The Project Gutenberg EBook of La dama joven, by Emilia Pardo Bazn

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Title: La dama joven

Author: Emilia Pardo Bazn

Release Date: November 4, 2017 [EBook #55882]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA DAMA JOVEN ***




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                          EMILIA PARDO BAZN




                             ES PROPIEDAD




                          EMILIA PARDO BAZN

                                  LA

                              DAMA JOVEN

                               BUCLICA

               NIETO DEL CID--EL INDULTO--FUEGO  BORDO

            EL RIZO DEL NAZARENO--LA BORGOONA--PRIMER AMOR

                      UN DIPLOMTICO--SIC TRANSIT

            EL PREMIO GORDO--UNA PASIN--EL PRNCIPE AMADO

                              LA GALLEGA

                              DIBUJOS DE

                           M. OBIOLS DELGADO

                          Grabados de Thoms

                               [Imagen]

                               BARCELONA

                      BIBLIOTECA ARTE Y LETRAS

                DANIEL CORTEZO Y C.-_Ausias-March, 95_

                                 1885

                               [Imagen]




     Establecimiento tipogrfico-editorial de DANIEL CORTEZO y C.

                     [Imagen: Emilia Pardo Bazn]




[Imagen]




PRLOGO


Si esta coleccin llevase al frente un ttulo significativo, podra ser
el de _Apuntes y miniaturas_, porque se compone de dos clases de
pginas: unas trazadas libremente, como los _apuntes_ en que los
dibujantes fijan impresiones  tipos del natural, otras empastadas con
esmero, prolijamente trabajadas, como las _miniaturas_ del tiempo de
nuestras bisabuelas.

Resulta de la diversidad en los procedimientos la de los estilos. Apenas
parecen hijas de una misma pluma _Buclica_ y _La Gallega_, _El Rizo del
Nazareno_ y _Fuego  bordo_. Y consiste en que _Fuego  bordo_, por
ejemplo, es la propia narracin que o de labios del cocinero del
incendiado buque; quin, por ms seas, me refiri la catstrofe de tan
expresiva manera, con tal viveza de colorido y tan grficos pormenores,
que ojal tuviese yo all  mano un taqugrafo para que sin omitir punto
ni coma, conservase en toda su pureza el original del interesante
relato, muy perjudicado, de seguro, en mi traslacin, por ms nimia y
fiel que sea. Juzgo imperdonable artificio en los escritores, alterar 
corregir las formas de la oracin popular, entre las cuales y la idea
que las dicta ha de existir sin remedio el nexo  vnculo misterioso que
enlaza  todo pensamiento con su expresin hablada. Aun  costa de
exponerme  que censores muy formales me imputen el estilo de mis
hroes, insisto en no pulirlo ni arreglarlo, y en dejar  seoritos y
curas de aldea,  mujeres del pueblo y amas de cra, que se produzcan
como saben y pueden, cometiendo las faltas de lenguaje, barbarismos y
provincialismos que gusten. Menos comprometido, pero menos honroso
tambin, sera dictar  los prrocos de _Boan_ y _Naya_,  las comadres
del _Indulto_, perodos cervantescos y giros usuales en el centro de
Espaa, y jams usados en este rincn del Noroeste.

Mucho se ha debatido esta cuestin del estilo y forma, y tiene su ms y
su menos, y  m me da en que pensar  veces. Suele acontecer que un
estilo, por decirlo as, nielado y repujado; un estilo correcto, terso 
intachable, lejos de ayudar  que el lector comprenda y vea patente lo
que intenta mostrarle el autor, se interpone entre la realidad y la
mirada como un pao de prpura  un velo de gasa de oro (paos y velos
al fin), y fatiga al espritu ansioso de percibir lo que el rico tejido
encubre. No es imposible que debajo de esas sedas y joyas retricas que
neciamente estimamos, perezca ahogada una hermosura superior, invisible
por culpa de tanto adorno. Y no obstante, si van los autores al opuesto
extremo de desdear el primor artstico en el desempeo de sus obras,
cayendo en cierta flojedad y perezoso desalio, el lector de gusto
delicado no goza ni distingue el libro del peridico, en cuanto  sabor
literario.

Por donde yo me hago mi composicin de lugar, y es como sigue: cuando
habla el autor por cuenta propia, bien est que se muestre elegante,
elocuente y, si cabe, perfecto:  cuyo fin debe enjuagarse  menudo la
boca con el aejo y fragante vino de los clsicos, que remoza y
fortifica el estilo; pero cuando haga hablar  sus personajes,  analice
su funcin cerebral y traduzca sus pensamientos, respete la forma en que
se producen, y no enmiende la plana  la vida. Este mtodo mixto sigui
Cervantes; en _El Quijote_ alternan trozos de prosa acicalada, culta
entonces y ahora, con rsticas y soeces razones de fregonas, arrieros y
villanos.

Bajando de las alturas cervantinas  las pequeeces de mi libro, digo
que en apariencia le falta unidad, siendo heterogneas y diverssimas en
tamao y asunto las partes que lo componen. Con todo, guardan entre s
estrecha conexin: su conjunto, mejor que ninguna de mis obras, revela
mis variados gustos y aficiones,  copia lugares donde he vivido y
escenas que he presenciado. Chico mrito es; sin embargo hay quien lo
aprecia, gustando de encontrar en los libros algo de la personalidad del
autor.

_Buclica_ y tambin _Nieto del Cid_ son apuntes de paisajes, tipos y
costumbres de una comarca donde pas floridos das de juventud y asist
 regocijadas partidas de caza,  vendimias, romeras y ferias; tierra
original del interior de Galicia, que he recorrido  caballo y  pi,
recibiendo el ardor del sol y la humedad de su lluvia, y ha dejado en mi
mente tantos recuerdos pintorescos, que no caban en el breve recinto de
_Buclica_ y fu preciso dedicarles otro lienzo ms ancho, al cual doy
ahora las ltimas pinceladas. Han transcurrido dos lustros, y parece que
era ayer cuando mi tordo, jadeante, con una gota de sudor en cada pelo,
se detena bajo la parra de algn _Pazo de Limioso_, despus de vencer,
 desatinado galope, las cuestas del camino real. An pienso estar
bajando, con el credo en la boca como suele decirse, por el abrupto
sendero, orillado de precipicios, que conduce al romnico y derrudo
_Priorato_, y sentir temblar, bajo el casco de la montura, las podridas
tablas del puente de madera, casi anegado por el mpetu de la corriente.
Todava engaa mi memoria  los sentidos, y trae al olfato el virgiliano
perfume de las colmenas suspendidas sobre el ro Avieiro,  el olor de
la madura pava y racimo almibarado, y al paladar el dejo de la miel y
de las azucarosas castaas, y al odo el sn de la gaita triste, de la
dulce flauta y el hinchado bombo, y  los ojos el verdinegro matiz de
los pinares contrastando con la fresca verdura  el rojo tostado de las
parras... Reminiscencias ms vivas para m que las de pases muy
celebrados, verbigracia Suiza y Venecia: y no porque estas lindas
comarcas del rin de Galicia superen en hermosura, como errneamente
suele decirse,  Helvecia y  Italia, sino porque poseen el hechizo
inestimable de la virginidad, y an no se poblaron de _hoteles_, ni las
ensalzaron _Guas_, ni las desfloraron pacficos viajantes en trenes de
recreo, ni andan en cosmoramas, ni apenas en _Ilustraciones_.

_El Indulto_ no es ms que un _sucedido_, como dira Fernn Caballero:
sucedido que me contaron en Marineda y yo apunt sin quitar una tilde.
Apenas vi la luz en la difunta _Revista Ibrica_, fueron atribudas al
_Indulto_ intenciones trascendentales, afirmando que tena mucha miga y
planteaba toda especie de problemas sociales, morales y jurdicos, y
pona en tela de juicio no slo el derecho de indulto, sino la
indisolubilidad del matrimonio. Celebro esta ocasin de protestar.
Tendr _El Indulto_ esa miga que dicen; entraar un problema  media
docena de ellos; pero en Dios y en mi nima declaro que no lo hice
adrede, ni es culpa ma si me refieren un drama popular, y me
impresiona, y lo traslado  las cuartillas, sin comentarios. Surgirn
acaso del hecho en s esas cuestiones pavorosas y terribles: los hechos
suelen jugar malas partidas  las teoras, y conflictos hay en la pcara
realidad que el diablo que los resuelva, cuanto ms el artista, obligado
nicamente  no eliminar de sus obras ningn elemento importante, como,
por ejemplo, lo que llaman _trascendencia_.

En _El Rizo del Nazareno_ y _La Borgoona_ me he desviado del camino de
la observacin, pagando tributo  mis perennes inclinaciones msticas,
al deleite difcil de expresar, y entretejido con dulces melancolas,
que me causa la contemplacin de objetos donde se revela y encarna el
sentimiento religioso. Cierta noche del Jueves Santo, estuvo  punto de
sucederme lo que al protagonista del _Rizo_; quedarme cerrada en la
iglesia, por embelesarme en mirar la severa y dolorida y sublime imagen
del Divino Nazareno, que jams he visto sin sentir devocin profunda,
tal es el poder de sus mansos ojos y lo pattico de su actitud. Esta
efigie y la de la Virgen de los Dolores, que en el mismo templo se
venera, gozan del privilegio de moverme  contricin en grado muy
subido, y como son aqu las ms amadas del pueblo, la atmsfera de la
capillita y del camarn llamado de _Dolores_ parece que est
palpablemente saturada de oraciones fervorosas, en los das de Semana
Santa. Y rase quien se ra, que esto es tan _real_ como _El Indulto_.

Al consultar los libros indispensables para mi _San Francisco de Ass_,
encontr el asunto de _La Borgoona_, con otros muchos semejantes, que
se destacaban de la monotona de las crnicas, lo mismo que las letras
maysculas de color descuellan sobre los negros y uniformes caracteres
gticos de un viejo libro de coro. Ya es una doncella prometida  Dios,
 la cual obligan  tomar marido y al ser conducida al altar se cubre de
lepra; ya la momia de una abadesa muerta en olor de santidad, que se
levanta del sepulcro y viene  presidir el rezo de maitines; ya una
cortesana que se convierte ante el cadver de su amante cosido 
pualadas; ya un fraile que trueca las zarzas en rosas con el contacto y
la pureza de su cuerpo...  este tenor pude recoger un rosario de
leyendas agiogrficas, apiadas como flores en vara de azucena, y
embalsamadas con el vaho de incienso que comunica _La Borgoona_  este
profano libro: aroma del xtasis y de la bienaventuranza, despertador de
las mismas ideas ultraterrestres que el claustro franciscano de
Compostela, donde todo es paz y silencio.

De otras aficiones bien distintas, harto platnicas y malogradas, se
muestra el juguete titulado _Una pasin_. Mi inteligencia curiosa, vida
de abarcarlo todo, limitada en su afn por la imposibilidad prctica de
conseguir nada de provecho en ciencias que reclaman la vida entera del
que aspira  profundizarlas, ha intentado jugar con el martillo del
gelogo, el comps del astrnomo y el soplete del qumico, y los ha
soltado con desaliento, como suelta el nio un arma grave,
convencindose de que le faltan fuerzas, no ya para manejarla, sino para
empuarla un minuto. La gran poesa de la ciencia positiva la siento yo
all en serenas regiones intelectuales,  semejanza de los que sin saber
latn perciben armona maravillosa en los versos de Virgilio, y con eso
me contento, dejando  la poco numerosa hueste de los _Bruck_ la gloria
de romperse los huesos en obsequio de nuestra madre la tierra.

Respecto al _Prncipe Amado_, dir que es el nico cuento para nios que
he escrito en mi vida, y  la vez el nico escrito que ha hecho vacilar
un tanto mis firmes convicciones estticas. Al trazarlo, pensaba que
quizs es vano orgullo este que nos lleva  desdear por completo el fin
til y perseguir tan slo la hermosura, mirando con tedio gneros y
ramos de la produccin literaria, cuyo cultivo acreditara nuestra
destreza y honrara nuestro corazn. En Espaa no existe una coleccin
de cuentos para la infancia que reuna al carcter nacional la acabada
maestra de la forma y la enseanza alta y pura. Tenemos, eso s, un
rico tesoro de fabulistas, tesoro casi enterrado, pues hoy las fbulas
han cado en injusto olvido y descrdito; mas por lo que toca 
narraciones,  novelas y leyendas infantiles, vivimos de prestado,
dependiendo de Francia y Alemania, que nos envan cosas muy raras y
opuestas  la ndole de nuestro pas, y en vez de nuestras clsicas
_brujas_, _hadas_, _gigantes_ y _encantadores_ nos hacen trabar
conocimiento con _ogros_, _elfos_ y otros seres de la mitologa y
demonologa septentrional: aparte de que el color terrorfico de algunos
cuentos de Grimm y Andersen, por ejemplo, ms es para poner espanto en
el nimo de los chiquillos, y apocarlos y llenarles el cerebro de
telaraas, de ahorcados y espectros, que para darles un rato de solaz y
una disimulada leccin. Sera muy de desear la aparicin de un tomo de
cuentos de nios, hechos con el primor literario y limpieza de estilo
que distingue  los grandes fabulistas castellanos, con la sencillez
necesaria para que los nios los entendiesen, y en suma con los
requisitos indispensables,  fin de que la obra remediase una urgente
necesidad y tapase un hueco en nuestra bibliografa. El libro
alcanzara, de seguro, extraordinario xito y repetidas ediciones.

Voy  poner punto. En estos prrafos de introduccin he rehudo hasta
nombrar el _naturalismo_. No quiero prevalerme de las cortas batallas
reidas y de los escasos servicios prestados  la renovacin de nuestras
letras para aburrir al pblico exponiendo otra vez principios ya
conocidos y programas siempre enfadosos. Presiento y adivino lo que de
este libro dirn crticos y lectores: que hay en l pginas
acentuadamente naturalistas, al lado de otras saturadas de idealismo
romntico. Yo s que todas son _verdad_, con la diferencia de darse en
la esfera prctica, que llamamos de los hechos,  en otra no menos real,
la del alma. Vida es la vida orgnica, y vida tambin la psquica, y tan
cierta la impresion que me produce un Nazareno  una Virgen, como los
crudos detalles de _La Tribuna_,  las rusticidades de _Buclica_.
Reclamo todo para el arte, pido que no se desmiembre su vasto reino, que
no se mutile su cuerpo sagrado, que sea lcito pintar la materia, el
espritu, la tierra y el cielo.

Para explicar cmo esta teora no es un eclecticismo de ancha manga, que
admita y sancione y d por buena toda cuanta literatura existe en el
orbe, necesitara yo ahora doblar el tamao del prlogo, y... tengo
compasin del discreto leyente, que de puro bien criado no se atrevera
 interrumpirme.

EMILIA PARDO BAZN.


La Corua, Setiembre 5 de 1884.




LA DAMA JOVEN

[Imagen]


An arda el quinqu de petrleo, pero con qu Tufo tan apestoso y
negro! Para alimentar la carbonizada y exprimida mecha, quedaban slo,
en el fondo del recipiente, unas cuantas gotas de aceite mineral,
envueltas en impurezas y residuos. La torcida, sedienta, se las chupaba
 toda prisa.

Renegando de la luz maldita, subindola  cada momento, cual si,  falta
de combustible, pudiese mantenerse del aire, las dos hermanas trabajaban
con ardor. En medio del silencio de las altas horas nocturnas, se oa
distintamente el choque metlico de las tijeras, el rechinar de la aguja
picando la seda y tropezando contra el dedal, el crujido de la tela 
cada movimiento de la mano. Qu lstima que se apagase el quinqu!
Estaban en lo mejor de la faena; mas la luz, que no gastaba miramientos,
parpade, y con media docena de bufidos y chisporroteos avis que no
tardara en cerrar su turbia pupila. La hermana menor levant la cabeza,
respirando, y escupiendo para soltar una hebra de seda que tena
enredada entre los dientes.

--Dolores?

--Qu?--murmur la mayor, sin interrumpir la costura.

--Que nos quedamos  oscuras, chica.

--Si no me das otra noticia...

--Pero es que yo  oscuras no coso. Hay petrleo?

--Ni miaja.

--Cabos de vela?

--Tampoco. Echa cabos!

--Pues entonces, qu haces ah, tonta?  dormir.  m ya me duele el
cuerpo de estar doblada.

Suspir Dolores, y el quinqu, suspirando tambin estertorosamente, di
principio  su rpida agona. Apenas tuvieron tiempo las costureras de
echar la labor sobre un sof inmediato, cubrindola con un lienzo: tal
fu de pronta la muerte de aquella angustiada luz. Al quedar en
tinieblas, el primer movimiento de las dos muchachas fu soltar la risa.
Acertaran con la cama?  tientas y con las manos extendidas avanzaron
en busca de sus lechos, tropezndose en mitad del camino, lo cual las
puso de mejor humor si cabe.

--Ahora no te equivoques y por acostarte en la cama te acuestes en el
sof--exclam Dolores.

--Mujer... lo peor ser si cojo la almohada para los pis.

Se perciba ruido de corchetes desabrochados, resbale de sayas, msica
de enaguas con almidn: le sigui la estrepitosa cada del calzado, y el
gemido de los jergones bajo el peso del cuerpo. De una de las camas
sali tambin un rumor confuso, como de voz que mascullaba muy bajito
oraciones diferentes. La otra cama no chist, dando motivo  una
interpelacin de la rezadora.

--Concha?

--Eh?

--No rezas hoy,  qu te pasa?

--Mujer... tengo ms gana de dormir que de rezar.

--Vaya que un credo y una salve, no te privarn el sueo.

Concha obedeci, y despus del rezo di varias vueltas en la cama, lo
mismo que si alguna inquietud la desvelase. Volvi su hermana 
interrogarla. Qu tena?

--No tengo sueo. Me he despabilado.

--Pues maana ya sabes que hay que madrugar.

--Madrugar! T qu hora piensas que es?

--Qu s yo... Las dos y media?

--Las cuatro, chica. En el reloj de la Intendencia las acabo de oir.

--T ests loca!

--S, s, descudate... Las cuatro.

--Ea, pues chitito y  dormir.

Callaron ambas, pero la excitacin de la afanosa vigilia produca su
efecto, y aunque rendidas y deseosas de sueo, no podan conciliarlo.
Era el instante en que se piensa en todo, recordando lo pasado, evocando
con terror  ilusin lo futuro. Mientras los ojos ven en la sombra
abrirse un crculo de lvida luz, una especie de foco trmulo y
oscilante, verde, violado y amarillo, la imaginacin exaltada acumula
cuidados y memorias, un tropel de deseos, esperanzas, dolores muertos
que renacen, figuras y escenas ya borradas que vuelven  tomar cuerpo al
calor de leve fiebrecilla.

Dolores, la mayor, cavilaba. Tena doce aos ms que su hermana, y
contaba apenas trece cuando quedaron hurfanas. Se vea tan chiquilla
an, calentando el bibern por la maanita, antes de salir para el
taller donde trabajaba, y metiendo el pezn artificial, tibio y blando,
en la boca del pobre angelito, para que no llorase. Los domingos era
dichosa, porque poda tener en brazos todo el da  la nen. Por fin, el
rollo de carne con patas echaba  andar, y Dolores, hecha ya una mujer,
un tanto relevada de sus tempranas obligaciones maternales, empezaba 
dejarse tentar, alguna vez qu otra,  ir  los bailes de los Circos. En
Carnaval asista  tres seguidos, con flores en el pelo y guantes
prestados. Despus... un episodio que Dolores no quera recordar, pero
cuyos menores detalles tena grabados, como en bronce, all en no s qu
rincones del cerebro donde habita la memoria de las cosas tristes...
Unos amoros breves, la seduccin, la deshonra, el desengao... Historia
vulgar y tremenda. La enfermedad trajo de la mano la miseria; el fruto
de las entraas de Dolores, mal nutrido por una leche escasa y pobre,
languideci y sucumbi pronto, dejando contagiada  la nia de cuatro
aos,  Concha, con la horrible tos ferina, tos que arrancaba de sus
tiernos pulmones estras de sangre. No tuvo Dolores tiempo de llorar 
su hijo: era preciso cuidar  su hermana, hacerla mudar de aires en
seguida... Y no posea un cntimo, y haba empeado hasta sus botas de
salir  la calle y su nico mantn. No olvidara, no, la tarde en que 
cuerpo, tiritando de fro, entr en la iglesia de San Efrn,  rezar una
salve  la Virgen del Amparo. Al lado del camarn clareaba la reja de un
confesonario: tras de la reja un sacerdote. Arrodillada, con
inexplicable consuelo, refiri todas sus cuitas. Al otro da la
visitaban dos socias de san Vicente de Paul: al final de la semana le
daban bonos de pan, chocolate y carne: de all  medio mes le colocaban
 Concha en casa de una lechera que viva  dos leguas, en una aldehuela
alegre y sana: al mes y medio, la nia regresaba robustecida, curada de
su tos y acostumbrada  comerse una libra de pan de maz en un cuartillo
de leche. Dolores la adoraba: ya no tena ms pensamiento que aquella
criatura. Anhelaba borrar lo pasado y proteger  Concha. Aborreca  los
hombres: que no la hablasen de bailes ni de jaleos. Confesbase primero
cada mes, lugo cada domingo. Ya no necesitaba el socorro de los
pales, y se haba apresurado  decrselo, redimindose, no sin cierto
vanidoso contentamiento, de una proteccin que el artesano laborioso
juzga siempre humillante, por lo que trasciende  limosna. Mas le
restaba el auxilio moral, la recomendacin de las socias, que jams la
consinti carecer de trabajo. Prefera las casas al taller, porque en
las cocinas le permitan dar de comer  Concha, y aun le rogaban que la
llevase, enamorados de la hermosura y despejo de la rapaza. As que sta
fu creciendo y pudo coser tambin, se hizo preciso mudar de sistema y
volver  los talleres: no era fcil que en las casas facilitasen labor 
dos modistas  un tiempo, y antes se dejara Dolores cortar una mano,
que apartarse una pulgada de su chiquilla, alta ya y formada, tentadora
como el fruto que empieza  madurar. Eso s que no! Para desgraciada
bastaba ella:  Concha que no la tocase ni el aire: corra de su cuenta
defenderla con dientes y uas. Todo cuidado era poco en aquella ciudad
de Marineda, donde chicos del comercio, calaveras y seoritos ociosos no
pensaban ms que en seguir la pista  las muchachas guapas. Tema
Dolores, en particular,  los seoritos: por qu no se dedicaban  las
de su clase? Tanta seorita sin novio, y las artesanas obsequiadas,
perseguidas, cazadas como perdices! Mirando lo que suceda, era cosa de
temblar: cuntas chicas preciosas, que seran buenas si no hubiesen
encontrado con un pcaro, y que se vean perdidas, desgraciadas para
siempre! Unas, teniendo que mantener dos y tres criaturas; otras,
descendiendo poco  poco desde el primer desliz hasta caer en la vida
airada... Daba compasin. Y el lujo! Eso, eso era lo que pona 
Dolores fuera de s. Bailes, chaquetas de terciopelo, disfraces en
Carnaval, bolitas de  cuatro duros! Muchachas que ganaban una peseta y
cinco reales diarios, dgame usted por Dios de dnde lo han de sacar! Ya
se sabe: teniendo un oficio de da y otro de noche. Malvadas!

No eran tales soliloquios nuevos en Dolores, sino tan antiguos como las
inquietudes respecto  su hermana; mas lo curioso del caso fu que, sin
que un solo da dejase de hacer semejantes reflexiones,  medida que
Concha se desarrollaba y empezaba  celebrarse su linda presencia,
despertbase en la hermana mayor esa vanidad caracterstica de las
madres, y  costa de privaciones y escaseces la emperejilaba y compona,
para que no quedase por bajo de las dems, y por el delito de mantenerse
honrada, no pareciese la puerca Cenicienta. Con este motivo sufri
Dolores alguna fuerte reprimenda de su confesor, jesuta sagaz, que le
deca:--Si t misma fomentas en la chiquilla la presuncin cmo quieres
que no te d  la hora menos pensada un disgusto? Pnla de hbito, anda.
No has aprendido en tu cabeza?

De hbito! Dolores lo usaba haca muchos aos, desde su _desgracia_:
pero... cubrir con aquella estamea burda el gentil cuerpo de Concha!
Prefiri confesarse menos, y se retrajo algo de sus devociones,  fin de
no ser reida por su inocente vanidad maternal. Redobl, eso s, la
vigilancia, y se hizo centinela asiduo, infatigable, alerta siempre.
Concha era fcil de guardar: no quera salir sola:  los bailes,  los
temibles bailes, prefera el teatro, su nica aficin. Tomaban dos
entradas de cazuela, y la nia, colgada de la barandilla, gozaba lo
indecible. Al regresar  casa, se saba de memoria trozos de verso,
fragmentos de escenas. Semejante gusto no pareca peligroso: mas el
diablo la enreda, y he aqu cmo vino  resultar alarmante. Dolores
conservaba una casa, donde cosa desde tiempo inmemorial, y cuya duea
era cuada del vice-presidente del Casino de Industriales, la sociedad
ms floreciente y numerosa de Marineda. Acababa esta sociedad de
organizar una seccin de declamacin, dirigida por un ex-actor, y
menudeaban en el teatrillo del Casino funciones de aficionados. La parte
masculina no estaba del todo mal, ni faltaban aprendices; en cambio las
mujeres escaseaban. Al saber las disposiciones dramticas de Concha,
tramse en casa del vice-presidente un pequeo complot; comprometieron 
Dolores, que no pudo desenredarse, y su hermana hubo de tomar parte en
algunas piececillas.

Nuevo disgusto con el confesor, que censur agriamente la debilidad de
Dolores. Esta, bajando la cabeza, reconoci toda su culpa. En efecto,
con el tal teatro se haba introducido en la existencia de las dos
hermanas un elemento de desorden: se trasnochaba, se pasaban las horas
muertas discurriendo trajes y adornos: Concha no pensaba ms que en
estudiar y ensayar su papel;  los ensayos, por supuesto, la acompaaba
Dolores, cosida  sus enaguas; con todo, era muy arduo vigilar, en la
confusin de entradas y salidas al vestuario y escenario. Prueba de
ello fu que una noche, al regresar  su casa, Concha sac del bolsillo
un papel blanco dobladito, y echndolo en el regazo de la hermana, le
dijo desenfadadamente:

--Mira eso.

Dolores lo cogi palideciendo, con dedos vidos. Era una declaracin
amorosa, y al travs de las frases, tomadas indudablemente de algn
libro de frmulas epistolario-amatorias, de los _volcanes que ardan en
el corazn_, las _amorosas llamas_ y otras simplezas por el estilo,
percibi Dolores as como un olor de honradez, que se exhalaba de la
gruesa letra, del tosco papel y sobre todo del prrafo final, que
contena una proposicin de casamiento y una afirmacin de limpios y
sanos propsitos. Respir. Al menos, no era un seorito, sino un
artesano, un igual suyo, resuelto  casarse. Casar  Concha, ante el
cura, con un hombre de bien, era el ensueo de Dolores! Crey no
obstante que su dignidad le impona el deber de enojarse un poco, y de
exclamar:

--Y cundo te han dado este papelito, vamos  ver?

--Hoy... Cuando pas al cuarto para vestirme, all detrs de la
decoracin me lo di.

--Valiente papamoscas! Y t, qu dices?

--Mujer... y qu he de decir? Si me pide que le conteste, le dir que
hable contigo antes.

--Eso es, eso es, las cosas derechitas--murmur Dolores del todo
satisfecha.

Y as sucedi. Dolores no caba en s de jbilo. Fu  contar al
confesor el caso, y le ponder las prendas del mozo, un chico honrado,
formal, ebanista, que tardara en casarse lo que tardase en poder
establecer por cuenta propia un almacn de muebles. Nadie le conoca una
querida: ni jugador, ni borracho. Viva con su madre, muy viejecita. En
fin, sin duda la Virgen del Amparo haba odo las oraciones de Dolores.
Otras andaban tras de los seoritos, de los empleaditos, de los
dependientes de comercio: y para qu? Para salir engaadas, como haba
salido ella.--Cada oveja con su pareja, hija, confirm tranquilamente el
Padre.--Slo que...  pesar de todas las bondades del novio... conviene
no descuidarse, eh? Tu obligacin es no perderlos de vista, hasta que
tengan encima las bendiciones.

Buena falta le haca  Dolores el encargo! Perderlos de vista! Nunca
estuvo ms adherida  su hermana. Los novios se vean al salir del
taller; l las acompaaba hasta su casa. Veanse tambin en el Casino,
los das de funcin  ensayos, slo brevsimos instantes, pues Dolores
no quera dar que hablar all. La gente es tan maliciosa! Dando una
vuelta en su cama, Dolores pensaba en el da de la boda, el da de la
tranquilidad completa, porque desde entonces las dos hermanas coseran
en su propia casa, poniendo un tallercito modesto. Cundo llegara tan
apetecido instante?

Mientras la hermana mayor soaba en bodas agenas, la presunta novia
estaba  dos mil leguas de acordarse de semejante suceso. La juventud
suele vivir slo en lo presente,  al menos en lo futuro inmediato.
Casarse! Bah! Claro que se casara: pero qu prisa corra eso? El
caso era lo que se le preparaba para maana, mejor dicho para hoy, pues
ya no distaba mucho el amanecer. Era fatalidad que, justamente durante
la poca ms ahogada de costura, cuando se acercaban los carnavales, los
bailes, los trajes, para las mascaradas y comparsas, y no poda ella
faltar del taller donde desempeaba las importantes funciones de
aparejadora, se le ocurriese al Casino de Industriales dar una gran
funcin de teatro, para redimir  un socio de la suerte de quinto! Y se
pona en escena una obra de Ayala, _Consuelo_, muy famosa segn deca
don Manuel Gormaz, el director de la seccin; y  ella le haba tocado
en el reparto el principal papel, cosa que no dej de lisonjearla,
porque aada el seor Gormaz, que era obra _de prueba_, digna de una
artista... Artista! qu bien le sonaba  Concha el nombre! Ser
_artista_ era pertenecer  una clase aristocrtica, superior  la
humilde condicin de costurera... Artista! En los das de beneficio de
las actrices, Concha haba ledo versos de esos que se arrojan desde las
galeras, impresos en papeluchos azules y amarillos, donde tras del
epgrafe  la eminente artista Fulana   la clebre artista Mengana
vena una serie de calificativos y eptetos, entrelazados como
guirnaldas de flores, y se las llamaba hures, ruiseores, ngeles y
otras mil cosas as. Una artista! Concha repeta en voz baja, cuando
estaba sola, la fascinadora palabreja.

Cmo saldra ella de aquel apuro? Se cortara? Se le olvidaran los
versos? Jams le haba sucedido tal cosa; es verdad que al pisar el
escenario le lata el corazn muy de prisa; pero lugo recobraba todo su
aplomo. Slo que aquella funcin era diferente de las dems: tratbase
de una comedia en tres actos, y ella nunca pas de sainetes y
piececillas en uno; adems, como el beneficiado era hijo de un portero
de la intendencia, el intendente, persona sociable y bien quista en
Marineda, haba repartido las localidades todas entre lo ms lucido del
vecindario, y se susurraba que la funcin estara brillante: lleno
completo. En fin, un compromiso gravsimo. Y los trajes! Para
_Consuelo_ se precisaban tres diferentes, elegantes todos: el del ltimo
acto, descotado y con cola. Qu de maas, ardides y clculos
representaba la conquista de esos trajes! Vamos,  no ser por la
seorita del intendente, tan franca y tan amable, no acertaba Concha
cmo se las habra compuesto. Afortunadamente la seorita fu su
providencia: desde zapatos blancos de raso hasta flores artificiales y
brazaletes, todo se lo prest. Cierto que eran cosas bastante usadas, y
hubo que refrescar, lavar, planchar, alargar  encoger... Y an no
estaba terminada la faena, y quedaba un da solo, y no poda faltar al
taller, ni al ensayo general... Imposible que alcanzase el tiempo para
todo! Si el maldito quinqu no se hubiese apagado, ya tendra listo el
traje! Cunto iban  apretar las uas al da siguiente! Amanecera
pronto? Cavilando as, sinti Concha un estremecimiento de fro y se
arrop. Se unieron involuntariamente sus prpados y con indecible
bienestar se qued dormida.

Apenas comenzaba  saborear el dulce reposo, la sacudieron y zamarrearon
sin misericordia. La fra luz del alba se colaba por las rendijas de los
ventanillos, y Dolores, de bata ya, con una toquilla de estambre muy
enrollada al cuello, se dispona  enristrar la aguja, y tocaba diana
para que la ayudasen. Concha entreabri los ojos, borracha de sueo, de
ese sueo de la primera mocedad, tan parecido al de la niez en su
intensidad reparadora. Fu preciso repetir la sacudida: entonces, de no
muy buen talante, ech fuera una pierna para calzarse las babuchas.

Tentadora ocasin de describir, en tan indiscreto minuto,  la futura
_Consuelo_, cuando sus carnes tibias conservan an la suave morbidez del
sueo, y la breve camisa descubre mucha parte de su gallarda escultura.
Los brazos blancos y puros, los pis rosados por la frialdad del piso,
los senos recogidos y breves como capullos de flor, hacen honesta por
extremo aquella semi-desnudez juvenil, que la claridad del amanecer baa
con delicados matices opalinos. Remata el cuerpo una cara oval,
sanamente plida, algo pecosa hacia el contorno de las mejillas; el
pelo, rubio como la harina tostada, nace copioso en la nuca y frente, y
desciende en patillas ondeantes hasta cerca del lbulo de la oreja:
entre los labios gruesos y cortos brilla como un relmpago la nitidez de
la dentadura. Los ojos, aunque hinchados de dormir, no encubren que son
garzos y candorosos todava.

Para despejarse, necesit Concha pasar agua fra por la cara. Dolores
entretanto abra las maderas, aseaba un poco el cuartito abohardillado,
y encenda en la cocinilla prxima seis carbones para calentar el
puchero de _cascarilla_ y la correspondiente leche. En un santiamn se
desayunaron. Concha, bien despierta ya, consagraba toda su atencin 
los trajes. Al lado de la ventana, sobre el quebrado sof, lleno de
hernias de crn que se sala, reposaban las galas de la noche. Concha se
acerc  la fiel aliada de la modista, la mquina, que dada de aceite,
limpia, con su carrete enarbolado, con la mesilla reluciente de barniz,
aguardaba lo mismo que un centinela, arma al brazo, las rdenes de su
jefe. Dolores se aproxim tambin, exclamando:

--T  los volantes y yo al cuerpo.

Sali el famoso vestido de baile. Era de seda azul bajo, algo verdoso ya
y por muchas partes salseado; pero merced  la buena idea de Concha, de
velarlo con infinitos volantes de tarlatana del mismo color, parecera
nuevecito de all  poco. La cadencia de la mquina se interrumpa 
cada volante, y el vestido giraba, giraba, como una peonza, todo hueco,
y cada vez ms vaporoso. Al cabo brot la falda fresquita, soplada como
un buuelo, y fu  ocupar su puesto en el sof al lado de otros pingos
tambin remozados y disfrazados hbilmente, con recogidos, lazos y
encajes. Dolores pegaba al cuerpo el ltimo corchete y orlaba de tul
blanco las cortas manguitas. Terminado lo grueso de la labor, empezaron
mil menudencias, mil accesorios. Pendan de una cuerda, tendida de un
lado  otro de la pared, dos guantes blancos, largos, muy tiesos, con
las puntas de los dedos amarillentas y arrugadas; y mientras Concha los
soplaba con ardor para despegar aquellas malditas puntas, que delataban
el paso ineficaz de la bencina, Dolores, por medio de una plancha
caliente, estiraba varios cintajos lcios como tripas de pollo,
dedicndose despus  frotar con miga de pan los zapatos de raso, y 
pegar con goma una varilla del abanico. Las cosas que iban estando
dispuestas, pasaban  una cesta, cuidadosamente colocadas; de pronto
Concha se di una palmada en la frente.

--Qu te pasa?

--Las medias! Que se nos olvidaban las medias!

--Qu ms da? Llvalas blancas.

--Mujer... son tan cursis! Tienes agua caliente?

--La pondr  calentar.

--Anda, que se lavan y se secan pronto...  la noche estn sequitas.

En tanto que Dolores jabonaba el par de medias azules, Concha, cosiendo
el dedo de un guante, preguntaba  s misma en voz alta:

--Tendrn que hacer esto las cmicas el da que representen?

--No, mujer...--murmur Dolores.--Esas lo tienen todo arreglado.

--Dichosas ellas.  m me vena bien ahora repasar el papel.

--Pues no te descuides, que pasa ya de las ocho y media. Cundo se
acabarn estos jaleos de teatro! me duele la cabeza ya, de discurrir
para refrescar vejestorios.

Quedbales an algo por hacer, pero el tiempo urga, y el taller
aguardaba. Convinieron en que,  la hora en que Concha fuese al ensayo,
Dolores volvera  casa, terminara todo y llevara la cesta al Casino,
donde Concha aguardara ya para vestirse. Por excepcin, una vez nada
ms: que eso de dejar sola  Concha, no estaba en el programa.

--Mujer, no hay remedio--exclam Concha.--Desde el taller al Casino, no
me saldr ningn perro rabioso.

--No me dan  m cuidado los perros de cuatro patas, sino los de
dos--murmur Dolores guiando un ojo.--Con que mucho juicio, eh? Si
sale Ramn  acompaarte, le dices que se vuelva  su casa  que te
espere en el Casino.

--Bien, bien.

Bastante pensaba Concha en Ramn! Todo el da en el taller estuvo
repasando su papel mentalmente. Don Manuel Gormaz le haba encargado
tanto que _se fijase_ y que _tuviese alma_ en algunas escenas! Tener
alma... sera gritar mucho? No, porque se reiran de ella... Sera
pronunciar recalcando, como la que haca de _graciosa_? No, eso
tampoco... Procuraba recordar las inflexiones de la actriz que haba
representado _Consuelo_ el ao anterior, en el Teatro Grande... Lstima
no acordarse punto por punto! Si ella supiese que, con el tiempo, le
tocara representar ese papel! Mientras arreglaba los pliegues de una
sobrefalda,  sacaba un patrn por el figurn, Concha repeta entre
dientes las redondillas de Ayala, bien agenas de ser pronunciadas en
semejante sitio.

Al salir del taller, se separaron las dos hermanas, tomando cada una en
opuesta direccin. Iba Concha distrada, andando rpidamente, cuando
alguien emparej con ella.

--Mara Santsima... qu susto me has dado!

El novio se sonri afablemente, no sin mirar  todos lados,
convencindose por fin de que Concha iba sola, hecho singular y
extraordinario. Manifest su admiracin, diciendo:

--Y Dolores? Qu milagro es ste?

--No pudo hoy acompaarme... Tena que acabar de alistar unas cosas.
Viene despus.

No puso Ramn cara compungida al oir la nueva, y sigui andando al lado
de Concha por la calle Mayor, donde algunos comercios empezaban ya 
encender su alumbrado. Concha se volvi de pronto toda alarmada.

--Mira, vete, vete... No me acordaba ya... No puedes acompaarme hoy.

--Por qu, chica?

--Porque voy sola... No me hizo otro encargo Dolores.

--Vaya con la ocurrencia!--exclam l sbitamente enojado, detenindose
ante un escaparate en que brillaba ya el gas.--Pues me gusta! Slo eso
faltaba! No seas tonta; yo te acompao. Qu necesidad hay de que se lo
cuentes  tu hermana?

Concha le miraba con sorpresa, vindole de levita. Era una levita negra
arrugada y floja en los sobacos, que caa mal, amn de relucir
demasiado, conocindosele las dobleces de las prendas guardadas mucho
tiempo en cajones; no obstante, la negrura del pao y la blancura de la
pechera limpia realzaban la varonil presencia de Ramn, mocetn
arrogante y guapo, aunque tosco: de ancho pecho, oscura barba, pelo
rizoso y grandes y vigorosas manos. Concha se sonri.

--Por qu vienes tan elegante?

--No sabes que tengo que cantar en el Orfen? Ayer toda la noche hemos
estado ensayando la _Barcarola_ nueva.

Ella baj la cabeza, dndose por convencida; de repente volvi 
ocurrrsele lo que dira Dolores.

--Anda, lrgate, que no tengo gana de fiestas... No quiero oir sermones
por causa tuya.

--Quieres que me vaya? Corriente--pronunci l con despecho--pero
tambin es mucha ridiculez... Seis meses que somos novios, y an no
hemos podido hablar en paz y en gracia de Dios un cuarto de hora.

Djolo con tal rabia, que Concha, cediendo  un movimiento compasivo, le
llam.

--Bueno, ven... Pero no hay que contarlo eh? Silencio.

Siguieron su camino, l satisfecho ya, ella un tanto envanecida, all en
el fondo del alma, por llevar de acompaante  su novio, un novio de
levita que poda confundirse con un seorito. Callaban, preocupados por
la misma novedad de la situacin, y sin despegar los labios salieron de
la calle Mayor al paseo pblico,  la sazn desierto. Haca fro. Los
rboles sin hojas y las farolas apagadas se perfilaban sobre el gris
ceniza del crepsculo invernal; un pilluelo pas corriendo, dando un
empujn  Concha, que llam  su acompaante.

--Ramn! t qu tienes?

En efecto, pareca pensativo. Con voz algo dura, contest:

--No tengo nada.

--Nada, y vas ah que pareces un mochuelo? Despus de que te dan
gusto, llevas ese gesto?

[Imagen]

--No tengo obligacin de estar hoy tan contento como t.

--Y yo por qu he de estar contenta hoy?

--Porque vas  lucirte,  ponerte muy maja y muy bonita para salir  las
tablas.

Echse  reir la muchacha.

--No te ras--articul l con acento opaco...--Haz el favor de no
reirte, que yo no hablo de broma.

--Pero hombre... no me he de reir! Te enfadas porque me presentar en
las tablas muy compuesta... Pues no vas t tambin con el fondo del
bal encima? Vamos--aadi viendo la fisonoma contrada de Ramn--no
seas majadero; ya sabes que trabajo por compromiso con el
Vice-presidente y por complacer al seor de Gormaz... Buenos apuros me
ha costado la tal funcin: hace tres noches que no duermo casi...
Maldito el chiste que...

--S, s, dices eso, pero otra te queda... Si no te gustase no iras
all de muestra, no iras.

--Tienes gana de armarla hoy? Pues para eso, pude venir sola.

--No--replic l con ms blandura--no te digo nada, Dios me libre, haz
lo que quieras; pero tengo que advertirte una cosita, eso s: no te
parezca mal.

--Vamos  ver qu sale despus de tanto aparato.

--Cuando nos casemos...

--De aqu all!

--Cuando nos casemos--reiter con firmeza el mozo--yo no consiento que
vuelvas  representar, aunque se empee Dios del cielo... Te has
enterado?

--Bien... De aqu  que suceda eso...

--El qu?

--Lo del casamiento.

--Yo me entiendo... Cuando menos se piensa... En fin, v acostumbrndote
 la idea, por si acaso. No me gusta  m, ni  ningn hombre blanco,
queriendo  una mujer como te quiero  ti, oir que dicen en las butacas
estupideces y barbaridades... al lado de uno mismo, con la poca crianza
que tienen esos brutos de seoritos, Dios me perdone...

--Y qu dicen?--pregunt curiosamente Concha.

--Mil desvergenzas... Que si tienes buen ste, y buen aqul, y...
Calla, calla, que yo paso las de san Patricio... Un da hago un
disparate.

Concha, muy colorada, bajaba la cabeza; por fin articul entre enojada y
vergonzosa:

--Y  ti qu te importa lo que digan? Djalos, hombre.

--De otra ya pueden decir pestes... Pero de ti... que te quiero tanto
como  mi madre!

Lo pronunci con tal fuego y sinceridad, que  pesar suyo la modista se
sinti conmovida y le mir dulce y amorosamente. Entraban en el jardn
pblico, que segua al paseo, y en el cual la oscuridad era mayor, y
completa la soledad y el silencio,  menos que una rfaga de vientecillo
marino sacudiese los siempre verdes _egonibus_ hacindoles murmurar
cosas tristes. Concha se apoy en el brazo de su novio. Al hacerlo, su
codo tropez con algo que abultaba debajo de la levita.

--Qu llevas aqu?--pregunt.

--Nada.

--Cmo nada, y sobresale que parece un mollete de pan?

--Mujer... si no es cosa que te importe.

-- ver,  ver?

De mala gana se desabroch l y sac un objeto elptico de hojas de
laurel engomadas, muy tiesas, y rematado en unas largas cintas blancas
con flequillo de oro al extremo.  pesar de la oscuridad, an quedaba
suficiente crepsculo para que distinguiese Concha que era una corona.

--Y esto?--pregunt afanosamente, entre turbada y alegre.

--Ya lo veo.

--Una corona... Para quin?

--Para quin ha de ser?

--Para m? Qu loco! Y no me reas antes por representar?

--Una cosa es una cosa, y otra es otra... Me di rabia ver que en el
beneficio del mes pasado le echaron una corona monstruo  esa tonta de
Rosala Caales, y  ti porque tenas un papel ms corto te conformaron
con un ramito de mala muerte... Y pens para m: no, pues como
represente otra vez, no se queda sin corona mi Concha del mar... No me
hace gracia que t quedes deslucida... Ah tienes.

--Te lo agradezco... te lo agradezco mucho!--articul cariosamente
ella, afirmndose ms en el brazo que la sostena.

l la contempl con ansia, y despus mir alrededor. Ni un alma en el
jardn.

--Concha?

--Eh?

--Me quieres?

--S, hombre, s.

--Te enfadas si te pido una cosa?

--Qu?

--Dame un beso.

Solt Concha el brazo y se hizo atrs. Parecale que el rumorcillo de
los arbustos y el manso gotear de la fuente eran ecos de la voz de
Dolores... Y tapndose la cara con las manos y retrocediendo, grit
alborotada:

--Eso no... Eso no... Estate quieto.

--No, si no quieres no... No grites, que pensarn que te mato...

Volvi  darle el brazo, en el cual ella se sostuvo con recelo, pero al
verle triste y con la cabeza baja, se aproxim nuevamente. Una
invencible curiosidad de virgen la impulsaba  desear la caricia que
haba rehusado. Estaban prximos ya  salir del jardn, y  corta
distancia de l, comos unos cien pasos, resplandeca el iluminado portal
del Casino. Inclin un poco la frente sobre el hombro de Ramn, y ste,
con arranque sbito y brioso, desprendi el brazo para rodearle la
cintura, y la bes en la mejilla, con toda su fuerza, devorndola el
cutis. Concha sinti una ola de caliente sangre que hencha sus venas, y
percibi al mismo tiempo, con extraa lucidez, un olorcillo  alcanfor y
pimienta, que deba proceder de la levita guardada haca tiempo.

Apresuradamente salieron del jardn, l radiante, ella aturdida y
cabizbaja. Si Dolores lo supiera! Las manos se le haban puesto fras,
y una conmocin singular le impona silencio. Su novio le pareca
ahora, sin saber por qu, ms amable y  la vez temible. Le miraba 
hurtadillas, cual si no le hubiese visto bien antes. Como se aproximasen
mucho al Casino, Ramn se inclin hacia ella, y ella retrocedi
instintivamente.

--Mira, Concha, maana puede que tenga una gran noticia que darte...

--Qu?

--No, por ahora nada... Por eso no quera hablar, hasta llegar aqu...
maana te dir... Oye, antes que se me olvide: dices que tienes que
salir hoy escotada?

--S, hombre... En el ltimo acto.

--Pues cuidado cmo te arreglas... El cuerpo altito... no quiero que
nadie se divierta  cuenta ma.

--Jess!--exclam la modista.

Y diez pasos antes de llegar al portal, solt el brazo de Ramn y ech 
andar rpidamente, murmurando:

--Hasta lugo.

Penetr en el edificio. El recinto del teatro se hallaba todava 
oscuras, y en los pasillos, el conserje barra con afn las puntas de
cigarro y los fragmentos de papel. En el escenario arda un quinqu
puesto sobre una consola, y dos  tres candilejas, prevenidas para
alumbrar el ensayo. Concha se adelantaba medio  tientas por el final
del corredor, cuando un hombre le sali al encuentro, muy apresurado y
afectuoso, y le dijo cogindole ambas manos y estrujndoselas en
expresivo apretn:

--Hola, Conchita, hola... Bien venida, hija ma... Qu tal? Se ha
repasado? Hemos olvidado el papel? Por aqu, no tropiece Vd... Eso
es... Ya estamos.

--El papel me parece que lo he de saber, seor de Gormaz--afirm Concha,
quitndose el mantn y el manto al entrar en el escenario. Hola,
chicas--aadi saludando  dos mujeres que, sentadas en un sof,
repasaban en voz baja, con un rollo de papeles en la mano.

--Abur--le contestaron no muy cordialmente las interpeladas.

Gormaz, previa una friccin que hizo chascar sus palmas, se dirigi 
las repantigadas actrices:

--Repasen, eso es, un poquito, mientras no vienen los caballeros...
Siempre son los ltimos.

Y llamando aparte  Concha, arrimndola  un bastidor donde no alcanzaba
la luz de las candilejas, cuchiche con misterio:

--Hoy hay que esmerarse, Conchita! que esmerarse mucho! No sabe Vd.
lo que pasa?

--Que va  venir mucha gente?

--La gente... bah! No; es que en cuanto ha sabido Juanito Estrella que
dirijo yo esta funcin, como hoy no la tienen en el teatro,  pesar de
que tambin ensayan, me ha escrito que vendra y... ya ve Vd.! Va
usted  representar delante de un gran actor, una gloria nacional!
mulo de Romea y de Latorre!

Concha sinti un poco de recelo al oirlo, y al mismo tiempo, sin darse
cuenta del por qu, la noticia le fu grata. Conoca de vista 
Estrella, al director de la compaa que actuaba en el Teatro Grande;
haba odo mil veces hablar de su fama: lo cierto es que tena un modo
de representar que  ella, sin entender gran cosa, le pareca
prodigioso: qu bien saba hacer que lloraba! qu divinamente se
finga moribundo y muerto! qu expresin en aquella cara! Representar
delante de l... Qu vergenza!

Esto ltimo fu lo que manifest en alta voz. Gormaz la ri, tosiendo
como siempre que se acaloraba.

--No se me vaya Vd.  cortar, hija... Por lo mismo que Estrella es
inteligente, es indulgente: l tambin empez as, de aficionado, en
teatrillos y en liceos, cuando era estudiante, hasta que se aficion y
dej la carrera para dedicarse  la profesin artstica... Ejeeem! Con
que ya ve Vd... Ea, que ya llegan:  ver cmo salimos del ensayo.

Arrastr casi  Concha al lado de la consola y del quinqu: en efecto,
ya se agitaban all dos  tres sombras masculinas, charlando con las
desdeosas actrices Rosala Caales y Julia Marqu. Al ver  Concha, los
hombres la saludaron galantemente, en especial el beneficiado, encargado
del papel de _Fernando_, y que se crea comprometido por el texto del
drama  mostrarse insinuante y tierno con ella. Todo el grupo rode
apresuradamente  Gormaz, el cual extendiendo las manos  un lado y 
otro trataba de restablecer el orden.

--Don Manolo, empezamos?

--Don Manolo, qu se hace?

--Ensayar, seores... bruuum!... si Vds. quieren: y ya saben lo que les
he advertido: en los ensayos no hay que derrochar voz. Piano, piansimo.

El apuntador comenz  decir, sin entonacin ni transiciones, el papel
de cada uno, que los actores repetan pasendose con las manos en los
bolsillos  columpindose en la silla. Las actrices, ms cohibidas, no
se atrevan, al recitar,  moverse del sof, ni  descoser los brazos
del cuerpo. Gormaz las tom de la mano, suavemente.

--Hijas, accionen Vds. un poco...

--Lo mismo que despus? Como si ya fuese la representacin?

--No tanto, no tanto! Un poco: si la escena ha de ser de pi, no se
dejen Vds. ah quietas... Y Vds., caballeros, no alcen tanto la voz; si
ahora no hay pblico que atienda! Eso...  ese diapasn. Ya vern Vds.
cmo despus hay que decirles que se esfuercen, porque no les oir ni el
cuello de la camisa... Ejeemm! Hganse cargo de que ahora no deben
malgastar sus fuerzas: matizar, pero bajito... Eh... chss! caballero
Lpez,  quin le cuenta Vd. eso?  la puerta   esta seorita?

Todo el mundo se ri. Gormaz en los ensayos se pona nervioso, sudando,
tosiendo de fatiga, pasndose  cada rato el pauelo por la calva frente
y por los turbios ojos. Quisiera l calentar aquellos cuerpos inertes,
sutilizar aquellas mentes torpes, encender aquellas tardas y perezosas
sangres con el fuego y la lumbre del entusiasmo artstico. Slo que  la
media hora de predicar, de espolear, de comunicar impulso, de serlo todo
 un tiempo, galn, dama, barba y gracioso, de dar  ste el modelo de
la expresin pattica y al otro el de la indignacin y al de ac el de
la irona y al de acull el del desdn, su rostro se amorataba, el asma
le suba en ronquidos y borborigmos  la laringe, se inyectaban sus
pupilas, y, medio muerto, se dejaba caer en una butaca, diciendo:
Bruumm... Sigan Vds... sigan. Cada cual segua entonces yndose por
dnde le daba la gana.

Frisaba Gormaz en los sesenta; era coetneo de Romea, pero ms joven, y
perteneca  aquella falange de actores, ya casi extinguida, que amaba
el arte y se preciaba de entender de letras; que se asociaba  la gloria
de Hartzembusch y Zorrilla por la interpretacin entusiasta de sus
dramas, y que tras de cantar todo el verano, como la cigarra, ha
concludo como ella, murindose de hambre y fro, porque la vejez del
actor espaol es penosa cuanto alegre su vagabunda mocedad. La ltima
etapa de Gormaz, inservible ya para las tablas, fu organizar aquella
seccin en el Casino de Industriales. Todo el mundo le quera bien all,
por su afable carcter y su vida arreglada y modesta, pues Gormaz no
tena nada de bohemio y sus costumbres podan pasar al travs del ms
delgado tamiz de censura.

Lo que es la noche del ensayo de _Consuelo_,  Gorms deba sucederle
algo raro. Estaba como vuelto al revs. l, tan atento, tan deferente
con todos los individuos de la seccin, sin distincin de sexos ni
categoras, apenas contestaba y slo se dedicaba  ensayarle bien el
papel  Concha. Las otras mujeres que tomaban parte en la representacin
no tardaron en notarlo, y en amostazarse. La encargada del papel de
_Antonia_, Julia Marqu, catalana ingerta en gallega, hija de un
almacenista, era una morena hombruna, con gruesa voz y no leve bozo, muy
aplaudida por lo campanudo de su rgano, que daba tono proftico y
sentencioso  sus menores palabras; la que haba de hacer la criada
andaluza, Rosala Caales, era una estanquerilla redicha, delgada y
chatuela, que giraba los ojos, apretaba la boca y manejaba mucho el
abanico; tenanse ambas por dechados respectivamente del gnero trgico
y cmico, y en los ensayos se apoderaban del director, crucificndole 
preguntas y no dejndole respirar. Viendo que no les haca caso,
cuchichearon en voz baja y sealaron  Concha. Qu tonta y qu
presumida! Porque haba atrapado el papel principal, estaba dndose una
importancia! Mucho de salir hoy elegante y de cola, y maana se casara
con un ebanista miserable, y calentara las sopas en la trastienda sin
ms cola que la de pegar madera! Y ambas hacan un gesto desdeoso,
indicando que ellas no aceptaran seguramente por marido  hombre de tan
poco fuste.

--An sabe Dios si se casar--silabe en voz baja la estanquera.

--Pero mira don Manolo... No hace sino ensearle, como si fuese  sacar
de ah una cosa que asombre  todo el mundo.

En efecto,  Gormaz todo se le volva: Conchita, ese brazo. Hija,
repita Vd. esa frase. No, as no: un poquito de energa, est Vd.? Esa
escena hay que moverla... debe Vd. levantarse, volverse  sentar,
mostrndose dudosa.  ver cmo escribe Vd. esa carta?... Bien, bien...
as debe Vd. hacerlo despus; no hay que olvidarse.

Concha, sorprendida tambin de aquel inters exclusivo, senta que poco
 poco se le comunicaba el entusiasmo de Gormaz, contribuyendo  su
excitacin el instinto femenino, el espectculo de las dos rivales
acurrucadas en el sof, nerviosas como dos gatas que se disponen  sacar
las uas, y mirndola de reojo con pupila fosforescente. Un sutil calor
empez  difundirse por su alma, transformndole la voz, que con
sorpresa de ella misma se timbr en notas penetrantes y apasionadas.
Gormaz, observando esta favorable metamrfosis, aplicaba lea  la
hoguera.

