The Project Gutenberg EBook of Las noches mejicanas, by Gustave Aimard

This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever.  You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
www.gutenberg.org.  If you are not located in the United States, you'll have
to check the laws of the country where you are located before using this ebook.



Title: Las noches mejicanas

Author: Gustave Aimard

Translator: Luis Calvo

Release Date: March 25, 2017 [EBook #54430]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS NOCHES MEJICANAS ***




Produced by Camille Bernard and Marc D'Hooghe at Free
Literature (back online soon in an extended version, also
linking to free sources for education worldwide ... MOOC's,
educational materials,...)






LAS

NOCHES MEJICANAS

POR

GUSTAVO AIMARD

TRADUCCIN DE

LUIS CALVO

3.a EDICIN

TOMO I

BARCELONA

TIPOLITOGRAFA DE LUIS TASSO

ARCO DEL TEATRO, 91 Y 33


1920




LAS NOCHES MEJICANAS




I


LAS CUMBRES


No existe en el mundo regin alguna que ofrezca a los deslumbrados ojos
de los viajeros ms deliciosas perspectivas que Mjico; sobre todo la
de las Cumbres es sin disputa una de las ms pasmosas y seductivamente
variadas.

Las Cumbres forman una cadena de desfiladeros a la salida de las
montaas, al travs de las cuales y describiendo infinitas sinuosidades
serpentea el camino que conduce a Puebla de los ngeles, as apellidada
por haber los ngeles, segn la tradicin, labrado la catedral de la
misma. El camino a que nos referimos, construido por los espaoles,
desciende por la vertiente de las montaas formando ngulos sumamente
atrevidos, y est flanqueado a derecha y a izquierda por una no
interrumpida serie de empinadas aristas anegadas en azulado vapor.
A cada recodo de dicho camino, suspendido, por decirlo as, sobre
precipicios cubiertos de exuberante vegetacin, cambia la perspectiva y
se hace cada vez ms pintoresca; las cimas de las montaas no se elevan
una tras otra, sino que van siendo gradualmente ms bajas, mientras las
que quedan a la espalda se yerguen perpendicularmente.

Poco ms o menos a las cuatro de la tarde del 2 de julio de 18..., en
el instante en que el sol, ya bajo en el horizonte, no difunda sino
rayos oblicuos sobre la tierra, calcinada por el calor del medioda,
y en que la brisa al levantarse empezaba a refrescar la abrasada
atmsfera, dos viajeros, perfectamente montados, salieron de un
frondoso bosque de yucas, bananos y bambes de purpreos penachos y
se internaron en una polvorosa, larga y escalonada senda que aflua a
un valle cruzado por lmpido arroyo que se deslizaba al travs de la
hierba y conservaba fresco el ambiente.

Los viajeros, probablemente seducidos por el aspecto imprevisto de
la perspectiva grandiosa que tan de improviso se ofreca a sus ojos,
detuvieron a sus cabalgaduras, y despus de contemplar con admiracin
y por espacio de algunos minutos las pintorescas ondulaciones que en
ltimo trmino ofrecan las montaas, echaron pie a tierra, quitaron
las bridas a sus respectivos caballos y se sentaron en la margen del
arroyo con el objeto evidente de gozar, por unos instantes ms, de los
efectos de aquel admirable caleidoscopio, sin par en el mundo.

A juzgar por la direccin que seguan, los mencionados jinetes parecan
venir de Orizaba y encaminarse hacia Puebla de los ngeles, de cuya
ciudad, por otra parte, no se encontraban muy lejos en aquel entonces.

Los dos jinetes que decimos vestan el traje de los ricos propietarios
de haciendas, traje que hemos descrito con sobrada frecuencia para
que aqu lo hagamos de nuevo; slo haremos notar una particularidad
caracterstica reclamada por la poca seguridad que ofrecan los caminos
en la poca en que pasa la presente historia: ambos iban armados por
modo formidable y llevaban consigo un verdadero arsenal; adems de los
revlveres de seis tiros metidos en sus respectivas fundas, llevaban
otros idnticos al cinto, y empuaban sendos fusiles de dos caones
fabricados por Devisme, el clebre armero parisiense, lo que haca
subir a veintisis los tiros que cada uno poda disparar; esto sin
contar el machete que penda de su costado izquierdo, el cuchillo
triangular que llevaban escondido en su bota derecha y el lazo o reata
de cuero, colgado de la silla, a la que estaba fuertemente sujetado por
una anilla de hierro cuidadosamente remachada.

Indudable era que de estar dotados de un poco de valor, a aquellos
hombres les era fcil resistir sin desventaja a un nmero considerable
de enemigos.

Por lo dems, a los dos viajeros pareca no preocuparles el aspecto
agreste y solitario del sitio en que se encontraban, sino que departan
alegremente semitendidos sobre la hierba y fumaban con indolencia
sendos puros de la Habana.

El jinete de ms edad, que frisaba con los cuarenta y cinco, si bien
aparentaba a lo ms alcanzar a los treinta y seis, era de estatura
ms que mediana, elegante, bien formado, de miembros robustos,
trasunto de gran fuerza corporal, facciones abultadas y fisonoma
enrgica e inteligente; tena los ojos negros, vivos, movedizos y de
mirar suave, sin embargo de lo cual de tiempo en tiempo y cuando se
animaban despedan rayos que impriman a su rostro una expresin dura
y salvaje imposible de expresar; tena la frente ancha y elevada y
sensual la boca; le caa sobre el pecho, espesa y negra como la del
etope, la barba, entre cuyos pelos lucan algunas hebras de plata; la
cabellera, abundosa, la llevaba echada hacia atrs y le inundaba los
hombros, y su curtido cutis ostentaba el color del ladrillo; en una
palabra: a juzgar por la apariencia era uno de esos hombres resueltos,
inapreciables en las circunstancias crticas por la confianza que de no
verse abandonados por ellos inspiran. Aunque era imposible determinar
su nacionalidad, sus movimientos rpidos y sacudidos y su hablar
animado, lacnico y salpicado de imgenes, parecan asignarle un origen
meridional.

Su compaero, buena cosa ms joven, pues no tena ms all de
veinticinco a veintiocho aos, era alto, un tanto delgado y de aspecto
no enfermizo, pero s delicado; era elegante y bien formado y de pies
y manos que por lo pequeos proclamaban su origen; tena hermosas las
facciones, simptica e inteligente la fisonoma, en la que llevaba
impresa una profunda expresin de dulcedumbre, y sus azules ojos,
rubia cabellera, y sobre todo la blancura de su cutis, le daban en
continente a conocer por europeo de los climas templados recientemente
desembarcado en Amrica.

Hemos manifestado que los dos viajeros departan amigablemente, pero no
que lo hiciesen en francs, su lengua materna indudablemente a juzgar
por el giro de las frases y la pureza en el decir que empleaban.

--Sea V. franco, seor conde, dijo l de ms edad, siente haber
seguido mi consejo y emprendido este viaje a caballo en compaa de
ste su servidor, en lugar de verse traqueado por caminos detestables?

--Muy descontentadizo sera, respondi el joven a quien acababan de dar
el tratamiento de conde; he recorrido Suiza, Italia y las mrgenes del
Rhin, y confieso que nunca he presenciado las deliciosas perspectivas
que de algunos das a esta parte y gracias a V. tengo el placer de
presenciar.

--Est V. amabilsimo; el paisaje es magnfico en efecto y sobre
todo muy variado, aadi el primero con expresin sardnica que pas
inadvertida a su compaero; sin embargo, continu, ahogando un suspiro,
los he visto ms hermosos.

--Ms hermosos que ste? pregunt el conde extendiendo el brazo y
trazando un semicrculo en el aire; no es posible, caballero.

--Todava es V. joven, seor conde, repuso el primer interlocutor
sonriendo tristemente; los viajes que ha hecho V. como aficionado no
son sino viajes de nio. ste le cautiva por el contraste que forma con
los otros; V., que slo ha estudiado la naturaleza desde las butacas
de la pera, ignoraba que sta pudiese reservarle tales sorpresas, y
de ah que su entusiasmo haya de repente subido a un diapasn que le
embriaga al contemplar los singulares contrastes que incesantemente
se ofrecen a sus miradas; pero si, como yo, hubiese V. recorrido las
altas sabanas del interior, las inmensas praderas por las que vagan en
libertad los salvajes hijos de esta tierra, a quienes la civilizacin
ha despojado, los sitios que le rodean y que con tanto amor est
admirando no le inspiraran sino una sonrisa de desdn.

--Tal vez sea verdad lo que V. dice, Oliverio, contest el joven; pero
por desgracia no conozco las sabanas y las praderas de que me habla y
es probable que nunca las pise.

--Por qu? replic con viveza Oliverio; es usted joven, rico, vigoroso
y a mi ver completamente libre; luego nada se opone a que lleve a cabo
una excursin al gran desierto americano, mxime cuando para poner en
ejecucin este proyecto trae V. cuanto se necesita. De hacerlo, habr
V. efectuado uno de esos viajes juzgados imposibles y del cual podr
enorgullecerse al regresar a su patria.

--Bien lo quisiera, repuso el conde con ligera amargura; pero por
desgracia mi viaje debe terminar en Mjico.

--En Mjico! exclam Oliverio con admiracin.

--S; sujeto al influjo de una voluntad extraa, no soy dueo de mis
acciones. He venido pura y sencillamente para casarme.

--Qu! para casarse ha venido V. a Mjico, seor conde? repuso
Oliverio como quien ve visiones.

--Y de un modo prosaico, con una mujer a quien no conozco ni me conoce
y que de fijo siente por m tan poco amor como yo siento por ella;
estamos emparentados, desde la cuna nos desposaron, y ha llegado el
momento de cumplir la promesa hecha en nuestro nombre por nuestros
padres.

--Luego es francesa la joven con quien va usted a casar?

--No, es espaola, y aun dir un s es no es mejicana.

--Pero no es V. francs?

--Y de la Turena, respondi el conde sonriendo.

--Entonces, y dispnseme V. la pregunta, cmo es que...?

--Es lo ms natural del mundo; y como la historia no es larga y parece
V. dispuesto a escucharla, voy a contrsela en dos palabras. V. ya
sabe que soy el conde Luis Mahiet del Saulay; mi familia, oriunda
de Turena, es una de las ms antiguas de esta provincia, tanto, que
se remonta a los primeros francos. Segn la tradicin, uno de mis
antepasados fue uno de los leudos del rey Clodoveo, quien le don en
pago de sus grandes y leales servicios vastas praderas rodeadas de
sauces de donde tiempo despus mi familia tom su apellido. No le cito
a V. este origen movido de necio orgullo, pues aunque noble de hecho
y armado como tal, a Dios gracias me han inculcado ideas de progreso
suficientemente latas para conocer lo que vale un ttulo en la poca
presente y descubrir que la verdadera nobleza reside en absoluto en
la elevacin de sentimientos. Sin embargo, le he puesto al corriente
de estas particularidades referentes a mi familia para que por modo
claro comprendiese V. como mis antepasados, que siempre han desempeado
encumbrados destinos en las diversas dinastas que han ocupado el trono
de Francia, llegaron a pertenecer a la rama segunda de una familia
espaola en tanto permaneca francesa la rama primognita. En tiempo de
la Liga, los espaoles llamados por los partidarios de los Guisas con
los cuales se haban aliado contra Enrique IV, a quien no apellidaban
todava rey de Navarra, por largo espacio de tiempo estuvieron
encargados de guarnecer la ciudad de Pars. Dispnseme si desciendo a
pormenores que usted tal vez estime ociosos.

--Al contrario, seor conde, repuso Oliverio, me interesan sobremanera;
hgame V. el favor de continuar.

--Como deca, prosigui el joven, el conde del Saulay que viva en
aquel entonces, era fogoso secuaz de los Guisas, amigo ntimo del duque
de Mayena, y tena tres hijos, dos de ellos varones, que servan en
las filas del ejrcito de la Liga, y una hija, camarista de la duquesa
de Montpensier, hermana del duque de Mayena. El sitio de Pars fue
largo, y aun levantado para anudarlo de nuevo Felipe IV, el cual acab
por comprar con dinero contante y sonante la ciudad de que desesperaba
apoderarse y que le vendi el duque de Brissac, gobernador de la
Bastilla por la Liga. Es de advertir que gran nmero de oficiales del
duque de Mendoza, jefe de las tropas espaolas, y aun ste mismo,
tenan consigo a sus familias. En una palabra, el hijo menor de mi
antepasado se enamor de una de las sobrinas del general espaol y
pidi y obtuvo su mano, al par que su hermana, a instancias de la
duquesa de Montpensier consenta en entregar la suya a uno de los
ayudantes de campo del general; y es que la solapada y poltica duquesa
imaginaba, por medio de estas alianzas, apartar la nobleza francesa de
aqul a quien ella apellidaba el Bearns y el hugonote, y hacer sino
imposible su triunfo, cuando menos retardarlo. Como indefectiblemente
sucede en casos tales, los clculos de la duquesa salieron fallidos;
el rey reconquist sus dominios y los nobles ms comprometidos en los
disturbios de la Liga se vieron constreidos a seguir a los espaoles
en su retirada, y con ellos abandonar a Francia. Mi antepasado logr
fcilmente su perdn del rey, quien ms adelante se dign conferirle un
mando de importancia y admitir a su servicio al primognito de aqul;
el menor, empero, a pesar de los ruegos y de las rdenes de su padre,
no quiso regresar nunca ms a Francia, y se estableci definitivamente
en Espaa. Con todo, aunque separadas, las dos ramas de la familia
continuaron cultivando sus relaciones y alindose entre s. Mi abuelo
cas, durante la emigracin, con una mujer de la rama espaola, al
igual que yo voy a efectuarlo en la actualidad. Ya ve V. cuan prosaico
es esto y cuan poco interesante.

--Y V. consentir en unirse a ojos cerrados, por decirlo as, con una
mujer a quien nunca ha visto, ni siquiera conoce?

--Qu quiere V.? Adems mi consentimiento es intil en este asunto; mi
padre se comprometi solemnemente, y no me cabe sino honrar su palabra.
Mi presencia ac demuestra que estoy dispuesto a hacerlo, aadi el
joven sonriendo. De poder obrar con entera libertad, tal vez no hubiera
yo pactado semejante unin; pero como por desgracia esto no dependa
de m, he debido conformarme con la voluntad de mi padre. Sin embargo,
confieso a V. que educado como he sido en la continua perspectiva de
ese matrimonio y sabiendo que era inevitable, poco a poco me he ido
familiarizando con la idea de contraerlo; as pues el sacrificio no es
para m tan grande como pudiera V. imaginar.

--No importa, repuso Oliverio con cierta aspereza; llvese el diablo
la nobleza y el dinero si tales obligaciones imponen; vale ms la vida
aventurera en el desierto y la independencia pobre; a lo menos uno es
dueo de s.

--Abundo en las mismas ideas; pero a pesar de esto, no me queda sino
bajar la cabeza. Ahora permtame que le dirija una pregunta: Cmo se
explica que habindonos V. y yo encontrado por querer del acaso en la
fonda francesa de Veracruz, en el momento de mi llegada a esta ciudad,
hayamos simpatizado tan rpida e ntimamente?

--Imposible me sera decrselo a V.; su presencia me gust a la primera
mirada y sus modales me atrajeron; le ofrec mis servicios, V. acept,
y juntos nos pusimos en camino para Mjico, una vez en la cual nos
separaremos probablemente para siempre.

--No tanto, don Oliverio, no tanto; a m se me antoja que, muy al revs
de lo que V. predice, vamos a vernos con frecuencia y que nuestras
relaciones van a convertirse pronto en estrecha amistad.

--Seor conde, repuso Oliverio moviendo repetidas veces la cabeza,
V. es noble, rico y ocupa una elevada posicin en la sociedad; yo no
soy sino un aventurero cuyo pasado ignora V. y cuyo nombre apenas
conoce, dando por sentado que l que llevo en este instante sea el mo
verdadero; nuestras posiciones respectivas son muy distintas: entre V.
y yo existe una lnea de demarcacin demasiado claramente trazada para
que podamos tratarnos de t a t. Al encontrarnos de nuevo en medio
de las exigencias de la vida civilizada, a no tardarme convertira
en una carga para V.; y esto se lo digo yo, que tengo ms edad y ms
experiencia que no usted respecto del mundo; no insista pues en este
punto, y en provecho de los dos permanezcamos cada uno en el sitio que
nos corresponde. En la actualidad ms soy gua que no amigo, y esta
posicin es la nica que me conviene.

El conde se dispona a replicar a Oliverio, pero ste le asi el brazo
con viveza y le dijo:

--Silencio, escuche V.

--Nada oigo, dijo el joven despus de haber prestado atencin por
espacio de algunos segundos.

--No es extrao, repuso Oliverio sonriendo, sus odos no recogen como
los mos todos los ruidos que turban la quietud del desierto: del lado
de Orizaba se acerca a todo correr un coche que sigue el mismo camino
que nosotros; pronto le ver V. parecer; percibo claramente el retintn
de los cascabeles de las mulas.

--Ser la diligencia de Veracruz, en la que van mis criados y mis
equipajes y a la que precedemos de algunas horas.

--Tal vez, pero me admirara de que nos hubiese alcanzado tan pronto.

--Qu nos importa? dijo el conde.

--Nada en verdad si realmente es la diligencia, respondi el otro tras
unos instantes de reflexin; pero por lo que pudiera tronar, bueno es
precavernos.

--Precavernos! y por qu? repuso el joven con extraeza.

Oliverio lanz una mirada de expresin singular a su interlocutor, y
respondi:

--Todava no sabe V. la A de la vida americana: en Mjico la primera
ley de la existencia es prevenirse contra las eventualidades probables
de una emboscada. Sgame V. y obre conforme me vea obrar.

--Vamos a escondernos acaso?

--Caramba! exclam Oliverio encogiendo los hombros.

Y sin proferir nueva palabra, se acerc ste a su caballo, le puso
otra vez la brida y se subi sobre la silla con ligereza y garbo
que denotaban grandsima prctica, y luego parti al galope hacia
un bosquecillo de liquidmbares que se haca a unos cien metros de
distancia.

El conde, dominado a pesar suyo por el ascendiente que Oliverio haba
tomado sobre l a causa de la singular conducta que observara desde que
viajaban juntos, a su vez mont a caballo y se encamin hacia el bosque.

--Ahora aguardemos, dijo el aventurero cuando ambos estuvieron al
abrigo de los rboles; y al cabo de algunos minutos tendi el brazo en
direccin del bosquecillo que ellos mismos abandonaron dos horas antes,
y aadi lacnicamente: mire V.

El conde volvi maquinalmente la cabeza hacia la direccin indicada y
vio salir de entre los rboles unos diez jinetes de tropas irregulares
armados de sables y lanzas, quienes penetraron a galope en el valle y
tomaron hacia el primer desfiladero de las Cumbres.

--Soldados del presidente! qu significa esto? murmur el joven.

--Aguarde V., repuso el aventurero.

Pronto se oy claramente el rodar de un carruaje y casi al punto
pareci una berlina arrastrada vertiginosamente por un tiro de seis
mulas.

--Maldicin! exclam el aventurero con ademn de clera al ver el
coche.

El conde mir a su compaero, el cual estaba plido como un difunto y
temblaba convulsivamente de pies a cabeza, y le pregunt con inters:

--Qu tiene V.?

--Nada, respondi con aspereza Oliverio.

Detrs del coche, a corta distancia y al galope, segua otro pelotn
que a su paso levantaba nubes de polvo.

Luego jinetes y berlina se internaron en el desfiladero en el cual no
tardaron en desaparecer.

--Diablo! dijo el joven riendo, a eso llamo yo viajeros prudentes; no
hay temor de que los salteadores les desbalijen.

--Le parece? repuso Oliverio con irona mordaz. Pues mire V., se
equivoca de medio a medio; antes de una hora se vern atacados, y
probablemente por los soldados pagados para que les defiendan.

--Bah! es imposible.

--Quiere V. verlo?

--Hombre, s; por la rareza del caso.

--Lo nico que le advierto es que ande V. prevenido, pues tal vez
tengamos que quemar algunos cartuchos.

--Ya lo supongo.

--Luego est V. dispuesto a defender a los viajeros de la berlina?

--Si les atacan, s.

--Repito que les atacarn.

--Entonces lucharemos.

--Est bien, Es V. buen jinete?

--No se desasosiegue V. por m.

--Entonces a la buena de Dios. No nos queda sino el tiempo
indispensable para llegar; vigile V. bien su caballo, porque por mi
alma le juro que vamos a dar una carrera como nunca ha visto V.

Los dos jinetes se inclinaron sobre el cuello de sus cabalgaduras, y
soltando la brida al mismo tiempo que hundan las espuelas, se lanzaron
tras las huellas de los viajeros.




II


LOS VIAJEROS


En la poca en que se desenvuelve nuestra historia, Mjico pasaba
una de esas crisis terribles, cuyas repeticiones peridicas han
reducido poco a poco a esta desventurada nacin al extremo en que hoy
se encuentra y del que no tiene fuerzas para salir[1]. Ah en dos
palabras los hechos tal cual acaecieron.

El general Zuloaga, nombrado presidente de la repblica, un da, no
se sabe por qu, hall la carga del poder demasiado pesada para sus
hombros y abdic a favor del general D. Miguel Miramn, quien, en
virtud de tal abdicacin, fue exaltado a la presidencia interina. ste,
enrgico y sobre todo muy ambicioso, haba empezado a gobernar en
Mjico, cuidando ante todo de hacer aprobar su nombramiento de supremo
magistrado de la nacin por el Congreso y por el Ayuntamiento, que le
eligieron por unanimidad.

Miramn se encontraba, pues, de hecho y de derecho presidente interino
legtimo, o si decimos para el tiempo que todava faltaba discurrir
antes de las elecciones generales.

Bien o mal y durante no corto periodo de tiempo, marcharon de esta
suerte los asuntos; pero Zuloaga, cansado sin duda de la oscuridad en
que viva, a lo mejor mud de consejo, y de improviso y en el momento
en que menos lo pensaban los mejicanos, dio una proclama al pueblo, se
puso en connivencia con los partidarios.

Miramn, a quien no hizo gran mella esta inslita declaracin, apoyado
como estaba en el derecho que crea asistirle y que el Congreso haba
sancionado, se encamin solo a casa del general Zuloaga, se apoder de
l y le oblig a seguirle, dicindole con burlona sonrisa:

--Ya que V. desea recobrar el poder, voy a ensearle de qu modo se
llega a presidente de la repblica.

Y conservndole en rehenes, al par que le trataba con cierta
consideracin y con exquisita finura, le oblig a acompaarle en una
campaa que emprendi en las provincias del interior, del lado de
Guadalajara, contra los generales del partido contrario que, como hemos
manifestado ya, haban tomado el nombre de constitucionales.

Zuloaga no opuso la menor resistencia; pareci resignarse con su suerte
y acept las consecuencias de su posicin hasta el extremo de quejarse
a Miramn porque no le confera un mando en su ejrcito. El presidente
interino cay en el lazo y prometi a aqul que al librarse la primera
batalla satisfara sus deseos; pero a lo mejor, Zuloaga y los ayudantes
de campo que le dieran, ms para vigilarle que para hacerle los honores
de general, desaparecieron de sbito, sabindose al cabo de algunos
das que se haban acogido al amparo de Jurez, desde donde Zuloaga
empez a protestar de nuevo y con la mayor energa contra la violencia
de que fuera vctima y a expedir decretos contra Miramn.

Jurez era un indio cauteloso, astuto y disimulado hasta la
exageracin; poltico hbil, fue el nico presidente de la repblica
que desde la declaracin de la independencia no perteneci al ejrcito.
Nacido en humildsima cuna, a fuerza de tenacidad se elev escaln a
escaln a la suprema magistratura, y conocedor como l que ms del
carcter de la nacin a la cual pretenda gobernar, nadie como l saba
halagar las pasiones populares, excitar el entusiasmo de la plebe.
Dotado de una ambicin desmedida que esconda cuidadosamente bajo las
apariencias de un amor entraable por su patria, haba conseguido
crearse poco a poco un partido, formidable en la poca de que hablamos.
El presidente constitucional haba organizado su gobierno en Veracruz,
y desde su gabinete y con ayuda de sus generales guerreaba contra
Miramn.

Jurez, aunque no reconocido por otra potencia que los Estados Unidos,
obraba cual si hubiese sido el verdadero y legtimo depositario del
poder de la repblica; la adhesin de Zuloaga, a quien despreciaba
desde lo ntimo de su corazn por su cobarda y por su ineptitud,
le proporcion el arma que necesitaba para llevar sus proyectos a
feliz remate; le convirti, digmoslo as, en bandera de su partido,
pretendiendo que Zuloaga deba ante todo ser repuesto en el poder
de que se viera violentamente arrebatado por Miramn, y que luego
se procediese a nuevas elecciones. Por su parte, Zuloaga no titube
en reconocerle solemnemente como presidente nico, legtimamente
proclamado por la eleccin libre de sus ciudadanos.

El problema estaba planteado con toda claridad: Miramn representaba
al partido conservador, o si decimos al partido del clero, de los
propietarios ms acaudalados y de los comerciantes ricos; Jurez al
partido democrtico absoluto.

La guerra tom entonces proporciones formidables.

Por desgracia para guerrear se necesita dinero y esto era lo que
faltaba completamente a Jurez; el cual careca de l por las razones
que van de seguida: en Mjico la fortuna pblica no est concentrada en
las manos del gobierno, sino que cada Estado, cada provincia dispone
y maneja los fondos particulares de las poblaciones que constituyen
su territorio, de modo que en lugar de depender del gobierno las
provincias, el gobierno y la metrpoli son los que sufren el yugo
de stas; las cuales, cuando se sublevan, suspenden los subsidios y
colocan al poder en una situacin crtica. Dems, las dos terceras
partes de la fortuna pblica estn concentradas en manos del clero,
que se guarda muy bien de desprenderse de sus riquezas. ste, que no
paga impuesto ni obligacin de ninguna especie, se limita a prestar
su dinero a un tipo usurario, con lo que aumenta sus riquezas sin que
nunca corra riesgo de perder su capital.

Jurez, si bien dueo de Veracruz, se encontraba pues en situacin muy
apurada; pero como era hombre fecundo en medios, el hallar dinero no
le puso en aprieto. Lo primero que hizo fue apoderarse de la aduana de
dicha ciudad, luego organiz cuadrillas o guerrillas que sin escrpulo
alguno asaltaban las haciendas de los secuaces de Miramn, espaoles
establecidos en la repblica, ricos casi todos ellos, y las de los
extranjeros de todas las naciones en las moradas de los cuales haba
donde clavar las uas. Las mencionadas guerrillas no limitaron ah
sus hazaas, sino que extendieron el campo de sus operaciones a los
caminos, desbalijando a los viajeros y asaltando los convoyes.

No vigorizamos los colores del cuadro, muy al contrario, los
suavizamos; ms para ser justos, debemos aadir que por su lado Miramn
no pona reparo en echar mano de los mismsimos medios siempre que se
le ofreca ocasin propicia, si bien tales ocasiones eran raras, ya
que su posicin no ofreca las ventajas que la de Jurez para sacar
abundante pesca de aquel ro revuelto.

Cierto es que los guerrilleros al parecer obraban por su propia
cuenta y que pblicamente su conducta mereca la reprobacin de ambos
gobiernos, que en ocasiones fingan perseguirlos hasta con crueldad,
pero el velo era tan transparente que nadie se llamaba a engao.

De esta suerte Mjico se encontraba transformado de hecho en una
inmensa caverna de bandidos, en la que la mitad de la poblacin robaba
y asesinaba a la otra mitad. Tal era la situacin poltica de aquella
desventurada nacin en la poca a que nos referimos; despus, es
dudoso que haya cambiado, a no ser para empeorar[2].

El da mismo en que da comienzo nuestra historia, en el momento en que
el sol todava debajo del horizonte empezaba a rayar el oscuro azul
del firmamento con deslumbradores haces de prpura y oro, un rancho,
labrado de caas y aunque vasto parecido a una jaula de gallinas,
ofreca un aspecto animadsimo muy singular en hora tan matinal.

El mencionado rancho, construido en medio de un campo feraz y en
situacin deliciosa a contados pasos del Rincn Grande, haca poco lo
haban transformado en venta para refugio de los viajeros a quienes
les sorprendiera la noche o que, por la razn que fuere, preferan
detenerse en ella en vez de continuar hasta la ciudad.

En un espacio de terreno bastante capaz que delante de la venta haban
dejado libre se vean amontonados en semicrculo los fardos de muchos
convoyes de mulas, y en el centro del semicrculo, los arrieros,
acurrucados alrededor de una fogata, acecinaban tasajo para su almuerzo
o remendaban las albardas de sus animales que, distribuidos en grupos,
coman su pienso de maz colocado sobre frazadas tendidas en el suelo.
Al lado de una diligencia que por causa de una avera en una de sus
ruedas tuvo que detenerse en la venta, se vea una berlina atestada de
maletas. Gran nmero de viajeros, que haban pasado la noche al raso
envueltos en sus sarapes, empezaban a despertarse, mientras otros
iban de ac para all fumando sendos papelitos; otros, ms activos,
haban ya ensillado sus caballos y se alejaban al galope en distintas
direcciones.

Poco despus, el mayoral de la diligencia sali de debajo de su coche
donde durmiera escondido en la hierba, ech pienso a sus mulas, cur
las heridas que a stas produjeran los arreos, las unci, y luego se
puso a llamar uno a uno a los viajeros; los cuales, despertados por
los gritos de aqul, salieron todava medio dormidos de la venta y
se encaminaron a ocupar su sitio en la diligencia. Dichos viajeros
eran nueve, y de ellos solamente dos vestan a la europea y a tiro de
ballesta se descubra que eran franceses. Los dems ostentaban el traje
mejicano y parecan ser verdaderos hijos del pas.

En el momento en que el mayoral, americano del norte de pura raza,
despus de haber logrado, a fuerza de reniegos yankees entreverados de
espaol chapurrado, encajonar bien o mal a los viajeros, empu las
riendas para emprender la marcha, se oy el galopar de muchos caballos
acompaado de chischs de sables, y una tropa de jinetes vestidos casi
a lo militar, aunque muy desastradamente, se detuvo delante del rancho.
Dicha tropa, compuesta de unos veinte hombres de facha patibularia, iba
al mando de un alfrez o subteniente tan miserablemente vestido como
sus soldados, pero mucho ms bien armado.

Dicho oficial era de elevadsima estatura, enjuto de carnes, amojamado
y nervioso, bizco, de fisonoma socarrona, y de color de holln.

--Hola, compadre! grit al mayoral, temprano se pone V. en camino.

El yankee, tan insolente pocos minutos antes, cambi sbitamente de
modales; se inclin humildemente, contrajo los labios a impulsos de la
risa del conejo, y con voz lnguida y meliflua y afectando una alegra
que probablemente no experimentaba, respondi:

--Vlgame Dios! Es el seor don Jess Domnguez. Vaya un feliz
encuentro! no esperaba yo tamaa dicha esta maana. Acaso viene su
seora para escoltar la diligencia?

--Hoy no; otro deber me trae.

--Razn tiene su seora; mis viajeros no merecen una escolta tan
honorable; son costeos al parecer no muy ricos. Adems, me ver
obligado a detenerme a lo menos tres horas en Orizaba para recomponer
mi coche.

--Entonces adis y el diablo cargue contigo, repuso el oficial.

El mayoral vacil un instante, luego, en vez de obedecer la orden de
marcha, se baj rpidamente de su asiento y se acerc al alfrez, quien
pregunt:

--Tiene V. que comunicarme alguna noticia, compadre?

--Una, seor, respondi el mayoral con sonrisa falsa.

--Ah! repuso el otro; y qu noticia es esa? buena o mala?

--El Rayo se encuentra ms adelante en el camino de Mjico.

Al or esta revelacin el oficial se estremeci imperceptiblemente,
pero serenndose al punto, replic:

--Se equivoca V., compadre.

--Como que le vi como le estoy viendo a usted en este instante.

--Est bien, repuso el oficial, despus de uno o dos minutos de
meditacin; tomar las precauciones del caso. Y los viajeros que V.
conduce...?

--Son unos infelices petates; aparte de dos criados de un conde francs
cuyas maletas y cajas llenan por s solas todo el coche, los dems no
merecen que se ocupen en ellos. Tiene V. la intencin de visitarles?

--Todava no lo he decidido; ver, lo reflexionar.

--Obre V. como ms bien le parezca; y ahora dispnseme que le deje,
seor don Jess, pues mis viajeros se impacientan y es menester que me
ponga en marcha.

--Vaya V. con Dios.

El mayoral se encaram a su asiento, zurriag a las mulas y la
diligencia parti con rapidez poco tranquilizadora para los que iban
en ella y corran peligro de romperse los huesos a cada revuelta de
carretera.

Tan pronto se encontr solo, el oficial se acerc al ventero, que
estaba ocupado en medir maz a algunos arrieros, y le interpel con
altivez.

--Eh! le pregunt, no cobija V. en esta casa a un caballero espaol y
a una dama?

--S, respondi el ventero, descubrindose con temeroso respeto; s,
seor oficial, ayer, un poco despus de ponerse el sol, lleg un
caballero ya entrado en aos acompaado de una joven dama en la berlina
esa que ve V. ante la puerta del rancho; traan consigo una escolta.
Segn los soldados, vienen de Veracruz y se dirigen a Mjico.

--Esto es; a m me han enviado para que les escolte hasta Puebla de los
ngeles; pero a lo que parece no les apresura ponerse en marcha. Sin
embargo, la jornada es larga y no haran mal en darse prisa.

En aquel instante se abri una puerta interior y entr en la sala
comn un hombre ricamente ataviado, el cual se levant ligeramente el
sombrero, pronunci la frase sacramental _Ave Mara pursima_, y se
acerc al oficial, quien, al verle, haba avanzado a su encuentro.

Este nuevo personaje era hombre de unos cincuenta y cinco aos de
edad, todava lozano, de estatura alta y elegante, nobles y hermosas
facciones y fisonoma franca y bondadosa.

--Soy don Antonio de Carrera, dijo el recin llegado, dirigindose al
oficial; o las palabras que dirigi V. al ventero, y si no me engao
yo soy la persona a quien tiene V. el encargo de escoltar.

--En efecto, caballero, contest cortsmente el alfrez, el nombre que
V. ha pronunciado es el mismo que va escrito en la orden que traigo;
estoy completamente a su disposicin para lo que guste mandar.

--Gracias, seor; mi hija se encuentra delicada de salud, y de
ponernos en camino tan temprano temera perjudicarla; si no halla V.
inconveniente permaneceremos aqu algunas horas ms, hasta despus del
almuerzo, al que espero nos conceder la honra de acompaarnos.

--Le doy a V. un milln de gracias, caballero, repuso el oficial,
inclinndose cortsmente; pero siendo como soy un grosero, mi sociedad
sera muy poco grata para una dama; dispnseme V. pues si rehso su
galante invitacin, que le agradezco lo mismo que si la aceptara.

--No insisto, seor, por ms que me hubiera complacido tenerle a
nuestro lado. As pues, quedamos en que vamos a pasar aqu todava
algunas horas?

--Cuantas le parezca bien, seor; ya le he dicho que estoy a sus
rdenes.

Despus de este cambio mutuo de cumplidos los dos interlocutores se
separaron; el anciano se fue hacia el interior del rancho y el oficial
se sali para instalar el vivaque de sus soldados.

stos se apearon, arrendaron sus caballos a sendas estacas y empezaron
a vagar de ac para all fumando y mirndolo todo con la recelosa
curiosidad peculiar de los mejicanos.

El oficial dijo algunas palabras al odo de un soldado; el cual, en
lugar de seguir el ejemplo de sus compaeros, se subi otra vez a
caballo y parti al galope.

A cosa de las diez de la maana, los criados de don Antonio Carrera
uncieron los caballos a la berlina, y poco despus sali el anciano
dando el brazo a una dama de tal suerte envuelta en su toca y en
su manto que era de todo punto imposible descubrir ninguna de sus
facciones ni hacer conjetura alguna respecto de la gentileza de su
talle.

Tan buen punto la dama estuvo cmodamente instalada en la berlina,
don Antonio se volvi hacia el oficial, que se haba acercado
apresuradamente a l, y le dijo:

--Seor teniente, podemos partir cuando V. quiera.

Don Jess se inclin.

La escolta se subi a caballo; el anciano tom asiento en la berlina, y
una vez cerrada la portezuela por un criado que se coloc al lado del
cochero, otros cuatro criados bien armados se pusieron en lnea detrs
del coche.

--En marcha! grit el oficial.

La mitad de la escolta se situ a vanguardia, la otra mitad form
a retaguardia, el cochero azot los caballos, y coche y jinetes
desaparecieron al galope en medio de una nube de polvo.

--Dios le proteja! murmur el ventero persignndose y haciendo saltar
en la mano dos onzas de oro que le haba dado don Antonio; es todo un
noble caballero el anciano ese; por desgracia don Jess Domnguez va
con l y temo que su escolta le sea fatal.


[Footnote 1: Al escribir en 1868 y a raz de graves sucesos Gustavo
Aimard la presente obra, las apreciaciones que dicho novelista vierte
en este prrafo eran congruentes hasta cierto punto. Por fortuna
Mjico camina hoy por una senda que en plazo no lejano debe conducirla
a la meta de la prosperidad. _(N. del T.)_ de Jurez, quien, como
vicepresidente que era cuando la abdicacin de Zuloaga, no haba
reconocido al presidente que a ste sustituyera y se haba hecho
elegir, por una junta sediciente nacional, presidente en Veracruz,
y public un decreto en el cual anulaba su abdicacin y retiraba a
Miramn los poderes que le confiriera para ejercerlos de nuevo l
mismo.]

[Footnote 2: Repetimos aqu lo que en la nota precedente. (_N. del T._)]




III


LOS SALTEADORES


La berlina segua adelante, rodeada de su escolta, camino de Orizaba;
pero a poca distancia de esta ciudad dobl a un lado y por una trocha
penetr de nuevo en el camino de Puebla y avanz hacia los desfiladeros
de las Cumbres.

Mientras la berlina corra a escape por la polvorosa carretera, los
dos viajeros que en ella iban sostenan un coloquio.

La dama que acompaaba al anciano tena a lo ms diecisis o diecisiete
aos; de correctas y delicadas facciones, ojos rodeados de largas
pestaas que al entornarse trazaban un oscuro semicrculo en sus
aterciopeladas mejillas, nariz recta de rosadas y movibles ventanillas,
boca diminuta cuyos coralinos labios al entreabrirse descubran la
doble sarta de perlas de sus dientes, barbilla dividida en dos por un
hoyuelo, cutis plido el mate de cuya blancura aumentaban los sedosos
rizos de una cabellera de azabache que le encuadraba el rostro y se le
desparramaba por los hombros, asuma uno de esos aspectos singulares y
simpticos como nicamente los producen Las tierras equinocciales, y
que, no obstante carecer de la delicadeza de contornos de las endebles
beldades de los fros climas del norte, tienen ese irresistible
atractivo que hace soar el ngel en la mujer e impone no slo el amor,
sino tambin la adoracin.

Graciosamente ovillada en un rincn de la berlina y semiescondida en
oleadas de gasa, dejaba vagar con ademn pensativo su mirada por el
campo y slo responda con monoslabos y gesto distrado a las palabras
que le diriga su padre.

El anciano, aunque finga cierta tranquilidad de espritu, al parecer
no las tena todas consigo.

--Ya ve V. que esto no se presenta claro, Dolores, deca don Antonio;
a pesar de las reiteradas afirmaciones de los jefes del gobierno de
Veracruz y de la proteccin de que hacen alarde de rodearme, no tengo
maldita la confianza en ellos.

--Por qu, padre? pregunt con indolencia la joven.

--Por un sin fin de razones, y la primera y principal porque
soy espaol. Usted ya sabe que por desgracia en los tiempos que
atravesamos, esta cualidad no contribuye sino a aumentar el odio que
los mejicanos llevan a los europeos en general.

--Demasiado cierto es lo que V. dice, padre, pero permtame que le
dirija un ruego.

--Diga V.

--Pues bien, quisiera que me hiciese sabedora de las apremiantes causas
que le han obligado a abandonar sbitamente Veracruz y emprender este
viaje conmigo sobre todo, a quien nunca se lleva en sus excursiones.

--Es muy sencillo, hija ma; intereses de monta reclaman mi presencia
en Mjico, a donde debo trasladarme cuanto antes; por otra parte, el
horizonte poltico se ennegrece ms cada da, y he reflexionado que la
estancia en nuestra hacienda del Arenal podra dentro de poco hacerse
peligrosa para nuestra familia. He determinado pues, despus de haberla
dejado a V. en Puebla en casa de nuestro pariente don Luis de Pezal,
de quien es V. ahijada muy querida, llegarme hasta el Arenal, recoger
all al hermano de V., Melchor, y llevrmelos a Vds. dos a la capital,
donde fcilmente podremos hallar una proteccin eficaz, en el caso,
por desgracia facilsimo de prever, en que ocurriera, no una nueva
revolucin, pues estamos sufriendo una hace ya mucho tiempo, sino un
cataclismo que derribara de repente al poder constituido para poner en
su lugar l de Veracruz.

--Y ste es el nico motivo que le impuls a V., padre? pregunt la
joven inclinndose ligeramente y sonriendo con suavidad.

--Qu otro pudiera ser, querida Dolores?

--No s, por eso se lo pregunto.

--Es V. una nia curiosa, repuso el anciano, riendo y amenazando con el
dedo a su hija; V. quisiera que le descubriera mi secreto.

--Conque hay un secreto?

--Quin sabe? pero en cuanto al particular tendr V. que resignarse,
pues no dir palabra.

--De veras, padre?

--Formal.

--Entonces no insisto, pues me consta que cuando toma V. estos humos y
frunce el ceo, es intil machacar.

--Ah locuela!

--Pero lo mismo da; sin embargo, me hubiera gustado saber por qu
emprendi V. este viaje bajo un nombre supuesto.

--Respecto a esto voy a decrselo a V. de mil amores; mi nombre es
demasiado conocido y extendida, por dems, mi fama de hombre rico para
aventurarme a ostentarlo por los caminos estando stos como estn
infestados de salteadores.

--Es sta la nica causa?

--La nica, hija ma, y a mi ver bastante poderosa para obligarme a
obrar como he obrado.

--Est bien, repuso Dolores moviendo la cabeza con ademn embotijado; y
luego, transcurrido un instante, pregunt de improviso: padre, no le
parece a V. que el coche va ms despacio?

--Tienes razn, respondi el anciano; qu significa esto?

Don Antonio baj el cristal y sac la cabeza por la ventanilla, pero
nada vio de particular.

En aquel instante la berlina se internaba en el desfiladero de las
Cumbres, y la carretera describa tantas revueltas, que la vista no
poda extenderse ms all de veinticinco a treinta pasos hacia delante
o hacia atrs.

El padre de la dama llam entonces a uno de los criados que iban a la
zaga, y le pregunt:

--Qu ocurre, Snchez? me parece que no andamos tan aprisa.

--Es cierto, seor amo, respondi el interpelado; desde que hemos
dejado el llano caminamos ms despacio, sin que me explique la causa;
los soldados de nuestra escolta parecen estar recelosos, cruzan
palabras en voz baja y miran continuamente en torno de s; es palmario
que temen algn peligro.

--Acaso intentaran atacarnos los salteadores o los guerrilleros que
infestan los caminos? dijo el anciano con mal disimulada zozobra;
infrmese V., Snchez. El sitio estara bien escogido para una
sorpresa; sin embargo, nuestra escolta es numerosa, y a menos que est
en connivencia con los bandidos, dudo que stos se atrevan a cerrarnos
el paso. Vaya V., Snchez, vaya; interrogue con destreza a los soldados
y vuelva para decirme lo que haya sabido.

El criado salud, tir de la brida para dejar que se adelantase el
coche, y se dispuso a cumplir la comisin que su amo acababa de
confiarle; pero casi al punto se reuni de nuevo a don Antonio.

--Estamos perdidos, seor amo, dijo Snchez con las facciones
descompuestas, voz jadeante, que silbaba al pasar por entre sus dientes
apretados por el terror, y con el rostro cubierto de palidez cadavrica.

--Perdidos! exclam don Antonio, experimentando una sacudida nerviosa
y fijando en su hija, enmudecida por el espanto, una mirada en que se
reflejaba todo el amor paternal. Perdidos! V. est loco, Snchez; a
ver, explquese.

--Es intil, mi amo, respondi el infeliz con voz entrecortada. Ah
llega el seor don Jess Domnguez, el jefe de la escolta, quien
indudablemente viene a participar a V. lo que ocurre.

--Que venga, repuso don Antonio; por terrible que sea, vale ms conocer
la realidad que no experimentar una ansiedad semejante.

La berlina se haba detenido en una especie de plataforma de unos cien
metros cuadrados; don Antonio tendi una mirada fuera del coche y
continu viendo la escolta alrededor de ste; lo nico que not fue que
en lugar de veinte jinetes haba cuarenta.

El anciano comprendi que se encontraba cogido en una emboscada, que el
resistir sera locura, y que para salvarse no le cabra sino someterse.
No obstante, como a pesar de su edad estaba todava en el pleno de sus
fuerzas y tena el carcter enrgico y el alma resuelta, no se dio por
vencido de buenas a primeras, sino que determin sacar el mejor partido
posible de su enojosa posicin.

Despus de haber besado con ternura a su hija, y recomendado que
permaneciese inmvil y para nada interviniese en lo que iba a pasar, en
lugar de quedarse en la berlina, don Antonio abri la portezuela y se
ape con ligereza empuando un revlver en cada mano.

Los soldados, aunque sorprendidos de esta accin, no hicieron ademn
alguno para oponerse a ella y guardaron impasibles el orden de
formacin en que se encontraban.

Por lo que toca a los cuatro criados del viajero, acudieron sin
vacilacin a colocarse detrs de ste, con la carabina preparada y
prontos a hacer fuego a la primera orden de su amo.

Snchez haba dicho la verdad: don Jess Domnguez llegaba al galope,
pero no solo, sino acompaado de otro jinete.

Este ltimo, que vesta suntuoso uniforme de coronel del ejrcito
regular, era hombre de baja estatura, rechoncho, de facciones lgubres,
bizco y de piel que por su color cobrizo descubra al indio de pura
raza.

En el mencionado lgubre personaje, a quien el viajero viera dos o
tres veces en Veracruz, conoci ste inmediatamente a don Felipe Neri
Irzabal, uno de los jefes guerrilleros del partido de Jurez; as es
que no sin estremecerse de terror aguard don Antonio la llegada de los
dos jinetes. Sin embargo, cuando stos se encontraron a pocos pasos de
la berlina, en lugar de permitirles que le interrogasen, fue l quien
primero tom la palabra.

--Hola, caballeros! exclam con voz altanera, qu significa esto y
por qu me obligan Vds. a interrumpir de esta suerte mi viaje?

--Va V. a saberlo, querido seor, respondi con zumba el guerrillero,
y para que desde luego sepa a qu atenerse, en nombre de la patria le
arresto.

--Que V. me arresta? Usted? exclam el anciano; y con qu derecho?

--Con qu derecho? repuso el coronel con fisga de mal agero. Vive
Cristo! que de convenirme podra responder a V. que es con el derecho
del ms fuerte, y me parece que la razn sera perentoria.

--Efectivamente, replic el viejo con voz burlona, y supongo que es la
nica que puede V. invocar.

--Pues se equivoca V., seor mo; no la invocar; si le arresto es por
espa y reo de alta traicin.

--Est V. en su juicio, seor coronel? Yo, espa y traidor!

--Hace ya mucho tiempo que el gobierno del excelentsimo seor
presidente Jurez no le pierde a V. de vista, y como le han vigilado
todos los pasos, se sabe por qu ha salido V. tan precipitadamente de
Veracruz y qu le lleva a Mjico.

--Me dirijo a Mjico para asuntos comerciales, y esto lo sabe el
presidente, como lo demuestra l que de propio puo haya firmado mi
salvoconducto y l que voluntariamente y sin que yo la solicitase me
haya cedido la escolta que me acompaa.

--Verdad es cuanto V. dice, seor; nuestro magnnimo presidente,
a quien siempre repugnan las medidas rigurosas, no quera hacerle
arrestar, sino que en consideracin a las canas que V. peina, prefera
dejarle los medios de escaparse; pero la ltima traicin de V. ha
llenado la medida, y aunque de mala gana ha conocido la necesidad de
obrar con mano fuerte. Aqu donde me ve, yo he recibido la orden de
perseguir y arrestar a V., y le arresto.

--Y podra saber de qu traicin se me acusa?

--Seor don Andrs de la Cruz, respondi el coronel, nadie como V. debe
saber los motivos que le han inducido a sustituir su nombre con l de
don Antonio de Carrera.

Don Andrs, pues tal era en realidad su nombre, qued aterrado al or
a don Felipe Neri Irzabal; pero no porque se sintiese culpado, pues la
sustitucin se haba efectuado con el consentimiento del presidente;
le perturb la doblez de los hombres que le detenan, los cuales, a
falta de otras razones, echaban mano de sta para hacerle caer en un
lazo infame a fin de apoderarse de una fortuna que haca mucho tiempo
codiciaban.

Con todo, don Andrs recobr su presencia de nimo, y dirigindose de
nuevo al guerrillero, dijo:

--Mire V. lo que hace, seor coronel; yo no soy un cualquiera, y no
dejar que se me expolie impunemente; en Mjico hay un embajador
espaol que me amparar en mis derechos.

--No s qu quiere V. decir, contest imperturbablemente don Felipe;
si se refiere V. al seor Pacheco, me parece que su proteccin le
reportar poco provecho, ya que el caballero ese que se da el ttulo de
embajador extraordinario de la reina de Espaa ha juzgado conveniente
reconocer el gobierno del traidor Miramn. Nosotros, pues, nada tenemos
que ver con l; su influjo con el presidente nacional es completamente
nulo. Dems, no he venido para discutir con V., sino para arrestarle,
y le arresto sobrevenga lo que sobreviniere. Quiere V. rendirse o
pretende acaso oponer una resistencia intil? Responda V.

Don Andrs fij la mirada en los hombres que le rodeaban, y
comprendiendo que fuera de sus criados no podra esperar socorro o
apoyo de nadie, dej caer sus revlveres a sus pies, cruz los brazos y
dijo con voz firme:

--Cedo a la fuerza; pero ante todos los que me rodean protesto contra
el acto de violencia de que soy vctima.

--Dueo es V., mi querido seor, de protestar cuanto quiera, repuso
el coronel; a m poco me importa. Luego dirigindose a don Jess
Domnguez, que tranquilo, impasible e indiferente haba asistido a
la escena que hemos descrito, aadi: sin prdida de tiempo hay que
registrar minuciosamente el equipaje y sobre todo los papeles del
prisionero.

--Muy bien urdido, dijo el anciano encogiendo los hombros; por
desgracia tarde piache, caballero.

--Qu quiere V. decir? pregunt don Felipe.

--Nada, sino que el dinero y los valores que Vds., pensaban hallar en
mis maletas, no estn; les conozco a Vds. demasiado, seor, para no
haberme prevenido contra lo que en este instante me est pasando.

--Maldicin! exclam el guerrillero golpeando con el puo el pomo de
su arzn; pero oye, gachupn del diablo, no creas que vas a salir
librado a tan poca costa, pues aun cuando deba desollarte vivo, sabr
dnde has escondido tus tesoros, te lo juro.

--Prubelo V., replic con irona don Andrs volvindose de espaldas al
guerrillero.

El bandido acababa de revelarse; el coronel, despus del exabrupto a
que le llevara su avaricia, ya no tena que guardar miramiento alguno
para con aquel a quien pretenda despojar por modo tan audazmente
cnico.

--Ello lo veremos, dijo; e inclinndose hasta el odo de don Jess, le
estuvo hablando durante algunos minutos.

Indudablemente los dos bandidos estaban concertando entre s las
medidas ms eficaces para constreir al espaol a revelar su secreto y
a someterse a su voluntad.

--Don Andrs, dijo el coronel al cabo de un instante y con fisga
nerviosa, ya que es como V. dice, sera para m cargo de conciencia
interrumpir su viaje; antes de tomar la vuelta de Veracruz iremos
juntos hasta su hacienda del Arenal, donde podremos hablar de negocios
ms cmodamente que en este sitio; lo ruego pues se sirva subirse otra
vez a la berlina, y anudar la marcha, mxime cuando su hechicera hija
de V., Dolores, indudablemente necesita tranquilizarse.

El anciano, que comprendi el terrible alcance de la amenaza que
acababa de dirigirle el bandido, palideci, fij la mirada en el
cielo e hizo un movimiento como para acercarse al coche; pero en el
instante mismo se oy un galope furioso, los soldados abrieron filas
despavoridos y un jinete penetr a escape y como el huracn en medio
del crculo que se haba formado alrededor de la berlina.

Dicho jinete, que llevaba el rostro completamente cubierto con un velo
negro, detuvo prontamente a su caballo, y fijando en el guerrillero los
ojos, que brillaban cual encendidas brasas al travs de los agujeros
del velo que le ocultaba, pregunt con voz lacnica y amenazadora:

--Qu pasa aqu?

Con arranque instintivo el guerrillero tir de la brida a su
cabalgadura y, sin responder palabra, la hizo retroceder; los soldados
y don Jess Domnguez se santiguaron con terror y murmuraron:

--El Rayo! El Rayo!

--Les interrogu a Vds., dijo el desconocido despus de algunos
segundos de espera.

Los cuarenta y tantos hombres que le rodeaban inclinaron la frente,
y hacindose atrs poco a poco ensancharon considerablemente el
crculo, al parecer no muy deseosos de entablar conversacin con aquel
misterioso personaje.

Don Andrs recobr la esperanza: un presentimiento ntimo le adverta
que la sbita llegada del enmascarado iba a cambiar sino del todo su
posicin, a lo menos a hacerla entrar en una fase ms ventajosa para
l; dems, le pareca, si bien no le era posible recordar dnde la
oyera, conocer la voz del desconocido; as es que mientras los otros
iban retrocediendo con temor, l, al contrario, se acercaba al recin
llegado con solicitud instintiva, inconsciente.

El jefe de la escolta, don Jess Domnguez, haba desaparecido,
emprendiendo vergonzosamente la fuga.




IV


EL RAYO


Por los das en que se desenvuelve la presente historia, viva en
Mjico un hombre que gozaba del privilegio de llamar sobre s la
curiosidad general, de atemorizar a todos, y lo que es ms notable, de
disfrutar de las simpatas de todos. Este hombre era el Rayo.

Quin era el Rayo? de dnde vena? qu haca?

Nadie era capaz de responder con certeza a estas preguntas, sin embargo
de lo lacnicas; y esto que Dios sabe el prodigioso nmero de leyendas
que respecto de l corran de boca en boca.

Ah en pocas palabras lo que de semejante individuo se saba con ms
fijeza:

Hacia fines de 1857, el Rayo haba parecido de improviso en la
carretera que conduce de Mjico a Veracruz y encargndose de mantener
el orden en ella, a su modo, se entiende. Detena los convoyes y las
diligencias, y protega o pona a contribucin a los viajeros; es
decir, en el segundo caso obligaba a los ricos a practicar una ligera
sangra a su bolsillo a favor de sus compaeros menos favorecidos
de la suerte y constrea a los jefes de escolta a defender contra
los ataques de los salteadores a los individuos a quienes estaban
encargados de acompaar.

No haba quien pudiese decir si el Rayo era joven o viejo, guapo o feo,
castao o rubio, pues nadie haba visto nunca su rostro al descubierto.
Por lo que hace a su nacionalidad, era imposible de todo punto
adivinarla, pues con igual facilidad y elegancia hablaba el castellano
y el francs, como el alemn, el ingls y el italiano.

Aquel misterioso personaje estaba perfectamente informado de todo
cuanto ocurra en el territorio de la repblica; no slo conoca
los nombres y la representacin social de los viajeros a quienes le
placa detener, sino que respecto de ellos estaba al tanto de ciertas
particularidades secretas que muy a menudo les ponan en zozobra.

Con todo, lo ms singular del caso, mucho ms de lo que hemos expuesto,
es que el Rayo iba siempre solo y nunca vacilaba en cerrar el paso
a sus adversarios, fuese cual fuese su nmero. El influjo que sobre
stos ejerca era tal, que su presencia era bastante para cortar
toda intencin de resistencia y una amenaza de l haca correr un
estremecimiento de terror por las venas de aqullos a quienes iba
dirigida.

Los dos presidentes de la repblica, mientras se hacan una guerra sin
cuartel para suplantarse mutuamente, cada uno por s haba ensayado
repetidas veces librar de caballero tan incmodo, y a su parecer
competidor peligroso, los caminos; pero todas sus tentativas fueron
vanas: el Rayo, no se sabe como, prevenido y perfectamente informado
de los movimientos de los soldados enviados en su busca, se presentaba
siempre de improviso delante de stos, desbarataba sus ardides y les
forzaba a retirarse vergonzosamente.

Sin embargo, una vez el gobierno de Jurez crey haber acorralado al
Rayo.

Supo dicho gobierno que el misterioso personaje haca algunas noches
las pasaba en un rancho no muy distante del Paso del Macho, y a este
punto expidi inmediatamente y con el mayor sigilo un destacamento de
veinte dragones, al mando de Carvajal, uno de los guerrilleros ms
sanguinarios y osados.

Carvajal tena la orden de fusilar a su prisionero en cuanto le echara
el guante, sin duda con el fin de no darle tiempo de intentar una
evasin durante el trayecto del Paso del Macho a Veracruz.

EL destacamento parti rpido; los dragones, a quienes se les
prometiera una cuantiosa recompensa si lograban llevar a buen fin la
escabrosa expedicin, iban dispuestos a cumplir con su deber, corridos
de que por tan dilatado espacio de tiempo un slo hombre les hubiese
tenido en jaque y ardiendo en deseos de tomar el desquite.

No dos leguas del Paso del Macho los soldados encontraron un fraile
jinete en msera mula, el cual llevaba el capuchn derribado sobre el
rostro, y al comps del trote de su montura mascullaba el rosario.

El jefe de la fuerza armada invit al fraile a que se reuniese con los
dragones, invitacin que el religioso acept no de muy buena gana.

En el instante en que el destacamento, que caminaba un poco a la
desbandada, iba a llegar al rancho, el fraile ech pie a tierra.

--Qu hace V., padre? le pregunt el jefe.

--Ya lo ve V., hijo mo, respondi aqul, me bajo de mi mula; mis
negocios me llaman a un rancho ms lejano; siga V. adelante; yo con
su permiso me voy a mis quehaceres, dndole las gracias por haberse
dignado honrarme con su compaa desde nuestro encuentro.

--Eso no, padre mo, dijo el jefe riendo cavernosamente; no podemos
separarnos de esta suerte.

--Por qu, hijo mo? pregunt el fraile acercndose al oficial,
mientras tiraba de la brida a su mula.

--Es muy sencillo, fray...

--Pancracio, para servir a V., dijo el religioso inclinndose.

--Pues bien, fray Pancracio, necesito de V., o ms bien dicho, de su
ministerio; en una palabra, se trata de confesar a un hombre que va a
morir.

--Quin es?

--Conoce V. al Rayo?

--Virgen santa! que si conozco al Rayo, seor oficial?

--Pues l es quien va a morir.

--Le han cogido Vds.?

--Todava no, pero dentro de pocos minutos le habremos echado la garra;
le estoy buscando.

--Y dnde se encuentra, si puede saberse?

--All, en aquel rancho que desde ac divisamos, respondi el oficial,
inclinndose con agrado hasta el fraile y tendiendo el brazo en la
direccin que indicaba a su interlocutor.

--Est V. seguro de lo que dice, ilustre seor?

--Que si lo estoy!

--Pues me parece que V. se equivoca.

--Qu quiere V. decir? Acaso V. sabe algo?

--S s, respondi el encapuchado, pues el Rayo soy yo, ladrn maldito.

Y antes que el oficial, aterrado por esta sbita e inesperada
revelacin, hubiese recobrado su presencia de nimo, el Rayo le
haba cogido por una pierna, derribndole al suelo, se subi sobre
su caballo, y empuando dos revlveres de seis tiros cada uno que
llevaba ocultos bajo sus hbitos, se precipitaba a escape sobre el
destacamento, haciendo fuego con ambas manos a la vez y dando su
terrible grito de guerra: El Rayo! El Rayo!

Los soldados, tanto y ms sorprendidos que su jefe ante un ataque tan
recio y tan imprevisto, se desbandaron y emprendieron la fuga en todas
direcciones.

El Rayo, despus de haber pasado por en medio de todo el destacamento,
del que mat siete hombres y derrib el octavo de un pechugn de su
caballo, par de improviso a su cabalgadura, y despus de haberse
detenido por espacio de algunos minutos con ademn de reto a un
centenar de pasos, al ver que los dragones no le perseguan y que lejos
de acudir en auxilio de su jefe no pensaban sino en la fuga, volvi
grupas y se encamin hacia el sitio donde ste yaca tendido e inmvil
como un difunto.

--Eh! seor oficial! le dijo apendose, aqu est su caballo de V.;
recbrele, que le servir para unirse a los suyos; en cuanto a m ya
no lo necesito, pues me voy al rancho, donde le aguardo si todava
conserva V. el deseo de prenderme y hacerme fusilar. Hasta maana a
las ocho de la maana me encontrar V. a su disposicin: adis.

El Rayo salud con la mano al oficial, se subi sobre su mula y se
encamin hacia el rancho, en l que efectivamente entr.

No es del caso aadir que el famoso personaje durmi a pierna tendida
hasta que amaneci, sin que el oficial y los soldados, tan encarnizados
en la persecucin del mismo, se hubiesen atrevido a interrumpir su
reposo; lo que hicieron stos fue tomar la vuelta de Veracruz, sin
mirar ni una vez hacia atrs.

Ah quien era el hombre cuya imprevista aparicin en medio de la
escolta de la berlina haba por tal modo despavorido y amilanado a los
soldados.

Por un instante el Rayo permaneci impasible y sombro frente a los
soldados reunidos delante de l, y luego con voz enrgica y clara, dijo:

--Seores, me parece que Vds. han olvidado que nadie sino yo tiene
derecho a obrar a su antojo en los caminos de la repblica.

Y volvindose hacia el coronel, que se encontraba a algunos pasos
inmvil como una estatua, aadi:

--Seor don Felipe Neri, vuelva V. pies atrs con los suyos; el camino
est completamente libre hasta Puebla. Me comprende usted?

--S, seor; sin embargo, replic el coronel titubeando, me parece que
mi deber me ordena escoltar...

--Cllese V.! exclam con arrebato el Rayo; escuche V. bien lo que
voy a decirle y sobre todo saque provecho de mis palabras: aqullos a
quienes esperaba V. encontrar no lejos de este sitio, no existen ya;
casi todos sus cadveres son en este instante pasto de los buitres. Por
hoy han perdido Vds. la partida; cranme pues, vuelvan grupas.

El coronel titube espacio de un segundo, luego hizo avanzar algunos
pasos a su caballo, y con voz entrecortada por la emocin, dijo:

--Seor, no s si es V. hombre o demonio para imponer de esta suerte,
solo contra todos, su voluntad a hombres valientes; para un soldado
nada significa la muerte, cuando al frente del enemigo recibe una bala
en medio del pecho; ya una vez he retrocedido delante de V., y no
quiero hacerlo otra; mteme V. pues, pero no me deshonre.

--Me place orlo hablar este lenguaje, don Felipe, replic con
frialdad el Rayo; el valor sienta bien en un militar; a pesar de sus
instintos rapaces y de sus hbitos de bandido, veo con gusto que no
carece V. de nimo; no desespero pues de que tarde o temprano me quepa
proporcionarle ocasin de desquitarse conmigo, si una bala, al cortar
el hilo de su existencia, no interrumpe sbito la corriente de sus
buenas intenciones. Ea, aadi el Rayo como tomando una resolucin
repentina, ordene V. a sus soldados, que estn temblando como unas
gallinas, que retrocedan una docena de pasos; voy a darle en el acto la
satisfaccin que desea.

--Ah! caballero, exclam el coronel, consentira V...?

--En jugar mi vida contra la de V.? por qu no? dijo el Rayo con voz
zumbona. Usted desea una leccin y voy a drsela.

Inmediatamente don Felipe Neri volvi grupas, y dirigindose a sus
soldados les hizo retroceder, maniobra que stos ejecutaron con la ms
laudable solicitud.

Don Andrs de la Cruz, que as llamaremos en adelante al anciano,
dndole su verdadero nombre, haba asistido como espectador ntimamente
interesado a la escena que hemos descrito y en la cual hasta entonces
no se atreviera a tomar parte.

Con todo, al ver el cariz que tomaban las cosas, se crey en el deber
de aventurar algunas observaciones.

--Dispense V., caballero, dijo dirigindose al misterioso incgnito,
le agradezco en el alma su intervencin en mi pro, pero permtame
le advierta que hace ya sobrado tiempo que estoy detenido en este
desfiladero y que deseara continuar mi viaje a fin de poner cuanto
antes a mi hija a cubierto de todo peligro.

--Ningn peligro amenaza a doa Dolores, seor, repuso con frialdad
el Rayo; este corto retardo no puede en modo alguno acarrearla malas
consecuencias; por otra parte, deseo que usted presencie el duelo que
va a verificarse aqu y que hasta cierto punto es en pro de su causa;
le ruego pues que tenga paciencia. Pero ah est de regreso don Felipe;
pronto estaremos listos. Figrese V. que apuesta en una ria de gallos;
crame, va V. a divertirse.

--Sin embargo..., arguy don Andrs.

--De insistir va V. a disgustarme, caballero, interrumpi con aspereza
el Rayo. A ver, preste usted a don Felipe uno de los magnficos
revlveres que consigo trae y s se los ha remitido desde Pars el
armero Devisme. Supongo que estn cargados eh?

--S, seor; lo estn, respondi don Andrs entregando una de sus
pistolas.

Don Felipe tom el arma, la volvi entre los dedos, y levantando la
cabeza con ademn contrariado, dijo:

--No s servirme de esta clase de armas.

--Pues son muy sencillas, contest cortsmente el Rayo, y va a conocer
perfectamente su mecanismo dentro de un par de segundos; seor don
Andrs, hgame V. el obsequio de explicar a don Felipe el sencillsimo
manejo de estas armas.

El espaol explic el modo de usar el revlver al coronel, quien desde
luego se puso al cabo.

--Ahora, seor don Felipe, continu el Rayo, siempre sereno e
impasible, esccheme V. bien: consiento en darle la satisfaccin que
de m solicita, con tal que, sea cual fuere el resultado del duelo que
vamos a empear, se comprometa a volver grupas al instante dejando a
don Andrs y a su hija en libertad de continuar su viaje como ms les
convenga: acepta V.?

--Acepto, seor.

--Perfectamente; ahora lo que vamos a hacer es echar pie a tierra y
colocarnos a veinte pasos uno de otro; le conviene a V. esta distancia?

--S, seor.

--Est bien; a una seal ma, pues, dispare V. sobre m los seis tiros
de revlver; yo tirar luego, pero una sola vez, porque el tiempo
apremia.

--Dispense V., seora, pero si le mato a V. de uno de los seis
disparos?

--Qua! seor, no va V. a matarme, respondi con frialdad el Rayo.

--Usted cree?

--Estoy seguro de ello; para matar a un hombre de mi temple, seor don
Felipe, respondi el Rayo con acento de irona mordaz, es menester un
corazn animoso y una mano de bronce, y V. carece de ambas cosas.

Don Felipe no replic, pero dominado por rabia sorda, plida la frente
y las cejas juntas, fue a colocarse resueltamente a veinte pasos de su
adversario.

El Rayo ech pie a tierra, se plant con arrogancia, irgui la cabeza,
avanz la pierna derecha y cruz los brazos a la espalda.

En esta posicin y enfrente del coronel, dirigi a ste las siguientes
palabras:

--Procure V. apuntar bien; los revlveres, por buenos que sean, suelen
tener el defecto de enviar las balas un poco altas; no se apresure
usted. Est ya? Bravo; puede V. disparar.

Don Felipe no aguard a que se lo dijeran dos veces, sino que,
apretando el gatillo, hizo tres disparos seguidos.

--Demasiado aprisa, demasiado aprisa, grit el Rayo al coronel, ni
siquiera he odo silbar las balas. No se apresure V. tanto y vea de
aprovechar las tres balas que le quedan.

Todos tenan la mirada fija en los duelistas y el corazn pendiente
de un hilo. Don Felipe Neri, desmoralizado por la impasibilidad de
su adversario y el mal xito de sus disparos, a pesar suyo se senta
fascinado por la negra estatua que ante l se ergua serena y de la
que solamente vea, al travs de la mscara, brillar los ojos cual
ardientes brasas; de cada uno de sus cabellos, erizados de espanto,
penda una gota de sudor; en una palabra, haba perdido el nimo.

Con todo, la clera y el orgullo devolvieron al coronel la fuerza
necesaria para ocultar a los ojos de los asistentes la espantosa agona
que estaba sufriendo; por un supremo esfuerzo de voluntad recobr
aparentemente la calma y dispar la cuarta bala.

--Esta vez lo ha hecho V. ms bien, dijo con zumba el Rayo, pero
todava ha pasado demasiado alta; a ver la otra.

Exasperado por esta ltima burla, don Felipe apret el gatillo, y la
bala fue a dar contra la pea escasamente a una pulgada encima de la
cabeza del desconocido.

No quedaba sino una bala en el revlver.

--Adelante V. cinco pasos, dijo el Rayo; puede que as no desaproveche
el ltimo tiro.

Don Felipe no contest a este ltimo sarcasmo, pero salt como una
fiera, se coloc a quince pasos e hizo fuego.

--Ahora me toca a m, dijo con toda tranquilidad el desconocido,
retrocediendo para restablecer la distancia primera; pero observo,
caballero, que se ha descuidado V. de descubrirse, y sta es una falta
de cortesa que no tolero de ningn modo.

En pronunciando estas palabras, el Rayo empu una de las dos pistolas
que llevaba al cinto, la amartill, tendi el brazo, dispar sin
tomarse la molestia de apuntar, y el sombrero del coronel, arrebatado
por el proyectil, cay rodando por el polvo.

Don Felipe dio un rugido salvaje y exclam:

--Es V. un demonio!

--No, replic el Rayo, soy un hombre de alma. Ahora mrchese V., le
perdono la vida.

--Parto, s, dijo el coronel; pero sea usted quien sea, hombre
o demonio, juro matarle, aun cuando deba perseguirle hasta las
profundidades del averno.

El Rayo se acerc a don Felipe, le llev violentamente aparte asido del
brazo, y levantando la mscara que le cubra el rostro le mostr sus
facciones, diciendo con voz reconcentrada:

--Va V. a conocerme no es verdad? Lo nico que le encargo ahora que
me ha visto cara a cara, es que no olvide que nuestro primer encuentro
puede ser mortal; mrchese V.

Don Felipe se subi a caballo sin replicar palabra, se puso a la cabeza
de sus despavoridos soldados, y al galope tom de nuevo el camino de
Orizaba.

Cinco minutos despus, en la meseta no quedaban sino los viajeros y
sus criados. El Rayo, aprovechando sin duda el momento de desorden y
sorpresa producido por el final de la escena que hemos narrado, haba
desaparecido.




V


LA HACIENDA DEL ARENAL


Cuatro das despus de ocurridos los acontecimientos de que se hace
mrito en el anterior captulo, el conde Luis del Saulay y Oliverio
todava viajaban mano a mano, pero el lugar de la escena haba cambiado
por completo. Alrededor de ellos se extenda una inmensa llanura
cubierta de feraz vegetacin y regada por algunos ros, en las mrgenes
de los cuales estaban asentadas las humildes chozas de muchos pueblos
de escasa o ninguna importancia; ac y all estaban pastando algunos
rebaos vigilados por vaqueros montados que llevaban la reata en la
silla, el machete al cinto y la larga pica en el descanso. En el
camino, cuyas amarillentas revueltas resaltaban sobre el color verde
del llano, se vean negruzcas manchas, que no eran sino recuas de mulas
que se dirigan hacia las nevadas montaas que limitan el horizonte;
grupos de rboles gigantescos daban variedad a la perspectiva, y algo
a la derecha, en la cspide de una colina bastante elevada, se erguan
orgullosamente los robustos muros de una importante hacienda.

Los viajeros avanzaban a paso corto por las ltimas sinuosidades de
angosta senda que suavemente bajaba al llano, y al llegar a un sitio en
que la cortina de rboles que les interceptaba la vista se separ a uno
y otro lado, la perspectiva pareci de repente ante ellos, cual si de
sbito la hubiese hecho surgir la prodigiosa varita de un mago.

Al ver el magnfico caleidoscopio que a sus miradas se ofreca, el
conde lanz un grito de admiracin.

--Como s que es V. hombre de gusto, le prepar esta sorpresa, dijo
Oliverio. Qu le parece?

--Admirable; nunca he visto una perspectiva tan hermosa, exclam el
joven con entusiasmo.

--S, dijo el aventurero ahogando un suspiro, para una perspectiva
echada a perder por la mano del hombre no est del todo mal; pero le
repito lo que tantas veces le he manifestado: solamente en las altas
sabanas del gran desierto mejicano es posible ver la naturaleza tal
cual Dios la ha creado; esto, en comparacin, no es sino una decoracin
de pera, una naturaleza convencional que no tiene razn de ser y nada
significa.

--Convencional o no, replic el conde rindose de la humorada de su
interlocutor, yo hallo admirable la perspectiva.

--Ya le he dicho que no est del todo mal; pero imagine V. cuan hermoso
debi ser este paisaje en los primitivos das del mundo, cuando a
pesar de los torpes conatos de los hombres stos no han conseguido an
echarlo a perder enteramente.

--Por mi vida que es V. un compaero inapreciable, repuso el joven
redoblando la risa al escuchar lo que acababa de decir Oliverio; le
aseguro que una vez nos hayamos separado, a menudo echar de menos su
agradable compaa.

--Pues preprese V. a ello, seor conde, contest el aventurero
sonriendo, porque pronto vamos a separarnos.

--Cmo se entiende?

--A lo sumo dentro de una hora; pero continuemos andando; el sol
empieza a calentar y la sombra de los rboles que se ven all abajo nos
vendr de perlas.

Los dos viandantes soltaron las riendas a sus caballos y anudaron al
paso el descenso casi insensible que deba conducirles al llano.

--No siente V. todava necesidad de dar un poco de reposo al cuerpo,
seor conde? pregunt el aventurero mientras liaba con indolencia un
cigarrillo.

--De veras, no; gracias a V., este viaje, si bien algo montono, me ha
parecido delicioso.

--Montono ha dicho V.?

--Caramba! en Francia se cuentan hechos tan espeluznantes de las
tierras de ultramar, donde, segn dicen, se encuentra uno con bandidos
emboscados a cada paso y no es posible andar diez leguas sin exponer
veinte veces la vida, que no sin aprensin desembarcamos los europeos
en estas playas. A m me haban llenado la cabeza de historias
capaces de hacer poner de punta los cabellos, y francamente, esperaba
sorpresas, emboscadas, combates encarnizados y qu s yo cuantas cosas
ms. Pero ya ve V., nada, absolutamente nada ha ocurrido; he hecho el
viaje ms prosaico del mundo, sin que durante l haya sobrevenido el
ms leve accidente para poderlo yo referir ms adelante.

--Todava no ha salido V. de Mjico.

--Es cierto, pero esto no quita que vea desvanecidas mis ilusiones; ya
no creo en los bandidos mejicanos, ni en los feroces indios; no vale la
pena venir de tan lejos para no ver ms de lo que uno ve en su propia
tierra. Vayan al diablo los viajes! Hace cuatro das bamos a vernos
en un lance, y tan es as, que cuando V. me dejaba a solas, forjaba en
mi imaginacin los ms belicosos proyectos; luego volva V., al cabo
de dos largas horas, y me anunciaba sonriendo que se haba equivocado,
que nada haba visto. No me ha cabido sino tragarme todos mis designios
blicos. Si esto es estar de chiripa, que venga Dios y lo vea.

--Qu quiere V.? replic el aventurero con acento de imperceptible
irona, la civilizacin se va infiltrando por tal modo entre nosotros,
que, salvo algunas ligeras diferencias, hoy nos paremos a las viejas
naciones de Europa.

--Chancese V. y brlese de m cuanto quiera, dijo el conde; pero
volvamos al asunto.

--Esto pido, seor, replic el aventurero. Entre otras cosas no me
dijo V. que tena el designio de dirigirse a la hacienda del Arenal,
y que si no se desviaba de su camino que conduce directamente hacia
Mjico, era porque tema extraviarse en una tierra a la que V. no
conoca y en la que dudaba encontrar quien fuese capaz de ponerle
nuevamente sobre la pista?

--Efectivamente, caballero.

--Pues bien, las cosas se simplifican extraordinariamente.

--Y eso?

--Mire enfrente de V., seor conde, qu ve V.?

--Un magnfico edificio con todo el aspecto de una fortaleza.

--Pues el edificio ese es la hacienda del Arenal.

--De veras? No me engaa V.? pregunt el conde.

--Para qu! respondi suavemente el aventurero.

--Oh! de esta suerte la sorpresa resulta buena cosa ms agradable que
no supuse.

--A propsito, me olvidaba de una circunstancia que no deja de ser
importante para V.: hace ya dos das que sus criados y sus equipajes
estn en la hacienda.

--Pero quin puso en antecedentes a mis criados?

--Yo.

--Cmo V.! si puede decirse que no se ha movido de mi lado.

--Cortos fueron los momentos en que me separ de V., es verdad, pero
tuve lo bastante.

--Es V. un amabilsimo compaero, don Oliverio, y le agradezco en el
alma las atenciones de que me rodea.

--Bah! V. se chancea.

--Conoce V. al propietario de la hacienda esa?

--A don Andrs de la Cruz? ya lo creo!

--Qu tal es?

--En lo moral o en lo fsico?

--En lo moral.

--Un sujeto de gran corazn y clara inteligencia; prodiga el bien, y
atiende a pobres y a ricos.

--Magnfico es el retrato.

--Y me quedo corto. Ah! se me olvidaba decir a V. que don Andrs tiene
muchos enemigos.

--Enemigos!

--S, todos los bribones de la comarca, y a Dios gracias abundan en
esta bendita tierra.

--Y su hija doa Dolores?

--Es una deliciosa nia de diecisis aos, todava ms buena que
hermosa; inocente y pura, sus ojos reflejan el cielo; es un ngel a
quien ha placido a Dios colocar en la tierra, sin duda para vergenza
de los hombres.

--V. va a venirse conmigo a la hacienda, no es eso? pregunt el conde.

--No; dentro de algunos minutos tendr el honor de despedirme de V.

--Supongo que para vernos de nuevo cuanto antes.

--No me atrevo a prometrselo a V., seor conde.

Oliverio y el joven caminaron algunos instantes ms mano a mano,
guardando el ms profundo silencio y aguijando a sus cabalgaduras, con
lo que se iban acercando rpidamente a la hacienda, cuyos edificios
aparecan ya por completo.

Era la del Arenal una de esas magnficas residencias construidas
durante los primeros aos de la conquista, entre palacio y fortaleza,
semejante a las que los espaoles levantaban por aquellos tiempos en
sus dominios, a fin de mantener a raya a los indios y resistir a las
continuas y sangrientas revueltas de stos.

Las almenas que coronaban los muros de la hacienda proclamaban la
nobleza de su propietario, ya que nicamente los nobles gozaban del
derecho de almenar sus moradas y de cuyo derecho se mostraban por dems
celosos.

La cpula de la capilla de la hacienda, que sobresala de las murallas,
brillaba a los ardorosos rayos del sol.

A medida que los viajeros iban acercndose, el paisaje iba cobrando
nueva vida; a cada paso se encontraban con jinetes, arrieros guiando
sus recuas de mulas, indios que corran llevando bultos a cuestas
suspendidos de una correa que les pasaba alrededor de la frente,
rebaos conducidos por vaqueros y que iban en busca de nuevo pasto,
frailes trotando sobre sendas mulas, mujeres, nios, en una palabra,
gente atareada de todos estados y de uno y otro sexo que iban, venan y
se cruzaban en todas direcciones.

Al llegar al pie de la colina sobre la cual se asentaba la hacienda
y en el instante en que iba a penetrar en la senda que conduca a la
puerta principal del edificio, el aventurero detuvo a su caballo, y
volvindose hacia el joven, le dijo:

--Seor conde, hemos llegado al trmino de nuestro viaje; con su
permiso pues me retiro.

--No sin prometerme antes que vamos a vernos de nuevo.

--Me es imposible empear tal promesa, seor conde; nuestros caminos
son diametralmente opuestos, y por otra parte quiz valdra ms que no
volvisemos a vernos.

--Qu quiere V. decir?

--Nada personal ni ofensivo para V.; permtame que le estreche la mano
antes de separarnos.

--De todo corazn, exclam el joven tendindole efusivamente la diestra.

--Adis, dijo Oliverio; el tiempo vuela y a estas horas deba
encontrarme ya muy lejos de aqu.

El aventurero se inclin sobre el cuello de su caballo y con la
rapidez de la flecha se intern en un sendero por l que no tard en
desaparecer.

--Vaya un carcter singular! murmur el joven. Oh! volver a verle,
es menester que as sea.

El conde oprimi suavemente los ijares de su cabalgadura y penetr en
el sendero que en pocos minutos deba conducirle a la cspide de la
colina y a la puerta principal de la hacienda.

Oliverio anduvo acertado al decir que al conde le estaban esperando en
la hacienda; en efecto, ste vio dos criados que, de pie en la puerta,
al parecer acechaban su llegada.

El joven se ape en el primer patio y abandon su caballo en manos de
un palafrenero que lo condujo a la caballeriza.

En el instante en que el conde se encaminaba hacia una gran puerta
sombrada por una marquesina y que daba paso a las habitaciones, don
Andrs sali por ella, vol solcito a su encuentro, le estrech
efusivamente contra su corazn, y despus de besarle repetidas veces,
dijo:

--Alabado sea Dios! por fin ha llegado V.; ya empezbamos a estar
cuidadosos.

El conde, cogido de improviso, se dej abrazar y besar sin darse cuenta
cabal de lo que le pasaba, ni atinando con quin se las haba; pero el
anciano, advirtiendo la admiracin de su husped y que ste a pesar de
sus esfuerzos no consegua disimularla del todo, le sac del aprieto
nombrndose y aadiendo:

--Soy su pariente cercano, mi querido conde; su primo; as pues no
tenga V. empacho, obre con entera libertad; esta casa y cuanto en ella
se encierra est a su disposicin.

El joven se deshizo en excusas; pero don Andrs le interrumpi,
diciendo en tono festivo:

--Vlgame Dios! dnde tengo la cabeza? le entretengo aqu contndole
mis chocheces y me olvido de que acaba de hacer V. un largo viaje a
caballo y por consiguiente de que necesita reposo. Venga V., quiero
darme la satisfaccin de conducirle yo mismo a sus habitaciones; hace
ya muchos das que estn dispuestas.

--Mi querido primo, contest el conde, le agradezco en el alma los
agasajos de que me colma, pero creo sera conveniente que me presentase
V. a mi prima antes de retirarme.

--Esto no corre priesa, mi querido conde; mi hija se encuentra ahora en
su tocador con sus doncellas. Primeramente deje que le anuncie; s ms
bien que V. lo que conviene hacer en estas circunstancias. Vaya V. a
descansar.

--Como V. quiera, primo; por otra parte le confieso, ya que me hace el
favor de dejarme en completa libertad, que no sentir tomar algunas
horas de reposo.

--No deca yo? repuso alegremente don Andrs, todos los jvenes son
iguales: no saben de la misa la media.

El hacendero condujo entonces a su husped a una habitacin previamente
dispuesta y amueblada con gusto bajo la inmediata inspeccin de don
Andrs; la cual estaba destinada al conde para todo el tiempo que a
ste le pluguiese permanecer en la hacienda, y a la que haban sido ya
transportadas sus maletas.

Al conde le estaba aguardando su ayuda de cmara.

La habitacin que hemos dicho, no era espaciosa, pero estaba muy
bien distribuida y, atendidos los recursos del pas, ofreca muchas
comodidades. Se compona de cuatro piezas: el dormitorio del conde con
su gabinete tocador y cuarto de baos anejo, un estudio que haca las
veces de saln, antecmara y un aposento para los criados, a fin de
que aqul pudiese utilizarlos de da y de noche. Por medio de algunos
tabiques, la haban separado, hecha del todo independiente de las dems
habitaciones de la hacienda, y en ella se penetraba por tres puertas:
una que daba al vestbulo, otra al patio comn y otra, de la que
partan algunos escalones, que daba acceso a la magnfica huerta de la
hacienda, huerta que por lo vasta mereca el ttulo de parque.

El conde, recin desembarcado en Mjico, y que al igual que todos los
extranjeros tena una idea errnea de un pas al que no conoca, estaba
muy lejos de presumir que en la hacienda del Arenal iba a encontrar una
instalacin tan cmoda y por tal modo adaptaba a sus gustos y a sus
costumbres un tanto graves; as es que se sinti enajenado y dio a don
Andrs las ms calurosas gracias por la molestia que se tomara para
hacerle agradable su estancia en la hacienda, y aun le signific cuan
distante estaba de esperar un recibimiento tan amable.

Don Andrs de la Cruz, hondamente satisfecho de este cumplido, se frot
las manos con alegra y se retir, dejando a su pariente en libertad de
entregarse al reposo.

Una vez a solas con su ayuda de cmara, el conde, despus de cambiar el
traje que llevaba por otro ms adecuado a la vida de campo, interrog
a su criado respecto del modo como haba efectuado su viaje desde
Veracruz y como le recibieran a su llegada a la hacienda.

El mencionado ayudante de cmara, hermano de leche del conde, de quien
era devotsimo, tena poco ms o menos la misma edad que ste, y sobre
ser robusto, bien formado, de presencia agradable y valeroso, le
adornaba una cualidad preciosa en un criado, la de ser ciego, sordo y
mudo. Efectivamente, no hablaba sino conminado por orden expresa y aun
en este caso era por dems lacnico. El conde le quera mucho y tena
en l ilimitada confianza.

Raimbaut, que as se llamaba el criado, senta por su amo un respeto
profundo, y, siempre esclavo de la etiqueta, no le hablaba nunca sino,
en tercera persona. Fuese cual fuese la hora del da o de la noche
que el conde le llamase, se presentaba ante l ostentando el severo
traje que haba adoptado, compuesto de casaca negra, a la francesa,
de cuello recto y botonadura de oro, chupa y calzones negros, medias
de seda blancas, zapatos con hebilla y corbata blanca. Excepto los
polvos, que no llevaba, vestido de esta suerte Raimbaut asuma todas
las apariencias de un intendente de encopetado seor del pasado siglo.

