The Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana: Novela
(Vol 3 de 3), by Alain-Ren Lesage

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Title: Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
       Novela

Author: Alain-Ren Lesage

Translator: P. Isla

Release Date: October 23, 2017 [EBook #55796]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.





                                Le Sage


                  HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA

                           TOMO III y LTIMO




                                MCMXXII




        Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAOLA.




                                LE SAGE


                               Historia
                                  de
                        Gil Blas de Santillana


                                NOVELA


                           TOMO III y LTIMO

                        Traduccin del P. Isla


                             [Ilustracin]


                             MADRID, 1922




                Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID




                        GIL BLAS DE SANTILLANA




                             LIBRO OCTAVO

                           CAPITULO PRIMERO

  Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un buen empleo, que
  le consuela de la ingratitud del conde Galiano. Historia de don
  Valerio de Luna.


Como en todo este tiempo no haba odo hablar de Nez, discurr haba
ido a divertirse a algn lugar. Luego que pude andar fu a su casa,
y supe que, en efecto, haca tres semanas estaba en Andaluca con el
duque de Medinasidonia.

Al despertarme una maana me ocurri a la memoria Melchor de la Ronda
y me acord que le haba ofrecido en Granada ir a ver a su sobrino
si algn da volva a Madrid, y queriendo cumplir mi promesa aquel
mismo da, me inform de la casa de don Baltasar de Ziga y pas a
ella. Pregunt por el seor Jos Navarro, que no tard en presentarse.
Habindole saludado y dchole quin era, me recibi atentamente, pero
con frialdad, de suerte que no poda conciliar aquel recibimiento
indiferente con el retrato que me haban hecho de este repostero. Iba
a retirarme, con nimo de no volver a hacerle otra visita, cuando,
mostrndome de repente un semblante apacible y risueo, me dijo con
mucha expresin: Ah, seor Gil Blas de Santillana! Suplico a usted
me perdone el recibimiento que le he hecho. Mi memoria tiene la culpa
de que yo no haya manifestado el buen afecto con que estoy dispuesto a
favor de usted; se me haba olvidado su nombre, y ya no pensaba en el
caballero que me recomendaban en una carta que recib de Granada hace
ms de cuatro meses. Permitidme que os abrace!--aadi, estrechndome
lleno de gozo--. Mi to Melchor, a quien estimo y venero como a mi
propio padre, me encarga encarecidamente que, si por acaso tengo la
honra de ver a usted, le trate como si fuera usted su hijo y emplee en
caso necesario mi valimiento y el de mis amigos en obsequio de usted.
Me hace un elogio del buen corazn y talento de usted en tales trminos
que, aun cuando no me moviera a ello su recomendacin, me empeara
en servirle. Mreme usted, pues, le suplico, como a un hombre a quien
mi to por su carta ha comunicado toda la inclinacin que le profesa.
Franqueo a usted mi amistad; no me niegue la suya.

Respond con el agradecimiento debido a la cortesa de Jos, y en el
mismo instante contrajimos una estrecha amistad, siendo ambos francos
y sinceros. No dud descubrirle el triste estado de mis asuntos, y
apenas lo oy cuando me dijo: Me encargo del cuidado de acomodar a
usted, y entre tanto no deje usted de venir a comer conmigo todos los
das, que tendr mejor comida que en la posada donde est.

La oferta halagaba demasiado a un convaleciente escaso de dinero y
enseado a los buenos bocados para que yo la desechase; aceptla, pues,
y me repuse tanto en aquella casa, que a los quince das tena ya una
cara de monje bernardo. Parecime que el sobrino de Melchor haca en
aquella casa su agosto. Pero cmo no lo hara, teniendo a un mismo
tiempo tres empleos, pues era jefe de la repostera, de la cueva y de
la despensa? Adems, y sin perjuicio de nuestra amistad, yo creo que l
y el mayordomo estaban muy bien avenidos.

Ya estaba yo perfectamente restablecido, cuando vindome un da mi
amigo Jos llegar a casa de Ziga para comer, segn mi costumbre,
me sali a recibir y me dijo con alegra: Seor Gil Blas, tengo que
proponeros un acomodo muy bueno; sepa usted que el duque de Lerma,
primer ministro de la corona de Espaa, para entregarse enteramente
al despacho de los negocios del Estado confa el cuidado de los suyos
a dos personas; para recaudar sus rentas ha escogido a don Diego de
Monteser y ha encargado la cuenta del gasto de su casa a don Rodrigo
Caldern. Estos dos confidentes ejercen sus empleos con una autoridad
absoluta y sin depender uno de otro. Don Diego tiene regularmente a sus
rdenes dos administradores, que hacen las cobranzas, y como supe esta
maana que haba despedido a uno de ellos, fu a pedir su plaza para
usted. El seor de Monteser, que me conoce, y de quien me precio ser
estimado, me la ha concedido sin dificultad por los buenos informes que
le he dado de las costumbres y capacidad de usted, y hoy, despus de
comer, iremos a su casa.

As lo hicimos; fu recibido con mucho agrado y colocado en el empleo
del administrador que haba sido despedido, el cual consista en
visitar nuestras granjas, repararlas, cobrar sus arrendamientos; en una
palabra, mi incumbencia era cuidar de los bienes del campo. Todos los
meses daba mis cuentas a don Diego, quien, a pesar de todo el bien que
le haba dicho mi amigo de m, las examinaba con mucha atencin; pero
esto era lo que yo quera, porque aunque mi rectitud haba sido tan mal
pagada en casa de mi ltimo amo, estaba resuelto a conservarla siempre.

Supimos un da que se haba pegado fuego a la quinta de Lerma y
reducido a cenizas ms de la mitad, y con esta noticia inmediatamente
pas a ella a reconocer el dao. Habindome informado puntualmente de
las circunstancias del incendio, form una extensa relacin de ellas,
que Monteser manifest al duque de Lerma. El ministro, a pesar del
sentimiento que tena de saber tan mala nueva, admir la relacin y no
pudo menos de preguntar quin era su autor. Don Diego no se content
con decrselo, sino que le habl tan a favor mo que pasados seis meses
se acord su excelencia de esto con motivo de una historia que voy a
contar y sin la cual puede ser que jams hubiera yo logrado empleo en
la corte. Esta historia es la siguiente:

En la calle de las Infantas viva entonces una seora anciana, llamada
Inesilla de Cantarilla, cuyo nacimiento no se saba a punto fijo; unos
decan era hija de un guitarrero y otros de un comendador de la Orden
de Santiago. Fuese lo que fuese, ella era una persona admirable, pues
la Naturaleza le haba concedido el singular privilegio de hechizar
a los hombres durante el curso de su vida, que subsista an despus
de quince lustros cumplidos. Haba sido el dolo de los seores de la
corte antigua y se vea adorada de los de la nueva. El tiempo, que
no respeta la hermosura, trabajaba en vano en disminuir la suya; la
marchitaba, s, pero no le quitaba el poder de agradar. Un semblante
noble, un entendimiento embelesador y muchas gracias naturales le
hacan excitar pasiones hasta en su vejez.

Don Valerio de Luna, caballero de veinticinco aos y uno de los
secretarios del duque de Lerma, visitaba a Inesilla y qued enamorado
de ella. Declarle su pasin y sigui la fiebre con todo el ardor que
el amor y la juventud son capaces de inspirar. La seora, que tena
sus motivos para no querer condescender con sus deseos, no saba qu
hacerse para contenerlos. No obstante, crey un da haber encontrado
arbitrio para ello, haciendo pasar al joven a su gabinete, donde,
ensendole un reloj que estaba sobre una mesa, le dijo: Ved la hora
que es; hoy hace setenta y cinco aos que nac a la misma. A fe que me
caeran bien los amores en esta edad! Volved, hijo mo, en vos mismo
y ahogad unos sentimientos que no convienen ni a vos ni a m! A esta
reconvencin juiciosa, el caballero, a quien no haca fuerza la razn,
respondi a la seora con toda la impetuosidad de un hombre posedo de
los movimientos que le agitaban: Cruel Ins, por qu recurrs a esos
frvolos artificios? Pensis que pueden haceros otra a mis ojos? No os
lisonjeis con una esperanza tan engaosa; ya seis tal cual os veo,
o ya mi vista padezca alguna ilusin, yo no he de cesar de amaros.
Pues bien--replic ella--, una vez que con tanta porfa queris
continuar con vuestra pretensin, hallaris de aqu en adelante cerrada
mi puerta, y as, os prohibo y os mando que jams os presentis a mi
vista.

Acaso se creer que en virtud de esto, turbado y confuso don Valerio
de lo que acababa de or, se retir cortsmente; pero sucedi todo lo
contrario, pues se hizo ms importuno. El amor hace en los enamorados
el mismo efecto que el vino en los borrachos. El caballero suplic,
suspir, y pasando repentinamente de los ruegos a la violencia, intent
lograr por fuerza lo que no poda obtener de otro modo; pero la seora,
rechazndole con valor, le dijo irritada: Detente, temerario! Voy a
refrenar tu loco amor: sabe que eres hijo mo.

Atnito don Valerio de or semejantes palabras, suspendi su
atrevimiento; pero discurriendo que Inesilla deca aquello para
librarse de su solicitud, le respondi: Vos inventis esa fbula
para huir de mis deseos! No, no!--interrumpi ella--. Te revelo un
secreto que siempre te hubiera ocultado si no me hubieras reducido a la
necesidad de declarrtelo. Veintisis aos hace que amaba a don Pedro
de Luna, tu padre, que era entonces gobernador de Segovia; t fuiste
el fruto de nuestros amores. Te reconoci, te hizo criar con cuidado,
y adems de que no tena otro hijo, tus buenas prendas le estimularon
a dejarte caudal. Yo por mi parte no te he desamparado; luego que te
vi ya metido en el trato del mundo, he procurado atraerte a mi casa
para inspirarte aquellos modales corteses que son tan necesarios en una
persona fina y que slo las mujeres pueden ensear a los caballeros
mozos. Y aun he hecho ms: he empleado todo mi valimiento para
colocarte en casa del primer ministro; en fin, me he interesado por ti
como deba hacerlo por un hijo. Sabido esto, mira lo que determinas;
si puedes purificar tus sentimientos y mirarme slo como a una madre,
no te echar de mi presencia y te amar tan tiernamente como hasta
aqu; pero si no eres capaz de hacer este esfuerzo, que la razn y la
naturaleza exigen de ti, huye al momento y lbrame del horror de verte.

Mientras Inesilla hablaba de esta suerte, guardaba don Valerio un
triste silencio. Nadie hubiera dicho sino que llamaba en su auxilio
a la virtud para vencerse a s mismo; pero esto era en lo que menos
pensaba. Meditaba otro designio y preparaba a su madre un espectculo
muy diverso, porque viendo que era insuperable el obstculo que se
opona a su felicidad, se rindi cobardemente a la desesperacin, y
sacando la espada se atraves con ella. Se castig como otro Edipo, con
la diferencia de que al tebano le ceg el dolor de haber consumado el
crimen, y el castellano, al contrario, se atraves de sentimiento de no
haberle podido cometer.

El desgraciado don Valerio no muri al instante; tuvo tiempo de
arrepentirse y pedir al Cielo perdn de haberse quitado la vida a s
mismo. Como por su muerte qued vacante el empleo de secretario en casa
del duque de Lerma, este ministro, que no haba echado en olvido la
relacin que escrib del incendio ni el elogio que de m se le haba
hecho, me eligi para substituir a este joven.


                              CAPITULO II

  Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le admite por uno de
  sus secretarios. Este ministro le seala el trabajo que ha de hacer
  y queda gustoso de l.


Monteser me particip esta agradable noticia, dicindome: Amigo Gil
Blas, siento os separis de m; pero como os estimo, no puedo menos de
alegrarme seis sucesor de don Valerio. Haris fortuna si segus dos
consejos que voy a daros: el primero es que os mostris tan adicto a su
excelencia que no dude que le profesis el mayor afecto, y el segundo,
que hagis la corte a don Rodrigo Caldern, porque este hombre maneja
el nimo de su amo como una blanda cera. Si tenis la dicha de agradar
a este secretario favorito, me atrevo a aseguraros con certidumbre que
subiris mucho en poco tiempo.

Di las gracias a don Diego por sus saludables consejos y le dije:
Hgame usted el favor de explicarme el carcter de don Rodrigo, porque
he odo decir que es un sujeto nada bueno; pero aunque alguna vez el
pueblo acierta en sus juicios, no me fo de las pinturas que suele
hacer de las personas que estn en el candelero. Srvase usted, pues,
decirme lo que piensa del seor Caldern. Asunto es delicado--me
respondi el apoderado con una sonrisa maligna--. A cualquier otro le
dira sin detenerme que es un hidalgo honrado, de quien no se podra
decir sino bien; pero con vos quiero ser franco, porque, adems de que
conozco vuestra prudencia, me parece debo hablaros claramente de don
Rodrigo, pues os he avisado que debis guardarle miramientos; de otro
modo, no hara mas que serviros a medias. Ya sabis, pues--prosigui--,
que era un simple criado de su excelencia cuando todava no era
ste ms que don Francisco de Sandoval y que por grados ha llegado
a ser su primer secretario. No se ha visto nunca hombre ms vano.
Jams corresponde a las cortesas que se le hacen, a no precisarle
a ello razones muy poderosas. En una palabra, l se considera como
un compaero del duque de Lerma, y en realidad podra decirse que
participa de la autoridad del primer ministro, pues que le hace
conferir los gobiernos y los empleos a quien se le antoja. El pblico,
frecuentemente, murmura de ello, mas l no hace caso; con tal que saque
lo que llamamos para guantes, le importa muy poco la censura pblica.
Por lo que acabo de decir conoceris--aadi don Diego--cmo debis
portaros con un hombre tan altanero. Oh! Bien est! Djeme usted
a m! Muy mal han de andar las cosas para que no me estime! Cuando se
conoce el flaco de un hombre a quien se intenta agradar es preciso ser
poco diestro para no conseguirlo. Siendo as--repuso Monteser--, voy
a presentaros ahora mismo al duque de Lerma.

Al instante pasamos a casa del ministro, a quien encontramos dando
audiencia en una gran sala, en donde haba ms gente que en palacio.
All vi comendadores y caballeros de Santiago y de Calatrava, que
solicitaban gobiernos y virreinatos; obispos que, siendo sus dicesis
contrarias a su salud, queran ser arzobispos nada ms que por mudar
de aires; y tambin muy buenos religiosos, dominicos y franciscanos,
que pedan con toda humildad mitras; vi tambin oficiales reformados
haciendo el mismo papel que el capitn Chinchilla, esto es, que se
consuman esperando una pensin. Si el duque no satisfaca los deseos
de todos, reciba a lo menos con agrado sus memoriales, y advert que
responda muy cortsmente a los que le hablaban.

Esperamos con paciencia que despachara a todos los pretendientes.
Entonces don Diego le dijo: Seor, aqu est Gil Blas de Santillana,
a quien vuestra excelencia ha elegido para ocupar el empleo de don
Valerio. Mirme el duque y me dijo con mucha afabilidad que lo tena
merecido por los servicios que le haba hecho. Me hizo despus entrar
en su despacho para hablarme a solas, o ms bien para formar juicio
de mi talento por mi conversacin. Quiso saber quin era yo y la
historia de mi vida, dicindome se la contase fielmente. Qu relacin
tan larga la que se me peda! Mentir a un primer ministro de Espaa
no era regular, y, por otra parte, haba tantos pasajes que podan
ajar mi vanidad, que no saba cmo resolverme a hacer una confesin
general. Cmo salir de este apuro? Adopt el partido de disimular la
verdad en aquellos puntos en que me hubiera avergonzado de decirla
desnuda; pero a pesar de todo mi artificio no dej de percibirla.
Seor de Santillana--me dijo sonrindose al fin de mi narracin--,
a lo que veo, usted ha sido un si es no es travieso. Seor--le
respond sonrojado--, vuestra excelencia me ha mandado sea sincero
y le he obedecido. Yo te lo agradezco--replic--. Veo, hijo mo,
que te has librado de los peligros a poca costa; extrao que el mal
ejemplo no te haya perdido enteramente. Cuntos hombres de bien se
pervertiran si la fortuna los pusiera a semejantes pruebas! Amigo
Santillana--continu el ministro--, no te acuerdes ms de lo pasado;
piensa solamente en que ahora sirves al rey y que te has de emplear
en adelante en su servicio. Sgueme, que voy a decirte en qu te has
de ocupar. Dicho esto, el duque me llev a un cuarto inmediato a su
despacho, donde tena sobre varios estantes unos veinte libros de
registro en folio muy gruesos. Aqu--me dijo--has de trabajar. Todos
estos registros que ves componen un diccionario de todas las familias
nobles que hay en los reinos y principados de la Monarqua espaola.
Cada libro contiene, por orden alfabtico, un resumen de la historia de
todos los hidalgos del reino, en la que se especifican los servicios
que ellos y sus antepasados han hecho al Estado, como tambin los
lances de honor que les han ocurrido. Tambin se hace mencin de sus
bienes, de sus costumbres, y, en una palabra, de todas sus buenas o
malas cualidades; de modo que cuando piden algunas gracias al Gobierno,
veo de una ojeada si las merecen. A este fin tengo sujetos asalariados
en todas partes, que procuran averiguarlo e instruirme envindome
sus informes; pero como stos son difusos y estn llenos de modismos
provinciales, es necesario extractarlos y pulirlos, porque el rey
quiere algunas veces que le lean estos registros. Este trabajo pide
un estilo limpio y conciso, por lo cual desde este instante quiero
emplearte en l.

En seguida sac de una gran cartera llena de papeles un informe, que
me entreg, y me dej en mi cuarto para que con libertad hiciese yo
el primer ensayo. Le el papel, que no solamente me pareci lleno de
trminos brbaros, sino tambin de encono, no obstante ser su autor
un fraile de la ciudad de Solsona. Afectando su reverencia el estilo
de un hombre de bien, denigraba sin piedad a una familia catalana, y
sabe Dios si deca la verdad. Juzgu leer un libelo infamatorio, y,
por tanto, escrupulic trabajar en l. Tema hacerme cmplice de una
calumnia. No obstante, aunque recin introducido en la corte, pas
por alto el mal o bien obrar del religioso, y dejando a su cargo toda
la iniquidad, si la haba, principi a deshonrar en bellas frases
castellanas a dos o tres generaciones que acaso seran muy honradas.
Ya haba compuesto cuatro o cinco pginas, cuando, deseoso el duque de
saber qu tal me portaba, volvi y me dijo: Santillana, ensame lo
que has hecho, que quiero verlo. Al mismo tiempo pas la vista por mi
escrito y ley el principio con mucha atencin. Yo me sorprend al ver
lo que le gust. Aunque estaba tan inclinado a tu favor--me dijo--,
te confieso que has excedido a lo que esperaba de ti. No solamente
escribes con toda la propiedad y precisin que yo quiero, sino que
adems encuentro tu estilo fluido y festivo. Bien me acreditas el
acierto que he tenido en escoger tu pluma y me consuelas de la prdida
de tu predecesor. El ministro no hubiera limitado a esto mi elogio si
a este tiempo no hubiera venido a interrumpirle su sobrino el conde
de Lemos. Su excelencia le di muchos abrazos y le recibi de un modo
que me hizo entender le amaba tiernamente. Los dos se encerraron para
tratar en secreto de un negocio de familia de que luego hablar y del
que estaba el duque entonces ms ocupado que de los del rey.

Mientras estaban encerrados o dar las doce. Como saba que los
secretarios y covachuelistas dejaban a esta hora el bufete para ir a
comer adonde queran, dej en aquel estado mi ensayo y sal para ir, no
a casa de Monteser, porque ya me haba pagado mis salarios y despedido,
sino a la ms famosa hostera del barrio de Palacio. Una de las
ordinarias no convena a mi persona. _Piensa que ahora sirves al rey!_
Estas palabras, que el duque me haba dicho, se me venan sin cesar a
la memoria y eran otras tantas semillas de ambicin que fermentaban por
momentos en mi nimo.


                             CAPITULO III

  Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones. De la
  inquietud que le caus esta nueva y de la conducta que se vi
  obligado a guardar.


Al entrar tuve gran cuidado de hacer saber al hostelero que era yo un
secretario del primer ministro, y, como tal, no saba qu mandarle que
me trajese de comer. Tema pedir cosa que oliese a estrechez, y as, le
dije me diese lo que le pareciera. Me regal muy bien y me hizo servir
como a persona de distincin, lo que me llen ms que la comida. Al
pagar tir sobre la mesa un dobln y ced a los criados lo que deban
volverme, que sera a lo menos la cuarta parte, saliendo de la hostera
con gravedad y tiesura, en ademn de un joven muy pagado de su persona.

A veinte pasos haba una gran posada de caballeros, en donde de
ordinario se hospedaban seores extranjeros. Alquil un aposento de
cinco o seis piezas, con buenos muebles, como si ya tuviese dos o
tres mil ducados de renta, y pagu adelantado el primer mes. Despus
de esto volv a mi tarea y emple toda la siesta en continuar lo
comenzado por la maana. En una pieza inmediata a la ma estaban otros
dos secretarios; pero stos no hacan ms que poner en limpio lo que
el mismo duque les daba a copiar. Desde la misma tarde, al retirarnos,
me hice amigo de ellos, y para granjear mejor su amistad los llev a
casa de mi hostelero, en donde les hice servir los mejores platos que
ofreca la estacin y los vinos ms delicados y estimados en Espaa.

Sentmonos a la mesa y empezamos a conversar con ms alegra que
entendimiento, porque, sin hacer agravio a mis convidados, conoc desde
luego que no deban a sus talentos los empleos que ocupaban en su
secretara. Eran hbiles, a la verdad, en hacer hermosa letra redonda y
bastardilla, pero no tenan la menor tintura de las que se ensean en
las Universidades.

En recompensa, saban con primor lo que les tena cuenta, y me dieron a
entender que no estaban tan embriagados con el honor de estar en casa
del primer ministro, que no se quejasen de su estado. Cinco meses ha
que servimos--deca uno--a nuestra costa. No nos pagan el sueldo, y
lo peor es que est por arreglar y no sabemos bajo qu pie estamos.
Por lo que hace a m--deca el otro--, quisiera haber recibido veinte
zurriagazos en lugar de sueldo, con tal que me dejasen la libertad de
tomar otro destino, porque despus de las cosas secretas que he escrito
no me atrevera a retirarme de mi propio motivo ni a pedir licencia
para ello. Bien puede ser que fuese a ver la torre de Segovia o el
castillo de Alicante!

Pues cmo hacen ustedes para mantenerse?--les dije--. Sin duda
tendrn hacienda. Me respondieron que muy poca, pero que, por fortuna,
vivan en casa de una viuda honrada, que les fiaba y daba de comer a
cada uno por cien doblones al ao. Toda esta conversacin, de la cual
no perd palabra, baj al punto mis humos altaneros. Me figur que
seguramente no se tendra conmigo ms atencin que con los otros; que,
por consiguiente, no deba estar tan satisfecho de mi empleo, que era
menos slido de lo que yo haba credo, y que, en fin, deba economizar
mucho el bolsillo. Estas reflexiones me sanaron de la furia de gastar.
Principi a arrepentirme de haber convidado a aquellos secretarios y a
desear se acabase la comida, y cuando lleg el caso de pagar la cuenta
tuve una disputa con el hostelero sobre su importe.

Separmonos a media noche, porque no les inst a que bebieran ms.
Ellos se marcharon a casa de su viuda y yo me retir a mi soberbia
habitacin, lleno de rabia de haberla alquilado y prometiendo de
veras dejarla al fin del mes. A pesar de que me acost en una buena
cama, mi desazn me quit el sueo. Pas lo restante de la noche en
discurrir los medios de no servir de balde al rey, y me atuve sobre
este particular a los consejos de Monteser. Me levant con nimo de ir
a cumplimentar a don Rodrigo Caldern, hallndome entonces en la mejor
disposicin para presentarme a un hombre tan altivo y de cuyo favor
bien conoca yo que necesitaba; y, con efecto, pas a casa de este
secretario.

Su vivienda tena comunicacin con la del duque de Lerma y era igual a
ella en magnificencia. No hubiera sido fcil distinguir por los muebles
al amo del criado. Dije le entrasen recado de que estaba all el
sucesor de don Valerio, pero esto no impidi me hiciesen esperar ms de
una hora en la antesala. Seor nuevo secretario--me deca yo en este
tiempo--, tenga usted paciencia si gusta! A usted le harn morder el
ajo antes que usted se lo haga morder a otros!

Al fin abrieron la puerta del cuarto. Entr y me acerqu a don Rodrigo,
que acababa de escribir un billete amoroso a su sirena encantadora y se
lo estaba entregando en aquel momento a Perico. No me haba presentado
al arzobispo de Granada, al conde Galiano ni aun al primer ministro
con tanto respeto como ante el seor Caldern. Le salud bajando la
cabeza hasta el suelo y le ped su proteccin en trminos de que no
puedo acordarme sin rubor; tan llenos estaban de sumisin. En el nimo
de otro menos vano que l no me hubiera hecho ningn favor mi bajeza;
pero a l le agradaron mucho mis rastreros rendimientos y me respondi
con bastante cortesa que no malograra ninguna ocasin en que pudiera
servirme.

Sobre esto le di gracias con grandes demostraciones de celo por la
inclinacin favorable que me manifestaba y le asegur de mi eterno
reconocimiento; despus, temiendo incomodarle, sal, suplicndole me
perdonase si haba interrumpido sus importantes ocupaciones. Luego
que di este paso tan indecoroso me retir a mi despacho y conclu la
obra que se me haba encargado. El duque no dej de entrar por la
maana, y quedando no menos complacido del fin de mi trabajo que del
principio, me dijo: Esto est muy bueno. Escribe lo mejor que puedas
este compendio histrico en el registro de Catalua y, concludo, toma
de la bolsa otro informe, que pondrs en orden del mismo modo. Tuve
una conversacin bastante larga con su excelencia, cuyo modo afable y
familiar me encantaba. Qu diferencia entre l y Caldern! Eran dos
personas que contrastaban singularmente.

Aquel da me fu a una hostera en donde se coma a precio fijo, y
resolv ir all de incgnito todos los das hasta ver el efecto que
producan mi respeto y sumisin. Tena yo dinero para tres meses a lo
ms y me prescrib este trmino para trabajar a costa de quien hubiese
lugar, proponindome (siendo las locuras ms cortas las mejores)
abandonar, pasado este trmino, la corte y su oropel si no me sealaban
sueldo. Dispuesto as mi plan, nada me qued por hacer en dos meses
para agradar al seor Caldern; pero hizo tan poco caso de todo lo
que yo practicaba para conseguirlo, que perd las esperanzas. Mud de
conducta con respecto a l, ces de hacerle la corte y slo pens en
aprovecharme de los momentos de conversacin con el duque.


                              CAPITULO IV

  Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que le confa un
  secreto de importancia.


Aunque su excelencia me vea todos los das por un instante, sin
embargo pude granjearle insensiblemente la voluntad en tales trminos
que un da, despus de comer, me dijo: Escucha, Gil Blas, sabe que
me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres un mozo celoso, fiel, muy
inteligente y callado, y as, me parece que no errar si te hago dueo
de mi confianza. A estas palabras me arroj a sus pies, y despus de
haberle besado respetuosamente la mano, que me alarg para levantarme,
le respond: Es posible que se digne vuestra excelencia honrarme
con un favor tan grande! Cuntos enemigos secretos me van a suscitar
vuestras bondades! Pero slo temo el rencor de una persona, que es don
Rodrigo Caldern. Nada tienes que temer de l--respondi el duque--.
Yo le conozco; desde su niez me ha querido, y puedo decir que sus
sentimientos son tan conformes con los mos, que quiere todo lo que me
gusta, as como aborrece todo cuanto me desagrada. En lugar de temer
que te tenga aversin, debes, al contrario, contar con su amistad.
Por aqu conoc lo astuto que era el seor don Rodrigo, que haba
conquistado el nimo de su excelencia, y que yo deba procurar estar
muy bien con l.

Para principiar--prosigui el duque--a ponerte en posesin de mi
confianza, voy a descubrirte un designio que medito, porque conviene te
enteres de l a fin de que procures desempear los encargos que pienso
darte en adelante. Hace mucho tiempo que veo mi autoridad generalmente
respetada, que mis rdenes se obedecen ciegamente y que dispongo a mi
arbitrio de los cargos, empleos, gobiernos, virreinatos, beneficios, y
aun me atrevo a decir que reino en Espaa. Mi fortuna no puede llegar
a ms; pero quisiera preservarla de las borrascas que empiezan a
amenazarla, y a este efecto deseara me sucediese en el ministerio el
conde de Lemos, mi sobrino.

Habiendo advertido el ministro que este ltimo punto me haba
sorprendido en extremo, me dijo: Veo bien, Santillana, conozco bien
lo que te admira. Te parece muy extrao que prefiera mi sobrino a
mi propio hijo el duque de Uceda; pero has de saber que ste es de
cortsimos alcances para ocupar mi puesto y que adems soy su enemigo.
No puedo llevar el que haya hallado el secreto de agradar al rey y que
ste quiera hacerle su privado. El favor de un soberano se parece a
la posesin de una mujer a quien se adora; es sta una felicidad tan
envidiable, que nadie quiere que un rival tenga parte en ella, por
ms que le unan a l los lazos de la sangre y de la amistad. En esto
te manifiesto--continu--lo ntimo de mi corazn. Ya he intentado
desconceptuar en el nimo del rey al duque de Uceda, y no habiendo
podido conseguirlo, he levantado otra batera: quiero que el conde de
Lemos, por su parte, se granjee la estimacin del prncipe de Espaa.
Siendo gentilhombre de cmara con destino a su cuarto, tiene ocasin
de hablarle a cada paso, y adems de que tiene talento, yo s un medio
de hacerle lograr esta empresa. Con esta estratagema, contraponiendo
mi hijo a mi sobrino, suscitar entre estos primos una competencia
que los obligar a ambos a buscar mi apoyo, y esta necesidad que
tendrn de m har me estn uno y otro sumisos. Ve aqu cul es mi
proyecto--aadi--, y tu mediacin no me ser intil en l. Te enviar
a hablar secretamente al conde de Lemos, y me contars de su parte lo
que tenga que participarme.

Despus de esta confianza, que yo miraba como dinero contante, ces mi
inquietud. En fin--deca yo--, heme aqu colocado en una situacin
que me promete montes de oro! Porque es imposible que el confidente
de un hombre que gobierna la Monarqua espaola no se halle bien
presto colmado de riquezas. Posedo de tan dulce esperanza, vea con
indiferencia apurarse mi pobre bolsillo.


                              CAPITULO V

  En el que se ver a Gil Blas lleno de gozo, de honra y de miseria.


Bien presto se ech de ver el favor que yo mereca al ministro, y l
mismo lo daba a entender pblicamente entregndome la bolsa de los
papeles que acostumbraba antes llevar su excelencia mismo cuando iba
a despachar. Esta novedad, que di motivo para que me tuviesen en
el concepto de un valido, excit la envidia de muchos y me atrajo
bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, mis inmediatos,
no fueron los ltimos a felicitarme sobre mi prxima elevacin y me
convidaron a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia
cuanto con la mira de tenerme obligado a su favor para en adelante. Me
vea obsequiado por todas partes, y hasta el orgulloso Caldern mud
de modales conmigo. Ya me llamaba _seor de Santillana_, cuando hasta
entonces me haba tratado siempre de vos, sin haber empleado jams el
tratamiento de _usted_. Se me mostraba muy propicio, especialmente
cuando pensaba que nuestro favorecedor poda notarlo, pero aseguro que
no trataba con ningn tonto. Yo corresponda a sus atenciones con
tanta ms urbanidad cuanto ms le aborreca. No se hubiera portado
mejor un cortesano consumado.

Tambin acompaaba al duque mi seor cuando iba a palacio, que por lo
regular era tres veces al da; por la maana entraba en el cuarto de
su majestad cuando ya estaba despierto, se pona de rodillas junto a
la cabecera de su cama, hablbale de lo que haba su majestad de hacer
en el da y le dictaba las cosas que haba de decir, con lo que se
retiraba. Despus de comer volva, no para hablarle de negocios, sino
de cosas alegres; le diverta contndole todos los lances graciosos
que ocurran en Madrid, los cuales era siempre el primero que los
saba, porque tena personas pagadas a este efecto; y, en fin, iba por
la noche la tercera vez a ver al rey, le daba cuenta como le pareca
de lo que haba hecho en el da y le peda por ceremonia sus rdenes
para el da siguiente. Mientras estaba con su majestad, yo me quedaba
en la antecmara, en donde haba personas distinguidas dedicadas a
solicitar la proteccin de la Corte, que anhelaban mi conversacin y
se vanagloriaban de que yo me dignara concedrsela. En vista de esto,
cmo podra yo no creerme hombre de importancia? Muchos hay en la
corte que con menos fundamento se tienen por tales.

Un da tuve mayor motivo para envanecerme. El rey, a quien el duque
haba hablado con grande elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de
ver una muestra de l. Su excelencia me hizo tomar el registro de
Catalua, llevme a presencia del monarca y me mand leyese el primer
extracto que haba formado. Si la presencia del soberano me turb al
pronto, la del ministro me anim inmediatamente, y le mi obra, que
su majestad oy con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba
satisfecho de m y aun la de encargar a su ministro cuidase de mis
ascensos, todo lo cual en nada disminuy el orgullo de que yo ya estaba
posedo, y la conversacin que tuve pocos das despus con el conde de
Lemos acab de llenarme la cabeza de ideas ambiciosas.

Fu un da a buscar a este seor de parte de su to al cuarto del
prncipe y le present una carta credencial, en la que el duque le
aseguraba poda hablarme con confianza, como que estaba enterado del
asunto que tena entre manos y escogido para mensajero de ambos. El
conde, as que ley la esquela me condujo a un cuarto, donde nos
encerramos solos, y all aquel caballero joven me habl en estos
trminos: Supuesto que usted ha logrado la confianza del duque de
Lerma, no dudo que la merecer ni tengo dificultad en hacer a usted
depositario de la ma. Sabr usted, pues, que las cosas van a pedir
de boca; el prncipe de Espaa me distingue entre todos los seores
de su servidumbre que estudian el modo de agradarle. Esta maana he
tenido una conferencia con su alteza, en la que me ha parecido estar
disgustado de verse, por la mezquindad del rey, sin facultades para
seguir los impulsos de su generoso corazn y aun de hacer un gasto
correspondiente a un prncipe. Yo le he manifestado cunto lo senta,
y aprovechndome de la ocasin, he ofrecido llevarle maana, cuando se
levante, mil doblones, esperando mayores sumas, las que he asegurado
le suministrar sin tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y estoy
cierto de captar su benevolencia si le cumplo la palabra. Id--aadi--,
noticiad a mi to estos pormenores y volved esta tarde a decirme su
sentir acerca de ello.

Luego que concluy, me desped de l y pas a dar parte al duque de
Lerma, quien, odo mi recado, envi a pedir a Caldern mil doblones,
de que me hice cargo aquella tarde y fu a llevrselos al conde,
diciendo entre m: Bueno, bueno! Ahora veo claramente cul es
el medio infalible de que se vale el ministro para salir con su
intento! Pardiez que tiene razn, y segn todas las seales, estas
prodigalidades no le arruinarn! Fcilmente adivino de qu cofre saca
estos hermosos doblones; pero bien considerado, no es razn que el
padre sea quien mantenga al hijo? Al separarme del conde de Lemos
me dijo en voz baja: Adis, nuestro amado confidente! El prncipe
de Espaa es un poco inclinado a las damas y ser necesario que t y
yo tratemos de este punto en la primera ocasin, porque preveo que
muy presto necesitar de tu ministerio. Me retir reflexionando en
estas palabras, que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban de
satisfaccin. Cmo diablos es esto?--deca yo--. Si estar prximo a
ser el Mercurio del heredero de la Monarqua? Yo no examinaba si esto
era bueno o malo, porque la claridad del galn ofuscaba mi conciencia.
Qu gloria para m ser agente de los placeres de un gran prncipe!
Oh! Poco a poco, seor Gil Blas!--se me dir--. No se trataba en
cuanto a vos ms que de haceros un agente subalterno. Convengo en
ello; pero en substancia, estos dos empleos son de tanto honor uno como
otro. Solamente se diferencian en el provecho.

Cumpliendo bien con estas nobles comisiones, adelantando ms de
da en da en la gracia del primer ministro y con tan lisonjeras
esperanzas, qu feliz no habra yo sido si la ambicin me hubiera
preservado del hambre! Ya haca ms de dos meses que haba dejado mi
aposento magnfico y ocupaba un cuarto pequeo en una de las posadas
de caballeros ms econmicas. Aunque esto me causaba sentimiento, lo
llevaba con paciencia, porque sala de madrugada y no volva hasta
la noche a la hora de acostarme. Todo el da estaba en mi teatro, es
decir, en casa del duque, en donde haca el papel de seor; pero cuando
me retiraba a mi cuartito desapareca el seor y slo quedaba el pobre
Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener de qu hacerle.
Adems de que yo era demasiado orgulloso para descubrir a alguno mis
necesidades, a nadie conoca que pudiese socorrerme sino a Navarro, a
quien no me atreva a recurrir por haber hecho poco caso de l desde
que me haba introducido en la Corte. Me vi precisado a vender mis
vestidos uno a uno, sin quedarme mas que con aquellos que precisamente
necesitaba, y ya no iba a la hostera por no tener con qu pagar mi
manutencin. Mas qu haca yo para subsistir? Voy a decirlo. Todas
las maanas nos traan a la oficina para desayunarnos un panecillo y
un traguito de vino; esto era cuanto nos haca dar el ministro. Yo no
coma ms en todo el da y comnmente me acostaba sin cenar.

Tal era la suerte de un hombre que brillaba en la corte y que deba
causar ms lstima que envidia. Sin embargo, no pudiendo resistir a
mi miseria, me determin por ltimo a descubrrsela con maa al duque
de Lerma si encontraba ocasin. Por fortuna, se present sta en El
Escorial, adonde el rey y el prncipe de Espaa fueron algunos das
despus.


                              CAPITULO VI

  Qu modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza al duque de
  Lerma y cmo se port con l este ministro.


Cuando el rey estaba en El Escorial mantena a toda la comitiva,
de modo que all no senta yo el peso de la miseria. Dorma en una
recmara cerca del cuarto del duque. Una maana, habindose levantado
el ministro, segn su costumbre, al romper el da, me hizo tomar
algunos papeles con recado de escribir y me dijo le siguiese a los
jardines de palacio. Nos sentamos debajo de unos rboles, en donde, por
orden suya, me puse en la actitud de un hombre que escribe sobre la
copa de su sombrero, y su excelencia aparentaba leer un papel que tena
en la mano. Desde lejos pareca que estbamos ocupados en negocios
muy graves, y, a la verdad, slo hablbamos de bagatelas, porque a su
excelencia no le disgustaban.

Ya haca ms de una hora que le diverta con todas las agudezas que
me sugera mi humor jocoso, cuando vinieron a plantarse dos urracas
sobre los rboles que nos cubran con su sombra. Comenzaron a charlar
con tanta algazara que nos llamaron la atencin. Estas aves--dijo
el duque--parece que rien, y me alegrara saber el asunto de su
pendencia. Seor--le dije--, la curiosidad de vuestra excelencia me
trae a la memoria una fbula indiana que le en Pilpai o en otro autor
fabulista. El ministro me pregunt qu fbula era sta y se la cont
en estos trminos:

En cierto tiempo reinaba en Persia un buen monarca que, no teniendo
suficiente capacidad para gobernar por s mismo sus Estados, dejaba
este cuidado a su gran visir. Este ministro, llamado Atalmuc, tena un
gran talento. Sostena sin fatiga el peso de aquella vasta Monarqua,
mantenindola en una paz profunda, y posea tambin el arte de hacer
amable y respetable la autoridad real en trminos que los vasallos
hallaban un padre afectuoso en un visir fiel a su monarca. Atalmuc
tena entre sus secretarios un joven cachemiriano llamado Zangir,
a quien estimaba ms que a los otros y con cuya conversacin se
complaca, llevndole consigo a la caza y descubrindole hasta sus
ms ntimos secretos. Un da que andaban cazando ambos por un bosque,
viendo el visir dos cuervos que graznaban sobre un rbol, dijo a
su secretario: Me alegrara saber lo que estas aves se dicen en su
lengua. Seor--le respondi el cachemiriano--, vuestros deseos
se pueden satisfacer. Y cmo?, dijo Atalmuc. Habis de saber,
seor--respondi Zangir--, que un dervs cabalista me ense el idioma
de las aves. Si lo deseis, yo escuchar a estos cuervos y os repetir
palabra por palabra lo que les haya odo.

Consinti en ello el visir, y acercndose el cachemiriano a los
cuervos y haciendo como que los escuchaba atentamente, volvi despus
a su amo y le dijo: Seor, podrais creerlo? Nosotros somos el
asunto de su conversacin. Eso no es posible!--exclam el ministro
persiano--. Pues qu dicen de nosotros? Uno de ellos--replic el
secretario--ha dicho: Ve aqu al mismo gran visir, a esa guila
tutelar que cubre con sus alas la Persia como su nido y que se desvela
sin cesar por su conservacin. Para descansar de sus penosas tareas,
viene a cazar a este bosque con su fiel Zangir. Qu dichoso es este
secretario en servir a un amo que le hace mil favores!. Poco a
poco!--interrumpi el otro cuervo--. Poco a poco! No ponderes tanto
la felicidad de ese cachemiriano! Es cierto que Atalmuc conversa con
l familiarmente, que le honra con su confianza, y tampoco pongo duda
en que tendr intencin de darle algn da un empleo importante, pero
entretanto Zangir se morir de hambre. Este pobre infeliz est viviendo
en un miserable cuarto de una posada, en donde carece de lo ms
necesario; en una palabra, pasa una vida miserable, sin que ninguno de
la corte lo eche de ver. El gran visir no cuida de saber si tiene o no
con qu vivir, y, contentndose con tenerle afecto, le deja entregado a
la miseria.

Aqu ces de hablar, para ver cmo se explicaba el duque de Lerma,
quien me pregunt sonrindose qu impresin haba hecho este aplogo
en el nimo de Atalmuc y si aquel gran visir se haba ofendido del
atrevimiento de su secretario. No, seor--le respond, algo turbado
de su pregunta--; la fbula dice, al contrario, que le colm de
beneficios. Fu fortuna--replic el duque con seriedad--, porque hay
ministros que no llevaran a bien se les diesen semejantes lecciones.
Pero--aadi, cortando la conversacin y levantndose--creo que el rey
no tardar mucho en despertar. Mi obligacin me llama a su lado. Dicho
esto, se encamin muy de prisa hacia palacio, sin hablarme ms, y, a lo
que me pareci, muy disgustado de mi fbula indiana.

Segule hasta la puerta del cuarto de su majestad y despus fu a
poner los papeles que llevaba en el sitio de donde los haba tomado.
Entr en un gabinete, en donde trabajaban nuestros dos secretarios
copiantes, que tambin haban ido a la jornada. Qu tiene usted,
seor de Santillana?--dijeron al verme--. Usted est muy demudado! A
usted le ha sucedido algn lance pesaroso!

Yo estaba demasiado impresionado del mal efecto de mi aplogo para
ocultarles la causa de mi afliccin, y as, les cont las cosas que
haba dicho al duque y se manifestaron sensibles a la gran pesadumbre
de que les parec posedo. Tiene usted razn para estar desazonado--me
dijo uno de ellos--. Su excelencia toma algunas veces las cosas al
revs. Esa es mucha verdad--dijo el otro--. Quiera Dios que sea
usted mejor tratado que lo fu un secretario del cardenal Espinosa,
que, cansado de no haber recibido nada en quince meses que le tena
empleado su eminencia, se tom un da la libertad de manifestarle sus
necesidades y de pedir algn dinero para mantenerse! Razn es--le dijo
el ministro--que se os pague. Tomad--prosigui, dndole una libranza
de mil ducados--, id a la Tesorera real a recibir este dinero; pero
acordaos al mismo tiempo que quedo agradecido a vuestros servicios.
El secretario se hubiera ido consolado de ser despedido si despus
de recibir los mil ducados le hubiesen dejado buscar acomodo en otra
parte; pero al salir de casa del cardenal le prendi un alguacil y le
condujo a la torre de Segovia, en donde ha estado mucho tiempo.

Este hecho histrico aument mi temor de modo que me contempl
perdido, y no hallando consuelo, empec a reprenderme de mi poca
paciencia, como si no la hubiese tenido sobrada. Ay de m!--deca--.
Para qu me habr yo aventurado a relatar aquella desgraciada fbula
que ha desagradado al ministro? Acaso ira ya a sacarme de mi apuro y
quiz estaba yo en vsperas de hacer una de aquellas fortunas rpidas
que asombran. Qu de riquezas, qu de honores pierdo por mi desatino!
Deba haber mirado que hay grandes que no gustan se les advierta nada
y que hasta las ms leves cosas que tienen obligacin de dar quieren
sean recibidas como gracias. Mejor me hubiera estado continuar con mi
dieta, sin manifestar nada al duque, y aun dejarme morir de hambre,
para echarle a l toda la culpa!

Aunque hubiera conservado alguna esperanza, mi amo, a quien vi por la
siesta, me la habra desvanecido enteramente. Su excelencia se mostr,
contra su costumbre, muy serio conmigo, y no me habl palabra, lo que
en el resto del da me caus una inquietud mortal, sin que en la noche
estuviese ms tranquilo. La desazn de ver desaparecerse mis agradables
ilusiones y el temor de aumentar el nmero de los presos de Estado slo
me permitieron suspirar y lamentarme.

El da siguiente fu el da de crisis. El duque me hizo llamar aquella
maana. Entr en su cuarto ms azorado que un reo que va a ser juzgado.
Santillana--me dijo alargndome un papel que tena en la mano--, toma
esta libranza... Esta palabra libranza me estremeci, y dije entre
m: Oh, Cielos, aqu tenemos al cardenal Espinosa! El carruaje est
prevenido para Segovia! El sobresalto que se apoder de m en aquel
momento fu tal, que interrump al ministro y, arrojndome a sus pies,
le dije anegado en llanto: Seor, suplico a vuestra excelencia muy
humildemente perdone mi atrevimiento! La necesidad me obliga a dar a
entender a vuestra excelencia mi miseria!

El duque no pudo dejar de rerse al ver mi turbacin. Consulate, Gil
Blas--me respondi--, y yeme. Aunque el descubrirme tus necesidades
sea echarme en cara el no haberlas precavido, no te lo tomo a mal,
amigo mo; antes bien, me atribuyo el mal a m mismo por no haberte
preguntado de qu te mantenas. Mas para empezar a enmendar este
descuido, te doy una libranza de mil quinientos ducados, los cuales te
entregarn a la vista en la Tesorera real. No es esto solo: lo mismo
te prometo todos los aos, y adems te doy facultad de que me hables en
favor de personas ricas y generosas que busquen tu proteccin.

En el impulso de gozo que me causaron estas palabras, bes los pies al
ministro, quien, habindome mandado levantar, sigui hablando conmigo
familiarmente. Por mi parte, quise recobrar mi buen humor, pero no me
fu posible pasar con tanta rapidez de la pena a la alegra. Qued tan
turbado como un delincuente que oye gritar perdn en el instante que
crea recibir el golpe mortal. Mi amo atribuy mi agitacin a slo el
temor de haberle desagradado, aunque el temor de una prisin perpetua
no tuvo en ello menos parte, y me confes que haba aparentado tibieza
para ver si yo senta mucho su mudanza; que mi sentimiento le haba
hecho conocer la inclinacin que le tena, por lo que l tambin me
apreciaba ms.


                             CAPITULO VII

  De lo bien que emple sus mil quinientos ducados; del primer
  negocio en que medi y del provecho que sac de l.


El rey, como si hubiera querido librarme de mi impaciencia, se volvi
el da siguiente a Madrid. Fu volando a la Tesorera real, en donde
cobr inmediatamente el importe de mi libramiento. Es de admirar que
no se le trastorne el juicio a un mendigo que pasa prontamente de la
miseria a la opulencia. Yo mud as que vari de suerte y no escuch
ms que a mi ambicin y a mi vanidad. Dej mi miserable posada de
caballeros para los secretarios que aun no haban aprendido el lenguaje
de los pjaros, y por segunda vez alquil mi hermosa vivienda, que por
fortuna estaba desocupada. Envi a buscar un sastre famoso que vesta
a casi todos los elegantes; me tom la medida y me llev a casa de un
mercader, de donde sac seis varas de pao que deca se necesitaban
para hacerme un vestido. Seis varas de pao para un vestido a la
espaola! Adnde vamos a parar! Pero no murmuremos sobre esto. Los
sastres afamados siempre necesitan ms que los otros. Compr adems
ropa blanca, que me haca gran falta, medias de seda y un sombrero de
castor con galn de oro.

Despus de esto, no sindome decente pasar sin un lacayo, supliqu a
Vicente Foreto, mi husped, me buscase uno de su satisfaccin. Los ms
de los extranjeros que alojaban en su casa solan, luego que llegaban
a Madrid, recibir criados espaoles, lo que atraa a aquella posada
todos los lacayos que se encontraban sin acomodo. El primero que
se present era un mozo de una fisonoma tan apacible y tan devota
que no le quise; me pareca ver en l a Ambrosio de Lamela. Yo no
quiero--dije a Foreto--criados que tengan un aspecto tan virtuoso,
porque estoy escarmentado de ellos. Apenas despach a ste, cuando
lleg otro, que me pareca muy despierto, ms arriscado que un paje
cortesano y, adems, un si es no es taimado. Este me agrad. Hcele
algunas preguntas, a las que respondi con despejo. Conoc que era
travieso y como de molde para mis asuntos. Le recib y no me pes de mi
eleccin, antes advert bien presto que haba hecho un buen hallazgo.
Como el duque me haba permitido le hablase a favor de las personas a
quienes deseara servir, y yo estaba en nimo de no despreciar tan til
permiso, necesitaba de un perdiguero que descubriese la caza, es decir,
de un hombre astuto que tuviese maa y pudiera escudriar y traerme
gentes que tuviesen que pedir al primer ministro. Cabalmente sta era
la habilidad de Escipin--que as se llamaba mi lacayo--, que haba
servido a doa Ana de Guevara, ama de leche del prncipe de Espaa, en
cuya casa la haba ejercitado, siendo esta seora una de aquellas que,
mirndose con algn valimiento en la Corte, quieren aprovecharse de l.

As que manifest a Escipin que me era posible obtener gracias del
rey, sali a campaa, y el mismo da me dijo: Seor, he hecho un gran
descubrimiento: acaba de llegar a Madrid un mozo, caballero granadino,
llamado don Rogerio de Rada. Desea la proteccin de usted para con el
duque de Lerma en un negocio de honor y pagar bien el favor que se le
haga. Me he visto con l y quera dirigirse a don Rodrigo, cuyo poder
le han ponderado, pero se lo he quitado de la cabeza, hacindole saber
que el secretario venda sus buenos oficios a peso de oro, en vez de
que usted se contentaba con una decente demostracin de agradecimiento
y que aun hara usted el empeo de balde si su situacin le permitiese
seguir su inclinacin generosa y desinteresada. En fin, le he hablado
de modo que maana por la maana le tendr usted aqu de madrugada.
Cmo, pues--le dije--, seor Escipin, usted ha andado ya mucho
camino! Conozco que no es usted novicio en materia de manejos y extrao
que no est usted ms rico. Esto es lo que no debe sorprender a
usted--me respondi--; yo no atesoro y quiero que circule el dinero.

Efectivamente, vino a verme don Rogerio de Rada, a quien recib con
una cortesa mezclada de gravedad. Seor mo--le dije--, antes de
tomar cartas por usted, quiero saber el negocio de honor que le trae
a la corte, porque podra ser tal que no me atreviera a hablar de l
al primer ministro. Hgame usted, pues, si gusta, una fiel relacin,
y crea que tomar con calor sus intereses, si son tales que pueda
tomarlos a su cargo un hombre honrado. Con mucho gusto--respondi el
granadino--; voy a contar a usted mi historia sinceramente. Y fu de
esta suerte.


                             CAPITULO VIII

                   Historia de don Rogerio de Rada.


Don Anastasio de Rada, hidalgo granadino, viva dichoso en la ciudad
de Antequera con doa Estefana, su esposa, la que, adems de su genio
afable y extremada hermosura, posea una slida virtud. Si amaba
tiernamente a su marido, l la corresponda con extremo. Pero era muy
celoso, y aunque no tena motivo para dudar de la fidelidad de su
mujer, no dejaba de vivir inquieto. Tema que algn enemigo oculto
de su sosiego intentase ofender su honor, y esta sospecha le haca
desconfiar de sus amigos, menos de don Huberto de Hordales, que entraba
libremente en su casa, como primo de Estefana, siendo a la verdad ste
el nico hombre de quien deba recelar.

Efectivamente, don Huberto, sin atender al parentesco que los una
ni a la amistad particular que don Anastasio le profesaba, se enamor
de su prima y tuvo atrevimiento de declararle su amor. La seora, que
era prudente, en lugar de un rompimiento, que hubiera tenido fatales
consecuencias, reprendi con suavidad a su pariente lo grave de su
maldad en querer seducirla y deshonrar a su marido y le dijo muy
seriamente que no deba esperar el logro de sus designios.

Esta moderacin slo sirvi para inflamar ms al caballero, el cual,
imaginando que era necesario arriesgarlo todo con una mujer de este
carcter, principi a usar con ella de modales poco atentos, y un da
tuvo la avilantez de estrecharla a que satisficiese sus deseos. Ella
le rechaz con severidad y le amenaz con que hara que don Anastasio
castigase su arrojo. Espantado de la amenaza, el galn ofreci no
hablarle ms de amor, y en fe de esta promesa Estefana le perdon lo
pasado.

Don Huberto, que naturalmente era de mala ndole, no pudo ver tan
mal pagado su cario sin concebir un vil deseo de venganza. Conoca
a don Anastasio por hombre celoso y capaz de creer todo cuanto l
quisiera infundirle; este conocimiento le bast para idear el ms
horrible designio que pueda caber en el corazn ms malvado. Una tarde
que se paseaba slo con ste dbil esposo, le dijo con semblante
muy melanclico: Mi amado amigo, yo no puedo estar ms tiempo sin
revelaros un secreto que no pensara descubriros si no conociera que
os importa ms vuestro honor que vuestro reposo; vuestro pundonor
y el mo, en punto de ofensas, no me permitan ocultaros lo que pasa
en vuestra casa. Preparaos a or una noticia que os causar tanta
afliccin como asombro, porque voy a heriros en la parte ms sensible.

Ya os entiendo--interrumpi don Anastasio todo turbado--, vuestra
prima me es infiel! Yo no la reconozco por prima!--repuso Hordales
con aspecto irritado--. La desconozco! Es indigna de teneros por
marido! Eso es demasiado hacerme padecer!--exclam don Anastasio--.
Hablad! Qu ha hecho Estefana? Os ha vendido!--prosigui don
Huberto--. Tenis un rival, a quien recibe de oculto, cuyo nombre no
puedo decir, porque el adltero, a favor de una noche obscura, se
ha escondido de quien le observaba. Lo que yo s es que os engaa,
y de ello estoy seguro. El inters que debo tomar en este asunto
os afianza la verdad de mi narracin. Cuando me declaro contra
Estefana es preciso que est bien convencido de su infidelidad. Es
intil--continu, habiendo observado que sus palabras causaban el
efecto que esperaba--, es ocioso deciros ms. Advierto estis indignado
de la ingratitud con que se atreve a pagar vuestro amor y que meditis
una justa venganza; yo no me opondr a ella. No os paris a considerar
cul es la vctima que vais a sacrificar; mostrad a toda la ciudad que
nada hay que no podis inmolar a vuestro honor.

De este modo excitaba el traidor a un esposo demasiado crdulo contra
una mujer inocente; y le pint con tan vivos colores la afrenta de
que se cubra si dejaba la ofensa sin castigo, que lleg a encender
en clera a don Anastasio, el cual, perdido el juicio, pareciendo que
las furias le agitaban, vuelve a su casa resuelto a dar de pualadas a
su desgraciada esposa. La encuentra que iba a meterse en la cama. Al
pronto se contiene, esperando que los criados se retiren. Entonces,
sin contenerle el temor de la ira del Cielo ni el deshonor que podra
resultar a una honrada familia, ni aun el amor natural que deba
tener a la criatura de seis meses de que su mujer estaba embarazada,
se acerc a su vctima, y lleno de furor, le dijo: Es preciso que
mueras, malvada, y slo te queda un instante de vida, que mi bondad te
deja para que pidas perdn al Cielo del ultraje que me has hecho! No
quiero que pierdas tu alma como has perdido el honor!

Dicho esto, sac un pual. Su accin y expresiones sobresaltaron a
Estefana, la que, echndose a sus pies, le dijo con las manos cruzadas
y fuera de s: Qu tenis, seor? Qu motivo de disgusto os he dado,
por desgracia ma, para que lleguis a tal extremo? Por qu queris
quitar la vida a vuestra esposa? Si sospechis que no os ha sido fiel,
mirad que os engais!

No, no!--repuso el irritado celoso--. Estoy muy cierto de vuestra
traicin! Las personas que me lo han dicho son de todo crdito. Don
Huberto... Ah seor!--interrumpi ella con precipitacin--. No
debis fiaros de don Huberto, que no es tan amigo vuestro como pensis!
Si os ha dicho alguna cosa contra mi virtud, no debis creerle.
Callad, infame!--replic don Anastasio--. Vos misma acreditis
mis sospechas con querer poner mal conmigo a Hordales! No pensis
desvanecerlas! Si me lo queris hacer sospechoso es porque est
enterado de vuestra mala conducta. Quisierais destruir su testimonio,
pero semejante artificio es intil y aumenta en m el deseo que tengo
de castigaros. Amado esposo mo--repiti la inocente Estefana
llorando amargamente--, temed vuestra ciega clera! Si segus sus
movimientos, cometeris una accin de que no podris consolaros cuando
reconozcis la injusticia! Por amor de Dios, aplacad vuestro enojo!
A lo menos, esperad que se aclaren vuestras sospechas, que entonces
haris ms justicia a una mujer que no es culpable.

A otro que a don Anastasio hubieran hecho fuerza estas palabras, y
todava se hubiera enternecido ms con la afliccin de la que las
pronunciaba; pero el cruel marido, lejos de ablandarse, le dijo segunda
vez que se encomendara a Dios y alz el brazo para herirla. Detente,
brbaro!--grit--. Si el amor que me has tenido se ha extinguido
enteramente; si la ternura con que te he amado se ha borrado de tu
memoria; si mis lgrimas no alcanzan a hacerte desistir de tu execrable
intento, respeta siquiera a tu propia sangre! No armes tu mano furiosa
contra un inocente que aun no ha visto la luz! T no puedes ser
verdugo sin ofender al Cielo y a la Tierra! Por lo que a m toca,
te perdono mi muerte; pero no dudes que la suya pedir justicia de un
atentado tan horrible!

Por muy determinado que estuviese don Anastasio a no hacer caso de
las disculpas de Estefana, las imgenes espantosas que ofrecieron a
su espritu estas ltimas palabras no dejaron de suspenderle, y as,
como si hubiese temido que esta emocin paralizase su resentimiento, se
aprovech apresuradamente del furor que le quedaba y atraves con el
pual el costado derecho de su mujer, que, cayendo al punto en tierra,
l la crey muerta. Sali prontamente de su casa y desapareci de
Antequera.

Entre tanto, aquella desgraciada esposa qued tan turbada del golpe
que haba recibido, que permaneci algunos instantes tendida en tierra
sin dar seales de vida; pero recobrando al cabo sus espritus, empez
a quejarse y gemir, lo que hizo acudiese una duea que la serva. Luego
que esta buena mujer vi a su ama en un estado tan lastimoso, di tales
gritos que despert a los dems criados y a los vecinos cercanos,
de modo que en un instante se llen la sala de gente. Se llamaron
cirujanos, quienes, habiendo registrado la herida, no la tuvieron por
peligrosa, sin que errasen en su concepto. Curaron en poqusimo tiempo
a Estefana, quien di felizmente a luz un hijo tres meses despus de
aquel cruel suceso; y yo, seor Gil Blas, soy el fruto de aquel infeliz
parto.

Aunque la murmuracin en ninguna manera reserva la virtud de las
mujeres, respet, no obstante, la de mi madre, y esta sangrienta escena
se contaba en la ciudad como arrojo de un marido celoso. Es verdad que
mi padre estaba reputado por hombre violento y fcil en sospechar.
Hordales juzg con razn que su prima presumira que l con sus chismes
haba trastornado el nimo de don Anastasio, y satisfecho de haberse a
lo menos vengado, ces de visitarla. Por no cansar a vuestra seora
no me detendr en contar la educacin que tuve; solamente dir que mi
madre se dedic principalmente a hacerme ensear el arte de la esgrima
y que me ejercit mucho tiempo en las ms clebres escuelas de Granada
y Sevilla. Esperaba mi madre con impaciencia que yo tuviese edad para
medir mi espada con la de don Huberto, para enterarme entonces del
motivo que tena para quejarse de l, y vindome, en fin, ya de diez y
ocho aos, me lo descubri, derramando abundantes lgrimas y penetrada
de un amargo dolor. Qu impresin no hace en un hijo dotado de valor y
sensibilidad la vista de una madre en este estado! Busqu prontamente a
Hordales, le conduje a un sitio retirado, en donde, despus de un largo
combate, le di tres estocadas y cay en tierra.

Sintindose don Huberto mortalmente herido, fij en m sus ltimas
miradas y me dijo que reciba la muerte de mi mano como justo castigo
del delito que haba cometido contra el honor de mi madre. Confesme
que por vengarse del rigor con que le haba despreciado tom la
resolucin de perderla, y luego expir, pidiendo perdn de su culpa al
Cielo, a don Anastasio, a Estefana y a m. No juzgu acertado volver
a casa a informar a mi madre de este acontecimiento, cuyo cuidado
dej a la fama. Pas la sierra y llegu a la ciudad de Mlaga, donde
me embarqu con un corsario que sala del puerto, quien, conceptuando
que no me faltaba valor, consinti gustoso en que me uniese a los
voluntarios que tena a bordo.

No tardamos mucho en hallar ocasin de distinguirnos. En las cercanas
de las islas de Alborn encontramos un corsario de Melilla, que volva
hacia las costas de Africa con una embarcacin espaola ricamente
cargada, que haba apresado en las aguas de Cartagena. Acometimos
intrpidamente al africano y nos apoderamos de sus dos bajeles, en
los cuales iban ochenta cristianos que conduca esclavos a Berbera,
y aprovechando un viento que se levant y nos era favorable para
acercamos a la costa de Granada, llegamos en breve tiempo a Punta de
Elena.

Preguntamos a los cautivos a quienes habamos libertado de qu parajes
eran, y yo hice esta pregunta a un hombre de muy buen aspecto, que
poda tener cincuenta aos cumplidos. Respondime suspirando que era
de Antequera. Su respuesta me conmovi, sin saber por qu, y tambin
advert que se turbaba. Djele: Yo soy paisano vuestro. Podremos
saber vuestra familia? Ah!--me dijo. No me instis a que satisfaga
vuestra curiosidad si no queris renovar mi dolor! Diez y ocho aos
hace que falto de Antequera, en donde no se pueden acordar de m sin
horror. Usted habr quiz odo muchas veces hablar de m. Me llamo don
Anastasio de Rada... Vlgame Dios!--exclam--. Debo creer lo que
oigo? Conque usted es don Anastasio? Es, pues, mi padre el que veo?
Qu decs, joven!--exclam mirndome atnito--. Ser posible seis
aquel nio desgraciado que todava estaba en el vientre de su madre
cuando la sacrifiqu a mi furor? S, padre mo--le dije--, yo soy
a quien la virtuosa Estefana pari tres meses despus de la funesta
noche en que la dejasteis anegada en su sangre.

Don Anastasio no esper a que acabase estas palabras para abrazarme
estrechamente, y en un cuarto de hora no hicimos ms que mezclar
nuestros suspiros y lgrimas. Despus de habernos entregado a los
tiernos afectos que semejante encuentro deba inspirar, alz mi
padre los ojos al Cielo para darle gracias de haber salvado la vida
a Estefana; pero, pasado un momento, como si temiese drselas sin
motivo, se dirigi a m y me pregunt de qu manera se haba averiguado
la inocencia de su mujer. Seor--le respond--, nadie ha dudado
jams de ella sino vos. La conducta de vuestra esposa ha sido siempre
irreprensible. Es necesario que yo os desengae. Sabed que don Huberto
fu quien os enga. Y entonces le cont toda la perfidia de este
pariente, cmo me haba vengado de l y lo que me haba confesado a
morir.

A mi padre no le caus tanto placer el haber recobrado la libertad
como el or las nuevas que le anunciaba. Colmado de alegra, volvi a
abrazarme tiernamente y no se cansaba de manifestarme lo gustoso que
estaba conmigo. Vamos, hijo mo--me dijo--, tomemos presto el camino
de Antequera! No tendr sosiego hasta echarme a los pies de una esposa
a quien tan indignamente he tratado, porque, despus de conocida mi
injusticia, siento crueles remordimientos que despedazan mi corazn!
Deseando yo reunir estas dos personas para m tan amables, no quise
se alargase tan dulce momento. Dej al corsario, y como mi padre no
quera exponerse a los peligros del mar, compr en Adra, con el dinero
que me toc de la presa, dos mulas. El camino di tiempo para que me
contase sus aventuras, que escuch con aquella atencin ansiosa que
prest el prncipe de Itaca a la narracin de las del rey su padre. En
fin, despus de muchas jornadas llegamos al pie del monte ms inmediato
a Antequera, en donde hicimos alto, y esperamos la media noche para
entrar secretamente en nuestra casa.

Imagine vuestra seora la sorpresa de mi madre al ver a un marido que
crea perdido para siempre; y todava la admiraba ms el modo milagroso
con que puede decirse le haba sido restitudo. Pidile mi padre perdn
de su barbarie, con demostraciones tan vehementes de arrepentimiento
que, enternecida mi madre, en lugar de mirarle como a un asesino,
vi en l un hombre a quien el Cielo la haba sometido; tan sagrado
es el nombre de esposo para una mujer virtuosa. Estefana sinti en
extremo mi fuga y tuvo mucho gusto de verme; pero su alegra no fu
sin desazn. Una hermana de Hordales proceda criminalmente contra el
matador de su hermano y me haca buscar por todas partes, de suerte que
mi madre estaba inquieta vindome en nuestra casa sin seguridad. Esto
me oblig a partir aquella misma noche para la corte, adonde vengo,
seor, a solicitar el perdn que espero obtener, puesto que vuestra
seora quiere hablar a mi favor al primer ministro y apoyarme con todo
su valimiento.

El valiente hijo de don Anastasio di fin aqu a su narracin, y yo con
mucha gravedad le dije: Basta, seor don Rogerio! El caso me parece
perdonable; quedo con el encargo de referir puntualmente este asunto
a su excelencia y me atrevo a prometeros su proteccin. Sobre esto,
el granadino me di mil gracias, que por un odo me hubiera entrado y
por otro salido a no haberme asegurado se seguira la gratificacin
al favor que le hiciera; pero luego que toc esta cuerda me puse en
movimiento. El mismo da cont este suceso al duque, quien, habindome
permitido le presentara al caballero, le dijo: Don Rogerio, estoy
enterado del lance de honor que os trae a la corte. Santillana me ha
dicho todas sus circunstancias. Sosegaos. Vuestra accin es disculpable
y su majestad gusta de perdonar a los nobles que vengan su honor
ofendido. Es necesario que por pura frmula estis preso, pero vivid
seguro de que no lo estaris largo tiempo. En Santillana tenis un buen
amigo, que se encargar de lo dems; l acelerar vuestra libertad.

Don Rogerio hizo una profunda reverencia al ministro, sobre cuya
palabra se fu a la crcel. Su carta de perdn se le expidi
inmediatamente en fuerza de mi solicitud. En menos de diez das envi
a este nuevo Telmaco a reunirse con su Ulises y su Penlope, en vez
de que, si no hubiera tenido protector y dinero, acaso hubiera pasado
un ao en la prisin. De todo esto no saqu ms que cien doblones. No
fu este lance muy provechoso, pero yo no era todava un don Rodrigo
Caldern para despreciarlo.


                              CAPITULO IX

  Por qu medios Gil Blas hizo en poco tiempo una gran fortuna y de
  cmo tom el aire de persona de importancia.


El asunto que acabo de referir me engolosin, y diez doblones que di a
Escipin por su corretaje le animaron a hacer nuevas investigaciones.
Ya dejo celebrados sus talentos para esto, por lo que se le poda dar
el nombre de Escipin el Grande. El segundo penitente que me llev
fu un impresor de libros de caballeras que se haba enriquecido a
despecho del sano juicio. Este impresor haba reimpreso una obra de
uno de sus compaeros y le haban embargado la edicin. Por trescientos
ducados consegu se le devolviesen sus ejemplares y le libr de una
fuerte multa. Aunque esto no era de la inspeccin del primer ministro,
su excelencia quiso a mi ruego interponer su autoridad. Despus del
impresor, me trajo a las manos un mercader, y el negocio era el
siguiente: un navo portugus haba sido apresado por un corsario
berberisco y represado por otro de Cdiz. Las dos terceras partes de
mercancas de que iba cargado pertenecan a un mercader de Lisboa, que,
habindolas reclamado intilmente, vena a la corte de Espaa a buscar
un protector cuyo valimiento fuese bastante para hacrselas entregar,
y tuvo la fortuna de encontrarlo en m. Me empe por l y recobr sus
gneros mediante la cantidad de cuatrocientos doblones que pag por el
favor.

Me parece que oigo al lector gritarme al llegar aqu: Animo, seor de
Santillana! Clcese usted las botas, pues est en camino de adelantar
su fortuna! Oh, no dejar de hacerlo! Si no me engao, veo llegar a
mi criado con un nuevo _quidam_ que acaba de enganchar. Cabalmente es
Escipin. Escuchmosle. Seor--me dice--, permtame usted le presente
a este famoso emprico, quien solicita un privilegio para vender sus
medicamentos por espacio de diez aos en todas las ciudades de la
Monarqua de Espaa, con exclusin de cualesquiera otros; es decir, que
se prohiba a las personas de su profesin establecerse en los lugares
donde est. Por va de agradecimiento dar doscientos doblones al que
le saque el privilegio. Yo dije al charlatn, tomando el aspecto de
un protector: Id, amigo mo; vuestra solicitud corre de mi cuenta!
En efecto, pocos das despus le saqu un privilegio que le permita
engaar al pueblo exclusivamente en todos los reinos de Espaa.

Yo conoc la verdad de aquel refrn que dice que el comer y el rascar
todo es empezar. Pero adems de que adverta que la codicia iba
creciendo en m a medida que iba adquiriendo riquezas, haba logrado
de su excelencia con tanta facilidad las cuatro gracias de que acabo
de hablar, que no me detuve en pedirle la quinta. Esta fu el Gobierno
de la ciudad de Vera, en la costa de Granada, para un caballero de
Calatrava que me ofreca mil doblones. El ministro se ech a rer
vindome caminar tan de prisa. Vive diez, amigo Gil Blas!--me dijo--.
Cmo apretis! Deseis vivamente hacer bien al prjimo! Mirad: cuando
no se trate ms que de bagatelas, no reparar en ello; pero cuando me
pidis Gobiernos u otras cosas de importancia, os quedaris enhorabuena
con la mitad del provecho y a m me daris la otra. No podis
pensar--continu--el gasto que tengo precisin de hacer ni cuntos
arbitrios necesito para mantener la dignidad de mi empleo, porque, a
pesar del desinters que aparento a los ojos del mundo, os confieso
que no soy tan imprudente que quiera abandonar mis intereses propios.
Sirvaos esto de gobierno.

Con esta advertencia me quit mi amo el temor de importunarle, o ms
bien me excit a que prosiguiese con mayor empeo, y me sent an ms
sediento de riquezas que antes. Hubiera yo entonces con gusto hecho
fijar un cartel que dijese que todos aquellos que quisieran conseguir
gracias en la corte no tenan mas que acudir a m; yo iba por un
lado y Escipin por otro buscando ocasiones de servir por dinero.
Mi caballero de Calatrava alcanz el Gobierno de Vera por sus mil
doblones, y bien presto hice conceder otro por el mismo precio a un
caballero de Santiago. No contento con nombrar gobernadores, conced
hbitos de las Ordenes militares, transform algunos buenos plebeyos
en malos hidalgos con famosos ttulos de nobleza; quise tambin que la
clereca participase de mis favores, y as, confer beneficios cortos,
canonjas y algunas dignidades eclesisticas. En orden a los obispados
y arzobispados era el colador de ellos el seor don Rodrigo Caldern,
quien adems nombraba para las togas, encomiendas y virreinatos,
lo que prueba que no se provean los empleos grandes mejor que los
pequeos, porque los sujetos a quienes nosotros elegamos para ocupar
los puestos de que hacamos un trfico tan honorfico no eran siempre
los ms hbiles ni los ms honrados. Sabamos muy bien que los burlones
de Madrid se divertan en este punto a costa nuestra, pero nosotros
parecamos a los avaros, que se consuelan de las murmuraciones del
pueblo recontando su dinero.

Iscrates llama con razn a la intemperancia y a la locura _compaeras
inseparables de los ricos_. Cuando me vi dueo de treinta mil ducados
y en disposicin de ganar quiz diez tantos ms, juzgu me tocaba
hacer un papel digno de un confidente del primer ministro; alquil
una casa entera, que hice adornar lujosamente; compr el coche de un
escribano, que lo haba echado por ostentacin y que se deshizo de l
por consejo de su panadero. Recib un cochero, tres lacayos, y como es
regular promover a los criados antiguos, ascend a Escipin al triple
honor de mi ayuda de cmara, mi secretario y mayordomo mo. Pero lo
que acab de colmar mi orgullo fu que el ministro tuviese a bien que
mis criados llevasen su librea. Con esto perd lo que me restaba de
juicio; no estaba menos loco que los discpulos de Porcio Latro cuando,
a fuerza de haber bebido agua de cominos, se pusieron tan plidos como
su maestro, imaginndose tan sabios como l. Poco me faltaba para
juzgarme pariente del duque de Lerma. Se me puso en la cabeza pasara
por tal, y quiz por uno de sus hijos bastardos, cosa que me lisonjeaba
extremadamente.

Adase a esto que quise, como su excelencia, tener mesa de estado, y
a este efecto encargu a Escipin me buscase un cocinero, y me trajo
uno que poda casi compararse con el del romano Nomentano, de golosa
memoria. Abastec mi cueva de vinos exquisitos, y despus de haber
hecho las dems provisiones necesarias, principi a convidar gentes.
Todas las noches venan a cenar a mi casa algunos de los principales
covachuelistas del ministro, los cuales se apropiaban con vanidad
el dictado de secretarios de Estado. Les tena muy buena comida y
siempre iban bien bebidos. Escipin por su parte--porque tal amo tal
criado--tambin daba mesa en el tinelo, en donde a costa ma regalaba
a sus conocidos. Pero adems de que yo quera a este mozo, como l
contribua a hacerme ganar dinero, me pareca tena derecho para
ayudarme a gastarlo, fuera de que yo miraba estas disposiciones como
un joven que no reflexiona el dao que se le sigue y slo considera
el honor que le resulta de ellas. Haba asimismo otro motivo para no
cuidar de esto, y era que los beneficios y empleos no cesaban de traer
agua al molino, con lo que mi caudal se aumentaba cada da, y yo crea
tener clavada la rueda de la fortuna.