--Ya ve Vd. que en este acto est Vd. celosa... Hay que revelar esos
celos en el acento, en la fisonoma... Su marido de Vd. la est
engaando; Vd. no se ha de quedar tan fresca!

 veces Concha, cuando deca una frase con vehemencia, avergonzbase un
poco y soltaba la risa.

--Ay, Dios mo... Don Manolo, estoy exagerando, verdad?

--No, hija, no... En esa situacin hay que poseerse, as como en el
primer acto debe Vd. ms bien aparecer fra y coqueta... Bien dicho,
bien! nimo...  la escena con la criada... Rosala, hija, me hace Vd.
el favor?

--Eh?--murmur Rosala con displicencia.

--Pues ahora es la escenita de Vd... La carta.

--Ay... Vd. dispense... Como no se ha fijado usted nada en lo que dije
antes, cre que...

Encogise Gormaz levemente de hombros, y resignndose, prest alguna
atencin al dejo sevillano contrahecho de la estanquera. Era preciso
activar porque la hora de la funcin se aproximaba, y ya dos  tres
msicos, con sus instrumentos muy enfundados en bayeta verde debajo del
brazo, se asomaban por la puerta de entrada, retirndose despus de
escuchar algunos minutos curiosamente. El ltimo acto se atropell un
poco, pero Concha saba al dedillo el papel y Gormaz, como de paso, pudo
an indicarle algunos toques maestros. Al final le apret
misteriosamente la mano.

--Hasta lugo... y  ver cmo nos lucimos!

Concha se dirigi al tocador, donde la esperaba su hermana vigilando la
cesta de los trajes, mientras Rosala y Julia, ocupando todo el hueco
del espejo, se daban polvos de arroz por quintales, limpindose despus
cejas y pestaas con la tohalla hmeda. Como no tenan trazas de hacer
sitio, Dolores grit  Concha en voz alta:

--Hija, arrmate al espejo... Ests sin peinar an, acurdate...

Las dos usurpadoras del tocador se desviaron con majestuoso paso de
reinas ofendidas, y empezaron  calzarse en un rincn, secreteando y sin
dejar su actitud hostil. El tocado de Concha fu corto; su juventud y su
fresca tez no requeran gran afeite. Sus ojos brillaban y sus mejillas
estaban algo sonrosadas. Al remangarse el pelo con unas agujas de
azabache, record el beso de Ramn, y se enrojeci hasta la frente.
Qu poco haba durado! Lo sabra Dolores? Bah! Cmo lo haba de
saber? Esforzse en desechar aquel orden de ideas, recordando que era
preciso hacer un esfuerzo para representar bien y que don Manolo no se
quejase de ella.

[Imagen]

Cuando puso los pis en la escena, el corazn le lati, segn costumbre,
un poquillo, al ver el aspecto imponente del teatro. Sin que pudiese
precisar quines eran los espectadores que llenaban las butacas,
atestaban los palcos y se apiaban en la galera, bien comprendi que
estaba all todo Marineda, la gente fina, el _seoro_; pblico
inusitado en aquel local, donde por lo regular el elemento dominante
eran los socios y sus familias. Vea vagamente, sobre el fondo granate
del papel que reviste el teatro, agitarse una triple hilera de cabezas
femeniles, adornadas con flores; los colores claros y ricos de los
trajes hacan una decoracin abigarrada; y de las butacas, suba hacia
Concha, como una ola de curiosidad, el reflejo de los cristales de los
gemelos instantneamente clavados en ella, y el susurro de voces que muy
quedito pronunciaban  preguntaban su nombre. Zumbronle algo los odos,
y se le apret la garganta al articular las primeras frases del papel;
pero recordando de pronto un consejo de Gormaz, alz los ojos y fij en
el auditorio una mirada tranquila. Distingui entonces con ms claridad
la concurrencia, y respir. De pronto volvi  alterar su serenidad la
cara de Ramn, que desde las primeras filas de butacas, acechaba una
ojeada de su novia. Apart la vista y se dedic  recitar lo mejor
posible el papel. Gormaz, asomando de tiempo en tiempo entre bastidores
su cabeza sudorosa, recorra el teatro, fijndose en un palco
entresuelo, el nico vaco que quedaba ya; despus haca una seal de
inteligencia  Concha, aprobando y animando.

El pblico, sin embargo, no daba ms indicio de agradecer los esfuerzos
de Concha que, por parte de los hombres, no quitarle los gemelos de
encima. En conjunto se vea que la representacin haca reir
disimuladamente  los que no fastidiaba. Dos  tres carcajadas sofocadas
haban resonado ya, una aguda y aflautadilla en un palco, otras ms
sonoras en las butacas. Por mucho que las seoras procurasen aparentar
que se divertan y prestaban atencin, notbanse los bostezos de 
cuarta, mal encubiertos por el abanico. _Sotto voce_, los espectadores
se comunicaban sus impresiones de aburrimiento. Las tales funciones de
aficionados! Venir  ver lo mismo que se ve en el Teatro todos los
das, slo que echado  perder! Lugo, qu programa tan largo, santo
Dios! Tres actos de _Consuelo_, el Orfen, lectura de poesas y un
sainete! No se sala de all menos de la una. Y el caso es que no caba
marcharse dejndolos con la palabra en la boca, por compromiso con el
Intendente, que se picara, de seguro, si se le hiciese un desaire  su
protegido... Buen tipo tena el protegido! Vaya un galn para el papel
de _Fernando_! Las patillas postizas se le estaban cayendo: por no saber
en qu ocupar las manos, no cesaba de dar vueltas  la cadena del
reloj... Pues y las mujeres! Qu modo de vestirse! Aparte de que no se
les oa una palabra, y como estaban aguardando lo que dijese el
apuntador para hablar, resultaba que el acto no conclua nunca... Y qu
accin! Lo mismo que esas muecas,  las cuales se les tira de un
cordelito y levantan los brazos... La _Consuelo_ pronunciaba ms claro;
 esa al menos se le entenda bien: pero qu trazas de descarada y
pizpireta!...

En las butacas tambin se comentaba lo indigesto de la funcin, con otra
salsa ms picante, y sobre todo con tan unnimes elogios  la buena cara
y simptica voz de Concha, que Ramn se volvi dos  tres veces
impaciente y sobresaltado, como si algn bicho le picase en la nuca.
Slo respir el pobre novio, al caer con pausa el teln, tras la fuga
de _Consuelo_.

Concha atravesaba los bastidores con su hermana para regresar al tocador
y vestirse de nuevo, cuando su novio le cerr el paso. Llamle la
atencin verle tan fosco y cariacontecido, y con la mayor inquietud le
pregunt:

--Qu hay de nuevo?

--Nada--murmur l repentinamente avergonzado, al ver  Dolores all, de
las ideas tontas que venan ocurrindosele.--Vas  vestirte?

--S... abur, que despus me cogen el sitio las otras.

Gormaz, que vagaba por all como alma en pena, la empuj, dndole prisa:

--Vamos, hija... vamos!

Sac despus el ex-actor un cigarrillo y lo encendi, pasendose
inquieto y con taconeo nervioso por la solitaria escena. De rato en rato
pegaba el ojo izquierdo  un agujerillo del teln, y siempre vea, en el
lleno completo y brillante de la sala, el hueco del palco vaco, como
una mella en una hermosa dentadura. Al fin hizo un ademn de contento:
la puerta del palco se abra, entrando por ella dos hombres, el uno de
mediana edad, grueso, lampio, de pelo negro y liso como el hule,
fisonoma entre clerical y chulesca, que Gormaz reconoci por el
_gracioso_  primer actor cmico de la compaa: el otro viejo, de
borbnico perfil, con una de esas caras inteligentes y castizas de
pelucona rancia, que an hoy se ven en aldeanos del centro de Castilla y
en algn torero. Era un rostro movible, donde a intervalos se
transparenta ya la irona indulgente, ya la enrgica voluntad vencedora
de los muchos aos. La nariz y la barba, en demasa aficionadas  gastar
conversacin, se combinaban bien con el mondo crneo, lleno de
protuberancias color marfil. La apostura era mucho ms firme y
desembarazada de lo que la edad peda, y el traje, severo y correcto.
As que Gormaz reconoci  Estrella, de algunos brincos estuvo en su
palco.

--Manolillo!

--Juanito! Ejeem! Se agradece, hombre, se agradece la venida.  la
verdad, tena gusto en que hoy te dejases ver por aqu. Adis, Glvez.

--Pues no faltaba ms. Aqu me tienes. Y le dar un aplausillo  tu
gente, para que no se te desanime. Eh? Ya nos entendemos.

Estrella sonrea: Gormaz le mir de un modo singular, y aquella ojeada
que se cruz entre los dos actores acostumbrados  declarar con la
expresin tantas cosas, para Estrella fu equivalente  un discurso. Sin
embargo, adivin  medias.

--Qu?--pronunci.--Que hay algo bueno que ver, eh? Una chica guapa?
Ay Manolo de mi vida! Si yo ya no sirvo de nada, hijo. Estoy para que
me saquen en un cesto al sol.

Protest Gormaz, no sin melancola.

--Pues si t dices eso! T, que con doce aitos ms que yo, te atreves
con _La Aldea de San Lorenzo_ y el repertorio de Cano y Echegaray! T!
Pues si t... eres un roble!

--Psh... Los pulmones y la garganta no andan an del todo mal; pero,
hijo mo, el resto... Con que una chica guapa? Pues haz cuenta que
yo... como si tal cosa.

--No le crea Vd., intervino Glvez, que hasta entonces se haba
contentado con reir maliciosamente. Diga usted que no. Es muy taimado y
nos engaa. Ms travesuras es l capaz de hacer, que Vd. y yo juntos.

--Hombre, fate en m. Dle  esa damisela que llame  otra puerta... 
que se entienda con Glvez.

--Yo no te revelo nada por ahora... Ya volver en el entreacto, que van
 subir la cortina.

 pesar de todas sus protestas, por aquello de que los ojos nunca
envejecen, apenas subi el minsculo teln, Estrella sac del bolsillo
trasero de la levita sus gemelos, cuyos cristales limpi primorosamente,
asestndolos despus  la escena. La mujer que entonces se hallaba en
ella, Rosala Caales, no le pareci tan bien como esperaba, ni siquiera
la mitad; y con un fruncimiento expresivo de cejas, casi anudadas sobre
su enrgica nariz, baj los gemelos, limitndose  asistir  la funcin
resignadamente, como persona fina convidada  un espectculo que nada le
importa. Familiarizado con torpezas y gazapos de principiantes, durante
su larga carrera de actor y director de compaa, no alteraban su
plcido reposo ni las salidas y entradas  destiempo, ni el modo de
recitar, montono como salmodia de breviario  desmenuzado como
picadillo, ni el acento duro, ni los brazos cosidos al cuerpo, ni las
caras paradas, como hechas de cartn. Glvez le pis disimuladamente el
pi, dos  tres veces, por supuesto, con blandura. No di seales de
vida. Tal era su actitud cuando sali Concha.

Al verla, Estrella dijo con indiferencia indulgente:--Es bonita, hombre;
cierto que s.--Pero apenas hubo pronunciado algunos versos, cuando
volvi  limpiar con rapidez los gemelos y  pegarlos  los prpados,
enderezndose en la silla para mejor atender. De la atencin pas en
breve al inters subido: sac el cuerpo fuera, y en los palcos
proscnicos empezaron  mirarle con sorpresa, mientras en las butacas se
levantaban dos  tres cabezas, que pronto, por comunicacin elctrica,
hicieron erguirse otras muchas. Poco  poco todo el teatro se fij en
los movimientos de Estrella, y la gente aburrida, que no acertaba 
entretener aquellos actos interminables, se dedic  observar,
pacientemente, como se observa en provincia,--donde la telaraa de la
curiosidad se teje y se desteje cada da con las mismas mallas
menudas--la cara del eminente actor. No caba duda: lo que le llamaba la
atencin en la escena era la chica encargada del papel principal: bien:
Y por qu? Por lo guapa? Estrella haba sido un gran conquistador en
otro tiempo: puede que an le durase el humor... Tan viejo? Quin sabe!
Sin embargo, los gestos aprobadores de Estrella desmentan la presuncin
de un flechazo sbito. Ms bien pareca--cosa inverosmil--que le
agradaba el modo de representar de la chica. Bah! Imposible. Gustarle
 un actor de tanto mrito una aficionadilla de tres al cuarto! Y con
todo... La verdad es que la muchacha posea una voz tan fresca, tan
clara, de un timbre tan grato... El caso es que lo haca mejor que las
otras:  ella se le oa y entenda todo... Y no deca mal, no seor...
As, favorablemente prevenido, pudo ya el pblico interpretar con
exactitud el pensamiento de Estrella; y todas las dudas se disiparon
cuando, al decir _Consuelo_ aquella frase fatal que trastorna la cabeza
 _Fernando_, aquel femenil y prfido _no seas ingrato_, el actor,
ahogando un _bravo!_ entre dientes, aplaudi con bro. La concurrencia
vacil un segundo, y por fin, subyugada y convencida, hizo coro al
aplauso, y sordos rumores de aprobacin corrieron por las butacas. Se
daban unos  otros la noticia:

--Ha visto Vd.?

--Promete mucho esa nia, vaya!

--Cuando Estrella se entusiasma... eh? Si habr conocido actrices
Estrella?

--Yo ya lo deca en el primer acto, esa chica vale... No s cmo no se
hicieron Vds. cargo desde el principio...

--Hombre, no nos jeringue Vd.! Vd. no dijo palabra; vyase Vd. al
canario.

--Ta, ta, ta, yo no lo dije, porque me hubiesen ustedes comido; aqu
todos Vds. son partidarios de la Julia Marqu y de la otra...

--Bah, bah! Lo cierto es que no nos habamos fijado, ni Vd. ni nadie...
Y quin es ella? Una modista?

--S; mis primas la conocen... Una modistilla, dicen que de buena
conducta.

--Eso ya... avergelo Vargas.

Ramn subi entre bastidores enojado y sombro. Todo el teatro haciendo
conversacin de su novia! Aquella inesperada ovacin le daba  l qu
pensar. Que en Concha pudiese haber facultades artsticas suficientes
para explicar el fenmeno, no se le ocurri un instante: crey
sencillamente que Concha era bonita y los espectadores unos truhanes de
marca. Encapotado y ceudo lleg  donde estaba Concha recibiendo la
felicitacin calurossima de Gormaz: el rostro de ste, sofocado por la
asmtica tos y dilatado por el placer, pareca un queso de bola de los
ms teidos. Al ver  Ramn, aprovech la coyuntura para escaparse al
palco de Estrella,  quien hall en el corredor fumando y charlando
animadamente con Glvez.

--Qu me dices, Juanillo?

--Chico, de dnde ha salido eso?

--De un taller de modista. Y habrs notado que est enteramente por
hacer. Diamante en bruto.

--Ssss! Ya se sabe: pero la madera...

--Soberbia. De patente. Hoy es el primer da que trabaja en tres actos.
Nunca ha pasado de piececillas.

--Y d, hombre: hace tiempo que la enseas?

--Medio ao  poco ms; pero... Ejeem!

Aqu Gormaz entorn los ojos.

--Pero puede decirse que no la he enseado nada... En el ensayo de hoy
me he tomado algn trabajo, porque venas t... Nada ms, hijo...

--Pues cmo es eso?

--Te dir... Es que...--y baj la voz, mientras jugaba con la cadenilla
de oro de Estrella.--Es que aqu... mi posicin... ya ves t... tiene
sus compromisillos, eh? Aqu todas aspiran  oirse llamar artistas, y 
leerlo en los peridicos... Si distinguiese  esa y me parase ms en
darle lecciones... se me pondran las dems como avispas... Una
diablura... Que no se puede. Las otras tienen ms amigos en la sociedad
y en la Junta directiva: hay una que es cuada del secretario; otra que
es hija del contador... Ya hoy las tengo hechas un vinagre conmigo, por
lo poco que me dediqu ayer  sacar partido de esa... Para darle el
papel principal he tenido que urdir mil enredos, diciendo que el de
_Consuelo_ es insignificante, y que los verdaderos papeles trgico y
cmico de la obra, son el de la madre y la criada... En fin, ya ves que
si he de sostenerme en mi puesto, me conviene alguna prudencia...

--Ya estoy... Pero  m en tu caso, me sera difcil... Ay chico! En
los tiempos que corremos, cuando se ve algo que promete valer alguna
cosa... Porque la verdad es que no hay ni esto... Qu decadencia!

--Permita Vd., seor de Estrella... con todo el respeto que Vd. me
merece...--articul Glvez, metiendo su cucharada.

--No hay respeto que valga...--exclam Estrella relampaguendole los
ojos y dilatadas las ventanillas de su borbnica nariz.--No hay hoy
nada, nada, nada, y tres veces nada... Hay un par de galanes
regulares... pero lo que se llama un actor de facultades y fuerza, un
Carlos Latorre, un Julin Romea...  ver, va Vd.  hacerme el obsequio
de decirme dnde est? Un actor de corazn, de esos que crean papeles de
tal manera que ya nadie puede hacerlos despus, como el _Sullivan_ de
Romea por ejemplo? Pues y las mujeres?... Ah, ah quiero yo que Vd. me
replique... Qu hay en mujeres, qu hay? Cuatro gatitas, que sueltan
unos mayidos, que sacan unas colas de raso y estn pensando en ellas
toda la noche... Ah! Los que hemos alcanzado  Brbara y Teodora
Lamadrid y  la pobre Matilde, con aquella gracia suya, y sobre todo 
la Concepcin Rodrguez, la sublime trgica... Te acuerdas t de
Concepcin Rodrguez?

--Que si me acuerdo!--exclam Gormaz electrizado  su vez.--An me
parece que la estoy viendo y oyendo, con su voz que llegaba al alma...
D: y no te parece  ti que esta chica tiene un metal de voz, que as
que lo trabaje, podr asemejarse algo al de Concepcin Rodrguez?

--Estaba pensando en decrtelo... La voz de esta chica es un tesoro,
cuando lo pueda explotar bien... Adems, su figura es sumamente bella.

--Por ah le duele  don Juan--exclam Glvez dndole una palmadita en
el hombro.

--Qui! hombre. Si  m no me queda ya sino lo que les queda  los
toreros viejos: el sentido. Una chica guapa... ps... por el hecho de
serlo, si uno fuese muchacho, se le podran decir cuatro cosas... Pero
para el arte, qu tiene que ver la belleza... La fealdad puede vencerse:
y sin, diga Vd.: le parezco yo  usted, bonito?

Echronse  reir Glvez y Gormaz, y el primero dijo llanamente:

--Lo que es bonito, seor don Juan...

--Pues nunca fu mejor mozo, y aqu donde Vd. me ve, an he conseguido y
consigo  veces que el pblico llore,  se ra... De eso se trata. No
obstante,  esa chica no le estorbar su buen fsico para los primeros
tiempos de la carrera... Adems, parece muy nia...

--De diez y ocho  diez y nueve aos.

--Pues antes de que sea una gran actriz, por de pronto, ser la primer
_dama joven_ de Espaa... Que s, hombre... La Boldn no fu nunca otra
cosa sino una _dama joven_ muy simptica y laboriosa... Esta ser
encantadora: se escribirn papeles para ella. Esa juventud, ese aire de
candor, esa frescura, unidos al talento, ya ver Vd. lo que dan de s.

Glvez se sonrea, declarando no haber conocido nunca  don Juan tan
entusiasmado, sin poder desechar la idea de que le agradaba la chica
como mujer. En cambio Gormaz, cuya vista penetrante de actor machucho
distingua mejor de colores, estaba muy hueco, lo mismo que si le tocase
alguna parte en el milagro. Corri  participar  Concha la opinin de
Estrella, y encontr  la modista muy alterada. Al principio del
entreacto, haba reido con Ramn. Pues no tena ste la peregrina
ocurrencia de exigir ahora,  la hora crtica, que no se presentase
escotada, que se pusiese un cuerpo alto? Por ms que le hizo mil
observaciones, advirtindole que, segn deca la comedia, el escote en
aquel acto era de rigor, que adems no tena otra cosa que poner, que
era ya imposible discurrir un traje diferente, l, con obstinacin de
mula manchega, con la cabeza baja y el gesto torvo, insisti en que, si
sala escotada, romperan para siempre. As es que cuando Concha entr
en el tocador vestuario, llevaba los ojos preados de lgrimas. Dolores
la interrog, y ella cont todo en voz baja, rabiosa, prendindose con
mano febril un grupo de camelias en el pelo y dndose polvos  puados,
sin saber lo que haca, temblando toda de despecho. Era la primera vez
que disputaban Ramn y ella y en qu ocasin! Dolores trat de
conciliar, de sosegar la tormenta.

--Mujer, puedes echarte por los hombros una toquilla de encaje, la que
sac Rosala en el primer acto... Yo se la pedir prestada...  los
hombres no les gustan estas escotaduras, y tienen razn: moda ms
indecente!

--Djate de cuentos--articul furiosa Concha...--Es un tonto; bien saba
lo del escote, y no tena para qu darme ahora este mal rato... Pues no
seor, que he de ir lo mismo que pensaba. Mire Vd....!

Y con un dedo impaciente, baj el tul que rodeaba la lnea del escote,
como si quisiese aumentar el crimen. Sali  las tablas sofocada an de
haber llorado, con los ojos brillantes y las facciones animadas bajo la
capa de polvos que las cubra, colrica, nerviosa, admirable en suma
para aquel papel de _Consuelo_ en el ltimo acto, que es todo de celos y
furia, primero sorda y lugo desatada. El pblico, advertido ya, la
salud  su entrada con un aplauso, y Estrella enarbol los gemelos.
Ramn, deslumbrado por aquella aparicin blanca y rubia envuelta en
tarlatana azul, cegado por el brillo alabastrino de los hermosos brazos
y desnudos hombros, espectculo que haca latir dolorosamente las
arterias de sus sienes, azuzado por el rumor lisonjero que acogi la
entrada de su novia, se levant de la butaca tambalendose y por la
puerta ms inmediata lanzse al corredor. Iba tan ciego, que no vi  un
caballero gordo, con melenas, que le detuvo.

--Eh... amigo,  dnde va Vd.?

--Ah fuera... Vuelvo en seguida--contest el ebanista reconociendo al
director del Orfen.

--No olvidarse... Mire Vd. que la _Barcarola_ se canta en el otro
intervalo.

Ramn sali del edificio como un loco. Al verse fuera, se par un
minuto. La corona le estorbaba all, debajo de la levita, en el pecho.
La cogi y la despidi, balancendola por las cintas,  no s cuantos
metros de distancia. Volver al teatro? Oir de nuevo las voces que
penetraban como lancetas en todo lo que l ms quera, en la reputacin,
en la garganta, en la carne de Concha? Jams. Y silbando, de puro
desesperado, la _Barcarola_, desapareci.

Mientras tanto Concha experimentaba una sensacin muy extraa. Aquel
pblico, aburrido en el primer acto, vacilante en el segundo, ahora se
volva todo ojos y entusiasmo para la joven aficionada. Slo el que lo
ha presenciado puede darse cuenta de cmo se transmiten,--mucho ms
rpidamente que por el telgrafo,--las nuevas, en un teatro, paseo 
reunin de provincia. La muerte  enfermedad repentina; la llegada del
personaje notable; la disputa acalorada que puede parar en lance de
honor; y hasta la pltica amorosa, que naturalmente pasa slo entre los
dos interesados, todo corre y se sabe  los pocos minutos y es asunto de
comentarios y aun suele publicarlo la prensa en velados sueltos. En el
recinto donde Concha trabajaba, durante el corto espacio de un acto  un
entreacto, haba cundido como mancha de aceite la noticia del efecto
producido en el clebre actor Estrella por la modista-actriz, y lo que
deca de sus facultades; slo que, como pasa  menudo en casos anlogos,
el cuento, al correr, engrosaba, engrosaba, se pona hidrpico. Ya
aseguraban sin rebozo que Estrella quera contratar  la chica, y que le
ofreca cantidades fabulosas. Y estas voces, circulando de un extremo 
otro del teatrillo, picaban la curiosidad y hacan que el pblico,
interesado en la representacin, no se aburriese ya mucho ni poco. Aquel
hervor, aquella vida psquica, por decirlo as, del pblico, cuyo foco
era Concha, se reflejaban en ella comunicndole no s qu misteriosa
animacin, no s qu hormigueo de fluido vital. Lejos de estorbarla, la
atencin de la concurrencia la estimulaba hasta el punto de que,
excitndose al sonido de su propia voz, y al eco de los aplausos que ya
fcilmente arrancaba, haba olvidado por completo la ria con su novio,
y embriagada y penetrada hasta lo ms ntimo de su sr, senta esas
cosquillas indefinibles, esa corriente magntica que pone en
comunicacin, por un instante, el alma de un artista con muchos miles de
almas; singular amor colectivo--pues no es posible darle otro
nombre--que une al individuo con la multitud.

Entre bastidores estaba la serpiente del florido ramo que con tanto
deleite respiraba Concha. Sus dos eclipsadas rivales, que en el tercer
acto apenas tenan que salir  la escena, desquitbanse hablando fuera
de ella  su sabor. En el corrillo inevitable que se forma en semejantes
sitios, estaban los amigotes y los parientes de las desdeadas: y cmo
se esgriman all las lenguas! Todo sala en la colada, la actitud de
Estrella, la petulancia de la chica, la precipitada fuga de Ramn
avergonzado de las cosas que oa en las butacas  causa del
inconveniente escote de su novia, la disputa en el entreacto... Gormaz,
arrimado  no s qu accesorio, se roa las uas, deseoso de intervenir
en la conversacin; pero impedale hacerlo el temor de recibir alguna
rociada, acusndole de haberlas deslucido,  ellas, Rosala y Julia,
poniendo todo su conato en ensayar  Concha solamente.

Hubo un momento en que el formidable corro call de golpe: era que
Dolores, deseosa de echar un ojo  la escena, rondaba por all. Y
entonces menudearon los codazos y los chsss! significativos. Reson en
el teatro una nueva salva de aplausos y su ruido di al traste con la
prudencia de las dos artistas postergadas. Dolores, hacindose la
distrada, lo oy todo.

Al salir Concha de la escena, contrastaba el semblante de las dos
hermanas, vertiendo satisfaccin el de la menor, ceudo el de la mayor.
Concha, sin repararlo, se ech casi en brazos de Dolores, con alegra de
chiquilla.

--Has visto cmo me aplaudieron? has visto?

--Anda, anda, ven  desnudarte--murmur la hermana extendindole por los
hombros una toquilla y empujndola al tocador.

Apenas estuvieron en l, al desabrocharle el cuerpo, le dijo en voz
baja:

--Y Ramn? Es verdad que no est en el teatro?

--Jess, mujer... qu s yo? Aguarda... S, me parece que sali...

--Que sali?  dnde? Cmo es eso?

--Siendo!! Tambin es fuerte cosa que yo te lo he de decir!

--Concha, Concha! No te andes con guasas... Los hombres tienen poco
aguante, y se cansan pronto de ciertas cosas... Hoy has llamado la
atencin de todo el mundo. Dicen de ti primores!... Qu tienes aqu?

--Un alfiler... Uy! Me has pinchado... No, lo que es hoy, entre el otro
y t...

Pronunci esto la nia medio llorando, impresionada, con esa facilidad
con que las personas nerviosas pasan de la expansin del placer  la del
dolor. Y casi en voz alta,  pesar de que Rosala Caales se desnudaba
all  dos pasos con el odo en acecho, afirm que ya la incomodaban
tales majaderas, que ella no haba hecho nada de malo, y si Ramn no lo
quera as, que lo dejase. Tambin era tontera de Dolores disgustarse
por eso: probablemente Ramn ya estara de vuelta para cantar... Y sino,
buen viaje... As que se hubo desnudado, sali aprisa, y al amparo de un
bastidor mir hacia la escena.

El Orfen se alineaba ya en semicrculo al rededor del foso, ostentando
en el centro su charro estandarte azul bordado de plata, sobre el cual
se agrupaban coronas y premios ganados en certmenes, una lira de oro,
una flor del mismo metal: el director, grave y solcito, recorra las
filas, colocando bien  cada orfeonista: el aspecto era muy
satisfactorio: casi todos vestan, con la desmaa peculiar del obrero,
levitas negras y calzaban guantes blancos; no sabiendo cmo colocar los
brazos, dejbanlos caer  lo largo del cuerpo, buscando por instinto un
punto de apoyo en la decoracin. El teln subi, y  la clara luz de las
candilejas y del gas, vi Concha que su novio no estaba all. Valiente
caprichoso! Dnde se habra metido? Mientras ella cavilaba sobre el
asunto, el Orfen preludiaba la _Barcarola_ con un suave mosconeo hecho
sin abrir la boca, que remedaba el silbo del viento y el murmullo del
oleaje. Ya se lo dira de misas maana! Largarse as, dejndola en una
vergenza delante de todo el mundo, para que aquellas mal intencionadas
se riesen de ella! No echarle siquiera la corona!

Entre tanto el Orfen, sin interrumpir el acompaamiento imitativo,
rompa en una melodiosa estrofa, que hablaba de la luna, las bateleras,
de bogar, del barquichuelo; Concha oa maquinalmente; sus nervios se
templaban y  la rabieta suceda una tristeza vaga, un deseo de amor.
Pasarle hoy tales cosas! Hoy precisamente, cuando deba su novio
estarle tan agradecido! Columpiada por la msica, el recuerdo del jardn
acuda, dulce, embellecido por la memoria y poetizado por el
acompaamiento de la barcarola soolienta... La sacaron de su
distraccin dos  tres socios que venan  felicitarla por su brillante
triunfo, y el director de un peridico local, que le deca con aire de
suficiencia:

--Ya sabemos, ya sabemos que tenemos aqu una insigne artista, llamada 
dar das de gloria  la patria...

Estrella se haba retirado de su palco, despus de hablar breves
instantes con Gormaz. Alguna gente de las plateas, alarmada por el
anuncio de la lectura de poesas, desfilaba tambin, consultando el
reloj y haciendo el menos ruido posible. En las butacas se abran
bastantes claros. Dolores y Concha, habiendo confiado la cesta al
conserje, se escabulleron, arrebujadas en sus mantones. Encontrbanse
cansadas, como gente que ha dormido en varias noches y ha trabajado
siempre. Ambas guardaban silencio, porque tenan en qu pensar y sus
pensamientos no iban acordes. Al recogerse, no hubo conversacin de cama
 cama.

Cualquier bicho extrao, cualquier alimaa inverosimil que viesen entrar
por la ventana del tejado el da siguiente  eso de las ocho, les
causara menos sorpresa que la aparicin repentina de Gormaz, previos
dos golpecitos muy discretos  la puerta y un--dan ustedes su
permiso?--de lo ms respetuoso. Vena el pobrecillo ahogndose con el
asma, por la subida  aquel cuarto abohardillado, no muy distante del
cielo. Brindronle atentamente el asiento de preferencia en el quebrado
sof, pero l,  fuer de cumplido caballero,

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lo rehus, contentndose con una silla de rejilla bastante desvencijada.
Su arenga sali entre toses, gargajeos sofocados, y angustiosos anhelos
de la respiracin. Cmo no haban adivinado  qu vena? Pues era bien
fcil de adivinar, conocidas las buenas disposiciones de Conchita, que
no permitan ni por un momento dudar que Dios la haba destinado  la
gloria escnica. l, sin embargo, retirado ya y fuera del movimiento
teatral haca tiempo, nunca se hubiese atrevido  tomar sobre s la
responsabilidad de darle tal consejo, ni de dirigirle semejante
proposicin; pero ahora que el eminente Estrella le daba el encargo...
Estrella, s seor, Estrella le ofreca el ajuste de un ao de
aprendizaje con corto sueldo, comprometindose, al cabo del ao, 
contratarla con decentes honorarios, en calidad de _dama joven_...

Concha escuchaba, con sus breves labios entreabiertos, fijos los
brillantes ojos en su interlocutor. An no haba terminado Gormaz su
discurso, cuando Dolores, alzndose del sof tan impetuosamente que lo
hizo crugir, se encar de pronto con el mensajero, exclamando:

--Me extraa muchsimo, seor de Gormaz, que nos venga Vd. con esas
proposiciones, Vd., que nos conoce y sabe que mi hermana es una chica
honrada. Aqu no entendemos de eso... Mi hermana no ha nacido para
cmica, no seor.

Una tos horrible, una tos de tercer grado impidi  Gormaz responder al
punto. Sac la lengua, y se le amorat desde el colodrillo hasta la
nuez. Cuando al fin pudo respirar, con voz todava estrangulada,
declam:

--Porque considero que Vd. no sabe lo que se dice, no la contesto aqu
todo lo que pudiera, Dolores; con todo, entienda Vd. que eso que Vd.
acaba de pronunciar es... ejeeeem! un solemnsimo disparate... no slo
esta seorita, que vive de su trabajo (y hace muy bien y lo apruebo),
sino las personas ms elevadas, ejem, s seor, ms elevadas, se
consideraran honradsimas con alcanzar la gloria escnica, est Vd.?
Ejemm! bruuum! Vd. considera lo que es una artista? Cree usted que hay
profesin no digo yo ms decente, sino ms noble, ejeeem, ms noble?
Que no ha nacido su hermana de Vd. para _cmica_! Vaya, vaya! Bruuum!
Qu cosas oye uno al cabo de sus aos!

Dolores, avergonzada, comprendi que haba cometido un yerro de monta.
Trat de disculparse.

--Por Dios, seor de Gormaz, que no era mi nimo ofender  Vd...
Solamente quise decir que esa carrera (Vd. bien se hace cargo), las
muchachas se exponen ... ...

-- qu,  qu se exponen?--articul Gormaz hecho un len.

--... nada--balbuce Dolores recordando con rubor que ella no haba
sido actriz nunca.--Pero el caso es que mi hermana... tiene arreglada...
una boda, con un chico de aqu...

--Lo que hay--recalc Gormaz--es que ni Vd. ni yo somos quin para
decidir este asunto... Su hermanita de Vd. se calla... Pues ella es la
que debe hablar; est usted? Lo que ella quiera, bruum! al fin se trata
de su porvenir.

--Yo supongo que oir consejos de su hermana--advirti Dolores.

--Usted qu dice, Conchita?

Concha baj los ojos y murmur con voz trmula:

--Yo, qu quiere Vd.... as de pronto... Estas cosas hay que
pensarlas... No s; me ha cogido tan de susto...

--Ahora s que ha hablado Vd. como un libro--dijo Gormaz
levantndose.--No es pualada de pcaro. Pinselo Vd., hija ma,
pinselo Vd. todo el da de hoy. Esta noche  las ocho, que ya habrn
Vds. salido del taller, vuelvo  saber la contestacin; porque
Estrella, que acaba muy pronto su compromiso aqu y se marcha 
Zaragoza, necesita conocer lo ms pronto posible su resolucin de usted.
Con que hasta lugo, eh?

Y desapareci entre varios ejemm! y no pocos bruuum!

Solas ya las dos hermanas, Dolores se cruz de brazos, y con expresivo
meneo de cabeza, se plant delante de Concha, sin pronunciar palabra.
Bien entendi Concha el sentido de la mmica, pero  su vez guard
silencio, un silencio que irrit ms  Dolores si cabe, pues vea en l
propsito de reservarse su opinin y aun de no consultarla con nadie.
Miren Vds. la chicuela! Dolores senta fermentar en su alma una clera
reprimida, inmensa, la clera de los que ven de repente al nio que han
criado, educado, dirigido siempre, manifestar voluntad independiente,
intentar trazarse  s propio su destino. Para Dolores, Concha era an
la nia, ms bien hija que hermana menor; una hija  quien haba
consagrado su juventud, su celibato, su trabajo todo. Y ahora la
chiquilla quera sublevarse, quera disponer de su persona, echarse 
perder, ir  correr el mundo en busca de aventuras, con una compaa de
cmicos! Vamos, era para desesperarse aquello! Rompi  hablar por fin,
en voz irritada:

--Qu haces ah callando, como una tonta? No tienes lengua?

Concha, como si no oyese nada, se levant, tom de encima de una silla
su manto y empez  prendrselo delante del espejo, preparndose 
salir para el taller. Dolores se le atraves delante nuevamente.

--No contestas? tienes gana de broma?

--Pero qu quieres, mujer?--exclam Concha con acento cansado,
interrumpiendo su ocupacin.

--Que digas lo que le vas  responder  ese... cmico--murmur con
afectado desdn.

--Mujer... caramba contigo! qu s yo lo que le contestar? Tenemos
todo el da para pensarlo, gracias  Dios, aadi con tranquilidad.

--Y an estamos en eso? Cabe duda siquiera? Se te ocurre irte de mona
sabia por esos teatros?

--No me marees!--murmur Concha con sus bermejos labios muy
contrados.--Tenemos todo el da por delante; djame en paz hasta la
noche.

Las facciones de Dolores se descompusieron: reapareci en ella, bajo la
devota sometida por catorce aos de piedad, la hija del pueblo, con sus
iras indisciplinadas y sus groseros arrebatos. Cogi  Concha por las
muecas, y zarandendola rudamente grit:

--Mira... no te doy un bofetn no s por qu, desvergonzada!

Entorn Concha los prpados, apagando as dos chispas que brillaron en
ellos: palideci su tez ya tan mate, y sin decir palabra, sacudi un
poco las manos y sigui colocndose el manto. Cuando estuvo pronta, hizo
ademn de salir, y Dolores, al verlo, prendise el manto  su vez y la
acompa.

Silenciosas, con armado silencio, anduvieron el camino, y ya en el
taller, las pocas palabras que cruzaron

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fueron de terca contradiccin por parte de Dolores. Aquella manga no
poda pegarse as, la costura estaba torcida; aquella espalda no
ajustaba bien, era menester volverla  preparar... Lo que ms la
irritaba era el gorjeo de las modistas, que sin dar paz  la aguja
charlaban de los sucesos de la vspera y embromaban  Concha, acerca de
sus triunfos artsticos y de la rabieta que pasaran las otras dos, la
estanquera y la del almacenista... Era casi una gloria para el taller
haber derrotado, por medio de uno de sus individuos,  las
representantes de otra clase social que acaso las desdeaba. Concha,
atenta  su trabajo, apenas contestaba ms que con leves sonrisas,
empuando su tijera de pi y con el pecho todo claveteado de alfileres
para sacar un patrn. All para sus adentros discurra, discurra... En
medio de todos los elogios que haba odo la vspera,  ella jams se
le pasara por las mientes ser actriz _de veras_. Entre ambas
categoras, la de aficionada y la de actriz de profesin, juzgaba ella
que exista un abismo infranqueable, como si las tablas del teatro
pblico fuesen de otra madera enteramente distinta de las del Casino.
Desde la proposicin de Gormaz, la valla ideal se borraba. Y por qu
no? Ella poda ser actriz... es decir, dominar aquel arte apenas
entrevisto, ponerse en comunicacin todas las noches con el pblico,
volver  escuchar aquellos embriagadores aplausos, viajar  ciudades
grandes, para ella nunca vistas... Un destino ancho, grande, hermoso...
Y por qu no quera Dolores?  Por qu miedo de dejarla? Bah!... Se la
llevara consigo... Por temor de que se perdiese? No parece sino que
en Marineda no se perdan  cada paso cientos de muchachas, de all, del
mismo taller, sin necesidad de salir  las tablas  representar!

Echaba estas cuentas hincando alfileres y ms alfileres, en la chillona
percalina. El ruido claro y metlico de la tijera la traa  otro orden
de ideas. Aquel destino desconocido le infunda,  la verdad, algn
pavor. Hasta el da de hoy, gracias  Dios, aunque pobres, no les falt
nunca el pan: ella haba odo decir que los cmicos, a veces, pasan
hambre, que tienen das de apuro terrible; que salen  la escena muy
majos, con mucho vestido de seda y coronas de reyes, y  lo mejor sin
camisa... Sin ir ms lejos, en Marineda se contaba que  Estrella le
corran mal los negocios, que le costaba trabajo pagar a su compaa,
que en la fonda estaban algo recelosos... Una noche, recordaba haber
encontrado  las cmicas y cmicos que salan del ensayo: ellas iban
hechas unas brujas, envueltas en nubes de lana, con impermeables viejos,
y todos mezclados, hombres y mujeres... Si tendra razn Dolores?...

El taller,  la sazn, funcionaba activamente: Concha poda absorberse
en sus meditaciones. Un pilluelo pas por la calle, tarareando la
_Barcarola_ del Orfen. Entonces Concha se acord de su novio. Qu
dira su novio si ella se hiciese cmica? Bah! Y qu haba de decir,
despus de su comportamiento de ayer? No la haba puesto all en
ridculo, delante de todo el mundo, dndola el desaire de marcharse y de
no echarle la corona, precisamente el da que?... Por un momento
interrumpi la clavadura de alfileres, conmovida  pesar suyo con el
recuerdo del jardn. Vaya un agradecimiento! Slo por eso se alegraba
ella de que viese aquel majadero que no le necesitaba y que poda
arreglarse de otro modo y buscarse otra vida! Que rabiase Ramn!
Cuidado con el da que haba escogido para darle un disgusto!

Dolores cosa con furor mientras su hermana preparaba. Sus dedos flacos
volaban sobre la tela. Pero  eso de las cuatro, levantse, dobl la
labor, y se prepar  salir. Concha, vindola descolorida, se le
aproxim, preguntndole si estaba enferma. Dolores la rechaz con
sequedad.

--No voy  casa, no... No tengo nada: Jess, qu cuidado te tomas!
Djame, djame... voy  donde tengo que ir: yo volver  buscarte al
acabarse la costura... Y si por casualidad no vengo, sal y esprame en
casa.

No par Dolores hasta San Efrn. Al entrar en la iglesia, casi desierta
 aquellas horas, y bastante oscura, experiment algn alivio y su
clera amain instantneamente. Ya le pesaban los arrebatos de la
maana... No hay cosa ms calmante que la reposada y aromtica atmsfera
de los templos. El agua bendita que Dolores tom al entrar, le refresc
la frente y le soseg las hirvientes ideas. Dirigise  la izquierda,
hacia la capilla de la Virgen del Amparo, cuya devota imagen, alumbrada
por una lmpara sola, se destacaba misteriosa y galoneada de oro en el
sombro hueco del camarn. En un ngulo, al lado del confesonario, se
acurrucaban dos seres vivientes, dos viejas, la una arrodillada,
confesndose con voz sibilante, la otra sentada en un banquillo,
aguardando su turno. Dolores se determin  tener paciencia,  hincando
 su vez la rodilla ante el camarn, ensart algunas salves y
ave-maras, para entretener el tiempo. Cuando las dos viejas salieron
arrastrando los pis, apresurse  tomar sitio al pi de la reja. El
confesor se inclin hacia la penitente: slo se columbraba de l, al
travs de la apretada celosa, una punta de nariz afilada y asctica, y
el cncavo de una oreja inteligente, abierta para escuchar y entenderlo
todo. Hablaba bajito, pero muy distintamente.

--Te he visto entrar... me ha parecido que venas de prisa, y he
procurado despachar lugo  las que estaban...

Dolores tendi el manto para formar una especie de embudo que la
protegiese contra toda indiscrecin, y empez el relato de los sucesos,
los episodios de la vspera, la proposicin de Gormaz, la actitud de su
hermana, todo.  medida que hablaba, su corazn se ablandaba como la
esponja al humedecerla, y poco  poco las lgrimas, suaves como el flujo
del mar, subieron  los ojos y resbalaron por las mejillas. La voz del
confesor las detuvo.

--No hay que afligirse... Pues apenas te apuras! Yo no veo ah sino
imprudencias tuyas y chiquilladas de ella. Bien te advert que esas
funciones y esos teatros eran peligrosos... hasta creo que te haba
aconsejado formalmente cortar de raz todo eso... La mayor parte de
culpa la tienes t. Ya ves cmo existe el riesgo donde menos se piensa.

--S, s seor, es muy cierto, pero qu quiere usted... Los malditos
compromisos... Quin haba de pensar tambin que iban  buscar  mi
hermana para cmica! El demonio slo puede enredar una cosa as.

--Vamos, qu haces ahora con llorar? Clmate, hija.

--Es que veo su perdicin segura... La chica es bonita, y yo... en
fin... es un mal pensamiento... Dios me perdone.

--D: qu has pensado?

-- m nadie me quita de la cabeza que aquel maldito vejete del cmico
lo que busca en mi hermana es una muchacha guapa, sana  inocente...
Seor, en el teatro se la coma con los ojos... Yo no quiero, no quiero
que mi hermana se pierda: para perdida,... basto yo.

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--Eso que piensas--murmur el confesor sonndose como si quisiese dejar
expedita la nariz y el entendimiento--podr ser un juicio temerario: lo
cierto es que esa profesin es sumamente arriesgada, y slo por favor
especial de Dios... No, yo no dir que sea imposible vivir honestamente
una actriz... Pero al cabo, el que anda con fuego...

--Se quema, s seor, se quema: es mi matanza:--asever Dolores.

Transcurrieron breves minutos de silencio, durante los cuales slo se
oy la respiracin algo agitada de la modista. Por fin el confesor
habl.

--Mndamela aqu--dijo.--Yo le har ver...

--No quiere, seor, no quiere. Dice que la cartilla slo manda
confesarse una vez al ao, y que ella se confiesa tres  cuatro y que le
basta bien... Que no peca tanto para tener que confesarse  cada hora...
Que ni por tanta confesin es uno bueno... Las muchachas de hoy en da
tienen poca religin! Y como oyen mil disparates en los mismos talleres
y los leen en los peridicos...

La punta de la nariz que Dolores vea al travs de la reja se contrajo
con severidad; pero dilatse al punto, como si la llenase el aura de una
idea bienhechora.

--Por qu no le encargas al novio que se lo quite de la cabeza?  l de
seguro le har ms caso que  ti.

--Seor, por desgracia, desde ayer estn reidos. l se march del
teatro furioso, porque ella sala escotada en el ltimo acto.

--Bah... rias de enamorados, y as por celillos, y nieras, poco
suelen durar. En fin... T dices que ese chico es hombre de bien?

--Jess! Pongo por l la mano en el fuego.

--Quiere  tu hermana mucho?

--Se le cae la baba con ella.

--Y... crees que se casar?

--Slo aguarda por fondos con que poner establecimiento por su cuenta; y
estos das le o decir que le haban hablado de un comerciante que los
facilitar, con no s qu fianza  qu garanta de una firma... Lo que
es casarse,... no desea l otra cosa!

--Y... tu hermana... le profesa grande afecto...?

--Seor... yo qu s... Estas chiquillas no conocen su bien... Quererle,
s, pero... no es all una cosa extraordinaria.

--Ellos... se hablan as... con alguna libertad... eh?

--Qui! En esa parte tengo la conciencia muy tranquila, seor... No me
he desviado de ella un minuto nunca... Cuando l nos acompaa  la
vuelta del taller, yo me coloco en medio, y ellos van como dos viejos,
formalitos... no se han hablado bajo tres palabras.

--Mujer... bien hecho, bien hecho...! pero hasta en lo bien hecho cabe
un poco de exageracin... Se me figura que t has exagerado algo, eh?...
todo quiere su lmite...

--Como Vd. me encarg tanto que la guardase...

La nariz se aguz, y su fina punta pareci recalcar una suave irona.

--Gurdala, s, muy bien; slo que ya tanto rigor... Para que el corazn
se apegue, hay que consentir cierta honrada y lcita franqueza... Si
ella estuviese ms encariada con su novio, ahora no la tentara Satans
por el lado de las tablas.

Dolores miraba atnita aquella nariz severa por costumbre, y la
desconoca vindola tan tolerante, tan benignamente entreabierta. Sin
embargo, no dud: no haba recibido all jams consejo alguno que no le
probase bien seguir.

--Mi parecer es este, hija... No contrares de frente  la muchacha...
Si puedes, gana tiempo... Y que el novio procure disuadirla...
hablndola... ... solas... es decir,... con cierta libertad, eh? Y no
te apures... nimo.

Dolores se alz como suele alzarse quien se postra al pi de un
confesonario, confiada y serena. Aunque le extraaba algo el consejo,
fuerza es decirlo, su espritu acostumbrado  ser all dcil como el de
un nio, reposaba en la opinin agena. Tom en derechura el camino del
taller, porque ya anocheca y el farolero, dejando un rastro de luz,
corra por las calles enlodadas con la lluvia menuda. Acercse  la
puerta, y tropez en ella con un bulto que interceptaba el paso, en las
tinieblas del portal. Retrocedi asustada, mas la voz la tranquiliz.

--Soy yo, no hay miedo--dijo con alegre entonacin el que era.

--Calla! Ramn! Est Vd. aguardando por Concha?

--Justamente... y por Vd. tambin... Porque tengo una noticia, una gran
noticia que darles.

--Alabado sea Dios! Con que ya le pas  Vd. la ventolera de ayer?
Qu hombres! Parecen locos, as Dios me salve!

Ramn bajaba la cabeza confuso, segn pudo ver Dolores  la luz del
farol que encendan enfrente.

--Y qu quiere Vd... No, yo conozco que tiene usted razn; hice bastante
mal y estuve un poco acalorado y un poco imprudente. No tiene uno en su
mano ciertos prontos, y Vd. bien conoce que cuando se harta uno de oir
alrededor disparates, parece que le dan ganas de romperse, si pudiese,
la cabeza contra la pared.

--Vaya, vaya, pues esas furias hay que moderarlas... Concha se disgust
bastante. Y lugo la gente, las envidiosas que estn rabiando por coger
tanto as donde clavar el diente...

--Pues, gracias  Dios--exclam radiante de jbilo el mozo--ya no habr
por qu mordernos y se acabarn todos esos disgustos. Aqu donde Vd. me
ve, ya tengo los cuartos para el establecimiento, y nos podemos casar,
si Concha quiere, en Carnavales, y sino en Pascua... Por m, cuanto ms
pronto...

Dolores, entre contenta y recelosa, le miraba fijamente. Un trabajo de
reflexin muy activo se verificaba en su cerebro, estrecho y femenino,
pero tenaz y aferrado  las pocas ideas que, nacidas all,  sugeridas,
se aposentaban en l. Las palabras del confesor no se borraban de su
memoria. Ganar tiempo... no contrariar de frente  la muchacha... que el
novio procure disuadirla... Si ahora ella daba la fatal noticia al
enamorado Ramn; si cuando vena  hablar de proyectos matrimoniales le
participaba que se haba perdido toda esperanza y que su novia se
dispona  levantar el vuelo hacia regiones muy distintas de aquellas en
que el humilde ebanista moraba, era fcil que ste, de desesperado  de
indignado, armase  Concha un escndalo tal, que el carcter vivo y
entero de la nia se manifestase con nueva energa, afirmndose en su
resolucin. Dolores tema  la poca habilidad del novio. Adems, era
difcil decirle aquello al pobre hombre, cuando se mostraba tan contento
con sus fondos y su prxima boda.

--Que se lo diga ella como pueda--pens.--Quizs por no decrselo...

Y con determinacin repentina, poniendo familiarmente la mano en el
hombro del ebanista, exclam:

--Bueno, pues me viene de perillas encontrarle, porque tena justamente
que hacer unas compras bastante lejos, y como Concha no vendr de buena
gana, voy yo sola, y Vd. la lleva  casa eh?

Abri el novio la boca, asombrado de tanta magnanimidad en la rgida
cuada que, cosida  las enaguas de Concha, haba sido hasta entonces un
perro de presa; y Dolores, que advirti su asombro, se di prisa 
aadir en sn de broma:

--Ya que trae tan buenas noticias, dselas Vd. mismo; no le quiero
quitar ese gusto. Hgame el favor de llevarla... y esprenme los dos en
casa, un momentito.

Aqu la sorpresa de Ramn se convirti en pasmo. Dolores encargaba que
le esperasen _los dos_ en casa! Le permita subir al cuarto de Concha,
ella que jams le consinti pasar del primer tramo de la escalera! Como
el permiso era grato y cuadraba de todo en todo con los deseos de Ramn,
guardse bien de protestar, y murmur hacindose el resignado:

--Corriente.

Dolores se remang el traje, apret el manto y sali del portal. Al
poner el pi en la calle, sinti un escrpulo de devota, y medio
volviendo la cabeza, dijo al novio:

--Que haya juicio! Vuelvo en seguida.

Ech  correr, lo mismo que si alguien la apremiase. Tom por una calle
retirada, la estrecha de San Efrn, y para entretener el tiempo y
divertir la impaciencia, metise en una tienda de zarazas y paolera, 
hizo que le enseasen todas las variedades de _madapoln_, _llagostera_
y _grano de oro_, distintas encarnaciones de un solo algodn verdadero.
Frot las telas  ver si tenan poca  mucha cal; revolvi tambin las
percalinas para forros, y escogi entre varias docenas de carretes, de
hilo, todos del mismo nmero, uno que era idntico  los restantes.
Moli  la tendera pidindole agujas de las ms finas, y retractndose
despus, eligi unas medianas. Se quej del lodo y del agua, y acarici
 un chiquillo sucio y mocoso que criaba la tendera. En todas estas
ocupaciones no pudo invertir ms de un cuarto de hora  lo sumo, y le
pareca _poco tiempo_. Para qu? Ni ella misma lo saba. Otras veces se
le figuraba, al contrario, que haba transcurrido _mucho_. Mucho? Y
porqu? No se lo explicaba tampoco. Sin embargo, esta ltima idea
prevaleci, y envolviendo en un papel sus compras, tom hacia su casa.
Para llegar  ella tena que cruzar por delante de la iglesia de San
Efrn: all en lo alto del prtico, vi vagamente la figura de piedra
del santo: record los consejos del confesor, y, tranquilizada, anduvo
ms despacio, y aun se par en otro tenducho  comprar cera para la
plancha y no s qu otras frusleras. Cuando lleg  su lbrego portal
habra pasado cosa de una hora.

Al empezar  apechugar con la escalera, que ya por costumbre recorra 
oscuras, oy, un tramo ms arriba, el restallido de un fsforo, y le
pareci que delante de ella suban dos personas. Aceler el paso  fin
de aprovechar la luz, y un ejemm! muy caracterizado le revel
inmediatamente la presencia de Gormaz, que solcito y quemndose los
dedos, alumbraba aquellas tenebrosidades para que los setenta y pico de
aos del insigne Estrella no se estrellasen contra un escaln.

En seguida conoci Gormaz  Dolores, mas no haba olvidado el episodio
de la maana. Dirigise  la modista con dignidad, y procurando sostener
la cerilla quieta un momento, le pregunt si estaba su hermana, como
dndole  entender que slo  Concha corresponda el honor de aquella
visita. Fiel  su sistema de diplomacia, Dolores contest que ya deba
Concha estar de vuelta, porque era muy hora de que hubiese regresado del
taller; y aadi unas cuantas frases de sentimiento por lo oscuro de la
escalera, la molestia que se tomaban, y lo cansado que era subir tanto.
Aadi por va de consuelo:

--Ya faltan slo dos pisos.

Subironlos como pudieron,  puados,  fuerza de cerillas y de ejemm!
cada vez ms fatigosos por parte de Gormaz: Estrella no revelaba el peso
de la vejez, sino en la resonancia del pi, tardo en volver  alzarse
despus de que se sentaba en un peldao.  la puerta de las modistas,
Dolores dijo  Gormaz que buscaba la campanilla  tientas:

--No hay necesidad... An est puesto el llavn.

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En efecto, la llave olvidada en la cerradura probaba una distraccin
notoria en la persona que haba entrado primero. Bast con hacer girar
el picaporte para que pudieran entrar los visitantes, y encontrarse al
punto en el nico saln de aquel palacio modistil.

El quinqu, bien despabilado, arda con clara luz sobre la mesilla de la
mquina: la habitacin arregladita, con sus dos camas limpias, revelaba
cierto bienestar humilde; y en el sof, libre  la sazn de todo estorbo
de trajes, una pareja se hablaba muy de cerca, casi al odo, en esa
estrecha proximidad que slo origina un estado del alma; actitud
elocuente, que con ninguna otra se confunde. Separronse y levantronse
de pronto al ver entrar gente, ella confusa, encendida y casi sin habla,
l serio y sorprendido. No era Gormaz hombre de pararse en tales
frusleras, ni menos Estrella; y ambos, en su agitada vida de
comediantes, haban visto hartas cosas, para que les asustase un
coloquio amoroso, as es que Gormaz, haciendo caso omiso de Ramn, se
adelant hacia la chica, y sin prembulos.

--Conchita--dijo--aqu est el seor Estrella en persona, y viene 
saber la respuesta de lo que hablamos esta maana.

