Project Gutenberg's Cuando la tierra era nia, by Nathaniel Hawthorne

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Title: Cuando la tierra era nia

Author: Nathaniel Hawthorne

Illustrator: Pablo Mil Fontanals

Translator: Gregorio Martnez Sierra

Release Date: July 28, 2017 [EBook #55215]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUANDO LA TIERRA ERA NIA ***




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                         [imagen: _ESTRELLA_]


                          COLECCIN ESMERALDA




                               [imagen:

                               HAWTHORNE


                                CUANDO
                               LA TIERRA
                               ERA NIA


                             TRADUCCIN DE
                           G. MARTNEZ SIERRA

                           ILUSTRACIONES DE
                               FONTANALS

                                MADRID
                                 MCMXX]

                             COPYRIGHT BY
                         G. MARTNEZ SIERRA, 1920

                          TIPOGRAFA ARTSTICA
                        CERVANTES, 28.--MADRID




                             LA CABEZA DE
                              LA GORGONA



[imagen]




EL PRTICO DE TANGLEWOOD


Bajo el prtico de la quinta llamada _Tanglewood_, una hermosa maana de
otoo estaba reunido un alegre grupo de chiquillos, y en medio de ellos
estaba en pie un joven alto. Haban proyectado una excursin para ir a
coger nueces, y estaban esperando con impaciencia a que las nieblas se
desvaneciesen en las vertientes de la montaa, y el sol derramase el
calor del veranillo de San Martn sobre los campos y las praderas y en
los escondrijos de los bosques. El da prometa ser de los ms
agradables que han regocijado nunca este hermoso y alegre mundo; pero la
niebla de la maana llenaba an todo el valle, sobre el cual, en una
altura de suave pendiente, se levantaba la quinta.

La masa de vapor blanco se extenda hasta unas cien varas de la casa.
Esconda por completo todo lo que hubiera ms lejos, excepto unas
cuantas copas de rboles, rojizas o amarillas, que surgan aqu y all,
y estaban glorificadas por el sol madrugador, que tambin haca brillar
la ancha superficie de la niebla. Cuatro o cinco millas hacia el Sur se
levantaba la cima de una montaa elevadsima. Quince millas ms lejos,
en la misma direccin, se alzaba otra mucho ms alta, tan azul y etrea,
que apenas pareca ms slida que el vaporoso mar de niebla que se
extenda sobre ella. Las colinas ms prximas, que bordeaban el valle,
estaban medio sumergidas y manchadas con pequeas guirnaldas de nubes,
hasta en las mismas cimas. En resumen: haba tanta nube y tan poca
tierra slida, que todo ello haca el efecto de una visin.

Los nios antes citados, todos llenos de vida, se escapaban de debajo
del prtico y correteaban por la senda enarenada o por la hierba hmeda
de la pradera. No puedo decir fijamente cuntos eran: no menos de nueve,
no ms de una docena, de todas clases, tamaos y edades, muchachos y
chiquillas. Eran hermanos, hermanas, primos, juntos con unos cuantos
amiguitos que haban sido invitados por el seor y la seora Pringle
para pasar unos cuantos das de la deliciosa estacin, con sus hijitos,
en la casa de campo. No me gusta deciros sus nombres, ni llamarles con
nombre ninguno que algn nio haya llevado antes que ellos, porque s de
cierto que muchos autores se ponen en grandsimos compromisos por haber
dado a los personajes de sus libros nombres de personas reales y
verdaderas. Por esta razn quiero llamarles Primavera, Bellorita,
Amapola, Romero, Ojos azules, Trbol, Madreselva, Capuchina, Flor de
Limn, Tomillo, Girasol y Mariposa, aunque, a decir verdad, estos
nombres seran mucho ms propios de un grupo de hadas, que de una
reunin de nios de este mundo.

No hay que suponer que a estos nios les permitan sus cuidadosos padres
y madres, tos, tas o abuelos, andar vagando por bosques y campos sin
la guarda de alguna persona mayor y especialmente seria. De ningn
modo! En el primer prrafo de mi libro recordaris que he hablado de un
joven alto, que estaba en pie en medio del grupo. Su nombre (y os dir
el verdadero, porque considera grandsimo honor haber contado los
cuentos que van aqu impresos), su nombre era Eustaquio Bright. Era
estudiante y haba alcanzado en aquella poca la respetable edad de diez
y ocho aos; de modo que casi se pareca a si mismo abuelo de Bellorita,
Romero, Madreselva, Flor de Limn, Tomillo y los dems, que eran no ms
la mitad o la tercera parte de venerables que l. Una molestia en la
vista (como creen necesario tenerla muchos estudiantes de hoy da, para
demostrar su aplicacin) le haba hecho abandonar las clases dos semanas
antes de terminar el curso. Pero, por mi parte, pocas veces he visto un
par de ojos que tuviesen aspecto de ver mejor o ms de lejos que los de
Eustaquio Bright.

El aplicado estudiante era delgado y un poco plido, como lo son todos
los estudiantes yanquis, pero de aspecto muy saludable, y tan ligero y
activo como si tuviese alas en los zapatos. Como le gustaba mucho vadear
arroyuelos y pisar la hierba de las praderas, se haba calzado para la
expedicin botas fuertes de becerro. Llevaba una blusa de lienzo, una
gorra de pao y un par de anteojos verdes, que se haba puesto,
probablemente no tanto para protegerse los ojos, como por la dignidad
que daban a su apariencia. Sin embargo, pudiera habrselos dejado en
casa, porque Madreselva, diablejo travieso, se subi en los hombros de
Eustaquio cuando estaba l sentado en uno de los escalones del prtico,
le arranc los lentes de la nariz y los plant en la suya, y como al
estudiante se le olvid volverlos a coger, cayeron en la hierba, y all
se quedaron hasta la primavera siguiente.

Ahora bien: es preciso que sepis que Eustaquio haba alcanzado entre
los nios gran fama como narrador de cuentos maravillosos, y aunque
algunas veces finga que le molestaba el que le pidiesen que les contase
ms y ms, y siempre ms, yo tengo mis dudas y pienso que no haba cosa
en el mundo que ms le agradase. Haba que ver cmo le brillaban los
ojos, cuando aquella maana, Trbol, Amapola, Capuchina, Mariposa y la
mayor parte de sus compaeros, le pidieron que les contase uno de sus
cuentos, mientras aguardaban a que la niebla se desvaneciese por
completo.

--S, primo Eustaquio--dijo Primavera, que era una alegre chiquilla de
doce aos, con los ojos de risa y la naricilla un poco respingona--: la
maana es la mejor hora para oir los cuentos con que tan a menudo
pruebas nuestra paciencia. Correremos menos peligro de herir tu
susceptibilidad, durmindonos en el momento ms interesante... como hizo
anoche Capuchina.

--Qu mala eres!--exclam Capuchina, nia de seis aos--. No me dorm:
es que cerr los ojos, para ver por dentro lo que Eustaquio nos estaba
contando. Sus cuentos son buenos para oirlos de noche, porque puede una
soar con ellos, dormida; pero tambin son buenos por la maana, porque
puede una soar con ellos despierta. As es que espero que nos va a
contar uno ahora mismito.

--Gracias, Capuchina!--dijo Eustaquio--. Tendrs el mejor de los
cuentos que yo sea capaz de inventar, aunque slo sea por haberme
defendido tan bien contra esta perversa Primavera. Pero, nios, os he
contado ya tantos cuentos de hadas, que me parece que no queda ninguno
que no me hayis odo por lo menos dos veces. Y temo que si vuelvo a
repetir alguno de ellos, os vais a quedar dormidos de veras.

--No, no, no!--exclamaron Ojos azules, Bellorita, Girasol y otra media
docena--. Los cuentos que ms nos gustan son los que hemos odo dos o
tres veces.

Y es verdad que los cuentos parecen aumentar de inters para los nios,
no con una o dos, sino con innumerables repeticiones. Pero Eustaquio
Bright, en la exuberancia de sus recursos, desdeaba el aprovecharse de
una ventaja que hubiese agradecido un narrador ms viejo.

--Sera lstima--dijo--que un hombre de mis conocimientos (pasando por
alto mi fantasa original) no pudiese encontrar cada da del ao un
cuento nuevo para chiquillos como vosotros. Os contar uno de los que se
inventaron para distraccin de nuestra vieja abuela la Tierra, cuando
era una chiquilla con refajito y delantal. Hay lo menos ciento, y me
maravilla que hace mucho tiempo no se hayan puesto en libros de estampas
para nias y nios. En cambio, muchos sabios viejos, con largas barbas
grises, se queman las pestaas leyndolos en librotes llenos de polvo,
escritos en griego, y se rompen los cascos queriendo adivinar cundo y
cmo y para qu se inventaron.

--Bueno, bueno, bueno, bueno, primo Eustaquio--exclamaron a una todos
los chiquillos--: no hables ms de tus cuentos, y empieza a contar.

--Sentaos todos--dijo Eustaquio--, y callad, porque a la primera
interrupcin, sea de la malvada Primavera, del infeliz Romero o de
cualquier otro, dar un mordisco al cuento, y me tragar el pedazo que
falte por contar. Pero, en primer lugar, alguno de vosotros sabe lo que
es una Gorgona?

--Yo, s--dijo Primavera.

--Pues, cllatelo!--replic Eustaquio, que hubiese preferido que no
hubiese sabido la chiquilla nada sobre el asunto--. Callad todos, y os
contar un cuento preciossimo de la cabeza de una Gorgona.

Y as lo hizo, como podis empezar a leer en la pgina siguiente.

[imagen]




[imagen]




LA CABEZA DE LA GORGONA


Perseo era hijo de Danae, que a su vez era hija de un rey. Y cuando
Perseo era muy pequeo, unos malvados le pusieron con su madre en un
arca y los lanzaron a las ondas. Sopl el viento fuertemente, y alej el
arca de la costa. Las ondas la sacudieron como si fuera una cscara de
nuez. Danae estrech a su hijito entre sus brazos, temiendo por momentos
que una ola mayor que las dems les sepultara para siempre en el fondo
del Ocano. El arca sigui, sin embargo, navegando, y no se hundi ni
zozobr, hasta que al llegar la noche navegaba tan cerca de una isla,
que se enred entre las redes de un pescador y la sacaron con ellas a la
costa. La isla se llamaba Serifo, y reinaba en ella el rey Polidectes,
que era hermano del pescador que haba recogido por casualidad en sus
redes a los pobres nufragos.

Este pescador era hombre justo y compasivo. Trat con gran bondad a
Danae y a su hijo, y continu protegindoles hasta que Perseo lleg a
ser un hermoso mancebo, fuerte y activo, y habilsimo en el manejo de
las armas.

Mucho antes haba visto el rey Polidectes a los dos extranjeros, madre e
hijo, que en un arca frgil haban llegado a sus playas. No era
Polidectes bueno y amable como su hermano el pescador, sino en extremo
malvado, y resolvi enviar a Perseo a una empresa peligrosa, en la cual
probablemente perdera la vida, y entonces, quedndose la madre sin
defensa, podra l causarle algn dao grande. Con este fin, aquel rey
de mal corazn pas tiempo y tiempo pensando cul sera la hazaa de ms
peligro que un joven pudiera emprender. Cuando, por fin, di con una
empresa que prometa tener el fatal resultado que deseaba, mand llamar
a Perseo.

El muchacho fu a palacio, y encontr al rey sentado en su trono.

--Perseo--dijo el rey Polidectes, sonriendo hipcritamente--, eres todo
un buen mozo. T y tu excelente madre habis recibido muchsimos
favores, tanto mos como de mi hermano el pescador, y supongo que
sentirs no poder pagar algunos de ellos.

--Con permiso de Vuestra Majestad--respondi Perseo--, arriesgara con
gusto mi vida por lograrlo.

--Muy bien; entonces--continu el rey, siempre con la sonrisa en los
labios--, tengo una aventura de poca monta que proponerte; y como eres
un joven valiente y emprendedor, estoy seguro de que te alegrars de
tener tan buena ocasin de distinguirte. Debes saber, mi buen Perseo,
que estoy en tratos para casarme con la hermosa princesa Hipodamia, y es
costumbre, en ocasiones como sta, regalar a la novia algo elegante y
extrao, que haya tenido que irse a buscar muy lejos. Debo confesar que
he estado bastante perplejo, sin saber dnde encontrar cosa capaz de
agradar a princesa de gusto tan exquisito. Pero esta maana me parece
que he encontrado precisamente lo que necesitaba.

--Y puedo yo ayudar a Vuestra Majestad a conseguirlo?--exclam Perseo
con vehemencia.

--Puedes, si eres tan valiente como yo me figuro--repuso el rey
Polidectes con la mayor astucia--. El regalo de boda que quiero ofrecer
a la hermosa Hipodamia es la cabeza de la Gorgona Medusa, con sus
cabellos de serpientes, y de ti depende el traerla, querido Perseo. As
es que como estoy deseando terminar los tratos para mi casamiento con la
princesa, cuanto antes vayas en busca de la Gorgona, ms me
complacers.

--Saldr maana, por la maana--respondi Perseo.

--Te ruego que lo hagas as, valiente joven--asegur el rey--. Y al
cortar la cabeza de la Gorgona, ten cuidado de dar el golpe limpio para
no estropearla. La traers aqu lo mejor acondicionada que sea posible,
porque la princesa Hipodamia es muy delicada de gusto.

Perseo sali del palacio, y apenas haba pasado la puerta, el rey
Polidectes se ech a reir; le diverta mucho, tan malvado era, que el
pobre muchacho hubiese cado en la trampa. Pronto corri la noticia de
que Perseo se haba decidido a cortar la cabeza de Medusa con su
cabellera de serpientes. Todo el mundo se alegr al saberlo, porque casi
todos los habitantes de la isla eran tan malvados como el mismo rey, y
se hubiesen alegrado muchsimo de que les sucediese algn mal muy grande
a Danae y a su hijo. Parece que el nico hombre bueno en aquella
desdichada isla de Serifo era el pescador. Cuando Perseo iba por la
calle, las gentes le sealaban con el dedo y le hacan muecas de
desprecio y le ridiculizaban, levantando la voz cuanto se atrevan.

--Ay!, ay!--exclamaban--. Las serpientes de Medusa le van a morder
lindamente.

Ahora bien; en aquel tiempo vivan tres Gorgonas, y eran los monstruos
ms extraos y terribles que hubieran existido desde que el mundo es
mundo, y despus no se ha visto ni se volver a ver cosa ms terrible
que ellas. La verdad es que no s por qu nombre de monstruo nombrarlas.
Eran tres hermanas, y parece que tenan cierta remota semejanza con las
mujeres; pero, en realidad, eran una temerosa y daina especie de
dragones. De veras es difcil imaginar qu espantosos seres eran las
tres hermanas. Porque en vez de cabellos, tena cada una en la cabeza
cien serpientes enormes, vivas todas, que se retorcan, se enredaban, se
enroscaban, sacando sus venenosas lenguas, ahorquilladas por la punta.
Los dientes de las Gorgonas eran terriblemente largos. Las manos las
tenan de bronce. Y el cuerpo cubierto de escamas, que si no eran de
hierro, eran por lo menos tan duras e impenetrables como l. Tambin
tenan alas, y hermossimas, os lo aseguro, porque todas las plumas eran
de oro pursimo, brillante, centelleante, bruido, y figuraos cmo
resplandecera cuando las Gorgonas iban volando a la luz del sol.

Pero cuando alguien alcanzaba a atisbar un reflejo de aquel resplandor,
pocas veces se detena a mirarlo, sino que corra y se esconda a toda
prisa. Acaso os figuris que tena miedo de que le mordiesen las
serpientes que servan de cabello a las Gorgonas, o de que le
destrozasen los terribles colmillos, o las garras de bronce. Todos esos
peligros, aunque grandsimos, no eran los ms difciles de evitar. Lo
peor de aquellas abominables Gorgonas era que si un pobre mortal miraba
de frente a una de aquellas caras, estaba seguro, en el mismo instante,
de que su carne y sangre caliente se convirtiesen en piedra inanimada y
fra!

As es que, como comprenderis perfectamente, la aventura que el malvado
rey Polidectes haba buscado para el pobre muchacho, era peligrossima.
El mismo Perseo, cuando se detuvo a pensar en ello, no pudo menos de
comprender que tena muy pocas probabilidades de salir con bien de ella,
y que era mucho ms probable convertirse en estatua de piedra que
conseguir la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes. Dejando a
un lado otras dificultades, haba una que hubiese puesto en apuro a
cualquier hombre de mucha ms edad que Perseo. No slo tena que luchar
con un monstruo de alas de oro, de escamas de hierro, de largusimos
dientes, de garras de bronce, con serpientes por cabellos, y cortarle la
cabeza, sino que mientras estuviese luchando contra l, no poda mirar a
su enemigo. Porque si lo miraba, al levantar el brazo para herirle se
convertira en piedra y se quedara con el brazo en el aire siglos y
siglos, hasta que el tiempo y el viento y el agua le destruyesen por
completo. Y sera bien triste que le ocurriese esto a un joven a quien
tantas cosas grandes quedaban por hacer y tanta felicidad que gozar en
este hermoso mundo.

Tanto desconsolaron a Perseo todos estos pensamientos, que no tuvo valor
para decir a su madre lo que se haba comprometido a hacer. Por
consiguiente, cogi su escudo, se ci la espada y atraves la isla,
yendo a sentarse a un lugar solitario; apenas poda contener las
lgrimas.

Pero cuando estaba ms pensativo y triste, oy una voz junto a l.

--Perseo--dijo la voz--, por qu ests triste?

Levant la cabeza de entre las manos, en las cuales la haba escondido,
y oh, asombro!, aunque crea estar completamente solo, encontr
a su lado un desconocido. Era un joven de aspecto animoso y
extraordinariamente inteligente, cubierto con una capa, y que llevaba en
la cabeza un gorro muy extrao y en la mano un bastn trenzado, tambin
de modo sorprendente, y colgada al costado una espada corta y muy
retorcida. Tena aspecto de gran ligereza y soltura de movimientos, como
hombre acostumbrado a ejercicios gimnsticos, a correr y a saltar. Y,
sobre todo, tena una expresin tan alegre, tan inteligente y tan
servicial--aunque, por supuesto, un poco maliciosa--, que Perseo no pudo
menos de animarse inmediatamente que le mir a la cara. Adems, como en
realidad era valiente, le di muchsima vergenza que alguien le hubiese
encontrado con las lgrimas en los ojos, como a un chiquillo de la
escuela, cuando, despus de todo, puede que no hubiera motivo para
desesperarse. Enjugse los ojos, y respondi al desconocido prontamente,
poniendo la cara ms alegre que pudo.

--No estoy triste--dijo--, sino pensando en una aventura que he
emprendido.

--Oh!--respondi el desconocido--. Cuntame en qu consiste, y puede te
sirva yo de algo. He ayudado a muchos jvenes en aventuras que al
principio parecan bastante difciles. Acaso hayas odo hablar de m.
Tengo varios nombres; pero el de Azogue me cae tan bien como otro
cualquiera. Dime en qu consiste la dificultad, y hablaremos del asunto
y veremos lo que se puede hacer.

Las palabras del desconocido animaron por completo a Perseo. Resolvi
contarle a Azogue todas sus dificultades, ya que las cosas no podan
ponerse peor que estaban, y acaso su nuevo amigo pudiera darle algn
consejo que le sirviese de algo. As es que en pocas palabras le
explic el caso: cmo el rey Polidectes necesitaba la cabeza de Medusa,
con la cabellera de serpientes, para drsela como regalo de boda a la
hermosa princesa Hipodamia, y cmo se haba comprometido a ir a
buscarla, pero tema verse convertido en piedra.

--Y sera lstima--dijo Azogue con su maliciosa sonrisa--. Es verdad que
seras una estatua de mrmol de muy buen ver, y que pasaran unos
cuantos siglos antes de que el tiempo pudiera desmoronarte del todo;
pero ms vale ser joven unos pocos aos, que estatua de piedra muchos.

--Oh, mucho ms!--exclam Perseo con los ojos hmedos otra vez--. Y
adems, qu sera de mi madre, si su hijo tan querido se convirtiese en
piedra?

--Esperemos que el asunto no tenga tan mal fin--repuso Azogue en tono
animoso--. Precisamente soy la persona que acaso pueda ayudarte ms
eficazmente. Mi hermana y yo haremos todo lo posible por que salgas con
bien de esta aventura, que ahora te parece tan desagradable.

--Tu hermana?--repiti Perseo.

--S, mi hermana--respondi el desconocido--. Es muy sabia, te lo
aseguro; y en cuanto a m, tambin suelo tener todo el talento que me
hace falta. Si t eres valeroso y prudente, y haces caso de nuestros
consejos, no tienes que temer, por ahora, convertirte en estatua de
piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas
verte en l como en un espejo.

Esto le pareci a Perseo un principio de aventura ms bien extravagante,
porque pens que ms importara que el escudo fuera lo bastante fuerte
para defenderle de las garras de bronce de la Gorgona, que el que
estuviese bastante reluciente para poderse ver la cara en l. Pero
pensando que Azogue saba ms que l, inmediatamente puso manos a la
obra, y frot el escudo con tal diligencia y buen deseo, que pronto
brill como la luna en el mes de Diciembre. Azogue le mir y sonri,
aprobando. Entonces, quitndose la espada corta y retorcida, se la colg
a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba.

--No hay espada en el mundo que pueda servir mejor al propsito que
llevas--observ--. La hoja tiene temple excelente, y corta el hierro y
el acero como un tallo tierno. Y ahora, en marcha: lo primero que
tenemos que hacer es ir en busca de las Tres Mujeres Grises, que nos
dirn dnde podemos encontrar a las Ninfas.

--Las Tres Mujeres Grises!--exclam Perseo, a quien esto pareca
nicamente una dificultad ms en la aventura--. Quines son esas Tres
Mujeres Grises? Nunca he odo hablar de ellas.

--Son tres viejecitas muy raras--dijo Azogue, riendo--. No tienen ms
que un ojo para las tres, y un diente. Tendrs que encontrarlas a la luz
de las estrellas o en las sombras de la noche, porque nunca se dejan ver
cuando brillan el sol o la luna.

--Pero--dijo Perseo--, a qu gastar el tiempo con esas Tres Mujeres
Grises? No sera mejor ir desde luego en busca de las terribles
Gorgonas?

--No, no--respondi su amigo--. Hay bastantes cosas que hacer antes de
encontrar el camino que te ha de llevar a las Gorgonas. No hay ms
remedio que ir a caza de esas tres seoras. Y cuando las hayamos
encontrado, puedes estar seguro de que las Gorgonas no andarn muy
lejos. De modo que vamos ligerito.

Perseo tena ya tanta confianza en la sagacidad de su acompaante, que
no hizo ms objeciones, y asegur que estaba pronto para emprender
inmediatamente la aventura. Empezaron a andar, y a buen paso. Tan
ligero, que a Perseo le costaba trabajo seguir a su amigo Azogue. A
decir verdad, se le ocurri la peregrina idea de que Azogue llevaba un
par de zapatos con alas, lo cual, naturalmente, le ayudaba a las mil
maravillas. Y, adems, al mirarle de reojo, porque no se atreva a
volver del todo la cabeza, le pareci que tambin tena alas a los lados
de la cabeza, aunque si le miraba de frente no se vean las alas, sino
un gorro muy raro. Lo que s era seguro es que el bastn trenzado le
serva a Azogue de grandsima ayuda para caminar, y le haca andar tan
de prisa, que aunque Perseo era muchacho fuerte, ya empezaba a perder el
aliento.

--Vamos!--exclam al fin Azogue, que de sobra saba, vivo como era, el
trabajo que a Perseo le costaba seguirle a su paso--; toma este
bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante ms que yo. No hay
en la isla de Serifo mejores andarines que t?

--Mejor podra andar--dijo Perseo, mirando atrevidamente los pies de su
compaero--, si tuviese un par de zapatos con alas.

--Buscaremos un par para ti--respondi Azogue.

Pero el bastn ayudaba de tal modo a Perseo, que no volvi a sentir el
menor cansancio. Pareca estar vivo en su mano y comunicar algo de su
vida a Perseo. l y Azogue caminaban ahora al mismo paso, con la mayor
facilidad, hablando amistosamente, y Azogue contaba historias tan
divertidas sobre sus aventuras anteriores, y lo bien que su ingenio le
haba servido en muchas ocasiones, que Perseo empez a considerarle como
persona maravillosa. Evidentemente conoca el mundo, y nada es tan
encantador para un joven como un amigo que posea esta clase de
conocimiento. Perseo escuchaba con ansia, esperando aumentar su propio
ingenio con todo lo que oa.

Por fin record que Azogue haba hablado de una hermana suya, que haba
de prestar ayuda en la aventura que tenan emprendida.

--Dnde est?--pregunt--. La encontraremos pronto?

--En cuanto la necesitemos--dijo su compaero--. Pero debo advertirte
que esta hermana ma tiene un genio completamente distinto del mo. Es
muy seria y muy prudente; no sonre casi nunca; no se re jams, y tiene
por regla no pronunciar ni una sola palabra cuando no tiene algo muy
profundo que decir. Ni tampoco escucha conversacin alguna que no sea
absolutamente razonable.

--Pobre de m!--exclam Perseo--. No me atrever a pronunciar ni una
slaba delante de ella.

--Es una persona instruidsima, te lo aseguro--continu Azogue--, y
tiene al dedillo todas las artes y las ciencias. En una palabra: es tan
asombrosamente sabia, que muchas gentes la llaman la sabidura
personificada. Pero, para decirte la verdad, para mi gusto le falta
viveza, y dudo que a ti te pareciese tan agradable como yo para
compaera de viaje. Tiene cosas buenas, desde luego, y ya vers de
cunto te sirve para tu encuentro con las Gorgonas.

Ya haba anochecido casi por completo. Llegaron entonces a un sitio
completamente desierto, silvestre, cubierto de malezas y zarzas, y tan
solitario y silencioso, que pareca como si nunca nadie hubiese vivido
en l ni hubiese pasado por all. Todo estaba vaco y desolado en el
crepsculo gris, que a cada instante se haca ms obscuro. Perseo mir
en derredor, ms bien con desconsuelo, y pregunt si tenan que ir mucho
ms lejos.

--Chiss, chiss...--susurr su compaero--. No hagas ruido. Precisamente
stos son el tiempo y el lugar propicios para encontrar a las Tres
Mujeres Grises. Ten cuidado de que no te vean antes de que t las hayas
visto, porque aunque no tienen ms que un ojo para las tres, es tan
perspicaz como media docena de ojos vulgares.

--Pero, qu tengo que hacer--pregunt Perseo--cuando las encontremos?

Azogue explic a Perseo cmo se las arreglaban las Tres Mujeres Grises
con su nico ojo. Parece que tenan la costumbre de usarle por turno,
como si hubiese sido un par de lentes o--cosa que les hubiese convenido
mejor--un monculo. Cuando una de las tres le haba disfrutado durante
algn tiempo, se le sacaba de la rbita y se le daba a otra de las
hermanas, la cual inmediatamente se le ajustaba en la frente y gozaba un
ratito de la vista del mundo. Fcil es de comprender por esto que slo
una de las mujeres vea, mientras las otras dos permanecan en la
obscuridad, y adems, en el instante en que el ojo estaba pasando de
mano en mano, ninguna de las pobres seoras vea gota. He odo contar
muchas cosas extraas en mi vida y he visto bastantes; pero ninguna, a
mi parecer, puede compararse con la rareza de estas Tres Mujeres Grises,
todas mirando con un ojo solo.

Esto mismo pens Perseo, y estaba tan lleno de asombro, que lleg a
figurarse que su compaero se estaba burlando de l y que no existan en
el mundo semejantes mujeres.

--Pronto te convencers de si es verdad o no--observ Azogue--. Chiss,
chiss, chiss... Ya vienen!

Perseo mir ansiosamente a travs de la obscuridad de la noche, y con
seguridad, a poca distancia, vi a las Tres Mujeres Grises. Como la luz
era tan escasa, no pudo darse cuenta exacta de qu caras tenan; slo
descubri que sus cabellos eran largos y grises; y cuando se acercaron,
vi cmo dos de ellas no tenan sino una rbita vaca en medio de la
frente. Pero en medio de la frente de su hermana haba un ojo brillante,
que centelleaba como un diamante en una sortija, y tan penetrante
pareca ser, que Perseo no pudo menos de pensar que posea el don de ver
en la media noche ms obscura lo mismo que a medioda. La vista de tres
pares de ojos de persona estaba concentrada en aquel ojo nico.

De este modo las tres ancianas se arreglaban, despus de todo, casi tan
cmodamente como si todas pudiesen ver a un tiempo. La que tena el ojo
en la frente llevaba a las otras dos de la mano, mirando intensamente en
derredor suyo; tanto, que Perseo tema que pudiese atravesar con la
vista la espesa zarza tras de la cual l y Azogue se haban escondido.
Decididamente, era terrible encontrarse al alcance de ojo tan
penetrante!

Pero antes de llegar a la zarza, una de las Tres Mujeres Grises exclam:

--Hermana, hermana Espanto, ya hace mucho tiempo que tienes puesto el
ojo! Ahora me toca a m.

--Djamelo un momento ms, hermana Pesadilla--respondi Espanto--. Me
parece que veo algo detrs de aquella zarza.

--Bueno, y qu?--respondi Pesadilla con malos modos--. No puedo yo
ver tan bien como t lo que haya detrs de la zarza? El ojo es tan mo
como tuyo, y me parece que s usarle tan bien como t, por no decir
mejor. Quiero que me lo entregues inmediatamente.

Pero al llegar aqu, la tercera hermana, cuyo nombre era
Quebrantahuesos, empez a quejarse, y dijo que a ella era a quien le
tocaba tener el ojo, y que Pesadilla y Espanto siempre le queran slo
para ellas. Para terminar la disputa, Espanto se quit el ojo de la
frente y le levant en la mano.

--Pues tomadle vosotras, y sea de quien quiera--exclam--, y acabemos
con esta disputa necia. Por mi parte, me alegrar muchsimo de estar un
rato en la obscuridad. Agarrarle pronto, o me lo vuelvo a poner en la
frente.

Pesadilla y Quebrantahuesos extendieron las manos, procurando
ansiosamente arrebatar el ojo de la mano de Espanto. Pero como las dos
estaban ciegas, no acertaban a encontrar la mao de su hermana; y como
en aquel momento Espanto estaba tan ciega como ellas, tampoco acertaba a
poner el ojo en sus manos. As, como comprenderis fcilmente, las tres
viejas estaban en grandsimo apuro. Porque aunque el ojo brillaba y
centelleaba como una estrella, ninguna de las tres mujeres alcanzaba
una sola chispa de su luz, y estaban todas en obscuridad completa por su
demasiada impaciencia por ver.

A Azogue le diverta tanto ver a Pesadilla y a Quebrantahuesos
esforzndose en vano por encontrar a su hermana Espanto, que apenas
poda contener la risa.

--Ha llegado el momento--dijo en voz muy baja a Perseo--. Vivo, vivo,
antes de que alguna pueda pescar el ojo. Qutaselo de la mano!

Y en un instante, mientras las Tres Mujeres Grises seguan disputando,
Perseo salt de detrs de la zarza y se hizo dueo de la presa. El ojo
maravilloso, al pasar a su mano, centelle ms brillante que nunca, y
pareci mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma
expresin que si hubiese tenido un par de prpados para hacer un guio.
Las Tres Mujeres Grises no saban nada de lo que haba sucedido, y
suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las
otras, empezaron a disputar de nuevo. Por fin, Perseo no quiso que las
pobres viejas se insultasen ms de lo necesario, y crey que haba
llegado el momento de las explicaciones.

--Seoras mas--dijo--, tengan ustedes la bondad de no disgustarse unas
con otras. Si hay aqu algn culpable, ese soy yo, porque tengo el
honor de llevar en la mano vuestro brillantsimo y excelentsimo ojo.

--T, t tienes nuestro ojo! Y quin eres t?--chillaron a un tiempo
las Tres Mujeres Grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchsimo al
oir una voz extraa y comprender que su vista haba cado en manos no
saban de quin--. Ay, hermanas, hermanas! Qu vamos a hacer? Todas
estamos en la obscuridad! Danos nuestro ojo precioso y nico! T
tienes dos para ti solo!

--Diles--apunt Azogue a Perseo--que se lo entregars en cuanto te hayan
dicho dnde puedes encontrar a las Ninfas que tienen las sandalias que
vuelan, el saco mgico y el yelmo de la invisibilidad.

--Mis queridas, buenas y admirables seoras--dijo Perseo, dirigindose a
las Tres Mujeres Grises--: no hay motivo para que se asusten ustedes de
ese modo. No soy un malvado, ni mucho menos. Les devolver a ustedes el
ojo sano y salvo, brillante como nunca, en cuanto me digan dnde puedo
encontrar a las Ninfas.

--A las Ninfas? Pobres de nosotras, hermanas! Qu dice este
hombre?--grit Espanto--. La gente asegura que hay muchsimas Ninfas:
unas que se pasan la vida cazando en los bosques, otras que viven entre
los rboles, otras que tienen cmoda habitacin en el agua de las
fuentes. De ninguna sabemos nada nosotras. Somos tres ancianas
desdichadas, que vamos caminando en la obscuridad, que nunca hemos
tenido ms que un ojo para las tres, y ahora nos lo han robado.
Devulvenosle, buen desconocido; quienquiera que seas, devulvenosle!

Y las tres mujeres extendan la mano, intentando coger a Perseo. Pero l
tena buen cuidado de mantenerse fuera de su alcance.

--Respetables seoras mas--dijo, porque su madre le haba enseado a
emplear siempre la mayor cortesa--: tengo el ojo en la mano, y lo
conservar con el mayor cuidado hasta que tengan ustedes la amabilidad
de decirme dnde estn las Ninfas. Las que yo voy buscando son las que
tienen el saco encantado, las sandalias que vuelan y... cmo se
llama?... ah, s!, el yelmo de la invisibilidad.