El otro criado del conde era un mocetn de unos veinte aos, robusto y
de musculatura atltica. Ahijado de Raimbaut, que se haba encargado
de instruirle en las prcticas del servicio, desempeaba las mecnicas
ms pesadas y vesta la librea del conde, azul y plata; se llamaba
Lanca Ibarru, era adicto a su amo y tema como al fuego a su padrino, a
quien profesaba una veneracin profunda. Valiente si los hay, astuto
e inteligente, empaaban un tanto estas cualidades su glotonera y su
aficin al dolce far niente.

Corto fue el relato de Raimbaut: nada absolutamente le haba pasado
sino recibir por conducto de un desconocido una orden de su amo para
que en vez de continuar su viaje hasta Mjico se hiciese conducir al
Arenal, como as lo haba efectuado.

El conde, que vio era cierto lo que el aventurero le dijera, despidi a
su ayuda de cmara, se arrellan en una butaca y abri un libro; pero a
no tardar y apoderndose de l el sueo, se durmi.

A eso de las cuatro de la tarde y en el preciso instante en que el
conde se despertaba, Raimbaut entr en el dormitorio de ste y le
anunci que don Andrs de la Cruz le estaba aguardando para comer.

El conde dirigi una mirada a su tocado y precedido de Raimbaut, que le
serva de gua, se encamin hacia el comedor.




VI


POR LA VENTANA


El comedor de la hacienda del Arenal, espacioso y largo, reciba luz
por ventanas ojivales de pintadas vidrieras, sus paredes estaban
cubiertas de ensambladuras de roble ennegrecido por los aos, que le
daban el aspecto de un refectorio de Cartujos del siglo XV, y en medio
de l haba una gran mesa en forma de herradura, rodeada de bancos
excepto en la testera.

Al penetrar el conde del Saulay en la mencionada pieza, casi todos los
comensales, unos veinticinco, se encontraban ya reunidos en ella.

Don Andrs, al igual que muchos de los grandes propietarios mejicanos,
haba conservado en sus posesiones la costumbre de hacer comer con l a
sus criados.

Esta costumbre patriarcal, largos aos ha cado en desuso en Francia,
a nuestro modo de ver era una de las mejores que nos legaron nuestros
padres, pues la vida en comn estrechaba los lazos que unan los amos a
los criados y enfeudaba a stos, por decirlo as, a la familia, con la
que hasta cierto punto compartan la vida ntima.

Don Andrs de la Cruz estaba en pie en la testera del comedor, entre
sus hijos Melchor y Dolores.

Respecto de esta ltima nada diremos, pues el lector ya la conoce;
por lo que hace a don Melchor, que vesta el traje mejicano en toda
su pureza, tena poco ms o menos la misma edad que el conde, y su
aventajada estatura y complexin robusta hacan de l un buen tipo
en la acepcin vulgar de la palabra. Tena las facciones varoniles y
distinguidas, negra y poblada la barba, grandes los ojos y de mirar
fijo y perspicaz, color moreno subido ligeramente aceitunado, voz un
tanto spera y rostro sombro, que a la ms leve emocin cobraba una
expresin de amenaza y de altivez terribles. Por lo dems su ademn era
noble y exquisitos sus modales.

Una vez el seor de la Cruz hubo hecho las presentaciones, los
comensales se sentaron alrededor de la mesa; luego el hacendero hizo
colocar al conde a su derecha, al lado de doa Dolores, dirigi una
sea a sta, que dijo el _Benedicite,_ los convidados contestaron
_amn,_ y empez la comida.

Al igual que sus antepasados los espaoles, los mejicanos son muy
sobrios y no beben durante la comida; nicamente a los postres, cuando
sirven los dulces, colocan vasos de agua en la mesa.

Don Andrs de la Cruz, por un exceso de cortesana, haba mandado que
sirviesen vino a su husped francs, el cual era atendido por su ayuda
de cmara, que, con grande admiracin de los circunstantes, estaba de
pie detrs de l.

La comida fue silenciosa a pesar de los repetidos esfuerzos de don
Andrs para animar la conversacin; el conde y don Melchor se limitaban
a cruzar entre s y de cuando en cuando algunos cumplidos triviales;
doa Dolores estaba plida, pareca sentirse indispuesta, apenas
probaba los manjares y no profera palabra alguna.

En comiendo, se levantaron todos y los criados de la hacienda se fueron
cada cual a sus quehaceres.

El conde, preocupado a pesar suyo con el fro y compasado acogimiento
que le haba reservado don Melchor, pretext la fatiga del viaje para
retirarse a sus habitaciones, en lo que don Andrs consinti con
repugnancia manifiesta.

Don Melchor y el conde cruzaron un saludo ceremonioso y se volvieron
la espalda, y doa Dolores hizo una graciosa cortesa al joven, quien
se retir despus de estrechar cariosamente la mano que su anfitrin
le tendi.

Acostumbrado como estaba a vivir en medio de la comodidad y de la
elegancia y a las relaciones de la sociedad parisiense, tan saturadas
de buen gusto y de aticismo, el conde del Saulay necesit algunos das
para familiarizarse con la existencia triste, montona y estrecha de la
hacienda del Arenal.

No obstante la afectuosa acogida que le haba dispensado don Andrs
de la Cruz y de las atenciones de que ste le rodeaba incesantemente,
el joven no tard en advertir que su anfitrin era el nico que de la
familia le miraba con buenos ojos.

Doa Dolores, muy corts para con l y aun bondadosa en sus relaciones
cotidianas o cuando el acaso les reuna, pareca sentirse mortificada
en su presencia y apartar todas las ocasiones de hablar a solas. La
doncella, tan pronto adverta que su padre o su hermano se salan del
aposento donde se encontraban en compaa del conde, interrumpa de
improviso la conversacin, murmuraba, sonrojndose, alguna excusa y se
alejaba, o ms bien desapareca volando, con la ligereza y rapidez de
un pjaro, y sin ms cumplidos dejaba solo a Luis.

Semejante conducta por parte de una doncella a la que estaba prometido
desde la infancia, por quien haba cruzado el ocano casi contra su
voluntad y solamente para honrar la palabra empeada en su nombre por
su familia, era realmente para mortificar a un hombre como el conde
del Saulay, a quien su belleza fsica, su talento y su fortuna no le
tenan de ningn modo acostumbrado hasta entonces a verse tratado con
tanto desapego y desdn por las damas.

Poco inclinado ya de suyo al matrimonio que su familia quera imponerle
y lo ms mnimo enamorado de su prima, a quien apenas se haba tomado
el trabajo de mirar, y a la que, a causa de su indiferencia, estaba
tentado a calificar de necia, el conde se hubiera conformado con la
repugnancia que la joven pareca experimentar hacia l y aun consolado
y felicitado por la ruptura del matrimonio proyectado, si en este
negocio no hubiese estado comprometido su amor propio de un modo para
l sobrado ofensivo.

Por mucho que fuese el desapego que sintiese por doa Dolores, al conde
le humillaban el poco efecto que su porte, sus modales y su boato
haban producido en la joven y el modo fro y desdeoso con que sta
escuchara sus cumplidos y recibido sus regalos.

No obstante anhelar sinceramente que no se llevase a efecto una boda
que por mil razones le tena disgustado, Luis deseaba que sin partir
positivamente de l, la ruptura tampoco partiese abiertamente de la
joven, y que al mismo tiempo que se retiraba con los honores de la
guerra, las circunstancias se presentasen lo bastante propicias para
que la que deba ser su esposa sintiese su partida.

Descontento de s mismo y de cuantos le rodeaban, sintiendo que se
encontraba en una situacin falsa que era probable iba a convertirse
en ridcula dentro de poco, el conde determin salir de ella lo ms
antes posible; pero antes de provocar una explicacin franca y decisiva
por parte de don Andrs de la Cruz, que pareca no sospechar lo ms
mnimo lo que estaba ocurriendo, el joven determin saber positivamente
a qu atenerse respecto de su prometida; y es que con la fatuidad
propia de todos los hombres acostumbrados a no hallar oposicin, estaba
ntimamente convencido de que era imposible que doa Dolores no le
hubiese amado si de su corazn no se hubiese ya apoderado otro hombre.

Tomado que hubo esta resolucin y firme en ella, el conde, que por otra
parte no saba como matar el tiempo en la hacienda, se puso a espiar
los pasos de la joven, resuelto, una vez adquirida la certidumbre, a
retirarse y a tomar sin prdida de tiempo la vuelta de Francia, a la
que cada da encontraba ms a faltar y de la que se arrepenta haber
salido tan inopinadamente para venir a correr a dos mil leguas de ella
un lance tan humillador.

Ya hemos hecho observar que doa Dolores, no obstante su indiferencia
para con el conde, se crea obligada a mostrarse si no tan amable
como hubiera deseado, a lo menos conforme, corts y cumplida; ejemplo
que don Melchor su hermano se dispensaba de imitar, ya que trataba
al husped de su padre con una indiferencia tal y tan estudiada, que
forzosamente el conde tena que advertirla, aun cuando ste desdease
darse por entendido y simulase tomar los modales groseros, ofensivos y
aun brutales del joven cual s estuviesen muy en consonancia con las
costumbres de la tierra.

Sin embargo, debemos confesar que los mejicanos son de una
cortesana exquisita, que su lenguaje es siempre pulcro y floridas
sus expresiones, y que aparte el traje, es literalmente imposible
diferenciar un hombre del pueblo de otro perteneciente a la clase
encumbrada. Por una singular anomala, indudablemente hija de su
carcter hosco, don Melchor de la Cruz era la anttesis de sus
compatriotas; siempre sombro, compasado, recogido en s mismo, puede
decirse que no abra la boca sino para verter contadas palabras con
tono spero y voz ingrata.

De buenas a primeras, el conde y don Melchor quedaron poco satisfechos
uno de otro: el francs pareci excesivamente presumido y muy ms
afeminado al mejicano, y el mejicano, grosero y vulgar en su traza y
lenguaje al francs. Sin embargo, de no existir en realidad ms que
esta antipata instintiva, quizs ella hubiera desaparecido, y entre
los dos se habran cimentado relaciones de amistad una vez se hubiesen
conocido ms a fondo y por consiguiente apreciado ms; pero lo que don
Melchor senta por el conde no era indiferencia, ni envidia, sino un
odio verdaderamente mejicano.

De dnde provena este odio? qu desconocida particularidad del conde
haba dado nacimiento a ella? ste era el secreto de don Melchor.

Por lo dems, el joven hacendero era un arca de misterios y sus
acciones tan tenebrosas como su semblante. Gozaba de libertad
absoluta y de ella usaba y abusaba para ir y venir, entrar y salir
sin dar cuenta de sus pasos a persona alguna. Su padre y su hermana,
indudablemente acostumbrados a semejantes genialidades, nunca le
preguntaban de dnde vena ni qu haba hecho cuando tras una ausencia
de siete u ocho das regresaba a la hacienda.

En estas circunstancias, por cierto muy frecuentes, llegaba a la hora
del almuerzo.

Don Melchor saludaba con la cabeza a los asistentes y se sentaba a la
mesa sin pronunciar palabra, y en comiendo liaba un cigarrillo, lo
encenda y se retiraba a sus habitaciones sin hacer caso alguno de los
que se encontraban en el comedor.

Comprendiendo don Andrs la inconveniencia y mxime lo poco galante
de semejante conducta para con su husped, una o dos veces ensay
disculpar a su hijo, atribuyendo la falta de cortesa de ste a graves
ocupaciones que le absorban por entero.

--Don Melchor, contest el conde, es caballero cabal y de conducta
correcta; y aun la franqueza de que hace gala, tratndome como amigo y
pariente y no como extrao, prueba la amistad que me profesa. Sentira
pues en el alma que por m modificase lo ms mnimo sus costumbres.

El hacendero, que no se llam a engao respecto de la aparente
mansedumbre de su husped, juzg prudente no insistir sobre el
particular y no se habl ms del asunto.

A don Melchor le teman no slo todos los peones de la hacienda, sino
tambin, por lo que poda colegirse, su mismo padre.

Era evidente que aquel sombro joven ejerca sobre cunto le rodeaba
un influjo que quiz por lo oculto era ms terrible; pero nadie se
atreva a quejarse. El conde, nico que pudiera haber aventurado
algunas observaciones, no se tomaba el trabajo de hacerlas, por la
sencilla razn de que hallndose de paso, y slo por algunos das en
Mjico y tenindose por extrao, no le halagaba intervenir en asuntos o
en intrigas que no le incumban ni deban concernirle para nada.

Dos meses haca que Luis de Saulay llegara a la hacienda, y este
periodo de tiempo lo haba empleado en leer o en recorrer los
alrededores, casi siempre en compaa del mayordomo de don Andrs,
sujeto de unos cuarenta aos de edad, rechoncho, robusto y de semblante
sincero y que al parecer gozaba de ilimitada confianza en el nimo de
sus amos.

Dicho mayordomo, llamado Len Carral, haba cobrado grande aficin
al joven francs, cuya liberalidad e inagotable buen humor le tenan
cautivado.

Se complaca el buen Carral, durante sus carreras por el llano, en
amaestrar al conde en el arte de la equitacin, hacindole comprender
los defectos de la escuela francesa y aplicndose en convertirle en lo
que l tena la justificada pretensin de ser, esto es, un verdadero
hombre de a caballo, un jinete consumado.

Debemos aadir que el discpulo aprovech muy mucho las lecciones y que
no slo se haba convertido en poco tiempo en habilsimo jinete, sino
tambin, gracias asimismo al mayordomo, en tirador de primer orden.

Siguiendo los consejos de su maestro, hacia poco que el conde adoptara
el elegante y cmodo traje mejicano, que le sentaba a las mil
maravillas.

Don Andrs de la Cruz se haba frotado de gusto las manos al ver que
aqul a quien consideraba ya casi yerno suyo tomaba el traje del
pas, pues esto le demostraba que al conde le animaba el intento de
establecerse en Mjico; y aun se asi de esta circunstancia para hacer
rodar diestramente la conversacin sobre aquello que ms le interesaba,
o si decimos el matrimonio del conde con doa Dolores. l del Saulay,
sin embargo, siempre ojo avizor, haba rehuido, como hiciera ya
repetidas veces, este tema escabroso.

--No obstante, es menester que nos expliquemos, murmuraba entre s don
Andrs, moviendo la cabeza y retirndose.

Desde la llegada del conde a la hacienda, a lo menos era la dcima vez
que el seor de la Cruz se prometa tener con l una explicacin; pero
hasta entonces el joven haba tenido la maa de eludirla.

Un da en que el conde, retirado en su aposento, haba ledo hasta ms
tarde que de costumbre, en el momento de cerrar el libro y de meterse
en cama levant por casualidad los ojos y le pareci ver pasar una como
sombra por delante de la puerta-ventana que miraba a la huerta.

La noche estaba muy avanzada y haca ya dos horas que todos los
moradores de la hacienda dorman o deban de estar durmiendo.

Luis, sin darse exacta cuenta de los motivos que a ello le impulsaban,
resolvi informarse por s mismo de quien era aquel noctvago que tena
el capricho de pasearse a tales horas. Se levant pues de la butaca
en que estaba sentado, se provey de dos revlveres Devisme de seis
tiros cada uno que haba sobre una mesa, a fin de estar apercibido
para lo que pudiese ocurrir, abri cuan suavemente le fue posible la
puerta-ventana y se intern en la huerta, tomando la direccin por la
cual haba visto desaparecer la sombra sospechosa.

La noche estaba esplndida, la luna difunda sobre la tierra una luz
vivsima, y la atmsfera asuma una transparencia tal, que a larga
distancia se distinguan claramente los objetos.

El conde, que muy rara vez entrara en la huerta y por consiguiente
desconoca las revueltas de la misma, vacilaba en internarse en las
alamedas que ante sus ojos se prolongaban en todas direcciones,
cruzndose y entrecruzndose, pues por muy hermosa que estuviese la
noche, no senta la ms mnima comezn de pasarla al raso.

Se detuvo pues para reflexionar, y de su meditacin dedujo que tal vez
se haba engaado, sido juguete de una alucinacin, y que lo que tomara
por la sombra de un hombre era la que proyectara una rama de rbol
agitada por la brisa nocturna.

No slo era razonable semejante observacin, sino lgica; sin embargo,
el joven no se dio por satisfecho, sino que sonrindose con irona, en
lugar de internarse en la huerta se desliz con precaucin a lo largo
de la cortina de enredaderas que de este lado formaba una pared de
verdor a la hacienda.

Diez minutos despus Luis se detuvo para tomar aliento y orientarse.

--No me he equivocado, aqu es, murmur el joven despus de tender una
mirada escrutadora a su alrededor.

E inclinndose hacia adelante, apart con tiento sumo las hojas y las
ramas, y mir; pero casi al punto se ech hacia atrs ahogando un grito
de sorpresa. Se encontraba frente por frente de las habitaciones de
doa Dolores.

sta, apoyada en el alfizar de una ventana, al parecer estaba
engolfada en una conversacin por dems interesante con un joven
situado a dos pies de ella en la huerta.

Al conde le fue imposible conocer a aquel hombre, del que slo le
separaban algunos pasos, primeramente porque estaba vuelto de espaldas
y luego porque iba envuelto en una capa que le ocultaba del todo.

--Ah! murmur el conde, no me haba equivocado.

A pesar de que semejante descubrimiento le ajaba el amor propio,
el conde experiment una satisfaccin ntima al ver realizadas sus
sospechas, pues el hombre aqul no poda sino ser un amante.

Con todo, por mucho que los dos interlocutores suavizasen la voz, no
hablaban tan quedo que a corta distancia no se les pudiese or; as
es que Luis, si bien tildndose la poco delicada accin que estaba
cometiendo, excitado por su despecho y quiz, sin darse cuenta de ello,
por los celos, entreabri las ramas y avanz de nuevo la cabeza para
escuchar.

--Dios mo, deca doa Dolores con acento conmovido, cuando se pasan
algunos das sin que le vea a V., la zozobra me mata, siempre estoy
temiendo una desgracia.

--Diantre! murmur el conde, pues no le ama poco.

Este aparte le priv de or la contestacin del hombre.

--Estoy condenada a vivir mucho tiempo aqu? continu la joven.

--Tenga V. un poco de paciencia, respondi el desconocido con voz
sorda, pronto habr concluido todo, as lo espero. Y l qu hace?

--Sombro y misterioso como siempre, respondi doa Dolores.

--Se encuentra en la hacienda esta noche?

--S.

--Arisco como de costumbre?

--Ms todava.

--Y el francs?

--Ah! murmur Luis, vamos a ver qu concepto le merezco.

--Es un caballero cumplido, respondi la joven con voz trmula; hace
algunos das que le veo triste, o a lo menos lo parece.

--Se est aburriendo?

--Me temo que s.

--Pobre nia! dijo para sus adentros el conde, ha advertido que me
estoy aburriendo; a bien que cuido poco de ocultarlo. Pero, aadi con
fatuidad, me habr engaado por ventura? Y si el hombre ese no fuese
un amante? Quin sabe?

Durante este largo soliloquio, los dos interlocutores haban continuado
su conversacin, que result totalmente perdida para el conde.

--Ya que V. lo exige lo har, dijo la joven, cuando Luis se puso a
escuchar de nuevo; pero tan necesario es, amigo mo?

--Indispensable, Dolores.

--Demontre! qu familiaridad! murmur el conde.

--Obedecer pues, profiri la joven.

--Ahora adis, he permanecido aqu demasiado tiempo, dijo el
desconocido.

ste se baj el sombrero hasta los ojos, murmur adis por ltima vez
y se alej apresuradamente.

Luis haba permanecido inmvil, estupefacto, en el mismo sitio en que
se encontraba; al pasar, casi rozndole la ropa, el desconocido, que
sin embargo no reparara en l, una rama le hizo caer el sombrero y un
rayo de luna le ilumin de lleno el semblante.

--Oliverio! murmur el conde. Ah! con que a l es a quien ama
Dolores!

El joven se volvi a su aposento dando traspis como un ebrio,
trastornado por el descubrimiento que acababa de hacer, y se acost;
pero en vano intent conciliar el sueo; toda la noche estuvo forjando
proyectos a cual ms descabellado. Con todo a la madrugada su turbacin
pareci ceder al cansancio.

--Antes de tomar una resolucin definitiva, dijo para s el conde,
quiero celebrar una conferencia con ella; no la amo, es cierto, pero mi
honor me exige que le d a conocer que no soy un necio y que todo lo
s. Hoy mismo voy a solicitar de ella una entrevista.

Ms tranquilo, despus de haber tomado esta determinacin, el conde se
durmi, y al despertar vio al pie de su cama a Raimbaut, con un papel
en la mano.

--Qu hay? pregunt el joven a su ayuda de cmara.

--Traigo una carta para el seor conde, respondi ste.

--Sern noticias de Francia? profiri Luis.

--No lo creo, dijo Raimbaut; esta carta se la dio a Lanza una de las
doncellas de doa Dolores de la Cruz para que se la entregaran a usted
tan pronto como se despertase.

Realmente la mencionada carta era de la hija de don Andrs, y no
contena sino las contadas lneas siguientes, escritas en carcter de
letra elegante y un poco trmulo:

Doa Dolores de la Cruz ruega encarecidamente al seor don Luis del
Saulay se sirva concederle una entrevista particular para tratar de un
asunto de gran importancia, hoy, a las tres de la tarde, hora en que la
misma le aguardar en sus habitaciones.

--Ahora s que me quedo del todo a oscuras, dijo el conde.

Y tras un instante de reflexin, aadi:

--Bah! tal vez vale ms que esta proposicin parta de ella.




VII


EL RANCHO


El Estado de Puebla est formado por una meseta de ms de veinticinco
leguas de circunferencia, cruzada por las elevadas cordilleras del
Anhuac.

Los llanos que circuyen la ciudad, muy desiguales, estn surcados por
multitud de torrenteras, cubiertos de colinas y cerrados al horizonte
por montaas que ostentan un sudario de nieves eternas.

Hasta donde alcanza la vista se extienden inmensos campos de maguey,
verdaderos viedos de aquellas comarcas, ya que de esta planta se
extrae el pulque, bebida predilecta de los mejicanos.

No existe perspectiva tan imponente como la que ofrecen aquellas
enormes pitas de hojas prietas, duras, lustrosas, llenas de temibles
espinas, que alcanzan seis y ocho pies de longitud.

Poco ms o menos a dos leguas de Puebla, como quien se encamina a
Mjico, se encuentra la ciudad de Cholula, en otro tiempo plaza fuerte
importante, pero que hoy, decada de su pasado esplendor, no encierra
sino unas doce o quince mil almas.

En tiempo de los aztecas, el territorio que hoy constituye el Estado
de Puebla, era considerado por los habitantes como una Tierra Santa
privilegiada, como el santuario de la religin. Ruinas importantes
y sobre todo muy notables desde el punto de vista arqueolgico,
atestiguan todava hoy la verdad de lo que dejamos expuesto; en un
espacio muy limitado existen tres pirmides principales, sin contar las
ruinas con que a cada paso tropieza el viajero.

De las tres pirmides de que acabamos de hacer mrito, una sobre todo
goza de justa celebridad, aqulla a la cual los hijos de la tierra
apellidan _Monte hecho a mano_, o gran _teocali_ de Cholula.

Dicha pirmide, coronada de cipreses y en la cspide de la cual se
levanta hoy una capilla dedicada a Nuestra Seora de los Remedios,
est enteramente labrada de ladrillos, mide ciento setenta pies de
altura, y, segn calcula Humboldt, su base tiene una longitud de mil
trescientos cincuenta y cinco, esto es, un poco ms del doble que la
base de la pirmide de Cheops.

Ampere hace observar, con mucho tacto y primor, que la imaginacin de
los rabes ha rodeado de prodigios la cuna para ellos desconocida de
las pirmides egipcias, cuya construccin hace remontar a la poca
del diluvio, y que lo mismo acontece en Mjico, al efecto relata una
tradicin recogida en 1566 por Pedro del Ro, referente a las pirmides
de Cholula y conservada en los manuscritos de ste existentes hoy en el
Vaticano.

Nosotros a nuestra vez copiaremos al clebre sabio trasladando a estas
pginas la mentada tradicin tal cual l la public en sus _Paseos por
Amrica_.

Dice as:

En tiempo de la ltima grande inundacin, la tierra de Anhuac (la
meseta de Mjico) estaba habitada por gigantes. Los que no perecieron
en aquel desastre quedaron convertidos en peces, excepto siete
gigantes, que se refugiaron en cavernas cuando las aguas empezaron a
bajar. Uno de aquellos titanes, apellidado Xelhua, que era arquitecto,
construy cerca de Cholula, en recuerdo de la montaa de Tlaloc, que
haba servido de asilo a l y a sus hermanos, una columna de forma
piramidal. Celosos los dioses al ver aquel edificio cuya cima se
esconde en las nubes, e irritados ante la audacia de Xelhua, fulminaron
fuegos celestes contra la pirmide, de lo que se origin la muerte de
muchos de los que en ella trabajaban y la interrupcin de las obras.
Dicha pirmide fue consagrada al dios del aire, Qualzalcoatl.

Quin al leer las lneas que preceden, no creera hacerlo del bblico
relato de la construccin de la Torre de Babel?

Sin embargo, en la descripcin esta resalta un error no imputable al
clebre Ampere, y que a pesar de nuestra humilde condicin de novelista
creemos til rectificar.

_Quetzalcatl_, la serpiente cubierta de plumas, cuya raz es
_Quetzalli_, pluma, y _Coatl_, serpiente, y no _Qualzalcoatl_, que nada
significa y no es siquiera mejicano o ms bien dicho azteca, es el dios
del aire, el dios legislador por excelencia: era blanco y barbudo y
negra su capa y salpicada de cruces rojas; apareci a Tula, del que fue
gran sacerdote; los hombres que le acompaaban vestan traje negro en
forma de sotana y, como l, eran blancos.

Atravesaba Cholula el mencionado dios para dirigirse al misterioso
pas de donde haban salido sus antepasados, cuando los cholulanos le
suplicaron que les gobernase y les diese leyes, en lo que consinti,
permaneciendo veinte aos entre ellos; luego y considerando ya
terminada provisionalmente su misin, se fue hasta la desembocadura
del ro _Huasacoalco_, una vez en la cual desapareci, no empero sin
haber prometido a los cholulanos que das a venir regresara para
gobernarles.

Apenas hace un siglo que los indios, al llevar sus ofrendas a la
capilla que, consagrada a la Virgen, se levanta en la cima de la
pirmide, elevaban todava sus preces a Quetzalcatl, cuyo regreso
aguardaban piadosamente.

No nos atreveramos a afirmar que dicha creencia est en lo presente
extinguida del todo.

La pirmide de Cholula en nada se parece a las de Egipto: cubierta
completamente de tierra, forma una frondosa colina, a cuya cspide es
fcil llegar no slo a caballo, sino tambin en coche.

En algunos sitios la tierra se ha desmoronado dejando al descubierto
los ladrillos cocidos al sol, que para la construccin de la pirmide
se emplearon.

En la cspide de la pirmide y en el sitio mismo en que estaba
construido el templo consagrado a Quetzalcatl, se eleva actualmente
una capilla cristiana.

Sentimos que algunos escritores hayan supuesto que el cristianismo
ha sustituido un culto brbaro y cruel. Nunca el pico de la pirmide
de Cholula se vio manchado de sangre humana, nunca hombre alguno fue
inmolado al dios adorado en el templo hoy destruido, y al cual por toda
ofrenda le presentaban productos de la tierra, tales como flores y las
primicias de las cosechas, y esto por orden expresa del dios legislador.

Eran las cuatro de la madrugada: las estrellas empezaban a desaparecer
en las profundidades del firmamento, el horizonte se tea de anchas y
cenicientas rfagas de luz que variaban incesantemente y tomaban poco
a poco los colores del prisma para fundirse en uno solo rojo cual
sangre; quebraba el alba; el sol iba a aparecer.

En este instante salieron de Puebla dos jinetes, tomaron al trote
largo la carretera de Cholula, y no meda legua de la ciudad doblaron
prontamente hacia la derecha, internndose en un angosto sendero
abierto en un campo de agave.

Dicho sendero, psimamente conservado, como todas las vas de
comunicacin de Mjico, describa un sin fin de revueltas y estaba
cortado por tantas torrenteras, que era imposible transitar por l sin
exponerse a cada paso a romperse la nuca. Ora se interpona un arroyo,
al que era menester atravesar con agua hasta la cincha del caballo, ora
una colina.

Despus de veinticinco minutos de una carrera tan erizada de
dificultades, los dos jinetes llegaron al pie de una como pirmide
groseramente labrada a mano, enteramente cubierta de vegetacin y de
unos cuarenta pies de altura sobre el nivel del suelo.

En la cspide de aquella colina artificial se elevaba un rancho de
vaquero, al que se llegaba por medio de escalones abiertos a trechos en
las vertientes de la misma.

Una vez all, el desconocido se detuvo y ech pie a tierra, operacin
que imit su compaero.

Entonces los dos hombres dieron suelta a sus caballos, hundiendo el
can de sus fusiles en una fragosidad de la base de la colina, y
cogiendo con ambas manos la culata de sus armas hicieron servir a stas
de alzaprima.

Aunque uno ni otro de los dos se esforzaron mucho, una enorme piedra,
al parecer completamente adherida al suelo, se movi lentamente, gir
sobre goznes invisibles y dej al descubierto la entrada de una cueva
que en pendiente suave penetraba en el suelo, y la cual indudablemente
reciba aire y luz por infinidad de imperceptibles intersticios, pues
estaba seca y en ella se vea claramente.

--Baja, Lpez, dijo el desconocido.

--Y V. se va arriba? pregunt el segundo jinete.

--S; dentro de una hora ven a reunirte conmigo, a no ser que me hayas
visto antes.

--Perfectamente.

Lpez silb entonces a los caballos, que vinieron rpidamente al
encuentro de sus dueos, y a una seal de aqul, se internaron
buenamente en la cueva.

--Hasta la vista, dijo Lpez.

El desconocido dirigi una seal afirmativa a su criado, quien se meti
a su vez en la concavidad, e hizo girar nuevamente tras s la piedra,
la cual se adapt tan perfectamente a la roca, que no dej vestigio
alguno de entrada.

Aqul haba permanecido inmvil y con los ojos fijos en la llanura
que le rodeaba, cual si hubiese querido cerciorarse de que estaba
completamente solo y nada tena que temer de las miradas indiscretas.

Una vez en su sitio la piedra que cerraba la boca de la cueva, el
desconocido se ech el fusil al hombro y empez a subir lentamente los
escalones y al parecer sumergido en meditacin sombra.

Desde lo alto de la colina la vista abarcaba un horizonte extenso: de
un lado Zapotecas, Cholula, haciendas y aldeas; del otro, Puebla con
sus innumerables cpulas esfricas y pintadas, que la daban apariencias
de ciudad oriental; luego campos de maguey, trigo o agave, por en medio
de los cuales serpenteaba, trazando una lnea amarilla, la carretera de
Mjico.

El desconocido permaneci pensativo por un instante, con la mirada fija
en la llanura, completamente desierta en aquella hora matinal y a la
que el sol naciente matizaba de irisados reflejos; luego, despus de
haber exhalado un ahogado suspiro, empuj el zarzo forrado de un cuero
de buey que serva de puerta al rancho, y desapareci en el interior de
ste.

Desde fuera, el rancho asuma el msero aspecto de una cabaa casi
arruinada; sin embargo de lo cual interiormente ofreca ms comodidades
de las que caba derecho a esperar en una regin donde las exigencias
de la vida, sobre todo para el pueblo, estn reducidas a lo ms
estrictamente necesario.

La primera pieza, porque el rancho tena muchas, serva de locutorio
y de comedor y comunicaba con un cobertizo colocado en el exterior y
que haca las veces de cocina. Las encaladas paredes del mencionado
comedor estaban adornadas, no de cuadros, sino de seis u ocho lminas
iluminadas, hechas en Epinal y de las que esta ciudad inunda la tierra;
dichas lminas representaban distintos episodios de las guerras del
Imperio y estaban pulidamente encuadradas y cubiertas con sendos
cristales. En un ngulo, poco ms o menos a seis pies de altura y sobre
una consola de palisandro con la tapa rodeada de pinchos en los que
estaban clavados cirios de cera amarilla, de los cuales ardan tres,
haba una estatuita que representaba a la Virgen de Guadalupe, patrona
de Mjico. Seis _equipales_, cuatro butacas, un aparador atestado de
utensilios caseros y una mesa bastante capaz colocada en medio del
comedor, completaban el ajuar de esta pieza, alegrada por dos ventanas
con cortinas encarnadas.

El suelo estaba cubierto con un petate de labor delicada.

Se nos olvidaba hacer mencin de un mueble asaz importante por su
rareza y que en verdad nadie hubiera presumido encontrar en sitio
semejante: el mueble a que nos referimos era un reloj de cuclillo, de
la Selva Negra, coronado de un pjaro que con su canto anunciaba las
horas y las medias horas.

Dicho reloj estaba colocado frente a la puerta de entrada, entre las
dos ventanas, y a la derecha del mismo haba otra puerta que conduca a
los aposentos interiores.

El desconocido, que en el momento de entrar en el comedor no encontr a
nadie, dej su fusil en un rincn de la pieza, coloc su sombrero sobre
la mesa, abri una ventana hasta al pie de la cual arrastr una butaca
en la que se sent, li un cigarrillo de paja de maz, le dio fuego y
empez a fumar con la misma tranquilidad e indolencia que hubiera hecho
en su propia casa, despus de haber consultado el reloj y murmurado:

--Las cinco y media! me queda tiempo todava: tardar en llegar.

Despus de haber hablado de esta suerte consigo mismo, el desconocido
se ech atrs descansando la cabeza en el respaldo de su butaca,
cerr los ojos, solt el cigarrillo, y pocos minutos despus qued
profundamente dormido.

Media hora, poco ms o menos haca que nuestro personaje estaba
durmiendo, cuando abrieron con precaucin una puerta situada a sus
espaldas, y por ella penetr de puntillas en el comedor una hechicera
joven de veintids a veintitrs aos a lo sumo, de ojos azules y rubia
cabellera, la cual avanz la cabeza con ademn de curiosidad y fij una
mirada de benevolencia, casi diremos de ternura, en el durmiente.

El rostro de la recin llegada respiraba la alegra y la travesura
unidas a una bondad extrema; sus facciones, sin ser correctas,
constituan un conjunto coqueto y gracioso agradable a la primera
mirada; la distingua de las otras mujeres de rancheros, indias
cobrizas casi todas ellas, un cutis blanqusimo, y ostentaba un traje
correspondiente a su clase, pero de limpieza notable y llevado con
garbo y sal que le sentaban a las mil maravillas.

La joven se acerc poquito a poco al durmiente, con la cabeza echada
hacia atrs y un dedo en los labios, indudablemente con el propsito de
recomendar a dos personas que la seguan, un hombre y una mujer entrada
en aos, que hiciesen el menos ruido posible.

De los dos nuevos personajes que vamos a introducir en escena, la mujer
frisaba con los cincuenta y con los sesenta el hombre, y ambos tenan
las facciones vulgares y sin expresin, a no ser la de una voluntad
enrgica.

La mujer vesta el traje de las rancheras mejicanas; el hombre era
vaquero.

Una vez los tres junto al desconocido, se colocaron frente a l y
permanecieron inmviles, contemplando como dorma.

En esto por la ventana penetr un rayo de sol, que fue a dar en
el rostro del desconocido; el cual abri los ojos y se levant de
improviso, profiriendo en francs estas palabras:

--Vive Dios! el diablo se me lleve si no me he dormido.

--Y qu mal hay en ello, don Oliverio? dijo en el mismo idioma el
ranchero.

--Ah! estn Vds. ah, amigos mos? profiri Oliverio sonriendo
alegremente y tendindoles la mano; grato despertar el mo, ya que les
encuentro a mi lado. Buenos das, Luisa, hija ma; buenos das, Teresa,
y t, mi viejo Loick, buenos das tambin. Traen Vds. unos rostros que
da gusto verles.

--Siento que se haya despertado V., don Oliverio, dijo la hechicera
Luisa.

--Tanto ms cuanto estar V. fatigado, aadi Loick.

--Bah! bah! quin piensa en ello? Verdad que no sospechaban Vds.
encontrarme aqu?

--Dispense V., don Oliverio, dijo Loick, Lpez me haba notificado su
llegada.

--Ese diablo de Lpez no puede poner freno a su lengua, profiri de
buen humor Oliverio; siempre ser charlatn.

--Va V. a almorzar con nosotros? pregunt la joven.

--Esto no se pregunta, hijita, dijo el vaquero; bueno estara que don
Oliverio se negase a acompaarnos.

--Ea, regan, no refunfues, profiri Oliverio sonriendo, almorzar
con vosotros.

--Bravo! bravo! exclam Luisa.

Y con ayuda de Teresa, que era su madre, as como Loick su padre, la
joven empez a preparar lo todo para el almuerzo.

--Pero ya lo saben Vds., dijo Oliverio; nada mejicano; no quiero or
hablar de la detestable cocina de esta tierra.

--Nada tema, contest Luisa sonriendo; almorzaremos a la francesa.

--Magnfico; esto dobla mi apetito.

Mientras las dos mujeres iban y venan de la cocina al comedor para
preparar el almuerzo y poner la mesa, Oliverio y Loick haban quedado
solos al pie de la ventana y sostenan conversacin animada.

--Y V. siempre satisfecho? pregunt Oliverio a su anfitrin.

--Siempre, respondi Loick; don Andrs de la Cruz es un buen amo;
adems, como V. sabe, me relaciono poco con l.

--Es cierto; V. slo se las ha con don Len Carral.

--No me quejo de l, pues pese a ser mayordomo es sujeto excelente; nos
entendemos a las mil maravillas.

--Mejor que mejor; hubiera sentido lo contrario. Por otra parte, si V.
consinti en tomar este rancho se debe a mi recomendacin; as pues si
ocurriese algo...

--Se lo dira a V. sin ambages, don Oliverio; pero por este lado todo
marcha a pedir de boca.

El aventurero fij una mirada escrutadora en su interlocutor, y
profiri:

--Conque hay algo que vaya mal por otro lado?

--No digo eso, seor, balbuce con turbacin el vaquero.

--Recuerde V., Loick, dijo Oliverio con severidad y moviendo la cabeza,
las condiciones que le impuse cuando le conced mi perdn.

--Las tengo fijas en mi memoria, seor.

--No ha hablado V. a nadie?

--A nadie.

--As pues, Domingo contina creyendo...?

--S, seor, respondi el vaquero inclinando la cabeza; pero no me
lleva el ms mnimo afecto.

--En qu se funda V. para hacer semejante suposicin?

--Oh! estoy seguro de lo que digo, seor; desde que V. se lo llev a
las praderas, su carcter ha cambiado radicalmente: los diez aos que
pas lejos de m le volte del todo indiferente.

--Tal vez obedezca a un presentimiento, murmur sordamente el
aventurero.

--No diga V. esto, seor! exclam con espanto Loick; la miseria es
mala consejera; muy culpado fui; pero si V. supiese cun arrepentido
estoy de mi crimen!

--Lo s, y por esto le perdon. Da llegar en que el verdadero culpado
recibir el castigo que merece.

--S, seor, y me estremece a m, miserable, estar envuelto en este
siniestro drama cuyo desenlace va a ser terrible.

--Terrible ser en efecto, y V. va a presenciarlo, Loick, profiri en
voz enrgica y reconcentrada Oliverio.

El vaquero dio un suspiro que no pas por alto a su interlocutor.

--No he visto a Domingo, dijo el aventurero, variando sbitamente de
tono; duerme todava?

--Le instruy V. demasiado bien para que as sea, seor; de todos
nosotros es el primero en levantarse.

--Cmo pues no se encuentra aqu?

--Sali, respondi con vacilacin el vaquero; caramba! tiene ya
veintids aos y es libre de sus acciones.

--Ya! murmur el aventurero con acento sombro.

Luego, moviendo la cabeza, aadi:

--Almorcemos.

El almuerzo empez bajo tristes auspicios, pero gracias a los esfuerzos
de Oliverio, pronto reapareci el buen humor, y el final de aqul fue
tan alegre como poda desearse.

De improviso Lpez entr en el rancho, y dijo:

--Seor Loick, ah est su hijo; no s lo que trae, pero viene a pie y
conduciendo de la brida a su caballo.

Todos se levantaron de la mesa y se salieron del rancho.

A un tiro de fusil, en el llano, se divisaba en efecto un hombre que
conduca por la brida a un caballo, en los lomos del cual estaba atado
un fardo bastante voluminoso, aunque difcil de distinguir claramente a
causa de la distancia que separaba uno de otros.

--Es singular! murmur Oliverio en voz sumamente queda y despus de
haber examinado atentamente y por espacio de algunos segundos al que
llegaba; ser l por ventura? Quiero asegurarme de ello inmediatamente.

Y en haciendo sea a Lpez de que le siguiese, el aventurero descendi
apresuradamente los escalones, dejando absortos al vaquero y a las dos
mujeres, que pronto le vieron correr, seguido de Lpez, por el llano y
al encuentro de Domingo.

ste, al ver a los que hacia l se encaminaban, se detuvo para
aguardarles.




VIII


EL HERIDO


El silencio ms profundo reinaba en el campo; la brisa nocturna haba
parado por completo. Slo el incesante susurro de los infinitamente
pequeos, dedicados sin reposo a la desconocida labor para la cual los
ha creado la Providencia, turbaba la quietud de la noche; por el oscuro
azul del firmamento no cruzaba nube alguna; de las estrellas parta
una suave claridad, y los rayos lunares difundan sobre la tierra
resplandores crepusculares, dando apariencias fantsticas a los rboles
y a las colinas, los cuales proyectaban largusima sombra; por la
atmsfera, de limpidez tal que permita or el pesado y sacudido vuelo
de los colepteros al girar zumbando en torno de las ramas, cruzaban
azulados reflejos, y al travs de las altas hierbas, a las cuales
iluminaban con su fosfrica luz, revoloteaban millares de lucirnagas.
En suma, era una de las templadas y lmpidas noches mejicanas,
desconocidas en nuestros fros climas menos favorecidos por el cielo;
una de esas noches que sumergen el alma en divagacin melanclica y
suave.

De improviso surgi una sombra en el horizonte, se agrand y a no
tardar dibuj el bulto negro y todava indeterminado de un jinete;
que tal debi ser a juzgar por el ruido que produca en la endurecida
tierra el rpido andar de un caballo.

En efecto, un jinete era l que se iba acercando. Segua ste el camino
de Puebla, semiamodorrado sobre su cabalgadura, a la que puede decirse
dejaba avanzar a su antojo, de tal suerte llevaba flojas las riendas,
cuando sta, al llegar a una como encrucijada en medio de la cual se
levantaba una cruz, hurt sbitamente el cuerpo, enderez las orejas y
retrocedi con viveza.

El jinete, inopinadamente arrancado de su sueo, o lo que es ms
probable, de sus meditaciones, dio un salto sobre la silla y hubiera
perdido los estribos a no haber instintivamente recogido al caballo
tirando de las riendas con todas sus fuerzas.

--Hola! dijo el jinete levantando prontamente la cabeza y llevando
la mano a su machete, mientras tenda en torno de s una mirada de
inquietud; qu ocurre? qu significa este pavor, Moreno mo? Ea!
sosigate, nadie est pensando en nosotros.

Pero por ms que su amo le diriga palabras de halago y, al parecer,
los dos vivan en muy buena inteligencia, el animal no cesaba de
rezongar y daba muestras ms y ms vivas de sobresalto.

--Esto no es natural, vive Dios; t no acostumbras a espantarte para
nada. Vamos a ver, Moreno, qu ocurre?

El viajero mir de nuevo a su alrededor, pero ms atentamente que la
primera vez y fijando los ojos en el suelo.

--Ah! profiri de pronto el jinete, reparando en un cuerpo tendido en
tierras Moreno tiene razn; aqu veo algo, quizs el cadver de algn
hacendero a quien los salteadores habrn dado muerte para despojarle
con ms libertad, y al cual habrn abandonado luego sin cuidarse ms de
l, veamos.

Mientras estuvo hablando de esta suerte a media voz, el jinete se ape;
pero como era prudente y probablemente haca mucho tiempo que estaba
acostumbrado a recorrer los caminos de la confederacin mejicana,
amartill su fusil y se apercibi al ataque y a la defensa, por si
al individuo a quien quera prestar socorro se le ocurra levantarse
prontamente para pedirle la bolsa o la vida; eventualidad muy en las
costumbres de aquella tierra y contra la cual y ante todo es menester
prevenirse.

Se acerc pues el jinete al cadver, y por un instante le contempl con
la ms grave atencin.

--Jum! murmur el viajero, tan pronto se hubo convencido de que nada
deba temer del infeliz que yaca a sus pies, y moviendo repetidas
veces la cabeza, ah un pobre diablo que me parece est muy enfermo; si
no est muerto poco le falta. En fin, por s o por no y aun cuando me
parece trabajo intil, veamos de prestarle auxilio.

Despus de este nuevo soliloquio, el viajero, que no era otro que
Domingo, el hijo del ranchero de que hemos hablado ms arriba, baj el
gatillo de su fusil, dej el arma en la margen del camino y al alcance
de la mano por si ocurra tener que hacer uso de ella, arrend su
caballo a un rbol, y se quit su sarape con objeto de poder obrar con
desahogo.

En tomando calmosa y metdicamente todas estas precauciones, pues
era hombre cuidadossimo en todo, Domingo descolg las alforjas que
colgaban de la grupa de su caballo, se las ech al hombro, se arrodill
al lado del cuerpo tendido, apart a ste las ropas que le cubran el
pecho, en el que tena una grande herida, y le auscult.

Domingo, que era de estatura elevada, miembros armnicos y musculatura
de bronce, estaba dotado de gran fuerza corporal y sus movimientos
eran giles y virilmente graciosos; en suma, era una de esas
organizaciones robustas poco comunes doquiera que sea, pero de las que
con ms frecuencia se encuentran ejemplares en las regiones donde las
exigencias de una vida de lucha desarrollan en proporciones sobradas
veces excesivas las facultades fsicas del individuo.

Veintiocho aos le hubiera echado cualquiera a Domingo, a pesar
de que an no haba cumplido los veintids. Facciones hermosas,
viriles e inteligentes, grandes y negros ojos de mirar noble, frente
despejada, cabellos castaos y ensortijados de suyo, boca grande y
de labios un tanto gruesos, bigote arrogantemente atusado, barbilla
saliente y angulosa, daban a su fisonoma una expresin de franqueza,
audacia y bondad, realmente simptica, al par que le imprima un
sello de indecible distincin. Lo ms singular era que aquel hombre,
perteneciente a la humilde clase de vaqueros, tena manos y pies de una
pequeez extremada, particularmente las manos, de irreprochable corte
aristocrtico.

Tal era en lo fsico del nuevo personaje que acabamos de presentar
al lector y que est llamado a desempear un papel importante en el
decurso de nuestro relato.

--Trabajo va a costarle el recobrarse, si es que se recobra, profiri
Domingo levantndose despus de haber intilmente ensayado or los
latidos del corazn del herido.

Sin embargo, lejos de perder la esperanza, el joven abri sus alforjas
y sac de ellas un pedazo de tela, un estuche y una cajita cerrada con
llave, mientras sonrea y deca entre s:

--Por fortuna conservo mis costumbres indias y siempre traigo conmigo
mi botiqun.

Y poniendo manos a la obra sin perder momento, sonde la llaga y la
lav cuidadosamente.

De los amoratados labios de la herida sala la sangre gota a gota.

Domingo destap un frasco lleno de un licor rojizo, verti sobre la
llaga algunas gotas del mismo y la sangre dej de manar como por arte
de magia.

Entonces y con destreza que demostraba mucha prctica, el joven vend
la herida despus de aplicar a sta con tiento sumo algunas hierbas
machacadas y humedecidas con el licor rojizo que ya empleara.

El infeliz no daba seal alguna de vida; su cuerpo segua conservando
la rigidez de los cadveres; con todo, en las extremidades persista un
poco de sudor, diagnstico que daba a suponer a Domingo que en aquel
pobre cuerpo no se haba extinguido an del todo la vida.

Despus de haberlo curado con el amor que hemos visto, el joven levant
un poco al herido y le arrim a un rbol; luego le dio en el pecho,
sienes y muecas unas friegas de ron mezclado con agua, interrumpiendo
de vez en cuando su operacin para fijar una mirada cuidadosa en el
contrado y lvido rostro del paciente.

Todo, al parecer, deba ser intil: contraccin alguna, ni el ms leve
estremecimiento indicaban que el herido sustentase un tomo de vida.

Mas existe algo tan firme como la voluntad del hombre que se empea
en salvar a un semejante? Domingo, por mucho que empezase a dudar
formalmente del xito de sus esfuerzos, lejos de desalentarse sinti
redoblar su ardor, por lo que resolvi no abandonar la partida hasta
quedar plenamente convencido de que todo auxilio era intil.

Conmovedor era el cuadro que formaban aquellos dos hombres, uno
impulsado por el santo amor de la humanidad, encarnizndose, si vale la
palabra, en prodigar al otro los ms solcitos y paternales cuidados,
al pie del redentor signo de la cruz, en medio de un camino desierto y
durante una noche tranquila y clara.

Domingo interrumpi de improviso las friegas, y dndose una palmada en
la frente cual si de su cerebro hubiese surgido sbito un pensamiento,
murmur:

--Dnde diablos tengo la cabeza?

Y empez a sacar objetos de sus alforjas, que parecan inagotables,
tal cantidad de adminculos encerraban, hasta que dio con una calabaza
tapada cuidadosamente; luego destap la calabaza, entreabri con la
hoja de su cuchillo los apretados dientes del herido, y al par que con
ansiedad examinaba el semblante de ste, le verti en la boca parte de
lo que contena la referida calabaza.

Dos o tres minutos despus el herido se estremeci casi
imperceptiblemente y movi los prpados cual si hubiese intentado
abrirlos.

--Ah! murmur Domingo con alegra, lo que es esta vez me parece que
voy a triunfar.

Y colocando la calabaza a su lado, anud las friegas con nuevo ardor.

A los redoblados esfuerzos del joven, el herido exhal un suspiro
suave, sus miembros empezaron a perder su rigidez, y su respiracin,
aunque dbil y entrecortada, se hizo ms distinta; las facciones se
le aflojaron, los pmulos se le salpicaron de manchas encarnadas, y a
pesar de que continuaba con los ojos cerrados, movi los labios cual si
hubiese querido proferir algunas palabras.

--Bah! murmur Domingo con acento de satisfaccin, todava no
ha muerto, pero de buena habr escapado si se salva. Bravo! he
aprovechado el tiempo. Pero quin puede haberle dado tan furiosa
estocada? En Mjico nadie se bate a espada. Por mi alma que si no
temiese inferirle injuria, casi me atrevera a asegurar que conozco
al individuo que ha aviado de tan mala manera a este infeliz; pero
paciencia; como hable, que hablar, el demonio me lleve si por astuto
que sea no le hago cantar con quien se las ha habido.

nterin, la vida, despus de haber por largo tiempo vacilado en
penetrar de nuevo en aquel cuerpo al que casi abandonara, haba
empeado una lucha encarnizada contra la muerte, a la que por momentos
haca perder terreno; los movimientos del herido iban siendo ms y
ms marcados y sobre todo ms inteligentes, y por dos veces haba
abierto ste los ojos, si bien para cerrarlos otra vez y casi al punto.
La mejora era sensible, y no era ya sino asunto de tiempo l que
recobrase la razn.

Domingo tom un vaso, verti en l un poco de agua en la que ech
contadas gotas del licor encerrado en la calabaza, y lo acerc a la
boca del herido, el cual abri los labios y bebi, dando despus un
suspiro de alivio.

--Qu tal se encuentra V.? le pregunt con inters el joven.

Al son de aquella voz desconocida, el herido se estremeci, hizo un
ademn como si hubiese querido repeler una imagen espantosa, y murmur
con voz sorda:

--Mteme V.!

--Cmo se entiende que le mate! me guardar muy bien, profiri
alegremente Domingo: no me afan en resucitarle para eso.

El herido entreabri los ojos, tendi una mirada despavorida en torno
de s, y fijndola luego y con espanto indecible en el joven, exclam:

--El enmascarado! el enmascarado! oh! atrs! atrs!

--Fuerte ha sido la conmocin cerebral, dijo entre s Domingo; es
pbulo de una alucinacin febril que, de persistir, podra parar en la
demencia. Jum! el caso es grave. Qu hacer para aplicar remedio al
mal?

--Verdugo! prosigui en voz apenas perceptible el herido, mtame!

--Parece que est aferrado a esta idea, murmur Domingo; este hombre
cay en una emboscada horrible; su conturbado espritu slo le
recuerda la ltima escena de muerte en la que tan desgraciado papel
le toc desempear; es menester concluir de una vez y devolverle la
tranquilidad necesaria a su salud, o de no est perdido.

--Ya lo s, dijo el herido, que oyera claramente las ltimas palabras
pronunciadas por Domingo; mtame pues y acaba con mis padecimientos.

--Ah! me oye V., seor? profiri Domingo; perfectamente; entonces
esccheme sin interrumpirme; yo no soy uno de los que le redujeron al
estado en que V. se encuentra, sino un viajero a quien el acaso, o ms
bien dicho la Providencia condujo por este camino para que le auxiliase
a V., y aqu estoy para salvarle. Me comprende V.? As pues, djese
de quimeras y olvide si puede, a lo menos por ahora, lo que ocurri
entre usted y sus asesinos; a m no me anima otro deseo que l de serle
til, y en prueba de ello, sepa que a no ser el auxilio que le he
prestado, en lo presente ya estara V. muerto y bien muerto; no oponga
obstculos a la tarea ya de suyo tan dificultosa que me he impuesto, y
sepa que su salvacin desde este momento depende exclusivamente de V.

El herido hizo un movimiento atropellado para levantarse, pero sus
fuerzas le engaaron y cay otra vez, dando un suspiro de desaliento y
murmurando:

--No puedo!

--Yo lo creo, herido como est V., repuso Domingo, es milagro que la
horrorosa estocada que recibi no le haya matado instantneamente. Ea,
no resista ms a lo que la humanidad me manda hacer por V.

--Si no asesino, quin es V. pues? pregunt con desasosiego el herido.

--Que quin soy? un pobre vaquero que le encontr a V. aqu agonizando
y tuvo la fortuna de devolverle la vida.

--Y V. me jura que le animan buenas intenciones?

--Por mi honra se lo juro a V.

--Gracias, murmur el herido.

Uno y otro interlocutor guardaron silencio por espacio de algunos
segundos, al cabo de los cuales y con reconcentrada energa el herido
pronunci estas palabras:

--Oh! quiero vivir!

--Comprendo este deseo y le hallo muy natural, dijo Domingo.

--S, quiero vivir, porque necesito vengarme.

--Justo es; la venganza est permitida.

--V. me promete salvarme?

--Har cuanto est en mi mano para conseguirlo.

--Estoy rico y le recompensar a V.

--A qu hablar de recompensa? profiri Domingo moviendo la cabeza. V.
cree que la abnegacin se compra?. Guarde V. su dinero, seor, pues
como no lo necesito de nada me servira.

--Sin embargo, mi deber...

--Ea, basta sobre el particular, por favor se lo ruego, o de no va
V. a inferirme grave ofensa. Al salvarle a V. la vida cumplo con mi
obligacin, y de consiguiente no me cabe derecho a recompensa alguna.

--Obre V. pues como ms bien le plazca.

--Ante todo promtame V. que no va a oponer ninguna objecin a lo que
yo estime conveniente hacer en pro de su salvacin.

--Lo prometo.

--As nos entenderemos perfectamente. Pronto va a amanecer, y por lo
tanto debemos no permanecer aqu ms tiempo.

--Y a dnde quiere V. que yo vaya si me siento tan endeble que no
puedo menearme lo ms mnimo?

--No se apure por eso; le colocar a V. sobre mi caballo y haciendo
marchar ste al paso le conducir a lugar seguro sin que sufra mucho
traqueteo.

--Me entrego.

--Es lo mejor que puede V. hacer. Quiere usted que le conduzca a su
casa?

--Mi casa? profiri con mal disimulado espanto el herido al par que
haca un movimiento como si hubiese querido huir; as pues V. me
conoce y sabe dnde vivo?

--No s quin es V. ni dnde est su casa.

--Cmo quiere V. que est al tanto de estos pormenores si esta noche
es la primera vez que le veo?

--Es verdad, murmur el herido hablando consigo mismo; estoy loco; se
es hombre de buena fe. Luego, dirigindose a Domingo, aadi con voz
entrecortada y apenas perceptible: soy un viajero; vengo de Veracruz
y me diriga a Mjico, cuando prontamente me vi atacado, despojado de
cuanto posea y abandonado por muerto al pie de esta cruz donde V. me
encontr providencialmente; en este instante no tengo otro domicilio
que l que a V. le plazca ofrecerme. Ah mi historia, sencilla como la
verdad.

--Tanto si es verdadera como no, nada me importa, seor, objet
Domingo; no me asiste derecho a inmiscuirme por fuerza en sus asuntos
de V. As pues, ahrrese el trabajo de comunicarme noticias que no le
pido; nada me aprovechan, y en el estado en que V. se encuentra no
pueden menos de serle perjudiciales, ya por la excesiva aplicacin a
que le sujetan el espritu, ya porque le obligan a hablar.

En efecto, gracias solamente a un poderoso esfuerzo de voluntad, el
herido haba logrado sostener una conversacin tan larga; la sacudida
que experimentara haba sido excesivamente recia y demasiado grave su
herida para que a pesar de su ardiente deseo le fuese dable continuar
la discusin sin peligro de caer en un sncope ms peligroso que no
l de que le sacara por modo tan milagroso su salvador. Sintiendo el
pulsar de sus arterias, inundadas de sudor las sienes, oscurecida
la vista, y que sus ideas, tan trabajosamente coordinadas, se le
desvanecan de nuevo, comprendi qua sera locura prolongar su
resistencia; se dej caer pues hacia atrs con desaliento, y exhalando
un suspiro de resignacin, murmur en voz dbil:

--Haga V. de m segn su voluntad, amigo mo; me siento morir.

Domingo, que con ojos conturbados siguiera los movimientos del infeliz,
se apresur a darle de beber algunas gotas de cordial en l que haba
vertido un licor soporfero; socorro eficaz para el herido, que pareci
recobrar la vida.

--Cllese V., dijo el joven a ste, al ver que quera darle las
gracias; ya ha hablado usted sobradamente.

Y envolvindole cuidadosamente en su capa, le tendi en el suelo y
aadi:

--As est V. bien; no se mueva y vea de dormir mientras yo estudio el
modo de llevrmele de aqu cuanto antes.

El herido no opuso resistencia; habiendo ya obrado en l el soporfero,
sonri suavemente, cerr los prpados y a no tardar qued sumergido en
sueo tranquilo y reparador.

Domingo, completamente satisfecho, le contempl por un instante, y
luego murmur con no fingida alegra:

--Prefiero verle as que no cual a mi llegada; pero todava no est
salvado. Ahora es menester partir lo ms pronto posible si no quiero
que me lo impidan los importunos que antes de poco van a infestar este
camino.

Domingo desarrend su caballo, le puso otra vez las bridas, le condujo
al lado del herido, y despus de haber preparado una especie de cama
en la grupa del animal con algunas mantas a las que aadi su sarape,
de que se despoj sin vacilar, levant al paciente en sus nervudos
brazos, con tanta facilidad como si hubiese sido un nio, y le coloc
con tiento sumo sobre la cama, en la que le acomod lo ms bien que
supo, cuidando, al mismo tiempo, de sostenerlo para evitar una cada
que indefectiblemente hubiera sido mortal.

Una vez el joven se hubo asegurado de que el herido se encontraba en
posicin tan cmoda como permitan las circunstancias y sobre todo los
deficientes medios de transporte de que dispona, arre a su caballo, y
empuando las riendas ech a andar sin moverse del lado de aqul para
sostener en equilibrio la cama, alejndose en direccin al rancho en el
que le hemos precedido de una hora para introducir en l al aventurero.




IX


DESCUBRIMIENTO


Domingo segua adelante paso ante paso, sosteniendo con mano firme
al herido tendido sobre la silla de su caballo y vigilndole como
una madre a su hijo, sin otro deseo que l de llegar lo ms pronto
posible al rancho a fin de prestar a aquel desconocido que a no ser l
habra muerto por modo tan miserable, todos los cuidados que su estado
reclamaba todava.

No obstante la impaciencia que devoraba a Domingo, por desgracia
a ste le era imposible apresurar el paso de su caballo al travs
de aquellos caminos cruzados de torrentes y casi impracticables,
si no quera exponer a grave accidente al herido. As pues, cuando
al encontrarse a dos o tres tiros de fusil del rancho vio que
se dirigan corriendo hacia l gran nmero de personas, si bien
de momento no conoci quienes eran experiment una satisfaccin
indecible, pues representaban un socorro, y ste, por ms que le
contrariase confesarlo, le era ya necesario a l y sobre todo al
herido, porque haca ya muchas horas caminaba penosamente al travs
de senderos intransitables al mismo tiempo que se vea obligado a
velar constantemente por aquel a quien por milagro tan incomprensible
salvara de una muerte cierta y al que el ms leve descuido poda cortar
instantneamente el hilo de la existencia.

Cuando los hombres que corrieron al encuentro de Domingo se encontraron
a pocos pasos de l, el joven se detuvo y grit con el alborozo propio
del que se ve libre de una grave responsabilidad:

--Acudan pronto, caramba! tiempo hace que deberan encontrarse Vds.
aqu.

--Qu quiere V. decir, Domingo? profiri en francs el aventurero.
Tan premiosamente necesita V. de nosotros?

--Hombre! parece que esto lo desoja a usted; no ve que conduzco a un
herido?

--Un herido! exclam Oliverio plantndose de un tremendo salto al lado
del joven; de qu herido est V. hablando?

--Cspita! del que como Dios me ha dado a entender he sentado sobre
mi caballo y no sentira verle en un buen lecho, del cual, dicho sea
entre nosotros, necesita grandemente; porque si todava vive, por mi
alma que lo debe a un incomprensible milagro de la Providencia.

El aventurero, sin responder, levant prontamente el sarape que cubra
el rostro del herido, a quien por espacio de algunos segundos contempl
con expresin de angustia, dolor, clera y pesar imposibles de
describir. Su semblante, palidecido sbitamente, haba adquirido tonos
cadavricos, un temblor convulsivo le conmova todos los miembros,
y sus pupilas, fijas en el herido, asuman una expresin singular y
parecan fulminar rayos.

--Oh! murmur en voz baja y entrecortada por la tempestad que ruga
en el fondo de su corazn, este hombre! Es l! s, es l! no est
muerto!

Domingo, no entendiendo palabra de las que profera Oliverio, miraba
a ste con extraeza y como quien no sabe qu pensar de lo que est
viendo, hasta que por fin revent en clera, diciendo:

--Ah! qu significa eso? Salvo a un hombre Dios sabe como, a fuerza
de cuidados y al travs de innumerables dificultades consigo conducir
hasta aqu al desventurado que a no ser yo hubiera perecido como un
perro, y le recibe V. de esta suerte?

--S, regocjate, respondi el aventurero con acento de amargura, has
llevado a trmino una accin loable, y por ello te felicito, amigo mo.
Qupale la seguridad de que dentro de poco vas a tocar la recompensa.

--Ya sabe V. que no le entiendo, replic el joven.

--Y qu necesidad tienes de comprenderme, infeliz! profiri con
desdn y encogiendo los hombros Oliverio; has obrado a impulsos de tus
sentimientos, sin meditar y sin intencin oculta; de consiguiente no
tengo que echarte nada en cara ni darte explicacin alguna.

--Pero me hace V. el favor de explicarse de una vez?

--Conoces t a este hombre?

--Y de qu le conocera?

--No te pregunto eso; cmo es que no conocindole nos le conduces al
rancho sin prevenirnos?

--Por una razn sencillsima: de regreso de Cholula me encaminaba
hacia ac, cuando le encontr tendido en medio del camino, con el hipo
de la agona. Cul era mi deber? acaso la humanidad no me ordenaba
socorrerle? podemos por ventura dejar morir de esta suerte a un
cristiano sin hacer cuanto est en nuestra mano para prestarle ayuda?

--Has obrado bien, Domingo, dijo Oliverio con irona, y estoy lejos
de reprobar tu proceder. Verdaderamente un hombre de corazn no puede
encontrar a uno de sus semejantes en estado tan deplorable como t
encontraste a ste, sin auxiliarle. Luego, cambiando sbitamente de
tono y encogiendo los hombros con desdn, aadi: Recibiste por
ventura entre los cobrizos, con los cuales has vivido durante tan largo
espacio de tiempo, tales lecciones de humanidad?

El joven iba a responder, pero se contuvo.

--Basta, profiri Oliverio, el mal est ya causado, no se hable ms
de ello, Lpez va a conducirle al subterrneo del rancho, donde le
cuidar. Ea! Lpez, sin perder momento conduce a este hombre nterin
hablo con Domingo.

Lpez obedeci, sin que el joven opusiese objecin alguna; y es
que empezaba a comprender que tal vez su corazn le haba engaado
arrastrndole con demasiada facilidad a un sentimiento humano hacia un
hombre que le era completamente desconocido.

Los interlocutores guardaron prolongado silencio; Lpez, que se alejaba
con el herido, haba ya desaparecido en el subterrneo.

Oliverio y Domingo permanecan inmviles e imaginativos uno enfrente
del otro.

Por fin el aventurero levant la cabeza y pregunt al joven:

--Has hablado con el hombre ese?

--Slo cruc con l algunas palabras sin ilacin.

--Qu te dijo?

--Poco que demostrase juicio; me habl de un ataque de que haba sido
vctima.

--Nada ms?

--Poco ms o menos.

--Te dijo su nombre?

--No, ni yo se lo pregunt.

--Pero debe de haberte indicado quin es.

--Si no recuerdo mal me dijo que haca poco haba llegado a Veracruz y
que se diriga a Mjico, cuando prontamente se vio atacado y robado por
individuos a quienes no pudo reconocer.

--Nada ms te dijo respecto de su nombre y de su representacin social?

--Ni una palabra.

El aventurero pareci reflexionar por un instante, y luego repuso:

--Escucha y no des torcida interpretacin a lo que voy a decirte.

--De boca de V. lo escucho todo, seor, pues le cabe derecho a
decrmelo todo.

--Est bien. Te acuerdas de qu modo nos conocimos?

--S, seor; entonces era yo un muchacho ruin, que muerto de hambre y
de miseria vagaba por las calles de Mjico; V. se compadeci de m, y
no slo me visti y me aliment, sino que me ense a leer, escribir y
a calcular y qu s yo cuntas cosas ms.

--Prosigue.

--Luego me hizo V. encontrar de nuevo a mis padres, o a lo menos a las
personas que me educaron y que a falta de otros he considerado toda mi
vida como si perteneciesen a mi familia.

--Qu ms?

--Caramba! eso lo sabe V. tan bien como yo.

--Puede, pero quiero que me lo repitas.

--Como guste: un da que vino V. al rancho, se me llev consigo y me
condujo a la Sonora y a Tejas, donde cazamos el bisonte; dos o tres
aos despus me hizo V. adoptar por una tribu comanche, y se separ de
m ordenndome que me quedase en las praderas y me dedicase a la vida
de batidor de bosques hasta tanto no me comunicase la orden de reunirme
a V. de nuevo.

--Perfectamente, veo que tienes buena memoria; contina.

--Obedecindole a V., permanec entre los indios, cazando y viviendo
con ellos, hasta que hace seis meses lleg V. a orillas del Gila,
donde me encontraba yo entonces, y me dijo que vena por m y
que le siguiese, lo que hice sin pedir explicacin alguna, pues
pertenecindole como le pertenezco, en cuerpo y alma, para nada la
necesitaba.

--Continas sustentando el mismo modo de pensar.

--Por qu lo contrario? acaso no es V. mi nico amigo?

--Gracias; ests pues resuelto a obedecerme a ciegas?

--Sin vacilar, se lo juro a V.

--Esto es lo que yo quera saber; ahora escchame a tu vez: el hombre
a quien auxiliaste tan neciamente, y dispnsame la expresin, no
te dijo palabra de verdad. Lo que te cont no es sino un tejido de
imposturas, pues no es cierto que solamente hace algunos das lleg
a Veracruz, ni que se encaminaba a Mjico, ni en fin, que le hayan
atacado y robado desconocidos. A ese hombre yo le conozco; hace ocho
meses que se encuentra en Mjico, vive en Puebla, y fue condenado a
muerte por quienes tenan derecho a juzgarle y a los cuales l conoce
perfectamente; no fue atacado por sorpresa, sino que le pusieron una
espada en la mano y dejndole la facultad de defenderse, facultad de
la que se aprovech, cayendo herido en duelo leal; y por ltimo, no le
robaron cosa alguna porque no se las hubo con salteadores, sino con
hombres honrados.

--Oh! oh! profiri el joven, esto cambia de especie.

--Ahora respndeme: has contrado para con l compromiso alguno?

--Qu entiende V. por compromiso?

--Cuando ese hombre volvi en s y recobr el uso de la palabra
implor tu proteccin?

--S, seor.

--Y qu le respondiste t?

--Caramba! ya comprender V. que me era dificilillo abandonar al
infeliz en el estado en que se encontraba, mxime despus de lo que por
l haba hecho.

--Bien, bien, y entonces?

--Entonces le promet salvarle.

--Es decir curarle.

--As lo entiendo yo.

--Nada ms?

--Nada ms.

--Y no hiciste sino prometrselo?

--No, le di mi palabra.

El aventurero se estremeci de impaciencia.

--Pero dando por supuesto que se restablezca, dijo el aventurero
haciendo un gesto de impaciencia, lo que ac para entre nosotros me
parece dudoso, tan pronto haya recobrado la salud te considerars
completamente desligado de l?

--Completamente.

--Entonces del mal el menos.

--Sabe V. que no le comprendo pizca?

--Pues entiende que en tu buena accin no has estado feliz.

--Por qu?

--Porque el hombre a quien socorriste y al cual prodigaste tan
solcitos cuidados es tu mortal enemigo.

--Ese hombre mi enemigo mortal? exclam el joven entre dudoso y
admirado; pero si no nos conocemos.

--Pobre amigo mo! t lo supones; pero qupale la seguridad de que no
me equivoco y de que te digo verdad.

--Es singular!

--Muy singular, en efecto, pero es como acabas de or; ms te dir, el
hombre ese es tu enemigo ms peligroso.

--Qu hacer pues?

--Dejarme que obre; esta maana me fui al rancho con la intencin de
decirte que uno de tus enemigos, el ms terrible de todos, estaba
muerto; pero t mismo cuidaste de hacerme quedar mentiroso. Bah!
quiz valga ms que haya sucedido as; Dios hace bien las cosas, sus
designios son inescrutables y no nos cabe sino humillar la frente ante
la manifestacin de su voluntad.

--As pues V. intenta...?

--Confiar la vigilancia del enfermo a Lpez; ste se quedar en el
subterrneo, donde se le prodigar toda clase de cuidados. T no
volvers a ver al herido, porque en lo presente a lo menos, es intil
que entablis ms amplio conocimiento. Ahora a mi vez te doy palabra de
que el hombre ese recibir todos los cuidados que su estado exige.

--Me conformo con lo que V. disponga, repuso Domingo; pero y en cuanto
el herido est sano, qu vamos a hacer?

--Como no es nuestro prisionero, le dejaremos que se vaya
tranquilamente. No temas, ya daremos con l fcilmente cuando sea
necesario. Ah! se me olvidaba decirte que nadie del rancho debe bajar
al subterrneo y hablar con el herido.

--Ya se lo advertir V. mismo; yo no me encargo de semejante comisin.

--Bien est, se lo advertir yo mismo; por lo dems, tampoco yo lo
ver. Solamente Lpez quedar encargado de l.

--Tiene V. algo ms que comunicarme?

--S, que te vienes conmigo por algunos das.

--Vamos muy lejos?

--Ya lo vers; nterin sbete al rancho y prepara cuanto te sea
menester para el viaje.

--Estoy presto, repuso Domingo.

--T lo estars, pero no yo, tengo que comunicar algunas rdenes a
Lpez respecto del herido.

--Es verdad; adems, es menester que me despida de mi familia.

--Obrars cuerdamente, porque es probable que tu ausencia sea bastante
larga.

--Comprendo, vamos a efectuar una gran cacera.

--A cazar s vamos, dijo el aventurero con equvoca sonrisa, pero no
del modo que t supones.

--Lo mismo me da; cazar como a V. le acomode.

--Con ello cuento. Ea! vente, hemos perdido ya sobrado tiempo.

Domingo y Oliverio se encaminaron hacia la colina, llegados a la cual
ste entr en el subterrneo y el primero subi al rancho.

Loick y las dos mujeres estaban aguardando al joven en la plataforma,
llenos de curiosidad y afanosos por saber el resultado de la larga
conversacin que ste sostuviera con Oliverio; pero Domingo, que
haba vivido demasiado tiempo en el desierto para dejar transparentar
la verdad cuando le convena ocultarla, estuvo impenetrable. Todas
cuantas preguntas le dirigieron fueron intiles; no respondi sino con
evasivas; as es que su padre y las dos mujeres, perdida la esperanza
de hacerle hablar, resolvieron dejarle en paz y que almorzara a sus
anchas.

Domingo, que realmente senta hambre, se asi de este pretexto para
dar otro sesgo a la conversacin, y entre bocado y bocado anunci su
partida.

Loick no hizo objecin alguna, pues estaba acostumbrado a tales
inopinadas ausencias.

Poco ms o menos media hora despus Oliverio penetr en el rancho.

Domingo, al verle, se levant y se despidi de su familia.

--Se lo lleva V.? pregunt Loick.

--S, respondi Oliverio, nos vamos por algunos das a la Tierra
Caliente.

--Miren lo que hacen, dijo Luisa con zozobra, ya saben Vds. que las
guerrillas de Jurez infestan el campo.

--Nada temas, hermanita, profiri el joven abrazndola, seremos
prudentes; voy a traerte el corte de fular que tanto tiempo hace te
promet.

--Preferira que te quedaras, repuso con tristeza la joven.

--Ea, dijo en voz alegre el aventurero, estn ustedes tranquilos, se lo
devolver sano y salvo.

Al parecer los habitantes del rancho tenan grandsima confianza en
Oliverio, porque no bien ste les hubo dado tales seguridades, se
sosegaron y se despidieron de los dos hombres sin demostrar honda
pesadumbre.

Oliverio y Domingo se salieron del rancho, descendieron al valle y
se subieron sobre sendos caballos que completamente ensillados y
arrendados a un liquidmbar les estaban aguardando.

Despus de dirigir un postrer adis a los habitantes del rancho
agrupados en la plataforma, ambos se alejaron al galope, a campo
atravieso, en demanda de la carretera de Veracruz.

--Conque nos dirigimos a la Tierra Caliente? pregunt Domingo mientras
galopaba mano a mano con su compaero.

--No tan lejos, respondi Oliverio; te conduzco a algunas leguas de
aqu, a una hacienda en que espero hacerte trabar una nueva amistad.

--Poco cuidado me dan las nuevas amistades.

--sta va a serte muy til.

--As es distinto. Le confieso a V. que los mejicanos no me son muy
simpticos.

--La persona a quien van a presentarte es francesa.

--Ya vara completamente; pero por qu dijo V. van a presentarme?
Acaso no lo har usted directamente?

--No, sino otra persona a quien t conoces y hacia la cual te sientes
inclinado.

--De quin habla V.?

--De Len Carral.

--El mayordomo de la hacienda del Arenal?

--l mismo.

--Luego nos encaminamos a la hacienda?

--Precisamente a la hacienda no, pero a sus cercanas. He citado al
mayordomo para un punto en l que debe aguardarme, y al punto ese es a
donde nos dirigimos.

--Entonces adelante: me alegrar de ver nuevamente a Len Carral; es un
buen compaero.

--Y hombre de corazn y honrado, aadi Oliverio.




X


LA CITA


La conducta reservada que doa Dolores guardara para con el conde
de Saulay desde la llegada de ste a la hacienda del Arenal, se
armonizaba muy poco con los planes de boda proyectados por las dos
familias. La joven no haba sostenido conversacin particular alguna
con aqul a quien hasta cierto punto deba considerarlo su prometido,
ni siquiera le haba demostrado la ms inocente familiaridad; al par
que se mostraba corts y aun bondadosa, desde el instante en que se
vieran tuvo la maa de levantar una valla entre ella y el conde, valla
que ste nunca se haba atrevido a franquear, y que, tal vez contra
sus deseos, le condenara a no traspasar los lmites de la ms rgida
reserva.

En tales condiciones, y mxime despus de la escena de que en la noche
precedente haba sido testigo, se comprende la estupefaccin del joven
al enterarse de que doa Dolores solicitaba de l una entrevista.

Qu podra decir la joven? Por qu le daba aquella cita? Qu le
impulsaba a obrar de tal suerte?

stas eran las preguntas que Luis del Saulay se diriga a s mismo y
que forzosamente quedaban sin respuesta.

No es de extraar pues que el joven sintiese aguijada por modo
imponderable su curiosidad y le devorase la impaciencia, y que sin
darse cuenta de ello experimentase cierta satisfaccin al or sonar la
hora de la cita.

Como se hubiese encontrado en Francia, en Pars, en vez de encontrarse
en una hacienda de Mjico, de antemano hubiera sabido a qu atenerse
respecto del mensaje que recibiera, y podido trazarse un plan de
conducta; pero la tibieza de doa Dolores para con l, tibieza no
desmentida por un instante, y la preferencia que, segn la escena
nocturna, pareca dar a otro hombre, alejaban toda suposicin de amor.
Acaso la joven iba a exigirle que renunciase a su mano y abandonase
inmediatamente la hacienda?

Singular contradiccin la del espritu humano! El conde, que por
semejante casamiento experimentaba una repulsin creciente, cuya
intencin decidida era celebrar cuanto antes una entrevista, respecto
del particular, con don Andrs de la Cruz, y haba tomado la resolucin
firme y decidida de retirarse y de renunciar a la alianza preparada de
tan larga fecha y que le disgustaba tanto ms cuanto se la impusieran,
se sublev a la suposicin de que doa Dolores iba a exigirle una
renuncia. Su amor propio vejado, le hizo ver el asunto al travs de un
nuevo prisma, y el desprecio que, al parecer, la doncella haca de l,
le llen de ira y de vergenza.

l, el conde Luis del Saulay, joven gallardo, rico, famoso por
su talento y su elegancia, uno de los socios ms distinguidos del
_Jockey-club_, uno de los dioses de la moda, de cuyas conquistas se
haca lenguas la flor y nata parisiense, no haber producido en el
nimo de una doncella semisalvaje sino una impresin repulsiva, ni
haber inspirado ms que fra indiferencia! verdaderamente haba para
desesperarse. Tal era el despecho que el joven experimentaba, que por
un momento lleg a imaginar que estaba enamorado de su prima, y aun se
sinti impulsado a jurarse a s mismo permanecer sordo a los ruegos
y a las lgrimas de doa Dolores y exigirle dentro de plazo breve y
perentorio la celebracin de la boda.

Afortunadamente, empero, el amor propio, que le hiciera tomar una
resolucin tan extrema, le inspir de improviso un medio ms sencillo y
sobre todo ms agradable para l, de salir del aprieto.

Despus de haberse mirado a s mismo con halago, se ilumin en el
rostro una sonrisa de satisfaccin; se hall fsica y moralmente muy
superior, tan superior a los que le rodeaban, que no experiment ya
sino compasin por la doncella, a quien la educacin que recibiera la
impedan apreciar las innumerables prendas que daban a ste el triunfo
sobre sus rivales y comprender la dicha que le proporcionara semejante
alianza.

Acariciando estos y otros pensamientos, el conde sali de sus
habitaciones en direccin a las de doa Dolores, y a su paso por el
patio, vio, aunque a ello no dio mayor importancia, gran nmero de
caballos ensillados y embridados, a los que sujetaban por las riendas
algunos peones.

A la puerta de las habitaciones de doa Dolores haba una joven india
de cara sucia y ojos chispeantes, la cual, al ver al conde, se sonri,
hizo una gran reverencia y por medio de una sea indic a ste que
poda entrar.

La doncella, seguida de Luis, atraves muchas salas a pie llano
elegantemente amuebladas, y finalmente levant una cortina de
blanco cendal de seda chino bordado de grandes y vistosas flores, y
sin pronunciar palabra introdujo al joven en un delicioso tocador
primorosamente alhajado.

Doa Dolores, semitendida en una hamaca labrada de hilo de zbila, se
entretena en martirizar a una hermosa cotorra no ms gruesa que el
puo de un nio, rindose como una loca a los chillidos de clera que
daba el animalito.

Cun hechicera estaba la joven en la actitud que dejamos transcrita!
Nunca el conde la haba visto tan hermosa.

Luis, despus de haber hecho una profunda reverencia, se detuvo al
umbral de la puerta admirado y a la vez estupefacto, de tal suerte,
que doa Dolores, al contemplarle, no pudo menos de dar una franca
carcajada, que excus diciendo:

--Dispnseme V., primo, pero en este instante es tan singular la figura
de V., que no he sido duea de reprimirme.

--Rase V., prima, contest el joven, adaptndose inmediatamente a
aquella alegra que tan distante estaba de esperar; me place en extremo
hallarla de tan buen humor.

--No se quede V. ah, primo, profiri la joven. Ea! venga V. a
sentarse aqu, a mi lado, en esta butaca.

El joven obedeci

--Prima, dijo el joven, despus de haber tomado asiento, tengo el honor
de acudir a la cita que V. se ha dignado darme.

--Ah! es verdad, contest doa Dolores; le doy a V. las gracias por su
atencin y por su puntualidad.

--Ya comprender V., prima, repuso Luis, que no me era permitido
demostrar una solicitud excesiva en obedecerla; me cabe tan rara vez
la dicha de ver a V.!

--Me dirige V. un cargo?

--De ningn modo, seorita; no me asiste derecho alguno para dirigirle
eso a que V. le place apellidar cargo; es V. duea de obrar como
quiera, y sobre todo de disponer de m a su antojo.

--Oh! oh! mi querido primo, en cuanto a esto ltimo no lo jurara: si
me diese por sujetar a prueba su devocin, creo que me quedara hecha
una mona, esto es, que se negara V. rotundamente.

--Ya pareci aquello, dijo entre s Luis; el cual aadi en voz alta:
mi nico deseo es halagarla a V. en todo, prima, palabra de caballero;
sea lo que fuere lo que de m exija, estoy pronto a obedecerla.

--Pues mire V., don Luis, me dan tentaciones de cogerle la palabra,
repuso la joven inclinndose hacia su interlocutor y sonriendo
deliciosamente.

--Ordene V., prima, y ver como la obedezco con ms diligencia que el
ms abnegado de sus esclavos.

La joven qued imaginativa por unos instantes, luego coloc de nuevo en
la percha de palisandro a la cotorrita con la que hasta entonces haba
estado jugando, salt de la hamaca, fue a sentarse en una butaca no
distante de la del conde, y dijo:

--Primo, tengo que pedirle a V. un favor.

--A m? conque puedo serla til?

--No por eso es muy importante el favor que de V. pretendo.

--Peor.

--Pero creo va a serle grandemente molesto.

--Qu me importa la molestia con tal quede usted complacida?

--Gracias, primo; ahora escuche V.: hoy, dentro de algunos minutos,
necesito recorrer a caballo un trayecto muy largo; y por razones que V.
apreciar pronto, no puedo ni quiero que me acompae capataz ni criado
alguno de la hacienda. Sin embargo, como en la actualidad los caminos
no ofrecen seguridad completa y no me atrevo a recorrerlos sola, es
menester que para mi proteccin y defensa, si se presenta el caso,
vaya conmigo un hombre cuya presencia quite ocasin a toda sospecha
malvola. Ahora bien, consiente V. en acompaarme?

--De mil amores, prima; no tengo sino observarle que siendo como soy
extrao en esta tierra y por lo tanto no conociendo los caminos, temo
extraviarme.

--No le apure a V. esto, primo; yo soy hija del pas y conozco al
dedillo esta comarca en un radio de cincuenta leguas.

--Mejor que mejor, prima; slo me queda decirle que le agradezco
en el alma la honra que se digna V. concederme y que me pongo
incondicionalmente a sus rdenes.

--Yo soy quien debo darle las gracias, primo, por su exquisita
galantera, dijo doa Dolores: los caballos estn prestos; vaya V.
a calzarse las espuelas, traiga consigo el ayuda de cmara que debe
acompaarle y sobre todo no se olviden de lo que ms importa, esto es,
de armarse bien, porque uno no sabe lo que puede sobrevenir; dentro de
diez minutos me hallar dispuesta.

El conde se levant, salud a la joven que le contest con una graciosa
sonrisa, y se sali.

--Vive Dios, que es delicioso el caso y divertida la comisin que me
confiere, dijo entre s l del Saulay mientras se encaminaba a sus
habitaciones; me produzco el efecto de acompaar pura y simplemente a
mi prima a una cita de amor. Pero hasta hoy no he visto claro que nada
poda negarla. Por mi vida que es un hechicero diablillo y que si no
ando con pies de plomo es fcil que concluya por enamorarme de ella ...
si no lo estoy ya, aadi, ahogando un suspiro.

Luis, una vez en su aposento, dio orden a Raimbaut para que se
dispusiese a salir con l, lo que el digno servidor hizo con la
puntualidad y el silencio que le distinguan, y despus de haber
enhebillado a sus talones las pesadas espuelas de plata, echado sobre
los hombros un sarape, escogido un fusil de repeticin y puesto al
cinto un par de revlveres de a seis tiros, se encamin al patio,
seguido de su ayuda de cmara, que se haba provisto de un verdadero
arsenal.

De esta suerte armados, amo y criado se encontraban, sin exageracin
de ninguna especie, en disposicin de hacer cara a catorce o quince
hombres.

Doa Dolores, ya subida sobre su caballo, estaba aguardando la llegada
del conde, mientras don Andrs, que departa con ella, se frotaba
alegremente las manos, ntimamente satisfecho de la buena inteligencia
que reinaba entre los dos jvenes.

--Conque van Vds. a dar un paseo? dijo el hacendero al conde; ea! me
alegrar que se diviertan muchsimo.

--La seorita se ha dignado invitarme a que la acompaase, contest
Luis.

--Ha hecho bien, y no poda elegir con ms acierto.

Mientras cruzaba estas palabras con su futuro suegro, el conde haba
saludado a doa Dolores y montado a caballo.

--Feliz viaje! continu don Andrs, y sobre todo cuidado con los malos
encuentros, pues segn he odo decir, las cuadrillas de Jurez empiezan
a vagar por las cercanas.

--Tranquilcese V., padre, profiri doa Dolores; y volvindose hacia
el conde y sonriendo de un modo encantador, aadi: en compaa de mi
primo nada temo.

--Entonces vayan Vds. con Dios y vuelvan pronto.

--Estaremos de regreso antes de la oracin, padre.

Don Andrs dirigi una postrera seal de despedida a los jvenes, los
cuales abandonaron la hacienda.