Slo faltaba a mi vanidad que Fabricio fuese testigo de mi vida
ostentosa. Creyendo habra ya vuelto de Andaluca, quise tener el
gusto de sorprenderle, y a este fin le envi un papel annimo, en el
que le deca que un seor siciliano, amigo suyo, le esperaba a cenar,
sealndole da, hora y lugar adonde deba acudir; la cita era en mi
casa. Nez vino a ella y se qued sumamente admirado cuando supo que
yo era el seor extranjero que le haba convidado. S--le dije--,
amigo mo, yo soy el dueo de esta casa! Tengo coche, buena mesa y
sobre todo un gran caudal! Es posible--exclam con viveza--que
te encuentre nadando en la opulencia! Cunto me alegro de haberte
colocado con el conde Galiano! Bien te deca yo que aquel seor
era generoso y que no tardara en acomodarte! Sin duda--aadi--que
seguiste el sabio consejo que te di de aflojar algo la rienda al
repostero. Sea enhorabuena! Con esa prudente conducta engordan tanto
los mayordomos de las casas grandes.

Dej a Fabricio aplaudirse cuanto quiso de haberme llevado a casa del
conde Galiano, y despus, para moderar la alegra que manifestaba de
haberme agenciado tan buen puesto, le dije sin omitir circunstancias
las seales de agradecimiento con que este seor haba pagado lo que
le haba servido; pero percibiendo que mi poeta mientras yo le refera
estos pormenores cantaba interiormente la palinodia, le dije: Yo
perdono al siciliano su ingratitud. Hablando aqu entre los dos, ms
motivo tengo de darme el parabin que de lamentarme. Si el conde no
se hubiera portado mal conmigo, le habra seguido a Sicilia, en donde
todava le estara sirviendo esperanzado de un acomodo incierto. En una
palabra, no sera confidente del duque de Lerma.

Estas ltimas palabras dejaron tan atnito a Nez, que por el
pronto no pudo desplegar los labios; pero luego, rompiendo de golpe
el silencio, me dijo: Es verdad lo que oigo? Que logris de la
confianza del primer ministro! La divido--le respond--con don
Rodrigo Caldern, y segn las apariencias llegar ms lejos. Es
verdad, seor de Santillana--replic--, que me causis admiracin.
Sois capaz de desempear toda clase de empleos! Qu talentos se unen
en vos! O ms bien, para servirme de una expresin a nuestro modo,
poseis un talento universal, es decir, que para todo sois adecuado.
Finalmente, seor--prosigui--, me alegro mucho de la prosperidad de
vuestra seora. Oh qu diablos!--interrump yo--. Seor Nez,
nada de seor ni seora! Dejaos de esos tratamientos y vivamos
siempre con familiaridad! Tienes razn--repiti--. Aunque te hayas
enriquecido, no debo mirarte con otros ojos que con los que te he
mirado siempre. Pero--aadi--te confieso mi flaqueza: al or tu
fortuna me ofusqu. Gracias a Dios, pasado mi alucinamiento, no veo en
ti ms que a mi amigo Gil Blas.

Nuestra conversacin fu interrumpida por cuatro o cinco covachuelistas
que llegaron. Seores--les dije mostrndoles a Nez--, ustedes
cenarn con el seor don Fabricio, que hace versos dignos del rey Numa
y que escribe en prosa como nadie escribe. Por desgracia, yo hablaba
con gentes que hacan tan poco caso de la poesa que dejaron cortado al
poeta; apenas se dignaron mirarle. Por ms que dijo cosas muy agudas
para atraerse su atencin, no le escucharon; lo que le pic tanto que,
tomando una licencia potica, se escurri sutilmente de entre todos y
desapareci. Nuestros covachuelistas no advirtieron su retirada y se
sentaron a la mesa sin preguntar siquiera qu se haba hecho.

Al siguiente da por la maana, cuando yo me acababa de vestir y
me dispona a salir de casa, el poeta de las Asturias entr en mi
gabinete. Perdname, amigo mo--me dijo--, si he ofendido a tus
covachuelistas; pero, hablando con franqueza, me encontr tan desairado
entre ellos, que no pude resistir. Son para m muy fastidiosos unos
hombres tan presumidos y almidonados. No alcanzo cmo t, que tienes
un entendimiento tan delicado, puedes acomodarte a convidados tan
estpidos! Yo quiero desde hoy traerte otros ms listos. Tendr--le
dije--mucha satisfaccin en eso, y para ello me fo de tu gusto. Con
razn!--me respondi--. Yo te prometo talentos superiores y de los ms
entretenidos. Voy de aqu a una casa de vinos generosos, adonde van a
reunirse dentro de poco; los apalabrar para que no se comprometan con
otro, porque son tan festivos que en todas partes los apetecen.

Dicho esto me dej, y por la noche, a la hora de cenar, volvi,
acompaado de slo seis autores, que me present uno tras otro,
hacindome su elogio. Si se le hubiera de creer, aquellos grandes
ingenios sobrepujaban a los de Grecia y de Italia, y sus obras--deca
l--merecan imprimirse en letras de oro. Recib a aquellos seores
muy atentamente y aun afect llenarlos de atenciones, porque la nacin
de los autores es un poco vana y amiga de gloria. Aunque no hubiera
encargado a Escipin que la cena fuese abundante, como l saba la
clase de gentes a que deba obsequiar en aquel da, la haba dispuesto
con profusin.

En fin, nos sentamos a la mesa con mucha alegra. Mis poetas
principiaron a hablar de s propios y a alabarse. Uno citaba con
vanidad los grandes y las seoras a quienes agradaba su musa; otro,
vituperando la eleccin que una academia de literatos acababa de
hacer de dos sujetos, deca modestamente que deban haberle elegido;
los dems discurran con la misma presuncin. Mientras coman, me
fastidiaron con trozos de versos y de prosa. Cada uno de ellos recitaba
por turno algn pasaje de sus escritos; uno lee un soneto, el otro
declama una escena trgica, otro lee la crtica de una comedia, y el
cuarto, leyendo a su vez una oda de Anacreonte, traducida en malos
versos espaoles, es interrumpido por uno de sus compaeros, que le
dice se ha servido de una voz impropia. El autor de la traduccin
defiende lo contrario y se arma una disputa, en la cual todos los
ingenios toman partido. Las opiniones son diversas; los disputantes
se acaloran y llegan a las injurias. Todo esto era tolerable; pero
aquellos furiosos se levantan de la mesa y andan a cachetes. Fabricio,
Escipin, mi cochero, mis lacayos y yo, en qu nos vimos para ponerlos
en paz! Cuando se vieron separados salieron de mi casa como de una
taberna, sin pedirme ningn perdn de su impoltica.

Nez, sobre cuya palabra haba yo formado una idea agradable de
aquella comida, se qued atnito del lance. Y bien--le dije--, amigo,
me elogiaris todava a vuestros convidados? A fe ma que me habis
trado unas gentes bien despreciables! Atngome a mis covachuelistas.
No me hables ms de autores! Yo no pienso--me respondi--presentarte
otros, pues acabas de ver a los ms juiciosos.


                              CAPITULO X

  Corrmpense enteramente las costumbres de Gil Blas en la Corte; del
  encargo que le di el conde de Lemos y de la intriga en que este
  seor y l se metieron.


Luego que se lleg a saber que yo era privado del duque de Lerma,
empec a tener corte. Todas las maanas estaba mi antesala llena
de gente, a quien daba audiencia al levantarme. Venan a mi casa
dos clases de personas: unas, interesndome con dinero para que
pidiese alguna gracia al ministro, y otras a moverme con splicas
para conseguirles _gratis_ lo que pretendan. Las primeras tenan
seguridad de ser escuchadas y bien servidas. En orden a las segundas,
me desembarazaba prontamente con excusas, o les entretena tanto tiempo
que les haca perder la paciencia. Antes de hacer papel en la Corte era
yo naturalmente piadoso y caritativo; pero como en ella no hay esta
debilidad, me hice ms duro que un pedernal, y, de consiguiente, perd
tambin el cario a mis amigos y me desnud de todo el afecto que les
tena. En prueba de esta verdad voy a contar cmo trat en una ocasin
a Jos Navarro.

Este Jos Navarro, al que tanto tena que agradecer y quien--para
decirlo de una vez--era la causa primordial de mi fortuna, vino un da
a mi casa. Despus de haberme mostrado mucho amor, como lo acostumbraba
hacer siempre que me encontraba, me suplic pidiese al duque de Lerma
cierto empleo para uno de sus amigos, dicindome que el sujeto por
quien se interesaba era un mozo muy amable y de gran mrito, pero que
necesitaba empleo para subsistir. No dudo--aadi Jos--que siendo
usted tan bueno y amigo de hacer un favor tendr gusto en hacer bien
a un pobre hombre honrado. Su indigencia es un ttulo que merece el
apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me daris las gracias, porque
os proporciono ocasin de ejercer vuestra condicin caritativa. Esto
era decirme claramente que esperaba que hiciese este favor de balde.
Aunque esto me disgustaba, no dej de aparentar que estaba propicio a
servirle. Me alegro--respond a Navarro--de tener esta ocasin en que
poder manifestar a usted mi vivo agradecimiento a cuanto usted ha hecho
por m; me basta que usted se interese por cualquiera y no necesita
otra recomendacin para decidirme a servirle. Su amigo de usted tendr
el empleo que desea; cuente usted con ello. Este es asunto mo y no de
usted.

Con estas expresiones, Jos se fu muy satisfecho de mi favor. Sin
embargo, su recomendado se qued sin empleo, porque lo hice dar a otro
por mil ducados que met en mi gaveta. Prefer tomar este dinero a los
agradecimientos que hubiera recibido de mi buen repostero, a quien,
con un modo pesaroso, dije cuando nos volvimos a ver: Ah, mi amado
Navarro! Usted me habl tarde. Caldern se me anticip a dar el empleo
que usted sabe. Siento en extremo no dar a usted mejor noticia.

Jos me crey de buena fe y nos separamos ms amigos que nunca; pero
creo que presto descubri la verdad, porque no volvi a parecer por mi
casa. En vez de sentir algunos remordimientos de haberme portado tan
mal con un amigo verdadero y a quien tanto deba, qued muy contento.
Adems de que ya me pesaban los favores que me haba hecho, no me
pareci conveniente tratar con reposteros en la categora en que me
hallaba en la corte.

Volvamos al conde de Lemos, de quien hace tiempo no he hablado y al
que visitaba algunas veces. Le haba llevado mil doblones, como tengo
dicho, y todava le llev otros mil por orden del duque su to, del
dinero que yo tena de su excelencia. En este da fu cuando el conde
quiso tener una larga conversacin conmigo, en la cual me manifest que
al fin haba logrado su intento y que enteramente gozaba del favor del
prncipe de Espaa, de quien era el nico confidente, y en seguida me
di un encargo muy honroso, para el cual ya me tena destinado. Amigo
Santillana--me dijo--, vamos, manos a la obra! No dejis de hacer
cuanto podis para descubrir alguna beldad digna de divertir a este
prncipe galn! Entendimiento tenis; nada ms os digo. Id, corred,
investigad, y cuando hayis descubierto una cosa buena, decdmelo!
Ofrec al conde no omitir diligencia para contribuir al buen desempeo
de mi empleo, cuyo ejercicio no debe de ser muy difcil, pues hay
tantas gentes que se ocupan en l.

Yo no estaba muy acostumbrado a este gnero de averiguaciones, pero no
dudaba que Escipin sera tambin admirable para el caso. Luego que
volv a casa, le llam y le dije a solas: Hijo mo, tengo que hacerte
un encargo importante. En medio de tanto como sabes me favorece la
fortuna, conozco que me falta alguna cosa. Fcilmente adivino lo
que es--interrumpi sin dejarme acabar lo que quera decirle--; usted
necesita una ninfa agradable que le distraiga un poco y le divierta,
y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor de sus das, no
la tenga, cuando viejos barbones no pueden estar sin ella. Admiro
tu perspicacia!--le dije sonrindome--. S, amigo mo, necesito una
dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas advierte que soy muy
delicado en este negocio; quiero una persona linda y que no tenga malas
costumbres. Lo que usted desea--interrumpi Escipin sonrindose--es
algo raro; no obstante, estamos, a Dios gracias, en un pueblo en donde
hay de todo, y espero encontrar presto lo que usted pretende.

Efectivamente, a los tres das me dijo: He descubierto un
tesoro: una seorita joven, llamada Catalina, de buena familia y
de indecible hermosura. Vive a la sombra de una ta suya, en una
casita, en donde subsisten ambas muy decentemente con sus haberes,
que no son considerables. La criada que las sirve es conocida ma
y acaba de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie, no sera
difcil la hallase un galn rico y esplndido, con tal que, para no
escandalizar, entrase en su casa slo de noche y con todo sigilo. En
esta inteligencia, le he pintado a usted como un hombre digno de que
le admitan en su casa, y he suplicado a la criada se lo proponga a
las dos seoras, lo cual me ha ofrecido, como tambin ir maana a un
sitio determinado a darme la respuesta. Bravo va el negocio!--le
respond--. Pero temo te engae la criada. No, no!--replic--. No
me dejo yo engaar tan fcilmente! He preguntado ya a los vecinos, y
de lo que me han dicho he inferido que la seora Catalina es tal como
usted la puede desear; es decir, una Dnae, de quien usted puede ser el
Jpiter enviando una lluvia de doblones.

Sin embargo de la desconfianza que tena de esta clase de hallazgos,
no dej de aceptar ste, y como la criada al da siguiente avisase
a Escipin que poda presentarme aquella misma noche en casa de sus
amas, entre once y doce me entr en ella con mucho sigilo. La criada me
recibi a obscuras, me cogi de la mano y me llev a una sala decente,
en donde encontr a las dos seoras airosamente vestidas y sentadas en
almohadones de raso. Luego que me vieron se levantaron y me saludaron
con tanta finura que me parecieron personas distinguidas. La ta,
que se llamaba la seora Menca, aunque todava de buen parecer, no
atrajo mi atencin. Es verdad que toda se la llevaba la sobrina, que
me pareci una diosa, y aunque examinada rigurosamente poda decirse
que no era una hermosura perfecta, tena, con todo, tantas gracias,
que, aadidas a un rostro atractivo y voluptuoso, ofuscaban y hacan
imperceptibles sus defectos.

Su vista me turb los sentidos. Olvid que iba como emisario; habl en
mi propio y privado nombre y me manifest apasionado. La seorita, cuyo
entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo que realmente era--tan
bien me haba parecido--, acab de enamorarme con sus respuestas. Ya
principiaba yo a estar fuera de m, cuando, para moderar la ta mis
impulsos, tom la palabra y me dijo: Seor de Santillana, voy a hablar
a vuestra seora francamente. Por lo mucho bien que me han dicho de
vuestra seora le he permitido entrar en mi casa, sin ponderarle
el gran favor que le hago en ello; pero no crea vuestra seora por
eso que ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina con
recato, y vos sois, por decirlo as, el primer caballero a quien la he
presentado. Si os parece digna de ser vuestra esposa, tendr el mayor
gusto en que ella logre este honor; ved si a este precio os conviene,
pues a otro no la conseguiris.

Este tiro a quemarropa ahuyent el Amor, que me iba a disparar una
flecha. Hablando sin metfora, un casamiento propuesto tan a secas me
hizo entrar en m mismo, y volviendo de repente a ser fiel agente del
conde de Lemos, mud de tono y respond a la seora Menca: Seora,
vuestra franqueza me agrada, y por tanto quiero imitarla. Aunque
hago un papel distinguido en la corte, no basta ste para merecer a
la sin igual Catalina; le tengo reservado un partido ms brillante:
la destino para el prncipe de Espaa. Me parece--respondi la ta
framente--que bastaba despreciar a mi sobrina, sin que fuera necesario
acompaar el desprecio con la burla. No me burlo, seora--exclam--,
hablo seriamente. Tengo orden de buscar una persona de mrito a quien
pueda honrar con sus visitas secretas el prncipe de Espaa, y en casa
de usted he hallado lo que buscaba.

Esta declaracin sorprendi en gran manera a la seora Menca, a quien
conoc no le haba desagradado. Sin embargo, creyendo que deba hacer
la reservada, me replic en estos trminos: Aun cuando tomara al pie
de la letra lo que vuestra seora me dice, ha de saber que no soy de
carcter que haga vanidad del infame honor de ver a mi sobrina ser
dama de un prncipe; mi decoro se ofende con la idea... Qu bendita
es usted--le interrump--con su virtud! Usted piensa como una simple
aldeana y se chancea si mira estas cosas con tanto escrpulo. Eso es
quitarles lo que tienen de bueno! Es necesario mirarlas con mejores
ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina al heredero de la
Monarqua; representaos que la adora y la llena de regalos; y pensad,
en fin, que quiz puede nacer de ella un hroe que inmortalice el
nombre de su madre con el suyo.

Fingi la ta no saber a qu resolverse, aunque estaba determinada a
aceptar mi propuesta, y Catalina, que ya hubiera querido poseer al
prncipe, aparent la mayor indiferencia, por lo que tuve que hacer
nuevos esfuerzos para estrechar la plaza, hasta que al fin la seora
Menca, vindome ya cansado y en disposicin de levantar el sitio, toc
la llamada, y ajustamos una capitulacin que contena los artculos
siguientes: _Primero_: Que si por los informes que diese yo al prncipe
de las gracias de Catalina gustaba de ella y determinaba hacerle una
visita nocturna, sera de mi cargo advertir de ella a las seoras, como
igualmente de la noche que eligiese para este efecto. _Segundo_: Que
el prncipe haba de entrar en casa de dichas seoras como un galn
cualquiera y acompaado slo de m y de su principal confidente.

Celebrado este convenio, me hicieron mil agasajos ta y sobrina.
Empezaron a tratarme familiarmente, con lo que me aventur a algunas
llanezas, que no fueron muy mal recibidas, y cuando nos separamos
me abrazaron de su propio motivo, hacindome todas las caricias
imaginables. Es cosa maravillosa la facilidad con que se traba amistad
entre los corredores de amor, digmoslo as, y las mujeres que lo
necesitan! Al verme salir de all tan favorecido, nadie hubiera dicho
sino que yo haba sido ms dichoso de lo que era en realidad.

El conde de Lemos tuvo suma alegra cuando le dije que haba hecho
un descubrimiento cual poda apetecerlo. Le habl de Catalina en
tales trminos que le entraron deseos de verla. Le conduje la noche
siguiente, y me confes que haba hecho muy buen hallazgo. Dijo a las
seoras que no dudaba que el prncipe quedase muy complacido de ver a
la seorita que yo le haba elegido y que sta por su parte no quedara
descontenta de tal amante, por ser el prncipe generoso, afable y lleno
de bondad. En fin, les ofreci que le conduciran dentro de algunos
das del modo que deseaban, esto es, sin acompaamiento ni ruido. Este
seor se despidi y yo me retir con l para ir a tomar el coche en que
habamos venido, el cual nos esperaba al fin de la calle. Despus me
llev a mi casa y me encarg enterase al da siguiente a su to de esta
principiada aventura y le suplicase de su parte le enviara mil doblones
para finalizarla.

Con efecto, al da siguiente fu a dar puntual cuenta de cuanto haba
pasado al duque de Lerma, callando la parte que haba tenido Escipin
en el negocio para pasar yo por autor del descubrimiento de Catalina,
porque de todo hace uno mrito para con los grandes.

Y as fu que se me dieron gracias de ello. Seor Gil Blas--me dijo
el ministro con aire burln--, me alegro que usted una a sus dems
talentos el de descubrir las hermosuras halageas, y no extraar
que cuando yo necesite alguna acuda a usted. Seor--le respond en
el mismo tono--, agradezco la preferencia; pero permtaseme que diga
que escrupulizara si proporcionase esta clase de placeres a vuestra
excelencia, porque hace tanto tiempo que el seor don Rodrigo est en
posesin de ese empleo, que se le hara una injusticia en despojarle de
l. El duque se sonri de mi respuesta y, mudando de conversacin, me
pregunt si su sobrino peda dinero para esta empresa. Perdonad--le
dije--, l suplica a vuestra excelencia le enve mil doblones. Est
bien--respondi el ministro--, no tienes ms que llevrselos. Dile que
no los escasee y que aplauda todos los gastos que el prncipe quiera
hacer.


                              CAPITULO XI

  De la visita secreta y de los regalos que el prncipe hizo a
  Catalina.


En aquel mismo punto llev los mil doblones al conde de Lemos. No
podais venir ms a tiempo!--me dijo este seor--. He hablado al
prncipe, quien ha cado en el lazo y desea con impaciencia ver a
Catalina, por lo que se ha resuelto que esta noche salga secretamente
de palacio para ir a su casa. Las medidas estn ya tomadas. Dselo
as a las seoras y dales el dinero que me traes. Es necesario
manifestarles que el que va a verlas no es un amante comn; fuera
de que los regalos de los prncipes deben preceder a sus galanteos.
Supuesto que le has de acompaar conmigo--prosigui--, hllate esta
noche en palacio a la hora de acostarse. Tambin ser preciso que tu
coche, porque me parece del caso servirnos de l, nos espere a media
noche cerca de Palacio.

Me fu inmediatamente a casa de las seoras, en la que no vi a
Catalina, por estar, segn se me dijo, acostada, y slo habl con la
seora Menca. Perdone usted, seora--le dije--, si vengo de da a su
casa, porque no puedo hacer otra cosa; me es preciso avisar a usted que
el prncipe vendr aqu esta noche; y reciba usted--aad entregndole
el talego en donde llevaba el dinero--, reciba usted una ofrenda que
enva al templo de Citerea para que le sean propicias sus deidades. Ya
ve usted que no les he proporcionado una mala conveniencia. Doy a
usted las gracias--me respondi--. Pero dgame, seor de Santillana, si
al prncipe le gusta la msica. Con extremo!--le contest--. Ninguna
cosa le divierte tanto como una buena voz acompaada de un lad tocado
con destreza. Mucho mejor!--exclam ella enajenada de alegra--. Lo
que usted dice me llena de gozo, porque mi sobrina tiene la garganta
de un ruiseor, tae maravillosamente el lad y tambin baila con
perfeccin. Vive diez--exclam--, esas son muchas habilidades, ta
ma! No necesita tantas una seorita para hacer fortuna; una sola de
esas gracias le basta.

Dispuestas as las cosas, esper la hora en que el prncipe sola
acostarse. Llegada sta, di mis rdenes al cochero y me reun al conde
de Lemos, quien me dijo que el prncipe, para quedarse solo antes de
tiempo, iba a fingir una ligera indisposicin, y aun acostarse, a fin
de hacer creer mejor que estaba malo, pero que de all a una hora se
levantara y por una puerta falsa tomara una escalera excusada que
iba a dar a los patios. Luego que me enter de lo que ambos haban
concertado, me apost en un sitio por donde me asegur haba de pasar.
Dur tanto el poste, que comenc a creer que nuestro galn haba
tomado otro camino o perdido el deseo de ver a Catalina, como si los
prncipes abandonaran estos antojos antes de haberlos satisfecho. En
fin, cuando crea que me haban olvidado, se llegaron a m dos hombres,
que conoc ser los que esperaba, y los conduje a mi coche, en el cual
subimos ambos. Yo iba cerca del cochero para guiarle y le hice parar a
cincuenta pasos de donde vivan las seoras. Di la mano al prncipe y a
su compaero para ayudarles a bajar y marchamos a la casa, cuya puerta
nos abrieron inmediatamente que llamamos y volvieron a cerrar.

Al principio nos encontramos en las mismas tinieblas en que yo me vi
la primera vez, aunque por distincin haban puesto en la pared una
lamparilla, cuya luz era tan escasa que solamente la percibamos, sin
que ella nos alumbrara. Todo esto serva para hacer la aventura ms
agradable a su hroe, el cual qued vivamente sorprendido a vista
de las seoras, que le recibieron en la sala, en donde la claridad
de un sinnmero de bujas recompens la obscuridad que haba en el
patio. La ta y la sobrina se presentaron en gracioso traje de casa,
seductoramente descuidado, y con aire tan atractivo que no se podan
mirar sin embelesamiento. Nuestro prncipe, si no hubiera tenido que
escoger, se hubiera contentado muy bien con la seora Menca; pero di
la preferencia, como era razn, a las gracias de la joven Catalina.

Y bien, prncipe mo--le dijo el conde--, podamos haber
proporcionado a vuestra alteza el gusto de ver dos personas ms
bonitas? Ambas me embelesan--respondi el prncipe--. No pienso sacar
libre de aqu mi corazn, pues si faltara la sobrina no se escapara de
la ta.

Despus de este cumplimiento, tan agradable para una ta, dijo mil
cosas lisonjeras a Catalina, a las que sta respondi con mucha
discrecin. Como les es permitido a las gentes honradas que hacen el
personaje que yo en esta ocasin mezclarse en la conversacin de los
amantes, siempre que sea para atizar el fuego, dije al galn que su
ninfa cantaba y tocaba a las mil maravillas. Se alegr de saber tuviese
estas habilidades y le suplic le diese alguna muestra de ellas. Con
mucho gusto cedi a sus instancias, y, tomando un lad bien templado,
toc sonatas tiernas y cant de un modo tan expresivo, que el prncipe
se ech a sus pies enajenado de amor y de placer. Pero dejemos a un
lado esta pintura y digamos solamente que la dulce embriaguez en que
se haba sepultado el heredero de la Monarqua hizo que las horas
le pareciesen momentos y que tuvisemos que arrancarle de aquella
peligrosa casa cuando ya se acercaba el da. Los seores agentes
le condujeron prontamente a palacio y le dejaron en su aposento.
Despus se volvieron a su casa, tan contentos de haberle unido con una
aventurera como si le hubiesen casado con una princesa.

La maana siguiente cont el suceso al duque de Lerma, porque todo lo
quera saber, y al concluir mi narracin lleg el conde de Lemos y nos
dijo: El prncipe de Espaa est tan prendado de Catalina y le ha
gustado tanto, que piensa ir a verla con frecuencia y no aficionarse a
otra. Quisiera enviarle hoy dos mil doblones en joyas, pero no tiene
dinero. Ha acudido a m y me ha dicho: Mi amado Lemos, es preciso me
busques al momento esta cantidad. S que te incomodo, que apuro tu
bolsillo, y por tanto mi corazn te est muy agradecido, y si en algn
tiempo me hallo en estado de serte reconocido de otro modo que por el
agradecimiento a todo lo que has hecho por m, no te arrepentirs de
haberme servido. Yo le respond, separndome de l inmediatamente:
Prncipe mo, tengo amigos y crdito; voy a buscar lo que vuestra
alteza desea. No es difcil satisfacerle--dijo entonces el duque a
su sobrino--. Santillana va a traeros ese dinero, o, si queris, l
mismo comprar las joyas, porque es muy inteligente en pedreras, y
sobre todo en rubes. No es verdad, Gil Blas?, aadi mirndome
con un aire taimado. Qu malicioso sois, seor!--le respond--. Veo
que vuestra excelencia quiere hacer rer a costa ma al seor Conde.
Y as sucedi. El sobrino pregunt qu misterio encerraba aquello.
Ninguno!--replic el to rindose--. Es que un da Santillana quiso
trocar un diamante por un rub, y este trueque no redund ni en honor
ni en provecho suyo.

Hubiera salido bien librado si el ministro no hubiera dicho ms, pero
se tom el trabajo de contar la pieza que Camila y don Rafael me haban
jugado en la posada de caballeros y se extendi particularmente en las
circunstancias que yo ms senta. Despus de haberse divertido bien
su excelencia, me mand acompaar al conde de Lemos, quien me llev a
casa de un joyero, en donde escogimos las joyas, que fuimos a ensear
al prncipe de Espaa, las cuales se me confiaron para que se las
entregase a Catalina, y despus fu a mi casa a tomar dos mil doblones
del dinero del duque para irlas a pagar.

Es ocioso preguntar si la noche siguiente me recibieron con agrado
las seoras cuando les present los regalos de mi embajada, que
consistan en un bello par de rosetas de diamantes para la ta y unas
arracadas de lo mismo para la sobrina. Enajenadas una y otra con estas
demostraciones de amor y generosidad del prncipe, empezaron a charlar
como dos cotorras y a darme gracias porque les haba agenciado tan buen
conocimiento, y con el exceso de su alegra dieron a entender lo que
eran. Se les escaparon algunas palabras que me hicieron sospechar que
yo haba facilitado una bribona al hijo de nuestro gran monarca. Para
averiguar con certeza si yo haba sido autor de tan buena obra, me
retir con intento de tener una conferencia con Escipin.


                             CAPITULO XII

  Quin era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud y la
  precaucin que tom para tranquilizar su nimo.


Al entrar en mi casa o un gran estrpito, y preguntada la causa, me
dijeron que Escipin tena aquella noche a cenar a seis amigos suyos.
Cantaban cuanto ms alto podan y daban grandes carcajadas de risa.
Esta cena, a la verdad, no era el banquete de los siete sabios.

El que daba el festn, luego que supo mi llegada, dijo a sus
convidados: Seores, no es nada. Es el amo que ha vuelto; no os
inquietis por eso; continuad divirtindoos. Voy a decirle dos palabras
y al instante vuelvo. Dicho esto se vino a m. Qu gritera es
esa?--le dije--. A qu clase de personajes festejas all abajo? Son
poetas? Perdone usted!--me respondi--. Sera lstima dar a beber
vuestro vino a semejantes sujetos; yo s hacer mejor uso de l. Entre
mis convidados hay un joven muy rico, que quiere lograr un empleo por
vuestra mediacin y por su dinero, y a causa suya se hace la fiesta.
A cada trago que bebe aumenta diez doblones a lo que ha de tocaros,
y quiero hacerle beber hasta el amanecer. En ese supuesto--le
respond--, vulvete a la mesa y no escasees el vino de mi cueva.

No juzgu oportuno hablarle entonces de Catalina, dejndolo para la
maana al levantarme, lo que hice de esta suerte: Amigo Escipin, t
sabes de qu modo vivimos los dos. Yo te trato ms como a compaero
que como a criado, y, por consiguiente, hars muy mal en engaarme
como a amo. Entre nosotros no ha de haber secreto. Voy a decirte una
cosa que te sorprender, y t por tu parte me dirs lo que piensas
de las dos mujeres que me has dado a conocer. Hablando los dos en
satisfaccin, sospecho que son dos taimadas, tanto ms astutas cuanto
ms sencillez aparentan. Si les hago justicia, no tiene el prncipe
de Espaa gran motivo de estarme agradecido, porque te confieso que
para l te ped la dama. Le he llevado a casa de Catalina y se ha
enamorado de ella. Seor--me respondi Escipin--, usted se porta
demasiado bien conmigo para que yo le falte a la sinceridad. Ayer tuve
una conversacin a solas con la criada de estas dos ninfas, y me cont
su historia, que me ha parecido divertida. Voy a haceros sucintamente
relacin de ella, y no sentiris haberla odo. Catalina--prosigui--es
hija de un hidalguillo aragons. Habiendo quedado hurfana de edad
de quince aos, y tan pobre como bonita, di odos a un comendador
anciano, quien la llev a Toledo, donde muri a los seis meses,
despus de haberle servido ms de padre que de esposo. Recogi ella
su herencia, que consista en algunas ropas y en trescientos doblones
en dinero contante, y se fu luego a vivir con la seora Menca, que
todava se mantena de buen ver, aunque ya iba cuesta abajo. Estas dos
buenas amigas permanecieron juntas y principiaron a tener una conducta
de que la justicia quiso tomar conocimiento. Esto desagrad a las
seoras, quienes, por enfado o por otra causa, dejaron prontamente a
Toledo y vinieron a Madrid, en donde viven cerca de dos aos hace sin
tratarse con ninguna seora de la vecindad. Pero oiga usted lo mejor:
han alquilado dos casas pequeas, separadas solamente por un tabique,
pudindose pasar de una a otra por una escalera de comunicacin que
hay en los stanos. La seora Menca vive con una criada de poca edad
en una de ellas, y la viuda del comendador ocupa la otra con una duea
vieja, a quien hace pasar por su abuela; de modo que nuestra aragonesa
tan presto es una sobrina educada por su ta como una pupila bajo la
tutela de su abuela. Cuando hace de sobrina, se llama Catalina, y
cuando de nieta, Sirena.

Al or el nombre de Sirena interrump todo asustado a Escipin: Qu
me dices? Me haces temblar! Ay de m! Temo que esa maldita aragonesa
sea la querida de Caldern! Cabalito--respondi--, la misma es. Yo
quera dar a usted un gran gusto participndole esta noticia. Pues no
lo creas--repliqu--; ms me causa disgusto que alegra. No prevs
t las consecuencias? No, a fe ma--replic Escipin--. Qu mal
puede venir de ah? Don Rodrigo no ha de descubrir precisamente lo que
pasa, y si usted teme que se lo digan, prevngaselo al primer ministro,
contndole el caso sencillamente. El conocer la buena fe de usted; y
si despus quisiese Caldern ponerle a mal con su excelencia, el duque
ver que no trata de perjudicarle sino por espritu de venganza.

Con estas palabras me desvaneci Escipin el miedo. Segu su consejo
y di parte al duque de Lerma de este fatal descubrimiento, y tambin
aparent contrselo con aire triste, para persuadirle de que senta
haber inocentemente dado al prncipe la dama de don Rodrigo. Pero el
ministro, lejos de compadecerse de su favorito, se burl de ello.
Despus me dijo que siguiera en mi comisin y que, sobre todo, era
gran gloria para Caldern amar a la misma que el prncipe de Espaa
y recibir la misma acogida que l. Instru en los mismos trminos al
conde de Lemos, quien me asegur su proteccin si el primer secretario
descubra la trama y quera ponerme a mal con el duque.

Con esta maniobra cre haber salvado la nave de mi fortuna del peligro
de encallar y me sosegu. Segu acompaando al prncipe a casa de
Catalina, por otro nombre la bella Sirena, que tena la destreza de
encontrar pretextos para apartar de su casa a don Rodrigo y ocultarle
las noches que ella tena precisin de dedicar a su ilustre rival.


                             CAPITULO XIII

  Sigue Gil Blas haciendo el papel de seor; tiene noticias de su
  familia; impresin que le hicieron; se descompadra con Fabricio.


Ya llevo dicho que por las maanas tena comnmente en mi antesala
muchas gentes que venan a proponerme varios asuntos; pero yo no quera
que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo el estilo de la corte, o
por mejor decir, para hacer ms de persona, deca a todo pretendiente:
Trigame usted un memorial. Y me haba acostumbrado tanto a esto, que
un da respond as a mi casero cuando vino a recordarme que le deba
un ao de casa. Por lo que hace al carnicero y panadero, no daban lugar
a que yo les pidiese memorial, pues eran muy puntuales en traerlos
todos los meses. Escipin, que era un vivo retrato mo, haca lo mismo
con los que acudan a l para que se empease conmigo a su favor.

Yo tena otra ridiculez que no pienso perdonarme: haba dado en
la fatuidad de hablar de los grandes como si yo fuese de su misma
esfera. Si, por ejemplo, tena que citar al duque de Alba, al duque
de Osuna o al de Medinasidonia, deca con llaneza: _Alba_, _Osuna_,
_Medinasidonia_. En una palabra, me haba puesto tan orgulloso y vano,
que ya no era hijo de mis padres. Ah, pobre duea y pobre escudero, ni
pensaba en vosotros ni haba tenido cuidado alguno de informarme de
vuestra suerte! La corte tiene la virtud del ro Leteo, que nos hace
olvidar de nuestros parientes y amigos si se hallan en infeliz estado.

Cuando ms olvidada tena a mi familia, entr una maana en mi casa un
mozo que me dijo deseaba hablarme a solas un momento. Le hice entrar
en mi despacho, en donde, sin decirle se sentase, por parecerme hombre
ordinario, le pregunt qu me quera. Seor Gil Blas--me dijo--, pues
qu, no me conoce usted? Por ms que le mir con atencin, tuve que
responderle que no caa en quin era. Yo soy--me replic--un paisano
vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de Beltrn Moscada, el
especiero, vecino de vuestro to el cannigo. Yo os reconozco muy bien.
Hemos jugado mil veces los dos a la gallina ciega.

De los juegos de mi niez--le respond--slo conservo una idea
confusa; los cuidados que me han ocupado despus me los han borrado
de la memoria. He venido a Madrid--me dijo--a ajustar cuentas con
el corresponsal de mi padre. He odo hablar de usted y me han dicho
que est en un gran puesto en la corte y ya tan rico como un judo, de
lo que le doy a usted la enhorabuena, y ofrezco, a mi vuelta al pas,
llenar de gozo a su familia dndole una nueva tan gustosa.

Aunque no fuera mas que por cumplimiento, no poda menos de preguntar
cmo estaban mis padres y to; pero lo hice con tal frialdad que no di
motivo a mi buen especiero para admirar la fuerza de la sangre. Bien
me lo di a entender, pues se manifest sorprendido de la indiferencia
que yo mostraba hacia unas personas a quienes deba profesar sumo
cario, y, como era mozo franco y grosero, Yo crea--me dijo
desabridamente--que tuvieseis ms amor y aficin a vuestros parientes.
No parece sino que los habis olvidado, segn la frialdad con que me
preguntis por ellos. Ignoris cul es su situacin? Pues sabed que
vuestro padre y vuestra madre estn todava sirviendo y que el buen
cannigo Gil Prez, agobiado de vejez y de achaques, est ya para vivir
poco. Es necesario tener buen corazn--prosigui--, y supuesto que
os hallis en estado de socorrer a vuestros padres, os aconsejo como
amigo les enviis todos los aos doscientos doblones. Este socorro les
proporcionar sin menoscabo vuestro una vida cmoda y dichosa.

En lugar de enternecerme la pintura que haca de mi familia, me
incomod la libertad que se tomaba de aconsejarme sin que yo se lo
rogase. Quiz con ms maa me hubiera persuadido; pero su franqueza
slo sirvi para irritarme. El lo conoci bien por el ceudo silencio
que guard, y continuando su exhortacin con menos caridad que malicia,
me impacient. Oh, eso es ya demasiado!--respond lleno de clera--.
Vaya usted, seor de Moscada, no se meta en negocios ajenos! Vaya y
busque al corresponsal de su padre y ajuste sus cuentas con l! Quin
es usted para ensearme mi obligacin? S mejor que usted lo que he
de hacer en este caso! Dicho esto, ech de mi despacho al especiero y
le envi a Oviedo a vender azafrn y pimienta.

No dej de reflexionar en lo que acababa de decirme, y acusndome a m
mismo de ser un hijo desnaturalizado, me enternec. Traje a la memoria
los afanes que haba costado a mis padres mi niez y mi educacin. Me
represent lo que les deba, y a mis reflexiones siguieron algunos
impulsos de agradecimiento, que, no obstante, de nada sirvieron. Mi
ingratitud sofoc bien pronto estos afectos y a ellos sucedi un
profundo olvido. Muchos padres hay que tienen hijos semejantes.

La codicia y la ambicin de que estaba posedo mudaron del todo
mi carcter. Perd toda mi alegra y andaba siempre distrado y
pensativo; en una palabra, hecho un insensato. Vindome Fabricio
ocupado continuamente en pos de la fortuna y tan indiferente con l,
no vena a mi casa sino rara vez; pero no pudo dejar de decirme un
da: En verdad, Gil Blas, que ya no te conozco. Antes de venir a la
corte siempre tenas el nimo tranquilo, y ahora te veo constantemente
agitado. Formas proyecto sobre proyecto para enriquecerte, y cuanto ms
adquieres ms deseas. Adems--me atrever a decirlo?--ya no tienes
conmigo aquellos desahogos del corazn, aquellas familiaridades en que
consiste el encanto de la amistad; antes por el contrario, me tratas
con reserva y ocultas lo ntimo de tu alma. Tambin observo que las
atenciones de que usas conmigo son como forzadas. En fin, este Gil
Blas no es aquel mismo Gil Blas que yo conoca.

T sin duda te chanceas--le respond con frialdad--; yo ninguna
mutacin percibo en m. Tienes fascinados los ojos--replic--y no
debes preguntrselo a ellos. Creme: eres otro del que eras. Dilo,
amigo, ingenuamente, nos tratamos acaso como otras veces? Cuando por
la maana llamaba a tu puerta, venas t mismo a abrirme, y muchas
veces casi dormido, y yo entraba en tu cuarto sin cumplimiento; pero
hoy, qu diferencia!, tienes lacayos, y se me hace esperar en tu
antesala mientras dan el recado de si puedo hablarte. Despus de
esto, cmo me recibes? Con una fra poltica y haciendo el seor.
Parece que mis visitas principian a incomodarte. Crees t que
semejante recibimiento agrade a un hombre que ha sido tu camarada?
No, Santillana, no; de ningn modo me conviene. Adis, separmonos
amigablemente. Deshagmonos ambos, t de un censor de tus acciones y yo
de un nuevo rico que se desconoce a s propio.

Me sent ms exasperado que conmovido de sus reprensiones y dej se
retirase sin hacer el menor esfuerzo para detenerle. La amistad de un
poeta no era cosa tan preciosa que su prdida me causase afliccin en
el estado en que me hallaba. Adems, fcilmente encontr consuelo en el
trato de algunos empleados de palacio con quienes, por la semejanza de
carcter, haba recientemente contrado estrecha amistad. Estos nuevos
conocimientos eran con sujetos cuya mayor parte vena de no s dnde
y a quienes su dichosa estrella haba conducido a sus empleos. Todos
estaban ya acomodados, y atribuyendo estos miserables slo a su mrito
los beneficios que el rey se haba dignado hacerles, se olvidaban como
yo de s mismos, y todos nos creamos unos personajes muy respetables.
Oh, Fortuna, ve ah cmo dispensas los favores las ms veces! Hizo
bien el estoico Epicteto en compararte con una joven ilustre que se
entrega a criados!




                             LIBRO NOVENO


                           CAPITULO PRIMERO

  Escipin quiere casar a Gil Blas y le propone la hija de un rico y
  famoso platero; de los pasos que se dieron a este fin.


Una noche, despus de haber despedido a la concurrencia que haba ido a
cenar conmigo, vindome solo con Escipin, le pregunt qu haba hecho
aquel da. Dar un golpe de maestro--me respondi--; proporcionar a
usted un rico establecimiento, pues le quiero casar con la hija nica
de un platero conocido mo. Hija de un platero!--exclam con aire
desdeoso--. Has perdido el juicio? Cuando se tiene tal cual mrito
y se est en la corte en cierta altura, me parece que se deben tener
ideas ms elevadas. Ah, seor--repiti Escipin--, no lo creis
as! Pensad que el varn es quien ennoblece y no seis ms delicado
que mil seores que pudiera citaros. Sabe usted bien que la heredera
de quien hablo es un partido de cien mil ducados a lo menos? No es
ste un buen trozo de platera? Cuando o hablar de una suma tan
grande, me hice ms tratable. Desde luego cedo al dictamen de mi
secretario; la dote me determina. Cundo quieres t que la reciba?
Vamos despacio, seor!--me respondi--. Un poco de paciencia! Es
menester que trate yo antes del asunto con el padre y que le haga venir
en ello. Bueno!--respond riendo a carcajadas--. Todava ests
ah? Ve, por cierto, un casamiento bien adelantado! Ms de lo que
usted piensa--replic--; slo quiero una hora de conversacin con el
platero y respondo de su consentimiento. Pero antes de ir ms lejos,
capitulemos, si usted gusta. Suponiendo que yo haga recibir a usted
cien mil ducados, cuntos me tocarn a m? Veinte mil, le respond.
Alabado sea Dios!--dijo--. Yo limitaba vuestro agradecimiento a diez
mil. Usted es la mitad ms generoso que yo. Vamos! Desde maana me
emplear en esta negociacin y puede usted contar con que se conseguir
o yo no soy sino un bestia.

Efectivamente, a los dos das me dijo: He hablado con el seor Gabriel
de Salero--que ste era el nombre del padre de la nia--, y es tanto
lo que le he ponderado vuestro valimiento y mrito, que di odos a la
propuesta que le hice de recibiros por yerno. Ser vuestra su hija,
con cien mil ducados, siempre que le hagis ver claramente que sois
valido del ministro. Si no consiste ms que en eso--dije entonces a
Escipin--, presto estar casado. Pero tratando de la muchacha, la has
visto? Es hermosa? No tanto como la dote--respondi--. Hablando aqu
para los dos, esta rica heredera no es muy bonita; pero, por fortuna,
a usted ningn cuidado le da esto. A fe ma que no, hijo mo--le
respond--. Nosotros los cortesanos nos casamos solamente por casarnos
y buscamos la hermosura en las mujeres de nuestros amigos; y si por
acaso se halla en las nuestras, la miramos con tanta indiferencia, que
es bien merecido el que por ello nos castiguen.

Todava no lo he dicho todo--repiti Escipin--. El seor Gabriel
convida a usted a cenar esta noche, y hemos quedado en que no le ha
de hablar usted del casamiento proyectado. Debe convidar a muchos
mercaderes amigos suyos a esta cena, a la cual ha de asistir usted como
un simple convidado, y maana vendr l a cenar con usted del mismo
modo; en esto conocer usted que este hombre quiere experimentarle
antes de pasar adelante. Convendr que usted se contenga un poco
delante de l. Oh! Pardiez!--interrump con aire de confianza--.
Aunque examine lo que quiera, no puedo menos de salir ganancioso en
este examen!

Todo se ejecut puntualmente. Hice me condujeran a casa del platero,
quien me recibi tan familiarmente como si nos hubisemos visto ya
muchas veces. Era de tan buena pasta que, como solemos decir, se
pasaba de corts. Me present la seora Eugenia, su mujer, y la joven
Gabriela, su hija; yo les hice mil cumplimientos, sin contravenir a lo
tratado, y le dije mil tonteras en muy bellos trminos y frases de
corte.

Gabriela, a pesar de cuanto me haba dicho de ella mi secretario, no
me pareci fea, ya fuese porque estaba muy bien puesta o ya porque no
la mirase sino al travs de la dote. Qu buena casa tena el seor
Gabriel! Yo creo que habr menos plata en las minas del Per que la
que haba all. Este metal se ofreca a la vista por todas partes en
mil formas diferentes. Cada sala, y particularmente la de la cena, era
un tesoro. Qu espectculo para los ojos de un yerno! El suegro, para
hacer ms lucido el convite, haba convidado a cinco o seis mercaderes,
todos personas graves y enfadosas, que slo hablaron de comercio, y
puede decirse que su conversacin ms bien fu una conferencia de
negociantes que una pltica de amigos.

La noche siguiente tuve a cenar en mi casa al platero, y como no poda
deslumbrarle con mi vajilla, recurr a otra ilusin. Convid a cenar a
aquellos amigos mos que hacan mayor figura en la corte y que yo saba
ser unos ambiciosos que no ponan lmites a sus deseos. No hablaron
de otra cosa ms que de las grandezas y de los empleos brillantes y
lucrativos a que aspiraban, lo cual produjo su efecto. Aturdido el buen
Gabriel de or sus grandes ideas, se tena, a pesar de su riqueza, por
un msero mortal en comparacin de aquellos seores. Por mi parte,
afectando moderacin, dije me contentara con una mediana fortuna, como
de veinte mil ducados de renta, con cuyo motivo aquellos hambrientos
de honores y riquezas exclamaron diciendo que hara mal y que, siendo
tan querido como era del primer ministro, no deba contentarme con tan
poco. El suegro no perdi ni una de estas palabras, y cre advertir al
retirarse que iba muy satisfecho.

Escipin no dej de ir a verle el da siguiente por la maana para
preguntarle si yo le haba gustado. He quedado muy prendado--le
respondi--; tanto, que me ha robado el corazn. Pero, seor
Escipin--aadi--, suplico a usted por nuestra antigua amistad
que me hable sinceramente. Todos, como usted sabe, tenemos nuestro
flaco; dgame usted cul es el del seor Santillana. Es jugador?
Es cortejante? Cul es su inclinacin viciosa? Suplico a usted
no me la oculte. Usted me ofende, seor Gabriel, con semejante
pregunta!--replic el medianero--. Me intereso ms por usted que por
mi amo, y si tuviera algn vicio capaz de hacer a su hija desgraciada,
se lo hubiera propuesto por yerno? Juro a bros que no! Yo soy muy
servidor de usted; pero, en satisfaccin, el nico defecto que le
encuentro es no tener ninguno. Para joven, es muy juicioso. Otro
tanto oro!--respondi el platero--. Eso me agrada. Vaya usted, amigo
mo; puede asegurar que lograr la mano de mi hija y que se la dara
aun cuando no fuera querido del ministro.

Luego que mi secretario me di noticia de esta conversacin, fu
al momento a casa del Salero a darle las gracias de la disposicin
favorable en que estaba hacia m. A este tiempo ya haba declarado
su voluntad a su mujer y a su hija, quienes por el modo con que me
recibieron me hicieron conocer que se sujetaban sin repugnancia a
ella. Despus de haber prevenido la noche antes al duque de Lerma, le
present el suegro. Su excelencia le recibi con mucho agasajo y le
manifest la satisfaccin que tena en que hubiese elegido para yerno
a un hombre a quien estimaba mucho y a quien quera ascender. Despus
sigui haciendo el elogio de mis buenas prendas, y dijo tanto bien de
m, que el pobre Gabriel crey haber encontrado en mi seora el mejor
partido de Espaa para su hija. Estaba tan gozoso, que las lgrimas
se le asomaban. Al despedirnos me estrech entre sus brazos y me
dijo: Hijo mo, es tanta la impaciencia que tengo de veros esposo de
Gabriela, que dentro de ocho das a ms tardar lo seris.


                              CAPITULO II

  Por qu casualidad se acord Gil Blas de don Alfonso de Leiva, y
  del servicio que le hizo.


Dejemos en este estado mi casamiento, porque as lo exige el orden de
mi historia, y quiere que cuente el servicio que hice a don Alfonso,
mi antiguo amo. Yo haba olvidado a este caballero enteramente y ahora
dir por qu causa me acord de l.

Vac en aquel tiempo el Gobierno de la ciudad de Valencia y, habindolo
sabido, pens en don Alfonso de Leiva. Consider que este empleo le
vendra perfectamente, y, quiz menos por amistad que por ostentacin,
determin pedirlo para l, hacindome cargo de que, si lo obtena, me
dara este paso un honor excesivo. Me dirig, pues, al duque de Lerma,
y le dije que haba sido mayordomo de don Alfonso de Leiva y de su hijo
y que, teniendo grandes motivos para vivirles agradecido, me tomaba
la libertad de suplicar a su excelencia concediese al uno o al otro
el Gobierno de Valencia. El ministro me respondi: Con mucho gusto,
Gil Blas; yo me alegro de que seas reconocido y generoso. Por otra
parte, me hablas de una familia a quien estimo. Los Leivas son buenos
servidores del rey y merecen bien este empleo. Puedes disponer de l a
tu arbitrio; yo te lo doy por regalo de la boda.

Gustossimo de haber conseguido mi intento, fu sin perder instante
a casa de Caldern a hacerle extender el despacho para don Alfonso.
Haba all un crecido nmero de personas que, con respetuoso silencio,
aguardaban a que les diese audiencia don Rodrigo. Atraves por entre
aquella gente y me present a la puerta del gabinete, que me fu
abierta, y en l encontr no s cuntos caballeros comendadores y otros
sujetos distinguidos, a quienes Caldern oa por su orden. Era de
admirar el diferente modo con que los reciba. Se contentaba con hacer
a stos una ligera inclinacin de cabeza; honraba a aqullos con una
cortesa, y los conduca hasta la puerta de su gabinete, graduando,
por decirlo as, el aprecio con que los distingua por los diversos
cumplimientos que empleaba. Por otra parte, vi a algunos de aquellos
sujetos que, ofendidos del poco caso que de ellos haca, maldecan en
su corazn la necesidad que los obligaba a humillarse en su presencia.
Otros vi que, por el contrario, se rean entre s mismos de su aire
fantstico y presumido. Por ms que haca estas observaciones no me
hallaba en estado de aprovecharme de ellas, pues me portaba en iguales
trminos en mi casa, y ningn cuidado me daba el que se aprobasen o se
vituperasen mis modales orgullosos con tal que me los respetasen.

Habindome atisbado casualmente don Rodrigo, dej precipitadamente a
un hidalgo que le hablaba y vino a abrazarme con demostraciones de
amistad que me sorprendieron. Ah, amado compaero mo!--exclam--.
Qu asunto es el que me proporciona el gusto de ver a usted aqu? En
qu puedo servir a usted? Djele a lo que iba y en seguida me asegur
en los trminos ms polticos que el da siguiente a la misma hora se
expedira el despacho que yo solicitaba. Su atencin no par aqu, pues
me acompa hasta la puerta de la antesala, lo que jams haca sino con
los grandes seores, y all me volvi a abrazar. Qu significan estos
obsequios?--deca yo en el camino--. Qu me anuncian? Si meditar
este hombre mi ruina o, previendo que declina su favor, querr granjear
mi amistad y tenerme de su parte, con la mira de que interceda por l
con el amo? No saba a cul de estas conjeturas quedarme. Cuando volv
al da siguiente me trat del mismo modo, llenndome de caricias y
cumplimientos. Es verdad que las desquit en el recibimiento que hizo
a otras personas que se presentaron a hablarle, porque a unas trat
groseramente, a otras habl con frialdad y a casi todas descontent;
pero quedaron suficientemente vengadas con un lance que ocurri,
y que no debo pasar en silencio, el cual servir de leccin a los
covachuelistas y secretarios que lo lean.

Habindose llegado a Caldern un hombre vestido llanamente y que no
aparentaba lo que era, le habl de cierto memorial que deca haber
presentado al duque de Lerma. Don Rodrigo no slo no mir al caballero,
sino que le dijo speramente: Cmo se llama usted, amigo? En mi
niez me llamaban Frasquito--le respondi con serenidad el tal--,
despus me han llamado don Francisco de Ziga y hoy me llamo el conde
de Pedrosa. Sorprendido de esto Caldern, y viendo que trataba con
un hombre de la primera distincin, quiso disculparse y dijo: Seor,
perdone vuestra excelencia si, no conocindole... Yo no necesito
de tus excusas!--interrumpi con altivez Frasquito--. Las desprecio
tanto como tus modales groseros! Sabe que el secretario de un ministro
debe recibir cortsmente a toda clase de personas. S, si quieres, tan
fantstico que te mires como el sustituto de tu amo; pero no te olvides
de que no eres mas que un criado suyo.

Este pasaje mortific infinito al soberbio don Rodrigo, quien, no
obstante, nada se enmend. Por lo que hace a m, saqu fruto del caso.
Resolv mirar con quin hablaba en mis audiencias y no ser insolente
sino con los mudos. Como el despacho de don Alfonso estaba ya expedido,
lo recog y se lo envi por un correo extraordinario a este seor con
carta del duque de Lerma, en la que su excelencia le avisaba que el rey
le haba nombrado para el Gobierno de Valencia. No le di parte de la
que tena en este nombramiento, ni quise aun escribirle, porque tena
gusto de decrselo de boca y de causarle esta agradable sorpresa cuando
viniese a la corte a prestar el juramento.


                             CAPITULO III

  De los preparativos que se hicieron para el casamiento de Gil Blas
  y del grande acontecimiento que los inutiliz.


Volvamos a mi bella Gabriela, con quien dentro de ocho das haba de
celebrar mi matrimonio. Por ambas partes se hacan preparativos para
esta ceremonia. Salero compr ricos trajes para la novia, y yo le
busqu una doncella, un lacayo y un escudero anciano, todo lo cual
eligi Escipin, que esperaba todava con ms impaciencia que yo el da
en que haban de entregarme la dote.

La vspera de este da tan deseado cen en casa del suegro con tos,
tas, primos y primas de mi novia. Hice perfectamente el papel de un
yerno hipcrita; mostrme muy obsequioso con el platero y su mujer;
fingme apasionado de Gabriela; agasaj a toda la familia, cuyas
conversaciones y expresiones majaderas y toscas escuch con paciencia,
y as, en premio de ella, tuve la dicha de agradar a todos los
parientes, que se alegraron de mi enlace con ellos.

Acabada la comida, pasaron los convidados a una gran sala, en donde
haba dispuesta una msica de voces e instrumentos, que no se ejecut
mal, aunque no se hubiesen elegido las mejores habilidades de Madrid.
Nos puso de tan buen humor lo bien que cantaron, que empezamos a
bailar. Dios sabe con qu primor, pues me tuvieron por discpulo de
Terpscore, aunque no tena ms principios de este arte que dos o tres
lecciones que en casa de la marquesa de Chaves me haba dado un maestro
de baile que iba a ensear a los pajes. Despus de habernos divertido
bastante pensamos en retirarnos, y entonces prodigu las cortesas y
cumplimientos. Adis, mi amado hijo!--me dijo Salero abrazndome--.
Maana por la maana ir a tu casa a llevar el dote en buena moneda de
oro. Ser usted bien recibido--respond--, amado padre mo. Luego,
habindome despedido de la familia, sub en mi coche, que me esperaba a
la puerta, y tom el camino de mi casa.

Apenas haba andado doscientos pasos, cuando quince o veinte hombres,
unos a pie y otros a caballo, armados todos de espadas y carabinas,
rodearon mi coche y lo detuvieron gritando: _Favor al rey!_ Hicironme
bajar aceleradamente y me metieron en una silla de posta, adonde el
principal de ellos subi conmigo y dijo al cochero que tomase el camino
de Segovia. Juzgu que el que iba a mi lado era algn honrado alguacil;
y habindole preguntado el motivo de mi prisin, me respondi del modo
que acostumbran estos seores, quiero decir brutalmente, que no tena
necesidad de darme cuenta de l. Yo le dije que quiz se equivocaba.
No, no!--respondi--. Estoy seguro de que no he errado el golpe;
usted es el seor de Santillana; a usted es a quien tengo orden de
conducir adonde le llevo. No teniendo nada que replicar a esto, tom
el partido de callar. Lo restante de la noche caminamos por la orilla
del ro Manzanares con un profundo silencio. En Colmenar mudamos de
caballos, y llegamos a la cada de la tarde a Segovia, en cuya torre me
encerraron.


                              CAPITULO IV

  De qu modo fu tratado Gil Blas en la torre de Segovia y de cmo
  supo la causa de su prisin.


Lo primero fu meterme en un encierro, sin ms cama que un jergn de
paja, como si fuese un reo digno del ltimo suplicio. Pas la noche,
no con el mayor desconsuelo, porque todava no conoca todo mi mal,
sino repasando en mi imaginacin qu sera lo que haba acarreado mi
desgracia. No dudaba fuese obra de Caldern; sin embargo, por ms que
lo sospechase, no comprenda cmo hubiese podido conseguir que el duque
de Lerma me tratase con tanta crueldad. Otras veces me imaginaba que
me habran preso sin noticia de su excelencia, y otras, que este seor
mismo me habra hecho arrestar por alguna razn poltica, como suelen
hacer algunas veces los ministros con sus favoritos.

Agitado con estas varias conjeturas, vi, a favor de una luz que entraba
por una rendija pequea, lo horroroso del sitio en donde me hallaba. Me
aflig entonces en extremo, y mis ojos fueron dos raudales de lgrimas,
que la memoria de mi prosperidad haca inagotables. Cuando estaba en la
mayor afliccin entr en el encierro un carcelero, que me traa para
aquel da un pan y un cntaro de agua. Me mir, y viendo que tena el
rostro baado en lgrimas, aunque carcelero se movi a compasin y me
dijo: No se desanime usted, seor preso! Las desgracias de la vida
se han de sufrir con resignacin! Usted es joven y tras de este tiempo
vendr otro. Entre tanto, coma usted con gusto el pan del rey.

Diciendo esto, se retir mi consolador, a quien slo respond con
suspiros. Todo el da lo emple en maldecir mi estrella, sin pensar
en comer nada de mi racin, que en el estado en que me hallaba ms
me pareca un efecto de la indignacin del rey que un presente de su
bondad, pues serva ms bien para prolongar la pena de los desgraciados
que para mitigarla.

En esto lleg la noche, y al instante o un gran ruido de llaves que me
llam la atencin. Abrieron la puerta del calabozo y entr un hombre
con una buja en la mano, el que, llegndose a m, me dijo: Seor
Gil Blas, vea usted a uno de sus amigos antiguos. Yo soy aquel don
Andrs de Tordesillas que viva con usted en Granada y era gentilhombre
del arzobispo cuando usted gozaba del favor de aquel prelado. Usted
le pidi, si hace memoria, que me diese un empleo en Mjico, para
el cual se me nombr; pero en lugar de embarcarme para Indias, me
qued en la ciudad de Alicante. All me cas con la hija del capitn
del castillo, y por una serie de sucesos que contar a usted luego,
he venido a ser alcaide de la torre de Segovia. Usted ha tenido la
fortuna--continu--de encontrar en un hombre que tiene el cargo de
maltratarle un amigo que nada escasear para suavizar el rigor de
su prisin. Tengo orden expresa de que no deje a usted hablar con
nadie, que le haga dormir sobre paja y que no le d ms alimento que
pan y agua; pero adems de que soy caritativo y no haba de dejar de
compadecerme de sus males, usted me ha servido, y mi agradecimiento
puede ms que las rdenes que he recibido. Lejos de servir de
instrumento para la crueldad que se quiere usar con usted, mi nimo
es tratarle lo mejor que me sea posible. Levntese usted y vngase
conmigo.

Mi nimo estaba tan turbado que no pude responder una sola palabra
al seor alcaide, aunque sus expresiones merecan tanta gratitud.
Le segu. Me hizo atravesar un patio y subir por una escalera muy
estrecha a una pequea pieza que haba en lo alto de la torre. Habiendo
entrado en ella, me sorprend bastante al ver sobre una mesa dos velas
que ardan en candeleros de cobre y dos cubiertos bastante limpios.
Inmediatamente--me dijo Tordesillas--van a traer de comer a usted;
ambos cenaremos aqu. Le he destinado para su habitacin este cuartito,
en donde estar mejor que en el encierro, pues ver desde su ventana
las floridas riberas del Eresma y el valle delicioso que desde el
pie de las montaas que separan las dos Castillas se extiende hasta
Coca. No dudo que al principio no le har ninguna impresin una vista
tan agradable, pero cuando el tiempo haya hecho suceder una dulce
melancola a la amargura de su dolor, tendr gusto en recrear la vista
con unos objetos tan deleitables. Adems de esto, cuente usted con que
no faltar ropa blanca ni las dems cosas que necesita un hombre amigo
del aseo. Sobre todo, tendr usted buena cama, estar bien mantenido
y le proporcionar los libros que quiera y, en una palabra, todas las
comodidades de que puede disfrutar un preso.

Con tan corteses ofertas me sent algo aliviado, cobr nimo y di
mil gracias a mi carcelero. Le dije que su generoso proceder me
restitua la vida y que deseaba hallarme en estado de manifestarle
mi gratitud. Pues por qu no habra de volver usted a verse en su
primer estado?--me respondi--. Cree usted haber perdido para siempre
la libertad? Se engaa si as lo juzga y me atrevo a asegurarle que
con algunos meses de prisin habr usted pagado. Qu dice usted,
seor don Andrs?--exclam--. Parece que usted sabe el motivo de mi
desgracia. Confieso--me dijo--que no lo ignoro. El alguacil que
ha conducido a usted aqu me ha confiado este secreto y no tengo
dificultad en revelrselo. Me ha dicho que, informado el rey de que
usted y el conde de Lemos haban llevado de noche al prncipe de Espaa
a casa de una dama sospechosa, acababa, para castigaros de ello, de
desterrar al conde, y enviaba a usted a esta torre para ser tratado en
ella con todo el rigor que ha experimentado desde que vino. Pues
cmo--le dije--ha llegado a saber esto el rey? Esta circunstancia
quisiera yo saber particularmente y esto es--respondi--lo que
cabalmente no me ha dicho el alguacil y lo que, a la cuenta, ni aun l
mismo sabe.

En este punto de nuestra conversacin, entraron muchos criados que
traan la cena. Pusieron en la mesa pan, dos tazas, dos botellas y
tres fuentes, en la una de las cuales vena un guisado de liebre con
mucha cebolla, aceite y azafrn; en la otra, una olla podrida, y en la
tercera un pavipollo con salsa de tomate. Luego que vi Tordesillas
que nos haban servido lo necesario, despach a sus criados para que
no oyesen nuestra conversacin. Cerr la puerta y nos sentamos el uno
enfrente del otro. Empecemos--me dijo--por lo ms urgente. Despus
de dos das de dieta, es preciso que usted tenga buen apetito. Y
diciendo esto, me hizo un buen plato. Crea servir a un hambriento,
y, efectivamente, tena motivo para pensar que yo me atracara de sus
manjares. Sin embargo, enga sus esperanzas, pues, por mucha necesidad
que tuviese de comer, los bocados se me quedaban atravesados en la boca
sin poder tragarlos; tan oprimido tena el corazn a causa de mi estado
actual. En vano mi alcaide, para alejar de mi espritu las crueles
ideas que sin cesar le afligan, me excitaba a beber y celebraba lo
exquisito de su vino, pues aun cuando me hubiera dado nctar le hubiera
bebido entonces sin gusto. El lo conoci, y, tomando otro rumbo,
se puso a contarme con estilo alegre la historia de su casamiento;
pero con esto todava consigui menos el fin. Escuch su relacin
tan distrado, que cuando la concluy no hubiera podido decir lo que
acababa de contarme. Juzg que era demasiada empresa querer entretener
por aquella noche mis penas. Despus de concluda la cena se levant de
la mesa y me dijo: Seor de Santillana, voy a dejar a usted descansar,
o ms bien meditar con libertad sobre su desgracia; pero repito que
no ser de larga duracin. El rey es naturalmente bueno, y cuando se
le haya pasado el enfado y considere la deplorable situacin en que
cree a usted, le parecer que est bastante castigado. Dicho esto, el
seor alcaide baj o hizo que subiesen los criados a quitar la mesa. Se
llevaron hasta las luces y yo me acost a la escasa luz de un candil
colgado en la pared.


                              CAPITULO V

  De lo que reflexion antes de dormirse y del ruido que le despert.


Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar sobre lo que me
haba dicho Tordesillas. Conque aqu me estoy--deca--por haber
contribudo a los placeres del heredero de la Corona? Qu imprudencia
ha sido el haber servido en semejantes cosas a un prncipe tan joven!
Pues todo mi delito consiste en que es muy nio. Quiz el rey, en lugar
de haberse irritado tanto, se hubiera redo si fuese de ms edad.
Pero quin habr dado semejante aviso al monarca sin haber temido el
resentimiento del prncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, ste
querr vengar al conde de Lemos, su sobrino. Pero lo que yo no puedo
comprender es cmo el rey ha podido descubrirlo.

Siempre volva a pensar en esto. Sin embargo, lo que ms me afliga,
ms me desesperaba y lo que no poda desechar de mi imaginacin era
el saqueo que tema habran padecido todos mis efectos. Tesoro
mo!--exclam--. Dnde ests? Amadas riquezas mas! Qu ha sido de
vosotras? En qu manos habis cado? Ay de m! Os he perdido en
menos tiempo del que os gan! Me representaba el desorden que habra
en mi casa, y sobre esto haca reflexiones a cul ms tristes. La
confusin de tantos pensamientos diferentes me sepult en una tristeza
que me fu provechosa, pues cog el sueo, que la noche antes no haba
podido conciliar. Tambin contribuyeron a ello la buena cama, la fatiga
que haba padecido y los vapores del vino y de la cena. Me qued
profundamente dormido, y, segn las seales, me hubiera amanecido as
a no haberme despertado de improviso un ruido bastante extraordinario
para una crcel. O tocar una guitarra y a un hombre que cantaba al son
de ella. Escuch con atencin, pero ya nada o. Cre que era un sueo,
pero de all a un instante volv a or el mismo instrumento y que
cantaban los versos siguientes:

      Ay de m! Un ao felice
    parece un soplo ligero;
    pero, sin dicha, un instante
    es un siglo de tormento!

Esta copla, que pareca se haba compuesto de intento para m, aument
mis pesares. La verdad de estas palabras--me deca yo--harto la
experimento. Me parece que el tiempo de mi felicidad ha pasado bien
pronto y que hace un siglo que estoy preso. Volv a sepultarme en
una terrible melancola y a desconsolarme como si tuviese gusto en
ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los primeros rayos del
sol que alumbraron mi estancia calmaron un poco mis inquietudes. Me
levant a abrir la ventana para que entrase el aire en el cuarto; mir
el campo, cuya vista me trajo a la memoria la bella descripcin que el
seor alcaide me haba hecho de l, pero no encontr objetos con que
acreditar la verdad de lo que me haba dicho. El Eresma, que yo crea a
lo menos igual al Tajo, me pareci slo un arroyo. La ortiga y el cardo
eran el nico adorno de sus _riberas floridas_, y el supuesto _valle
delicioso_ no ofreci a mi vista sino tierras la mayor parte incultas.
Al parecer, todava no gozaba yo de aquella dulce melancola que deba
representarme las cosas de otro modo de como las vea entonces.

Estaba a medio vestir cuando lleg Tordesillas acompaado de una criada
anciana que me traa camisas y toallas. Seor Gil Blas--me dijo--,
aqu tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, que yo
cuidar de que la tenga siempre de sobra. Y bien--aadi--, cmo ha
pasado usted la noche? Ha aplacado el sueo sus penas por algunos
instantes? Puede ser--respond--que durmiera todava si no me hubiera
despertado una voz acompaada de una guitarra. El caballero que ha
turbado su reposo--respondi--es un reo de Estado que est en un cuarto
inmediato al de usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, y de
muy buena presencia, que se llama don Gastn de Cogollos. Si ustedes
quieren, pueden tratarse y comer juntos, y as, en sus conversaciones
se consolarn mutuamente y para ambos ser esto de mucha satisfaccin.
Manifest a don Andrs que agradeca infinito la licencia que me daba
de unir mi dolor con el de este caballero, y como diese a entender
mi vivo deseo de conocer a aquel compaero en mi desgracia, nuestro
corts alcaide desde aquel mismo da me proporcion este gusto. Com
con don Gastn, cuyo bello aspecto y gentileza me cautivaron. Cul
sera su hermosura, cuando deslumbr mis ojos, acostumbrados a ver la
juventud ms bella de la corte? Imagnese un hombre que pareca una
miniatura, uno de aquellos hroes de novela que para desvelar a las
princesas no necesitaba mas que presentarse; adase a esto que la
Naturaleza, que comnmente distribuye con desigualdad sus dones, haba
dotado a Cogollos de mucho valor y entendimiento y se formar una
ligera idea de las perfecciones que le adornaban.

Si l me hechiz, por mi parte tuve la fortuna de no desagradarle.
Aunque le supliqu no dejase de cantar por m de noche, nunca volvi
a hacerlo, temiendo incomodarme. Dos personas a quienes aflige una
mala suerte se unen con facilidad. A nuestro conocimiento se sigui
bien presto una tierna amistad, la cual se estrech cada da ms. La
libertad que tenamos de hablar cuando queramos nos sirvi muchsimo,
pues en nuestras conversaciones nos ayudbamos recprocamente a llevar
con paciencia nuestra desgracia.

Una siesta entr en su cuarto a tiempo que se preparaba a tocar la
guitarra. Para orle ms cmodamente me sent en un banquillo, que era
la nica silla que tena, y l sobre su cama. Toc una sonata tierna y
cant despus unas coplas que explicaban la desesperacin a que reduca
a un amante la crueldad de su dama. As que acab le dije sonrindome:
Caballero, nunca necesitar usted emplear tales versos en sus
galanteos, porque su persona no encontrar mujeres esquivas. Usted me
favorece--respondi--. Los versos que usted acaba de or los compuse
para ablandar un corazn que yo crea de diamante, para enternecer a
una dama que me trataba con un rigor extremado. Es preciso cuente a
usted esta historia y al mismo tiempo sabr usted la de mis desgracias.


                              CAPITULO VI

  Historia de don Gastn de Cogollos y de doa Elena de Galisteo.


Presto har cuatro aos que sal de Madrid para Coria a ver a mi ta
doa Leonor de Lajarilla, una de las ms ricas viudas de Castilla la
Vieja y de quien soy nico heredero. Apenas llegu a su casa, cuando
el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso en un cuarto cuyas ventanas
daban enfrente de las celosas de una seora a quien fcilmente poda
ver, pues eran muy claras y la calle estrecha. No despreci esta
proporcin, y me pareci tan bella mi vecina, que qued apasionado de
ella. Se lo manifest prontamente, con miradas tan vivas que no podan
equivocarse. Ella lo conoci, pero no era de aquellas seoritas que
hacen gala de semejante observacin, y todava correspondi menos a mis
seas.

Quise saber el nombre de aquella peligrosa persona que tan
prontamente trastornaba los corazones, y supe se llamaba doa Elena,
que era hija nica de don Jorge de Galisteo, que posea a algunas
leguas de Coria una hacienda de mucho producto; que se le presentaban
frecuentemente buenos partidos, pero que su padre los despreciaba
todos, con la mira de casarla con don Agustn de la Higuera, su
sobrino, el que, con la esperanza de este casamiento, tena libertad de
ver y hablar todos los das a su prima. No me desalent por eso; antes
bien, se aument en m el amor, y el orgulloso placer de desbancar a
un rival, amado quiz, me excit ms que mi amor a llevar adelante
mi empresa. Continu, pues, mirando cariosamente a mi Elena. Envi
tambin emisarios a Felicia, su criada, para solicitar su mediacin.
Hice igualmente hablar por seas a mis dedos. Pero estas demostraciones
fueron intiles. La misma respuesta tuve de la criada que del ama:
ambas se mostraron duras e inaccesibles.

Viendo que rehusaban responder al lenguaje de mis ojos, recurr a
otros intrpretes. Puse gente en campaa para descubrir si Felicia
tena algn conocimiento en la ciudad, y llegu a saber que su mayor
amiga era una seora anciana llamada Teodora y que se visitaban con
frecuencia. Alegre con esta noticia, busqu a Teodora, a quien obligu
con ddivas a servirme. Se interes por m y me ofreci facilitarme en
su casa una conversacin secreta con su amiga, promesa que cumpli al
da siguiente.

Ya dejo de ser desgraciado--dije a Felicia--, pues mis penas han
excitado tu piedad. Qu no debo a tu amiga por haberte inclinado a que
me des la satisfaccin de hablarte? Seor--me respondi--, Teodora es
duea de mi voluntad. Me ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle
feliz, bien presto conseguira sus deseos; pero, con toda esta buena
voluntad, no s si podr seros de gran provecho. No quiero lisonjear
a usted; su empresa es muy difcil. Usted ha puesto los ojos en una
seorita cuyo corazn es de otro. Y qu seorita! Es tan disimulada y
altiva, que si usted con su constancia y obsequios consigue merecerle
algunos suspiros, no piense que su altanera le d la satisfaccin de
demostrrselo. Ah mi amada Felicia!--prorrump con dolor--. Para
qu me expresas todos los obstculos que tengo que vencer? Estas
circunstancias me atraviesan el alma. Engame y no me desesperes!
Dicho esto, y cogindole una mano, le puse en el dedo un diamante de
trescientos doblones, dicindole al mismo tiempo cosas tan tiernas que
la hice llorar.

La persuadieron tanto mis palabras y qued tan contenta con mi
generosidad, que no quiso dejarme sin consuelo, y allanando un poco
las dificultades me dijo: Seor, lo que acabo de decir a usted no
debe quitarle toda esperanza. Es verdad que su rival no es aborrecido.
Viene a casa a ver con libertad a su prima; le habla cuando quiere,
y esto es lo que favorece a usted. La costumbre que tienen de estar
ambos juntos todos los das entibia un poco su trato. Me parece que
se separan sin pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podra decir
que estn ya casados. En una palabra, no parece que mi ama tiene una
ciega pasin a don Agustn. Por otra parte, hay mucha diferencia de
sus prendas personales a las de usted, y esta particularidad no la
observar intilmente una seorita de tan delicado gusto como doa
Elena. No se acobarde usted; contine su galanteo, que yo no dejar
pasar ninguna ocasin de hacer valer a mi ama lo que usted se esmera en
agradarle y, por ms que disimule, descubrir su interior al travs de
sus disimulos.

