos los poderes
existentes. As es que slo nos resta examinar el carcter de esa
aplicacin, y ver si con justicia se le pueden hacer los cargos que le
han hecho sus enemigos. En primer lugar, es necesario advertir que los
encomiadores de todo lo antiguo falsean lastimosamente la historia, si
pretenden que esa intolerancia sol se vi en los tiempos en que, segn
ellos, la Iglesia haba degenerado de su pureza. Yo lo que veo es que,
desde los siglos en que empez la Iglesia  tener influencia pblica,
comienza la hereja  figurar en los cdigos como delito; y hasta ahora
no he podido encontrar una poca de completa tolerancia.

Hay tambin que hacer otra observacin importante, que indica una de
las causas del rigor desplegado en los siglos posteriores. Cabalmente
la Inquisicin tuvo que empezar sus procedimientos contra herejes
maniqueos; es decir, contra los sectarios que en todos tiempos haban
sido tratados con ms dureza. En el siglo XI, cuando no se aplicaba
todava  los herejes la pena de fuego, eran exceptuados de la regla
general los maniqueos; y hasta en tiempo de los emperadores gentiles
eran tratados esos sectarios con mucho rigor; pues que Diocleciano y
Maximiano publicaron en el ao 296 un edicto que condenaba  diferentes
penas  los maniqueos que no abjurasen sus dogmas, y  los jefes de
la secta  la pena de fuego. Esos sectarios han sido mirados siempre
como grandes criminales; su castigo se ha considerado necesario, no
slo por lo que toca  la religin, sino tambin por lo relativo 
las costumbres, y al buen orden de la sociedad. sta fu una de las
causas del rigor que se introdujo en esta materia; y, aadindose al
carcter turbulento que presentaron las sectas que bajo varios nombres
aparecieron en los siglos XI, XII y XIII, se atinar en otro de los
motivos que produjeron escenas que  nosotros nos parecen inconcebibles.

Estudiando la historia de aquellos siglos, y fijando la atencin sobre
las turbulencias y desastres que asolaron el medioda de la Francia,
se ve con toda claridad que, no slo se disputaba sobre este  aquel
punto de dogma, sino que todo el orden social existente se hallaba en
peligro. Los sectarios de aquellos tiempos eran los precursores de los
del siglo XVI, mediando, empero, la diferencia de que estos ltimos
eran en general menos democrticos, menos aficionados  dirigirse 
las masas, si se exceptan los frenticos anabaptistas. En la dureza
de costumbres de aquellos tiempos, cuando,  causa de largos siglos
de trastornos y violencias, la fuerza haba llegado  obtener una
preponderancia excesiva, qu poda esperarse de los poderes que se
vean amenazados de un peligro semejante? Claro es que las leyes y su
aplicacin haban de resentirse del espritu de la poca.

En cuanto  la Inquisicin de Espaa, la cual no fu ms que una
extensin de la misma que se haba establecido en otras partes, es
necesario dividir su duracin en tres grandes pocas, aun dejando
aparte el tiempo de su existencia en el reino de Aragn, anteriormente
 su importacin en Castilla. La primera comprende el tiempo en que
se dirigi principalmente contra los judaizantes y los moros, desde
su instalacin en tiempo de los Reyes Catlicos hasta muy entrado el
reinado de Carlos V; la segunda abraza desde que comenz  dirigir
todos sus esfuerzos para impedir la introduccin del Protestantismo en
Espaa, hasta que ces este peligro, la que contiene desde mediados
del reinado de Carlos V hasta el advenimiento de los Borbones; y,
finalmente, la ltima encierra la temporada en que se ci  reprimir
vicios nefandos, y  cerrar el paso  la filosofa de Voltaire, hasta
su desaparicin en el primer tercio del presente siglo. Claro es que,
siendo en dichas pocas una misma la institucin, pero que se andaba
modificando segn las circunstancias, no pueden deslindarse  punto
fijo, ni el principio de la una, ni el fin de la otra. Pero no deja,
por esto, de ser verdad que estas tres pocas existen en la historia de
la Inquisicin, y que presentan caracteres muy diferentes.

Nadie ignora las circunstancias particulares en que fu establecida la
Inquisicin en tiempo de los Reyes Catlicos; pero bueno ser hacer
notar que quien solicit del Papa la bula para el establecimiento de
la Inquisicin, fu la Reina Isabel, es decir, uno de los monarcas que
rayan ms alto en nuestra historia, y que todava conserva, despus
de tres siglos, el respeto y la veneracin de todos los espaoles.
Tan lejos anduvo la Reina de ponerse con esta medida en contradiccin
con la voluntad del pueblo, que antes bien no haca ms que realizar
uno de sus deseos. La Inquisicin se estableca principalmente contra
los judos; la bula del Papa haba sido expedida en 1478; y antes que
la Inquisicin publicase su primer edicto en Sevilla en 1481, las
Cortes de Toledo de 1480 cargaban reciamente la mano en el negocio,
disponiendo que, para impedir el dao que el comercio de judos con
cristianos poda acarrear  la fe catlica estuviesen obligados los
judos no bautizados  llevar un signo distintivo,  vivir en barrios
separados, que tenan el nombre de _juderas_, y  retirarse antes de
la noche. Se renovaban los antiguos reglamentos contra los judos, y
se les prohiba ejercer las profesiones de mdico, cirujano, mercader,
barbero y tabernero. Por ah se ve que,  la sazn, la intolerancia era
popular; y que, si queda justificada  los ojos de los monrquicos por
haber sido conforme  la voluntad de los Reyes, no debiera quedarlo
menos delante de los amigos de la soberana del pueblo.

Sin duda que el corazn se contrista al leer el destemplado rigor con
que  la sazn se persegua  los judos; pero menester es confesar que
debieron de mediar algunas causas gravsimas para provocarlo. Se ha
sealado como la principal, el peligro de la monarqua espaola, aun
no bien afianzada, si dejaba que obrasen con libertad los judos,  la
sazn muy poderosos por sus riquezas y por sus enlaces con las familias
ms influyentes. La alianza de stos con los moros y contra los
cristianos era muy de temer, pues que estaba fundada en la respectiva
posicin de los tres pueblos; y as es que consider necesario
quebrantar un poder que poda comprometer de nuevo la independencia
de los cristianos. Tambin es necesario advertir que, al establecerse
la Inquisicin, no estaba finalizada todava la guerra de ocho siglos
contra los moros. La Inquisicin se proyecta antes de 1478, y no se
plantea hasta 1480; y la conquista de Granada no se verifica hasta
1492. En el momento, pues, de establecerse la Inquisicin, estaba la
obstinada lucha en su tiempo crtico, decisivo; faltaba saber todava
si los cristianos haban de quedar dueos de toda la Pennsula, 
si los moros conservaran la posesin de una de las provincias ms
hermosas y ms feraces, si continuaran establecidos all, en una
situacin excelente para sus comunicaciones con frica, y sirviendo de
ncleo y de punto de apoyo para todas las tentativas que en adelante
pudiese ensayar contra nuestra independencia el poder de la Media
Luna. Poder que  la sazn estaba todava tan pujante, como lo dieron
 entender en los tiempos siguientes sus atrevidas empresas sobre el
resto de Europa. En crisis semejantes, despus de siglos de combates,
en los momentos que han de decidir de la victoria para siempre, cundo
se ha visto que los contendientes se porten con moderacin y dulzura?

No puede negarse que en el sistema represivo que se sigui contra los
judos y los moros, pudo influir mucho el instinto de conservacin
propia; y que quizs los Reyes Catlicos tendran presente este motivo,
cuando se decidieron  pedir para sus dominios el establecimiento de la
Inquisicin. El peligro no era imaginario, sino muy positivo; y, para
formarse idea del estado  que hubieran podido llegar las cosas, si no
se hubiesen adoptado algunas precauciones, basta recordar lo mucho que
dieron que entender en los tiempos sucesivos las insurrecciones de los
restos de los moros.

Sin embargo, conviene no atribuirlo todo  la poltica de los Reyes,
y guardarse del prurito de realzar la previsin y los planes de
los hombres, ms de lo que corresponde. Por mi parte, me inclino 
creer que Fernando  Isabel siguieron naturalmente el impulso de la
generalidad de la nacin, la cual miraba con odio  los judos que
permanecan en su secta, y con suspicaz desconfianza  los que haban
abrazado la religin cristiana. Esto traa su origen de dos causas: la
exaltacin de los sentimientos religiosos, general  la sazn en toda
Europa y muy particularmente en Espaa, y la conducta de los mismos
judos, que haban atrado sobre s la indignacin pblica.

Databa de muy antiguo en Espaa la necesidad de enfrenar la codicia de
los judos para que no resultase en opresin de los cristianos: las
antiguas asambleas de Toledo tuvieron ya que poner en esto la mano
repetidas veces. En los siglos siguientes lleg el mal  su colmo: gran
parte de las riquezas de la Pennsula haban pasado  manos de los
judos; y casi todos los cristianos haban llegado  ser sus deudores.
De aqu result el odio del pueblo contra ellos; de aqu los tumultos
frecuentes en muchas poblaciones de la Pennsula, tumultos que fueron
ms de una vez funestos  los judos, pues que se derram su sangre
en abundancia. Difcil era, en efecto, que un pueblo acostumbrado por
espacio de largos siglos  librar su fortuna en la suerte de las armas,
se resignase tranquilo y pacfico  la suerte que le iban deparando las
artes y las exacciones de una raza extranjera, que llevaba, adems, en
su propio nombre el recuerdo de una maldicin terrible.

En los tiempos siguientes se convirti  la religin cristiana un
inmenso nmero de judos; pero, ni por esto se disip la desconfianza,
ni se extingui el odio del pueblo. Y,  la verdad, es muy probable
que muchas de esas conversiones no seran demasiado sinceras, dado que
eran en parte motivadas por la triste situacin en que se encontraban,
permaneciendo en el judasmo. Cuando la razn no nos llevara 
conjeturarlo as, bastante fuera para indicrnoslo el crecido nmero
de judaizantes que se encontraron luego que se investig con cuidado
cules eran los reos de ese delito. Como quiera, lo cierto es que se
introdujo la distincin de _cristianos nuevos_ y _cristianos viejos_,
siendo esta denominacin un ttulo de honor, y la primera una tacha de
ignominia; y que los judos convertidos eran llamados por desprecio
_marranos_.

Con ms  menos fundamento se les acusaba tambin de crmenes
horrendos. Decase que en sus tenebrosos concilibulos perpetraban
atrocidades que debe uno creer difcilmente, siquiera para honor de
la humanidad; como, por ejemplo, que en desprecio de la religin y en
venganza de los cristianos, crucificaban nios de stos, escogiendo
para el sacrificio los das ms sealados de las festividades
cristianas. Sabida es la historia que se contaba del caballero de la
familia de Guzmn, que, enamorado de una doncella juda, estuvo una
noche oculto en la familia de sta, y vi con sus ojos cmo los judos
cometan el crimen de crucificar un nio cristiano, en el mismo tiempo
en que los cristianos celebraban la institucin del sacramento de la
Eucarista.

 ms de los infanticidios, se les imputaban sacrilegios,
envenenamientos, conspiraciones y otros crmenes; y que estos rumores
andaban muy acreditados, lo prueban las leyes que les prohiban las
profesiones de mdico, cirujano, barbero y tabernero, donde se trasluce
la desconfianza que se tena de su moralidad.

No es menester detenerse en examinar el mayor  menor fundamento que
tenan semejantes acusaciones; ya sabemos  cunto llega la credulidad
pblica, sobre todo cuando est dominada por un sentimiento exaltado
que le hace ver todas las cosas de un mismo color; bstanos que
estos rumores circulasen, que fuesen acreditados, para concebir 
cun alto punto se elevara la indignacin contra los judos, y, por
consiguiente, cun natural era que el poder, siguiendo el impulso del
espritu pblico, se inclinase  tratarlos con mucho rigor.

Que los judos procuraran concertarse para hacer frente  los
cristianos, ya se deja entender por la misma situacin en que se
encontraban; y lo que hicieron cuando la muerte de San Pedro de Arbus,
indica lo que practicaran en otras ocasiones. Los fondos necesarios
para la perpetracin del asesinato, pago de los asesinos y dems
gastos que consigo llevaba la trama, se reunieron por medio de una
contribucin voluntaria impuesta sobre todos los aragoneses de la raza
juda. Esto indica una organizacin muy avanzada, y que, en efecto,
poda ser fatal, si no se la hubiese vigilado.

 propsito de la muerte de San Pedro de Arbus, har una observacin
sobre lo que se ha dicho para probar la impopularidad del
establecimiento de la Inquisicin en Espaa, fundndose en este trgico
acontecimiento. Qu seal ms evidente de esta verdad, se nos dir,
que la muerte dada al inquisidor? No es un claro indicio de que la
indignacin del pueblo haba llegado  su colmo, y de que no quera
en ninguna manera la Inquisicin, cuando, para deshacerse de ella, se
arrojaba  tamaos excesos? No negar que, si por pueblo entendemos los
judos y sus descendientes, llevaban muy  mal el establecimiento de
la Inquisicin; pero no era as con respecto  lo restante del pueblo.
Cabalmente, el mismo asesinato de que hablamos di lugar  un suceso
que prueba todo lo contrario de lo que pretenden los adversarios.
Difundida por la ciudad la muerte del inquisidor, se levant el pueblo
con tumulto espantoso para vengar el asesinato. Los sublevados se
haban esparcido por la ciudad, y, distribudos en grupos, andaban
persiguiendo  los _cristianos nuevos_; de suerte que hubiera ocurrido
una catstrofe sangrienta, si el joven arzobispo de Zaragoza, Alfonso
de Aragn, no se hubiese resuelto  montar  caballo, y presentarse
al pueblo para calmarle, con la promesa de que caera sobre los
culpables del asesinato todo el rigor de la ley. Esto no indica que
la Inquisicin fuese tan impopular como se ha querido suponer, ni que
los enemigos de ella tuviesen la mayora numrica; mucho ms si se
considera que ese tumulto popular no pudo prevenirse,  pesar de las
precauciones que para el efecto debieron emplear los conjurados,  la
sazn muy poderosos por sus riquezas  influencia.

Durante la temporada del mayor rigor desplegado contra los judaizantes,
obsrvase un hecho digno de llamar la atencin. Los encausados por la
Inquisicin,  que temen serlo, procuran de todas maneras substraerse
 la accin de este tribunal, huyen de Espaa, y se van  Roma. Quiz
no pensaran que as sucediese los que se imaginan que Roma ha sido
siempre el foco de la intolerancia y el incentivo de la persecucin;
y, sin embargo, nada hay ms cierto. Son innumerables las causas
formadas en la Inquisicin, que de Espaa se avocaron  Roma, en el
primer medio siglo de la existencia de este tribunal; siendo de notar,
adems, que Roma se inclinaba siempre al partido de la indulgencia.
No s que pueda citarse un solo reo de aquella poca que, habiendo
acudido  Roma, no mejorara su situacin. En la historia de la
Inquisicin de aquel tiempo ocupan una buena parte las contestaciones
de los reyes con los papas, donde se descubre siempre, por parte
de stos, el deseo de limitar la Inquisicin  los trminos de la
justicia y de la humanidad. No siempre se sigui cual convena la
lnea de conducta prescrita por los Sumos Pontfices. As vemos que
stos se vieron obligados  recibir un sinnmero de apelaciones, y 
endulzar la suerte que hubiera cabido  los reos si su causa se hubiese
fallado definitivamente en Espaa. Vemos tambin que, solicitado el
Papa por los Reyes Catlicos, que deseaban que las causas se fallasen
definitivamente en Espaa, nombra un juez de apelacin, siendo el
primero D. Iigo Manrique, arzobispo de Sevilla. Tales eran, sin
embargo, aquellos tiempos, y tan urgente la necesidad de impedir que
la exaltacin de nimo llevase  cometer injusticias,  se arrojase 
medidas de una severidad destemplada, que el mismo Papa, y al cabo de
muy poco tiempo, deca, en otra bula expedida en 2 de agosto de 1483,
que haba continuado recibiendo las apelaciones de muchos espaoles de
Sevilla que no haban osado presentarse al juez de apelacin por temor
de ser presos. Aada el Papa que unos haban recibido ya la absolucin
de la Penitenciara apostlica, y otros se disponan  recibirla;
continuaba quejndose de que en Sevilla no se hiciese el debido caso de
las gracias recientemente concedidas  varios reos, y, por fin, despus
de varias prevenciones, haca notar  los Reyes Fernando  Isabel que
la misericordia para con los culpables era ms agradable  Dios que
el rigor de que se quera usar, como lo prueba el ejemplo del Buen
Pastor corriendo tras la oveja descarriada; y conclua exhortando  los
Reyes  que tratasen benignamente  aquellos que hiciesen confesiones
voluntarias, permitindoles residir en Sevilla,  donde quisiesen;
dejndoles el goce de todos sus bienes, como si jams hubiesen cometido
el crimen de hereja.

Y no se crea que en las apelaciones admitidas en Roma, y en que se
suavizaba la suerte de los encausados, se descubriesen siempre vicios
en la formacin de la causa en primera instancia,  injusticias en la
aplicacin de la pena; los reos no siempre acudan  Roma para pedir
reparacin de una injusticia, sino porque estaban seguros de que all
encontraran indulgencia. Buena prueba tenemos de esto en el nmero
considerable de refugiados espaoles,  quienes se les prob que haban
recado en el judasmo. Nada menos que 250 resultaron de una sola vez
convictos de reincidencia; pero no se hizo una sola ejecucin capital;
se les impusieron algunas penitencias, y, cuando fueron absueltos,
pudieron volverse  sus casas sin ninguna nota de ignominia. Este hecho
ocurri en Roma en el ao 1498.

Es cosa verdaderamente singular lo que se ha visto en la Inquisicin de
Roma, de que no haya llegado jams  la ejecucin de una pena capital,
 pesar de que durante este tiempo han ocupado la Silla Apostlica
papas muy rgidos y muy severos en todo lo tocante  la administracin
civil. En todos los puntos de Europa se encuentran levantados cadalsos
por asuntos de religin; en todas partes se presencian escenas que
angustian el alma; y Roma es una excepcin de esa regla general;
Roma, que se nos ha querido pintar como un monstruo de intolerancia
y de crueldad. Verdad es que los papas no han predicado como los
protestantes y los filsofos la tolerancia universal; pero los hechos
estn diciendo lo que va de unos  otros: los papas, con un tribunal
de intolerancia, no derramaron una gota de sangre, y los protestantes
y los filsofos la hicieron verter  torrentes. Qu les importa 
las vctimas el oir que sus verdugos proclaman la tolerancia? Esto es
acibarar la pena con el sarcasmo.

La conducta de Roma, en el uso que ha hecho del tribunal de la
Inquisicin, es la mejor apologa del Catolicismo contra los que
se empean en tildarle de brbaro y sanguinario; y,  la verdad,
qu tiene que ver el Catolicismo con la severidad destemplada que
pudo desplegarse en este  aquel lugar,  impulsos de la situacin
extraordinaria de razas rivales, de los peligros que amenazaban  una
de ellas,  del inters que pudieron tener los reyes en consolidar la
tranquilidad de sus Estados y poner fuera de riesgo sus conquistas?
No entrar en el examen detallado de la Inquisicin de Espaa con
respecto  los judaizantes; y estoy muy lejos de pensar que su rigor
contra ellos sea preferible  la benignidad empleada y recomendada
por los papas; lo que deseo consignar aqu, es que aquel rigor fu
un resultado de circunstancias extraordinarias, del espritu de los
pueblos, de la dureza de costumbres todava muy general en Europa en
aquella poca, y que nada puede echarse en cara al Catolicismo por
los excesos que pudieron cometerse. Aun hay ms: atendido el espritu
que domina en todas las providencias de los papas relativas  la
Inquisicin, y la inclinacin manifiesta  ponerse siempre del lado
que poda templar el rigor, y  borrar las marcas de ignominia de los
reos y de sus familias, puede conjeturarse que, si no hubiesen temido
los papas indisponerse demasiado con los reyes, y provocar escisiones
que hubieran podido ser funestas, habran llevado mucho ms all sus
medidas. Para convencerse de esto, recurdense las negociaciones sobre
el ruidoso asunto de las reclamaciones de las Cortes de Aragn, y vase
 qu lado se inclinaba la Corte de Roma.