El conde y doa Dolores galopaban mano a mano, y Raimbaut, como
servidor diestro, cabalgaba tras ellos a algunos pasos de distancia.

--Soy yo quien le conduzco a V., primo, dijo la joven en cuanto se
hubieron internado en los bosques de liquidmbares que poblaban el
llano.

--No me sera posible hallar un gua mejor, contest Luis con
galantera.

--Tengo que hacerle a V. una confidencia, primo, profiri doa Dolores
mirando con el rabillo del ojo a su pariente.

--Una confidencia?

--S; es V. de tan buena pasta, que me avergenza el haberle engaado.

--V. me enga, prima?

--De un modo indigno, respondi la joven riendo: va V. a juzgar. Le
conduzco a un sitio donde nos estn aguardando.

--A V., querr decir.

--No, porque a quien tienen empeo en ver es a V.

--Le confieso a V., prima, que no comprendo pizca; a nadie conozco en
esta tierra.

--Est V. bien seguro de ello, primo? pregunt la joven con gesto
burln.

--Canario! a lo menos as lo creo.

--Ve V.? ya duda.

--Si V. habla con tal seguridad!

--Porque realmente s lo que le digo; la persona que le est aguardando
a V., no solamente lo conoce, sino que es amigo de V.

--Bravo! la madeja se va enmaraando; prosiga V., se lo ruego.

--Poco debo aadir; por otra parte, dentro de pocos minutos vamos a
llegar al trmino de nuestro viaje y no quiero dejarle ms tiempo en la
duda.

--Est V. muy amable, prima: aguardo pues humildemente que se digne V.
explicarse.

--Precisa as, ya que su corazn de V. es tan desmemoriado. Cmo,
caballero! es V. extranjero, se encuentra hace contados das en una
tierra desconocida; desde que puso V. los pies en ella no ha encontrado
V. sino un hombre que le haya patentizado alguna simpata y ya le ha
olvidado V. por tal modo? Permtame V. que le diga, querido primo, que
esto no habla muy en pro de su constancia.

--Anondeme V., prima, merezco sus reproches; le sobra a V. la razn;
efectivamente, hay en Mjico un hombre por el cual siento sincera
amistad.

--Ah! ve V. como no me engaaba?

--Verdaderamente; pero estaba yo tan lejos de sospechar que ese hombre
fuese el de que V. me estaba hablando, que le confieso...

--Que ya no se acordaba V. de l no es as?

--Al contrario, prima, mi ms vehemente deseo sera verle de nuevo.

--Y cmo apellida V. a ese personaje?

--Me dijo que se llamaba Oliverio; sin embargo, no me atrevera a jurar
que tal fuese su nombre.

--Sera indiscreta si le preguntase a V. el porqu de tan poco
favorable suposicin? dijo la joven sonriendo con disimulo.

--De ningn modo, prima; pero don Oliverio me pareci un personaje algo
misterioso; su modo de obrar se aparta de todo en todo de lo usual.
Me parece, pues, que nada habra de extraordinario en que segn las
circunstancias...

--Se toma un nombre a capricho, interrumpi la joven; tal vez tenga V.
razn, tal vez no; respecto del particular nada s; lo nico que puedo
decirle a V. es que efectivamente es l quien le est aguardando.

--Es singular, murmur el joven.

--Por qu? es indudable que tiene que comunicar a V. algo de
importancia; a lo menos as me ha parecido comprenderlo.

--Se lo dijo a V.?

--Claramente no, pero hablando conmigo esta noche, me signific sus
deseos de ver a V. lo ms antes posible; ah porque le rogu a V. que
me acompaase en mi paseo.

Doa Dolores pronunci estas palabras con un dejo tan ingenuo, que el
conde qued aturrullado y la mir por un instante como si no la hubiese
comprendido.

La joven no repar en la admiracin de su acompaante, pues con la mano
colocada a guisa de pantalla sobre los ojos, interrogaba la llanura.

--Mire V., dijo doa Dolores al cabo de un instante e indicando con el
dedo cierta direccin, ve V. aquellos dos hombres sentados mano a
mano a la sombra de aquel grupo de rboles? pues uno de ellos es don
Oliverio; apresuremos el paso.

--Enhorabuena, profiri Luis espoleando a su caballo.

Los dos se lanzaron al galope, en direccin de los dos individuos;
los cuales habiendo reparado a su vez en los que hacia ellos se
encaminaban, se haban levantado para recibirles.




XI


EN LA LLANURA


Oliverio y Domingo, despus de haber salido del rancho, caminaron
durante un buen rato y mano a mano, sin cruzar palabra; el aventurero
pareca entregado a la meditacin, y el vaquero, por su parte y a pesar
de su aparente indolencia no dejaba de estar preocupado.

Domingo, de quien hemos esbozado el retrato fsico en uno de los
captulos precedentes, era, en lo moral, una singular amalgama de
buenos y malos instintos, si bien casi siempre predominaban en l
los buenos: la vida vagabunda que por espacio de largos aos llevara
entre los indmitos indios de las praderas, haba desarrollado en l
un gran vigor corporal y desenvuelto una increble fuerza de voluntad
y una energa de carcter inaudita, unidas a un valor a toda prueba
y a una sutileza que a las veces asuma todas las apariencias de la
doblez. Astuto y desconfiado como un comanche, haba trado a la vida
civilizada todas las prcticas de los batidores de selvas, no dejndose
nunca sorprender por los acontecimientos ms imprevistos. A las miradas
escrutadoras opona siempre un rostro impasible y finga un candor que
a menudo engaaba a los ms sagaces; sin embargo, por regla general era
franco hasta dejarlo de sobras, generoso sin lmites, sensible como
un nio, y llevaba su devocin hacia aqullos a quienes quera, hasta
el sacrificio, sin reflexin ni segundos fines; pero en contra era
implacable en sus odios y de verdadera fiereza india.

En suma, era uno de esos hombres extraos tan propensos al bien como
al mal y a los cuales las circunstancias pueden con la misma facilidad
convertir en hroes como en bandidos.

Oliverio, que estudiara profundamente el carcter de su protegido, tal
vez tanto y ms que ste mismo, saba de qu era capaz, y a menudo se
haba estremecido al sondear los senos de aquella organizacin singular
ignorada de s propia; as es que al par que impona su voluntad a
tan indmita naturaleza y la doblegaba a su antojo, como el belorino
imprudente que juega con el tigre, prevea el momento en que la lava
que herva sordamente en el fondo del corazn del joven de improviso se
desbordara al impetuoso soplo de las pasiones. Pese pues a la omnmoda
confianza que en su amigo pareca tener el aventurero, ste no haca
sino con prudencia suma vibrar en Domingo ciertas cuerdas, guardndose
de abrirle los ojos respecto de su fuerza y de revelarle la intensidad
de su poder moral.

Despus de una carrera de muchas horas, los viajeros llegaron a unas
tres leguas de la hacienda del Arenal, al linde de frondoso bosque que
orillaba los ltimos plantos de sta.

--Detengmonos aqu y comamos, dijo Oliverio apendose; por ahora hemos
llegado al fin de nuestro camino.

--Viene a pedir de boca, contest Domingo, pues le confieso a V. que
empiezan a incomodarme los rayos del sol y que no sentir echarme por
un rato en la hierba.

--El sitio no puede ser ms a propsito, profiri Oliverio.

Los dos viajeros, despus de trabar a sus caballos y quitarles las
bridas para que pudiesen pacer a su antojo, se sentaron uno frontero
de otro a la sombra del follaje, pusieron a saco sus bien provistas
alforjas y empezaron a comer con envidiable apetito.

Oliverio ni Domingo eran grandes habladores; as es que despacharon
su almuerzo silenciosamente. Luego el primero encendi un puro, y un
calumet o pipa india el joven.

--Y bien, dijo por fin el aventurero, dirigiendo la palabra a Domingo,
qu le parece a usted la vida que de algunos meses ac le hago llevar
en esta provincia?

--Si vale decir la verdad, respondi el vaquero arrojando una espesa
bocanada de humo, la hallo absurda y por dems fastidiosa; mucho tiempo
hace que hubiera solicitado de V. me enviase de nuevo a las praderas
del oeste, a no caberme la seguridad de que V. necesitaba de m.

--Es V. un amigo verdadero, profiri Oliverio rindose y tendiendo la
mano al joven; siempre est V. dispuesto a obrar sin hacer observacin
alguna ni formular el ms pequeo comentario.

--Y de ello me vanaglorio: acaso amistad no quiere decir abnegacin y
devocin?

--S, y ah porque es tan rara entre los hombres.

--Compadezco a los incapaces de experimentar tal sentimiento, pues se
privan de un gozo hondsimo; la amistad es el nico lazo verdadero que
une entre s a los hombres.

--Para muchos no es sino egosmo.

--El egosmo es una variedad de la especie, es la amistad mal
comprendida y reducida a proporciones rastreras e nfimas.

--Canario! no le crea a V. tan ducho en la paradoja, Aprendi V.
entre los indios estas argucias de lenguaje?

--Los indios son prudentes, seor, respondi el vaquero moviendo la
cabeza; para ellos el pan es pan y vino el vino, al contrario de lo que
ocurre en las ciudades, en las cuales usted sabe muy bien han logrado
por tal modo embrollarlo todo, que el ms sagaz no atina a ver claro
y el hombre sencillo pierde a no tardar la nocin de lo justo y de lo
injusto. Deje que me vuelva a las praderas, pues estoy fuera de mi
centro en medio de las mezquinas luchas que ensangrientan esta tierra y
me llenaran de tedio y asco.

--Bien quisiera devolverle a V. la libertad, amigo mo, pero como ya le
he dicho, necesito de V. tal vez para otros tres meses.

--Mucho es.

--Quizs halle V. muy corto este plazo, repuso Oliverio con acento
indefinible.

--No lo creo.

--Lo veremos; pero ahora recuerdo que todava no le he dicho qu espero
de V.

--Tiene V. razn, y bueno ser que me lo diga a fin de que me sea dable
llenar cumplidamente sus deseos.

--Esccheme V. pues, y voy a ser tanto ms lacnico, cuanto me reservo
darle explicaciones ms circunstanciadas una vez hayan llegado las
personas a quienes estoy aguardando.

--Hable V.

--Dos son los individuos que deben reunrsenos aqu, un joven y una
seorita; sta se llama doa Dolores de la Cruz, es hija del dueo de
la hacienda del Arenal, tiene diecisis aos de edad, y sobre ser muy
hermosa es un tesoro de bondad, de pureza y de sencillez.

--Perfectamente; pero esto nada me importa; ya sabe V. que me cuido muy
poco de las mujeres.

--Es verdad; as pues no insisto. Doa Dolores est prometida a don
Luis, con quien debe casar.

--Buen provecho le haga; y quin es ese don Luis? supongo que uno de
tantos mejicanos hermosote, necio y orgulloso, que gallardea como la
mula de un cannigo.

--En esto se equivoca V.; don Luis, conde del Saulay, es primo de doa
Dolores y pertenece a la ms encumbrada nobleza de Francia.

--Ah! es el francs de marras?

--S; ha llegado ex profeso de Europa para llevar a cabo el matrimonio
con su prima, acordado hace ya mucho tiempo entre las dos familias.
El conde Luis del Saulay es un cumplido caballero, rico, bondadoso,
amable, instruido, servicial, en una palabra, un compaero excelente
por quien me intereso de veras y con quien deseo contraiga V. amistad.

--Si es tal cual V. lo pinta, antes de dos das vamos a ser los mejores
amigos del mundo.

--Gracias, Domingo, dijo el aventurero, no esperaba menos de V.

--Mire V., profiri el vaquero, alguien llega; diablos! y vienen
volando; dentro de diez minutos los tenemos aqu.

--Son doa Dolores y el conde Luis.

Oliverio y Domingo se levantaron para salir al recibimiento de los dos
jvenes, que, en efecto, llegaban a escape.

--Henos aqu por fin, dijo la joven deteniendo a su cabalgadura con la
habilidad de un picador consumado.

Los recin llegados se apearon de un salto, y Luis, despus de haber
saludado a Domingo, tendi ambas manos a Oliverio, a quien dijo:

--Conque vuelvo a verle a V., amigo mo? gracias por haberse acordado
de m.

--Acaso supona V. que le haba olvidado?

--Casi me cabra derecho, respondi alegremente el joven.

--Seor conde, dijo entonces el aventurero, ante todo permtame V. que
le presente a don Domingo, ms que hermano mo, otro yo, y al cual
me sera profundamente grato se sirviese usted conceder un poco de
la amistad con que se digna honrarme a m.

--Caballero, profiri el conde inclinndose graciosamente ante el
vaquero, siento sinceramente expresarme tan mal en castellano, pero
esto no quita que le demuestre el vivo deseo que me anima de verle
compartir conmigo la simpata que desde ahora me inspira.

--No se apure V. por esto, repuso en francs Domingo, hablo con
bastante soltura su lengua para darle las gracias por las cordiales
palabras que acaba de dirigirme y que le agradezco en el alma.

--Por mi vida que me enamora V.; vaya una sorpresa agradable, exclam
el conde; hgame el favor de aceptar mi mano y considerarme a sus
rdenes sin reserva.

--De todo corazn, caballero, y gracias; pronto vamos a conocernos ms
a fondo, y entonces espero me tendr V. por uno de sus amigos.

Luis y Domingo, despus de haber cruzado estas palabras, se estrecharon
efusivamente las manos.

--Est V. satisfecho, amigo mo? pregunt doa Dolores al aventurero.

--Es V. un hada, querida nia, respondi Oliverio con emocin y dando
un respetuoso beso en la frente de la joven que se inclin para
recibirlo; no puede V. imaginar cunta dicha me proporciona en este
instante.

Y cambiando el tono, aadi:

--Ea, ahora ocupmonos en lo que importa, pues el tiempo apremia;
per... todava falta alguno.

--Quin? pregunt la joven.

--Len Carral; dejen que le llame.

Y llevndose un silbato de plata a los labios, Oliverio arranc de l
un sonido agudo y prolongado.

Casi al punto se oy a lo lejos el galope de un caballo, y a poco
apareci el mayordomo.

--Venga usted ac, Len, le grit el aventurero.

--Aqu estoy, seor, para lo que guste mandar, respondi el mayordomo.

--Esccheme V. con atencin, repuso Oliverio, dirigindose a doa
Dolores, pues el caso es grave: me veo obligado a alejarme hoy mismo, y
como mi ausencia puede prolongarse por mucho tiempo, me ser imposible
velar por V. no obstante tener el presentimiento de que la amaga un
peligro inminente. Qu peligro es se? Cundo se precipitar sobre
V.? Ah lo que no puedo fijar. Lo nico que puedo decir es que el
peligro es real. Ahora bien, mi querida Dolores, otros harn lo que
yo no puedo, y estos otros son el conde, Domingo y nuestro amigo Len
Carral, devotos de V. los tres y los cuales van a velar por V. como
hermanos.

--Me parece que se olvida V. de mi padre y de mi hermano, amigo mo,
profiri la joven.

--No, querida nia, al contrario, no me olvido de ellos; pero su padre
de V. es un anciano que no slo no puede proteger a nadie, sino que
necesita que lo protejan, que es lo que no dejarn Vds. de hacer si lo
reclaman las circunstancias; respecto a su hermano Melchor, ya sabe V.,
nia, mi opinin, por lo que es intil insistir sobre el particular;
Melchor no podr o no querr defenderla. V. no ignora que suelo estar
bien informado y que rara vez me equivoco; pues bien, retengan en la
memoria todos Vds. lo que voy a decir; sobre todo gurdense de que sus
palabras o sus actos puedan dar a sospechar a don Melchor o a cualquier
otro habitante de la hacienda que Vds. prevn un peligro; concrtense
a velar da y noche para que no les sorprendan y tomen todas las
precauciones que las circunstancias exijan.

--Velaremos, yo se lo fo, repuso el vaquero; pero permtame que le
dirija una observacin, a mi ver oportuna. Cmo voy a componrmelas
para penetrar en la hacienda y permanecer en ella sin despertar
sospechas? Dificilillo me parece.

--Se equivoca V. contest Oliverio; nadie, excepto Carral, le conoce a
V. en la hacienda no es eso?

--Eso es.

--Pues bien, se introducir V. en ella vendindose por francs, amigo
del conde del Saulay, y para mayor seguridad fingir no entender
palabra en castellano.

--Dispnseme V., repiti Luis; algunas veces he hablado a don Andrs
de un amigo agregado a la legacin de Francia en Mjico, el cual de un
momento a otro debe venir a verme en la hacienda.

--Perfectamente, profiri Oliverio; Domingo pasar por tal, y si
quiere, que chapurre el castellano; cmo se llama el amigo ese?

--Carlos de Meriadec.

--Est bien; Domingo se llamar Carlos de Meriadec, y mientras
permanezca en la hacienda yo me las compondr para que no venga a
estorbarle aqul de quin toma el nombre.

--Esto es importante, dijo Luis.

--Nada tema, repuso el aventurero; quedamos pues en que maana don
Carlos de Meriadec llegar a la hacienda.

--En ella ser bien recibido, profiri Luis sonriendo.

--A V. no tengo nada que recomendarle, dijo Oliverio dirigindose a
Len Carral.

--Hace tiempo que he tomado mis providencias, no me queda sino ponerme
de acuerdo con estos seores, repuso el mayordomo.

--Bravo, ahora separmonos, dijo Oliverio; a estas horas debera ya
encontrarme muy lejos de aqu.

--Ya nos deja V.? pregunt con emocin doa Dolores.

--Es preciso, hija ma; nimo, y tenga V. confianza en Dios. Durante mi
ausencia l velar por V. Adis.

El aventurero estrech por ltima vez la mano al conde, bes la frente
de la joven y se subi sobre su caballo.

--Hasta luego, le dijo doa Dolores.

--Maana ver V. a su amigo Meriadec, dijo Domingo, dirigiendo una
mirada risuea al conde y saliendo al galope tras el aventurero.

--Regresa V. con nosotros a la hacienda? pregunt Luis al mayordomo.

--Por qu no? respondi ste; creern que les he encontrado a Vds.
durante su paseo.

--Dice V. bien.

Los tres se subieron sobre sus respectivos caballos y tomaron al trote
largo la vuelta de la hacienda, a la que llegaron poco antes de ponerse
el sol.




XII


UN POCO DE POLTICA


A fines de 18... los acontecimientos polticos empezaron a
desenvolverse con tal rapidez, que aun los hombres de entendimiento ms
tosco comprendieron que se caminaba a pasos redoblados a una catstrofe
inminente.

En el sur, las tropas del general Gutirrez haban alcanzado una gran
victoria sobre el ejrcito constitucional mandado por el general
don Diego lvarez, el mismo que en otra poca presidiera en Guaymas
el consejo de guerra que conden a muerte a nuestro infortunado
compatriota y amigo el conde Gastn de Raousset-Boulbn.

Entre los indios _pintos_ la carnicera fue horrorosa; mil doscientos
de ellos quedaron tendidos en el campo de batalla.

En poder del vencedor quedaron la artillera y gran nmero de armas.

Sin embargo, en los mismos das se haba iniciado en el interior una
serie de acontecimientos opuestos; el primero, la fuga de Zuloaga, el
presidente que, despus de haber abdicado en favor de Miramn, revocara
ms adelante su abdicacin sin saber por qu, sin consultar a quien
quiera que sea y en el momento en que nadie lo esperaba.

EL general Miramn haba lealmente ofrecido entonces al presidente
del tribunal supremo de justicia hacerse cargo del poder ejecutivo y
convocar a los notables para que eligiesen al primer magistrado de la
repblica.

En esto vino a aadirse una nueva catstrofe a los peligros de la
situacin.

Miramn, a quien sus no interrumpidos triunfos inspiraran tal vez una
confianza imprudente, o lo que es ms probable aguijado por el deseo
de terminar definitivamente de un modo o de otro, haba presentado,
en Silao, batalla a fuerzas cuatro veces superiores en nmero a las
suyas. La derrota que aqul experiment fue completa: perdi toda la
artillera y aun su existencia corri inminente peligro; slo haciendo
prodigios de valor y matando por su propia mano gran nmero de los que
le cercaban, consigui abrirse paso, salir de la refriega y huir a ua
de caballo hacia Quertaro, a donde lleg casi solo.

Desde esta ciudad y sin que la suerte adversa le amilanara, Miramn
tom la vuelta de Mjico, cuyos habitantes supieron a la vez de la
derrota de ste, su llegada y su intento de someterse a una nueva
eleccin.

El resultado no contrari las esperanzas del general, quien fue elegido
casi por unanimidad presidente por la Cmara de los notables. Miramn,
como hombre que comprende lo apremiante de las circunstancias, prest
juramento y entr inmediatamente a desempear su cargo.

Aunque, materialmente hablando, el desastre de Silao fue casi nulo,
desde el punto de vista moral el efecto fue inmenso.

Miramn, comprendindolo as, se ocup activamente en reorganizar la
hacienda, en crearse recursos precarios; pero suficientes para atender
a las urgentes necesidades de la situacin, en decretar nuevas levas,
por fin en tomar todas las precauciones que aconsejaba la prudencia.

Por desgracia, el presidente se vea constreido a abandonar muchos
puntos importantes para concentrar sus fuerzas alrededor de la capital,
cuyos habitantes, interpretando mal estos movimientos, se llenaron de
zozobra y temieron peligros no lejanos.

En tales circunstancias, el presidente, sin duda con el objeto de
dar una satisfaccin a la opinin pblica y devolver un poco la
tranquilidad a la metrpoli, consinti o hizo que consenta en
entablar con Jurez, su competidor, cuyo gobierno resida en Veracruz,
negociaciones para llegar a la firma, sino de la paz a lo menos de un
armisticio destinado a detener provisionalmente la efusin de sangre.

Los hados adversos quisieron que una nueva complicacin hiciese
imposible toda esperanza de arreglo.

El general Mrquez haba sido enviado en auxilio de Guadalajara, la
cual, segn suponan, continuaba resistiendo victoriosamente a las
tropas federales; pero de improviso y sin mediar circunstancias que
lo hiciese prever, y en pos de haberse los federales apoderado de una
conducta de plata perteneciente a varios comerciantes ingleses, se
firm un armisticio entre los beligerantes, al cual es indudable que
no fue extraa la mencionada conducta de plata. El general Castillo,
gobernador de la plaza, abandonado por la mayor parte de sus tropas,
se vio obligado a salir de la ciudad y a refugiarse en el Pacfico:
de modo que los federales, libres de este estorbo, se reunieron contra
Mrquez, le derrotaron y destruyeron su cuerpo de ejrcito, nico que
sostena la campaa.

La situacin iba hacindose pues ms y ms crtica; los federales,
que no encontraban obstculo ni resistencia en su victoriosa marcha,
se desparramaban por todas partes, y estaba perdida toda esperanza de
entrar en negociaciones. A pesar de todo era menester luchar.

Por decirlo as, la cada de Miramn no era sino asunto de tiempo;
indudablemente lo comprenda en su fuero interno el general; pero nada
dejaba transparentar; al contrario, redoblaba su ardor y su actividad
para hacer frente a los sin cesar renacientes apuros de la situacin.

Despus de haber hecho un llamamiento a todas las clases de la
sociedad, el presidente decidi por ltimo dirigirse al clero, al cual
siempre haba sostenido y protegido; ste respondi a su llamamiento,
colect a toda prisa un diezmo sobre sus bienes y resolvi que llevasen
a la casa de la moneda sus joyas de oro y plata para que las acuasen
y las pusiesen a la disposicin del poder ejecutivo. Por desgracia
tales esfuerzos resultaron estriles, pues los gastos aumentaban en
proporcin de los peligros siempre crecientes de la situacin, y pronto
el presidente, despus de haber empleado intilmente todos los recursos
que le sugera su posicin por dems crtica, se encontr con un tesoro
exhausto y con la amarga certidumbre de que no haba que pensar en
llenarlo otra vez.

Hemos ya presentado ocasin de explicar como quedndose como se
quedaba con el caudal pblico en tiempos de revolucin, cada uno de los
estados de la confederacin mejicana, el gobierno, que reside en la
capital, se encuentra de continuo en la mayor penuria. Efectivamente,
ste no puede disponer, y aun, ms que de los fondos del Estado de
Mjico, mientras sus competidores, que recorren sin cesar y en todas
direcciones el campo, no slo detienen en los caminos las conductas
de plata y se apropian sumas a las veces muy cuantiosas sin escrpulo
alguno, sino que tambin saquean las cajas de los Estados en los cuales
penetran, con lo que se encuentran en disposicin de sostener sin
desventaja la guerra.

Ahora que sucintamente hemos dado a conocer al lector la situacin
poltica de Mjico, anudamos nuestro relato en los primeros de
noviembre de 186..., es decir, unas seis semanas despus del da en que
le hemos interrumpido.

Las sombras de la noche empezaban ya a invadir la llanura; los oblicuos
rayos del sol poniente, arrojados poco a poco del fondo de los valles,
se agarraban aun a las nevadas cumbres de las montaas del Anhuac,
tindolas de carmn; la brisa se estremeca al travs del follaje;
algunos vaqueros montados sobre caballos tan indmitos como sus
jinetes, aguijaban, al travs de la planicie, numerosos rebaos que
todo el da haban errado en libertad, pero que al anochecer volvan
al corral, y en lontananza resonaban los cascabeles de las mulas de
algunos arrieros rezagados que se apresuraban a llegar a la magnfica
calzada orillada de corpulentos loes contemporneos de Motecuhzoma y
que conduce a Mjico.

Un viajero de gallarda presencia, montado en caballo de musculatura
frrea y cuidadosamente envuelto en una capa cuyo embozo le suba
hasta los ojos, segua al paso las caprichosas sinuosidades de un
angosto sendero que, abierto a campo atravieso, se una a unas dos
leguas de la ciudad, a la carretera de Mjico a Puebla, carretera
completamente desierta en el instante que presentamos en escena
a nuestro desconocido, no slo a causa de la aproximacin de la
noche, sino tambin y principalmente porque el estado de anarqua
en que tanto tiempo haca estaba hundido el pas, haba arrojado al
campo numerosas pandillas de bandidos que, aprovechndose de las
circunstancias y guerreando a su guisa, destrozaban sin distincin de
opiniones polticas a liberales y a constitucionales, y, envalentonados
por la impunidad, a menudo no se contentaban con _maniobrar_ en las
carreteras, sino que ejercan sus depredaciones en las ciudades mismas.

Sin embargo, el viajero de quien estamos hablando pareca preocuparse
muy poco con los riesgos a que se expona, y continuaba indolentemente
su peligrosa marcha al mismo paso tranquilo y reposado.

Tres cuartos de hora haca, poco ms o menos, que el incgnito avanzaba
de esta suerte, y todava no se haba alejado una legua de la ciudad,
cuando al levantar la cabeza advirti que acababa de llegar a un sitio
en que el sendero se divida en dos ramales que se dirigan en opuestas
direcciones; entonces se detuvo marcadamente perplejo, y al cabo de un
instante tom por el ramal de la derecha.

Despus de haber seguido por espacio de unos diez minutos esta
direccin, el jinete pareci orientarse, y dando un suave espolazo a su
cabalgadura la oblig a tomar un trote bastante largo.

Pronto el jinete lleg a un montn de ruinas negruzcas, esparcidas
desordenadamente por el suelo y cerca de las cuales se haca un
bosquecillo de rboles cuyas largas ramas sombraban en torno de s la
tierra en una extensa circunferencia. Una vez all, el desconocido se
detuvo, despus de haber tendido en torno suyo una mirada escrutadora,
indudablemente para convencerse de que estaba solo, se ape, se sent
cmodamente en un otero de csped, se arrim a un rbol, se quit el
embozo, dejando el rostro al descubierto y mostrando las facciones
plidas y macilentas del herido a quien vimos conducir al rancho por el
vaquero Domingo.

Don Antonio de Cacerbar, que as se llamaba el personaje, no era sino
sombra de lo que fue; especie de espectro lgubre, pareca que toda la
vida se le haba concentrado en los ojos, que le brillaban con fulgor
siniestro, pero en aquel cuerpo tan endeble en la apariencia alentaba
un alma ardorosa y una voluntad firme y decidida; aquel hombre, salido
vencedor de una lucha encarnizada con la muerte, persegua con un tesn
inquebrantable la ejecucin de terribles resoluciones que anteriormente
tomara. Apenas curado de su honrosa herida, por dems endeble an y no
soportando sino con grandsima dificultad la fatiga de un largo viaje
a caballo, haba sin embargo acallado sus padecimientos para acudir,
a prima noche, a una cita que l mismo diera para un sitio distante
no tres leguas de Mjico. Muy importantes deban ser para l las
causas que le impulsaran a dar semejante paso, mxime en el estado de
postracin en que se encontraba.

De esta suerte transcurrieron algunos minutos, durante los cuales don
Antonio, con los brazos cruzados sobre el pecho y cerrados los ojos, se
reconcentr, probablemente con objeto de prepararse para la entrevista
que iba a celebrar con la persona a quien haba venido a buscar a tanta
distancia.

Prontamente se oy ruido de caballos y choque de sables, nuncio de que
se acercaba numeroso escuadrn al sitio donde se encontraba don Antonio.

El cual se irgui, dirigi una investigadora mirada hacia donde se oa
el ruido, y se levant sin duda para recibir a los que llegaban.

stos, unos cincuenta, se detuvieron cerca de las ruinas, pero no
echaron pie a tierra.

Slo uno de ellos se ape, puso las bridas de su caballo en manos de un
jinete y se acerc apresuradamente a don Antonio, quien, por su parte,
se haba adelantado a recibirle.

--Quin es V.? pregunt Cacerbar en voz baja cuando ya no le separaban
del desconocido sino cinco o seis pasos.

--l que est V. aguardando, seor don Antonio, respondi incontinente
el recin llegado, el coronel don Felipe Neri Irzabal, para servir a
usted.

--Le conozco; acrquese V., don Felipe.

--Y bien, don Antonio, repuso el coronel, tendiendo la mano a ste,
cmo va esa salud?

--Mal, respondi Cacerbar, retrocediendo sin tocar la mano del
guerrillero.

ste no not el movimiento de su interlocutor, o si lo not no le dio
importancia alguna.

--Viene V. muy acompaado, dijo don Antonio.

--Caramba! V. cree que me dara gusto caer en manos de las avanzadas
de Miramn? Diablos! como se apoderasen de m, pronto me ajustaran
las cuentas; pero estimo que a pesar de la satisfaccin que el vernos
reunidos nos proporciona, obraramos cuerdamente en ocuparnos sin
demora en nuestros asuntos, le parece?

--Esto deseo.

--El general le da las gracias por las ltimas y exactsimas noticias
que le envi usted; as es que ha jurado recompensarle merecidamente
tan pronto se ofrezca la ocasin.

--Trae V. el papel? pregunt con cierta vivacidad don Antonio, al
mismo tiempo que haca un movimiento de disgusto.

--S traigo, respondi el coronel.

--Redactado cual ped?

--Nada falta en l, seor, tranquilcese usted, respondi el coronel
dando una carcajada; por dnde andara hoy la honradez si no se
hubiese refugiado entre nosotros? Cuanto estipul V. lo ha aceptado y
firmado el general Ortega, general en jefe del ejrcito federal, y lo
ha refrendado Jurez, presidente de la repblica. Est V. satisfecho?

--Cuando haya visto el papel le responder a usted.

--Ello es lo ms fcil del mundo; ah est, profiri el guerrillero
sacando de un bolsillo de su dolmn un ancho pliego y entregndolo a
don Antonio.

ste lo cogi con mal disimulada alegra y le abri con mano temblorosa.

--Me parece que en este instante le va a ser a V. difcil el leerlo,
dijo con zumba don Felipe Neri.

--Le parece? repuso Cacerbar con irona.

--Demontre! est bastante oscuro.

--No importa, pronto tendr luz, replic don Antonio, frotando un
fsforo contra una piedra y encendiendo una cerilla de rosca que se
sac de la faltriquera.

A medida de la lectura, en el semblante de don Antonio se iba pintando
la satisfaccin ms viva.

--Seor, dijo Cacerbar al coronel, apagando la cerilla, doblando el
papel y metindolo cuidadosamente en una cartera, d V. de mi parte las
ms expresivas gracias al general Ortega; se ha portado conmigo como un
caballero cumplido.

--No me olvidar de drselas, repuso el coronel haciendo un saludo,
sobre todo si puede V. aadir algunas noticias a las que anteriormente
ha dado.

--S, y por cierto muy importantes.

--Ah! profiri el guerrillero frotndose con satisfaccin las manos;
diga V. querido seor.

--Escuche V.; Miramn no sabe dnde dar de cabeza; no tiene dinero
ni sabe ya como proporcionrselo; sus soldados, casi todos ellos
reclutas, mal armados y peor equipados, hace dos meses que no reciben
paga alguna y el descontento cunde en sus filas.

--Perfectamente. Pobre Miramn! Diga usted pues que est apuradillo.

--Tanto ms cuanto el clero, que al principio le prometiera su auxilio
le ha negado rotundamente su apoyo.

--Pero cmo est V. tan bien informado, seor? pregunt irnicamente
el guerrillero.

--Olvida V. que estoy agregado a la embajada espaola?

--Verdad es, se me haba olvidado, dispnseme V.; pero vayamos al
grano: qu ms sabe V.?

--Las filas de los secuaces del presidente se van aclarando ms y ms;
sus ms antiguos amigos le abandonan; as es que para rehacerse un poco
ante la opinin pblica, ha resuelto intentar una salida y atacar al
general Berriozbal.

--Toma, toma, toma, bueno es saberlo.

--Ya est V. advertido.

--Gracias; vigilaremos. Sabe V. ms?

--S: reducido, como ya le dije a V., al ltimo extremo y queriendo
proporcionarse dinero a toda costa, Miramn ha tomado por pretexto el
robo de la conducta de Laguna Seca, llevada a cabo por los de V.

--Ya s, interrumpi el coronel, frotndose las manos, yo soy quien
llev a cabo esa _negociacin_; por desgracia, aadi con pesadumbre,
tales redadas pueden cantarse con los dedos.

--Miramn est pues resuelto, continu don Antonio, a apoderarse del
dinero de la Convencin, en la actualidad depositado en la legacin
britnica.

--Magnfica idea! profiri el coronel; no estarn poco furiosos esos
demonios de herejes! Cul es el hombre de talento que le ha inspirado
esa determinacin que le enemista irremisiblemente con Inglaterra? Mire
V. que los gringos no se chancean en asunto de dinero.

--Por eso le he sugerido yo tal pensamiento.

--Seor, dijo majestuosamente el guerrillero, por este acto merece V.
bien de la patria. Pero quiere V. decir que la cantidad es importante?

--No es despreciable.

--Cunto poco ms o menos?

--Seiscientos sesenta mil duros.

--Carape! exclam el coronel experimentando un como deslumbramiento;
me rindo, lo entiende ms que yo. El negocio de Laguna Seca es una
bicoca en comparacin. Dios me libre! con ese dinero va a poder anudar
la guerra.

--Es demasiado tarde; ya hemos cuidado nosotros de que este dinero se
gaste en pocos das, repuso don Antonio riendo sardnicamente; fen
Vds. en nosotros.

--Dios lo quiera!

--Ah por ahora cuantas noticias puedo dar, y a m me parece son
importantes.

--Yo lo creo! profiri el coronel; en grado sumo.

--Dentro de algunos das espero drselas ms importantes todava.

--En este mismo sitio?

--S, y a la misma hora y valindonos de la misma sea.

--Conforme; no va a estar poco satisfecho el general, al enterarse de
todos esos pormenores.

--Bueno, ahora tratemos de lo dems, del asunto que nos atae a
nosotros dos: qu ha hecho V. desde la ltima vez que nos vimos?

--Poco; en la actualidad me faltan recursos para llevar a cabo las
difciles pesquisas que me encarg V.

--Sin embargo, la recompensa es cuantiosa.

--No digo que no, contest distradamente el guerrillero.

--Pone V. en duda mi palabra? dijo con altivez don Antonio mientras
lanzaba a su interlocutor una mirada penetrante.

--Tengo por norma no dudar nunca de nada, seor, respondi don Felipe
Neri.

--La cantidad es importante.

--Precisamente esto es lo que me da espina.

--No le entiendo a V., don Felipe.

--Caramba! profiri el guerrillero, tomando de improviso una
determinacin, creo que es lo mejor que puedo hacer; esccheme V.

--Ya escucho.

--Sobre todo no se incomode V., querido seor; qu diablos! los
negocios son negocios y deben tratarse lisa y llanamente.

--Abundo en este parecer, prosiga V.

--Bien; V. me ofreci cincuenta mil duros para...

--Ya me lo s; al grano.

--Al grano pues; y como cincuenta mil duros no son moco de pavo y no
cuento con otra garanta que su palabra de V.

--No le basta?

--No, seor; ya s que entre caballeros la palabra es inquebrantable;
pero tratndose de negocios, ya es distinto; creo que est V. rico,
riqusimo, pues me lo dice V. y me ofrece cincuenta mil duros; pero
quin me asegura a m que en el momento de saldar cuentas y a pesar de
su buen deseo est V. en estado de hacerlo?

Mientras el guerrillero estaba planteando en trminos tan descarnados
el asunto, don Antonio era pbulo de una clera sorda que estuvo a
punto de reventar Dios sabe cuntas veces; pero por fortuna logr
dominarse y conservar su impasibilidad.

--Entonces qu desea V.? pregunt con voz atragantada Cacerbar al
coronel.

--En lo presente, nada, seor; deje que terminemos nuestra revolucin.
Una vez hayamos entrado en Mjico, lo que por V. y por m espero no va
a tardar, me acompaar V. a casa de un banquero conocido mo, quien
saldr garante de los cincuenta mil duros. Le conviene a V.?

--Preciso es; pero de aqu a entonces?

--Tenemos que ocuparnos en asuntos ms urgentes; unos das ms o
menos nada significan; pero ya que por ahora nada ms tenemos que
comunicarnos, con su permiso me retiro, seor.

--Cuando V. guste, contest con sequedad don Antonio.

--Beso a V. las manos, querido seor, profiri el coronel; hasta luego.

--Adis.

D. Felipe salud cortsmente al espaol, gir sobre sus tacones, se
reuni a los suyos, se subi sobre su caballo, y desapareci a escape
al frente de su escuadrn.

En cuanto a don Antonio, tom imaginativo y al paso la vuelta de
Mjico, a donde lleg dos horas despus.

--Oh! murmur detenindose delante de su morada, que la tena en la
calle de Tacuba, a pesar del cielo y del infierno saldr con la ma.

Qu significaban estas palabras siniestras, al parecer resumen de su
prolongada meditacin?




XIII


LOS BONOS DE LA CONVENCIN


Los nevados picachos del Popocatepetl se tean de rojizos reflejos,
las ltimas estrellas se apagaban en el firmamento y la cspide de los
edificios se vesta de palo: quebraba el alba. Mjico dorma an;
por sus silenciosas calles no cruzaban sino a largos intervalos y
apresuradamente algunos indios procedentes de los pueblos circunvecinos
para vender sus frutas o sus legumbres, y una que otra tienda de
pulquero entreabra tmidamente su puerta y se preparaba a servir a los
consumidores matutinos la dosis de fuerte licor, prlogo obligado de la
labor cotidiana.

En el Sagrario sonaron las cuatro y media, y de la calle de Tacuba
sali un jinete que cruz al trote la plaza Mayor y vino en lnea recta
a detenerse a la puerta del palacio de la Presidencia, custodiada por
dos centinelas.

--Quin vive? grit uno de stos.

--Amigo, respondi el jinete.

--Pase V. de largo.

--No por mi vida, repuso el jinete; aqu es a donde me llaman mis
asuntos.

--Quiere V. entrar en palacio?

--S.

--Es demasiado temprano; vuelva V. dentro de dos horas.

--Sera muy tarde; necesito entrar ahora mismo.

--Bah! profiri en tono de zumba el centinela; y dirigindose a su
compaero, aadi: Qu dices t a eso, Pedrito?

--Que qu digo? respondi el interpelado, chunguendose tambin, pues
digo que el caballero debe de ser extranjero y que indudablemente
imagina que se encuentra a la puerta de un mesn.

--Basta de groseras, tunantes! exclam el jinete; he perdido ya
demasiado tiempo, avisen ustedes al oficial de guardia; vivo!

El tono imperativo que empleara el desconocido, produjo, al parecer,
honda impresin en los soldados; los cuales, despus de haber cruzado
algunas palabras en voz baja, y como por otra parte aqul estaba en
su derecho y lo que peda lo prevea su consigna, se decidieron a
satisfacerle, llamando a la puerta con la culata de sus fusiles.

Dos o tres minutos despus acudi a la llamada un sargento, fcil de
reconocer en la rama de vid, insignia de su grado, que ostentaba en la
mano izquierda.

En preguntando a los centinelas el porqu de su llamada, salud
cortsmente al jinete, a quien rog que se aguardase un instante, y
se meti dentro otra vez dejando tras s la puerta abierta; pero casi
al punto reapareci precediendo a un capitn que iba de uniforme de
servicio.

El jinete salud al oficial y reiter la peticin que antes dirigiera a
los centinelas.

--Siento en el alma no poder complacerle a usted, seor, respondi el
oficial; la consigna nos prohbe terminantemente introducir persona
alguna en palacio antes de las ocho de la maana. Si la causa que
le conduce es grave, srvase volver a la hora que le he indicado y
entonces podr entrar con entera libertad.

--Perdone V., dijo el jinete al capitn, que se dispona a entrar de
nuevo en palacio; me permite dos palabras?

--Diga V., seor.

--Es intil que nadie ms que V. me oiga.

--Nada ms fcil, repuso el oficial acercndose al desconocido hasta
tocarle; diga V.

El jinete se inclin hasta el capitn y murmur a su odo algunas
palabras que ste escuch con marcadas muestras de sorpresa.

--Est V. satisfecho ahora? pregunt el jinete.

--S, seor, respondi el capitn, el cual volvindose hacia el
sargento, que permaneca inmvil a algunos pasos de distancia, aadi:
Abra V. la puerta.

--No hay necesidad; si V. me da su permiso voy a apearme aqu y uno de
los soldados cuidar de mi caballo.

--Como V. guste, seor.

El jinete ech pie a tierra, dio las bridas al sargento, que las tom
mientras esperaba que un soldado viniese a reemplazarle, y dirigindose
al capitn, repuso:

--Ahora si quiere V. colmar su galantera sirvindome de gua y
conducindome personalmente al lado de la persona que me est
aguardando, me tiene a sus rdenes.

--Yo soy quien estoy a las de V., seor, contest el oficial, y ya que
tal es su deseo, tendr la honra de conducirle.

El desconocido y el capitn penetraron en palacio, dejando tras s al
sargento y a los dos centinelas, que no volvan de su sorpresa.

Precedido del capitn, el jinete atraves gran nmero de piezas que
a pesar de lo temprano de la hora estaban ya llenas de gente, no de
visitantes, sino de oficiales de todas graduaciones, de senadores y
consejeros de la Suprema Corte que parecan haber pasado la noche en
palacio.

La mayor agitacin reinaba en los grupos, compuestos de militares,
miembros del clero y representantes del alto comercio, y todos,
aunque en voz baja, hablaban con cierta viveza y manifestaban en sus
fisonomas un recelo sombro.

El capitn y su acompaado llegaron por fin a la puerta de un gabinete
custodiado por dos centinelas, y por delante de la cual se estaba
paseando un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello.

--Ha llegado V., seor, dijo el capitn al desconocido.

--No me queda sino despedirme de V. y darle las ms expresivas gracias
por su atencin, contest aqul.

El jinete cruz un saludo con el capitn, que se volvi al cuerpo de
guardia.

--Su excelencia no puede recibir en este instante; esta noche ha
celebrado consejo extraordinario, y quiere estar solo; stas son sus
rdenes, dijo el ujier saludando con sequedad al desconocido.

--Pues va a hacer una excepcin en mi pro su excelencia, repuso
cortsmente el jinete.

--Lo dudo, seor, replic el ujier; la orden es general y no me
atrevera a faltar a ella.

El desconocido pareci reflexionar, mientras el ujier le contemplaba
admirado de que perseverase en quedarse all.

--Comprendo, seor, dijo por fin y levantando la cabeza el jinete,
cuan sagrada es para usted la orden que ha recibido, y por lo tanto no
intento inducirle a que falte a ella; sin embargo, como el motivo que
me trae reviste la mayor gravedad, le ruego me dispense un favor.

--Para complacerle har cuanto sea compatible con los deberes de mi
cargo, contest el ujier.

--Gracias, seor; por otra parte le garantizo que pronto va V. a tener
una prueba de que en lugar de recibir V. una reprimenda, su excelencia
el presidente le agradecer que me haya dejado entrar.

--Ya he tenido el honor de hacerle observar seor...

--Djeme que le explique lo que deseo de V., interrumpi con viveza el
desconocido, luego ya me dir si puede o no hacerme el favor que deseo.

--Dice V. bien.

--Voy a escribir cuatro letras en un pedazo de papel, y el papel ese lo
pone V. ante los ojos del presidente, sin pronunciar palabra alguna;
si su excelencia no le dice a V. nada, me retiro; ya ve que no es
dificultoso lo que solicito y que no quebranta V. de ningn modo las
rdenes que ha recibido.

--Cierto es, repuso el ujier sonriendo; pero les doy una interpretacin
torcida.

--Halla V. dificultades?

--Tan necesario es que vea V. a su excelencia esta maana? repuso
el ujier, sin responder a la pregunta que acababa de dirigirle el
desconocido.

--Seor don Livio, respondi ste en voz grave, porque aunque V. no me
conozca a m yo s a V.; s hasta dnde llega su devocin al general;
pues bien, por mi honor le juro que es urgente por modo gravsimo que
yo le vea sin perder instante.

--Basta, seor, repuso seriamente el ujier, si slo depende de m,
dentro de un minuto va usted a verle; en esa mesa hay papel, pluma y
tinta; escriba V.

El jinete dio las gracias al ujier, tom una pluma y en gruesos
carcteres escribi casi en el centro de una blanca hoja esta sola
palabra:

ADOLFO ..

seguida de tres puntos en forma de tringulo; luego entreg la hoja
abierta al ujier, dicindole:

--Tome V.

--Cmo! exclam aqul con pasmo, V. es...

--Silencio! repuso el desconocido llevndose un dedo a los labios.

--Entrar V., dijo el ujier, levantando la cortina y abriendo la
puerta, tras la cual desapareci.

Casi al mismo instante se abri de nuevo la puerta, y del interior del
gabinete parti una voz sonora, que no era la del ujier, y que repiti
por dos veces:

--Entre V., entre V.

El desconocido penetr en el gabinete.

--El cielo le enva a V., mi querido don Adolfo, dijo el presidente
saliendo al encuentro de ste y tendindole la mano.

Don Adolfo correspondi efusivamente a las demostraciones afectuosas de
Miramn, y se sent al lado de ste en una silla de brazos.

En el momento que le presentamos en escena, el presidente Miramn,
general cuyo nombre circulaba de boca en boca y que con justicia pasaba
por el militar ms notable de Mjico, como de la repblica era el mejor
administrador, era tan joven que apenas frisaba con los veintisis, sin
embargo de lo cual y en tres aos que ocupaba el poder haba llevado a
cabo muchas grandes y nobles acciones.

En lo fsico era elegante y bien formado, francos sus modales, y noble
su andar, y sus facciones correctas y llenas de distincin respiraban
audacia y lealtad; tena ancha la frente y arrugada ya bajo el esfuerzo
de la meditacin; y grandes los ojos, negros y de mirada leal y lmpida
cuya penetracin turbaba a las veces a aqullos en quienes se fijaba.
En el instante en que entr el misterioso personaje en el gabinete
de Miramn, ste estaba plido y una oscura faja le rodeaba los ojos:
evidentes seales de un largo insomnio.

--Ah! profiri gozosamente el general dejndose caer en su silla de
brazos, ah de vuelta a mi genio del bien; de seguro me trae la dicha
que vol.

Don Adolfo movi tristemente la cabeza.

--Qu significa este movimiento, amigo mo? pregunt el presidente.

--Quiere decir que temo sea demasiado tarde, general, respondi el
interpelado.

--Demasiado tarde? Cmo es eso? Acaso no me cree V. capaz de tomar
un ruidoso desquite sobre mis enemigos?

--Le creo a V. capaz de todas las acciones nobles y grandes, general,
respondi don Adolfo; pero por desgracia la traicin le cerca a V.
estrechamente y sus amigos le abandonan.

--Le sobra a V. la razn, dijo el general con amargura; el clero y
los comerciantes acaudalados, de quienes me he constituido en gida,
a quienes he defendido siempre y en todas partes, dejan egostamente
que gaste todos mis recursos en protegerles, sin dignarse venir en mi
ayuda. Ah! pronto van a echarme de menos, si, lo que es muy probable,
sucumbo por su culpa.

--Es verdad, mi general, y en el consejo que celebr V. esta noche,
indudablemente se ha convencido V. definitivamente de las intenciones
de esos hombres a los cuales se lo ha sacrificado V. todo.

--S, profiri el presidente frunciendo el cejo y recalcando
amargamente sus palabras; a cuantas peticiones les he dirigido y a
todas mis observaciones, slo me dieron una respuesta: No podemos. No
pareca sino que obedecan a un santo y sea.

--Entonces su posicin de V., general, y dispnseme la pregunta, debe
ser por dems crtica?

--Diga V. ms bien precaria, amigo mo; el tesoro est completamente
exhausto, sin que me sea posible llenarlo de nuevo; el ejrcito,
que hace dos meses no ha recibido paga alguna, murmura y amenaza
desbandarse, y mis oficiales se pasan uno tras otro al enemigo, el cual
avanza a marchas forzadas sobre Mjico. sta es limpia y claramente mi
situacin, qu le parece a V.?

--Triste, terriblemente triste, general, respondi don Adolfo.
Dispnseme V. que le dirija una pregunta: qu piensa V. hacer para
contrarrestar el peligro?

En lugar de responder, el presidente dirigi al soslayo una mirada
penetrante a su interlocutor.

--Pero antes de seguir adelante, repuso don Adolfo, permtame V. que le
d cuenta de mis operaciones.

--Oh! profiri Miramn sonriendo, estoy convencido de que han sido
afortunadas.

--Tal espero que va a hallarlas vuecencia. Me autoriza V. para que se
las relate?

--Diga, diga V., amigo mo, tengo comezn de saber lo que ha hecho V.
en pro de nuestra noble causa.

--Dispense V., general, repuso con viveza don Adolfo, no paso de ser
un aventurero y mi devocin radica personalmente en V.

--Bien, bien, yo me entiendo, arguyo Miramn; a ver, diga V.

--En primer lugar, dijo don Adolfo, he logrado arrebatar al general
Degollado los restos de la conducta robada por l en la Laguna Seca.

--Bravo, esto es en buena lid; con el dinero de la conducta esa me
quit Guadalajara. Oh! Castillo; en fin, y cunto poco ms o menos?

--Doscientos setenta mil duros.

--No es despreciable la suma.

--Verdad que no? Luego sorprend al bandido Cullar, despus a su
asociado Carvajal y por fin a su amigo Felipe Irzabal, sin mentar
algunos secuaces de Jurez a quienes su mala estrella coloc en mi
camino.

--En resumen, dijo Miramn, el total de esos encuentros asciende a...

--Ms de novecientos mil duros; los guerrilleros del ntegro Jurez
saben tundir, obran a sus anchas y se aprovechan para enriquecerse
grandemente en este ro revuelto; en resumen, le traigo a V. un milln
doscientos mil duros que sern conducidos ac antes de una hora, a lomo
de mula, y podr V. ingresarlos en su tesoro.

--Pero esto es magnfico! exclam Miramn.

--Se hace lo que se puede, general, repuso don Adolfo.

--Demontre, si todos mis amigos recorriesen el campo con tan buenos
resultados, pronto me vera rico y en estado de sostener vigorosamente
la guerra; por desgracia no sucede as, pero esta cantidad aadida a
la que he logrado procurarme por otro lado, forman una suma bastante
redonda.

--De qu otra cantidad est V. hablando, general? Ha hallado V.
dinero?

--S, respondi con cierta vacilacin el presidente; un amigo mo,
agregado a la embajada espaola, me ha sugerido un medio.

Don Adolfo dio un brinco cual si le hubiese mordido una serpiente.

--Clmese V., amigo mo, dijo Miramn con viveza; s que es V. enemigo
del duque; sin embargo, ste, desde que se encuentra en Mjico, me ha
prestado importantes servicios.

El aventurero, que estaba plido y sombro, no respondi palabra. En
cuanto a Miramn, leal como era y sintiendo necesidad de disculparse
de una mala accin hija nicamente de la apurada situacin en que se
encontraba, continu:

--Despus de la derrota de Silao y cuando todo me abandonaba a la vez,
el duque ha logrado hacerme reconocer por el gobierno de Espaa, lo que
no puede V. negar me ha sido utilsimo.

--No digo que no, general. Oh Dios! luego es cierto lo que me han
dicho?

--Y qu le dijeron a V.?

--Que ante la obstinada negativa del clero y del alto comercio de
prestarle a V. ayuda y reducido al ltimo extremo, haba tomado V. una
determinacin terrible.

--Es cierto, contest el presidente bajando la cabeza.

--Pero tal vez no sea demasiado tarde todava; con el dinero que le
traigo ha cambiado su situacin de V., y si V. lo consiente, voy...

--Escuche V., dijo Miramn asiendo del brazo a su amigo.

En esto se abri la puerta.

--No he prohibido que se me moleste? dijo el presidente al ujier que
estaba inmvil e inclinado delante de l.

--El general Mrquez, excelentsimo seor, respondi el ujier con la
mayor impasibilidad.

Miramn se estremeci, le subi al rostro un ligero rubor y dijo:

--Que entre.

El general Mrquez se present en el gabinete.

--Y bien? le pregunt el presidente.

--Ya est, respondi lacnicamente el general; el dinero ha ingresado
en el tesoro.

--Qu sucedi? repuso Miramn con imperceptible temblor en la voz.

--Vuecencia me envi orden para que con una fuerza respetable me
dirigiera a la legacin de S. M. britnica, exigiese del representante
ingls la entrega inmediata de los fondos destinados a pagar a los
tenedores de bonos de la deuda inglesa, y les hiciese observar que en
las circunstancias actuales vuecencia necesitaba de dicha cantidad para
poner la ciudad en estado de defensa; adems, en nombre de vuecencia le
empe mi palabra de que le restituira la mentada cantidad, que slo
deba ser considerada como un prstamo por algunos das, ofrecindole,
por otra parte, concertar con vuecencia la forma del pago en el modo
que a l ms le pluguiese. A todas mis observaciones, el representante
ingls se limit a responder que el dinero no le perteneca, que
no era sino el depositario responsable de l y que le era imposible
soltarlo. Yo, conociendo que todas mis observaciones iban a estrellarse
ante una resolucin inquebrantable, despus de una hora de plticas
intiles resolv llevar a cabo la ltima parte de las rdenes que
me haban sido transmitidas: as pues, orden a mis soldados que
rompiesen el sello oficial y las cajas de la legacin y me apoder de
todo el dinero que en ellas haba, cuidando empero de hacerlo contar
por dos veces y ante testigos, para que constase de un modo indudable
el importe total de la cantidad que me apropiaba, a fin de devolverla
ntegra ms adelante. El dinero que me llev y se encuentra ya en
palacio, asciende a un milln cuatrocientos mil duros.

Despus de esta narracin sucinta, el general Mrquez se inclin como
hombre que est convencido de haber cumplido con su deber y que espera
las gracias.

--Y el representante ingls, qu hizo Entonces? pregunt el presidente.

--Despus de haber protestado arri su pabelln, y seguido de todo el
personal de la legacin abandon la ciudad, declarando que rompa toda
clase de relaciones con el gobierno de vuecencia, y que ante el inicuo
acto de expoliacin de que acababa de ser vctima, que as se expres,
se retiraba a Jalapa, en cuyo punto aguardar las nuevas instrucciones
del gobierno britnico.

--Est bien, general, le doy a V. las gracias; ya tendr el honor de
hablar ms extensamente con V. dentro de un instante.

Mrquez salud y se retir.

--Ya lo ve V., amigo mo, dijo el presidente a don Adolfo, es demasiado
tarde para devolver el dinero.

--S, por desgracia el mal es irremediable.

--Qu me aconseja V.?

--General, respondi don Adolfo, se encuentra V. en el fondo de un
precipicio; su ruptura de V. con Inglaterra es la desdicha ms grande
que poda acaecerle en las presentes circunstancias; necesita V. vencer
o morir.

--Vencer! exclam fogosamente Miramn.

--Dios lo quiera, repuso el aventurero con tristeza y levantndose,
porque solamente la victoria puede absolverle a V.

Se levant.

--Se va V. ya? pregunt el presidente.

--Es preciso; no debo hacer que traigan a palacio el dinero que yo a
lo menos he quitado a los enemigos de vuecencia?

Miramn baj tristemente la cabeza.

--Perdneme V., general, dijo don Adolfo, he hecho mal al hablar de
esta suerte; acaso no s por propia experiencia que la desgracia es
mala consejera?

--No tiene V. nada que pedirme?

--S, seor, una firma en blanco.

--Tome V., dijo Miramn satisfaciendo inmediatamente los deseos del
aventurero; y dgame, volver a verle a V. antes de su salida de la
capital?

--S, general; pero permtame dos palabras ms.

--Diga V.

--Desconfe V. del duque espaol; ese hombre le vende.

Y despidindose del presidente, don Adolfo abandon la estancia.




XIV


LA CASA DEL ARRABAL


A la puerta del palacio el aventurero hall su caballo, al que un
soldado sujetaba por las bridas, y subindose inmediatamente sobre la
silla, tir una moneda al asistente, atraves de nuevo la plaza Mayor y
se intern en la calle de Tacuba.

A eso de las nueve de la maana las calles estaban henchidas de
viandantes, jinetes, coches y carretas que iban, venan y se cruzaban
en todas direcciones; en una palabra, la ciudad ofreca el animado
aspecto de las capitales, el febril movimiento propio de los momentos
crticos. En los semblantes de todos se reflejaba la turbacin, todas
las miradas traducan el recelo, todos hablaban en voz baja, todos
vean un enemigo en el inofensivo extranjero que el acaso les pona en
su camino.

Don Adolfo, mientras avanzaba rpidamente al travs de las calles, no
dejaba de observar lo que ocurra en torno suyo; aquella zozobra mal
disimulada, aquella creciente ansiedad de la poblacin, no le pasaron
inadvertidas. Realmente devoto del general Miramn, cuyo carcter
magnnimo, vastos planes y sobre todo el deseo real de labrar la
ventura de su patria le haban cautivado, don Adolfo experiment un
pesar ntimo, profundo, al ver aquel abatimiento general del pueblo,
la defeccin de ste hacia el nico hombre que en aquellos momentos, de
verse lealmente sostenido, poda haber salvado a Mjico del gobierno
de Jurez, es decir, de la anarqua organizada por el terrorismo del
sable. Don Adolfo continu adelante, al parecer sin ocuparse en lo que
haca y deca en torno de l la gente agrupada en el umbral de las
puertas, en la entrada de las tiendas y en las esquinas, grupos en los
cuales no se hablaba sino de la ocupacin de los bonos de la Convencin
inglesa por el general Mrquez, en virtud de una orden perentoria del
presidente de la repblica, ocupacin apreciada de mil modos distintos.

Sin embargo, don Adolfo, al penetrar en los arrabales encontr ms
tranquila a la poblacin; y es que en ellos an no haba cundido la
noticia y los que la saban denotaban hacer poqusimo caso de ella o
tal vez hallaban muy en su lugar aquel acto arbitrario del poder.

Don Adolfo comprendi perfectamente el contraste: los vecinos de los
arrabales, pobres casi todos ellos, pertenecan a la clase ms nfima
de la poblacin y por lo tanto eso se les daba de una accin cuyas
consecuencias no podan alcanzarles y de la que slo deban salir
perjudicados los comerciantes ricos de la ciudad.

Una vez cerca de la Garita o Puerta de Beln, don Adolfo se detuvo
delante de una casa aislada, de modesta aunque no pobre apariencia y
cuya puerta estaba cuidadosamente cerrada.

Al ruido de los pasos del caballo se entreabri una ventana, del
interior de la casa parti un grito de alegra, y poco despus se abri
de par en par la puerta, por la que entr el jinete.

Don Adolfo atraves el zagun y penetr hasta un patio, donde se ape y
arrend su caballo a una argolla empotrada en el muro.

--Por qu toma V. esta precaucin, don Jaime? pregunt con voz suave y
melodiosa una seora saliendo al patio; acaso tiene V. la intencin de
dejarnos tan pronto?

--Hermana ma, respondi don Adolfo o don Jaime, tal vez no me sea
dable permanecer sino muy poco tiempo aqu a pesar de mi ardiente deseo
de conceder a V. muchas horas.

--Bien, bien, hermano, profiri la seora; pero por s o por no deje V.
que Jos conduzca el caballo al corral donde estar ms bien que no en
el patio.

--Como a V. le plazca, hermana.

--Ha odo V., Jos? dijo la seora a un criado anciano; conduzca V. al
Moreno al corral, estrguelo V. cuidadosamente y chele doble pienso de
alfalfa. Y volvindose a don Adolfo y tomndole el brazo, aadi: venga
V., hermano mo.

Don Jaime, que as le llamaremos ahora, no hizo objecin alguna, y
ambos penetraron en la casa.

El aposento en el cual entraron era un comedor sencillamente amueblado,
aunque con el gusto y limpieza que denotan un cuidado asiduo, y en la
mesa haba tres cubiertos.

--Almuerza V. con nosotros no es verdad, hermano?

--Con sumo placer, respondi don Jaime, pero ante todo, hermana,
dmonos un abrazo e infrmeme de mi sobrina.

--Estar aqu dentro de un momento; en cuanto a su primo est ausente,
no lo sabe V.?

--Crea que haba regresado.

--Todava no; como a V., nos tiene en zozobra el muchacho, pues lleva
una vida muy misteriosa; se va sin decir a dnde, y tras una ausencia,
a menudo muy larga, regresa sin manifestar de dnde viene.

--Paciencia, Mara, paciencia, profiri don Jaime con voz un tanto
triste; ya sabe que trabajamos para V. y para su hija. Pronto va a
aclararse todo, as lo espero.

--Dios lo quiera, don Jaime; pero en esta casita nos encontramos por
dems solas e intranquilas; el pas est en un estado deplorable
de trastorno, los caminos estn infestados de bandoleros, y de
consiguiente vivimos en un ay temerosas de que V. o don Esteban no
caigan en manos de Cullar, de Carvajal o del Rayo, desalmados bandidos
respecto de quienes omos espantosos relatos todos los das.

--Tranquilcese V., hermana; Cullar, Carvajal y aun... el Rayo, repuso
sonriendo don Jaime, no son tan terribles como quiere suponer la gente;
por lo dems, no reclamo de V. sino un poco de paciencia: antes de un
mes, se lo repito, habr cesado todo misterio y cada cual recibido lo
que en justicia le corresponda.

--Justicia! murmur doa Mara dando un suspiro; acaso esa justicia
me devolver mi dicha prdida, mi hijo?

--Hermana, respondi con solemnidad don Jaime, por qu dudar del poder
de Dios? Espere V.

--Ay! don Jaime: comprende V. bien el alcance de esta palabra? Sabe
V. lo que significa decir a una madre que espere?

--Mara, dijo don Jaime, necesito repetir que V. y su hija son los
nicos lazos que me unen a la vida, que les he ofrecido la ma entera,
sacrificando, para verlas a Vds. dichosas un da, vengadas y repuestas
en la elevada categora de que debieran no haber descendido, todos
los goces de la familia y todas las excitaciones de la ambicin? Si
no estuviese a punto de conseguir el fin que desde hace tantos aos
persigo con tanta perseverancia y con tanta obstinacin, me vera V.
tan tranquilo y resuelto? Acaso ha olvidado V. quin soy, o ha perdido
ya la confianza en m?

--Oh! no, confo en V., hermano mo, exclam Mara echando los
brazos al cuello de don Jaime; pero por eso mismo vivo en continua
zozobra, aun en los instantes en que me dice usted que espere, porque
s que nada hay que pueda detenerle, ni valla que V. no derribe, ni
peligro que no arrostre, y temo verle sucumbir en esta lucha insensata
sostenida slo en mi provecho.

--Y en pro de la honra de nuestro apellido, hermana ma, profiri don
Jaime; no lo olvide usted, a fin de devolver a un blasn ilustre su
empaado brillo; pero volvamos la hoja; ah viene mi sobrina; de cuanto
acabamos de decir no se acuerde V. sino de una sola palabra: espere V.

--Oh! gracias, gracias, hermano mo, dijo Mara abrazndole otra vez.

--To, mi buen to, dijo en este instante una joven abriendo una puerta
y encaminndose apresuradamente al encuentro de don Jaime, quien le
llen de besos las mejillas; por fin ha llegado V., bienvenido sea.

--Qu es eso, Carmen, hija ma? pregunt cariosamente don Jaime a la
joven; tiene V. los ojos enrojecidos, est V. plida. Ha llorado usted?

--No es nada, to, una tontera de mujer nerviosa y turbada. No viene
con V. Esteban?

--No, respondi don Jaime con displicencia; no vendr hasta dentro de
algunos das; pero goza de perfecta salud, aadi, cruzando una mirada
de inteligencia con doa Mara.

--Le ha visto V.?

--Pues no! apenas hace dos das, y aun yo me tengo algo la culpa de su
retardo, pues insist para que todava no se venga, ya que necesito de
l all abajo; pero no almorzamos? literalmente estoy pereciendo de
hambre.

--S, al instante, slo aguardbamos a Carmen; ea! a la mesa, dijo
doa Mara tocando un timbre, a cuyo son compareci el mismo criado que
condujera al caballo de don Jaime al corral.

--Puedes servir, Jos, dijo doa Carmen al anciano.

Los tres se sentaron en torno de la mesa y dieron principio al almuerzo.

Vamos a trazar a vuela pluma el retrato de las dos seoras a quienes
las exigencias de nuestro relato nos han obligado a presentar en escena.

La primera, doa Mara, de porte noble, graciosos modales y suave
y triste sonrisa, era todava hermosa por ms que sus facciones,
marchitas y fatigadas, ostentasen marcadas huellas de grandes dolores.
De cuarenta y dos aos apenas, estaba ya completamente cana y su
cabellera formaba singular contraste con sus negras cejas y con sus
ojos vivos y brillantes, que respiraban la fuerza y la juventud.

Doa Mara vesta de riguroso luto y su traje le daba una apariencia
religiosa y asctica.

Su hija, doa Carmen, tena a lo ms veintids aos y era hermosa como
su madre, de la que era el retrato viviente, lo haba sido a su edad.
Todo en ella era gracioso y lindo; su voz tena modulaciones de armona
extraordinaria, su pura frente respiraba el candor y de sus grandes
y negros ojos, coronados de cejas al parecer trazadas con un pincel
y rodeados de largas y sedosas pestaas; emanaba una mirada suave y
hmeda, impregnaba de singular atractivo.

El traje de Carmen era por dems sencillo: se compona de un vestido de
muselina blanca ceido a la cintura con una ancha cinta azul y de una
toca de blondas.

Tales eran las dos damas.

A pesar de la indiferencia que finga, el aventurero don Jaime estaba
visiblemente inquieto y receloso; en ocasiones permaneca con el
tenedor levantado olvidndose de llevarlo a la boca y pareciendo
prestar odo atento a ruidos perceptibles solamente para l; otras
veces se sumerga en una divagacin tan profunda, que su hermana o
su sobrina se vean obligadas a volverle a la realidad dndole un
golpecito.

--Oh! a V. le pasa algo, hermano mo, no pudo menos de decirle doa
Mara.

--S, aadi la doncella, esta preocupacin no es natural, to mo,
nos preocupa. Qu tiene?

--Yo, nada, les aseguro, contest l.

--To, nos esconde algo.

--Est equivocada, Carmen, no le estoy escondiendo nada, que me sea
personal al menos; pero en este momento, existe una agitacin tan
fuerte en el pueblo, que le admito francamente que temo un catstrofe.

--Vendr tan pronto, entonces?

--Oh! No lo creo; slo que tal vez habr ruido, reuniones, qu s yo?
Le aconsejo seriamente, si no es absolutamente obligatorio, de no salir
de casa hoy.

--Oh! Ni hoy, ni maana, hermano mo, contest doa Mara, tiene mucho
tiempo ya que no salimos, con excepcin de ir a misa.

--Tampoco para ir a misa, a partir de ahora y por algn tiempo, hermana
ma, creo que sera imprudente arriesgarse en las calles.

--El peligro es tan grande? pregunt ella con inquietud.

--S y no, hermana ma, estamos en un momento de crisis donde un
gobierno est a punto de caer y de ser reemplazado por otro; usted
entiende, no cierto, que el gobierno que cae es impotente hoy de
proteger a los ciudadanos; sin embargo, l que lo reemplazar an
no tiene ni el poder ni la voluntad sin duda, de vigilar sobre la
seguridad pblica, as que, en una circunstancia como sta, lo ms
sabio es de protegerse a s mismo.

--En verdad, me espanta, hermano mo.

--Dios mo, to, qu pasar con nosotras? exclam doa Carmen
juntndose las manos con temor; esos mexicanos me dan miedo, son
verdaderos brbaros.

--Tranquilcese, no son tan malos como usted lo supone; son nios
traviesos, mal criados, peleadores, y es todo; pero al fondo, tienen
buen corazn; les conozco desde mucho tiempo, y yo respondo por sus
buenos sentimientos.

--Pero usted sabe, to, el odio que nos tienen, a nosotros los
espaoles.

--Malamente, estoy de acuerdo que nos hacen llevar con el mal del
cual acusan a nuestros padres de haberles hecho, y que nos odian
cordialmente, pero ignoran que ustedes y yo somos espaoles, las creen
hijas del pas, lo que es para ustedes una garanta; por lo de don
Esteban, pasa por peruviano, y yo, todos estn convencidos que soy
francs; entonces pueden ustedes ver bien que el peligro no es tan
grande como lo suponen, y que en no cometer imprudencias, no tienen
nada, por lo pronto, que temer, de todos modos, no se quedan sin
protectores, no las dejar solas en esta casa con un viejo domstico,
cuando hay un catstrofe tan cerca; as que sean tranquilas.

--Se va a quedar con nosotras, to?

--Sera con gran placer, mi querida nia; malamente, no me atrevo
prometrselo, me temo que me sea imposible.

--Pero, to, cules son esos asuntos tan importantes?

--Silencio, curiosa, deme un poco de fuego para prender mi cigarro, no
s que he hecho con mi mechero.

--Tome V., dijo Carmen dando un fsforo a su to; siempre emplea V. las
mismas argucias para cambiar la conversacin; es V. muy feo.

Don Jaime se ech a rer, y sin replicar a su sobrina encendi el
cigarro. Luego, al cabo de unos segundos, dijo:

--A propsito, ha venido alguien del rancho?

--S, hace unos quince das Loick y Teresa, su mujer, nos trajeron
algunos quesos y dos odres de pulque.

--Dijeron algo del Arenal?

--No, en la hacienda no ocurra novedad.

--Mejor.

--Loick slo habl de un herido.

--Ah! y qu dijo?

--No lo recuerdo bien.

--Yo s lo recuerdo, repuso doa Carmen. En cuanto vea V. a su to,
seorita, me dijo Loick, srvase decirle que el herido que haba
mandado depositar en el subterrneo bajo la guarda de Lpez, se ha
aprovechado de la ausencia de ste para escaparse, y que a pesar de
todas nuestras pesquisas nos ha sido imposible dar de nuevo con l.

--Maldicin! exclam don Jaime reventando en ira. Ah! por qu ese
necio de Domingo no le dej morir como una bestia fiera? Ya me presum
que esto concluira de un modo semejante.

Pero al notar la sorpresa que se pint en el semblante de las dos damas
al orle proferir tales palabras, don Jaime se call, y simulando la
ms absoluta indiferencia, pregunt con la voz ms natural del mundo:

--Nada ms?

--Nada ms, respondi la joven, y por cierto que Loick me recomend
eficazmente que no me olvidase de decrselo a V.

--No vala la pena, repuso don Jaime; pero lo mismo da, querida nia,
gracias; y levantndose de la mesa, aadi: ahora me veo obligado a
dejarlas a Vds.

--Ya! profirieron doa Mara y doa Carmen abandonando con viveza sus
respectivas sillas.

--Es preciso. A lo menos que sobrevengan acontecimientos imprevistos,
esta noche estoy citado para un sitio muy distante de aqu; pero como
no me sea dable volver tan pronto como espero, ya cuidar de que me
sustituya don Esteban, a fin de que no queden Vds. sin protectores.

--Ah! ser muy distinto, repuso doa Mara.

--Gracias; pero antes de separarnos hablemos un poco de negocios; han
acabado Vds. el dinero que les di la ltima vez que nos vimos?

--No gastamos mucho, hermano, respondi doa Mara, sino que vivimos
con grande economa; nos queda todava bastante.

--Mejor, hermana, siempre es preferible que sobre; as pues, como en
este momento estoy rico, me he reservado para Vds. unas sesenta onzas
de cuyo peso les ruego me aligeren.

Y metiendo la mano en los bolsillos de su dolmn, don Jaime sac una
larga bolsa de seda encarnada, al travs de cuyas mallas se vea
brillar el oro.

--Esto es demasiado, hermano, qu quiere usted que hagamos con tanto
dinero?

--Lo que a Vds. les plazca, hermana; esto no me incumbe. Tomen, tomen.

--Ya que V. lo exige.

--Puede que Vds. hallen cuarenta o cincuenta onzas ms de las que he
dicho, repuso don Jaime; vayan para alfileres para V. y para Carmen,
pues quiero que sta pueda ponerse elegante cuando se le antoje.

--Qu bueno es V., to! profiri la doncella; estoy segura de que V.
se sujeta a privaciones por nosotras.

--Esto no le atae a V., seorita, replic don Jaime; lo que yo quiero
es verla a V. hermosa; su deber de sobrina sumisa, es obedecerme, sin
permitirse hacer observacin alguna; ea! denme Vds. un abrazo y adis;
me he entretenido ya demasiado.

Las dos damas le siguieron hasta el patio, donde le ayudaron a ensillar
al Moreno, al cual doa Carmen daba terrn de azcar tras terrn
mientras le acariciaba, a lo que el noble animal pareca estar muy
agradecido.

En el momento en que don Jaime daba al anciano criado orden de que
abriese la puerta, se oy en la parte de afuera el precipitado galopar
de un caballo, y poco despus repetidos golpes en aqulla.

--Quin ser? dijo don Jaime avanzando resueltamente hacia el zagun.

--To! hermano! gritaron a una las dos damas, intentando detenerle.

--Soltad, dijo don Jaime inmovilizando con una mirada a su hermana y a
su sobrina; sepamos quin es. Y llegando hasta la puerta, grit: Quin
vive?

--Amigo, respondieron desde la calle.

--Es la voz de Loick, dijo el aventurero, abriendo la puerta.

--Alabado sea Dios! profiri el ranchero entrando y al conocer a don
Jaime, pues l hace que d con V.

--Qu ocurre? pregunt con viveza el aventurero.

--Una gran desgracia, respondi Loick, la hacienda del Arenal ha cado
en manos de la pandilla de Cullar.

--Demonios! exclam don Jaime, palideciendo de clera. Y desde cundo?

--Desde hace tres das.

Don Jaime asi del brazo a Loick, se lo llev al interior de la casa, y
le pregunt:

--Tienes hambre? sed?

--Tanto me apremiaba el llegar, respondi el ranchero, que hace tres
das que no como ni bebo.

--Descansa y come, repuso don Jaime; luego me contars lo ocurrido.

Las dos damas se apresuraron a colocar delante del ranchero pan, carne
y pulque.

Mientras Loick tomaba el alimento de que tan premiosa necesidad senta,
don Jaime se paseaba descompasadamente de un extremo al otro del
comedor.

Se nos olvidaba decir que las dos damas se haban retirado
discretamente a una seal de su deudo, dejndolo a solas con Loick.

--Has concluido? pregunt el aventurero, al ver que su interlocutor
haba dejado de comer.

--S, respondi el ranchero.

--Ahora te sientes con fuerzas para contarme como ha sucedido la
catstrofe?

--Estoy a sus rdenes, seor.

--Di pues, te escucho.

El ranchero, despus de haber apurado su ltimo vaso de pulque para
aclararse la voz, empez su relato.




XV


DON MELCHOR


Vamos nosotros a suplir con el nuestro el relato del ranchero, quien,
por otra parte, ignoraba muchas particularidades, ya que no conoca
lo ocurrido sino de odas. Para ello nos es preciso retroceder al
momento preciso en que Oliverio, porque el lector indudablemente le ha
adivinado en don Jaime, se separ de doa Dolores y del conde a unas
dos leguas del Arenal.

Doa Dolores y los que le acompaaban no llegaron a la hacienda hasta
poco antes de ponerse el sol.

Don Andrs, inquieto por tan largo paseo, les recibi con muestras
del gozo ms vivo; pero vindoles como les haba visto a lo lejos
acompaados de Len Carral, se haba tranquilizado.

--No permanezca V. por tanto tiempo fuera de la hacienda, seor conde,
dijo a Luis don Andrs con solicitud verdaderamente paternal; comprendo
el placer que halla V. en galopar en compaa de la atolondrada
Dolores, pero como no conoce esta tierra, puede extraviarse. Dems,
en estos momentos los caminos estn infestados de merodeadores
pertenecientes a todos los partidos que dividen esta desgraciada
repblica, y a estos pcaros tanto les da disparar un tiro contra un
hombre como dispararlo sobre un coyote.

--Me parece que V. exagera, seor, replic Luis; hemos dado un
magnfico paseo sin que nada sospechoso haya venido a turbarlo.

Hablando de esta suerte se encaminaron al comedor, donde les estaba
aguardando la comida.

sta fue silenciosa como de costumbre; la nica diferencia que se
notaba era que pareca haber desaparecido la indiferencia entre doa
Dolores y Luis, pues realmente sostuvieron una animada conversacin, lo
que hasta entonces no haba acontecido.

Don Melchor estuvo hosco y compasado como siempre y comi sin despegar
los labios; no obstante, dos o tres veces y admirado sin duda de la
buena armona que pareca reinar entre su hermana y el francs, se fij
en ellos, mirndoles con expresin singular; pero los jvenes fingieron
no reparar en l y continuaron su conversacin a media voz.

Don Andrs estaba radiante de gozo, y arrastrado por la grata sensacin
que experimentaba, hablaba en alta voz, interpelaba a todos y beba y
coma como un hambriento.

Al levantarse de la mesa y en el instante de despedirse, don Luis
detuvo al anciano, dicindole:

--V. dispense, podra escuchar dos palabras?

--Me tiene V. a sus rdenes, respondi don Andrs.

--No s como explicarme, seor, repuso el conde: temo haber obrado con
alguna ligereza y cometido una falta contra los deberes sociales.

--Usted! exclam don Andrs sonriendo; bah! permtame que le diga que
no le creo.

--Le agradezco a V. el buen concepto en que me tiene; con todo, debo
hacerle a V. juez de mi conducta.

--Si es as, explquese V.

--El caso es el siguiente: habiendo determinado dirigirme directamente
a Mjico, pues ya sabe V. que yo ignoraba su presencia aqu...

--En efecto, interrumpi el anciano; prosiga usted.

--Pues bien, continu Luis, ignorando, como he dicho, su presencia
de V. en la hacienda, haba escrito a uno de mis ntimos amigos,
agregado a la legacin francesa, primeramente para notificarle mi
llegada y en segundo lugar para que me hiciese el favor de buscarme
habitacin. Ahora bien, el amigo ese, llamado el barn Carlos de
Meriadec y perteneciente a la ms calificada nobleza de Francia, acogi
favorablemente mi encargo y se dispuso a satisfacerlo. En esto supe
que viva V. en esta hacienda, y como V. tuvo la exquisita amabilidad
de ofrecerme hospitalidad en ella, escrib inmediatamente al barn
dicindole que suspendiese todas sus gestiones, ya que era ms que
probable que yo me quedara aqu durante un largo espacio de tiempo.

--Al aceptar V. mi hospitalidad, seor conde, me dio una prueba de
amistad y de confianza, de que le estoy agradecidsimo.

--Crea que todo estaba terminado respecto del particular, cuando
esta maana recib una carta en la cual el barn me participa haber
obtenido licencia y su resolucin de pasar en mi compaa los das de
asueto que le han concedido.

--Ah! caramba! exclam gozosamente don Andrs, buena est la idea, y
por ella le dar las gracias a su amigo de V.

--As pues no le parece desempachado el barn?

--Qu est V. diciendo? interrumpi con viveza don Andrs; por
ventura no es V. casi casi mi yerno?

--Pero todava no lo soy, seor.

--Gracias a Dios lo ser V. pronto. As pues, aqu se encuentra V. en
su casa, y por lo tanto es libre de recibir a sus amigos.

--Aun cuando fuesen mil, dijo con sonrisa sardnica don Melchor, que
estaba escuchando esta conversacin.

El conde fingi creer en la buena intencin del joven y le respondi
inclinndose:

--Le agradezco a V. que en la presente circunstancia una su voz a la de
su padre; esto me prueba la bien querencia que se digna V. demostrarme
cada vez que se le ofrece coyuntura.

Don Melchor comprendi el sarcasmo que esconda la respuesta de don
Luis, y haciendo un fro saludo se retir murmurando algunas palabras
incoherentes.

--Y cundo llega el barn de Meriadec? pregunt don Andrs.

--Ya que es preciso hablar claro, respondi el conde, maana por la
maana.

--Mejor. Y es joven?

--Poco ms o menos de mi edad: lo nico que hay es que habla muy mal
el castellano y apenas si lo comprende.

--Ya hallar aqu con quien hablar en francs, dijo el anciano; hizo V.
bien en advertirme; de no nos hubiera cogido desprevenidos. Esta tarde
misma voy a dar orden de que le preparen habitacin.

--Sentira en el alma, repuso el conde, ocasionarle a V. la ms pequea
molestia.

--No se apure V. por esto; gracias a Dios nos sobra sitio, y hallaremos
fcilmente donde instalarle con toda comodidad.

--Me he explicado mal, seor; conozco la esplndida hospitalidad de
V. Lo que yo quera decir es que me parece convendra que el barn se
instalase en mis propias y holgadas habitaciones para que mis criados
pudiesen servirle.

--Pero eso va a molestarle a V. mucho!

--Al contrario; mis habitaciones tienen ms piezas que no necesito, y
l puede instalarse en una; de este modo podremos hablar los dos con
entera libertad cuando nos guste. Hace dos aos que no nos hemos visto
y por lo tanto tenemos que hacernos muchas confidencias.

--V. lo exige, seor conde?

--Me encuentro en su casa de V. y por lo tanto nada puedo exigir,
respondi Luis; lo que solicito es un favor.

--Pues se har segn sus deseos, repuso don Andrs; esta tarde misma
quedar dispuesto todo.

Luis se despidi de don Andrs y se retir a sus habitaciones;
pero casi en pos de l penetraron dos peones cargados de muebles,
quienes en un abrir y cerrar de ojos transformaron el saln en cmodo
dormitorio.

Una vez a solas con su ayuda de cmara, el conde puso a ste al
corriente de lo que deba saber para desempear su papel sin ocurrir en
equivocaciones, ya que haba concurrido a la cita y visto a Domingo.

A eso de las nueve de la maana del da siguiente, el conde recibi
aviso de que un jinete vestido a la europea y seguido de un arriero
que conduca dos mulas cargadas de maletas y cofres se acercaba a la
hacienda.

Luis, que ni por un segundo sospech que no fuese Domingo el viajero de
que acababan de hablarle, se levant y se apresur a acudir a la puerta
de la hacienda, en la que ya se encontraba don Andrs a fin de hacer
los honores de su casa al extranjero.

El conde no dejaba de experimentar alguna zozobra respecto del modo
como el vaquero llevara el traje europeo, tan mezquino y estrecho y
por lo mismo tan difcil de llevar con garbo; pero al ver al gallardo
y hermoso joven, que avanzaba gobernando primorosamente a su caballo
y ostentando en toda su persona un incontestable sello de distincin,
se tranquiliz al punto. Sin embargo, se le acudi una nueva duda, y
es que le pareca imposible que aquel elegante jinete fuese el hombre
mismo a quien viera el da anterior y cuyos modales francos pero
ligeramente triviales le haban inspirado el temor de que no iba a
desempear satisfactoriamente el papel que le confiaran; mas no tard
en quedar convencido de que realmente era Domingo quien se encontraba
en su presencia.

Los dos jvenes se abrazaron con muestras de amistad la ms sincera, y
luego Luis present a su amigo a don Andrs.

El hacendero, satisfecho de la elegancia y distincin del joven, le
acogi cordialsimamente; luego el conde y el barn se retiraron
seguidos del arriero, que no era otro que el ranchero Loick.

Descargadas las mulas y colocadas ya las cajas y las maletas en las
habitaciones del conde, el barn, que as le llamaremos por ahora, dio
una cuantiosa propina al arriero, que se deshizo en bendiciones, y se
volvi rpidamente con sus mulas temeroso de encontrarse con algn
conocido en la hacienda.

Una vez a solas los dos jvenes, colocaron a Raimbaut de centinela
en la antesala, a fin de no verse sorprendidos, y retirndose al
dormitorio del conde dieron comienzo a una larga y seria conversacin,
durante la cual Luis puso al corriente al barn, trazndole una como
biografa de las personas entre las cuales iba a vivir durante algn
tiempo; extendindose en particular respecto de don Melchor, de quien
le aconsej desconfiase, y recomendndole que no echase en olvido que
no saba sino una que otra palabra castellana y que apenas comprenda
esta lengua; ste era punto esencialsimo.

--He vivido mucho tiempo entre los cobrizos, respondi el joven, y he
aprovechado sus lecciones; V. mismo va a quedar sorprendido del primor
con que desempear mi comisin.

--Le confieso a V. que ya lo estoy, repuso el conde; ha superado V. mis
esperanzas.

--V. me lisonjea, seor, dijo el joven; pero no tema, procurar
merecer siempre su aprobacin.

--Pero ahora caigo en ello, mi querido Carlos, dijo Luis sonriendo;
somos antiguos compaeros de colegio.

--Qu! repuso en el mismo tono el barn, si nos conocemos de
chiquitines.

--Y no le parece a V. que en este caso debemos tutearnos?

--Evidentemente; la perfeccin de nuestros papeles lo exige.

--Corriente, yo te tuteo y t me tuteas.

--Pues no faltaba ms! dos amigos como nosotros no tutearse?

Los dos jvenes se estrecharon cordialmente las manos, riendo como
colegiales en vacaciones.

De esta suerte se desliz parte del da sin otro incidente que la
presentacin del barn Carlos de Meriadec, por su amigo el conde Luis
del Saulay, a doa Dolores y al hermano de sta don Melchor de la Cruz,
doble presentacin en la que el extranjero se port como comediante
consumado.