--Desgraciadas de nosotras, hermanas! De qu habla este
joven?--exclamaron Espanto, Pesadilla y Quebrantahuesos, dirigindose
unas a otras con gran apariencia de asombro--. Un par de sandalias que
vuelan! Pero, no comprende que si tuviera la locura de ponerse
semejante calzado, los pies le echaran a volar por encima de la cabeza?
Y un yelmo de invisibilidad! Cmo puede un yelmo hacer invisible a un
hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? Y, por si era poco, un
saco encantado! Qu clase de bolso ser ese? No, no, buen amigo; no
podemos decirte nada de todas esas maravillas. T tienes tus dos ojos, y
nosotras uno para las tres; mejor podrs t que nosotras, pobres mujeres
ciegas, encontrar todo lo que necesitas.

Perseo, oyndolas hablar de aquel modo, empez a creer que, en realidad,
las Tres Mujeres Grises no saban nada de lo que les preguntara, y le
daba pena tenerlas en apuro tan grande; tanto, que ya estaba a punto de
devolverles el ojo, pidindoles perdn por la molestia que les haba
causado; pero Azogue le sujet la mano.

--No consientas que se burlen de ti--dijo--. Estas Tres Mujeres Grises
son las nicas en el mundo que pueden decirte dnde encontrars a las
Ninfas, y si no consigues saberlo, nunca conseguirs cortar la cabeza de
Medusa con los cabellos de serpientes. No te ablandes, y todo saldr
bien.

Y sucedi como Azogue deca. Hay pocas cosas que la gente quiera ms que
la vista de sus ojos. Y las Mujeres Grises queran al suyo como si
hubiese sido media docena. Viendo que no haba otro medio de recobrarlo,
acabaron por decir a Perseo lo que necesitaba saber. Y en cuanto se lo
hubieron dicho, l, con el mayor respeto, puso el ojo en la rbita vaca
de una de sus frentes, les di las gracias por su amabilidad y se
despidi de ellas. Antes de que el joven se hubiese alejado lo bastante
para dejar de oirlas, ya haban empezado otra disputa, porque di la
casualidad de que haba entregado el ojo a Espanto, que ya haba
disfrutado de l antes de que empezase la cuestin con Perseo.

Es muy posible que las Tres Mujeres Grises tuvieran demasiada costumbre
de turbar su armona con peleas de esta clase; lo cual era muy de
sentir, ya que no podan vivir unas sin otras y estaban, evidentemente,
destinadas a ser compaeras inseparables. Como regla general aconsejo a
todos, hermanos o hermanas, jvenes o viejos, que no tengan ms que un
ojo para disfrutarle entre varios, que cultiven la tolerancia y no se
empeen en gozarle todos a un mismo tiempo.

Azogue y Perseo, entretanto, caminaban lo ms de prisa que podan en
busca de las Ninfas. Las viejas les haban dado indicaciones tan
detalladas, que no tardaron mucho en encontrarlas. Eran muy distintas de
Pesadilla, Quebrantahuesos y Espanto, porque en vez de ser viejas, eran
jvenes y bonitas; en vez de un ojo para tres, cada Ninfa tena un par
de ojos muy brillantes, que miraban a Perseo con la mayor amabilidad.
Parecan ser muy amigas de Azogue, y cuando les cont la aventura que
Perseo haba emprendido, no pusieron dificultad alguna para entregarle
los valiosos objetos que estaban confiados a su custodia. En primer
lugar, trajeron lo que pareca ser una bolsa pequea, hecha de piel de
ciervo y primorosamente bordada, y le encargaron mucho que cuidase de
ella, para no perderla. ste era el saco encantado. Las Ninfas sacaron
despus un par de zapatos o sandalias con un lindo par de alas sujetas
al taln de cada una.

--Pntelas, Perseo--dijo Azogue--. Con ellas te encontrars tan ligero
de pies como puedas desear para todo el resto del viaje.

Perseo empez a ponerse una y dej la otra en el suelo, a su lado. De
repente la sandalia que haba dejado abri las alas y salt del suelo, y
probablemente hubiese echado a volar, si Azogue no hubiese dado un salto
y la hubiese atrapado al vuelo.

--Ten ms cuidado--dijo a Perseo--. Los pjaros se asustaran si viesen
una sandalia volando a su lado.

Cuando Perseo se hubo calzado las dos sandalias maravillosas, se sinti
demasiado ligero para andar por la tierra. Di un paso o dos, y--oh,
maravilla!--se levant en el aire muy por encima de las cabezas de
Azogue y de las Ninfas, y le cost mucho trabajo volver a bajar. Las
sandalias con alas y todas las cosas de esta clase resultan muy
difciles de manejar hasta que uno se acostumbra a ellas. Azogue se ech
a reir de la involuntaria ligereza de su compaero, y le dijo que era
menester no apresurarse tanto, porque an tenan que aguardar a que les
trajesen el yelmo de la invisibilidad.

Las amables Ninfas sostenan el yelmo con su hermoso penacho de
ondulantes plumas, dispuestas a ponrselo en la cabeza a Perseo. Y
entonces sucedi el incidente ms maravilloso de todos los que os vengo
contando. El momento antes de que le pusieran el yelmo, all estaba
Perseo, joven, buen mozo, con ensortijada cabellera rubia y mejillas
sonrosadas, con la retorcida espada en el cinto y el bien pulido escudo
al brazo: figura que pareca hecha de valor, fuego y gloriosa luz. Pero
en cuanto el yelmo se apoy en su frente blanca, nada se vi ya de
Perseo! Nada, sino el aire vaco! Hasta el yelmo que le cubra con su
invisibilidad se haba desvanecido!

--Dnde ests, Perseo?--pregunt Azogue.

--Aqu--respondi Perseo tranquilamente, aunque su voz pareca salir de
la transparente atmsfera--. Donde estaba ahora mismo. No me ves?

--No te veo, no--respondi su amigo--. Ests oculto por el yelmo. Y si
yo no te veo, tampoco te vern las Gorgonas. Sgueme, y probaremos qu
tal maa te das para usar las sandalias con alas.

Con estas palabras, el gorro de Azogue abri las alas, como si la cabeza
fuese a volar separndose de los hombros; pero todo su cuerpo se levant
en el aire, y Perseo le sigui. Cuando hubieron subido unos cuantos
metros, el joven empez a sentir cun delicioso era dejar abajo la
tierra dura y poder volar como un pjaro.

Era ya completamente de noche. Perseo mir hacia arriba y vi la
redonda, brillante y plateada luna, y pens que le gustara ms que nada
levantar el vuelo, llegar a ella y pasarse all la vida. Entonces volvi
a mirar hacia abajo y vi la Tierra con sus mares y sus lagos y el curso
de plata de sus ros, y los nevados picos de sus montaas, y lo ancho de
sus campos, y la mancha obscura de sus bosques, y sus ciudades de mrmol
blanco.

Y con la luz de la luna cayendo sobre ella, era la Tierra tan hermosa
como pudiera serlo la luna misma o cualquier otra estrella. Y sobre
todo, vi la isla de Serifo, donde estaba su querida madre. Algunas
veces, l y Azogue se acercaban a una nube que, de lejos, pareca estar
hecha de vellones de plata, aunque cuando entraban en ella se
encontraban mojados y llenos de fro por la niebla gris. Tan rpido era
su vuelo, sin embargo, que en un instante salan de la nube otra vez a
la luz de la luna. Una vez pas casi rozando a Perseo un guila que
volaba muy alto. Lo ms hermoso de todo lo que vieron fueron los
meteoros, que centelleaban repentinamente, como si en los aires se
estuviesen quemando fuegos artificiales, y hacan palidecer la luz de la
luna muchas millas en derredor.

Mientras los dos compaeros volaban uno junto a otro, Perseo crey oir a
su lado un ligero rumor, como si fuera el roce de un vestido: era al
lado opuesto a aquel en que vea a Azogue. Mir con atencin, pero no
vi nada.

--De quin es este vestido--pregunt--que parece moverse a mi lado con
la brisa?

--Oh! Es el de mi hermana!...--respondi Azogue--. Viene con nosotros,
como ya te lo haba anunciado. Nada podramos hacer si mi hermana no nos
ayudase. No tienes idea de lo sabia que es. Y tiene unos ojos...! En
este momento te ve como si no fueras invisible, y apuesto cualquier cosa
a que ella es la primera que divisa a las Gorgonas.

En su rpido viaje por los aires, haban ya

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llegado a la vista del gran Ocano, y pronto volaron sobre l. A lo
lejos, las olas se amontonaban tumultuosamente en medio del mar o se
rompan formando una ancha franja de espuma sobre los peascos de la
orilla, con un ruido que en el bajo mundo pareca el del trueno, pero
que en lo alto llegaba a los odos de Perseo como un suave murmullo,
como la voz de un nio medio dormido. Precisamente en aquel momento una
voz habl a su lado. Pareca ser de mujer, y era melodiosa, aunque no
precisamente dulce, sino grave y serena.

--Perseo--dijo la voz--, ah estn las Gorgonas.

--Dnde?--exclam Perseo--. No las veo!

--En la costa de esa isla, debajo de ti--replic la voz--. Si dejases
caer una piedra, caera entre ellas.

--Ya te dije yo que ella era la primera que haba de verlas--dijo Azogue
a Perseo--. Y ah estn.

Abajo, en lnea recta a unos mil metros de distancia, Perseo alcanz a
ver un islote y el mar rompiendo en espuma en torno de su costa rocosa,
excepto por un lado, donde haba una playa de arena blanca como nieve.
Descendi hacia ella, y mirando con atencin hacia algo que brillaba, a
los pies de un precipicio de roca negra vi a las terribles Gorgonas.
Estaban echadas en el suelo, profundamente dormidas, arrulladas por el
atronador ruido del mar; porque haca falta un estruendo que hubiese
dejado sordo a cualquier mortal para conseguir que se durmiesen aquellas
criaturas terribles. La luz de la luna centelleaba sobre sus escamas de
acero y sobre sus alas de oro, que caan perezosamente sobre la arena.

Las garras de bronce, horribles, se agarraban a los fragmentos de la
roca, mientras las dormidas Gorgonas soaban que estaban despedazando a
algn pobre mortal. Las serpientes que les servan de cabellos, tambin
parecan estar dormidas, aunque de cuando en cuando una se retorca o
alzaba la cabeza y sacaba la ahorquillada lengua, emitiendo un
adormilado silbido, y dejndose luego caer entre sus hermanas
serpientes.

Las Gorgonas se parecan ms a alguna tremenda gigantesca especie de
insecto--inmensas abejas con alas de oro o moscas-dragones o cosa por
este estilo--, que a ningn otro ser vivo; slo que eran como un milln
de veces ms grandes que insecto ninguno. Y a pesar de todo, haba en
ellas algo humano tambin. Afortunadamente para Perseo, tenan la cara
escondida por la postura en que se encontraban; porque si las hubiese
mirado un solo instante, hubiera cado pesadamente del aire, convertido
en imagen de piedra.

--Ahora--susurr Azogue, que segua al lado de Perseo--, ahora es el
tiempo que has de aprovechar para tu hazaa. Apresrate, porque si una
de las Gorgonas despierta, ser demasiado tarde!

--A cul es a la que debo herir?--pregunt Perseo sacando la espada y
bajando un poco ms--. Las tres parecen iguales. Las tres tienen
cabellera de serpientes. Cul de las tres es Medusa?

Hay que saber que Medusa era la nica de aquellos tres monstruos a quien
Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible
hacerles el menor dao, aunque hubiese tenido la espada mejor templada
del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida.

--S prudente--le dijo la misma voz tranquila que antes le haba
hablado--. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueo, y
precisamente se va a volver. Esa es Medusa! No la mires! Su vista te
convertira en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el
brillante espejo de tu escudo.

Perseo comprendi entonces por qu motivo le haba aconsejado Azogue que
puliese su escudo con tanto afn. En aquella superficie poda mirar con
tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y all estaba aquel
rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la
luna cayendo de plano sobre l y descubriendo todo su horror. Las
serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permita dormir por
completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro ms fiero y
ms horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, haba
en l una extraa, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban
cerrados, porque la Gorgona dorma an profundamente; pero sus facciones
estaban conturbadas por una expresin inquieta, como si el monstruo
sufriese algn mal sueo. Rechinaba los dientes y araaba la arena con
sus garras de bronce.

Las serpientes tambin parecan sentir el sueo de Medusa e inquietarse
con l cada vez ms. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos,
se retorcan furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir
los ojos.

--Ahora, ahora!--murmur Azogue, que se iba impacientando--. Hiere al
monstruo!

--Pero con calma--dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven--.
Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no
errar el primer golpe.

Perseo baj, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el
rostro de Medusa, reflejado en su escudo. Cuanto ms se acercaba, ms
terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo
metlico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en
que poda alcanzarla con el brazo, Perseo levant la espada. En el mismo
instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se
alzaron amenazadoras, y Medusa abri los ojos. Pero despert demasiado
tarde. La espada era cortante. El golpe cay como un rayo, y la cabeza
de la horrible Medusa rod separada del cuerpo.

--Admirablemente hecho!--dijo Azogue--. Apresrate y mete la cabeza en
el saco mgico.

Con gran asombro de Perseo la bolsita bordada que se haba colgado al
cuello aument de tamao lo bastante para contener la cabeza de Medusa.
Pronto, como el pensamiento, la levant, cuando an las serpientes se
retorcan en torno de ella, y la meti en el saco.

--Tu misin est cumplida--dijo la voz serena--. Ahora vuela, porque las
otras Gorgonas han de hacer cuanto puedan para vengar la muerte de
Medusa.

Era verdaderamente necesario alzar el vuelo, porque Perseo no haba
realizado su hazaa tan silenciosamente que el ruido de la espada, el
silbar de las serpientes y el golpe de la cabeza de Medusa, al caer
sobre la arena, batida por el mar, no hubiesen despertado a los otros
monstruos. Se incorporaron un instante, frotndose los ojos adormilados
con los dedos de bronce, mientras que todas las serpientes de sus
cabezas se revolvan con sorpresa y venenosa malicia, no sabiendo contra
quin. Pero cuando las Gorgonas vieron el escamoso cuerpo de Medusa sin
cabeza, con las alas de oro erizadas y cadas y sobre la arena, fu
realmente terrible oir sus alaridos. Y las serpientes! Lanzaron mil
silbidos, todas a un tiempo, y las serpientes de Medusa contestaron
desde el saco mgico.

Apenas estuvieron las Gorgonas completamente despiertas, se levantaron
en el aire, blandiendo sus garras de bronce, rechinando sus dientes
horribles y moviendo las alas tan furiosamente, que algunas de las
plumas de oro se arrancaron y cayeron a la playa. Y puede que an estn
all desparramadas. Levantronse, como digo, las Gorgonas, mirando
horriblemente de un lado para otro con la esperanza de convertir a
alguien en piedra. Si Perseo las hubiese mirado o hubiese cado en sus
garras, su pobre madre nunca hubiera vuelto a besarle. Pero tuvo buen
cuidado de volver la vista a otro lado, y como llevaba el yelmo de la
invisibilidad, las Gorgonas no supieron en qu direccin seguirle, ni
tampoco dej l de hacer el mejor uso posible de las sandalias con alas,
subiendo en lnea perpendicular un kilmetro prximamente. A aquella
altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta
l muy dbiles, se dirigi en lnea recta hacia la isla de Serifo, para
entregar la cabeza de Medusa al rey Polidectes.

No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a
Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo
marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cmo
convirti a un enorme gigante en montaa de piedra con slo ensearle la
cabeza de la Gorgona. Si dudis de esta ltima historia, podis hacer un
viaje a frica, cualquier da de stos, y veris la montaa, que todava
lleva el antiguo nombre del gigante.

Por ltimo, nuestro valiente Perseo lleg a la isla, donde esperaba ver
a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey haba
tratado tan mal a Danae, que se haba visto obligada a huir y a
refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos
la haban recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador
de buen corazn, que fu el primero en dar hospitalidad a Danae y a
Perseo, nio, cuando los encontr flotando en el arca, parecen haber
sido las nicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien.
Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran
notablemente malos y no merecan mejor destino que el que vais a saber
que cay sobre ellos.

No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fu derecho a
palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no
se alegr gran cosa de volver a verle, porque casi tena por cierto, con
regocijo de su mal corazn, que las Gorgonas habran hecho pedazos al
pobre muchacho y se lo habran comido inmediatamente. Pero al verle
volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le pregunt qu haba
hecho.

--Has cumplido tu promesa?--pregunt--. Me traes la cabeza de Medusa
con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mo, te va a costar caro,
porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y s que
no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto.

--S, Majestad--respondi Perseo tranquilamente y como si no hubiera por
qu asombrarse de que un joven como l hubiese llevado a cabo tal
hazaa--. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de
serpientes.

--De veras! Pues haz el favor de ensermela--dijo el rey Polidectes--.
Debe de ser

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espectculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella
han dicho la verdad.

--Vuestra Majestad est en lo cierto--repuso Perseo--. Realmente es un
objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra
Majestad quiere, me permitir aconsejar que se declare el da de hoy
fiesta nacional y que se llame a todos los sbditos de Vuestra Majestad
para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. Me parece que
pocos sern los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca
puedan volver a verla!

Bien saba el rey que todos sus sbditos eran haraganes rematados,
aficionadsimos a espectculos como suelen serlo todas las gentes
perezosas; as es que sigui el consejo del joven y envi en todas
direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas
las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen
dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran
multitud de gentes intiles y vagabundas, que todas, por puro amor al
mal, se hubiesen alegrado muchsimo de que a Perseo le hubiese sucedido
algn dao en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas haba
en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice
nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo
a sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea
comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se
empujaron, y se dieron codazos por afn de estar cerca de un balcn
donde se veia a Perseo con el saco mgico y bordado en la mano.

En una tribuna colocada enfrente del balcn estaba sentado el rey
Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores,
formando semicrculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y
pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo.

--Ensea la cabeza de la Gorgona!... Ensala!--gritaba el pueblo. Y
haba en sus gritos tal fiereza, que parecan querer hacer pedazos a
Perseo, si lo que haba de ensearles no les satisfaca--. Ensanos la
cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes!

Un sentimiento de pena y de lstima sobrecogi a Perseo.

--Oh, rey Polidectes--exclam--, y vosotros pueblo: no quisiera
mostraros la cabeza de la Gorgona!

--Ah, canalla, cobarde!--grit el pueblo, ms furioso que nunca--. Se
est burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona.
Ensanosla, si la has trado, y si no te cortaremos la tuya para hacer
con ella una pelota de _foot-ball_.

Los malos consejeros hablaron al rey al odo; los cortesanos murmuraron,
todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y seor, y
el gran rey Polidectes levant la mano y le orden, con la voz austera y
grave de la autoridad, que ensease la cabeza al pueblo, si no quera
perder la suya.

--Mustranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya.

Perseo suspir.

--Ahora mismo!--repiti Polidectes--, o mueres.

--Miradla entonces!--exclam Perseo con voz que reson como un clarn.

Y alz de repente la terrible cabeza. Ni un solo prpado tuvo tiempo de
entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces
sbditos quedaron al punto convertidos en imgenes de un monarca y su
pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel
instante. La vista de la cabeza de Medusa les haba transformado en
blanco mrmol! Y Perseo volvi a meter la cabeza en el saco, y fu a
decir a su madre querida que ya no haba por qu tener miedo al malvado
rey Polidectes.

--Qu, no ha sido un cuento bonito?--pregunt Eustaquio.

--Ay, s, s!--exclam Capuchina, palmoteando--. Y esas viejas tan
raras, que no tenan ms que un ojo para las tres! Nunca he odo cosa
ms extraa!

--En lo del diente--observ Primavera--no hay prodigio alguno. Supongo
que sera un diente postizo. Pero, qu es eso de haber convertido a
Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? Es una ridiculez!

--Ah!, no era hermana suya?--pregunt Eustaquio--. Si se me hubiese
ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tena un buho
favorito.

--Bueno--dijo Primavera--; despus de todo, con el cuento se ha
desvanecido la niebla.

Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores haban
desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubra un
panorama, que los espectadores casi podan figurarse que haba sido
creado desde la ltima vez que haban levantado los ojos en la direccin
donde ahora se extenda. A una media milla de distancia, en el regazo
del valle, apareca ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta
imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de
las colinas ms lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de
la ms ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su
ms lejana orilla estaba el alto monte, que pareca estar tumbado en el
valle. Eustaquio le compar a una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta
en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el
follaje otoal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo
alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el
terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de rboles y
los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castao
obscuras, porque haban sufrido ms con las heladas que el follaje de
las vertientes de las colinas.

Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligersima
neblina, que haca la luz imponderablemente suave y tierna. Oh, qu da
de veranillo de San Martn tan hermoso! Los nios cogieron
apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando,
corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo
muy digno que era de presidir la reunin, corriendo mucho mejor que
ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos poda
ni imitarlos. Acompabales tambin un perro, cuyo nombre era _Ben_. Era
uno de los cuadrpedos ms respetables y de mejor corazn del mundo, y
probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar
alejarse a los nios sin mejor guardin que aquel cabeza loca de
Eustaquio Bright.

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EL TOQUE DE ORO




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ARROYO UMBRO


A medioda, nuestra partida juvenil se reuni en una caada, a travs de
cuya profundidad corra un arroyuelo. La caada era angosta, y sus
vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban
cubiertas con espesura de rboles, principalmente nogales y castaos,
entre los cuales crecan tambin unas cuantas encinas y unos cuantos
arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se
encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un
crepsculo en pleno medioda. De ah vena el nombre de _Arroyo Umbro_.
Pero ahora, desde que el otoo haba llegado a aquel lugar oculto, todo
el obscuro verdor se haba cambiado en oro; as es que el ramaje
incendiaba la caada, en vez de darle sombra. Las brillantes hojas
amarillas, aunque el da hubiese estado nublado, hubieran parecido
conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se haban cado, que todo
el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol tambin.
As el rincn umbro, donde el verano se haba refrescado, ahora era el
sitio ms lleno de sol que pudiera encontrarse.

El arroyuelo corra, siguiendo su camino de oro, detenindose aqu para
formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos,
nadando de un lado a otro; apresurndose luego cuesta abajo, como si
tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidndose de mirar por donde
iba, tropezaba con la raz de un rbol, que se le atravesaba en la
corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra
el inesperado obstculo. Y aun despus de haberle salvado, segua el
agua hablndose a s misma, como si estuviera perpleja. Supongo que
estaba maravilladsima al ver su caada umbra tan iluminada, y al oir
la charla y la alegra de tantos chiquillos. As es que corra lo ms
aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago.

En la caada de Arroyo Umbro, Eustaquio Bright y sus amiguitos se
haban detenido para comer. Haban trado muchas cosas ricas de
Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las haban servido sobre troncos
cados, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegra haban
hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando termin, ninguno quera
moverse.

--Aqu descansaremos--dijeron algunos de los nios--, mientras el primo
Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos.

El primo Eustaquio tena tanto derecho a estar cansado como cualquiera
de los chiquillos, porque haba llevado a cabo grandes hazaas en
aquella maana memorable. Trbol, Romero, Capuchina y Girasol estaban
casi convencidos de que tena zapatillas con alas, como las que las
Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le haban visto en lo alto de la
copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en
pie en el suelo. Y entonces, qu chaparrones de nueces haba hecho
llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las
recogiesen en los cestitos! En una palabra: se haba mostrado tan ligero
como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas,
pareca dispuesto a descansar un poco.

Pero los nios no tienen piedad ni consideracin para el cansancio
ajeno, y si no os quedase ms que un solo aliento, os pediran que le
gastaseis en contarles un cuento.

--Primo Eustaquio--dijo Capuchina--, qu cuento tan bonito el de la
cabeza de la Gorgona! Crees que seras capaz de contarnos otro tan
bonito como ese?

--S, hija ma--dijo Eustaquio, tapndose los ojos con la visera de la
gorra, como si se preparase a echar una siesta--. Podra contaros una
docena, tan bonitos o ms, si me diese la gana.

--Oh, Primavera y Margarita!, os lo que dice?--exclam Capuchina,
bailando de contenta--. El primo Eustaquio nos va a contar una docena
de cuentos, ms bonitos que la cabeza de la Gorgona!

--No he prometido contar ni uno. Capuchina loca--dijo Eustaquio, casi
con malhumor--. Y sin embargo, temo que no haya ms remedio. sta es la
consecuencia de haber logrado una reputacin! Por qu no ser un poco
ms tonto de lo que soy, o por qu habr demostrado nunca las brillantes
cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? As hubiera podido dormir
la siesta en paz y en gracia de Dios.

Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan
aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su
entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y
apenas requera impulso exterior para ponerse en movimiento.

Cun diferente este espontneo juego de la inteligencia, de la educada
diligencia de los aos maduros, cuando la tarea se ha hecho fcil a
fuerza de costumbre, y el trabajo del da es indispensable para la
felicidad del da, aunque todo lo dems se haya desvanecido como burbuja
de jabn! Pero esta observacin no hace falta que la oigan los nios.

Sin hacerse rogar ms, Eustaquio Bright empez a contar el cuento
siguiente, realmente esplndido. Se le haba ocurrido mientras estaba
tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un rbol,
observando cmo el toque del otoo haba convertido cada una de sus
hojas verdes en lo que pareca oro finsimo. Y ese cambio, que todos
hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios
que Eustaquio relat al contar la historia de Midas.

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EL TOQUE DE ORO


Vivi hace mucho tiempo un hombre muy rico, que adems era rey. Se
llamaba Midas. Tena una hijita, de la cual nadie ms que yo ha odo
hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he
olvidado. As es que, como me gustan los nombres extraos para las
nias, me parece bien llamarla Clavellina.

El rey Midas era aficionadsimo al oro. Apreciaba su corona real,
principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer
oro, mucho oro, era la ambicin ms grande del rey Midas. Si algo haba
en la Tierra a que quisiese ms que al oro, era a la preciosa niita, su
hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto ms la
quera, ms ansia le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas.
Pensaba, tontamente, que lo mejor que poda hacer por aquella nia, a
quien quera tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de
monedas amarillas y brillantes. As es que jams pensaba en otra cosa.
Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman
al ponerse el sol, slo deseaba que fuesen oro de veras, para poder
guardarlas en su caja fuerte. Cuando vena Clavellina, saltando y
riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo,
lo nico que le deca era:--Bah! Bah, hijita! Si esas flores fueran de
oro, como parecen, entonces s que valdra la pena de recogerlas.

Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente
dominado por el deseo desordenado de riquezas, haba sido muy aficionado
a las flores. Haba plantado un jardn, en el cual crecan las rosas ms
grandes y ms hermosas que haya visto u olido ningn mortal.

Las rosas seguan creciendo en el jardn, tan bellas, tan grandes y tan
fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras
mirndolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era slo
para calcular cunto ms valdra el jardn si cada uno de los
innumerables ptalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino.
Y aunque tambin en

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otros tiempos fu muy aficionado a la msica (a pesar de la historia que
cuenta que sus orejas se parecan a las de los burros), la nica msica
agradable para el pobre rey Midas era el tintn de una moneda al chocar
contra otra.

Por fin (porque la gente se vuelve cada da ms tonta, a no ser que
tenga buen cuidado de hacerse cada da ms y ms cuerda), el rey Midas
lleg a ser tan poco razonable, que no poda ver ni tocar cosa que no
fuese de oro. Y tom por costumbre pasar gran parte del da en una
habitacin obscura y subterrnea en los stanos de su palacio. All es
donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero fesimo, que apenas poda
servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quera ser
completamente feliz.

All, despus de cerrar cuidadosamente la puerta, coga un saco lleno de
monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una
barra de oro pesadsima, o un celemn lleno de polvo de oro, y los
llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el nico sitio
donde caa un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le
gustaba mucho aquel rayo de sol, nicamente porque sin su ayuda no poda
ver brillar su tesoro. Luego remova con las manos las monedas del saco,
o tiraba la barra a lo alto y la recoga al caer, o haca que se
deslizara entre sus dedos el polvo de oro, o miraba la imagen extraa
de su cara reflejada en la bruida circunferencia de la copa, y se deca
a s mismo:--Oh, Midas, riqusimo rey Midas, qu hombre tan feliz
eres!--. Pero era muy gracioso ver cmo la imagen de su rostro le haca
muecas desde la pulida superficie de la copa. Pareca como si aquella
imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de l.

Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de s mismo senta que no lo
era del todo. No podra llegar a la felicidad completa, a no ser que el
mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese
lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo.

No necesito recordar, a nios tan instrudos como vosotros, que all en
los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando viva el rey Midas, pasaban
cosas que en nuestros tiempos y en nuestro pas se nos antojaran
maravillosas. Por otra parte, muchsimas cosas suceden ahora que no slo
nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los
tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi
parte, creo que nuestros tiempos son mucho ms extraos que los
antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento.

Un da estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro
subterrneo, cuando vi que una sombra caa sobre los montones de oro,
y mirando de repente hacia arriba, vi la figura de un desconocido, que
estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era
un joven con cara alegre y rubicunda. No s si porque la imaginacin del
rey Midas pona un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier
otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el
desconocido le miraba tena una especie de radiacin dorada. Lo que s
era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los
tesoros amontonados brillaban ms que nunca. Hasta los ms remotos
rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecan
iluminados cuando el desconocido sonrea, como si hubiese en ellos
llamas o chispas.

Como Midas saba que haba cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y
que no haba mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus
tesoros, sac en consecuencia que el visitante era algo ms que un
mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos das, cuando la
Tierra era relativamente nueva, se supona que deban venir a visitarla
de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenan la
costumbre de interesarse por las alegras y las penas de los hombres,
las mujeres y los nios, medio en broma y medio en serio. Midas haba
tropezado ya antes con seres de esa ndole, y no le disgustaba
encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan
amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable
sospechar que vena a hacer dao. Era ms que probable que viniese a
hacer un favor al rey Midas. Y qu favor podra ser, sino aumentar sus
montones de tesoros!

El desconocido mir por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa
hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que all haba, se
volvi hacia Midas.

--Eres un hombre rico, amigo Midas--observ--. Me parece que no habr en
la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que t
has conseguido amontonar en esta habitacin.

--He hecho lo que he podido... lo que he podido...--respondi Midas en
tono descontento--. Pero, despus de todo, esto no es nada si se
considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno
vivir mil aos, tendra tiempo para llegar a ser rico de veras.

--Cmo!--exclam el desconocido--. Todava no ests satisfecho?

Midas movi la cabeza.

--Y con qu te contentaras?--pregunt el forastero--. Slo por
curiosidad me gustara saberlo.

Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel
desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor,
haba venido all con poder y con intencin de satisfacer sus mayores
deseos. Por consiguiente, haba llegado el feliz momento, y no tena ms
que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se
le ocurriese pedir. As es que pens, y pens, y pens, y amonton en su
imaginacin montaa sobre montaa de oro, sin llegar a figurarse una lo
bastante grande para satisfacerle por completo.

Por ltimo, se le ocurri una idea luminosa. Pareca, en realidad, tan
brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba.

Levantando la cabeza, mir al desconocido cara a cara.

--Ea, Midas--observ el visitante--, veo que por fin has pensado cosa
que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas.

--Slo esto--respondi Midas--. Estoy cansado de que me cueste tanto
trabajo reunir mis tesoros y de ver que despus de tanto cansarme
aumentan tan despacio. Deseo que todo lo que yo toque se convierta en
oro!

La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia, que pareci llenar la
habitacin, como el sol que centellease en un sombro y hondo valle,
donde las amarillas hojas del otoo (porque esto parecan los pedazos de
oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz.

--El Toque de Oro!--exclam--. En verdad, amigo Midas, te digo que eres
hombre de imaginacin. Pero, ests completamente seguro de que con eso
te quedars satisfecho?

--Completamente!...--dijo Midas.

--Y que nunca te arrepentirs de poseer ese don?

--Por qu haba de arrepentirme?--pregunt Midas--. Es lo nico que
pido para ser completamente feliz.

--Entonces, hgase como deseas--respondi el forastero, moviendo la mano
en seal de despedida--. Maana, al salir el sol, te encontrars dotado
con el Toque de Oro.

El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente
brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos
de nuevo, no vi ms que el nico rayo de sol en el subterrneo, y
alrededor suyo el centelleo del precioso metal que haba empleado toda
la vida en reunir.

La historia no dice si Midas durmi aquella noche como de costumbre.
Dormido o despierto, su espritu estaba probablemente en el mismo
estado que el de un nio a quien se ha prometido por la maana un
juguete nuevo. Y apenas el da acababa de asomar por encima de los
montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los
brazos fuera de la cama, empez a tocar cuanto se encontraba a su
alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le haba llegado el
Toque de Oro, segn la promesa del desconocido. Para convencerse pas el
dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros
varios objetos; pero tuvo una triste desilusin al ver que continuaban
siendo de la misma substancia que antes. Entonces temi que la visita
del reluciente desconocido hubiese sido un sueo, o que, aunque hubiese
venido de veras a visitarle, hubiese sido nicamente para burlarse de
l. Qu cosa tan triste, si despus de tantas esperanzas el rey Midas
hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por
medios ordinarios, en lugar de crearlo con slo tocar!

Mientras pensaba esto, an estaba la maana gris, con un solo rayo
brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se
volvi a echar en la cama, muy desconsolado por la cada de sus
esperanzas, y se fu poniendo cada vez ms triste, hasta que el primer
rayo de sol pas a travs de la ventana y vino a dorar el techo sobre su
cabeza. Parecile a Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se
reflejaba de modo extrao sobre la colcha blanca de su cama. Mirando ms
de cerca, cul no sera su asombro y su alegra al ver que el tejido de
hilo se haba transformado en otro que pareca ser del oro ms puro y
ms brillante! El Toque de Oro le haba llegado con el primer rayo de
sol!