Dado que estamos hablando de la intolerancia contra los judaizantes,
bueno ser recordar la disposicin de nimo de Lutero con respecto
 los judos. Bien parece que el pretendido reformador, el fundador
de la independencia del pensamiento, el fogoso declamador contra
la opresin y tirana de los papas, deba de estar animado de los
sentimientos ms benignos hacia los judos; y as deben de pensarlo sin
duda los encomiadores del corifeo del Protestantismo. Desgraciadamente
para ellos, la historia no lo atestigua as; y, segn todas las
apariencias, si el fraile apstata se hubiese encontrado en la posicin
de Torquemada, no hubieran salido mejor parados los judaizantes. He
aqu cul era el sistema aconsejado por Lutero, segn refiere su mismo
apologista Seckendorff: Hubirase debido arrasar sus sinagogas,
destruir sus casas, quitarles los libros de oraciones, el Talmud, y
hasta los libros del viejo Testamento, prohibir  los rabinos que
enseasen, y obligarlos  ganarse la vida por medio de trabajos
penosos. Al menos la Inquisicin de Espaa proceda, no contra los
judos, sino contra los judaizantes, es decir, contra aquellos que,
habindose convertido al Cristianismo, reincidan en sus errores,
y unan  su apostasa el sacrilegio, profesando exteriormente una
creencia que detestaban en secreto, y que profanaban, adems, con el
ejercicio de su religin antigua. Pero Lutero extenda su rigor  los
mismos judos; de suerte que, segn sus doctrinas, nada poda echarse
en cara  los reyes de Espaa cuando los expulsaron de sus dominios.

Los moros y moriscos ocuparon tambin mucho por aquellos tiempos la
Inquisicin de Espaa;  ellos puede aplicarse con pocas modificaciones
cuanto se ha dicho sobre los judos. Tambin era una raza aborrecida,
una raza con la que se haba combatido por espacio de ocho siglos, y
que, permaneciendo en su religin, excitaba el odio, y, abjurndola,
no inspiraba confianza. Tambin se interesaron por ellos los papas
de un modo muy particular, siendo notable  este propsito una bula
expedida en 1530, donde se habla en su favor un lenguaje evanglico,
dicindose en ella que la ignorancia de aquellos desgraciados era una
de las principales causas de sus faltas y errores, y que, para hacer
sus conversiones sinceras y slidas, deba, primeramente, procurarse
ilustrar sus entendimientos con la luz de la sana doctrina.

Se dir que el Papa otorg  Carlos V la bula en que le relegaba del
juramento prestado en las Cortes de Zaragoza de 1519, de no alterar
nada en punto  los moros, y que as pudo el Emperador llevar  cabo
la medida de expulsin; pero conviene tambin advertir que el Papa se
resisti por largo tiempo  esta concesin, y que, si condescendi con
la voluntad del monarca, fu porque ste juzgaba que la expulsin era
indispensable para asegurar la tranquilidad en sus reinos. Si esto era
as en la realidad  no, el Emperador era quien deba saberlo, no el
Papa, colocado  mucha distancia y sin conocimiento detallado de la
verdadera situacin de las cosas. Por lo dems, no era slo el monarca
espaol quien opinaba as: cuntase que, estando prisionero en Madrid
Francisco I, Rey de Francia, dijo un da  Carlos V que la tranquilidad
no se solidara nunca en Espaa basta que se expeliesen los moros y
moriscos.




CAPITULO XXXVII


Se ha dicho que Felipe II fund en Espaa una nueva Inquisicin,
ms terrible que la del tiempo de los Reyes Catlicos, y aun se ha
dispensado  la de stos cierta indulgencia, que no se ha concedido 
la de aqul. Por de pronto, resalta aqu una inexactitud histrica muy
grande; porque Felipe II no fund una nueva Inquisicin: sostuvo la que
le haban legado los Reyes Catlicos, y recomendado muy particularmente
en testamento su padre y antecesor Carlos V. La comisin de las Cortes
de Cdiz, en el proyecto de abolicin de dicho tribunal, al paso que
excusa la conducta de los Reyes Catlicos, vitupera severamente la de
Felipe II, y procura que recaigan sobre este prncipe toda la odiosidad
y toda la culpa. Un ilustre escritor francs que ha tratado poco ha
esta cuestin importante, se ha dejado llevar de las mismas ideas con
aquel candor que es no pocas veces el patrimonio del genio. Hubo en
la Inquisicin de Espaa, dice el ilustre Lacordaire, dos momentos
solemnes, que es preciso no confundir: uno al fin del siglo XV, bajo
Fernando  Isabel, antes que los moros fuesen echados de Granada, su
ltimo asilo; otro  mediados del siglo XVI bajo Felipe II, cuando el
Protestantismo amenazaba introducirse en Espaa, La comisin de las
Cortes distingui perfectamente estas dos pocas, marcando de ignominia
la Inquisicin de Felipe II, y expresndose con mucha moderacin con
respecto  la de Isabel y de Fernando. Cita en seguida un texto donde
se afirma que Felipe II fu el verdadero fundador de la Inquisicin, y
que, si sta se elev en seguida  tan alto poder, todo fu debido 
la refinada poltica de aquel prncipe, aadiendo un poco ms abajo el
citado escritor que Felipe II fu el inventor de los autos de fe para
aterrorizar la hereja, y que el primero se celebr en Sevilla en 1559.
(_Memoria para el restablecimiento en Francia del orden de los Frailes
Predicadores, por el abate Lacordaire._ Captulo 6.)

Dejemos aparte la inexactitud histrica sobre la invencin de los
autos de fe, pues es bien sabido que ni los sambenitos ni las hogueras
fueron invencin de Felipe II. Estas inexactitudes se le escapan
fcilmente  todo escritor, mayormente cuando no recuerda un hecho
sino por incidencia; y as es que ni siquiera debemos detenernos en
eso; pero encirrase en dichas palabras una acusacin  un monarca, 
quien ya de muy antiguo no se le hace la justicia que merece. Felipe
II continu la obra empezada por sus antecesores; y si  stos no se
les culpa, tampoco se le debe culpar  l. Fernando  Isabel emplearon
la Inquisicin contra los judos apstatas; por qu no pudo emplearla
Felipe II contra los protestantes? Se dir, empero, que abus de su
derecho y que llev su rigor hasta el exceso; mas  buen seguro que no
se anduvo muy abundante de indulgencia en tiempo de Fernando  Isabel.
Se han olvidado, acaso, las numerosas ejecuciones de Sevilla y otros
puntos? Se ha olvidado lo que dice en su historia el Padre Mariana?
Se han olvidado las medidas que tomaron los papas para poner coto 
ese rigor excesivo?

Las palabras citadas contra Felipe son sacadas de la obra _La
Inquisicin sin mscara_, que se public en Espaa en 1811; pero se
calcular fcilmente el peso de autoridad semejante, en sabindose
que su autor se ha distinguido hasta su muerte por un odio profundo
contra los reyes de Espaa. La portada de la obra llevaba el nombre de
Natanael Jomtob, pero el verdadero autor es un espaol bien conocido,
que en los escritos publicados al fin de su vida no parece sino que
se propuso vindicar con su desmedida exageracin, y sus furibundas
invectivas, todo lo que anteriormente haba atacado: tan insoportable
es su lenguaje contra todo cuanto se le ofrece al paso. Religin,
reyes, patria, clases, individuos, aun los de su mismo partido y
opiniones, todo lo insulta, todo lo desgarra, como atacado de un exceso
de rabia.

No es extrao, pues, que mirase  Felipe II como han acostumbrado
mirarle los protestantes y los filsofos; es decir, como un prncipe
arrojado sobre la tierra para oprobio y tormento de la humanidad, como
un monstruo de maquiavelismo que esparca las tinieblas para cebarse 
mansalva en la crueldad y tirana.

No ser yo quien me encargue de justificar en todas sus partes la
poltica de Felipe II, ni negar que haya alguna exageracin en los
elogios que le han tributado algunos escritores espaoles; pero tampoco
puede ponerse en duda que los protestantes, y los enemigos polticos
de este monarca, han tenido un constante empeo en desacreditarle.
Y sabis por qu los protestantes le han profesado  Felipe II tan
mala voluntad? Porque l fu quien impidi que penetrara en Espaa
el Protestantismo, l fu quien sostuvo la causa de la Iglesia
catlica en aquel agitado siglo. Dejemos aparte los acontecimientos
transcendentales al resto de Europa, de los cuales cada uno juzgar
como mejor le agradare; pero, cindonos  Espaa, puede asegurarse que
la introduccin del Protestantismo era inminente, inevitable, sin el
sistema seguido por aquel monarca. Si en este  aquel caso hizo servir
la Inquisicin  su poltica, ste es otro punto que no nos toca
examinar aqu; pero reconzcase al menos que la Inquisicin no era un
mero instrumento de miras ambiciosas, sino una institucin sostenida en
vista de un peligro inminente.

De los procesos formados por la Inquisicin en aquella poca, resulta
con toda evidencia que el Protestantismo andaba cundiendo en Espaa de
una manera increble. Eclesisticos distinguidos, religiosos, monjas,
seglares de categora, en una palabra, individuos de las clases ms
influyentes, se hallaron contagiados de los nuevos errores; bien se
echa de ver que no eran infructuosos los esfuerzos de los protestantes
para introducir en Espaa sus doctrinas, cuando procuraban de todos
modos llevarnos los libros que las contenan, hasta valindose de la
singular estratagema de encerrarlos en botas de vino de Champaa y
Borgoa, con tal arte, que los aduaneros no podan alcanzar  descubrir
el fraude, como escriba  la sazn el embajador de Espaa en Pars.

Una atenta observacin del estado de los espritus en Espaa en aquella
poca, hara conjeturar el peligro, aun cuando hechos incontestables
no hubieran venido  manifestarle. Los protestantes tuvieron buen
cuidado de declamar contra los abusos, presentndose como reformadores,
y trabajando por atraer  su partido  cuantos estaban animados de
un vivo deseo de reforma. Este deseo exista en la Iglesia de mucho
antes; y si bien es verdad que en unos el espritu de reforma era
inspirado por malas intenciones, , en otros trminos, disfrazaban con
este nombre su verdadero proyecto, que era de destruccin, tambin es
cierto que en muchos catlicos sinceros haba un deseo tan vivo de
ella, que llegaba  celo imprudente y rayaba en ardor destemplado. Es
probable que este mismo celo llevado hasta la exaltacin se convertira
en algunos en acrimonia; y que as prestaran ms fcilmente odos
 las insidiosas sugestiones de los enemigos de la Iglesia. Quizs
no fueron pocos los que empezaron por un celo indiscreto, cayeron
en la exageracin, pasaron en seguida  la animosidad, y al fin se
precipitaron en la hereja. No faltaba en Espaa esta disposicin de
espritu, que, desenvuelta con el curso de los acontecimientos, hubiera
dado frutos amargos, por poco que el Protestantismo hubiese podido
tomar pie. Sabido es que en el concilio de Trento se distinguieron
los espaoles por su celo reformador y por la firmeza en expresar sus
opiniones: y es necesario advertir que, una vez introducida en un pas
la discordia religiosa, los nimos se exaltan con las disputas, se
irritan con el choque continuo, y  veces hombres respetables llegan
 precipitarse en excesos, de que poco antes ellos mismos se habran
horrorizado. Difcil es decir  punto fijo lo que hubiera sucedido por
poco que en este punto se hubiese aflojado; lo cierto es que, cuando
uno lee ciertos pasajes de Luis Vives, de Arias Montano, de Carranza,
de la consulta de Melchor Cano, parece que est sintiendo en aquellos
espritus cierta inquietud y agitacin, como aquellos sordos mugidos
que anuncian en lontananza el comienzo de la tempestad.

La famosa causa del arzobispo de Toledo fray Bartolom de Carranza
es uno de los hechos que se han citado ms  menudo en prueba de la
arbitrariedad con que proceda la Inquisicin de Espaa. Ciertamente
es mucho el inters que excita el ver sumido de repente en estrecha
prisin, y continuando en ella largos aos, uno de los hombres ms
sabios de Europa, arzobispo de Toledo, honrado con la ntima confianza
de Felipe II y de la reina de Inglaterra, ligado en amistad con los
hombres ms distinguidos de la poca, y conocido en toda la cristiandad
por el brillante papel que haba representado en el concilio de
Trento. Diez y siete aos dur la causa, y  pesar de haber sido
avocada  Roma, donde no faltaran al arzobispo protectores poderosos,
todava no pudo recabarse que en el fallo se declarase su inocencia.
Prescindiendo de lo que poda arrojar de s una causa tan extensa y
complicada, y de los mayores  menores motivos que pudieron dar las
palabras y los escritos de Carranza para hacer sospechar de su fe,
yo tengo por cierto que en su conciencia, delante de Dios, era del
todo inocente. Hay de esto una prueba que lo deja fuera de toda duda:
hela aqu. Habiendo cado enfermo al cabo de poco de fallada la causa,
se conoci luego que su enfermedad era mortal y se le administraron
los santos sacramentos. En el acto de recibir el Sagrado Vitico,
en presencia de un numeroso concurso, declar del modo ms solemne
que jams se haba apartado de la fe de la Iglesia catlica, que de
nada le remorda la conciencia de todo cuanto se le haba acusado, y
confirm su dicho poniendo por testigo  aquel mismo Dios que tena
en su presencia,  quien iba  recibir bajo las sagradas especies,
y  cuyo tremendo tribunal deba en breve comparecer. Acto pattico
que hizo derramar lgrimas  todos los circunstantes, que disip de
un soplo las sospechas que contra l se haban podido concebir, y
aument las simpatas excitadas ya durante la larga temporada de su
angustioso infortunio. El Sumo Pontfice no dud de la sinceridad de la
declaracin, como lo indica el que se puso sobre su tumba un magnfico
epitafio, que por cierto no se hubiera permitido,  quedar alguna
sospecha de la verdad de sus palabras. Y de seguro que fuera temeridad
no dar fe  tan explcita declaracin, salida de la boca de un hombre
como Carranza, y moribundo, y en presencia del mismo Jesucristo.

Pagado este tributo al saber,  las virtudes y al infortunio de
Carranza, resta ahora examinar si, por ms pura que estuviese su
conciencia, puede decirse con razn que su causa no fu ms que una
traidora intriga tramada por la enemistad y la envidia. Ya se deja
entender que no se trata aqu de examinar el inmenso proceso de aquella
causa; pero as como suele pasarse ligeramente sobre ella, echando
un borrn sobre Felipe II y sobre los adversarios de Carranza, same
permitido tambin hacer algunas observaciones sobre la misma para
llevar las cosas  su verdadero punto de vista. En primer lugar, salta
 los ojos que es bien singular la duracin tan extremada de una causa
destituda de todo fundamento,  al menos que no hubiese tenido en
su favor algunas apariencias. Adems, si la causa hubiese continuado
siempre en Espaa, no fuera tan de extraar su prolongacin; pero no
fu as, sino que estuvo pendiente muchos aos tambin en Roma. Tan
ciegos eran los jueces  tan malos, que,  no viesen la calumnia,  no
la desechasen, si esta calumnia era tan clara, tan evidente, como se ha
querido suponer?

Se puede responder  esto que las intrigas de Felipe II, empeado en
perder al arzobispo, impedan que se aclarase la verdad, como lo prueba
la morosidad que hubo en remitir  Roma al ilustre preso,  pesar de
las reclamaciones del Papa, hasta verse, segn dicen, obligado Po V
 amenazar con la excomunin  Felipe II, si no se enviaba  Roma 
Carranza. No negar que Felipe II haya tenido empeo en agravar la
situacin del arzobispo, y deseos de que la causa diera un resultado
poco favorable al reo; sin embargo, para saber si la conducta del
rey era criminal  no, falta averiguar si el motivo que le impela
 obrar as, era de resentimiento personal,  si en realidad era la
conviccin,  la sospecha, de que el arzobispo fuese luterano. Antes de
su desgracia era Carranza muy favorecido y honrado de Felipe: dile de
ello abundantes pruebas con las comisiones que le confi en Inglaterra,
y, finalmente, nombrndole para la primera dignidad eclesistica de
Espaa; y as es que no podemos presumir que tanta benevolencia se
cambiase de repente en un odio personal,  no ser que la historia
nos suministre algn dato donde fundar esta conjetura. Este dato es
el que yo no encuentro en la historia, ni s que hasta ahora se haya
encontrado. Siendo esto as, resulta que, si en efecto se declar
Felipe II tan contrario del arzobispo, fu porque crea,  al menos
sospechaba fuertemente, que Carranza era hereje. En tal caso pudo ser
Felipe II imprudente, temerario, todo lo que se quiera; pero nunca se
podr decir que persiguiese por espritu de venganza, ni por miras
personales.

Tambin se han culpado otros hombres de aquella poca, entre los
cuales figura el insigne Melchor Cano. Segn parece, el mismo Carranza
desconfi de l; y aun lleg  estar muy quejoso por haber sabido
que Cano se haba atrevido  decir que el arzobispo era tan hereje
como Lutero. Pero Salazar de Mendoza, refiriendo el hecho en la
_Vida de Carranza_, asegura que, sabedor Cano de esto, lo desminti
abiertamente, afirmando que jams haba salido de su boca expresin
semejante. Y  la verdad, el nimo se inclina fcilmente  dar crdito
 la negativa; hombres de un espritu tan privilegiado como Melchor
Cano, llevan en su propia dignidad un preservativo demasiado poderoso
contra toda bajeza, para que sea permitido sospechar que descendiera al
infame papel de calumniador.

Yo no creo que las causas del infortunio de Carranza sea menester
buscarlas en rencores ni envidias particulares, sino que se las
encuentra en las circunstancias crticas de la poca y en el mismo
natural de este hombre ilustre. Los gravsimos sntomas que se
observaban en Espaa de que el luteranismo estaba haciendo proslitos;
los esfuerzos de los protestantes para introducir en ella sus libros
y emisarios, y la experiencia de lo que estaba sucediendo en otros
pases, y, en particular, en el fronterizo reino de Francia, tena
tan alarmados los nimos y los traa tan asustadizos y suspicaces,
que el menor indicio de error, sobre todo en personas constitudas en
dignidad,  sealadas por su sabidura, causaba inquietud y sobresalto.
Conocido es el ruidoso negocio de Arias Montano sobre la Poliglota de
Amberes, como y tambin los padecimientos del insigne fray Luis de Len
y de otros hombres ilustres de aquellos tiempos. Para llevar las cosas
al extremo, mezclbase en esto la situacin poltica de Espaa con
respecto al extranjero; pues que, teniendo la monarqua espaola tantos
enemigos y rivales, temase con fundamento que stos se valdran de
la hereja para introducir en nuestra patria la discordia religiosa,
y, por consiguiente, la guerra civil. Esto haca naturalmente que
Felipe II se mostrase desconfiado y suspicaz, y que, combinndose en su
espritu el odio  la hereja y el deseo de la propia conservacin, se
manifestase severo  inexorable con todo lo que pudiese alterar en sus
dominios la pureza de la fe catlica.

Por otra parte, menester es confesar que el natural de Carranza no era
el ms  propsito para vivir en tiempos tan crticos sin dar algn
grave tropiezo. Al leer sus _Comentarios sobre el Catecismo_, concese
que era hombre de entendimiento muy despejado, de erudicin vasta, de
ciencia profunda, de un carcter severo y de un corazn generoso y
franco. Lo que piensa lo dice con pocos rodeos, sin pararse mucho en el
desagrado que en estas  aquellas personas podan excitar sus palabras.
Donde cree descubrir un abuso, lo seala con el dedo y le condena
abiertamente, de suerte que no son pocos los puntos de semejanza que
tiene con su supuesto antagonista Melchor Cano. En el proceso se le
hicieron cargos, no slo por lo que resultaba de sus escritos, sino
tambin por algunos sermones y conversaciones. No s hasta qu punto
pudiera haberse excedido; pero desde luego no tengo reparo en afirmar
que quien escriba con el tono que l lo hace, deba expresarse de
palabra con mucha fuerza, y quizs con demasiada osada.

Adems, es necesario tambin aadir, en obsequio de la verdad, que en
sus _Comentarios sobre el Catecismo_, tratando de la justificacin,
no se explica con aquella claridad y limpieza que era de desear, y
que reclamaban las calamitosas circunstancias de aquella poca. Los
versados en estas materias saben cun delicados son ciertos puntos,
que cabalmente eran entonces el objeto de los errores de Alemania; y
fcilmente se concibe cunto deban de llamar la atencin las palabras
de un hombre como Carranza, por poca ambigedad que ofreciesen. Lo
cierto es que en Roma no sali absuelto de los cargos, que se le oblig
 abjurar una serie de proposiciones, de las cuales se le consider
sospechoso, y que se le impusieron por ello algunas penitencias.
Carranza en el lecho de la muerte protest de su inocencia, pero tuvo
el cuidado de declarar que no por esto tena por injusta la sentencia
del Papa. Esto explica el enigma; pues no siempre la inocencia del
corazn anda acompaada de la prudencia en los labios.