Doa Dolores respondi con una graciosa y alentadora sonrisa al
cumplido que el joven crey de su deber dirigirla.

En cuanto a don Melchor, se limit a hacerle una muda reverencia,
mientras le diriga una mirada hosca.

--Jum! dijo el barn una vez a solas con el conde, ese don Melchor me
produce el efecto de ser un mal bicho.

--Abundo en la misma opinin, contest sin ambages el conde.

A eso de las tres de la tarde doa Dolores mand a preguntar a los dos
jvenes si queran dispensarle la honra de hacerla compaa por unos
instantes, a cuyo ruego accedieron solcitos.

El conde y el barn se cruzaron con D. Melchor, en el patio; pero ste
no les dirigi palabra alguna, y les sigui con la mirada hasta que
hubieron entrado en las habitaciones de doa Dolores.

Se desliz un mes sin que nada viniese a turbar la existencia de los
habitantes de la hacienda del Arenal.

El conde y su amigo salan con frecuencia en compaa del mayordomo, ya
para la caza, ya sencillamente para pasearse, y algunas veces, aunque
muy contadas, junto con doa Dolores.

Ahora que el conde no iba ya solo con ella, la joven tema menos su
presencia, y aun en ocasiones pareca sta serle grata, hasta el
extremo de acoger favorablemente sus galanteras, rerse de sus chistes
y demostrarle la ms omnmoda confianza.

Pero a quien sobre todo demostraba la joven una preferencia marcada,
era al barn, sea porque conocindole no le diese importancia alguna,
ya que, por puro capricho de coquetera femenina, se complaciese en
jugar con aquella naturaleza de la que no sospechaba la indmita
energa y quisiese ensayar en el ingenuo joven el poder de sus hechizos.

Domingo no adverta, o haca que no, ese ardid de doa Dolores; de una
galantera exquisita para con ella, permaneca sin embargo en los
estrictos lmites que se trazara l mismo, no cuidndose de provocar
los celos de un hombre por quien senta una amistad sincera y saba
estaba a punto de casar con la joven.

Por lo que se refiere a don Melchor, su carcter se fue poniendo ms y
ms sombro, sus ausencias se hicieron ms largas y frecuentes, y en
las contadsimas ocasiones en que el acaso le pona en presencia de
los dos jvenes, responda silenciosamente a su saludo, sin dignarse
dirigirles la palabra; definitivamente la repugnancia que de buenas a
primeras sintiera hacia ellos, con el tiempo se haba convertido en
verdadero odio mejicano.

Entre tanto los acontecimientos polticos iban desenvolvindose con
rapidez ms y ms creciente; las tropas de Jurez puede decirse que
eran dueas absolutas del campo; los exploradores de este partido
haban aparecido ya en los alrededores de la hacienda, y se hablaba
vagamente de propiedades espaolas asaltadas, pasadas a saco y
entregadas a las llamas y cuyos dueos haban sido traidoramente
asesinados despus de haber exigido un rescate los guerrilleros.

Grande era la zozobra que reinaba en el Arenal: don Andrs de la
Cruz, a quien su calidad de espaol no le inspiraba confianza alguna
en lo venidero, tomaba las precauciones ms exageradas para no verse
sorprendido por el enemigo, en vista de que don Melchor se haba
obstinado en no abandonar la hacienda y retirarse a Puebla, como l lo
propusiera repetidas veces.

Sin embargo, la tenebrosa conducta que desde que el conde se
encontraba en la quinta guardaba el joven, su empeo en mantenerse
aislado, sus frecuentes y prolongadas ausencias y en primer trmino
las recomendaciones de don Oliverio, cuya desconfianza, indudablemente
haca mucho tiempo despertada por hechos de l solo conocidos, haban
determinado la presencia de Domingo en la hacienda, inspiraban
sospechas al conde, sospechas a las cuales la antipata oculta que
desde el primer da experimentaba por don Melchor daban casi la fuerza
de una certidumbre.

Tras madura reflexin, Luis haba resuelto participar sus recelos a
Domingo y a Len Carral, cuando una noche, a las nueve, al entrar en el
patio, se encontr con don Melchor a caballo, que se encaminaba hacia
la puerta de la hacienda.

El conde se admir de que a hora tan avanzada de una noche sin luna don
Melchor se arriesgase a salir solo por aquellos campos, a riesgo de
caer en una emboscada de los guerrilleros de Jurez, cuyos exploradores
saba l vagaban haca algunos das por los alrededores de la hacienda.

Esta nueva salida del hermano de doa Dolores, completamente inmotivada
en la apariencia, disip las ltimas dudas del conde y le afirm en su
resolucin de tomar inmediatamente consejo de sus dos confidentes.

En esto Len Carral atravesaba el patio, y al or que Luis le llamaba,
se encamin apresuradamente a su encuentro.

--A dnde va V.? pregunt el conde al mayordomo.

--No lo s de fijo, seor, respondi Len; sin atinar por qu, esta
noche me siento ms desasosegado que de costumbre y me sala para
inspeccionar los alrededores de la hacienda.

--Tal vez sea un presentimiento, dijo el conde imaginativo; quiere V.
que le acompae?

--Cuento salir y batir un poco el campo por las cercanas, repuso o
Len Carral.

--Est bien; mande V. que ensillen mi caballo y l de don Carlos y al
instante nos reunimos a V.

--Sobre todo, seor, repuso el mayordomo, no traiga V. consigo criado
alguno; obremos nosotros solos, pues conviene evitar toda probabilidad
de traicin. Tengo un proyecto.

--Corriente, dentro de diez minutos nos tiene con V.

--Hallarn Vds. sus caballos a la puerta del primer patio. No necesito
recomendarles que se armen.

--Nada tema.

El conde entr en sus habitaciones; despus de explicar a Domingo lo
que ocurra, ambos salieron al punto y se reunieron al mayordomo; el
cual, ya montado, les estaba aguardando delante de la puerta de la
hacienda, abierta de par en par.

--Aqu estamos, dijo el conde.

--Partamos, repuso lacnicamente Carral.

El conde y Domingo se subieron sobre sus respectivos caballos, y
salieron sin aadir palabra.

Tras ellos se cerr suavemente la puerta de la hacienda.

Los tres jinetes descendieron al trote largo la pendiente que conduca
al llano.

--Hola! dijo el conde al cabo de un instante, qu significa esto?
acaso vamos montados en caballos espectros que no producen ruido
alguno al marchar?

--Hable V. ms quedo, seor, repuso el mayordomo; probablemente estamos
rodeados de espas; en cuanto a lo que despierta tanto su curiosidad,
no es sino una sencilla precaucin; los cascos de nuestros caballos
estn envuelto en sacos de piel de carnero rellenos de arena.

--Demontre! profiri Luis, entonces nuestra expedicin es secreta.

--S, seor, y por dems importante, repuso Carral.

--Qu ocurre pues?

--Que desconfo de don Melchor.

--Hombre! piense V. que don Melchor es hijo y heredero de don Andrs.

--S, pero su madre era una india zapoteca, de la que no atino por
qu se enamor mi amo, pues no era hermosa, ni buena, ni tena pizca
de entendimiento, y de ella tuvo a don Melchor. La madre muri de
sobreparto, rogando a don Andrs que no abandonase a la pobre criatura;
mi amo se lo prometi, reconoci al hijo y le educ, cual si hubiese
sido legtimo, y aos despus oblig a su esposa a tener al nio junto
a ella. Don Melchor fue pues educado como si realmente hubiese sido
hijo legtimo, tanto ms cuanto doa Luca de la Cruz muri sin haber
dado ms que una nia a su marido.

--Ah! dijo el conde, ahora empiezo a vislumbrar la verdad.

--Todo march a pedir de boca durante muchos aos; don Melchor,
tratado muy bien por su padre, lleg poco a poco a persuadirse de que
a la muerte de don Andrs heredara efectivamente la fortuna de ste;
pero hace cosa de un ao que mi amo recibi una carta, a consecuencia
de la cual tuvo con su hijo una larga y seria conferencia.

--Ya, repuso Luis, dicha carta recordaba a don Andrs el proyecto de
matrimonio estipulado entre mi familia y la suya y al par le notificaba
mi prxima llegada.

--Probablemente, seor, dijo Carral; pero nada de cuanto pas entre
el padre y el hijo traspir; lo nico que todos notamos fue que don
Melchor, que no es alegre ni mucho menos, desde entonces est sombro y
spero, busca siempre la soledad y no habla con su padre sino cuando a
ello se ve obligado. Don Melchor, que no haca sino cortas y contadas
excursiones por el campo, empez a aficionarse a la caza, y emprendi
expediciones que con frecuencia duraban muchos das. La sbita llegada
de V. a la hacienda, cuando indudablemente le animaba todava la
esperanza de no verle nunca, ha aumentado por modo indecible sus malas
disposiciones, y de ah que est yo convencido de que desesperado de
ver como se le escapa para siempre de las manos la herencia que desde
hace tanto tiempo codicia, no vacilar ni siquiera ante el crimen
para apoderarse de ella. Ah, seor, lo que he credo de mi deber
comunicarle; Dios sabe que al hablar no me ha guiado sino la mejor
intencin.

--Ahora me lo explico todo, o Len Carral, dijo el conde, y como V.
estoy persuadido de que don Melchor medita una odiosa traicin contra
el hombre a quien todo lo debe, contra su padre.

--Quieren Vds. saber mi opinin? dijo Domingo; pues bien, yo opino
que, si se presenta oportunidad, haramos una buena obra alojndole una
bala en la cabeza; de este modo libraramos al mundo de un horrible
asesino.

--Amn, repuso el conde riendo.

En esto los tres jinetes llegaron al llano.

--Seor, dijo Len Carral, dirigindose a don Luis, aqu empiezan las
dificultades para llevar a cabo la empresa que intentamos; es preciso
obrar con la mayor prudencia y sobre todo evitar que nuestra presencia
se revele a los invisibles espas que es indudable nos estn acechando.

--Nada tema V., repuso el conde, seremos mudos como peces; pase V.
adelante, nosotros le seguiremos a la moda de los indios cuando caminan
por el sendero de la guerra.

El mayordomo se puso a la cabeza de la fila y los tres empezaron a
avanzar con bastante rapidez por senderos que se entrecruzaban y
habran formado una red intrincada para otro menos conocedor del
terreno que Len Carral.

Como hemos dicho ms arriba, la noche aquella era sin luna y el
firmamento estaba oscuro como la tinta.

En el campo reinaba el ms profundo silencio, slo interrumpido a
largos intervalos por los estridentes gritos de las aves nocturnas.

De esta suerte y sin cruzar palabra los tres jinetes continuaron
avanzando durante media hora, al cabo de la cual el mayordomo se
detuvo y dijo en voz baja:

--Hemos llegado; apense Vds.; aqu estamos seguros.

--Lo cree V. as? pregunt Domingo; durante nuestra marcha me ha
parecido or gritos de aves nocturnas demasiado bien imitados para que
fuesen verdaderos.

--Tiene V. razn, dijo Len Carral; son los centinelas enemigos que
se dan el alerta; nos han venteado; pero gracias a la oscuridad y
a conocer como conozco los vericuetos, por ahora a lo menos hemos
despistado a los que han salido en nuestra persecucin. stos nos estn
buscando en direccin opuesta a la en que nos encontramos.

--Tal me ha parecido tambin a m, profiri Domingo.

El conde escuchaba con avidez, pero en vano, lo que sus compaeros
estaban hablando; para l era puro hebreo; por primera vez en su vida
el acaso le colocaba en una situacin tan singular, y por tanto le
faltaba por completo la experiencia; distante estaba de temer que haba
atravesado todas las avanzadas de un campamento enemigo, pasado a tiro
de pistola de los centinelas emboscados a derecha y a izquierda y tal
vez se haba librado milagrosamente de la muerte un sin fin de veces.

--Seores, dijo el mayordomo, quiten ustedes los sacos a los caballos,
ya no los necesitan; yo entre tanto encender una antorcha de ocote.

Luis y Domingo, que reconocan tcitamente a Carral como jefe de la
expedicin, obedecieron.

--Est? pregunt al cabo de unos instantes el mayordomo.

--S, respondi el conde; pero no vemos pizca; enciende V. la antorcha?

--Ya est encendida, respondi Len; pero sera demasiado imprudente
mostrar aqu la luz; sganme Vds. tirando a sus caballos de las bridas.

Len se puso de nuevo a la cabeza, para guiar a sus compaeros, y los
tres anudaron la marcha, pero esta vez a pie.

A poco brill una luz ante sus ojos, luz que alumbraba lo suficiente
para que aqullos pudiesen ver los objetos que les rodeaban.

Los expedicionarios se encontraban en una gruta natural, abierta en
el fondo de un pasadizo bastante tortuoso para que desde fuera nadie
advirtiese la luz de la antorcha.

--Dnde demonios nos encontramos? pregunt el conde con sorpresa.

--Ya lo ve V., seor, respondi Carral, en una gruta.

--S, repuso Luis; mas para conducirnos aqu deba asistirle a V. una
razn.

--Una me asista, seor, contest el mayordomo, y es que esta gruta
comunica con la hacienda por medio de un subterrneo bastante largo;
subterrneo que tiene muchas salidas al campo y dos en la hacienda.
De estas ltimas, una de ellas slo la conozco yo, y hoy he tapado la
otra; pero temeroso de que don Melchor durante sus carreras por el
campo haya descubierto la gruta sta, he querido venir esta noche para
cerrarla interiormente por medio de una gruesa pared y de esta suerte
evitar que nos sorprendan.

--Muy bien dispuesto, o Len, dijo el conde; cuando V. quiera
pondremos manos a la obra; no faltan piedras.

--Primeramente asegurmonos de que no nos han precedido otros.

--Jum! difcil me parece, profiri Luis.

--Usted cree? repuso Carral con suave irona.

Y tomando la antorcha que haba plantado en un rincn, se inclin hasta
el suelo, pero casi al punto se irgui de nuevo dando un grito de
clera y de rabia.

--Qu hay? exclamaron con ansiedad el conde y Domingo.

--Miren Vds., respondi el mayordomo sealando el suelo.

El conde mir.

--Es demasiado tarde, continu Carral; nos han ganado por la mano.

--Por Dios explquese V., profiri el conde; nada comprendo de cuanto
dice.

--Mira, repuso Domingo mostrando el suelo a don Luis, ves estas
pisadas que van en todas direcciones?

--Y qu?

--Pobre amigo mo! respondi el vaquero, estas pisadas las han impreso
los hombres probablemente conducidos por don Melchor, los cuales han
tomado este camino para introducirse en la hacienda, donde quiz se
encuentran ya a estas horas.

--No, repuso el mayordomo, las huellas son frescas, de pocos minutos.
La delantera que nos han tomado es insignificante, porque una vez hayan
llegado al final del subterrneo se vern precisados a derribar el
muro que yo he construido y que por cierto es robusto; no desmayemos
pues; quiz Dios permita que lleguemos a la hacienda a tiempo. Vengan
Vds., sganme sin tardanza y dejen los caballos. Ah! divina ha sido la
inspiracin que tuve de no lapidar la segunda salida.

Agitando entonces su antorcha para reavivar la llama, el mayordomo
se precipit corriendo hacia una galera lateral, seguido de los dos
jvenes.

El subterrneo suba en pendiente suave; el camino que stos siguieran
para venir a la gruta, daba la vuelta a la colina sobre la cual estaba
asentada la hacienda; adems, les haba sido preciso dar numerosos
rodeos y marchar con circunspeccin, es decir, con bastante lentitud,
temerosos de verse sorprendidos, lo que les absorbiera un espacio de
tiempo considerable; pero ahora era distinto; ahora corran en lnea
recta, y en un cuarto de hora hicieron un camino igual al que, a
caballo, les haba exigido una hora.

Cuando los tres llegaron al jardn de la hacienda, sta estaba
silenciosa.

--Despierten Vds. a sus criados mientras yo toco a rebato, dijo el
mayordomo; quiz salvemos la hacienda.

Y Len se precipit hacia la campana cuyas redobladas vibraciones
despertaron a no tardar a los habitantes de la hacienda que acudieron
inmediatamente al son, medio desnudos y no comprendiendo lo que ocurra.

--A las armas! a las armas! gritaban el conde y sus compaeros.

A don Andrs le pusieron en dos palabras al corriente de la situacin,
y mientras ste haca conducir a su hija a su habitacin bajo la
salvaguardia de criados devotos, y organizaba la defensa cuanto lo
permitan las circunstancias, el mayordomo, seguido del conde y de
Domingo y de los criados del primero, se haba encaminado al jardn.

Luis y doa Dolores no haban cruzado sino contadas palabras.

--Me voy a las habitaciones de mi padre, dijo la joven al conde.

--All ir a reunirme con V.

--Le aguardo, Nadie ms se acercar?

--Se lo juro a V.

--Gracias.

Doa Dolores y el conde se separaron.

Una vez en el jardn, los cinco hombres oyeron claramente los
apresurados golpes que los asaltantes descargaban sobre la pared, y se
emboscaron a tiro de pistola de la salida, detrs de los rboles y de
las flores.

--Para venir de esta suerte a robar a la gente honrada es menester que
esos hombres sean unos bandidos, profiri el conde.

--Que si lo son! repuso con zumba Domingo, pronto va V. a verlos en la
faena de modo que no le quepa a V. duda alguna.

--Entonces mucho ojo, dijo el conde, y recibmosles como se merecen.

nterin, en el subterrneo redoblaban los golpes, y a no tardar se
desprendi una piedra, y luego otra, y otra, hasta que apareci en el
muro una brecha bastante considerable.

Los guerrilleros se precipitaron al jardn dando un aullido de alegra
que se cambi al punto en rugido de rabia.

Cinco disparos hechos a un tiempo haban estallado como un formidable
trueno.

Empezaba la lucha.




XVI


EL ASALTO


Al or la descarga que les recibiera sembrando la muerte en sus filas,
los guerrilleros haban retrocedido llenos de espanto; sorprendidos por
aqullos a quienes imaginaban sorprender, preparados a robar, pero no a
combatir, su primer pensamiento fue emprender la fuga.

Los defensores de la hacienda, cuyo nmero haba aumentado
considerablemente, el ver el indescriptible desorden que se introdujera
entre los asaltantes, no desperdiciaron la ocasin de mandar a stos
una rociada de balas.

Sin embargo, era menester tomar una determinacin: o avanzar
arrostrando una lluvia de proyectiles, o renunciar al asalto.

El propietario de la hacienda estaba rico, y esto los guerrilleros
lo saban, y no slo lo saban, sino que haca ya mucho tiempo que
deseaban apoderarse de estas riquezas de ellos codiciadas y que con
razn o sin ella suponan escondidas en la hacienda. As pues les
costaba renunciar a una expedicin preparada de larga fecha y de la que
tan magnficos resultados se prometan.

Entre tanto las balas iban lloviendo sobre los asaltantes sin
que stos se atreviesen a traspasar la brecha. Los jefes de los
guerrilleros, ms interesados todava que no sus soldados en el
buen logro de sus proyectos, pusieron fin a la vacilacin empuando
resueltamente picos y martillos no slo para agrandar la brecha, sino
para reventar completamente el muro, pues comprendan que solamente por
medio de una irrupcin sbita e irresistible conseguiran derribar el
obstculo que les oponan los defensores de la hacienda.

stos continuaban haciendo un fuego graneado, pero casi todas sus balas
se perdan, ya que los guerrilleros trabajaban a cubierto y cuidaban de
no mostrarse delante de la brecha.

--Han cambiado de tctica, dijo el conde a Domingo; ahora se ocupan en
derribar el muro y dentro de poco van a anudar el asalto; y dirigiendo
una mirada de tristeza en torno de s, aadi: entonces y no siendo
capaces de resistir a un ataque vigoroso los que nos acompaan, nos
veremos constreidos a retroceder.

--Tienes razn, amigo, la situacin es grave, repuso el joven.

--Qu hacer? pregunt el mayordomo.

--Ah! profiri de improviso Domingo, dndose una palmada en la frente,
se me ocurre una idea: tienen Vds. plvora en la hacienda?

--Gracias a Dios no nos falta, respondi Carral. Por qu?

--Mande V. traer inmediatamente un barril; de lo dems respondo.

--Fcil es.

--Pues vaya V.

El mayordomo se alej apresuradamente.

--Qu quieres hacer? pregunt el conde a Domingo.

--Ya vers, respondi el joven, despidiendo rayos por los ojos; vive
Dios que es magnfica la idea que se me ha ocurrido. Probable es que
esos bandidos se apoderen de la hacienda, pues somos demasiado pocos
para resistirles y no es para ellos sino asunto de tiempo; mas yo te
fo que va a darles que sentir.

--No te comprendo.

--Ah! continu el joven, pbulo de una exaltacin febril, quieren
abrirse un paso anchuroso, y yo voy a abrrselo, te lo juro.

En este momento regres el mayordomo trayendo consigo no uno, sino tres
barriles de plvora en un carretn, cada uno de cuyos barriles contena
unas ciento veinte libras de plvora.

--Tres barriles! profiri alegremente Domingo; mejor que mejor; as
cada uno de nosotros tendremos el nuestro.

--Pero qu vas a hacer? pregunt Luis al vaquero.

--Voy a mandarles a las nubes, respondi ste. Ea! manos a la obra.

Y tomando uno de los barriles le quit la tapa, operacin que imitaron
el conde y Len Carral.

--Ahora, dijo Domingo dirigindose a los peones, despavoridos ante tan
siniestros preparativos, haceos atrs, pero seguid disparando sobre
ellos.

El conde, Domingo y el mayordomo se quedaron solos con los criados del
primero, que se haban negado a separarse de su amo.

En pocas palabras el vaquero puso al corriente de su proyecto a sus
amigos.

stos se hicieron cargo de los barriles, y deslizndose silenciosamente
por detrs de los rboles, se acercaron a la gruta.

Los asaltantes, ocupados en demoler interiormente el muro y no
atrevindose a salir fuera de la brecha a causa del no interrumpido
fuego que hacan los peones, no vean lo que pasaba en el jardn; de
consiguiente les fue fcil a los cinco hombres llegar hasta al pie
mismo de la pared que estaban demoliendo los guerrilleros, sin ser
vistos.

Domingo coloc los tres barriles de plvora junto al arranque del muro,
y con ayuda de sus compaeros amonton sobre los barriles cuantas
piedras pudo hallar; luego tom su mechero, quit de l la mecha, de la
que cort unos diez centmetros, y la introdujo en uno de los barriles.

--Atrs! atrs! dijo a media voz el joven; la pared ya se bambolea y
dentro de un instante va a derrumbarse.

Y dando el ejemplo a sus compaeros, se alej corriendo.

Casi todos los defensores de la hacienda, en nmero de unos cuarenta,
con don Andrs a su frente, estaban reunidos en la entrada de la huerta.

--Por qu corren Vds. de este modo? pregunt el seor de la Cruz a los
jvenes; acaso estn ah los bandidos?

--No, seor, respondi Domingo, todava no, pero pronto va V. a saber
de ellos.

--Dnde est doa Dolores? pregunt el conde.

--En sus habitaciones con sus criadas; nada tema V. por ella.

--Ea, disparen Vds. dijo Domingo a los peones.

stos anudaron un tiroteo infernal.

--Raimbaut, dijo el conde en voz baja a su ayuda de cmara, hay que
preverlo todo, vyase usted con Lanca Ibarru y ensillen cinco caballos,
uno de ellos para una mujer. Ha comprendido V.?

--S, seor conde.

--Luego conducirn Vds. los caballos esos hasta la puerta del extremo
de la huerta, y all y bien armados me aguardarn. Vaya V.

Raimbaut se alej apresuradamente, tan tranquilo y sosegado como si en
aquel momento no hubiese ocurrido nada de extraordinario.

--Ah! dijo don Andrs dando un suspiro de pesar, si Melchor se
encontrase aqu, cuan til nos sera.

--Pronto estar, seor, repuso con irona el conde.

--Pero dnde puede estar?

--Jum! quin sabe?

--Ja! ja! profiri Domingo, all abajo ocurre algo.

En efecto, las piedras, vigorosamente removidas a los repetidos golpes
de los guerrilleros, empezaban a caer en la huerta. La brecha se iba
ensanchando rpidamente y por fin se desprendi hacia fuera un lienzo
de pared.

Los guerrilleros profirieron un grito atronador y arrojando sus picos
y empuando sus armas se prepararon a invadir la hacienda; pero de
improviso se oy una explosin terrible, la tierra retembl como
sacudida por una convulsin volcnica, subi hacia el cielo una nube de
humo y en todas direcciones cay una lluvia de despojos humanos.

Un grito de agona atraves el espacio; luego se cerni sobre el lugar
de tan horrorosa escena un silencio de muerte.

--Adelante! adelante! grit Domingo.

Los destrozos causados por la mina haban sido terribles; la entrada
del subterrneo, completamente revuelta de arriba abajo y cerrada del
todo por montones de tierra y de piedras, no haba dado paso a ninguno
de los asaltantes. Slo ac y all y en medio de los despojos se vean
los restos desfigurados de los que momentos antes eran hombres. La
catstrofe debi de haber sido espantosa, pero de ella guardaba el
secreto el subterrneo.

--Alabado sea Dios, estamos salvados, dijo don Andrs.

--Si otros asaltantes no se presentan por otro lado, repuso el
mayordomo.

De pronto y como si el acaso hubiese querido hacer buenas las palabras
de Len Carral, se oyeron formidables gritos acompaados de disparos de
armas de fuego, y una llama sbita que se elev en las viviendas de los
criados, ilumin el paisaje con resplandor siniestro.

--A las armas! A las armas! gritaron los peones corriendo
despavoridos. Los guerrilleros! Los guerrilleros!

Efectivamente, a poco y a la rojiza luz del incendio que devoraba los
edificios, los defensores de la hacienda vieron aparecer unos cien
hombres que avanzaban a paso de ataque, blandiendo sus armas y dando
aullidos de furor.

Al frente de los bandidos aquellos iba un hombre que empuaba un sable
en la diestra y un hacha de viento en la izquierda.

--Don Melchor! exclam el anciano con desesperacin.

--Vive Dios, dijo Domingo encarndole su arma no avanzar un paso ms.

--Es mi hijo! profiri don Andrs desviando el arma de Domingo.

El proyectil fue a perderse en el espacio.

--Ah! seor, repuso con frialdad el joven, se arrepentir V. de
haberle salvado la vida.

Don Andrs, arrastrado por el conde y por Domingo, haba entrado en sus
habitaciones, cuyas aberturas todas quedaron atrancadas en un santiamn
por los peones, que hacan desde las ventanas un fuego nutridsimo
sobre los asaltantes.

El hijo de don Andrs de la Cruz estaba en inteligencias con los
partidarios de Jurez. Reducido, cual el mayordomo lo explicara al
conde, a la desesperacin por el prximo casamiento de su hermana y la
prdida inevitable de la fortuna de la que por tan largo perodo de
tiempo sustentara la esperanza de ser el heredero nico, el joven haba
atropellado por todo y bajo ciertas condiciones aceptadas por Cullar,
y que l se reservaba cumplirlas o no una vez logrado sus propsitos,
propuso entregar al jefe guerrillero la hacienda, a cuyo efecto se
haban tomado todas las medidas conducentes al caso.

Convinieron Cullar y don Melchor, que parte de la cuadrilla, dirigida
por oficiales resueltos, intentara una sorpresa por el subterrneo,
del que el joven haba previamente librado el secreto, y que al mismo
tiempo la otra mitad de la cuadrilla, a las rdenes del mismo Cullar
y guiada por don Melchor, escalara silenciosamente los muros de la
hacienda, del lado de los corrales, pues era indudable que este punto
estara sin defensa para atender a la de los edificios, bastante
alejados de aqullos.

Ya hemos indicado cual haba sido el xito de este doble ataque.

Cullar ignoraba todava que en tal empresa haba perdido la primera
mitad de su cuadrilla, desaparecida por completo bajo los despojos del
derrumbado subterrneo, y con los hombres que le quedaban sostena
un combate encarnizado contra los peones de la hacienda, los cuales
sabiendo que se las haban con la pandilla de Cullar, el ms feroz y
sanguinario de todos los guerrilleros de Jurez, y que esta pandilla no
conceda cuartel, se batan con el herosmo de la desesperacin.

El combate, sin embargo, iba prolongndose; los peones emboscados
en las habitaciones haban parapetado las ventanas con todo lo
que hallaran a mano y disparaban a cubierto sobre los asaltantes
diseminados por los patios y a los cuales causaban prdidas sensibles.

A Cullar no slo le tena fuera de s la tenaz e imprevista
resistencia que encontraba, sino el incomprensible retardo de los
soldados de su cuadrilla que haban entrado por la gruta y que desde
haca mucho tiempo deban haberle dado la mano.

El jefe guerrillero haba odo la explosin de la mina, s; pero como
entonces se encontraba todava a bastante distancia de la hacienda y en
direccin diametralmente opuesta a la en que ocurriera la explosin,
el ruido lleg hasta l sordo e indistinto. As pues no hizo caso
alguno de l; pero la inexplicable tardanza de sus compaeros en aquel
momento en que su socorro le era tan necesario, empezaba a infundirle
seria inquietud, y se dispona ya a enviar a algunos de los suyos a
la descubierta con encargo de activar la llegada de los rezagados,
cuando prontamente partieron del interior de las habitaciones
desaforados gritos de victoria y en las ventanas aparecieron multitud
de guerrilleros agitando alegremente sus armas.

Este triunfo definitivo se debi a don Melchor. Mientras el grueso
de los asaltantes atacaba de frente a los edificios, l, acompaado
de algunos hombres decididos se haba deslizado entre sombras por
una ventana baja que en el primer momento de confusin los de la
hacienda se olvidaran de atrancar como las dems, se introdujo en
el interior y aparecido prontamente a la vista de los sitiados, a
quienes su presencia aterroriz y sobre los cuales se precipitaron los
guerrilleros que le acompaaban, blandiendo su sable y empuando sendas
pistolas.

Entonces el combate se convirti en una horrorosa carnicera; los
peones, a pesar de sus splicas fueron muertos a pualadas por sus
vencedores y arrojados desde las ventanas al patio.

Pronto los guerrilleros inundaron todos los edificios de la hacienda,
persiguiendo de aposento en aposento a los peones y asesinndoles
desapiadadamente.

De esta suerte llegaron al gran saln cuyas anchas puertas de dos
hojas estaban abiertas de par en par; pero una vez all, no slo se
detuvieron, sino que retrocedieron dominados por un instintivo impulso
de horror ante el terrible espectculo que se les ofreci a los ojos.

El saln estaba iluminado, por multitud de bujas colocadas en todos
los candelabros y sobre todos los muebles, y en uno de sus ngulos y
con muebles amontonados haban construido una barricada, tras la cual
se refugiaron doa Dolores y las mujeres y los hijos de los peones de
la hacienda. Delante de la mencionada barricada y a dos pasos de la
misma, estaban alineados, en pie e inmviles, con un fusil en una mano
y una pistola en la otra, don Andrs, el conde, Domingo y Len Carral,
los cuales tenan cerca de s dos barriles de plvora abiertos.

--Alto! grit don Luis con voz zumbona; alto, caballeros! si dan Vds.
un paso ms nos vamos todos por los aires. Hganme Vds. el favor de no
atravesar los umbrales de esta puerta.

Los guerrilleros se guardaron muy mucho de desobedecer tan corts
recomendacin, pues a la primera mirada haban medido toda la
intensidad del peligro que corran.

Don Melchor pataleaba de ira al verse de esta suerte reducido a la
imposibilidad.

--Qu quieren Vds.? pregunt con voz atragantada al conde el hijo de
don Andrs de la Cruz.

--De V., nada, respondi Luis; tenemos sobrada honra para no tratar con
un miserable de su calaa.

--Sern Vds. fusilados como perros, franceses malditos, aull don
Melchor.

--Le reto a V. a que ponga en obra su amenaza, replic el conde
levantando con toda impasibilidad el gatillo del revlver que tena en
la mano y apuntando al barril de plvora que estaba prximo a l.

Los guerrilleros se hicieron atrs profiriendo gritos de terror.

--No dispare V., no dispare V., exclamaron; aqu viene el coronel.

En efecto, Cullar acababa de llegar.

Era Cullar un bandido desalmado, afirmacin que no sorprender a
nadie; pero hay que confesar que era valiente como un len.

El coronel se abri paso entre sus soldados y una vez solo al frente de
stos, se inclin con gracia ante los cuatro hombres, les inspeccion
con mirada socarrona, li un cigarrillo y dijo con acento de buen humor:

--Es muy ingenioso el aparato ese que han dispuesto Vds. ah; les doy
mi enhorabuena, caballeros. A esos demonios de franceses se les ocurren
unas ideas increbles; por mi fe, aadi hablando consigo mismo, no hay
quien les coja desprevenidos; con ese par de barriles basta para que
todos volemos al paraso.

--Y si no nos avenimos, dijo el conde, no vacilaremos como no hemos
vacilado en mandar a las nubes a los soldados que haba usted mandado a
la descubierta por la gruta.

--Qu dice usted? profiri Cullar palideciendo.

--Digo, repuso con la mayor calma el conde, que puede V. hacer buscar
los cadveres de sus soldados en el subterrneo y los hallarn a
todos, pues todos han quedado en l.

Los guerrilleros se estremecieron de terror al or tales palabras, y
todos guardaron silencio.

Cullar se puso meditabundo, y al cabo de un minuto levant el rostro,
del que haba desaparecido toda huella de emocin, y tendi una mirada
en torno de s como quien busca algo.

--Busca V. fuego? le pregunt Domingo acercndose a l con una buja
en la mano. Encienda V. su cigarrillo, seor.

Cullar tom la buja que galantemente le alargaba Domingo, y despus
de encender el cigarrillo, la devolvi a ste dndole las gracias.

--Conque, dijo Cullar una vez el joven se hubo reunido a sus
compaeros, piden ustedes capitulacin?

--Se equivoca V., seor, repuso el conde; no la pedimos, se la
ofrecemos a V.

--Qu Vds. me la ofrecen? profiri con admiracin el guerrillero.

--S; porque somos dueos de la vida de usted.

--Usted dispense, arguy Cullar, lo que est diciendo es especioso,
porque en el caso de mandarnos a cenar con San Pedro a nosotros tambin
iran Vds.

--Caramba! repuso el conde, en esto estamos.

Cullar se entreg de nuevo a la meditacin, y poco despus dijo:

--Vamos a ver, no perdamos el tiempo en un tiroteo de palabras;
hablemos como hombres; qu quieren Vds.?

--Voy a decrselo a V., respondi el conde.




XVII


DESPUS DE LA BATALLA


Cullar estaba fumando indolentemente el cigarrillo que pocos momentos
antes encendiera, con la mano izquierda apoyada en su largo sable, cuya
vaina descansaba en el suelo.

En el modo como estaba en pie el bandido, a la puerta del saln y
dejando vagar al acaso su mirada, de suavidad felina, y despidiendo por
boca y narices espirales de azulado humo, haba un no s qu seductivo.

--Vds. dispensen, seores, dijo; pero antes de pasar adelante es
menester que nos pongamos completamente de acuerdo. As pues,
permtanme una ligera observacin.

--Hable V., seor, dijo el conde.

--Pactemos, repuso Cullar, lo quiero y aun lo pido; como Vds. ven, soy
muy acomodaticio; pero recomiendo que no me exijan imposibles, pues
en este caso me vera constreido a negrselos. No necesito decirles
que si estn Vds. decididos, tambin lo estoy yo, y que si bien deseo
llegar a una transaccin ventajosa para ambas partes, por quien soy les
juro que de mostrarse demasiado exigentes preferir volar con Vds., con
tanta ms razn cuanto tengo el presentimiento de que tarde o temprano
terminar mi vida como eso y no me pesara irme al diablo en tan buena
compaa.

Por ms que Cullar pronunciara estas palabras con ademn risueo,
el conde no se llam a engao respecto de la expresin decidida del
hombre con quien se las haba.

--Oh! seor, dijo ste, mal nos conoce usted si nos supone capaces de
pedirle imposibles; lo nico que hay es que queremos aprovecharnos de
nuestra buena posicin.

--Y yo se lo aplaudo de todas veras, caballero, repuso el guerrillero;
mas como es usted francs y sus compatriotas nada temen, he credo de
mi deber hacerle esta observacin.

--Qupale a V. la certeza, seor, contest el conde, fingiendo la misma
tranquilidad que su interlocutor, que lo que vamos a exigir estar muy
puesto en razn.

--A exigir! repiti Cullar, recalcando estas palabras.

--S, seor; pero no vamos a obligarle a que nos restituya en la
posesin de la hacienda, porque nos consta que si saliese V. de ella
sera para atacarnos de nuevo maana.

--Es V. muy sagaz, seor; pero vengamos a lo que importa.

--A eso voy; ante todo va V. a devolvernos los pobres peones que han
escapado de la matanza.

--No hallo dificultad.

--Junto con sus armas, sus caballos y lo poco que poseen.

--Convengo en ello.

--Don Andrs de la Cruz, su hija, el mayordomo Len Carral, mi amigo,
y yo y todas las mujeres y los nios refugiados en este saln, seremos
libres de retirarnos a donde ms nos acomode, sin temor a que nadie nos
importune.

--Qu ms? dijo Cullar haciendo una mueca.

--V. dispense, acepta?

--S, seor, acepto. Qu ms?

--Mi amigo y yo somos franceses, y, que yo sepa, Francia no est en
guerra con Mjico.

--Pero puede llegar da que s, repuso Cullar en son de burla.

--Tal vez, pero nterin, estamos en paz y tenemos derecho a su
proteccin de V.

--No se han batido Vds. contra nosotros?

--Dice V. bien, pero en legtima defensa; desde el momento que nos
atacaron, debamos defendernos.

--Conforme; prosiga V.

--Queremos tener el derecho de llevarnos con nosotros, sobre nuestras
mulas, cuanto nos pertenece.

--Nada ms?

--Poco falta; acepta V. estas condiciones?

--Las acepto.

--Perfectamente, ahora slo falta llenar una formalidad.

--Una formalidad! cul?

--La de los rehenes.

--Cmo se entiende rehenes! No les he empeado a Vds. mi palabra?

--S, seor.

--Pues qu quieren Vds. ms?

--Ya se lo he dicho a V., rehenes; V. comprender perfectamente, seor,
que no me arriesgar a confiar la vida de mis amigos y la ma propia,
no dir a V., pues ha empeado su palabra y la estimo buena, pero si
a sus soldados que, como valientes guerrilleros que son no sentiran
escrpulo alguno, dado que cometisemos la majadera de ponernos en
sus manos, en hacernos satisfacer un rescate u otra cosa peor; V.,
seor Cullar, no manda tropas regulares, y por severa que sea la
disciplina que mantenga en su cuadrilla, dudo que llegue al extremo de
hacer respetar los prisioneros que caen en su poder, cuando V. no puede
defenderlos con su presencia.

Cullar, interiormente halagado por las palabras del conde, sonri con
agrado y dijo:

--Jum! lo que acaba V. de manifestar puede ser verdad hasta cierto
punto. Pero terminemos de una vez; cules y cuntos son los rehenes
que V. exige?

--Uno slo, seor, respondi el conde; ya ve V. si somos contentadizos.

--En efecto, pero quin es ese rehn?

--V., seor, respondi sin ambages el conde.

--Canario! respondi Cullar con risa zumbona, no tiene V. mal gusto;
efectivamente les bastara a Vds. con ste.

--Por eso no queremos otros.

--Pues es muy sensible.

--Por qu?

--Porque rehso, demontre, Y quin me servira de fiador a m?

--La palabra de un caballero francs, respondi con arrogancia el
conde, palabra que nunca se ha empeado en vano.

--Por mi vida, repuso Cullar con la mansedumbre que saba adoptar tan
bien cuando lo requeran las circunstancias, y le hacan tomar por el
hombre ms bueno del mundo, acepto, caballero, y suceda lo que quiera
siento comezn de poner un poco a prueba la palabra esa de que tan
orgullosos estn los europeos. Quedamos pues en que yo les sirvo de
rehn. Ahora espero me diga cunto tiempo debo permanecer entre Vds.,
pues esto es para m muy importante.

--No exigimos de V. sino que nos acompae hasta la vista de Puebla; una
vez all quedar usted libre. Si le place, puede V. tomar una escolta
de diez hombres para regresar con seguridad.

--Conforme, conforme, estoy a sus rdenes, caballeros, profiri
Cullar. Y volvindose hacia don Melchor, dijo a ste: V. se queda aqu
durante mi ausencia para vigilar que todo vaya bien.

--S, contest sordamente don Melchor.

El conde, despus de haber dicho algunas palabras en voz baja al
mayordomo, se dirigi de nuevo a Cullar.

--Seor, le dijo, hgame V. el favor de ordenar que conduzcan ac a los
peones; luego, mientras V. permanezca con nosotros, o Len Carral ir
a disponerlo todo para nuestra partida.

--Est bien, contest el guerrillero; puede el mayordomo ir a cumplir
sus quehaceres. Y dirigindose a los suyos y designando a Carral,
aadi: este hombre es libre; conduzcan ac a los peones.

Poco despus entraron en el saln unos quince pobres diablos con el
traje hecho jirones y cubiertos de sangre, pero armados, segn pacto
estipulado previamente.

Dichos quince hombres eran los nicos que quedaban de los defensores
de la hacienda.

Cullar penetr luego en la pieza en cuyo umbral hasta entonces haba
permanecido, sin que a ello le invitaran, y fue a colocarse detrs de
la barricada.

Don Melchor, que comprendi lo falso de su posicin, ahora que se vea
solo frente por frente de los sitiados, se volvi para retirarse; pero
entonces don Andrs se levant, e interpelndole con voz vibrante e
imperiosa, le dijo:

--Detngase V., Melchor, no podemos separarnos de esta suerte; ahora
que ya no debemos volver a vernos en este mundo, es necesario,
indispensable, una explicacin suprema entre los dos.

Don Melchor se estremeci al or aquella voz; palideci, e hizo un
movimiento cual si quisiese huir; pero detenindose prontamente y
levantando con arrogancia la frente, dijo:

--Qu quiere V. de m? hable, ya le escucho.

Por espacio de algunos segundos el anciano permaneci con los ojos
clavados en su hijo con singular expresin de amor, clera, dolor y
desprecio, y haciendo por fin un esfuerzo sobre s mismo, tom la
palabra en estos trminos:

--Por qu quiere V. marcharse? acaso porque le horroriza el crimen
que ha cometido, o bien porque la rabia se ha apoderado de su corazn
al ver abortado su parricidio y salvado a su padre a pesar de todos
los esfuerzos que V. ha hecho para arrancarle la vida? Dios, que ha
permitido que no consiguiese V. el completo triunfo de sus proyectos,
me castiga por mi debilidad hacia V. y por el sitio que haba V.
usurpado en mi corazn; caro pago mi error; pero por fin ha cado la
venda que me cubra los ojos. Vyase V., miserable, marcado con un
estigma indeleble; maldito sea V.! y esta maldicin que sobre V.
fulmino pese eternamente sobre su corazn. Mrchese V., parricida!
desde ahora deja V. de ser hijo mo.

Sin embargo de su audacia, don Melchor no pudo aguantar la mirada
fulgurante que su padre fijaba implacablemente en l; se le cubri de
lvida palidez el rostro, le conmovi el cuerpo un temblor convulsivo,
inclin la cabeza bajo el peso del anatema, retrocedi lentamente sin
volverse, como arrastrado por una fuerza superior a su voluntad, y
desapareci por en medio de los guerrilleros, que le abrieron calle
impulsados por un sentimiento de horror.

En el saln reinaba un silencio fnebre; y es que aquellos hombres, sin
embargo de ser tan poco impresionables, experimentaban el influjo de la
terrible maldicin pronunciada por un padre contra su hijo culpado.

Cullar, que fue el primero que recobr su presencia de nimo, dijo a
don Andrs:

--Ha hecho V. mal en inferir a su hijo y en presencia de todos tan
cruel afrenta.

--Le comprendo a V., profiri el anciano con tristeza; pero qu me
importa que se vengue si para siempre ms mi vida est quebrantada?

E inclinando la cabeza sobre el pecho, don Andrs cay en sombra y
profunda meditacin.

--Vele V. por l, dijo Cullar al conde; conozco a don Melchor, y s
que es un verdadero indio.

En esto doa Dolores, que hasta entonces permaneciera temerosamente
escondida en medio de sus criadas, detrs de la barricada, se levant,
apart algunos muebles, pas sin hacer ruido al travs de la abertura
que ella misma acababa de practicar y fue a sentarse al lado de don
Andrs; el cual no se movi, ni la haba visto venir, ni odo como se
sentaba cerca de l.

La joven se inclin hasta su padre, le cogi amorosamente las manos,
le bes en la frente, y con voz melodiosa e impregnada de ternura
indecible, le dirigi estas palabras:

--Padre, mi buen padre, no le queda a V. por ventura una hija que le
quiere y le respeta? No se deje V. abatir de esta suerte por el dolor.
Mreme, padre mo, por la Virgen Santsima; soy su hija. Acaso no me
quiere a m que le amo tanto?

Don Andrs levant el rostro, baado en lgrimas, y abri los brazos,
en los que doa Dolores se precipit dando un grito de gozo.

--Oh! profiri el anciano con ternura inefable, cunta ingratitud
la ma al dudar de la infinita bondad de Dios! Me queda mi hija! No
estoy ya solo en la tierra! Todava puedo ser dichoso!

--S, padre, repuso doa Dolores, Dios ha querido sujetarle a V. a
prueba, pero no nos abandonar en nuestra pesadumbre; sea V. fuerte
contra el infortunio, deje a su hijo entregado a su arrepentimiento,
levante V. la terrible maldicin que ha fulminado contra l, y
permtale que vuelva arrepentido a sus plantas. Oh! estoy convencida
de que su accin no es sino hija de un momento de extravo; porque
cmo no amara a V., tan noble tan grande y tan bueno?

--No me hables nunca de tu hermano, replic don Andrs con hosca
energa; para m ha dejado de existir ese hombre. No tienes hermano
alguno ni lo has tenido nunca. Perdname que te haya engaado dndote a
entender que el miserable ese formaba parte de nuestra familia; no, ese
monstruo no es hijo mo; yo mismo he padecido error al suponer que por
sus venas circulaba la misma sangre que por las mas.

--Padre, por Dios, sosiguese V.

--Ven, hija ma, repuso don Andrs estrechando entre sus brazos a la
joven, no me abandones, necesito sentirte ah, a mi lado, para no
creerme solo en el mundo y para tener la fuerza de sobrellevar mi
desesperacin. Oh! repteme que me quieres; no puedes comprender
cunto alivia mi corazn y suaviza mi dolor l que me lo digas.

Los guerrilleros se haban desparramado por la hacienda, saqueando y
devastando, rompiendo muebles y forzando cerraduras con destreza que
demostraba larga prctica. Solamente, segn el pacto estipulado, haban
sido respetadas las habitaciones del conde.

Raimbaut e Ibarru, relevados de su larga faccin por Len Carral, se
ocupaban activamente en cargar sobre el lomo de algunas mulas los
cofres y las maletas de Luis y de Domingo; y aunque los guerrilleros
les haban mirado por espacio de algunos instantes con gesto socarrn
y haciendo burla del modo desmaado como los dos criados cargaban las
mulas, acabaron por ofrecer su ayuda a Raimbaut, ayuda que ste no tuvo
reparo en aceptar. Entonces se vieron a aquellos hombres que sin el
menor escrpulo se hubieran entregado al latrocinio robando los objetos
valiossimos que encerraban las maletas y los cofres que los criados
del conde estaban cargando, ocuparse con ahnco en transportarlos con
cuidado sumo, y sin que ni por un segundo les asaltase la idea de
apoderarse ni por el valor de un cntimo.

Gracias pues al inteligente concurso de los secuaces de Cullar,
los equipajes del conde y de Domingo estuvieron en poqusimo tiempo
cargados sobre tres mulas, y Len Carral no tuvo ya que cuidar sino de
que ensillasen los caballos necesarios para emprender el viaje, lo que
fue ejecutado en un santiamn, gracias asimismo a la buena voluntad que
en ir a buscar los caballos al corral y conducirlos al patio pusieron
los guerrilleros.

Entonces Len Carral penetr de nuevo en el saln y anunci que todo
estaba dispuesto para la partida.

--Cuando Vds. quieran, seores, dijo Luis.

--Adelante.

Los que en el saln se encontraban fueron saliendo uno a uno escoltados
por los guerrilleros, que daban grandes voces, si bien y al parecer
contenidos por el respeto que les inspiraba su jefe no se atrevan a
pasar a vas de hecho.

Una vez a caballo los que deban abandonar la hacienda, as como diez
guerrilleros al mando de un oficial destinados a escoltar al coronel a
su regreso, Cullar dirigi la voz a sus soldados, recomendndoles que
obedeciesen ciegamente a don Melchor de la Cruz, mientras l estuviese
ausente, y luego dio la seal de marcha.

Entre hombres, mujeres y nios, la pequea caravana se compona de
sesenta individuos, nicos que sobrevivieron a los doscientos que
moraban en la hacienda.

Cullar iba a la cabeza de la caravana, a la derecha del conde; luego
seguan doa Dolores, que iba entre su padre y Domingo; los peones, que
conducan las acmilas de carga bajo la direccin de Len Carral y de
los dos criados del conde, y los guerrilleros cerraban la marcha.

El convoy baj al paso por la colina y pronto se encontr en el llano.

Eran las dos de la madrugada poco ms o menos; todo estaba envuelto
en tinieblas, y los tristes viajeros, abrigados con sus sarapes y
tiritando de fro, tomaron por la carretera de Puebla, a la que
llegaron en veinte minutos; luego apresuraron el andar, en la esperanza
de que al salir el sol o a lo menos a las primeras horas de la maana
llegaran a la ciudad, que no se encontraba sino a unas cinco o seis
leguas de distancia.

Prontamente una luz vivsima ti de rojizos resplandores el cielo e
ilumin el campo en una grande extensin.

La hacienda estaba ardiendo.

A este espectculo, don Andrs dirigi una mirada triste hacia atrs y
lanz un suspiro profundo, pero no profiri palabra alguna.

nicamente haca uso de la palabra Cullar; el cul trataba de
demostrar al conde que la guerra tena tristes necesidades; que haca
ya mucho tiempo que don Andrs haba sido denunciado como secuaz devoto
de Miramn, y que la toma y destruccin de la hacienda no eran sino el
resultado de la malquerencia del hacendero hacia Jurez; cosas todas a
las cuales el conde, que comprenda la inutilidad de discutir sobre tal
tema con semejante sujeto, no se tomaba el trabajo de replicar.

De esta suerte y por espacio de unas tres horas, los viajeros
continuaron su camino, sin que incidente alguno viniese a interrumpir
la monotona de su viaje.

Apareci la aurora y a su primera luz se divis en lontananza el
sombro contorno de las cpulas y los altos campanarios de Puebla.

El conde hizo detener a la caravana, y luego dijo a Cullar:

--Seor, ha cumplido V. lealmente el pacto que habamos estipulado,
por lo que en mi nombre y en el de mis desgraciados amigos le doy las
gracias; no nos encontramos ms que a unas dos leguas de Puebla, es ya
de da, y por lo tanto es intil que siga acompandonos.

--En efecto, seor, repuso Cullar, creo que ahora pueden Vds.
prescindir de m, y ya que me dan su permiso, voy a dejarles,
reiterndoles la expresin de mi pesar por lo ocurrido. Por desgracia
no soy yo quien mando, y...

--Basta, por favor se lo ruego, interrumpi el conde; lo pasado es
irreparable; por lo tanto y a lo menos en la hora de ahora, es excusado
hablar ms del asunto.

--Me permite V. dos palabras? dijo Cullar en voz baja e inclinndose.

El joven se acerc al guerrillero.

--Antes de separarnos, dijo ste a Luis, quiero hacerle una advertencia.

--Diga V.

--Todava se encuentran Vds. lejos de Puebla, a donde no llegarn en
menos de dos horas; estn Vds. alerta; vigilen el campo en torno de s.

--Qu quiere V. decir, seor?

--Nadie sabe lo que puede ocurrir; le repito que vigilen Vds.

--Adis, seor, repuso con indolencia el joven, devolviendo el saludo
al guerrillero.

Despus de haberse despedido cortsmente de sus compaeros de viaje,
Cullar se puso al frente de sus soldados y se alej al galope, no
sin haber antes y por medio de un gesto significativo recomendado la
prudencia al joven.

--Qu tienes? pregunt Domingo acercndose a Luis, al ver el ademn
pensativo con que ste miraba alejarse a los guerrilleros.

El conde respondi a su amigo contndole lo que Cullar le haba dicho
al separarse.

--Aqu hay gato encerrado, profiri el vaquero frunciendo las cejas;
como quiera que sea la advertencia es buena y no obraramos cuerdamente
si la desprecisemos.




XVIII


LA EMBOSCADA


Despus de la partida del guerrillero, la caravana sigui marchando por
espacio de algunos minutos ms en medio del ms profundo silencio.

Sin embargo, las ltimas palabras proferidas por Cullar haban
producido efecto; el conde y el vaquero se sentan desasosegados, y a
pesar suyo y sin atreverse a comunicarse sus sombros pensamientos,
avanzaban con excesiva prudencia, venteando el aire, por decirlo as,
estremecindose al ms leve ruido sospechoso que se levantaba en los
jarales.

Eran un poco ms de las cinco de la maana, hora en que la naturaleza
parece por un instante recogerse y en que la luz y las tinieblas
luchan con fuerzas casi equilibradas, se funden una en otra y producen
ese vislumbre opalino cuyas vaporosas tintas dan a los objetos una
apariencia vaga e indeterminada, un s es no es fantstica. De la
tierra suba un vapor ceniciento, produciendo una neblina transparente
que los rayos del sol, ms y ms clidos, iban disolviendo a trechos,
iluminando parte del paisaje y dejando la otra envuelta en sombras; en
una palabra, no era ya de noche, pero tampoco de da.

A lo lejos aparecan las numerosas cpulas de los edificios de Puebla,
resaltando confusamente sobre el sombro azul del firmamento; los
rboles, lavados por el abundante roco de la noche, eran ms verdes
y al extremo de cada una de sus hojas temblequeaba una gotita de
agua cristalina, mientras sus ramas, movidas por la brisa matinal,
se entrechocaban suavemente produciendo misteriosos susurros; ya los
pjaros, apelotonados al amparo del follaje, preludiaban por lo bajo
sus alegres conciertos, y los bueyes silvestres levantaban ac y all
la cabeza por encima de las altas hierbas lanzando sordos mugidos.

Los fugitivos seguan un tortuoso sendero encajonado entre tierras
removidas para el cultivo del agave y las cuales limitaban el horizonte
a un crculo por dems restringido para que a aqullos les fuese
permitido vigilar los alrededores con todo el cuidado que tal vez
hubiera sido necesario para la seguridad general de la caravana.

--Amigo mo, dijo el conde acercndose a Domingo e inclinndose
ligeramente sobre su silla, no me explico la causa, pero experimento
gran zozobra; la despedida de ese bandido me impresion profundamente,
pues me parece que presagia una desgracia cercana, terrible e
inevitable, sin embargo de que el encontrarnos a cortsima distancia de
la ciudad y de que el sosiego que reina a nuestro alrededor debieran
tranquilizarme.

--Precisamente ste sosiego, repuso tambin en voz baja Domingo, me
llena, como a ti, de indecible congoja; igualmente presiento yo una
desgracia; nos encontramos en medio de un avispero, de un sitio el ms
a propsito para una emboscada.

--Qu hacer? pregunt el conde.

--No s, respondi Domingo, la situacin es dificultosa; sin embargo
estoy porque redoblemos la prudencia. Haz que don Andrs y su hija
pasen a vanguardia, advierte a los peones que estn ojo avizor y con el
dedo en el gatillo de sus fusiles, y t ests presto a la menor seal
de alarma; yo, nterin, salgo a la descubierta, y si el enemigo nos
persigue, sabr despistarles pero no perdamos segundo.

Hablando de esta suerte, el vaquero se ape, y despus de haber
arrojado a un pen las bridas de su caballo, se puso el fusil debajo
del brazo izquierdo, trep a la pendiente de la derecha y a poco
desapareci al travs de las malezas que orillaban el sendero.

Una vez a solas, el conde se prepar a seguir inmediatamente los
consejos de su amigo, por lo que form una retaguardia con los peones
ms decididos y ms bien armados, a quienes intim la orden de vigilar
con atencin suma los bordes del sendero, procurando al mismo tiempo
disimular la gravedad de los acontecimientos que prevea, para no
acobardarlos.

El mayordomo, cual si hubiera adivinado la zozobra del conde y
participado de sus sospechas de un ataque prximo, haba colocado a don
Andrs y a doa Dolores en medio de un pequeo grupo de criados leales
de los que asumiera el mando, y apresurando el andar de los caballos
haba dejado entre l y el grueso de la caravana un intervalo de cien
pasos.

Doa Dolores, rendida por el cmulo de terribles emociones que
experimentara en el transcurso de aquella noche, no haba prestado
mucha atencin a las disposiciones tomadas por sus amigos, sino
seguido maquinalmente el nuevo impulso que la dieran y probablemente
sin que tuviese conciencia del nuevo peligro que la amenazaba ni
pensase ms que en velar por su padre, cuyo estado de postracin se
haca ms alarmante por segundos.

En efecto, desde su partida de la hacienda y a pesar de los ruegos de
su hija, don Andrs no haba pronunciado una palabra; plido, con la
mirada fija y sin ver, la cabeza inclinada sobre el pecho, el cuerpo
conmovido por persistente temblor nervioso y sumergido en profunda
desesperacin, dejaba a su caballo el cuidado de conducirle, sin que en
la apariencia supiese a donde iba; tal haba quebrantado el dolor, su
energa y su voluntad.

Len Carral, adicto en cuerpo y alma a su amo y a su joven ama y
comprendiendo cuan incapaz de oponer la menor resistencia seria el
anciano en el caso probable de un ataque, haba recomendado en primer
trmino a los servidores a quienes escogiera para que sirviesen de
escolta a don Andrs y a doa Dolores, que no le perdiesen de vista y
que en el momento de la lucha ensayasen por cuantos medios les fuese
posible salir de la refriega y ponerlos al abrigo de todo riesgo; luego
y obedeciendo a una seal que le dirigiera el conde, volvi grupas y se
reuni a ste.

--Por lo que veo, a V. le han asaltado iguales presentimientos que a
m, dijo Luis al mayordomo.

--Ah! repuso ste moviendo la cabeza, don Melchor no abandonar la
partida antes no la haya ganado o perdido definitivamente.

--Le cree V. capaz de preparar a su padre una emboscada tan horrible?

--Ese hombre es capaz de todo.

--Entonces es un monstruo!

--No, repuso el mayordomo, es un mestizo, un envidioso y un orgulloso
que sabe que nicamente la fortuna puede darle la apariencia de
consideracin que codicia, y para alcanzarla no reparar en los medios.

--Ni en el parricidio?

--Ni en el parricidio.

--Lo que V. me dice es espantoso.

--Qu quiere V., seor? es as.

--A Dios gracias nos acercamos a Puebla, y una vez en la ciudad nada
tendremos que temer.

--S, pero todava no nos encontramos en ella, y V. conoce tan bien
como yo el proverbio.

--Qu proverbio?

--De la mano a la boca se pierde la sopa.

--Espero que esta vez no se cumplirn sus temores.

--As lo deseo; pero no me haba llamado usted, seor?

--En efecto, tengo que hacerle una recomendacin.

--Diga V.

--Dado que nos ataquen, exijo que nos abandone V. a nuestras propias
fuerzas y que a ua de caballo se dirija hacia Puebla llevndose
consigo a don Andrs y a su hija. Tal vez de esta suerte le quede a V.
tiempo de ponerlos en seguridad al amparo de las murallas de la ciudad.

--Le obedecer a V., seor; no pondrn la mano en mi amo sin antes
pasar por encima de mi cadver. Tiene V. ms que comunicarme?

--No, vulvase V. a su sitio, y a la buena de Dios.

El mayordomo salud al conde y se reuni de nuevo al pequeo escuadrn
en el centro del cual iban don Andrs y doa Dolores.

Casi al mismo instante Domingo reapareci en lo alto de la margen del
sendero, y subiendo otra vez sobre su caballo, se coloc a la derecha
del conde.

--Has descubierto algo? pregunt ste al vaquero.

--S y no, respondi Domingo a media voz.

El joven tena el rostro sombro y fruncido el ceo, lo que redobl la
zozobra del conde, que dijo:

--Explcate.

--Para qu si no me comprenderas?

--Puede que s.

--Pues oye: a derecha, a izquierda y a retaguardia la llanura est
completamente desierta; adquir de ello la certidumbre. El peligro,
si verdaderamente existe, no es de temer sino que se nos eche encima
durante el trayecto que nos separa de la ciudad.

--Qu te lo da a suponer?

--Indicios para m seguros y que mi dilatada costumbre del desierto
me ha dado a conocer a la primera mirada; en la regin en que nos
encontramos, los hombres descuidan por regla general todas las
precauciones tomadas en las praderas y el olvido de una sola de las
cuales acarreara indefectiblemente la muerte inmediata del imprudente
cazador o guerrero que habra de esta suerte denunciado su presencia a
sus enemigos; aqu es fcil reconocer las pistas y ms fcil todava
el seguirlas, porque son perfectamente visibles, aun para el ms
inexperto. Escucha bien lo que voy a decirte: desde el Arenal, no dir
que nos haya seguido, pues la palabra no es exacta en las presentes
circunstancias, sino flanqueado a derecha un numeroso escuadrn que
a lo ms a tiro de fusil galopaba en la direccin que nosotros; el
escuadrn ese, sea el que fuere, a media legua de aqu hizo una
conversin sobre la izquierda, cual si quisiese aproximrsenos, luego
apresur el paso, se nos adelant y se intern, a nuestro frente, en
este mismo sendero, de modo que en este momento le seguimos.

--Qu infieres de esto?

--Que la situacin es grave, crtica, y que por muchas que sean las
precauciones que tomemos, temo que la partida ser superior a nuestras
fuerzas; mira como va angostndose gradualmente el sendero, como van
escarpndose las mrgenes del camino; ahora nos encontramos en un
can, y dentro de quince o a lo ms veinte minutos llegaremos al sitio
donde este can desemboca en el llano, que es donde estoy seguro nos
aguardan los que nos estn acechando.

--Lo que me dices es ms claro que la evidencia, amigo mo, repuso el
conde; pero como por desgracia no contamos con medio alguno para eludir
el peligro que nos amaga, no nos cabe sino seguir adelante a pesar de
los pesares.

--Esto es lo que me desazona, profiri Domingo ahogando un suspiro y
dirigiendo al soslayo una mirada a doa Dolores; como nicamente se
tratase de nosotros, pronto habramos resuelto la dificultad, pues
somos hombres y pereceremos matando; pero, acaso nuestra muerte
salvar a ese anciano y a su inocente hija?

--A lo menos intentaremos lo imposible para que no caigan en manos de
sus perseguidores.

--Nos acercamos al punto sospechoso; apresuremos el paso para estar
preparados a todo evento.

Pocos minutos despus llegaron a un lugar donde el sendero, antes de
desembocar en el llano, formaba un recodo bastante spero.

--Atencin! dijo el conde en voz baja.

Todos afirmaron el dedo en el gatillo de sus fusiles.

Una vez doblado el recodo, la caravana se detuvo de improviso dominada
por un estremecimiento de terror y de sorpresa.

La entrada del can estaba interceptada por una fuerte barricada hecha
con ramas, rboles y piedras, y tras ellas haba unos veinte hombres
inmviles, y en actitud amenazadora; adems, a los rayos del sol
levante se vean brillar las armas de otros individuos que a derecha y
a izquierda coronaban las alturas.

Delante de la barricada y en ademn altanero haba un jinete, que no
era otro que don Melchor.

--A cada puerco le llega su San Martn, caballeros, dijo ste sonriendo
con irona; ahora soy yo quien mando y voy a imponer condiciones.

--Mire V. lo que hace, seor, replic el conde sin desconcertarse
y adelantando algunos pasos; entre su jefe de V. y nosotros hemos
celebrado lealmente un pacto, y el infringirlo sera una traicin cuya
deshonra caera por entero sobre aqul.

--Bah! repuso don Melchor, nosotros somos guerrilleros y hacemos la
guerra a nuestra guisa sin preocuparnos con l que dirn; as pues, en
vez de entrar en una discusin ociosa y que al fin no les reportara
a ustedes resultado favorable alguno, me parece que lo ms propio
del caso es ponerles al corriente de las condiciones bajo las cuales
consentir en cederles el paso.

--Condiciones? replic Luis, no aceptaremos ninguna, caballero, y si
no consiente en dejarnos pasar, le obligaremos a ceder por graves que
para V. y para nosotros deban ser las consecuencias de la lucha.

--Prubenlo ustedes, respondi don Melchor con la misma irnica sonrisa.

--A eso vamos.

Don Melchor encogi los hombros y volvindose hacia sus secuaces dio la
orden de hacer fuego.

Se oy una horrorosa detonacin y sobre la caravana cay una lluvia de
plomo.

--Adelante! adelante! grit el conde.

Los peones se abalanzaron a la barricada dando aullidos de clera.

La lucha estaba empeada, lucha terrible, espantosa, porque los peones
saban que no podan esperar cuartel de sus feroces enemigos; as es
que combatan haciendo prodigios de valor, pero no para vencer, lo que
no crean posible, sino para no sucumbir sin venganza.

Don Andrs se haba arrancado de los brazos de su hija, que intilmente
intentara detenerle, y armado de slo un machete arrojndose en lo ms
recio de la pelea.

El ataque de los peones haba sido tan impetuoso, que del primer empuje
llegaron al lado opuesto de la barricada. Entonces los dos bandos,
demasiado prximos uno a otro para hacer uso de sus fusiles y de sus
pistolas, echaron mano del arma blanca.

Los guerrilleros situados en las alturas estaban reducidos a la
inaccin, temerosos de herir a sus mismos compaeros.

Don Melchor estaba muy distante de esperar una resistencia tan tenaz
por parte de los peones, pues gracias a la ventajosa posicin que
eligiera, haba credo conseguir fcilmente la victoria y contado con
una sumisin inmediata. Lo que ocurra desbarataba todos sus clculos;
empezaba a ver claras las consecuencias de su accin: Cullar, que
indudablemente habra hecho la vista gorda respecto de una traicin
consumada sin derramamiento de sangre, no le perdonara que hubiese
hecho matar de un modo tan necio a sus soldados ms aguerridos.

Tales pensamientos redoblaban la rabia de don Melchor.

La caravana, horriblemente diezmada, no contaba ya sino con algunos
hombres en estado de combatir; los dems estaban muertos o heridos.

Don Andrs, a quien le haban matado el caballo, a pesar de
perder abundante sangre por dos heridas segua combatiendo con
sin igual bravura; pero de pronto dio una voz terrible, un grito
de desesperacin: don Melchor, brincando como un tigre, se haba
precipitado sobre el grupo en medio del cual se refugiara doa Dolores.
Derribando a los peones que encontr a su paso, el hijo de don Andrs
cogi a la doncella, la coloc atravesada sobre el arzn de su caballo,
pese a la resistencia que sta opuso, y salvando todos los obstculos
huy a escape sin ocuparse ms en el combate que sostenan sus
compaeros.

Los cuales, al verse abandonados, renunciaron a una lucha ya sin
objeto para ellos, y obedeciendo indudablemente a una orden previa
se dispersaron en todas direcciones, dejando a los peones libres de
continuar su camino hacia Puebla si as lo deseaban.

Don Melchor haba con tal rapidez llevado a trmino el rapto de doa
Dolores; que nadie lo advirti hasta que el grito de desesperacin de
don Andrs hubo dado la seal de alarma.

Sin calcular el peligro a que se exponan, el conde y el mayordomo se
haban lanzado en persecucin de don Melchor; pero ste, montado como
iba sobre un caballo de precio, llevaba a las fatigadas cabalgaduras de
sus perseguidores una delantera considerable y que por instantes iba
siendo mayor.

Domingo dirigi una mirada a don Andrs, que yaca tendido en tierra, y
levantndole suavemente le dijo:

--Fe V. en m, seor, yo salvar a su hija.

El anciano junt las manos, mir al joven con indecible expresin de
gratitud, y se desmay.

Domingo se subi de nuevo sobre su caballo, y hundindole las espuelas
en los ijares, dej a don Andrs en manos de sus criados y a su vez
ech tras el raptor.

El vaquero no necesit sino un instante para convencerse de que don
Melchor, ms bien montado que no l y sus amigos, no tardara en
encontrarse fuera de todo alcance.

En cuanto a don Melchor, galop en lnea recta durante un trecho,
luego refren prontamente su caballo cual si se hubiese levantado de
improviso un obstculo ante l, y doblando a la derecha cambi de
direccin como si quisiese acercarse a sus perseguidores.

Luis y el mayordomo intentaron entonces cerrarle el paso, mientras
Domingo, por su parte, detena a su caballo, se apeaba y preparaba su
fusil.

Segn la direccin que entonces segua, don Melchor deba pasar a unos
cien metros de l.

El vaquero se santigu, apunt su arma e hizo fuego.

Herido en la cabeza, el caballo de don Melchor cay muerto arrastrando
al jinete en su cada.

En aquel mismo instante aparecieron en lontananza unos treinta
guerrilleros, que a escape se dirigan al lugar de la emboscada.

Cullar iba al frente de ellos.

Por mucho que el conde y el mayordomo se hubiesen apresurado a
dirigirse al sitio donde don Melchor cayera, Cullar lleg antes que
ellos.

D. Melchor se levant molido de la cada y se inclin hasta su hermana
para ayudarla a levantarse; pero sta estaba desmayada.

--Vive Dios! seor, dijo Cullar con acento hosco, que es V. un
gran compaero; practica V. la traicin y arma emboscadas con raro
talento; pero, el diablo me apriete el gaote antes de hora si V. y yo
cabalgamos por ms tiempo juntos.

--No es ocasin de bromearse, seor, repuso el joven; esta doncella,
que es mi hermana, est desmayada.

--Y quin tiene de ello la culpa, grit brutalmente el guerrillero,
sino V., que con el fin de robarla no s con qu objeto, me ha hecho
matar veinte hombres entre los ms resueltos de mi cuadrilla? Pero le
juro a V. que esto no continuar as.

--Qu quiere V. decir? pregunt con altivez D. Melchor.

--Quiero decir que desde ahora me va V. a hacer el singular favor de
irse a donde le d la gana con tal que no sea conmigo, y que desde este
mismsimo instante rompo con V. toda clase de relaciones. Le parece a
V. bastante claro?

--S, seor, respondi el joven, as es que no voy a abusar ms de su
paciencia; proporcineme V. los caballos necesarios para mi hermana y
para m y le dejo.

--El diablo cargue conmigo si le proporciono a V. cosa alguna; cuanto
a esa seora, ah vienen unos jinetes que mucho me temo se opongan
resueltamente a que V. se la lleve consigo. Don Melchor se puso lvido
de rabia; pero comprendiendo que por su parte era imposible toda
resistencia, cruz los brazos sobre el pecho, irgui orgullosamente la
cabeza y esper.

En efecto, el conde, el mayordomo y Domingo llegaban corriendo.

Cullar dio algunos pasos en direccin a los jvenes, los cuales, no
conociendo como no conocan las intenciones del guerrillero y temerosos
de que se declarase contra ellos, experimentaban alguna zozobra.

--Llegan Vds. oportunamente, les dijo Cullar, apresurndose a
tranquilizarles; espero que no me han hecho Vds., la injuria de suponer
que yo he intervenido en algo en la emboscada en que han corrido riesgo
de perecer.

--No lo hemos sospechado ni por un segundo, seor, contest cortsmente
el conde.

--Gracias por el buen concepto que les merezco, seores, repuso
Cullar; pero dganme, supongo que vienen Vds. a reclamar a esta
seorita, no es eso?

--S, seor.

--Y si yo me opusiese a que se la llevaran ustedes? pregunt con
arrogancia don Melchor.

--Le levantara a V. la tapa de los sesos, interrumpi con toda calma
el guerrillero; crame V., no intente luchar contra m, y aprovchese
de la buena disposicin de nimo en que me encuentro en este instante
para tomar las de Villadiego, pues podra ocurrir que a no tardar me
arrepintiese de esta ltima prueba de bondad que le doy y le abandonase
a sus enemigos.

--Est bien, profiri don Melchor con amargura, me retiro ya que a
ello me veo obligado; y midiendo con despreciativa mirada al conde,
aadi: Volveremos a vernos, seor, y espero que entonces si no estn
enteramente de mi lado las fuerzas, a lo menos las probabilidades sern
iguales.

--Respecto del particular ya ha padecido usted error, replic Luis, y
tengo sobrada confianza en Dios para creer que en adelante suceder lo
mismo.

--Veremos! profiri sordamente don Melchor, retrocediendo algunos
pasos como para alejarse.

--No quiere V. saber qu resultado ha tenido para su padre la
emboscada? pregunt entonces Domingo con acento de amenaza al joven.

--Padre! exclam don Melchor con voz rencorosa, no le tengo.

--Es verdad, repuso con asco el conde, porque V. le ha matado.

Don Melchor se estremeci, le cubri el rostro palidez cadavrica, una
sonrisa amarga le contrajo los delgados labios, y tendiendo una mirada
venenosa sobre los que le rodeaban, profiri con voz atragantada:

--Acepto esta nueva injuria. Paso! Paso al parricida!

Todos retrocedieron con horror, siguiendo con mirada despavorida a
aquel monstruo que en la apariencia se alejaba tranquilo y sosegado a
campo atravieso.

--Ese hombre es un demonio, murmur el mismo Cullar, santigundose.

Gesto que fue piadosamente imitado por sus soldados.

Doa Dolores, levantada con todo cuidado por Domingo, fue colocada
sobre el caballo del conde, y los jvenes, escoltados por Cullar,
regresaron al lado de don Andrs, cuyas heridas le haban curado los
peones como Dios les diera a entender.

stos, por orden del conde, labraron unas angarillas con algunas ramas,
las cubrieron con sus sarapes y luego colocaron en ellas al anciano,
que continuaba desvanecido, y a su hija a un lado.

--Siento ms que no pueda V. imaginar, dijo entonces Cullar
dirigindose al conde, este desdichado acontecimiento, pues por ms que
este hombre sea espaol y por lo tanto enemigo de Mjico, el triste
estado a que le veo reducido me inspira verdadera compasin.

Los jvenes dieron las gracias al agreste guerrillero por esta muestra
de simpata, se separaron definitivamente de l y tomaron de nuevo y en
medio de la mayor tristeza el camino de Puebla, a donde llegaron dos
horas despus, acompaados de muchos parientes del seor de la Cruz,
los cuales, advertidos por un pen a quien mandaron exprofeso, haban
salido a su encuentro.

FIN DEL TOMO PRIMERO




INDICE

TOMO PRIMERO

      I.  Las cumbres
     II.  Los viajeros
    III.  Los salteadores
     IV.  El Rayo
      V.  La hacienda del Arenal
     VI.  Por la ventana
    VII.  El rancho
   VIII.  El herido
     IX.  Descubrimiento
      X.  La cita
     XI.  En la llanura
    XII.  Un poco de poltica
   XIII.  Los bonos de la Convencin
    XIV.  La casa del arrabal
     XV.  Don Melchor
    XVI.  El asalto
   XVII.  Despus de la batalla
  XVIII.  La emboscada






LAS

NOCHES MEJICANAS

POR

GUSTAVO AIMARD

TRADUCCIN DE

LUIS CALVO

2.a EDICIN

TOMO II

BARCELONA

TIPOLITOGRAFA DE LUIS TASSO

ARCO DEL TEATRO, 21 Y 23

ESTA TRADUCCIN ES PROPIEDAD DE

D. Luis TASSO




I


COMPLICACIONES


Loick se call.

Largo haba sido el relato del vaquero, a quien don Jaime escuch sin
interrumpirle, con el rostro impasible y fro, pero chispendole los
ojos.

--Ha terminado V.? pregunt don Jaime volvindose hacia Loick.

--S, seor.

--De qu modo ha sabido V. tan circunstanciadamente esa espantosa
catstrofe?

--El mismo Domingo me la cont. Ah! el pobre estaba como loco de dolor
y de rabia, y al saber que yo tena que verle a V. me encarg que le
refiriese...

--Est bien, repuso don Jaime, interrumpiendo prontamente a Loick y
fijando en ste una mirada de fuego; no le dio a V. otro encargo para
m Domingo?

--Seor, balbuce el ranchero lleno de turbacin.

--Por qu te turbas de esta suerte? pregunt don Jaime. Ea! habla o
revienta.

--Seor, respondi Loick, temo haber cometido una majadera.

--En tu ademn contrito lo sospecho; pero en definitiva, cul es la
majadera esa?

--Es que, respondi el bretn, Domingo estaba al parecer tan
desesperado de no saber dnde encontrarle a V., pareca tener tanta
necesidad de hablarle, que...

--Que no pudiste morderte la lengua y le revelaste...

--Donde se encontraba V., s, seor.

Despus de esta confesin el ranchero inclin con humildad la cabeza
cual si estuviese ntimamente convencido de que haba cometido un gran
crimen.

Hubo unos instantes de silencio.

--Como es natural, prosigui don Jaime, le dijiste bajo qu nombre me
ocultaba en esta casa.

--Diantre! profiri ingenuamente Loick, si no lo hubiese hecho as,
apuradillo se hubiera encontrado Domingo para dar con V.

--Tienes razn. Conque va a venir?

--Lo presumo.

--Est bien.

Don Jaime dio algunos pasos por el aposento, entregado a la reflexin,
y luego acercndose a Loick, que continuaba inmvil en su sitio, le
pregunt:

--Vino V. solo a Mjico?

--Lpez me acompaa, seor, pero le dej en una pulquera de la puerta
de Beln donde me est aguardando.

--Pues vulvase V. all y no le diga nada, y dentro de una hora, no,
antes, vngase V. con l; tal vez necesite de ustedes dos.

--Pierda V. cuidado, seor, seremos puntuales, contest Loick
frotndose las manos.

--Ahora adis.

--Dispense V., traigo una carta.

--Para m? de quin?

Loick sac del bolsillo de su dolmn un billete cuidadosamente sellado
y lo entreg a don Jaime, diciendo:

--Tenga V.

--De don Esteban! exclam con gozo el aventurero despus de dirigir
una mirada al sobre y abrindolo con presteza.

Aunque muy corto, el billete estaba cifrado, y su contenido era el
siguiente:

Todo marcha a pedir de boca; el individuo que V. sabe acude por sus
propios pies al cebo. El sbado, a media noche; peral.

Esperanza!

CRDOBA.

Don Jaime rompi el billete en partculas impalpables, y pregunt de
improviso a Loick:

--En qu da estamos?

--Hoy? repuso el ranchero atnito ante una pregunta para l inesperada
del todo.

--Necio! Le parece a V. si me referir a ayer o a maana?

--Tiene V. razn, seor; hoy es martes.

--No podas habrmelo dicho inmediatamente? Cuando don Jaime estaba
dominado por la alegra o por la clera, tuteaba a Loick, y ste, que
no lo ignoraba, en el modo como aqul le hablaba tena un barmetro
infalible.

El aventurero dio todava algunos pasos por el aposento con ademn
preocupado.

--Puedo marcharme? se arriesg a preguntar el ranchero.

--Hace diez minutos que deberas estar fuera, respondi don Jaime con
acento bronco.

Loick no se hizo repetir la orden; salud y se retir, dejando solo al
aventurero.

Poco despus se abri la puerta del aposento donde ste se encontraba y
en l entraron las dos damas, las cuales se encaminaron al encuentro de
don Jaime, a quien doa Mara pregunt con voz turbada:

--Ha recibido V. malas noticias?

--S, hermana ma, respondi aqul, muy malas.

--Podemos saberlas?

--No me asiste razn alguna para callarlas; por otra parte ataen a
personas queridas para ustedes.

--Virgen santsima! exclam doa Carmen juntando las manos, tal vez
Dolores?

--S, hija ma, respondi don Jaime, la hacienda del Arenal fue
sorprendida e incendiada por los juaristas.

--Dios mo! profirieron las dos damas con arranque de dolor; pobre
Dolores! y don Andrs?

--Est gravemente herido.

--Demos gracias a Dios que no haya muerto.

--Poco ms vale que un difunto, profiri el aventurero.

--Dnde se encuentran actualmente?

--En Puebla, donde llegaron escoltados por algunos de sus peones
mandados por Len Carral.

--Es un criado fiel.

--S, pero dudo que de ir solo hubiese logrado salvar a sus amos; por
fortuna don Andrs tena hospedados en la hacienda a dos caballeros
franceses, el conde del Saulay...

--El que debe casar con Dolores? pregunt Carmen con viveza.

--El mismo, y el barn Carlos de Meriadec, agregado a la embajada
francesa. Parece que estos dos heroicos jvenes hicieron prodigios
de valor, y que gracias a ellos nuestros amigos se han librado de la
horrible suerte que les esperaba.

--Bendgales Dios, profiri doa Mara; no les conozco, pero me
intereso ya por ellos como si fuesen antiguos amigos.

--No tardar V. en conocerles, a lo menos a uno de ellos, dijo don
Jaime.

--Ah! repuso con curiosidad la joven.

--S, de un momento a otro aguardo al barn de Meriadec.

--Le reservaremos la mejor acogida posible, dijo doa Mara.

--Les recomiendo a Vds. que as lo hagan, profiri don Jaime.

--Pero doa Dolores no puede permanecer en Puebla! dijo doa Carmen.

--Tal es mi parecer, repuso el aventurero, y por eso cuento trasladarme
all.

--Por qu no viene ella aqu? pregunt la joven; estara en seguro y
su padre recibira los cuidados que su estado exige.

--Es muy juicioso lo que V. dice, Carmen, replic don Jaime; tal vez
valdra ms que pasase algn tiempo con Vds.; pensar en ello; ante
todo, empero, es preciso que yo vea a don Andrs para cerciorarme de si
su estado consiente el viaje.

--Observo, mi querido hermano, dijo doa Mara, que nos habl V. de
doa Dolores y de su padre, pero no de don Melchor.

Al or estas palabras, el rostro de don Jaime adquiri de sbito una
expresin sombra y se le contrajeron las facciones.

--Le ha sucedido acaso alguna desgracia? pregunt doa Mara.

--Ojal Dios que as hubiese acontecido! respondi aqul entre triste
y colrico; no hable usted nunca de semejante hombre, es un monstruo.

--Me llena V. de espanto, don Jaime.

--Ya les he dicho a Vds. que la hacienda del Arenal haba sido asaltada
por los guerrilleros, no es eso?

--S, respondi doa Mara, palpitante de terror.

--Sabe V. quin mandaba a los juaristas y les serva de gua? don
Melchor de la Cruz.

--Oh! exclamaron horrorizadas las dos mujeres.

--Luego, cuando en pos de un convenio don Andrs y su hija lograron la
autorizacin para retirarse sanos y salvos a Puebla, un hombre les arm
un lazo a no mucha distancia de la ciudad y les atac traidoramente, y
ese hombre era don Melchor.

--Es horrible! profirieron doa Mara y doa Carmen ocultando el
rostro entre las manos y rompiendo en sollozos.

--S, es horrible, continu don Jaime, tanto ms cuanto don Melchor
haba calculado impasiblemente la muerte de su padre, cuanto por medio
de un parricidio quera apoderarse de la fortuna de su hermana, fortuna
a la cual no tiene derecho alguno y que el prximo casamiento de doa
Dolores se la arrebataba por completo, o a lo menos l as lo crea.

--Ese hombre es un monstruo, dijo doa Mara.

La relacin de don Jaime haba aterrorizado a las dos damas, y con
razn; su intimidad con la familia de la Cruz era grande; doa Dolores
y doa Carmen se haban criado juntas, y aunque esta ltima tena
algunos aos ms que la primera, se queran como hermanas. As es
que la noticia de la desventura que de improviso vino a abrumar a la
familia de don Andrs, las llenaba de dolor.

Doa Mara insisti calurosamente para que don Andrs y su hija
fuesen conducidos a Mjico y pasasen a vivir en compaa de ella y de
Carmen y as pudiesen recibir los cuidados y los consuelos de que tan
necesitados estaban despus de semejante desastre.

--Ver, procurar complacerlas a Vds., respondi don Jaime; sin
embargo, no me atrevo a prometerles todava cosa alguna. Cuento partir
hoy mismo para Puebla, camino de la cual saldra ahora mismo si no
aguardara la visita del barn de Meriadec.

--sta ser la primera vez que le ver separarse de nosotras casi sin
pesar, dijo suavemente doa Mara.

Don Jaime se sonri.

En esto los tres interlocutores oyeron abrir la puerta de la calle y
resonar los pasos de un caballo en el zagun.

--Aqu est el barn, dijo el aventurero saliendo a recibir a su
visitante.

En efecto, el recin llegado era Domingo.

Don Jaime tendi la mano al joven, y dirigindole una mirada
significativa, le dijo en francs, lengua que las dos damas hablaban
muy bien:

--Bienvenido sea V., mi querido barn; estaba aguardando a V. con
impaciencia.

Domingo, que comprendi que hasta nueva orden deba conservar su
incgnito, respondi:

--Siento en el alma haberle hecho aguardar a V., mi querido don Jaime;
pero acabo de llegar a escape y nada nuevo le comunicara si le dijese
que el camino es largo.

--Lo s, repuso don Jaime sonriendo, pero no permanezcamos aqu ms
tiempo; vngase usted, quiero presentarle a dos damas que desean
conocerle.

--Seoras, dijo don Jaime entrando, permtanme Vds. que les presente
al barn Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa, uno de
mis ms queridos amigos de quienes he tenido ocasin de hablarlas.
Mi estimado barn, tengo la honra de presentar a V. doa Mara, mi
hermana, y doa Carmen, mi sobrina.

Aunque intencionalmente, como es de suponer, el aventurero se hubiese
callado el apellido de las damas, el joven pareci no advertirlo y las
salud respetuosamente.

--Ahora, aadi de buen humor don Jaime, se encuentra V. aqu como en
medio de su familia, barn; V. ya conoce nuestra hospitalidad espaola;
si necesita V. algo, no tiene ms que hablar; estamos a sus rdenes.

Todos tomaron asiento y luego que hubieron servido los refrescos se
entabl entre nuestros personajes el siguiente dilogo:

--Puede V. hablar con toda franqueza, dijo don Jaime; estas seoras
estn al corriente de la horrorosa catstrofe del Arenal.

--Ms horrorosa de lo que Vds. suponen, profiri Domingo; y pues Vds.
se interesan por esa desventurada familia, temo con mis palabras
aumentar su dolor y ser mensajero de malas nuevas.

--Estamos ntimamente relacionados con don Andrs de la Cruz y su
hechicera hija, respondi doa Mara.

--Entonces, seora, le pido anticipadamente mil perdones, repuso el
joven vacilando; no tengo sino asuntos tristes que comunicarla.