No saba Concha qu cara poner, y se desviva ofreciendo  los dos
actores sitio en el sof, y balbuciendo mil disculpas por recibirlos de
aquel modo, como si ella pudiese recibirlos de otro. Gormaz cort el
hilo de sus cumplimientos, repitiendo:

--No se moleste Vd., hija... Estamos perfectamente... Slo queremos
saber la contestacin, nada ms.

--Eso es--aadi Estrella con su campechana cortesa...--Hable Vd.,
hija, porque sentiramos mucho molestarla.

Concha lanz  Dolores una mirada oblicua, implorando socorro: pero
Dolores, firme en la senda emprendida, no pestae.

--Qu s yo...--murmur la nia.--Lo que quiera mi hermana.

Ramn, de pi, presenciaba la escena sin comprenderla.

--Tome Vd. asiento, joven--indic Gormaz.

--Mil gracias, estoy bien.

Dolores, hacindose la desentendida, contest apaciblemente:

--No, hija, quien debe decidir eres t... Yo no tengo vela en este
entierro. Al fin se trata de una cosa para toda la vida... Me lavo las
manos.

--Su hermanita de Vd. piensa muy acertadamente--afirm Gormaz...--Con
que Vd., Conchita, Vd. ha de resolver... Sea Vd. franca.

Concha mir al suelo, retorci la mano izquierda con la derecha, exhal
un leve suspiro, y al fin declar:

--Pues yo...  la verdad... confieso que... que no me gusta, vamos, que
no pienso... trabajar... para el teatro. No seor, he reflexionado, y no
me resuelvo  eso.

Estrella y Gormaz se levantaron,  un tiempo, algo mohnos. Los dos
comprendan que era ocioso y desairado insistir. Pidieron mil disculpas,
como gente corts que eran, y no tardaron en bajar la escalera que tan
trabajosamente haban subido, alumbrndoles esta vez, con un encendido
cabo de vela, Dolores, que no los solt hasta verlos en el portal.
Cuando ambos actores salieron  la calle, la hermana mayor, que acababa
de murmurar un vayan Vds. con Dios muy melifluo, alz la mano y les
hizo enrgicamente la cruz, diciendo entre dientes:

--Y que nunca ms parezcis por aqu, amn.

Gormaz y Estrella caminaron silenciosos breves instantes: de pronto,
volvindose, se encararon el uno con el otro, seguros de expresar un
mismo pensamiento. Gormaz mene la cabeza:

--Con el novio hemos tropezado, Juanillo.

--No hay peor tropiezo--afirm Estrella sacando la petaca...--Y qu
lstima de chica! Decir que tiene la voz de Concepcin Rodrguez! Voto 
sanes! no se vera dentro de un ao otra _dama joven_ como ella! Jurara
que se le pasaban ganas de venirse... Ah se queda para siempre,
sepultada, oscurecida...

--Bah!--murmur Gormaz.--Y quin sabe si la acierta, hijo!  veces en
la oscuridad se vive ms sosegado... Acaso ese novio, que parece un buen
muchacho, le dar una felicidad que la gloria no le dara.

--Ese?--exclam Estrella cortando con los dientes la punta del puro.--Lo
que le dar ese brbaro ser un chiquillo por ao... y si se descuida,
un pi de paliza.

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BUCLICA

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SR. D. CAMILO JIMNEZ.

Fontela, Setiembre.

Querido Camilo: ya ves si cumplo mi palabra, y eso que estoy dado  los
demonios en este destierro, que me parecera menos horrible  poder
salir de l libremente y cuando quisiese. Mucho vale la libertad. Hasta
perderla no se conoce su precio.

Qu sacrificio hago yo, en realidad, con alejarme de Madrid unos meses,
cazar, pescar y respirar aire sano? Protesto contra esta higinica
medida porque me la imponen, no porque en s me desagrade. T me
recordabas, para aplacarme, que cedo  la tirana del cario, lo cual no
humilla: convenido; mam me adora, me aparta de s desgarrndose el
alma, ha llorado como una Magdalena en la estacin, y me deca,
mojndome la cara de llanto, que ojal fuese millonaria para costearme
la invernada en Niza,  en Alicante siquiera; pero que no posea sino
este palomar grieteado en el corazn de Galicia, donde yo pudiese beber
leche fresca, dormir sobre un establo y reponerme... Que, no obstante,
si me empeoraba  me aburra, cuatro renglones; la familia har un
esfuerzo, te mandaremos  Italia... Ante las lgrimas y el besuqueo,
qu se hace un hombre, Camilo? Jurar que le entusiasma Fontela y
venirse  escape. He de consentir que el consabido _esfuerzo_
desequilibre los presupuestos de mi casa? El sueldo de magistrado de mi
padre y las rentitas gallegas de mi madre, slo  fuerza de orden y
parsimonia cubren los gastos y permiten atender  las exigencias del
decoro. Hacen milagros los pobres paps.

Por eso, por eso me incomoda  m no servir para nada, ser  los
veinticuatro abriles abogado sin pleitos, y por eso te suplico no
olvides mi pretensin y trabajes con ahnco para que suban al poder _los
tuyos_ y me hagan  m siquiera juez de entrada; bien poco pido; se
trata de sentar el pi en la carrera y dejar de ser miembro intil, cero
social.

El cargo  que aspiro es modesto; pero ya sabes lo bien que armoniza
con mis gustos y carcter. Oh! Yo ser un gran juez, de _p_ y _p_ y
_doble u_, como t dices que son las chicas del brigadier Robles! Me
agrada tanto la rectitud, la gravedad, la equidad; tengo tan elevada
idea del oficio de administrar justicia; he estudiado con tanto cario
la hermossima ciencia que se llama _filosofa del derecho_, y creo que
est en general tan atrasada y que podemos prestar tan inmensos
servicios  la humanidad los que la renovemos aplicndola prcticamente,
sin pararnos en viejas rutinas y desarraigando inveterados perjuicios y
abusos...!

Y adems, los ejemplos que he visto desde la niez me ayudarn 
desempear dignamente la judicatura. Mi padre disfrutara hoy una renta
de 5  6,000 duros si hubiese fallado de cierto modo ciertos litigios;
prefiri su honrada estrechez,  hizo bien, puesto que sus hijos y
herederos estamos conformes y orgullosos. Hasta Matilde... (no te
sonras, Camilillo), hasta la buena de Matilde, que se pasa la vida
oliendo lo que guisan en casa de los _modistos_ clebres, en el fondo
prefiere su vestidito reformado de gr negro,  galas de sucia
procedencia.

 quin se lo cuentas! dirs t. Es que es una excelente chica mi
seora hermana, y Vd., caballero Tenorio, se guardar de insinuarle cosa
ninguna con _mal fin_,  nos veremos  la vuelta. Sin embargo, te
permito dar  Matilde mil expresiones de mi parte. Tocante  la salud,
particpale que ya voy mejorando. Y que le escribir.

Lo raro es que ni yo mismo entiendo qu tengo, ni de qu vine  curarme
aqu. Cansancio al subir cuestas; ligeros sudores en la cama; tosecillas
rebeldes al clsico remedio casero de la leche de burra; opresin en el
pecho, y, lo que ms me molesta, una especie de vrtigos que  lo mejor
me obligan  apoyarme en la pared, y otras veces me producen la
sensacin de voces sepulcrales  irnicas hablndome confusamente al
odo: he aqu los sntomas que expuse al doctor Snchez del Abrojo. Ya
sabes la receta: echar la llave  los libros, campo, vida animal. Hay
modas en todo, hasta en la medicina, y esto de _convivir con la
Naturaleza_ es el gran especfico para los mdicos de ahora.

Mam se ha tragado que yo tena principio de tisis! Te acuerdas del
da en que te llam  su cuarto, con mucho misterio, para averiguar de
ti en qu pasos andaba su hijo, y qu orgas y desrdenes,  qu
pasiones desatadas arruinaban mi fsico? Todava me ro de la buena
sombra con que le respondiste: Seora, como no sea de excesos de
virtud,  de atracones de estudio, no entiendo de qu est malo
Joaqun. No, y t eres voto en la materia. La nica travesura de la
temporada, fu aquel baile  donde me llevaste  remolque, donde me
mareaste con el Mlaga, el Champagne y el mal ejemplo, y desde el cual
me fu... Llmame soso,  Catn,  lo que quieras; pero es un recuerdo
que no me gusta evocar. Jams he comprendido cmo puedes lanzarte tras
la primer ciudadana que se te presenta, recoger lo que anda rodando y
empalmar cierta clase de aventuras. Est visto que nac para juez.

Volviendo al caso de mi salud, y dejando las causas que pueden haber
infludo en su deterioro, te dir que aqu, aunque me aburro por siete,
espero mejorarme. Ya sudo menos en la cama; ya hace dos das que no me
atacan vrtigos; por consiguiente, sin que se entere mam, vas  tener
la bondad de meter en un cajn un par de docenas de libros; pdele 
Matilde, que los tiene de su mano, el _Laurent_, la _Enciclopedia
jurdica_ de _Ahrens_, el _Mackenzie_, las obras de _Leibnitz_, las
poesas de _Becquer_, y aade alguna novela nueva de _Galds_ 
_Alarcn_ que haya salido. Crrete  ese despilfarro, que bien puedes.
Adios; me canso y dejo para otro da la descripcin de la Fontela.

Tu amigo entraable.--_Joaqun Rojas._

[Imagen]


DEL MISMO AL MISMO.

Octubre.

Me ha entrado pereza de escribirte la semana pasada, y es natural:
puedo contarte de este sitio algo que merezca la pena de leerse? No
obstante, hoy me impulsa el mismo aburrimiento  ponerte una carta
kilomtrica.

No me has mandado los libros; dices que Matilde te neg la llave;
cualquier da me la pegis t y ella! estis de acuerdo con mam para
que me convierta en momia viviente. Bueno, aguantar hasta ms no poder,
y as que me sature de _animalidad_, tomo las de Villadiego y os
encontris ah  Pachn el soso. Hablando formalmente, yo te suplico me
enves qu leer; las noches de invierno se echan encima, pronto
anochecer  las cinco, y no s cmo voy  engaar tantas horas, aunque
me acueste con las gallinas.

En un nmero de _El Imparcial_ que vino de la villita prxima
envolviendo arroz, veo el estreno del drama de Echegaray y la honda
impresin que ha causado en el pblico; compadcete de este pobre
aldeano, y remteme por el correo ese drama.

Ahora te pintar mi Tebaida. Fontela reposa en el hondo de un ameno
valle, formado por las vertientes de dos montauelas, entre las cuales
pasa cautivo el ro Avieiro. De este ro es tributaria la _fontela_, 
fuentecilla, que mana en el huerto de mi propiedad y le da nombre. 
pesar de este aparato de montaas, ro y fuente, la finca no es lbrega,
fra ni triste. Est enclavada en una de las mejores comarcas de
Galicia, donde se tocan las provincias de Orense y Pontevedra; la
temperatura ( lo que pude observar por ahora) es benigna, y segn me
asegur ayer el albitar de Cebre (que vino  prestar los servicios de
su arte  una vaca enferma, y es de los alumnos finitos y resabidos de
la Escuela de Veterinaria), el termmetro no desciende jams  cero
grados. En cambio el clima peca de lluvioso; cosa que me fastidia, pues
suele aprisionarme entre cuatro paredes. Mucho siento hacerme caro, pero
necesito de toda necesidad un buen impermeable: dselo  mam.

La villa de Cebre, situada  tres leguas escasas, es el lugar habitado
que tengo ms prximo: compnese esta villa de dos calles y media, una
iglesucha tamaa como un cobertizo, un mesn donde remuda tiro la
diligencia y una destartalada casa-cuartel de la Guardia civil.  cinco
leguas, por el atajo, hllase Pontevedra;  veces pienso en montar hasta
Cebre, meterme en el coche de lnea, y pasarme en Pontevedra una semana;
lugo reflexiono: para qu? No conozco all  nadie: el teatro est
cerrado; vistos los dos  tres edificios que lo merezcan, me paseara
por las calles hecho un tonto, aburrindome ms que aqu. Renuncio  las
expediciones.

 todo esto, an no he descrito el palacio y jardines de mi real sitio.
No ha debido ser mala, _in illo tempore_, la casa, construda 
principios del siglo pasado por un bisabuelo  tatarabuelo de mi madre.
Como la mayor parte de las casas solariegas de aqu, tiene la escalera 
la parte exterior, y se entra al piso alto por una larga solana  balcn
corrido, mientras el portaln de abajo, que domina una piedra de armas,
da ingreso  la bodega, lagar, cuadra y establos. El piso alto--que es
el habitable--consta de saln, cocina ancha y semiconventual, y un par
de dormitorios en que caben tres salitas como la nuestra de Madrid. Por
supuesto que todo se encuentra en lastimoso estado: la solana, desde
donde se goza la deleitable vista del ro, est alfombrada de
habichuelas extendidas  secar, y en la esquina hay un montn de enormes
calabazas; la sala se ha convertido en granero, y amenaza hundirse bajo
el peso de ingentes montones de centeno y trigo, que muy  su sabor
recorren las ratas; y en mi dormitorio haba depositado la chica del
casero cosecha de peros y manzanas tan abundante, que su fragancia no
me dejaba dormir y hubo de retirarlas al cuarto contiguo, lleno ya de
patatas y chirivas.

Excuso decirte que en las ventanas de la casa no se encuentra un cristal
sano, y que las golondrinas (que ya se fueron) anidaban en las vigas del
saln. Yo, para evitar el fro, tengo que vestirme con las maderas
cerradas,  la luz que se filtra por las rendijas; es verdad que se
filtra bastante, y aire tambin. Ya vestido, abro la ventana y entra con
los rayos del sol la alegra del cielo puro,  con las nubes una
tranquila melancola gris, que tiene su encanto, por ser muy
caracterstica de esta regin. He reparado (los aburridos lo reparamos
todo) que suelen las nubes oscurecerse y agruparse  la parte del
Noroeste, sobre un manchn  soto de magnficos castaos.

Comprenders por lo dicho que la casa, ms que vieja, se encuentra
abandonada y se resiente del olvido en que la tienen sus dueos. La cal
se ennegreci, y las vigas y pisos oscuros, que empiezan  apolillarse,
aumentan el aspecto desolado de las habitaciones. Lo ms curioso es ver
an esparcidas por estos destartalados aposentos algunas reliquias de
opulencia seorial. Mi cama, por ejemplo, es salomnica, primorosamente
torneada, incrustada de bronce, con monumental copete y dosel altsimo,
de donde cuelgan pingajos de damasco ayer rojo y galn ayer dorado; es
mueble que si se restaura quedar precioso, y cuando yo tenga un real y
muchos cuartos lo compondr para ofrecrselo  mam. He descubierto
tambin unos bancos de respaldo pintado, una mesilla de tijera que
_acuerda al rey que rabi_, y una Pursima en cobre, tan encubierta por
el polvo, que slo adivin el asunto viendo blanquear la media luna. Del
estado en que se hallan estos tesoros juzgars si te digo que mi cama,
antes que yo llegase, serva para tender castaas y nueces. Los
colchones son prestados: creo que del Cura.

Sospecho que hasta mi venida, la familia del casero se permita dormir y
vivir en el piso alto, bien distante de imaginar que ningn Rojas la
estorbase nunca el pacfico goce de su morada. Desde mi invasin se
refugiaron abajo, no s si en el lagar  en la bodega; no he querido
averiguar en dnde, porque necesito hacerme violencia para no mandarles
que suban otra vez. Me consta que  pap no le agradara, pues me
encarg que me diese  respetar y guardase mi posicin, no
familiarizndome con los caseros; pero t, que conoces mis principios,
adivinars cunto me mortifica saber que  mi lado respiran cuatro 
cinco seres humanos y racionales como yo, amontonados en un lugar
sombro, hmedo, entapizado de telaraas, sin sbanas ni colchones, y al
abrigo de una cuba vieja. Porque yo creo que dentro de las cubas vacas
duermen todos, chicos y grandes. Aqu, antes del _oidium_, se coga
mucha cosecha, y hay cubas monumentales que hoy no se usan: las
alfombraron de paja, y como Digenes el cnico.

En tan extraos lechos presumo que duermen el padre, vejete marrullero,
fisonoma inmvil, ojillos relampagueantes de malicia; Maripepa, la hija
mayor, que contar sus veinte; la pequea, como de ocho; el nio, de
cinco, y el mozo de granja, un brbaro (exento del servicio militar por
faltarle el pulgar y el ndice de la mano derecha, que l mismo seg con
la hoz). Qu promiscuidad! dirs t y dir cualquiera. As viven: como
las bestias en el establo: peor quizs.

Paso  los jardines. Se componen de un cuadrado de coles, otro de
patatas, un maizal que ahora est en rastrojos, y unos cuantos manzanos,
perales y cerezos. En materia de flores, ya te contara Matilde que no
pude envirselas disecadas porque no existen,  no ser tojos amarillos,
malvas y unas campanillas blancas bien chiquitinas. Cuando cese de
llover, bajar  las orillas del ro  ver qu tenemos de bueno por all
y si es posible coger alguna trucha; me convendra variar el _men_, que
se compone invariablemente de un caldo, un cocido y un asado de carne
con patatas. Creo que Maripepa no sabe ms condumios. Es verdad que por
la maana me tiro al cuerpo un vaso de leche... qu vaso de leche,
chico! Esto es beber leche: una leche mantecosa, fragante, rebosando la
suave crasitud de la nata: un desayuno digno de un rey. Al despertar
sudando y molido (porque esta mquina no quiere acabar de arreglarse,
pero no se lo digas  los paps), aquel vaso de leche me vuelve el alma
al cuerpo.  las siete en punto entra Maripepa, y _cla, cla_... me bebo
mi vaso, mejor dicho, mi escudilla  _cunca_ de barro del pas, que no
nos honramos con otra vajilla ms preciosa.

Ya que he puntualizado lo que me sucede aqu, hasta lo ms tonto, justo
es que me enteres de lo que por ah ocurre. Habl ya en el Ateneo
Gutirrez Pelado? Gust? Volvieron Ernesto y su novia de Andaluca?
Public Lena sus _Ilusiones fugaces_? Le han dado algn palo los
crticos?  qu altura ests con la rubia del Retiro? Lo pesc
Matilde? Y de poltica? Que vengan los tuyos; amn, pero por turno
pacfico, sin pronunciamientos. Espaa necesita un poco de paz, si ha de
reponerse. Me repugnan las explosiones brutales, hasta las ms
justificadas en su origen.

 ti, en cambio, te entretienen. Dichoso t. No te faltar diversin.

Ea, adis; no te empereces, y escribe.


DEL MISMO AL MISMO.

Octubre.

Camilo, Camilo, Camilo! Que siempre has de ser as, empedernido y
recalcitrante! Porque te dije en mi carta anterior que el casero tiene
una chica, y esta chica me sirve la _cunca_ de leche, ya pones mil
tonteras, y afirmas que estoy aqu contentsimo y pinto el pas y la
casa con bellos colores. Piensa el ladrn... Ven ac, malicioso;
ignoras que no soy como t, ni peco de inflamable, ni me vuelve loco el
espectculo de unas enaguas colgadas de una percha? Me gusta lo hermoso,
me agradan las nias guapas mucho ms que las feas; slo que no he
menester, como t, traerlas siempre al retortero, y supongo que cuando
me enamore ser de veras, y har un marido tierno y amante, como Dios
manda y debe ser todo hombre honrado.

Mi programa excluye los conatos de seduccin. Y por dnde queras que
empezase la carrera de Tenorio! Por Maripepa, la hija del seor Pepe de
Naya! Antes de leer tu carta (que en algunos pasajes me hizo
desternillarme de risa), ignoraba el color de los ojos de esta rstica
ninfa,  ms bien faunesa. Hoy fu la primera vez que se me ocurri
desmenuzar su palmito. Cuando yo la consider despacio, estaba
_Maripepia_ en la actitud siguiente: arrollada  una mueca la soga
con que prenda  la vaca, y en la otra mano, que apoyaba en la cadera,
reluciente y afilada hoz. Muchacha y vaca mirronme de soslayo cuando me
acerqu al grupo, con mirada  un tiempo recelosa, arisca y humilde,
como exclamando: qu nos querr ste?

[Imagen]

Y qu tal de esttica? preguntars t de fijo. De esttica! Vers,
vers. _Maripepia_ es de mediana estatura, tiene el cutis asoleado,
sembrado de pecas, rojo el greudo cabello, las manos oscuras y
curtidas, con uas cuadradas y romas, el pi muy ancho y plano, sin duda
por la costumbre de no calzarse sino los das festivos, y de pisar
cantos y asperezas. T, que te mueres por un pi bonito encerrado en
elegante bota, tendras para reirte un mes con la ancha base de esta
criatura.  fin de no desilusionarte por completo, aadir que posee
unos ojos entre verdes y azules, con pestaas muy cortas, espesas y
rubias, que no por lo raros, ni por no contarse en el nmero de los ojos
clasificados oficialmente como bonitos, dejan de serlo. Pero lo dems...
Si vieses qu semejantes en su colorido son la chica y la vaca! Rojas,
morenas, las dos parecen hechas de tierra y teja molida.

Emprend conversacin con Maripepa, y no se cort; dej  la vaca
mordiscar el campo, y me fu dando explicaciones de sumo inters; por
dnde se encontraban las mejores lindes para el pasto; qu edad cuenta
el ternero; cundo ser tiempo de venderlo en la feria; cmo era preciso
traerle yerba tiernecita, si no el muy glotn no dejara para m gota de
leche; todo en el dialecto del pas, que me costaba trabajo entender,
aunque voy acostumbrndome y ya s el nombre de muchas cosas.

Sospechas que me habito  esta situacin; te equivocas; me aburro
resignadamente, hago de tripas corazn y de la necesidad virtud; duermo,
como, paseo y trato de no echar de menos tu compaa, la familia, mis
relaciones, el Ateneo y los teatros. No niego que me sucede un curioso
fenmeno; deseaba mucho recibir el cajn de libros, y ahora que est
aqu no me resuelvo  desclavarlo. La naturaleza me embebe, me absorbe
la vida orgnica y me entrego dulcemente al placer de existir, de gozar
sueos reparadores y digestiones insensibles, respirando un airete
templado, que  veces trae olores resinosos del cercano pinar.

Otro sntoma: cuando llegu se me figuraba estar soando, y que el nico
mundo real era Madrid; ahora me sucede lo contrario; penetrado de la
realidad de cuanto me rodea, el Madrid lejano me parece una comarca
fantstica: dudo confusamente de su existencia, y al recibir cartas me
ro de mis dudas. Cosas singulares observ tambin al despertar. El
primer da que despert aqu, me sobrecogi extraordinariamente la
profunda calma, apenas rota por un rumor suave de brisa en la arboleda,
por remotos _quiquiriqus_ de gallo y por el argentino gotear del cao
de la fuente. Contrastaba de tal modo esta paz con el ruido de los
coches, que an llenaba mis odos, con el tableteo del tren y el
carranqueo de la diligencia, que me puse  _escuchar el silencio_,
gozando ms que en el Real cuando la orquesta entona el _solo_ de la
_Africana_.

No niego el atractivo del campo. Desde que no llueve y est serena la
atmsfera, recorro mis dominios, disfrutando de un apacible otoo. He
visitado las orillas del Avieiro, festoneadas de olmos y mimbrales; en
los recodos, si vieses qu praditos de grama mullida, qu orlas de
espadaa mezclada con lirios tardos! Dar gusto leer  Becquer en
sitios tan poticos. Con todo, mi lugar favorito no son las orillas del
ro, sino el soto de castaos. Conservan stos su frondosa hojarasca,
pero sus flores secas y amarillentas alfombran el suelo y embalsaman el
aire con un grato olor casi imperceptible; algn entreabierto erizo va
cayendo, y se ve en su interior pardear la castaa. Me indic Maripepa
que el da de Difuntos se podr hacer un _magosto_, es decir, asar las
castaas en el mismo soto y comerlas regndolas con el mosto agrio y
clarete del pas. Qu mosto, hijo! Me lo dieron  probar,  hice una
mueca. Aseguran que asociado  las castaas es cosa exquisita; me figuro
que siempre ser vinagre.

Ah, gran acontecimiento! Pues no se me olvidaba lo mejor? He tenido
dos visitas, psmate, dos nada menos. Y son gentes muy dispuestas 
acompaarme y obsequiarme: el notario de Cebre y el seorito de Limioso.
El notario, mozo robusto, colorado, gasta barba que le come las
mejillas, pelo que se le junta con las cejas, y detrs de tanta maleza
esgrime unos ojuelos vivos y joviales; el seorito, avellanado, escueto,
grave y lacio, usa bigotes cados, pantalones cortos y un chambergo
anticuado, romntico, que est reclamando la flotante pluma. Tiene fama
el notario de pirrarse por las mozas, el vino y la caza; el seorito es
tambin gran cazador; pero respecto  otras pecaminosas aficiones, nada
se murmura de l; es encogido, de pocas palabras, y no le falta cierta
innata cortesa caballeresca. Este seorito de Limioso no sali jams de
su concha, y creo que sus viajes se reducen  ir algn ao  Pontevedra
para ver _el fuego de la Peregrina_; no le dieron carrera, fuese por
falta de medios  fuese por considerar ms hidalga su ignorancia de
mayorazgo pobre, y vive con su padre, chocho ya, y dos tas muy viejas y
raras, en un casern acribillado de goteras, que aqu llaman con gran
respeto el _Pazo_ (palacio) de Limioso.

Afirma el notario malignamente que el seorito mantiene  sus tres
perros de perdices con aleluyas, y que en el Pazo se cuelga del techo el
mollete de pan,  fin de que dure ms tiempo y sea ms difcil de coger.
Es posible que tengan fundamento estas burlas; porque mientras el
notario ha venido  verme caballero en una yegecilla muy redonda, de
ojo zaino y gordas ancas, el seorito cabalgaba en un _penco_ trasijado
y larguirucho, que casi desapareca bajo la gran silla espaola con
adornos de plata, mueble histrico del Pazo. Ambos visitadores me
convidaron  salir con ellos _ las perdices_, y convinimos en que, si
no se descompone el tiempo, recorreremos el monte y ellos vendrn 
disfrutar el _magosto_ aqu.

Ya te referir cmo he obsequiado  mis nuevos amigos y  qu saben las
castaas.

[Imagen]


DEL MISMO AL MISMO.

Noviembre.

No he contestado  tus ltimas y cariosas epstolas, porque slo tuve
nimo para poner dos renglones  mam, redimindola de la mortal
inquietud en que vivira si no viese mi letra. Es el caso que he
recado: silencio por Dios, y no se te escape la noticia ni con
Matilde! Por otra parte, imagino que lo peor ya pas, y que vuelvo 
encontrarme fuerte. Merece contarse la historia de mi recada y de las
calaveradas que la originaron.

 fines de Octubre y principios de Noviembre hizo un tiempo delicioso:
ni en Niza, ni en regin alguna del mundo se poda apetecer cosa ms
grata que esta despedida del otoo que llaman _veranillo de San Martn_.
El da de Difuntos--tan triste en otras partes--daba aqu ganas, ms
bien que de llorar y morirse, de resucitar brincando; y cuando salimos
para el soto el notario, el seorito de Limioso, el cura de Naya y yo,
bamos tan contentos y me senta tan bien, que cre vencida del todo mi
enfermedad. Convinimos en que haramos el _magosto_ nosotros mismos, y
en que Maripepa nos traera la comida al soto. Apenas llegados  l, mis
compaeros, que segn costumbre llevaban escopeta, aseguraron que se oa
el reclamo de la codorniz, _chau, chau_, en unas vias prximas, y ya no
hubo quien los contuviese. Quedme solo, sentado en el cepo de un
castao que abati el hacha, con el volumen de Becquer abierto en las
manos, pero con gran pereza de leer.

Me distrajo ver cmo haca Maripepa los preparativos del _magosto_,
juntando ramas y hojas muy secas y reunindolas en montn en un claro
del soto, donde el sol haba requemado y dorado la yerba y el musgo.
Preparada la hoguera, dedicse la muchacha  recoger erizos y extraerles
la fruta. Con qu dirs, Camilo, que abra los erizos Maripepa? Con
los pis!! Juntndolos mucho, sirvindose de ellos como de unas manos,
manejando diestramente el pulgar, la planta y el taln, haca estallar
la cpsula y saltar la castaa fuera. No comprendo por qu milagro las
pas del erizo no se le clavaban en la carne; es verdad que antes de
abrirlo lo prensaba y estrujaba con un valiente talonazo. Reme de tan
peregrina faena, y la chica se ri tambin, enseando entre sus labios
gruesos unos dientes para dar envidia  los que padecemos del estmago.
Intent sepultarme en la lectura de Becquer, pero  poco, incitado por
la quietud rumorosa del bosque, el sereno regocijo del cielo y las idas
y venidas de Maripepa, tir el libro y me consagr  ayudarla, haciendo
torpemente con las suelas de las botas lo que ella  maravilla con la
recia planta del pi. Compadecida de mi ineptitud, me dijo que en vez de
abrir erizos recogiese castaas de los ya abiertos, quedndome slo con
la gorda del centro y desechando las dos mezquinas que suelen
flanquearla. Y aqu me tienes de bruces, cogiendo castaas, limpindolas
con la manga y echndoselas  Maripepa en el delantal.

En semejante actitud me encontraron mis compaeros, que volvan locos de
gozo con una codorniz y dos  tres pajarillos asesinados. Soltaron la
carcajada al verme, y me levant algo confuso, alegando el aburrimiento
y la soledad en que me dejaban. Cruzaron entonces miradas maliciosas: el
notario gui el ojo izquierdo hacia Maripepa, dando un codazo al cura;
el cura hizo ademn de tocar las castauelas, y el seorito contempl de
reojo, sonriendo, sus desmayados bigotes.

Brlate de m! Me puse frentico. De manera que no slo t, sino
tambin estos majaderos, me juzgan capaz de abrasarme en la hoguera del
_magosto_? Porque te juro, Camilo, que las miradas, el guio, el codazo,
la pantomima y la sonrisa fueron, en su gnero, de lo ms crudo y franco
posible. No necesitaban traduccin ni comentarios.

Como Maripepa se haba marchado  buscar la comida, aprovech la ocasin
para desahogarme, y con gran sorpresa ma, slo consegu aumentar la
broma y las risotadas. No les pude hacer comprender que la honra de una
chica que lleva  pastar las vacas y abre erizos con los pis, vale
tanto como la de una emperatriz, y que la perla de la virginidad no
pierde su hermosura por abrigarse en la concha de una cuba vaca, entre
las telaraas de una bodega. Sin embargo, es cosa bien clara  mis
ojos! Hasta el cura me daba la razn  medias, slo en el terreno
especulativo: ante Dios todas las almas son iguales, y no hay distincin
de categoras--decame festivamente;--pero en la prctica vemos que la
educacin, lo que se aprende desde la niez, la costumbre, influyen de
un modo notable en la conducta y en el aprecio que el mundo nos otorga.
Parecime de _componenda_ la teora, y protest algo enojado. La llegada
de los manjares me forz  desarrugar el entrecejo y atender  mis
deberes de anfitrin.

Qu gustosa es una empanada de Cebre, fra, comida sin mantel ni
trinchante! Pues y las patatas cocidas, escarchadas en una corriente de
aire, sobre un cesto de mimbres! El notario haba trado su _morena_,
bota capaz de doce  quince cuartillos, y la empinbamos por turno,
rociando el banquete con tragos de vino del Avieiro, muy anlogo al
Burdeos comn. Entre tanto, Maripepa, arrodillada, activaba la hoguera
del _magosto_, soplando con toda la fuerza de sus carrillos, mientras el
notario, echando cerillas, las aplicaba  las hojas secas, que ardan
chisporroteadoras. As que el fuego se apoder de las ramas y stas se
convirtieron en brasa encendida, las castaas comenzaron  estallar, y
Maripepa  meter intrpidamente los dedos en la lumbre, sacndolas una
por una y ofrecindomelas despus de limpiarlas  su justillo.

Empez el mosto agrio  correr, y sus efectos hilarantes  percibirse.
Hasta se le desat la lengua al seorito de Limioso con tan alegre
vinillo, y azuzado por el notario arm discusin con el cura sobre
poltica. Yo pensaba que los dos andaran conformes: que si quieres! el
seorito recibe _El Siglo Futuro_, el cura est suscrito  _La Fe_, y
entre _mestizo_ y _nocedalino_, _pidalero_ y _cesarista_, se pusieron de
oro y azul. Al cura se le sofoc y arrebat hasta la piel de la corona;
al seorito pareca que se le enderezaban los bigotes,  guisa de
espolones de gallo de combate. Lo gracioso fu que ambos apelaron  m
para dirimir la contienda, y yo no saba qu decirles ni ellos me
dejaban hablar; tales estaban de acalorados.

Mientras dur esta escaramuza, el notario,  pretexto de velar por el
_magosto_, se haba arrimado  Maripepa disimuladamente, y o un
chillido de dolor,  que l contest con una carcajada sonora y
largusima. Me levant furioso para contener  aquel mozo
desvergonzado, y v  Maripepa de pi, con una manga de la camisa
remangada hasta el hombro, mirando tristemente la seal roja del brbaro
pellizco, en actitud algo parecida  la de un perro  quien peg su amo.
Por seas que es admirable que Maripepa tenga los brazos blanqusimos,
teniendo la mano tan oscura.

No s qu le dije al notario, sin descomponerme, pero con gran energa,
que vino con las orejas gachas  sentarse en un tronco y  comer
castaas por va de consuelo. Yo tambin me hart de tan indigesta
fruta, y mi estmago qued fatigado y embutido. No obstante, atribuyo la
recada, ms que al _magosto_,  la cazata de pocos das despus.

Quedamos en que ellos pondran los perros, el vino, las municiones, la
caza, y yo la comida solamente. Ya el da empez mal para m, pues me
hicieron madrugar; era noche cerrada cuando alborotaron el patio los
ladridos del _Chonito_, del _Pistn_ y de la _Gineta_, y apenas
blanqueaba la aurora cuando baj vestido, y temblando de fro,  recibir
 mis huspedes. Parecan tres facinerosos, con el sombrern de anchas
alas, la canana, el morral y la escopeta. Ech  andar en su compaa, y
caminamos por la margen del Avieiro hasta mucho ms all del soto, desde
donde tomamos monte arriba. Ay, Camilo, qu piernas requiere el oficio
de cazador! Esto de que un sr racional ha de seguir el rumbo que le
seala un bando de perdices, es mucha cosa! Que las perdices estn
all... que no, que se corrieron  media legua,  la parte de Boan... Y
salte Vd. portillos, cruce bosques, y vadee arroyos, y pise tojo, y suba
cuestas speras para lugo bajar otra vez, por despeaderos,  la cuenca
del ro.

[Imagen]

Me senta rendidsimo y no quise confesarlo, porque me avergonzaba de mi
poco vigor ante la robustez del notario, la agilidad galguesca del
seorito y la jovial ligereza del cura. Hasta los perros volaban
delante, gozosos, en su elemento, volviendo de cuando en cuando sus
cabezas inteligentes  ver si los seguamos. De pronto el _Pistn_ y la
_Gineta_ se pararon, con las patas de delante inmviles y un leve y
nervioso meneo de cola. Su piel se estremeca de impaciencia y de
entusiasmo. Entra, _Pistn_! Entra, _Gineta_! Ah, _Chonito_!
Entraron impetuosamente en el brezal, y sali la bandada con formidables
aleteos; sonaron tres tiros, y lugo otros tres; por ltimo sali
rezagado el mo, y se perdi inofensivo en el aire, haciendo reir  mi
costa. Los canes _portaban_ las vctimas, desviando delicadamente sus
dientes blancos para no deshacerlas, y aqu de las exclamaciones: Un
pollo!  Un pollo! Esta es _una vieja_, un macho viejo! Y los
cazadores apartaban con los dedos la abigarrada pluma, palpando la carne
gruesa, tibia an con un resto de calor vital.

Gracias  Dios! murmur para mi sayo cuando nos recogimos  una robleda
donde nos aguardaba la comida, y, sobre todo, el reposo. Maripepa y
Manuel, el mozo de granja, nos esperaban all; entregamos  Manuel la
caza por aligerar los morrales, y l nos mostr con aire de triunfo un
objeto que penda de sus tres dedos sanos, y que al pronto me pareci un
haz de helechos, hasta que v entre las dentadas hojas verdes asomar
unos cuerpos de pez argentados y hmedos. Truchas soberbias, truchas de
las famosas del Avieiro!

Manuel explic que las haba cogido tempranito, al rayar la aurora, por
medio de la _nasa_, especie de cesto muy hondo. Con la alegra de verlas
se me quit el cansancio, y orden  Manuel que fuese por unas parrillas
 la rectoral de Naya, que estaba  un tiro de fusil; al oirme hablar de
parrillas, Manuel se encogi de hombros, se eclips, y volvi  poco
rato trayendo una ancha losa de pizarra que tendi en el suelo, y al
rededor de la cual puso rama de pino, mucha rama, prendindole fuego
despus. As que la rama ardi y se hizo brasa, coloc encima de la
candente pizarra las truchas, que empezaron  asarse lentamente,
soltando su grasa finsima. Qu buenas estaban! El ms exigente
gastrnomo se chupara los dedos.

Con la golosina de las truchas com bien, y al volver  ponernos en
marcha para buscar otro bando de perdices que deba encontrarse, segn
noticias, en un escarpadsimo barranco, ctate que empieza  caer
llovizna menuda y  cerrarse la tarde en niebla, y yo, bastante
desabrigado,  experimentar la penosa sensacin del fro sordo y
penetrante, que se nos cuela hasta los huesos. La terca lluvia no
cesaba, y estbamos  legua y media de Fontela, y no me defenda, como 
mis compaeros, una especie de coleto de badana, ni unas polainas de
cuero. Llegu tiritando  casa y me acost yerto;  poco se declar la
calentura, y aun creo que el delirio; por lo menos la incoherencia en el
hablar. Yo me agitaba, quera destaparme, y despus me quedaba postrado.
As corrieron dos semanas.

He conocido en esta ocasin que aqu es la gente muy buena y cariosa;
no sabes la compaa que me hicieron por turno el notario, el seorito y
el cura; me trajeron al mdico de Cebre, viejo practicn que me recet
friegas y sudorficos (qu dira Snchez del Abrojo si tal supiese!), y
trabajo me cost impedir que el notario,  puros refregones, me
arrancase la piel.  falta de los amigos, Maripepa me asista, velaba y
daba bebistrajos y medicamentos ridculos: un huevo muy batido con
azcar y disuelto en leche, agua hervida con miel, mil porqueras.

Me acostumbraron mis enfermeros  jugar una partida de tresillo para
entretener el forzoso encierro de la convalecencia, y todas las tardes
lo jugamos en la mesa de la cocina, cerca del fuego del hogar,
escuchando el ruido pausado de la lluvia y el medroso silbido del
viento, pues ya el _veranillo_ pas y reina la invernada ms hmeda y
nebulosa que imaginarte puedas. Por no interrumpir la animada partida,
sacamos el caldo del pote con nuestras propias manos, y cenamos al amor
de la lumbre sin dejar de jugar. De qu se habla? Generalmente, del
codillo de solo! que se mam el cura,  de la bola que le cortaron al
seorito con el caballo de bastos.  veces, de perdices, de codornices,
de ferias  de poltica; el notario es sagastino, porque tiene un to
que recibe de Sagasta instrucciones electorales; el seorito y el cura
ya sabes de qu pi cojean; yo, que aspiro slo al progreso y bienestar
de Espaa, les sermoneo  todos, y todos se ren de mis utopias.

Te dir con franqueza que si por algo me desagrada esta tertulia
campestre, es por ciertos desmanes del notario con Maripepa. No puede la
pobre muchacha entrar en la cocina sin que la hostigue, la arrincone y
la persiga de mil maneras indecorosas. Si los deberes de la hospitalidad
y la gratitud que en el fondo me merece este gaznpiro no me atasen las
manos, le dara una leccin de la cual le quedase memoria. Cmo he de
consentir que  mi vista ofendan  una mujer, siquiera sea  la ms
humilde? Con la lengua defiendo  Maripepa calurosamente, reprendiendo
las feas acciones del notario; mas es predicar en desierto, porque la
idea de que en Maripepa hay algo acreedor  respeto no arraiga en el
obtuso magn de este _Don Juan_ de aldea.

Puede que t tambin te ras vindome metido  redentor; considera,
antes de mofarte de m, que aparte de mis principios humanitarios, le
tengo ya  Maripepa cierto cario desde que me asisti tan asidua. Por
seas, ya que de esto se trata, que me sorprendi mucho la indiferente
familiaridad con que me prest toda clase de servicios. Yo bajaba la
vista por instinto cuando me mudaba las sbanas,  las estiraba,  me
arreglaba el colchn... y ella tan tranquila, sin entornar siquiera sus
pupilas verdosas. Ser verdad que el pudor es relativo y depende de la
posicin social que ocupamos y de la educacin que nos dieron?

Me inclino  pensarlo, porque esta chica me trat con ms desahogo
durante mi mal, me cuid con menos escrpulos que mi hermana  mi propia
madre. Y sin embargo, al travs de su tosquedad, parece inocente y mansa
como el ternerillo que zagalea.

Noticia  todos que estoy mejor, es decir, bien, y que maana  pasado
les escribir largo y tendido.


DEL MISMO AL MISMO.

Diciembre.

Preguntas por mi salud? Magnfica, chico; he echado carnes, mi barba se
cierra, mis piernas se fortifican, y vas  dignarte decirle  mam que
es razn sacarme de aqu, sino he de enfermar otra vez de murria y
fastidio. Se acerca una poca que me inunda el corazn de nostalgia: las
navidades. Quin no aspira, en Noche Buena,  cenar rodeado de su
gente? Sepultado en el rincn de un valle, en el fondo de Galicia, yo me
consumir ese da clsico, y pensar tristemente en los que me echan de
menos. No respondo, Camilo, de no plantarme en esa el da 24.

Con qu placer celebraramos la Noche Buena, yo restablecido, con el
nombramiento de Juez en el bolsillo, y t declarado novio oficial de
Matilde! Mis padres, aunque temen algo  tu mala cabeza, estiman tu
corazn, saben que eres chico listo y de porvenir, y no aspiran  mejor
yerno. Pero eres incasable, est visto. Has de tropezar con una moza
traviesa que te haga ver lo blanco negro. No te digo ms, porque es algo
desairado el papel de casamentero de mi propia hermana, mxime no
teniendo sta un ochavo de dote.

Podas imitar mi prudencia, y dejarme en paz con la chica del casero.
Supongo que, despus de saber que rabio por tomar el portante, no
reincidirs en la chistosa bromita de que estoy prendado de esta
_ternera_, como t le llamas. Maldita la falta que hace estar prendado
de nadie para profesar y sostener principios de elemental justicia. Qu
significan entonces nuestros ideales democrticos, si hemos de
aprovechar la primer coyuntura favorable de escarnecer al pueblo en lo
ms digno de veneracin, en la mujer indefensa y expuesta por su misma
inferioridad  todo ultraje? Hay cobarda como abusar de criaturas poco
ms conscientes que el ganado? No es Maripepa un sr humano, un
semejante que excita mayor inters por lo mismo que carece de escudo
social?

Comprendo, Camilo, todo lo que se haga en ciertos sitios, en ciertos
bailes y con ciertas mujeres. Ya barruntan ellas  lo que se exponen, y
no les coger de nuevo cosa alguna; si la guerra es poco gloriosa, al
cabo es franca y abierta. Pero asechanzas  _Maripepia_,  esta pobre
Margarita salvaje que, por no saber, ni sabe dar al torno! Es igual que
tirar  un conejo atado por las patas  cazar pollos en el nido. No se
subleva tu generosidad natural con slo pensar que yo lo consintiese 
mi sombra y bajo mi techo?

Me indign semejante proceder, y ms en el notario, que al cabo no tiene
la disculpa de juzgarse, como el seorito de Limioso, investido de una
especie de poder feudal sobre las mocitas de la comarca. Es verdad que
el notario se lo arroga, en virtud de los manejos de su to, el
sagastino cacique, y te aseguro que bajo el cetro de papel sellado de
estos tiranuelos locales vive harto ms oprimido el paisanaje infeliz
que en tiempos de horca y cuchillo, pendn y caldera.

Da ganas de reir tu aserto de que me inspira celos el notario. Celos de
Maripepa... y de ese pedazo de atn! Cunto nos vamos  divertir este
ao en el Retiro, acordndonos de tales simplezas!

Mira, no te olvides de instar  pap para que me levanten el destierro.
Tengo verdaderas _saudades_ de Madrid; es decir, no s si son de Madrid
precisamente; el caso es que las tengo.  medida que mis pulmones se
saturan de aire puro y vital, parece que se me achica la respiracin del
alma y que me ahogo por dentro. Anso no s qu, doy largos paseos sin
objeto ni fin,  me estoy horas y horas sentado en el poyo de piedra
debajo de la solana, sumido en una especie de ensimismamiento raro, que
debe ser rezago de la enfermedad.  veces salto del poyo, y por no saber
cmo esparcir la sangre, trato de escalar la solana; y no estando muy
hecho  este gnero de habilidades,  poco me rompo la crisma
estrellndome en el patio.

Figrate si me hierve el cuerpo en impulsos de actividad, que anteayer
ayud  Maripepa  segar, por entretenerme. La v salir con la hoz y un
aire tan animoso, que me di envidia, y la segu al prado. Es cosa muy
linda el prado, sobre todo en este tiempo, cuando su frescura y color
alegre contrasta con la desnudez de los rboles y la aridez del terreno
labrado. Un prado es la infancia de la vegetacin, y sin que uno sea
borrico, ni mucho menos, la yerba convida  tenderse, revolcarse y
palpar amorosamente su suave tez de felpa. Me tend, pues, dejndome
resbalar por el leve talud, mientras Maripepa esgrima el arma de las
druidesas y _apaaba_ (es el trmino tcnico) todo el verde posible. Al
fin me resolv  servirle de algo, y estuve  punto de llevarme media
mano con la hoz, que corta como navaja de afeitar. La chica se ri de
todo corazn, pues nada le divierte tanto como mi torpeza en cosas
rsticas. Me arranc el instrumento, y pronto tuvo reunido un haz de
yerba que coloc sobre su cabeza. Apenas se le vea la cara entre aquel
marco de verdura, y al andar la rodeaban las hojas y tallos que iban
soltndose y cayndose, y quedaba en pos de ella un rastro de briznas de
plantas, de simiente de gramneas, de florecitas menudas. No dirs que
no te doy la razn poetizando  Maripepa. El asunto mereca un
acuarelista que lo fijase en el papel.

Se me figura que parte de este desasosiego mo, de este no saber cmo
matar el tiempo,  la vez que lo engao con las mayores nieras y
futilidades, consiste en que los tresillistas me han abandonado,
aprovechando estos das apacibles en sus correras y cazatas, que ya no
me atrevo  compartir, escarmentado por el mal suceso de la primera. Si
no me escabullo antes, en Enero estoy convidado  la famosa feria del 6,
en Cebre. El notario har el gasto, y por no llevarnos  su casa de
soltero, que la tendr sabe Dios cmo, nos obsequiar en la _fonda_.
Debe ser cosa buena la fonda de Cebre! eh?

Contstame  escape, dndome siquiera esperanzas de que saldr de aqu.
Creo que el mar poltico se encrespa y la balanza se inclina del lado
de los tuyos. Ser Juez... y ay del notario fullero  del cacique
tortuoso  inicuo que me caiga por banda!

[Imagen]


DEL MISMO AL MISMO.

Enero.

S, ha llegado mi nombramiento; s, no te acus recibo; s, me hago el
muerto, y lo que es peor, deseo estarlo hace algunos das. Ya soy Juez,
Camilo! Amarga irona de los acontecimientos! La justicia humana se
pone en mis manos el da en que ms merezco caer en las suyas... y acaso
en las de Dios!

Camilo, si eres amigo mo de verdad, si quieres un poco  mi hermana,
por ambos afectos te suplico seas discreto y reservado y no reveles 
paps ni  nadie de este mundo palabra de lo que voy  contarte; porque
necesito desahogo, y ya no s callar ms, y porque quiero que me
aconsejes. T sueles ver ms claro en asuntos de la vida prctica,
aunque yo poseo... posea, quiero decir, un fuerte instinto de rectitud
moral que en cualquier conflicto me dictaba resoluciones dignas de m.

Entrar en detalles y referir cmo se encadenaron sucesos que acaso
explican, sin disculparlas, mis locuras. Maldita sea la feria de Cebre!
Escucha, escucha, vers cmo empez la broma que tan cara me cuesta.

La maana del da 6 me vest y acical para ir  Cebre, poniendo algn
esmero en mi alio, porque tras de una larga temporada de campo, en que
el aseo se descuida y se anda sin corbata ni camisola, gusta volver por
los fueros del hombre civilizado, y se experimenta cierto placer al
cortarse las uas y atusarse el pelo. Vestido ya de pis  cabeza,
cabalgu en el jaco que me traa Manuel, y sal al camino. Estaba la
maanita fresca, y yo, sintindome sano y fuerte como nunca, respiraba
con placer el airecillo picante, y conoca que empezaban  enfrirseme
los pies en los estribos. De pronto o una voz: Adis, seorito! Mir
hacia abajo y v  Maripepa. Al pronto dud si la era; tan diferente me
pareci de la Maripepa acostumbrada.

Tambin ella se haba pulido y arreglado  su modo! Llevaba _mantelo_
negro, liso y muy ceido, con ancha cenefa de pana; _dengue_ negro
tambin, recamado de azabache y sujeto  la cintura con un broche de dos
conchitas de plata relucientes; al cuello, paolito de seda azul. Su
pelo rojo, alisado con agua, tena al sol reflejos cobrizos, y su tez,
 fuerza, sin duda, de fricciones, ostentaba un brillo de juventud; las
pecas satinaban  trechos el cutis tostado, y los ojos, verdosos,
parecan de metal, vistos  la claridad del da. Cosa ms rara!--pens
para mis adentros.--Esta chica no es fea, al contrario. Reflexin que
hice mientras echaba pi  tierra y emparejaba con Maripepa, cogiendo
del diestro el jaquillo.

Ella tambin llevaba el ternero, destinado  venderse en pblica subasta
en la feria; de modo que ternero, jaco, ella y yo formbamos un grupo
que, al ascender el sol en los cielos, proyect sobre el camino una
sombra grotesca y fantstica. Por qu me fij en la proyeccin de
sombra, y recuerdo este incidente entre otros ms dignos de memoria
duradera? No s: lo cierto es que el grupo, visto de aquel modo,
resultaba muy extravagante, y me hizo reir.

Aument mi buen humor Maripepa, que me dijo  voces lo que yo me
limitaba  pensar de ella por lo bajo. Con rsticas razones me asegur
que estaba muy guapo aquel da, y aadi en tono hiperblico:

--Hoy las seoritas en la feria!...

No se explic ms, ni haca falta, porque la risa y la mirada dijeron el
resto. Homenaje ms brutal, ms resuelto, ms sencillo y ms provocativo
 la vez, no se ha tributado  nadie. Un alma inculta, enterita y sin
velos, se asom  unos ojos del color del follaje, ojos que parecan
espejos de la naturaleza agreste.

He ledo que mujeres muy hermosas, entre ellas la clebre Mad. Rcomier,
la amiga de Chateaubriand, oan con gratitud y orgullo los piropos de
los soldados  de los saboyanitos deshollinadores, en la calle. No soy
mujer, ni, como sabes, me he preciado jams de chico lindo; pero soy de
carne, y reconozco que es muy grato leer en una cara el placer causado
por nuestra presencia. Y este placer apenas pueden ofrecrnoslo gentes
cuya condicin social supere  la de los deshollinadores. Una seorita,
 siquiera una mujer algo educada, cuando encuentra guapo  un hombre,
procura  toda costa que no le salgan al rostro los pensamientos.
Maripepa di rienda suelta  los suyos, como el nio que ve dulces 
juguetes. Mirbame de pis  cabeza embelesada, repitiendo con una
mezcla de envidia y codicia:

[Imagen]

--Ay las seoritas hoy!...

Sabore un momento aquella admiracin candorosa,  impdica,  como
quieras, dejndome llevar  mi vez del gusto de contemplar  la chica y
detallar en ella gracias no observadas hasta entonces: la delgadez de la
cintura, realzada por la valenta de la cadera; la abundancia del pelo
rojo, alborotado en las sienes; y la mucha frescura de la boca. Pero
como no soy tan inocente que no sepa en qu paran observaciones de este
jaez, y adems, hasta Cebre, faltaban an tres leguas, dije  Maripepa
unas cuantas palabritas de broma, para que quedase satisfecha y pagada,
y mont de nuevo  caballo, espoleando  mi jamelgo y perdiendo de vista
 la pastora muy pronto.

Cuanto ms me acercaba  Cebre, con ms bueyes y cerdos tropezaba,
teniendo  veces que pararme por no aplastar inhumanamente algn
marranillo de rosado cutis y finas sedas. El campo de la feria de Cebre
es una robleda frondossima, que la carretera divide en dos. Cuando
llegu, no se poda literalmente dar un paso: tal era el hervidero de
cabezas humanas y cornpetas que me rodeaba y oprima. No he visto
cuernos ms inofensivos que los de estas pobres vacas gallegas.
Enganchan  un hombre por la cintura, y l se vuelve muy tranquilo y los
desva con la mano. Sin embargo, como estaban tan apiados, las astas y
la gente me oponan una muralla casi infranqueable, y ya renunciaba 
pasar, cuando v de lejos al notario y al seorito hacindome seas.
Gui hacia la izquierda, y consegu salir  sitio de ms desahogo.

En un redondo campillo, donde clareaba la robleda, nos pusimos  pasear,
despus de que un chicuelo se llev mi rocn para buscarle acomodo.
Empese el notario en darme de _refrescar_ inmediatamente, y trajo de
su casa, prxima al campillo, una botella de _tostado_, vino de pasa muy
estimado aqu, y unas rosquillas exquisitas, que se conocen por
_melindres_. Entre el _mosto_ y el _tostado_ se compondra un vino
racional, pues lo que  aquel le falta de azcar, le sobra  ste; bien
que se asemejan en carecer ambos de alcohol, razn por la cual el
_tostado_ embotellado suele volverse, al cabo de algunos aos, una bola
de azcar. No s por qu te cuento tales menudencias; creo que los
detalles del da fatdico se me incrustaron en la memoria; adems, hace
muy al caso referir todo lo que me dieron y pudo contribuir  embargar
mis potencias.

Sin tener exceso de alcohol, el _tostado_ me alegr y me infundi cierta
animacin desusada. Presentme el seorito  tres  cuatro seoritas que
se paseaban por all en pelo, con flores en la cabeza y vestidos que me
parecieron, no s explicar el por qu, anticuados y pretenciosos. Antes
de mi presentacin, las seoritas rean  carcajadas y se pellizcaban
unas  otras; pero la llegada de mi madrilea persona les ech un jarro
de agua, y quedronse como en misa. Trat de reanimar su buen humor,
envidiando de veras el tuyo, que me vendra de perlas all; esfuerzos
intiles! las nias creyeron interesado su amor propio en aparecer
graves y espetadas, y me preguntaron por las bodas de la Princesa de
Baviera y otras menudencias cortesanas, como si yo fuese _gentilhombre
de casa y boca_ y anduviese metido en trfagos palaciegos. Mi empeo de
traer la conversacin  un terreno ms actual y menos elevado, slo
consigui que languideciese; y despus de convidar  rosquillas 
aquella aristocracia monts, nos apartamos del grupo, no sin que el
notario me diese al codo repetidas veces, sealndome maliciosamente 
una de las seoritas, que tena voz gruesa y presencia varonil.

Vagamos por la feria, admirando alguna yunta de bueyes superior, algn
marrano de desmesurados lomos y corto y enroscado rabo (son los
preferidos), y alguna vaca gran lechera; no se nos pegaron moscas de
caballo, ni nos picaron tbanos, por ser invierno; pero nos empujaron
sin compasin, omos las disputas y el regateo encarnizado, y como iba
aburrindome ms de la cuenta, o con gusto la noticia de que era hora
de comer.