Midas se incorpor en una especie de frenes gozoso, y ech a correr por
la habitacin, tocando cuanto encontraba al paso. Toc uno de los
barrotes de la cama, e inmediatamente se convirti en estriado lingote
de oro. Descorri una cortina para ver mejor todas las maravillas que
estaba realizando, y la borla se le convirti entre las manos en un
montn de oro. Tom un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se
convirti en el volumen ms ricamente encuadernado y dorado que se haya
visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ay!, se
convirtieron stas en un montn de delgadas placas de oro, en las cuales
todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresur a
vestirse, y se qued encantado al verse con magnfico traje de tela de
oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un
poco ms que de costumbre. Sac el pauelo que su hijita haba hecho a
vainica para regalrselo. Tambin se hizo de oro, convirtindose las
puntadas primorosas que haba hecho la nia con tanto cuidado, tambin
en hilo de oro.

A pesar de todo, esta ltima transformacin no dej satisfecho por
completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se
hubiese conservado siempre como cuando la nia se subi en sus rodillas,
besndole para entregrselo.

Pero no era cosa de afligirse por una pequeez. Midas sac sus lentes
del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba.
En aquellos tiempos an no se haban inventado los lentes para el comn
de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si
no, de dnde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, not
que aunque los cristales eran excelentes, no vea nada a travs de
ellos. Era la cosa ms natural del mundo, porque al tocarlos, los
transparentes cristales se haban convertido en discos de amarillo
metal, y por lo tanto eran intiles como lentes, aunque como oro
valiesen bastante.

Molestle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podra
conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo.

--Pero, despus de todo, importa poco--se dijo a s mismo con mucha
filosofa--. No podemos tener un gran bien que no venga acompaado de
algn ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de
un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los mos me
servirn para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina
pronto ser una personita formal y podr leerme todos los libros que yo
necesite.

El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el
palacio le pareca pequeo para contenerla. Por consiguiente, baj las
escaleras y sonrea al observar cmo la balaustrada y el pasamanos se
iban convirtiendo en oro bruido, segn los tocaba. Levant el picaporte
de la puerta--era de bronce un momento antes, pero fu de oro en cuanto
sus dedos le hubieron tocado--y sali al jardn. Encontr en l, como de
costumbre, muchsimas rosas: unas completamente abiertas, otras en
capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la maana. Su color
delicado era una de las ms lindas cosas que se pudieran ver; tan
amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecan aquellas
flores.

Pero Midas saba el modo de hacerlas mucho ms preciosas, segn su modo
de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para
conseguirlo se tom el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercit su
Toque de Oro infatigablemente, hasta que todas las flores y todos los
capullos, y hasta los gusanillos que haba en el corazn de algunas de
ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena,
llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la maana le haba
despertado el apetito, se apresur a volver a palacio.

En qu consista generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de
Midas, es cosa que no s, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo.
Supongo, sin embargo, que aquella maana el desayuno consista en
panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos
frescos, pasados por agua, y caf para el rey Midas, y un tazn de sopas
de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un
rey, y a m me parece que fuese ste o no fuese el que el rey Midas
acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito.

Clavellina no haba llegado todava. Su padre mand que la llamasen, y
sentndose a la mesa esper que la nia llegara para empezar a
desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quera
muy de veras a su hijita, y mucho ms aquella maana, que estaba tan
contento por la buena suerte que haba cado sobre l. Pas un momento y
la oy llegar; pero Clavellina vena llorando amargamente. Esta
circunstancia le sorprendi mucho, porque era su hijita una de las
nias ms alegres que se hayan visto nunca en un da de verano, y con
las lgrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese
podido llenar un dedal.

Cuando Midas oy sus sollozos, decidi consolarla dndole una sorpresa
agradable, e inclinndose sobre la mesa, toc el tazn de su hija (que
era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambi en oro
reluciente.

Clavellina, muy desconsolada, abri la puerta y se present delante de
su padre, limpindose las lgrimas con el delantal, y sollozando como si
se le rompiese el corazn.

--Qu es eso, hija ma?--exclam Midas--. Qu te pasa, hoy que hace
una maana tan hermosa?

Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alarg una mano, en la
cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar.

--Muy bonita!--exclam su padre--. Qu hay en esa magnfica rosa que
pueda hacerte llorar?

--Pap--respondi la chiquilla llorando a ms y mejor--, no es bonita:
es la flor ms fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al
jardn a cortar rosas para ti, porque s que te gustan, y que te gustan
ms cuando te las corta tu hijita. Pero, a que no sabes lo que ha
sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. Todas las rosas tan
bonitas, que olan tan bien y tenan tantos colores, se han echado a
perder! Se han puesto amarillas como sta, y no huelen a nada. Qu les
habr pasado?

--Bueno, hijita, no llores por eso--dijo Midas, a quien le di vergenza
confesar que l mismo haba producido el cambio que tanto afliga a la
nia--. Sintate y toma tus sopas de leche. Ya vers qu fcil es
cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de aos,
por una vulgar, que se deshoja en un da.

--No quiero rosas como sta--dijo Clavellina tirndola
despectivamente--. No huele a nada, y con estos ptalos tan duros me
araa la nariz.

La nia se sent a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por
las rosas marchitas, que no repar en la transformacin maravillosa del
tazn de China. Y ms vali as. Porque Clavellina estaba acostumbrada a
divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los rboles tan
extraos que estaban pintados en la superficie del tazn, y todos
aquellos adornos haban desaparecido en el tono amarillo del metal.

Midas, entretanto, se haba servido una taza de caf, y, naturalmente,
la cafetera, que no s de qu metal era cuando la cogi, estaba
convertida en oro cuando volvi a dejarla sobre la mesa. Pens un
momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como
las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empez a pensar en
el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos
sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecan sitios bastante
seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de
oro.

Con estos pensamientos se llev a los labios una cucharada de caf, y al
sorberla se qued atnito, al notar que en el instante en que sus labios
tocaron el lquido se convirti en oro derretido, y un instante despus
se solidific, formando un terrn dorado.

--Ah!--exclam Midas casi con horror.

--Qu te pasa, pap?--pregunt Clavellina mirndole, an con lgrimas
en los ojos.

--Nada, nia, nada!--dijo Midas--. Toma la leche antes de que se enfre
por completo.

Se sirvi una de las truchas, y por va de experimento toc la cola con
el dedo. Con gran espanto suyo vi que se converta de trucha
admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen
ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de metal
verdad, y pareca que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero
del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la
cola eran delgadsimas placas de oro, y quedaban en l hasta las seales
del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien
frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podis
figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor
tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y
valiosa imitacin.

--No comprendo--se dijo a s mismo--cmo voy a arreglrmelas para
desayunar.

Cogi uno de los panecillos calientes, y apenas lo parti cuando, con
gran mortificacin suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de
trigo ms blanca), mucho ms amarillo que si hubiese sido pan de maz. A
decir verdad, si hubiese sido pan de maz, le hubiese gustado a Midas
mucho ms que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron
comprender, sin gnero de duda, que era de oro. Casi desesperado, se
sirvi un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufri un cambio
anlogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo
pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la
fbula tena costumbre de poner.

--Pues, seor, estoy divertido!--pens recostndose en el respaldo del
silln y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus
sopas de leche con gran satisfaccin--. Un desayuno tan rico sobre la
mesa y no poder probar ni un bocado!

Esperando que a fuerza de darse prisa podra evitar el grave
inconveniente, el rey Midas se ech sobre una patata caliente e intent
tragrsela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro
era ms listo que l. Y se encontr con la boca llena, no por una patata
harinosa, sino por un pedazo de metal slido, que le quem la lengua de
un modo tan horroroso, que empez a dar alaridos y a saltar y patalear
por todo el cuarto; tanto le quemaba y dola.

--Pap! Pap!--exclam Clavellina, que era una nia muy cariosa--.
Qu te pasa, pap? Te has quemado la lengua?

--Ay, hija ma!--murmur Midas tristemente--. No s qu va a ser de tu
pobre padre!

Y, verdaderamente, habis odo caso ms lastimoso en toda vuestra vida?
Aqu est literalmente el desayuno ms rico que pueda servirse en mesa
de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador
ms pobre, sentado delante de un pedazo de pan y un vaso de agua, est
realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares
valan en realidad tanto oro como pesaban. Y qu iba a hacer? Ya a la
hora del desayuno; Midas tena muchsimo apetito. Iba a tener menos a
la hora de comer? Y figuraos qu hambre de lobo tendra a la hora de la
cena, que consistira, sin duda, en manjares tan indigestos como los que
entonces tena delante. Cuntos das pensis que podra sobrevivir a un
rgimen tan substancioso?

Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que
empez a poner en duda si, despus de todo, las riquezas eran lo nico
deseable de este mundo o siquiera lo ms deseable de todo. Pero esto no
fu ms que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el
brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de
Oro por consideracin tan mezquina como la de un desayuno. Qu precio
por unos cuantos comestibles! Y adems, perder tantos millones! Es
decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un
panecillo caliente y una taza de caf!

--Sera demasiado caro!--pens Midas.

Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situacin, que
volvi a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra lindsima
Clavellina no pudo soportarlo ms. Se qued an un momento sentada,
mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento
comprender qu le pasaba. Luego sinti un deseo suave y triste de
consolarle, salt de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le
rode las piernas con los brazos. El se inclin a dar un beso a la nia.
Y entonces comprendi que el amor de su hija vala mil veces ms que
todo lo que haba ganado con el Toque de Oro.

--Clavellina, hijita, preciosa ma!--exclam.

Pero Clavellina no respondi.

Ay, qu haba hecho! Cun fatal era el don que el desconocido le haba
otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de
su hija, se oper en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro,
tan lleno de cario, se puso amarillento, y lgrimas amarillas tambin
quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el
mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e
inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. Oh, terrible
desdicha! Vctima de su insaciable deseo de riqueza, haba convertido a
su propia hija en una estatua de oro...

S: una estatua era ya aquella bellsima nia, y su ltima e
interrogadora mirada de cario, de pena y de lstima, endurecida y como
tallada en su rostro, era la cosa ms bonita y ms triste que ojos
mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y
peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un
encantador hoyito que tena en la barba, y agraciaba delicadamente sus
rasgos fisonmicos. Pero cuanto ms perfecto era el parecido, mayores
eran la agona y desesperacin del rey Midas, contemplando aquella
imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que
Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:--Vales ms oro
que pesas!--. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta,
y el dolorido monarca comprenda, aunque demasiado tarde, cun
infinitamente ms vale un corazn amante y compasivo, que le tenga a uno
cario, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y
la tierra.

Sera historia demasiado triste contaros cmo Midas, ahora que ya tena
todo lo que haba deseado, empez a retorcerse las manos y a maldecirse
a s mismo. Y como no poda ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de
ella, excepto cuando los tena fijos en la estatua, no poda creer que
se haba convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, vea la preciosa
figurita con una lgrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una
mirada tan compasiva y tan cariosa, que pareca que la misma expresin
tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde
luego, no poda ser. As es que Midas volvi a retorcerse las manos y a
desear ser el hombre ms pobre del mundo, si la prdida de todas sus
riquezas pudiera volver al rostro de la nia el desvanecido color de
rosa.

Cuando estaba en lo ms tremendo de la desesperacin, de pronto vi a un
desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclin la
cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoci la misma figura que se
le haba aparecido el da antes en el subterrneo y le haba otorgado la
desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido an
tena la misma sonrisa, que pareca derramar amarillo lustre sobre la
habitacin y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los dems
objetos que haban sido transformados por el tacto de Midas.

--Eh!, amigo Midas--dijo el desconocido--: qu tal te va con el Toque
de Oro?

Midas movi la cabeza.

--Soy muy desgraciado--dijo.

--Muy desgraciado, de veras?--exclam el desconocido--. Y cmo es eso?
No he cumplido fielmente la promesa que te hice? No has tenido todo
lo que deseaba tu corazn?

--El oro no es todo en este mundo--respondi Midas--, y he perdido lo
que mi corazn realmente quera ms que nada.

--Ah! De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?--observ
el desconocido--. A ver, a ver. Cul de estas dos cosas te parece que
vale ms: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara?

--Oh, bendita agua!--exclam Midas--. Ya nunca volvers a humedecer mi
seca garganta!

--El Toque de Oro--continu el desconocido--o un pedazo de pan?

--Un pedazo de pan--respondi Midas--vale por todo el oro del mundo.

--El Toque de Oro--pregunt el desconocido--o tu hijita palpitante,
viva, suave y cariosa como hace una hora?

--Oh! Mi hijita, mi hijita!--exclam el pobre Midas retorcindose las
manos--. No hubiera dado yo el hoyito que tena en la barba por el
poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro!

--Eres ms cuerdo que eras, rey Midas--dijo el desconocido--. Ya veo que
tu corazn no se ha convertido totalmente de carne en oro. Si as
fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero an pareces capaz de
comprender que las cosas sencillas, las que estn al alcance de todo el
mundo, valen mucho ms que las riquezas por las cuales tantos mortales
se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: deseas verte libre del
Toque de Oro?

--Le odio!--respondi Midas.

Una mosca se le pos en la nariz, pero inmediatamente cay al suelo;
tambin ella se haba convertido en oro. Midas se estremeci.

--Entonces--dijo el desconocido--, ve y bate en el ro que pasa por
detrs de tu jardn. Toma un cntaro del agua misma y ve rociando con
ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua
substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares
el dao que has causado con tu avaricia.

El rey Midas se inclin profundamente, y cuando levant la cabeza, el
reluciente desconocido ya no estaba all.

Comprenderis fcilmente que Midas no perdi el tiempo, y fu a buscar
un gran cntaro de barro; pero, ay de m!, en cuanto le toc dej de
ser barro. Corri, sin embargo, hasta la orilla del ro. Segn iba
corriendo a travs del huerto, que estaba plantado de grosellas y
frambuesas, era maravilloso ver cmo el follaje se pona amarillo, como
si hubiese pasado por all el otoo. Al llegar al ro se tir de cabeza,
sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.--Puf, puf, puf!--resopl
el rey Midas al sacar la cabeza del agua--. Est bien. ste es un bao
refrescante, y supongo que me habr lavado por completo del Toque de
Oro. Ahora, a llenar el cntaro.

Al meter el cntaro en el agua alegrsele el corazn al verle
convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cntaro de barro que
fu antes de que le hubiese tocado l. Tambin notaba un cambio dentro
de s mismo. Pareca que se le haba quitado del pecho un peso grande,
duro y fro. Sin duda su corazn haba ido perdiendo poco a poco su
humana substancia y transmutndose en metal insensible; pero ahora iba
ablandndose en carne de nuevo. Viendo una violeta que creca a la
orilla del ro, Midas la toc, y no caba en s de gozo al ver que la
delicada flor conservaba su color caracterstico, en vez de tomar un
brillante amarillo. La maldicin del Toque de Oro, por lo tanto, se
haba apartado de l.

El rey Midas se apresur a volver a palacio, y supongo que algunos
criados no saban lo que les pasaba al ver a su real dueo llevando tan
cuidadosamente un cntaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer
todo el dao que haba causado su locura, era ms preciosa para Midas
que pudiera haberlo sido un ocano de oro lquido. Lo primero que hizo,
como apenas necesito deciros, fu echar agua a manos llenas sobre la
dorada figura de su hija.

Apenas cay el agua sobre ella, os hubieseis redo al ver cmo volvi el
color de rosa a sus mejillas. Y cmo empez a estornudar y a sacudirse!
Y qu asombrada se qued al encontrarse toda mojada y ver a su padre que
segua echndole agua encima.

--Basta, pap; por favor, ya no ms!--exclam--. Mira lo que has hecho
con mi vestido tan bonito. Y que le estreno hoy!

Clavellina no saba que haba sido un rato estatua de oro; no poda
acordarse de lo que haba sucedido desde el momento en que corri con
los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre.

No crey ste necesario contar a su querida hija cun loco haba sido,
pero se decidi a demostrar lo mucho ms cuerdo que ahora era. Para esto
llev a Clavellina al jardn, donde ech el agua que quedaba sobre los
rosales, y con tan buena suerte, que ms de cinco mil rosas recobraron
su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras
vivi conservaron para el rey Midas el recuerdo del Toque de Oro. Una
fu que las arenas del ro

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brillaban como el oro, y la otra que el cabello de Clavellina tena
ahora un reflejo dorado que nunca haba observado en l antes de que se
hubiese transformado por efecto de su beso. Este cambio era, en
realidad, una mejora, y el cabello de Clavellina era mucho ms bonito
que antes.

Cuando el rey Midas se hizo ya muy viejo y tena a los hijos de
Clavellina sobre sus rodillas jugando con ellos a los caballitos, le
gustaba contarles este cuento maravilloso, casi como ahora os le cuento
yo. Y cuando acariciaba sus sortijillas de seda, les deca que su
cabello tambin tena un bonito reflejo de oro, que haban heredado de
su madre.

--Y para deciros la verdad, queridos nios mos--comentaba el rey Midas,
haciendo cabalgar a toda prisa a sus nietecitos--, desde aquella maana
he aborrecido la vista del oro, no siendo en el cabello de vuestra
madre.

--Ea, nios--pregunt Eustaquio, que era muy aficionado a saber la
opinin definida de sus oyentes--, habis odo en toda vuestra vida
cuento mejor que este del Toque de Oro?

--La historia del rey Midas--dijo la burlona Primavera--era famosa miles
de aos antes de que el seor Eustaquio Bright viniese a este mundo, y
continuar sindolo despus que l lo abandone. Pero algunas personas
tienen lo que pudiramos llamar toque de plomo, y convierten en
pesado y seco todo lo que tocan sus manos.

--Eres una nia muy lista, para no haber cumplido an los quince--dijo
Eustaquio, desconcertado por lo agudo de la crtica--. Pero bien
convencida ests, dentro de tu malvado corazoncillo, de que he bruido
el oro viejo de la historia de Midas y le he puesto ms brillante que
nunca. Y la figura de Clavellina? No est maravillosamente dibujada? Y
la moraleja, no es profunda, clara y bien trada? Qu decs, Amapola,
Romero, Trbol, Margarita? Alguno de vosotros, despus de haber odo
este cuento, desearais poseer la facultad de convertir las cosas en
oro?

--A m me gustara--dijo Margarita, chiquilla de diez aos--tener el
poder de convertirlo todo en oro con el dedo ndice de la mano derecha,
pero con tal de tener en el de la mano izquierda el poder de volverlo a
su estado primero, si el cambio no haba resultado a mi gusto. Ay, si
lo tuviera, ya s lo que hara esta misma tarde!

--Qu haras?--dijo Eustaquio.

--Tocara--respondi Margarita--cada una de las hojas de estos rboles
con el dedo ndice de la mano izquierda, y las pondra verdes otra vez;
as es que volveramos a empezar el verano, sin tener que pasar por el
feo invierno.

--Oh, Margarita!--exclam Eustaquio Bright--; ests en un error, y
haras una cosa muy mal hecha. Si yo fuera Midas, no hara ms que das
de oro, como este de hoy, durante todo el ao. Las mejores ideas siempre
se me ocurren un poco tarde. Por qu no os habr dicho cmo el viejo
rey Midas vino a Amrica y cambi el sombro otoo que hay en otros
pases en la deslumbrante belleza con que aqu se viste? Dor todas las
hojas del gran libro de la Naturaleza.

--Primo Eustaquio--dijo Girasol, chiquillo bueno, que siempre estaba
haciendo preguntas sobre la altura exacta de los gigantes y la pequeez
de las hadas--, qu altura justa tena Clavellina, y cunto pesara
despus de haberse convertido en oro?

--Era casi tan alta como t--replic Eustaquio--, y como el oro es muy
pesado, pesara lo menos dos mil libras, y si se hubiera hecho moneda
con ella, se hubieran sacado de treinta a cuarenta mil duros en oro.
Ojal Primavera valiese tanto! Vamos, hijitos, salgamos de la caada,
subiendo a lo alto del pen, y echemos una mirada en derredor.

As lo hicieron. El sol haba ya andado dos horas ms de la mitad de su
camino, y llenaba el gran hueco del valle con su radiacin occidental,
de modo que pareca estar lleno hasta el borde de luz suave que se
desbordaba sobre las colinas, como vino dorado en una copa. Era un da
tan maravillosamente lleno de luz de oro, que se hubiera podido decir de
l: Nunca ha existido da semejante, aunque ayer tal vez fu, y maana
ser, tan luminosamente radiante! Ah! Pero hay pocos de esos en el
crculo de doce meses. Es peculiaridad notable de estos das de Octubre
que cada uno de ellos parece ocupar muchsimo espacio, aunque el sol se
levanta ms bien tarde en esta estacin del ao, y se va a la cama, como
debieran irse los nios, a las tempranas seis de la tarde o un poco
antes. No podemos, por lo tanto, llamar a estos das largos; pero
parecen, de un modo o de otro, compensar su brevedad con su amplitud, y
cuando llega la noche fresca, tenemos conciencia de haber gozado un
inmenso brazado de vida desde por la maana.

--Venid, nios, venid!--exclam Eustaquio--. Ms nueces, ms nueces,
ms nueces! Llenad todos los cestos, y cuando venga Navidad, las
partir para vosotros y os contar magnificas historias!

Y as se fueron, todos contentsimos, excepto el pequeo Romero, que,
siento decroslo, se haba sentado sobre un erizo de castaa y se haba
convertido en acerico de sus pinchos. Dios mo, qu incmodo deba ir
el pobre!




EL PARASO DE LOS NIOS




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EN EL CUARTO DE JUEGO DE TANGLEWOOD


Pasaron los das de oro de Octubre, como tantos otros Octubres han
pasado, y pas el obscuro Noviembre y la mayor parte del fro Diciembre
tambin. Por fin lleg la alegre Navidad, y Eustaquio Bright lleg con
ella, hacindola an ms alegre con su presencia. Y al da siguiente de
haber llegado l, cay una gran nevada. Hasta entonces el invierno
pareca haberse retrasado, y nos haba dado muchos das tibios, que eran
como sonrisas en su rostro arrugado. La hierba se haba conservado verde
en los sitios resguardados, tales como los escondrijos de las vertientes
que miraban al Sur y a lo largo de las cercas de piedra que no dejaban
pasar el viento fro. An no haca un par de semanas que los nios
haban encontrado un amargn en flor, en la margen del Arroyo Umbro,
precisamente a la salida de la caada.

Pero ya no haba ni hierba ni flores. Qu nevada! Veinte millas de
tierra cubierta de nieve hubieran podido verse entre las ventanas de
Tanglewood y la alta montaa, si la vista alcanzase tan lejos, entre los
remolinos de copos que blanqueaban toda la atmsfera. Pareca como si
las colinas fuesen gigantes, que se estuviesen entreteniendo en tirarse
unos a otros monstruosos puados de nieve. Tan espesos caan los copos,
que hasta los rboles que estaban a mitad del camino, valle abajo,
quedaban ocultos por ellos la mayor parte del tiempo. Algunas veces, es
verdad, los pequeos prisioneros de Tanglewood podan divisar el confuso
contorno de la gran montaa y la lisa blancura del lago helado al pie de
ella, y las manchas negras o grises de los bosques en la parte ms
cercana del paisaje. Pero esto eran, sencillamente, claras en la
tormenta.

Sin embargo, los nios se regocijaban con la nevada. Ya haban trabado
conocimiento con la nieve, dando saltos bajo ella cuando caa ms
espesa, y tirndosela unos a otros a puados, precisamente como ahora
mismo nos figurbamos que hacan las montaas. Y ahora haban vuelto al
espacioso cuarto de juego, que era tan grande como el gran saln, y
estaba lleno de toda clase de juguetes, grandes y pequeos. El mayor de
todos era un caballo de movimiento, que pareca un jaco de verdad, y
haba una familia entera de muecas de madera, de cera, de cartn y de
china, adems de unos cuantos bebs de trapo; y tarugos de construccin,
innumerables, y bolos, y pelotas, y peones, y aros, y volantes, y
combas, y muchsimos ms objetos valiosos de los que yo pudiera enumerar
en una pgina. Pero los nios preferan la nevada a todos los juguetes.
Prometa para maana tantas animadas diversiones, y para todo el resto
del invierno! Los trineos, los resbalones desde la colina hasta el
valle, las estatuas de nieve que haba que esculpir, las fortalezas de
nieve que haba que edificar, y la batalla de bolas de nieve que haba
que ganar.

As los chiquillos bendecan la nevada, y se alegraban de ver que caa
cada vez ms espesa, y miraban con esperanza el montn que se estaba
formando en la avenida, y que ya era ms alto que el ms alto de ellos.

--Vamos a estar bloqueados hasta la primavera!--exclamaron con el mayor
entusiasmo--. Qu lstima que la casa sea demasiado alta y que no pueda
cubrirla la nieve! La casita encarnada de all abajo va a quedar
enterrada hasta el tejado.

--Pero, chiquillos locos, todava deseis ms nieve?--pregunt
Eustaquio, que cansado de alguna novela que estaba leyendo, haba
entrado en el cuarto de juego--. Ya ha hecho bastante dao, echando a
perder la mejor partida de patines que hubiera yo podido disfrutar en
todo el invierno. No volveremos a ver el lago hasta el mes de Abril, y
hoy iba a ser el primer da que yo pasase patinando sobre l! No me
compadeces, Primavera?

--Claro que s!--respondi Primavera, riendo--. Pero, para que te
consueles, escucharemos uno de tus cuentos rancios, de los que nos
contabas en el Prtico o en Arroyo Umbro. Puede que ahora que no tengo
nada que hacer, me gusten ms que cuando haba nueces que buscar o buen
tiempo que disfrutar.

Inmediatamente, Margarita, Trbol, Amapola y todos los chiquillos que
an estaban en Tanglewood, se reunieron en torno de Eustaquio,
pidindole con afn que contase un cuento. El estudiante bostez, se
desperez, y despus, con gran admiracin de la gente menuda, di tres
saltos hacia adelante y tres hacia atrs por encima del respaldo de una
silla, con el fin, segn les explic, de poner en movimiento su
inteligencia.

--Bueno, bueno, chiquillos--dijo despus de estos preliminares--, puesto
que insists, y puesto que Primavera se empea, veremos si puedo
complaceros. Y para que sepis qu das tan felices existieron antes de
que estuviesen de moda las nevadas, os contar una historia del ms
viejo de todos los tiempos, cuando el mundo era tan nuevo como el pen
nuevo de Capuchina. Entonces no exista en la Tierra ms que una
estacin: el delicioso verano, y una sola edad para los mortales: la
infancia.

--Nunca he odo hablar de eso--dijo Primavera.

--Claro que no--respondi Eustaquio--. Ser un cuento que nadie ha
soado antes que yo, un Paraso de los nios que se desvaneci por culpa
de una chiquilla tan mala como Primavera.

Y Eustaquio Bright se sent en la silla sobre la cual haba estado
saltando, sent a Capuchina sobre sus rodillas, mand callar al
auditorio, y empez el cuento sobre la nia mala, cuyo nombre era
Pandora, y sobre su compaero de juegos, que se llamaba Epimeteo. Podis
leerle palabra por palabra, porque empieza en la pgina siguiente.

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EL PARASO DE LOS NIOS


Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo estaba en su tierna infancia,
hubo un nio, llamado Epimeteo, que no haba tenido ni padre ni madre, y
para que no estuviese tan solo, le enviaron desde un pas lejano una
nia, tambin sin padre y sin madre, que viviese con l y fuese su
compaera de juegos y su ayuda. Llambase la nia Pandora.

Lo primero que vi Pandora, cuando entr en la casita donde viva
Epimeteo, fu una caja grande. Y casi lo primero que le pregunt en
cuanto pas el umbral, fu esto:

--Epimeteo, qu tienes guardado en esa caja?

--Querida Pandora--respondi Epimeteo--, es un secreto y debes tener la
bondad de no preguntarme nada respecto de l. Han dejado aqu la caja
para que est bien guardada, y yo mismo no s lo que tiene dentro.

--Pero, quin te la ha dado a guardar?--pregunt Pandora--. Y de dnde
ha venido?

--Tambin eso es un secreto--respondi Epimeteo.

--Qu fastidio!--exclam Pandora haciendo una mueca--. Me gustara que
la dichosa caja estuviese a cien leguas de aqu!

--No pienses ms en eso!--exclam Epimeteo--. Vamos fuera, a jugar con
los dems nios.

Hace miles de aos que vivieron Pandora y Epimeteo. Y el mundo ahora es
muy diferente de lo que era en su tiempo. Entonces todo el mundo era
nio. No hacan falta padres ni madres para cuidar de las criaturas,
porque no haba peligros ni males de ninguna clase, no haba ropa que
coser, y siempre se encontraba de comer y beber en abundancia. Siempre
que un nio necesitaba alimento, lo encontraba colgado de algn rbol. Y
si miraba al rbol por la maana, vea en flor la comida que se le
estaba preparando para la noche, y al anochecer vea el tierno capullo
de su almuerzo del da siguiente. Era una vida muy agradable. No haba
tareas que hacer ni lecciones que estudiar; no haba ms que juegos y
danzas, y dulces voces de nios que hablaban o cantaban como pjaros, o
saltaban como fuentes de alegre risa durante todo el largo da.

Y lo mejor de todo es que los nios no disputaban, ni tomaban rabietas,
ni se recordaba, desde que empez el tiempo, que ninguno se hubiese ido
a un rincn refunfuando.

Qu tiempo ms bueno para vivir en l! La verdad es que esos horribles
y diminutos monstruos con alas que se llaman _Molestias_, y que ahora
abundan tanto como los mosquitos, no se haban visto nunca en la tierra.
Y es posible que la mayor inquietud que hubiese experimentado un nio
nunca, fuese la mortificacin de Pandora por no poder descubrir el
secreto de la caja misteriosa.

Esto fu en un principio la ligera sombra de una molestia; pero cada da
se hizo ms y ms real, hasta que, pasado algn tiempo, la casita de
Epimeteo fu menos alegre que la de los dems nios.

--De dnde puede haber venido esa caja?--deca a todas horas Pandora--.
Y qu tendr dentro?

--Siempre hablando de la dichosa caja!--dijo, por fin, Epimeteo, porque
haba llegado a cansarse de oir siempre lo mismo--. Me gustara, querida
Pandora, que hablsemos de otro asunto. Anda, vamos a coger unos cuantos
higos bien maduros, y a comrnoslos debajo de un rbol, porque ya es
hora de merendar. Y tambin s dnde est una via que tiene las uvas
ms dulces que has probado nunca.

--Siempre hablando de uvas y de higos!--dijo Pandora con malhumor.

--Bueno, entonces--dijo Epimeteo, que era muchacho de muy buen genio,
como muchsimos nios de aquellos tiempos--, vamos a correr y a jugar
con nuestros compaeros.

--Estoy cansada de tanto juego y no jugar ms--respondi Pandora--. No
tengo humor para juegos. Esa caja tan fea! No puedo dejar de pensar en
ella. Me tienes que decir, por fuerza, lo que hay dentro.

--Ya te he dicho cincuenta veces que no lo s--respondi Epimeteo, ya un
poco molesto--. Cmo quieres que te diga lo que hay dentro, si no lo he
visto?

--Puedes abrirla--dijo Pandora, mirando de reojo a Epimeteo--, y as lo
vemos.

--Pandora, en qu ests pensando?--exclam Epimeteo.

Y su rostro expres tal horror ante la idea de abrir la caja que se le
haba confiado con condicin de no abrirla nunca, que Pandora comprendi
que ms vala no insistir. Pero no poda menos de seguir pensando en la
caja y hablando de ella.

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--Por lo menos--dijo--, bien puedes decirme cmo ha venido aqu.

--La dej en la puerta--respondi Epimeteo--, un momento antes de que
llegases t, una persona muy sonriente y muy inteligente, al parecer, y
cuando la dej en el suelo, apenas poda contener la risa. Estaba
envuelto en una capa muy extraa, y llevaba un gorrito que pareca estar
hecho, en parte, de plumas; tanto, que yo llegu a creer que tena alas.

--Y qu bastn llevaba?--pregunt Pandora.

--El ms curioso que he visto en mi vida--exclam Epimeteo--. Era como
dos serpientes retorcidas alrededor de una vara, y estaba tan bien
tallado, que al principio cre que las serpientes estaban vivas.

--Le conozco--respondi Pandora, quedndose pensativa--. Slo l tiene
un bastn como ese: es Azogue, y l es quien me trajo aqu, como la
caja! Sin duda la trajo para m, y probablemente contiene trajes
bonitos para que yo me los ponga, o juguetes para que juguemos t y yo,
o alguna golosina muy rica!

--Puede que s--respondi Epimeteo, dando media vuelta--; pero hasta que
Azogue vuelva y nos lo diga, ni t ni yo levantaremos la tapa.

--Que chico ms estpido!--murmur Pandora cuando Epimeteo sali de la
casita--. Me gustara que fuese un poco ms atrevido, que tuviese un
poco ms de valor.

Por primera vez desde que haba llegado Pandora, Epimeteo se march sin
pedirle que le acompaase. Se fu solo, a coger higos y uvas, y a
divertirse luego como pudo en compaa de los otros nios. Estaba harto
de oir hablar de la caja y deseaba con todo su corazn que Azogue, o
como se llamase el mensajero que la trajo, la hubiese dejado en la
casita de cualquier otro nio, donde Pandora nunca la hubiese visto. La
caja, la caja, siempre la caja! Pareca como si la caja estuviese
embrujada, y como si la casa no fuese lo bastante grande para
contenerla, sin que Pandora a todas horas estuviese tropezando en ella,
y haciendo que Epimeteo tropezase tambin.

S que era triste para el pobre nio tener una caja en los odos de la
maana a la noche; sobre todo, porque como los nios en aquel tiempo no
estaban acostumbrados a tener preocupaciones, no saban cmo arreglarse
para soportarlas. As es que una pequea les daba entonces mucho ms que
hacer de lo que en nuestros tiempos nos da una muy grande.

Cuando Epimeteo se march, Pandora se qued mirando la caja. La haba
llamado fea lo menos cien veces; pero, a pesar de cuanto haba dicho
contra ella, era realmente un mueble muy bonito, y hubiese adornado
perfectamente cualquier habitacin en que se hubiese colocado. Estaba
hecha de una hermosa clase de madera, con vetas obscuras y brillantes, y
la superficie era tan brillante, que Pandora poda verse la cara en
ella. Como la nia no tena otro espejo, no comprendo cmo no le gustaba
ms, slo por ese motivo.