--Oh, hable V., hable V.!

--Pocas palabras tengo que decir: los juaristas se han apoderado de
Puebla; la ciudad se rindi a la primera intimacin.

--Cobardes! exclam el aventurero descargando un puetazo en la mesa.

--No lo saban Vds.? pregunt Domingo.

--No, respondi don Jaime, todava la crea en poder de Miramn.

--Segn su inveterada costumbre, continu el joven, lo primero que
hicieron los juaristas fue apoderarse de los extranjeros, sobre todo
de los espaoles, y exigirles rescate. De estos ltimos, algunos
fueron fusilados sumariamente. No siendo ya bastantes las prisiones,
se ha echado mano de los conventos para encerrar a los prisioneros. Es
espantoso el terror que reina en Puebla.

--Prosiga V., amigo mo, dijo don Jaime. Qu ha sido de don Andrs?

--Probablemente ya sabe V. que el pobre est gravemente herido.

--Lo s.

--Pocas esperanzas inspira su estado. El gobernador de la ciudad, a
pesar de las representaciones de personajes notables y de los ruegos
de toda la gente honrada, mand prender a don Andrs como convicto de
alta traicin, y no obstante las lgrimas de doa Dolores y de todos
sus amigos lo hizo trasladar a las mazmorras de la antigua inquisicin.
Luego saquearon y arrasaron la casa del infeliz.

--Pero, eso es espantoso; eso es barbarie pura.

--Pues todava son tortas y pan pintado!

--Cmo se entiende?

--Don Andrs fue sumariado, y como protestaba de su inocencia, pese a
todos los esfuerzos de sus jueces para obligarle a acusarse a s mismo,
le aplicaron el tormento.

--El tormento! exclamaron los oyentes, con gesto de horror.

--S, respondi Domingo, aquel anciano herido, moribundo, fue
suspendido por los pulgares y recibi el trato de cuerda por dos veces
consecutivas. No obstante, sus verdugos no pudieron conseguir que
confesase los crmenes que le imputaban y de que estaba inocente.

--Oh! esto traspasa los lmites de lo creble, exclam don Jaime. El
desventurado muri, es indudable.

--Todava no, o a lo menos todava no lo estaba cuando me sal de
Puebla; ni siquiera le han condenado. A sus verdugos nada les apresura,
y como pueden disponer del tiempo que se les antoje, se divierten
jugando con su vctima.

--Y Dolores? pregunt doa Carmen, pobrecita cunto debe sufrir!

--Doa Dolores ha desaparecido; la robaron, respondi Domingo.

--Que desapareci! exclam don Jaime con voz de trueno. Y V. vive
para decrmelo!

--He hecho cuanto pude para que me matasen, replic Domingo con la
mayor sencillez del mundo, pero no lo he logrado.

--Ah! yo la hallar, repuso el aventurero. Y qu hace el conde?

--Est desesperado; ayudado por Len Carral, busca mientras yo me vine
a verme con V.

--Ha obrado V. bien; por quien soy le juro que dar con ella. As pues
el conde y Len Carral se quedaron en Puebla?

--nicamente Len Carral; el conde se vio obligado a huir para librarse
de las persecuciones de los juaristas y se refugi con sus criados en
el rancho; todos los das, el ms joven de ellos, a quien creo llaman
Ibarru, va a la ciudad para ponerse de acuerdo con el mayordomo.

--Dgame V., vino V. a mi encuentro por impulso propio?

--S, pero primeramente tom consejo del conde; no quise obrar sin que
me fuese conocido su parecer.

--Hizo V. santamente, repuso el aventurero; y volvindose a doa Mara,
aadi: hermana, prepare V. una habitacin a propsito para doa
Dolores.

--Va V. a conducirla aqu? profirieron las dos damas.

--S, o sucumbir en la demanda, respondi don Jaime.

--Partimos? pregunt Domingo con impaciencia.

--Pronto, estoy aguardando a Loick y a Lpez.

--Loick est aqu?

--l es quien me trajo la noticia de la toma de la hacienda.

--Yo le envi.

--Me lo dijo. Su caballo de V. est fatigado, de consiguiente va V. a
dejarlo aqu para que cuiden de l; ya le proporcionar otro.

--Como V. quiera.

--Usted ha odo pronunciar sin duda los nombres de los principales
perseguidores de don Andrs?

--Tres son: el primero el primer secretario, el alma condenada del
nuevo gobernador, don Antonio de Cacerbar.

--Estuvo V. de chiripa, por mi vida! dijo el aventurero con voz
irnica: se es el hombre a quien salv V. tan filantrpicamente la
existencia.

--Le matar! dijo el joven rugiendo como un tigre.

--Tanto es el odio que V. le lleva? pregunt don Jaime fijando una
mirada singular en su interlocutor.

--La muerte misma no ser parte a extinguirlo. La conducta de ese
hombre es inexplicable. Dos das despus de haber los juaristas entrado
en Puebla, se present l de improviso, para desaparecer nuevamente
dejando tras s un largo reguero de sangre.

--Ya daremos con l; quin es el segundo?

--Todava no lo ha adivinado V.?

--Don Melchor no es eso?

--El mismo.

--Est bien; ahora ya s dnde hallar a doa Dolores; l es quien la
rob.

--Es probable.

--Y el tercero?

--El tercero es un joven de gallarda y agradable presencia, de voz
suave, modales distinguidos, ms terrible por s solo, segn dicen,
que los otros dos reunidos, y aunque no tiene ttulo oficial, parece
disfrutar de un gran poder; pasa por agente secreto de Jurez.

--Se llama?

--Don Diego Izaguirre.

--Bah! repuso el aventurero sonrindose, el negocio no es tan
desesperado como me tem; triunfaremos.

--Lo cree V.?

--Estoy seguro de ello.

--Dios le escuche a V., profirieron las dos damas juntando las manos.

Desde la llegada de Domingo, doa Mara era pbulo de una preocupacin
extraordinaria; mientras ste estaba hablando con don Jaime, aqulla
le miraba con singular fijeza, y senta subrsele las lgrimas a los
ojos, y el corazn pareca querer saltrsele del pecho, sin que pudiese
explicarse la emocin que le produca la presencia y el timbre de voz
de aquel apuesto doncel a quien, no obstante, vea por vez primera. En
vano la buena seora evocaba sus recuerdos para adivinar dnde oyera ya
aquella voz cuyo sonido asuma para ella un no s qu simptico que le
llegaba hasta el alma. Doa Mara estudiaba el hermoso y leal semblante
del vaquero cual si en las facciones de ste hubiese querido hallar un
parecido fugaz, pero su memoria era un caos; entre lo presente y lo
pasado pareca como que se levantase una valla insuperable, cual para
demostrarle que se dejaba dominar por una esperanza desatinada, y que
el hombre que se encontraba en su presencia le era realmente extrao.

Don Jaime segua atentamente en el rostro de doa Mara los diversos
sentimientos que iban consecutivamente reflejndose en l; pero fuese
cual fuese el concepto que se formara sobre el particular, permaneci
fro, impasible e indiferente en la apariencia a las peripecias de
aquel drama ntimo que sin embargo deba interesarle hasta ms no poder.

Una vez hubieron llegado Loick y Lpez, ensillaron un caballo para
Domingo.

--Partamos, dijo el aventurero levantndose; el tiempo apremia.

El joven se despidi de las damas.

--Volver V. no es cierto, caballero? le pregunt con agasajo doa
Mara.

--Es V. muy bondadosa para conmigo, respondi el vaquero; ser para m
una dicha el aprovecharme de tan fina invitacin.

Domingo, Loick y Lpez se salieron, y en pos de ellos iba a hacerlo
don Jaime, cuando su hermana le asi del brazo para decirle con voz
temblorosa:

--Una pregunta.

--Hable V., hermana ma.

--Conoce V. al joven ese?

--Mucho.

--Realmente es un caballero francs?

--Pasa por tal, respondi don Jaime, mirando fijamente a su hermana.

--Qu locura la ma! murmur la dama soltando el brazo de su hermano y
dando un suspiro.

El aventurero se sonri sin responder.

Poco despus resonaron en la calle los cascos de los cuatro caballos
lanzados a escape.




II


LA SORPRESA


De esta suerte y sin cruzar una palabra galoparon hasta la puesta
de sol, en cuya hora llegaron a un rancho ruinoso colocado como un
centinela a orillas del camino.

El aventurero hizo un gesto, y los jinetes detuvieron a sus
cabalgaduras.

Un hombre sali del rancho, y despus de mirar silenciosamente a los
recin llegados, entr nuevamente en aqul, hasta que algunos minutos
despus reapareci por la parte posterior del edificio, conduciendo dos
caballos de las bridas.

Dichos caballos iban ensillados.

El aventurero y Domingo echaron pie a tierra: quitaron las alforjas y
las pistolas, las colocaron en los arzones de los caballos de refresco
y volvieron a montar.

Por segunda vez compareci el hombre del rancho, conduciendo otros dos
caballos, y Loick y Lpez se apearon a su vez e imitaron a don Jaime y
a Domingo.

El mudo personaje cogi en un haz las cuatro bridas y se alej tirando
de los cuatro caballos.

--Adelante! grit don Jaime.

La carrera empez de nuevo silenciosa y veloz; y como la noche estaba
sombra, los jinetes se deslizaban cual sombras.

Despus de andar toda la noche, a las cinco de la maana relevaron los
caballos en un ruinoso rancho.

Aquellos hombres parecan de bronce, pues tras quince horas de
vertiginosa carrera a caballo la fatiga no haba hecho mella en ellos.

Durante tan largo trayecto, ninguno de los viajeros haba pronunciado
palabra.

A eso de las diez de la maana, don Jaime y los suyos vieron brillar, a
los deslumbradores rayos del sol, las cpulas de Puebla.

En menos de veinticuatro horas haban recorrido, al travs de caminos
impracticables, los ciento veintisis kilmetros que van de esta ciudad
a Mjico.

A media legua escasa de la ciudad, en lugar de continuar avanzando en
lnea recta, a una seal del aventurero hicieron una conversin y se
internaron en un sendero apenas perceptible que cruzaba un soto.

Por espacio de una hora don Jaime cabalg a la cabeza de sus
compaeros, y una vez llegados a un claro en medio del cual se haca
una enramada, aqul detuvo su caballo, se ape y dijo:

--Hemos llegado; aqu es donde provisionalmente vamos a establecer
nuestro cuartel general.

Domingo, Lpez y Loick echaron tambin pie a tierra y empezaron a
desensillar a sus caballos.

--Aguarden Vds., repuso el aventurero; Loick, vas a llegarte a tu
rancho, donde en este momento se encuentran el conde del Saulay y sus
criados, y les conduces aqu; t, Lpez, ve por provisiones.

--Vamos a aguardarles V. y yo bajo esta enramada? pregunt Domingo.

--No, porque yo me voy a Puebla.

--Y s le conocen a V.?

El aventurero se sonri.

Don Jaime y el vaquero se quedaron solos, y despus de introducir
sus caballos en la espesura y quitarles las bridas para que pudiesen
ramonear la hierba, aqul dijo al joven:

--Sgame V.

Domingo obedeci, y l y don Jaime se internaron en la enramada.

Dan el nombre de enramada en Mjico a una especie de cabaa informe
construida sin arte con ramas de rboles entrelazadas y cubierta con
otras ramas y hojas; esas viviendas, de muy pobre aspecto, ofrecen sin
embargo un abrigo muy bueno contra la lluvia y contra los rayos del sol.

La enramada a que llegaron don Jaime y Domingo, ms bien construida
que las dems, estaba dividida en dos compartimientos por un tejido
de ramas que suba hasta el techo y divida la cabaa en dos partes
iguales por lo ancho.

Don Jaime pas, sin detenerse, por el compartimiento primero y entr
en el segundo, seguido del vaquero, que desde haca algunos instantes
pareca estar sumergido en profundas reflexiones.

El aventurero apart un montn de hierbas y de hojas secas, y tomando
su machete empez a cavar el suelo.

--Qu hace V.? le pregunt Domingo lleno de admiracin.

--Ya lo ve V. estoy desembarazando la entrada de una cueva; aydeme V.

El joven y el aventurero pusieron manos a la obra, y a poco apareci
una losa ancha y plana en medio de la cual estaba empotrada una anilla.

Una vez hubieron quitado la piedra, quedaron al descubierto dos
groseros escalones tallados en la pea.

--Bajemos, dijo el aventurero, despus de encender una lmpara.

Domingo tendi una mirada de curiosidad en torno de s; el sitio donde
se encontraba, situado siete u ocho metros debajo del suelo, formaba
una especie de sala octagonal bastante capaz a la que afluan cuatro
galeras, que conducan a puntos distintos y parecan penetrar en las
entraas de la tierra.

Dicha sala estaba abundantemente provista de armas de todas clases; se
vean en ella arneses, equipos, una cama de hojarasca con su manta y
hasta una anaquelera con libros suspendida de la pared.

--sta es una de mis guaridas, dijo sonriendo el aventurero, y como
sta poseo muchas desparramadas por todo el territorio mejicano. Esta
cueva data del tiempo de los aztecas y su existencia me la revel hace
ya muchos aos un indio anciano; ya sabe V. que la provincia en que
nos encontramos era antiguamente el territorio sagrado de la religin
mejicana; de consiguiente en l pululan los templos. Las cuevas, de las
que existan gran nmero, servan a los sacerdotes para trasladarse de
uno a otro sitio sin ser descubiertos y dar de esta suerte ms valor
a los milagros de ubicuidad que ellos pretendan obrar. Ms adelante
sirvieron de refugio a los indios perseguidos por los conquistadores
espaoles. sta, que por un lado afluye a la pirmide de Cholula y
por el otro al centro de la misma ciudad de Puebla, sin mentar otras
salidas, fue muchas veces de gran provecho para los insurgentes
mejicanos durante la guerra de la independencia. Hoy su existencia es
ignorada; V. y yo somos los nicos que en la actualidad la conocemos.

--Dispense V., dijo el vaquero, que haba escuchado con el ms vivo
inters este relato, hay una cosa que no acabo de comprender.

--Cul?

--Hace poco me dijo V. que si por acaso vena alguien, al punto lo
sabramos.

--Efectivamente se lo dije a V.

--No comprendo absolutamente como puede ser eso.

--Es muy sencillo; ve V. esa galera?

--S.

--Pues por una especie de abertura de un metro cuadrado poco ms o
menos, cubierta de malezas e imposible de descubrir, afluye exactamente
a la entrada del sendero, nico punto por el cual es posible penetrar
en el bosque; ahora bien, por un singular efecto de acstica de que no
acertara a dar la explicacin, todos los ruidos, sean cuales fueren,
aun los ms insignificantes, que se producen cerca de dicha abertura,
son inmediatamente repercutidos aqu con claridad tal, que con gran
facilidad puede conocerse de qu proceden.

--Entonces nada temo ya, repuso Domingo.

--Por otra parte, una vez hayan llegado las personas a quienes estamos
aguardando, taparemos la mencionada abertura, que nos ser intil, y
entraremos y saldremos por otra galera que se abre a espaldas de V.

Y mientras daba estas explicaciones a su amigo, el aventurero se haba
quitado algunas prendas de su traje.

--Qu hace V.? pregunt Domingo.

--Me disfrazo para ir a informarme y saber en qu punto se encuentran
nuestros asuntos en Puebla. Los habitantes de esta ciudad son muy
religiosos; en ella abundan los conventos, y me pongo estos hbitos de
camaldulense, a favor de los cuales podr librarme a mis comisiones
sin temor de que sospechen de m.

El vaquero se haba sentado sobre las pieles, y con la espalda apoyada
en la pared estaba meditando.

--Qu tiene V.? le pregunt don Jaime, parece que le preocupa y le
entristece algo.

--En efecto, estoy triste, respondi el joven, estremecindose cual si
de improviso le hubiese mordido una vbora.

--No le he dicho a V. ya que daramos de nuevo con doa Dolores?

--Seor, repuso Domingo, estremecindose otra vez, ponindose lvido y
levantndose con la cabeza cada sobre el pecho, desprcieme usted, soy
un infame.

--Un infame! V. un infame! Bah! V. ha mentido.

--No, seor, he dicho la verdad; falt a mis deberes, traicion a mi
amigo, olvid cuanto V. me recomend, dijo Domingo. Y luego, dando un
gran suspiro, aadi con voz apenas perceptible; amo a la prometida del
conde.

El aventurero fij con expresin indefinible su lmpida mirada en el
joven, y dijo:

--Ya lo saba.

--Que lo sabia V.! exclam Domingo estremecindose e irguindose a la
vez como impulsado por poderoso resorte.

--S, repuso don Jaime.

--Y no me desprecia V.?

--Por qu? acaso somos dueos de nuestro corazn?

--Pero es la prometida del conde, de mi amigo!

--Dolores le ama a V., profiri el aventurero, haciendo caso omiso de
la exclamacin del joven.

--Oh! profiri ste, y cmo sabr yo si ella me ama, cuando apenas me
atrev a confesarme a m mismo la pasin que yo siento?

Hubo una larga pausa de silencio. Por fin don Jaime, que mientras iba
vistindose los hbitos de fraile miraba con el rabillo del ojo a su
interlocutor, dijo con voz natural:

--El conde no ama a doa Dolores.

--Qu dice V.? exclam el joven con ardoroso arranque.

--He aqu lo que son los enamorados, profiri don Jaime riendo, no
comprenden que los dems tengan tambin ojos para ver.

--Pero el conde debe casar con ella, repuso el joven.

--Debe, replic el aventurero recalcando con intencin la palabra.

--No vino ex professo a Mjico con este fin?

--S.

--Luego ya ve V. que casar con ella.

--Su conclusin de V. es absurda, repuso el aventurero encogiendo los
hombros; por ventura sabe el hombre lo que va a hacer? le pertenece
acaso el maana?

--Pero desde que las desgracias abrumaron a la familia de doa Dolores
y a doa Dolores misma, el conde tienta lo imposible para salvar a su
prometida.

--Eso demuestra que el conde es un caballero cumplido, y nada ms; por
otra parte, es primo de la joven, y al procurar salvarla, aun con
peligro de su vida y de su fortuna, cumple con su deber.

--La ama, la ama, dijo Domingo.

--Entonces vuelvo la oracin por pasiva: doa Dolores no ama al conde.

--Usted lo cree as?

--Estoy seguro de ello.

--Oh! como pudiese yo persuadirme de semejante supuesto, esperara.

--Es V. un nio, repuso el aventurero. Ahora parto; agurdeme V. aqu;
pero antes de irme jreme que no se alejar en tanto no est yo de
regreso.

--Se lo juro a V.

--Bien, voy a trabajar para V.; espere; hasta luego.

Y haciendo a Domingo una ltima seal de despedida con la mano, el
aventurero se alej por una galera lateral.

El joven permaneci inmvil e imaginativo mientras oy el ruido de los
pasos de su amigo que se alejaba; luego se dej caer en el lecho de
pieles, y murmur con voz apagada:

--Me dijo que esperara.

Ahora vamos a dejar a Domingo sumergido en reflexiones que, a juzgar
por la expresin del rostro del joven, deban ser agradables, y
seguiremos a don Jaime en su arriesgada expedicin.

El subterrneo estaba situado a una media legua de la ciudad; por
lo tanto sta era la distancia que don Jaime tena que recorrer
bajo tierra para encontrarse en Puebla. Sin embargo, lo largo del
trayecto no pareca inquietarle lo ms mnimo; segua a buen andar
por la galera, en la que por intersticios invisibles penetraba luz
suficiente para que con facilidad pudiese guiarse en medio de los
innumerables rodeos que se vea obligado a dar. De esta suerte don
Jaime camin por espacio de tres cuartos de hora, al cabo de los cuales
lleg al pie de una escalera compuesta de unos quince peldaos, por la
que empez a subir despus de haberse detenido por un instante para
recobrar el aliento. Una vez arriba, busc un resorte, con l que dio
casi inmediatamente, apoy con fuerza los dedos en l, y al punto una
enorme piedra se destac de la pared, gir sobre invisibles goznes y
abri ancho paso. Don Jaime atraves la abertura, empuj la piedra, que
recobr instantneamente su primitiva posicin, y pase en torno de s
una escrutadora mirada: estaba solo. El sitio donde se encontraba era
una capilla de la mismsima catedral de Puebla; la puerta secreta que
haba librado paso el aventurero, se abra en uno de los ngulos de
aqulla y estaba oculta por un confesionario. Las precauciones estaban
bien tomadas; no se corra riesgo alguno de ser descubierto.

Don Jaime se sali de la iglesia y se encontr en la plaza Mayor, que,
por ser las doce del medioda, hora de la siesta, se hallaba casi
solitaria.

El aventurero se baj el capuchn hasta los ojos, escondi las manos
en sus mangas, y con paso reposado atraves la plaza diagonalmente,
se intern en una de las calles que a ella afluan, y lleg de esta
suerte hasta la puerta de una graciosa casa construida entre patio
y jardn, la cual pareca surgir del corazn de un bosquecillo de
naranjos y de granados en flor. El aventurero abri dicha puerta, que
no estaba cerrada sino con un pestillo, entr y volvi a cerrarla tras
s, y se encontr en una alameda arenosa, sombrada por una bveda de
follaje y que terminaba en la puerta misma de la casa, separada del
plan terreno por algunos escalones y coronada de una azotea al estilo
mejicano. Oliverio tendi a su alrededor una mirada suspicaz, y vio que
el jardn estaba desierto. Entonces sigui adelante, pero en vez de
dirigirse hacia la casa, se intern en una alameda lateral, y despus
de algunos rodeos se encontr ante una puerta excusada que al parecer
perteneca a la servidumbre. Una vez all Oliverio tom un silbato de
plata que de una cadenita de oro llevaba suspendido al cuello, se lo
llev a los labios y arranc de l un sonido suave y modulado de cierta
manera, a cuyo son y desde el interior de las habitaciones contest
otro parecido, tras lo cual se abri una puerta y apareci un hombre.
El aventurero hizo un signo masnico a ste, que le respondi del mismo
modo y entr en pos de l en la casa. Sin pronunciar palabra, aquel
hombre gui al aventurero al travs de gran nmero de aposentos, hasta
que por fin abri una puerta, se hizo a un lado para dejar paso franco
a su acompaado, y una vez ste hubo penetrado en la pieza, volvi a
cerrar, quedndose fuera. El aposento en el cual don Jaime acababa
de ser introducido de esta suerte, estaba amueblado con elegancia,
en las ventanas haba anchas y corridas cortinas que interceptaban
los rayos del sol, el piso estaba cubierto con uno de esos blandos
petates que nicamente los indios saben labrar, y lo divida en dos
una hamaca de hilo de loe suspendida por argollas de plata, de grapas
del mismo metal, en la que dorma a pierna tendida un hombre que no
era otro que don Melchor de la Cruz. Sobre una baja mesa de sndalo y
al alcance del durmiente se vean un cuchillo con puo de plata dorada
delicadamente cincelado, de ancha, larga y afilada hoja, y un par
de magnficos revlveres de seis tiros, en cuyos caones se lea el
nombre de Devisme. Aun en el rin de Puebla, en su propia casa, don
Melchor crea prudente estar preparado contra una sorpresa o contra una
traicin. A bien que sus temores nada tenan de exagerado, porque el
hombre que en aquel instante se encontraba ante l, en aquella pieza,
era uno de sus ms temibles enemigos. Don Jaime contempl a don Melchor
por espacio de algunos segundos, luego avanz de puntillas hasta la
hamaca, tom las pistolas, las hizo desaparecer debajo de sus hbitos,
se apoder del cuchillo, y luego dio un golpecito al durmiente, que no
necesit de nueva insinuacin para despertarse y tender maquinalmente
la mano hacia la mesa.

--Es intil, dijo con despego don Jaime, no estn.

Al sonido de aquella voz conocida, don Melchor se levant como
despedido por un resorte, y fijando una mirada hosca en el individuo
que estaba inmvil delante de l, pregunt con voz ahogada por el miedo:

--Quin es V.?

--Todava no me ha conocido? respondi con zumba el aventurero.

--Quin es V.? repiti don Melchor.

--Ah! dijo el fingido fraile, quiere V. estar seguro? en hora buena,
mire V.

Al pronunciar estas palabras, el aventurero se ech atrs el capuchn.

--Don Adolfo! murmur el joven con voz sorda.

--A qu tal extraeza? pregunt el aventurero sin dejar el tono de
zumba. No me esperaba V.? sin embargo deba V. suponer que vendra a
encontrarle.

--Est bien, dijo don Melchor despus de unos instantes de reflexin;
en definitiva vale ms acabar de una vez.

Y se sent de nuevo en el borde de la hamaca, con la mayor tranquilidad
e indolencia del mundo, en la apariencia a lo menos.

--Enhorabuena, profiri Oliverio sonrindose; prefiero que lo tome V.
as. Ea! hablemos, nos sobra el tiempo.

--Conque no viene V. con la intencin de asesinarme? pregunt el joven
con irona.

--Vaya un pensamiento ms diablico se le ha acudido a V., mi querido
seor! respondi el aventurero. Yo poner la mano encima de V.! Dios
me libre! ste es negocio del verdugo, y me guardar de hacer la
competencia a tan estimable empleado.

--El caso es, profiri impetuosamente don Melchor, que V. se introdujo
en mi casa como pudiera haberlo hecho un bandido, bajo este disfraz,
sin duda para asesinarme.

--Vuelve V. a las andadas y esto arguye torpeza; si he venido
disfrazado aqu, es porque las circunstancias exigen que tome esta
precaucin, y nada ms; por otra parte, no hice sino seguir el ejemplo
de V. Y cambiando inopinadamente de tono, el aventurero aadi: a
propsito, est V. satisfecho de Jurez? Le pag a V. generosamente
su traicin? He odo cosas de l que me hacen suponer se habr limitado
a hacerle a V. promesas, no es as?

--Para decirme esas majaderas, repuso don Melchor con desdn, se
introdujo V. furtivamente en mi casa?

--No, miserable! exclam el aventurero levantndose, empuando un
revlver en cada mano, avanzando un paso y midiendo de pies a cabeza y
con mirada de desprecio al joven; no, miserable, vine para levantarle a
V. la tapa de los sesos como no me revele qu hizo de su hermana doa
Dolores.




III


LOS PRISIONEROS


Reinaron algunos instantes de silencio amenazador. Aquellos dos
hombres, de pie uno en frente de otro, se medan con la mirada.

--Ja, ja, ja! profiri don Melchor de la Cruz interrumpiendo el
silencio, echndose a rer de un modo estridente y dejndose caer de
nuevo sobre el borde de la hamaca; mire V. si me equivocaba, seor, al
decirle que se haba V. introducido en mi casa para asesinarme.

--Pues no, repuso el aventurero con voz vibrante, despus de esconder
los revlveres y de morderse los labios con despecho; se lo repito a
V., no le matar, no es V. digno de morir a manos de un hombre honrado;
pero le obligar a que me diga la verdad.

--Prubelo V., profiri el joven mirando con expresin singular a su
interlocutor y encogiendo los hombros con desdn.

Luego se puso a liar un cigarrito de paja de maz, lo encendi, y
lanzando hacia el techo una bocanada de azulado y odorfero humo,
aadi:

--Le escucho a V.

--Pues vea lo que le propongo: es V. mi prisionero y no le devolver la
libertad sino a condicin de que ponga a doa Dolores, no en mis manos,
sino en las del conde del Saulay, con quien debe casar inmediatamente.

--Jum! mucho me exige V., querido seor, replic el joven; observe V.
que yo soy el tutor legal de mi hermana.

--Cmo su tutor!

--S, puesto que nuestro padre ha fallecido.

--Qu! don Andrs de la Cruz muerto? exclam el aventurero
levantndose de un brinco.

--Ay! s, respondi hipcritamente el joven levantando los ojos al
cielo; hemos tenido el dolor de perderlo anteanoche, y ayer por la
maana le enterraron; el pobre anciano no pudo resistir el cmulo de
desventuras que anonadaron a nuestra familia, el dolor le quebrant. Su
muerte fue conmovedora.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Oliverio se pase por el
aposento.

--Sin ambages ni rodeos, dijo prontamente ste detenindose delante del
joven, quiere V., o no, devolver la libertad a doa Dolores?

--No, respondi resueltamente don Melchor.

--Est bien, repuso con calma el aventurero; peor para V.

En esto se abri la puerta y un joven de presencia distinguida y de
porte elegante entr en el aposento.

--Los acontecimientos podran tomar un sesgo muy distinto de lo que
supone don Adolfo, dijo entre s don Melchor sonriendo socarronamente
al ver al recin llegado.

El cual salud cortsmente al dueo de la casa, a quien pregunt
despus de cambiar con l un apretn de manos y de haber dirigido una
mirada indiferente al fingido fraile:

--Incmodo?

--Al contrario, mi querido don Diego, no poda V. llegar ms
oportunamente, respondi don Melchor; pero a qu debo el verle a V. a
hora tan inslita?

--Vengo a comunicarle a V. una buena noticia. El conde del Saulay,
su enemigo personal, est en poder nuestro; pero como es francs y
debemos guardar para con l algunas consideraciones, el general ha
resuelto enviarle, bajo la vigilancia de una buena escolta, a nuestro
ilustrsimo presidente. Otra noticia agradable, V. es el encargado de
mandar la escolta esa.

--Demonios! exclam con alborozo don Melchor, es V. lo que se llama
un verdadero amigo. Pero ahora me toca a m: fjese V. bien en este
fraile, le conoce V.? no? Pues este hombre no es otro que el
aventurero llamado don Adolfo, don Oliverio, don Jaime y qu s yo
cuntos nombres ms, y a quien hace tanto tiempo persiguen en vano.

--Es posible? exclam don Diego.

--Tal como dijo el seor, repuso entonces don Adolfo.

--Antes de una hora, profiri l de la Cruz, ser V. fusilado por
traidor y bandido.

Don Adolfo encogi con desdn los hombros.

--Es evidente, observ don Diego, que este hombre ser fusilado; pero
como pretende que es francs, slo al presidente corresponde decidir de
su suerte.

--Ah! profiri don Melchor, as pues todos esos demonios pertenecen a
esa nacin maldita?

--No s, dijo don Diego; pero lo que s puedo asegurar a V. es que el
hombre ese es duro de pelar, y como tal vez se vera V. en apuros para
llevarle a buen recaudo, le mandar al presidente bajo la vigilancia de
una escolta especial.

--Al contrario, repuso don Melchor, si quiere usted darme gusto, tengo
empeo en conducirle yo; nada tema, mi amigo don Diego, tomar tales
precauciones, que por muy astuto que sea no se me escapar; lo nico
que hay que hacer es desarmarle.

El aventurero entreg silenciosamente las armas a don Diego.

En esto entr un criado y anunci que la escolta estaba aguardando en
la calle.

--Est bien, dijo don Melchor; en marcha.

El criado entreg un machete, un par de pistolas y un sarape a su amo y
le enhebill las espuelas.

--Ahora podemos partir, dijo l de la Cruz.

--Vamos, profiri don Diego; y volvindose al aventurero, aadi: don
Adolfo o como se llame, pase V. adelante.

El aventurero obedeci sin replicar.

Veinticinco soldados vestidos podramos decir caprichosamente y casi
todos ellos harapientos, estaban, efectivamente, aguardando en la
calle e iban bien montados y bien armados. En medio del escuadrn y
rigurosamente vigilados, iban el conde del Saulay y sus criados.

Al ver al conde, a don Melchor se le ilumin el semblante; en cuanto a
aqul, no se dign siquiera aparentar que haba notado la presencia del
hermano de su prometida.

A una seal de don Diego, don Adolfo se subi sobre un caballo que al
efecto para l haban preparado, y fue a colocarse a la derecha del
conde, con quien cambi un apretn de manos.

--Ahora, amigo don Melchor, dijo don Diego al joven, que a su vez
tambin haba montado, buen viaje; yo me vuelvo al gobierno.

--Adis, contest don Melchor.

La escolta se puso en marcha.

Eran poco ms o menos las dos de la tarde, y como haban ya menguado
los grandes calores del da, las tiendas empezaban a abrirse, y los
tenderos, de pie en el umbral de sus puertas, miraban, bostezando,
pasar los soldados. Don Melchor iba algunos pasos delante del
escuadrn; y aunque su postura era fra y comedida, se conoca que
haca esfuerzos para dominar el gozo que experimentaba al verse por fin
dueo de sus implacables enemigos.

Tiempo haca que haban salido de la ciudad la escolta y los
prisioneros, cuando el teniente que mandaba la escolta se acerc a don
Melchor y le dijo:

--Los soldados estn rendidos de fatiga; de consiguiente bueno sera
que penssemos en acampar con objeto de pasar la noche.

--Acampemos, contest el joven, con tal que sea en sitio seguro.

--No lejos de aqu, repuso el teniente, conozco un rancho abandonado
donde nos encontraremos a las mil maravillas.

--Pues vamos all.

El teniente tom la direccin de los soldados, los cuales no tardaron
en internarse en un sendero apenas abierto al travs de un bosque
sumamente frondoso, y al cabo de unos tres cuartos de hora llegaron
a un extenso claro en cuyo centro se elevaba el rancho de que aqul
hablara.

A una orden del teniente, los soldados se apearon ms que de prisa;
tantos deseos tenan, al parecer, de descansar de sus fatigas.

Don Melchor ech tambin pie a tierra y penetr en el rancho para
informarse del estado en que ste se encontraba; pero apenas hubo
dado un paso en el interior del mismo, cuando prontamente se sinti
sujetado, envuelto en un sarape, agarrotado y amordazado, sin que
le hubiesen dado tiempo de ensayar una defensa intil. Al cabo de
algunos minutos oy choque de sables y un ruido cadencioso fuera del
rancho: los soldados, o a lo menos parte de ellos, se alejaban sin
ocuparse ms en l. Luego y casi al punto le cogieron por los pies y
por los sobacos, le levantaron y se lo llevaron, y despus de avanzar
algunos pasos con rapidez, le pareci que le hacan bajar por una
escalera subterrnea, hasta que al cabo de diez minutos le colocaron
cuidadosamente en una blanda cama de pieles, a lo que l supuso, donde
le dejaron slo y en medio del ms absoluto silencio.

Por fin se oy un ligero ruido, que fue aumentando gradualmente, ruido
al parecer producido por el andar de muchas personas sobre arena.

De improviso todo qued de nuevo en el mayor silencio. El joven sinti
como le levantaban de nuevo y se lo llevaban, en cuya ocupacin
emplearon sus raptores un espacio de tiempo bastante largo y se
relevaron de trecho en trecho, hasta que de nuevo se detuvieron y le
depositaron en el suelo. Entonces el prisionero conjetur, por el
aire ms fresco y vivo que le hera el rostro, que haba salido del
subterrneo y se encontraba al raso.

--Desaten Vds. al prisionero, dijo entonces una voz cuyo timbre seco y
metlico llam la atencin del joven.

Al punto libraron a ste de las ataduras, de la mordaza y de la venda
que le cubra los ojos.

Don Melchor se puso en pie de un salto y mir en torno de s.

El sitio donde se encontraba era la cspide de una colina bastante
alta, situada en medio de una llanura inmensa. La noche estaba sombra,
y a lo lejos, un poco a la derecha, brillaban como otras tantas
estrellas las luces de las casas de Puebla.

El joven formaba el centro de un grupo numeroso de hombres; los cuales
iban enmascarados y empuaban en la diestra sendas teas de ocote, cuya
llama, movida por el viento, matizaba de sanguinolentos vislumbres las
ondulaciones del terreno y les imprima un aspecto fantstico.

Don Melchor qued aterrorizado, pues comprendi que se encontraba en
poder de los miembros de la misteriosa asociacin masnica a la cual l
estaba afiliado, y que extenda por todo el territorio de la repblica
mejicana las tenebrosas ramificaciones de sus temibles ventas.

Tal era el silencio que reinaba en la colina, de tal modo parecan
estatuas aquellos hombres, en su fra inmovilidad, que el joven oa
sordamente los precipitados latidos de su propio corazn.

--Don Melchor de la Cruz, dijo uno de los desconocidos adelantando un
paso, sabe usted dnde se encuentra y en presencia de quienes est en
este momento?

--S, respondi el joven con los labios oprimidos.

--Se reconoce V. sujeto a la justicia de los que le rodean?

--S; porque tienen de su lado la fuerza, y toda resistencia o protesta
de mi parte sera intil.

--No, no es sta la razn por la cual est V. sujeto al fallo de
estos hombres, y V. lo sabe perfectamente, replic impasiblemente el
enmascarado, sino porque se ha ligado V. espontneamente a ellos por
un pacto, y al hacer este pacto, acept V. su jurisdiccin y dio el
derecho a juzgarle como faltase a los juramentos que voluntariamente
les prest.

--Qu me aprovechara intentar una defensa intil, repuso don Melchor
encogiendo los hombros, si s que de antemano estoy condenado a
muerte? Ejecuten pues sin tardanza la sentencia que ya han pronunciado
Vds. tcitamente.

El enmascarado lanz, al travs de los agujeros de su cartula, una
mirada abrasadora al joven, y con voz acre y clara profiri estas
palabras:

--Don Melchor, no comparece V. ante este tribunal supremo como
parricida, ni como fratricida, ni como ladrn, sino como traidor a la
patria; le requiero pues para que se defienda.

--No me da la gana, respondi el joven en voz alta y firme.

--Enhorabuena, repuso framente el enmascarado; y clavando su antorcha
en el suelo y volvindose hacia los circunstantes, pregunt:

--Hermanos qu castigo merece este hombre?

--La muerte, respondieron con voz sorda los dems enmascarados.

Don Melchor permaneci impasible.

--Est V. condenado a morir, profiri l que hasta entonces haba hecho
uso de la palabra, y la sentencia ser ejecutada en este mismo sitio;
tiene V. media hora para ponerse bien con Dios.

--Cmo morir? pregunt con indolencia el joven.

--Ahorcado.

--Tanto da acabar as que as, dijo don Melchor con irnica sonrisa.

--Y como no nos consideramos en derecho de matar el alma junto con el
cuerpo, prosigui el enmascarado, a no tardar vendr un sacerdote para
que le ayude a V. a bien morir.

--Gracias, profiri lacnicamente el joven.

El enmascarado permaneci inmvil por espacio de algunos segundos como
si hubiese aguardado que don Melchor le dirigiese otra peticin; pero
al ver que ste segua encerrado en su silencio, tom de nuevo su
antorcha, se hizo atrs dos pasos, la agit por tres veces distintas,
y luego la apag con el pie. Todas las dems antorchas se apagaron al
mismo instante; se oy un ligero crujido de hojarasca, y don Melchor se
encontr a solas. Sin embargo, el joven no se enga respecto a esta
apariencia de soledad; comprendi que, aunque invisibles, sus enemigos
no le perdan de vista.

Por muy templada que tenga el alma, por mucha que sea su energa,
por ms que una y otra vez haya desafiado a la muerte, el hombre, a
los veinte aos, es decir, cuando apenas ha puesto la planta en el
umbral de la existencia y lo por venir le sonre al travs del prisma
embriagador de la juventud, no puede hacer abstraccin completa y
real de s mismo y pasar sin transicin alguna del ser al no ser, sin
experimentar un enervamiento general y sbito de todas las facultades
intelectuales y sufrir una angustia horrible y un estremecimiento de
msculos espantoso, sobre todo cuando la muerte que viene a arrebatarle
lleno de fuerza, de sabia y de juventud, se la dan impasiblemente,
de noche, a escondidas por decirlo as y tiene un sello de infamia
indecible. As es que pese a su valor y a su voluntad, don Melchor
sufra una espantosa agona; en la raz de cada uno de sus cabellos,
erizados por el terror, temblaba una gota de sudor fro, tena
horrorosamente contradas las facciones y le cubra el semblante una
palidez lvida y terrosa.

En esto le dieron un golpecito en el hombro, que le hizo estremecer
cual si hubiera recibido una descarga elctrica, y levantando la
frente, vio ante s a un fraile con el capuchn derribado sobre el
rostro.

--Ah! murmur el joven ponindose en pie, ah est el sacerdote.

--S, dijo el fraile en voz baja pero perfectamente perceptible;
arrodllese V., hijo mo, vengo para recibir su confesin.

Don Melchor se estremeci al timbre de aquella voz para l no
desconocida, y fij una mirada ardiente e interrogadora en el fraile,
que permaneca inmvil ante l.

ste se arrodill hacindole sea de que le imitase, y el joven
obedeci automticamente.

As arrodillados aquellos dos hombres en la desierta cspide de una
colina iluminada apenas por la dbil y temblorosa luz de las linternas
que no servan sino para hacer ms profunda la oscuridad que les
envolva, ofrecan un espectculo singular y conmovedor.

--Nos estn observando, dijo el fraile; imponga V. la impasibilidad
a sus facciones y la inmovilidad a sus nervios, y esccheme, pues no
tenemos instante que perder; me conoce usted?

--S, murmur casi imperceptiblemente don Melchor, que sintiendo
que tena un amigo a su lado, recobraba a pesar suyo la esperanza,
sentimiento ltimo que se extingue en el corazn del hombre; es V. don
Antonio de Cacerbar.

--Disfrazado con estos hbitos, repuso don Antonio, estaba a punto de
entrar en Puebla, cuando prontamente me vi rodeado de algunos hombres
enmascarados que me preguntaron si era sacerdote, y a mi respuesta
afirmativa, dada a todo evento, a fin de no romper un incgnito que es
mi nica salvaguardia contra mis enemigos, dichos hombres me condujeron
aqu. Estremecido de terror por m por si esos hombres de quienes
escap una vez milagrosamente me conocan, asist a su condena de V.;
pero sobrevenga lo que sobreviniera, he resuelto compartir su suerte.

--Trae V. armas?

--No, pero de qu me serviran contra un nmero tan considerable de
enemigos?

--Para hacerse V. matar bravamente en lugar de ser ignominiosamente
ahorcado.

--Tiene V. razn, exclam el joven.

--Silencio, desventurado, profiri don Antonio con viveza; tome V. este
revlver de seis tiros y este pual; yo me reservo para m igual nmero
de armas.

--Ahora ya no les temo, dijo don Melchor estrechando las armas contra
su pecho.

--As quera verle a V., repuso Cacerbar; los caballos aguardan
ensillados all, al pie de la colina, a la derecha; si conseguimos
llegar a ellos, estamos salvados.

--Suceda lo que quiera, le doy a V. las gracias, don Antonio, dijo el
joven; y si Dios permite que escapemos...

--Nada me prometa V., interrumpi Cacerbar; ya tendremos ocasin de
saldar nuestras cuentas ms adelante.

El fraile dio la absolucin al penitente, y transcurridos algunos
minutos este ltimo se levant con ademn altivo y tranquilo. Es que
estaba seguro de no morir sin vengarse.

De improviso reaparecieron los enmascarados y de nuevo coronaron la
cumbre de la colina. l que hasta entonces haba hecho uso de la
palabra, se acerc al condenado, aliado de quien se haba colocado don
Antonio para exhortarle en sus ltimos momentos.

--Est V. preparado? pregunt a don Melchor el desconocido.

--S, respondi framente el joven.

--Levanten Vds. la horca y enciendan las antorchas, orden l de la
cartula.

Entonces hubo un instante de desorden entre los que obedecan a los
mandatos del desconocido.

Los iniciados estaban tan convencidos de que toda fuga le era imposible
al condenado, y por otra parte era tan poco probable que ste intentase
evadirse de su suerte, que por espacio de algunos minutos descuidaron
su vigilancia; descuido del que don Melchor y su amigo se aprovecharon.

--Ea, exclam Cacerbar, derribando al hombre colocado ms cerca de l,
sgame V.

--Adelante, profiri osadamente don Melchor armando su revlver y
empuando su pual.

Y precipitndose ambos y con la cabeza baja en medio de los iniciados,
descargaron furiosamente sus armas a derecha y a izquierda y
consiguieron abrirse paso.

Como todas las acciones desesperadas, la llevada a cabo por aquellos
dos hombres se vio coronada de xito a causa de su insensatez misma;
hubo una refriega espantosa, una lucha gigantesca de algunos minutos
entre los iniciados sorprendidos de sopetn y los dos hombres resueltos
a escapar o a morir con las armas en la mano: luego se oy un galope
furioso de caballos, y una voz burlona que a lo lejos gritaba:

--Hasta la vista!

Don Melchor y don Antonio corran a escape camino de Puebla.

Toda esperanza de alcanzarles era intil; por lo dems, los fugitivos
haban dejado tras s un surco de sangre: diez cadveres yacan
tendidos en el suelo.

--Detnganse Vds.! grit don Adolfo a los que se disponan a subirse
sobre sus caballos; djenles que huyan; don Melchor est condenado y no
evitar su muerte. Luego y como hablando consigo mismo, aadi: pero
quin es ese fraile maldito?

Len Carral se inclin hasta el odo de don Adolfo, y le dijo:

--Ese fraile es don Antonio de Cacerbar; le reconoc.

--Ah! exclam con ira el aventurero, otra vez ese hombre!

Algunos minutos despus un escuadrn compuesto de unos diez jinetes
tomaba al trote largo el camino de Mjico, al mando de don Jaime, u
Oliverio, o don Adolfo, como al lector le plazca apellidarle.




IV


DON DIEGO


Don Melchor de la Cruz, resuelto a apoderarse a toda costa de la
fortuna de su padre, fortuna que el casamiento de su hermana amenazaba
hacerle perder para siempre, se haba entregado en cuerpo y alma a
la poltica, esperando hallar en medio de los bandos que desde haca
largo tiempo estaban desgarrando a su patria, la ocasin de satisfacer
su ambicin y su insaciable avaricia pescando a manos llenas en las
revueltas aguas de las revoluciones. Dotado de un carcter enrgico
y de grande inteligencia, verdadero bandolero poltico que sin
vacilaciones ni remordimientos pasaba de un partido a otro segn los
beneficios que le ofrecan, siempre dispuesto a servir al que ms bien
le pagaba, haba llegado a hacerse dueo de importantes secretos que
le hacan temible para todos y le haba conquistado cierto crdito
para con los jefes de los partidos a los cuales sirviera uno en pos
de otro; espa de la sociedad encumbrada, haba sabido meterse en
todas partes, afiliarse a todas las hermandades y sociedades secretas,
pues posea por modo imponderable el talento tan envidiado de los
ms famosos diplomticos, de fingir con naturalidad asombrosa los
sentimientos y las opiniones ms opuestas. De esta suerte es como se
haba hecho admitir entre los miembros de la misteriosa sociedad de
Unin y Fuerza, por la que despus deba ser condenado a muerte, con
la firme resolucin, tomada de antemano, de vender los secretos de
esta temible asociacin, tan pronto se presentase favorable coyuntura.
Don Antonio de Cacerbar consigui, poco tiempo despus, que tambin
le recibiesen como a miembro de la asociacin mencionada. Estos dos
sujetos deban comprenderse a la primera palabra, y tal sucedi.
Pronto les uni la ms estrecha amistad. Cuando al principio de sus
relaciones, y a consecuencia de revelaciones annimas, don Antonio de
Cacerbar, convicto de traicin, condenado por la asociacin misteriosa
y obligado a defender su vida contra uno de los afiliados, cay herido
por la espada de su adversario, que le dej por muerto en medio del
camino, donde, segn ya hemos dicho, le encontr Domingo, don Melchor,
que de lejos asista enmascarado a la sangrienta ejecucin, resolvi,
de ser ello posible, salvar a aquel hombre que tan profundas simpatas
le inspiraba. Una vez hubieron partido sus compaeros, y tan pronto le
fue posible, corri con el intento de auxiliar al herido, pero ya no
le hall; el acaso, al conducir a aquel lugar a Domingo, le arrebat,
con gran pesar suyo, la ocasin tan deseada por l de convertir en
su deudor a don Antonio. Ms adelante, cuando ste, medio curado,
haba huido de la gruta donde le cuidaban, los dos amigos se haban
encontrado de nuevo, y ms afortunado esta vez don Melchor pudo
prestar importantes servicios a Cacerbar. El cual a su vez y en muchas
circunstancias haba hallado el medio de que el joven se aprovechase
del crdito oculto de que l gozaba. La nica diferencia que entre los
dos exista, era que si bien don Antonio conoca a fondo los negocios
de su asociado, el fin que ste se propona y los medios de que pensaba
echar mano para conseguirlo, no suceda lo mismo con don Melchor
respecto de Cacerbar, quien permaneca para l un enigma indescifrable.
El joven haba ensayado muchas veces hacer hablar a su amigo y
conducirle a confidencias que le hubieran dado ciertas prerrogativas;
pero aun cuando nada consiguiera, no renunci a descubrir ms o menos
tarde lo que el otro pareca tener tanto empeo en ocultar. El ltimo
favor que don Antonio le haba prestado, librndole de improviso
de la implacable condena de los afiliados de la Unin y Fuerza,
haba colocado, a lo menos provisionalmente, a don Melchor bajo la
dependencia del primero. Don Antonio pareca tomar a pundonor el no
recordar al joven el inmenso peligro de que le salvara, y continu
sirvindole como hasta entonces.

El primer cuidado de don Melchor, al entrar en Puebla, fue dirigirse
inmediatamente al convento donde, despus de haberla robado, haba
relegado a su hermana; pero conforme lo presintiera, sta haba
desaparecido.

Respecto del particular don Antonio no le haba dicho sino contadas
palabras, pero de elocuencia terrible:  Slo los muertos no se
escapan. 

Todas las pesquisas que el joven hizo en Puebla fueron infructuosas;
nadie pudo o quiso ponerle en antecedentes; hasta la madre abadesa del
convento permaneci muda.

--Vmonos a Mjico, le dijo don Antonio; si no est muerta all la
hallaremos.

No es posible imaginar cuanto hizo Cacerbar para descubrir el retiro
de doa Dolores; lo que s es cierto, es que dos das despus de su
llegada a la ciudad, conoca la vivienda de la joven.

Dejemos por ahora a estos dos personajes, con quienes volveremos a
encontrarnos demasiado pronto, y digamos como qued libre doa Dolores.

Por orden de don Melchor, sta haba sido encerrada en un convento de
Carmelitas.

La madre abadesa, a quien don Melchor logr hacrsela suya gracias a
una cantidad de dinero muy importante y a la promesa de entregarle
otras ms cuantiosa todava si ejecutaba con celo e inteligencia sus
recomendaciones, no dejaba que la joven recibiese ms visita que la de
su hermano, ni le permita que escribiese carta alguna, ni le entregaba
ninguna de las que para ella llegaban al convento.

De esta suerte doa Dolores pasaba los das en medio de la mayor
tristeza, en una reducidsima celda, privada de toda clase de
relaciones con la sociedad y no conservando ni aun la esperanza de
recobrar la libertad. Por lo dems, su hermano le haba dado a conocer
su voluntad respecto de este punto, exigindola que tomase el velo.

Renunciar al siglo, ste era el nico medio que don Melchor haba
hallado para obligar a su hermana a hacerle abandono de bienes.

Sin embargo, el joven, aun cuando se hubiese hecho nombrar tutor de
su hermana, no pudiera haber conducido a sta a un convento sin una
autorizacin escrita del gobernador, autorizacin fcilmente obtenida y
que fue presentada por el secretario particular de su excelencia, don
Diego Izaguirre, a la madre abadesa, al ser conducida al convento doa
Dolores.

La noche del da en que don Melchor haba sido tan diestramente
secuestrado por don Adolfo, a quien crea prisionero suyo, a cosa de
las nueve de ella, tres hombres envueltos en tupidas capas y montados
en sendos y vigorosos caballos, se detuvieron a la puerta del convento,
a la que llamaron. La tornera abri un portillo, cruz en voz baja
algunas palabras con uno de los jinetes que haba echado pie a tierra,
y satisfecha sin duda de las respuestas que ste le diera, entreabri
la puerta y dio paso al visitador nocturno. El cual entreg entonces
las bridas de su caballo a uno de sus compaeros y penetr en la santa
casa mientras en la calle le aguardaban stos. Cerrada la puerta
tras el desconocido, ste, acompaado de la tornera, atraves muchos
corredores, hasta que su gua abri la celda de la abadesa y anunci
a don Diego Izaguirre, secretario particular de su excelencia el
gobernador. Don Diego, despus de cruzar algunos cumplidos, sac de uno
de los bolsillos de su dolmn un paquete y lo entreg a la abadesa, la
cual lo abri y lo ley rpidamente.

--Perfectamente, seor, dijo sta, estoy pronta a obedecerle a V.

--Recuerde V. bien, seora, lo que dice la orden que la he comunicado y
que me veo obligado a recobrar. Todos, absolutamente todos, aadi don
Diego recalcando la palabra, deben ignorar de qu modo ha salido doa
Dolores del convento; esta recomendacin es importantsima.

--No la olvidar, seor.

--Es V. libre de decir que se escap; ahora le ruego se sirva mandar
recado a doa Dolores.

La abadesa dej a don Diego en su celda y fue a buscar personalmente a
la joven.

Una vez a solas, Izaguirre rompi en mil pedazos la orden que haba
mostrado a la abadesa y los arroj al brasero, cuyo fuego los consumi
en un instante.

--Eso me importa, dijo entre s don Diego mirando como ardan los
restos de la orden, que el gobernador se d un da u otro cata de la
perfeccin con que imito su firma.

No transcurrido un cuarto de hora apareci de nuevo la abadesa, quien
dijo a Izaguirre:

--Aqu est doa Dolores de la Cruz; tengo la honra de depositarla en
manos de V.

--Est bien, seora, repuso el joven, y pronto espero demostrar a
V. que su excelencia sabe, cuando se presenta el caso, recompensar
dignamente a las personas que le obedecen sin vacilaciones y
desinteresadamente.

La abadesa hizo un humilde saludo y levant los ojos hacia el cielo.

--Est V. dispuesta, seorita? pregunt don Diego a la joven.

--S, respondi sta lacnicamente.

--Entonces hgame V. el favor de seguirme.

--Vamos, dijo la joven envolvindose en su mantilla y sin despedirse de
la abadesa.

Don Diego y doa Dolores abandonaron la celda, y conducidos por la
abadesa llegaron a la puerta del convento. Una vez en la cual, la
acompaante alej bajo un ftil pretexto a la tornera, abri por su
propia mano la puerta, y una vez fuera don Diego y la joven, salud por
ltima vez al secretario del gobernador y volvi a cerrar como si la
apremiara el deseo de verse libre de su presencia.

--Seorita, dijo respetuosamente don Diego a la joven, tenga V. la
amabilidad de subirse sobre este caballo.

--Seor, repuso doa Dolores con voz triste pero firme, soy una pobre
hurfana indefensa, por lo tanto le obedezco sin oponer resistencias
intiles, pero...

--Doa Dolores, dijo entonces uno de los jinetes, nos enva don Jaime.

--Oh! exclam con gozo la joven, es la voz de don Carlos.

--S, seorita; de consiguiente tranquilcese usted y monte a caballo
sin tardanza.

La joven se subi con ligereza sobre el caballo de don Diego.

--Ahora, seores, dijo ste, ya no necesitan ustedes de m; adis, a
escape y buen viaje.

Los jinetes desaparecieron como un torbellino.

--Cmo corren! dijo riendo don Diego; creo que don Melchor se ver
apuradillo para alcanzarles.

Y envolvindose en su capa tom pedestremente la vuelta del palacio del
gobernador, donde viva.

Los dos hombres que acompaaban a la joven eran Domingo y Len Carral;
los cuales, despus de haber galopado durante toda la noche, al
amanecer llegaron a un rancho abandonado donde les estaban aguardando
muchas personas, entre las que doa Dolores conoci a don Adolfo y al
conde.

Ahora, rodeada de sus devotos amigos, nada tena que temer, estaba
salvada.

El gozo de la joven, al llegar a Mjico escoltada por sus valientes
amigos, fue inmenso, pero lo experiment imponderablemente mayor al
entrar en la casita donde todo estaba anticipadamente dispuesto para
recibirla y al arrojarse llorando en brazos de doa Mara y de doa
Carmen.

Don Adolfo y sus amigos se retiraron discretamente, dejando a las damas
que se hiciesen sus confidencias.

El conde, a fin de velar ms de cerca por la seguridad de la joven,
hizo que su ayuda de cmara alquilase una casa situada en la calle
misma en que aqulla habitaba y ofreci a Domingo, que acept con
diligencia, compartir con l su vivienda.

A fin de no despertar sospechas y de no llamar la atencin sobre la
casa de las tres damas, se convino que Luis y Domingo no iran a ella
sino de tarde en tarde y que las visitas seran sumamente cortas.
En cuanto a don Adolfo, apenas doa Dolores quedara instalada en su
casa, haba anudado su vida errante y se hizo nuevamente invisible;
a las veces, cerrada ya la noche, se presentaba de improviso en la
habitacin de los dos jvenes, cuya mayordoma desempeaba Len
Carral, pretendiendo que pues el conde deba casar con su joven ama,
ste era el amo y l el mayordomo; el conde, para no disgustar al
honrado servidor, haba respetado su antojo. En sus raras apariciones,
el aventurero departa, por espacio de algn tiempo, sobre asuntos
indiferentes, con ambos jvenes, y luego se separaba de ellos
recomendndoles la mayor vigilancia. Nada de particular ocurri durante
el transcurso de muchos das. Doa Dolores, bajo la benfica impresin
de la dicha, haba recobrado la alegra y la indolencia propias de su
edad; ella y Carmen charlaban de la maana a la noche en todos los
rincones de la casa, y aun doa Mara, que experimentaba el influjo de
alegra tan franca, pareca haber rejuvenecido y de cuando en cuando
se le iluminaban sus severas facciones y por los labios le vagaba una
sonrisa. El conde y su amigo, que a pesar de las recomendaciones de don
Jaime frecuentaban cada vez ms a menudo y por ms tiempo la morada de
las damas, con sus visitas amenizaban la montona existencia de stas,
reclusas voluntarias que nunca ponan los pies en la calle y vivan en
la ignorancia ms absoluta de cuanto en torno de ellas pasaba.

Una noche en que, para matar el tiempo, el conde estaba jugando una
partida de ajedrez con Domingo, y en que, poco atentos al juego,
permanecan uno frente de otro con el codo sobre la mesa y la cabeza
en la palma de la mano en actitud del que medita una gran jugada, pero
en realidad para pensar en otra cosa, llamaron recio a la puerta de la
calle.

--Quin diablos puede venir a estas horas? exclamaron los dos a un
mismo tiempo y estremecindose.

--Es ms de media noche, dijo Domingo.

--Como no sea Oliverio, profiri el conde, no s quin pueda ser.

--Indudablemente ser l, repuso Domingo.

En esto se abri la puerta del aposento y apareci don Jaime.

--Buenas noches, seores, dijo el aventurero, no me aguardaban Vds. a
estas horas, no es verdad?

--Siempre le estamos aguardando a usted, amigo mo, respondi el conde.

--Gracias, profiri don Jaime; y volvindose hacia el ayuda de cmara
que le alumbraba, aadi: aderceme V. algo para cenar, seor Raimbaut.

Una vez ste se hubo salido, don Jaime arroj el sombrero sobre un
mueble, se dej caer en una silla y empez a darse aire con su pauelo.

--Uf! dijo el aventurero dirigindose a los dos jvenes, estoy
pereciendo de hambre.




V


LA CENA


Luis y Domingo contemplaban a don Jaime con sorpresa que en vano
trataban de disimular y que a su pesar se les reflejaba en el semblante.

Con ayuda de Lanca Ibarru, Raimbaut baj una mesa cubierta de platos y
la coloc ante don Adolfo.

--Vive Dios, seores, dijo alegremente el aventurero, el seor Raimbaut
ha tenido la fina atencin de poner tres cubiertos, previendo sin duda
que Vds. no se negaran a acompaarme; hganme pues el obsequio de dar
por unos instantes tregua a sus pensamientos y vengan a sentarse a la
mesa.

--De mil amores, contestaron Luis y Domingo tomando sitio al lado de
don Jaime.

El cual empez a comer con envidiable apetito, mientras hablaba con
facundia y animacin hasta entonces desconocida de sus amigos. La
boca del aventurero era un manantial de agudezas, de frases luminosas
y de ancdotas contadas con la finura ms exquisita. El conde y
Domingo cruzaban continuas miradas, como quien no comprenda jota
de aquel buen humor tan singular; porque no obstante la chispa de
sus palabras y la soltura de sus maneras, la frente del aventurero
permaneca cuidadosa y su semblante conservaba la mscara framente
burlona que le era habitual. Sin embargo, excitados a pesar suyo por
aquella alegra comunicativa a no poder ms, no haban tardado todos
en olvidar sus preocupaciones y en dar entrada a buen humor tan franco
en la apariencia; as es que a poco empez entre los tres un tiroteo
de agudezas y chistes que se confundi con el choque de los vasos y el
ruido de los cuchillos y de los tenedores.

Los criados haban sido despedidos y por consiguiente quedadon solos
los tres amigos.

--Por mi vida, seores, dijo don Adolfo destapando una botella de
champaa, que a mi ver de todas las comidas la mejor es la cena;
nuestros padres lo estimaban as y hacan perfectamente; entre las
buenas costumbres que se van, sta es una y pronto la olvidarn del
todo. Y a fe que lo sentir en el alma.

Don Jaime llen los vasos de sus compaeros, y luego dijo:

--Djenme Vds. que beba a su salud con este vino, uno de los ms
preciosos productos de su patria.

Y despus de haber chocado, se bebi de un sorbo el contenido de su
vaso.

Las botellas se sucedan con rapidez; los vasos estaban tan pronto
llenos como vacos.

Los tres amigos no tardaron en ponerse alegres. Entonces encendieron
sendos puros y la emprendieron con el ron de Jamaica, el refino de
Catalua y con el aguardiente de Francia. Luego con los codos en la
mesa, envueltos en espesa nube de odorfero humo, los tres hablaron
con un poco ms de orden, e insensiblemente y sin que de ello se
percatasen, su conversacin tom poco a poco un sesgo ms serio y ms
confidencial.

--Bah! profiri prontamente Domingo apoyndose en el respaldo de su
silla, la vida es buena y sobre todo hermosa.

A este arranque, que caa exabrupto como un aerolito en medio de la
conversacin, el aventurero se ech a rer de un modo nervioso y
spero, y dijo:

--Bravo! a eso le llamo yo filosofa pura. Este hombre, que ignora de
quin y dnde naci, que ha crecido como un hongo, y no ha conocido
ms amigo que a m, que no tiene dnde caerse muerto, halla hermosa
la vida y se congratula de gozarla. Por mi alma que me gustara orle
desenvolver semejante teora.

--Nada ms fcil, profiri el joven con la mayor impasibilidad;
es cierto que no s dnde nac, pero esto constituye para m una
ventaja: la tierra entera es mi patria. Sea cual fuere la nacin a que
pertenezcan los hombres, son paisanos mos. Tambin es cierto que no
conozco a mis padres; mas quin sabe si asimismo es una dicha para m?
Con su abandono me han eximido del respeto y de la gratitud por los
cuidados que me habran prodigado, y me han dejado en libertad de obrar
a mi antojo, sin que tenga que temer sus censuras. No he tenido en mi
vida sino un amigo; ha dicho usted bien; pero cuntos hombres pueden
vanagloriarse de tener tantos? El mo es bueno, sincero y devoto, lo
he tenido siempre a mi lado, cuando de l he tenido necesidad, para
gozarse en mis alegras, entristecerse con mis penas, y sostenerme y
unirme con su amistad a la gran familia humana de la que a no ser l
estara desterrado. No poseo donde caerme muerto; verdad innegable
tambin; pero qu me importan a m las riquezas? Soy fuerte, animoso
e inteligente; adems no est el hombre condenado al trabajo? Pues
cumplo mi cometido como los otros, tal vez ms bien que los otros,
porque no envidio a nadie y me conformo con mi suerte. Ya ve V., mi
querido don Adolfo, que la vida es, para m a lo menos, como hace
poco dije, buena y hermosa, y le reto a V., tan escptico y lleno de
desengaos, a que me demuestre lo contrario.

--Muy bien, repuso el aventurero; todas las razones que acaba V. de
exponerme, aunque especiosas y fciles de refutar, no dejan de parecer
muy lgicas; pero no me tomar el trabajo de discutirlas; lo nico que
le har observar a V., es que se equivoca al calificarme de escptico:
desengaado tal vez lo estoy; pero escptico no lo ser nunca.

--Oh! oh! profirieron, a una los dos jvenes, esto necesita una
explicacin, don Adolfo.

--Si me la exigen Vds. se la dar, repuso el aventurero; mas, de qu
aprovechara? Voy a hacerles una proposicin que a mi ver les placer
grandemente.

--Qu proposicin es esa?

--Casi es ya de madrugada; dentro de contadas horas amanecer; Vds.
ni yo sentimos sueo. Qu les parece si nos quedsemos aqu mismo y
continusemos hablando?

--Por mi parte acepto, respondi el conde.

--Lo mismo digo, aadi Domingo; pero de qu hablaremos?

--Si Vds. quieren les referir un lance, o una historia, como les
plazca llamarle, que o hoy mismo y cuya veracidad les abono, ya que l
que me la cont es hombre a quien conozco hace muchos aos y desempe
un papel en ella.

--Por qu no nos cuenta V. su propia historia, don Adolfo? debe de
estar llena de peripecias conmovedoras y de incidentes por dems
curiosos, dijo intencionadamente el conde.

--Se equivoca V., mi querido amigo, replic Oliverio con bondadoso
gesto; nada hay ms insustancial y despojado de inters que lo que
os place apellidar mi historia; poco ms o menos es la de todos los
contrabandistas; porque, aadi en tono de confidencia, ya saben
ustedes que no soy otra cosa. Todos llevamos la misma existencia; nos
valemos de mil ardides para pasar las mercancas que nos confan, y
la aduana se vale de los mismos medios para impedrnoslo y apoderarse
de ellos; de ah conflictos que a las veces, pero muy poco a menudo,
gracias a Dios, resultan sangrientos. Esto es en sustancia la historia
que me ha pedido usted, seor conde; ya ve V. que en la esencia no
encierra inters alguno.

--No insisto, mi querido don Adolfo, repuso el joven sonriendo; as
pues doblemos la hoja.

--Entonces es V. libre de dar comienzo a la historia que ofreci
contarnos, dijo Domingo al aventurero.

Oliverio llen un vaso de champaa con refino de Catalua, lo vaci de
un sorbo, y golpeando la mesa con el mango de un cuchillo, dijo:

--Atencin, seores, voy a dar principio; pero ante todo debo solicitar
su indulgencia por ciertas lagunas y sobre todo por algunos puntos
oscuros que aparecern en mi relato; repito a ustedes que no har
sino relatar lo que me contaron a m mismo, que por consiguiente hay
muchas cosas que las ignoro y que no puedo ser responsable de las
reticencias hechas probablemente con intencin por el primer narrador,
que indudablemente tiene sus razones para callarse ciertos incidentes
de esta historia, por lo dems muy curiosa.

--Empiece V., empiece V., dijeron los dos jvenes.

--Todava encierra otra dificultad este relato, continu don Jaime
con la mayor imperturbabilidad, y es que ignoro completamente en qu
tierra pas; pero esto no tiene sino una importancia relativa, ya que
poco ms o menos los hombres son los mismos en todas partes, es decir,
movidos y seoreados por vicios y pasiones idnticos. De lo que creo
estar cierto es de que los hechos pasaron en el viejo mundo; pero
Vds. van a juzgar. Haba en Alemania (supongamos que fue en Alemania
donde pas esta verdica historia); haba en Alemania, repito, una
familia rica y poderosa cuya nobleza se perda en la noche de los
tiempos. Ya saben ustedes, de fijo, que la nobleza alemana es una de
las ms antiguas de Europa y que entre ella las tradiciones sobre
el honor se han conservado casi intactas hasta hoy. Ahora bien, el
prncipe de Oppenheim-Schlewig, que as le llamaremos, el jefe de esta
familia, era prncipe y tena dos hijos poco ms o menos de la misma
edad, pues el mayor no llevaba sino dos o tres aos al menor, ambos
gentiles de cuerpo y dotados de grande inteligencia; estos dos jvenes
haban sido educados con todo cuidado, bajo la vigilancia directa de
su padre. En Alemania no pasa como en Amrica; la potestad del jefe
de la familia est muy extendida y no es menos respetada; hay algo
realmente patriarcal en el modo como se conserva la disciplina interior
de la casa. Los jvenes se aprovechaban de las lecciones que reciban,
pero a medida de los aos iban caracterizndose sus inclinaciones, y
en este punto pronto les separ una diferencia marcadsima, por ms
que ambos fuesen caballeros cumplidos, en la acepcin vulgar de la
palabra. Sin embargo, sus cualidades morales, si puedo expresarme as,
diferan de todo en todo: el primero era apacible, afable, servicial,
grave, esclavo de sus deberes y sobre todo imbuido en superlativo grado
del honor de su apellido; el segundo mostraba gustos diametralmente
opuestos; por ms que era extremadamente orgulloso y estaba muy ms
pagado de su nobleza, no reparaba en comprometer el respeto que deba
a su apellido, en los garitos ms inmundos y entre gente la ms soez;
en una palabra, llevaba la vida ms disipada y borrascosa. El prncipe
se condola a solas del desenfreno de su segundognito, y para traerle
a buen camino le haba llamado repetidas veces a su presencia y le
haba dirigido las ms severas amonestaciones. El joven haba escuchado
respetuosamente a su padre y le haba prometido enmendarse, pero en vez
de cumplir su promesa, redobl sus escndalos.

Francia declar la guerra a Alemania. El prncipe de Oppenheim-Schlewig
fue uno de los primeros que obedeciendo las rdenes del emperador
ingres en el ejrcito, en compaa de sus dos hijos, que le seguan en
calidad de edecanes e iban a recibir su bautismo de sangre. Pocos das
despus de su llegada al campamento, el prncipe recibi del general
en jefe orden de practicar un reconocimiento. Se trab con este motivo
una seria escaramuza con los forrajeadores enemigos, y en lo ms recio
de la pelea el prncipe cay del caballo, muerto; pero lo singular del
caso y que nunca pudo explicarse, fue que la bala que acab con l, le
haba entrado por entre los hombros, de atrs a delante.

Don Adolfo hizo una pausa y dijo a Domingo:

--Deme V. de beber.

El joven le escanci un vaso de ponche; el aventurero se lo sorbi casi
hirviendo, y despus de haberse pasado la mano por la frente, plida y
empapada en sudor, anud su relato en estos trminos:

--Los dos hijos del prncipe, que se encontraban a bastante distancia
de ste cuando ocurri la catstrofe, acudieron apresuradamente, pero
no hallaron sino el ensangrentado cadver de su padre. El dolor de los
dos jvenes fue hondsimo, l del primognito, sombro, por decirlo
as, l del menor, ruidoso. Pese a las ms minuciosas pesquisas, fue
imposible descubrir como yendo el prncipe al frente de sus soldados,
quienes adoraban en l, pudo ser herido por la espalda; esto permaneci
siempre envuelto en el misterio. Los jvenes se separaron del ejrcito
y regresaron a su hogar, tomando el primognito el ttulo de prncipe
y pasando a ser el jefe de la familia. En Alemania el derecho de
primogenitura existe en todo su vigor; as pues el menor dependa
completamente de su hermano; pero no queriendo ste dejarle en una
situacin inferior y vergonzosa, le don la fortuna de su madre, unos
cuatrocientos mil duros, le dej completamente libre de sus acciones y
le autoriz para que tomara el ttulo de marqus.

--De duque, querr V. decir, interrumpi el conde.

--Esto es, repuso don Adolfo, mordindose los labios, ya que era
prncipe; pero ya sabe usted, aadi con sonrisa amarga, que nosotros
los republicanos no estamos muy al tanto de esos ttulos pomposos que
no nos merecen sino el ms profundo desprecio.

--Prosiga V., dijo Domingo con indolencia.

--El duque realiz su fortuna, se despidi de su hermano y parti para
Viena, desde cuya fecha el prncipe, que haba permanecido en sus
tierras en medio de sus vasallos no oy hablar de su hermano sino muy
de tarde en tarde, y an no de modo que pudiese darle satisfaccin
alguna. El duque no pona ya dique a sus desenfrenos, llegando los
escndalos a tal extremo, que el prncipe se vio constreido a tomar
una resolucin severa y a intimar a su hermano la orden de abandonar
inmediatamente el reino; orden que ste obedeci sin replicar. Durante
una larga serie de aos el duque viaj por Europa, y cuando escriba a
su hermano, lo que rara vez aconteca, era para notificarle los cambios
que segn deca en l se haban operado y la reforma radical de su
conducta. Creyese o no en sus protestas, el prncipe juzg no deber
dispensarse de anunciar a su hermano su prxima boda con una noble
heredera, joven, hermosa y rica; y tal vez presumiendo que a causa de
la distancia el duque no podra concurrir a ella, le invit a asistir a
la bendicin nupcial. Si tal crey, se equivoc de medio a medio, pues
el duque lleg la vspera de la boda. Su hermano le recibi con agasajo
y le seal habitacin en su propio palacio, y al da siguiente se
efectu la unin proyectada. La conducta del duque fue irreprochable;
viviendo en compaa de su hermano, pareca aplicarse en complacerle
en todo y en demostrarle a cada paso que su conversin era sincera. En
una palabra, desempe tan perfectamente su papel, que enga a todos,
y al prncipe el primero; el cual no slo le devolvi su amistad, sino
que no tard en concederle toda su confianza. Muchos meses haca ya que
el duque haba regresado de sus viajes y pareca haber tomado la vida
por lo serio y no sustentar sino un deseo: el de reparar sus faltas de
la juventud. Acogido en el seno de todas las familias, al principio
con cierta prevencin, pero con distincin a no tardar, haba casi
logrado hacer olvidar los deslices de su pasada existencia, cuando no
s a propsito de qu fiesta o de qu aniversario, se celebraron en
aquella tierra regocijos extraordinarios. Cumpliendo con su deber,
el prncipe tom, como era natural, la iniciativa de las diversiones
y aun a instancias de su hermano resolvi darlas ms brillo tomando
personalmente una parte importante en las mismas. Se trataba de
representar un como torneo, para el cual la primera nobleza de las
comarcas circunvecinas, a invitacin del prncipe, haban ofrecido con
solicitud su concurso. Por fin lleg el da de las justas. La joven
esposa del prncipe, bastante adelantada en una preez laboriosa,
movida por uno de esos presentimientos que nacen del corazn y nunca
engaan, intent en vano disuadir a su marido de que bajase a la
liza, confesndole en medio de lgrimas que tema una desventura; el
duque uni su voz a la de su cuada para recabar de su hermano que se
abstuviera de aparecer en el torneo ms que como simple espectador.
El prncipe, que crea su honor comprometido en la empresa, fue
inquebrantable en su resolucin, y despus de chancearse y de tildar de
quimricos sus temores, se subi sobre su caballo y parti. Una hora
despus le llevaron moribundo a su palacio. Por acaso extraordinario,
por fatalidad inaudita, el desventurado prncipe haba encontrado la
muerte en el sitio mismo donde pretendiera hallar el placer. El duque
demostr el ms profundo dolor por la espantosa muerte de su hermano.
Inmediatamente se procedi a abrir el testamento del prncipe, por el
cual ste nombraba heredero universal de todos sus bienes a su hermano,
siempre y cuando la princesa, cuya preez tocaba a su fin, no pariese
varn, en cuyo caso ste heredara los bienes y ttulos de su padre y
permanecera durante su minoridad bajo la tutela de su to. Al saber
la muerte de su marido, a la princesa le asaltaron repentinamente los
dolores del parto, y dio a luz una nia.

Anulada por lo tanto la clusula segunda del testamento, el duque
tom el ttulo de prncipe y se apoder de la fortuna de su hermano.
La princesa, no obstante los halagadores ofrecimientos que le hizo su
cuado, no quiso continuar viviendo, como extraa, en un palacio donde
haba sido duea y seora, y se retir al seno de su familia.

El aventurero hizo una pausa, y luego pregunt a sus oyentes, sonriendo
con irona:

--Qu les parece a Vds. la historia?

--Aguardo que haya V. dado fin a ella para manifestarle mi parecer,
dijo el conde.

--As pues V. cree que no he terminado? arguyo don Adolfo dirigiendo
una mirada lmpida y penetrante a Luis.

--Todas las historias se componen de dos partes distintas, replic ste.

--Cules?

--La apcrifa y la verdadera.

--Si no se explica V...

--De mil amores; la parte apcrifa es la pblica, la que todo bicho
viviente sabe y puede comentar y referir a su antojo.

--Corriente, profiri el aventurero; y la parte real?

--sta es la secreta, la misteriosa, conocida de dos o tres personas a
lo sumo; la piel de cordero arrebatada de encima de los lomos del lobo.

--O la mscara de virtud arrancada del rostro del bandido, exclam con
arranque terrible el aventurero; no es eso?

--En efecto, as es.

--Y V. aguarda la parte segunda de esta historia?

--S, respondi con gravedad el conde.

Don Adolfo permaneci por espacio de dos o tres minutos con la frente
apoyada en la palma de la mano, luego irgui con altivez la cabeza,
vaci de un trago el vaso que ante s tena, y con voz nerviosa y
entrecortada, dijo:

--Entonces escuche V., porque por Dios vivo le juro que lo que ahora
voy a contar vale la pena de ser odo.




VI


REVELACIN


Hubo una larga pausa de silencio, durante la cual nuestros tres
personajes permanecieron sumergidos en profundas meditaciones.

Por fin don Adolfo rompi el hechizo que pareca encadenarles, y
tomando de improviso la palabra, continu en estos trminos:

--La princesa tena un hermano, en aquel entonces no mayor de veintids
aos; era ste caballero cumplido, diestro en todos los ejercicios
del cuerpo, valiente como su espada, muy bien quisto de las damas,
a las cuales corresponda, y bajo una apariencia de frivolidad
esconda un carcter muy formal, una inteligencia privilegiadsima
y una energa indmita. El hermano ese, a quien daremos el nombre
de Octavio, si a Vds. les place, quera sinceramente a su hermana,
por lo mucho que la pobre haba sufrido, y l fue el primero que la
indujo a que abandonase el palacio de su difunto marido y se volviese
al seno de su familia, y a que reclamase su viudedad y rechazase los
ofrecimientos del prncipe su cuado; y es que Octavio, sin que a los
ojos de la sociedad cosa alguna justificase la conducta que guardara
para con el prncipe, senta hacia ste la repulsin ms viva. Sin
embargo, no por esto haba dejado de relacionarse con l, si bien es
verdad que le visitaba rarsimas veces. Estas entrevistas, siempre
fras y molestas para el joven, eran, por el contrario, cordiales y
afectuosas por parte del prncipe; el cual con sus cariosos modales
y sus ofrecimientos ensayaba atraerse al joven, cuya repulsin haba
adivinado. La princesa, retirada entre su familia, educaba a su hija
apartada de la sociedad, con ternura y abnegacin verdaderamente
extraordinarias. Dicha seora no se haba quitado el luto desde la
muerte de su esposo; pero lo llevaba ms an en el corazn que en el
traje, porque la catstrofe que la dejara viuda, la tena siempre fija
en la mente con la tenacidad de los corazones amantes para los cuales
el tiempo no avanza. Si alguna vez y por acaso alguno pronunciaba el
nombre de su cuado en medio del retiro en que ella voluntariamente se
confinara, la conmova de improviso un temblor convulsivo, de plida se
tornaba lvida, y sus grandes ojos, abrasados por la fiebre e inundados
de lgrimas, se fijaban entonces en su hermano Octavio con singular
expresin de reproche y de desesperacin, cual si quisiese darle a
conocer que era muy tarda la venganza que la prometiera. El prncipe,
ya ahora hombre maduro, haba reflexionado que l era el ltimo de su
estirpe y que por lo tanto era urgente, si no quera que los bienes
y los ttulos de su familia pasasen a colaterales lejanos, tener un
heredero de su apellido; en fuerza de este raciocinio, haba pues
entablado negociaciones con un gran nmero de familias principescas
del pas, y en la poca a que hemos llegado, unos ocho aos despus de
la muerte de su hermano, se hablaba mucho del prximo matrimonio del
prncipe con la hija de una de las ms nobles casas de la confederacin
germnica. Todas las ventajas se encontraban reunidas en tal alianza,
destinada a acrecentar an ms la importancia y riqueza proverbiales
de la casa de Oppenheim-Schlewig: la novia era joven y hermosa y por
alianza perteneca a la casa reinante de Habsburgo. El prncipe, pues,
daba a esta unin la mayor importancia y haca cuanto de l dependa
para apresurarla. En esto el conde Octavio se vio constreido, a causa
de tener que arreglar ciertos asuntos de inters, a abandonar su
residencia y trasladarse por algunos das a una ciudad distante unas
veinte leguas escasas. El joven se despidi de su hermana, se subi
a una silla de postas y parti. Dos das despus y a eso de las ocho
de la noche lleg Octavio a la ciudad de Bruneck y se hosped en una
casa de su propiedad, situada en la plaza principal de la poblacin y
a contados pasos del palacio del gobernador. Bruneck es una pequea
y linda ciudad del Tirol, construida en la margen derecha del Rienz,
y cuya poblacin, compuesta de mil quinientos a mil seiscientos
habitantes, ha conservado y todava conserva en lo presente, las
costumbres patriarcales, sencillas y severas de sesenta aos atrs. El
conde Octavio not con sorpresa, a su entrada en la ciudad, que en ella
reinaba un movimiento inusitado; a pesar de lo avanzado de la hora, las
calles que atraves su silla de posta estaban llenas de una multitud
inquieta que iba, vena y corra en todas direcciones dando voces por
dems singulares; casi todas las casas estaban iluminadas, y en la
plaza ardan grandes fogatas. Tan pronto el conde estuvo en su casa se
sent a la mesa para cenar, informndose, al mismo tiempo, de la causa
de aquella efervescencia extraordinaria.

--Ahora voy a decirles lo que el conde Octavio supo: el Tirol es un
pas sumamente montaoso, es la Suiza del Austria; pues bien, la
mayor parte de aquellas montaas sirve de madriguera a numerosas
gavillas de bandidos, cuya nica ocupacin consiste en exigir rescate
a los viajeros a quienes su funesta estrella les lleva por aquellos
vericuetos, y en entrar a saco en los villorrios y aun en ocasiones en
villas importantes. Desde haca muchos aos, un capitn de bandoleros,
ms diestro y emprendedor que los otros, a la cabeza de una numerosa,
resuella y disciplinada gavilla, desolaba la comarca, atacaba a los
viajeros, incendiaba y saqueaba las aldeas, y no vacilaba, cuando el
caso lo requera, en oponer resistencia a los soldados enviados en
su persecucin, los cuales, con harta frecuencia, llevaban la peor
parte. Dicho bandolero haba acabado por infundir tal terror en aquella
comarca, que sus habitantes concluyeron por reconocer tcitamente su
dominacin y le obedecan temblando, persuadidos como estaban de que
era imposible vencerle. Como era natural, el gobierno austriaco no
quiso admitir este pacto estipulado con salteadores, y resolvi acabar
con ellos a toda costa. Durante un espacio de tiempo bastante dilatado,
todos sus esfuerzos resultaron infructuosos; aquel capitn de bandidos,
maravillosamente servido por sus espas, estaba siempre al tanto de
cuanto se maquinaba contra l; as es que diriga sus movimientos en
consonancia con las necesidades, y lograba sustraerse con la mayor
facilidad a la persecucin de que era objeto y escapar de todos los
lazos que le armaban. Pero lo que no consiguiera la fuerza, lo logr
por ltimo la traicin; uno de los secuaces del _Brazo Rojo_, que
tal era el nombre de guerra del bandido, descontento de la parte que
le dieran en el reparto de un cuantioso robo efectuado algunos das
antes y creyndose perjudicado por su capitn, resolvi vengarse de l
traicionndole. Una semana despus _Brazo Rojo_ fue sorprendido por
las tropas, de quienes qued prisionero al igual que los principales
de su gavilla. Los que pudieron apelar a la fuga, desmoralizados por
la captura de su capitn no haban tardado en caer en poder de sus
perseguidores; de modo que la gavilla qued completamente destruida.
Corto fue el proceso de los bandidos; los cuales fueron condenados a
muerte y ejecutados inmediatamente. El capitn y dos de sus principales
tenientes fueron los nicos que quedaron por entonces en la crcel,
para que su suplicio fuese ms ejemplar. Deban ser ejecutados al da
siguiente. Ah la causa de los regocijos a que se entregaba Bruneck.
Los habitantes de las poblaciones circunvecinas haban acudido
presurosas para asistir al suplicio del hombre ante el cual por espacio
de tanto tiempo temblaran, y a fin de no perder aquel espectculo
para ellos tan atractivo, acampaban en calles y plazas, aguardando
con impaciencia la hora de la ejecucin. El conde dio poqusima o
ninguna importancia a tales noticias, y como estaba fatigado de un
viaje de dos das seguidos por caminos intransitables, en cenando se
dispuso a acostarse; pero en el preciso instante en que entraba en el
dormitorio, pareci un criado que cruz en voz baja algunas palabras
con el ayuda de cmara de aqul.

--Qu ocurre? pregunt Octavio, volviendo el rostro.

--Perdone, seor conde, respondi respetuosamente el criado; pero ah
fuera est un hombre que desea hablar con vuecencia.

--A estas horas? profiri Octavio con extraeza; es imposible: apenas
llego y ya conocen mi llegada? Diga V. al sujeto ese que vuelva maana;
ahora es demasiado tarde.

--Ya se lo he manifestado, seor conde, y me ha contestado que maana
sera intil que se viese con vuecencia.

--Es extraordinario! qu clase de individuo es se?

--Un sacerdote, seor conde, y ha aadido que lo que tiene que
comunicar a vuecencia es muy grave y que por lo tanto rogaba
encarecidamente que vuecencia le recibiese.

Octavio, por dems cuidadoso de tal visita y sobre todo de que se la
hicieran a hora tan avanzada, se arregl el traje y se encamin al
saln, anheloso por conocer la clave del enigma. En efecto, en medio
del saln le estaba aguardando, en pie, un sacerdote, hombre ya de edad
provecta, de larga y cana cabellera que se le desparramaba por los
hombros, dndole un aspecto venerable, completado por la expresin de
bondad y de tranquila grandeza que se le reflejaba en el semblante. El
conde, al verle, le salud respetuosamente y con el gesto le invit a
que se sentase.

--Dispnseme V., seor conde, respondi el sacerdote inclinndose y
permaneciendo en pie. Soy capelln de la crcel y... V. habr sin duda
odo hablar de la captura de ciertos malhechores?

--S, seor, me han dado algunas vagas noticias sobre el particular.

--Muchos de esos desventurados han recibido ya el terrible castigo a
que les conden la justicia humana, y el ms culpado de todos, su jefe,
debe ser ejecutado a su vez maana al salir el sol.

--Lo s, seor.