Entramos en la _fonda_ por la cocina, llena de gento y ruido, con piso
de tierra, y nos dieron arriba la mejor habitacin, una salucha
independiente, donde nos sirvi una moza sucia, desgreada y fea, 
quien el notario acribill  bromas como suyas. Si estuviese yo de humor
de descripciones largas, te dira la brutal abundancia del banquete, la
compacta sopa de fideos azafranados, el cocido monstruo, con sus moles
de tocino y carne y sus chorizos derramando por las brechas de la tripa
roja grasa, el asado de lomo capaz de mantener  un regimiento, el
ocano de papas de arroz; dndote  conocer asimismo el plato clsico
de las ferias, el pulpo curado y cocido, tras del cual se chupan aqu
los dedos. Y no dejara de divertirte si te refiriese nuestra
conversacin, donde entre bocado y bocado averig los fastos de las
seoritas de la feria, y supe que la gruesa monta caballos en pelo y
tiene  prevencin el revlver debajo de la almohada, por si asaltasen
ladrones el solariego palomar, mientras la chiquita es poetisa y hace
versos  los estudiantes que pasan las vacaciones en Cebre, lo cual
sugiri al notario y al cura, entre mil tonteras, algunas agudezas que
me hicieron reir con toda mi alma.

Mas lo que importa  mi cuento, es que el notario trajo de su casa hasta
media docena de botellas de _tostado_, que aunque suave y dulzn, unido
al vino comn, al ruido, a la risa y  los cigarros, me produjo
inexplicable aturdimiento. Sent crecer en m la vida orgnica, y me v
libre de la eterna presencia del pensamiento, compaero serio y
moderador al fin. Puse los pis sobre la mesa, me ech atrs en la
silla, declam y cant algunas canciones de zarzuela y trozos de pera,
todos tiernos y apasionados. Porque qutale el freno de la reflexin 
un muchacho de mi edad, y claro est que se desborda el torrente amoroso
que, ms  menos aprisionado, ruge en el fondo de todas las almas. Si la
maritornes que serva tuviese rostro humano, creo que le abrira los
brazos.

No los brazos, pero una ventana, abri el cura, y el fresco empez 
calmarme y  recordarme que tena que volver  la Fontela antes que
anocheciese del todo. V el cielo gris, y me pareci que amenazaba
lluvia. Yo me haba venido sin el impermeable! Al punto envi  su
casa el notario por una prenda que aqu se usa mucho: la capa de paja.
Estos impermeables rsticos dan excelente resultado, pues sobre la
superficie de las pajas resbala el agua, sin que entre una gota: nada
pesan, y aislan por completo de la humedad: tienen capucha y cubren todo
el cuerpo.

Preservado de la contingencia de la lluvia, envi delante de nosotros 
un chicuelo con mi jaco, sobre cuyos lomos iba terciada la famosa capa,
y el cura, el seorito, el notario y yo emprendimos  pi la ruta,
quedando ellos en acompaarme hasta cosa de un cuarto de legua de Cebre
y regresar en seguida por si descargaba el aguacero. Poco nos
alejaramos del pueblo cuando observ que caminaba delante de nosotros
una mujer, y conoc  Maripepa, libre ya de la compaa de su
becerrillo, que haba vendido de seguro. Entretenido en la conversacin
del cura, y algo aturdido todava por los efectos del tostado, yo andaba
descuidadsimo; pero not que el cura y el seorito se hacan seas y se
fijaban en un punto del horizonte, y v con sorpresa que el notario no
estaba con nosotros. Mir en derredor, y no le divis por parte alguna.
Todava me parece estar contemplando el paisaje, teatro de la escena que
sucedi despus.

Tenamos  la derecha un barranco, en cuyas laderas crecan tojos y
retamas, y cuyo fondo era una especie de cantera de pizarra, ahondada
quizs por los peones camineros para acogerse all  para rellenar la
caja de la carretera.  la izquierda oscureca sus sombras un pinar,
plantado enteramente  orillas del camino, y del cual nos separaba tan
slo la zanja de una cuneta poco profunda.

De este pinar,  diez pasos de distancia, o salir gritos, brbaras
risas, el tragn de una brega, algo como la corrida de una res por entre
la hojarasca y la maleza tupida. Oirlo y lanzarme al lugar de la escena
para m invisible, fu simultneo casi. Desvi arbustos, cruc zarzales,
que me araaron las piernas, y hall en el mismo lindero del bosque 
Maripepa, lidiando con el notario  brazo partido, protegida por los
troncos, que le servan de parapeto, trinchera y burladero. Sin vacilar
me precipit  defenderla, cogiendo del cuello de la americana al
agresor y obligndole  hacerme cara; pero el demonio,  el tostado, que
ser lo ms cierto, le impuls  descargarme una valiente puada en la
mandbula izquierda, que me doli, no all, sino en el alma, con dolor
desconocido hasta entonces. No era aquello un bofetn, ni por el
propsito, ni por el hecho; mas, al fin y al cabo, era la diestra de un
hombre en mi rostro, y todos los instintos brbaros y cruentos, de los
cuales he abominado mil veces en mis lucubraciones filosficas, que he
maldecido y anatematizado en nombre de la razn, se despertaron como una
jaura, y me aullaron dentro con feroces aullidos. Sin acordarme de la
diferencia de fuerzas fsicas, arrojme al notario, y l, echando fuego
por ojos y mejillas, se abraz tambin conmigo.

Maripepa entretanto gritaba, y yo oa sus gritos como en sueos, porque
slo atenda  saciar el repentino arranque de mi rabia. Sujeto entre
los forzudos brazos del notario, nicamente me quedaba libre la cabeza,
y me serv de ella de un modo singular; siendo ms alto que mi
adversario, le d con la barbilla tan fuerte y traidor golpe en la vara
de la nariz, que el horrible dolor le hizo aflojar los miembros, y pude,
recobrado ya el uso de las manos, descargarle un bofetn que me alivi
el pecho, vindicando _mi honra_, segn supuse. La vindicacin me apag
los instintos blicos, y sal corriendo  la carretera.

Tras de m,  manera de jabato perseguido, sali el notario; el seorito
y el cura se metieron entre los dos para evitar que se enredase el
lance. Al seorito todo se le volva exclamar, consternado:

--Seores... seores... don Joaqun...  sosegarse...  sosegarse...

--Es que el seor... es que el seor me... me...--murmuraba con ahogada
voz el notario.

Su lengua, trabada por el vino y la clera, no acertaba  pronunciar ms
palabras. Su ademn de reto me trastorn la cabeza, y desasindome de
los brazos del cura, fu derecho  mi adversario. ste tena la corbata
torcida, saltado el botn de la camisa y ms encrespadas que de
costumbre las cerriles guedejas. Estaba tan feo, Camilo, que me olvid
de que era un semejante! Tem sus brazos de oso, su fuerte musculatura,
la vergenza de una derrota; me baj y ms pronto que la chispa
elctrica, cog una piedra, quedndome con ella oculta en el hueco de la
mano. l cay encima de m como una pesada mole, y me impuls al borde
del barranco. Sent acortrseme el aliento bajo la presin de sus
vigorosos msculos, y recib en la nuca una recia contusin. Descargu
la mano donde pude, hirindole, segn creo, en la clavcula. Se desplom
y rod  tumbos hasta la cantera, empedrada de fragmentos pizarrosos.

Me qued entonces sbitamente sereno, asombrado de mi victoria. Mi
diestra se abri soltando el arma, en mi entender homicida. Mis ojos
dilatados registraban la cantera. Ya el seorito, medio  gatas, ayudado
por su pericia de cazador, bajaba al fondo. Expuesto  matarme lancme
tras l, y el cura nos sigui buscando una veredilla practicable.

Mi vctima yaca de bruces, y tuve un momento de miedo y agona, porque
su postura era como de cadver y su completa inmovilidad autorizaba la
conjetura de la muerte. Pero al acercarme, al levantarlo, percib su
agitada respiracin: el oso casi grua. Estaba imponente, con sus
ojuelos cerrados, su negra barba llena de polvo y astillas de pizarra,
su traje roto y manchado, y la poca epidermis que sola verse de su
rostro y que siempre apareca rubicunda y florida, ms plida ahora que
la de un difunto. No obstante, fu inmensa mi alegra al cerciorarme de
qu alentaba, al incorporarle y ver que se tena de pi sin fractura de
miembro alguno, al oir de sus labios, que se abrieron lnguidamente,
estas frases inverosmiles:

--Usted me ha de perdonar, don Joaqun... Un pronto lo tiene
cualquiera... No se moleste, me sostengo bien yo solo... Ayyy!!

Te juro, Camilo, que no invento palabra. Las primeras de aquel brbaro
fueron as, ni ms ni menos; puedes estar seguro de que no pongo ni
quito un pice. El ayyy!! lo di llevndose la mano  la clavcula,
donde de fijo le mortificaba una horrible magulladura, dolorossima por
ser en parte semejante.

Si yo tuviese al notario por un gallina, no me sorprendera su
conformidad. Lo raro es que he visto  este hombre dar indicios de
valor, y he odo contar de l batallas electorales que prueban que no es
manco. Me expliqu tan extraa sumisin,  por el molimiento de la
cada,  por la injusticia de su causa, que le abati el nimo. El caso
es que el orgullo de verme victorioso sin ser homicida; el placer de
subyugar  un contrario que tiene diez veces ms fuerza que yo; la
novedad de la situacin, dado mi carcter pacfico, todo ayud 
infundirme gozo y vanidad, sin que pensase en los recursos, no muy
leales,  que deba el triunfo. Empec  preguntar  mi vencido
adversario, con insultante proteccin, si se haba hecho mucho dao, y
dnde le dola. Saqu el pauelo y le sacud la tierra y los fragmentos
de pizarra que tena pegados al cabello y  la ropa; y mientras, ayudado
por el seorito y el cura, suba trabajosamente del barranco  la
carretera, yo trep solo, animado, hecho un Cid.

Y la doncella, origen del formidable paso de armas? dirs t. Mir 
todos lados y no la v, ni rastro de su persona: supuse que haba hudo
aterrada con la presunta muerte del malandrn folln. ste not mi
ojeada circular, y con sonrisa entre resignada  irnica, me dijo en voz
flaca todava:

--No se apure, don Joaqun, no se apure, que parecer la chica... Al
paso del jaco pronto la coge usted, aunque no tiene malas piernas...
Ella esperar, esperar: as esperasen las liebres... Y otra
vez...--aadi tendindome por despedida la mano--otra vez, cuando las
cosas importen, avisar  los amigos... que es mejor que andar 
trastazos!

--Eso es verdad--murmur el seorito con silenciosa sonrisa.

--Cierto, s seor, la amistad es lo primero; y ahora hagan las
paces--exclam cordialsimamente el cura, empujndonos  los brazos el
uno del otro.

Qu haba yo de contestar, ni  qu meterme en explicaciones ociosas,
ni crebles ni credas? Estrech cariosamente al que no haca media
hora trataba de ahogar, y termin con un abrazo de Vergara la contienda
que pudo parar en fratricidio.

T, que no ignoras mi horror al derramamiento de sangre, comprenders si
respir libremente cuando, al trotecillo del jaco, y protegido por la
capa de paja, me desvi buen trecho del teatro de la aventura. Iba
declinando el da y caan unas gotas menuditas, prsagas de otro
aguacero ms fuerte. De pronto peg mi rocn una huda de costado, y se
alz de una piedra una figura humana. Conoc  Maripepa, refren la
montura, y por instinto busqu en el rostro de la muchacha la expresin
del reconocimiento que deba inspirarle su salvador, y el gusto de verse
redimida; pero ella, lejos de mostrar jbilo, con mucha tristeza empez
 decirme que _estaba servida_, que llova y que hasta la Fontela iba 
echarse  perder su traje nuevo.

--Quieres mi capa de paja?--le dije.

--Por qu no me lleva en el caballo?--contest ella, oponiendo pregunta
 pregunta, segn costumbre del pas.

--Pero cmo, chica?

--Crrase un poco atrs, seorito.

Retroced en el ancho campo del albardn, y ella, apoyando en el arzn
la palma de la mano, peg un brinco y qued sentada  mujeriegas, muy
cerca del cuello del rocn. Sin soltar de la izquierda las riendas, la
rode el talle con el brazo derecho, extend hacia delante la capa de
paja, para que la abrigase tambin, y bajo aquella improvisada choza,
nos encontramos aislados y juntos.

Comenz otra vez la caminata. El jaco, mohno con su carga doble, andaba
despacio,  trancos: anocheca, y el acompasado ruido de la menuda
lluvia resbalando sobre la lisa superficie de las pajas, era lo nico
que turbaba el silencio de la vereda solitaria y el sopor de la
naturaleza. El peso del cuerpo de Maripepa gravitando sobre el mo, el
contacto de nuestras cabezas y del brazo con que por necesidad la
oprima un poco para sostenerla, comenzaron  marearme y  renovar
pensamientos que antes cre debidos  la aromtica embriaguez del
_tostado_. Qu misterioso atractivo, qu calor dulce, qu extraa
electricidad se desprende de la mujer joven, que as nos turba y
fascina, por ms que resistamos? En vano intentaba sustituir la valla
material que no exista entre Maripepa y yo con mil vallas morales,
midiendo y aun exagerando la distancia que va de una aldeana tosca,
zafia, ignorante, pastora de ganado,  un hombre que presume de culto,
que ha ledo, ha estudiado y meditado un poco, y aspira  ocupar
decoroso puesto en la sociedad. As como el muy sediento bebe ansioso
aunque el vaso no sea de cristal fino, ni el agua fresca y pursima, yo,
trastornado por la peligrosa proximidad, no consegua representarme 
Maripepa aborrecible  repugnante. Bien dicen que el que quita la
ocasin, quita el pecado. Quin habr discurrido, pregunto yo, este
modo de viajar que aqu se estila?

[Imagen]

Quiero abreviar, Camilo, y contarte aprisa lo poco que ya te falta por
saber,  mejor dicho, lo que habrs adivinado. No estaba la muchacha de
humor de renovar las recientes proezas del pinar; antes pareca que,
lejos de rechazarme, se pegaba  m como la goma al rbol. Dos  tres
exclamaciones, una risa sofocada;  eso se redujo su protesta cuando
empec  perder pi familiarizndome. Entre tanto, el jaco, dndome
ejemplo de formalidad, caminaba sosegadamente, pero seguidito, y puesto
que era noche cerrada, me fi en su instinto seguro, y despus de
recorrer caminos hondos, tropezando en los altibajos y zanjas abiertas
por las ruedas de los carros del pas, paramos al cabo en la Fontela.
An haba salvacin para m si la puerta de la bodega se abriese y
Maripepa se acogiese  sus cubas; por desgracia era muy tarde y de fijo
dorman todos: no se oa rudo alguno, ni se vea luz; hasta ni ladr el
perro, que olfateaba  sus amos, sin duda. Met al jaco en el cobertizo,
y como tenia la llave del piso alto en el bolsillo y el diablo en el
cuerpo, hice subir  la chica.

Volv en mi acuerdo, cual suele ocurrir en situaciones anlogas: pronto
para sentir el yerro, y tarde para evitarlo. Qu impresin experiment!
Vergenza, remordimientos, compasin, horror de m mismo, abatimiento
profundo. Aunque mi mayor deseo sera quitarme de delante  Maripepa,
testimonio viviente de mi cada, comprend la inhumanidad de echarla, y
huyendo del dormitorio me sal  la ancha sala, en cuyo oscuro recinto
d vueltas y ms vueltas, tratando de recobrar un poco de sangre fra y
adoptar alguna medida prudente. Por fin me alarm el silencio que
imperaba en el dormitorio, y, temeroso de que Maripepa se hubiese
desmayado  cosa parecida, entr.  los pis de mi cama, tendida en el
duro suelo, sirvindole de almohada una cesta boca abajo, y de cabezal
su negro dengue, Maripepa dorma  sueo suelto!

La mir atnito. No era aquella la primera vez que descansaba as; lo
haba hecho varias durante mi enfermedad. Entonces, como ahora, pareca
un can domstico, satisfecho del humilde lugar que ocupaba y ageno 
pretender otro ms alto; para ella eran iguales el pasado y el presente:
cun distintos ya para m! Al mirarla dormir con tan ciego descuido y
abandono, se aclararon mis ideas y entend lo villano de mi conducta.
Pensar que aquella tarde estuve prximo  hacerme reo de homicidio
porque otro intent lo que yo realic despus  mansalva, amparado en
cierto modo por mi autoridad de amo de una pobre criatura! Es cierto que
yo la encontr tan propicia como rehacia el notario; pero eso no me
disculpa, pues deb respetar la sencilla inconsciencia de una paisana
candorosa que deja transparentar en sus ojos lo que las seoritas del
pueblo encubren  todo trance.

Qu modo de dormir! Y estaba casi bonita. Su cabeza roja reluca sobre
el dengue, y sus hombros desnudos eran blancos y llenitos, contrastando
con la garganta morena, tostada por el sol y el aire. El resto del
cuerpo no se vea, por cubrirlo el extendido _mantelo_. Respiraba con
igualdad; tena la boca abierta, y su postura era natural y graciosa, 
pesar de la dureza del lecho. Repar que le colgaba del cuello un
cordn, y del cordn una mano chiquita de azabache dando la higa:
talismn  amuleto muy usado aqu. Su rostro no estaba ni plcido ni
descompuesto: estaba como cerrado  toda expresin por un sueo
reparador y total.

No era cosa de despertarla ni de pasar la noche en pi. Me arroj sobre
la cama vestido, y apagu el veln de aceite. No pegu los ojos, y
entre el silencio nocturno escuch toda la noche un soplo suave, la
respiracin de mi vctima. Al amanecer me levant sin hacer ruido y sal
 vagar por el campo.

 la tarde vino de la cartera de Naya Manuel, que acostumbra traer el
correo, y me entreg tu carta, por donde s que ya soy juez y puedo
administrar justicia!


DEL MISMO AL MISMO.

Febrero.

No insistas, Camilo, no porfes; es imposible que siga tus consejos
cuando, cegado por el inters que te inspiro, te empeas en que me porte
indignamente  sangre fra. Si fu delincuente una vez, me disculpan
algunas cosas: el ardor natural de la juventud, el _tostado_, la ocasin
y lo dems que sabes; pero en el da, despus de reflexionar
maduramente, de dar espacio al pensamiento, no puede ser que yo
consienta en una infamia.

Lrgate, vente  escape, me dices y repites sin cesar. Pues yo te
contesto que no slo no me largo, sino que he resuelto quedarme aqu y
reparar mi delito cumpliendo como hombre honrado y decente.

Ms que te hagas cruces, ms que me trates de imbcil, no puedo
ocultarte que he determinado casarme con Maripepa. Ahrrame todas las
reflexiones que adivino, que ya me hice  m propio. Slo te opongo _
priori_ un argumento; ponte en el caso de que Maripepa fuese tu hermana
 tu hija: qu me aconsejaras entonces?

Antes que t lo digas, dir yo que esta unin es desigual con la peor de
las desigualdades, la intelectual, la de educacin, procediendo del azar
que nos reuni como se reunen un segundo dos bolas de billar para una
carambola; que disgustar horriblemente  mis padres, sobre todo  mi
pobre madre, tocada de la disculpable debilidad de creer que esta
borrosa piedra de armas de _la Fontela_ nos sube ms arriba del nivel de
la _clase media_ y nos mete de patitas en la _aristocracia_; que la
mitad del mundo se reir de m, y la otra mitad nos mirar  entrambos
por encima del hombro. Ya s todo eso, y mucho ms. Lo he pesado, y lo
he aceptado. Ser mi expiacin cargar con tan terrible peso; porque al
dar  Maripepa mi nombre, no la he de esconder como se esconde una
lcera; la he de presentar donde yo me presente, y donde me reciban  m
habrn de recibirla  ella, y donde la echen, saldremos ambos por la
puerta misma. Me arrojo  perpetua lucha con mi familia, con la
sociedad; adelante: lucharemos, Camilo; sbranme fuerzas para luchar con
el universo, no con mi conciencia acusndome de la ms fea alevosa.

Quin sabe hasta dnde llegan las consecuencias de mi atentado, y qu
gnero de crueldad cometera yo si ahora volviese las espaldas  mi
vctima?--No se te ha ocurrido, Camilo, esa idea?  m s, y desde el
primer instante. No hay ms que un modo de solventar las deudas:
pagarlas. Y puesto que me nombran juez, qu diablo! lo menos que puedo
hacer, es empezar  administrar justicia en mi propia jurisdiccin.

Lo ms difcil de mi tarea sern dos cosas: convencer  paps y educar
un poco  Maripepa. Esta flor silvestre, que he pisoteado en momentos
de alucinacin, est pidiendo cultivo. Me consagrar  drselo, as
derroche toda mi paciencia en el fastidioso oficio de pedagogo. Respecto
 mis padres, si algo me quieres, si algo puede contigo una splica ma,
empieza  prepararlos maosamente,  dorarles la pldora (si cabe oro en
pldora tan gruesa y amarga) y  inculcarles la rectitud que late en el
fondo de mi desusado proceder. Jams me atrever  escribrselo
redondamente. Conviene que vayan acostumbrndose poco  poco.  Matilde,
que es buena, dile t que le ruego encarecidamente no se burle ni se
avergence de su cuada, si no quiere hacer sufrir mucho  su hermano.

Nada he dicho todava de mis planes  Maripepa. Creers que la
pobrecilla vino dos  tres noches  tenderse en el suelo al pi de mi
cama, lo mismo que si hiciese la cosa ms natural del mundo? Algo
tembloroso y sin saber qu decir, la envi  sus cubas. Me pareci que
iba triste, pero no enojada. Me mir con cndida sorpresa, y yo no pude
menos de prodigarle algunas caricias.

Lo dicho. Prepara  mis padres, y entrame de lo que vayas adelantando.


DEL MISMO AL MISMO.

Febrero.

Que estoy enamorado, ciegamente enamorado? No dir tanto, no; pero se
me figura que voy interesndome un poco, justa recompensa de mi
conducta. Si aborreciese  Maripepa, hara lo mismo que pienso hacer, no
lo dudes; slo que, naturalmente, me costara ms trabajo. La chiquilla
se muestra tan dcil, se me arrima tan cariosa como un perro manso, me
escucha con tal atencin y me obedece con tal pasividad, que mi alma,
que no es de bronce, va ablandndose, y no me ruborizo de quererla.

De noche sabes que la envo  su bodega, pero de da correteamos por el
campo. No le consiento que vaya descalza; le he dado dinero y le han
trado de Cebre zapatos  pares y medias morenas y gordas; empiezo 
civilizarla por los pis, y no es lo menos difcil. As y todo, cuando
tenemos que atravesar charcos  trepar por altos, vallados y portillos,
Maripepa da al diablo el calzado y reniega de las medias. En el soto,
ella me busca setas comestibles, me trae plantas que yo diseco para
enviar  Matilde, recoge lea menuda, y as que la el haz, se viene 
tumbar en la hierba y apoya la cabeza en mis muslos. Le revuelvo el pelo
con los dedos, calculando qu efecto har esta crin roja cuando Maripepa
se vista de seda negra, modestamente, como conviene  la esposa de un
juez. Llegar Maripepa  ser una mujer medio presentable? Quisiera
comenzar por el principio, ensearle  leer y escribir; pero, quin
pone escuela en medio del monte? Ella me escucha gustosa cuando le
explico (lo mejor que puedo) algo de los usos y costumbres del mundo que
no conoce; veo, sin embargo, en la tenaz oscilacin de su cabeza, en la
dilatacin de sus pupilas verdes, un vago asombro incrdulo que no s
cmo disipar. Maripepa se cree un juguete en mis manos, se presta al
juego, pero no se deja embobar tomndolo por lo serio. Piensa que le
digo todo al revs, que la engao, que me divierto con ella; no se
enfada, porque juzga que slo sirve para eso, para entretenerme un rato;
mas ni logro persuadirla ni hacer que se dedique  ningn estudio
formal.

Un da, con un palito aguzado y ponindole el modelo, le hice trazar
letras sobre una pea entapizada de musgo. Lleg hasta la H, y no hubo
quien la hiciese pasar de ah. Le choc la forma de la H, y estuvo
haciendo _haches_ un rato, despus de lo cual aleg que no saba, que no
poda, que se cansaba. Y fu imposible convencerla ni sacarla de su
salvaje obstinacin.

Como hay un lenguaje que los dos entendemos, aunque lo hablamos de
distinta manera, se distrae uno en las lecciones y falta la constante
voluntad de aprender en el maestro y en la alumna. Adems, la naturaleza
es cmplice de esta falta de energa para el estudio. Nos vamos
acercando  Marzo: das hace que en los linderos embalsaman el aire las
violetas; un hlito templado corre  veces por el bosque; las aguas del
ro se estremecen blandamente, y  m el corazn me da involuntarios
saltos de alegra. Me encuentro tan sano, tan fuerte con esta vida
silvestre y libre; la comida frugal me sienta tan bien; la respiracin y
la circulacin son tan normales y concurren tanto al bienestar del
cuerpo; la conciencia del deber cumplido me llena de tal modo el alma,
que me entrego sin reparo  una felicidad inexplicable, instintiva, slo
turbada por el pensamiento de lo que dirn mis padres y la idea de que
t no acabas de resolverte  indicarles cunto pasa.

Slo los das de lluvia me abato un poco. Maripepa me agrada ms por los
montes, gil como una cabra, en contacto con el aire y el sol, que en la
cocina  en el banco,  mi lado, pero aburrida, sin saber qu hacer de
las manos y acabando por dormirse de bruces sobre la mesa. No hay de qu
tratar, se acaba la conversacin y viene el fastidio inevitable. As es
que procuro aprovechar el buen tiempo y gozar de la primavera cuando
apenas asoma; voy con Maripepa al prado, al pastoreo; la veo amasar el
pan de maz, coger lea para el horno, y aun cavar la huerta y arrancar
y trasplantar la legumbre. Slo me opuse  que trajese un haz de tojo.
Verle cortar los espinosos troncos, cogerlos con la horcada, hacerse tal
vez mil heridas, me sublev. Valindome de mi autoridad, dispuse que
Manuel recogiese el tojo.

Aquel da tambin recuerdo que le pregunt  la chica:

--Maripepa, qu diras si yo me casase contigo?

Contestme solamente:

--Ay qu seorito!!

Esta sencilla exclamacin, y las inflexiones de la voz, acompaadas del
mirar y del reir, me hicieron comprender que Maripepa creer ms
fcilmente que el ro Avieiro rueda vino, en vez de agua, que yo suee
en darle mi nombre en los altares. Ni se le pasa tal cosa por las
mientes. Para ella todo esto es una diversin, una especie de romera 
que concurre, y en donde baila, sabiendo perfectamente que al otro da
ha de volver  sus duras faenas y  su vida miserable.

Lo que casi me da vergenza decirte, es que, en mi concepto, el padre se
ha enterado de todo y se hace el desentendido. Apenas le vemos, pues
anda en labores distintas de las de su hija, y va mucho  Cebre  vender
centeno al menudeo y  llevar vino  la taberna; pero cuando por las
tardes nos encuentra regresando de nuestras expediciones, su sonrisa
parece ms aguda y socarrona que de costumbre. Adems ha venido, en dos
 tres ocasiones,  pedir rebaja del arriendo, pretextando las malas
cosechas, el cultivo cada da ms caro y difcil, el aumento de precio
de los jornales, el coste del azufre que se emplea en sanear las vias,
etc., etc. Le promet escribir  pap, y no lo hice;  fin de reparar mi
deslealtad de algn modo, le he prestado treinta duros; un caudal para
m; con l comprar unos bueyes. Mis ahorros de la temporada! Bien sabe
Dios y sabes t que en mi casa no se tiran, no se pueden tirar treinta
duros. Ya adivino que no les ver el pelo. Es lo que menos me importa.
He regalado adems un vestidito de percal  la nia pequea, y hasta al
brbaro de Manuel una navaja. Pobre gente! Quiero tenerlos propicios,
para que no mortifiquen  Maripepa ni vean en m un seorito tirano, de
los que an creeran favorecerlos dignndose darles un puntapi.

Har tres  cuatro das sucedi un incidente, que al pronto me ha
disgustado. Era por la tarde, haca un da sereno y hermoso, aunque el
cielo estaba encapotado; Maripepa y yo nos hallbamos en la era, bien
agenos  que nadie viniese  perturbar nuestra soledad.  un lado de la
era, plazoletilla redonda y rodeada de un seto de zarzas y arbustos, se
levanta el hrreo, sostenido en cuatro pilastras de granito y rematado
por una tosca cruz de madera pintada de rojo. Sbese al hrreo por una
escalerilla de mano, y Maripepa, bajando y subiendo, haba sacado de l
buena cantidad de habichuelas, que iba desgranando sobre un pao limpio.
Yo, tendido en el suelo, me diverta en hundir las manos en las
habichuelas, blancas, encarnadas  caprichosamente pintarrajeadas de
colorines. Despus se me ocurri la sandez de tirrselas  la cara 
Maripepa, y ella, que primero se content con sonreir y llevar la mano
al sitio donde el proyectil caa, fu animndose, y en el calor de la
broma me lanz dos  tres al cogote, pues yo estaba panza abajo. Medio
me incorpor y le sujet las muecas, parando en abrazo lo que empez
bombardeo. De repente me qued fro, porque de detrs del hrreo sali
una figura negra, aunque juvenil. El cura!

Le v de improviso y comprend que nos haba visto tambin, y que estaba
entre cortado y burln. Me puse de pi y le hice todo el agasajo
compatible con mi turbacin, que era grande. Hallbame realmente mudo y
abochornado: Maripepa no s, porque se aplic  sus habichuelas. Me cog
del brazo del cura para disimular, y l empez  darme disculpas de no
venir en tanto tiempo  visitarme; haba tenido un catarro, haba ido 
Pontevedra  buscar un pintor que le pintase el retablo; haba hecho una
novena. Yo le oa como en sueos, pensando en lo que pensara l. Al
fin, con una de esas resoluciones que solemos tener los tmidos, me
lanc y abord la cuestin de frente, narrndole todo lo sucedido y
participndole mi propsito de reparar la cometida falta. Experiment
una especie de desahogo al confesarme as. Todo me animaba  ser franco:
la profesin del oyente, su juventud, su carcter alegre y conciliador,
su verdadera bondad infantil.

Asmbrate, Camilo! Esperaba del cura, no la absolucin, que no iba yo
tras ella, sino una palabra de estmulo, un caluroso apretn de manos,
un bien, procede Vd. como hombre honrado, as me gusta; si todo el
mundo hiciese lo mismo, no andaran las cosas como andan. No soy
insensible  la opinin de mis semejantes, y hasta donde cabe busco su
simpata; adems, parece que un sacerdote est obligado  alentar
ciertas resoluciones, cuando no  inspirarlas. Pues asmbrate,
indgnate, mira lo que hacen de la moral de Cristo estos ministros
suyos! Mastic, entre burlas y veras, dos  tres frases que sonaban ms
bien  desagradable sorpresa que  otra cosa; y despus, con reposados
meneos de cabeza y muchos golpecitos de la palma de la mano en el
bolsillo del chaleco, me dijo que no me resolviese tan aprisa, que estas
cosas deben mirarse y pensarse despacio, que al fin el casamiento es
para toda la vida, que la prudencia es una excelente compaera, que las
determinaciones precipitadas se lloran despus, que ante todo le pareca
regular consultar  mis padres en persona, caso de querer dar un paso
tan decisivo; y por ltimo, que reflexionase.

--Hay otro medio de reparar mi falta?--le pregunt.

--Psh...--me replicaba l--falta, falta... eso de falta... Falta, s...
El diablo lo enreda, Vd. es muchacho, ella rapaza, y el fuego junto  la
estopa... Ya se ve... Pero prudencia, amigo, prudencia, nada de
determinaciones arrebatadas... No le ha de faltar tiempo para realizar
ese acto de honradez que Vd. dice... Poco pierde usted con esperar.

--Y su honra comprometida?

--Bah! ya sabe Vd. que aqu en las aldeas no es como en los pueblos...
Vd. acompaa  una seorita, pongo por caso, va con ella dos veces al
paseo, la visita tres... ctala ya en lenguas de todos, y perdiendo, si
se ofrece, una buena colocacin... Pero estas rapazas, no seor. Lo
mismo se casan teniendo una historia, que no tenindola. En fin, D.
Joaqun, Vd. no es ningn chiquillo... Pinselo...

El egosmo, la flaqueza humana, las transacciones hipcritas y cobardes
con el deber hablaron por boca de este hombre, que debiera fortalecerme
y predicarme la moral ms austera y pura. Casi llegu qu bochorno! 
sonrojarme de mi leal propsito y  juzgarme un ridculo Quijote.
Afortunadamente, as que el cura se march, me rehice y de nuevo templ
el alma para seguir la lnea recta. He decidido quitarme  m propio
todo medio de proceder mal, adelantando la boda. Ea, Camilo, valor, y
annciaselo definitivamente y sin rodeos  mis padres, pues es
irrevocable mi determinacin ya. Slo as, de golpe, se realizan ciertas
cosas necesarias.


DEL MISMO AL MISMO.

Marzo.--Pontevedra.

Ah, Camilo! Hoy s que te escribo corrido y avergonzado, y lo hago para
que al llegar  esa no me hables ya palabra del asunto y olvides el
contenido de esta carta.  la menor guasa, al menor indicio de que
quieres aludir  mi historia  burlarte de ella, dejaramos de ser
amigos para siempre. Lee, pues, estas pginas y rmpelas, rompe  quema
toda mi correspondencia de este invierno.

Por la fecha de la carta comprenders que ya no estoy en la Fontela. He
venido aqu  tomar el billete para llegar  esa por la va de Portugal.
De modo que, veinticuatro horas despus de leer mis letras, me tendrs 
tu lado y calmar el disgusto de mis padres, hacindoles creer (cuento
contigo para el caso) que _todo_ fu una pesada broma que quise darte, y
 la cual t prestaste fe.

Abreviando. Has de saber que una semana despus de la venida del cura
tuve aqu lo que menos pensars: mscaras. Mscaras en la Fontela! S,
mscaras. Era el domingo de Carnaval, y estaba yo acabando de comer
cuando sent en el patio grandsima algazara, risas, brincos,
prolongados toques de cuerno y repique de castauelas y panderetas, y
asomndome  la

[Imagen]

ventana, v con asombro hasta media docena de mscaras. Se les conoca
que lo eran por unas grosersimas caretas de cartn y por ciertos
detalles muy exagerados del traje que vestan, que no era otro sino el
de los paisanos de esta localidad. Haba tres hombres y tres mujeres:
tres parejas muy cogidas del brazo. Las mujeres traan panderos y
castauelas; uno de los hombres una gaita, que tocaba spera y
destempladamente; otro esgrima una vejiga de puerco hinchada y puesta
al extremo de un cordel, con la cual sacuda vejigazos  sus compaeros
y compaeras, y otro, por la abertura de la careta, soplaba un cuerno
descomunal, arrancndole sonidos lgubres y grotescos. En cuanto me
vieron las mscaras, movieron un alboroto formidable, y corrieron al
asalto, subiendo la escalera y penetrando en mi habitacin, que
asordaron con sus gritos y tocatas. En un momento me v empujado,
abrazado, _vejigueado_, pellizcado y sin saber qu cara poner ante la
bulliciosa alegra de los que yo juzgaba aldeanos en da de jarana.

Record los deberes que impone la hospitalidad, y corriendo  mi
alacena, saqu de ella cuantas botellas de vino y licor posea, y las
ofrec  mis visitantes. Con gran sorpresa ma no las rehusaron ni se
lanzaron  apurarlas, sino que aceptaron cortsmente algunas copas, y
una de las mscaras femeninas pidi un vaso de agua. Llam  Maripepa
para que lo sirviese, y empec  reparar que las mscaras, afectando el
lenguaje y modales de los paisanos, mostraban en no s qu pormenores
pertenecer  otra clase social. La observacin me interes, y ya me
diverta algo la mascarada. Una de las hembras, destapando la fiambrera
que llevaba colgada del cuello, me ofreci con los dedos _filloas_,
especie de tortilla delgada como una hoja de papel, redonda como una
hostia y bastante grande, que aqu suele comerse en tiempo de
Carnestolendas; y al ver el buen nimo con que me ech al coleto media
docena de aquellas porqueras, las otras dos damiselas (que ya me iban
pareciendo tales) me sacaron, quieras que no quieras, al centro de la
sala, y empezaron  bailar, meneando panderos y castauelas y
convidndome con muchas vueltas y mudanzas. Por no aparecer pedante me
dej embullar y d cuatro brincos, con poqusima gracia de seguro, pues
ya conoces la extensin de mis habilidades coreogrficas. Despus dos
bailarinas se colgaron de mis brazos, pidindome que les ensease la
casa y la huerta.

Insist para que se descubriesen, y no fu posible lograrlo;
resistironse, pretextando que tenan una gran broma para m y les
importaba conservar la careta. En efecto, apenas llegamos  la huerta
empezaron  darme una carga terrible, describindome, con ms gracia y
donaire del que yo esperaba, y en un chapurrado mitad castellano y mitad
gallego, la linda figura que haramos Maripepa y yo de bracero por
Madrid, asombrando  la corte. Competan en chiste las dos mscaras, y 
cada una se le ocurran detalles risibles: sta pintaba  Maripepa
calzndose botitas de raso blanco para ir al besamanos del Rey: la otra
recalcaba y la supona metiendo trabajosamente las manos en los guantes
y manejando el abanico al entrar en el cuarto de la Infanta. Por esta
mana de considerarme  m hombre que frecuenta el real palacio y
tendra forzosa obligacin de ir con su mujer  saludar  las augustas
personas, y tambin por ciertos indicios de estatura, voz gruesa, etc.,
vine en conocimiento de que mis mscaras no eran sino las seoritas de
la feria.

Un rayo de luz me ilumin, y comprend quines deban ser dos, por lo
menos, de los mscaras varones. Sin duda alguna el barbarote que soplaba
en el cuerno era el notario; el inhbil tocador de gaita sera el
seorito, y no me atrev  calcular cmo se llamara el que con tal
agilidad manejaba la vejiga de puerco, por no ofender con juicios
temerarios su respetable carcter sacerdotal.

Al punto me hice cargo de las chanzas que iba  tener que sufrir, de
todo lo que aquellas gentes se preparaban  decirme,  hice provisin de
paciencia; porque, estaba visto, el cura les haba informado de todo y
venan dispuestos  divertirse conmigo sin misericordia. Poco me agrad
la perspectiva; pero echando mano de la reflexin, me resolv  sufrir
con resignacin y exterior agrado cunta matraca me diesen, apuntndola
como primer partida en la cuenta del subido precio  que el mundo cobra
el cumplimiento del deber. Echme, por decirlo as, en brazos de las
mscaras, y ellas comenzaron  zarandearme, unas llevndome  un rincn,
otras  otro, y todas dicindome, en sustancia, lo mismo.

Lo que me dijeron... Lo que me dijeron, Camilo, no fu lo que yo
supona, y aqu empieza la parte de confidencia que ms debes olvidar de
toda esta denigrante historia. Me dijeron... En fin, Camilo, yo pensaba
que me atacaran por ser un Quijote, y result que estaba siendo un
sandio; result que haba cado en la ms ridcula majadera; que
juzgaba haber pisoteado una flor, y no haba hecho sino recoger de la
carretera la flor pisoteada ya... Y por qu pis, Dios mo! Por qu
inmundos y villanos pis!

Sent que toda la sangre me aflua al rostro, y baj la cabeza, oyendo
resonar en mi cerebro vaco carcajadas afrentosas; no supe qu contestar
ni qu hacer; fing serenidad y ocult la sorpresa, dndome por
enterado, y v con satisfaccin acercarse la noche y  mis huspedes
prepararse  partir. Antes que lo hiciesen llam aparte  uno de ellos,
y cogindole la mano y oprimindosela con rabia, le dije:

--Si eres persona decente, asegrame  cara descubierta eso que me
acabas de contar con ella tapada.

El mscara apart la careta y v la faz lnguida, enjuta y grave del
seorito de Limioso, que con un aire de sinceridad que hizo penetrar en
m profunda y humillante conviccin, me contest:

--Nos puede creer, Rojas, mire que no le engaamos;  fe, nos daba
lstima verle tan equivocado, y nos animamos  venir hoy, ms bien para
sacarle las telaraas de los ojos que para pasar el rato... Ya sabamos
que se diverta con la chica; cosas de la edad! adelante; nadie tiene
que meterse en los agenos; pero el cura me ha contado que Vd. le dijera
que se casaba, y eso ya es gordo, amigo... Ay! Djeme limpiarme el
sudor, que me sofoqu soplando en la maldita gaita.

No obstante, as que la comparsa desfil, entr en mi nimo la duda. No
poda ser aquello una cruel venganza del notario contra Maripepa? No
podan estar de acuerdo todos para burlarse del seorito madrileo? Y,
por ltimo, para colmo de rubor, no senta yo  Maripepa aposentada
dentro de mi corazn, y no me traan los afrentosos celos, adems de
sangre  las mejillas, lgrimas de rabia  los candentes lagrimales?

Tir, pues, mis lneas, tend mis redes, esper y observ. Me convert
en espa, me ocult y me envilec hasta atisbar... atisbar en un
establo, detrs de un pesebre, recogiendo el aliento grueso y hmedo de
la vaca, que rumiaba tranquila sus puados de florida hierba! Cun poco
tiempo necesit para convencerme! Y yo me corra de que el notario me
disputase  Maripepa! Ahora mi rival era Manuel, aquel brbaro al cual
la falta de los dedos de la mano daba un aspecto tan repulsivo.

Sal de mi escondrijo deseoso de ocultarme,  ser posible, bajo siete
estados de tierra; hice la maleta y dispuse que me ensillasen el jaco
para la maana siguiente. Al traerme algunos objetos que le ped,
observ que Maripepa lloraba, limpindose con la manga de la camisa el
llanto. No pude contener un impulso de ira; la cog por los hombros, la
sacud y la increp. Lo confes todo, como la cosa ms natural del
mundo, llorando franca y apaciblemente. Manuel es su prometido hace dos
 tres aos. Si no se han casado ya, es que no hay cuartos para el
grosero ajuar y la comida de boda. He desempeado papel ms lucido de lo
que pensaba, pues realmente aqu el engaado fu ese bestia de Manuel.
Met la mano en el bolsillo y saqu todo el dinero que tengo, menos el
preciso para el viaje; saqu tambin el reloj y se lo ech en el regazo
 Maripepa. Despus la empuj suavemente hacia la puerta. Me parece que
esperaba alguna caricia de despedida; pero ya no me sera posible ni
tocarle amorosamente al pelo de la ropa. La v salir, y me qued
abismado. Quin sabe lo que hubiera sido para m esta mujer, nacida en
distinta condicin, educada no dir de otro modo, sino de algn modo!
Tal vez la ms leal de las esposas--de seguro una de las ms amantes.

Al da siguiente (hoy), mont temprano, fu al Pazo de Limioso  apretar
la mano del seorito bajo unas parras que entoldan su blasonada puerta,
pas por Naya y segu  Cebre, despidindome con sendos abrazos del cura
y del notario, y llegu  Pontevedra  las cinco de la tarde. Estoy
escribindote porque ya no he cogido el coche que sale  Tuy. Lo coger
maana, me detendr un da en Oporto, y veinticuatro horas despus de
recibir sta, repito que puedes ir  esperarme  la estacin.

Silencio, nada de alusiones, nada de burlas, al menos por ahora, que an
sangra la herida. S para m un juez indulgente. Yo sospecho que lo he
de ser con todo el mundo.

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NIETO DEL CID

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El anciano cura del santuario de San Clemente de Bon cenaba
sosegadamente sentado  la mesa, en un rincn de su ancha cocina. La luz
del triple mechero del veln sealaba las acentuadas lneas del rostro
del prroco, las espesas cejas canas, el crneo tonsurado, pero
revestido an de blancos mechones, la piel rojiza, sanguinea, que en
robustas dobleces rebosaba del alzacuello.

Ocupaba el cura la cabecera de la mesa; en el centro su sobrino, guapo
mozo de veintids aos, despachaba con buen apetito la racin; y al
extremo, el criado de labranza, remangada hasta el codo la burda camisa
de estopa, hunda la cuchara de palo en un enorme tazn de caldo
humeante y lo trasegaba silenciosamente al estmago.

Serva  todos una moza aldeana, que aprovechaba la ocasin de meter
tambin cucharada, ya que no en los platos, en las conversaciones.

El servicio se lo permita, pues no pecaba de complicado, reducindose 
colocar ante los comensales un mollete de pan gigantesco,  sacar de la
alacena vino y platos,  empujar descuidadamente sobre el mantel el
tartern de barro colmado de patatas con unto.

--Seorito Javier--pregunt en una de estas maniobras--qu oy de la
gavilla que anda por ah?

--De la gavilla, chica? Agurdate...--contest el mancebo alzando su
cara animada y morena...--Qu o yo de la gavilla? No, pues algo me
contaron en la feria... S, me contaron...

--Dice que al seor abad de Lubrego le robaron barbarid de cuartos...
cien onzas. Estuvieron esperando  que vendiese el centeno de la _tulla_
y los bueyes en la feria del quince, y ala que te cojo.

--No se defendi?

--Y no sabe que es un seor viejecito? Aun para ms aquellos das
estaba encamado con dolor de huesos.

El prroco, que hasta entonces haba guardado silencio, levant de
pronto los ojos, que bajo sus cejas nevadas resplandecieron como cuentas
de azabache, y exclam:

--Qu defenderse ni qu... En toda su vida supo Lubrego por dnde se
agarra una escopeta.

--Es viejo.

--Bah, lo que es por viejo... Sesenta y cinco aos cumplo yo para
Pentecosts y sesenta y seis har l en Corpus, lo s de buena tinta, me
lo dijo l mismo. De modo que la edad... lo que es  m no me ha quitado
la puntera, alabado sea Dios.

Asinti calurosamente el sobrino.

--Vaya! Y si no que lo digan las perdices de ayer, eh? Me remend Vd.
la ltima.

--Y la liebre de hoy, eh, rapaz?

--Y el raposo del domingo--intervino el criado, apartando el hocico de
los vapores del caldo.--Cuando el seor abad lo trajo _arrastando_ con
una soga as (y se apretaba el gaznate) gaa de Dios! Ou... Ou...

--All est el maldito--murmur el cura sealando hacia la puerta, donde
se extenda, clavada por las cuatro extremidades, una sanguinolenta
piel.

--No comer ms gallinas--agreg la criada amenazando con el puo 
aquel despojo inerte.

Esta conversacin venatoria devolvi la serenidad  la asamblea, y
Javier no pens en referir lo que saba de la gavilla. El cura, despus
de dar las gracias mascullando latn, se enjuag con vino, cruz una
pierna sobre otra, encendi un cigarrillo, y alargando  su sobrino un
peridico doblado, murmur entre dos chupadas:

-- ver lugo qu trae _La Fe_, hombre.

Di principio Javier  la lectura de un artculo de fondo, y la criada,
sin pensar en recoger la mesa, sac para s del pote una taza de caldo y
sentse  comerla en un banquillo al lado del hogar. De pronto cubri la
voz sonora del lector un aullido recio y prolongado. La criada se qued
con la cuchara enarbolada sin llevarla  la boca. Javier aplic un
segundo el odo, y lugo prosigui leyendo, mientras el cura,
indiferente, soltaba bocanadas de humo y despeda de lado frecuentes
salivazos. Transcurrieron dos minutos, y un nuevo aullido, al cual
siguieron ladridos furiosos, rompi el silencio exterior. Esta vez el
lector dej el peridico, y la criada se levant tartamudeando:

--Seorito Javier... seor amo... seor amo...

--Calla--orden Javier; y, de puntillas, acercse  la ventana, bajo la
cual pareca que sonaba el alboroto de los perros; mas ste se aquiet
de repente.

El cura, haciendo con la diestra pabelln  la oreja, atenda desde su
sitio.

--To--sise Javier.

--Muchacho.

--Los perros callaron; pero jurara que oigo voces.

--Entonces, cmo callaron?

No contest el mozo, ocupado en quitar la tranca de la ventana con el
menor ruido posible. Entreabri suavemente las maderas, alz la
falleba, y animado por el silencio, resolvise  empujar la vidriera. Un
gran fro penetr en la habitacin; vise un trozo de cielo negro
tachonado de estrellas, y se indicaron en el fondo los vagos contornos
de los rboles del bosque, sombros y amontonados. Casi al mismo tiempo
rasg el aire un silbo agudo, se oy una detonacin, y una bala, rozando
la cima del pelo de Javier, fu  clavarse en la pared de enfrente.
Javier cerr por instinto la ventana, y el cura, abalanzndose  su
sobrino, comenz  palparlo con afn.

--Re... condenados! Te toc, rapaz?

--Si aciertan  tirar con municin lobera.... me divierten!--pronunci
Javier algo inmutado.

--Estn ah?

--Detrs de los primeros castaos del soto.

--Pon la tranca... as... anda volando por la escopeta... las balas...
el frasco de la plvora... Trae tambin el _Lafuch_... oyes?

Aqu el prroco tuvo que elevar la voz como si mandase una maniobra
militar, porque el desesperado ladrido de los perros resonaba cada vez
ms fuerte.

--Ahora, ah, ladrar... Por qu callaran antes, mal rayo?

--Conoceran  alguno de la gavilla; les silbara  les hablara--opin
el gan, que estaba de pi, empuando una horquilla de coger el tojo,
mientras la criada, acurrucada junto  la lumbre, temblaba con todos sus
miembros y de cuando en cuando exhalaba una especie de chillido
ratonil.

El cura, abriendo un ventanillo practicado en las maderas de la ventana,
meti por l el puo y rompi un cristal; en seguida peg la boca  la
abertura, y con voz potente grit  los perros:

-- ellos, Chucho, Morito, Linda... Chucho, duro en ellos, ah, ah...
nimo. Linda, hazlos pedazos!

Los ladridos se tornaron, de rabiosos, frenticos; oyse al pi de la
misma ventana ruido de lucha; amenazas sordas, un ay! de dolor, una
imprecacin, y lugo quejas como de animal agonizante.

--El pobre Morito... ya no dar ms el raposo!--murmur el gan.

Entretanto el cura, tomando de manos de Javier su escopeta, la cargaba
con maa singular.

-- m djame con mi escopeta de las perdices... vieja y tronada... T
entindete con el _Lafuch_... yo, esas novedades... Bah! estoy por la
antigua espaola. Tienes cartuchos?

--S seor--contest Javier disponindose tambin  cargar la carabina.

--Estn ya debajo?

--Al pi mismo de la ventana... Puede que estn poniendo las escalas.

--Por el portn hay peligro?

--Creo que no. Tienen que saltar la tapia del corral, y los podemos
fusilar desde la solana.

--Y por la puerta de la bodega?

--Si le plantan fuego... Romper no la rompen.

--Pues vamos  divertirnos un rato... Aguarday, aguarday, amiguitos.

Javier mir  la cara de su to. Tena ste las narices dilatadas, la
boca sardnica, la punta de la lengua asomando entre los dientes, las
mejillas encendidas, los ojuelos brillantes, ni ms ni menos que cuando
en el monte el perdiguero favorito se paraba sealando un bando de
perdices oculto entre los retamares. Por lo que hace  Javier,
horrorizbanle aquellos preparativos de caza humana. En tan supremos
instantes, mientras deslizaba en la recmara el proyectil, pensaba que
se hallara mucho ms  gusto en los claustros de la Universidad, en el
caf  en la feria del quince, comprndoles rosquillas y caramelos  las
seoritas del Pazo de Valdomar. Volvi  ver en su imaginacin la feria,
los relucientes ijares de los bueyes, la mansa mirada de las vacas, el
triste pelaje de los rocines, y oy la fresca voz de Casildita del Pazo,
que le deca con el arrastrado y mimoso acento del pas:

--Ay, dme el brazo por Dios, que aqu no se anda con tanta gente!

Crey sentir la presin de un bracito... No, era la mano peluda y
musculosa del cura, que le impulsaba hacia la ventana.

-- apagar el veln... (hzolo de tres valientes soplidos).  empezar la
fiesta. Yo cargo, t disparas... t cargas, yo disparo... Eh,
Tomasa!--grit  la criada;--no chilles, que pareces la comadreja... Pon
 hervir agua, aceite, vino, cuanto haya... T, aadi dirigindose al
gan,  la solana. Si montan  caballo de la muralla, me avisas.

Dijo, y con precaucin entreabri la ventana, dejando

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slo un resquicio por donde cupiese el can de una escopeta y el ojo
avizor de un hombre. Javier se estremeci al sentir el helado ambiente
nocturno; pero se rehizo presto, pues no pecaba de cobarde, y mir
abajo. Un grupo negro hormigueaba; se oa como una deliberacin en voz
misteriosa.

--Fuego!--le dijo al odo su to.

--Son veinte  ms--respondi Javier.

--Y qu!--gru el cura al mismo tiempo que apartaba  su sobrino con
impaciente ademn; y apoyando en el alfizar de la ventana el can de
la escopeta, dispar.

Hubo un remolino en el grupo, y el cura se frot las manos.

--Uno cay patas arriba... _quoniam_!--murmur pronunciando la palabra
latina, con la cual, desde los tiempos del seminario, reemplazaba todas
las interjecciones que abundan en la lengua espaola.--Ahora t, rapaz.
Tienen una escala: al primero que suba...

Los dedos de Javier se crispaban sobre su hermosa carabina Lefaucheux,
mas al punto se aflojaron.

--To--atrevise  murmurar--entre esos hay gente conocida; me acuerdo
ahora de que lo decan en la feria. Aseguran que viene el cirujano de
Sols, el cohetero de Gunsende, el hermano del mdico de Doas. Quiere
Vd. que les hable? Con un poco de dinero puede que se conformen y nos
dejen en paz, sin tener que matar gente.

--Dinero, dinero!--exclam roncamente el cura.--T sin duda piensas
que en casa hay millones?

--Y los fondos del santuario?

--Son del santuario, _quoniam_, y antes me dejar tostar los pis como
le hicieron al cura de Sols el ao pasado, que darles un ochavo. Pero
mejor ser que le agujereen  uno la piel de una vez y no que se la
tuesten. Fuego en ellos! Si tienes miedo, ir yo.

--Miedo no--declar Javier; y descans la carabina en el alfizar.

--Lrgales los dos tiros--mand su tio.

Dos veces apoy Javier el dedo en el gatillo, y  las dos detonaciones
contest desde abajo formidable clamoreo: no haba tenido tiempo el
mancebo de recoger la mano, cuando se aplast en las hojas de la ventana
una descarga cerrada, arrancando astillas y destrozndolas: componan su
terrible estrpito estallidos diferentes, seco tronar de pistoletazos,
sonoro retumbo de carabinas y estampido de trabucos y tercerolas. Javier
retrocedi, vacilando; su brazo derecho colgaba; la carabina cay al
suelo.

--Qu tienes, rapaz?

--Deben haberme roto la mueca--gimi Javier, yendo  sentarse en el
banco casi exnime.

El cura, que cargaba su escopeta, se sinti entonces asido por los
faldones del levitn, y  la dudosa luz del fuego del hogar vi un
espectro plido que se arrastraba  sus pis. Era la criada, que
silabeaba con voz apenas inteligible:

--Seor... seor amo... rndase, seor... por el alma de quien lo
pari... seor, que nos matan... que aqu morimos todos...

--Suelta, _quoniam_!--profiri el cura lanzndose  la ventana.

Javier, inutilizado, exhalaba ayes, tratando de atarse con la mano
izquierda un pauelo; la criada no se levantaba, paralizada de terror;
pero el cura, sin hacer caso de aquellos invlidos, abri rpidamente
las maderas y vi una escala apoyada en el muro, y casi tropez con las
cabezas de dos hombres que por ella ascendan. Dispar  boca de jarro y
se desprendi el de abajo; alz lugo la escopeta, la blandi por el
can y de un culatazo ech  rodar al de arriba. Sonaron varios
disparos, pero ya el cura estaba retirado adentro, cargando el arma.

Javier, que ya no gema, se le acerc resuelto.

-- este paso, to, no resiste Vd. ni un cuarto de hora. Van  entrar
por ah  por el patio. He notado olor  petrleo; quemarn la puerta de
la bodega. Yo no puedo disparar. Quisiera servirle  Vd. de algo.

--Virteles encima aceite hirviendo con la mano izquierda.

--Voy  sacar la Rabona de la cuadra por el portn, y  echar un galope
hasta Doas.

--Al puesto de la Guardia?

--Al puesto de la Guardia.

--No es tiempo ya. Me encontrars difunto. Rapaz, adis. Rzame un Padre
nuestro y que me digan misas. Entra, taco, si quieres!

--Haga Vd. que se rinde... entretngalos... Yo ir por el aire!

La silueta negra del mancebo cubri un instante el fondo rojo de la
pared del hogar, y lugo se hundi en las tinieblas de la solana. El to
se encogi de hombros, y asomndose, descarg una vez ms la escopeta 
bulto. Lugo corri al lar y descolg briosamente el pesado pote que
pendiente de larga cadena de hierro herva sobre las brasas. Abri de
par en par la ventana, y sin precaverse ya, alz el pote y lo volc de
golpe encima de los enemigos. Se oy un aullido inmenso, y como si aquel
roco abrasador fuese incentivo de la rabia que les causaba tan herica
defensa, todos se arrojaron  la escala, trepando unos sobre los hombros
de otros; y  la vez que por las tapias se descolgaban dos  tres
hombres y luchaban con el gan, una masa humana cay sobre el cura, que
an resista  culatazos. Cuando el racimo de hombres se desgran, pudo
verse  la luz del veln que encendieron, al viejo, tendido en el suelo,
maniatado.

