The Project Gutenberg EBook of La Muerte Del Cisne, by Carlos Reyles

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Title: La Muerte Del Cisne

Author: Carlos Reyles

Release Date: April 9, 2017 [EBook #54522]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MUERTE DEL CISNE ***




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  Nota del Transcriptor:


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  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.





                                  LA

                           MUERTE DEL CISNE




DEL AUTOR:


_En preparacin_:

=La raza de Can=, 3 edicin corregida por el autor.


                     _De esta obra se han tirado
                  cinco ejemplares en papel del Japn
                        numerados de 1  5._


                             ES PROPIEDAD.

               QUEDA HECHO EL DEPSITO QUE MARCA LA LEY.




                             CARLOS REYLES


                               LA MUERTE
                                  DEL
                                 CISNE


                            TERCERA EDICIN

                             [Ilustracin]


            _Sociedad de Ediciones Literarias y Artsticas_
                       LIBRERA PAUL OLLENDORFF
                       50. CHAUSSE D'ANTIN, 50

                                 PARS




                             PRIMERA PARTE

                        IDEOLOGA DE LA FUERZA




EL vasto y heterogneo panorama espiritual del mundo en las
postrimeras del siglo XIX y los rojos albores del presente, brinda
al observador de los tiempos que corren un espectculo magnfico y
emocionante. Turban el nimo y pasman el espritu las perspectivas
morales, dejadas como herencia  las generaciones vivas por las
generaciones muertas. Entre mil tribulaciones, el curioso se pregunta,
si est  punto de convertirse en realidad palpitante la transmutacin
de valores anunciada por el terrible profesor de la Universidad de
Basilea, y si la Fuerza, como principio de la moral y medida de todas
las cosas, no amenaza de muerte,  pesar de la Conferencia de la Haya
y del humanitarismo, las entidades de las filosofas espiritualistas:
Justicia, Derecho, Bien, Mal, irguindose en medio de ellas, como un
len vivo y rugiente, sobre las ruinas de una acrpolis poblada slo de
dolos rotos, mutilados dioses y espectros terrficos en las sombras
medrosas, mas irrisorios  la honrada luz del sol.

Ha sido y ser eternamente cruel designio y obra difcil para la
voluntad de los hombres, el despojarse de las amables creencias que
los encumbran  sus propios ojos. La humanidad, como las coquetas
empedernidas, ama los aderezos que la hermosean, aunque sepa que son
postizos, aadidos y falsas joyas.  mayor abundancia de razones,
_su bovarismo_, la facultad peregrina de concebirse de una manera
diferente de la realidad y obrar en consecuencia, es incontrastable y
generalmente provechosa. Hace falta un grande y desinteresado valor
para mirar frente  frente  la temida Esfinge, aparte de que el
premio del resuelto enigma, suele ser el que tanto contribuy  la
desdicha del lamentable Edipo; es menester una acendrada resignacin
filosfica, en la que acaso pende el ascetismo de la cultura moderna,
para recibir amablemente las visitas de duelo de los desencantos y
sonreirles como  los amigos gruones, pero leales, que nos quieren y
nos dicen la amarga verdad. sta es  veces slo estril supersticin:
las grandes ilusiones son siempre fecundas, y aunque el viejo Cronos,
con manos impas, las despoje ms tarde  ms temprano de sus virtudes
especficas sobre la inteligencia y el alma, la humanidad, reconocida 
las fieles servidoras, sigue creyendo en ellas an despus de muertas,
y hasta se complace muy comnmente, con ingenuo y tozudo afn, en
prestarles  los rostros lvidos y yertos las lozanas apariencias de la
vida.

En tales ocasiones acontece  la eterna ilusa lo que  aquella infeliz
criatura que, habiendo perdido  causa de terrible enfermedad la divina
belleza del rostro, su tesoro, dicha y orgullo, providencial locura la
salva de un desencanto mortal, hacindole ver reflejada en los espejos,
no la fealdad presente, sino la fenecida hermosura de los gozosos das.

La humanidad ha padecido muchas de estas demencias saludables. Ellas
le impidieron reconocer, cuando la verdad hubiera sido como escarcha
sobre los tiernos capullos de las rosas, la futileza de los adobes y
afeites que realzaban las gracias del alma  la luz de las candilejas
metafsicas. Hoy el arduo problema estriba en averiguar si stas no
han perdido su mgico poder, y si la transfiguracin de los hechos
reales por la ptica de los moralistas, es todava conveniente para la
delicada salud del mundo.




 decir verdad, la agona de lo divino aparece  las inteligencias
libres de prejuicios hereditarios y atavismos religiosos, como un hecho
triste, pero incontestable, que se descubre en todos los horizontes y
que las ansias subjetivas del hombre no aciertan  disfrazar con un
nuevo espejismo celeste, quiz porque este nuevo espejismo no es ya
necesario  la Vida. Esta vez el _instinto vital_, el travieso mago
que en la filosofa nietzsquiana crea las ilusiones favorables  la
existencia, lucha en vano contra el Conocimiento, que las destruye
implacablemente... pero slo para darle  aquel estmulo y ocasin
de forjar otras nuevas. La ciencia, la experiencia prolija del
caduco globo, levanta el velo de Maya, y en lugar de las desnudeces
impecables y sagradas perfecciones de la diosa, surge la razn fsica
de los fenmenos. El misterio de que se nutren las religiones, se
rompe como un hechizo al influjo de un conjuro eficaz. Las Iglesias,
las vrgenes violadas por el Saber, amarillean y enferman, y con
ellas palidece en el mundo la estrella del reino espiritual. Y
coincidencia peregrina: all donde ste fu ms efectivo y avasall ms
tirnicamente las conciencias, no ya la clorosis, sino el acabamiento
de todas las energas y la parlisis, dan seguros indicios de un
lgubre  inevitable fin, como si el pecado capital de desarraigar la
planta humana de la tierra y cultivarla en msticas estufas, entraase
la terrible penitencia del agostamiento, la esterilidad y la muerte.
La remota y misteriosa India es el pudridero del espritu religioso;
en las aguas muertas de sus mil cultos monstruosos y extticos, brotan
lujuriantes los nenfares de la contemplacin asctica y del nirvana,
entre cuyas races y tallos mueren sofocadas las tmidas vegetaciones
de la voluntad de vivir; Jerusaln llora las diligentes y briosas
virtudes que encendieron la llama activa de la fe en el pecho de
Pedro el Ermitao y provocaron la colosal marea de las Cruzadas; en
la Ciudad Eterna muere el poder espiritual, que ya fu enterrado en
Menfis, Efeso, Eleusis y Delfos, y en todos los sagrados lugares de
la tierra donde el animal mstico labr en piedra dura sus ansias
ardientes de lo infinito, el peregrino apasionado lee tembloroso sobre
las informes ruinas, la fugacidad de la cosas eternas y la nadera de
las cosas humanas.

La evolucin del sentimiento religioso no deja lugar  dudas sobre el
humilde origen y el destino mortal de los dioses... Despus de las
ingenuas cosmogonas de las primeras edades, en que el hombre msero
 ignaro interpretaba los fenmenos ms comunes como revelaciones del
misterio eterno y signos infalibles de las voluntades olmpicas, la
razn divina, perseguida y estrechada por la explicacin materialista
del universo, vi destruir, como la ciencia hermtica y la filosofa
escolstica, sus misterios, dogmas y entidades, y ha ido perdiendo
terreno hasta encerrarse en el ruinoso y lbrego castillo de las
causas primeras y de lo incognoscible. En la prctica, Dios se hace
utilitario. Las religiones se humanizan. Desde luenga data, siguiendo
paralelamente las evoluciones del conocimiento y la misma, aunque en
apariencia opuesta derrota que los instintos dominadores, apanse de
sus fueros y vienen transformndose en cosas tiles, en servidoras
solcitas de la Vida, ante cuyos intereses profanos abaten las altivas
y aureoladas testas los intereses divinos. La conservacin de las
excelencias tradicionales y el freno moral, son los ttulos ms
remontados que sustenta la religin  los ojos de la culta Europa.
La utilidad prctica es la virtud caracterstica de las _modernas
experiencias_ religiosas en la tierra del opulento yanqui. Sus
imperturbables doctores aseveran que los principios especulativos no
son nada, que los resultados y consecuencias de las teoras lo son
todo. Pragmatismo y utilitarismo se dan la mano: la verdad es lo
til. Lo verdadero es lo oportuno en nuestra manera de pensar, como
lo justo es lo oportuno en nuestra manera de conducirnos agregan.
En conclusin: los yanquis buscan _un Dios del que puedan servirse_.
Las flamantes disciplinas no forman santos ni profetas, que es fuerza
considerar como los grandes paquidermos fsiles de la religiosidad, ni
menos virtudes desinteresadas, contemplativas, caballerescas, amorosas
del renunciamiento, como las viejas y sublimes virtudes enseadas
por Buda  Cristo. No, los pastores de la americana grey, llmanse
Franklin, Emerson, Pierce James,  tambin Haper, ese admirable
presidente de la Universidad de Chicago, que, sintiendo prximo su fin,
formulaba lleno de uncin esta singularsima cuanto valerosa plegaria:
Seor, permitid que haya para m una vida despus de esta vida, y
en esa vida permitid que haya mucho trabajo que hacer y tareas que
cumplir; entre los credos y dogmas del nuevo culto figuran la vida
intensa, el pragmatismo, el _mindcure_  psicoterapia religiosa, tan
eficaz como la psicoterapia del doctor Dejerine en la medicina  las
estaciones de psicoterapia del sutilsimo Barrs en la literatura;
los santos laicos son Washington, Edison, Roosevelt, Carnegie, Booker
Washington; los reyes del petrleo y del acero; el Napolen de los
ferrocarriles, quien tena por inmorales las tareas improductivas, en
una palabra: hombres robustos y esforzados, voluntades inteligentes y
heroicas, como las piden con hondo afn las necesidades orgnicas de la
poca y la gestacin del porvenir.

Las caliginosas nieblas del antropocentrismo se disipan y por eso la
moral como la religin, la filosofa y la ciencia, recorre tambin,
mal de su grado, la convulsa trayectoria de lo infinito  lo finito, de
lo absoluto  lo relativo, de lo divino  lo natural, de la vaporosa
metafsica  la sesuda biologa, llave secreta de la historia y las
acciones humanas, que en poca no remota explicarn acaso la fsica
y la qumica... como alguien conjetura osadamente. Y  juzgar por
lo que se ve, el conocimiento adelanta imperturbable por ese camino,
sin detenerse un punto  considerar con lstima, las ilusiones que 
su paso van muriendo.  las morales de esencia mstica, altruistas
 infalibles, siguen presto las morales de levadura fisiolgica,
sensualistas y pecadoras, que hacen del placer, del egosmo, de la
lucha, y finalmente con Guyau y Nietzsche, de la expansin de la vida y
del instinto de dominacin, vale decir, de la fuerza, el resorte oculto
de la conducta y la base slida  indestructible del Bien y del Mal.




POR otra parte, la impasible majestad de la Naturaleza, indiferente
 la moral humana, extraa, cuando no antagnica,  las necesidades
subjetivas del hombre, y ajena  toda finalidad racionalista, confirma
rotunda y cruelmente las desencantadas suposiciones que sugiere la
evolucin filosfica. La ciencia y la historia tambin. De consuno
el origen animal del hombre, visto como en una caleidoscopio en las
mltiples y ascendentes fases zoolgicas del embrin humano, y el
origen fisiolgico y esprio de la justicia, despojan  la humanidad de
su divino abolengo y tienden  destruir, con impertrrita lgica, las
verdades eternas, los principios absolutos, la posibilidad de una tica
infalible  inmutable.

Como creacin de la Vida, imponindose una ley para asegurar la
vida, las reglas y las evaluaciones morales, dictadas siempre por
razones de utilidad, son impuras, deleznables, perecederas. Todas
van, igualadas por el rasero de la inexorable Parca,  la fosa comn,
 cuando menos, todas cambian con los tiempos, las latitudes y los
diferentes mdulos de la cultura.  un pueblo agrcola le conviene, y
se crea, una religin y una moral de pastores; un pueblo guerrero una
religin y una moral de soldados. _El bien en s_, pjaro azul de la
inteligencia, no ha podido ser descubierto por las inquietudes divinas
del hombre en las excavaciones del pasado. Lo que aparece entre polvo
y fras cenizas son los cdigos de los grupos dominantes,  sean las
cristalizaciones tiles, y, por lo tanto, relativamente durables de
la conducta, producidas siempre por los pasajeros equilibrios de una
lucha sin fin. De donde se infiere que no existe una moral nica,
sino mil morales, igualmente verdaderas en un momento determinado 
igualmente falsas despus de l; y lo mismo podra aseverarse de la
justicia y del derecho tericos que, en fin de cuenta,  pesar de las
transfiguraciones que les hacen sufrir los taumaturgos de las verdades
eternas, no pasan de ser entidades sin contenido alguno, frmulas
vacas, cosas grotescas, y aun cosas de una grande inmoralidad, si no
llevan en las estriles entraas los grmenes del acto, los embriones
del hecho,  lo que es idntico: la potencia de convertirse en
realidades.

El derecho al placer, al triunfo,  la vida de los tristes, los
dbiles, los enfermos, de los condenados por la naturaleza  la
melancola, la derrota y la muerte, no es sino un sarcstico desmentido
de la grande justicia de la Fatalidad reinante en el universo todo, 
la pequea justicia que impera solamente en el corazn de los hombres,
como una deidad sin virtudes milagrosas fuera de su templo. Suenen
tan doloridos y desjuiciados los clamores contra la injusticia de la
pastereulosis, que diezma las majadas,  contra la temprana muerte
de un ser amado, indispensable  la dicha de numerosas criaturas, 
contra la desgracia de un pueblo al que, adverso destino, por razones
inescrutables para nosotros, pero infalibles, azuza las Furias y los
males, como los anatemas de los vencidos contra el incuo triunfo
de los vencedores,  las iras de los justos _sin virtud_, contra el
pecado virtuoso. La victoria del fuerte sobre el dbil,  del rico
sobre el miserable,  del ingls sobre el boer, se nos antoja injusta
 irritante porque la aislamos de la serie fenomenal  que pertenece
y que la determina, y no consideramos con bastante calma que _un
phnomne actuel ce sont plusieurs passs qui luttent_. Por donde, no
sera ilgico admitir que generalmente lo que se llama injusticia es
el resultado de muchas virtudes anteriores, y lo que inspira nuestra
ilusa piedad, el fatal trmino de una serie infinita de incapacidades,
impotencias y pretritos pecados.

Ser: he ah la virtud suprema. Lo que es, aun bajo las rprobas
apariencias de la iniquidad, no puede menos de ser transcendentalmente
justo, porque, por el hecho de existir, demuestra su acuerdo ntimo y
perfecto con las leyes universales. Sin duda, estas consideraciones,
 otras de parecido corte y talle, han inducido  muchos filsofos de
azules pergaminos idealistas, y particularmente  los historiadores
alemanes,  identificar la realidad y la verdad, el xito y la
justicia, la fuerza y el derecho. Las aspiraciones ms seoriles y
levantadas, trnanse en cambio, desde tal punto de mira, en vanos
ajetreos si no poseen el divino poder de agrupar en turno suyo las
condiciones esenciales de la existencia, salir del Caos y del Limbo y
operar el milagro de transformarse en realidades, acaso humanamente
impas, pero eternamente legtimas y vencedoras.




PERO el turbador misterio del ser, las realidades materiales  morales,
son otra cosa, en substancia, que las manifestaciones primigenias de
la fuerza palpitante en las entraas de todos los fenmenos?

Muy sesudos pensadores hay que niegan la existencia del elemento
terrible y lo reducen  un concepto lgico. Para ellos, lo que llaman
ahitos de cientfica suficiencia el _dogma de la fuerza_, es un resto
de antropocentrismo, tendente  desaparecer como el principio vital, el
alma vegetativa, las virtudes especficas y otras entidades milagreras
de la filosofa escolstica. Segn el autor de Los orgenes de la
Francia contempornea, en el mundo fsico, como en el mundo moral,
la fuerza es la particularidad que posee un hecho de ser seguido
de otro hecho. Todo lo que subsiste son los sucesos, sus condiciones
y dependencias: los unos morales  concebidos bajo el tipo de la
sensacin, los otros fsicos  concebidos bajo el tipo del movimiento.
Las causas desaparecen en esta sucesin colosal  interminable de los
fenmenos, y la fuerza acaba por ser concebida, no como causa del
movimiento, sino como _movimiento sintetizado_.

Sea lo que fuere, lo cierto es que,  pesar de nuestras repugnancias
metafsicas, sobre todo por lo que toca  la vida y ms aun al alma,
las novsimas verdades que salen de los laboratorios y santuarios
donde ofician los sacerdotes del saber, nos llevan como de la mano
 considerar los fenmenos, cualquiera que sea la ndole de stos,
como _hechos de fuerza_, si no parece muy profana la expresin,
entendindose buenamente por fuerza el nombre comn y sinttico de las
energas naturales.

Ya veremos en el decurso de estas divagaciones heterodoxas, cmo, sin
salir de la isla de lo conocido, la cual no es tan diminuta como Littr
pensaba, aunque el ocano de misterio que la rodea sea muy grande 
impenetrable; cmo, repito, puede decirse que la fuerza, vituperada y
maldecida por los poetas, sin sospechar que era el alma de su estro y
de sus rimas, es por igual el alma del mundo y la _causa primera_ de
todas las cosas.




NO hay por qu adolorirse ni indignarse. Tal presuncin es menos
temeraria y absurda que las hiptesis que, sin escndalo, llevan en
el disforme vientre las viejas cosmogonas. Mueve  risa el hecho
slo de suponer, al punto en que han llegado las certidumbres 
intuiciones humanas, que las ciencias podran aplicar sus instrumentos
infalibles y razones experimentales  descubrir la voluntad divina en
el orden del universo. Aunque nos pese y hiera nuestros sentimientos
ms caros, los fenmenos fsicos constatan invariablemente la
presencia de la fuerza y la ausencia de la divinidad. Y as como es
imposible concebir siquiera el universo sin la energa, que con los
nombres de cohesin, atraccin, gravitacin y otros mil mantiene los
cuerpos como tales y rige las raudas carreras de los astros en el
espacio infinito, tampoco es dado imaginar,  menos de acudir  las
triquiuelas de la concepcin dualista, que los filsofos no invocan
ya, los fenmenos de la conciencia sin el juego de los instintos,
pasiones y sentimientos de estirpe fisiolgica; sin las energas
fsico-psquicas y fsico-qumicas, en fin, que se atraen  rechazan,
funden  combaten, pero que siempre tienden  ser,  realizarse, y
cuyas reacciones infinitas y complejsimas, dan pie y margen  la
intrincada urdimbre del universo: milagroso equilibrio de fuerzas y
luego de substancias y despus de organismos y al fin de voluntades que
pugnan por destruirse. Un acto, un pensamiento, del mismo modo que una
vida  un mundo, parcenme en su realidad primordial y esencia ntima,
formas de la materia, y por lo tanto, momentos sutiles de la fuerza, no
ms sutiles, sin embargo, que la luz, la electricidad  las operaciones
qumicas, superiores  la de nuestros ms poderosos laboratorios y ms
clarovidentes que los ms fabulosos prodigios de nuestra razn, que
realiza una microscpica gota de protoplasma...

Un hecho se ofrece  los ojos, ftil y vacuo al parecer, pero
sugestivo y transcendente en realidad: _es el carcter guerrero de los
fenmenos_. Esta combatividad originaria y comn que les presta  todos
ellos as como un acentuado aire de familia, perceptible hasta para los
observadores miopes, induce  Le Dantec  substituir la nocin de vida
universal por la nocin ms exacta de lucha universal. Ser es luchar;
vivir es vencer. Y tal sentencia, que el solo espectculo del mundo
debi sugerir al hombre de las cavernas hace incalculables siglos,
resulta,  pesar de las doctas lucubraciones sobre la fraternidad de
San Agustn y los discursos sentimentales de los _pacifistas_, tan
verdica en lo que atae  la materia como por lo que toca al espritu.
El carcter belicoso y la condicin cruel son los lazos de parentesco
que unen estrechamente los fenmenos fsicos, vitales y morales. Los
instintos, sentimientos  ideas luchan tambin por el espacio y la
dominacin. Y sus luchas y tiranas no son menos cruentas que las rudas
batallas de los elementos sexuales por el patrimonio hereditario, 
los combates heroicos de la humilde amiba con el medio ambiente,  las
feroces rias de los hombres en la conquista del pan, de la gloria  de
la mujer.




EL aspecto de un cerebro  un alma despus de sufrir las invasiones de
los brbaros de ideas y sentimientos no familiares, debe de parecerse 
un fragoroso campo de batalla cubierto de cadveres, ruinas, fugitivos
escuadrones y soldados brios de sangre y de victoria. Hecatombes,
incendios, gritos de dolor, dianas triunfales! Jams he percibido bien
la radical diferencia que  lo que parece existe, entre las luchas de
los ejrcitos y las luchas de las ideas, ni creo que stas sean de otro
linaje ni menos mortferas. Las tiranas de la pluma parcenme tan
despticas como las tiranas del sable y acaso ms, si se considera que
las opresiones mentales, aparte su ingnito encono, violan sin piedad
lo realmente sagrado del individuo: los altares de la conciencia y del
alma. Por eso, sin duda, humorstica, pero profundamente, deca el
dulce y maleante Renn: ms vale el soldado que el sacerdote, porque
al menos el soldado no tiene ninguna pretensin metafsica. As
delataba con sutil socarronera, el carcter desptico y fantico de
los imperios espirituales.

Extrao  ingenuo prejuicio, en verdad, el que nos ha inducido en
todo tiempo  someternos humildemente  las coerciones hipcritas de
la Idea, creyndola de otra prosapia ms conspicua que las resueltas
coerciones del Factum. Cuntos furibundos anatemas y saetas envenenadas
dispara diariamente el idealismo  lo Cousin contra las iniquidades
de la fuerza bruta, y cuntas frases crespas y huecas no deposita,
como ofrendas de miel y de flores,  las plantas de la severa Palas...
vestida de punta en blanco y presta para el combate, porque es
combatiendo, porque es por medio de la destruccin y la conquista,
que la diosa de los ojos fros y claros extiende sus dominios en las
tierras del alma... La Razn es esencialmente guerrera y dominadora.
Las ideas no son vrgenes tmidas de albas manos y blando corazn,
mas intrpidas amazonas que en los riscosos campos de la conciencia,
toman feudales castillos; entran  saco villas y ciudades; incendian,
matan, destruyen los templos y las mieses, y hacen prisioneros y
esclavos. Una modesta, una humildsima sensacin se introduce  hurto
en el receptculo misterioso de la clula nerviosa; sigilosamente se
atrinchera all; congrega, muy luego, en torno suyo otras sensaciones
hermanas y al mismo tiempo combate y destruye poco  poco, pero
tenazmente, las sensaciones antagnicas: as dilata sus _zonas de
influencia_  los centros nerviosos; conquista despus de muchas
maniobras prolijas, las fuertes posiciones de los lbulos cerebrales;
invade los dominios del alma, haciendo riza y estrago de todo lo que se
opone  su marcha triunfante, y sale, por fin, en son de guerra, audaz
y avasalladora al mundo exterior para transformarse, ejerciendo las
mismas violencias, en hechos reales  imperar sobre otros hechos.

Y al modo de la idea, instintos, pasiones y sentimientos nacen 
mueren, crecen  menguan, dominan  caen en esclavitud gracias  las
mil formas de seleccin que reviste el juego universal de la fuerza.
Aun las cosas ms delicadas y de cndida apariencia estn sometidas 
las duras leyes de aquel juego y  su vez las practican cruelmente.
Qu son las intenciones en el arte sin la virtud, el don y la gracia;
sin el divino _poder_ de animar con un eurtmico soplo la materia
inerte y las formas inarticuladas? Qu la grandeza moral sin las
severas disciplinas que torturan y dislocan las inclinaciones naturales
 fin de hacerlas encajar en los ortodoxos moldes de la regla? Qu la
inteligencia, sin las tiranas y absolutismos del orden, del mtodo;
sin la facultad desptica de clasificar los fenmenos, establecer
similitudes y descubrir las secretas  inefables correspondencias que
introducen una musical jerarqua en el reino de lo catico, informe y
confuso?

El estro potico y la nobleza del carcter, el prestigio del hroe y
la virtud de la idea no tienen, mal que pese  nuestras magnficas
ilusiones, otra genealoga que la de los hechos cesreos. Ideas y
sentimientos parecen no ser, aunque nos asombre y acongoje, cosas
especficamente distintas de la energa creadora, sino modalidades
supremas de ella; cristalizaciones perfectas del espritu, semejantes 
las cristalizaciones regulares del reino inorgnico,  las que tiende
la fuerza madre impulsada, sin duda, por extraa y fatal inclinacin.
La armona misteriosa de un organismo, de un alma  de un mundo
tuvieron, mientras el conocimiento real de las causas permaneci
silencioso, el excelso y comn origen en la inteligencia divina;
pero sta fu el smbolo de la ignorancia y del azoramiento humanos
que bord la encantada imaginacin de las religiones sobre el tenue
caamazo de un universo quimrico. Formidables intuiciones invitan hoy
 pensar que no existe otra Inteligencia que la inteligencia de la
materia, ni otra Razn que la razn fsica, ni ms Harmona que los
pasajeros equilibrios de una eterna lucha.

Sea en el mundo fsico  en el mundo moral, en el corazn  en el
cerebro, el principio que todo lo vivifica, es la voluntad de poder y
dominacin que dira Nietzsche,  ms propiamente an, el ejercicio
de la fuerza. Las guerras religiosas y las rivalidades enconadas de
las sectas y escuelas entre s; las herejas y los cismas combatidos
por el fuego y por el hierro; las persecuciones feroces de los
idealistas; las revoluciones _rojas_ de los tericos, y la propensin
irrefrenable de las Iglesias y las filosofas  convertir el influjo
moral en Poder, muestran hasta qu punto los principios activos de la
fuerza, aunque disfrazados por ideales mscaras, ordenan las maniobras
de las huestes espirituales para la conquista y sumisin del mundo.
Los aparatos y mquinas de guerra cambian en las diversas contiendas
por la dominacin, pero el _resorte_ es el mismo bajo la engaosa
disparidad de las formas. Los ejrcitos emplean armas y estratagemas;
la diplomacia razones y argucias; seducciones y dulces violencias el
amor; imperativos categricos las morales, y las religiones milagros
para convencer, recompensas para seducir y terrores para dominar.
Nada escapa  la tremenda ley que ordena imperiosamente  todas las
cosas reir y asesinar. Cuanto existe en el cielo y la tierra es una
conquista: el fruto del crimen y del robo; cuanto nace  se forma en
el tiempo y el espacio: la opresin de la fuerza triunfante sobre
la fuerza vencida. Los peces grandes devoran  los pequeos, las
microscpicas bacterias al hombre, los pensamientos robustos  los
dbiles, los dioses  los dioses. Nos alimentamos de la carne viva de
los otros. Mas sirva de triaca  tanto dolor y de consuelo  tristeza
tanta, que de esta lucha eterna y sin cuartel de los elementos, los
organismos y las voluntades nacen los astros, los seres y las almas...

La fuerza slo es real, y su ejercicio la causa primera de lo existente
y la condicin necesaria de la vida.




ESTA verdad, monstruo que con uas de diamante desgarra la piel
femenina de la celeste ilusin, tiene slo de nueva el haber sido
anunciada formalmente y lanzada con grande estruendo  los cuatro
puntos cardinales por las lricas trompetas de Nietzsche, y, sobre
todo, el que ste hiciera de la antiguaya de Herclito, la enjundia
de su doctrina filosfica y la substancia crtica disolvente de las
morales que liban an el nctar de la sabidura en los labios divinos
de los grandes iniciados, desde Rama hasta Jess.

Las ideas-bacantes de Nietzsche, cual si fueran seguidas del bullicioso
cortejo de Pan, introducen el desorden, el ruido y la alegra en la
ceremoniosa corte del pensamiento ortodoxo. Los instintos prepotentes,
las pasiones fogosas y desmandadas, los egosmos vencedores, y el
orgullo satnico:

  Qui nous rend triomphants et semblables aux Dieux.

apetitos, concupiscencias, mpetus rebeldes salen en tropel de
las lbregas mazmorras en que los aprisionaron Apolo y Cristo, y,
revelndose contra sus irreconciliables adversarios, pretenden
arrebatarles el cetro del mundo.  la religin del Alma, sustentada
con grande penuria  los flacos pechos de la metafsica, y enemiga
de la Naturaleza y la realidad, sucede la religin de la Vida, que
se nutre en las morenas y pimas mamas de la tierra, no reconociendo
otras reglas ni leyes que las que ella misma se dicta para asegurar su
reinado. La filosofa de la historia y la historia de la filosofa,
proclaman de consuno la legitimidad de aquella desconcertante sucesin,
y hasta la ciencia parsimoniosa, despojando con un gesto impasible y
cruel  Psiquis de la inmortalidad para conferrsela  la materia,
fortifica el novsimo culto y establece su noble celsitud. Lo inmortal
no es el alma, sino el _plasma germinativo_, depsito minsculo y
misterioso de la conciencia del mundo y del jugo potencial de todas
las generaciones, que stas se transmiten, por medio del acto gensico,
como una herencia sagrada y eterna...

Ya la potica imaginacin de los griegos simbolizaba en la Carrera
de la Antorcha, ese juego divino de la Vida; y las fiestas de Osiris
en Egipto, las Dionisacas en Grecia, las Priapeas en Roma, las de
Demeter en Sicilia, unidas  los juegos atlticos y  los cultos
cndidos  torpes de la fuerza generatriz en muy incipientes  colmadas
civilizaciones, dan indicios inequvocos del instinto seguro, aunque
mal interpretado  veces, de los derechos de la naturaleza y de la vida
que siempre indujo al hombre  la adoracin de la animalidad humana en
su impuro, pero fecundo esplendor.

Dios muere y los dioses resucitan. Otra vez reandase, con ms ahinco
y encono, el duelo  muerte del espritu y la materia, del alma y del
cuerpo, de la razn y del instinto. Slo que esta vez el instinto,
el condenado instinto de las religiones, aparece en la palestra
nietzsquiana armado de las fuerzas naturales y luciendo el mgico
penacho del poder de crear las ilusiones propicias  la existencia
que la Razn tiende torpemente  destruir con sus construcciones
artificiosas, ironas y escepticismos. Y la eleccin de la Vida
entre aquello que la propaga y robustece, y aquello que la amengua
y desvirta, no puede ser dudosa. Lo bueno, lo justo, lo verdadero
es lo favorable  ella; lo malo, lo injusto, lo falso lo que  ella
se opone. El mundo moral, el mundo de la idea: la verdad imaginaria
opuesta _ lo que es_, se desvanece y surge el mundo de las realidades
indestructibles y las verdades tiles parido con dolor por una nueva y
prvida Fatalidad. Y aqu se produce la _transmutacin de valores_ que
indujo al gran revolucionario de la filosofa  oponer con magnfica
pompa verbal y mefistoflico empaque, lo que nadie os:  la pequea
inteligencia del cerebro, la grande inteligencia del instinto;  las
falsas jerarquas del derecho, caprichoso y sentimental, las legtimas
jerarquas que, en todos rdenes de cosas, establece la fuerza;  la
piedad del individuo, virtud egosta de los dbiles, la _piedad de la
especie_, don de las almas heroicas; al amor del hombre, venero de una
humanidad doliente y apocada, el culto del _superhombre_, germen de
la vida desbordante de belleza y generosos mpetus;  la destructora
_moralina_ de los esclavos, la moral creadora de los _aristos_;  la
religin de la paz y la humildad, la religin del esfuerzo y de la
lucha trgica contra el Destino;  los mandamientos serficos de Jess,
que nos desarraigan de la tierra y convierten en sombras vagorosas y
fantasmas del miedo, los mandamientos de las leyes inexorables que
rigen al universo todo, los cuales vuelven al ensoberbecido primate al
seno de la Naturaleza y lo nutren de sus truculentos jugos.

En la intrincada selva de Zaratustra, donde se oye la flauta de Pan y
retumban las carreras de los centauros, las virtudes ascticas huyen
despavoridas, como vrgenes medrosas, ante las desatadas pasiones y
libres fuerzas naturales, faunesas fecundas, que coronan de frescos
pmpanos la bicorne testa de Dionisos y restablecen en culto del riente
dios. La esencia de la filosofa de Nietzsche, de quien panegiristas
 detractores tienen, por lo general, un conocimiento harto sumario y
epidrmico, est concretada y contenida en las siguientes afirmaciones:
la voluntad de dominacin es el nervio del mundo: todo tiende  ocupar
ms espacio; la Vida, la nica cosa sagrada, se dicta sus leyes y
fines, que no tienen otro objeto que el de asegurar la triunfante
expansin de la vida, lo cual entraa la adoracin de la fuerza como
origen y medida de todas las cosas, y el amor de la existencia, no
como espectculo transcendente y finalista, sino como espectculo
esttico. Y este estetismo heroico, sin enjundia en apariencia, es
lo que impide  Nietzsche de caer, como su maestro Schopenhauer, en
el abismo del nirvana. Ambos afirman que el mundo no tiene finalidad
alguna y que lgicamente no cabe explicarlo; concuerdan tambin al
figurarse que la esencia de la vida es el ejercicio de la fuerza,  la
cual, por darle un nombre ms concreto y  la vez menos objetivo, _que
no suponga el conocimiento imposible del fenmeno_, llama el maestro
voluntad de vivir y el discpulo voluntad de dominacin; pero aqu se
separan, divergen y mientras Schopenhauer, impelido por los resabios
de su ntimo comercio con Buda, quiere abolir toda individuacin, todo
egosmo, todo deseo para llegar  la inefable _euthanasia_ y escapar
al dolor, Nietzsche llama  s los dolores, pasiones, instintos y
exasperadas apetencias del alma,  fin de embravecer en la criatura
la voluntad de dominacin, hacer ms terrible la lucha del deseo
insaciable y aumentar de ese modo el precio, la hermosura y la sombra
majestad de la existencia. El culto trgico de la vida y el estetismo
heroico florecen entonces ufanamente, como rosales de rosas escarlatas
y jocundas, cultivadas por el altivo Don Juan en el acerbo jardn de
las Furias.