--El hombre ese, continu el capelln, prximo a comparecer ante Dios,
su juez supremo, al que tiene que dar una cuenta terrible, gracias a
mis esfuerzos para inducirlo al arrepentimiento, ha sentido penetrar el
remordimiento en el corazn. El arribo de V. a la ciudad, cuya noticia
lleg hasta l ignoro como, le ha parecido un aviso de la Providencia,
y al punto me mand a buscar para rogarme que viniese a verme con V.

--Conmigo! exclam el joven lleno de pasmo; Qu conexin puede haber
entre yo y ese bandido?

--Lo ignoro, seor conde; respecto del particular nada me ha dicho; lo
nico que me encarg es que en su nombre le rogase a usted se sirviese
ir a verle en su calabozo para escuchar de sus labios la revelacin de
un secreto de importancia grandsima.

--No s qu pensar de lo que V. me dice, profiri Octavio, pues no
conociendo como no conozco al hombre ese, no comprendo qu punto de
contacto pueda tener con la suya mi existencia.

--Es indudable que l va a explicrselo, seor conde, repuso el
sacerdote. Si me permite usted un consejo, consienta V. en la
entrevista que solicita el reo. Hace muchos aos que soy capelln de
la crcel y he visto morir a muchos criminales. El hombre ms fuerte y
ms denodado, ante la muerte se achica y acobarda y tiembla, y perdida
toda esperanza en los hombres, la pone en Dios. El desdichado Brazo
Rojo, que debe morir maana, sabe que nada puede sustraerlo al terrible
destino que le aguarda; de consiguiente con qu objeto solicitara,
en los umbrales de la muerte, la entrevista esa, si no fuese con l
de rescatar por medio de la revelacin que quiere hacer a usted, tal
vez uno de sus ms horrendos crmenes, por ms que este crimen sea
quizs el ms ignorado de todos? Crame V., seor conde, en esto est
el dedo de la Providencia; no es el acaso l que le trajo a V. a esta
ciudad en el preciso momento de expiacin tan terrible; consienta V.
en seguirme y en bajar al calabozo donde este desdichado aguarda sin
duda con la ms viva ansiedad y contando los minutos su llegada de V.
An suponiendo que esa revelacin no asuma para V. la importancia que
pretende el reo, se negara V. a dar este ltimo, consuelo a un hombre
que por modo tan fatal va a ser borrado del catlogo de los vivos?
Acceda V., seor conde, se lo suplico.

Octavio se decidi por fin, y envolvindose en una capa se sali de su
casa en compaa del sacerdote.

A pesar de la hora avanzada, pues era poco ms o menos la media noche,
la plaza estaba llena de una multitud que lejos de disminuir iba en
aumento con la llegada de nuevos individuos que acudan presurosos de
las aldeas circunvecinas.

Octavio y su gua se abrieron con grandes dificultades paso por entre
la muchedumbre, hasta llegar a la crcel, frente a la cual haba gran
nmero de centinelas.

El capelln dijo algunas palabras al que de stos estaba ms prximo
a la puerta, y l y el conde, seguidos de un carcelero, se dirigieron
hacia el calabozo del condenado a muerte. El carcelero, con un farol
en la mano, gui silenciosamente a los dos visitantes al travs de una
larga serie de corredores, y una vez delante de una puerta forrada de
hierro, se detuvo y pronunci estas nicas palabras:

--Pueden Vds. entrar.

El capelln y el conde penetraron en el calabozo; y decimos calabozo
por ser palabra consagrada por el uso, ya que la pieza en la que
aqullos entraron todo lo pareca menos tal. Era una celda bastante
capaz, iluminada por dos ventanas ojivales provistas de fuertes rejas
en la parte exterior, y en la cual haba una cama, ms bien dicho, un
catre sobre el que estaba tendido un cuero de vaca, una mesa, gran
nmero de sillas y un espejo colgado del muro. En la testera se vea un
altar cubierto de negro, en l que, desde que se dict la sentencia, el
capelln rezaba una misa por la maana y otra por la tarde.

El condenado estaba en capilla.

Al or este pormenor, pues la costumbre de poner en capilla a los
reos de muerte slo existe en Espaa y sus colonias, los dos oyentes
cruzaron al soslayo una mirada de inteligencia, que pas inadvertida
al aventurero. El cual, sin notar la falta que acababa de cometer,
continu.

--El condenado, que estaba sentado en un taburete, con la cabeza en la
palma de la diestra y el codo apoyado en la mesa, y leyendo a la luz de
un humoso candil, al entrar los visitantes se levant con diligencia, y
saludando con la cortesa ms exquisita, dijo:

--Seores, srvanse Vds. dispensarme la honra de molestarse unos
instantes; pronto van a llegar las personas a quienes mand a buscar y
cuya presencia aqu es indispensable para que luego nadie pueda poner
en tela de juicio la veracidad de lo que voy a revelar.

El capelln y el conde hicieron un gesto de asentimiento y se sentaron
en las butacas que aqul les acercara.

Los circunstantes guardaron silencio por espacio de algunos minutos,
silencio slo interrumpido por el cadencioso paso del centinela
colocado en el corredor para vigilar al condenado.

Brazo Rojo se haba sentado de nuevo en su taburete y pareca meditar,
cuya circunstancia aprovech el conde para examinarle detenidamente.

Era el bandido hombre de treinta y cinco a cuarenta aos, alto y
bien formado y de gestos desembarazados y elegantes. Debido a la
costumbre del mando, tena la cabeza un tanto echada hacia atrs, sus
facciones eran abultadas y simpticas y en su mirada haba una fijeza
extraordinaria; en cuanto a la fisonoma, es imposible describir
el singularsimo sello que imprima en ella la notable expresin de
apacibilidad y de energa que la animaba. Cabellos azulados de puro
negros, espesos y ensortijados de suyo, que se le desparramaban por los
hombros, formaban marco a su hermoso rostro. El traje que llevaba el
reo, de terciopelo negro y de corte excepcional, haca contraste con la
palidez mate de su dueo, y a ser posible realzaba el aspecto simptico
de ste.

Transcurridos algunos minutos se oy ruido de pasos en el corredor,
rechin una llave en la cerradura, se abri la puerta, y parecieron
dos hombres guiados por el carcelero, el cual, despus de haberles
introducido silenciosamente en el calabozo, volvi a salir, cerrando
tras s la puerta.

El primero de los dos sujetos recin entrados era el director de
la crcel, anciano todava lozano a pesar de sus setenta aos, de
facciones sosegadas, aspecto venerable, y cuyos cabellos, canos, poco
abundantes y cortados casi al rape en las sienes, por detrs le caan
sobre el cuello de su levita. El segundo, militar, un mayor, a juzgar
por sus charreteras, frisaba con los treinta, y nada de particular
ofrecan sus facciones; era uno de esos hombres nacidos para vestir el
uniforme y que en traje de paisano estn ridculos.

Ambos saludaron cortsmente, y sin proferir palabra aguardaron a que se
la dirigieran explicndoles el porqu de haberles llamado a aquel sitio.

Comprendindolo as el reo, ste se apresur a hacerles sabedores de
las causas que le haban obligado a suplicarles a que se presentasen
en el calabozo en el momento supremo en que nada deba esperar ya de
los hombres.

--Seores, dijo con voz firme Brazo Rojo, dentro de algunas horas habr
saldado mis cuentas con la justicia humana y comparecer ante la ms
terrible de Dios. Desde el da en que empez para m la implacable
lucha que sostuve contra la sociedad, comet muchos crmenes, serv
a muchos odios y convert en cmplice de un nmero incalculable de
atentados a cual ms odioso. La sentencia que me condena es justa, y
aunque resuelto a sobrellevarla con la fortaleza del hombre a quien
la muerte no ha arredrado nunca, creo deber confesar a Vds., con la
sinceridad ms grande y la humildad ms profunda, que me arrepiento de
mis crmenes, y que lejos de morir impenitente, los expiar suplicando
a Dios, no que me perdone, sino que tome en cuenta mi arrepentimiento.

--Bien, hijo mo, bien, dijo con amor el capelln; refgiese V. en
Dios, su bondad es infinita.

Por espacio de algunos segundos rein el ms profundo silencio.

--En este momento supremo, dijo por fin Brazo Rojo, querra haber
reparado los males que he causado; pero ay! es imposible, mis vctimas
estn muertas y poder alguno humano sera capaz de devolverles la
vida que tan traidoramente les quit. Sin embargo, entre los crmenes
que sobre m pesan hay uno, tal vez de todos el ms horrendo, que si
no puedo repararlo completamente, a lo menos espero neutralizar sus
efectos, revelando a Vds. sus siniestras peripecias y divulgando el
nombre de mi cmplice. Dios, al conducir de improviso a esta ciudad al
conde Octavio, quiso sin duda imponerme esta expiacin; por lo tanto
me someto a su voluntad, esperando que en cambio de mi obediencia tal
vez se apiade de m. Al suplicarles a Vds., seores, que viniesen aqu,
me gui la idea de que la persona ms interesada en lo que voy a decir
contase con los testigos indispensables, para que despus la justicia
humana pudiese, sin temor alguno, perseguir al culpado. As pues,
seores, srvanse Vds. tomar nota de mis palabras, que al umbral del
sepulcro les juro sern reflejo de la verdad ms pura.

El condenado se call y se entreg a la meditacin como para recoger
sus recuerdos.

Los asistentes sentan la curiosidad ms viva; el conde,
principalmente, ensayaba en vano, bajo una apariencia fra y
severa, disimular la ansiedad que le oprima el corazn; tena el
presentimiento de que por fin iba a ser dueo del impenetrable secreto
que hasta entonces envolva a su familia y cuyo descubrimiento
persiguiera intilmente por espacio de tanto tiempo.

Brazo Rojo escogi, entre los muchos papeles que cubran su mesa, un
cuaderno bastante voluminoso, y despus de abrirlo y colocarlo ante s,
dijo:

--Aunque desde la fecha en que ocurrieron los sucesos que aqu se
narran, hayan transcurrido ocho aos, estn tan presentes en mi
memoria, que tan pronto supe la llegada del conde Octavio a esta
ciudad, me puse a escribirlos circunstanciadamente a vuela pluma. Esta
horrorosa historia es la que voy a leerles a Vds., seores; historia
a cuyo pie me harn ustedes luego el favor de echar su firma, a fin
de dar al manuscrito este la autenticidad indispensable para que el
seor conde haga de l el uso que juzgue ms conveniente en pro de su
familia y para castigo del culpado. Yo no fui sino el cmplice pagado,
el instrumento de que se sirvieron para herir a la vctima.

--Esta precaucin es muy buena, dijo entonces el director de la crcel;
no hallaremos reparo en firmar esa revelacin, sea la que fuere.

--Gracias, seores, profiri el conde; por ms que yo ignore los hechos
que van a sernos revelados, me asisten sin embargo ciertas razones
particulares para tener la cuasi certeza de que lo que voy a saber
es de grandsima importancia para la dicha de algunas personas de mi
familia.

--Va V. a juzgar de ello, seor conde, dijo el reo, empezando a leer su
manuscrito, lo cual dur prximamente dos horas.

Del conjunto de los hechos resultaba: primeramente que la bala que
cortara la existencia del prncipe de Oppenheim-Schlewig haba partido
del fusil de Brazo Rojo, quien al efecto se emboscara entre unas
matas, y que el segundognito del prncipe haba pagado al bandido
para que cometiera tal asesinato. Una vez en la resbaladiza pendiente
del crimen, el joven se haba entregado a l en cuerpo y alma, sin
vacilacin y sin remordimientos, para lograr el fin que se propusiera,
que no era sino l de apoderarse de la fortuna paterna. Despus de un
parricidio, para l nada significaba un fratricidio, y lo llev a cabo
con un lujo de precauciones atroz. Otros crmenes ms horrorosos an,
si es posible, los refera el manuscrito, con una verdad de pormenores
tal y con apoyo de pruebas tan irrecusables, que los testigos llamados
por el reo se preguntaban con espanto si era posible que existiese un
monstruo tan atroz y qu horrible castigo le reservaba la justicia
divina, de la que l se burlaba con tan horroroso cinismo haca tantos
aos. A la princesa, al saber la muerte de su esposo, le haban
sobrevenido los dolores del parto y dado a luz, no una nia, como todos
crean, sino dos gemelos, uno de los cuales, el nio, fue arrebatado
por orden del prncipe con objeto de anular la clusula del testamento
de su padre que transmita al hijo que deba nacer, caso de ser varn,
los ttulos y toda la fortuna de la familia.

El conde Octavio, con el rostro sepultado entre las manos, se crea
pbulo de una terrible pesadilla; a pesar de las prevenciones que le
animaran siempre contra su cuado, nunca se hubiera atrevido a creerle
capaz de cometer impasiblemente y a largos intervalos una serie de
crmenes odiosos pacientemente urdidos y meditados a impulsos de la ms
vil, despreciable e inexcusable de todas las pasiones, la sed de oro.
El conde se preguntaba si no obstante las irrecusables pruebas que de
esta suerte y de improviso se le venan a las manos, hallara en todo
el imperio un tribunal que se atreviese a asumir la responsabilidad
de perseguir tan vergonzosos e inhumanos crmenes. Adems, como de
hacer pblica tal revelacin quedaba irremisiblemente deshonrada una
familia a la cual estaba entroncada la suya, iba a refluir sobre sta
la deshonra? Todos estos pensamientos bullan en la mente del conde,
causndole dolores agudsimos y acrecentando su perplejidad hasta el
extremo que no saba que resolucin tomar. En caso tan grave, no se
atreva a pedir consejo a nadie ni buscar apoyo fuera de s mismo.

--Caballero, dijo Brazo Rojo levantndose y acercndose al conde, tome
V. este manuscrito; desde ahora le pertenece.

El conde tom maquinalmente el cuaderno que le entregaba el reo, quien
continu en estos trminos:

--Comprendo su admiracin de V. y su espanto, seor; son tan horribles
los acontecimientos esos, que a pesar del sello de verdad que revisten,
de las circunstancias excepcionales en que han sido escritos, y de la
autoridad de las personas que los han firmado despus de ledos, corren
peligro de ser puestos en duda; as pues quiero ponerlos al abrigo de
toda sospecha de impostura, aadiendo al manuscrito lo que se ha dado
en llamar piezas de autos y que yo llamar pruebas irrecusables.

--Posee V. pruebas? pregunt el conde estremecindose.

--S, seor. Srvase V. abrir esta cartera y en ella hallar
veintitantas cartas de su cuado de usted dirigidas a m, todas ellas
referentes a los hechos narrados en este manuscrito.

--Dios mo! Dios mo! profiri el conde juntando las manos; pero
volvindose prontamente hacia Brazo Rojo, dijo: es muy singular.

--Le comprendo a V., repuso el reo sonriendo.

V. se admira de que yo poseyese cartas tan comprometedoras para el
prncipe, sin que ste se haya servido de su podero para hacerme
desaparecer y recuperarlas.

--En efecto, dijo el conde, admirado de que el reo hubiese adivinado
su pensamiento; el prncipe, mi cuado, es hombre por todo extremo
prudente, y sobre esto tena inters sumo en hacer desaparecer pruebas
tan abrumadoras para l.

--As es, y no hubiera dejado de hacerlo aun cuando hubiese debido
apelar a los medios ms expeditos para conseguirlo; pero el prncipe
ignora que tales pruebas hayan quedado en mis manos y por qu sucedi
as. Voy a explicrselo a V.: cada vez que por escrito me daba una
cita, en presencia de l quemaba yo una carta exacta a la que l
me haba enviado, para demostrarle la buena fe de mi conducta y
la confianza que l me mereca; de modo que nunca sospech que yo
las hubiese retenido en mi poder. Luego y en cuanto hubo parido la
princesa, suponiendo yo con fundamento que habiendo el prncipe logrado
sus propsitos deseara deshacerse de m, le sal a camino abandonando
de repente el pas, durando mi ausencia tres aos, que los pas en
el extranjero. Transcurrido este perodo de tiempo, hice circular la
voz de mi muerte, componindomelas para que esta noticia llegase a
odos del prncipe, con visos de la ms exacta verdad. Luego me vine
aqu. El prncipe nunca supo como me llamaba yo, porque nosotros,
los caballeros de carretera, no slo tenemos la costumbre de cambiar
de seudnimo cada dos por tres, siendo como es para nosotros el
incgnito una salvaguardia, sino usar tres o cuatro a la par a fin de
establecer respecto de nosotros una confusin gracias a la cual nos
encontramos del todo seguros. As pues, el prncipe, a pesar de todas
sus pesquisas, si, lo que ignoro, intent llevarlas a cabo alguna vez,
no logr, no dir descubrir mi paradero, ni aun comprobar mi existencia.

--Pero con qu objeto haba V. conservado estas cartas? pregunt el
conde.

--Con el muy sencillo de servirme de ellas para obligar al prncipe,
por medio del temor a una revelacin, a que me proporcionase el dinero
que me hiciese falta cuando se me antojase renunciar a mi peligroso
oficio; pero como me sorprendieron cuando menos lo esperaba, no pude
hacer uso de ellas; y ello no lo siento ahora, se lo aseguro a V.

--Gracias, dijo con efusin el conde; pero en cambio del inmenso
servicio que acaba V. de prestarme no me sera dable hacer algo por V.
en la situacin extrema en que se halla?

Brazo Rojo dirigi al soslayo una mirada en torno de s, y vio que para
dejar al conde en completa libertad de hablar con l, el capelln y los
dos militares se haban retirado al rincn ms distante del calabozo,
donde al parecer conversaban con mucha animacin.

--Ah! seor conde, dijo el reo con voz apenas perceptible, es ya
demasiado tarde; yo hubiera querido...

--Diga V., tal vez pueda yo satisfacer su ltimo deseo.

--No es la muerte lo que me espanta, seor, profiri Brazo Rojo, sino
subir al ignominioso cadalso, el verme expuesto en vida a la irrisin y
a los insultos de ese populacho al que por tanto tiempo vi temblar ante
m; esto es lo que turba mis postreros instantes y me entristece. Lo
que yo quisiera es burlar la expectacin de esa multitud frentica que
anticipadamente se recrea en mi suplicio, y que llegado el momento de
conducirme a l no encontrasen sino mi cadver. Ya ve V., seor conde,
que nada puede hacer en mi favor.

--Se equivoca V., repuso Octavio con viveza; no slo puedo evitarle
a V. el bochorno del cadalso, sino tambin a sus dos compaeros, si
quieren.

--No me engaa V.? pregunt el reo, por cuyos ojos pas un rayo de
alegra.

--Silencio! profiri el conde; qu inters tendra yo en engaarle,
cuando no deseo sino demostrarle mi agradecimiento?

--Dice V. bien; pero de qu medio va V. a valerse?

--Escuche V., esta sortija que ostento en el dedo encierra un veneno
activsimo; basta abrir el engaste y aspirar su contenido para caer
muerto con la rapidez del rayo y sin padecimiento alguno. Uno de mis
antepasados trajo de Nueva Espaa, de donde haba sido virrey, esta
sortija. Ya sabe V. cuan inteligentes son los indios para componer
venenos. Tome V. la sortija.

--Oh! gracias, dijo Brazo Rojo, apoderndose de ella y escondindosela
en el pecho; gracias, seor conde, ha saldado V. sus cuentas conmigo,
nada me debe V. ya; al contrario, donndome esta sortija sale V.
acreditando. Gracias, gracias; de esta suerte mis pobres amigos y yo
evitaremos la suerte ignominiosa que nos espera.

El conde y Brazo Rojo se acercaron entonces a los dems personajes
que concurrieran al calabozo, los cuales, al ver que el coloquio que
aqullos sostenan haba terminado, cesaron de hablar.

--Caballeros, dijo el reo, con toda el alma les agradezco a Vds. que
se hayan dignado asistir a la revelacin que mi conciencia me ordenaba
hacer; ahora me siento ms sosegado, y puedo aguardar tranquilamente
los brevsimos instantes que me separan de la muerte. Quisiera pedir a
Vds. un nuevo favor, y es que me dejasen pasar los contados segundos
que de existencia me quedan, junto a mis dos compaeros que, cual yo,
deben morir hoy en el patbulo.

--Es un consuelo supremo, repuso el capelln.

El director de la crcel reflexion por espacio de un minuto, y luego
dijo al reo:

--No hallo inconveniente en acceder a sus deseos; voy a dar las rdenes
necesarias para que conduzcan ac a sus compaeros y permanezcan Vds.
reunidos hasta el momento de la ejecucin.

A una orden del director de la crcel, el centinela llam al carcelero,
que acudi a abrir la puerta del calabozo.

--Adis, seores, dijo el reo. l les acompae.

El conde, despus de haberse despedido del capelln y de las otras
dos personas, se sali de la crcel, atraves la plaza, llena de una
multitud inmensa, y se apresur a entrar en su casa, donde lleg en
el preciso instante en que sonaban las seis, hora designada para la
ejecucin.

De improviso y como por arte de magia imper el ms profundo silencio
entre la muchedumbre, un segundo antes tan bulliciosa y movediza; y es
que por fin iba a ver cumplida su venganza.




VII


EL VENGADOR


No bien hubo llegado a su casa, el conde dict sus disposiciones para
partir inmediatamente, olvidndose por completo del asunto que le
llevara a Bruneck. Por otra parte, por muy importante que le hubiese
sido el asunto, no hubiera sido parte a retenerle; tal era la priesa
que de alejarse senta aqul.

Sin embargo, no tuvo ms remedio que permanecer todava algunas horas
ms en la ciudad, por no ser posible disponer de caballos hasta las
tres de la tarde.

Octavio se aprovech de este contratiempo para tomar algn descanso,
pues en efecto le renda la fatiga. A poco de haberse acostado dorma
tan profundamente, que no oy siquiera las desaforadas y furiosas
voces que daba la multitud al ver que en lugar de los tres criminales
a quienes haca tanto tiempo estaba aguardando para gozarse en su
suplicio y saborear con delicia una venganza tan anhelada, no le
entregaban sino tres cadveres.

En el momento en que el carcelero y los agentes de la justicia entraron
en el calabozo de los condenados para conducir a stos al patbulo, no
hallaron sino tres cadveres.

Cuando el conde despert, todo haba concluido; las tiendas estaban
abiertas y la ciudad ofreca el aspecto normal.

Octavio pregunt si estaba dispuesto el coche, y al responderle que
ste le estaba aguardando a la puerta de la casa, apresur los ltimos
preparativos, que pronto estuvieron terminados, y baj a la calle.

--A dnde vamos, excelentsimo seor? pregunt el lacayo
descubrindose.

--A Viena, respondi el conde, acomodndose en el testero del carruaje.

El postilln esgrimi su ltigo, y los caballos partieron a escape.

Octavio haba reflexionado, y el resultado de sus reflexiones fueron
ste: slo exista una persona bastante poderosa para hacer que le
administraran recta y pronta justicia: el emperador; as pues a ste
era a quien deba dirigirse. Ah porque tom el camino de Viena.

Larga es la distancia que separa a Bruneck de la capital del imperio;
as es que en aquellos tiempos en que los caminos de hierro estaban en
sus comienzos y no existan sino en ciertas lneas estratgicas muy
contadas, los viajes eran largos, incmodos y dispendiosos. l del
conde dur veintisiete das. Lo primero que hizo Octavio al llegar al
trmino que se propusiera, fue informarse respecto de la residencia
del emperador, que en aquel entonces se encontraba en Schoenbrunn,
situado a una legua escasa de Viena. Para no perder un tiempo precioso,
empero, era menester recabar lo ms pronto posible una audiencia del
emperador, y como Octavio perteneca a una familia demasiado encumbrada
para que le hiciesen esperar, dos das despus de su llegada a la
capital de Austria, fue recibido en audiencia.

Como ya he manifestado, el palacio de Schoenbrunn se levanta a legua o
legua y media de Viena, allende y un poco a la izquierda del arrabal
de Mariahilf. Dicho palacio imperial, empezado por Jos I y terminado
por Mara Teresa, es de construccin sencilla, elegante, graciosa,
sin embargo de lo cual no carece de majestad. Se compone de un gran
cuerpo con habitaciones del que parten dos alas circulares, y corona
el peristilo una escalinata de dos rampas que afluye al piso primero.
Paralelos al cuerpo principal del palacio hay algunos edificios bajos
destinados a la servidumbre y a las caballerizas, los cuales estn
unidos a cada uno de los extremos de las alas, dejando nicamente en
el eje de la escalinata una abertura no de diez metros, a cada lado de
la que se levanta un obelisco. Se llega a Schoenbrunn por un puente
echado sobre el Viena, delgado hilo de agua que va a perderse en el
Danubio, y a espaldas del palacio se extiende un jardn semicircular
en el testero del cual se levanta un mirador situado en la cspide de
un otero sembrado de csped rodeado de umbros sotos, en los que se
disfruta de suavsimo ambiente y del armonioso gorjear de infinidad de
pjaros, Schoenbrunn, clebre por haber vivido en l Napolen I y haber
muerto en l, tras dolorosa agona, el duque de Reichstad, hijo de este
famoso capitn, ostenta un sello de indecible tristeza y de indefinible
languidez; todo en l es sombro, melanclico y aflictivo; la corte,
con su rigurosa etiqueta y su fausto, apenas si logra de tiempo
en tiempo galvanizar aquel cadver. Como el palacio de Versalles,
Schoenbrunn no es sino un cuerpo sin alma, incapaz de volver a la vida
bajo esfuerzo alguno.

El conde lleg a Schoenbrunn diez minutos antes de la hora de su
audiencia, fijada para medioda, y una vez sta hubo sonado, un
chambeln de servicio, que le estaba aguardando, le introdujo a
presencia del emperador, que se encontraba en un saln particular, en
pie y arrimado a una chimenea.

La acogida que el soberano reserv al conde, fue cordial en extremo.
La audiencia dur unas cuatro horas, y fue tan secreta, que nadie ha
sabido nunca qu pas entre el emperador y el conde; lo nico de que se
tiene noticia es que al despedirse los conferenciantes, S. M., en el
momento de tender la mano al conde para que ste se la besase, dijo:

--Creo que vale ms obrar as; en pro de la nobleza toda, es menester
evitar a toda costa el horroroso escndalo que provocara la publicidad
de tan espantosos hechos; no le faltar a V. nunca mi apoyo; vaya V.,
seor conde, y quiera Dios que con los elementos que pongo en sus manos
consiga V. sus propsitos.

El conde hizo una respetuosa reverencia y se volvi a Viena, de la que
sali aquella noche misma para tomar la vuelta de su casa.

Al par que Octavio, y por el mismo camino, sali un correo de gabinete,
expedido por el emperador.

El aventurero, al llegar aqu de su relato, hizo una nueva pausa, y
fijando los ojos en el conde del Saulay, le pregunt:

--V. sospecha lo que pas entre el emperador y Octavio?

--Casi casi, respondi el joven.

--Ah! profiri el aventurero con admiracin, me gustara saber el
resultado de sus observaciones.

--Me permite V. que se lo diga?

--Pues s.

--Mi querido don Adolfo, repuso Luis, como usted sabe, yo soy noble.
En Francia el rey es el primero entre la nobleza de su reino, el
_primus nter pares_, y tal supongo sucede en todas partes. Ahora bien,
todo ataque contra alguno de los miembros de la nobleza hiere tan
profundamente al soberano como a los dems nobles del imperio. Cuando
el Regente de Francia conden al conde de Horn a ser descuartizado en
la plaza de Greve, por haber robado y asesinado a un judo, respondi
a un seor de la corte que intercedi para con l a favor del culpado
recordndole que el conde de Horn estaba emparentado con familias
reinantes y que era pariente suyo:  Cuando tengo sangre mala me
la hago sacar.  Y se volvi de espaldas al solicitante. Esto no
obstante, la nobleza mand sus carrozas a la ejecucin del conde de
Horn. Lo que V. acaba de referir es poco ms o menos lo mismo; la
nica diferencia que existe es que el emperador, menos enrgico que el
Regente de Francia, al par que conoca que era menester administrar
justicia, retrocedi ante una publicidad que, segn l, deba sealar
con un estigma infamante a la nobleza toda de su nacin, y, como todos
los hombres dbiles, se detuvo a la mitad del camino, esto es, dio
probablemente una autorizacin al conde para que ste pudiese valerse
de cualquier pretexto para matar o hacer asesinar a su noble pariente,
y, una vez suprimido su enemigo, obtener la justicia que reclamaba,
ya que, muerto el prncipe, sera fcil restituir a la viuda del
primognito o a su hijo, caso de dar de nuevo con l, los ttulos y
la fortuna que su to le arrebatara por modo tan criminal. Esto, a mi
ver, es lo que se pact entre el emperador y el conde en la conferencia
celebrada en Schoenbrunn.

--En efecto, seor conde, profiri don Adolfo, as pas; con la nica
diferencia que el emperador exigi que las hostilidades no empezasen
entre el prncipe y el conde hasta encontrarse ambos fuera del imperio,
y que el conde solicit del emperador le proporcionase todos los medios
de accin de que dispusiese a fin de hallar a su sobrino, si por acaso
viva an, en lo que el soberano consinti. El conde se volvi pues a
su palacio, provisto de la autorizacin de S. M., en la que le confera
los poderes ms amplios para que prosiguiese su venganza, y adems una
orden holgrafa para que el conde pudiese reclamar siempre y cuando lo
exigiese, el auxilio de todos los agentes imperiales, as en Austria
como fuera de ella. Como V. comprender sin duda, el conde no estaba
del todo satisfecho de las condiciones que le impusiera el emperador;
pero conociendo la imposibilidad de conseguir ms, tuvo que resignarse.

Octavio hubiera preferido el arrostrar todas las consecuencias de
un proceso escandaloso, a la venganza vergonzosa y mezquina que le
permitan; pero en provecho de su hermana y de su sobrino vala ms que
hubiese obtenido esas semiconcesiones a haberse estrellado intilmente
contra una resolucin tomada de antemano y una negativa formal. El
conde tom pues inmediatamente todas las providencias para buscar a su
sobrino, en cuyas pesquisas deban servirle grandemente las preciosas
noticias que contenan los papeles que Brazo Rojo le entregara, y
sin decir nada a su hermana, puso manos a la obra sin perder minuto.
Qu ms les dir a Vds., amigos mos? Las pesquisas del conde fueron
largas, duran todava; sin embargo, la situacin empieza a aclararse,
ya que Octavio ha tenido la suerte de hallar a su sobrino, a quien
nunca ms ha vuelto a perder de vista. ste, aun en la hora presente,
ignora los lazos sagrados que le unen al hombre que le ha educado y le
ama como un padre; al hombre que ni aun a su propia hermana ha revelado
este secreto, por no querer descubrrselo sino en la ocasin misma en
que pueda anunciarle que la justicia queda por fin satisfecha y vengado
el marido a quien llora hace tantos aos. Desde que el conde empez
la persecucin del prncipe, los dos enemigos se han encontrado cara
a cara, y ms de dos veces Octavio ha podido matar al prncipe; pero
el vengador no se ha dejado llevar nunca del odio, ms bien dicho,
su odio le ha dado fuerzas para esperar. El conde quiere, s, matar a
su enemigo, pero antes quiere que ste se haya deshonrado y caiga, no
vencido en una lucha noble, sino como el criminal que por fin sufre el
castigo a sus maldades.

El aventurero se call otra vez, y l y sus oyentes guardaron profundo
silencio.

La noche tocaba a su fin; al travs de las entreabiertas ventanas
penetraban ya algunas rfagas de blanquecina luz, que amortiguaban
la de las bujas; sordos rumores anunciaban que la ciudad empezaba a
despertarse, y las lejanas campanas de los conventos y de las iglesias
llamaban a los fieles a la misa del alba.

El aventurero se levant y empez a pasearse por el aposento,
dirigiendo de vez en cuando y al soslayo una mirada escrutadora a sus
compaeros.

Domingo, arrellanado en su butaca y con los ojos entornados, chupaba
maquinalmente una pipa india. El conde del Saulay repiqueteaba con
los dedos una tocata sobre la mesa, al par que con el rabillo del ojo
segua las evoluciones del aventurero.

--Conque, dijo por fin e inopinadamente Luis, levantando la cabeza y
mirando de hito en hito a don Adolfo, ha terminado V. su relato?

--S, respondi lacnicamente el aventurero.

--No tiene V. que aadir nada ms?

--No.

--Me parece que se equivoca V., y dispnseme que se lo diga.

--No le comprendo a V., mi querido conde.

--Me explicar, pero con una condicin.

--Cul?

--Que no me interrumpa V.

--Concedido; le escucho a V., dijo don Adolfo.

--Sepa, amigo mo, profiri el conde, que el primer rostro simptico
que vi al desembarcar en Amrica, fue el de V. Aunque nuestra situacin
respectiva era muy diferente, el acaso se ha complacido en acercarnos
uno a otro con tal persistencia, que lo que en un principio no era
entre los dos sino una amistad pasajera, sin saber como ni como no se
ha convertido en afecto sincero y profundo. Y aqu encaja decir que
un hombre no se une a otro como yo lo he hecho con V., sin estudiar
un poco el carcter del individuo que le atrae; tal me sucedi a m
y tal creo le sucedi tambin a V. Ahora bien, tengo la pretensin
de conocerle a V. bastante ntimamente, para sustentar la conviccin
de que no ha venido V. de improviso a nuestra casa, esta noche, con
el nico objeto de cenar, ms bien dicho, de hacer una francachela
impropia de su carcter y de sus costumbres; y digo esto, porque es V.
el hombre ms sobrio que he conocido. Adems, me llama la atencin que
V., tan parco en el hablar y sobre todo tan celoso en sus secretos,
nos haya hecho un relato muy interesante, s, pero que aparentemente
en nada le atae y debe de tener una importancia muy secundaria para
V. As pues, digo que si V. vino esta noche a pedirnos una cena de la
que pudiera haber prescindido perfectamente, aparte la satisfaccin
que nos caus su visita, fue con el deliberado propsito de hacernos
este relato, relato que tal vez le interesa a V. ms que a nosotros. De
todo lo cual deduzco que todava tiene V. algo que decirnos, ms claro,
pedirnos.

--Evidente es, por m vida, profiri Domingo.

--Ea, s, repuso el aventurero; todo cuanto sospecha V. es cierto; la
cena era un pretexto; no vine sino con el intento de contarles a Vds.
la historia que escucharon.

--Gracias a Dios, dijo gozosamente Domingo, a lo menos esto es hablar
con franqueza.

--Pero ahora les confieso a Vds. que vacilo; me ha entrado miedo,
repuso el aventurero con tristeza.

--Miedo V.! y de quin? exclamaron los dos jvenes llenos de sorpresa.

--S, le tengo, respondi don Adolfo, porque esta larga historia toca
a su desenlace y este desenlace va a ser terrible. Al venir aqu tena
la intencin de solicitar el concurso de Vds.; pero despus reflexion,
y al pensar en la juventud, en la dicha y en la indolencia de ustedes,
retroced ante la idea de envolverles indirectamente en ella, en esta
historia terrible, a la cual deben permanecer extraos. Por favor,
olviden Vds. cuanto les dije; tmenlo como un relato hecho despus de
haber bebido.

--No, don Adolfo, exclam Luis con energa, por mi honor le juro que no
suceder as; y advierto que hablo en nombre mo y en l de Domingo, V.
necesita de nosotros; estamos aqu. Ignoro qu inters misterioso tiene
V. en ese negocio; ni aun quiero profundizar las causas que le mueven;
pero le repito que de prescindir de nosotros en el momento en que va V.
a correr un gran peligro que de compartirlo nosotros tal vez pudiera
evitarlo, nos demostrar que no siente por Domingo ni por m afecto ni
amistad y que lejos de tenernos por hombres de corazn nos juzga V.
muecos de alfeique.

--V. exagera, seor conde, profiri don Adolfo; nunca he pensado tal.
Lo que hay y vuelvo a repetir, es que envolverles a Vds. en este asunto
que para nada les interesa, me hace estremecer.

--Dispense V., arguy Luis, desde el momento que le interesa a V.,
tambin a nosotros; por tanto nos cabe el derecho de inmiscuirnos en l.

El aventurero baj la cabeza y anud sus paseos, hasta que
transcurridos algunos segundos se detuvo y dijo:

--Est bien, ya que Vds. lo exigen, obraremos de comn acuerdo; van
Vds. a ayudarme en mi empresa, y espero que triunfaremos.

--V. lo espera? pues yo estoy convencido de ello, profiri el conde.

--Entonces partamos, repuso Domingo levantndose.

--Todava no, dijo el aventurero, pero el momento se acerca; juro a
Vds. que no tendrn que aguardar mucho tiempo. Ahora bebamos otro
vaso de vino a nuestra salud, y adis. Ah! se me olvidaba; por si no
pudiese venir yo mismo, sepan ustedes que la consigna es sta: _uno y
dos hacen tres._ Se acordarn Vds.?

--Perfectamente.

--Adis.

Cinco minutos despus el aventurero estaba fuera de la casa.




VIII


HORAS DE SOL


La casita del Arrabal en la que doa Dolores haba hallado tan
seguro patrocinio, entre doa Mara y doa Carmen, aunque modesta y
comparativamente muy poco importante, era una deliciosa habitacin
alhajada con sencillez suma pero con gusto exquisito. En la parte de
atrs, cosa muy rara en la capital de Mjico, se extenda una pequea,
pero bien distribuida huerta, poblada de frondosos rboles que daban
sombra y frescor y ofrecan gratsimo refugio contra los ardores del
sol de medioda.

En el corazn de uno de los fragantes bosquecillos que sombraban el
huerto era donde se ocultaban las dos jovencitas para hablar con entera
libertad y acompaar con sus argentinas carcajadas los alegres gorjeos
de los pjaros.

Slo tres personas haban entrado en aquella casa: el aventurero, el
conde y Domingo.

El aventurero, siempre absorto en sus misteriosas ocupaciones, apareca
en ella rarsimas veces. No as los jvenes. stos, durante los
primeros das, se haban conformado estrictamente a las recomendaciones
de su amigo, no haciendo a las damas sino muy contadas visitas, y aun,
puede decirse, de un modo furtivo; pero poquito a poco y arrastrados
por el hechizo invisible que les atraa inconscientemente, las
visitas fueron menudeando y hacindose ms largas, hasta el extremo
que, so pretexto de esto o de lo otro, llegaron a pasar los das casi
enteros al lado de las damas. Cierto da, mientras los habitantes de
la casita, retirados en el rin de su jardn, estaban hablando entre
s alegremente, se oy en la calle un alboroto espantoso, y a poco el
anciano criado acudi presuroso y despavorido para advertir a su ama
que una gavilla de bandidos, reunidos delante de la casa, exigan que
les abriesen la puerta, amenazando con astillarla de no consentir en
ello. El conde tranquiliz a doa Mara, dicindola que nada temiese, y
despus de inducirla a que no se moviese del jardn, as como las dos
jvenes, l y Domingo se encaminaron hacia la puerta de la casa. Por
casualidad Raimbaut haba llegado algunos instantes haca trayendo una
carta para su amo, y por lo tanto su presencia era por dems preciosa
en aquellas circunstancias. Los tres hombres se proveyeron de sendos
fusiles, y despus de haberse puesto de acuerdo en pocas palabras, el
conde se acerc a la puerta, en la cual daban repetidos golpes desde
fuera, y orden al anciano criado que la abriese. Apenas entreabierta
sta, se precipitaron como un alud, en el zagun, unos diez hombres
profiriendo voces y aullidos furiosos; pero de improviso se detuvieron;
ante ellos, a unos diez pasos, estaban en pie, inmviles, tres
hombres que les apuntaban las bocas de los fusiles. Los bandidos,
que en la confianza de no encontrar resistencia iban casi todos sin
ms arma que un cuchillo sujeto al cinto, quedaron como clavados
en el sitio al ver los fusiles apuntados a sus pechos. La actitud
enrgica de aquellos tres hombres les impuso, y tras unos segundos de
vacilacin se detuvieron cruzando entre s despavoridas miradas. No
era aquello lo que les haban dicho; aquella casita, tan tranquila
en la apariencia, encerraba una guarnicin formidable. El conde
entreg su fusil al anciano criado, y empuando un revlver de seis
tiros, avanz resueltamente al encuentro de los bandidos. Los cuales,
impulsados por un movimiento contrario, empezaron a retroceder paso a
paso, hasta que, llegado que hubieron a la puerta, volvieron grupas
de un brinco y pusieron pies en polvorosa. El conde cerr de nuevo y
con toda tranquilidad la puerta, y despus de celebrar con francas
risotadas, junto con sus compaeros, la fcil victoria que acababan de
alcanzar, se reunieron a las damas, a quienes encontraron acurrucadas
y temblorosas en lo ms retirado de la huerta. Esta leccin haba
bastado para que nunca ms hubiesen vuelto a turbar la tranquilidad
de los habitantes de la casita. Sin embargo, doa Mara, agradecida
al servicio que le haban prestado los jvenes, no slo no hall ya
que stos le hacan las visitas demasiado largas, sino que cuando
stos, por urbanidad, manifestaban deseos de retirarse, les incitaba a
que todava no se marchasen. A bien que las dos jovencitas unan sus
ruegos a los de la dama, con lo que Luis y Domingo se dejaban convencer
fcilmente.

A primeras horas de la tarde del da que sigui a la noche en que don
Adolfo cen tan copiosamente con sus amigos, los dos jvenes, que por
regla general se presentaban a las once de la maana en casa de doa
Mara, todava no haban parecido.

Doa Dolores y doa Carmen, reunidas en el comedor, hacan que
ordenaban y desempolvaban los muebles para no ir al jardn, donde haca
largo rato las estaba aguardando doa Mara.

Aunque no hablasen, las jvenes, mientras ordenaban, o ms bien,
desordenaban los muebles, consultaban a cada punto el pndulo.

--V. se explica, Carmencita, dijo doa Dolores haciendo un gracioso
mohn, que mi primo no haya llegado todava?

--Es inconcebible, querida, respondi al punto doa Carmen, y confieso
a V. que estoy en zozobra; dicen que en estos momentos la ciudad anda
revuelta. Con tal que no les haya sucedido alguna desgracia!

--Sera horrible.

--Qu sera de nosotras solas y sin amparo en esta casa, en la que ya
hubiramos perecido asesinadas a no ser ellos?

--Tanto ms cuanto para nada podemos contar con don Jaime, que siempre
est ausente.

Las dos doncellas exhalaron un suspiro, cruzaron en silencio una larga
mirada, y echndose mutuamente los brazos al cuello rompieron a llorar.

Una y otra se haban comprendido: no era por ellas por quien teman.

--Ah! conque le amas? pregunt por fin doa Dolores en voz baja y
entrecortada al odo de su amiga.

--Oh! s, respondi suavemente doa Carmen, y t?

--Tambin.

Hecha la confesin, las dos jvenes nada tenan ya que ocultarse.

--Desde cundo le amas? pregunt doa Carmen.

--No s; me parece que le he amado siempre.

--Y l te ama? sigui preguntando la hija de doa Mara.

--Desde el momento que yo le amo!

--Tienes razn.

Lo que en s tiene de adorable el amor, es que es esencialmente
ilgico; de lo contrario no sera tal.

De pronto las dos jvenes se irguieron y se llevaron la diestra al
corazn.

--Aqu est, dijo doa Dolores.

--Viene, profiri doa Carmen.

Cmo lo saban las jvenes, cuando en el exterior reinaba el silencio
ms profundo?

Doa Carmen y doa Dolores abandonaron entonces el comedor, y echaron a
correr hacia el jardn como dos palomas despavoridas.

Casi al punto llamaron a la puerta, y sin duda el anciano criado
conoci a quien llamaba, pues acudi inmediatamente al llamamiento.

El conde y su amigo entraron.

--Estn las seoras? pregunt Luis.

--En la huerta, excelentsimo seor, respondi el criado cerrando la
puerta.

Las damas estaban sentadas en un bosquecillo: doa Mara, bordando;
las jvenes, leyendo con mucha atencin en la apariencia, con tanta
atencin, que por ms que se sonrojaron sbitamente, no oyeron chillar
sobre la arena de las alamedas las pisadas de los visitantes y
quedaron grandemente sorprendidas al verles.

stos se descubrieron al penetrar en el bosquecillo y saludaron
respetuosamente a las damas.

--Por fin han llegado Vds., seores, dijo doa Mara sonriendo; saben
Vds. que estbamos en zozobra?

--Oh! repuso doa Carmen repulgando la boca.

--Bah! murmur doa Dolores, esos caballeros habrn sin duda hallado
en otra parte ocasin de divertirse, y la aprovecharon.

El conde y Domingo, que no comprendan el lenguaje de las jvenes, las
miraron con sorpresa.

--Ea, locuelas, dijo con blandura doa Mara, no martiricen Vds. a
esos caballeros; les tienen Vds. todos corridos y avergonzados. Si no
vinieron antes es porque les fueron imposible.

--Son completamente libres de venir cuando les plazca, profiri doa
Dolores con desdn.

--Nos guardaremos muy bien de buscarles quisquillas por tan poco,
aadi doa Carmen en el mismo tono.

Los jvenes, para quien estas ltimas palabras fueron el golpe de
gracia, perdieron la serenidad.

Las zumbonas jvenes les miraron por un instante al soslayo, y luego
se echaron de improviso a rer de un modo tan franco, que el conde y
Domingo palidecieron de despecho.

--Vive Dios! exclam el vaquero, que es demasiada crueldad castigarnos
de esta suerte por una falta que no hemos cometido.

--Don Adolfo nos ha retenido a su lado pese a nuestra voluntad, dijo el
conde.

--Ah! han visto Vds. a don Jaime? pregunt doa Mara.

--S, seora, respondi Luis, ayer a las once de la noche vino a vernos.

Los dos jvenes tomaron entonces asiento y la conversacin continu en
tono festivo.

Doa Carmen y doa Dolores, a quienes les placa apurar la paciencia
del conde y de Domingo, por ms que en su interior sintiesen que stos
no comprendiesen el sentimiento que dictaba sus reproches, no cesaron
en sus pullas.

En cuanto a Luis y al vaquero, no podan experimentar dicha mayor que
la de encontrarse al lado de aquellas hermosas y sencillas jvenes;
les embriagaba el fuego de sus miradas; escuchaban con arrobo la suave
msica de su voz, y no pensaban sino en gozar lo ms posible de la
grata ventura que les deparaba a tan poca costa el destino.

De esta suerte y con la velocidad del sueo se desliz la tarde y parte
de la noche; y al sonar las nueve, se retiraron a su casa, sin cruzar,
durante el camino, una sola palabra.

--Tienes sueo? pregunt el conde a su amigo, una vez en su habitacin.

--No, respondi ste; por qu me lo preguntas?

--Porque deseara hablar contigo.

--Magnfico; yo tambin tengo que hablarte.

--Ah! profiri el conde, pues mientras nos fumamos un puro cada uno y
remojamos las fauces con una botella de grog, podemos explicarnos.

--De mil amores.

Luis y Domingo se sentaron frontero uno de otro, y encendiendo sendos
puros, dijo el primero:

--Qu da ms delicioso hemos pasado!

--Cmo no al lado de personas tan amables? repuso Domingo.

--Quieres ser franco? dijo prontamente el conde, tomando una
resolucin repentina.

--Contigo lo soy siempre, ya te consta, respondi el vaquero.

--Pues escucha; t sabes que apenas hace algunos meses que estoy en
Mjico, pero lo que puede decirse ignoras es la causa que me trajo a
esta tierra.

--Creo haberte odo decir que llegaste con el intento de casar con tu
prima doa Dolores de la Cruz.

--Es verdad; pero lo que t no sabes es el modo como se convino este
matrimonio y las razones que impiden romperlo. Voy a explicrtelo
sucintamente. Muy nio era yo an, cuando en virtud de las clusulas de
un pacto de familia me prometieron a doa Dolores de la Cruz, la que
ni siquiera saba yo si estaba en el mundo, y hombre ya, mis padres
me requirieron para que cumpliese el compromiso que sin consultarme
haban arrostrado en mi nombre. Pese a la repugnancia natural que
experimentaba yo hacia unin tan singular con una mujer a quien no
conoca, no me cupo sino obedecer, y en su consecuencia abandon con
pesar profundo la vida dichosa, tranquila e indolente que llevaba
en Pars en el seno de mis amistades, y me embarqu para ac. A mi
llegada, don Andrs de la Cruz me recibi con el gozo ms vivo, me
colm de obsequios, y me present a su hija, mi prometida; la cual me
reserv una acogida ms que fra. Indudablemente doa Dolores no estaba
ms satisfecha que yo de la unin que la obligaban a contraer con un
desconocido, y la mortificaba el derecho que su padre se abrogara
disponiendo de su mano sin consultarla, o siquiera sin advertirla;
porque, como supe ms adelante, doa Dolores ignoraba completamente el
pacto estipulado entre las dos ramas de nuestra familia... En cuanto
a m, satisfecho del fro recibimiento de mi prometida, sustentaba
la esperanza de que no se llevara a cabo la boda. Ya sabes t cuan
hermosa es doa Dolores.

--S lo es! murmur Domingo.

--Tiene el carcter ms encantador y la inteligencia cultivada; en una
palabra, rene todas las gracias y todos los atractivos de la mujer
cumplida.

--S, profiri Domingo, cuanto dices es la exacta verdad.

--Pues mira, a pesar de todo no puedo conseguir amarla, no puedo; y sin
embargo, el deber me obliga a tomarla por esposa, porque la pobre se
ha quedado de improviso hurfana, casi arruinada y entregada indefensa
al odio de su hermano. Prometido a ella contra mi voluntad, el honor
me obliga a llevar a cabo esta unin, ltima voluntad de su padre al
morir, no obstante estar yo enamorado...

--Qu quieres decir? pregunt Domingo con voz jadeante.

--Perdname, amigo mo, respondi Luis; estoy enamorado de doa Carmen.

--Oh! gracias, Dios mo.

--Qu? no te entiendo.

--Tambin estoy yo enamorado, profiri el vaquero, y tus palabras me
han inundado de gozo pues la mujer a quien amo es doa Dolores.

El conde tendi la mano a Domingo, que se ech en los brazos de aqul.

Ambos jvenes permanecieron largo rato abrazados.

--Esperemos, dijo por fin Luis, desprendindose de su amigo y
resumiendo con esta sola palabra los sentimientos que bullan en sus
corazones.




IX


UN HOMBRE DE BIEN


Eran las dos de la tarde. No soplaba la ms ligera bocanada de aire; la
campia pareca estar dormida bajo el peso de un sol de plomo, cuyos
candentes rayos caan, cual cobre bruido, sobre la sedienta tierra, y
hacan brillar como otros tantos diamantes los guijarros micceos de
una carretera larga y tortuosa que serpenteaba describiendo infinitas
sinuosidades al travs de una rida campia sembrada de rocas de un
blanco plomizo por las cuales se despeaba una gnea cascada de luz
deslumbradora.

La atmsfera, del todo transparente, como acontece en los climas
privados de humedad, permita distinguir, limpias y exactas, hasta el
ltimo trmino del horizonte, las diversas desigualdades del paisaje,
con una crudeza de tonos y de pormenores que a causa de la falta de
perspectiva area les imprima una dureza entristecedora.

En un sitio en que la mencionada carretera se divida en varias
ramificaciones y formaba una como encrucijada, se levantaba una
casita de blancas paredes y tejado a la italiana, cuya puerta estaba
provista de un portillo formado de troncos de rbol mal escuadrados,
que sostenan una mirada provista de un rejado de espesa malla que la
cerraba como una jaula.

Aquella casita era una venta.

En el portillo haba muchos caballos arrendados, con la cabeza
tristemente cada, jadeantes los ijares y cubiertos de sudor, y al
parecer tan rendidos por el bochorno del da como por la fatiga.

Ac y all se vean, con los pies al sol y la cabeza en la sombra,
muchos hombres envueltos en sendos sarapes, los cuales estaban
durmiendo a pierna suelta.

Dichos hombres eran guerrilleros; un centinela semidormido, apoyado en
su lanza y arrimado a la pared, tena a su cargo el vigilar por las
armas de la cuadrilla, puestas en pabelln.

Bajo el portillo haba un oficial semitendido en una hamaca a la que
con los pies imprima suave vaivn, mientras con los dedos zangarreaba
un jarabe y con voz rajada y baja canturreaba un triste.

En esto sali de la venta un hombrecillo barrigudo y de hinchados
carrillos, de mirada maliciosa y burlona fisonoma; el cual,
acercndose a la hamaca, salud respetuosamente al msico improvisado
y pregunt:

--No quiere V. comer, seor don Felipe?

--Seor ventero, respondi con arrogancia el oficial, me parece que al
hablar conmigo podra V. ser un poco ms respetuoso y darme el ttulo a
que me cabe derecho, es decir, llamarme coronel.

--Perdone V., seora, repuso el hombrecillo haciendo un nuevo y ms
reverente saludo, soy ventero y estoy muy poco al cabo de los grados
militares.

--No hay de qu, profiri don Felipe. Todava no quiero comer; estoy
aguardando a una persona cuya llegada no puede hacerse esperar.

--Es lstima, seor coronel don Felipe, dijo el ventero, pues se echar
a perder la comida que con tanta diligencia he preparado.

--Qu quiere V.? Pero voto al chpiro! ponga V. la mesa; he aguardado
ya bastante y tengo un apetito que se me lleva.

El ventero salud y se retir al punto.

Entre tanto el guerrillero se haba decidido a saltar de su hamaca y
a abandonar interinamente su jarabe, y despus de liar y encender una
pajilla de maz, avanz indolentemente algunos pasos hacia el extremo
del portillo, y con las manos cruzadas sobre los lomos y el cigarrillo
en los labios, fij una mirada escrutadora en el horizonte.

Un jinete envuelto en densa nube de polvo levantada por la rapidez de
la carrera de su cabalgadura, se diriga hacia la venta.

Don Felipe dio un grito de alegra, pues conoci que el personaje
aquel era realmente l a quien tanto tiempo haca estaba aguardando.

--Uf! profiri el viajero tirando de las riendas de su caballo delante
del portillo y apendose, vlgame Dios! no puedo ms; qu calor tan
horrible!

A una sea del coronel, uno de los soldados se hizo cargo del caballo y
lo condujo al corral.

--Hola, seor don Diego, dijo el coronel al recin llegado tendindole
la mano a la usanza inglesa, bienvenido sea V.; casi desesperaba de
verle. La comida nos est aguardando; y a fe me parece que no le vendr
a V. mal despus de la carrera que acaba de dar.

El ventero introdujo entonces en un cuarto retirado a don Felipe y a
don Diego, los cuales se sentaron a la mesa y empezaron a comer con
voraz apetito.

Durante la primera parte de la comida, nuestros dos personajes,
ocupados enteramente en satisfacer un hambre aguzada por larga
abstinencia, no cruzaron sino contadsimas palabras; pero calmado, a
no tardar, su ardor, se echaron de espaldas sobre el respaldo de sus
respectivas butacas profiriendo un ah! de satisfaccin, liaron sendos
cigarrillos y los encendieron y empezaron a fumar, acompandose de
pequeos sorbos de refino de Catalua que el ventero haba trado como
complemento obligado de la comida.

--Ahora que hemos matado el hambre, gracias a Dios y a San Julin,
patrn de los viajeros, departamos un poco, mi querido coronel.

--De mil amores, contest ste sonriendo.

--Pues bien, repuso don Diego, digo que ayer habl con el general
de un asunto que yo contaba proponerle a V.; y sabe V. lo que me
contest? pues me contest que no lo hiciera, porque V., a pesar de su
inteligencia, es un bobo imbuido de las preocupaciones ms ridculas
y no comprendera el alcance patritico del asunto que yo quera
proponerle, ni vera sino el dinero, que se negara a aceptar, por ms
que veinte mil duros no sean moco de pavo. Y termin con estas palabras
textuales: Enhorabuena, ya que le dio V. cita, vaya a encontrarle, y no
sea sino por la singularidad del caso, ver como si por casualidad le
habla V. del asunto le cierra la boca y le enva noramala, a V. y a sus
veinte mil duros.

--Jum! murmur el coronel, a quien la enunciacin de la cantidad haba
dado que pensar.

--Y meditndolo bien, continu don Diego, que espiaba a su interlocutor
con el rabillo del ojo, veo que el general tiene razn; as pues de
nada le hablar a V.

--Ah! profiri el coronel.

--Confieso que lo siento; pero como me precisa tomar una resolucin
definitiva, me ir a encontrar a Cullar, que tal vez no sea tan
meticuloso.

--Cullar es un pillo, exclam don Felipe con arrebato.

--Lo s, profiri don Diego con la mayor naturalidad; pero qu
me importa que lo sea si dndole una decena de miles de duros
anticipadamente estoy seguro de que va a aceptar mi proposicin, que
por otra parte asume la ventaja de ser sumamente honrosa?

--Demonios! repuso el coronel, llenando los vasos y con gesto por
dems preocupado; bonita es la suma que V. ofrece; diez mil duros!

--No diez, veinte, querido seor, replic don Diego; oy V. bien?
No soy yo hombre para meter gratuitamente en un negocio a uno de mis
amigos.

--Pero Cullar no es amigo de V.!

--Dice V. bien; por eso siento tener que dirigirme a l.

--Pero en definitiva, de qu se trata?

--Es un secreto.

--No soy yo amigo de V.? Qupale la certeza de que ser mudo como una
tumba.

--Me promete V. el silencio? pregunt don Diego despus de reflexionar
un rato, o de hacer que reflexionaba.

--Por mi honor se lo juro a V.

--Entonces nada me veda hablar. Vea V. sencillamente de qu se trata:
nada nuevo le contar a V. si le digo que hay multitud de espas que
sirven a la vez a las dos causas y que sin el menor escrpulo venden
a Miramn los secretos de nuestras operaciones militares, mientras se
hacen pagar muy bien las noticias que nos proporcionan respecto de
las del enemigo. Ahora bien, el gobierno de su excelencia don Benito
Jurez, en este momento tiene los ojos abiertos sobre las maquinaciones
de dos hombres de quienes se sospecha muy fundadamente que desempean
este doble papel; pero los individuos de que se trata son astutos si
los hay y tienen tan bien tomadas sus providencias, que pese a la
cuasi certeza moral que existe contra ellos, hasta la actualidad ha
sido imposible conseguir la ms insignificante prueba de la verdad:
a esos dos hombres convendra desenmascararlos apoderndose de sus
papeles particulares, por la entrega de los cuales recibir, l que los
proporcione, quince mil duros inmediatamente adems de los diez mil de
anticipo. Una vez el general gobernador sea dueo de estas pruebas, no
vacilar ya en mandarles al consejo de guerra. Ya ve V. que el negocio
es realmente honroso para l que se encargue de darle cima.

--Efectivamente, repuso don Felipe, el adquirir semejante certeza es un
acto de patriotismo meritorio. Y quines son esos dos hombres?

--Qu! no se lo dije a V.?

--Es lo nico que se le ha olvidado a V. decirme.

--No crea V. que sean unos pelagatos ni mucho menos: el primero acaba
de ser nombrado secretario particular del general Ortega, y si no estoy
mal informado, el segundo levant recientemente una cuadrilla a su
costa.

--Pero bien, cmo se llaman?

--Usted les conoce mucho, o a lo menos as lo creo yo; el primero es
don Antonio Cacerbar y el segundo...

--Don Melchor de la Cruz, interrumpi con viveza don Felipe.

--Ah! lo saba V.! exclam don Diego con sorpresa perfectamente
fingida.

--La elevacin sbita de esos dos individuos, el crdito casi ilimitado
de que gozan para con el presidente, me haba dado ya que sospechar;
nadie comprende el porqu de este repentino favor.

--De ah que haya quien juzgue necesario dilucidar el asunto
asegurndose de un modo positivo que tal son esos sujetos.

--Yo lo sabr, dijo don Felipe, se lo prometo, y las pruebas que me
exige, las pondr en manos de V.

--De veras?

--Se lo juro a V., tanto ms cuanto considero como un deber de hombre
honrado el coger a esos pilletes con las manos en la masa. Y luego
aadi, sonriendo de un modo particular: nadie posee los medios que yo
para conseguir este resultado.

--Ojal no se equivoque V., coronel, porque de suceder tal como V.
dice, creo poder asegurarle que el agradecimiento del Gobierno para con
V. no se limitar al dinero del que voy a entregarle parte.

Don Felipe sonri con orgullo al escuchar esa transparente alusin al
grado inmediato, que l tanto ambicionaba.

Al parecer sin que reparase en la sonrisa de su interlocutor, don Diego
sac de una gran cartera una hoja de papel doblado en cuarto y la puso
en manos del guerrillero, que se apoder de ella con gesto de gozo y
expresin de rapacidad satisfecha que daba a sus facciones, y esto que
las tena bastante hermosas y correctas, algo de vil y de despreciable.

Aquel papel era una letra de diez mil duros pagadera a la vista, girada
contra una gran casa de banca inglesa de Veracruz.

--Se va V.? pregunt el coronel a don Diego, al ver que ste se
levantaba.

--S, siento verme obligado a dejarle a V.

--Hasta la vista, seor don Diego.

El joven se subi nuevamente sobre su caballo y se alej con rapidez,
mientras deca para sus adentros:

--Me parece que esta vez est bien armada la ratonera y que los
miserables van a quedar cogidos en ella.

El coronel se haba sentado de nuevo en la hamaca y vuelto a zangarrear
el jarabe con ms bros que afinacin.




X


AMOR


Dolores y Carmen estaban solas en el jardn.

Acurrucadas, como dos temerosas currucas, en el interior de un
bosquecillo de naranjos, de limoneros y de granados en flor, estaban
charlando a cual ms.

Doa Mara, ligeramente indispuesta, se haba visto obligada a no
moverse de su dormitorio, o a lo menos tal era el pretexto que diera a
las jvenes para no ir con ellas al jardn; pero en realidad se haba
encerrado para leer una carta importante que don Jaime le mandara por
mano de un hombre fiel a toda prueba.

Las jvenes, libres de toda vigilancia, se aprovechaban de la ocasin
para confiarse sus sencillos y suaves secretos, y pocas palabras
les bastaron para hacer entre ellas intil toda explicacin. As es
que no acudieron a subterfugios ni a frases de doble sentido, sino
que se entregaron a una confianza entera e ilimitada, y fcilmente
estipularon ayudarse mutuamente para obligar a los donceles amados a
que por fin rompiesen su prolongado silencio y las permitiesen que en
el corazn de cada uno de ellos pudiesen leer el nombre de la preferida.

Precisamente ste era el grave e interesante tema sobre el que en tal
momento versaba la conversacin de las dos jvenes.

Aunque una ni otra tuviesen ya que confesarse su mutuo amor, con todo
y debido a un sentimiento de dignidad inseparable de toda pasin
verdadera, vacilaban y retrocedan sonrojndose ante la idea de impeler
a los dos jvenes a que se declarasen.

Doa Carmen y doa Dolores eran verdaderamente sencillas e inocentes,
ignorantes de todas las coqueteras y de todas las truhanadas que
constituyen la moneda corriente de Europa, pueblo sedicente civilizado,
en el cual las mujeres suelen convertir el amor en un juego cruel y a
las veces implacable.

Por una de esas casualidades que no se explican y que con tanta
frecuencia surgen en la vida real, la conversacin de las dos
doncellas, era, con ligeras variantes, la misma que el conde y su amigo
sostuvieron sobre el mismo asunto.

--Dolores, deca doa Carmen con voz de mimo, V. es ms animosa que yo,
y ms que yo conoce a don Luis, que por otra parte est emparentado con
V. Por qu pues se muestra usted tan reservada para con l?

--Ay! mi querida amiga, respondi doa Dolores, esta reserva me la
impone mi posicin. Hoy que me veo abandonada de todos, no me queda
ms pariente que l, mi prometido de la infancia.

--Cmo es posible que haya padres que de esta suerte encadenen a sus
hijos, sin consultarles, y les condenen a un porvenir de amarguras?
dijo doa Carmen.

--Dicen que en Espaa esto es muy frecuente, querida ma, respondi
doa Dolores; por otra parte, a nosotras las mujeres nuestra flaqueza
no nos hace esclavas de los hombres, que han conservado para s el
poder supremo? Por ms que esta intolerable tirana nos haga gemir, no
nos cabe sino humillar la frente.

--Demasiado cierto es lo que V. dice; sin embargo, me parece que si
resistisemos...

--Seramos infamadas, y nos sealaran con el dedo, y perderamos
nuestra reputacin.

--As pues, y a pesar de lo que le dicta a usted el corazn, determina
llevar adelante la boda esa?

--Qu quiere V. que le diga! slo el pensar que el matrimonio ese
puede efectuarse, me quita el juicio; sin embargo, no vislumbro como
evitarlo. El conde vino de Francia con el nico objeto de casar
conmigo, y mi padre, al morir, le hizo prometer que no me abandonara y
que llevara adelante la unin esa. Ya ve V. que existen razones graves
si las hay para que me sea imposible evadirme a la suerte funesta que
me amaga.

--Pero por qu, repuso con fuego doa Carmen, no tiene V. una
explicacin franca y leal con el conde? De hacerlo as tal vez se
allanaran todas las dificultades.

--No digo que no, pero esta explicacin no puedo provocarla yo, ya
que habindome el conde dispensado favores que no se pagan con todo el
dinero del mundo, desde la muerte de mi padre, sera una ingratitud
contestar con una negativa a una pretensin que bajo todos conceptos me
favorece.

--Oh! diga V. que le ama, exclam doa Carmen con resentimiento.

--No, no le amo, replic doa Dolores con gesto de dignidad; pero tal
vez l me ame a m.

--Pues yo estoy segura de que es a m a quien ama, profiri doa Carmen.

--Querida ma, repuso doa Dolores sonriendo, respecto del particular
nadie est nunca seguro, ni aun cuando se han cruzado los juramentos
ms solemnes; con tanta ms razn pues cuando no pueden justificar que
una no se equivoca, ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada. Digo
pues: una de dos, o el conde me ama, o no me ama y supone que yo le
quiero. En uno como en otro caso, mi lnea de conducta est trazada:
debo aguardar, sin provocarla, una explicacin, que forzosamente
debemos tener a no tardar. Entonces le juro a V. que me portar como
debo, es decir, franca y lealmente, y si despus quedan an algunas
dudas en el corazn del conde, ser porque l querr conservarlas, y no
me cabr sino inclinar la cabeza y resignarme con mi suerte. Esto es
cuanto me es posible prometerle a V., Carmen; no me atrevera a obrar
de distinta manera; mi dignidad de mujer y el respeto que me debo a m
misma me han trazado una lnea de conducta de la que mi honra me dicta
que no me desve.

--Mi querida Dolores, dijo doa Carmen, aunque siento en el alma la
determinacin que usted ha tomado, no puedo menos de convenir en que en
las circunstancias actuales es la nica que le conviene adoptar. Va V.
a guardarme rencor por lo que le he dicho? Ay! sufro tanto!

--Y yo? profiri doa Dolores; cree V. acaso que yo soy dichosa?
Oh! desengese V. si tal supone. Tal vez de las dos yo soy la ms
desventurada.

En esto se oy rechinar ligeramente la arena de las alamedas.

--Alguien viene, dijo doa Dolores.

--Es el conde, repuso al punto doa Carmen.

--Cmo lo sabes t, querida? pregunt la primera.

--Lo adivino en los latidos de mi corazn, respondi la hija de doa
Mara sonrojndose.

--Viene solo a lo que parece.

--S.

--Virgen santa! ocurrir alguna novedad?

--Dios quiera que no.

Luis pareci a la entrada del bosquecillo, solo, salud a las dos
jvenes y aguard a que stas le diesen permiso para pasar adelante.

Doa Dolores le tendi la mano sonriendo, mientras su compaera se
inclinaba para ocultar su rubor.

--Bien llegado sea V., primo, dijo doa Dolores tendindole la mano y
con gesto el ms risueo; tarde se deja V. ver hoy.

--Mucho me halaga, prima, repuso el conde, que haya V. advertido este
retardo involuntario; mi amigo Domingo, obligado a salir muy temprano
esta maana para un sitio distante dos leguas de la capital, me encarg
una comisin que me fue preciso llenar antes de tener la dicha de venir
a saludarla a V.

--Buena est la excusa, primo, profiri la joven, y por buena la
admitimos Carmen y yo; ahora, sintase V. ah, entre las dos, y
hablemos.

--Con sumo gusto, prima.

--Luis entr entonces en el bosquecillo y tom asiento entre las dos
jvenes.

--Permtame V., doa Carmen, dijo el conde inclinndose cortsmente
hacia la doncella, que la salude muy respetuosamente y me informe de su
preciosa salud.

--Le agradezco a V. la atencin, caballero, dijo doa Carmen; a Dios
gracias, mi salud es excelente; as quisiera la de mi madre.

--Est enferma doa Mara? pregunt Luis con el inters ms vivo.

--Espero que no; sin embargo, est lo bastante indispuesta para no
poder salir de su dormitorio.

El conde hizo un movimiento como para levantarse, y dijo:

--Tal vez mi presencia aqu en tales circunstancias parecera
importuna; voy...

--No, no se mueva V., caballero; para nosotras no es V. un extrao. Y
luego aadi con intencin: el ser primo y novio de doa Dolores le
autoriza a V. para quedarse.

--Y ms, primo, repuso doa Dolores, los innumerables servicios que V.
nos ha prestado le dan derecho a nuestra gratitud.

--As es que suceda lo que quiera, continu doa Carmen sonriendo,
tanto V. como Domingo sern siempre bien llegados a esta casa.

--Me colman Vds. de favores, seoritas, dijo Luis.

--No nos cabr hoy el placer de ver a su amigo de V.? pregunt doa
Carmen.

--Antes de una hora estar aqu; pero se va V.?

--Por qu me lo pregunta?

--Como veo que se levanta.

--Pronto estoy de vuelta; denme permiso por algunos minutos, dijo la
joven. Mientras voy a ver como se encuentra mi madre, Dolores se queda
con V.

--Vaya V., seorita, profiri Luis, y srvase decir a su seora madre
cunto siento su indisposicin.

Doa Carmen salud y desapareci corriendo como un pjaro.

El conde y doa Dolores quedaron solos. Su situacin era singular y
sobre todo muy engorrosa al encontrarse de improviso en disposicin
de dar principio a una explicacin ante la cual, pese a la urgente
necesidad que de celebrarla sentan ambos, los dos retrocedan.

Si para una mujer es difcil confesar al hombre que la galantea, que
ella no le ama, ms difcil es y ms penoso an cuando tal confesin
debe salir de labios de un hombre.

Transcurrieron algunos minutos durante los cuales los dos jvenes
permanecieron silenciosos y se contentaron con cruzar algunas miradas
al soslayo. Por fin y como el tiempo iba discurriendo, y el conde
tema, de no aprovechar aquella favorable coyuntura, que no volvera a
presentarse tal vez nunca ms, se decidi a tomar la palabra.

--Y bien, prima, dijo el joven con acento el ms natural que pudo
fingir: empieza V. a acostumbrarse a esta vida de recluida en que la
metieron las desgraciadas circunstancias que llovieron sobre V.?

--Estoy del todo acostumbrada a esta existencia tranquila y reposada,
primo, respondi la joven; y si no fuesen los tristes recuerdos que a
cada instante me asaltan, le confieso que sera completamente dichosa.

--La felicito a V., prima.

--En efecto, qu me falta aqu? doa Mara y su hija me quieren, me
rodean de cuidados y de atenciones, tengo un pequeo crculo de amigos
devotos. Qu ms puedo desear en este mundo, donde la verdadera
felicidad no existe?

--Envidio su filosofa, prima, repuso Luis; sin embargo, mi deber
de pariente... y de amigo, me obligan a hacerla observar que esta
situacin, por muy dichosa que sea, no puede pasar de precaria, ya
que no le cabe a V. esperar pasar el resto de su existencia en el
seno de esta encantadora familia. De improviso pueden surgir mil
acontecimientos imprevistos que la separen violentamente de ella.

--Es cierto, primo, repuso doa Dolores en voz baja y conmovida.

--Usted sabe, continu el conde, cuan poco, en esta desdichada tierra,
puede uno fiar en lo porvenir; particularmente una joven de la edad
y hermosura de V. est expuesta a mil peligros de los que casi le es
imposible evadirse. Yo, sino su pariente de V. ms cercano, soy el ms
realmente devoto. V. as lo cree, no es cierto?

--Dios me libre de suponer lo contrario, primo; ya sabe V. cuan
profundamente agradecida le estoy por los favores que nos ha dispensado.

--Es muy vaga la palabra agradecimiento, prima, dijo con intencin el
conde.

--Qu otra palabra me sera dable emplear? pregunt doa Dolores,
fijando su lmpida y hechicera mirada en su interlocutor.

--He dicho mal, dispnseme V., profiri Luis; y es que la situacin en
que respectivamente nos encontramos es tan singular, que en verdad no
s como expresarme teniendo que hacer yo siempre uso de la palabra;
temo serle a V. enojoso.

--No, primo, en este punto est V. tranquilo, repuso la joven
sonriendo; es V. mi amigo, y como tal tiene V. derecho a decirme lo que
le plazca.

--El ttulo de amigo que me da V. prima, don Andrs, que Dios tenga en
gloria, deseaba...

--S, interrumpi con cierto apresuramiento la joven, ya s a qu alude
V.: mi padre sustentaba respecto de m algunos planes referentes a mi
porvenir, que no pudo realizar por haberle sobrevenido la muerte.

--Proyectos que slo depende de V. l que se realicen, dijo el conde.

Doa Dolores pareci vacilar por espacio de uno o dos minutos, y luego
con voz trmula y ponindose un tanto plida, repuso:

--Para m los deseos de mi padre equivalen a rdenes, primo; el da
que le plazca a V. exigir mi mano, se la dar.

--Prima! prima! exclam con vehemencia el conde, yo no lo entiendo
de esta manera; a su padre de V. le jur no slo velar por V., sino
tambin labrar su dicha por cuantos medios estuviesen a mi alcance.
La mano que est V. pronta a cederme, en acatamiento a la voluntad de
su progenitor, no la acepto ni la aceptar como a ella no la acompae
su corazn de V. Sea cual fuere el sentimiento que V. me inspire no
la obligar nunca a doblegarse a una unin que sera para V. una
desventura.

--Gracias, primo, gracias, murmur la joven bajando los ojos; es V.
noble y bondadoso.

--Dolores, dijo el conde tomando suavemente la mano a su prima, y
permtame V. que la apellide as, somos amigos no es cierto?

--Oh! s, respondi la joven con voz apenas perceptible.

--Pero nada ms amigos? aadi Luis titubeando.

--Ay! suspir Dolores.

--Basta, profiri el conde de Saulay; es intil insistir; es V. libre.

--Qu quiere V. decir? exclam la joven con ansiedad.

--Que la eximo de todo compromiso para conmigo; que renuncio a la honra
de hacerla a usted esposa ma, sin por esto abdicar del derecho, si V.
lo consiente, de velar por su dicha.

--Primo!

--Dolores, V. no me ama, su corazn pertenece a otro; de consiguiente,
de llevar adelante la boda, los dos labraramos nuestra infelicidad.
Ya la ha sujetado a V. a bastantes duras pruebas el destino a una
edad en que la vida debe estar sembrada de flores. Sea V. dichosa con
aquel a quien V. ama. Si de m dependiese, a no tardar su destino de
V. estara unido al suyo. Nada tema, justificar el precioso ttulo de
amigo que V. me da, allanando los obstculos que tal vez se opongan al
cumplimiento de sus ms caros deseos.

--Ah! exclam la joven con los ojos arrasados en lgrimas y
estrechando la mano que tena asida la suya, por qu no le amo a V.,
tan digno como es de inspirar sentimientos de ternura?

--El corazn tiene estas anomalas, prima; quin sabe? tal vez valga
ms que suceda as; ahora enjugue V. sus lgrimas, mi querida Dolores;
no vea V. en m sino un amigo abnegado, un confidente fiel, a quien
podra V. confiar sus hechiceros secretos si stos no me fuesen ya
conocidos.

--Qu! murmur la joven mirando con sorpresa a su interlocutor, V.
sabe?

--Todo, prima; de consiguiente sosiguese usted. Por otra parte l no
fue tan discreto; todo me lo ha confesado.

--Me ama! exclam Dolores, ponindose en pie; es posible?

En esto se oy precipitado ruido de pasos fuera del bosquecillo.

--l mismo va a decrselo a V.

--Ah! murmur la joven cayendo temblorosa sobre el banco del que
acababa de levantarse, al ver entrar a Domingo.

--Dios mo! profiri ste palideciendo, qu pasa?

--Nada que deba desasosegarle a V., respondi sonriendo el conde; doa
Dolores le permite a V. adorarla.

--Es cierto! exclam Domingo abalanzndose a la joven y cayendo de
rodillas a los pies de sta.

--Oh! primo, profiri doa Dolores con acento de suave reproche, por
qu abus usted de esta suerte de un secreto?

--Que V. no me haba confiado, repuso el conde, pero que adivin.

--Traidor! dijo la joven levantndose prontamente y amenazando a su
primo con el dedo; si V. adivin mi secreto, tambin adivin yo l de V.

En pronunciando estas palabras, doa Dolores desapareci con la
ligereza de un pjaro, dejando a solas a Luis y a Domingo.

ste, que no saba a qu atribuir una fuga tan imprevista, hizo un
movimiento como para precipitarse tras la joven; pero el conde le
detuvo, dicindole:

--No te muevas; el corazn de las doncellas encierra misterios que
deben no ser descubiertos. Qu ms quieres ahora que ests seguro de
su amor?

--Oh! amigo mo, profiri el joven echando los brazos al cuello de
Luis, soy el ms dichoso de los hombres.

--Egosta, le dijo en voz baja el conde; slo piensas en ti cuando mi
alma tal vez llora sin esperanza.

Doa Dolores no haba huido tan precipitadamente del bosquecillo ms
que para coordinar un poco sus ideas, reponerse de la honda conmocin
que acababa de experimentar, y dirigirse al encuentro de Carmen; la
cual sala de la casa en el instante en que iba a entrar en ella doa
Dolores.

La prima del conde, al ver a aqulla, se arroj en sus brazos y ech a
llorar a lgrima viva.

Doa Carmen, asustada del estado en que vea a su amiga, la condujo
suavemente a su dormitorio, donde sta permaneci largo rato antes no
pudo contar a su compaera lo que acababa de ocurrir en el bosquecillo,
y como la imprevista llegada de Domingo la haba obligado, por decirlo
as, a confesar su amor.

La hija de doa Mara, que estaba muy distante de esperar un desenlace
tan rpido y sobre todo tan propicio, experiment un gozo indecible.

No ya ms trabas, no ms dudas; en lo sucesivo las dos podran
entregarse sin reservas a sus ms gratas esperanzas. Qu deban temer
ahora que estaban seguras del amor de los dos jvenes? qu obstculo
podra impedir su pronta unin?

As raciocinaba doa Carmen, para apaciguar el pudor un tanto
alborotado de su amiga a causa de la confesin que inconscientemente se
la escapara y la llenaba de vergenza.

Las doncellas son as; consienten que aquel que las ama adivine su
amor; pero consideran como una falta punible el declararlo ante l.

Carmen, que llevaba algunos aos a Dolores y por consiguiente era ms
fuerte contra sus propias emociones, hizo suave burla de la debilidad
de su amiga, y poco a poco la hizo convenir en que aun cuando haba
declarado su amor, no lo deploraba.

Doa Dolores y doa Carmen abandonaron entonces el aposento, y
componindose el rostro para borrar de l todo vestigio de emocin, se
encaminaron al jardn, en l que no hallaron a nadie.




XI


SORPRESA


Retrocediendo un poco, referiremos qu haba pasado desde el da en
que Miramn dispusiera tan _libremente_ del dinero de los bonos de
la Convencin depositado en el consulado ingls, hasta l en que ha
llegado nuestra historia; porque los acontecimientos polticos no
solamente no fueron extraos a ella, sino que precipitaron el desenlace
de la misma.

Conforme don Jaime predijera a Miramn, el modo inconsiderado con
que el general Mrquez ejecutara las rdenes que ste le diera, y el
acto financiero ilegal de apoderarse de los fondos de la Convencin,
haban fatalmente manchado el carcter hasta entonces tan puro de toda
arbitrariedad y de toda expoliacin del joven presidente.

Al saber semejante noticia, los individuos del cuerpo diplomtico,
entre ellos el embajador de Espaa y el representante de Francia,
que ms simpatas sentan por Miramn que no por Jurez, debido a la
nobleza de su carcter y a su elevacin de miras, haban considerado,
desde aquel momento, la causa del partido moderado representada por
Miramn, como irremisiblemente perdida, a menos de obrarse uno de esos
milagros tan frecuentes en las revoluciones, pero del cual nada haca
sospechar la posibilidad. Por otra parte, la cantidad relativamente
importantsima de los bonos de la Conveccin, unida a la que don Jaime
pusiera en manos del presidente, no slo no haba sido suficiente para
enjugar el dficit, pero ni siquiera a disminuirlo sensiblemente.

La mayor parte del dinero fue empleado en pagar a los soldados; los
cuales, como haca tres meses que no se les reparta la paga, empezaban
murmurar y a amenazar con que desertaran en masa.

Pagado el ejrcito, o poco menos, Miramn abri banderines de enganche
con el objeto de aumentarlo y probar por ltima vez fortuna en el campo
de batalla, resuelto a defender palmo a palmo el poder que libremente
le confiaran los representantes de la nacin.

Sin embargo, y a pesar de la confianza que finga, el joven y
arriesgado general no se forjaba ilusin alguna respecto de su
precaria situacin frente a las fuerzas cada vez ms considerables y
en realidad imponentes de los _puros_, como se apellidaban a s mismos
los partidarios de Jurez. As es que antes de jugar su ltima partida,
quiso ensayar el ltimo medio de que an poda echar mano, es decir,
una mediacin diplomtica.

El embajador de Espaa, a su llegada a Mjico, haba reconocido al
gobierno de Miramn. A este diplomtico acudi pues, en su apuro, el
acorralado presidente, con el fin de alcanzar una mediacin de los
ministros residentes, para intentar por medio de la reconciliacin
llegar al restablecimiento de la paz, proponiendo someterse a ciertas
condiciones, de las cuales copiamos a continuacin las ms importantes:

Primera: los delegados nombrados por las partes beligerantes,
celebrarn una conferencia con los representantes de las potencias
europeas y l de los Estados Unidos, para excogitar el modo de
restablecer la paz.

Segunda: dichos delegados nombrarn a la persona que deber regir los
destinos de la repblica, nterin una asamblea general resuelve las
diferencias que dividen a los mejicanos.

Tercera: determinarn asimismo, los repetidos delegados, la forma y
modo de convocar al Congreso.

Este oficio, dirigido el 3 de octubre de 1860 al representante de
Espaa, terminaba con las siguientes significativas palabras que
demostraban claramente el cansancio de Miramn y el verdadero deseo que
de concluir con el estado anmalo de la repblica le animaba:

 Quiera Dios que este convenio, intentado con carcter confidencial,
obtenga mejor resultado que los propuestos hasta la fecha. 

Como todo daba pie a suponerlo, esta tentativa suprema de
reconciliacin fracas por completo, por una razn muy sencilla y fcil
de comprender hasta para aqullos que vivan alejados de la poltica.

Jurez, dueo de la mayor parte del territorio de la repblica, se
senta en su gobierno de Veracruz demasiado fuerte enfrente de su
fatigado adversario, para no mostrarse intratable respecto de la
esencia del pacto que se le propona: no quera compartir la situacin
por medio de concesiones recprocas, sino triunfar enteramente.

Sin embargo, como valiente len acorralado por los cazadores, Miramn,
que no haba perdido la fe en su tan a menudo vencedora espada, todava
no desesperaba, o ms bien, no quera desesperar. As pues y con el
fin de retener los esparcidos restos de sus ltimos defensores, el 17
de noviembre les dirigi un llamamiento supremo, en el cual se esforz
en reavivar las moribundas chispas de su ya perdida causa, ensayando
imbuir a los que aun le rodeaban la energa que l conservaba intacta.

Por desgracia la fe se haba apagado; as es que sus palabras no
hallaron sino odos cerrados por el inters personal o por el miedo.
Nadie quiso comprender aquel grito supremo de agona de un patriota
grande y sincero.

Con todo, era menester tomar una resolucin u otra: o renunciar a
proseguir la lucha, o tentar nuevamente la suerte de las armas y
resistir hasta el postrer aliento.

Esta ltima fue la resolucin que, tras maduras reflexiones, tom el
general.

La noche tocaba a su fin; azuladas rfagas de luz pasaban a travs
de las cortinas y hacan palidecer las de las bujas encendidas del
gabinete al cual ya una vez hemos conducido al lector para hacerle
asistir a la entrevista celebrada entre el general presidente y el
aventurero, y al que volvemos a acompaarle para que sea testigo de la
nueva conferencia que los mismos interlocutores estn celebrando ahora.

Las bujas, casi del todo consumidas, patentizaban que la sesin haba
sido larga. Miramn y el aventurero, inclinados hasta un inmenso mapa,
parecan estudiarlo con la mayor atencin, mientras sostenan un
animado dilogo.

De improviso el general se irgui con ademn de mal humor, y dejndose
caer en una silla de brazos, dijo en voz baja:

--Bah! para qu obstinarnos contra la adversidad?

--Para vencerla, general, respondi el aventurero.

--Es imposible.

--Y V. desespera? Usted? repuso con intencin don Adolfo.

--No desespero, respondi Miramn, muy al contrario, estoy resuelto
a hacerme matar si es preciso antes que sufrir la ley que pretende
imponerme Jurez, Jurez, que nada sera a no haberle recogido y
educado quien V. y yo nos sabemos.

--Qu quiere V.? profiri con zumba el aventurero. Tal vez el
individuo a que V. se refiere no lo recogi y educ sino con el fin de
llevar a cabo una venganza y previendo lo que pasa hoy.

--Todo da a sospecharlo. Nunca hombre alguno ha proseguido con ms
felina paciencia ms tenebrosos proyectos ni cometido ms odiosas
acciones con ms descarado cinismo.

--No es el jefe de los _Puros_? dijo riendo el aventurero.

--Maldito sea! exclam Miramn.

--Por qu no quiere V. seguir mi consejo?

--Porque el plan que V. me propone es impracticable.

--Y sta es la nica causa que le impide a usted aceptarlo? pregunt
con disimulo el aventurero.

--Adems, respondi Miramn un tanto turbado, porque lo hallo indigno
de m.

--Oh! general, permtame que le diga que usted no me comprendi.

--Usted se chancea, profiri Miramn; le comprend tan bien, que si se
empea le repetir textualmente el plan por V. concebido y que, aadi
sonriendo, por amor propio de autor tiene tanto empeo en verlo en
ejecucin.

--Ah! murmur el aventurero con gesto de duda.

--El plan es ste: salir prontamente de la ciudad, sin llevarme conmigo
artillera para marchar con ms rapidez, y al travs de senderos
extraviados salir al encuentro del enemigo, sorprenderlo y atacarlo.

--Y derrotarlo, aadi el aventurero con intencin.

--Oh! oh! profiri el general con acento de duda.