Los ngulos de la caja estaban esculpidos maravillosamente. Alrededor de
la tapa haba graciosas figuras de hombres y de mujeres y los nios ms
lindos que se han visto jams, echados o jugando entre profusin de
flores y follaje; y esos varios objetos estaban tan exquisitamente
representados y agrupados con tal armona, que flores, follaje y seres
humanos parecan combinarse en una guirnalda de belleza nica. Pero aqu
y all, asomando tras el esculpido follaje, a Pandora, una  dos veces,
se le antoj que vea una cara no tan amable, y alguna otra desagradable
del todo, que deslucan por completo la belleza del conjunto. Sin
embargo, mirando ms de cerca, y tocando con la punta del dedo, no
encontraba nada. Sin duda es que al mirar de lado alguna cara
verdaderamente bonita, le haba parecido fea.

La ms bella de todas estaba esculpida en lo que se llama altorrelieve,
en el centro de la tapa. No haba ms en toda ella; la madera bien
pulida y obscura, y en el centro aquella cara, con una guirnalda de
flores en la frente. Pandora haba mirado aquella cara muchsimas veces
y se le antojaba que poda sonreir o ponerse seria, lo mismo que si
estuviera viva. Las facciones, en realidad, tenan una expresin viva y
casi maliciosa, y pareca que en algunos momentos quisiera hablar, y
como si los esculpidos labios fuesen a romper en palabras.

Si la boca hubiese hablado, probablemente hubiese dicho algo muy
parecido a esto:

--No temas, Pandora! Qu mal puede haber en que abras la caja? No
hagas caso a ese infeliz Epimeteo! T sabes mucho ms que l y tienes
cien veces ms talento que l. Abre la caja, y ya vers qu cosas ms
bonitas encuentras dentro!

La caja, he olvidado decroslo, estaba cerrada, no con cerradura, ni
cosa parecida, sino con un nudo intrincadsimo de cuerda de oro. Pareca
un nudo sin principio ni fin. Nunca se ha visto nudo ms ingeniosamente
enredado, ni con tantas lazadas y vueltas, que pareca desafiar
maliciosamente a que le desatasen a los dedos ms hbiles. Y cuanta ms
dificultad pareca haber en l, ms tentacin le entraba a Pandora de
examinarle, slo para ver cmo estaba hecho. Dos o tres veces ya se
haba detenido junto a la caja, cogiendo el nudo entre el ndice y el
pulgar, pero sin intentar positivamente desatarle.

--Creo--se dijo a s misma--que empiezo a comprender cmo est hecho. Me
parece que si lo deshago podr volverlo a hacer igual que estaba. En eso
s que no habr mal ninguno. Ni a Epimeteo se le ocurrira regaarme por
eso. No quiero abrir la caja y no lo har nunca, si ese terco de chico
no consiente, aunque desate el nudo.

Ms hubiera valido que Pandora hubiese tenido algo que hacer o algo en
qu pensar, para no haber tenido siempre el pensamiento en el mismo
asunto. Pero los nios llevaban tan buena vida antes de que las penas
apareciesen en el mundo, que en realidad les quedaba muchsimo tiempo de
sobra. No siempre podan estar jugando al escondite entre las zarzas
floridas, o a la gallina ciega con guirnaldas de flores sobre los ojos,
o a otros juegos que ya se haban inventado cuando la madre Tierra
estaba en la infancia. Cuando la vida es todo juego, el trabajo es el
juego en realidad. No haba absolutamente nada que hacer. Barrer un poco
y quitar el polvo a la casita, supongo, y cortar flores frescas (que
abundaban por todas partes), y arreglarlas en los floreros, y ya estaba
hecho todo el trabajo del da de la pobre Pandora, y para todo el resto
del tiempo all estaba la caja!

Y despus de todo, no estoy seguro de que en este sentido la caja no
fuese para ella una bendicin. Porque le suministraba tal variedad de
ideas en qu pensar y sobre qu hablar, en cuanto encontraba alguien que
la escuchase! Cuando estaba de buen humor, poda divertirse admirando el
brillante lustre de sus caras y la rica orla de hermosos rostros y
follaje que la rodeaba. O si estaba de mal humor, por casualidad, poda
darle un empujn o un puntapi. Y muchos recibi la caja (era una caja
malvola, como hemos de ver, y bien los mereca). Pero, despus de todo,
si no hubiese sido por ella, Pandora, que tena una inteligencia tan
viva, no hubiese sabido en qu pasar el tiempo.

Porque era, realmente, ocupacin sin fin calcular qu habra dentro de
la caja. Qu podra ser? Figuraos, queridos nios, qu ocupado
tendrais el entendimiento si en vuestra casa hubiese una caja muy
grande, que tuvieseis motivo para suponer que estaba llena de una
porcin de cosas bonitas, que haban de daros como regalo el da de
vuestro cumpleaos. Creis que hubieseis sido menos curiosos que
Pandora? Si os hubiesen dejado solos con la caja, no hubieseis sentido
siquiera una tentacin chiquitita de levantar la tapa? Ay, no, no! Qu
cosa tan fea! Pero si pensabais que haba juguetes dentro, ya os
hubiese costado trabajo perder la ocasin de echar una miradita. En
realidad, no s si Pandora esperaba encontrar juguetes, porque an no se
haba empezado a hacer ninguno en aquellos das, en que el mundo mismo
era un juguete grande para los nios que vivan en l. Pero Pandora
estaba convencida de que en la caja haba algo muy bueno y muy bonito. Y
por lo tanto, estaba tan impaciente por verlo, como lo estara
cualquiera de las nias que me rodean. Y hasta puede que un poco ms,
pero de eso no estoy completamente seguro.

Aquel da de que estamos hablando, su curiosidad aument tanto, tanto,
que por fin se acerc a la caja. Casi estaba decidida a abrirla, si
poda. Ay, Pandora curiosa!

Primero intent levantarla. Pesaba mucho para las pocas fuerzas de una
nia como Pandora. Levant uno de los lados unas cuantas pulgadas del
suelo, y la dej caer de nuevo: la caja di un buen golpe. Un momento
despus se le figur que haba odo algo dentro de la caja. Acerc el
odo lo ms que pudo, y escuch. S, s: dentro haba una especie de
murmullo! Sera slo el ruido de los odos de Pandora o el latido de su
corazn? La nia no pudo convencerse de si haba odo algo o no, pero su
curiosidad era ms fuerte que nunca.

Cuando volvi la cabeza, cay su vista sobre el nudo de cuerda de oro.

--Si que debe ser persona habilidosa la que ha hecho este nudo--pens--.
Pero creo que, a pesar de todo, yo soy capaz de desatarlo. Por lo menos,
quiero encontrar los dos cabos de la cuerda.

Tom el nudo de oro entre las manos, y se puso a mirarle lo ms
atentamente que pudo. Casi sin intentarlo se encontr con que estaba
empezando a desatarse. Entretanto, el sol entraba por la ventana
abierta, y con l las voces de los nios que jugaban lejos, y acaso
entre ellas la voz de Epimeteo. Pandora se detuvo para escuchar. Qu
hermoso da! No sera mejor dejar en paz aquel nudo molesto, no volver
a pensar en la caja, e ir a reunirse con sus compaeros, y jugar y ser
feliz?

Durante todo este tiempo, sin embargo, sus dedos, medio
inconscientemente, estaban ocupados con el nudo, y mirando a la cabeza
ceida con guirnalda de flores que estaba en la tapa de la caja
encantada, le pareci que le haca una mueca.

--Esta cara parece que me mira con malicia--pens Pandora--. Puede que
se ra porque estoy haciendo una cosa mal hecha. Me dan unas ganas de
echar a correr!...

Pero precisamente entonces, por casualidad, di al nudo una vuelta, que
produjo un resultado maravilloso. La cuerda de oro se desat sola, como
por magia, y dej la caja sin cierre de ninguna clase.

--Qu cosa ms extraa!--dijo Pandora--. Qu va a decir Epimeteo? Y
cmo me las voy a arreglar para hacer otra vez el nudo?

Intent una o dos veces volver a anudarlo, pero pronto comprendi que no
tena habilidad para tanto. Se haba desatado tan repentinamente, que no
poda recordar cmo estaba hecho; y cuando intentaba recordar su forma y
aspecto primitivos, pareca escaprsele por completo de la memoria. No
poda hacer otra cosa que dejar la caja como estaba, hasta que Epimeteo
volviese.

--Pero--dijo Pandora--cuando se encuentre el nudo desatado, querr saber
quin lo desat. Cmo le voy a hacer creer que no he mirado lo que hay
dentro de la caja?

Entonces, en su corazoncillo perverso naci la idea de que, puesto que
de todos modos haban de sospechar que haba mirado dentro de la caja,
ms vala mirar de verdad. Oh, loca y curiosa Pandora! Podas haber
pensado en hacer lo que era debido y en dejar como estaba lo que ya
habas hecho, y no en lo que tu compaero Epimeteo fuera a decir o a
pensar. Y as hubiera sucedido, tal vez, si la cara encantada de la
tapa de la caja no la hubiese mirado de modo tan incitante y tan
persuasivo, y si no le hubiera parecido oir ms claro que nunca el
murmullo de vocecitas dentro. No poda saber si era imaginacin o no,
pero en sus odos haba como un pequeo tumulto de murmullos... Acaso
era su curiosidad misma la que murmuraba:

--Djanos salir, querida Pandora...; por favor, djanos salir! Si
vieras qu buenos compaeros vamos a ser para ti! Djanos salir y
vers!

--Qu ser?--pens Pandora--. Habr algo vivo en la caja? Sea lo que
quiera, estoy decidida a verlo! Slo una miradita, y luego vuelvo a
cerrar la caja como antes! Qu mal puede haber en que mire un poquito?

Pero ya es hora de que sepamos qu estaba haciendo Epimeteo.

Aqulla era la primera vez, desde que haba llegado su compaera, que
haba intentado divertirse sin que ella le acompaase. Pero nada le
sala a su gusto, ni era tan feliz como los dems das.

No poda encontrar frutas maduras y dulces, y si las encontraba le
empalagaban. No haba regocijo en su corazn, ni su voz surga alegre
como otras veces, al unirse a las de sus compaeros en sus bulliciosos
juegos. En una palabra: se puso tan molesto y tan disgustado, que los
otros nios no podan comprender lo que le pasaba. Tampoco l lo
comprenda del todo. Porque debis recordar que en el tiempo de que
vamos hablando, todo el mundo tena la costumbre de ser constantemente
feliz. El mundo an no haba aprendido a ser de otra manera. Ni un solo
cuerpo haba estado enfermo, ni una sola alma haba estado triste, desde
que aquellos nios fueron enviados a la hermosa Tierra para divertirse y
gozar de ella.

Por fin, descubriendo que algo le suceda, fuese lo que fuese, dej de
jugar, y le pareci lo mejor ir a buscar a Pandora, que siquiera estaba
de humor parecido al suyo. Pero con esperanza de darle una alegra,
cogi unas cuantas flores, hizo con ellas una guirnalda y pens
ponrsela en la cabeza. Las flores eran muy bonitas--rosas y azucenas y
flores de azahar, y otras muchas que iban dejando a su paso un rastro de
fragancia--. Y la guirnalda estaba todo lo bien hecha que cabe por manos
de un nio. Los dedos de las nias, al menos a m me lo ha parecido
siempre, tienen ms habilidad para hacer guirnaldas de flores; pero los
nios de aquellos tiempos eran ms hbiles que los de los nuestros.

Y aqu llega el momento de decir que una gran nube negra haca ya algn
tiempo que andaba por el cielo, aunque todava no haba ocultado la luz
del sol. Pero cuando Epimeteo entr en su casita, la nube intercept la
luz, y produjo una repentina y triste obscuridad.

Entr Epimeteo despacito, porque quera, a ser posible, llegar sin que
le sintiese Pandora, y ponerle en la cabeza la guirnalda de flores,
antes de que ella se hubiese dado cuenta de su presencia. Pero no haba
necesidad de entrar tan despacio. Aunque hubiese dado pasos pesados y
ruidosos, tan ruidosos como los de un hombre, casi iba a decir como los
de un elefante, es probable que Pandora no le hubiese odo llegar.

Estaba demasiado absorta en sus malos propsitos. En el momento en que
Epimeteo entr en la casita, la chiquilla haba puesto la mano en la
tapa, y estaba a punto de abrir la caja. Epimeteo la mir. Si hubiese
dado un grito, Pandora probablemente hubiese retirado la mano, y el
misterio tremendo de la caja no se hubiese sabido nunca.

Pero Epimeteo, aunque nunca hablaba de ello, tena tambin su poquito de
curiosidad por saber lo que haba dentro. Comprendiendo que Pandora
estaba resuelta a descubrir el secreto, decidi que su compaera no
haba de ser la nica en enterarse de l. Y si dentro de la caja haba
algo bonito o que valiese la pena, tambin l quera tener su parte.
As es que, despus de tantos prudentes consejos a Pandora para que
demorase su curiosidad, Epimeteo se volvi casi tan insensato como ella,
y casi tan culpable como su compaera. De modo que si echamos la culpa a
Pandora de lo que sucedi, no debemos dejar de echrsela tambin a
Epimeteo.

Cuando Pandora levant la tapa, la casita se qued muy obscura y muy
triste, porque la nube negra haba ocultado por completo el sol y
pareca haberlo enterrado vivo. Desde haca un rato venan oyndose
truenos lejanos, que de repente se hicieron terribles. Pero Pandora, sin
oirlos, levant la tapa y mir al interior de la caja. Parecile que un
enjambre de criaturitas aladas sala de ella volando, y en el mismo
instante oy la voz de Epimeteo en tono lamentable, como si le doliese
algo.

--Ay, me han mordido!--exclam--, me han mordido! Pandora, Pandora,
por qu has abierto esa caja maldita?

Pandora dej caer la tapa, y volvindose rpidamente, mir a ver qu
haba sucedido a Epimeteo. La tormenta haba obscurecido de tal modo la
habitacin, que no poda ver bien dnde estaba. Pero oy un zumbido
desagradable, como si muchas moscas muy grandes o muchos mosquitos
gigantescos estuviesen volando en derredor suyo. Y cuando se le
acostumbraron los ojos a la escasa luz, vi multitud de fesimas y
diminutas formas con alas de murcilago, que parecan encolerizadsimas
y armadas de terribles aguijones en la cola. Una de ellas era la que
haba picado a Epimeteo. No pas mucho tiempo sin que Pandora empezase a
llorar con no menos dolor y susto que su compaero, y haciendo muchsimo
ms ruido que l. Uno de aquellos odiosos monstruos diminutos se le
haba posado en la frente, y no s hasta cundo la hubiese estado
picando, si Epimeteo no hubiese corrido a espantarle.

Y ahora, si queris saber quines podan ser aquellos fesimos
animalejos que se haban escapado de la caja, os dir que eran la
familia entera de los _males del mundo_. Eran todas _las malas
pasiones_. Eran las muchsimas especies de _cuidados_. Eran ms de
ciento cincuenta _penas_ distintas; eran las _enfermedades_, en gran
nmero, de miserables y dolorosas formas; eran muchas ms clases de
_calamidades_ de las que yo puedo deciros.

En resumen: todo cuanto desde entonces ha afligido los cuerpos y las
almas de la Humanidad, estaba encerrado en la misteriosa caja, y se les
haba entregado a Epimeteo y a Pandora para que lo custodiasen
cuidadosamente, para que los felices nios del mundo no sintiesen nunca
la menor molestia. Si hubieran cumplido fielmente su encargo, todo
hubiese ido bien. Ninguna persona mayor hubiese estado triste nunca;
ninguna nia hubiese tenido nunca motivo para derramar una sola lgrima,
desde aquella hora hasta este momento.

Pero--y por esto podis comprender cmo una mala accin de un solo
mortal es una calamidad para el mundo entero--, por haber Pandora
levantado la tapa de la caja, y por no habrselo impedido Epimeteo,
aquellos males se han instalado entre nosotros, y me parece que no
tienen prisa de volver a marcharse. Porque era imposible, como
comprenderis, que los dos nios tuvieran encerrado el enjambre fesimo
dentro de su casita. Por el contrario, lo primero que hicieron fu abrir
de par en par las ventanas, a ver si podan librarse de ellos, y all
salieron volando los males, y de tal modo atormentaron y afligieron a
toda la gente menuda que fueron encontrando al paso, que en mucho tiempo
ninguno de los nios volvi a sonreir. Y, lo que es ms extrao, todas
aquellas flores llenas de roco de la tierra, ninguna de las cuales se
haba marchitado hasta entonces, ahora empezaron a marchitarse y a
deshojarse, y ninguna dura ms de un da o dos. Los nios tambin, que
parecan inmortales en su infancia, empezaron desde entonces a crecer
da por da, y pronto se hicieron jvenes, y luego hombres y mujeres, y
ancianos, antes de poder darse cuenta del triste cambio.

Entretanto la malvada Pandora y el no menos malvado Epimeteo se quedaron
en su casita. Los dos haban sido picados dolorosamente y tenan
bastante dolor, que les pareca ms intolerable porque era el primero
que haban sentido desde que empez el mundo. Como no tenan costumbre
alguna de sufrir, no podan comprender lo que el sufrimiento
significaba. Adems, estaban de muy mal humor uno contra otro, y cada
uno contra s mismo. Epimeteo se sent en un rincn de espaldas a
Pandora, y Pandora se tir al suelo y apoy la cabeza en la caja fatal y
abominable. Lloraba y sollozaba como si fuera a romprsele el corazn.

De repente oy un ruidito suave dentro de la caja.

--Qu dir?--pregunt Pandora, levantando la cabeza.

Pero Epimeteo no haba odo el ruido, o estaba de demasiado mal humor
para darse por enterado: el caso es que no respondi.

--Qu poco amable eres!--dijo Pandora volviendo a sollozar--; ya no
quieres hablarme.

Otra vez el ruido! Sonaba como si los nudillos de una manecita de hada
golpeasen ligeramente, y por juego, el interior de la caja.

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--Quin eres?--pregunt Pandora con un poco de su antigua curiosidad--.
Quin eres t, que an ests dentro de esta maldita caja?

Una vocecilla dulce respondi desde dentro:

--Levanta la tapa, y lo vers.

--No, no--respondi Pandora echndose a llorar de nuevo--. No quiero
volver a levantar la tapa. Dentro de la caja ests, maligna criatura, y
dentro te quedars. Bastantes de tus fesimos hermanos y hermanas andan
ya volando por el mundo. No pienses que voy a ser tan loca que a ti
tambin te deje salir.

Mir hacia Epimeteo al decir esto, acaso esperando que la alabase por su
prudencia. Pero el nio, enojado, dijo que a buena hora se acordaba de
tener prudencia.

--Ah!--dijo la dulce voz--, ms os valdra dejarme salir. No soy de
esas malignas criaturas que tienen aguijones en la cola. No eran
hermanos ni hermanas mos los que han salido, como veris si queris
mirarme. Ven, ven, Pandora ma. Estoy segura de que me vas a dejar
salir.

Haba una especie de amable hechicera en el tono de la voz, que haca
imposible negar nada de lo que pidiera. El corazn de Pandora se haba
ido aliviando insensiblemente a cada palabra que sala de la caja.
Tambin Epimeteo, aunque sin salir de su rincn, se haba vuelto un
poco, y pareca estar de mejor humor que antes.

--Mi querido Epimeteo--exclam Pandora--, has odo esa vocecita?

--S la he odo, s--respondi Epimeteo con no muy buenos modos--. Qu
tenemos con eso?

--Quieres que vuelva a levantar la tapa?--pregunt Pandora.

--Haz lo que te parezca--dijo Epimeteo--. Ya has hecho tanto dao, que
puede que no importe que hagas un poco ms. Un mal, aadido al enjambre
que has echado a volar por el mundo, no significa nada.

--Podas hablarme con mejores modos--murmur Pandora, limpindose los
ojos.

--Ah, nio, nio!--exclam la voz dentro de la caja en tono medio
serio, medio de burla--. De sobra sabes t que ests deseando verme.
Ven, Pandora, ven; levanta la tapa. Tengo prisa por consolaros. Djame
que respire un poco el aire libre, y ya veris cmo las cosas no son tan
tristes como os parecen.

--Epimeteo--exclam Pandora--, pase lo que pase, estoy decidida a abrir
la caja.

--Y como me parece que la tapa pesa mucho--exclam Epimeteo corriendo
por la habitacin--, te ayudar.

As, de comn acuerdo, los dos nios levantaron de nuevo la tapa. Sali
volando una radiante y sonriente mujercita, que revolote por toda la
habitacin, arrojando luz por dondequiera que pasaba. No habis hecho
bailar nunca un rayo de sol con un pedazo de espejo? Pues eso pareca el
alado regocijo de aquella mujercita como un hada, en la obscuridad
triste de la habitacin. Vol hacia Epimeteo y puso ligeramente el dedo
en el sitio en que el mal le haba picado, e inmediatamente ces el
dolor. Luego bes a Pandora en la frente, y tambin cur el dao.

Despus de realizar esta buena obra, la alegre desconocida revolote
juguetonamente sobre las cabezas de los dos nios, y los mir tan
dulcemente, que ambos empezaron a creer que no era realmente tan malo
haber abierto la caja, puesto que, de otro modo, su gozosa huspeda se
hubiese quedado prisionera para siempre entre aquellos malvados duendes
con sus aguijones en la cola.

--Quin eres, hermosa criatura?--pregunt Pandora.

--Hay que llamarme Esperanza!--respondi la mujercita--. Y porque soy
tan alegre y s dar tanto nimo, aunque soy tan pequea, me encerraron
en la caja, para consolar al gnero humano de todo el enjambre de males
que estaba destinado a caer sobre ellos. No temis! Ya veris cmo lo
pasamos muy bien, a pesar de todos.

--Tus alas tienen muchos colores, como el arco iris--exclam Pandora--.
Qu bonitas son!

--S, son como el arco iris--dijo la Esperanza--, porque aunque soy
alegre por naturaleza, estoy hecha tanto de lgrimas como de sonrisas.

--Y te quedars con nosotros?--pregunt Epimeteo--. Siempre y para
siempre?

--Siempre que me necesitis, me tendris--dijo la Esperanza con su
placentera sonrisa--, y me necesitaris mientras estis en el mundo.
Prometo no abandonaros nunca. Vendrn tiempos y ocasiones, de cuando en
cuando, en que me he desvanecido por completo. Pero otra vez, y otra
vez, y otra y otra, cuando menos lo pensis, veris el resplandor de mis
alas en el techo de vuestra cabaa. S, hijos mos, y s que luego os
van a dar una cosa muy buena y muy bonita.

--Oh, dinos qu es!--exclamaron los nios--, dinos qu es!

--No me preguntis--repuso la Esperanza, ponindose un dedo en los
labios de rosa--. Pero no desesperis de alcanzarlo, aunque no os llegue
mientras vivis en la tierra. Creed en mi promesa, porque es verdad!

--Te creemos!--exclamaron a un tiempo Pandora y Epimeteo.

Y as lo hicieron. Y no slo ellos, sino todo el que ha vivido, ha
credo en la Esperanza. Y para deciros la verdad, no puedo menos de
alegrarme (aunque desde luego fu cosa muy mal hecha), no puedo menos de
alegrarme, digo, de que nuestra loca Pandora levantase la tapa de la
caja. Sin duda... sin duda... los males siguen revoloteando por el
mundo, y han aumentado en multitud, en vez de disminuir, y son una serie
de duendes fesimos, y llevan en la cola los aguijones ms envenenados.
Yo he tropezado con ellos y me han picado, y espero que me picarn mucho
ms, segn vaya siendo ms viejo. Pero, y la luciente y amable figura
de la Esperanza? Qu haramos en el mundo sin ella? La Esperanza
espiritualiza la tierra. La hace siempre nueva; y aunque miremos el
mundo en su aspecto mejor y ms brillante, la Esperanza nos dice que
toda esa luz no es sino la sombra de una bienaventuranza infinita que
hemos de encontrar despus.

--Primavera--pregunt Eustaquio, tirndole de una oreja--, te gusta mi
pequea Pandora? No piensas que es tu vivo retrato? Pero t no hubieras
vacilado tanto antes de abrir la caja.

--Bien castigada hubiese estado por mi maldad--replic la chiquilla
agudamente--, porque lo primero que hubiese salido de ella al levantar
la tapa, hubiese sido el seor Eustaquio Bright, en forma de Calamidad.

--Primo Eustaquio--dijo Amapola--, contena la caja todo el mal que ha
sucedido en el mundo?

--Sin faltar una miga!--respondi Eustaquio--. Esta misma nevada, que
ha echado a perder mi partida de patines, estaba all encerrada.

--Y qu tamao tena la caja?--pregunt Romero.

--Unos tres pies de largo--dijo Eustaquio--, dos de ancho y dos y medio
de alto.

--Ah!--dijo el nio--, te ests burlando de m, primo Eustaquio! No
hay males en el mundo para llenar una caja tan grande. Y lo que es la
nevada, no es mal, que es diversin; de modo que no estaba en la caja,
de seguro.

--Miren ustedes el chiquillo!--exclam Primavera con aire de
superioridad--. Qu poco sabe de los males del mundo! Pobrecillo! Ya
hablar de otro modo cuando tenga tanta experiencia de la vida como yo!

Y diciendo esto, empez a saltar a la comba.

Entretanto el da iba llegando a su fin. Fuera, el paisaje tena aspecto
tenebroso. Haba a lo lejos, en el crepsculo que se acercaba, como un
rebao de nubes grises que pasaban corriendo; en la tierra se haban
borrado todos los caminos, y la nieve que se haba amontonado sobre los
escalones del Prtico demostraba que nadie haba entrado ni salido
durante muchas horas. Si un nio solo hubiese estado en la ventana
mirando el paisaje invernal, acaso se hubiese entristecido. Pero media
docena de chiquillos juntos, aunque no puedan convertir el mundo en un
Paraso, pueden desafiar al invierno y a todas sus tormentas, que no
sern capaces de entristecerlos. Eustaquio Bright, adems, aguijoneado
por las circunstancias, invent varios juegos nuevos, que les
conservaron llenos de alegra hasta la hora de irse a la cama, y
sirvieron para pasar con felicidad la tormenta del da siguiente.

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LAS TRES MANZANAS DE ORO




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AL AMOR DE LA LUMBRE


La nevada dur un da ms; qu fu de ella despus, no puedo
figurrmelo. Fuese donde fuera, durante la noche desapareci por
completo, y cuando sali el sol a la maana siguiente, brill sobre las
montaas cubiertas de bosque con la mayor alegra del mundo. La escarcha
haba cubierto de tal modo los vidrios de las ventanas, que era casi
imposible lanzar una mirada al paisaje exterior. Pero, mientras esperaba
el desayuno, la gente menuda de Tanglewood haba hecho agujeros en la
escarcha con las uas, y haba conseguido ver con gran deleite que
excepto en dos o tres sitios demasiado pendientes de la montaa, o sobre
los bosques cuyas ramas negras, mezcladas con la nieve, formaban una
mancha gris, todo el resto del mundo que se alcanzaba a divisar estaba
blanco como una sbana. Qu precioso! Y para colmo de felicidad, haca
un fro capaz de helarle a uno las narices en un segundo. Si una persona
tiene dentro del cuerpo vida bastante para soportarlo, no hay nada que
le ponga de tan buen humor y le haga bailar y saltar la sangre ms
vivamente que un arroyo colina abajo, que una buena helada.

En cuanto desapareci el desayuno, toda la chiquillera, bien arropada
en pieles y estambres, se desparram sobre la nieve. Vaya un da de
diversin! Deslizronse colina abajo, resbalando hasta el valle, unas
cien veces, y, para divertirse ms, haciendo volcar los trineos y dando
volteretas y llegando al fondo cabeza abajo, la mayor parte de las
veces. Y una vez, para mayor seguridad, Eustaquio Bright se subi en el
mismo trineo con Margarita, Amapola y Flor de Limn, y echaron a correr
cuesta abajo de prisa, de prisa, de prisa; pero a mitad de camino el
trineo tropez con un tronco escondido bajo la nieve, y all cayeron en
un solo montn los cuatro pasajeros!, y al levantarse no encontraron al
ms pequeo, que era Flor de Limn. Qu haba sido del pobre muchacho?
Y mientras se lo estaban preguntando y buscndole, Flor de Limn sac la
cabeza de entre un montn de nieve, con la cara colorada como si fuese
una inmensa flor escarlata que hubiese brotado de repente en medio del
invierno. Haba que oirles reir a todos!

Cuando se cansaron de resbalar colina abajo, Eustaquio ocup a los nios
en cavar para hacer una cueva en el montn de nieve ms alto que
encontraron. Por desdicha, cuando estuvo terminada y toda la
chiquillera se meti en el hueco, se hundi el techo sobre sus cabezas,
y les enterr vivos a todos. Un minuto despus todos sacaban las
cabecitas de entre las ruinas, y la del estudiante apareca en medio y
encima de todas, canosa y venerable con el polvo de nieve que se haba
enredado entre sus rizos obscuros. Y entonces, para castigar al primo
Eustaquio por haberles aconsejado que cavasen caverna tan ruinosa, los
nios le atacaron en grupo y le apedrearon con bolas de nieve, de tal
modo que tuvo que echar a correr. Huy, y lleg a los bosques, y desde
all a la margen del Arroyo Umbro, donde pudo oir el rumor del
arroyuelo que corra bajo grandes montones de nieve y hielo, que apenas
le dejaban ver la luz del da. Haba tmpanos diamantinos, que
rebrillaban en torno de sus pequeas cascadas. De all lleg corriendo a
la orilla del lago, y se encontr con una llanura blanca e intacta, que
iba desde sus pies al pie de la inmensa montaa. Y como ya casi se
estaba poniendo el sol, Eustaquio pens que nunca haba visto
espectculo ms hermoso. Se alegr de que los nios no estuviesen con
l, porque su animacin y su actividad desaforada hubieran disipado su
estado de nimo, elevado y grave; as es que slo hubiese estado alegre
(como, en efecto, lo haba estado durante el da entero), pero no
hubiese gozado la suavidad de la puesta de sol en invierno, entre las
montaas.

Cuando el sol hubo descendido bastante, nuestro amigo Eustaquio volvi a
casa a cenar. Despus de la cena se encerr en el despacho, con el
propsito, me figuro, de escribir una oda, o dos o tres sonetos, o
versos de cualquier clase, en elogio de las nubes prpura y oro que
haba visto en torno al sol poniente. Pero antes de que hubiese afirmado
la primera rima, se abri la puerta, y Primavera y Margarita
aparecieron.

--Marchaos, chiquillas! Ahora no puedo perder el tiempo con
vosotros!--exclam el estudiante, mirndolas por encima del hombro con
la pluma en la mano--. Qu mil diablos queris? Cre que estabais
todos en la cama!

--yele, Margarita--dijo Primavera, hablando como si fuera una persona
mayor--. Parece olvidar que yo ya tengo trece aos, y puedo irme a la
cama todo lo tarde que se me antoje. Primo Eustaquio, puedes abandonar
tus aires solemnes y venir con nosotros al saln. Los nios han hablado
tanto de tus cuentos, que mi padre desea oir uno de ellos, para saber si
puede hacernos algn dao oirlos.

--Bah, bah, Primavera!--exclam el estudiante, un poco molesto--. No me
creo capaz de contar ninguno de mis cuentos en presencia de personas
mayores. Adems, tu padre es un erudito y un humanista: no es que me d
miedo su erudicin, porque no dudo que estar tan enmohecida como un
cuchillo viejo. Pero estoy seguro de que discutir la admirable tontera
que he puesto en estas maravillosas historias, sacada de mi propia
cabeza, y que constituye su mayor encanto para chiquillos como vosotros.
Ningn hombre de cincuenta aos, que haya ledo los mitos clsicos en su
juventud, puede comprender mi mrito como reinventor y mejorador de
todos ellos.

--Puede que todo eso sea verdad--dijo Primavera--, pero no tienes ms
remedio que venir. Mi padre no abrir su libro, ni mam el piano, hasta
que nos hayas regalado con algunas de tus tonteras, como t mismo las
llamas muy acertadamente. De modo que s bueno, y ven.

Por mucho que dijese, el estudiante se alegraba muchsimo de aprovechar
la oportunidad de demostrar al seor Pringle qu excelente facultad
posea para modernizar los mitos de los tiempos antiguos. Hasta que
cumple los veinte aos, un joven debe sentir cierta timidez al ensear
su prosa y sus versos; pero a pesar de toda su timidez, tiene cierta
tendencia a pensar que si sus producciones fuesen conocidas, le pondran
en la ms alta cumbre de la literatura. Por lo cual, sin hacerse de
rogar demasiado, Eustaquio consinti en que Primavera y Margarita le
arrastrasen al saln.

Era una habitacin amplia y cmoda, con una ventana semicircular en uno
de los extremos, en cuyo hueco haba una copia en mrmol del ngel y el
Nio, de Greenough. A un lado de la chimenea haba muchos estantes con
libros severa y ricamente encuadernados. La luz blanca de la lmpara que
colgaba del techo y el reflejo rojo del hogar, hacan la habitacin
brillante y alegre, y junto a la lumbre, en un gran silln, estaba
sentado el seor Pringle. Era un caballero alto y simptico, con una
gran calva, y siempre estaba tan bien vestido, que Eustaquio Bright no
se atreva nunca a presentarse ante l sin detenerse un momento en la
puerta para arreglarse el cuello de la camisa. Pero ahora, como
Primavera le llevaba cogido de una mano y Margarita de la otra, se vio
obligado a entrar con un aspecto bastante desaliado, como si se hubiese
pasado el da rodando por un montn de nieve, lo cual era verdad.

El seor Pringle se volvi hacia el estudiante con benevolencia, desde
luego, pero de un modo que le hizo sentir lo despeinado y mal cepillado
que estaba, y lo mal peinados y mal cepillados que estaban tambin sus
pensamientos.