Venan los ladrones tiznados de carbn, con barbas postizas, pauelos
liados  la cabeza, sombrerones de anchas alas y otros arreos que les
prestaban endiablada catadura. Mandbalos un hombre alto, resuelto y
lacnico, que en dos segundos hizo cerrar la puerta y amarrar y poner
mordazas al criado y la criada. Uno de sus compaeros le dijo algo en
voz baja. El jefe se acerc al cura vencido.

--Eh, seor abad... no se haga el muerto... Hay ah un hombre herido por
Vd. y quiere confesin...

Por la escalera interior de la bodega suban pesadamente conduciendo
algo; as que llegaron  la cocina vise que eran cuatro hombres que
traan en vilo un cuerpo, dejando en pos charcos de sangre. La cabeza
del herido se balanceaba suavemente; sus ojos, que empezaban 
vidriarse, parecan de porcelana en su rostro tiznado; la boca estaba
entreabierta.

--Qu confesin, ni!...--dijo el jefe.--Si ya est dando las
boqueadas!

Pero el moribundo, apenas lo sentaron en el banco, sostenindole la
cabeza, hizo un movimiento, y su mirada se reanim.

--Confesin!--clam en voz alta y clara.

Desataron al cura y lo empujaron al pi del banco. Los labios del herido
se movan como recitando el acto de contricin; el cura conoci el
estertor de la muerte y distingui una espuma color de rosa que asomaba
 los cantos de la boca. Alz la mano y pronunci _ego te absolvo_ en el
momento en que la cabeza del herido caa por ltima vez sobre el pecho.

--Llevrselo--orden el jefe.--Y ahora diga el seor abad dnde tiene
los cuartos.

--No tengo nada que darles  Vds.--respondi con firmeza el cura.

Sus cejas se fruncan, su tez ya no era rubicunda, sino que mostraba la
palidez biliosa de la clera, y sus manos, lastimadas, estranguladas por
los cordeles, temblaban con temblequeteo senil.

--Ya dir Vd. otra cosa dentro de diez minutos... Le vamos  freir  Vd.
los dedos en aceite del que usted nos ech. Le vamos  sentar en las
brasas.  la una...  las dos...

El cura mir alrededor y vi sobre la mesa donde haban cenado el
cuchillo de partir pan. Con un salto de tigre se lanz  asir el arma, y
derribando de un puntapi la mesa y el veln, parapetado tras de
aquella barricada, comenz  defenderse  tientas,  oscuras, sin
sentir los golpes, sin pensar ms que en morir noblemente, mientras 
quemarropa le acribillaban  balazos...

El sargento de la Guardia civil de Doas, que lleg al teatro del combate
media hora despus, cuando an los salteadores buscaban intilmente bajo
las vigas, entre la hoja de maz del jergn, y hasta en el Breviario,
los cuartos del cura, me asegur que el cadver de ste no tena forma
humana, segn qued de agujereado, magullado y contuso. Tambin me dijo
el mismo sargento que desde la muerte del cura de Bon abundaban las
perdices; y me ense en la feria  Javier, que no persigue caza alguna,
porque es manco de la mano derecha.

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EL INDULTO

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De cuantas mujeres enjabonaban ropa en el lavadero pblico de Marineda,
ateridas por el fro cruel de una maana de Marzo, Antonia la asistenta
era la ms encorvada, la ms abatida, la que torca con menos bro, la
que refregaba con mayor desaliento;  veces, interrumpiendo su labor,
pasbase el dorso de la mano por los enrojecidos prpados, y las gotas
de agua y las burbujas de jabn parecan lgrimas sobre su tez marchita.

Las compaeras de trabajo de Antonia la miraban compasivamente, y de
tiempo en tiempo, entre la algaraba de las conversaciones y disputas,
se cruzaba un breve dilogo,  media voz, entretejido con exclamaciones
de asombro, indignacin y lstima. Todo el lavadero saba al dedillo los
males de la asistenta, y hallaba en ellos asunto para interminables
comentarios: nadie ignoraba que la infeliz, casada con un mozo
carnicero, resida, aos antes, en compaa de su madre y de su marido,
en un barrio extramuros, y que la familia viva con desahogo, gracias al
asiduo trabajo de Antonia y  los cuartejos ahorrados por la vieja en su
antiguo oficio de revendedora, baratillera y prestamista. Nadie haba
olvidado tampoco la lgubre tarde en que la vieja fu asesinada,
encontrndose hecha astillas la tapa del arcn donde guardaba sus
caudales y ciertos pendientes y brincos de oro; nadie, tampoco, el
horror que infundi en el pblico la nueva de que el ladrn y asesino no
era sino el marido de Antonia, segn sta misma declaraba, aadiendo que
desde mucho atrs roa al criminal la codicia del dinero de su suegra,
con el cual deseaba establecer una tablajera suya propia. Sin embargo,
el acusado hizo por probar la coartada, valindose del testimonio de dos
 tres amigotes de taberna, y de tal modo envolvi el asunto, que, en
vez de ir al palo, sali con veinte aos de cadena. No fu tan
indulgente la opinin como la ley: adems de la declaracin de la
esposa, haba un indicio vehementsimo: la cuchillada que mat  la
vieja, cuchillada certera y limpia, asestada de arriba abajo, como la
que los matachines dan  los cerdos, con un cuchillo ancho y
afiladsimo, de cortar carne. Para el pueblo, no caba duda en que el
culpable debi subir al cadalso. Y el destino de Antonia comenz 
infundir sagrado terror, cuando fu esparcindose el rumor de que su
marido _se la haba jurado_ para el da en que saliese de presidio, por
acusarle. La desdichada quedaba en cinta, y el asesino la dej avisada
de que,  su vuelta, se contase entre los difuntos.

Cuando naci el hijo de Antonia, sta no pudo criarlo; tal era su
debilidad y demacracin y la frecuencia de las congojas que desde el
crimen la aquejaban; y como no le permita el estado de su bolsillo
pagar ama, las mujeres del barrio que tenan nios de pecho, dieron de
mamar por turno  la criatura, que creci enclenque, resintindose de
todas las angustias de su madre. Un tanto repuesta ya, Antonia se aplic
con ardor al trabajo, y aunque siempre tenan sus mejillas esa azulada
palidez que se observa en los enfermos del corazn, recobr su
silenciosa actividad, su aire apacible.

Veinte aos de cadena! En veinte aos (pensaba ella para sus adentros),
l se puede morir  me puedo morir yo, y de aqu all, falta mucho
todava. La hiptesis de la muerte natural no la asustaba; pero la
espantaba imaginar solamente que volva su marido. En vano las cariosas
vecinas la consolaban, indicndole la esperanza remota de que el inicuo
parricida se arrepintiese, se enmendase, , como decan ellas, se
volviese de mejor idea: meneaba Antonia la cabeza entonces, murmurando
sombramente:

--Eso l? de mejor idea? Como no baje Dios del cielo en persona y le
saque aquel corazn perro y le ponga otro...

Y, al hablar del criminal, un escalofro corra por el cuerpo de
Antonia.

En fin, veinte aos tienen muchos das, y el tiempo aplaca la pena ms
cruel. Algunas veces, figurbasele  Antonia que todo lo ocurrido era un
sueo,  que la ancha boca del presidio, que se haba tragado al
culpable, no lo devolvera jams;  que aquella ley, que al cabo supo
castigar el primer crimen, sabra prevenir el segundo. La ley! Esa
entidad moral, de la cual se formaba Antonia un concepto misterioso y
confuso, era sin duda fuerza terrible, pero protectora, mano de hierro
que la sostendra al borde del abismo. As es que  sus ilimitados
temores se una una confianza indefinible, fundada sobre todo en el
tiempo transcurrido, y en el que an faltaba para cumplirse la condena.

Singular enlace el de los acontecimientos! No creera de seguro el rey,
cuando vestido de capitn general y el pecho cargado de condecoraciones,
daba la mano ante el ara  una princesa, que aquel acto solemne costaba
amarguras sin cuento  una pobre asistenta, en lejana capital de
provincia. As que Antonia supo que haba recado indulto en su esposo,
no pronunci palabra, y la vieron las vecinas sentada en el umbral de la
puerta, con las manos cruzadas, la cabeza cada sobre el pecho, mientras
el nio, alzando su cara triste de criatura enfermiza, gimoteaba:

--Mi madre... Calinteme la sopa, por Dios, que tengo hambre!

El coro benvolo y cacareador de las vecinas rode

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 Antonia; algunas se dedicaron  arreglar la comida del nio, otras
animaban  la madre del mejor modo que saban. Era bien tonta en
afligirse as. Ave Mara Pursima! No parece sino que aquel hombrn no
tena ms que llegar y matarla! Haba gobierno, gracias  Dios, y
audiencia, y serenos; se poda acudir  los celadores, al alcalde...

--Qu alcalde!--deca ella con hosca mirada y apagado acento.

-- al gobernador,  al regente,  al jefe de municipales; haba que ir
 un abogado, saber lo que dispone la ley...

Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreci enviar  su marido
para que le _metiese un miedo_ al picarn; otra, resuelta y morena, se
brind  quedarse todas las noches  dormir en casa de la asistenta; en
suma, tales y tantas fueron las muestras de inters de la vecindad, que
Antonia se resolvi  intentar algo, y sin levantar la sesin, acordse
consultar  un jurisperito,  ver qu recetaba.

Cuando Antonia volvi de la consulta, ms plida que de costumbre, de
cada tenducho y de cada cuarto bajo salan mujeres en pelo  preguntarle
noticias, y se oan exclamaciones de horror. La ley, en vez de
protegerla, obligaba  la hija de la vctima  vivir bajo el mismo
techo, maritalmente, con el asesino!

--Qu leyes, divino Seor de los cielos! As los bribones que las
hacen las aguantaran!--clamaba indignado el coro.--Y no habr algn
remedio, mujer, no habr algn remedio?

--Dice que nos podemos separar... despus de una cosa que le llaman
divorcio.

--Y qu es divorcio, mujer?

--Un pleito muy largo.

Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los pleitos no se acababan
nunca, y peor an si se acababan, porque los perda siempre el inocente
y el pobre.

--Y para eso--aadi la asistenta--tena yo que probar antes que mi
marido me daba mal trato.

Aqu de Dios! Pues aquel tigre no le haba matado  la madre? Eso no
era mal trato, eh? Y no saban hasta los gatos que la tena amenazada
con matarla tambin?

--Pero como nadie lo oy... Dice el abogado que se quieren pruebas
claras...

Se arm una especie de motn; haba mujeres determinadas  hacer, decan
ellas, una exposicin al mismsimo rey, pidiendo contra-indulto; y, por
turno, dorman en casa de la asistenta, para que la pobre mujer pudiese
conciliar el sueo. Afortunadamente, el tercer da lleg la noticia de
que el indulto era temporal, y al presidiario an le quedaban algunos
aos de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fu la
primera en que no se enderez en la cama, con los ojos desmesuradamente
abiertos, pidiendo socorro.

Despus de este susto, pas ms de un ao y la tranquilidad renaci para
la asistenta, consagrada  sus humildes quehaceres. Un da, el criado de
la casa donde estaba asistiendo, crey hacer un favor  aquella mujer
plida, que tena su marido en presidio, participndole cmo la reina
iba  parir, y habra indulto, de fijo.

Fregaba la asistenta los pisos, y al oir tales anuncios solt el
estropajo, y descogiendo las sayas que traa arrolladas  la cintura,
sali con paso de autmata, muda y fra como una estatua.  los recados
que le enviaban de las casas, responda que estaba enferma, aunque en
realidad slo experimentaba un anonadamiento general, un no levantrsele
los brazos  labor alguna. El da del regio parto cont los caonazos de
la salva, cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo
quien le advirti que el vstago real era hembra, comenz  esperar que
un varn habra ocasionado ms indultos. Adems, por qu le haba de
coger el indulto  su marido? Ya le haban indultado una vez, y su
crimen era horrendo; matar  la indefensa vieja que no le haca dao
alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La terrible escena
volva  presentarse ante sus ojos: mereca indulto la fiera que asest
aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tena los
labios blancos, y parecale ver la sangre cuajada al pi del catre.

Se encerr en su casa, y pasaba las horas sentada en una silleta junto
al fogn. Bah! si haban de matarla, mejor era dejarse morir.

Slo la voz plaidera del nio la sacaba de su ensimismamiento.

--Mi madre, tengo hambre. Mi madre, qu hay en la puerta? Quin viene?

Por ltimo, una hermosa maana de sol se encogi de hombros, y tomando
un lo de ropa sucia, ech  andar camino del lavadero.  las preguntas
afectuosas responda con lentos monoslabos, y sus ojos se posaban con
vago extravo en la espuma del jabn que le saltaba al rostro.

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Quin trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya Antonia recoga
su ropa lavada y torcida  iba  retirarse? Inventla alguien con fin
caritativo,  fu uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen, que
en vsperas de acontecimientos grandes para los pueblos  los
individuos, palpitan y susurran en el aire? Lo cierto es que la pobre
Antonia, al oirlo, se llev instintivamente la mano al corazn, y se
dej caer hacia atrs sobre las hmedas piedras del lavadero.

--Pero de veras muri?--preguntaban las madrugadoras  las recin
llegadas.

--S, mujer...

--Yo lo o en el mercado...

--Yo en la tienda...

-- ti quin te lo dijo?

-- m, mi marido.

--Y  tu marido?

--El asistente del capitn.

--Y al asistente?

--Su amo...

Aqu ya la autoridad pareci suficiente, y nadie quiso averiguar ms,
sino dar por firme y valedera la noticia. Muerto el criminal, en
vsperas de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo! Antonia la
asistenta alz la cabeza, y por vez primera se tieron sus mejillas de
un sano color, y se abri la fuente de sus lgrimas. Lloraba de gozo, y
nadie de los que la miraban se escandaliz. Ella era la indultada; su
alegra justa. Las lgrimas se agolpaban  sus lagrimales, dilatndole
el corazn, porque desde el crimen se haba _quedado cortada_, es decir,
sin llanto. Ahora respiraba anchamente, libre de su pesadilla. Andaba
tanto la mano de la Providencia en lo ocurrido, que  la asistenta no le
cruz por la imaginacin que poda ser falsa la nueva.

Aquella noche, Antonia se retir  su casa ms tarde que de costumbre,
porque fu  buscar  su hijo  la escuela de prvulos, y le compr
rosquillas de _ginete_, con otras golosinas que el chico deseaba haca
tiempo, y ambos recorrieron las calles, parndose ante los escaparates,
sin ganas de comer, sin pensar ms que en beber el aire, en sentir la
vida y en volver  tomar posesin de ella.

Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni repar en que la puerta de
su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la mano al nio,
entr en la reducida estancia que le serva de sala, cocina y comedor, y
retrocedi atnita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levant
de la mesa, y el grito que suba  los labios de la asistenta se ahog
en la garganta.

Era l; Antonia, inmvil, clavada al suelo, no le vea ya, aunque la
siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su cuerpo yerto
sufra una parlisis momentnea; sus manos fras soltaron al nio, que
aterrado se le cogi  las faldas. El marido habl:

--Mal contabas conmigo ahora!--murmur con acento ronco, pero
tranquilo; y al sonido de aquella voz, donde Antonia crea oir vibrar
an las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como
desencantada, despert, exhal un ay! agudsimo, y cogiendo  su hijo
en brazos, ech  correr hacia la puerta. El hombre se interpuso.

--Eh... chst!  dnde vamos, patrona?--silabe con su irona de
presidiario.-- alborotar el barrio  estas horas? Quieto aqu todo el
mundo!

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Las ltimas palabras fueron dichas sin que las acompaase ningn ademn
agresivo, pero con un tono que hel la sangre de Antonia. Sin embargo,
su primer estupor se converta en fiebre, la fiebre lcida del instinto
de conservacin. Una idea rpida cruz por su mente; ampararse del nio.
Su padre no le conoca, pero al fin era su padre! Levantle en alto y
le acerc  la luz.

--Ese es el chiquillo?--murmur el presidiario. Y descolgando el
candil, lleglo al rostro del chico. Este guiaba los ojos, deslumbrado,
y pona las manos delante de la cara como para defenderse de aquel padre
desconocido, cuyo nombre oa pronunciar con terror y reprobacin
universal. Apretbase  su madre, y sta, nerviosamente, le apretaba
tambin, con el rostro ms blanco que la cera.

--Qu chiquillo feo!--gru el padre, colgando de nuevo el
candil.--Parece que lo chuparon las brujas.

Antonia, sin soltar al nio, se arrim  la pared, pues desfalleca. La
habitacin le daba vueltas al rededor, y vea unas lucecicas azules en
el aire.

-- ver, no hay nada de comer aqu?--pronunci el marido.

Antonia sent al nio en un rincn, en el suelo, y mientras la criatura
lloraba de miedo, conteniendo los sollozos, la madre comenz  dar
vueltas por el cuarto, y cubri la mesa con manos temblorosas; sac pan,
una botella de vino, retir del hogar una cazuela de bacalao, y se
esmeraba, sirviendo diligentemente, para aplacar al enemigo con su celo.
Sentse el presidiario y empez  comer con voracidad, menudeando los
tragos de vino. Ella permaneca de pi, mirando, fascinada, aquel rostro
curtido, afeitado y seco que reluca con ese barniz especial del
presidio. l llen el vaso una vez ms, y la convid.

--No tengo voluntad...--balbuci Antonia; y el vino, al reflejo del
candil, se le figuraba un cogulo de sangre.

l lo despach encogindose de hombros, y se puso en el plato ms
bacalao, que engull vidamente, ayudndose con los dedos y mascando
grandes cortezas de pan. Su mujer le miraba hartarse, y una esperanza
sutil se introduca en su espritu. As que comiese, se marchara sin
matarla; ella, despus, cerrara  cal y canto la puerta, y si quera
matarla entonces, el vecindario estaba despierto y oira sus gritos.
Slo que, probablemente, le sera imposible  ella gritar! Y carraspe
para afianzar la voz. El marido, apenas se vi saciado de comida, sac
del cinto un cigarro, lo pic con la ua y encendi sosegadamente el
pitillo en el candil.

--Chst!...  dnde vamos?--grit, viendo que su mujer haca un
movimiento disimulado hacia la puerta.--Tengamos la fiesta en paz.

-- acostar el pequeo--contest ella sin saber lo que deca; y
refugise en la habitacin contigua, llevando  su hijo en brazos. De
seguro que el asesino no entrara all. Cmo haba de tener valor para
tanto? Era la habitacin en que haba cometido el crimen, el cuarto de
su madre: pared por medio dorma antes el matrimonio; pero la miseria
que sigui  la muerte de la vieja, oblig  Antonia  vender la cama
matrimonial y usar la de la difunta. Creyndose en salvo, empezaba 
desnudar al nio, que ahora se atreva  sollozar ms fuerte, apoyado
en su seno; pero se abri la puerta y entr el presidiario.

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Antonia le vi echar una mirada oblicua en torno suyo, descalzarse con
suma tranquilidad, quitarse la faja, y, por ltimo, acostarse en el
lecho de la vctima. La asistenta crea soar; si su marido abriese una
navaja, la asustara menos quizs que mostrando tan horrible sosiego.
l se estiraba y revolva en las sbanas, apurando la colilla y
suspirando de gusto, como hombre cansado que encuentra una cama blanda y
limpia.

--Y t?--exclam dirigindose  Antonia.--Qu haces ah quieta como un
poste? No te acuestas?

--Yo... no tengo sueo--tartamude ella, dando diente con diente.

--Qu falta hace tener sueo? Si irs  pasar la noche de centinela?

--Ah... ah... no... cabemos... Duerme t... Yo aqu, de cualquier
modo...

l solt dos  tres palabras gordas.

--Me tienes miedo  asco,  qu rayo es esto?  ver cmo te acuestas, 
si no...

Incorporse el marido, y extendiendo las manos, mostr querer saltar de
la cama al suelo. Mas ya Antonia, con la docilidad fatalista de la
esclava, empezaba  desnudarse. Sus dedos apresurados rompan las
cintas, arrancaban violentamente los corchetes, desgarraban las enaguas.
En un rincn del cuarto se oan los ahogados sollozos del nio...

       *       *       *       *       *

Y el nio fu quien, gritando desesperadamente, llam al amanecer  las
vecinas, que encontraron  Antonia en la cama, extendida, como muerta.
El mdico vino aprisa, y declar que viva, y la sangr, y no logr
sacarle gota de sangre. Falleci  las veinticuatro horas, de muerte
natural, pues no tena lesin alguna. El nio aseguraba que el hombre
que haba pasado all la noche la llam muchas veces al levantarse, y
viendo que no responda, ech  correr como un loco.

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FUEGO  BORDO

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Cuando salimos del puerto de Marineda--seran,  todo ser, las diez de
la maana--no corra temporal: slo estaba la mar rizada y de un
verde... vamos, un verde sospechoso.  las once servimos el almuerzo, y
fueron muchos pasajeros retirndose  sus camarotes, porque el oleaje,
no bien salimos  alta mar, di en ponerse grueso, y el buque cabeceaba
de veras. Algunos del servicio nos reunimos en el comedor, y mientras
llegaba la hora de preparar la comida, nos divertamos en tocar el
acorden y hacer hablar al pinche, un negrito muy feo: y nos reamos
como locos, porque el negro con las cabezadas de la embarcacin y sus
propios saltos, se daba mil coscorrones contra el tabique. En esto, uno
de los muchachos camareros, que les dicen _stewarts_, se llega  m.

--Cocinero, dos fundas limpias, que las necesito.

--Pues vaya Vd. al ropero y cjalas, hombre.

--All voy.

Y sin ms, entra y enciende un cabo de vela para escoger las fundas.

Aquel cabo de vela! Nadie me quitar de la cabeza que el condenado...
Dios me perdone, el infeliz del camarero lo dej encendido, arrimado 
los montones de ropa blanca. Como un barco grande requiere tanta
blancura, adems de las estanteras llenas y atestadas de manteles,
sbanas y servilletas, haba en el _San Gregorio_ rimeros de paos de
cocina, altos as, que llegaban  la cintura de un hombre. Por fuerza el
cabo se qued pegadito  alguno de ellos,  cay de la mesa, encendido,
sobre la ropa. En fin, era nuestra suerte, que estaba as preparada.

Yo no s qu cosa me daba  m el cuerpo ya cuando salimos de Marineda.
Siempre que embarco estoy ocho das antes alegre como unas castauelas,
y hasta parece que me hace falta alguna broma con los amigos, y la
familia. Pues de esta vez... tan cierto como que nos hemos de morir...
tena yo atravesado algo en el gaznate, y ni rea ni apenas hablaba. La
vspera del embarque le dije  mi esposa:

--Mujer, maana tempranito me aplanchars una camisola, que quiero ir
limpio  bordo.

Por la maana entr con la camisola, y le dije:

--Mujer, treme el pequeo que mama.

Vino el chiquillo y le d un beso, y mand que me lo quitasen pronto de
all, porque las entraas me dolan y el corazn se me suba  la
garganta. Tambin la vspera fu  casa del segundo oficial, el seorito
de Armero, y estaba la familia  la mesa; y la madre, que es as una
seora muy franca, no ofendiendo lo presente, me dijo:

--Tome Vd. esta yema, Salgado.

--Mil gracias, seora, no tengo voluntad.

--Pues llveles stas  los nios... Y qu le pasa  usted, que est
qu s yo cmo?

--Pasar, nada.

--Y qu le parece del viaje, Salgado?

--Seora, la mar est bella, y no hay queja del tiempo.

--No, pues Vd. no las tiene todas consigo... Le noto algo en la cara.

Para aquel viaje haba yo comprado todos los chismes del oficio: por
cierto que en la compra se me fu lo ltimo que me quedaba: setenta
duretes. Los chismes eran preciosos: cuchillos de lo mejor, moldes
superiores, herramientas muy finas de picar y adornar; porque en el
barco, ya se sabe: le dan  uno buena batera de cocina, grandes cazos y
sartenes, carbn cuanto pida, y vveres  patadas: pero ciertas
monaditas de repostera y de capricho, si no se lleva con qu
hacerlas... Y como yo tengo este pundonor de que me guste sobresalir en
mi arte y que nadie me pueda ensear un plato... Por cierto que esta
vanidad fu mi perdicin cuando sostuve _restaurant_ abierto. Me daba
vergenza que estuviese desairado el escaparate, sin una buena polla en
galantina,  solomillo mechado,  jamn en dulce,  chuletas bien
panadas y con su penachito de papel en el hueso... Y los parroquianos no
acudan; y los platos se moran de viejos all; y cuando empezaban 
oler, nos los comamos por recurso: mis chiquillos andaban mantenidos
con trufas y jamn, y el bolsillo se desangraba... Si no levanto el
_restaurant_ no s qu sera de m: de manera que encontrar colocacin
en el barco y admitirla fu todo uno. Pensaba yo para mi
chaleco:--nimo, Salgado: de veintiocho duros que te ofrecen al mes, mal
ser que no puedas enviarle doce  quince  la familia. No es la primera
vez que te embarcas: vmonos  Manila: quin sabe si all te ajustas en
alguna fonda y te dan mil  mil quinientos reales mensuales y eres un
seor? Lo dicho: la suerte, que arregla  su modo nuestros pasos...
Estaba de Dios que yo haba de perder mis chismes, y pasar lo que pas,
y volver  Marineda.

En qu bamos? S, ya me acuerdo: faltara hora y media para la comida,
cuando nos pareci que sala humo por la puerta del ropero. El que
primero lo not no se atreva  decirlo: nos mirbamos unos  otros, y
nadie rompa  gritar. Por fin, casi  un tiempo, chillamos:

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--Fuego! Fuego  bordo!

--Mire Vd., no cabe duda: lo peor, en esos momentos en que suceden cosas
horrorosas, es aturdirse y perder la sangre fra. Si cuando corri el
aviso se pudiese dominar el pnico y mantener el orden; si media docena
de hombres serenos tomasen la direccin imponindose, y aislasen el
fuego en las entraas del barco, estoy seguro de que el siniestro se
evitaba. Yo que todo lo presenci, que no perd detalle, puedo jurar que
no entiendo cmo en un minuto se esparci la noticia y ya no se vieron
sino gentes que corran de aqu para all, locas de miedo. Para mayor
desdicha empezaba  anochecer, y la mar cada vez ms gruesa y el
temporal cada vez ms recio, aumentaban el susto. Aquello se convirti
en una Babel, donde nadie se entenda, ni obedeca  las voces de mando.

El capitn, que en paz descanse, era un mallorqun de pelo en pecho,
valentn, y no tiene que dar cuenta  Dios de nada, pues el pobrecillo
hizo cunto estuvo en su mano, pero le atendan bien poco. Acaso debi
levantar la tapa de los sesos  alguno para que los dems aprendiesen:
bueno, no lo hizo: l fu el primero  pagarlo: cmo ha de ser! Nos
metimos l y yo por el corredor de popa, con objeto de ver qu
importancia tena el incendio: y apenas abrimos la puerta de hierro, nos
sali al paso tal columna de humo y tal velo de llamas, que apenas
tuvimos tiempo  retroceder, cerrar y apoyarnos, chamuscados y  medio
asfixiar, en la pared. Yo le grit al capitn:

--Don Raimundo, mire que se deben cerrar tambin las puertas de hierro 
la parte de proa.

l dara la orden  cualquiera de los que andaban por all atortolados:
puede que al tercero de  bordo: no s: lo cierto es que no se cumpli,
y en no cumplirse estuvo la mitad de la desgracia. Nosotros,  toda
prisa, nos dedicamos  refrescar con chorros de agua las puertas de
hierro, para que el horno espantoso de dentro no las fundiese y saltasen
dejando paso  las llamas. De qu nos sirvi? Lo que no sucedi por
all sucedi por otro lado. Nos pasamos no s cunto tiempo remojando la
placa, envueltos en humareda y vapor: mas al oir que por la proa salan
las llamas ya, se nos cansaron los brazos, y huyendo de aquel infierno
pasamos  la cubierta.

Verdaderamente ces desde entonces la batalla con el fuego y las
esperanzas de atajarlo, y no se pens ms que en el salvamento; en
librar, si era posible, la piel: eso, los que an eran capaces de
pensar; porque muchsimos se tiraron en el suelo,  se metieron 
arrancarse el pelo por los rincones  se quedaron hechos estatuas, como
el tercero de  bordo, que tan pronto se declar el incendio se sent en
un rollo de cuerdas y ni dijo media palabra, ni se mene, ni so en
ayudarnos.

 las dos horas de notarse el fuego, la mquina se par. Si no se para
tenemos la salvacin casi segura: ardiendo y todo, llegaramos al
puerto. Lo que recelbamos era que el vapor comprimido y sin desahogo
hiciese estallar la caldera. Todos preguntbamos al _engineer_, un
ingls muy tieso, muy callado y con un corazn ms grande que la
mquina. No se meneaba de su sitio, ni se demud poco ni mucho: abri
todas las vlvulas, y nos dijo con flema:

--Mi responde con mi _head_, mquina _very-good_, seguros por ella no
explosin.

Al ver que la pobre de la mquina se paraba, nos quedamos si cabe ms
aterrados; no creamos que el incendio llegase hasta donde, por lo
visto, llegaba ya: comprendimos que el fuego no estaba localizado y
contenido, sino que era dueo de todo el interior del buque y no haba
ms remedio que cruzarse de brazos y dejarle hacer su capricho.

--Barco perdido, don Raimundo!--dije al capitn.

--Barco perdido, Salgado.

--Y nosotros?

--Perdidos tambin.

--Esperanza en Dios, don Raimundo.

Y l se ech las manos  la cabeza y dijo de un modo que nunca se me
olvida:

--Dios!

Yo no s qu le habamos hecho  Dios los trescientos cristianos que en
aquel barco bamos: pero algn pecado muy gordo debi ser el nuestro,
para que as nos juntase castigos y calamidades. De cuantas noches de
temporal recuerdo--y mire Vd. que algo se ha navegado--ninguna ms
atroz, ms furiosa que aquella noche. Una marejada frentica: el barco
no se sostena: ola por aqu, ola por acull: montes de agua y de espuma
que nos cubran: ya no era balancearse, era despearse, caer en un
precipicio: pareca que la tormenta gozaba en movernos y abanicarnos
para avivar

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el incendio. Soplaba un viento iracundo; llova sin cesar; y la noche
tan negra, tan negra, que sobre cubierta no nos veamos las caras. Unos
lloraban de tal modo que parta el corazn; otros blasfemaban; muchos
decan:--Ay mis pobres hijos!--No entiendo cmo el timonel era capaz de
estarse tan quieto en su puesto de honor, manteniendo fijo el rumbo del
barco para que no rodase como una pelota por aquel mar loco.

Pronto empezaron  alumbrarnos las llamas, que salan por la proa no ya
 intervalos, sino continuamente, igual que si desde adentro las
soplasen con fuelles de fragua. Lo tremendo de la marejada hizo que no
se pensase en esquifes; meterse en ellos, se reduca  adelantar la
muerte. En esto gritaron que se vea embarcacin  sotavento.

Un buque! Desde que se declar el incendio no habamos cesado de
disparar cohetes y fuegos de Bengala con objeto de que los buques, al
pasar cerca de nosotros, comprendiesen que el barco incendiado contena
gente necesitada de socorro. Y vea Vd. cmo Dios,  pesar de lo que dije
antes, nunca amontona todas las desgracias juntas. An tenemos que
agradecerle que el sitio del siniestro es un punto de cruce, donde se
encuentran los barcos que hacen rumbo al Atlntico y al Mediterrneo.
Pocas millas ms adelante ya no sera fcil hallar quien nos socorriese.

Al ver el buque, la gente se alborot, y los ms resueltos arriaron los
esquifes en un minuto. All no haba capitn, ni oficiales, ni autoridad
de ninguna especie: los contramaestres se cogieron el esquife mejor, y
cabiendo en l treinta personas, result que lo ocuparon slo cinco. Ya
se sabe lo que hace el miedo  morir: ni se reparaba en peligro, ni
haba compasin, ni prjimo. Sin mirar lo furioso del oleaje, y lo
imposible que era nadar all, se echaron al mar muchsimas personas, por
meterse en los esquifes. An parece que oigo las voces con que decan
al contramaestre:

--Espere, nuestramo Nicols, espere por la madre que lo pari; la mano,
nuestramo!

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Y l en su maldita jerga catalana, responda:

--_No'm fa rs; no'm fa rs._

Y cuando los infelices queran halarse al esquife y se agarraban  la
borda, los de dentro, desenvainando los cuchillos, amenazaban coserles 
pualadas.

De esta vez hubo ya bastantes vctimas: los esquifes se alejaron, y con
ellos se fu nuestra esperanza. Despus de recoger  aquellos primeros
nufragos, el buque sigui su rumbo, porque no le permita mantenerse al
pairo el temporal.

 todo esto, si viese Vd. cmo iba ponindose la cubierta! Oamos el
roncar del incendio, que pareca el resoplido de un animalazo horrendo,
y  cada instante esperbamos ver salir las llamas por el centro del
buque y hundirse la cubierta. Nos arrimbamos cuanto podamos  la parte
de popa, pues adems el calor del suelo se haca insoportable, y del
piso de hierro cubierto con planchas de madera salan, por los agujeros
de los tornillos, llamitas cortas, igual que si  un tiempo se
inflamasen varias docenas de fsforos sembrados aqu y acull. Ya ni el
fro ni la oscuridad eran de temer: qu disparate! buena oscuridad nos
d Dios: la popa algunas veces estaba tan clara como un saln de baile:
iluminacin completa: daba gusto ver el horizonte cerrado por unas olas
inmensas, verdes y negruzcas, que se venan encima, y sobre las cuales
volaba una orillita de espuma ms blanca que la nieve. Tambin divisamos
otro buque, un paquete de vapor, que se paraba, sin duda, para
auxiliarnos. Estaba tan lejos! Con todo, la gente se anim. El segundo,
el seorito de Armero, se lleg  m y me toc en el hombro.

--Salgado, puede Vd. bajar  la cmara? Necesito un farol.

--Mi segundo, estoy casi ciego... Con el calor y el humo, me va faltando
la vista.

--Aunque sea  tientas... Quiero un farol.

Vaya, no s yo mismo cmo gate por las escaleras; la cmara era un
horno, el farol todava estaba encendido; lo descolgu y se lo entregu
al segundo, convencido de que le daba el pasaporte para la eternidad,
pues el esquife en que l y otros cuantos se decidieron  meterse, era
el ms chico y estaba muy deteriorado. Lo arriaron, y por milagro
consiguieron sentarse en l sin que zozobrase. Entonces empez la gente
 lanzarse al mar para salvarse en el esquife, y pude notar que, apenas
caan al agua, moran todos. Alguno se rompi la cabeza contra los
costados del buque; pero la mayor parte, sin tropezar en nada, espir
instantneamente. Era que herva el agua con el calor del incendio y
los coca? Era que se les acababan las fuerzas? Lo cierto es que daban
dos paladitas muy suaves para nadar, suban de pronto las rodillas  la
altura de la boca, y flotaban cadveres ya.

Los del esquife remaban desesperadamente hacia el barco salvador. Supe
despus que,  la mitad del camino, notaron que el esquife, roto por el
fondo, haca agua, y se sumerga; que pusieron en la abertura sus
chaquetas, sus botas, cunto pudieron encontrar; y no bastando an, el
seorito de Armero, que es muy resuelto, cogi  un marinerillo, lo
sent , por mejor decir, lo embuti en el boquete y le dijo (con
perdn):

--No te menees y tapa con el...!

Gracias  lo cual llegaron al buque y les pudimos ver ascendiendo sobre
cubierta. No s si nos pesaba  no el habernos quedado all sin probar
el salvamento. Los muertos ya estaban en paz, y los salvados... qu
felices! El buque aquel tampoco se detena; era necesario aguardar  que
Dios nos mandase otro, y resistir como pudisemos todo el tiempo que
tardase. Es verdad que nuestro _San Gregorio_ an poda durar. Al fin
era un gran vapor de lnea, con su cargamento, y daba qu hacer  las
llamas. El caso era refugiarse en alguna esquina para no perecer asados.

Al capitn se le ocurri la idea de trepar  la cofa del gran rbol de
hierro, del palo mayor. Mientras el barco arda, crey l poder
mantenerse all, seguro y libre de las llamas, como un canario en su
jaula. Yo, que le v acercarse al palo, le cog del brazo en seguida.

--No suba Vd., capitn; pues no ve que el palo se tiene que doblar en
cuanto se ponga candente?

El pobre hombre, enamorado del proyecto, daba vueltas al rededor del
palo, estudiando su resistencia. Creo que si ms pronto le anuncio la
catstrofe, ms pronto sucede. El rbol... pim! se dobl de pronto, lo
mismo que el dedo de una persona, y, arrastrado por su peso, bes el
suelo con la cima. Por listo que anduvo el capitn, como estaba cerca,
un alambre candente de la plataforma le cogi el pi por cerca del
tobillo, y se lo tronz sin sacarle gota de sangre, haciendo  un tiempo
mismo la amputacin y el cauterio: respondo de que ningn cirujano se lo
cortaba con ms limpieza.

Le levantamos como se pudo, y colocando un sof al extremo de la popa,
le instalamos del mejor modo para que estuviese descansado. Se quejaba
muy bajito, entre dientes, como si masticase el dolor, y medio le o:
Mi pobre mujer! mis hijitos queridos, qu ser de ellos! Pero de
repente, sin ms ni ms, empez  gritar como un condenado, pidiendo
socorro y medicina. S, medicina! Para medicinas estbamos! Ya el
fuego haba llegado  la cmara, y  pesar del ruido de la tormenta,
oamos estallar los frascos del botiqun, la cristalera y la vajilla.
Entonces el desdichado comenz  rogar, con palabras muy tristes, que le
echsemos al agua, y usando, por ltima vez, de su autoridad  bordo,
mand que le atsemos un peso al cuerpo. Nos disculpamos con que no
haba cosa que atarle: y l, que al mismo tiempo estaba sereno, record
que en la bitcora existe una barra muy gruesa de plomo, porque all no
puede entrar hierro ni otro metal que haga desviar la aguja imantada.
Por ms que nos resistimos, fu preciso arrancarla, y colgrsela del
cuello: y como el peso era grande y le obligaba  bajar la cabeza, tuvo
que sostenerlo con las dos manos, recostndose en el respaldo del sof.
Como llevaba en el bolsillo su rewlver, lo arm, y suplic que le
permitiesen pegarse un tiro y le arrojasen al mar despus. Naturalmente
que nos opusimos! Le instamos para que dejase amanecer; con el da se
calmara la tormenta, y algn barco de los muchos que cruzaban nos
salvara  todos. Le porfibamos y le hacamos reflexiones de que el
mayor valor era sufrir. Por ltimo, desmont y guard el rewlver,
declarando que lo haca por sus hijos nada ms. Se quej despacito y se
empe en que habamos de buscar y ensearle el pi que le faltaba.
Querr Vd. creer que anduvimos tras del pi por toda la cubierta y no
pudimos cumplirle aquel gusto?

Despus del lance del capitn, ocurri el del oficial tercero, y se me
figura que de todos los horrores de la noche fu el que ms me afect.
Lo que somos, lo que somos! Nada: una miseria. El tercero era un joven
que tena su novia, y haba de casarse con ella al volver del viaje. La
quera muchsimo vaya si la quera! Como que en el viaje anterior le
trajo de Manila preciosidades, en pauelos, en abanicos de sndalo, en
cajitas, en mil monadas. No obstante...  por lo mismo... en fin, qu s
yo! Desgracias y flaquezas de los mortales... el pobre andaba triste,
preocupado, desde tiempo atrs. Nadie me convencer de que lo que hizo
no lo hizo _queriendo_, porque ya lo tena pensado de antes y porque le
pareci buena la ocasin de realizarlo. Sino, qu trabajo le costaba
intentar el salvamento con el seorito de Armero? Ya determinado 
morir, tanto le daba de un modo como de otro, y al menos, poda suceder
que en el esquife consiguiese librar la piel. Bien, no cavilemos. l no
di seales de pretender combatir el fuego y mientras nosotros
manejbamos el _caballo_ y soltbamos mangas de agua contra las puertas,
envueltos en llamas y humo, l quietecito y como atontado. Al marcharse
el seorito de Armero, le llam  la cmara, para entregarle su
reloj,--un reloj precioso, con tapa de brillantes--y dos sortijas muy
buenas tambin, encargndole que se las llevase  su novia como
recuerdo y despedida. Lo que yo digo: el hombre se encontraba resuelto 
morir. Lugo subi  popa, y le v sentado, muy taciturno, con la cabeza
entre las manos.  dos pasos me coloqu yo. l se volvi y me dijo:

--Cocinero, tiene Vd. ah un cigarro?

--Mi oficial, slo tengo picadura en el bolsillo del chaquetn... Pero
ste tiene tabacos, de seguro...--aad, sealando  un camarero que
estaba all cerca.--Querr Vd. creer que el bruto del camarero se
resista  meter la mano en el bolsillo y soltar el cigarro? Animal--le
grit--no seas tacao ahora; de qu te servir el tabaco si vamos todos
 perecer?--En vista de mis gritos, el hombre afloj el cigarro. El
tercero lo encendi, y dara,  todo dar, tres chupadas:  cada una le
vea yo la cara con la lumbre del cigarro: un gesto que pona miedo. 
la tercer chupada, acerc  la sien el rewlver, y omos el tiro. Cay
redondo, sin un _ay_.

Nadie se asust, nadie grit: casi puedo decir que nadie se movi:
estbamos ya de tal manera, que todo nos era indiferente. Slo el
capitn pregunt desde el sof:--Qu es eso? qu ocurre?--El tercero
que se acaba de levantar la tapa de los sesos.--Hizo bien!--De all 
poco rato, murmur:--Echarle al mar.--Obedecimos y  ninguno se le
ocurri rezar el _Padre nuestro_.

Es que se vuelve uno estpido en ocasiones semejantes! Figrese Vd.
que, en los primeros instantes, recogi el capitn, de la caja, seis mil
duros y pico en oro y billetes; seis mil duros y pico que anduvieron
rodando por all, sobre cubierta, sin que nadie les hiciese caso, ni los
mirase. En cambio, al piloto se le haba metido en la cabeza buscar el
cuaderno de bitcora, y se desdichaba todo porque no daba con l, lo
mismo que si fuese indispensable apuntar  qu altura y latitud
dejbamos el pellejo. Pues otra rareza. En todo aquel desastre, quin
pensar Vd. que me infunda ms lstima? El perro del capitn, un
terranova precioso, que das atrs se haba roto una pata y la tena
entablillada: el animalito, echado junto al timn, remedaba  su amo:
los dos iguales, invlidos y aguardando por la muerte. Si ser majadero!
El perro me daba ms pena.

Ya las llamas salan por sotavento, y la maana se iba acercando. Qu
amanecer, Virgen Santa! Todos estbamos desfallecidos, muertos de sed,
de fro, de calor, de hambre, de cansancio y de cuanto hay que padecer
en la vida. Algunos dormitaban. Al asomar la claridad del da, sali del
centro del barco una hoguera enorme: por el hueco del palo mayor, se
haban abierto paso las llamas, y la cubierta iba sin duda  hundirse,
descubriendo el volcn. Contbamos con el suceso, y  pesar de que
contbamos, nos sorprendi terriblemente. Empezamos  clamar al cielo, y
muchos  ensearle el puo cerrado, preguntando  Dios:

--Pero qu te hicimos?

El capitn, que tiritaba de fiebre, me dijo gimiendo:

--Agua! por caridad, un sorbo de agua!

Agua! Puede que la hubiese en el algibe. As que lo

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pens fu hacia l y se me agregaron varios sedientos, poniendo la boca
en unos remates que tiene el algibe y son como biberones por donde sale
el agua. Qu de juramentos soltaron! El agua, al salir hirviendo, les
abras la boca. Yo tuve la precaucin de recibirla en mi casquete y
dejarla enfriar. El capitn continuaba con sus gemidos. Tuve que drsela
medio templada an. Me mir con unos ojos!

--Gracias, Salgado.

--No hay de qu, capitn... Se hace lo que se puede!

La tormenta, en vez de ir  menos, hasta parece que arreciaba desde que
era de da. Para no caer al mar, nos cogamos  la barandilla. Pas un
barco y por ms seales que le hicimos, no se detuvo: y debi vernos,
pues cruz  poca distancia.  m me dolan de un modo cruel los ojos,
secos por el fuego, y cuanto ms descubra el sol, menos vea yo, no
distinguiendo los objetos sino como al travs de una niebla. Por otra
parte, me senta desmayar, pues desde el almuerzo de la vspera no
probaba bocado, y se me iba el sentido. Casualmente se encontraban sobre
cubierta, descuartizadas y colgadas, las reses muertas para el consumo
del buque, y con el calor del incendio estaban algo asadas ya. Los que
nos caamos de necesidad nos echamos sobre aquel gigantesco rosbif,
medio crudo, y refrescamos la boca con la sangre que soltaba. Nos
reanimamos un poco.

 medio da sucedi lo que temamos: qued cortada la comunicacin entre
la proa y la popa, derrumbndose con gran estrpito media cubierta y
vindose

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el brasero que formaba todo el centro del barco. Salieron las llamas
altsimas, como salen de los volcanes, y recomendamos el alma  Dios,
porque cremos que iban  alcanzarnos. No sucedi esto por dos razones:
primera, por tener el buque, en vez de obra muerta de madera, barandilla
de hierro; segunda, por estar las puertas de hierro cerradas hacia la
parte de popa, lo cual contuvo el incendio por all, obligndole 
cebarse en la proa. De todas maneras, no deban las llamas andar muy
lejos de nuestras personas, ya que  eso de las tres de la tarde
empezamos  advertir que el piso nos tostaba las plantas de los pis.
Atamos  una cuerda un cubo, y lo subamos lleno de agua de mar,
vertindolo por el suelo para refrescarlo un poco. Ya comprendamos lo
estril del recurso, y en medio de lo apurados que estbamos, no falt
quien se riese viendo que era menester levantar primero un pi y lugo
bajar aquel y levantar el otro, para no achicharrarse. Seran las tres.
El capitn me llam despacito.

--Salgado, cunto mejor era morir de una vez!

--Para morir siempre hay tiempo, mi capitn. An puede que la Virgen
Santsima nos saque de este apuro.

Claro que yo se lo deca para darle nimos: all en mi interior,
calculaba que era preciso hacer la maleta para el ltimo viaje. Bien
sabe Dios que ni pensaba en las herramientas que haba perdido, ni en mi
propia muerte, sino slo en los chiquillos que quedaban en tierra. Cmo
los tratara su padrastro? Quin les ganara el pan? Saldran  pedir
limosna por las calles?  lo que yo estaba resuelto era  no morir
asado. Mir dos  tres veces al mar, reflexionando cmo me tirara para
no romperme la cabeza contra el casco y no sufrir ms martirio que el
del agua cuando me entrase en la boca. Para acabar de quitarnos el
valor, pas un barco sin hacer caso de nuestras seales. Le enseamos el
puo y hubo quin le grit:--Permita Dios que te veas como nos vemos.

Ya nos renda, los brazos la faena de bajar y subir baldes de agua, que
era lo mismo que querer apagar con saliva una hoguera grande; y
convencidos de que perdamos el tiempo y era igual perecer un cuarto de
hora antes  despus, el que ms y el que menos empez  pensar cmo se
las arreglara para hacer sin gran molestia la travesa al otro barrio.
Yo me persign, con nimo de arrojarme en seguida al mar. Qu
casualidades! Hete aqu que aparece una embarcacin, y en vez de pasar
de largo, se detiene.

Ya estaba el barco al habla con nosotros: una goleta inglesa, una
hermosa goleta que desafiaba la tempestad mantenindose al pairo. Los
que conservaban ojos sanos pudieron leer en su proa, escrito con letras
de oro, _Duncan_. Empezamos  gritar en ingls, como locos desesperados:

--_Schooner! Schooner! Come near!_

--_Throw to the water!_ nos respondan  voces, sin atreverse 
acercarse. Echarnos al agua! No quedaba otro recurso, y ste era tan
arriesgado! En fin, qu remedio: los esquifes no podan aproximarse, por
el temporal, y el buque menos aun. Nuestro _San Gregorio_, cercado por
todas partes de llamas inmensas, pona miedo. Haba que escoger entre
dos muertes, una segura y otra dudosa. Nos dispusimos  beber el sorbo
de agua salada.

El primer chaleco salvavidas que nos arrojaron al extremo de un cabo, se
lo ofrecimos al capitn.

--nimo, le dijimos. Pngase Vd. el chaleco y al mar: mal ser que no
bracee Vd. hasta la goleta.

--No puedo, no puedo!

--Vaya, un poco de resolucin.

Se lo puso y medio murmur, gimiendo:

--Tanto da as como de otro modo.

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Y acertaba. Aquello fu adelantar el desenlace y nada ms. Se conoce que
 la humedad del agua  el sacudimiento de la cada le abrieron las
arterias del pi tronzado, y se desangr en un decir Jess;  acaso el
fro le produjo un calambre; no s: el caso es que le vimos alzar los
brazos, juntarlos en el aire, y colarse por ojo, del salvavidas, al
fondo del mar. Quedaron flotando el chaleco y la gorra:  l no le vimos
ya ms en este mundo.

Seguan echndonos, desde la goleta, cabos y salvavidas, y la gente,
visto el caso del capitn, recelaba aprovecharlos. Yo me decid primero
que nadie. Ya quera, de un modo  de otro, salir del paso. Pero antes
de dar el salto mortal, reflexion un poco y determin echarme de
soslayo, como los buzos, para que la corriente, en vez de batirme
contra el buque, me ayudase  desviarme de l. As lo hice, y en efecto,
tras de la zambullida, fu  salir bastante lejos del _San Gregorio_.
Oa los gritos con que desde el _schooner_ me animaban, y o tambin el
ltimo alarido de algunos de mis compaeros,  quienes se trag el agua
 zapatearon las olas contra los buques. Yo choqu con la espalda en el
casco del _Duncan_: un golpe terrible, que me dej atontado. Cuando me
halaron, ca sobre cubierta como un pez muerto.

Acord rodeado de ingleses. Me decan: _go! cook! go!_  la cmara!
Me incorpor y quise ir adonde me mandaban, pero no vea nada, y despus
de tantos horrores me ech  llorar por primera vez, exclamando:

--_Mi no cook..._ ciego... ensenme el camino...

Me levantaron entre dos y me abrac al primero que tropec, que era un
grumete y rompi tambin  llorar como un tonto. No s las cosas que
hicieron conmigo los buenos de los ingleses. Me obligaron  beber de un
trago una copa enorme de _brandy_, me pusieron un traje de franela, me
dieron fricciones, me acostaron, me echaron encima qu s yo cuantas
mantas, y me dejaron solito.

Qu sent aquella noche? Ver Vd.... Cosas muy raras: no fu delirar,
pero se le pareca mucho. Al principio sudaba algo y no tena valor para
mover un dedo, de puro feliz que me encontraba. Despus, al oir el ruido
del mar, me pareca que an estaba dentro de l, y que las olas me
batan y me empujaban aqu y all. Lugo iban desfilando muchas caras:
mis compaeros, el tercero  la luz del cigarro, el capitn, y gentes
que no vea haca tiempo, y hasta un chiquillo que se me haba muerto
aos antes...

En fin, por acabar lugo: llegamos  Newcastle, se me alivi la vista,
el cnsul nos di una guinea para tabaco, y  los pocos das nos
embarcamos en un barco espaol con rumbo  Marineda. Qu diferencia del
buque ingls! Nuestros paisanos nos hicieron dormir en el paol de las
velas, sobre un pedazo de lona: apenas conseguimos un poco de rancho y
galleta por comida: como si fusemos perros.

De la llegada, qu quiere Vd. que diga?  mi mujer le haban dado por
cierta mi muerte; en la calle le cantaban los chiquillos coplas
anuncindosela. Supngase Vd. cmo estaba, y cmo me recibi. Ahora he
de ir al santuario de la Guardia: no tengo dinero para misas: pero ir 
pi, descalzo, con el mismo traje que tena cuando me halaron sobre la
cubierta del _Duncan_: chaleco roto por los garfios del salvavidas,
pantaln chamuscado, y la cabeza en pelo: se reirn de verme en tal
facha: no me importa: quiero besar el manto de la Virgen, y rezar all
una _Salve_.

Me faltar para pan, pero no para comprar una fotografa del _San
Gregorio_... Ha visto Vd. cmo qued? El casco parece un esqueleto de
persona, y an humea: el cargamento de algodn arde todava: dentro se
ve un charco negro, cosas de vidrio y de metal fundidas y torcidas...
Imponente!

Que si me da miedo volver  embarcarme?... Bah! Lo qu est de
Dios... por mucho que el hombre se defienda...! Ya tengo colocacin
buscada. Quiere Vd. algo para Manila? Que le traiga  Vd. algn
juguete de los que hacen los chinos? El domingo saldremos.

       *       *       *       *       *

D al cocinero del _San Gregorio_ unos cuantos puros. Tiene el cocinero
del _San Gregorio_ buena sombra y arte para narrar con viveza y
colorido. Durante la narracin, v acudir varias veces las lgrimas 
sus ojos azules, ya sanos del todo.

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EL RIZO DEL NAZARENO

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 la hora en que l cruz el prtico del templo, lucan las estrellas
con vivo centellear en el profundo azul, saturaba la primavera de
tpidos y aromosos efluvios el ambiente, hallbanse las calles
concurridas, rebosando animacin, y los transentes cuchicheaban  media
voz, fluctuando entre el recogimiento de las recientes plegarias y la
expansin bulliciosa provocada por aquella blanda y halagea
temperatura de Abril. Eran casi las once de la noche del Jueves Santo.

Entrse  buen paso mi hroe por la iglesia, en cuya nave se espesaba
la atmsfera, impregnada de partculas de cera  incienso. En el altar
mayor ardan an todas las luces del Monumento, simtricamente
dispuestas, alternando con vasos henchidos de gayas y pomposas flores de
papel, con ramos de hojarasca de plata, y all arriba azulados bullones
de tul formaban un dosel de nubes, de trecho en trecho cogido por
angelitos vivarachos y de rosada carnacin, con blancas alas en los
hombros, alas impacientes y cortas, que parecan, entre el trmulo
chisporroteo de los cirios, estremecerse preludiando el vuelo. Todo el
gran frente del altar irradiaba y esplenda como una gloria, envuelto en
ureo y caliente vapor, y animado por la continua y parpadeante
vibracin de las candelas, y las notas de fuerte colorido de los
contrahechos ramilletes.

l avanz hacia el luminoso foco, atrado por dos negras figuras
femeniles,--esbeltas  despecho del largo manto que las recataba,--que
de hinojos ante el presbiterio, sobresalan destacndose encima de aquel
fondo de lumbre; mas en el propio instante las figuras se irguieron,
hicieron profunda reverencia al altar, signronse, y rpidas tomaron
hacia la puertecilla de la sacrista, que  la derecha bostezaba,
abrindose como una boca oscura. Ech l inmediatamente tras las
figuras, sin cuidarse de dar muestra alguna de respeto, cuando pas
frente al Sagrario. Colse por la misma boca que se haba tragado  sus
perseguidas y se hall en la sacrista, mal alumbrada por mezquino cabo
de vela, que iba consumindose en una palmatoria puesta sobre la
antigua cmoda de nogal, almacn de las vestiduras sacras. En aquel
recinto semi-tenebroso no estaban las damas ya.

