The Project Gutenberg EBook of Las Furias, by Po Baroja

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Title: Las Furias
       Memorias de un hombre de accin, tomo 12

Author: Po Baroja

Release Date: July 20, 2017 [EBook #55157]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




                              PO BAROJA

                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN


  _El aprendiz de conspirador._
  _El escuadrn del Brigante._
  _Los caminos del mundo._
  _Con la pluma y con el sable._
  _Los recursos de la astucia._
  _La ruta del aventurero._
  _Los contrastes de la vida._
  _La veleta de Gastizar._
  _Los caudillos de 1830._
  _La Isabelina._
  _El sabor de la venganza._
  _Las furias._




                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

                              LAS FURIAS




                             ES PROPIEDAD

                          DERECHOS RESERVADOS

                         PARA TODOS LOS PASES


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                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                 1921


  Establecimiento tipogrfico
  de Rafael Caro Raggio




                              PO BAROJA


                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

                              LAS FURIAS


                             [Ilustracin]


                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                EDITOR
                            MENDIZBAL, 34
                                MADRID




_A Pablo Schmitz, de Basilea, a quien conoc todava en plena juventud
y al que vuelvo a encontrar de nuevo, pasados veinte aos, en los
linderos de la vejez, con el mismo entusiasmo ardiente por lo noble y
por lo puro y el mismo desdn por lo ruin y por lo mezquino; al amigo y
al maestro, al que me unen la comunidad de recuerdos y la comunidad de
simpatas_,

                                              _EL AUTOR_.




                              LAS FURIAS




                                PRLOGO


HACIA 1860--cuenta nuestro amigo Legua--fu con mi mujer, algo enferma
del pecho, a pasar el invierno a Mlaga, y me instal en la fonda de la
Danza, de la plaza de los Moros, en donde me hospedaba otras veces.

Esta fonda era de un gallego casado con una andaluza, y aunque no
un hotel moderno (todava no se haban implantado esa clase de
establecimientos en Espaa), se poda vivir con comodidad en ella. No
dominaba por entonces el individualismo, un tanto feroz, que hoy reina
en los hoteles, y se coma en la mesa redonda, y cada uno contaba a su
vecino sus negocios y hasta sus cuitas. Tenamos mi mujer y yo, como
compaero de mesa, un juez gallego que se quejaba constantemente de la
comida de Mlaga.

Para el juez gallego, todo lo de la ciudad y los alrededores era
rematadamente malo. El juez estaba deseando que lo trasladasen a otro
punto; pero como, al parecer, era un buen funcionario, las personas
influyentes de la ciudad haban pedido que no lo sacasen de all, y el
Gobierno lo dejaba en su puesto. Segn pude entender, el juez gallego
constitua el terror de la gente maleante del Perchel y del puerto.

Solamos estar en la mesa tranquilamente, cuando se oa de pronto la
voz del gallego que gritaba:

--_Peru_ qu sardinas _sun_ stas? _Estu_ no vale nada; _estu_ no est
_frescu_.

--No me diga usted _ezo_, don Juan--terciaba la duea del
establecimiento--; _presisamente ay_ me _desa_ don _Pepe Rodrigue_
que en ninguna parte se coma el _pecao_ como en _eta_ casa.

--Pues, seora, _estu_ no est _frescu_!--gritaba el juez con la misma
energa que si estuviera dictando una sentencia de muerte.

--_Qui ust_ que le traigan un poco de _pesc_?

--Qu pescada ni qu _niu muertu_! Que me pongan dos _huevus fritus_.

--Lo quiere _ut_ con _patata_?

--Patatas! Aqu no valen nada las patatas _Aquellus cachelus!_

Yo me rea interiormente de las divergencias de opinin del gallego
y de la andaluza; para el primero no haba nada superior a lo que se
criaba en las proximidades del Mio, y para la andaluza, Mlaga era el
compendio de todas las excelencias culinarias y no culinarias.

Un da en que me hablaba el juez de sus campaas contra la gente
maleante, le pregunt si saba algo de la asonada poltica de Mlaga
en 1836, en que intervino Aviraneta y en la que murieron el conde de
Donado y el general Sanjust; pero el juez, por aquella poca, no
estaba en Mlaga.

Pregunt a un joven, empleado en el Gobierno Civil, que se hospedaba en
la fonda, quin podra tener datos de esta algarada.

--El que he odo decir que presenci este motn--dijo el joven--fu un
seor de aqu.

--Quin?

--Pepe Carmona, un comerciante malagueo que es aficionado a escribir.
No le conoce usted?

--No.

--Pues es un hombre muy amable, muy tranquilo, muy fro, muy poco
hablador, que parece un ingls. Sin embargo, su sino ha debido de ser
tomar parte en estas trifulcas, porque de joven presenci una matanza
que hubo en Barcelona en el mismo ao que la de Mlaga.

--Hombre, qu me dice usted? Me interesa tambin ese movimiento de
Barcelona--dije yo--. Me gustara conocer a ese seor. Podramos
verle?

--S; si usted quiere, le citar una noche de stas en el Casino.

--Muy bien; ctele usted.

--Pues ya le avisar a usted para que vayamos a verle.

Pocas noches despus fuimos al Casino el joven empleado y yo, y conoc
a Pepe Carmona. Pepe Carmona era hombre de unos cuarenta y cinco a
cincuenta aos; hombre triste, amable y apagado. Tena el tipo mixto
que abunda en Mlaga: los ojos azules, el pelo rubio, ya canoso; la
nariz recta, la cara larga y huesuda; vesta con mucha pulcritud y
luca unas manos blancas, muy bien cuidadas. Al hablar ceceaba algo,
pero con suavidad, sin aspereza alguna, y sonrea amablemente con
frecuencia y con cierta timidez, un tanto rara en hombre ya de sus aos.

Pepe Carmona me confirm lo dicho por el joven del hotel y me asegur
que haba conocido a Aviraneta en Barcelona, cuando las matanzas de la
Ciudadela, en 1836, y que le volvi a ver en Mlaga das antes de la
muerte del general Sanjust, es decir, meses despus de conocerle.

Le ped me hiciera una relacin de estos acontecimientos, de los cuales
haba sido testigo, y me dijo:

--Yo no sabra separar bien estos hechos con los recuerdos de mi vida;
si usted quiere, le prestar un cuaderno de mis memorias, en el que he
escrito esos acontecimientos que a usted le interesan.

--Con muchsimo gusto. No tendr ese cuaderno mas que el momento
indispensable para leerlo.

--No, no; puede usted guardarlo el tiempo que quiera.

El seor Carmona me envi al da siguiente al hotel un grueso cuaderno
muy bien empastado. Estaba escrito con una letra inglesa de comerciante
y haba intercalado en el texto algunos dibujos hechos por el mismo
Carmona. Tanto la relacin escrita como los dibujos ostentaban cierta
facilidad elegante, pero no una fuerte personalidad. Al parecer, Pepe
Carmona, en su vida como en su literatura y en sus dibujos, era un
hombre amable y distinguido; pero no pasaba de ah.

De sus memorias copio todo lo que puede interesarnos a los
aviranetistas.




                                  I.

                       EL DIARIO DE PEPE CARMONA


MI padre--dice Pepe Carmona--era un comerciante malagueo, nieto de
un irlands por la rama materna. El deca que su familia irlandesa
proceda nada menos que de reyes. Mi madre haba nacido en Mlaga, pero
era oriunda de Burgos, de un pueblo prximo a Salas de los Infantes, de
donde sali mi abuelo para poner una mercera en la calle Ancha.

La procedencia, medio irlandesa, medio castellana, me ha dado a m un
tipo poco meridional, que es, sin embargo, frecuente en Mlaga, en
donde hay mucha mezcla de razas.

Mi padre contaba con relaciones comerciales en Inglaterra; haba estado
varias veces en Liverpool y en Londres y adoptado las costumbres e
ideas de los ingleses. Una de ellas era el considerar como el sumum de
la vida el tener las maneras de un _gentleman_. Mi padre consideraba
lo mismo el ser _gentleman_ que el ser rico; identificaba estos dos
conceptos confundiendo el hecho con el derecho.

El caso fu que a m me di una educacin de hijo de rico en un colegio
de alto porte; que pas temporadas en Madrid, y estuve en Inglaterra
y en Francia. Naturalmente, yo me cre un hombre de fortuna que poda
dispensarse costosas fantasas. En Londres me hice vestir por los
mejores sastres, y en Pars tuve la humorada de tomar, como profesor de
violn, a un alemn que me llevaba por cada leccin un ojo de la cara.

Cuando volv a Mlaga le dije, cndidamente, a mi padre que no senta
la menor aficin por el comercio: me gustaba ms la poesa, y puesto
que l contaba con medios de fortuna suficientes para vivir, y yo
tambin, si no le pareca mal, me dedicara de lleno a la literatura.
Tambin le dije que probablemente no vivira en Mlaga, porque aquel
sol y aquella sequedad del paisaje me ponan malo.

Mi padre no dijo nada en contra de estos proyectos, y los acept con
cierta tranquilidad irnica. Yo me dediqu a leer. Mis entusiasmos
entonces eran Ossian y Walter Scott; conoca tambin algo de lord
Byron. Por aquel tiempo comenc un poema pico: _La Batalla de
Lepanto_, y esto me hizo separarme un poco de los Fingal, de los Morven
y de las Malvinas, de los Rockeby y de las _Damas del Lago_, para
meterme de cabeza en la mitologa grecorromana.

Compr la _Odisea_ en una traduccin francesa. _La Eneida_, en la
versin de don Diego Lpez, que, aunque decan que no era fiel, me
serva para comprender el original, y _La Jerusaln libertada_, del
Tasso. Sobre estos modelos me puse a imitar. Al mismo tiempo me enamor
de una muchacha de la buena sociedad malaguea. Mara Teresa era una
chica muy buena y muy simptica; yo tena por ella un entusiasmo
loco. Nos conocamos de nios, y nuestro afecto haba ido naciendo
lentamente. Yo me crea ya muy seguro en la vida, y, aun as, tena por
temperamento una gran timidez para todo.

Mi vida, por entonces, era muy agradable, y a pesar de que, para la
mayora de la gente, Mlaga, en aquella poca, pasaba por un pueblo
aburrido y de poca sociedad, yo me encontraba admirablemente.

Mi tiempo transcurra en mi casa y en casa de mi novia. Los domingos
paseaba con ella por la Alameda, y a todas horas le rondaba la calle.
A veces me senta muy melanclico, y esto lo atribua a las pequeas
disensiones que tena con mi padre y con mi novia.




                                  II.

                              ARRUINADOS


EN esto, mi padre, que estaba fuerte como una roca, as al menos lo
deca l, cay enfermo y en pocos das muri. Empezamos mi hermano y
yo a intervenir en los asuntos de nuestra casa comercial, y result,
segn nos dijo nuestro socio, que mi padre, quitando algunas acciones
de minas, que por entonces no producan nada, no tena un cuarto.

Al poco tiempo todo Mlaga se hallaba enterada de nuestra ruina.
Hicimos un balance de cuentas que nos dej espantados. Afortunadamente,
mi madre, mujer enrgica, de carcter, tom las riendas de la casa:
cort por lo sano; vendi joyas y mobiliario, quedndose slo con lo
imprescindible, y fuimos a vivir a una casita de campo de la Caleta.

Mi hermano y yo nos dispusimos a trabajar para ver el modo de poner a
flote el negocio de mi padre.

El socio nos manifest una mala intencin sealada, y vimos claramente
que quera quedarse con la casa comercial, dando una pequea pensin a
mi madre. Nos enteramos del valor que podan tener las acciones de la
compaa minera en donde mi padre haba metido varios miles de duros,
pero estas acciones se hallaban por entonces muy en baja, y nuestros
amigos nos aconsejaron que esperramos algn tiempo para venderlas.

Es muy poco grato vivir en un pueblo en donde se ha pasado por rico: se
molesta uno al ver que la gente conocida huye del arruinado y se tiende
a la desconfianza y a la suspicacia.

Los meses que pas en Mlaga, despus de la muerte de mi padre, fueron
para m muy desagradables. Crea ver en todo el mundo apartamiento
y desdn. Slo mi novia segua querindome y tratndome como hasta
entonces.

Poco despus, su padre se me acerc en la Alameda, y tras de largas
consideraciones y de decirme que no me quera mal, me indic que no
visitara ni escribiera a su hija. Amablemente, me cerraba las puertas
de su casa.

Yo volv a la ma completamente deprimido. Por entonces comenc a
decaer, me senta cansado y triste. Mi hermana, con ms genio que yo,
se burlaba de m y me deca que tena sangre de chufas.

--Si ste es as, dejadle--observaba mi madre.

No era slo pena y tristeza lo que yo tena, porque pocos das despus
tuve que acostarme y pas durante cuatro semanas la fiebre tifoidea.

Cuando empec a levantarme, mi madre, viendo que segua lnguido y
triste y que no reaccionaba rpidamente en la convalencia, me dijo:

--Lo que t tienes que hacer es marcharte de aqu.

--Adnde?

--Qu s yo. El mundo es grande.

--Est uno bastante mal preparado para luchar en la vida.

--Otros con menos medios que t han llegado a ser algo.

Saba un poco de francs, ingls y cuentas. Me hubiera gustado ir a
vivir a Inglaterra, pero comprenda que el aprendizaje all sera
demasiado caro y demasiado largo para un hombre sin medios.

Consult con un capitn de barco, el capitn Barrenechea, que haca
la travesa de Cdiz a Barcelona, y ste me dijo que me llevara a
cualquier punto de su trayecto gratis. Quedamos, Barrenechea y yo, en
que primeramente intentara probar fortuna en Valencia. Era a principio
de la guerra, en 1833. Me embarqu en la _Bella Amelia_, y estuve en
Valencia un mes sin encontrar nada que me conviniera, y cuando volvi
de nuevo el barco de mi amigo el capitn fu con l a Tarragona.

Al bajar, en el puerto, Barrenechea me di dos cartas de recomendacin.
Una, para un seor Serra, comerciante, y la otra, para un capitn de
cabotaje, llamado Ramn Arnau, que viva cerca del puerto.




                                 III.

                       DOA GERTRUDIS Y EULALIA


EL capitn Arnau, hombre tosco, no muy amable, me recibi de una manera
un tanto ruda. Me convid a comer en su casa y me llev por la tarde al
escritorio del seor Serra, que tena un gran almacn de granos y de
harinas en una calle prxima al puerto. El seor Serra me someti a un
interrogatorio, y gracias al capitn Arnau, que vino en mi ayuda, pude
salir bien del paso. Hice valer mis conocimientos y entr en la casa
como escribiente y tenedor de libros, con veinticinco duros al mes.

Ya aceptado y con un empleo fijo, tuve que pensar en la cuestin
del alojamiento, cuestin difcil, porque haba por entonces mucha
guarnicin en el pueblo y dos o tres regimientos ms que de ordinario,
con lo cual todas las fondas y casas de huspedes estaban ocupadas por
oficiales.

El hijo de mi patrn, Emilio Serra, me di una tarjeta para que
visitara a dos seoras, ta y sobrina, que vivan en la calle de las
Moscas, calle del pueblo viejo, entre la muralla y la Catedral. Tard
bastante en encontrar la calle, que estaba en lo ms elevado de la
ciudad, cerca de la capilla de San Magn.

Encontrada la casa, llam y sub hasta el ltimo piso. Las dos seoras,
ta y sobrina, eran castellanas; me recibieron amablemente y me
alquilaron un cuarto espacioso, con una ventana que caa a la parte de
atrs de la calle de las Moscas, hacia la muralla.

Al principio vacilaron en darme hospedaje completo con la comida;
pero a lo ltimo, y dicindoles yo que me acomodara a sus gustos y
costumbres, quedamos en que comera con ellas.

Mis patronas, como he dicho, eran ta y sobrina. La ta, viuda de un
comandante retirado, muerto en Tarragona; la sobrina, soltera. Doa
Gertrudis era una seora de pelo blanco, ojos claros, de aire muy
amable y muy inteligente, y vestida siempre de negro. La sobrina,
Eulalia, de unos cuarenta aos, tena los ojos muy vivos, la boca
grande, de dientes blancos, los ademanes enrgicos y apasionados.
Eulalia vesta tambin de negro; segn supe despus, un novio con
quien iba a casarse haba muerto das antes de la proyectada boda y se
consideraba como viuda.

A m me pareca por su pureza y su fidelidad un tipo intermedio entre
Astrea y Artemisa.

El primer da que comenc mi trabajo en la oficina de don Vicente Serra
me pareci muy largo y penoso. Por la noche habl con las dos seoras
de mi casa largamente y les cont mi vida.

Eran doa Gertrudis y Eulalia de cerca del pueblo de la familia de mi
madre, y con tal motivo intimamos, considerndonos como medio paisanos.

--Es extrao--me dijeron varias veces, una y otra--. Usted no tiene
nada de andaluz.

La amabilidad de mis patronas suaviz la vida que llevaba en Tarragona.
Mi patrn, don Vicente Serra, hombre de unos cincuenta y tantos aos,
no me resultaba nada simptico: era fro, soberbio, ordenancista; tipo
del comerciante rico que se da en todo el Mediterrneo. Me dijeron que
prestaba dinero a usura y que, a pesar de ser muy santurrn y de ir a
todas las procesiones y ceremonias religiosas, andaba en relaciones con
las Celestinas del pueblo.

El hijo, Emilio Serra, no era tampoco simptico: se manifestaba muy
dspota y muy orgulloso de su riqueza. Los Serra tenan una de las
casas ms lujosas de la Rambla de San Carlos.

En los das siguientes de mi estancia all me fu haciendo cada vez
ms amigo de las seoras de mi casa. Arregl mi cuarto, que era grande,
espacioso, blanqueado, con vigas azules en el techo, a mi gusto. Puse
en las paredes algunas estampas y litografas tradas de Inglaterra, un
estante para mis libros, una mesa delante de la ventana, y me prestaron
mis patronas un silln, con los brazos terminados por cabezas de pato,
muy cmodo.

Mi cuarto daba a una sala empapelada de verde, con su piano, su cmoda,
el espejo pequeo con marco de caoba, dos retratos al leo y varias
estampas. Esta sala tena una sillera de estilo ingls. Eulalia me
dijo que poda escribir all si quera, pero yo le contest que con mi
cuarto me bastaba.

Eulalia tocaba muy bien el piano, daba algunas lecciones y cantaba con
mucho gusto. Yo la oa, sobre todo los domingos y das de fiesta, desde
mi cuarto, sentado cerca de la ventana, por donde se vea, enfrente y a
la derecha, el Campo de Marte, dominado por el alto del Olivo, y a la
izquierda, la ribera del Francol, un inmenso jardn lleno de bosques
de palmeras, de limoneros y de almendros.

Aunque no conoca Grecia, me figuraba que as deban ser los paisajes
cantados por los antiguos poetas buclicos de la Hlade.




                                  IV.

                        EVOCACIONES Y RECUERDOS


POR Eulalia me enter, das despus, que la casa donde vivamos estaba
en el emplazamiento del antiguo Foro y prximo al Capitolio.

--As que vivimos entre el Foro y el Capitolio?--le pregunt a Eulalia.

--S, seor. Ya ve usted qu honor. Aqu cerca, al lado de la puerta
del Rosario, estn tambin los muros ciclpeos.

Contempl estos trozos de murallas, construdos con enormes peas por
pueblos antiqusimos y fabulosos. El Capitolio, segn me dijeron,
ocupaba un espacio limitado por una lnea que, partiendo de la calle de
las Escribanas Viejas, pasaba por la parte superior del Horno de los
Cannigos y la pared del claustro de la Catedral, y cruzaba por frente
al convento de la Enseanza, hasta la casa del Arcedianato de San
Lorenzo. En este sitio haba existido la torre del Patriarca, torre en
donde estuvo prisionero Francisco I, despus de la batalla de Pava,
antes de ser trasladado a Madrid, y que fu volada por los franceses
en 1813. Dentro del recinto del antiguo Capitolio entraba tambin el
jardn del Magistral.

El Foro, al parecer, comenzaba en el castillo de Pilatos y plaza del
Rey, segua por la calle de Santa Ana, yendo a formar ngulo con la de
Santa Teresa, prximamente a la casa del Horno de Salas; desde aqu
segua en lnea recta por la Mercera, escaleras de la Catedral y calle
de la Civadera, trazaba un ngulo en la calle de las Moscas, segua
la lnea por el arco de Toda y el huerto de la casa de las Beatas,
cerrando la lnea en la plaza del Pallol.

Del Foro se conservaba todo su mbito: las bvedas subterrneas en la
calle de la Mercera, y las superficiales en la parte de atrs de la
Catedral.

No lejos de casa estaba tambin el palacio de Augusto, la torre de
Pilatos, y hacia el mar, el Circo, donde se encuentra ahora el presidio
del Milagro.

Esta vecindad, con los antiguos monumentos ilustres de la poca, me
llenaba vagamente la imaginacin de ideas trascendentales.

Cuando sala de mi trabajo e iba a casa de mis patronas marchaba muy
alegre. Les contaba cmo haba pasado el da, y les llevaba noticias
que corran por el pueblo acerca de la guerra. Ellas, a su vez, saban
otras noticias, y confrontbamos las suyas con las mas.

Por las noches de invierno, despus de cenar, tenamos en la
mesa-camilla, doa Gertrudis, Eulalia y yo, largas conversaciones.
Doa Gertrudis me contaba escenas de la guerra de la Independencia,
presenciadas por ella. Esta guerra haba dejado, como en otras ciudades
espaolas, un terrible recuerdo en Tarragona. Tarragona se defendi
contra los franceses con un gran valor, como Zaragoza y Gerona. Los dos
meses que dur el sitio de la ciudad fueron de una espantosa carnicera.

Doa Gertrudis recordaba al viejo general don Senn Contreras, yendo
y viniendo por los baluartes, rodeado por su Estado Mayor, hablando
siempre a los soldados y a los guerrilleros con una gran energa y un
frentico entusiasmo. Doa Gertrudis contaba con muchos detalles la
vida del pueblo en los meses de sitio, las mil cbalas que se hacan
acerca de la suerte de la ciudad y las versiones que corran sobre la
ferocidad de las tropas del mariscal Suchet.

Por lo que deca ella, a quien ms odiaba entonces el vecindario era
a la legin italiana, que estaba con un regimiento de sitio tambin
italiano, entre el fuerte de Loreto y el mar.

Esta legin se hallaba formada por sicilianos, napolitanos y corsos,
reunidos en un depsito de reclutamiento en la Isla de Elba. La legin
se hallaba constituda por aventureros, bandidos y ladrones capaces
de todo. Uno de sus sargentos, Bianchini, se supo que haba hecho la
apuesta de comerse el corazn del primer centinela espaol que matase,
y, por lo que se dijo, se lo lleg a comer.

La crueldad y la violencia de este hombre se hicieron legendarias, y la
gente le llamaba _El Dimoni_. El tal Bianchini hizo varios prisioneros
espaoles, y como premio pidi al general ser el primero para entrar al
asalto en Tarragona. En la brecha cay muerto.

El mariscal Suchet reconoci que los espaoles se batan como leones.

La gente del pueblo insultaba con furia a los franceses desde las
murallas, y patrullas de mujeres iban armadas con su fusil a las
avanzadas. Una de ellas, la Calesera de la Rambla, tuvo gran fama en
aquella poca.

Durante los das del asalto, la rabia de sitiadores y sitiados lleg al
colmo. Los espaoles mataron, en un encuentro, al general Salme, y los
franceses, despus de fusilar a unos cuantos espaoles, escribieron con
la sangre de sus vctimas este letrero en la muralla: _Queda vengada
la muerte del general Salme_.

Los ltimos das del asalto fueron terribles. Los franceses,
enfurecidos, no daban cuartel; los espaoles se haban refugiado
en la Catedral, y desde sus puertas hacan un fuego horroroso. Los
franceses tuvieron que tomarla a caonazos y a tiros, y desde la plaza
de Las Coles hasta la entrada del templo fueron dejando, en la ancha
escalinata que sube hasta l, racimos de muertos. Cuando entraron en
la Catedral no dejaron dentro vivo a nadie de los que all se haban
refugiado. El suelo estaba lleno de sangre. Los franceses no respetaron
heridos, ni enfermos, ni mujeres, ni chicos. Se contaba que los
granaderos echaban a los nios por las ventanas y los reciban en la
calle otros soldados en las puntas de las bayonetas. Despus de la gran
matanza, los franceses hicieron ocho grandes hogueras alrededor de la
ciudad para quemar los muertos, y estas hogueras estuvieron echando
espirales de humo grasiento y horrible durante das y das.

La desgracia de Espaa hizo que, despus de la postracin producida por
la guerra de la Independencia, viniera la lucha poltica encarnizada y
cruel. Era, sin duda, indispensable alcanzar cierto grado de libertad
de conciencia y de vida prctica. Los pueblos deshechos, despoblados,
tardaban mucho en levantarse y en volver a la vida normal. Se haba
adquirido el hbito de la violencia; los hijos de los feroces
guerrilleros, naturalmente, no podan ser mas que sanguinarios y
crueles.

Despus de la nueva campaa que hicieron los franceses realistas con
el duque de Angulema, y que, afortunadamente, acab pronto, vinieron
las intrigas de los Descontentos. Eulalia haba conocido a uno de
sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vi a la seorita de Comerford
en la casa del cannigo hospitalero de la Catedral, don Guillermo de
Roquebruna. Eulalia me describi con entusiasmo la belleza de esta
seorita irlandesa, que luego result enredada con un fraile.

Eulalia y doa Gertrudis me hablaron del terror que reinaba en
Tarragona en tiempo del conde de Espaa; los presos que venan de noche
de los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo de Pilatos o
en el Fuerte Real, y de la bandera negra que apareca en los baluartes,
por lo cual se saba que el da anterior se haba enterrado o echado al
mar un cadver destrozado por las balas.

Todava presentaba un carcter ms horrible, segn Eulalia, lo que
pasaba en los calabozos de la Falsabraga, entre la barbacana y la
muralla, hacia el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto
se oan en aquella poca, casi todas las noches, gritos, lloros,
lamentos y, con frecuencia, descargas cerradas. Luego se vean pasar
hombres llevando algn bulto, precedidos por otro con un farol. Nadie
se atreva a acercarse al sitio en donde se sospechaba que alguien
haba sido enterrado; reinaba el ms profundo terror, y la idea de ser
llevado a la presencia del conde de Espaa inquietaba a todo el mundo.

Yo escuchaba estas historias lleno de espanto, pero al mismo tiempo la
tranquilidad de que gozaba por entonces me llenaba de satisfaccin.

Doa Gertrudis me trataba como si fuera su hijo; yo iba sintiendo
por ella gran afecto. Hicimos el proyecto de que, si acababa pronto
la guerra, marcharamos juntos a Salas de los Infantes. Ellas haban
estado haca pocos aos; pero ya no podan soportar el fro de aquella
regin. Adems, por estos das campeaba por all el Cura Merino con su
gente.

Llevaba yo un ao en Tarragona. En medio de este ambiente apacible y
algo melanclico me encontraba muy bien. En Mlaga haba vivido tan
retrado, que la vida que haca en Tarragona, quiz para otro montona,
a m me bastaba.

Esta existencia rutinaria me llenaba por completo. Los domingos paseaba
y, despus de la misa, sola comprar alguna golosina para llevarla a
casa. Por la tarde, a la hora de vsperas, casi siempre iba a pasear al
claustro de la catedral. El jardn del claustro, con sus arrayanes y su
pozo, sus cipreses y sus limoneros, me conmova. No quera saber nada
arqueolgico; si a veces oa las explicaciones de algn cicerone, las
olvidaba en seguida.

Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de aquel reposo lleno de
misterio, que me daba la impresin de un lugar de Oriente. A la hora
de las vsperas escuchaba el rumor lejano del rgano, el canto de los
cannigos; vea a los mendigos envueltos en sus capas, rezando bajo una
puerta primorosamente labrada, y todo esto me haca soar en una poca
pretrita y mejor.

Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde tocaba la msica militar,
y contemplaba a las seoritas de la aristocracia y a las menestralas,
vestidas de negro, con unos cuerpos de diosa y la cara plida de vivir
a la sombra. Al anochecer, los das de fiesta, solamos tener en casa
alguna pequea reunin musical, y yo tocaba el violn y Eulalia me
acompaaba en el piano.

Por entonces se empez a hablar de los carlistas catalanes Tristany,
Bruj, Caballera, etc.

Entre estos haba cabecillas audaces y atrevidos; pero no contaban con
un hombre como los del Norte, con Zumalacrregui.

Luego, poco despus, se empez a hablar constantemente de Cabrera y de
sus campaas en el Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban como un
monstruo, y otros, como el ms acabado tipo del caudillo defensor del
trono y del altar.

Zumalacrregui y Cabrera eran en este tiempo, y peleando en el mismo
bando, dos smbolos de las dos corrientes opuestas y contrarias de la
Espaa clsica. El uno, la perseverancia y la visin clara y penetrante
del hombre del Cantbrico; el otro, el bro, la gallarda y la fiereza
del Mediterrneo. Mientrastanto, el resto de Espaa esperaba.




                                  V.

                           LA TORRE DE ARNAU


ALGUNAS veces iba a visitar al capitn Arnau, a quien me haba
recomendado Barrenechea, el de la _Bella Amalia_. Don Ramn Arnau,
hombre de unos cuarenta a cincuenta aos, fuerte, enjuto, bien hecho,
con la cara curtida por el sol y el aire del mar, era de estos tipos
secos, avellanados, que produce la vida de a bordo.

Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y muy limpio; era hombre
serio, de movimientos rudos, y hablaba de una manera casi siempre
spera y malhumorada. A m no me manifestaba la menor simpata; me
consideraba, sin duda, como un seorito mimado, incapaz de un arranque
de entereza.

Don Ramn se manifestaba liberal y anticlerical; no iba casi nunca a la
iglesia; su mujer, aunque de menos edad que l, pareca ms vieja, casi
como si fuera su madre.

El capitn se mostraba con ella duro, dominador, creyendo, sin duda,
que la misin de las mujeres es la de obedecer sin rplica y trabajar
sin la menor distraccin. La mujer del capitn segua siempre la mirada
de su marido y temblaba cuando ste se enfurruaba. Arnau tena esa
idea de la autoridad del _pater-familias_ romano, y se consideraba
infalible e indiscutible.

En casa de Arnau conoc a sus hijas, Mara Rosa y Pepeta. Mara Rosa,
muchacha rubia y blanca, me pareci un poco pava; la Pepeta, morena,
con ojos verdes claros y tonos azules alrededor de los ojos, era
verdaderamente bonita.

Las dos chicas, a pesar de su belleza y de su juventud, no me gustaban
del todo por lo speramente que hablaban el castellano. Yo crea
entonces, y tard bastante tiempo en darme cuenta de tal preocupacin,
que por ser andaluz era superior a los catalanes. No comprenda que si
un cataln puede ser ridculo hablando castellano entre castellanos,
un castellano es ridculo hablando cataln entre catalanes. Lo mismo
le pasa al espaol que habla francs, o al francs que habla espaol.
Se cree tambin que unos idiomas son eufnicos y agradables al odo,
y otros, no; pero todos los idiomas son eufnicos para el que est
acostumbrado a ellos.

Arnau posea una casa de campo en el camino de Barcelona, que va
costeando por entre pinares y la marina, a poca distancia del Hostal
de la Cadena. Esta torre, como la llamaban all, era pequea y blanca,
tena un hermoso huerto, un jardn con una terraza y una azotea
desde la que se divisaba el mar. El huerto era grande, con naranjos,
granados, limoneros y otros rboles frutales; el jardn tena varios
cuadros separados por boscajes de mirtos y de madreselvas, que formaban
calles en sombra. Casi siempre, en invierno y en verano, resplandecan
innumerables flores, y constantemente haba frutos, pues cuando unos
estaban ya maduros otros comenzaban a brotar. La naranja y el limn,
las cerezas y los albaricoques, las peras y las manzanas, los higos,
las granadas y las nueces se sucedan sin descanso.

Cuidaba este huerto Pascual, un mozo de unos veinticinco a treinta
aos, fuerte, tostado por el sol, algo pariente de Arnau. Pascual
trabajaba constantemente y tena un gran amor por la agricultura.

En el jardn haba una pequea glorieta cubierta con enredaderas y un
gran pino alto, de copa redonda y tronco morado.

La tapia, pintada de azul, tena encima jarrones de porcelana llenos de
cristales de colores que despedan al sol brillantes destellos.

En mi poema _La Batalla de Lepanto_ introduje ms o menos
subrepticiamente el jardn de la torre de Arnau y lo convert en el
jardn de las Hesprides, con sus ninfas guardadoras de las manzanas
de oro: Egla, Aretusa e Hiperetusa. A Pascual, el hortelano, le
llamaba Vertumnio. Cierto que el mitolgico jardn no tena nada que
ver directamente con el resto de mi poema; pero yo me consideraba con
derecho para vagabundear como poeta en alas de la fantasa por el mundo
entero.

Varias veces fu a la torre de Arnau solo o acompaado por algunos
amigos, sobre todo los das de fiesta. Mara Rosa y Pepeta reinaban en
aquel huerto con sus trajes blancos y sencillos, como Flora y Pomona.
Estas chicas catalanas, que no conocan la timidez ni el rubor, eran
completamente ingenuas y naturales y hablaban de una manera terminante
y enrgica. No tenan Mara Rosa y Pepeta nada de ninfas tmidas y
ossianescas ni de damas lacustres; mejor hubieran podido pasar con un
poco de imaginacin por diosas paganas.

Mara Rosa todava era algo romntica; Pepeta tena un realismo
aplastante.

Conmigo solan ir dos pretendientes de Mara Rosa y de Pepeta: Pedro
Vidal y Juan Secret.

Pedro Vidal haba sido teniente de voluntarios realistas, y en aquella
poca se manifestaba satisfecho de no serlo y se senta partidario
de la Reina. A pesar de esto, el capitn Arnau no le perdonaba el
haber pertenecido a la milicia realista y le manifestaba una marcada
antipata.

Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado en Tarragona, al frente
de los Descontentos, y a su familia se la consideraba en el pueblo como
absolutista. Vidal y un hermano suyo vivan obscuramente con su madre
en una callejuela prxima a la Catedral.

Secret gozaba de la completa simpata del capitn Arnau. Secret era
hombre bajito, rojo y barbudo; su gran preocupacin consista en
parecer alto. Cuando se le oa andar sin verle, por ejemplo, de noche,
se crea que pasaba un gigante; tales zancadas sola dar.

Secret tena el ttulo de maestro de escuela y se vanagloriaba de haber
publicado un peridico liberal en Reus. Lector de la historia de la
revolucin francesa, senta un frentico entusiasmo por sus doctrinas y
por sus hombres.

Secret saba el francs, haba vivido unos meses en Perpin y ledo
obras del vizconde de Arlincourt, y estaba convencido de que su mirada
magnetizaba y fascinaba como la de las serpientes de los cuentos.
Crea que era de esos hombres fatales que destrozan el corazn de
las mujeres, de esos hombres que ren de sus vctimas con una risa
sarcstica y mefistoflica y que tanto abundan en los novelones y en
los melodramas.

Sus amigos se burlaban de l y aseguraban que, por entonces, al menos,
no se saba que hubiera hecho ningn gran destrozo en las vsceras
cardacas del bello sexo.

Eso de parecer un hombre fatal siempre ha sido y ser, sobre todo en
poca de romanticismo, cosa muy agradable. Secret, antes de vivir
en Francia, figur entre los absolutistas y form parte de los
Descontentos.

Su estancia en Perpin trastorn sus ideas y comenz de pronto a
sentirse liberal, y acab siendo antirreligioso y republicano.

Secret era bilioso, colrico y partidario de incendiar, de matar y
de no dejar ttere con cabeza. El deca que estaba afiliado a la
sociedad de carbonarios, pero sus amigos tampoco lo crean. Secret
echaba grandes discursos en castellano, desdeaba el uso del cataln
y dominaba con sus adulaciones, y lo tena preso en su tela de araa
al capitn Arnau. No saba yo exactamente si este hombre se diriga a
Mara Rosa o a Pepeta, pero ninguna de las dos le acoga con agrado.

Los conocidos me daban broma por mi amistad con la Pepeta, pero era
intil: tena en la memoria impreso de una manera imborrable el
recuerdo de Mara Teresa, y, adems, reconociendo que era una tontera,
no poda pasar por el acento cataln spero de Pepeta. No me pareca
nada femenino.

Otro comensal de la casa amigo de Arnau y muy liberal era un
farmacutico, Castells, un hombre gordo, tranquilo, que tena su
farmacia en una esquina de la Rambla de San Carlos.

Castells era un tanto fantstico: tena ideas raras y originales;
crea que la ciencia, con el tiempo, realizara todos los milagros que
se suponen hechos en la antigedad, y pensaba que por la qumica se
llegaran a hacer seres vivos.

Este Castells daba siempre la nota pintoresca y extravagante. Cuando
bamos a su farmacia sola obsequiarnos con magnficos refrescos, que
compona con varios ingredientes en alguna probeta con el mismo aire
que si estuviera haciendo un experimento o una reaccin qumica.

En la casa de Arnau, en ltimo trmino se destacaba la ta Doloretes,
pariente de la mujer del capitn. Era sta una mujer muy vieja, negra
como un cuervo, acartonada, con una mirada muy viva y una manera de
hablar exagerada y expresiva.

La pobre vieja viva con el hortelano Pascual constantemente en la
torre; haba tomado la misin de trabajar para los dems y cultivaba la
huerta, y estaba satisfecha si sus sobrinas nietas le hacan alguna vez
una caricia.