Heme detenido algn tanto en esta causa clebre, porque se brinda
 consideraciones que hacen sentir el espritu de aquella poca;
consideraciones que sirven, adems, para restablecer en su puesto la
verdad, y para que no se explique todo por la miserable clave de la
perversidad de de los hombres. Desgraciadamente hay una tendencia 
explicarlo todo as, y por cierto que no es escaso el fundamento que
muchas veces dan los hombres para ello; pero, mientras no haya una
evidente necesidad de hacerlo, deberamos abstenernos de acriminar. El
cuadro de la historia de la humanidad es de suyo demasiado sombro,
para que podamos tener gusto en obscurecerle, echndole nuevas manchas;
y es menester pensar que  veces acusamos de crimen lo que no fu ms
que ignorancia. El hombre est inclinado al mal, pero no est menos
sujeto al error; y el error no siempre es culpable.

Yo creo que pueden darse las gracias  los protestantes del rigor y
de la suspicacia que despleg en aquellos tiempos la Inquisicin de
Espaa. Los protestantes promovieron una revolucin religiosa; y es una
ley constante que toda revolucin,  destruye el poder atacado,  le
hace ms severo y duro. Lo que antes se hubiera juzgado indiferente,
se considera como sospechoso, y lo que en otras circunstancias slo se
hubiera tenido por una falta, es mirado entonces como un crimen. Se
est con un temor continuo de que la libertad se convierta en licencia;
y como las revoluciones destruyen, invocando la reforma, quien se
atreva  hablar de ella corre peligro de ser culpado de perturbador. La
misma prudencia en la conducta ser tildada de precaucin hipcrita;
un lenguaje franco y sincero, calificado de insolencia y de sugestin
peligrosa; la reserva lo ser de maosa reticencia; y hasta el mismo
silencio ser tenido por significativo, por disimulo alarmante. En
nuestros tiempos hemos presenciado tantas cosas, que estamos en
excelente posicin para comprender fcilmente todas las fases de la
historia de la humanidad.

Es un hecho indudable la reaccin que produjo en Espaa el
Protestantismo: sus errores y excesos hicieron que, as el poder
eclesistico como el civil, concediesen en todo lo tocante  religin
mucha menor latitud de la que antes se permita. La Espaa se preserv
de las doctrinas protestantes, cuando todas las probabilidades
estaban indicando que al fin se nos llegaran  comunicar de un modo
 otro: y claro es que este resultado no pudo obtenerse sin esfuerzos
extraordinarios. Era aquello una plaza sitiada, con un poderoso enemigo
 la vista, donde los jefes andan vigilantes de continuo, en guarda
contra los ataques de afuera y en vela contra las traiciones de adentro.

En confirmacin de estas observaciones aducir un ejemplo, que servir
por muchos otros: quiero hablar de lo que sucedi con respecto  las
Biblias en lengua vulgar, pues que esto nos dar una idea de lo que
anduvo sucediendo en lo dems, por el mismo curso natural de las
cosas. Cabalmente tengo  la mano un testimonio tan respetable como
interesante: el mismo Carranza, de quien acabo de hablar. Oigamos
lo que dice en el prlogo que precede  sus _Comentarios sobre el
Catecismo Cristiano_. Antes que las herejas de Lutero saliesen del
infierno  esta luz del mundo, no s yo que estuviese vedada la Sagrada
Escritura en lenguas vulgares entre ningunas gentes. En Espaa, haba
Biblias trasladadas en vulgar por mandato de reyes catlicos, en
tiempo que se consentan vivir entre cristianos los moros y judos en
sus leyes. Despus que los judos fueron echados de Espaa, hallaron
los jueces de la religin que algunos de los que se convirtieron 
nuestra santa fe, instruan  sus hijos en el judasmo, ensendoles
las ceremonias de la ley de Moiss, por aquellas Biblias vulgares; las
cuales ellos imprimieron despus en Italia, en la ciudad de Ferrara.
Por esta causa tan justa se vedaron las Biblias vulgares en Espaa;
pero siempre se tuvo miramiento  los colegios y monasterios, y  las
personas nobles que estaban fuera de sospecha, y se les daba licencia
que las tuviesen y leyesen. Contina Carranza haciendo en pocas
palabras la historia de estas prohibiciones en Alemania, Francia y
otras partes, y despus prosigue: En Espaa, que estaba y est limpia
de la cizaa, por merced y gracia de Nuestro Seor, proveyeron en
vedar generalmente todas las traslaciones vulgares de la Escritura,
por quitar la ocasin  los extranjeros de tratar de sus diferencias
con personas simples y sin letras. _Y tambin porque tenan y tienen
experiencia de casos particulares y errores que comenzaban  nacer
en Espaa, y hallaban que la raz era haber ledo algunas partes de
la Escritura sin las entender._ Esto que he dicho aqu es historia
verdadera de lo que ha pasado. Y por este fundamento se ha prohibido la
Biblia en lengua vulgar.

Este curioso pasaje de Carranza nos explica en pocas palabras el
curso que anduvieron siguiendo las cosas. Primero no existe ninguna
prohibicin, pero el abuso de los judos la provoca; bien que
dejndose, como se ve por el mismo texto, alguna latitud. Vienen en
seguida los protestantes, perturban la Europa con sus Biblias, amenaza
el peligro de introducirse los nuevos errores en Espaa, se descubre
que algunos extraviados lo han sido por mala inteligencia de algn
pasaje de la Biblia, lo que obliga  quitar esta arma  los extranjeros
que intentasen seducir  las personas sencillas, y as la prohibicin
se hace general y rigurosa.

Volviendo  Felipe II, no conviene perder de vista que este monarca
fu uno de los ms firmes defensores de la Iglesia catlica, que fu
la personificacin de la poltica de los siglos fieles en medio del
vrtigo que  impulsos del Protestantismo se haba apoderado de la
poltica europea.  l se debi en gran parte que al travs de tantos
trastornos pudiese la Iglesia contar con la poderosa proteccin de los
prncipes de la tierra. La poca de Felipe II fu crtica y decisiva
en Europa; y, si bien es verdad que no fu afortunado en Flandes,
tambin lo es que su poder y su habilidad formaron un contrapeso  la
poltica protestante,  la que no permiti seorearse de Europa como
ella hubiera deseado. Aun cuando supusiramos que entonces no se hizo
ms que ganar tiempo, quebrantndose el primer mpetu de la poltica
protestante, no fu poco beneficio para la religin catlica, por
tantos lados combatida. Qu hubiera sido de la Europa, si en Espaa
se hubiese introducido el Protestantismo como en Francia, si los
hugonotes hubiesen podido contar con el apoyo de la Pennsula? Y si el
poder de Felipe II no hubiese infundido respeto, qu no hubiera podido
suceder en Italia? Los sectarios de Alemania no hubieran alcanzado
 introducir all sus doctrinas? Posible fuera, y en esto abrigo la
seguridad de obtener el asentimiento de todos los hombres que conocen
la historia; posible fuera que, si Felipe II hubiese abandonado su
tan acriminada poltica, la religin catlica se hubiese encontrado,
al entrar en el siglo XVII, en la dura necesidad de vivir, no ms que
como tolerada, en la generalidad de los reinos de Europa. Y lo que vale
esta tolerancia, cuando se trata de la Iglesia catlica, nos lo dice
siglos ha la Inglaterra, nos lo dice en la actualidad la Prusia, y,
finalmente, la Rusia, de un modo todava ms doloroso.

Es menester mirar  Felipe II desde este punto de vista; y fuerza es
convenir que, considerado as, es un gran personaje histrico, de los
que han dejado un sello ms profundo en la poltica de los siglos
siguientes, y que ms influjo han tenido en sealar una direccin al
curso de los acontecimientos.

Aquellos espaoles que anatematizan al fundador del Escorial, menester
es que hayan olvidado nuestra historia,  que al menos la tengan en
poco. Vosotros arrojis sobre la frente de Felipe II la mancha de
odioso tirano, sin reparar que, disputndole su gloria,  trocndola en
ignominia, destrus de una plumada toda la nuestra, y hasta arrojis
en el fango la diadema que orl las sienes de Fernando y de Isabel.
Si no podis perdonar  Felipe II el que sostuviese la Inquisicin,
si por esta sola causa no podis legar  la posteridad su nombre sino
cargado de execraciones, haced lo mismo con el de su ilustre padre
Carlos V, y llegando  Isabel de Castilla escribid tambin en la lista
de los tiranos, de los azotes de la humanidad, el nombre que acataron
ambos mundos, el emblema de la gloria y pujanza de la monarqua
espaola. Todos participaron en el hecho que tanto levanta vuestra
indignacin; no anatematicis, pues, al uno, perdonando  los otros con
una indulgencia hipcrita; indulgencia que no empleis por otra causa,
sino porque el sentimiento de nacionalidad que late en vuestros pechos
os obliga  ser parciales, inconsecuentes, para no veros precisados
 borrar de un golpe las glorias de Espaa,  marchitar todos sus
laureles,  renegar de vuestra patria. Ya que desgraciadamente nada
nos queda sino grandes recuerdos, no los despreciemos; que estos
recuerdos en una nacin son como en una familia cada los ttulos de
su antigua nobleza: elevan el espritu, fortifican en la adversidad,
y, alimentando en el corazn la esperanza, sirven  preparar un nuevo
porvenir.

El inmediato resultado de la introduccin del Protestantismo en Espaa
habra sido, como en los dems pases, la guerra civil. sta nos
fuera  nosotros ms fatal por hallarnos en circunstancias mucho ms
crticas. La unidad de la monarqua espaola no hubiera podido resistir
 las turbulencias y sacudimientos de una disensin intestina; porque
sus partes eran tan heterogneas, y estaban, por decirlo as, tan
mal pegadas, que el menor golpe hubiera deshecho la soldadura. Las
leyes y las costumbres de los reinos de Navarra y de Aragn eran muy
diferentes de las de Castilla; un vivo sentimiento de independencia,
nutrido por las frecuentes reuniones de sus Cortes, se abrigaba en
sus pueblos indmitos; y sin duda que hubieran aprovechado la primera
ocasin de sacudir un yugo que no les era lisonjero. Con esto, y las
facciones que hubieran desgarrado las entraas de todas las provincias,
se habra fraccionado miserablemente la monarqua, cabalmente cuando
deba hacer frente  tan multiplicadas atenciones en Europa, en frica
y en Amrica. Los moros estaban an  nuestra vista, los judos no
se haban olvidado de Espaa; y por cierto que unos y otros hubieran
aprovechado la coyuntura, para medrar de nuevo  favor de nuestras
discordias. Quizs estuvo pendiente de la poltica de Felipe II, no
slo la tranquilidad, sino tambin la existencia de la monarqua
espaola. Ahora se le acusa de tirano; en el caso contrario, se le
hubiera acusado de incapaz  imbcil.

Una de las mayores injusticias de los enemigos de la religin, al
atacar  los que la han sostenido, es el suponerlos de mala fe; el
acusarlos de llevar en todo segundas intenciones, miras tortuosas 
interesadas. Cuando se habla, por ejemplo, del maquiavelismo de Felipe
II, se supone que la Inquisicin, aun cuando en la apariencia tena
un objeto puramente religioso, no era ms en realidad que un dcil
instrumento poltico, puesto en las manos del astuto monarca. Nada ms
especioso para los que piensan que estudiar la historia es ofrecer esas
observaciones picantes y maliciosas, pero nada ms falso en presencia
de los hechos.

Viendo en la Inquisicin un tribunal extraordinario, no han podido
concebir algunos cmo era posible su existencia sin suponer en el
monarca que le sostena y fomentaba, razones de Estado muy profundas,
miras que alcanzaban mucho ms all de lo que se descubre en la
superficie de las cosas. No se ha querido ver que cada poca tiene
su espritu, su modo particular de mirar los objetos, y su sistema
de accin, sea para procurarse bienes, sea para evitarse males. En
aquellos tiempos, en que por todos los reinos de Europa se apelaba
al hierro y al fuego en las cuestiones religiosas, en que as los
protestantes como los catlicos quemaban  sus adversarios, en que la
Inglaterra, la Francia, la Alemania estaban presenciando las escenas
ms crueles, se encontraba tan natural, tan en el orden regular la
quema de un hereje, que en nada chocaba con las ideas comunes. 
nosotros se nos erizan los cabellos  la sola idea de quemar  un
hombre vivo. Hallndonos en una sociedad donde el sentimiento religioso
se ha amortiguado en tal manera, y acostumbrados  vivir entre hombres
que tienen religin diferente de la nuestra, y  veces ninguna, no
alcanzamos  concebir que pasaba entonces como un suceso muy ordinario
el ser conducidos al patbulo esta clase de hombres. Lanse, empero,
los escritores de aquellos tiempos; y se notar la inmensa diferencia
que va de nuestras costumbres  los suyas; se observar que nuestro
lenguaje templado y tolerante hubiera sido para ellos incomprensible.
Qu ms? El mismo Carranza, que tanto sufri de la Inquisicin,
piensan quizs algunos cmo opinaba sobre estas materias? En su citada
obra, siempre que se ofrece la oportunidad de tocar este punto, emite
las mismas ideas de su tiempo, sin detenerse siquiera en probarlas,
dndolas como cosa fuera de duda. Cuando en Inglaterra se encontraba al
lado de la reina Mara, sin ningn reparo pona tambin en planta sus
doctrinas sobre el rigor con que deban ser tratados los herejes; y 
buen seguro que lo haca sin sospechar, en su intolerancia, que tanto
haba de servir su nombre para atacar esa misma intolerancia.

Los reyes y los pueblos, los eclesisticos y los seglares, todos
estaban acordes en este punto. Qu se dira ahora de un rey que con
sus manos aproximase la lea para quemar  un hereje, que impusiese
la pena de horadar la lengua  los blasfemos con un hierro? Pues lo
primero se cuenta de San Fernando, y lo segundo lo haca San Luis.
Aspavientos hacemos ahora, cuando vemos  Felipe II asistir  un auto
de fe; pero, si consideramos que la corte, los grandes, lo ms escogido
de la sociedad, rodeaban en semejante caso al rey, veremos que, si esto
 nosotros nos parece horroroso, insoportable, no lo era para aquellos
hombres, que tenan ideas y sentimientos muy diferentes. No se diga que
la voluntad del monarca lo prescriba as, y que era fuerza obedecer;
no, no era la voluntad del monarca lo que obraba, era el espritu de
la poca. No hay monarca tan poderoso que pueda celebrar una ceremonia
semejante, si estuviere en contradiccin con el espritu de su tiempo;
no hay monarca tan insensible que no est l propio afectado del siglo
en que reina. Suponed el ms poderoso, el ms absoluto de nuestros
tiempos: Napolen en su apogeo, el actual emperador de Rusia, y ved si
alcanzar podra su voluntad  violentar hasta tal punto las costumbres
de su siglo.

 los que afirman que la Inquisicin era un instrumento de Felipe II,
se les puede salir al encuentro con una ancdota, que por cierto no
es muy  propsito para confirmarnos en esta opinin. No quiero dejar
de referirla aqu, pues que,  ms de ser muy curiosa  interesante,
retrata las ideas y costumbres de aquellos tiempos. Reinando en Madrid
Felipe II, cierto orador dijo en un sermn, en presencia del rey, que
_los reyes tenan poder absoluto sobre las personas de los vasallos y
sobre sus bienes_. No era la proposicin para desagradar  un monarca,
dado que el buen predicador le libraba, de un tajo, de todas las
trabas en el ejercicio de su poder.  lo que parece, no estara todo
el mundo en Espaa tan encorvado bajo la influencia de las doctrinas
despticas como se ha querido suponer, pues que no falt quien delatase
 la Inquisicin las palabras con que el predicador haba tratado de
lisonjear la arbitrariedad de los reyes. Por cierto que el orador no
se haba guarecido bajo un techo dbil; y as es que los lectores
darn por supuesto que, rozndose la denuncia con el poder de Felipe
II, tratara la Inquisicin de no hacer de ella ningn mrito. No fu
as, sin embargo: la Inquisicin instruy su expediente, encontr la
proposicin contraria  las sanas doctrinas, y el pobre predicador,
que no esperara tal recompensa,  ms de varias penitencias que se
le impusieron, fu condenado  retractarse pblicamente, en el mismo
lugar, con todas las ceremonias del auto jurdico, con la particular
circunstancia de leer en un papel, conforme se le haba ordenado, las
siguientes notabilsimas palabras: _Porque, seores, los reyes no
tienen ms poder sobre sus vasallos, del que les permite el derecho
divino y humano: y no por su libre y absoluta voluntad_. As lo
refiere D. Antonio Prez, como se puede ver en el pasaje que se inserta
por entero en la nota correspondiente  este captulo. Sabido es que D.
Antonio Prez no era apasionado de la Inquisicin.

Este suceso se verific en aquellos tiempos que algunos no nombran
jams, sin acompaarles el ttulo de _obscurantismo_, de _tirana_, de
_supersticin_; yo dudo, sin embargo, que en los ms cercanos, y en que
se dice que comenz  lucir para Espaa la aurora de la ilustracin
y de la libertad, por ejemplo, de Carlos III, se hubiese llevado
 trmino una condenacin pblica, solemne, del despotismo. Esta
condenacin era tan honrosa al tribunal que la mandaba, como al monarca
que la consenta.

Por lo que toca  la ilustracin, tambin es una calumnia lo que se
dice, que hubo el plan de establecer y perpetuar la ignorancia. No lo
indica as, por cierto, la conducta de Felipe II, cuando,  ms de
favorecer la grande empresa de la Poliglota de Amberes, recomendaba
 Arias Montano que las sumas que se fuesen recobrando del impresor
Platino,  quien para dicha empresa haba suministrado el monarca una
crecida cantidad, se emplease en la compra de libros _exquisitos, as
de impresos como de mano_, para ponerlos en la librera del monasterio
del Escorial, que entonces se estaba edificando; habiendo hecho tambin
el encargo, como dice el rey en la carta  Arias Montano,  _D. Francs
de Alaba, su embajador en Francia, que procurase de haber los mejores
libros que pudiere en aquel reino_.

No, la historia de Espaa, desde el punto de vista de la intolerancia
religiosa, no es tan negra como se ha querido suponer.  los
extranjeros, cuando nos echan en cara la crueldad, podemos responderles
que, mientras la Europa estaba regada de sangre por las guerras
religiosas, en Espaa se conservaba la paz; y por lo que toca al nmero
de los que perecieron en los patbulos,  murieron en el destierro,
podemos desafiar  las dos naciones que se pretenden  la cabeza de la
civilizacin, la Francia y la Inglaterra,  que muestren su estadstica
de aquellos tiempos sobre el mismo asunto, y la comparen con la
nuestra. Nada tememos de semejante cotejo.

 medida que anduvo menguando el peligro de introducirse en Espaa el
Protestantismo, el rigor de la Inquisicin se disminuy tambin; y,
adems, podemos observar que suavizaba sus procedimientos, siguiendo
el espritu de la legislacin criminal en los otros pases de Europa.
As vemos que los autos de fe van siendo ms raros, segn los tiempos
van aproximndose  los nuestros; de suerte que,  fines del siglo
pasado, slo era la Inquisicin una sombra de lo que haba sido. No es
necesario insistir sobre un punto que nadie ignora, y en que estn de
acuerdo hasta los ms acalorados enemigos de dicho tribunal: en esto
encontramos la prueba ms convincente de que se ha de buscar en las
ideas y costumbres de la poca lo que se ha pretendido hallar en la
crueldad, en la malicia,  en la ambicin de los hombres. Si llegasen
 surtir efecto las doctrinas de los que abogan por la abolicin de la
pena de muerte, cuando la posteridad leera las ejecuciones de nuestros
tiempos, se horrorizara del propio modo que nosotros con respecto 
los anteriores. La horca, el garrote vil, la guillotina, figuraran en
la misma lnea que los antiguos quemaderos.[10]




NOTAS


       [1] Pg. 45--Recio se hace de creer el extravo de los
       antiguos sobre el respeto debido al hombre; inconcebible
       parece que llegasen  tener en nada la vida del individuo
       que no poda servir en algo  la sociedad; y, sin embargo,
       nada hay ms cierto. Lamentable fuera que esta  aquella
       ciudad hubiesen dictado una ley brbara, , por una  otra
       causa, llegase  introducirse en ellas una costumbre atroz;
       no obstante, mientras la filosofa hubiese protestado contra
       tamaos atentados, la razn humana se habra conservado sin
       mancilla, y no se la pudiera achacar con justicia que tomase
       parte en las nefandas obras del aborto y del infanticidio.
       Pero cuando encontramos defendido y enseado el crimen por
       los filsofos ms graves de la antigedad, cuando le vemos
       triunfante en el pensamiento de sus hombres ms ilustres,
       cuando los omos prescribiendo esas atrocidades con una calma
       y serenidad espantosa, el espritu desfallece, la sangre se
       hiela en el corazn; quisiera uno taparse los ojos para no
       ver humillada  tanta ignominia,  tanto embrutecimiento,
       la filosofa, la razn humana. Oigamos  Platn en su
       _Repblica_, en aquel libro donde se propona reunir las
       teoras que eran en su juicio las ms brillantes, y al propio
       tiempo las ms conducentes para el bello ideal de la sociedad
       humana. Menester es, dice uno de los interlocutores del
       dilogo, menester es, segn nuestros principios, procurar que
       entre los hombres y las mujeres de mejor raza, sean frecuentes
       las relaciones de los sexos; y al contrario, muy raras entre
       los de menos valer. Adems, es necesario criar los hijos de
       los primeros, _ms no de los segundos_, si se quiere tener un
       rebao escogido. En fin, es necesario que slo los magistrados
       tengan noticia de estas medidas, para evitar en cuanto sea
       posible la discordia en el rebao. _Muy bien_, responde
       otro de los interlocutores. (Platn, _Repb._, L. 5.)