--Eustaquio--dijo el seor Pringle con una sonrisa--, me he enterado de
que ests causando sensacin grandsima entre el pequeo pblico de
Tanglewood con el ejercicio de tus facultades de narrador. Primavera,
como la llaman los pequeos, y los dems chiquillos, han elogiado de tal
modo tus cuentos, que mi mujer y yo quisiramos oir una muestra de
ellos. Y a m me agradar especialsimamente, porque parece que los
cuentos son un intento de trasladar las fbulas de la antiguedad clsica
al idioma del sentimiento y la fantasa modernos. Al menos, eso he
sacado en consecuencia de unos cuantos incidentes que han llegado hasta
m de segunda mano.

--No es usted precisamente el oyente que yo hubiese elegido,
seor--observ el estudiante--, para fantasas de esta naturaleza.

--Es posible que no--replic el seor Pringle--. Sospecho, sin embargo,
que el crtico ms til para un autor joven es precisamente aquel que
menos hubiese querido elegir.

--Creo que la simpata debe tener algo de parte en la opinin de un
crtico--murmur Eustaquio--. En fin, seor, si usted encuentra
paciencia, yo encontrar historias que contar. Pero tenga usted la
bondad de recordar que me dirijo a la imaginacin y a la simpata de los
nios, no a la de usted.

E inmediatamente el estudiante aprovech el primer tema que se le
present. Sugirisele un plato de manzanas que alcanz a ver sobre la
chimenea.

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LAS TRES MANZANAS DE ORO


No habis odo nunca hablar de las manzanas de oro que se criaban en el
jardn de las Hesprides? Oh, aqullas s que eran manzanas! Si se
encontraran iguales en los huertos de ahora, ya valdran dinero! Pero
no hay en todo el mundo, supongo yo, ni un solo rbol injerto en aquel
frutal maravilloso, ni queda ninguna pepita de aquellas manzanas.

Hasta en los tiempos antiguos, muy antiguos, ya casi olvidados, en que
el jardn de las Hesprides no haba sido invadido an por la mala
hierba, dudaba mucha gente de que pudiera haber rboles verdaderos,
cuyas ramas tuvieran manzanas de oro macizo. Todos haban odo hablar de
ellas, pero nadie recordaba haber visto ninguna. Sin embargo, los nios
solan escuchar, boquiabiertos, los cuentos del rbol de las manzanas
de oro, y se proponan descubrirle cuando llegasen a mayores. En busca
de ese fruto iban los jvenes valerosos que deseaban realizar hazaas
ms sealadas que sus compaeros. Muchos de ellos no volvieron jams, y
ninguno trajo las manzanas. No es maravilla que les fuera imposible
cogerlas! Decase que, bajo el rbol, haba un dragn de cien terribles
cabezas, cincuenta de las cuales vigilaban siempre, mientras las otras
cincuenta dorman.

Me parece a m que apenas si vala la pena de correr tanto peligro por
una manzana de oro macizo. Si hubieran sido manzanas dulces, jugosas,
sazonadas, ya sera otra cosa. Podra haber tenido entonces algn
sentido el tratar de cogerlas, a pesar del dragn de las cien cabezas.

Pero, como os he dicho, era cosa muy corriente entre los jvenes, cuando
se cansaban del exceso de paz y descanso, ir en busca del jardn de las
Hesprides. Y una vez fu emprendida la aventura por un hroe que haba
disfrutado de bien poca paz y descanso desde que vino al mundo. En el
tiempo de que os voy a hablar, vagaba por la apacible tierra de Italia
con una pesada maza en la mano y un arco y una aljaba pendientes de los
hombros. Iba envuelto en la piel del len ms grande y ms fiero de
aquellos bosques, que l mismo haba matado, y aunque en el fondo era
bueno y generoso y noble, tena en su corazn mucho de la fiereza del
len. Mientras caminaba, iba constantemente preguntando cul era el
camino ms derecho para llegar al famoso jardn; pero nadie saba
palabra de ello, y muchos se hubiesen redo de la pregunta, si el
forastero no hubiera llevado una maza tan enorme.

As fu andando, andando, preguntando siempre lo mismo, hasta que al fin
lleg a la orilla de un ro, en donde unas cuantas jvenes hermossimas
estaban tejiendo guirnaldas de flores.

--Lindas doncellas--pregunt el forastero--, podis decirme si ste es
el camino derecho para ir al jardn de las Hesprides?

Las jvenes se estaban divirtiendo en hacer guirnaldas y en coronarse
con ellas unas a otras. Pareca como si en sus dedos hubiese algn poder
mgico, porque al tocarlas se volvan las rosas ms frescas y se
cuajaban de roco, se avivaban sus colores y exhalaban ms suave
fragancia que cuando estaban en la planta; pero al oir la pregunta del
forastero dejaron caer todas las flores en el csped, y se miraron unas
a otras con asombro.

--El jardn de las Hesprides!--exclam una--. Creamos que, despus
de tanta decepcin, se habran cansado los mortales de buscarle. Y dime,
intrpido viajero, para qu deseas ir all?

--Cierto rey, primo mo--replic el viajero--, me ha mandado que le
lleve tres de las manzanas de oro.

--Casi todos los jvenes que van en busca de esas manzanas--advirti
otra de las damiselas--, desean adquirirlas para s mismos o para
regalarlas a alguna hermosa doncella de quien estn enamorados. Tanto
quieres t a ese rey, primo tuyo?

--Tal vez no--replic el forastero, suspirando--. Ha sido severo y cruel
conmigo muchas veces, pero es mi destino obedecerle.

--Y no sabes--pregunt la que haba hablado primero--que un terrible
dragn de cien cabezas est bajo el rbol de las manzanas de oro,
guardndole?

--Bien sabido lo tengo--respondi el forastero--; pero desde la cuna ha
sido mi ocupacin y casi mi entretenimiento el habrmelas con serpientes
y dragones.

Las jvenes miraron su pesada maza y la peluda piel de len que llevaba,
y tambin sus heroicos miembros y aspecto, y unas a otras se dijeron muy
bajito que el forastero pareca ser persona de quien razonablemente
caba esperar que realizara hazaas muy fuera del alcance de los dems
hombres.

Pero, el dragn de las cien cabezas! Qu mortal, aunque tuviera cien
vidas, podra abrigar esperanza de escapar a los colmillos de semejante
monstruo? Tan compasivas eran las doncellas, que no podan ver con
tranquilidad que aquel valiente y hermoso viajero intentara cosa tan
arriesgada y se condenara a ser, muy probablemente, pasto para las cien
voraces bocas del dragn.

--Vuelve atrs--exclamaron todas--, vuelve a tu casa! Tu madre, al
verte sano y salvo, llorar lgrimas de alegra. Qu ms podra hacer
si lograras tan gran victoria? No hagas caso de las manzanas de oro. No
hagas caso del rey, tu cruel primo. Nosotras no queremos que te coma el
dragn de las cien cabezas.

El forastero pareci impacientarse con estas advertencias. Levant
negligentemente su poderosa maza, y la dej caer sobre una roca que all
cerca haba, medio enterrada en el suelo. Con la fuerza de aquel golpe
indolente, la roca salt hecha toda pedazos. El dar aquella seal de
fortaleza gigantesca no cost al extranjero ms esfuerzo que a una de
las doncellas tocar con una flor la rosada mejilla de su hermana.

--No creis--dijo mirndolas y sonrindo--que un golpe como ste
habra aplastado una de las cien cabezas del dragn?

Sentse despus sobre la hierba y les cont la historia de su vida, o
por lo menos todo lo que de ella poda recordar desde el da en que tuvo
por cuna el escudo de bronce de un guerrero. Estando echado en l,
llegaron, arrastrndose por el suelo, dos enormes serpientes, y abrieron
sus horribles mandbulas para devorarlo; pero l, un beb de meses nada
ms, agarr una de las fieras culebras en cada uno de sus puitos y las
estrangul.

Cuando era un chiquillo mat a un len enorme, casi tan grande como
aquel cuya piel amplia y peluda llevaba entonces sobre los hombros. Lo
primero que hizo despus fu luchar con una especie de monstruo fesimo,
al cual llamaban hidra, y que tena nueve cabezas nada menos, y con
dientes afiladsimos en todas ellas.

--Pero el dragn de las Hesprides, ya lo sabes--observ una de las
doncellas--, tiene cien cabezas!

--Sin embargo--replic el forastero---, mejor hubiera querido pelear con
dos dragones as, que con una sola hidra; porque tan pronto como cortaba
una cabeza, nacan otras dos en su lugar, y adems, entre las cabezas
haba una a la que no era posible matar de ningn modo, sino

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que segua mordiendo tan fieramente como antes, mucho despus de haber
sido cortada. As es que me vi obligado a enterrarla bajo una gran
piedra, donde, sin duda, hoy mismo estar viva todava; pero el cuerpo
de la hidra, con sus otras ocho cabezas, ya no volver a hacer dao a
nadie.

Las jvenes, calculando que la relacin iba a durar buen rato, haban
dispuesto una merienda de pan y uvas para que el forastero pudiera
refrescar en los intervalos de su charla. Se complacan en animarle a
tomar tan frugal alimento, y de cuando en cuando una de ellas se pona
un dulce grano de uva entre los labios rojos, para que no se avergonzara
de comer solo.

El viajero pas a contar cmo haba dado caza a un velocsimo ciervo,
corriendo detrs de l durante un ao entero, sin pararse ni a tomar
aliento, y cmo le cogi al fin por los cuernos, llevndosele vivo a
casa. Y cmo haba peleado con una casta de gentes rarsima, mitad
caballos y mitad hombres, y los haba matado a todos, creyndolo su
deber, para que nunca volvieran a verse tan horribles figuras. Y adems
de todo esto, se di mucho tono por haber limpiado un establo.

--Y a eso le llamas hazaa maravillosa?--pregunt, sonriendo, una de
las doncellas--. Cualquier trabajador del campo lo hara.

--Si hubiera sido un establo ordinario--replic el forastero--, no lo
habra mencionado; pero fu una tarea tan gigantesca, que habra
consumido mi vida toda en acabarla, a no ocurrrseme felizmente la idea
de meter un ro por la puerta, desvindole de su cauce. Eso realiz el
trabajo en muy poco tiempo!

Viendo con qu atencin le escuchaban sus hermosas oyentes, les cont
luego que haba matado unas aves monstruosas y haba cogido vivo a un
toro bravo y le haba soltado otra vez, y que haba domado muchsimos
caballos muy salvajes, y vencido a Hiplita, la belicosa reina de las
Amazonas. Refiri tambin que haba cogido el cinturn encantado que
tena Hiplita, y se le haba regalado a la hija de su primo, el rey.

--Era el cinturn de Venus--pregunt la ms bonita de las doncellas--,
que hace a las mujeres hermosas?

--No--respondi el forastero--. Haba sido en tiempos el tahal de
Marte, y a quien le lleva puesto le hace valiente y animoso.

--Un tahal viejo!--exclam la damisela, levantando la cabeza con
desdn--. No dara un comino por tenerle!

--Haras muy bien--dijo el forastero.

Siguiendo su maravilloso relato, enter a las doncellas de que la ms
extraa de cuantas aventuras se le presentaron fu su pelea con Gerin,
el hombre de seis piernas. Bien podis creer que sera una figura
rarsima y temerosa. Quien mirara sus huellas en la arena o en la nieve,
supondra que tres buenos compaeros haban pasado marchando juntitos.
Al oir sus pisadas a corta distancia, nada ms razonable que pensar que
se acercaban varias personas. Y era solamente el extrao Gerin, que
vena pisando con sus seis pies!

Seis piernas y un cuerpo gigantesco! De fijo que sera un monstruo de
aspecto sorprendente. Y, amiguitos, qu gasto de piel para botas!

Cuando el forastero acab la narracin de sus aventuras, mir las
atentas caras de las doncellas.

--Tal vez hayis odo hablar de m antes de ahora--dijo modestamente--.
Me llamo Hrcules.

--Ya lo habamos sospechado--replicaron--, porque la noticia de tus
hazaas maravillosas ha corrido por todo el mundo. Ahora no nos parece
extrao que vayas en busca de las manzanas de oro de las Hesprides.
Venid, hermanas, y coronemos de flores al hroe.

Entonces pusieron hermosas guirnaldas sobre su augusta cabeza y sus
poderosos hombros, de manera que la piel de len qued casi enteramente
cubierta de rosas. Se apoderaron de la pesada maza y entretejieron a su
alrededor los ms brillantes, los ms delicados, los ms olorosos
capullos, sin dejar al descubierto ni el ancho de un dedo, de su leoso
material; pareca toda ella un enorme ramo de flores.

Finalmente, se cogieron de las manos y danzaron a su alrededor, cantando
palabras que, sin molestarse en procurarlo, resultaban poesa y formaban
una composicin coral en honor del ilustre Hrcules.

Y Hrcules se puso contento, como le hubiera ocurrido a cualquier otro
hroe, al ver que aquellas hermosas jvenes ya haban odo hablar de los
valerosos hechos que tanto trabajo y tanto riesgo le haban costado
llevar a cabo; pero no estaba an satisfecho. No poda creer que lo
realizado mereciera tanto honor, mientras quedase alguna aventura
temeraria o difcil por emprender.

--Queridas doncellas--dijo cuando se detuvieron para tomar aliento--,
ahora que ya sabis mi nombre, no me diris cmo podr llegar al jardn
de las Hesprides?

--Ah! Te vas tan pronto?--exclamaron--. T, que has hecho tantas
maravillas y que has llevado una vida tan trabajosa, no puedes
permitirte algn descanso a la orilla de este manso ro?

Hrcules movi la cabeza.

--Tengo que irme ahora mismo--dijo.

--Entonces te daremos las seas lo mejor que podamos--replicaron las
jvenes--. Tienes que ir a orilla del mar, encontrar al Viejo y
obligarle a informarte de dnde se encuentran las manzanas de oro.

--El Viejo!--o repiti Hrcules, rindose de ese nombre--. Y quin es
el Viejo?

--Quin ha de ser? El Viejo del Mar!--contest una de las muchachas--.
Tiene cincuenta hijas y hay quien dice que son muy hermosas; pero no nos
ha parecido bien relacionarnos con ellas, porque tienen el pelo de color
verde mar y su cuerpo remata en cola como el de los peces. Tienes que
hablar con ese Viejo del Mar. Siempre est cruzando mares. Sabe cuanto
se refiere al jardn de las Hesprides, porque est en una isla que l
acostumbra a visitar.

Hrcules pregunt entonces dnde se podra encontrar ms fcilmente al
Viejo, y cuando las jvenes le hubieron informado, les di las gracias
por todas sus bondades--por el pan y las uvas que le dieron, las flores
exquisitas con que le coronaron y los cnticos y danzas con que le
haban honrado--, y sobre todo, por haberle indicado el camino, y se
puso en marcha inmediatamente.

Pero antes de que se hubiera alejado mucho, le llam una de las
doncellas.

--Agarra bien fuerte al Viejo cuando le cojas!--le grit, sonriendo y
levantando un dedo para dar ms fuerza a la recomendacin--, y no te
asombres de ninguna cosa que pueda ocurrir. Sujtale bien, y l te dir
lo que deseas saber.

Hrcules di las gracias de nuevo y sigui su camino, mientras volvan
las jvenes a su agradable tarea de trenzar guirnaldas de flores.
Siguieron hablando del hroe mucho despus de haberse alejado.

--Le hemos de coronar con nuestras ms hermosas
guirnaldas--dijeron--cuando vuelva por aqu con las tres manzanas de
oro, despus de haber matado al dragn de las cien cabezas.

Mientras tanto, Hrcules caminaba avanzando siempre, salvando montes y
valles y cruzando bosques solitarios. Algunas veces alzaba su maza, y al
descargar el golpe haca astillas un poderoso roble. Tena la
imaginacin tan llena de los gigantes y monstruos que haba estado
combatiendo toda su vida, que tal vez tomara al corpulento rbol por uno
de ellos. Tan ansioso estaba Hrcules de dar cima a la empresa
acometida, que senta casi haber perdido tanto tiempo con las doncellas,
malgastando aliento en el relato de sus aventuras. Esto les ocurre
siempre a las personas destinadas a llevar a cabo grandes cosas. Lo que
ya tienen hecho les parece que no vale nada, y lo que traen entre manos
les parece digno de poner en ello trabajo, correr peligros y aun
arriesgar la vida.

Las personas que pasaran por el bosque, no podran menos de asustarse al
verle derribar los rboles con su gran maza. De un solo golpe se rajaba
el tronco, lo mismo que herido por el rayo, y las ramas gruesas caan
crujiendo y tronchndose.

Apresurando la marcha, sin hacer alto ni mirar hacia atrs, no tard en
oir a los lejos el rugido del mar. Esto le hizo aumentar la velocidad
an ms, y pronto lleg a una playa en donde las olas, muy grandes, se
deshacan sobre la arena dura, formando una larga faja de espuma, blanca
como la nieve. Sin embargo, a un extremo de la playa haba un sitio
agradable, en donde unos cuantos arbustos verdes trepaban sobre un
peasco, haciendo que su roquiza superficie pareciera blanda y bella.
Una alfombra de verde hierba, profusamente mezclada con trbol oloroso,
cubra el estrecho espacio comprendido entre la base del peasco y el
mar. Y qu pudo vislumbrar Hrcules all? Pues vi a un hombre viejo,
profundamente dormido.

Pero, era real y verdaderamente un hombre viejo? Cierto que a primera
vista lo pareca; pero despus de un examen detenido, semejaba ms bien
alguna especie de criatura marina. Sus piernas y sus brazos tenan
escama como la de los peces; tena las manos y los pies membranosos, a
la manera de los patos, y su luenga barba, de tinte verdoso, ms pareca
un puado de algas que una barba ordinaria. No habis visto nunca un
leo que ha sido azotado por las olas mucho tiempo, y se ha cubierto
enteramente de conchas y de algas, y que al fin, cuando se le saca a
tierra, parece haber surgido de los ms profundos senos del mar? Bueno;
pues a aquel hombre anciano le hubierais tomado ni ms ni menos que por
un leo as. Pero Hrcules, en cuanto puso los ojos sobre aquella
extraa figura, se convenci de que no poda ser ms que el Viejo, el
que haba de indicarle su camino.

S: era el mismsimo Viejo del Mar, de quien le haban hablado las
hospitalarias jovencitas. Dando gracias a su estrella por la buena
suerte de encontrarle dormido, Hrcules fu hacia l de puntillas y le
cogi de un brazo y de una pierna.

--Dime--exclam antes de que el Viejo se despertase del todo--, por
dnde se va al jardn de las Hesprides?

Como os podis figurar fcilmente, el Viejo del Mar se despert
asustado. Pero su asombro apenas pudo ser mayor que el que tuvo Hrcules
en el momento siguiente. Porque, de pronto, pareci que el Viejo se le
deshaca entre los dedos, y en su lugar se encontr sujetando a un
ciervo por una pata trasera y otra delantera. Pero sigui apretando.
Entonces desapareci el ciervo, y en su lugar haba un ave marina que
chillaba y aleteaba, mientras Hrcules le apretaba un ala y una pata.
Pero el ave no pudo escaparse. Inmediatamente despus haba un horroroso
perro de tres cabezas, que gru y ladr a Hrcules, y mordi fieramente
las manos con que le sujetaba. Pero Hrcules no le solt. Al minuto
siguiente, en vez del perro de las tres cabezas, apareci nada menos que
Gerin, el hombre-monstruo de las seis piernas, dando puntapis a
Hrcules con cinco de ellas, para ver de libertar la otra. Pero Hrcules
sigui sujetando fuerte. En seguida, no estaba all Gerin, sino una
serpiente inmensa, como aquellas que Hrcules haba estrangulado en su
niez, slo que cien veces ms grande; se retorci y se enlaz alrededor
del cuello y del cuerpo del hroe, y sacudi su cola erguida y abri sus
espantosas fauces como para devorarle de un bocado. De manera que el
espectculo era de lo ms terrible. Pero Hrcules no se desanim ni
pizca, y estruj la grandsima sierpe con tanta fuerza, que la hizo
silbar de dolor.

Habis de saber que el Viejo del Mar, aunque generalmente se pareca
muchsimo al mascarn de proa de un barco azotado por las olas, tena el
poder de tomar cualquier forma que se le antojase. Cuando se sinti tan
fuertemente cogido por Hrcules, tuvo la esperanza de producirle
sorpresa y terror tales, con sus transformaciones mgicas, que el hroe
le dejara escapar. Si Hrcules hubiera aflojado un poco, el Viejo habra
ido a hundirse en el mismo fondo del mar, de donde no se hubiera
molestado en salir para contestar preguntas impertinentes. Supongo yo
que noventa y nueve personas de cada ciento se habran asustado hasta
perder la cabeza, con la primera de sus horribles figuras, y habran
echado a correr en seguidita. Porque una de las cosas ms difciles en
este mundo es comprender la diferencia entre los peligros reales y los
imaginarios.

Pero como Hrcules le sujetaba tan tercamente y no haca sino estrujarle
ms a cada cambio de forma, hacindole, en realidad, no poco dao, acab
por pensar que lo mejor sera reaparecer en su propia figura. Y as de
nuevo se mostr aquel personaje, algo pez escamoso, con membranas en
pies y manos y con una especie de mechn de algas en la barba.

--Haz el favor de decirme qu quieres de m--exclam el Viejo en cuanto
pudo tomar aliento, porque el cambiar tantas veces de figura era tarea
muy fatigosa--. Por qu me aprietas tan fuerte? Djame al momento, o me
hars pensar que eres una persona sumamente incivil.

--Me llamo Hrcules--dijo con voz bronca el poderoso forastero--, y no
te soltar si no me dices cul es el camino ms derecho para ir al
jardn de las Hesprides!

Cuando el Viejo oy quin era el que le haba cogido, comprendi al
instante que sera preciso decirle todo lo que necesitaba saber. Tened
presente que el Viejo era habitante del mar y correteaba por todas
partes, como toda la gente marina. Por de contado, haba odo hablar
muchas veces de la fama de Hrcules, de las hazaas maravillosas que
estaba realizando a cada paso y de lo decidido que era siempre para
llevar a trmino cosa que emprendiera. Por tanto, no hizo ya ms
esfuerzos por escapar, y dijo al hroe cmo poda encontrar el jardn de
las Hesprides, y le advirti, adems, cules eran las muchas
dificultades que habra de vencer antes de llegar a l.

--Tienes que ir por aqu, por all--dijo el Viejo del Mar despus de
marcar los rumbos--, hasta que llegues a la vista de un gigante muy
alto que sostiene los cielos sobre sus hombros. Y el gigante, si es que
est de humor, te dir exactamente dnde se encuentra el jardn de las
Hesprides.

--Y si por casualidad el gigante no est de humor--observ Hrcules
balanceando su maza en la punta de un dedo--, es muy posible que
encuentre yo manera de convencerle.

Dando las gracias al Viejo del Mar y pidindole perdn por haberle
estrujado tan rudamente, emprendi de nuevo la marcha nuestro hroe. Le
ocurrieron muchas y extraas aventuras, que valdran muy bien la pena de
que las escucharais, si yo tuviera tiempo de narrarlas tan
detalladamente como merecen.

En este viaje fu, si no me equivoco, donde encontr a aquel prodigioso
gigante, concertado por la Naturaleza de tan admirable manera, que cada
vez que tocaba la tierra se haca diez veces ms fuerte que antes de
caer. Se llamaba Anteo. Fcilmente comprenderis que era cosa muy
difcil pelear con l, porque en cuanto se le derribaba a tierra de un
golpe, se levantaba de nuevo ms fuerte, ms fiero, ms diestro para
manejar sus armas, que si el enemigo le hubiera dejado en paz. As,
cuanto ms fuerte golpeaba Hrcules al gigante con su maza, ms lejos
pareca de alcanzar la victoria. Yo he discutido algunas veces con
personas as, pero nunca me he peleado con ninguna. El nico medio que
encontr Hrcules para poner fin al combate fu el de levantar a Anteo,
sostenindole con los pies separados del suelo, y estrujarle, estrujarle
y estrujarle hasta que le sac toda la resistencia del enorme cuerpo.

Terminado este asunto, prosigui Hrcules su viaje y lleg a tierras de
Egipto, en donde le cogieron prisionero, y le habran quitado la vida,
de no haber matado al rey del pas, escapando de ese modo. Cruz luego
los desiertos de frica, y marchando lo ms aprisa que pudo, lleg por
fin a la orilla del gran Ocano. Y all, a menos que pudiera andar sobre
las crestas de las olas, pareca que su viaje tena que darse por
concludo.

Nada haba delante de l, salvo el Ocano espumante, impetuoso, inmenso;
pero de pronto, al mirar hacia el horizonte, vi a mucha distancia algo
que no se vea un momento antes. Reluca con gran brillo, casi como el
redondo y dorado disco del sol cuando se alza o se pone tras el borde
del mundo. Se iba acercando evidentemente, porque a cada momento aquel
objeto maravilloso se haca ms grande y ms brillante. Al cabo se
acerc tanto, que Hrcules reconoci que era una inmensa copa o un tazn
enorme, hecho o de oro o de bronce pulido. Cmo poda flotar sobre el
mar, es cosa que yo no s explicaros; pero, de todos modos, all estaba
balancendose sobre las olas tumultuosas, que lo mecan a un lado y a
otro, levantando sus crestas espumantes contra las paredes, pero sin
hacer pasar nunca la espuma por encima del borde.

--He visto muchos gigantes en mi vida--pens Hrcules--, pero ninguno
que para beber necesitara copa como sta.

Y, verdaderamente, vaya una copa que hubiera sido! Era tan grande...
tan grande... Me asusta deciros lo inmensamente grande que era! Para
compararla con algo, os dir que era diez veces mayor que una gran
piedra de molino, y siendo toda de metal, flotaba sobre las olas
embravecidas ms ligera que una cscara de nuez en las aguas de un
arroyo. Las olas la empujaron hacia adelante, hasta que roz la orilla a
corta distancia del sitio en donde estaba Hrcules.

Tan pronto como sucedi esto, comprendi lo que haba de hacer: que no
le haban ocurrido tantas aventuras notables para no aprender
perfectsimamente cmo haba de conducirse cuando sucediera algo que se
apartara de lo acostumbrado. Era claro como la luz del da que aquella
copa maravillosa haba sido enviada sobre las olas por algn poder
oculto, y guiada hasta all a fin de llevar a Hrcules a travs del
mar, siguiendo su ruta hacia el jardn de las Hesprides. En
consecuencia, sin perder momento salt por encima del borde y se desliz
hasta el fondo, en donde, extendiendo su piel de len, se dispuso a
reposar un poquito. Hasta entonces, apenas si haba descansado desde que
se despidi de las jovencitas a la orilla del ro. Las olas se
estrellaban, con agradable y metlico sonido, contra la superficie de la
cncava copa; la bamboleaban ligeramente de un lado para otro, y el
movimiento era tan suave, que Hrcules, blandamente mecido, cay pronto
en un sueo delicioso.

Llevaba ya mucho tiempo de siesta, probablemente, cuando la copa acert
a tropezar contra una roca, y en consecuencia reson y repercuti, a
travs de su substancia de oro o de bronce, cien veces ms fuerte que la
mayor campana de iglesia que hayis podido oir. Al ruido despert
Hrcules, que inmediatamente se levant y examin el lugar en que se
hallaba. No tard mucho en reconocer que la copa haba flotado a travs
de gran parte del mar, y estaba acercndose a la costa de lo que le
pareci ser una isla. Y en aquella isla, qu pensaris que vi?

No, no lograris jams adivinarlo, ni aun cuando lo intentis cincuenta
mil veces. Creo positivamente que aqul fu el ms admirable
espectculo de cuantos haba visto Hrcules en todo el curso de sus
maravillosos viajes y aventuras. Era una maravilla ms grande que la
hidra de las nueve cabezas, que se duplicaban a medida que las iban
cortando; ms grande que el hombre-monstruo de las seis piernas; ms
grande que Anteo; ms grande que todo lo que haya podido ver nadie antes
o despus de los das de Hrcules, y que cualquier cosa que haya an de
ser vista por los viajeros de los tiempos futuros. Era un gigante!

Pero, qu gigante ms intolerablemente enorme! Un gigante alto como una
montaa; un gigante tan grande, que las nubes rodeaban su talle como un
cinturn y pendan de sus mejillas como una barba blanca, y volaban por
delante de sus ojos inmensos, de modo que no le dejaban ver ni a
Hrcules ni a la copa de oro en que viajaba. Y lo ms maravilloso de
todo era que el gigante tena levantadas sus grandes manos, y pareca
sostener el cielo, que segn pudo entrever Hrcules a travs de las
nubes, se apoyaba sobre su cabeza. Realmente, esto parece demasiado para
creerlo.

Mientras tanto, la copa resplandeciente segua flotando y avanzando
hasta tocar la orilla. En aquel momento la brisa barri las nubes que
ocultaban la cara del gigante, y Hrcules contempl sus enormes
facciones: ojos que

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parecan lagos, nariz de una milla de largo y boca de igual anchura. Con
su enormidad de tamao tena un terrible aspecto, pero desconsolado y
fatigado, como le podemos observar ahora en muchas personas obligadas a
sobrellevar cargas excesivas para sus fuerzas. Lo que era el cielo para
el gigante, son los cuidados de la tierra para los que se dejan aplastar
por ellos. Cuntas veces acometen los hombres ms de lo que permiten
sus facultades, y encuentran su perdicin, como al pobre gigante le
haba ocurrido!

Pobre hombre! Evidentemente llevaba all una larga temporada. Una selva
espesa haba crecido y envejecido alrededor de sus pies, y encinas de
seis o siete siglos haban brotado y arraigado entre sus dedos.

El gigante mir entonces hacia abajo desde la remota altura de sus ojos
enormes, y divisando a Hrcules, grit con voz que pareca un trueno
salido de la nube que acababa de quitarse de delante de su cara:

--Quin anda ah entre mis pies? De dnde vienes en esa tacita?

--Soy Hrcules!--tron el hroe con voz tan fuerte o poco menos como la
del gigante--. Voy en busca del jardn de las Hesprides.

--Oh! Oh!--rugi el gigante en un acceso de risa inmenso--. Si que es
una aventura prudente.

--Y por qu no?--exclam Hrcules, un tanto enojado por la hilaridad
del gigante--. Piensas que tengo miedo al dragn de las cien cabezas?

Mientras estaban hablando, se reunieron unas cuantas nubes negras
alrededor de la cintura del gigante y estall una tormenta de truenos y
relmpagos, causando tal estrpito, que Hrcules no pudo entender ni
palabra. nicamente se vean las piernas inmensas del gigante bajo la
negrura de la tempestad, y de cuando en cuando apareca momentneamente
su figura entera envuelta en la niebla. Pareca estar hablando la mayor
parte del tiempo; pero su enorme, profunda y ronca voz se confunda con
el retumbar de los truenos, e iba, como ellos, rodando sobre las
montaas. De ese modo, hablando fuera de oportunidad, el aturdido
gigante malgast intilmente cantidad incalculable de aliento, porque el
trueno hablaba tan alto como l.

Al fin ces la tempestad tan sbitamente como haba empezado. De nuevo
pudo verse el cielo sereno, y al fatigado gigante sostenindolo, y la
luz del sol irradiando sobre su colosal altura, iluminndole y
hacindole destacarse sobre el fondo negro de las nubes tempestuosas ya
lejanas. Tan por encima del chaparrn haba quedado su cabeza, que ni un
solo cabello se le haba mojado con la lluvia.

Cuando el gigante pudo ver a Hrcules, en pie todava a la orilla del
mar, le grit de nuevo:

--Yo soy Atlas, el gigante ms fuerte del mundo, y sostengo el cielo
sobre mi cabeza.

--Ya lo veo--contest Hrcules--; pero, no puedes ensearme el camino
del jardn de las Hesprides?

--Qu buscas all?--pregunt el gigante.

--Quiero tres manzanas de oro--grit Hrcules--para mi primo, el rey.

--Nadie ms que yo--afirm el gigante--puede ir al jardn de las
Hesprides y coger las manzanas de oro. Si no fuera por este encarguito
de sostener el cielo, dara media docena de zancadas a travs del mar y
te las traera.

--Eres muy amable--replic Hrcules--. Y no puedes dejar el cielo
apoyado sobre una montaa?

--No hay ninguna de bastante altura--dijo Atlas, moviendo la cabeza--;
pero si fueras a ponerte en la cima de esa que est ms cerca, quedara
tu cabeza casi a nivel con la ma. Pareces ser muchacho forzudo. Por
qu no tomas mi carga sobre tus hombros, mientras yo hago ese recado por
ti?

Hrcules, segn recordaris, era un hombre notablemente vigoroso, y
aunque el sostener el cielo requiere gran dosis de fuerza muscular, si
algn mortal haba a quien pudiera suponerse capaz de semejante hazaa,
era l. Sin embargo, tan difcil pareca aqullo, que vacil por vez
primera en su vida.

--Pesa mucho el cielo?--pregunt.

--Bah! No gran cosa, al principio--respondi el gigante encogiendo los
hombros--; pero al cabo de un millar de aos, se hace un poquito pesado.

--Y cunto tiempo tardars--pregunt el hroe--en traerme las manzanas
de oro?

--Oh! Eso es cosa de un momento--exclam Atlas--; salvar doce o quince
leguas de cada paso, e ir y volver antes de que empiecen a dolerte los
hombros.

--Entonces, bueno--respondi Hrcules--. Subir a la montaa que hay
detrs de ti y te librar de tu carga.

La verdad es que Hrcules era muy compasivo de suyo, y consider que
hara un gran favor al gigante proporcionndole aquella oportunidad de
hacer una escapatoria. Adems, pens que si lograba sostener el cielo,
alcanzara ms gloria que realizando hazaa tan corriente como vencer a
un dragn de cien cabezas. En consecuencia, sin decir ms palabra,
Hrcules levant el cielo de las espaldas de Atlas y lo puso sobre las
suyas.