No se poda ir con frecuencia a la torre de Arnau, porque muchas veces
se deca que algn grupo de carlistas rondaba por las proximidades
del Hostal de la Cadena. Yo, en general, los das de fiesta prefera
quedarme en casa y aadir unas cuantas octavas reales ms a mi gran
poema.

A veces desconfiaba de este mamotreto, que iba creciendo y creciendo de
tamao, y en el que yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador
y valiente; pero otras, me entraba de lleno la ilusin y pensaba en
legar al mundo una obra maestra.




                                  VI.

                           LA CASA DEL NEGRE


CERCA de la torre de Arnau, y entre la carretera y el mar, delante
de una estrecha playa pedregosa se levantaba una casucha terrera,
construda con adobes, que tena al lado un corralillo y un pequeo
bancal, verde o amarillento, segn las estaciones. En el corralillo se
vean constantemente harapos puestos a secar al sol, sobre cuerdas de
esparto, y algn montn de fiemo, a cuyo alrededor picoteaban gallinas
y coma una cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral, hasta
donde suban las olas, que echaban sobre la arena grandes madejas de
algas harapientas, se vea una barca vieja, con la quilla al aire, que
se pudra con la humedad y el sol.

Esta casucha, prxima a la torre de Arnau y al Hostal de la Cadena, se
llamaba la casa del Negre.

El Negre haba sido un pescador borracho y contrabandista que durante
muchos aos antes de la guerra de la Independencia haba vivido all.
El Negre pareca hombre jovial, pues se pasaba la vida fumando en su
pipa, componiendo sus redes en la playa y cantando. Una de las coplas
que ms le gustaba repetir era sta:

      Cuan lo pare no te pa
    la canalla, la canalla,
    cuan lo pare no te pa
    la canalla fa ballar.

Un da el Negre hizo un extrao descubrimiento. Tena su barca
estropeada y haba ido a pescar a una roca prxima a Tamarit del Mar,
con su caa y una cesta, en la que llevaba un pedazo de pan y una
botella de aguardiente.

Por la noche el pescador volvi trastornado, y, en vez de quedarse en
su casa, entr en el Hostal de la Cadena.

Segn dijo el Negre, haba visto claramente una sirena blanca que tena
el tronco de una mujer y el resto del cuerpo de pez, con escamas. Se le
haba agarrado a la cuerda de la caa, y al levantarla en el aire di
un grito, se hundi en el agua y desapareci.

Se discuti el hallazgo en la taberna. Unos se pusieron a favor, y
otros, en contra. El Negre afirm que l saba lo que eran las sirenas,
porque en su juventud haba visto una en el mascarn de proa de un
barco, medio blanca, medio verde y con un arpa dorada en la mano.

El Negre describi su sirena con toda clase de detalles. Era rubia, con
los ojos azules y los pechos blancos. Unos das despus, dos jvenes
fueron a la roca prxima a Tamarit y vieron que el agua se revolva al
pie. Quiz haba alguna pareja de delfines.

Desde entonces los vecinos de por all llamaron a la roca la Roca de la
Sirena.

El Negre no saba a punto fijo lo que haba visto, y cuando hablaba del
hallazgo de su sirena lo contaba todas las veces de distinto modo.

El Negre muri a fuerza de ver cosas raras, porque siempre que las vea
llevaba su botella de aguardiente, y ms cosas raras vea cuando ms
alcohol penetraba en su cuerpo.

Poco despus de la muerte del Negre apareci, habitando la casa, un
vagabundo medio gitano, a quien llamaban el Caragol. Este hombre,
enfermo de tercianas y de color pajizo, viva enredado con una mujer
muy guapa, llamada Teodora, que no le guardaba la menor fidelidad,
porque constantemente, y de noche, entraban y salan hombres en aquella
casa.

Un da el Caragol vino con tres mujeres, que dijo eran hermanas de
la que viva con l. No se saba de dnde llegaban. Hablaban estas
mujeres una lengua mixta de cataln, de italiano y de ruso.

Venan de muy de lejos; quiz ni ellas mismas saban dnde haban
nacido. La gente crea que eran gitanas o medio gitanas estas hijas de
la tierra. La Teodora, la del Caragol, al lado de ellas se destacaba
como una Venus, confirmando la idea de los antiguos griegos de que
Venus era hermana de las arpas.

Mientras el Caragol estaba enfermo, la Teodora anduvo enredada con un
marinero. Sus hermanas, las tres flacas, secas, negras, malhumoradas,
chillonas y amenazadoras, trabajaban en el bancal de la casa del Negre,
lavaban la ropa y salan a pescar pulpos entre las rocas.

Las llamaban la Nas, la Escombra y el Mussol: la Nariz, la Escoba y el
Mochuelo.

En mi poema, en donde les di tambin entrada a estas mujeres, eran
Alecto, Thisiphone y Megera.

La Teodora tuvo una hija muy rozagante del marinero, y luego, en tiempo
de la guerra de la Independencia, se enred con Bianchini, el soldado
de la legin italiana a quien llamaban el _Dimoni_, del que tuvo un
hijo.

Poco despus, el Caragol muri, y la Teodora desapareci del pueblo
dejando a sus supuestas hermanas la chica y el chico.

Las tres viejas arpas, la Nas, la Escombra y el Mussol, quedaron en
la casa del Negre, trabajando como bestias para mantener a los dos
sobrinos.

Por lo que se supo despus, las tres furias hacan contrabando.

Algunas noches se vean luces en el mar y en la casa del Negre; despus
un falucho se acercaba a la costa frente al Hostal de la Cadena, y
tres sombras iban a la pequea playa, entraban en el mar y salan con
pesados fardos, que iban subiendo a depositarlos en el Hostal de la
Cadena y en la casa del Negre. Paquetes de tela, de tabaco y armas para
los carlistas haban sido llevados al hombro por aquellas tres mujeres.

Una noche en que el comandante de carabineros, de acuerdo con un
contrabandista que diriga el movimiento, haba dispuesto enviar
todos sus soldados lejos de la playa en donde se iba a verificar el
contrabando, se presentaron dos carabineros al olor de la combinacin,
en la que ellos no participaban, pretendiendo tomar parte en el botn.

Uno de los carabineros mand pararse a dos de las furias de la casa
del Negre, a la Nas y al Mussol, a las que sorprendi subiendo por la
playa cargadas con fardos. Estas tuvieron que echar su carga al suelo.
El jefe de la maniobra terci en la cuestin, se entendi con los dos
carabineros y sigui hacindose el alijo.

Unas semanas despus, una noche obscura, las tres hermanas volvan
de la playa con unos fardos de tabaco al hombro, cuando uno de los
carabineros que les haba sorprendido noches antes les di el alto.

--Alto! A ver esos fardos.

Las tres mujeres echaron los fardos al suelo. El carabinero los
reconoci.

--Hala!--dijo despus--; tenis que venir conmigo a la comandancia.

Las tres mujeres suplicaron encarecidamente al carabinero que les
dejara; pero el otro, con la petulancia del hombre armado y con
uniforme que se cree autoridad, asegur que no cedera.

Entonces las tres furias se hablaron en su lengua, y rpidamente se
lanzaron sobre el carabinero; una le sujet los brazos por detrs; la
segunda le tap la boca, y la otra, abriendo un cuchillo, le di tres
cuchilladas profundas en el pecho. El carabinero quiso gritar y mordi
en la mano a una de las mujeres; pero entre las tres le tumbaron en la
arena, y all le dieron ms cuchilladas, hasta que lo dejaron muerto.

Ante el cadver, las tres hermanas conferenciaron; decidieron meterle
en su bote, y, pasando por delante del puerto, lo dejaron cerca de
la salida del ro Francol. Despus volvieron, limpiaron el bote
perfectamente, quitaron las huellas de sangre de la arena y guardaron
sus fardos. Esta muerte hizo que se abriese un proceso, en que hubo
indicios para acusar a las tres mujeres de la casa del Negre, que
fueron a la crcel.

Mi patrn, don Vicente Serra, que, sin duda, tena alguna relacin con
estas mujeres por cuestiones de contrabando, les di dinero para que
pudiesen poner fianza y salieran a la calle.

Estas tres mujeres llegaron a producir el terror en los alrededores del
Hostal de la Cadena. Tenan las tres el perfil agudo, algo de pjaro
en la cara, una manera de andar llena de fuerza y de bro; sobre todo,
una de ellas, la menor, el Mussol, pareca ir volando cubierta con
sus harapos negros. La gente crea a estas tres mujeres capaces de
todo. Algunos pensaban que hacan mal de ojo y que podan atraer las
desgracias, las pestes y las calamidades sobre las personas que odiasen.

La mayor de ellas, la Nas, tena una cara fuerte, dura, inmvil; la
nariz, recta y cortante como un cuchillo; el pelo, negro, en dos
bandas; el pauelo, tambin negro, en la cabeza, y el brazo, seco y
membrudo, como una raz retorcida. La Escombra se caracterizaba por sus
pelos alborotados, andaba siempre sucia y greuda, y se la tena por
aficionada al aguardiente. El Mussol pareca realmente un mochuelo.
Nadie entraba en su casa. Si alguno se paraba a mirarlas desde la
carretera, le insultaban. Los dos sobrinos de estas furias eran a cual
ms intiles y perezosos. La chica, que se llamaba Teodora, como su
madre, pero a la que decan Dora, era rubia, vagabunda, y andaba en el
Hostal de la Cadena en compaa de otra muchacha de mala fama. Se las
vea a las dos a orillas del mar hablando con marineros y carabineros.
La Dora, perezosa, tumbona, rozagante, no haca mas que vagabundear y
cantar. Era una mujer guapa, fuerte, de muchas caderas, que hubiera
podido servir de modelo a una Venus Calipiga.

Al chico, que entonces tendra quince aos, le llamaban el _Caragolet_
y el _Dimoni_; trabajaba por temporadas, yendo a pescar en algn
falucho, y sola vagar por la playa y los alrededores. A los quince
aos ya galleaba, rondaba a las mozas, vesta muy pincho, con gorro
rojo, camisa de color y pantaln blanco; era hipcrita y sanguinario.
Tena un perro sarnoso, que se llamaba _Napolen_, que era el compaero
de sus hazaas. Era un perro tan hipcrita como su amo, que se acercaba
amablemente al que le llamaba y, de pronto, le morda en una pierna y
echaba a correr.

Las tres furias de la casa luchaban a brazo partido con la vida
angustiosa y miserable; tenan que pagar deudas y dar a mi patrono
Serra lo que ste les haba prestado.

Mientrastanto, la Dora y el Caragolet se divertan.

Hasta las tres hermanas llegaba la mala fama de sus sobrinos y,
sobre todo, las aventuras de la muchacha, que, a su modo de ver, las
deshonraba.

Estas furias tenan un odio terrible contra todo y contra todos; el
rencor de los parias por los prestigios que ellos no pueden alcanzar.
A pesar de su miseria, la idea de la honra era en ellas extremada y
vidriosa; odiaban furibundamente a los que andaban con su sobrina, y al
mismo tiempo la admiraban a ella por el atractivo y el garbo que tena.

A uno de los que consideraban como su mayor enemigo era a Pedro Vidal,
que haba andado con la Dora. Por entonces supe yo que don Vicente
Serra haba querido llevar a una casa de Tamarit del Mar a la Dora, y
sta, burlndose del viejo comerciante, haba alardeado de sus amores
escandalosamente con Vidal.

Las furias de la casa del Negre tenan un profundo odio por este
muchacho, que impidi que la Dora llevase una vida de menos escndalo
que la que haba llevado hasta entonces. Segn me dijo Vidal, muchas
veces, al pasar por delante de la casa del Negre, haba visto alguna
de las viejas que le mostraba el puo con rabia.

Aquellas tres mujeres, siempre trabajando, despreciadas por todos, sin
apoyo ninguno, me daban a m una profunda lstima.




                                 VII.

                        RECUERDOS Y EVOCACIONES


HAY ciudades en el Mediterrneo en las cuales su antiguo esplendor
queda como sumergido en la obscuridad de la historia. Son ciudades que
viven todava una vida intensa y que las preocupaciones del momento les
hacen olvidar los sucesos pasados. Hay pueblos muertos que no tienen
mas que el prestigio de su pretrita grandeza, y pueblos lnguidos que
se conservan sin morir, pero que no alcanzan a llevar una existencia
lozana y fuerte.

De estos ltimos era por entonces Tarragona, ciudad demasiado antigua
y demasiado moderna que, entre su extrema antigedad y su modernidad
extrema, no tena apenas rasgos de unin.

Esta urbe moderna, elevada sobre ruinas romanas y murallas ciclpeas
de una antigedad hundida en el misterio, tena, a pesar de sus
edificios, la mayora nuevos, un carcter grandioso y severo.

Haba algo como un poder hurao en sus ruinas robustas, olvidadas por
el tiempo, que daba hasta a las construcciones modernas un sello de
gravedad y de tristeza.

La silueta de Tarragona, desde cualquier punto que se la contemplase,
tena un aire de austeridad. El misterio lejano de aquellas fuertes
murallas ciclpeas, de bloques de piedra no tallados, sobre los cerros
pedregosos, hablaba a la imaginacin de pocas obscuras. El esplendor
de Roma llegaba todava vagamente, pensando que all haba habido un
Capitolio, un Foro, un palacio de Augusto, un Anfiteatro; grandes y
tristes acueductos. La Catedral, con su interior grave y majestuoso,
su bside como una fortaleza y su claustro admirable, era lo medieval;
despus, todos aquellos muros y baluartes, con sus torres almenadas
y sus bateras, recordaban las luchas de la edad moderna; fenicios y
celtas, griegos y romanos, godos y rabes, judos y cristianos, todos
haban dejado sus recuerdos en la vieja ciudad. El comprobar que al
lado de la urbe moderna existan restos de otras urbes antiguas,
brotes esplndidos de civilizaciones desaparecidas, daba la impresin
melanclica que producen las grandes ruinas.

Tarragona era en esta poca un pueblo pequeo, de unas diez a once
mil almas. Se divida en ciudad alta, entonces, casi todo el pueblo,
planteado sobre roca viva, inclinado hacia el mar y hacia la ribera del
Francol, y ciudad baja, que comenzaba en las proximidades del puerto
y se iba extendiendo hacia el cerro, en donde se hallaba asentada la
poblacin amurallada y antigua. Esta ltima tena la forma de una
herradura alargada, abierta hacia el puerto y cerrada a espaldas del
Seminario y de la Catedral.

Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas, sino abiertas
hacia los extremos, estaban formadas por una serie de muros y de
baluartes, la mayora construdos sobre otras murallas primitivas,
que daban hacia el mar y hacia el monte. Entre las dos ramas de la
herradura se hallaba la explanada fortificada, que dominaba el puerto
y separaba la ciudad vieja de la nueva, y donde luego se abri la
Rambla de San Juan. En esta poca de que yo hablo, la Rambla, que
se consideraba como lo ms animado de la ciudad, era la Rambla de
San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en su mayora, eran
irregulares, estrechas y pendientes.

Yo me encontraba muy contento en Tarragona, conoca y admiraba sus
puntos de vista. Sobre todo, el trozo de muralla, desde el baluarte
de Cervantes hasta el de San Antonio, con la Barbeta o el tambor del
Toro, que caa sobre la punta del Milagro, lo recorra con frecuencia.
Era aquel un balcn esplndido que dominaba el mar.

La parte de atrs de la Catedral era menos curiosa. Por el lado de la
torre de San Magn y el palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real,
donde quedaban an restos del antiguo Capitolio, se dominaba toda la
llanura del Francol, llena de huertas y de rboles frutales. Algunas
veces suba tambin al cerro del Olivo, y desde all contemplaba
Tarragona. Como una de aquellas estampas de la poca en que el artista
modificaba la realidad para sintetizarla recuerdo la vista que desde
all se divisaba. En medio, la torre de la Catedral, redonda, rodeada
de murallas y de fuertes; a su izquierda, salvando un barranco, uno
de los acueductos roto, el del agua del Puigpelat; a la derecha, el
otro acueducto, ntegro, el puente de las Ferreras, o puente del
Diablo; hacia el puerto, la cpula de una iglesia, y por todas partes,
murallas, baluartes y muros almenados, y en el fondo, el mar azul, muy
obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo esplndido.

A pesar de ser mi vida un poco lnguida, no estaba descontento de ella.
A veces, pensando en mi melancola constante y habitual, me deca a m
mismo:

--Estoy triste porque ella me ha abandonado--pero comprenda que no,
que estaba melanclico porque mi temperamento era as.

Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha sido para m punzante.
Muchas veces tena que salir de la oficina y bajar al puerto para hacer
algn encargo. Slo haba de cuando en cuando alguno que otro barco de
vapor. En general, se vean goletas, msticos, polacras sicilianas,
galeotas toscanas, y alguna que otra vez, embarcaciones raras que
venan de los archipilagos griegos, con el velamen airoso, la popa
redonda esculpida y grandes mascarones pintados con colores vivos.

All se solan ver barcos de todas las costas prximas, y a veces se
distingua el pabelln soberano de los Estados del Papa, con la figura
de San Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdea, con un escudo en
fondo blanco y la orla azul; el pabelln de Toscana, con una franja
blanca y dos rojas y en medio su blasn; el de las dos Sicilias, con
el escudo rodeado por el toisn de oro; la flmula de Mdena, con su
guila; la de Mantua, con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa,
con la palabra _Libertas_; la de Gnova, con una estrella roja; la de
Grecia, azul, con una cruz blanca; la de los Estados unidos de las
islas jnicas, la de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos
libres que tenan una bandera propia y peculiar suya.

Con frecuencia venan faluchos cargados hasta el tope de naranjas,
y estos faluchos, con sus grandes velas y su cargamento de frutos
dorados, sobre el mar negruzco de puro azul, me parecan el smbolo del
mar Mediterrneo.

En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real, haba un cordelero
que era amigo mo, y con quien sola hablar: el seor Vicente, a quien
llamaban el to Corda. Le vea ir andando hacia atrs hilando la estopa
de camo que llevaba en la cintura, mientras un chico daba vueltas al
carretel.

Este cordelero era un viejo fuerte, rechoncho, un poco cojo, con la
cara redonda y la sonrisa socarrona. Hablaba con malicia y con irona;
haba sido marino, viajado mucho, y haba estado en la batalla de
Trafalgar. Recordaba muy bien a Gravina, a Churruca, a Valds, y saba
ancdotas de Nelson, a quien los marineros llamaban el Seorito, de
Collingwood, el to Calambre y de Villeneuve, a quien apodaban monsieur
Corneta. El seor Vicente me contaba largas historias de sus viajes,
y hablndome de sus cuerdas y explicndome para qu servan en los
barcos, me haca pensar en el mundo entero.

Cuando yo le preguntaba lo que le parecan los acontecimientos de la
guerra me deca filosficamente:

--Qu quiere usted, seorito! Nuestro tiempo es muy cruel y muy
bestial. El hombre tardar mucho en ser algo razonable.

Yo estaba de acuerdo con l en lo que deca.

Veamos, el cordelero y yo, trabajar a los presidiarios en el puerto,
cosa triste; contemplbamos la llegada de las barcas de los pescadores,
y al caer de la tarde yo volva hacia el pueblo por la cuesta de
Despeaperros mientras los resplandores del sol poniente incendiaban
las rocas y las murallas almenadas. Este sol dorado, los celajes
esplndidos del anochecer, en que me pareca que mi alma se vaciaba
en el ambiente, el son triste de las campanas de algn convento, la
estrella del crepsculo cantada por Ossian, que brillaba en el cielo,
y el sollozo montono del mar, me impulsaban a la suave melancola.
Luego, al volver hacia casa, por las calles, miraba el interior de
las tiendecillas, apenas iluminadas, y vea las tertulias que se
congregaban en las trastiendas.

Al medioda y al anochecer pasaba la diligencia por el centro del
pueblo con un gran estrpito de cristales, cubierta de polvo. Se
reparta el correo y se comentaban las noticias de la guerra.

Al sonar el toque de nimas, todo el mundo se retiraba a su casa. La
idea de estar encerrado entre murallas me produca tambin una gran
melancola.

Esta melancola era en m algo inasible; pensaba muchas veces que si
hubiera podido convertirla en tema literario, me hubiera, por lo menos
en parte, librado de ella; pero no poda: mis versos eran siempre
fros y correctos, y mis octavas reales sonaban como un tambor. En
este endiablado poema mo no poda poner nada personal. No sala de
evocaciones y de rapsodias. Adems, todo el mundo hablaba en l con una
terrible solemnidad, comenzando por el personaje, que era yo, con el
nombre de Edgardo, guerrero y atrevido nauta, que haca grandes proezas
y grandes conquistas, y siguiendo por don Juan de Austria, Doria, don
Alvaro de Bazn, Farnesio, Cervantes y Al-Baj.

Muchas veces, rodo por este fondo de tristeza, que comenzaba a
comprender que no dependa mas que de m mismo, marchaba al claustro
de la Catedral y pasaba horas enteras nadando en un sentimentalismo
confuso, que quedaba como flotando sobre mi espritu.

A veces, mis amigos me impulsaban a salir fuera del pueblo; bamos a
la torre de los Escipiones o al Arco de Bar, a los pinares, donde
murmuraba el viento, o nos embarcbamos en una lancha y contemplbamos
la costa entre el cabo Salou y el cabo Gros; las colinas blancas,
amarillas, secas, con las entraas rojas y sangrientas, cubiertas en
parte de pinos, de olivares o de tamarindos, y las olas azules llenas
de espumas que haban servido de blondas en la cuna de Anfitrite. Esta
luz y esta esplendidez del mar latino no me produca alegra ninguna,
sino ms bien tristeza. Toda esta costa mediterrnea me pareca como
consumida por la llama de la pasin.

Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas por el sol poniente,
brillando en sus vidrieras, senta, como siempre, la misma punzada de
abatimiento y de melancola.

Tambin me gustaba los das de fiesta quedarme en mi habitacin,
mirando por la ventana el cielo y el campo.

En las horas fuertes de sol y de calor la luz tena reverberaciones
de horno; en los paredones de las murallas corran los lagartos y
las salamandras; en el campo cantaban las cigarras, y algn abejorro
rezongaba y se esconda en los agujeros de las piedras; luego, al
avanzar la tarde y al pasar la soolencia de la hora de la siesta, el
aire perda su pesadez y quedaba transparente y sutil, con un olor a
hierbas secas y una luz clara y ntida, y despus vena la magia del
crepsculo, con sus nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la
imaginacin enormes Babilonias de mil torres, incendiadas y doradas.

Cuando las tintas grises del anochecer suban del llano a la montaa,
yo segua con la mirada las curvas que trazaban en el aire las
golondrinas y los vencejos, y los zig-zags de los murcilagos, y oa
las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el toque triste del
_Angelus_.

De noche, muchas veces abra la ventana y miraba el llamear de las
constelaciones y la faz curiosa de la luna, que acariciaba con sus
rayos las piedras, los cerros y los bosques lejanos...

Senta con intensidad vagas nostalgias; pretenda, a veces, trasladar
estas impresiones fugitivas al papel, y no consegua hacer mas que
pesadas octavas reales sonoras y rimbombantes.




                                 VIII.

                         LA CASA DE MONTFERRAT


AL cabo de algn tiempo de vivir en Tarragona, conoca a todo el
pueblo. No pretend entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo
que me haba ocurrido en Mlaga me serva de leccin. Con mi trabajo,
mis versos y la amistad de las dos seoras de casa, me bastaba.

De cuando en cuando reciba cartas de Mlaga, por las cuales vea que
nuestros asuntos econmicos iban tomando mejor cariz. No me hablaba mi
familia nunca de mi novia; pero por un amigo supe que iba a casarse.
Me desesper, y, para calmar mi dolor, hice una elega; mas me result
como todos mis versos: sin emocin.

Un da estuve con Eulalia en el Jardn del Magistral, y conoc all a
una de las mujeres ms distinguidas y ms elegantes del pueblo, Elena
de Montferrat, a quien el hijo de mi patrn, Emilio Serra, galanteaba.

Elena era una mujer alta, delgada y esbelta. Tena el perfil romano;
el valo de la cara, alargado; la nariz, recta; la boca, grande, pero
hermosa y fresca; los ojos, negros, brillantes, y el pelo, rubio
obscuro. Como sola vivir largas temporadas a orillas del mar, en una
finca de su madre, cerca de Torre de Embarra, y sala por las maanas
a pasear a caballo, no estaba plida, como la mayora de las muchachas
del pueblo, sino dorada por el sol. El primer da que la vi se mostr
muy amable, muy seductora conmigo. Paseando por entre los boscajes y
los macizos de flores, me pareci Armida en sus jardines encantados.

En todos los ademanes de Elena haba siempre una distincin
aristocrtica, unida a un gesto amargo y desdeoso. A m me pareca,
por su tipo, una emperatriz romana.

Elena era pariente, por parte de su madre, del cannigo don Guillermo
de Roquebruna. Elena viva en la parte vieja de la ciudad, en una
calle estrecha que cruzaba de las Escribanas Viejas a la calle
de Caballeros. Era una calle triste y silenciosa, con algunas
tiendecillas, con las casas cerradas, en la que se vea cruzar, de
tarde en tarde, algn cannigo o alguna vieja enlutada.

Elena era amiga de Eulalia, la sobrina de doa Gertrudis, y haba
tomado con ella lecciones de piano. Elena vesta muy bien, tena el
sentido de la elegancia, y, cuando se propona, era graciosa y amable.
Hablaba el castellano casi sin acento.

A m me manifest, al poco tiempo de conocerme, cierto desdn, no s
por qu motivo, porque yo no la pretenda pensando que haba una gran
distancia entre una muchacha rica y aristocrtica y un advenedizo
arruinado como yo.

El hablar con ella me produca siempre una sensacin de timidez y de
encogimiento; verdad que ella se mostraba conmigo un tanto spera,
burlona y displicente.

--A m no me gustan los hombres guapos que se creen guapos--me dijo una
vez--, y menos los que se pasan la vida en una actitud melanclica.

Yo, al orla, enrojec molestado por este ataque directo y no
legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza la dije:

--A m tampoco me gustan las mujeres que saben que son guapas, y menos
las que son muy orgullosas.

Elena, despus de esta rplica un poco viva, se acercaba ms a m y me
hablaba burlonamente:

--Ya s que escribe usted versos--me dijo una vez--. Con el tiempo le
llamarn a usted el Cisne de Tarragona.

--No; en tal caso, la Cigarra de Mlaga.

--No nos va usted a leer alguna vez sus versos?

--No se burle usted de m.

--No, no me burlo.

--Mis versos no tienen valor para que los lea ante un pblico; sirven
para m solamente.

--Necesita usted consuelo?

--Por qu no? Como todos los hombres.

--Pobrecito! Tan desgraciado es usted?

--Por lo menos no me creo afortunado.

--S, ya s que su novia le ha dejado.

--Es verdad.

--Y por qu le ha dejado? Porque es usted pobre ahora?

--S.

--Bien poco cario le tendra a usted.

--Es que sus padres le han obligado a casarse con otro.

--Bah! A m no me obligara nadie a eso.

Otro da me dijo:

--Huye usted de todos nosotros. Por qu tanto miedo?

--No es que sienta miedo; me atengo a mi posicin modesta; no quiero
penetrar en la aristocracia del pueblo para no sufrir sus desdenes.

--Pues eso es miedo. Tan cobarde es usted o tan tmido?

--Lo soy, no lo niego--le dije yo.

Elena tena en el pueblo fama de elegante, de distinguida y de
caprichosa. Solan galantearla y acompaarla en el paseo de la Rambla,
Emilio Serra, el hijo de mi principal, y un militar joven, el teniente
de caballera Juanito Montoya, que pasaba en Tarragona por un calavera
deshecho.

Elena no manifestaba gran simpata por el uno ni por el otro;
coqueteaba con cualquiera. Las seoras de mi casa me hablaron de ella y
de su madre, y me llevaron un da a saludarlas a su casa.

La familia de Montferrat era una familia ilustre, italiana, de la
Lombarda, que figuraba desde el tiempo de las Cruzadas. Entre ellos
haba nombres extraos y pintorescos: Guillermo V, llamado Larga
Espada, famoso por sus proezas en Tierra Santa, en donde se cas con
Sibila, la hermana del rey de Jerusaln; Guillermo el Viejo, Bonifacio
el Gigante, y otros, igualmente dignos del romance o del poema. Los
Montferrato, que aparecen en la historia de Italia desde el tiempo de
Otn el Grande, entroncan luego con la dinasta de los Palelogos.

Un da ped a Elena que me copiara su genealoga y me hiciera un ligero
bosquejo de los hechos ms notables realizados por los personajes de su
familia, y cuando me di la nota pasaron todos estos grandes seores,
envueltos en ms o menos ripios y con el sonsonete de las octavas
reales, a mi poema.

Los Montferrato haban gozado de gran posicin en Italia.

El abuelo de Elena, hudo de Miln en tiempo de la Revolucin francesa,
se estableci en Tarragona como un comerciante obscuro.

Elena y su madre vivan en una casa antigua y espaciosa, con balcones
salientes, ocultos por persianas de paja, fachada pintada de amarillo
y un gran patio enlosado, con el brocal de un pozo en medio. A este
patio, entre cuyas losas crecan altas hierbas verdes, se llegaba
atravesando un arco de la entrada.

Desde este patio suba una escalera de piedra al primer piso por el
exterior, penetraba en un pasillo y segua ascendiendo a los cuartos
altos.

La casa era demasiado grande para la gente que viva en ella, y estaba
muy abandonada.

La habitacin que ocupaban doa Mercedes y Elena tena estancias
espaciosas, blanqueadas, embaldosadas y puertas grises de cuarterones.
Haba algunas habitaciones regularmente amuebladas, y en una alcoba,
una gran cama, estilo imperio, en forma de nave, con cabezas de dragn,
coronas y guirnaldas doradas; pero, en general, la casa daba la
impresin de estar vaca.

Elena tena un saloncito elegante y guardaba en vitrinas abanicos
preciosos, camafeos y esmaltes.

Con Elena y su madre viva una ta solterona que haba pasado su
juventud en Francia. La ta Carlota era fea, flaca, muy pintada, muy
remilgada, y admiraba y al mismo tiempo tena celos de su sobrina.
La ta Carlota, muy monrquica, muy carlista y de un romanticismo
exaltado, llevaba la contraria constantemente a Elena, que se burlaba
de ella. Hubiera querido tener esta vieja seorita un xito amoroso
para demostrar a su orgullosa sobrina que ella tambin provocaba
grandes pasiones.

En un piso ms alto de la casa viva un to de Elena: el to Juan,
Montferrat de apellido, casado, sin hijos y sin ocupaciones. El to
Juan, hombre de unos cincuenta aos, apenas sala de casa; se pasaba
la vida aburrido, andando de un cuarto a otro como alma en pena,
mirando sus plantas, observando el barmetro y el termmetro, leyendo
el peridico de cabo a rabo, haciendo solitarios con los naipes,
bostezando, durmiendo mucho y suspirando. A todo cuanto le proponan
contestaba: Para qu? Qu se adelanta con eso? Y se encoga de
hombros.

Cuando alguno llegaba a la casa, se lanzaba sobre l como sobre una
presa para poder charlar. El to Juan era muy tmido y asustadizo;
desde el comienzo de la guerra civil no haba salido nunca de la
ciudad, privndose de su grande y nico placer, que era ir a la finca
que tena en Torre de Embarra y pasarse all el tiempo pintando tiestos
y puertas.

En el tercer piso de la casa habitaba el cannigo Roquebruna; don
Guillermo de Roquebruna era un hombre alto, fuerte, moreno, muy guapo,
muy solicitado en Tarragona por la buena sociedad y, sobre todo, por
las damas. Haba figurado don Guillermo en la conspiracin de los
Descontentos, y entonces, que se agitaban los carlistas siguiendo el
consejo del arzobispo don Antonio Fernando de Echnove, se abstena de
intervenir en cuestiones polticas.

En casa de Elena quedaba el antiguo despacho de su padre, con una
biblioteca con libros antiguos y modernos y una porcin de cuadros, de
estatuas y de relojes.

El padre de Elena, hombre curioso, enfermo y retirado en su casa en sus
ltimos aos, compraba libros, cuadros, estatuas y se pasaba el tiempo
leyendo.

Elena haba encontrado en la biblioteca las obras de Walter Scott, en
francs, y el Orlando furioso, en italiano, que lo haba ledo viendo
que aparecan los Monferrato.

La lectura del Ariosto le haba dado a Elena ideas un tanto libertinas.

Elena haba heredado alguna de las aficiones de su padre: sola ir con
frecuencia a casa de un prendero de una callejuela prxima que guardaba
gran cantidad de objetos de iglesia, imgenes, cuadros y casullas
procedentes de los conventos.

Desde la supresin de las comunidades religiosas, en 1835, haba
prendero que se enriqueca comprando despojos de conventos y de
capillas. El revolver cuadros, libros y ornamentos de iglesia, el
mirarlos y examinarlos, era una de las distracciones de la seorita de
Montferrat.

Elena me llev al despacho de su padre, que estaba siempre cerrado. Era
una habitacin llena de inters, iluminada por dos balcones grandes que
daban a una terraza rodeada por una barandilla con jarrones de piedra.

Haba una estantera con libros, cuadros antiguos, estatuas, monedas y
un globo terrqueo grande, del siglo XVII, que perteneca de familia a
los Montferrat.

Era aquel un cuarto de solitario, de un Robinsn, con su pequeo taller
de mecnico y sus vitrinas de coleccionista.

Tena dos relojes de cuco y muchos muecos de movimiento. Uno de los
que ms me gust fu un _clown_ chino, un autmata que bajaba una
escalera dando saltos. Pareca vivo. Su secreto, que me mostr Elena,
era una fuente intermitente de mercurio que pasaba de una cavidad a
otra del mueco por un agujero de comunicacin, desplazando as el
centro de gravedad de la figurita.

Otra de las cosas que me pareci admirable fu un organillo, con
muequitos que bailaban, fabricado en Ginebra. Aquella msica y
aquellos autmatas tan bonitos, tan elegantes, en trajes de otra poca,
en aquel cuarto abandonado lleno del espritu de su antiguo dueo,
me pareca una cosa de magia, algo tan fantstico como un cuento de
Hoffmann. Me quedaba absorto oyendo aquella msica.

--Qu bien hubiera usted estado con mi padre--me deca Elena--. El era,
como usted, soador; no le gustaba la accin.

--Y a usted?

--A m, s. Yo no soy ninguna soadora.

A pesar de sus entretenimientos, Elena se aburra profundamente.

Al anochecer se reunan en casa de Elena varias personas a hacer
tertulia: dos seoras amigas, el to de Elena, el primo Emilio, el
cannigo Roquebruna y un compaero suyo, el cannigo Magraner, que
hablaba siempre de las antigedades romanas de Tarragona y de la gran
coleccin de monedas que posea.

Magraner era siempre el primero en estar enterado de dnde se hacan
derribos y excavaciones, y all se presentaba a comprar medallas,
monedas o fragmentos de mosaicos romanos.

Alguna vez estuvo en la casa Eulalia y toc en el piano sonatas de
Mozart.

En la tertulia se hablaba mucho de la guerra; se rezaba a media luz;
luego se encenda la lmpara; las seoras hacan media y se jugaba al
tresillo.

Roquebruna divagaba acerca de la poltica del tiempo. Le preocupaba
tambin mucho la secta de los alumbrados, de la que por entonces se
empezaba a hablar en Tarragona y de la cual era jefe el clrigo don
Jos Suaso, ex profesor de Latn en el Seminario de la Dicesis, y un
tal Ribas, labrador del pueblo de Alforja, prximo a Reus. El cannigo
Magraner haba llegado a sentir un profundo desdn por la vida moderna
y se ocupaba de los romanos como si fueran sus contemporneos. El
primo Emilio hablaba de los hechos ocurridos en Tarragona, y como
quera expresarse con perfeccin en castellano, usaba siempre palabras
escogidas y daba la impresin de que iba avanzando por una cuerda floja
y de que estaba siempre en el momento de caer.

El to Juan suspiraba y deca a cada paso:

--En fin, ya hemos matado la tarde.

Esta era su constante muletilla, que representaba su nica preocupacin.

Elena, algunas veces se encontraba a gusto en la tertulia de su casa,
pero, en general, se aburra, iba de un lado a otro, miraba a los
contertulios y pensaba.

--Qu fastidiosos son todos, qu mezquindad en su vida, qu falta de
valor, de inters y de nobleza!

Elena tena la inquietud de una raza aristocrtica que haba vivido en
la opulencia y en la constante lucha. El resorte de su voluntad estaba
tenso; senta la aspiracin de las cosas grandes; no poda acomodarse a
una vida rutinaria y sin accin.

Cuando se asomaba a la ventana y miraba la calle, estrecha y srdida,
con sus casas tristes, con sus tiendecillas pobres, le entraba una
punzante melancola. En la inaccin, su temperamento, lleno de vida y
de turbulencia, sufra; el sentimiento amargo del tedio sobrenadaba en
su espritu, y en la soledad de la casa grande, al anochecer, cuando
oa repicar las campanas prximas y el estrpito de la retreta en los
cuarteles y en la muralla y la oracin que cantaba un ciego en la
guitarra, le sobrecoga una gran tristeza desesperada.




                                  IX.

                                 ELENA


ESA era mi vida: todos los das trabajar en el despacho, asomarme al
puerto, luego ir a mi cuarto de la calle de las Moscas, comer all con
mis patronas, a quienes consideraba ya como si fueran de la familia,
volver a la oficina y despus escribir y pasear.

Los domingos sola venir a mi casa Pedro Vidal, a quien le mi poema. A
l le pareci muy bien, pero a m me quedaban muchas dudas.

Los das de fiesta solamos tocar, Eulalia en el piano y yo en el
violn, algunas sonatas, y venan varias personas a ornos. Por las
tardes, en el paseo, acompaaba a las hijas de Arnau, y a veces tambin
a Elena. Esta siempre me impona y la tena miedo por sus salidas.