       He aqu reducida la especie humana  la simple condicin de
       los brutos; el filsofo hace muy bien en valerse de la palabra
       _rebao_, bien que hay la diferencia de que los magistrados
       imbudos en semejantes doctrinas, deban resultar ms duros
       con sus sbditos que no lo fuera un pastor con su ganado. No,
       el pastor que entre los corderillos recin nacidos encuentra
       alguno dbil y estropeado, no le mata, no le deja perecer de
       hambre; le lleva en brazos junto  la oveja, que le sustentar
       con su leche, y le acaricia blandamente para acallar sus
       tiernos balidos.

       Pero sern quizs las expresiones citadas, una palabra
       escapada al filsofo en un momento de distraccin? El
       pensamiento que revelan, no podr mirarse como una de
       aquellas inspiraciones siniestras, que se deslizan un
       instante en el espritu del hombre, pasando sin dejar rastro,
       como serpea rpido un pavoroso reptil por la amenidad de
       una pradera? As lo deseramos para la gloria de Platn;
       pero, desgraciadamente, l propio nos quita todo medio de
       vindicarle, pues que insiste sobre lo mismo tantas veces, y
       con tan sistemtica frialdad. En cuanto  los hijos, repite
       ms abajo, de los ciudadanos de inferior calidad, y aun por
       lo tocante  los de los otros, si hubiesen nacido deformes,
       los magistrados los _ocultarn_ como conviene, en algn
       lugar secreto, que _ser prohibido revelar_. Y uno de los
       interlocutores responde: S, s, queremos conservar en su
       pureza la raza de los guerreros.

       La voz de la naturaleza protestaba en el corazn del filsofo
       contra su horrible doctrina; presentbanse  su imaginacin
       las madres reclamando sus hijos recin nacidos, y por esto
       encarga el secreto, prescribe que slo los magistrados tengan
       noticia del lugar fatal, para evitar la discordia en la
       ciudad. As los convierte en asesinos alevosos, que matan, y
       ocultan desde luego su vctima bajo las entraas de la tierra.

       Contina Platn prescribiendo varias reglas en orden  las
       relaciones de los sexos, y, hablando del caso en que el hombre
       y la mujer han llegado  una edad algo avanzada, nos ofrece el
       siguiente escandaloso pasaje Cuando uno y otro sexo, dice el
       filsofo, hayan pasado de la edad de tener hijos, dejaremos
        los hombres la libertad de continuar con las mujeres las
       relaciones que quieran, exceptuando sus hijas, madres,
       nietas y abuelas; y  las mujeres les dejaremos la misma
       libertad con respecto  los hombres y, les recomendaremos muy
       particularmente que tomen todas las precauciones para que no
       nazca de tal comercio ningn fruto; y que si  pesar de sus
       precauciones nace alguno, que lo expongan: pues que el Estado
       no se encarga de mantenerle. Platn estaba,  lo que parece,
       muy satisfecho de su doctrina, pues que en el mismo libro
       donde escriba lo que acabamos de ver, dice aquella sentencia
       que se ha hecho tan famosa: que los males de los Estados no
       se remediarn jams, ni sern bien gobernadas las sociedades
       hasta que los filsofos lleguen  ser reyes,  los reyes se
       hagan filsofos. Dios nos preserve de ver sobre el trono una
       filosofa como la suya; por lo dems, su deseo del _reino
       de la filosofa_ se ha realizado en los tiempos modernos; y
       ms que el reino todava, la divinizacin, hasta llegar 
       tributarle en un templo pblico los homenajes de la divinidad.
       No creo, sin embargo, que sean muchos los que echen de menos
       los aciagos das del _Culto de la Razn_.

       La horrible enseanza que acabamos de leer en Platn, se
       transmita fielmente  las escuelas venideras. Aristteles,
       que en tantos puntos se tom la libertad de apartarse de
       las doctrinas de su maestro, no pens en corregirlas por lo
       tocante al aborto y al infanticidio. En su _Poltica_ ensea
       los mismos crmenes, y con la misma serenidad que Platn.
       Para evitar, dice, que se alimenten las criaturas dbiles 
       mancas, la ley ha de prescribir que se las exponga, _ se las
       quite de en medio_. En el caso que esto se hallare prohibido
       por las leyes y costumbres de algunos pueblos, entonces es
       necesario sealar  punto fijo el nmero de los hijos que se
       puedan procrear; y, si aconteciere que algunos tuvieren ms
       del nmero prescrito, se ha de procurar el aborto antes que
       el feto haya adquirido los sentidos y la vida. (Aristt.,
       _Polt._, L. 7, c. 16.)

       Vase, pues, con cunta razn he dicho que entre los antiguos,
       el hombre, como hombre, no era tenido en nada; que la sociedad
       le absorba todo entero, que se arrogaba sobre l derechos
       injustos, que le miraba como un instrumento de que se vala si
       era til, y que, en no sindolo, se consideraba facultada para
       quebrantarle.

       En los escritos de los antiguos filsofos se nota que hacen
       de la sociedad una especie de todo, al cual pertenecen los
       individuos, como  una masa de hierro los tomos que la
       componen. No puede negarse que la unidad es un gran bien de
       las sociedades, y que hasta cierto punto es una verdadera
       necesidad; pero esos filsofos se imaginan cierta unidad  la
       que debe todo sacrificarse, sin consideraciones de ninguna
       clase  la esfera individual, sin atender  que el objeto de
       la sociedad es el bien y la dicha de las familias y de los
       individuos que la componen. Esta unidad es el bien principal,
       segn ellos; nada puede comparrsele; y la ruptura de ella es
       el mal mayor que pueda acontecer, y que conviene evitar por
       todos los medios imaginables. El mayor mal de un Estado, dice
       Platn, no es lo que le divide, y de _uno hace muchos_? Y su
       mayor bien, no es lo que liga todas partes, y le hace _uno_?
       Apoyado en este principio, contina desenvolviendo su teora,
       y, tomando las familias y los individuos, los amasa, por
       decirlo as, para que den un todo compacto, _uno_. Por esto,
        mas de la comunidad de educacin y de vida, quiere tambin
       la de mujeres y de hijos: considera como un mal el que haya
       goces ni sufrimientos personales; todo lo exige comn, social.
       No permite que los individuos vivan, ni piensen, ni sientan,
       ni obren, sino como partes del gran todo. Lase con reflexin
       su _Repblica_, y en particular el libro V, y se echar de ver
       que ste es el pensamiento dominante en el sistema de aquel
       filsofo.

       Oigamos sobre lo mismo  Aristteles. Cuando el fin de
       la sociedad es _uno_, claro es que la educacin de todos
       sus miembros debe ser necesariamente _una, y la misma_. La
       educacin debera ser pblica, no privada; como acontece
       ahora, que cada cual cuida de sus hijos, y les ensea lo
       que ms le agrada. Cada ciudadano es una _partcula_ de la
       sociedad, y el cuidado de una partcula debe naturalmente
       enderezarse  lo que demanda el todo. (Arist., _Polt._, L.
       8, c. 1.)

       Para darnos  comprender cmo entiende esta educacin comn,
       concluye haciendo honorfica mencin de la que se daba en
       Lacedemonia, que, como es bien sabido, consista en ahogar
       todos los sentimientos, excepto el de un patriotismo feroz,
       cuyos rasgos todava nos estremecen.

       No: en nuestras ideas y costumbres no cabe el considerar de
       esta suerte la sociedad. Los individuos estn ligados  ella,
       forman parte de ella, pero sin que pierdan su esfera propia,
       ni la esfera de sus familias; y disfrutan de un vasto campo
       donde pueden ejercer su accin, sin que se encuentren con el
       coloso de la sociedad. El patriotismo existe an; pero no es
       una pasin ciega, instintiva, que lleva al sacrificio como una
       vctima con los ojos vendados; sino un sentimiento racional,
       noble, elevado, que forma hroes como los de Lepanto y Bailn,
       que convierte en leones ciudadanos pacficos, como en Gerona y
       Zaragoza, que levanta cual chispa elctrica un pueblo entero,
       y desprevenido  inerme le hace buscar la muerte en las bocas
       de fuego de un ejrcito numeroso y aguerrido, como Madrid en
       pos del sublime _Muramos!..._ de Daoiz y de Velarde.

       He insinuado tambin en el texto que entre los antiguos se
       crea con derecho la sociedad para entrometerse en todos los
       negocios del individuo; y aun puede aadirse que las cosas
       se llevaban hasta un extremo que rayaba en ridculo. Quin
       dijera que la ley haba de entrometerse en los alimentos que
       hubiese de tomar una mujer en cinta, ni en prescribirle el
       ejercicio que le convena hacer? Conviene, dice gravemente
       Aristteles, que las mujeres embarazadas cuiden bien de
       su cuerpo, y que no sean desidiosas en demasa, ni tomen
       alimentos sobrado tenues y sutiles. Y esto _lo conseguir
       fcilmente el legislador, ordenndoles y mandndoles_
       que hagan todos los das un paseo para honrar y venerar
       aquellos dioses  quienes les cupo en suerte el presidir la
       generacin. (_Polt._, L. 7, c. 16.)

       La accin de la ley se extenda  todo; y en algunas partes
       no poda escaparse de su severidad ni el mismo llanto de los
       nios. No hacen bien, dice Aristteles, los que por _medio
       de las leyes prohiben  los nios el gritar y llorar_: los
       gritos y el llanto les sirven  los nios de ejercicio, y
       contribuyen  que crezcan. Esfuerzo natural que desahoga,
       y comunica vigor  los que se encuentran en angustia.
       (_Polt._, Lib. 7, cap. 17.)

       Estas doctrinas de los antiguos, ese modo de considerar las
       relaciones del individuo con la sociedad, explican muy bien
       por qu se miraban entre ellos como cosa muy natural las
       castas y la esclavitud. Qu extraeza nos ha de causar el
       ver razas enteras privadas de la libertad,  tenidas por
       incapaces de alternar con otras pretendidas superiores, cuando
       vemos condenadas  la muerte generaciones de inocentes, sin
       que los concienzudos filsofos dejen traslucir siquiera el
       menor escrpulo sobre la legitimidad de un acto tan inhumano?
       Y no es esto decir que ellos,  su modo, no buscasen tambin
       la dicha como fin de la sociedad, sino que tenan ideas
       monstruosas sobre los medios de alcanzarla.

       Entre nosotros es tenida tambin en mucho la conservacin
       de la unidad social; tambin consideramos al individuo como
       parte de la sociedad, y que en ciertos casos debe sacrificarse
       al bien pblico; pero miramos al mismo tiempo como sagrada
       su vida, por intil, por miserable, por dbil que l sea;
       y contamos entre los homicidios el matar un nio que acaba
       de ver la luz,  que no la ha visto an, del mismo modo que
       el asesinato de un hombre en la flor de sus aos. Adems,
       consideramos que los individuos y las familias tienen derechos
       que la sociedad debe respetar, secretos en que sta no se
       puede entrometer; y cuando se les exigen sacrificios costosos,
       sabemos que han de ser previamente justificados por una
       verdadera necesidad. Sobre todo, pensamos que la justicia,
       la moral, deben reinar en las obras de la sociedad como en
       las del individuo; y as como rechazamos con respecto  ste
       el principio de la _utilidad privada_, as no le admitimos
       tampoco con relacin  aqulla. La mxima de que _la salud
       del pueblo es la suprema ley_, no la consentimos sino con las
       debidas restricciones y condiciones; sin que por esto sufran
       perjuicio los verdaderos intereses de la sociedad. Cuando
       estos intereses son bien entendidos, no estn en pugna con la
       sana moral; y, si pasajeras circunstancias crean  veces esa
       pugna, no es ms que aparente; porque, reducida como est 
       pocos momentos, y limitada  pequeo crculo, no impide que
       al fin resulten en harmona, y no se compense con usura el
       sacrificio que se haga de la utilidad, en las aras de los
       eternos principios de la moral.

       [2] Pg. 66.--El lector me dispensar fcilmente de entrar en
       pormenores sobre la situacin abyecta y vergonzosa de la mujer
       entre los antiguos, y aun entre los modernos, all donde no
       reina el Cristianismo; pues que las severas leyes del pudor
       salen  cada paso  detener la pluma, cuando quiere presentar
       algunos rasgos caractersticos. Basta decir que el trastorno
       de las ideas era tan extraordinario, que aun los hombres ms
       sealados por su gravedad y mesura deliraban sobre este punto
       de una manera increble. Dejemos aparte cien y cien ejemplos
       que se podran recordar; pero quin ignora el escandaloso
       parecer del sabio Soln sobre prestar las mujeres para mejorar
       la raza? Quin no se ha ruborizado al leer lo que dice el
       _divino_ Platn, en su _Repblica_, sobre la conveniencia y el
       modo de tomar parte las mujeres en los juegos pblicos? Pero
       echemos un velo sobre estos recuerdos tan vergonzosos  la
       sabidura humana, que as desconoca los primeros elementos de
       la moral y las ms sentidas inspiraciones de la naturaleza.
       Cuando as pensaban los primeros legisladores y sabios, qu
       haba de suceder entre el vulgo? Cunta verdad hay en las
       palabras del sagrado texto que nos presentan  los pueblos
       fallos de la luz divina del Cristianismo como _sentados en las
       tinieblas y sombras de la muerte_!

       Lo ms temible para la mujer, como lo ms propio para
       conducirla  la degradacin, es lo que mancilla el pudor;
       sin embargo, puede contribuir tambin  este envilecimiento
       la ilimitada potestad otorgada sobre ella al varn. En
       este particular se hallaba en posicin tan dolorosa, que
       su suerte vena  ser en muchas partes la de una verdadera
       esclava. Pasemos por alto las costumbres de otros pueblos, y
       detengmonos un instante en los romanos, donde la frmula _ubi
       tu Caius, ego Caia_, parece indicar una sujecin tan ligera,
       que se aproxima  la igualdad. Para apreciar debidamente lo
       que vala esta igualdad, basta recordar que un marido romano
       se crea facultado hasta para dar la muerte  su mujer, y
       esto no precisamente en caso de adulterio, sino por faltas
       mucho menos graves. En tiempo de Rmulo fu absuelto de este
       atentado Egnacio Mecenio, quien no haba tenido otro motivo
       para cometerle, que el haber cado su mujer en la flaqueza de
       probar el vino de la bodega. Estos rasgos pintan un pueblo;
       y aun cuando concedamos toda la importancia que se quiera al
       cuidado de los romanos para que sus matronas no se diesen
       al vino, no sale muy bien parada de semejantes costumbres
       la dignidad de la mujer. Cuando Catn prescriba entre los
       parientes la afectuosa demostracin de darse un sculo, con la
       mira, segn refiere Plinio, de saber si las mujeres sentan
        vino, _an temetum olerent_, haca por cierto ostentacin
       de su severidad y de su celo, pero ultrajaba villanamente
       la reputacin de las mismas mujeres cuya virtud se propona
       conservar. Hay remedios peores que el mal.

       Por lo tocante al mrito de la indisolubilidad del matrimonio,
       establecida y conservada por el Catolicismo, fcil me fuera
       corroborar de mil maneras lo que llevo dicho en el texto.
       Me contentar, sin embargo, en obsequio de la brevedad, con
       insertar un muy notable pasaje de Madama de Stal, que muestra
       cun funestas han sido  la moral pblica las doctrinas
       protestantes. Este testimonio es mucho ms decisivo, no slo
       por ser de una escritora protestante, sino tambin porque
       versa sobre las costumbres de un pas que ella tanto estimaba
       y admiraba. El amor es una religin de Alemania, pero una
       religin potica que tolera con demasiada facilidad todo lo
       que la sensibilidad puede excusar. No puede negarse que en
       las provincias protestantes la _facilidad del divorcio ataca
       la santidad del matrimonio_. Cmbiase tan tranquilamente de
       esposos, como si no se tratase de otra cosa que de arreglar
       los incidentes de un drama: el buen natural de los hombres y
       de las mujeres hace que estas fciles separaciones se lleven 
       cabo sin amargura; y como en los alemanes hay ms imaginacin
       que verdadera pasin, los acontecimientos ms extraos se
       realizan entre ellos con la mayor tranquilidad del mundo.
       Sin embargo, esto hace perder _toda la consistencia  las
       costumbres_ y al carcter; el espritu de paradoja conmueve
       las instituciones ms sagradas, y no se tienen en ninguna
       materia reglas bastante fijas. (_De la Alemania_, por Madama
       Stal, primera parte, cap. 3.)

       Echase, pues, de ver que el Protestantismo, atacando la
       santidad del matrimonio, abri una llaga profunda  las
       costumbres. Ya llevo indicado que el mal no fu tan grave como
       era de temer,  causa de que el buen sentido de los pueblos
       europeos, formado bajo la enseanza del Catolicismo, no les
       permiti abandonarse sin mesura  las funestas doctrinas de
       la pretendida Reforma. Con mucho gusto he consignado este
       hecho, pero es necesario, por otra parte, no olvidar las
       notables confesiones de la clebre escritora: _la santidad
       del matrimonio atacada por el divorcio, el fcil y tranquilo
       cambio de esposos, la prdida de la consistencia de las
       costumbres y carcter, el desmoronamiento de las instituciones
       ms sagradas, la falta de reglas fijas en todas materias_. Si
       esto dicen los mismos protestantes, difcil ser que  los
       catlicos se nos pueda tachar de exageracin, cuando pintamos
       los males acarreados por la Reforma.

       [3] Pg. 90--La filosofa anticristiana ha debido de tener
       considerable influencia en ese prurito de encontrar en los
       brbaros el origen del ennoblecimiento de la mujer europea, y
       otros principios  civilizacin. En efecto, una vez encontrado
       en los bosques de Germania el manantial de tan hermosos
       distintivos, despojbase al Cristianismo de una porcin de sus
       ttulos, y se reparta entre muchos la gloria que es suya,
       exclusivamente suya. No negar que los germanos de Tcito son
       algo poticos, pero los germanos verdaderos no es creble
       que lo fueran mucho. Algunos pasajes citados en el texto
       robustecen sobremanera esta conjetura; pero yo no encuentro
       medio ms  propsito para disipar todas las ilusiones, que
       el leer la historia de la irrupcin de los brbaros, sobre
       todo en los testigos oculares. El cuadro, lejos de resultar
       potico, se hace en extremo repugnante. Aquella interminable
       serie de pueblos desfilan,  los ojos del lector, como una
       visin espantosa en un sueo angustioso; y por cierto que la
       primera idea que se ofrece al contemplar aquel cuadro, no
       es buscar en las hordas invasoras el origen de ninguna de
       las calidades de la civilizacin moderna, sino la terrible
       dificultad de explicar cmo pudo desembrollarse aquel caos,
       ni cmo fu dado atinar en los medios de hacer que surgiera
       de en medio de tanta brutalidad, la civilizacin ms hermosa
       y brillante que se vi jams sobre la tierra. Tcito parece
       entusiasta, pero Sidonio, que no escriba  larga distancia de
       los brbaros, que los vea, que los sufra, no participaba 
       buen seguro de semejante entusiasmo. Me encuentro, deca, en
       medio de los pueblos de la larga cabellera, precisado  oir el
       lenguaje del germano, y aplaudir, mal que me pese, el encanto
       del borgon borracho, y con los cabellos engrasados de
       manteca cida. _Felices vuestros ojos que no los ven; felices
       vuestros odos que no los oyen!_ Si el espacio lo permitiese,
       sera fcil amontonar mil y mil textos, que nos mostraran
       hasta la evidencia lo que eran los brbaros y lo que de ellos
       poda esperarse en todos sentidos. Lo que resulta ms en
       claro que la luz del da, es el designio de la Providencia de
       servirse de aquellos pueblos para destruir el imperio romano y
       cambiar la faz del mundo. Al parecer, tenan los invasores un
       sentimiento de su terrible misin. Marchan, avanzan, ni ellos
       mismos saben  dnde van; pero no ignoran que van  destruir.
       Atila se haca llamar el _azote de Dios_, funcin tremenda
       que el mismo brbaro expres por estas otras palabras: _La
       estrella cae, la tierra tiembla; yo soy el martillo del
       orbe._ _Donde mi caballo pasa, la hierba no crece jams._
       Alarico, marchando hacia la capital del mundo, deca: _No
       puedo detenerme: hay alguien que me impele, que me empuja
        saquear  Roma._ Genserico hace preparar una expedicin
       naval, sus hordas estn  bordo, el mismo se embarca tambin,
       nadie sabe el punto  dnde se dirigirn las velas; el piloto
       se acerca al brbaro, y le dice: Seor, _ qu pueblos
       queris llevar la guerra?_ _A los que han provocado la clera
       de Dios_, responde Genserico.