Despus de esta conversacin, Felicia y yo nos separamos muy
satisfechos uno de otro. Yo me dispuse de nuevo a obsequiar en secreto
a la hija de don Jorge; dle una msica, en la cual una bella voz cant
los versos que usted ha odo. Acabado el concierto, la criada, para
sondear a su ama, le pregunt si se haba divertido. La voz--dijo doa
Elena--me ha gustado. Y las palabras que ha cantado, no son muy
expresivas? De eso es--dijo la seora--de lo que no he hecho aprecio
alguno, atendiendo slo al canto; ni se me da nada el saber quin me
ha dado esta msica. Segn eso--exclam la criada--, el pobre don
Gastn de Cogollos est muy lejos de merecer la atencin de usted, y
es muy loco en gastar el tiempo en mirar nuestras celosas. Puede
ser que no sea l--dijo el ama framente--, sino algn otro caballero
que con este concierto ha querido declararme su pasin. Perdone
usted--respondi Felicia--. Est usted muy engaada; es el mismo don
Gastn, porque esta maana ha llegado a m en la calle y suplicado
diga a usted de su parte que le adora a pesar de los rigores con que
paga su amor, y que, en fin, se tendr por el hombre ms feliz si le
permite acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones. Estas
expresiones--continu--denotan bien que no me engao.

La hija de don Jorge mud repentinamente de semblante, y mirando
con aire severo a su criada le dijo: Cmo tienes atrevimiento para
propasarte a contarme esa necia conversacin? No te suceda otra vez
el venirme con semejantes impertinencias! Y si ese temerario tiene
todava la osada de hablarte, te mando le digas se dirija a otra
persona que haga ms caso de sus galanteos y que elija un pasatiempo
ms decente que el de estar todo el da a la ventana observando lo que
hago en mi cuarto!

La segunda vez que vi a Felicia me di cuenta puntual de todas
las circunstancias de esta conversacin, y para persuadirme de que
mi pretensin no poda ir mejor, aseguraba que aquellas palabras
no se deban tomar al pie de la letra. Por lo que a m toca, que
proceda sencillamente y no crea se pudiese explicar el texto en mi
favor, desconfiaba de los comentarios que ella haca. Se burl de mi
desconfianza, pidi papel y tinta a su amiga y me dijo: Seor mo,
escriba usted prontamente a doa Elena como un amante desesperado.
Pntele vivamente sus penas y sobre todo lamntese de la prohibicin
de asomarse a la ventana. Promtale usted que obedecer su precepto,
pero asegrele que le costar la vida; pinte usted esto tan lindamente
como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo dems queda a mi
cuidado. Espero que las resultas harn a mi penetracin ms honor del
que usted le hace.

Yo hubiera sido el primer amante que encontrando tan oportuna ocasin
de escribir a su dama la hubiera desaprovechado. Compuse una carta muy
pattica, y antes de cerrarla se la ense a Felicia, quien, despus
de haberla ledo, se sonri, y me dijo que si las mujeres saban el
arte de encaprichar a los hombres, en recompensa, no ignoraban ellos
el de embobar a las mujeres. La criada tom el billete, asegurndome
que si no produca buen efecto no sera culpa de ella; me encarg mucho
tuviese gran cuidado de no dejarme ver a la ventana por algunos das y
se volvi al momento a casa de don Jorge.

Seora--dijo a doa Elena cuando lleg--, he encontrado a don Gastn.
Ha venido a hablarme y me ha tenido una conversacin muy lisonjera.
Me ha preguntado temblando, y como un reo que va a or su sentencia,
si haba hablado a usted de su parte. Yo, por no faltar a vuestras
rdenes, no le he dejado proseguir y le he hartado de injurias y le he
dejado aturdido de ver mi enojo. Me alegro--respondi doa Elena--que
me hayas librado de ese importuno; pero para eso no haba necesidad
de hablarle descortsmente. Siempre es preciso que una doncella tenga
agrado. Seora--replic la criada--, a un amante apasionado no se
le aleja con palabras suaves, pues vemos que ni aun se consigue este
fin con enojo y furor. Don Gastn, por ejemplo, no se ha desanimado.
Despus de haberle llenado de improperios, como he dicho, fu a casa
de vuestra parienta, adonde me habis enviado. Esta seora, por mi
desgracia, me ha detenido mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la
vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no esperaba verle ms, y su
vista me ha turbado tanto, que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no
ha podido en sta pronunciar una palabra. Pero y entretanto, qu ha
hecho l? Aprovechndose de mi silencio, o ms bien de mi turbacin,
me ha metido en la mano un papel, que he guardado sin saber lo que me
haca, y desapareci al momento.

Dicho esto sac del seno mi carta y se la entreg en tono de chanza a
su ama, quien la tom como por diversin, la ley con todo y despus
hizo la reservada. En verdad, Felicia--dijo seriamente a su criada--,
que eres una loca en haber recibido este billete. Qu podr pensar
de esto don Gastn y qu debo creer yo misma? T me das motivo con tu
conducta para que desconfe de tu fidelidad y a l para que sospeche
que correspondo a su inclinacin. Ay de m! Puede ser que en este
instante crea que leo y releo con gusto sus expresiones. Ve aqu
a qu afrenta expones mi altivez! De ninguna manera, seora--le
respondi la criada--; l no puede pensar de esta suerte, y, caso que
as fuese, pronto sabr lo contrario. Le dir la primera vez que le
vea que he enseado a usted su carta, que usted la ha mirado con la
mayor indiferencia y que sin leerla la ha hecho usted pedazos con un
fro desprecio. Libremente puedes afirmarle--repuso doa Elena--que
yo no la he ledo, porque me hallara muy apurada si tuviera que decir
dos palabras. La hija de don Jorge no se content con hablar en estos
trminos, sino que aun rasg mi billete y prohibi a su criada hablarle
jams de m.

Como yo haba prometido no galantearla desde mis ventanas, porque mi
vista desagradaba, las tuve cerradas muchos das para que mi obediencia
mereciese ms aprecio; pero en desquite de mis seas, que me estaban
prohibidas, me dispuse a dar msicas a mi cruel Elena. Fume una noche
debajo de su balcn con los msicos, cuando un caballero con espada en
mano turb el concierto dando de golpes a los instrumentistas, quienes
inmediatamente huyeron. El coraje que animaba a este atrevido despert
el mo, y arrojndome a l para castigarle, principiamos un reido
combate. Doa Elena y su criada oyen el ruido de las espadas, miran por
las celosas y ven dos hombres que rien. Dan grandes gritos; obligan a
don Jorge y a sus criados a que se levanten inmediatamente y acuden con
muchos vecinos a separar a los combatientes; pero ya llegaron tarde.
Slo encontraron en el sitio a un caballero nadando en su sangre y
casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado. Me llevaron a
casa de mi ta y se llamaron los cirujanos ms hbiles de la ciudad.

Todo el mundo se compadeci de m, y especialmente doa Elena, que
entonces descubri el interior de su corazn. Su disimulo se rindi al
sentimiento y ya--lo creer usted?--no era aquella seora que tanto
se preciaba de no hacer caso de mis obsequios, sino una tierna amante
que se entregaba sin reserva a su dolor, y as, el resto de la noche lo
pas llorando con su criada y maldiciendo a su primo don Agustn de la
Higuera, a quien ellas crean autor de sus lgrimas, como en efecto l
era quien haba interrumpido la msica tan funestamente. Tan disimulado
como su prima, haba conocido mi intencin y nada haba dicho de ella,
e imaginando que Elena me corresponda haba hecho esta accin tan
violenta para mostrar que era menos sufrido de lo que se pensaba. No
obstante, este triste accidente se olvid poco tiempo despus por la
alegra que sobrevino. Aunque mi herida era peligrosa, la habilidad de
los cirujanos me sac a salvo. Todava no sala yo, cuando doa Leonor,
mi ta, fu a verse con don Jorge y le propuso mi casamiento con doa
Elena. Consinti en este enlace, tanto ms gustoso cuanto que entonces
miraba a don Agustn como a un hombre a quien quiz no volvera a ver
ms. El buen viejo recelaba que su hija tendra repugnancia a casarse
conmigo a causa de que el primo la Higuera haba tenido la libertad
de visitarla mucho tiempo para granjear su cario; pero se mostr tan
dispuesta a obedecer en este punto a su padre, que de aqu podemos
inferir que en Espaa, como en todas partes, es afortunado con las
mujeres el ltimo que llega.

Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe hasta qu extremo
haba afligido a su ama el desgraciado suceso de mi pasada pendencia.
De modo que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendeca yo mi
herida, pues haba tenido tan buenas consecuencias para mi amor. Obtuve
permiso del seor don Jorge para hablar a su hija en presencia de la
criada. Qu gustosa fu esta conversacin para m! Tanto supliqu y de
tal manera inst a la seorita a que me dijese si su padre violentaba
su inclinacin concedindome su mano, que me confes que no la deba
solamente a su obediencia. A vista de esta halagea declaracin, slo
pens en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba el da de la
boda, que haba de celebrarse con una magnfica cabalgata, en que toda
la nobleza de Coria y sus cercanas se preparaban para lucirlo.

Di con este fin un gran banquete en una hermosa casa de recreo que
tena mi ta cerca de la ciudad del lado de Monroy. Don Jorge y su
hija concurrieron con todos sus parientes y amigos. Se haba dispuesto
por mi orden un concierto de voces e instrumentos y hecho venir una
compaa de cmicos de la legua para que representaran una comedia.
Cuando estbamos a mitad de la comedia, entraron a decirme que
estaba en la antesala un hombre que quera hablarme de un negocio muy
interesante para m. Me levant de la mesa para ir a ver quin era y
me encontr con un desconocido, que me pareci ser un ayuda de cmara,
el que me entreg un billete, que abr, y contena estas palabras:
Si estimis el honor como debe un caballero de vuestra Orden, no
dejis maana por la maana de ir a la llanura de Monroy, en donde
encontraris a un sujeto que quiere daros satisfaccin de la ofensa que
os ha hecho y poneros, si puede, fuera de estado de casaros con doa
Elena.--_Don Agustn de la Higuera._

Si el amor tiene mucho imperio sobre los espaoles, el pundonor
tiene todava ms. No pude leer el billete con nimo tranquilo. Al
solo nombre de don Agustn se encendi en mis venas un fuego que casi
me hizo olvidar las obligaciones indispensables de aquel da. Tuve
tentaciones de evadirme de la concurrencia para ir inmediatamente
en busca de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo turbar la
funcin, y dije al que me haba trado la carta: Amigo mo, podis
decir al caballero que os enva que deseo demasiado renovar con l el
combate para no hallarme maana, antes que salga el sol, en el sitio
que me seala.

Despus de haber despachado al mensajero con la respuesta volv a
reunirme con mis convidados y me sent a la mesa, disimulando de modo
que ninguno sospech lo que me pasaba, y lo restante del da aparent
estar entretenido como los otros con la diversin de la fiesta, la
cual se acab a media noche. La concurrencia se separ y todos se
retiraron a la ciudad del mismo modo que haban venido, menos yo,
que me qued con pretexto de tomar el fresco la maana siguiente,
pero no era por otro motivo sino para acudir ms pronto al sitio
de la cita. En lugar de acostarme, aguard con impaciencia a que
amaneciera, e inmediatamente mont en el mejor caballo que tena y
part solo, como para pasearme en el campo. Camin hacia Monroy, en
cuya llanura descubr a un hombre a caballo que vena a m a rienda
suelta; yo hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, y as,
bien presto nos encontramos y vi que era mi rival. Caballero--me dijo
con insolencia--, vengo, a pesar mo, a pelear segunda vez con usted;
pero la culpa es vuestra. Despus del lance de la msica debi usted
renunciar voluntariamente a la hija de don Jorge o saber que si usted
persista en el designio de obsequiarla nuestros debates no haban
cesado. Usted se ha ensoberbecido--le respond--del logro de una
ventaja que quiz debi menos a su destreza que a la obscuridad de la
noche. Usted se olvida de que las victorias no son siempre de uno.
Siempre son mas--replic con arrogancia--, y voy a hacer ver a usted
que as de da como de noche s castigar a los atrevidos que estorban
mis intentos.

A estas altaneras palabras slo respond echando pie a tierra, lo cual
hizo tambin don Agustn. Atamos los caballos a un rbol y principiamos
a reir con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tena que pelear
con un enemigo que saba manejar las armas con ms destreza que yo,
no obstante mis dos aos de escuela. Era consumado en la esgrima, y
as, no poda exponer yo mi vida a mayor peligro. Sin embargo, como
de ordinario sucede que al ms fuerte le venza el ms dbil, mi rival
recibi una estocada en el corazn, a pesar de su destreza, y cay
muerto.

Volv al instante a la casa de recreo, en donde cont lo que haba
pasado a mi criado, cuya fidelidad conoca. Djele despus: Mi amado
Ramiro, antes que la justicia sepa el caso, toma un buen caballo y ve
a informar a mi ta del suceso; pdele de mi parte dinero y joyas para
mi viaje y ven a buscarme a Plasencia. En la primera hostera, como se
entra en la ciudad, me encontrars.

Ramiro evacu su comisin con tanta presteza que lleg a Plasencia
tres horas despus que yo. Djome que doa Leonor se haba alegrado
ms que no afligido de un combate que reparaba la afrenta que haba
yo recibido en el primero y que me enviaba todo el oro y pedrera que
tena para que viajara cmodamente por pases extranjeros mientras ella
compona mi asunto.

Para omitir las circunstancias superfluas, dir que atraves por
Castilla la Nueva para ir al reino de Valencia a embarcarme en Denia.
Pas a Italia, en donde me puse en estado de recorrer las cortes y
presentarme en ellas con decencia.

Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en engaar mi amor y
tristezas lo ms que me era posible, esta seora en Coria lloraba
secretamente mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones de su
familia contra m por la muerte de la Higuera, deseaba, al contrario,
cesasen por una pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya haban
pasado seis meses, y creo que su constancia habra vencido siempre al
tiempo si slo hubiera tenido que luchar con ste, pero tena todava
enemigos ms poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo de la costa
occidental de Galicia, pas a Coria a recoger una rica herencia que le
haba disputado en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se avecind
all por haberle parecido aquel pas ms agradable que el suyo.
Cambados era bien plantado, pareca afable y atento, siendo al mismo
tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento con todas las gentes
decentes de la ciudad y supo los asuntos de unos y de otros.

No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge tena una hija cuya
peligrosa hermosura pareca no inflamar a los hombres sino para su
desgracia, cosa que excit su curiosidad. Quiso ver a una seora tan
temible, y habiendo buscado a este efecto la amistad de su padre,
consigui ganarla tan bien, que el viejo, mirndole ya como a yerno,
le di entrada en su casa, con permiso de hablar en su presencia a
doa Elena. El gallego nada tard en enamorarse de ella; esto era
inevitable. Se declar con don Jorge, quien le dijo que acceda a su
pretensin, pero que no quera precisar a su hija, y que as, la
dejaba duea de la eleccin. En seguida se vali don Blas de todos los
medios que pudo discurrir para agradarla; pero estaba tan prendada de
m, que no le di odos. Felicia, sin embargo, se haba interesado por
aquel caballero, habindola obligado ste con regalos a contribuir a
su amor, y as, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra parte, el
padre ayudaba a la criada con reconvenciones, y, con todo, en un ao
entero no hicieron mas que atormentar a doa Elena, sin poder reducirla
a olvidarme.

Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se empeaban intilmente por
l, les propuso un arbitrio para vencer la obstinacin de una amante
tan apasionada. Ved aqu--les dijo--lo que he pensado: fingiremos que
un mercader de Coria acaba de recibir carta de un comerciante italiano,
en la que, despus de hablarle largamente de negocios de comercio,
se leern las palabras siguientes: Poco tiempo hace que lleg a la
corte de Parma un caballero espaol, llamado don Gastn de Cogollos.
Dice ser sobrino y nico heredero de una viuda rica de Coria, llamada
doa Leonor de Lajarilla, y pretende casarse con la hija de un seor
poderoso, pero no quieren aceptar su propuesta hasta haberse informado
de la verdad, y tengo el encargo de preguntrselo a usted. Dgame, le
suplico, si conoce a este don Gastn y en qu consisten los bienes de
su ta. La respuesta de usted decidir este enlace.--Parma, etc.

Esta trampa le pareci al viejo un juego y engao perdonable en
los enamorados; la criada, an menos escrupulosa que el buen hombre,
la aplaudi mucho. La ficcin les pareci tanto mejor cuanto que
conocan la altivez de Elena, la cual, como no llegara a sospechar el
fraude, era una mujer capaz de resolverse a abrazar el partido que le
proponan. Don Jorge tom a su cargo el anunciarle por s mismo mi
inconstancia, y, para que pareciera la cosa ms natural, hacerle hablar
al mercader que haba recibido de Parma la supuesta carta. Efectuaron
el pensamiento como lo haban formado. El padre, alterado y aparentando
enojo y despecho, le dijo: Hija ma Elena, nada ms te dir sino que
nuestros parientes todos los das claman sobre que jams permita entre
en nuestra familia al homicida de don Agustn, y hoy tengo otra razn
ms poderosa para alejarte de don Gastn. Avergnzate de serle tan
fiel! Es un voltario, un prfido, y ve aqu una prueba cierta de su
infidelidad: lee t misma esa carta que un mercader de Coria acaba de
recibir de Italia. Asustada Elena, tom el fingido papel, lo ley,
medit sobre todas sus expresiones y se qued absorta de la nueva de
mi inconstancia. Un afecto de ternura le hizo despus verter algunas
lgrimas; pero recobrando presto su orgullo, las enjug y dijo con
entereza a su padre: Seor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza
salo tambin de la victoria que voy a conseguir sobre m. Ya se
acab! Don Gastn es ya despreciable a mis ojos; en l slo veo al
hombre ms indigno de este mundo. No hablemos ms de l! Vamos,
nada me detiene ya! Dispuesta estoy a dar la mano a don Blas. Ojal
que mi casamiento preceda al de aquel prfido que tan mal ha pagado mi
amor! Don Jorge, enajenado de alegra al or estas palabras, abraz
a su hija, alab la esforzada resolucin que tomaba y, aplaudindose
del feliz xito de la estratagema, se di prisa a cumplir los deseos
de mi rival. De este modo me quitaron a doa Elena, la que se entreg
precipitadamente a Cambados, sin querer escuchar al amor que le
hablaba por m en su corazn ni aun dudar un instante de una noticia
que debiera haber encontrado menos credulidad en una amante. Impelida
de su orgullo, slo di odos a su vanidad, y el resentimiento de la
injuria que imaginaba haba yo hecho a su hermosura super al inters
de su amor. Sin embargo, pasados algunos das despus de su casamiento,
sinti algunos remordimientos de haberlo acelerado. Se le previno
entonces que la carta del mercader poda haber sido fingida, y esta
sospecha la inquiet; pero el enamorado don Blas no daba lugar a que su
mujer alimentase ideas contrarias a su reposo y no pensaba mas que en
divertirla, lo que consegua con repetidos placeres que tena arte para
inventar.

Ella pareca vivir muy gustosa con un esposo tan obsequioso y reinaba
entre ambos una perfecta unin, cuando mi ta compuso mi asunto
con los parientes de don Agustn, de lo que recib aviso en Italia
inmediatamente. Estaba entonces en Regio, en la Calabria Ulterior. Pas
a Sicilia, de all a Espaa, y, llevado en alas del amor, llegu en
fin a Coria. Doa Leonor, que no me haba escrito el casamiento de la
hija de don Jorge, me lo notici a mi llegada, y viendo que me afliga,
dijo: Haces mal, sobrino mo, de mostrarte tan sentido de la prdida
de una dama que no ha podido serte fiel. Creme: destierra del corazn
y de la memoria a una persona que ya no es digna de ocuparlos.

Como mi ta ignoraba que haban engaado a doa Elena, tena razn
para hablarme as y no poda darme un consejo ms discreto, por lo
que me promet seguirlo, o a lo menos aparentar un aire indiferente
si no era capaz de vencer mi pasin. Sin embargo, no pude resistir al
deseo de saber de qu modo se haba concertado este casamiento y, para
enterarme, resolv ver a la amiga de Felicia, es decir, a la seora
Teodora, de quien ya os he hablado. Fu a su casa, en donde casualmente
encontr a Felicia, la cual, estando muy ajena de verme, se turb y
quiso retirarse por evitar la averiguacin que juzg querra yo hacer.
La detuve y le dije: Por qu hus de m? No est contenta la perjura
Elena con haberme sacrificado? Os ha prohibido escuchar mis quejas? O
tratis solamente de evitar mi presencia por haceros un mrito con la
ingrata de haberos negado a orlas?

Seor--me respondi la criada--, confieso ingenuamente que vuestra
presencia me confunde; no puedo veros sin sentirme despedazada de mil
remordimientos. A mi ama la han seducido y yo he tenido la desgracia de
ser cmplice en la seduccin. A vista de esto, puedo yo sin vergenza
presentarme a usted? Oh cielos!--repliqu yo con sorpresa--. Qu me
dices? Explcate con ms claridad! Entonces la criada me cont punto
por punto la estratagema de que se haba valido Cambados para robarme
a doa Elena, y advirtiendo que su narracin me atravesaba el alma, se
esforz a consolarme. Me ofreci sus buenos oficios para con su ama;
me prometi desengaarla y pintarle mi desesperacin; en una palabra,
no omitir nada para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me di
esperanzas que mitigaron algn tanto mis penas.

Dejando a un lado las infinitas contradicciones que tuvo que sufrir
de parte de doa Elena para que consintiera en verme, al fin pudo
conseguirlo y resolvieron entre ellas que me introduciran secretamente
en casa de don Blas la primera vez que ste saliese para una hacienda,
adonde iba de tiempo en tiempo a cazar y en la que se detena por lo
comn un da o dos. Este designio no tard en ejecutarse; el marido se
ausent, de lo que advertido yo, fu introducido en el cuarto de su
mujer.

Quise principiar la conversacin con reconvenciones, pero ella me
hizo callar dicindome: Es intil traer a la memoria lo pasado; aqu
no se trata de enternecernos uno y otro, y os engais si me creis
dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro que no he dado
mi consentimiento para esta secreta entrevista ni he cedido a las
instancias que se me han hecho sino para deciros de viva voz que en
adelante no debis pensar mas que en olvidarme. Quiz vivira yo ms
satisfecha de mi suerte si sta se hubiese unido a la vuestra; pero
ya que el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer sus
decretos.

Pues qu, seora--le respond--, no basta el haberos perdido? No
basta ver al dichoso don Blas poseer pacficamente la nica persona que
soy capaz de amar, sino que tambin debo desterraros de mi pensamiento?
Queris privarme de mi amor y quitarme el nico bien que me queda!
Ah, cruel! Pensis que sea posible que un hombre a quien robasteis
el corazn vuelva a recobrarle? Conoceos ms bien que os conocis
y dejaos de exhortarme en vano a que os borre de mi memoria! Est
bien--replic ella con precipitacin--; pues cesad vos tambin de
esperar que yo corresponda a vuestra pasin con algn agradecimiento.
Slo una palabra tengo que deciros: la esposa de don Blas no ser la
amante de don Gastn. Caminad sobre este supuesto. Retiraos--aadi--y
acabemos prontamente una conversacin de que me reprendo a m misma, a
pesar de la pureza de mis intenciones, y que mirara como un crimen si
la prolongase.

Al or estas palabras, que me privaban de toda esperanza, me arroj
a los pies de doa Elena; hablle con la mayor ternura y emple
hasta lgrimas para enternecerla; pero todo esto no sirvi mas que
de excitar acaso algunos afectos de lstima, que tuvo buen cuidado
de ocultar y que sacrific a su deber. Despus de haber apurado
infructuosamente las expresiones amorosas, los ruegos y las lgrimas,
mi cario se convirti de repente en furor y saqu la espada con
intento de atravesarme con ella a presencia de la inexorable Elena,
que apenas advirti mi accin cuando se arroj a m para precaver sus
consecuencias. Deteneos, Cogollos!--me dijo--. Es este el modo que
tenis de mirar por mi reputacin? Quitndoos as la vida, vais a
deshonrarme y hacer pasar a mi marido por un asesino.

En la desesperacin de que estaba dominado, muy lejos de atender a
estas palabras como deba, no pensaba mas que en burlar los esfuerzos
que hacan el ama y la criada para salvarme de mi funesta mano. Sin
duda hubiera conseguido demasiado pronto mi intento si don Blas,
que estaba avisado de nuestra entrevista y que en lugar de ir a su
hacienda se haba escondido detrs de un tapiz para or nuestra
conversacin, no hubiera acudido corriendo a unirse a ellas. Seor
don Gastn--exclam, detenindome el brazo--, recbrese usted y no se
rinda cobardemente al furioso enajenamiento que le agita!

Yo interrump a Cambados dicindole: Es usted quien me impide
ejecutar mi resolucin, cuando debiera atravesar mi pecho con un pual?
Mi amor, aunque desgraciado, os ofende. No basta que me sorprendis
de noche en el cuarto de vuestra esposa? Se necesita ms para excitar
vuestra venganza? Traspasadme para libraros de un hombre que no puede
dejar de adorar a doa Elena sino cesando de vivir! En vano--me
respondi don Blas--procura usted interesar mi honor para que le d la
muerte. Bastante castigado queda usted de su temeridad, y yo agradezco
tanto a mi esposa sus sentimientos virtuosos, que le perdono la
ocasin en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos--aadi--, no os
desesperis como un dbil amante; someteos con valor a la necesidad.

El prudente gallego, con estas y otras semejantes expresiones, calm
poco a poco mi arrebato y despert mi virtud. Me retir con nimo de
alejarme de Elena y de los lugares que habitaba, y dos das despus
me volv a Madrid, en donde, no queriendo ya ocuparme sino en el
cuidado de mi fortuna, comenc a presentarme en la corte y a ganar
en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer una estrecha
amistad con el marqus de Villarreal, gran seor portugus, el cual,
por haberse sospechado de l que pensaba en libertar a Portugal del
dominio de los espaoles, est hoy en el castillo de Alicante. Como el
duque de Lerma ha sabido que yo era ntimo amigo de este seor, me ha
hecho tambin prender y conducir aqu. Este ministro cree que puedo ser
cmplice en tal proyecto, ultraje que es ms sensible para un hombre
noble y castellano.

Aqu ces de hablar don Gastn y yo le consol diciendo: Caballero,
el honor de usted no puede recibir lesin alguna en esta desgracia, la
cual en adelante sin duda ser a usted de provecho. Cuando el duque
de Lerma se entere de su inocencia, no dejar de darle un empleo
importante para restablecer la buena opinin de un caballero acusado
injustamente de traicin.


                             CAPITULO VII

  Escipin va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas y le da muchas
  noticias.


Tordesillas, que entr en la sala, interrumpi nuestra conversacin
dicindome: Seor Gil Blas, acabo de hablar con un mozo que se ha
presentado a la puerta de esta prisin y preguntado si estaba usted
preso; y no habindole querido dar respuesta, me dijo llorando: Noble
alcaide, no desprecie usted mi humilde splica; dgame si el seor
Santillana est aqu! Soy su principal criado, y si me permite verle
har en ello una obra de caridad. En Segovia est usted tenido por
un hidalgo compasivo, y as, espero no me niegue el favor de hablar
un instante con mi querido amo, que es ms infeliz que culpado. En
fin--continu don Andrs--, este mozo me ha manifestado tanto deseo de
ver a usted, que le he prometido darle a la noche este gusto.

Asegur a Tordesillas que el mayor placer que poda darme era
traerme aquel joven, quien probablemente tendra que decirme cosas
muy importantes. Esper con impaciencia el momento de ver a mi fiel
Escipin, porque no dudaba fuese l, y, a la verdad, no me engaaba.
A la cada del da se le di entrada en la torre, y su gozo, que
solamente poda igualarse con el mo, se mostr al verme con arrebatos
extraordinarios. Yo, con el jbilo que sent al verle, le abrac, y l
hizo lo mismo con todo cario. Fu tal la satisfaccin que tuvieron
de verse el amo y el secretario, que se confundieron en uno con este
abrazo.

En seguida de esto pregunt a Escipin en qu estado haba dejado mi
casa. Ya no tiene usted casa--me respondi--, y para ahorrarle el
trabajo de hacer preguntas sobre preguntas voy a decir en dos palabras
lo que ha pasado en ella. Vuestros muebles han sido saqueados, tanto
por los ministros como por los criados de usted, los cuales, mirndole
ya como un hombre enteramente perdido, han tomado a cuenta de sus
salarios cuanto han podido llevar. La fortuna fu que tuve la habilidad
de salvar de sus garras dos grandes talegos de doblones de a ocho que
saqu del cofre y puse en salvo. Salero, a quien he hecho depositario
de ellos, os los devolver cuando salgis de la torre, en donde no creo
estis mucho tiempo a expensas de su majestad, pues habis sido preso
sin conocimiento del duque de Lerma.

Pregunt a Escipin de dnde saba que su excelencia no tena parte
en mi desgracia. Ah! Ciertamente--me respondi--, de ello estoy muy
bien informado, pues un amigo mo, confidente del duque de Uceda, me
ha contado todas las particularidades de vuestra prisin. Me ha dicho
que, habiendo descubierto Caldern por medio de un criado que la
seora Sirena, usando de otro nombre, reciba de noche al prncipe de
Espaa, y que el conde de Lemos manejaba esta trama valindose del
seor de Santillana, haba resuelto vengarse de ellos y de su querida,
para cuyo logro, dirigindose secretamente al duque de Uceda, se lo
descubri todo, y que alegre ste de que se le hubiese presentado
tan bella ocasin de perder a su enemigo, no dej de aprovecharla,
informando al rey de lo que haba sabido y hacindole presente con
eficacia los peligros a que el prncipe se haba expuesto. Indignado
su majestad de esta noticia, mand poner en la casa de las Recogidas a
Sirena, desterr al conde de Lemos y conden a Gil Blas a una prisin
perpetua. Vea usted aqu--prosigui Escipin--lo que me ha dicho mi
amigo. Ya ve usted que su desgracia es obra del duque de Uceda, o ms
bien de don Rodrigo Caldern.

Esta relacin me hizo creer que con el tiempo podran componerse mis
asuntos y que el duque de Lerma, resentido del destierro de su sobrino,
todo lo pondra en movimiento para hacerle volver a la corte, y me
lisonjeaba de que su excelencia no me olvidara. Qu gran cosa es la
esperanza! De un golpe me consol de la prdida de mis efectos y me
puse tan alegre como si tuviera motivo para estarlo. Lejos de mirar
mi prisin como una habitacin desdichada, en donde quiz haba de
acabar mis das, me pareci un medio de que se vala la Fortuna para
elevarme a un gran puesto. Mi fantasa discurra del modo siguiente:
los allegados del primer ministro son don Fernando de Borja, el padre
Jernimo de Florencia y sobre todo fray Luis de Aliaga, quien le debe
el lugar que ocupa cerca del rey. Con el favor de estos poderosos
amigos, su excelencia destruir sus enemigos, o, por otra parte, el
Estado acaso mudar presto de semblante. Su Majestad est muy achacoso,
y as que muera, la primera cosa que har el prncipe su hijo ser
llamar al conde de Lemos, quien me sacar inmediatamente de aqu, me
presentar al monarca, el que, para compensar los trabajos que he
padecido, me colmar de beneficios. Embelesado as con pensar en los
gustos venideros, casi ya no senta los males presentes. Creo tambin
que los dos talegos de doblones que mi secretario haba depositado en
casa del platero contribuyeron tanto como la esperanza para consolarme
prontamente.

El celo e integridad de Escipin me haban agradado mucho y en
prueba de ello le ofrec la mitad del dinero que haba salvado del
pillaje, lo que rehus. Espero de usted--me dijo--otra seal de
reconocimiento. Admirado tanto de sus palabras como de que rehusara
la oferta, le pregunt qu poda hacer por l. No nos separemos--me
respondi--; permita usted que una mi fortuna con la suya. Jams he
tenido a ningn amo el amor que tengo a usted. Y yo, hijo mo--le
dije--, puedo asegurarte que no amas a un ingrato. Desde el punto en
que te presentaste para servirme, gust de ti; posible es que ambos
hayamos nacido bajo los signos de Libra o Gminis, que, segn dicen,
son las dos constelaciones que unen a los hombres. Admito gustoso la
compaa que me propones, y para dar principio a ella voy a pedir
al seor alcaide te encierre conmigo en esta torre. Eso es lo que
quiero--exclam--; usted me ha adivinado el pensamiento e iba a
suplicarle pretendiese esta gracia, pues aprecio ms vuestra compaa
que la libertad. Solamente saldr algunas veces para ir a Madrid a
adquirir noticias a la covachuela y ver si ha habido en la corte alguna
mudanza que pueda serle a usted favorable, de modo que en m tendr
usted a un mismo tiempo un confidente, un correo y un espa.

Estas ventajas eran demasiado considerables para privarme de ellas.
Retuve, pues, conmigo a un hombre tan til, con licencia del generoso
alcaide, que no me quiso negar tan dulce consuelo.


                             CAPITULO VIII

  Del primer viaje que hizo Escipin a Madrid; cul fu el motivo y
  xito de l. Dale a Gil Blas una enfermedad y resultas que tuvo.


Aunque comnmente decimos que no tenemos mayores enemigos que nuestros
criados, no hay duda en que, cuando nos son fieles y afectos, son
nuestros mejores amigos. La inclinacin que Escipin me haba
manifestado me haca mirarle como a mi misma persona. As, ya no hubo
subordinacin ni etiqueta entre Gil Blas y su secretario. Habitaron en
adelante comiendo y durmiendo juntos.

La conversacin de Escipin era muy divertida, y con razn se le poda
haber llamado el hombre de buen humor. Adems era discreto y me iba
bien con sus consejos. Un da le dije: Amigo mo, me parece no sera
malo que yo escribiese al duque de Lerma; esto no puede producir mal
efecto. Qu te parece a ti? Ya estoy--respondi--; pero los grandes
se mudan tanto de un instante a otro, que no s cmo recibir vuestra
carta. No obstante, soy de dictamen que no se pierde nada en que
escribis, pero con maa. Aunque el ministro os estima, no fiis por
eso en que se acordar de vos. Esta suerte de protectores fcilmente
olvida a aquellos de quienes ya no oyen hablar.

Aunque eso es muy cierto--le repliqu--, yo hago mejor concepto de mi
favorecedor. Conozco su bondad; estoy persuadido de que se compadece
de mis penas y que siempre las tiene presentes. A la cuenta, espera
para sacarme de la prisin que se aplaque la clera del rey. Sea
enhorabuena--respondi--; yo me alegrar que el juicio que usted hace
de su excelencia sea verdadero. Implore usted su patrocinio por medio
de una carta muy expresiva, que yo se la llevar y entregar en su
propia mano. Ped papel y tintero y compuse un trozo de elocuencia
que a Escipin le pareci pattico y Tordesillas juzg superior a las
mismas homilas del arzobispo de Granada.

Yo me lisonjeaba de que el duque de Lerma se compadecera al leer la
triste pintura que le haca del miserable estado en que no estaba,
y con esta confianza hice partir mi correo, el cual apenas lleg a
Madrid cuando fu a casa del ministro. Encontr a uno de mis amigos,
ayuda de cmara, que le facilit ocasin de hablar al duque, a quien
dijo, presentndole el pliego que llevaba: Seor, uno de los ms
fieles criados de su excelencia, el cual duerme sobre paja en un
obscuro calabozo de la torre de Segovia, le suplica muy humildemente
lea esa carta, que de lstima le ha facilitado poder escribir uno de
los carceleros. El ministro la abri y ley; pero aunque vi en ella
un retrato capaz de enternecer el corazn ms duro, lejos de mostrarse
compadecido, levant la voz y dijo al correo delante de algunas
personas que podan orlo: Amigo, diga usted a Santillana que es mucha
osada el recurrir a m despus de la accin perversa que ha cometido
y por la cual se le ha impuesto el castigo que merece. Es un hombre
indigno, que ya no debe contar con mi apoyo y a quien abandono al
resentimiento del rey.

Escipin, sin embargo de su desahogo, se qued turbado de or hablar
de esta suerte al ministro; pero, a pesar de su turbacin, no dej de
interceder por m. Seor--replic--, aquel pobre preso morir de dolor
cuando sepa la respuesta de vuestra excelencia. El duque no respondi
a mi intercesor sino mirndole de sobre ojo y volvindole la espalda.
As me trataba este ministro para disimular mejor la parte que haba
tenido en la amorosa intriga del prncipe de Espaa, y esto es lo que
deben esperar todos los agentes inferiores de quienes se valen los
grandes seores en sus secretos y peligrosos manejos.

Cuando mi secretario volvi a Segovia y me cont el resultado de su
comisin, me sepult de nuevo en el abismo de tristezas en que ca el
primer da de mi prisin y aun me cre ms desgraciado faltndome la
proteccin del duque de Lerma. Deca de nimo, y por ms que me dijeron
para consolarme, todo fu intil; atormentronme otra vez los pesares,
de manera que insensiblemente me causaron una grave enfermedad.

El seor alcaide, que se interesaba en mi salud, credo de que para
recobrarla era lo mejor llamar mdicos, me trajo dos que tenan traza
de ser unos celosos servidores de la diosa Libitina. Seor Gil
Blas--me dijo al presentrmelos--, vea usted aqu dos Hipcrates que
vienen a visitarle y que dentro de poco le pondrn bueno. Era tal la
oposicin que tena yo a estos doctores, que seguramente los habra
recibido muy mal si me hubiera quedado algn apego a la vida; pero
me senta tan cansado de ella, que agradec a Tordesillas el que me
pusiera en sus manos.

Caballero--me dijo uno de los mdicos--, es necesario ante todas cosas
que usted tenga confianza en nosotros. La tengo muy grande--le
respond--, pues estoy cierto de que con la asistencia de ustedes
quedar curado de todos mis males en pocos das. S--respondi--, lo
quedar usted mediante Dios, y nosotros haremos a lo menos lo que est
de nuestra parte para ello. En efecto, estos seores se portaron tan
maravillosamente, que a ojos vistas me iban llevando a la sepultura.
Desconfiado ya don Andrs de mi curacin, hizo venir un religioso de
San Francisco para que me ayudase a bien morir. El buen padre, despus
de haber hecho su deber, se retir, y yo, vindome en mi ltima hora,
hice seas a Escipin para que se acercara a mi cama. Amado amigo
mo--le dije con una voz casi apagada; tal era la debilidad que las
medicinas y sangras me haban causado--, de los dos talegos que hay
en casa de Gabriel, te dejo uno y te suplico lleves el otro a Asturias
a mis padres, quienes, si todava viven, estarn necesitados. Pero,
ay de m, temo mucho que no han de haber podido sobrevivir a mi
ingratitud! Lo que Moscada sin duda les habr contado de mi dureza
quiz les habr causado la muerte. Si el Cielo los ha conservado a
pesar de la indiferencia con que he pagado su ternura, les dars el
talego de doblones, suplicndoles me perdonen mi mala correspondencia,
y si han muerto te encargo emplees el dinero en pedir al Cielo por el
descanso de sus almas y la ma. Diciendo esto, le alargu una mano,
que ba con sus lgrimas sin poder responderme una palabra; tal era la
afliccin que tena el pobre mozo de mi prdida; lo que prueba que el
llanto de un heredero no es siempre risa disimulada.

Esperaba, pues, experimentar el trance de la muerte, y, no obstante,
me enga. Habindome desahuciado mis doctores y dejado campo libre a
la naturaleza, sta fu la que me sac del peligro. La calentura, que,
segn su pronstico, deba llevarme al otro mundo, quiso desmentirlos y
me dej. Poco a poco me restablec con la mayor felicidad y un perfecto
sosiego de espritu fu el fruto de mi mal. Ya entonces no necesit de
consuelo; antes bien, mir las riquezas y honores con aquel desprecio
que inspira la cercana de la muerte, y, vuelto en m mismo, bendeca
mi desgracia y daba gracias al Cielo, como si me hubiese hecho un favor
particular, e hice firme propsito de no volver ms a la corte, aun
cuando el duque de Lerma quisiese llamarme a ella, con nimo, si sala
de la prisin, de comprar una casa de campo y vivir en ella como un
filsofo.

Escipin aprob mi pensamiento y me dijo que, para que tuviese efecto
cuanto antes, pensaba volver a Madrid a solicitar mi soltura. Me ha
ocurrido una cosa--aadi--. Conozco a una persona que podr servirnos,
y es la criada favorita del ama de leche del prncipe, que es una
muchacha de entendimiento. Voy a que hable a su ama y a poner todos
los medios imaginables para sacar a usted de esta torre, en donde,
aunque se le d el mejor trato, siempre es prisin. Dices bien--le
respond--. V, amigo mo, sin perder tiempo, a dar principio a esa
diligencia. Pluguiese al Cielo que estuviramos ya en nuestro retiro!


                              CAPITULO IX

  Escipin vuelve a Madrid; cmo y con qu condiciones alcanz la
  libertad de Gil Blas; adnde fueron los dos despus de haber salido
  de la torre de Segovia y conversacin que tuvieron.


Sali, pues, Escipin para Madrid, y yo, nterin volva, me dediqu
a la lectura. Tordesillas me suministraba ms libros de los que yo
quera, los que le prestaba un comendador viejo que no saba leer,
pero que, queriendo hacer ostentacin de hombre sabio, tena una gran
librera. Sobre todo me agradaban las buenas obras morales, porque
encontraba en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban mi aversin
a la corte y la aficin que haba cobrado a la soledad.

Tres semanas estuve sin or hablar de mi agente, el cual volvi en fin
y me dijo muy contento: Ahora s, seor de Santillana, que traigo
a usted buenas nuevas! La seora ama ha tomado cartas por usted. Su
criada, a mis ruegos, y mediante cien doblones que le he ofrecido, ha
tenido la bondad de moverla a que pida al prncipe solicite vuestra
soltura, y ste, que, como otras veces he dicho a usted, nada le niega,
ha prometido hablar al rey su padre a fin de conseguirla. He venido a
toda prisa a decroslo y con la misma vuelvo a dar la ltima mano a mi
obra. Diciendo esto me dej y volvi a tomar el camino de la corte.

No fu largo su tercer viaje. Al cabo de ocho das estuvo de vuelta
y me dijo que el prncipe haba, aunque no sin trabajo, obtenido del
rey mi libertad, lo cual en el mismo da me confirm el seor alcaide,
quien vino a decirme abrazndome: Mi amado Gil Blas, gracias al Cielo,
usted ya est libre y tiene abiertas las puertas de esta prisin; pero
las dos condiciones con que se le concede a usted esta libertad quiz
le darn mucha pena y siento verme en la obligacin de hacrselas
saber. Su Majestad prohibe a usted se presente en la corte y le manda
salir de las dos Castillas en el trmino de un mes. Me es de gran
mortificacin el que se le prohiba a usted ir a la corte. Pues yo
estoy muy contento--le respond--. Bien sabe Dios lo que pienso de
ella! Slo esperaba del rey una gracia, y me ha hecho dos.

Vindome ya libre, hice alquilar dos mulas, en las cuales salimos el
da siguiente mi confidente y yo, despus de haberme despedido de
Cogollos y dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores que
me haba hecho. Tomamos alegremente el camino de Madrid para recoger
del seor Gabriel los dos talegos, en cada uno de los cuales haba
quinientos doblones de a ocho. En el camino me dijo mi compaero: Si
no tenemos bastante dinero para comprar una hacienda magnfica, a lo
menos habr para una mediana. Yo me dara por feliz--le respond--aun
cuando no tuviese mas que una choza; en ella estara contento con mi
suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de mi carrera, estoy tan
desengaado del mundo, que slo quiero vivir para m. Adems de esto,
te digo que me he formado de los placeres de la vida campestre una idea
que me embelesa y hace que los goce con anticipacin. Me parece que ya
veo el esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseores y el
murmullo de los arroyos; que unas veces creo divertirme en la caza y
otras en la pesca. Imagnate, amigo mo, los diferentes recreos que nos
esperan en la soledad y tendrs tanta complacencia como yo. En orden a
nuestro sustento, el ms simple ser el mejor; un pedazo de pan podr
satisfacernos cuando nos atormente el hambre, y el apetito con que lo
comamos nos le har parecer muy sabroso. El deleite no consiste en la
bondad de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, y esto es tanta
verdad como que mis comidas ms delicadas no son aquellas en que veo
reinar el arte y la abundancia. La frugalidad es una fuente de delicias
maravillosa para conservar la salud.

Con el permiso de usted, seor Gil Blas--me interrumpi mi
secretario--, yo no soy enteramente de su opinin sobre la supuesta
frugalidad con que usted quiere obsequiarme. Por qu nos hemos de
mantener como unos Digenes? Aun cuando comamos bien, no caeremos
enfermos por eso. Crame usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con
qu vivir cmodamente en nuestro retiro, no le hagamos la mansin
del hambre y de la pobreza. Luego que tengamos una hacienda, ser
preciso abastecerla de buenos vinos y de todas las dems provisiones
convenientes a personas de entendimiento, que no dejan el trato humano
para renunciar a las comodidades de la vida, sino ms bien para
gozarlas con ms quietud. _Lo que cada uno tiene en su casa_--dice
Hesodo--_no daa, en lugar de que lo que no se tiene puede daar_.
_Vale ms--aade--tener uno en su casa las cosas necesarias que desear
tenerlas._

Qu diablos es eso, seor Escipin!--interrump--. Usted ha manejado
los poetas griegos? Hola! En dnde ley usted a Hesodo? En casa
de un sabio--respondi--. Serv algn tiempo en Salamanca a un pedante
que era un gran comentador; en un abrir y cerrar de ojos compona un
grueso volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, que
extractaba de los libros de su biblioteca y traduca al castellano.
Como yo era su amanuense, he retenido no s cuntas sentencias, todas
tan notables como las que acabo de citar. Siendo as--le repliqu--,
tienes la memoria bien adornada. Pero, viniendo a nuestro proyecto, en
qu reino de Espaa te parece del caso que fijemos nuestra residencia
filosfica? Yo opino por Aragn--respondi mi confidente--; all
encontraremos sitios muy amenos, en donde podremos pasar una vida
deleitosa. Est bien--le dije--, sea as. Detengmonos en Aragn;
consiento en ello. Ojal descubramos una morada que me proporcione
todos los placeres con que se recrea mi imaginacin!


                              CAPITULO X

  De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quin encontr Gil Blas en
  la calle, y de lo que sigui a este encuentro.


Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos a una pequea posada, en
la cual se haba alojado Escipin en sus viajes. Lo primero que hicimos
fu ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones. Recibinos muy
bien; me manifest se alegraba mucho de verme en libertad. Aseguro
a usted--aadi--que he sentido mucho su desgracia, la cual me ha
disgustado de la amistad de las gentes de la Corte, cuyas fortunas
estn muy en el aire. He casado a mi hija Gabriela con un rico
mercader. Usted ha obrado con juicio--le respond--. Adems de que
este partido es ms slido, un plebeyo que llega a ser suegro de un
noble no est siempre gustoso con su seor yerno.

Despus, mudando de conversacin y viniendo a nuestro asunto, prosegu:
Seor Gabriel, hganos usted el favor, si gusta, de entregarnos los
dos mil doblones que... Vuestro dinero est pronto--interrumpi el
platero, el cual, habindonos hecho pasar a su gabinete, nos mostr dos
talegos en los cuales haba unos rtulos que decan: Estos talegos
de doblones son del seor Gil Blas de Santillana.--. Ved aqu--me
dijo--el depsito tal como se me confi.

Di gracias a Salero del favor que me haba hecho, y muy consolado de
haberme quedado sin su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en
donde contamos nuestras monedas. La cuenta se encontr cabal, rebajados
los cincuenta doblones que se haban gastado en conseguir mi libertad.
Ya no pensamos mas que en disponernos para ir a Aragn. Mi secretario
tom a su cargo comprar una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte
cuid de la compra de ropa blanca y vestidos. En una de las veces que
iba arriba y abajo a estas compras encontr al barn de Steinbach,
aquel oficial de la guardia alemana en cuya casa se haba criado don
Alfonso.

Salud a este caballero alemn, quien, habindome tambin conocido,
se vino a m y me abraz. Me alegro en extremo--le dije--de ver a su
seora en tan buena salud y al mismo tiempo de tener ocasin de saber
de mis amados seores don Csar y don Alfonso de Leiva. Puedo dar
a usted noticias suyas muy ciertas--me respondi--, pues ambos estn
actualmente en Madrid y en mi casa. Tres meses hace que vinieron a la
corte a dar gracias al rey de un empleo que su majestad ha conferido
a don Alfonso en premio de los servicios que sus abuelos hicieron al
Estado; le ha nombrado gobernador de la ciudad de Valencia, sin que le
haya pedido este cargo ni solicitndolo por otra persona. No se ha
hecho una gracia ms espontnea, lo cual prueba que nuestro monarca
gusta de recompensar el valor.

Aunque yo saba mejor que Steinbach el origen de esto, no manifest
saber la menor cosa de lo que me contaba y s un deseo tan vivo
de saludar a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo
inmediatamente a su casa. Yo quera probar a don Alfonso y juzgar
por su recibimiento si me estimaba todava. Le encontr en una sala
jugando al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego que me conoci,
dej el juego y se vino a m arrebatado de gozo, y estrechndome entre
sus brazos me dijo en un tono que manifestaba una ingenua alegra:
Santillana! Conque al fin vuelvo a verte! Estoy loco de contento!
No ha estado en mi mano el que no hayamos permanecido siempre juntos;
yo te rogu, si haces memoria, que no te fueras de la casa de Leiva,
y t no hiciste caso de mis ruegos. No obstante, no te lo imputo a
delito; antes bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde
entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el trabajo de hacerte
buscar intilmente en Granada, en donde mi cuado don Fernando me haba
escrito que estabas. Despus de esta ligera reconvencin--continu--,
dime qu haces en Madrid. Regularmente tendrs aqu algn empleo. Ten
por cierto que me intereso ahora ms que nunca en tu bien. Seor--le
respond--, no hace todava cuatro meses que ocupaba en la corte un
puesto de bastante consideracin. Tena la honra de ser secretario y
confidente del duque de Lerma. Es posible!--exclam don Alfonso con
grande asombro--. Qu! Has merecido t la confianza de este primer
ministro? Logr su favor--respond--y le perd del modo que voy a
decir. Entonces le cont toda esta historia y conclu mi narrativa
exponindole la determinacin que haba tomado de comprar, con lo poco
que me quedaba de mi prosperidad pasada, una pobre choza para pasar en
ella una vida retirada.

El hijo de don Csar, despus de haberme odo con mucha atencin, me
dijo: Mi amado Gil Blas, ya sabes que siempre te he querido y ahora
ms que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado de poder aumentar
tus bienes, quiero que no seas ms tiempo juguete de la fortuna.
Para libertarte de su poder, te quiero dar una hacienda que no podr
quitarte, y pues ests determinado a vivir en el campo, te doy una
pequea quinta que tenemos cerca de Liria, distante cuatro leguas
de Valencia, que ya has visto t. Este regalo podemos hacerlo sin
incomodarnos, y me atrevo a asegurar que mi padre no desaprobar esta
determinacin y que Serafina recibir en ello gran contento.

Me arroj a los pies de don Alfonso, quien al momento me hizo levantar;
le bes la mano y, ms enamorado de su buen corazn que de su
beneficio, le dije: Seor, vuestras finezas me cautivan. El don que me
hacis me es tanto ms agradable cuanto que precede al agradecimiento
de un favor que yo he hecho a ustedes y ms bien quiero deberlo a su
generosidad que a su gratitud. Mi gobernador se qued algo suspenso
de lo que oa y no pudo menos de preguntarme de qu favor le hablaba.
Djeselo con todas sus circunstancias, lo cual aument su admiracin.
Estaba muy lejos de pensar, como el barn de Steinbach, que el Gobierno
de la ciudad de Valencia se le hubiese dado por mediacin ma. No
obstante, no teniendo ya duda de ello, me dijo: Gil Blas, pues que
te debo mi empleo, no quiero darte slo la pequea hacienda de Liria:
quiero agregar a ella dos mil ducados de renta al ao.

Alto ah, seor don Alfonso!--interrump--. No despierte usted mi
codicia! Los bienes no sirven mas que para corromper mis costumbres,
como harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra quinta de
Liria. En ella vivir cmodamente con lo que tengo. Por otra parte,
esto me es suficiente, y, lejos de desear ms, primero consentir en
perder todo lo que hay de superfluo en lo que poseo. Las riquezas son
una carga en un retiro en donde slo se busca la tranquilidad.

Don Csar lleg cuando estbamos en esta conversacin. No manifest
al verme menos alegra que su hijo, y cuando supo el motivo del
agradecimiento a que me estaba obligada su familia, se empe en que
haba de aceptar yo la renta, lo cual rehus de nuevo. En fin, el padre
y el hijo me condujeron a casa de un escribano, en donde otorgaron la
escritura de donacin, que ambos firmaron con ms gusto que si fuera
un instrumento a favor suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron,
diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya y que fuese cuando
quisiese a tomar posesin de ella. Despus se volvieron a casa del
barn de Steinbach y yo fu volando a la posada, en donde dej pasmado
a mi secretario cuando le dije que tenamos una hacienda en el reino
de Valencia y le cont el modo como acababa de adquirirla. Cunto
puede producir esta pequea heredad?, me dijo. Quinientos ducados
de renta--le respond--, y puedo asegurarte que es una amena soledad.
Yo la he visto, por haber estado en ella muchas veces en calidad de
mayordomo de los seores de Leiva. Es una casa pequea, situada a la
orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o seis vecinos y en un
pas hermossimo.

Lo que me gusta mucho--exclam Escipin--es que tendremos all caza,
vino de Benicarl y excelente moscatel. Vamos, amo mo, dmonos prisa
a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita! No tengo menos deseo que
t--le respond--de estar all; pero antes es preciso hacer un viaje
a Asturias, porque mis padres no deben de hallarse en buen estado.
Quiero ir a verlos y llevrmelos a Liria, en donde pasarn sus ltimos
das con descanso. Acaso me habr el Cielo deparado este asilo para
recibirlos en l, y si dejara de hacerlo as, me castigara. Escipin
apoy mucho mi determinacin y aun me excit a ejecutarla. No perdamos
tiempo--me dijo--; ya tengo carruaje. Compremos prontamente mulas y
tomemos el camino de Oviedo. S, amigo mo--le respond--, marchemos
cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias de mi
retiro con los que me han dado el ser. Presto estaremos de vuelta en
nuestra aldea, y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre la
puerta de mi casa estos dos versos latinos:

    _Inveni portum: Spes et Fortuna, valete:
    Sat me ludistis; ludite nunc alios_[1].


    [1]    Hall ya el puerto. Adis, Esperanza y Fortuna!
           Bastante me burlasteis! Burlaos ya de otros!




                             LIBRO DECIMO


                           CAPITULO PRIMERO

  Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, donde visita a
  su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se encuentra casualmente con
  el seor Manuel Ordez, administrador del hospital.


Cuando me estaba disponiendo a salir de Madrid con Escipin para ir
a Asturias, el duque de Lerma fu creado cardenal por la Santidad de
Paulo V. Queriendo este Papa establecer la Inquisicin en el reino de
Npoles, honr con el capelo a este ministro para empearle a hacer que
el rey Felipe aprobase tan laudable designio. A todos los que conocan
perfectamente a este nuevo miembro del Sacro Colegio les pareci, como
a m, que la Iglesia acababa de hacer una excelente adquisicin.

Escipin, que hubiera querido ms volver a verme en un puesto brillante
de la corte que sepultado en un retiro, me aconsej que me presentase
al nuevo cardenal. Puede ser--me dijo--que su eminencia, vindole a
usted fuera de la prisin por orden del rey, no crea ya deber fingirse
irritado contra usted y podr admitirle de nuevo a su servicio.
Seor Escipin--le respond--, usted ha olvidado sin duda que slo
consegu la libertad bajo condicin de salir inmediatamente de las
dos Castillas. Fuera de eso, me crees ya disgustado de mi quinta de
Liria? Ya te lo he dicho, y te lo vuelvo a repetir, que aunque el duque
de Lerma me restituyese a su gracia y me ofreciese el mismo puesto
que ocupa don Rodrigo Caldern, lo renunciara. Mi determinacin est
tomada. Quiero ir a Oviedo a buscar a mis padres y retirarme con ellos
a las cercanas de la ciudad de Valencia. En cuanto a ti, amigo mo,
si ests arrepentido de unir tu suerte con la ma, no tienes mas que
decirlo, que estoy pronto a darte la mitad del dinero que tengo y
te quedars en Madrid, en donde adelantars tu fortuna hasta donde
pudieres.

Cmo as?--replic mi secretario, algo resentido de estas
expresiones--. Es posible que usted sospeche que sea yo capaz de tener
repugnancia a seguirle a su retiro? Esa sospecha ofende mi celo y mi
inclinacin. Pues qu, Escipin, aquel fiel criado que por tomar parte
en sus penas hubiera pasado con gusto el resto de sus das con usted
en el alczar de Segovia, tendra ahora repugnancia en acompaarle en
una mansin donde espera gozar mil delicias? No, seor, no! Ninguna
gana tengo de disuadir a usted de su resolucin; pero quiero confesarle
mi malicia: si le aconsej que se presentase al duque de Lerma fu
nicamente para sondearle y ver si todava le quedaban algunas
reliquias de ambicin. Ea, pues; ya que se halla usted tan desprendido
de las grandezas, abandonemos prontamente la corte para ir a disfrutar
de aquellos inocentes y deliciosos placeres de que nos formamos una
idea tan risuea!

Con efecto, poco despus salimos de Madrid en una silla tirada de dos
buenas mulas, guiadas por un mozo que tuve por conveniente agregar a mi
comitiva. Dormimos el primer da en Galapagar, al pie de Guadarrama; el
segundo, en Segovia, de donde sal sin detenerme a visitar al generoso
alcaide Tordesillas; pas por Portillo y llegu al da siguiente a
Valladolid. Al descubrir esta ciudad no pude menos de dar un profundo
suspiro, que habindolo odo mi compaero, me pregunt la causa. Hijo
mo--le dije--, es la de que ejerc mucho tiempo en Valladolid la
Medicina, y sobre este punto me estn atormentando los remordimientos
secretos de mi conciencia, pues me parece que todos aquellos que
mat salen de sus sepulcros para venir a despedazarme. Qu
imaginacin!--dijo mi secretario--. Sin duda, seor de Santillana,
que es usted un pobre hombre! Por qu se arrepiente usted de haber
hecho su oficio? Por ventura los doctores ancianos sienten los mismos
remordimientos? No, seor; llevan la suya adelante con el mayor
sosiego del mundo, imputando a la Naturaleza los accidentes funestos y
atribuyndose a ellos solamente los felices.

En verdad--repuse--que el doctor Sangredo, cuyo mtodo segua yo
fielmente, era de este carcter. Aunque viese morir cada da veinte
enfermos entre sus manos, viva tan persuadido de la excelencia de
la sangra del brazo y de la bebida frecuente, a las cuales llamaba
sus dos especficos para todo gnero de enfermedades, que si moran
los pacientes lo achacaba siempre a haber bebido poco y a que no
los haban sangrado bastante. Vive diez--exclam Escipin dando
una carcajada--, que me cita usted un sujeto original! Si tienes
curiosidad de verle y orle--repuse yo--, maana la podrs satisfacer,
como no haya muerto y est en Valladolid, lo que dudo mucho, porque ya
era viejo cuando le dej y desde entonces ac se han pasado bastantes
aos.

Lo primero que hicimos as que llegamos al mesn adonde fuimos a
apearnos fu preguntar por el tal doctor. Supimos que aun no se haba
muerto, pero que, no pudiendo ya visitar ni hacer mucho movimiento a
causa de su gran vejez, haba abandonado el campo a otros tres o cuatro
doctores, que haban adquirido gran fama por otro nuevo mtodo de curar
que no vala ms que el suyo. Resolvimos hacer parada el da siguiente,
tanto para que descansasen las mulas como por ver al doctor Sangredo.
A cosa de las diez de la maana fuimos a su casa y le hallamos sentado
en una silla poltrona con un libro en la mano. Levantse luego que nos
vi, vino hacia nosotros con paso muy firme para un setentn, y nos
pregunt qu le queramos. Pues qu, seor doctor--le respond--, es
posible que ya no me conozca usted, siendo as que tuve la fortuna de
haber sido uno de sus discpulos? No se acuerda usted de un cierto
Gil Blas que en otro tiempo fu su comensal y su sustituto? Cmo
as?--me replic dndome un abrazo--. Eres t Santillana? Cierto que
no te haba conocido y me alegro infinito de volverte a ver. Qu has
hecho despus que nos separamos? Sin duda, habrs ejercido siempre
la Medicina. Tenale--le respond--mucha inclinacin, pero razones
poderosas me apartaron de ella.

Peor para ti!--replic Sangredo--. Con los principios que aprendiste
de m hubieras llegado a ser un mdico hbil, con tal que el Cielo
te hubiera hecho la gracia de preservarte del peligroso amor a la
qumica. Ah hijo mo!--exclam arrancando un doloroso suspiro--. Qu
novedades se han introducido en la Medicina de algunos aos a esta
parte! A esta arte se le quita el honor y la dignidad; esta arte, que
en todos tiempos ha respetado la vida de los hombres, hoy se halla en
poder de la temeridad, de la presuncin y de la impericia, porque los
hechos hablan y presto alzarn el grito hasta las piedras contra el
desorden de los nuevos prcticos: _lapides clamabunt_. Se ven en esta
ciudad algunos mdicos, o que se llaman tales, que se han uncido al
carro de triunfo del antimonio: _carrus triumphalis antimonii_; unos
desertores de la escuela de Paracelso, adoradores del _quermes_ y
curanderos de casualidad, que hacen consistir toda la ciencia mdica
en saber preparar algunas drogas qumicas. Qu ms te dir? En su
mtodo todo est desconocido: la sangra del pie, por ejemplo, en otros
tiempos tan raras veces practicada, hoy es la nica que se usa; los
purgantes, antiguamente suaves y benignos, se han convertido en emtico
y en quermes. Ya todo no es mas que un caos en que cada uno se toma la
libertad de hacer lo que se le antoja y traspasa los lmites del orden
y de la sabidura que nuestros primitivos maestros sealaron.

Aunque estaba reventando por rer al or una declamacin tan cmica,
pude contenerme. Y aun hice ms: declam contra el quermes, sin saber
lo que era, y di al diablo sin ms reflexin a los que lo haban
inventado. Advirtiendo Escipin lo mucho que me diverta esta escena,
quiso contribuir tambin por su parte a ella. Yo, seor doctor--dijo
a Sangredo--, soy sobrino de un mdico de la escuela antigua, y como
tal, pido a usted licencia para declararme enemigo de los remedios
qumicos. Mi difunto to, que santa gloria haya, era tan ciego
partidario de Hipcrates, que se bati muchas veces con los empricos
que no hablaban con el debido respeto de este rey de la Medicina. La
razn no quiere fuerza. De buena gana sera yo el verdugo de esos
ignorantes novadores, de quienes usted se queja con tanta justicia
como elocuencia! Qu trastorno no causan en la sociedad civil esos
miserables?

Ese desorden--replic el doctor--va todava ms lejos de lo que usted
piensa. De nada me ha servido publicar un libro contra esos asesinos
de la Medicina; antes al contrario, cada da van en aumento. Los
cirujanos, cuyo gran hipo es querer hacer de mdicos, se creen capaces
de serlo cuando slo se trata de recetar quermes y emtico, aadiendo
sangras del pie a su antojo. Llegan hasta el punto de mezclar el
quermes en las pcimas y cocimientos cordiales, y ctate que ya se
juzgan iguales a los grandes mdicos. Este contagio ha cundido hasta
dentro de los claustros. Hay entre los frailes ciertos legos que son
a un mismo tiempo boticarios y cirujanos. Estos monos mdicos se
aplican a la qumica y hacen drogas perniciosas, con las que abrevian
la vida de sus padres reverendos. En fin, en Valladolid se cuentan
ms de sesenta conventos de frailes y monjas; contemple usted ahora
el destrozo que hacen en ellos el quermes junto con el emtico y la
sangra del pie. Seor Sangredo--dije yo entonces--es muy justa la
indignacin de usted contra esos envenenadores; yo me lamento de lo
mismo y entro a la parte en su compasivo temor por la vida de los
hombres, manifiestamente amenazada por un mtodo tan diferente del
de usted. Mucho temo que la qumica no sea algn da la ruina de la
Medicina, como lo es de los reinos la moneda falsa. Quiera el Cielo
que este da fatal no est cerca de llegar!

Aqu llegaba nuestra conversacin cuando entr en el cuarto del doctor
una criada vieja, que le traa en una bandeja un panecillo tierno,
un vaso y dos garrafitas llenas, una de agua y otra de vino. Luego
que comi un bocado ech un trago, en el cual, ciertamente, haba
mezclado dos terceras partes de agua; pero esto no le libr de las
reconvenciones que me daba motivo para hacerle. Hola, hola, seor
doctor!--le dije--. Le he cogido a usted en el garlito! Usted beber
vino, cuando siempre se ha declarado contra esta bebida y cuando en las
tres cuartas partes de su vida no ha bebido sino agua! De cundo ac
se ha contrariado usted a s mismo? No puede servirle de excusa su edad
avanzada, pues en un lugar de sus escritos define la vejez diciendo que
es _una tisis natural que poco a poco nos va disecando y consumiendo_,
y, en fuerza de esta definicin, lamenta usted la ignorancia de
aquellos que llaman al vino _la leche de los viejos_. Qu me dir
usted ahora en su defensa?

Digo--me respondi el viejo--que me reconvienes sin razn. Si yo
bebiera vino puro, tendras motivo para mirarme como a un infiel
observador de mi propia doctrina; pero ya has visto que el vino que
he bebido estaba muy aguado. Otra condicin--le repliqu yo--, mi
querido maestro: acurdese usted de que llevaba muy a mal que el
cannigo Cedillo bebiese vino, aunque lo mezclaba con mucha agua.
Confiese usted de buena fe que al cabo ha reconocido su error y que el
vino no es un licor tan funesto como usted lo sent en sus obras, con
tal que se beba con moderacin.

Hallse nuestro doctor algo atarugado con esta rplica. No poda
negar que en sus libros haba prohibido el uso del vino; pero como la
vergenza y la vanidad le impedan confesar que yo le haca una justa
reconvencin, no saba qu responderme. Para sacarle de este pantano
mud de conversacin, y poco despus me desped de l, exhortndole a
que se mantuviese siempre firme contra los nuevos mdicos. Animo,
seor Sangredo!--le dije--. No se canse usted de desacreditar el
quermes y persiga a sangre y fuego la sangra del pie! Si a pesar de su
celo y amor a la ortodoxia mdica esa raza emprica logra arruinar la
rigidez antigua, por lo menos tendr usted el consuelo de haber hecho
cuanto estaba de su parte para sostenerla!

Al retirarnos mi secretario y yo a nuestro mesn, hablando del gracioso
y original carcter del tal doctor, pas cerca de nosotros por la
calle un hombre como de cincuenta y cinco a sesenta aos, que caminaba
con los ojos bajos y un rosario de cuentas gordas en la mano. Mirle
atentamente y sin dificultad conoc que era el seor Manuel Ordez,
aquel buen administrador del hospital de quien se hizo tan honorfica
mencin en el captulo XVII del libro primero de mi historia. Llegume
a l con grandes muestras de respeto y le dije: Salud al venerable y
discreto seor Manuel Ordez, el hombre ms a propsito del mundo para
conservar la hacienda de los pobres! Al or estas palabras me mir con
mucha atencin y me respondi que mi fisonoma no le era desconocida,
pero que no poda acordarse en dnde me haba visto. Yo iba--le
respond--a casa de usted en tiempo que le serva un amigo mo llamado
Fabricio Nez. Ah, ya me acuerdo!--repuso el administrador con una
sonrisa maligna--. Por seas, que los dos erais muy buenas alhajas e
hicisteis admirables muchachadas. Y qu se ha hecho el pobre Fabricio?
Siempre que pienso en l, me tienen con cuidado sus asuntillos.

Me he tomado la libertad de detener a usted en la calle--dije al
seor Manuel--precisamente para darle noticias suyas. Sepa usted que
Fabricio est en Madrid ocupado en hacer obras miscelneas. A qu
llamas obras miscelneas?, me replic. Quiero decir--le contest--que
escribe en prosa y en verso; compone comedias y novelas; en suma, es
un mozo de ingenio y es bien recibido en las casas distinguidas. Y
cmo lo pasa con su panadero?, me pregunt el administrador. No tan
bien--le respond--como con las personas de calidad; porque, aqu para
los dos, creo que est tan pobre como Job. Oh, en eso no tengo la
menor duda!--repuso Ordez--. Haga la corte a los grandes todo lo que
quisiere; sus complacencias, sus lisonjas y sus vergonzosas bajezas le
producirn todava menos que sus obras. Desde luego os lo pronostico:
algn da le veris en el hospital.

Esto no me causar novedad--dije yo--, porque la poesa ha llevado
a l a otros muchos. Mucho mejor hubiera hecho mi amigo Fabricio en
haberse mantenido a la sombra de usted, que a la hora de sta estara
nadando en oro. A lo menos nada le faltara--respondi Ordez--. Yo
le quera bien y poco a poco le iba ascendiendo de puesto en puesto,
hasta asegurarle un slido acomodo en la casa de los pobres, cuando se
le antoj querer pasar por hombre de ingenio. Compuso una comedia, que
hizo representar por los comediantes que a la sazn se hallaban en esta
ciudad; la pieza logr aceptacin, y desde aquel punto se le trastorn
la cabeza al autor. Imaginse ser otro Lope de Vega, y prefiriendo
el humo de los aplausos del pblico a las verdaderas conveniencias
que mi amistad le preparaba, se despidi de mi casa. En vano procur
persuadirle que dejaba la carne para correr tras la sombra; no pude
detener a este loco, a quien arrastraba el furor de escribir. No
conoca su felicidad!--aadi--. Buena prueba es de esto el criado que
recib despus que l me dej; ms juicioso que Fabricio, y con menos
talento que l, se aplic nicamente a desempear bien los encargos que
le hago y a darme gusto. Por eso le he adelantado como mereca y en la
actualidad est desempeando en el hospital dos destinos, el menor de
los cuales es ms que suficiente para sustentar a un hombre de bien
cargado de una numerosa familia.


                              CAPITULO II

  Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo; en qu
  estado halla a su familia; muerte de su padre, y sus consecuencias.


Desde Valladolid nos pusimos en seis das en Oviedo, adonde llegamos
sin habernos sucedido la menor desgracia en el viaje, a pesar del
refrn que dice: _Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los
pasajeros_. A la verdad, si hubieran olido el nuestro, no habran
errado el golpe, y slo dos habitantes de una cueva habran bastado
para soplarnos nuestros doblones, porque en la corte yo no haba
aprendido a ser valiente, y Beltrn, mi mozo de mulas, no pareca tener
gana de dejarse matar por defender la bolsa de su amo; slo Escipin
era un poco espadachn.

Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad. Nos apeamos en un mesn
poco distante de la casa de mi to el cannigo Gil Prez. Deseaba
yo tener noticia del estado en que se hallaban mis padres antes de
presentarme a ellos; y para saberlo no poda dirigirme a quien me
informase mejor que al mesonero y la mesonera, que saba ser personas
que no podran ignorar cuanto pasaba en casa de sus vecinos. Con
efecto, despus de haberme mirado el mesonero con la mayor atencin,
me conoci y exclam fuera de s: Por San Antonio de Padua, que
ste es el hijo del buen escudero Blas de Santillana! S, por
cierto--aadi la mesonera--; l mismo es! Y apenas se ha mudado;
es aquel despabiladillo Gil Blas, que tena ms talento que cuerpo.
Parceme que le estoy viendo cuando vena aqu con la botella por vino
para cenar su to!

Seora--dije a la mesonera--, no se puede negar que tiene usted una
memoria feliz. Pero deme usted, le ruego, noticias de mi familia; sin
duda que mis padres no deben de estar en una situacin agradable.
Demasiado cierto es--respondi la mesonera--. Por triste que sea el
estado en que usted pueda representrselos, no es posible imaginar que
haya dos personas ms dignas de compasin que ellos. El buen seor Gil
Prez est baldado de la mitad del cuerpo, y, naturalmente, vivir muy
poco. Su padre de usted, que de algn tiempo a esta parte vive con el
cannigo, padece una opresin de pecho, o por mejor decir, se halla
actualmente entre la vida y la muerte, y su madre de usted, que tampoco
goza la mejor salud, se ve precisada a servir de asistenta a los dos
enfermos.

As que o esta relacin, que me hizo conocer que era hijo, dej a
Beltrn en el mesn en guarda de mi equipaje, y acompaado de mi
secretario Escipin, que no quiso apartarse de mi lado, pas a casa de
mi to. Apenas me puse delante de mi madre, cuando cierta conmocin
que sinti en su interior le hizo conocer quin yo era, aun antes
de tener tiempo para examinar las facciones de mi rostro. Hijo
mo--me dijo tristemente echndome los brazos al cuello--, ven a ver
morir a tu padre; a tiempo llegas para ser testigo de tan doloroso
espectculo! Diciendo esto, me llev a un cuarto donde el triste Blas
de Santillana, tendido en una cama que mostraba bien la miseria de un
pobre escudero, estaba ya a los ltimos. Sin embargo, aunque cercado de
las sombras de la muerte, todava conservaba algn conocimiento. Amado
esposo--le dijo mi madre--, aqu tienes a tu hijo Gil Blas, que te pide
perdn de todos los disgustos que te ha causado y te ruega le eches
tu bendicin. Al or esto abri mi padre los ojos, que ya comenzaban
a cerrarse para siempre; fijlos en m, y observando, a pesar de la
postracin en que se hallaba, que yo lloraba su prdida, se enterneci
de mi dolor. Quiso hablarme, mas no pudo. Yo entonces le tom una mano,
y mientras se la baaba en lgrimas, sin poder proferir una palabra,
exhal el ltimo aliento, como si slo hubiera esperado a que yo
llegase para expirar.

Mi madre tena demasiado consentida esta muerte para afligirse
desmedidamente; quiz me aflig yo ms que ella, sin embargo de que mi
padre en su vida me haba dado la menor demostracin de cario. Adems
de que bastaba ser hijo suyo para llorarle, me acusaba a m mismo de no
haberle socorrido, y, acordndome de haber tenido esta insensibilidad,
me consideraba como un monstruo de ingratitud, o por mejor decir, como
un parricida. Mi to, a quien vi despus postrado en otra cama poco
menos pobre y en un estado lastimoso, me hizo experimentar nuevos
remordimientos. Hijo desnaturalizado!--me dije a m mismo--.
Considera para tu mayor tormento la miseria en que se hallan tus
parientes! Si los hubieras socorrido con parte de lo que te sobraba de
los bienes que poseas antes de estar preso, les hubieras proporcionado
las comodidades a que no poda alcanzar la renta de la prebenda, y de
esta manera acaso hubieras alargado la vida a tu padre.

El desdichado Gil Prez estaba ya lelo; haba perdido la memoria y
el juicio. De nada me sirvi estrecharle entre mis brazos y darle
muestras de mi ternura, porque ninguna impresin le hicieron. Por ms
que mi madre le deca que yo era su sobrino Gil Blas, no haca mas que
mirarme con un aire imbcil, sin responder nada. Aun cuando la sangre
y el agradecimiento no me hubieran obligado a compadecerme de un to a
quien tanto deba, no hubiera podido menos de hacerlo vindole en una
situacin tan digna de lstima.