Empuj la puerta de salida de la sacrista, que daba  lbrega y
retirada callejuela, y con ojos perspicaces escrut las sombras, sin que
en la angostura del solitario pasadizo viese ondear ningn traje, ni
recortarse silueta alguna. Era evidente que se haba perdido la pista de
la res: las fugitivas tapadas, llegando  las calles principales,
confundironse, sin duda, entre el gento. Tras un minuto de indecisin,
mi protagonista,  quien me place llamar Diego, encogise levemente de
hombros, y desand lo andado, pero con menos prisa ya, no sin que
otorgase una mirada al lugar y objetos circunstantes. Vi las borrosas
pinturas pendientes en los muros, el lavabo de cantera con su grifo,
los ornatos dispersos an sobre los bufetes, las crespas pellices que
tendan sus brazos blancos, el haz de cirios nuevos abandonado en un
rincn, los cajoncillos entreabiertos dejando asomar una punta de
cngulo, todo el solemne desorden de la sacrista  ltima hora.
Lentamente penetr de nuevo en la desierta iglesia, y al encararse con
el altar, dobl el cuerpo en mecnica cortesa, sin que ningn murmullo
de rezo exhalasen sus labios, y alzando la vista al Monumento, parse 
contemplar sus refulgentes lneas de luz. Llegaban stas ya al trmino
de su vida; un hombre, vuelto de espaldas  Diego, y encaramado en una
escalerilla de mano, las mataba una  una, con ayuda de una luenga y
flexible caa, y no transcurra un segundo sin que alguna de aquellas
flamgeras pupilas se cerrase. Iban sumergindose en golfos de sombra
los frescos angelotes, los follajes de oropel y briche, las bermejas
rosas artificiales de los tiestos, las estrellas de talco sembradas por
el fantstico pabelln de nubes. Buen rato se entretuvo Diego en ver
apagarse las efmeras constelaciones del firmamento del altar, y cuando
slo quedaron diez  doce astros luciendo en l, di media vuelta,
propuesto  abandonar el templo. Mas en mitad de la nave mud
instintivamente de rumbo, dirigindose  una de las dos capillas que
hacan de brazos de la latina cruz que el plano de la iglesia dibujaba.
Era la capilla de la izquierda, fronteriza  aquella en cuyos muros
encajaba la puerta de la sacrista.

Cerraba la capilla de la izquierda labrada verja de hierro, abierta  la
sazn, y en el fondo, delante del retablo lgubremente cubierto de
arriba  bajo con paos de luto, descollaban expuestas en sus andas las
imgenes que al da siguiente recorreran las calles de la ciudad
formando la dramtica procesin de los _Pasos_. Fij Diego la vista en
ellas con sumo inters, recordando mediante una de las fugaces pero
vivsimas reminiscencias, que impensadamente suelen retrotraernos 
plena niez, el pueril gozo con que en das muy lejanos ya, ms lejanos
aun en el espritu que en el tiempo, trayndole su madre al propio
sitio, y elevndole en sus brazos, besaba l devotamente la orla bordada
de la tnica de aquel mismo Nazareno. Absorto en tales remembranzas,
consideraba Diego el aspecto de la capilla. Artista y observador,
parecale mirar y comprender ahora las imgenes de muy otro modo que lo
hiciera all en los albores de su infancia. Entonces eran para l
smbolos del cielo, invocado en sus cndidas oraciones; habitantes de
una comarca felicsima, hacia la cual l deseaba remontarse por un
impulso de las alas de querubn que en su espalda prenda la inocencia.
Hoy le inspiraban igual curiosidad que un objeto cualquiera de arte;
adverta sus detalles mnimos, las desmenuzaba, las profanaba
mentalmente tasndolas en su precio neto, segn la destreza del escultor
que las labrara  los conocimientos en indumentaria de la costurera que
cort y dispuso los trajes. Sonrise al distinguir en la tnica del
Nazareno unas franjas de ornamentacin de gusto renaciente, y al notar
que la soldadesca de Pilatos vesta de medio cuerpo abajo  la usanza
espaola del siglo XVI, mientras Berenice, la tradicional _Vernica_,
luca brial de joyante seda al estilo medio-vico. Anacronismos que
entretuvieron  Diego no poco, dndole ocasin de reconstruir en su
mente una por una las impresiones de la edad en que acuda  visitar la
capilla con erudicin ms corta y alma ms simple y amante. En aquel
punto y hora se encontraba Diego en la iglesia, merced al ms
irreverente de cuantos azares existen; el azar de seguir los pasos  una
bella mujer, largo tiempo rondada sin fruto, y cuyo desdn hizo de
martillo que arrancase chispas al indiferente y helado corazn de Diego,
bastando  empearle con ardiente ahnco en la demanda. De seguro que 
no haber visto dirigirse  la gentil dama con su ms familiar
amiga,--ambas rebozadas en tupidos velos,--camino de la iglesia, donde
se rezan las estaciones en aquella noche solemne;  no pensar que la
hora, el tropel de gente arremolinada en el prtico, brindaban ocasin
favorable de poner con disimulo rendido billete en unas manos quiz en
secreto ansiosas de recibirlo... no se estuviera l en tal sazn en la
capilla, sino en su casa, leyendo  la clara luz del quinqu los
diarios,  respirando en el balcn la regalada brisa nocturna.

Mas como quiera que fuese, es lo cierto que haba venido  dar  la
capilla y con la oleada de recuerdos infantiles olvidrase ya del
galanteo, concentrando su atencin toda en las imgenes que suavemente
le conducan  los linderos del pasado. Parecale tomar otra vez
posesin de comarcas de antiguo perdidas, y con ellas recobrar la
sencillez de su puericia venturosa. All estaba el San Juan, el amado
discpulo, de rostro lindo y femenil, con su tnica verde, su manto rojo
y sus bucles castaos, que caen como lluvia de flores en derredor de las
impberes mejillas y de la ebrnea garganta. All la Virgen-Madre,
plida y orlados los ojos de dolor, tendidos los brazos, cruzadas con
angustia las manos, arrastrando luengos lutos, trucidado por siete
puales el pecho. All la _Vernica_ pa, de arrogante hermosura,
cubierta de galas y preseas, recamado de oro el rico velo de blanqusimo
tis, turbado el semblante con lstima infinita, presentando el limpio
pauelo que ha de enjugar el sudor de la sacrosanta Faz. All los
verdugos--que en otro tiempo hacan  Diego temblar de horror;--los
sayones, de torvas cataduras y velludas fisonomas, de chatas frentes y
cuerpos color de ocre, ostentando en la cabeza duro capacete  aplastado
turbante, desnudo el torso, sealando con violentas actitudes la recia
musculatura de sus fornidos brazos, tirando de las sogas  apretando
amenazadores los iracundos puos. All, por ltimo, el Nazareno,
agobiado con el peso de su tnica de terciopelo oscuro, cuajada de
palmas y cenefas de oro y sujeta por grueso cordn de anchos borlones,
macilento y cadavrico el rostro, apenas visible entre los flotantes
rizos de la cabellera y las espirales de la ondeada barba virgen; el
Nazareno triste, de penetrantes ojos y crdenos labios, de frente donde
se hincan los abrojos de la corona, arrancando denegridas gotas de
sangre. Caso peregrino, en verdad! Conoca Diego al dedillo las reglas
de la esttica y las teoras artsticas; saba de sobra que el arte
condena severo las imgenes llamadas _de vestir_, sancionando las de
bulto, donde el cincel puede revelar la armona de las formas bajo el
plegado de los paos. Y, no obstante, nunca maravillosa estatua, labrada
en puro mrmol pentlico por el artista ms insigne de la antigua
Grecia, le causara la honda impresin que aquella imagen, por la
ignorante piedad ataviada, sin tomar en cuenta los preceptos del arte ni
las investigaciones arqueolgicas. Tal era la fuerza y viveza de sus
sentimientos ante la efigie, que crea notar en los labios el contacto
de la rgida orla de la tnica; y movido de curiosidad, deseando probar
si algo del hombre de antao sobreviva en el de hogao, mir al
rededor, no fuera que estuviese oculto en los rincones de la capilla
alguien que pudiese soltar la carcajada; y  falta de otro pblico,
rise l mismo al poner la boca en la fimbria del traje del Divino
Nazareno. Alzse, y  manera de disculpa interior, se aleg  s propio
que tambin los que en edad varonil vuelven al jardn donde infantes
jugaron, gustan de esconderse en los bosquecillos como solan, por
renovar el recuerdo de las alegres horas de ayer.

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Hecho este soliloquio, resolvi Diego dejar definitivamente la capilla y
la iglesia, que as lo peda lo avanzado de la hora. Consagr la postrer
mirada  las imgenes, cuyas vestiduras, al reflejo de la lmpara
colgada de la techumbre y  la flava luz de dos altos blandones fijos
en las andas, destellaban oro y colores, y sin hacer genuflexin ni
acatamiento alguno, pas la verja. Estaba el templo del todo sombro: en
el Monumento, negro y mudo ya, ni aun oscilaba el rojizo tufo de los
pbilos recin apagados: apenas combata las tinieblas de la nave el
vago fulgor de los hachones de la capilla. Diego fu derechamente  una
de las puertas que salan al vestbulo del prtico; empujla con
suavidad primero y fuerte despus, y no sin gran sorpresa advirti que
resistan las hojas; la puerta estaba cerrada. Acudi Diego  la otra, y
con mano impaciente busc el pestillo: clausura completa. Palp nervioso
y trmulo, requiriendo la llave, que de fijo descansara en la
faltriquera del sacristn, puesto que estaba ausente de la cerradura.
Entonces atraves Diego apresuradamente la nave, y llegndose  la
puerta de la sacrista, prob  abrirla  tientas: empresa no menos vana
que las anteriores. Hermticamente cerradas se encontraban todas las
salidas del templo.

Hizo el mancebo ademanes de despecho y enfado. Su situacin era clara:
preso toda la noche en la iglesia. Mientras se embebeca en la
contemplacin de las imgenes, el sacristn, menos soador y distrado,
se recoga  saborear la colacin en familia, cerrando bien antes. Diego
torci y mordi con enojo su mostacho, y mene la cabeza como diciendo:
Vamos  ver, y qu hago yo ahora? Medit varios expedientes y ninguno
tuvo por aplicable. Podra acaso, con sus vigorosos puos, forzar las
cerraduras de las endebles puertas interiores; pero le detendra la
fortsima exterior del prtico,  la no menos resistente, aunque ms
baja, de la sacrista por la parte de la calle. Y qu escndalo no iba
 causar en la ciudad el verle  l, pacfico ciudadano, forzando
puertas de templos, ni ms ni menos que un burlador de capa y espada?
Ocurrisele tambin gritar: acaso el sacristn, atareado an en la
sacrista, le oyese; pero inexplicable recelo embarg su voz, temiendo
verla apagarse sin eco en la alta bveda: adems, algo pueril haba en
los gritos, que repugnaba  Diego. En estas imaginaciones transcurrieron
diez minutos de angustia penosa; pero al cabo acudi la reflexin. Si el
verse obligado  pernoctar en una iglesia no es recreativa aventura,
tampoco grave mal ni terrible desdicha. Seguramente no se divertira
mucho Diego en la mansin sagrada, mas en cambio podra dormir  sus
anchas, sin temor de que ningn importuno viniese  interrumpirle.
Tratbase no ms que de una noche; y mitad de ella era ya por filo,
segn anunci el reloj de la torre sonando doce lentas campanadas.
Faltaban para la aurora, en aquella estacin del ao, cinco horas
apenas, que bien podan dormirse en un banco, por duro que fuese. Antes
de la del alba, vendra el sacristn  franquear las puertas, 
disponerlo todo para los divinos oficios, y entonces, ctate  Diego
libre y volando  su casa,  tenderse entre sbanas delgadas y limpias,
 dormir hasta las once y  levantarse despus, para ver cmo sentaba la
negra mantilla de fondo al talle de su perseguida beldad. Todo este
raciocinio hilvan el magn de Diego en un abrir y cerrar de ojos. Y
pararon sus clculos en resignarse y acogerse, atrado por las luces, 
la capilla del Nazareno.

Ardan ms amarillentos que nunca los cirios, soltando goterones de cera
derretida, que  veces caan, y con rebote sordo se aplastaban en los
palos de las andas de las imgenes. Reinaba, visible y palpable casi, el
silencio. Diego se sent en un banco, recostando la cabeza en la
rinconada que formaba la saliente de un confesonario, y el crujido del
duro asiento, al recibir el peso de su cuerpo, le son extraamente.
Trat de dormir; pero no acertaba  cerrar los ojos y recogerse para
conciliar el sueo. Estorbbale mucho la absoluta tranquilidad del
recinto, tranquilidad que agigantaba hasta el chisporroteo de los
blandones. Aquella callada atmsfera estaba llena de cosas inexplicables
 incomprensibles, que Diego perciba, sin embargo. Quejas ahogadas,
silabeo de oraciones en baja voz, grave salmodia de responsos,
abrasadoras lgrimas de arrepentimiento, sofocados suspiros, flotaban en
el ambiente como seres incorpreos, como molculas del incienso
evaporado en el aire, como tomos de la mirra quemada ante el ara:
dijrase que las almas de cuantos all imploraron del cielo paz 
perdn, se haban quedado cautivas en el circuito de los altos muros de
la capilla. Diego se di  creer que menos le turbaran acaso los
siniestros rumores de derrudo templo ojival, donde mugiese el viento,
silbase el crabo y la corneja graznase, que el perfecto reposo de
aquella iglesia moderna; y la aprensin ms singular de cuantas le
asaltaban, la ms rara idea sugerida por el misterioso silencio, era la
de figurarse que no se hallaba _solo_. Por mucho que combatiese tan
ridcula suposicin, no poda arrancarse de la mente el pensamiento de
que all haba alguien, , mejor dicho, mucha gente, muchos ojos que le
miraban atentos, muchos cuerpos vueltos hacia l. Sacudi la cabeza,
passe repetidas veces la mano por la frente que comenzaba  arder,
reclinse de nuevo en el ngulo, y prob  dormirse. Pero no es dado
gozar el blsamo del sueo  quien ms lo solicita; antes suele huirnos
cuando lo invocamos para aplacar la excesiva tensin de nuestros nervios
y las tempestades de nuestro espritu. Cerrados los prpados, no se
disip la indefinible zozobra de Diego. Parecale oir tenues
oscilaciones del aire, pisadas muy quedas, vagos murmullos, balbuceos
trmulos, chasquidos leves, suave crujir de ricas estofas, rfagas de
viento empujadas por manos que se tendan para acariciarle,  cortadas
por armas que descendan para herirle. No pudo sufrir ms: mal de su
grado se le despegaban los prpados, violentamente retrados por sus
msculos tensores. Mir.

Las imgenes se erguan inmviles en las andas, los ciriales alumbraban
en paz. Diego respir ampliamente, increpndose  s mismo. No se
reiran poco maana sus compaeros de mesa de caf si cometiese la
simpleza de contarles cun extraas sinfonas entonan  las altas horas
de la noche las capillas desiertas.

Tranquilo ya, recorri otra vez con la vista las efigies todas, y
cautivado, detvose en la del Nazareno. Era esta la que ms prxima
tena: veala de frente y de costado  las dems. Consider primero el
traje y despus el macilento rostro. Y volvi  notar lo convencional
del criterio esttico, observando el efecto sorprendente de realidad de
los ojos de la imagen, que eran de cristal, ni ms ni menos que los de
los animales disecados. Fuese que la luz de las velas se quebrase en
ellos de modo especial, fuese que la densa sombra de la abundosa
cabellera les prestase reflejos de agua profunda, el caso es que los
ojos tan pronto despedan centellas, como semejaban  Diego velados por
turbia cortina de llanto. Hasta lleg un instante en que de los
lagrimales  las flacas mejillas crey Diego, asombrado, ver deslizarse
unas gotas, que al llegar  la negra barba se quedaron frescas y
relucientes como el roco en la tela de la araa campesina. Sinti
impulsos de levantarse y contemplar de cerca el prodigio, mas al punto
se calific de necio rematado si tal hiciese. No crea en lo
sobrenatural, y mejor que admitir que llorase un Nazareno de madera,
tuvirase  s propio por visionario y demente. Sus ojos, deslumbrados
por los hachones, y no los de vidrio de la imagen, eran causa del
fenmeno. No obstante, mgica fascinacin prenda sus pupilas  aquellas
otras pupilas llorosas y mansas. Una especie de estremecimiento
magntico le hizo temblar de fro, y quiso dirigir la visual  otra
parte: imposible; los ojos del Nazareno buscaban con empeo tal,
preguntaban tan imperiosamente, que era fuerza contestarles. Por vida
de Diego! Lo que proceda era irse derechito  la efigie, mirarla de
cerca, tocar su rostro de palo, sus ojos de cristal, y reirse despus.
S, esto era lo sensato, lo cuerdo, lo que cualquier hombre que tenga
cabales sus potencias opina  las doce del da, despus de almorzar y
fumando un cigarro. Pero  igual hora de la noche, sin haber cenado,
cautivo en una iglesia solitaria, en compaa de un Nazareno que
alumbran cirios, es verosmil que el mismo hombre hiciese lo que Diego:
levantarse con ademn brusco, pasar ante el Nazareno clavada la vista en
tierra, por librarse del imn de sus ojos, y refugiarse en el interior
del confesonario, cuyas paredes, de madera, caladas en un pequeo
espacio por menuda rejilla, se interpusieron entre l y las imgenes,
procurndole una especie de alcoba, dura y estrecha, s, pero al cabo
retirada.

Mas ni por sepultarse en tal escondite ces Diego de tiritar y de sentir
zumbido en las sienes, y dolorosa percepcin del curso de la sangre por
las venas de su cerebro. Al travs de la apretada rejilla, parecale que
los trgicos personajes del poema de la Pasin no estaban ya en sus
andas, sino en el suelo, muy cerca de l, tocando con las murallas de
leo de su guarida. Oa choque de corazas y espadas, sonar de cuentos de
lanza sobre las baldosas, pasos trabajosos y desiguales, sordas
imprecaciones, blasfemias cnicas, sollozos desgarradores arrancados de
mujeriles pechos. Y tambin llegle el sn de roncas trompetas y
destemplados atambores, y, de tiempo en tiempo, el choque mate de un
objeto pesado contra la tierra. Pareca como si cantasen un coro  teln
corrido, pero con tal maestra, que cada voz se destacaba aisladamente
entre las dems sin romper el concierto: Diego se apretaba la cabeza y
tapbase los odos con las manos; mas de pronto las tablas del
confesonario cesaron de interponerse entre su vista y el espectculo que
adivinaba: el teln subi, y apareci la escena.

No estaba Diego ya en la capilla, ni le alumbraban los plidos
blandones, sino que se encontraba en un camino que, naciendo en las
puertas de torreada ciudad, faldeaba un montecillo, trepando por l
hasta empinarse  la cumbre. Hirviente multitud ondulaba en el sendero,
como flexible sierpe que colea; el sol, inflamado, rutilante en su
zenit, pero de luz turbia y lvida, iluminaba sin regocijarlo el
paisaje. Sus reflejos arrancaban vislumbres como de fuego y sangre  las
armaduras,  los yelmos,  los hierros de lanza,  las guilas posadas
en los pendones de la centuria de romanos jinetes que, indiferentes y
marciales, arrendando sus briosos potros, daban escolta al cortejo. 
ambos lados de la senda se enracimaban gentes del pueblo, mujeres y
nios los ms, que llorando y plaendo, maltratados  veces por la
cohorte, se unan al grupo central de la lgubre procesin. Formaban
este grupo los hoscos sayones, los siniestros y grotescos verdugos, que
bullan en torno de un hombre vestido con tnica nazarena.

Aquel hombre, cuyo rostro apenas se distingua entre los copiosos y
enmaraados bucles de su cabellera oscura, manchada de polvo y sangre,
llevaba ceida corona de espinas punzantes; sustentaba en sus hombros
el rbol de enorme y pesada cruz, y sus pis descalzos y llagados
pisaban dolorosamente los guijarros del camino. Apurbanle los sayones
porque apretase el paso y llegase ms presto al lugar del suplicio; cul
le descargaba fuerte puada en los lomos; cul le sacuda tremendo
bofetn en la faz,  le tiraba despiadadamente de los mechones del
cabello. Diego mir con horror  los sicarios, y se lanz hacia el grupo
deseoso de socorrer  la vctima; pero al alzar la mano para abrirse
paso y apartarlos, hall que rodeaba su mueca gruesa soga, pasada al
cuello del reo. Entonces convirti la vista  s propio, y advirti con
espanto que tena la propia semejanza y figura de uno de aquellos
feroces jayanes. Desnudos llevaba como ellos pecho y espaldas, sujeto 
la cintura breve faldelln, pendiente del cinto de cuero una bolsa con
martillo, tenaza y provisin de frreos clavos. Quiso entonces desasirse
de la cuerda maldita; tir, y logr solamente lastimar los lacerados
hombros del reo, que exhal suave quejido. Sigui su marcha la comitiva,
y Diego, confundido con ella, mecnicamente, como paja  quien arrastran
las ondas del mar. Andados algunos pasos, los pis de la vctima
tropezaron en una cortante piedra, y desplomse sobre las rodillas,
abrumado por la cruz. Intent Diego ayudarle  incorporarse, mas la soga
volvi  rozar el herido cuello, y el reo  gemir.

Hacindose cada vez ms agria la cuesta, ms grave el peso, an vacil y
cay, pero se sostuvo en las palmas de las manos; y entonces, como
echase atrs la cabeza, apartronse los descompuestos bucles, y qued
patente el rostro maltratado y escupido, los dulces labios marchitos
como pisoteada flor, la bella barba ahorquillada y rizosa, la cndida
frente claveteada de espinas, los serenos abismos de los ojos, que con
ternura y paz miraban en torno de s. Diego sinti como si el corazn le
traspasase agudo y penetrante dardo, y las entraas se le conmovieron y
derritieron de pena. lzate, sigue, vociferaban los verdugos en una
lengua extraa que Diego entenda, sin embargo, y se precipitaron sobre
el Nazareno para levantarle de grado  por fuerza. Cogido Diego en el
vrtice del viviente remolino, extendi tambin los brazos y asi del
reo  tientas, segn pudo entre la confusin; oyse un clamor de agona,
contestaron  l las hijas de Jerusalem con histrico llanto, y Diego
vi que las sienes de Jess chorreaban sangre, y sinti en sus dedos un
contacto blando, elstico, acariciador: enroscbase  ellos un rizo
arrancado de la frente del Nazareno.

       *       *       *       *       *

Despertse Diego en su lecho, rodeado de solcitos amigos, que le
velaban y cuidaban desde que le encontraron sin sentido y sin pulso
sobre el fro pavimento de la capilla, delante de las andas.

Ya tornaba  la vida y haba en sus mejillas color, en sus pupilas luz 
inteligencia. Recobrndose poco  poco, incorporado sobre la almohada,
fu recogiendo lentamente los sueltos cabos de sus recuerdos, y
reconstruyendo lo pasado en su mente. Ensanch el pecho respirando con
desahogo, y murmur:

--Qu pesadilla!

Mas en el instante mismo hubo de advertir algo delicado y sedoso, como
piel de mujer, como suave ptalo de flor, que tocaba con la yema del
pulgar y envolva su dedo ndice. Sus ojos quedaron fijos y dilatados,
abierta su boca y paralizada su lengua. Aquella fina sortija era el
rizo.

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LA BORGOONA

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El da que encontr esta leyenda en una crnica franciscana, cuyas hojas
amarillentas soltaban sobre mis dedos curiosos el polvillo finsimo que
revela los trabajos de la polilla, qudeme un rato meditabunda,
discurriendo si la historia, que era edificante para nuestros sencillos
tatarabuelos, parecera escandalosa  la edad presente.--Porque hartas
veces observo que hemos crecido, sino en maldad, al menos en malicia, y
que nunca un autor necesit tanta cautela como ahora para evitar que
subrayen sus frases  interpreten sus intenciones y tomen por donde
queman sus relatos ms inocentes. As todos andamos recelosos y, valga
esta impropia metfora, con la barba sobre el hombro, de miedo de
escribir algo funesto para la moral y las costumbres.

Pero acontece que si llega  agradarnos   producirnos honda impresin
un asunto, no nos sale ya fcilmente de la cabeza, y dirase que bulle y
se revuelve all cual el feto en las maternas entraas, solicitando
romper su crcel oscura y ver la luz. As yo, desde que le la historia
milagrosa que, dejando escrpulos  un lado, voy  contar no sin algunas
variantes, viv en compaa de la herona, y sus aventuras se me
aparecieron como serie de vietas de misal, rodeadas de orlas de oro y
colores y caprichosamente iluminadas,   modo de vidriera de catedral
gtica, con sus personajes vestidos de azul turqu, prpura y amaranto.
Oh quin tuviese el candor, la hermosa serenidad del viejo cronista,
para empezar diciendo: En el nombre del Padre!...


I

Era muchos, muchos aos,  por mejor decir, muchos siglos hace; el
tiempo en que Francisco de Ass, despus de haber recorrido varias
tierras de Europa exhortando  la pobreza y  la penitencia, enviaba sus
discpulos por todas partes  continuar la predicacin del Evangelio.

Los pueblecillos y aldehuelas de Italia y Francia estaban acostumbrados
ya  ver llegar misioneros peregrinos, de sayal roto y descalzos pis,
que se iban derechos  la plaza pblica, y encaramndose sobre una
piedra  sobre un montn de escombros, pronunciaban plticas fogosas,
condenando los vicios, increpando  los oyentes por su tibieza en amar 
Dios. Bajbanse despus del improvisado plpito, y los aldeanos se
disputaban el honor de ofrecerles hospitalidad, lumbre y cena.

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No obstante, en las inmediaciones de Dijn exista una granja aislada, 
cuya puerta no haba llamado nunca el peregrino ni el misionero.
Desviada de toda comunicacin, slo acudan all tratantes dijonenses, 
comprar el excelente vino de la cosecha; pues el dueo de la granja era
un cosechero ricote y tena atestadas de toneles sus bodegas y de grano
su troj. Colono de opulenta abada, arrendara al abad por poco dinero y
muchos aos pinges tierras, y, segn de pblico se contaba, ya en sus
arcas haba algo ms que viento. l lo negaba; era avaro, mezquino,
escatimaba la comida y el salario  sus jornaleros, jams di una blanca
de limosna, y su mayor despilfarro consista en traer  veces de Dijn
una cofia nueva de encaje  una tosca medalla de oro  su hija nica.

Omite la crnica el nombre de la doncella, que bien pudo llamarse Berta,
Alicia, Margarita  cosa por el estilo, pero  nosotros ha llegado con
el rtulo de _la Borgoona_. De cierto sabemos que la hija del cosechero
era moza y linda como unas flores, y  ms tan sensible, tierna y
generosa como duro de cocer y tacao su padre. Los mozos de las
cercanas bien quisieran dar un tiento  la nia y de paso  la hucha
del viejo donde se guardaba sin duda una apetitosa dote en relucientes
monedas de oro; mas nunca requiebros de gaanes tieron de rosa las
mejillas de la doncella, ni apresuraron los latidos de su seno.
Indiferente los escuchaba, acaso rindose de sus extremos y finezas
amorosas.

Un da de invierno, al caer de la tarde, hallbase la Borgoona sentada
en un poyo ante la puerta de la granja, hilando su rueca. El huso giraba
rpidamente entre sus dedos, el copo se abra y un tenue hilo, que
semejaba de oro, parta de la rueca ligera al huso danzarn. Sin
interrumpir su maquinal tarea, la Borgoona pensaba, involuntariamente,
en cosas tristes. Qu solitaria era aquella granja, Madre de Dios! Qu
aire tena de miseria y de vetustez! Nunca se oan en ella risas ni
canciones; siempre se trabajaba callandito, plantando, cavando, podando,
vendimiando, pisando el vino, metindolo en los toneles, sin verlo jams
correr, espumeante y rojo, de los tanques  los vasos, en la alegra de
las veladas!-- qu tanto afanarse? reflexionaba la nia.--Mi padre
taciturno, vendiendo su vino, contando sus dineros  las altas horas de
la noche; yo hilando, lavando, fregando las cacerolas, amasando el pan
que he de comer al da siguiente... Ah! naciera yo hija de un pobre
artesano de Dijn, de un vasallo del obispo, y sera ms dichosa!

Distrada con tales pensamientos, la Borgoona no vi  un hombre que
por el estrecho sendero abierto entre las vias caminaba despacio hacia
la granja. Muy cerca estaba ya cuando el ruido de su bculo sobre las
piedrezuelas del camino movi  la doncella  alzar la cabeza con
curiosidad, que se troc en sorpresa as que hubo contemplado al
forastero, el cual frisara  lo sumo en los veinticinco aos, si bien
la demacracin del rostro y el aire humilde y contrito le disimulaban la
mocedad. Un sayal gris que era todo l un puro remiendo, le resguardaba
mal del fro; una cuerda grosera cea su cintura; traa la cabeza
descubierta, desnudos los pis y muy maltratados de los guijarros, y
apoybase en un palo de espino. Al punto comprendi la Borgoona que no
era mendigo, sino penitente, el hombre que as se presentaba; y con
palabras dulces y ademanes llenos de reverencia, le tom de la mano y
le hizo entrar en la cocina y sentarse junto al fuego; veloz como una
saeta corri al establo, y orde la mejor vaca para traer al peregrino
una taza de leche caliente; parti del enorme mollete de pan un buen
trozo, que mig en la taza, y arrodillndose casi, mostrando mucho amor
y liberalidad, sirvi  su husped.

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l agradeci en breves frases la caridad que le hacan, y mientras
despachaba el frugal alimento, comenz  explicar, con suave
pronunciacin italiana, cosas que suspendieron y embelesaron  la
Borgoona. Habl de Italia, donde el cielo es tan azul, el aire tan
tibio,

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y en especial de la regin de Umbra, amensima en sus valles y en sus
montes severa. Despus nombr  Ass, y refiri los prodigios que obraba
el hermano Francisco, el serafn humano, al cual seguan, atrados por
sus predicaciones, pueblos enteros. Nombr  una joven muy bella, y de
sangre noble, Clara, cuya santidad portentosa era respetada, no slo por
los hombres, sino hasta por los lobos de la sierra. Aadi que el
hermano Francisco haba compuesto para alabar  Dios y desahogar sus
afectos, tiernos cnticos; y como la Borgoona solicitase oirlos, el
forastero cant algunos; y aunque no entenda la letra, el tono y el
modo de cantar del desconocido hicieron arrasarse en lgrimas los ojos
de la nia. El forastero tena los suyos bajos, rehuyendo ver el rostro
femenino que adivinaba fresco, hermoso y juvenil. Ella en cambio
devoraba con la mirada aquellas facciones nobles y expresivas, que la
mortificacin y el ayuno haban empalidecido.

Cerrada ya la noche, fueron entrando en la cocina los mozos y mozas de
labranza, encendironse algunas antorchas de resina, aumentse el fuego
con haces de secos sarmientos de vid, y preparronse  aprovechar la
velada, ellas hilando, ellos cortando y afilando estacas destinadas 
sostener las cepas de via. Todos miraban curiosamente al forastero, que
en la misma actitud humilde permaneca junto al fuego, silencioso y sin
adelantar las palmas de sus amoratadas manos hacia el grato calorcillo
de la llama. Un rumor contenido se dej oir cuando entr el amo de casa:
todos queran saber qu dira el avaro de la presencia del husped.

Pero la Borgoona, saliendo  recibir  su padre, con afabilidad suma le
cont cmo ella haba ofrecido hospitalidad  aquel santo,  fin de que
no pasase la noche al fro en algn viedo. No mostr el viejo gran
disgusto, y contentse con encogerse de hombros, yendo  sentarse  su
sitio acostumbrado en el banco, cerca del hogar. La velada empez
pacfica.

De pronto el forastero, saliendo de su letargo, levant la cabeza, y
como si notase por primera vez que estaba prximo  una hoguera alegre y
chispeante, comenz  decir  media voz algunas palabras sobre la
hermosura del fuego, y la gratitud que el hombre debe  Dios por tan
gran beneficio. La Borgoona toc al codo de su vecina, sta transmiti
la sea, y en un instante callaron las conversaciones de la cocina para
oir al penitente. ste, arrastrado por su propia elocuencia, iba
elevando la voz hasta pronunciar con gran calor su discurso.

De la consideracin del fuego pas  los dems bienes que nos otorga la
bondad divina, y que estamos obligados  repartir con el prjimo por
medio de la limosna. S, obligados, pues de toda riqueza somos
usufructuarios no ms. De qu sirve, por ejemplo, el tesoro encerrado
en el arca del avaro? De qu, el trigo abundante en los graneros del
hombre duro de corazn? Creen ellos acaso que el Seor les di tan
cuantiosos bienes para que los guarden bajo llave y no alivien las
necesidades del prjimo? Ah! el da del tremendo juicio, su oro ser
contrapeso horrible que los arrastre al infierno! En vano tratarn
entonces de soltar lo que en vida custodiaron tanto: all, sobre sus
lomos, estar el tesoro de perdicin, y con ellos se hundir en el
abismo!

 medida que arengaba el penitente, los ojos del auditorio se fijaban en
el cosechero, quien retorcindose en el banco no saba qu postura tomar
ni qu gesto poner. El penitente, incorporndose, hablaba ya casi 
gritos, con voz vibrante y sonora. De repente, mudando de registro,
encareci los placeres de la limosna, la dulzura inefable del espritu
que premia el sacrificio de bienes perecederos dados por el amor de
Dios. Sus frases persuasivas fluan como miel, sus ojos estaban hmedos
y elevados; y las mujeres del auditorio, profunda y dulcemente
conmovidas, soltaron la rienda al llanto, y mientras unas acudan  los
delantales para secar sus lgrimas, otras rodeaban al peregrino y se
empujaban por besar el borde de su tnica. La Borgoona, con las manos
cruzadas, pareca como en xtasis.

El cosechero, que haba dejado escapar visibles muestras de impaciencia,
no pudo sufrir semejante escena, y murmurando entre dientes, empuj 
unos y otros fuera de la cocina, dando por concluda la velada. Cuando
dej de oirse el ruido de los gruesos zapatos de los labradores que
partan, pidi lacnicamente la cena. Segn costumbre del pas, la
Borgoona sirvi  su padre y al forastero; ste, callado y humilde como
al principio, apenas prob del rstico banquete, y rog le permitiesen
retirarse. La Borgoona le condujo  una sala baja donde haba extendida
paja fresca; y en seguida, volvindose  la cocina, intent cenar.

Los bocados se le atravesaban en la garganta; su estmago rehusaba el
alimento; y viendo  su padre sombro y ceudo, resolvise  preguntar
qu opinaba acerca de los discursos del peregrino y lo que haba dicho
respecto  la caridad.

--Parceme, padre--aadi--que si no nos engaa el gentil predicador,
nuestro fin ser irnos al infierno en derechura, pues en nuestra casa
hay oro, pan y vino en abundancia, y nunca damos limosna.--Al pronunciar
estas palabras, sonrease dulcemente para congraciar al viejo; pero l,
montando en clera terrible, golpe fuertemente la mesa con su vaso de
estao, maldijo  la hija que le haba trado  casa aquel mendigo
desharrapado y loco, que acaso fuese un bandido disfrazado, y amenaz ir
sin demora  cogerle de un brazo y echarle de la granja; con lo cual, la
doncella se retir  su cuarto trmula y confusa.

En toda la noche apenas logr pegar los ojos. Vea al viajero, oa de
nuevo su persuasiva y clida voz, y notaba las variaciones de su rostro
transfigurado por la uncin y fervor de la pltica.

El lecho de la Borgoona tena ascuas y espinas; su conciencia estaba
tan despierta como si hubiese cometido un crimen; durmise un instante y
vi en sueos  su padre arrastrado por negros demonios que lo
aporreaban con sacos llenos de monedas. Apenas un rayo de luz plida
anunci el amanecer, la Borgoona salt de la cama, y  medio vestir y
en cabello corri  la estancia del peregrino.

ste tena la puerta abierta y rezaba de rodillas con los brazos en
cruz, y hallbase tan arrebatado en la oracin, que le pareci  la nia
que ms de un palmo se levantaba del suelo. Al ruido de los pasos de la
Borgoona, el forastero se puso en pi de un salto, y mostr el rostro
baado en lgrimas, y al mismo tiempo resplandeciente de un jbilo
celestial; pero cuando se fij en la Borgoona, al punto mud el
semblante; fu como si le cerrasen con llave las facciones; baj los
ojos, y cruzndose de brazos pregunt  la nia qu deseaba. Ella, con
un movimiento rapidsimo, se ech  sus pis, y abrazando sus rodillas
toda turbada, rompi  decirle que en aquella casa haba riquezas
estriles, tesoros malditos, que causaran la perdicin de su dueo; que
all jams se haba dado al pobre ni un puado de espigas, antes era su
sudor el que rellenaba las arcas; que ella se encontraba arrepentida y
resuelta, para asegurar su salvacin y la de su padre,  irse por el
mundo descalza, pidiendo limosna y haciendo penitencia; para lo cual
peda al forastero su bendicin y que la llevase en su compaa y le
ensease  predicar y  seguir la regla del beato Francisco, la humildad
y pobreza absoluta.

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Permaneca el misionero mudo y parado; no obstante, las palabras de la
Borgoona deban producirle extrao efecto, porque sta senta que las
rodillas del penitente se entrechocaban temblorosas, y vea su faz
demudada y sus manos crispadas, cual si se clavase en el pecho las uas.
La doncella, creyendo persuadir mejor, apretaba las manos, esconda la
cara en el sayal, empapndolo en sus calientes lgrimas. Poco  poco el
penitente afloj los brazos y por fin los abri, inclinndose hacia la
nia; pero de pronto, con una sacudida violenta, se desprendi de ella y
casi la ech  rodar por el suelo; la cabeza de la Borgoona di contra
las losas del pavimento; y el penitente, haciendo la seal de la cruz y
exclamando:--Hermano Francisco, valme!--salt por la ventana, y se
perdi de vista en un segundo. Cuando la Borgoona se incorpor
llevndose la mano  la frente lastimada, slo quedaba del misionero la
seal de su cuerpo en la paja donde haba dormido.


II

Todo el da se lo pas la Borgoona cosiendo una tnica de burel grosero
de la misma tela con que solan vestirse los villanos y jornaleros
vendimiadores. Al anochecer, sali  la granja y cort un bastn de
espino; baj  la cocina y tom de un rimero de cuerdas una muy gruesa
de camo; y subiendo otra vez  su habitacin, empez  desnudarse
despacio, dejando sobre la cama, colocadas en orden, las diversas
prendas de su traje. En el siglo XIII pocas personas usaban camisa de
lino; era un lujo reservado  los monarcas; la Borgoona tena pegado 
las carnes un justillo de lienzo grueso y un faldelln de tela ms burda
an; quitse el justillo y solt sobre sus blancas y mrbidas espaldas
la madeja de pelo rubio que de da aprisionaba la cofia. Enarbol la
tijera que sola llevar pendiente de la cintura, y desmoch sin piedad
aquel bosque de rizos, que iban cayendo suavemente  su alrededor como
las flores en torno del arbusto sacudido por el aire. Se tent la
cabeza, y hallndola ya casi mocha, igual los mechones que an
sobresalan; lugo se descalz; afloj la cintura del faldelln, se
puso el sayal sosteniendo el faldelln con los dientes por no quedarse
del todo desnuda; solt al fin la ltima prenda femenina, se ci la
cuerda con tres nudos como la traa el penitente, y empu el bastn;
pero acudi una idea  su mente, y recogiendo las matas de pelo
esparcidas aqu y all, las at con la mejor cinta que tena, y las
colg al pi de una tosca madona de plomo que protega la cabecera de su
lecho. Aguard  que la noche cerrase, y, de puntillas, se lanz 
oscuras al corredor; baj  tientas la escalera carcomida; se dirigi 
la sala baja donde haba hospedado al penitente, abri la ventana, y
sali por ella al campo. Tal arte se di  correr, que cuando amaneci,
estaba  tres leguas de la granja, camino de Dijn, cerca de unos hatos
de pastores.

Rendida se meti en un establo, del cual vi salir el ganado antes, y
acostndose en la cama de las ovejas, tibia an, durmi hasta medioda.
Al despertarse, resolvi evitar  Dijn, donde algn parroquiano de su
padre podra conocerla. En efecto, desde aquel da procur buscar las
aldeas apartadas, los caseros solitarios, en los cuales peda de
limosna un haz de paja y un mendrugo de pan. Mientras caminaba, rezaba
mentalmente, y si se detena, arrodillbase y oraba con los brazos en
cruz, como el peregrino. El recuerdo de ste no se apartaba un punto de
su memoria, y copiaba por instinto sus menores acciones, aadiendo otras
que le sugera su natural despejo. Guardaba siempre la mitad del pan que
le ofrecan, y al da siguiente lo entregaba  otro pobre que encontrase
en el camino. Si le daban dinero, iba corriendo  distribuirlo entre
los necesitados, pues recordaba que, segn el penitente, nunca el beato
Francisco de Ass consinti tener en su poder moneda acuada. Al paso
que segua esta vida la Borgoona, se le desarrollaba un dn de
elocuencia extraordinario: ponase  hablar de Dios, de los ngeles, del
cielo, de la caridad, del amor divino, y deca cosas que ella misma se
admiraba de saber, y que las gentes reunidas en rededor suyo escuchaban
embelesadas y enternecidas.  donde quiera que llegaba, la rodeaban las
mujeres, los nios se cogan  su tnica, y los hombres la llevaban en
triunfo.

Es de notar que todos la tenan por un jovencito muy lindo, y  nadie se
le ocurri que fuese una doncella quien tan valerosamente arrostraba la
intemperie y dems peligros de andar por despoblado. Su pelo corto, su
cutis oscurecido ya por el sol, sus pis endurecidos por la descalcez,
le daban trazas de muchacho, y el sayal grueso ocultaba la morbidez de
sus formas. Gracias al disfraz, pudo pasar entre bandas de soldados
mercenarios y aun de salteadores, sin ms riesgo que el de sufrir
algunos latigazos dados con las correas del tahal, gnero de broma que
no perdonaban los soldados. Muchos se compadecieron de aquel rapaz
humilde y le dieron dinero y vino; otros se burlaron; pero nadie atent
 su libertad ni  su vida. En la selva de Fontainebleau sucedile  la
Borgoona la terrible aventura de abrigarse bajo un rbol de donde
colgaban humanos frutos: los pis pndulos de un ahorcado le rozaron la
frente: entonces, con valor sobrehumano, abri una fosa, sin ms
instrumentos que su bastn de espino y sus uas; descolg el cadver
horrendo, que tena la lengua defuera y los ojos salindose de las
rbitas, y estaba ya picado de grajos y cuervos, y mal, como supo,
reuniendo sus fuerzas, lo enterr. Aquella noche vi en sueos al
penitente, que la bendeca.

Pero tantas fatigas, tan larga abstinencia, tan duras mortificaciones,
una vida tan spera y desacostumbrada, abrieron brecha en la Borgoona,
y su salud empezaba  flaquear, cuando lleg  una gran villa, que,
preguntando  los aldeanos vendedores de legumbres, supo era Pars.
Entr pues en Pars, pensando si quizs morara all el peregrino, si lo
encontrara casualmente y podra rogarle que le buscase un asilo como el
que Clara ofreca  sus hijas, un convento donde acabar su penitencia y
morir en paz. Con estos propsitos se intern en un laberinto de calles
sucias, torcidas, estrechas, sombras--el Pars de entonces.--Embargaba
 la Borgoona singular recelo: en aquella ciudad vasta y populosa,
donde vea tanto mercader, tanto arquero, tantos judos en sus tiendas,
tantos clrigos graves que paseaban  su lado sin volver la cabeza, no
se atreva  pedir hospitalidad, ni un pedazo de pan con que aplacar el
hambre. Los edificios altos, las casas apiadas, las plazuelas
concurridas, todo le infunda temor. Vag como alma en pena las horas
del da, entrando en las iglesias para rezar, apretndose la cuerda para
no percibir el hambre; y  la puesta del sol, cuando reson el toque del
cubre-fuego, que ac decimos de la queda, cubrisele  ella
verdaderamente el corazn, y con mucha angustia rompi  llorar bajito,
echando de menos por primera vez su granja, donde el pan no le faltaba
nunca, y donde al oscurecer tena seguro su abrigado lecho. Al punto
mismo en que estas ideas acudan  su atribulado espritu, vi que se le
acercaba una vejezuela gibosa, de picuda nariz y ojuelos malignos, y le
preguntaba:--Cmo tan lindo mozo  tales horas solito por la calle, y
si era que por ventura no tena posada?

--Madre--contest la Borgoona--si t me la dieses, haras una gran
caridad, pues cierto que no s dnde he de dormir hoy, y  ms no prob
bocado hace veinticuatro horas.

Deshzose la vieja en lstimas y ofrecimientos, y echando  andar
delante, gui por callejuelas tristes, pobres y sospechosas, hasta
llegar  una casuca, cuya puerta abri con una roosa llave. Estaba la
casa  oscuras, pero la vieja encendi un candil, y alumbr por las
escaleras hasta un cuarto alto. Arda un buen fuego en la chimenea; la
Borgoona vi una cama suntuosa, sitiales ricos, y una mesa preparada
con sus relucientes platos de estao, sus jarras de plata para el agua y
el vino, su dorado pan, sus bollos de especias, y un pastel de aves y
caza que ya tena medio alzada la cubierta. Todo ola  lujo, 
refinamiento, y aunque el caso era sorprendente atendido el pergeo de
la vieja y la pobreza del edificio, como la Borgoona senta tanta
hambre y de tal modo se le haca agua la boca ante el espectculo de los
manjares, no se le ocurri manifestar extraeza. Iba buenamente 
sentarse y  trinchar el pastel, pero la vieja lo impidi, dicindole
que convena aguardar al dueo de la habitacin, un hidalgo estudiante
muy galn, que ya no tardara, y era de tan afable condicin, que  buen
seguro que no pusiese el menor reparo en partir su cena con el
forastero. En efecto, bien pronto se oyeron resueltos pasos, y un
caballero mozo, envuelto en oscura capa y con pluma de garza en el
airoso birrete, entr en la estancia.

Al verle, quedse estupefacta la Borgoona; y no era para menos, pues
aquel gallardo caballero tena la mismsima cara y talle del penitente!
Conoci sus grandes ojos negros, sus nobles facciones; slo la expresin
era distinta; en ste dominaba un jbilo tumultuoso, una especie de
energa sensual. Quitse el birrete, descubriendo rizados y largos
cabellos; solt la capa, y contest con una carcajada  las disculpas de
la vieja, que le explicaba cmo aquel pobrecito penitente partira con
l, por una noche, la cena y el cuarto. Sentse  la mesa muy risueo, y
declar que aunque el camarada no pareca animado, l hara porque la
cena fuese divertida. Dijo esto con la propia voz sonora del penitente.

Retirse la vieja, y la Borgoona tom asiento confusa y atnita,
mirando  su comensal y sin dar crdito al testimonio de los sentidos.
Mientras mataba el hambre con el apetitoso pastel, sus ojos no se
apartaban del mancebo, que coma y beba por cuatro; y con mil chanzas,
llenaba el vaso y el plato de la Borgoona, que prosegua comparando al
misionero con el estudiante. S, eran los mismos ojos, slo que antes no
brillaba en ellos un fuego vvido y generoso, ni caba ver el negror de
las pupilas, porque estaban siempre bajos. S, era la misma boca, pero
marchita, contrada por la penitencia, sin estos labios rojos y frescos,
sin estos dientes blancos que descubra la sonrisa, sin este bigote fino
que acentuaba la expresin provocativa y caballeresca del rostro. S,
era la misma frente blanca y serena, pero sin los oscuros mechones de
pelo que jugueteaban en torno. Era el mismo aire, pero con otras
posturas menos gallardas y libres. Y as, poco  poco, tratando de
cerciorarse de si el penitente y el hidalgo componan un solo individuo,
la doncella iba detenindose con sobrada complacencia en detallar las
gracias y buenas partes del mancebo, y ya le pareca que si era el
penitente, haba ganado mucho en gentileza y donosura. El caballero,
festivamente, le escanciaba en el vaso vino y ms vino, y la Borgoona
distrada lo beba. El vino era color de topacio, fragante, aromatizado
con especias, suave al paladar, pero despus se senta correr por las
venas como lquida llama.

 cada trago de licor, la Borgoona juzgaba ms discreto y bizarro  su
compaero de mesa. Cuando la mano de ste, por casualidad, al ofrecerle
el vaso, rozaba la suya, un delicioso temblor, un escalofro dulcsimo,
le suba desde las yemas de los dedos hasta la nuca. Su razn vacilaba,
la habitacin daba vueltas, la luz de cada uno de los cirios que
alumbraban el festn se converta en miles de luces. Y he aqu que el
caballero, despus de beber el ltimo trago, se levant, y jur que, 
fe de hidalgo estudiante, era hora de acostarse, y digerir la cena con
un sueo reparador.

Semejantes palabras despejaron un poco las embotadas potencias de la
doncella. Acordse de que en la habitacin no haba ms que un solo
lecho, y alzndose de la mesa aleg humildemente, en voz baja, que sus
votos obligaban  tener por cama el suelo, y que as dormira, no siendo
razn que se molestase el seor hidalgo. Pero ste, con generoso empeo,
protest que no lo sufrira, y tendiendo en el suelo su capa, afirm que
dormira sobre ella, si el mozo penitente no le otorgaba un rincn del
lecho, donde ambos caban muy holgados. La Borgoona se neg con espanto
 admitir la propuesta, y el estudiante, con vigor hercleo, cogila en
brazos, y la deposit sobre la cama. Ella, sintiendo otra vez desmayar
su voluntad, cerr los ojos, y con singular contentamiento se dej
llevar as, apoyando la cabeza en el hombro del caballero y percibiendo
el roce de sus negros, perfumados bucles.

Abri el estudiante la cama, meti dentro  la Borgoona, le arregl la
sobrecama bordada de seda, y con la misma dulzura con que se habla  los
nios, pregunt si no le sera lcito al menos tenderse  los pis, que
siempre estaran ms blandos que el santo suelo. No encontr la
Borgoona objecin fundada que oponer, y el hidalgo se envolvi en su
capa y se tumb, poniendo por cabezal un almohadn, y al poco tiempo se
le oy respirar tranquilo, como si durmiese.

La Borgoona en cambio se revolva inquieta. En vano quera recordar las
oraciones acostumbradas  aquella hora; no poda levantar el espritu;
su corazn se derreta, se abrasaba; el penitente y el estudiante
formaban para ella una sola persona, pero adorable, perfecta, por quien
se dejara hacer pedazos sin exhalar un ay. La blandura del lecho,
invitando  su cuerpo  la molicie, reforzaba las sugestiones de su
imaginacin; en el silencio nocturno, le ocurran las resoluciones ms
extremosas y delirantes; llamar al hidalgo, declararle que era una
doncella perdida de amores por l, que la tomase por mujer  esclava,
pues quera vivir y morir  su lado. Pero y aquellas matas de pelo
colgadas al pi de la efigie de Nuestra Seora, acaso no eran prenda de
un voto solemne? Con estas dudas la frente se le abra, las venas le
saltaban, zumbndole los odos, y la respiracin sosegada del estudiante
se le figuraba honda como el ruido de gigantesca fragua. Oh tentacin,
tentacin! La Borgoona se sent en el lecho, y  la luz del fuego, que
an arda, mir al estudiante dormido, parecindole que en su vida haba
contemplado cosa que tanto le agradase; y as embebida en el gusto de
mirar, fuese acercando hasta casi beberle el aliento. De pronto el
durmiente se incorpor bien despierto, abriendo los brazos y sonriendo
con sonrisa extraa. La doncella di un gran grito, y acordndose del
penitente, exclam:--Hermano Francisco, valme!--Al mismo tiempo salt
del lecho y huy de la habitacin como loca.

Cuatro  cuatro baj las escaleras, hall la puerta franca, y
encontrse en la calle; sigui corriendo, y no par hasta una gran
plaza, donde se elevaba un edificio de pobre y humilde arquitectura;
all se detuvo sin saber lo que le pasaba: trat de coordinar sus
pensamientos; los sucesos de la noche le parecan soados; y lo que la
confirmaba en esta idea era que no poda por ms que se golpeaba la
frente, recordar la linda figura del estudiante: la ltima impresin que
de ella le quedaba era la de un rostro descompuesto por la ira, unas
facciones contradas por furor infernal, unos ojos inyectados, una
espumante boca...

Del edificio humilde salieron cuatro hombres vestidos de tnicas grises
amarradas con cuerdas, y llevando en hombros un atad. La Borgoona se
acerc  ellos, y ellos la miraron sorprendidos, porque vesta su mismo
traje. Impulsada por la curiosidad, la doncella se inclin hacia el
atad abierto y vi, acostado sobre la ceniza--sin que pudiese caberle
duda alguna respecto  su identidad--el cadver del penitente!

--Cundo muri ese hombre?--pregunt trmula y horrorizada.

--Ayer tarde, al sonar del cubre-fuego.

--Y ese edificio donde viva, qu es?

--Ah habitamos los pobres de la regla de Francisco de Ass, los
Menores, tus hermanos--contestaron gravemente, y se alejaron con su
fnebre carga.

La Borgoona llam  la portera del convento.

Nadie adivin jams el sexo del novicio, hasta que su muerte, despus de
una larga y terrible penitencia, hubo de revelarlo  los encargados de
vestirle la mortaja. Hicieron la seal de la cruz, cubrieron el cuerpo
con un pao tupido, y lo llevaron  enterrar al cementerio de las
Minoritas  Clarisas, que por entonces ya existan en Pars.

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PRIMER AMOR

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Qu edad contara yo  la sazn? Once  doce aos? Ms bien seran
trece, porque antes es demasiado temprano para enamorarse tan de veras;
pero no me atrevo  asegurar nada, considerando que en los pases
meridionales madruga mucho el corazn, dado que esta vscera tenga la
culpa de semejantes trastornos.

Si no recuerdo bien el _cundo_, por lo menos puedo decir con completa
exactitud el _cmo_ empez mi pasin  revelarse. Gustbame
mucho--despus de que mi ta se largaba  la iglesia  hacer sus
devociones vespertinas--colarme en su dormitorio y revolverle los
cajones de la cmoda, que los tena en un orden admirable. Aquellos
cajones eran para m un museo: siempre tropezaba en ellos con alguna
cosa rara, antigua, que exhalaba un olorcillo arcico y discreto, el
aroma de los abanicos de sndalo que andaban por all perfumando la ropa
blanca. Acericos de raso descolorido ya; mitones de malla, muy doblados
entre papel de seda; estampitas de santos; enseres de costura; un
_ridculo_ de terciopelo azul bordado de canutillo; un rosario de mbar
y plata, fueron apareciendo por los rincones: yo los curioseaba y los
volva  su sitio. Pero un da--me acuerdo lo mismo que si fuese hoy--en
la esquina del cajn superior y al travs de unos cuellos de rancio
encaje, v brillar un objeto dorado... Met las manos, arrugu sin
querer las puntillas, y saqu un retrato, una miniatura sobre marfil,
que medira tres pulgadas de alto, con marco de oro.

Me qued como embelesado al mirarla. Un rayo de sol se filtraba por la
vidriera y hera la seductora imagen, que pareca querer desprenderse
del fondo oscuro y venir hacia m. Era una criatura hermossima, como yo
no la haba visto jams sino en mis sueos de adolescente, cuando los
primeros estremecimientos de la pubertad me causaban, al caer la tarde,
vagas tristezas y anhelos indefinibles. Podra la dama del retrato
frisar en los veinte y pico; no era una virgencita cndida, capullo 
medio abrir, sino una mujer en quien ya resplandeca todo el fulgor de
la belleza. Tena la cara oval, pero no muy prolongada, los labios
carnosos, entreabiertos y risueos, los ojos lnguidamente entornados, y
un hoyuelo en la barba, que pareca abierto por la yema del dedo
juguetn de Cupido. Su peinado era extrao y gracioso: un grupo
compacto,  manera de pia de bucles al lado de las sienes y un cesto de
trenzas en lo alto de la cabeza. Este peinado antiguo que remangaba en
la nuca, descubra toda la morbidez de la fresca garganta, donde el hoyo
de la barbilla se repeta ms delicado y suave. En cuanto al vestido...
Yo no acierto  resolver si nuestras abuelas eran de suyo menos
recatadas de lo que son nuestras esposas,  si los confesores de antao
gastaban manga ms ancha que los de ogao; y me inclino  creer esto
ltimo, porque har unos sesenta aos, las hembras se preciaban de
cristianas y devotas, y no desobedeceran  su director de conciencia en
cosa tan grave y patente. Lo indudable es que si en el da se presenta
alguna seora con el traje de la dama del retrato, ocasiona un motn;
pues desde el talle (que naca casi en el sobaco) slo la velaban leves
ondas de gasa difana, sealando, mejor que cubriendo, dos escndalos de
nieve, por entre los cuales serpeaba un hilo de perlas, no sin descansar
antes en la tersa superficie del satinado escote. Con el propio impudor
se ostentaban los brazos redondos, dignos de Juno, rematados por manos
esculturales... Al decir _manos_ no soy exacto, porque en rigor, slo
una mano se vea, y esa apretaba un paizuelo rico.