--Yo no crea que los andaluces fueran tan tmidos--sola decirme.

--Entre los andaluces hay de todo--le replicaba yo--; adems, yo soy
tan poco andaluz!

--Si yo fuera hombre y tuviera libertad...--me deca ella.

--Qu hara usted?

--Creo que el mundo me parecera pequeo para mis arrestos. Hubiera
estado en todos los pases y visitado todas las ciudades.

--Yo he estado en Pars y en Londres, y me he convencido de que hoy se
pueden hacer muy pocas cosas en el mundo.

--Qu poca sangre tiene usted--deca ella--; me hiela usted con sus
palabras.




                                  X.

                         UN VIAJERO MISTERIOSO


UN da se habl en Tarragona de un viajero desconocido y misterioso
llegado a la posada de la Fontana de Oro, en la Rambla. Dijeron unos
que era un italiano venido de Valencia en un barco; otros, que llegaba
de Reus en una tartana. Al principio se le tom por emisario carlista;
luego, por republicano, y alguien concluy diciendo que no deba ser
mas que un aventurero y un jugador de ventaja.

A los pocos das, el italiano se hizo amigo de Vidal y de Secret, y
stos lo llevaron a casa del capitn Arnau. Era el italiano hombre de
cierta efusin; yo le conoc tambin y me trat en seguida como amigo.

Por lo que l nos cont y por lo que pudo traslucirse en su
conversacin, supimos algo de su vida.

Julio Moro-Rinaldi era hijo de un oficial corso del ejrcito de
Napolen y de una gitana croata de Dalmacia. A juzgar por lo que deca,
haba viajado por toda Europa y Amrica. Moro-Rinaldi tendra entonces
unos treinta aos; era hombre seco, delgado, moreno, de pelo negro, con
algunos hilos blancos en las sienes; la tez, muy obscura; los ojos,
claros, verdosos, con la cara triste, la _faccia morta_, que dicen los
italianos.

El tal hombre tena una gran fuerza de sugestin y un gran mpetu. Se
vea que era de una raza de corsarios, de piratas y de aventureros.

Uno de los rasgos que le caracterizaba era una observacin como de
felino, que causaba mucho efecto en las mujeres. Moro-Rinaldi pareca
un hombre fro interiormente, que haba usado y abusado de la vida.

No crea en nada, no senta ninguna conviccin poltica, religiosa o
social. Se hallaba dispuesto a trabajar por cualquiera que le pagase
bien, por los blancos como por los negros; lo nico admirable para
l era la energa. Se entusiasmaba pensando en Napolen, capaz de
esquilmar a Francia y sacrificar a Europa por su inters y por su
gloria.

Este hombre extico tena ese aire turbio, indefinido de casi todos los
productos de raza mixta; no daba ninguna impresin de seguridad ni de
confianza.

La croata le haba dado sin duda su carcter triste, carioso,
agitanado; la tez obscura y los ojos claros. El corso le infundi la
energa para la accin. En su paso por la vida, Moro-Rinaldi, quiz
por imitacin, haba adquirido cierto aire de hombre desolado que no
encuentra su felicidad en el mundo.

Poco a poco fuimos conociendo mejor a Moro-Rinaldi. Era un explotador
de todo y de todos que vea en cada hombre o en cada mujer,
principalmente en cada mujer, una mina que beneficiar en su provecho.

Todas las mujeres constituan una buena presa para l. Atrevido, sin
ser valiente, decidido, audaz, charlatn, de un egosmo frentico, era
capaz de fingir un sentimiento y de creer un instante en l para rerse
al cabo de poco tiempo de su misma sensibilidad.

Moro-Rinaldi deca que l ya no quera ms que encontrar un rincn
tranquilo donde poder vivir el resto de sus das. Reconoca y confesaba
con cierto cinismo que haba tenido que hacer muchas pequeas
villanas: dejar de pagar en las fondas, estafar y a veces robar.

Moro-Rinaldi saba toda clase de juegos. Los estudiaba
concienzudamente. Se senta capaz de hacer esfuerzos sobrehumanos
para todo, menos para trabajar. El deca muchas veces que su ideal
consista en vivir sin hacer canalladas, pero, al parecer, lo deca
solamente.

Rinaldi, a pesar de la seguridad de que alardeaba, era muy
supersticioso; lo pudimos comprobar.

Al principio lo neg como una debilidad indigna de un hombre, pero
lo confes despus. Era fatalista, y en cualquier cosa indiferente
encontraba un indicio, que lo relacionaba con su vida. Crea en la
_jettatura_, y en la virtud de los talismanes y de los Abracadabra.
Nos confes que muchas veces, cuando iba a realizar algo para l
importante, se retiraba por cualquier motivo que a otro hubiera hecho
rer. Adems de las supersticiones corrientes, tena otras inventadas
para su uso particular, y que variaban constantemente. Cuando le
descubrimos su debilidad, no tuvo escrpulo ninguno en explicarnos sus
supersticiones, a las que tan pronto daba gran importancia como le
producan risa.

--Algunas veces salgo de casa con intencin de hacer algo y me digo: si
en el primer sitio en donde entro, el nmero de personas que hay son
impares, ir a hacer lo que me he propuesto, y si son pares, no.

Moro-Rinaldi se manifest en casa del capitn Arnau como liberal
exaltado y como carbonario, y lleg a producir una admiracin tal en el
marino y en Secret, que le escuchaban en Babia. Les contaba historias
odas o inventadas por l del carbonarismo de Npoles y de las Dos
Sicilias, y misterios de la masonera. Hubiera intentado, si hubiese
podido, mixtificarnos a estilo del conde de Cagliostro, presentndose
como un mago; pero vi que no ramos tan cndidos para creer en
embolismos de charlatanes.

Cuando adquiri confianza con nosotros, nos dijo que no contaba con
ningn medio de vida seguro; que vena a Espaa comisionado por la
joven Italia, quien pagaba los gastos de su viaje. La joven Italia
haba sucedido--segn nos dijo--al carbonarismo de Npoles, cuyas
ventas comenzaban a estar en decadencia.

A l le haban enviado para tomar el pulso a la revolucin que se
iniciaba en Espaa, al mismo tiempo que se desenvolva la guerra civil.

Moro nos dijo que era uno de los fundadores de aquella sociedad, que
tena al frente al clebre Mazzini y cuyo centro estaba por entonces en
Marsella. Nos dijo tambin que haba tomado parte en la expedicin de
Ramorino, y nos habl de las muchas intrigas que produjeron el fracaso
de esta expedicin liberal.




                                  XI.

                          EL ABANICO DE ELENA


LA presencia de Julio Moro-Rinaldi fu muy comentada en Tarragona: el
aire donjuanesco y cansado del corso y el misterio de su vida hicieron
que las conversaciones giraran a su alrededor durante mucho tiempo.
Moro-Rinaldi pareci no ocuparse gran cosa de la expectacin producida
por l en la ciudad. Se supo que en compaa de Pedro Vidal, con la
Dora y otra moza del Hostal de la Cadena, haban tenido una fiesta con
baile y guitarreo.

Moro-Rinaldi apareca a veces en el paseo de la Rambla con su aire
lnguido, como si estuviera desesperado y alguna desgracia profunda le
tuviera sumido en la mayor tristeza.

No cabe duda que hay en esta vieja argucia de hacerse el interesante
los mismos lazos, que se repiten siempre y que producen constantemente
el mismo efecto. Moro-Rinaldi hizo una revista de todas las mujeres
jvenes de Tarragona, y, a pesar de su aire de hombre depravado y
atrevido, se dirigi con cierta timidez a Elena de Montferrat.

Esta orgullosa romana, con su perfil de emperatriz, se sinti conmovida
en presencia de aquel hombre misterioso, que no era joven ni de una
gran prestancia, pero que tena algo femenino y engaador de la raza
eslava, algo de esa tristeza lnguida de los nmadas que van por los
caminos con sus osos y sus monos y tocando la pandereta.

Moro-Rinaldi ofreca para ella el encanto de la novedad; era el ritmo
desconocido y, sin embargo, esperado; era un hombre que le daba
perspectivas de una vida ms amplia, ms extensa y ms apasionada.

Sin duda, aquella orgullosa beldad senta un gran deseo de humillarse,
de bajar de su pedestal y de ser una mujer como otra cualquiera,
pues ante los avances de Moro-Rinaldi no se manifest orgullosa y
arbitraria, sino ms bien modesta y humilde. Moro me pidi a m que le
presentara a Elena; yo le dije:

--Le preguntar a la seorita de Montferrat si quiere que le presente a
usted, y si quiere no tendr ningn inconveniente.

En efecto, despus de previa advertencia, un domingo, antes de la misa
mayor, los present.

Moro-Rinaldi estuvo devorando a Elena en la catedral con su mirada
ardiente, y luego, al hablar con ella, se manifest muy respetuoso y
muy tmido.

Durante la semana no se volvieron a ver; pero el domingo siguiente,
Moro-Rinaldi acompaaba a la seorita de Montferrat y hablaba
animadamente con ella, lo que confieso que a m me produjo una
vaga impresin de celos. Este mismo da, Elena, con sus amigas, y
Moro-Rinaldi, con otros dos jvenes, estuvieron sentados en unas sillas
de la Rambla. Eulalia, que acompaaba a Elena, me cont lo ocurrido.

Elena posea un abanico estilo Imperio, con medallones rojos y adornos
dorados sobre fondo blanco. En uno de los padrones del abanico tena
escondida una aguja con una cabeza de rub.

Esta aguja estaba colocada all para escribir, si se quera, en
cualquiera de las varillas de hueso. Moro, mientras Elena hablaba con
sus amigas, le dijo:

--Qu bonito abanico!

--Le gusta a usted?

--S; me recuerda uno que tena mi madre. Quiere usted dejrmelo un
momento para verle?

--Por qu no?

Moro-Rinaldi, que conoca el pequeo secreto del abanico, lo tom en
su mano, sac la aguja que tena la cabeza con el rub y escribi dos
o tres palabras en la varilla del abanico. Hecho esto se lo devolvi a
Elena. Ella extendi el abanico disimuladamente; ley, sin duda, las
palabras que haba puesto Rinaldi y con la sombrilla escribi en la
arena la contestacin.

Pocos das despus supimos que el italiano escriba a la seorita de
Montferrat, y con frecuencia le veamos rondando su calle.

El teniente Montoya, que haba hecho una corte intermitente a Elena
en el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones, sus diversiones y
sus visitas nocturnas a las casas de juego, se sinti ofendido por el
xito de Moro-Rinaldi y comenz a pasear la calle de Elena, a caballo,
a todas horas; pero el teniente haba perdido la partida. Elena ya no
le haca el menor caso. El triunfo de Rinaldi era manifiesto. La bella
Anglica, desdeando a los dems pretendientes, haba encontrado su
Medoro.

Como yo senta tambin cierta indignacin al ver la fortuna del corso,
introduje a Moro-Rinaldi en mi poema, convirtindole en un pirata
berberisco, hombre violento y atrevido, sin ley y sin honor, que
arrebataba en su barca a una princesa griega.




                                 XII.

                               REPROCHES


EL triunfo de Moro-Rinaldi produjo gran expectacin en la ciudad; por
todas partes no se hablaba mas que de sus amores. Emilio Serra se
mostraba cejijunto y malhumorado; los jvenes elegantes aseguraban que
Moro-Rinaldi era un aventurero que iba tras de la dote de la seorita
de Montferrat.

En mi casa, tanto doa Gertrudis como Eulalia me hicieron la
insinuacin, y despus me aconsejaron francamente, que galanteara a
Elena. Segn ellas, esta seorita senta grandes simpatas por m,
y si lograba ser aceptado por ella, consegua, primero, tener una
mujer, que, adems de buena y de simptica, gozaba de gran posicin, y
arrancarla de los brazos de un aventurero.

--Es una mujer demasiado orgullosa y demasiado rica para m--las deca
yo.

--No lo creo--replicaba Eulalia--. Elena, aparentemente, es una mujer
soberbia; pero en la intimidad es muy sencilla y muy bondadosa. Yo
estoy segura de que har con el tiempo una excelente madre de familia.

--Todo eso ser cierto--replicaba yo--; pero en el estado actual una
indicacin ma en ese sentido tendra un completo fracaso.

Las dos seoras me decan que deba de intentar; pero yo no pensaba en
esto, y menos viendo cmo el corso llevaba sus amores al galope.

Poco despus supe por Eulalia que haba habido largas explicaciones
entre Elena y su madre.

--Este hombre es un aventurero, hija ma--le dijo doa Mercedes.

--Por qu? En qu se le conoce?--pregunt con cierta acritud Elena.

--No es difcil conocerlo. Nadie sabe quin es ni de qu vive; todas
nuestras noticias acerca de l se reducen a que ha desembarcado en
Valencia y que es corso.

--No s lo que es, pero a m me agrada. En cambio, su sobrino de usted,
Emilio Serra, me molesta y me importuna. Es uno de los hombres ms
antipticos que he conocido.

--Bien; aunque as sea, Emilio no es el nico hombre que hay en
Tarragona.

--Es uno de mis galanteadores. El, el teniente Montoya y Pepito
Carmona. Emilio cree que tiene algunos derechos sobre m porque es mi
pariente, y si yo llegara a hacer la tontera de casarme con l, sera
celoso como un turco. El teniente Montoya ya se sabe lo que es: un
jugador y un calavera; respecto a Pepito Carmona...

--Qu? No creo que tengas que decir nada malo de l.

--Lbreme Dios!, no digo nada malo de l. Es un chico muy fino,
muy discreto..., pero le asusto: prefiere estar haciendo versos que
hablando conmigo.

--Es que le aterrorizas a ese pobre muchacho; le tratas con verdadera
saa. Es lgico que te haya tomado miedo.

--Yo no quiero hombres que me tengan miedo; prefiero mejor los que
intenten dominarme y protegerme.

--No te veo por buen camino, Elena; piensa lo que vas a hacer, pinsalo
bien, porque si das un paso en falso la cosa ya no tiene remedio;
consltalo tambin con tu confesor.

--Para qu? Ya s lo que me va a decir; conozco cules van a ser sus
consejos, los he odo muchas veces, y no me han de convencer.

--Sin embargo, creo conveniente que hables con l.

--Bueno, hablar...

El cannigo Roquebruna, a quien doa Mercedes haba indicado que
hablara a Elena, unos das despus de esta conversacin llam a la
seorita de Montferrat a la ventana del saln de su casa, donde solan
tener la tertulia.

--Me ha dicho tu madre--le dijo--que ests en relaciones con ese
italiano recin llegado.

--S, es verdad.

--Y sabes quin es ese hombre? Has tomado informes de su vida y de su
familia?

--No, no he tomado ningn informe, no s mas que lo que me ha dicho l.

--Y no encuentras imprudente tu conducta?

--Qu se yo! Qu quiere usted que le diga! Es posible que sea
imprudente.

--Hija ma, por qu has de creer que has de ser ms feliz con ese
extranjero a quien no conoces, que probablemente ser un calavera, un
vicioso, que con un hombre, por ejemplo, como tu primo Emilio, a quien
conoces desde la infancia y con el que tienes una completa confianza?

--Padre mo, esa es la pregunta que se puede hacer a todas las personas
que se enamoran. Por qu ste o sta, y no el otro o la otra? Yo no
sabr contestarle a usted; Julio me interesa, le voy tomando afecto;
Emilio me es indiferente, me desagrada.

--Pero una mujer de inteligencia como t puede dejarse llevar as por
instintos tan caprichosos, tan arbitrarios?

--Creo que todas las mujeres somos iguales en este punto. Sentimos
amor, o no lo sentimos.

--Y no puedes dominar esa pasin?

--Y por qu la he de dominar, si es mi nica esperanza de dicha? No me
importa que Julio sea pobre ni de familia humilde; me basta con que me
quiera.

--Y despus? Si te sale mal la combinacin?

--Si me sale mal me resignar. Se juega la partida, y se puede ganar o
perder. Yo soy bastante vieja para jugarla.

--Vieja! Tienes veinticinco aos!

--Qu quiere usted! Siento el tiempo que se me pasa. Yo tengo la
aspiracin de llevar una vida ms fuerte, ms enrgica, ms llena de
emociones. Esta existencia montona y provinciana me exaspera, me pone
fuera de m. Creo que viviendo as algn da hara un disparate mayor,
un disparate que ni siquiera estara legitimado por la pasin.

Don Guillermo hizo un gesto de resignacin y se call. Hombre que
conoca la vida y las pasiones por el confesionario, saba que las
reflexiones fras y las consideraciones utilitarias no tenan eficacia
en los temperamentos exaltados.

Unos das despus, el cannigo Roquebruna dijo a doa Mercedes:

--Elena est empeada en seguir sus relaciones con ese hombre. Creo, mi
seora doa Mercedes, que no le conviene a usted oponerse radicalmente;
deje usted que la muchacha hable con ese italiano naturalmente, nunca a
solas; haga usted que lo conozca a fondo, y cuando lo conozca a fondo,
es posible que ella misma, como se ha cansado de los dems, se canse
tambin de l.

Efectivamente, doa Mercedes tom ante su hija una actitud
conciliadora; nicamente intent averiguar detalles de la vida de
Moro-Rinaldi, para ver si poco a poco iba llevando el desprestigio del
corso al corazn de su hija.

Elena, con la miopa y la falta de espritu de justicia peculiar en las
mujeres, crey que Moro-Rinaldi era el nico hombre noble y digno que
haba conocido.




                                 XIII.

                          HABLA MORO-RINALDI


LA transigencia de su madre hizo que Elena pudiese mirar a su
pretendiente con cierta serenidad. La oposicin y la lucha en casa
la hubieran impulsado seguramente a una actitud ms decidida y ms
rebelde. Un da, en este bello paseo de San Antonio, que domina el mar,
hablaron largamente Elena y Moro-Rinaldi.

--En todo el pueblo dicen que es usted un aventurero. Es verdad?--le
pregunt ella.

Moro sonri con cierta tristeza:

--S; soy un aventurero. Mi padre era militar corso; mi madre, una
croata de clase pobre. La infancia la pas en Pars, viviendo como
un hijo de familia acomodada. Mi padre era coronel de la guardia
imperial, con muy buen sueldo; yo pensaba que tena ante m un hermoso
porvenir; pero vino la cada de Napolen, y la ruina entr en nuestra
casa. Mi padre, militar a medio sueldo, tom parte en conspiraciones
bonapartistas y republicanas, hasta dar con sus huesos en un castillo
y despus en la emigracin. Yo he vagabundeado por el mundo sin poder
encontrar una colocacin adecuada para m; he sido un calavera,
un hombre disipado. A veces no he retrocedido ante procedimientos
indelicados, que quiere usted!, la pobreza no conduce nunca a nada
bueno. Le digo a usted la verdad. Usted me desprecia? Bien; me ir de
aqu, mi vida est ya deshecha; ya no tengo ante mis ojos mas que un
horizonte muy negro.

--No; yo no le desprecio a usted.

--Si usted me da alguna esperanza, mi vida tendr ya un objeto e
intentar regenerarme.

Elena no contest; pero en su mirada se vea claramente que
Moro-Rinaldi poda esperar.

El italiano se hizo muy amigo de Pedro Vidal y tambin mo. A m me
lleg a preguntar si haba pretendido a Elena; yo le dije que no, y
aad:

--Es una mujer para casarse con un prncipe.

--Y para casarse con usted tambin, si usted la pretende con fuerza.

--No lo creo. Adems, me dara vergenza llevar a una mujer as a una
casa pobre como la ma.

--Adnde quisiera usted llevarla, querido?

--A Pafos o a Amatonte.

--Sueos de poeta. En amor todo es cuestin de voluntad. La voluntad
vence los mayores obstculos. Ya ve usted: yo soy ms viejo que usted;
soy un advenedizo, un calavera, un hombre a quien nadie conoce, y la
voy a pretender y me la voy a llevar.

--Cree usted?--le dije yo.

--S; usted presenciar mi xito. Yo ser el Paris de esa Elena.

--Afortunadamente aqu no hay ningn Menelao.

Quince das despus pasebamos Vidal, Moro-Rinaldi y yo por la Rambla y
entrbamos en la farmacia de nuestro amigo Castells. En el momento que
ste se hallaba en la rebotica, Moro, dirigindose a Vidal, le dijo:

--Parece que en la casa del capitn Arnau no le miran a usted con gran
simpata.

--Es verdad. Arnau no me quiere; el haber sido yo antes oficial de
voluntarios realistas le produce una gran clera contra m.

--En cambio, la muchacha, Mara Rosa, est inclinada a usted.

--S; creo que s.

--Amigo Vidal: tendremos que unirnos los dos y escaparnos con nuestras
respectivas novias. Usted con Mara Rosa y yo con Elena.

--Con la seorita de Montferrat?

--S.

--Pretende usted robarla?

--Probablemente la tendr que robar; la familia no querr dejarla
casarse conmigo.

--Y cree usted que ella acceder?

--S; as lo espero.

--Es una mujer tan orgullosa, tan altiva...

--Bah!, mujer como todas...; hay una cancin que las enloquece.

--Cul?

--Esa tan vulgar de: La quiero a usted con delirio... Es usted mi
estrella... el nico consuelo de mi existencia triste y miserable...
Todo es cuestin de cantar esa aria de bravura con energa.

--Es usted audaz.

--No lo crea usted. La primera vez que se hace una cosa de estas parece
un gran atrevimiento; luego, no. Al principio, a la mujer que va con
uno se la tiene por una vctima; luego se piensa que es una cmplice,
y, a veces, se cree que la vctima es uno, el raptor, el tenorio, el
engaador... A usted le pasar lo mismo.

--No; si Mara Rosa viene conmigo, me casar con ella y vivir siempre
a su lado.

--Cada cual su gusto--dijo Moro-Rinaldi sonriendo con su amable
sonrisa--Si yo hubiese tenido medios para vivir, creo que hubiera hecho
lo mismo; pero, amigo, la vida le impulsa a uno a cosas absurdas y,
luego, lanzado ya, no se puede uno detener, es tarde. Va uno como si
fuera arrastrado por la corriente de un ro: se intenta agarrarse a
esta pea, a esta rama de rbol... No se ha conseguido? No ha podido
uno detenerse? Pues, entonces, hay que dejarse llevar como una rama
seca o un manojo de paja.

--Es usted fatalista?--le pregunt yo.

--S. El fatalismo me parece la nica verdad que hay en la vida. Todo
lo que tiene que ocurrir ocurre.

--Pero usted cree que hay destino?

--Estoy inclinado a pensar que s.

--Un destino predeterminado?

--S.

--No creo en eso. Adems, a m me parece que la voluntad y el amor
pueden modificar el destino.

Moro se encogi de hombros.

--No cree usted en el amor?

--Poca cosa, la verdad.

--Pobre Elena!--exclam yo.

--Por qu?--pregunt l--. Yo creo que para hacer feliz a una persona
es mejor no sentir amor por ella.

--Es una tesis un poco extraa..., pero, quin sabe?, quiz sea cierta.

Vidal, al salir de la botica, me dijo que sospechaba que de ninguna
manera Mara Rosa aceptara el escaparse con l dejando su familia.

Yo, al or esta conversacin, supona que se trataba de una broma ms
que de un proyecto en serio.




                                 XIV.

                             UNA SERENATA


AL comienzo del invierno, algunos jvenes del pueblo pensaron en
organizar una pequea orquesta para el Carnaval del ao siguiente.
Fuimos a un stano, que era almacn de un anticuario, a ensayar. All,
delante de estatuas gticas de piedra, que representaban apstoles con
un libro o con un bculo en la mano; de tablas antiguas, pintadas y
estofadas; de santos de madera con los ojos de cristal; de retablos
dorados con angelitos mofletudos; de vargueos, arcas talladas y camas
con columnas salomnicas e incrustaciones de cobre, solamos armar una
gran algaraba con nuestros instrumentos.

Yo tocaba el violn.

Vidal, la guitarra, y Moro Rinaldi, la mandolina.

Cuando llegamos a ensayar algunos trozos con cierta maestra, Moro
Rinaldi propuso que diramos serenata a las damas de nuestros
pensamientos.

Elegimos un sbado, y salimos todos formados del almacn del
anticuario, donde nos reunamos para ensayar, a la calle, de noche.

El tiempo estaba esplndido. Haba una lluvia de estrellas, y se
vean a cada paso cruzar rayas luminosas por el cielo profundo
y transparente. A lo lejos se oa el murmullo del mar como una
respiracin lenta, voluptuosa y tranquila.

Pasamos primero por delante de casa de Arnau, tocamos dos o tres piezas
de nuestro repertorio, y Vidal cant una jota con mucho bro delante de
la ventana de Mara Rosa. Luego fuimos acercndonos por las callejuelas
estrechas a la casa de Elena; all repetimos nuestro concierto, y
Rinaldi cant con mucho gusto la siciliana de _Le Nozze di Figaro_, de
Mozart.

El balcn de Elena se ilumin, y vimos despus su figura, vestida de
blanco, asomarse a la barandilla.

Luego, yo toqu el _Carnaval de Venecia_.

Yo tena la pretensin de hacer filigranas en este trozo musical que
Paganini arregl para violn de la cancin veneciana _O mamma!_,
dndole un aire ms incisivo, ms burln y ms fantstico.

Estaba inquieto y toqu con un bro, con una furia, que yo mismo
estaba maravillado. Senta, al or mi violn, una mezcla de dolor,
de alegra, de pena, que haca que se me saltaran las lgrimas. Me
aplaudieron hasta los vecinos de la calle, que haban salido a la
ventana, y me hicieron repetir dos veces.

Despus de la serenata volvimos al almacn, donde dejamos los
instrumentos; entramos en un caf, bebimos un poco ms de lo regular,
cantamos el _Himno de Riego_ y paseamos por las calles, charlando.

Nos acercamos a uno de los baluartes que caa sobre el mar.

Haba cesado la lluvia de estrellas y las constelaciones brillaban aun
ms vivas en la transparencia del aire.

Los centinelas, de cuando en cuando, daban su alerta, que se iba
alejando hasta perderse en el silencio de la noche.

El mar tena una calma siniestra; a lo lejos se vean los faroles de
las lanchas pescadoras que iban y venan, se escuchaba a veces el sordo
batir de los remos, y llegaba hasta el cielo, como una suprema armona,
el sonido rtmico y melanclico de las olas.

Esta noche, con sus serenatas y su lluvia de estrellas y el mar a lo
lejos, fu para m, no s a punto fijo por qu, una de las noches ms
felices y ms memorables de mi existencia.

Me pareci que la vida me haba puesto de pronto en los labios la
copa llena hasta el borde de un blsamo dulce que haba embriagado mi
corazn, hacindole olvidar todas sus tristezas.

Sent una calma ideal, como si hubiera bebido el agua de Leteo o el
nepenthes de Polydamna.




                                  XV.

                        EL HOSTAL DE LA CADENA


HACA un da de noviembre esplndido; el cielo estaba azul; el mar,
tranquilo, lleno de meandros de espuma. Las olas llegaban como tritones
blancos a correr por la playa. Moro-Rinaldi, que haba salido por la
carretera de Barcelona, antes de llegar a la torre del capitn Arnau
entr en el Hostal de la Cadena.

Era domingo; a la puerta de esta posada haba un grupo de campesinos,
de pescadores y de algunas gitanas. El Hostal de la Cadena se hallaba
a un cuarto de legua del pueblo: era una casona amarillenta, unida a
otras dos o tres casuchas, de color verde y rosa; tena una puerta
grande y un zagun amplio, medio patio, medio cuadra, que en aquel
momento estaba ocupado por un carro y una barca, mostrando as la
hostera su condicin entre campesina y marinera.

Para corroborar este aire mixto, se vea en las paredes del zagun
jquimas y albardas y dos anclas roosas sujetas a unas cadenas.
Este zagun comunicaba con la cocina y con una galera que daba a un
corralillo.

Moro-Rinaldi atraves el zagun y entr en la cocina. Era la cocina
grande y no muy clara; un olor de aceite frito y de tabaco llenaba el
aire y se agarraba a la garganta. En el hogar colgaba un gran caldero,
y alrededor de la lumbre haba varios pucheros y cazuelas de barro.
En medio de la estancia, en una mesa larga con dos bancos, estaban
sentados varios hombres, atezados por el sol y por el aire del mar.
Eran hombres de bronce, serios, graves, con gorros rojos y morados y
trajes de color; algunos llevaban mantas a cuadros; todos hablaban el
cataln como por explosiones.

Unos coman en platos de porcelana basta una sopa coloreada de azafrn;
otros, legumbres o un guiso de pescado muy rojo por el tomate y el
pimentn; algunos tenan delante porrones verdosos llenos de vino;
otros tomaban caf y se servan copas de una botella ventruda de
aguardiente. Las moscas revoloteaban por el aire con un rumor sordo.
En un rincn dos marineros cantaban en castellano, acompandose de la
guitarra, una cancin sentimental.

Moro-Rinaldi, al entrar en la cocina, se dirigi a un ngulo de sta,
donde se hallaba el Caragolet, y se sent en una mesa pequea, que por
excepcin tena un mantel blanco.

--No se podr usted quejar--dijo el Caragolet, sealando el mantel
blanco, los vasos limpios y los cubiertos relucientes.

--No, no; est muy bien--y Moro-Rinaldi se sent a la mesa.

La moza sirvi la comida; despus de comer, Moro y el Caragolet tomaron
caf y bebieron aguardiente y hablaron durante largo rato.

Moro-Rinaldi se explicaba en su cataln chapurreado de italiano; el
Caragolet le escuchaba absorto y maravillado. Se vea que el corso
dominaba por completo al muchacho. Este oa ansioso, fijo, rojo de
emocin.

A veces, entre el vocero de las conversaciones de los marineros, se
oan las palabras de Moro:

--Que se burlan de ti, muchacho?--deca una vez--, brlate t de
ellos. Que eres italiano e hijo del amor?, y qu? Italia es el pueblo
ms ilustre de Europa, querido!; el de los grandes artistas, el de los
mayores poetas, el de los grandes capitanes. Todos estos franceses,
ingleses y alemanes son toscos a nuestro lado. Los espaoles se parecen
a nosotros, pero son incompletos. Ellos son duros, rgidos; nosotros
somos duros y blandos, rgidos y flexibles, al mismo tiempo. Ellos son
la lnea recta; nosotros, la recta y la curva. Nosotros sabemos ser
amables con una mujer, comprender la obra de un genio, ser esplndidos
con un amigo y pegarle una pualada a traicin a un enemigo.

El Caragolet mir a Moro-Rinaldi, abriendo los ojos y la boca con
asombro. La pintura que haca aquel de los italianos le produca un
frentico entusiasmo.

--No, no te avergences, muchacho, de ser italiano--sigui diciendo
Moro-Rinaldi--; al revs: enorgullcete. Y que eres hijo del amor? Y
qu? Es que preferiras ser un hijo de familia escrofuloso y dbil? El
amor te ha hecho bello y fuerte; t no sabes an qu dones son esos.
Cuntos hijos de prncipes se cambiaran por ti y dejaran su palacio,
su cuerpo dbil y blando por tu choza y por tu cuerpo gil y fuerte
como el de una pantera!

El Caragolet segua oyendo con una profunda emocin, completamente
subyugado.

--Yo tambin soy, como t, hijo natural de un italiano y de una
gitana--aadi Moro-Rinaldi--. Mi padre proceda de un dux de Venecia;
mi madre era gitana. Yo digo que era croata, pero, no, era gitana como
tu madre. Romanicheles, y qu? Los dos haremos cosas grandes. T
sgueme, obedceme; yo te proteger.

El Caragolet de pronto se puso serio y sombro y clav la vista en el
suelo; despus, levantando la cabeza y mirndole al corso en el blanco
de los ojos, dijo:

--Si es verdad eso, le servir a usted como un perro; pero si me engaa
usted, por stas (y se bes los pulgares cruzados), que lo matar.

Moro-Rinaldi se inmut un momento y le temblaron los prpados; estuvo
con la mano derecha, con el ndice y el meique extendidos y los dems
dedos cerrados debajo de la chaqueta para quitar la _jettatura_; luego
se ech a rer y pas la mano por la cabeza desmelenada del muchacho.

En esto entr en el Hostal de la Cadena Pedro Vidal. Por lo que se supo
despus, aquel domingo, entre Vidal, Moro y el Caragolet debieron de
preparar el plan de fuga del que tanto se habl ms tarde.




                                 XVI.

                           EN ALAS DE CUPIDO


EL domingo siguiente Pedro Vidal me dijo que estbamos convidados
a comer en casa de Arnau. Iramos Moro-Rinaldi, l, Castells el
farmacutico y yo. Mara Rosa haba invitado a Eulalia y a Elena para
que fueran a la tarde a merendar a la torre.

Poco despus de comer estbamos de sobremesa cuando llegaron en una
tartana Eulalia y Elena, que fueron recibidas con grandes extremos.
Mara Rosa y Pepeta les ensearon el huerto, y luego estuvimos todos en
el cenador de la terraza.

La tarde era de otoo, voluptuosa y tranquila. El mar pareca dormido,
ensimismado en su eterna queja montona; la olas venan a morir
suavemente en la estrecha playa, y alguna ms impetuosa avanzaba,
dejando una lnea de encajes blancos en la arena dorada. Del monte
llegaba un aire fresco, lleno de olor de tierra y de efluvios de las
plantas. En el Hostal de la Cadena se oa un rumor de guitarras; a lo
lejos sonaba, de una manera intermitente, un estrpito de tambores y de
cornetas; unas nias, vestidas con trajes de da de fiesta, jugaban al
corro en la carretera y cantaban con voces agudas:

      Dicen que Santa Teresa
    cura a los enamorados.

Despus de pasar all algn tiempo, Vidal y Moro-Rinaldi propusieron el
dar un paseo en barca. Elena--oh!, disimulo femenino--dijo que no; que
ella no poda faltar largo tiempo de casa; pero las chicas de Arnau la
convencieron. Haca un da tan hermoso!

Iramos a la Roca de la Sirena. Salimos del jardn, cruzamos la
carretera y nos acercamos a la playa.

Moro-Rinaldi se puso a cantar una barcarola de gondolero veneciano.

Vidal fu al Hostal de la Cadena, y poco despus se acerc a donde
estbamos, en una barca y seguido de otra con tres marineros. Se
dispuso que Elena, Rinaldi, Mara Rosa y Vidal, con el Caragolet y un
marinero, fueran en una, y los dems, en la otra.

Estbamos esperando a que las barcas encallaran en la arena para
entrar en ellas, cuando un muchacho vino a llamar a Secret y a Arnau.

--Tenemos que ir al pueblo--dijo Arnau--; por nosotros no se priven
ustedes del paseo. Pascual les acompaar.

La primera barca comenz a alejarse de la playa; en la segunda
entramos: Pepeta, su madre, Eulalia, el farmacutico Castells, Pascual
el hortelano, un marinero y yo. Nos alejamos de la playa y fuimos en
direccin del cabo Gros, que tiene rocas y escollos en su contorno
inundados de espuma.

Entre estas rocas distinguamos la Roca de la Sirena. En el cabo se
asentaba Tamarit del Mar, con unas treinta casas y una iglesia.

En la primera barca vimos de lejos a Moro-Rinaldi y a Vidal, que se
pusieron a remar con fuerza; el Caragolet llevaba el timn; luego
largaron la vela y su barca, alejndose rpidamente; nos gan en
seguida una distancia de trescientas a cuatrocientas brazas.

--Van conducidos por Cupido--le dije yo a Pepeta en broma.

--Por quin?

--Por Cupido, el dios del amor, que tiene alas.

--Y nosotros?

--Nosotros llevamos a la mam de usted, que pesa mucho, y a un
boticario que no pesa menos.

Al llegar cerca de la Roca de la Sirena, la distancia entre las dos
barcas era ya mayor.

Los de la primera lancha, en vez de acercarse a la Roca como se haba
pensado, siguieron hasta la playa de Tamarit del Mar, y desembarcaron.

--Quiz se les haya ocurrido ver la aldea--pensamos.

Nosotros bamos ms despacio y tardamos cerca de media hora en llegar
al mismo punto.

Saltamos a tierra, subimos a Tamarit y nos encontramos con que las
dos parejas haban desaparecido; por lo que nos dijeron las gentes
del pueblo, una tartana les estaba esperando, y haban marchado al
trote camino de Barcelona. Era verdad, indudablemente, que Cupido les
conduca.

La madre de Mara Rosa, al saber que su hija haba hudo, estuvo a
punto de desmayarse. Pepeta, iracunda, golpeaba el suelo con el pie.

--La matara--dijo apretando los dientes, refirindose a su hermana.

El Caragolet no deca nada; pero, por su aire torvo, se vea que se
hallaba furioso. Despus se supo que estaba al tanto de la maniobra y
que Moro-Rinaldi le haba engaado.

Eulalia y yo quedamos aturdidos, en el mayor asombro.

Volvimos a la playa del Hostal de la Cadena; la mujer de Arnau iba
temblando, sumida en una profunda desesperacin. Cuando llegamos
a la playa y encontramos al capitn y a Secret, a quienes Moro y
Vidal haban alejado con un recado falso, al contarle al capitn lo
ocurrido, qued tan plido de ira que cre que le iba a dar algn mal.
Arnau jur, con los puos cerrados, que se haba de vengar. Secret se
manifestaba tambin furioso.

Eulalia y yo volvimos a casa en el mayor abatimiento.

Unos das despus supimos que Elena y Mara Rosa se haban casado en la
iglesia de Torre de Embarra. La gente empez a decir que Moro-Rinaldi
estaba ya casado. Cualquiera lo saba!

Al finalizar el mes, don Vicente Serra me despidi de su casa,
dicindome secamente que ya no necesitaba mis servicios.