Durante este tiempo Escipin guardaba un profundo silencio, me
acompaaba en mi pena y mezclaba por amistad sus suspiros con los mos.
Parecindome que despus de tan larga ausencia tendra mi madre muchas
cosas reservadas que decirme y que poda detenerla la presencia de
un hombre a quien no conoca, le llam aparte y le dije: Vete, hijo
mo, a descansar al mesn y djame aqu con mi madre, que acaso te
creera de ms en una conversacin que no recaer sino sobre asuntos de
familia. Retirse Escipin por no incomodarnos, y, efectivamente, mi
madre y yo estuvimos hablando toda la noche. Nos dimos recprocamente
fiel cuenta de todo lo que a uno y otro nos haba sucedido desde mi
salida de Oviedo. Ella me hizo extensa relacin de todas las desazones
que haba tenido en las varias casas donde haba servido de duea,
confindome en el asunto muchas cosas que no me hubiera alegrado las
hubiese odo mi secretario, sin embargo de no tener yo nada reservado
para l. Con todo el respeto que debo a la memoria de mi madre, dir
que la buena seora era algo prolija en sus relaciones, y me hubiera
ahorrado las tres cuartas partes de su historia si hubiese suprimido
las circunstancias intiles de ella.

Acab por fin su relacin y yo di principio a la ma. Cont por encima
todas mis aventuras; pero cuando llegu a la visita que me haba
hecho en Madrid el hijo de Beltrn Moscada, el especiero de Oviedo,
me extend un poco sobre este pasaje. Confieso, seora--dije a mi
madre--, que recib con despego al tal mozo, el cual, por vengarse
de ello, no habr dejado de hablaros muy mal de m. As es--me
respondi--; djonos que te haba encontrado tan engredo con el favor
del primer ministro de la Monarqua, que apenas te habas dignado
conocerle, y que cuando te pint nuestras miserias le oste con mucha
frialdad. Pero como los padres y las madres--aadi ella---procuran
siempre disculpar a sus hijos, no pudimos creer tuvieses tan mal
corazn. Tu venida a Oviedo acredita la buena opinin que tenamos de
ti y el sentimiento de que te veo lleno lo acaba de confirmar.

Me hace mucho favor--respond--ese buen concepto que a usted debo,
pero lo cierto es que en la relacin del hijo de Moscada hay alguna
verdad. Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con mi fortuna, y la
ambicin que me dominaba no me permita pensar en mis parientes. De
consiguiente, hallndome en semejante disposicin, no es de admirar que
recibiese mal a un hombre que, acercndose a m de un modo grosero, me
dijo brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba ms rico que un
judo, iba a aconsejarme que enviase a ustedes algn dinero, respecto
a que se vean en grande necesidad, y aun me ech en cara en trminos
nada comedidos mi indiferencia hacia mi gente. Me incomod su llaneza,
y, perdiendo la paciencia, le ech a empujones de mi cuarto. Confieso
que me port mal en aquella ocasin, que deb reflexionar no era culpa
vuestra la falta de atencin del especiero y que su consejo mereca
seguirse, aunque haba sido grosero el modo de drmelo. Esto fu lo
que me ocurri al pensamiento un momento despus que haba despedido
a Moscada. La sangre hizo en m su oficio, y, acordndome de mis
obligaciones hacia mis padres, me avergonc de haberlas cumplido tan
mal y sent remordimientos, de los cuales no puedo, sin embargo, hacer
mrito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente por la
avaricia y por la ambicin. Pero despus fu encerrado por orden del
rey en el alczar de Segovia, en donde ca gravemente enfermo, y esta
dichosa enfermedad es la que a usted le restituye su hijo. S, por
cierto; mi enfermedad y mi prisin fueron las que hicieron recobrar
a la Naturaleza todos sus derechos y las que me han desprendido
enteramente de la Corte. Hoy slo suspiro por la soledad y he venido
a Asturias con el fin nicamente de suplicar a usted se venga conmigo
a que disfrutemos juntos las dulzuras de una vida retirada. Si usted
admite mi oferta, la conducir a una posesin que tengo en el reino de
Valencia, en donde espero que pasaremos una vida muy cmoda. Bien podr
usted conocer que mi nimo era llevar tambin a mi padre; pero ya que
el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos la satisfaccin de
tener en mi compaa a mi madre y pueda reparar con todas las posibles
atenciones el tiempo que pas sin servirle de nada.

Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones--me dijo entonces mi
madre--. Sin duda alguna me ira contigo a no impedrmelo algunas
dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar a tu to y mi
hermano en el estado en que se halla; despus de eso, estoy muy
connaturalizada con este pas para que yo le deje. Sin embargo, como
esto merece examinarse con madurez, quiero meditarlo despacio; por
ahora solamente debemos pensar en los funerales de tu padre. Ese
cuidado--le respond--se lo encargaremos a ese mozo que usted ha visto
conmigo, que es mi secretario; tiene talento y celo y podemos descuidar
en l.

No bien haba pronunciado estas palabras cuando entr Escipin, porque
era ya da claro. Preguntnos si poda servirnos de algo en el apuro en
que nos hallbamos. Respondle que llegaba muy a tiempo para recibir
una orden importante que pensaba darle. Luego que se impuso de lo que
se trataba, Basta!--dijo--. Ya tengo ideada ac en mi cabeza toda la
ceremonia y ustedes podrn fiarse de m. Pero guardaos bien--aadi
mi madre--de pensar en un funeral que tenga la menor apariencia de
ostentacin; por modesto que sea, nunca lo ser demasiado para mi
esposo, a quien toda la ciudad ha conocido por un escudero de los ms
pobres. Seora--respondi Escipin--, aunque hubiera sido mucho ms
infeliz, no por eso rebajar dos maraveds. Slo debo tener presente
las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito del duque de
Lerma, a su padre debe enterrrsele con grandeza.

Aprob el designio de mi secretario y aun le encargu que no
economizase el dinero; un resto de vanidad que yo conservaba todava se
despert en esta ocasin. Me lisonje de que, haciendo este dispendio
por un padre que ninguna herencia me dejaba, admiraran todos mi porte
generoso. Mi madre por su parte, a pesar de la gran modestia que
aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su marido fuese enterrado
con pompa. Dimos, pues, amplias facultades a Escipin, que sin perder
tiempo march a dar las disposiciones necesarias para un suntuoso
entierro.

Salironle muy bien; celebrse un funeral tan magnfico que irrit
contra m a la ciudad y arrabales; a todos los vecinos de Oviedo,
desde el mayor hasta el menor, choc infinito mi ostentacin. Este
ministro de la noche a la maana--deca uno--tiene dinero para enterrar
a su padre y no lo tuvo para mantenerle! Mejor hubiera sido--deca
otro--haber tenido ms amor a su padre vivo que hacerle tantas honras
despus de muerto! En fin, ninguna lengua pec de corta; cada una
dispar su saeta. No se contentaron con esto: cuando salimos de la
iglesia, as a m como a Escipin y a Beltrn nos cargaron de injurias,
acompandonos hasta nuestra casa las befas y gritos de los muchachos,
los cuales llevaron a Beltrn a pedradas hasta el mesn. Para disipar
la canalla que se haba agolpado delante de la casa de mi to fu
menester que mi madre se asomase a la ventana y asegurase a todos que
no tena queja ninguna de m. Otros hubo que fueron corriendo al mesn
donde estaba mi silla, para hacerla mil pedazos, como infaliblemente
lo hubieran ejecutado si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado
modo de sosegar aquellos nimos furiosos y disuadirles de semejante
intento.

Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos de lo que haba
hablado de m el mozo especiero de la ciudad, me inspiraron tal
aversin hacia mis paisanos, que determin salir cuanto antes de
Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me hubiera detenido
algn tiempo ms. Djeselo a mi madre claramente, y como no estaba
menos sentida que yo de ver lo mal que me haba recibido mi pas, no se
opuso a mi resolucin. Slo se trat del modo de portarme con ella en
adelante. Madre--le dije--, ya que usted no puede abandonar a mi to,
no debo insistir en que se venga usted conmigo; pero como, segn todas
las seales, no puede estar muy distante el fin de sus das, deme usted
palabra de venir a vivir en mi compaa luego que l fallezca.

Esa palabra, hijo mo, no te la dar; yo quiero pasar en Asturias los
pocos das que me quedan de vida y con total independencia. Pues qu,
seora--le repliqu--, no ser usted duea absoluta en mi casa? No
lo s, hijo mo--me respondi--. Tal vez te enamorars de alguna nia
linda y te casars con ella; ser mi nuera, yo su suegra y no podremos
vivir juntas. Usted--le dije--prev los disgustos muy de lejos. Por
ahora no pienso en casarme; pero si en algn tiempo tuviese esta idea,
est usted cierta de que mandar a mi mujer que en todo y por todo
est sujeta a la voluntad de usted. Te obligas temerariamente a una
cosa--repuso mi madre--que nunca podrs cumplir; antes bien, no me
atrevera yo a afirmar que si entre la suegra y la nuera ocurriesen
algunas desazones, no te declarases a favor de tu mujer antes que al
mo, por grande que fuese su sinrazn.

Seora, habla usted como un orculo--dijo mi secretario metindose en
la conversacin--. Yo pienso, como usted, que las nueras dciles son
muy contadas. As, pues, para que usted y mi amo queden contentos,
ya que quiere usted decididamente permanecer en las Asturias y l en
el reino de Valencia, ser menester que le seale una renta anual de
cien doblones, que yo me encargo de traer aqu todos los aos, y por
este medio la madre y el hijo estarn muy satisfechos uno de otro a
doscientas leguas de distancia. Aprobaron el convenio las dos partes
interesadas, y yo desde luego pagu adelantado el primer ao, y sal
de Oviedo el da siguiente antes de amanecer, por miedo de que el
populacho no me tratara como a San Esteban. Tal fu el recibimiento
que se me hizo en mi patria. Admirable leccin para aquellas personas
de humilde nacimiento que, habindose enriquecido fuera de su pas,
quieran volver a l para hacer de personas de importancia!


                             CAPITULO III

  Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y llega en fin a
  Liria; descripcin de su quinta, cmo fu recibido en ella y qu
  gentes encontr all.


Tomamos el camino de Len, despus el de Palencia, y, siguiendo nuestro
viaje a cortas jornadas, llegamos al cabo de veinte das a Segorbe,
y al da siguiente por la maana entramos en mi quinta, que slo
dista cinco leguas de aquella ciudad. Advert que conforme nos bamos
acercando mi secretario observaba con la mayor atencin todas las
quintas que a diestra y siniestra se le ofrecan a la vista. Luego que
descubra alguna de grande apariencia, me deca ensendomela con el
dedo: Me alegrara que fuera aqul nuestro retiro.

No s, amigo mo--le dije--, qu idea te has formado de nuestra
morada; pero si te la figuras como una casa magnfica, como la hacienda
de un gran seor, desde luego te digo que ests muy equivocado. Si
no quieres que tu imaginacin se ra despus de ti, represntate
aquella casa campestre que Mecenas regal a Horacio, situada en el
pas de los Sabinos, cerca de Tvoli. Haz cuenta que don Alfonso
me ha hecho un regalo muy semejante a aqul. Segn eso--replic
Escipin--, slo debemos esperar que tendremos por albergue una
cabaa. Acurdate--repuse yo--que siempre te hice una descripcin muy
modesta de ella, y si quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de
mi pintura, vuelve la vista hacia el ro Guadalaviar y mira sobre su
orilla, junto a aquella aldehuela de nueve a diez casas, aquella que
tiene cuatro torrecillas, que sa es mi quinta.

Diantre!--exclam entonces asombrado mi secretario--. Aquel edificio
es una preciosidad! Adems del aspecto de nobleza que le dan sus
torrecillas, puede aadirse que est bien situado, bien construdo
y rodeado de cercanas ms deliciosas que los contornos de Sevilla,
llamados por excelencia el paraso terrenal. El sitio no poda ser
ms de mi gusto, aunque nosotros mismos le hubiramos escogido. Rigale
un ro con sus aguas y un espeso bosque est brindando con su sombra al
que quiera pasearse aun en la mitad del da. Oh qu amable soledad!
Ah mi querido amo, todas las trazas son de que permaneceremos en l
largo tiempo! Me alegro mucho--le respond--de que te agrade tanto
nuestro retiro, del cual aun no conoces todas las conveniencias.

Divertidos en esta conversacin llegamos finalmente a la casa, cuyas
puertas nos fueron abiertas al punto que dijo Escipin que era yo el
seor Gil Blas de Santillana, que iba a tomar posesin de su quinta.
Al or un nombre tan respetable para aquellas gentes, dejaron entrar
la silla en un espacioso patio, donde al punto me ape. Apoyndome
gravemente de Escipin y haciendo de personaje, pas a una sala, en la
que inmediatamente se me presentaron siete u ocho criados, diciendo
que venan a ofrecerme sus reverentes obsequios como a su nuevo seor,
habindolos don Csar y don Alfonso escogido para que me sirviesen,
uno de cocinero, otro de ayudante de cocina, otro de pinche de la
misma, otro de portero y los dems de lacayos, con prohibicin a todos
de recibir de m salario alguno, porque aquellos seores queran
corriesen de su cuenta todos los gastos de mi casa. El principal de
estos criados, y que como tal llevaba la palabra, era el cocinero, el
cual se llamaba maestro Joaqun. Djome haba hecho una buena provisin
de los mejores vinos de Espaa y que, por lo tocante al aderezo de la
comida, habiendo tenido el honor de servir por espacio de seis aos
en la cocina del seor arzobispo de Valencia, esperaba componer unos
platos que excitasen mi apetito. Voy a disponerme--aadi--para dar
a vuestra seora una prueba de mi habilidad. Mientras llega la hora
de comer, podr vuestra seora dar un paseo y visitar su quinta, para
reconocer si se halla en estado de ser habitada por vuestra seora.
Ya se puede considerar que yo no dejara de hacer esta visita; y
Escipin, aun ms curioso de hacerla que yo, me fu conduciendo de
pieza en pieza. Recorrimos toda la casa de arriba abajo, sin que ningn
rincn se escapase a nuestra curiosidad, por lo menos as nos lo
pareci, y por todas partes hall motivos para admirar la gran bondad
que don Csar y su hijo tenan para conmigo. Entre otras cosas llamaron
mi atencin dos aposentos adornados con unos muebles que, sin llegar a
ser magnficos, eran de buen gusto. Estaba el uno colgado de tapicera
de los Pases Bajos, y en l una cama y sillas cubiertas de terciopelo,
todo bien conservado, a pesar de haberse hecho en tiempo que los moros
ocupaban el reino de Valencia. De igual gusto eran los muebles del otro
aposento: cubra sus paredes una colgadura antigua de damasco genovs,
de color de caa, con una cama y sillas de la misma tela guarnecidas
de franjas de seda azul. Todos estos efectos, que en un inventario
hubieran sido poco apreciados, parecan all ostentosos.

Despus de haber examinado bien todas las cosas, mi secretario
y yo volvimos a la sala, en la que estaba ya puesta una mesa con
dos cubiertos. Sentmonos a ella y al punto se nos sirvi una olla
podrida, tan delicada que nos di lstima de que el arzobispo de
Valencia no tuviese ya al cocinero que la haba sazonado. Verdad es
que tenamos buenas ganas y esto contribua a que no nos supiese mal.
A cada bocado que comamos, mis lacayos de nueva fecha nos presentaban
unos grandes vasos, que llenaban hasta el borde de un vino rico de
la Mancha. No atrevindose Escipin a dejar ver delante de ellos la
satisfaccin interior que experimentaba, me la daba a entender con
miradas expresivas, y yo le manifestaba con las mas que estaba tan
contento como l. Un plato de asado, compuesto de dos codornices gordas
que acompaaban a un lebratillo de exquisito gusto, nos hizo dejar la
olla podrida y acab de saciarnos. Luego que hubimos comido como dos
hambrientos y bebido a proporcin, nos levantamos de la mesa para ir
al jardn a dormir voluptuosamente la siesta en algn sitio fresco y
agradable.

Si mi secretario se haba mostrado hasta entonces muy satisfecho de
cuanto haba visto, an lo qued ms cuando vi el jardn, que le
pareci comparable con el parterre del Escorial. Bien es verdad que
don Csar, que de cuando en cuando vena a Liria, tena gusto en
hacerlo cultivar y hermosear. Todas las calles estaban bien cubiertas
de arena y enfiladas de naranjos; un gran estanque de mrmol blanco,
en cuyo centro un len de bronce arrojaba copiosos chorros de agua,
la hermosura de las flores y la diversidad de frutas, todos estos
objetos embelesaron a Escipin. Pero lo que ms le encant fu una
prolongada calle de rboles que bajaban en declive continuando hasta
la habitacin del arrendatario, cubierta con un espeso follaje de unos
frondosos rboles. Haciendo el elogio de un sitio tan a propsito para
preservarse del calor, nos detuvimos en l y nos sentamos al pie de un
olmo, adonde el sueo acudi presto a apoderarse de dos hombres algo
alegrillos que acababan de comer bien.

Dos horas despus despertamos despavoridos al ruido de muchos
escopetazos disparados tan cerca de nosotros que nos asustaron.
Levantmonos precipitadamente, y para informarnos de lo que era
fuimos a la casa del arrendatario, y all encontramos ocho o diez
aldeanos, todos vecinos del lugar, que disparaban y quitaban el orn
de sus escopetas para celebrar mi venida, que acababan de saber. La
mayor parte de ellos me conocan ya por haberme visto algunas veces
en aquella quinta ejercer el empleo de mayordomo. Apenas me vieron,
gritaron todos a un mismo tiempo: Viva nuestro seor! Sea bien
venido a Liria! Diciendo esto, volvieron a cargar sus escopetas y me
obsequiaron con una descarga general. Reciblos con el mayor agrado que
me fu posible, pero guardando siempre gravedad, porque no me pareci
conveniente familiarizarme demasiado con ellos. Ofrecles mi proteccin
y les di adems como unos veinte doblones, expresin que, segn creo,
no fu la que menos les agrad. Retirme despus con mi secretario,
dejndoles la libertad de echar todava ms plvora al aire, y nos
fuimos al bosque, en donde nos estuvimos paseando hasta la noche, sin
que nos cansase la vista de los rboles; tanto nos embelesaba el gusto
de vernos en nuestra nueva posesin.

Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero, su ayudante ni
el galopn. Ocupbanse todos tres en disponernos una cena superior a
la comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y entramos en la sala
donde habamos comido, quedamos muy admirados de ver poner en la mesa
cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a un lado y un capn en
pepitoria al otro, sirviendo despus de intermedio orejas de puerco,
pollos en escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente
vino de Lucena y otros muchos excelentes. Cuando conocimos que ya no
podamos beber ms sin exponer nuestra salud, pensamos en irnos a
acostar. Mis criados tomaron entonces luces y me condujeron al mejor
cuarto, en donde me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego que me
dieron mi bata de noche y mi gorro de dormir, los desped dicindoles
en tono de amo: Retiraos, que ya no os necesito para lo dems.

Habindolos despachado a todos, me qued solo con Escipin para
conversar un poco con l. Preguntle qu juicio formaba del trato que
se me daba por orden de los seores de Leiva. Por vida ma--me
respondi--, que me parece no puede drseos mejor y solamente deseo que
esto dure mucho! Pues yo no lo deseo--le repliqu--. No debo permitir
que mis bienhechores hagan tantos gastos por m, porque esto sera
abusar de su generosidad. Fuera de eso, tampoco me acomoda servirme
de criados asalariados por otro, porque creera no hallarme en mi
casa. A todo esto se aade que yo no me he retirado aqu para vivir
con tanto aparato. Qu necesidad tenemos de tantos criados? Bstanos,
Beltrn, un cocinero, un mozo de cocina y un lacayo. Sin embargo de
que a mi secretario no le pesara vivir siempre a costa del gobernador
de Valencia, no se opuso a mi delicadeza en este punto; antes bien,
conformndose con mi dictamen, aprob la reforma que yo quera hacer.
Decidido esto, se sali l de mi cuarto para retirarse al suyo.


                              CAPITULO IV

  Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los seores de Leiva; de la
  conversacin que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo
  doa Serafina.


Acab de desnudarme y me acost; pero viendo que no poda quedarme
dormido, me abandon a mis reflexiones. Se me represent la generosidad
con que los seores de Leiva pagaban la inclinacin que yo les tena,
y, sumamente agradecido a las nuevas seales que de ello me daban,
resolv marchar el da siguiente a visitarlos para satisfacer la
impaciencia que tena de manifestarles mi gratitud. Ya me complaca
anticipadamente la idea de volver a ver pronto a Serafina; pero este
placer no era del todo completo, porque no poda pensar sin pesadumbre
en que al mismo tiempo tena que soportar la presencia de la seora
Lorenza Sfora, que, pudindose acordar todava del lance del bofetn,
no se alegrara mucho de verme. Cansada la imaginacin con todas estas
especies, me qued finalmente dormido, y no despert hasta que empez a
dejarse ver el sol.

Me levant con prontitud, y, enteramente puesto el pensamiento en
el viaje que meditaba, tard poco en vestirme. Al acabar entr mi
secretario en mi cuarto. Escipin--le dije--, aqu tienes a un
hombre que se dispone para ir a Valencia. No puedo menos de ir
inmediatamente a visitar a unos seores a quienes debo mi buena
fortuna, y cada instante de tardanza en el cumplimiento de este
deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo mo, te dispenso de
acompaarme; qudate aqu durante mi ausencia, que no pasar de ocho
das. Id, seor--respondi--, y cumplid con don Alfonso y su padre,
que me parece agradecen el celo que se les manifiesta y que estn
muy reconocidos a los servicios que se les han hecho; son tan raras
las personas distinguidas que tienen ese carcter, que no estn por
dems cualesquiera consideraciones que se les manifiesten. Di orden a
Beltrn para que se dispusiese a partir, y mientras que l preparaba
las mulas tom yo el chocolate. En seguida mont en mi silla, dejando
mandado a mis criados que mirasen a mi secretario como a mi misma
persona y que obedeciesen sus rdenes como las mas.

En menos de cuatro horas llegu a Valencia y fu en derechura a apearme
a las caballerizas del gobernador. Dejando all mi carruaje, hice me
condujesen al cuarto de este seor, en donde se hallaba a la sazn con
su padre don Csar. Abr sin ceremonia la puerta y, acercndome a los
dos, Los criados--les dije--no envan recado delante para presentarse
a sus amos; aqu est un antiguo criado de vuestras seoras, que
viene a ofrecerles sus respetos. Diciendo esto, quise arrodillarme
en su presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos me estrecharon
entre su brazos con todas las demostraciones de una verdadera amistad.
Y bien, mi querido Santillana--me dijo don Alfonso--, has ido ya a
Liria a tomar posesin de tu hacienda? S, seor--le respond--, y
suplico a vuestra seora se sirva permitirme que se la devuelva.
Pues por qu?--me replic--. Has encontrado en ella alguna cosa
que no te acomode? Nada de eso!--respond--. Por lo que toca a la
posesin me agrada infinito; pero lo que no me acomoda es tener en ella
cocineros de arzobispo y tres veces ms criados de los que he menester,
ocasionando a vuestra seora un gasto tan crecido como superfluo.

Si hubieras aceptado--dijo don Csar--la pensin de dos mil ducados
que te ofrecimos en Madrid, nos hubiramos limitado a regalarte esa
quinta alhajada como est; pero no habindola t querido admitir, nos
pareci que en recompensa debamos hacer lo que hicimos. Eso es
demasiado--le respond--; basta que vuestras seoras me favorezcan con
la hacienda, que es suficiente para colmar todos mis deseos. Adems de
lo mucho que cuesta a vuestras seoras mantener tanta gente, aseguro
que una familia tan numerosa me incomoda y me causa gran sujecin.
En suma, seores--aad--, o vuestras seoras recobran su finca o
dgnense dejrmela gozar a mi modo. Pronunci estas ltimas palabras
con tanta entereza, que padre e hijo, que de ningn modo queran
violentarme, me permitieron al fin disponer de la quinta como mejor me
pareciese.

Les repeta mil gracias por haberme concedido esta libertad, sin
la cual yo no poda ser dichoso, cuando don Alfonso me interrumpi
diciendo: Mi querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama que
tendr singular gusto de verte. Y hablando de este modo me tom de
la mano y me condujo al cuarto de Serafina, la cual as que me vi
prorrumpi en un grito de alegra. Seora--le dijo el gobernador--,
creo que la llegada de nuestro amigo Santillana a Valencia no os ser
menos gustosa que a m. De eso--respondi ella--el mismo Santillana
debe estar muy persuadido. No ha sido capaz el tiempo de borrar de mi
memoria el favor que me hizo, y aado al agradecimiento que me merece
el que debo a un hombre a quien vos sois deudor. Respond a mi seora
la gobernadora que me consideraba ms que suficientemente pagado del
peligro que yo haba corrido juntamente con los dems que me ayudaron
a librarla, exponiendo mi vida por conservar la suya, y despus de
muchos cumplimientos recprocos don Alfonso me sac fuera del cuarto
de Serafina y fuimos a reunimos con don Csar, a quien hallamos en una
sala acompaado de muchos caballeros que estaban aquel da convidados a
comer.

Saludronme todos con mucha cortesana, y me hicieron tantos ms
acatamientos cuanto que supieron por don Csar que yo haba sido uno
de los principales secretarios del duque de Lerma. Y aun quiz no
ignoraran la mayor parte de ellos que don Alfonso haba obtenido a
influjo mo el Gobierno de Valencia, porque al cabo todo se llega a
saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos a la mesa slo se
habl del nuevo cardenal; unos hacan, o aparentaban hacer, grandes
elogios de l, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, como se
suele decir, con la boca chica. Luego conoc que con esto queran
incitarme a que hablase extensamente sobre su eminencia y que los
divirtiese a costa suya. De buena gana hubiera dicho lo que pensaba
de l, pero contuve la lengua, lo que me hizo pasar en el concepto de
aquellos caballeros por un mozo muy discreto.

Concluda la comida, se retiraron los convidados a sus casas a dormir
la siesta. Don Csar y su hijo, instados del mismo deseo, se encerraron
en sus cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto antes una
ciudad que tanto haba odo alabar, sal del palacio del gobernador
con nimo de pasear las calles. Encontr a la puerta un hombre que se
acerc a m y me dijo: Me dar licencia el seor de Santillana para
que le salude? Preguntle quin era y me respondi: Soy el ayuda de
cmara del seor don Csar y era uno de sus lacayos cuando usted estaba
de mayordomo de la casa. Todas las maanas iba al cuarto de usted, que
siempre me haca mil favores, y le informaba de todo lo que pasaba en
casa. No se acuerda usted que un da le dije que el cirujano de la
aldea de Leiva entraba secretamente en el cuarto de la seora Lorenza
Sfora? De eso me acuerdo muy bien--le respond--. Y ahora que se
habla de esa duea, qu se ha hecho? Ah!--repuso l--. Luego que
usted se ausent, la pobre mujer cay mala de pasin de nimo, y al
cabo muri ms llorada del ama que del amo.

Despus que el ayuda de cmara me inform del triste fin de Sfora me
pidi perdn de lo que me haba detenido y me dej proseguir mi camino.
No pude menos de suspirar acordndome de aquella desdichada duea, y,
compadecindome de su suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin
pensar que deba atribuirse ms bien a su cncer que al mrito mo de
que se haba prendado.

Observaba con gusto todo lo que pareca digno de ser notado en la
ciudad. El palacio arzobispal entretuvo agradablemente mi vista, y lo
mismo los hermosos prticos de la Lonja; pero lo que me llev toda la
atencin fu una gran casa que vi a lo lejos, en la cual entraba mucha
gente. Acerqume a ella para saber por qu acuda all un concurso tan
crecido de hombres y mujeres, y presto sal de mi curiosidad leyendo
estas palabras escritas con letras de oro en una lpida de mrmol
negro que estaba sobre la puerta: _Posada de los representantes_. Le
tambin los carteles en los cuales los cmicos ofrecan por la primera
vez aquel da la representacin de una tragedia nueva de don Gabriel
Triaquero.


                              CAPITULO V

  Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia nueva; qu
  xito tuvo la pieza. Carcter del pueblo de Valencia.


Detveme algunos momentos a la puerta para hacerme cargo de las
personas que entraban, y habalas de todas calidades. Vi caballeros
de buena traza y ricamente vestidos y gentualla de tan mala catadura
como traje. Vi varias seoras de ttulo que se apeaban de sus coches
para ir a ocupar los aposentos que haban mandado tomar y algunas
aventureras que iban a caza de mentecatos. Este confuso tropel de toda
clase de espectadores me inspir el deseo de aumentar su nmero. Ya me
dispona a tomar billete, cuando el gobernador y su esposa llegaron.
Reconocironme entre la muchedumbre y, habindome mandado llamar, me
llevaron a su palco, en donde me sent detrs de los dos, de modo que
poda hablar cmodamente con ambos. Estaba el saln lleno de gente de
alto a bajo; el patio, muy apiado, y la luneta llena de caballeros de
las tres Ordenes militares. Grande entrada!, dije a don Alfonso.
No hay que admirarse de eso--me respondi--, porque la tragedia
que se va a representar est compuesta por don Gabriel Triaquero,
apellidado _el poeta de moda_. Cuando los carteles de los cmicos
anuncian alguna nueva composicin suya, toda la ciudad de Valencia se
pone en movimiento; hombres y mujeres no saben hablar de otra cosa;
todos los palcos se abonan, y el da de la primera representacin se
estropean las gentes a la puerta por entrar, siendo as que se dobla
el precio, exceptuando nicamente el del patio, a quien siempre se
respeta demasiado por temor de que se altere. Sin duda--dije entonces
al gobernador--que esa viva curiosidad del pblico, esa furiosa
impaciencia que tiene por or todas las composiciones nuevas de don
Gabriel me dan una idea ventajosa del ingenio de ese poeta.

Al llegar aqu nuestra conversacin se dejaron ver en el teatro los
actores. Callamos inmediatamente para orlos con atencin. Desde el
principio comenzaron los aplausos; a cada verso se repetan, y al fin
de cada jornada haba un palmoteo que pareca venirse al suelo el
teatro. Concluda la representacin, me mostraron al autor, el cual iba
modestamente por los aposentos a recoger los aplausos de que caballeros
y damas le llenaban a competencia.

Nosotros volvimos al palacio del gobernador, adonde poco despus
llegaron tres o cuatro caballeros cruzados y dos autores antiguos muy
apreciables en su clase, acompaados de un caballero de Madrid, sujeto
de talento y de gusto. Todos haban estado en la comedia, y durante la
cena no se habl sino de la nueva pieza. Qu les parece a ustedes
de la tragedia?--pregunt un caballero de Santiago--. No es esto lo
que se llama una obra perfecta? Pensamientos sublimes, expresiones
tiernas, versificacin vigorosa; nada le falta. En una palabra, es
un poema compuesto para los inteligentes. No creo--respondi un
caballero de Alcntara--que nadie pueda pensar de l de otra manera.
Esta pieza tiene algunos trozos que parecen dictados por el mismo
Apolo, y ciertos lances manejados con destreza; dgalo si no el
seor--aadi, dirigiendo la palabra al caballero castellano--, que
me parece entendido, y apuesto a que es de mi opinin. No apueste
usted, caballero--le respondi el de Madrid con cierta risita falsa--.
Yo no soy de este pas; en Madrid no acostumbramos a decidir con
tanta facilidad. Lejos de juzgar del mrito de una pieza que omos
por la primera vez, desconfiamos de sus bellezas cuando solamente la
escuchamos en boca de los actores, y por mucha impresin que nos
haga suspendemos el juicio hasta haberla ledo, porque en la realidad
no siempre nos causa en el papel el mismo placer que nos ha causado
en la escena. Por eso antes de calificar un poema--prosigui--lo
examinamos escrupulosamente, y por grande que pueda ser la fama de un
autor, no puede deslumbrarnos. Cuando Lope de Vega y Caldern ofrecan
composiciones nuevas, hallaban jueces severos en sus admiradores, los
cuales no los elevaron a la cumbre de la gloria hasta despus de haber
juzgado que eran dignos de ella.

Oh! Por cierto--interrumpi el caballero de Santiago--, nosotros
no somos tan tmidos como ustedes; no esperamos para decidir a que
se imprima una pieza. A la primera representacin conocemos todo su
mrito. Ni aun para eso nos es necesario orla con la mayor atencin,
sino que nos basta saber que es produccin de don Gabriel para
persuadirnos de que no tiene ningn defecto. Las obras de este poeta
deben servir de poca al nacimiento del buen gusto. Los Lopes y los
Calderones no eran mas que unos aprendices en comparacin de este gran
maestro del teatro. El madrileo, que miraba a Lope y a Caldern
como a los Sfocles y Eurpides de los espaoles, indignado con este
discurso temerario, exclam: Qu sacrilegio dramtico! Supuesto,
seores, que ustedes me obligan a juzgar como acostumbran por la
primera representacin, les dir que no me ha gustado la tragedia de
su don Gabriel. Es un drama zurcido de rasgos ms brillantes que
slidos. Las tres cuartas partes de los versos son malos, o sin buena
rima; los caracteres, mal formados o mal sostenidos, y los conceptos,
frecuentemente muy obscuros.

Los dos autores que estaban a la mesa, y que por una moderacin tan
loable como rara no haban dicho nada por que no se les sospechase
de envidiosos, no pudieron menos de aprobar con los ojos la opinin
de este caballero, lo que me hizo creer que su silencio era menos un
efecto de la perfeccin de la obra que de su poltica. En cuanto a
los caballeros cruzados, comenzaron de nuevo a elogiar a don Gabriel,
y aun le colocaron entre los dioses. Esa extravagante apoteosis y
ciega idolatra impacientaron al castellano, que, alzando las manos al
cielo, exclam repentinamente entusiasmado: Oh divino Lope de Vega,
raro y sublime ingenio que dejaste un inmenso espacio entre ti y todos
los Gabrieles que quieran igualarte! Y t, melifluo Caldern, cuya
suavidad elegante y purgada de epicismo es inimitable! No temis uno
ni otro que vuestros altares sean derribados por este hijo novel de las
Musas! Muy afortunado ser si la posteridad, cuya delicia formaris as
como formis la nuestra, hace mencin de l.

Este gracioso apstrofe, que ninguno esperaba, hizo rer a toda la
concurrencia, con lo cual se levant de la mesa y se retir. A m me
condujeron por orden de don Alfonso al cuarto que me tena dispuesto.
Encontr en l una buena cama, en la que, habindose acostado mi
seora, se durmi, compadecindome tanto como el caballero castellano
de la injusticia que los ignorantes hacan a Lope y a Caldern.


                              CAPITULO VI

  Gil Blas, pasendose por las calles de Valencia, encuentra a un
  religioso a quien le parece conocer; qu hombre era este religioso.


Como no haba podido ver toda la ciudad el da anterior, me levant y
sal al siguiente para acabar de examinarla. Divis en la calle a un
cartujo, que sin duda iba a negocios de su comunidad. Caminaba con los
ojos bajos y con un aspecto tan devoto que se llevaba la atencin de
todos. Pas muy cerca de m; mirle atentamente y me pareci ver en l
a don Rafael, aquel aventurero que ocupa tan honorfico lugar en varios
captulos de esta historia.

Me qued tan asombrado y conmovido de este inesperado encuentro, que
en vez de acercarme al monje permanec inmvil por algunos momentos,
lo que le di tiempo para alejarse de m. Justo Cielo!--dije--. Se
habrn visto jams dos rostros ms parecidos? Qu deber pensar?
Creer que ste es Rafael? Pero puedo imaginar que no lo sea? Tuve
demasiada curiosidad de saber la verdad para no pasar adelante.

Hice que me enseasen el camino de la Cartuja, adonde fu al momento
con la esperanza de volver a ver al tal hombre cuando se restituyese
al monasterio, y resuelto a detenerle para hablarle; pero no tuve
necesidad de aguardarle para quedar enterado de todo. Al llegar a
la puerta del monasterio otra cara que yo conoca troc mi duda en
certidumbre, y reconoc en el lego portero a Ambrosio Lamela, mi
antiguo criado.

Fu igual la sorpresa de ambos de encontrarnos all. Ser acaso
una ilusin?--le dije al saludarle--. Es realmente un amigo mo el
que tengo a la vista? Al pronto no me conoci, o acaso fingi no
conocerme; pero considerando que era intil la ficcin y haciendo como
quien de repente se acuerda de una cosa olvidada, Ah, seor Gil
Blas!--exclam--. Perdone usted si no le conoc tan prontamente! Desde
que vivo en este santo lugar y me dedico a cumplir con los deberes que
prescriben nuestras reglas, voy perdiendo insensiblemente la memoria de
lo que he visto en el mundo.

Tengo un verdadero gozo--le dije--de volverte a ver despus de diez
aos con un traje tan respetable. Y yo--respondi--me avergenzo de
presentarme con l a un hombre que ha sido testigo de mi mala vida;
este hbito me la est continuamente reprendiendo. Ah!--aadi dando
un suspiro--. Para ser digno de llevarle debiera haber vivido siempre
en la inocencia! Por ese modo de hablar, que me causa sumo placer--le
repliqu--, se ve claramente, mi caro hermano, que el dedo del Seor
os ha tocado. Vuelvo a deciros que me lleno de gozo y estoy impaciente
por saber de qu modo milagroso entrasteis en el buen camino vos y don
Rafael, porque estoy persuadido de que es l a quien acabo de encontrar
en la ciudad en hbito de cartujo. Me ha pesado de no haberle detenido
en la calle para hablarle y le espero aqu para reparar mi falta cuando
se retire al monasterio.

No se enga usted--me dijo Lamela--; el mismo don Rafael es a quien
usted ha visto. Y en cuanto a la relacin que usted me pide, es la
siguiente: Despus de habernos separado de usted cerca de Segorbe,
el hijo de Lucinda y yo tomamos el camino de Valencia, con nimo de
hacer all alguna de las nuestras. Quiso la casualidad que entrsemos
en la iglesia de cartujos a tiempo que los religiosos estaban rezando
en el coro; detuvmonos a considerarlos y conocimos por nuestra misma
experiencia que los malos no pueden menos de venerar la virtud.
Admirmonos del fervor con que rezaban, de aquel aire penitente y
desasido de los placeres del siglo y de la serenidad que se dejaba
ver en sus semblantes y que manifestaba tan bien la quietud de su
conciencia. Haciendo estas observaciones camos en una meditacin que
nos fu saludable. Comparamos nuestras costumbres con las de estos
buenos religiosos, y la diferencia que hallamos entre unas y otras nos
llen de turbacin y de inquietud. Lamela--me dijo don Rafael luego
que salimos de la iglesia--, qu impresin ha causado en ti lo que
acabamos de ver? Por lo que a m toca, no puedo ocultrtelo: no tengo
el nimo sosegado, me agitan unos movimientos que me son desconocidos
y por la primera vez de mi vida me acuso de mis iniquidades. En
igual disposicin me hallo yo--le respond--. Las malas acciones que
he cometido se levantan en este instante contra m, y mi corazn, que
jams haba sentido remordimientos, est en la actualidad despedazado
por ellos. Ah, querido Ambrosio--continu mi compaero--, somos dos
ovejas descarriadas que el Padre celestial quiere por su piedad volver
al aprisco! El es, amigo mo. El es quien nos llama. No seamos sordos
a su voz: renunciemos a nuestras iniquidades, dejemos la disolucin en
que vivimos y comencemos desde hoy a trabajar seriamente en el grande
negocio de nuestra salvacin. Debemos pasar el resto de nuestra vida en
este monasterio y consagrarla a la penitencia. Aprob el pensamiento
de Rafael--prosigui el hermano Ambrosio--y tomamos la generosa
resolucin de meternos cartujos. Para ponerla por obra recurrimos al
padre prior, que apenas supo nuestro designio cuando, para probar
nuestra vocacin, mand se nos diesen celdas y se nos tratase como
a religiosos durante un ao entero. Observamos las reglas con tanta
exactitud y constancia, que fuimos recibidos de novicios. Estbamos
tan contentos con nuestro estado y tan llenos de fervor, que sufrimos
valerosamente los trabajos del noviciado, y en seguida se nos admiti
a la profesin. Poco despus de ella, habiendo mostrado don Rafael
un talento a propsito para el manejo de negocios, le nombraron para
aliviar a un padre anciano que era entonces procurador. Ms hubiera
querido el hijo de Lucinda emplear todo el tiempo en la oracin, pero
se vi obligado a sacrificar este gusto a la necesidad que se tena de
l. Adquiri un conocimiento tan completo de los intereses de la casa,
que le juzgaron capaz de substituir al anciano procurador, muerto tres
aos despus. Y as est ejerciendo en la actualidad este cargo y puede
decirse que le desempea con grande satisfaccin de los padres, que
alaban mucho su conducta en la administracin de los bienes temporales.
Pero lo que ms me admira es que, a pesar del cuidado que se le confi
de recaudar nuestras rentas, no parece ocupado sino en la vida eterna.
Si los negocios le dejan un momento de reposo, se abisma en profundas
meditaciones; en una palabra, es uno de los mejores individuos de este
monasterio.

Interrump a Lamela cuando llegaba aqu con un grande movimiento de
gozo que manifest al ver a Rafael, que a este punto se dej ver de
nosotros. He aqu--exclam--, he aqu el santo procurador que yo
estaba esperando con tanta impaciencia! Y al mismo tiempo corr hacia
l y le di un abrazo. No se desde de recibirle, y sin dar la ms
leve muestra de que mi visita le hubiese causado la menor alteracin,
Sea Dios loado, seor de Santillana!--me dijo con una voz llena
de dulzura--. Dios sea loado por el placer que me causa el veros!
Verdaderamente--le dije--, mi querido Rafael, yo tomo toda la parte
posible en vuestra felicidad. Fray Ambrosio me ha contado la historia
de vuestra conversin y confieso que su relacin me ha encantado.
Qu ventura la vuestra, amados amigos mos, la de poder lisonjearos
de ser de aquel corto nmero de escogidos que deben gozar de una
bienaventuranza eterna!

Dos miserables como nosotros--respondi en tono muy humilde el
hijo de Lucinda--no podan concebir semejante esperanza; pero el
arrepentimiento de los pecados les hizo hallar gracia ante el Padre
de las misericordias. Y usted, seor Gil Blas--aadi--, no piensa
tambin en merecer que el Seor le perdone las culpas que contra l
ha cometido? Qu asuntos le han trado a usted a Valencia? Ejerce,
por desgracia, algn empleo peligroso? No, a Dios gracias--les
respond--; desde que sal de la corte hago una vida honrada. Unas
veces gozo de la inocente diversin del campo, en una hacienda que
tengo distante pocas leguas de esta ciudad, y otras vengo a recrearme
algunos das con mi amigo el seor gobernador, a quien ustedes dos
conocen muy bien.

Entonces les cont la historia de don Alfonso de Leiva, que oyeron con
atencin, y cuando les dije que yo haba llevado de parte de este seor
a Samuel Simn los tres mil ducados que le habamos hurtado, Lamela
me interrumpi, y dirigiendo la palabra a Rafael le dijo: Segn eso,
padre Hilario, el buen mercader ya no debe quejarse de un robo que se
le ha restitudo con usura, y nosotros dos debemos tener la conciencia
bien tranquila sobre este punto. Con efecto--dijo el procurador--,
antes que el hermano Ambrosio y yo tomsemos el hbito hicimos entregar
secretamente a Samuel Simn mil quinientos ducados por mano de un
honrado eclesistico que quiso tomarse el trabajo de ir a Chelva a
hacer esta restitucin secreta. Tanto peor para Samuel si fu capaz de
embolsarse esta cantidad despus de haber sido reintegrado por el seor
de Santillana. Pero esos mil quinientos ducados--repliqu yo--, se
le entregaron fielmente? Sin duda alguna--contest don Rafael--; yo
respondera de la integridad del eclesistico como de la ma. Y yo
tambin la abonara--dijo Lamela--, especialmente despus que gan dos
pleitos que le suscitaron por depsitos que se le haban confiado y en
los que fueron condenados en costas sus acusadores.

Nuestra conversacin dur todava algn tiempo y luego nos separamos,
ellos exhortndome a que tuviese siempre presente el santo temor de
Dios y yo recomendndome a sus buenas oraciones. Fu al momento a verme
con don Alfonso y le dije: Nunca acertara vuestra seora con quin
acabo de tener una larga conversacin. No hago ms que separarme de
dos venerables cartujos que vuestra seora conoce: el uno se llama
el padre Hilario y el otro el hermano Ambrosio. Te equivocas--me
respondi don Alfonso--, porque no conozco a ningn cartujo. Perdone
vuestra seora--le repliqu--, pues conoci en Chelva al hermano
Ambrosio, comisario de la Inquisicin, y al padre Hilario, secretario.
Oh cielos!--exclam sorprendido el gobernador--. Ser posible que
Rafael y Lamela se hayan metido cartujos? Es positivo--le respond--,
y aos ha que profesaron. El primero es procurador de la casa, y el
segundo, portero.

Qued pensativo algunos momentos el hijo de don Csar y luego, meneando
la cabeza, dijo: Harto ser que el seor comisario de la Inquisicin
y su secretario no estn representando aqu una nueva comedia!
Usa--repuse yo--juzga de lo presente por el tiempo pasado; pero yo,
que vengo de hablarles, juzgo ms benignamente. Es verdad que no se
ve en el fondo de los corazones, mas, segn todas las apariencias,
stos son dos bribones convertidos. Bien puede ser--respondi
don Alfonso--, porque hay muchos libertinos que despus de haber
escandalizado al mundo con sus desrdenes se encierran en los claustros
para hacer una rigurosa penitencia. Me alegrara mucho de que nuestros
dos monjes fueran de estos libertinos.

Y por qu no lo seran?--le dije--. Ellos han abrazado
voluntariamente la vida monstica muchos aos ha y se portan en ella
con la mayor edificacin. Di todo lo que quisieres--me contest el
gobernador--, pero a m nada me gusta que los caudales del monasterio
estn en poder del padre Hilario, de quien no podra menos de
desconfiar. Cuando me acuerdo de la donosa relacin que nos hizo de sus
aventuras, tiemblo por los pobres cartujos. Quiero suponer, como t,
que haya tomado el hbito con muy buena intencin, pero el manejo del
dinero puede despertar su codicia. A ningn borracho que ha dejado el
vino se le debe fiar la llave de la bodega.

Pocos das despus se verific no ser infundada la desconfianza del
gobernador. Desaparecieron de repente el procurador y el portero
con el dinero del monasterio, noticia que no dej de dar que rer a
los burlones, que celebran siempre las desgracias de los religiosos
que tienen fama de ricos. Por lo que toca al gobernador y a m, nos
compadecimos de los cartujos, sin hacer alarde de que conocamos a los
apstatas.


                             CAPITULO VII

  Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la noticia agradable
  que Escipin le di y de la reforma que hicieron en su familia.


Ocho das fueron los que me detuve en Valencia, gozando del mundo y
viviendo como los condes y marqueses, entretenido en ver comedias
y concurrir a bailes, conciertos, banquetes y tertulias de damas,
proporcionndome todas estas diversiones tanto el seor gobernador como
la seora gobernadora, a quienes hice la corte tan cumplidamente que
ambos sintieron mi regreso a Liria y aun me obligaron antes de marchar
a que les prometiera repartir el tiempo entre ellos y mi soledad.
Convinimos en que permanecera en la ciudad el invierno y el verano en
mi quinta. Con esta condicin me dejaron libertad mis bienhechores para
que me fuese a gozar de sus beneficios.

Escipin, que deseaba con ansia mi vuelta, se alegr infinito de ella,
aumentndose su gozo con la relacin que le hice de mi viaje. Y t,
amigo mo--le pregunt--, qu te has hecho aqu durante mi ausencia?
Te has divertido mucho? Cuanto puede hacerlo--me respondi--un
criado fiel que nada ama tanto como la presencia de su amo. He paseado
por todos los puntos de nuestros pequeos Estados, y sentndome
unas veces junto a la fuente que est en el bosque, contemplaba con
particular gusto la claridad de sus aguas, tan puras y cristalinas como
las de aquella sagrada fuente cuyo estruendo haca resonar el espacioso
bosque de Albunea, y recostado otras al pie de un rbol oa cantar a
los ruiseores y jilgueros. En fin, he cazado, he pescado; pero lo que
me ha gustado an ms que todos estos pasatiempos ha sido la lectura de
muchos libros tan tiles como entretenidos.

Interrump con precipitacin a mi secretario preguntndole dnde
haba hallado aquellos libros. Los he encontrado--me respondi--en
una selecta librera que hay en casa, que me ha enseado el maestro
Joaqun. Pero en qu parte est esta librera?--le volv a
preguntar--. No registramos toda la casa el da que llegamos? As
le pareci a usted--me respondi--; pero sepa que solamente recorrimos
tres distritos, olvidndosenos el cuarto, y all es donde don Csar,
cuando vena a Liria, empleaba una parte de su tiempo en la lectura.
Hay en esta librera muy buenos libros, que se nos han dejado como un
recurso seguro contra el tedio para cuando nuestros jardines despojados
de flores y nuestro bosque de hoja no puedan preservarnos de l. Los
seores de Leiva no han hecho las cosas a medias, sino que han cuidado
tanto del alimento espiritual como del corporal.

Esta noticia me caus una verdadera alegra. Hice que me enseasen el
cuarto distrito, en el cual se me ofreci un espectculo muy agradable.
Hallme en una vivienda que desde luego destin para mi morada, como
don Csar la haba escogido para s. La cama de dicho seor estaba
all todava con todos los adornos, es a saber: una tapicera que
representaba el rapto de las Sabinas. De aquella cmara pas a un
gabinete que tena estantes bajos alrededor llenos de libros y sobre
la estantera los retratos de todos nuestros reyes. Haba tambin en
l, al lado de una ventana que tena vistas a una campia deliciosa,
un escritorio de bano delante de un gran sof de tafilete negro; pero
lo que principalmente llam mi atencin fu la librera. Componase
de obras de filsofos, poetas, historiadores y gran nmero de libros
de caballeras. Conoc que don Csar gustaba de stos en vista de
los muchos que de esta clase haba juntado. Confieso, no sin rubor,
que yo no era menos aficionado a estas producciones, a pesar de las
extravagancias de que estn atestadas, ya porque no fuese entonces un
lector delicado, ya porque lo maravilloso hace a los espaoles muy
indulgentes. Con todo eso, dir en abono mo que hallaba ms deleite en
los libros de moral recreativa y que Luciano, Horacio y Erasmo eran mis
autores favoritos.

Amigo mo--dije a Escipin luego que pas la vista por mi librera--,
aqu s que tenemos en qu divertirnos; mas por ahora no pienso en otra
cosa que en reformar nuestra familia. Ya le he ahorrado a usted--me
respondi--la mitad de ese trabajo. Durante su ausencia he estudiado
bien a sus criados y me atrevo a decir que los conozco perfectamente.
Comencemos por el maestro Joaqun: creo que es un bribn completo,
y no pongo la menor duda en que le habrn despedido de casa del
arzobispo por algunos errores de aritmtica en las cuentas del gasto
de cocina. No obstante, es necesario conservarle, por dos razones:
la primera, porque es buen cocinero, y la segunda, porque yo no le
perder de vista, espiar todas sus acciones y en verdad que ha de ser
muy diestro para podrmela pegar. Ya le he dicho que usted estaba en
nimo de despedir las tres partes de sus criados, noticia que le turb
y apesadumbr mucho; tanto, que lleg a decirme que teniendo, como
tena, tanta inclinacin a servir a usted, se contentara con la mitad
del salario que goza al presente, slo por no salir de casa, lo que
me hace sospechar que hay en la aldea alguna muchachuela de quien no
quisiera alejarse. Por lo que toca al ayudante de cocina--prosigui--,
es un borracho, y el portero un insolente que para nada le necesitamos,
como tampoco al cazador. El oficio de ste le podr yo desempear
muy bien, como se lo har ver a usted maana, ya que tenemos en casa
escopetas, plvora y municiones. Entre los lacayos slo hay uno que me
parece buen mozo, y es el aragons. Nos quedaremos con l y echaremos a
los dems, que son unas malas cabezas, pues a ninguno de ellos tendra
yo en casa aun cuando tuviramos necesidad de cien criados.

Despus de haber tratado largamente sobre todos estos puntos resolvimos
quedarnos con el cocinero, con el mozo de cocina y con el aragons y
despedir con buen modo a todos los dems. As se ejecut en aquel mismo
da, regalndoles Escipin en nombre mo, adems de su salario, algunos
doblones que sac del arca del dinero. Hecha esta reforma, emprendimos
establecer cierto orden en la quinta, arreglando las obligaciones que
correspondan a cada criado y comenzando desde entonces a mantenernos
a nuestra costa. Yo me hubiera contentado con un trato frugal; pero
mi secretario, que apeteca los buenos bocados y platos regalados, no
era hombre que quisiese tener ociosa la habilidad del maestro Joaqun.
La ejercit tan bien, que nuestras comidas y cenas eran abundantes y
delicadas.


                             CAPITULO VIII

               Amores de Gil Blas y de la bella Antonia.


Dos das despus de mi vuelta de Valencia a Liria, el labrador Basilio,
mi arrendatario, vino al tiempo en que me estaba vistiendo a pedirme
el permiso para presentarme a su hija Antonia, que deseaba, deca l,
tener el honor de saludar a su nuevo amo. Habindole respondido que en
eso me dara mucho gusto, se sali, y volvi inmediatamente a entrar
con la hermosa Antonia. Creo deber dar este epteto a una joven de diez
y seis a diez y ocho aos, que, adems de unas facciones regulares,
tena unos colores muy hermosos y los mejores ojos del mundo. Slo
estaba vestida de sarga; pero su garboso talle, su aire majestuoso y
unas gracias que no siempre acompaan a la juventud, daban realce a la
sencillez de su traje. Tena la cabeza descubierta, el pelo recogido
atrs y un ramillo de flores encima, imitando la sencillez de las
lacedemonias.

Cuando la vi entrar en mi cuarto me qued tan suspenso de ver su
hermosura como los paladines de Carlo Magno cuando vieron a la bella
Anglica. En vez de recibir a Antonia con jovial desembarazo y decirle
algunas cosas lisonjeras, en vez de congratular a su padre por la
fortuna de tener tan preciosa y agraciada hija, qued admirado,
turbado, suspenso y sin poder pronunciar palabra. Escipin, que
conoci mi turbacin, tom la palabra por m e hizo la costa de las
alabanzas que yo deba a aquella amable persona. Ella, a quien no
deslumbr mi persona en bata y gorro, me salud sin cortarse y me hizo
un cumplido que, aunque de los ms comunes, me acab de encantar.
Entre tanto que mi secretario, Basilio y su hija se hacan recprocos
cumplimientos, yo volv en m, y como si quisiera compensar el estpido
silencio que haba guardado hasta entonces, pas de un extremo a otro,
extendindome en discursos obsequiosos y hablando con tanta fogosidad
que Basilio entr en cuidado, y considerndome ya como un hombre que
iba a poner en ejecucin cuanto le fuese dable para seducir a Antonia,
se apresur a salir con ella de mi cuarto, resuelto quiz a apartarla
de mi vista para siempre.

As que Escipin se hall a solas conmigo me dijo sonrindose: Otro
remedio tenis contra el fastidio de la soledad. No saba yo que
vuestro arrendatario tuviese una hija tan linda, porque nunca la vi,
aunque estuve dos veces en su casa. Debe de cuidar de guardarla, y
en esto le disculpo, porque en realidad es un bocado muy apetitoso;
pero--aadi--esto creo que no es necesario decrselo a usted, porque
a la primera vista le deslumbr. No te lo niego--respond--. Ah
hijo mo! He credo ver una diosa en aquella criatura; me ha dejado de
repente abrasado en amor. El rayo tarda ms en herir que la flecha con
que ella ha atravesado mi corazn.

Mucho gozo me causa usted--replic mi secretario--en confesarme que al
fin ha llegado a enamorarse. Para ser enteramente feliz en la soledad
de los campos no le faltaba otra cosa. Ahora s que, gracias a Dios,
tiene usted todo lo que ha menester! Bien s--continu--que nos costar
algn trabajo burlar la vigilancia de Basilio; pero eso corre de mi
cuenta, y he de hacer que antes de tres das logre usted tener una
secreta conversacin con Antonia. Seor Escipin--le respond--,
quiz no podra usted cumplir esa palabra, fuera de que no quiero hacer
experiencia de ello. Estoy muy distante de querer tentar la virtud de
esa doncella, cuyo recato me parece merecer otras consideraciones. Y
as, lejos de exigir de tu celo me ayudes a deshonrarla, slo deseo
que emplees tu mediacin en facilitar mi casamiento con ella, con
tal que su corazn no est ya prendado de otro. No esperaba yo,
ciertamente--me respondi--, que usted tomase tan de golpe semejante
resolucin. En verdad que no todos los seores de aldea, si se
hallasen en igual caso que usted, procederan con tanta honradez ni
se dirigiran a solicitar a Antonia por medios legtimos sino despus
de haber tentado otros intilmente. Por lo dems--aadi--, no crea
usted que desapruebo su amor, ni que esto lo digo por disuadirle de
su intento, pues, al contrario, confieso que la hija del arrendatario
es merecedora del honor que usted quiere hacerle, siempre que pueda
entregar a usted un corazn intacto y agradecido. Eso es lo que hoy
mismo sabr por la conversacin que pienso tener con su padre y quiz
con ella misma.

Mi confidente era un hombre puntualsimo en cumplir lo que prometa.
Fu a verse secretamente con Basilio y por la tarde vino a mi
gabinete, donde yo le estaba esperando entre la impaciencia y el
temor. Observ que volva muy alegre, lo que me hizo pronosticar
desde luego que me traa buenas nuevas. Si he de creer a tu risuea
cara--le dije--, estoy en que vienes a anunciarme que presto ver
satisfechos mis deseos. As es--me respondi--, mi querido amo.
Todo le sale a usted a medida de su deseo. He hablado a Basilio y a
su hija del designio de usted. El padre est lleno de gozo de saber
que usted quiere ser su yerno y puedo asegurar que sois del gusto de
Antonia. Oh Cielo!--interrump todo enajenado de gozo--. Conque he
tenido la dicha de parecer bien a tan amable criatura! No lo dude
usted--me respondi--; ella os ama ya, y en verdad que esta confesin
no la he odo de su boca, sino que la he inferido de la alegra que
ha manifestado al saber vuestro designio. Sin embargo--prosigui--,
usted tiene un rival. Un rival!, exclam ponindome plido. No os
inquietis por eso--me dijo--; este rival no os robar el corazn de
vuestra dama. Ese tal es el maestro Joaqun, vuestro cocinero. Ah
ladrn!--dije entonces, soltando una gran carcajada--. Ve ah por qu
ha mostrado tal repugnancia a dejar mi servicio! Cabalmente--aadi
Escipin--, das pasados pidi en matrimonio a Antonia, que le fu
negada cortsmente. Salvo tu mejor parecer, creo que convendr--le
repliqu yo--deshacernos de ese pcaro antes que llegue a saber que
quiero casarme con la hija de Basilio. Un cocinero, como sabes, es un
rival peligroso. Tiene usted razn--respondi mi confidente--; se
le debe echar de casa. Maana por la maana le despedir antes que se
ponga a disponer la comida, y con eso usted ya no tendr nada que temer
de sus salsas ni de su amor. Sin embargo--continu Escipin--, no deja
de dolerme el perder tan buen cocinero; pero sacrifico mi golosina a
la seguridad de usted. No debes--le dije--sentir tanto su prdida,
porque no es irreparable. Voy a hacer venir de Valencia a un cocinero
que valga tanto como l. En efecto, inmediatamente escrib a don
Alfonso dicindole que necesitaba un cocinero, y al da siguiente me
envi uno que consol a Escipin.

Aunque este celoso secretario me haba dicho haber advertido que
Antonia all en su interior se alegraba mucho de haber hecho la
conquista de su seor, no me atreva a fiarme de su relacin, temiendo
se hubiese dejado engaar de falsas apariencias. Para cerciorarme de
ello resolv hablar yo mismo a la hermosa Antonia, y a este efecto
me fu a casa de Basilio, a quien confirm cuanto le haba dicho mi
embajador. Este buen labrador, hombre sencillo y franco, despus de
haberme escuchado, me asegur que me conceda su hija con una indecible
satisfaccin. Pero no piense vuestra seora--aadi--que se la doy
porque es seor de este lugar; aun cuando no fuera vuestra seora
ms que mayordomo de don Csar y de don Alfonso le preferira a todos
los dems amantes que se presentasen, porque siempre le he tenido
grande inclinacin, y lo que ms siento es que mi Antonia no tenga
una dote considerable que ofrecerle. No le pido ninguna--le dije--;
su persona es el nico bien a que aspiro. Doy a vuestra seora
mil gracias--exclam--, pero no es esa mi cuenta. Yo no soy ningn
descamisado para casar as a mi hija. Basilio de Buentrigo tiene, a
Dios gracias, con qu dotarla, y quiero que ella d a vuestra seora
de cenar si vuestra seora le da de comer. En una palabra, las rentas
de esta quinta no exceden de quinientos ducados y yo har que lleguen a
mil en gracia de este matrimonio.

Pasar por cuanto quisieres, mi amigo Basilio--le respond--, y nunca
reiremos por materia de intereses. Supuesto que los dos estamos de
acuerdo, slo se trata de obtener el consentimiento de tu hija. Usa
tiene ya el mo--me dijo--; y ste no basta? No--le respond--. Si
el tuyo me es necesario, el de ella lo es tambin. El suyo depende
del mo--repuso l--, y no se atrever a resollar en mi presencia.
Antonia--le repliqu--, sumisa a la autoridad paternal, sin duda
estar pronta a obedecerte ciegamente, mas no s si en esta ocasin
lo har sin repugnancia, y por poca que tuviese nunca me consolara
de haber sido causa de su desgracia. En fin, no me basta que me des
su mano, sino que es necesario que su corazn no lo sienta. Qu
diantre!--dijo Basilio--. Yo no entiendo todas esas filosofas; hable
vuestra seora mismo con Antonia y ver, si mucho no me engao, que
nada apetece ms que ser vuestra esposa. Dicho esto, llam a su hija y
me dej un momento a solas con ella.

Para no malograr tan preciosos instantes, fu desde luego al asunto.
Bella Antonia--le dije--, decide de mi suerte. Aunque tengo ya el
consentimiento de tu padre, no creas que quiero valerme de l para
violentar tu gusto. Por dulce que me sea tu posesin, yo la renuncio
si me dices que no la he de deber sino solamente a tu obediencia.
Eso es, seor--me respondi ella--, lo que nunca os dir. Vuestra
solicitud es para m tan grata, que jams podr causarme pena, y en
vez de oponerme al consentimiento de mi padre, apruebo su eleccin. No
s--prosigui--si hago bien o mal en hablaros de este modo; pero si no
me hubierais agradado sera bastante franca para decroslo. Pues por
qu no podr declararos lo contrario con la misma libertad?

Al or estas palabras, que no pude escuchar sin quedar enajenado,
hinqu una rodilla en tierra delante de Antonia, y en el exceso de mi
alegra, tomndole una de sus hermosas manos, se la bes con ademn
tierno y apasionado. Mi amada Antonia--le dije--, tu franqueza me
hechiza. Contina! No te violentes por nada, pues hablas a tu
esposo! Lea yo en tus ojos lo que pasa en tu corazn, para que pueda
lisonjearme de que no vers sin complacencia estrecharse tu suerte con
la ma. A esta sazn entr Basilio y no pude proseguir. Deseoso ste
de saber lo que su hija me haba respondido, y dispuesto a reirla si
me hubiese manifestado la menor aversin, volvi prontamente a reunirse
conmigo. Y bien--me dijo--, est vuestra seora contento con la
respuesta de Antonia? Lo estoy tanto--le respond--, que desde este
momento voy a ocuparme en los preparativos de mi casamiento. Y dicho
esto dej a padre e hija para ir a celebrar consejo sobre el asunto con
mi secretario.


                              CAPITULO IX

  Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato con que se hizo;
  qu personas asistieron a l y fiestas con que se celebr.


Aunque no necesitaba permiso de los seores de Leiva para casarme,
juzgamos Escipin y yo que no podra excusarme, sin faltar a la
gratitud, de participarles mi designio de unirme con la hija de Basilio
y aun de pedirles su consentimiento por poltica.

March al momento a Valencia, donde todos se quedaron tan sorprendidos
de verme como de saber el motivo de mi viaje. Don Csar y don Alfonso,
que conocan a Antonia por haberla visto varias veces, me dieron mil
enhorabuenas de haberla elegido por esposa. Sobre todo don Csar me
hizo un cumplimiento tan expresivo, que, a no estar yo persuadido de
que aquel seor haba dejado del todo ciertos pasatiempos, sospechara
que ms de una vez haba ido a Liria no tanto por ver su quinta como a
la hija de su arrendador. Serafina, por su parte, despus de haberme
asegurado que siempre tomara mucho inters en mis satisfacciones,
me dijo que haba odo hacer mil elogios de Antonia. Pero--aadi
con algo de malicia, y como para zaherirme sobre la indiferencia con
que haba correspondido al amor de Sfora--, aunque no me hubieran
ponderado su hermosura, jams hubiera dudado de tu buen gusto, porque
s lo delicado que es.

No se contentaron don Csar y su hijo con aprobar mi matrimonio, sino
que quisieron que los gastos de la boda corriesen todos de su cuenta.
Vuelve--me dijeron--a tomar el camino de Liria y no salgas de all
hasta que oigas hablar de nosotros, ni hagas preparativo alguno para la
boda, que ese es cuidado nuestro.

Por condescender con la voluntad de aquellos seores, me volv a mi
quinta. Comuniqu a Basilio y a su hija las intenciones de nuestros
protectores, y estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fu
posible noticias suyas. Ninguna tuvimos en el espacio de ocho das,
pero al noveno vimos llegar un coche de cuatro mulas con costureras
dentro, que traan hermosas telas de seda para vestir a la novia,
escoltando el coche muchos lacayos montados en mulas. Uno de ellos me
entreg una carta de parte de don Alfonso, en que me deca este seor
que el da siguiente estara en Liria con su padre y su esposa y que al
otro celebrara la ceremonia del matrimonio el provisor de Valencia.
Con efecto, al otro da llegaron a mi quinta don Csar, su hijo,
Serafina y el provisor, todos cuatro en un coche de seis caballos,
precedido de otro con cuatro, en que venan las criadas de Serafina, y
seguido de la guardia del gobernador.

Luego que la gobernadora entr en la quinta, mostr vivos deseos de
ver a Antonia, la cual, as que supo la llegada de Serafina, acudi a
saludarla y besarle la mano, lo que ejecut con tanta gracia que dej
admirada a la comitiva. Y bien, Serafina--pregunt don Csar a su
nuera--, qu os parece Antonia? Poda Santillana hacer una eleccin
mejor? No--respondi Serafina--; parece que nacieron el uno para el
otro, y no dudo que su enlace ser muy feliz. En fin, todos alabaron
mi novia, y si les pareci bien con su vestido de sarga, quedaron an
ms encantados de ella cuando se present con traje ostentoso, pues,
segn la nobleza y desembarazo de su persona, pareca no haber usado
otros en su vida.

Llegado el momento en que un dulce himeneo haba de unir para siempre
nuestra suerte, don Alfonso me tom de la mano para conducirme al altar
y Serafina hizo el mismo honor a la novia. En este orden nos dirigimos
a la iglesia de la aldea, en donde nos estaba esperando el provisor
para casarnos, ceremonia que se celebr con grandes aclamaciones de los
habitantes de Liria y de los labradores ricos del contorno a quienes
haba convidado Basilio a la boda de Antonia, los cuales llevaban
consigo a sus hijas adornadas de cintas y de flores y con panderetas en
la mano. Nos volvimos en seguida a la quinta, en donde, por disposicin
de Escipin, director del festn, haba prevenidas tres mesas, una
para los seores, otra para su comitiva, y la tercera, que era la
mayor, para todos los dems convidados. Antonia se sent a la primera,
porque as lo quiso la gobernadora; yo hice los honores de la segunda
y Basilio asisti a la de los aldeanos. Escipin a ninguna se sent;
no haca ms que ir y venir de una a otra, cuidando de que las mesas
estuviesen bien servidas y todos contentos.

Los cocineros del gobernador eran los que haban dispuesto la comida,
y ya se deja entender que nada faltara en ella. Los exquisitos vinos
de que el maestro Joaqun haba hecho provisin para m se gastaron
con profusin. Los convidados comenzaban a acalorarse, y reinaba una
alegra general, cuando fu turbada de repente por un acontecimiento
que me sobresalt. Habiendo entrado mi secretario en la sala donde
yo coma con los principales criados de don Alfonso y las criadas
de Serafina, cay de repente desmayado, perdiendo el conocimiento.
Levantme prontamente a socorrerle, y mientras estaba ocupado en
hacerle volver en s, una de las criadas se desmay tambin. Todos
nos persuadimos que estos dos desmayos encerraban algn misterio. Y en
efecto, ocultaban uno que tard poco en aclararse, porque, recobrando
de all a poco Escipin el uso de los sentidos, me dijo en voz baja:
El da ms alegre para usted haba de ser para m el ms infausto!
Ninguno puede evitar su desgracia!--aadi--. Acabo de encontrar a mi
mujer en una de las criadas de Serafina!

Qu es lo que oigo!--exclam--. No puede ser! Cmo? Seras acaso
el marido de esa mujer que acaba de desmayarse al mismo tiempo que t?
S, seor--me respondi--, soy su marido, y juro a usted que no poda
la fortuna jugarme una pieza ms ruin que presentarla a mis ojos.
Ignoro, amigo mo--repliqu--, las razones que tienes para quejarte de
tu esposa; pero sea el que fuere el motivo que haya dado para ello, te
ruego que te reprimas. Si me amas, no turbes la fiesta haciendo pblico
tu resentimiento. Seor--repuso Escipin--, quedaris satisfecho de
m. Vais a ver si s disimular perfectamente.

Hablando de este modo, se acerc hacia su mujer, a quien sus compaeras
tambin haban hecho volver en s, y abrazndola con tanta ternura
como si efectivamente hubiera estado lleno de gozo por volverla a ver,
Ah mi querida Beatriz!--le dijo--Conque al fin el Cielo nos vuelve
a juntar al cabo de diez aos de separacin! Oh dulce momento para
m! Yo no s--le respondi su mujer--si experimentas realmente algn
placer en volverme a encontrar; pero a lo menos estoy bien persuadida
de que no te di ningn motivo justo para abandonarme. Porque me
encontraste una noche con el seor don Fernando de Leiva, que estaba
enamorado de mi ama Julia, y a cuya pasin favoreca yo, se te figur
a ti que yo le daba odos a costa de tu honor y del mo; al momento te
trastornan la cabeza los celos, dejas a Toledo y huyes de m como de
un monstruo, sin dignarte siquiera pedirme satisfaccin y escuchar mis
descargos. Dime ahora, si gustas, cul de los dos tiene ms derecho
para quejarse? T, sin duda, le replic Escipin. Ciertamente que
s--continu ella--. Don Fernando, luego que partiste de Toledo, se
cas con Julia, a la que estuve sirviendo todo el tiempo que vivi;
pero despus que una muerte temprana nos la arrebat, me tom a su
servicio su hermana mi seora, y tanto ella como todas sus criadas te
podrn informar de la pureza de mis costumbres.

No teniendo qu replicar mi secretario a estas razones, pues no poda
probar fuesen falsas, cedi gustoso a la fuerza de ellas y dijo a su
esposa: Vuelvo a repetir que reconozco mi culpa y te pido perdn de
ella a vista de este respetable concurso. Entonces, intercediendo por
l, rogu a Beatriz olvidase lo pasado, asegurndole que su marido no
pensara en adelante ms que en tratarla con el mayor cario. Rindise
a mi splica; todos los circunstantes celebraron la reunin de estos
dos esposos, y para solemnizarla mejor se les hizo sentar a una mesa
juntos. Se repitieron a porfa los brindis por la salud de entrambos,
y ms pareca que el festn se haba dispuesto para celebrar aquella
reconciliacin que para festejar mi boda.

La tercera mesa fu la primera que qued desierta. Levantronse de ella
los aldeanos para formar bailes con las jvenes aldeanas, que con el
ruido de sus panderetas atrajeron bien pronto a los convidados de las
otras mesas y les inspiraron el deseo de seguir su ejemplo. Todos se
pusieron en movimiento; los dependientes del gobernador bailaron con
las criadas de la gobernadora, y hasta los mismos seores se mezclaron
en la fiesta. Don Alfonso bail una zarabanda con Serafina y don Csar
otra con Antonia, la cual vino despus a buscarme para que bailase con
ella, y en verdad que no lo hizo mal para una persona que no tena mas
que algunos principios de baile que haba aprendido en casa de una
parienta suya avecindada en Albarracn. Yo, que, como ya he dicho, me
haba enseado a bailar en casa de la marquesa de Chaves, pas en el
concepto de todos por un gran bailarn. Beatriz y Escipin prefirieron
al baile una conversacin entre los dos para darse recproca cuenta de
lo que les haba sucedido mientras haban estado separados; pero fu
interrumpido su coloquio por Serafina, que, informada de su encuentro,
los hizo llamar para manifestarles lo mucho que de ello se alegraba.
Hijos mos--les dijo--, en este da de regocijo se acrecienta mi
satisfaccin vindoos restitudos uno a otro. Amigo Escipin--aadi--,
ah te entrego a tu esposa, asegurndote que su conducta ha sido
siempre irreprensible. Vive aqu con ella en perfecta armona. Y t,
Beatriz, dedcate al servicio de Antonia y no le seas menos afecta
que tu marido lo es al seor de Santillana. Escipin, no pudiendo ya
a vista de esto mirar a su mujer sino como a otra Penlope, prometi
tratarla con todas las atenciones imaginables.

Retirronse los aldeanos y aldeanas a sus casas despus de haber
estado bailando toda la tarde; pero continu la fiesta en la quinta.
Sirvise una magnfica cena, y cuando se trat de irse todos a recoger,
el provisor bendijo el lecho nupcial. Serafina desnud a la novia y
los seores de Leiva me hicieron la misma honra. Lo ms gracioso fu
que los dependientes de don Alfonso y las criadas de la gobernadora
quisieron para divertirse practicar la misma ceremonia: desnudaron a
Beatriz y a Escipin, los cuales, para hacer ms cmica la escena, se
dejaron desnudar y acostar, guardando gran gravedad.


                              CAPITULO X

  Lo que sucedi despus de la boda de Gil Blas y de la bella
  Antonia. Principio de la historia de Escipin.


Al da siguiente de mi boda los seores de Leiva regresaron a Valencia,
despus de haberme dado otras mil seales de amistad, de tal modo que
mi buen secretario y yo nos quedamos solos en la quinta con nuestras
mujeres y nuestros criados.

El empeo que hicimos uno y otro en agradar a nuestras esposas no
fu intil, pues en poco tiempo inspir yo a la ma tanto amor como
le profesaba, y Escipin hizo olvidar a la suya los disgustos que le
haba causado. Beatriz, que era de carcter dcil y afable, se granje
fcilmente el cario de su nueva ama y gan su confianza. En fin,
todos cuatro nos avinimos perfectamente y comenzamos a gozar de una
suerte envidiable, pasando la vida en los ms dulces entretenimientos.
Antonia era bastante seria; pero Beatriz y yo ramos muy alegres, y aun
cuando no lo furamos, nos bastara estar con Escipin para no conocer
la melancola, porque era un hombre sin igual para la sociedad, una
de aquellas personas festivas que slo con presentarse divierten a la
concurrencia.