MAS la voluntad de vivir y la voluntad de dominacin, que  veces las
sutilezas del raciocinio transforman en la boca de los filsofos en
entidades metafsicas son, al parecer, dos interpretaciones, digmoslo
as, de la fuerza  secas, de la energa  principio generador del
universo, y segn todas las apariencias y probabilidades, tambin
de las almas, como son igualmente interpretaciones de ese principio
dinmico, si se hunde el escalpelo en el rin de las cosas, el _agua_
de Tales de Mileto, el venerable precursor de Quintn, y el _fuego
viviente_ de Herclito; lo _indefinido_ de Anaximandro y la _unidad
absoluta_ de los alejandrinos; la _idea_ de Platn y la _actividad
pura_ de Aristteles; la _substancia nica_ de Spinoza, y, por decirlo
todo, la _causa primera_ de las filosofas y lo _divino_ de las
religiones.

El vergonzante cuanto contumaz intento de reducir las causas
generatrices de lo creado  un solo principio y establecer la unidad
de naturaleza fsica de todos los fenmenos, se columbra aqu y all,
como un errante fuego ftuo, entre las tinieblas de la filosofa de
Jonia y Abdera; en la del Prtico, y, en general, en todo el pantesmo;
tiene sus chispazos y vislumbres en plena Edad media; se formula
ms  menos categricamente en las estrambticas explicaciones del
iatro-mecanicismo y del iatro-quimismo, y se depura y acicala en
la moderna escuela materialista, hasta aparecer, por fin, como una
afirmacin razonada y formal, en la concepcin unicista  monista
del universo y la doctrina fsico-qumica de la vida,  las que han
prestado ltimamente eficacsimo concurso, el formidable trabajo de
los laboratorios y, sobre todo, considerndolos de cierta manera, los
desconcertantes descubrimientos de Le Bon y Burke.

Las concluyentes experiencias del primero, muestran, entre otros
portentos, que los indivisibles  inmortales tomos de Demcrito y
Epicuro son, en realidad, diminutos y colosales depsitos de la
energa dispersa en el universo, la cual en efluvios magnticos,
emanaciones de distinta ndole y explosiones perennes y varias de la
misma naturaleza que la luz, la electricidad  el calor, abandona las
prisiones del tomo y retorna al ter de donde sali, formando por
tal arte, el maravilloso puente areo que una la materia ponderable
 la materia intangible... De este inopinado modo aparece la radio
actividad, que en mayor  en menor grado poseen todos los cuerpos,
y que es el fenmeno especfico de su disociacin  muerte, como el
ltimo suspiro de la materia antes de volver  la nada... Pero, en
verdad, es la vuelta  la nada? la muerte dulce y silenciosa de la
materia indestructible? la substitucin del dogma clsico nada se
crea, nada se pierde, base de la qumica y la mecnica, por la frmula
heterodoxa nada se crea, todo se pierde? S, desde luego, si el ter
de donde sali la materia y adonde vuelve al fin, siguiera siendo para
nosotros la nada, por escapar  nuestros medios de apreciacin; pero
no es probable que siga siendo as. Las grandes fuerzas del universo
son sus manifestaciones. La mayor parte de los fenmenos fsicos no son
posibles sin su existencia. Le Bon acierta  imaginarlo, al igual de
la materia, como un milagroso equilibrio de la energa, slo que mvil
 intangible, fuente primera de las cosas y ltimo trmino de ellas.
Lord Kelvin supone que el ter es un slido dotado de extraordinaria
elasticidad y que llena todos los mbitos del espacio. Para algunos
fsicos, y no de los menos clebres y autorizados, la molcula material
es slo ter. De todas maneras y como quiera que se mire, el ter es
algo, y lo que resulta del cmputo y coordinacin de tantas abstrusas
hiptesis  indiscutibles certezas, es que la materia parece  todas
luces una forma de la energa universal contenida en el ter; que
materia y fuerza son la misma cosa, y que entre el mundo tangible y el
mundo inmaterial no existe ningn abismo. Los efluvios sutiles de la
radioactividad, ni completamente materiales ni completamente etreos,
participan de las dos naturalezas y unen los dos mundos.

Por su parte, los discutidos y zarandeados experimentos del sabio
profesor de Cambridge, sobre la generacin espontnea, hacen, cuando
menos, vislumbrar el misterioso trnsito de la materia inerte  la
materia organizada. Los _radiobos_, los artificiales animlculos
producidos por la accin del radium sobre la gelatina esterilizada,
ofrecen singularsimo parentesco con la materia viviente, y aunque
el rigorismo cientfico de los institutos les rehuse el carcter de
bacterias, puede admitirse, sin cndida credulidad, que aquellos
semi-organismos, engendrados por un embrujo del hombre, constituyen,
mejor que el cristal, el eslabn precioso que une lo inanimado  lo
animado.

An la vida, como el Homnculos de Wagner, no ha surgido inquieta de
la panza fecunda de las retortas; pero las distancias, tenidas por
insalvables, entre los mundos orgnico  inorgnico que mil analogas y
correspondencias intrnsecas aproximan y confunden, se reducen  cada
nuevo descubrimiento y no tardarn en desaparecer en absoluto, como
van en camino de hacerlo,  la par de los dioses, dogmas y augustas
entidades de la teologa y la metafsica, las viejas murallas de la
China y los msticos fosos que separaban celosamente los dominios
linderos del cuerpo y del alma.




ASEGURABA el honestsimo Taine que las mismas leyes rigen al hombre
y  la piedra del camino. Esta afirmacin inaudita y escandalosa en
su poca, va convirtindose, limada de ngulos y puntas por el uso,
en certidumbre cuasi burguesa  trivialsima verdad, sobre todo desde
que la sntesis de los conocimientos actuales afirma, implcita y aun
formalmente, el comn origen del mundo fsico, del mundo orgnico y del
mundo moral. En efecto,  pesar de las travesuras del neo-vitalismo y
las argucias de la metafsica, en lo palpable, en la juridiccin de
los hechos susceptibles de un principio, al menos, de demostracin,
el avance de las ciencias concurre por vas distintas y mltiples 
destruir las viejas dualidades de la materia y la energa, de lo
inerte y lo animado, de la bestia y del hombre, del cuerpo y del alma,
dividida asimismo, segn Pitgoras y Aristteles, en la Nos  alma
pensante  inmortal, y la Psiquis  alma vegetativa y perecedera. Las
manifestaciones vitales son consideradas por una novsima doctrina que
goza de gran predicamento, como metamorfosis _energticas_ de idntico
modo que las dems manifestaciones de la luz  el calor; otra, no
menos en boga, arguye que la vida parece distinta de la fuerza y el
pensamiento distinto de la vida, porque el anlisis no ha llegado  su
sazn an, y, en general, los sabios proclaman, sin ambages ni miedo 
los inquisitoriales potros, que las piedras _viven_ y _mueren_, que los
metales se _fatigan_, que la materia, aun la ms pesada y consistente,
es una cosa animada, velocidad pura, una forma estable de la fuerza;
la vida, un _complexus_ de operaciones fsico-qumicas de la misma
naturaleza que las que dan origen al _individuo cristalino_, el cual
nace, asimila y se reproduce de un modo casi idntico  como lo hace
la substancia viviente; la inteligencia, una mquina explosiva de ms
rpidos efectos, pero no de distinta fbrica, que la inteligencia bruta
directora de la maravillosa adaptacin de los rganos sexuales de
las plantas para ser fecundados por los insectos,  preparado en el
andar de los siglos, los faros luminosos de los halosauropsis,  fin
de que stos puedan servirse de sus rganos visuales en los abismos
tenebrosos del mar, adonde no llegan las ondas clementes de la luz...
Todo vive de la misma vida y una es el nima de toda cosa. Y lo que
ms espanta y maravilla es que esa nima guerrera, esa actividad
creadora y  una mortfera que los fsicos descubren en las entraas
del tomo, los fisilogos en la clula viva y los psiclogos en los
orgenes del pensamiento, los moralistas, con zozobra y pasmo, empiezan
 columbrarla en el fondo del acto moral y en el corazn de las
sociedades.

Parando mientes en tales hechos, y aun contra las protestas y ascos
de nuestra indignada voluntad, difcil es no caer en la pecaminosa
tentacin de atribuir los fenmenos fsicos  morales  la causa
generadora--fuerza, energa  movimiento--que ya buscaron en sus hornos
tenebrosos los alquimistas medioevales. Llammosle fuerza, porque
es el trmino empleado corrientemente en la explicacin de todos
los fenmenos. Ella une estrechamente los seres y las cosas como
el hilo de seda las diferentes perlas del collar; ella dirige en la
orquestacin del universo, las inverosmiles arquitecturas moleculares
y las construcciones pasmosas del espritu; ella, finalmente, se impone
cada vez con ms tirana al entendimiento como el _principio nico_ del
que seran portentosos atributos por orden cronolgico, la materia, la
vida, la inteligencia, el alma...




ESTE monismo archi-materialista, no barruntado por Herclito en la
remota antigedad, ni tampoco por Spinoza, ni Goethe, ni el mismsimo
Haekel en los tiempos modernos, traera aparejadas catstrofes
inmensas en el orden moral, y, por aadidura, sorpresas apocalpticas
para nuestro orgullo infanzn de vstagos del Espritu, as que los
pacientes y sapientsimos varones que exploran la razn de las cosas,
empezasen  descubrir los grmenes terribles de la fuerza en el alma
blanca de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero... Acaso va  desarrollarse
ante nuestros ojos estupefactos el grande drama del mundo que, en los
abismos de la conciencia _sublimal_, viene preparndose sigilosamente
desde luengos siglos. Es posible. El aire huele  tormenta. Sea lo
que fuere, lo cierto y lo que est al alcance de cualquier quisque,
 poco de haber rumiado en las aulas algunos desperdicios de ciencia
filosfica, es que desde el naturalismo jonio ac; desde que las
cosmogonas y las ticas pierden su carcter divino y se convierten
en explicaciones naturales del universo y la conducta, los fermentos
activos de la fuerza entran ms  menos secretamente en la composicin
de las ideas. El _amor propio_ de La Rochefoucauld, que es, en ltimo
trmino, una forma obscura y ambagiosa del limpio y franco _deseo
de poder_ de Hobbes; el _derecho natural_ de Spinoza; el _instinto
de soberana_ de Mandeville, primo carnal del _instinto invasor_ de
Blanqui y de la _fuerza fundamental_ del ser humano de Stirner; el
_inters_ de Helvecio, Bentham y del utilitarismo; el _principio
selectivo_ de Lamark, Darwin y la escuela evolucionista; el _mayor
motivo_ de Spencer y las mismas _ideas-fuerzas_ de Fouillee, y, por
ltimo, la _expansin de la vida_ de Guyau y la _voluntad de poder_ de
Nietzsche, principios ms universales de la conducta, tentado estoy
de decir que no son otra cosa, en substancia, que el reconocimiento
terico ms  menos implcito de la energa _combativa_ que, en la
prctica, ha dirigido los movimientos armnicos  desordenados del
alma humana.

Pero hay ms. De un modo preciso ya el estupendo Herclito nos advierte
que la guerra es la madre de todas las cosas; Hobbes y Spinoza aseguran
que el derecho natural es el derecho del ms fuerte, y Pascal que la
fuerza es una entidad que no se deja manejar como uno quiere porque
es una calidad palpable, en cambio que la justicia es slo una calidad
espiritual de la que se puede disponer caprichosamente, de lo que
deduce que no pudiendo hacer fuerte lo justo, se ha hecho justo lo
fuerte; Vaunenargues afirma que todo se ejecuta en el universo por
la violencia, formulando antes que Darwin, como ya lo haba hecho
Lucrecio en la antigedad, la ley de la lucha por la vida, la ms
absoluta  inmutable de la Naturaleza; Helvecio, cortando por un
inopinado atajo del humanitarismo,  la manera de tantos apstoles de
los ideales fraternos, como Prudhon que acierta  ver en la _dignidad_
la cualidad altanera que empuja al hombre  la dominacin de los otros
hombres y  la absorcin del mundo  Anatole France, quien con su
sonrisa bondadosa nos dice que vivimos de la muerte de los otros,
pronuncia esta diamantina sentencia: La fuerza es un don de los
dioses. Armndote de esos brazos membrudos el cielo te ha declarado su
voluntad. Huye de estos lugares, cede  la fuerza  combate, bellas y
crueles palabras, hijas del mismo numen inspirador que hace ponderar
 Kant los efectos saludables del antagonismo, de la discordia y del
_deseo insaciable_ de posesin y de mando, y deja caer de los verdicos
labios de Carlyle las duras  inmaculadas perlas de su idealismo
altanero y seoril: La fuerza bien comprendida es la medida de todo
mrito; toda realidad durable es justa porque demuestra su acuerdo con
las leyes eternas de la Naturaleza; el derecho es el eterno smbolo
de la fuerza. De modo que el derecho y la fuerza son idnticos, la
realidad es la verdad, la cosa fuerte es la cosa justa; lo cual
induce, como la _Idea_ de Hegel, de la que toda realidad es un momento,
 la glorificacin del hecho,  legitimar la _misin histrica_ de los
maestros alemanes y las _aplicaciones prcticas_ de Bismark;  concluir
con Strauss que la Necesidad es la Razn misma  con Nietzsche que
el derecho es un legado de la Fuerza, y el Bien y la Verdad, formas
antiguas de ella.

Con estas trazas  invenciones desaparecen no slo del mundo moral,
sino tambin del mundo lgico, todo principio divino  racional,
toda evaluacin humana que no sea una cristalizacin maravillosa
de la Fuerza, la _tabla de valores_ ideales que por necesidad y
utilidad un grupo dominante de hombres supo imponer  otros grupos y
que despus se erigen en dogmas, en verdades religiosas, en reglas
morales. De donde se infiere rigurosamente que las reglas morales, las
verdades religiosas y los dogmas, no son otra cosa, en el fondo, que
transformaciones y prolongaciones utilitarias de la Fuerza.




MAS, pasando de las ideas al gobierno del mundo y prctica de la vida,
los glorificadores de la fuerza, el xito y el valor--entre los que
se podra incluir sin menoscabo en medio de Maquiavelo, Stendhal y el
famoso conde de Gobineau, al dulcsimo Renn,--tienen precursores tan
remotos y venerables como los sean Herclito y Lucrecio en el terreno
de la especulacin filosfica. Mejor que Hobbes, el viejo y curioso
Calicles, nos da un modelo acabado de doctrinas ultra-aristocrticas
 individualismo razonante y feroz, que muy bien pudieron inspirar
el imperialismo seleccionista de Darwin y Spencer; el imperialismo
_apolnico_ del profesor alemn; los evangelios polticos del gran
Federico y de Bonaparte, y hasta el paradjico Crimen considerado
como una de las bellas artes, de Toms de Quincey, pues ya el
representante de la aristocracia jnica en uno de los ms famosos
Dilogos de Platn, vea en el crimen, antes de Weiss, quien asegura
que es hermoso un hermoso crimen, ese elemento de herosmo y belleza
reconocido siempre por las multitudes en las fechoras y desmanes
de los bandoleros famosos. Y es que antes de los glorificadores de
la fuerza vencedora, el corazn fu siempre devoto de ella. En la
admiracin secreta, vergonzante, pero profunda que,  pesar de nuestros
arrechuchos humanitarios, nos inspira el egosmo avasallador de
Bonaparte, las cnicas dobleces de Bismark  la ferocidad del bello
Borgia,  quien muchos delicados artistas llaman con delectacin
el divino, existe una aceptacin tcita de los derechos inhumanos
del gorila ms membrudo; una consagracin ntima de lo que es
_naturalmente_ legtimo, y, al mismo tiempo, una incoercible simpata
que en vano tratamos de disimular, hacia las reivindicaciones de la
naturaleza, muy semejante  la que nos mueve, mal nuestro grado, 
perdonar las faltas y hasta los dolos y crmenes que como un bandido
romntico suele cometer Eros, contra el orden consagrado por el
artificio de las leyes.

Esta simpata entusiasta y cariciosa, que hunde sus profundas races en
lo inconsciente del alma popular, se hace visible en las mitologas,
afabulaciones divinas de las fuerzas naturales; fulgura como la
lumbre del encendido carbn, en las sonantes estrofas de poetas
picos y cancioneros, quienes glorifican, sin sospecharlo, en el
coraje y la belleza dos maravillas  embrujos del mismo _daemon_ que
dispone sabiamente las alas para el vuelo y los pies para la carrera;
y transciende de un modo manifiesto en las leyendas de las edades
heroicas, donde, sin subterfugios, imperan los hombres de ms grande y
duro corazn: _les btes de proie hiperboreens_, los _eugnicos_, los
hombres de presa, en fin, nacidos para dominar, tenaces  indmitos en
los cuerpo  cuerpo con el Destino, pero  la vez los ms obedientes
y aptos para acatar, sin interrogarlas, no las leyes eternas de Dios,
como dira Carlyle en su lengua inspirada, sino de la Naturaleza, de
la Vida, de la Fuerza, que es lo divino en el universo confuso que al
hombre le es dado penetrar y comprender.

Y he aqu, acaso, el secreto del amor instintivo  irresistible del
alma, por todo lo que triunfa, domina y prevalece.

Es la dulce cautiva, enamorada siempre detrs de los barrotes de su
prisin del terrible y hermoso caballero que la hizo prisionera.

El prestigio de los hroes, grandes capitanes, profetas dulces 
ceudos y hasta de los dioses, nace de que unos y otros, aunque de
distintas maneras y en diferentes grados, aparecen revestidos  los
ojos de las multitudes con los atributos marciales de la Fuerza, que
son los de la Divinidad. Un Dios que no opera milagros para mostrar su
poder, no goza de buena salud. Por eso, sin duda, los artistas de la
Grecia adivina y reveladora, ponan el rayo en las manos de Zeus y en
las de su hija Palas, la diosa de la razn, una lanza y un escudo...
Los hroes y los dioses son tanto ms grandes cuanto ms osados y
terribles. Dirase que el Alma, la cautiva lnguida y suspirante, no
reconoce ni se deja seducir por otros atributos ni prestigios que los
de la Fuerza, y de ah que los invoquen y se vistan con ellos, desde
los emperadores de frrea armadura hasta los caballeros andantes que
ostentan en el escudo el cisne de Lohengrin, todos los que pretenden
atraerla, seducirla  dominarla.




CONSIDERANDO el extrao  ntimo parentesco de lo divino y de la
Fuerza, se ofrece al espritu una inquietante conjetura que,  ser
verdad, podra resolver por modos no pensados, grandes misterios y
terribles antinomias. Si el ltimo trmino del anlisis de la materia
es la fuerza, como parecen probarlo muchas hiptesis, y, sobre todo,
las curiossimas investigaciones de Le Bon; si la vida y la muerte no
son otra cosa que las perpetuas transformaciones de ella; si  sus
misteriosas reacciones deben los mundos la existencia y estabilidad
en el espacio infinito; si ella es la razn nica de todas las cosas,
de donde todas salen y adonde todas vuelven, puesto que todo sale del
ter y todo retorna  l, y, finalmente, si la condicin de la vida
y del pensamiento es la lucha sin reposo, el ejercicio de la fuerza
obedeciendo  la suprema armona de sus propias  infalibles leyes, la
Fatalidad de los vates, la Inteligencia de las religiones y la Razn de
los filsofos estuvieran contenidas en el alma infinita de la Fuerza;
el mundo mismo fuera su emanacin, lo cual explicara que todas las
cosas participasen de la naturaleza combativa de aqulla, y en el trono
de la divinidad usurpadora se asentara radiosa y triunfante la virgen
seuda y de duro corazn. La Fuerza sera Dios y Dios un hombre y una
hechura de la Fuerza...




LO terrible de esta sacrlega conjetura es que tiene todos los visos
de la turbadora verdad que ya los griegos, maestros en toda clase de
intuiciones, vislumbraron en la naturaleza y en el alma humana. Sus
dioses fueron la _divinizacin_ ingenua y encantada de las fuerzas
naturales, y tambin de la fuerza invisible de que ellos se sentan
depositarios. El Dios de las religiones monotestas, producto ms
complejo de la alquimia mental, pero no de distinta esencia que las
divinidades paganas, podra ser muy bien la reduccin de stas 
una sola,  de otro modo, la _diosificacin_ de la fuerza total,
anunciada por tantos pensadores, que dicta sus sabias leyes al mundo
de la materia, la vida y el entendimiento. Fuera de que todas las
divinidades se decoran y engalanan con los fascinantes atributos del
poder, cual si hicieran impensadamente gala y ornato de su terrible
linaje, en el limo milenario de las creencias primitivas quedan como
restos fsiles, indicios indelebles de las necesidades fisiolgicas y
de las razones utilitarias que seguramente determinaron, en la cndida
aurora del mundo, la formacin de las religiones y las morales.

En la dura infancia de Atenas, Esparta y Roma, la religin, que
absorba todos los poderes para cumplir mejor el grave cometido que el
instinto vital la confiaba secretamente, pudo mostrarse, como lo afirma
Fustel de Coulanges, extraa  hostil  los intereses y conveniencias
de la sociedad y del Estado, sobre todo cuanto estos intereses y
conveniencias no eran consonantes con los que ella defenda ferozmente,
como una loba  sus cachorros. Mas en poca ninguna se mostr la
religin hostil  extraa, en realidad,  los intereses de la Vida.
Las instituciones y leyes de la ciudad fueron implantadas porque la
religin lo quiso, no por razones de utilidad civil, es cierto; pero
no es menos cierto que la religin lo quiso precisamente porque eran
cosas tiles. Los intereses divinos siguen las evoluciones de los
intereses vitales, como la sombra ligera los movimientos del cuerpo,
y si, por cualquier causa, no lo hacen pierden su valor y degeneran
en prcticas ociosas. En las mismas pginas de La Cit Antique
no es difcil empeo el constatar hasta qu punto la organizacin
religiosa de las sociedades, estudiadas por el sesudo y experto Fustel
de Coulanges, obedeca  fines altamente utilitarios. El carcter
sacerdotal del padre y el culto de los muertos, unan estrechamente las
generaciones. Cada hogar era un templo donde se acumulaba y mantena
religiosamente, de padres  hijos, la fuerza del pasado. Agrupados los
miembros de la familia alrededor del humilde altar en el que arda en
mansa dulcedumbre la lea sagrada, sentanse herederos y tributarios
de la llama viviente de que el fuego sacro era smbolo, y robustecan
unnimes, en el mismo culto, las virtudes domsticas conservadoras de
la preciosa clula social que atesoraba los grmenes de la humanidad
futura. Los dioses Lares la protegan celosamente, y el cerco sagrado
de Trminus barbudo aislbala de los extranjeros y de toda influencia
extraa al culto familiar y por lo tanto corruptiva y deletrea.
Luego, al unirse las familias en curias y tribus para constituir la
ciudad, nacen los dioses y las reglas morales que protegen  sta,
facilitan la unin de los elementos que la componen y crean las
costumbres y prcticas religiosas menos hostiles  la plebe, sin fuego
sagrado en el hogar, vale decir, sin antepasados ni religin. Los
Lares y Penates se transforman entonces en divinidades nacionales. Ms
tarde, cuando las perentorias urgencias ambientes piden y reclaman
que se fundan los grupos humanos y dilaten los estrechos lmites de
la ciudad, los dioses crueles se humanizan y abren los anquilosados
brazos  los recin venidos. Por ltimo, llegado el solemne instante
de la comunin de los pueblos, preparada laboriosamente, mucho antes
del advenimiento del cristianismo, por los discpulos de Pitgoras,
Anaxgoras, Zenn, los sofistas y los poetas de ideas contrarias  las
divinidades nacionales y propicios al cosmopolitismo del cerebro y del
corazn, aparece el Dios nico, que no rechaza hosco al extranjero, y
une en amoroso abrazo  los hombres de todas las clases y patrias. Pero
esto era precisamente lo que necesitaba la evolucin de las sociedades.

Dirase, observando el carcter protector de las religiones y las
morales, que unas y otras no tuvieron ms objeto que el de establecer
la supremaca y favorecer la supervivencia, en un momento preciso de
la historia, del grupo ms rico de savia vital  ilusin favorable
 la conservacin de la especie, formando para ello con los dogmas,
reglas, virtudes, cilicios y disciplinas el caldo de cultura moral,
digmoslo as, en el que la misrrima, aunque dominante colonia humana,
pudiera absorber mejor los jugos de la vida. Es por este orden de
ideas que, sin mayor audacia, puede aseverarse, no slo que el bien y
la verdad son dos formas antiguas de la Fuerza y el derecho un legado
de ella, sino que Dios mismo, bueno  malo, cruel  piadoso, guerrero
 pacfico, segn los momentos, es una manifestacin prodigiosa de la
voluntad de los hombres.




CUN otro hubiera sido el destino de las religiones sin el terror de
la muerte, poeta brioso y fantstico de las fbulas olmpicas; cun
desprovisto de encanto sin el misterio de las cosas; cun deleznable
sin las amenazas de lo ignoto, sin la urgente necesidad de darle un
nombre  las energas creadoras del misterioso universo para ajustar
 sus leyes la conducta y prolongar la existencia! De ah que los
mandamientos de Dios, aun los ms crueles, sean conservadores de la
Vida y al modo del instinto vital, servidores humildes de ella. Lo
divino se ofrece as  los ojos atnitos como un _substratum_ de
las leyes de la materia... Ya se ha visto como en las entraas de
las doctrinas espiritualistas, existen barruntes reveladores de la
identidad de lo divino y la fuerza, y comn origen de la materia y del
espritu--Bruno ya anunciaba que Dios es la fuerza que se transforma
en todas las cosas, sin dejar de ser siempre una y siempre la misma
en s,--y como la evolucin filosfica tiende  un monismo absoluto,
materialista y prosaico, que por juzgarlo enemigo de la ilusin humana
y ayuno de toda grandeza, causa la desesperacin de los obstinados
irrealistas y provoca las lricas cleras de ese ente radioso y obtuso
que se llama el poeta...

Con eso y con todo, el tal materialismo, que penetra el pensamiento
contemporneo, sin curarse de las declamaciones sonoras y huecas
con que se gargarizan los eternos ilusos, lejos de desesperanzar 
los hombres, como pudiera creerse, al destruir implacablemente sus
fantsticos sueos, podra resolver, por el contrario, lo que se
consideraba eternamente irreconciliable y antagnico: la pugna de la
Fuerza y la Razn, y las irreducibles antinomias del inters y del
altrusmo, del individuo y de la sociedad, de la bestia y del hombre;
las crueles antinomias, en una palabra, de nuestras aspiraciones
subjetivas y las realidades indestructibles del mundo.

Apoyndose en algunas verdades indiscutibles, que no estn en
desacuerdo con los postulados de la experiencia, como las morales
espiritualistas y los dogmas antropocntricos, tal vez pudiese el
instinto vital componer un nuevo brebaje de ilusin, que hara
reverdecer las frtiles praderas de la esperanza en el alma aridecida
de los hombres. Para ello bastara desentraar los elementos sociales
que lleva en su seno, como la spera corteza la sabrosa pulpa, el
principio selectivo, cruel y destructor, que es la enjundia y el alma
de diamante de la Fuerza y de la Vida. En vez de desor las _voces
secretas_ y los _eternos mandatos_ de la diosa inexorable y revelarnos
contra ellos, oponindoles, pueril intencin! las leyes falaces de
un universo ilusorio, en el cual no creemos ya, sera ms digno de
una acendrada sabidura someterse y convertir por un sortilegio de la
voluntad, en bien obediente y utilizable, el mal fiero  indmito, que
burlndose de falsas autoridades y falsos reglamentos, voltea nuestros
castillos de naipes  nos acecha airado en todas las encrucijadas de la
va dolorosa. Slo as pudiera ser que la planta de estufa de la moral,
hundiera sus endebles races en la tierra firme, dando al aire libre
flores y frutos, y que el Derecho, la Razn, la Justicia no fueran,
sin la supersticin del creyente, puras entelequias, dolos grotescos,
fetiches irrisorios, sino expresiones reales y legtimas de lo divino
natural, reconocido y acatado por la inteligencia del hombre.

 pesar de la pobre condicin humana y miseria del mundo, no parece
imposible elevar sobre las ruinas informes del idealismo de Platn,
del que derivan no slo las grandes falsificaciones que _consisten en
anteponer las ideas  las actividades,  los hechos de fuerza que las
crearon_, sino en anteponer la razn mstica  la razn fsica, y en
ponerle  sta la mscara de aqulla, no parece imposible, repito,
elevar un templo grandioso, construdo con los materiales del planeta,
y donde, convertidas en ilusiones posibles y realidades futuras,
pudieran recogerse y esperar las Quimeras y Utopas, antao acariciadas
como un lenitivo  sus males, por la humanidad doliente y ensoadora.

Existen razones, cada vez ms pertinaces y sugestivas, para darnos 
pensar que la Fuerza no es tan antagnica  las asiticas esperanzas
humanas como Apolo y Jess, por motivos ocultos, nos lo han hecho
creer. Puede afirmarse sin loca temeridad, que su inteligencia y su
razn se acuerdan ms con el genio de la especie y son, en definitiva,
superiores  la razn  inteligencia del Espritu. Prueba irrefutable
de ello, es que este audaz aeronauta termina infaliblemente las ideales
excursiones por el cielo azul,

                     que no es azul ni es cielo

cayendo en los pantanos ms cenagosos de la necesidad; mientras que el
culto de la diosa omnmoda, al absorber en los robustos pechos de la
Naturaleza el nctar y la ambrosa del olimpo, se diviniza, rematando
fatalmente, ora en la prctica ora en las doctrinas de sus pontfices
ms materialotes  ms romnticos, en la religin de la Vida, y de
una vida intensa, heroica, plena, desbordante de esplndida robustez
y hermosura, por predominar en ella el instinto de grandeza sobre la
dicha del mayor nmero y el nivelamiento comn, enemigo ambagioso
 declarado de toda superioridad y aun de la vida misma, de los
pensadores devotos del humanitarismo.

Sera curioso y acaso til, escudriar y descubrir las necesidades
ticas y las reacciones contra-sentimentales que determinaron la
concepcin del herosmo en la historia y la filosofa. Schlegel y Tieck
echaron las basas; Hegel, Schopenhauer y los historiadores alemanes,
desde Ranke y Mommsen  Sybel y Treitschke, le dieron forma concreta
y positiva, y luego cumplido remate Carlyle y Nietzsche.  pesar de
su abolengo en apariencia idealista y hasta msticos componentes, el
culto del hroe, del genio, del hombre histrico  providencial y, en
fin, del superhombre, es no slo aristocrtico como la Naturaleza,
donde todo es diferenciacin y jerarqua, sino  la par de ella,
tan contrario  la moral de la razn razonante como  la moral del
sentimiento, puesta de moda por el infelice Juan Jacobo y de la que
arrancan, segn muy encumbrados pensadores, el romanticismo en poltica
y literatura: dos formas del espritu de rebelin, de la sensiblera
caprichosa y la hemorragia de la palabra, que llevan entre las flores
de trapo de los idealismos ornamentales los venenos sutiles de
flaquezas, disoluciones  iniquidades sin cuento.




PARECERA incomprensible que en este mundo, donde reina el ms tirnico
determinismo, y donde los fenmenos se subordinan los unos  los otros
sumisamente, las quimeras y los romances, de libertad igualdad y
fraternidad, imaginados por un _hros lche et dlicat_, hayan ejercido
tan misteriosa accin sobre los hombres, si no fuese cosa averiguada
que stos adoran los discursos, fantaseos y dulces damiselas que ms
los engaan, adulan y fascinan. Y el msero y glorioso Rousseau,
es el fascinador ms grande que, despus del Nazareno, ha visto la
humanidad: un maestro de ilusiones y un apstol de lo absurdo, como
dice alguien con crueldad, pero no sin exactitud. l am ardientemente
 los desheredados de la fortuna; clam contra los poderosos, aun
cuando se holgaba en su compaa y coma su pan; sufri  la vista
de todos, los dolores de la inteligencia, del orgullo, de la carne
flaca, y comunic  todos tambin sus rencores, despechos y fiebres de
reparaciones sociales y dicha universal. Fu el novelador de la Utopa
y el arquitecto lgico de un sueo de poeta. Por eso ha sido y ser el
eterno revolucionario y el eterno ilusionista. Su poder de encanto y
seduccin, calor comunicativo y contagiosa locura de bondad y virtud,
es para la conciencia lo que para el Deseo el dulce  irresistible
canto de la sirena. Fuera preciso no tener sensibilidad humana
para escuchar sin embriaguez, los persuasivos y clidos Discursos,
_Rveries_ y Confesiones que se dirigen artera y directamente, no al
cerebro, sino al corazn, al orgullo,  los apetitos que robustecen las
ansias legtimas, en suma, de placer y dominacin. Nuestras flaquezas
estn de su parte, sus debilidades de la nuestra: por eso ha reinado
y reinar. Y he aqu lo estupendo: salvo la sana aspiracin hacia la
dicha y el imperialismo democrtico que ocultan las frases fraternales,
la dolorosa experiencia de los pueblos proclama que todo es falso en
las doctrinas que han hecho sacudir  la humanidad en tan violentas
convulsiones y preparan al presente otros y acaso ms terribles
sacudimientos para el porvenir. Falso que el hombre sea bueno por
naturaleza; falso que nazca libre  igual  los dems hombres; falsa la
fraternidad y las utopas sentimentales basadas en el desconocimiento
absoluto de la fisiologa humana.

Pero qu importa!