An hoy me asombro del fulminante efecto que la contemplacin de aquella
miniatura me produjo, y de cmo me qued arrobado, suspensa la
respiracin, comindome el retrato con los ojos. Ya haba yo visto aqu
y acull estampas que representaban mujeres bellas; frecuentemente en
las _Ilustraciones_, en los grabados mitolgicos del comedor, en los
escaparates de las tiendas, suceda que una lnea gallarda, un contorno
armonioso y elegante cautivaba mis miradas precozmente artsticas; pero
la miniatura encontrada en el cajn de mi ta, aparte de su gran
gentileza, se me figuraba como animada de sutil aura vital; advertase
en ella que no era el capricho de un pintor, sino imagen de persona
real, efectiva, de carne y hueso. El rico y jugoso tono del empaste
haca adivinar, bajo la nacarada epidermis, la sangre tibia; los labios
se desviaban para lucir el esmalte de los dientes; y, completando la
ilusin, corra alrededor del marco una orla de cabellos naturales,
castaos, ondeados y sedosos, que haban crecido en las sienes del
original. Lo dicho; aquello, ms que copia, era reflejo de persona viva,
de la cual slo me separaba un muro de vidrio... Puse la mano en l, lo
calent con mi aliento, y se me ocurri que el calor de la misteriosa
deidad se comunicaba  mis labios y circulaba por mis venas. Estando en
esto, sent pisadas en el corredor. Era mi ta que regresaba de sus
rezos. O su tos asmtica y el arrastrar de sus pis gotosos. Tuve
tiempo no ms que de dejar la miniatura en el cajn, cerrarlo y
arrimarme  la vidriera adoptando una actitud indiferente y nada
sospechosa.

Entr mi ta sonndose recio, porque el fro de la iglesia le haba
encrudecido el catarro ya crnico. Al verme se animaron sus ribeteados
ojillos, y dndome un amistoso bofetoncito con la seca palma, me
pregunt si le haba revuelto los cajones, segn costumbre.

Despus, sonrindose con picarda:

--Aguarda, aguarda--aadi--voy  darte algo, que te chupars los dedos.

Y sac de su vasta faltriquera un cucurucho, y del cucurucho tres 
cuatro bolitas de goma adheridas entre s, como aplastadas, que me
infundieron asco.

La estampa de mi ta no convidaba  que uno abriese la boca y se zampase
el confite: muchos aos, la dentadura traspillada, los ojos enternecidos
ms de lo justo, unos asomos de bigote  cerdas sobre la hundida boca,
la raya de tres dedos de ancho, unas canas sucias revoloteando sobre las
sienes amarillas, un pescuezo flcido y lvido como el moco del pavo
cuando est de buen humor... Vamos, que yo no tomaba las bolitas, ea!
Un sentimiento de indignacin, una protesta varonil se alz en m, y
declar con energa:

--No quiero, no quiero.

--No quieres? Gran milagro! T que eres ms goloso que la gata!

--Yo no soy ningn chiquillo--exclam--crecindome, empinndome en las
puntas de los pis--yo no quiero dulces.

La ta me mir entre bondadosa  irnica, y al fin, cediendo  la gracia
que le hice, solt el trapo, con lo cual se desfigur y puso patente la
espantable anatoma de sus quijadas. Rease de tan buena gana, que se
besaban barba y nariz, ocultando los labios, y se le sealaban dos
arrugas,  mejor, dos zanjas hondas, y ms de una docena de pliegues, en
mejillas y prpados; al mismo tiempo, la cabeza y el vientre se le
columpiaban con las sacudidas de la risa, hasta que al fin vino la tos 
interrumpir las carcajadas, y entre risa y tos, involuntariamente, la
vieja me reg la cara con un roco de saliva... Humillado y lleno de
repugnancia, me escap de all y no par hasta el cuarto de mi madre,
donde me lav con agua y jabn y me d  pensar en la dama del retrato.

Y desde aquel punto y hora ya no acert  separar mi pensamiento de
ella. Salir la ta y escabullirme yo hacia su aposento, entreabrir el
cajn, sacar la miniatura y embobarme contemplndola, todo era uno. 
fuerza de mirarla, figurbaseme que sus ojos entornados, al travs de la
voluptuosa penumbra de las pestaas, se fijaban en los mos, y que su
blanco pecho respiraba afanosamente. Me lleg  dar vergenza besarla,
imaginando que se enojaba de mi osada, y slo la apretaba contra el
corazn,  arrimaba  ella el rostro. Todas mis acciones y pensamientos
se referan  la dama; tena con ella extraos refinamientos y
delicadezas nimias. Antes de entrar en el cuarto de mi ta y abrir el
codiciado cajn, me lavaba, me peinaba, me compona, como v despus que
suele hacerse para acudir  las citas amorosas.

Me suceda  menudo encontrar en la calle  otros nios de mi edad, muy
armados ya de su cacho de novia, que ufanos me enseaban cartitas,
retratos y flores, preguntndome si yo no escogera tambin _mi nia_
con quien cartearme. Un sentimiento de pudor inexplicable me ataba la
lengua, y slo les contestaba con enigmtica y orgullosa sonrisa. Cuando
me pedan parecer acerca de la belleza de sus damiselillas, me encoga
de hombros y las calificaba desdeosamente de _feas_ y _fachas_. Ocurri
cierto domingo que fu  jugar  casa de unas primitas mas, muy
graciosas en verdad, y que la mayor no llegaba  los quince. Estbamos
muy entretenidos en ver un esterescopo, y de pronto una de las
chiquillas, la menor, doce primaveras  lo sumo, disimuladamente me
cogi la mano, y conmovidsima, colorada como una brasa, me dijo al
odo:

--Toma.

Al propio tiempo sent en la palma de la mano una cosa blanda y fresca,
y v que era un capullo de rosa, con su verde follaje. La chiquilla se
apartaba sonriendo y echndome una mirada de soslayo; pero yo, con un
puritanismo digno del casto Jos, grit  mi vez:

--Toma!

Y le arroj el capullo  la nariz; desaire que la tuvo toda la tarde
llorosa y de monos conmigo, y que an  estas fechas, que se ha casado y
tiene tres hijos, no me ha perdonado.

Sindome cortas para admirar el mgico retrato las dos  tres horas que
entre maana y tarde se pasaba mi ta en la iglesia, me resolv por fin
 guardarme la miniatura en el bolsillo, y anduve todo el da
escondindome de la gente lo mismo que si hubiese cometido un crimen. Se
me antojaba que el retrato, desde el fondo de su crcel de tela, vea
todas mis acciones, y llegu al ridculo extremo de que si quera
rascarme una pulga, atarme un calcetn  cualquiera otra cosa menos
conforme con el idealismo de mi amor pursimo, sacaba primero la
miniatura, la depositaba en sitio seguro, y despus me juzgaba libre
para hacer lo que ms me conviniese. En fin, desde que hube consumado el
robo, no caba en m; de noche lo esconda bajo la almohada y me dorma
en actitud de defenderlo; el retrato quedaba vuelto hacia la pared, yo
hacia la parte de afuera, y despertaba mil veces con temor de que
viniesen  arrebatarme mi tesoro. Por fin lo saqu de debajo de la
almohada y lo deslic entre la camisa y la carne, sobre la tetilla
izquierda, donde al da siguiente se podan ver impresos los cincelados
adornos del marco.

El contacto de la cara miniatura me produjo sueos deliciosos. La dama
del retrato, no en efigie, sino en su natural tamao y proporciones,
viva, airosa, afable, gallarda, vena hacia m para conducirme  su
palacio en un tren rpido y volador. Con dulce autoridad me haca sentar
 sus pis en un cogn, y me pasaba la torneada mano por la cabeza
acaricindome la frente, los ojos y el revuelto pelo. Yo le lea en un
gran misal,  tocaba el lad, y ella se dignaba sonreirse,
agradecindome el placer que le causaban mis lecturas y canciones. En
fin, las reminiscencias romnticas me bullan en el cerebro, y ya era
paje, ya trovador.

Con todas estas imaginaciones, el caso es que fu adelgazando de un
modo notable, y que lo observaron con gran inquietud mis padres y mi
ta.

--En esa difcil y crtica edad del desarrollo, todo es alarmante--dijo
mi padre--que sola leer libros de medicina, y estudiaba con recelo las
ojeras oscuras, los ojos apagados, la boca contrada y plida, y sobre
todo, la completa falta de apetito que se apoderaba de m.

--Juega, chiquillo; come, chiquillo--sola decirme.

Y yo le contestaba con abatimiento:

--No tengo ganas.

Empezaron  discurrirme distracciones; me ofrecieron llevarme al teatro;
me suspendieron los estudios, y dironme  beber leche recin ordeada y
espumosa. Despus me echaron por el cogote y la espalda duchas de agua
fra, para fortificar mis nervios; y not que mi padre, en la mesa  por
las maanas cuando iba  su alcoba  darle los buenos das, me miraba
fijamente un rato y  veces sus manos se escurran por mi espinazo
abajo, palpando y tentando mis vrtebras. Yo bajaba hipcritamente los
ojos, resuelto  dejarme morir antes que confesar el delito. En
librndome de la cariosa fiscalizacin de la familia, ya estaba yo con
mi dama del retrato. Por fin, para mejor acercarme  ella, acord
suprimir el fro cristal: titube al ir  ponerlo por obra; al cabo pudo
ms el amor que el vago miedo que semejante profanacin me inspiraba, y
con gran destreza logr arrancar el vidrio y dejar patente la plancha de
marfil.

Al apoyar en la pintura los labios y percibir la tenue fragancia de la
orla de cabellos, se me figur con ms evidencia que era persona
viviente la que estrechaban mis manos trmulas. Un desvanecimiento se
apoder de m, y qued en el sof como privado de sentido, apretando la
miniatura.

Cuando recobr el conocimiento v  mi padre,  mi madre,  mi ta,
todos inclinados hacia m con sumo inters; le en sus caras el asombro
y el susto; mi padre me pulsaba, meneaba la cabeza y murmuraba:

--Este pulso parece un hilito, una cosa que se va.

Mi ta, con sus dedos ganchudos, se esforzaba en quitarme el retrato, y
yo, maquinalmente, lo esconda y aseguraba mejor.

--Pero, chiquillo... suelta, que lo echas  perder!--exclamaba ella.
No ves que lo ests borrando? Si no te rio, hombre... yo te lo
ensear, cuantas veces quieras; pero no lo estropees; suelta, que le
haces dao.

--Djaselo--suplicaba mi madre--el nio est malito.

--Pues no faltaba ms!--contest la solterona. Dejarlo! Y quin hace
otro como ese... ni quin me vuelve  m ahora  los tiempos aquellos?
Hoy en da nadie pinta miniaturas... eso se acab... y yo tambin me
acab y no soy lo que ah representa!

Mis ojos se dilataban de horror; mis manos aflojaban la pintura. No s
cmo pude articular:

--Usted... el retrato... es usted...

--No te parezco tan guapa, chiquillo? Bah, veintitrs aos son ms
bonitos que... que... que no s cuntos, porque no llevo la cuenta; al
fin, nadie ha de robrmelos!

Dobl la cabeza, y acaso me desmayara otra vez; lo cierto es que mi
padre me llev en brazos  la cama, y me hizo tragar unas cucharadas de
Oporto.

Convalec presto y no quise entrar ms en el cuarto de mi ta.

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UN DIPLOMTICO

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Entr la camarera, bandeja de plata en mano, y present  la duquesa el
correo. Haba en l peridicos franceses, _Ilustraciones_ metidas en su
fino camisn de seda, dos  tres cartas de satinado sobre y herldico
timbre, y, nota desafinada en aquel concierto, otra carta ms, cerrada
consigo misma, sellada con obleas verdes, regado de gruesa arenilla el
sobrescrito.

Quizs la propia extraeza que le caus ver tan tosca misiva moviese 
la duquesa  echarle mano, anteponindola  las dems; pero an no bien
puso los ojos en ella, cuando dijo festivamente:

--Si es para el ama!... Que venga, que tiene carta de sus padres.

La camarera sala ya, y la duquesa aadi con mucho inters:

--Que traiga la chiquitina... Que la traiga abrigada; hoy es un da
fresco.

Pocos minutos tard en menearse el cortinaje de brocado crema sobre
fondo azul, y en oirse un _tlin... tlin..._ de menudos cascabeles, y
antes que asomase la fornida persona del ama, la duquesa sonri  una
manecita plida, hoyosilla; una manecita de diez meses que esgrima un
sonajero de plata.

--Vente, angelote...  mam... mil besos!

--Mmii...--gorje la criatura, palpando con afn el medalln de
turquesas y brillantes que resplandeca sobre la bata de negro
terciopelo de la dama, mientras las caricias de sta, como golosas
moscas, se le posaban sobre el cuello, frente y ojos.

--Est descolorida, ama... est ojerosita... Cmo ha dormido? Qu dice
_miss_?

--_Miss_ dice... es decir, no dice nada... ay, s, dice que tambin all
por su tierra los chiquillos, cuando andan con dientes... ya ve
ucencia... rabian de Dios y se ponen _esmirriaditos_.

Alz levemente los hombros la duquesa, como indicando: Buen par de
apuntes estis t y _miss_. Y hablndose  s misma, murmur:

--Snchez del Abrojo no debe tardar... Ah!--pronunci ya con voz ms
fuerte;--ama, aqu hay carta de tu casa...

En vez de alegrarse, se oscureci el semblante del ama, moreno, tostado
y recio, cual los molletes de pan de su pas.

--Y qu dir ah, ucencia!--suspir sin extender la mano para tomar la
epstola.--Nunca por cosa buena escriben.

--Qu s yo, mujer! Te hablarn de tu madre... del chico que te
dejaste... de las vacas, eh?  te pedirn dinero! Anda, toma, sal de
dudas.

--Ucencia ha de dispensarme... como yo no s de letra... y en la cocina
 lo mejor se burlan de las cosas que me cuenta el seor padre, que es
quien pone las cartas....--suplic el ama, medio enternecida ya.

--Vamos, querrs que te la lea, no es eso?

--Si ucencia se quiere molestar...

Al decir esto, se apresur  coger la nia, que por su parte no anduvo
rehacia en irse  los robustos brazos del ama, la cual, previo un con
el permiso de ucencia... desabroch el justillo, alz el pauelo de
vivos colores que se cruzaba sobre su seno de Cibeles, y metiendo en la
boquita del ngel lo que ste ms deseaba, volvi  cubrirse con tanto
recato como si delante de un regimiento se encontrase. Rasg la duquesa
el tosco sobre, y an no lo haba desdoblado, cuando se oyeron pisadas
de botas rechinantes y varoniles en el pasillo, y una faz correcta,
patilluda, apareci entre los pliegues del cortinaje, y una voz que
apoyaba mucho en las erres, pregunt:

--Ests visible, hija? Puede entrar Snchez del Abrojo?

--Adelante, adelante, doctor... Pues ya lo creo! Pensando estaba en l
ahora mismo.

Hzose atrs el duque para dejar pasar primero al doctor, segn manda la
cortesa, y ambas notabilidades (cada uno de los recin entrados lo era
en su gnero) se adelantaron hacia el rincn del gabinete donde se
destacaba la airosa cabeza de la duquesa sobre un fondo de aterciopelado
follaje de begonias.

El duque, aunque frisaba en los cincuenta y seis, era derecho, elegante,
distinguidsimo hasta en su lucia y limpia calva; usaba no s qu
cintajo en el ojal, y podra usar, amen de las hidalgas veneras de
Alcntara y Santiago, que ya de casta le venan, como dos docenas de
insignias de rdenes nacionales y extranjeras, de las ms ilustres,
concedidas por diferentes gobiernos en justa recompensa del tino y
acierto con que durante su ya larga carrera diplomtica haba
desempeado arduas y peliagudas misiones, y enredado los cabos de ms de
veinte madejas polticas, que el demonio que las devanase. Ostentaba el
duque en su despacho, y enseaba con orgullo, adems de las
condecoraciones, pieles de zorro azul, regaladas por el czar, el collar
de esmaltes de una momia, obsequio del _jedife_, y un sable japons de
abrirse el vientre, con pedreras en la empuadura, gracioso donativo
del _mikado_.

En estos ttulos fiaba el duque para obtener en breve la embajada ms
importante quizs de Europa.

Por lo que hace  Snchez del Abrojo, regordete, sanguneo, de
chispeantes ojos negros, era un mdico  la moda, que curaba con su
ciencia  la mitad de los enfermos, y con su animacin y energa  la
otra mitad... siempre que tuviesen cura, por supuesto.

Mientras la duquesa entablaba con el galeno animadsimo dilogo, el
duque se acerc al ama, y se inclin con cierta familiaridad, no exenta
de seoro, para ver el rostro de la nia, que maldita la gana que tena
de enserselo.

--Golosilla... hola, estamos tragando, eh? Qu tal se porta, ama? Qu
tal se porta?

Y sin esperar la respuesta, volvise  su mujer y al doctor.

--Le explicas  Snchez lo de la chiquitina? Amigo del Abrojo; esta
nena, con sus dientes, nos da en qu pensar. Oh! y tanto como nos da.
Estamos preocupadsimos.

--Ya se ve, nica y tarda...--respondi el mdico, mientras calculaba
para su sayo, tan involuntariamente como el matemtico suma dos cifras
que ve una debajo de otra, las probabilidades de ulterior sucesin que
poda tener aquel matrimonio.--Y qu dice el ama?--aadi en alta voz.

--El ama...--murmur la duquesa, y recordando de sbito la carta, que
an conservaba en la mano, exclam:-- propsito, permtanme Vds... Un
instante... Lo prometido es deuda.

--Qu es eso? Qu carta es esa tan rara?--interrog el duque.

--Del ama, de Jacinta... Le promet que se la leera. Es de su gente...

--Si quieres ahorrarte el trabajo... yo me encargo, hija--pronunci con
magnnima sonrisa el duque.

--No, gracias...

La duquesa, por instinto, oprimi la carta.

--Pero si es una niera que te empees en molestarte... Eso estar
escrito en chino.

--Si Vds. quieren que yo...--exclam oficiosamente Snchez del Abrojo.

--No, yo he de ser--declar la duquesa con firmeza.

Y diciendo y haciendo, comenz la lectura:

--Mi amada y estimada hija Jacinta...

--Repare Vd. la ortografa de esa pobre gente, Snchez,--murmur por lo
bajo el duque, que se inclinaba sobre el hombro de su esposa
deletreando.--Ponen _Jacinta_ con G! Es gracioso, no?

--Jacinta... me alegrar que al recibo de estas cortas letras...

--Etctera. Siempre comienzan as: es ya una frmula consagrada--explic
gravemente el duque.-- que aade: te halles con la cabal salud que yo
para m deseo?

--...La ma buena  Dios gracias...--prosigui la duquesa.--Con
dolores de mi corazn y alma, estimada hija, tengo que participarte la
mayor desd...

La duquesa, por cuyo rostro se extenda leve palidez, sufri, llegando 
este prrafo, un acceso de tos.

--Ves cmo no entiendes la letra, Mara? Yo continuar. ...desdicha
que Dios fu servido de mandarnos... y que tu afligida madre y padre y
to Antn tienen el honor de partici...

--Te suplico--grit la duquesa con sorda angustia,--que me dejes
acabar... entiendes?

--Ay ucencia, por la Virgen Santsima! Qu desgracia ser
esa?--interrog el ama, cuyo color de figura de barro cocido se trocaba
en palidez de granito recin labrado.

--Vers, mujer... no te asustes, si no es nada... el honor de
participarte... pues sabrs, estimada hija de nuestro carioso amor,
como ayer se mu... se muri el novillo nuestro...

--Novillo!--dijo pensativa el ama.--En casa no haba sino dos vacas...
la blanca y la roja.

--Lo compraran...--replic la duquesa, respirando como si
suspirase.--Vamos, pues eso no vale la pena, ama... Todos estamos
traspasados de puales... Bien, se comprende; para vosotros es una gran
prdida... Yo te dar con qu comprar dos,  una pareja de bueyes...
Ea!

--Viva ucencia mil aos, y nunca las manos se cansen!... Qu pone al
ltimo?

--Consrvate como un repollo de sana... Cuida bien  esa infanta de las
Espaas que ests criando... Ah! y que les mandes diez duros, si puede
ser. Ir eso y mucho ms.

--Ahora--dijo el diplomtico recogiendo con impensado movimiento la
carta de manos de la duquesa--permteme que vea la ortografa... Si es
divertidsima.--Calle!--exclam sin hacer caso de los desesperados
ademanes de su mujer.--Bien dije yo que no era para tus ojos esta letra,
Mara querida... Si aqu no habla de novillo... No; donde leste
_novillo_, hay escrito _chiquillo_... Estos signos paleogrficos no son
para usted, seora duquesa! No me haga usted seas... Pues si los
diplomticos, por oficio, tenemos que saber leer cosas ms peliagudas!
_Chiquillo_; ve Vd., Snchez? Se muri el chiquillo tuyo... Todos
estamos traspasados de puales...

Pronta como el rayo, se precipit la duquesa hacia Jacinta y le arranc
de los brazos la tierna criatura, que rompi en tristsimo llanto al
soltar la ubre. Era tiempo. Un grito ronco sali de la comprimida
garganta del ama; puso los ojos en blanco; sus facciones amoratadas se
descompusieron, y leve espuma apareci en sus labios morados.  pesar de
los esfuerzos de Snchez del Abrojo para sostenerla, se desasi y rod
al suelo, retorcindose con la desesperada elasticidad de la convulsin.
La duquesa se colg de la campanilla, mientras con el brazo izquierdo
apretaba contra su corazn  la criatura desconsolada.

--Vea Vd.--deca algn tiempo despus Snchez del Abrojo  su compaero
el doctor Cortadillo, en ocasin que salan juntos de San Carlos;--yo lo
he credo siempre: es preferible, es ms lucido, desde el punto de vista
del pronstico, trabajar sobre un viejo que sobre un chiquillo. La
patogenesia del nio es dificilsima, especialmente mientras lacta,
mientras vive, por decirlo as, en ntima comunin con la naturaleza
femenina. Nada, que le mudamos el ama  la nia de los duques de
Fuente-Real (una nia algo delicada, que naci tarde, y cuando sus
padres no esperaban ya familia, sabe Vd.?); pero bast el poco tiempo
que por fuerza hubo de mamar de la otra, de la que recibi aquel tiro 
boca de jarro y tuvo el ataque nervioso ( nervios en las aldeanas! Pero
qu fueron las energmenas?) para llevar  la criatura al hoyo...  al
cielo, seor espiritualista: como V. guste. Claro que estaba en el
perodo de la denticin; ya sabe Vd. la receptividad, la plasticidad del
temperamento de los nios; y as como un fuerte golpe no derriba,
verbigracia, una cmoda, y s un objeto pequeo que se halle colocado
encima de ella, la terrible impresin no hizo gran mella en aquel
castillo, en la mocetona del ama; pero  la chiquita... Yo por lo menos
tuve que atribuirlo  eso. El ataque  la cabeza afect forma
convulsiva.

--La heredera del duque de Fuente-Real, muriendo de la muerte del hijo
de una labradora!--murmur reflexivamente Cortadillo.

--El dinamismo incalculable de los hechos, amigo mo... Heriberto
Spencer pone eso en su punto.

--Y el duque?--pregunt Cortadillo con inters.

--Calle Vd., hombre! Acaba de salir para su embajada...

Cortadillo sonri con su boca amarilla y sin dientes, y los carnosos
labios de Snchez del Abrojo hicieron el do, plegndose con irona
indefinible. Despus su rostro se puso grave.

--La pobre madre... la pobre duquesa... Ah, qu espectculo! Esa se ha
quedado en Madrid... La veo con frecuencia, y bien necesita mis
cuidados, se lo aseguro  Vd.

--Lo que necesitar sobre todo--advirti Cortadillo--es paciencia, y
creer  puo cerrado que esa criatura no est slo en la fosa, compaero
del Abrojo.

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SIC TRANSIT...

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Me trajo el mozo la copa de _cognac_ pedida dos minutos antes, y
mientras la paladeaba despacito, fij una escrutadora mirada en el
individuo que ocupaba la mesa prxima.

Era l, l mismo: no poda caberme duda ya. Pero cun ajado, maltrecho
y diferente de s propio! Sobre el grasiento cuello de panilla de su
gabn caan en desorden los lacios y entrecanos mechones de la
descuidada cabellera; la camisa no se vea, probablemente estara sucia
y la ocultaba por pudor social. Como tena inclinada la cabeza para leer
un peridico francs, slo pude ver su perfil devastado y marchito, y
las abolsadas ojeras que rodeaban sus plidos ojos.

Contemplbale yo con punzante curiosidad, y me acudan en tropel
recuerdos de la ltima vez que asist  uno de sus triunfos. Hallbase
entonces en la plenitud de sus facultades y talento: es verdad que
algunos malcontentadizos _dilettanti_ empezaban  decir que _decaa_,
mas el pblico opinaba de muy distinta manera. Y por seas que, como
justamente la postrer noche que pas en Madrid fuese la del beneficio
del gran artista, afloj los cinco pesos que el _Pjaro_ me exigi por
la butaca, y asist  una ovacin entusiasta, delirante.

Qu voz, cielo santo, qu voz pura, apasionada, angelical! Con qu
facilidad ascenda  las alturas vertiginosas de los _dos_ y _ses_ ms
inaccesibles  gargantas profanas! Qu modo de filar las notas, y de
emitirlas, cada una aparte, distinta y clara, y al par ligada con la
anterior y posterior, sin esfuerzo alguno, sin desgaitarse, antes con
serenidad y gracia encantadora!

Y adems de estos primores de ejecucin, qu bellezas de sentimiento en
las distintas modulaciones de tan soberana voz, y en la inteligente
mmica que las realzaba! El papel de _Edgardo_ en _Lucia_ no fu nunca
mejor comprendido que aquella inolvidable noche. Era hermoso  feo el
excelso tenor? Lo ignoro, pero pienso que Walter Scott, el
novelista-poeta que inmortaliz las desventuras del _laird_ de
Ravenswood, no pudo soar ms melanclico, varonil  interesante
_Edgardo_. Tierno y dulce en la escena del jardn; trgico y sublime en
la de los desposorios; sombro y fiero en la del reto; transido de amor
en la bellsima final, siempre era el tipo romntico que las
imaginaciones ardorosas y juveniles se figuran ver alzarse entre las
nieblas de Escocia.

Hundase el teatro, como suele decirse,  puras salvas de aplausos;
llovan sobre la escena coronas y ramos de flores; y del fondo rojo
oscuro del proscenio, donde ostentaba su soberbia _toilette_ una
aristocrtica beldad, se destac un brazo escultural, enguantado de
blanco, y un ramillete de nevadas camelias, sobre las cuales negreaban
dos cifras formadas de oscursimos pensamientos, cay, envuelto an en
el perfumado pauelo de encaje,  los pis de _Edgardo_, mientras un
cuchicheo discreto inclinaba unas hacia otras las cabezas femeniles en
los dems palcos, cual se doblan las espigas al soplo del aire. El tenor
daba gracias al pblico, apoyando sobre el corazn la mano izquierda, en
cuyo dedo meique lucia un solitario como una avellana, regalo del Czar.

Si me pareca que le estaba viendo an! Mediante la transfiguracin del
arte, el hombre viejo y mal vestido que tena enfrente iba
convirtindose en el _Edgardo_ arrebatador que me sedujo diez aos
antes. Levantbase ante m su gallarda figura, su italiana y morena tez
empalidecida por el reflejo del gas, su negra barba, sus ojos
centelleantes, su descubierta garganta de estatua, cuyos tendones se
dibujaban bajo el limpio cutis, su traje de terciopelo negro con cuello
de _guipur_, la noble actitud con que arrojaba su capa y se quedaba
inmvil, cruzado de brazos, sobre la escalinata de la cmara donde se
celebraban los desposorios de _Lucia_. Oa de nuevo su voz, el acento
desesperado con que pronunciaba: _Stirpe iniqua_, y sus notas
penetrantes recorran mis nervios y me producan inexplicable
escalofro. Era el mismo _Edgardo_, y estaba  dos pasos en la mesa
prxima!

Movido por irresistible impulso me acerqu, y le tend la mano,
preguntndole si tena el gusto de hablar al clebre tenor. Preguntlo
no s por qu, por el placer de oirlo de sus labios. Alz sus ojos
apagados  indiferentes, y  media voz, me dijo un:--El mismo!--que me
pareci lleno de tristeza y resignacin.

--Pero Vd. por aqu!

--En efecto.

--Yo le he admirado  Vd. en el Real... En _Puritanos_... en _Lucia_...
Se acuerda Vd.?

--Ah, s... otros das!...--pronunci en italiano.

V animarse un tanto sus mejillas, donde unos atisbos de colorete y
albayalde, mal borrados por la tohalla, parecan los ltimos arreboles
de su gloria.

--Y es cierto que viene Vd.  cantar aqu?

Sac del bolsillo una petaca muy usada de cuero de Rusia, con iniciales
de oro, resto sin duda del pasado esplendor, y de sta un cigarro, y me
pidi fuego.

--Cantar... s, como pueda.

Djolo carraspeando, y not que la voz del ngel se pareca ahora al
glocitar de un pollo.

--En una capital de provincia? En un teatro tan malo? Ante una
concurrencia?...

Mis palabras despertaron al tenor de oficio, al hombre habituado 
captarse con afables palabras las simpatas de los concurrentes entre
bastidores.

--Oh!--exclam.--El ilustrado pblico de Marineda... Oh! Yo _he
escuchado hacer_ elogios de su competencia... Oh!

Y diciendo esto, una halagadora sonrisa, casi suplicante, entreabri sus
labios, y su mirada se pos cariosamente en m. No me dej seducir.

--Es cierto--le pregunt--que ha perdido Vd. la voz  consecuencia de
un enfriamento que cogi en New-York?

Inclin la cabeza sobre el pecho y no contest palabra. Comprend que el
asunto de conversacin le era displicente, y llam al mozo, pidindole
unas copas de _Chartreuse_ de la ms fina.

--Oh! _Grazie!_--murmur al verlas delante.--No uso... Licores, vinos,
especies... Oh! Pimienta, pimienta, _sopra tutto!_ Los _yankees_
abusan de las especies y los vinos... Yo no llev  New-York mi
cocinero, _sentite_...

Entonces, incitado por mis preguntas y mi no fingido inters, comenz 
explicar el rgimen funesto seguido en New-York, las primeras notas
veladas, la desesperacin de la primer ronquera, la _indisposicin
repentina_, la clera del pblico, la reaparicin, los intiles
esfuerzos para reavivar el entusiasmo, las palmadas escasas y fras,
esos sntomas iniciales de indiferencia, desgarradores en todo amor...
Sus mejillas se encendan, y  veces, por entre su voz resquebrajada,
asomaba una inflexin de terciopelo, como de la arruinada pared de un
palacio cuelgan an girones de rica tapicera...

Por ltimo se levant y llam al mozo para pagarle; pero yo le haba
hecho una disimulada sea, y el mozo, con muchas cortesas, se neg 
recibir un cuarto. El tenor me estrech la diestra y por un momento, en
su rostro que ilumin el jbilo, observ la feliz transformacin que se
nota en la cara de una mujer, ayer hermossima y hoy marchita por la
edad, si algn soldado  gan, en la calle, le dirige  su manera un
requiebro.

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EL PREMIO GORDO

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All en tiempo de Godoy, el caudal de los Torres-nobles de Fuencar se
contaba entre los ms saneados y poderosos de la monarqua espaola.
Fueron mermando sus rentas las vicisitudes polticas y otros
contratiempos, y acab de desbaratarlas la conducta del ltimo marqus
de Torres-nobles, calavern despilfarrado que di mucho que hablar en la
corte cuando Narvez era mozo. Prximo ya  los sesenta aos, el marqus
de Torres-nobles adopt la resolucin de retirarse  su hacienda de
Fuencar, nica propiedad que no tena hipotecada. All se dedic
exclusivamente  cuidar de su cuerpo, no menos arruinado que su casa; y
como Fuencar le produca an lo bastante para gozar de un mediano
desahogo, organiz su servicio de modo que ninguna comodidad le faltase.
Tuvo un capelln que amn de decirle la misa los domingos y fiestas de
guardar, le haca la partida de brisca, burro y dosillo (tales
sencilleces divertan mucho al ex-conquistador), y le lea y comentaba
los peridicos polticos ms reaccionarios; un mayordomo  capataz que
cobraba  toca-teja y diriga hbilmente las faenas agrcolas; un
cochero obeso y flemtico que gobernaba solemnemente las dos mulas de su
ancha carretela; un ama de llaves silenciosa, solcita, no tan moza que
tentase ni tan vieja que diese asco; un ayuda de cmara trado de
Madrid, resto y reliquia de la mala vida pasada, convertido ahora  la
buena como su amo, y discreto y puntual ahora y antes; y por ltimo, una
cocinera limpia como el oro, con primorosas manos para todos los guisos
de aquella antigua cocina nacional, que satisfaca el estmago sin
irritarlo y lisonjeaba el paladar sin pervertirlo. Con ruedas tan
excelentes, la casa del marqus funcionaba como un reloj bien arreglado,
y el seor se regocijaba cada vez ms de haber salido del golfo de
Madrid  tomar puerto y carenarse en Fuencar. Su salud se restableca;
el sueo, la digestin y dems funciones necesarias al bienestar de esta
pobre tnica perecedera que sirve de crcel al espritu, se
regularizaban, y en pocos meses el marqus de Torres-nobles ech carnes
sin perder agilidad, enderez algo el espinazo, y su sano aliento indic
que ya la feroz gastralgia no le roa el estmago.

Si el marqus viva bien, no lo pasaban mal tampoco sus servidores. Para
que no le dejasen les pagaba mejores soldadas que nadie en la provincia,
y adems los obsequiaba  veces con regalos y mimos. As andaban ellos
de contentos: poco trabajo, y ese metdico  invariable; salario
crecido, y de cuando en cuando sorpresitas del dadivoso marqus.

El mes de Diciembre del ao antepasado, hizo ms fro de lo justo, y la
dehesa y trmino de Fuencar se envolvieron en un manto de nieve como de
una cuarta de grueso. Huyendo de la soledad de su gran despacho, baj el
marqus de noche  la cocina del cortijo, y buscando por instinto de
sociabilidad invencible, la compaa del hombre, se arrim al hogar,
calent la palma de las manos castaeteando los dedos, y hasta se ri de
los cuentos que con chuscada andaluza referan el capataz y el pastor, y
repar que la cocinera tena muy buenos ojos. Entre otras conversaciones
ms  menos rsticas que le divirtieron, oy que todos sus criados
proyectaban asociarse para echar un dcimo  la lotera de Navidad.

Al da siguiente, muy temprano, el marqus despachaba un propio  la
ciudad prxima, y anocheca cuando el bondadoso seor penetr en la
cocina blandiendo unos papeles, y anunciando  sus domsticos, con suma
benignidad, que haba cumplido sus deseos tomando un billete del sorteo
inmediato, billete en el cual les regalaba dos dcimos quedndose l con
ocho, por tentar tambin la suerte. Al oir tal, hubo en la cocina una
explosin de alegra, con vivas y bendiciones hiperblicas; slo el
pastor, viejo cano, zumbn y sentencioso, mene la cabeza, afirmando que
el que echaba con seores espantaba la suerte, de lo cual le pes
tanto al marqus, que conden al pastor  no llevar ni un real en los
dcimos consabidos.

Aquella noche el marqus no durmi tan  pierna suelta como sola desde
que Fuencar le cobijaba; le desvelaron algunos pensamientos de esos que
slo mortifican  los solterones. No le haba gustado pizca la avidez
con que sus criados hablaban del dinero que poda caerles.--Esa
gente--decase el marqus--no aguardara sino  llenar la bolsa para
plantarme! Y qu planes los suyos! Celedonio (el cochero), habl de
poner taberna... para beberse el vino sin duda! Pues la pazguata de
doa Rita (era el ama de llaves), no suea con establecer una casa de
huspedes! Digo, y lo que es Jacinto (era el ayuda de cmara), bien se
call, pero miraba con el rabo del ojo  esa Pepa (la cocinera), que,
vamos, tiene su sal... Jurara que proyectan casarse. Bah! (al exclamar
_bah!_ el marqus de Torres-nobles di una vuelta en la cama y se
arrop mejor, porque se le colaba el fro por la nuca); en resumidas
cuentas, qu me importa todo ello? El premio gordo no nos ha de caer y
as... tendrn que aguardarse por las mandas que yo les deje! Y  poco
rato el buen seor roncaba. Dos das despus celebrbase el sorteo, y
Jacinto, que era ms listo que Cardona, se las compuso de modo que su
amo tuviese que enviarle  la ciudad en busca de no s qu provisiones 
objetos indispensables. La noche caa, nevaba  mas y mejor, y Jacinto
an no haba vuelto,  pesar de salir muy de madrugada.

Estaban los criados reunidos en la cocina, como siempre, cuando
sintieron las opacas pisadas del caballo sobre la nieve fresca, y un
hombre, en quien reconocieron  su compaero Jacinto, entr como una
bomba. Estaba plido, tembln y demudado, y con ahogada voz acert 
pronunciar:

--El premio gordo!!!

Hallbase  la sazn el marqus en su despacho, y, las piernas
arrebujadas en tupida manta, chupaba un habano, mientras el capelln le
lea la _poltica menuda_ de _El Siglo Futuro_. De pronto, suspendiendo
la lectura, ambos prestaron odo al estrpito que vena de la cocina.
Pareciles al principio que los criados disputaban, pero  los diez
segundos de atender se convencieron de que no eran sino voces de jbilo,
tan desentonadas y delirantes, que el marqus, amostazado y teniendo por
comprometida su dignidad, despach al capelln  informarse de lo que
ocurra  imponer silencio. No tard tres minutos en regresar el
enviado, y dejndose caer sobre el divn, pronunci con sofocado acento:
Me ahogo! y se arranc el alzacuello y se desgarr el chaleco por
querer desabrocharlo... Corri en su auxilio el marqus, y abanicndole
el rostro con _El Siglo Futuro_ logr oir brotar de sus labios una frase
entrecortada:

--El premio gordo... nos ha tocaaa...ado el prem...

 despecho de sus achaques, brinc hasta la cocina el marqus con no
vista ligereza, y llegando al umbral, detvose atnito ante la extraa
escena que all se representaba. Celedonio y doa Rita bailaban no s si
el jaleo  la cachucha, con mil zapatetas, saltando como monigotes de
saco electrizados; Jacinto, abrazado  una silla, valsaba rauda y
amorosamente; Pepa hera con el rabo de un cazo la sartn, haciendo
desapacible msica, y el capataz, tendido en el suelo, se revolcaba,
gritando  mejor dicho aullando salvajemente: Viva la Virgen! Apenas
divisaron al marqus, aquellos locos se lanzaron  l con los brazos
abiertos, y sin que fuese poderoso  evitarlo lo alzaron en volandas, y
cantando y danzando y echndoselo unos  otros como pelota de goma lo
pasearon por toda la cocina, hasta que vindole furioso lo dejaron en el
suelo; y aun fu peor entonces, pues la cocinera Pepa, cogindole por el
talle, quieras que no quieras le arrastr en vertiginoso galop, mientras
el capataz, presentndole una bota de vino, se empeaba en que probase
un trago, asegurando que el licor era exquisito, cosa que l saba 
ciencia cierta por haber trasegado  su estmago casi toda la sangre de
la bota.

As que pudo el marqus soltarse, refugise en su habitacin, con nimo
de desahogar su enojo refiriendo al capelln la osada de sus criados y
platicando acerca del premio gordo. Con gran sorpresa vi que el
capelln sala envuelto en su capote y calndose el sombrero.

-- dnde va Vd., don Calixto, hombre de Dios?--exclam el marqus
admirado.

--Pues, con su licencia, don Calixto iba  Sevilla,  ver  su familia,
 darle la alegre nueva,  cobrar en persona su parte de dcimo, un
confite de algunos miles de duros.

--Y me deja Vd. ahora? Y la misa? y...

En esto asom por la puerta su hocico agudo el ayuda de cmara. Si el
seor marqus le daba permiso, l tambin se marchara  recoger lo que
le tocaba. El marqus alz la voz, diciendo que era preciso tener el
diablo en el cuerpo para largarse  tales horas y con una cuarta de
nieve,  lo cual respondieron unnimes don Calixto y Jacinto que  las
doce pasaba el tren por la estacin prxima, que hasta ella llegaran 
pi  como pudiesen. Y ya abra el marqus la boca para pronunciar:
Jacinto se quedar, porque me hace falta  m, cuando  su vez se
encuadr en el marco de la puerta la rubicunda faz del cochero, que sin
pedir autorizacin y con insolente regocijo vena  despedirse de su
amo, porque l se largaba, ea!  coger esos monises.

--Y las mulas?--vocifer el amo.--Y el coche, quin lo guiar, vamos 
ver?

--Quien vuecencia disponga... Como yo no he de cochear
ms!...--respondi el auriga volviendo la espalda y dejando paso  doa
Rita, que entr no medrosa y pisando huevos como sola, sino toda
despeinada, alborotadica y risuea, agitando un grueso manojo de llaves,
que entreg al marqus advirtindole:

--Sepa vuecencia que sta es de la despensa... sta del ropero... sta
del...

--Del demonio que cargue con Vd. y con toda su casta, bruja del
infierno! Ahora quiere Vd. que yo saque el tocino y los garbanzos, eh?
Vyase Vd. al...

No oy doa Rita el final de la imprecacin, porque sali pitando, y
tras ella los dems interlocutores del marqus, y en pos de stos el
marqus mismo, que les sigui furioso al travs de las habitaciones y
estuvo  punto de alcanzarles en la cocina, sin que se atreviese 
seguirles al patio por no arrostrar la glacial temperatura.  la luz de
la luna que argentaba el piso nevado, el marqus les vi alejarse,
delante don Calixto, lugo Celedonio y doa Rita de bracero, y por
ltimo Jacinto muy cosido  una silueta femenina que reconoci ser Pepa
la cocinera... Pepilla tambin! Tendi el marqus la vista por la
cocina abandonada, y vi el fuego del hogar que iba apagndose, y oy
una especie de ronquido animal... Al pi de la chimenea, muy
esparrancado, el capataz dorma la mona.

 la maana siguiente, el pastor, que no quiso espantar la suerte,
hizo para el marqus de Torres-nobles de Fuencar unas migas y un ajo
molinero, y as pudo este noble seor comer caliente el primer da en
que se despert millonario.

       *       *       *       *       *

Me parece excusado describir la suntuosa instalacin del marqus en
Madrid; lo que s no debe omitirse es que tom un cocinero cuyos guisos
eran otros tantos poemas gastronmicos. Se cree que los primores de tan
excelso artista, saboreados con excesiva delectacin por el marqus, le
produjeron la enfermedad que le llev  la tumba. No obstante, yo creo
que el susto y cada que di cuando se desbocaron sus magnficos
caballos ingleses, fu la verdadera causa de su fallecimiento, ocurrido
 poco de habitar el palacio que amuebl en la calle de Alcal.

Abierto el testamento del marqus, se vi que dejaba por heredero al
pastor de Fuencar.

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UNA PASIN

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Siempre que nos reunamos en Madrid  en Galicia mi amigo Federico Bruck
y yo, echbamos un prrafo  varios prrafos sobre su ciencia
predilecta, la geologa; pues aunque Bruck es hombre de bastantes
conocimientos y en alto grado posee esto que hoy llaman _cultura
general_, inclnase  hablar de lo que mejor conoce y ms ama, por
instinto tan natural como el de las aguas al buscar su nivel.

De origen anglo-sajn, segn revela el apellido, soltero, independiente
y no pesndole los aos, Bruck se consagr en cuerpo y alma al culto de
la gran diosa Demeter, la Tierra madre. Esa ciencia erizada de
dificultades, inaccesible  los profanos, le cautiv, gracias al feliz y
sabio reparto que Dios hace de las aficiones y gustos, para que ningn
altar se quede sin devotos y ningn santo sin su velita de cera.--Yo
confieso ingenuamente el error en que ca. Al pronto, juzgando con
arreglo  mis sentimientos propios, pens que lo que interesaba  Bruck
eran los ejemplares de mineraloga, _los pedruscos bonitos_; pero v con
sorpresa que mi coleccin, distribuda en las primorosas casillas del
estante como joyas en sus estuches, no despertaba en l sino la
curiosidad que producira en cualquier aficionado  ciencias naturales,
mientras las piedras de construccin, el vulgarsimo granito esparcido
en la calle, fijaba sus miradas y le suma en reflexiones profundas.

Desde entonces tuvimos asunto para discutir. Con mi doble instinto de
mujer y de colorista, yo prefera, en el vasto reino mineral, los
productos mgicos que sirven al adorno,  la industria y al arte humano,
y describa con entusiasmo la eflorescencia rosa del cobalto, el intenso
anaranjado del oropimente, la misteriosa fluorescencia de los espatos,
que exhalan lucecicas como de Bengala, verdes y azules, los tornasolados
visos del _labradorito_, semejantes al reflejo metlico del cuello de
las palomas, la fina red de oro sobre fondo turqu del lpiz-lzuli, las
irisaciones sombras de la pirita marcial y de la marcasita; coloridos
nocturnos, vistos en mi imaginacin como al travs de la roja luz de una
gruta caldeada por las fraguas y hornos de Vulcano. Con la exigencia
refinada del gusto moderno, que se prenda de lo extico, ponderaba hasta
las ponzoosas descomposiciones del color, el moho verdoso del nquel,
el verde manzana de los arseniatos, los extraos cambiantes del cobre;
encareca despus el amarillo de miel del mbar, las gotas de leche
incrustadas en la roja faz del jaspe, la transparencia vaga y suave de
las calizas, que parecen nieve mineral. Yo arga, y para m era
argumento definitivo, que los colores ms vivos, ms brillantes, la
mayor cantidad de luz atesorada en un cuerpo, no se encontraba ni en el
cliz de la flor, ni en el ala de la mariposa, ni en la pluma del
pjaro, sino que era preciso buscarla all en las entraas del globo,
serpenteando por sus rocas, clavada en ellas, hasta que la inteligencia
humana la extraa tallando la piedra preciosa,  refinando el petrleo
para descubrir los matices esplndidos de la anilina.

Adems de estas hermosuras incomparables del color de los minerales, me
cautivaban y excitaban mi fantasa los peregrinos caprichos que en ellos
satisface la naturaleza; citaba la luz fosfrica del cuarzo cambiante 
_ojo de gato_, las arenillas doradas de la venturina, los curiosos
listones del nice y sardnice, las vetas y dibujos varios de la familia
de las calcedonias. Dnde hay cosa ms linda que el palo, con sus
diafanidades boreales, como el lago al amanecer; que el hidrfano, que
slo brilla y se irisa cuando le mojan, lo mismo que una mirada cariosa
refulge al humedecerla el llanto;  la lmpida hialita, tan parecida 
lgrimas congeladas? Pues no es digna de admiracin la singular
birefringencia del espato de Islandia, la figura de X que se encuentra
dentro de la macla  _chias-tolita_, los magnficos dodecaedros del
granate y las cruces prismticas de la _armotoma_? Filigranas de la
creacin, caladas y alicatadas por el buril de los gnomos  geniecillos
de las cavernas subterrneas se me figuraban todos estos minerales, y
as los alababa con sumo calor, haciendo sonreirse  Federico Bruck.
Pero donde empezaban mis herejas anti-cientficas era al declarar que
tamaos portentos me parecan mucho ms asombrosos despus de que la
mano del hombre completaba en ellos, con la forma artstica, el trabajo
oculto y paciente de las fuerzas creadoras.

Para m, por ejemplo, el mrmol de Paros no adquira pureza y excelsitud
hasta considerarlo labrado por Fidias; el _kaolin_ era barro grosero, y
slo me enamoraba convertido en porcelana sajona; el zafiro haba nacido
para rodearse de brillantes y adornar un menudo dedo; el brillante para
temblar en un pelo negro; el basalto rosa para que en l esculpiesen los
egipcios el coloso de Ramss; el gata, para que Cellini excavase
aquellas copas encantadoras en torno de las cuales retuerce su escamoso
cuerpo una sirena de plata. El arte, seor de la naturaleza, tal fu mi
divisa.

Bruck afirmaba que estos gustos mos tenan cierta afinidad con los del
salvaje que se prenda de unas cuentas de vidrio ms que del oro nativo
recogido en sus remotas cordilleras; y que lo verdaderamente grandioso y
bello, con severa belleza clsica, en la tierra, no son esos caprichos
del color ni esos jugueteos de la lnea, sino las formas internas de las
rocas, el plano arquitectnico, regular y majestuoso, de tan vasto
edificio. Encareca la magnitud de las anchas estratificaciones, que se
extienden como ondas petrificadas del ocano de la materia; los macizos
y valientes pilares granticos, fundamentos del globo, colocados con
simetra solemne; las columnatas de prfido y basalto, ms elegantes que
las de ninguna catedral de la Edad media. Sobre todo y aparte del
especial deleite esttico que encontraba en esa disposicin sorprendente
de las rocas, deca Bruck que le enamoraba ver escrita en ellas la
historia del globo, de su formacin, del desarrollo de sus montaas y
hundimiento de sus valles.

 simple vista, con una ojeada rpida, discerna la estructura de un
terreno cualquiera, su yacimiento y su origen. Distingua al punto las
rocas eruptivas,--que parecen conservar en sus formas coaguladas
indicios del misterioso hervor que las arranc de los abismos del globo
y las hizo rasgar su superficie,  manera de colmillos enormes,--de los
terrenos de sedimento, cubiertos de capas y ms capas lo mismo que de
fajas la momia. Saba por cul secreta ley las rocas alpestres se
levantan y parten en agujas tan atrevidas, puntiagudas y escuetas,
mientras las sierras del medioda de Espaa se aplanan en chatos
mamelones, figurando que una mano fuerte les impidi ascender y las
redonde con las redondeces de un seno turgente, henchido de licor
vital.

Y cuando pudiese engaarse la vista, tena Bruck para conocer, sin
metfora, el terreno que pisaba, una seal infalible, la presencia 
ausencia, en la roca, de ciertos restos fsiles, valvas menudas de
moluscos, el carbonizado tronco de un planta, la huella de un helecho 
de un licopodio. De estos restos se encontraban muchos en los terrenos
de sedimento, que son  manera de museo donde puede estudiarse la flora
y fauna del tiempo--digmoslo as--del rey que rabi, mientras las rocas
eruptivas se hallan vacas, agenas  toda vida, sin rasgos de organismos
en sus mudas profundidades. Y aqu Bruck y yo volvamos  disputar;
porque mientras  m me pareca digno de superior atencin el terreno
donde se tropiezan fsiles, l hablaba con el mayor respeto de esas
rocas muertas, las primeras y ms antiguas, verdaderos cimientos del
planeta. Las otras eran unas rocas de ayer ac, que contaran,  lo
sumo, algunos cientos de miles de aos.

Yo no comprenda la preferencia de Bruck, porque siempre me agrada
encontrar vida  indicios de ella. Los fsiles me hacan soar con
paisajes antediluvianos, con animalazos gigantescos, medio lagartos y
medio peces. Bruck, al contrario, se remontaba  los tiempos en que el
mundo, dejando de ser una bola de gas incandescente, comenzaba 
enfriarse, y sus queridas rocas emergan, rompiendo la pelcula delgada,
la corteza del gran esferide. En resumen,  Bruck le importaban poco
las plantas, que son vestidura de la tierra; los minerales preciosos,
que son sus joyas, y los fsiles, que son sus archivos y relicarios;
slo se senta atrado por la anatoma de su monstruoso esqueleto.

Vala la pena de oirle defender esta aficin. Extasibase hablando de la
unidad que preside  las formaciones de las rocas, y del poderoso y
visible imperio que ejerce la ley en los dominios de la verdadera
geologa  _geognosia_. Ah es nada eso de que la corteza terrestre sea
igual en el Polo que en la zona trrida, y que mientras los infelices
naturalistas y botnicos se encuentran, en cada clima, con especies
diferentes, el martillo del gelogo en todas partes rompa la propia
piedra! La piedra inmvil, grave, uniforme, idntica  s misma,
figurbasele  Bruck majestuosa.  m me daba fro, y... as como sueo.
Pero que no lo sepa ningn gelogo, por todos los santos de la corte
celestial.

Bruck no era un sabio de gabinete, ni se conformaba con ver los
fragmentos y lminas de roca en las agenas colecciones  en los museos,
con su etiqueta pegada. Por valles, montaas y cerros, all donde
trazaban un camino, perforaban un tnel  excavaban una mina, andaba
Bruck con su caja de instrumentos, inclinndose vidamente para ver, al
travs de la rota epidermis y de la morena carne de la gran Diosa, su
osamenta formidable. Quera crear la geologa ibrica, estudiar el
terreno espaol tan  fondo como lo ha sido ya el francs, ingls y
americano. As es que cuando delante de Bruck nombraban alguna regin de
nuestra patria, Asturias, Galicia, Mlaga, Sevilla, no se le ocurra
nunca exclamar--hermoso pas!--costa pintoresca!--cielo azul!--qu
poticas son las Delicias!  qu bonito el Alczar!--como nos sucede 
cada hijo de vecino; sino que las ideas que acudan  su mente y
brotaran de sus labios si Bruck fuese locuaz, eran sobre poco ms 
menos del tenor siguiente:--terreno hullero--buen yacimiento de
gneiss--terreno trisico--formacin cuaternaria!

He dicho que Bruck no pecaba de locuaz; pero, fiel  su oriundez
anglo-sajona, era tenacsimo. Jams se cansaba, ni se desalentaba, ni
variaba de rumbo. Todos amamos nuestras aficiones, y, sin embargo,
cometemos infidelidades; tenemos nuestras horas de inconstancia, y
volvemos lugo  abrazarlas con mayor cario. Hay das contados en que
yo no quiero que me nombren un libro, en que lo negro sobre lo blanco me
aburre, y en que diera todo el papel impreso y manuscrito por un rayo de
sol, un momento de alegra, la sombra de un rbol, la luz de la luna y
el olor de las madreselvas. Bruck no conoca semejantes alternativas; su
amor por las rocas era, como ellas, firme, perenne, invariable.

Dos  tres aos haca que no aportaba Bruck por mi pas, y yo le supona
entregado  trascendentales investigaciones all por las cuencas mineras
de Extremadura  por las alturas imponentes de los Pirineos, cuando una
tarde se me present de la manera ms impensada, enfundado en su traje
habitual de _hacer geologa_. El pao de su _chaquet_ caa flojo y
desmaado sobre su vasto cuerpo; una camiseta de color le ahorraba la
molestia de ocupar el bal con camisas planchadas; su sombrero,
abollado, luca una capa de polvo  medio estratificar; y como le v que
traa calzados los guantes, comprend al punto que estaba de excursin,
pues Bruck no usa guantes sino para el monte, dado que en la ciudad no
hay peligro de estropearse las manos.

Preguntle el motivo de su viaje. La vez anterior vino  examinar, en
persona, la direccin de los estratos del gneiss en esta parte de la
costa cantbrica; y ahora, con voz reposada, me dijo que el objeto de su
expedicin era verle el pi... _honni soit qui mal y pense_!  la sierra
de los Castros.

--Pero cuidado que slo  V. se le ocurre!... Estamos en Diciembre, se
chupa uno los dedos de fro, y lugo el viaje en diligencia es
entretenido de verdad! Cmo no aguard V.  la inauguracin del
ferrocarril, al verano, etc., etc.?

Explic que no poda ser de otro modo, porque ya haba llegado  un
punto tal, que sin ver la base de la sierra, inmediatamente, no hara
cosa de provecho. Bruck apuntaba metdicamente en cuadernos los
resultados de sus observaciones, y lugo los daba al pblico, no en una
obra extensa y monumental, sino de modo ms conforme al espritu
analtico y positivo de la ciencia moderna, en breves monografas de
esas que por Inglaterra y los Estados Unidos se llaman contribuciones
al estudio de tal  cual materia, folletitos concretos, atestados de
hechos y labrados y cortados con precisin matemtica, como sillares
dispuestos ya para un edificio futuro. Cuando en mitad de uno de sus
trabajos le ocurra  Bruck la ms leve duda, la necesidad de exactitud
rigurosa y veracidad extricta en sus asertos no le dejaba pasar ms
adelante; y no cocindosele, como suele decirse, el pan en el cuerpo,
tomaba el tren, la diligencia, lo que hubiese, y se iba  comprobar
sobre el terreno sus datos. No se cuidaba de si las circunstancias eran
favorables; lo mismo haca rumbo  Extremadura durante la cancula, que
 Burgos en el corazn del invierno.