Secret me vino a buscar, a decirme de parte del capitn Arnau que saba
que yo no tena la culpa y que quera verme otra vez en su casa. En la
familia del marino no se hablaba de la hija fugada. Alguna vez la madre
la disculp, y el capitn dijo, ya amainando su violencia:

--As sois todas las mujeres.

Cuando le dije a Arnau que los Serras me haban despedido de su casa,
habl pestes de ellos, diciendo que eran unos miserables hipcritas que
se vengaban en personas que no tenan la menor culpa de lo ocurrido.

Por lo que supe despus, Secret fu a Barcelona y se encontr all con
Emilio Serra. Al parecer, se entendieron; llegaron a saber que Vidal
y Moro-Rinaldi estaban en la fonda de las Cuatro Naciones pasando la
luna de miel. Entonces alguno de ellos los denunci a la polica, y los
llevaron a Vidal y a Moro, en compaa de unos oficiales sardos, a la
Ciudadela, como carlistas.

Lo extraordinario fu--segn contaron--que, al registrar la maleta de
Moro-Rinaldi, encontraron papeles comprometedores que parecan probar
que el corso estaba pagado por los carlistas.

Con la fuga de Vidal y Moro-Rinaldi, mi situacin en Tarragona empeor.
Muchos crean que yo haba ayudado en su escapatoria a las dos parejas,
y esto me dejaba ante la gente en un papel subalterno y ridculo.

Arnau, que desde la fuga de su hija me manifestaba ms simpata que
anteriormente, me dijo que l pensaba pasar unos das en Barcelona, que
fuera con l, porque all era posible que encontrase trabajo.

Jaime Vidal me indic, a su vez, que l iba a ir tambin a Barcelona, a
ver si poda hacer algo por su hermano, preso en la Ciudadela.

Estuve vacilando: de Mlaga me escriban que los asuntos de
nuestra casa iban tomando mejor cariz, y que las acciones de la
Sociedad minera, en donde mi padre haba colocado gran parte de su
capital, comenzaban a subir. Todava la situacin nuestra no estaba
completamente consolidada; ms pronto o ms tarde tendra que volver a
Mlaga, pero, mientrastanto, me pareci conveniente ir a Barcelona.




                                 XVII.

                             VIAJE POR MAR


ACEPT la invitacin de Arnau de ir con l a Barcelona por mar, aunque
no me entusiasmaba la idea, porque siempre que me he embarcado he
acabado por marearme.

El barco en que hicimos nuestro viaje, la _Mara Rosa_, era un jabeque
de dos palos, con velas latinas, cubierta y una camareta a popa.

Ibamos muchos, unas quince o veinte personas; entre ellas, unos cuantos
jvenes de Reus que marchaban a Barcelona decididos a hacer alguna de
las suyas. Estos jvenes, republicanos exaltados, haban tomado parte
en la matanza de frailes que hubo en Reus meses antes, y hablaban de un
exterminio de carlistas y de llevarlo todo a sangre y a fuego.

Recordaban con furia que un fraile franciscano de Reus que merodeaba
por los alrededores haba fusilado a seis soldados liberales y a su
jefe, y no contento con esto, haba cogido a un miliciano nacional, muy
querido de sus convecinos, y le haba crucificado, despus de haberle
sacado los ojos.

Los recuerdos de estas enormidades los tenan fuera de s.

Tambin iban en el jabeque las tres furias de la casa del Negre y el
Caragolet. Segn me dijo Arnau, le haban pedido que les llevara a los
cuatro a Barcelona. El dueo de la casa del Negre les haba echado de
ella, en vista de los escndalos repetidos de la Dora, y sta se haba
escapado con un contrabandista.

Marchbamos en el barco un poco estrechos; Arnau llevaba el timn;
cuatro marineros hacan la maniobra y corran, con sus pies desnudos,
por la cubierta, a tirar de las cuerdas. Las garruchas crujan
agriamente y las velas daban latigazos con el viento. Un viejo
preparaba la comida en un hornillo de hierro; una gran cazuela de arroz
con pescado, a la que echaba aceite, cebollas, ajos, tomate y pimentn.

El da, de invierno--estbamos en las proximidades de Navidad--, se
present por la maana muy triste y nebuloso; el cielo, gris; el mar,
de color de plomo. Haba llovido la noche anterior. Nubes blancas y
pequeas corran rpidamente por el horizonte, y el viento, brusco y
malhumorado, haca crujir los palos de nuestro falucho, que avanzaba
orgullosamente inclinndose y hundiendo su proa entre las olas
coronadas de espuma.

Tenamos el viento de poniente, un terral manejable, segn Arnau. Al
avanzar la maana, el cielo qued claro, blanquecino. La costa pareca
de cristal. A medida que suba el sol, el viento creca en violencia;
las olas, furiosas, se coronaban de espuma y nos mostraban sus
oquedades moradas.

La pacfica matrona del Mediterrneo se haba encolerizado y tronaba
amenazadora e iracunda, con sus ojos verdes, olvidada de su calma y de
su manto de azul.

El mal tiempo y la presencia de las furias de la casa del Negre me
hicieron pensar en si, como Eneas y sus compaeros, arrojados a las
Estrfades, iramos tambin nosotros a sucumbir en los peascos de la
costa y a ser vctimas de las arpas.

Como me suceda siempre a la hora de estar en el mar, empec a padecer
el mareo, lo que contribuy a que el capitn me manifestara su desdn.

Afortunadamente para mi crdito, al pasar a la altura del cabo Gros se
marearon tambin Secret y alguno de los muchachos de Reus, lo que hizo
torcer el gesto de una manera desdeosa a nuestro Palinuro.

Pasamos al medioda la punta de San Cristbal y tomamos la costa de
Garraf. Como el viento haba crecido en furia a medida que suba el sol
en el horizonte, ahora que descenda bajaban las rfagas de aire en
intensidad.

El cocinero sac la gran cazuela de arroz, unos porrones de hoja de
lata, y nos sentamos todos alrededor de la comida. El capitn invit a
las tres furias y al Caragolet a que comieran con nosotros.

La Nas, la Escombra y el Mussol se excusaron y dieron las gracias;
haban comido ya. El Caragolet se acerc. Las tres furias, sentadas
cerca de la borda, mascaban un mendrugo de pan, sin querer mirar a la
gente, como si sintieran repugnancia por todo el mundo.

Comimos el arroz, que estaba excesivamente sabroso.

--Qu, est bueno?--pregunt el cocinero.

--S--dije yo--, pero me parece que pica un poco.

--Ca!--repuso Arnau--, eso se quita con vino. A m me ha parecido soso.

--Soso! Yo he credo al principio que tena plvora. Me ha hecho el
efecto de una funcin de fuegos artificiales.

En las primeras horas de la tarde comenz a amainar el viento; por
encima de los cerros desnudos de la costa veamos dibujarse vagamente
los montes de Montserrat, llenos de picachos y de quebradas. A media
tarde el tiempo se seren por completo, brill el sol, ces el viento y
fuimos acercndonos con lentitud a Barcelona.

Llegamos frente a la ciudad cuando ya empezaba a obscurecer. El mar se
tea de prpura, y la ciudad, recostada sobre una cadena de montaas,
se doraba por los ltimos resplandores del crepsculo.

A la izquierda se destacaba Montjuich, con sus fortificaciones en lo
alto; a sus pies, el doble baluarte de las Atarazanas; luego, en medio
de los tejados y las azoteas, se erguan las torres de San Francisco,
de la Merced y de la Catedral. A la derecha me sealaron Santa Mara
del Mar y la Aduana; ms a la derecha an, San Pedro y la torre de la
Ciudadela, y en el extremo, el faro de la Barceloneta.

En aquel momento el resplandor dorado del sol se retiraba de los
tejados y de las torres, y la ciudad iba hundindose en la sombra a
medida que nos aproximbamos a ella. Entramos en el puerto; las luces
comenzaban a brillar; las grandes velas de los barcos flotaban plidas
en la semiobscuridad.

Arnau y su gente amarraron el falucho, y en un bote atracamos en la
escalera del malecn.

Entramos por la Puerta del Mar; los de Reus quedaron en una posada
prxima al muelle; Arnau, Secret y yo fuimos a una casa de huspedes de
la calle de la Puerta Ferrisa.




                                XVIII.

                   CIUDADES VIEJAS Y CIUDADES NUEVAS


BARCELONA, entonces, no se pareca a la ciudad actual; era una ciudad
grave, seria, de calles estrechas, donde apenas entraba el sol, de
casas muy altas y muy viejas, con un pavimento descuidado. Fuera de la
Rambla, siempre llena de animacin, lo dems era poco alegre.

De noche, las calles se hallaban mal iluminadas por faroles de aceite
y por lmparas que ardan delante de las hornacinas con la imagen de
algn santo.

A pesar de esto, la ciudad creo que me gustaba entonces ms que ahora.
Uno de los encantos de las ciudades antiguas antes de ser abiertas y
destripadas por los ensanches era la coherencia de su exterior con su
espritu.

Estas ciudades antiguas representaban de una manera completa, acabada
y fiel la vida de sus habitantes; en ellas no faltaba un matiz que
existiera de verdad, ni haba una nota pegadiza y falsa.

Ms tarde, como en los discursos, la charlatanera entr en ellas, la
mentira suntuosa, y quisieron presentar aspectos que en la realidad no
tenan. As, las urbes se han convertido, de sinceras y verdicas, en
ciudades de aparato, en escaparates de quincalla brillante, en donde la
casa no tiene coherencia con su interior y en donde la fachada es una
mixtificacin y una farsa.

En la Barcelona de entonces dominaba todava la ciudad gtica y
medieval, con sus iglesias, sus murallas, sus fortificaciones, su vida
austera y contenida.

Haba en esta poca grandes conventos, con sus huertos y sus tapias,
que ocupaban enormes espacios en las calles, y un sonar constante de
campanas de las distintas iglesias de la ciudad.

A pesar de la extincin de los frailes se vean muchas parejas de
stos, de todas clases de hbitos y de colores, que entraban y salan
de las casas. De noche la vida acababa muy temprano; y al toque de
la queda se cerraban los comercios y las puertas de la ciudad, se
levantaban los puentes levadizos y, una hora ms tarde, se cerraba la
Puerta del Mar.

Se viva en una inquietud constante; la gente no haba tenido un
momento de paz ni de reposo desde la guerra de la Independencia; se
estaba en un perpetuo sobresalto y en una constante interinidad.

Desde el da siguiente en que llegu a Barcelona me dediqu a ver si
encontraba trabajo. En todos los comercios me decan que esperara, que
no saban a qu atenerse, y que el momento no era propicio para tomar
ms dependencia.

Pens en marcharme pronto de Barcelona, pero Arnau me deca que me
quedara all. Segn l, a todas partes adonde fuera, en Espaa, me
ocurrira lo mismo.

El pensaba que tena que haber una revolucin que diera un estallido, y
que despus de ella vendra la calma.




                                 XIX.

                             TARRACONENSE


QUIZ la divisin ms natural de la Pennsula, al menos desde un punto
de vista espiritual, es la antigua romana, que sealaba tres grandes
regiones: la Tarraconense, la Btica y la Lusitania; a stas se podra
aadir, como complemento, la Cantabria, que es una cua metida entre
las otras tres, con la punta en el centro de la tierra hispnica y la
base en los Pirineos y el golfo de Vizcaya.

En la regin tarraconense influyen con energa dos elementos: la
montaa y el mar, el campo y la ciudad.

Es posible que todas las guerras civiles modernas no sean mas que la
lucha del campo contra la ciudad; del campo, que queda inmvil, contra
la ciudad, que cambia y evoluciona.

Catalua es el pas de la Pennsula donde hay un contraste ms violento
entre las tierras montaesas y las marinas, entre las ciudades
despiertas y las campias reaccionarias. Este contraste no es tan
grande en la vertiente atlntica, en donde el monte no es tan alto, ni
tan seco, ni tan fro, ni tan intrincado, y en donde el mar no es tan
ardiente ni tan voluptuoso.

As, estos polos, el polo montas y el marino, el polo rural y el
ciudadano, chocaban y chocan en Catalua con una terrible violencia;
as, el odio entre el carlista de la montaa y el republicano del mar
era furioso.

A pesar de que en aquel tiempo no haba todava oficialmente un partido
republicano, muchos de los catalanes de las ciudades lo eran vagamente,
y unan el entusiasmo por la repblica con el entusiasmo por la ciudad.

Tenan ya por entonces los barceloneses un sentido ciudadano tan
exagerado, que les llevaba a una megalomana completa, y hubiesen
querido que su ciudad fuera el centro del mundo.

No s si este contraste de la montaa y del mar es el que ha hecho a
la gente de la regin catalana tan violenta y tan fiera; lo que s es
cierto es que lo eran y lo son para todo. La guerra civil lo demostr.
Catalua y Valencia dieron en ella la nota ms feroz y ms sanguinaria.
En comparacin suya, la guerra del Norte pareca una guerra de
estrategia y de posiciones.

Esta violencia mediterrnea no era slo campesina, sino tambin
ciudadana, y hasta poda ir unida a cierta cultura.

Un ejemplo de ello me bastara citar: por entonces se hablaba en
Barcelona de un fraile exclaustrado que era librero de viejo. Este
hombre tena tal aficin por sus libros y sus papeles, que cuando
venda alguno de ellos le entraba tal desesperacin de verse sin su
infolio o sin su manuscrito, que sala detrs del comprador y lo
asesinaba para recuperarlo.

Este absolutismo y esta violencia para cualquier cosa exista, ms que
en ninguna parte de Espaa, en Catalua, y sobre todo en Barcelona.




                                  XX.

                               CONFUSIN


HABA un constante entrar y salir de gente misteriosa, hombres
embozados en capas y en mantas, en nuestra casa de la calle de la
Puerta Ferrisa. Pregunt a don Ramn Arnau qu pasaba all, y me dijo
que un conspirador venido de la corte, Aviraneta, haba llegado con el
objeto de dirigir las huestes revolucionarias de Barcelona.

Unos das despus, Arnau me cont que haba acudido algunas noches
a las tertulias que se celebraban en el piso principal de nuestra
casa, y se manifest muy partidario de las ideas y de los planes del
conspirador madrileo.

Como a m no me interesaban las cosas polticas, me dedicaba a vagar
por el pueblo, a recorrer sus calles, a andar por la Rambla, y pasaba
tambin largos ratos en el claustro de la Catedral.

Una maana, en este claustro me encontr con Elena y Mara Rosa. Se me
acercaron rpidamente; tenan aire de haber llorado; venan las dos
de negro, de mantilla, con un rosario en la mano. Me dijeron estaban
haciendo gestiones para libertar a Vidal y a Moro-Rinaldi, que se
hallaban encerrados en la Ciudadela. Haban visitado a la mujer del
general Mina, y sta, tratndolas con gran cario, les haba dicho que
su marido no se encontraba en Barcelona y que esperasen a que llegara.

Mara Rosa me indic que hablara a su padre; le habl; pero el capitn
Arnau me contest rudamente que no pensaba hacer nada en favor de su
yerno.

Mara Rosa y Elena me indicaron que fuera a la fonda de las Cuatro
Naciones, donde vivan, y si saba alguna noticia importante para sus
respectivos maridos se la comunicase.

Mientras yo paseaba y Arnau visitaba la habitacin de Aviraneta,
Secret, uno de Reus y el Caragolet, andaban de trinca, de caf en caf,
con la gente ms exaltada y de armas tomar de Barcelona.

Se reunan en el caf de la Noria, de la calle del Arco del Teatro; en
la taberna de la Bomba, de la calle de la Bomba, y frecuentaban tambin
el caf de los Tres Reyes, situado junto al Palacio; el de Guardias,
cerca del teatro Principal, y el caf de Tit, que entonces se llamaba
de la Reina. Todos estos cafs eran verdaderos clubs en donde se
celebraban reuniones patriticas. Otro centro de reunin de los
exaltados estaba en las casas del Colegio de Mercedarios, en la Rambla.

El caf de la Noria era entonces el club ms favorecido por los hombres
de pro; all peroraban Madoz, Figuerola, Aiguals de Izco, Pedro Mata,
y otros. All acudan diariamente el gobernador militar de la plaza,
don Antonio Mara Alvarez, y el administrador de Correos Abascal,
para seguir las inspiraciones de los exaltados. All habl tambin
Alibaud, que luego atent en Pars contra la vida de Luis Felipe. Los
de la taberna de la Bomba eran francamente republicanos, y los del
caf de los Tres Reyes tenan cierto matiz, todava mal definido, de
regionalistas.

Estos exaltados se dividan por su grado de exaltacin y por la clase
social a que pertenecan: los haba elegantes y distinguidos y los
haba del arroyo. Entre esta gente del arroyo un tipo muy influyente
era el Bacallanet, contratista que acababa de construr una plaza de
toros cerca de la Ciudadela. Como lugartenientes del Bacallanet estaban
dos hermanos liberales exaltados, los Madecul, el hojalatero Garriga,
el carpintero Xingola, el cerillero Castr, el Aucellet, y otros.

Tambin haba en estos grupos de las ltimas capas sociales mujeres
exaltadas, verduleras, lavanderas y algunas perdidas, todas a cul ms
chillonas y alborotadoras.

Segn me dijeron, las tres furias de la casa del Negre, la Nas, la
Escombra y el Mussol, haban aparecido por la taberna de la Bomba.

Se viva en Barcelona en plena exaltacin; se hacan salvas al ponerse
el sol. Todos los das se hablaba de que la Milicia urbana tena que
salir a campaa, lo que, naturalmente, produca una gran sensacin
en los pequeos comercios y en los talleres donde trabajaban los
milicianos nacionales.

Un da le pregunt a Secret qu es lo que pretendan sus amigos y l;
si estaban de acuerdo con los que se reunan en casa de mi vecino
Aviraneta; pero me dijo que no, que ellos tenan otros proyectos y
otros ideales.

El pueblo se hallaba prximo al estallido; el odio frentico contra los
carlistas, el recuerdo de los atropellos del conde de Espaa, la idea
de que los frailes seguan mandando en la ciudad y de que los carlistas
tenan en ella ms influencia y ms poder que los liberales, les pona
a stos en la mayor desesperacin.




                                 XXI.

                             LA CIUDADELA


UNA tarde, despus de comer, acompa a Elena y a Mara Rosa a la
Ciudadela; al llegar delante del rastrillo, el cabo de guardia nos
detuvo y nos interrog. A las dos mujeres las dej pasar; a m no me
permiti la entrada.

Siguieron ellas por el puente y yo qued fuera del rastrillo, que tena
a cada lado un gran pilar de piedra, con una bola, tambin de piedra,
como remate. Pas all un cuarto de hora largo, y viendo que Elena y
Mara Rosa no aparecan, me asom al paseo de la Explanada. Haba cerca
de la muralla un cordelero que haca una cuerda de camo mientras un
chico daba vueltas a una rueda. Me par a mirarle, recordando a mi
amigo el seor Vicente, el to Corda.

El cordelero me pregunt si le necesitaba para algo, y le dije que no,
que me recordaba a un amigo, y le indiqu a lo que haba ido all.

El hombre pareci agradecer la confianza, y, hablndome en mal
castellano, me explic que en aquella explanada haba haca poco tiempo
una horca muy fuerte, con una escalera de madera, con su barandado, sin
duda para que los reos pudieran subirla con seguridad. En esta horca se
colgaba a la gente en serie.

El haba visto all los hombres como racimos. Los franceses haban
ejecutado en aquel punto a cinco patriotas catalanes, y el conde de
Espaa no se contentaba con ahorcar a los liberales, sino que tena la
humorada de darles broma en vida y de tirarles de los pies despus de
muertos.

Unos meses antes, segn me dijo el cordelero, haban fusilado en aquel
mismo sitio a Miguel Arques, a quien llamaban el estudiante Murri, mozo
que durante el mando del conde de Espaa fu uno de los espas que
denunciaban a los liberales.

Le di un pitillo al cordelero. Era un vejete flaco y aguileo. Hablaba
de una manera un tanto desdeosa. No haba salido nunca de aquel
rincn. All trabajaba desde su infancia.

El cordelero deshizo el cigarro que le di, moli el tabaco entre sus
manos callosas, puso el papel de fumar en el labio, li el pitillo, lo
encendi y me dijo, mostrndome la fortaleza:

--Dentro de unos das va a haber aqu sangre.

--Cree usted?

--Eso dicen.

--Y a usted no le parece mal eso?

El cordelero se encogi de hombros. Luego me mostr las distintas
dependencias de la Ciudadela: los cuarteles, los almacenes y la torre
de Santa Clara. Era sta ancha, gruesa, con contrafuertes; tena en lo
alto una torrecilla a modo de templete, con un barandado con cuatro
floreros. Segn me dijo el cordelero, en esta torre solan encerrar a
los presos polticos, y all haba estado el general Lacy antes de ser
enviado a Mallorca para ser fusilado.

Vi que Elena y Mara Rosa aparecan de nuevo en el rastrillo, y me
desped del cordelero para acercarme a ellas. Elena y Mara Rosa
venan abatidas; por lo que me dijeron, Vidal y Moro-Rinaldi tenan
pocas esperanzas de ser libertados. En la Ciudadela, entre los
presos, corra la voz de que el pueblo pensaba asaltar la prisin y
degollarlos a todos. Al parecer, el odio era grande contra el coronel
don Juan O'Donnell, uno de los O'Donnell carlista que haba sido
hecho prisionero en una escaramuza en Olot y que estaba preso en la
Ciudadela. O'Donnell era objeto de las iras del pueblo, que quera
sacrificarle en venganza de los fusilamientos y crueldades que haban
cometido los carlistas...

Otro da acompa a mis dos amigas a casa del general don Pedro Mara
Pastors, gobernador de la Ciudadela.

Elena llevaba una carta para la seora del general, doa Carmen de Fox
y Vadolato, hija del barn de Fox.

El general nos recibi amablemente. Era el tal militar un tipo raro,
cataln, de Gerona, que hablaba con un acento muy rudo. Este hombre
me pareci un extravagante de muy poco talento; de gustos populares,
llevaba, como algunos marineros, un anillo en la oreja.

El general Pastors nos dijo que haba pedido al segundo cabo, don
Antonio Mara Alvarez, quien mandaba la capital en ausencia de Mina, el
que permitiese trasladar a O'Donnell y a otros prisioneros carlistas
odiados por el pueblo a un buque de guerra de la marina inglesa; pero
Alvarez se haba negado, diciendo que mientras Mina no estuviese en
Barcelona l no poda tomar tales disposiciones.

La razn de la diligencia y del deseo de Pastors de salvar a O'Donnell
dependa de que era amigo suyo y de que haba hecho con el padre
del preso y con el preso la campaa de los absolutistas, en 1823.
Pastors mand por entonces una brigada, de la que eran comandantes
Zumalacrregui, el joven O'Donnell y el conde de Negri.

Como Alvarez saba por qu motivos Pastors peda la traslacin de
O'Donnell, no se la quiso conceder. Lo extrao era que Pastors no lo
comprendiese y se devanase los sesos pensando qu causa habra para la
negativa.

Elena y Mara Rosa se despidieron del gobernador de la Ciudadela con
muy pocas esperanzas.




                                 XXII.

                           LA MAREA QUE SUBE


HACIA fin de ao apareci en los peridicos de Barcelona un parte
del general Mina, fechado en San Lorenzo de Morunys. Deca que
los carlistas continuaban defendindose en el Santuario del Hort
estrechados por las tropas de la Reina, y que un prisionero, fugado
la noche anterior del santuario, haba declarado que los carlistas
pasaban por las armas a los liberales que tenan en su poder. Llevaban
fusilados ya treinta y tres hombres, entre oficiales y soldados. Estos,
en su mayora, eran del regimiento de Saboya.

Por lo que se cont, los sitiados advirtieron a Mina que por cada
caonazo que les disparase fusilaran a un prisionero, y empezaron su
represalia sacrificando a cinco comandantes de nacionales que tenan
presos, arrojando sus cadveres por los barrancos del monte, en donde
estaba el santuario.

La noticia caus una gran indignacin entre el ejrcito y los paisanos;
se deca que los carlistas atropellaban las leyes de la guerra, y la
indignacin era mayor en los soldados que guarnecan la Ciudadela, pues
stos, en su mayor parte, pertenecan al regimiento de Saboya, el cual
haba sido el ms castigado por los carlistas en el Santuario del Hort.
Se aada que, antes de matarlos, los carlistas atormentaban a sus
prisioneros.

Estos rumores, verdaderos o falsos, se fueron exagerando al correr de
boca en boca y avivaron el furor de los liberales barceloneses. La
rabia contra los enemigos de dentro y de fuera se haca frentica y
desesperada.

--Hay que acabar con los que nos asesinan--se gritaba.

--Es necesario hacer algo ejemplar.

Mara Rosa y Elena vinieron a mi casa pidindome consejo, pero yo no
saba qu aconsejarlas.

El da 4 de enero amaneci fro y triste. Estaba lloviendo. Barcelona
tom un aire de revuelta. En las primeras horas, tambores tocando
generala pasaron, seguidos de grandes grupos, por la Rambla. Iban
hacia la plaza de Palacio, donde la multitud engrosaba por momentos.
Marchaban las patrullas de ac para all, gritando, exasperadas.

Por entonces, en la plaza de Palacio, frente a la Lonja, se estaba
construyendo un edificio grande por un capitalista cataln, Xifr,
enriquecido en la Isla de Cuba. Al mismo tiempo se trabajaba en
ensanchar la plaza. Con la lluvia se hallaba sta convertida en un
barrizal.

Elena y Mara Rosa no se apartaban de las proximidades de la fortaleza
en que se encontraban prisioneros sus maridos.

Custodiando la Ciudadela no haba el da 4 de enero mas que un pequeo
destacamento del regimiento de Saboya, que no llegaba a ciento
cincuenta hombres; ocho artilleros y ochenta milicianos nacionales. Al
medioda del 4 se reforz la guardia con unos sesenta soldados, nica
fuerza til de un batalln del 20 de lnea, que ni siquiera tena armas.

Por lo que se dijo, el general Pastors, al or que el pueblo intentaba
asaltar la Ciudadela, y sabiendo que se hallaba completamente
desguarnecida, sali de su casa, tom un coche y, atravesando el gento
que le obstrua el paso, lleg a la fortaleza.

Al caer de la tarde, la muchedumbre, en la plaza de Palacio, era
imponente; se deca que los oficiales carlistas ms comprometidos se
haban fugado de la crcel, y que el Gobierno contemporizaba con los
enemigos de la libertad. Al parecer, los batallones de la Milicia
estaban dispuestos a dejar hacer a los ciudadanos decididos para que
estos tomasen las represalias que quisieran.

Al obscurecer, la multitud se decidi, se moviliz y comenz a marchar
hacia la Ciudadela. El movimiento pareca pensado, premeditado. Alguien
daba las rdenes, aunque no se saba quin. Los tambores tocaban
generala. Viva la Petita!--gritaban unos--. Viva Cristina y vinga
farina!--decan otros; y estos gritos se mezclaban con los de la gente
que vitoreaba a la Libertad y a la Repblica.

Segua lloviznando.

Entre los grupos vi al Caragolet, harapiento, con su gorro rojo en la
cabeza, tocando un tambor. Un gento inmenso se acerc al rastrillo, lo
empuj, lo rompi y comenz a adelantar hacia la puerta de la muralla.

Por dentro levantaron el puente levadizo. Los amotinados vacilaron un
instante. Entonces, un grupo de hombres, dirigidos por el Bacallanet y
por otros que hablaban cataln y que no se saba quines eran, fueron a
la plaza de Palacio, cogieron de las obras que all se estaban haciendo
dos grandes escaleras y las trajeron entre los aplausos de la multitud.

Mientrastanto, algunos amotinados haban inundado los fosos y los
glacis de la Ciudadela, y pedan a gritos que les entregasen los
prisioneros carlistas.

Los directores del motn conferenciaron y decidieron, sin duda,
esperar a que entrara la noche para dar el asalto.

Quines eran estos hombres? Lo pregunt. Nadie los conoca.

La multitud se estrellaba contra los muros de la Ciudadela como las
olas de un mar turbulento; pronto se hizo completamente de noche, y
comenzaron a brillar antorchas, que iban y venan de un lado a otro en
la explanada y en los fosos.

Contemplaba yo la escena sobrecogido cuando se me acerc Elena.
Me sorprendi, porque vena vestida de hombre. Me dijo que estaba
dispuesta a salvar a su marido, de cualquier manera que fuese.

De pronto vimos una silueta iluminada por un hacha de viento humeante
en lo alto de la muralla, y supimos que era el gobernador de la
Ciudadela que arengaba a la multitud. Yo no le o; me dijeron que haba
preguntado a los sublevados qu es lo que queran y que stos haban
contestado:

--Queremos a los presos; queremos a O'Donnell.

El gobernador dijo que no tena atribuciones para entregar a los
prisioneros, y que lo hara si le mostraban una orden superior. Los
amotinados contestaron con terribles alaridos, exigiendo que se les
entregara a los presos inmediatamente. El general se retir de la
muralla y volvi a aparecer de nuevo, poco tiempo despus, a la luz de
una antorcha, a proponer que el pueblo nombrase un parlamentario y
que, en unin de un coronel que estaba entonces en la Ciudadela, fueran
a visitar a la primera autoridad militar de Barcelona.

El Bacallanet y sus amigos discutieron entre ellos; se oyeron frases
contra el Gobernador; alguien dijo que no haba que hacer caso de sus
palabras, sino comenzar en seguida el asalto.

El problema estaba en saber lo que hara la guarnicin; si sta
comenzaba a disparar era imposible entrar en el castillo. El Bacallanet
y los suyos afirmaron que la guarnicin no disparara.

Se colocaron las dos largas escaleras en el foso, enfrente cada una
de una tronera, y comenz a subir por ambas una fila de personas. El
primero que se lanz al asalto fu el Caragolet. Llevaba una antorcha
en la mano, iba harapiento, sin gorro, con los pelos alborotados, la
cara llena de rabia y de clera.

Tras l subieron la Nas, la Escombra y el Mussol; luego, Ramn Secret,
y poco despus, Arnau.

A la luz vacilante de las antorchas se vi ir subiendo, por las dos
largas escaleras, filas de hombres decididos e iracundos.

Se vean caras foscas, duras, barbudas, la mayora con el gorro rojo
sobre las greas; algunos pocos iban armados con sables y fusiles; dos
o tres llevaban el cuchillo entre los dientes.

Toda esta gente avanzaba con una terrible decisin. De pronto se abri
el puente levadizo y comenz a bajar, con lentitud, hasta cubrir el
foso.

Aquella puerta abierta de la muralla, un arco negro iluminado por la
luz de las antorchas, me pareci la entrada del Trtaro. Cre que iba a
aparecer algn pantano ftido con algn sombro Caronte.

Las turbas, al ver el paso franco, se lanzaron adentro como una ola
embravecida. Yo penetr, empujado por la multitud, en aquellos dominios
del Orco. Era como una marea cenagosa que iba subiendo e inundndolo
todo.

El general Pastors se present delante de la desbordada muchedumbre
intentando aplacarla; quiso hacerse obedecer por la tropa, pero sta
apenas le hizo caso; por el contrario, muchos soldados del regimiento
de Saboya se unieron con los sublevados y les entregaron sus fusiles.

--Hay que vengar a nuestros compaeros, amigos y parientes asesinados
por los carlistas. A muerte los presos!

Entonces, a la siniestra luz de las antorchas, se vi a esta multitud
de frenticos y de sicarios entrar en los cuarteles y en los calabozos.
Arrebataron al alcaide las llaves, forzaron a balazos las puertas que
no podan abrir, sacaron a los presos y los fueron matando a tiros, a
sablazos y a cuchilladas.

La salvaje marea suba furiosa, golpeando a derecha e izquierda y
dejando por todas partes huellas de sangre.

Muchos de los presos se arrodillaban implorando la misericordia de los
amotinados: no les vala. Uno que haba sido sacado a empellones de su
encierro y vi aquella horrible carnicera, alz en sus brazos a un
nio de pecho, gritando:

--Tened piedad de mi hijo.

--Dmelo--grit un hombre del pueblo; y mientras ste lo coga en sus
brazos, otro atravesaba el corazn del padre de una pualada.

Segn dijeron, O'Donnell, que vi acercarse a los amotinados por un
corredor, grit con desesperacin:

--Me van a asesinar; oh!, si tuviera una espada.

Inmediatamente cerr la puerta de su calabozo; pero los asaltantes la
abrieron a tiros y a culatazos.

O'Donnell se refugi en un rincn; los sublevados le dispararon varios
tiros y cay al suelo. Vivo an, lo cogieron y por una ventana lo
echaron al foso. Como una manada de lobos feroces, la turba se arroj
sobre aquel cadver, le ataron una cuerda a los pies y lo llevaron
arrastrando por el suelo hacia el centro de la ciudad.

Gran parte de la gente que andaba por los fosos sali aullando,
corriendo, detrs de aquel despojo sangriento. La marea de sangre
comenzaba a bajar.




                                XXIII.

                               FURINALIA


DE pronto, Elena se acerc a m y me dijo:

--Venga usted, por Dios!, a ver si salvamos a mi marido.

La segu, y fuimos los dos hasta uno de los almacenes de plvora en
el que se haban refugiado Moro-Rinaldi y Vidal; pero los asaltantes,
vidos de nuevas vctimas, recorran todas las instalaciones de la
Ciudadela. Al final de un corredor del almacn de plvora en donde
estaban Vidal y Moro-Rinaldi apareci el general Pastors con otros dos
oficiales y grit, con su acento cataln duro y violento, que antes
que forzar la puerta hollaran su cadver, pues de entrar all con las
antorchas podran producir una explosin que sepultara a todos bajo
las ruinas de la Ciudadela y de gran parte de la ciudad.

La energa de las palabras del general prob, sin duda, a los
sublevados que eran verdicas. Iban a volver atrs cuando uno de
ellos, sealando a Moro y a Vidal, dijo:

--Estos son presos carlistas.

Elena grit con voz aguda:

--No; han entrado en la Ciudadela conmigo.

--Es verdad--afirm yo--; y acababa de decir esto cuando aparecieron en
el corredor la Nas, la Escombra y el Mussol como tres lobas furiosas,
las tres plidas, con los ojos ardientes, una de ellas armada con una
hoz, y seguidas del Caragolet, con un sable en la mano.

Yo pens que eran fantasmas que brotaban de la noche y de las
profundidades del Averno.

Las tres furias gritaron con energa que no era cierto, que eran
prisioneros carlistas. Pastors y los oficiales nada dijeron a favor de
los presos, e inmediatamente los amotinados los sacaron al foso.

--La _jettatura_! La _jettatura_!--repiti varias veces Moro-Rinaldi,
plido de terror.

El Caragolet enarbol el sable, y de un terrible sablazo en la cabeza
tumb al italiano en el suelo; las tres furias de la casa del Negre se
echaron sobre Vidal y lo acuchillaron. Inmediatamente desaparecieron,
reabsorbidas en el caos de aquella noche horrible.

Elena di un grito como si le hubieran herido a ella, y cay al suelo.
Yo la levant como pude. Ella temblaba convulsivamente. No haba nada
que hacer; la tom de la mano y la ayud a salir de la Ciudadela.

--Si pudiera usted recoger su cadver!--me dijo.

No la contest; llevaba yo una tea en la mano, que no s de dnde la
cog, y a su luz veamos en el suelo charcos de sangre, cadveres
y restos humanos. La lluvia haba dejado el suelo lleno de barro.
Fuera aprensin o realidad, me pareci que haba un vaho espeso en la
atmsfera y que el aire ola a sangre. Se oan gritos y lamentos de
mujeres y de moribundos.

Salimos como pudimos de aquel sombro Aqueronte. Elena muchas veces
se detena y se echaba a llorar; yo la agarraba por la cintura y la
llevaba casi arrastrando. Me temblaban las piernas y todo el cuerpo;
deba tener fiebre. Llegamos a la fonda, subimos las escaleras, dej a
Elena en su cuarto y sal a la calle.

Me encontraba en un estado de exaltacin tan grande, que iba hablando
solo; comprenda que no podra dormir aquella noche, e instintivamente
ech a andar.

Sal a la Rambla. Me cruc con un grupo de gente que gritaba:

--A las Atarazanas, a las Atarazanas!

Yo fu instintivamente hacia la Ciudadela. Marchaba por la Rambla a
obscuras, cuando vi un grupo de gente que saltaba y gritaba alrededor
de una hoguera.

--Qu hay, qu pasa?

Haba en el suelo un bulto informe y sangriento: era la cabeza y los
restos de O'Donnell, que haban echado a las llamas.

Llegu a la Ciudadela y me acerqu a ella. La matanza haba cesado,
los amotinados haban hecho una gran hoguera en la plaza de Armas con
la paja de los jergones y con todas las tablas que haban encontrado y
estaban quemando los muertos. Una terrible humareda sala de aquella
fnebre pira.

En esto, a la luz de una antorcha, encontr a Jaime Vidal, que andaba
buscando el cadver de su hermano. Jaime crea que Arnau y Secret
haban matado a su hermano; yo le cont lo ocurrido.

Salimos a la plaza de Palacio y despus a la Rambla. Segua habiendo
grupos; omos contar que en las Atarazanas la tropa y la Milicia
se negaron a hacer fuego contra los amotinados, y que penetr en
la fortaleza una comisin que, provista de linternas, registr los
calabozos, sacando a los presos carlistas de los escondrijos donde
se haban refugiado. Uno de ellos se haba metido en el tubo de una
chimenea, y los sublevados lo hicieron salir disparando sus pistolas
hacia arriba. Todos los presos fueron sacados de la fortaleza e
inmediatamente degollados por la turba feroz.