Precisamente lo que ha hecho que el rousianismo arraigue y viva
en la inteligencia y el corazn de la humanidad, no obstante sus
contradicciones y pueriles fundamentos, es que en vez de ser una
grande verdad es una grande ilusin. Lo imperecedero de l son sus
errores. Gracias  ellos, y no  su substancia lgica, hase convertido
en verdad popular, en injusticia, en esclavitud.  tal punto que, sin
quererlo, el observador de los tiempos que corren se pregunta, rugando
la pensativa frente, si el verdadero libertador de los ilotas, el
destructor del ltimo dolo y de la ltima tirana no ser acaso el que
asesine la Libertad...




LA moral de la Fuerza, velada hasta ahora  los ojos humanos, pero
presente en el mundo, no admite del desorden anrquico, ni la mentira,
ni el error, ni las contumaces falsificaciones del espritu, porque la
Fuerza,  por otro nombre, la razn fsica, es lo que es y no puede
menos de ser; lo que triunfa fatalmente, la condicin nica y suprema
de las realidades, y lo que establece en toda suerte de cosas una
indestructible jerarqua, un orden divino, al que nadie ni nada escapa,
ni aun la razn mstica, que viene  ser as como la loca de la casa de
la otra y universal razn.

Un escolstico, Duns Scot, maravillado, sin duda, por las
manifestaciones disfrazadas, pero reconocibles para el ojo profundo
de esta mecnica inteligente que rige en el universo, preguntbase
atribulado por herticas vislumbres y afanes prolijos, si la _materia
no pensaba_, tan armoniosas y de buen concierto le parecan su
estructura y combinaciones. Y el inefable Maeterlinck, iluminando el
alma obscura de las cosas con las sutiles claridades de su misticismo
adivinador, sospecha que las ideas se les ocurren  las flores ni ms
ni menos que  nosotros. Ellas tantean, dice, en la misma noche;
encuentran los mismos obstculos, la misma mala voluntad en el mismo
ignotus. Ellas conocen las mismas leyes y las mismas decepciones,
los mismos triunfos, lentos y difciles. Parece que tuvieran nuestra
paciencia, nuestra perseverancia, nuestro amor propio; la misma
esperanza y el mismo ideal, y considerando el esfuerzo inteligente
y formidable de las flores, los inventos ingeniosos, los prodigios
de imaginacin, las industrias de que se valen para convertir en
mensajeros de sus aromados suspiros y fecundos besos  los insectillos
y las brisas, y unirse  los amantes lejanos  inmovibles, burlando
el cruel destino que las ata al suelo; reconociendo, en fin, la
suma de voluntad y pensamiento que anima la vida heroica de la
flor, deduce que no hay seres ms  menos inteligentes, sino una
inteligencia esparcida  todo; una suerte de fluido universal que
penetra en diversos grados, segn que sean buenos  malos conductores
del espritu los organismos que encuentra. El hombre sera hasta aqu,
sobre la tierra, el modo de vida menos resistente  ese fluido que
las religiones llamaran divino. Nuestros nervios apareceran como
los hilos por los cuales se esparcira esa electricidad sutil. Las
circunvoluciones de nuestro cerebro formaran, en cierto modo, las
_bobinas_ de induccin, multiplicadoras de la fuerza de la corriente;
pero sta no sera de otra naturaleza ni provendra de otro origen, que
aquella que pasa por la piedra, los astros, la flor  el animal.




S; podra aseverarse muy bien, no slo que la materia _piensa_, sino
que su pensamiento es infalible. Todo hecho, todo suceso es una forma
de l, una manifestacin autoritaria de la razn fsica,  la cual la
conmovedora  incurable locura de los hombres, ya hemos dicho que se
empea en oponer la razn mstica, que es en realidad una creacin
y una servidora de aqulla, del mismo modo que los instintos y las
pasiones. Los devaneos, fantasas, caras  las veces, y briosas
imaginaciones de esta razn que vive de prestado, perduran, resisten 
la muerte y son cosas animadas y verdaderas, mientras sirven solcitas
los firmes designios de la razn madre, donde encuentran su razn
de ser todas las formas de lo corpreo y lo intangible. Son como
las floraciones y galas mudables de un rbol eterno. He ah por qu
las verdades, las religiones, las aspiraciones humanas envejecen y
caducan; y he ah por qu, al modo de los insectos, cuyo destino fugaz
y radioso es el de depositar los huevos en el seno protector de la
tierra y, asegurada su descendencia, morir, la bondad, la virtud, la
razn de una poca parecen  son sacrificadas al dar  luz la razn, la
virtud y la bondad de la poca que sigue. As las duras virtudes del
paganismo, fueron destrudas sin piedad por las _piadosas_ virtudes
cristianas, y stas que alguien llama con ternura melanclica _les
vertus dlaisses_, empiezan  marchitarse, sofocadas por las soberbias
vegetaciones del culto de la Vida, que brotan en toda la tierra,
muestran las encendidas flmulas de sus floraciones tropicales en todos
los horizontes y principian  enseorearse del paisaje moral visible 
los ojos humanos.

Como la antorcha que simboliza la vida en las fiestas panateneas,
la antorcha del espritu pasa de mano en mano. Las superestructuras
cambian. Las verdades transitorias, las mentiras saludables de que se
nutre un instante la humanidad, perecen as que sta agota el jugo
vital que aqullas atesoraban. Lo inmutable, lo eterno es la voluntad
de vivir, que trabaja oculta en los antros ms profundos de las almas,
como un gnomo prodigioso, que produce maravillas y opera milagros,
escondido en las concavidades misteriosas de la tierra.




MAS el respeto de la Vida, que sale de los laboratorios  informa el
pensamiento moderno, se infiltra en las religiones y obra sobre las
costumbres con el renacimiento de los deportes atlticos y el amor
de la accin, nace, mirndolo bien, de la metafsica de la fuerza. 
de otro modo, el triunfo de la religin de la Vida es la implcita
consagracin del culto de la Fuerza. La moral de esta ltima,  pesar
de la terca y enconada oposicin de nuestros ideales del momento,
aparecer triunfante como un sol que rompe las nieblas matutinas,
cuando se desvanezcan del todo en la conciencia humana los espejismos
que tergiversan el valor de las cosas  invierten las reales y eternas,
aunque  veces imperceptibles jerarquas, de la razn universal. La
diosa de voluntad diamantina no herir entonces los sentimientos ms
caros de los hombres, ni aparecer  los ojos de stos como una deidad
malfica, como un genio enemigo, sino al revs, como el ngel protector
de los huevecillos dorados, que ponen en el nido tibio del alma las
ilusiones favorables  la existencia... Si todava rechazamos con
fiera indignacin sus verdades infalibles, trgica hermosura y grande
justicia,  la que empero, quieras que no, ignorndolo   sabiendas,
se someten todas las cosas, es porque nuestra razn y sensibilidad de
invernculo no se acuerdan con las leyes que rigen fuera de l; es
porque ignoran que su propio crecimiento va  romper presto los vidrios
que las protegen de los soles enfloradores y las nieves esterilizantes
y que ser preciso aclimatarse  perecer; es porque no conocen su
pristino origen, ni saben que slo son las pintadas y efmeras
mariposas en que se transforma una porcin diminuta de la fuerza eterna
 inconmensurable.




ESTE convencimiento vago, que gana poco  poco las conciencias ms
quisquillosas y aun los ingratos cerebros en que la leche del saber se
agria y cuaja en oo sentimentalismo, traer aparejado, al decantarse,
un cambio radical en la apreciacin de las acciones y excelencias
humanas. La victoria del ms fuerte no parecer ignominiosa como hasta
aqu, sino altamente justa y saludable porque ser, en un momento dado,
el triunfo de lo ms vital, de lo que sirve mejor el nico propsito
discernible en las intenciones confusas de la Naturaleza. Es la
voluntad de existir y dominar. Reconocida la fuerza como el elemento
divino, generador del universo; establecido el idntico abolengo 
ilustre prosapia de la Razn y la Necesidad, del _Factum_ y de la
idea triunfante; en resumen, de lo que domina y se impone material
 espiritualmente, la conciencia humana enriquecida por definitivas
nociones de lo real, dilatar los horizontes de su concepcin tica,
teniendo por primera vez, una vislumbre justa del Bien y del Mal
absolutos.

Y aqu dara principio el reino de lo divino natural. Cada excelencia
sera una irrefragable manifestacin de l. Las criaturas, las cosas,
las almas, se graduaran en la escala de la vida por la cantidad de
_virtud_ que almacenasen. Lo pequeo no podra ser lo grande, como
acontece para burla y escarnio de nuestra pobre inteligencia; ni lo
dbil lo robusto; ni las aspiraciones ms nobles seran precisamente,
por una estupenda inversin de valores morales, las que ms deprimen
y amengan la voluntad de ser. Las superioridades, las verdades, los
triunfos se impondran sin demostracin, por s mismos, por el hecho de
existir. Y las antinomias de lo que es, y de lo que deba ser, de lo
objetivo y lo subjetivo,  causa de las cuales tantas inquietudes han
atenaceado al hombre, acabaran por reconciliarse para siempre en el
regazo maternal de la grande razn.




FORMIDABLES testas han acometido la singularsima aventura de echar
los cimientos de la fbrica moral, no en la voluble razn del
espritu, sino en la firme razn de la materia, volviendo por tal
arte  poner sobre sus pies  la humanidad aburrida de _la parada de
cabeza_ hegeliana. Pero nicamente el amable pensamiento de Guyau
intent poner de acuerdo la moral de la fuerza con nuestra moral; la
expansin de la vida y los instintos interesados y agresivos, con
el amor de los otros y el desinters. Y aunque,  decir verdad, los
sentimientos expansivos y nobles que cita para descubrir la faceta
social de la criatura humana y probar que la vie comme le feu, ne se
conserve qu'en se communiquant, slo son modalidades del _instinto
de soberana_, instinto que por medio del amor  del convencimiento
tiende  ocupar ms espacio en el alma  la inteligencia de los otros,
no es menos cierto que tales manifestaciones de la superabundancia de
vida entraan, en su propia intensidad, un principio altruista que
transforma el despliegue de la fuerza en lo que llamamos sentimientos
generosos  expansin hacia las dems criaturas. Ms an. El poder
ergotizante del filsofo-poeta partiendo de la expansin de la vida
como elemento activo de la conducta, llega no slo  resolver la
afligente antinomia de lo individual y lo social, sino  establecer 
la manera del viejo idealismo, la supremaca del espritu, precisamente
porque ste realiza el mximum de _intensidad extensiva_, es decir, de
fuerza dominante.

Una argucia  vuelta de grupas de la misma ndole, da nacimiento 
la moral de las ideas-fuerzas de Fouillee, la cual, por otra parte,
se apoya en hechos, en realidades y no en soportes religiosos 
metafsicos. Las fuerzas, dice, en accin en el mundo  en nosotros,
cualquiera que sea su naturaleza intrnseca, concluyen por concebirse
en nuestra conciencia y al concebirse transformndose en ideas, juzgan
lo real, lo modifican, se convierten en ideas-fuerzas. No por arte,
pues, de birlibirloque, sino por las vas naturales de la experiencia,
llega el representante del idealismo francs  fabricar como Guyau,
con substancias materiales, los tiles productos de la _voluntad de
conciencia y el persuasivo supremo_. En su tozudo afn de establecer
la acariciada superioridad de la inteligencia, el neo-idealismo
contemporneo hace muchos de estas sorprendentes excursiones al arsenal
de Dionisos. Como Anteo para criar nuevas fuerzas, vese obligado Apolo
 sentar los divinos pies en la tierra. Slo que despus de cada
nueva adulteracin y embrollo, queda ms claramente dilucidado lo
que podra llamarse el origen material del espritu y la naturaleza
agresiva de las morales. Las ideas son transformaciones de fuerzas;
las ideas-fuerzas, como tales, no pueden establecer su imperio en los
dominios de la conciencia sin lucha, ni extenderse al exterior sin
combatir ni dominar.




LA larga y laboriossima evolucin de las morales interesadas 
fisiolgicas, de las que desaparecen poco  poco los elementos divinos
y luego las substancias espirituales  medida que la inteligencia
humana se nutre y enriquece de conocimientos positivos, termina
despus de la grande revolucin de Darwin en la ciencia y de Spencer
en la biologa, en el osado intento de Nietzsche y Guyau de construir
el noble edificio de la moral sobre los formidables cimientos de la
fuerza, para darle  la conducta humana una base inamovible y en
armona con las leyes del universo.

Por otra parte, la reaccin de los hebreos contra toda aristocracia,
continuada por el cristianismo, los idelogos y los _hombres sensibles_
del siglo XVIII, hasta florecer esplndidamente en los inmortales
principios de la gran Revolucin, remata luego de acicalarse con
los ensueos, quimeras y utopas sociales de los discpulos de
Jean-Jacques, en el determinismo econmico de Marx, explicacin
materialista de la historia, de la que el Oro, el heredero legtimo de
la fuerza en las sociedades, es el principio generador.

Esta doctrina, antagnica del _tat pensant_ que vive fuera del Taller;
este socialismo cientfico, destructor de lo que llama con enojo y
desprecio un discpulo de Marx la _disociacin ideolgica  irrealismo_
de la cultura greco-latina, traduce en luchas sociales por la riqueza,
el mando y la dominacin del mundo las aspiraciones sentimentales de
los humildes que antao pretendieran establecer, en ebriedad generosa,
el reino de Dios sobre la tierra.

Acontece, pues, que de un modo  de otro, por vas ocultas  visibles,
las actividades humanas concentran en el dominio los fuegos de la
voluntad, y resuelven en opresiones y tiranas los idealismos ms
desinteresados y puros. La fuerza tiende  ejercer su imperio porque
es la fuerza; la vida tiende  dilatarse porque es la vida. El tiempo
descubre infaliblemente, los principios activos de la conducta
humana, que son idnticos  los de toda la actividad universal. En
vano es desvirtuar con metafsicas mixturas su naturaleza combativa y
dominadora. Los hechos muestran la garra felina. La trama y el reverso
de los variados tapices de la historia, ensean que un estado social
es una cristalizacin de la violencia, y que las reacciones contra l,
aun las ms idealistas, terminan fatalmente en otras cristalizaciones
sociales autoritarias y opresoras. Los sistemas de gobierno, las
morales, las religiones mismas--propugnculos y murallas que acaso
no tienen otro objeto que proteger la conquista econmica,--obedecen
 esa ley universal, porque lo universal son las transformaciones de
la fuerza que constituyen  su turno los mdulos de la vida. Ved el
cristianismo; la religin del amor, la piedad y el desprecio de los
bienes terrenales. Cuando deja de ser un reptil subterrneo, sale
de las tenebrosas catacumbas de Roma, quema vivos  los herejes,
provoca mil guerras y persecuciones y oprime al mundo en un abrazo
de mortal amor. Los desheredados, los miserables, los enfermos; la
escoria de la sociedad, los oprimidos, en fin, pasan  ser opresores,
desplegando en sus luchas por la dominacin un celo apasionado y
cruel, una ferocidad implacable, un furor divino que, no sacindose
con el odio y la persecucin de los infieles y daados, inventa
sutiles razones y refinadas torturas para aprisionar y atormentar 
su antojo el alma temblante de los adeptos. La Revolucin, la gran
Revolucin, luego de cometer mil horrendos crmenes en nombre de la
Libertad, termina en las tiranas de Robespierre y Napolen. El reino
de la Razn, resulta la locura trgica del Terror. La eterna paz,
guerra sin fin. Despus... las indestructibles jerarquas vuelven 
establecerse con otras etiquetas.  los privilegios de la nobleza
suceden los privilegios de la burguesa; la aristocracia del dinero 
la aristocracia de la sangre; el derecho burgus al derecho feudal;
la tirana del nmero  la tirana del rey, y la fementida frmula en
que se resumen los Inmortales Principios y los Derechos del Hombre,
no inspiran ms respeto, ni tienen ms virtuosidad en el frontn de
los edificios pblicos, que los versculos del Corn en los muebles
moriscos de los bazares exticos. Pasada la tromba niveladora, en el
interior de Francia los hombres y las clases se separan y ocupan el
puesto que les da su valor social, como los lquidos de densidad
diferente se gradan por su peso si dejan de ser agitados. En el
exterior, la revolucin que acariciara el pretencioso intento de
suprimir las fronteras y establecer la patria universal, acierta slo
 instituir el principio de las celosas nacionalidades y la formacin
de las repblicas americanas, donde las diferencias y las aristocracias
sociales se acentan ms cada da,  pesar de las leyes democrticas
que las rigen. As que sus fuerzas expansivas lo reclaman, el pacfico
y modesto pas de Washington, se convierte en la patria altanera 
imperialista de Roosevelt, por las mismas razones y de idntico modo
que la potica Alemania de los claros de luna, de la _grechens_ y del
imperativo categrico, en la utilitaria y temible nacin de Bismarck y
la filosofa de la historia.

De hecho, pues, aunque encubierta por disfraces varios, que reclamaban
las necesidades subjetivas del hombre, no libertado an de las
tiranas de la finalidad ni de la sed de lo infinito, el reinado de
la fuerza no ha dejado jams de existir en las sociedades salvajes 
cultas. Las firmes columnas de su trono, son las leyes mismas de la
vida. Sea la primordial de sta el _deseo de poder_ de Hobbes,  la
lucha Darwiniana,  la _voluntad de dominacin_ de Nietzsche,  la
_voluntad de conciencia_ de Fouillee,  la _expansin de la vida_ de
Guyau,  _la vida creadora_ de Bergson  otra ley no formulada an por
labios mortales, el hecho brutal de la Fuerza triunfante surge del
disforme vientre del caos; anida en el alma de todas las cosas, de
las religiones, de las filosofas y del amor mismo y es as como el
fuego sacro del universo. Nadie, ni cosa alguna, escapa al imperio de
la terrible divinidad, en cuyo calificado y pomposo cortejo figuran
humildemente, los dioses del olimpo y los gusanos de la tierra.




ES un bien  un mal? En todo caso es una indestructible realidad,
contra la que, al punto  que han llegado las nociones positivas de las
cosas, no cabe ni conviene revelarse. Qu hacerle? Las atenuaciones
de la cultura idealista y las virtudes cristianas, que fueron en un
principio indispensables para corregir la virulencia del egosmo
nativo y contrarrestar los abusos naturales, pero anti-sociales de los
poderosos,  fin de hacer posible la vida comn, parecen hoy nocivas
 las sociedades caducas, excesivamente domesticadas y cuyos apagados
ardores para la accin y la lucha piden ms bien enrgicos revulsivos.
Las nuevas disciplinas morales tratan de drselos; obedecen  una alta
necesidad. Qu sera de los hombres y los pueblos que practicasen
el desinters, el desprecio de los bienes materiales, en esta poca
en que la superioridad econmica entraa todas las otras? Las viejas
virtudes han perdido su poder. Fuerza es reconocerlo. El exhausto 
inane espiritualismo confisase impotente para forjar una nueva ilusin
favorable  la vida. Las mentiras saludables, que en otra hora fueron
propicias al instinto vital para producir los espejismos encantados que
le daban  la existencia una razn de ser y la marcaban imperiosamente
un derrotero, no tienen hogao ninguna virtud activa. La ciencia
condena implacable las aspiraciones subjetivas  ilusiones metafsicas
en pugna con las verdades  hiptesis que ella establece framente, sin
piedad y sin rencor. La humanidad provecta, curada de locura juveniles
y ansiosa de bienes reales, no cree en los campos elseos del edn ni
en los msticos jardines del alma; prefiere las prosaicas dichas que
satisfacen, sin las torturas de la _mala conciencia_, su apetito de
carne, su sed de vino.

Perdida la ilusin fastuosa del Paraso y de toda finalidad
transcendente, sin excluir la del superhombre, las actividades y
aspiraciones humanas van, como al caer la tarde las dispersas ovejas
al redil, hacia la religin de la Vida, elevada y cruel en aquellos
pensadores que, aceptando los principios selectivos de la Naturaleza
como necesarios  la evolucin progresiva, quieren la vida bella y
dura como el diamante; rastrera y fecunda en los que, rechazndolos y
desdeosos de toda excelsitud, aspiran slo honestamente  la dicha
comn del mayor nmero.

Es la antigua y luctuosa guerra del aristocratismo y del plebeyismo,
llevada sin embozos ni trapujos, al campo de honor de los intereses
materiales, donde las categoras idealistas pierden sus mltiples
y engaosos matices y se resuelven en deseo de poder y lucha por
la riqueza entre los poseedores y los desposedos. Los primeros,
individualistas  no, sin exceptuar  la clase pensante, que tan
sospechosa y antiptica va pareciendo  los trabajadores, son los
menguados descendientes, pero que llevan an en la sangre la pimienta
del herosmo, de los jefes, hombres providenciales y cazadores
forzudos delante del Seor que guiaron  los pueblos en su aurora;
los segundos, solidaristas  cratas, son los ensoberbecidos vstagos
de la turbamulta pasiva y rebaega, convertida en pueblo soberano
por la fuerza del nmero. Su oposicin es la oposicin de la parte
caduca del pasado seoril, sibarita, ensoador, guerrero, y el
presente cientfico, pacifista, prctico, laborioso. Del choque nace
el antagonismo y la anarqua de las ideas contemporneas; las trgicas
luchas sociales y el drama ntimo de las conciencias: antros obscuros
donde  ciegas rien guerreros con sotana, seores vestidos de harapos
y mendicantes que ostentan valiosas plumas en los sucios y miserables
chambergos.

El espritu clsico, razonante y finalista, que reconoce un principio
divino y la supremaca de la inteligencia sobre el _querer_ y el
_poder_ para la bella ordenanza del mundo, fu siempre amante de
las jerarquas bien establecidas, del orden, de la autoridad, de la
sumisin  la regla; pero al mismo tiempo, por exceso de cultura
literaria, es irrealista, picotero, iluso y, en suma, debilitante, ya
que perpeta con el desinters y el altrusmo, un engao, una mentira,
un espejismo peligroso para las energas viriles de la inteligencia
y del alma.  las veces por sensiblera y razones de justicia
convencional, de esa justicia compuesta con toda suerte de productos
artificiales en las aulas de los idelogos, pica en democrtico y
humanitarista, pero en el fondo, si deja hablar su _instinto profundo_
es un adorador de la fuerza idealizada--como corresponde  quien ha
nacido con el alma gran dama y el espritu gran seor,--y acata las
copetudas excelencias y aristocracias morales que ella establece 
su capricho, de la misma manera que el espritu moderno, un tanto
macarrnico,  pesar de su ciencia, cree nicamente en la fuerza real y
respeta slo las superioridades de hecho y las aptitudes que se imponen
por su eficacia y utilidad inmediatas.

Entre las brillantes, dispendiosas y desinteresadas virtudes de
los humanistas, causa eficiente ayer de podero y hoy de flaqueza,
puesto que llevan al renunciamento, crimen monstruoso ahora como fu
antes decantada virtud; y las industriosas y batalladoras cualidades
necesarias  las naciones para no ser vencidas en la contienda
universal, no cabe pacto ni conciliacin. Es la lucha de dos mundos;
uno que nace, otro que muere; es la lucha inevitable y eterna de la
tradicin conservadora y la educacin revolucionaria como dicen los
fisilogos y que constituye el fenmeno de la vida lo mismo en la
naturaleza que en las sociedades.




LA discordia que la antigua sabidura crey suprimir entre los hombres,
sin barruntar que con ella hubiese desaparecido la existencia misma,
ofrece nuevas flores y nuevos frutos en cada grado de la civilizacin.
Son las novsimas formas de la cultura, las modalidades del progreso,
las manifestaciones de la vida. Cuanto ms avanza sta, ms se complica
y refina la lucha no slo entre los hombres, sino entre las ideas,
sentimientos  instintos de cada hombre. Lucha entre el ideal y la
realidad, entre lo subjetivo y lo objetivo, entre lo individual y
lo social, entre el capital y el trabajo, entre los opresores y los
oprimidos, entre los que nacieron marcados con el signo radioso de la
voluntad dominadora y los que vinieron al mundo llevando en el cuello
el collar infamante de los esclavos.

Y en toda suerte de cosas, el triunfo, temporario siempre, es de
aquello que interpreta mejor, en un momento preciso, los propsitos
impertrritos  incontrastables de la razn universal.

La cuestin social que actualmente nos atribula, se resolver como
todas las otras: por el dominio de los fuertes sobre los dbiles. El
comunismo evanglico, soado por ciertas rdenes religiosas y que ha
tenido sus ltimos destellos en el misticismo anrquico de Tolstoy;
la Edad de oro de los utopistas del siglo XVIII y la _Federacin
universal_ de los libertarios modernos; los ideales colectivos, por
decirlo todo, punto extremo de la Economa que pretende organizar la
sociedad, vale decir la produccin, cientficamente, es muy posible
y aun probable que puedan arraigar en la spera corteza del globo.
Mas ello no ser porque los consabidos ideales sean justos, segn
nuestra universitaria justicia; no por las razones sentimentales que
 todos nos impulsan  revelarnos contra lo que el instinto social,
desarrollado por el influjo del ambiente humano  expensas del
egosmo nativo, llama iniquidades sociales, vas ocultas acaso de
una justicia suprema; sino porque la evolucin econmica llega  un
punto culminante y preciso en que la produccin colectiva reclama la
reparticin colectiva, y, sobre todo, porque siendo las necesidades
pecuniarias las primeras que hoy es necesario satisfacer para vivir
tanto material como moralmente, fuerza es que arrastren mayor nmero
de almas y tengan ms grande influjo sobre las sociedades que el
aristocratismo idealista, cuyos principios eficientes, cuasi msticos,
no pueden ser impulsores sino de las naturalezas muy cultivadas y
finas. Y he aqu otra prueba palpable de la relatividad y miseria de
las presuntuosas verdades salidas de la testa del hombre. Una simple
modificacin de las circunstancias ambientes, vuelve las tornas de
los valores humanos: las cualidades excelsas trucanse en causa de
inferioridad y los ineptos de ayer se convierten en los aptos de hoy.

No; la sociedad no ha sido nunca ni ser en el porvenir la obra santa
del Bien, de la Justicia ni del Derecho, sino el engendro diablico del
instinto vital dominante,  como quiere Marx, el producto de la lucha
de clases, engendrada, segn l, por la evolucin de los intereses y
que determina, por aadidura, el proceso de la historia entera. Es la
parte cierta, salvo ligeras restricciones, del socialismo cientfico 
criticista, que muy poco tiene que ver con las utopas sentimentales de
Rousseau, del cura Meslier y de los idelogos, ni con las componendas
burocrticas y fiscales  _utopas de los cretinos_, ni con otras
formas pueriles del _socialismo vulgaris_ de que nos habla el docto
Labriola. Muy acertadamente dice Marx: El modo de produccin de la
existencia material, determina generalmente el _processus_ social,
poltico  intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre
lo que determina su manera de ser, sino, al contrario, su manera de
ser social, lo que determina su conciencia. El cuerpo creador se
crea el espritu como una mano de su voluntad, dira Zaratustra.
La produccin primero, agrega por su parte Engels, y en seguida el
cambio de los productos, forman la base de todo orden social. Esos
dos factores determinan, en cualquier sociedad dada, la distribucin
de las riquezas y, por consiguiente, la formacin y las jerarquas de
las clases que las componen. Esto sentado, si queremos encontrar las
causas determinantes de tal  cual metamorfosis  revolucin social,
ser preciso buscarlas, no en la cabeza de los hombres, ni en su
conocimiento superior de la verdad y la justicia eternas, sino en las
metamorfosis del modo de produccin y de cambio, en una palabra, no en
la filosofa, sino en la economa de la poca estudiada.

Estos razonamientos pedestres son la anttesis del vrtigo de las
alturas, agria voluptuosidad de las excursiones metafsicas, pero
producen la reconfortante impresin de la tierra firme despus de
un largo viaje marino  una ascensin aerosttica. Por fin los
fenmenos sociales pueden explicarse positivamente, sin echar mano
de sutiles recursos: son las apariencias, las superestructuras de
la evolucin econmica, la cual provoca la formacin y la lucha de
clases y sta,  su vez, la enmaraada urdimbre de la historia. La
ineficacia de las disciplinas idealistas en los sucesos del mundo, que
tan hondos lamentos arranc  Renn, queda explicada claramente. El
modo de produccin y de cambio, sometiendo  su influjo plasmante las
manifestaciones todas de la vida social, crea el bien, la justicia y el
derecho de cada poca, que no son otra cosa, en ltimo trmino, que la
expresin autoritaria de los intereses que han triunfado, y dicta las
relaciones de los hombres que slo son, en substancia, relaciones de
produccin, correspondientes  un perodo dado del desenvolvimiento de
sus fuerzas productivas.

Aun no ha llegado el momento, ni llegar acaso nunca por falta
de documentacin histrica precisa, de explicar, por medio del
determinismo econmico, los mitos, las religiones, las morales como
ha intentado hacerlo incauta y puerilmente Lafargue. Mas ciertos
hechos indiscutibles, aducidos con grande copia de comentarios por
la escuela marxista, y la observacin, constatada, en general, de
que las efervescencias y revoluciones humanas obedecen, en el fondo,
 causas econmicas visibles  ocultas, legitiman las pretensiones
del materialismo histrico y permiten interpretar, en conjunto, una
gran parte del pasado. Y si bien se considera, hasta los ms ayunos
de doctrina, pueden comprender, con un poco de buena voluntad, que
siendo las necesidades materiales las ms hondas y urgentes, debieron
de inspirar en todo tiempo las metafsicas, retricas y reglas de
conducta favorables  su satisfaccin; y que siendo el espritu as
como la sombra del cuerpo  de la necesidad, las estructuras sociales
se explican ms acabadamente por la economa de cada poca que por sus
engaosos espejismos mentales.

Antao podan abrigarse dudas sobre la veracidad de tal afirmacin,
que  muchos ingenios, y no de los ms romos, hubiera parecido
descabellada: hoy no cabe hacerlo. El trabajo formidable y fatal de
los fermentos econmicos se ha hecho visible en la edad moderna, cuya
morfologa empezamos  conocer ntimamente, sin que nublen los ojos
veladuras idealistas ni misterios divinos. La transformacin completa
de las sociedades por la manufactura comercial, la grande industria
y el capitalismo, no dejan al respecto ni asomos de dudas. Ms que
_espritu_ precipitado parece el mundo condensacin de egosmo. En
el Manifiesto Comunista, y, sobre todo, en las luengas pginas del
Capital, admirables de anlisis y lgica, muestra, con muy concertadas
razones, el pontfice del socialismo cientfico, cmo los nuevos modos
de produccin y las fuerzas expansivas del comercio rompieron las
servidumbres, privilegios y relaciones patriarcales del mundo feudal
para dar origen al reino de la finanza y la grande industria, y cmo
el agrupamiento de obreros en las usinas y talleres para colaborar en
el mismo producto,  en otras palabras, cmo la produccin colectiva,
mina al presente los fundamentos de la _apropiacin individual_,
 lo que es lo mismo, de la sociedad capitalista; roe sus soportes
poltico-jurdicos y trata abiertamente de imponer los cdigos
comunistas y la reparticin colectiva que corresponden  aquella
produccin. De modo que, por la fuerza de las cosas, se efectuar,
segn los arspices socialistas, la muerte de la sociedad burguesa,
fundada sobre la odiosa explotacin del hombre por el hombre, y el
advenimiento ansiado y glorioso de la sociedad idlica, en la que
el libre desenvolvimiento de cada uno, ser la condicin del libre
desenvolvimiento de todos.




DULCES anuncios, capaces de tonificar la desmayada esperanza en el
edenismo terrestre, si no los hiciera sospechosos el endiablado
parentesco con las amables sofisteras de Jean-Jacques y la hueca y
rimbombante fraseologa jacobina! Sin duda, hay mucho de verdadero
en la abstrusa tesis marxista; pero las conclusiones y aplicaciones
prcticas, como engendros del espritu de sistema, intencin pueril
de hacer entrar las realidades en los angostos casilleros de la
abstraccin, parcenme sobrado artificiales y,  la postre, ingenuas.
Se comprende, sin grande esfuerzo, el papel principal y decisivo
de la lucha econmica en la historia del mundo, y que la sociedad
comunista suplante  la sociedad burguesa, como sta misma suplant
 la feudal en el gobierno de los hombres, cuando lo pidieron las
leyes de la produccin. Lo que es ms difcil de digerir,  pesar de
los jugos gstricos de la dialctica marxista, es cmo ha de impedirse
la formacin de las clases sociales y el antagonismo de ellas, aun
en el caso de suprimir, lo que es ardua empresa, la lucha econmica,
causa presunta de los males que afligen  la sociedad, pero al mismo
tiempo causa cierta tambin del proceso histrico de las sociedades.
Sin la lucha econmica, se dice, y lo que es su consecuencia, sin
la lucha de clases, desapareceran los privilegios burgueses, las
desigualdades inicuas, la dominacin de los pobres por los ricos.
Mas para lograrlo, hace falta la destruccin de la propiedad--que es
un robo, segn reza el resobado aserto de Prudhon,--del capital, del
comercio, de la libertad, y, en fin, de las desigualdades naturales,
porque si stas subsistieran en cualquier forma, las odiosas jerarquas
se estableceran nuevamente y con ellas el predominio de unos hombres
sobre otros. Luego hace falta para la organizacin cientfica de la
humanidad, organizacin destinada  concluir con la guerra de los
hombres y la anarqua capitalista, no slo la igualdad civil, sino la
igualdad econmica, sin la que, la primera y aun la democracia misma,
es un puro fantaseo, y por aadidura la igualdad moral, intelectual,
todas las igualdades. Y como la lucha entre los hombres existira
an, mientras hubiera ambiciones y egosmos, habra que suprimir los
egosmos y las ambiciones,  lo que es igual, habra que suprimir la
vida misma. Es un punto de contacto curioso entre los ascetas y los
comunistas de todos los tiempos. Cmo las cerezas, que en tirando de
unas vienen las otras detrs, las enormidades traen las enormidades.
Es lo que acaece cada vez que la inteligencia, olvidando que es la
servidora del instinto vital, se lanza  construir castillos de
abstracciones, en guerra abierta contra la fsica del alma y la lgica
infalible de las realidades.