Cuando qued ultimado el trueque sin novedad, lo primero que hizo el
gigante fu desperezarse, y os podis figurar qu prodigioso espectculo
sera. Primero, con mucho cuidadito, sac un pie de la selva que haba
crecido alrededor; luego, el otro. Despus, de pronto, comenz a brincar
y a saltar y a bailar de alegra por verse libre. Se lanzaba al aire,
nadie sabe hasta qu altura, y al dar de nuevo en el suelo, era tan
grande el golpe, que toda la Tierra temblaba. Despus se ech a reir con
tal estruendo, que su carcajada repercuti de montaa en montaa, cerca
y lejos, como si el gigante y ellas fueran otros tantos hermanos
regocijados. Cuando se calm un poco su alegra, ech a andar por el
mar; diez leguas avanz del primer paso, llegndole el agua a media
pierna; diez leguas del segundo, con el agua justamente a las rodillas,
y otras diez leguas del tercero, con lo cual iba sumergido hasta cerca
de la cintura.

Hrcules miraba cmo iba avanzando el gigante. Realmente, era
maravilloso ver aquella inmensa forma humana a ms de treinta leguas,
medio sumergida en el Ocano, pero con su mitad superior tan alta,
brumosa y azulada como una montaa lejana. Al cabo, la forma gigantesca
se perdi enteramente de vista, y entonces fu cuando se puso Hrcules a
considerar qu hara en el caso de que Atlas se ahogara en el mar o
fuera muerto a dentelladas por el dragn de las cien cabezas que
guardaba las manzanas de oro del jardn de las Hesprides. Si ocurra
tal desgracia, cmo podra llegar a desembarazarse del cielo? Porque,
entre parntesis, ya comenzaba su peso a ser un poquito molesto para su
cabeza y sus hombros.

--Compadezco al pobre gigante--pens Hrcules--. Si el cielo me pesa
tanto en diez minutos, cunto no le habr pesado a l en mil aos!

Oh, hijitos!... No tenis idea de lo que pesaba ese cielo azul que tan
areo y tenue parece sobre nuestras cabezas. Y hay que tener en cuenta,
adems, el viento impetuoso y las fras y hmedas nubes, y el sol
abrasador, todo lo cual contribua a que Hrcules se encontrara
incmodo. Comenz a temer que el gigante no volviera nunca. Mir
atentamente el mundo que tena debajo, y reconoci que se era mucho ms
feliz siendo pastor al pie de una montaa, que estando en su cumbre
vertiginosa sosteniendo el firmamento con cuerpo y alma. Porque, segn
comprenderis, desde luego tena Hrcules tan inmensa responsabilidad
sobre su conciencia como peso sobre la cabeza y los hombros; porque, si
no mantena perfectamente firme al cielo, y no le conservaba inmvil,
podra ocurrir que el sol se desquiciase, o que, despus de anochecer,
se salieran muchas estrellas de su sitio y cayeran como lluvia de fuego
sobre la cabeza de las gentes. Y qu vergenza para el hroe si, por no
aguantar firme el peso, cruja el cielo y se rajaba de punta a punta!

No s cunto tiempo hubo de pasar antes de que, con alegra indecible,
viera de nuevo la inmensa forma del gigante, como una nube, en el remoto
lmite del mar. Cuando se acerc, alz Atlas la mano, y Hrcules pudo
distinguir tres magnficas manzanas de oro, grandes como calabazas,
pendientes todas de una rama.

--Me alegro de volverte a ver--grit Hrcules, cuando el gigante estuvo
suficientemente cerca para oirle--. De modo que traes las manzanas de
oro?

--Claro, claro--respondi Atlas--. Y qu hermosas son! He cogido las
mejores que haba en el rbol; puedes creerme, s, y el dragn de las
cien cabezas es cosa digna de verse. Despus de todo, mejor sera que
hubieras ido t mismo a buscarlas.

--No importa--replic Hrcules--. Has hecho una excursin agradable y
arreglado el asunto tan bien como hubiera podido hacerlo yo mismo. Te
doy las gracias muy de veras por tu molestia. Y ahora, como he de ir
lejos y tengo prisa, porque el rey, mi primo, est impaciente por
recibir las manzanas de oro, tendrs la amabilidad de volver a coger el
cielo y quitarle de encima de mis hombros?

--En eso--dijo el gigante tirando al aire las manzanas a veinte leguas
de altura o cosa as, y cogindolas cuando caan--, en eso me parece, mi
buen amigo, que eres poco razonable. No podra llevar yo las manzanas
de oro al rey, tu primo, mucho ms de prisa que t? Ya que Su Majestad
tiene tanto afn por recibirlas, yo te prometo dar las zancadas ms
largas que pueda. Y adems, que no tengo humor de cargar ahora mismo con
el cielo otra vez.

Al oir esto se impacient Hrcules, e hizo un gran movimiento de
hombros. Era durante el crepsculo, y hubierais podido ver caer de su
sitio dos o tres estrellas. Todo el mundo, en la Tierra, mir hacia
arriba asustado, pensando si el cielo se caera inmediatamente despus.

--Qu es eso?--grit el gigante Atlas riendo estrepitosamente--. En los
ltimos cinco siglos no he dejado yo caer tantas estrellas. Cuando
lleves ah tanto tiempo como he estado yo, aprenders a tener calma.

--Cmo!--grit Hrcules muy rabioso--. Te propones hacerme sostener
esta carga toda la vida?

--Eso lo veremos un da de stos--respondi el gigante--. Y, en todo
caso, no debes quejarte si tienes que aguantarla cien aos o mil. Mucho
ms tiempo la he sostenido yo, a pesar del dolor de espaldas. Si al cabo
de mil aos me da la humorada, muy bien puede suceder que venga a
relevarte. Eres hombre muy fuerte, y nunca tendrs mejor ocasin de
demostrarlo. La posteridad hablar de ti, te lo aseguro.

--Me importa un rbano que hable o no hable!--exclam Hrcules con otra
sacudida de hombros--. Sostn el cielo un instante con la cabeza,
quieres? Voy a hacerme una almohadilla con mi piel de len, para apoyar
el peso encima. Realmente me est despellejando, y me causara una
molestia innecesaria en tantos siglos como he de estar aqu.

--Eso s lo har--dijo el gigante, que no quera mal a Hrcules, y si se
portaba de tal manera lo haca slo por buscar, con demasiado egosmo,
su propia conveniencia--. Consiento en sostener otra vez el cielo, cinco
minutos justos; pero cinco minutos nada ms, acurdate bien. No tengo
ganas de pasar otros mil aos como estos ltimos. La variedad es la sal
de la vida.

Ah, y qu torpe era aquel gigante! Ech a rodar las ureas manzanas, y
recibi otra vez el cielo de la cabeza y las espaldas de Hrcules sobre
las suyas, que eran las que deban sostenerle. Hrcules recogi las tres
manzanas de oro, grandes como calabazas, o ms, y se fu derechito hacia
su casa, sin prestar la ms pequea atencin a las desaforadas voces que
le daba el gigante, gritndole que volviera. Alrededor de sus pies
creci una nueva selva, y se hizo vieja all, y otra vez pudieron verse
robles de cinco o seis siglos, que se haban hecho aosos entre sus
enormes dedos.

Y all est el gigante an, o por lo menos all hay una montaa tan alta
como l y que lleva su nombre. Y cuando el trueno retumba en la cima,
podemos figurarnos que es la voz del gigante Atlas, que en vano llama a
Hrcules.

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AL AMOR DE LA LUMBRE


Primo Eustaquio--pregunt Trbol, que durante todo el cuento haba
estado sentado a los pies del narrador con la boca abierta--, qu
altura exacta tena el gigante?

--Oh, Trbol, Trbol!--exclam el estudiante--. Te figuras que estaba
yo all con la vara en la mano para medirle? En fin, si quieres saberlo,
poco ms o menos, supongo que deba tener de tres a quince millas de
alto.

--Dios mo--dijo el nio con un gruido de satisfaccin--, eso es ser
gigante de veras! Y qu largo tena el dedo meique?

--Desde esta casa al lago--dijo Eustaquio.

--Eso es ser gigante de veras!--repiti Trbol, en xtasis ante la
precisin de las medidas--. Y qu anchura tendran los hombros de
Hrcules?

--Eso no lo he podido averiguar nunca--respondi el estudiante--. Pero
me figuro que deban ser un poco ms anchos que los mos o que los de tu
padre, y en general un poco ms que los de cualquier hombre de los de
ahora.

--Quisiera--murmur Trbol, acercando sus labios al odo del
estudiante--que me dijeras qu tamao tenan las encinas que brotaron
entre los dedos del gigante.

--Eran ms grandes--dijo Eustaquio--que el castao que hay delante de la
casa del capitn Smith.

--Eustaquio--observ el seor Pringle, despus de un momento de
meditacin--, me es imposible expresar respecto de este cuento una
opinin que halague tu amor propio de autor. Te aconsejo que no vuelvas
a meterte con los mitos clsicos. Tu imaginacin es completamente
gtica, e inevitablemente dar un carcter gtico a todo lo que toques.
Lo cual es de tan mal efecto como embadurnar con pintura una estatua de
mrmol. Ese gigante! Cmo te has atrevido a intercalar esa masa
inmensa y desproporcionada entre los correctos perfiles de la fbula
griega, cuya tendencia es reducir a lmite hasta lo extravagante, a
fuerza de dominadora elegancia?

--He descrito al gigante como me ha parecido--respondi Eustaquio un
poco molesto--. Y si usted, seor, quiere tomarse el trabajo de poner
su entendimiento en relacin con esas fbulas, como es de necesidad si
ha de modelarlas usted de nuevo, ver usted, sin duda, que un griego
antiguo no tena ms derecho sobre ellas que un yanqui moderno. Son
propiedad comn del mundo, y en todos los tiempos. Los antiguos poetas
las amoldaron a su gusto, y ellas cedieron entre sus manos con su
plasticidad maravillosa. Por qu no han de ceder tambin entre las
mas?

El seor Pringle no pudo contener una sonrisa.

--Y adems--continu Eustaquio--, en el momento en que pone usted en un
molde clsico algo que sea calor de corazn, pasin o afecto, moralidad
divina o humana, lo convierte usted en algo completamente distinto de lo
que fu antes. Mi opinin es que los griegos, al tomar posesin de estas
leyendas, que fueron patrimonio inmemorial de la Humanidad, y ponerlas
en forma de belleza, indestructible, es cierto, pero fra y sin corazn,
han hecho a todos los siglos subsiguientes un dao irreparable.

--Que t, sin duda, has nacido para remediar--dijo el seor Pringle,
echndose a reir--. Est bien; sigue, sigue, pero sigue tambin mi
consejo, y no imprimas nunca ninguna de tus historias vestidas de
mscara. Y para tu prximo esfuerzo, por qu no intentas renovar
alguna de las leyendas de Apolo?

--Ah, seor mo! Me lo propone usted como si fuera un
imposible--observ el estudiante despus de un momento de reflexin--. Y
a decir verdad, a primera vista, la idea de un Apolo gtico parece un
tanto descabellada; pero aprovechar la indicacin, y no desespero de
hacer algo que valga la pena.

Durante la discusin precedente, los nios, que no entendieron palabra
de ella, se haban ido quedando dormidos, y ahora los mandaron a la
cama. Se oan sus vocecillas soolientas, mientras iban subiendo la
escalera, y un viento Noroeste ruga speramente entre las copas de los
rboles y cantaba antfonas en torno a la casa. Eustaquio Bright se
volvi al despacho, y de nuevo intent forjar unos cuantos versos, pero
se qued dormido entre dos rimas.

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EL CNTARO MILAGROSO




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EN LA VERTIENTE DE LA COLINA


Dnde y cmo piensan ustedes que volvemos a encontrar a los nios? No
ya en invierno, sino en el alegre mes de Mayo. No ya en el cuarto de
juegos de Tanglewood, ni junto a la lumbre, sino a media vertiente de
una monstruosa colina o ms bien montaa, porque acaso montaa nos
podamos atrever a llamarla. Haban subido de casa con el valeroso
propsito de subir esta alta colina hasta la misma pelada cumbre. Claro
que no era tan alta como el Chimborazo o el Mont-Blanc. Pero, de todos
modos, era ms alta que miles de collados o que millones de toperas. Y
medida en relacin de los pasos cortos de los nios pequeos, se la
poda considerar como montaa verdaderamente respetable.

Iba con ellos el primo Eustaquio? De eso pueden ustedes estar seguros;
porque, a no ser as, cmo iba el libro a adelantar un solo paso?
Estaba ahora en sus vacaciones de primavera, tena prximante el mismo
aspecto que cuando le vimos hace cuatro o cinco meses, excepto que si se
le miraba muy de cerca, se poda advertir sobre el labio superior un
asomo de bigote sumamente cmico. Dejando aparte esta seal de madura
virilidad, pueden ustedes seguir considerando a Eustaquio tan chiquillo
como cuando le conocieron por vez primera. Segua tan alegre, tan
divertido, tan de buen humor, tan ligero de pies y de ingenio, y
continuaba siendo el favorito de los pequeuelos, como lo haba sido
siempre. Esta expedicin a la montaa era por completo idea suya. Y
durante todo el camino cuesta arriba, haba ido animando a los mayores
con su alegre voz; y cuando los pequeos se cansaban, los llevaba a
cuestas por turno. De este modo haban pasado ya los huertos y los
pastos de la parte baja de la colina, y haban llegado al bosque que
trepa hacia la cumbre pelada.

El mes de Mayo se haba portado esta vez mejor que de costumbre, y era
el da ms agradable que pudiera desear un corazn de hombre o de nio.
Monte arriba, la gente menuda iba encontrando infinidad de violetas,
azules, y blancas, y algunas tan doradas como si las hubiese tocado el
mismo Midas. Las margaritas blancas cubran las praderas. En el linde
del bosque haba columbinas rojo plido, tan modestas que a toda costa
queran esconderse del sol, y geranios silvestres, y las mil flores
blancas del fresal silvestre...

Pero no malgastemos nuestras valiosas pginas en hablar tontamente de la
primavera y de sus flores. Hay algo, me parece, ms interesante de que
tratar. Si miris al grupo de nios, veris que estn todos reunidos en
torno de Eustaquio, el cual, sentado en el tronco de un rbol cado,
parece estar a punto de empezar un cuento. El caso es que los ms
jvenes de la tropa han encontrado que hacen falta demasiados pasos para
medir la altura de la colina, y por lo tanto, el primo Eustaquio ha
decidido dejarles en este mismo sitio, a mitad de camino, esperando a
que el grupo de mayores termine la ascensin y vuelva a buscarles. Y
como se quejan un poco, porque no les gusta que les dejen atrs, les
reparte unas cuantas manzanas que saca del bolsillo, y les propone
contarles un cuento muy bonito. Con lo cual vuelven a alegrarse, y
cambian sus miradas ofendidas en la ms radiante de las sonrisas.

En cuanto al cuento, yo, que estaba escondido detrs de unas matas, le
pude oir, y os le contar en las pginas siguientes.

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EL CNTARO MILAGROSO


Una tarde, hace mucho tiempo, el anciano Filemn y su mujer, Baucis,
tambin anciana, estaban sentados a la puerta de su cabaa, disfrutando
la tranquila y hermosa puesta de sol. Ya haban cenado frugalmente, y
queran pasar una o dos horas tranquilas antes de acostarse. Hablaban de
su huerto, de su vaca, de sus abejas y de su parra, que trepaba por la
pared de la choza, y cuyos racimos empezaban ya a ponerse color prpura.
Pero del pueblo prximo llegaban hasta ellos gritos de chiquillos y
ladridos de perros, que cada vez iban siendo ms fuertes; tanto, que
Filemn y Baucis apenas podan entenderse.

--Mujer--dijo Filemn--, temo que algn pobre viajero venga buscando
hospitalidad, y que nuestros vecinos, en vez de darle alimento y
posada, hayan soltado contra l los perros, como acostumbran.

--S--respondi Baucis--. Ya podan nuestros vecinos tener un poco ms
de bondad con sus semejantes, y no educar a sus hijos en tan malos
sentimientos, animndoles a tirar piedras a los forasteros.

--Estos nios nunca harn nada bueno--dijo Filemn moviendo la cabeza ya
blanca--. A decir verdad, esposa ma, no me sorprender que el da menos
pensado suceda algo terrible a todas las gentes del pueblo, si es que no
se enmiendan. Pero t y yo, mientras la Providencia nos d un pedazo de
pan, estaremos dispuestos a repartirlo con cualquier pobre forastero que
lo necesite.

--Es verdad--dijo Baucis--. As lo haremos.

Estos dos viejos eran muy pobres y tenan que trabajar mucho para vivir.
Filemn cultivaba cuidadosamente su huerto, mientras Baucis estaba
siempre hilando en su rueca o haciendo un poco de manteca y de queso con
la leche de su vaca, o arreglando la casa. Su alimento consista casi
siempre en pan, leche y verduras, y algunas veces un poco de miel de su
colmena o un racimo de uvas de la parra. Pero eran dos personas de las
mejores del mundo, y con alegra se hubiesen quedado alguna vez sin
comer, con tal de no negar un pedazo de su pan moreno, una taza de leche
recin ordeada y una cucharada de miel, al caminante cansado que pasase
por su puerta. Les pareca que tales huspedes tenan una especie de
santidad, y que, por lo tanto, estaban obligados a tratarles mejor que a
s mismos.

La cabaa estaba en una altura a alguna distancia del pueblo, que yaca
en un hondo valle de una media milla de ancho. Aquel valle, en tiempos
pasados, cuando el mundo era nuevo, probablemente haba sido el lecho de
un lago. All haban vivido peces, y en las orillas haban crecido
juncos, y los rboles y las colinas haban visto reflejada su imagen en
el ancho y pacfico espejo. Pero cuando las aguas disminuyeron, los
hombres cultivaron el suelo y edificaron casas sobre l; de modo que a
la sazn era un terreno frtil y no quedaban ms huellas del antiguo
lago que un arroyo que iba haciendo curvas por en medio del pueblo y
surta de agua a los habitantes... Tanto tiempo haca que el valle era
terreno seco, que haban nacido en l rboles, haban crecido robustos,
se haban muerto de viejos y haban sido sustitudos por otros que ya
eran tan altos y majestuosos como los primeros. Nunca ha habido valle
ms hermoso ni ms frtil. Slo la vista de la abundancia que les
rodeaba hubiera debido hacer a sus habitantes buenos y compasivos,
dispuestos a demostrar su gratitud a la Providencia, haciendo bien a sus
semejantes.

Pero, triste es decirlo, los moradores de aquel hermoso valle no eran
dignos de vivir en lugar sobre el cual haba sonredo el cielo con tal
benevolencia. Eran egostas y duros de corazn, no tenan lstima de los
pobres ni simpata hacia los desvalidos. Si alguien les hubiese dicho
que todo ser humano tiene una deuda de amor para con los dems hombres,
porque ese es el nico modo de pagar el amor que a todos nos tiene la
Providencia, se hubiesen echado a reir. Trabajo os costar creer lo que
voy a contaros. Aquellas gentes malvadas enseaban a sus hijos a ser
peores que ellos, y aplaudan para animarlos, viendo a los nios y a las
nias correr detrs de algn forastero pobre, dando gritos y tirndole
piedras. Criaban perros grandes y feroces, y cuando un viajero se
atreva a pasar por las calles del pueblo, aquellos animales le seguan,
ladrando y enseando los dientes. Luego, si podan, le mordan una
pierna o la ropa, y si andrajoso estaba el infeliz antes de entrar en el
pueblo, cuando sala de l era una pura lstima. Cosa terrible para los
pobres caminantes, como podris suponer, especialmente cuando acertaban
a estar enfermos

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o dbiles, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si saban ya de antes
el modo de portarse que tenan aquellos nios y aquellos perros) eran
capaces de rodear leguas enteras por no volver a pasar por el pueblo.

Y lo peor de todo era que cuando acertaba a pasar por all algn viajero
que llevase coche con buenos caballos, y sirvientes con ricas libreas
acompandole, no haba gentes ms amables y obsequiosas que los
habitantes de aquel pueblo. Se quitaban todos el sombrero y hacan
profundas reverencias. Y si los nios chillaban por costumbre, de seguro
se ganaban un buen pellizco; y si un solo perro se atreva a ladrar, su
amo le daba una paliza y le ataba sin darle de cenar; todo lo cual
hubiera estado muy bien, a no ser porque demostraba que los aldeanos se
preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el
bolsillo, y nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendigo que en
el prncipe.

Ahora podis comprender por qu el anciano Filemn y su mujer, Baucis,
hablaban con tanta tristeza al oir los gritos y ladridos que les
llegaban desde el extremo de la calle del pueblo.

--Nunca he odo a los perros ladrar tan fuerte--observ el buen anciano.

--Ni a los chiquillos gritar tanto--respondi su mujer.

Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez ms, hasta que al
pie mismo de la altura sobre la cual estaba edificada su casita, vieron
a dos caminantes que se acercaban. Los perros les seguan de cerca,
ladrando. Un poco detrs vena corriendo multitud de chiquillos que
chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el
ms joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvi y
golpe a los perros con un bastn que llevaba en la mano. Su compaero,
que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los
chiquillos ni en los perros.

Los dos viajeros iban pobremente vestidos, y pareca que no tuviesen
dinero bastante en el bolsillo para pagar el alojamiento de una noche.
Por eso, sin duda, los del pueblo haban consentido a sus hijos y a sus
perros que les tratasen tan mal.

--Vamos, mujer--dijo Filemn--, salgamos al encuentro de esas pobres
gentes. Sin duda les falta valor para subir hasta aqu.

--Anda t--dijo la mujer--, mientras yo voy dentro y veo si encuentro
algo que darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que
les sentara admirablemente.

Diciendo esto, entr en la casa. Filemn, por su parte, se adelant y
alarg la mano con aire tan hospitalario, que no era menester decir lo
que, sin embargo, dijo con el tono ms amable que podis figuraros.

--Bien venidos, seores forasteros, bien venidos!

--Gracias--respondi el ms joven con tono jovial, a pesar de su
cansancio y su molestia--. ste es un recibimiento muy distinto del que
hemos encontrado en el pueblo. Cmo vives en tan mala vecindad?

--Ah!--observ Filemn con tranquila y bondadosa sonrisa--, creo que la
Providencia me ha puesto aqu, entre otras razones, para que pueda
desagraviaros por la falta de hospitalidad de mis vecinos.

--Bien dicho, viejo!--exclam el viajero echndose a reir--. Y a decir
verdad, desagravios necesitamos mi compaero y yo. Esos chiquillos,
grandsimos tunantes!, nos han puesto perdidos de barro, y uno de los
perros me ha rasgado la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa.
Pero le he dado en el hocico con el bastn. Me figuro que le habris
odo aullar desde aqu.

Filemn se alegr al verle tan contento. En realidad, nadie hubiese
dicho, por su risueo aspecto y sus modales, que vena cansado por todo
un largo da de viaje, ni que estaba descorazonado por el mal trato que
encontr para fin de jornada. Iba vestido de modo ms bien extrao, y
llevaba una especie de gorro, cuyas alas sobresalan a los lados. Aunque
era tarde de verano, llevaba capa y se envolva estrechamente en ella,
acaso porque la ropa que llevaba debajo estaba demasiado rota. A Filemn
le sorprendi tambin la forma extraa de sus zapatos; pero estaba
anocheciendo, y como el anciano tena ya la vista cansada, no pudo darse
cuenta exacta de en qu consista la rareza. Una cosa le intrigaba sobre
todo: el viajero era tan extraordinariamente ligero y activo, que
pareca como si los pies se le levantasen del suelo por s mismos y
tuviese que sujetarlos a la fuerza.

--En mi juventud tena yo tambin los pies ligeros--dijo Filemn al
caminante--, pero recuerdo que al llegar la noche sola tenerlos un poco
cansados.

--No hay nada como un buen bastn para aligerar el camino--respondi el
forastero--, y el mo es excelente, como puedes ver.

El bastn, en efecto, era el ms extrao que Filemn haba visto en su
vida. Estaba hecho de madera de olivo y tena en el puo como un par de
alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcan en derredor
del palo, y estaban tan bien esculpidas, que al anciano Filemn (cuyos
ojos, como ya he dicho, estaban un poco torpes) casi le parecieron
vivas.

--Curioso trabajo, en verdad--dijo--. Un bastn con alas! No hara mal
caballito de palo para un nio.

Filemn y sus huspedes haban ya llegado a la puerta de la casa.

--Amigos--dijo el viejo--, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer,
Baucis, ha ido a ver qu puede daros de comer. Somos pobres, pero
vuestro es todo lo que haya en la alacena.

El ms joven de los viajeros se tendi descuidadamente en el banco y
dej caer el bastn. Y sucedi una cosa maravillosa. El bastn pareci
levantarse del suelo con movimiento propio, y extendiendo su par de
diminutas alas fu medio volando, medio saltando, a apoyarse en la
pared. All se estuvo quieto, pero las serpientes se retorcan. Esto vi
Filemn; pero, a mi parecer, los ojos cansados le hacan ver visiones.

Antes de que pudiesen preguntar nada, el viajero de ms edad distrajo su
atencin del bastn, dicindole:

--No haba aqu, en tiempos muy antiguos, un lago que cubra el lugar
donde ahora est la aldea?

La voz del forastero era extraordinariamente grave.

--No en mis das, amigo--respondi Filemn--, y eso que, como ves, soy
ya viejo. Siempre hubo, como ahora, los mismos campos y las mismas
praderas, y los rboles viejos, y el arroyo que murmura en medio del
valle. Ni mi padre ni el padre de mi padre vieron cosa distinta, y sin
duda todo estar lo mismo cuando el viejo Filemn est ya muerto y
olvidado.

--Eso ya no se puede asegurar--observ el forastero, y en su voz haba
severidad extraordinaria. Movi la cabeza, sacudiendo con el movimiento
su cabello negro y rizado--. Puesto que los habitantes de este valle han
olvidado los afectos y simpatas de su naturaleza, ms valdra que el
lago cayese de nuevo sobre sus moradas.

El viajero pareca tan serio, que Filemn casi se asust; tanto ms,
cuanto que al fruncir l el ceo, el crepsculo pareci obscurecerse de
pronto, y cuando movi la cabeza son un trueno en el aire.

Pero, un momento despus, el rostro del viajero volvi a ser tan amable
y bondadoso, que el anciano olvid su terror casi por completo. Sin
embargo, no pudo menos de pensar que aquel caminante no era un ser
vulgar, aunque iba vestido tan modestamente y viajaba a pie. No es que
Filemn le tomase por algn prncipe disfrazado o cosa por el estilo;
ms bien crey que sera algn hombre muy sabio, que andaba por el mundo
en tan pobre atavo despreciando la riqueza y los bienes terrenos, y
buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabidura. Esta
idea pareca ms probable, porque cuando Filemn alz los ojos hasta el
rostro del viajero, le pareci ver ms pensamiento en una sola mirada de
las suyas, que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada
al estudio.

Mientras Baucis estaba preparando la comida, los viajeros empezaron
a charlar con Filemn muy amablemente. El ms joven era
extraordinariamente locuaz, y haca observaciones tan agudas e
ingeniosas, que el buen hombre no poda menos de echarse a reir, y
pensaba que nunca haba tropezado con persona ms divertida.

--Amigo--le pregunt, cuando ya fu tomando ms confianza--, cmo te
llamas?

--Soy bastante vivo, como ves--respondi el viajero--; as es que puedes
llamarme Azogue; creo que el nombre no me estar mal.

--Azogue?--repiti Filemn, mirando cara a cara al viajero, por ver si
se estaba burlando de l--. S que es nombre raro. Y tu compaero,
tambin tiene uno por el estilo?

--Pregunta al trueno y te lo dir--respondi Mercurio misteriosamente--.
No hay voz bastante fuerte para pronunciarle.

Esta observacin, fuese en serio o en broma, hubiese asustado un tanto a
Filemn, si al mirar al forastero de ms edad no hubiese reparado en la
expresin extraordinariamente bondadosa de su rostro. Sin duda era la
figura ms grandiosa que haba visto nunca.

Cuando hablaba, lo haca con gravedad y de tal modo, que Filemn se
senta irresistiblemente impulsado a decirle todo lo que tena en el
corazn. Esto es lo que las gentes sienten siempre cuando se encuentran
con una persona lo suficientemente sabia y prudente para comprender todo
el bien y el mal, y no despreciar ni lo uno ni lo otro.

Pero Filemn, hombre sencillo y bondadoso, no tena muchos secretos que
descubrir. Habl, s, grrulamente, de los acontecimientos de su vida
pasada, en cuyo transcurso nunca se alejara unas cuantas leguas de aquel
lugar. Su mujer, Baucis, y l, haban vivido desde su juventud en
aquella casita, ganando el pan con su trabajo honrado, siempre pobres,
pero siempre contentos. Dijo cun excelentes eran el queso y la manteca
que haca Baucis, y cun sabrosas las verduras que cultivaba l en el
huerto. Tambin dijo que por lo mucho que se queran, su nico deseo era
que la muerte no les separase, y que anhelaban morir juntos, como haban
vivido. Cuando oy esto el forastero, una sonrisa ilumin su rostro, y
su expresin se hizo tan suave como grandiosa.

--Eres un buen viejo--dijo a Filemn--y tienes una excelente mujer por
compaera. Justo es que se logre vuestro deseo.

Y parecile a Filemn, precisamente entonces, como si las nubes de la
puesta del sol se encendiesen repentinamente hacia Poniente, iluminando
en fugitiva llama todo el cielo.

Baucis haba preparado ya la comida, y saliendo a la puerta comenz a
disculparse por la pobreza de los manjares que poda ofrecer a sus
huspedes.

--Si hubiramos sabido que venais--dijo--, mi marido y yo no hubisemos
probado bocado, para que pudieseis encontrar mejor cena. Pero he gastado
casi toda la leche en hacer queso, y el ltimo pan casi nos le hemos
comido. Ay de m: nunca siento ser pobre, ms que cuando un necesitado
llama a mi puerta!

--Todo se arreglar; no te apures, mujer--repuso el forastero de ms
edad, bondadosamente--. Un recibimiento honrado y cordial hace
maravillas y es capaz de convertir los manjares ms humildes en nctar y
ambrosa.

--Recibimiento cordial s le tendris--exclam Baucis--, y adems un
poco de miel, que por casualidad me queda, y un racimo de uvas color de
prpura.

--Pero, madre Baucis, eso es un festn!--exclam Azogue, rindose--.
Un festn completo! Y ya vers qu bien represento yo mi papel de
invitado. Creo que en mi vida he tenido ms hambre!

--Los dioses nos ayuden!--dijo por lo bajo Baucis a su marido--. Si
este joven trae el hambre que dice, temo que va a quedarse a medio
cenar!

Todos entraron en la cabaa.

Y ahora, oyentes mos, queris que os cuente algo que os har abrir los
ojos de par en par? Verdaderamente es una de las cosas ms extraas de
toda esta historia. Recordaris que el bastn de Mercurio se haba
apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueo entr en
ella, dejndole olvidado, qu hizo el bastn? Abrir inmediatamente las
alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap
iba haciendo por el suelo de la cocina, y no se qued quieto hasta que
lleg a colocarse, con gran seriedad y decoro, junto a la silla de
Azogue. El anciano Filemn y su mujer estaban tan atareados atendiendo a
sus huspedes, que no repararon en lo que estaba haciendo el bastn.

Como Baucis haba dicho, la comida era escasa para dos caminantes
hambrientos. En medio de la mesa haba un trozo de pan negro con un
pedacito de queso, y en un plato un panal con miel. Haba un gran racimo
de uvas para cada uno de los huspedes. Y un cantarillo de barro, casi
lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero cuando Baucis hubo
llenado dos tazones y los hubo colocado delante de los forasteros, slo
quedaba un poco de leche en el fondo del cantarillo. Ay, es triste cosa
cuando un corazn generoso se encuentra apretado por la escasez! La
pobre Baucis hubiera deseado pasar hambre toda una semana, con tal de
que pudiera hacerse el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena
ms abundante.

Y ya que la cena era tan escasa, no poda menos de desear que hubiesen
tenido un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se
bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazones.

--Un poco ms de leche, madre--dijo Azogue--. El da ha sido caluroso y
estoy sediento.

--Ay de m!--respondi Baucis, confusa--. Me da tanta pena y tanta
vergenza! Pero la verdad es que apenas queda en el cntaro una sola
gota. Ay, marido, marido!, por qu no nos habremos pasado sin cenar?

--Me parece--dijo Azogue, levantndose y cogiendo el cantarillo por el
asa--, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. De seguro
hay ms leche en el cntaro.

Diciendo esto, cul fu el asombro de Baucis, al ver que el viajero
llen no slo su tazn, sino el de su compaero, con leche del cntaro
que ella se figuraba estar casi vaco! La buena mujer apenas poda creer
lo que estaba viendo. Seguramente haba echado en los tazones casi toda
la leche, y haba visto la poca que en el fondo del cntaro quedaba,
antes de volverle a dejar encima de la mesa.

--Como soy vieja--pens Baucis--, ya no veo tan bien como antes. Me
habr equivocado. De todos modos, ahora s que no puede menos de estar
vaco, despus de haber llenado dos veces los tazones.

--Qu leche tan rica!--observ Azogue, despus de sorberse el segundo
tazn--. Perdn, excelente huspeda, si te pido un poquito ms.

Baucis haba visto claro, como la luz, que Azogue, al servirse, haba
vuelto el cntaro completamente boca abajo, echando hasta la ltima gota
de leche al llenar el segundo tazn. Por lo tanto, no era posible que
quedase ms. Y para hacrselo comprender as, levant el cntaro e hizo
el movimiento de echar leche en el tazn de Azogue, sin la ms remota
esperanza de que cayese nada. Cul fu, por lo tanto, su sorpresa,
cuando cay en la taza tan abundante cascada, que el tazn se llen
inmediatamente y la leche empez a correr por la mesa! Las dos
serpientes, que estaban enroscadas en el bastn de Azogue, alargaron la
cabeza y empezaron a lamer la leche que se haba vertido. Pero ni
Filemn ni Baucis repararon en esta circunstancia.

Y qu deliciosa fragancia tena! Pareca como si las vacas de Filemn
hubiesen pastado aquel da la hierba ms rica del mundo. Cmo me
alegrara si cada uno de vosotros pudiese tomar un tazn de leche como
aqulla, a la hora de cenar!