En las torres de Canaletas se repiti, segn dijeron, la misma escena,
y en el Hospital Militar ocurri otra ms horrible an, pues tres
infelices heridos que se encontraban all fueron arrancados de sus
camas y fusilados en la calle.

En la Rambla la gente cantaba y gritaba celebrando la matanza; yo
estaba asombrado de tanta ferocidad. As deban ser las matanzas de los
almogvares en los pueblos de Oriente.

Al volver a casa, en un terrible estado de abatimiento, vi a un cura
que iba a dar el vitico rodeado por cuatro hombres, con cirios, y me
pareci que todas las campanas de la ciudad tocaban a vuelo.




                                 XXIV.

                           AL DA SIGUIENTE


A las altas horas de la noche llegu a casa y me met en la cama.
Apenas pude conciliar el sueo, y me despert a cada paso soando con
que me encontraba en la Ciudadela y confundiendo esta impresin con
otras impresiones lejanas. Por la maana me levant y no quise salir de
casa. Por lo que me dijeron, a las seis de la tarde del da 5 algunos
nacionales, reunidos en la plaza del Teatro, empezaron a difundir la
alarma disparando tiros y dando gritos revolucionarios. Al parecer,
sta era la seal de un movimiento sedicioso. Los directores deban ser
de los que se reunan en el primer piso de mi casa, porque durante la
tarde no apareci ninguno de ellos.

Los grupos comenzaron a vitorear a la Constitucin e hicieron que se
reunieran con ellos los batallones de la milicia.

A los grupos de la plaza del Teatro se aadieron otros, y al anochecer,
el ms numeroso, sostenido por las fuerzas de la milicia, se present
en la plaza de Palacio con un gran letrero, en donde se lea escrito
con letras grandes: Viva la Constitucin de 1812.

El letrero fu colocado en el prtico de la Lonja, iluminado por dos
grandes antorchas y custodiado por dos centinelas.

Cuadrillas con banderolas desplegadas comenzaron a recorrer las calles;
la gente los vitoreaba al paso.

Se asalt, segn se dijo, la casa de un cannigo de la calle del
Paraso, y se temi que fueran a continuar los horrores del da
anterior.

Debi de haber despus gran confusin entre los batallones de la
Milicia nacional; unos, segn se dijo, eran partidarios de secundar el
movimiento, y otros no queran que la Constitucin saliera de un motn
tan sangriento y tan turbio como el del da anterior.

El segundo general, don Antonio Mara Alvarez, public dos bandos muy
enrgicos, areng a las tropas, y por lo que se cont, uno de los
batallones de la Milicia, el que llamaban de La Blusa, se resisti a
retirarse. El mdico don Pedro Mata, que era capitn de este ltimo,
consigui convencer a su gente y el movimiento fu sofocado.

El da 7 nos dijeron en la casa que Aviraneta, el conspirador
madrileo, acababa de ser preso y trasladado a un barco ingls que
estaba surto en el puerto.




                                 XXV.

                                EPLOGO


UNOS das despus fu a ver a Elena y a Mara Rosa; las dos estaban
inconsolables. Elena haba pensado ir a vivir a Francia; Mara Rosa me
dijo que hablara a su padre para reconciliarse con l. Arnau fu a la
fonda de las Cuatro Naciones y acogi a su hija con afecto. Se dispuso
que Arnau, Secret, Mara Rosa y yo volviramos a Tarragona.

Elena se despidi de Mara Rosa y de m llorando; yo no saba qu
decirla.

Nos citamos con Arnau, para las diez de la maana, en el puerto. Yo
llegu demasiado temprano y me asom a la Ciudadela. Haca una hermosa
maana de sol. El cordelero de la Explanada estaba trabajando como en
das anteriores; iba y vena tranquilamente, con su manojo de estopa en
la cintura, y el chico daba vueltas al carretel.

De la tragedia pasada no quedaba ni rastro. Volv hacia el puerto.
Todava era temprano. En los Encantes vi que se vendan botones,
galones y armas que procedan, seguramente, del asalto de la Ciudadela.
Dos hombres, sin duda dos de los asaltadores, mientras coman unas
naranjas contaban sus hazaas de la noche de la matanza.

Vinieron Arnau y su familia, y nos embarcamos y llegamos a Tarragona.
Yo recib por aquel tiempo carta de Mlaga dicindome que volviera,
porque nuestros asuntos haban mejorado de tal manera que podamos
vivir all cmodamente y sin apuros.

No tuve ms remedio que volver. Un domingo, a final de enero, fu a
despedirme de Arnau y de su familia a la torre prxima al Hostal de la
Cadena.

Haca un da magnfico, un da ya de primavera. En los huertos, los
almendros y los avellanos se mostraban llenos de flor, y las naranjas
brillaban, doradas, en el obscuro follaje. Estuvimos en el cenador
del jardn de la torre de Arnau, Pepeta, Mara Rosa y yo. Sentamos
los tres que algo haba pasado por nuestra vida, dndole una gravedad
inusitada.

El cielo estaba azul y el mar tranquilo; las olas llegaban plcidas,
perezosas, a la angosta playa.

Las chicas de la vecindad, en corro en la carretera, cantaban con voz
aguda:

      A las chicas de este pueblo
    las tengo que regalar
    unas tijeritas de oro
    para aprender a bordar.

Yo estuve ensimismado mucho tiempo oyendo el canto de las nias y el
rumor de las olas, hablando de tarde en tarde maquinalmente, hasta que
me levant, salud con precipitacin y me march. Se haca de noche y
tocaban los tambores la retreta en los cuarteles...

Al da siguiente era la marcha.

Doa Gertrudis y Eulalia me abrazaron y prometieron escribirme.

Dej Tarragona con tristeza, y me acomod de nuevo en Mlaga, en donde
comenc a trabajar en sociedad con mi hermano en el antiguo escritorio
de mi padre. Pronto llegamos a consolidar nuestra casa comercial.

Llevaba varios meses sin hacer caso de mi gran poema la _Batalla de
Lepanto_, cuando un da lo saqu del armario donde lo tena guardado, y
me puse a leerlo. Me produjo una terrible desilusin. Me pareci fro,
hueco, sin vida. Pens si podra conservar algo de l, pero todo era
igualmente malo y decid quemarlo. Comprend que aquello era lo mismo
que romper con mi juventud; pero no vacil y ech el manuscrito al
fuego.

Un ao despus de mi partida de Tarragona, Eulalia me escribi una
carta dndome noticias.

Un da que se hallaban en la torre de Arnau ste y Secret sonaron dos
tiros, y Arnau cay herido en el hombro. Secret avanz hacia donde
haban tirado, con la pistola amartillada, y recibi un tiro, y cay
muerto. El matador era Jaime, el hermano de Pedro Vidal. Por lo que
se supo despus, Jaime volvi a Tarragona, entr en la Catedral y se
acerc al confesonario del cannigo Roquebruna.

--Don Guillermo.

--Qu hay, hijo mo?

--Acabo de matar a un hombre y de dejar a otro malherido.

--Calla, podran orte; arrodllate delante del confesonario y cuenta
lo que has hecho.

El cannigo entr en el confesonario; Jaime se arrodill y cont lo que
haba pasado. Cuando hubo concludo su relato, el cannigo le dijo:

--Sgueme muy de lejos y sin que te vea nadie.

Atravesaron la catedral, que estaba a obscuras, uno tras otro; entraron
en el Palacio del Arzobispo, y se acercaron a una torre que tena una
lpida sepulcral, con un auriga esculpido y una inscripcin en latn
en la que se deca que el finado hubiera preferido mejor morir en el
circo que de la fiebre. Pasaron a un cuarto pequeo que daba a la
terraza de un antiguo baluarte, y el cannigo dijo a Jaime:

--Aqu estars escondido una semana; luego pasars al campo carlista.

Efectivamente, Jaime estuvo escondido en el Palacio Arzobispal, y
despus se march con las tropas de Tristany, en las que ingres como
alfrez.

De mis amigos de Tarragona supe que Arnau, de viejo, haba comenzado a
ir a la iglesia; que Mara Rosa se cas con un militar, y Pepeta, con
Pascual el hortelano, el Vertumnio de la torre prxima al Hostal de la
Cadena.

Al acabar la guerra civil me volvi a escribir Eulalia: me deca que
haba visto a Elena en Tarragona, que tena una nia y que estaba
guapsima.

Eulalia aada que Elena me recordaba constantemente, y me aconsejaba
que tuviera un arranque, fuese a Tarragona y me casara con ella. Se
me ocurri consultar el caso con mi hermana y contarle la historia de
Elena; mi hermana me disuadi; me convenci de que una mujer as, tan
decidida, no me convena. Despus me arrepent de seguir su consejo.

    Itzea, junio, 1921.




                     LOS BASTIDORES DE LA TRAGEDIA

                            SEGN AVIRANETA


HABA ledo el relato anterior a mi amigo don Eugenio, y ste me dijo:

--Esa historia que copiaste del Diario de ese seor malagueo
representa el lado pblico de la tragedia de Barcelona; ahora te
contar yo el lado privado; seguramente, menos novelesco y con menos
ringorrangos. No soy nada partidario de la literatura en la Historia. A
m me gusta la relacin de los hechos ciertos, claros, escuetos y sin
adornos.

--A m tambin. Lo malo es que no hay hechos claros, ciertos y escuetos.

--Cmo que no?

--Naturalmente que no. Si los hechos fueran tan claros en la
Historia, usted no tendra motivo para quejarse de haber sido juzgado
injustamente.

--Es que a m se me ha tratado con una injusticia deliberada. Entre
los clericales y los farsantes de la masonera me han hecho el vaco.
Yo he preferido no ser nada que no medrar apoyado por miserables
imbciles. Hoy, si empezara a vivir, hara lo mismo.

--Bien. Es que usted no tiene sentido social alguno, y, adems, sucede
que esos hechos que usted cree tan claros y tan escuetos no lo son.

--Esa es tu opinin?

--S.

--No es la ma.

--Bueno, no discutamos; siga usted con lo que iba a decir.

--Habrs ledo mi folleto _Mina y los proscritos_.

--S.

--No es la verdad completa, porque lo escrib en la emigracin, en
Argel, y me hallaba verdaderamente furioso.

--Y los hechos? Esos hechos que son tan claros, segn usted?

--En mi folleto se advierte irritacin y rabia; pero los hechos hablan
claros.


                                                            EN ZARAGOZA

El verano de 1835 me encontraba yo en Zaragoza, escapado de la Crcel
de Corte, viviendo pobremente en una casa de huspedes de la calle de
San Pablo. All publiqu un folleto titulado _Lo que debera ser el
Estatuto Real o derecho pblico de los espaoles_, en la imprenta de
Ramn Len.

El publicar este folleto me atrajo la hostilidad de los moderados y
de gran parte del partido liberal, que trabajaba con todo su poder
para ahogar la revolucin, que muchos considerbamos necesaria y que
dirigamos los de la Sociedad Isabelina.

Yo creo que nuestro plan era, por entonces, el ms claro; consista en
restaurar la Constitucin, ms o menos modificada, instalar un Gobierno
liberal de orden y acabar con el carlismo, tanto por medios polticos
como por la fuerza militar.

Reunir el patriotismo en un centro comn, deca yo en mi folleto; hacer
al carlismo una guerra de exterminio y trabajar incesantemente hasta
conseguir una verdadera representacin nacional, he ah los constantes
desvelos de los isabelinos.

Mis planes--segua diciendo despus--nunca se dirigieron al
establecimiento de una repblica en Espaa. Republicano por principios,
estoy plenamente convencido de que los espaoles, desgraciadamente, no
nos hallamos en estado de abrazar el sistema de gobierno ms barato y
perfecto que se conoce desde el origen de las sociedades.

--Pero, hombre, don Eugenio, qu utilitarismo ms vulgar!

--Hay que tener principios, y el utilitarismo ha sido el principio
capital de nuestra poca. Sigo adelante.

Las ambiciones personales destrozaron nuestro partido. Nosotros no
creamos que fueran indispensables estas o las otras personas para
la marcha de las instituciones liberales. Entre nuestros polticos
no haba grandes lumbreras, y pensbamos que todos o casi todos se
podan reemplazar. Esto produca en la clase poltica, convertida en
oligarqua, una clera terrible. No creamos que Argelles, Toreno o
Mendizbal eran insustitubles? Pues ramos anarquistas, perturbadores,
dignos del presidio.

Como los oligarcas tenan el mando y el dinero, la traicin en nuestras
filas era frecuente. Muchos de los individuos de las juntas isabelinas
se pasaron secretamente al campo enemigo y ofrecieron sus servicios al
conde de Toreno.

Por este tiempo, el gobernador civil de Zaragoza public un bando
contra los forasteros que habitaban la ciudad; y aunque indirectamente
y sin nombrarme, me sealaba a m con tales detalles, que los
isabelinos todos comprendieron que se trataba de expulsarme.

En dicho bando se mandaba que los forasteros que no tuviesen
pasaporte, o que tenindolo no fuera legtimo, se presentasen en el
Gobierno civil o salieran de la provincia. Yo, ni me present ni sal
de Zaragoza. Los patriotas y amigos mos se ofrecieron a sostenerme y a
defenderme en el caso de que se me quisiera expulsar de all.


                                                         EL CONSABIDO

Al comienzo del mes de septiembre, el ministro de la Gobernacin, don
Ramn Gil de la Cuadra, me escribi una carta pidindome que dirigiese
una circular a los socios de la Isabelina, a fin de que cooperasen con
todos sus esfuerzos a favor de Mendizbal, el hombre de los milagros.
Lo hice as, y con la mejor intencin movilic a mis amigos polticos
de Madrid y de provincias.

--Era usted todava hombre influyente?

--S, ya lo creo. Estaba en auge.

A consecuencia de las comunicaciones que se cambiaron entre el ministro
y yo se estableci una correspondencia amistosa. Don Ramn Gil de la
Cuadra, me pidi mi parecer acerca de la marcha que deba de seguir
el nuevo ministerio, y yo le contest dndole las soluciones que a m
se me figuraban las ms oportunas en aquel momento. Gil de la Cuadra
contestaba a mis cartas firmando: _El Consabido_.

Despus de un mes o mes y medio de correspondencia, Gil de la Cuadra
me pregunt en una carta qu pensaba hacer, qu proyectos tena; yo
le expliqu en qu situacin me encontraba, y, al poco tiempo, l me
escribi dicindome que, a su parecer, lo que ms me convena era que
el Gobierno me diese una comisin activa que me produjera un modo
decente de vivir de mi trabajo, y que ms adelante, por medio de
la influencia de Mendizbal, me colocaran en un destino fijo en el
ejrcito.

Pregunt a Gil de la Cuadra adnde haba pensado enviarme en comisin,
y me contest que a Barcelona.

Los amigos de Zaragoza me hicieron desconfiar; segn ellos, en
Barcelona me esperaba el fracaso; la ciudad condal tena en
poltica cierta autonoma, y no siendo yo cataln no podra hacer,
probablemente, all cosa de provecho.

Comuniqu esta opinin de mis amigos a Gil de la Cuadra, y ste me
replic enfadado dicindome que haca mal en no ir a Barcelona, y que
all era donde poda ejercer mi actividad con mayor provecho.


                                                             MENDIZBAL

A mediados de octubre escrib a mi amigo don Toms de Alfaro, hermano
poltico de Mendizbal, rogndole hablase a ste para que me remitiera
un salvoconducto con el cual pudiese regresar a Madrid.

A vuelta de correo recib el permiso, y me present en la corte el
mismo da de la apertura de los Estamentos.

Supe que los partidarios de Toreno y de Martnez de la Rosa trabajaban
para que otra vez se me encerrara en la Crcel de Corte, pretextando
la existencia de un mandamiento de prisin dado contra m, a causa de
mi fuga del mes de agosto; pero Mendizbal se opuso y me libert de un
nuevo atropello. Fu a ver a don Juan Alvarez Mendizbal a la calle de
Atocha, 65, donde viva, y a la Presidencia.

En las varias ocasiones que tuve de hablar con el presidente del
Consejo, ste me recibi con gran atencin, me auxili en mi desgracia
y me quiso emplear de una manera honrosa y decente.

T ya le has conocido a Mendizbal, y recuerdas seguramente cmo
era: muy alto, con un tipo aguileo de judo, por lo que Borrow lo
encontraba aspecto de un Beni-Israel; el pelo, ya que comenzaba a
blanquear, y la levita, inglesa, de corte irreprochable.

--Una pregunta.

--Venga.

--Usted sabe por qu Mendizbal, que se llamaba Alvarez y Mndez,
cambi de apellido y se llam Mendizbal?

--Creo que el motivo principal fu borrar el aire judaico que tenan,
por entonces, entre los gaditanos, sus apellidos, sobre todo el de
Mndez. Haba en Cdiz la casa de los Mndez, que se tachaba de juda.
Los Alvarez eran desconocidos; todo el mundo tena la tendencia de
llamar a Mendizbal, Mndez, y suponer que era judo, aunque Mendizbal
estaba bautizado, y sus padres tambin. Alvarez Mndez, Mndez
Alvarez... Esto ltimo sonaba a Mendizbal, apellido vasco, por lo
tanto, poco sospechoso de judasmo, y don Juan lo adopt.

--Es una versin lgica.

--Mendizbal--sigui diciendo Aviraneta--hablaba de una manera muy
premiosa, que a veces saba ser cordial. Yo le haba conocido cuando la
revolucin del ao 20, pero l ya no se acordaba de m.

Me pregunt qu quera; le expliqu que mi causa del 24 de julio
estaba todava abierta, y que a consecuencia de ella no poda ser
reintegrado en mi destino de Comisario de Guerra. Me haban aconsejado
que presentase en el ministerio una solicitud pidiendo que aquella
causa fuese comprendida en el Real decreto de 25 de noviembre, y que,
en su consecuencia, se sobreseyese.

A Mendizbal le pareci bien que siguiera este procedimiento, y me
asegur que sobreseera la causa.

Agradecido a tan gran beneficio me ofrec a l para que me ocupase en
lo que me creyera ms til a la patria, y el ministro me manifest el
estado crtico de Catalua, las intrigas que all se desarrollaban,
atizadas por los carlistas y por los extranjeros, y lo conveniente
que sera el que yo pasara al lado del general Mina para desentraar
aquellas maquinaciones y auxiliar al general.

--Est usted en buenas relaciones con Mina?--me pregunt Mendizbal.

--S, soy amigo suyo; no tengo ningn motivo de queja contra l, y creo
que a l le debe pasar lo mismo con relacin a m.

--Mina hace un gran papel en Catalua--aadi don Juan--; es muy
querido por los liberales del pas, pero no tiene flexibilidad alguna;
cree que a caonazos y a tiros ha de dominar la situacin, y en esto
se engaa. Sera por eso conveniente que un hombre diplomtico y de
espritu flexible, como usted, se reuniera a l y lo aconsejara.

--Pues, nada, ir a Barcelona.

--Bien. Yo le dar a usted una carta.

La carta que me di Mendizbal deca as:


  Excmo. Sr. D. Francisco Espoz y Mina.

  Madrid, 30 noviembre de 1835.

  Mi querido general: Por los beneficios que deben resultar a la
  justa causa y por el concepto que me merece el dador de sta, el
  seor de Aviraneta, suplico a usted le considere como persona de
  confianza; de la buena inteligencia y acuerdo de ustedes no dudo
  resultarn motivos de satisfaccin para todos, y en esta creencia
  preveo igualmente que acceder usted a mis deseos.

  Es de usted siempre afectsimo amigo, que besa su mano,

  _J. A. y Mendizbal_.


Los das siguientes fu a ver a don Ramn Gil de la Cuadra. Ni en el
ministerio ni en su casa pude encontrarle.


                                             DON RAMN GIL DE LA CUADRA

Don Ramn Gil de la Cuadra era vizcano, de Valmaseda; haba viajado
por Amrica, Filipinas y la India inglesa; era aficionado a las
matemticas y a las ciencias naturales. Tena mucha suspicacia y era
muy enemigo de la gente joven y activa.

Durante los aos de la emigracin, en Londres, despus de 1823, se hizo
tan ntimo de Mina, que se le consideraba como su mentor. Le escriba
los planes de las conspiraciones y los proyectos futuros de los futuros
gobiernos liberales.

Se tena de l un gran concepto, y formaba con Argelles, Calatrava,
Ferrer, Gamboa, etc., un grupo de doceaistas, al que algunos llamaban
el de los Magnates, y tambin el de los Viejos Cardenales. Don Ramn
era serio y reservado, tena mucho prestigio, y excepto Alcal Galiano,
que le odiaba, los dems le consideraban como un gran hombre.

La mala acogida de don Ramn Gil de la Cuadra renov mis sospechas de
Zaragoza, que se aumentaron an con los datos que me dieron algunos
amigos. Me dijeron que don Ramn hablaba mal de m; que me pintaba como
un intrigante y como un alborotador, y que deca que sera conveniente
que me expulsaran de Espaa.


                                                       LOS DOCTRINARIOS

--Pero esta hostilidad, no tena algn otro motivo particular?--le
pregunt yo a don Eugenio.

--No, que yo sepa; todos estos polticos viejos eran doctrinarios,
gentes de principios cerrados, ordenancistas; ellos, como los mdicos
de Molire, preferan que el enfermo se muriera a dejar de seguir
los preceptos de Hipcrates. Comprendan, claro es, que en tiempo de
revoluciones y de revueltas no se puede marchar siguiendo la ley al pie
de la letra; pero en vez de confesarlo as y obrar en consecuencia,
tomando el mejor camino por intuicin, buscaban sutilezas y argucias
para dar a la arbitrariedad una apariencia legal.

Por otra parte, estos viejos mandarines eran masones de los que crean
en la parte mstica de la secta, o por lo menos la respetaban, y me
consideraban a m como un hereje porque yo siempre haba mirado las
cuestiones simblicas de la masonera como verdaderas mamarrachadas
indignas de ser tomadas en serio. Adems, estos doctrinarios crean que
sin intervenir ellos no se poda hacer nada, y tenan una suficiencia y
una vanidad completamente morbosa. Todos los que no estaban con ellos,
los que no les adulaban y no les jaleaban eran sus enemigos. En su
grupo, los diputados de 1812 eran dioses; los del 20 al 23, semidioses;
el que completaba el prestigio habiendo estado en la emigracin en
Londres poda considerarse en el Olimpo. El que no cumpla alguno de
estos requisitos no vala nada; yo no tena ninguno de ellos, razn
por la cual no se me consideraba persona grata. Por otra parte, mis
opiniones polticas audaces haban irritado de tal manera a Gil de la
Cuadra, a Calatrava y a sus amigos, que desde entonces me tomaron un
odio terrible y no me perdonaron.


                                                           DESCONFIANZA

Preocupado, le pregunt al pariente de Mendizbal si es que el Gobierno
quera desprenderse de m, y Alfaro me dijo que don Juan no era
capaz de una perfidia semejante, y que s desconfiaba que no fuera a
Barcelona. Ante esta afirmacin me decid; no tena otro remedio.

La vspera de mi salida de la corte encontr, cerca de la Casa
de Correos, a Gil de la Cuadra, a quien manifest claramente mi
desconfianza. Don Ramn, despus de excusarse de no haberme recibido,
por haber estado muy enfermo y muy atareado, me indic que en aquel
momento acababa de echar una carta para el general Mina, avisndole
que yo llegara al final de mes, comunicndole la comisin que llevaba
a Barcelona y recomendndome eficazmente.

El 5 de diciembre sal de Madrid para Valencia; esper all quince das
la llegada del _Balear_, un vapor con la tripulacin catalana, y el 24
del mismo mes me embarqu para Barcelona.


                                                            EN VALENCIA

En los quince das que estuve en Valencia me dediqu a leer peridicos
y a enterarme de los asuntos de Barcelona; le varios folletos, entre
ellos uno de Raull y otro de Bertrn Soler acerca de la asonada,
seguida del incendio de los conventos, de la ciudad condal. Estas
lecturas me hicieron pensar que quiz Barcelona estaba en vsperas de
una gran conmocin popular como en tiempo del Corpus de sangre. Me
figuraba la ciudad catalana un Npoles de la poca de Masanielo.

Como tena una idea muy vaga de la accin de este personaje, ped
algn libro acerca de l en la librera de Cabrerizo, y me dieron uno
de un autor francs, Defaucompret, titulado _Masanielo u ocho das
en Npoles_, que era una novela. Busqu otros libros sobre el hroe
napolitano, pero no encontr mas que ste.

Supuse, ms o menos por induccin, que un pueblo como Barcelona, en
aquellas circunstancias, estaba abocado a tener un jefe revolucionario
y popular. Me enga en absoluto; yo no poda prever la carencia de
hombres de inteligencia y de arranque que haba en esta poca en la
capital del principado.


                                                              BARCELONA

--Exista de veras tanta inferioridad?

--S; Barcelona, entonces, estaba sin directores; todo lo que
sobresala no pasaba de la ms absoluta mediocridad; los que queran
erigirse en caudillos eran gente sin inteligencia, sin valor y sin
abnegacin.

Llegu el 27 de diciembre de 1835 a Barcelona; me esperaban en el
muelle dos individuos de la Isabelina: Toms Bertrn Soler y mi antiguo
asistente, el Chiquet. Junto con ellos fu a una casa de la calle de
la Puerta Ferrisa, enfrente de la capilla de Montserrat, donde qued
hospedado.

Al da siguiente me present en la Capitana General a saludar a doa
Juanita, la seora de Mina. Despus de ofrecerle mis respetos le
pregunt si no haba recibido su esposo una comunicacin de Gil de la
Cuadra anuncindole mi llegada. Doa Juanita me dijo que no lo saba;
su marido haba salido para la campaa y no le haba dicho nada. Esto
me di muy mala espina.

Volv a mi casa un tanto preocupado y me dediqu a observar la poltica
barcelonesa. Esta poltica era reflejo de la espaola, aunque ms
enconada y personalista.


                                                 POLTICOS BARCELONESES

Haba por entonces en Barcelona muchos partidarios de Don Carlos,
muchos reaccionarios y absolutistas de buena fe.

Entre los liberales la confusin era grande, y los diversos grupos se
miraban, en su mayora, con hostilidad. Primeramente haba un grupo
de moderados, partidarios del justo medio, ricos, que formaban una
plutocracia conservadora que buscaba la manera de desarrollar grandes
negocios. Parte de estos plutcratas eran masones, amigos del banquero
Remisa, y estaban en muy buenas relaciones con el general Llauder, en
quien tenan muchas esperanzas; en cambio, el pueblo miraba a Llauder
como un traidor y le haba dado el sobrenombre de Meteoro.

Despus venan los exaltados, entre los cuales los haba de varias
clases; unos eran localistas y no queran ocuparse mas que de lo que
ocurra en Catalua; otros, nacionales.

Los localistas rechazaban la colaboracin de los liberales de Madrid
y del resto de Espaa, y llevaban una poltica suya exclusivamente
catalana.

Llins, Gironella, Madoz y otros haban formado una confederacin
liberal que abarcaba las cuatro provincias y que tena un carcter
marcadamente regionalista.

El gran defecto de esta confederacin era el ser neutra y poco activa
y el no llegar a tener fuerza mas que en algunos pueblos de la regin
prximos a Barcelona.

Entre los liberales nacionales haba algunos de tendencias moderadas,
y otros ms progresistas; estos ltimos se podan clasificar en dos
grupos: los isabelinos, que defendan la idea liberal sin considerarla
adscrita a un hombre, y los partidarios acrrimos de Mendizbal, que no
queran ver nada posible en poltica sin su jefe.

Haba tambin algunos republicanos y restos de la Sociedad Carbonaria,
sociedad que haba fundado en Barcelona un tal Horacio d'Atellis, en
1822, venido de Npoles.

De estos carbonarios, la mayora eran militares italianos y polacos, y
en ellos se daba la tendencia de convertir los asuntos nacionales y
locales en cuestiones de ndole internacional.

A los pocos das de llegar a Barcelona conferenci con las personas
importantes del partido liberal. Con quienes me vi con ms frecuencia
fu con Madoz, Bertrn Soler, Xaudar, y algunos otros.

Don Pascual Madoz, a quien t conoces, haca entonces las veces de
director en el peridico _El Vapor Cataln_. Madoz tena relaciones con
Mina, el cual le haba empleado y dado varias comisiones lucrativas;
era masn, y en esta poca se senta completamente cataln, y con
Gironella, Llins y otros haba formado la confederacin liberal de que
te he hablado.

Gironella, el comandante de la Guardia nacional, era hombre rico, un
tanto fatuo y adorador de cuanto diera popularidad. Tena una casa
importante y una hermosa quinta en Sarri. Gironella era enemigo de
Bertrn Soler, y me manifest que con Bertrn l no colaboraba. Le
pregunt si haba alguna cosa seria entre ellos, pero no haba mas que
rencillas de pueblo.

Respecto a Toms Bertrn Soler, era escritor y abogado, haba publicado
varios folletos y libros; pona cuando firmaba debajo de su nombre,
como un ttulo, Ciudadano espaol; era un tanto pedante, aunque
sincero y buena persona. Una de sus obras se titulaba _Espaa, libre
por esencia, oprimida por los tiranos_.


                                                                XAUDAR

Respecto a Ramn Xaudar, era un hombre joven, elegante, de bigote
pequeo y sotabarba; formaba parte de un club que se titulaba
Unitario, que al parecer quera reunir a los liberales de todos
los matices; pero en este club mandaban los moderados, los masones y
principalmente los plutcratas barceloneses. Xaudar era hombre de dos
caras, audaz, atrevido e inmoral. Sacaba dinero de todas partes.

--Cmo?--interrump yo--; yo he visto el retrato de Xaudar en una
estampa titulada: Vctimas de la causa popular, al lado de Bravo,
Maldonado, Padilla, Porlier, etc.

--Bah! as se escribe la Historia.--replic Aviraneta.

--Ya estamos otra vez en el problema de los hechos.

--Xaudar--dijo Aviraneta, que no quiso contestar a mi alusin--haba
sido confidente de Llauder, y antes, en tiempo del conde de Espaa,
del subdelegado de polica de aquella poca, don Jos Vctor de Oate.
En la causa que se sigui a los masones en Barcelona, un tal Lucas
Martnez denunci a Xaudar como confidente de la polica. Decididos
los isabelinos, segn me dijo Bertrn Soler, a averiguar lo que poda
haber de cierto en esto, supieron que el dueo de una casa de baos de
Bourg-Madame, en la frontera francesa, el seor Mazlat, tena listas,
papeles y documentos de Xaudar por los cuales se poda colegir que
ste haba sido un agente provocador que incitaba a los liberales a
entrar en Espaa en la poca absolutista y los denunciaba despus a la
polica.

Los isabelinos mandaron un emisario a ver estos papeles. El francs
de Bourg-Madame no tuvo inconveniente en mostrrselos, pero no se los
quiso entregar.

La redaccin del _Vapor Cataln_ tena en Xaudar un gran agente de
negocios; ste haca campaas para sacar dinero, aspiraba a ser un
dictador de la ciudad apoyndose al mismo tiempo en la plutocracia y en
la gente maleante.

Xaudar era cnico, atrevido, con una gran avidez de dinero.

Detrs de l, a su sombra, trabajaba Madoz, hombre perseverante,
violento y al mismo tiempo muy zorro, que tena grandes ambiciones.

El escribano Francisco Raull, con quien habl un par de veces, haba
publicado la historia de la conmocin de Barcelona en la noche del 25
al 26 de julio de 1835; era un hombre vacuo y petulante que escriba
dando ms importancia a la palabrera que a los hechos.


                                                            LOS JVENES

Entre los jvenes haba gente atrevida, audaz y de ideas muy avanzadas.
Los que ms se destacaban eran el mdico Pedro Mata, de Reus, que tena
mucha fama y era capitn del batalln de La Blusa; Laureano Figuerola,
que era de este mismo batalln y alardeaba de republicano; Aiguals de
Izco, el de Vinaroz, masn muy activo y entusiasta de la escenografa
del tringulo y de la escuadra, tipo pequeo, barbudo y un poco
ridculo, que luego se hizo clebre con su novela, a estilo de Eugenio
Su, _Mara o la hija de un jornalero_, y Abdn Terradas, autor tambin
de una novela bastante mediocre titulada _La explanada_, con escenas
barcelonesas de la poca del mando del conde de Espaa. Este Terradas
fu uno de los precursores del republicanismo y del regionalismo
cataln.

Casi todos los jvenes liberales barceloneses eran entonces medio
republicanos, medio carbonarios; muchos de ellos haban colaborado
en el _Propagador de la libertad_, en donde se insertaban artculos
obscuros del iluminado Adolfo Boheman; otros haban publicado algo
en _El Regenerador_, de Bertrn Soler, semanario enciclopdico,
constitucional y espaolista.

Carlistas y liberales, exaltados y moderados, isabelinos y
mendizabalistas, regionalistas y patriotas se odiaban todos con
idntica furia, y el ms violento rencor reinaba en la sociedad
barcelonesa.


                                                          UN CONFIDENTE

Una de las cosas que me preocupaba y que comenc a trabajar con los
isabelinos fu el modo de encontrar confidentes que nos pusieran al
tanto de las maquinaciones de los carlistas y de los que les ayudaban
en el extranjero.

Bertrn Soler se dirigi a un redactor del _Vapor Cataln_, un pobre
hombre que haba estado empleado en la polica, y ste nos dirigi a un
militar retirado, que viva en una casa de huspedes de la calle de la
Boquera, llamado Ribot.

--Si no le encuentran ustedes a l, que ser lo ms probable--nos dijo
el periodista--, hablen ustedes a su patrona.

Fu yo solo a ver al hombre, sin aceptar la compaa de Bertrn Soler,
porque ste era capaz de echar un discurso altisonante, demostrando
con sus grandes frases que era necesario trabajar por la patria y por
la Libertad con desinters y con abnegacin.

No encontr a Ribot en su casa, y habl con su patrona, como me haba
recomendado el redactor del _Vapor Cataln_.

Era sta una mujer de historia, una lagarta de muchas conchas, llamada
doa Enriqueta. Nos entendimos fcilmente, porque al momento habl yo
de dinero.

Me dijo doa Enriqueta que su husped Ribot era, efectivamente,
individuo de una Junta carlista que celebraba sus reuniones casi a
diario en Barcelona y que diriga los asuntos del Principado. Aadi
que a ella no le comunicaba nada de cuanto ocurra en esa Junta; yo le
indiqu que era enviado del Gobierno y que tena dinero. Hablamos largo
rato y quedamos de acuerdo en que ella sonsacara al husped y me dara
informes de lo que se dispusiera en la Junta, a cambio de los datos que
le ira comunicando yo de lo que se acordase en la Isabelina.

Le di a doa Enriqueta algn dinero por anticipado, y ella, cumpliendo
su palabra, me envi informes a casa de mucha importancia.


                                                             MIS PLANES

El da 28 de diciembre volv a presentarme a la seora del general
Mina, doa Juanita Vega, a quien entregu una carta para su marido, que
estaba en las proximidades de San Lorenzo de Morunys, anuncindole mi
llegada y la misin que traa del Ministerio Mendizbal.

El general Mina no se dign contestar a mi carta. Luego supe que don
Ramn Gil de la Cuadra me haba indispuesto con l. Le haba dado malos
informes de m, dicindole entre otras cosas que yo afirmaba a todas
horas, y era verdad, que los militares espaoles no podran acabar la
guerra, y que sta no se terminara mas que por una accin poltica y
diplomtica.

--Era, seguramente, una imprudencia de usted el afirmar esto--le dije
yo a don Eugenio.

--Quiz era una imprudencia el afirmarlo; pero a m me pareca la
verdad. Desde Barcelona dirig dos comunicaciones al presidente del
Consejo de Ministros anuncindole que haba conseguido dar con el foco
de la insurreccin carlista catalana y de la intriga extranjera, y que
tena metida en su Junta una persona de confianza que me pondra al
corriente de cuanto se maquinaba; que pensaba despachar comisionados
a Perpin, Marsella y Gnova, para que, puestos en contacto con los
cnsules espaoles de aquellos puntos, desentraasen todos sus planes.

Le indicaba que oficiase a los cnsules lo ms pronto posible, y le
deca que esperaba el regreso del general Mina para formar, de acuerdo
con l, un plan poltico que desorganizara las huestes carlistas de
Catalua.

Bertrn Soler me dijo que haca una semana, prximamente, haba
recibido un correo extraordinario de Pars avisando la salida de
un coronel y tres capitanes sardos para Catalua, con nota de sus
correspondientes filiaciones y del objeto de su viaje, que era el
fomentar un levantamiento carlista en Barcelona.

Bertrn Soler puso el pliego en manos del general Mina, y, a
consecuencia de este aviso, fueron presos en la fonda de las Cuatro
Naciones el coronel, varios italianos y dos o tres catalanes que
estaban con ellos. Estos fueron de las vctimas que cayeron bajo el
pual homicida en los fosos de la Ciudadela.


                                                           PABLO ORSINI

Uno de los que me di datos acerca de las maquinaciones de sus paisanos
absolutistas era un antiguo carbonario, Pablo Orsini, que por entonces
perteneca a la Joven Italia. Orsini haba venido por encargo de su
Sociedad a estudiar lo que pasaba en Barcelona, y estaba muy enterado
de todas sus intrigas polticas. Orsini me advirti que no hiciera gran
caso de los delegados de las sociedades secretas de Barcelona, porque
stas no tenan realidad alguna.

A m se me presentaron emisarios de los Leadores Escoceses, de los
Templarios Sublimes y de la Asociacin de los Derechos del Hombre con
proyectos irrealizables y ridculos.

Segn decan, se iba a intentar con su concurso una revolucin
republicana; se quemara la efigie del Papa y vendra a ponerse a la
cabeza del movimiento Juan Van Halen, desde Blgica.

Para todos estos ciudadanos, el restablecimiento de la Constitucin era
ya muy poca cosa.