Muchas y muy serias objeciones cabe hacer  la concepcin marxista
del dinero, de la mercanca, del capital, y ms an,  las tendencias
fatalmente niveladoras y utpicas de la doctrina que est en vsperas
de desquiciar el mundo burgus. Pero hay algo en que nadie ha parado
mientes y que se me antoja realmente imperdonable en el sesudo Marx:
es la incomprensin del valor _divino_ de la moneda, despus de haber
comprendido su valor fisiolgico, digmoslo as, en el desarrollo
orgnico de las sociedades. Y, sin embargo,  lo que se me alcanza,
slo admitiendo que el Oro es el _substratum_ social de la voluntad
de dominacin y que como tal, se crea la tica que le conviene, es
que podra aseverarse que la filosofa y las instituciones son las
superestructuras de la economa, como lo afirman, sin empacho, Marx
y Engels; slo reconociendo, con estoica resignacin, que el Oro es
el signo de la diosa guerrera, creadora y destructora de la sociedad,
y por lo tanto el acicate del deseo de poder, es que puede resultar
cierto, ya que todos los brotes del carcter son obra de aquella, que
la lucha de clases sea la historia del mundo, como el planeta, la vida,
el hombre y el pensamiento mismo son el producto maravilloso de una
lucha sin tregua ni fin.




DE modo, pues, que la Federacin Europea del sueo ferico y prosaico
 una de Hiplito Dufresne, no se realizar por otros medios que los
empleados hasta ahora por las clases triunfantes para consolidar sus
conquistas y establecer su dominio; ni eliminar la vitanda lucha
entre los hombres, aunque suprimiera la lucha econmica; ni los
libertar de esclavitudes fatales; ni por el hecho de equilibrar los
bolsillos, nivelar los cerebros y las almas. La sociedad futura,
en donde el gobierno de las cosas reemplazar al gobierno de las
personas, gobierno tcnico y pedaggico, reino ecunime y omnmodo de
la ciencia, que podra terminar como el reino de la Razn, prepara ya
en las sombras los instrumentos de tortura y disea las jerarquas
del nuevo imperio. En el altar de la diosa Igualdad,  los pies del
dolo populachero, empiezan  depositarse, como costosas ofrendas,
las suspiradas libertades y los derechos sagrados por los que
ardorosamente combati la humanidad, tan presto ilusa como desengaada.
El nivelamiento comn, hecho al rasero de lo ms inferior; la pobreza
forzada y el trabajo obligatorio, fundamentos fatales de la nueva
organizacin colectivista, sobre relajar, como la tica cristiana, los
resortes de la voluntad, matando el inters y el egosmo, y producir
la degeneracin y envilecimiento de la criatura humana, dividira la
sociedad en dos ejrcitos: uno de funcionarios, la nueva aristocracia,
y otro de trabajadores, el nuevo proletariado, sin peculio, ni
esperanza de obtenerlo ni libertad de procurrselo. El Estado, con
este  otro nombre, pensara por todos, obrara por todos, acumulara
las magras riquezas que nadie tendra inters verdadero en producir,
porque el hombre puede amar  su semejante hasta morir, pero no hasta
trabajar para l, como asegura el mismsimo Proudhon. Y aquellas
riquezas seran repartidas luego, segn lo entendiera una plaga de
administradores, interesados, como es natural, en quedarse con la
mejor parte. Los odiosos privilegios de las aristocracias, le seran
conferidos al Estado forzosamente;  la omnipotencia de los mandarines,
seguira la omnipotencia del _monstruo frio_, ms absoluta an; y 
la anarqua capitalista, otras anarquas, otras pasiones invasoras,
otras ambiciones feudales, otros egosmos acaparadores, otros
intereses egostas, otras formas de la Voluntad, en conclusin, la
que suministrando secretamente los materiales para todas las sociales
construcciones, y pasando al travs de todas las cribas de la lgica,
seguir trabajando, como hasta aqu, la masa humana, por la guerra de
todos los instintos  intereses: el camino de perfeccin ms corto y
cierto quiz, para llegar prontamente  los movimientos ordenados y la
armona que, en medio de una lucha colosal, reina en la Naturaleza.




EL esfuerzo trgico de la humanidad por acordar las leyes del universo
 los deseos ardientes del corazn, no puede menos de terminar un da
por la obediencia y adaptacin humildes del corazn al universo. Mas
ello ser,  todas luces, el franco y decisivo advenimiento de la moral
de la Fuerza. Falta saber quin obedecer mejor sus reglas inflexibles:
si el darwinismo social y el idealismo nietzsquiano, sacrificando las
generaciones presentes  las futuras, las masas  los aristos, y los
dbiles y lacerosos  los robustos y viriles para embellecer  la
humanidad y llegar al superhombre,  el piadoso humanitarismo, luchando
bravamente contra la crueldad de la Naturaleza y de los hombres
de rapia,  fin de asegurar la vida y el bienestar de todas las
criaturas, sin excluir  los tristes depositarios de la fealdad, vileza
y degeneracin humanas.

Ambas sendas son lbregas, temerosas y llenas de incertidumbres. 
cada paso surgen como fantasmas, dudas torturantes. En virtud de qu
ley, ya que el mundo, segn todas las apariencias no tiene ningn fin
racional ni le es dado  la razn imponrselo, puesto que ella misma
ignora adonde se dirige; en virtud de qu ley, repito, el presente, la
nica realidad sabrosa  indiscutible, ser sacrificada  un futuro
brumoso y metafsico, al modo que antao los bienes terrenales  las
promesas celestes y las dichas quimricas del otro mundo? Es posible
que el genio de la especie  los mismos mandatos de la diosa fiera,
le impongan  la humanidad aquel cruento deber? Cabe esperar una
nueva concepcin religiosa de la vida, semejante  la gran ilusin
cristiana,  un ideal neo-romntico que surja del descreimiento como la
pintada mariposa del gusano vil? Por otra parte, el triunfo probable
de las utopas socialistas, en pugna con la sapiente crueldad de la
Naturaleza, no ser efmero y, en resumidas cuentas, daoso para el
alma? La relajacin del egosmo y los resortes del querer, fatales en
un organismo social que suprime el instinto de dominacin concentrado
en el Oro y al propio tiempo la lucha de clases, signos de salud y
robustez, no traer aparejadas la decadencia, la podredumbre y, 
la postre, la explosin de otros egosmos, tanto ms viles cuanto
ms hipcritas? Cuando el globo sea harto pequeo para contener
holgadamente  la Federacin Universal, el hombre impulsado por las
duras necesidades de la existencia, no tornar  ser el enemigo y el
cazador del hombre? Y reduciendo tanta duda y zozobra  lo esencial:
la razn frvola y voluble puede reducir los apetitos y servirnos de
rodrign, siendo ella misma la esclava del deseo, la vctima de los
sentidos y la proyeccin de la necesidad,  es ms seguro ombrculo
y gua el egosmo integral, lobo hambriento convertido en pastor del
rebao?

He ah los arduos problemas en que se ejercitarn en adelante la
ciencia finita y la paciencia inagotable de los socilogos. Lo visible
por el momento, para todo aquel que no tenga telaraas en los ojos,
es la lucha de los egosmos, los cuales cambian de formas, pero no
de esencia, y la invariable  irresistible propensin de las clases
 dominar. Siempre fu as, aunque los hombres lo ignorasen  veces,
pero hoy es as con pleno conocimiento del hecho erigido en ley.
Poderosos y humildes glorifican la violencia y pugnan por ejercerla,
espiritualmente los unos, positivamente los otros. Los hroes de
Carlyle, las bestias de presa hiperbreas de Nietzsche, los _eugnicos_
de Lapouge, los dolicocfalos de los antroplogos, los idealistas
anrquicos al modo de Gourmont, los individualistas de cada poca
celosos de su yo, y, en fin, los ungidos de los dioses de todos los
tiempos, tendern fatalmente  apoderarse del mundo y hacer de la vida
quelque chose de fou et de divin. Los pobres braquicfalos, los
humildes _marchands de marrons_, los dbiles poseedores del triste _don
de las lgrimas_, los que nacen esclavos de s mismos antes de serlo
de los otros y suman sus abulias para fabricarse una voluntad, los que
practican la moral del caracol que esconde los cuernos para que no se
los rompan, y, en resumen, los hijos espirituales de Rousseau y Marx,
formarn la turbamulta, sin freno religioso que la domine y vida con
toda razn, de justicia social, calma, goces y bienes materiales. Los
unos defendern con las uas y los dientes sus conquistas econmicas
y con ellas los privilegios del Poder y la alta cultura; los otros
pugnarn por destruir las murallas de la construccin capitalista y
asaltar los castillos de puentes de oro guardados por los monstruosos
dragones de Mammon. Al pie de aquellos se librarn las grandes batallas
del porvenir.

El signo de los tiempos presentes, y lo que puede servir al pensador
de tela de juicio para presagiar los partos del futuro, es que la
dicha y fortaleza buscadas por los hombres continua y afiebradamente
en las religiones, filosofas y morales,  sabiendas  no, impulsados
ya por el instinto materialote, pero seguro, ya por la razn vaporosa,
pero inconstante y falaz, las esperan hoy del _jugo del planeta_ como
 la riqueza llama un filsofo idealista. Intil es indignarse...
literariamente,  la manera de los fraseadores de oficio, grotescos
alucinados cuyo destino lamentable es el de vivir confundiendo
eternamente las vejigas con las linternas. Aquella verdad salta 
los ojos indiferente, inconmovible, indestructible. Antes, pues, de
prorrumpir en anatemas, tan furibundos como vanos, y adoptar indignadas
y teatrales actitudes, ser bien preguntarse si no existen poderosas,
superiores y aun metafsicas razones para que as sea, y si, todo
bien pesado y medido, no es ms saludable que sea as. Hase dicho que
el anhelo ntimo y la porfiada voluntad del corazn humano, no es la
ventura, sino la dominacin, no la paz, sino la guerra, y que sta
sola da vado  los instintos invasores de aqul y le sirve  una de
hito y resorte propulsor. Aun pensadores de legtima cepa rousoniana,
reconocen contritos la ndole batalladora del excelso antropoide, y
loan la violencia como una excelente  insuperable disciplina moral.
Y el Oro es el habitculo misterioso de la voluntad de dominacin
de los hombres y los pueblos. Como tal, merece el respeto de las
cosas sagradas. Esta consideracin les brinda, aun  los espritus
ms delicados y ansiosos de soluciones transcendentes, la filosfica
ocasin de purificarse de aejos prejuicios y reparar una grande
injusticia. Y si  tal consideracin se agrega el convencimiento de
que la lucha econmica transporta por artes mgicas al seno de las
sociedades, las condiciones ambientes del medio natural, satisfaciendo
con esa estupenda industria, los instintos ms _profundos_ y _sanos_ de
la especie humana, acabarn de disiparse las ltimas nieblas del craso
error, y hasta los peor dispuestos comprendern, sin asomos de dudas,
por qu la riqueza es moral, como deca Emerson; por qu la riqueza
es la ocupacin de todos, como asegura el puro Gladstone, y por qu
el comercio gobierna al mundo, segn afirma el amillonado Carnegie.




                             SEGUNDA PARTE

                          METAFSICA DEL ORO




UN veneciano del estilo--como Peladn llama pintoresca y
acertadamente  Saint Victor, quien figura entre los contadsimos
escritores que tuvieran de la significacin de la Riqueza y la Finanza
algunas exactas vislumbres--dice con su verba briosa, gallarda y
ms rica en valores subjetivos de lo que comnmente se cree: Si la
Economa poltica tuviera sus poetas, stos podran cantar el largo y
duro martirio que ha sufrido el Dinero antes de llegar  la dominacin
de la tierra.

Todas las instituciones  industrias humanas pasaron por largos
cautiverios y terribles pruebas, antes de enseorearse del mundo.
Basta observar las mltiples metamorfosis, penurias y malandanzas
del ms humilde arte, comercio  prctica aeja, para percatarse de
las infinitas depuraciones que sufren las cosas en los hornos de la
alquimia social, antes de merecer la aprobacin solemne de la Vida.
Pero el martirologio de la Riqueza, desde el pobre capital inventivo
del _homo Mousteriensis Hauveri_, hasta el acumulado en su castillo de
las Mil y una noches por el mago de Menlo Park; las torturas de la
Finanza, desde los morosos cambios de armas, especias, maderas olorosas
y productos raros de pases remotos, hasta las vertiginosas operaciones
burstiles actuales; desde las sitibundas caravanas de camellos que
ponan en contacto, tal cual vez,  los pueblos comerciantes, hasta las
serpientes de metal y monstruos marinos que ponen en circulacin las
mercancas de las ciudades y aldeas, y por medio del trfico las une
 todas entre s ms ntima y estrechamente que pudieron hacerlo la
sangre  la religin, no tiene igual. La historia de Mammon es la ms
aventurera y dramtica de la historia de los dioses. Las maldiciones
divinas y los anatemas humanos, llovieron sobre l. Crueles flagelos
ensangrentaron sus robustos lomos de palestrista. Sus devotos fueron
en toda la redondez de la tierra perseguidos, execrados  expoliados
siempre como representantes tpicos del egosmo y enemigos natos de la
fraternidad. Y en el fondo, los sacerdotes y ascetas ocupados en la
gran falsificacin idealista, no se equivocaban: navegantes osados,
astutos mercaderes, usureros voraces posean los secretos del lucro,
de la dominacin y tendan, como los grandes capitanes por medio de
las armas  los sofistas por medio del discurso,  acaparar y oprimir.
Los peligros de los mares ignotos, los azares de las rutas inciertas
y temerosas, las luchas del comercio les afinaba la inteligencia y el
sentido de lo real, robusteca los msculos en mil peliagudas gimnasias
y haca de ellos concurrentes temibles, y como tales, odiosos. Eran
como los fermentos del mal en la levadura del pan eucarstico; los
depositarios vulgares de la _fuerza interior_, que segn Ferrero,
obra continuamente en las disposiciones intelectuales y morales de
los hombres, y los obliga en cada poca  crear nuevas riquezas 
ideas, y  destruir los estrechos casilleros de las viejas costumbres,
en que no encajan ya, ni sus apetitos ni sus ambiciones. Esa fuerza
interior misteriosa, que otros nombraron antes, sin conocer su esencia
ni explicarse su papel, fluido divino, voluntad, instinto vital, lo
inconsciente, formas y derivaciones, en suma, ms  menos complejas y
sutiles de lo que los modernos mecanistas llamaran acaso la energa,
es la que se concentra en el Oro, aunque no se den cata de ello Marx y
Engels al hacer de las luchas econmicas el principio generador de la
historia...

Con aquellos mercaderes, entraban y se hacan cada vez ms
preponderantes en las colmenas humanas, las substancias explosivas de
las revoluciones sociales: las ambiciones de gozo, lujo y dominacin,
que Tito Livio, el viejo Horacio y Sneca en Roma, como antes en
Grecia Theognis, Aristfanes y Platn tuvieron y condenaron por
corruptoras, puesto que destruan los usos y sentimientos consagrados
por innmeras generaciones; pero que el mundo moderno, necesitado
de actividades productoras y constante transformacin, se inclina 
considerar, en conjunto, como elementos generadores de progreso, 
causa, precisamente, de que despiertan los apetitos dormidos, espolean
las energas y son venero de produccin de riquezas y renovaciones
saludables, sin lo cual, es cosa sabida, que las sociedades consumen
sus ahorros y declinan fatalmente.




LAS virtudes tradicionales de los pueblos pobres y austeros, virtudes
destinadas  flaquear como la inocencia paradisiaca de nuestros
primeros padres al pie del rbol del saber, no haban terminado su
cometido y tenan algo que pergear an, cuando los factores econmicos
hicieron su irrupcin brbara y empezaron  modelar  su antojo y
abiertamente las sociedades. En secreto lo haban hecho siempre, porque
siempre los hombres rieron por un trozo de _pescado crudo_, cocido
 en salsa. Pero los antiguos no podan reconocer de buen talante el
advenimiento oficial de Pluto, del dios revolucionario, que amenazaba
destruir las instituciones civiles y religiosas, y  la par de ellas,
los privilegios de las aristocracias seculares. Era el vencedor,
cubierto de sangre y que arrastra en su cortejo triunfal, un rebao
de vencidos y esclavos, encadenados  su carro de guerra. Llegaba
produciendo mil cataclismos y desquicindolo todo: destrua las viejas
jerarquas, libertaba  los esclavos, ennobleca  los plebeyos,
envileca  los nobles y daba pbulo  mil actividades desconocidas, 
mil costumbres nuevas y  una nueva mentalidad. No hay sino considerar
las reformas de Soln y Servius, para darse cuenta de la magnitud de
las revoluciones sociales que siguieron  la aparicin del dinero como
Majestad en Grecia  Italia, cinco  seis siglos antes de nuestra era.
Aun resuenan, repercutiendo de edad en edad, los lamentos  invectivas
de los poetas contra la _confusin de razas_ que traa consigo las
bodas de los nobles arruinados con las plebeyas adineradas. Entonces,
como en la magnfica corte del Rey Sol, como ahora, hubirase podido
repetir en ciertas ocasiones la graciosa y cnica frase de madame
de Grignan disculpando  su hijo de haberse casado con la rica
heredera de un _fermier_: las mejores tierras necesitan, de tiempo
en tiempo, un poco de abono. La riqueza empezaba  conferir los
rangos y las dignidades en la sociedad y hasta en el ejrcito, como
antes la religin y la sangre. Un personaje de Eurpides,  quien
le preguntan de qu origen es cierto sujeto, contesta: Rico, son
los nobles de hoy. Y lo eran de fijo, los plutcratas que saban
enriquecer las ciudades con el comercio y defender las riquezas en los
campos de batalla; lo cual no fu parte  impedir que los Polibios y
Cicerones lamentasen acerbamente la relajacin de los lazos sociales,
la perversin de las costumbres, el lujo, la molicie, la gula, la
avaricia, y, ms tarde, las sangrientas luchas, terminadas  veces por
terribles hecatombes y degollinas, entre seores y esclavos, patricios
y plebeyos, ricos y pobres, en fin, con que se inicia el reinado del
dios que haba de ser luego tan amante de la paz. Sneca, moralista
estoico, no exento, sin embargo, de concupiscencia ni codicia, clamaba
airado: Es el dinero que revoluciona los _forums_, que precipita las
turbas hacia los tribunales, que arma  los hijos contra sus mayores
y fabrica los venenos; por l los reyes roban, matan y,  fin de
descubrirlo entre las ruinas, destruyen ciudades que largos siglos de
esfuerzo levantaran.

Resistiendo  su influjo, en apariencia funesto, aun sin traer 
colacin los horrores de la guerra, pues que destrua las augustas
construcciones religioso-militares, los moralistas defendan el
patrimonio social, la civilizacin propia contra las invasiones de
los brbaros que pretendan imponer la suya. Por razones fciles de
comprender, slo perciban los miasmas deletreos que la riqueza
produce al estancarse y que es como el exceso del bien, semejante,
en cierto modo,  los excesos no menos malsanos de la cultura, la
moralidad  del arte. La economa poltica y la ciencia social estaban
por nacer, y la severa Clio en paales no haba descubierto todava los
genios que presiden el misterioso trabajo de las civilizaciones, ni las
leyes que rigen la produccin y el cambio de las riquezas, verdaderos
sstoles y distoles del corazn del mundo.  esto ser bien agregar,
que el hijo de Jasin y la blonda Demeter, engendrado en una tierra
tres veces labrada, no produca entonces, como ahora, el desarrollo
de tantas actividades benficas. Las hechuras de Pluto, las ambiciones
voraces, aparecan como contrarias al orden social establecido y la
tranquilidad de las clases dirigentes; las voluntades que, endurecidas
y afiladas en el comercio y la industria, iban derechas  dominar,
incomodaban y constituan una amenaza, un peligro: no eran fraternales,
traan la discordia, la guerra y contrariaban la obra pacificadora y
enervante de la civilizacin, quintaesenciada en los preceptos galanos
que, plcidamente, caminando por prados floridos, caan de la boca de
los maestros y recogan, vidos de amoroso saber, efebos grciles y
desnudos.




CONSIDERNDOLO atentamente, ocurre preguntarse si quiz el odio  la
Fuerza invencible y su heredero el Oro, en que rematan las religiones,
filosofas y morales despus de Platn,  quien tan duras invectivas
le merecieron las clases adineradas, no es el sntoma tpico, aunque
inadvertido para el poeta de Zaratustra, de la reaccin de los
dbiles contra los fuertes, dictada por la urgentsima necesidad, de
que nos da seales inequvocas la doctrina cristiana, de atenuar la
virulencia del egosmo nativo y corregir los abusos naturales, pero
anti-sociales de los poderosos,  fin de hacer posible la vida comn y
la santidad de la existencia.

El amor de la riqueza, la Riqueza en s, es la objetivacin condensada
y cabal del egosmo, hostil al renunciamiento,  la generosidad
intil,  los ideales humanitarios; hostil  lo que no sea el inters
genuino y vital de las criaturas. Esto explica de sobra los males que
causa y su condenacin por los santos varones, sobre cuyas testas sin
fiebres y que ignoran la razn fisiolgica de los fenmenos sociales,
desciende majestuosamente, como sobre Parsifal, la blanca paloma del
espritu de Dios, cuando el _hombre simple_, por un prodigio de la
fe, hace resplandecer de nuevo la sangre de Cristo en el vaso sagrado
del Graal. Pero el egosmo, por otra parte, es la fuerza, el nervio,
el jugo de la voluntad; es, en cierto modo, la _virtud humana_,
lo cual explica, no menos cumplidamente, su triunfo en el mundo y
rehabilitacin por los fervientes de la Vida y la moral del esfuerzo
triunfante y creador. Mas esto atae  los socilogos de novsimo
cuo, excitadores y organizadores de los egosmos desvirtuados por las
dulzuras de la civilizacin, no  los moralistas de vieja cepa, de
industria adormecedores, cuando no destructores de aquellos egosmos,
como cumpla, hasta cierto punto, en las pocas en que el animal humano
era demasiado bravo y acometedor.

La obra del cristianismo, como antes la del budismo en la India, fu
amansarlo, introduciendo en el tumultuoso corazn de la bestia el
desinters y la piedad. Y en efecto: la antipata hacia las voluntades
sobrado dominadoras se acerba, acrecienta y desborda como un ro
que recibe copiosos  inauditos afluentes, despus que Jess ensea
el estrangulamiento del deseo y el horror de los bienes terrenales.
Vosotros no podis amar al mismo tiempo  Dios y  Mammon, dice en
el Sermn de la Montaa, y tal repiten contritos, apstoles, frailes
descalzos y doctores de la Iglesia en la larga noche medioeval, noche
de pesadillas tenebrosas y macabras, de visiones terrficas, fugaces
luminosidades de fuegos ftuos y perennes sombras, cuyo misterio
aumentan el murmullo de las plegarias y los gemidos dolientes al pie
del confesonario. Dirase que, llenando de horrores y pavuras la
existencia, iban  descepar del alma el sentimiento de las realidades y
el apego de todo bien. Dios y Mammon no caban en el mismo plato. Uno
era la negacin, el otro la afirmacin del mundo que urga destruir
como hechura del demonio.

_La mala conciencia_, como un murcilago fatdico, revolotea en
tomo de las almas. poca exquisita y dolorosa para los artistas,
asegura Huysmans, un fino conocedor de la voluptuosidad del pecado
y del cilicio. Se vive en una pura y angustiosa zozobra, con los
ojos vueltos hacia las soledades del cielo, y las flacas y plidas
manos se juntan unnimes en demanda de perdn. El goce, el amor, la
vida, y, particularmente, el Oro, en el que se resumen todas las
concupiscencias, son engendros satnicos. Ansias locas de purificarse
y morir, agitan los pechos hundidos por la devocin y las penitencias.
Y as, como esos lirios que brotan en las sepulturas, nacen en las
conciencias atormentadas, el desdn de las realidades, el desprecio
de los bienes positivos y la economa celeste, que slo regula las
relaciones msticas de las criaturas con el Todopoderoso sin curarse
de nada ms. Para qu? Lo importante es la salvacin de las almas: el
resto, es asunto de poca monta. Las sociedades hambrientas se nutrirn
como los pjaros, que no siembran ni recogen, de lo que Dios les d.
El estado ideal ser la pereza noble, la mendicidad santa, la ausencia
de todo deseo egostico y de todo apetito carnal, bien que  veces,
apurados por necesidades terrenas y fatalidades fisiolgicas, papas
vidos y concupiscentes, como los del siglo VI; ambiciosos patriarcas,
como los de Alejandra, y caballeros andantes, como los templarios,
se dieran en cuerpo y alma  la conquista de la riqueza y al demonio
de la dominacin. Papado, guerras religiosas, poltica eclesistica y
los concilios, que se transforman en campos de batalla de los ardores
menos mansos y evanglicos, muestran la flagrante contradiccin de
la metafsica cristiana y las necesidades de la existencia. Slo
transando y deformndose mtuamente, han podido vivir codendose
durante el largo perodo que empieza con la revolucin mstica del
cristianismo contra el materialismo pagano y concluye impensadamente
con la revolucin materialista de los proletarios contra todas las
teodiceas, ticas  ideologas. Ayer las miradas y las aspiraciones,
atravesando la pupila ojival, iban al cielo como las gticas flechas de
las catedrales; hoy la humanidad, anemiada por los ayunos y penitencias
y deseosa de retemplar su nimo con la alegra de vivir, vuelve los
apagados ojos hacia la tierra fecunda que produce las flores aromadas
y el rubio trigo, Dramtico contraste! l explica lo que va del Dios
ciego y ventrudo, satirizado por Aristfanes y Luciano en sendos
poemas, al magnfico Pluto de Goethe, cuyo carro triunfal conduce la
Prodigalidad, la Poesa; lo que va del bonete irrisorio del judo,
escarnecido y confinado en la prisin del _Ghetto_, como una alimaa
vil  sanguijuela chupadora de la sangre noble,  la corona de oro
macizo de los reyes yanquis, que tiran millones al viento con el
majestuoso ademn del sembrador lanzando la simiente, y hacen brotar
ciudades y vergeles en los desiertos ridos; lo que va de Shylok y
Harpagn  Morgan y Carnegie; lo que va, en fin, de la sociedad de
mendigos de San Juan Crisstomo, el amor de la Pobreza del serafn de
Ass y la vida penitente de los anacoretas y ermitaos al determinismo
econmico, las doctrinas nietzequianas y la religin de la Vida.




AUNQUE en realidad fuera el primer incentivo del deseo, tericamente
el Oro es la cosa maldita. Durante luengos siglos el desprecio de los
bienes terrenales, que apunta en las viejas religiones, exceptuando
las que florecieron con los olivos de Grecia, informa los morales
idealistas, pasa al arte,  la literatura,  todo lo que toca  la
inteligencia y el alma, y se dirige francamente contra lo ms impuro
y terrenal, por ser, sin duda, la materializacin de los deseos,
pasiones  instintos ms intrinsecamente humanos. S; tericamente el
dinero es la cosa maldita. Especular, enriquecerse, son invenciones
de Mara, segn los discpulos de Buda; invenciones de Satn, para los
cristianos: un pacto con el demonio, para todas las criaturas humildes
y temerosas de Dios. Como la Fuerza, es el Oro el enemigo del Amor.
Saldr de la obscura tierra una cosa que pondr  toda la especie
humana en peligro de muerte; que inspirar infinitas traiciones,
robos y perfidias, arrebatndole la libertad  las ciudades y la vida
 los individuos. Cunto mejor no sera que volvieras al infierno,
oro, monstruoso elemento! clama el gran Leonardo con el ciego furor
de un apstol de la pobreza, l, que en plena obscuridad, tuvo tan
luminosos atisbos y fu sabedor de tantas cosas. Y como l, nadie
barrunta las fuerzas maravillosas que duermen en el corazn del dios
ciego como Eros, esperando la voz taumaturga que le ordene producir
los modernos milagros. El desinters de los filsofos y sacerdotes de
la falsificacin idealista, corre parejas con el inflamado ascetismo
de los monjes que, por pura penitencia y mortificacin de la carne, se
emparedan, viviendo entre inmundicias de la limosna pblica, djanse
desecar los miembros  comer por los piojos, los gusanos y la mugre.
Vivir en el desprecio del mundo es el pinculo de la sabidura;
desdear las riquezas y las actividades renumeradoras, es vivir
filosficamente. Hasta muy entrada la edad moderna, el plpito, la
ctedra, el libro vomitan airados las ms rotundas invectivas contra
la sed de lucro y las ambiciones interesadas. El dinero no pierde su
olorcillo de azufre. Poetas parsitos de los grandes seores; hidalgos
orgullosos y famlicos; los intiles de todas las profesiones y los
incapaces del largo y paciente esfuerzo que exigen los favores de la
Riqueza, la insultan y escarnecen llenos del secreto rencor de los
amantes desdeados. Y la sempiterna incomprensin de la engolletada y
casquivana Literatura, llega hasta nuestros das con la maldicin de
Alberich,  pesar de tener delante las maravillas realizadas por la
virtud del Oro, entre las que podran contarse, aunque inacabadas, la
paz del mundo y la unin del gnero humano.

Los mseros vstagos de Bucaret, Harpagn y Mercadet pululan en las
piezas de teatro y novelas contemporneas, y, sobre todo, en la
produccin literaria francesa, como corresponda, por legtimo 
indiscutible derecho, al pueblo ms idealista, razonante y amoroso
de la pluma caballeresca de Enrique IV y del penacho fantasioso de
Cyrano de Bergerac. Las pequeas fortunas se hacen de vilezas, las
grandes de infamias, deca en serio el admirable Becque. Afirmaciones
semejantes, y aun ms subidas de punto, son el pan cotidiano entre las
gentes de letras.  creerlos, todo comercio sera una maniobra obscura
y vil; todo hombre de negocios, un truhn vendedor de negros, como
el respetable personaje de La Petite Nomi. Es cosa admitida que,
on ne devient riche sans se salir un peu, y que, como quiere Bloy,
el Dinero es la sangre del Pobre. Huysmans, otro monje iracundo,
pretende que es un elemento misterioso, cuyo poder sobre las almas no
puede explicarse sino atribuyndole una naturaleza diablica. Y en
esta catlica concepcin se complacen, no slo los poetas, mas los
filsofos como Finot, que compara los halagos de la riqueza, que no
satisfacen jams,  las caricias glaciales del diablo, cuyos besos,
segn confesin de las embrujadas, hielan de espanto.




LOS adobes y afeites de la literatura, le prestan empaque mefistoflico
al rostro simple y bonachn del comerciante, y hacen de ste, que
tiene ms de Sancho que de Borgia, la anttesis de las virtudes
cristianas, la encarnacin de los apetitos groseros, el espritu del
mal. Sin embargo, los viles mercaderes permanecen sujetos an  las
reglas y cadenas morales de que alegremente se libertaron ha tiempo
los artistas.  muchos les sorprende, sin duda, que los reyes de la
Bolsa no traspasen ostias sagradas haciendo cabalisticos signos, ni
sacrifiquen tiernos infantes los viernes santos, como sus congneres
los perros judos de antao, perseguidos en todos los pases, robados,
sacrificados por millares y quemados en todas las hogueras, ms que
por herejes, por conocer los secretos del lucro, su gran hechicera.

Los curiosos  infantiles personajes de Les Effronts, Les
Corbeaux, Les affaires sont les affaires, y L'argent ensean que
el patrn literario del financista no ha variado desde Shakespeare,
Molire, Le Sage y Balzac  Augier, Becque, Fabre y Mirbeaux. Es un
ejemplo, digno de rugar las frentes pensativas, de la extraordinaria
ininteligencia de los retores para comprender y aquilatar la fuerza y
hermosura del ltimo smbolo. Bien es verdad que el literato, fuera
del mundo de la ficcin, es un hombre incomprensivo y estpido.
Dirase que,  fuerza de vivir con el odo atento  las misteriosas
campanas de la Ys interior, hubiera perdido la facultad de entender
los himnos gozosos de las realidades, que pasan como una teora de
sonrientes vrgenes, cargadas de frutos y coronadas de flores. Esta
inferioridad, esta ineptitud conmovedora, pica en grotesca cuando
se trata, no de filsofos ajenos  los vanos ruidos del mundo  de
poetas embebecidos en sus encantadas imaginaciones, sino de moralistas
de teatro, mundanos y escpticos; que comprenden y disculpan las
flaquezas humanas, sonren benvolos  la voluptuosidad y al vicio
y slo se vuelven intratables al juzgar los pecados austeros de los
adoradores de Pluto. Tal el amable Capus, que cito precisamente, por
no tener nada de un severo moralista, ni ser un sistemtico detractor
de los _vientres dorados_, como el obtuso y pueril Fabre. Su comedia
Les Deux Hommes, nos muestra para condenar  una y enaltecer la
otra, la oposicin de dos morales: la del delicado Delange, quien 
causa de su temperamento poco heroico, en verdad, gusto del pasado y
educacin caballeresca, se siente vencido antes de luchar, y espera
noble y elegantemente que los _apaches_ vengan  arrancarle los ltimos
_sous_ que le quedan; y la del _arrivista_ Champlin, sujeto vulgar,
envilecido, como no poda menos de ser, segn el prejuicio literario
por la sed de riquezas, lujo y goces materiales. Y bien, hablando con
franqueza y lealtad, Delange, el noble Delange, el personaje simptico
de la pieza, pertenece  aquella dilatada estirpe de idealistas
imbciles que otro idealista de ms enjundia y garra, Barrs, aconseja
enviar al matadero. Es precisamente lo que hacen los hados cuando el
sibarita decide, en un viril arranque, bajar  la arena, lanzarse 
la lucha, _envilecerse_ en la Bolsa. Parece resuelto  ser un hombre
terrible. Sin tomarse otro trabajo que el de seguir las indicaciones de
un mal consejero, interesado en arruinarlo, el buen Delange hace una
jugada infeliz y pierde, como era lgico, obrando con tan poco seso,
lo que le resta de su menguado peculio. Y basta, ya ha hecho todo lo
que haba que hacer para ablandar la esquiva suerte; ya ha dado la
medida de sus fuerzas y toma una actitud resignada para morir. Como
se ve, la odisea de su energa no es muy famosa. Champlin es harina
de otro costal. Se agita, sufre, lucha; quiere vivir, vencer, gozar
y, como el doctor Fausto, ver  sus pies la nave rota y hundida. 
pesar de todo, no es tan bajo ni ruin como parece. La ganga de sus
sentimientos groseros, contiene las partculas de oro de una ambicin
generosa y audaz. Corregido de sus vicios, la humanidad podra esperar
algo de l. Su egosmo puede ser fecundo. El desinters de Delange ser
siempre estril. Harta razn tiene Champlin cuando le dice al que,
entre parntesis, pretende arrebatarle, no la bolsa, sino la mujer lo
cual,  lo que parece, es ms lcito y noble: Con vuestras ideas no
se trabaja, no se obra, no se funda nada, no se crea nada; slo se
llega  ser un intil y un egosta. Bien dicho. Sin embargo, despus
de esta inusitada vislumbre, el autor rinde parias nuevamente al
prejuicio literario y al sentimentalismo del pblico. La pieza termina
as: Champlin ser rico: pobre muchacho! Por donde se colige que la
riqueza es una especie de maldicin.