Un da que despus de comer se nos antoj ir a dormir la siesta al
sitio ms apacible del bosque, mi secretario estaba de tan buen humor
que nos quit a todos el sueo con sus graciosas ocurrencias. Calla
esa boca--le dije--, amigo mo; o si quieres que no durmamos, cuntanos
alguna cosa que merezca nuestra atencin! Con mucho gusto, seor--me
respondi--. Quiere usted que le cuente la historia del rey don
Pelayo? De mejor gana oira la tuya--le repliqu--; pero este gusto
nunca me lo has querido dar desde que vivimos juntos, ni espero que
jams me lo des. De qu proviene esto? Si no he contado a usted la
historia de mi vida ha consistido en que jams me ha manifestado el
menor deseo de saberla; por consiguiente, no tengo yo la culpa de que
usted ignore mis aventuras, y por poca curiosidad que tenga de orlas
estoy pronto a satisfacrsela. Antonia, Beatriz y yo le cogimos la
palabra y nos dispusimos a escuchar su relacin, que no poda menos de
causar en nosotros un buen efecto, ya divirtindonos o ya excitndonos
al sueo.

Yo--comenz a decir Escipin--sera hijo de un grande de Espaa de
primera clase, o cuando menos de un caballero del hbito de Santiago
o de Alcntara, si esto hubiera estado en mi mano; pero como ninguno
es dueo de escoger padre, han de saber ustedes que el mo, llamado
Toribio Escipin, fu un honrado cuadrillero de la Santa Hermandad.
Como iba y vena por los caminos reales, por donde su profesin le
obligaba a andar casi siempre, cierto da encontr casualmente entre
Cuenca y Toledo a una gitanilla que le pareci muy linda. Caminaba
sola a pie y llevaba consigo todo su ajuar en una especie de mochila
echada al hombro. Adonde vas as, prenda ma?, le dijo, suavizando
cuanto pudo la voz, que era naturalmente bronca. Caballero--contest
ella--, voy a Toledo, donde de un modo o de otro espero ganar de
comer, viviendo honradamente. Tu intencin es muy loable--replic
l--, y no dudo que para eso tendrs varios arbitrios. S, gracias
a Dios--respondi la gitanilla--, tengo varias habilidades; s hacer
pomadas y quintas esencias muy tiles para las damas, digo la
buenaventura, s dar vueltas al cedazo para hacer que se encuentren las
cosas perdidas y muestro cuanto se quiere ver en una redoma o en un
espejo.

Parecindole a Toribio que una joven como sta era un partido
muy ventajoso para un hombre como l, a quien su empleo apenas le
produca para mantenerse, sin embargo de saber desempearlo con la
mayor exactitud, le propuso si quera ser su esposa. Acept la nia
la propuesta; se fueron ambos inmediatamente a Toledo, en donde se
casaron, y en m ven ustedes el digno fruto de este noble matrimonio.
Fijaron su residencia en un arrabal, en donde mi madre comenz a vender
pomadas y quintas esencias; pero viendo que este trato produca poco,
comenz a hacer de adivina. Entonces fu cuando se vieron llover en su
casa pesos duros y doblones. Mil mentecatos de ambos sexos pusieron
bien pronto en auge la fama de Coscolina, que as se llamaba la gitana.
No pasaba da sin que viniese alguno a ocuparla en su ministerio; ya
llegaba un sobrino pobre que quera saber cundo su to, de quien era
nico heredero, partira para la otra vida; ya llegaba una doncella
que deseaba con ansia averiguar si un caballero mozo que le haba dado
palabra de casamiento se la cumplira.

Persudome de que ustedes darn por supuesto que los vaticinios de mi
madre siempre eran favorables a las personas a quienes los haca; si se
cumplan, enhorabuena; pero si alguna vez venan a reconvenirla por
haber sucedido lo contrario de lo que haba pronosticado, contestaba
frescamente que deba echarse la culpa al diablo, que, a pesar de
la fuerza de los conjuros que ella empleaba para obligarle a que le
revelase lo futuro, tena algunas veces la malicia de engaarla.

Cuando mi madre, por honor al oficio, crea deber hacer visible al
diablo en sus operaciones, entonces era Toribio Escipin quien haca
el papel del diablo, y lo desempeaba con perfeccin, porque la
aspereza de su voz y la fealdad de su rostro cuadraban a maravilla con
lo que representaba. Poca credulidad era menester para espantarse al
aspecto de mi padre; pero un da vino, por desgracia, cierto capitn
majadero que quiso ver a diablo, y le atraves de parte a parte con la
espada. Informada la Inquisicin de la muerte del diablo, despach sus
ministros contra la Coscolina, a quien prendieron, embargando al mismo
tiempo todos sus efectos, y a m, que a la sazn slo tena siete aos,
me metieron en el hospicio de los nios hurfanos. Haba en esta casa
unos caritativos eclesisticos que, estando bien dotados para cuidar de
la educacin de los pobres hurfanos, tenan el trabajo de ensearles a
leer y escribir. Pareciles que yo prometa mucho, y por esta causa me
distinguieron entre los dems, escogindome para hacer sus recados. Yo
era el que llevaba sus cartas, haca sus dems encargos y les ayudaba a
misa. En pago de mis servicios trataron de ensearme la lengua latina;
pero lo ejecutaron con tanta aspereza y me trataron con tal rigor, a
pesar de los servicios que les haca, que, no pudiendo ya resistir ms,
un da que me enviaron a un recado cog las de Villadiego, y en vez
de volver al hospicio me escap de Toledo por el arrabal del lado de
Sevilla.

Aunque a la sazn apenas tena nueve aos cumplidos, no caba en m
de contento de verme en libertad y dueo de mis acciones. No llevaba
qu comer ni dinero, pero nada me importaba, porque tampoco tena
leccin que estudiar ni temas que componer. Despus de haber andado
dos horas comenzaron mis piernecitas a negarme su servicio. Como nunca
haba hecho tan larga caminata, fu preciso pararme a descansar.
Sentme al pie de un rbol que estaba a orillas del camino real, y
para entretenerme saqu el arte que llevaba en el bolsillo. Comenc
a hojearle por diversin; pero acordndome de las palmetas y de los
azotes que me haba costado, desgarr las hojas, diciendo lleno de
clera: Ah maldito libro, ya no me hars llorar ms! Estando
satisfaciendo mi venganza y sembrando la tierra alrededor de m de
declinaciones y conjugaciones, pas casualmente por all un ermitao de
aspecto venerable, con barba blanca y unos grandes anteojos. Acercse
a m, mirme con mucha atencin, y yo tambin le estuve mirando con la
misma. Hijito mo--me dijo sonrindose--, me parece que los dos nos
hemos mirado con cario y que no haramos mal en vivir juntos en mi
ermita, que slo dista doscientos pasos de aqu. Buen provecho le
haga a usted--le respond con bastante sequedad--, que yo ninguna gana
tengo de ser ermitao! Al or esta respuesta el buen viejo di una
grande carcajada de risa y me dijo abrazndome: Mi hbito, hijo mo,
no debe asustarte; si es poco grato a la vista, es de gran utilidad,
pues me hace dueo de un deleitoso retiro y de varios lugarcitos
circunvecinos, cuyos habitantes me aman, o por mejor decir me
idolatran. Vente conmigo--aadi--y te pondr un hbito como el mo. Si
te fuese bien con l, participars conmigo de las dulzuras de la vida
que hago, y si no te acomodase sta, no slo sers dueo de marcharte,
sino que puedes contar con que al separarnos no dejar de hacerte todo
el bien que pueda.

Dejme persuadir y segu al viejo ermitao, que me hizo varias
preguntas, a las que respond con una ingenuidad que no siempre he
tenido en adelante. Luego que llegamos a la ermita me present algunas
frutas, que devor en un instante, porque en todo el da no haba
comido mas que un zoquete de pan seco con que me haba desayunado en
el hospicio por la maana. El solitario, vindome menear tan bien las
quijadas, me dijo: Animo, hijo mo! No dejes de comer por miedo de
que se acaben las frutas, pues, gracias al Cielo, tengo muy buena
provisin de ellas. No te he trado aqu para matarte de hambre.
Lo que era mucha verdad, porque una hora despus de nuestra llegada
encendi lumbre, puso a asar una pierna de carnero, y mientras yo daba
vueltas al asador l dispuso una mesita, cubrindola con un mantel no
muy limpio y poniendo en ella dos cubiertos, uno para l y otro para m.

Luego que el carnero estuvo en sazn le sac del asador, cort algunos
pedazos de l y nos sentamos a cenar; pero nuestra cena no fu como
la de las ovejas, porque bebimos de un exquisito vino, del cual tena
tambin el ermitao un buen repuesto. Y bien, amiguito--me dijo luego
que nos levantamos de la mesa--, ests contento con mi trato? De este
modo comers mientras estuvieres conmigo. Por lo dems, hars en este
ermitorio lo que mejor te pareciere; slo exijo de ti que me acompaes
cuando vaya a recoger la limosna a los lugares vecinos. Me servirs
para llevar del cabestro un borriquillo cargado de dos banastas, que
los aldeanos caritativos llenan ordinariamente de huevos, pan, carne y
pescado; no te pido ms. Har--le respond--todo lo que usted quiera,
con tal que no me obligue a estudiar el latn. No pudo menos de rerse
de mi sencillez el hermano Crisstomo, que as se llamaba el anciano
ermitao, y me asegur de nuevo que no pensaba nunca violentar mis
inclinaciones.

Al da siguiente salimos a nuestra demanda, llevando yo el borrico por
el cabestro, y recogimos copiosas limosnas, porque no haba aldeano
que no tuviese gusto en echar alguna cosa en nuestras banastas. Uno
daba un pan entero; otro, un buen pedazo de tocino; quin una gallina
y quin una perdiz. Qu ms dir a ustedes? Llevamos a la ermita
vveres para ms de una semana; buena prueba de lo mucho que amaban
al hermano Crisstomo aquellas gentes. Verdad es que ste tambin les
serva bastante dndoles buenos consejos cuando venan a consultarle,
pacificando los matrimonios en que reinaba la discordia, proporcionando
dotes para casarse las solteras, dndoles remedios para mil clases de
males y enseando varias oraciones a las mujeres casadas que deseaban
tener hijos.

Ya ven ustedes, por lo que acabo de referir, que yo estaba bien
tratado en la ermita. Si la comida era buena, la cama no era
desgraciada. Acostbame sobre buena paja fresca, teniendo por cabecera
una almohada de lana y cubrindome con una manta de lo mismo, de manera
que no haca mas que un sueo, el cual duraba toda la noche. El hermano
Crisstomo, que me haba ofrecido un hbito de ermitao, me hizo uno l
mismo deshaciendo otro viejo suyo y me llam el hermanillo Escipin.
Apenas me present en las aldeas vecinas con aquel nuevo traje ca a
todos tan en gracia que el pobre borrico apenas poda con la carga.
Todos se esmeraban en dar a cual ms al hermanito; tanto placer tenan
en verme.

A un muchacho de mi edad no poda desagradarle la vida ociosa y
regalona que disfrutaba en compaa del viejo ermitao; as es que me
aficion tanto a ella que la hubiera continuado siempre si las Parcas
no me hubieran hilado otros das muy diferentes. Pero el destino que
deba llenar me arrastr a dejar bien pronto el regalo y me hizo
abandonar al hermano Crisstomo de la manera que voy a referir.

Vea muchas veces andar al viejo en la almohada que le serva de
cabecera, sin hacer otra cosa que descoserla y volverla a coser.
Observ un da que meta en ella algn dinero, lo que excit en m un
movimiento de curiosidad que me propuse satisfacer al primer viaje
que el hermano Crisstomo hiciese a Toledo, adonde sola ir una vez a
la semana. Aguard con impaciencia este da, sin tener por entonces
ms objeto que el de contentar mi curiosidad. En fin, el buen hombre
parti, y yo descos la almohada, en donde hall entre la lana como
unos cincuenta escudos en toda clase de monedas.

Verosmilmente, este tesoro sera efecto del agradecimiento de los
aldeanos a quienes haba curado con sus remedios y de las aldeanas que
por la virtud de sus oraciones haban tenido hijos. Sea lo que fuere,
apenas vi que aqul era un dinero que sin temor poda apropiarme,
cuando se declar mi complexin gitana: dime una tentacin de robarle,
que no se poda atribuir sino a la fuerza de la sangre que corra por
mis venas. Ced sin resistencia a la tentacin; encerr el dinero en un
saquillo de pao en que metamos nuestros peines y nuestros gorros de
dormir, y despus de haberme despojado del hbito de ermitao y vuelto
a tomar mi vestido de hurfano, me alej de la ermita, parecindome que
llevaba en mi saquillo todas las riquezas de las Indias.

Ustedes acaban de or mi primer ensayo--continu Escipin--, y no
dudo que esperarn una serie de acciones del mismo jaez. No engaar
sus esperanzas, porque aun tengo que contarles otras hazaas parecidas
a sta antes de llegar a mis acciones loables; pero al fin llegaremos
all, y ustedes vern por mi narracin que de un gran pcaro se puede
hacer un hombre de bien.

A pesar de mis pocos aos no fu tan simple que tomase el camino de
Toledo, porque me expondra a encontrarme con el hermano Crisstomo,
que sin duda hubiera querido volver a juntarse con su dinero. Tom,
pues, la ruta del lugar de Glvez, donde me entr en un mesn cuya
huspeda era una viuda como de cuarenta aos y tena todas las
cualidades que se requieren para saber vender bien sus agujetas. Luego
que esta mujer puso los ojos en m, conociendo por el vestido que me
haba escapado del hospicio de los hurfanos, me pregunt quin era
y adnde iba. Respondle que, habiendo muerto mis padres, me vea
en la necesidad de buscar conveniencia. Y dime, hijo--me volvi a
preguntar--, sabes leer? Le asegur que s, y que tambin escriba
lindamente. En verdad, yo saba formar las letras y juntarlas de manera
que figuraba una cosa as como escrita, lo que me pareca sobrado para
llevar la cuenta de un mesn de aldea. Pues yo te recibo--repuso
la mesonera--para que me sirvas. No sers intil en mi casa, porque
corrers con el libro del gasto y llevars cuenta de lo que me deben y
debo. No te sealar salario--aadi--, porque los muchos caballeros
que vienen a parar a este mesn siempre dan algo a los criados, con que
seguramente puedes contar con sacar buenos gajes.

Acept el partido, pero reservndome, como ustedes presumirn, la
facultad de mudar de aires siempre que la permanencia en Glvez no
me acomodase. Apenas me vi apalabrado para servir en el mesn cuando
sent mi nimo incomodado con una grande inquietud. No quera que
nadie supiese que yo tena dinero y no saba dnde esconderlo de modo
que ninguno pudiese dar con l. Como no conoca an la casa, no me
poda fiar de aquellos sitios que me parecan ms a propsito para
guardarlo. Oh y cunto embarazo nos causan las riquezas! Determin en
fin ocultarle en un rincn del pajar, parecindome que en ninguna otra
parte poda estar ms seguro, y procur sosegarme cuanto me fu posible.

Eramos tres criados en el mesn: un mozo rollizo que cuidaba de la
cuadra, una moza gallega y yo. Cada uno sacaba lo que poda de los
huspedes, as de a pie como de a caballo, que paraban en l. Yo
reciba de estos sujetos algn dinerillo cuando les iba a presentar la
cuenta del gasto; daban tambin alguna cosa al mozo de la cuadra para
que cuidase de sus caballeras; pero la gallega, que era el dolo de
los caleseros y arrieros que pasaban por all, ganaba ms escudos que
nosotros maravedises. Luego que juntaba yo algunos reales, los llevaba
al pajar para aumentar mi caudal, y cuanto ms creca ste, conoca
yo que mi tierno corazn iba tomando ms apego a l. Besaba algunas
veces mis monedas y las estaba contemplando con un dulce embeleso que
solamente los avaros pueden comprender suficientemente.

El amor que tena a mi tesoro me obligaba a visitarle treinta veces
al da. Encontraba a menudo a la mesonera en la escalera del pajar,
y como era una mujer de suyo muy desconfiada, quiso un da saber qu
era lo que a cada instante me llevaba al pajar. Subi a l y comenz a
escudriarlo todo, recelando que yo tendra escondidas algunas cosas
que le habra hurtado. Revolvi la paja que cubra mi bolsn y di con
l. Abrile, y viendo dentro pesos duros y doblones, crey o fingi
creer que yo le haba robado aquel dinero. Por de contado, se apoder
del caudal, y tratndome de bribonzuelo, ladroncillo y malvado, mand
al mozo de la caballeriza, enteramente dedicado a complacerla, que
me sacudiese una buena zurra de azotes, y despus de haberme hecho
desollar de esta manera me ech a la calle, dicindome que no quera
aguantar pcaros en su casa. En vano aseguraba yo y clamaba que nada
le haba hurtado; la mesonera deca lo contrario y todos le daban ms
crdito a ella que a m, y de esta manera las monedas del hermano
Crisstomo pasaron de manos de un ladrn a las de una ladrona.

Llor la prdida de mi dinero como se llora la muerte de un hijo
nico; pero si mis lgrimas no fueron bastantes para hacerme recobrar
lo que haba perdido, por lo menos fueron causa para mover a compasin
a algunas personas que me las vean verter, y entre otras al cura de
Glvez, que casualmente pas junto a m. Mostrse lastimado del triste
estado en que me vea y me llev consigo a su casa. En ella, a fin
de sonsacarme, us del medio de manifestarse muy compadecido de m.
Cunta lstima--dijo--me causa este pobre muchacho! Qu maravilla es
que en sus pocos aos, en su ninguna experiencia y falta de reflexin
haya cometido una accin ruin? Apenas se encontrar un hombre que no
haya hecho alguna en el discurso de su vida. En seguida, dirigindome
la palabra, Hijo mo--aadi--, de qu lugar de Espaa eres y quines
son tus padres? Porque tienes trazas de ser hijo de gente honrada.
Hblame en confianza y cuenta con que no te desamparar.

El cura, con estas halageas y caritativas palabras, me fu
insensiblemente empeando en que le descubriese todos mis pasos, y
lo hice con mucha ingenuidad, sin reservarle nada, despus de lo
cual me dijo: Amigo mo, aunque es cierto que no est bien en los
ermitaos el atesorar, eso no disminuye tu culpa. En robar al hermano
Crisstomo siempre has quebrantado el mandamiento que prohibe hurtar;
pero yo me encargo de obligar a la mesonera a que devuelva el dinero
y hacrselo entregar al hermano Crisstomo, y as, por esta parte
puedes desde ahora aquietar tu conciencia. Juro a ustedes que esto
era lo que menos cuidado me daba; pero el cura, que tena sus fines,
no par aqu. Hijo mo--prosigui--, quiero empearme a favor tuyo y
buscarte una nueva conveniencia. Maana mismo pienso enviarte a Toledo
con un arriero y te dar una carta para un sobrino mo, cannigo de
aquella catedral, que no rehusar admitirte por mi recomendacin en el
nmero de sus criados, los cuales todos lo pasan en su casa como unos
beneficiados que se regalan a costa de la prebenda, y puedo asegurarte
con certidumbre que all lo pasars perfectamente.

Consolme tanto esta seguridad, que luego olvid el talego y los
azotes que me haban dado y ya no pens ms que en el placer de vivir
como un beneficiado. Al da siguiente, mientras estaba yo almorzando,
lleg a casa del cura un arriero con dos mulas. Subironme en la
una, y montando mi conductor la otra tomamos el camino de Toledo. Mi
compaero de viaje gastaba buen humor y le gustaba divertirse a costa
del prjimo. Querido Escipin--me dijo--, en verdad que tienes un
buen amigo en el seor cura de Glvez; no poda darte mayor prueba de
lo mucho que te quiere que el acomodarte con su sobrino el cannigo, a
quien tengo el honor de conocer, y es sin duda la perla de su Cabildo.
No es, ciertamente, uno de aquellos devotos cuyo semblante macilento
y extenuado est predicando mortificacin y abstinencia: es gordo,
colorado, siempre alegre y festivo; un hombre, en fin, que se divierte
en todo lo que se presenta y que gusta mucho de tratarse bien. Estars
en su casa a pedir de boca.

Conociendo el socarrn del arriero el placer con que le escuchaba,
continu el elogio del cannigo, ponderndome lo mucho que yo
celebrara mi fortuna cuando me viese ya criado suyo. No ces de hablar
hasta que llegamos al lugar de Covisa, donde nos apeamos para echar un
pienso a las mulas. En tanto que l andaba de aqu para all por el
mesn, se le cay casualmente del bolsillo un papel que yo pude coger
sin que l lo advirtiese y que hall medio de leer mientras l estaba
en la cuadra. Era una carta dirigida a los capellanes del hospicio de
los hurfanos, concebida en estos trminos:

Muy seores mos: Me creo obligado en caridad a enviar a su poder un
bribonzuelo que se escap de ese hospicio. Parceme un muchacho muy
despabilado, y por lo mismo muy digno de que ustedes se sirvan tenerle
encerrado. No dudo que a fuerza de corregirle podrn ustedes hacer de
l un mozo de provecho. Queda rogando a Dios conserve a ustedes en tan
piadoso como caritativo ministerio,--_El cura de Glvez_.

Luego que acab de leer esta carta, que me manifestaba la buena
intencin del seor cura, no dud un punto sobre el partido que haba
de tomar. Salir inmediatamente del mesn y ponerme en las orillas
del Tajo, distante ms de una legua de aquel lugar, todo fu obra de
un momento. El miedo me prest alas para huir de los capellanes del
hospicio de los hurfanos, al que de ningn modo quera volver; tanto
me haba disgustado su modo de ensear la Gramtica. Entr en Toledo
tan alegre como si supiera adnde haba de ir a comer y beber. Es
verdad que aqulla es una ciudad de bendicin, en la cual un hombre de
talento reducido a vivir a costa ajena no puede morirse de hambre, pues
no bien haba entrado en la plaza cuando un caballero bien vestido, a
cuyo lado pasaba, agarrndome por el brazo me dijo: Chiquito, quieres
servirme? Porque me alegrara tener un criado como t. Y yo un amo
como vuesa merced, le respond prontamente. Siendo eso as--me
replic--, desde ahora mismo date por recibido. Sgueme. Y yo lo hice
sin rplica.

Este caballero, que poda tener como unos treinta aos y se llamaba
don Abel, estaba hospedado en una posada de caballeros, donde ocupaba
un cuarto decentemente alhajado. Era un jugador de profesin, y vean
ustedes la vida que hacamos: por la maana le picaba yo tabaco para
fumar cinco o seis cigarros, le limpiaba la ropa, iba a llamar al
barbero para que le viniese a afeitar y componerle los bigotes, y hecho
esto, se marchaba a las casas de juego, de donde no volva hasta las
once o doce de la noche; pero todas las maanas antes de salir sacaba
tres reales del bolsillo y me los daba para que comiese, dejndome
libertad para que hiciera lo que se me antojase hasta las diez de la
noche, con tal de que me hallara en casa cuando volviera. Estaba l
muy contento conmigo y di orden para que se me hiciese una librea
muy galana, con la cual pareca propiamente un mensajero de damas de
galanteo. Tambin yo estaba muy alegre con mi oficio, y en verdad no
poda hallar otro que ms se adaptase a mi genio.

Haca ya casi un mes que pasaba tan buena vida cuando el amo me
pregunt un da si estaba contento con l, y habindole contestado
que no poda estarlo ms, Pues bien--me replic--, maana saldremos
para Sevilla, adonde me llaman mis negocios. No te pesar el ver
aquella capital de Andaluca, pues ya habrs odo muchas veces decir
que _quien no ha visto a Sevilla no ha visto maravilla_. Que me
place!--respond yo--. Estoy pronto a seguir a usted a cualquiera parte
del mundo. En el mismo da el ordinario de Sevilla vino a la posada de
caballeros a tomar un gran bal donde estaba la ropa de mi amo, y al
siguiente tomamos el camino de Andaluca.

Era el seor don Abel tan afortunado en el juego, que solamente perda
cuando le acomodaba, lo que le obligaba a mudar con frecuencia de
lugar, por estar expuesto al resentimiento y venganza de los mentecatos
que se dejaban engaar, y ste fu el motivo de nuestro viaje. Llegados
a Sevilla, nos alojamos en una posada de caballeros cerca de la puerta
de Crdoba, donde comenzamos a vivir como en Toledo. Pero mi amo hall
diferencia entre las dos ciudades. En las casas de juego de Sevilla
encontr jugadores tan afortunados como l, de suerte que algunas veces
volva a casa de muy mal humor. Una maana que todava le duraba el
enojo de haber perdido cien doblones el da anterior, me pregunt por
qu no haba llevado la ropa sucia a la lavandera. Seor--le respond
yo--, porque enteramente se me olvid.

Al or esto se encendi en clera y me peg media docena de bofetadas
tan terribles que me hicieron ver ms luces que las que haba en el
templo de Salomn, dicindome al mismo tiempo: Toma, bribonzuelo,
esto es para que otra vez te acuerdes de cumplir con tu obligacin!
Quieres que cien veces te advierta yo lo que debes hacer? Por qu
no eres tan puntual para servir como para comer? No siendo un bestia,
como ciertamente no lo eres, bien podas tener presente lo que debes
hacer sin esperar a que yo te lo recordara. Dicho esto, se sali muy
enfadado del cuarto, dejndome sumamente sentido de las bofetadas que
me di por tan pequeo motivo.

Poco despus le sucedi no s qu lance en el juego que volvi a casa
muy acalorado. Escipin--me dijo--, he determinado irme a Italia
y debo embarcarme maana en un buque que se vuelve a Gnova. Tengo
mis motivos para hacer este viaje; discurro querrs venir conmigo y
aprovechar esta excelente ocasin de ver el pas ms delicioso del
mundo. Respond que vena en ello; pero en mi interior pensaba en
desaparecer al tiempo de ir a marchar. Andaba discurriendo el modo de
vengarme de las bofetadas y me pareci que ste era el ms ingenioso.
Satisfecho y ufano de que me hubiese ocurrido semejante idea, no
pude contenerme de confirsela a cierto valentn a quien encontr
casualmente en la calle. Haba yo contrado en Sevilla algunas malas
amistades y principalmente la de este guapo. Contle el lance de las
bofetadas y el motivo de ellas, y revelndole el designio en que estaba
de dejar a don Abel escapndome cuando se fuese a embarcar, le pregunt
qu le pareca esta determinacin.

El valentn, arqueando las cejas y retorcindose el bigote, y despus
afeando en tono grave la accin de mi amo, me dijo: Mocito, sers un
hombre sin honra toda tu vida si te contentas con la frvola venganza
que has meditado para volver por ella. No basta dejar a don Abel y no
pisar ms su casa; es menester darle un castigo proporcionado a tu
afrenta. Robmosle t y yo todo su equipaje y dinero, para repartirlo
despus entre los dos como buenos hermanos. No obstante mi natural
propensin a hurtar, no dej de estremecerme y causarme algn horror un
robo de tanta importancia. En medio de eso, el archiganza que me hizo
la propuesta tuvo arte para convencerme; y vean ustedes cul fu el
xito de nuestra empresa. El jaquetn, hombre robusto y rollizo, vino
a la posada el da siguiente a boca de noche. Mostrle el gran bal en
que mi amo haba encerrado sus ropas, y le pregunt si podra l solo
cargar con un mueble tan pesado. Tan pesado?--me dijo.--Sbete que
cuando se trata de llevar lo ajeno, cargara yo con el arca de No!
Diciendo esto, agarr el bal, echsele a cuestas como si fuera una
paja, y baj las escaleras con la mayor ligereza. Segule yo al mismo
paso, y ya estbamos los dos a la puerta de la calle, cuando hete aqu
a don Abel, que, por gran fortuna suya, lleg a tiempo tan oportuno.

Adnde vas con ese cofre?, me dijo muy enfadado. Fu tanta mi
turbacin, que no acert a responderle ni una sola palabra, y el
guapetn, viendo errado el golpe, ech el bal a tierra y se escap
para ahorrar contestaciones. Adnde vas, pues, con ese bal?, me
volvi a preguntar mi amo. Seor--le respond ms muerto que vivo--,
le haca llevar al buque donde su merced se ha de embarcar maana
para Italia. Pero por dnde sabas t--me replic--en qu buque me
haba de embarcar? Seor--repuse prontamente--, _quien lengua tiene,
a Roma va_: informarame en el puerto, y all me lo diran. Al or
esta respuesta, que se le hizo muy sospechosa, me mir con unos ojos
que pareca quererme tragar, y yo tem repitiese las bofetadas. Pero
dime--replic otra vez--: quin te mand que sacares el bal fuera
de la posada sin orden ma? Su merced mismo--le dije--. Ya no se
acuerda usted de la reprensin que me di hace pocos das? No me dijo
usted regandome que sin esperar sus rdenes hiciese por m mismo mi
obligacin para servirle? Pues en cumplimiento de este precepto iba
a llevar su cofre de usted a la embarcacin. Entonces el jugador,
conociendo que tena yo ms malicia de la que l haba credo, me
despidi de su casa, dicindome serenamente: Seor Escipin, a m
no me acomodan criados tan sutiles. Vaya usted, seor Escipin! El
Cielo le gue! No me gusta jugar con sujetos que tan pronto tienen una
carta de ms como de menos! Qutate de mi presencia--aadi mudando de
tono--, si no quieres que te haga cantar sin solfa!

No aguard a que me lo dijese dos veces; me alej al momento, lleno de
miedo de que me mandase quitar el vestido, que por fortuna me dej, y
ech a andar pensando adnde podra ir a alojarme con dos reales a que
se reduca todo mi caudal. Llegu a la puerta del palacio arzobispal
a tiempo que se estaba disponiendo la cena, y sala de la cocina un
olor tan grato, que se perciba una legua en contorno. Cspita!--dije
entre m--. Me contentara con cualquiera de estos platos que me
regalan el olfato, y aun slo con que me dejasen meter en alguno los
cuatro deditos y el pulgar! Pero qu, no podr discurrir un medio para
probar estos platos que no he hecho ms que oler? Por qu no? Esto
no me parece imposible. Entregado enteramente a este pensamiento,
me ocurri una feliz treta, que quise probar inmediatamente, y no me
sali mal. Entrme en el patio de palacio, y comenc a correr hacia las
cocinas gritando a ms no poder en aire y tono de asustado: _Socorro!
Socorro!_, como si me viniera siguiendo alguno para quitarme la vida.

A mis descompasadas voces acudi apresurado el maestro Diego,
cocinero del arzobispo, con tres o cuatro galopines de cocina; y no
viendo a nadie ms que a m, todos me preguntaron qu tena y por qu
gritaba de aquella manera. Seores--les respond fingiendo miedo--,
por amor de Dios favorzcanme ustedes y lbrenme de ese asesino que me
quiere matar! Adnde est ese asesino?--exclam Diego--. Porque t
ests solo, y tras de ti no viene ni siquiera un gato. Vamos, hijo
mo, sosigate! Sin duda que algn bufn se ha querido divertir en
asustarte y se ha retirado luego que te ha visto entrar en palacio,
porque, cuando menos, le hubiramos cortado las orejas. No, no--le
dije al cocinero--; no me sigui de chanza! Es un gran ladrn que
quera robarme, y estoy seguro de que me est esperando en la calle!
Si fuese as--replic el cocinero--, en verdad que tendr que
aguardarte largo tiempo, porque has de cenar y dormir aqu, y no te
dejaremos salir hasta maana.

No puedo ponderar el gusto que me causaron estas ltimas palabras, ni
lo admirado que me qued cuando, conducido por el maestro Diego a las
cocinas, se me present a la vista el aparato de la cena. Cont hasta
quince personas empleadas en ella; mas no pude contar la variedad de
exquisitos platos que se me ofrecieron a la vista. Entonces fu cuando
conoc por la primera vez lo que era sensualidad, recibiendo a nariz
llena el olor de tantas delicadsimas viandas que jams haba probado.
Tuve la honra de cenar y dormir con los galopines de cocina, todos los
cuales quedaron tan prendados de m, que cuando a la maana siguiente
fu a dar gracias al maestro Diego por el favor que me haba hecho
en recogerme con tanta generosidad la noche anterior, me dijo: Mis
mozos de cocina te han tomado tanto cario, que todos a una voz me han
asegurado se alegraran de tenerte por camarada. Dime ahora con toda
franqueza si gustaras ser su compaero. Yo le respond que si lograra
tal fortuna me tendra por el hombre ms feliz del mundo. Siendo eso
as, amigo mo--me dijo--, desde este mismo punto te puedes contar por
criado de la casa arzobispal. Y diciendo esto, me llev al cuarto
del mayordomo, el cual, observando mi despejo, me juzg digno de ser
admitido entre los marmitones.

Al instante que tom posesin de tan decoroso empleo, el maestro
Diego, que segua la antigua costumbre de los cocineros de las casas
grandes, conviene a saber, de enviar todos los das varios platos a
sus queriditas, me eligi para enviar a cierta dama de la vecindad ya
trozos de ternera y ya aves y cacera. Era la buena seora una viuda
de treinta aos a lo ms, muy linda y vivaracha, y que tena todas
las trazas de no ser del todo fiel a su generoso cocinero. Este, no
contento con proveerla de pan, carne, tocino y aceite, la abasteca
tambin de vino; y todo esto, ya se entiende, a costa del seor
arzobispo.

En el palacio de su ilustrsima acab de perfeccionarme en mis
maas, pegando un chasco de que todava hay y habr por largo tiempo
en Sevilla gran memoria. Los pajes y otros familiares pensaron en
representar una comedia para celebrar los das del amo. Escogieron la
de _Los Benavides_; y como era menester un muchacho de mi edad que
hiciese el papel de rey nio de Len, echaron mano de m. El mayordomo,
que se preciaba de saber representar, tom de su cuenta el ensayarme; y
con efecto, me di algunas lecciones, asegurando a todos que no sera
yo el que me portase peor. Como la funcin la costeaba el arzobispo,
no se perdon gasto alguno para que fuese lucida. Armse en un saln
un soberbio teatro adornado con el mejor gusto, en uno de cuyos lados
se dispuso un lecho de csped, donde deba yo fingirme dormido cuando
viniesen los moros a asaltarme para llevarme prisionero. Luego que
todos los actores estuvieron ensayados, el arzobispo seal da para la
funcin, convidando a todas las damas y principales caballeros de la
ciudad.

Llegada la hora de la comedia, cada actor se visti del traje que
le corresponda. Por lo que toca al mo, el sastre me lo present
acompaado del mayordomo, que, habiendo tenido el trabajo de ensayarme,
quiso tener tambin la paciencia de verme vestir. Trjome el sastre
un ropaje talar de rico terciopelo azul, todo guarnecido de galones
y botones de oro y con mangas largas adornadas con flecos del mismo
metal. El propio mayordomo me puso en la cabeza por su mano una
corona de cartn dorado, sembrada de muchas perlas finas, mezcladas
con algunos diamantes falsos. Pusironme una faja de seda de color
de rosa, recamada toda de flores de plata y cuyos remates eran dos
graciosas borlas de hilo de oro. A cada cosa de stas que me ponan
se me figuraba que me estaban dando alas para volar y escaparme.
Comenz, en fin, la comedia al anochecer. Yo abr la escena con una
relacin, la cual conclua diciendo que, no pudiendo resistir a las
dulzuras del sueo, iba a entregarme a l. Con efecto, me met entre
bastidores y me recost en el lecho de csped que me estaba preparado;
pero en lugar de dormir me puse slo a pensar de qu modo podra salir
a la calle y escaparme con mis vestiduras reales. Una escalerilla
oculta, por la cual se bajaba desde el teatro al saln, me pareci a
propsito para la ejecucin de mi designio. Levantme de la cama con
mucho tiento, y, viendo que nadie me observaba, me escurr por dicha
escalerilla al saln, a cuya puerta pude llegar diciendo: _A un lado!
A un lado, que voy a mudar de traje!_ Todos se pusieron en fila para
dejarme pasar, de manera que en menos de dos minutos sal libremente
del palacio a favor de la obscuridad y me fu a casa de mi amigo el
valentn.

Quedse parado de verme en aquel traje. Contle el caso, que le hizo
rer hasta ms no poder. Abrazme con tanto ms regocijo cuanto se
lisonjeaba de tener parte en los despojos del rey de Len; me felicit
por haber dado un golpe tan diestro, y me dijo que si los progresos
correspondan a los principios, hara yo con el tiempo gran ruido
en el mundo por mi talento. Despus que nos alegramos y divertimos
largamente los dos celebrando mi grande hazaa, pregunt yo a mi
jaquetn: Y qu hemos de hacer ahora de estos ricos vestidos? Eso
no te d cuidado--me respondi--; conozco a un prendero muy hombre de
bien, el cual compra toda la ropa que le lleven a vender sin andar con
preguntas, una vez que le tenga cuenta el comprarla. Maana le buscar
y le traer aqu.

En efecto; al da siguiente muy de maana se levant, dejndome en
la cama, y dos horas despus volvi con el prendero, el cual traa un
lo cubierto con tela amarilla. Amigo--me dijo--, aqu te presento
al seor Ibez de Segovia, hombre de la mayor integridad, a pesar
del mal ejemplo que le dan los de su oficio. El te dir en conciencia
lo que vale el vestido de que te quieres deshacer, y puedes fiarte
ciegamente en lo que te dijere. En cuanto a eso--dijo el prendero--,
me tendra por el hombre ms ruin y miserable del mundo si tasara una
cosa en menos de lo que vale. Hasta ahora, gracias a Dios, ninguno ha
tachado de esto a Ibez de Segovia. Veamos--aadi--esa ropa que usted
quiere vender, y le dir en conciencia lo que vale. Aqu est--dijo
el valentn ponindosela delante--. No me negar usted que nada hay ms
magnfico: observe usted la hermosura de este terciopelo de Gnova y lo
exquisito de su guarnicin. Verdaderamente que me encanta--respondi
el prendero despus de haber examinado el vestido con la mayor
atencin--; es de lo que no he visto en mi vida. Y qu juicio hace
usted--le pregunt mi amigo--de las perlas que adornan esta corona?
Si fueran redondas--respondi Ibez--no tendran precio; pero tales
cuales son me parecen bellsimas y me gustan tanto como lo dems. Ni
puedo menos de decir lo que siento; otro prendero estafador, en mi
lugar aparentara despreciar la mercanca para adquirir a bajo precio
y no se avergonzara de ofrecer por ella veinte doblones; pero yo, que
tengo conciencia, ofrezco cuarenta.

Aun cuando Ibez hubiera ofrecido ciento no hubiera sido un
apreciador muy justificado, pues que solamente las perlas valan ms de
doscientos; pero el valentn, que se entenda con l, me dijo: Mira
la fortuna que has tenido de tropezar con un hombre tan timorato! El
seor Ibez aprecia las cosas como si estuviera en el artculo de
la muerte. As es--respondi el prendero--, y por eso no hay que
andar regateando conmigo ni por un solo maraved; en cuyo supuesto,
ste me parece ya negocio concludo. Voy a dar el dinero. Espere
usted!--replic el valentn--. Antes de eso es menester que mi amiguito
se pruebe el vestido que le dije a usted trajese para l, y mucho
me engaar si no le viene pintado. Desenvolvi entonces el lo el
prendero, y me present una ropilla y unos calzones de buen pao musgo
con botones de plata, todo medio usado. Me levant para probarme el
vestido, y aunque me vena muy ancho y muy largo, les pareci a los
dos compinches haberse hecho a propsito para m. Ibez lo tas en
diez doblones; y como nada se haba de replicar a lo que deca, me
fu preciso pasar por ello; de manera que sac treinta doblones del
bolsillo, los dej sobre una mesa, hizo un envoltorio de mis vestiduras
reales y de mi corona, y se lo llev.

Luego que se march me dijo el valentn: Estoy muy satisfecho de
este prendero. Tena razn para estarlo, porque puedo asegurar que
le sac por lo menos cien doblones de beneficio. Sin embargo, no se
content con esto; tom sin ceremonia la mitad del dinero que haba
sobre la mesa y me dej lo restante, dicindome: Mi querido Escipin,
te aconsejo que con esos quince doblones que te quedan salgas al
momento de esta ciudad, en donde puedes considerar las diligencias que
se harn para buscarte de orden del seor arzobispo. Tendra yo el
mayor sentimiento si, despus de la heroica accin que has hecho para
inmortalizar tu nombre, te expusieras neciamente a ser encerrado en una
prisin. Respondle que ya estaba resuelto a alejarme cuanto antes de
Sevilla; y con efecto, habiendo comprado un sombrero y algunas camisas,
sal de la ciudad, y caminando por la espaciosa y amena campia que
entre vias y olivares conduce a la antigua ciudad de Carmona, en tres
das llegu a Crdoba.

Alojme en un mesn a la entrada de la plaza Mayor, donde viven los
mercaderes. Vendme por un hijo de familia natural de Toledo, que
viajaba nicamente por mi gusto. Mi traje era bastante decente para
hacerlo creer, y algunos doblones que de propsito saqu delante del
posadero le acabaron de persuadir, si ya en vista de mis pocos aos
no me tuvo por algn muchacho travieso que se haba escapado de casa
de sus padres despus de haberles robado. Como quiera que fuese, l
no se mostr muy deseoso de saber ms de lo que yo le deca, quiz
por temor de que su curiosidad no me obligase a mudar de posada. Por
seis reales diarios se daba buen trato en esta casa, donde comnmente
haba gran concurrencia de gentes. Cont por la noche a la cena hasta
doce personas a la mesa, y lo mejor que haba era que todos coman
sin hablar palabra, excepto uno que, hablando sin cesar a diestro
y siniestro, compensaba bien con su charlatanera el silencio de
los dems. Precibase de agudo y de gracioso, contando cuentos y
embanastando chistes para divertirnos, los que alguna vez nos hacan
rer a carcajadas, menos, en verdad, por celebrar sus ocurrencias que
por burlarnos de ellas.

Yo por m haca tan poco caso de todo lo que charlaba aquel
estrafalario, que me hubiera levantado de la mesa sin poder dar razn
de nada de cuanto haba hablado, a no haberse metido l mismo en una
conversacin que me importaba. Seores--exclam al fin de la cena--,
les reservo a ustedes para postres un gracioso chasco que los das
pasados di un pcaro de muchacho en el palacio del arzobispo de
Sevilla. Contmelo cierto bachiller amigo mo que se hall presente.
Sobresaltronme un poco estas palabras, no dudando que el lance que iba
a contar era el mo; y, con efecto, no me enga. Refiri el tal sujeto
el pasaje con toda exactitud, y aun me hizo saber lo que yo ignoraba;
es decir, lo ocurrido en el saln despus de mi fuga, que fu lo que
voy a referir a ustedes.

Apenas me escap, cuando los moros que, segn orden de la comedia que
se representaba, deban apoderarse de m aparecieron en la escena con
el designio de venir a sorprenderme en la cama de csped en que me
crean dormido; pero cuando quisieron echarse sobre el rey de Len, se
quedaron sumamente atnitos de no encontrar ni rey ni roque. Par la
comedia, agitronse todos los actores; unos me llaman, otros me buscan,
ste grita, y aqul me da a todos los diablos. El arzobispo, que oy la
bulla y confusin que haba detrs del teatro, pregunt la causa. A la
voz del prelado, un paje, que haca de gracioso en la comedia, sali y
dijo: No tema ya su ilustrsima que los moros hagan prisionero al rey
de Len, porque acaba de ponerse en salvo con sus vestiduras reales.
Bendito sea Dios!--exclam el arzobispo--. Ha hecho muy bien en
huir de los enemigos de nuestra religin, librndose de las cadenas
que le preparaban! Sin duda se habr vuelto a Len, capital de su
reino, y deseo que haya llegado con toda felicidad. Por lo dems, mando
seriamente que ninguno vaya en su seguimiento; sentira mucho que su
majestad tuviese que padecer la menor desazn por parte ma. Luego que
dijo esto di orden de que se leyese en alta voz mi papel y se acabase
la comedia.


                              CAPITULO XI

                   Prosigue la historia de Escipin.


Mientras me dur el dinero el posadero us de grandes atenciones
conmigo; pero luego que advirti que se me haba acabado comenz
a tratarme con desagrado, buscando camorra a cada paso, y una
maana me dijo que le hiciera el favor de salir de su casa. Dejla
desdeosamente, y me entr a or misa en la iglesia de los padres
dominicos. Mientras la estaba oyendo se acerc a m un anciano pobre
y me pidi limosna; saqu del bolsillo dos o tres maravedises, que le
di diciendo: Amigo mo, ruegue usted a Dios que me proporcione pronto
una buena conveniencia. Si fuere oda su oracin, no se arrepentir de
haberla hecho, y cuente con mi agradecimiento.

A estas palabras me mir el pobre con mucha atencin, y con seriedad
me dijo: Qu clase de conveniencia desea usted? Quisiera--le
respond--acomodarme de lacayo en cualquiera casa en donde lo pasase
bien. Me pregunt si me urga. No puede urgir ms--le contest--,
porque si no logro cuanto antes la dicha de colocarme, no hay medio: o
habr de morir de hambre, o tendr que ser uno de vuestros compaeros.
Si llegara ese caso--repuso l--, se le hara a usted muy cuesta
arriba no estando acostumbrado a nuestra vida; pero a poco que se
hiciese a ella, preferira nuestro estado al de servir, que es sin
disputa inferior a la mendicidad. Sin embargo, ya que usted quiere
ms servir que pasar como yo una vida holgada e independiente, dentro
de poco tendr usted amo. Aqu donde usted me ve, puedo serle til;
hllese aqu maana a esta misma hora.

Tuve buen cuidado de no faltar; volv al da siguiente al mismo sitio,
en donde no tard mucho en presentarse el mendigo, que, acercndose
a m, me dijo que tuviera la bondad de seguirle. Hcelo as, y me
llev a un stano no distante de la misma iglesia y en el cual tena
su albergue. Entramos ambos en l, y habindonos sentado en un banco
largo que por lo menos habra servido cien aos, el pobre me habl de
esta manera: Una buena accin, como dice el refrn, halla siempre
su recompensa. Ayer me di usted limosna, y esto me ha determinado
a proporcionarle una buena colocacin, la que, si Dios quiere, se
conseguir muy presto. Conozco a un dominico anciano llamado el padre
Alejo, que es un santo religioso y un excelente director espiritual;
tengo el honor de ser su demandadero, y desempeo este empleo con tanta
discrecin y fidelidad, que nunca se niega a emplear su valimiento
en mi favor y en el de mis amigos. Yo le habl de usted, y le dej
muy inclinado a servirle. Le presentar a su reverencia cuando usted
quiera. No hay que perder momento!--dije al viejo mendigo--. Vamos
ahora mismo a ver ese buen religioso! Vino en ello el pobre, y al
momento me condujo a la celda del padre Alejo, a quien encontramos
escribiendo cartas espirituales. Suspendi su trabajo para hablarme,
y me dijo que a ruegos del mendigo se interesaba por m. Habiendo
sabido--continu--que el seor Baltasar Velzquez necesita de un criado
le he escrito esta maana en tu favor, y acaba de responderme que te
recibir ciegamente yendo con mi recomendacin. Puedes ir hoy mismo a
verle de mi parte, porque es mi penitente y mi amigo. Sobre esto el
religioso me estuvo exhortando por espacio de tres cuartos de hora a
que cumpliese bien con mis deberes, y se extendi particularmente sobre
la obligacin que yo tena de servir con esmero al seor Velzquez; y
concluy asegurndome que l cuidara de mantenerme en mi acomodo, con
tal que mi amo no tuviese queja de m.

Despus de haber dado gracias por su favor al religioso, sal del
convento con el pordiosero, quien me dijo que el seor Baltasar
Velzquez era un mercader de paos, anciano, rico, cndido y bondadoso;
y no dudo--aadi--que lo pasar usted perfectamente en su casa. Me
inform del sitio donde viva, y al momento pas all despus de haber
prometido al mendigo mostrarme agradecido a sus buenos servicios tan
pronto como estuviese bien arraigado en mi acomodo. Entr en una gran
tienda, en donde dos mancebos decentemente puestos que se paseaban de
un lado a otro con modales afectados esperaban compradores. Preguntles
si el amo estaba en casa, y les dije que tena que hablarle de parte
del padre Alejo. Al or este nombre venerable me hicieron entrar en la
trastienda, donde estaba el mercader hojeando un gran libro de asiento
que tena sobre el escritorio. Saludle respetuosamente, y habindome
acercado a l, Seor--le dije--, yo soy el mozo que el reverendo padre
Alejo le ha propuesto para criado. Ah, hijo mo--me respondi--;
seas muy bien venido! Basta que te enve ese santo hombre; te recibo a
mi servicio con preferencia a tres o cuatro criados por quienes me han
hablado. Es negocio concludo, y desde hoy te corre el salario.

No necesit estar mucho tiempo en casa del mercader para conocer que
era tal cual me le haban pintado, y aun me pareci tan sencillo que
no pude menos de pensar en lo mucho que me costara dejar de jugarle
alguna pieza. Haca cuatro aos que estaba viudo y tena dos hijos: un
varn que acababa de cumplir veinticinco aos y una hembra que entraba
en los quince. Esta, educada por una duea severa y dirigida por el
padre Alejo, caminaba por la senda de la virtud; pero Gaspar Velzquez,
su hermano, aunque nada se haba omitido para hacerle hombre de bien,
tena todos los vicios de un mozo licencioso. A veces pasaba dos o
tres das fuera de casa, y si cuando volva le daba el padre alguna
reprensin, Gaspar le mandaba callar levantando la voz ms que l.

Escipin--me dijo un da el viejo--, tengo un hijo que me da
mucho que sentir. Est envuelto en todo gnero de desrdenes, lo
que verdaderamente extrao, porque su educacin de ningn modo fu
descuidada; le he tenido buenos maestros y mi amigo el padre Alejo
ha hecho cuanto ha podido para atraerle al camino de la virtud, sin
haberlo podido conseguir; Gaspar se ha enfangado en el libertinaje.
Acaso me dirs que le he tratado con demasiada indulgencia en la
pubertad y que eso le habr perdido. Pero no es as: le he castigado
siempre que me pareci necesario el rigor, porque, aunque soy tan
bonazo, tengo entereza en las ocasiones que la piden, y aun le hice
encerrar en una casa de correccin, de donde sali peor que entr en
ella. En una palabra, es de aquellos mozos perdidos a quienes no pueden
corregir el buen ejemplo, las represiones ni los castigos; slo Dios
puede hacer este milagro.

Si no me caus lstima la afliccin de aquel desgraciado padre, a lo
menos aparent que la tena. Cunto me compadezco, seor!--le dije--.
Un hombre tan honrado como usted mereca tener mejor hijo. Qu le
hemos de hacer, hijo mo?--me respondi--. Dios ha querido privarme de
este consuelo! Entre los pesares que me da Gaspar--continu--, te dir
en confianza uno que me causa mucho desasosiego, y es la inclinacin
a robarme, que con demasiada frecuencia halla medios de satisfacer,
a pesar de mi vigilancia. El criado antecesor tuyo estaba de
inteligencia con l y por eso le desped; pero de ti espero que no te
dejars seducir de mi hijo y que mirars con celo y fidelidad por mis
intereses, como sin duda te lo habr encargado mucho el padre Alejo.
As es, seor--le repliqu--; durante una hora su reverencia no hizo
otra cosa que exhortarme a no tener puesta la mira sino en el bien
de su merced; pero puedo asegurar que para esto no necesitaba de su
exhortacin, porque me siento dispuesto a servir a su merced fielmente,
y por ltimo le prometo un celo a toda prueba.

Para sentenciar un pleito es necesario or a las dos partes. El mocito
Velzquez, elegante hasta dejarlo de sobra, juzgando por mi fisonoma
que yo no sera ms difcil de seducir que mi antecesor, me llam a
un paraje retirado y me habl en estos trminos: Escucha, amigo mo:
estoy persuadido de que mi padre te habr encargado que me espes;
pero te advierto que mires cmo lo haces, porque este oficio tiene sus
quiebras. Si llego a conocer que andas averiguando mis acciones, te he
de matar a palos; pero si quieres ayudarme a engaar a mi padre, puedes
esperarlo todo de mi agradecimiento. Quieres que te hable ms claro?
Tendrs tu parte en las redadas que echemos juntos. Escoge, y en este
mismo momento declrate por el padre o por el hijo, porque no admito
neutralidad.

Seor--le respond--, mucho me estrecha usted y veo bien que no podr
menos de declararme en su favor, aunque en la realidad me repugna ser
traidor al seor Velzquez. Djate de esos escrpulos!--replic
Gaspar--. Mi padre es un viejo avaro que quisiera traerme todava con
andadores; un miserable que me niega lo que necesito, rehusndose a
contribuir a mis placeres, siendo stos de pura necesidad en la edad de
veinticinco aos; este es el verdadero aspecto bajo el cual debes mirar
a mi padre. Basta, seor!--le dije--. No es posible resistir a un
motivo tan justo de queja. Me ofrezco a ayudar a usted en sus loables
empresas, pero ocultemos ambos bien nuestra inteligencia, para que no
se vea en la calle vuestro fiel aliado. Creo que lo acertar usted si
aparenta aborrecerme; hbleme con aspereza en presencia de los dems,
sin escasear las malas palabras. Tampoco har dao tal cual bofetn y
algn puntapi en las asentaderas; antes bien, cuanta ms aversin me
mostrare usted, tanta mayor confianza har de m el seor Baltasar.
Por mi parte, fingir huir de la conversacin de usted; en la mesa le
servir mostrando que lo hago a ms no poder, y cuando hable de usted
con los mancebos de la tienda no lleve a mal que diga de su persona
cuanto malo me viniere a la boca.

Vive diez--exclam el mozo Velzquez al or estas ltimas
palabras--que estoy admirado de ti, amigo mo! En la edad que tienes,
muestras un ingenio singular para todo lo que sea enredo. Desde luego
me prometo de l los ms felices resultados y espero que con el
auxilio de tu talento no he de dejar ni un solo dobln a mi padre.
Usted me honra demasiado--le dije--confiando tanto en mi industria;
har cuanto pueda para no desmentir el concepto que ha formado de m, y
si no puedo conseguirlo a lo menos no ser culpa ma.

Tard poco en hacer ver a Gaspar que yo era efectivamente el hombre
que necesitaba, y he aqu cul fu el primer servicio que le hice: el
arca del dinero de Baltasar estaba en la alcoba donde dorma este buen
hombre, al lado de su cama, y le serva de reclinatorio. Siempre que yo
la vea me alegraba la vista y en mi interior le deca muchas veces:
Mi amada arca! Estars siempre cerrada para m? No tendr nunca el
placer de contemplar el tesoro que encierras? Como yo iba cuando me
daba la gana a la alcoba, cuya entrada slo a Gaspar estaba prohibida,
entr un da a tiempo que su padre, creyendo que nadie le vea,
despus de haber abierto y vuelto a cerrar el arca, escondi la llave
detrs de un tapiz. Not cuidadosamente el sitio y di parte de este
descubrimiento al amo mozo, que me dijo abrazndome de alegra: Ah mi
querido Escipin! Qu es lo que acabas de decirme? Nuestra fortuna es
hecha, hijo mo! Hoy mismo te dar cera, estampars en ella la llave y
me devolvers la cera prontamente. Poco trabajo me costar hallar un
cerrajero servicial en Crdoba, que no es la ciudad de Espaa en donde
hay menos bribones.

Pero a qu fin--dije a Gaspar--quiere usted mandar hacer una llave
falsa, cuando podemos servirnos de la verdadera? Es cierto--me
respondi--; pero temo que mi padre, por desconfianza o por otro
motivo, la quiera esconder en otra parte, y lo ms seguro es tener una
que sea nuestra. Cre fundado su recelo, y aprobando su pensamiento
me dispuse a estampar la llave en la cera, lo que ejecut una maana
mientras que mi viejo amo haca una visita al padre Alejo, con quien
tena frecuentemente largas conversaciones. No contento con esto, me
serv de la llave para abrir el arca, que, estando llena de talegos
grandes y pequeos, me puso en una perplejidad agradable, porque no
saba cul escoger, sintindome ciegamente enamorado de los unos y de
los otros. Sin embargo, como el miedo de ser sorprendido no me permita
hacer un detenido examen, ech mano a Dios y a ventura de uno de los
mayores. En seguida, habiendo cerrado el arca y vuelto a poner la llave
detrs del tapiz, sal de la alcoba con mi presa, que fu a esconder
debajo de mi cama en una pieza pequea donde yo dorma.

Despus de concluda esta operacin con tanta felicidad, me fu a
buscar al joven Velzquez, que me estaba esperando en una casa vecina,
para donde me haba dado cita, y le llen de gozo contndole lo que
acababa de ejecutar. Qued tan satisfecho de m, que me hizo mil
caricias y me ofreci generosamente la mitad del dinero que haba en
el talego, que yo no quise aceptar. Seor--le dije--, este primer
talego es para usted solo; srvase usted de l para sus necesidades.
Presto volver a hacer una visita al arca, en donde, gracias a Dios,
hay dinero para entrambos. Efectivamente, tres das despus saqu de
ella otro talego, que contena, como el primero, quinientos escudos, de
los cuales no quise admitir ms que la cuarta parte, por ms instancias
que me hizo Gaspar para obligarme a que los repartisemos entre los dos
como buenos hermanos.

Luego que el mozuelo se vi con tanto dinero, y por consiguiente en
estado de satisfacer la pasin que tena a las mujeres y al juego, se
entreg a ellas totalmente, y aun tuvo la desgracia de encapricharse
con una de aquellas famosas damas cortesanas que en poco tiempo devoran
y se tragan los caudales ms pinges. Ocasionle sta tan excesivos
gastos, y me puso en la necesidad de hacer tantas visitas al arca, que
al fin el viejo Velzquez ech de ver que le robaban. Escipin--me
dijo una maana--, tengo que hacerte una confianza: alguno me roba,
amigo mo. Han abierto mi arca del dinero y me han sacado de ella
muchos talegos. El hecho es constante; pero a quin debo atribuir
este robo? O por mejor decir, quin otro sino mi hijo puede haberle
hecho? Gaspar habr entrado furtivamente en mi alcoba, o acaso t
mismo le habrs introducido en ella, porque estoy tentado a creerte
su confederado, aunque parezcis mal avenidos los dos. Sin embargo,
no quiero abrigar esta sospecha, habiendo salido el padre Alejo por
responsable de tu fidelidad. Respond que, gracias al Cielo, no me
tentaba la hacienda ajena, y acompa esta mentira con una exterioridad
hipcrita que contribuy a sincerarme.

Con efecto, el viejo no volvi a hablarme sobre el asunto; pero no
dej de envolverme en su desconfianza, y tomando precauciones contra
nuestros atentados, mand poner al arca una cerradura nueva, cuya
llave traa desde entonces continuamente en la faltriquera. Habindose
interrumpido por este medio toda comunicacin entre nosotros y los
talegos, quedamos sin saber lo que nos pasaba, particularmente Gaspar,
que, no pudiendo ya gastar tanto con su ninfa, temi hallarse precisado
a no verla ms. En medio de esto, discurri un arbitrio ingenioso que
le proporcion mantener su correspondencia por algunos das ms, y fu
el de apropiarse, por va de emprstito, aquello que me haba tocado
a m de las sangras que yo haba hecho al arca. Entregule hasta el
ltimo maraved, lo que, a mi parecer, poda pasar por una restitucin
anticipada que yo haca al mercader anciano en la persona de su
heredero.

Luego que el desordenado mozo acab de consumir aquel recurso,
considerando que ya no le quedaba ningn otro, cay en una melancola
profunda y obscura que poco a poco trastorn su razn. No mirando ya
a su padre sino como a un hombre que causaba la desgracia de su vida,
di en una furiosa desesperacin, y, sin escuchar la voz de la sangre,
el miserable concibi el horroroso designio de envenenarle. Poco
satisfecho con haberme confiado este execrable proyecto, tuvo aliento
para proponerme le sirviese de instrumento a su venganza. Horroricme
al orle semejante propuesta, y le dije: Es posible, seor, que
estis tan dejado de la mano de Dios que hayis podido formar esa
abominable resolucin! Pues qu, tendrais valor para quitar la vida
al autor de la vuestra? Habrase de ver en Espaa, en el seno del
cristianismo, cometerse un crimen cuya sola idea horrorizara a las
ms brbaras naciones? No, mi querido amo--aad echndome a sus
pies--, no! Usted no har una accin que excitara contra s toda la
indignacin de la Tierra y que sera castigada con un infame suplicio!

Alegule todava a Gaspar otras razones para disuadirle de un
pensamiento tan culpable, y yo no s dnde pude encontrar raciocinios
tan honrados y discretos como emple para combatir su desesperacin;
lo cierto es que le habl como pudiera un doctor de Salamanca, a pesar
de ser tan joven e hijo de la Coscolina. No obstante, por ms que hice
para convencerle de que deba volver sobre s y desechar animosamente
las detestables ideas que se haban apoderado de su nimo, fu intil
toda mi elocuencia. Baj la cabeza, y, guardando un taciturno silencio,
me hizo comprender que no desistira a pesar de cuanto pudiera decirle.

En vista de esto, tomando mi determinacin dije al anciano que quera
hablarle en secreto, y habindome encerrado con l, Seor--le dije--,
permtame usted que me arroje a sus pies e implore su misericordia.
Dichas estas palabras, me postr delante de l lleno de agitacin
y con el rostro baado en lgrimas. Atnito el mercader de aquella
demostracin y de verme tan turbado, me pregunt qu haba hecho. Un
delito de que me arrepiento--le respond--y que llorar toda mi vida!
He tenido la flaqueza de dar odos a su hijo de usted y de ayudarle a
que le robase. Al mismo tiempo le hice una confesin sincera de todo
lo sucedido en este particular, despus de lo cual le di cuenta de la
conversacin que acababa de tener con Gaspar, cuyo designio le revel
sin omitir la menor circunstancia.

Por ms mal concepto que el anciano Velzquez tuviese de su hijo,
apenas poda dar crdito a mis palabras. Sin embargo, no dudando de
la verdad de mi narracin, Escipin--me dijo levantndome del suelo,
porque estaba todava arrodillado--, yo te perdono en gracia del
importante aviso que acabas de darme. Gaspar--continu alzando la
voz--, Gaspar quiere quitarme la vida! Ah, hijo ingrato, monstruo a
quien hubiera valido ms ahogar al tiempo de nacer que dejarle vivir
para ser un parricida! Qu motivo tienes para atentar contra mis das?
Todos los aos te doy una cantidad suficiente para tus diversiones, y
no ests contento! Conque ser necesario para contentarte permitirte
que disipes todos mis bienes? Habiendo hecho este doloroso apstrofe,
me encarg el secreto y me dijo que le dejase solo para pensar lo que
deba hacer en tan delicada coyuntura.

Yo estaba con la mayor inquietud por saber qu resolucin tomara
aquel desgraciado padre, cuando en el mismo da llam a Gaspar, y,
sin darle a entender lo que saba, le habl de este modo: Hijo mo,
he recibido una carta de Mrida, en que me dicen que si te quieres
casar se proporciona una seorita de quince aos, que, sobre ser muy
hermosa, llevar consigo un gran dote. Si no tienes repugnancia al
matrimonio, maana al romper la aurora partiremos los dos a Mrida,
veremos la persona que te proponen y si te gusta te casars con ella.
Cuando Gaspar oy hablar de un gran dote, y creyendo tenerlo ya en su
poder, respondi sin vacilar que estaba pronto a hacer el viaje, y, con
efecto, el da siguiente al amanecer marcharon solos y montados ambos
en buenas mulas.

Luego que llegaron a las montaas de Fesira y se vieron en un sitio
tan apetecido de los salteadores como temido de los pasajeros,
Baltasar ech pie a tierra, diciendo a su hijo que hiciese lo mismo.
Obedeci el mozo y pregunt para qu le haca apear en aquel paraje.
Voy a decrtelo--le respondi el anciano mirndole con unos ojos
en que estaban pintados la clera y el dolor--. No iremos a Mrida,
y la boda de que te he hablado es una mera invencin ma slo para
atraerte aqu. No ignoro, hijo ingrato y desnaturalizado, no ignoro
el atentado que proyectas; s que por disposicin tuya se tiene
preparado un veneno para drmelo. Pero dime, insensato, has podido
lisonjearte de quitarme de este modo impunemente la vida? Qu horror!
Tu crimen se descubrira bien pronto y moriras a manos del verdugo.
Hay--continu--otro medio ms seguro para que satisfagas tu furor sin
exponerte a una muerte ignominiosa. Aqu estamos los dos sin testigos y
en un sitio en que cada da se cometen asesinatos. Ya que tan sediento
ests de mi sangre, sepulta en mi pecho tu pual y se atribuir
esta muerte a los salteadores. A estas palabras, descubriendo
Baltasar el pecho y sealando el sitio del corazn a su hijo, Mira,
Gaspar--aadi--, dame aqu un golpe mortal, para castigarme de haber
engendrado a un malvado como t!

El joven Velzquez, herido como de un rayo con estas palabras, muy
lejos de intentar sincerarse, cay de repente sin sentido a los
pies de su padre. El buen anciano, vindole en aquel estado, que le
pareci un principio de arrepentimiento, no pudo menos de ceder a
la pasin paternal y acudi prontamente a socorrerle; pero Gaspar,
luego que volvi en s, no pudiendo sufrir la presencia de un padre
tan justamente irritado, hizo un esfuerzo para levantarse, volvi a
montar en su mula y se alej sin decir una palabra. Dejle ir Baltasar,
y, abandonndole a sus remordimientos, se restituy a Crdoba, en
donde seis meses despus supo que su hijo haba tomado el hbito en
la Cartuja de Sevilla, para pasar all el resto de su vida haciendo
penitencia.


                             CAPITULO XII

                    Fin de la historia de Escipin.


Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir buenos efectos. La
conducta que el joven Velzquez haba tenido me oblig a hacer serias
reflexiones sobre la ma. Comenc a combatir mi inclinacin a hurtar y
me propuse vivir como hombre honrado. El hbito que yo haba contrado
de apoderarme de cuanto dinero poda haber a las manos se haba
radicado en m con actos tan repetidos que no era fcil de vencer. Sin
embargo, esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso no es
menester mas que quererlo de veras. Emprend, pues, esta grande obra,
y el Cielo bendijo mis esfuerzos; dej de mirar con ojos codiciosos
el arca del mercader anciano, y aun creo que aunque hubiera estado
en mi mano sacar de ella algunos talegos no los hubiera tocado. Sin
embargo, confesar que hubiera sido gran imprudencia poner a prueba mi
integridad reciente, de lo cual se guard muy bien Velzquez.

Concurra frecuentemente a su casa un caballero joven de la Orden de
Alcntara, llamado Manrique de Medrano. Todos le estimbamos mucho,
porque era uno de nuestros parroquianos ms nobles, aunque no de los
ms ricos. Prendse tanto de m este caballero, que siempre que me
encontraba se detena a hablar conmigo, mostrando gusto en ello.
Escipin--me dijo un da--, si yo tuviera un criado de tan buen
humor, creera poseer un tesoro, y si no estuvieras con un sujeto a
quien estimo, nada omitira para atraerte a mi servicio. Seor--le
respond--, eso le costara muy poco a vuestra seora, porque tengo
inclinacin a las personas distinguidas. Este es mi flaco; sus modales
caballerosos me encantan. Siendo eso as--me replic don Manrique--,
quiero suplicar a mi amigo el seor Baltasar que permita te pases de
su servicio al mo, y creo que no me negar este favor. Concediselo
Velzquez inmediatamente, y con tanta mayor facilidad cuanto que se
persuada que la prdida de un criado bribn no era irreparable. Por mi
parte, me alegr de esta traslacin, no parecindome el criado de un
mercader sino un desarrapado en comparacin del criado de un caballero
de Alcntara.

Para hacer a ustedes un retrato fiel de mi nuevo amo, les dir que era
un mozo arrogante, que encantaba a todos por sus apacibles costumbres
y por su talento y que adems tena mucho valor y probidad. Slo le
faltaban bienes de fortuna; pero siendo el segundo de una casa ms
ilustre que rica, se vea obligado a vivir a expensas de una ta
anciana residente en Toledo, que, amndole como si fuera hijo suyo,
cuidaba de suministrarle cuanto dinero haba menester para mantenerse.
Vesta siempre con mucho aseo, y en todas partes era bien recibido.
Visitaba las principales seoras de la ciudad, y entre otras a la
marquesa de Almenara, que era una viuda de setenta y dos aos, cuyos
modales atractivos y agudeza de entendimiento atraan a su casa toda la
nobleza de Crdoba. Damas y caballeros gustaban de su conversacin, y
su casa se llamaba _la buena sociedad_.

Mi amo era uno de los que ms frecuentemente obsequiaban a esta
seora. Una noche que acababa de separarse de ella me pareci verle
en un desasosiego que no era natural. Seor--le dije--, parece que
vuestra seora est agitado. Podr este fiel criado saber la causa?
Le ha acontecido a vuestra seora alguna cosa extraordinaria?
Mi amo se sonri a esta pregunta y me confes que, con efecto, le
ocupaba la imaginacin una conversacin seria que acababa de tener
con la marquesa de Almenara. Me alegrara--le dije rindome--que
esa nia setentona hubiese hecho a vuestra seora una declaracin
de amor. Pues no lo tomes a chanza--me respondi--; has de saber,
amigo mo, que la marquesa me ama. Me ha dicho: Me compadece tanto
vuestra escasa fortuna cuanto aprecio vuestra distinguida nobleza; os
miro con particular inclinacin y he determinado daros mi mano para
proporcionaros un estado cmodo, no pudiendo decentemente enriqueceros
de otro modo. Preveo que este enlace dar mucho que rer de m al
pblico, que ser objeto de las murmuraciones y que todos me tendrn
por una vieja loca que quiere casarse. No me da cuidado; todo lo
despreciar por proporcionar a usted una suerte venturosa, y lo nico
que temo--me ha aadido--es que mostris repugnancia al cumplimiento
de mi deseo. Esto es lo que me ha dicho la marquesa--prosigui mi
amo--. Tenindola, como la tengo, por la seora ms juiciosa y prudente
de Crdoba, considera lo admirado que quedara yo de orla hablar
en aquellos trminos. Le he respondido que me maravillaba de que me
hiciese el honor de proponerme su mano una seora que siempre haba
persistido en la resolucin de subsistir viuda hasta la muerte. A esto
me ha replicado que, poseyendo tan considerables bienes, quera hacer
participante de ellos en vida a un hombre honrado a quien estimaba.
Sin duda--le repliqu entonces--que vuestra seora est ya resuelto a
saltar la valla. Puedes dudarlo?--me respondi mi amo--. La marquesa
es duea de inmensos bienes y tiene prendas eminentes; era preciso
estar loco para malograr un establecimiento tan ventajoso para m.

Alable mucho el pensamiento de aprovechar tan excelente ocasin de
adelantar su fortuna, y aun le persuad que acelerase los preparativos;
tanto era el miedo que yo tena de que se frustrase este enlace. Pero,
por fortuna, la marquesa estaba ms deseosa que yo de que se realizara,
y a este fin di rdenes tan eficaces, que en pocos das se dispuso
todo lo necesario para celebrar la boda. Apenas se esparci por Crdoba
la voz de que la marquesa vieja de Almenara se casaba con don Manrique
de Medrano, cuando comenzaron los bufones a divertirse muy a costa
de la buena viuda; pero por ms que agotaron todas sus bufonadas y
chocarreras, no afloj sta un punto en su resolucin. Dej hablar a
los ociosos y se fu muy sosegada a la iglesia con su don Manrique.
Celebrse la boda con tan gran fausto, que dieron nuevo motivo a la
murmuracin. La novia--se deca--debiera, a lo menos por pudor, haber
suprimido la pompa y el estrpito, como impropios en la boda de viudas
ancianas que se casan con mozos.

La marquesa, lejos de mostrarse avergonzada de ser a su edad esposa
de un joven como aqul, se entregaba sin reserva al gozo que con ello
experimentaba. Toda la nobleza cordobesa de uno y otro sexo estuvo
convidada a una esplndida cena y a un baile no menos suntuoso que
sigui despus, al fin del cual nuestros recin casados desaparecieron
para ir a una habitacin, donde, encerrndose con una criada mayor y
conmigo, la marquesa dirigi a mi amo estas palabras: Don Manrique,
ved aqu vuestro cuarto; el mo est al otro extremo de la casa; de
noche cada uno estar en el suyo y por el da viviremos juntos como
madre e hijo. Al principio se enga mi amo, creyendo que la seora
no le hablaba de aquella suerte sino para obligarle a que le hiciese
una dulce violencia, e imaginndose que por buena correspondencia
deba mostrarse apasionado, se acerc a ella y se ofreci con vivas
instancias a servirle de ayuda de cmara. Pero ella, muy lejos de
permitir que la desnudase, le desvi con semblante serio, dicindole:
Deteneos, don Manrique! Si me tenis por una de esas viejas verdes
que vuelven a casarse por fragilidad, estis equivocado; no me he
casado con vos sino para proporcionaros las ventajas que puedo por
nuestro contrato matrimonial. Este es un don gratuito de mi corazn y
no exijo de vuestro reconocimiento sino demostraciones de amistad.
Dicho esto, nos dej a mi amo y a m en nuestro cuarto, retirndose
ella al suyo con su criada y prohibiendo absolutamente al caballero que
le acompaase.

Despus que se retir permanecimos los dos un gran rato atnitos de
lo que acabbamos de or. Escipin--me dijo mi amo--, esperabas or
lo que me ha dicho la marquesa? Qu juicio haces de una seora como
sta? Juzgo, seor--le respond--, que es de lo que no hay. Qu
dicha tiene usted en poseerla! Esto se llama un beneficio simple sin
carga! Yo--replic don Manrique--no acabo de admirar el carcter de
una esposa tan apreciable y pretendo compensar con todas las atenciones
imaginables el sacrificio que ha hecho por m. Continuamos hablando de
la seora y despus nos retiramos a dormir, yo en una cama que haba
en un cuartito inmediato y mi amo en otra regalada y magnfica que le
haban puesto y en la cual creo que all en lo ntimo de su corazn no
le pes mucho dormir solo, quedando pagado de ello con un ligero susto.

El da siguiente comenzaron de nuevo los regocijos, en los que la
recin casada se mostr de tan buen humor que di nuevo pbulo a las
chanzonetas de los zumbones. Ella era la primera que se rea de lo
que decan, los excitaba a chancearse y aun les daba pie para que
aumentasen la chacota. El caballero por su parte no se mostraba menos
contento que su esposa, y al ver el aspecto carioso con que la miraba
y le hablaba, se hubiera dicho que estaba enamorado de la ancianidad.
Aquella noche tuvieron los dos esposos otra conversacin y quedaron de
acuerdo en que, sin incomodarse uno a otro, viviran del mismo modo que
lo haban hecho antes de su casamiento. Sin embargo, merece elogiarse
la conducta de don Manrique: hizo por consideracin a su mujer lo que
pocos maridos hubieran hecho en su lugar, que fu apartarse del trato
que tena con cierta seorita de la clase media, a quien amaba y de la
que era correspondido, no queriendo, deca, mantener una amistad que
pareca insultar la delicada conducta que su esposa observaba con l.

Mientras estaba dando unas pruebas tan visibles de agradecimiento a
esta seora anciana, ella se las pagaba con usura, aunque las ignorase.
Hzole dueo del arca de su dinero, que vala ms que la de Velzquez.
Como haba reformado su casa durante su viudez, la restituy al mismo
pie en que estaba en vida de su primer marido; aument el nmero de
criados, llen sus caballerizas de caballos y mulas; en una palabra,
por sus generosas bondades, el caballero ms pobre de la Orden de
Alcntara lleg a ser el ms opulento de ella. Acaso me preguntarn
ustedes qu saqu de todo esto: mi ama me regal cincuenta doblones
y mi amo ciento, hacindome adems su secretario con el sueldo de
cuatrocientos escudos; y aun hizo de m tanta confianza, que me nombr
su tesorero.