La confusin en que se encontraba Barcelona, unida a la ms absoluta
mediocridad y a la mentalidad pequea y provinciana, haca que, a pesar
del deseo de muchos, fuera imposible que de all saliera algo claro
y fuerte. Unos proyectos estorbaban a otros, e iban entrelazndose
y confundindose los manejos de un complot local de venganza, con
nuestras aspiraciones para la restauracin de la Constitucin y las
vagas maniobras de los internacionalistas.


                                                            POCA SUERTE

--Qu poca suerte, don Eugenio!--le interrump yo--. No haber podido
nunca mandar en capitn. Siempre ha sido usted un piloto interino.

--Tienes razn; yo que tena tantas condiciones para mandar!

--Qu hubiera usted sido de contar alguna vez con una ocasin propicia?

--No s; quiz un dictador; pero, en fin, no hay que soar.

--Nada de sueos. Eh? Hechos y ms hechos.

--Eso es, hechos y slo hechos.


                                                    EL PLAN SANGUINARIO

Mientras yo intentaba tomar pie en Barcelona se fraguaban, como te he
dicho, al mismo tiempo varios complots.

Se ha asegurado por algunos escritores reaccionarios y catlicos que
yo llevaba orden del Gran Oriente Masnico de matar a los prisioneros
carlistas de la Ciudadela de Barcelona. Para qu? Qu poda ganar yo
o los isabelinos con estas muertes? Afirmar esto es mentir a sabiendas;
pero a estas gentes, para las cuales mentir es un pecado venial cuando
se miente haciendo reservas mentales, el faltar a la verdad no les
cuesta ningn trabajo.

En esta poca era yo una persona muy poco grata a la masonera. Todos
los conspicuos de ella me miraban como un rebelde.

La matanza de prisioneros carlistas en Barcelona era algo que se vea
venir desde haca tiempo. Ya, meses antes, los generales Llauder y
Bassa haban querido reconcentrar tropas en Barcelona para impedir las
venganzas de los exaltados.

Mina, partidario de una guerra sin cuartel, siguiendo la poltica suya,
dej desguarnecida la ciudad, entregndola a los furiosos.

Al mismo tiempo Xaudar y su gente vieron en el abandono de Barcelona
una posibilidad de apoderarse del Poder, y Xaudar se entendi con el
general segundo cabo don Antonio Mara Alvarez y con don Jos Feli de
la Pea, teniente coronel y secretario de la Capitana General.


                                             ALVAREZ Y FELI DE LA PEA

Don Antonio Mara Alvarez era un criollo inquieto, atravesado,
desprovisto de sentido moral. Tena ese espritu rencoroso tan
frecuente en los americanos. Violento y nada valiente, odiaba a los
espaoles reaccionarios porque le parecan, y era natural que le
pareciesen, los ms espaoles entre los espaoles. Para Alvarez todos
los espaoles eran unos pendejos. Sola acudir Alvarez al caf de la
Noria, y all beba y se exaltaba hablando contra la reaccin y contra
los carlistas. Alvarez se dejaba guiar por los elementos populares que
queran la venganza a toda costa y hacer una San Bartolom con los
carlistas. Le secundaba en sus violencias el brigadier Ayerve, aragons
de Huesca, progresista, ordinario e inculto, que hablaba muy en brbaro.

Consejero de Xaudar fu el teniente coronel don Jos Feli de la
Pea, que era secretario de la Capitana General. Feli de la Pea
tena el carcter de esos hombres turbios que aparecen en perodos
mixtos de absolutismo y de anarqua. Haba sido fiscal en los tiempos
de la comisin militar ejecutiva; luego fu designado por Llauder para
la secretara de polica de Catalua, y despus haba entrado en la
Capitana General. Feli, el Tuerto, como le llamaban, era intrigante,
atrevido y lleno de audacia; haca negocios con los suministros
militares, como antes los haba hecho explotando las casas de juego.


                                                       CONSEJOS DE MINA

Xaudar llev a su amigo Feli al Club Unitario, del cual eran
directores algunos plutcratas barceloneses. A su vez, Feli de la
Pea llev a Xaudar a la Capitana General a visitar a Mina. El
general y el ex confidente hablaron largo rato. Mina desconfiaba de
algunos elementos liberales de Barcelona, sobre todo de los isabelinos;
crea, o aparentaba creer, que nuestra impaciencia en proclamar la
Constitucin iba a ser perjudicial para la causa. Saba que llegaba yo
en calidad de consejero poltico enviado por Mendizbal, y esto, al
parecer, le haba ofendido profundamente.

Mina recomend a Xaudar que su grupo del Club Unitario no se fundiera
para nada con los isabelinos ni con los mendizabalistas; quera, sin
duda, seguir la antigua mxima maquiavlica de dividir para reinar.
Xaudar y los que le seguan aspiraban a una dictadura de Barcelona
sobre las provincias catalanas libre del Poder central. Mina pretenda
lo mismo, pretenda ser un dictador en Barcelona y que nadie se moviese
sin que l diera su vistobueno.

La recomendacin de Mina influy en los que formaban la junta
constituda por Madoz, Llins, Gironella y otros; y al querer entrar
nosotros en negociaciones con ellos dijeron que no consideraban
prudente en aquellos momentos la proclamacin de la Constitucin de
1812.

Mina dej bien advertido de sus ideas a Feli de la Pea, a Xaudar,
a don Pedro Gil, capitalista muy amigo del general, y a don Pascual
Madoz. Madoz, que ya se haba comprometido con nosotros, se ech atrs
y tom una actitud completamente ambigua.


                                                  LA TORMENTA SE ACERCA

A la par que nuestros planes, la idea de la matanza, que se consideraba
como una manifestacin del poder absoluto de los exaltados, iba
cundiendo en el pueblo, y se vea que no le faltaba para realizarse mas
que una ocasin favorable. Al mismo tiempo haba carlistas frenticos
deseosos de que la situacin se hiciera ms tirante que vean casi con
gusto la perspectiva de una matanza de correligionarios en Barcelona,
y mendizabalistas entusiastas de su jefe que deseaban que hubiese
algaradas populares, para que as Mendizbal, que haba prometido la
paz en seis meses, si no se turbaba el orden y todos le ayudaban,
tuviera un pretexto para sincerarse y seguir en el Poder.

Varias veces el general Pastors, gobernador de la Ciudadela, haba
enviado peticiones a Alvarez, que mandaba la capital en ausencia de
Mina, para que trasladasen a O'Donnell y a varios carlistas presos
sealados para ser vctimas de la venganza popular a otra ciudad o a
un barco de guerra; pero ni Alvarez ni su secretario Feli de la Pea
accedan.

--Que se revienten--deca Alvarez, riendo--; que se hagan la pascua--y
se alegraba de los temores de Pastors.

Este, que era un pobre hombre bruto, pero de buen fondo, quera salvar,
sobre todo, a su amigo O'Donnell, y no comprenda por qu le negaban lo
que peda.


                                                               UN AVISO

El da 3 de enero, por la noche, se present en mi casa un hombre
desconocido; me pregunt si estaba solo; le contest que s, e
inmediatamente me dijo:

--Vengo a advertirle a usted que maana sern ejecutados los
prisioneros carlistas de la Ciudadela.

--Cmo lo sabe usted? De quin tiene usted esta noticia?

--No se lo puedo decir a usted. Bstele a usted saber que el hecho es
cierto; maana lo podr comprobar.

Quise sonsacar algo a aquel hombre, pero no consegu nada; me repiti
que me comunicaba la noticia para que tomara mis medidas, y se march.

Vacil un momento, e inmediatamente me decid, me puse las botas, tom
la capa y el sombrero y met una pistola en el bolsillo. Baj corriendo
las escaleras, sal a la calle, pero el hombre haba desaparecido.

Hice mil cbalas pensando quin poda comunicarme aquella noticia;
pens si sera mi confidente carlista o alguno del Club Unitario, pero
no pude deducir nada.


                                                      EL DA 4 DE ENERO

Al da siguiente, el pronstico de mi desconocido se haba realizado.
Por la tarde, al anochecer, la gente asaltaba la Ciudadela y comenzaba
la matanza.

A esta hora me present en la Capitana General a ofrecer mis servicios
a la esposa de Mina y al general Alvarez.

--Qu le parece a usted el trance en que nos vemos?--me pregunt doa
Juanita.

--Yo creo que esto tiene un origen muy turbio. No son los liberales los
que lo dirigen.

--Cree usted que no.

--No.

--Pues, quin, entonces?

--No lo s. Yo no conozco a fondo Barcelona para saberlo. La autoridad
tiene tambin culpa en ello.

--La autoridad!

--S. Es indudable que el general Pastors ha pedido repetidas veces que
trasladasen a O'Donnell y a los prisioneros carlistas ms significados
a otra parte, y el general Alvarez no ha querido consentir.

--Se iba a trasladarles slo a ellos porque eran personas de calidad?
Qu hubiera dicho la gente!

Yo no repliqu. Se oan desde los balcones del Palacio los tiros que
sonaban en la Ciudadela.

Doa Juanita iba y vena intranquila y nerviosa. Me cont lo que
haba ocurrido y estaba ocurriendo en la junta que se celebraba en
Palacio, con asistencia de los comandantes de la Guardia nacional.
Estos, tomando la palabra, dijeron con claridad que ellos estaban
identificados con los sentimientos del pueblo, y que crean justas las
represalias contra los prisioneros de la Ciudadela por las matanzas
hechas por los carlistas en Balaguer y en el Santuario del Hort.

La seora de Mina rog varias veces al general Alvarez que se
consignase la opinin expresada por los comandantes de los batallones
en el acta de la reunin. A las nueve de la noche, despus de la
matanza, se presentaron varios pelotones de nacionales en la puerta
de la Ciudadela; llamaron, mand abrir Pastors y entraron, batiendo
marcha, hasta la Plaza de armas. A uno de los oficiales le pregunt
Pastors violentamente.

--Qu significa esto, a qu viene esta fuerza?

--Esta fuerza viene a enterarse de si han sido o no ejecutados los
malvados prisioneros carlistas que se hallaban aqu.

Una hora despus, el segundo batalln de nacionales, con su coronel a
la cabeza, lleg tambin a la Ciudadela; y convencidos todos de que las
ejecuciones se haban verificado, qued la mitad en el puente de piedra
y el resto entr en la plaza, cooperando con algunos lanceros y con la
tropa a desalojar los fosos y las murallas, lo que se consigui muy
entrada la noche, cerca de las once.

Terminado ya todo en la Ciudadela, corri Pastors a Palacio,
completamente desolado, a participar a Alvarez lo ocurrido, y lo hall
muy sonriente rodeado de las autoridades y jefes de los batallones de
lnea y de la Guardia nacional.

Discutan todos el modo de contener los excesos, no terminados an,
puesto que segn se dijo las matanzas seguan en las Atarazanas, en la
torre de Canaletas y en el Hospital.

Por lo que supimos despus, el jefe de las Atarazanas, el brigadier
Ayerve, puesto al servicio de los sublevados, fu llamando a los presos
por sus nombres y entregndolos a las turbas para que los matasen.

Alvarez no disimulaba la indiferencia y en parte la satisfaccin que le
haban producido las matanzas.

Prximamente a media noche, Pastors y Alvarez tuvieron una entrevista
con las autoridades militares y civiles de Barcelona, y preguntaron
a todos con energa si se hallaban o no resueltos a impedir la
continuacin de estos sangrientos desrdenes. Dijeron todos que s, y
los comandantes de la Guardia nacional aseguraron que se contendran
los excesos, e insistieron en que si se haba dejado que fuesen
fusilados los prisioneros facciosos era por ser esta la voluntad
general.


                                                         LOS ISABELINOS

Despus de las doce de la noche march yo de la Capitana general a mi
casa, y tuvimos all los isabelinos una reunin. Se discuti lo que
haba que hacer el da siguiente.

Haba algunos que decan que debamos habernos apoderado de la
Ciudadela, cosa fcil durante el tumulto; otros crean que de aquel
motn sangriento no deba salir la proclamacin de la Constitucin.
Yo era partidario de esperar, de dejar un espacio de una semana o dos
para que la proclamacin de la Constitucin no pareciese una segunda
parte de la matanza. Hubo largas discusiones y, por ltimo, quedamos de
acuerdo en que al da siguiente se pronunciasen los batallones de la
Milicia.

El capitn del batalln de La Blusa don Pedro Mata nos dijo que haba
unanimidad entre los milicianos, y que todos queran que se proclamase
la Constitucin cuanto antes.

Rendido de cansancio, me acost y dorm hasta muy entrada la maana; al
da siguiente supe que grupos numerosos, sostenidos por fuerzas de la
Milicia, aclamaron la Constitucin de 1812 y pusieron un gran letrero,
custodiados por dos centinelas, en el prtico de la Lonja.


                                                               EL DA 5

Para despistar, me present despus de comer en Palacio, ante el
general Alvarez, y le encontr rodeado de su Estado Mayor, lleno de
zozobra y de temores. Alvarez, llevndome a uno de los balcones del
saln y creyndome sin duda jefe del movimiento, me dijo:

--Aviraneta, tengo la mayor confianza en usted porque me constan sus
antecedentes; dgame francamente, hay alguna prevencin en el pueblo
contra m? Se quiere atentar contra mi vida? Porque en ese caso voy a
renunciar inmediatamente al mando.

--No hay ninguna prevencin contra usted--le respond--; en mi
concepto, los tiros se dirigen contra el general Mina.

--Contra Mina! Y por qu?

--La cosa es clara. Los liberales de aqu y los isabelinos quieren la
Constitucin, y Mina no la quiere. Es decir, la quiere, pero cuando a
l le parezca.

--Y usted no cree que haya algo contra m?

--Nada. Contra usted no va nadie.

--Usted qu hara?

--Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio Mara Alvarez, le
avisara a Mina y le dira: Se ha proclamado la Constitucin. Venga
usted cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de la ciudad y
Aviraneta, proclamara la Repblica y me nombrara presidente.

Al mismo tiempo Feli de la Pea aconsejaba a Alvarez medidas violentas.

--Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar y ametrallar a esos
infames.

Alvarez volvi a consultarme a m completamente azorado, y yo intent
convencerle de que no deba seguir los sanguinarios consejos de Feli
de la Pea; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia del mismo
Feli, diciendo que le haban abandonado las autoridades de una manera
indigna. Varias veces me dijo:

--Qu me aconseja usted, Aviraneta? Qu cree usted, que podra
sosegar al pueblo?

--Yo, como usted, reunira los colegios gremiales, ya que no tiene
usted Ayuntamiento ni ninguna autoridad civil que le auxilie.

El intendente Escobedo y el oficial Esain, que estaban all, dijeron al
general que crean que el consejo que yo le daba era lo mejor que se
poda hacer en aquel momento.

Yo continu en Palacio acompaando al general Alvarez, a la seora de
Mina y a don Pedro Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento
del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar la noche ya
galleaba, se manifestaba jacarandoso y haca chistes. Al retirarme,
a las once y media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado
por mis amigos haba fracasado por completo. El brigadier Ayerve
mand quitar el letrero puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la
Constitucin, y dispers a los nacionales.

Me dijeron tambin que el capitn don Pedro Mata haba arengado
elocuentemente al batalln de La Blusa para volverle a la disciplina.
Mata, que el da anterior recomendaba la urgencia del movimiento!
Entonces yo pens si la cabeza de estos hombres del Mediterrneo sera
como esos caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen nada.

Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona haba acogido la
proclamacin de la Constitucin con gran entusiasmo; se haban adornado
los balcones y las tiendas, y no haba habido ningn tumulto ni ningn
desorden. Slo empez la consternacin y el pnico cuando los lanceros
comenzaron a recorrer el pueblo, atropellando a todo el mundo. Los
isabelinos, despechados, silbaron y gritaron: Muera Madoz! Muera
Llins!, delante de sus respectivas casas.

Mina dijo despus, reconociendo que el movimiento constitucional no
tena relacin alguna con la matanza del da anterior, que los que
provocamos este movimiento no tuvimos valor para salir a la calle y
ponernos al frente de l.

Yo, al menos, no me present por muchas razones: primera, porque el
ponerse al frente pareca indicar el hacerse solidario y hasta el
director de las matanzas del da 4; despus, porque a m no me conoca
nadie en Barcelona.

Mina y los jefes militares reconocieron que no haba relacin alguna
entre los dos movimientos. Los inspiradores de la matanza, los del
Club Unitario, Xaudar, Alvarez, Feli de la Pea, se quedaron
tranquilamente en Barcelona; en cambio, los que tenamos alguna
relacin con el movimiento constitucional fuimos proscritos. Los
asesinos quedaron impunes; los liberales, castigados. Pareci un crimen
mayor querer restaurar la Constitucin que el degollar ms de cien
hombres. Sin embargo, y esta es la irona de las cosas, unos meses
despus el sargento Garca y otros que proclamaban la Constitucin en
la Granja eran premiados.


                                                                  PRESO

A las doce y media me met en la cama; y acababa de dormirme cuando
entr la polica con fuerza armada en mi alcoba; me mand vestir, nos
dirigimos al puerto y fu conducido con otras personas al navo ingls
_Rodney_.

Yo estaba sorprendido, de buena fe. Qu diablo habr pasado?, me
preguntaba. Y analizaba todo lo que haba hecho desde mi salida de
Madrid y no encontraba el motivo.


                                                            EL RODNEY

Al amanecer del da 6 de enero de 1836 nos encontramos en el buque
ingls, vigilados por una escolta espaola, varios presos de distintas
condiciones y clase social. Algunos no nos conocamos; otros se
consideraban como enemigos; entre los conocidos mos estaban Bertrn
Soler, el coronel don Jos Montero, que haba intervenido para ver de
salvar a los presos de la Ciudadela, y don Francisco Raull, con quien
haba hablado un par de veces. Estaban, adems de stos, Gironella, un
peluquero, un cafetero, un sastre, un chico joven, de edad de catorce
aos, aprendiz de pintor, y un cmico. Al llegar al barco, yo le
escrib una carta a la seora de Mina, rodeado de marineros y sobre un
can. La carta deca as:


                                          UNA CARTA A LA SEORA DE MINA

  Seora doa Juana Mara Vega de Mina:

  Navo _Rodney_, 6, enero, 1836. (Al amanecer.)

  Mi estimada amiga: Usted no debe ignorar que estoy en este navo,
  habindome conducido a l la fuerza armada, que me sac de mi cama
  a las dos de la madrugada como si fuera un facineroso. Yo estaba
  firmemente convencido de que usted pensaba que yo era incapaz
  de faltar a la sincera amistad que me une a su esposo, y que el
  asegurarla anteayer que yo no tena arte ni parte en los ltimos
  acontecimientos, bastaba; pero veo lo contrario. Veo que me ha
  tenido, y acaso me tiene, por un hombre falso y doble. Ya se ha
  dado la campanada. Mi honor est comprometido, y hoy exijo del
  seor Alvarez que se me forme causa, estando pronto a pasar a la
  crcel o castillo que se me designe.

  Suplico a usted le hable al general para que as se decrete, y lo
  antes posible.

  Soy de usted atento y seguro servidor y amigo, que besa su pies,

                                          _Eugenio de Aviraneta_.


                                                           CARTA A MINA

Le escrib despus al general Alvarez, que no me contest, y al da
siguiente, al saber que haba llegado Mina, le mand esta carta:


  Navo _Rodney_, 7 de enero de 1836.

  Mi estimado amigo: A Aviraneta le tiene usted preso, y no le hago
  ms comentarios... Usted sabe que soy caballero, incapaz de mentir;
  si hubiese conspirado, no lo negara; me gloriara de decirlo,
  como lo hice en la causa del 24 de julio; yo no soy hombre prfido
  ni de dos caras. Aviraneta no se asocia con asesinos, y menos para
  matar hombres inermes. Las autoridades, que a sangre fra toleraron
  tanta atrocidad, son ms criminales que los mismos asesinos.

  Una Ciudadela de primer orden y bien guardada, tomada
  impunemente y sin resistencia por un populacho cobarde! Y a los
  que acaudillaron esas vsperas sicilianas y entregaron las llaves
  de la fortaleza a la plebe furibunda se les deja impunes. Con mi
  proscripcin se cubre el expediente. En pas extranjero escribir
  los anales de tanta infamia. Usted sabe quin soy y de lo que soy
  capaz: el mejor amigo y el peor de los enemigos; no le digo a usted
  ms.

  La infamia que se ha cometido conmigo ha privado a usted de
  recursos poderosos que estaban en mis manos para desentraar las
  maquinaciones de la faccin y la intriga extranjera.

  No quiero nada de esta patria ingrata: pido a usted dos cosas con
  urgencia. O que se me forme causa inmediatamente, o que se me d
  pasaporte para Inglaterra, en donde escribir y morir con gloria.
  No quiero gracia ni libertad de usted ni de nadie. Suplico la
  brevedad, porque estoy con poco dinero.

  Pngame a los pies de doa Juanita, y con expresiones al seor
  Esain, y no al tuerto, que es ms falso que mula de alquiler. Soy
  siempre su verdadero amigo,

                                         _Eugenio de Aviraneta_.


                                                     NUESTRAS MANIOBRAS

Mina no me contest, pero me contest su mujer dicindome que su marido
no poda mezclarse como autoridad en un asunto que no haba presenciado.

En vista de esto, Bertrn Soler y yo escribimos una nota dirigida al
comandante del _Rodney_ acogindonos al pabelln ingls.

El comandante Flide Pasker nos contest que esto no era posible; que el
general don Antonio Alvarez le haba manifestado que siendo necesario
para la tranquilidad de Barcelona el que nosotros furamos extraados
de la ciudad, le haba rogado que nos acogiera en su barco, y que lo
haba hecho as con este motivo. Protestamos de nuevo y nos dirigimos
por carta al cnsul ingls de Barcelona, sir James Annesley, para que
nos diera pasaporte para Inglaterra; pero el cnsul nos dijo que no
poda darlo mas que a los ciudadanos ingleses.

Vivamos en el barco sometidos al mismo rgimen que los soldados y
marineros. Tenamos una guardia y dormamos en el sollado y en la
bodega. No tenamos cama y comamos rancho.

Varios das despus fuimos trasbordados en el buque de un ex negrero
amigo de Mina y de don Pedro Gil y de los que formaban el Club Unitario
a la fragata inglesa _Artemisa_, que se puso en franqua con rumbo
hacia Gibraltar.

Lo que me sucedi all lo ha contado un bigrafo mo, Villergas, con
ms o menos exageracin. Te lo leer:

Deportado a Canarias por un golpe de arbitrariedad del general Mina,
en quien se observaron algunos arranques bruscos en nombre de la
Libertad y de la Ley, urdi una conspiracin en el buque mismo que le
conduca, indisponiendo a los marineros con la tropa que le custodiaba.
Cuando estuvo seguro del triunfo hizo partcipe de su plan a uno de
sus compaeros de infortunio, el cual, para evitar una catstrofe,
di cuenta de todo al jefe mismo de la tropa, no sin haber obtenido
antes el consentimiento mismo de Aviraneta. Tan seguro estaba de los
resultados! Es de advertir que Aviraneta urdi este complot persuadido
de que el jefe de la escolta tena orden reservada de pasarle por las
armas al llegar a cierta altura; y as que dijo a sus compaeros que
con tal que el jefe le asegurase, bajo su palabra de honor, que su
vida y la de los dems deportados no corra peligro ninguno, desistira
de su propsito, pero que de otra suerte era inevitable su ruina y la
de todos los que le obedeciesen, si es que hubiese alguno. Apenas tuvo
conocimiento de la trama quiso el jefe castigarla en su autor, pero la
disposicin en que hall los nimos le revel su impotencia. Entonces
ense a Aviraneta la orden que tena; y convencindose ste por sus
propios ojos de que no le esperaba el trgico fin a que se consider
condenado por un mpetu sangriento de Mina, se di por satisfecho, y
tuvo la prodigiosa habilidad de someter de nuevo la tripulacin y las
tropas a las rdenes de sus jefes naturales. En un momento deshizo lo
que haba hecho: restableci la subordinacin que haba relajado, lo
volvi todo al estado normal. Eolo de los elementos revolucionarios, lo
solt y lo sujet como quiso y cuando le di la gana.

--Y es verdad eso?

--Hay algo de verdad. Lo cierto es que nos dijeron que iban a echarnos
al agua al llegar a la altura de los Alfaques, y que yo estaba tan
desesperado de haber cado en aquel lazo, que me encontraba dispuesto
a hacer cualquier barbaridad, desde soltarle un tiro al capitn hasta
hacer saltar el barco, pegndole fuego a la santabrbara; pero
seguimos adelante, pasamos el estrecho de Gibraltar, y al cabo de unos
das bajamos en Santa Cruz de Tenerife y fuimos puestos a disposicin
del capitn general de esta isla.


                                                            EN TENERIFE

Dos meses estuvimos en Santa Cruz viviendo miserablemente; no tenamos
dinero ni medio alguno de existencia; no llevamos trajes ni ropa
interior. La gente de la isla nos recibi muy bien. El comandante
general y los militares nos trataron con atencin. Llegamos a convencer
a la mayora de la gente que nosotros no ramos los asesinos que haban
degollado a los prisioneros de la Ciudadela de Barcelona.

Escribimos varias exposiciones y manifiestos dirigidos al Gobierno.
Cuando vimos que no tenan resultado alguno, y como no estbamos
vigilados, Bertrn Soler y yo nos dispusimos a evadirnos, y nos
arreglamos con un barco contrabandista que nos llev a Argel.


                                                                RESUMEN

--As que usted cree que Gil de la Cuadra lo envi a usted a Barcelona
para inutilizarlo?

--S.

--Y Mendizbal colabor en eso?

--No; creo que Mendizbal obr de buena fe.

--Y en Barcelona, quin provoc la matanza?

--La gente, el pueblo...; pero Alvarez, Feli de la Pea y Xaudar
dejaron hacer.

--Y por qu?

--Yo creo que Feli, que era el ms listo de todos, fu el que vi
claramente la cuestin. Feli saba que los isabelinos iban a hacer
la revolucin. Si antes de la revolucin viene la matanza--se debi
decir l--, el movimiento constitucional aborta y queda desacreditado.
Y esto pas. Despus de la matanza se form una comisin militar, y la
organizacin isabelina fu completamente deshecha.

--S se explica. Se ve que han vivido ustedes en pleno maquiavelismo. Y
en Canarias, qu le pas a usted?

--Viv miserable y desesperado. Mi bigrafo, de quien antes te hablaba,
dice, ponindolo en boca del capitn general de Canarias, que yo
intranquilic la isla de tal manera, que en aquel rincn del mar,
donde nadie se ocupaba de poltica, instal sociedades secretas, lo
plagu todo de logias, concilibulos y clubs, y que me march porque el
general gobernador hizo la vista gorda.

--Y esto ya no es verdad?

--No; es fantasa, pura fantasa.

--Y el viaje por mar de Canarias a Argel, no tuvo nada de particular?
Porque es un viajecito respetable para hacerlo en un falucho.

--Fu un viaje horrible. Tuvimos lluvias, vientos, temporales...
Estuvimos a punto de zozobrar varias veces. Yo me defenda a fuerza de
desesperacin y de rabia.

--Y la vida en Argel, tuvo algo interesante?

--En Argel estuvimos unos pocos das y regresamos Bertrn y yo, en
marzo de 1836, a Cartagena.


                                                              EN MLAGA

Estando ya en la Pennsula, Mendizbal me persigui implacablemente;
pero en Mlaga hall asilo seguro y proteccin. Mi amigo Thompson,
comerciante ingls, me llev a la casa de un conocido suyo. Visit al
general don Juan San Just, que me acogi con gran amabilidad, y me dijo
que poda estar tranquilo.

No obstante las muchas rdenes de prisin que se comunicaron contra
m, y las cartas particulares que se escribieron para desacreditarme
pintndome como un intrigante sin honor y sin conciencia, hice all muy
buenos amigos.

Mi residencia en Mlaga me proporcion la ocasin de observar y
conocer en globo las maquinaciones que se pusieron en juego desde
la Corte para derribar el ministerio Istriz, y las intrigas que se
tramaron para acabar con los isabelinos y dejar a Mendizbal como
dictador de Espaa.

La muerte de los dos gobernadores, ambos isabelinos, la intervencin de
Escalante, los gritos que se dieron, todo, me hizo creer que en aquel
ensangrentado motn andaban los partidarios de Mendizbal en unin de
comerciantes y de contrabandistas.

    Pamplona, mayo, 1921.




                    EL SUEO DE UNA NOCHE DE JULIO


AVIRANETA me asegur varias veces que, a pesar de que haba intervenido
en los preparativos que se hicieron para la revolucin en Mlaga, en
1836, no tom parte alguna en los sucesos ocurridos en las calles, y
que ni siquiera los presenci. Como en el Diario de Pepe Carmona haba
una relacin de los sucesos de aquella poca, copi de l algunas
pginas:

Haba vuelto a Mlaga--cuenta Pepe Carmona--y me encontraba en una
situacin econmica ya segura, pero en un estado moral triste y
lamentable.

Mi antigua novia, Mara Teresa, se haba casado con un muchacho rico,
Jos Ignacio Ordez, que llevaba por entonces una vida de un jugador y
de un perdido.

Este mozo pareca que daba tal aire a su dinero, que llevaba camino de
arruinarse en poco tiempo.

Mi antigua novia estaba enferma, y despus de haber tenido un nio se
encontraba tan dbil y tan delicada, que no se levantaba de la cama.

Su criada, una vieja de Archidona, antes protectora de mis amores,
sola venir a mi casa a darme noticias de cmo segua Mara Teresa, y
de paso se lamentaba de que el seorito Jos Ignacio apenas se ocupara
para nada de la enferma y de que anduviera siempre de bureo con lo ms
perdido del pueblo.

En aquella poca, Mlaga se hallaba en pleno perodo de efervescencia
poltica; las noticias de la guerra que se reciban, los rumores
de sublevacin y el arresto de hombres conocidos, por suponerlos
revolucionarios, tenan al pueblo en completo y continuo sobresalto.

A m, aunque estas cuestiones no me interesaban gran cosa, me ocupaba
de ellas, principalmente por el efecto que causaban en el comercio.
Ya en mayo de 1836, al llegar a Mlaga el decreto de la disolucin
de las Cortes, los nimos, de suyo agitados por las excitaciones de
los enemigos de Istriz, por las sociedades secretas y por la gente
partidaria de Mendizbal, se acaloraron ms, y al toque de generala se
reuni la Guardia nacional pidiendo la formacin de una Junta popular
en que se depositase el Poder hasta que la Reina instalase de nuevo
el anterior Ministerio, o nombrase otro que inspirara confianza a la
nacin.

Al da siguiente qued formada la Junta, que pens por primera
providencia imponer fuertes contribuciones a los ms ricos comerciantes
malagueos. Estos, apercibidos, se reunieron para conjurar el peligro;
y con su influencia, y sacando a relucir las noticias favorables de la
guerra que aquel da circularon, lograron la disolucin de la Junta,
que declar estar muy satisfecha de la actitud de Mlaga.

Estos movimientos populares tenan muchas veces por objeto el proteger
la entrada de algn gran contrabando, y, conseguido esto, se reconoca
la autoridad del Gobierno, que sancionaba lo hecho y se volva a la
vida normal.

Por aquella poca, a principios de julio, encontr en Mlaga al seor
Aviraneta, en un caf, en compaa del comerciante ingls Thompson.
Salud a Aviraneta. El seor Thompson me dijo, no s si en broma o en
serio, que en Mlaga se estaba trabajando en proclamar la repblica.
Se pensaba que nuestra ciudad diera el primer impulso y que de aqu
partiese el movimiento a las dems ciudades de Andaluca.

Las noticias de las victorias del general Crdova en Arlabn,
y la actitud del alto comercio malagueo, alarmado de que la
primera disposicin de la Junta hubiese sido el decretar grandes
contribuciones a cargo de los capitalistas ms acaudalados, produjo
una reaccin entre los comerciantes y ocasion el que el movimiento
revolucionario y bullanguero de Mlaga se calmara.

Antes de que se presentara la amenaza de las contribuciones, nuestros
comerciantes pensaban que un cambio poltico les podra beneficiar;
pero despus se apoder de ellos el temor de que sus casas cargaran
con los gastos de la revolucin en toda Andaluca, y no vacilaron en
influr para que abortara la revolucin, y tomaron sus medidas para que
en los nuevos movimientos, que eran tan de prever, fuese el comercio de
Mlaga explotador, en vez de explotado.

A estas causas obedeci el que se contuviera en el mes de mayo y junio
el pronunciamiento preparado en esta ciudad y al que haban seguido
algunos intentos en Granada y en Cartagena.

Yo estaba bastante enterado de estas cosas, primero por un empleado de
mi escritorio y despus porque trasnochaba. Sola ir todas las noches
a pasear por delante de la casa de mi antigua novia, que viva en la
calle de la Madre de Dios, cerca de la plaza de Riego. Esperaba a que
saliese a la calle la vieja criada de Archidona y me diera noticias de
cmo haba pasado el da la enferma.

       *       *       *       *       *

Una noche me hallaba parado en una esquina esperando a que bajara la
vieja. Cerca de casa de mi novia, hacia la plaza de Riego, estaban
hablando dos hombres; uno de ellos, a quien conoc por la voz, era
Jos Ignacio Ordez, el casado con mi antigua novia; el otro,
un comerciante, conocido mo, que tena muy mala fama por haber
intervenido siempre en negocios sucios. El viento me traa con claridad
la conversacin.

--Yo me he visto con Escalante--deca Ordez.

--Y est conforme?--pregunt el otro.

--S; se trata de que metamos unas cuantas partidas de contrabando el
mismo da de la revolucin.

--Pero la revolucin est parada.

--Ya andar--replic Jos Ignacio--; la gente del pueblo no se aviene
a seguir a unos cuantos ricachones que defienden su negocio. He metido
ah, entre los milicianos y la gente del puerto, unos cuantos matones
y echadizos, y he mandado decir que el gobernador militar y el civil
estn vendidos, que tienen la culpa de todo lo que est pasando y que
ellos son los que protegen a los grandes comerciantes que no quieren la
Constitucin.

--Y lo creern?

--S; porque es verdad, en parte. Adems, esa gente no sabe nada;
creen lo que se les dice. Una noche de jaleo nos basta.

--Habr que estar preparados.

--Naturalmente que hay que estar preparados. Para m es cuestin de
vida o muerte. Estoy dando las ltimas boqueadas.

--Es que usted, camarada, es un hombre insaciable. Usted acabara con
la fortuna de Rothschild.

--No se vive mas que una vez, compadre, y hay que aprovecharse.

--Estoy con usted. Y cmo sabremos que el movimiento se ha hecho?

--Se avisar, y los mismos milicianos se encargarn de que todo el
mundo lo sepa tocando generala por las calles.

--Bueno; entonces nada hay que decir; yo tendr a mi gente preparada en
el puerto.

--Muy bien, y sonsoniche? Eh?

--No, que voy a dar un cuarto al pregonero! Adis, compadre!

--Adis!

Me alej rpidamente de la esquina, y al poco rato vi a Jos Ignacio
Ordez, que penetraba rpidamente en su casa.

       *       *       *       *       *

No me fij gran cosa en esta conversacin hasta que los hechos
posteriores le dieron relieve e importancia. Segua pensando en mi
Mara Teresa y yendo todas las noches a su casa a saber sus noticias.

Esta preocupacin embargaba todas mis facultades.

Tenamos en el escritorio un escribiente y el portero, que eran
milicianos, y les sola preguntar noticias acerca de lo que pasaba
entre ellos.

Me hablaban de la poltica de Mlaga con gran extensin y
apasionamiento.

Era comandante militar el general San Just, que haba substitudo al
coronel Bray. San Just era muy liberal; se haba distinguido en Puente
la Reina y en Montejurra; se le tena por hijo del convencional francs
Saint-Just; pero, segn me dijo Aviraneta, el convencional no tuvo
hijos. Juan San Just era hombre de ideas muy liberales, alto, de bella
figura, inteligente y de gran valor. En Montejurra haba dado una carga
a la bayoneta que produjo gran entusiasmo en el ejrcito. El general
Crdova le estimaba mucho.

A pesar de su fama de liberal, San Just no era querido por los
milicianos malagueos; por lo que me dijeron mis empleados, se haba
manifestado excesivamente duro y enrgico en reprimir ciertos desmanes.

El Gobierno civil se hallaba confiado al conde de Donado, persona de
gran influencia, que haba formado parte de la Junta revolucionaria
de Andjar. Donado era diputado por Jan y uno de los jefes de la
Sociedad Isabelina.

A Donado se le acusaba de ser partidario de Istriz y enemigo de
Mendizbal; de avanzar en su carrera por sus grandes recomendaciones e
influencias, y de tener amistad con los comerciantes ricos de Mlaga, y
de protegerlos.

A mediados de julio haban llegado de distintas ciudades agentes
portadores de rdenes y de recursos destinados a precipitar el
movimiento revolucionario. Don Pedro Gil, el amigo del general Mina,
vino de Barcelona con quince mil duros, que entreg a uno de los
agentes que trabajaban para preparar la insurreccin.

Era, por entonces, subdelegado de Polica don Manuel Ruiz del Cerro,
pjaro de cuenta que tena una historia bastante interesante, a juzgar
por lo que me contaron mis empleados. Este Ruiz del Cerro haba sido
cajista del famoso peridico madrileo _El Zurriago_, en la imprenta
de la calle de Juanelo, y despus, regente de la misma. Pas despus
muchos aos de cmico en una compaa de la legua; se afili a los
carlistas e hizo correras con el Locho, en la Mancha. Delat, ms
tarde, a los masones al conde de Ofalia, y apareci, por ltimo, de
jefe de Polica en Mlaga.