--Y ahora, un poco de pan moreno, madre Baucis--dijo Azogue--, y un poco
de miel.

Baucis cort una rebanada, y aunque el pan, cuando ella y su marido le
comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de
salir del horno. Probando una miga que se haba cado en la mesa, le
pareci el pan ms delicioso que haba comido en su vida, y apenas poda
creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y sin embargo, de qu
otra hogaza poda ser?

Y la miel! Ms vale que no intente describiros el color y el olor
exquisito que tena: su color era el del oro ms puro y transparente, y
ola a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningn jardn
de la tierra; para buscarlas, las abejas debieron haber volado muy por
encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, despus de revolotear
sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal florecimiento, se
hubiesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de
Filemn. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el
perfume de aqulla. El aroma flotaba en la cocina, y era tan delicioso
que, cerrando los ojos, instantneamente hubieseis olvidado el techo
bajo y las paredes ahumadas, y hubieseis credo estar bajo una glorieta
de madreselvas. Aunque la pobre Baucis era mujer sencilla, no pudo menos
de pensar que all estaba pasando algo extraordinario. As es que,
despus de servir a sus huspedes el pan y la miel, se sent al lado de
Filemn, y le dijo en voz baja lo que haba visto.

--Has odo nunca cosa semejante?--le pregunt.

--No, nunca--respondi Filemn sonriendo--. Y creo ms bien, vieja de mi
alma, que has estado soando despierta. Si hubiese yo servido la leche,
hubiese visto lo que en realidad pasaba. Puede que hubiese en el cntaro
un poco ms de la que t creas; eso es todo.

--Ay, marido!--dijo Baucis--, di lo que quieras; pero stas son gentes
muy extraas.

--Bien, bien--respondi Filemn sin dejar de sonreir--, puede que lo
sean. Ciertamente, parece que en otros tiempos han debido estar en
mejor posicin que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con
tanto gusto.

Cada uno de los huspedes haba cogido su racimo de uvas. Baucis, que se
estaba restregando los ojos para ver ms claro, se figur que los
racimos haban crecido, y que cada uno de los granos estaba a punto de
estallar, maduros y jugosos. Y era completamente incomprensible para
ella cmo tales uvas hubieran podido producirse nunca en la parra vieja
que trepaba por las paredes de su casa.

--Admirables uvas!--observ Azogue, que las iba tragando una tras otra,
sin que, al parecer, el racimo disminuyese--. De dnde las coges,
amable husped?

--De mi parra--respondi Filemn--. Desde aqu se pueden ver las ramas
retorcindose detrs de la ventana; pero mi mujer y yo nunca cremos que
fuesen muy buenas.

--Nunca las he comido mejores--respondi el husped--. Otra tacita de
esa leche deliciosa, y bien puedo decir que he cenado mejor que un
prncipe.

Esta vez fu Filemn el que se levant y cogi el cntaro, porque tena
curiosidad por saber si eran ciertas las maravillas que Baucis le haba
contado. Bien saba que su buena mujer era incapaz de mentir, y que
pocas veces se equivocaba en lo que supona ser verdad. Pero era tan
peregrino el caso, que quera verlo con sus propios ojos. Al coger el
cntaro, mir hacia dentro y se convenci de que apenas contena unas
cuantas gotas. De pronto, sin embargo, del fondo brot como una
fuentecita blanca, que lo llen hasta la boca de leche espumosa y
fragante. Suerte fu, y grande, que Filemn, en su sorpresa, no dejase
caer el cntaro milagroso.

--Quines sois, maravillosos viajeros?--exclam mucho ms asombrado que
lo haba estado su mujer.

--Tus huspedes, buen Filemn, y tus amigos--repuso el viajero de ms
edad, con su voz grave y profunda, que al mismo tiempo pareca suave y
melodiosa--. Dame a m tambin otra taza de leche, y as tu cntaro no
se vace nunca para la buena Baucis, para ti y para los caminantes
necesitados.

Habiendo terminado la comida, los forasteros pidieron que les indicaran
sitio donde poder descansar. Los viejecillos hubiesen querido estar un
rato ms hablando con ellos, para expresar la admiracin que sentan y
su alegra al ver que la cena, pobre y escasa, haba resultado mucho
mejor y ms abundante de lo que crean. Pero el forastero de ms edad
les haba inspirado tal respeto, que no se atrevieron a preguntarle
nada, y cuando Filemn llev a Azogue a un lado y le pregunt cmo era
posible que hubiese brotado una fuente de leche dentro de un cntaro, el
viajero seal su bastn.

--Ah est todo el misterio--dijo Azogue--. Y si le puedes descifrar t,
me alegrar muchsimo de que me comuniques lo que descubras. No puedo
contarte todo lo que hace ese bastn; siempre me est dando bromas de
stas. Unas veces me trae la cena, otras me la roba. Si creyese yo en
semejantes tonteras, dira que est embrujado.

No dijo ms; pero les mir de un modo tan extrao, que los viejos
pensaron que estaba burlndose de ellos. El bastn mgico fu tras de su
amo dando saltos, cuando Azogue sali de la habitacin. Cuando se
quedaron solos los dos viejos, hablaron un rato de los acontecimientos
de la noche, y luego se echaron a dormir en el suelo, porque haban dado
su cama a los huspedes y no tenan otra ms que aquellas tablas, que
ojal hubieran sido tan blandas como sus corazones.

El anciano y su mujer se levantaron temprano por la maana, y los
viajeros tambin se levantaron con el sol y se prepararon a seguir su
camino.

Filemn, hospitalariamente, les pidi que se quedaran un poco ms,
hasta que Baucis ordease la vaca y cociese un panecillo en el horno, y
acaso hasta les encontrase algunos huevos para el desayuno. Pero los
viajeros queran andar buena parte del camino antes de que apretase
demasiado el sol. Por lo tanto, insistieron en marcharse inmediatamente,
pero pidieron a Filemn y a Baucis que les acompaasen un rato, para
ensearles el camino que deban tomar.

As salieron los cuatro juntos de la casa, charlando como amigos
antiguos. Era, en verdad, notable lo de prisa que los dos ancianos
tomaron confianza con el viajero de ms edad, y cmo sus almas honradas
y sencillas se perdan en la suya como dos gotas de agua se perderan en
el Ocano sin lmites. Y Azogue, con su ingenio agudo y regocijado,
pareca descubrir hasta el ms pequeo pensamiento que apuntaba en sus
mentes, antes de que ellos mismos le hubiesen sospechado. A veces
deseaban, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a
cien leguas su bastn, que tena un aire tan endemoniadamente malicioso
con las serpientes, que no dejaban de retorcerse. Pero, pensndolo bien,
Azogue mostraba tan buen humor, que al fin y al cabo se hubiesen
alegrado de tenerle en casa a l, a su bastn y a sus serpientes,
mientras les durase la vida.

--Ay de m!--exclam Filemn cuando ya se hubieron alejado un poco de
la puerta--. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es dar
hospitalidad a los forasteros, ataran sus perros y no volveran a
consentir a sus hijos que tirasen una sola piedra.

--Es un pecado y una vergenza para ellos el portarse as--exclam con
vehemencia Baucis--, y hoy mismo he de bajar al pueblo y he de decir
cuatro verdades a esos desalmados.

--Temo--observ Azogue, sonriendo maliciosamente--que no vas a encontrar
en casa a ninguno de ellos.

El entrecejo de su compaero adquiri precisamente entonces tan grave,
austera y terrible grandiosidad, sin perder su serenidad por ello, que
ni Filemn ni Baucis se atrevieron a pronunciar palabra. Le miraron a la
cara con reverencia, como si hubiesen mirado al cielo.

--Cuando los hombres no quieren portarse con el ms humilde de los
extraos como si fuese hermano suyo--dijo el viajero en tono tan
profundo que su voz sonaba como la msica de un rgano--, no son dignos
de existir sobre la Tierra, que fu creada para morada de la gran
hermandad humana.

--Y ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma--dijo Azogue con la
mirada ms regocijada del mundo--, dnde est el pueblo de que vamos
hablando? A la derecha o a la izquierda? Me parece que no le veo por
ninguna parte.

Filemn y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol
el da antes, haban visto las praderas, las casas, los huertos, los
macizos de rboles, la calle ancha, los nios jugando y todas las
seales de trabajo, regocijo y prosperidad. Pero, cul fu su asombro!
No haba all ni asomo de aldea! Hasta el frtil valle, en cuyo hueco
yaca, haba dejado de existir. En su lugar se vea la superficie amplia
y azul de un lago que llenaba la inmensa cuenca del valle de orilla a
orilla, y reflejaba las colinas circundantes con imagen tan tranquila
como si hubiese estado all desde el principio del mundo. Un instante,
el lago permaneci completamente quieto. Luego una brisa pas sobre l e
hizo bailar el agua y centellear y brillar a los tempranos rayos del
sol, y chocar con agradable murmullo contra la orilla.

El lago pareca tan familiar en aquel sitio, que los dos viejos se
quedaron asombrados, como si pensaran que haban estado soando con un
pueblo que nunca hubiera existido. Pero en seguida recordaron las casas
desaparecidas, y las caras y los caracteres de los habitantes, y
comprendieron que no soaban. El pueblo haba estado all ayer, pero ya
no estaba!

--Ay!--exclamaron los dos ancianos bondadosos--. Qu ha sido de
nuestros pobres vecinos?

--Ya no existen como hombres y mujeres--dijo el viajero de ms edad con
su voz profunda, y un trueno pareci hacerle eco en la lejana--. No
haba en sus vidas ni utilidad ni belleza, porque nunca suavizaron ni
dulcificaron el duro destino de la Humanidad con el ejercicio de afectos
bondadosos entre hombres y hombres. No conservaron en su pecho la imagen
de una vida mejor, y por eso el lago que estaba aqu hace siglos, se ha
tendido de nuevo para reflejar el cielo.

--Y en cuanto a aquellas gentes necias--dijo Azogue con su maliciosa
sonrisa--, todas se han convertido en peces. Poco han tenido que
cambiar, porque ya eran un puado de pillos con escamas en el corazn y
sangre completamente fra. De modo, madre Baucis, que si t o tu marido
tenis capricho de comer una trucha a la parrilla, podis echar un
anzuelo y pescar media docena de vuestros antiguos vecinos.

--Ah!--exclam Baucis estremecindose--. Por todo el oro del mundo no
pondra una sola en la sartn!

--No--aadi Filemn haciendo un gesto de desagrado--; no las podramos
atravesar!

--En cuanto a ti, buen Filemn--continu el viajero de ms edad--, y t,
amable Baucis, con vuestros escasos medios habis puesto tanta
cordialidad para recibir a unos pobres caminantes, que la leche se ha
convertido en inextinguible fuente de nctar, y el pan y la miel en
ambrosa. As las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos
manjares que forman sus banquetes en el Olimpo. Habis hecho bien,
queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que ms deseis conseguir, y
est concedido.

Filemn y Baucis se miraron, y luego no s cul de los dos habl; pero
lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones.

--Queremos vivir juntos hasta nuestro ltimo da, y salir de este mundo
en el mismo instante, cuando muramos. Porque siempre nos hemos amado!

--As sea!--repuso el viajero con majestuosa bondad--. Y ahora, mirad
vuestra casa.

As lo hicieron; pero, cul fu su sorpresa al encontrarse con un gran
edificio de mrmol blanco, con grandioso prtico, que ocupaba el sitio
donde hasta hace un momento estaba su humilde morada!

--Esa es vuestra casa--dijo el viajero sonriendo benvolamente--.
Ejercitad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la
pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis.

Los ancianos se arrodillaron para darle las gracias; pero ya ni l ni
Azogue estaban all.

As, Filemn y Baucis se instalaron en el palacio de mrmol, y pasaron
das y das con gran satisfaccin en recibir y agasajar a cuantos
viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar deciros que el
cntaro conserv su virtud maravillosa de no estar nunca vaco cuando
haca falta que estuviese lleno. Siempre que un husped honrado, de buen
genio y de buen corazn, beba un trago de aquel cntaro, comprenda que
era el lquido ms agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero
si un pillo de mal carcter, terco o malintencionado, acertaba a beber
de l, seguro estaba de hacer una mueca de desagrado, diciendo que la
leche estaba agria.

As el matrimonio, ya tan viejo, vivi en su palacio y envejeci ms y
ms. Por fin lleg una maana de verano, en que Filemn y Baucis no
aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huspedes
de la noche anterior al desayuno. Los huspedes los buscaron por todas
partes de arriba abajo, en el espacioso palacio, pero intilmente.

Por fin, despus de mucha perplejidad, vieron frente al prtico dos
venerables rboles, que nadie pudo recordar haber visto all el da
antes. All estaban, con las races fuertemente hundidas en tierra, y
anchas copas, cuyo follaje daba sombra a toda la fachada del edificio:
uno era un tilo, otro un roble. Sus ramas--y era extrao y hermoso el
verlo--estaban mezcladas, y se enlazaban unas con otras; as es que cada
uno de los rboles pareca vivir en el seno de su compaero mucho ms
que en el suyo propio.

Mientras los huspedes se maravillaban viendo cmo aquellos rboles, que
hubiesen necesitado casi un siglo para crecer as, podan haberse hecho
tan altos y venerables en una sola noche, se levant un poco de viento y
movi las ramas entrelazadas. Y entonces hubo en el aire un profundo
murmullo, como si los dos misteriosos rboles estuviesen hablando.

--Yo soy el viejo Filemn--murmur el roble.

--Y yo Baucis--murmur el tilo.

Y como el viento se hizo ms fuerte, los dos rboles hablaron a un
tiempo--Filemn! Baucis! Baucis! Filemn!--, como si ambos fuesen
uno solo y hablasen juntos desde lo ms hondo de su corazn. Fcil era
de comprender que la anciana pareja haba renovado su vida e iba a pasar
lo menos cien aos tranquilos y deleitosos: Filemn convertido en roble
y Baucis en tilo. Oh, qu hospitalaria la sombra que daban! Siempre que
un caminante se detena

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bajo ella, oa un placentero murmullo de las hojas sobre su cabeza, y se
maravillaba al escuchar cmo el rumor aqul se pareca a un sonar de
palabras que dijese:

--Bien venido, bien venido, viajero!

Y algn alma buena, que saba lo que hubiese agradado a Filemn y a
Baucis, construy un banco circular alrededor de su tronco, donde mucho
tiempo despus, los cansados, los hambrientos y los sedientos,
acostumbraban a descansar y a beber leche abundante del cntaro
milagroso.

--Ojal nosotros le tuviramos aqu ahora!

--Cunto caba el cntaro?--pregunt Trbol.

--Dos cuartillos escasos--respondi el estudiante--; pero podas estar
sacando leche de l hasta llenar una artesa. La verdad es que manaba sin
cesar, y no se secaba ni en pleno verano, lo cual no le sucede a ese
arroyito que ahora corre, haciendo tanto ruido, vertiente abajo.

--Y dnde est ahora el cntaro?--pregunt el nio.

--Se rompi, siento decirlo, pero es verdad, hace unos veinticinco mil
aos--respondi el primo Eustaquio--. Le compusieron lo mejor posible;
pero aunque sigui sirviendo para contener leche, ya nunca volvi a
llenarse solo. As es que no tena ya ms mrito que cualquier otro
cntaro viejo y rajado.

--Qu lstima!--exclamaron a un tiempo todos los chiquillos.

El respetable perro _Ben_ haba acompaado a los excursionistas, as
como tambin un perrillo pequeo de Terranova, que responda al nombre
de _Bruin_, porque era negro como un oso. Como _Ben_ era el de ms edad
y el de costumbres ms circunspectas, el primo Eustaquio le rog
respetuosamente que se quedase con los pequeos para guardarles de todo
mal. En cuanto al negro _Bruin_, que era ni ms ni menos que un
chiquillo, el estudiante juzg ms prudente llevarle consigo, por temor
a que en sus turbulentos juegos con los otros chiquillos les echase a
rodar colina abajo, aconsejando, pues, a la gente menuda que se
estuviesen quietos y sentaditos en el sitio donde los dejaba; el
estudiante, con Primavera y dems nios grandes, empez a subir, y
pronto se perdieron todos de vista entre los rboles.




LA QUIMERA




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CUMBRE PELADA


Monte arriba, por la vertiente cubierta de bosque, iban Eustaquio Bright
y sus compaeros. Los rboles no estaban an completamente cubiertos de
hojas, pero tenan ya las bastantes para dar una sombra ligera, mientras
el sol los inundaba de luz verde. Haba rocas cubiertas de musgo, medio
escondidas entre las pardas hojas secas; haba troncos de rbol casi
podridos, tumbados a lo largo, en el mismo sitio en que se haban
derrumbado; haba arbustos secos, que haban sido arrancados de raz por
los vientos de invierno, y que estaban desparramados por el suelo. Pero,
aunque todas esas cosas parecan tan viejas, el aspecto del bosque era
de vida nueva, porque adonde quiera que se volviesen los ojos, se
encontraba algo fresco y verde que estaba brotando, dndose prisa a
prepararse para el verano.

Por fin la gente joven alcanz el lmite superior del bosque, y se
encontraron los excursionistas casi en la misma cumbre de la colina. No
era un pico, ni una gran cima redondeada, sino una planicie, o mejor
dicho meseta, bastante ancha; en ella haba una casa y un cobertizo a
cierta distancia. La casa era hogar de una familia solitaria, y a veces
las nubes, de las cuales caa la lluvia o la nieve sobre el valle,
estaban por debajo de aquella habitacin, sola y desamparada.

En el punto ms alto de la colina haba un montn de piedras, en cuyo
centro estaba clavado un gran mstil que sostena una banderita.
Eustaquio condujo all a los nios, y les mand que mirasen en derredor
y viesen cun gran espacio de hermoso mundo podan alcanzar con una
ojeada. Y a medida que miraban, pareca que se les iban agrandando los
ojos.

Se vea, al Sur, la altsima montaa que formaba generalmente el centro
del paisaje, pero que pareca haberse hundido, y ahora haba pasado a
ser miembro de una gran familia de alturas. Detrs de ella, la sierra,
que desde la casa pareca lejana y no muy alta, haba crecido y se haba
elevado. El lindo lago se vea con todas sus pequeas ensenadas, y no
estaba solo: que haba ms all otros tres que abran al sol sus ojos
azules. Varias aldeas blancas, cada una con su campanario, estaban
desparramadas en la lejana. Haba tantas granjas, con sus fanegas de
bosque, pastos y tierras de labranza, que los nios apenas podan hacer
sitio en sus cerebros para recibir tantos objetos distintos. All
tambin estaba Tanglewood, que hasta entonces le haba parecido cosa tan
importante en el mundo.

Ahora ocupaba tan poco terreno, que buscndole no le encontraban, y su
vista iba mucho ms all de donde en realidad se encontraba.

Blancas y algodosas nubes colgaban en el aire, y lanzaban obscuras y
movedizas sombras aqu y all sobre el paisaje. Pero a cada instante la
luz del sol brillaba precisamente donde acababa de estar la sombra, y la
sombra se haba marchado a otra parte.

Al Oeste haba otra serie de montaas azules.

--En aquella colina--dijo Eustaquio a los nios--haba un lugar, donde
unos cuantos holandeses viejos estaban jugando eternamente a los bolos,
y donde un individuo holgazansimo, llamado Rip Van Winkle, se haba
quedado dormido y se haba estado durmiendo veinte aos de un tirn.

Los nios pidieron con afn a Eustaquio que les contase todo lo que
supiera de casos tan maravillosos.

Pero el estudiante replic que ese cuento ya estaba contado hace mucho
tiempo, y mucho mejor de lo que pudiera contarlo l, y que nadie en el
mundo tena derecho a cambiar una sola palabra en l, hasta que se
hubiese puesto tan viejo como La cabeza de la Gorgona, Las tres
manzanas de oro y el resto de esas milagrosas leyendas.

--Pero, al menos, mientras estamos descansando aqu--dijo Margarita, y
mirando en derredor--, bien puedes contarnos una de las historias que t
inventas.

--S, primo Eustaquio--exclam Primavera--: te aconsejo que nos cuentes
aqu un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu imaginacin
se pone a la altura necesaria. Acaso el aire de la montaa te ponga
potico siquiera una vez. Y no importa que la historia sea extraa y
maravillosa. Ahora que estamos entre las nubes, estamos dispuestos a
creerlo todo.

--Sers capaz de creer--pregunt Eustaquio--que hubo una vez un caballo
con alas?

--S--dijo la maliciosa Primavera--; pero temo que t no vas a conseguir
cogerlo nunca.

--Lo que es eso, Primavera--dijo el estudiante--, no me parece muy
difcil. Creo que puedo apresar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo, por
lo menos tan bien como una docena de individuos a quienes conozco. Por
lo menos, os contar un cuento que se refiere a l, y el lugar ms a
propsito del mundo para contarle es, sin duda, la cumbre de un monte.

Y as, sentndose en el montn de piedras, mientras los nios se
agrupaban a su alrededor, Eustaquio fij la vista en una blanca nube que
iba flotando, y empez como sigue.

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LA QUIMERA


Una vez, en tiempos antiguos, muy antiguos (porque todas las cosas
extraas que os cuento sucedieron mucho antes de lo que nadie pueda
recordar), haba en la maravillosa tierra de Grecia una fuente que
manaba en la falda de una montaa. Y segn me figuro, debe estar manando
an, al cabo de tantos miles de aos, en el mismsimo sitio. Sea como
sea, el caso es que all estaba la apacible fuente, derramando frescura
por la montaa abajo y chispeando a la dorada luz de la puesta del sol,
cuando lleg junto a ella un hermoso joven, llamado Belerofonte. Llevaba
en la mano una brida incrustada de piedras preciosas y con bocado de
oro. Viendo junto a la fuente un anciano, un hombre de mediana edad y un
nio, y tambin una jovencita que estaba llenando un cntaro, se detuvo
y pregunt si poda refrescarse tomando un trago.

--Es un agua riqusima--dijo a la joven, mientras enjuagaba y llenaba su
cntaro, despus de haber bebido en l--. Seras tan amable que me
dijeras si tiene algn nombre esta fuente?

--S: la llaman la Fuente de Pirene--respondi la doncella, y aadi
luego:--Mi abuela me ha contado que esta clara fuente era antes una
mujer hermossima; mas cuando su hijo fu muerto por las flechas de
Diana cazadora, se deshizo toda en lgrimas. De manera que el agua que
has encontrado tan fresca y tan rica, es el dolor del corazn de aquella
pobre madre.

--Nunca hubiera soado--dijo el joven forastero--que tan clara fuente,
con su alegre fluir y borbotear de la sombra a la luz, tuviera lgrimas
en su seno! Y sta es Pirene? Gracias, linda doncella, por haberme
dicho su nombre. Precisamente vengo de muy lejanas tierras buscando este
sitio.

Un campesino de mediana edad (que haba llevado una vaca a beber de la
fuente) mir fijamente al joven Belerofonte y a la magnfica brida que
llevaba en la mano.

--Por fuerza que las fuentes andan muy escasas por tu pas--observ--,
si vienes de tan lejos en busca de la Fuente de Pirene; pero, dime, has
perdido tu caballo? Veo que llevas la brida en la mano, y bien bonita es
con esa doble hilera de piedras relucientes. Si el caballo era tan
hermoso como la brida, es para compadecerte por haberte quedado sin l.

--No he perdido ningn caballo--dijo Belerofonte, sonriendo--, pero voy
buscando uno muy famoso, que segn me han informado los sabios, slo por
aqu se puede encontrar. Sabis si Pegaso, el caballo con alas, sigue
frecuentando la Fuente de Pirene, como sola en tiempos de vuestros
antepasados?

El campesino se ech a reir.

--Algunos de vosotros, amiguitos mos, habris odo, probablemente, que
este Pegaso era un caballo blanco como la nieve, con hermosas alas
plateadas, que pasaba la mayor parte del tiempo en la cspide del monte
Helicn. Jams guila alguna atraves las nubes tan veloz, tan impetuosa
en su vuelo, como l por los aires. No haba nada igual en el mundo. No
tena compaero; nunca haba sido montado ni guiado por un amo, y en
muchos y dilatados aos vivi solo y feliz.

Oh, qu hermoso es ser caballo con alas! Durmiendo de noche, como l lo
haca, en la cima de una alta montaa, y pasando la mayor parte del da
en el aire, Pegaso apenas pareca criatura de la tierra. Dondequiera que
se le vea a mucha altura, sobre la cabeza de las gentes, con el reflejo
de sus alas plateadas, hubierais pensado que perteneca al cielo, y que
habiendo descendido demasiado bajo, se haba extraviado entre nuestras
nieblas y vapores, y andaba buscando el camino para volver. Era muy
bonito mirar cmo se hunda en el seno lanoso de una brillante nube,
perdindose en ella por un momento y atravesndola para salir al otro
lado. En medio de un sombro aguacero, cuando por todo el cielo haba un
pavimento gris de nubes, suceda a veces que el caballo alado bajaba a
plomo a travs de ellas, y la luz alegre de las regiones superiores
brillaba tras l. Verdad que un instante despus, tanto Pegaso como la
gozosa luz haban desaparecido; pero el que haba tenido la fortuna de
ver aquel maravilloso espectculo, estaba animado todo el da, y ms si
duraba ms la tormenta.

En verano, en lo ms hermoso de la estacin, sola Pegaso bajar a
tierra, y cerrando sus alas de plata, se entretena en galopar por
valles y colinas con la rapidez del viento. Ms a menudo que en ningn
otro sitio se le haba visto junto a la Fuente de Pirene, bebiendo su
agua deliciosa o revolcndose por la blanda hierba de la orilla. Tambin
algunas veces (pues Pegaso era muy delicado para la comida) paca unos
cuantos brotes de trbol de los ms tiernos.

Por consiguiente, los tatarabuelos de las gentes que entonces vivan,
haban tenido la costumbre de ir a la Fuente de Pirene (mientras eran
jvenes y seguan creyendo en caballos con alas), llevados por la
esperanza de ver un instante al hermoso Pegaso; pero en los ltimos aos
se le haba visto muy rara vez. Tanto, que mucha gente del campo, cuya
casa estaba a menos de media hora de paseo de la fuente, no haba
contemplado nunca a Pegaso, ni crea en la existencia de semejante
criatura. Y ocurri que el campesino a quien se dirigi Belerofonte era
una de esas personas incrdulas.

Y sta fu la razn de que se riese.

--Pegaso? S, s!--exclam, dilatando las narices todo lo que pueden
dilatarse unas narices chatas--; s, s, Pegaso! Un caballo con alas,
eh! Pero, amigo, ests en tus cabales? Para qu le serviran las alas
a un caballo? Crees que tirara bien de un carro? A decir verdad,
alguna economa podra hacerse en el gasto de herraduras; pero, cmo le
haba de gustar a un hombre ver salir volando a su caballo por la
ventana de la cuadra, o encontrarse con que le llevaba disparado por
encima de las nubes, cuando slo quisiera ir al molino? No, no; yo no
creo en Pegasos. Nunca ha habido tan ridcula clase de caballos-pjaros.

--Yo tengo mis razones para pensar de otro modo--dijo Belerofonte con
toda calma.

Entonces se volvi hacia un viejo canoso que, apoyndose en una cayada,
escuchaba atentamente con el cuello estirado y la mano en la oreja,
porque haca veinte aos que se haba quedado un poquito sordo.

--Qu dices t, venerable anciano?--le pregunt--. Me figuro que cuando
eras ms joven habrs visto con frecuencia al caballo alado.

--Ah, joven forastero! Tengo muy mala memoria--dijo el viejo--. Si no
recuerdo mal, cuando era muchacho acostumbraba a creer que exista ese
caballo, y lo mismo que yo lo crea todo el mundo; pero ahora casi no s
qu creer, y muy pocas veces pienso en el caballo con alas. Si alguna
vez he visto a ese animal, har mucho, muchsimo tiempo. Y a decir
verdad, no estoy seguro de haberlo llegado a ver. Cierto que, cuando yo
era muy joven, recuerdo haber visto un da muchas pisadas de caballo
alrededor de la fuente. Tal vez fueran de Pegaso, pero tambin podan
ser de cualquier otro caballo.

--Y t, hermosa joven, no le has visto nunca?--pregunt Belerofonte a
la muchacha, que estaba parada con el cntaro sobre la cabeza mientras
tenan esta conversacin--. De seguro que si alguien puede ver a Pegaso
eres t, porque tienes unos ojos muy vivos.

--Creo que le he visto una vez--replic la doncella, sonrindose y
sonrojndose--. O era Pegaso o un pjaro blanco grandsimo, que iba muy
alto por el aire. Y otra vez, cuando vena a la fuente con mi cntaro,
o un relincho, pero qu relincho ms fuerte y melodioso! Con la
delicia de aquel sonido me di un salto el corazn; pero me asust, sin
embargo, y ech a correr a casa sin llenar el cntaro.

--Fu una lstima, verdaderamente!--dijo Belerofonte, y se volvi hacia
el nio que mencion al principio del cuento, y que estaba mirndole
fijo, fijo, como acostumbran los nios mirar a los forasteros, con su
rosada boquita abierta de par en par.

--Eh, amiguito!--exclam Belerofonte, tirndole cariosamente de uno de
los rizos--. Supongo que t habrs visto a menudo el caballo con alas.

--S que le he visto--respondi el nio vivamente--. Le vi ayer, y
muchas veces antes.

--Eres un hombre!--dijo Belerofonte atrayendo al nio hacia s--. Ven,
y cuntame todo lo que sepas.

--Pues, nada--replic el nio--. Yo vengo aqu a menudo para echar
barquitos en la fuente y coger piedrecitas del fondo, y algunas veces,
cuando miro en el agua, veo la imagen del caballo con alas en el pedazo
del cielo que all se retrata. Yo quisiera que bajara, me dejara montar
en l y me llevara volando hasta la luna; pero no baja. Como si le
molestase que le miraran, vuela muy lejos, perdindose de vista.

Y Belerofonte tuvo ms fe en el nio que haba visto la imagen de Pegaso
en el agua, y en la joven que le haba odo relinchar tan
melodiosamente, que en el patn de mediana edad, que slo crea en los
caballos de carro, o que en el viejo, que haba olvidado ya las bellas
cosas de su juventud.

Por eso fu muchos das a la Fuente de Pirene, y observando
continuamente, mirando unas veces hacia arriba, a los cielos, y otras a
la superficie del agua, no perda la esperanza de ver la imagen
reflejada del caballo con alas, o acaso, acaso, la maravillosa realidad.
Llevaba siempre dispuestas en la mano las riendas doradas, con sus
piedras brillantes y su bocado de oro. Los campesinos que vivan all
cerca y llevaban sus ganados a beber en la fuente, se rean a menudo del
pobre Belerofonte, y algunas veces le zaheran con dureza. Le decan
que un hombre robusto como l deba hacer algo ms til que perder el
tiempo en tan ocioso empeo. Le ofrecan venderle un caballo, si lo
necesitaba, y como Belerofonte se neg a la compra, quisieron comprarle
a l la hermosa brida.

Hasta los nios la tomaron con l, y acostumbraban a jugar all cerca,
sin que Belerofonte les hiciera caso alguno, aunque bien les oa y les
vea. Un chiquillo de aqullos haca de Pegaso, por ejemplo, y daba los
saltos ms extravagantes, haciendo como que volaba, y mientras tanto uno
de sus compaeros iba tras l, llevando en la mano un par de juncos, que
representaban la brida lujossima de Belerofonte. Pero el nio bondadoso
que haba visto la imagen de Pegaso en el agua, alentaba al joven
forastero ms de lo que todos los chiquillos malos podan atormentarle.
Aquel buen amiguito iba, en sus horas libres, a sentarse a su lado, y
sin decir palabra, miraba abajo en la fuente, o arriba en el cielo, con
fe tan inocente, que Belerofonte no poda menos de sentirse animado.

Ahora querris, probablemente, que os diga por qu se haba puesto
Belerofonte a esperar al caballo alado. No encontrar mejor oportunidad
para hablar de esto, que mientras aguarda a que Pegaso aparezca.

Si fuera a contaros todas las aventuras anteriores de Belerofonte,
resultara un cuento sumamente largo. Baste decir que un terrible
monstruo, llamado la Quimera, haba aparecido en cierto pas de Asia, y
estaba haciendo ms dao del que se puede decir de aqu a maana. Esta
Quimera era una de las ms horribles y ponzoosas criaturas, la ms rara
e inexplicable y la ms difcil de combatir y de escapar de ella, que
jams sali de las entraas de la Tierra. Tena la cola como una
serpiente boa; su cuerpo era desmesurado y tena tres cabezas distintas,
una de las cuales era de len, la segunda de cabra y la tercera de
serpiente, abominablemente grande. Y qu chorro de fuego sala
flameando de cada una de sus tres bocas! Como era un monstruo terrestre,
dudo si tendra alas; pero, tuviralas o no, el caso es que corra como
una cabra y un len, y se asustaba lo mismo que una serpiente, y con una
cosa y otra alcanzaba tanta velocidad como los tres juntos.

Oh! Cunto, cunto dao haca esa maligna criatura! Con su aliento de
llamas poda incendiar un bosque, o quemar un campo de mieses, o un
pueblo entero, con todas sus casas y cercados. Devastaba grandes
extensiones de terreno a su alrededor, y acostumbraba a comerse las
personas y los animales vivos, cocindolos despus en el ardiente horno
de su estmago. Quiera Dios, hijitos, que ni vosotros ni yo tropecemos
jams con un monstruo semejante!

Mientras la odiosa bestia (si es que bestia puede llamrsele) estaba
haciendo todas estas cosas terribles, lleg Belerofonte a aquella parte
del mundo para visitar al rey. ste se llamaba Iobates, y el pas que
rega era Licia. Belerofonte era uno de los jvenes ms valientes del
mundo, y nada le gustaba tanto como llevar a cabo algn hecho valeroso y
benfico, tal que toda la Humanidad le admirase y le amase. En aquellos
tiempos, un joven que deseara distinguirse no tena ms camino que el de
librar grandes combates, ya fuera con los enemigos de su Patria, ya con
malvados gigantes o molestos dragones, o con bestias feroces, cuando no
poda encontrar cosa ms peligrosa con que habrselas. El rey Iobates,
conociendo el valor de su joven visitante, le propuso que fuese a pelear
con la Quimera, que aterraba a todo el mundo, y de no matarla pronto,
llevaba trazas de convertir a toda Licia en un desierto. Belerofonte no
vacil un instante, y asegur al rey que matara a la temida Quimera o
perecera en la demanda.