Y el sentimiento es general. No recuerdo haber ledo novela de la
ndole de Un homme d'affaires de Bourget  de L'Or de Margueritte,
sin contar muchos tomos de la Comedia Humana; ni visto pieza, como
La Question d'argent, donde la filosofa del autor se traduzca de
otro modo que enalteciendo  los sentimentales y condenando  los
viriles[1]. Porque lo vituperable  innoble, como en el teatro de
Fabre, resulta que no es la ambicin exclusiva de lucro, la torpe
avidez de los hombres de negocios; mas la ambicin en s, la voluntad
dominadora, el espritu de empresa, el amor de la lucha y la aventura
y lo contrario de las virtudes elegantes, contemplativas, que merecen
los aplausos de las almas nobles.

       [1] Estas pginas fueron escritas antes de aparecer Le Trust
       de P. Adam.

Aunque simple y pecador, parceme que esta suerte de propaganda, digna
del poeta de las Florecillas  de los ascetas de la India, que an se
acuestan sobre colchones de clavos y viven de la pblica caridad, es
la que menos conviene  un pueblo excesivamente galante, sentimental,
artista, pero nada sobrado hoy de energas viriles. Mas qu sera, sin
tales arrestos de desinters, del amor de las actitudes estticas y
de los bellos discursos que tanto amamos los latinos; particularmente
los ms enfermos de ese mal misterioso y balad que se llama la
literatura! He ah por qu el viejo prejuicio contra las actividades
interesadas y especialmente contra el lucro, desvanecido en casi
todas las clases sociales, sigue arraigado y vivaz entre las gentes
de letras. Ya se sabe que ello es pura retrica; tema susceptible de
dar pie  elocuentes volteos verbales; pero aun as, tanta ceguera y
obstinada persistencia en un error, comprensible en la antigedad,
donde la riqueza era  veces corruptora, pero sin disculpa en las
civilizaciones actuales, que han menester de los alados pies de Hermes
para no quedarse rezagadas, debe de obedecer  razones profundas,
aparte de indicar la poca aptitud de los irrealistas para comprender
el mundo moderno y traducir la acerba inquina de los hombres de pluma
por los hombres de espada, de los _rveurs_ por los _agisseurs_. Es una
especie de odio sacerdotal. Quiz retores y humanistas, representantes
tpicos del espritu clsico y de la disociacin ideolgica, se sienten
amenazados en sus privilegios de clase pensante--como antes las
aristocracias histricas por las actividades econmicas que tendan
 destruir el dominio secular de aqullas--y lamentan la agona de
un mundo encantado que, como hechura propia, les era tan dulce y
favorable; quiz niegan las aptitudes que no poseen y contra las cuales
no pueden luchar victoriosamente. En cualquier caso, la condenacin
implcita  categrica de la vida moderna y las virtudes necesarias del
momento, tan nobles y tiles como lo fueron en el suyo las encomiadas
en la Imitacin de Cristo  los libros de caballeras, implica en
los que la formulan de una  otra manera, la incapacidad de adaptarse
al nuevo ambiente, y es como la dolorida protesta de los que van 
morir...




 pesar de la manifiesta hostilidad de los representantes del
intelecto, la Vida, disfrazada con los mil antifaces del deseo y de la
necesidad, segua incubando la formacin de la Riqueza, y sta,  su
turno, en secreto, pero tenazmente, modelaba las almas con sus dedos de
oro y reuna en una lucha trgica, sin tregua ni trmino, los inmensos
materiales de las grandes civilizaciones. La Riqueza, aunque por modos
invisibles  veces, fu y sigue siendo la musa del mundo. El salvaje
que descubre los primigenios secretos del fuego y de la simiente, de
la industria y la agricultura, y el ingeniero que aplica la qumica
 la agricultura y la industria, obedecen  la misma ley  idntica
inspiracin. Estas van ms all de los limitados horizontes de la
lucha por la existencia, del inters de los utilitarios y del mismo
placer de los epicreos; arrancan de la noble ambicin de conquistar el
universo,  que obedecen por naturaleza y secretamente los elementos,
las flores, los hombres, las sociedades. La cosa maldita, la cosa vil:
la Riqueza, es acumulacin y conservacin de voluntad, como la ciencia
es acumulacin y conservacin de pensamiento. El poder diablico del
dinero, aborrecible  inexplicable para los moralistas, viene, sin
duda, de que es el signo de aquella voluntad preciosa. Por eso delante
de l, quieras que no, todo obedece, y hasta los mismos dioses bajan
la cerviz y doblan las rodillas. Y por la misma causa seguramente,
cuando una clase social como la burguesa, se hace, por instinto, la
ejecutora del _deseo de poder_ impuro, pero fecundo, contenido en
el Oro, remueve y transforma, como por encanto, la inteligencia, el
corazn y el alma del hombre; triplica sus facultades y alientos con
el acicate de todos los apetitos; rompe las cadenas feudales, murallas
de la China y diques religiosos opuestos  la expansin soberbia de
la fuerza humana, y lanza millones de voluntades, antes pasivas y
estriles, al rudo y mortal combate... que produce los bienes de la
tierra y las magnificiencias de la vida. Espoleada por su calenturiento
afn de posesin, que muchos llaman torpe y funesto y que habra que
llamar divino, la burguesa, la clase ms revolucionaria y por lo
mismo la ms progresista, perfora  parte las montaas, que muestran
sin dolor la carne viva de sus filones de piedra; ahonda y ensancha
el cauce de los ros; surca el planeta de carreteras pulidas como la
plata y venas de hierro por las que corre la rica sangre del mundo,
y vivientes alambres, y _lquidos caminos_ de zafiro y esmeralda,
llevando por doquier, junto con las mercancas, la competencia y la
lucha econmica, las ideas, los sentimientos y las esperanzas de los
pases ms remotos. As se fecundan mtuamente las almas de los pueblos
que no se conocen. Es la guerra, pero tambin es la paz: la burguesa
suprime las fronteras y une  los hombres. Nada le resiste. En un
periquete destruye las antiguas formas de la produccin que, insegura y
torpe, arrastra los pies como una vieja centenaria, y  la par de ellas
destruye tambin las relaciones humanas por la produccin establecidas
en gran parte. Y crea los prodigios de la grande industria, los
milagros del maquinismo, el mercado universal, donde, fuerza es
confesarlo, todo se vende y todo se compra, sin exceptuar las funciones
ms conspicuas y venerables, pero donde todos saben tambin  qu
atenerse por conocer el precio de las cosas, sin excluir el precio del
desinters... Nadie pide cotufas en el golfo de los egosmos humanos,
que es mejor admitir y conocer que no disfrazar hipcritamente, pero
ello no veda canalizar estos ltimos hacia el altrusmo,--que es una
forma superior de aquellos--y el bien de las sociedades. Sin embargo,
moralistas y socilogos hay que imputan  la burguesa, entre otros
horrendos crmenes, la falta de ideales generosos y el haber reducido
los lazos de la familia y las relaciones de los hombres  puras
operaciones aritmticas. Falso. Ella ha tenido el magnfico ideal de
la abundancia de pechos inagotables; el culto de la vida intensa,
desbordante de fuerza y hermosura; la moral de la lucha, que fortifica
y ennoblece. No ella, sino la ciencia, la filosofa y la historia han
hecho ver la urdimbre de sentimientos interesados que constituyen
la trama de la vida. Lo que hizo la burguesa, empujada por fuerzas
fatales, fu sustituir la franqueza  la hipocresa, desenmascarar
los intereses, libertar los egosmos, darles libre escape  juego 
los instintos dominadores, los ms vitales y sanos en el fondo, para
domearlos, servirse de ellos sabiamente, como los marinos se sirven de
las corrientes y los vientos, y convertirlos en colaboradores sumisos
del progreso universal. Gracias  la virtud mgica de esos egosmos
 intereses, condenados con palpable contradiccin por los mismos
profetas del determinismo econmico, desaparecen de la tierra los
desiertos hostiles y tambin los pramos donde reina la Muerte blanca;
los atajos ariscos y temerosos, se convierten en carreteras arboladas;
las chozas humildes, en palacios suntuosos; las aldeas miserables y
somnolientas, en ciudades inmensas como el mar y bullentes como l.
Comparndola  otras edades que conocieron los espectros del Hambre,
de la Peste y del Terror, la era capitalista transforma la miseria
en riqueza, el dolor en alegra, la esclavitud en libertad. Ella ha
puesto al alcance de los humildes una gran cantidad de bienes y goces
que antes les estaban vedados. Sus mismas imperfecciones y vicios
llevan en s los grmenes de futuras reivindicaciones sociales. stas
se producirn  su tiempo y quiz de un modo contrario  lo previsto
por los arspices de la ciencia social: de un modo anti-racionalista y
anti-humanitario. La acumulacin capitalista produce ya, sin quererlo,
la asociacin, la cooperacin, la reparticin de capitales; la lucha
de clases, tan maldecida, el vigor de todas ellas y la liberacin
lenta, pero segura de las explotadas. Pero la burguesa hace ms: su
gran obra, su obra diablica, su misin divina, es la de convertir
_precisamente_ los sentimientos vagos, los deseos pueriles y las
nostalgias enfermizas del idealismo en ambiciones audaces, en voluntad
concreta de dominio, en afn de lucro, en fiebre dorada, que se
comunica, como el fuego griego  inflama al mundo, engendrando ms
fuerzas y produciendo ms maravillas en slo un siglo, que pudieron
acumular juntas las pasadas generaciones en los siglos restantes.

He ah su _crimen radioso_, su vergenza y su gloria.

Y todo ello, no por razones sociales, sino por razones _metafsicas_:
por haber escuchado los eternos mandatos de la Divinidad en el alma
heroica del Oro.




SIN caer en alambicadas sutilezas ni picar en sofista, podra
aseverarse que el tenebroso parentesco de la fuerza y lo divino, existe
tambin entre el Oro y la Fuerza. Como sta, de quien es legtimo
heredero, el Oro inspira el santo horror y la fatal atraccin del
arcngel desterrado del Paraso, pero que ha hecho de la tierra su
vasto imperio. Las religiones lo maldicen como  Satn trismegisto; los
poetas lo execran como al smbolo de la prosa vil; los irrealistas lo
aborrecen como  la encarnacin perfecta del egosmo, de la impureza
humana; pero las voluntades, servidas  maravilla por un instinto
inequvoco, lo desean ardientemente, lo aman con pasin y lo esperan
en sueos, como la bella del Bosque durmiente al Prncipe _Charmant_.
Es el prometido. Llega, las coge de la mano, dulce  violento, y
las conduce por caminos de rosas  espinas, lo mismo da. Las bellas
obedecen sumisas los caprichos del prncipe terrible y delicioso, y en
sus brazos suspiran lnguidas y desfallecen de amor. l, consciente de
su poder diablico sobre las almas, dicta leyes y stas son acatadas
por los mismos que lo maldicen  sabiendas... y lo adoran y obedecen
sin saberlo. En su altanera seoril, no oye los insultos de los
vasallos rebeldes: los somete  anonada sin placer ni dolor, y sigue su
camino imperturbable, sonriendo desdeoso al bien y el mal que causa.
Y en esa sonrisa orgullosa y cruel, se reconoce su origen olmpico, su
esencia divina.

Parece cosa de encantamiento que la humanidad no haya sospechado nunca
la excelsa genealoga del Oro, ni reconocido en su virtud prodigiosa
de oponer hechos  la grrula palabrera de los retores, un signo
infalible de la fuerza inmortal. Las entidades metafsicas, huyen
medrosas de las realidades vivientes que l crea; las falsificaciones
del Espritu, se desvanecen como fantasmas al contacto de los hechos
que, por su fuerza vital, l impone. l slo es verdico; l slo sabe,
quiere y puede. Y no es extrao: todas las potencias servidoras de la
voluntad de vivir residen en el Oro, ya que, por vas caticas, por
misteriosos medios, por extraas condensaciones, la inteligencia, las
virtudes, los deseos, los egosmos, las quintas esencias de lo humano,
han ido  reducirse y extractarse en las duras y ureas entraas de la
moneda.




SOCILOGOS y economistas loan, sin esfuerzo, la complejsima funcin
social de la moneda  del billete, que son para la economa del mundo,
lo que la palabra para el pensamiento del hombre; reconocen, de buen
grado, los beneficios de que las sociedades les son deudoras, entre
los cuales podra citar, entre otros mil, el haber hecho evaluables y
circulables comercialmente,  lo que es lo mismo, ligeras y asutiles
como los copos de nieve que empuja el viento, las cosas ms pesadas
 inamovibles de la tierra: los campos, los bosques, los filones de
metal; algunos van hasta admitir ciertas analogas no ortodoxas, entre
el punto de vista _matemtico_ y el punto de vista _pecuniario_, entre
la ciencia que, para ser ms comunicable se _matematiza_, siguiendo su
propia ley, y los bienes materiales que, obedeciendo  los designios
secretos de la vida, se _monetizan_ para hacerse ms sociables. El
imperio de las matemticas, dice Tarde, dejndose elevar por las
alas leves y enormes de los raptos de la imaginacin, ajenos al
fastidioso raciocinio de los economistas, se extiende sin cesar,
cada vez ms lejos en el mundo del pensamiento como la moneda en el
mundo de la accin. Otros, creen descubrir misteriosas similitudes
entre la evolucin de la fuerza y la evolucin de la moneda, entre la
mecnica y la economa; pero slo se trata de parentesco material y
epidrmico; nadie sospecha el parentesco divino, digmoslo as, por
donde el Oro adquiere, sin embargo, su poder, seduccin y misteriosa
virtud existente y ordenadora. Porque el amor del Oro, como el instinto
de dominacin con el cual se confunde  menudo, es una forma sutil
del egosmo, de la vitalidad, de la fuerza, que busca extenderse
indefinidamente, estableciendo por doquier su imperio y jerarquas, es
que se aduea de todo lo humano y no se satisface jams. Y la virtud
benfica de aquel calumniado amor, estriba quin lo dijera! en la
facultad milagrosa de mantener siempre ansioso el Deseo, satisfaciendo
 la par los apetitos que provoca en cada etapa de la vida.




DESDE tales alturas, difcil es desconocer la virtualidad suprema del
Oro, ni su influencia decisiva y suma en la historia de las sociedades.
Los que lo niegan, no lo conocen, no han penetrado su alma: son los
observadores superficiales que slo perciben las formas contingentes
y deleznables de las cosas, sin descubrir jams con _ojo profundo_,
su esencia ntima y eterna. El temor religioso y goce diablico que
embargan la conciencia obscura del avaro  del miserable  la vista
de la moneda, brillante y fascinadora como la mirada de la serpiente,
se me antojan sentimientos ms robustos, levantados  hijos de una
comprensin ms _musical_ del smbolo, que el desdn artificioso
y obtuso del dinero, puesto de moda un da como signo cierto de
espiritualidad y nobleza de alma.

Los torpes materialistas, los espritus groseros son,  mi entender,
los que nicamente aciertan  descubrir una fuerza impura en la que,
en realidad, es el _substratum_ de la voluntad humana. Contempladlo
larga y religiosamente. Ese diminuto redondel de rubio metal, que fu
en ciertos pueblos cuchillo  cimitarra, como la _zapeca_ china, antes
de perder la hoja mortfera y convertirse en moneda--hermoso smbolo
de su excelsa alcurnia,--_es el habitculo misterioso de la voluntad
de dominacin de los hombres y los pueblos_. Todas las virtualidades
de la raza, han ido  extractarse en su audaz corazn. Actos heroicos
y vilezas, castidad y lujuria, penas y goces, realidad y poesa,
desencanto  ilusin: la vida social, en fin, est contenida en el
disco brillante y prodigioso, y por medio de l se transmite de unas 
otras generaciones, como la vida fisiolgica humana est contenida en
el licor precioso, que transmite de unos  otros hombres la herencia de
todas las edades.

Vida y Oro se reproducen y se heredan!

Esta sugerente similitud permitira afirmar al menos dotado de
imaginacin metafsica, que la herencia econmica es, bien considerada,
una especie de prolongacin de la herencia fisiolgica, lo cual
servira para defender la Riqueza de los ataques furibundos de la
crtica marxista y del anarquismo. Y, en efecto, no se comprende bien,
despus de lo asentado ms arriba, por qu, si es legtimo heredar
una neurosis  una dispepsia, hijas de la disipacin paterna, no es
legtimo heredar una fortuna... producto de la paterna previsin y
economa... En cualquier caso, el Dinero participa de la inmortalidad
del plasma germinativo: el deseo eterno y la imperecedera esperanza
se reproducen y heredan por medio de l; y es al propio tiempo la
cosa viva y espiritual por excelencia, ya que aade  la virtuosidad
presente y sin fin, la virtualidad extractada del pasado infinito. De
ah que represente, antes de todo y por encima de todo, valor moral.
En medio del escepticismo regalado y licencioso de las clases afinadas
por la cultura, y el grosero descreimiento de las masas, libertadas
de todos los frenos, l, como un dios nico, benigno y todo poderoso,
mantiene firmes las voluntades  impide la corrupcin general. Lo que
no pueden hacer ya las religiones ni las morales con sus aventados
preceptos y dogmas, lo hace l, descubriendo  los ojos vidos de las
muchedumbres, no fementidos parasos, mas los goces, los placeres,
los bienes reales de la vida. Es por conquistarlos en rudas batallas,
que el hombre se disciplina metdicamente, doma sus mpetus brbaros,
obedece  la ley, exalta sus facultades, tiende sus nervios, piensa,
obra y suea. El labrador, que lucha  brazo partido con la fatalidad;
el banquero,  quien mil _combinaciones_ impiden dormir en su lecho de
plumas; el inventor, que enloquece  fuerza de pensar, y el millonario,
que prefiere los cuidados  incertidumbres de la especulacin  la
renta tranquila y segura, dejaran de ser, dejaran de obrar, dejaran
de vivir, convirtindose en corchos muertos y podridos sobre las ondas,
si Mammon no les pusiera en el alma una pimienta fuerte, el grano de
sal divina que enardece la voluntad y da el gusto de la aventura y la
conquista. El Dinero! Su accin estimulante sobre las conciencias
impide que el mundo caiga en letargo mortal. De varios modos, con mil
alicientes y encantados espejismos, l crea y premia las aptitudes que
la vida moderna reclama y sin las cuales pereceran las sociedades.
Mirndolo, sin injustas prevenciones, l, el corruptor, es una gimnasia
para los msculos y una disciplina moral. El gran pecado es no amarlo
con bastante ardor; pero si se ama ardientemente, purifica y ensea 
vencer. Esa es la razn de que el nieto de Themis, la cual que junto 
Zeus vela por el orden del universo, tenga ms adoradores que todos los
dioses juntos. En las Bolsas, sus templos colosales, se enfervorizan
los nimos abatidos y golpean el pecho los pecadores. Fuerza, ayuda y
consuelo se le piden al dios resplandeciente como Apolo y taumaturgo
como Dionisos. Su lengua es universal; su religin pasa por encima de
fronteras, desiertos y mares, estimulando por doquiera las energas
creadoras, los egosmos acaparadores, las ambiciones combativas, los
deseos, las esperanzas y tambin los intereses srdidos, que por su
misma crudeza se convierten en altrusmo. Son las virtudes que gozan
de gran predicamento en la corte del dios blondo, y ellas deciden del
triunfo.

Hasta los pensadores ofuscados por el prejuicio espiritualista, lo
confiesan: las fuerzas productoras priman sobre todas las otras y
tienen influencia decisiva en los destinos de los pueblos por ser,
sin duda, las formas ms universales del instinto de dominacin,
correlativo de la vitalidad. Es un hecho contra el cual se estrellan,
como las olas contra el enhiesto pen, las airadas y espumosas
declamaciones del plpito y la tribuna. No cabe dudar. La superioridad
de un pueblo se concretaba antao en el ejrcito; ste era algo
as como el _substratum_ de las virtudes y excelencias nacionales:
hoy lo es la Riqueza. Sin ella ni universidades, ni industrias, ni
escuadras, ni fuerza, ni hermosura. Sus altas y bajas determinan las
mareas sociales. Un descubrimiento industrial, un cambio en la forma
de la produccin, la oscilacin de los mercados, tienen ms hondas
y dilatadas repercusiones en el mundo, que las ideas  sucesos, al
parecer, ms culminantes y transcendentes. Esto sin contar que la
historia entera, sin excluir la del pensamiento, puede considerarse,
en general, como el producto de la lucha de clases, determinada por
la evolucin del factor econmico. Y como de sta deriva todo en
las sociedades, como de la diosa del duro corazn pende todo en el
universo, no es mucho que el Poder abandone los tronos y castillos y
siente sus reales en los despachos de los banqueros, en las _usinas_
y los mostradores. De esta suerte el Oro se democratiza, porque
liberta  los esclavos que obtienen sus favores, y establece la
nica igualdad positiva.  la vez se ennoblece y, por decirlo todo,
la nica aristocracia real es la suya: las otras, son aristocracias
convencionales, que viven de prestado y  la sombra protectora de la
verdadera Majestad.




POR tantas y tan profundas razones, como brinde  una el laurel y la
corona de rosas, franca  hipcritamente, los pueblos se preparan
para la conquista del vellocino de oro, que ya Jasn fu  buscar 
la remota Clquida y Coln  la soada Cipango. Las actividades, aun
las seoriles y desinteresadas, si se escudria un poco, verase que
se dirigen  la riqueza y por ella se aperciben y acicalan para la
lucha. Talento, belleza, valor son, si bien se mira, filones aurferos
explotables y que se explotan. Por tal arte, el dinero viene  ser el
principio activo de la conducta, y las aptitudes ms preciadas, las
que su culto viril desarrolla. Implcitamente lo afirman educacin
 instruccin, cuando se proponen sistemticamente _armar hombres
para la vida_, para la lucha econmica, en la cual, de buen  mal
grado, toman parte todas las voluntades. La Vida es actualmente la
gran revolucionaria. El respeto sagrado de ella, aprendido en los
laboratorios, pasa  la filosofa, con Nietzsche, Guyau y Bergson; 
las religiones, con el pragmatismo;  la moral, con la vida intensa;
 la poltica, con el imperialismo econmico, y se traduce en las
costumbres, con la moda y privanza de los deportes atlticos y juegos
olmpicos. El arte mismo pierde la hiertica impasibilidad y deja
repercutir en su lrico corazn las pulsaciones rtmicas del corazn
del mundo. Los manifiestos literarios de las nuevas generaciones
de poetas, que pregonan en Francia la vuelta al paganismo y las
virtudes de Zaratustra,  glorifican en Italia el peligro, el hbito
de la energa, la temeridad no parece sino que fueran una especie de
Declaracin altisonante de los derechos estticos de la Fuerza y la
Vida. Todo lirismo es un arranque, luego una fuerza, dicen unos; no
hay belleza sino en la lucha, ni obra maestra sin un carcter agresivo
claman otros. Y templando ardorosos las liras de siete cuerdas, una
para cada pecado capital, le arrojan el guante  los astros y se
aprestan  cantar: la guerra, higiene del mundo, el gesto destructor
de los anarquistas, el salto peligroso, el golpe de puo y el desprecio
de la inmovilidad pensativa, el moralismo y lo femenino.

Y he aqu como el amor fatal de la lucha y de fuerza, mantenido
cuidadosamente por el Oro en los corazones  hurto de la religin y
la filosofa, se legitima, se ennoblece, se hermosea y transforma en
religin universal.




PERO Mammon, como todos los dioses, es altivo y cruel: castiga 
destruye sin asomos de piedad  las criaturas  las cosas que se oponen
 los tenaces propsitos de su testa olmpica. Como Zeus tiene en sus
manos el rayo que fulmina, y como Medusa la mirada que petrifica. Sin
embargo, es ms generoso y menos terrible que las otras divinidades.
Junto al Poder torvo y al Derecho saudo, parece un apuesto galn
rendido  los pies de la Vida. Por lo general obra lentamente, dejando
tiempo  las voluntades de fortificarse y seguirlo. Su procedimiento es
la lucha y la seleccin econmicas que en la sociedad han suplantado
 la lucha y la seleccin naturales. Ms an: aquella parece ser el
compendio y quinta esencia de las otras selecciones, porque todo
esfuerzo, toda conquista y toda excelsitud, se convierten, de alguna
manera, en jugos vitales dentro del enorme vientre de la produccin.

Las sociedades que aceptan diligentes las condiciones impuestas por el
nuevo dolo, y se adaptan sin cesar  las transformaciones continuas
del medio ambiente, provocadas por el trabajo formidable del dinero,
fortifican los msculos en titnica gimnasia, prosperan, extienden su
dominio: son las sociedades venidas al mundo  su hora, robustas y
bien armadas para la inevitable concurrencia universal; las que no,
decaen cualesquiera que sean los mritos que sustenten, degeneran, y
no tardan en ser absorbidas  esclavizadas: son las sociedades dbiles
 enfermas, en las cuales la voluntad de dominacin desaparece como la
savia de las ramas que empiezan  marchitarse.

Las analogas de ambas selecciones dan testimonio de su excelso y comn
origen. Del mismo modo que la seleccin natural, la seleccin econmica
es implacable para los que no saben  pueden luchar y vencer. La
grande razn la gua: es una fatalidad, une fuerza cruel, como todas,
desde el punto de vista humano, necesario y noble desde el punto de
vista divino. Los dbiles, los ineptos, los enfermos, los inactuales,
son condenados, juntamente con su prole,  la perpetua derrota  
desaparecer sin legarle al mundo los tristes vstagos de la miseria
y del dolor. Otros depositarios de la vida, marcados en la frente
con el _signo luminoso_ y  los cuales la seleccin econmica presta
invencibles armas, ocupan los huecos dejados por los vencidos, por
los superfluos, y, en resumidas cuentas, la humanidad avanza un paso,
gana un punto en la evolucin progresiva  que la empuja rudamente el
instinto vital. De donde resulta que, contra los viejos prejuicios
de la moral espiritualista y los cdigos sentimentales, el Oro es un
purificador, un educador de las energas ms preciadas del hombre, un
venero de virtudes sociales, aunque, como esencia y jugo de la fuerza y
del deseo humanos, lleve en s condensadas todas las grandezas y todas
las impurezas de la vida.

Los sabios lo ignoran, pero los pueblos lo saben por instinto y
obran como si de ello tuvieran plena conciencia: en los talleres,
universidades y gimnasios se arman los hombres para la conquista del
Oro, no slo porque l ofrece  los apetitos vidos los goces reales y
la posesin efectiva de las bellas cosas de la tierra; no slo porque
el Oro es la _posibilidad inmediata_, al decir del escptico France,
mas principalmente por razones ocultas: porque representa valor humano,
substancia anmica, la virtud extractada de las generaciones que fueron
y es, en resumen, algo as como la semilla de la voluntad, el germen
misterioso que atesora en potencia todos los actos del pensamiento y
todas las realizaciones del deseo.

Qu mucho que lo sea todo y lo pueda todo, que atraiga y domine!

Lejos de ser una cosa muerta que pesa sobre las almas, como quieren
algunos, constituye, al contrario, el estimulante ms enrgico de la
conducta, y es de hecho, el querer latente y realizable, la dominacin:
el elemento divino de las sociedades como la fuerza es el elemento
divino del universo.




SI bien se mira y considera lo dicho, cualquier quisque puede predecir
que en las sociedades productoras de los tiempos futuros, el Oro
premiar todas las excelencias y ser, por entero, lo que es hoy en
parte tan slo, al menos visiblemente: la medida de la capacidad
social. Cmo oponer  sus virtudes reales, patentes, eficaces, las
virtudes decorativas  histrinicas del idealismo  el amor de la
mentira del arte? Cmo oponer  la necesidad, que no discute, sino
que ejecuta, el capricho y la fantasa volubles de nuestra pueril
razn? Vano intento. Aqu, en el terreno econmico, aparece visible el
antagonismo brutal de las aptitudes desinteresadas de los retores y
los humanistas, y las aptitudes prcticas de los socilogos. Y fuerza
es confesar el creciente desprestigio de las primeras: son bellas 
intiles como esas damas criadas para regalo de los ojos,  quienes
cuna y educacin prohiben como vil cosa el lucro, y que prefieren
prostituir su cuerpo en infame comercio  estropearse las pulidas manos
en una tarea honesta y renumeradora.

Es, por ventura, la muerte de lo espiritual y de toda andante
caballera?  decir verdad, la orientacin materialista del pensamiento
y el predominio indiscutible de las naciones utilitarias, inducen 
sospecharlo. La espada de San Luis y la lanza del buen Quijano, se
mellan y rompen contra los escudos de Pluto. Las naciones que van
haciendo del mundo su vasto patrimonio, no son las ms caballerescas,
ni las ms cultas, ni las ms religiosas, sino las ms activas,
industriales y pujantes en el mercado mundial. Lo certifican de modo
irrefutable Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos, pases que con
diferentes instituciones, distinto gobierno y cuasi opuesta cultura,
pero vigorizados  la par por la misma enjundia econmica, prosperan
material  intelectualmente, y extienden cada vez ms sus zonas de
influencia poltica, lo que prueba, contra el fetichismo de las
universidades, que no son las leyes, ni los mandatarios, ni tal 
cual mentalidad lo que asegura el triunfo de unos pueblos sobre otros,
sino su capacidad productora, su avidez, su egosmo, su instinto de
dominacin que se objetiva y hace carne en la lucha comercial. Este
convencimiento obscuro, nebuloso, pero firme es lo que acaso produce
en la evolucin de las ideas, las reacciones contra la supremaca de
la inteligencia sobre la voluntad, y en la prctica de la vida, el
retorno, que los mismos gobiernos tratan de favorecer, de las carreras
liberales, almcigos de mandarines, plumferos y rectores sin don
ni utilidad, al comercio y la industria. La flamante novedad de la
pedagoga es la formacin de voluntades audaces, no de _idiotas sabios_
 melenas apolnicas. Y las virtudes sociales que se premian, no son
las contemplativas  romnticas del noble, pero caduco idealismo;
tampoco la humildad, el renunciamiento, el desinters del ascetismo
cristiano, mas el contrario: la ambicin insaciable, la combatividad,
el amor de los bienes de la tierra, la facultad de arriesgarse, las
virtudes activas  interesadas, en conclusin, que la lucha econmica
desarrolla fatalmente, destruyendo  la vez el sentimentalismo, la
sensiblera y todo lo que en el alma es artificial, superfluo,
desinteresado, inmoral... El mundo parece en vsperas de convencerse
de que el egosmo sano, es ms provechoso para la economa social que
el enfermizo desinters. Aquel, por su propia fuerza expansiva, suele
convertirse en altrusmo; ste, cuando no tiene tal origen, es un
sentimiento ambiguo, intil para el que lo experimenta y,  la postre,
perjudicial para los otros. Mientras que en el pomo de un sable 
en una moneda de cinco francos hay inteligencia siempre, podra
decirse que en el desinters no hay nada,  slo hay vanidad, cuando
no mentira. Tengo observado que en la prctica el desdn aristocrtico
del lucro, destruye el sentimiento de las realidades y lleva  la
insinceridad. La aptitud econmica al contrario, y esa es quiz, en
gran parte, la causa oculta del buen sentido, la viril franqueza y
robustez de algunos pueblos, y del irrealismo, la frivolidad y flaqueza
de otros. Mammon es verdico. Como la diosa de voluntad diamantina, no
comulga con las patraas ni las falsificaciones espirituales, ni se
deja seducir por carantoas ni embelecos femeninos. Cuando tercia en el
juego de la vida social, acaba la comedia, concluye la farsa, caen los
antifaces y cada cosa vuelve  su ser y adquiere su fisonoma propia.
Un poltico ingls, que tena mucho del seoro de Byron, algo del
paradojal Oscar Wilde y no poco de Disraeli, me deca en cierta ocasin
mientras nos alejbamos del Louvre, que l visitaba religiosamente
en todos sus viajes  Pars: Yo amo por igual el arte y la vida...
pero no los confundo. Cuando visito un museo, me pongo mi monculo
de elegante; al salir, dejo caer el monculo como un teln entre dos
mundos y me coloco en su lugar una moneda de veinte dolars. Al travs
de ninguna lente se ve mejor que al travs del vil metal, la verdadera
naturaleza de las cosas. Y al hablar as, bajo las antipticas
apariencias de un materialismo torpe y grosero, expresaba acaso una
verdad profunda y sutil.