       Si en aquella catstrofe no se hubiese hallado el Cristianismo
       en Europa, la civilizacin estaba perdida, anonadada, quizs
       para siempre. Pero, una religin de luz y de amor deba
       triunfar de la ignorancia y de la violencia. Durante las
       calamidades de la irrupcin, evit ya muchos desastres, merced
       al ascendiente que comenzara  ejercer sobre los brbaros,
       y pasado lo ms crtico de la refriega, tan luego como los
       conquistadores tomaron algn asiento, despleg un sistema de
       accin tan vasto, tan eficaz, tan decisivo, que los vencedores
       se encontraron vencidos, no por la fuerza de las armas, sino
       de la caridad. No estaba en manos de la Iglesia el prevenir
       la irrupcin; Dios lo haba decretado as, y el decreto deba
       cumplirse; as el piadoso monje que sali al encuentro de
       Alarico al dirigirse sobre Roma, no pudo detenerle en su
       marcha porque el brbaro responde que no puede pararse, que
       hay quien le empuja y que avanza contra su propia voluntad.
       Pero la Iglesia aguardaba  los brbaros despus de la
       conquista; ella saba que la Providencia no abandonara su
       obra, que la esperanza de los pueblos en el porvenir estaba
       en manos de la Esposa de Jesucristo; as Alarico marcha
       sobre Roma, la saquea, la asuela; pero, al encontrarse con
       la religin, se detiene, se ablanda, y seala, como lugares
       de asilo, las iglesias de San Pedro y de San Pablo. Hecho
       notable, que simboliza bellamente la religin cristiana,
       preservando de su total ruina el universo.

       [4] Pg. 108.--El alto beneficio dispensado  las sociedades
       modernas con la formacin de una recta conciencia pblica,
       podrase encarecer sobremanera comparando nuestras ideas
       morales con las de todos los dems pueblos antiguos y
       modernos; de donde resultara demostrado cun lastimosamente
       se corrompen los buenos principios cuando quedan encomendados
        la razn del hombre; sin embargo, me contentar con decir
       dos palabras sobre los antiguos, para que se vea con cunta
       verdad llevo asentado que nuestras costumbres, corrompidas
       como se hallan, les hubieran parecido  los gentiles un modelo
       de moralidad y decoro. Los templos consagrados  Venus, en
       Babilonia y Corinto, recuerdan abominaciones que hasta se nos
       hacen incomprensibles. La pasin divinizada exiga sacrificios
       dignos de ella:  una divinidad sin pudor le corresponda
       el sacrificio del pudor; y el santo nombre de templo se
       aplicaba  unas casas de la ms desenfrenada licencia; ni un
       velo siquiera para los mayores desrdenes. Conocida es la
       manera con que las doncellas de Chipre ganaban el dote para
       el matrimonio; y nadie ignora los misterios de Adonis, de
       Prapo, y otras inmundas divinidades. Hay vicios que, entre
       los modernos, carecen, en cierto modo, de nombre; y que, si le
       tienen, anda acompaado del recuerdo de un horroroso castigo
       sobre ciudades culpables. Leed los escritores antiguos que nos
       pintan las costumbres de sus tiempos; el libro se cae de las
       manos. Materia es sta en que se hace necesario contentarse
       con indicaciones, que despierten en los lectores la memoria
       de lo que les habr ofendido una y mil veces, al recorrer
       la historia y ocuparse en la literatura de la antigedad
       pagana. El autor se ve precisado  contentarse con recuerdos,
       abstenindose de pintar.

       [5] Pg. 122.--Como es tan comn en la actualidad el ponderar
       la fuerza de las ideas, exagerado quizs juzgarn algunos lo
       que acabo de decir sobre su flaqueza, no slo para influir
       sobre la sociedad, sino tambin para conservarse, siempre que,
       permaneciendo en su regin propia, no alcanzan  realizarse
       en instituciones que sean como su rgano, y que, adems, les
       sirvan de resguardo y defensa. Lejos estoy, y as lo he dicho
       claramente en el texto, de negar ni poner en duda lo que se
       llama la fuerza de las ideas; slo me propongo manifestar que
       ellas por s solas pueden poco, y que la ciencia, propiamente
       dicha, es ms pequea cosa de lo que generalmente se cree, en
       todo lo concerniente  la organizacin de la sociedad. Tiene
       esta doctrina un ntimo enlace con el sistema seguido por la
       Iglesia catlica, la cual, si bien ha procurado siempre el
       desarrollo del espritu humano por medio de la propagacin
       de las ciencias, no obstante, ha sealado  stas un lugar
       secundario en el arreglo de la sociedad. Nunca la religin
       ha estado reida con la verdadera ciencia, pero jams ha
       dejado de manifestar cierta desconfianza en todo lo que era
       exclusivo producto del pensamiento del hombre; y ntese bien
       que sta es una de las capitales diferencias entre la religin
       y la filosofa del siglo pasado, , mejor diremos, ste era
       el motivo de su fuerte antipata. La primera no condenaba
       la ciencia, antes la amaba, la protega, la fomentaba; pero
       le sealaba, al propio tiempo, sus lmites, le adverta que
       en ciertos puntos era ciega, le anunciaba que en ciertas
       obras sera impotente, y en otras destructora y funesta. La
       segunda proclamaba en alta voz la soberana de la ciencia, la
       declaraba omnipotente, la divinizaba, atribuyndole fuerza
       y bro para cambiar la faz del mundo, y bastante previsin
       y acierto para verificar ese cambio en pro de la humanidad.
       Ese orgullo de la ciencia, esa divinizacin del pensamiento
       es, si bien se mira, el fondo de la doctrina protestante.
       Fuera toda autoridad, la razn es el nico juez competente,
       el entendimiento recibe directa  inmediatamente de Dios toda
       la luz que necesita: he aqu las doctrinas fundamentales del
       Protestantismo, es decir, el orgullo del entendimiento.

       Si bien se observa, el mismo triunfo de las revoluciones en
       nada ha desmentido las cuerdas previsiones de la religin,
       y la ciencia, propiamente dicha, tan lejos se halla de
       haber en esta parte ganado crdito, que, antes bien, lo ha
       perdido completamente. En efecto: nada queda de la ciencia
       revolucionaria; lo que resta son los efectos de la revolucin;
       los intereses por ella creados, las instituciones que han
       brotado de esos mismos intereses, y que, desde luego, han
       buscado en la regin misma de la ciencia otros principios
       en que apoyarse, muy distintos de los que antes se haban
       proclamado.

       Tanta verdad es lo que llevo asentado, de que toda idea
       necesita realizarse en una institucin, que las revoluciones
       mismas, guiadas por el instinto que las conduce  conservar
       ms  menos enteros los principios que las producen, tienden,
       desde luego,  crear esas instituciones donde se puedan
       perpetuar las doctrinas revolucionarias,  donde puedan tener
       como un sucesor y representante, despus que ellas hayan
       desaparecido de las escuelas. Esta indicacin podra dar lugar
        extensas consideraciones sobre el origen y el estado actual
       de algunas formas de gobierno en distintos pueblos de Europa.

       Hablando de la rapidez con que se suceden unas  otras las
       teoras cientficas, y de la inmensa amplitud que ha tomado
       con la prensa el campo de la discusin, he observado que
       no era esto una seal infalible de adelanto cientfico, ni
       menos una prenda de fecundidad del pensamiento para realizar
       grandes obras en el orden material, ni en el social. He dicho
       que los grandes pensamientos nacen ms bien de la _intuicin_
       que del _discurso_, y al efecto he recordado hechos y
       personajes histricos que dejan esta verdad fuera de duda. La
       ideologa pudiera suministrarnos abundantes pruebas, si para
       probar la esterilidad de la ciencia fuese necesario acudir
        la misma ciencia. Pero el simple buen sentido, amaestrado
       por lo que est enseando  cada paso la experiencia, basta
       para convencer de que los hombres ms sabios en el libro,
       son no pocas veces, no slo medianos, sino hasta ineptos en
       el mundo. Por lo tocante  lo que he insinuado con respecto
        la _intuicin_ y al _discurso_, lo someto al juicio de los
       hombres que se han dedicado al estudio del entendimiento
       humano: estoy seguro de que su opinin no se diferenciar de
       la ma.

       [6] Pg. 130.--He atribudo al Cristianismo la suavidad de
       costumbres de que disfruta la Europa; y como,  pesar de
       haber decado en el ltimo siglo las creencias religiosas,
       ha durado, sin embargo, esta misma suavidad, y se ha elevado
       todava  ms alto punto, es menester hacerse cargo de ese
       contraste, que  primera vista parece destruir lo que llevo
       establecido. Es necesario no olvidar la diferencia indicada
       ya en el texto, entre costumbres muelles y costumbres
       suaves: lo primero es un defecto; lo segundo, una calidad
       preciosa: lo primero dimana del enervamiento del nimo, del
       enflaquecimiento del cuerpo, y del amor de los placeres; lo
       segundo trae su origen de la preponderancia de la razn,
       del predominio del espritu sobre el cuerpo, del triunfo de
       la justicia sobre la fuerza, y del derecho sobre el hecho.
       En las costumbres actuales hay una buena parte de verdadera
       suavidad, pero no es poco lo que tiene de molicie: y esto
       ltimo no lo han tomado, por cierto, de la religin, sino de
       la incredulidad, que, no extendiendo sus ojos ms all de
       esta vida, hace olvidar los altos destinos del espritu, y
       hasta su misma existencia, entroniza el egosmo, despierta
       y aviva de continuo la sed de los placeres y hace al hombre
       esclavo de sus pasiones. Pero, en lo que nuestras costumbres
       tienen de suave, se conoce  la primera ojeada que lo deben
       al Cristianismo; pues que todas las ideas y sentimientos en
       que se funda dicha suavidad llevan el sello cristiano. La
       dignidad del hombre, sus derechos, la obligacin de tratarle
       con el debido miramiento, de dirigirse antes  su espritu
       por medio de la razn, que  su cuerpo por la violencia, la
       necesidad de mantenerse cada cual en la lnea de sus deberes,
       respetando las propiedades y personas de los dems, todo este
       conjunto de principios de donde nace la verdadera suavidad de
       costumbres, es debido en Europa  la influencia cristiana,
       que, luchando largos siglos con la barbarie y la ferocidad
       de los pueblos invasores, logr destruir el sistema de
       violencia que stos haban generalizado. Como la filosofa ha
       tenido cuidado de cambiar los antiguos nombres, consagrados
       por la religin y autorizados con el uso de muchos siglos,
       acontece que hay ciertas ideas que, aun cuando sean hijas
       del Cristianismo, sin embargo, apenas se las reconoce como
       tales,  causa de que andan disfrazadas con traje mundano.
       Quin ignora que el mutuo amor de los hombres, la fraternidad
       universal, son ideas enteramente debidas al Cristianismo?
       Quin no sabe que la antigedad pagana no las conoca, ni
       las columbraba siquiera? No obstante, este mismo afecto, que
       antes se apellidaba _caridad_, porque sta era la virtud de
       que deba proceder, ahora se cubre siempre con otros nombres y
       como que se avergenza de presentarse en pblico con ninguna
       apariencia religiosa. Pasado el vrtigo de atacar la religin
       cristiana, se confiesa abiertamente que  ella es debido el
       principio de la fraternidad universal; pero el lenguaje ha
       quedado infecto de la filosofa volteriana, aun despus del
       descrdito en que sta ha cado. De aqu resulta que muchas
       veces no apreciamos debidamente la influencia cristiana en la
       sociedad que nos rodea, y que atribumos  otras ideas y 
       otras causas fenmenos cuyo origen se encuentra evidentemente
       en la religin. La sociedad actual, por ms indiferente que
       sea, tiene de la religin ms de lo que comunmente pensamos:
       se parece  aquellos hombres que han salido de una familia
       ilustre, donde los buenos principios y una educacin esmerada
       se transmiten como un patrimonio de generacin en generacin:
       aun en medio de sus desrdenes, de sus crmenes, y hasta de
       su envilecimiento, conservan en su porte y modales, algunos
       rasgos que manifiestan su hidalga cuna.

       [7] Pg. 148.--He citado algunas disposiciones conciliares que
       bastan  dar una idea del sistema observado por la Iglesia
       con la idea de reformar y suavizar las costumbres. Tanto en
       este volumen como en el anterior, ya se ha podido notar cun
       inclinado me hallo  recordar esta clase de monumentos; y
       advertir aqu que  esto me inducen dos motivos: primero,
       tratando de comparar el Protestantismo con el Catolicismo,
       creo que el mejor medio de retratar el verdadero espritu
       de ste y de sealar su influjo en la civilizacin europea,
       es presentarle obrando; y esto se logra aduciendo las
       providencias que los Papas y los concilios iban tomando,
       segn lo exigan las circunstancias; segundo, atendido el
       curso que los estudios histricos van siguiendo en Europa,
       generalizndose cada da ms el gusto de apelar, no  las
       historias, sino  los monumentos histricos, conviene tener
       presente que la coleccin de concilios es de la mayor
       importancia, no slo en el orden religioso y eclesistico,
       sino tambin en el social y poltico; por manera que la
       historia de Europa se trunca monstruosamente, , por mejor
       decir, se destruye del todo, si se prescinde de lo que arrojan
       las colecciones de los concilios. Por esta causa es muy til,
       y en no pocas materias hasta necesario, el revolver dichas
       colecciones, por ms que de esto retraigan su desmesurado
       volumen y el fastidio que  veces se engendra en el nimo,
       al encontrarse con cien y cien cosas que para nuestros
       tiempos carecen de inters. Las ciencias, sobre todo las
       que tienen por objeto la sociedad, no conducen  resultados
       satisfactorios sino despus de penosos trabajos; lo til se
       encuentra  menudo mezclado y confundido con lo intil; y
       la ms rica preciosidad se descubre  veces al lado de un
       objeto repugnante; pero, en la naturaleza, se encuentra, por
       ventura, el oro, sin haber revuelto informes masas de tierra?

       Los que se han empeado en encontrar entre los brbaros
       del Norte el germen de algunas preciosas calidades de la
       civilizacin europea, sin duda que debieran haberles atribudo
       tambin la suavidad de costumbres modernas, dado que, en
       apoyo de esa paradoja, podan echar mano de un hecho, por
       cierto algo ms especioso del que les ha servido para hacer
       honor  los germanos del realce de la mujer en Europa. Hablo
       de la conocida costumbre de abstenerse, en cuanto les era
       posible, de la aplicacin de penas corporales, castigando con
       simples multas los delitos ms graves. Nada ms  propsito
       para inducir  creer que aquellos pueblos tenan una feliz
       disposicin  la suavidad de costumbres, supuesto que aun
       en su barbarie empleaban tan templadamente el derecho de
       castigar, excediendo  las naciones ms civilizadas y cultas.
       Mirada la cosa desde este punto de vista, ms bien parece que,
       con la influencia cristiana sobre los brbaros, las costumbres
       se endurecieron que no se suavizaron; pues que la aplicacin
       de penas corporales se hizo general, y no se escase la de
       muerte.

       Pero, fijando atentamente la consideracin en esta
       particularidad del cdigo criminal de los brbaros,
       echaremos de ver que, tan lejos est de revelar adelanto en
       la civilizacin ni suavidad de costumbres, que antes bien
       es la ms evidente prueba de su atraso, y el ms vehemente
       indicio de la dureza y ferocidad que entre ellos reinaban.
       En primer lugar, por lo mismo que entre los brbaros se
       castigaban los delitos por medio de multas, , como se deca,
       por composicin, se conoce que la ley atenda ms bien 
       la _reparacin de un dao_ que al _castigo de un crimen_:
       circunstancia que muestra de lleno cun en poco era tenida
       la moralidad de la accin, pues que no tanto se atenda  lo
       que ella era en s, como al dao que produca. Esto no era
       un elemento de civilizacin, sino de barbarie; porque tenda
       nada menos que  desterrar del mundo la moralidad. La Iglesia
       combati este principio, tan funesto en el orden pblico como
       en el privado, introduciendo en la legislacin criminal un
       nuevo orden de ideas que cambi completamente su espritu.
       En esta parte M. Guizot ha hecho  la Iglesia catlica la
       debida justicia; complzcome en reconocerlo y en consignarlo
       aqu, transcribiendo sus propias palabras. Despus de haber
       hecho notar la diferencia que mediaba entre las leyes de
       los visigodos, salidas en buena parte de los concilios de
       Toledo, y las otras leyes brbaras, y de haber observado la
       inmensa superioridad de las ideas de la Iglesia en materia
       de legislacin, de justicia, y de todo lo concerniente  la
       investigacin de la verdad y al destino de los hombres, dice:
       En materia criminal, la relacin de las penas con los delitos
       est determinada (en las leyes de los visigodos) por nociones
       filosficas y bastante justas; descbrense los esfuerzos de
       un legislador ilustrado que lucha contra la violencia y la
       irreflexin de las costumbres brbaras: hallaremos de esto
       un ejemplo muy notable comparando el ttulo de _Caede et
       morte hominum_, con las leyes correspondientes de los dems
       pueblos. En las otras legislaciones, lo nico que parece
       constituir el delito es el dao; y el objeto de la pena es
       la reparacin material que resulta de la composicin; pero,
       entre los visigodos, se busca en el crimen su elemento moral
       y verdadero, la intencin. Los varios grados de criminalidad,
       el homicidio absolutamente involuntario, el cometido por
       inadvertencia, por provocacin, con premeditacin  sin
       ella, son clasificados y definidos igualmente bien,  poca
       diferencia, que en nuestros cdigos; y las penas estn
       sealadas en una proporcin bastante equitativa. No satisfecha
       con esto la justicia del legislador, intent abolir,  al
       menos atenuar, la diversidad de valor legal establecida entre
       los hombres por las otras leyes brbaras; no conservndose
       otra distincin que la de libre y de esclavo. Con respecto
        los libres, la pena no vara, ni por el origen ni por el
       rango del muerto, sino nicamente por los diversos grados
       de culpabilidad del asesino. Tocante  los esclavos, no
       atrevindose  quitar enteramente  los dueos el derecho
       de vida y muerte, procur restringirle, sujetndole  un
       procedimiento pblico y regular. El texto de la ley merece ser
       citado.

       Si no debe quedar impune ningn culpable  cmplice de un
       crimen, con mucha ms razn debe ser castigado quien haya
       cometido un homicidio con malicia  ligereza. Por lo que,
       habiendo algunos dueos, que, en su orgullo, dan muerte  sus
       esclavos, sin que stos hayan cometido falta alguna, conviene
       extirpar del todo semejante licencia, y ordenar que la
       presente ley sea enteramente observada por todos. Ningn dueo
       ni duea podr dar muerte  ninguno de sus esclavos, varones
        hembras, ni  otro de sus dependientes, sin preceder juicio
       pblico. Si un esclavo,  otro serviente, comete un crimen que
       pueda acarrearle pena capital, su amo,  su acusador, darn
       inmediatamente noticia del suceso al juez del lugar donde se
       ha cometido el delito,  al conde,  al duque. Discutido el
       asunto, si el crimen queda probado, el culpable sufrir la
       pena de muerte merecida: aplicndosela,  el mismo juez  el
       propio dueo; pero hacindose de tal suerte, que, si el juez
       no quiere cuidar de la ejecucin, extender por escrito la
       sentencia de pena capital, y entonces el amo ser dueo de
       quitar la vida al esclavo,  de perdonrsela. A la verdad, si
       el esclavo por una fatal audacia, resistiendo  su seor, ha
       intentado herirle, con arma, piedra,  de otra suerte, y ste,
       defendindose, mata en su clera al esclavo, no ser reo de la
       pena de homicidio, pero ser necesario probar que el hecho ha
       sucedido as, y esto por el testimonio  el juramento de los
       esclavos, varones  hembras, que habrn estado presentes, 
       por el juramento del autor del hecho. Cualquiera que por pura
       malicia matare  su esclavo, por su propia mano  la de otro,
       sin preceder juicio pblico, ser declarado infame, incapaz
       de ser testigo, y obligado  vivir el resto de sus das en el
       destierro y en la penitencia, pasando sus bienes  sus ms
       prximos parientes llamados por la ley  sucederle. (_For.
       Jud._, L. VI, Tit. V, L. 12.) (Guizot, _Historia General de
       la Civilizacin Europea_. Leccin 6.)