Aunque Galicia no es tan fra como Burgos, ni muchsimo menos, el plan
de verle el pi  la sierra de los Castros en Diciembre, no dej de
parecerme descabellado. La lluvia, incesante en tal poca, la nieve, la
escasez de recursos, la falta de esos hoteles diseminados por las
cordilleras de otros pases, donde el viajero se restaura, y mil y mil
inconvenientes, se me ofrecieron al punto y los comuniqu  Bruck. Sin
haber llegado nunca  sentarme en las faldas de la abrupta sierra,
conoca mucho de odas el pas, y saba que  veces, en tres  cuatro
leguas de circuito, no se encontraba unto para condimentar el caldo de
pote, ni una arena de sal para sazonarlo. Mas v al gelogo tan firme en
su propsito, que lo nico que pude hacer en beneficio suyo, fu darle
una carta de recomendacin para el cura de los Castros. Justamente este
buen seor haba sido algunos meses capelln de nuestra casa.

Dos epstolas recibidas algn tiempo despus, completarn la historia
del episodio que refiero. La primera de Bruck, del cura la segunda. Aqu
las copio, para conocimiento y solaz del que leyere.

Las Engrovas, 1. de Enero.

Mi distinguida amiga: no pens empezar el ao escribiendo  V.
     desde estas montaas; pero el hombre propone, y las
     circunstancias--ya sabe V. que soy algo determinista--disponen.
     Heme aqu en las Engrovas: ha estado V. por ac alguna vez? Parece
     mentira, cuando uno se acuerda de esas Marias tan risueas, tan
     alegres hasta en la peor estacin del ao, que Galicia encierre
     sitios tan agrestes y salvajes.

Por supuesto que para m son los mejores. Esa parte donde V. vive,
     es una tierra blanda, deshuesada, sin consistencia. Aqu encuentro
     magnficas rocas metamrficas, terrenos de transicin, con todas
     sus curiosas variedades. Slo me estorba mucho la vegetacin feraz
     y compacta, que me impide reconocer bien el terreno. Espero que en
     el corazn de la sierra, las rocas se me presentarn en su noble y
     augusta desnudez.

Me han asegurado que si me meto ms en la montaa, me expongo 
     tropezar con manadas de lobos,  no encontrar dnde dormir. No me
     importara si no estuviese calado; pero es tanta la lluvia que ha
     cado por m, que el traje se me pudre encima. Dir V. y el
     impermeable? El impermeable! Hecho girones, seora: los escajos,
     los espinos, las zarzas han puesto fin  su vida. Cuando llegue 
     la hospitalaria mansin del cura de los Castros, voy  pedirle que
     me ceda un balandrn  cosa por el estilo, porque andar desnudo en
     Diciembre no es agradable.

De la comida poco puedo decir  V.; yo suelo pasarme diez  doce
     horas sin recordar que es preciso dar pasto al estmago; y cuando
     se lo doy, al cuarto de hora ya no s lo que he mascado. No
     obstante, aqu noto que me falta lastre. Creo que hay das en que
     me alimento con un plato de puches de harina de maz. Gracias si
     puedo regarlos con leche de vaca.

En resumen, hambre, fro, sed de vino y caf (de agua no es
     posible, pues el cielo la vierte  jarras); pero yo contentsimo,
     porque estas rocas valen un Per, y su estudio arroja clarsima luz
     sobre diversos problemas que me preocupaban.

Maana me internar en lo ms despoblado y agrio de la regin.
     Aprovecho la coyuntura de enviar al Ferrol esta carta, para que la
     echen al correo. Siempre  sus rdenes su amigo afectsimo

_Federico Bruck_.



         Parroquia de S. Remigio de los Castros, 27 Febrero.

Estimada seorita: le escribo para darle razn del seor forastero
     que V. se sirvi recomendarme en el mes de Diciembre del pasado
     ao. Ese seor sali de las Engrovas el 2 de Enero, muy tempranito,
      caballo, pensando llegar  los Castros  _la medioda_. Yo nunca
     v tanto fro, que mismo cortaba; hasta al consagrar parece que se
     me caa la partcula de los dedos; la noche antes hel mucho, y los
     caminos resbalaban como si estuviesen untados con sebo. Ese seor
     traa un chiquillo para tenerle cuenta de la caballera y llevarle
     una caja y no s qu ms lotes; y el chiquillo, que es hijo de mi
     compadre Antn de Reigal, me ha contado cmo pas el lance. El
     seor se baj del caballo  medio camino, en el sitio que llaman
     _Codo-torto_, y sacando un martillo comenz  arrancar pedacitos
     de piedras, que se conoce que los ingleses, sabiendo que aqu hay
     oro, quieren buscarlo y acaso hacer minas. Piedras fueron, que se
     pas as toda la maana, hasta que el chiquillo, cansado de esperar
     y no vindolo por ninguna parte, y murindose de ganas de comer,
     tuvo la debilidad de venirse  los Castros solo, y el caballo
     detrs, muy pacfico. Lugo, cuando el rapaz vi que se haca de
     noche, y que no pareca su amo, vino llorando  contarme el lance.

Como, segn el chiquillo, ese seor se encaminaba  mi casa, en
     seguida me di la espina de que sera algn amigo  pariente de V.;
     llam  tres feligreses, les hice encender _fachucos_ de paja bien
     retorcidos para que durasen, y nos metimos por la sierra, busca que
     te buscars al viajero. Dnde le fumos  encontrar? En el
     despeadero de Codo-torto, que lo rod de una vez, seorita, y
     psmese, no se mat, slo se rompi una pierna. Le trajimos en
     brazos como se pudo, y gracias al _algebrista_ de Gonds, no sabe
     V.? aquel hombre que cura toda rotura y dislocacin sin reglas ni
     sabidura, con unas tablillas, unos cordeles y siete _Ave Maras_
     con sus _Gloria Patris_, no tendr que gastar muleta el seor de
     _Brs_  como se llame, aunque siempre al andar se le conocer un
     poquito.

Yo y mi hermana la viuda, lo cuidamos lo mejorcito que supimos,
     que nos di mucha lstima; es un seor llano y parece un infeliz.
     Lo peor de las horas que pas solito, dice l que fueron unos lobos
     que le salieron y que los espant encendiendo fsforos.  pesar de
     la desgracia, asegura que no le pes venir  la sierra. Se conoce
     que la mina de oro promete. Tendr la bondad de dar un besito  los
     nios, y de saludar con la ms fina atencin  los seores y mandar
      este su reconocido servidor y capelln

q. s. m. b.

_Jos Taboada Rey_.



_Moraleja._--De cmo por verle los huesos  la tierra, rompi Bruck sus
huesos propios.




EL PRNCIPE AMADO

[Imagen: CUENTO[1]]


I

El rey Bonoso y la reina Serafina gobernaban pacficamente, haca veinte
aos largos de talle, uno de los reinos ms frtiles y ricos del
continente Ocenido, que se llamaba el reino de Colmania. No aconsejo 
los lectores, si estudian Geografa, que se molesten en buscar en mapa
ni en atlas alguno este reino y este continente, porque hace tantos
siglos que ocurri lo que voy contando que,  mudaran de nombre
aquellas regiones,  se las tragara el mar, como aseguran que sucedi
con otra muy grande que nombran Atlntida.

Pues, como digo, los vasallos del rey Bonoso eran muchos y vivan
felices, porque el rey y la reina tenan el genio ms dulce y la pasta
mejor del mundo, y ni los agobiaban  contribuciones, ni perdonaban
medio de prodigarles beneficios. Colmania gozaba de un clima igual y
templado, y era abundante en trigo, en vino, en toda clase de productos
agrcolas, con lo cual los colmanienses no tenan que temer la miseria,
y andaban alegres como unas Pascuas por aquellas ciudades y aquellos
campos, cantando cada villancico y cada seguidilla que daba gusto.

Pero como no hay felicidad perfecta en este pcaro mundo, el rey Bonoso
y la reina Serafina estaban de cuando en cuando tristes y de mal humor,
y entonces el reino se pona tambin compungido para acompaar en sus
pesares  los buenos reyes. El motivo de la pena de stos era que no les
haba concedido Dios hijo alguno, y cada vez que la reina Serafina
pasaba por delante de una cabaa y vea  la puerta jugar muchos nios
descalzos, risueos y frescos, se le soltaban de envidia unos lagrimones
como puos. No es posible contar las ofertas y rogativas que hizo la
pobre reina para que el cielo le enviase una criatura que alegrase el
palacio y fuese heredero del trono de Colmania; pero ya haca veinte
aos que la reina peda y la criatura no acababa de llegar. Los sbditos
tambin deseaban mucho que viniese el heredero, porque teman que, si
los reyes Bonoso y Serafina moran sin tener hijos, el rey de un pas
vecino, que se llamaba el pas de Malaterra, se empease en conquistar 
Colmania, lo que hara sin duda alguna, porque era un rey muy
emprendedor y ambicioso, y muy aficionado  dar batallas. As es que los
habitantes de Colmania se moran porque  la reina Serafina le naciese
un prncipe; y como  este prncipe le queran tanto aun antes de que
existiese, hablaban de l cual de una persona real y efectiva, y le
pusieron el nombre de _Prncipe Amado_.

Un da, estando la reina Serafina solazndose en sus jardines y echando
pan  los pececillos colorados que nadaban en el tazn de mrmol de una
fuente, sinti mucho sueo y pesadez en los prpados, y sin poder
resistir al deseo de descabezar la siesta se reclin en un banco de
csped cubierto con un toldo de jazmines, y se qued dormida en un abrir
y cerrar de ojos. Cuando estaba en lo mejor del sueo sinti que la
tocaban en un hombro, alz la vista y vi ante s una dama muy linda,
vestida con un traje de color extrao, que no era blanco ni azul, sino
una mezcla de las dos cosas, algo parecida al matiz especial que tiene
la luz de la luna. En la mano derecha llevaba una varita de plata, y la
reina, que no era lerda, conoci por la varita que era un hada  maga
benfica aquella seora. La cual, con una vocecita de miel, dijo
inmediatamente:

--Yo soy el hada del Deseo cumplido, y vengo  causarte gran alegra. Yo
bajo rara vez de las cimas de mis hermosas montaas para visitar  los
mortales; pero cuando stos me envan all tantos y tantos deseos
juntos, no puedo resistir y los cumplo casi siempre. Los deseos de tus
vasallos, de tu esposo y tuyos me estn molestando continuamente: voy 
ver si, cumplindolos, me dejis en paz.

Y como la reina escuchase con la boca abierta, el hada extendi la
varita y aadi:

--Tendrs un hijo.

Y se fu tan ligera, que la reina no pudo comprender por dnde. Excusado
es decir lo contenta que qued la reina Serafina con la promesa del
hada, y mucho ms cuando vi que sala cierta, y que le naca un hijo
varn, robusto como un pino y hermoso como el sol mismo. Las fiestas y
regocijos que por tal acontecimiento celebr el reino de Colmania no
pueden escribirse en veinte volmenes. Baste decir que en las plazas
pblicas de las ciudades se pusieron unas fuentes de cinco caos de oro
pursimo, y por un cao manaba vino generoso, por otro leche azucarada,
por otro rubia miel, por los dos restantes agua de olor y licor de
guindas. De estas fuentes poda beber todo el mundo, y llenar jarros y
barriles para llevrselos  su casa. Pero la diversin que ms gust 
los colmanienses fueron unas luminarias monstruosas que se colocaron con
gran dispendio en la cumbre de los altos montes, y que trazaban en
letras de fuego los nombres de Bonoso y Serafina. Hasta en la superficie
del mar se pusieron tales luminarias, valindose para ello de muchos
barcos, que cada uno iba envuelto en un globo de luz de distinto color,
y que se situaron de manera que dibujasen sobre las aguas tranquilas una
gigantesca B y una S enorme. Pero quin me mete  m en narrar tales
fiestas? No acabara el ao que viene. Dejmoslas, y vamos  la alcoba
de la reina Serafina, en donde se halla la cuna de marfil, incrustada en
esmeraldas, del pequeo Amado (porque por unanimidad se di al recin
nacido este nombre). En aquel instante acababan de salir de la alcoba
todos los ministros, ttulos, generales, altos funcionarios y
notabilidades de Colmania, que haban venido  cumplir la etiqueta
besando respetuosamente la manecita que Amado, dormido como un santo,
dejaba asomar por entre los ricos encajes de la sbana. Cuando
desapareci en el umbral de la puerta el ltimo faldn de frac bordado y
el ltimo uniforme, el rey Bonoso y la reina Serafina se dieron un
abrazo para desahogar el jbilo, que no les caba en el pellejo. Estaban
as abrazados y llorando como unos bobos, cuando he aqu que de pronto
se les presenta el hada del Deseo cumplido. Vena ms guapa que nunca:
su traje brillaba como la luna misma, y el pelo suelto y negrsimo
flotaba por sus hombros y caa hasta sus pis; en la cabeza luca una
corona de estrellitas que no se estaban quietas, sino que temblaban,
temblaban como tiemblan de noche las estrellas en el cielo. El rey
Bonoso iba  hincarse de rodillas ante el hada, pues no ignoraba que le
deba su dicha; pero el hada, extendiendo la varita sobre la cuna, le
dijo:

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--Rey de Colmania, por aumento de bienes voy  dar  tu hijo hermosura,
inteligencia y buen carcter; ahora  ti te toca educarle de manera que
sea feliz.

Y el hada, bajndose, bes tres veces suavemente al prncipe en los
ojos, en la frente y en el corazn. No se despert el nio, y el hada
desapareci otra vez de la vista del rey y de la reina.

Quedronse los reyes medio atortolados, gozosos con los dones que el
hada otorgara al nio, pero cavilando en aquello de educarle de manera
que fuese feliz. El hada lo haba dicho con un tono solemne que daba en
qu pensar, y los reyes, que un momento antes no se acordaban sino de
mirar  Amadito, y comrsele  besos, ahora se quebraban la cabeza
discurriendo mtodos de educacin.

El rey Bonoso, que no tena la vanidad de creerse ms ilustrado que todo
el reino junto, abri inmediatamente un concurso ofreciendo premios 
los autores que ms  fondo tratasen y mejor resolviesen la cuestin de
cmo se debe educar  un nio para que sea feliz. Emborronronse con tal
motivo ms de 8,000 resmas de papel, y se imprimieron arriba de 24,800
Memorias, llenas de preceptos higinicos y de sistemas muy eruditos, muy
elegantes, pero que no sacaron de dudas al rey. Este convoc entonces 
todos los sabios de Colmania y los reuni en su palacio  fin de que
discutiesen y ventilasen el punto, prometindose atenerse  las
decisiones de tan docta Asamblea. All se juntaron sabios de todos
colores y clases: unos sucios, vestidos de andrajos y con luengas
barbas; otros afeitados, peinaditos y con quevedos de oro; unos viejos,
amarillos, sin dientes, que todo lo hallaban difcil y malo; otros
jvenes, petulantes, que para todo encontraban salida y respuesta.
Abierto el debate sobre la educacin del prncipe Amado, se emitieron
los pareceres ms diferentes: unos opinaban que, para hacerle feliz,
convena ensear al prncipe  mandar desde la niez, con lo cual no le
pesara ms tarde la corona en las sienes; otros, que era preciso
adiestrarle en las armas para que adquiriese renombre de invencible; y
hasta hubo un sabio que propuso que, para la dicha del prncipe, lo
mejor era estrellarle la cabeza contra un muro, pues, no teniendo
pecados, se ira de patitas  la gloria; por cuyo dictamen la reina
Serafina mand que sus criados arrojasen al sabio por las escaleras 
empellones. En suma, el rey no sacaba ms en limpio del Congreso de
sabios que de las Memorias del concurso, y entonces resolvi tentar el
extremo opuesto, es decir, llamar  una porcin de mujeres sencillas del
pueblo y consultarlas acerca del caso. Esta vez no hubo discordia; todas
las mujeres opinaron que la felicidad consista en poseer cuanto se
deseaba, sin restriccin de ninguna especie, y que, por consiguiente, el
modo de hacer dichoso al principito era cumplirle todos, todos los
gustos, y bailarle el agua delante. El consejo satisfizo por completo al
rey Bonoso, que estaba muerto por mimar  su hijo;  la reina, que ya lo
mimaba desde que naci;  las damas, pajes y servicio de Palacio, que
andaban bobos con las gracias del chiquitn, y  todos los colmanienses,
que idolatraban en su prncipe Amado. Arreglada as la cosa, nadie
volvi  acordarse de la advertencia del hada, y todo el mundo se
entreg al placer de adivinarle los antojos al recin nacido, que pocos
tena an.


II

Creci Amado en medio del cario universal, y sus juegos y sus
ocurrencias traan embelesado el reino entero. Por supuesto que,
consecuentes con el programa de educacin que adoptaron, sus padres
prevenan los ms mnimos caprichos del heredero; y si en la poca de la
lactancia no le dieron dos amas en vez de una, fu porque los mdicos de
Palacio declararon que tal exceso podra comprometer su salud. No bien
el prncipe comenz  interesarse por los objetos exteriores, le
pusieron entre las manos cunto sealaba con su dedito; y como llega una
edad en que los nios quieren tocar  todo, no hay que decir las
preciosidades que hizo aicos, sin saberlo, el prncipe. En slo una
maana destroz la coleccin ms rica de porcelanas y esmaltes que
posea Colmania, y que se guardaba en el Museo de los reyes como tesoro
artstico inestimable. Tambin tuvo el placer de reducir  fragmentos
unos abanicos delicadsimos de ncar y marfil, regalo de boda que
estimaba mucho la reina Serafina, y unas sabonetas muy curiosas que el
rey Bonoso se entretena en arreglar y poner en hora diariamente; sin
hablar de las flores exticas que arranc en el invernadero, ni de los
libros raros y nicos que rasg en la biblioteca. Al empezar la poca de
los juguetes, ya se comprender lo pronto que Amado se aburri de
trompos, pelotas, cuerdas, soldados de plomo, tambores y otras baratijas
comunes; todos los das peda juguetes nuevos y distintos, y he aqu que
Colmania se puso en conmocin para idear novedades que distrajesen al
prncipe. Llamados de real orden, acudieron  Palacio los mecnicos ms
hbiles, y se dieron  discurrir creando muecas que hablaban, cantaban
y bailaban; bueyes que pacan, borricos que rebuznaban y multitud de
artificios semejantes; pero sucedi que Amado haca ya muecas de desdn
 cada invencin; y, por ltimo, una noche, habiendo visto la luna, que
apacible y majestuosa se reflejaba en un estanque, se empestill en
pedir aquel juguete, que le gustaba ms que todos. Al verle patear y
llorar, el rey Bonoso se puso casi de rodillas ante el mejor mecnico,
rogndole que, por Dios, hiciese una luna falsa para aplacar  Amado con
ella. El mecnico labr un lindo disco de plata muy reluciente, y
haciendo como que se inclinaba al estanque para recogerlo, lo entreg al
prncipe. Pero ste, que, segn la promesa del hada, no tena pelo de
tonto, sigui gimiendo y asegurando que aquella luna era de
mentirijillas y que no alumbraba como la otra. En semejante ocasin es
fama que el mecnico, anticipndose mucho  los adelantos de la ciencia
moderna, descubri una aplicacin de la luz elctrica por medio de la
cual logr que el disco esparciese una claridad suave como la de la
luna, y content  Amado, hacindole creer que posea realmente el
astro nocturno.

Pisando as sobre rosas, y viendo prevenidos sus deseos ms leves, fu
el prncipe hacindose de prvulo nio, y de nio mancebo, y cumpliendo
los diez y ocho aos sin haber aprendido cosa de provecho; porque, es
claro, como su primer movimiento fu negarse  trabajar y  estudiar,
nadie so en insistir ni en molestarle. Por otra parte, su buena
memoria y su natural despejo suplan un tanto  la instruccin que le
faltaba; y como era, adems de listo, muy guapo, rubio como unas
candelas, con unos ojazos azules que daban gloria, toda Colmania
consideraba  Amado el ms perfecto de los prncipes.

Notbase, eso s, que Amado tenia el rostro algo descolorido, y los
bellos ojos algo apagados y tristes; que no mostraba inters por cosa
alguna de este mundo, y que despus de una temporada en que tuvo gran
aficin  perros, y despus  loros y pjaros, y por ltimo  la caza de
cetrera, que se hace con unas aves amaestradas que llaman halcones, el
prncipe haba cado en absoluta indiferencia, y su hermoso semblante
revelaba un aburrimiento invencible. Temise que su salud se hubiese
alterado, y el reino hizo pblicas plegarias por su restablecimiento,
con tanto ms motivo cuanto que, hallndose el rey Bonoso muy cascadito
y viejo, y la reina Serafina hecha una pasa, nadie dudaba de que presto
pondran ambos el cetro en manos de Amado, retirndose ellos del
gobierno y del trono. Y es de advertir que los colmanienses deseaban
muchsimo que as sucediese, porque desde haca algunos aos el reino
andaba muy mal regido y los vasallos descontentos. El rey y la reina,
buenos como siempre, pero embobados con su hijo, descuidaron los asuntos
pblicos, y un ministro orgulloso y audaz, el conde del Buitre, se hizo
dueo del poder cargando al pueblo de tributos, persiguiendo aqu,
encarcelando acull, y dndose tal maa en derrochar los fondos del
Erario, que, si en Colmania hubiese papel de tres, de fijo estara casi
tan por los suelos como el de Espaa. Bonoso y Serafina se quejaban,
pero no tenan resolucin para coger al ministro y castigarle
debidamente; y, entre tanto, en Colmania haba muchas provincias cuyos
habitantes perecan de hambre  se alimentaban con las yerbas y races
del monte, no queriendo cultivar sus heredades porque no les producan
lo necesario para satisfacer las contribuciones inmensas que exiga el
conde del Buitre. De manera que el pueblo, irritado y furioso, maldeca
al ministro, y hablaba de sublevarse y de arrojarlo por fuerza del
poder.

El rey y la reina, aunque no dejaban de afligirse por lo que saban del
mal estado del pas, por ms que el conde del Buitre se lo ocultaba todo
lo posible, pintndoles, al contrario, una situacin muy halagea,
pensaban principalmente en Amado, cuya apacible melancola empezaba 
inquietarles. Si bien no imaginaban haber omitido nada para hacer  su
hijo feliz, tenan barruntos de que no lo era vindole plido y abatido.
Consultaron al mdico de cmara, el cual recet una temporada de campo.
Los reyes entonces se fueron

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con el prncipe  un magnifico sitio de recreo que se llamaba
Lagoumbroso, y que estaba casi en las fronteras del reino, tocando con
el pas de Malaterra. Este lugar, que pocas veces visitaban los reyes,
era amensimo y de aspecto singular. Grandes bosques de rboles
centenarios, cubiertos de musgo y liquen, rodeaban por todas partes un
lago difano y sereno, en una de cuyas orillas, y sobre imponentes
peascos, se elevaba el castillo, residencia real; el castillo era ya
muy antiguo y de arquitectura grandiosa; sus torres, cercadas de
balconcillos calados de granito, se reflejaban en el lago; y la yedra,
trepando por los muros, daba graciossimo aspecto  la azotea, en cuyo
borde unas estatuas de mrmol, amarillosas ya con la intemperie, se
inclinaban para mirarse en el lago tambin. Era tal la frondosidad de
aquel parque, que pareca que jams el pi humano pisara sus sendas. 
Amado le gust mucho el sitio, y mostr animarse paseando por l y
recorrindolo en todas direcciones, por ms que  los pocos das
volviese  mostrarse taciturno y alicado como antes. Una tarde el rey y
la reina salieron con Amado, dirigindose  un punto muy fragoso del
bosque que no conocan an. El rey Bonoso, aunque sus aos y sus
achaques no le hacan muy  propsito para sostn de nadie, daba el
brazo  Amado porque ste no se fatigara, y detrs iban dos pajes
dispuestos  reemplazar al rey y  servir de apoyo al prncipe. Ms
atrs vena un palafrenero llevando del diestro el caballo favorito de
Amado, por si  ste se le ocurra montar, y despus seguan lacayos con
una silla de manos, otros con blandos cojines, otros cargados de
refrescos y dulces, todo por si el prncipe experimentaba en la selva
ganas de sentarse,  de comer,  de beber. Amado fu despacio y por su
pi hasta el sitio marcado, que era un valle en que un torrente;
saltando entre dos negras rocas, caa al borde de un prado de fresca y
menuda hierba, baando las races de lamos gigantescos que sombreaban
la pradera. sta convidaba al descanso, y ola  manzanilla,  menta,
recreando la vista con las mil flores silvestres y acuticas que al lado
del torrente abran sus corolas. Amado se quiso tender sobre el tapiz de
helechos y ranunclos; pero, por listo que anduvo, ya sus pajes le
colocaron en el suelo dos  tres almohadones de terciopelo y seda, en
los cuales qued sentado. Estuvo as un rato sin hablar palabra, hasta
que un espectculo nuevo atrajo su atencin. Al otro extremo de la
pradera vi  un hombre que con un hacha estaba partiendo las ramas
secas que alfombraban el piso, y juntndolas para reunir un haz de lea.
Manejaba el hacha con tanto garbo, que Amado no apartaba la vista del
leador.

Amado se levant y, escurrindose entre los rboles, logr acercarse sin
que el trabajador lo sintiese, y observarle. Era un mancebo de unos
veinte aos, pero robusto y vigoroso, con msculos de acero, que se
sealaban en su cuello y brazos  cada golpe del hacha. Su estatura era
alta, y su rostro noble y distinguido; y lo ms extrao para Amado fu
ver que el pobre leador llevaba bajo un traje tosco una fina camisa de
batista, y que los largos rizos de su cabello castao oscuro relucan y
eran suaves como si estuviesen ungidos de balsmico aceite. Amado sali
de la espesura, y, llegndose al leador, empez  hacerle mil
preguntas,  que ste contest con respeto, pero sin turbarse. Dijo que
se llamaba Ignoto; y como Amado se empease en que le haba de mostrar
su cabaa, el leador le condujo  una prxima y muy pobre, en que slo
haba un cntaro con agua, un banco de madera y tres  cuatro pucheros y
escudillas de barro. Amado, que simpatizaba cada vez ms con Ignoto, no
par hasta que le hizo comer de los exquisitos manjares y catar los
vinos y helados que sus pajes traan,  lo cual se prest el leador con
muy buen apetito, asegurando que pocas veces gustara tan delicadas
golosinas. El rey y la reina se maravillaban de lo divertido que Amado
pareca hallarse con el leador, y propusieron  ste que entrase al
servicio del prncipe; pero Ignoto, con gravedad que hizo reir  toda la
comitiva, contest que su clase no le permita servir  nadie, ni aun al
heredero de una corona. Con esto se despidieron, y Amado prometi volver
al otro da para pasar un rato con el leador.

Pero aquella noche ocurri una cosa muy terrible en Colmania. Y fu que
el traidor conde del Buitre, sabiendo que el pueblo estaba decidido 
aprovechar la ausencia de los reyes para vengarse de l, y conociendo
que no poda resistir  la sublevacin, porque hasta su misma guardia le
quera mal, escribi una carta al rey de Malaterra ofrecindose 
entregarle el reino de Colmania si prometa hacerle  l primer
ministro de ambos reinos juntos. El rey de Malaterra, que, como
sabemos, era ambicioso y se mora por poseer  Colmania, acept en
seguida, y  favor de la noche invadi el reino, sorprendiendo  las
tropas descuidadas y penetrando en los cuarteles por medio de las llaves
que el conde del Buitre posea. Colmania se rindi por sorpresa, y un
destacamento, mandado por el mismo rey de Malaterra, se dirigi al
castillo de Lagoumbroso  prender  los reyes. Sin dificultad lo
consiguieron; pero Amado,  quien despert el tumulto, pudo ocultarse
dentro de un jarro enorme que contena flores artificiales, con tal
primor imitadas, que parecan verdaderas. All, cubierto de dalias y
rosas de trapo, oy el prncipe pasar  los que le buscaban, y les
escuch decir que, si  los reyes viejos se contentaran con llevarlos 
Malaterra cautivos,  l era preciso matarle, porque as no haba que
temer que hoy  maana reclamase su trono. Cuando los perseguidores se
alejaron despus de registrar mucho, sali Amado de su escondite y,
viendo la ventana abierta y la azotea delante, arranc un grueso y largo
cordn de seda que recoga el cortinaje de su lecho, lo at al balastre
y se descolg por l hasta el pi del castillo, desde donde, y como si
tuviera alas en los talones, emprendi  correr y no par hasta la
cabaa de Ignoto.


III

Ignoto no estaba en la cabaa; pero haca luna, la puerta se hallaba
franca, y Amado pudo ver el pobre banco del leador, sobre el cual se
tumb muerto de fatiga. Lo que ms admiraba  Amado era que, en medio de
tan terrible  imprevista catstrofe, con sus padres presos y su reino
perdido, no se senta ni la mitad de fastidiado y triste que otras
veces. Estaba rendido, eso s, pero muy satisfecho, porque al fin, si no
es por la destreza y el valor con que supo evadirse,  estas horas se
encontrara en la eternidad. Pensando en esto empez  apoderarse de l
el sueo; y aunque sus huesos, acostumbrados  colchn de pluma de
cisne, extraaban el duro banco de roble, ello es que se qued dormido
como un lirn.

Cuando despert brillaba el sol, y al pronto no pudo Amado comprender
cmo estaba en aquel sitio. Mas fu recordando los sucesos de la noche,
y al mismo tiempo not cierta presin de estmago que significaba
hambre. Levantse esperezndose, y como viese en una escudilla unas
sopas de leche y pan moreno, les hinc el diente con bro. Qu plato
para el prncipe de Colmania, habituado  desdear melindrosamente
pechugas de faisn con trufas! En aquel momento entr Ignoto, y se
mostr muy alegre al ver  Amado. En dos palabras le enter ste de lo
que ocurra, y concluy diciendo:

--Ayer era heredero de una corona, y hoy no tengo ni cama en qu dormir.
Partir lea contigo.

--No--respondi Ignoto;--lo primero es que dejes estos alrededores, que
son muy peligrosos para ti. Vente conmigo.

Y diciendo y haciendo, Ignoto tom de la mano  Amado, y juntos se
pusieron en camino al travs de la selva. Esta era muy espesa 
intrincada, y Amado andaba trabajosamente; cuando lleg la noche, le
sangraban los pis. Entonces Ignoto le descalz los zapatos de raso que
an llevaba el prncipe, y con corteza de olmo le fabric unas abarcas
para que pudiese seguir marchando. Anduvieron muchos das, durante los
cuales pudo Amado ver lo dispuesto y gil que era en todo su compaero.
El pobre Amado, criado entre algodones, no saba saltar un charco, ni
cruzar  nado un ro, ni trepar  una montaa; en cambio, Ignoto serva
para cualquier cosa; era fuerte como un toro, veloz como un gamo, y no
cesaba de reirse de la torpeza de Amado, quien,  su vez, renegaba de su
inutilidad. No obstante, al fin del viaje iba ya adquiriendo el prncipe
algo de la soltura de su compaero; verdad es que estaba moreno como una
castaa, y sus bucles rubios, enmaraados y llenos de polvo, parecan
una madeja de lino.

Al cabo, un da, al ponerse el sol, divisaron ambos viajeros desde la
cima de una colina una gran masa de edificios,  mas bien un mar de
cpulas, techos, torres y miradores que, juntos, formaban una vasta
ciudad. Amado pregunt  Ignoto el nombre de aquella, al parecer, rica
metrpoli, y el leador contest:

--La capital de Malaterra.

--Cmo!--grit el prncipe.--Falso gua, as me conduces  meterme en
la boca del lobo, en las uas de mis enemigos!

--Mentira parece--respondi Ignoto--que te quejes cuando te traigo al
sitio en que se hallan prisioneros tus padres. No quieres verlos?
Quin te ha de reconocer con ese avo?

En efecto, ni sus mismos pajes podran decir que aqul era el elegante
prncipe de Colmania. Roto y destrozado, sin haber tenido en tantos das
ms espejo que el agua de las fuentes, que, por mucho que se diga, no es
tan claro como una luna azogada, Amado pareca un mendigo. Entr, pues,
sin temor en la ciudad, que era grande y magnfica. Ignoto, que conoca
al dedillo las calles, le llev por las ms retiradas, hasta dar con una
tapia enorme que les cerr el paso. Pero Ignoto sac del bolsillo una
llave y abri una puertecilla medio oculta en el ancho muro. Por ella
entraron Amado y l, y se encontraron en un jardn pequeo, pero
cultivado con esmero extraordinario, y cubierto de flores raras y
olorossimas.

--Esprame--dijo Ignoto;--vuelvo presto.

Y se escurri entre los rboles, mientras Amado se sentaba en un banco
para aguardar cmodamente. Media hora tardara Ignoto, y al cabo de ella
volvi acompaado de una mujer, que  la dudosa claridad nocturna le
pareci  Amado joven y muy bonita. Su traje era sencillo y casi
humilde, pero su voz muy dulce y su hablar distinguido.

--Seora--le dijo Ignoto presentndole  Amado,--aqu tenis el
jardinero que os recomiendo. Es un joven muy honrado, y creo que con el
tiempo aprender lo que ahora no sabe.

--Bien est--contest la dama.--Si es as, consiento en tomarlo  mi
servicio para que cuide del jardn. Ahora, que duerma y descanse: maana
le ir enterando de su obligacin.

La joven se retir, y quedaron solos Ignoto y Amado, explicando aqul 
ste que la joven era una seorita noble de la ciudad, muy amiga de
flores y plantas, y que necesitaba un jardinero, y que era preciso que
Amado se resignase  pasar por tal para estar mejor oculto en Malaterra
y poder informarse de la suerte de sus padres. Con esto le condujo  un
pabelloncito en que haba azadas, palas, almocafres y otros tiles de
jardinera, y una cama grosera, pero limpia; y despidindose de l y
ofreciendo volver  verle con frecuencia, le dej que se entregase  un
sueo reparador.

Blanqueaba apenas el alba, cuando sinti Amado que llamaban  su puerta;
echse de la cama, se puso aprisa una blusa y un pantaln de lienzo que
vi colgados de un clavo, y fu  abrir. Era la duea del jardn, que lo
llamaba para el trabajo. Cogi los chismes el prncipe y la sigui. Todo
el da se lo pasaron ingertando, podando y trasplantando; es decir,
estas cosas las haca la seorita, que se llamaba Florina; ella era la
que con mucha maa y actividad enseaba  Amado, que estaba hecho un
papanatas, avergonzado de su ignorancia. Hacia la tarde, Florina le
dijo:

--Se me figura que entendis poco de este oficio; pero sabris algn
otro, eso no lo dudo. Qu sabis?

Amado se qued muy confuso, y no acert  contestar. Quera decir:--S
extender la mano para que me la besen, y s hacer cortesas
graciossimas que todos los figurines de mi reino han copiado, y
s...--Pero no se atrevi  responder as, figurndose que Florina no
apreciara bien el mrito de tales habilidades. sta, como le vi
callado, aadi:

--Sospecho que carecis completamente de instruccin; procurad, pues,
atender  mis pobres lecciones, y siquiera aprenderis el oficio de
jardinero, que es muy bonito, y nunca faltar quien os d pan por cuidar
de los jardines.

En efecto, Florina sigui viniendo todas las maanas  ensear  Amado
la jardinera. De paso le di unas nociones de Botnica y Astronoma, y
le corrigi las faltas gordas que cometa en la lectura y en la
escritura, para que pudiese leer bien los libros que trataban de plantas
y flores. Florina vesta con mucha sencillez trajes cortos y lisos para
no enredarse en las matas, zapatos flojos para correr y un sombrerillo
de paja; pero era tan linda, que Amado la miraba con gusto. Amado no
poda consentir en que Florina fuese de la misma especie que las damas
de la reina Serafina, que eran las pobrecillas tontas como nsares, que
se pasaban el da abanicndose y murmurando, y que lloraban como
perdidas cuando el prncipe no les alababa mucho el peinado y el traje.
Result de estos pensamientos que Amado se enamor de Florina, y un da
se lo dijo, ofrecindole casarse con ella. Florina contest echndose 
reir; y entonces Amado, muy ofendido porque pens que Florina le
despreciaba por su pobreza, declar con orgullo que era el heredero del
trono de Colmania. Pero Florina sigui riendo, y dijo  Amado:

--El trono de Colmania! Ese trono ya no existe; y, aunque furais su
heredero, habais de reinar tan mal que no me lisonjeara nada compartir
con vos la corona.

Amado llor, se afligi; se arrodill delante de Florina, la cual
entonces le dirigi este discurso:

--Si es cierto que sois el prncipe de Colmania, yo os declaro que es
una fortuna para vuestros vasallos el que no los gobernis, siendo, como
sois, incapaz todava de gobernaros  vos mismo. Ahora bien, si queris,
caro prncipe, casaros conmigo, idos por el mundo y no volvis hasta que
podis ofrecerme un pequeo caudal ganado por vos, una flor descubierta
por vos, una relacin de vuestros viajes escrita por vos. Esta puerta
estar siempre abierta, y yo esperndoos siempre aqu. Adis, y buen
viaje.

--Y mis padres?--contest Amado.--No os acordis de mis padres? Tengo
que vengarlos! Tengo que libertarlos!

--En cuanto  vengarlos--repuso Florina--ya lo ha hecho el rey de
Malaterra. Despus de conceder al conde del Buitre el cargo de primer
ministro, permitindole desempearlo por espacio de veinticuatro horas,
lo ha encerrado en una jaula, colgndole al cuello la carta en que el
conde se ofrece  entregar  traicin el reino de Colmania, y as
enjaulado lo pasean por Colmania, y en cada aldea los chicos le arrojan
lodo y piedras, y lo silban y lo insultan. Al rey de Malaterra no le
agradan los traidores, aunque se valga de ellos como de un despreciable
instrumento. Por lo que toca  libertar  vuestros padres, os advierto
que estn libres; que viven muy tranquilos en un palacio que les ha
concedido el rey de Malaterra; que nadie se mete con ellos, y que yo me
encargo de decirles que su hijo est sano y salvo, y que viaja para
completar su educacin.

No quiso oir ms Amado, y emprendi el camino. Embarcse en el primer
puerto de Malaterra como grumete de un navo mercante, y este cuento
sera el de nunca acabar si os contase una por una las peripecias que en
sus excursiones le sucedieron. Bsteos saber que al cabo de algunos aos
volvi siendo dueo de un caudalito que haba ganado con su trabajo; de
una flor preciosa descubierta en unos montes inaccesibles, que en los
tiempos modernos ha vuelto  encontrarse y se ha llamado camelia, y de
una descripcin exactsima de sus viajes, en que se revelaban los muchos
conocimientos adquiridos, con el estudio y la prctica de la vida. Al
regresar  Malaterra, supo que el rey haba muerto en una batalla y que
mandaba su hijo, mancebo muy querido del pueblo, porque, sin ser tan
aficionado  guerras como su padre, era valeroso  instrudo, y no se
desdeaba de trabajar por sus manos ni de aprender continuamente. Lleg
Amado  la capital, y presto encontr abierta la puertecilla del jardn.
No di dos pasos por l sin tropezar  Florina sentada en su banco de
costumbre. En un minuto la enter de cmo volva, habiendo cumplido las
condiciones que ella le impusiera. Entonces Florina le tom de la mano
y, llevndole hasta la verja que divida su jardn, la abri y entraron
en otro jardn ms hermoso y ancho. Anduvieron largo rato por arboledas
magnificas, dejando atrs fuentes, estatuas y estanques soberbios, y al
fin entraron por el peristilo de un gran palacio, y los guardias que
estaban en la escalera se apartaron con respeto dejando pasar  Florina.
Ante una puerta cubierta con rico tapiz de seda y oro estaba un hujier
que, inclinndose, dijo:

--Su Majestad espera.

Atnito Amado, iba  preguntar qu era aquello; pero se encontr en una
esplndida sala, colgada de terciopelo carmes y baldosada de mrmol
rojo y negro, en donde vi sentados  una mesa y jugando al ajedrez 
dos viejecitos, en quienes conoci  Bonoso y Serafina. Estos, al verle,
arrojaron un grito, y llorando se fueron  abrazarle. Amado no saba lo
que le pasaba; pero ms se admir cuando vi  un rey joven y hermoso
con corona de oro abrirle tambin los brazos, y pudo reconocer en l 
Ignoto, el leador de la selva. Afortunadamente las cosas agradables se
explican pronto, y as no tard Amado en enterarse de que Ignoto era el
hijo del rey de Malaterra, que, disfrazado de leador, estaba prximo 
la frontera para ayudar  su padre en la sorpresa de Lagoumbroso; que
haba salvado  Amado porque le tom cario en aquella tarde en que
Amado le vi cortar lea; que despus de salvarle haba querido
instruirle, y para eso le haba colocado en aquel jardn donde recibiese
las lecciones de Florina; que Florina era hermana de Ignoto, y que, al
casarla con Amado, le daba en dote el reino de Colmania. Me parece
intil aadir que con tan felices sucesos Bonoso y Serafina, que estaban
ya algo chochitos, lloraban  ms y mejor; que Florina y Amado no caban
en s de gozo, y que todo era jbilo en el palacio. Para colmo de
alegra, aquella noche el hada del Deseo cumplido vino  honrar con su
presencia una cena ostentossima y un baile mgico que se celebr en
aquellos salones. El hada dijo  Bonoso y Serafina que, aunque haban
hecho lo posible porque su hijo fuese infeliz, ella, ayudada del hada de
la Necesidad, lograra educarlo algo para la Dicha. Los pobres reyes
confesaron que eran unos bolos, y su buena intencin hizo que el hada
les perdonase, no sin encargarles que, cuando tuviesen nietos, no se
mezclasen en su educacin por amor de Dios.

Aqu tenis cmo el reino de Colmania volvi  ser regido por su
legtimo prncipe Amado,  quien tanto queran. Los habitantes de aquel
reino no se cansaban de admirar la metamrfosis que haba experimentado
el prncipe, que sali hecho un rapazuelo encanijado y medio bobo, y que
volva hombre robusto, inteligente y muy capaz de mandar l solo sin
necesidad de recurrir  ministros, que  veces pueden ser tan malos como
el conde del Buitre.




LA GALLEGA

[Imagen]


Describila  maravilla la musa del gran Tirso. La bella y robusta
serrana de la Limia, amorosa y dulce como una trtola para quien bien la
quiere, colrica como brava leona ante los agravios, an hoy se
encuentra, no slo en aquellos riscos, sino en toda la regin
cntabro-galica. No obstante, regin que es en paisajes tan variada,
tan accidentada en su topografa, que tiene comarcas enteramente
meridionales por su claro cielo, otras que por sus brumas pertenecen al
Norte, manifiesta en su poblacin la misma diversidad, y posee tipos de
mujeres bien distintos entre s, marcados en lo moral y en lo fsico con
el sello de las diferentes razas que moraron en el suelo de Galicia, que
lo invadieron  lo colonizaron. Celtas, helenos, fenicios, latinos y
suevos vivieron en l, y sus sangres, mezcladas, yuxtapuestas, nunca
confundidas, se revelan todava en los rasgos y apostura de sus
descendientes. Pero hay un tipo que domina, y es el caracterstico de
todos los pases en que largo tiempo habit la noble raza celta: el de
Bretaa  Irlanda. Donde quiera que se alce sobre las empinadas cumbres
 se esconda en la oscura selva el viejo dolmen tapizado de liquen por
la accin de los aos, hallar el etnlogo mujeres semejantes  la que
voy  describir: de cumplida estatura, ojos garzos  azules, del
cambiante azul de las olas del Cantbrico, cabello castao, abundoso y
en mansas ondas repartido, facciones de agradable plenitud, frente
serena, pmulos nada salientes, caderas anchas, que prometen fecundidad,
alto y trgido el seno, redonda y ebrnea la garganta, carnosos los
labios, moderado el reir, apacible el mirar. Es la belleza de la mujer
gallega eminentemente plstica; consiste sobre todo en la frescura de la
tez, blanca y sonrosada, no con la fra albura de las inglesas sino con
esa animacin que indica el predominio de la sangre sobre la bilis y la
linfa, y en la riqueza y amplitud de las formas, que algunas veces se
exagera y hace pesados sus movimientos y planturosa en demasa su
carnacin. No arde en sus ojos la chispa de fuego que brilla en los de
las andaluzas; su pi no es leve, ni quebrado su talle: mas en cambio
el sol no logra quemar su cutis, y sus mejillas tienen el sano carmn
del albaricoque maduro y de la guinda temprana.

Siempre que cruzo, en los flemticos coches de la llamada diligencia, el
trecho que separa  Lugo de Len, me entretengo considerando el ntimo
enlace que existe entre la tierra y la mujer, la relacin que guardan
los paisajes con las figuras que los animan. Conforme va quedndose
atrs la provincia gallega, cesan de ser verdes los vallecillos, y
herbosos los prados; y frecuentes los arroyos, brranse los manchones de
castaos, olmos y nogales, desaparecen las blancas manzanillas y los
amarillos tojos, y se presentan interminables y pardas llanuras,
escuetas montaas salpicadas de fragmentos de granito,  revestidas de
negruzcas lminas de pizarra. Las ltimas mujeres que recuerdan 
Galicia son las que salen  ofrecer al viajero el vaso de aromtica
leche de vaca: mozas sucias, desgreadas, maltradas por la intemperie y
el trabajo, pero femeniles an en su hechura, tratables en sus carnes y
no sin cierta lozana en el rostro. Corridas algunas leguas ms, al
entrar por los tristes poblachones del territorio leons, asmanse  las
ventanas  salen por las puertas de las casuchas terrizas, mujeres de
enjuta piel pegada  los huesos, semblantes de recias y angulosas
facciones, de color de arcilla  ladrillo, cual si estuviesen amasadas
con el rido terruo  talladas en la dura roca de las sierras.

No desmiente la mujer gallega las tradiciones de aquellas pocas lejanas
en que, dedicados los varones de la tribu  los riesgos de la guerra 
 las fatigas de la caza, recaa sobre las hembras el peso total, no
slo de las faenas domsticas, sino de la labor y cultivo del campo.
Hoy, como entonces, ellas cavan, ellas siembran, riegan y deshojan,
baten el lino, lo tuercen, lo hilan y lo tejen en el gimiente telar;
ellas cargan en sus fornidos hombros el saco repleto de centeno  maz,
y lo llevan al molino: ellas amasan despus la gruesa harina mal
triturada, y encienden el horno tras de haber cortado en el monte el haz
de lea, y enhornan y cuecen el amarillo tortern de borona  el negro
mollete de mistura. Ellas, antes de que la pubertad desarrolle y
ensanche su cuerpo, llevan en brazos al hermano recin nacido, que grita
que se las pela; ellas, rsticas zagalas, apacentan el buey, y comprimen
los gruesos ubres de la vaca para ordearla; y cuando ven colmado un
tanque de leche cndida y espumosa, en vez de beberla, con sobriedad
ejemplar y religioso cuidado, colocan el tanque en una cesta de mimbres
que acaban de llenar con un par de pollos atados por las patas, cosa de
dos docenas de huevos, un rimero de hojas de berza y tres  cuatro
quesos de tetilla, y sentando en la cabeza la cesta, dirgense al
mercado de la villa ms prxima, donde venden sus artculos regateando
hasta el ltimo miserable ochavo. As vive la mujer gallega, afanndose
sin tregua ni reposo, luchando cuerpo  cuerpo con el hambre que la
acecha para colrsele en casa y sentrsele en mitad de la piedra del lar
humilde. Pobre mujer que de todos es criada y esclava, del abuelo grun
y desptico, del padre mujeriego y amigo de andar de taberna en
taberna, del marido, brutal quizs, del chiquillo enfermizo que se
agarra  sus faldas lloriqueando, de la vaca ante la cual se arrodilla
para ordearla, del ternero, al cual trae en el regazo un haz de yerba,
del cerdo para el cual cuece un caldo no muy inferior al que ella misma
come, de la gallina  la cual atisba para recoger el huevo que cacarea,
y hasta del gato, al cual sirve en una escudilla de barro las pocas
sobras del frugal banquete.

Mientras la gallega permanece en estado de soltera, an es tolerable la
no escasa racin de trabajo que le toca; pero al casarse empeora su
situacin. Slo el imperioso mandato de la naturaleza, la ley que fuerza
al germen  brotar,  espigar  la mis, al rbol  rendir su fruto y 
la materia toda  sacudir la inercia y animarse, puede obligar  la
mujer gallega  constituir una familia. Damas del gran mundo, vosotras
para quienes el tapicero viste de seda las paredes de la alcoba nupcial,
y los dedos giles de la modista combinan artsticamente ricas estofas
en los trajes de gala, voy  referiros cmo est decorada la vivienda de
la novia gallega, y  pintaros su ajuar. Entrad en la casa: el piso es
de tierra hmeda y desigual; el techo  tejavana, por donde muy  su
sabor se introducen agua y ventisca; en los ngulos hay colgaduras de
primoroso encaje que labraron las araas; la alfombra compnela algn
troncho de col alternando con vainas de habas, hojas secas de maz y
excremento de animales domsticos. Sobre la losa del hogar pende de la
frrea cremallera el negro pote; en el rincn reluce la tapa de la
artesa, bruida de tanto pan como en ella amasaron, y se ve la maciza
arca apelillada depositaria del _trousseau_, que llegar  un repuesto
de tres camisas de lienzo gordo y algn mandiln de burdo picote. El
tlamo conyugal lo hacen cuatro tablas sin acepillar, formando una como
caja pegada  la pared y abierta por donde es preciso que lo est para
dar ingreso  sus ocupantes. Dos pasos ms all, asoman la cabeza
terneras y bueyes, que con ojazos tristones contemplan  los novios, y
con prolongados mugidos les cantan el epitalamio, mientras las gallinas
escarban el suelo en derredor y el cerdo grue hozando contra el lecho.

Es verdad que el festn de bodas fu lucido: sopa de fideos muy
azafranada, bacalao y carne  discrecin, vino  jarros, puches de arroz
con leche  calderadas, pan de trigo y aejos dulces de hojaldre. Pero
despus de tan babilnico regodeo, en la maana en que los germanos
solan hacer  sus desposadas un dn, la gallega salta descalza del
lecho, y enciende la lumbre, y echa en la oscura concavidad del pote los
ingredientes del caldo, y equilibra en su cabeza la sella para ir  la
fuente por agua. Y son stos los ms llevaderos de sus deberes y afanes.
Impnele la naturaleza un hijo por ao, como impone su cosecha anual 
la campia; y si en los primeros meses de la gestacin, perodo de
languidez tan inevitable y profunda, la gallega trabaja, segn frase del
pas, _como una loba_, en los ltimos, abultada y pesadsima, tragina
ms si cabe, y  veces el trance terrible la sorprende camino de la
feria,  en el monte partiendo el espinoso tojo;  veces suelta la hoz
de segar,  la masa de la borona, para oprimir el talle en la primer
explosin de dolor materno, y quizs el inocente sr ve la luz al pi de
un vallado  en plena carretera, y metido en la propia cesta y envuelto
en el _mantelo_ de su madre entra en el domicilio paternal; pero al
venir al mundo as, como por casualidad, halla la tierna criatura
dispuesto el seno prvido que ha de alimentarla; la gallega tiene de
sobra licor de vida con que atender  sus hijos, amn de los agenos que
suele encargarse de amamantar, oficio que desempea con no menos
felicidad que las amas pasiegas. As es que la semblanza de la mujer
gallega puede bosquejarse suponindola rodeada de sus hijuelos como la
gallina de su echadura, llevando de la mano un rapaz de siete aos,
asidas del refajo dos  tres mocosas poco menores en edad, colgado del
ubrrimo seno un mamn de doce meses, y sintiendo acaso en lo ms ntimo
de su organismo el vago estremecimiento de otra nueva vida, de otro sr
que se forma en sus entraas.

Bien merece, bien merece disfrutar de un poco de solaz esta paridera y
criadora y madraza mujer gallega: dejadla, dejadla que el da del santo
patrn del lugar,  en la primaveral y deliciosa noche de san Juan, 
cuando las primeras castaas estallan al calor de la alegre hoguera y el
mosto remoja el gaznate de los vendimiadores, ella tambin se divierta y
pegue un par de brincos  la sombra del nocedal  del castaar hojoso.
Dejadla que lave rostro y pis en la pblica fuente  en el regato que
atraviesa su huerto, y peine y alise sus dos trenzas, unindolas por las
puntas, y vista el gayo traje de las ocasiones solemnes.

Si ha nacido en la Mahia, en alguno de los frtiles valles que cercan 
Iria Flavia y Compostela, ceir  su cabeza, con cinta de vivos tonos,
la linda cofia de puntilla transparente. Si en el Ribero de Avia,  en
las cercanas de Orense, llevar el paolito de seda oscura, que realza
la suave palidez del rostro oval, y abrochar atrs el brevsimo dengue
con dos conchillas de plata. Si vi la luz en las poticas orillas de
las Ras Bajas  en Muros, vestir el rico atavo que enamora  cuantos
lo ven: basquia de claros matices, corpio de negro raso, ancho
_mantelo_ de brillante sedn franjeado de panilla y recamado de
azabache, pauelo de crespn color lacre  canario, cuyos flecos caen
acariciando la cadera airosa, como las ramas del sauce sobre el tronco;
rodearn su garganta pesados collares de filigrana de oro, hilos de
cuentas, y de su menuda oreja colgarn largos zarcillos, y sobre el
pecho refulgir la patena, conocida por _sapo_. Pero aun cuando presumen
con razn las muradanas, por su elegante arreo, de llevarse la palma en
Galicia, pienso que el traje clsico de _gallega_ es el usado por las
mujeres de mi pas, las _marianas_. Lucen stas dengue de escarlata
orlado de negro terciopelo y sujeto atrs con plateado broche; el
justillo, de fuerte drogu, se escota sobre la chambra de lienzo con
flojas mangas y puos de curiosa manera fruncidos; el soberbio mantelo
no cede en riquezas  otro alguno, y se ata atrs con cintas de seda de
charros colorines; bajo la franja del mantelo se ve media cuarta de saya
de grana, y se entrev un dedo de refajo de amarilla bayeta, y el zapato
de cuero con lazadas de galn azul; cie su cuello la gargantilla de
filigrana, y cubre sus hombros el pauelo de blanca muselina,
prolijamente rameado. Cuando con estas bizarras ropas salen  bailar la
tradicional _muieira_--danza nacional desde mucho antes de los remotos
tiempos en que guerrillas gallegas y lusitanas auxiliaban  Anbal y
contrastaban el poder de Roma,--es imposible imaginar ms regocijado y
pintoresco golpe de vista: pasan las mujeres, bajos y entornados los
ojos, la trenza al viento, arrebolada la tez, movido el dengue por la
oscilacin del seno, rozando unas con otras las yemas de los dedos, el
pi hiriendo blandamente la tierra, en cadencioso girar, arremolinndose
 cada vuelta del cuerpo las sayas multicolores, mientras la gaita
exhala sus sonidos agrestes y melanclicos, graves  agudos, pero
siempre penetrantes, y el tamboril apresura la repercusin de sus notas
secas y estridentes, y la pandereta lanza sus carcajadas melodiosas, y
los cohetes aran con surcos de luz el cielo y caen disolvindose en
lgrimas de oro.

Pero cada da escasea ms este espectculo. Trajes, danzas, costumbres y
recuerdos van desapareciendo como antigua pintura que amortiguan y
borran los aos.  la _muieira_ sustituye el _agarradio_, grotesca
parodia de la _polka_ hngara y del _wals_ germnico;  las sayas de
grana y bayeta, el faldelln de estampado percal francs; al dengue, el
mantn;  las trenzas, la _moa_ tamaa como un rosquete de pan; al
villanesco zapato de cuero, la bolita de rusl... y en breve ser
preciso internarse hasta el corazn de las ms recnditas y fieras
montaas para encontrar un tipo que tenga olor, color y sabor
genuinamente regional.




[Imagen: INDICE]


                           _PGINAS._

PRLOGO                         VII

_La Dama Joven_                 _17_

_Buclica_                      _91_

_Nieto del Cid_                _165_

_El Indulto_                   _181_

_Fuego  bordo_                _201_

_El rizo del Nazareno_         _231_

_La Borgoona_                 _251_

_Primer amor_                  _277_

_Un diplomtico_               _291_

_Sic transit_                  _303_

_El premio gordo_              _311_

_Una pasin_                   _323_

_El prncipe Amado_            _339_

_La Gallega_                   _369_


                               NOTA:

 [1] Declaro que este cuento est escrito para las seoritas mayores de
 siete aos y para los caballeros que han cumplido ocho. Los _bebs_,
 que todava no alcanzaron la edad de saber la doctrina y de estarse
 quietecitos en visita, se divertirn ms con otras historietas,
 particularmente si versan sobre aventuras ocurridas  caballos,
 borricos, grandes perros de Terranova, pajaritos color de cielo y
 otros amigos ntimos que la Naturaleza brinda  la infancia.










End of the Project Gutenberg EBook of La dama joven, by Emilia Pardo Bazn

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and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