Don Manuel Ruiz del Cerro, que tena las condiciones del murcilago
y era tan pronto pjaro como ratn, cambi de casaca y se dispuso
a trabajar por los revolucionarios, como haba trabajado antes por
los absolutistas. Tambin estaba con la Revolucin el comandante de
Carabineros don Juan Antonio Escalante, que, segn se deca, se haba
entendido en distintas ocasiones con los contrabandistas, y que, al
parecer, segua entendindose con ellos, a juzgar por la conversacin
oda por m noches antes en la calle de la Madre de Dios.

Pregunt al portero y al dependiente de nuestro escritorio si la
revolucin que se preparaba no sera una bullanga ms para meter
contrabando, y ambos se indignaron con esta idea. Sin embargo,
reconocieron que haba gente interesada en ello, y, principalmente,
Jos Ignacio Ordez, que tena mucha influencia entre los
revolucionarios.

En la misma compaa que mis empleados, que pertenecan al 1. de
Cazadores de la Milicia, haba algunos tipos populares que eran
contrabandistas; pero, segn mi dependiente, estaban vigilados por
los dems milicianos, y no les permitiran que hiciesen maniobras
sospechosas sin darles el alto.

Estos contrabandistas milicianos eran Pacorro, el Nio de Con, el
Morlaco y el Chispilla.

Me enter que Pacorro y el Nio de Con eran aventureros, bandidos, que
haban estado y hecho su aprendizaje en el presidio de Ceuta. Me los
sealaron en el puerto. Los conoca de vista.

El Pacorro era un hombre grueso, de cara redonda, serio, grave, de
mucho empaque, muy doctoral y sabihondo. Tena una gran cicatriz, que
le cruzaba la cara; vesta marsells con botones de plata, calzn
corto, tambin con botones, calas pequeo y corbata roja; hablaba
despacio y con solemnidad, como si a cada momento bajara del cielo el
Espritu Santo a iluminarle.

El Nio de Con era una alimaa: delgado como un alambre, negro por el
sol, picado de viruelas; no tena mas que msculos y piel. Su cara,
aguilea, mal barbada, con unos cuantos pelos azafranados en el labio
superior, tena una expresin de zorra o de musaraa.

El Morlaco era un bruto, un matn, dueo de una tabernucha de mala
fama prxima al puerto y frecuentada por los charranes del muelle, el
Chispilla, un vendedor de pescado, pendenciero y amigo de cobrar el
barato.

       *       *       *       *       *

En la tarde del 16 de julio de 1836 se crey en Mlaga que iba a
ocurrir algo. Yo recuerdo este da porque la criada vieja de Archidona,
de casa de Mara Teresa, me dijo que su seorita haba pasado muy mala
noche y que se tenan muy pocas esperanzas de salvarla.

Sali, como era costumbre en Mlaga, la procesin de Nuestra Seora del
Carmen y recorri algunas calles del barrio del Perchel, acompaada de
un piquete de milicianos nacionales, en el cual iban los dos empleados
de mi escritorio.

Al terminar la procesin el piquete entr en el Paseo de la Alameda,
que en aquella hora estaba muy concurrido. Entre la gente se hallaba
paseando el conde de Donado con su seora. Cuando fu advertido por
los nacionales, algunos msicos comenzaron a tocar el _Trgala_, y
Pacorro y sus amigos, y todos los charranes que andaban por all,
insultaron al gobernador.

Los oficiales del piquete, escandalizados, mandaron a los milicianos
que rompieran filas. Este incidente tuvo gran resonancia en el pueblo.

Al da siguiente, en el escritorio, mi empleado y el portero contaron
lo ocurrido; por lo que dijeron, los oficiales se manifestaban muy
descontentos, y el conde de Donado estaba furioso tascando el freno.

El da 21 de julio llegaron fuerzas del 7. de lnea, lo que provoc
grandes inquietudes en nuestros nacionales.

--Pero, qu les importa a ustedes?--le preguntaba yo a mi empleado.

--Es que nos quieren atropellar; se trata de imponer un Gobierno
moderado, y nosotros no lo aceptaremos.

A las cinco de la tarde del da 22 se convoc a una reunin en el
Consulado, presidida por el general San Just; por lo que se dijo,
concurrieron los jefes de milicianos y se provocaron grandes disputas.
El anuncio de que vena tropa a Mlaga se consideraba como un ultraje.
Naturalmente, los comprometidos en la revolucin pensaban que la
llegada de regimientos desconocidos poda ser un obstculo para sus
planes.

El da 23 llegaron a Mlaga algunos soldados que venan de Ronda, que
fueron bastante mal recibidos por los milicianos.

Por la tarde se dijo que el conde de Donado iba a marchar a Madrid a
ponerse al habla con el Gobierno para dominar la revolucin.

Lleg el 24 de julio, y, a pesar de ser el da de la Reina, se crey
oportuno suspender el besamanos, y slo se hicieron los saludos de
ordenanza; el disgusto de los milicianos creca. Se aseguraba que iban
a ser desarmados.

En los corrillos de la plaza vi yo al Pacorro y al Nio de Con que
peroraban y decan que haba que morir antes de dejar las armas. La
guardia del presidio de Levante, que perteneca al segundo batalln de
cazadores, fu relevada aquel da por temor a que se sublevase.

Este da 24 fu para m muy triste; Mara Teresa, por lo que me
dijeron, se encontraba muy mal y haba tenido varios desmayos.

       *       *       *       *       *

El da 25 no hubo por la maana alboroto alguno en el pueblo,
limitndose los nacionales a seguir comentando los sucesos de los das
anteriores y a proferir amenazas contra los gobernadores y contra la
gente del alto comercio.

Sal yo de mi escritorio al anochecer y fu inmediatamente a la plaza
de Riego, y a la calle de la Madre de Dios, a enterarme de cmo se
encontraba Mara Teresa. Me dijeron que segua igual, en el mismo
estado de gravedad.

Me top con mi dependiente y le pregunt qu tal marchaban los asuntos
polticos, y me dijo que en aquel momento iban a relevar las guardias y
que se tema algo; la primera guardia haba salido para el Teatro y la
segunda para Levante.

Poco despus, los tambores de esta compaa, que perteneca al primero
de cazadores de la Milicia, empezaron a batir la marcha, por ms que
estaba terminantemente prohibido. El Pacorro, el Nio de Con y sus
amigos comenzaron a dar vivas y mueras.

Al salir de la plaza y pasar por la calle de Santa Mara, el Morlaco
cogi uno de los tambores y se puso a tocar generala. De todas partes
aparecieron grupos de gente turbulenta que se reunieron con los
nacionales. Un coro de chiquillos y de charranes del muelle les seguan.

Vea yo a lo lejos esta multitud cuando o que gritaban violentamente.
Me dijeron que haba salido al encuentro de las turbas el general
San Just, a restablecer el orden. San Just reconvino a los oficiales
por permitir que se desobedecieran as las rdenes superiores. Los
oficiales se excusaron y el general orden que el piquete volviese
inmediatamente a la plaza.

San Just se diriga a su casa cuando el Pacorro, el Nio de Con y su
grupo, armados de fusiles y sables, le rodearon y violentamente lo
llevaron al centro de la plaza dirigindole los ms terribles insultos.

Aquel grupo era en su mayora de contrabandistas y de gente maleante
conchabada con ellos. Haba tambin algunos exaltados de verdad, y
hasta carlistas, segn dijeron; pero la mayora eran matones del
puerto, amigos de broncas y jaranas, gitanos, taberneros y nacionales,
que se consideraban ofendidos por las maneras adustas de San Just, que
quera que todo el mundo respetase la disciplina.

Era ya de noche. San Just, en medio del tumulto, no perdi su
serenidad; contest con energa a sus agresores, despreciando el
peligro. Pudo el general imponerse y con algn trabajo entrar en el
Ayuntamiento.

San Just se dirigi al oficial de guardia y le pidi auxilio contra los
revoltosos; mas el oficial le hizo ver lo imposible que era hacerse
obedecer, mxime cuanto que los dems oficiales haban desaparecido al
ver que no podan dominar el tumulto.

Yo me acerqu a la puerta del Ayuntamiento y o la voz de San Just,
que se diriga a las turbas recordndoles su amor a la libertad, por
la cual haba vertido su sangre en los campos de batalla; sus mritos
de guerra en Puente la Reina y Montejurra. Todo fu intil. Jos
Ignacio Ordez, que estaba all entre Pacorro, el Nio de Con y otros
matones, comenz a gritar:

--Muera, muera!

Entonces el Nio de Con, dispar un tiro. Dada la seal, los dems
hicieron una descarga cerrada.

San Just, viendo que las balas pasaban a su lado y que el peligro era
inminente y las exhortaciones vanas, se resguard detrs de la puerta.
Siguieron los disparos, y una bala, entrando por una rendija de la
puerta, di al general y le dej gravemente herido.

Alguno que le vi caer avis a los sublevados, y entonces las turbas
entraron en el Ayuntamiento y a bayonetazos y a sablazos acabaron con
el herido.

En aquel momento Ordez, Pacorro y el Nio de Con huyeron corriendo
hacia el puerto.

       *       *       *       *       *

Yo, trastornado por estos acontecimientos, volv hacia la plaza de
Riego y a la calle de la Madre de Dios.

La noche estaba sofocante; el cielo, cuajado de estrellas; de vez en
cuando llegaba la brisa del mar y rfagas de aire saturado del perfume
de las flores de los huertos vecinos. La calle estaba silenciosa; mis
pasos sonaban en las losas gravemente. A veces me cruzaba con algn
transeunte solitario que me miraba con curiosidad; yo volva la cabeza
temiendo que vieran en mi rostro la angustia y la ansiedad que me
devoraban.

Tena el presentimiento que esta noche haba de ser la ltima de Mara
Teresa. Cuando entr por la calle de la Madre de Dios y me acerqu a la
esquina donde ella viva, no me atrev a mirar a los balcones, temiendo
ver en ellos algo muy definitivo y muy terrible para m. Luego me
decid. Levant la cabeza y mir: todos los balcones estaban cerrados;
slo por uno de ellos salan rayos de luz. Pens que por el balcn de
la otra calle adonde daba la casa quiz se vera ms, y, efectivamente,
ste estaba abierto, y en unas cortinas blancas, grandes y cadas e
iluminadas por dentro, se vean pasar rpidamente sombras negras.

Yo miraba y escuchaba con una atencin angustiosa; quera adivinar
qu pasaba y quin pasaba por detrs de las cortinas. Me pareca or
un rumor leve de palabras; pero, no, no se oa nada; de pronto, a lo
lejos, sonaba el estrpito de un tambor, se cerraba una puerta y se
escuchaban pasos rpidos de alguien que iba huyendo y que se perdan en
el silencio de la noche.

Esta tensin de todo mi sr me trajo un sentimiento de rabia absurda;
pens en llamar, dando voces y golpes en el aldabn de la puerta, para
que salieran todos los de la casa, y hasta los vecinos de alrededor, a
decirles a gritos que yo era el nico que deba estar all en el cuarto
iluminado, muy cerca de aquella mujer enferma, que era el nico que
tena este derecho y este deber, puesto que era tambin el nico que
la haba querido. Senta, a veces, el impulso de abrir la puerta del
zagun, subir a saltos la escalera y meterme en su cuarto para que ella
no viera a nadie mas que a m, y si estaba en las ansias de la muerte,
fuera yo quien la consolara.

Pero, a pesar de mis proyectos, no tena valor. All estaba la puerta
solamente entornada; saba que el marido se hallaba fuera de casa, y,
sin embargo, no me atreva. Me indignaba mi falta de valor; no me
resignaba a quedarme con la duda de cmo estara ella, quiz no exista
ya; y aquellas idas y venidas de las sombras que se reflejaban en la
cortina blanca e iluminada eran los horribles preparativos que vienen
despus de la muerte.

Me figuraba a su madre y a sus hermanas sacando las ropas de los
armarios para hacer el tocado de la muerta, para cubrir el pobre cuerpo
enflaquecido y destrudo por la enfermedad.

Sera posible que yo no pudiera hacer nada ms que estar all solo, en
medio de la noche, apoyado en una esquina dura y fra, impotente para
todo, mientras ella, quiz en aquel momento supremo, sabiendo que yo
estaba cerca, me llamaba ansiosamente con la esperanza de que fuera a
acompaarla en sus ltimos momentos?

No s el tiempo que estuve apoyado en aquella esquina; me dola la
cabeza y tena escalofros. En esto vi que se abra la puerta de casa
de Mara Teresa, y que sala un cura y el sacristn con un farol grande
de cristal. Me acerqu a la puerta, y la criada de mi antigua novia me
dijo que acababa de morir.

Le pregunt si podra subir; ella me dijo que estaban la madre y las
hermanas de Mara Teresa, y que no me permitiran entrar en el cuarto.

Entonces ech a andar por la calle, hacia la plaza de Riego.

       *       *       *       *       *

Haba corrido la noticia de la muerte de San Just; se tocaba generala
por todos los tambores y cornetas, y se haban formado batallones de
infantera y de artillera en la plaza.

Aquel tumulto iba a interrumpir el reposo de la casa de mi antigua
novia, visitada por la muerte.

Me detuve en un grupo de milicianos. Me dijeron que la tropa de lnea
estaba en el convento de la Merced.

Mi empleado, a quien vi y que estaba borracho, aadi que se haba
formado una Junta marcial, y que Escalante se haba puesto a la cabeza.
Este Escalante, al saber que el gobernador militar estaba encerrado en
el Principal, quiso salvarlo o hacer la pamema de salvarlo; pero le
detuvieron los milicianos, y al poco rato se present a l un oficial
a participarle que la Milicia, reunida en la plaza, haba convenido en
que la nica persona que haba en Mlaga que gozaba en aquel momento
de prestigio entre el pueblo y la tropa era l; por lo cual le pedan
que fuera a ponerse a la cabeza de la revolucin para evitar mayores
desgracias.

Mi empleado me dijo que Escalante haba aceptado y corrido a la plaza,
donde dijo a los sublevados momentos antes:

--Seores! Acaban ustedes de cometer un asesinato; acaban de matar a
un hombre que todava tena abiertas las heridas recibidas en la guerra
por defender la libertad de la Patria; ste es un atentado horroroso;
pero ya est hecho, y ya no hay remedio.

--Es verdad que era inocente--contestaron algunos--; por lo mismo es
menester que muera el canalla de Donado, que es quien lo ha perdido.

Mi empleado hablaba de Escalante como de un tipo de valor y de
abnegacin, qu irona!, qu sarcasmo!; yo saba que aquel hombre,
que estos pobres cndidos consideraban como un hroe, estaba en aquel
momento haciendo su pacotilla.

--Y qu esperan ustedes aqu?--le pregunt a mi empleado.

--Estamos esperando a ver qu actitud toma la tropa que est encerrada
en la Merced; no sabemos si har causa comn con nosotros.

--Y el gobernador, dnde est?

--Est tambin en el cuartel.

Sin duda, al saber el drama que se haba desarrollado en el
Ayuntamiento, el conde de Donado haba corrido al antiguo convento de
la Merced, donde estaba la tropa de lnea, y haba intentado convencer
a los oficiales para que le auxiliaran a dominar el motn; por lo que
se supo despus, los oficiales se negaron a obedecer al gobernador por
no ser ste su jefe, alegando, adems, que no tomaban armas mas que
para defender la Libertad, y no para batirse contra la Milicia o el
pueblo.

Con estos subterfugios condenaban a un hombre a la muerte.

Aumentaban los grupos en la plaza de Riego, se acercaban al antiguo
convento de la Merced y pedan a voz en grito que la tropa saliera a
fraternizar con ellos.

El Morlaco, el Chispilla y otro, a quien llamaban el Veneno, llevaban
ahora la voz cantante para gritar y alborotar. Despus de algunas
discusiones y desavenencias entre la oficialidad, la tropa sali del
cuartel, en medio de grandes aplausos, pas a la plaza de Riego y se
form junto a la Milicia.

Rodeado por grupos de exaltados estaba Escalante; los furiosos pedan a
voz en grito que se sacara all mismo a Donado para fusilarlo sobre la
marcha.

El conde de Donado, al verse abandonado dentro del antiguo convento
y creerse, con motivo, en gran peligro, se puso un uniforme viejo que
encontr de miliciano.

Se dijo despus que Escalante, penetrando en el cuartel, haba
aconsejado a Donado que se escapara. Era el consejo semejante al del
cocodrilo de la fbula con el perro.

Se opuso el gobernador, pensando, seguramente, que mientras el alboroto
de la plaza existiera sera para l muy peligroso el salir de all. Se
dijo tambin que Escalante haba ido a conferenciar con los jefes de
los milicianos y a decirles que el general se haba escapado.

Los sargentos de la tropa aseguraron que no era cierto; que Donado
segua all, y pidieron entrar en el cuartel para convencerse.
Entraron, y en el mismo momento vieron a Donado, que bajaba la
escalera principal, y lo reconocieron a la luz de una linterna.

--Este es--dijo uno de los sargentos.

--Matadlo, matadlo!--grit el Morlaco, que vena delante.

El conde de Donado intent retroceder en la escalera; luego quiso
hablar; sonaron varios tiros, y una bala le atraves el pecho. Nuevos
disparos siguieron a los primeros. Los milicianos sacaron el cadver
del gobernador a la plaza de Riego, y, aullando y gritando, lo
arrastraron y le dieron bayonetazos. Yo vi pasar al muerto; tena la
cara negra y un agujero sangriento en el pecho.

El espectculo me produjo una enorme repugnancia.

Mi empleado y otro miliciano me aseguraron que, habiendo comenzado
con los dos gobernadores, haba que seguir la degollina con los
comerciantes ricos opuestos a la revolucin.

Si las circunstancias hubieran sido favorables lo hubieran hecho.

       *       *       *       *       *

Pas de nuevo por la calle de la Madre de Dios y mir por el balcn.
Ahora, la cortina estaba descorrida y se vea temblar en el techo
la luz de los cirios. Trastornado y loco de dolor march a mi casa;
pero comprendiendo que aquella noche sofocante no podra dormir, fu
a la Alameda y me sent en un banco. Caan despacio las hojas de los
rboles. Haba por all unas mujeres que me importunaban, y me march
al muelle y me sent sobre un fardo.

Estaba tan trastornado que no saba si lo que me ocurra era sueo o
realidad.

Este final de la mujer que haba querido; estas muertes en plena noche;
este aire irreal de las gentes y del pueblo, me perturbaban.

En el muelle era un ir y venir de sombras que corran llevando fardos;
me pareci adivinar la silueta de Jos Ignacio Ordez, del Pacorro
y del Nio de Con. A lo lejos se segua oyendo el retumbar de los
tambores. Pens si estara trastornado; indudablemente, tena fiebre;
pero no, aquello todava era la realidad...

Luego, de repente, la realidad se transform en sueo. Me vi en una
calle sombra, que no era de Tarragona, ni de Mlaga, mirando unos
balcones con unas ventanas blancas. Qu pasaba all? Me encontr a un
hombre a la puerta de la casa que se puso a hablarme sin mirarme a la
cara. Este hombre se pareca al Nio de Con.

--Puedo subir?--le pregunt.

--S; suba usted.

Comenc a subir unas escaleras interminables. En cada rincn y en
todos los rellanos haba un hombre agazapado espiando algo. De pronto
me dije: Aqu es; y pas un cuarto, y otro cuarto, y entr en una
habitacin iluminada por cirios y con cortinas blancas. Tena el
sentimiento de una desgracia, pero no saba cul era.

En aquel cuarto haban formado un crculo unos cuantos hombres plidos
y grises; algunos, vestidos de milicianos. Entre ellos estaban
Aviraneta, Arnau y Secret. Estos hombres conferenciaban. Yo no saba
qu hacan. Qu hacen?, Dios mo!--me preguntaba con ansiedad--. Uno
de estos hombres arrastraba de pronto un cadver con la cara negra y
un agujero sangriento en el pecho, y lo llevaba en medio del crculo
de hombres grises. Lo apretaban entre todos, y echaba sangre a una
urna de cristal, que pareca un farol de sacristn para dar los leos.
Hecho esto medan con una varita la profundidad de la sangre y se
desesperaban porque no era grande...

Pasado un momento, esta sangre no era sangre, sino oro, y todos los
hombres grises y los vestidos como milicianos sacaban este oro con las
manos, hacan grandes fardos, los ponan sobre la espalda, echaban a
correr, tropezaban unos contra otros y se atropellaban horriblemente
y se batan a tiros...; pero alguien haba comprendido que era
necesario trabajar este oro y traa un yunque y un troquel, y empezaba
a troquelar monedas a martillazos con un estrpito terrible, como de
tambores, y el hombre se asombraba y se desesperaba al ver que sus
monedas, al caer, se convertan en hojas secas de rbol que volaban por
el aire...

       *       *       *       *       *

--Qu hace usted aqu?--me dijo la voz de un sereno.

Yo no saba qu haca all. El sereno me acompa a casa creyndome
borracho. Me tend en la cama.

Al da siguiente me pareci que todo volva a la vida normal; la muerte
de mi antigua novia me pareca un hecho doloroso, pero ya previsto. Fu
a mi escritorio; por la maana se supo que se haba nombrado una Junta
en Mlaga, bajo la presidencia de Escalante, para restablecer el orden.
Oh irona!

Este mismo da me mandaron la esquela de Mara Teresa, en donde se
hablaba de su desconsolado esposo. Otra amarga irona.

Por la maana fueron llevados al cementerio los cadveres de los dos
gobernadores: uno, en un fretro del hospital de San Julin, y el otro,
en unas parihuelas. Al medioda, y con mucho lujo, se verific el
entierro de mi antigua novia, y a las cuatro de la tarde se promulg
la _idolatrada_ Constitucin en el punto de la Alameda, como deca una
proclama de Escalante.

    Itzea, julio, 1921.




                          FLOR ENTRE ESPINAS


                                  I.

EN 1865, durante el verano estuve una temporada con Aviraneta en las
aguas termales de Trillo. Encontramos all a un tal Julio Kraft,
ingeniero de minas, prusiano, que acuda a aquellos baos a curarse de
sus dolencias.

Este ingeniero era entusiasta de Espaa, de nuestras comidas y de
nuestra zarzuela; as, que le oamos constantemente elogiar las
lechugas y las coliflores de la tierra y cantar _El grumete_, _El
domin azul_ y _Jugar con fuego_.

Por entonces, seguramente, Wagner haba escrito muchas de sus obras;
pero Kraft se burlaba de su pas, porque deca que all no gustaban mas
que las nieblas.

--Muy roimtico, muy roimtico, para tanta niebla!

Quera decir reumtico. Kraft era de los extranjeros que hablan el
castellano como en los primeros meses de llegar a Espaa.

Un da, en compaa del ingeniero prusiano, fuimos a Cifuentes y
visitamos esta antigua villa amurallada, con sus viejos conventos y su
parroquia gtica, de una restauracin lamentable. Otro da estuvimos en
Viana y en sus alrededores.

Hablando de aquellas montaas y cerros de tan rara forma, a los cuales
los habitantes del pas dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo:

--Hace mucho tiempo que estuve yo aqu, por cierto con un plan bien
distinto al que ahora tengo.

--Pues, a qu vino usted?--le pregunt yo.

--Vine con un objeto exclusivamente militar.

--Hombre!

--S; vine a ver si podamos instalar en estos cerros un campamento
carlista.

--Ha sido usted carlista?

--S; estuve de capitn con Cabrera.

--Demonio, qu absurdo!

--Hice la campaa en sus filas hasta la conclusin de la guerra civil.
En 1838 fu, con el coronel de ingenieros prusiano barn de Rhaden,
desde el Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombr al barn
comandante de Ingenieros de su ejrcito.

Estuvimos en un viaje de estudio en las proximidades de Cuenca, Priego
y Huete, viendo las condiciones que podan tener para instalar un campo
atrincherado donde reunir fuerzas para atacar Madrid.

El barn de Radhen encontr que el mejor sitio, el ms prximo a la
corte y el ms seguro, eran estos cerros de Trillo.

El barn estaba persuadido de que aqu haba habido campamentos
militares en tiempo de los romanos, y, efectivamente, se habla de que
existi por estos contornos una ciudad llamada Bursa o Capadocia.

El barn pens en convertir dos grandes eminencias que tienen en su
altura una gran plataforma, prximas a Viana, en el campo atrincherado
de Cabrera, con sus almacenes y sus cuarteles de campaa. El agua la
tena al pie, por donde corre el Tajo, y pens en un sistema para
elevarla.

Cuando volvimos al campamento de Cabrera y el barn de Rhaden explic a
don Ramn lo que haba visto, ste le contest:

--Estoy conforme con la opinin de usted, y esa base de Trillo me
servir para apoderarme de Madrid. Slo me hacen falta treinta mil
fusiles, que espero con ansiedad, pues tengo hombres que los empuen.

El motivo por el cual Cabrera no pudo realizar su proyecto fu la
ocupacin por el Gobierno de la Reina de siete mil fusiles ingleses en
el puerto de los Alfaques, en el acto de estar desembarcndolos de un
bergantn ingls, y las disensiones que se suscitaron entre Maroto y
Don Carlos, que produjeron el Convenio de Vergara.

--Aqu tiene usted quien hizo el Convenio de Vergara--dije yo al seor
Kraft, mostrndole a Aviraneta.

El seor Kraft crey que yo le hablaba en broma, y se ri, con la risa
estlida que, en general, tienen los alemanes cuando creen que se
burlan de ellos.

Despus, con las explicaciones que le di, qued maravillado y sinti
una gran curiosidad por Aviraneta.


                                  II.

Senta el ingeniero prusiano gran entusiasmo y admiracin por Cabrera y
recordaba los aos de su juventud con mucho gusto.

Con motivo de contarnos ancdotas del caudillo del Maestrazgo, muy
conocidas todas, hablamos largamente de los militares espaoles.

Los militares espaoles--dijo Aviraneta--no se han parecido a los
franceses; entre los franceses ha habido siempre ms cultura; en ellos
se han dado tres tipos principales: el de sabio, tcnico, hombre de
estrategia, Gouvion de Saint-Cyr, Massena, Jomini; el del hombre de
mundo, Suchet, Marmont, Moncey, y el del fanfarrn sableador, como
Murat, Augereau, Dorsenne, etc. Entre los espaoles, estos tipos apenas
han existido; casi todos nuestros generales se han vaciado en el nico
molde del guerrillero.

Cierto que don Diego Len se poda comparar a Murat, porque era tambin
brillante, elegante y efectista; cierto que Crdova y Zarco del Valle
tenan algo del poltico y del tcnico; cierto que Zumalacrregui
era un hombre de estrategia; pero, en general, entre nosotros, el
guerrillero es el que ha privado.

El guerrillero nuestro aparece como medio zorro y medio tigre. Mina
y Merino son ms zorros; Zurbano y Cabrera, ms tigres. Hay tambin
algunos tipos que tienen algo de len, como el Empecinado y algunos
militares sin ambiciones, valientes e inteligentes, como Ora, el Lobo
Cano.

Entre los que han tendido a la poltica, Crdova, Espartero, O'Donnell,
Narvez, Serrano y Prim, ninguno ha sido muy culto; no han llegado a
dominar la historia, ni la geografa, ni la estrategia; se han dejado
llevar, como los guerrilleros, por el instinto, por la intuicin. Han
sido tipos de conquistadores ms o menos degenerados.

La patologa ha infludo mucho en ellos. Mina, Zurbano, Cabrera y
Narvez estaban gravemente enfermos del estmago.

--Respecto a Cabrera, es cierto--repuso el prusiano.

--Yo--aadi Aviraneta--no creo gran cosa en el arte de la guerra.
Indudablemente, cuando dos ejrcitos se ponen uno frente a otro hay
casi siempre un vencedor y un vencido. Se puede aceptar con muchos
visos de verdad que el general que manda el ejrcito vencido es un
hombre negado; lo que no se puede creer siempre es que el general
vencedor sea un hombre de mrito. Sin embargo, para la mayora el xito
supone constantemente grandes condiciones guerreras.

El ingeniero prusiano crea firmemente en la ciencia de la guerra,
y supona que Cabrera la tena de una manera infusa. Este ingeniero
se manifestaba ms entusiasta del caudillo del Maestrazgo, que poda
haberlo sido un carlista del pas; lo consideraba como un capitn de
los ms grandes del mundo, y no aceptaba que se le pudiera comparar
con ningn otro general espaol de su poca, excepcin hecha de
Zumalacrregui.

Aviraneta, a pesar de que no haba conocido personalmente a Cabrera,
lo emparejaba con Zurbano y con Narvez; y como ste acababa de
presentar la dimisin del Gobierno que presida, hablamos mucho de l.
Se contaron varias ancdotas del Espadn de Loja.

--Usted conoce a Narvez?--le pregunt el prusiano a Aviraneta.

--S, lo conoc hacia el ao 34, y form parte de una sociedad secreta
liberal fundada por m.

--De una sociedad secreta liberal?

--S.

--_Aj!_, qu cosa ms extraa!--exclam el prusiano.

--Luego le volv a ver, despus de su gran triunfo contra Gmez, en
Arcos de la Frontera.

Aviraneta sonri, y yo, como le conoca, supuse que recordaba alguna
cosa.

--Cuntenos lo que recuerde de Narvez, don Eugenio. Si hay una
historia, venga la historia, porque supongo que detrs de esa sonrisa
hay algo que valdr la pena de que nos lo cuente usted.


                                 III.

Pocos personajes me han parecido tan interesantes como Aviraneta en
su trato. La desproporcin entre su energa, su intuicin y su poca
fama, que en este tiempo haba desaparecido, dejndole convertido en un
hombre obscuro, me maravillaban siempre.

Generalmente ocurre lo contrario, y el hombre que conocemos que ha
hecho algo grande nos sorprende por su pequeez.

Recuerdo haber hablado con Castaos, con Mendizbal, con Espartero y
otros polticos y militares famosos de nuestro pas, y en la intimidad
no daban ninguna impresin de grandes.

Aviraneta, como era metdico y recordaba haberme contado sus aventuras
hasta llegar a Mlaga desde Argel, tom la narracin donde la haba
dejado:

--Hecha la revolucin en Mlaga--dijo--me designaron a m para ir, como
delegado, a Cdiz. Las primeras ciudades andaluzas se alzaban negando
su obediencia al Gobierno. Se quera ya claramente la Constitucin de
1812, aunque modificada.

De Mlaga march a Cdiz en el _Balear_, en el mismo barco donde fu de
Valencia a Barcelona, y me albergu en la posada de las seoras de San
Quirico, en la calle del Vestuario. Estas seoras eran muy liberales y
amigas y partidarias mas.

Haba una de ellas, Consuelo San Quirico, que era revolucionaria y
republicana. Era muy graciosa, muy habladora y tena unos lunares muy
picarescos.

Consuelo San Quirico me cont cmo se haba hecho la revolucin en
Cdiz.

--El movimiento lo inisiaron los isabelinos en la plasa de San
Antonio--dijo--. En la tarde del da 28 de julio el Gobernad milit
pas un ofisio al comandante de artiyera nasion para que hisiese
entreg su caone a la brigada de marina. Semejante arbitraried y
atropeyo irrit a los artiyero, que inmediatamente se reunieron en el
baluarte de la Candelaria y cargaron la cuatro piesas, dipuestos a
defenderse. A las nueve de la noche se oyeron viva a la Constitusin,
y a las die y media lo tambore de la guardia nasion tocaron generala
reunindose en la plasa todo sus individuos mandando en seguida varios
comisionaos para conferensi con el gobernad milit. Lo milisiano se
pusieron sobre la arma; el batayn veterano de marina form frente a
su cuart y el gobernad sivil y la autoridade militare patruyaron con
alguna fuersa de infantera y cabayera. El orden ms completo reinaba
en todas las filas, de donde salan por intervalo lo grito de Viva la
unin y de Viva la Constitusin del ao 12. Pidi el primer batayn
que se proclamara sta, y comision a alguno individuo para explor
la volunt de sus compaero. El resultado fu el aclamarse tambin en
Cadi el cdigo que aqu tuvo su cuna. A la cuatro de la tarde se jur
la Constitusin; hubo colgaduras, repique de campanas e iluminasione, y
fu nombrado jefe poltico don Pedro de Urquinaona.

--Y ahora qu hacemos?--le pregunt yo a la de San Quirico.

--Ahora..., adelante..., a demostr ar mundo entero lo que somo y lo
que valemo lo espaole.

--Es lstima que no le podamos hacer a usted algo, Consuelo--le dije yo.

--No sea usted guasn--me contest ella--. Yo soy ya muy vieja para que
me hagan nada.

Con la revolucin triunfante comenzamos los isabelinos a organizarnos y
a pensar en el ministerio futuro.

Pocos das despus los sargentos, en La Granja, obligaban a Mara
Cristina a proclamar la Constitucin.

El movimiento de La Granja nos quit a los isabelinos importancia,
a pesar de ser los precursores, dejndonos, cosa frecuente en las
revoluciones, como anticuados.

Al grito de Libertad y Constitucin que haba dado el pueblo malagueo
en la maana del 26 de julio correspondi Andaluca entera, y el
mismo grito se hubiera generalizado en toda Espaa; mas el partido
mendizabalista, que no quera ni le convena que triunfase la causa
del pueblo con gente nueva, desconocida, se adelant, apel a la
insurreccin de La Granja y, a consecuencia de aquel alboroto militar,
el hombre de los milagros volvi a apoderarse de las riendas del Poder
con los viejos doceaistas.

Harto trabajaron los mendizabalistas en Andaluca para que las cosas
volvieran al ser y estado que tenan al pronunciarse Mlaga; es decir,
Estatuto puro y gobierno de Mendizbal; pero al ver sus esperanzas
frustradas con los movimientos de Mlaga y de Cdiz, que corran por
toda Andaluca, improvisaron la insurreccin de La Granja y se quedaron
con el mando. Los Magnates aparecieron de nuevo a caciquear.

No tardaron en manifestar su encono a los que haban hecho una
revolucin que no era la suya, y se dijo en Madrid que en Mlaga, y
sobre todo en Cdiz, se quera proclamar la repblica.

El ministerio mand a Cdiz al capitn general de Andaluca, don
Antonio Aldama, con la misin de que fuese duro, y, segn se asegur,
le di una lista de patriotas, entre los cuales me encontraba yo, para
que fuesen deportados a Ceuta.

El general Aldama se present en Cdiz y no encontr, despus de haber
practicado escrupulosas investigaciones, mas que un gran entusiasmo en
todas las clases por Isabel II y por la Constitucin.

Era preciso una vctima para cubrir el expediente, y fu yo el
designado para el sacrificio. Los mendizabalistas me suponan al
frente de los patriotas que en el Medioda haban jurado sostener la
Constitucin hasta que se reuniesen las Cortes que deban reformarla, y
me crean enemigo acrrimo de su jefe.

Por entonces publiqu yo en _El Noticioso_, de Cdiz, un artculo
titulado La Verdad. Deca en l que la libertad espaola se tomaba
como un derecho y no se reciba como un don; afirmaba que Mendizbal,
el hombre de Israel, hablaba a los liberales lo mismo que Luis Felipe
a los hombres de las barricadas en 1830, y aada que a nuevas cosas
nuevas personas. Acusaba tambin a los que formaban el nuevo ministerio
de querer ser dictadores y mangoneadores eternos.

El artculo del peridico de Cdiz se reimprimi como hoja suelta
en Madrid y tuvo cierto xito. _El Eco del Comercio_ deca que el
tal artculo era un delirio de una imaginacin acalorada por la
libertad, que revolva ideas inconexas y contradictorias, y que deba
considerarse como el ltimo esfuerzo del despecho y de la rabia que
devoraba a su autor al despedirse de la vida poltica, como el jabal,
que herido de muerte huye haciendo riza y hasta el postrer momento se
consuela dando dentelladas antes de morder la tierra.

Este artculo mo produjo gran clera en el club mendizabalista
dominante, que miraba con torvo ceo todo cuanto pudiera poner en
peligro su organizado pandillaje.

Vi prxima que me amagaba la tormenta, que queran vengarse los
Magnates; e instrudo de cuanto se maquinaba en mi dao, y para evitar
una tropela, de acuerdo con el comandante general de la provincia, me
traslad al Puerto de Santa Mara, con la idea de esconderme.

All se me prendi y encerr en la crcel pblica; y para aparentar que
haba motivo, se dispuso formarme causa porque haba ido sin pasaporte.
Ridculo pretexto. Fu nombrado fiscal un capitn de ex voluntarios
realistas, y actuario otro prjimo por el estilo, ex sargento del mismo
cuerpo.

Diez das estuve preso, y cuando la causa pas a manos del general
Aldama, ste, penetrado de la injusticia con que se me trataba, mand
ponerme en libertad.

Poco tiempo despus de salir de la crcel del Puerto de Santa Mara me
present al mariscal de Campo don Pedro Ramrez, comandante general de
la provincia de Cdiz, hombre que una el valor a la benevolencia.

Don Pedro Ramrez, en nombre de la comisin de armamentos y defensa
de Cdiz, me nombr delegado de Hacienda de la divisin de la Milicia
nacional que estaba al mando del general don Fernando Butrn.

Yo conoca a Butrn desde el tiempo de la emigracin liberal, en
Bayona, cuando la intentona de Vera, el ao 30.

En el mes de octubre, al ser invadida Andaluca por las fuerzas del
cabecilla Gmez, se reuni la divisin de la Milicia nacional de la
provincia para operar en campaa; y necesitando poner al frente de la
Hacienda un sujeto de inteligencia y de actividad, se propuso, por el
intendente don Manuel Gonzlez Brabo, padre del luego clebre don Luis,
el que se me nombrase ministro de Hacienda de esta divisin, y el 5
del mismo mes se me expidi el nombramiento, haciendo que me pusiera
inmediatamente en marcha para el cuartel general del Carpio.