EN el desinters slo hay vanidad cuando no superchera. Los judos
no me han burlado jams en mis negocios: los sentimentales siempre
sola decir tambin mi famoso Lord. Por mi parte, prefiero con mucho,
en determinadas circunstancias,  los hombres y pueblos francamente
egostas y utilitarios: hablan un lenguaje claro y preciso; uno se
entiende  maravilla; las palabras tienen un valor real, no engaan,
ni disfrazan las intenciones como las rosas el pual de Caserio.
Adems, por caticas razones, no sometidas an al bistur de los
psiclogos, tales hombres y pueblos son prcticamente, aunque parezca
contradictorio, los ms idealistas y capaces de acciones generosas.
Es el lujo de la fuerza, que lleva al deber, al olvido de s mismo y
al sacrificio por los otros, como quera Guyau. No hay sino comparar
para convencerse, la filantropa principesca y las funciones cuasi
oficiales de los potentados yanquis, con la caridad parsimoniosa y las
actividades pacatas y egostas de sus congneres del nuevo y del viejo
continente,  mejor an, la obra y el carcter de las dos Amricas.
La inspiracin protestante, el utilitarismo ardiente y austero de los
puritanos de la May Flower, supo imponer en los negocios pblicos
 los colonos de la Amrica anglo-sajona, las soluciones pacficas,
convenientes al trabajo, y evit, de ese impensado modo, la guerra
civil, el caciquismo, la supersticin gubernamental y la _poltica
alimenticia_, miserias y lacras que con su orgullo hidalgo, desdeoso
de las actividades tiles, llevaron  la Amrica espaola los vasallos
de Carlos V, disertos y casustas. Y el tal utilitarismo, andando el
tiempo, haba de permitir las ms bellas floraciones de la inteligencia
y la energa como cumplido remate de la abundancia y coronamiento de
una civilizacin propia, castiza, elaborada con los instintos ms
egostas y, por consiguiente, los ms vitales de las agrupaciones
humanas. Por el contrario, el fetichismo poltico, la idolatra
de las leyes, los idealismos prestados y nebulosos no podan menos
de traerle  las repblicas de cepa espaola, como reacciones del
egosmo irreducible, las luchas armadas por el Poder, la palabrera
grrula de los practicones de la cosa pblica y el sanchopancismo
de una vida sin nervio ni hermosura ni grandeza. El resultado es la
inmensa superioridad, no slo econmica, sino moral  intelectual de
los yanquis, asombro del mundo por su genio mercantil, inteligencia
poltica y valeroso idealismo. Esos rudos _pioners_ son los pastores
poetas que, sin miedo, conducen por entre riscales y abismos el rebao
radioso de las quimeras. Si,  pesar de nuestras pretensiones de
caballeros andantes del ideal, las tierras de los soberbiosos virreyes
y finchados hidalgos espaoles no han producido hombres universales
como Washington y Franklin; filsofos como Emerson y James; moralistas
tan esforzados ni de alma tan blanca como el Apstol negro; poetas como
Po y Whitman; artistas, hombres de ciencia, archimillonarios capaces
de los magnficos arrestos filantrpicos de Morgan y Carnegie, ni esos
reyes de la Finanza que, desde sus torres feudales de veinte pisos,
extienden su influencia  todos los mbitos del mundo. Son los Anteos
de la fbula, vigorizados al contacto de la tierra madre; las criaturas
que, guiadas por un instinto vital, robusto y seguro, aciertan 
vivir en perfecta  ntima comunin con ella. Natura les ha revelado
su voluntad secreta de esfuerzo y lucha, de egosmo y rapacidad. Y
desdichados los hijos para quienes la Madre permanece muda!  pesar de
los idealismos ornamentales y los perifollos de la retrica, caen en la
corrupcin, se envilecen en la pobreza, pasan hambres sin fin y mueren
como el hidalgo manchego, confesando su generosa locura de justicia y
razn humanas.

Es digno de meditarse, como ejercicio espiritual al salir de los
templos y los museos, lo que la incapacidad econmica, que trae  la
grupa todas las otras, ha hecho de aquella nacin que fu un da seora
del orbe, y es an hoy emporio de energas y virtudes, por desdicha
inutilizables. Cumpli arduas y gloriosas empresas cuando se dej guiar
por sus instintos y apetitos de conquista y posesin. Extender sus
dominios por medio de la espada, era la funcin fisiolgica propia de
un pueblo guerrero y fantico en un mundo religioso-militar. Pero los
alientos de los soldados y aventureros de Carlos V, no inflamaron los
pechos de los mercaderes de la Lonja, tmidos, perezosos  incapaces,
como escorias que eran de la sociedad. La evolucin de los intereses
primero, y despus el reinado de la Finanza, pedan los grandes
capitanes del comercio y la industria. Los conquistadores tenan las
rodillas sobrado duras para doblarlas ante la nueva Realeza. El vampiro
del orgullo, el fanatismo religioso y la caballera les chup la sangre
y los tutanos, y hoy sus descendientes no tienen fuerzas para empuar
la lanza, ni emprender nuevas aventuras, ni defenderse, siquiera,
contra los mercaderes que los apalean y despojan en los caminos reales
y aun en la propia casa.

Y como Espaa,  pesar de sus relevantes mritos, excelencias y
glorias, dan sntomas de lasitud, caducidad y parecen ininteligentes 
inactuales, Portugal, Italia y la misma radiosa Francia.

Acaso se han adormecido escuchando el canto del ruiseor.




                             TERCERA PARTE

                            LA FLOR LATINA




PARA los sibaritas del pensamiento y de la emocin, no existe en
toda la redondez de la tierra ningn espectculo tan elocuente;
ninguna _estacin_ de _psicoterapia_ tan propicia  las meditaciones
filosficas  mundanas; ningn jardn espiritual tan curioso ni
soberbio como la gran capital latina, lecho muelle y suntuoso donde
la antigua sabidura, despus de haber amamantado al mundo en sus
opimos pechos y robustecido tantos ideales de plida tez, agoniza
entre pompas y esplendores, conservando orgullosamente la belleza del
gesto. El brillante y amable espritu de la Hlade y del Lacio, muere
entre encajes y sederas como un viejo marqus Pompadour exquisito y
crapuloso, cruel y sensual.

Por muchos conceptos la flor de la dulce Francia, la Ciudad Luz,
Pars es el smbolo y el trmino de la civilizacin greco-latina; el
ptimo fruto de la cultura espiritualista, ornamento de los pueblos,
caballerescos, refinados, sentimentales, galantes. Su vida integral,
multiforme y complejsima, es as como el extracto  substancia
psquica de aquella concepcin platnica del universo, que ya en
los albores, llevaba en las entraas los grmenes fecundos del amor
de la razn y la belleza, y sus forzosos derivados: las elegancias
intelectuales y los refinamientos de la sensibilidad. La metrpoli de
las perspectivas armoniosas, delata, aun  los ojos menos expertos
y hasta en los ms nfimos detalles, la elegante preocupacin del
sibaritismo mental. No slo es voluptuoso el corazn sino tambin
el cerebro. De los _boulevards_ magnficos, hirvientes y sonoros de
afiebrada muchedumbre, y de las calles modestas en que los anticuarios
exponen sus costosas baratijas; de los inmensos museos, verdaderos
panteones de las civilizaciones fenecidas, y de las iglesias viejas y
milagreras como reliquias de edades santas; de las mil exposiciones de
arte, que avivan el deseo de la riqueza y los gustos costosos, y de
los bosques encantados, que repiten gozosamente las escenas de Watteau;
de las canciones, de los teatros, de las fiestas, como de los gestos
rtmicos de las damas arrebujadas en cebellinas de cien mil francos,
 del tocado simple y encantador de las modistillas, que muestran al
atravesar el arroyo las piernas ms picantes  _inteligentes_ del
mundo; de todo transciende, al modo que el incienso del vaso sagrado,
el culto de la forma, el sentimiento de las proporciones, el placer de
pensar, la pasin de vivir voluptuosamente. Lo mismo en las salas del
Louvre, donde reinan Lancret, Fragonard y Pater, que en los jardines
de Le Ntre, donde susurran las fuentes de la Arcadia y cantan los
ruiseores de Ronsard y Verlaine; que en los grandes coliseos  en
los pequeos _cabarets_, se aprende  sentir y amar la vida bella
y risuea. Los escaparates dan lecciones de buen gusto, ni ms ni
menos que las perspectivas majestuosas de los Campos Elseos,  las
maravillas en piedra labrada como los banos y los marfiles,  los
parques deliciosos, poblados de amorcillos traviesos y ninfas desnudas.
Las mujeres que pasan son como cuadros firmados por La Gndara y
Boldini. En un coche va el amor. El placer se respira. Mas, de vez en
cuando, una impresin fuerte, una mole gloriosa: el Arco del Triunfo,
la columna Vendome, dan el escalofro heroico de la Revolucin  de
las guilas imperiales, y hacen pensar que los galos tomaron siempre 
pechos el ser valientes y el desdear la vida, y que desde muy antiguo
supieron caer, sonreir y morir.

Cuando Emerson dijo que el mundo era una precipitacin del espritu,
pensaba, sin duda, en el dulce pas de Francia. Palacios encantados
de reyes galantes y favoritas pomposas; cortes de las Margaritas
de Navarra; marquesas de Montespn y de Pompadour; herosmo de la
Pucelle; risas rabelasianas; lgrimas ardientes de Juan Jacobo;
peregrinajes de las Charmettes y de la Malmaison; valles rientes,
florestas embalsamadas, montaas de la Saboya de flancos cubiertos
de verdura y cuyas calvas cimas coronan los oros del sol  disimulan
las pelucas empolvadas de las nubes, dulce Francia! Ningn pueblo
hizo lo que t por _accordar las inexorables leyes del universo  los
deseos caprichosos del corazn_. Tu historia es la ms sentimental,
noble, romntica y  una la ms femenina y heroica! Amable Lutecia!
Quin puede resistir  la sugestin de sus idelogos, al encanto de
sus poetas, al prestigio y magia de sus artistas! Las ideas francesas,
aun las frvolas, nos seducen por su coquetera y travesura como esas
_petites femmes blondes_ vestidas por Paquin. Son ideas apasionadas y
cariciosas, que amamos cuasi carnalmente y con todas las debilidades
de los corazones amorosos, cual  las mujeres venidas al mundo bajo el
signo de Venus, nacidas para encantar, y que continuan parecindonos
buenas y deliciosas hasta en sus ingratitudes y perfidias. De modo
que, cuando las peregrinaciones por el mundo del pensamiento alejan 
los Don Juanes del saber de los _boudoirs rococs_, aun poseyendo  la
ansiada verdad en suntuosos lechos, se deplora no haber permanecido
fieles  las ideales damas que han ejercido en la sociedad entera
la misma suave influencia que en Francia las preciosas del Hotel de
Rambouillet. Ellas se obstinan en la amable compaa del arte, de la
literatura y del amor, y contra el imperialismo terico y prctico de
todas las clases, en desarrollar como antao, casi exclusivamente, el
espritu y la emotividad. De ah un pueblo de razonadores y artistas;
de fraseadores y voluptuosos; de ah el erotismo floreciente en
la vida y las letras, y las hemorragias de la palabra, que calman
las fiebres sentimentales de la humanidad y debilitan las energas
viriles de los franceses; de ah la sociabilidad francesa, porque la
sociabilidad es cosa que nace de la mezcla dichosa de la inteligencia
y la sensibilidad. Y como en sociedad lo primero es la mujer, sta
ha tenido, y sigue teniendo, dominante influjo sobre las ideas y
costumbres, dulcificando las unas y las otras y prestndoles  los dos
un encanto femenino, y como femenino, voluptuoso.




NO ha menester vasta ciencia histrica ni mayor penetracin
psicolgica, para constatar la importancia de los materiales femeninos
introducidos en la arquitectura del alma francesa, desde Clotilde, la
cristiana esposa del brbaro Clodoveo, y Elosa, la apasionada amante
del bello y castrado Abelardo, hasta la falange de las favoritas
reales, las heronas de la Revolucin y las condesas porta-liras, que
reinan actualmente en el Pindo francs y le comunican  la juventud sus
fiebres lricas y embriagueces dionisiacas.

La llama ertica de Elosa,  cuyo sepulcro han ido  recoger
florecillas todas las generaciones romnticas, se comunica  los
fornidos pechos medioevales; los calienta, enternece y prepara, en
cierto modo, para recibir el pan eucarstico de las costumbres
galantes y el espaldarazo de la caballera. Las esclavas del rudo seor
salen del encierro de los almenados castillos, incrustados en las
rocosas cumbres, hoscos y solitarios como los nidos de los buitres,
y empiezan  presidir, prodigando las gracias que inflaman el coraje
y encienden los apetitos, las justas, los torneos, las cortes de
amor. Los pajes suspiran; los caballeros quiebran lanzas por los ojos
ensoadores de las damas  madrigalizan  los pies de ellas, hincada la
rodilla en cojines de galoneado terciopelo. Los trovadores dicen cosas
tiernas y sutiles. As se amansa la braveza de los instintos, ablandan
los caracteres duros y rijosos y elaboran los sentimientos delicados
que luego pulen y refinan reinas amables, marquesas amantes de las
cosas del espritu, favoritas fastuosas, protectoras de las artes y las
letras y cortesanas que por ser muy conversables y donosas, reunan en
torno suyo como Safo y Aspasia en la antigedad, lo ms granado de la
nobleza y la flor y nata de los ingenios.

La sociabilidad francesa, con su carcter y matices propios, es la
obra casi exclusiva de la mujer: su expresin ms culminante y acabada
son los salones. Gracias  ellos la influencia femenina se ejerce,
no slo en las artes y las costumbres, sino tambin en las ideas y
hasta en la poltica. Los Saint-Simn, los Michelet, los Goncourt,
los Du Blet nos dicen al respecto cosas muy curiosas y amenas. En las
minsculas cortes de la marquesa de Rambouillet y las preciosas que
recogieron la herencia de la famosa _chambre bleue_, donde Corneille
ley el Poliuto y pronunci Bossuet su primer sermn, se forma el
buen gusto y adquieren las bellas maneras, elegancias sentimentales
y gracias, en fin, que transforman el trato en don de gentes, la
conversacin en arte, la fra urbanidad en graciosa _politesse_ y el
talento en _esprit_. Y _esprit_, _politesse_, don de gentes y arte de
la conversacin, llegan  hacerse cualidades genuinamente francesas,
acrisoladas bajo la gida de la mujer, y que bien observadas podran
explicar, por la sociabilidad y todo lo que ella entraa y de ella se
desprende, las virtudes y vicios, las flaquezas y herosmos, la vanidad
y el amor del gnero humano de la antigua Galia, nacin de vanos
tumultos, como la llam Cesar, y tan amante de la sociedad y los bellos
discursos, que  uno de sus dioses se le representaba aprisionando 
los hombres con las cadenas que salan de su boca...




PERO antes del invento del saln, las Margaritas de Navarra, la
_Mignonne_ de Francisco I, autora de innumerables poesas y del
picante Heptamern, y la adorable Margot, la esposa repudiada del
caballeresco Enrique IV, escriban sus versos y sus prosas rodeados
de amigos y admiradores; sociedad amable y brillante, que impone sin
violencia el gusto y las modas  las cortes de los reyes, y en la que
figuran, para realzar su prestigio, los espritus selectos de la poca:
poetas, artistas, filsofos que se agrupan en torno de las reinas
galantes, como luego La Fontaine, Molire, La Rochefoucauld y tantos
otros en torno de la sin par Ninn. Y lo que son para las letras,
las artes y el amor--cosas que anduvieron siempre juntas y en muy
buena armona,--la divina Diana de Poitiers en el Renacimiento, la
demoniaca Montespn en la corte de Luis XIV, la Pompadour en el siglo
XVIII y madame Tallien en el Directorio, lo son para sus tertulianos
y protegidos, las marquesas de Rambouillet y de Sevign, las Lenclos,
y ms tarde las Warrens, las de Genlis, las Stal y hasta la misma
Theroigne de Mricourt, la famosa patriota, cuya casa frecuentaban
los principales hombres de la Revolucin, y  quien una maquinacin
diablica de sus rivales, una azotaina en pblico  sayas levantadas,
cort su heroica carrera y hundi para siempre cubierta de oprobio, en
las tinieblas de la locura.

Los salones honran las artes y las letras, y antes que las academias,
depuran y afinan la expresin por medio de la _causerie_ y consagran
la gloria de los escritores. Dulcsimas seoras ponen con sus blancas
manos el laurel en la testa de los vates y artistas; lanzan  los
cuatro vientos de la fama los nombres y los libros, y dan pbulo y
libre curso de mil maneras  la emotividad romntica y las modas
sentimentales que, andando al tiempo, hacen estallar las revoluciones.
Sin la sensibilidad femenina preparada prolijamente por las _preciosas_
y la literatura, por las conversaciones amatorias y el hechizado
influjo de los Amadises, las Astreas y las Cartas du Tendre, donde se
aprende la geografa del corazn y los bizantinismos galantes; sin las
blanduras emotivas de las novelas de Melle, Escudery, ni las endechas,
ni los madrigales, ni la atmsfera sentimental creada por la casustica
amorosa y los discreteos filosficos de los salones, es muy difcil que
la Nueva Elosa y el Contrato Social, hubieran tenido tan hondas
repercusiones en el siglo XVIII. Pero este es un siglo en el que reina
la mujer en absoluto, y con ella el sentimentalismo, el capricho y la
pasin; grmenes de la sensiblera y el misticismo social que haban
de florecer lozanamente en el alma femenina de Juan Jacobo, encontrar
luego su frmula poltica en los principios de la Revolucin y la
expresin potica en el romanticismo y sus retoos.




NO deja de ser una coincidencia curiosa, que entre los amigos de
la mismsima Pompadour, en el propio Versailles, en el pequeo
departamento del Dr. Quesnay, mdico de la favorita y privado del Rey,
se discutiesen los problemas sociales y econmicos menos ortodoxos
y expusiesen en violentas diatribas, las doctrinas ms amenazadoras
para la religin y la realeza. Irona de las cosas! Bajo el techo de
la cortesana real, pero al mismo tiempo de la amiga de Voltaire y los
filsofos, se oyen los primeros rumores de la tormenta revolucionaria.
Luego las cabecitas empolvadas, los tiernos corazones que Rousseau
haba _fondus et liqufis_, acogen incautas en sus salones  la
Revolucin como haban acogido  la Enciclopedia, segn la exacta
frase de Goncourt. Minsculas guillotinas, manejadas por afilados
dedos cubiertos de sortijas, cortan en esfinge, antes que M. Samson,
la cabeza de Robespierre y Bailly, y entre risas de cristal mojan los
pauelitos de batista en la roja y olorosa sangre que brota del cuello
de los monigotes decapitados. Son las mismas frgiles, irreflexivas y
apasionadas muecas que aprenden en el Emilio y la Nueva Elosa el
amor del pueblo y la bondad natural del hombre; hacen bonitos _bijoux_
con las piedras de la Bastilla derrocada, y oyen y discuten las arengas
que han de pronunciar sus contertulianos en la Asamblea nacional y en
los clubs revolucionarios. Cada saln es un ardiente foco de ideas
subversivas. Encumbradas burguesas y hasta linajudas damas, siguen la
vertiginosa corriente de la moda, sin curarse poco ni mucho de las
predicciones, hoy tenidas por posteriores  los hechos--bien que acaso
no lo fueran en su espritu al menos,--que La Harpe pona en boca de
Cazotte sobre el prximo reinado de la Filosofa y la Razn, al fin
de un banquete opparo y jovial: el verdugo para Condorcet, Chamfort,
Bailly, Malesherbes all presentes; el verdugo, sin confesor, para la
duquesa de Gramont que rea, creyndose por su sexo al abrigo de aquel
terrible vaticinio; el verdugo para el rey de Francia... Las repulidas
damas de las cortesas Luis XV y de los lunares postizos, slo piensan
en el retorno  la naturaleza idlica, en la dicha universal, acaso
en el amor libre. Quien no recuerda el saln de Madame Necker, donde
discutan con la hija de la casa, la autora de Corina, el abate
Sieyes, Parny, Condorcet; el saln de Mme. de Beauharnais, autora de
erticos libros, y cuyos tertulianos ocupan los venerables sillones
en que antes soaron Jean Jacques, Mably y Buffon; el saln de Mme.
Helvetius, electrizado por la verba ardiente de Chamfort y Cabans. En
tales cenculos no reinan ahora las amables musas que inspiraron las
gavotas y los minus, sino las furias de la elocuencia revolucionaria,
excitadas por el sentimentalismo de las cabecitas locas. Ellas
inflaman aturdidamente el espritu de la Revolucin, como ms tarde,
sin saberlo, tres _merveilleuses_ ligeras de cascos y de no mucha sal
en la mollera, le dan el golpe de gracia al decidir, en un saln del
Directorio, el envo de Bonaparte  Italia, con lo que termin la
tirana de la libertad y cambi la faz del mundo.

La frase de Michelet: La mujer es la fatalidad no es una mera frase
en la apasionada historia de Francia. Reinas, favoritas, grandes
seoras, vrgenes y cortesanas tuvieron, aun haciendo caso omiso de
la poltica de _oreiller_ y del prestigio social, pblica y decisiva
influencia en tan graves convulsiones como la Reforma, el Renacimiento,
la Revolucin, por no citar sino los acontecimientos ms universales;
 inspiraron personalmente, como la imperialista Pompadour, voluntad
heroica en dbil cuerpo femenino, todo un arte y toda una poltica
internacional, aquella clebre poltica, fracasada en la desdichadsima
guerra que tanto amengu  la Francia, y que la divina marquesa segua
ansiosamente en un mapa, marcando las posiciones estratgicas con sus
lunares postizos de engomado tafetn.

Con eso y con todo, la influencia honda y durable de las _vrgenes
sages_  _folles_, no es la visible, la que se ejerce en el arepago de
la plaza pblica, mas la oculta  ntima; la que afemina el sentimiento
rudo de los hombres por medio de las gracias de la conversacin,
dulzuras de la amistad, hechizos amorosos  influjo del arte, que
ellas inspiran y que se dirige principalmente  ellas. En achaques
de belleza son  la vez musas, Mecenas y pblico, el pblico soado
por los artistas, porque el arte es cosa que atae  la emotividad,
no  la inteligencia, y ellas, por instinto, prefieren el sentir al
pensar, el ensueo  la accin, el arte  la vida. Las criaturas
dbiles en los speros dominios de la realidad, adquieren por sus
mismas flaquezas naturales, misteriosa gracia y extrao poder en
el reino del sentimiento y la ilusin. Su mundo propio es el de la
sensibilidad y la quimera, y como los mil matices de la ternura, los
deseos vagos, las nostalgias sin nombre, los ardores de los sentidos,
todo lo que contribuye  desarrollar, en ltimo trmino, la facultad
del _desgarramiento interior_, es fuente de lricas efusiones y velados
erotismos, no es mucho que en el pueblo sociable por excelencia sea
ese extracto de lo femenino que se llama la parisiense, la eterna
inspiradora de poesa y la maestra de las sensibilidades artsticas
y aun podra decir masculinas, ya que  su contacto y por su virtud
unas y otras se pulen, quintaesencian y convierten en prodigiosos
receptculos de emociones.

Muchos gneros literarios, aparte de la poesa lrica, el drama y la
novela, que directa  indirectamente inspir siempre la mujer, nacen
como las Memorias, Correspondencias, Diarios y Confesiones de la dulce
necesidad de darle suelta  los sentimientos afectuosos y conversar
con elegancia, adquirida en el ambiente amable de los salones. Por
esto y por lo asentado arriba, una buena parte de la literatura y, en
general, el temperamento artstico, vienen  ser as como los grandes
y maravillosos espejos en que la mujer se mira y que reflejan la
imagen de la seduccin. El poeta, su hermano y generalmente su obra,
es un  modo de intermediario entre ella y el resto de la humanidad,
que por l conoce los secretos de alcoba de la mujer, y  la que l
inocula el virus de las debilidades y seducciones de sta. Curiosa
colaboracin! Este consorcio de lo femenino y del arte, induce  pensar
obstinadamente en las afinidades del artista y de la mujer--ambos son
criaturas dbiles, apasionadas y quimricas, especie de andrginos
que, por partes iguales, participan de los mismos defectos y las
mismas excelsitudes de aquellas dos naturalezas y condiciones,--y
sugiere la sospecha de que tal vez constituye una seria amenaza para
el porvenir de un pueblo, el que predominen en l los elementos
morales, de que Platn, juzgndolos turbadores y debilitantes, quera
purgar enrgicamente  la repblica. Lo que parece indudable es que la
influencia femenina y la influencia literaria se confunden, compenetran
y asocian para introducir sutilmente en la formacin del alma francesa,
la literatura por medio de lo femenino y lo femenino por medio de la
literatura. Eso explica muy cumplidamente el triunfo manifiesto de la
mujer y del arte en la Ciudad Luz, y este fenmeno curioso y sin
precedente en la historia: la supremaca de la mujer en las bellas
letras.




TALES hechos, producto del connubio secular de Apolo y Afrodita,
parecen las floraciones estticas de una civilizacin dulce como las
mieles, suave y grata como la piel de los cebellinas. Son las opulentas
rosas y las turbadoras orqudeas que slo podan brotar en el jardn
de Francia, en una tierra preparada por las exquisiteces sentimentales
de muchas generaciones para sentir, pensar armoniosamente y creer con
fervor en el culto del alma y la religin de la belleza.

Desde abajo  arriba de la escala social, el arte, la literatura y ese
lujo de la inteligencia que se llama el _esprit_, por medio de los mil
espectculos pblicos, diarios, revistas, conferencias, _causeries_,
exposiciones de toda ndole y libros de toda suerte, refinan  porfa
las sensibilidades y desarrollan la facultad de comprender. Los
_clichs_ literarios son de uso corriente en todas las clases. Los
trminos escogidos han pasado al patrimonio comn del lenguaje vulgar.
Las modistillas pizpiretas y las pesadas porteras hablan con las
repulidas expresiones y ademanes preciosos de las marquesas Luis XV,
y las marquesas escriben con tanto donaire y travesura como madame
de Sevign. La esttica de los _boulevards_, las canciones tiernas
 libertinas, las cortesanas que pasan, dejando tras de s como una
estela de elegante sensualismo, hacen en el pueblo lo que en la crema
de la sociedad la ltima comedia de Capus, la msica dislocadora de
Pelleas y Melisanda  los templos de la _rue_ de la _Paix_. No creo
que en ninguna parte ni en poca ninguna, la facultad de sentir sin
esfuerzo, comprender en un abrir y cerrar los ojos y expresar fcil
y graciosamente hayan llegado nunca  tan rara perfeccin. Chistes,
alusiones, sutilezas; matices de la irona y del sentimiento, nada
escapa al pblico que en los domingos populacheros  en las _soires_
de gala, invade los grandes  pequeos teatros de Pars. Antes que
las palabras hayan concludo de salir de la boca del actor  del
conferenciante, ya han sido cogidas al vuelo y  veces comentadas con
un chiste, una exclamacin oportuna  una sonrisa graciosa y escptica,
mientras que los ojos, siempre inquietos y burlones, descubren los
flirteos de los palcos y juzgan de los tocados, moos y perendengues
de toda la sala. Es un pblico, sobre todo si abunda el bello sexo,
erudito y alerta, que conoce al dedillo los autores, los gneros,
las obras, clsicas y modernas, las ltimas novelas, Las Flores del
Mal y las Fiestas Galantes; y que habiendo macerado su corazn en
ese artificio literario y mezclado toda esa literatura  la vida, se
ha hecho extremadamente comprensivo, vibrante y extrasensible  las
manifestaciones de lo bello.

Mas como la belleza es toda la mujer, la emocin esttica, despus
de pasar por los mil filtros del cerebro y del alma, hacia la mujer va
callada  ruidosamente, como el agua del deshielo corre de las yermas
alturas  los valles floridos. El Arte y la Literatura la glorifican y
viven postrados  sus pies. El uno es su paje, la otra su esclava.




EL amor de la forma, puede decirse que remataba entre los helenos en
las lneas armoniosas de la criatura humana, en el desnudo; el mismo
amor entre los parisienses se hace general y concreta en las elegancias
del tocado femenino. La religin de la belleza se transforma en
religin de la mujer; sobre todo de la mujer elegante, de la que pasa
su vida en casa de los modistos, joyeros y toda laya de _fournisseurs_;
y duerme con guantes  careta para afinar el cutis, y se amasa
cruelmente, y martiriza el estmago y el cuerpo, y gasta millones
para componerse una silueta propia, realzar su belleza por todos los
medios, y darle al mundo la peregrina sensacin de la elegancia, de una
elegancia que es como el perfume delicado de un viejo vino, la flor
encantada y efmera de una civilizacin secular.

Los sabios, los moralistas austeros no saben apreciar tan grandes
sacrificios ni las transcendencias de la _toilette_. Son hombres
eminentemente cultivados, pero sin fineza ni distincin moral. Llaman
desdeosamente vano y pueril al arte que se sirve de todos los otros
y pone  contribucin las ms peregrinas aptitudes para encantar;
sentimiento del color, de la lnea y del matiz; gusto seguro de la
alhaja y del moo; ciencia acabada del trapo, del gesto y la actitud;
dominio perfecto de las elegancias estticas que constituyen el _chic_;
imaginacin y osada en el arte de _plaire_, y por medio de la armona
de los colores y la cadencia del pliegue, plasmar la voluptuosidad
del cuerpo, la coquetera del espritu y las gracias del alma. Lo que
parece pura frivolidad, es asunto gravsimo: una religin misteriosa,
que obedece  muy hondas necesidades ticas y que tiene sus templos,
ritos, sacerdotes y pitonisas. Pars es la Meca de esa religin ligera
y sutil. Las tiendas de los modistos, joyeros, fabricantes y vendedores
de artculos femeninos, son las capillas ardientes del gusto de
Francia, y los pontfices: la muchedumbre de escritores, artistas,
industriales y obreros que trabajan en la realizacin de la belleza ms
perceptible y necesaria acaso  la especie: aquella que entra por los
ojos y golpea las puertas de la sensualidad.

Es el mundo de la Gracia dentro del mundo del Esfuerzo, y que explota
y esclaviza  ste. De los rincones apartados y huraos del globo, de
los bosques salvajes, de las entraas del planeta, del fondo de los
mares, de las estepas heladas, de las arenas candentes, de las cumbres
solitarias, de los talleres populosos como ciudades; salen las piedras
de irisados colores, las pieles costosas, las perlas plidas y dulces
como nias anmicas, los corales, marfiles, las maderas olorosas,
las telas y sederas, y los encajes tan primorosos, tan sutiles que
diranse hechos de suspiros y de sueos; y todas esas preciosidades
de la naturaleza y la industria vienen  depositarse  los pies de
la parisiense, la cual con un arte infinito  inagotable invencin
las combina de mil maneras, las dispone sabiamente y anima de una
vida extraa y voluptuosa, como si le comunicara  los materiales
bellos, pero inertes el calor vital y el erotismo de su cuerpo. Y esos
materiales, dciles  la magia de las manos diminutas, operan el
supremo milagro de hacer palpables todos los aspectos de la hermosura
femenina, transfigurndola en una perpetua metamorfosis que, al
multiplicar los encantos y seducciones de la mujer, dilata su imperio
esttico y eleva la frvola coquetera  la dignidad de un sacerdocio.

Ella lo sabe. Ella sabe que los elegantes tocados y la atmsfera
encantada de lujo y refinamiento, son las investiduras y el ambiente
sagrado de su alto misterio de sacerdotisa de la Belleza. No ignora
tampoco que slo la ciencia del _chiffon_ satisfar plenamente su
ingnita necesidad de hacer prisioneros y atarlos al carro de guerra
de su hermosura triunfante. Respetos sociales y homenajes masculinos
le vendrn de la fama de elegante, porque ser elegante es uno de los
privilegios y ttulos envidiables  los ojos parisienses. La soberana
de la elegancia no se discute. Y de la elegancia lo esperan todo _les
casques dors_, ya que por medio de ella, como los pintores por medio
del color y de la lnea, provocan las sensaciones que les pide un
pblico de emotivos y sibaritas, y expresan elocuentemente lo que son,
lo que quieren, lo que pueden...

Las magnificencias de Pars forman el ornado marco que mejor cuadra
 la belleza viviente, la ms costosa y artificial. Hasta la luz
suave, como pasada por filtros de mbar y palo, parece que fu hecha
para disminuir la crudeza de los colores, la rigidez de las lneas y
envolver la silueta femenina en una penumbra misteriosa. Millares de
criaturas presas en talleres sombros y srdidos tugurios, trabajan y
aguzan el ingenio para hermosearla y hacerla fina y eterea. Es la obra
nacional. Grandes y chicos contribuyen  ella ms  menos directamente.
Todo espectculo es un pretexto para el torneo de las Gracias. Toda
fiesta una ocasin de afirmar el imperio de la Elegancia y del Gusto, y
establecer la reida supremaca de Paquin, Doucet  Redfern: monarcas
del figurn que se disputan el cetro de Luis XIV y el globo de
Carlomagno.




LO ftil, el detalle nudo y vacuo al parecer, pero lleno de psquica
jugosidad si se observa con ojo experto, revela  veces lo que no
descubren hechos importantsimos, libros venerables ni mamotretos de
copiosa ciencia. Deca un gran pintor que el verdadero arte comienza
all donde pequeos toques producen grandes cambios. Acaece algo
semejante en las cosas de la vida y no es muy zahor el observador de
ella  quien lo nfimo no sugiere lo transcendente, ni ve en lo frvolo
el cristal, que dejar suele en las costumbres, la ebullicin y luego el
enfriamiento de las grandes causas. Es por este orden de razones que no
me parece desprovisto de sal ni miga el espectculo curioso, aunque
nada ajeno al ambiente de los _meetings_ sportivos, que tuve la fortuna
de presenciar en el hipdromo de Trouville.