Su tesorero!, exclam, interrumpiendo a Escipin cuando lleg
a este paso y rindome a carcajadas. S, seor!--me replic con
semblante sereno y formal--. S, seor, su tesorero! Y aun me atrevo
a decir que desempe con honor aquel empleo. Es verdad que acaso
habr quedado debiendo alguna cosilla a la caja, porque como me
cobraba anticipadamente de mi salario y dej de repente el servicio
del caballero, no es imposible que haya resultado en la cuenta algn
alcance; de todos modos, es la ltima reconvencin que se me podr
hacer, supuesto que desde entonces ac he sido un hombre lleno de
rectitud y probidad.

Hallbame, pues--continu el hijo de la Coscolina--, de secretario y
tesorero de don Manrique, que viva tan satisfecho de m como yo lo
estaba de l, cuando recibi una carta de Toledo en que le noticiaban
que su ta doa Teodora Moscoso estaba a los ltimos de su vida. Le
fu tan dolorosa esta noticia, que al momento parti a dicha ciudad
para asistir a aquella seora, que haca muchos aos desempeaba con
l los oficios de madre. Acompale en aquel viaje con un ayuda de
cmara y un lacayo solamente, y montados todos cuatro en los mejores
caballos de la cuadra, llegamos en posta a Toledo, en donde encontramos
a doa Teodora en tal estado que nos di esperanzas de que no morira
de aquella enfermedad. Con efecto, no desminti el resultado nuestros
pronsticos, aunque contrarios al de un mdico ya viejo que la asista.

Mientras que la salud de nuestra buena ta se iba restableciendo
visiblemente, menos quiz por los remedios que le hacan tomar que
por la presencia de su querido sobrino, el seor tesorero empleaba
su tiempo lo ms alegremente que poda con ciertos jvenes cuyo
trato era muy a propsito para proporcionarle ocasiones de gastar su
dinero. Llevbanme algunas veces a los garitos, en donde me incitaban
a jugar con ellos, y como yo no era tan diestro jugador como mi amo
don Abel, perda muchas ms veces de las que ganaba. Insensiblemente
me iba aficionando al juego, y si me hubiera entregado del todo a
esta pasin sin duda me hubiera precisado a tomar de la caja algunas
mesadas anticipadas; pero, por fortuna, el amor salv la caja y mi
virtud. Pasando yo un da cerca de la iglesia de San Juan de los Reyes
vi asomada a una celosa, cuyas portezuelas estaban abiertas, a una
linda nia, que ms pareca deidad que criatura. Si encontrara otra voz
ms expresiva, usara de ella para dar a entender a ustedes la fuerte
impresin que sent al verla. Informme de quin era y, despus de
varias diligencias, supe que se llamaba Beatriz y que era doncella de
doa Julia, hija segunda del conde de Poln.

Beatriz interrumpi aqu a Escipin riendo a carcajada tendida, y
dirigiendo la palabra a mi mujer, Amable Antonia--le dijo--, mreme
usted bien, y dgame por su vida si a su parecer tengo semblante de
divinidad! Por lo menos entonces--le dijo Escipin--lo tenas a mis
ojos; y ahora que tu fidelidad ya no me es sospechosa, me pareces
ms hermosa que nunca. Mi secretario, despus de una respuesta tan
amorosa, prosigui as su historia:

Este descubrimiento acab de encenderme, no a la verdad en un ardor
legtimo, porque me imagin que fcilmente podra triunfar de su
virtud combatindola con presentes capaces de desquiciarla; pero yo
conoca mal a la casta Beatriz. Intilmente le ofrec mi bolsillo y
mis obsequios por medio de ciertas mujercillas mercenarias, pues oy
con mucho enojo la propuesta. Su resistencia encendi ms mis deseos,
y recurr al ltimo arbitrio, que fu ofrecerle mi mano, la que
acept luego que supo era yo secretario y tesorero de don Manrique.
Parecinos a los dos que convena tener oculto nuestro matrimonio
por algn tiempo, y as, nos casamos de secreto, siendo testigos la
seora Lorenza Sfora, aya de Serafina, y otros criados del conde de
Poln. Luego que me cas con Beatriz, ella misma me facilit el modo
de verla y hablarle de noche en el jardn, en donde yo entraba por
una puertecilla cuya llave me entreg. Difcilmente se hallaran dos
esposos que se amasen con ms ternura que nos ambamos Beatriz y yo:
era igual en ambos la impaciencia con que esperbamos la hora sealada
para vernos y hablarnos; ambos acudamos all con la misma ansia,
y siempre se nos haca corto el tiempo que pasbamos juntos, aunque
algunas veces no dejaba de ser bien largo.

Una noche, que fu para m tan cruel como haban sido deliciosas las
anteriores, al ir a entrar en el jardn qued sorprendido de hallar
abierta la puertecilla. Sobresaltme aquella novedad, y form de ella
un mal juicio; me puse plido y trmulo, como si hubiese presentido
lo que iba a sucederme; y acercndome en medio de la obscuridad hacia
un cenador en donde haba solido hablar a mi esposa, o la voz de un
hombre; me detuve para percibir mejor, y al momento llegaron a mis
odos estas palabras: _No me hagas penar ms, mi querida Beatriz!
Completa mi felicidad, y piensa que de ella depende tu fortuna!_ En
vez de tener la paciencia de escuchar todava, cre no tener necesidad
de or ms; un furor celoso se apoder de mi alma, y, no respirando
sino venganza, desenvain la espada y entr precipitadamente en el
cenador. Ah vil seductor!--exclam--. Cualquiera que t seas, antes
de quitarme el honor ser menester que me arranques la vida! Diciendo
estas palabras cerr contra el caballero que estaba en conversacin con
Beatriz, que se puso al momento en defensa, y se bati como persona
ms diestra en el manejo de las armas que yo, que no haba recibido
sino algunas lecciones de esgrima en Crdoba. Sin embargo, a pesar de
su destreza le tir una estocada que no pudo parar, o ms bien tuvo un
tropiezo: vile caer al suelo, y creyendo haberle herido mortalmente,
me puse en salvo a carrera tendida, sin querer responder a Beatriz, que
me llamaba.

As fu puntualmente--interrumpi la mujer de Escipin, dirigindonos
la palabra--. Yo le llamaba para sacarle de su error. El caballero
que estaba hablando conmigo en el cenador era don Fernando de Leiva.
Este seor, que amaba tiernamente a mi ama Julia, estaba determinado
a sacarla de casa, parecindole que no la podra conseguir sino por
este medio, y yo misma le haba citado para el jardn con el fin de
concertar con l esta fuga, de la cual me aseguraba l que penda mi
fortuna; pero por ms que llam a mi esposo, se alej de m como de una
esposa infiel.

En el estado en que me hallaba--replic Escipin--, era capaz de
eso y mucho ms. Los que saben por experiencia qu cosa son celos
y las extravagancias que hacen cometer aun a los ms sensatos, no
se admirarn del trastorno que causaron en mi dbil imaginacin. Al
momento pas de un extremo a otro: a los sentimientos de ternura que
un instante antes me animaban hacia mi esposa me sobrevinieron bien
pronto impulsos de aborrecimiento, e hice juramento de abandonarla y
desecharla para siempre de mi memoria. Por otra parte, crea haber
muerto a un caballero, y bajo este concepto, temeroso de caer en manos
de la justicia, experimentaba la turbacin penosa que persigue por
todas partes como una furia a un hombre que acaba de cometer un crimen.
En esta horrible situacin, no pensando ms que en ponerme en salvo, y
sin volver siquiera a la posada, en aquel mismo punto sal de Toledo,
sin ms equipaje que el vestido que tena puesto. Es verdad que llevaba
en el bolsillo hasta unos sesenta doblones, lo que no dejaba de ser un
recurso bastante bueno para un mozo que tena hecho nimo de no pasar
de criado en toda su vida.

Camin toda aquella noche, o por mejor decir fu corriendo, porque la
idea de los alguaciles, presente siempre en mi imaginacin, me daba
un continuo vigor. Amanec entre Rodillas y Maqueda, y cuando llegu
a este ltimo pueblo, sintindome algo cansado, entr en la iglesia,
que acababan de abrir, y despus de haber hecho una breve oracin me
sent en un banco para descansar. Pseme a meditar en el estado de mis
negocios, que no me daban poco en qu discurrir; pero no tuve tiempo
para hacer muchas reflexiones, porque luego o resonar en la iglesia
tres o cuatro chasquidos de ltigo que me hicieron creer pasaba por
all algn alquilador. Me levant al momento para ir a ver si me
engaaba, y cuando estuve en la puerta vi uno montado en una mula, que
llevaba de reata otras dos. Parad, amigo mo!--le grit--. Adnde
van esas mulas? A Madrid--me respondi--; en ellas han venido a este
pueblo dos religiosos dominicos, y me voy all de retorno.

La ocasin que se presentaba de hacer el viaje de Madrid me inspir
deseo de verificarle. Ajustme con el alquilador, mont en una de sus
mulas, y nos encaminamos hacia Illescas, en donde debamos hacer noche.

No bien habamos salido de Maqueda, cuando el alquilador, persona
de treinta y cinco a cuarenta aos, empez a entonar cnticos de la
Iglesia a toda voz. Comenz por los salmos que los cannigos cantan a
maitines, en seguida cant el _Credo_, como en las misas solemnes, y
luego, pasando a las vsperas, me las cant todas sin perdonarme ni aun
el _Magnificat_. Aunque el majadero me aturda los odos, yo no poda
menos de rer; y aun le incitaba a continuar cuando se vea precisado
a detenerse para cobrar aliento. Animo, buen amigo!--le deca--.
Prosiga usted, que si el Cielo le ha dado tan buenos pulmones, usted
no hace mal uso de ellos! Oh! En cuanto a eso--me respondi--no me
parezco, gracias a Dios, a la mayor parte de los alquiladores, que no
cantan sino canciones infames o impas; ni tampoco canto nunca romances
sobre nuestras guerras contra los moros, porque son unas cosas a lo
menos frvolas, cuando no sean indecentes. Tenis--le repliqu--una
pureza de corazn que raras veces tienen los alquiladores. Y siendo
tan escrupuloso en punto de canciones, habis hecho tambin voto de
castidad en las posadas donde hay criadas mozas? Seguramente--me
respondi--. La continencia es tambin una cosa de que me precio en
estos parajes; en ellos slo me ocupa el cuidado de mis mulas. No
qued poco admirado de or hablar de este modo a aquel fnix de los
alquiladores; y tenindole por un hombre de bien y de talento, entabl
conversacin con l luego que acab de cantar cuanto le di la gana.

Llegamos a Illescas a la cada de la tarde. Luego que nos apeamos en
el mesn dej a mi compaero que cuidase de sus mulas, y me met en
la cocina a encargar al mesonero que nos dispusiese una buena cena,
lo que prometi hacer tan bien, que me acordara, dijo l, toda mi
vida de haberme alojado en su mesn. Pregunte su merced--aadi--,
pregunte a su alquilador quin soy yo! Voto a tal que desafiara a
todos los cocineros de Madrid y de Toledo a hacer una olla podrida como
las que yo hago! Esta noche quiero agasajar a su merced con un guisado
de gazapo compuesto de mi mano, y ver si tengo razn para ponderar mi
habilidad. Dicho esto, mostrndome una cazuela en que haba--segn l
deca--un conejo hecho ya trozos. Mire usted--continu--lo que pienso
darle despus que le haya echado pimienta, sal, vino, un manojo de
hierbas y algunos otros ingredientes que empleo en mis salsas, con lo
que espero regalar a su merced con un guisado que se pudiera presentar
a un contador mayor.

El mesonero, despus de haber hecho de este modo su elogio, comenz a
disponer la cena. Mientras tanto me entr en un cuarto, y, echndome
en una mala cama que haba all, me qued dormido de cansancio por no
haber sosegado nada la noche antecedente. De all a dos horas vino a
despertarme el alquilador, diciendo: Seor amo, la cena est pronta;
venga usted, si gusta, a sentarse a la mesa, la cual estaba puesta en
una sala con solos dos cubiertos. Sentmonos a ella el alquilador y
yo, y nos trajeron el guisado. Me tir a l con ansia, y me supo muy
bien, ya fuese porque el hambre me lo hizo apetitoso, ya por el sainete
que le daban los ingredientes del cocinero. En seguida nos sirvieron
un trozo de carnero asado; y observando que el alquilador slo tomaba
de este segundo plato, le pregunt por qu no tomaba del otro. Me
respondi sonrindose que no le gustaban los guisos; cuya respuesta,
o, por mejor decir, la risita con que la haba acompaado, me pareci
misteriosa. Usted me oculta--le dije--la verdadera razn que le impide
comer de este guisado; hgame el gusto de decrmelo. Ya que usted
tiene tanta curiosidad de saberla--replic l--, le dir que tengo
repugnancia a llenarme el estmago de esa especie de guisotes desde
que caminando de Toledo a Cuenca me dieron una noche en un mesn, por
conejo de vivar, un jigote de gato, lo que me ha hecho cobrar aversin
a los cochifritos.

Apenas el alquilador me dijo estas palabras perd enteramente el
apetito en medio del hambre que me devoraba. Se me encaj en la cabeza
que acababa de comer conejo slo en el nombre, y ya no mir el guisado
sino hacindole gestos. El arriero, lejos de desvanecer mi aprensin,
me la aument dicindome que los mesoneros y pasteleros en Espaa
hacan con frecuencia aquella especie de _quid pro quo_; lo que, como
ustedes pueden pensar, no me sirvi de mucho consuelo; antes bien,
me quit del todo la gana, no ya de volver a probar el guisote, mas
ni aun de tocar al asado, temiendo que el carnero no lo fuese ms
realmente que el conejo. Levantme de la mesa echando mil maldiciones
al guiso, al mesonero y al mesn; volvme a tender en la cama, y pas
la noche con ms quietud de la que pensaba. El da siguiente muy
temprano, despus de haber pagado al mesonero con tanta largueza como
si me hubiera tratado perfectamente, sal de Illescas tan ocupado el
pensamiento en el guisado, que me parecan gatos cuantos animales se me
ofrecan a la vista. Entramos temprano en Madrid, y despus de haber
satisfecho al conductor me hosped en una posada de caballeros cerca
de la Puerta del Sol. Aunque mis ojos estaban acostumbrados al gran
mundo, no dejaron de deslumbrarse con el concurso de seores que se
ven comnmente en el centro de la corte. Pasmme el enorme nmero de
coches y la gran multitud de gentileshombres, pajes y lacayos que los
grandes llevaban de comitiva. Lleg a lo sumo mi admiracin cuando,
habiendo ido a ver el rey, mir al monarca rodeado de sus cortesanos.
Qued encantado a la vista de tal espectculo, y dije para m: Ya no
me admiro de haber odo decir que es indispensable ver la corte de
Madrid para formar concepto cabal de su magnificencia; celebro infinito
el visitarla, y el corazn me dice que he de hacer algo en ella.
Sin embargo, nada ms hice que contraer algunas amistades intiles.
Fu poco a poco gastando todo mi dinero, y me tuve por muy dichoso
en haberme acomodado, a pesar de todo mi mrito, con un pedante de
Salamanca a quien conoc casualmente, que haba ido a la corte, su
patria, a negocios personales. Llegu a ser sus pies y sus manos, y
cuando se restituy a su Universidad, me llev en su compaa.

Llambase don Ignacio de Ipia ste mi nuevo amo. El mismo se tomaba
el _don_ por haber sido maestro de un duque, el cual por agradecimiento
le haba sealado una renta vitalicia; gozaba otra por catedrtico
jubilado del colegio, y adems de eso sacaba del pblico doscientos
o trescientos doblones anuales por los libros de moral dogmtica que
sola dar a la prensa. El modo con que compona sus obras me parece
digno de contarse. Gastaba casi todo el da en leer autores hebreos,
griegos y latinos y en escribir en medias cuartillas de papel todos los
apotegmas o pensamientos sublimes que encontraba en ellos. Conforme iba
llenando las cuartillas me las haca ensartar en un alambre en figura
de guirnalda, y cada una formaba un tomo. Qu de libros perversos
hacamos! Apenas se pasaba mes alguno sin que formsemos cuando
menos dos volmenes, y al momento iban a fatigar la prensa. Lo ms
extraordinario era que estas compilaciones se hacan pasar por cosas
nuevas; y si los crticos trataban de hacer ver al autor que era un
plagiario de las obras de los antiguos, les contestaba con orgulloso
descaro: _Furto laetamur in ipso_.

Tambin era gran comentador, y estaban tan llenos de erudicin
sus comentos, que a cada paso haca notas sobre cosas que no
merecan reparo, as como en las medias cuartillas de papel escriba
inoportunamente pasajes de Hesodo y de otros autores. Yo no dej de
aprovechar en casa de este sabio, y sera ingratitud negarlo, pues a
lo menos, a fuerza de copiar sus obras, fu aprendiendo a escribir
decentemente; y considerndome l no ya como criado, sino como
discpulo suyo, ilustr mi entendimiento, sin descuidarse en arreglar
mis costumbres. Si por casualidad llegaba a saber que algn otro criado
haba hecho algo malo: Escipin--me deca--, gurdate bien, hijo, de
hacer lo que ha hecho ese bribn! Un criado debe esmerarse en servir
lealmente a su amo; en una palabra, no perda ocasin don Ignacio de
exhortarme a la virtud, y sus palabras hacan en m tanta impresin,
que en los quince meses que lo serv no tuve la ms mnima tentacin
de jugarle ninguna de las piezas a que estaba acostumbrado, ni tampoco
hice en su casa la ms leve travesura.

Ya dejo dicho que el doctor Ipia era hijo de Madrid, donde tena una
parienta llamada Catalina, que era camarera del ama que haba criado
al prncipe de Asturias. La tal sirvienta, que es la misma de quien me
val para sacar al seor Santillana de la torre de Segovia, deseosa
de hacer algo por su pariente don Ignacio, se empe con su ama para
que le consiguiese del duque de Lerma alguna pieza eclesistica. El
ministro le confiri el arcedianato de Granada, porque, siendo aquel
reino pas de conquista, todas las prebendas son del patrimonio real
y de nombramiento del rey. Luego que lo supimos marchamos a Madrid,
porque quiso el doctor dar las gracias a sus bienhechores antes de ir
a Granada. Con esta ocasin las tuve frecuentes de ver y tratar a la
tal Catalina, que se pag mucho de mi buen humor y desembarazo. No me
gust a m menos la mozuela, y tanto, que no pude dejar de corresponder
ciertas seales de particular inclinacin que me manifestaba; en
conclusin, nos enamoramos uno de otro. Perdname, querida Beatriz,
esta confesin que hago; el mirarte entonces infiel a m fu lo que me
hizo propasar a lo que no me era permitido.

Mientras tanto el doctor don Ignacio iba disponiendo su viaje a
Granada. Sobresaltados su parienta y yo de la dolorosa separacin que
se acercaba, discurrimos un arbitrio que nos libr de este golpe.
Fingme gravemente enfermo, quejndome de la cabeza, del vientre y
del pecho, con todas las demostraciones del hombre ms angustiado
del mundo. Mi amo llam a un mdico, el cual, despus de haberme
reconocido, me dijo de buena fe que mi enfermedad era ms seria de
lo que pareca, y que verosmilmente no me levantara tan presto de
la cama. Impaciente el doctor por irse a su catedral, no tuvo por
oportuno dilatar ms su viaje, y prefiri tomar otro criado para que
le sirviera, contentndose con entregarme al cuidado de una asistenta,
a la cual dej cierta cantidad de dinero para mi entierro si mora, o
para recompensar mis servicios si sala de mi enfermedad.

Luego que supe que don Ignacio haba salido para Granada me hall
curado de todos mis males. Levantme, desped al mdico que haba
dado tan notoria prueba de su gran penetracin, y me deshice de la
asistenta, que me rob ms de la mitad del dinero que deba entregarme.
Mientras yo representaba este papel, Catalina desempeaba otro muy
diverso con su ama doa Ana de Guevara, a la cual, persuadindola de
que yo era un intrigante ducho, la puso en deseo de escogerme por uno
de sus agentes. La seora ama, que tena mucho apego a las riquezas,
era dada a manejos que pudieran producirlas, y necesitando de personas
a propsito para ello, me recibi entre sus criados. Tard poco en dar
pruebas de mi talento. Dime algunos encargos delicados que pedan
viveza y maa, los que puedo asegurar sin vanidad desempe a su
satisfaccin; por lo que qued tan pagada de m como yo poco satisfecho
de ella, pues era tan codiciosa, que nada me tocaba de lo mucho que
le redituaban mis manipulaciones y mi industria. Parecale que slo
con pagarme puntual y exactamente mi salario usaba conmigo de sobrada
generosidad. Este exceso de avaricia me hubiera hecho salir muy presto
de su casa a no haberme detenido en ella el afecto a Catalina, la cual,
enamorada cada da ms y ms de m, me propuso formalmente que nos
cassemos.

Poco a poco!--le respond--. Querida ma, esa ceremonia no la
podemos hacer tan prontamente; para eso es menester esperar la muerte
de cierta jovencita que se anticip a ti y con quien por mis pecados
estoy ya casado. A otro perro con ese hueso!--replic Catalina--.
Ahora te quieres fingir casado para cohonestar cortesanamente la
repugnancia que tienes a casarte conmigo. En vano asegur mil veces
que le deca la pura verdad, pues no hubo forma de hacrsela creer;
y parecindole que mi sincera confesin era una excusa, se di por
ofendida, y desde aquel mismo punto mud de estilo conmigo. No llegamos
a reir ni a romper del todo nuestra comunicacin; pero resfrindose
visiblemente nuestro recproco cario, qued reducido nuestro trato a
los precisos trminos que no se podan negar a la buena crianza y al
bien parecer.

En este estado me hallaba cuando supe que el seor Gil Blas de
Santillana, secretario del primer ministro del reino de Espaa, estaba
a la sazn sin criado. Pintronme esta conveniencia como la mayor y ms
ventajosa a que poda aspirar. El seor de Santillana--me dijeron--es
un caballero de mucho mrito, un mozo sumamente querido del duque de
Lerma y a cuya sombra no puedes menos de hacer una gran fortuna; adems
de eso, es de un corazn generoso y lleno de bizarra. Haciendo t sus
negocios, no dudes que hars tambin el tuyo. No malogr la ocasin;
presentme al seor Gil Blas, a quien tom desde luego inclinacin,
agradle mi fisonoma, recibime en su casa, y no me detuve un punto
en dejar por l la de la seora ama; y ste, si Dios quiere, ser el
ltimo amo a quien sirva.

As di fin a su historia el buen Escipin, y volvindose despus a m,
me habl en estos trminos: Seor de Santillana, hgame usted el favor
de atestiguar a estas seoras que siempre me ha tenido por un criado
tan fiel como celoso. He menester de este testimonio para persuadirles
que el hijo de la Coscolina corrigi en vuestra compaa sus malas
costumbres, sucediendo a ellas en su corazn y en sus operaciones
virtuosos y honrados pensamientos.

As es, seoras--les dije--; eso puedo asegurrselo. Si en su
niez Escipin era un verdadero pcaro, se ha corregido despus tan
completamente, que ha llegado a ser un dechado perfecto de criados.
Lejos de tener de qu quejarme ni qu reprender en su modo de portarse
desde que est en mi casa, debo, al contrario, confesar que le soy
deudor de muchas obligaciones. La noche que me prendieron para llevarme
al alczar de Segovia libert mi casa del pillaje y puso en seguridad
parte de mis efectos, que impunemente pudo haberse apropiado. No
contento con haber mirado por la conservacin de mis bienes, quiso,
llevado de puro afecto, encerrarse conmigo en mi prisin, prefiriendo a
los atractivos de la libertad el triste consuelo de acompaarme en mis
trabajos.




                            LIBRO UNDECIMO


                           CAPITULO PRIMERO

  De cmo Gil Blas tuvo la mayor alegra que haba experimentado
  en su vida, y del funesto accidente que la turb. Mutaciones
  sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que Santillana
  volviese a ella.


Ya dejo dicho que Antonia y Beatriz se avenan muy bien las
dos; la una acostumbrada a vivir como criada sumisa, y la otra
acostumbrndose gustosa a ser ama. Escipin y yo ramos dos maridos muy
condescendientes y muy amados de nuestras esposas para no tener bien
pronto la satisfaccin de ser padres. Ambas se sintieron embarazadas
casi a un mismo tiempo. Beatriz fu la primera que pari, y di a luz
una nia, y pocos das despus Antonia nos llen de alegra dndome
un nio. Envi a mi secretario a Valencia a llevar esta noticia al
gobernador, que vino inmediatamente a Liria, en compaa de Serafina
y de la marquesa de Priego, a sacar de pila a los recin nacidos,
teniendo el gusto de aadir esta prueba ms de afecto a todas las que
yo haba recibido de l. Mi hijo, que tuvo por padrinos a este seor
y a la marquesa, se llam Alfonso; y la seora gobernadora, queriendo
dispensarme el honor de que yo fuera su compadre por dos ttulos, se
prest a ser madrina, juntamente conmigo, de la hija de Escipin, a la
cual se le puso el nombre de Serafina.

El nacimiento de mi hijo no solamente alegr a las personas de la
quinta, sino que todos los vecinos de Liria lo celebraron tambin con
festejos. Pero ah, y cun breve fu nuestra alegra! De repente se
convirti todo en ayes, en llantos y en suspiros por un suceso que en
ms de veinte aos no he podido olvidar y que tendr eternamente en la
memoria. Muri mi hijo, y a pocos das le sigui su madre, sin embargo
de haber tenido un parto feliz; una violenta calentura me arrebat mi
querida esposa a los catorce meses de nuestro matrimonio. Figrese el
lector cunta sera mi amargura. Ca en un abatimiento de nimo y en
una estupidez inexplicable; tanto, que pareca haber quedado insensible
a fuerza de sentir la prdida experimentada. Pas cinco o seis das en
tan doloroso estado, sin querer ni poder tomar ningn alimento, y creo
que sin la compaa de Escipin me hubiera dejado morir de hambre o
hubiera perdido el juicio; pero este discreto secretario supo distraer
mi afliccin tomando parte en ella. Hallaba el secreto de hacerme
tomar algunos caldos presentndomelos con un semblante tan triste,
que pareca me los pona delante no tanto para conservar mi vida como
para dar pbulo a mi padecer. El afectuoso criado escribi al mismo
tiempo a don Alfonso noticindole las desgracias que me haban sucedido
y la lastimosa situacin en que me encontraba. Este seor, tierno y
compasivo, este amigo generoso fu inmediatamente a Liria. Yo no puedo
traer a la memoria sin enternecerme el momento en que se present a mi
vista. Mi amado Santillana--me dijo echndome los brazos al cuello--,
no vengo a consolarte; vengo slo a llorar contigo la prdida de tu
amable Antonia, as como t iras a llorar conmigo la de mi adorada
Serafina si la muerte me la hubiera arrebatado. Con efecto; verti
algunas lgrimas y confundi sus suspiros con los mos. En medio de
la pesadumbre que me tena fuera de m, no dejaron de excitar en mi
corazn un vivo agradecimiento las afectuosas demostraciones de don
Alfonso.

Este gobernador tuvo una larga conversacin con Escipin sobre lo
que convendra adoptar para vencer mi pesadumbre. Juzgaron que sera
necesario por algn tiempo alejarme de Liria, en donde por todas partes
se me representaba continuamente la imagen de Antonia. Convenidos en
esto, me propuso el hijo de don Csar si quera ir a Valencia con l;
y mi secretario apoy tan eficazmente la propuesta, que la acept.
Dej a Escipin y a su mujer en la quinta y march con el gobernador.
Luego que llegu a Valencia, don Csar y su nuera no perdonaron
diligencia alguna para divertir mi afliccin, echando mano de todas
las distracciones oportunas para disiparla; pero a pesar de todos los
esfuerzos permanec sumergido en una profunda melancola, de que
no pudieron sacarme. Nada omita tampoco por su parte Escipin de
cuanto pensaba poda contribuir a restituirme a mi tranquilidad. Iba
frecuentemente de Liria a Valencia a informarse de mi estado, y se
volva ms alegre o ms triste segn me vea ms o menos dispuesto a
consolarme.

Una maana entr muy azorado en mi cuarto, y me dijo: Seor, corre
por la ciudad una noticia que llama la atencin de toda la monarqua.
Se dice que Felipe III ya no existe y que ocupa el trono el prncipe
su hijo. Adese que al cardenal duque de Lerma le han separado de su
empleo, con prohibicin de presentarse en la corte, y que don Gaspar
de Guzmn, conde de Olivares, es en la actualidad primer ministro.
Sentme conmovido; y conocindolo Escipin, me pregunt si no tomaba yo
parte en este grande acaecimiento. Y qu parte quieres t, hijo mo,
que yo tome en l?--respond--. Ya dej la corte; todas las mutaciones
que pueden sobrevenir en ella me deben ser indiferentes.

Muy desprendido se halla usted del mundo para la edad que
tiene!--replic el hijo de la Coscolina--. Si yo me hallase en su
lugar, no dejara de tentarme mucho la curiosidad; ira a Madrid a
presentarme al nuevo monarca para ver si se acordaba de haberme visto.
Este gusto no me lo perdonara. Ya te entiendo!--le dije--. T
quisieras que yo volviera a la corte para tentar en ella de nuevo
la fortuna, o, por mejor decir, para volver a ser all avariento
y ambicioso. Por qu se haban de estragar todava all las
costumbres de usted?--me replic Escipin--. Tenga usted ms confianza
que la que tiene en su virtud; yo salgo por fiador de usted. Las sanas
reflexiones que le oblig a hacer su desgracia acerca de los peligros
de la corte son muy del caso para precaverse de ellos. Vulvase,
pues, a embarcar animosamente en un mar cuyos escollos le son bien
conocidos. Calla, adulador!--le interrump sonrindome--. Ests ya
cansado de verme pasar una vida tranquila? Yo crea que estimabas ms
mi sosiego.

Aqu llegaba nuestra conversacin cuando entraron en mi cuarto don
Csar y su hijo, quienes me confirmaron la noticia de la muerte del rey
y la desgracia del cardenal duque de Lerma, aadiendo que, habiendo
ste pedido licencia para retirarse a Roma, en lugar de drsela se le
haba mandado fuese a vivir a su marquesado de Denia. Despus, como si
estuvieran ambos de acuerdo con mi secretario, me aconsejaron fuese
a Madrid y me presentase al nuevo rey, puesto que ya me conoca y le
haba hecho unos servicios que los grandes recompensan con bastante
gusto. Yo a lo menos--dijo don Alfonso--no tengo la menor duda de que
se acordar de los tuyos, ni de que deje Felipe IV de pagar las deudas
del prncipe de Asturias. Del mismo sentido soy yo--dijo don Csar--,
y aun el corazn me est diciendo que el viaje de Santillana a la corte
le ha de abrir camino para grandes empleos.

En verdad, seores mos--exclam--, que ustedes no han meditado bien
lo que me aconsejan. Segn les parece, no tengo mas que ir a Madrid
para lograr la llave dorada o algn gobierno; y estn muy equivocados.
Yo, al contrario, estoy muy persuadido de que el rey no reparar en m
aunque me presente a su vista; y si ustedes lo desean, har la prueba
para desengaarlos. Cogironme luego la palabra los seores de Leiva,
y me instaron tanto, que no pude menos de prometerles que cuanto antes
ira a Madrid. Luego que mi secretario me vi determinado a hacer este
viaje experiment una alegra descompasada, imaginndose que lo mismo
sera ponerme yo delante del nuevo monarca que distinguirme entre la
confusin. En este concepto, forjando en su mente las ms pomposas
quimeras, me encumbraba a los primeros empleos del Estado, y l se
acrecentaba a favor de mi engrandecimiento.

Dispuse, pues, mi viaje a la corte, no ya con nimo de volver a
incensar a la fortuna, sino nicamente por complacer a don Csar y a su
hijo, a quienes se les haba metido en la cabeza que inmediatamente me
atraera el favor del soberano. A decir verdad, a m tambin me picaba
un poco el deseo de probar si el rey se haba olvidado enteramente de
m. Arrastrado de esta natural curiosidad, pero sin esperanza, ni aun
pensamiento de lograr la ms leve ventaja en el nuevo reinado, tom
el camino de Madrid, acompaado de Escipin, dejando el cuidado de mi
hacienda a Beatriz, que era muy buena mujer de gobierno.


                              CAPITULO II

  Marcha Gil Blas a Madrid, djase ver en la corte, reconcele
  el rey, recomindale a su primer ministro, y efectos de esta
  recomendacin.


En menos de ocho das llegamos a Madrid, habindonos don Alfonso dejado
dos de sus mejores caballos para que hicisemos el viaje con mayor
diligencia. Apemonos en la posada de caballeros donde ya en otro
tiempo me haba hospedado, propia de Vicente Forero, mi antiguo patrn,
que tuvo mucho gusto de volverme a ver.

Era ste un hombre que se preciaba de saber todo lo que pasaba en
la corte y en la villa, y le pregunt qu haba de nuevo. Muchas
novedades--me respondi--. Despus de la muerte de Felipe III los
amigos y los partidarios del cardenal duque de Lerma se valieron de
varios medios para mantener a su eminencia en el ministerio; pero sus
esfuerzos han sido intiles, porque el conde de Olivares pudo ms que
todos ellos. Quieren decir que Espaa nada ha perdido en el cambio,
porque el nuevo primer ministro tiene talento y conocimientos tan
vastos que es capaz de gobernar el mundo entero. Dios lo quiera! Lo
que no admite duda es--continu--que la nacin ha concebido la idea ms
ventajosa de su capacidad. El tiempo nos dir si el sucesor del duque
de Lerma llena o no el puesto que ocupaba su antecesor. Empeado
ya Forero en una conversacin tan de su genio, me hizo una puntual
relacin de todas las mutaciones que se haban hecho en la corte desde
que el conde de Olivares manejaba el timn de la monarqua.

A los dos das de mi llegada a Madrid fu a palacio, cuando ya el rey
haba acabado de comer. Me coloqu al paso por donde deba entrar a su
gabinete, y no me mir. Volv el da siguiente al mismo paraje, y no
fu ms dichoso. El subsiguiente ech sobre m una mirada al pasar;
pero no di muestras de haber reparado en m, y en vista de esto, tom
mi resolucin. T ves--dije a Escipin que me acompaaba--que el rey
ya no me conoce, o que, si me conoce, no quiere hacer caso de m. Lo
ms acertado ser volver a tomar el camino de Valencia. No vayamos
tan aprisa, seor!--me respondi mi secretario--. Usted sabe mejor que
yo que para negociar en la corte es menester paciencia. No deje usted
de presentarse al rey; a fuerza de ofrecerse a su vista, le obligar
usted a considerar ms atentamente y a recordar las facciones de su
agente cerca de la bella Catalina.

Slo porque Escipin no tuviese que reconvenirme tuve la
condescendencia de continuar del mismo modo por espacio de tres
semanas. Lleg, finalmente, un da en que, habiendo atrado la
atencin del monarca, me mand llamar. Entr en su gabinete, no sin
gran turbacin de hallarme a solas con mi rey. Quin eres?--me
dijo--. Tus facciones no me son desconocidas. Dnde te he visto?
Seor--le respond temblando--, yo tuve la honra de conducir una noche
a vuestra majestad con el conde de Lemos a casa de... Ah! Ya me
acuerdo!--interrumpi el rey--. T eres secretario del duque de Lerma,
y, si no me engao, tu nombre es Santillana. No me he olvidado de que
en aquella ocasin me serviste con mucho celo, ni tampoco de que fueron
mal recompensados tus afanes. No estuviste preso por aquel lance?
S, seor--le repliqu--; cuatro meses lo estuve en el alczar de
Segovia; pero vuestra majestad tuvo la bondad de mandarme poner en
libertad. Eso--respondi--no satisfizo la obligacin que contraje con
Santillana. No basta haber hecho que se le pusiese en libertad: debo
premiarle tambin lo mucho que padeci por servirme.

Al acabar el rey de decir estas palabras entr en el gabinete el conde
de Olivares. Todo espanta a los favoritos. Qued absorto de ver all a
un desconocido, y el rey aument su sorpresa dicindole: Conde, pongo
a tu cuidado este joven; te encargo que le des algn empleo y procures
adelantarle. Aparent el ministro recibir esta orden con agrado,
mirndome de pies a cabeza y mostrando inquietud por saber quin era
yo. Vete, amigo mo--aadi el monarca, dirigindome la palabra y
hacindome sea de que me retirase--; el conde no dejar de emplearte
en provecho de mi servicio y de tus intereses.

Sal inmediatamente del gabinete y me reun al hijo de la Coscolina,
que, impaciente por saber lo que el rey me haba dicho, se hallaba en
una agitacin imponderable, y al momento me pregunt si era necesario
volver a Valencia o permanecer en la corte. T lo podrs juzgar, le
respond, y al mismo tiempo le llen de contento refirindole palabra
por palabra la conversacin que acababa de tener con el monarca.
Querido amo--me dijo entonces Escipin en el exceso de su alegra--,
se burlar usted otra vez de mis pronsticos? Confiese usted que ni
los seores de Leiva ni yo discurramos mal cuando le instbamos tanto
a que se presentase luego en Madrid. Ya le veo a usted en un puesto
eminente: ser el Caldern del conde de Olivares. Eso es lo que menos
deseo--interrump--. Ese destino est cercado de demasiados precipicios
para excitar mi anhelo. Yo quisiera un empleo que no me ofreciera
ninguna ocasin de hacer injusticias ni un vergonzoso trfico de los
favores del rey; despus del uso que he hecho de mi pasado valimiento,
no puedo menos de precaverme contra la avaricia y contra la ambicin.
Animo, seor!--me replic mi secretario--. El ministro os colocar en
algn puesto que podis desempear sin dejar de ser hombre de bien.

Instado ms por Escipin que por mi curiosidad, me fu el da siguiente
a casa del conde de Olivares antes de amanecer, noticioso de que todas
las maanas, en verano y en invierno, daba audiencia con luz artificial
a cuantos queran hablarle. Me coloqu por modestia en un rincn de la
sala y desde all estuve observando bien al conde luego que se dej
ver, porque haba fijado poco la atencin sobre l en el gabinete del
rey. Era un hombre de estatura menos que mediana y poda pasar por
gordo en un pas donde los ms son flacos; tan cargado de espaldas, que
pareca corcovado, aunque no lo era en realidad; su cabeza, que era de
gran tamao, caa sobre el pecho; tena el cabello negro y lacio; la
cara, larga; el color, aceitunado; la boca, hundida, y la barbilla,
puntiaguda y muy levantada.

Este conjunto no formaba una persona muy bien parecida. Con todo eso,
como ya me lo figuraba inclinado a mi favor, le miraba con indulgencia
y me pareca bien. Verdad es que reciba a todos con un aire tan
afable y bondadoso, y tomaba tan cortsmente los memoriales que se le
presentaban, que esto supla la falta de su buena figura. Sin embargo,
cuando me lleg la vez de acercarme para saludarle y que me conociera,
me ech una mirada ceuda y amenazadora, y volvindome la espalda sin
dignarse orme, se entr en su gabinete. Entonces me pareci aquel
seor an ms feo de lo que naturalmente era. Sal atnito en extremo
de un recibimiento tan spero y desabrido, no sabiendo qu inferir de
l.

Reunido con Escipin, que me esperaba a la puerta, Sabes--le dije--el
recibimiento que he tenido? No, seor--me respondi--; pero no
es difcil de adivinar: el ministro, pronto a conformarse con la
voluntad del rey, habr propuesto a usted un empleo de importancia.
Te engaas, le repliqu; referle el lance segn haba pasado, el
que escuch con atencin, y me dijo: Preciso es que el conde no le
conociera a usted o le tuviera por otro. Mi parecer es que vuelva usted
a verle y no dude que le recibir con mejor semblante. Tom el consejo
de mi secretario. Presnteme segunda vez al ministro, quien me recibi
todava peor que la primera: arque las cejas, mirndome como si mi
presencia le causase enojo; despus apart de m la vista y se retir
sin hablar una palabra.

Llegme al alma este proceder y tuve tentaciones de regresar
inmediatamente a Valencia; pero Escipin no ces de oponerse a ello, no
pudiendo resolverse a renunciar a las esperanzas que haba concebido.
No conoces--le dije--que el conde quiere alejarme de la corte?
Habiendo visto l mismo la inclinacin que me manifest el monarca,
no basta eso para atraerme la aversin de su favorito? Cedamos,
hijo mo, cedamos con gusto al poder de un enemigo tan temible.
Seor--respondi colrico Escipin--, yo no abandonara el campo;
ira a quejarme al rey del poco caso que ha hecho el ministro de su
recomendacin. Mal consejo, amigo mo! Si yo diera un paso tan
imprudente, poco tardara en arrepentirme; ni aun s si corro peligro
en detenerme en esta capital.

A estas palabras mi secretario mud de parecer, y considerando que
las habamos con un hombre que poda volvernos a enviar a la torre de
Segovia, particip de mi temor y no resisti ms al deseo que yo tena
de dejar a Madrid, de donde resolv alejarme al da siguiente.


                             CAPITULO III

  Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por obra el pensamiento
  de dejar la corte y del importante servicio que le hizo Jos
  Navarro.


Al volverme a la posada de caballeros encontr a Jos Navarro,
repostero de don Baltasar de Ziga y mi antiguo amigo. Le salud
acercndome a l y le pregunt si me conoca y si tendra an la bondad
de querer hablar a un desatento que haba pagado con ingratitud su
amistad. Luego usted mismo confiesa--me respondi--que no procedi
bien conmigo? S, seor--le respond--, y tiene usted sobrada razn
para llenarme de reconvenciones, porque las merezco, si es que no he
expiado mi crimen con los remordimientos que a l se han seguido. Ya
que est usted tan arrepentido de su culpa--repuso Navarro dndome
un abrazo--, no debo acordarme ms de ello. Yo tambin le estrech
cuanto pude entre mis brazos, y ambos renovamos desde aquel punto
nuestra antigua amistad. Haba sabido mi prisin y el trastorno de mi
suerte, pero ignoraba lo dems. Le inform de todo, contndole hasta
la conversacin que haba tenido con el rey, sin ocultarle el mal
recibimiento que me acababa de hacer el ministro ni el designio en que
me hallaba de volverme a mi retiro. No trate usted de irse--me dijo--.
Supuesto que el monarca le ha manifestado inclinacin, es necesario
que usted haga que le sirva de algo. Aqu para entre los dos, el conde
Olivares tiene sus extravagancias; es caprichoso, y a veces, como en la
presente ocasin, procede de un modo que irrita, pues l solo tiene la
clave de sus acciones estrambticas. Por lo dems, sea cual fuere la
causa de haberos recibido tan mal, permaneced aqu a pie firme, porque
os aseguro que l no podr impediros que os aprovechis de la bondad
del rey, y, a mayor abundamiento, yo le dir dos palabras al seor don
Baltasar de Ziga, mi amo, que es to del conde de Olivares y le ayuda
a sostener el peso del gobierno. Preguntme despus Navarro dnde yo
viva, y sin decirme ms nos separamos.

Tard poco en volverle a ver: el da siguiente fu a buscarme. Seor
de Santillana--me dijo--, usted tiene un protector: mi amo quiere
favorecerle. En virtud del informe que le he dado de usted, me ha
ofrecido recomendarle al conde de Olivares, su sobrino, y no dudo que
le incline a su favor. Mi amigo Navarro, no querindome servir a
medias, me present dos das despus a don Baltasar, quien me dijo con
semblante apacible: Seor de Santillana, su amigo Jos me ha hecho un
elogio tan cumplido de usted, que me ha movido a protegerle. Hice una
profunda reverencia al seor de Ziga, dicindole que toda mi vida me
confesara sumamente reconocido al seor Navarro por haberme granjeado
la proteccin de un ministro a quien llamaban con justa razn _la
antorcha del Consejo_. Al or don Baltasar esta lisonjera contestacin
me di una palmadita en el hombro rindose y me dijo: Puede usted
volver maana a casa del conde de Olivares y quedar ms contento de
l.

Con efecto, al otro da me present en su antesala por la tercera vez;
reconocime entre la multitud de pretendientes, mirme y sonrise, lo
que desde luego me pareci un pronstico feliz. Esto va bien!--dije
entre m--. El to debe de haber reducido a la razn al sobrino.
As, pues, desde entonces me promet una acogida favorable, y en
verdad que no me enga. Despus que el conde despach a los dems me
hizo entrar en su gabinete y en tono muy familiar me dijo: Perdona,
amigo Santillana, el apuro en que te he puesto por divertirme. Me he
complacido en inquietarte para probar tu discrecin y ver el partido
que tomabas en vista de mi mal humor. Sin duda t te persuadiras de
que me eras desagradable; pero al contrario, hijo mo, te confesar
que aprecio mucho tu persona. Aunque el rey mi amo no me hubiera
mandado cuidar de tu fortuna, lo hara yo por mi propia inclinacin.
Adems, don Baltasar de Ziga, mi to, a quien nada puedo negar, me ha
encargado te mire como a persona por quien l se interesa y no necesito
ms para determinarme a ponerte a mi lado.

Esta primera entrada hizo tanta impresin en mi nimo, que qued casi
enajenado. Me ech a los pies del ministro, y habindome dicho que
me levantase, prosigui de esta manera: Despus de comer vuelve ac
y ve a verte con mi mayordomo, que l te dar las rdenes que yo le
encargare. Dicho esto, sali su excelencia de su despacho para ir a
or misa, que es lo que acostumbraba hacer todos los das despus de
dar audiencia, y en seguida se marchaba a palacio para hallarse en el
cuarto del rey al tiempo de levantarse su majestad.


                              CAPITULO IV

  Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de Olivares.


No me descuid en volver despus de comer a casa del primer ministro.
Pregunt por su mayordomo, que se llamaba don Ramn Caporis, el
cual luego que oy mi nombre me salud con particular respeto y me
dijo: Caballero, sgame usted, si gusta, que voy a conducirle a la
habitacin que se le ha destinado en esta casa. Dicho esto me llev
por una escalerilla secreta, la cual conduca a una fila de cinco o
seis salas a un mismo piso, que formaban un ala de la casa, alhajada
regularmente. Esta es--me dijo--la habitacin que su excelencia
le seala. Usted disfrutar aqu de una mesa de seis cubiertos de
cuenta de su excelencia, ser servido por sus propios criados y
tendr siempre a su disposicin un coche. Aun no lo he dicho todo: su
excelencia me ha encomendado eficazmente que tenga a usted las mismas
consideraciones que si fuera de la Casa de Guzmn.

Qu diablos significa todo esto?--me deca a m mismo--. Cmo
considerar yo estas distinciones? Quiero saber si envolvern alguna
malicia o si todava por divertirse el ministro har que me traten tan
honorficamente! Mientras me hallaba en esta incertidumbre, fluctuando
entre el temor y la esperanza, vino un paje a decirme que el conde
me llamaba. Fu volando a ver a su excelencia, que estaba solo en
su gabinete. Y bien, Santillana--me dijo--, ests contento con tu
habitacin y con las rdenes que he dado a don Ramn? Las bondades de
vuestra excelencia--le respond--me parecen excesivas y no las acepto
sin zozobra. Pues por qu?--me replic--. Puede caber exceso en
honrar a una persona que el rey me ha recomendado y de quien quiere
que yo cuide? En tratarte honorficamente no hago mas que mi deber.
Por mucho que haga por ti, no te admires, y cuenta con una fortuna
brillante y slida si me eres tan afecto como lo fuiste al duque de
Lerma. Pero ya que hemos nombrado a este seor--prosigui--, he odo
decir que vivais los dos con mucha intimidad. Quisiera saber cmo os
conocisteis y en qu te empleaba aquel ministro. No me ocultes nada;
dmelo todo con sinceridad. Acordme entonces de la perplejidad en
que me vi cuando me encontr con el duque de Lerma en semejante caso
y del medio que me val para salir de ella, el cual practiqu an ms
afortunadamente; quiero decir, que en mi informe di el mejor colorido
que pude a los lances ms escabrosos y toqu ligeramente aquellos que
me hacan poco honor. Tambin procur poner en buen lugar al duque de
Lerma, aunque conoca que no disculpndole del todo hubiera dado ms
gusto a mi oyente. Por lo que toca a don Rodrigo Caldern, nada le
perdon; le individualic las hazaas que saba relativas al trfico
que haca de encomiendas, beneficios y gobiernos.

En cuanto a don Rodrigo Caldern--interrumpi el ministro--, todo
cuanto me dices es muy conforme a ciertos documentos que me han
presentado contra l y que contienen testimonios de acusacin an ms
importantes. Se va a sustanciar su causa inmediatamente, y si deseas
su prdida creo que tus deseos quedarn satisfechos. No deseo su
muerte--le dije--, aunque no qued por l que yo no hubiese encontrado
la ma en la torre de Segovia, donde tuvo la culpa de que permaneciese
largo tiempo. Cmo?--replic su excelencia--. Don Rodrigo fu quien
caus tu prisin? He ah lo que yo ignoraba. Don Baltasar, a quien
Navarro cont tu historia, me dijo, s, que el difunto rey te haba
mandado prender en castigo de haber conducido de noche al prncipe de
Espaa a un paraje sospechoso; pero no s nada ms y no puedo adivinar
qu papel haca Caldern en esa farsa. El papel de un amante que se
venga de un ultraje recibido, le respond. Entonces le cont todos
los pormenores de la aventura, la cual le pareci tan divertida que,
a pesar de su seriedad, no pudo menos de rer, o ms bien llorar de
placer. Catalina, tan pronto sobrina como nieta, le alegr en extremo,
como asimismo la parte que haba tenido en el negocio el duque de Lerma.

Luego que acab mi relacin me despidi el conde, dicindome que no
dejara de emplearme el da siguiente. Fume en derechura a casa de don
Baltasar de Ziga a darle gracias por los buenos oficios que me haba
hecho y al mismo tiempo a participar a mi amigo Jos las favorables
disposiciones que el ministro manifestaba hacia m.


                              CAPITULO V

  Conversacin secreta que tuvo Gil Blas con Navarro y primera cosa
  en que le ocup el conde de Olivares.


Apenas vi a Jos cuando le dije agitado que tena muchas cosas que
noticiarle. Llevme a un sitio retirado, donde, habindole enterado de
lo ocurrido, le pregunt qu le pareca lo que le acababa de decir.
Parceme--respondi--que estis en vsperas de una gran fortuna; todo
se os presenta propicio. Agradis al primer ministro y (lo que no
dejar de serviros de algo) yo me hallo bastante enterado para poder
haceros el mismo servicio que os hizo mi to Melchor de la Ronda
cuando entrasteis en el palacio del arzobispo de Granada. Aqul os
ahorr el trabajo de estudiar el genio del prelado y de sus principales
familiares manifestndoos el carcter de cada uno; yo, a ejemplo
suyo, quiero daros a conocer cul es el del conde, el de la condesa
su mujer y el de doa Mara de Guzmn, su hija nica. El ministro
tiene talento perspicaz, profundo y a propsito para formar grandes
proyectos. Se precia de hombre universal porque tiene una somera idea
de todas las ciencias y se cree capaz de decidir en todo. Se imagina
ser un jurisconsulto consumado, un gran capitn y un poltico de los
ms sagaces. Aada usted a eso que es tan encaprichado en su parecer
que quiere que prevalezca sobre el de los dems, y esto slo porque no
se juzgue que se gobierna por dictamen de otro, defecto que, hablando
entre los dos, puede producir funestas consecuencias en gravsimo
perjuicio de la monarqua. Brilla en el Consejo por cierta elocuencia
natural, y escribira tan elegantemente como habla si no afectara,
para dar dignidad a su estilo, el hacerle obscuro y muy estudiado;
tiene pensamientos extravagantes, es caprichoso y fantstico. Este es
el retrato de su entendimiento. Vea usted ahora el de su corazn: es
generoso y buen amigo; se le acusa de vengativo; pero cun pocos son
los que dejan de serlo vindose con igual poder y en tanta elevacin!
Tambin le motejan de ingrato porque hizo desterrar al duque de
Uceda y a fray Luis de Aliaga, a quienes deba grandes favores;
mas eso puede perdonrsele, porque el deseo de ser primer ministro
dispensa de ser agradecido. Doa Ins de Ziga y Velasco, condesa de
Olivares--prosigui Jos--, es una seora en quien no advierto otra
tacha que la de vender a peso de oro las gracias que por su intercesin
se consiguen. Doa Mara de Guzmn (hoy da el partido mejor y ms
ventajoso de toda Espaa) es una seorita completa y el dolo de su
padre. Con arreglo a estas luces que os doy podris arreglar vuestra
conducta. Haced mucho la corte a estas dos seoras, mostraos ms
adicto al conde de Olivares que lo fuisteis al duque de Lerma antes de
vuestro viaje a Segovia y llegaris a ser un seor insigne y poderoso.
Tambin os aconsejo que no dejis de visitar de cuando en cuando a mi
amo don Baltasar. Es verdad que no necesitaris de l para vuestros
ascensos; mas, con todo, siempre convendr tenerle propicio. Al
presente os estima y le merecis buen concepto; procurad conservaros
en su amistad, porque en la ocasin os podr servir. Pero como to
y sobrino--repliqu yo a Navarro--gobiernan el Estado, quin sabe si
con el tiempo no se originarn entre los dos algunos celillos? No hay
que temer--me respondi--, porque reina entre ambos una estrechsima
unin. Sin don Baltasar, nunca hubiera sido primer ministro el conde de
Olivares, porque despus de la muerte de Felipe III todos los amigos
y partidarios de la casa de Sandoval se dividieron unos a favor del
cardenal y otros al de su hijo; pero mi amo, el ms perspicaz de todos
los cortesanos, y el conde, que no es menos sagaz que l, frustraron
todas sus medidas, y las tomaron por su parte tan ajustadas para
asegurarse en este puesto, que al fin dejaron burlados a todos sus
competidores. Nombrado primer ministro el conde de Olivares, reparti
el ministerio con su to don Baltasar, dando a ste el encargo de los
negocios exteriores y reservando para s el de los interiores, de
suerte que, estrechando por este medio los vnculos de la amistad, que
deben naturalmente unir a las personas de una misma sangre, estos dos
seores, independientes uno de otro, viven en una armona que me parece
inalterable.

Esta fu la conversacin que tuve con Jos, de la cual me prometa
sacar buen partido. Despus pas a dar las gracias al seor don
Baltasar de lo mucho que se haba interesado por m. Respondime con
el mayor agrado que aprovechara gustoso todas las ocasiones que se le
proporcionasen de servirme y que celebraba infinito verme igualmente
contento y satisfecho de su sobrino, a quien me asegur volvera a
hablar a favor mo, aunque no sea ms--aadi--que para que conozcis
cun presentes tengo en mi corazn todos vuestros intereses y al mismo
tiempo entendis que en lugar de un protector habis adquirido dos.
Tan a pechos haba tomado el favorecerme el seor don Baltasar en
atencin a las buenos oficios de Navarro.

Desde aquella misma noche dej mi posada de caballeros para ir a vivir
en casa del primer ministro, donde cen con Escipin en mi aposento,
en el cual fuimos servidos por criados de la misma casa, quienes
durante la cena, mientras nosotros afectbamos una gravedad severa, tal
vez reiran entre s del respeto que se les haba mandado nos guardasen.

Apenas levantaron la mesa se retiraron, y mi secretario, dejando de
reprimirse, me dijo mil locuras que su buen humor y sus lisonjeras
esperanzas le sugirieron. Por lo que a m toca, aunque estaba
embelesado con la brillante situacin en que comenzaba a verme, aun
no senta en mi interior ninguna disposicin a dejarme deslumbrar de
ella, y as, luego que me acost me qued dormido tranquilamente, sin
entregar mi imaginacin a las ideas risueas que podan ocuparla,
en vez de que Escipin durmi poco, pues pas la mitad de la noche
atesorando para casar a su hija Serafina.

No bien me haba acabado de vestir el da siguiente, cuando vinieron a
llamarme de parte del conde. Fu inmediatamente a ver a su excelencia,
el cual me dijo: Ea, Santillana, veamos algo de lo que sabes hacer!
T me has dicho que el duque de Lerma te encargaba algunas Memorias
para que se las redactases; yo tengo una que destino para prueba de tu
capacidad y de cuyo objeto voy a enterarte. Se trata de componer una
obra que disponga al pblico en favor de mi Ministerio. Ya he hecho
correr secretamente la voz de que he encontrado los negocios en gran
desorden y es menester ahora manifestar a los ojos de la corte y del
pblico la triste situacin a que se halla reducida la monarqua.
Conviene presentar sobre esto un cuadro que llame la atencin pblica y
no deje echar de menos a mi predecesor; despus ponderars las medidas
que he adoptado para hacer que sea glorioso el gobierno del rey,
florecientes sus Estados y sus vasallos completamente dichosos.

Dicho esto, me entreg un papel que contena los justos motivos de
los pueblos para estar descontentos con el Gobierno anterior, y me
acuerdo que constaba de diez artculos, el menor de los cuales era
muy bastante para sobresaltar a todo buen espaol. Hzome despus
pasar a un gabinetillo contiguo a su despacho y all me dej solo
para que trabajase con libertad. Comenc, pues, a componer mi Memoria
lo mejor que me fu posible. Expuse primeramente el estado lastimoso
en que se hallaba la Monarqua, el Erario exhausto, las rentas de
la corona estancadas en manos de asentistas, y la marina arruinada.
Recapitul despus los defectos cometidos por los que haban gobernado
la nacin en el reinado anterior y las funestas consecuencias que
podan traer consigo. En fin, pint la Monarqua en el mayor peligro
y censur tan acremente al Ministerio anterior que, segn mi Memoria,
la cada del duque de Lerma era una felicidad para la Espaa. A la
verdad, aunque yo no tena ningn motivo de queja de aquel seor, sin
embargo, no me pes hacerle esta buena obra. Finalmente, despus de
haber hecho la ms espantosa pintura de los males que amenazaban a
la Espaa, alentaba los nimos haciendo maosamente concebir a los
pueblos esperanzas lisonjeras para lo sucesivo. Haca hablar al conde
de Olivares como a un restaurador enviado por la Providencia para la
salvacin de la patria; prometa montes de oro y, en una palabra, llen
tan completamente los deseos del ministro, que qued sorprendido de mi
obra cuando acab de leerla. Santillana--me dijo--, t sabes que has
hecho una obra digna de un secretario de Estado? Ya no me admiro de
que el duque de Lerma se valiese de tu pluma. Tu estilo es lacnico y
aun elegante; pero me parece demasiado sencillo. Y al mismo tiempo,
hacindome notar los pasajes que no eran de su gusto, los vari,
juzgando yo por sus correcciones que le gustaban, como me haba dicho
Navarro, las expresiones estudiadas y obscuras. Sin embargo, aunque
le agradase tanto la nobleza, o, por mejor decir, la cultura en la
diccin, no por eso dej de conservar las dos terceras partes de mi
Memoria, y, para darme la mejor prueba de su plena satisfaccin, me
envi por don Ramn trescientos doblones al acabar yo de comer.


                              CAPITULO VI

  En qu invirti Gil Blas estos trescientos doblones y comisin que
  di a Escipin. Resultado de la Memoria de que acaba de hablarse.


Esta generosidad del ministro di nuevo motivo a Escipin para
repetirme mil parabienes de haber vuelto a la corte. Usted ve--me
dijo--que la fortuna tiene grandes designios para favorecerle. Est
usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad? Viva el seor
conde de Olivares, que es un amo muy diferente de su predecesor!
A pesar de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le dej morir
de hambre muchos meses sin regalarle ni un triste peso duro; mas
el conde ya le ha dado una gratificacin que usted no se hubiera
atrevido a esperar sino despus de largos servicios. Me alegrara
mucho--aadi--de que los seores de Leiva fuesen testigos de la
prosperidad de usted, o a lo menos de que la supiesen. Tiempo es de
noticirsela--le respond--, y de esto iba a hablarte, porque no dudo
desearn con mucha impaciencia saber de m; pero aguardaba para hacerlo
a verme en un estado fijo y decirles positivamente si me quedara
en la corte o no. Ahora que estoy seguro de mi suerte, puedes ir a
Valencia cuando quieras a informar a aquellos seores de mi situacin
actual, que miro como obra suya, siendo cierto que, a no habrmelo
ellos persuadido, jams me hubiera determinado a volver a Madrid.
Oh mi amado amo--exclam el hijo de la Coscolina--, qu alegra voy
a darles cuando les cuente lo que ha sucedido a usted! Cunto diera
por hallarme ya a las puertas de Valencia! Pero pronto estar all. Los
dos caballos de don Alfonso estn prevenidos; voy a ponerme en camino
con un lacayo de su excelencia, porque, adems de que me gusta llevar
compaa por el camino, usted sabe que la librea de un primer ministro
deslumbra.

No pude menos de rerme de la necia vanidad de mi secretario, y con
todo eso, yo, quiz aun ms vano que l, le permit hacer lo que le di
la gana. Marcha--le dije--, y vuelve prontamente, porque tengo que
darte otro encargo. Quiero enviarte a Asturias a llevar dinero a mi
madre. Por pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que promet
enviarle cien doblones, que t mismo te obligaste a ponerle en mano
propia. Las promesas de esta especie deben ser tan sagradas para un
hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en cumplirlas. Seor--me
respondi Escipin--, en seis semanas quedarn desempeados ambos
encargos; habr visto a los seores de Leiva, dado una vuelta por
vuestra quinta y visitado segunda vez la ciudad de Oviedo, de la cual
no me puedo acordar sin dar al diablo las tres partes y media de sus
habitantes. Entregu, pues, al hijo de la Coscolina cien doblones para
la pensin de mi madre y otros ciento para l, deseando que hiciese
felizmente el largo viaje que iba a emprender.

Poco despus de su partida su excelencia mand imprimir nuestra
Memoria, que apenas se hizo pblica cuando fu asunto de todas las
conversaciones de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades, le
gust infinito. La disipacin de las rentas reales, que estaba pintada
con los ms vivos colores, le indignaron contra el duque de Lerma, y si
los golpes que se descargaban contra este ministro no fueron aplaudidos
de todos, a lo menos merecieron la aprobacin de muchos. En cuanto a
las pomposas promesas que haca el conde de Olivares, y entre ellas
la de cubrir por medio de una discreta economa las atenciones del
Estado sin gravar a los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y
les confirmaron en el gran concepto que ya tenan de sus talentos, de
manera que por toda la poblacin resonaron sus alabanzas.

El ministro, satisfecho de haber conseguido con esta obra su objeto,
que no haba sido otro que el de granjearse la estimacin pblica,
quiso merecerla verdaderamente por medio de una accin laudable que
fuese til al rey. Recurri para ello a la invencin del emperador
Galba; es decir, que hizo que los particulares que se haban
enriquecido, sabe Dios cmo, con el manejo de los caudales pblicos
resarciesen al Erario. Luego que el conde hizo vomitar a aquellas
sanguijuelas la sangre que haban chupado y la guard en las arcas
reales, trat de conservarla en ellas haciendo suprimir todas las
pensiones, sin exceptuar la suya, como tambin las gratificaciones
que se daban del caudal de su majestad. Para lograr la ejecucin
de este designio, que no poda verificarse sin mudar la faz del
Gobierno, me mand componer otra Memoria, cuya substancia y mtodo me
indic; en seguida me encarg que procurase elevar todo lo posible la
ordinaria sencillez de mi estilo para dar ms dignidad a mis frases.
Ya estoy hecho cargo, seor--le dije--. Vuecencia quiere sublimidad
y brillantez; pues las tendr. Encerrme en el mismo gabinete donde
anteriormente haba trabajado y all puse manos a la obra despus de
haber invocado el genio elocuente del arzobispo de Granada.

Comenc por exponer que era preciso conservar con todo rigor los fondos
que haba en las arcas reales, que no deban emplearse absolutamente
sino en las necesidades de la Monarqua, como que era un fondo sagrado
que se deba reservar para imponer respeto a los enemigos de la
nacin. Despus haca presente al monarca (que era a quien se diriga
la Memoria) que suprimiendo las pensiones y gratificaciones cargadas
sobre la real hacienda no por eso se privaba del gusto que tendra
en recompensar generosamente el mrito y servicios de los vasallos
que se hiciesen acreedores a sus reales gracias, pues sin tocar a su
tesoro quedaba en estado de conceder grandes recompensas, porque para
unos tena virreinatos, gobiernos, hbitos de las Ordenes militares y
empleos en sus ejrcitos; para otros, encomiendas, sobre las cuales
podra imponer muchas pensiones, ttulos de Castilla y magistraturas,
y, por ltimo, todo gnero de beneficios eclesisticos para los que
quisiesen seguir la carrera de la Iglesia.

Esta Memoria, mucho ms larga que la anterior, me ocup cerca de tres
das, y, por mi fortuna, sali tan acomodada al gusto de mi amo, por
estar atestada de voces enfticas y de clusulas metafricas, que
me colm de alabanzas. Mucho me agrada lo que has hecho--me dijo,
ensendome los pasajes ms pomposos--. Estas s que son expresiones
vaciadas en buen molde. Animo, amigo mo; ya estoy previendo que me
servirs de grande utilidad! Sin embargo, en medio de los elogios
que me prodig, no dej de retocar la Memoria. Puso en ella mucho de
su casa, y form una pieza de elocuencia que admir al rey y a toda
la corte. El pblico la honr tambin con su aprobacin, presagi
felicidades para lo venidero, y se lisonje de que la Monarqua
recobrara su antiguo esplendor bajo el Ministerio de un personaje tan
insigne. Viendo su excelencia la mucha fama que le haba granjeado
aquel escrito, quiso que, por la parte que yo tena en l, recogiese
algn fruto; y as, dispuso que se me diese una pensin de quinientos
escudos sobre la encomienda de Castilla; lo que me fu tanto ms
apreciable cuanto que ste no era un bien mal adquirido, aunque lo
haba ganado con mucha facilidad.


                             CAPITULO VII

  Por qu casualidad, en dnde y en qu estado volvi a encontrar Gil
  Blas a su amigo Fabricio, y conversacin que tuvieron.


Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber lo que se pensaba
en Madrid de la conducta que observaba en su ministerio. Todos los
das me preguntaba qu se deca de l, y aun tena pagados espas que
le contaban puntualmente cuanto pasaba en la poblacin. Le referan
hasta las ms ligeras conversaciones que haban odo; y como les tena
encargado que le dijesen francamente la verdad, no tena poco que
sufrir algunas veces su amor propio, porque la lengua del pueblo es tan
suelta, que nada respeta.

Luego que conoc que el conde era amigo de que se le diesen noticias,
me dediqu a ir por las tardes a los sitios pblicos y mezclarme en las
conversaciones de personas decentes, donde las hubiera. Cuando hablaban
del Gobierno, escuchaba con atencin, y si decan algo digno de que lo
supiese su excelencia, no dejaba de noticirselo; pero debe observarse
que jams le deca nada que no le fuera favorable.

Volviendo en cierta ocasin de uno de estos sitios pas por delante
de la puerta de un hospital, y me di gana de entrar en l. Recorr
dos o tres salas llenas de enfermos, y, mirando a todas partes,
vi entre aquellos desgraciados, a quienes no poda considerar sin
lstima, uno que fij mi atencin, porque me pareci ver en l a mi
paisano y antiguo camarada Fabricio. Acerqume ms a su cama para
enterarme mejor, y aunque no pude ya dudar que era el poeta Nez,
con todo, me detuve algunos instantes a mirarle, pero sin decirle
nada. El me conoci luego, y me miraba del mismo modo. Al cabo,
rompiendo el silencio, le dije: O mis ojos me engaan, o ste que
miro es Fabricio. El mismo soy--me respondi framente--, y no debes
maravillarte. Desde que me separ de ti no he tenido otro oficio que
el de autor: he compuesto novelas, comedias y toda clase de obras
de ingenio, y he llegado al fin de esta carrera, que es parar en un
hospital.

No pude menos de rerme al or estas ltimas palabras, y mucho ms al
ver la seriedad con que las pronunci. Pues qu--exclam--, tu musa
te ha trado a tan miserable estado? Es posible que te haya jugado una
pieza tan villana? T mismo lo ests viendo--repuso l--; a estas
casas suelen venir a parar todos los que presumen de ingenios. T,
hijo mo, lo acertaste en seguir otro rumbo; pero ya no ests en la
Corte, y me parece que tus asuntos han mudado mucho de aspecto, y aun
me acuerdo de haber odo decir que de orden del rey te haban metido en
un castillo. As fu puntualmente--repuse yo--. La fortuna en que me
viste cuando nos separamos fu muy pasajera, pues pocos das despus
perd de repente mi empleo, mis bienes y mi libertad. Sin embargo,
amigo mo, hoy me vuelves a ver en un estado mucho ms brillante que
aquel en que me conociste en otro tiempo. Eso no es posible--dijo
Nez--. Tu aspecto es juicioso y modesto; no noto en ti aquella
vanidad y aquella altanera que suelen inspirar las prosperidades.
Las desgracias--le repliqu--han purificado mi virtud. En la escuela
de la adversidad aprend a gozar de las riquezas sin dejarme dominar
por ellas.

Acaba, pues, y dime--interrumpi Fabricio, incorporndose en la
cama con jbilo--qu empleo es el que tienes y en qu te ocupas al
presente. Eres por ventura mayordomo de algn gran seor arruinado,
o de alguna viuda rica? Todava estoy mucho mejor--le respond--.
Pero por ahora dispnsame, te ruego, de explicarme ms, que en mejor
ocasin contentar enteramente tu curiosidad. Al presente bstete
saber que estoy en situacin de poder servirte, o ms bien de ponerte
en estado de no necesitar de nadie para pasarlo con decencia, con tal
que me des palabra de no componer ms obras de ingenio en verso ni en
prosa. Sers capaz de hacer tan gran sacrificio? Ya lo he hecho al
Cielo--me dijo--en la enfermedad mortal de que me ves convaleciente.
Un religioso dominico me ha movido a abjurar de la poesa como de una
ocupacin que, si no es criminal, desva por lo menos de la prudencia.

Mil parabienes te doy por tan cuerda resolucin, mi querido Nez;
pero gurdate bien de la recada. Esa es la que no temo--me
replic--, porque tengo hecho firmsimo propsito de abandonar a
las Musas; por seas, de que cuando entraste en esta sala estaba
haciendo una composicin en verso en que me despeda de ellas para
siempre. Seor Fabricio--le dije entonces meneando la cabeza--,
no s si el padre dominico y yo podremos fiarnos de tu abjuracin,
porque te veo ciegamente enamorado de aquellas doctas doncellas.
No, no!--me respondi con viveza--. Tengo ya rotos todos los lazos
que me estrechaban con ellas. Todava he hecho ms, pues he cobrado
aversin al pblico. No merece que los autores quieran consagrarle
sus desvelos, y yo me avergonzara mucho de componer alguna obra que
lograse su aprobacin! Y no creas--continu--que el resentimiento me
dicta este lenguaje. Dgotelo con serenidad: tanto caso hago de los
aplausos del pblico como de sus desprecios. Es difcil saber quin
gana o quin pierde con l; es tan caprichoso que hoy piensa de una
manera y maana de otra. Muy locos son los poetas dramticos que se
llenan de vanidad cuando ven que sus producciones han sido recibidas
con aplauso! Aunque la primera vez que se representen causen mucho
ruido por la novedad, si veinte aos despus vuelven a aparecer en
el teatro, son por la mayor parte mal recibidas. La misma fortuna
corren por lo comn las novelas y los dems libros de pura diversin
cuando salen a luz, pues si a los principios logran la aprobacin de
todos, poco a poco la van perdiendo hasta que al fin llegan a caer
en desprecio. Los que viven ahora acusan de mal gusto a los que les
han precedido, y el mismo defecto les imputarn a ellos los que vengan
despus. De donde concluyo que los autores que son aplaudidos en este
siglo sern silbados en el siguiente. As que todo el honor y toda la
estimacin que nos granjea el buen xito de una obra impresa no es en
suma otra cosa que una pura quimera, una ilusin de nuestra fantasa y
un fuego de paja cuyo humo desvanece el viento en un instante.

A pesar de que conoc desde luego ser efecto de melancola y de mal
humor este juicioso modo de discurrir de mi poeta de Asturias, no me di
por entendido, y slo le dije: Verdaderamente, quedo gozoso de verte
divorciado de las obras de ingenio y curado radicalmente de la mana
de escribir. Desde ahora puedes estar seguro de que cuanto antes te
har dar un empleo con que puedas mantenerte decorosamente sin fatigar
tu imaginacin. Mejor para m!--respondi muy alegre--. El ingenio
comienza a olerme mal, y ya le considero como el don ms funesto que
el Cielo puede conceder al hombre. Deseo, amado Fabricio--repuse
yo--, que conserves siempre esas ideas; y te vuelvo a repetir que si
persistes en abandonar la poesa, muy presto te har con un empleo tan
honroso como lucrativo; pero mientras logro hacerte este servicio, te
ruego que admitas esta corta prueba de mi amistad. Y diciendo esto, le
puse en la mano un bolsillo en que habra como unos sesenta doblones.

Oh generoso amigo!--exclam enajenado de gozo y de gratitud el
hijo del barbero Nez--. Qu gracias debo dar al Cielo por haberte
trado a este hospital! Hoy mismo quiero salir de l con tu socorro.
Efectivamente, as lo ejecut, hacindose llevar a una buena posada.
Pero antes de separarnos le inform de mi alojamiento, convidndole
a que me fuese a ver luego que se sintiese perfectamente recuperado.
Quedse muy sorprendido cuando le dije que viva en casa del conde de
Olivares. Oh bienaventurado Gil Blas--me dijo--que tienes la fortuna
de agradar a los ministros! Me complazco en tu felicidad, pues haces
tan buen uso de ella.


                             CAPITULO VIII

  Gil Blas se granjea cada da ms el afecto del ministro; vuelve
  Escipin a Madrid, y relacin que hace a Santillana de su viaje.


El conde de Olivares, a quien en adelante llamar el _conde-duque_,
porque con este ttulo se dign honrarle el rey por este tiempo,
tena una flaqueza, que descubr en l, no sin fruto para m, y era
la de querer que le tuvieran cario. Luego que conoca que alguno le
serva con buen afecto, le daba parte en su amistad. No me descuid
en aprovecharme bien de esta observacin, pues no contento con
ejecutar puntualmente cuanto me mandaba, obedeca sus rdenes con
demostraciones de celo que le encantaban. Estudiaba su gusto en todas
las cosas para conformarme a l y anticiparme a sus deseos en cuanto me
fuera posible.

Por este modo de proceder, con el que casi nunca se deja de conseguir
lo que se intenta, llegu insensiblemente a ser el favorito de mi amo,
quien por su parte, conociendo que yo adoleca de la misma flaqueza que
l, me gan la voluntad con las demostraciones de cario que me hizo.
Me granje tanto su amistad, que llegu a participar de su confianza,
igualmente que el seor Carnero, su primer secretario.

Este se haba valido de los mismos medios que yo para agradar a su
excelencia, y lo haba logrado tan bien, que le revelaba los arcanos
del Gabinete; y as, los dos ramos confidentes del primer ministro
y los depositarios de sus secretos, pero con esta diferencia: que a
Carnero slo le hablaba de los negocios de Estado, y a m, de los
que tocaban a sus intereses personales; lo que formaba, por decirlo
as, dos departamentos separados, con lo cual uno y otro estbamos
igualmente gustosos, viviendo juntos sin celo y sin amistad. Yo tena
motivo para estar contento con mi destino, porque, proporcionndome
continuamente la ocasin de estar con el conde-duque, me pona en
estado de penetrar en el fondo de su alma, que dej de ocultarme, en
medio de ser naturalmente reservado, cuando lleg a convencerse de la
sinceridad de mi afecto hacia l.