Una de las cosas que organic fu un hospital de sangre con
facultativos hbiles, y dos boticas, una para la caballera y la otra
para la infantera.

Al acercarse a Arcos de la Frontera el brigadier Narvez, el general
Ramrez me orden que, con toda celeridad, me presentase en el campo de
la accin con el hospital de sangre a recoger los heridos de nuestras
tropas y los del enemigo, y hechas las primeras curas, los traslad,
en mnibus, a Jerez de la Frontera, donde tena dispuesto un hospital,
que, segn dijo el general don Antonio Aldama, que lo visit, poda
servir de modelo. En el corto espacio de veintids das--deca en un
informe el general Ramrez--se present el fenmeno, nunca visto hasta
entonces, de la completa curacin de todos los heridos, a pesar de
serlo, en su mayora, de gravedad, marchando los hbiles a incorporarse
a sus cuerpos, y los que quedaron intiles, al depsito de Sevilla,
sin que se hubiera desgraciado ninguno. Tan admirable ejemplo--segua
diciendo el general--se debi al brillante estado en que se hallaba el
hospital militar, al mucho aseo, esmero y puntualidad en las curas,
rigurosa polica que se observ en los alimentos y medicinas y a la
presencia no interrumpida del jefe de la Hacienda en el hospital.

Adems intent interesar el patriotismo de los habitantes de Jerez y
contribu a que el Ayuntamiento, la Junta de beneficencia y el pueblo
entero sufragaran los gastos que se ocasionaron, suministrando a todos
los soldados dos camisas nuevas, un par de zapatos y uniformes a los
que los tenan inservibles y destrozados. Los peridicos de Cdiz me
llenaron de alabanzas por mi patriotismo, habilidad y filantropa.

El general Ramrez me di varios certificados encomisticos; yo le
ayud; y trabaj con l para que no se alterara el orden, puesto que
en aquellas crticas circunstancias, y por el reciente cambio de las
instituciones, las pasiones estaban en una gran efervescencia.

Como les he dicho a ustedes, fu con mis sanitarios a las proximidades
de Arcos de la Frontera, al aparecer Narvez con sus tropas a atacar a
Gmez, y recogimos los heridos de la batalla de Majaceite.

Por la tarde, terminados mis trabajos, me encontr en el campo con el
jefe de Estado Mayor don Antonio Ros de Olano, y habl con l. Ros de
Olano era hombre de gracejo, haba ledo mucho, saba francs, ingls y
creo que alemn.

Era muy amigo de Espronceda, y despus se habl de l como literato
por el prlogo que puso al _Diablo Mundo_; citaba con frecuencia a los
grandes poetas, a Shakespeare, Byron y Goethe. Ros de Olano me pregunt
si no conoca al general Narvez y me inst para que fuera con l a
Arcos.

--Tengo una habitacin soberbia en el Palacio de los Duques, con dos
camas--me dijo--. Una se la cedo a usted por esta noche.

--Bueno, vamos all.


                                  IV.

Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro, colocado sobre
una roca elevadsima, rodeada por casi todas partes por las aguas
amarillentas del Guadalete y cortada en algunos sitios a pico. Las
calles de Arcos son estrechas y pendientes; y para llegar a la cumbre
de la ciudad hay que subir una cuesta muy larga y penosa.

Como la roca en que est asentada Arcos, tajada sobre el ro, es
medio arenosa, como de aspern, y se desmorona por los costados
con frecuencia, han desaparecido varias calles, y el pueblo, antes
amurallado, al encontrarse sin espacio, se ha extendido por las colinas
prximas.

Arcos, ciudad bastante grande, celebrada por sus frutas y por sus
majos, tiene en la plaza una iglesia, con una fachada de estilo gtico
florido, y algunas casas hermosas.

Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de Olano me llev al
palacio de los Duques de Arcos, en donde se encontraba el brigadier don
Ramn Mara Narvez.

Narvez me salud amablemente.

--Se conocan ustedes?--pregunt Ros de Olano.

--S--dijo don Ramn.

--S--aad yo.

Yo le conoca de cuando estaba organizando la Isabelina. Por entonces,
Narvez, que era masn, se me present con una contrasea del Gran
Oriente para entrar en la Sociedad.

No quise referirme a este recuerdo, por si la idea de haberse
encontrado en una situacin subalterna con relacin a m no le gustara
al brigadier; y no hice tampoco la menor alusin a esta circunstancia,
lo que pareci tranquilizar por completo al caudillo. Hablamos largo
rato.

A Narvez, despus del motn de La Granja, se le consideraba como
liberal exaltado; en cambio, a Espartero se le tena como amigo de los
moderados.

Mendizbal y Calatrava haban elegido a Narvez para ver si daba el
golpe de gracia al general carlista Gmez; y el ministro de la Guerra,
Garca Camba, le haba dado atribuciones extraordinarias, como la
de obligar al general Alaix a que le cediera su divisin, cosa que
produjo, das despus de la accin de Majaceite, una ria entre los dos
generales y un motn militar.

Los exaltados comenzaban a ver en Narvez un rival de Espartero y lo
elogiaban a cada paso.

En los dos aos siguientes, y por la fuerza de los acontecimientos.
Espartero lleg a ser el hombre de los progresistas, y Narvez, el de
los moderados.

Ni uno ni otro tenan ideas claras; no haba en ellos mas que envidia y
emulacin. La rivalidad que ya haba existido entre Espartero y Crdova
sigui existiendo entre Narvez y Espartero, sobre todo cuando muri el
general Crdova.

Narvez era pequeo, violento, y en aquel instante estaba emborrachado
por el xito; tena una voz dura, rajada; el aire, fiero y jactancioso;
los ojos, vivos, que relampagueaban a veces, y el labio inferior, un
poco belfo.

Narvez tena una gran facundia; era persuasivo y turbulento; a veces
pareca de un amor propio, monstruoso; a veces le gustaba hacerse el
pequeo. Sus soldados le queran porque, a pesar de su severidad, era
justo a lo militar y comparta con ellos sus sufrimientos. Narvez
se pareca espiritualmente a Espartero; pero era ms impulsivo y ms
genial. A pie, sorprenda por su aire violento; a caballo y arengando
a sus tropas, segn me dijo Ros de Olano, tena una gran prestancia.

Yo confieso que senta cierta antipata por estos espadones
jactanciosos y fieros. De aceptar un tipo militar, prefera el
organizador fro y tranquilo como Zumalacrregui.

Narvez y yo hablamos de Mina, de quien se deca que estaba gravemente
enfermo y casi moribundo.

Le entusiasmaba a Narvez el que el viejo guerrillero el _Esqueleto_,
como le llamaban cuando era capitn general de Navarra, fuera tan
franco y tan llano.

Me cont cmo don Francisco Espoz, a la hora de comer, mandaba traer un
caldero de habas o de rancho debajo de un rbol, y, sentndose en rueda
con sus oficiales, meta la cuchara de palo en la comida comn. Narvez
no comprenda que en esto haba algo de efecto teatral.

El viejo zorro navarro saba que as tena a sus oficiales encantados.

Narvez crea en toda esta retrica de los conductores de soldados:
Muchachos, hijos mos, adelante!. Ese sentimentalismo de cuartel le
llegaba al alma. Crea en la familia militar, como si fuera lo mismo,
despus del peligro de una accin, el ir a vivir a un palacio con un
magnfico sueldo que el quedarse en un sucio cuartel de soldado o de
cabo, o ir a pasar la vida a un hospital de invlidos.

En el Empecinado, y en tipos como l, esta fraternidad con sus soldados
era algo espontneo, porque su vida no se diferenciaba gran cosa de
la de sus guerrilleros; pero en Mina, que haba vivido entre lores y
damas de la aristocracia inglesa, su familiaridad no pasaba de ser una
tcnica, un procedimiento.

Narvez senta un odio profundo por los periodistas y por la Prensa. La
Prensa era la causante, segn l, de todo lo malo que ocurra en Espaa.

La razn de su enemiga era que los periodistas tenan en la mano la
popularidad, esta popularidad a la que los militares ambiciosos hacan
ascos y que, a pesar de ello, se derretan por alcanzarla. En todos
aquellos aspirantes a Napolen se haba despertado un ansia inagotable
de aparecer citados en los peridicos.

Narvez se quejaba de la confusin de la poca.

--Esto es un galimatas--dijo--que no lo entiende ni Dios. Esto es
la mismsima torre de Babel. El uno dice que ms libertad y ms
Constitucin; el otro, que menos libertad y menos Constitucin y ms
orden; el uno grita que el enfermo se muere; el otro, que el enfermo
se cura; el uno receta cantridas, y el otro, emolientes; y entre
tanta frmula y tanta historia, ya no sabemos si nos conviene ms la
Constitucin neta o la reformada, el Estatuto, la Repblica, Don Carlos
o los demonios colorados.

--Todas esas son consecuencias naturales de la libertad--observ yo--;
no se puede pedir en el campo liberal la uniformidad de ideas que hay
entre los absolutistas.

--Pues todas esas charlas y toda esa confusin no hacen mas que
perturbarnos.

Yo segu defendiendo la tesis de que la confusin era una consecuencia
natural y lgica de la libertad, y me dej decir en la conversacin que
el ejrcito iba a ser impotente para acabar la guerra civil.

--Y por qu?--me pregunt Narvez con furia, incomodado con esta idea
expuesta por m.

--Porque ms de la mitad de Espaa es absolutista--dije yo--. La
guerra, si sigue en circunstancias como las actuales, acabar por
destrurlo todo. Para liberalizar Espaa hay que contar con el tiempo,
solamente con el tiempo. El liberal tiene las ciudades, mejor dicho, el
elemento culto de las ciudades, pero el carlista domina en los campos.

--Una minora fuerte, inteligente y que tenga razn puede imponerse a
una mayora de bestias--dijo Narvez.

--Eso es la dictadura.

--Pues bien, la dictadura. Qu mal puede haber en ella?

--Muchos males y un inconveniente--contest yo--; que para que haya
dictadura tiene que haber un dictador fuerte que acabe con todos los
que tengan pretensiones de serlo. Ha de haber un dragn que devore
las alimaas. Y eso es lo difcil. Ninguno de nuestros generales ni
de nuestros polticos se someter, y no s si habr alguno capaz de
tragarse a los dems.

--Y bien, usted que hara?

--Yo! Entablar una negociacin con los carlistas que trajera una
tregua, y luego, en la paz, trabajar contra ellos. Si no, destrozaremos
a Espaa estpidamente.

--Y el honor del ejrcito?

--El ejrcito no debe servir mas que para los intereses de la nacin.
El poltico, a dirigir; el militar, a obedecer y a cumplir las rdenes.

--O a dirigir tambin.

--En ese caso, el militar, ya no es militar, sino poltico.

Narvez me replic con extremada violencia, con su fraseologa andaluza
plagada de brutalidades y de groseras. Me hubiera retirado a no haber
intervenido varias veces Ros de Olano y a no haber entrado en el cuarto
el ordenanza de Narvez, Bodega, el mismo que cuando el brigadier
lleg a general y a presidente del Consejo de Ministros tuvo tanta fama
y se le consider casi como un personaje. Bodega traa varias cartas.

--Son de Madrid?--pregunt Narvez a Ros de Olano.

--S, stas son de Madrid. Hay una tambin de tu pueblo, de Loja.

Narvez tom sus cartas y sali del cuarto.

Yo le dije a Ros de Olano que no tena gran entusiasmo por esta clase
de gente que cree que no hay ms norma en la vida que la del pan y el
palo y que quieren convertir la sociedad en un cuartel.

Ros de Olano me contest que no hiciera mucho caso de las violencias
del lenguaje de aquel hombre, pues todo esto era en l corteza.

Pensaba marcharme no muy satisfecho de la entrevista; pero Ros de
Olano me convenci de que me quedara a cenar. Cenamos en el palacio
de los duques de Arcos, Narvez con su Estado Mayor y algunos de sus
oficiales. Estaban el ayudante de campo Calleja, el abogado Cortina, el
coronel don Hiplito Silva, el comandante Mayalde y el corresponsal del
_Times_, que marchaba en la divisin recomendado por el embajador de
Inglaterra, sir Jorge Williers, luego lord Clarendon.

Narvez, aunque con aire de malhumor, se las echaba de modesto y
atribua la victoria de Majaceite a los dems.

Cortina, el abogado sevillano, era de estos hombres elocuentes que a m
no me interesan nada. Iba con la brigada de la Milicia nacional como
jefe de Estado Mayor.

El comandante de la brigada era el coronel Silva, del tiempo de la
guerra de la Independencia, el primero que haba obtenido la cruz de
San Fernando por la lucha que tuvo con nueve franceses, en la que mat
a cinco e hizo hur a los restantes.

El gasto de la conversacin durante la cena lo hizo el abogado Cortina.
Despus de cenar, Ros de Olano me convid a tomar caf, y salimos l y
un capelln, Suer, un valenciano que por la maana y por la tarde nos
haba ayudado a mis sanitarios y a m a recoger los heridos, a la calle.

Este Suer, por lo que me dijo Ros, era hombre poco mstico; trataba a
los soldados como camaradas y deca la misa en cinco minutos.

Entramos en un pequeo caf donde haba muchos militares. Suer y Ros
de Olano hablaron de la batalla que se haba dado contra Gmez y del
nombre que se le pondra.

A Ros de Olano no le pareca muy bonito el que esta accin se llamase
la accin de Majaceite; sin embargo, por lo que dijo, era el nombre
exacto que le corresponda, puesto que se haba dado en distintos
puntos de la orilla de este ro. Me hizo un croquis en un papel del
terreno donde se haba verificado la batalla.

El ro Guadalete tiene dos brazos que nacen de dos fuentes prximas
de la sierra de Grazalema. Estos dos brazos--el ro de Zahara y el
Majaceite--, despus de separarse y extenderse por las alturas de la
provincia de Cdiz, se renen a una legua, aguas abajo de Arcos, en el
sitio llamado la Pedrosa.

El Majaceite se forma con el arroyo de Benamahona, el de Ubrique,
la garganta de Milln, que comienza en el mojn de la Vbora, y con
algunos otros regatos.

Ya constitudo con el nombre de Majaceite, se introduce por una
estrechura llamada la Humbra, y a la distancia de una legua se le une,
en el punto llamado el Charco de los Hurones, la garganta de los Negros
y otros arroyos que proceden de la loma de la Novia. Desde el Charco de
los Hurones hasta la jurisdiccin de Algar hay una legua de caada muy
pedregosa, dominada por dos grandes montes--la Atalaya y el Granado--,
con dos angosturas--la del Moro y la de la Penitencia.

El curso de este ro sigue por grandes estrechuras a entrar en el
trmino de Arcos, pasa por la angostura de Fox y se une con el ro de
Zahara a una legua de la ciudad para formar el Guadalete.

Ros de Olano estuvo divagando largo rato y con gracia acerca de los
distintos nombres que se le podran dar a la accin del da anterior;
pero concluy diciendo que su mala suerte les iba a dejar siendo hroes
de la batalla de Majaceite.

Despus, el capelln y l se pusieron a hablar de Narvez, por quien
sentan gran entusiasmo.

--Este hombre es un hombre de instinto, de inspiracin--dijo Ros--;
presenta que haba de encontrar a Gmez y que le haba de derrotar.

Ros de Olano se senta muy inclinado a aceptar estas explicaciones
misteriosas. Yo sonre, porque nunca he credo en presentimientos; pero
no dije nada en contra.

--Este Narvez--sigui diciendo Ros de Olano--es una fuerza de la
Naturaleza. Yo no he visto un hombre ms violento y ms pintoresco.
A veces es de una modestia terrible y sincera; a veces tiene un amor
propio que no le cabe dentro del cuerpo.

--Qu quiere usted? No me entusiasma--le dije yo.

--Lo comprendo. Usted, Aviraneta, es el hombre que responde a las
fatalidades del Destino adverso con una postura gallarda; usted es un
estoico, un romano; lucha usted como un marino contra los vientos y
las tormentas. Usted puede decir como el filsofo: Dolor, no eres un
mal.

--Tiene usted buena idea de m.

--Creo que es la justa; ahora, estos tipos como Narvez, no: son
fuerzas de la naturaleza, tienen una suerte, una confianza en s mismos
irracional, pero la tienen. Este hombre es una furia, un energmeno. Es
el jugador afortunado que gana y gana y llega a convencer a los dems
de que tiene el poder de ganar porque s. Este hombre est convencido
de su destino. Es un marino que no slo hace la maniobra, sino que crea
el tiempo...

--Pero si le viene la mala...

--Si le viene la mala, se romper, desaparecer; pero entretanto se
creer invulnerable.

Seguamos charlando en el caf, cuando Ros de Olano pregunt a un joven
teniente:

--Oiga usted: estar ah dentro el teniente Matamoros?

--S; ha hecho una vaca con _Don Lmpiro_ y est perdiendo hasta la
camisa.

--Quin es _Don Lmpiro_?--dije yo.

--Es un sanitario.

--Y el teniente Matamoros?

--El teniente Matamoros es de Loja y creo que compaero de la infancia
de Narvez; le llamaremos y nos contar alguna ancdota de don Ramn.


                                  V.

Poco despus se nos acerc el teniente Matamoros.

Sala de un rincn del caf, donde estaban jugando al monte.

Matamoros era un hombre verdaderamente feo; tena unos cuarenta aos,
la nariz gruesa, verrugosa y roja; el bigote, grande y negro; los
ojos, pequeos, brillantes y algo bizcos. Matamoros tena el aire muy
sonriente y ceceaba al hablar. Era muy ceremonioso y le gustaban las
frmulas de cortesa y las zalemas. Haba sido nacional del 20 al 23 y
vivido en Sevilla de contratista de obras desde la entrada de Angulema
hasta la muerte de Fernando VII, en que dej las obras para ingresar de
nuevo en el Ejrcito.

Por lo que me dijo Ros, al teniente Matamoros le dedicaban los
compaeros muchas bromas; decan que tena un aire tan fiero, que
cuando se miraba al espejo l mismo se asustaba.

Una cantinera, requerida de amores por l, le haba dicho:

--Usted pretende que le quiera yo? Vamos, hombre! Si es usted ms
feo que el cabo Negrn, que muri de feo!

--S, pero soy muy gracioso--replic Matamoros, riendo.

Y la cantinera lleg a enternecerse.

Me haba dado estos datos Ros de Olano, cuando se acerc a nuestra mesa
el teniente Matamoros.

--A la paz de Dios, seores! Buenas noches!

--Buenas noches, teniente! Sintese usted; tomar caf con nosotros.

--Con mucho gusto, mi coronel. Es una de mis debilidades!

--Mala suerte en el juego?

--Ese _Don Lmpiro_ es una calamidad. No da una.

--Y usted?

--Yo soy tan calamidad como _Don Lmpiro_.

--Este seor--dijo Ros de Olano sealndome a m--escribe en los
papeles...

--Hombre, yo le haba tomado por un fsico!

--No; escribe en los papeles, y quisiera que usted le contara alguna
cosa de nuestro brigadier Narvez. Porque usted, aunque ha vivido en
Sevilla, es de Loja, verdad?

--S, seor; y a mucha honra.

--Y creo que compaero de la infancia de Narvez.

--Me puedo alabar de ello. Don Ramn y yo fuimos a la escuela juntos,
porque aunque yo tengo tres o cuatro aos ms que l, ya sabe usted
lo que pasa: que a los chicos de los ricos se les lleva a la escuela
ms pronto, y adelantan ms porque no tienen que hacer otra cosa que
estudiar, y los chicos de los pobres tienen que hacer muchas cosas en
casa y fuera de casa.

--As que usted recordar alguna historia de Narvez.

--S; algo recuerdo.

El teniente deba tener una narracin hecha para contarla a sus
compaeros, y comenz sta as:

--Pues sabrn ustedes que Loja es una ciudad de la provincia de Granada
muy grande y muy importante, aunque me est mal el decirlo. Algunos
envidiosos hablan mal de nuestro pueblo y dicen:

      Loja:
    la que no es p...
    es coja.

Y nosotros contestamos:

      Y fuera de aqu
    todas son as.

Y la verdad es que en todas partes cuecen habas. Pues bien, a Loja, los
Reyes Catlicos le dieron en tiempo de los moros por escudo de armas
un castillo sobre un puente; y a los dos lados de l, dos montaas; y
entre ellas, una cadena, que lleva colgando una llave dorada; y encima
este mote: _Loja, flor entre espinas_.

Este mote de la ciudad le viene como de perlas al brigadier don Ramn
Narvez, porque mi paisano es tambin as, flor entre espinas; tan
pronto le suelta a uno una rabotada que le vuelve loco, como le hace un
favor.

Este hombre, ya desde su ms tierna infancia, manifest que tiraba a
ser algo grande, porque ahora lo ven ustedes de brigadier a los treinta
y seis aos, y lo vern ustedes pronto de capitn general, si no llega
ser algo as como Napolen o como Csar.

Don Ramn, cuando era slo Ramoncito y estudiaba latn, se inclinaba,
ms que a otra cosa, a entretenimientos de iglesia, y le gustaba
levantar altarcitos en su casa, cantar misa y predicar a sus
condiscpulos. Eso s, su orgullo no le permita aceptar el papel de
monaguillo; siempre tena que ser l el prior o el obispo, o, por lo
menos, el vicario de la _pirroquia_, como dicen en mi pueblo. Del juego
con la iglesia y de los altarcitos pas al del ejrcito, que ya es cosa
ms seria, caballeros, y form una banda de tambores, parecida a la que
habamos visto en Loja durante la invasin de los franceses, tomando
el papel de tambor mayor. Y que no se mostraba poco diestro Ramoncito
Narvez cuando recorra las calles del pueblo al frente de su pelotn y
lanzaba el palo por los aires y lo volva a coger!

A la gente le haca mucha gracia la soltura y el desenfado de Ramoncito.

El afn de ser el primero le llev pronto en el juego de soldados a
dejar el ttulo de tambor mayor y a tomar el de capitn general, y
andaba con un sable de juguete haciendo maniobrar a los chicos como si
fueran soldados.

Concluda la edad de los juegos y empezada la de gallear, Narvez se
pele a cada paso con los mocitos rivales. Tena el muchacho mucha
sangre, y un valor y un orgullo que no le ceda a nadie.

Viendo el padre de Narvez la inclinacin de su hijo por las armas, le
indic que sera militar.

Antes de entrar de cadete, Narvez estuvo estudiando en Granada, donde
conoci a una seorita de la aristocracia, doa Juana Ponce de Len,
que proceda de aqu, de Arcos de la Frontera, y era de la familia del
duque de este ttulo.

Narvez comenz a galantearla; pero Juanita tena ya relaciones con un
muchacho granadino de buena familia, aunque de poca fortuna, Alfonso
Prez del Pulgar. Narvez, al saber que Pulgar estaba ms adelantado
que l, se desesper; quiso armar camorra a su rival y volvi a Loja
furioso.

Cuando concluy sus estudios preparatorios, el padre de Narvez le
consigui a su hijo una plaza de cadete en el regimiento de Guardias
Valonas. En este mismo regimiento entraba su rival Alfonso Pulgar.

El odio que se desarroll entre ambos fu tremendo, y juraron a la
mejor ocasin batirse y comerse los hgados el uno del otro.

Narvez, de cadete, fu, como la mayora de los jvenes de nuestro
tiempo, muy calavera, muy mujeriego y muy aficionado a verlas venir.

Todos los meses se jugaba la paga y no haba mejor fiesta para l que
un desafo.

Antes de la revolucin de Riego presentaron al difunto Fernando VII,
maldita sea su estampa!, la lista de seis alumnos de la Academia
propuestos para el ascenso a subtenientes supernumerarios; y
preguntando las condiciones de cada uno de ellos, al llegar al nombre
de Narvez, el rey, que tena muy buena memoria cuando quera, porque
cuando no quera se haca el sueco, dijo:

--Ya s, ste es el cadete que el verano pasado ech a un compaero al
estanque del Retiro para que le trajese la gorra que el otro, en broma,
le haba tirado al agua.

En 1820, Narvez formaba parte del cuerpo de Guardias de Corps, y era
del grupo de los leales a la Constitucin; en cambio, Alfonso Prez del
Pulgar estaba con los absolutistas, partidarios acrrimos del rey.

El 7 de julio estuvieron a punto de zurrarse uno con otro. Pulgar fu
de los que atacaron la Plaza Mayor de Madrid con Luis Fernndez de
Crdova, y Narvez, de los que esperaban en la Puerta del Sol para
rechazar a los realistas.

Poco despus, al formarse en la Seo de Urgel la Regencia absolutista,
el Gobierno envi a Mina para batir el centro de la insurreccin, y
Narvez fu nombrado ayudante de aquel general. Herido en Castell
Fullit, exclam:

--Al primer tapn, zurrapas.

En la invasin del ao 23, cuando las tropas de Catalua tuvieron que
capitular, Narvez fu conducido a Francia, prisionero, y despus,
aprovechando el indulto del ao 24, regres a Loja, donde vivi
retirado al lado de su familia.

Alfonso Prez del Pulgar, su rival, haba cambiado de cuerpo y estaba
entonces de guarnicin en Granada, ya casado, y Narvez, cuando iba
a la capital, le vea a l paseando con Juanita en el Saln y en las
alamedas de la Bomba.

Narvez tena a toda la familia de Prez del Pulgar un odio terrible.
Un da que el padre de Pulgar haba entrado en una casa de juego de
Granada y haba puesto a una carta una bolsa verde llena de dinero,
Narvez cogi la bolsa, la tir al aire y dijo:

--Donde estoy yo no apuntan los realistas.

A la muerte de Fernando VII, Narvez entr de nuevo en el ejrcito, y
yo con l, y el ao 34 fu destinado a servir en el Norte, bajo las
rdenes del general Mina. Yo le segu.

Estbamos en Navarra con don Francisco Espoz y Mina cuando supimos
que Alfonso Prez del Pulgar se encontraba de coronel en las filas de
Zumalacrregui. Narvez, furibundo, le invit varias veces a batirse
con l; pero su enemigo no hizo caso de este reto.

Poco despus, don Luis Fernndez de Crdova di el mando del regimiento
de la Princesa a Narvez.

En los regimientos sucede que hay mucha imitacin: si hay un oficial
de carcter que se muestra estudioso, hay tres o cuatro estudiosos; si
hay un valentn o un bailarn que se distinga, los dems tienden a ser
valentones o bailarines. En el regimiento de la Princesa, donde haba
servido Narvez, todos eran, como l, bravucones y espadachines, menos
yo; por eso, cuando le hicieron coronel a Narvez, muchos oficiales de
los que fueron sus compaeros recibieron la noticia con gran disgusto.
Se hallaba el regimiento en Tafalla, y, al presentarse Narvez a los
oficiales reunidos y descontentos por su nombramiento, les dijo:

--Conozco, seores, que este regimiento es el ms indisciplinado de
todos en el ejrcito, y que ustedes tienen de ello la culpa; pero
desde luego deseo hacerles conocer que sabr imponerme y que tengo
ms corazn y ms carcter que ustedes para hacer cumplir a la fuerza
a todo el mundo con su deber. Para demostrarlo a cuantos se crean
ofendidos por estas palabras, desde ahora hasta maana al toque
de diana no soy para nadie el coronel, sino el compaero que est
dispuesto a darles satisfaccin con las armas.

Ninguno contest, y Narvez se impuso de esta manera.

Poco despus, en la batalla de Mendigorra, se encontraron frente a
frente Narvez y Prez del Pulgar, mandando cada uno su regimiento.
Narvez, salindose de las filas, se lanz contra su enemigo.

--Es que queras hacer retroceder solo a todo el ejrcito
carlista?--le dijo despus el general Crdova con sorna.

--Si me hubieran seguido veinte hombres, por qu no?--replic el de
Loja con soberbia.

Al da siguiente de esta batalla, al recoger los muertos, se supo
que un coronel enemigo haba quedado en el campo: era Alfonso Prez
del Pulgar. Narvez se enter; un soldado le entreg las armas, el
uniforme y un paquete de cartas que haban recogido al jefe carlista.

Narvez ley alguna de las cartas, y supo que la mujer de su rival, su
antigua pretendida, estaba viviendo en Arcos y pasando apuros, porque
las pagas de los militares carlistas no llegaban con puntualidad.

Narvez hizo un paquete con las cartas, el uniforme y la espada del
coronel; aadi su paga, que haba cobrado l en billetes, y se la
mand a la mujer de Prez del Pulgar. Narvez olvid en seguida su
odio, y hablaba de su antiguo rival con simpata.

Por eso digo, cuando hablo de mi paisano, que es, como Loja, flor entre
espinas.

--Otra vez...

Iba a seguir el teniente Matamoros con alguna nueva historia, cuando
dijo Ros de Olano:

--Vmonos ya, porque es tarde; usted, probablemente, Aviraneta, se
habr levantado muy temprano.

--S--le dije yo--; a eso de las cinco estaba ya en pie.

Nos despedimos del teniente Matamoros, salimos del caf y fuimos
vagabundeando por los callejones obscuros de Arcos.

Le dejamos al capelln Suer en su alojamiento.

Era noche de luna, y el cielo, iluminado por ella con un resplandor
azul, se vea arriba, entre los tejados, como una estrecha faja en
ziszs.

Ros de Olano estaba muy inquieto. A cada paso me preguntaba:

--Quin va por all?

--Nadie.

--All parece que est escondido alguno.

--Quin va a estar! Qu le pasar a este hombre?--me preguntaba yo--.
Qu habr visto? O qu temer?

--Usted no dir nada--me dijo Ros de Olano, de pronto, con voz
temblorosa--; le tengo que contar, en confianza, la ltima parte de
esa historia de Narvez y de Prez del Pulgar a que se ha referido el
teniente Matamoros.

--Hay un eplogo?--le dije yo.

--S; hay un eplogo.

Ros de Olano me haba llevado a una plazoleta, delante de un casern
grande, con su portalada y sus rejas.

--Ve usted ese sombro edificio?

--S.

--Pues es un convento de monjas franciscanas que algunos llaman de las
Emparedadas.

--Qu cosa ms lgubre! Y por qu?

--Antes haba aqu en el pueblo, segn me han dicho, un beaterio con
este nombre. Ese beaterio estaba unido en otro tiempo a una capilla
de Santa Mara de la Asuncin, que es la iglesia mayor de Arcos. El
beaterio cuidaba de la iglesia y haca ejercicios espirituales; despus
se traslad a este convento de religiosas franciscanas, que sigue
llamndose por algunos el convento de las Emparedadas. En este convento
est desde la muerte de su marido, Juana Ponce de Len.

--Profesa?

--S.

--Esta maana, al saberlo Narvez, ha querido visitar a la viuda.
Hemos ido l y yo, y hemos entrado un momento en la iglesia. Se oa el
murmullo del rgano y los cantos de las monjas. Narvez, decidido, ha
ido a la parte de la clausura y ha llamado con fuerza; al venir la lega
ha preguntado por doa Juana, y en vista de que no apareca ha querido
hablar con la superiora. Ha salido sta; una mujer plida, con unos
ojos brillantes e inteligentes.

--Qu quera usted?--ha preguntado la superiora a travs de la doble
reja.

--Quiero hablar con doa Juana Ponce de Len y darle detalles de la
muerte de su marido.

--Sor Teresa no piensa ms que en Dios--ha contestado la superiora.

--Pues yo necesito verla y hablarla.

--Verla! Es imposible; incurriramos ella y yo en la pena de
excomunin.

--Sin embargo, a las monjas se las puede ver--ha observado Narvez.

--No le--dije yo--, a cierta clase de monjas no se les puede ms que
hablar.

--Seora!--ha gritado Narvez--; yo necesito hablar a doa Juana; si
no lo autoriza usted soy capaz de asaltar el convento con mis tropas.

La voluntad de Narvez se impone; es demasiado fuerte para resistirla.
La madre superiora ha intentado calmarle, dicindole que podra hablar
a doa Juana Ponce de Len.

Efectivamente; doa Juana ha aparecido en la reja del locutorio con el
velo echado. Yo me he retirado un poco.

Narvez ha explicado a la monja cmo muri su marido y la parte que
tom l en recoger sus despojos. Ella apenas contestaba mas que con
monoslabos.

Luego le ha dicho que le suplicaba le dejara ver un momento su rostro.

--No puede ser, no puede ser--ha dicho doa Juana.

Despus ha aparecido la superiora.

--Sor Teresa--nos ha dicho--est enferma; ha envejecido mucho y no
quiere que la vean ustedes as; pero para que se convenzan de la
realidad la vern ustedes un momento.

Se cuchiche dentro del locutorio, y de pronto se abri una ventana
y se descorri una cortina. La monja que estaba delante de nosotros
se levant el velo, y vimos una cara tan vieja, tan arrugada y tan
macilenta, que yo qued extraado y Narvez atnito.

Salimos a la calle los dos sin despedirnos de nadie.

--Pero, oye--le dije a Narvez--, cuntos aos tiene esa mujer?

--Veinticinco, lo ms.

--Y ha quedado as? Esto es un milagro!

--Yo no creo en milagros--me ha dicho Narvez.

Ros de Olano me habl espantado de si aquella figura de mujer vieja que
haban visto en el locutorio sera un fantasma. Yo me encog de hombros.

--Usted no ha visto nunca espectros?

--Nunca.

--Usted no cree en la metempsicosis?--me pregunt luego.

--No; no he pensado nunca en ello, como no he pensado en la alquimia ni
en la astrologa. Al nico que he odo hablar de eso ha sido a Somoza
el de Piedrahita; pero me figuro que bromeaba.

Ros de Olano me habl de las obras de Swedenborg, de la _Palingenesia
filosfica_ de Carlos Bonnet, y de otros libros modernos que, segn
l, afirmaban la metempsicosis.

Yo me encog de hombros.

Fuimos a la plaza, entramos en el palacio de los duques de Arcos,
llegamos a nuestra habitacin, que era grande, y nos acostamos.

--Apago la luz?--le dije yo.

--No, no; todava, no.

Iba a dormirme, cuando o que mi compaero me llamaba.

--Qu hay?

--Tampoco cree usted en los aparecidos?--me pregunt de pronto Ros de
Olano con voz ahogada.

--Tampoco.

--Yo, s.

Y se incorpor en la cama y me cont una serie de historias truculentas
de fantasmas, de espectros y de casos de doble vista y de magnetismo.
Estaba el hombre espantado.

--Yo pienso si la superiora nos habr mostrado un espectro. Porque
esas monjas han sido muy dadas a la prctica de la hechicera y de la
nigromancia.

--Vamos. Durmase usted y no sea usted nio--le dije yo.

--No voy a poder dormir--gimi l.

--Puede usted estar tranquilo. Donde duerme Aviraneta no aparecen nunca
fantasmas.

Era cosa extraa que aquel hombre, que tena estos terrores infantiles,
fuera luego tan prctico en la vida.

Pens que Ros de Olano me haba llevado a pasar la noche all por miedo
a estar solo, y me qued dormido.

       *       *       *       *       *

Unos das despus, la incgnita que trastornaba a Ros de Olano se
despej. En Jerez supe que doa Juana Ponce de Len segua tan guapa
como antes, y que la superiora del convento haba dado el cambiazo,
mostrando a Ros de Olano y a Narvez una monja vieja y enferma que se
pareca algo a doa Juana.

       *       *       *       *       *

Al da siguiente de mi llegada a Arcos me despertaron los toques de
corneta. Haba gran animacin en la plaza; iban de ac para all los
soldados, llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles en
la mano, entraban y salan en la casa del Ayuntamiento; un grupo de
sargentos charlaba en corro. Sonaron cornetas y tambores y se fueron
formando las tropas.

Estaba en el balcn cuando entraron Narvez y Ros de Olano a despedirse
de m.

--Aviraneta--me dijo Narvez--: s quin es usted, lo que ha sufrido,
la situacin en que se encuentra. Si me necesita usted alguna vez,
cuente usted conmigo.

--Gracias, brigadier.

Nos estrechamos la mano.

Poco despus le vi salir a Narvez a la plaza, montar a caballo y bajar
la cuesta, rodeado de Ros de Olano, del coronel Silva y del comandante
Mayalde.

Comenz a tocar la msica, y la columna se puso en marcha; luego se la
vi alejarse por la carretera.

El pueblo haba quedado desierto.

Yo pens en aquel hombre violento y fiero, y se me ocurri, como al
teniente Matamoros, que le vena muy bien la leyenda antigua de su
pueblo: Loja, flor entre espinas.

    Madrid, agosto, 1921.


                           FIN DE LAS FURIAS




                                NDICE


                                               Pginas.

  PRLOGO                                             9

      I.--El Diario de Pepe Carmona                  15

     II.--Arruinados                                 19

    III.--Doa Gertrudis y Eulalia                   23

     IV.--Evocaciones y recuerdos                    27

      V.--La torre de Arnau                          37

     VI.--La casa del Negre                          45

     VII--Recuerdos y evocaciones                    55

   VIII.--La casa de Montferrat                      65

     IX.--Elena                                      77

      X.--Un viajero misterioso                      79

     XI.--El abanico de Elena                        85

    XII.--Reproches                                  89

   XIII.--Habla Moro-Rinaldi                         95

    XIV.--Una serenata                              101

     XV.--El hostal de la Cadena                    105

    XVI.--En alas de Cupido                         111

   XVII.--Viaje por mar                             119

  XVIII.--Ciudades viejas y ciudades nuevas         125

    XIX.--Tarraconense                              129

     XX.--Confusin                                 133

    XXI.--La Ciudadela                              137

   XXII.--La marea que sube                         143

  XXIII.--Furinalia                                 153

   XXIV.--Al da siguiente                          159

    XXV.--Eplogo                                   163

  Los bastidores de la tragedia                     169

  El sueo de una noche de julio                    221

  Flor entre espinas                                247





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Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
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facility: www.gutenberg.org

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