Era una gozosa confusin, un mareante vaivn de trajes vaporosos,
sombreros como canastas de flores y blanqusimos zapatos que corran
como albos conejitos de la India sobre el verde riente de las
_pelouses_. La donosa y opuesta muchedumbre giraba en torno de los
resplandecientes atletas del _turf_, bestias finas, artificiales y
como tallados primorosamente en maderas duras,  invada luego las
casillas del Pari-Mutuel, donde  cambio de algunos francos, hasta 
los humildes mortales les era dado sostener un trgico cuerpo  cuerpo
con el Destino y gustar un minuto la vida intensa de los hroes y los
dioses... Pero de pronto se produjo un tumulto extrao y luego una
especie de remolino de curiosidad que atraa  un punto del _padock_
al pblico disperso. Las gentes acuden presurosas, las cabecitas de
Helleu se apian, los labios rojos como fresas murmuran un nombre y
los ojos agrandados por el _kohl_, se abren extticos como ante una
aparicin celestial. Qu era? Era madame Paquin, la Emperatriz de la
Moda, que apareca por primera vez en pblico despus de la muerte
de su bello y perfumado esposo. Vesta de medio luto, traje blanco
adornado de terciopelo, tricornio negro con triunfal pluma blanca: el
conjunto una maravilla de lujo, exquisitez y refinamiento, subidos de
punto por las garrafales perlas de las orejas y el collar de quinientos
mil francos. Sonriente, segura de sus impecables actitudes y prestigio
nico sobre las imaginaciones femeninas; sabiendo que todas sus
esclavas le pedan algo sumisamente, dejbase contemplar al desgaire
prodigando  uno y  otro lado principescas sonrisas, mientras con la
falda recogida en una mano y en la otra la sombrilla, cuyo puo de
azabache conservaba con un gesto de virgen pdica  la altura de la
boca, avanzaba lenta y rtmicamente, elevando las piernas  la manera
clsica de los _mannequins_ para posar luego los pies con mimo sobre
la verde alfombra. Y cada movimiento y cada nueva actitud eran como
una leccin prctica de estilo y encantadora fragilidad. Las duquesas,
las archimillonarias yanquis, las artistas clebres, las cortesanas de
alto coturno y, finalmente, los hombres se inclinaban  su paso. All
no haban mritos ni ttulos que no se eclipsaran, ni testas que no
se abatieran ante la diosa taumaturga de la belleza femenina. Ella
imperaba sola.

En medio del oro de la tarde, aquella escena tom de sbito  mis ojos
la augusta significacin de un smbolo: el de la Francia depositando
sus ofrendas  los pies de la Voluptuosidad.




SI la belleza es toda la mujer,  como dice Gourmont: la belleza
es una mujer y la mujer es la belleza, pero como la mujer es el
amor ste es el trmino fatal del _estetismo_ parisiense. Qu mucho
que el nio ciego impere como nico dios en la gran ciudad latina!
Mas no se trata del infante terrible que dispar sus flechas en las
ariscas lomas y mansos valles de la Hlada, sino de un amorcillo muy
civilizado y donoso que lleva su carcaj repleto de romances, epigramas
y madrigales. Cmo haban de resistir los lricos corazones al Tentador
que se sirve para encantar de los filtros y sortilegios del Arte y la
Poesa. No cabe sino que triunfe, y en realidad triunfa soberano en la
literatura y la vida. Una comedia sin conflictos amorosos ni tocados
elegantes no dura en los carteles; las novelas sin dramas pasionales
 picantes escenas de alcoba no se leen; los versos sin erotismo no
llegan al alma; la msica sin embriagueces ni escalofros voluptuosos
no prende sus lricos garfios en los odos. De esta suerte el nio
desenfadado dicta las modas sentimentales. El teatro, el arte y los
libros son como academias de voluptuosidad y escuelas de casustica
amorosa en las que se ensea  percibir doctamente los variados matices
de la sensualidad, desde el travieso _flirt_, _les passionettes_ y las
dulzuras de la _amiti amoureuse_, hasta los desatados impulsos del
corazn y los bizantinismos galantes. Como complemento y remate de esta
educacin sentimental, tambin se aprende de una manera no menos docta
ni prolija, la ciencia de la expresin _caline_ y el arte de la caricia
_endormante_. Y este arte y aquella ciencia constituyen, lo mismo
que el _chic_, uno de los monopolios de la fina sensibilidad y linda
imaginacin de la parisiense, alada imaginacin que ha enriquecido la
lengua con una cantidad de desmayadas expresiones y dotado la plstica
de gestos y actitudes que son como las grandes iniciales del breviario
ertico.

As, pues, la cultura como la moda, parece que no tuviera otro
objetivo que embellecer la voluptuosidad y endiosar el amor. En un
ambiente tan propicio  las emociones blandas y regaladas y que por
tan varias maneras favorece la cristalizacin de las sensibilidades
artistas, cae de suyo que stas predominan y que los sentimientos
austeros y viriles sean formas secundarias de la emotividad francesa,
esencialmente literaria y ertica. No llegar al extremo de decir, como
la indignada yanqui de Huret que un francs, es una funcin sexual,
pero si afirmar, y aun sin empacho, que los otros sentimientos, y
particularmente el de la belleza y los mismos apetitos materiales,
degeneran en apetencia de la mujer, se subordinan al amor y son como
preludios de la gran orquestacin amorosa. Es el negocio pblico, como
la belleza femenina es la industria nacional, y no poda menos de
ser as en el encantado jardn de la tierra donde la sociabilidad de
las gentes, la agilidad del espritu, la rapidez de los movimientos
del alma y la molicie del medio, hacen que, hasta los ms austeros,
se coronen de rosas y se apresten  gozar de la vida en comn y
tiernamente. La eterna cancin se oye lo mismo en las espaciosas
avenidas del _Bois_ que en los salones; en los _musical-halls_ donde
impera el desnudo, como en los teatros, hipdromos y paseos elegantes
donde el vestido, despus de haber realzado osadamente las curvas y
protuberancias tentadoras de la mujer, las suprime para darle  sta el
encanto picante y equvoco de los donceles afeminados.

No vaya  creerse por lo dicho que la licencia y el libertinaje echados
en cara por los extranjeros  los franceses, sin percatarse de que
tales manifestaciones de tolerancia moral son acaso el producto del
exceso de inteligencia y el reverso de cualidades muy nobles y humanas,
reviste la forma grosera de las saturnales del Directorio conducidas
por Mme. Tallien y las _Merveilleuses_. Es menos y es ms, porque es
como la disipacin de los hombres mundanos, una especie de elegancia
del alma, una sensualidad esttica. Las directoras de los orgisticos
coros son las Musas de Pars. Coronadas de laureles conducen la
lrica bacanal. La frmula potica de las blanduras sentimentales,
de la voluptuosidad, de lo femenino, no poda menos de ser un feliz
hallazgo de la femenina inspiracin. Nadie mejor que las Safos haban
de ofrecerle al mundo la manzana de Eva y los misteriosos secretos
de Afrodita. Lo logran con desnudarse, y en efecto se desnudan, y
posedas del delirio sagrado, absorben por la vida boca de los ocho
sentidos la voluptuosidad de la naturaleza toda y la ofrecen como un
vino embriagador en el nfora de sus cuerpos trmulos. Al grito bquico
de libertad y con un impudor que los lirforos no conocan, ensean las
carnes atormentadas por el divino Deseo, por el exasperado sensualismo
de innmeras generaciones esclavas de la razn y sumisas  la castidad.
Las hijas espirituales de Baudelaire y Verlaine, que el acicalado Vogu
llama las musas de la Revolucin, cantan, en verdad, como Jean-Jacques,
Bernardin de Saint-Pierre, Senancour y los grandes romnticos, los
derechos de la pasin, la soberana del instinto, la rebelin del
individuo contra la sociedad y el amor pantesta de la naturaleza en
que se traduce su frentico erotismo. Todas dicen:

    Je prendrai le beau temps avec des mains hles,
    Je mangerai l't comme un gteau de miel!



    Et j'ai fait de mon coeur, aux pieds des volupts,
    Un vase d'Orient o brle une pastille.

 aun:

    Ma lvre est appuye  la lvre des dieux.
    Tant s'panche, invincible, envahissant les cieux
    Une odeur de baisers, d'treintes et de spasmes!

Pero mejor an cantan en versos de una rara perfeccin, ms sinceros
y profundos que los de Hugo y tan dulces y musicales como los del
pobre Lelian, la cancin de Bilitis, el arte delicado del vicio,
el amor del amor, la religin del placer, la conciencia del mal,
los siete pecados capitales de la lujuria. Aquello que los poetas,
menos sensitivos y vibrantes, slo podan balbucear torpemente, ellas
lo formulan con peregrina virtuosidad; lo que ellos no acertaban 
discernir, ellas lo revelan con pasmosa clarovidencia  imgenes
magnficas y aladas. Su penetrante anlisis recorre gilmente el
misterioso teclado de las molicies del cuerpo y del alma. Tal lucidez
en las cosas del amor y las flaquezas de la voluntad, es la causa
oculta del triunfo de las modernas bacantes en la gaya ciencia.
Ellas poseen el trmino justo y dichoso para expresar todo lo que es
desmayo, caricia y ensoacin. La msica desfalleciente y enervadora
de sus versos y las nostalgias infinitas de su poesa, que mejor que
cualquier otra es sensualidad transformada en eretismo mental,
responden al sibaritismo del corazn y del cerebro y constituyen
la tpica manifestacin de la recrudescencia, fcil de prever, sin
embargo, de lo que antes se llam _el mal del siglo_, de lo que un
filsofo llama hoy _el mal romntico_, que es en suma, _el mal de
vivir_: la ineptitud para la vida, la repugnancia de lo real y la
moral anarqua en que,  vueltas de tantos idealismos y refinamientos
sentimentales, suelen caer las naturalezas ms finas y cultivadas.




SESUDOS autores sospechan que el Romanticismo es, en el fondo, una
insurreccin del sentimiento y del instinto contra la razn, contra el
sometimiento  la regla dictada por la experiencia de las sociedades,
y pretenden que la sensibilidad romntica y el espritu revolucionario
derivan, unos, como Taine, del mismo espritu clsico, otros, y son
los ms, de Rousseau y sus secuaces. Harto ligeramente echan los
ltimos en olvido que la furia de la Revolucin fu la Razn misma,
y que Rousseau y los idelogos fueron los descendientes legtimos
del idealismo y de las abstracciones de los filsofos, empeados lo
mismo en Egipto y la India, que en la Francia del siglo XVIII, en
construir un hombre ideal, un hombre de museo, para lo cual haca
falta arrancarle las entraas y rellenarlo de metafsica estopa; de los
filsofos que impelidos por la soberbia de la mente, creyeron posible
sustituir la idea  la realidad, la abstraccin al hecho, la teora
 la historia, la presuntuosa razn de Descartes, que  pesar de sus
ttulos en apariencia indiscutibles  la hegemona sobre lo humano, no
conoce los fenmenos sino histricamente, es decir, despus que han
dejado de producirse y cuando ya no tienen ninguna accin sobre los
fenmenos presentes, desconocidos  su vez, al instinto vital, que obra
siempre en el sentido favorable  la expansin de la vida porque l es
ya el principio de su expansin. No ha de confundirse este instinto
vital con el _instinto_, el _sentimiento_ y la _naturaleza_ de los
revolucionarios, vislumbres obscuras de la imperialista condicin
humana. Tengo para m que el sentimentalismo romntico no es otra cosa
que una interpretacin descarriada de la legitimidad, entrevista un
instante, de las pasiones y del egosmo nietzsquiano. Y se me ocurre,
aunque parezca espantable sacrilegio, que si por la bondad nativa del
hombre se hubiera entendido la _gravitacin sobre s_ y el _deseo_
de _poder_, la Revolucin habra tenido consecuencias harto ms
provechosas para la humanidad y, sobre todo, para Francia. Juan Jacobo
proclam la excelencia del hombre natural no corrompido an por la
civilizacin, reaccin legtima en el fondo, contra el artificio del
orden social y el racionalismo de la Enciclopedia; pero lo que triunfa
en los hroes romnticos no es el egosmo sano del salvaje, que las
necesidades sociales pueden convertir en virtud y amor hacia las dems
criaturas, sino el egosmo patolgico del _hombre sensible_, que muy
luego remata en anarqua moral. Razn cartesiana  predominio absoluto
de la inteligencia sobre el instinto, y primitivismo,  retorno  la
naturaleza, se transforman respectivamente gracias al desconocimiento
de la fisiologa humana y los devaneos de la literatura, en
racionalismo demagogo y sentimentalismo romntico, dos pestes. Pero no
pudo ser de otro modo. No se conoca bien,  pesar del amor propio de
La Rochefoucauld, el fondo imperialista de la humana naturaleza; ni se
tenan nociones del darwinismo social; ni de las leyes que rigen la
evolucin de las sociedades; ni Comte haba dicho que slo son buenas
las verdades que nos convienen, vaciando de ese modo en una frase
la esencia del utilitarismo y del pragmatismo, iconoclastas de las
verdades absolutas y del bien en s. Filosofa, literatura y arte se
encaminaban directamente  refinar el sentimiento y combatir rudamente
la animalidad, los instintos dominadores, el pecado original de los
cristianos. Lo mismo los autores del siglo XVII, hidrpicos an de
teologa, que las admirables, pero incompletas intuiciones de Buffn
y Condillac, que la pseudo-ciencia histrica del noble Condorcet,
que el misticismo social de los utopistas y la lgica rectilnea de
los jacobinos, convergan por distintos canales  la maravillosa y
ridcula concepcin del hombre abstracto, esa quinta-esencia del
irrealismo que nos embriaga todava. Siguiendo atentamente el curso de
las ideas se cae en la cuenta de que no existen verdaderas soluciones
de contigidad ni irreducibles antinomias entre el espritu realista y
viril de Corneille y La Fontaine y el espritu afeminado y quimrico
de Juan Jacobo y Senancour, como no las hay entre el retorno  la
naturaleza de los precursores del romanticismo poltico y el reinado de
la Razn de los revolucionarios. Racine posea ya como los romnticos,
el _triste don de las lgrimas_, y antes que por Saint-Preux, Pablo
y Virginia y Obermann los nervios haban sido extra-sensibilizados
por la caballera y las costumbres galantes, por los Amadises y las
Astreas. Clasicismo y romanticismo se ofrecen al entendimiento como
manifestaciones antagnicas en apariencia, pero fraternas en realidad,
del mismo proceso evolutivo y de la misma falsificacin idealista, si
se entiende por clsico no lo racional, sino lo espiritual, el esfuerzo
hecho por someter las leyes de la Naturaleza  nuestras aspiraciones
subjetivas. En este sentido el uno encaja en el otro; ambos entraan
una concepcin que admite y pregona la supremaca de la inteligencia 
la del sentimiento, y ambos se oponen al espritu moderno, realista y
utilitario y que es la resultante de una filosofa basada no sobre el
instinto ni lo sub-consciente, especie de neo-romanticismo, sino sobre
la voluntad.

En verdad la sensibilidad romntica y el irrealismo, ora ingenuo, ora
docto y terrible del pueblo francs antjaseme la obra de toda la
cultura francesa y particularmente del exceso de cultura literaria
y de la influencia femenina en el arte y las costumbres. En dosis
exageradas la literatura y lo femenino intoxican. El lirismo social
tiene sus quiebras. Filsofos enamorados de la razn y del ideal y
que creyeron devotamente en la omnipotencia de la inteligencia desde
Descartes y Cousin hasta Comte y Fouillee; idelogos y utopistas
fervientes no de un derecho, de una libertad, de un bien, sino del
Derecho, de la Libertad, del Bien, fabricadores entusiastas de las
Salentes, Ciudades futuras y Eras de oro de la humanidad, desde Feneln
 Fourrier; briosos poetas como Lamartine, Chateaubriand, Hugo,
Leconte de Lisle que pretendieron substituir el ensueo  la realidad
y convertir sus encantadas imaginaciones en dulce paz campesina,
primitivismo patriarcal y edenismo terrestre; artistas de la estirpe
de Delacroix y Puvis de Chavannes que maldicen de la civilizacin 
muestran en inmortales frescos sus visiones paradisacas; estetas,
dramaturgos, noveladores, ironistas y diletantes que  nombre de
la dicha de la humanidad  de la religin de la belleza condenan
iracundos el maquinismo, la finanza, las energas viriles, las
actividades productoras, lo vital de la vida moderna, en fin, todos
concurren  formar la atmsfera de estufa favorable  las quimeras,
ensueos, molicies, sensualismos y embriagueces de amor y de ventura
que el choque contra los duros ngulos de las realidades resuelve
infaliblemente en irona, escepticismo y mal de vivir.




PORQUE es lo ms inslito que las exquisiteces de la sensibilidad
y elegancias mentales, tenidas hasta ayer por signos ciertos de
superioridad y dorada cpula de las civilizaciones selectas, sean
causa y venero de toda suerte de egosmos y enfermedades del alma. Si
se para mientes en ello verase  poco andar que el sentimentalismo y
la sensiblera, el entusiasmo y el lirismo, el amor del hombre y de
la sociedad universal de los hombres sensibles, los delicados y los
estetas se transforman, si pasan del plano de la literatura al plano
de la vida, en acritud y amor propio feroz, soberbia y aridez de
alma, aversin de los hombres  imposibilidad prctica de vivir en su
compaa y de adaptarse  ningn medio social. As fueron Rousseau,
Bernardin de Saint-Pierre, Senancour, eternos judos errantes del pas
de las quimeras, y de la misma estofa son los _bellos tenebrosos_, la
larga y maltrecha falange encabezada por Saint Preux, el aristocrtico
Ren y el inconstante Adolfo, cuyos descendientes enfermos y
desesperados desde Rolla y Sorel  Monsieur Venus, parecen algo as
como la columna vertebral de la neurosis de un siglo al que llenan de
sus clamores y perversidades.

Y los poetas, escritores y artistas; los eternos nios que un augusto
prejuicio consideraba como dechados de perfeccin y arquetipos humanos,
tienen algo y aun mucho de sus engendros espirituales. Conocida es
su ligereza y vanidad pueril que los lleva, entre otros extremos
ridculos,  vivir constantemente en la esttica postura del bello
Narciso; conocido el amoralismo y las depravadas costumbres de los
estetas, de quienes son acabados _specimens_ esos complicados embelecos
que se llaman des Esseintes, Phocas, Lord Lelian; conocida la debilidad
femenina, el ningn poder de gobernarse y la perversin de los
exquisitos, admiradores fervientes de Wilde, d'Anunzio y Lorrain. En
resumen, parece una gran mentira la panacea de la cultura literaria, y
puede que los refinamientos de la sensibilidad y la inteligencia, 
el arte y las letras, como quera Rousseau, en vez de ennoblecer  los
hombres los haga antisociables  inhumanos. Cultura  individualismo, 
lo que es equivalente, condenacin de la sociedad, son sinnimos. Acaso
es ms humana y sociable la bondad natural, slo que por sta no habra
de entenderse la que tal crey el sensible  incauto Juan Jacobo, sino
al revs, el egosmo puro, resorte propulsor de las almas viriles y lo
contrario de las languideces sentimentales y flaquezas del carcter
que disean el perfil moral de los voluptuosos. Esto explicara
acabadamente la oposicin y disparidad que el solo nombre evoca entre
sensitivos y viriles, idealistas y utilitarios; la escasa _virtuosidad_
de sensitivos  idealistas en el dominio de las realidades prcticas
y, al contrario, su preeminencia en el pas de los sueos, esto es, en
las actividades sub-conscientes que rebajan al hombre disciplinado por
el ejercicio de la voluntad, dueo de s y adaptable por su hbito de
gobernarse  las variaciones del medio y lo ponen  la altura de la
mujer y del nio, en los que domina el capricho, la fantasa y es ms
dbil el juicio y menos robusta la facultad de querer.

El infantilismo y sugerente parentesco de las sensibilidades artistas
y las sensibilidades femeninas; la emotividad exagerada que hace tan
irascibles y quisquillosos  los sentimentales; la ineptitud social
y escepticismo disolvente de los fieles de la religin del alma; el
pesimismo y la irona de aquellos  quienes tortura el vicio sutil de
pensar, no son precisamente seguros indicios de virtudes sociales ni
demuestran que la humanidad anduviera muy acertada al elegir como ayo
y Mentor al amable y picotero Espritu, tan desdeado  menudo por la
vida. Prometeo le deca  un stiro que habiendo visto por primera
vez el fuego y deslumbrado por su resplandeciente hermosura, quera
besarlo: Stiro, llorars tu barba si lo besas, porque el fuego
quema al que le toca, alegora cuyo sentido expresan,  la par del
viejo mito del fruto vedado, muchas fbulas, sentencias y discursos
que indican la sospecha  revelan el conocimiento de la cualidad
anrquica y disolvente de poetas y artistas, y dejan que se columbre
la oposicin del sentir y del obrar, del saber y del poder, de lo que
llamara Nietzsche la lucha del instinto vital que crea y del instinto
de conocer que destruye. Hay mucho de verdad en todo ello. Ms que
los libros y las doctrinas, el comercio de los hombres induce  creer
 pie juntillas que las clases demasiado afinadas por el influjo
afeminador de las artes y las letras caen en el escepticismo, cuando
no en otros males peores, y pierden los bros de la voluntad y la
virtud de amar la vida y gozar de ella, como si vida interior y accin
se excluyesen, individualismo y humanidad se rechazasen, lirismo y
realidad no cupieran en el mismo plato. Desquite del egosmo: sofocado
por la cultura degenera en esas enfermedades misteriosas de la voluntad
y la inteligencia que debilitan  los delicados, los desarma y obliga 
tender el cuello  las ambiciones materialotas, pero vivientes y sanas
de la plebe.




PORQUE es muy cierto que esa actitud desdeosa de las naturalezas
muy finas y cultivadas frente  la sociedad que se llama la irona,
flor funeraria que florece en el recogimiento solitario del yo;
esa actitud crtica y rebelde que impide tomar parte activa en la
tragi-comedia humana  incorporarse con mansa resignacin al paciente
rebao de Panurgo, es destructora como el individualismo anrquico del
que slo es vigoroso brote, de las virtudes y energas sociales, y,
por consiguiente, de toda robustez moral. La conciencia del profundo
desacuerdo entre pensamiento y accin  individuo y sociedad de que
nos ofrecen lamentables testimonios la helada indiferencia de Benjamn
Constant, el orgullo solitario de Vigny, la melancola de Amiel 
el cinismo de Stendhal, corta las alas al deseo de poder  impide
vivir, porque no se puede tomar en serio un espectculo fatalmente
absurdo, eternamente grotesco y al que asistimos por fuerza y pagamos
con nuestra desdicha. La sonrisa oculta la mortal desilusin, las
heridas del flagelado orgullo y nos venga del mundo y su tejido de
contradicciones. Es como un desquite de la personalidad, conveniente
en dosis moderadas para corregir el optimismo tonto de los simples,
de lo que llamara Schopenhauer el _filistinismo hegeliano_, pero
pernicioso cuando de las clases pensantes desciende la irona  las
masas y se convierte en descreencia, burla y cinismo, porque entonces
destruye implacablemente las mentiras  ilusiones _necesarias_ que
forja el instinto vital de las sociedades, con el robusto fin de que
stas perduren en el mudable imperio de Cronos y le pongan su cuo al
espacio. Que una cosa sea verdadera  falsa desde la torre de marfil
del pensamiento, qu importa?: lo que importa es que sea til  la
vida. Acontece en esto lo que con esas verdades religiosas, errneas
cientficamente, pero ciertas y eficaces desde el punto de vista de
la religin  de las costumbres, en las que James echa los nuevos
fundamentos del viejo pragmatismo: qu ms da que sean puras patraas
y burdas engaifas si curan y dan razones de existir? El utilitarismo
de Caliban es ms saludable en los trances apurados que el racionalismo
de Ariel. El pueblo, lo que en nosotros es pueblo, lo que an no rompi
el cordn umbilical que une la criatura al cosmos, no razona: obra
impulsado por sentimientos que son al inters lo que los cuerpos  la
gravedad: posponiendo toda consideracin transcendente  la utilidad
inmediata. Y precisamente por esta limitacin y estrechez de juicio
acierta con la voluntad de la Vida cuando los timoneles de la Idea han
perdido la brjula. Para la Vida el instinto, el egosmo es ms seguro
ombrculo y consejero que la razn enseada en los libros. sta harto
frecuentemente amengua y desorbita. Obedeciendo  impulsos extraos al
inters verdadero y primordial, suele decir: Slvense los principios
aunque se pierdan las colonias. Pero el instinto vital le habla  la
razn como el gran Federico  los doctores cuando deca al penetrar en
Silesia: primero me apodero del pas, que despus no faltarn pedantes
que prueben mis derechos. El santo deseo de poder se queda siempre con
las colonias.

La razn no: contempla la vida reflejada en el espejo deformador de
la conciencia mientras la vida pasa cambiante como la onda, y que
la misma conciencia no permanece un solo instante sin mudanza. Cmo
conocer la verdad moral y eregirla en norma de conducta si ella no fu
nunca idntica  s misma, ni el medio social tampoco y si nosotros,
al concebirla, no somos ya lo que ramos? Aplicamos el parche cuando
el grano no existe ya. Con eso y con todo, en el plano de la lgica 
establecimiento de las verdades cientficas en que nuestra fisiologa
no tiene inters ninguno en engaarnos, el triunfo de la facultad
humana por excelencia es evidente: todo es tangible para ella, y
razonar _notre puissance_, parece lo ms justo; pero en el plano de las
realidades esto suele ser lo ms desastroso, porque la vida, como el
corazn, tiene razones que la razn no conoce. Un trabajo formidable
se produce en las reconditeces y antros del alma, ignoto para las
luces de la conciencia y que determina la mayora de nuestros actos y
voliciones. Conocemos los fenmenos visibles, de nuestra voluntad, como
vemos la burbuja que estalla en la superficie de las aguas: despus de
haberse formado en el seno de ellas y de atravesar su masa toda. Los
verdaderos mviles que nos impulsan nos sern desconocidos eternamente
al obrar, que es cuando su conocimiento podra sernos de algn provecho
para dirigir la vida. Lo que percibe el espritu es la proyeccin de
los deseos; por otra parte, l no es el espectador sino el espectculo
mismo. Engaados por los sentidos, las pasiones, los antojos de la
fantasa, los caprichos del corazn y la ptica deformadora de la
inteligencia, el hombre, mientras obra, no sabe lo que es ni lo que
quiere ni adonde va. La ilusin gobierna el drama espantable del mundo.
Y as, impulsados por las fuerzas colosales  irresistibles de lo
sub-consciente  por la inteligencia, esa petite chose  la surface de
nous mmes, seguimos adelante como autmatas y sonmbulos en la noche
obscura del alma. Solamente que en el primer caso, nuestras plantas se
apoyan en el suelo y por ellas como la savia por las races y el tronco
hasta la flor, sube al cerebro la _voluntad de la tierra_; mientras
que en el segundo nos lanzamos al aire persiguiendo desalados los
espejismos de la imaginacin, que es pura fantasmagora cuando deja de
ser el instrumento dcil de aquella voluntad; perdemos el contacto de
las realidades; dejamos de nutrirnos de sus jugos divinos y ya no somos
otra cosa que vanidad, hojas secas volteando en los lomos del viento.




EL espritu poco prctico, la ineptitud comercial, la falta de sentido
poltico y escaso poder de gobernarse, esa  modo de debilidad femenina
y frvola ligereza de los pueblos en demasa razonadores, tiene su
origen, tal vez, en que fueron descepados de la tierra y desposedos
del sentimiento de las realidades por la absurda falsificacin que,
 guisa de pecados y vicios, combate todava torpemente la _fuerza
fundamental_ de la humana criatura. Cuando dejan de oirse los _eternos
mandatos_ de la Diosa se inventan por repugnancia invencible del mundo
y miedo de vivir, los parasos artificiales  consoladores mentiras del
arte con las que se reconforta el esteta y lucha contra lo incompleto
de su destino; tambin se inventan las religiones del alma y las
hechiceras de la razn, y todo aquello que por ser enemigo jurado de
lo vital y lo viril, ablanda los sentimientos, corrompe con prfidas
seducciones la facultad utilitaria de conocer y prepara el reino
brillante, pero efmero, de las sofisteras del corazn y del cerebro.

Porque as como en la ciudad Luz las emociones van por pendientes
naturales hacia el erotismo y dejan los sentimientos, no encendidos
por la amorosa llama, como velados en la sombra, en lo que atae  la
inteligencia todo converge hacia las formas puras y desinteresadas
del pensamiento, segn la tradicin irrealista y anti-utilitaria de
los ascetas medioevales del saber: especulaciones filosficas sin
aplicacin  las realidades prcticas, idealismo poltico, misticismo
social: hinchada palabrera razonante en la que se resuelven al fin de
cuentas el racionalismo y el sentimentalismo francs.

La Francia es el alma de Juan Jacobo. Suea, persigue la injusticia,
busca presa de inquietudes mortales la dicha universal y con todo ello,
y quiz  causa de ello, no puede reducir la anarqua interior que la
divide en mil familias de Capuletos y Montescos, la debilita en frente
del invasor y desdora  los propios ojos. Noble  ilusa Lutecia,
vctima de lo que llamaba Gioberti el amor de los antpodas! Su
pecado y su crimen es el de no ser bastante egosta. Las construcciones
ideales y fiebres demaggicas; los esfuerzos por encauzar el torrente
impetuoso de la vida en los estrechos canales de la lgica y poner al
unsono universo y corazn, absorben los zumos preciosos de su cerebro
y la hacen descuidar las aplicaciones humildes, pero provechosas, de la
inteligencia  las necesidades de la concurrencia universal, urgentes
y perentorias en el medio econmico realista y utilitario, no exento
por dicha de herosmo ni de grandeza en que, quieras que no, viven los
pueblos civilizados.

La consecuencia lamentable de tantas imaginaciones y ensueos es
el crnico desequilibrio del organismo nacional y, por aadidura,
una suerte de desidia  ineptitud para las cosas prcticas y cierto
amilanado apocamiento en las aventuras financieras que, no obstante
las altas cualidades y superior inteligencia del pueblo francs,
lo colocan en permanente inferioridad junto  otros pueblos menos
cultivados pero ms enrgicos; menos espirituales, pero ms duchos
en aplicar la inteligencia  la vida; menos sensibles y brios de
virtud, pero en el fondo ms sociables y virtuosos. Tiene sus quiebras
el confundir la inteligencia con el _esprit_, la realidad con la
literatura, las virtudes sociales con la sensibilidad lrica. Y  todo
ello conduce frecuentemente el culto de la Razn, que tantas esperanzas
hizo concebir  la humanidad. Buena es la cultura cuando fortifica la
inteligencia y no relaja las energas productoras, que son las virtudes
cardinales del mundo moderno; cuando acrisola la aptitud esttica
sin menoscabo de la virilidad, cuando acuerda, en lo que cabe, la
conciencia con lo sub-consciente, la fsica del alma y la fsica del
cuerpo; pero es condenable toda civilizacin, por brillante que sea si,
con el pretexto de ennoblecer, desarma para vivir y pone en los labios
de los hombres la frase de Bourget: Agir, c'est toujours accepter la
mesquinerie des conditions autour de son Ideal.

Las cristalizaciones tpicas de la civilizacin francesa, y aun podra
decirse de la cultura greco-latina de la que es Pars el dechado y
la simblica flor, son los refinamientos de la sensibilidad y las
elegancias mentales: superioridad palmaria en las cosas del espritu,
lo que le permite imponerle al mundo sus gustos estticos y modas
sentimentales; inferioridad no menos patente en el campo de lo que
llamara el enrgico ex-presidente yanqui la vida intensa, donde
las voluntades anemiadas por las sangras del sentir y del pensar
desfallecen y se doblegan sumisas ante otras voluntades limpias de toda
intoxicacin literaria y que no tienen los ojos _brios de luna_ sino
fulgentes de luz solar.




CONSIDERANDO al materialismo fatal de la era presente y las aptitudes
prcticas de que los pueblos han menester para no petrificarse en las
viejas formas de la cultura ni quedarse rezagados, se comprende, sin
grande esfuerzo, la reaccin brusca de las civilizaciones modernas,
positivas y utilitarias, contra las civilizaciones irrealistas del
pasado y particularmente contra el racionalismo francs.  pesar de
los lloros del alma es preciso confesarlo: las disciplinas eficaces
y ennoblecedoras un da, ms que otras cualesquiera, de la cultura
francesa, ni son las frmulas pedaggicas de las naciones que extienden
sus dominios en el momento histrico actual, ni pueden ser las frmulas
morales del porvenir. Si bien afinan al animal humano, lo hacen con
detrimento de sus energas belicosas. Es lo contrario lo que priva
y hace falta. La seleccin de las sociedades encamnase francamente
 proteger  los viriles y destruir  los sensitivos. Y por eso la
cultura que realiz en la historia el connubio de la Gracia y del
Saber, la nica que todava puede parangonarse  la que floreci en el
tica sonora, parece que hubiera dejado de ser actual y de producir las
virtudes sociales del momento.

Verdad es que un pensador de fuste, clarovidente  imparcial,
caracteriza el siglo XIX por dos hechos singulares entre todos:
el triunfo del espritu democrtico y del idealismo poltico 
extensin de la influencia de Francia en el dominio espiritual, y
la supremaca de los anglo-sajones y germanos en el dominio de las
realidades prcticas,  lo que es equivalente, en las luchas polticas
y econmicas. Mas lo primero es slo una amable apariencia. Por lo
que toca  la filosofa y la moral, damas pudibundas y al parecer
invulnerables para las flechas de Eros, pero que con sobrada frecuencia
padecen de vapores y desmayan voluptuosas en los brazos de los
brbaros, lo tpico del siglo XIX es, en ltimo trmino, la reaccin
triunfante del naturalismo alemn y del darwinismo anglo-sajn, contra
el racionalismo francs; en lo que atae  la vida real lo que salta 
los ojos es el advenimiento de toda suerte de imperialismos, polticos,
econmicos, democrticos y la superioridad, establecida por los hechos
en solemnes ocasiones, de los viriles sobre los sensitivos, de la
voluntad sobre la inteligencia, de la fuerza sobre el derecho, que
cuando no es la fuerza es el mal, segn la asercin del paradjico
Wilde, un esteta que tambin aseguraba con el mismo desahogo, que no
tiene nada de sano el culto de la belleza. l deba de saberlo.