Santillana--me dijo un da--, t has visto al duque de Lerma gozar
de una autoridad que menos pareca la de un ministro favorito que el
poder de un monarca absoluto; sin embargo, yo soy ms feliz que lo era
l en el mayor auge de su fortuna. El tena dos enemigos formidables
en el duque de Uceda, su propio hijo, y en el confesor de Felipe III;
en vez de que yo a nadie veo cerca del rey con bastante favor para
perjudicarme, ni aun de quien yo sospeche que me tenga mala voluntad.
Es verdad--continu--que desde mi elevacin al Ministerio puse el mayor
cuidado en que no estuviesen al lado de su majestad otras personas que
las enlazadas conmigo por amistad o por parentesco. Con virreinatos
o embajadas me he ido deshaciendo de todos los seores cuyo mrito
personal hubiera podido hacerme decaer de la gracia del soberano,
que yo quiero gozar entera y exclusivamente; de manera que en la
actualidad me puedo lisonjear de que ningn grande me hace sombra. Ya
ves, Gil Blas--aadi--, que te descubro mi corazn; como tengo motivo
para creer que me eres enteramente afecto, he echado mano de ti para
que seas mi confidente. Tienes entendimiento, te contemplo juicioso,
prudente y discreto; en una palabra, te considero a propsito para el
desempeo de mil comisiones que piden un sujeto muy inteligente y que
tome parte en mis intereses.

No pude desechar del todo las ideas lisonjeras que estas palabras
excitaron en mi imaginacin; subironseme repentinamente a la cabeza
algunos humos de ambicin y de avaricia, que despertaron en m ciertos
afectos de que crea haber triunfado. Asegur al ministro que hara
cuanto estuviese de mi parte para corresponder a sus deseos, y me
prepar para ejecutar sin escrpulo todas las rdenes que tuviera por
conveniente darme.

Entre tanto que yo me dispona de este modo a erigir nuevos altares a
la Fortuna, volvi Escipin de su viaje. No tengo--me dijo--muy larga
relacin que haceros: caus una grande alegra a los seores de Leiva
cuando les dije la buena acogida que usted hall en el rey luego que le
conoci, y de qu modo se conduce con usted el conde de Olivares.

Interrump a Escipin dicindole: Ms alegra les hubieras causado,
amigo mo, si hubieras podido contarles el predicamento en que me hallo
en el da para con el ministro. Son verdaderamente de admirar los
rpidos progresos que despus de tu partida he hecho en el corazn de
su excelencia. Sea Dios bendito, mi querido amo!--respondi--. Ya
presiento que tendremos excelentes destinos que desempear!

Mudemos de conversacin--le dije--, y hablemos de Oviedo. Cuando
saliste de Asturias, en qu estado dejaste a mi madre? Ah,
seor!--me respondi, tomando de repente un aspecto afligido--. Las
noticias que tengo que daros sobre ese punto no son sino tristes. Oh
cielos!--exclam--. Sin duda mi madre ha muerto! Seis meses ha--dijo
mi secretario--que la buena seora pag el tributo a la Naturaleza, y
lo mismo el seor Gil Prez su to de usted.

Afligime vivamente la muerte de mi madre, aunque en mi infancia no
haba recibido de ella aquellas caricias que tanto necesitan los hijos
para ser agradecidos en lo sucesivo. Tambin derram algunas lgrimas
por el buen cannigo, acordndome del cuidado que haba tenido de mi
educacin. A la verdad, no dur mucho mi pesadumbre, que muy presto
qued reducida a una tierna memoria que siempre he conservado de mis
parientes.


                              CAPITULO IX

  Cmo y con quin cas el conde-duque a su hija nica, y los
  sinsabores que produjo este matrimonio.


Poco despus del regreso del hijo de la Coscolina vi al conde-duque por
espacio de unos ocho das muy parado y pensativo. Me persuad de que
estaba meditando alguna grande empresa de poltica; pero presto llegu
a saber que lo que le tena tan suspenso era un asunto domstico. Gil
Blas--me dijo una tarde--, quiz habrs reparado que hace das ando
pensativo. As es, hijo mo; no puedo negar que enteramente me ocupa un
negocio del cual depende el sosiego de mi alma, y voy a confirtelo.
Mi hija doa Mara--continu--se halla ya en edad de tomar estado,
y son muchos los pretendientes que aspiran a su mano. El conde de
Niebla, primognito del duque de Medinasidonia, cabeza de la Casa de
Guzmn, y don Luis de Haro, hijo y heredero del marqus del Carpio y de
mi hermana mayor, son los dos concurrentes que parecen ms dignos de
merecer la preferencia. Sobre todo el mrito del ltimo es tan superior
al de sus competidores, que toda la corte est persuadida de que ser
el que preferir para yerno. Con todo eso, sin pararme en explicarte
los motivos que tengo para desechar a ambos, te dir que he puesto
los ojos en don Ramiro Nez de Guzmn, marqus de Toral, cabeza de
la Casa de los Guzmanes de Abrados. A este seor y a los hijos que
nacieren de mi hija quiero dejar todos mis bienes, vincularlos al
ttulo de conde de Olivares, y anejar a l la grandeza; de suerte que
mis nietos y sus descendientes que vinieren de la rama de Abrados y de
la de Olivares pasarn por primognitos de la Casa de Guzmn. Dime,
Santillana--aadi--: apruebas este proyecto? Seor--le respond--,
es propio de la capacidad y talento que lo ha formado; lo nico que
recelo es que el duque de Medinasidonia podr quejarse de l. Qujese
cuanto quiera--respondi--; nada me importa. No tengo inclinacin a su
rama, que ha usurpado a la de Abrados el derecho de primogenitura y
los ttulos anexos a ella. Menos impresin me harn sus quejas que el
sentimiento que tendr mi hermana la marquesa del Carpio al ver que su
hijo pierde el enlace con mi hija. Pero sobre todo yo quiero hacer mi
gusto, y don Ramiro ser preferido a todos sus rivales; as lo tengo
determinado.

Habiendo el conde-duque tomado esta resolucin, no pas, sin embargo,
a ejecutarla sin afianzarla primero con un golpe diestro de poltica.
Present un memorial al rey y a la reina suplicando a sus majestades
se dignasen disponer de la mano de su hija doa Mara, exponindoles
las cualidades de los seores que la pretendan y remitindose
enteramente a la eleccin de sus majestades, bien que, hablando del
marqus de Toral, no se dejaba de conocer su particular inclinacin a
este partido. En virtud de esto, el rey, que deseaba mucho complacer a
su ministro, le di por escrito la respuesta siguiente: _Juzgo a don
Ramiro Nez digno de doa Mara. Sin embargo, elige por ti mismo; el
partido que ms te convenga ser el que a m ms me agrade._--EL REY.

Manifest el ministro esta respuesta con cierta afectacin, y fingiendo
entenderla como una orden del soberano, se di prisa a casar a su
hija con el marqus de Toral, resolucin de que se resinti vivamente
la marquesa del Carpio, como todos los Guzmanes, que estaban muy
satisfechos con la esperanza del enlace con doa Mara. En medio de
esto, unos y otros, cuando vieron que no podan impedir el casamiento,
aparentaron celebrarle con las mayores demostraciones de alegra.
Pareca que toda la familia estaba fuera de s de contento; pero tard
poco en verse vengado su disgusto del modo ms cruel y doloroso para
el conde. A los diez meses di a luz doa Mara una nia, que muri al
nacer, y poco despus la misma madre fu vctima de su sobreparto.

Qu prdida para un padre idlatra (por decirlo as) de su hija,
y ms viendo con esto desvanecido su proyecto de quitar el derecho
de progenitura a la rama de Medinasidonia! Esto le afligi tan
profundamente, que se encerr por algunos das sin que le viese nadie
sino yo, que, conformndome a su excesivo sentimiento, me mostraba
tan apesadumbrado como l. Forzoso es decir la verdad: yo aprovech
esta coyuntura para derramar nuevas lgrimas en memoria de Antonia. La
semejanza que haba entre su muerte y la de la marquesa de Toral volvi
a abrir una herida mal cicatrizada, causndome tanto sentimiento, que
el ministro, a pesar de lo abatido que le tena su propia pena, no
pudo menos de advertir la ma. Admirle verme tomar tan activa parte
en sus amarguras. Gil Blas--me dijo un da que le parec abismado en
una profunda tristeza--, es un consuelo muy dulce para m el tener un
confidente tan sensible a mis angustias. Ah seor!--le respond,
vendindole por fineza mi quebranto--. Sera yo el hombre ms ingrato
y mi corazn el ms duro si no las sintiera tan vivamente. Pues qu,
podra vuestra excelencia llorar la muerte de una hija de tanto mrito
y a quien amaba tan tiernamente, sin que yo mezclase mis lgrimas con
las suyas? No, seor; me tiene vuestra excelencia demasiado colmado de
beneficios para que yo pueda dejar en toda mi vida de tomar parte en
sus satisfacciones y en sus pesadumbres.


                              CAPITULO X

  Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Nez; refirele ste
  que se representa una tragedia suya en el teatro del Prncipe;
  desgraciado xito que tuvo, y efecto favorable que le produjo esta
  desgracia.


Comenzaba el ministro a consolarse, y, por consiguiente, tambin yo
a recobrar mi buen humor, cuando sal una tarde a pasearme solo en
coche. En el camino encontr al poeta asturiano, a quien no haba visto
despus de su salida del hospital. Advert que estaba decentemente
vestido. Llamle, hcele entrar en el coche y fuimos juntos a pasear en
el prado de San Jernimo.

Seor Nez--le dije--, ha sido fortuna ma haberos encontrado por
casualidad; a no ser as, nunca lograra el gusto de... Djate
de reconvenciones, Santillana!--interrumpi con precipitacin--.
Confieso de buena fe que de propsito no quise ir a visitarte, y te
voy a decir el motivo. T me prometiste un buen empleo, con tal que
renunciase a la poesa, y yo he encontrado otro ms slido con la
condicin de hacer versos; he aceptado este ltimo por ser ms conforme
a mi genio. Un amigo mo me ha colocado en casa de don Beltrn Gmez
del Ribero, tesorero de las galeras del rey. Este don Beltrn quera
mantener a sus expensas un buen ingenio, y habindole parecido muy
sublime mi versificacin, me ha preferido a cinco o seis autores que se
presentaron para ocupar la plaza de secretario de su ramo.

Me alegro infinito de eso, querido Fabricio--le dije--, porque ese
don Beltrn verosmilmente ser muy rico. Cmo rico!--me replic
Fabricio--. Dicen que ni aun l mismo sabe lo que tiene. Pero, como
quiera que sea, he aqu en qu consiste el empleo que desempeo en
su casa. Como se precia de cortejante y quiere pasar por hombre de
ingenio, se vale de mi pluma para componer billetes llenos de sal y
de gracia, dirigidos a muchas damas muy vivarachas con quienes tiene
frecuente correspondencia. En su nombre escribo a una en verso, a otra
en prosa, y algunas veces yo mismo soy el portador de los billetes,
para hacer ver mis muchos talentos.

Pero t no me enteras--le dije--de lo que ms deseo saber. Te
pagan bien tus epigramas epistolares? Con mucha liberalidad--me
respondi--. No todos los ricos son esplndidos, pues algunos conozco
que son muy tacaos; pero don Beltrn se porta conmigo generosamente.
Adems de los doscientos doblones de sueldo que me tiene sealados,
me da de tiempo en tiempo algunas pequeas gratificaciones, lo
cual me pone en estado de hacer el papel de seor y de pasar el
tiempo alegremente con algunos autores tan enemigos como yo de la
melancola. En suma--le repliqu yo--: es tu tesorero hombre de
tanto gusto que conozca las bellezas de una obra y note sus defectos?
Oh! Tanto como eso, no--me respondi Nez--. Aunque tiene una
verbosidad que deslumbra, no es inteligente. Sin embargo, se cree
otra _Tarpa_; decide resueltamente, y sostiene su opinin con tanta
altanera y tenacidad, que las ms de las veces, cuando disputa, todos
se ven obligados a ceder para evitar una granizada de expresiones
descorteses que acostumbra a descargar sobre los que le contradicen.
De aqu puedes inferir que pongo el mayor cuidado en no oponerme
jams a lo que dice, por ms razn que muchas veces me asista para
ello; porque, adems de los eptetos poco gustosos que oira de su
boca, es seguro que me echara a la calle. Apruebo, pues--continu--,
todo lo que l alaba, y repruebo todo cuanto le disgusta. Por esta
condescendencia, que en la realidad poco o nada me cuesta, pues
fcilmente me acomodo al carcter y genio de las personas que me pueden
servir, me he hecho dueo de la estimacin y voluntad de mi patrono.
Empeme en componer una tragedia, cuya idea me sugiri l mismo.
Compsela a vista suya; si sale bien, deber toda mi gloria a las
lecciones que l me ha dado.

Preguntle el ttulo de la tragedia, y me respondi: Intitlase _El
conde de Saldaa_, la cual se representar en el corral del Prncipe
dentro de tres das. Deseo mucho--le repliqu--, que logre todo el
aplauso y concepto que tu ingenio me hace esperar. Yo tambin lo
espero--me dijo l--; verdad es que no hay esperanzas ms falibles que
stas, por estar tan inciertos los autores del xito que tendrn sus
obras en las tablas.

Lleg, en fin, el da de la primera representacin. Yo no asist a
ella por haberme dado el ministro cierto encargo que me lo estorb,
y lo ms que pude hacer fu enviar a Escipin para que a lo menos me
informase del xito de una pieza en que me interesaba. Despus de
haberle estado esperando con impaciencia, le vi entrar con un semblante
que me di mala espina y no me dej presagiar cosa buena. Y bien--le
pregunt--: cmo ha recibido el pblico a _El conde de Saldaa_?
Malsimamente--me respondi--. En mi vida he visto comedia tratada
con mayor ignominia. Me he salido indignado de la insolencia del
patio. No estoy yo menos indignado--le interrump--contra la mana
que Nez tiene de componer piezas dramticas. No debe haber perdido
el juicio para preferir los ignominiosos silbidos del populacho al
decoroso estado en que pude colocarle? As me desahogaba yo echando
pestes contra el poeta de Asturias por la inclinacin que le tena,
afligindome de la desgracia de su drama, mientras l estaba tan
satisfecho de su obra.

Efectivamente; dos das despus le vi entrar en mi cuarto que no caba
en s de gozo. Santillana--exclam alborozado luego que me vi--,
vengo a darte parte de mi suma felicidad. La composicin de una mala
tragedia ha causado mi fortuna. Ya sabrs lo mal que fu recibido mi
pobre _Conde de Saldaa_; todos los espectadores se amotinaron contra
l; pero este desenfreno universal fu justamente el que asegur mi
dicha para toda vida.

Qued aturdido al or hablar de este modo al poeta Nez. Cmo as,
Fabricio?--le pregunt pasmado--. Es posible que el alto desprecio
con que fu tratada tu tragedia sea puntualmente el motivo de tu
desmesurada alegra? As es, ni ms ni menos--me respondi--. Ya
te dije la mucha parte que don Beltrn tuvo en su composicin; por
lo mismo, la calific de una obra a todas luces excelente. Picado en
extremo de que el pblico hubiera sido de un sentir tan contrario
al suyo, me dijo esta maana: Nez, _Victrix causa diis placuit,
sed victa Catoni_; si tu tragedia pareci tan mal a las gentes, a m
me gust mucho, y esto te debe bastar. Y para que te consueles del
dolor que naturalmente te causar la injusticia y el mal gusto del
siglo presente, desde ahora te sealo dos mil escudos de renta anual
y vitalicia sobre todos mis bienes. Vamos desde aqu a casa de mi
escribano a otorgar la escritura. Con efecto, partimos inmediatamente.
El tesorero firm la escritura de donacin, y me ha pagado el primer
ao anticipado.

Di mil parabienes a Fabricio por el desgraciado xito de su _Conde
de Saldaa_, que haba redundado en provecho del autor. Tienes
razn--prosigui l--en cumplimentarme por una cosa tan extraa.
Dichoso yo una y mil veces de haber sido silbado! Si el pblico, ms
benvolo, me hubiera honrado con sus aplausos, qu fruto hubiera
sacado de ellos? Ninguno, o a lo sumo algunos reales que de nada me
serviran; pero los silbidos en un instante me han puesto en estado de
pasar cmodamente el resto de mis das.


                              CAPITULO XI

  Consigue Santillana un empleo para Escipin, el cual se embarca
  para Nueva Espaa.


No mir mi secretario sin alguna envidia la impensada fortuna del poeta
Nez, de manera que en toda una semana no ces de hablarme de ella.
Admirado estoy--me deca--de los caprichos de la Fortuna, la cual
muchas veces parece que se deleita en colmar de bienes a un detestable
autor mientras abandona a los mejores en manos de la miseria. Cunto
celebrara yo que un da se le antojase hacerme rico de la noche a
la maana! Eso--le dije--podr quiz suceder ms presto de lo que
piensas. T ests ahora en el templo de esa deidad, porque, si no me
engao mucho, la casa de un primer ministro se puede muy bien llamar
_el templo de la Fortuna_, donde de repente se ven elevados y opulentos
los que logran su favor. Decs, seor, mucha verdad--me respondi--;
pero es menester tener paciencia para esperarle. Vulvote a
decir--le repliqu--que te sosiegues. Quin sabe si quiz a estas
horas se te est preparando alguna buena comisin? Con efecto, pocos
das despus se me present ocasin de emplearle tilmente en servicio
del conde-duque y no la dej escapar.

Hallbame una maana en conversacin con don Ramn Caporis, mayordomo
del primer ministro, y era el asunto sobre las rentas de su excelencia.
Mi seor--deca l--goza de varias encomiendas en todas las Ordenes
militares, que le reditan cada ao cuarenta mil escudos, sin ms
obligacin que la de llevar la cruz de Alcntara. Fuera de eso, los
tres empleos de gentilhombre de cmara, caballerizo mayor y gran
canciller de Indias le producen doscientos mil escudos. Pero todo
esto es nada en comparacin de los inmensos caudales que saca de las
Indias. Sabe usted cmo? Cuando los buques del rey salen de Sevilla o
de Lisboa para aquellos pases, hace embarcar en ellos vino, aceite y
todo el trigo que le produce su condado de Olivares, sin que le cueste
un maraved la conduccin. En Indias se venden estos gneros a precio
cuatro veces mayor del que valen en Espaa. Con el dinero que gana en
esta venta compra especiera, colores y otras drogas que en el Nuevo
Mundo estn casi de balde y en Europa se venden a subido precio. Este
es un trfico que le vale muchos millones, sin el menor perjuicio del
Erario. Y no extraar usted--continu--que las personas empleadas en
hacer este comercio vuelvan todas cargadas de riquezas, porque su
excelencia lleva a bien que, haciendo su negocio, hagan tambin ellas
el suyo.

El hijo de Coscolina, que escuchaba nuestra conversacin, no pudo
or hablar as a don Ramn sin interrumpirle. Pardiez, seor
Caporis--exclam--, que yo de buena gana sera uno de esos empleados, y
ms que ha muchos aos tengo grandes deseos de ver a Mjico! Presto
satisfara yo tu curiosidad--le dijo el mayordomo--si el seor de
Santillana no se opusiera a tus deseos. Aunque soy algo delicado en
la eleccin de los sujetos que envo a las Indias para hacer este
trfico, porque al fin yo soy el que los nombro, desde luego te
sentara ciegamente en mi registro con tal que lo consintiese tu amo.
Mucha satisfaccin tendra--dije a don Ramn--en que usted me diese
esta prueba de amistad. Escipin es un mozo a quien estimo, y adems
de eso es muy capaz, y tan puntual en todo lo que se pone a su cargo,
que espero no dar el menor motivo de disgusto; respondo por l como
pudiera responder por m mismo. Siendo as--replic Caporis--, desde
luego puede marchar a Sevilla, de donde dentro de un mes se harn a
la vela los navos que han de pasar a Indias. Llevar una carta ma
para cierto sujeto que le instruir bien en todo lo que debe hacer
para utilizar mucho sin el menor perjuicio de los intereses de su
excelencia, que siempre deben ser muy sagrados para l.

Alegrsimo Escipin con el nuevo empleo, dispuso su viaje a Sevilla,
con mil escudos que le di para que comprase en Andaluca vino y aceite
y pudiese as traficar por su cuenta en las Indias. Mas, sin embargo de
las esperanzas que llevaba de mejorar de fortuna en el viaje, no pudo
separarse de m sin lgrimas ni yo privarme de l con ojos enjutos.


                             CAPITULO XII

  Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su viaje; grave
  afliccin de Gil Blas y alegra que la sigui.


Apenas se haba ausentado Escipin, cuando un paje del ministro entr
en mi cuarto y me entreg un billete que contena estas palabras: Si
el seor de Santillana quisiese tomarse la molestia de ir al mesn de
San Gabriel, en la calle de Toledo, ver en l a uno de sus mayores
amigos. Quin podr ser este amigo?--deca entre m mismo--. Y por
qu razn me ocultar su nombre? Tal vez quiere sazonarme el gusto de
verle con el sainete de la sorpresa.

Sal al instante de casa, me encamin a la calle de Toledo, llegu al
sitio sealado y me qued no poco suspenso de encontrar a don Alfonso
de Leiva. Qu es lo que veo!--exclam--. Vuestra seora aqu,
seor! S, mi querido Gil Blas--me respondi tenindome estrechamente
abrazado--. El mismo don Alfonso en persona es el que tienes a la
vista. Pero qu negocio le ha trado a vuestra seora a Madrid?,
le dije. Te voy a sorprender--me respondi--y afligirte enterndote de
la causa de mi viaje. Sbete que me han quitado el gobierno de Valencia
y que el primer ministro ha mandado me presente en la corte a dar
cuenta de mi conducta.

Permanec un cuarto de hora en un profundo silencio; despus, volviendo
a tomar la palabra, De qu se le acusa a usted?, le dije. Nada
s--respondi--; pero atribuyo mi desgracia a la visita que hice
tres semanas ha al cardenal duque de Lerma, que hace un mes se halla
confinado en su palacio de Denia. Oh! En verdad--interrump yo--que
vuestra seora tiene razn en atribuir su desgracia a esta indiscreta
visita; no hay que buscar otra culpa. Y vuestra seora me permitir
le diga que se olvid de consultar su acostumbrada prudencia cuando
fu a ver a un ministro desgraciado. El yerro ya se cometi--me dijo
l--, y he tomado voluntariamente mi determinacin. Me retirar con mi
familia a la quinta de Leiva, donde pasar en un profundo sosiego el
resto de mis das. Lo nico que ahora me aflige--aadi--es el verme
obligado a presentarme a un ministro orgulloso y dominante, que quiz
me recibir con poco agrado, cosa intolerable para quien naci con
alguna honra. A pesar de que esto es una necesidad, he querido hablarte
antes de someterme a ella. Seor--le dije--, no se presente vuestra
seora al ministro sin que yo sepa antes de lo que se le acusa,
pues el mal no es irreparable. Sea lo que fuere, vuestra seora se
servir llevar a bien que yo d en el asunto todos aquellos pasos que
exigen de m la gratitud y el afecto. Diciendo esto, le dej en el
mesn, asegurndole que dentro de poco nos volveramos a ver. Como yo
no intervena ya en ningn negocio de Estado desde las dos Memorias
de que he hecho tan elocuente mencin, fu a buscar a Carnero para
preguntarle si era verdad que a don Alfonso de Leiva se le haba
quitado el gobierno de la ciudad de Valencia. Respondime que s, pero
que ignoraba la causa de ello. Con esto resolv sin vacilar acudir al
mismo ministro para saber de su propia boca los motivos que poda tener
para estar quejoso del hijo de don Csar.

Estaba yo tan penetrado de dolor por este fatal acontecimiento, que no
tuve necesidad de aparentar tristeza para parecer afligido a los ojos
del conde. Qu tienes, Santillana?--me pregunt luego que me vi--.
Descubro en tu semblante seales de pesadumbre, y aun veo que las
lgrimas estn prontas a correr de tus ojos. Te ha ofendido alguno?
Habla, y pronto quedars vengado! Seor--le respond llorando--,
aun cuando quisiera disimular mi pena, no podra, porque casi llega a
trminos de desesperacin. Acaban de asegurarme que ya no es gobernador
de Valencia don Alfonso de Leiva, y no podan darme noticia que me
fuera ms sensible. Qu me dices, Gil Blas?--repuso el ministro
admirado--. Pues qu tienes t con don Alfonso ni con su gobierno?
Entonces le hice una puntual relacin de todas las obligaciones que
deba a los seores de Leiva, y despus le cont cmo y cundo haba yo
obtenido del duque de Lerma para el hijo de don Csar el gobierno de
que se trataba.

Despus que su excelencia me oy con una atencin llena de bondad
hacia m, me dijo: Enjuga tus lgrimas, amigo mo. Adems de que yo
ignoraba lo que me acabas de contar, te confesar que miraba a don
Alfonso como hechura del cardenal de Lerma. Ponte en mi lugar. La
visita que hizo a este purpurado, no te le hubiera hecho sospechoso?
Quiero, no obstante, creer que, habindosele conferido su empleo por
aquel ministro, puede haber dado este paso por un mero impulso de
agradecimiento. Siento haber separado de su empleo a un hombre que te
le deba a ti; pero si deshice lo que habas hecho t, puedo repararlo,
y aun quiero hacer por ti lo que no hizo el duque de Lerma. Don Alfonso
de Leiva, tu amigo, no era ms que gobernador de la ciudad de Valencia,
pero yo le hago virrey del reino de Aragn. Te doy licencia para que
le comuniques esta noticia, y puedes decirle que venga a prestar
juramento. Cuando o estas palabras, pas del extremo de la afliccin
a un exceso de alegra que me enajen, en trminos que lo conoci su
excelencia en el modo de manifestarle mi agradecimiento; mas no le
desagrad el desconcierto de mis palabras, y como le haba enterado de
que don Alfonso estaba en Madrid, me dijo que poda yo presentrsele en
aquel mismo da. Fu volando al mesn de San Gabriel, en donde colm
de gozo al hijo de don Csar anuncindole su nuevo empleo. No poda
creer lo que yo le deca, porque tena dificultad en persuadirse de
que, por ms amistad que me tuviera el primer ministro, fuera capaz de
dar virreinatos por mi influjo. Condjele a casa del conde-duque, que
le recibi muy afablemente y le dijo que se haba comportado tan bien
en su gobierno de la ciudad de Valencia que, contemplndole el rey
apto para desempear un empleo ms elevado, le haba nombrado para el
virreinato de Aragn. Por otra parte--aadi--, esta dignidad no es
superior a la categora de vuestro nacimiento, y la nobleza aragonesa
no podra quejarse de la eleccin de la Corte. Su excelencia no me
tom en boca y el pblico ignor la parte que yo haba tenido en aquel
negocio, lo que puso a cubierto a don Alfonso y al ministro de las
habladuras del pblico sobre el nombramiento de un virrey que era
hechura ma.

Luego que el hijo de don Csar estuvo seguro de su promocin, despach
un propio a Valencia para noticiarla a su padre y a Serafina, que al
momento pasaron a Madrid, y su primera diligencia fu visitarme y
colmarme de demostraciones de vivo agradecimiento. Qu espectculo
tan tierno y glorioso fu para m ver a las tres personas que ms
amaba en el mundo abrazarme a competencia! Tan agradecidos a mi
amor como al esplendor que el virreinato iba a aadir a su casa, no
hallaban palabras con qu manifestar su reconocimiento. Me hablaban
como si trataran con igual suyo, pareciendo haber olvidado que haban
sido mis amos; todo les pareca poco para darme pruebas de amistad.
Para suprimir circunstancias intiles, don Alfonso, despus de haber
recibido el real despacho, dado gracias al rey y al ministro y prestado
el juramento acostumbrado, march de Madrid con su familia para ir a
establecer su residencia en Zaragoza. Hizo all su entrada pblica
con la mayor magnificencia, y los aragoneses acreditaron con sus
aclamaciones que yo les haba dado un virrey que les era muy acepto.


                             CAPITULO XIII

  Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastn de Cogollos y a don
  Andrs de Tordesillas; adnde fueron todos tres; fin de la
  historia de don Gastn y doa Elena de Galisteo; qu servicio hizo
  Santillana a Tordesillas.


Estaba yo loco de contento por haber transformado tan felizmente en
virrey a un gobernador depuesto. Los mismos seores de Leiva no estaban
tan alegres como yo. Presto se me ofreci otra ocasin de emplear mi
valimiento a favor de un amigo, lo que creo conveniente contar, para
hacer ver a mis lectores que ya no era yo aquel mismo Gil Blas que en
el Ministerio anterior venda las mercedes de la Corte.

Hallndome un da en la antecmara del rey hablando con algunos seores
que no se desdeaban de admitirme a su conversacin sabiendo que
me quera el primer ministro, vi entre la multitud a don Gastn de
Cogollos, aquel reo de Estado a quien haba dejado en el alczar de
Segovia, que estaba con el alcaide del mismo alczar, don Andrs de
Tordesillas. Separme gustoso de las personas con quien estaba para ir
a dar un abrazo a estos dos amigos mos. Si ellos se admiraron mucho de
verme all, yo me admir ms de encontrarme con ellos.

Despus de recprocos abrazos me dijo don Gastn: Seor de Santillana,
tenemos muchas cosas que decirnos y no estamos en paraje a propsito
para ello; permtame usted que le conduzca a un sitio en donde el seor
de Tordesillas y yo tendremos el gusto de hablar largamente con usted.
Vine en ello. Abrmonos paso por entre el gento y salimos de palacio.
Hallamos el coche de don Gastn, que le estaba esperando en la calle,
metmonos en l los tres y fuimos a apearnos en la plaza Mayor, en
donde se hacen las corridas de toros, que all viva Cogollos en una
soberbia casa. Seor Gil Blas--me dijo don Andrs luego que entramos
en una sala alhajada con magnificencia--, parceme que cuando usted
sali de Segovia haba cobrado horror a la corte y que iba resuelto
a alejarse de ella para siempre. Ese era en efecto mi designio--le
respond--, y mientras vivi el difunto rey no mud de parecer; pero
luego que supe que ocupaba el trono el prncipe su hijo, quise ver
si el nuevo monarca me conoca. Conocime y tuve la dicha de que me
recibiese benignamente. El mismo me recomend al primer ministro,
quien me cobr amistad y con el cual estoy en mucho ms auge del que
nunca estuve con el duque de Lerma. Esto es, seor don Andrs, todo
lo que tena que decirle; ahora dgame usted si se mantiene todava
de alcaide del alczar de Segovia. No por cierto--me respondi--;
el conde-duque puso a otro en mi lugar, creyndome probablemente
parcial de su predecesor. Yo--dijo entonces don Gastn--obtuve mi
libertad por una razn contraria. Apenas supo el primer ministro que
yo estaba en la prisin de Segovia por orden del duque de Lerma,
cuando me mand poner en libertad. Ahora se trata, seor Gil Blas, de
contaros lo que me sucedi desde que sal del alczar. Lo primero que
hice--continu--, despus de haber dado mil gracias a don Andrs por
las atenciones que le haba debido durante mi arresto, fu venirme a
Madrid. Presentme al conde-duque de Olivares, el cual me dijo: No
tema usted que la desgracia que le ha sucedido perjudique en lo ms
mnimo a su reputacin. Usted se halla plenamente justificado, y estoy
tanto ms seguro de su inocencia cuanto que el marqus de Villarreal,
de quien se le sospechaba a usted cmplice, no era culpable. A pesar
de ser portugus, y aun pariente del duque de Braganza, es menos
parcial del duque que del rey mi seor. Por consiguiente, no debe
imputrsele a usted como delito su conexin con el marqus, y para
reparar la injusticia que se hizo a usted acusndole de traicin, el
rey le hace teniente capitn de su guardia espaola. Acept este
empleo, suplicando a su excelencia me permitiese antes de entrar a
desempearle pasar a Coria a ver a mi ta doa Leonor de Lajarilla.
Concedime el ministro un mes de licencia para el viaje, el que
emprend acompaado de un solo lacayo. Habamos pasado ya de Colmenar
y entrado en un camino hondo entre dos colinas, cuando vimos a un
caballero que se estaba defendiendo valerosamente de tres hombres que
le acometan a un tiempo. No me detuve un punto en ir a socorrerle;
fu volando hacia l y me puse a su lado. Observ cuando me bata que
nuestros enemigos estaban enmascarados y que reamos con animosos
combatientes. Sin embargo, a pesar de su vigor y destreza, quedamos
vencedores; atraves a uno de los tres, que cay del caballo, y los
otros dos huyeron al momento. Verdad es que la victoria no fu menos
funesta para nosotros que para el desgraciado a quien yo haba muerto,
porque, despus de la accin, tanto mi compaero como yo nos hallamos
peligrosamente heridos. Pero figrese usted cul sera mi sorpresa
cuando conoc que el caballero a quien haba socorrido era Cambados,
marido de doa Elena. No qued l menos admirado al ver que era yo su
defensor. Ah, don Gastn!--exclam--. Pues qu, sois vos quien vens
a socorrerme? Cuando abrazasteis mi partido con tanta generosidad, sin
duda ignorabais que defendais a un hombre que os haba robado vuestra
dama. Es cierto que lo ignoraba--le respond--; pero aun cuando lo
hubiera sabido, os parece que hubiera titubeado en hacer lo que hice?
Me tendris en tan mal concepto que creis tengo un alma vil? No,
no!--respondi--. Tengo mejor opinin de vos, y si muero de las heridas
que acabo de recibir, deseo que las vuestras no os impidan aprovecharos
de mi muerte. Cambados--le dije--, aunque no he olvidado todava a
doa Elena, sabed que no apetezco poseerla a costa de vuestra vida, y
aun me alegro mucho de haber contribudo a salvaros de los golpes de
tres asesinos, pues que en ello hice una accin que agradecer vuestra
esposa. Mientras estbamos hablando de este modo, mi lacayo se ape y,
acercndose al caballero que estaba tendido en el suelo, le quit la
mascarilla y nos hizo ver unas facciones que luego conoci Cambados.
Es Caprara--exclam--, aquel prfido primo que, en despecho de haber
perdido una rica herencia que injustamente me haba disputado, hace
mucho tiempo que pensaba asesinarme, y haba, por ltimo, elegido este
da para realizar sus deseos; pero el Cielo ha permitido que l mismo
haya sido la vctima de su atentado. Entre tanto nuestra sangre corra
en abundancia y por instantes nos bamos debilitando. Sin embargo,
heridos como estbamos, tuvimos nimo para llegar hasta el lugar de
Villarejo, que no distaba ms que dos tiros de fusil del campo de
batalla. Llegados al primer mesn, llamamos cirujanos, y vino uno que
nos dijeron ser muy hbil. Examin nuestras heridas y hall que eran
muy peligrosas; hizo la primera cura, y a la maana siguiente, despus
de haber levantado el vendaje, declar mortales las de don Blas, pero
no las mas, y sus pronsticos no salieron falsos. Vindose Cambados
desahuciado, slo pens en prepararse a morir. Envi un propio a su
mujer para informarla de todo lo sucedido y del triste estado en que
se hallaba. Tard poco doa Elena en presentarse en Villarejo, adonde
lleg con el espritu fuertemente agitado por dos causas diferentes:
por el peligro que corra la vida de su marido y por el temor de que
mi vista volviese a encender en su pecho un fuego mal apagado; dos
afectos que la tenan en una terrible conmocin. Seora--le dijo don
Blas luego que la vi--, aun vens a tiempo para recibir mi ltima
despedida. Voy a morir y miro mi muerte como un castigo del Cielo por
la falsedad con que os rob a don Gastn. Muy lejos de quejarme de l,
yo mismo os exhorto a que le restituyis un corazn que le usurp.
Doa Elena no le respondi sino con lgrimas, y, a la verdad, sta era
la mejor respuesta que le poda dar, porque no estaba tan desprendida
de m que hubiese olvidado el artificio de que se haba valido don
Blas para determinarla a serme infiel. Aconteci lo que el cirujano
haba pronosticado: que en menos de tres das muri Cambados de sus
heridas, en vez de que las mas anunciaban una pronta curacin. La
viuda, ocupada nicamente en el cuidado de que trasladasen a Coria
el cadver de su esposo para hacerle los honores que ella deba a sus
cenizas, sali de Villarejo para volverse all, despus de haberse
informado como por mera urbanidad del estado en que yo me hallaba.
Segula luego que pude, tomando el camino de Coria, donde acab de
restablecerme. Entonces mi ta doa Leonor y don Jorge de Galisteo
determinaron casarnos a la viuda y a m antes que la fortuna nos jugase
otra pieza como la pasada. Efectuse secretamente el matrimonio, en
atencin a la reciente muerte de don Blas, y de all a pocos das volv
a Madrid con doa Elena. Como se haba pasado el tiempo de mi licencia,
tem que el ministro hubiese dado a otro la tenencia de guardias que se
me haba conferido; pero no haba dispuesto de ella, y tuvo la bondad
de admitir la disculpa que le di de mi tardanza. Soy, pues--prosigui
Cogollos--, primer teniente de la guardia espaola y estoy muy contento
con mi empleo. He granjeado amigos de trato agradable, con quienes vivo
gustoso. Me alegrara poder decir otro tanto--interrumpi aqu don
Andrs--, pues estoy muy lejos de vivir contento con mi suerte. Perd
el empleo que tena, el cual me daba de comer, y me veo sin amigos que
puedan ayudarme a adquirir otro slido. Perdone usted, seor don
Andrs--dije yo entonces sonrindome--, en m tiene usted un amigo
que puede servirle de algo. Vuelvo, pues, a decir que el conde-duque
me estima aun quiz ms de lo que me estimaba el duque de Lerma. Y
se atreve usted a decirme en mi cara que no conoce a nadie que le
pueda proporcionar un empleo slido? Pues no le hice en otro tiempo
un servicio semejante? Acurdese usted de que por el valimiento del
arzobispo de Granada logr que se le nombrase a usted para ir a Mjico
a desempear un empleo en que hubiera hecho su fortuna si el amor no
le hubiera detenido en la ciudad de Alicante. Pues me hallo en mejor
estado de poder servir a usted actualmente, que estoy al lado del
primer ministro. Supuesto eso, me pongo en manos de usted--repuso
Tordesillas--. Pero--aadi sonrindose tambin--suplico a usted que no
me haga el favor de enviarme a Nueva Espaa, porque no querra ir all
aunque me hicieran presidente de la Audiencia de Mjico.

Al llegar aqu nuestra conversacin fu interrumpida por doa Elena,
que entr en la sala, y cuya persona, llena de atractivos, corresponda
a la encantadora idea que me haba formado de ella. Seora--le dijo
Cogollos--, este caballero es el seor de Santillana, de quien os he
hablado varias veces y cuya amable compaa calm frecuentemente en la
prisin mis pesares. S, seora--dije a doa Elena--; mi conversacin
le agradaba porque siempre era usted el asunto de ella. La hija de don
Jorge respondi modestamente a mi cumplimiento, despus de lo cual me
desped de ambos esposos, asegurndoles lo mucho que celebraba que el
himeneo hubiese por ltimo coronado sus prolongados amores. Despus,
dirigiendo la palabra a Tordesillas, le rogu que me informase de
su habitacin, y habindolo hecho, le dije: Don Andrs, de usted no
me despido; espero que antes de ocho das ver usted que yo reno el
poder a la buena voluntad. No qued por embustero; al da siguiente
el conde-duque me proporcion la ocasin de servir a este alcaide.
Santillana--me dijo su excelencia--est vacante la plaza de gobernador
de la crcel real de Valladolid; vale ms de trescientos doblones al
ao y me dan ganas de drtela. No la quiero, seor--le respond--,
aunque valga diez mil ducados de renta; renuncio a todos los empleos
que no pueda desempear sin alejarme de vuestra excelencia. Pero
ste--replic el ministro--puedes desempearle muy bien sin necesidad
de salir de Madrid sino para ir de cuando en cuando a Valladolid a
visitar la crcel. Diga vuestra excelencia cuanto guste--repuse
yo--, no acepto ese empleo sino con la condicin de que se me
permita renunciarlo a favor de un digno hidalgo llamado don Andrs
de Tordesillas, alcaide que fu del alczar de Segovia. Me alegrara
hacerle este presente en reconocimiento de los buenos procederes que
us conmigo durante mi prisin. Sonrise el ministro de orme hablar
as y me dijo: Por lo que veo, Gil Blas, quieres hacer un gobernador
de la crcel real del modo que hiciste un virrey. Pues bien, sea as,
amigo mo; desde luego te concedo la plaza vacante para Tordesillas.
Pero dime francamente qu gratificacin debe producirte, porque no te
tengo por tan simple que quieras empear tu valimiento de balde.
Seor--le respond--, no deben pagarse las deudas? Don Andrs me
proporcion sin inters todas las comodidades que pudo. No ser justo
que yo le corresponda? Muy desprendido os habis hecho, seor de
Santillana--me replic su excelencia--; me parece que lo erais mucho
menos en el ltimo Ministerio. Es verdad--le repuse--, porque el
mal ejemplo estrag mis costumbres. Como entonces todo se venda, me
conform con el uso; y como en el da todo se da, he vuelto a recobrar
mi integridad.

Logr, pues, que se proveyese en don Andrs de Tordesillas el gobierno
de la crcel real de Valladolid y le hice marchar luego a dicha ciudad,
tan contento con su nuevo empleo como lo qued yo por haber desempeado
para con l las obligaciones que le deba.


                             CAPITULO XIV

  Va Santillana a casa del poeta Nez; qu personas encontr en ella
  y qu conversacin tuvieron all.


Un da, despus de comer, se me antoj ir a ver al poeta asturiano,
movido slo de la curiosidad de saber qu vivienda tena. Me encamin
a casa del seor don Beltrn Gmez del Rivero y pregunt en ella
por Nez. Ya no vive aqu--me respondi un lacayo que estaba en
la puerta--; vive ahora en aquella casa--aadi mostrndome una que
estaba cerca--y ocupa un cuarto que cae a espaldas de ella.

Fume all, y despus de haber atravesado un patio pequeo entr en
una sala enteramente desalhajada, en donde hall a mi amigo Fabricio,
sentado todava a la mesa con cinco o seis amigos suyos a quienes
haba convidado aquel da. Estaban al fin de la comida, y, por
consiguiente, metidos en disputa; pero luego que me vieron sucedi un
profundo silencio a la ruidosa conversacin. Levantse apresuradamente
Nez para recibirme, exclamando: Caballeros, aqu est el seor de
Santillana, que tiene la bondad de honrarme con una de sus visitas!
Aydenme ustedes a tributar respetuosos obsequios al valido del primer
ministro! Al or esto, todos los convidados se levantaron tambin
para saludarme, y en consideracin al ttulo que se me haba dado me
hicieron cumplimientos muy reverentes. Aunque yo no tena necesidad de
beber ni de comer, no me pude excusar de sentarme a la mesa con ellos y
aun de corresponder a un brindis que me dirigieron.

Parecindome que mi presencia les impeda continuar hablando
con libertad, Seores--les dije--, creo haber interrumpido su
conversacin; suplico a ustedes continen, o si no me retiro. Estos
seores--dijo entonces Fabricio--estaban hablando de la _Ifigenia_ de
Eurpides. El bachiller Melchor de Villegas, erudito de primer orden,
preguntaba al seor don Jacinto de Romarate qu era lo que ms le
interesaba en aquella tragedia. As es--dijo don Jacinto--, y yo le
he respondido que el peligro en que se vea Ifigenia. Y yo--dijo el
bachiller--, yo le he replicado, lo que estoy pronto a demostrar, que
no es el peligro lo que forma el verdadero inters de la pieza. Pues
cul es?, exclam el anciano licenciado Gabriel de Len. El viento,
respondi el bachiller. Todos dieron una carcajada al or una respuesta
que no cre formal, imaginndome que Melchor no la haba dado sino por
alegrar la conversacin.

Pero no tena yo noticia de aquel sabio. Era un hombre que no entenda
de burlas, y as, dijo con grande seriedad: Ran ustedes cuanto les
diere la gana, que yo siempre sostendr que lo que debe hacer ms
impresin en el espectador, lo que debe interesarle y suspenderle ms
es el viento. Y si no, figrense ustedes un numeroso ejrcito unido
precisamente para ir a sitiar a Troya. Consideren la impaciencia de
capitanes y soldados por emprender y concluir aquel sitio y restituirse
cuanto antes a la Grecia, en donde haban dejado todo lo que ms amaban
en este mundo: sus dioses lares, sus mujeres y sus hijos. Levntase de
repente un maldito viento contrario que los detiene en Aulida y los
tiene como clavados en aquel puerto; tanto, que mientras no se mude no
les es posible ir a sitiar la ciudad de Pramo. Pues este viento es
el que forma el inters de la tragedia. Yo me declaro a favor de los
griegos porque apruebo su designio y slo deseo la partida de su flota,
mirando con indiferencia a Ifigenia en peligro, pues que su muerte es
un medio para obtener de los dioses un viento favorable.

Cuando Villegas acab de hablar se renovaron las carcajadas a su
costa. Fingi Nez apoyar socarronamente aquella ridcula opinin,
slo por dar ms materia de burla a los zumbones, los cuales se
divirtieron diciendo mil graciosas cuchufletas sobre los vientos. Pero
el bachiller, mirndolo a todos con aire flemtico y orgulloso, los
trat de ignorantes y gente vulgar. Yo estaba temiendo a cada momento
que se agarrasen y se diesen de mojicones estos botarates, que es el
trmino ordinario de sus disputas; pero fu vano mi temor, porque todo
se redujo a llenarse recprocamente de desvergenzas, y se retiraron
despus de haber comido y bebido a discrecin.

Luego que se marcharon pregunt a Fabricio por qu no viva en casa
del tesorero y si acaso haba ocurrido alguna desavenencia entre los
dos. Desavenencia?--me respondi--. Dios me libre de ello! Nunca
ha estado en mayor auge mi estimacin con don Beltrn. Supliqule me
permitiese vivir en casa separada y alquil en sta el cuarto que ves
para gozar de mayor libertad. Aqu recibo a mis amigos, que me vienen
a ver con frecuencia, y lo paso alegremente con ellos, porque ya
sabes que mi genio no es muy inclinado a dejar grandes riquezas a mis
herederos. Mi mayor gusto es hallarme al presente en estado de tener
todos los das a mi mesa buena compaa sin peligro de arruinarme.
Me alegro infinito, querido Nez--le repliqu--, y no puedo menos
de repetirte mil parabienes por el xito de tu ltima tragedia. Las
ochocientas composiciones dramticas del gran Lope de Vega no le
valieron la cuarta parte de lo que te ha valido a ti tu _Conde de
Saldaa_.




                            LIBRO DUODECIMO


                           CAPITULO PRIMERO

  Enva el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y xito de su viaje.


Haca ya cerca de un mes que su excelencia me repeta todos los das:
Santillana, va llegando el tiempo en que quiero emplear tu talento y
destreza. Pero este tiempo nunca acababa de venir. Lleg por fin, y su
excelencia me habl en estos trminos: Se dice que hay en la compaa
de cmicos de Toledo una actriz muy celebrada por su amabilidad; se
asegura que baila y canta divinamente, que arrebata a los espectadores
cuando representa, y se aade tambin que es muy hermosa. Una persona
tan recomendable es digna de venir a representar en la Corte. Al rey
le gustan las comedias, la msica y el baile y no le desagrada la
hermosura. No me parece razn que su majestad carezca del placer de
ver y or a una mujer de tanto mrito. Por esto he resuelto enviarte a
Toledo, para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan peregrina;
yo me atendr desde luego a la impresin que cause en ti y me fo
enteramente de tu discernimiento.

Respond a su excelencia que esperaba dar buena cuenta de aquella
comisin, y desde luego emprend mi viaje, acompaado de un lacayo,
a quien hice dejar la librea del ministro para desempear mi encargo
con mayor secreto; precaucin que agrad a su excelencia. Tom,
pues, el camino de Toledo, en donde me ape en un mesn inmediato al
alczar. No bien me haba apeado, cuando el mesonero, tenindome sin
duda por algn caballero de las cercanas, me dijo: Naturalmente,
vendr vuestra seora a ver la augusta ceremonia del auto de fe
que se celebra maana en Toledo. Yo, que nada saba de tal auto,
le respond inmediatamente que s, para ocultar mejor mi designio y
cortarle la gana de preguntarme ms sobre el fin que me llevaba a
aquella ciudad. Ver vuestra seora--prosigui l--una de las ms
excelentes procesiones que jams se han visto, pues hay, segn se dice,
ms de cien penitenciados, entre los cuales pasan de diez los que han
de ser quemados. Con efecto; el da siguiente antes de salir el sol
o tocar todas las campanas de la ciudad en seal de que iba a darse
principio al auto de fe. Con la curiosidad de ver esta ceremonia, me
vest aceleradamente y me encamin hacia la Inquisicin. Haba all
cerca, y de trecho en trecho por donde haba de pasar la procesin,
tablados altos, en uno de los cuales me coloqu por mi dinero. Iban
primero los padres dominicos, precedidos del estandarte de la fe o
pendn del Santo Tribunal. Tras de dichos religiosos venan los reos
con sus capotillos o especie de escapularios de tela amarilla, formada
en ellos por la parte anterior y posterior el aspa de San Andrs, de
tela roja llamada sambenito, y todos con corozas en la cabeza, con
llamas pintadas las de los condenados a la hoguera y sin ellas las de
los otros de menor pena.

Miraba yo a todos aquellos infelices con la compasin que no se puede
negar a la humanidad, cuando cre descubrir entre los encorozados sin
llamas al reverendo padre Hilario y a su compaero el hermano Ambrosio.
Pasaron tan cerca de m, que no pude equivocarme. Qu es lo que estoy
viendo!--dije entre m mismo--. El Cielo, cansado de los excesos de
estos dos malvados, los ha entregado a la justicia de la Inquisicin!
Hablando conmigo de esta suerte, me sent aterrorizado, se apoder de
m un temblor universal, y mi nimo se turb en trminos que tem caer
desmayado. Las relaciones que yo haba tenido con aquellos bribones, la
aventura de Chelva, y, en fin, todo lo que habamos hecho juntos acudi
en aquel momento a representarse a mi imaginacin, y cre que no poda
dar suficientes gracias a Dios de haberme preservado del sambenito y de
la coroza.

Acabada la ceremonia, me restitua al mesn temblando por el terrible
espectculo que acababa de ver; pero las tristes ideas de que
tena lleno el nimo se disiparon insensiblemente, y slo pens
en desempear con acierto la comisin que me haba encargado mi
amo. Esper con impaciencia la hora de la comedia para ir a ella,
parecindome que ste era el primer paso que deba dar. Llegada
que fu, me dirig al teatro, donde casualmente me sent junto
a un caballero del hbito de Alcntara, con quien entabl luego
conversacin, y le dije si daba licencia a un forastero para hacerle
una pregunta. Caballero--me respondi muy atentamente--, usted me
honrar en ello. He odo ponderar--prosegu--a los cmicos de Toledo.
Me habrn engaado? No--me respondi el caballero--; la compaa
no es mala, y, a la verdad, hay en ella dos papeles excelentes. Entre
otros, oir usted a la bella Lucrecia, actriz de catorce aos, que
le pasmar. No ser menester que yo se la muestre a usted cuando se
deje ver en la escena, porque la distinguir fcilmente. Volvle
a preguntar si representara aquella tarde; me respondi que s, y
aun que tena un papel de mucho lucimiento en la pieza que se iba a
representar.

Principi la comedia, y aparecieron en la escena dos actrices que nada
haban omitido de cuanto pudiera contribuir a hacerlas encantadoras;
pero a pesar del brillo de sus diamantes, ni una ni otra me parecieron
ser la que yo esperaba. En fin, dejse ver Lucrecia en el fondo del
teatro, y su aproximacin a la escena fu anunciada con un palmoteo
general. Ah, sta es!--dije para m--. Qu aire tan noble! Qu
talle! Qu hermosos ojos! Qu salada criatura! Con efecto; me llen
completamente, o por mejor decir, su persona me dej absorto. Desde
los primeros versos que recit conoc que tena naturalidad, fuego,
maestra superior a su edad, y reun voluntariamente mis aplausos a
los universales que le tribut el concurso en todo el tiempo que dur
la representacin. Y bien--me dijo entonces el caballero--; ya ve
usted la justicia que hace el pblico a Lucrecia. No me admiro,
le respond. Pues menos se admirara usted--me replic--si la oyera
cantar; es verdaderamente una sirena. Pobres de aquellos que la oyen,
si no se precaven tapndose los odos para no quedar encantados! No
es menos temible cuando baila. Sus pasos son tan peligrosos como su
voz: hechizan los ojos y cautivan el corazn. Segn eso--exclam
yo entonces--, ser preciso confesar que esta nia es un portento.
Y quin es el mortal venturoso que tiene la dicha de arruinarse por
una criatura tan preciosa? No tiene ningn amante, que se sepa--me
dijo--, y aun la murmuracin no le atribuye ninguna amistad secreta. No
obstante--aadi--, acaso pudiera tenerla, porque Lucrecia est bajo la
vigilancia de su ta Estela, que sin disputa es la ms astuta de todas
las cmicas.

Al or el nombre de Estela pregunt con precipitacin al tal caballero
si aquella Estela era actriz de la compaa de Toledo. Y de las
mejores--me replic--. Hoy no ha representado, y en verdad que no hemos
perdido poco. Por lo comn hace el papel de graciosa, y verdaderamente
lo desempea que es un primor. Qu expresin da a sus papeles! Tal
vez les aade algo de su invencin; pero ste es un hermoso defecto
que le hace gracia. Contme otras mil maravillas de la tal Estela, y
por el retrato que me hizo de su persona, no dud fuese Laura, aquella
misma que dej en Granada y de quien he hablado tanto en mi historia.

Para cerciorarme, me fu derecho al vestuario concluda la comedia.
Pregunt por la seora Estela, y, volviendo los ojos a todas partes, la
vi sentada al brasero en conversacin con algunos seores, que quiz
no la obsequiaban sino porque era ta de Lucrecia. Llegu a saludar a
Laura, y fuese por capricho o por vengarse de mi precipitada fuga de
Granada, fingi no conocerme, y recibi mi saludo con tanta sequedad
que me dej un poco parado. En lugar de reconvenirle con risa su fro
recibimiento, fu tan simple que mostr formalizarme, y aun me retir
incomodado, resuelto en aquel primer impulso de clera a volverme a
Madrid el da siguiente. Para vengarme de Laura--deca yo--, no quiero
que su sobrina tenga el honor de representar delante del rey: para
esto no tengo mas que hacer al ministro el retrato que se me antoje de
Lucrecia, y me bastar decirle que baila con poco garbo, que su voz es
spera, y que toda su gracia consiste en sus pocos aos. Estoy seguro
que desde luego se le pasar a su excelencia la gana de hacerla ir a la
Corte.

Esta era la venganza que pensaba tomar del desaire que Laura me haba
hecho; pero dur poco mi resentimiento. La maana siguiente, cuando
me estaba disponiendo a marchar, entr un lacayuelo en mi cuarto, y
me dijo: Aqu traigo un billete que tengo que entregar al seor de
Santillana Yo soy, hijo mo, le dije, tomndole la carta, que abr,
y que contena estas palabras: _Olvida el modo con que te recib en
el teatro, y ven con el portador adonde l te gue._ Segu luego al
lacayuelo, que me llev a una casa muy decente, no distante del teatro,
y me introdujo en un cuarto alhajado con aseo y buen gusto, donde
encontr a Laura en su tocador.

Se levant para abrazarme, diciendo: Seor Gil Blas, conozco que
usted tuvo motivo para salir ayer poco contento del recibimiento que
le hice cuando fu a saludarme en el vestuario; un antiguo amigo tena
derecho para esperar de m una acogida ms afable. No tengo otra
disculpa sino que me hallaba a la sazn de malsimo humor, por haber
odo ciertos dichos malignos que algunos de los seores cmicos tenan
sobre la conducta de mi sobrina, cuya honra me importa ms que la ma.
La precipitada y desabrida retirada de usted me hizo volver al momento
de mi distraccin, y en el mismo punto di orden a mi lacayo para que
siguiese a usted y averiguase su posada, con nimo de reparar hoy mi
falta. Ya queda--le dije--enteramente reparada, mi querida Laura;
no hablemos ms de eso. Ahora entermonos mutuamente de lo que nos
ha sucedido desde el malaventurado da en que el temor de un justo
castigo me oblig a salir tan aceleradamente de Granada. Te dej, si
te acuerdas, metida en un gran embrollo. Cmo saliste de l? No es
verdad que necesitaste de toda tu maestra para apaciguar a tu amante
portugus? Nada de eso!--respondi Laura--. Pues no sabes que en
semejantes lances los hombres son tan dbiles que ellos mismos ahorran
a veces a las mujeres hasta el trabajo de justificarse?

Sostuve--continu ella--al marqus de Marialba que eras hermano mo.
Perdone usted, seor de Santillana, que le hable con la familiaridad
que en otro tiempo, porque no puedo desprenderme de las costumbres
aejas. Dirte, pues, que le habl con desembarazo y entereza. No
conoce usted--le dije al seor portugus--que todo eso es obra de los
celos y de la indignacin? Narcisa, mi compaera y rival, colrica de
ver que yo poseo pacficamente un corazn que ella ha perdido, forj
todo esto embuste. Cohech al sotadespabilador del teatro, quien para
apoyar su resentimiento tuvo el descaro de decir que me haba visto
en Madrid sirviendo a Arsenia. Nada hay ms falso. La viuda de don
Antonio Coello ha tenido siempre pensamientos demasiado nobles para
quererse someter a ser criada de una cmica! Fuera de esto, otra
patente prueba de la falsedad de esta imputacin y de la conspiracin
de mis acusadores es la precipitada fuga de mi hermano, que si
estuviera presente dejara sin duda bien confundida la calumnia; pero
Narcisa ciertamente habr empleado algn nuevo artificio para hacerle
desaparecer.

Aunque estas razones--prosigui Laura--no bastasen para hacer mi
completa apologa, el marqus tuvo la bondad de contentarse con ellas;
tanto, que el cndido seor prosigui amndome hasta el da en que
dej a Granada para volverse a Portugal. En verdad, su partida fu muy
inmediata a la tuya, y la mujer de Zapata tuvo el consuelo de verme
perder el amante que yo le haba quitado. Permanec todava despus
algunos aos en Granada; pero habindose introducido en la compaa
disensiones (como frecuentemente sucede entre nosotros), todos los
cmicos se separaron: unos marcharon a Sevilla, otros a Crdoba, y yo
me vine a Toledo, donde estoy hace diez aos con mi sobrina Lucrecia, a
quien ayer oste representar, puesto que estuviste en la comedia.

No pude dejar de rerme al llegar aqu. Laura me pregunt de qu me
rea. Pues qu, no lo adivinas?--le respond--. T no tienes hermano
ni hermana; por consiguiente, no puedes ser ta de Lucrecia. Adems
de eso, cuando cotejo el tiempo que ha que nos separamos con la edad
que representa Lucrecia, me parece que puede ser algo ms estrecho el
parentesco entre vosotras dos.

Ya le entiendo a usted, seor Gil Blas--replic algo sonrojada
la viuda de don Antonio Coello--. Como usted tiene tan presentes
los tiempos, no hay medio de engaarle. Ahora bien, amigo mo;
Lucrecia es hija ma y del marqus de Marialba, y el fruto de
nuestro trato, porque no quiero ocultarte ms esta verdad. Vaya,
reina ma--repliqu yo--, que es grande el esfuerzo que haces en
revelarme este secreto, despus que me confiaste tus aventuras con
el administrador del hospital de Zamora! Como quiera que sea, yo te
aseguro que Lucrecia es una nia de tanto mrito, que el pblico jams
podr agradecerte como debe el regalo que le hiciste en ella. Ojal
fueran como sta todos los que le hacen tus compaeras y amigas!

Quin sabe si algn lector ladino al llegar aqu se acordar de las
secretas conversaciones que Laura y yo tuvimos en Granada cuando era
secretario del marqus de Marialba, y se le antojar sospechar que
poda yo tener algn derecho para disputar al marqus su paternidad de
Lucrecia; le protesto por mi honor que sera injusta su sospecha.

Di en seguida a Laura cuenta de mis aventuras hasta el estado actual
de mis asuntos. Oyme con una atencin que mostraba bien no serle
indiferente lo que le deca. Amigo Santillana--me dijo luego que
acab--, veo que representas un papel brillante en el teatro del
mundo, y no alcanzo a manifestarte lo mucho que me complazco en ello.
Cuando yo lleve a Madrid a Lucrecia para colocarla en la compaa
del Prncipe, me atrevo a lisonjearme de que hallar en el seor de
Santillana un poderoso protector. No lo dudes--le respond--; cuenta
conmigo, que har admitir a tu hija en la compaa del Prncipe
cuando quieras. Esto puedo prometrtelo sin hacer alarde de mi poder.
Desde luego te cogera tu palabra--replic Laura--, y maana mismo
marchara a Madrid si no estuviera escriturada en esta compaa. Esa
escritura la anula una Real orden--le respond--. Yo me encargo de
ella, y la recibirs antes de ocho das. Tendr gran placer en robarles
a los toledanos tu Lucrecia; una actriz tan linda ha nacido para los
cortesanos, y nos pertenece de derecho.

A este tiempo entr Lucrecia en el cuarto. Cre ver a la diosa Hebe:
tanta era su gracia y su lindeza. Acababa de levantarse, y luciendo
su hermosura natural sin los auxilios del arte, presentaba a mi vista
un objeto encantador. Ven, sobrina ma--le dijo su madre--; ven a
agradecer a este seor la buena voluntad que nos tiene. Es uno de
mis amigos antiguos, que tiene gran valimiento en la corte, y est
empeado en colocarnos a ambas en la compaa del Prncipe. De esto
mostr alegra la nia, que me hizo una profunda cortesa, y me dijo
con una sonrisa embelesadora: Doy a usted muy humildes gracias por
su benvola intencin. Pero al quererme separar de un pblico que me
estima, est usted seguro de que no desagradar al de Madrid? Tal vez
perder en el cambio, porque muchas veces he odo decir a mi ta haber
conocido actores muy aplaudidos en una ciudad y silbados en otra, lo
cual me sobresalta. Tema usted exponerme al desprecio de la corte y
exponerse asimismo a sufrir sus reconvenciones. Hermosa Lucrecia--le
respond--, eso es lo que ni uno ni otro debemos temer. Antes bien,
lo nico que temo es que usted encienda una guerra civil entre los
grandes, enamorndolos a todos. El sobresalto de mi sobrina--me dijo
Laura--me parece mejor fundado que el de usted; pero, bien considerado,
ambos los tengo por vanos. Si Lucrecia no puede llamar la atencin
pblica por sus atractivos, en recompensa, no es tan mala actriz que
deba ser despreciada.

Sigui todava algn tiempo la conversacin, y pude advertir, por la
parte que tom Lucrecia en ella, que era una joven de extraordinario
talento. En seguida me desped de las dos, asegurndoles que
inmediatamente recibiran orden de la Corte para ir a Madrid.


                              CAPITULO II

  Da Santillana cuenta de su comisin al ministro, quien le encarga
  el cuidado de hacer que venga Lucrecia a Madrid; de la llegada de
  esta actriz, y de su primera representacin en la corte.


Cuando volv a Madrid hall al conde-duque muy impaciente por saber
el resultado de mi viaje. Gil Blas--me dijo--, has visto a nuestra
comedianta? Merece que se lo haga venir a la corte? Seor--le
respond--, la fama, que pondera comnmente ms de lo justo a las
mujeres hermosas, se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia,
que es una persona admirable, tanto por su hermosura como por sus
habilidades.

Es posible?--exclam el ministro con una satisfaccin interior que
le en sus ojos, y que me hizo pensar que me haba enviado a Toledo
por su inters personal--. Es posible que Lucrecia sea tan amable
como me dices? Cuando vuestra excelencia la vea.--le respond--,
confesar que no se puede hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.
Santillana--replic su excelencia--, hazme una puntual relacin de tu
viaje, porque tendr particular gusto en orla. Tomando entonces la
palabra para satisfacer a mi amo, le cont hasta la historia de Laura
inclusive. Djele que esta actriz haba tenido a Lucrecia del marqus
de Marialba, seor portugus que, habindose detenido en Granada
viajando, se haba enamorado de ella. Finalmente, despus de haber
hecho a su excelencia una menuda relacin de lo que haba pasado entre
aquellas comediantas y yo, me dijo: Me alegro infinito de que Lucrecia
sea hija de un sujeto distinguido; eso me interesa todava ms en su
favor, y es necesario traerla a la corte. Pero contina--aadi--del
modo que has comenzado, y no me tomes en boca, sino que en todo ha de
sonar nicamente Gil Blas de Santillana.

Fu a verme con Carnero, a quien dije que su excelencia quera que l
despachase una orden por la cual el rey admita en su compaa cmica
a Estela y a Lucrecia, actrices de la de Toledo. Muy bien, seor de
Santillana--respondi Carnero con una sonrisa maligna--; al momento
ser usted servido, porque, segn todas las seas, usted se interesa
por esas dos damas. Al mismo tiempo extendi de propio puo y me
entreg la orden, que sin prdida de tiempo envi a Estela por el mismo
lacayo que me haba acompaado a Toledo. Ocho das despus llegaron
a Madrid madre e hija; fueron a hospedarse en una fonda inmediata al
corral del Prncipe, y su primer cuidado fu envirmelo a decir por
medio de un billete. Pas al punto a la fonda, en donde, despus de
mil ofertas por mi parte y de agradecimientos por la suya, las dej
para que se dispusiesen a su primera salida a las tablas, desendosela
dichosa y brillante.

Se hicieron anunciar al pblico como dos actrices nuevas que la
compaa del Prncipe acababa de admitir por orden de la Corte, y
representaron por primera vez una comedia que solan representar en
Toledo con aplauso.

En qu parte del mundo deja de gustar la novedad en punto a
espectculos? Hubo aquel da en el corral de comedias un concurso
extraordinario de espectadores. No necesito decir que no falt a esta
representacin. Estuve algo agitado antes que la comedia principiase,
porque, por ms confianza que yo tuviera en la habilidad de la madre
y de la hija, tema de su xito; tanto me interesaba por ellas. Pero
apenas abrieron la boca se desvaneci mi temor con los aplausos que
recibieron. Todos celebraban a Estela como una actriz consumada en
la parte graciosa, y a Lucrecia, como un prodigio para los papeles
amorosos. Esta ltima arrebat los corazones: unos admiraron la
hermosura de sus ojos, a otros encant la suavidad de su voz, y
sorprendidos todos de sus gracias y de su juventud florida, salieron
hechizados de su persona.

El conde-duque, que se interesaba ms de lo que yo crea en el estreno
de esta actriz, asisti aquella tarde a la comedia, y le vi salir
hacia el fin de la funcin muy prendado, a lo que me pareci, de
nuestras dos cmicas. Con la curiosidad de saber si haba quedado
satisfecho de ellas, le segu a su casa, y metindome en su gabinete,
en donde acababa de entrar, Y bien, seor excelentsimo--le dije--,
le ha gustado a vuestra excelencia la Marialbita? Mi excelencia--me
respondi sonrindose--sera descontentadiza si se negara a unir su
voto con el del pblico. S, hijo mo; estoy encantado de tu Lucrecia,
y no dudo que el rey la vea con placer.


                             CAPITULO III

  Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; representa delante del
  rey, que se enamora de ella, y resultas de estos amores.


La primera salida al teatro de las dos actrices nuevas llam luego la
atencin en la corte. Hablse de ellas el da siguiente en el cuarto
del rey. Algunos seores alabaron tanto a Lucrecia y la pintaron tan
hermosa, que el retrato excit la curiosidad del monarca, el cual
no slo disimul la impresin que le haba hecho, sino que call y
aparent no atender aquella conversacin.

Con todo, luego que se vi a solas con el conde-duque le pregunt
quin era cierta actriz que tanto le haban ponderado. El ministro le
respondi que era una joven cmica de Toledo, que haba representado
el da anterior por primera vez con mucha aceptacin. Esta
actriz--aadi--se llama Lucrecia, nombre que conviene con mucha
propiedad a las mujeres de su profesin. Conocala Santillana y me
habl tan bien de ella, que me pareci conveniente recibirla en la
compaa cmica de vuestra majestad. Sonrise el rey cuando oy mi
nombre, recordando quiz en aquel momento de que por m haba conocido
a Catalina y presintiendo acaso que le haba de prestar el mismo
servicio en esta ocasin. Como quiera que esto fuese, el rey dijo al
ministro: Conde, maana quiero ver representar a esa Lucrecia; ten
cuidado de hacrselo saber.

Contme el conde-duque esta conversacin que haba tenido con el
rey y me mand ir a casa de las dos comediantas para prevenirlas de
la intencin de su majestad. Part volando, y habiendo encontrado a
Laura la primera, Vengo--le dije--a daros una gran noticia. Maana
tendris entre vuestros espectadores al soberano de la Monarqua; as
me ha mandado el ministro que os lo prevenga. No dudo que t y tu
hija emplearis todos vuestros esfuerzos para corresponder al honor
que el monarca quiere haceros. A este fin os aconsejo elijis una
comedia en que haya baile y msica, para que Lucrecia pueda lucir
todas sus habilidades. Seguiremos tu consejo--me respondi Laura--,
y haremos lo posible para que su majestad quede contento. No podr
menos de quedarlo--repliqu yo viendo entonces a Lucrecia, que vena
en traje casero, con el cual pareca cien veces ms agraciada y linda
que adornada con las ms soberbias galas del teatro--. Quedar tanto
ms contento su majestad de tu amable sobrina cuanto que ninguna
cosa le divierte ms que el baile y or cantar. Y quin sabe si
acaso no la mirar con buenos ojos tentndole los de Lucrecia? No
quisiera--interrumpi Laura--que su majestad tuviese tal tentacin,
porque, a pesar de ser un monarca tan poderoso, pudiera hallar
obstculos en el cumplimiento de sus deseos. Aunque Lucrecia se ha
criado entre bastidores y entre las licencias del teatro, tiene virtud,
y bien que no le desagraden los aplausos en la escena, todava aprecia
ms ser tenida por doncella honrada que por actriz sobresaliente.

Ta ma--dijo entonces la Marialbita tomando parte en la
conversacin--, a qu fin forjar monstruos imaginarios para
combatirlos? Nunca me ver en el caso de desdear los suspiros del
rey porque la delicadeza de su gusto le librar del sonrojo interior
que padecera por haberse abatido hasta poner los ojos en m.
Pero, amable Lucrecia--le dije--, si aconteciera que el rey quisiese
ofrecerte su corazn, seras tan cruel que le dejases suspirar a
tus pies como a otro cualquier amante? Y por qu no?--respondi
prontamente--. Sin duda que lo hara as, pues, prescindiendo de la
virtud, conozco que mi vanidad se lisonjeara ms en resistir a su
pasin que en rendirme a ella. No me admir poco or hablar de esta
manera a una discpula de Laura. Despedme de las dos, alabando a la
ltima por haber dado a la otra tan buena educacin.

Impaciente el rey por ver a Lucrecia, fu la tarde siguiente al teatro.
Representse una comedia intermediada de msica cantante y baile, en la
cual sobresali en todas cosas nuestra joven actriz.

Desde el principio hasta el fin no apart los ojos del monarca, a ver
si poda descubrir por los suyos lo que pasaba en su interior; pero
burl toda mi penetracin con un aire de majestuosa gravedad que mostr
constantemente hasta el fin, y as, hasta el da siguiente no supe lo
que tena tantas ganas de saber. Santillana--me dijo el ministro--,
vengo del cuarto del rey. Me ha hablado de Lucrecia con tan encarecidas
expresiones, que no dudo ha quedado muy prendado de ella. Y como yo le
tena dicho que t eras quien la hiciste venir de Toledo, ha mostrado
deseo de hablar privadamente contigo sobre este particular. Ve al
momento a presentarte a la puerta de su cuarto, donde ya hay orden
de que te dejen entrar. Corre y vuelve al instante a enterarme de esa
conversacin.

March al punto al cuarto del rey, a quien encontr solo. Pasebase
a paso largo esperndome y pareca estar pensativo. Hzome muchas
preguntas acerca de Lucrecia, cuya historia me oblig a contarle,
y cuando la acab me pregunt si aquella joven haba tenido alguna
distraccin. Habindole asegurado resueltamente que no, sin embargo de
conocer lo arriesgadas que suelen ser semejantes aserciones, el monarca
di muestras de gran placer. Siendo eso as--repuso--, te elijo
por agente mo para con Lucrecia y quiero que sepa por tu conducto
qu corazn ha conquistado. Ve a decrselo de mi parte--aadi,
entregndome un cofrecito lleno de joyas de valor de ms de cincuenta
mil ducados--y dile que le ruego acepte este presente como prenda de
otras pruebas ms slidas de mi afecto.

Antes de desempear esta comisin pas a ver al conde-duque, a quien
di cuenta fiel de lo que el rey me haba dicho. Pensaba yo que aquel
ministro, en lugar de celebrar la noticia la sentira, porque, como ya
dije, sospechaba yo que tena sus designios amorosos hacia Lucrecia y
que sabra con sentimiento que su seor era su rival. Pero me engaaba,
porque, lejos de desazonarle la noticia, se alegr tanto de orla que,
no pudiendo disimular su gozo, dej escapar algunas expresiones que
yo recog. Ah rey mo!--exclam--. Ahora s que te tengo seguro!
Desde este punto van a intimidarte los negocios! Este apstrofe me
hizo ver con claridad todo el manejo del conde-duque y conoc que este
seor, temiendo que el monarca quisiera ocuparse en asuntos serios,
procuraba distraerle con las diversiones ms anlogas a su carcter.
Santillana--me dijo luego--, no pierdas tiempo. Ve cuanto antes, amigo
mo, a obedecer la importante orden que se te ha dado y de que muchos
cortesanos se gloriaran se les hubiese confiado. Piensa--continu--que
no tienes aqu al conde de Lemos que te quite la mejor parte del honor
del servicio hecho; tuyo ser por entero, y adems todo el fruto.

De este modo me dor su excelencia la pldora, que tragu lo mejor que
pude, mas no sin percibir su amargura, porque despus de mi prisin me
haba acostumbrado a mirar las cosas desde un punto de vista religioso,
y el empleo de Mercurio en jefe no me pareca tan honorfico como me
decan. No obstante, aunque no era tan vicioso que pudiera ejercitarlo
sin remordimiento, tampoco era tanta mi virtud que tuviese valor para
rehusarlo. Obedec, pues, al rey con tanto mayor gusto cuanto que
vea al mismo tiempo que mi obediencia agradara al ministro, a quien
anhelaba complacer.

Parecime conveniente avistarme primero con Laura y hablarle del
particular a solas. Expsele mi comisin en los trminos ms moderados,
concluyendo mi arenga con ponerle en la mano el cofrecillo. A vista de
las joyas, no pudiendo ocultar su alegra, la manifest abiertamente.
Seor Gil Blas--exclam--, a presencia del mejor y ms antiguo de
mis amigos no debo reprimirme. Hara mal en ostentar contigo una
fingida severidad de costumbres y andar en retrecheras. S, por
cierto--prosigui ella--, confieso que me faltan voces para explicar el
regocijo que me ha causado una conquista tan preciosa, cuyas ventajas
conozco. Pero, hablando entre los dos, temo que Lucrecia las mire con
otros ojos, porque, aunque criada en el teatro, es tan timorata y de
tanto pundonor, que ya ha desechado las ofertas de dos seores amables
y opulentos. Dirsme quiz--prosigui ella--que dos seores no son dos
reyes; convengo en ello, y tambin en que un amante coronado puede
hacer titubear la virtud de Lucrecia. Con todo eso, no puedo menos
de decirte que el xito es muy dudoso, y te aseguro que yo no har
violencia a mi hija. Si sta, lejos de considerarse favorecida con el
afecto momentneo del rey, lo mira como mancha de su recato, espero
que este gran monarca no se d por ofendido de su repulsa. Vuelve
maana--aadi--, y te dir si has de llevar una respuesta favorable o
sus joyas.