--Es infalible. Note V. que sus enemigos le suponen con razn encerrado
en la ciudad, ocupado en fortificarse en ella en previsin del sitio
con que le amenazan; que desde la derrota del general Mrquez, saben
que partidario alguno de V. recorre el campo; que por lo tanto no
tienen que temer ningn ataque, y que avanzan confiadamente.

--Dice V. bien.

--Luego, nada ms fcil que derrotarlos; la guerra de guerrillas no
slo es la nica que V. puede hacer en la actualidad, sino la que
ofrece ms probabilidades de triunfo. Hostigando incesantemente a sus
enemigos, y batindolos por grupos, le queda a V. la esperanza de coger
de nuevo por los cabellos a la fortuna y de librarse de su competidor.
Como en tres o cuatro encuentros lleve V. la ventaja, cuantos le
abandonan por creerlo a V. perdido van a agruparse de nuevo y en tropel
en torno de V. y el ejrcito de Jurez desaparece.

--El plan es atrevido, lo veo.

--Y por otra parte le ofrece a V. una gran ventaja.

--Cul?

--La de que si es V. vencido, ennoblece su cada, ya que le coge con
las armas en la mano y en el campo de batalla en lugar de dejarse
ahumar como una zorra en su madriguera por un enemigo a quien V.
desdea y verse dentro de algunos das obligado a aceptar una
capitulacin vergonzosa, para evitar a la capital de la repblica los
horrores de un sitio.

El general se levant y empez a pasearse por el gabinete, hasta que al
cabo de un instante se detuvo delante del aventurero y le dijo con voz
afectuosa:

--Gracias, don Jaime, gracias, dijo Miramn, con voz afectuosa; su ruda
franqueza de V. me produjo grata impresin, pues me demuestra que a lo
menos me queda un amigo fiel en la adversidad. Ea! adopto su plan de
V., don Jaime, y hoy mismo voy a ponerlo en obra, Qu hora es?

--Todava no las cuatro.

--A las cinco habr salido de Mjico.

El aventurero se levant.

--Me deja V., amigo mo? le pregunt el presidente.

--Ya no es necesaria aqu mi presencia, general; as pues con su
permiso me voy.

--Volveremos a vernos?

--S, general, en el momento de la batalla. Dnde piensa V. atacar al
enemigo?

--Aqu, respondi Miramn, colocando un dedo sobre un punto del mapa,
en Toluca, a donde su vanguardia no llegar antes de las dos de la
tarde, avanzando con rapidez, puedo yo estar en Toluca mediado el da y
de esta suerte contar con el tiempo necesario para preparar mi ataque.

--El lugar est bien escogido, general; le profetizo a V. la victoria.

--Dios le escuche a V.; por mi parte no creo en ella.

--Todava dura su desaliento?

--No, no es desaliento, sino conviccin.

El presidente tendi afectuosamente la mano al aventurero, el cual se
despidi y se retir.

Poco despus don Jaime sala de Mjico y corra en campo raso, montado
en un caballo que llevaba la velocidad del huracn.




XII


LA SALIDA


Como dijera al aventurero, a las cinco de la maana Miramn sala
de Mjico a la cabeza de sus tropas, poco numerosas por cierto, ya
que entre infantera y caballera apenas si se componan de tres mil
quinientos hombres. Artillera no la llevaba, a causa de tener que
efectuarse la marcha por senderos extraviados.

Cada jinete llevaba un infante en la grupa, a fin de facilitar el
avance.

Lo que el presidente iba a intentar era un verdadero golpe de mano,
y de los ms arriesgados, pero que por esta misma razn tena muchas
probabilidades de buen xito.

Miramn cabalgaba al frente de su ejrcito, en medio de su estado
mayor, con el cual departa alegremente; al verle tan tranquilo y
risueo, no pareca sino que ninguna preocupacin le entristeca
el espritu, y que al salir de Mjico haba recobrado esa dichosa
indolencia de la juventud que los cuidados anejos al poder le hicieron
olvidar tan rpidamente.

Aunque un tantico fresca, la maana era heraldo de hermoso da; de
la tierra suba una transparente niebla que los rayos del sol, ms
ardientes por momentos, iba desvaneciendo, y ac y all, en los llanos,
aparecan algunas recuas de mulos, conducidas por arrieros, que se
dirigan a Mjico y cruzaban incesantemente la marcha de las tropas.

El suelo, bien cultivado, no ofreca huella alguna de la guerra; al
contrario, la campia pareca gozar de la calma ms profunda.

A lo largo de los caminos se vea a algunos indios, unos conduciendo
bueyes a la ciudad, otros llevando a la misma frutas y legumbres, todos
diligentes y cantando con indolencia para matar el tedio y distraer la
monotona del camino.

Dichos indios, al pasar por delante de Miramn, a quien conocan
perfectamente, se detenan admirados, se descubran y le saludaban con
respeto.

A una orden del presidente los soldados se internaron en senderos
extraviados casi intransitables y por los cuales avanzaban a duras
penas los caballos. Sin embargo, la marcha se hizo todava con ms
rapidez y en medio del mayor silencio.

Miramn y los suyos iban acercndose al enemigo.

A eso de las diez de la maana el presidente mand hacer alto para dar
un poco de descanso a los caballos y a los soldados el tiempo necesario
para almorzar.

Por regla general nada hay tan curioso como un ejrcito mejicano;
todos los soldados van acompaados de su mujer, encargada de llevar
las provisiones de boca y preparar las comidas. Estas desdichadas,
que arrostran con nimo sereno todas las espantosas consecuencias
de la guerra, acampan a alguna distancia de las tropas cuando stas
se detienen; lo que da a los ejrcitos mejicanos la apariencia de
una emigracin. Mientras dura la batalla, las mujeres permanecen
espectadoras impasibles de la lucha, sabiendo anticipadamente que van
a convertirse en botn del vencedor; sin embargo, aceptan, o ms bien,
se someten con filosfica indiferencia a esta dura necesidad.

Esta vez, empero, no sucedi as; Miramn haba prohibido
terminantemente que mujer alguna siguiese al ejrcito. Los soldados
pues, cada cual se llev las provisiones de boca preparadas en sus
alforjas; precaucin que, ahorrando un tiempo considerable, asuma la
ventaja de que de esta suerte se evitaba l que tuviesen que encenderse
fogatas.

A las once se dio el toque de botasillas, se formaron filas y se anud
la marcha hacia Toluca, lugar donde el presidente resolviera aguardar
al enemigo.

El camino, cortado por profundas torrenteras, al travs de las cuales
no era posible pasar sino a costa de grandsimas dificultades, se haca
casi impracticable; con todo, los soldados no se desalentaban, y es que
los que consigo se llevara Miramn constituan la flor y nata de sus
partidarios; eran los que acompaado le haban desde el principio de
la guerra. No se desalentaban, decimos, antes al contrario, su ardor
creca a medida de los obstculos, a los que vencan riendo, alentados
por el ejemplo de su joven general que iba animosamente al frente
de ellos, convirtindose de esta suerte en espejo de paciencia y de
abnegacin.

El general Cobos haba sido destacado para salir a la descubierta
con veinte hombres decididos a fin de espiar la marcha del enemigo y
advertir la presencia de ste, tan pronto le descubriera, a Miramn,
replegndose al punto y sin dejarse ver sobre el grueso del ejrcito.

De improviso el presidente vio a tres jinetes que a escape se dirigan
hacia l, y suponiendo lgicamente que los que venan eran portadores
de una noticia importante, espole a su caballo y sali al encuentro de
aqullos, a los que se reuni bien pronto.

De los tres jinetes aludidos, dos eran soldados, y el tercero, que iba
perfectamente montado y armado de punta en blanco, paisano.

--Quin es este hombre? pregunt Miramn a uno de los soldados.

--Excelentsimo seor, respondi el interpelado, este individuo se
ha presentado al general, solicitando que le condujesen a presencia
de vuecencia; dice que es portador de un pliego que debe entregar a
vuecencia en persona.

--Quin te enva? pregunt el presidente al desconocido que permaneca
inmvil.

--Lea ante todo, vuecencia, esta carta, respondi el paisano sacando de
su dolmn un pliego sellado y entregndolo respetuosamente a Miramn.

ste abri el pliego y lo recorri rpidamente con la mirada. Luego
fijando con atencin los ojos en el desconocido, le pregunt:

--Cmo te llamas?

--Lpez, mi general.

--Est bien. Conque est cerca de aqu?

--S, mi general, emboscado con trescientos jinetes.

--Y te pones a mi disposicin?

--Para todo el tiempo que de m necesite vuecencia.

--Dime, conoces esta tierra?

--Nac en ella, mi general.

--As pues eres capaz de guiarnos?

--A donde le plazca a vuecencia.

--Conoces la posicin del enemigo?

--S, mi general; las vanguardias de las columnas de los generales
Berriozbal y Degollado no estn sino a media legua de Toluca, donde
deben detenerse por largo espacio de tiempo.

--A qu distancia nos encontramos de Toluca nosotros?

--Siguiendo este camino, unas tres leguas.

--Mucho es; no hay otro camino ms corto?

--Uno hay que acorta dos tercios la distancia.

--Canario! exclam el general, es menester tomar por ste.

--S, pero es sumamente angosto, peligroso, casi intransitable para la
caballera, y del todo impracticable para la artillera.

--No traigo caones.

--Entonces ya es posible pasar por l, mi general.

--Nada ms deseo.

--Si vuecencia me da permiso me atrever a hacerle una observacin.

--Di.

--El camino es penoso; ser preferible pues desmontar a los jinetes,
hacer que la infantera vaya a vanguardia y que aqullos la sigan
conduciendo de las bridas a sus caballos.

--Esto va a hacernos perder mucho tiempo.

--Al contrario, mi general, a pie marcharemos con ms rapidez.

--Enhorabuena. Dentro de cunto tiempo estaremos en Toluca?

--Dentro de tres cuartos de hora. Le parece sobrado a vuecencia?

--No; si cumples tu promesa te doy diez onzas.

--Aunque no me gue el inters, repuso Lpez riendo, estoy tan seguro
de no equivocarme, que ya siento el dinero ese en mi bolsillo.

--Ya que es as, dijo Miramn dndole su portamonedas, tmalo en
seguida.

--Gracias, mi general, profiri el paisano; ahora partiremos cuando lo
ordene vuecencia. Lo que precisa es que los soldados guarden el ms
absoluto silencio para que de sopetn podamos precipitarnos sobre el
enemigo y atacarle sin darle tiempo de reponerse de la sorpresa.

Miramn envi un soldado al general Cobos para darle orden de que se
replegara cuanto antes, luego hizo apear a los jinetes, mand pasar a
vanguardia a la infantera, de cuatro en frente, que eran los ms que
podan pasar en tal disposicin, y la caballera desmontada form la
retaguardia.

Una vez el general Cobos se hubo reunido al grueso de las tropas, lo
que efectu sin tardanza, Miramn le puso en pocas palabras al tanto de
lo que ocurra.

El presidente, que caminaba a pie, seguido del gua y de su caballo y
del de este ltimo, se coloc al frente de sus soldados no obstante los
reiterados ruegos de sus amigos para que desistiese de semejante empeo.

--Soy vuestro jefe, deca Miramn a los que le incitaban para que
abandonase aquel peligroso puesto, y como tal me corresponde correr el
riesgo mayor; mi sitio es ste y en l me quedo.

--Nos ponemos en marcha? pregunt Miramn a Lpez.

--Adelante, mi general.

El ejrcito del presidente anud el avance en medio del mayor silencio
y con rapidez y uniformidad notables.

Lpez no se haba equivocado: el sendero que hiciera tomar a las tropas
era tan fragoso e intransitable, que los soldados avanzaban a pie con
mucha ms rapidez que no lo hubieran hecho a caballo.

--Est as durante mucho trecho el sendero ste? pregunt el
presidente al gua.

--Hasta medio tiro de fusil de Toluca, mi general, respondi el
interpelado; una vez all sube y se ensancha mucho, hasta dominar a
Toluca, a donde es fcil bajar aun al galope.

--Jum! repuso Miramn, en lo que acabas de decirme hay bueno y malo.

--No comprendo, mi general.

--Caramba! bastante claro es, o a lo menos as me lo parece: figrate
que si los _puros_ han colocado un cordn de centinelas en la altura,
van a ventearnos y a inutilizar nuestra expedicin. T no has
reflexionado lo que hacas al conducirnos por aqu.

--Pido mil perdones a vuecencia, replic Lpez; pero los _puros_ saben
que ningn cuerpo de ejrcito recorre el campo, y por lo tanto estn
en la firme creencia de que nada tienen que temer. As pues no totean
precaucin alguna, por considerarlas intiles. Adems, las alturas de
que vuecencia me ha hablado estn demasiado distantes del sitio donde
ellos acamparn y sobre todo demasiado elevadas para que piensen en
colocar fuerzas en ellas.

--En fin, murmur el presidente, a la buena de Dios. Ahora no retrocedo.

Las tropas continuaron avanzando con toda clase de precauciones.

Veinticinco minutos haca que stas se internaran en la senda,
cuando Lpez, despus de haber tendido a su alrededor una mirada
investigadora, se detuvo sbitamente.

--Qu ests haciendo? le pregunt Miramn.

--Ya lo ve vuecencia, me detengo; al doblar el recodo ese que
est delante de nosotros, la senda empieza a subir, y como no nos
encontramos sino a tiro de fusil de Toluca, si vuecencia me lo permite
voy a ir a la descubierta para cerciorarme de que las alturas no estn
vigiladas y de que el paso es libre.

--Ve, dijo el general despus de haber mirado atentamente a Lpez;
aguardaremos tu regreso para continuar el avance; fo en ti.

Lpez se quit armas y sombrero, que no slo le eran intiles, sino
que pudieran haberle delatado, y tendindose en el suelo, empez a
arrastrarse a la usanza india y no tard en desaparecer entre las
malezas que orillaban la senda.

nterin, a una seal del presidente haba circulado con rapidez la voz
de alto entre las filas, y el ejrcito se detuvo casi instantneamente,
pasando los generales a formar grupo en torno de Miramn.

Transcurrieron algunos minutos sin que reapareciese el gua, con lo
que la ansiedad de las tropas lleg a su colmo.

--Ese hombre nos vende, dijo el general Cobos.

--No lo creo, repuso Miramn; tengo completa confianza en quien me lo
envi.

En esto se hizo un hueco en las malezas y por l sali un hombre: era
el gua Lpez; el cual, con rostro placentero, centelleante la mirada
y firme el paso, se acerc al presidente hasta encontrarse a pasos de
ste, salud y aguard a que le interrogasen.

--Qu ocurre? pregunt Miramn.

--Avanc hasta la cresta misma de la altura, excelentsimo seor, dijo
Lpez, y vi claramente el campamento de los puros. stos no sospechan
la llegada de vuecencia; por lo tanto me parece que vuecencia puede
seguir adelante.

--Conque no colocaron centinelas en la altura?

--No, mi general,

--Est bien, condceme hasta la entrada de la senda; quiero
inspeccionar el terreno a fin de preparar mi plan de ataque.

--Vamos, dijo Lpez recogiendo su fusil y su sombrero.

Miramn y su gua avanzaron, seguidos, a corta distancia, del ejrcito.

Como el gua haba dicho, todo estaba desierto.

Miramn estudi el terreno con la atencin ms detenida, y luego
murmur:

--Bravo, ahora s lo que debo hacer.

Luego, volvindose hacia su gua, dijo a ste:

--Conque tu amo est emboscado de modo que pueda coger por el flanco
al enemigo?

--S, mi general.

--Pero cmo prevenirle para que su ataque coincida con el nuestro?

--Es muy fcil; ve vuecencia aquel rbol solitario cuya cima domina la
altura?

--S.

--Tengo orden de cortar el trozo superior del mismo en el preciso
momento en que vuecencia empiece el ataque; esta seal ser la de
cargar sobre el enemigo.

--Vive Dios! exclam el presidente, ese hombre naci general; nada le
pasa por alto; ve, sube al rbol ese y est preparado; cuando veas que
yo blanda la espada, de un machetazo desmchalo.

--Y despus qu har? pregunt Lpez.

--Lo que quieras.

--Est bien, me reunir a mi amo.

Lpez tom su caballo de manos del asistente que lo sujetaba de las
bridas, y se encamin tranquilamente hacia el rbol.

Miramn dividi su infantera en tres cuerpos y coloc de reserva a su
caballera.

Tomadas ya todas las disposiciones, las tropas empezaron el ascenso de
la altura.

--Adelante! adelante! grit Miramn una vez en la cspide de sta,
mientras blanda su espada y corra a escape cuesta abajo seguido de
los suyos.

Lpez, al ver que el presidente blanda su espada, de un slo machetazo
cort la cima del rbol a que estaba subido, y luego se baj, mont a
caballo y se lanz en pos del ejrcito. La aparicin sbita de las
tropas de Miramn produjo un desorden espantoso en el campamento de los
puros, que estaban muy distantes de esperar un ataque tan inopinado y
vigoroso, toda vez que sus espas les haban asegurado que en el campo
no se vea soldado alguno.

Los puros se abalanzaron a sus armas y los oficiales ensayaron
organizar la resistencia; pero antes no hubieron formado filas, las
tropas del presidente ya se les haban echado encima y les atacaban con
furia a los gritos de:

--Viva Mjico! Miramn! Miramn!

Los generales que mandaban a los puros, animosos e inteligentes, se
multiplicaban para resistir; a la cabeza de los suyos que ya se haban
armado y bien o mal formado filas, abrieron un fuego mortfero ayudados
de la artillera que haba tomado posiciones.

La accin se hizo empeada. Los juaristas contaban con la ventaja
numrica, y repuestos del pnico que experimentaran al principio, era
de temer que de prolongarse el combate iban a tomar la ofensiva.

En esto se oyeron formidables gritos a retaguardia de los puros, sobre
quienes se precipit una nube de jinetes lanza en ristre.

Cogidos entre dos enemigos, los juaristas se creyeron vendidos, se les
desvaneci la cabeza y empezaron a desbandarse.

La caballera de Miramn entr en lnea de batalla en este momento y
carg reciamente sobre el enemigo.

Entonces la lucha degener en matanza; ya no fue combate, s una
carnicera espantosa. Los juaristas, cogidos por frente, flanco y
retaguardia, no pensaban ya sino en abrirse paso.

Empez la retirada, que pronto se convirti en derrota completa.

El general Berriozbal, el general Degollado, sus hijos, dos coroneles,
todos los oficiales del estado mayor, catorce caones, gran cantidad
de municiones y de armas y ms de 2,000 prisioneros cayeron en poder
de Miramn, que por su parte experiment unas 18 bajas entre muertos y
heridos.

La batalla slo haba durado veinticinco minutos. La caprichosa fortuna
conceda una postrer sonrisa a aquel a quien resolviera perder.




XIII


TRIUNFO


La imprevista, brillante y completa victoria alcanzada por Miramn
sobre aguerridas tropas mandadas por oficiales de nombrada, devolvi
sbitamente el aliento y la esperanza a los despavoridos partidarios
del presidente de la repblica.

Se modific hasta tal extremo el espritu de los soldados, que stos no
dudaron ya del triunfo de su causa y aun hubo instantes en que llegaron
a considerarla casi como definitivamente ganada.

nicamente Miramn, en medio de la alegra general, no se forjaba
ilusiones sobre el alcance de la victoria que consiguiera: para l el
nuevo lustre que haba aadido a su por tanto tiempo victoriosa espada
no era sino el ltimo y brillante resplandor que arroja la antorcha
prxima a apagarse.

El general conoca demasiado a fondo la situacin precaria a que se
vea reducido para sustentar por un solo instante engaosas esperanzas;
agradeca s en su fuero interno, a la fortuna, la ltima sonrisa que
sta se dignara dirigirle y que le evitara bajar del poder como un
hombre vulgar.

Cuando la caballera lanzada en pos de los fugitivos para impedirles
que se rehiciesen se hubo por fin reunido al grueso del ejrcito, que
se haba quedado en el campo de batalla, Miramn, despus de haber
concedido a los suyos dos horas de descanso, dio la orden de regresar a
Mjico.

La vuelta del cuerpo expedicionario a la capital dist mucho de ser
tan rpida como la ida a Toluca: los caballos, fatigados, avanzaban
penosamente; la infantera iba a pie para escoltar a los prisioneros;
adems, los caones y la numerosa impedimenta de que se apoderaran
y seguan al ejrcito no podan pasar sino por caminos anchos y
expeditos, lo que oblig al general Miramn a tomar por la carretera,
ocasionndole esto el retardo de algunas horas.

Eran las diez de la noche cuando la vanguardia del cuerpo
expedicionario lleg a las garitas de Mjico.

La noche estaba oscursima; sin embargo, la capital apareca en medio
de las tinieblas iluminada por un nmero considerable de luces.

Las buenas como las malas noticias se propagan con rapidez
extraordinaria; quien pueda, resuelva este problema casi insoluble,
pero lo cierto es que apenas haba terminado en Toluca la batalla,
cuando en Mjico conocan ya el resultado. El rumor de la brillante
victoria alcanzada por Miramn haba corrido inmediatamente de boca en
boca sin que nadie supiese a quien se lo oyera referir.

A la nueva de aquel inesperado triunfo, se despert la alegra de
todos, el entusiasmo lleg a su colmo y por la noche la ciudad se
encontr espontneamente iluminada.

El ayuntamiento, en corporacin, aguardaba al presidente en la
entrada de la ciudad para felicitarle; las tropas desfilaron entre
dos apretadas vallas formadas por el pueblo, que profera entusiastas
aclamaciones, mientras agitaba pauelos y sombreros y disparaba
petardos en seal de regocijo; las campanas, a pesar de la hora
avanzada de la noche, sonaban a todo vuelo, y las numerosas tejas de
los curas confundidos entre la muchedumbre, demostraban que curas y
frailes, tan retrados el da anterior para con el hombre que siempre
les sostuviera, a la noticia de la victoria de Toluca haban sentido
sbitamente despertar su adormecido entusiasmo.

Miramn pas por en medio de aquella compacta multitud, tranquilo
e impasible, devolviendo con imperceptible expresin de irona los
saludos que a derecha y a izquierda incesantemente le dirigan, y una
vez delante de su palacio, se ape.

Ante la puerta de ste y un tanto separado de la misma, haba un hombre
en pie, inmvil y risueo; era el aventurero.

Al verle, Miramn no pudo reprimir un gesto de alegra, y dirigindole
haca l, le dijo:

--Venga V., amigo mo.

Y con estupefaccin de la muchedumbre, asi del brazo al aventurero y
penetr con l en palacio.

Una vez en el gabinete particular en el cual sola dedicarse al
trabajo, el presidente se dej caer en una silla de brazos, con un
pauelo se enjug el sudor que le corra por la frente, y exclam con
acento de mal humor:

--Uf! estoy quebrantado. Fecunda en peripecias fue la jornada.

--S, repuso afectuosamente el aventurero; y me place orle hablar a
V. as, general, pues tema que no le hubiese embriagado el humo de la
victoria.

--Por quin me toma V.? profiri Miramn. Triste concepto tiene V. de
m si supone que va a cegarme un triunfo que, por muy brillante que
parezca, no es sino una victoria ms, pero cuyos resultados sern nulos
para la causa que sostengo.

--Demasiado cierto es lo que V. dice, general.

--Usted cree que lo ignoro? Mi cada es inevitable; lo nico que
me habr aprovechado esa batalla ser prorrogarla por unos das
ms. S, debo caer, porque a pesar de los gritos de entusiasmo de
la muchedumbre, siempre voluble y fcil de engaar, lo que hasta lo
presente ha constituido mi fuerza y me ha sostenido en la lucha que he
empeado, me abandon para ms no volver; siento que el espritu de la
nacin no est ya conmigo.

--Tal vez exagera V., general. De dar V. dos batallas ms como la de
hoy, quiz recobre V. cuanto ha perdido.

--El buen xito de la de hoy se lo debo a V., amigo mo; gracias a la
brillante carga que V. dio por retaguardia, el enemigo se desmoraliz y
por consiguiente qued vencido.

--Se obstina V. en verlo todo tenebroso, general; le repito que con
otras dos victorias como la de hoy est V. salvado.

--Como me den tiempo las librar, dijo Miramn. Si en vez de
encontrarme solo y acorralado en Mjico pudiese todava contar con
generales devotos en campaa, despus de la victoria de hoy todo poda
haberse reparado.

En esto la puerta del gabinete se abri para dar paso al general Cobos.

--Ah! es V. mi querido general? profiri el presidente tendiendo la
mano al recin llegado y recobrando sbito un gesto risueo. A qu
debo tan agradable visita?

--Ruego a su seora me perdone si me atrevo a presentarme sin haberme
hecho anunciar, dijo Cobos; pero tengo que comunicar a vuecencia una
noticia grave que no consiente dilaciones.

El aventurero hizo ademn de retirarse.

--Qudese V., le dijo Miramn detenindole con el gesto; hable V.
general.

--Seor presidente, repuso Cobos, entre el pueblo y los soldados reina
el mayor desorden: la inmensa mayora de ellos pide a grandes voces que
sean inmediatamente fusilados por traidores a la patria los oficiales
hechos prisioneros hoy.

--Cmo? profiri Miramn levantndose como impulsado por un resorte y
ponindose un tanto plido; qu me est V. diciendo, general?

--Si su seora se toma la molestia de abrir las ventanas de este
gabinete, dijo Cobos, oir los gritos de muerte que profieren a una el
ejrcito y el pueblo.

--Ah! murmur Miramn, asesinatos polticos cometidos impasiblemente
despus de la victoria! Nunca consentir en autorizar crmenes tan
odiosos! No y mil veces no; a lo menos por lo que a m respecta no
suceder. Dnde estn los oficiales prisioneros?

--En el pato del palacio, vigilados por guardias de vista.

--D V. orden de que inmediatamente los conduzcan a mi presencia. Vaya
V., general.

--Ay amigo mo! exclam el presidente con desaliento, tan pronto
qued a solas con el aventurero, qu puede esperarse de una multitud
desenfrenada? Y sin embargo, el pueblo mejicano no es malo; lo que
le ha vuelto cruel es la larga esclavitud en que ha gemido y las
interminables revoluciones de que por espacio de cuarenta aos ha sido
vctima. Sgame V.; es menester concluir.

Miramn abandon el gabinete, seguido del aventurero, entr en un saln
inmenso donde se encontraban reunidos sus ms acrrimos partidarios, y
se sent en un sitial colocado en lo alto de dos gradas, preparado para
l en el testero, y los oficiales que haban permanecido fieles a su
causa se agruparon al punto a derecha y a izquierda.

A una sea amistosa de Miramn, el aventurero se haba quedado al lado
de ste, demostrando aparentemente la mayor indiferencia.

En esto se oyeron, fuera del saln, rumor de pasos y refregar de armas,
y seguidamente despus y precedidos del general Cobos penetraron en
la vasta estancia los oficiales prisioneros; los cuales, por ms que
fingiesen la ms completa tranquilidad, no dejaban de experimentar
alguna zozobra respecto del fin que les reservaba el destino, pues
haban odo las voces que profiriera el pueblo y conocan las malas
disposiciones en que contra ellos estaban los partidarios de Miramn.

l que iba a la cabeza de los prisioneros era el general Berriozbal,
joven de treinta aos a lo sumo, de rostro expresivo, facciones
correctas e inteligentes y andar noble y desembarazado; luego vena el
general Degollado, entre sus dos hijos, y por fin dos coroneles y los
oficiales que componan el estado mayor del primero de los mencionados
generales.

Los prisioneros avanzaron con paso firme hacia el presidente, el cual
se levant con presteza y sali al encuentro de aqullos, a quienes,
despus de saludarlos galantemente, dijo:

--Caballeros, deploro que las circunstancias en que por desgracia nos
encontramos no me permitan devolver a Vds. inmediatamente la libertad;
sin embargo y por cuantos medios estn a mi alcance, procurar hacerles
ms suave un cautiverio que espero no ser de larga duracin. Ante todo
srvanse Vds. recobrar sus espadas que con tanta honra cien y de las
que siento haberles privado.

Miramn hizo una sea al general Cobos, que se apresur a restituir a
los prisioneros las armas de que les despojaran, y que stos recibieron
con gozo.

--Ahora, caballeros, continu el presidente, dgnense Vds. aceptar la
hospitalidad que les ofrezco en este palacio, donde sern tratados con
todas las consideraciones debidas a su desgracia; no exijo sino su
palabra de soldados y de caballeros de que no saldrn sin autorizacin
ma, no porque yo dude de su palabra de honor, y s con el fin de
librarles de las tentativas de gentes mal dispuestas respecto de Vds.
y agriadas por los sufrimientos de una guerra prolongada. Quedan Vds.
pues prisioneros bajo palabra y libres de obrar como ms bien les
parezca.

--Seor general, profiri Berriozbal en nombre de todos, le
agradecemos a V. sinceramente su cortesa para con nosotros; no
podamos esperar menos de su reconocida generosidad. La palabra que
V. nos exige, se la damos, y no usaremos de la libertad en que nos
deja sino en los lmites que V. juzgue conveniente. Prometemos a V. no
intentar en modo alguno reconquistar nuestra libertad sin que V. nos
haya relevado de la palabra.

Despus de cruzarse algunos otros cumplidos entre el presidente y los
generales, los prisioneros se retiraron a las habitaciones que les
asignaron.

En el momento en que el general Miramn se dispona a entrar nuevamente
en su despacho, el aventurero le detuvo con viveza, y designando a un
oficial superior que al parecer se esforzaba en esconderse entre los
grupos, le dijo en voz baja y trmula:

--Conoce V. a ese hombre?

--Ya lo creo, respondi el presidente; hace solamente algunos das
que se ha afiliado a mi causa y me ha prestado ya importantsimos
servicios; es espaol y se llama Antonio Cacerbar.

--Oh! ya s como se llama, repuso el aventurero; tambin yo le conozco
hace mucho tiempo por desgracia, general; ese hombre es un traidor.

--Bah! V. se chancea.

--Le repito a V., general, que ese hombre es un traidor; estoy seguro
de ello.

--No insista V. ms, se lo ruego, amigo mo, repuso Miramn con
viveza. Buenas noches; hasta maana. Deseo hablar con V. de asuntos de
importancia.

Y despus de haber dirigido al aventurero una seal afectuosa con la
mano, el presidente penetr en su despacho, cuya puerta se cerr tras
l.

El aventurero permaneci inmvil por espacio de algunos segundos,
dolorosamente afectado por la incredulidad de Miramn, y luego murmur
con tristeza:

--Oh! Dios quita la razn a los que quiere perder. Ahora todo ha
concluido; ese hombre est irremisiblemente condenado, perdida su causa.

El aventurero se sali del palacio, pbulo de las ms siniestras
previsiones.




XIV


EL PALO QUEMADO


Como hemos dicho, el aventurero se sali del palacio de la presidencia.
La plaza Mayor estaba desierta; la efervescencia popular se haba
calmado con la rapidez con que se levantara. Gracias a la intervencin
de algunos personajes influyentes, los soldados se haban retirado a
sus cuarteles, y los lperos y otros ciudadanos del mismo jaez, que
componan la mayora del populacho, al ver que decididamente no quedaba
que hacer y que las vctimas a las que codiciaban se les escapaban
definitivamente de las manos, despus de vociferar por un rato para
consolarse acabaron por retirarse tambin.

nicamente Lpez haba permanecido inmvil en su puesto. Obedeciendo
a una orden del aventurero, haba aguardado a ste a la puerta del
palacio presidencial.

Cuando Lpez vio abrirse las puertas del palacio, comprendi que
nicamente poda salir de l su amo; as es que sin tardanza se reuni
a ste.

--Qu novedades ocurren? le pregunt el aventurero poniendo el pie en
el estribo.

--Nada importante.

--Ests seguro?

--Casi casi; sin embargo, ahora que caigo en ello, me parece que vi
salir de palacio a un sujeto que no me es desconocido.

--Hace mucho?

--Veinte minutos a lo ms; pero temo haberme equivocado, porque el
sujeto que digo usaba un traje tan distinto del en que le conoc y me
ha vagado tan poco el verle, que...

--Y a quin creste reconocer en l? interrumpi el aventurero.

--Tal vez no d V. crdito a mis palabras si le digo que a don Antonio
Cacerbar, mi antiguo herido.

--Al contrario, como que le vi en palacio.

--Demonios! entonces siento no haber escuchado su conversacin.

--Qu conversacin? Dnde y con quin habl? Di o te estrangulo.

--A eso voy, mi amo. Cuando don Antonio sali de palacio todava
quedaban algunos grupos en la plaza, y de uno de ellos se separ un
hombre para acercarse a aqul.

--Conociste quin era el individuo ese?

--No, pues llevaba un amplio sombrero de piel de vicua derribado sobre
los ojos e iba embozado hasta las narices; dems de que en tal instante
estaba ese sitio casi ya completamente oscuro.

--Al grano, al grano, dijo el aventurero con impaciencia.

--Don Antonio y el desconocido se pusieron a hablar en voz baja.

--Y no cogiste al vuelo palabra alguna?

--Algunas, muy pocas, pero sin ilacin.

--Dilas.

-- Conque estaba ah?  dijo uno. La respuesta no la o.  Bah!
no se atrever , continu el primero. Luego siguieron hablando tan
quedo, que no o ms. A poco, sin embargo, el primero profiri: 
Es preciso ir all .  Muy tarde es , replic el otro, y despus
no o ms que estas dos palabras: Palo Quemado. Los interlocutores
cruzaron todava algunas ms en voz baja, y se separaron, el primero
en direccin a los portales y don Antonio dobl a la derecha como si
quisiese encaminarse hacia el paseo de Bucareli; pero se habr detenido
en alguna casa, porque no es probable que a estas horas se le haya
ocurrido ir a pasearse solo por tal sitio.

--Pronto lo sabremos, repuso el aventurero subindose sobre su caballo;
dame mis armas y sgueme. Estn descansados los caballos?

--S, seor, respondi Lpez dando al aventurero un fusil de dos
caones, un par de revlveres y un machete. Segn me ha ordenado usted,
fui al corral donde dej nuestros cansados caballos, ensill al Mono y
al Zopilote, que son estos dos, y me vine para aguardarle a V.

--Has hecho bien; adelante.

El aventurero y Lpez se alejaron, atravesaron la desierta plaza, y
despus de dar algunos rodeos, indudablemente con el propsito de
desorientar a los espas que tal vez les acechaban en medio de las
tinieblas, se encaminaron hacia el paseo Bucareli.

En Mjico, tan pronto cierra la noche, est prohibido, salvo permiso
que se obtiene muy difcilmente, transitar a caballo por las calles;
sin embargo, el aventurero se preocupaba poco, al parecer, con
semejante prohibicin; a bien que su audacia estaba perfectamente
justificada por la aparente indiferencia de los celadores que en gran
nmero encontraban a su paso y les dejaban galopar a su antojo sin
hacer protesta alguna respecto del particular.

Una vez los dos jinetes estuvieron a bastante distancia del palacio de
la presidencia para no temer ya que les siguiesen, cada uno de ellos
sac un antifaz negro de su bolsillo y se cubri con l el rostro,
para evitar que aun en medio de la obscuridad pudiesen conocerles, y
luego anudaron la marcha, no detenindose hasta que hubieron llegado al
paseo Bucareli. Entonces el aventurero tendi a su alrededor una mirada
investigadora y dio un prolongado y agudo silbido.

Al punto y de la oquedad de una puerta se destac una sombra, ms bien
dicho, un hombre, que avanz hasta el medio de la calle, donde se
detuvo sin proferir palabra.

--Pas alguien por aqu durante los tres ltimos cuartos de hora?
pregunt el aventurero.

--S y no, respondi lacnicamente el desconocido.

--Explcate.

--Vino un hombre que se detuvo delante de la casa que est a la derecha
de V., dio dos palmadas, y a poco se abri una puerta, por la que sali
un pen conduciendo de la brida a un caballo po y llevando sobarcada
una capa con vueltas encarnadas.

--Cmo pudiste enterarte de tales pormenores estando como est tan
oscura la noche?

--El pen traa una linterna. El hombre de que le habl a V. le dio un
sofin por su imprudencia, de una manotada tir por el suelo la luz, y
en pisotendola se ech la capa sobre los hombros.

--Qu traje vesta el hombre ese?

--Uniforme de oficial superior de caballera.

--Qu ms pas?

--El militar entreg su sombrero de plumas al pen, el cual entr en
la casa para salir de nuevo y al instante trayendo un sombrero de piel
de vicua con golilla de oro, un par de pistolas y un fusil; luego
calz unas espuelas de plata al oficial, que tom las armas, se puso el
sombrero, subi a caballo y emprendi la marcha.

--Qu direccin tom?

--La de la plaza Mayor.

--Y el pen?

--Se meti otra vez en la casa.

--Ests seguro de que uno ni otro te vieron?

--Lo estoy.

--Est bien, vigila, y adis.

--Adis, repiti el desconocido perdindose en medio de las tinieblas.

El aventurero y su pen volvieron grupas, y a no tardar llegaron a la
plaza Mayor, que atravesaron sin detenerse.

Al parecer, don Jaime saba qu direccin seguir, pues galopaba sin
perplejidades al travs de las calles. Cuando lleg a la garita de San
Antonio, empezaban ya a entrar en la ciudad algunos hortelanos.

Al encontrarse no seis cientos pasos de la garita, en un sitio donde
el camino forma una encrucijada en cuyo centro se levanta una cruz
de piedra a la que afluyen seis carreteras bastante anchas pero mal
conservadas, el aventurero se detuvo nuevamente y dio otro silbido,
a cuyo son se levant un hombre que estaba tendido al pie de la
mencionada cruz y que permaneci en actitud del que aguarda que le
interroguen.

--Ha pasado por aqu un sujeto montado en un caballo po y tocado con
un sombrero con golilla de oro? pregunt el aventurero.

--S, seor, respondi el interpelado.

--Hace mucho tiempo?

--Una hora.

--Iba solo?

--Solo.

--Qu direccin tom?

--sta, respondi el desconocido tendiendo el brazo hacia el segundo
camino de la izquierda.

--Perfectamente.

--Me voy con V.?

--Dnde est tu caballo?

--En un corral prximo a la garita.

--Lejos est; no puedo aguardarte. Vigila. Adis.

--Vigilar, repuso el desconocido tendindose nuevamente al pie de la
cruz.

Los dos jinetes anudaron su marcha.

--Realmente se dirige al Palo Quemado, dijo don Jaime; all daremos con
l.

--Es probable, profiri Lpez con la mayor impasibilidad; y hasta me
parece imposible que no lo haya yo adivinado ms pronto.

Los dos jinetes galoparon por espacio de una hora, sin cruzar palabra,
y al final de ella percibieron a corta distancia una mole sombra cuyo
negro bulto se destacaba sobre la menos densa oscuridad del campo que
la rodeaba.

--Ah el Palo Quemado, dijo don Jaime.

--S, repuso Lpez.

Ambos avanzaron unos pasos ms y se detuvieron.

De improviso un perro se puso a ladrar desaforadamente.

--Demonios! es preciso no detenernos, dijo el aventurero, ese maldito
animal nos delatara.

Los dos jinetes espolearon a sus monturas y partieron a escape.

Poco despus los ladridos del perro degeneraron en sordos gruidos y
por ltimo el animal se call del todo.

Los jinetes se detuvieron, y don Jaime se ape y dijo a Lpez:

--Oculta los caballos por ah cerca y agurdame.

Lpez, que no era hablador, cumpli sin chistar las rdenes de su amo.

El cual despus de haber inspeccionado sus armas con la mayor
escrupulosidad para en el probable caso de tener que servirse de
ellas estar seguro de que no le daran higa, se tendi en el suelo,
boca abajo, como un indio de las altas sabanas, y con movimiento
undulatorio, lento y casi imperceptible, avanz haca el rancho del
Palo Quemado, y poco antes de llegar a ste, vio lo que hasta entonces
no advirtiera, o si decimos unos diez o doce caballos arrendados y
gran nmero de hombres que, tendidos en el suelo, estaban durmiendo.

Inmvil delante de la puerta del rancho y sin duda colocado en tal
sitio para velar por la seguridad general, haba un hombre armado de
una larga lanza.

El aventurero se detuvo: la situacin era peligrosa; fueren cules
fuesen los individuos reunidos en el rancho, no haban descuidado
precaucin alguna para el caso en que hubieran querido sorprenderles.

Sin embargo, cuanto mayores parecan las dificultades, ms comprenda
el aventurero la importancia del secreto que l anhelaba sorprender.
Por lo tanto y pese al inminente peligro que debiese arrostrar,
resolvi saber quines eran los miembros de aquella reunin clandestina
y por qu se haban congregado.

El lector conoce lo bastante al aventurero a quien le hemos dado a
conocer bajo distintos nombres, para adivinar que una vez resuelto a
seguir adelante no titubeara en hacerlo.

En efecto, don Jaime puso en obra su plan, pero redoblando la prudencia
y sobre todo las precauciones; no avanzando, por decirlo as, sino paso
a paso y arrastrndose con la silenciosa elasticidad de un reptil.

Lo que tambin hizo el aventurero, fue que en vez de dirigirse en
lnea recta hacia el rancho, lo rode con objeto de cerciorarse de que
adems del centinela colocado delante de la puerta no tena que temer
verse descubierto por alguno que vigilase emboscado en la trasera del
edificio.

El aventurero que, segn haba previsto, not que el rancho slo
estaba vigilado en la parte delantera, se levant y examin los
alrededores cuanto se lo permitieron las tinieblas, y descubriendo
un corral, cerrado por un seto vivo, que se una a la habitacin, y
que al parecer estaba desierto, busc una abertura por la cual poder
deslizarse al interior, lo que consigui despus de algunos minutos de
tanteo.

Don Jaime penetr pues en el corral, y siguiendo adelante arrimado al
seto, poco despus lleg casi hasta el pie de la pared del rancho.

Lo que ms admiraba a nuestro excursionista nocturno era que no hubiese
sido venteado y perseguido por el perro que por modo tan ruidoso
anunciara su llegada.

Ah lo que haba sucedido: los extranjeros reunidos en el rancho,
desasosegados por los ladridos del perro y temiendo que stos no
revelasen su sospechosa presencia a los indios que en aquella hora
se encaminaban hacia la ciudad para vender sus mercaderas, haban
ordenado al ranchero que hiciese entrar al perro en el interior de su
casa y le encadenase en sitio bastante recndito para que desde fuera
no pudiese orse su voz en el caso de que se le antojase anudar sus
ladridos.

Este exceso de prudencia por parte de los huspedes interinos del
rancho, permiti al aventurero acercarse no solamente sin que le
descubriesen, sino tambin sin despertar sospecha alguna.

Don Jaime, por ms que ignorase la particularidad de que hemos hecho
mrito, dio mentalmente gracias a Dios por haberle librado de un
vigilante tan incmodo, y siguiendo adelante con los ojos fijos en la
pared frontera, lleg a una puerta que por un descuido inconcebible
slo estaba entornada y que cedi a la ligera presin que le imprimi
aqul. Dicha puerta daba a un pasillo obscuro, pero un tenue rayo de
luz que pasaba al travs de las mal unidas tablas de otra puerta,
revel a don Jaime el sitio donde, segn todas las probabilidades,
estaban congregados los extranjeros.

El aventurero se acerc de puntillas, mir al travs de la hendedura, y
vio, en medio de una sala bastante capaz, por lo que poda colegirse,
una mesa atestada de vasos y botellas, alumbrada solamente por un
humoso candil colocado en uno de los esquinazos de la misma, y en torno
de ella a tres sujetos embozados en sendas y tupidas capas; los cuales
beban y charlaban como quien est seguro de no ser escuchado.

Don Jaime conoci en seguida a los mencionados sujetos, que no eran
otros que don Felipe Neri Irzabal, don Melchor de la Cruz y don Antonio
Cacerbar.

--Por fin voy a saberlo todo! dijo entre s el aventurero,
estremecindose de gozo y prestando odo atento.

Don Felipe, que en aquel instante haca uso de la palabra, pareca
estar un tanto alegre y sostena con inquebrantable pertinacia una
condicin que quera imponer a sus dos interlocutores y stos no
queran aceptar en modo alguno.

--No, no, no, y no, seores, deca Irzabal; es intil que insistan
Vds.; no les entregar la carta que me exigen; soy hombre cabal y
esclavo de mi palabra.

--Pero no ve V., replic don Melchor, que si se empea en conservar en
su poder esa carta, que sin embargo debe entregarnos, pues as se lo
ordenaron, nos veremos en la imposibilidad de llenar la comisin que
nos han conferido?

--Qu crdito van a darnos las personas con las cuales debemos
entendernos, arguy Cacerbar, si no podemos demostrarles que estamos
para ello debidamente autorizados?

--Esto no me atae; en el mundo cada cual trabaja para s; soy hombre
cabal y debo velar por mis intereses como por los suyos velan ustedes.

--Pero V. no conoce que lo que est diciendo es absurdo? exclam don
Antonio con impaciencia. En este negocio arriesgamos nuestra cabeza.

--Puede, profiri Irzabal; pero cada cual hace lo que ms bien
le parece. Yo soy hombre cabal, y marcho en lnea recta. Vds. no
conseguirn la carta a menos que no me den lo que les pido. Nada ms
entiendo. Por qu, segn el pacto estipulado con el general, no le
pusieron Vds. al cabo del negocio de hoy?

--Ya le demostramos a V. que esto era imposible, a causa de haber
resuelto de improviso esta salida.

--Bah! de improviso! Compnganselas ustedes como puedan con el
general en jefe; yo me lavo las manos.

--Basta de necedades! dijo don Antonio con aspereza. Quiere V. o no
quiere entregar a este caballero o a m la carta que para nosotros le
dio el presidente?

--No, respondi sin ambages don Felipe, a menos que me libren Vds. un
vale por diez mil pesos fuertes. Ya ven Vds. que es una bicoca.

--Jum! murmur entre s el aventurero; en efecto, un autgrafo de
Jurez es precioso; no lo regateara yo si me lo ofreciesen.

--Lo que est V. haciendo es un robo indigno, exclam don Melchor de la
Cruz.

--Y qu? profiri Irzabal con amarga irona; si yo robo, Vds. son unos
traidores y por lo tanto somos tal para cual.

Cacerbar y de la Cruz, al or un insulto tan desembozado se levantaron
como impulsados por un resorte.

--Partamos, dijo don Melchor; este hombre es un bruto que no quiere
atender a nada.

--Lo ms expedito es ir a ver al general en jefe para que nos vengue de
este borracho, repuso don Antonio.

--Vayan Vds., dijo el guerrillero rindose socarronamente; vayan, y
feliz viaje; yo me quedo con la carta, por la que tal vez encuentre
quien me d un buen pico.

Al or esta amenaza, don Antonio y don Melchor cruzaron una mirada y
llevaron las manos a sus armas; pero despus de titubear por espacio de
un segundo, encogieron los hombros y abandonaron la sala.

Poco despus se oy, fuera del rancho, el rpido galopar de muchos
jinetes que se alejaban.

--Se marcharon, murmur Irzabal escancindose un vaso de mezcal,
que apur de un trago; y corren como si el diablo hubiese cargado
con ellos... Estn furiosos; pero bah! Y a m que me importa? He
conservado en mi poder la carta.

Mientras formulaba en alta voz este soliloquio, el guerrillero puso de
nuevo el vaso sobre la mesa; pero prontamente se estremeci: ante l
estaba en pie e inmvil un hombre embozado hasta los ojos en amplia
capa y empuando en cada mano un revlver de seis tiros, cuyos caones
estaban dirigidos al pecho de aqul.

Irzabal hizo un repentino gesto de espanto al ver ante s una aparicin
para l tan inesperada.

--Qu quiere V.? pregunt el guerrillero, sereno del todo por la
sacudida que experimentara.

--Como profiera V. una voz o se mueva, dijo en voz torda el
desconocido, le levanto la tapa de los sesos.




XV


SALDO DE CUENTAS


Oculto tras la puerta del corredor, el aventurero haba odo toda la
conversacin de los tres sujetos reunidos en la sala, y cuando Cacerbar
y Cruz se hubieron levantado, ignorando aqul por qu puerta saldran
los mencionados sujetos, haba abandonado su puerta, ido al corral
y, hecho un ovillo al pie del seto, aguardado por espacio de algunos
minutos; pero al ver que todo continuaba envuelto en el ms absoluto
silencio, se arriesg a salir de su escondite, a penetrar de nuevo en
el pasillo y a acercarse otra vez a la puerta para mirar al travs de
la hendedura.

Don Antonio y don Melchor haban salido; en la sala slo quedaba
Irzabal.

El aventurero, en virtud de una resolucin tomada sobre la marcha,
meti la hoja de su cuchillo entre el pestillo de la cerradura y el
cajo, abri sin ruido y se acerc silenciosamente al guerrillero,
a quien se revel del modo que ha visto el lector en el final del
captulo precedente.

Sin embargo de que el guerrillero era valiente, la repentina aparicin
del aventurero y la vista de los revlveres apuntados a su pecho le
perturbaron.

Don Jaime se aprovech de este instante de postracin, para, sin
desmontar sus pistolas, ir a cerrar la puerta por la cual salieran don
Antonio y don Melchor, y despus de cerrarla por dentro para evitar
toda sorpresa, se acerc de nuevo y pausadamente a la mesa, se sent en
un taburete, coloc los revlveres ante s, y dejando caer el embozo de
su capa, dijo:

--Hablemos.

No obstante haber el aventurero pronunciado esta palabra en voz casi
suave, Irzabal experiment una sensacin singular.

--El Rayo! exclam ste al ver la negra cartula que cubra el rostro
de su interlocutor.

--Ja! ja! profiri don Jaime rindose con irona, conque me conoce
V., don Felipe?

--Qu quiere V.? pregunt ste.

--Muchas cosas, respondi el aventurero; pero como nada nos apresura,
procedamos ordenadamente.

El guerrillero se escanci un vaso de refino de Catalua y lo vaci de
un trago.

--Vaya V. con cuidado, don Felipe, le dijo el aventurero, el
aguardiente de Espaa es fuerte, y se sube con facilidad a la cabeza;
atento a lo que va a pasar entre V. y yo juzgo prudente que conserve V.
clara la razn.

--Dice V. bien, murmur el guerrillero, cogiendo la botella por el
cuello y estrellndola contra la pared.

Don Jaime se sonri, y liando un cigarrillo, dijo:

--Veo que tiene V. la memoria feliz y me doy el parabin; cre que me
haba V. olvidado.

--Me acuerdo perfectamente de nuestro ltimo encuentro en las Cumbres,
profiri Irzabal.

--Por supuesto que no ha olvidado V. como termin nuestra entrevista.

El guerrillero palideci, pero no respondi palabra.

--Ea, continu don Jaime, veo que la memoria le da higa; si quiere V.
que le ayude...

--Es intil, profiri don Felipe levantando la cabeza y tomando al
parecer una resolucin definitiva; cuando el acaso me permiti ver sus
facciones de V., V. me dijo...

--Ya s, ya s, interrumpi el aventurero con viveza. Pues bien, voy a
cumplir la promesa que le hice.

--Me alegr, repuso Irzabal con desembarazo; en resumidas cuentas no
nos morimos sino una vez, y tanto da hoy como otro da. Estoy a sus
rdenes.

--No puede V. imaginarse el gozo que experimento al encontrarle en tan
belicosas disposiciones, profiri impasiblemente el aventurero; pero
hgame V. el favor de refrenar un tanto sus mpetus. Todo se andar,
nada tema; pero por de pronto no se trata de esto.

--De qu, pues? pregunt el guerrillero con extraeza.

--Voy a decrselo a V.

El aventurero se sonri de nuevo, apoy los codos en la mesa, e
inclinndose ligeramente hacia su interlocutor, pregunt:

--En cunto quera V. vender a sus nobles amigos la carta que para
ellos le entreg el seor don Benito Jurez?

Don Felipe fij en el aventurero una mirada despavorida, y
persignndose murmur:

--Ese hombre es el diablo!

--No tal, replic don Jaime, pero s muchas cosas, y en particular
respecto de V., mi querido seor, y acerca de los innumerables trficos
a que se ha dedicado; s el ajuste que hizo V. con un tal don Diego, y
adems, si V. lo desea, le repetir de pe a pa la conversacin que hace
poco sostuvo aqu con don Antonio Cacerbar y don Melchor de la Cruz.
Pero vengamos a lo que importa: quiero que V. me d, no que me venda,
la carta de Jurez que trae V. en el bolsillo del dolmn y que se neg
V. a entregar a los dignos caballeros cuyos nombres acabo de citar, y
adems de la carta los dems papeles de que es portador y que supongo
son de sumo inters.

--Y qu pretende V. hacer con los papeles esos? pregunt el
guerrillero, que se haba ya repuesto algn tanto.

--Esto no le incumbe a V.

--Y si me niego a drselos?

--Se los tomar a V. quieras que no.

--Caballero, profiri don Felipe con acento de dignidad que sorprendi
a don Jaime, no es de hombres valientes como V. amenazar a quien no
puede defenderse; por toda arma no traigo sino un sable, mientras V. va
provisto de dos revlveres de seis tiros.

--Esta vez aparentemente est V. en lo justo, repuso el aventurero, y
la observacin de V. sera acertada, como debiese yo servirme de mis
pistolas para obligarle a que satisficiese mi demanda; pero nada tema
V., don Felipe, el duelo ser leal; no cruzar sino mi machete con su
sable, lo que no slo restablecer el equilibrio entre nosotros, sino
que le proporcionar a V. una ventaja manifiesta.

--Realmente obrar V. como dice, caballero?

--Le doy a V. mi palabra; acostumbro a saldar lealmente mis cuentas con
amigos y enemigos.

--Usted llama a eso saldar sus cuentas? pregunt con irona don Felipe.

--No puedo llamarlo de otra manera.

--Pero de qu se origina el odio que V. me lleva?

--Odio? lo siento igual por V. como por los dems de su calaa,
respondi con aspereza el aventurero; en un momento de farfantonera
quiso V. verme el rostro para conocerme ms adelante, pese a haberle
yo advertido que tal curiosidad le costara la vida. Tal vez le habra
olvidado; pero hoy le encuentro de nuevo en mi camino, con la adicin
de que trae V. encima unos papeles que me son necesarios de toda
necesidad y de los cuales estoy resuelto a apoderarme a toda costa.
As pues, si V. se niega a drmelos buenamente, no puedo apoderarme de
ellos sino matndole a V., y le matar. Le concedo cinco minutos para
que reflexione y me diga redondamente si persiste en su negativa.

--Es intil el plazo; desde ahora le digo a V. que mi resolucin es
inquebrantable y que no conseguir lo que se propone sino quitndome la
vida.

--Est bien, se la quitar a V., repuso don Jaime levantndose.

Y tomando las pistolas fue a colocarlas sobre una mesa que haba en
una de las extremidades de la pieza. Luego, empuando su machete y
acercndose de nuevo a don Felipe, le pregunt:

--Est V. preparado?

--Antes de medir nuestras armas, respondi el guerrillero,
levantndose, quiero dirigirle dos preguntas.

--Diga V.

--El duelo que vamos a efectuar ser a muerte?

--Ah tiene V. la prueba, respondi el aventurero quitndose la
cartula y arrojndola lejos de s.

--Basta; en efecto, uno de los dos vamos a sucumbir; supongamos que sea
yo.

--Djese V. de suposiciones; morir V.

--Admitido, replic con la mayor impasibilidad don Felipe; y en este
caso me promete V. hacer lo que yo voy a pedirle?

--Cuente V. conmigo si lo que va a pedirme est en mi mano hacerlo.

--Est; no se trata sino de que sea V. mi albacea testamentario.

--Lo ser.

--Pues bien, tengo madre y una hermana, joven an, que viven con
bastante escasez en una casita situada no lejos del canal de las Vigas,
en Mjico, y las seas exactas de cuyo domicilio hallar V. entre mis
papeles.

--Corriente.

--Deseo que, despus de mi muerte, ellas sean herederas de mi fortuna.

--Bien, pero dnde radica la fortuna esa?

--En Mjico; todo mi dinero lo tengo depositado en casa de *** y Ca.,
banqueros ingleses, a cuyo poder lo haca llegar yo a medida que lo iba
reuniendo. Bastar que presente V. mis papeles para que se lo entreguen
a V. peso sobre peso.

--Nada ms?

--Todava no he concluido; traigo conmigo muchas letras de cambio por
valor, en junto, de cincuenta mil duros contra distintos banqueros de
la capital. Dichas letras, me har V. el favor de hacerlas efectivas y
aadir su importe al precedente para entregar luego el total a mi madre
y a mi hermana. Me jura V. cumplir mis deseos?

--Le doy a V. mi palabra de caballero.

--Fo en V.; ahora no me queda sino dirigirle una pregunta.

--Cul?

--Nosotros, los mejicanos, manejamos con poca destreza el sable y la
espada, a causa de estar prohibido por nuestras leyes el duelo; la
nica arma de que verdaderamente sepamos servirnos es el cuchillo.
Consiente V. en que a l nos batamos? A toda la hoja, por supuesto.

--El duelo que me propone V. es ms propio de lperos y de bandidos que
no de caballeros, arguy el aventurero; sin embargo, acepto.

--Le agradezco a V. la condescendencia, dijo Irzabal; y ahora a la
buena de Dios; me portar tan bien como sepa.

--Amn, repuso don Jaime sonriendo.

Esta conversacin tan tranquila entre dos hombres prximos a degollarse
mutuamente, este singular testamento _in extremis_ dispuesto con
impasibilidad tanta y cuya ejecucin estaba confiada, en caso de muerte
de uno de los dos adversarios, al que sobreviviese, es una de las notas
salientes del carcter mejicano; porque spase que estos pormenores son
rigurosamente exactos. El mejicano, aunque valiente por naturaleza,
teme a la muerte; pero llegado el momento de arriesgar definitivamente
su vida o de perderla, nadie acepta con ms indiferencia, con ms
filosofa que l tan dura alternativa, ni lleva adelante con ms
indolencia este sacrificio que, en los dems pueblos, no hay quien no
lo arrostre con espanto, ni quien, al llevarlo a cumplimiento, no se
estremezca instintivamente.

En cuanto al duelo, las leyes mejicanas lo prohben aun entre los
oficiales del ejrcito; de ah el gran nmero de asesinatos y
emboscadas que se cometen y arman para lavar afrentas recibidas e
imposibles de vengar de otra manera. nicamente los lperos y las
gentes del pueblo se baten a cuchillo.

El duelo de esta naturaleza est ajustado a leyes de las que no
es permitido separarse; los adversarios estipulan sus condiciones
respecto de la longitud de la hoja, a fin de concertar de antemano la
profundidad de las heridas que uno a otro van a inferirse. As es que
se baten a una pulgada, a dos, a la mitad o a la totalidad de la hoja
segn la gravedad de la ofensa. Los duelistas colocan el pulgar sobre
la hoja del cuchillo, a la longitud concertada, y empieza la lucha.

Don Felipe y don Jaime se haban desceido los sables, intiles ya, y
empuado cada uno el largo cuchillo que todo mejicano lleva en la bota
derecha; luego se quitaron la capa y se la arrollaron respectivamente a
su brazo izquierdo, para parar los golpes, cuidando de que pendiera un
pedazo de ella en forma de cortina, y por fin se pusieron en guardia,
con las piernas separadas y ligeramente encogidas, el cuerpo echado
haca adelante, el brazo izquierdo semitendido y la hoja del cuchillo
escondida tras la capa.

El duelo empez al punto con igual encarnizamiento por parte de los dos
duelistas, que giraban y saltaban en torno uno de otro, y avanzaban y
retrocedan como dos bestias fieras, mirndose de hito en hito, con la
boca cerrada y jadeante el pecho.

Era verdaderamente un duelo a muerte.

Don Felipe posea, por modo extremo, la ciencia de arma tan temible;
muchas veces su adversario vio lucir ante sus ojos el azulado brillo
del acero y sinti la aguda punta del cuchillo penetrarle ligeramente
en las carnes; pero ms impasible que el guerrillero, dejaba que ste
se fatigase en vanos esfuerzos, aguardando con la paciencia del tigre
al asecho, el momento favorable de acabar de un solo golpe.

Varas veces y rendidos de fatiga se haban los duelistas detenido de
comn acuerdo para embestirse luego con nueva furia.

La sangre manaba de muchas ligeras heridas que mutuamente se haban
inferido el guerrillero y don Jaime, y corra por el suelo.

De improviso don Felipe se repleg sobre s mismo y salt hacia
adelante con la rapidez de un jaguar; pero resbalando en la sangre, se
tambale, y mientras ensayaba recobrar su equilibrio, el cuchillo de
don Jaime desapareci por entero en su pecho.

El desventurado exhal un apagado suspiro, arroj una bocanada de
sangre y cay en tierra cual pedazo de plomo.

Don Jaime se inclin hasta l; estaba muerto: la hoja del cuchillo le
haba partido el corazn.

--Infeliz! murmur el aventurero; pero l lo quiso.

En pronunciando este lacnico responso, don Jaime registr el dolmn
y las calzoneras de Irzabal, se apoder de todos los papeles de ste,
luego tom otra vez sus revlveres, se puso nuevamente la cartula, y
embozndose como pudo en su desgarrada capa, atraves el seto sin ser
visto por el centinela que permaneca ante la puerta del rancho, y una
vez hubo llegado a cierta distancia del Palo Quemado, imit el silbo
del bho.

Casi al punto apareci Lpez conduciendo los dos caballos.

--A Mjico! dijo don Jaime saltando sobre la silla; esta vez creo
tener segura mi venganza.

Los dos jinetes partieron a escape.

El gozo que el inesperado buen xito de su expedicin infundiera al
aventurero, le impeda sentir el dolor de los chirlos, ligeros en
verdad, que haba recibido en el duelo.




XVI


RESOLUCIN SUPREMA


La primera luz del da empezaba a teir de palo el cielo, en el
instante en que los dos jinetes llegaron a la garita de San Antonio.

Haca ya algn tiempo que stos haban acortado el andar de sus
cabalgaduras, quitado las cartulas y repuesto algn tanto el desorden
de sus trajes, sucios y echados a perder por las numerosas peripecias
de su carrera nocturna.

A algunos pasos de la garita, don Jaime y Lpez se haban confundido
entre los grupos de indios que se dirigan al mercado, de modo que les
fue fcil penetrar en la ciudad sin ser notados.

Don Jaime se dirigi inmediatamente hacia la casa en que habitaba en la
calle de San Francisco, contigua a la plaza Mayor, y una vez en ella
despidi a Lpez, que literalmente se caa de sueo a pesar del que
echara mientras su amo estuvo en Palo Quemado, y le dio todo el da
para l, citndole nicamente para la noche, y luego se retir a sus
habitaciones, o ms bien a su cuarto. Era ste una verdadera vivienda
espartana; el mobiliario se compona tan slo de un cuadrado de madera
con un cuero de buey que le serva de cama, una vieja silla de montar
que haca las veces de almohada y una piel de oso negro que reemplazaba
al cobertor; una mesa atestada de papeles y de libros, un escabel, un
cofre que contena sus ropas, y un astillero lleno de armas de todas
clases, completaban, con algunos arreos colgados de la pared, aquel
ajuar, entre l que haba tambin una jofaina en su trpode situada
detrs de un sarape colocado en forma de cortina en un rincn del
cuarto.

Don Jaime se cur las heridas lavndoselas cuidadosamente con agua
y sal, segn la costumbre india, luego se sent a la mesa, y empez
a inspeccionar los papeles de que a tanta costa se apoderara y cuya
posesin haba puesto en peligro su existencia, y a poco qued absorto
por este trabajo, que al parecer le interesaba en grado sumo.

Por fin, a las diez de la maana el aventurero se levant, dobl los
papeles, los puso en una cartera que se meti en un bolsillo de su
dolmn, se ech un sarape sobre los hombros, se cubri la cabeza con un
sombrero de piel de vicua adornado de ancha golilla de oro, y en este
traje tan elegante como pintoresco se sali de su casa.

Como el lector recordar don Jaime haba dado a don Felipe palabra
de honor de ser su albacea testamentario; para cumplir esta promesa
sagrada sala.

A las seis de la tarde y despus de haber entregado la herencia a la
madre y a la hermana del guerrillero, don Jaime regres a su casa, a la
puerta de la cual encontr a Lpez que, completamente descansado, le
estaba aguardando y haba dispuesto para su amo una frugal comida.

--Hay novedad? le pregunt el aventurero sentndose a la mesa y
empezando a comer con apetito.

--Pocas, mi amo, respondi Lpez, slo vino un capitn ayudante de
campo del excelentsimo seor presidente.

--Ah! murmur don Jaime.

--S, continu Lpez, el seor presidente desea que vaya V. a palacio a
las ocho.

--Ir; pero aqu acaban tus noticias? luego no saliste?

--Usted dispense, mi amo, como de costumbre fui a la barbera.

--Y qu oste en ella?

--Slo dos cosas.

--A ver la primera.

--Dicen que los juaristas avanzan a marchas forzadas contra la ciudad y
que no estn de ella sino a tres jornadas.

--Es bastante verosmil la noticia; en este momento el enemigo debe de
estar operando un movimiento de concentracin. La otra?

Lpez se ech a rer.

--Por qu te ests riendo, botarate? le pregunt don Jaime.

--La segunda noticia que o es la que me hace rer, mi amo.

--Tan chistosa es?

--Canario! va V. a juzgar: dicen que esta maana fue encontrado muerto
de una cuchillada, en una sala del rancho del Palo Quemado, uno de los
ms temibles guerrilleros de don Benito Jurez.

Don Jaime se ri a su vez y dijo a Lpez que le contara como haba
pasado este suceso.

--Nadie lo sabe, respondi el criado; parece que ese coronel, porque
hay que saber que era coronel, haba salido a la descubierta hasta
Palo Quemado, donde hizo alto para pernoctar. El rancho lo guardaban
centinelas apostados en torno de l, y nadie, excepto dos jinetes,
se haba introducido en el edificio. Pues bien, una vez fuera del
rancho los jinetes esos, que sostuvieron una larga conversacin con
el guerrillero, ste fue encontrado muerto de una cuchillada en el
corazn; lo que da pie a suponer que entre el coronel y los dos
desconocidos se habr levantado una disputa y que stos lo quitaron de
en medio. Sin embargo, ocurri tan a la chita callando el lance, que
nadie oy nada, ni siquiera los soldados que dorman a pocos pasos de
la sala donde ocurri el conflicto.

--Es singular, en efecto, repuso don Jaime.

--Parece, mi amo, continu Lpez, que el coronel don Felipe Irzabal,
que as se llamaba el guerrillero, era un gran tunante; de l se
refieren atrocidades.

--Vaya pues, as nada se ha perdido, y no merece que continuemos
ocupndonos en l, dijo don Jaime levantndose.

--No necesita de nuestra ayuda para que el diablo cargue con l,
profiri Lpez.

--Es probable, con tal que ya no se le haya llevado. Ahora escucha: me
voy a dar una vuelta por la ciudad aguardando que den las ocho; a las
diez te encontrars a la puerta de palacio con dos caballos y armas,
por si, como anoche, nos vemos obligados a dar un paseo a la luz de la
luna.

--Est bien, mi amo; le aguardar a V. hasta que salga.

--Si no te necesito har que te avisen.

--Vyase V. tranquilo, mi amo.

Don Jaime se sali, y, como dijera, fue a dar un corto paseo por los
portales de la plaza Mayor, a fin de dejarse caer en palacio a la hora
exacta que le haban sealado.

En efecto, a las ocho en punto el aventurero lleg a la puerta de
palacio, donde le estaba aguardando un ujier, que le introdujo
inmediatamente en presencia de Miramn.

El cual se estaba paseando, triste e imaginativo, por un saloncito
contiguo a sus habitaciones particulares.

--Bien llegado sea V., dijo el general al ver a don Jaime,
serenndosele el semblante y tendiendo afectuosamente la mano a ste;
arda en deseos de verle a V.; es V. el nico hombre que me comprende
y con quien puedo hablar sin ambages. Sintese V. ah, a mi lado, y
departamos.

--Est V. triste, general, profiri el aventurero; le ha ocurrido a V.
algn percance desagradable?

--No; pero ya sabe V. que desde hace mucho tiempo no se me presentan
con frecuencia ocasiones de estar alegre. Acabo de dejar a mi esposa;
la pobre teme, no por ella, sino por nuestros hijos; todo lo ve ttrico
y prev desdichas terribles. Ah por qu estoy triste.

--Pero por qu no aleja V. a su esposa de la ciudad, general, sobre
todo cuando sta puede verse sitiada de hoy a maana?

--Se lo he propuesto ya repetidas veces, y he insistido ensayando darle
a comprender que el inters de nuestros hijos y su seguridad lo exigan
imperiosamente; pero se neg. Ya usted sabe cunto me quiere; para ella
no existen sino yo y sus hijos, y no acierta a resolverse. Respecto
de m, no me atrevo a obligarla a que parta; no s qu hacer; estoy
perplejo.

Miramn volvi la cabeza y ahog un suspiro.

Los dos interlocutores permanecieron silenciosos por espacio de algunos
segundos.

Don Jaime comprendi que corresponda a l dar un nuevo sesgo a la
conversacin. As es que pregunt:

--Y los prisioneros?

--Por este lado todo est en orden; a Dios gracias nada tienen que
temer por su seguridad personal. Tambin les autoric para que fuesen a
ver a los amigos y parientes que tienen en la ciudad.

--Ms vale as, mi general; le confieso a V. que por un instante tem
por ellos.

--Ahora que puedo hablar con toda franqueza, repuso Miramn, le digo a
V. que ms tem y o todava, porque en este asunto peligraba mi honor.

--Dice V. bien; pero vamos a ver, tiene V. algn nuevo proyecto?

Antes de responder, el presidente dio una vuelta por el saloncito y
levant una a una las cortinas para asegurarse de que nadie poda
escucharle; luego se sent nuevamente al lado de don Jaime, y dijo:

--S, le tengo; quiero acabar de una vez: o sucumbo o mis enemigos van
a quedar quebrantados para siempre ms.

--Dios quiera que triunfe V.

--Mi victoria de ayer me ha devuelto sino la esperanza, a lo menos el
nimo; quiero intentar un golpe decisivo. Ahora ya no tengo que andarme
con contemplaciones; voy a jugar el todo por el todo; quiz me sonra
otra vez la fortuna.

Miramn y don Jaime se acercaron entonces a una mesa en que estaba
abierto un inmenso mapa de la confederacin mejicana, y en el cual se
vean clavados en diferentes sitios gran nmero de alfileres.

--Don Benito Jurez, continu el presidente, desde su capital,
Veracruz, orden la concentracin de sus tropas y la marcha de stas
sobre Mjico, donde estamos encerrados, y nico punto del territorio
que en lo presente ocupamos. Mire V., aqu est el cuerpo de ejrcito
del general Ortega, fuerte de once mil hombres, que viene del interior,
esto es, de Guadalajara, replegando a su paso todos los pequeos
destacamentos diseminados por los campos. Amondia y Gazza, que han
seguido la costa, vienen por Jalapa, al frente de seis mil hombres de
tropas regulares y flanqueados a vanguardia, a derecha y a izquierda,
por las guerrillas de Cullar, de Carvajal y de Irzabal.

--En cuanto a este ltimo jefe, dijo el aventurero, no tiene V. que
pensar ms en l; est muerto.

--Conformes, pero no por eso dejan de existir sus soldados.

--Es cierto.

--Ahora bien, esos cuerpos de ejrcito que llegan por diferentes
puntos a un tiempo, y que, como les dejemos maniobrar, no tardarn en
reunirse y en encerrarnos en un crculo de hierro, componen un efectivo
de veinte mil hombres, poco ms o menos. De qu fuerzas disponemos
nosotros para resistirles?

--Pero...

--Voy a decrselo a V.: echando mano de todos los recursos que nos
quedan, no podra yo disponer sino de siete mil hombres, y, a lo ms,
de ocho mil armando a los lperos, etc.; ejrcito, como V. confesar,
por dems dbil.

--En campo raso no dir que no; pero aqu, en Mjico, con los ciento
veintitantos caones de que V. dispone, le es fcil organizar una
resistencia formal, y si el enemigo se decide a sitiarle a V., antes no
consiga apoderarse de la ciudad corrern torrentes de sangre.

--Cuanto dice V. es verdad, amigo mo, repuso Miramn; pero ya V. sabe
que soy humano y comedido. La ciudad no est dispuesta a defenderse, y
adems carecemos de vveres y no sabemos como procurrnoslos, pues el
campo est en poder del enemigo. Excepto una extensin de tres o cuatro
leguas al rededor de la ciudad, todo nos es hostil. Ya ve V. que con
tan desventajosas condiciones seran imponderables los horrores del
sitio y los estragos que sufrira la ms noble y hermosa ciudad del
Nuevo Mundo. Slo al pensar en el extremo a que se vera reducida esta
desventurada poblacin, el corazn se me parte; nunca consentir en
reducirla a tal extremidad.

--Usted habla como hombre generoso y verdaderamente amante de su
patria, mi general, dijo don Jaime, y a fe quisiera que sus enemigos le
oyesen expresarse de esta suerte.

--Aqullos a quienes califica V. de enemigos mos, profiri Miramn,
en realidad no lo son, lo s perfectamente: ms de una vez me hicieron
personalmente proposiciones ofrecindome condiciones por dems
favorables y honrosas; pero aun cuando caiga, quiero ofrecer una
particularidad rara en Mjico: la de un presidente de la repblica
derribado por hombres que le estiman y llevndose en su cada las
simpatas de sus enemigos.

--No hace mucho tiempo todava que de haber V. consentido en apartar
de s a ciertos individuos que no nombro, todo se habra arreglado
amistosamente.

--Lo s como V. mismo, pero hubiera sido una mala accin y no quise
cometerla. Los individuos a que V. alude, me son devotos y me quieren;
caeremos o triunfaremos juntos.

--Son demasiado nobles los sentimientos de usted para que yo los
discuta, mi general, dijo el aventurero.

--Gracias, pero volvamos a lo que estbamos diciendo. No quiero que por
mi culpa la ciudad se vea expuesta a la destruccin y al saqueo que
forman el obligado cortejo de las poblaciones sitiadas.

--Por desgracia, mi general, es lo ms probable que acontecera; pero
entonces qu resuelve V.? cules son sus proyectos? Es obvio que no
piensa V. en entregarse a sus enemigos.

--Por un instante tal fue mi resolucin; pero renunci a ella. Vea V.
mi plan; es por dems sencillo. He determinado salir de Mjico con unos
seis mil hombres, la flor y nata de mis tropas, marchar al encuentro
del enemigo, y sorprenderle y batirle por fracciones antes de que sus
diferentes cuerpos hayan tenido tiempo de reunirse.

--En efecto, el plan es muy sencillo y ofrece muchas probabilidades de
buen xito.

--Todo depende de la primera batalla; si la gano, mi triunfo es seguro;
de no, mi cada es irremediable.

--Dios es grande, mi general, dijo el aventurero. No siempre la
victoria sonre al nmero.

--En fin, vivir para ver, profiri Miramn.

--Y cundo determina V. poner en ejecucin su plan?

--No tardar sino el tiempo indispensable de prepararlo todo; antes de
diez das. Cuento con usted.

--Suyo soy en cuerpo y alma, mi general.

--Me consta, amigo mo; pero basta ya de poltica. Ahora, como mi
esposa desea vivamente verle a V., hgame V. el favor de venirse
conmigo a sus habitaciones.

--Me llena de gozo tan galante invitacin, mi general: sin embargo,
quisiera haber podido hablar con V. de un asunto muy importante.

--Luego, luego; demos un momento de tregua a los negocios; tal vez se
trata de una nueva defeccin o de algn traidor merecedor de castigo.
De algunos das a esta parte llegan a m sobrado malas noticias para
que no anhele gozar de algunas horas de respiro. Los negocios malos
dejarlos para maana, como deca no s quin.

--S, pero a veces maana es tarde, repuso con intencin el aventurero.

--A la buena de Dios, gocemos de lo presente, que es el nico bien que
le queda a quien no le pertenece ya lo porvenir.

Y tomando del brazo a don Jaime, se lo llev suavemente, sin que
ste se atreviese a resistir ms, a las habitaciones de la seora de
Miramn, mujer seductiva, cariosa y tmida, verdadero ngel guardin
de su esposo, cuyas grandezas la despavoran, y la cual no se senta
venturosa sino en la vida ntima del hogar, entre sus dos hijos.




XVII


JESS DOMNGUEZ


Una hora despus don Jaime sali de palacio y, seguido de Lpez, se fue
a la casa del arrabal, en la que encontr al conde y a su amigo que,
entregados por completo a su amor e indiferentes a cuanto pasaba en
torno suyo, pasaban das enteros al lado de sus respectivas amadas y
gozaban, con la dichosa indolencia de la juventud, de lo presente, para
ellos tan benigno, sin preocuparse con lo porvenir.

--Ah! por fin! profiri gozosamente doa Mara al ver a su hermano;
cun caro se nos vende V.!

--Los negocios, dijo Jaime sonriendo.

La mesa estaba colocada en medio del comedor, los dos criados del
conde, inmviles delante de los aparadores, se disponan a servir, y
Len Carral, con una servilleta en el brazo, aguardaba que cada cual
ocupase su sitio en torno de la mesa.

--Pues en tan buena coyuntura llego, dijo don Jaime alegremente, por mi
vida que no voy a dejarlas a Vds. que cenen solas con esos caballeros,
si es que se dignan permitirme que las acompae.

--Qu dicha! exclam doa Carmen.

Don Jaime, el conde y Domingo ofrecieron respectivamente la mano a doa
Mara, doa Carmen y doa Dolores y las condujeron a las sillas para
ellas dispuestas, y luego tomaron asiento a su lado.

La cena fue lo que se deba entre personas que se queran y se conocan
de larga fecha, es decir, alegre y llena de animacin y de grata
intimidad.

Las dos jvenes no haban experimentado nunca tanta dicha; aquella
imprevista fiesta las llenaba de gozo.

Sin que ninguno de los que a la mesa estaban sentados pareciese
notarlo, las horas se deslizaban rpidas, hasta que al sonar la meda
noche en un pndulo colocado sobre una consola que haba en el mismo
comedor, las campanadas cortaron sbitamente la conversacin.

--Virgen santa! exclam doa Dolores, media noche ya!

--Cmo vuelan las horas! dijo con indolencia don Jaime. No hay ms, es
menester pensar en retirarnos.

Se levantaron todos, y los tres amigos, despus de haber prometido
visitar de nuevo a las tres reclusas lo ms pronto y a menudo posible,
se retiraron, dejando a las damas libres de entregarse al descanso.

Lpez estaba aguardando a su amo bajo el zagun.

--Qu ocurre? le pregunt don Jaime.

--Nos estn espiando, respondi el pen, conducindole hasta la puerta
y haciendo correr silenciosamente un postigo sobre una ranura.

Don Jaime mir, y frente por frente de la puerta, casi confundido con
la obscuridad que reinaba en una hondura producida por los escombros y
los andamios de una casa en reparacin, vio a un hombre inmvil como
una estatua y cuya presencia hubiera pasado inadvertida a otro de
mirada menos penetrante que la del aventurero.

--Me parece que tienes razn, dijo don Jaime a Lpez; como quiera que
sea, es preciso que nos cercioremos de ello; yo me encargo de saber
quien es el pjaro ese. Mira, troquemos capa y sombrero y acompaa a
estos seores; ese individuo ha visto entrar tres hombres y es menester
que vea salir otros tantos. Ea! a caballo y partan Vds.

--A mi ver, dijo Domingo, lo ms expedito sera matar a ese hombre.

--El matarlo puede dejarse para luego, repuso don Jaime; ante todo
tengo inters en cerciorarme de que realmente es un espa. Nada teman
Vds. por m; antes de media hora estar con Vds. y les explicar lo que
haya ocurrido entre ese fulano y yo.

--Hasta la vista pues, dijo el conde estrechando la mano a don Jaime.

--Hasta la vista.

Domingo y Luis del Saulay se salieron seguidos de los dos criados de
ste, y adems de Len Carral.

El antiguo servidor de doa Mara cerr estrepitosamente la puerta
tras aqullos; pero inmediatamente volvi a abrirla sin producir ruido
alguno.

Don Jaime se haba colocado tras el postigo, desde donde le era fcil
observar todos los movimientos del supuesto espa.

Al ruido que produjeron los jvenes al salir, ste se inclin vivamente
hacia adelante, indudablemente con el objeto de informarse de la
direccin que aqullos tomaban; luego se hundi de nuevo en la penumbra
y recobr su marmrea inmovilidad. De esta suerte transcurri cerca
de un cuarto de hora; don Jaime no le perda de vista. Por fin el
desconocido sali de su escondite, tomando toda clase de precauciones,
tendi en torno de s una mirada escrutadora, y tranquilizado por la
soledad de la calle, se aventur a dar algunos pasos; luego tras unos
instantes de vacilacin avanz resueltamente hacia la casa, atravesando
la calle en lnea recta; pero de improviso se abri la puerta y el
desconocido se encontr cara a cara con don Jaime.

El espa o lo que fuese se hizo violentamente atrs e intent huir, mas
el aventurero le asi del brazo, apretndoselo como en un tornillo,
y arrastrndole a pesar de la obstinada resistencia que opona, le
condujo hasta el pie de una estatuita de la Virgen que, colocada en un
nicho encima de la puerta de una tienda haba y ante cuya imagen ardan
algunos cirios, y quitando de una manotada el sombrero a su prisionero,
le mir atentamente.

--Hola! conque es V., seor Jess Domnguez? dijo don Jaime en voz
irnica. Vive Dios que no pensaba encontrarle a V. aqu.

El cuitado mir con ojos lastimeros a aqul en cuyo poder estaba, pero
no respondi palabra alguna.

Don Jaime aguard por espacio de algunos segundos, pero al ver que su
prisionero se haba encerrado en el ms absoluto mutismo, le sacudi
con violencia, diciendo:

--Vas a responder al fin, gran tunante?

--Es el Rayo o es el diablo! murmur ste con espanto, mientras fijaba
su atnita mirada en l que por tal modo sujetado lo tena.

--Uno de los dos, en efecto, profiri don Jaime con zumba; ya ves que
ests en buenas manos. Quieres o no decirme por qu de guerrillero
y salteador de caminos te has convertido en espa y quizs y aun sin
quizs en asesino en esta capital?

--Mis desventuras me han trado, excelentsimo seor; he sido blanco
de la calumnia; mi honra era inmaculada.

--Tu honra? el diablo me lleve si creo palabra de lo que dices, repuso
el aventurero; te conozco demasiado, pillastre, para que intentes
engaarme. Ea! luego y sin tergiversaciones dime la verdad, o te mato
como a un zopilote.

--Le sera a vuecencia lo mismo apretarme un poco menos el brazo? le
tengo ya medio descoyuntado.

--Te suelto, dijo don Jaime; pero como intentes huir, te pesar. Di,
escucho.

Domnguez, al sentirse libre de aquel tornillo humano, dio un suspiro
de alivio y movi repetidas veces el brazo para restablecer la
circulacin; luego dijo:

--Primeramente quiero que vuecencia sepa que contino siendo
guerrillero y adems que he subido de grado: soy teniente.

--Mejor para ti. Pero vayamos al grano; qu estabas haciendo en aquel
escondite?

--Estoy de expedicin, excelentsimo seor,

--T te has venido solo a Mjico para llevar a cabo una expedicin?
Mira lo que dices, bergante; no consiento burlas.

--Juro a vuecencia, por la parte de paraso que me corresponde, que
le digo la verdad monda; por otra parte no vine solo, mi capitn me
acompaa; ms bien dicho, vine obedeciendo a una orden terminante de
ste.

--Ah! ya; y cmo se llama el capitn ese?

--Vuecencia le conoce.

--Puede; pero cmo se llama, repito?

--Don Melchor de la Cruz.

--Me lo tema; ahora lo adivino todo: t ests encargado de espiar a
doa Dolores de la Cruz, no es eso?

--S, excelentsimo seor.

--Qu ms?

--Nada ms.

--Ah! pillo, mientes.

--Juro a vuecencia que se lo he dicho todo.

--Veo que tendr que echar mano de un gran recurso, repuso don Jaime
amartillando impasiblemente una pistola.

--Qu est haciendo vuecencia? exclam Domnguez despavorido.

--Ya lo ves, me preparo a levantarte la tapa de los sesos.

--Pero no ve vuecencia que ste no es el modo de hacerme hablar?
repuso con candidez Jess Domnguez.

--Ya, dijo el aventurero, pero s l de obligarte a callar.

--Jum! profiri Domnguez, dispone vuecencia de argumentos tan
convincentes, que no hay quien los resista; prefiero decirlo todo.

--Obrars cuerdamente.

--Pues bien, no slo tena el encargo de espiar a doa Dolores, sino
tambin a la seora y a la seorita con quienes vive y a cuantos las
visitan.

--Zambomba! mucho era para un hombre solo.

--No mucho, excelentsimo seor, pues apenas reciben a nadie.

--Y desde cundo desempeas tan honroso oficio, canalla?

--Desde hace doce das.

--As pues formabas parte de la gavilla que intent penetrar a viva
fuerza en casa de esas seoras?

--S, excelentsimo seor; pero no logramos nuestro objeto.

--Lo s; pero dime, a lo menos te pagan bien?

--Don Melchor no me ha dado todava dinero alguno, pero me ha prometido
cincuenta onzas.

--Nada le cuestan las promesas a tu capitn: le es ms fcil prometer
cincuenta onzas que dar diez pesos.

--Vuecencia lo cree as? Don Melchor est rico.

--Quin, l? est ms pobre que t.

--Malo! lo siento, pues todava no he conseguido economizar sino
deudas.

--Como eres un botarate; mereces lo que te est pasando.

--Yo, excelentsimo seor?

--Quin pues? En lugar de ponerte al servicio de los que podran
pagarte, te afilias a un miserable que no posee donde caerse muerto.

--A quines se refiere vuecencia? Confieso que tengo los colmillos muy
aguzados y que les servir con entusiasmo.

--Lo creo! Pero t te imaginas que voy a perder el tiempo dndote
consejos?

--S vuecencia quisiese le servira a las mil maravillas.

--T? quita all!

--Por qu no?

--Siendo, como eres, enemigo de las personas a quienes quiero, debes
serlo mo.

--Cmo yo lo hubiese sabido!

--Qu hubieras hecho?

--No lo s, pero de fijo que no las habra espiado; empleme vuecencia,
se lo ruego.

--Maldito si sirves para cosa buena.

--Sujteme vuecencia a prueba.

El aventurero hizo como que reflexionaba.

Jess Domnguez aguardaba con ansiedad.

--No, dijo por fin don Jaime, no puedo contar contigo.

--Qu poco me conoce vuecencia! Si vuecencia supiese cun devoto le
soy!

--Ah una devocin que te naci de repente, profiri don Jaime dando
una carcajada. Sin embargo me avengo a hacer un ensayo; pero como me
engaes...

--No diga vuecencia una palabra ms, le conozco. Nada tema vuecencia,
quedar satisfecho de m. De qu se trata?

--Sencillamente de cambiar de casaca.

--Comprendo; es fcil. Mi amo no dar paso que vuecencia no lo sepa.