       Con mucho gusto he copiado este texto de M. Guizot, por ser
       una confirmacin de lo que acabo de decir sobre la influencia
       de la Iglesia con respecto  suavizar las costumbres, y de
       lo que de ella llevo asentado en el tomo primero, tocante 
       lo mucho que contribuy  mejorar la suerte de los esclavos,
       restringiendo las excesivas facultades de los dueos. All
       dej probada esta verdad con abundantes documentos, y por
       consiguiente no necesito insistir aqu en demostrarla;
       bastando  mi propsito en la actualidad el hacer observar
       que M. Guizot est completamente de acuerdo en que la Iglesia
       moraliz la legislacin de los brbaros, haciendo que en los
       delitos no se considerase nicamente el dao que causaban,
       sino la malicia que envolvan; es decir, elevando la accin
       del orden fsico al moral, y dando  las penas el verdadero
       carcter de tales, no permitiendo que quedasen en la lnea de
       una reparacin material.

       Por donde se echa de ver que el sistema criminal de los
       brbaros, que  primera vista pareca indicar un adelanto en
       la civilizacin, proceda del escaso ascendiente que entre
       ellos tenan los principios morales, y de que las miras del
       legislador se elevaban muy poco sobre el orden puramente
       material.

       Todava hay otra observacin que hacer en este punto, y es
       que la misma lenidad con que se castigaban los delitos es
       la mejor prueba de la facilidad con que se cometan. Cuando
       en un pas son muy raros los asesinatos, las mutilaciones y
       otros atentados semejantes, son mirados con horror; y quien
       de ellos se haga culpable, es castigado con severidad. Pero,
       cuando el delito se repite  cada paso, pierde insensiblemente
       su fealdad y negrura, se acostumbran  su repugnante aspecto,
       no slo los perpetradores, sino tambin los dems; y entonces
       el legislador se siente naturalmente llevado  tratarle con
       indulgencia. Esto nos lo demuestra la experiencia de cada da;
       y no ser difcil al lector el encontrar en la sociedad actual
       repetidos delitos  que podra ser aplicable la observacin
       que acabo de hacer. Entre los brbaros, era comn el apelar
        las vas de hecho, no slo contra las propiedades, sino
       tambin contra las personas; por cuya razn era muy natural
       que este linaje de delitos no fuesen mirados con la aversin
       y hasta horror con que lo son en un pueblo donde, habiendo
       prevalecido las ideas de razn, de justicia, de derecho, de
       ley, no se concibe siquiera cmo pueda subsistir una sociedad
       donde cada cual se considere facultado para hacerse justicia
       por s mismo. As es que las leyes contra esos delitos deban
       naturalmente ser benignas, contentndose el legislador con
       la reparacin del dao, sin cuidar mucho de la culpabilidad
       del perpetrador. Esto tiene ntimas relaciones con lo dicho
       ms arriba sobre la conciencia pblica; porque el legislador
       es siempre, ms  menos, el rgano de esta misma conciencia.
       Cuando en una sociedad es mirada una accin como un crimen
       horrendo, no puede el legislador sealarle una pena benigna;
       y, al contrario, no le es posible castigar con mucho rigor
       lo que la sociedad absuelve  excusa. Una que otra vez se
       alterar esta proporcin, una que otra vez desaparecer dicha
       harmona; pero bien pronto las cosas volvern  su curso
       regular, apartndose del camino que seguan con violencia.
       Siendo las costumbres muy castas y puras, hay delitos que
       andan cubiertos de execracin  infamia; pero, en llegando
        ser muy corrompidas, los mismos actos,  son mirados como
       indiferentes,  cuando ms calificados de ligeros deslices. En
       un pueblo donde las ideas religiosas ejerzan mucho predominio,
       la violacin de todo cuanto est consagrado al Seor es mirada
       como un horrendo atentado, digno de los mayores castigos; pero
       en otro donde la incredulidad haya hecho sus estragos, la
       misma violacin no llegar  la esfera de los delitos comunes;
       y, lejos de atraer sobre el culpable la justicia de la ley,
       mucho ser si le acarrea una ligera correccin de la polica.

       El lector no encontrar inoportuna esa digresin sobre la
       legislacin criminal de los brbaros, si advierte que,
       tratndose de examinar la influencia del Catolicismo en la
       civilizacin europea, es indispensable atender  los otros
       elementos que en la formacin de ella se han combinado.
       De otra suerte, sera imposible apreciar debidamente la
       respectiva accin que en bien  en mal ha cabido  cada uno
       de ellos, y, por tanto, no se sacara en limpio la parte que
       puede vindicar como exclusivamente propia la Iglesia, ni
       resolver la gran cuestin promovida por los partidarios del
       Protestantismo, sobre las pretendidas ventajas acarreadas por
       ste  las sociedades modernas. Las naciones brbaras son uno
       de esos elementos, y por esta causa es preciso ocuparse en
       ellas con tanta frecuencia.

       [8] Pg. 161.--En los siglos medios, casi todos los
       monasterios y colegios de cannigos tenan anejo un hospital,
       no slo para hospedar peregrinos, sino tambin para el
       sustento y alivio de pobres y enfermos. No cabe ms hermoso
       smbolo de la religin cubriendo con su velo todo linaje de
       infortunios, que el ver convertidas en asilo de miserables,
       las casas consagradas  la oracin y  la prctica de la ms
       sublimes virtudes. Cabalmente esto se verificaba en aquella
       poca en que el poder pblico, no slo careca de la fuerza y
       luces necesarias para plantear una buena administracin con
       que acudir al socorro de los necesitados, sino que ni aun
       alcanzaba  cubrir con su gida los ms sagrados intereses de
       la sociedad. Por donde se ve que, cuando todo era impotente,
       la religin era todava robusta y fecunda; cuando todo
       pereca, la religin, no slo se conservaba, sino que fundaba
       establecimientos inmortales. Y ntese bien lo que repetidas
       veces hemos observado ya:  saber, que la religin que estos
       prodigios obraba, no era una religin vaga, abstracta; no era
       el cristianismo de los protestantes, sino la religin con
       todos sus dogmas, su disciplina, su jerarqua, su Pontfice
       supremo, en una palabra, la Iglesia catlica.

       Tan lejos estuvo la antigedad de imaginar que el socorro del
       infortunio pudiese encomendarse  sola la administracin civil
         la caridad individual, que antes bien, como se ha indicado
       ya, se consider como muy conveniente que los hospitales
       estuviesen sujetos  los obispos; es decir, que se procur que
       el ramo de beneficencia pblica se entroncase en cierto modo
       con la jerarqua de la Iglesia; y es de aqu que, por antigua
       disciplina, los hospitales estaban sujetos  los obispos en lo
       espiritual y en lo temporal; sin atenderse al estado clerical
        seglar de las personas que cuidaban del establecimiento, ni
       tampoco si se haba erigido  no por mandato del obispo.

       No es ste el lugar de referir las vicisitudes que sufri
       esta disciplina, ni las varias causas que las motivaron;
       bastando observar que el principio fundamental, es decir,
       la intervencin de la autoridad eclesistica en los
       establecimientos de beneficencia, ha quedado siempre salvo;
       y que nunca la Iglesia ha consentido que se la despojase del
       todo de tan hermoso privilegio. Nunca ha credo que pudiese
       mirar con indiferencia los abusos que en este punto se
       introdujesen en perjuicio de los desgraciados; y as es que
       se ha reservado cuando menos el derecho de acudir al remedio
       de los males que resultasen de la malicia  indolencia de
       los administradores. A este propsito podemos notar que el
       concilio de Viena establece que, si los administradores de
       un hospital, clrigos  legos, se portan con desidia en el
       desempeo de su cargo, procedan contra ellos los obispos,
       reformando y restaurando el hospital, por autoridad propia, si
       no fuera exento, y, si lo fuere, por delegacin pontificia.
       El concilio de Trento otorg tambin  los obispos la
       facultad de visitar los hospitales, hasta como delegados de
       la Sede Apostlica, en los casos concedidos por el derecho;
       prescribiendo, adems, que los administradores, clrigos 
       legos, den cada ao cuentas al ordinario del lugar,  no
       ser que se hubiese prevenido lo contrario en la fundacin;
       y ordenando que, si, por privilegio, costumbre  estatuto
       particular, las cuentas debiesen presentarse  otro que
       al ordinario, al menos se reuna ste  los que hayan de
       recibirlas.

       Prescindiendo de las varias modificaciones que en esta parte
       hayan podido introducir las leyes y costumbres de diferentes
       pases, queda siempre en claro cul ha sido la vigilancia de
       la Iglesia sobre el punto de beneficencia; y que su espritu
       y sus mximas la han impelido  entrometerse en esta clase
       de negocios, ora dirigindolos exclusivamente, ora acudiendo
       al remedio del mal que vea introducirse. La potestad civil
       reconoci los motivos de esa caritativa y santa ambicin; y
       as vemos que el emperador Justiniano no repara en conceder
        los obispos un poder pblico sobre los hospitales,
       conformndose en esta parte  la disciplina de la Iglesia, y 
       lo reclamado por la conveniencia pblica.

       Hay en este punto un hecho notable, que es necesario consignar
       aqu, sealando su provechosa influencia. Hablo de haber
       sido considerados los bienes de los hospitales como bienes
       eclesisticos. Esto que  primera vista pudiera parecer
       indiferente, est muy lejos de serlo; pues que, de esta
       manera, quedaban esos bienes con los mismos privilegios que
       los de la Iglesia, cubrindose con una inviolabilidad que les
       era tanto ms necesaria, cuanto eran difciles los tiempos,
       y fecundos en tropelas y usurpaciones. La Iglesia, que,
       por mucha que fuese la turbacin pblica, conservaba, no
       obstante, grande autoridad y ascendiente sobre los gobiernos
       y los pueblos, tena de esta manera un ttulo muy poderoso
       y expedito para cubrir con su proteccin los bienes de los
       hospitales, salvndolos, en cuanto era dable, de la rapacidad
       de los potentados codiciosos. Y no se crea que esta doctrina
       se introdujera con algn designio torcido, ni que fuese una
       novedad inaudita esa especie de mancomunidad entre la Iglesia
       y los pobres; muy al contrario, esa mancomunidad se hallaba
       de tal modo en el orden regular, y tena tanto fundamento
       en las relaciones de aqulla con stos, que, as como vemos
       que los bienes de los hospitales eran considerados como
       eclesisticos, as, por un contraste notable, los bienes de la
       Iglesia fueron llamados bienes de pobres. En tales trminos
       se expresan sobre este punto los Santos Padres, y de tal
       manera se haban filtrado en el lenguaje estas doctrinas, que,
       tratndose posteriormente de resolver la cuestin cannica
       sobre la propiedad de los bienes de la Iglesia, cuando unos
       la atribuan directamente  Dios, otros al Papa, otros al
       clero, no faltaron algunos que sealaron como verdaderos
       propietarios  los pobres. Ciertamente que esta opinin no
       era la ms conforme  los principios de derecho; pero el slo
       verla figurar en el campo de la polmica, da lugar  graves
       consideraciones.

       [9] Pg. 189.--He procurado, en cuanto ha cabido en mis
       alcances, aclarar las ideas sobre la tolerancia, presentando
       esta importante materia desde un punto de vista poco conocido;
       para mayor ilustracin de la misma, dir dos palabras sobre
       la intolerancia religiosa y la civil, cosas enteramente
       distintas, por ms que Rousseau afirme resueltamente lo
       contrario. La intolerancia religiosa,  teolgica, consiste
       en aquella conviccin que tienen todos los catlicos de que
       la nica religin verdadera es la catlica. La intolerancia
       civil consiste en no sufrir en la sociedad otras religiones,
       distintas de la catlica. Bastan estas dos definiciones para
       dejar convencido  cualquiera que no carezca de sentido comn,
       de que no non inseparables las dos clases de intolerancia:
       siendo muy dable que hombres firmemente convencidos de la
       verdad del Catolicismo, sufran  los que,  tienen diferente
       religin,  no profesan ninguna. La intolerancia religiosa es
       un acto del entendimiento, inseparable de la fe, pues quien
       cree firmemente que su religin es verdadera, necesariamente
       ha de estar convencido de que ella es la nica que lo es,
       pues que la verdad es una. La intolerancia civil es un acto
       de la voluntad, que rechaza  los hombres que no profesan
       la misma religin; y tiene diferentes resultados, segn
       la intolerancia est en el individuo  en el gobierno. Al
       contrario, la tolerancia religiosa es la creencia de que
       todas las religiones son verdaderas, lo que, bien explicado,
       significa que no hay ninguna que lo sea; pues que no es
       posible que cosas contradictorias sean verdaderas al mismo
       tiempo. La tolerancia civil es el consentir que vivan en paz
       los hombres que tienen religin distinta; y, lo propio que la
       intolerancia, produce tambin diferentes efectos, segn est
       en el individuo  en el gobierno.

       Esta distincin, que por su claridad y sencillez est al
       alcance de las inteligencias ms comunes, fu, sin embargo,
       desconocida por Rousseau, asegurando que era una vana ficcin,
       una quimera irrealizable, y que las dos intolerancias
       no podan separarse una de otra. Si Rousseau se hubiese
       contentado con observar que, generalizada en un pas la
       intolerancia religiosa, es decir, como arriba se ha explicado,
       la firme conviccin de que una religin es verdadera, se
       ha de manifestar, as en el trato particular como en la
       legislacin, cierta tendencia  no sufrir  los que piensan
       de otro modo, sobre todo cuando stos son en nmero muy
       reducido, su observacin hubiera sido muy fecunda, y hubiera
       coincidido con la opinin que llevo manifestada sobre este
       punto, cuando me he propuesto sealar el curso natural que
       siguen en esta materia las ideas y los hechos; pero Rousseau
       no mira las cosas bajo este aspecto, sino que, dirigiendo
       sus tiros al Catolicismo, afirma que las dos especies de
       intolerancia son inseparables, porque es imposible vivir en
       paz con gentes  quienes se cree condenadas, y amarlas sera
       aborrecer al Dios que las castiga. No es posible llevar ms
       all la mala fe: en efecto, quin le ha dicho  Rousseau que
       los catlicos creen condenado  nadie mientras vive, y que
       amar  un hombre extraviado sera aborrecer  Dios? Poda
       ignorar que, antes al contrario, es un precepto indispensable,
       es un dogma, para todo catlico, el deber de amar  todos los
       hombres? Poda ignorar lo que saben hasta los nios por los
       primeros rudimentos de la doctrina cristiana, que estamos
       obligados  amar al prjimo como  nosotros mismos, y que por
       la palabra prjimo se entienden todos los que han alcanzado
       el cielo,  pueden alcanzarle, de cuyo nmero no se excluye 
       nadie mientras vive? Dir Rousseau que al menos estamos en la
       conviccin de que, si mueren en aquel mal estado, se condenan;
       pero no advierte que lo mismo pensamos de los pecadores,
       aunque su pecado no sea el de hereja; y, sin embargo, nadie
       ha soado jams que los catlicos justos no puedan tolerar 
       los pecadores, y de que se consideren obligados  odiarlos. No
       se ha visto religin que ms inters manifieste para convertir
        los malos; y tan lejos est la Iglesia catlica de ensear
       que se deba aborrecerlos, que, antes bien, en los plpitos,
       en los libros, en la conversacin se repiten mil veces las
       palabras con que Dios nos manifiesta su voluntad de que los
       pecadores no perezcan, que quiere su conversin y su vida,
       que hay ms alegra en el cielo por uno de ellos que haga
       penitencia, que por noventa y nueve justos que no necesitan
       hacerla.

       Y no se crea que este hombre que as se expresaba contra
       la intolerancia de los catlicos, fuese partidario de una
       completa tolerancia; muy al contrario, en la sociedad, tal
       como l la imaginaba, quera que no se tolerasen, no los que
       no profesasen la religin verdadera, sino los que se apartasen
       de aqulla que al poder civil le pluguiese determinar.
       Mas, dejando aparte, dice, las consideraciones polticas,
       vengamos al derecho, y fijemos los principios sobre este punto
       importante. El derecho que el pacto social da al soberano
       sobre los vasallos, no excede, como ya he dicho, los lmites
       de la utilidad pblica. Los vasallos no deben dar cuenta al
       soberano de sus opiniones, sino en cuanto ellas interesan 
       la comunidad. Al Estado le importa que cada ciudadano tenga
       una religin que le haga amar sus deberes; pero los dogmas de
       esa religin no interesan ni al Estado ni  sus miembros, sino
       en cuanto se refieren  la moral y  los deberes que el que
       los profesa est obligado  cumplir para con los otros. Por
       lo dems, cada uno puede tener las opiniones que le acomoden,
       sin que pertenezca al soberano entender sobre esto; porque,
       como no tiene competencia en el otro mundo, sea cual fuere la
       suerte de los vasallos en la otra vida, esto no es asunto del
       soberano, con tal que en sta sean buenos ciudadanos. Hay,
       pues, una profesin de fe, puramente civil, cuyos artculos
       pertenece al soberano fijar; no precisamente como dogmas de
       religin, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los que
       es imposible ser buen ciudadano y fiel vasallo. Sin poder
       obligar  nadie  creerlos, puede desterrar del Estado al
       que no los crea, no como impo, sino como insociable, como
       incapaz de amar sinceramente las leyes y la justicia, y de
       sacrificar en caso necesario la vida  su deber. Si alguno,
       despus de haber reconocido pblicamente estos dogmas, se
       conduce como si no los creyera, sea castigado con pena de
       muerte, porque ha cometido el mayor de los crmenes y mentido
       delante de las leyes. (_Con. Soc._, L. 4, c. 8.) Tenemos,
       pues, que en ltimo resultado viene  parar la tolerancia
       de Rousseau  facultar al soberano para fijar los artculos
       de fe, otorgndole el derecho de castigar con el destierro
       y hasta con la muerte,  los que,  no se conformen con las
       decisiones del nuevo papa,  se aparten de ellas despus
       de haberlas abrazado. Extraa como parece la doctrina de
       Rousseau, no lo es tanto, sin embargo, que no entre en el
       sistema general de todos los que no reconocen la supremaca
       de un poder en materias religiosas. Rechazan esta supremaca
       cuando se trata de atribuirla  la Iglesia catlica,   su
       Jefe, y por una contradiccin la ms chocante la conceden 
       la potestad civil. Est curioso Rousseau cuando, al desterrar
        matar al que se aparte de la religin formada por el
       soberano, no quiere que estas penas se le apliquen como
       impo, sino como insociable; Rousseau segua un impulso, en
       l muy natural, de no querer que sonase en algo la impiedad,
       en tratando de la aplicacin de castigos; pero al hombre que
       sufriese el destierro  pereciese en un cadalso, qu le
       importaba el nombre dado  su crimen! En el mismo captulo se
       le escap  Rousseau una expresin que revela de un golpe 
       dnde se enderezaba con tanto aparato de filosofa. El que
       se atreva  decir: _fuera de la Iglesia no hay salud_, debe
       ser echado del Estado. Lo que en otros trminos significa
       que la tolerancia debe ser para todo el mundo, excepto para
       los catlicos. Se ha dicho que el _Contrato Social_ fu el
       cdigo de la Revolucin francesa: y en verdad que sta no
       ech en olvido lo que respecto de los catlicos le prescribe
       el _tolerante_ legislador. Pocos son en la actualidad los que
       se atreven  declararse discpulos del filsofo de Ginebra,
       bien que algunos de sus vergonzantes sectarios le prodiguen
       todava desmesurados elogios; pero, confiados en el buen
       sentido del linaje humano, debemos esperar que la posteridad
       en masa confirmar la nota con que todos los hombres de bien
       han sealado al sofista trastornador, y al imprudente autor de
       las _Confesiones_.

       Comparado el Protestantismo con el Catolicismo, me he visto
       precisado  tratar de la intolerancia, porque ste es uno
       de los cargos que con ms frecuencia se hacen  la religin
       catlica; pero en obsequio de la verdad debo advertir que
       no todos los protestantes han predicado una tolerancia
       universal, y que muchos de ellos han reconocido el derecho de
       reprimir y castigar ciertos errores. Grocio, Puffendorf, y
       otros que rayan muy alto entre los sabios de que se glora el
       Protestantismo, han estado de acuerdo en este punto, siguiendo
       el dictamen de toda la antigedad, que se conform siempre con
       estos principios, as en la teora como en la prctica. Se
       ha clamado contra la intolerancia de los catlicos, como si
       ellos la hubiesen enseado al mundo, como si fuera un monstruo
       horrendo, que en ninguna parte se criara, sino all donde
       reina la Iglesia catlica. Cuando no otras razones, al menos
       la buena fe exiga que se recordase que el principio de la
       tolerancia universal no haba sido reconocido en ninguna parte
       del mundo; y que, as en los libros de los filsofos, como en
       los cdigos de los legisladores, se encontraba consignado,
       con ms  menos dureza, el principio de la intolerancia.
       Ora se quisiese condenar este principio como falso, ora se
       intentase restringirle,  dejarle sin aplicacin, al menos no
       se deba levantar una acusacin particular contra la Iglesia
       catlica, por una doctrina y conducta en que se ha formado, al
       ejemplo de la humanidad entera. As los pueblos cultos como
       los brbaros fueron culpables, si culpa en esto hubiera, y
       lejos de recaer exclusivamente la mancha sobre los gobiernos
       dirigidos por el Catolicismo y sobre los escritores catlicos,
       debiera caer sobre todos los gobiernos antiguos, inclusos
       los de Grecia y de Roma; debiera caer sobre todos los sabios
       de la antigedad, inclusos Platn, Cicern y Sneca; debiera
       caer sobre los gobiernos y sabios modernos, inclusos los
       protestantes. Teniendo esto presente, no hubieran parecido ni
       tan errneas las doctrinas, ni tan negros los hechos; as se
       hubiera visto que la intolerancia, tan antigua como el mundo,
       no era una invencin de los catlicos y que sobre todo el
       mundo deba recaer la responsabilidad que de ella resultase.