A pesar de esto, yo no dudaba que Laura exhortara ms bien a Lucrecia
a desviarse de su deber que a mantenerse en l, y contaba positivamente
con esta exhortacin. Sin embargo, supe con sorpresa al da siguiente
que Laura haba tenido tanta dificultad en encaminar su hija hacia el
mal como otras madres la tienen en conducir las suyas hacia el bien,
y lo que ms hay que admirar todava es que Lucrecia, despus de
haber tenido algunas conversaciones secretas con el monarca, qued
tan arrepentida de haber condescendido con sus deseos, que de repente
renunci al mundo y se encerr en un convento de la villa de Madrid,
donde luego enferm y muri a impulsos de la vergenza y del dolor.
Laura, por su parte, inconsolable de la prdida de su hija, de cuya
muerte se consideraba autora, se meti en las Arrepentidas, donde pas
el resto de su vida llorando los amargos gustos de sus floridos aos.
Afligi mucho al rey el inopinado retiro de Lucrecia; pero como por su
genio naturalmente inclinado a divertirse hacan poca mansin en l las
pesadumbres, se fu consolando poco a poco. El conde-duque aparent la
mayor indiferencia e insensibilidad en este suceso, bien que no dej de
desazonarle, como fcilmente lo creer el advertido lector.


                              CAPITULO IV

          Nuevo empleo que confiri el ministro a Santillana.


Me fu tan sensible la desgracia de Lucrecia y experiment tantos
remordimientos de haber contribudo a ella, que, considerndome como
un infame, a pesar de la elevacin del amante a quien haba servido,
resolv abandonar para siempre el caduceo, y manifestando al ministro
la repugnancia que me causaba el llevarle, le supliqu me emplease en
cualquier otra cosa. Santillana--me dijo--, me agrada sobremanera tu
delicadeza, y pues eres un mozo tan honrado, quiero darte una ocupacin
ms conforme a tu prudencia; yela y escucha con atencin la confianza
que voy a hacerte. Algunos aos antes de mi privanza--continu--vi por
casualidad a una dama que me pareci tan airosa y tan linda que hice la
siguiesen. Supe que era una genovesa llamada doa Margarita Espnola,
que viva en Madrid a expensas de su hermosura. Me dijeron tambin que
don Francisco de Valcrcel, alcalde de corte, sujeto anciano, rico y
casado, gastaba mucho con ella. Esta circunstancia, que al parecer
debiera haberme inspirado desprecio hacia ella, encendi en m el
deseo ms vehemente de entrar a la parte en sus favores con Valcrcel.
Para satisfacer este capricho me val de una medianera de amor, cuya
habilidad me facilit en breve tiempo una conversacin secreta con la
genovesa, a la que siguieron otras muchas, de manera que tanto mi rival
como yo ramos igualmente bien admitidos, gracias a nuestras ddivas,
y quiz tendra algn otro galn tan favorecido como nosotros dos.
Como quiera que sea, Margarita, en aquella confusin de cortejantes,
lleg insensiblemente a ser madre y di a luz un nio, con cuya
paternidad quiso honrar a cada uno de sus amantes en particular; pero
como ninguno poda preciarse en conciencia de que le era debido aquel
honor, todos lo renunciaron; de suerte que la genovesa se vi precisada
a criarle en su casa con el producto de sus galanteos, lo que dur
diez y ocho aos, al cabo de los cuales muri la madre, dejando a su
hijo sin bienes y (lo peor de todo) sin educacin. Tal es--continu su
excelencia--la confianza que tena que hacerte; ahora voy a enterarte
del gran proyecto que tengo formado. Quiero sacar de su infeliz suerte
a este joven sin ventura, y, hacindole pasar de un extremo a otro,
elevarle a los honores y reconocerle por hijo mo.

Al or un proyecto tan extravagante, no me fu posible callar.
Cmo, seor!--exclam--. Es posible que haya cabido en vuestra
excelencia una resolucin tan extraa? (Perdneme vuestra excelencia
esta expresin, hija de mi celo.) T la hallars justa--replic con
precipitacin--cuando te haya dicho las razones que me han determinado
a tomarla. No quiero sean herederos mos mis parientes colaterales.
Tal vez me dirs que no soy tan viejo que no pueda todava esperar
tener sucesin con la condesa de Olivares; pero cada uno se conoce a
s mismo. Bstete saber que he probado intilmente todos los secretos
de la qumica para volver a ser padre. As, pues, ya que la fortuna,
supliendo lo que falta a la Naturaleza, me presenta un muchacho del
cual no es del todo imposible sea yo el verdadero padre, quiero
adoptarle por hijo. As lo he resuelto.

Viendo yo encaprichado al ministro en semejante adopcin, dej de
oponerme a su idea, sabiendo era capaz de cualquier gran desacierto
antes que desistir de su parecer. Ahora slo se trata--prosigui
l--de dar una educacin correspondiente a don Enrique Felipe de
Guzmn, porque bajo este nombre quiero que sea conocido hasta que se
halle en estado de poseer las dignidades que le esperan. En ti, mi
querido Santillana, he puesto los ojos para que le gobiernes. Descuido
enteramente en tu capacidad y en tu adhesin hacia m sobre el cuidado
de establecer su casa, de proporcionarle toda clase de maestros y,
en una palabra, de hacerle un caballero completo. Quise negarme a
admitir semejante empleo, representando al conde-duque que no poda
en conciencia encargarme de un ministerio que jams haba ejercido y
que peda ms ilustracin y mrito del que yo tena; pero luego me
interrumpi y me tap la boca dicindome con entereza que absolutamente
quera fuese yo el ayo de su hijo adoptivo, a quien destinaba para
ocupar los primeros puestos de la Monarqua. Me resign, pues, a
desempear este destino por complacer a su excelencia, quien, en premio
de mi condescendencia, aument mi escasa renta con una pensin de mil
escudos, que hizo se me concediese, o ms bien me di l, sobre una
encomienda de la Orden de Montesa.


                              CAPITULO V

  Es reconocido autnticamente el hijo de la genovesa bajo el nombre
  de don Enrique Felipe de Guzmn; establece Santillana la casa de
  este seor y le proporciona toda clase de maestros.


Con efecto, tard poco el conde-duque en reconocer por hijo suyo al de
doa Margarita Espnola. Hzose esta adopcin por medio de escritura
pblica y solemne, con noticia y aprobacin del rey. A don Enrique
Felipe de Guzmn (ste fu el nombre que se di a aquel hijo de muchos
padres) se le declar por nico heredero del condado de Olivares y
del ducado de Sanlcar. El ministro, para que nadie lo ignorase, di
parte de ello por medio de Carnero a los embajadores y a los grandes de
Espaa, quedando todos altamente sorprendidos. Los ociosos y bufones
de Madrid tuvieron asunto para divertirse y rer por largo tiempo, y
los poetas satricos no perdieron tan bella ocasin de desahogar su
mordacidad.

Pregunt al conde-duque dnde estaba el personaje que su excelencia
quera fiar a mi cuidado. En Madrid est--me respondi--a cargo de una
ta, de cuya compaa le sacar luego que t le tengas ya buscada casa
y familia. Esto se hizo en poco tiempo: alquil una habitacin, que
hice adornar magnficamente; busqu pajes, un portero, criados menores,
y con el auxilio de Caporis en breve prove los empleos principales
de la casa. Recibida toda esta gente, di parte a su excelencia, quien
hizo venir al equvoco y nuevo vstago del gran tronco de los Guzmanes.
Presentse a mis ojos un mozo de buen aspecto. Don Enrique--le dijo
su excelencia sealndome a m con el dedo--, este caballero que aqu
ves es el sujeto que yo mismo he escogido para que te gobierne y gue
en la carrera del mundo. Tengo puesta en l toda mi confianza y le
he dado poder y autoridad absoluta sobre ti. S, Santillana--aadi
dirigindose a m--, a tu cuidado le entrego enteramente, muy seguro de
que me dars buena cuenta de l. A estas palabras aadi el ministro
otras para exhortar al joven a someterse a mi voluntad, despus de lo
cual llev a don Enrique conmigo a su casa.

Luego que estuvimos en ella hice venir ante l a todos los criados,
explicando a cada uno el oficio que tena. El manifest no causarle
novedad la mutacin de estado, antes bien admita con tanta naturalidad
todas las demostraciones de atencin y de respeto que se le tributaban
como si hubiera sido por nacimiento aquello que representaba por
capricho y por casualidad. No le faltaba talento, pero era ignorante en
sumo grado. Apenas saba leer ni escribir. Busqule un preceptor que le
ensease los rudimentos de la lengua latina, maestros de Geografa, de
Historia y de esgrima. Ya se deja discurrir que no me olvidara de un
maestro de baile, pero haba a la sazn tantos y tan famosos en Madrid
que solamente me hall perplejo en la eleccin, no sabiendo a quin
dar la preferencia.

Hallbame as indeciso, cuando vi entrar en el portal de casa un
sujeto ricamente vestido, quien me dijeron quera hablarme. Sal a
recibirle, creyendo que era cuando menos un caballero de Santiago o
de Alcntara, y despus de hacerme mil cortesas que acreditaban su
profesin, Seor de Santillana--me dijo--, como he sabido que es
vuestra seora quien elige los maestros del seor don Enrique, vengo a
ofrecerle mis servicios. Yo, seor--aadi--, me llamo Martn Ligero,
y gracias a Dios tengo bastante reputacin. No acostumbro andar a caza
de discpulos, que eso es bueno para los maestrillos principiantes.
Comnmente espero a que me busquen; pero enseando, como enseo, al
seor duque de Medinasidonia, al seor don Luis de Haro y a algunos
otros caballeros de la Casa de Guzmn, de la cual me precio ser como
criado y servidor nato, me pareci ser de mi obligacin anticiparme.
Por lo que usted me dice--repuse yo--, veo ser el sujeto que nos
haca falta. Cunto lleva usted al mes? Cuatro doblones de oro--me
respondi--, que es el precio corriente, y no doy ms de dos lecciones
por semana. Cuatro doblones!--le repliqu--. Eso es demasiado.
Cmo demasiado?--repuso con aire de admiracin--. Y tal vez vuestra
seora no reparar en dar un dobln por mes a un maestro de Filosofa!

No me fu posible contener la risa a vista de una contestacin tan
ridcula, y pregunt al seor Ligero si en conciencia crea que un
hombre de su profesin era preferible a un maestro de Filosofa. Y
como que lo creo!--me respondi--. Nosotros somos cien veces ms tiles
a la sociedad que esos seores mos. Y si no, dgame vuestra seora:
qu cosa son los hombres antes de pasar por nuestras manos? Estatuas
de mrmol, osos mal domesticados; pero nuestras lecciones los desbastan
poco a poco y les hacen tomar insensiblemente formas regulares; en una
palabra, nosotros les enseamos actitudes de nobleza y gravedad.

Rendme a las razones de aquel maestro de baile y le recib para que
ensease a don Enrique por los cuatro doblones al mes, que era el
precio corriente entre los grandes maestros de aquel arte.


                              CAPITULO VI

  Vuelve Escipin de Nueva Espaa; acomdale Gil Blas en casa de don
  Enrique; estudios de este seorito; honores que se le confieren y
  con qu seora le casa el conde-duque; cmo a Gil Blas se le hizo
  noble, con repugnancia suya.


Aun no haba recibido la mitad de la familia de don Enrique, cuando
Escipin volvi de Mjico. Preguntle si estaba contento de su
expedicin. Debo estarlo--me respondi--, pues que con los tres mil
ducados que tena en dinero contante he trado dos veces ms en
gneros de buen despacho en este pas. Hijo mo--le dije--, yo te
doy mil enhorabuenas, y pues has comenzado a hacer fortuna, en tu mano
est acabarla, haciendo el ao que viene otro viaje a las Indias, o
si te acomoda ms un puesto honrado en Madrid, por no exponerte a
los trabajos y peligros de tan larga navegacin, no tienes ms que
hablar, que yo podr drtelo. Pardiez--me respondi el hijo de la
Coscolina--, que en eso no hay que dudar! Ms quiero ocupar un buen
destino al lado de usted que exponerme de nuevo a los peligros de una
larga navegacin! Explquese usted, mi amo. Qu ocupacin piensa dar a
su criado?

Para enterarle ms bien de todo, le cont la historia del seorito que
el conde-duque acababa de introducir en la Casa de Guzmn. Despus de
haberle informado de este curioso pormenor y hchole saber que este
ministro me haba nombrado ayo de don Enrique, le dije que quera
hacerle ayuda de cmara de este hijo adoptivo. Escipin, que no deseaba
otra cosa, acept con gusto este acomodo, y le desempe tan bien, que
en menos de tres o cuatro das se atrajo la confianza y el afecto de su
nuevo amo.

Se me haba figurado que los pedagogos que haba elegido para ensear
al hijo de la genovesa perderan su tiempo, parecindome que en su edad
sera indisciplinable; sin embargo, enga mis recelos. Comprenda
y retena fcilmente cuanto le enseaban, de lo que estaban muy
contentos sus maestros. Pas inmediatamente a dar esta noticia al
conde-duque, que la recibi con extraordinario gozo. Santillana--me
dijo enajenado--, no sabes la alegra que me causas con asegurarme que
don Enrique tiene feliz memoria y penetracin. Esto me hace reconocer
en l mi sangre, y acaba de persuadirme que es hijo mo. No le amara
ms si fuera hijo de mi esposa. Amigo, t mismo confesars que la
Naturaleza se va explicando. Guardme bien de decir a su excelencia
lo que pensaba sobre el particular, y, respetando su flaqueza, le dej
gozar del placer, falso o verdadero, de creerse padre de don Enrique.

Aunque todos los Guzmanes aborrecan de muerte al tal seorito de
nuevo cuo, disimulaban por poltica, y aun algunos de ellos fingan
solicitar su amistad. Visitbanle los embajadores y los grandes que
haba en Madrid, tratndole con el mismo respeto y atencin que si
fuera hijo legtimo del conde-duque. Lisonjeado extremadamente este
ministro con el incienso que se ofreca a su dolo, se di prisa
a colmarle de dignidades. La primera gracia que pidi al rey para
don Enrique fu la cruz de Alcntara con una encomienda de diez mil
escudos. Solicit poco despus la llave de gentilhombre; y deseando
entroncarle con una de las familias ms esclarecidas de Espaa, puso
los ojos en doa Juana de Velasco, hija del duque de Castilla, y fu
tanto su poder, que lo logr a pesar del mismo duque, padre de la
novia, y de sus parientes.

Algunos das antes de hacerse la boda me envi a llamar su excelencia,
y luego que me vi me puso en la mano un pergamino, dicindome: Aqu
tienes, Gil Blas, una ejecutoria que he solicitado para ti; ya eres
noble. Seor--le respond, sorprendido de lo que acababa de or--,
vuestra excelencia sabe que yo soy hijo de una duea y de un escudero.
Parceme que agregarme a la Nobleza sera en cierta manera profanarla,
y entre todas las gracias que el rey me puede hacer, ninguna merezco
ni deseo menos. Tu humilde nacimiento--replic el ministro--es un
obstculo muy fcil de allanar. Te has ocupado en los negocios del
Estado bajo el ministerio del duque de Lerma y del mo. Adems--aadi
sonrindose--, no has hecho al monarca servicios que merecen ser
premiados? En una palabra, Santillana, eres acreedor a la honra que
quiero hacerte. Fuera de eso, el empleo que ejerces cerca de mi hijo
exige que seas noble, y por eso he solicitado tu ejecutoria. Rndome,
seor--le repliqu--, puesto que as lo quiere vuestra excelencia. Y
diciendo esto sal con mi ejecutoria, metindomela en el bolsillo.

Conque ahora soy caballero!--me dije a m mismo cuando estuve en
la calle--. Hteme que ya soy noble sin tener que agradecerlo a mis
parientes! Ya podr cuando me acomode hacer que me llamen _don Gil
Blas_; y si a algn conocido mo se le antoja rerse de m llamndome
de este modo, le har ver mi ejecutoria. Pero lemosla--continu,
sacndola del bolsillo--, y veamos de qu manera se borra en ella el
villanismo. Le, pues, el real ttulo, que deca en substancia que
el rey, en reconocimiento del celo que en ms de una ocasin haba
mostrado yo por su servicio y por el bien del Estado, haba tenido a
bien recompensarme con la merced de noble, etc. Y me atrevo a decir,
en alabanza ma, que no me inspir el menor orgullo; antes bien, no
perdiendo jams de vista la humildad de mi nacimiento, este honor, en
vez de engreirme, me humillaba. Por lo mismo me propuse encerrar la
ejecutoria en un cajn, en lugar de hacer ostentacin de poseerla.


                             CAPITULO VII

  Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio; ltima
  conversacin que ambos tuvieron, y consejo importante que Nez di
  a Santillana.


El poeta asturiano, como se habr notado, se olvidaba fcilmente de m.
Por mi parte, mis ocupaciones no me permitan ir a visitarle, y as,
no haba vuelto a verle desde el lance de la famosa disertacin sobre
la _Ifigenia_ de Eurpides, cuando quiso la casualidad que un da le
encontrase en la Puerta del Sol, que sala de una imprenta. Me acerqu
a l dicindole: Hola! Hola, seor Nez! Usted viene de casa de
un impresor! Eso me huele a que quieres regalar al pblico con alguna
nueva composicin tuya!

Sin duda debe esperarla--me respondi--. Actualmente estoy haciendo
imprimir un librito que ha de meter mucho ruido entre los literatos.
No dudo de su mrito--le repliqu--; pero me parece que la mayor
parte de esos papeluchos son unas bagatelas que hacen poco honor a
sus autores. Convengo en eso--me respondi--, pues s muy bien que
solamente aquellos ociosos que quieren leer todo cuanto se imprime
gustan de divertirse perdiendo el tiempo en la lectura de esos
folletos. Con todo, he cado en la tentacin, y te confieso que es un
hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre es la que obliga al lobo
a salir de su madriguera. Cmo as?--repliqu yo admirado--. Es
posible que me llegue a decir esto el autor de _El conde de Saldaa_?
Un hombre que tiene dos mil escudos de renta ha de hablar de esta
manera? Vamos poco a poco, amigo!--me interrumpi Nez--. Ya
no soy aquel poeta afortunado que gozaba de una renta bien pagada.
Desordenronse de repente los negocios del tesorero don Beltrn, disip
el dinero del rey, embargronle todos los bienes y se llev el diablo
mi pensin. Malo es eso!--le dije--. Pero no te ha quedado an
alguna esperanza por ese lado? Maldita!--me respondi--. El seor
Gmez del Ribero est tan miserable como su poeta; cay en el agua, sin
que pueda jams salir a la orilla.

Segn eso, amigo mo--repuse yo--, te veo en trminos de que me ser
preciso solicitar algn empleo que pueda consolarte de la prdida de
tu pensin. No quiero que te tomes ese trabajo--me dijo--; aunque
me ofrecieras en las secretaras del ministro un empleo de tres mil
ducados de sueldo, le rehusara. Las ocupaciones de las oficinas no
convienen a los que se han criado entre las musas. A stos solamente
les convienen distracciones literarias. En fin, qu quieres que te
diga? Yo nac para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte.
Por lo dems--continu--, no creas que nosotros seamos tan infelices
como parece. Fuera de que vivimos en una total independencia, tenemos
asegurada la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree comnmente que
comemos a lo Demcrito; pero es engao manifiesto. No se hallar
entre nosotros ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores de
almanaques, que no tenga una buena casa donde ir a comer. Yo tengo
dos, donde soy bien recibido, y en ellas dos cubiertos asegurados:
uno, en la mesa de un director general de la real Hacienda, a quien
dediqu una novela, y otro, en la de un caballero rico de Madrid, que
tiene el flujo de querer que siempre le acompaen eruditos a la mesa.
Por fortuna, no es muy delicado para elegir, y as, fcilmente halla
cuantos quiere en la poblacin.

En ese caso--dije al poeta asturiano--ya no te tengo lstima, puesto
que ests contento con tu suerte. Como quiera que sea, te aseguro
de nuevo que en Gil Blas tendrs siempre un buen amigo, a pesar de
tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas mi bolsillo, acude
francamente a m. Sentir que una vergenza fuera de tiempo te prive
de un auxilio que nunca te faltar, y a m me niegue el gusto de serte
til.

En esas generosas expresiones--exclam Nez--te reconozco,
Santillana, y te doy mil gracias por la gran disposicin a favorecerme
en que te veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero darte un
consejo saludable. Mientras que todava dura el poder del conde-duque
y te mantienes en su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a
enriquecerte, porque ese ministro, a lo que me han asegurado, vacila
en su asiento. Preguntle si aquello lo saba de buen original, y me
respondi: Lo s por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen
olfato, a quien todos escuchan como un orculo, y le o decir ayer:
El conde-duque tiene muchos enemigos, y todos conspiran a derribarle.
Cuenta demasiado con el ascendiente que ha logrado sobre el nimo del
rey; pero el monarca, a lo que se dice, ha comenzado ya a dar odos a
las quejas que le llegan de l. Agradec a Nez la prevencin, pero
hice poco caso de ella, y me volv a casa persuadido de que la privanza
de mi amo era indesquiciable, a la manera de aquellas viejas encinas
que, arraigadas profundamente en la tierra, se burlan de los ms
violentos huracanes.


                             CAPITULO VIII

  Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le di Fabricio; hace el
  rey un viaje a Zaragoza.


Lo que el poeta asturiano me haba dicho no careca de fundamento.
Se formaba dentro del palacio cierta conspiracin para derribar
al conde-duque, a cuyo frente se deca estaba la misma reina. Sin
embargo, nada se trasluca en el pblico de las medidas que tomaban los
confederados para hacer caer al ministro, y se pas ms de un ao sin
que yo notase que su privanza disminuyera.

Pero el levantamiento de Catalua, sostenido por la Francia, y los
desgraciados sucesos de la guerra contra los rebeldes dieron motivo
a la murmuracin del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas
fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia del rey, al que
quiso su majestad concurriese el marqus de la Grana, embajador de la
Corte de Viena. Tratse en l si sera ms conveniente que el monarca
se mantuviese en Castilla o que pasase a Aragn a dejarse ver de sus
tropas. El conde-duque, que no tena gana de que el rey saliera para
el ejrcito, habl el primero, y represent que no juzgaba acertado
que su majestad desamparase el centro de sus Estados, apoyando esta
opinin con todas las razones que le sugiri su elocuencia. Siguironle
en la misma todos los miembros del Consejo, a excepcin del marqus
de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de Austria y con la
franqueza genial de su nacin, se opuso abiertamente al parecer del
primer ministro y defendi lo contrario con razones tan poderosas que,
convencido el rey de su solidez, abraz esta opinin, aunque opuesta
al sentir de todos los votos del Consejo, y seal el da de su salida
para el ejrcito.

Esta fu la primera vez de su vida que el monarca dej de seguir
el dictamen de su privado; novedad que le llen de amargura,
considerndola como una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se
retiraba a su gabinete a tascar en plena libertad el freno, me vi, me
llam, y encerrndose conmigo en su cuarto, me cont, trmulo, agitado
y como fuera de s, lo que haba pasado en el Consejo. En seguida, como
si no pudiera volver de su sorpresa, S, Santillana--continu--;
el rey, que hace ms de veinte aos que no habla sino por mi boca
ni ve por otros ojos que por los mos, ha preferido el dictamen del
marqus de la Grana al mo! Pero de qu modo? Colmando de elogios
a este embajador, y alabando sobre todo su celo por la Casa de
Austria, como si este alemn tuviera ms que yo! Por aqu fcilmente
se conoce--prosigui el ministro--que hay un partido formado contra
m y que la reina est a su cabeza. Y eso le inquieta a vuestra
excelencia?--le repliqu yo--. Doce aos ha que la reina est
acostumbrada a ver a vuestra excelencia dueo de los negocios, y otros
tantos que vuestra excelencia acostumbr al rey a no consultar con su
esposa ninguno de ellos. Respecto del marqus de la Grana, pudo muy
bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo que tiene de ver
su ejrcito y de hacer una campaa. No das en ello!--interrumpi
el conde--. Di ms bien que mis enemigos esperan que hallndose el
rey entre sus tropas estar siempre rodeado de los grandes que le
habrn de seguir, y entre ellos habr ms de uno, poco satisfecho
de m, que se atrever a decir mil males de mi ministerio. Pero se
engaan miserablemente--aadi--, porque sabr disponer que durante el
viaje se haga el rey inaccesible a todos los grandes! As lo ejecut
efectivamente, pero de un modo que merece referirse por menor.

Llegado el da que se seal para la salida del rey, despus de haber
nombrado ste a la reina por gobernadora durante su ausencia, se puso
en camino para Zaragoza; pero habiendo querido pasar por Aranjuez,
le pareci tan delicioso aquel sitio, que se detuvo cerca de tres
semanas en l. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca, donde
le tena dispuestas tales diversiones, que permaneci largo tiempo
en aquella ciudad. De all se transfiri a Molina de Aragn, donde
la caza le embeles por muchos das. Lleg al cabo a Zaragoza, de
donde estaba poco distante el ejrcito. Ya se preparaba para ir all;
pero el conde-duque se lo disuadi, hacindole creer que se pona a
peligro de caer en manos de los franceses, que ocupaban las llanuras
de Monzn; de suerte que el rey, atemorizado de un peligro que no
poda temer, resolvi mantenerse encerrado en su palacio como pudiera
en una prisin. Aprovechndose el ministro de aquel pnico terror, y
bajo pretexto de velar en su seguridad, era, por decirlo as, como
un centinela de vista; de manera que los grandes, despus de haber
hecho excesivos gastos para seguir con la correspondiente decencia al
soberano, no tuvieron el consuelo de lograr ni una sola audiencia de
l. Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal alojado en Zaragoza,
o de perder el tiempo en ella, o acaso de verse all prisionero, se
restituy cuanto antes a Madrid, y concluy as la campaa, dejando al
marqus de los Vlez, general del ejrcito, el cuidado de sostener el
honor de las armas espaolas.


                              CAPITULO IX

         De la rebelin de Portugal, y cada del conde-duque.


Pocos das despus del regreso del rey se esparci por Madrid una mala
nueva. Spose que los portugueses, aprovechndose del levantamiento de
Catalua, y parecindoles ocasin muy oportuna sta para sacudir el
yugo de la dominacin de Espaa, haban tomado las armas y aclamado
al duque de Braganza por rey de Portugal, resueltos absolutamente a
mantenerle en el trono, sin miedo de que Espaa lo pudiese estorbar,
estando ocupada en Alemania, en Italia, en Flandes y en Catalua. No
les era fcil hallar coyuntura ms favorable para librarse de una
dominacin que aborrecan.

Lo ms singular fu que cuando la corte y todos sus habitantes se
hallaban en la mayor consternacin por aquella novedad, el conde-duque
quiso divertir al rey a expensas del duque de Braganza; pero su
majestad, lejos de prestarse a sus inspidos gracejos, tom un
semblante serio, que enteramente le inmut, hacindole prever su
inminente desgracia. Acab el ministro de dar por cierta su cada
cuando supo poco despus que se haba manifestado sin reserva contra
l, diciendo pblicamente que su mala administracin haba dado lugar
a la rebelin de Portugal. Luego que la mayor parte de los grandes,
especialmente aquellos que haban seguido al rey en el viaje a
Zaragoza, advirtieron la tempestad que se iba levantando contra el
conde-duque, se unieron a la reina. Pero lo que di el ltimo golpe
decisivo fu que la duquesa viuda de Mantua, gobernadora que haba
sido de Portugal, regres de Lisboa a Madrid e hizo ver al rey que de
la rebelin de los portugueses slo tena la culpa la conducta de su
primer ministro.

Hicieron tanta impresin en el nimo del monarca las palabras de
aquella princesa, que desde el mismo punto ces el encaprichamiento
hacia su privado y se desprendi todo el afecto que le haba tenido. No
bien lleg a noticia del ministro que el rey daba odos a las quejas y
murmuraciones de sus enemigos, cuando le escribi pidindole licencia
para dejar su empleo y retirarse de la corte, puesto que se le haca la
injusticia de imputarle todas las desgracias que durante su ministerio
haban sucedido a la Monarqua. Parecale que esta splica hara grande
efecto en el corazn del rey, suponiendo que aun se conservara en l
inclinacin suficiente para no consentir jams en semejante retiro;
pero la nica respuesta de su majestad fu que le conceda el permiso
que solicitaba, y que as, poda irse adonde mejor le pareciera.

Estas pocas palabras, escritas de propio puo del rey, fueron como un
rayo para su excelencia, que no lo esperaba de ninguna manera. Sin
embargo, por ms atnito que estuviese, aparent un aire de entereza y
me pregunt qu hara yo en su lugar. Respondle que fcilmente tomara
mi determinacin, abandonando para siempre la corte y retirndome a
alguno de mis estados a pasar tranquilamente el resto de mis das.
Piensas juiciosamente--repuso mi amo--, y estoy resuelto a ir a
terminar mi carrera en Loeches, despus que haya hablado una sola vez
con el monarca para representarle que he practicado cuanto era posible
en lo humano para sostener la pesada carga que tena sobre mis hombros,
sin haber tenido ms culpa en los siniestros acontecimientos de que
me acusan que la que tiene un diestro piloto que, a pesar de cuanto
puede hacer, mira su bajel arrebatado por los vientos y por las olas.
Lisonjebase el ministro de que aun poda aquietarse el rey y volver
las cosas al estado en que se haban hallado, pero no pudo conseguir su
audiencia; antes bien, se le envi a pedir la llave de que se serva
para entrar en el cuarto de su majestad siempre que quera.

Conoci entonces que ya no le quedaba esperanza y se resolvi
buenamente a retirarse. Examin sus papeles y quem gran parte de
ellos, en lo que obr con mucha prudencia. Nombr los dependientes y
criados que le haban de seguir, y orden que todo estuviese pronto
para marchar el da siguiente. Temiendo que al salir de palacio le
insultase el populacho, se levant muy de maana y antes de amanecer
sali por la puerta de las cocinas, y metindose en un coche viejo con
su confesor y conmigo tom sin riesgo el camino de Loeches, pueblo
corto de que era seor, donde la condesa su mujer haba fundado un
convento de religiosas dominicas. En menos de cuatro horas nos pusimos
en l, y poco despus lleg el resto de la familia.


                              CAPITULO X

  Cuidados que por el pronto inquietaron al conde conde-duque;
  sguese a ellos un dichoso sosiego; mtodo de vida que entabl en
  su retiro.


La condesa de Olivares dej ir a su marido a Loeches y permaneci
algunos das ms en la corte con el objeto de tentar si por medio de
splicas y lgrimas podra hacer que volvieran a llamarle. Pero a
pesar de haberse echado a los pies de sus majestades, el rey no hizo
aprecio de sus exposiciones, aunque preparadas con arte, y la reina,
que la aborreca de muerte, se complaca en verla llorar. No por eso se
acobard la esposa del ministro desgraciado. Abatise hasta el punto
de implorar la proteccin de las damas de la reina, pero el fruto que
recogi de sus bajezas fu conocer que excitaban el desprecio ms bien
que la compasin. Desconsolada de haber dado tantos pasos degradantes,
se fu a reunir con su esposo, para lamentarse con l de la prdida de
un empleo que, bajo un reinado como el de aquel monarca, puede decirse
que era el primero de la monarqua.

La relacin que hizo la condesa del estado en que haba dejado
las cosas de Madrid aument extraordinariamente la afliccin del
conde-duque. Vuestros enemigos--le dijo llorando--, el duque de
Medinaceli y los otros grandes que os aborrecen, no cesan de alabar al
rey por la resolucin de haberos separado del ministerio, y el pueblo
celebra con insolencia vuestra desgracia, como si el fin de todas las
que experimenta el Estado dependiese del de vuestra administracin.
Seora--le respondi mi amo--, imitad mi ejemplo: llevad con
resignacin vuestros pesares, porque es preciso ceder a la borrasca
que no se puede disipar. Crea yo, es verdad, que podra perpetuar
mi valimiento mientras me durase la vida, ilusin ordinaria en los
ministros y privados, los cuales se olvidan por lo comn de que su
suerte depende de la voluntad del soberano. El duque de Lerma, no se
enga igualmente que yo, aunque estaba persuadido de que la prpura
con que se hallaba revestido era un seguro garante de la perpetua
duracin de su autoridad?

De este modo exhortaba el conde-duque a su esposa a armarse de
paciencia, mientras l mismo se hallaba en una agitacin que se
renovaba diariamente con las cartas que reciba de don Enrique, el
cual, habiendo permanecido en la corte para observar cuanto all
pasaba, cuidaba de informarle de todo puntualmente. El portador de
estas cartas era Escipin, que se haba quedado en casa del hijo
adoptivo de su excelencia, de la cual haba salido yo inmediatamente
despus de su matrimonio con doa Juana.

Las cartas venan siempre llenas de noticias poco gustosas, y lo peor
era que en las circunstancias no se podan esperar otras. Deca en
unas que, no contentos los grandes con celebrar pblicamente la cada
del conde-duque, hacan cuanto podan para que todas sus hechuras
fuesen removidas de los empleos que ocupaban y reemplazadas por sus
enemigos. Avisaba en otras que iba adquiriendo favor don Luis de Haro,
quien, segn todas las seales, sera nombrado primer ministro. Pero
entre todas las noticias que desazonaban a mi amo, la que ms le lleg
al alma fu la mutacin que se hizo en el virreinato de Npoles, que
la Corte, nicamente por desairarle, quit al duque de Medina de las
Torres, a quien l apreciaba, para drselo al almirante de Castilla, a
quien siempre haba aborrecido.

Puede decirse que en el espacio de tres meses todo fu disgustos y
desasosiego para el conde-duque; pero su confesor, que era un religioso
dominico tan ejemplar como elocuente, hall modo de consolarle. A
fuerza de representarle con energa que ya no deba pensar mas que en
su salvacin, logr, con el auxilio de la divina gracia, la dicha de
desprender su nimo de la corte. Su excelencia no quiso ya saber nada
de Madrid ni pensar mas que en disponerse para una buena muerte. La
condesa, desengaada tambin, y aprovechndose de la oportunidad que
la ofreca aquel retiro, hall en el convento de religiosas que haba
fundado todo el consuelo que poda desear, preparado por la divina
Providencia. Hubo entre aquellas religiosas algunas de singular virtud,
cuyos tiernos coloquios convirtieron insensiblemente en dulcedumbre los
sinsabores de su vida.

Al paso que mi amo apartaba de su pensamiento los negocios del mundo
se quedaba ms tranquilo. Entabl un nuevo mtodo de vida y una
distribucin de horas de la manera siguiente: pasaba casi toda la
maana en la iglesia de las monjas oyendo misas; iba en seguida a
comer, y despus se diverta por espacio de dos horas a varios juegos
conmigo y otros criados de su mayor confianza; luego se retiraba por lo
regular a su despacho, donde se estaba hasta puesto el sol. Entonces
sala a dar un paseo por el jardn o tomaba el coche y daba una vuelta
por las cercanas del lugar, acompaado siempre de su confesor o de m.

Un da que bamos solos y que yo admiraba la serenidad que brillaba
en su semblante, me tom la licencia de decirle: Seor, permtame
vuestra excelencia que le manifieste mi regocijo; al ver el aire de
satisfaccin que vuestra excelencia muestra, juzgo que principia a
familiarizarse con la soledad. Ya estoy del todo familiarizado--me
respondi--, y aunque hace mucho tiempo que estoy habituado a ocuparme
en los negocios, te protesto, hijo mo, que cada da cobro ms aficin
a la vida gustosa y pacfica que aqu disfruto.


                              CAPITULO XI

  El conde-duque se pone repentinamente triste y pensativo; motivo
  extraordinario de su tristeza y resultado fatal que tuvo.


Su excelencia, para variar sus ocupaciones, se entretena tambin
algunas veces en cultivar su jardn. Un da que yo le estaba viendo
trabajar, me dijo en tono festivo: Aqu tienes, Santillana, a un
ministro desterrado de la corte convertido en jardinero en Loeches.
Seor--le respond en el mismo tono--, me parece que estoy viendo a
Dionisio Siracusano enseando a leer y escribir a los nios de Corinto,
despus de haber dictado leyes en Sicilia. Sonrise un poco mi amo de
mi respuesta y mostr que no le desagradaba la comparacin.

Toda la familia estaba contentsima y admirada de ver al conde tan
superior a su desgracia, rebosando de gozo en una vida tan diferente de
la que haba tenido hasta all, cuando advertimos en l una repentina
mudanza, que iba creciendo visiblemente y nos caus grandsimo dolor.
Vmosle taciturno, pensativo y sepultado en una profunda melancola.
Dej todo pasatiempo, y ninguna impresin le haca cuanto discurramos
para divertirle. As que acababa de comer se encerraba en su cuarto,
donde permaneca solo hasta la noche. Parecinos que aquella tristeza
poda nacer de acordarse de la grandeza pasada, y en esta inteligencia
le dejbamos a solas con el padre dominico; pero su elocuencia tampoco
pudo vencer la melancola del duque, la cual, en vez de disminuirse,
cada da se iba aumentando.

Ocurrime que la tristeza del ministro poda proceder de algn motivo o
disgusto reservado que no quera manifestar, lo cual me hizo formar el
designio de arrancarle su secreto. Para conseguirlo aguard el momento
de hablarle sin testigos, y habindole hallado, Seor--le dije con
aire mezclado de respeto y de cario--, ser permitido a Gil Blas
atreverse a hacer una pregunta a su amo? Pregunta lo que gustes--me
respondi--, que yo te lo permito. Qu se ha hecho--repliqu--de
aquella alegra que se notaba en el semblante de vuestra excelencia?
Habr perdido ya vuestra excelencia aquel ascendiente que tena sobre
la fortuna? Ser acaso posible que la prdida del favor excite nuevas
inquietudes en vuestra excelencia? Querr vuestra excelencia volver
a sumergirse en aquel abismo de amarguras de que su virtud le haba
libertado? No; gracias al Cielo--respondi el ministro--, ya no me
atormenta la memoria del gran papel que represent en el teatro de
la corte, y olvid para siempre todos los obsequios que all se me
tributaron. Pues, seor--le repliqu--, si vuestra excelencia ha
podido desechar de s todas esas memorias, por qu se deja dominar de
una melancola que a todos nos aflige? Qu tiene vuestra excelencia?
Mi querido amo--prorrump, arrojndome a sus pies--, vuestra excelencia
tiene algn secreto pesar que le devora. Querr vuestra excelencia
hacer un misterio de ello a Santillana, cuya reserva, celo y fidelidad
tiene tan conocidos? Qu delito es el mo para haber desmerecido su
antigua confianza? La posees todava--me dijo su excelencia--, pero
confieso que me cuesta mucha repugnancia revelarte el motivo de la
tristeza en que me ves sepultado. Sin embargo, no puedo negarme a las
instancias de un criado y de un amigo como t. Sabe, pues, el motivo
de mi pena; slo Santillana me podra merecer que le hiciese semejante
confesin. S--continu--, me domina una negra melancola, que poco a
poco me va acortando los das de la vida. Casi a cada instante estoy
viendo un espectro que se pone delante de m bajo una forma espantosa.
Trabajo en vano por persuadirme a m mismo de que es una mera ilusin,
un fantasma que nada tiene de realidad. Sus continuas apariciones me
turban y trastornan, y si tengo la cabeza bastante fuerte para vivir
persuadido de que viendo a este espectro nada veo, soy tambin bastante
dbil para afligirme con esta visin. Mira lo que me has obligado a que
te confiese--aadi--; juzga ahora si me sobraba razn para ocultar a
todos el verdadero motivo de mi melancola.

O con tanto dolor como admiracin una cosa tan extraordinaria y
que supona que su mquina se iba desorganizando: Seor--dije al
ministro--, quin sabe si eso procede del escaso alimento que toma
vuestra excelencia? Porque su sobriedad es excesiva. Eso mismo
pens yo al principio--me respondi--, y para experimentar si deba
atribuirlo a la dieta, como hace algunos das ms de lo ordinario, pero
todo es intil, porque el fantasma no desaparece. El desaparecer--le
repliqu para consolarle--, y si vuestra excelencia quisiera distraerse
un poco, volviendo a entretenerse en el juego con sus fieles criados,
me persuado de que no tardara en verse libre de esos negros vapores.

Pocos das despus de esta conversacin cay su excelencia enfermo,
y conociendo l mismo que el mal se hara de cuidado, envi a buscar
a Madrid dos escribanos para disponer su testamento, e hizo venir
tambin tres clebres mdicos que tenan la fama de curar algunas
veces sus enfermos. Luego que se divulg por el palacio la llegada de
estos ltimos, no se oyeron en l mas que lamentos y gemidos, mirando
todos como muy cercana la muerte del amo; tan imbudos estaban contra
tales profesores. Haban stos llevado consigo un boticario y un
cirujano, ejecutores ordinarios de sus rdenes, y dejando primero a los
escribanos hacer su oficio, entraron en seguida ellos a desempear el
suyo. Como seguan los principios del doctor Sangredo, recetaron desde
la primera consulta sangras sobre sangras, de manera que al cabo
de seis das redujeron a los ltimos al conde-duque, y al sptimo le
libraron de su visin.

La muerte del ministro ocasion en todo el palacio de Loeches un
agudo y sincero dolor. Sus criados le lloraron amargamente, y, lejos
de consolarse de su prdida con la memoria que hizo de todos en su
testamento, no haba siquiera uno que no hubiera renunciado gustoso
al legado que le tocaba por restituirle a la vida. Yo, que era el
ms querido de su excelencia y que me haba aficionado a l por
pura inclinacin hacia su persona, sent an ms que los otros su
fallecimiento. Dudo que Antonia me haya costado ms lgrimas que el
conde-duque.


                             CAPITULO XII

  Lo que pas en el palacio de Loeches despus de la muerte del
  conde-duque y partido que tom Santillana.


Con arreglo a la voluntad del ministro, fu sepultado su cadver en el
convento de las religiosas, sin pompa ni ostentacin, acompaado de
nuestros lamentos. Despus de los funerales, la condesa de Olivares
nos hizo leer el testamento, del cual toda la familia tuvo motivo para
quedar contenta. A cada uno dej el difunto una manda correspondiente
al empleo que tena, siendo la menor de dos mil escudos. La ma fu la
mayor de todas; su excelencia me dej diez mil doblones en prueba del
singular afecto que me haba profesado. No se olvid de los hospitales,
y fund aniversarios en muchos conventos.

La condesa de Olivares envi a Madrid a todos los criados para que
cada uno cobrase su manda de su mayordomo don Ramn Caporis, que tena
orden de entregrsela; pero yo no pude ir con ellos, porque una fuerte
calentura, efecto de mi afliccin, me detuvo en el palacio siete u
ocho das. No me abandon en todo ese tiempo el padre dominico, porque
este buen religioso me haba tomado inclinacin, e interesndose
en mi salud, me pregunt luego que me vi restablecido qu pensaba
hacer de m. No s todava, mi reverendo padre, lo que har--le
respond--, porque en este punto no estoy an de acuerdo conmigo
mismo. Algunos momentos estoy tentado a encerrarme en una celda para
hacer penitencia. Momentos preciosos!--exclam el religioso--.
Seor Santillana, y qu bien hara usted en aprovecharse de ellos!
Aconsjole, como amigo, que, sin dejar de ser seglar, se retire para
siempre a algn convento, en donde, por medio de algunas donaciones
piadosas de sus bienes, pueda expiar los extravos de una vida mundana,
a ejemplo de muchas personas que han terminado as su carrera.

En la disposicin en que me hallaba no me incomod el consejo
del religioso, y respond a su reverencia que me tomara tiempo
para reflexionarlo. Pero habiendo consultado sobre el particular a
Escipin, a quien vi un momento despus que al padre, se opuso a
este pensamiento, que le pareci un delirio. Es posible, seor de
Santillana--me dijo--, que usted se incline a semejante retiro? Pues
no tiene en su quinta de Liria otro ms agradable? Si en otro tiempo
qued tan enamorado de l, con mayor razn le agradar ahora que se
halla en edad ms adecuada para dejarse embelesar de las bellezas y
atractivos de la Naturaleza.

Poco trabajo le cost al hijo de la Coscolina hacerme mudar de opinin.
Amigo mo--le dije--, ms puedes t que el padre dominico. Veo, con
efecto, que me ser mejor volver a mi quinta, y a ello me decido.
Volveremos a Liria luego que mi salud me permita ponerme en camino,
lo que no puede tardar mucho, pues ya estoy sin calentura, y en breve
tiempo espero recobrarme del todo. Fumonos Escipin y yo a Madrid,
cuya vista no me alegr tanto como me alegraba en otro tiempo.

Sabiendo que era casi universal el horror con que se oa el nombre de
un ministro cuya memoria me era tan apreciable, no poda mirar esta
villa con buen semblante, y as, slo me detuve en ella cinco o seis
das que necesit Escipin para disponer lo necesario a nuestra salida
para Liria. Mientras l cuidaba de esto yo me fu a ver con Caporis,
que al punto me entreg mi legado en doblones efectivos. Lo mismo hice
con los depositarios de las encomiendas sobre las cuales yo tena mis
pensiones. Concert con ellos el modo de librarme los pagos; en una
palabra, dej arreglados todos mis asuntos.

El da antes de partir pregunt al hijo de la Coscolina si se haba
despedido de don Enrique. S, seor--me respondi--, y ambos nos hemos
separado esta maana amistosamente. No obstante, l me ha asegurado que
senta le dejase; pero si l estaba contento conmigo, yo no lo estaba
con l. No basta que el criado agrade al amo: es menester tambin que
el amo agrade al criado. De otra manera, se avienen mal. Fuera de
que--aadi--don Enrique no hace sino un triste papel en la corte. Se
le mira en ella con el mayor desprecio; en las calles todos le sealan
con el dedo y ninguno le llama mas que el hijo de la genovesa. Vea
usted ahora si para un mozo de honra sera cosa de gusto servir a un
amo desacreditado.

Salimos por ltimo de Madrid al amanecer y tomamos el camino de Cuenca.
Iba ordenado el equipaje de la manera siguiente: mi confidente y yo
bamos en una calesa de dos mulas, conducidos por un calesero; seguan
tres machos, cargados de ropa y dinero, guiados por dos mozos de mulas;
tras de stos venan dos robustos lacayos, escogidos por Escipin,
montados sobre dos mulas y completamente armados. Los mozos llevaban,
por su parte, sables, y el calesero, un par de pistolas en el arzn de
la silla.

Como ramos siete hombres, y los seis de mucho valor y gran
resolucin, me puse en camino alegremente y sin el menor recelo de
que me robasen mi herencia. Al pasar por los pueblos se gallardeaban
nuestros machos y mulas haciendo resonar sus campanillas, y
los paisanos se asomaban a las puertas para ver pasar nuestro
acompaamiento, que les pareca, cuando menos, el de algn grande que
iba a tomar posesin de un virreinato.


                             CAPITULO XIII

  Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de encontrar ya
  casadera a su ahijada Serafina, y l mismo se enamora de una
  seorita.


Quince das tard hasta Liria, porque no haba precisin de acelerar
las jornadas. Solamente deseaba llegar con salud y descansado, lo que
efectivamente consegu. La primera vista de mi quinta me caus algunos
pensamientos tristes, acordndome de mi Antonia; pero luego procur
desecharlos divirtiendo la imaginacin a cosas que me gustasen, lo que
no fu difcil, porque al cabo de veinticinco aos que haban pasado
desde su muerte estaba ya muy mitigado el dolor de aquella prdida.

Al punto que entr en la quinta vinieron a saludarme Beatriz y su hija
Serafina. Despus de esto, el padre, la madre y la hija se llenaron de
abrazos, con tantas demostraciones de alegra que me encantaron. Luego
que se desahogaron fij la atencin en mi ahijada y dije: Es posible
que sea sta aquella Serafina que yo dej en la cuna cuando me ausent
de Liria! Pasmado estoy de verla tan bella y tan crecida! Es menester
que pensemos en casarla! Cmo as, querido padrino?--exclam mi
ahijada, sonrojndose un poco al or mis ltimas palabras--. No bien
me ha visto usted cuando ya piensa en separarme de s? No, hija
ma--le respond--, no pretendemos separarte de nosotros dndote
marido; queremos que el que te busque consienta en vivir con nosotros.

Uno que tiene esa circunstancia--dijo entonces Beatriz--pretende a la
nia. Cierto hidalgo de un lugar inmediato vi a Serafina un da en
misa en la iglesia del lugar y qued muy prendado de ella. Vino despus
a verme, declarme su intencin y pidi mi consentimiento. Poco
adelantara usted--le respond--aunque yo se lo concediera. Serafina
depende de su padre y de su padrino, que son los nicos que pueden
disponer de su mano. Lo ms que puedo hacer por usted es escribirles
para informarles de su solicitud, honrosa para mi hija. Con efecto,
seores--prosigui ella--, esto iba a escribir a ustedes. Mas ya que se
hallan aqu, harn lo que mejor les parezca.

Pero, en suma--dijo Escipin--, qu carcter tiene ese hidalgo? Se
parece acaso a la mayor parte de los de su clase? Est envanecido
con su nobleza y es insolente con los plebeyos? Oh, lo que es eso,
no!--respondi Beatriz--. Es un mozo muy afable y atento con todos,
sobre ser bien parecido, y que aun no ha cumplido treinta aos. Nos
haces--dije a Beatriz--un buen retrato de ese caballero. Cmo se
llama? Don Juan de Antella--respondi la mujer de Escipin--. Ha poco
tiempo que hered a su padre, y vive en una hacienda propia que slo
dista una legua de aqu, en compaa de una seorita joven, hermana
suya. O en otro tiempo--repuse yo--hablar de la familia de ese
hidalgo, que es una de las ms nobles del reino de Valencia. Aprecio
menos--exclam Escipin--la hidalgua que las buenas prendas, y ese
don Juan nos convendr si es hombre de bien. A lo menos esa fama
tiene--dijo Serafina tomando parte en la conversacin--, y los vecinos
de Liria que le conocen le ponderan mucho. Cuando o estas breves
palabras a mi ahijada me sonre mirando a su padre, el cual conoci por
ellas, como yo, que aquel galn no desagradaba a su hija.

Tard poco el caballero en saber nuestra llegada, y dos das despus
vino a presentarse a nuestra quinta. Se nos acerc con buenos modales,
y lejos de que su presencia desmintiese el informe que Beatriz nos
haba dado, nos hizo formar mucho mayor concepto de su mrito. Djonos
que, como vecino, vena a darnos la bienvenida. Recibmosle con la
mayor atencin y agrado que nos fu posible; pero esta visita fu de
pura urbanidad, pasndose toda en recprocos cumplimientos, y don Juan,
sin hablarnos una palabra de su amor a Serafina, se retir, rogndonos
solamente que le permitiramos repetir sus visitas para aprovecharse
mejor de una vecindad que juzgaba haba de serle muy gustosa. Despus
que se fu nos pregunt Beatriz qu tal nos pareca aquel hidalgo; le
respondimos que nos haba prendado y que nos pareca que la fortuna no
poda ofrecer mejor colocacin a Serafina.

Al da siguiente, despus de comer, sal con el hijo de la Coscolina
para ir a pagar la visita que debamos a don Juan. Tomamos el camino
de su lugar guiados por un aldeano que, despus de haber caminado
tres cuartos de legua, nos dijo: Aquella es la quinta de don Juan de
Antella. Recorrimos con la vista todos aquellos campos, y estuvimos
largo rato sin verla, hasta que, llegando al pie de un collado, la
descubrimos en medio de un bosque, rodeada de corpulentos rboles,
cuya frondosidad y espesura la ocultaban a la vista. Tena un aspecto
antiguo y deteriorado, que acreditaba menos la opulencia que la nobleza
de su dueo. Sin embargo, cuando ya estuvimos dentro advertimos que
el aseo y buen gusto de los muebles recompensaba la caduca vejez del
edificio.

Don Juan nos recibi en una sala decentemente adornada, en donde nos
present una seora, que nombr delante de nosotros su hermana Dorotea
y que poda tener de diez y nueve a veinte aos. Estaba vestida de
gala, como quien esperaba nuestra visita, cuidadosa de parecernos
bien. Y presentndose a mi vista con todos sus atractivos, hzome la
misma impresin que Antonia, es decir, que me qued turbado; pero supe
disimular tanto, que ni el mismo Escipin lo pudo advertir. Nuestra
conversacin vers, como la del da anterior, sobre el contento mutuo
que tendramos de vernos algunas veces y de vivir con la armona de
buenos vecinos. Don Juan no tom todava en boca a Serafina, ni por
nuestra parte se dijo cosa alguna que le pudiese dar ocasin a declarar
su amor, persuadidos de que en ese punto lo mejor era dejarle venir.
Durante la conversacin echaba yo de cuando en cuando alguna ojeada a
Dorotea, sin embargo de simular mirarla lo menos que me era posible, y
cada vez que mis miradas se encontraban con las suyas eran stas otras
tantas flechas con que me atravesaba el corazn. Confesar, con todo,
por hacer recta justicia al objeto amado, que no era una hermosura
completa: aunque tena la tez muy blanca y los labios ms encarnados
que la rosa, su nariz era un poco larga y sus ojos pequeos; sin
embargo, el conjunto me embelesaba.

En suma, no sal de casa de Antella con el sosiego con que haba
entrado, y al volverme a Liria con la imaginacin puesta en Dorotea no
vea ni hablaba sino de ella. Qu es esto, mi amo?--me dijo Escipin
mirndome como suspenso--. Mucho le ocupa a usted la hermana de don
Juan. Le habr inspirado a usted amor? S, amigo--le respond--, y
estoy corrido de ello. Oh Cielos! Yo, que desde la muerte de Antonia
he mirado mil hermosuras con indiferencia, ser posible que encuentre,
a la edad en que me hallo, una que me inflame sin que yo lo pueda
resistir? Seor--me replic el hijo de la Coscolina--, parecame a
m que deba usted celebrar esa aventura en vez de quejarse de ella.
Usted se halla todava en una edad en que nada tiene de ridculo
abrasarse en una amorosa llama, ni el tiempo ha maltratado tanto su
semblante que le haya quitado la esperanza de agradar. Crame usted:
la primera vez que vea a don Juan pdale sin temor su hermana, seguro
de que no la podr negar a un hombre de sus circunstancias. Fuera de
que, aun cuando quisiese absolutamente casarla con algn hidalgo, usted
lo es, pues tiene su ejecutoria, que basta para su posteridad. Despus
que el tiempo haya echado a la tal ejecutoria el espeso velo que cubre
el origen de todas las familias, quiero decir, despus de cuatro o
cinco generaciones, la descendencia de los Santillana ser de las ms
ilustres.


                             CAPITULO XIV

  De las dos bodas que se celebraron en la quinta de Liria, con lo
  cual se da fin a la historia de Gil Blas de Santillana.


Animme tanto Escipin a declararme amante de Dorotea, que ni siquiera
me pas por la imaginacin que me expona a un desaire. Con todo eso,
no me determin a ello sin cierto recelo. Aunque mi rostro disimulaba
mucho mis aos y poda quitarme a lo menos diez de los que tena sin
miedo de no ser credo, no por eso dejaba de dudar con fundamento
que pudiera agradar a una mujer joven y hermosa. Sin embargo, resolv
arriesgarme y hacer la peticin la primera vez que viera a su hermano,
el cual, por su parte, no teniendo seguridad de conseguir a mi ahijada,
no estaba sin zozobra.

Volvi a mi quinta al da siguiente por la maana, a tiempo que acababa
de vestirme. Seor de Santillana--me dijo--, hoy vengo a Liria a
tratar con usted de un asunto muy serio. Hcele entrar en mi despacho,
y desde luego empez a hablar sobre el particular. Creo--me dijo--que
no ignora usted el negocio que me trae. Yo amo a Serafina; usted lo
puede todo con su padre; suplcole favorezca mi pretensin, disponiendo
que consiga el objeto de mi amor. Deba yo a usted la felicidad de mi
vida! Seor don Juan--le respond--, ya que usted ha ido derechamente
al asunto, no extrae que yo imite su ejemplo, y que, despus de
haberle prometido mis buenos oficios para con el padre de mi ahijada,
implore los de usted para con su hermana.

A estas ltimas palabras don Juan dej escapar un tierno suspiro,
del cual infer un agero favorable. Es posible, seor--exclam
prontamente--, que Dorotea a la primera vista haya conquistado vuestro
corazn! Me ha encantado--le dije--, y me tendr por el hombre ms
dichoso del mundo si mi pretensin agradase a uno y a otra. De eso
debe usted estar seguro--me replic--, pues, aunque somos nobles, no
desdeamos el enlace de usted. Me alegro--repuse yo--que no tenga
usted dificultad en admitir por cuado a un plebeyo; esto mismo me
obliga a estimarle ms, porque es prueba de su buen juicio. Pero sepa
usted que, aun cuando su vanidad le indujese a no permitir que su
hermana diera la mano a ninguno que no fuera noble, todava tena yo
con qu contentar su presuncin. Veintiocho aos me he empleado en las
oficinas del Ministerio; y el rey, para recompensar los servicios que
hice al Estado, me gratific con una ejecutoria de nobleza, que voy
a ensear a usted. Diciendo esto, saqu la ejecutoria de un cajn,
entregusela al hidalgo, que la ley de cruz a fecha atentamente con la
mayor satisfaccin. Est muy buena--me dijo al devolvrmela--. Dorotea
es de usted. Y usted--exclam yo--cuente con Serafina.

Quedaron, pues, determinados de esta manera entre nosotros los
dos matrimonios, y slo restaba saber si las novias consentiran
gustosas; porque ni don Juan ni yo, igualmente delicados, pretendamos
conseguirlas contra su voluntad. Volvise este hidalgo a su quinta de
Antella a participar mi pretensin a su hermana, y yo llam a Escipin,
Beatriz y mi ahijada para darles parte de la conversacin que haba
tenido con don Juan. Beatriz fu de dictamen que se le admitiese por
esposo sin vacilar, y Serafina di a entender con su silencio que
era del mismo parecer que su madre. No fu de otro su padre; pero
mostr alguna inquietud por el dote que le pareca preciso dar,
correspondiente a un hidalgo como aqul, y cuya quinta tena urgente
necesidad de reparos. Tap la boca a Escipin dicindole que eso me
tocaba a m, y que yo le daba cuatro mil doblones de dote a mi ahijada.

Fu a ver a don Juan aquella misma tarde. Vuestro asunto--le dije--va
a pedir de boca; deseo que el mo no se halle en peor estado. Va
que no puede ir mejor--me respondi--. No he necesitado emplear la
autoridad para obtener el consentimiento de Dorotea. La persona de
usted le contenta y sus modales le agradan. Usted recelaba no ser de su
gusto, y ella teme con ms razn que no pudiendo ofrecerle ms que su
corazn y su mano... Qu ms puedo desear!--exclam fuera de m de
alegra--. Una vez que la amable Dorotea no tenga repugnancia a unir su
suerte con la ma, nada ms pido. Soy bastante rico para casarme con
ella sin dote, y con slo poseerla quedarn colmados todos mis deseos.

Don Juan y yo, completamente satisfechos de haber conducido
dichosamente las cosas a este estado, resolvimos excusar todas las
ceremonias superfluas, para acelerar cuanto antes nuestras bodas.
Dispuse que mi futuro cuado se abocase con los padres de Serafina;
y convenidos en las capitulaciones del matrimonio, se despidi de
nosotros, prometiendo volver al da siguiente acompaado de su hermana
Dorotea. El deseo de parecer bien a esta seorita me oblig a emplear
lo menos tres horas largas en vestirme, engalanarme y adonizarme,
y ni aun as me pude reducir a estar contento de mi figura. Para un
mozalbete que se dispone a ir a ver a su querida esto es un recreo; mas
para un hombre que comienza a envejecer, es una ocupacin. Con todo,
fu ms afortunado de lo que esperaba; volv a ver a la hermana de
don Juan, y ella me mir con semblante tan favorable, que todava me
presum valer alguna cosa. Tuve con ella una larga conversacin; qued
hechizado de su carcter y de su juicio, y me persuad de que, con buen
tratamiento y mucha condescendencia, podra llegar a ser un esposo
querido. Lleno de tan dulce esperanza, envi a buscar dos escribanos a
Valencia, que formalizaron la escritura matrimonial. Despus acudimos
al cura de Paterna, que vino a Liria y nos cas a don Juan y a m con
nuestras novias.

Encend, pues, por la segunda vez la antorcha de Himeneo, y nunca tuve
motivo para arrepentirme. Dorotea, como mujer virtuosa, no tena mayor
gusto que cumplir con su obligacin; y como yo procuraba adelantarme a
llenar sus deseos, tard poco en enamorarse de m, como si yo estuviera
en mi juventud. Por otra parte, en don Juan y en mi ahijada se encendi
con igual viveza el amor conyugal; y lo ms singular fu que las dos
cuadas contrajeron la ms estrecha y sincera amistad. Por mi parte,
advert en mi cuado tan buenas prendas, que le cobr un verdadero
cario, que no me pag con ingratitud. En fin, la unin que reinaba
entre nosotros era tal, que cuando tenamos que separarnos por la
noche para volvernos a reunir el da siguiente esta separacin no se
verificaba sin sentimiento; lo que di motivo a que ambas familias nos
resolvisemos a no formar mas que una sola, que tan pronto viva en la
quinta de Liria como en la de Antella, a la cual, para este efecto, se
le hicieron grandes reparos con los doblones de su excelencia.

Tres aos hace ya, amigo lector, que paso una vida deliciosa al lado de
personas tan queridas. Para colmo de mi dicha, el Cielo se ha dignado
concederme dos hijos, de quienes creo prudentemente ser padre y cuya
educacin va a ser el entretenimiento de mi ancianidad.


                     FIN DEL TERCERO Y LTIMO TOMO




                          INDICE DEL TOMO III


                             LIBRO OCTAVO


                                                                Pginas.

  CAPTULO I.--Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un
  buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano.
  Historia de don Valerio de Luna.                                     5

  CAPTULO II.--Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le
  admite por uno de sus secretarios. Este ministro le seala el
  trabajo que ha de hacer y queda gustoso de l.                      12

  CAPTULO III.--Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener
  desazones. De la inquietud que le caus esta nueva y de la
  conducta que se vi obligado a guardar.                             18

  CAPTULO IV.--Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que
  le confa un secreto de importancia.                                23

  CAPTULO V.--En el que se ver a Gil Blas lleno de gozo, de
  honra y de miseria.                                                 26

  CAPTULO VI.--Qu modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza
  al duque de Lerma y cmo se port con l este ministro.             31

  CAPTULO VII.--De lo bien que emple sus mil quinientos ducados;
  del primer negocio en que medi y del provecho que sac de l.      38

  CAPTULO VIII.--Historia de don Rogerio de Rada.                    41

  CAPTULO IX.--Por qu medios Gil Blas hizo en poco tiempo una
  gran fortuna y de cmo tom el aire de persona de importancia.      52

  CAPTULO X.--Corrmpense enteramente las costumbres de Gil Blas
  en la corte; del encargo que le di el conde de Lemos y de la
  intriga en que este seor y l se metieron.                         62

  CAPTULO XI.--De la visita secreta y de los regalos que el
  prncipe hizo a Catalina.                                           71

  CAPTULO XII.--Quin era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su
  inquietud y la precaucin que tom para tranquilizar su nimo.      77

  CAPTULO XIII.--Sigue Gil Blas haciendo el papel de seor; tiene
  noticias de su familia; impresin que le hicieron; se
  descompadra con Fabricio.                                           81


                             LIBRO NOVENO

  CAPTULO I.--Escipin quiere casar a Gil Blas y le propone la
  hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a
  este fin.                                                           87

  CAPTULO II.--Por qu casualidad se acord Gil Blas de don
  Alfonso de Leiva, y del servicio que le hizo.                       92

  CAPTULO III.--De los preparativos que se hicieron para el
  casamiento de Gil Blas y del grande acontecimiento que los
  inutiliz.                                                          96

  CAPTULO IV.--De qu modo fu tratado Gil Blas en la torre de
  Segovia y de cmo supo la causa de su prisin.                      98

  CAPTULO V.--De lo que reflexion antes de dormirse y del ruido
  que le despert.                                                   104

  CAPTULO VI.--Historia de don Gastn de Cogollos y de doa Elena
  de Galisteo.                                                       108

  CAPTULO VII.--Escipin va a la torre de Segovia a ver a Gil
  Blas y le da muchas noticias.                                      130

  CAPTULO VIII.--Del primer viaje que hizo Escipin a Madrid;
  cul fu el motivo y xito de l; dale a Gil Blas una enfermedad
  y resultas que tuvo.                                               134

  CAPTULO IX.--Escipin vuelve a Madrid; cmo y con qu
  condiciones alcanz la libertad de Gil Blas; adnde fueron los
  dos despus de haber salido de la torre de Segovia y
  conversacin que tuvieron.                                         140

  CAPTULO X.--De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quin
  encontr Gil Blas en la calle y de lo que sigui a este
  encuentro.                                                         144


                             LIBRO DECIMO

  CAPTULO I.--Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid,
  donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se
  encuentra casualmente con el seor Manuel Ordez, administrador
  del hospital.                                                      151

  CAPTULO II.--Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a
  Oviedo; en qu estado halla a su familia; muerte de su padre, y
  sus consecuencias.                                                 162

  CAPTULO III.--Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y
  llega en fin a Liria; descripcin de su quinta; cmo fu
  recibido en ella y qu gentes encontr all.                       172

  CAPTULO IV.--Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los seores
  de Leiva; de la conversacin que tuvo con ellos y de la buena
  acogida que le hizo doa Serafina.                                 179

  CAPTULO V.--Va Gil Blas a la comedia y ve representar una
  tragedia nueva; qu xito tuvo la pieza. Carcter del pueblo de
  Valencia.                                                          185

  CAPTULO VI.--Gil Blas, pasendose por las calles de Valencia,
  encuentra a un religioso a quien le parece conocer; qu hombre
  era este religioso.                                                190

  CAPTULO VII.--Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la
  noticia agradable que Escipin le di y de la reforma que
  hicieron en su familia.                                            198

  CAPTULO VIII.--Amores de Gil Blas y de la bella Antonia.          203

  CAPTULO IX.--Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato
  con que se hizo; qu personas asistieron a l y fiestas con que
  se celebr.                                                        210

  CAPTULO X.--Lo que sucedi despus de la boda de Gil Blas y de
  la bella Antonia. Principio de la historia de Escipin.            217

  CAPTULO XI.--Prosigue la historia de Escipin.                    248

  CAPTULO XII.--Fin de la historia de Escipin.                     263


                            LIBRO UNDECIMO

  CAPTULO I.--De cmo Gil Blas tuvo la mayor alegra que haba
  experimentado en su vida y del funesto accidente que la turb.
  Mutaciones sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que
  Santillana volviese a ella.                                        287

  CAPTULO II.--Marcha Gil Blas a Madrid, djase ver en la corte,
  reconcele el rey, recomindale a su primer ministro y efectos
  de esta recomendacin.                                             293

  CAPTULO III.--Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por
  obra el pensamiento de dejar la corte y del importante servicio
  que le hizo Jos Navarro.                                          299

  CAPTULO IV.--Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de
  Olivares.                                                          302

  CAPTULO V.--Conversacin secreta que tuvo Gil Blas con Navarro
  y primera cosa en que le ocup el conde de Olivares.               305

  CAPTULO VI.--En qu invirti Gil Blas estos trescientos
  doblones y comisin que di a Escipin. Resultado de la Memoria
  de que acaba de hablarse.                                          312

  CAPTULO VII.--Por qu casualidad, en dnde y en qu estado
  volvi a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio y conversacin
  que tuvieron.                                                      317

  CAPTULO VIII.--Gil Blas se granjea cada da ms el afecto del
  ministro; vuelve Escipin a Madrid y relacin que hace a
  Santillana de su viaje.                                            322

  CAPTULO IX.--Cmo y con quin cas el conde-duque a su hija
  nica y los sinsabores que produjo este matrimonio.                326

  CAPTULO X.--Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Nez;
  refirele ste que se representa una tragedia suya en el teatro
  del Prncipe; desgraciado xito que tuvo y efecto favorable que
  le produjo esta desgracia.                                         330

  CAPTULO XI.--Consigue Santillana un empleo para Escipin, el
  cual se embarca para Nueva Espaa.                                 335

  CAPTULO XII.--Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su
  viaje; grave afliccin de Gil Blas y alegra que la sigui.        338

  CAPTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastn de
  Cogollos y a don Andrs de Tordesillas; adnde fueron todos
  tres; fin de la historia de don Gastn y doa Elena de Galisteo;
  qu servicio hizo Santillana a Tordesillas.                        343

  CAPTULO XIV.--Va Santillana a casa del poeta Nez; qu
  personas encontr en ella y qu conversacin tuvieron all.        352


                            LIBRO DUODECIMO

  CAPTULO I.--Enva el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y
  xito de su viaje.                                                 357

  CAPTULO II.--Da Santillana cuenta de su comisin al ministro,
  quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia a
  Madrid; de la llegada de esta actriz y de su primera
  representacin en la corte.                                        368

  CAPTULO III.--Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte;
  representa delante del rey, que se enamora de ella, y resultas
  de estos amores.                                                   371

  CAPTULO IV.--Nuevo empleo que confiri el ministro a
  Santillana.                                                        378

  CAPTULO V.--Es reconocido autnticamente el hijo de la genovesa
  bajo el nombre de don Enrique Felipe de Guzmn; establece
  Santillana la casa de este seor y le proporciona toda clase de
  maestros.                                                          382

  CAPTULO VI.--Vuelve Escipin de Nueva Espaa; acomdale Gil
  Blas en casa de don Enrique; estudios de este seorito; honores
  que se le confieren y con qu seora le casa el conde-duque;
  cmo a Gil Blas se le hizo noble, con repugnancia suya.            385

  CAPTULO VII.--Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a
  Fabricio; ltima conversacin que ambos tuvieron y consejo
  importante que Nez di a Santillana.                             389

  CAPTULO VIII.--Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le di
  Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza.                         392

  CAPTULO IX.--De la rebelin de Portugal y cada del
  conde-duque.                                                       396

  CAPTULO X.--Cuidados que por el pronto inquietaron al
  conde-duque; sguese a ellos un dichoso sosiego; mtodo de vida
  que entabl en su retiro.                                          399

  CAPTULO XI.--El conde-duque se pone repentinamente triste y
  pensativo; motivo extraordinario de su tristeza y resultado
  fatal que tuvo.                                                    403

  CAPTULO XII.--Lo que pas en el palacio de Loeches despus de
  la muerte del conde-duque y partido que tom Santillana.           407

  CAPTULO XIII.--Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de
  encontrar ya casadera a su ahijada Serafina y l mismo se
  enamora de una seorita.                                           411

  CAPTULO XIV.--De las dos bodas que se celebraron en la quinta
  de Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas de
  Santillana.                                                        416




                         OBRAS DE J. H. FABRE
                          EDITADAS POR CALPE


             Cinco volmenes en 8., de unas 300 pginas
                               cada uno.

                 LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE
                 LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS OBRAS
                   NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA


                        TITULO DE CADA VOLUMEN

=Maravillas del instinto en los insectos=, con grabados y 16 lminas
fuera de texto, segn fotografas de P. H. Fabre, y portada en color.
En rstica, 5 pesetas; en tela, 7.

=Costumbres de los insectos=, con grabados y 16 lminas fuera de texto,
segn fotografas de P. H. Fabre, y portada en color. En rstica, 5
pesetas; en tela, 7.

=La vida de los insectos=, con grabados y 11 lminas fuera de texto,
segn fotografas de P. H. Fabre, y portada en color. En rstica, 5
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a la agricultura, con grabados y 16 lminas fuera de texto, segn
fotografas de P. H. Fabre, y portada en color. En rstica, 5 pesetas;
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=Los auxiliares.= Lecturas acerca de los animales tiles a la
agricultura, con grabados y 16 lminas fuera de texto, segn
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                        LIBROS DE LA NATURALEZA

       _El contenido de las obras que forman esta serie de libros
       editados por CALPE es rigurosamente cientfico y est al
       corriente de los ltimos progresos de las ciencias naturales.
       Garanta de ello son los autores de esas obras, todos los
       cuales figuran entre los naturalistas de mayor autoridad en
       nuestro pas._


                            VAN PUBLICADOS

=Los animales familiares=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 pginas, 42 dibujos y
6 lminas fuera de texto, con 13 fotograbados en papel estucado.

=La vida de la Tierra=, por _J. Dantn Cereceda_, profesor en el
Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 pginas, 21 dibujos
y 6 lminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado.

=El mundo alado=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo Nacional de
Ciencias Naturales. Un volumen de 96 pginas, 27 dibujos y 6 lminas
fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado.

=El mundo de los minerales=, por _Lucas Fernndez Navarro_, profesor en
la Universidad de Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
Un volumen de 96 pginas, 43 dibujos y 6 lminas fuera de texto, con 10
fotograbados en papel estucado.

=El mundo de los insectos=, por _Antonio de Zulueta_, profesor en
el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 pginas,
41 dibujos y 6 lminas fuera de texto, con 12 fotograbados en papel
estucado.

=Los animales salvajes=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 pginas, 24 dibujos y
6 lminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado.

=Peces de mar y de agua dulce=, por _Angel Cabrera_, profesor en el
Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 pginas, 40
dibujos y 6 lminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel
estucado.

=La vida de las plantas=, por _J. Dantn Cereceda_, profesor en el
Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 pginas, 31 dibujos
y 6 lminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado.

=Los animales microscpicos=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 pginas, 42 dibujos y
6 lminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado.

=La vida de las flores=, por _J. Dantn Cereceda_, profesor en el
Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 pginas, 31 dibujos
y 6 lminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado.


Todas las obras de esta coleccin se venden al precio de =1,75 pesetas
cada libro= y llevan artsticas cubiertas del gran dibujante Bagara
impresas a cinco tintas.




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                          IDEAS DEL SIGLO XX

                      SELECCIONADA Y DIRIGIDA POR

                       DON JOSE ORTEGA Y GASSET

        Catedrtico de Metafsica en la Universidad de Madrid.

       _Compondrn esta coleccin los libros maestros de Europa y
       Amrica que, aparecidos en estos ltimos veinte aos, inician
       nuevas maneras de pensar en filosofa como en poltica, en
       critica artstica como en biologa, en ciencias sociales como
       en fsica. Ser, pues, una coleccin, nica hoy en el mundo,
       que ofrece en apretada fila los temas ms incitantes de la
       nueva cultura._


                  Volmenes que aparecern en breve,
                     editados por CALPE:

Rickert.--=Ciencia cultural y ciencia natural.=

Born.--=La teora de la relatividad de Einstein.=

Driesch.--=Filosofa del organismo.=--Dos volmenes.

J. von Uexkll.--=Ideas para una concepcin biolgica del mundo.=

Bonola.--=Geometra noeuclidiana.=

Worringer.--=El espritu del arte gtico.=

Wlfflin.--=Conceptos fundamentales de la historia del arte.=

Spengler.--=La decadencia de Occidente.=





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from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
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LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

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violates the law of the state applicable to this agreement, the
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unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

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trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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