Reflexion, sin embargo, que, siendo el monstruo tan prodigiosamente
veloz, no podra nunca vencerle si luchaba con l a pie. Lo prudente
sera, por tanto, adquirir el mejor y ms rpido caballo que pudiera
encontrarse. Y qu otro haba en el mundo que fuera ni la mitad de
rpido que Pegaso, el caballo maravilloso que tena alas y piernas y se
mova en el aire con ms facilidad an que sobre la tierra? Cierto que
muchsima gente negaba la existencia de semejante caballo con alas, y
deca que slo era cosa de cuentos y puro disparate. Mas, por
maravilloso que pareciese, Belerofonte crea que Pegaso era un caballo
autntico, y confiaba en tener la fortuna de encontrarle. Y una vez
montado sobre sus lomos, estara en condiciones de pelear ventajosamente
con la Quimera.

Y ste era el motivo de haber viajado desde Licia a Grecia, llevando en
la mano la brida hermosamente adornada. Era una brida encantada. Con
slo que lograse poner el bocado de oro en la boca de Pegaso, el caballo
alado se mostrara sumiso, reconocera por amo a Belerofonte, y volara
hacia donde ste quisiera volver la rienda.

Pero, mientras tanto, el tiempo que estuvo aguardando, aguardando, con
la esperanza de que Pegaso ira a beber a la Fuente de Pirene, fatig
extraordinariamente a Belerofonte y le llen de ansiedad. Tema que el
rey Iobates se figurase que haba hudo de la Quimera. Le causaba dolor
tambin el pensar cunto dao estara haciendo el monstruo, mientras que
l, en lugar de combatirle, se vea obligado a sentarse ocioso, mirando
cmo brotaban las claras aguas de la fuente. Y como Pegaso haba ido por
all tan de tarde en tarde aquellos aos ltimos, y apenas si bajaba una
vez durante la vida de un hombre, tema Belerofonte hacerse viejo y
perder la fuerza de su brazo y el valor de su corazn, antes de que
apareciese el caballo con alas. Oh! Cun pesadamente pasa el tiempo
cuando un joven arrojado ansa tomar parte en la vida y cortar la
cosecha de su fama! Qu difcil es esperar! Nuestra vida es corta, y
qu parte ms grande de ella se pierde en aprender esta verdad!

Suerte fu para Belerofonte que el nio le hubiese tomado tanto cario y
no se cansase de su compaa. Todas las maanas le infunda una nueva
esperanza, en sustitucin de la perdida el da antes.

--Querido Belerofonte--exclamaba mirndole animosamente--, creo que hoy
vamos a ver a Pegaso.

Y si no hubiera sido por la fe inextinguible del muchachito, Belerofonte
habra acabado por perder toda esperanza, y habra vuelto a Licia e
intentado matar a la Quimera sin ayuda del caballo con alas. En tal
caso, el pobre Belerofonte habra sido, cuando menos, terriblemente
chamuscado por el aliento del monstruo, y probablemente muerto y
devorado. Nadie poda ni intentar combatir con una Quimera terrestre,
sin ir montado sobre algn animal areo.

Una maana habl el nio a Belerofonte con ms fe todava que de
costumbre.

--Mi queridsimo Belerofonte--exclam--, no s por qu, pero siento como
si hoy, seguramente, furamos a ver a Pegaso.

En todo aquel da no quiso apartarse ni un momento del lado de
Belerofonte. Juntos comieron un pedazo de pan y bebieron agua de la
fuente. Por la tarde se sentaron cerquita uno de otro, y el nio coloc
una de sus menudas manos entre las de Belerofonte. ste se hallaba
abismado en sus pensamientos, y miraba distrado los troncos de los
rboles que daban sombra a la fuente y a las vides que trepaban por sus
ramas. Mas el nio no dejaba de observar en el agua; por su cario a
Belerofonte, le afliga pensar que la esperanza de aquel da saliera
fallida, como la de tantos otros, y de sus ojos corrieron algunas
lgrimas silenciosas, yendo a mezclarse con las muchas que, segn
decan, haba vertido Pirene por su hijo muerto.

Cuando menos lo pensaba, sinti Belerofonte la presin de la manecita
del nio, y oy un susurro casi imperceptible:

--Mira ah, querido Belerofonte! Hay una imagen en el agua.

El joven mir en el movedizo espejo de la fuente, y vi algo como la
imagen de un pjaro que pareca estar volando a grandsima altura,
reflejndose el sol en sus nveas o argentadas alas.

--Qu pjaro ms esplndido debe ser--dijo--, y qu grande parece, a
pesar de estar volando ms alto que las nubes!

--Me hace temblar--murmur el nio--. Me da miedo mirar hacia arriba, en
el aire. Es muy hermoso, pero yo no me atrevo ms que a mirar su imagen
en el agua. Querido Belerofonte, no ves que no es un pjaro? Es el
caballo con alas, es Pegaso.

El corazn empez a saltar en su pecho. Mir fijamente hacia arriba;
pero no pudo ver a la alada criatura, fuese pjaro o caballo, porque
entonces precisamente se haba hundido en un nubarrn; sin embargo, un
momento despus reapareci, atravesando la nube por la parte inferior,
aunque todava a gran distancia de la tierra. Belerofonte cogi al nio
en brazos y se apart con l, hasta que ambos quedaron ocultos entre el
espeso bosquecillo de arbustos que creca alrededor de la fuente. No
porque tuviese miedo de ningn dao, pero s por temor a que si llegaba
a vislumbrarlos Pegaso, volara muy lejos y fuera a posarse en alguna
inaccesible montaa. Porque era, realmente, el caballo alado. Despus de
esperarlo tanto tiempo, llegaba, al fin, a mitigar su sed con el agua de
Pirene.

Cada vez se acercaba ms y ms la area maravilla, describiendo grandes
crculos, como habris visto hacer a las palomas cuando van a bajar a
tierra. Hacia abajo iba tambin Pegaso, y los amplios, majestuosos
crculos, se iban haciendo ms y ms estrechos a medida que se
aproximaba a tierra. Cuanto ms cerca se le vea, pareca ms hermoso, y
ms maravillaba el batir de sus plateadas alas. Por ltimo, con tan
ligera presin que apenas aplast la hierba que creca alrededor de la
fuente, ni dej la huella de sus cascos en la arena de la orilla, se
pos en tierra, y bajando la indmita cabeza, comenz a beber. Absorba
el agua con grandes suspiros de satisfaccin y tranquilas pausas de
contento; luego daba otro sorbo, y luego otro y otro; que ni en toda la
tierra ni en las nubes haba agua que agradara a Pegaso tanto como
aquella de Pirene. Cuando hubo saciado la sed, tronch con los dientes
unos cuantos de los dulces capullos del trbol, y los sabore
delicadamente, pero sin comer cantidad de ellos, porque las hierbas
nacidas entre las nubes, sobre las altas laderas del Monte Helicn,
convenan a su paladar mejor que aquel pasto ordinario.

Despus de haber bebido as hasta satisfacerse, y de haberse dignado
comer un poquito por coquetera, el caballo alado comenz a brincar de
un lado a otro y a danzar, como si estuviera entregado por completo a la
holganza y al juego. Nunca hubo criatura ms juguetona que aquel Pegaso.
Sacuda sus grandes alas como un pajarillo, y daba carreritas, medio por
la tierra, medio por el aire, que no s si llamar vuelos o galopes.
Cuando una criatura es capaz de volar perfectamente, prefiere algunas
veces correr por puro entretenimiento, y eso hizo Pegaso, aunque le
costaba algo ms mantener los cascos tan cerca del suelo. Belerofonte
entretanto, y sin soltar de la mano al nio, se asom fuera del boscaje,
y pens que no haba visto cosa ms hermosa que aqulla, ni ojos de
caballo tan vivos e inteligentes como los de Pegaso. Pareca un pecado
pensar en ponerle una brida y montarlo.

Una o dos veces se par Pegaso, aspirando fuertemente el aire,
levantando las orejas, estirando el cuello y volvindose a todos lados,
como si recelase algn mal. Sin embargo, como ni vi ni oy nada, pronto
volvi a sus juegos.

Por fin, y no porque estuviera cansado, sino de puro satisfecho y
desocupado, pleg Pegaso las alas y se tumb sobre la verde pradera;
pero como estaba demasiado lleno de vida area para permanecer quieto
mucho tiempo, comenz pronto a revolcarse sobre el lomo, alzando al aire
sus piernas finas. Era hermoso el ver aquella criatura, nica y
solitaria, cuyo compaero no haba sido creado, que no lo necesitaba
tampoco, y que, viviendo muchos siglos, era tan feliz como largos ellos.
Cuantas ms cosas haca de las que los caballos mortales acostumbran a
hacer, menos terreno y ms maravilloso pareca. Belerofonte y el nio
casi no respiraban, en parte por su emocin deliciosa, pero
principalmente porque teman que el ms ligero ruido o murmullo le
hiciera lanzarse, con velocidad de flecha, al ms lejano azul del cielo.

Por ltimo, cuando ya se haba revolcado bastante, Pegaso di vuelta, e
indolentemente, como otro caballo cualquiera, afirm los cascos
delanteros como para levantarse del suelo. Belerofonte adivin que iba a
hacerlo as, y saliendo sbitamente del boscaje, se mont de un salto
sobre sus lomos.

S. Se mont sobre los lomos del caballo con alas!

Pero, qu salto di Pegaso cuando, por primera vez en su vida, sinti
sobre s el peso de un mortal! Aqullo era un salto! Antes de que
tuviera tiempo de respirar, se encontr Belerofonte levantado a una
altura de doscientos metros, siguiendo an hacia arriba, mientras que el
caballo con alas resoplaba y se estremeca de terror y de clera. Hacia
arriba fu, arriba, arriba, arriba, hasta hundirse en el hmedo seno de
una hube, a la cual haba mirado Belerofonte un poquito antes,
imaginndosela como un lugar muy agradable. Despus, fuera ya de la
nube, se dej caer Pegaso lo mismo que un rayo, como si quisiera
estrellarse con su jinete contra una roca. Luego hizo un millar de las
ms salvajes cabriolas que jams hayan podido hacer pjaro ni caballo
alguno.

No sabr deciros ni la mitad de lo que hizo. Se desliz, rpido, hacia
adelante, y a los lados y hacia atrs. Se par con las patas delanteras
en un jirn de neblina, y las de atrs en nada absolutamente. Coce
furiosamente y baj la cabeza, metindola entre las manos, con las alas
apuntando derechas hacia arriba. A un par de kilmetros de altura sobre
la tierra, di un salto mortal, de manera que los talones de Belerofonte
estuvieron donde deba estar la cabeza, y pareca que miraba al cielo
hacia abajo, en vez de mirarlo hacia arriba. Volvi la cabeza
violentamente, y mirando a Belerofonte a la cara, como si echara fuego
por los ojos, hizo un terrible esfuerzo por morderle. Sacudi las alas
con tal violencia, que una de las plumas de plata se desprendi y cay a
tierra, siendo recogida por el nio, quien la guard toda su vida como
recuerdo de Pegaso y Belerofonte.

Mas este ltimo (que segn podis apreciar, era tan buen jinete como el
mejor domador de potros) estuvo acechando la oportunidad favorable, y al
fin encaj el bocado de oro de la brida encantada entre las quijadas del
caballo alado. Apenas lo hubo hecho, cuando Pegaso se volvi tan
manejable como si toda su vida hubiera tomado el alimento de mano de
Belerofonte. A decir lo que realmente siento, casi daba una pena ver tan
sbitamente domada a una criatura tan salvaje. Pena deba sentir Pegaso
tambin. Mir a Belerofonte con lgrimas en los hermosos ojos, en vez
del fuego que poco antes despedan; pero cuando Belerofonte le acarici
la cabeza y le dijo unas cuantas palabras con tono de autoridad, pero
con cario, vi en los ojos de Pegaso otra mirada bien distinta, como si
le placiera haber encontrado, al cabo de tantos siglos, un amo y
compaero.

As ocurre siempre con los caballos alados y con las criaturas indmitas
y solitarias como ellos. Si podis atraparlas y dominarlas, es el mejor
camino para lograr su cario.

Mientras Pegaso estuvo haciendo todo lo posible por sacudirse de encima
a Belerofonte, recorri una distancia muy grande, y al tiempo de ponerle
el bocado estaban llegando a la vista de una montaa altsima.
Belerofonte ya haba visto antes esa montaa, y conoci que era Helicn,
en cuya cima viva el caballo alado. All vol Pegaso (despus de mirar
dcilmente a su jinete, como preguntndole si lo permita), y posndose,
esper pacienzudo a que Belerofonte quisiera apearse. El joven salt de
los lomos de su caballo, mantenindolo sujeto por la brida; pero al
mirar sus ojos le conmovi tanto la docilidad de su aspecto y su
hermosura, y la idea de la vida librrima que haba llevado Pegaso hasta
entonces, que no se sinti capaz de tenerlo prisionero, si l realmente
deseaba su libertad.

Dejndose llevar de tan generoso impulso, dej caer la brida encantada
de la cabeza de Pegaso y le sac el bocado.

--Djame, Pegaso!--le dijo--. Djame o quireme!

En un instante, el caballo alado sali disparado hasta perderse casi de
vista, remontndose a plomo sobre la cima del Monte Helicn. El sol se
haba puesto haca ya tiempo, lo alto de la montaa estaba an en el
crepsculo, y la comarca de alrededor en noche obscura; pero Pegaso
vol tan alto, que alcanz al da que se iba y se ba en la luz que
irradiaba el sol por las alturas. Subiendo cada vez ms alto, pareca
una mancha brillante, y al fin se perdi en la inmensidad del cielo.
Temi Belerofonte no volverle a ver ms; pero cuando estaba deplorando
su locura, reapareci la mancha brillante y se fu acercando ms cada
vez, hasta descender por bajo de la luz del sol, y all estaba Pegaso
de vuelta! Despus de prueba tal, ya no haba cuidado de que el caballo
con alas se escapase. l y Belerofonte fueron amigos, y se quisieron
fielmente el uno al otro.

Aquella noche se echaron, y durmieron juntos con el brazo de Belerofonte
sobre el cuello de Pegaso, no por precaucin, sino por cario. Ambos se
despertaron al despuntar la maana, y se dieron los buenos das, cada
cual en su lengua.

De este modo pasaron varios das Belerofonte y el maravilloso caballo,
conocindose cada vez ms y aficionndose ms el uno al otro. Hacan
largos viajes areos, y alguna vez suban tan altos, que la Tierra
apenas pareca mayor que... la Luna. Visitaron pases remotos y
asombraron a los habitantes, quienes pensaron que aquel hermoso joven,
montado en un caballo con alas, tena que haber bajado del cielo.
Recorrer mil kilmetros por da era cosa muy fcil para el veloz
Pegaso. Aquel gnero de vida encantaba a Belerofonte, y muy a gusto
habra vivido siempre as, en la clara atmsfera de las alturas, en
donde haca siempre buen tiempo, por muy desapacible y lluvioso que lo
fuera abajo; pero no poda olvidar a la horrible Quimera y la promesa
hecha al rey Iobates, de matarla. Por eso, cuando ya hubo aprendido bien
la equitacin area y saba manejar a Pegaso con un ligero movimiento de
la mano, y le ense a obedecer su voz, se dispuso a llevar a cabo la
peligrosa aventura.

En consecuencia, al romper el da y tan pronto como abri los ojos, di
un tironcito de orejas al caballo alado para despertarlo. Inmediatamente
se alz Pegaso del suelo, subiendo hasta media legua de altura, y di,
velocsimo, una gran vuelta a la cima de la montaa, como para mostrar
que estaba bien despabilado y listo para cualquier excursin. Mientras
dur ese vuelo estuvo dando fuertes, alegres y melodiosos relinchos, y
finalmente descendi junto a Belerofonte tan levemente como habris
visto que se posan los pjaros sobre los arbustos.

--Muy bien, querido Pegaso! Bravo por mi cortacielos!--exclam
Belerofonte, dando unas palmaditas en el cuello del caballo--. Y ahora,
mi raudo y hermoso amigo, tenemos que desayunar. Hoy vamos a pelear con
la terrible Quimera.

En cuanto acabaron su comida matinal y bebieron agua fresca de la fuente
llamada de Hipocrene, ofreci Pegaso la cabeza, espontneamente, para
que su amo pudiera poner la brida. Luego di muchos brincos y cabriolas
areas, mostrando su impaciencia por emprender la marcha, mientras
Belerofonte se cea la espada, dispona el escudo y se preparaba para
la batalla. Cuando estuvo todo listo, mont el jinete y (segn sola
hacer cuando iba lejos) subi cuatro kilmetros verticalmente, para
orientarse mejor. Despus volvi la cabeza de Pegaso hacia el Este,
dirigindose a Licia. En su vuelo alcanzaron a un guila, pasando tan
cerca, antes de que ella pudiera apartarse de su camino, que le habra
sido fcil a Belerofonte cogerla por una pata. Avanzando a este paso,
antes del medioda divisaron las altas montaas de Licia, con sus
profundos y agrestes valles. Si era verdad lo que a Belerofonte haban
dicho, en uno de esos valles horrendos era donde tena su guarida la
espantosa Quimera.

Estando ya tan cerca del trmino de su viaje, descendieron poco a poco,
aprovechando para ocultarse unas nubes que flotaban sobre aquellas
ingentes cimas. Dando la vuelta por la parte superior de una nube y
asomndose al borde, pudo Belerofonte ver claramente la parte montaosa
de Licia, y mirar a la vez todos sus umbros valles. Nada de
extraordinario encontr a primera vista. Era aqulla una zona desierta,
pedregosa, con altas y escarpadas montaas; en la parte baja y ms llana
del pas haba ruinas de casas quemadas y esqueletos de animales,
desparramados entre los pastos que les sirvieron de alimento.

--Por fuerza que es obra de la Quimera todo esto--pens Belerofonte--;
pero, dnde est el monstruo?

Como ya he dicho antes, nada de extraordinario se observaba, a primera
vista, en ninguno de los valles y barrancos que haba entre las
imponentes montaas. Nada absolutamente, salvo que tres espirales de
humo negro salan de algo como la boca de una caverna y suban
pesadamente por la atmsfera, confundindose en una sola columna antes
de llegar a la cumbre de la montaa. La caverna estaba casi a plomo,
bajo el caballo alado y su jinete, a cosa de unos trescientos metros. El
humo tena un color hediondo, sulfuroso y asfixiante, que hizo resoplar
a Pegaso y estornudar a Belerofonte. Tanto desagradaba al maravilloso
caballo (acostumbrado a respirar nicamente el aire ms puro), que agit
las alas y se lanz como un kilmetro fuera del alcance de aquellos
molestos vapores.

Pero, al mirar hacia atrs, vi Belerofonte algo que le indujo a tirar
de las riendas primero, y a dar vuelta despus. Hizo una sea, que el
caballo alado entendi, y ste baj por el aire lentamente hasta que sus
cascos estuvieron a poco ms de la altura de un hombre sobre el suelo
roquizo del valle. Enfrente, y a tiro de piedra, estaba la boca de la
caverna con las tres espirales de humo que de ella brotaban.

Dentro de la dicha caverna pareca haber un montn de extraas y
terribles criaturas enroscadas unas con otras. Sus cuerpos estaban tan
juntos, que Belerofonte no acert a distinguirlos; pero, a juzgar por
sus cabezas, uno de los animales era una serpiente inmensa, el segundo
un fiero len y el tercero una cabra horrible. El len y la cabra
estaban dormidos; la serpiente estaba despierta del todo y le miraba
fijamente con su par de grandes y feroces ojos. Lo ms asombroso del
caso era que las tres columnas de humo salan evidentemente de las
narices de aquellas tres cabezas. Tan extrao era el espectculo, que
aun cuando tanta tiempo haba estado esperando verlo, la verdad, no se
le ocurri al pronto que aqulla era la terrible Quimera de tres
cabezas. Haba dado con la caverna de la Quimera. La serpiente, el len
y la cabra no eran tres criaturas distintas, como haba supuesto, sino
un monstruo solo.

Qu cosa ms horrible y ms odiosa! Aun dormitando, como dormitaban,
sus dos terceras partes, tena entre sus abominables mandbulas los
restos de un infortunado corderillo, o tal vez (pero se me resiste el
pensarlo) fuera de algn pobre nio que las tres bocazas haban estado
mordiscando, antes de quedarse dormidas dos de ellas.

De pronto, como si saliese de un sueo, cay Belerofonte en la cuenta de
que era aqulla la Quimera. Pegaso pareci tambin comprenderlo, y di
un relincho, que son como un clarn de guerra. Al oirlo se alzaron
erguidas las tres cabezas y vomitaron grandes llamaradas. Antes de que
Belerofonte pudiera pensar lo que deba hacer, se lanz el monstruo
fuera de la caverna y se fu derecho a l, con las inmensas fauces
abiertas y arrastrando su cola de serpiente de una manera horrible. Si
Pegaso no hubiera sido tan gil como un pjaro, tanto l como su jinete
se habran visto arrollados por la acometida de la Quimera, y habra
acabado as el combate antes de comenzar en realidad. Pero el caballo
alado no se dejaba atrapar tan fcilmente. En un abrir y cerrar de ojos
se elev casi hasta las nubes, resoplando con furia. Tambin temblaba,
pero no de miedo, sino del asco producido por aquel ser aborrecible y
ponzooso con sus tres cabezas.

La Quimera, por su parte, se irgui hasta sostenerse nicamente sobre el
extremo de la cola, pateando en el aire de un modo furioso y escupiendo
fuego a Pegaso y al jinete con sus tres bocas. Cmo ruga, silbaba y
bramaba, hijitos mos! Belerofonte, entretanto, se pona el escudo al
brazo y sacaba la espada.

--Ahora, mi querido Pegaso--murmur al odo del caballo alado--, has de
ayudarme a matar este insufrible monstruo, o si no, habrs de volverte a
tu solitaria cumbre sin tu amigo Belerofonte; porque, o muere la
Quimera, o sus tres bocas se comern esta cabeza ma, que tantas veces
ha dormitado sobre tu cuello.

Pegaso relinch, y volviendo la cabeza, frot cariosamente el hocico
contra la cara de su jinete. As deca, a su manera, que an tena alas
y era caballo inmortal; mejor perecera, si lo inmortal pudiera perecer,
que dejar tras s a Belerofonte.

--Gracias, Pegaso--respondi Belerofonte--. Y ahora, vamos a pelear al
monstruo.

Diciendo estas palabras, sacudi las riendas, y Pegaso descendi
oblicuamente, rpido como una flecha, hacia la triple cabeza de la
Quimera, que todo aquel tiempo haba estado irguindose en el aire
cuanto poda. Cuando lo tuvo al alcance de su brazo, di Belerofonte un
gran tajo al monstruo; pero su caballo sigui adelante sin dejarle ver
si haba aprovechado el golpe. Pegaso continu su carrera; pero pronto
vir en redondo, aproximadamente a la misma distancia de la Quimera que
antes. Belerofonte vi entonces que haba cortado al monstruo, casi del
todo, la cabeza de cabra, que colgaba de la piel y pareca enteramente
muerta.

Pero, en compensacin, la cabeza de len y de la serpiente haban
adquirido toda la fiereza de la otra, y escupan llamas, y silbaban y
rugan con mucha ms furia que antes.

--No te importe, mi bravo Pegaso--exclam Belerofonte--; con otro golpe
como ese haremos que cese el rugir y el silbar.

De nuevo sacudi las riendas. El caballo alado se lanz oblicuamente y
veloz, como antes, hacia la Quimera, y Belerofonte, al pasar, asest un
golpe recto a una de las dos cabezas restantes. Pero esta vez, ni l ni
Pegaso escaparon tan bien como la primera. Con una de sus garras hizo el
monstruo al joven un profundo araazo en un hombro, y con la otra
estrope un poco el ala izquierda del caballo volador. Belerofonte, por
su parte, haba herido mortalmente la cabeza de len, de tal modo, que
caa colgando, con su fuego casi extinguido y lanzando bocanadas de humo
negro y espeso. Sin embargo, la cabeza de serpiente (la nica que
quedaba ya) era entonces dos veces ms fiera y ms venenosa que nunca.
Vomitaba chorros de fuego de quinientos metros de largo y lanzaba
silbidos tan altos, tan speros, tan penetrantes, que el rey Iobates los
oy a cincuenta millas de distancia, y se estremeci hasta hacer temblar
al trono debajo de l.

--Ay de m!--pens el pobre rey--. Esto es que la Quimera viene a
devorarme.

Pegaso, mientras tanto, se haba parado otra vez en el aire y relinchaba
colrico, echando de sus ojos chispas de un fuego puro como el cristal.
Qu diferente el fuego crdeno de la Quimera! Ni el espritu del
caballo areo ni el de Belerofonte decayeron.

--Echas sangre, mi caballo inmortal?--exclamo el joven, cuidndose
menos del mal propio que del de aquella criatura que no deba haber
conocido nunca el dolor--. La execrable Quimera pagar este dao con su
ltima cabeza!

Luego sacudi las riendas, dando grandes gritos, y gui a Pegaso, no
oblicuamente como antes, sino derecho a la repugnante cabeza del
monstruo. Tan rpida fu la embestida, que en la duracin de un
relmpago lleg Belerofonte al alcance de su enemigo.

A esto, con la prdida de su segunda cabeza, haba cado la Quimera en
una pasin ardentsima de dolor y rabia. Se revolcaba, mitad en tierra
y mitad en el aire, siendo imposible decir en qu elemento descansaba.
Abri su bocaza de serpiente, con tan abominable anchura, que estoy por
decir que poda haber pasado Pegaso derecho a la garganta, con las alas
desplegadas y con jinete y todo. Cuando se acercaron, lanz un chorro
tremendo de su encendido aliento, y envolvi a Belerofonte y a su
caballo en una atmsfera de llamas, chamuscando las alas de Pegaso,
quemando al joven los dorados rizos de todo un lado y caldeando a los
dos, de la cabeza a los pies, mucho ms de lo cmodo.

Pero esto no es nada para lo que sucedi despus. Cuando el caballo
alado lleg en su acometida a la distancia de unos cien metros, la
Quimera di un salto y lanz su enorme, horrible, ponzooso y detestable
cuerpo sobre el pobre Pegaso; se enrosc a su alrededor con gran fuerza
y retorci su cola de serpiente hasta formar un nudo. El caballo areo
volaba ms alto, ms alto, ms alto, por encima de los picos de las
montaas, por encima de las nubes, hasta perder de vista casi a la
tierra slida; pero el monstruo terrestre no solt presa y fu llevado
hacia arriba con la criatura del aire y la luz. Belerofonte, mientras
tanto, se volvi y se encontr frente a frente con la horrible fealdad
de la Quimera, y slo resguardndose bien con el escudo, pudo librarse
de morir abrasado o de ser partido por mitad de un mordisco.

Por la orillita del escudo mir fieramente a los salvajes ojos del
monstruo. La Quimera estaba tan enloquecida por el dolor, que no se
resguardaba, como en otro caso habra hecho. Despus de todo, para
luchar con una Quimera, tal vez sea lo mejor el acercarse a ella todo lo
posible. En sus esfuerzos por clavar a su enemigo los horribles garfios,
el monstruo dej su pecho enteramente al descubierto. Al verlo,
Belerofonte clav hasta el puo la espada en su cruel corazn. La cola
de la serpiente desat en seguida su nudo. El monstruo solt a Pegaso y
cay desde aquella enorme altura. El fuego que llevaba en su pecho
ardi, en vez de extinguirse, ms vivo que nunca, y pronto comenz a
consumir aquel cuerpo muerto.

Cay del cielo, inflamado enteramente. Como se hizo de noche antes de
llegar a tierra, lo confundieron con una estrella errante o con un
cometa; pero al despuntar el da salieron unos labriegos a su labor y
vieron, con gran asombro, que varias hectreas de terreno estaban
salpicadas de cenizas negras. En medio de un campo haba un montn de
huesos calcinados, mucho ms alto que una gran pila de heno. Nada ms
volvi a verse de la espantosa Quimera!

[imagen]

[imagen]

Cuando Belerofonte hubo ganado la victoria, se inclin hacia adelante y
bes a Pegaso con lgrimas en los ojos.

--Vuelve ahora, mi caballo bienamado--le dijo--, vuelve a la Fuente de
Pirene!

Pegaso hendi el aire ms rpido que nunca, y lleg a la fuente en muy
poco tiempo. All encontr al viejo apoyado en su bculo, al campesino
dando agua a la vaca y a la hermosa doncellita llenando su cntaro.

--Ahora me acuerdo--advirti el viejo--. Cuando yo era un chiquillo, vi
una vez este caballo con alas. Pero en mi tiempo era diez veces ms
hermoso.

--Tengo un caballo de tiro que vale tres veces lo que l--dijo el
campesino--. Si este pingo fuera mo, lo primero que haca era cortarle
las alas.

La pobre muchachita no dijo nada, porque tena el sino de asustarse
fuera de tiempo. Ech a correr, dej caer el cntaro y lo rompi.

--Dnde est--pregunt Belerofonte--el simptico nio que sola
acompaarme, y nunca perdi la fe y nunca se cansaba de mirar en la
fuente?

--Aqu estoy, querido Belerofonte--dijo el nio tiernamente.

El muchachito haba pasado da tras da a la orilla de Pirene, esperando
que volviera su amigo; pero cuando vi a Belerofonte bajando a travs
de las nubes, montado en su caballo alado, se intern en el boscaje. Era
un nio muy delicado, de gran ternura, y tema que el viejo y el
campesino vieran brotar las lgrimas de sus ojos.

--Has logrado la victoria--dijo gozosamente, abrazndose a una pierna de
Belerofonte, que an estaba montado sobre Pegaso--. Conozco que la has
ganado.

--S, nio querido--replic Belerofonte, bajndose del caballo alado--;
pero si no me hubiese ayudado tu fe, nunca hubiera yo aguardado a
Pegaso, ni marchado por encima de las nubes, ni venciera jams a la
terrible Quimera. Todo lo hiciste t, mi amado amiguito, y ahora
devolvamos a Pegaso su libertad.

Y diciendo esto, quit la brida encantada de la cabeza de aquel caballo
maravilloso.

--S libre para siempre. Pegaso mo!--exclam con cierto dejo de
tristeza en la voz--. S tan libre como rpido eres!

Mas Pegaso apoy la cabeza en el hombro de Belerofonte, y no hubo manera
de inducirle a emprender el vuelo.

--Bien; pues--dijo Belerofonte, acariciando al areo caballo--estars
conmigo mientras quieras. Vmonos sin tardar a decir al rey Iobates que
la Quimera ha sido destruda.

Belerofonte abraz a aquel nio tan bueno, y le prometi volver a verle,
y se puso en marcha; pero, aos despus, aquel nio vol sobre el
caballo areo mucho ms alto que nunca lo hiciera Belerofonte, e hizo
cosas mucho ms honrosas que la victoria de su amigo sobre la Quimera.
Porque, siendo tan tierno y delicado, lleg a ser un poderoso poeta.

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CUMBRE PELADA


Eustaquio Bright cont la leyenda de Belerofonte con tanto fervor y
animacin como si realmente hubiese ido a galope sobre un caballo con
alas.

Al terminar se llen de alegra, al comprender, por el rostro radiante
de sus oyentes, lo mucho que les haba interesado.

Todos los ojos bailaban, excepto los de Primavera: en los ojos de la
chiquilla positivamente haba lgrimas, porque se daba cuenta de que
haba algo en la leyenda que los dems an no tenan edad de comprender.

Era un cuento de nios; pero el estudiante haba conseguido poner en l
el ardor, la generosa esperanza y la imaginacin emprendedora de la
juventud.

--Ahora te perdono, Primavera--dijo--, todo el ridculo que has
intentado echar sobre mis cuentos. Una lgrima paga muchas risas.

--Ay, seor Bright!--respondi Primavera, limpindose los ojos y
lazndole otra de sus maliciosas sonrisas--: esto de estar encima de las
nubes eleva el pensamiento. Te aconsejo que no vuelvas a contar ms
cuentos, si no ests, como ahora, en la cumbre de una montaa.

--O cabalgando sobre Pegaso--replic Eustaquio, riendo--. No te parece
que he conseguido a las mil maravillas mi propsito de apresar al corcel
maravilloso?

--S, ha sido un bonito salto mortal!--exclam palmoteando--. Me parece
que le veo a caballo sobre l, a tres millas de alto, por los aires,
cabeza abajo!

--Ojal tuviese aqu a Pegaso en este instante!--dijo el estudiante--.
Le montara inmediatamente, y hara una visita por todo el pas a cada
uno de mis autores favoritos.

Charlando de Pegaso y sus hazaas, empezaron a andar colina abajo. A
poco _Bruin_ empez a ladrar, y le respondi el _gua-gua_ solemne del
respetable _Ben_. Pronto vieron al buen perro viejo, haciendo guardia
cuidadosa sobre la gente menuda. Los pequeos, repuestos por completo
de su fatiga, se haban puesto a buscar fresas, y al divisar a sus
compaeros, echaron a correr cuesta arriba para salir a su encuentro.

As reunidos, todos los excursionistas pasaron otra vez por los huertos,
y se encaminaron despacio a Tanglewood.


FIN

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INDICE


                                  Pginas

LA CABEZA DE LA GORGONA                 5
EL TOQUE DE ORO                        55
EL PARASO DE LOS NIOS                93
LAS TRES MANZANAS DE ORO              129
EL CNTARO MILAGROSO                  175
LA QUIMERA                            211

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End of Project Gutenberg's Cuando la tierra era nia, by Nathaniel Hawthorne

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUANDO LA TIERRA ERA NIA ***

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