Y esa superioridad, y he aqu lo portentoso, se hace manifiesta no
solamente en las luchas econmicas y diarias porfas, sino en el
terreno de la solidaridad, donde parece que debieran ser ms eficaces
las aptitudes graciosas y amables. Y bien, no. El espritu solidarista
que enfervorizado persigue el derecho igual para todo y para todos, la
dicha del mayor nmero, la libertad, el progreso, nociones confusas y
tal vez antinmicas, no es ms favorable, en suma,  la sociedad que
las doctrinas naturalistas  anti-racionalistas de alemanes  ingleses.
En la prctica intelectualismo y racionalismo franceses degeneran,
el primero: en _estetismo_ amoral, irona, escptica indiferencia y
repugnancia de las realidades; el segundo: en perpetua fermentacin
revolucionaria  individualismo anrquico, cosas antagnicas, como el
amoralismo de los estetas,  la sociedad y la vida. Por el contrario,
el duro darwinismo social, cabeza de turco de tantas sentimentales
declamaciones, conduce al respeto de las jerarquas, al orden,  la
libertad,  la cooperacin por la vida dentro de la lucha por la vida;
y, por otra parte, al individualismo del _self governement_, que es
fuente inagotable de energas y virtudes sociales, no tericas sino
prcticas y efectivas. De donde pudiera inferirse rigurosamente que el
egosmo acaparador de los brutales, es ms provechoso para el mundo que
el egosmo _sin inters_ de los delicados.




Y de hecho autores hay que atribuyen las excelencias de los pueblos
del Norte, al haber permanecido hostiles  la influencia greco-latina,
manteniendo en un estado de semi-barbarie su originalidad tnica y
hasta cierto punto, su civilizacin castiza, lo que constituye la
fuerza propia de un pueblo y las cualidades de fondo de una raza. Mas
esos pueblos precisamente, desempearon por mucho tiempo un papel
secundario en las conquistas de la civilizacin y se nutrieron en
muchas cosas de la enjundia latina. Si los anglo-sajones y los germanos
aun conservan un elemento de salud y vigor de que carecen los pueblos
que sufrieron el dominio de la Roma de los Csares y los Papas, no debe
atribuirse  la ausencia de ese dominio, sino ms bien,  la srdida
economa de fuerzas hecha en luengos siglos de vida obscura, extraa
 los refinamientos y molicies destructoras del carcter que traen
consigo siempre las civilizaciones extremas. Atenas, Roma, Alejandra,
Bizancio lo atestiguan. La ventaja de que los pueblos se conserven
puros y originales en su vida espiritual, es muy discutible cuando se
piensa en lo que son la India y la China, y en lo lo que fu el Japn
antes de haberse asimilado la civilizacin occidental. Lo que  todas
luces hace falta y aprovecha, es que la cultura propia  prestada
no desvirtue el egosmo nativo, manantial de toda vida y en el que
absorben los jugos de la robustez del cuerpo y la salud del alma los
pueblos fuertes, refinados  sin desbastar an.

Las cualidades viriles que garanticen el triunfo prctico y cabal
en esta poca de imperialismo econmico, no han sido hasta ahora,
ni son actualmente, el patrimonio exclusivo de las naciones salidas
directamente de la barbarie. Los pueblos que hoy se enseorean
del globo, no posean ayer las preciosas energas  que deben su
predominio, ni nada hace suponer que tanto fasto y poder no concluyan
un da con las palabras de Felipe II en su lecho de muerte. La vida
en su juego divino seguir transformando las sociedades y es muy
posible que, en tiempo no lejano quiz, aquellas soberbiosas dotes
dejen de ser tiles en el grado que actualmente lo son, ora sea por
el desgaste de la facultad, ora por las mudanzas del medio ambiente,
como acontece en la era capitalista de clculo y ahorro, con las
virtudes hidalgas de la caballeresca Espaa, eficaces en el tiempo
pasado y al presente perniciosas. As, pongo por caso, si el edenismo
convierte un da la tierra en los campos elseos de la humanidad, los
pueblos que juzgamos ahora ms aptos para la lucha vital, perderan la
situacin preponderante que deben  lo que entonces fueran cualidades
anacrnicas y estorbos para asimilarse la nueva y triunfante cultura.
Francia acaricia aquel voluptuoso ensueo oriental; si triunfase sera
el desquite del ideal francs. Pero en la vida como en el arte, las
intenciones no son nada, el poder de realizar es todo. Y el poder,
fuerza es que se diga, no est de parte de la Idea, sino del _Factum_;
no de parte de los delicados, sino de los viriles; no de parte de
los ms nobles, sino de los ms fuertes, que son los ms aptos para
convertir en hechos sus aspiraciones.

Por los dems no conviene llamarse  engao sobre la supuesta egregia
condicin de los imperios espirituales ni la legitimidad de sus
conquistas. Ya hemos dicho que la razn es esencialmente arbitraria y
opresora, y cmo entra sin dar cuartel en las fortalezas del alma. Las
zarandajas morales de la nobleza y del desinters de los propsitos,
cuando se examinan de cerca son pura patraa y retrica. Cada pueblo
practica el imperialismo concorde con su peculiar fisiologa y cultura.
Como la funcin crea el rgano, el deseo crea la moral. S de sobra que
el ideal francs se opone formalmente  todo privilegio  imperialismo
derivado de los _hechos_ y no de la _teora_; pero ese ideal es otra
cosa que el privilegio de la razn razonante que conviene  la Francia,
y un imperialismo sentimental con el que, la nacin desprovista de
sus arreos guerreros, procura satisfacer espiritualmente, ya que no
de otra manera, su gastado instinto de soberana? Grande vidente fu
Zaratustra cuando dijo: El cuerpo se crea el espritu como una mano
de su voluntad. Todo es mano en el hombre, y el objeto de ese rgano
prensil, es el de apoderarse de las cosas y no el de escribirlas en las
arenas movientes que lamen las olas del mar.




DE las aspiraciones generosas y remontadas del pueblo francs, no cabe
dudar y menos de su obra dilatada  todas las actividades, industrias,
ciencias y mquinas especulativas. Su ideal ha sido por momentos el
ideal de la humanidad. Todas las naciones le deben algo, y todos
llevan en el medalln del alma, como un recuerdo del primer amor, la
imagen querida del bello Pars. Fuera menester haber nacido ciego y
sordo-mudo en las cosas del espritu para negar la influencia dulce y
luminosa que irradia sobre la tierra desde lo alto de la torre Eiffel,
y no reconocer que muchas veces la amable Lutecia fu, y sigue siendo
en parte an, la flor de la humanidad y as como la inteligencia y la
gracia del mundo. La invencin de la inferioridad de la raza y la
decadencia latina, son burdas especies. Despus del libro de Finot
quedan muy mal paradas las doctrinas de Gobineau y De Lapouge. Las
aptitudes y cualidades francesas, tan mltiples como peregrinas, nunca
fueron ms salientes ni vigorosas. Slo que el medio ha cambiado y
muchas veces, aunque decantadas y superiores, no son utilizables
aquellas excelencias. Al contrario, en cierta manera, sirven de rmora
y dificultad para ponerse al diapasn positivista de los tiempos que
corren. El mundo hase convertido en un vasto mercado donde no tienen
empleo los marqueses _talon rouge_. El perpetrar las tradiciones
estticas de la elegancia del alma, no es ya elevado sacerdocio ni
oficio remunerador. Y todo hace pensar que en lo futuro ningn pueblo
podr ejercer una influencia honda ni durable sobre los otros, ni
siquiera tenerlos  raya, ni aun vivir con sus talentos de sociedad
solamente por amables que sean. Francia conserva en sus manos de uas
pulidas el cetro del gusto, pero no el de la inteligencia tcnica que
se necesita en el Taller. Contra lo que supone el gran Anatole, el
ejercicio del espritu y el uso de la razn, de la vieja razn, no
prolongarn el imperio de Francia sobre el mundo. La Fuerza de las
ideas es ineficaz cuando las ideas no son la expresin de la Fuerza.
En la vida moderna los retores y los humanistas van pareciendo casi
tan anacrnicos como los santos. Pero ello no implica una condenacin
de muerte para los pueblos latinos, ni quiere decir que stos, despus
de haber fait le tour des sentiments et des ides, no puedan
adquirir y desarrollar por conviccin y sistemticamente los arrestos
y bros morales que las naciones hoy dominadoras poseen gracias  su
inferioridad crtica y simplicidad primitivas. Adems, puede acontecer
muy bien que las circunstancias ambientes cambien y las tornas se
vuelvan y que resulten entonces feos vicios las cualidades que hoy se
tienen por raras perfecciones, mritos de subidos quilates y signos
ciertos de superioridad.




MAS, por el momento, la virtud de germanos y anglo-sajones salta  la
vista. De un modo lento, pero eficaz, como el trabajo subterrneo de
las aguas que disloca y parte las montaas, van haciendo del mundo
su exclusivo patrimonio. Los grandes capitanes de la industria y la
finanza plantan las banderas de la expansin comercial hasta en los
rincones ms escondidos del globo; conquistan los mercados, que son
las ciudadelas de las naciones; se infiltran con sus mercancas en los
pueblos y los hacen sus vasallos. Y  esta penetracin parsimoniosa
y mansa, pero segura, de las actividades invasoras, en las que se
transvasan en la era capitalista los mpetus conquistadores de otras
pocas y los impulsos del nunca dormido, mientras se conserva
sano, instinto de dominacin, el sibarita Pars no acierta  oponer
otras barreras para defender su predominio, que las brillanteces
y refinamientos que abrieron  Roma las puertas de Atenas y  los
brbaros las puertas de Roma.

Al modo que las voluntades flacas, despus de renunciar  las tierras
del planeta, inventaron el consuelo de las tierras celestes y las
estupefactiva inversin de valores que hacen robusto lo canijo, rico
lo pobre, noble lo vil; las naciones de embotadas energas viriles y
fatigados alientos, inventan los cdigos morales de la debilidad y las
ilusiones idealistas que adormecen y engaan las voluntades nacionales
contra las que no se puede luchar  brazo partido ni frente  frente.
Como el cristianismo, cuya esencia es renunciamiento, contemplacin,
acritud contra la existencia, la cultura greco-latina lleva en s
oculto, muy oculto, el desdn de lo real y de la accin--su amor de las
ficciones del arte y odio de la riqueza da de ello claros indicios--y
es un filtro poderoso para adormecer los ardores de la sangre moza
y hacer factibles por las vas pacficas, el suspirado reino de la
justicia y la adorable quimera de la sociedad universal, que de
realizarse han de hacerlo, como todas las cosas de este bajo mundo
por la guerra y la muerte, ya que nada existe sino en virtud de la
injusticia; ya que toda existencia es un robo anticipado sobre otras
existencias y que cada vida que florece lo hace en un cementerio, al
decir del admirable Gourmont.

Cada vez que trato de exprimirle el jugo real  la _unin por la
vida_, dulce frmula de uno de los representantes ms autorizados del
idealismo francs, me viene  las mientes el recuerdo de otra unin
de la que yo formaba parte de pequeo en la escuela. Se llamaba la
Cofrada del Bizcocho, y tena por objeto el ayudarnos mtuamente
para escamotearle al pobre diablo de mercachifle, que en las horas de
asueto venda de que merendar, las golosinas que apetecamos. Nuestras
maniobras eran muy concertadas y amigas hasta cometer el feo hurto,
pero despus, cuando se trataba de repartirlo, la unin _para el
bizcocho_ se converta invariablemente en guerra _por el bizcocho_. La
experiencia del mundo me ha demostrado en mltiples ocasiones, que la
unin para la vida desde que hay que comer, desde que hay que vivir se
trueca en lucha por la vida. Reino de la justicia, sociedad universal,
edenismo terrestre! Hermosos sueos sino se cambiasen, con el desate de
las pasiones, intereses y apetitos que _dejar de obedecer_, en guerra
y anarqua, y sino fueran la expresin sintomtica de las enfermedades
de la voluntad que contraen los pueblos embebecidos de la idea y
que palidecen y se consumen _escuchando el canto del ruiseor_...
Humanitarismo  internacionalismo, y, por otra parte, proteccionismo
y antisemitismo, revelan bien  las claras la urgente necesidad de
desarmar  los otros  confabularse contra los que no se pueden vencer
 armas iguales, y constituyen la implcita confesin de la anemia
nacional. Ils nous gnent, responde un personaje representativo de
la nobleza en el drama Israel para explicar su odio  los judos,
vencedores en la lucha social y que acaparan vidamente cuanto
privilegio y poder se les pone al alcance de la mano. Y en aquella
despechada frase se contiene la razn verdadera... y cnica, como
todas las razones verdaderas, de un odio secular. Los judos son los
rivales, tanto ms detestados cuanto ms victoriosos,  cuyas arcas van
 concentrarse los dineros,  lo que importa lo mismo, la virtualidad
y situacin social de todos. Se comprende que incomoden y se hagan
aborrecibles. Ejercemos el natural dominio de las almas fuertes sobre
las dbiles, podran ellos replicar remedando  la Galiga cuando
explicaba  los jueces su influencia sobre Mara de Mdicis. Y no poda
ser por menos. Contemplativos, idealistas, estetas nunca se acomodaron
bien de la lanza, ni del casco guerreros. Digan lo que quieran: las
exquisiteces de la inteligencia y la sensibilidad, son destructoras de
la osada y firmeza del empeo. No hay sino escudriar, para percatarse
de ello, las causas recnditas de la abulia, y observar de cerca la
torpeza, timidez y escassima _inteligencia_ en la prctica de la
vida, de los cerebrales y los emotivos. Pensar por pensar, sentir
por sentir, flores monstruosas que secan la planta! En cambio, obrar
es pensar con todo el cuerpo. S, tambin, que obrar es asimismo,
segn el poeta del misterio y del silencio, recogerse en s, escuchar,
callar... pero no hay meditacin ni recogimiento que unan el individuo
como el acto  su patria celeste,  la actividad universal. Una idea
suele ser una bella cosa, pero el ms pequeo de los actos es siempre
una cosa divina.  mayor abundancia de razones, cuando el Espritu
deja de ser el servidor de la voluntad de vivir y gala y ornato de
ella, la traiciona; el obrar la sirve en todos los casos y eternamente,
y como aquella traicin se repite con grande frecuencia, es por lo
que resulta en definitiva, que en el individuo la capacidad de pensar
y sentir idealmente nace y medra en razn inversa de la capacidad de
obrar prcticamente. El pensador, el artista, en suma el poeta--llamo
poeta al intrprete de lo divino--tiene una excelsa y misteriosa misin
que cumplir en cuanto fabricante de ilusiones vitales: el resto de su
actividad _inexplosiva_,  su actividad misma cuando adormece y enerva
en vez de excitar, es futileza y labor de mujeres, cosa de eunucos y
distracciones de harn.

Ahora bien: esto ltimo es, para desdicha de los imperios apolnicos,
lo que ocurre y produce una especie de fermentacin literaria que
intoxica el corazn y el cerebro de las multitudes y prepara el reino
de lo femenino, la voluptuosidad y la quimera. Entonces las sociedades
se embriagan de luna, y recostadas en blandos almohadones languidecen
esperando la venida de los brbaros.




ESTE convencimiento que se traduce aqu y all en las obras de los
viajeros salidos de la Metrpoli de la Belleza para sufrir el roce
spero de las civilizaciones utilitarias, ya sean puros literatos
como Bourget y Adam, ya socilogos y psiclogos como Leroy-Beaulieu,
Boutmy, de Rousiers; ora financistas letrados como Weiller, ora simples
periodistas como Huret, es quiz, lo que en forma de presentimiento
obscuro, agita  la Francia. Las convulsiones de su poltica y anarqua
moral pueden ser los ltimos espasmos de un mundo glorioso, pero
inapto para adaptarse al ambiente positivista,  los dolores de un
nuevo alumbramiento revolucionario del que saldr el ideal de amor y
ventura que la bella Lutecia, apasionada y ensoadora, nutre y quiere
con los redaos del alma. Lo innegable es que fermentos y levaduras
morales de muy diversa condicin trabajan las masas  porfa y tienden
 destruir el orden de cosas actual. Tradicionalistas, cuya frmula
es la _tierra y los muertos_, la patria y los ascendientes, que el
travieso individualismo barresiano descubre en las profundidades del
yo, y socialistas que suean con la sociedad universal como Jaurs y
Herv; cesaristas  lo Renn y monarquistas  lo Murras, que se apoyan
en Darwin y la ciencia para condenar el rgimen imperante; republicanos
de vieja cepa y anarquistas sentimentales, ateos y creyentes, patriotas
y escpticos conciertan sus enemigas voluntades en el aquel de renegar
de la democracia. Los unos por que sta, destruyendo las jerarquas y
excelencias sociales se pone en camino de rebajar el nivel intelectual
y moral de la raza y substituir la cultura por la barbarie, el orden
por el caos. Los otros porque la democracia no ha cumplido ninguna
de las promesas grabadas como divisas en la piedra de los edificios
pblicos: mito la libertad, mito la igualdad, mito la fraternidad y el
gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, mitologa pura.
Y unos y otros ven y confiesan dolidos la desorganizacin que avanza,
la natalidad que decrece, la marea del escepticismo que sube, el nivel
del herosmo que baja. La misma fe y esperanza puestas en el porvenir
se desvanecen al reconocer el fracaso de la pedagoga y las disciplinas
francesas, que slo preparan sentimentales y retores, ineptos y
desorbitados. No se sabe qu hacer ni  qu santo encomendarse. Ningn
mejunje calma la fiebre ni la agitacin nerviosa. Todas las posturas
son incmodas. Y las doctrinas de perfecta armazn lgica suceden 
las doctrinas; las utopas seductoras  las utopas; los discursos
 las hemorragias de la palabra; la Revolucin al perpetuo hervor
revolucionario, mientras las brias musas de Pars cantan como Nern
contemplando el incendio de Roma.

Y este es el desolado y maravilloso espectculo que ofrece al mundo la
razn razonante.




                              CONCLUSIN




LA renuncia del Espritu como lazarillo de la vida es inminente. La
humanidad ha perdido la confianza en su Mentor. El viejo idealismo
no tiene ninguna virtud eficaz y se ofrece hasta  los ojos de los
ms cndidos como una vejiga desinflada. Perdida la fe y llenos de
incertidumbres los mismos pueblos que adoraron de rodillas  la
razn razonante se alejan de ella y se pierden en las sombras del
escepticismo, sin volver la cabeza ni oir el tan tan lejano de las
campanas espirituales repicando en los templos desiertos. Francia,
Italia, Espaa, Portugal, pagan muy caro su irrealismo, el crimen de
haber preferido la idea al hecho, la palabra al acto, la razn mstica
 la razn fsica, para no reconocer en secreto que el lrico bagaje
de ayer es hoy una pesada impedimenta. No slo no incita  obrar, sino
que impide obrar. El pasado les pertenece, pero no el futuro si no
arrojan lejos de s el muerto laurel y se coronan de frescos pmpanos
para merecer de nuevo los favores de la Vida. Ante sta, por no haber
reconocido todava que _la Fuerza es el elemento divino del universo,
como el Oro es el elemento divino de las sociedades_, prorrumpen
aquellas naciones en el profundo _yo pequ_ en que terminar suelen las
agitaciones de los delicados y los idealistas, cuando son sinceros y
clarovidentes como Renn.

Desgarradora melancola! l mismo, tristemente, muy tristemente, llega
 considerarse como un tipo humano fsil en el mundo que, educacin
 ideal, le impiden comprender y aquilatar en su intrnseco valor.
Esta ineptitud, tratndose de un representante tan calificado de la
inteligencia, es muy significativa. Medio mstico y humanidades le han
hecho perder el sentido de lo real, que slo mantiene sano y alerta el
inters. El desprecio de los bienes materiales remata la obra. Como los
santos, por mirar al cielo, no ve donde pone los pies ni las cndidas
florecillas que aplasta torpemente. Su ciencia de lo que no sirve para
vivir es prodigiosa, ms prodigiosa todava su ignorancia de lo que
para vivir sirve. El historiador admirable y filsofo sapientsimo,
no tuvo sospechas siquiera de las relaciones pecuniarias de los
hombres ni de la estructura econmica de las sociedades. Piensa como
un hombre, siente como una mujer, obra como un nio. Por manera que
hacia el fin de su vida, cuando principia  ver claro, los sucesos
le sorprenden dolorosamente y llenan de mortales dudas. Cada ilusin
magnfica convirtese, por las malas artes de un mago enemigo, en
prosaica realidad; cada ardor generoso en desencantada irona. Una 
una mueren las esperanzas de su inteligencia audaz y quedan delante de
los espantados ojos del sabio las realidades del egosmo, del egosmo
saudo y triunfante como el Rey Monje en medio de los conspiradores
asesinados.

Sus desencantos y amargas quejas dicen; mentiras, mentiras falaces la
religin del alma y la preeminencia del espritu. Pensar no es el
nico objeto de la vida. El reino de la razn es una quimera. El ideal
y la realidad son enemigos. La causa que cautiva  las almas nobles
no triunfar jams. Lo que es verdad en literatura, en poesa,  los
ojos de las gentes refinadas, es siempre falso en el mundo grosero de
los hechos consumados. Las heroicas locuras que el pasado edific no
tendrn ms xito. El espectculo de este mundo nos muestra slo el
egosmo recompensado. Inglaterra ha sido hasta estos ltimos aos la
primera de las naciones gracias  su egosmo. Alemania ha conquistado
la hegemona del mundo renegando altamente los principios de moralidad
poltica que con tanta elocuencia haba predicado antes.

Como el emperador filsofo en su lecho de muerte podra exclamar Renn:
Oh!, Apolo, por qu me has mentido? Tantas desilusiones hacen que
la realidad se le aparezca como una matrona insensible y prosaica que
se burla groseramente de los galanteos pudibundos del entusiasmo y
del lirismo. Sus laboriosas previsiones, fruto de largas vigilias, lo
engaan cruelmente; la inteligencia, que l adora y en la que cree
como en un Dios todopoderoso, pone entre el sabio y la vida un velo
brillante que hermosea y deforma los objetos. stos son otra cosa de lo
que l crey, y piensa que acaso es injusto al juzgarlos severamente.
He sido un iluso y un insensato, clama. La idea de que el noble es
aquel que no gana dinero y que toda explotacin comercial  industrial,
por honesta que sea, rebaja al que la ejerce y le impide pertenecer al
primer crculo humano, tal idea se desvanece de da en da. Todo lo que
he hecho antes parecera ahora acto de locura, y  veces, mirando en
torno de m, creo vivir en un mundo que no conozco.

Lamentables confesiones de una inteligencia soberana mantenida por el
espejismo idealista en la ms profunda ignorancia y desprecio de las
realidades y que empieza  descubrirlas al declinar el sol! Angustia
de las almas religiosas cadas en el escepticismo por haber acariciado
un ideal tan alto, puro y hermoso que impide vivir! Qu sera de los
hombres que practicasen _el estado de muerte_ del perfecto desinters
sin el talento de Renn? y qu de los pueblos en que abundaran, ms
de la cuenta, los inactuales de alto coturno, pero inactuales al fin,
que se obstinan contra viento y marea en oponer la abstraccin y el
ensueo  la vida y la realidad? Y, sin embargo, existe una cultura que
abierta  embozadamente tal predica; que llena los ojos de visiones,
ata las manos y empuja  los sacrificios estriles. De ello nos habla
Renn largamente en los Souvenirs d'enfance et de jeunesse; mas en
ninguna pgina se trasluce como en la que sigue, la amargura y hasta
sorda irritacin del desengaado sacerdote, del sacerdote que estuvo 
punto de ser Renn y que en realidad, aunque sin tonsura, fu toda la
vida: Es en ese medio (Treguier, una villa extraa al comercio y la
industria) que se desliz mi infancia y donde mi inteligencia contrajo
un vicio incurable. La catedral, obra maestra de ligereza, intento
loco de realizar en granito un ideal imposible, me false el espritu.
Las largas horas que en ella pas, han sido la causa de mi completa
incapacidad prctica. Aquella paradoja arquitectnica hizo de m un
hombre quimrico, discpulo de santo Tuduwal, de santo Iltud y de santo
Cadoc en un siglo en que la enseanza de esos santos no tiene ninguna
aplicacin.

Y bien, no slo los fillogos sino las sociedades formadas moralmente
por la enseanza de aquellos santos  otras influencias espirituales de
la misma ndole, reciben en la frente el beso traidor de la Quimera y
quedan marcadas para siempre con el signo de la incapacidad prctica.
Con todos los respetos debidos  los ttulos del alma, pero de un
modo franco y resuelto, convendra preguntarse si tal cosa no es una
verdadera monstruosidad en las sociedades del presente, donde las
relaciones de los hombres son y, no pueden menos de ser, relaciones
pecuniarias. Quiz urge confesarse una vez por todas, que nuestro
ambiente, nuestro mundo no es el de la inteligencia sino el de la
voluntad, disfrazada hoy con las mltiples mscaras de las actividades
mercantiles, como ayer con los antifaces del herosmo  la santidad.
Lo que contrara esas actividades es malsano, como era malsano lo que
minaba el predominio militar en las sociedades guerreras  el prestigio
sacerdotal en las sociedades religiosas. Los ideales de las pocas
muertas, por nobles que sean, son ideales de muertos y traen en las
lvidas manos una antorcha funeraria. Sus devotos,  pesar de todas
las aureolas y resplandores, comienzan  parecer criaturas de otro
planeta, engendros desmirriados de Apolo decrpito, seres luminosos
y absurdos cuya enfermedad es una perla tentadora que ablanda las
resistencias de la Voluntad delante del Pecado. La France meurt de
ces gens de lettres, deca tambin Renn. Qu importa que la locura
sea divina si enferma el mundo! Considerndolo, se comprende por qu
un trabajo oculto del instinto conservador de la sociedad se afana en
eliminar, como antes pona su empeo en producir cuando eran tiles,
las actividades puramente espirituales, enfermizas, enervadoras, sin
aplicacin concreta en la colmena humana y que, en resumen, vienen
 ser algo as como las _toxinas_ del espritu. Hay muchos pueblos
envenenados por ellas. Se reconocen en que son las tierras frtiles del
sentimentalismo y la verbosidad. Las cosechas de rosas abundan, pero
el trigo escasea en los campos mal cultivados y que no han recibido
el abono de Pluto. Y la seleccin mercantil afila en la sombra su
guadaa implacable: situacin angustiosa, cuando no se cuenta con otras
defensas para detener el golpe, que las bellas sonrisas de Afrodita y
los ordenados discursos de Gorgias y Cicern.

El reino del ideal ha concludo, todo lo que no se convierte en una
fuerza se juzga quimrico dice Prspero. Y un ultrarenanista, que es
al mismo tiempo un profesor de lirismo y un puro utilitario, agrega
con su irona habitual: Cuando Tigrano me deca que la fuerza debe
ceder al espritu, yo le dejaba entrever, sin insistir demasiado, que
desconfiaba mucho de un espritu que despus de tantos siglos no se
haba convertido en la fuerza.

Las criaturas generosas que viven temblando por la vida del ideal
pueden descansar tranquilas. El ideal existir siempre porque es el
portaestandarte de la ilusin y la esperanza necesaria  los hombres;
pero segn claros indicios no ser lo que stos han tenido hasta ahora
con testarudez carneril, como la proyeccin nica  imperecedera del
alma. Ya hemos visto que cada poca se fabrica la tabla de valores que
le conviene y responde  sus necesidades orgnicas. El materialismo de
las sociedades futuras no les impedir tener su ideal, slo que ste,
por razones obvias, no puede ser ni el mstico, ni el espiritualista,
ni el ideal reconocidamente fundado en la mentira de las sociedades
contemporneas, sino un ideal prctico, cuasi macarrnico, pero robusto
y sesudo, como corresponde  los pueblos entrados en la edad provecta,
que no sustituya lo quimrico  lo real ni debilite para las luchas
de la vida. sta es lo realmente sagrado, y podra condenarse, sin
asomos de dudas, toda verdad, toda tica y toda belleza que en nombre
de un romanticismo de alma neurtico y raqutico tendiera obtusamente
 destruirla  amenguarla. Tngase por seguro que ese romanticismo
que exige la castidad y el voto de pobreza, afemina y envilece. En
filosofa conduce  las aspiraciones vagas y al desprecio de las
realidades; en poltica degenera en hipertrofia de la palabra, espritu
revolucionario y poltica alimenticia; en literatura lleva como de la
mano, al lirismo dengoso y oo y  las chineras retricas, sntomas
inequvocos de indigencia mental, pobreza anmica y otras lamentables
incapacidades.

De un ideal batallador se oyen ya en las cspides los clarines
sonoros. La inversin de valores morales que indujo al hombre  ser
el verdugo de su propio inters, es imposible que no parezca en los
siglos venideros tan absurda como lo va pareciendo hoy  los espritus
desapasionados la santa doctrina que condena el placer, el deseo,
la pasin, la vida y predica el _estado de sepultura_. El idealismo
clsico es un caballero andante que presa de mortal fatiga, la lanza
quebrada y los msculos rotos desciende de su trasijado Rocinante y se
apresta  morir al pie de un sauce llorn iluminado por la luna. Es
bello y conmovedor, pero nocivo para el nimo. El mundo, curado de
arrechuchos sentimentales, preferir por instinto la musculatura y la
vida del gladiador combatiendo,  la melanclica belleza del gladiador
moribundo.

       *       *       *       *       *

Quiz no est lejano el da en que el Sermn de la Montaa y la
Plegaria de la Acrpolis, se pronuncien de rodillas  los pies de
la Fuerza, diosa terrible que, mejor que Eirene, podra llevar en
sus brazos  Pluto dormido. El creyente hablara as, poniendo sus
palabras al diapasn de las arpas formidables de Eolo y Neptuno: Salve
oh diosa! impura y fecunda, madre de todas las cosas, eurtmia del
universo. Tu engendras, ordenas y legislas; tu reinas en el cielo,
en el alma del hombre y en el corazn del tomo, y los ritmos de la
poesa y la naturaleza cantan unnimes tu gloria inmortal. Los hombres
te niegan y te llaman cruel porque no saben que, aun revelndose,
obedecen  tus mandatos; porque no saben que tus condenaciones de
muerte son como los frutos que se secan para dejar caer sobre la tierra
suspirante las semillas santas de la vida. La razn humana en un
momento de insano orgullo, quiso corregir las leyes infalibles y los
sapientes designios de tu razn, que es la razn universal. Y todas
las cosas salieron de sus quicios; la quimera suplant  la realidad,
el mal afligente al bien gozoso, el dolor al placer, la muerte  la
vida y, lo que es ms estupendo an, el desinters estril y enervante
al egosmo robusto y fecundo. Fu una terrible pesadilla de la que
ahora sale la humanidad desmazalada y enferma. Y t sonres  los
sarcasmos con que ella te afrenta porque no ignoras que, contrita y
arrepentida, volver  ti y que t sola puedes devolverle la razn y
la salud. Hazlo, Divina, inspranos para que seamos con inteligencia,
egostas integrales y materialistas transcendentes. La humanidad no es
tan culpable como parece. Slo en apariencia desobedeci tus leyes. T
misma fingindote ciega, la has conducido  tu antojo, como la madre
hace creer que es l quien la gua al tierno infante que ella sonriendo
lleva de la mano. Mas el nio hecho hombre necesita explicarse el
grande misterio. Cundo ser el da en que los ojos estupefactos vean
brotar de las entraas de las cosas, como el rojo licor de la herida
abierta, el verbo divino, eco de las fuerzas universales que muy raras
veces dictaron la actitud del hroe y la _alta necesidad_ rtmica de
aquel cuya _voz es canto_! Imposible que, al fin, lo justo y lo bello
no sea lo que viene de ti, madre de dioses. Y qu ridculos y pueriles
parecern luego  las almas duras como el diamante, pero blancas como
l, los artificios retricos del _hombre sensible_, los cantos que no
son cantos de vida, lo bello que enferma y ciega en vez de ser un rayo
de sol limpio de sombras, las acciones que no lleven al combate y al
templo de la Victoria! Por el contrario, es muy probable que la gracia
brille sobre aquello que la antigua sabidura crey torpe  impuro
por ser fecundo como el acto carnal. Entonces Mammon resplandecer
de gloria, porque de todos los dioses supervivientes es el nico que
lleva en la testa olmpica el signo luminoso de la voluntad. Es el
depositario de ella. La virtud perdida en las nieblas de los pases
quimricos hubiese muerto de hambre sin l. Su alma fu como el arca
santa en que se salv del diluvio espiritualista la facultad de
_querer_. Los instintos vitales se refugiaron en su corazn prdigo
como las manos de Demeter y las tetas velludas de Amaltea. La dicha
humana no tuvo nunca amante ms rendido ni servidor ms fiel. Los que,
insensatos, vilipendian an al Oro, no escuchan la _voz profunda_ que
les dice: Amadlo religiosamente, en su ser divino, y sed interesados
y duros para realizar los deseos secretos de la Vida y servir 
los hombres. Ni el arte, ni la poesa, nada aguza las facultades y
potencias humanas como l: es el gran excitador. Ni las religiones,
ni las filosofas le aportan  la humanidad lo que el Prncipe Rubio
le brinda con una sonrisa: el poder, la esperanza y la ilusin: es el
Salvador.

                                        Pars, Julio 22 de 1910.




                                NDICE



                             PRIMERA PARTE

        Ideologa de la Fuerza                                       5


                             SEGUNDA PARTE

        Metafsica del Oro                                         121


                             TERCERA PARTE

        La Flor Latina                                             187


        CONCLUSIN                                                 271





End of the Project Gutenberg EBook of La Muerte Del Cisne, by Carlos Reyles

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MUERTE DEL CISNE ***

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