       De cierto, la tolerancia, que tan general se ha hecho ahora
       por las causas que llevo indicadas, no se resentir de las
       doctrinas ms  menos severas, ms  menos indulgentes,
       que en esta materia se proclamen; pero, por lo mismo que
       la intolerancia, tal como en otros tiempos se ejerciera,
       ha pasado  ser un mero hecho histrico, que seguramente
       nadie recela ver reproducido, conviene sobremanera entrar
       en detenido examen de esa clase de cuestiones, para que
       desaparezca el borrn que sobre la Iglesia catlica han
       pretendido echar sus adversarios.

       Viene aqu muy  propsito el recuerdo de la profunda
       sabidura contenida en la Encclica del Papa contra las
       doctrinas de Lamennais. Pretenda dicho escritor que la
       tolerancia universal, la libertad absoluta de cultos, es
       el estado normal y legtimo de las sociedades, del cual es
       imposible separarse, sin atentar  los derechos del hombre y
       del ciudadano. Impugnando Lamennais la citada Encclica, se
       empe en presentarla como fundadora de nuevas doctrinas, como
       un ataque dirigido contra la libertad de los pueblos. No, el
       Papa no asent en la citada Encclica otras doctrinas que las
       profesadas hasta aqu por la Iglesia; y aun podra decirse
       que las profesadas por todo gobierno en punto  tolerancia.
       Ningn gobierno puede sostenerse, si se le niega el derecho
       de reprimir las doctrinas peligrosas al orden social, ora se
       cubran con el manto filosfico, ora se disfracen con el velo
       de la religin. No se ataca tampoco por esto la libertad del
       hombre; porque la nica libertad digna de este ttulo es
       la libertad conforme  razn. El Papa no ha dicho que los
       gobiernos no pudiesen tolerar en ciertos casos diferentes
       religiones; pero no ha permitido que se asentase como
       principio que la tolerancia absoluta fuese una obligacin de
       todos los gobiernos. Esta ltima proposicin es contraria 
       las sanas doctrinas religiosas,  la razn,  la prctica de
       todos los gobiernos en todos tiempos y pases, al buen sentido
       de la humanidad. Nada han podido en contra todo el talento
       y la elocuencia del malogrado escritor; y el Papa alcanz
       un asentimiento ms solemne de todos los hombres sensatos
       de cualesquiera creencias, desde que el genio obscureci
       su frente con la obstinacin, desde que su mano empu
       decididamente el arma innoble del sofisma. Malogrado genio
       que conserva apenas una sombra de s mismo, que ha desplegado
       las hermosas alas con que surcaba el azul de los cielos, y
       revolotea cual ave siniestra sobre las aguas impuras de un
       lago solitario.

       [10] Pg. 222.--Al hablar de la Inquisicin de Espaa, no me
       he propuesto defender todos sus actos, ni bajo el aspecto
       de la justicia, ni tampoco de la conveniencia pblica. No
       desconociendo las circunstancias excepcionales en que se
       encontr, juzgo que hubiera procedido harto mejor, si,
       imitando el ejemplo de la Inquisicin de Roma, hubiese
       ahorrado el derramamiento de sangre, en cuanto le hubiese
       sido posible. Poda muy bien velar por la conservacin de la
       fe, poda prevenir los males que  la religin amenazaban
       de parte de moros y judos, poda preservar la Espaa del
       Protestantismo, sin desplegar ese excesivo rigor, que le
       mereci graves reprensiones y amonestaciones de parte de los
       Sumos Pontfices, que provoc reclamaciones de los pueblos,
       que acarre tantas apelaciones  Roma de los encausados y
       condenados, y que suministr pretexto  los adversarios del
       Catolicismo para acusar de sanguinaria una religin que tiene
       horror  la efusin de sangre. Lo repito, no es responsable la
       religin catlica de ninguno de los excesos que en su nombre
       se hayan podido cometer, y, cuando se habla de la Inquisicin,
       no se deben fijar principalmente los ojos en la de Espaa,
       sino en la de Roma. All donde reside el Sumo Pontfice, donde
       se sabe cumplidamente cmo debe entenderse el principio de la
       intolerancia, y cul es el uso que de l debe hacerse, all
       la Inquisicin ha sido en extremo benigna, indulgente; all
       es el punto donde menos ha sufrido la humanidad por motivo de
       religin: y esto sin exceptuar ningn pas, tanto aquellos
       donde ha existido la Inquisicin, como los que carecieron de
       ella; tanto donde predomin la religin catlica, como donde
       prevaleci la protestante. Este hecho es indudable; y para
       todo hombre de buena fe debe ser bastante para indicarle cul
       es en esta materia el espritu del Catolicismo.

       Hago estas reflexiones en prueba de mi imparcialidad, y de que
       no desconozco los males, ni dejo de confesarlos, dondequiera
       que los vea. Esto no embargante, deseo que no se olviden los
       hechos y observaciones que en el texto he aducido, as sobre
       la Inquisicin en s misma, en las diferentes pocas de su
       duracin, como sobre la poltica de los reyes que la fundaron
       y sostuvieron. Por lo mismo, copiar aqu algunos documentos
       que pueden arrojar mucha luz sobre tan importante materia.
       He aqu en primer lugar el prembulo de la Pragmtica de D.
       Fernando y D. Isabel para la expulsin de los judos, donde
       se explanan en pocas palabras los agravios que de ella reciba
       la religin, y los peligros que por este motivo amenazaban al
       Estado.

       Libro octavo. Ttulo segundo. Lei II de la Nueva Recopilacin.
       D. Fernando i D. Isabel en Granada ao 1492  30 de Marzo.
       Pragmtica.

       Porque Nos fuimos informados que en estos nuestros Reinos
       avia algunos malos Christianos, que judaizaban, y apostataban
       de nuestra Santa F Cathlica, de lo qual era mucha causa
       la comunicacin de los Judos con los Christianos, en las
       Cortes que hicimos en la ciudad de Toledo el ao pasado
       de mil quatrocientos i ochenta aos, mandamos apartar los
       dichos Judos en todas las Ciudades y Villas, i Lugares de
       los nuestros Reinos, i Seoros, en las Juderas, i lugares
       apartados en donde viviesen i morasen, esperando que con
       su apartamiento se remediaran otro s avemos procurado,
       i dado rden como se hiciese inquisicin en los dichos
       nuestros Reinos, la qual, como sabeis, ha mas de doce aos
       que se ha hecho, i hace, i por ello se han hallado muchos
       culpantes, segn es notorio: i segn somos informados de
       los Inquisidores, y de otras muchas personas Religiosas, i
       Eclesisticas, i Seglares, consta; i paresce el gran dao que
        los Christianos se ha seguido, i sigue, de la participacin,
       conversacion, i comunicacion que han tenido, i tienen con
       los Judos, los quales se prueba que procuran siempre por
       quantas vias mas pueden de subvertir, i substraer de nuestra
       Santa F Cathlica  los Fieles Christianos, i los apartar
       della, i atraer i pervertir  su daada creencia i opinin,
       instruyndoles en las ceremonias, i observancia de su lei,
       haciendo ayuntamientos donde les lean, i enseen lo que han
       de creer, i guardar segun su lei, procurando de circuncidar
        ellos, i  sus hijos, dndoles libros por donde rezasen
       sus oraciones, i declarndoles los ayunos que han de ayunar,
       i juntndose con ellos  leer, i ensendoles las Historias
       de su lei, notificndoles las Pasquas antes que vengan, y
       avisndoles lo que en ellas han de guardar, y hacer, dndoles,
       y llevndoles de su casa el pan cenceo, y carnes muertas con
       ceremonias, instruyndoles de las cosas que se han de apartar,
       assi en los comeres como en las otras cosas, por observancia
       de su lei, i persuadindoles en quanto pueden que tengan, i
       guarden la lei de Moyss, hacindoles entender que no hai otra
       lei, i ni verdad salvo aquella; lo qual consta por muchos
       dichos, i confesiones, assi de los mismos Judos, como de
       los que fueron pervertidos, i engaados por ellos, lo qual ha
       redundado en gran dao, i detrimento, i oprobio de nuestra
       Santa F Cathlica: i como quiera que de mucha parte destos
       fuimos informados antes de agora, i conoscimos que el remedio
       verdadero de todos estos daos, e inconvenientes, est en
       apartar del todo la comunicacion de los dichos Judos con los
       Christianos, i echarlos de todos nuestros Reinos, quismosnos
       contentar con mandarlos salir de todas las Ciudades, i Villas,
       i Lugares de Andaluca, donde parescia que avia hecho mayor
       dao, creyendo que aquello bastaria para que los de las
       otras Ciudades, i Villas, i Lugares de los nuestros Reinos,
       i Seoros, cessassen de hacer, y cometer lo susodicho, i
       porque somos informados que aquello, ni las justicias que se
       han hecho en algunos de los dichos Judos, que se han hallado
       muy culpantes en los dichos crmenes, i delitos contra nuestra
       Santa F Cathlica, no basta para entero remedio: para obviar
       i remediar como cesse tan gran oprobio, i ofensa de la F, i
       Religion Christiana, i porque cada dia se halla, i paresce
       que los dichos Judos creen en continuar su malo, i daado
       propsito  donde viven, i conversan, i porque no aya lugar
       de mas ofender  nuestra Santa Fe Cathlica, assi en los que
       hasta aqui Dios ha querido guardar, como en los que cayeron, i
       se enmendaron, i reduxeron  la Santa Madre Iglesia, lo qual,
       segun la flaqueza de nuestra humanidad, i sujescion diablica,
       que continuo nos guerrea, ligeramente podria acaescer, si la
       principal causa desto no se quita, que es echar los dichos
       Judos de nuestros Reinos; i porque quando algun grave, i
       detestable crimen es cometido por algunos de algun Colegio, i
       Universidad, es razon que el tal Colegio, i Universidad sea
       disuelto, y aniquilado, i los menores por los mayores, i los
       unos por los otros sean punidos; i aquellos que pervierten el
       bien, i honesto vivir de las Ciudades, i Villas por contagio,
       que pueda daarse  los otros, sean expelidos de los pueblos,
       i aun por otras mas leves causas que sean en dao de la
       Repblica, quanto mas por el mayor de los crmenes, i mas
       peligroso, i contagioso, como lo es este: Por ende Nos, con
       consejo, i parecer de algunos Prelados.

       No se trata aqu de examinar si en estas inculpaciones hechas
        los judos pudo haber  no alguna parte de exageracin:
       bien que, segn todas las apariencias, deba de haber en esto
       un gran fondo de verdad, atendida la situacin en que se
       encontraban los dos pueblos rivales. Y ntese que, si bien
       en el prembulo de la Pragmtica se abstienen los monarcas
       de achacar  los judos cien y cien otros cargos que les
       haca la generalidad del pueblo, no dejaba por esto de andar
       muy vlida la fama de ellos, y que, por consiguiente, deba
       influir sobremanera en agravar la situacin de los judos, y
       en inclinar el nimo de los reyes  tratarlos con dureza.

       Por lo que toca  la desconfianza con que deban de ser
       mirados los moros y sus descendientes,  ms de los hechos ya
       indicados, pueden todava presentarse otros que manifiestan
       la disposicin de los nimos que haca mirar  esos hombres
       como si estuvieran en conspiracin permanente contra los
       cristianos viejos. Cerca de un siglo haba transcurrido desde
       la conquista de Granada, y vemos que todava se abrigaban
       recelos de que aquel reino era el centro de las asechanzas
       dirigidas por los moros contra los cristianos, saliendo de
       all los avisos, y los auxilios necesarios para que en las
       costas pudiesen cometerse contra personas indefensas toda
       clase de tropelas. Vase lo que deca Felipe II, en 1567.

       Libro octavo. Ttulo segundo, de la Nueva Recopilacin.

       Lei XX. Que pone graves penas  los naturales del Reino de
       Granada, que encubrieren,  acogieren  favorecieren Turcos,
        Moros,  Judos,  les dieren avisos,  se escribieren con
       ellos.

       D. Phelipe II, en Madrid  10 de Diciembre de 1567 aos.

       Porque avemos sido informados que no embargante lo que para
       defensa, i seguridad de los mares, i costas de nuestros Reinos
       tenemos proveido ansi en mar, como en tierra, especialmente en
       el Reino de Granada, los Turcos, Moros, Corsarios, i allende
       han hecho, i hacen en el dicho Reino en los puertos, i costas,
       y lugares martimos, i cercanos  ellos, los robos, males,
       i daos, i captiverios de Christianos que son notorios, lo
       cual diz que han podido, i pueden hacer con facilidad, i
       seguridad, mediante el trato,  inteligencia que han tenido
       i tienen con algunos naturales de la tierra, los quales los
       avisan, i guian, acogen i encubren, i les dan favor, i ayuda,
       passndose algunos dellos allende con los dichos Moros, i
       Turcos, i llevando consigo sus mugeres, hijos, i ropa, i los
       Christianos, i ropa dellos que pueden aver, i que otros de
       los dichos naturales, que han sido partcipes, i sabidores,
       se quedan en la tierra, i no han sido, ni son castigados, ni
       parece que esto est proveido con el rigor, i tan entera, i
       particularmente como convendria, i ai mucha dificultad en la
       averiguacion,  informacion, i aun descuido, i negligencia en
       las Justicias, i Jueces que lo avian de inquirir, i castigar;
       i avindose sobre esto tratado i platicado en el nuestro
       Consejo, para que se proveyese en ello, como en cosa que
       tanto importa al servicio de Dios nuestro Seor, i nuestro, i
       bien pblico; y con Nos consultado, fu acordado que deviamos
       mandar dar esta nuestra Carta... etc., etc.

       Pasaban los aos y la ojeriza entre los dos pueblos continuaba
       todava; y  pesar de los muchos quebrantos sufridos por la
       raza mahometana, no se daban por satisfechos los cristianos.
       Es muy probable que un pueblo que haba sufrido, y estaba
       sufriendo, tantas humillaciones, probara  vengarse; y as
       no se hace tan difcil el creer la verdadera existencia de
       las conspiraciones que se les achacaban. Como quiera, la fama
       de ellas era general, y el gobierno se hallaba seriamente
       alarmado con este motivo. Lase, en comprobacin, lo que
       deca Felipe III en 1609, en la ley para la expulsin de los
       moriscos.

       Libro octavo. Ttulo segundo, de la Nueva Recopilacin.

       Lei XXV. Por la qual fueron echados los Moriscos del Reino;
       las causas que para ello hubo, y medio que se tubo en su
       execucion.

       D. Phelipe III, en Madrid  9 de Diciembre de 1609.

       Avindose procurado por largo discurso de tiempo la
       conservacion de los Moriscos en estos Reinos, i executdose
       diversos castigos por el Santo Oficio de la Santa Inquisicion,
       i conceddose muchos Edictos de gracia, no omitiendo medio, ni
       diligencia para instruirlos en nuestra Santa F, sin averse
       podido conseguir el fruto que se deseaba, pues ninguno se ha
       convertido, antes ha crecido su obstinacion; i aun el peligro
       que amenazaba  nuestros Reinos, de conservarlos en ellos, se
       Nos present por personas mui doctas, i mui temerosas de Dios,
       lo que convenia poner breve remedio; i que la dilacion podria
       gravar nuestra Real conciencia, por hallarse mui ofendido
       nuestro Seor de esta gente, asegurndonos que podramos sin
       ningn escrpulo castigarlos en las vidas, i en las haciendas,
       porque la continuacion de sus delitos, los tenia convencidos
       de hereges, i apstatas, i proditores de lesa Magestad
       Divina i humana: i aunque por esto pudiera proceder contra
       ellos con el rigor, que sus culpas merecen, todava deseando
       reducirlos por medios suaves y blandos, mand hacer en la
       ciudad, i Reino de Valencia una Junta del Patriarca, i otros
       prelados, i personas doctas para que viessen lo que se podria
       encaminar, i disponer, i avindose entendido que al mismo
       tiempo que se estaba tratando de su remedio, los de aquel
       Reino, i los de estos passaban adelante con su daado intento,
       i sabindose por avisos ciertos, i verdaderos que han enviado
        Constantinopla  tratar con el Turco, ir  Marruecos con
       el Rei Buley Fidon, que embiassen  estos Reinos las mayores
       fuerzas, que pudiesen en su ayuda, i socorro, asegurndoles
       que hallarian en ellos ciento i cinquenta mil hombres, tan
       Moros como los de Berberia, que los assistirian con las vidas,
       i haciendas, persuadiendo la facilidad de la empresa; aviendo
       tambin intentado la misma pltica con Hereges, i otros
       Prncipes enemigos nuestros; i atendiendo  todo lo susodicho,
       i cumpliendo con la obligacion que tenemos de conservar, i
       mantener en nuestros Reinos la Santa F Cathlica Romana, i la
       seguridad, paz i reposo de ellos en el parecer, i consejo de
       varones doctos, i de otras personas mui zelosas del servicio
       de Dios, i mio: mandamos que todos los Moriscos habitantes en
       estos Reinos, assi hombres, como mugeres, i nios de cualquier
       condicion, etc.

       He dicho que los Papas procuraron ya desde un principio
       suavizar los rigores de la Inquisicin de Espaa, ora
       amonestando  los reyes y  los inquisidores, ora admitiendo
       las apelaciones de los encausados y condenados. He aadido
       tambin que la poltica de los reyes, quienes teman que las
       innovaciones religiosas acarreasen perturbacin pblica,
       haba embarazado  los Papas para que no pudiesen llevar
       tan all como hubieran deseado, sus medidas de benignidad 
       indulgencia; en apoyo de esta asercin escoger entre otros
       documentos uno que manifiesta la irritacin de los reyes de
       Espaa por el amparo que en Roma encontraban los encausados
       por la Inquisicin.

       Lib. 8. Tit. 3. Ley 2, de la Nueva Recopilacin.

       Que los condenados por la Inquisicin, que estn ausentados
       de estos Reinos, no vuelvan  ellos, so pena de muerte, y
       perdimiento de bienes.

       D. Fernando i D. Isabel en Zaragoza  2 de Agosto ao 1498.
       Pragmtica.

       Porque algunas personas condenadas por Hereges por los
       inquisidores se ausentan de nuestros Reinos, i se van  otras
       partes, donde con falsas relaciones, i formas indevidas
       han impetrado subrepticiamente exenciones, i absoluciones,
       comissiones, i seguridades, i otros privilegios,  fin de se
       eximir de las tales condiciones, i penas en que incurrieron,
       i se quedar con sus errores, i con esto tientan de bolver
        estos nuestros Reinos; por ende, queriendo extirpar tan
       grande mal, mandamos que no sean osadas las tales personas
       condenadas de bolver, ni buelvan, ni tornen  nuestros Reinos,
       i seoros, por ninguna va, manera, causa, ni razn que
       sea, so pena de muerte y perdimiento de bienes: en la qual
       pena queremos, i mandamos que por ese mismo hecho incurran;
       i que la tercia parte de los dichos bienes sea para la
       persona que lo acusare, i la tercia parte para la Justicia,
       i la otra tercia para la nuestra Cmara; i mandamos  las
       dichas Justicias, i  cada una, i cualquier dellas en sus
       Lugares, i jurisdicciones, que cada i quando supiesen que
       algunas de las personas susodichas estuvieren en algn Lugar
       de su jurisdiccion, sin esperar otro requerimiento; vayan 
       donde la tal persona estuviese, i le prendan el cuerpo, i
       luego sin dilacion executen i hagan executar en su persona,
       i bienes las dichas penas por Nos puestas, segun que dicho
       es; no embargante qualesquier exenciones, reconciliaciones,
       seguridades, i otros privilegios que tengan, los quales en
       este caso, quanto  las penas susodichas, no les pueden
       sufragar; i esto mandamos que hagan, i cumplan assi, so pena
       de perdimiento, i confiscacion de todos sus bienes; en la
       qual pena incurran qualesquier otras personas, que  las
       tales personas encubrieren,  receptaren,  supieren donde
       estn, i no lo notificaren  las dichas nuestras Justicias:
       i mandamos  qualesquier Grandes, i Concejos, i otras
       personas de nuestros Reinos que den favor i ayuda  nuestras
       Justicias, cada i quando que se la pidieren, i menester fuere,
       para cumplir i executar lo susodicho, so las penas, que las
       Justicias sobre ellos les pusieren.

       Concese por el documento que se acaba de copiar que ya en
       1498 haban llegado las cosas  tal punto, que los reyes se
       proponan sostener  todo trance el rigor de la Inquisicin; y
       que se daban por ofendidos de que los Papas se entrometiesen
       en suavizarle. Esto indica de dnde proceda la dureza con
       que eran tratados los culpables, y revela, adems, una de las
       causas por que la Inquisicin de Espaa us algunas veces de
       sus facultades con excesiva severidad. Bien que no era un
       mero instrumento de la poltica de los reyes, como han dicho
       algunos, senta ms  menos la influencia de ella; y sabido es
       que la poltica, cuando se trata de abatir  un adversario,
       no suele mostrarse demasiado compasiva. Si la Inquisicin de
       Espaa se hubiese hallado entonces bajo la exclusiva autoridad
       y direccin de los Papas, mucho ms templada y benigna hubiera
       sido en su conducta.

       A la sazn el empeo de los reyes de Espaa era que los
       juicios de la Inquisicin fuesen definitivos, y sin apelacin
        Roma; as lo haba pedido expresamente al Papa la reina
       Isabel, y  esto no saban avenirse los Sumos Pontfices,
       previendo sin duda el abuso que podra hacerse de arma tan
       terrible, el da que le faltase el freno de un poder moderador.

       Por los hechos que se acaban de apuntar queda en claro con
       cunta verdad he dicho que, si se excusaba la conducta de
       Fernando  Isabel por lo tocante  la Inquisicin, no se poda
       acriminar la de Felipe II, porque ms severos, ms duros, se
       mostraron los Reyes Catlicos que no este monarca. Ya llevo
       indicado el motivo por que se ha condenado tan despiadadamente
       la conducta de Felipe II; pero es necesario demostrar tambin
       por que se ha ostentado cierto empeo en excusar la de
       Fernando  Isabel.

       Cuando se quiere falsear un hecho histrico, calumniando una
       persona  una institucin, es menester comenzar afectando
       imparcialidad y buena fe; para lo cual sirve en gran manera
       el manifestarnos indulgentes con lo mismo que nos proponemos
       condenar; pero hacindolo de manera que esta indulgencia
       resalte como una concesin hecha gratuitamente  nuestros
       adversarios,  como un sacrificio que de nuestras opiniones
       y sentimientos hacemos, en las aras de la razn y de la
       justicia, que son nuestra gua y nuestro dolo. En tal caso
       predisponemos al lector  oyente  que mire la condenacin
       que nos proponemos pronunciar como un fallo dictado por la
       ms estricta justicia, y en que ninguna parte ha cabido
       ni  la pasin, ni al espritu de parcialidad, ni  miras
       torcidas. Cmo dudar de la buena fe, del amor  la verdad,
       de la imparcialidad de un hombre, que empieza excusando lo
       que, segn todas las apariencias, atendidas sus opiniones,
       debiera anatematizar? He aqu la situacin de los hombres de
       quienes estamos hablando; proponanse atacar la Inquisicin,
       y cabalmente encontraban que la protectora de este tribunal,
       y en cierto modo la fundadora, haba sido la reina Isabel,
       nombre esclarecido que los espaoles han pronunciado siempre
       con respeto, reina inmortal que es uno de los ms bellos
       ornamentos de nuestra historia. Qu hacer en semejante
       apuro? El medio era expedito: nada importaba que los judos
       y los herejes hubiesen sido tratados con el mayor rigor en
       tiempo de los Reyes Catlicos, nada obstaba que esos monarcas
       hubiesen llevado ms all su severidad que los dems que les
       sucedieron; era necesario cerrar los ojos sobre estos hechos,
       y excusar la conducta de aqullos, haciendo notar los graves
       motivos que los impulsaron  emplear el rigor de la justicia.
       As se orillaba la dificultad de echar un borrn sobre la
       memoria de una gran reina, querida y respetada de todos los
       espaoles, y se dejaba ms expedito el camino para acriminar
       sin misericordia  Felipe II. Este monarca tena contra s
       el grito unnime de todos los protestantes, por la sencilla
       razn de que haba sido su ms poderoso adversario; y as no
       era difcil lograr que sobre l recayese todo el peso de la
       execracin. Esto descifra el enigma, esto explica la razn de
       tan injusta parcialidad, esto revela la hipocresa de opinin,
       que, excusando  los Reyes Catlicos, condena sin apelacin 
       Felipe II.

       Sin vindicar en un todo la poltica de este monarca, llevo
       presentadas algunas consideraciones, que pueden servir 
       templar algn tanto los recios ataques que le han dirigido
       sus adversarios; slo me falta copiar aqu los documentos 
       que he aludido, para probar que la Inquisicin no era un mero
       instrumento de la poltica de este prncipe, y que l no se
       propuso establecer en Espaa un sistema de obscurantismo.

       Don Antonio Prez en sus _Relaciones_, en las notas  una
       carta del confesor del rey, fray Diego de Chaves, en la
       que ste afirma que el prncipe seglar tiene poder sobre
       la vida de sus sbditos y vasallos, dice: No me meter en
       decir lo mucho que he odo sobre la calificacin de algunas
       proposiciones de estas que no es de mi profesin. Los de ella
       se lo entendern luego, en oyendo el sonido; solo dir que,
       estando yo en Madrid, sali condenada por la Inquisicin
       una proposicin que uno, no importa decir quin, afirm en
       un sermn en San Hiernimo de Madrid en presencia del rey
       catlico; es  saber: _Que los reyes tenan poder absoluto
       sobre las personas de sus vasallos y sobre sus bienes_.
       Fu condenado, dems de otras particulares penas, en que
       se retratase pblicamente en el mismo lugar con todas las
       ceremonias de auto jurdico. Hzolo as en el mismo plpito;
       diciendo que l haba dicho la tal proposicin en aquel da.
       Que l se retrataba de ella, como de proposicin errnea.
       _Porque, seores_ (as dijo recitando por un papel), _los
       reyes no tienen ms poder sobre sus vasallos, del que les
       permite el derecho divino y humano, y no por su libre y
       absoluta voluntad_. Y aun s el que calific la proposicin,
       y orden las mismas palabras que haba de referir el reo,
       con mucho gusto del calificante, porque se arrancaba yerba
       tan venenosa, que senta que iba cresciendo. Bien se ha ido
       viendo. El maestro Fray Hernando del Castillo (ste nombrar)
       fu el que orden lo que recit el reo, que era consultor del
       Santo Oficio, predicador del rey, singular varn en doctrina
       y elocuencia, conocido y estimado mucho de su nacin y de
       la italiana en particular. De ste deca el doctor Velasco,
       grave persona de su tiempo, que no haba vihuela en manos de
       Fabricio Dentici tan suave como la lengua del maestro fray
       Hernndez del Castillo en los odos.

       Y pg. 47 en texto. Yo s que las calificaron por muy
       escandalosas personas gravsimas en dignidad, en letras, en
       limpieza de pecho cristiano, entre ellas persona que en Espaa
       tena lugar supremo en lo espiritual, y que haba tenido
       oficio antes en el juicio supremo de la Inquisicin. Despus
       dice que esta persona era el Nuncio de Su Santidad.


              (Relaciones de Antonio Prez.) Pars 1624.

       El notable pasaje de la citada carta de Felipe II al doctor
       don Benito Arias Montano, dice as:

       Lo que vos el Dr. etc. mi capellan, aveis de hacer en Ambares
       adonde os enviamos.

       Fecha de Madrid 25 de Marzo de 1568.

       Dems de hacer al dicho Plantino esta comodidad y buena obra,
       es bien que lleveis entendido que desde ahora tengo aplicados
       los seis mil escudos que se le prestan para que como se vayan
       cobrando dl, se vayan empleando en libros para el Monasterio
       de San Lorenzo el Real de la orden de San Gernimo, que yo
       hago edificar cerca del Escorial, como sabeis. Y as habis de
       ir advertido de este mi fin  intencin, para que conforme 
       ella hagais diligencia de recoger todos los libros exquisitos,
       as impresos como de mano, que vos (como quien tan bien lo
       entiende) viredes que sern convenientes para los traer y
       poner en la librera de dicho Monasterio: porque esta es una
       de las ms principales riquezas que yo querria dejar  los
       religiosos que en l hubieren de residir, como la ms til y
       necesaria. Y por eso he mandado tambin  D. Francs de Alaba,
       mi embajador en Francia, que procure de haber los mejores
       libros que pudiere en aquel reyno y vos habis de tener
       inteligencia con l sobre esto que yo le mandar escribir que
       haga lo mismo con vos; y que antes de comprarlos os envie la
       lista de los que se hallaren, y de los precios de ellos para
       que vos le advirtais de los que habr de tomar y dejar, y lo
       que podr dar por cada uno de ellos, y que os vaya enviando
        Amberes los que as fuere comprando, para que vos los
       reconozcais, y envieis ac todos juntos  su tiempo.

       En el reinado de Felipe II, de ese Monarca que se nos pinta
       como uno de los principales autores del obscurantismo, se
       buscaban en los reinos extranjeros los libros exquisitos,
       as impresos como de mano, para traerlos  las libreras
       espaolas; en nuestro siglo, que apellidamos de ilustracin,
       se han despojado las libreras espaolas, y sus preciosidades
       han ido  parar  las extranjeras. Quin ignora el acopio que
       de nuestros libros y manuscritos se ha hecho en Inglaterra?
       Consltense los Indices del Museo de Londres y de otras
       bibliotecas particulares: el que escribe estas lneas habla
       de lo que ha visto con sus propios ojos, y de que ha odo
       lamentar  personas respetables. Cuando tan negligentes
       nos mostramos en conservar nuestros tesoros, no seamos tan
       injustos y tan pueriles, que nos entretengamos en declamar
       vanamente contra aquellos mismos que nos los legaron.


                           FIN DE LAS NOTAS




                  NDICE DE LOS CAPTULOS Y MATERIAS
                                  DEL
                             TOMO SEGUNDO


                                                                    PG.

  Captulo XX. Cuadro de la civilizacin moderna. Bosquejo
  de las civilizaciones no cristianas. Tres elementos de la
  civilizacin: individuo, familia, sociedad. La perfeccin de
  estos tres elementos dimana de las doctrinas.                        4

  Cap. XXI. Distincin entre el individuo y el ciudadano.
  Individualismo de los brbaros, segn M. Guizot. Si este
  individualismo perteneci exclusivamente  los brbaros.
  Naturaleza y origen de este sentimiento. Sus modificaciones.
  Cuadro de la vida de los brbaros. Verdadero carcter de su
  individualismo. Confesin de M. Guizot. Este sentimiento le
  tenan en algn modo todos los pueblos antiguos.                     7

  Cap. XXII. El respeto al hombre, en cuanto hombre,
  desconocido de los antiguos. Analoga de esta particularidad
  de los antiguos, con un fenmeno de las revoluciones
  modernas. Tirana del poder pblico sobre los intereses
  privados. Explicacin de un doble fenmeno que se nos
  presenta en las sociedades antiguas y en las modernas
  no cristianas. Opinin de Aristteles. Carcter de la
  democracia moderna.                                                 25

  Cap. XXIII. En la primitiva Iglesia tenan los fieles el
  sentimiento de la verdadera independencia. Error de M.
  Guizot sobre este punto. Dignidad de la conciencia sostenida
  por la sociedad cristiana. Sentimiento del deber. Sublimes
  palabras de San Cipriano. Desarrollo de la vida interior.
  Defensa del libre albedro por la Iglesia catlica.
  Importancia de este dogma para realzar la dignidad del
  hombre.                                                             36

  Cap. XXIV. Ennoblecimiento de la mujer, debido
  exclusivamente al Catolicismo. Medios empleados por la
  Iglesia para realizarla. Doctrina cristiana sobre la
  dignidad de la mujer. Monogamia. Diferente conducta
  del Catolicismo y del Protestantismo sobre este punto.
  Firmeza de Roma con respecto al matrimonio. Sus efectos.
  Indisolubilidad del matrimonio. Del divorcio entre los
  protestantes. Efectos del dogma catlico, que mira el
  matrimonio como verdadero sacramento.                               45

  Cap. XXV. Pretendido rigor del Catolicismo con respecto 
  los esposos desgraciados. Dos sistemas para dirigir las
  pasiones. Sistema protestante. Sistema catlico. Ejemplos.
  Pasin del juego. Explosin de las pasiones en tiempos
  turbulentos. La causa. El amor. Carcter de esta pasin. El
  matrimonio por s solo no es un freno suficiente. Lo que
  debe ser el matrimonio para que sirva de freno. _Unidad y
  fijeza_ de las doctrinas y conducta del Catolicismo. Hechos
  histricos. Alejandro, Csar, Napolen.                             53

  Cap. XXVI. La virginidad. Doctrinas y conducta del
  Catolicismo en este punto. Id. del Protestantismo. Id. de la
  filosofa incrdula. Origen del principio fundamental de la
  economa poltica inglesa. Consideraciones sobre el carcter
  de la mujer. Relaciones de la doctrina sobre la virginidad
  con el realce de la mujer.                                          67

  Cap. XXVII. Examen de la influencia del feudalismo en
  realzar la mujer europea. Opinin de M. Guizot. Origen de su
  error. El amor del caballero. Espritu de la caballera. El
  respeto de los germanos por las mujeres. Anlisis del famoso
  pasaje de Tcito. Consideraciones sobre este historiador.
  Csar, su testimonio sobre los brbaros. Dificultad de
  conocer bien el estado de la familia y de la sociedad entre
  los brbaros. El respeto de que disfruta la mujer europea
  es debido al Catolicismo. Distincin del Cristianismo y
  Catolicismo; por qu se hace necesaria.                             75

  Cap. XXVIII. La conciencia pblica. Su verdadera idea.
  Causas que la forman. Comparacin de la conciencia pblica
  de las sociedades modernas con la de las antiguas.
  La conciencia pblica es debida  la influencia del
  Catolicismo. Medios de que ste se sirvi para formarla. 91

  Cap. XXIX. Examen de la teora de Montesquieu sobre los
  principios en que se fundan las varias formas de gobierno.
  Los antiguos censores. Por qu no los han tenido las
  sociedades modernas. Causas que en este punto extraviaron 
  Montesquieu. Su equivocacin sobre el honor. Este honor bien
  analizado es el respeto  la conciencia pblica. Ilustracin
  de la materia con hechos histricos.                                98

  Cap. XXX. Dos maneras de considerar el Cristianismo, como
  una doctrina y como institucin. Necesidad que tiene toda
  idea de realizarse en una institucin. Vicio radical del
  Protestantismo bajo este aspecto. La predicacin. El
  sacramento de la Penitencia. Influencia de la confesin
  auricular en conservar y acendrar la moralidad. Observacin
  sobre los moralistas catlicos. Fuerza de las ideas.
  Fenmenos que ofrecen. Necesidad de las instituciones, no
  slo para ensear, sino tambin para aplicar las doctrinas.
  Influencia de la prensa. Intuicin, discurso.                      109

  Cap. XXXI. Suavidad de costumbres, en qu consiste.
  Diferencia entre costumbres suaves y costumbres muelles.
  Influencia de la Iglesia catlica en suavizar las
  costumbres. Comparacin entre las sociedades paganas y las
  cristianas. Esclavitud. Potestad patria. Juegos pblicos.
  Una reflexin sobre los _Toros_ de Espaa. 123

  Cap. XXXII. Elementos que se combinaron para perpetuar la
  dureza de costumbres en las sociedades modernas. Conducta
  de la Iglesia sobre este punto. Cnones y hechos notables.
  San Ambrosio y el emperador Teodosio. La tregua de Dios.
  Disposiciones muy notables de la autoridad eclesistica
  sobre este punto.                                                  130

  Cap. XXXIII. Beneficencia pblica. Diferencia del
  Protestantismo y del Catolicismo con respecto  ella.
  Paradoje de Montesquieu. Cnones notables sobre este punto.
  Daos acarreados en esta parte por el Protestantismo. Lo que
  vale la filantropa.                                               148

  Cap. XXXIV. Intolerancia. Mala fe que ha presidido  esta
  cuestin. Definicin de la tolerancia. Tolerancia de
  opiniones, de errores. Tolerancia del individuo. Tolerancia
  en los hombres religiosos y en los incrdulos. De dnde
  nace en unos y otros. Dos clases de hombres religiosos y de
  incrdulos. Tolerancia en la sociedad; de dnde nace. Origen
  de la tolerancia que reina en las sociedades actuales.             161

  Cap. XXXV. La intolerancia es un hecho general en la
  historia. Dilogo con los partidarios de la tolerancia
  universal. Consideraciones sobre la existencia y el
  origen del derecho de castigar doctrinas. Resolucin de
  esta cuestin. Funesta influencia del Protestantismo y
  de la incredulidad en esta materia. Justificacin de la
  importancia dada por el Catolicismo al pecado de hereja.
  Inconsecuencia de los volterianos vergonzantes. Otra
  observacin sobre el derecho de castigar doctrinas. Resumen.       174

  Cap. XXXVI. La Inquisicin. Instituciones y legislaciones de
  intolerancia. Causas del rigor desplegado en los primeros
  siglos de la Inquisicin. Tres pocas de la Inquisicin de
  Espaa: contra los judos y moros, contra los protestantes,
  y contra los incrdulos. Judos; causas del odio con que
  eran mirados. Rigores de la Inquisicin; sus causas.
  Conducta de los Papas en este negocio. Lenidad de la
  Inquisicin de Roma. Principios intolerantes de Lutero con
  respecto a los judos. Moros y moriscos.                           189

  Cap. XXXVII. Nueva Inquisicin atribuda  Felipe II. El P.
  Lacordaire. Parcialidad contra Felipe II. Una observacin
  sobre la obra titulada _La Inquisicin sin mscara_. Rpida
  ojeada sobre aquella poca. Causa de Carranza; observaciones
  sobre la misma, y sobre las calidades personales del ilustre
  reo. Origen de la parcialidad contra Felipe II. Reflexiones
  sobre la poltica de este monarca. Curiosa ancdota de un
  predicador obligado  retractarse. Reflexiones sobre la
  influencia del espritu del siglo.                                 204




                          NDICE DE LAS NOTAS


                                                     PG.

               (1)                                    223

               (2)                                    227

               (3)                                    229

               (4)                                    231

               (5)                                    231

               (6)                                    233

               (7)                                    234

               (8)                                    238

               (9)                                    240

              (10)                                    245





End of the Project Gutenberg EBook of El Protestantismo comparado con el
Catolicismo en sus relaciones con la Civilizacin Europea (Vols 1-2), by Jaime Luciano Balmes

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PROTESTANTISMO COMPARADO ***

***** This file should be named 59797-8.txt or 59797-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/5/9/7/9/59797/

Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
file was produced from images generously made available
by The Internet Archive/Canadian Libraries)


Updated editions will replace the previous one--the old editions will
be renamed.

Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
law means that no one owns a United States copyright in these works,
so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
States without permission and without paying copyright
royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
of this license, apply to copying and distributing Project
Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
specific permission. If you do not charge anything for copies of this
eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
performances and research. They may be modified and printed and given
away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
trademark license, especially commercial redistribution.

START: FULL LICENSE

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
www.gutenberg.org/license.

Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
Gutenberg-tm electronic works

1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or
destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
1.E.8.

1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement. See
paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
electronic works. See paragraph 1.E below.

1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
works in the collection are in the public domain in the United
States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
United States and you are located in the United States, we do not
claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
displaying or creating derivative works based on the work as long as
all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
you share it without charge with others.

1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
in a constant state of change. If you are outside the United States,
check the laws of your country in addition to the terms of this
agreement before downloading, copying, displaying, performing,
distributing or creating derivative works based on this work or any
other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
representations concerning the copyright status of any work in any
country outside the United States.

1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
performed, viewed, copied or distributed:

  This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
  most other parts of the world at no cost and with almost no
  restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
  under the terms of the Project Gutenberg License included with this
  eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
  United States, you'll have to check the laws of the country where you
  are located before using this ebook.

1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
contain a notice indicating that it is posted with permission of the
copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
the United States without paying any fees or charges. If you are
redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
posted with the permission of the copyright holder found at the
beginning of this work.

1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
any word processing or hypertext form. However, if you provide access
to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
provided that

* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
  the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
  you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
  to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
  agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
  within 60 days following each date on which you prepare (or are
  legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
  payments should be clearly marked as such and sent to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
  Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
  Literary Archive Foundation."

* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
  you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
  does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
  License. You must require such a user to return or destroy all
  copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
  all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
  works.

* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
  any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
  electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
  receipt of the work.

* You comply with all other terms of this agreement for free
  distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
cannot be read by your equipment.

1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from. If you
received the work on a physical medium, you must return the medium
with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