--Est bien. No tiene un amigo ntimo don Melchor de la Cruz?

--S, excelentsimo, seor, un tal don Antonio Cacerbar: estn unidos
como los dedos de la mano.

--No hars mal en vigilarle al mismo tiempo.

--Perfectamente.

--Y como todo trabajo merece recompensa, ah va media onza.

--Media onza! profiri Domnguez con gesto radioso.

--Pero como necesitas dinero, voy a adelantarte la paga de veinte das.

--Diez onzas! Vuecencia va a darme diez onzas! Oh, es imposible!

--Mira si es posible que ahora mismo voy a drtelas, repuso don Jaime
sacndoselas del bolsillo y ponindolas en la mano de Domnguez, que se
apoder de ellas trmulo de gozo y exclamando:

--Ya pueden despabilarse don Melchor y su amigo.

--Sobre todo s diestro, pues los dos son muy astutos.

--Ya les conozco; pero se las han con uno ms astuto que no ellos; fe
V. en m.

--Esto te atae a ti; lo que te digo es que al menor descuido te mando
a paseo.

--No habr para qu.

--Si no recuerdo mal, me has dicho que eres listo de manos.

--En efecto lo soy, excelentsimo seor.

--Pues bien, si por acaso a esos caballeros se les caen algunos papeles
importantes, cgelos y tremelos inmediatamente; porque has de saber
que soy muy curioso.

--Basta; si no los hallo en el suelo los buscar en otra parte.

--Aprobado; pero oye, los papeles te los pagar aparte; te dar tres
onzas por cada uno de ellos si valen la pena. Como te equivoques, peor
para ti, pues no cobrars nada.

--Ya me las compondr para que los dos quedemos satisfechos,
excelentsimo seor. Quiere vuecencia decirme ahora dnde le
encontrar cuando se me ocurra comunicarle algo o entregarle algn
documento?

--De tres a cinco de la tarde me paseo todos los das por las
inmediaciones del canal de las Vigas.

--All ir.

--Sobre todo s prudente.

--Como una zorra.

--Adis y ojo al Cristo.

--Tengo el honor de saludar a vuecencia.

Los dos interlocutores se separaron.

Don Jaime, despus de haber ordenado al viejo criado de su hermana, el
cual durante la conversacin que acabamos de transcribir haba tenido
la puerta abierta, que entrase y la atrancase fuertemente, se dirigi
hacia la vivienda de los jvenes, frotndose las manos.

El conde y su amigo, inquietos por la larga ausencia de don Jaime, le
estaban aguardando llenos de ansiedad, y ya se disponan a salir en su
busca cuando ste entr.

Domingo y Luis recibieron al aventurero con muestras del ms vivo gozo
y le pidieron les enterase de lo que acababa de ocurrir.

Don Jaime, que vio no exista razn alguna para callar a sus amigos lo
que pasara, les cont por menudo la conversacin que haba sostenido
con Domnguez y como por fin indujera a ste a traicionar a su amo para
servirle a l de espa.

Don Jaime, el conde y Domingo permanecieron reunidos hasta la llegada
del da, y al separarse dijo aqul:

--Amigos mos, por singular que les parezca a Vds. mi conducta, no la
juzguen todava; slo me faltan algunos das para dar fin a la obra que
desde hace tantos estoy preparando; suceda lo que quiera, en el momento
decisivo lo comprendern Vds., todo. Tengan pues paciencia, mxime
cuando estn Vds. ms interesados que no suponen en el buen xito de
este negocio, y no olviden que me han jurado estar prontos a prestarme
su ayuda en cuanto yo la reclame.

El aventurero estrech afectuosamente la mano a sus amigos y se fue.

Durante la semana que sigui a aquel da no ocurri hecho alguno digno
de mencin.

Sin embargo, en la capital reinaba una inquietud sorda; en calles
y plazas se formaban numerosos grupos en los que se comentaban las
noticias polticas.

En los barrios comerciales las tiendas se abran slo por espacio de
algunas horas, y como los indios no acudan sino en muy escaso nmero
a proveer la plaza y aun stos traan poqusimo, cada da era mayor la
escasez de vveres, y ms elevado el precio de stos.

La poblacin era pbulo de una zozobra que nadie acertaba a explicarse
claramente; cada uno por s senta que la crisis avanzaba a pasos
agigantados y que no tardara en reventar con furor terrible la
tempestad tanto tiempo haca suspendida sobre Mjico.

Don Jaime, aparentemente a lo menos, llevaba la vida ociosa del
hombre a quien sus bienes de fortuna ponen a cubierto de todas
las eventualidades y para el cual ninguna importancia asumen los
acontecimientos polticos; iba y vena de ac para all por plazas y
calles, fumando y prestando odo atento a todas las conversaciones como
un papamoscas y aceptando por buenas las monstruosas necedades que
propalaban los noticieros de encrucijada, aunque sin decir esta boca es
ma. Luego, de tres a cinco de la tarde, se iba a dar una vuelta por
las inmediaciones del canal de las Vigas, donde se encontraba con Jess
Domnguez, con quien conversaba largo rato mano a mano, para separarse
despus mutuamente satisfechos.

No obstante haca dos o tres das que don Jaime pareca no estar tan
contento de su espa, con quien haba cruzado palabras mordaces y
amenazas encubiertas.

--Amigo Domnguez, dijo el aventurero a su espa a la sexta o sptima
entrevista celebrada con l, vyase V. con tiento, pues por lo que
husmeo quiere V. jugar con dos barajas; ya sabe V. que tengo buen
olfato.

--Seor, profiri Domnguez, le soy a V. fidelsimo; soy incapaz de
traicionar a un caballero tan generoso como V.

--Puede; como quiera que sea dese V. por advertido y proceda como tal,
y sobre todo no deje de traerme maana los papeles que me promete hace
tres das.

Dicho esto, don Jaime se separ del espa dejando a ste todo atarugado
con tal fraterna y sobre todo muy desasosegado respecto del modo
como, de no obrar con prudencia, podan revolverse contra l las
circunstancias. Porque, hay que confesarlo, el seor Jess Domnguez
no tena muy tranquila la conciencia: las sospechas de don Jaime no
estaban destituidas de fundamento; si el espa no haba an vendida a
su generoso protector, no era porque no hubiese pensado en hacerlo, y
para un hombre como el guerrillero; del plan a la ejecucin no haba
sino un paso.

As es que Jess Domnguez resolvi rehabilitarse en el nimo de don
Jaime por medio de un acto sonado a fin de reconquistar su confianza,
dejando para ms adelante el abusar de ella. A este efecto se decidi a
apoderarse de los papeles que el aventurero le reclamaba y trarselos
al da siguiente, resuelto, no obstante, como en ello saliese ganando
un buen pico, a robrselos despus.

A la tarde siguiente y a la hora convenida, don Jaime se encontraba en
el lugar de la cita, y a poco se le reuni Domnguez, quien con los
grandes alardes de devocin que tena por costumbre, le entreg un mazo
de papeles bastante voluminoso. El aventurero dirigi una rpida mirada
al mazo, lo hizo desaparecer debajo de su capa, y en poniendo una
pesada bolsa en la mano del guerrillero, volvi prontamente la espalda
a ste sin dignarse escuchar sus protestas de adhesin.

--Demonios! murmur Domnguez, no parece estar hoy muy blando; no le
dejemos tiempo de que tome precaucin alguna. Por chiripa descubr
donde vive. No hay que perder minuto; voy a contrselo todo a don
Melchor, a quien dar a entender que hice lo que hice para inspirar
confianza a su enemigo y entregrselo ms fcilmente; y como en efecto
se lo entregar, no podr menos de quedar satisfecho y de felicitarme
por mi destreza, Vive Dios! no hay como tener talento, y yo le tengo
de veras.

Mientras se diriga a s mismo estas alabanzas, Jess Domnguez,
que iba con la cabeza gacha como las gentes que se entregan a la
meditacin, fue a dar contra dos individuos que caminaban delante de l
cogidos del brazo y hablando de sus negocios.

Dichos individuos eran probablemente de carcter poco sufrido porque se
volvieron con viveza y dirigieron algunas palabras bastante duras al
guerrillero.

El cual, conociendo que era culpado y trayendo como traa consigo
una cantidad de dinero considerable, no tena ganas de hacer un mal
negocio, se excus del mejor modo que supo; pero los desconocidos no
quisieron atender razn alguna y continuaron apellidndole bruto,
animal y otras lindezas por el estilo.

Por mucha que fuese la paciencia del guerrillero, acab por perderla, y
dejndose llevar de la clera, ech mano a su cuchillo.

Este gesto imprudente fue causa de su perdicin; los desconocidos se
abalanzaron a l, le derribaron y le mataron a pualadas; luego, como
la calle teatro de tan poco edificante escena estaba desierta y por
consiguiente nadie la haba presenciado, los homicidas se alejaron con
toda tranquilidad, no empero sin antes haber desvalijado al difunto, al
que no dejaron objeto alguno que pudiese identificarle.

Tal fue el fin del seor Jess Domnguez.

Dos horas despus los celadores levantaron el envarado cuerpo del
guerrillero, y como nadie le conoca, lo arrojaron sin ceremonia alguna
a una hoya abierta en un cementerio, y aqu paz y despus gloria.

A don Melchor tal vez le admir no ver ms al guerrillero, pero como
era muy problemtica la confianza que ste le inspiraba, supuso que
Jess, despus de haberse hecho culpado de alguna sustraccin, haba
credo conveniente poner tierra de por medio, y no pens ms en l.




XVIII


PRINCIPIO DEL FIN


Miramn no haba desperdiciado los contados das transcurridos desde su
ltima entrevista con don Jaime.

Decidido a jugar el todo por el todo, no quiso arriesgarse antes de
haber puesto de su lado sino todas las probabilidades de xito, a lo
menos igualado el partido para que la lucha, que deba ser decisiva
fuere cual fuese su resultado, favoreciese lo ms posible sus proyectos.

No slo el presidente se ocupaba con actividad suma en reclutar y
organizar su ejrcito y en armarlo de un modo formidable, sino que
tambin, comprendiendo cuan perjudicial le era la sustraccin de los
seiscientos sesenta mil pesos de la Convencin inglesa, efectuada
en la casa misma del cnsul de S. M. britnica, haca enrgicos
esfuerzos para remediar el mal que le causara este golpe de mano, a
cuyo efecto estaba negociando un arreglo por el cual se comprometa
a devolver en Londres mismo el dinero de que tan malhadadamente se
apoderara; alegando, para paliar esta accin atrevida, que no haba
sido sino un acto de represalias contra Mr. Mathew, representante del
gobierno britnico, cuyas incesantes maquinaciones y no interrumpidas
demostraciones hostiles contra el gobierno reconocido de Mjico haban
colocado al presidente en la situacin crtica en que se hallaba; y en
prueba de lo que deca citaba el hecho de haberse encontrado, despus
de la batalla de Toluca, en los equipajes del general Degollado, un
plan de ataque de Mjico, escrito de puo propio de Mr. Mathew, acto
que por parte del representante de un gobierno amigo constitua una
felona.

El presidente, para dar ms fuerza a esta declaracin, haba mostrado
el mencionado plan a los representantes extranjeros que residan en
Mjico, y luego hecho traducir y publicar en el diario oficial, lo que
produjo todo el efecto que aqul esperaba, esto es, aument el odio
instintivo de la poblacin contra los ingleses y a l le restituy
algunas simpatas.

Miramn, tras prodigiosos esfuerzos, logr reunir un ejrcito de ocho
mil hombres, pocos por cierto contra los veinticuatro mil que le
amenazaban; porque es de saber que el general Huerta, cuya conducta
haba sido indecisa de algn tiempo a aquella parte, por fin decidiera
salir de Morella al frente de cuatro mil hombres, que unidos a los
once mil de Gonzlez Ortega, a los cinco mil de Gazza Amondia y
a los cuatro mil de Aureliano Carvajal y de Cullar, formaban un
efectivo de veinticuatro mil hombres que, en efecto, se encaminaban a
marchas forzadas contra la capital, ante cuyos muros no tardaran en
presentarse.

La situacin iba siendo ms y ms crtica por momentos. Los vecinos de
Mjico, que ignoraban los proyectos de Miramn, eran pbulo del terror
ms vivo y a cada instante teman ver desembocar las cabezas de las
columnas juaristas y sufrir los horrores de un sitio.

Miramn, que ante todo deseaba no perder el aprecio de sus
conciudadanos y calmar los exagerados temores de la poblacin, resolvi
convocar al ayuntamiento, al cual se esforz en dar a comprender, en
un sentido discurso, que su intencin no haba sido nunca aguardar
al enemigo tras los muros de la ciudad, sino que, por el contrario,
estaba resuelto a atacarle en campo raso, y que cualquiera que fuese el
resultado de la batalla que se propona librar, la ciudad no tena que
temer un sitio.

Esta seguridad calm un tanto los temores de los vecinos de Mjico y
detuvo como por arte de magia las tentativas de desorden y los gritos
sediciosos que los partidarios de Jurez, escondidos en la ciudad,
avivaban en los grupos reunidos en las plazas.

Una vez el presidente crey haber tomado todas las precauciones que
las circunstancias exigan, para atacar al enemigo sin demasiada
desventaja, y al mismo tiempo dejar en Mjico las fuerzas necesarias
para mantenerla sujeta al deber, reuni un nuevo consejo de guerra a
fin de discutir el plan ms conveniente para sorprender y derrotar
al enemigo. Este consejo de guerra dur muchas horas, y en l se
formularon gran nmero de proyectos, unos, como acontece siempre en
tales circunstancias, impracticables, y otros, que de adoptarlos,
podan haber salvado al gobierno.

Por desgracia en aquella ocasin el presidente, por lo comn tan
sensato y prudente, se dej dominar por su resentimiento personal en
lugar de atender al verdadero inters de la nacin.

Don Benito Jurez, primer presidente de la repblica mejicana que desde
la proclamacin de la independencia haya pertenecido al elemento civil,
era abogado. Ahora bien, como ste no era militar y por lo tanto no
poda ponerse al frente de su ejrcito, haba fijado su residencia en
Veracruz, a la que provisionalmente hiciera su capital, y nombrado a
Gonzlez Ortega general en jefe, confirindole latsimos poderes en lo
que se refera a la estrategia militar, y reservndose para s y en
absoluto la parte diplomtica.

Ortega fue quien venci a Miramn en Silao, y como el presidente no
olvid nunca esta derrota y arda en deseos de lavar la afrenta que en
tal circunstancia recibiera, olvidando su habitual prudencia, contra
el parecer de sus ms discretos consejeros insisti para que el primer
ataque fuese dirigido contra el ejrcito de Ortega.

Por lo dems, aunque las causas que el presidente alegaba para hacer
adoptar semejante resolucin eran bastante especiosas, no estaban
destituidas de lgica: pretenda que siendo como era Ortega general en
jefe y encontrndose al frente del cuerpo de ejrcito ms numeroso,
de derrotarle consegua introducir la desmoralizacin en el campo
enemigo y acabar con ste. Con tanta elocuencia y obstinacin sostuvo
el presidente su parecer, que acab por vencer la oposicin de los
miembros del consejo y hacer adoptar el plan que l concibiera.

Miramn, no queriendo entonces perder tiempo en poner en ejecucin su
plan, orden lo necesario para que al da siguiente pudiese revistar
las tropas y fij la partida para el mismo da a fin de no dejar que se
entibiara el entusiasmo de los soldados.

Una vez levantado el consejo de guerra, el presidente se retir a sus
habitaciones, con objeto de tomar sus disposiciones postreras, poner en
orden sus asuntos personales y quemar algunos papeles comprometedores
que no quera fuesen a parar a manos ajenas.

Algunas horas haca ya que Miramn estaba encerrado en su gabinete,
cuando en hora avanzada de la noche el ujier de servicio le anunci la
visita de don Jaime.

--Que entre inmediatamente, dijo Miramn.

El cual, una vez el ujier hubo introducido al aventurero, dijo a ste:

--Me permite V. continuar? No me falta sino ordenar algunos papeles.

--Haga V., mi general, respondi don Jaime sentndose en una butaca.

El presidente anud su por un instante interrumpido trabajo, mientras
don Jaime le contemplaba con indecible melancola.

--Conque est V. definitivamente resuelto, mi general? pregunt el
aventurero al cabo de un rato.

--S, echada est la suerte; y si no fuese ridculo compararme a
Csar, dira que he pasado el Rubicn; voy a presentar batalla a mis
enemigos.

--No repruebo la resolucin; es digna de V., mi general; pero permtame
que le pregunte cuando decide emprender la marcha.

--Maana, en terminando la revista que he ordenado.

--Bien est, me sobra tiempo para expedir tres exploradores
inteligentes que le informarn a usted exactamente de la posicin del
enemigo.

--Aunque ya se han puesto muchos en camino, dijo Miramn, acepto con
gratitud su ofrecimiento, don Jaime.

--Ahora dgame qu direccin piensa V. tomar y el cuerpo de ejrcito
que ha resuelto V. atacar el primero.

--Voy a coger el toro por las astas, respondi Miramn; mi resolucin
es atacar a Gonzlez Ortega.

El aventurero movi a un lado y a otro la cabeza; pero no atrevindose
a oponer reparo, se limit a murmurar:

--Est bien.

El presidente se levant entonces de su bufete, y yendo a sentarse al
lado de don Jaime, dijo con acento jovial:

--Ya he concluido. Ea! adivino que quiere V. hacerme una comunicacin
importante. Diga usted.

--No se equivoca V., general; hgame V. el favor de enterarse de este
papel.

El presidente tom uno doblado en cuarto que don Jaime le tendi, y
despus de leerlo sin manifestar la ms leve sorpresa, lo devolvi a
ste, quien le pregunt:

--Ha ledo V. la firma?

--S, respondi framente Miramn, es una carta credencial de don
Benito Jurez para que sus secuaces atiendan a Antonio Cacerbar, a cuyo
favor est expedida.

--Esto es. Le queda a V. todava alguna duda respecto de la traicin
de ese hombre?

--Ninguna.

--Perdneme V. que le interrogue, general; pero qu determina V. hacer?

--Nada.

--Cmo nada! exclam don Jaime con no fingida sorpresa.

--Nada, lo repito.

--No le comprendo a V., mi general, murmur el aventurero lleno de
estupor.

--Esccheme V. don Jaime, dijo Miramn con voz suave y penetrante;
don Francisco Pacheco, embajador extraordinario de S. M. la reina
de Espaa, desde su llegada a Mjico me ha prestado sealadsimos
servicios. Despus de la rota de Silao, cuando mi situacin era de
las ms precarias, no vacil en reconocer mi gobierno; despus me
ha prodigado los ms sanos consejos y dado las mayores pruebas de
simpata; su conducta ha sido tan benvola para conmigo, que ha
comprometido su posicin diplomtica, y tan pronto Jurez en el
poder, ste le expedir sus pasaportes. El seor Pacheco sabe esto
perfectamente, y sin embargo, ni aun en este instante en que estoy casi
perdido ha variado su proceder. Confieso a usted que slo cuento con
l para, en el caso probable de una derrota, conseguir del enemigo
buenas condiciones, no para m, sino para los desgraciados habitantes
de esta ciudad y para aqullos que por amistad hacia m han arrostrado
mayores compromisos ltimamente. Ahora bien, el hombre cuya traicin
me denuncia usted, traicin flagrante y que no admite rplica, no slo
es espaol y ostenta un apellido ilustre, sino que me lo recomend
personalmente el embajador, cuya buena fe indudablemente sorprendieron
y que en esta circunstancia ha salido engaado el primero. El objeto
primordial del cometido del seor Pacheco, como V. no ignora, es pedir
satisfaccin de las muchas injurias inferidas a sus compatriotas, y
reparacin de los vejmenes de que stos han sido vctimas durante
largos aos.

--Lo s, mi general, profiri don Jaime.

--Bien; qu pensara ahora el embajador si yo sumariase por crimen de
alta traicin, no slo a un espaol perteneciente a la ms encumbrada
nobleza del reino, sino a un hombre de quien l me ha salido fiador?
Cree V. que le halagara tal procedimiento por mi parte, despus
de los favores que me ha prestado y de los que pronto tal vez puede
an prestarme? Quiz me diga V. que yo podra hacer uso de esa carta
y tratar confidencialmente de este asunto con el embajador; pero el
insulto sera an ms grave como obrase yo de esta suerte, como voy a
demostrrselo: don Francisco Pacheco es el representante de un gobierno
europeo y pertenece a la antigua escuela diplomtica de los comienzos
de este siglo; por estas y otras razones que me callo, nos tiene a los
diplomticos y gobernantes americanos en un muy mediano concepto: y
tan pagado est de su valer, que si yo fuese bastante cndido para
demostrarle que se ha dejado burlar por un pillo, se pondra furioso,
no porque le hubiesen engaado, sino porque yo habra desenmascarado al
engaador, y herido en su amor propio nunca me perdonara la ventaja
que el acaso me dara sobre l. Y qu saldra yo ganando con ello? que
convertira un amigo til en enemigo irreconciliable.

--Atendibles sondas razones que se digna V. darme, mi general, dijo don
Jaime; pero esto no quita que ese hombre sea un traidor.

--Lo es, pero; no tonto; como maana libre yo batalla y quede vencedor,
est V. persuadido de que continuar sindome, fiel, como lo hizo ya en
Toluca.

--Fiel hasta que se le presente ocasin propicia de traicionarlo a V.
definitivamente.

--Quin sabe? tal vez de aqu a entonces hallemos como deshacernos de
l sin publicidades ni ruidos.

El aventurero reflexion por espacio de unos segundos, y luego dijo
prontamente:

--Me parece haber dado con el modo.

--Deje que primeramente le dirija a V. una pregunta y promtame que va
a responderme a ella.

--Se lo prometo a V.

--Usted conoce al hombre ese y es su enemigo personal?

--Es verdad.

--Me lo tem; su tenacidad de V. en perderle no me pareca natural.
Vamos a ver, dgame V. ahora cul es su plan.

--Lo nico que le detiene a V., segn V. mismo me ha confesado, es el
temor de indisponerse con el embajador de S. M. catlica.

--El nico, en efecto.

--Pues, bien y si el seor Pacheco consintiese en abandonar a ese
hombre?

--Usted lograra semejante?

--Y ms si conviniese; har que me entregue una carta en la cual no
slo abandonar a don Antonio Cacerbar, como ste hace que le llamen,
sino que le autorizar a V. para que le encause.

--Me parece que se las promete V. demasiado felices, don Jaime, dijo el
presidente con gesto de duda.

--Esto es incumbencia ma, profiri el aventurero; lo principal es que
V. no se comprometa para nada y permanezca neutral.

--Tal es mi deseo, y V. comprender las graves razones en que me apoyo
para ello.

--S, mi general, y le doy palabra de que ni siquiera sonar su nombre
de V.

--Y a mi vez yo le doy mi palabra de soldado, de que si V. consigue la
carta que me ofrece, el traidor ser fusilado por la espalda, en medio
de la plaza Mayor, aun cuando no me quede sino una hora de poder.

--Se la cojo a V., mi general; por otra parte tengo la firma en blanco
que se sirvi V. darme, y yo mismo detendr al canalla tan pronto
llegue el momento oportuno.

--Tiene V. que comunicarme algo ms?

--Usted dispense, todava tengo que pedirle algo: deseo acompaarle en
su expedicin.

--Le doy a V. las gracias, acepto con gozo.

--Tendr la honra de reunirme a V. en el momento de ponerse en marcha
el ejrcito.

--Le agrego a V. a mi estado mayor.

--Me es imposible aceptar favor tan sealado, mi general, repuso don
Jaime.

--Por qu?

--Porque no ir solo, sino que me acompaarn los trescientos jinetes
que ya estuvieron conmigo en Toluca; pero a los mos y a m nos tendr
V. a su lado durante la batalla.

--Desisto de comprenderle a V., amigo mo, dijo Miramn; goza V. del
privilegio de obrar milagros.

--Pronto se convencer V. de la verdad de estas palabras. Ahora, mi
general, con su permiso me retiro.

--Vaya V., amigo mo.

Despus de haberse ambos interlocutores estrechado afectuosamente
las manos, don Jaime se retir, se reuni a Lpez, que le estaba
aguardando a la puerta de palacio, y subindose sobre su caballo se
fue en derechura a su casa, donde escribi algunas cartas, que mand
inmediatamente a su destino por su pen, y mudando luego de traje, tom
algunos papeles que estaban encerrados en una caja de bronce, consult
su reloj, y al ver que no eran sino las diez de la noche, se encamin
apresuradamente hacia la embajada de Espaa, no muy distante de la casa
donde l moraba.

La puerta del palacio del embajador estaba todava abierta; algunos
criados de gran librea iban y venan por los pasillos y por el
peristilo, y a la entrada del zagun estaba de guardia un suizo armado
de una alabarda.

Don Jaime se dirigi al suizo este, quien llam a un lacayo y le indic
que condujese al recin llegado.

El aventurero sigui a su gua, y una vez en una antesala, aqul
entreg a un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello y se le
haba acercado, una carta metida en un sobre con una oblea slo pegada
de un lado, y le dijo:

--Ponga V. esta carta en manos de su excelencia.

Poco despus reapareci el ujier, y levantando una cortina invit al
aventurero a que pasase adelante.

Don Jaime sigui a su nuevo conductor, y despus de atravesar gran
nmero de salones, penetr en un gabinete donde estaba el embajador,
don Francisco Pacheco, el cual sali al encuentro de su visitante, le
salud con galantera suma, y le pregunt:

--A qu debo su amable visita, caballero?

--Ruego a vuecencia me dispense, respondi don Jaime haciendo una
reverencia, pero no ha dependido de m el escoger otra hora ms a
propsito.

--A cualquier hora le plazca a V. venir no me proporcionar sino
satisfacciones, profiri Pacheco.

Luego hizo sea al ujier de que acercase asiento a don Jaime y se
marchase, y una vez a solas los dos personajes y sentados despus de
saludarse nuevamente, dijo el embajador:

--Srvase V. explicarse, seor.

--Ruego a vuecencia me permita conservar el incgnito, aun aqu.

--Enhorabuena, respeto su deseo.

Don Jaime abri su cartera, sac de ella un papel y lo entreg abierto
al diplomtico, dicindole:

--Dgnese vuecencia enterarse de esta real orden.

Pacheco tom el papel, y despus de haberse inclinado ante su
visitante, empez a leer con la atencin ms profunda; luego, una vez
hubo terminado, devolvi el papel a don Jaime, quien lo dobl y lo
meti de nuevo en su cartera.

--Lo que V. exige es la ejecucin de esta real orden? pregunt el
embajador.

Don Jaime, por toda respuesta, movi la cabeza en seal afirmativa.

--Est bien, profiri don Francisco Pacheco.

El diplomtico se levant, se fue a su escritorio, escribi algunas
palabras en una hoja de papel autorizada con el escudo de armas
de Espaa y el timbre de la embajada, firm, estamp su sello, y
entregando abierto el documento a don Jaime, le pregunt:

--Ah tiene V. una carta para el excelentsimo seor presidente;
quiere V. llevarla V. mismo o prefiere que yo la enve a su destino?

--Si a vuecencia le es igual, yo me encargo de ponerla en manos del
general Miramn.

El embajador dobl la carta, la meti en un sobre y la entreg a su
interlocutor, diciendo:

--Quisiera poder dar a V. otras pruebas de mi deseo de servirle.

--Tengo el honor de significar a vuecencia mi gratitud, profiri don
Jaime haciendo una respetuosa reverencia.

--Me cabr la satisfaccin de verle a V. de nuevo?

--Tendr a mucha honra el volver para ofrecer mis respetos a vuecencia.

El embajador toc un timbre, a cuyo son apareci el ujier.

Don Jaime y Pacheco cruzaron un nuevo y ceremonioso saludo, y aqul se
retir.




XIX


GOLPE DE GRACIA


Al da siguiente el sol se levant radiante entre oleadas de oro y de
prpura.

Mjico estaba de fiesta, pareca haber vuelto a los hermosos tiempos
en que se disfrutaba de calma y tranquilidad; toda la poblacin se
haba echado a la calle y se encaminaba al paseo Bucareli, profiriendo
gritos, entonando canciones y riendo a ms y mejor.

En direcciones distintas se oan resonar msicas militares, tambores
y trompetas, y continuamente cruzaban galopando por en medio de la
multitud oficiales de estado mayor ostentando uniforme lleno de
bordados de oro y sombrero de picos adornado de plumas.

Las tropas salan de los cuarteles y se dirigan hacia el paseo, a
ambos lados del cual iban formando.

La artillera tom posiciones frente a la estatua ecuestre de Carlos
IV, al que los lperos se obstinan en confundir con Hernn Corts, y la
caballera, fuerte de unos mil cien hombres, se aline en la Alameda.

Los lperos y los pilluelos se aprovechaban de las circunstancias para
distraerse arrojando petardos entre los pies de los paseantes.

A eso de las diez de la maana se oy gran clamoreo de voces, que fue
acercndose rpidamente al paseo.

Era el pueblo que aclamaba al presidente de la repblica.

El general Miramn, que lleg rodeado de un lcido estado mayor,
pareca estar satisfecho de la ovacin de que era objeto, pues sobre
patentizarle que el pueblo segua querindole, le demostraba que ste,
con sus aclamaciones, le daba las gracias por la heroica determinacin
que acababa de tomar, de librar una batalla definitiva en campo raso,
en vez de aguardar al enemigo en la ciudad.

Miramn avanz saludando y sonriendo a derecha y a izquierda, y una vez
a la entrada del paseo, los veinte caones situados en l dispararon a
un tiempo, anunciando de esta suerte la presencia de aqul a las tropas
que estaban congregadas en aquel sitio.

Entonces se comunicaron de fila en fila y con rapidez algunas rdenes,
los soldados se alinearon, las msicas de los regimientos y las bandas
de tambores y cornetas dejaron or sus acordes, el presidente pas con
lentitud por el frente de banderas y empez la revista.

Los soldados, a quienes la muchedumbre haba comunicado su entusiasmo,
parecan estar llenos de ardor, y al paso del presidente le adamaban a
porfa.

La inspeccin que pas el general fue severa y concienzuda; no
fue una de esas revistas de parada que los gobernantes ofrecen de
cuando en cuando al pueblo para divertirle; al salir de la ciudad,
aquellas tropas iban a marchar en derechura al campo de batalla, y de
consiguiente se trataba de saber si estaban realmente en estado de
hacer frente al enemigo ante el cual deban encontrarse pocas horas
despus.

Las rdenes de Miramn haban sido ejecutadas con toda escrupulosidad;
los soldados estaban bien armados y daba gusto ver su actitud marcial.

Una vez el presidente hubo pasado por delante de las filas dirigiendo
ac y all la palabra a los soldados a quienes conoca o simulaba
conocer, antiguo ardid que siempre da buenos resultados porque halaga
el amor propio del soldado, se coloc en una de las plazoletas del
paseo y orden varas maniobras a fin de cerciorarse del grado
de instruccin de las tropas, y aun cuando algunas de ellas eran
difciles, tuvo la satisfaccin de verlas ejecutadas con una precisin
de conjunto por dems satisfactorio.

El presidente felicit calurosamente a los jefes de los cuerpos,
y luego empez el desfile, yendo las tropas a ocupar sus primeras
posiciones, donde levantaron un campamento provisional.

Miramn, que no quera fatigar intilmente a sus soldados obligndoles
a marchar expuestos a los ardorosos rayos del sol, resolvi no salir de
Mjico hasta la cada de la tarde.

Entre los oficiales que componan el estado mayor del presidente y
que con l regresaron a palacio, estaban don Melchor de la Cruz, don
Antonio Cacerbar y don Jaime.

Don Melchor, por ms que se admirara de ver en uniforme militar
a aqul a quien conoca solamente por don Adolfo, y al cual hasta
entonces le supusiera ocupado en hacer el contrabando, le salud
sonriendo con irona, a cuyo saludo correspondi don Jaime por modo
serio y apartndose para no trabar conversacin con semejante individuo.

En cuanto a don Antonio, como nunca haba visto a don Jaime a rostro
descubierto, no repar en l.

Mientras el presidente entraba en palacio, el aventurero, que se
detuviera en la plaza Mayor, se haba apeado y reunido al conde del
Saulay y a Domingo, a quienes citara para aquel punto, y los cuales no
le hubieran conocido a no tomar aqul la precaucin de encaminarse a su
encuentro.

--Sale V. con el ejrcito? le preguntaron los dos jvenes.

--S, amigos mos, pero pronto estar de vuelta, respondi don
Jaime; por desgracia la campaa ser corta. Durante mi ausencia, les
recomiendo que redoblen la vigilancia; no pierdan de vista la casa de
mi hermana, pues uno de nuestros enemigos se queda aqu.

--Solamente uno? pregunt Domingo.

--S, pero es el ms temible de los dos: aquel a quien tan torpemente
salvaste la vida.

--Le conozco; pero que se vaya con mucho tiento, repuso el joven.

--Y don Melchor? pregunt el conde.

--Este no nos molestar ms, respondi don Jaime con acento singular.
Ea! mis queridos amigos, velen Vds. atentamente y no se dejen
sorprender.

--En caso necesario recabaremos la ayuda de Len Carral y la de
nuestros criados.

--Ser lo ms acertado, y tal vez obraran ustedes ms cuerdamente
todava alojndoles en la casa de doa Mara. Ahora separmonos, tengo
que hacer en palacio. Hasta la vista.

Los tres amigos se separaron.

Don Jaime entr en palacio y se encamin directamente al gabinete
de Miramn, sin que el ujier de guardia, que le conoca, opusiese
obstculo alguno a su paso.

El presidente estaba hablando con varios exploradores, que le daban
noticias acerca de los movimientos del enemigo.

Don Jaime se sent y aguard con calma a que el presidente hubiese dado
fin a su interrogatorio.

Por fin el ltimo explorador termin su relacin y se retir.

--Qu hay, mi amigo? ha visto V. al embajador? pregunt Miramn a don
Jaime.

--S, mi general; le vi ayer al salir de aqu.

--Y la famosa carta?

--Ah est.

El general hizo un gesto de sorpresa, tom el papel y lo ley con
rapidez.

--Qu tal? pregunt don Jaime.

--No slo me dejan libre la accin, sino que aun me ruegan que trate
con todo rigor a ese individuo. Es maravilloso. Por mi honor le juro
que me da V. ms que no me ofreca. Pero dgame, cmo se las ha
compuesto V.?

--Sencillamente he solicitado la carta esta, y nada ms.

--Es V. el hombre ms misterioso que conozco.

Ahora me corresponde a m el cumplir mi promesa.

--Nada apresura.

--No quiere V. ya hacerlo prender?

--Al contrario, pero lo aplazo para cuando regresemos.

--Como V. quiera; mas qu vamos a hacer con l de aqu a entonces?

--Le dejaremos aqu, a las rdenes del jefe de plaza.

--Tiene V. razn, repuso el presidente.

El cual extendi una orden, la sell, y llamando al ujier se la entreg
a ste, a quien pregunt:

--Est ah el coronel Cacerbar?

--S, excelentsimo seor.

--Que lleve esta orden al jefe de la plaza.

El ujier tom la orden y parti.

--Ya est, dijo Miramn.

Don Jaime estuvo con el presidente hasta la hora de la partida.

A la cada de la tarde, las tropas empezaron el desfile por la plaza,
rodeadas por el pueblo, que no cesaba de aclamarlas, y una vez hubieron
desfilado, el general Miramn sali de palacio seguido de su estado
mayor.

En la plaza estaba formado un numeroso escuadrn de caballera.

--Qu jinetes son esos? pregunt el presidente.

--Mi cuadrilla, respondi don Jaime inclinndose.

Dichos jinetes, que eran en nmero de trescientos, iban envueltos en
gruesas capas y llevaban sombreros de anchas alas que slo dejaban en
descubierto la parte inferior del rostro, cubierta de barba.

En vano el presidente los examin para descubrir sus facciones.

--No los conocer V., dijo don Jaime en voz baja a Miramn; las barbas
que usan son postizas y el traje que ostentan, un disfraz; pero est V.
seguro de que no por esto dejarn de portarse como buenos en la batalla.

--Lo creo, y le doy a V. las gracias por su ayuda.

El presidente y su estado mayor emprendieron la marcha.

Don Jaime blandi entonces su espada, y los jinetes evolucionaron; y se
colocaron a retaguardia.

Al revs de la caballera mejicana, cuya arma predilecta es la lanza,
los soldados de don Jaime, llevaban carabina, el sable recto de los
cazadores de frica franceses y pistolas en las fundas.

A media noche el ejrcito acamp en medio de la obscuridad, obedeciendo
a la orden que de no encender fogata alguna se haba circulado.

Tres horas despus lleg un explorador, que inmediatamente fue
conducido a presencia de Miramn.

--Hola! eres t, Lpez? dijo el presidente conociendo al explorador.

--S, mi general, respondi el interpelado dirigiendo una risuea
mirada a don Jaime, que estaba sentado al lado de Miramn y fumaba con
indolencia un cigarrillo.

--Qu novedades ocurren? Traes noticias del enemigo? pregunt el
presidente.

--S, mi general, y muy frescas.

--Mejor; dnde se encuentra?

--A cuatro leguas de aqu.

--Entonces no tardaremos en verle. Qu cuerpo de ejrcito es se?

--l del general don Jess Gonzlez Ortega.

--Bravo! profiri con satisfaccin el presidente; vales un Per,
muchacho.

Y poniendo algunas monedas de oro en la mano de Lpez, Miramn aadi:

--Toma. Ahora dame algunos pormenores.

--El general Ortega, continu Lpez, trae consigo ocho mil infantes,
tres mil caballos y treinta y cinco caones.

--Lo has visto t?

--Durante una hora march con ellos.

--En qu disposiciones se encuentran?

--Canario! vienen furiosos.

--Est bien. Ve a descansar; puedes dormir por espacio de una hora.

Lpez salud y se alej.

--Por fin vamos a vernos las caras, dijo Miramn.

--Cuntos soldados trae V. consigo, general? pregunt don Jaime.

--Cinco mil infantes, mil cien caballos y veinte caones.

--Jum! profiri don Jaime, poco es contra once mil.

--No llegan al doble; el valor suplir al nmero.

--Dios lo quiera.

A las cuatro se anud la marcha bajo la gua de Lpez.

Las tropas, transidas de fro, estaban en malas disposiciones.

A eso de las siete de la maana se dio la orden de alto; el ejrcito
fue colocado en batalla en una posicin bastante buena y puestos en
batera los caones.

Don Jaime hizo situar a los suyos detrs de la caballera regular.

A las nueve de la maana empez a orse un tiroteo; eran las avanzadas
de caballera que se replegaban ante las cabezas de columna de Ortega
que desembocaban en el campo de batalla elegido por Miramn y que
cruzaban algunos disparos con ellas.

Nada hubiera sido ms fcil al presidente que evitar la batalla; pero
anheloso ste de acabar de una vez, no quiso de ningn modo.

Miramn estaba rodeado de Vlez, Cobos, Negrete Ayestarn y Mrquez,
sus ms fieles generales, y al divisar al enemigo, se subi a caballo,
recorri las filas de su pequeo ejrcito, dio sus instrucciones con
firmeza y laconismo, procurando infundir a todos el ardor de que l
estaba posedo, y blandiendo su espada grit en voz vibrante:

--A ellos!

La batalla se empe inmediatamente.

El ejrcito juarista, obligado a formar bajo el fuego del enemigo tena
de su parte una desventaja notable.

Los soldados de Miramn, excitados con el ejemplo de su joven jefe, que
no tena entonces ms all de veintisis aos de edad, peleaban como
leones y hacan prodigios de valor.

En vano los juaristas se esforzaban en afirmar los pies en las
posiciones que haban escogido; una y otra vez eran desalojados de
ellas por las vigorosas cargas de sus enemigos. As es que no obstante
su superioridad numrica, los soldados no avanzaban sino palmo a palmo,
para tener que ceder luego el terreno conquistado.

Los generales de Miramn, a quienes pareca haber pasado el alma
de ste, se multiplicaban, se ponan al frente de sus tropas, las
arrastraban en pos y con ellas se metan en lo ms recio de la refriega.

Un esfuerzo ms, y Ortega se vea obligado a pronunciarse en retirada.

Miramn, con su mirada certera, juzg la situacin inmediatamente.
Haba llegado el momento de lanzar la caballera sobre el centro de los
juaristas a fin de romperlo con una carga decisiva.

--Adelante! grit el presidente.

La caballera vacil.

Miramn repiti la orden.

Los jinetes avanzaron; pero en vez de cargar, la mitad de ellos se pas
al enemigo para precipitarse luego lanza en ristre sobre la otra mitad
que haba permanecido fiel.

Desmoralizados por esta sbita desercin, los jinetes no pasados al
campo juarista volvieron grupas y se dispersaron en todas direcciones.

La infantera, al verse tan traidoramente abandonada, perdi sus bros,
y por sus filas corri la voz de traicin! traicin! slvese quien
pueda!

Intiles fueron los esfuerzos de los oficiales para obligar a los
soldados a que atacasen al enemigo; estaban ya desmoralizados y no
pensaron sino en desbandarse.

El ejrcito de Miramn haba desaparecido, y Ortega quedado vencedor
una vez ms, si bien gracias a una traicin indigna llevada a cabo en
el momento mismo en que para l estaba perdida la batalla.

Hemos dicho que don Jaime haba tomado con su cuadrilla posicin detrs
de la caballera del presidente.

Como trescientos hombres pudiesen haber cambiado la faz de la batalla,
es indudable que aquellos bravos jinetes habran hecho tal prodigio;
aun en el instante mismo de la derrota combatan con sin igual
encarnizamiento contra la caballera juarista lanzada en persecucin de
los fugitivos.

Al prolongar la lucha don Jaime obedeca a un propsito. Testigo de la
indigna traicin que ocasionara la prdida de la batalla, haba visto
al primer oficial que se pasara al enemigo con sus soldados: dicho
oficial era don Melchor de la Cruz, y don Jaime, que le conociera,
haba jurado apoderarse de l.

La cuadrilla del aventurero no la componan jinetes vulgares, como lo
haban probado ya y deban probarlo nuevamente.

En pocas palabras don Jaime hizo comprender su intento a los suyos, los
cuales profirieron gritos de rabia y atacaron resueltamente al enemigo,
trabndose con tal motivo una lucha titnica de trescientos hombres
contra tres mil.

La cuadrilla desapareci por completo como si hubiese sido engullida
por aquella formidable mole de adversarios.

Luego los juaristas empezaron a oscilar, se abrieron sus filas, y por
el boquete que dejaron pas la cuadrilla llevando consigo y prisionero
a don Melchor.

--Al presidente! al presidente! grit don Jaime echando a escape
seguido de todos sus parciales hacia Miramn que en vano trataba de
reunir algunos destacamentos.

Los generales del presidente, todos amigos suyos, fieles al juramento
que prestaran de morir con l, no le haban abandonado.

La cuadrilla dio una ltima carga para librar al presidente.

El cual, despus de haber dirigido una mirada de desconsuelo al campo
de batalla, se decidi por fin a escuchar a sus amigos y a emprender la
retirada.

De todo su ejrcito, apenas si al infortunado general le quedaban mil
hombres; los dems estaban muertos, o se haban dispersado o pasado al
enemigo.

Los primeros momentos de la retirada fueron terribles; a Miramn le
ahogaba la pesadumbre, causada, no por su derrota, que sta la haba
previsto, sino por la infame traicin de que fuera vctima.

Cuando estuvieron bastante lejos para no temer ser alcanzados por el
enemigo, el presidente orden hacer alto para dar algn descanso a los
caballos, y arrimado a un rbol, con los brazos cruzados encima del
pecho y la cabeza cada, guard un silencio lgubre, que sus generales,
inmviles a su alrededor, no se atrevan a interrumpir.

D. Jaime avanz, y detenindose a dos pasos del presidente, le dijo:

--General.

Al timbre de aquella voz amiga, Miramn levant la cabeza y tendiendo
la mano al aventurero, murmur:

--Es V.? Ah! por qu me obstin en no escuchar su consejo?

--Lo hecho, hecho est, general, repuso don Jaime; no hay que hablar
ms de ello; pero antes de abandonar este sitio, tiene V. que cumplir
un deber, hacer un castigo ejemplar.

--Qu quiere V. decir? pregunt Miramn con extraeza.

Los otros generales que se haban acercado estaban no menos
sorprendidos que su jefe.

--Sabe V. por qu fuimos vencidos? pregunt el aventurero.

--Porque nos traicionaron.

--Pero V. conoce al traidor?

--No, respondi Miramn con resentimiento.

--Pues yo s le conozco, pues me encontraba no lejos de l cuando llev
a cabo su infame proyecto, vigilndole, porque tiempo haca que me
inspiraba sospechas.

--Qu me importa si no podemos ya apoderarnos de l!

--Se equivoca V., general, repuso D. Jaime; se lo traigo a V.; fui a
buscarle en medio de sus nuevos compaeros, como hubiera ido hasta el
infierno para cogerlo.

Al escuchar tales palabras, los jefes y soldados experimentaron un
estremecimiento de gozo.

--Vive Dios! exclam Cobos, ese miserable merece ser descuartizado.

--Conduzcan ac a ese hombre y se le juzgar, dijo Miramn con
tristeza, pues nada ms penoso para l que verse obligado a emplear
medidas rigurosas.

--Pronto habremos concluido, profiri el general Negrete; morir como
traidor, fusilado por la espalda.

--No se requiere sino probar su identidad y luego hacerle ejecutar,
aadi Cobos.

A una seal de D. Jaime, dos soldados condujeron a D. Melchor, atado
codo con codo.

El hermano de doa Dolores de la Cruz, estaba plido y descompuesto y
llevaba el traje desgarrado y manchado de sangre y lodo.

Los oficiales se haban constituido en consejo de guerra bajo la
presidencia del general Cobos.

--Cmo se llama V.? pregunt ste al reo.

--D. Melchor de la Cruz, respondi en voz sorda el joven.

--Confiesa V. haberse pasado al enemigo junto con los soldados que
estaban a sus rdenes?

D. Melchor no respondi, pero se estremeci de pes a cabeza.

--Al tribunal le cabe el convencimiento de que este hombre es un
traidor, dijo Cobos, qu castigo merece?

--l de los traidores, respondieron unnimemente los oficiales.

--Que le fusilen, dijo el general Cobos.

El reo fue conducido ante el frente de banderas y puesto de rodillas,
y tras l y a seis pasos diez cabos formaron pelotn. Luego Cobos se
acerc al que iban a ejecutar, y le dijo:

--Cobarde y traidor, eres indigno de la jerarqua a que te haban
elevado; por lo tanto, en nombre de todos nuestros compaeros te
declaro degradado y expulso de entre la gente de honor.

Un soldado arranc entonces a D. Melchor las insignias de su grado y
con ellas le cruz el rostro.

A este insulto, el joven lanz un rugido de tigre, tendi en torno de
s una mirada despavorida e hizo un movimiento para levantarse.

--Fuego! grit el general Cobos.

Reson una descarga, el reo dio una horrible voz de agona y cay boca
abajo, revolcndose entre terribles convulsiones.

--Remtenle! dijo el presidente movido a compasin.

--No, repuso Cobos con aspereza; que muera como un perro; cuanto ms
padezca ms completa ser nuestra venganza.

Miramn hizo un gesto de disgusto y orden que tocasen botasillas.

Los fugitivos anudaron la marcha.

Slo dos hombres haban permanecido cerca del infeliz, contemplndole
como se retorca a sus pies en medio de los ms atroces padecimientos:
el general Cobos y D. Jaime.

El cual se inclin hasta el moribundo, le levant la cabeza y
obligndole a fijar en l su vidriosa mirada, le dijo en voz sorda:

--Parricida, traidor hacia tu patria y hacia tus hermanos, stos son
los que hoy se vengan; muere como quien eres y llvese tu alma el
diablo; tu cuerpo, privado de sepultura, ser pasto de las fieras!

--Misericordia! exclam el desdichado cayendo de espaldas,
misericordia!

Una postrer convulsin sacudi el cuerpo del joven, sus crispadas
facciones cobraron un aspecto horrible, lanz un rugido y qued inmvil.

D. Jaime le empuj con el pie: estaba muerto.

--Uno! murmur el aventurero subindose otra vez a caballo.

--Qu dice V.? pregunt Cobos.

--Nada, estaba echando una cuenta, respondi D. Jaime rindose con
zumba.




XX


CARA A CARA


Cuando Miramn lleg a Mjico, era ya pblica la noticia de su derrota.

Entonces ocurri un hecho singular: el clero y la aristocracia, a
quienes Miramn haba sostenido y defendido siempre, y la indiferencia
y el egosmo de los cuales sin embargo causaran la ruina y perdicin de
aqul, ahora deploraban la conducta que haban observado para con el
nico hombre capaz de salvarles.

Como en aquella hora suprema Miramn hubiese querido hacer un
llamamiento a la poblacin, sta se habra agrupado inmediatamente en
torno de l, facilitndole la organizacin de una vigorosa defensa.

A Miramn ni siquiera se le ocurri tal pensamiento: disgustado del
poder no aspiraba sino bajar de l y retirarse a la vida privada.

Apenas llegado a Mjico, lo que primero hizo el joven presidente fue
reunir al cuerpo diplomtico extranjero y rogar a los miembros del
mismo que interpusieran su influjo para salvar a la ciudad, haciendo
cesar un estado de guerra que no tena ya razn de ser desde el
instante que la capital estaba dispuesta a abrir sus puertas a las
tropas federales sin disparar un tiro.

Sin prdida de tiempo fue a entrevistarse con el general Ortega,
para alcanzar una capitulacin honrosa, una comisin compuesta de
los representantes de Francia y Espaa, del general Berriozbal el
prisionero de Toluca, y del general Ayestarn, amigo particular de
Miramn.

D. Antonio Cacerbar haba ensayado unirse a la comisin expresada; y es
que, sabedor del triste fin de su amigo Cruz, tena el presentimiento
de que le amagaba una suerte parecida; pero las puertas de la ciudad
estaban cuidadosamente vigiladas, y nadie poda salir por ellas sin
ir provisto de un pase refrendado por el jefe de plaza. As pues, D.
Antonio no tuvo ms remedio que quedarse en la ciudad. Sin embargo, le
hizo recobrar un tanto la esperanza una carta, en la cual le dejaban
entrever la prxima realizacin de los proyectos que persegua haca
tanto tiempo.

Ello no obstante, como D. Antonio Cacerbar era hombre muy precavido
por haberle acostumbrado a estar siempre sobre aviso las sombras
maquinaciones a que se entregara durante toda su existencia, al par que
permaneca en su casa, como a ello, le invitaban en la carta a que
acabamos de hacer referencia, haba convocado a ella a una docena de
matones de los ms desalmados y les haba ocultado tras los tapices a
fin de estar preparado a todo evento.

Esto suceda el da mismo del regreso de Miramn a Mjico.

Poco ms o menos a las nueve de la noche del mencionado da, D. Antonio
estaba en su dormitorio, leyendo, o ms bien dicho, ensayando leer,
porque su atormentada conciencia no le dejaba la tranquilidad de nimo
necesaria para entregarse a tan inocente distraccin, cuando oy
hablar bastante recio en la antesala. Cacerbar se levant al punto y
se encamin hacia la puerta a fin de indagar la causa de tal ruido,
pero no bien iba a abrirla cuando lo hizo otra mano y pareci en el
dormitorio el ayuda de cmara de aqul, sirviendo de introductor a
muchas personas, nueve en junto, seis hombres enmascarados y embozados
en sarapes, y tres damas.

D. Antonio, al ver a los recin llegados experiment un estremecimiento
nervioso, pero rehacindose casi instantneamente, permaneci en pie
ante su mesa, probablemente aguardando a que uno de los desconocidos se
decidiese a hacer uso de la palabra.

Esto fue lo que, en efecto, sucedi.

--Seor don Antonio, dijo uno de los enmascarados adelantando un paso,
aqu le entrego a V. a doa Mara, duquesa de Tobar, su cuada, a doa
Carmen Tobar, su sobrina, y a doa Dolores de la Cruz.

Al or estas palabras, pronunciadas con sangrienta irona, don Antonio
se ech atrs, palideci intensamente y en voz en la que se trasluca
la emocin, repuso:

--No le entiendo a V.

--Conque no me conoce usted, don Horacio? dijo entonces doa Mara en
voz suave; por tal modo me ha desfigurado el dolor que le sea a V.
posible negar que yo soy la desventurada esposa del hermano a quien V.
asesin?

--Qu significa esta comedia? exclam don Antonio con arrebato; esta
mujer ha perdido el juicio; y V., miserable, que se atreve a chancearse
conmigo, vyase con cuidado.

Aqul a quien iban dirigidas estas palabras contest con una sonrisa de
desprecio, y levantando la voz, dijo:

--Quiere V. testigos de lo que va a pasar aqu, caballero? Le
parece que todava no somos bastantes para or lo que va a decirse
aqu? Perfectamente: salgan Vds. de sus escondites, seores, y Vds.,
caballeros, acrquense.

Al mismo tiempo se levantaron los tapices y se abrieron las puertas y
unas veinte personas penetraron en el dormitorio.

--Ah! ha llamado V. testigos, profiri don Antonio con acento zumbn;
pues bien, caiga sobre su cabeza de V. la sangre que aqu va a
derramarse.

Y volvindose hacia los hombres que tras l permanecan inmviles,
les dijo en voz de trueno, al mismo tiempo que se apoderaba de dos
revlveres de seis tiros que estaban sobre una mesa situada al alcance
de su mano.

--Maten Vds. como perros a esos canallas!

Pero nadie se movi.

--Qutense todos las mscaras! dijo el personaje que hasta entonces
haba hablado; ya son intiles; a ese hombre debemos hablarle a rostro
descubierto.

Y arrojando la cartula que le cubra el semblante, sus compaeros le
imitaron.

El lector los ha conocido ya: eran don Jaime, Domingo, el conde del
Saulay, Len Carral, don Diego y el ranchero Loick.

--Ahora, seor, dijo don Jaime, despjese V. de su nombre postizo como
nosotros nos hemos despojado de nuestras mscaras. Me conoce usted?
soy don Jaime de Vivar, el hermano de su cuada; veintids aos hace le
sigo a V. paso a paso, seor don Horacio de Tobar, espiando todos los
de V. y buscando la venganza que Dios me concede al fin, grande y cabal
como yo la soara.

Don Horacio levant orgullosamente la cabeza, y dirigiendo una mirada
de soberano desdn a don Jaime, replic:

--Y diga V., mi noble cuado, porque como usted desea renuncio a fingir
y consiento en conocerle, qu venganza es esa tan grande y cabal que
ha conseguido despus de veintids aos? la de obligarme a que yo
mismo me d la muerte? Vaya un provecho! Acaso no est siempre pronto
a morir un hombre de mi temple? Qu ms puede V.? nada; suponiendo que
yo ruede aqu por el suelo, a sus pies, me llevar conmigo a la tumba
el secreto de esa venganza. Secreto que V. ni siquiera sospecha, y
cuyos beneficios los reporto yo por completo, porque al morir le legar
una desesperacin ms profunda que la que en una noche encaneci los
cabellos de su hermana.

--Desengese V., don Horacio, arguy don Jaime; esos secretos que V.
supone tan ocultos, los conozco todos, y en cuanto a matarle, esta
consideracin es secundaria en mi plan de venganza; le matar a V., s,
pero por mano del verdugo, porque ha de saber que morir V. deshonrado,
de muerte infamatoria, en una palabra, de garrote vil.

--Mientes, canalla! exclam don Horacio con rugido de bestia fiera;
yo, yo, el duque de Tobar! noble como el rey! yo, perteneciente a
una de las ms encumbradas y antiguas familias de Espaa! yo morir
agarrotado! El odio te trastorna el juicio, ests loco; en Mjico hay
un embajador de S. M.

--S, replic don Jaime, pero ese embajador te abandona a todo el rigor
de las leyes mejicanas.

--Quin, l, mi amigo, mi protector, l que me present al presidente
Miramn? Esto no es verdad, no puede serlo. Adems, soy extranjero y
nada tengo que temer de las leyes de esta nacin.

--S, un extranjero que en Mjico se ha puesto al servicio de un
gobierno para venderlo en provecho de otro; la carta que con tanta
instancia pedas al coronel don Felipe y que ste no quiso vendrtela,
me la dio a m de balde, y las para ti tan comprometedoras cartas que
te robaron en Puebla, gracias a don Esteban, a quien no conoces a pesar
de ser primo tuyo, en este instante las tiene Jurez. Ya ves pues que
por este lado ests irremisiblemente perdido. Por ltimo, tu ms
precioso secreto, el secreto que tan bien guardado crees, tambin lo
poseo yo: conozco la existencia del hermano gemelo de doa Carmen, y
adems s donde est y si quiero puedo hacerle parecer de improviso a
tu presencia: mira, aqu est el hombre a quien vendiste tu sobrino,
aadi don Jaime designando a Loick, que estaba inmvil a su lado.

--Oh! murmur el cuado de doa Mara, dejndose caer en una butaca y
retorcindose las manos con desesperacin, estoy perdido.

--Irremisiblemente perdido, don Horacio, profiri don Jaime con
desprecio, pues ni aun la muerte puede salvarte de la deshonra.

--Hable V., por Dios, dijo doa Mara acercndose a su cuado; verdad
que no me he engaado? que lo que don Jaime me dijo es cierto? en una
palabra, que tengo un hijo y que ese hijo es el hermano gemelo de doa
Carmen?

--S, murmur don Horacio en voz apagada.

--Bendito seas, Dios mo! exclam doa Mara con expresin de gozo
inefable; pero V. sabe dnde est mi hijo y va a restiturmelo no es
verdad? por favor, piense V. que no le he visto nunca y que necesito de
sus caricias. Dnde est? dgamelo V.

--Dnde est?

--S.

--No lo s, respondi framente don Horacio.

La desventurada madre se dej caer en un asiento y ocult la cabeza
entre las manos.

--nimo, hermana ma! la dijo don Jaime acercndose a ella.

Por espacio de algunos segundos rein un silencio fnebre; en aquel
aposento donde se hallaban reunidas tantas personas no se oa ms ruido
que el de las silbantes respiraciones y el de los ahogados sollozos de
doa Mara y de las dos jvenes.

--M noble cuado, dijo don Horacio avanzando un paso y en voz firme no
exenta de grandeza, hgame V. el favor de rogar a esos caballeros que
se retiren a una de las piezas contiguas; deseo hablar a solas con V. y
mi cuada.

--Amigo mo, dijo don Jaime al conde del Saulay, tenga V. la amabilidad
de conducir a esas seoritas al saln inmediato.

El conde ofreci la mano a las jvenes y sali sin proferir palabra,
seguido de todos los circunstantes, que a una seal de don Jaime se
retiraron silenciosamente.

nicamente se qued Domingo, el cual, fijando una mirada de fuego en
don Horacio, dijo:

--Como ignoro lo que va a pasar aqu y temo una asechanza, no salgo
hasta que expresamente me lo mande don Jaime, pues mi deber es
defenderle; hijo adoptivo suyo soy y l es quien me ha educado.

--Puede V. quedarse, seor, profiri don Horacio sonriendo con
tristeza, casi pertenece usted a nuestra familia.

--Cuado, dijo entonces don Jaime, el hijo que V. arrebat a mi
hermana, el heredero de los duques de Tobar a quien V. crea perdido,
yo lo salv. Domingo, abraza a tu madre; Mara, ste es tu hijo.

--Madre ma! exclam el joven arrojndose en brazos de la hermana de
don Jaime, madre ma!

--Hijo mo! murmur doa Mara en voz desfallecida y cayendo sin
sentido en brazos del hijo a quien acababa de encontrar.

Fuerte contra el dolor, como todas las naturalezas privilegiadas, el
gozo la haba vencido.

Domingo levant a su madre en sus robustos brazos y la coloc en una
silla larga; luego, con el ceo fruncido, los ojos preados de ira y
oprimidos los labios, avanz lentamente hacia don Horacio.

El cual, lleno de terror, con la mirada fija y la frente cubierta
de palidez, le vea venir, retrocediendo a comps que el joven iba
avanzando, hasta que por fin toc de espaldas en la pared y se vio
obligado a detenerse.

--Asesino de mi padre! verdugo de mi madre! exclam Domingo con
acento terrible, infame y canalla, maldito seas!

Ante tal anatema, don Horacio dobleg la cabeza; pero irguindose al
punto, dijo:

--Dios es justo; mi castigo empieza; yo saba que mi sobrino viva; a
fuerza de pesquisas haba concluido por conocer el paradero de aquel a
quien vend el nio al nacer y que se encubre con el nombre de Loick...

--S, repuso don Jaime, y ese Loick a quien la miseria indujera al
crimen, arrepentido de su falta me lo devolvi a m.

--Es cierto, dijo don Horacio con acento entrecortado; ese joven es
realmente mi sobrino; tienes las facciones y la voz de mi desventurado
hermano.

Don Horacio se cubri el rostro con las manos; pero rehacindose luego,
continu:

--Hermano mo, V. posee casi todas las pruebas de los horribles
crmenes que he cometido; y acercndose a un mueble y rompindolo,
sac de l un mazo de papeles, que entreg a don Jaime, dicindole:
Aqu tiene V. las que le faltan. Tal vez inconscientemente haba
ya penetrado en mi corazn el arrepentimiento. Tome V., ste es mi
testamento; en l nombro a m sobrino mi heredero universal, fijando
sus derechos de una manera indiscutible; pero no debe ser manchado
el apellido de Tobar. Por usted, por su sobrino, cuyo apellido es el
mo, no ejecute V. la cruel venganza que ha preparado contra m; por
mi honor, por la honra inmaculada de mis antepasados, le juro que
alcanzar V. satisfaccin cumplida de los crmenes que comet y de la
amarga existencia a que he condenado a mi cuada.

Don Jaime y Domingo permanecieron sombros y silenciosos.

--Se negaran Vds. a escucharme? Por ventura no les movera yo a
compasin? exclam don Horacio con ansiedad.

En este momento doa Mara se levant de la silla en la que su hijo la
colocara, avanz lenta y automticamente haca su cuado, se interpuso
entre ste, su hermano y su hijo, y tendiendo con ademn majestuoso el
brazo, dijo en voz impregnada de suavidad inefable:

--Hermano de mi marido, la venganza no pertenece sino a Dios. En nombre
de aqul a quien tanto am y al que su crueldad de V. me arrebat, le
perdono los atroces tormentos que me ocasion y los dolores indecibles
a que me conden por espacio de veintids aos, con todo y ser yo una
mujer desventurada e inocente. Le perdono a V., s, y ojal Dios le
mire a V. con misericordia.

--Es V. una santa, profiri don Horacio cayendo de rodillas; no merezco
perdn, lo s; pero en cuanto dependa de m y haciendo sacrificio de mi
vida, procurar rescatar los crmenes que comet.

En pronunciando estas palabras, don Horacio se levant e hizo ademn de
querer besar la mano a doa Mara; pero sta retrocedi con gesto de
horror.

--Es justo, murmur con acento triste el despreciado, soy indigno de
tocarla a V.

--No, repuso doa Mara, desde el instante que el arrepentimiento entr
en su corazn, no lo es V.

Y tendiendo la dama la mano y volviendo el rostro, don Horacio imprimi
en ella un respetuoso beso.

--Slo Vds. van a ser implacables? dijo luego ste con tristeza y
dirigindose a don Jaime y a Domingo, que permanecan inmviles.

--Ya no nos queda el derecho de castigar, respondi en voz sorda el
aventurero.

Domingo baj la cabeza guardando un silencio hurao, al ver lo cual
doa Mara se le acerc y le asi suavemente el brazo.

--Qu quiere V., madre? pregunt el joven estremecindose.

--Yo perdon a ese hombre, le respondi la buena mujer en voz dulce
como una splica.

--Madre, repuso Domingo con acento de odio implacable, al maldecir
yo a ese hombre, mi padre habl por mi boca, y desde el fondo de la
ensangrentada tumba donde le tendi ese infame, me dict la maldicin,
que quedar impresa en l como estigma indeleble. Ah! Dios va a
preguntar a ese asesino lo que al primer fratricida: Can, qu has
hecho de tu hermano Abel?

Al or estas palabras, pronunciadas con acento terrible, don Horacio
cay desplomado al suelo.

Don Jaime y doa Mara se haban alejado de l con horror.

Por espacio de largos minutos permaneci don Horacio tendido en el
suelo, sin que los circunstantes hiciesen movimiento alguno para
socorrerle. Sin embargo, doa Mara, dando rienda a los impulsos
caritativos de su corazn, hizo por fin un movimiento como para
acercarse a su cuado.

--Detngase V., madre, le dijo el joven; no toque V. a ese infame; su
contacto la manchara.

--Le perdon! repuso en voz dbil la dama.

Don Horacio, que poco a poco haba ido recobrando los sentidos, se
levant lentamente, con las facciones espantosamente contradas y
llevando impresa en ellas una resolucin singular.

--Usted lo exige, dijo volvindose hacia Domingo; enhorabuena, la
reparacin ser ruidosa.

Y registrando el cajn de una papelera cuya cerradura haba abierto
valindose de una llave que pendiente de una cadenita de oro llevaba
al cuello, don Horacio tom algo que nadie pudo ver, volvi a cerrar el
cajn, se encamin con paso firme hacia la puerta, la abri de par en
par y dijo en voz estridente:

--Entren Vds., caballeros.

En un instante la sala se llen de gente; nicamente y a una sea de
don Jaime, el conde del Saulay y don Esteban se haban quedado en el
saln en compaa de doa Dolores y de doa Carmen.

Don Jaime se acerc entonces a su hermana, y ofrecindole el brazo,
dijo:

--Venga V., Mara, esta escena la est matando; ahora que perdon V. a
ese hombre, debe no permanecer aqu por ms tiempo.

Doa Mara resisti apenas a la invitacin de su hermano, el cual la
condujo al saln, volvi a entrar inmediatamente y cerr la puerta.

A poco se oy el rodar de un coche; eran las tres damas que,
acompaadas del conde, se volvan a su casa.

Casi a comps reson choque de armas en el saln.

--Qu es eso? pregunt don Horacio con gesto de inquietud.

Se oy el ruido de pasos de mucha gente, la puerta se abri de par en
par y con estrpito y en el umbral de ella aparecieron multitud de
soldados a cuyo frente iba el gobernador de la ciudad, el alcalde mayor
y muchos corchetes.

--En nombre de la ley, dijo el gobernador en voz lacnica, es V. mi
prisionero, don Antonio Cacerbar; corchetes, apodrense Vds. de este
hombre.

--Don Antonio Cacerbar ha dejado de existir, dijo don Jaime
interponindose con viveza entre los agentes de polica y su cuado.

--Gracias, profiri ste, gracias por haber salvado la limpieza de mi
apellido.

Y volvindose a los recin llegados, y sealando a Domingo, que
permaneca inmvil, aadi en voz levantada:

--Seores, aqu tienen Vds. al duque de Tobar; yo soy un gran culpado;
suplicad a Dios que me perdone.

--Ea, corchetes, exclam el gobernador, apodrense Vds. de este hombre.

--Vengan por m, dijo don Horacio llevndose prestamente la mano a la
boca.

De improviso el cuado de doa Mara palideci, se tambale como un
borracho y dio consigo en tierra sin proferir un ay. Estaba muerto.

Don Horacio se haba envenenado.

--Seores, dijo entonces don Jaime al gobernador y al alcalde mayor,
su cometido de ustedes termina ante la muerte del culpado; desde este
instante el cadver de ste pertenece a su familia. Hganme el favor de
retirarse.

--Dios perdone a ese desdichado su ltimo crimen, profiri el
gobernador; nada nos queda ya que hacer aqu.

Y despus de haber saludado ceremoniosamente, el gobernador se sali de
la sala y de la casa acompaado de su squito.

--Seores, dijo entonces don Jaime en voz triste y dirigindose a los
circunstantes, aterrorizados ante el desenlace singular y rpido de
aquella escena, roguemos por el alma de ese gran culpado.

Todos se arrodillaron, excepto Domingo, que permaneci en pie, sombro
y con los ojos ardientemente fijos en el cadver.

--Domingo, le dijo suavemente su to, llevas tu odio ms all de la
tumba?

--S! exclam el joven con acento terrible; s! maldito sea por los
siglos de los siglos!

Los circunstantes se levantaron con espanto; aquel anatema fulminante
haba helado la oracin en sus labios.




XXI


EPLOGO

EL HACHA


nterin, los acontecimientos polticos se desenvolvan con rapidez
fatal.

La diputacin enviada a conferenciar con el general Ortega haba
regresado a Mjico sin haber conseguido capitulacin alguna, y la
situacin se haca ms crtica por momentos.

En semejantes circunstancias el general Miramn dio pruebas de una
abnegacin suma: no queriendo comprometer ms a la ciudad de Mjico,
resolvi abandonarla aquella misma noche.

Entonces se encamin a las casas consistoriales y propuso al
ayuntamiento que nombrase un presidente o un alcalde interino que por
sus relaciones anteriores con el partido victorioso estuviese en
estado de salvar la ciudad y de mantener en ella el orden.

El ayuntamiento se dirigi en corporacin al general Berriozbal,
quien acept generosamente tan difcil cometido, siendo primer cuidado
de ste rogar al cuerpo diplomtico extranjero que armase a sus
nacionales, para sustituir por ellos a la desorganizada polica y velar
por la seguridad de la poblacin.

Miramn, entre tanto, lo dispona todo para su partida; pero no
pudiendo llevarse consigo a su mujer y a sus hijos en una huida
cuyas peripecias corran riesgo de ser sangrientas, resolvi confiar
aquellos seres, para l tan queridos, a la embajada de Espaa, donde
los recibieron con todas las consideraciones debidas a su deplorable
situacin.

Como hubiese querido, Miramn poda haberse alejado sin tener nada que
temer de los partidarios de Jurez, pues naturalmente simptico, si le
miraban algunos como adversario poltico, nadie le odiaba como enemigo
personal.

Repetidas veces haban propuesto a Miramn el dejarle huir solo;
pero ste, con la delicadeza caballeresca que constitua una de las
cualidades ms culminantes de su carcter, se neg aceptar tales
proposiciones, no queriendo como no quera abandonar en el ltimo
momento a ciertas personas que en pro de l combatieran y se haban
comprometido por su causa, al odio implacable de sus enemigos,
sentimiento noble, conducta generosa que sus adversarios mismos no
pudieron menos de admirar.

Don Jaime pas parte del da al lado del general, esforzndose en
consolarle y ayudndole a reunir en torno de l los dispersados restos,
no diremos de su ejrcito, pues ste haba dejado de existir, sino de
los diferentes cuerpos que an estaban indecisos respecto de la causa a
cuyo favor se inclinaran.

El conde del Saulay y el duque de Tobar, que as llamaremos a Domingo
desde este instante, despus de haber pasado la noche en compaa
de las damas y hablado con ellas de los singulares acontecimientos
del precedente da, se haban despedido de ellas, algo inquietos por
la prolongada ausencia de don Jaime, a causa de la confusin que en
aquellos momentos reinaba en la ciudad; pero no bien acababan de entrar
en su casa y se disponan a entregarse al descanso, cuando Raimbaut, el
criado del conde, les anunci a Lpez, el cual se present poco despus
armado de punta en blanco.

--Caramba! dijo el duque al verle, vaya un arsenal trae V. consigo,
amigo Lpez.

--Tiene V. que comunicarnos algo? pregunt el conde.

--Nada ms que esto; _Dos y uno hacen tres._

--Vive Dios! exclamaron a una los dos jvenes levantndose
espontneamente. Qu hay que hacer?

--Armarse Vds. y sus criados, dar orden de que ensillen los caballos y
aguardar.

--As pues ocurren novedades? pregunt el duque.

--Lo ignoro, seor, mi amo se lo dir a V.

--Va a venir?

--Antes de una hora estar presente; me dio orden de que me quedase
aqu con Vds.

--Pues aprovchela para descansar, dijo el conde; nosotros vamos a
prepararnos.

Cuando, a las once de la noche, lleg don Jaime, ste encontr ya a sus
amigos completamente preparados y armados.

--Partiremos, dijo don Jaime.

--Cuando V. quiera, profiri Luis del Saulay.

--Vamos lejos? pregunt el duque.

--Me parece que no, respondi don Jaime; pero tal vez tengan que hablar
las armas.

--Mejor, dijeron los dos jvenes.

--Todava podemos disponer de media hora, tiempo ms que sobrado para
que les explique a Vds. lo que pienso hacer, profiri don Jaime. Ya
saben Vds. cuan sincera es la amistad que me une al general Miramn.

--Nos consta.

--Pues vean Vds. lo que ocurre: el general ha reunido unos mil
quinientos hombres, con cuya escolta imagina llegar con seguridad a
Veracruz, donde piensa embarcarse. A la una de esta madrugada se pone
en marcha.

--A tal extremo han llegado ya las cosas? pregunt el conde.

--Todo ha concluido, respondi don Jaime; Mjico se ha rendido a los
juaristas.

--En fin, que se arreglen como puedan; esto no nos atae.

--Hasta ahora, dijo el duque, no veo qu papel nos toca desempear en
este drama.

--Voy a decrselo a Vds., repuso don Jaime. Miramn cree poder contar
con los mil quinientos hombres que componen su escolta; pero yo estoy
persuadido de lo contrario. Los soldados le quieren, es cierto, pero
detestan a ciertos personajes que parten con l; y como me consta que
se han hecho proposiciones a las tropas para que stas los entreguen,
temo que se dejen convencer y que por la misma causa Miramn caiga
prisionero.

--Que es lo que probablemente suceder, dijo el conde moviendo la
cabeza.

--Pues ah lo que yo quiero evitar, dijo don Jaime con energa, y para
ello cuento con ustedes.

--Hace V. bien, profiri Luis.

--No poda V. elegir con ms acierto, aadi el duque.

--Perfectamente, continu don Jaime; de este modo Vds., yo, Lpez,
Len Carral y los dos criados formamos un efectivo de siete hombres
decididos, con quienes ser menester contar en el caso de que las
circunstancias se presenten desfavorables; dems, la calidad de
extranjeros que les ampara a Vds. y el cuidado que han puesto en vivir
retirados, nos permitirn coronar nuestra obra, ocultando al general en
esta casa.

--Donde estar en completa seguridad, dijo el conde.

--Por otra parte cuanto acabo de manifestarles a Vds. es todava muy
inseguro; las circunstancias nos servirn de gua. Tal vez la escolta
permanezca fiel al general; entonces, como nuestro concurso no le
servir de nada, nos retiraremos despus de haberle acompaado hasta
bastante distancia de la ciudad.

--A la buena de Dios, dijo Luis del Saulay; Miramn asume algo de
grande y caballeresco que me ha seducido, y no sentira que se me
presentara coyuntura de serle til.

--Ahora que nos hemos puesto de acuerdo, profiri el duque, podramos
partir; ardo en deseos de encontrarme al lado de ese valiente general;
pero dgame usted, supongo que ante todo ha vigilado por la seguridad
de mi madre.

--Nada temas, sobrino, respondi don Jaime; a mi ruego el embajador de
Espaa ha colocado una guardia de comerciantes de nuestra nacin en
la misma casa donde ella mora; tu madre, Carmen ni Dolores tienen qu
temer. Por otra parte Esteban est con ellas, y gracias al aprecio en
que a ste le tiene Jurez, basta su sola presencia para protegerlas
eficazmente.

--Entonces adelante, dijeron los jvenes levantndose, embozndose en
sus capas y armndose.

--Partamos, dijo don Jaime.

Los criados, que estaban ya en su sitio, se unieron a sus amos, y
juntos se salieron los siete de la casa, jinetes en sendos caballos, y
se encaminaron a la plaza Mayor donde se iban reuniendo las tropas.

Las casas estaban iluminadas y por las calles circulaba una multitud
inmensa; pero en la ciudad reinaba la mayor tranquilidad, gracias a
las fuertes patrullas compuestas de franceses, ingleses y espaoles
que la recorran en todas direcciones y vigilaban con la ms generosa
abnegacin para el mantenimiento del orden durante el intervalo de
anarqua que siempre separa la cada de un gobierno de la instalacin
del que le sustituye.

La plaza Mayor estaba muy animada; los soldados fraternizaban con el
pueblo, hablando y riendo como si lo que en tal momento pasaba fuese
lo ms natural del mundo.

El general Miramn rodeado de un grupo bastante numeroso de oficiales
que haban permanecido fieles a su causa, o que demasiado comprometidos
para esperar que el vencedor les concediese buenas condiciones,
preferan acompaarle en su fuga a quedarse en la ciudad, finga una
tranquilidad y un buen humor que estaba muy lejos de sentir; hablaba
con notable soltura, defendiendo sin acritud los actos de su gobierno y
despidindose, sin dirigir reproche ni recriminacin, de aqullos que
por egosmo le haban abandonado y ocasionado su cada.

--Ah! profiri Miramn al divisar a don Jaime y encaminndose hacia
l, conque se viene V. decididamente conmigo? Tem que mudase V. de
consejo.

--Est V. muy amable, dijo don Jaime rindose.

--No tome V. a mal mis palabras, repuso el general.

--La prueba de que le acompao a V. es que le traigo dos amigos que a
toda costa quieren seguirle.

--Gracias mil, profiri Miramn; dichoso el hombre que al caer de tan
alto puede contar con amigos que le suavicen la cada.

--De esto no puede V. quejarse, general, dijo el conde haciendo una
profunda reverencia, porque amigos no le faltan.

--En efecto, murmur Miramn tendiendo una triste mirada a su
alrededor, todava no me encuentro solo.

Por espacio de algn tiempo la conversacin continu rodando sobre este
tema, hasta que dio la una en el Sagrario.

--Partamos, seores, dijo Miramn levantndose y en voz firme, ha
llegado la hora de salir de la ciudad.

--Que toquen marcha, grit un oficial.

Las cornetas dieron la seal, los soldados se subieron a caballo y
formaron filas, y la multitud se refugi en los portales.

Luego se restableci la calma como por encanto y sobre aquella plaza
inmensa llena de una compacta muchedumbre y materialmente empedrada de
cabezas, se cerni un silencio de muerte.

Miramn estaba erguido y firme en su caballo, en medio de sus tropas;
don Jaime y sus compaeros haban tomado sitio entre el estado mayor
que rodeaba al general.

Despus de un momento de perplejidad, el presidente dirigi una triste
y postrer mirada al sombro y silencioso palacio presidencial, en l
que no brillaba luz alguna, y luego dio en voz potente la orden de
marcha.

Las tropas se pusieron en movimiento, y a comps y de todas partes
partieron gritos de viva Miramn!

--Ya me echan de menos, dijo ste inclinndose hasta el odo de don
Jaime, y eso que an no he partido.

Las tropas atravesaron lentamente la ciudad, seguidas de la multitud,
que al rendir este ltimo tributo al presidente cado, pareca como si
quisiese demostrarle la estimacin en que le tena personalmente.

Por fin a las dos de la madrugada se encontraron los expedicionarios en
campo raso, y pronto la ciudad no apareci sino como un punto luminoso
en el horizonte.

Las tropas marchaban tristes y silenciosas, y buen rato haca que
emprendieran la caminata, cuando prontamente pareci que en las filas
reinase una agitacin sorda.

--Alerta! algo se prepara, dijo don Jaime en voz queda a sus amigos.

A no tardar la agitacin fue en aumento, y en la vanguardia se oyeron
algunos gritos.

--Qu ocurre? pregunt Miramn.

--Los soldados se sublevan, le respondi don Jaime sin ambages.

--No puede ser, exclam el general.

Al mismo instante revent una de gritos y silbidos, entre los que
sobresalan estas voces:

--Viva Jurez! El hacha! el hacha!

El hacha en Mjico es el smbolo de la federacin, y aclamarla es
sublevarse, o ms bien dicho pronunciarse.

El grito el hacha! recorri con rapidez todas las filas, hasta hacerse
unnime, y pronto llegaron al colmo la confusin y el desorden.

Los partidarios de Jurez, confundidos con los soldados, proferan
amenazas de muerte contra los enemigos a quienes no queran dejar
escapar, y desenvainando los sables y afianzando las lanzas en el
ristre se hizo inminente un conflicto.

--Es preciso huir, general, dijo don Jaime a Miramn.

--Nunca! respondi ste; morir con mis amigos.

--Va V. a perecer asesinado sin lograr salvarse; por otra parte, vea
V., ellos mismos le abandonan.

Era cierto, los amigos del presidente se haban desbandado y huan en
todas direcciones.

--Qu hacer? pregunt Miramn.

--Abrirnos paso, respondi don Jaime.

Y sin dar al presidente lugar a la reflexin.

--Adelante! grit en voz de trueno a los suyos.

Al mismo tiempo los sublevados se revolvan, con las lanzas en el
ristre, contra el exiguo grupo en el centro del cual estaba Miramn.

Por espacio de algunos segundos la lucha fue espantosa: don Jaime y
sus amigos, bien montados y sobre todo bien armados, consiguieron por
ltimo abrirse paso conduciendo al general en medio de ellos.

Entonces empez una carrera vertiginosa.

--A dnde vamos? pregunt el presidente.

--A Mjico, respondi don Jaime; es el nico sitio donde no pensarn en
buscarle a V.

Una hora despus penetraban de nuevo en la ciudad, confundidos con los
soldados desbandados que proferan ensordecedores vivas a Jurez y
gritando ellos solos ms que todos los que les rodeaban.

Ya en la ciudad, Miramn y don Jaime se separaron de sus amigos, pues
la prudencia exiga que los fugitivos se retirasen a sus casas uno a
uno.

A las cuatro de la madrugada estaban todos reunidos y en seguridad.

Las tropas de Jurez entraron en Mjico slo algunas horas antes de lo
que hiciese el general Ortega.

Gracias a las disposiciones tomadas de con concierto entre el general
Berriozbal y los residentes extranjeros, el cambio de gobierno se
haba operado casi sin conmocin: al da siguiente Mjico pareca tan
tranquilo como si en su seno no hubiese ocurrido nada.

Sin embargo, don Jaime no tena confianza alguna en aquella calma
aparente; tema que de permanecer Miramn algunos das en la ciudad
no acabase por ser conocida su presencia en ella. As es que buscaba
ocasin propicia para hacerle evadir, y ya empezaba a desesperar de
conseguirlo, cuando el acaso le ofreci una, en la que estaba por
cierto muy distante de contar.

Haban transcurrido muchos das; la revolucin estaba hecha y todo
caminaba por su cauce ordinario, cuando por fin Jurez lleg de
Veracruz e hizo su entrada en la capital.

Lo primero que, conforme previera Miramn, hizo el nuevo presidente,
fue dar una orden de expulsin contra el embajador de Espaa, el legado
pontificio y los representantes de Guatemala y del Ecuador.

La ocasin que don Jaime buscaba tanto tiempo hacia, se le presentaba
por fin.

Miramn partira no con el embajador de Espaa, sino con el
representante de Guatemala.

Y as sucedi.

La partida de los diplomticos expulsados se efectu el mismo da: eran
stos el embajador de Espaa, el legado pontificio, el representante
de Guatemala y el del Ecuador; adems, el arzobispo de Mjico y cinco
obispos mejicanos que componan todo el episcopado de la confederacin
y haban sido desterrados, se aprovecharon de la escolta del embajador
para abandonar la capital.

Miramn, la esposa y los hijos del cual haban partido haca ya algunos
das, segua, vestido con un disfraz que le haca de todo punto
desconocido, al representante de Guatemala.

En cuanto a Luis del Saulay y al duque de Tobar, tomaron el camino de
Veracruz escoltando a doa Mara y a las dos jvenes.

Don Jaime, que no quiso abandonar a su amigo, viajaba con ste en
compaa de Lpez.

nicamente don Esteban se haba quedado en la capital.

Dos das despus el _Velasco_ de la marina de guerra espaola, haca
rumbo a la Habana, llevando a bordo todos nuestros personajes.

El 15 de enero de 1863 se efectuaron dos bodas en la hermosa capital de
la isla de Cuba: la del conde del Saulay con doa Carmen de Tobar, y la
del duque de este ttulo con doa Dolores de la Cruz, siendo testigos
el embajador de Espaa en Mjico, el general Miramn, el comandante del
_Velasco_ y el ex-representante de Guatemala, y oficiante el legado del
papa.

FIN

_Traduccin de_ Luis CALVO.




NDICE

TOMO SEGUNDO


      I.  Complicaciones.
     II.  La sorpresa.
    III.  Los prisioneros.
     IV.  Don Diego.
      V.  La cena.
     VI.  Revelacin.
    VII.  El vengador.
   VIII.  Horas de sol.
     IX.  Un hombre de bien.
      X.  Amor.
     XI.  Sorpresa.
    XII.  La salida.
   XIII.  Triunfo.
    XIV.  El Palo Quemado.
     XV.  Saldo de cuentas.
    XVI.  Resolucin suprema.
   XVII.  Jess Domnguez.
  XVIII.  Principio del fin.
    XIX.  Golpe de gracia.
     XX.  Cara a cara.
    XXI.  Eplogo. El hacha.







End of the Project Gutenberg EBook of Las noches mejicanas, by Gustave Aimard

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS NOCHES MEJICANAS ***

***** This file should be named 54430-8.txt or 54430-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/5/4/4/3/54430/

Produced by Camille Bernard and Marc D'Hooghe at Free
Literature (back online soon in an extended version, also
linking to free sources for education worldwide ... MOOC's,
educational materials,...)


Updated editions will replace the previous one--the old editions will
be renamed.

Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
law means that no one owns a United States copyright in these works,
so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
States without permission and without paying copyright
royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
of this license, apply to copying and distributing Project
Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
specific permission. If you do not charge anything for copies of this
eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
performances and research. They may be modified and printed and given
away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
trademark license, especially commercial redistribution.

START: FULL LICENSE

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
www.gutenberg.org/license.

Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
Gutenberg-tm electronic works

1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or
destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
1.E.8.

1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement. See
paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
electronic works. See paragraph 1.E below.

1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
works in the collection are in the public domain in the United
States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
United States and you are located in the United States, we do not
claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
displaying or creating derivative works based on the work as long as
all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
you share it without charge with others.

1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
in a constant state of change. If you are outside the United States,
check the laws of your country in addition to the terms of this
agreement before downloading, copying, displaying, performing,
distributing or creating derivative works based on this work or any
other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
representations concerning the copyright status of any work in any
country outside the United States.

1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
performed, viewed, copied or distributed:

  This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
  most other parts of the world at no cost and with almost no
  restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
  under the terms of the Project Gutenberg License included with this
  eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
  United States, you'll have to check the laws of the country where you
  are located before using this ebook.

1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
contain a notice indicating that it is posted with permission of the
copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
the United States without paying any fees or charges. If you are
redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
posted with the permission of the copyright holder found at the
beginning of this work.

1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
any word processing or hypertext form. However, if you provide access
to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
provided that

* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
  the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
  you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
  to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
  agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
  within 60 days following each date on which you prepare (or are
  legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
  payments should be clearly marked as such and sent to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
  Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
  Literary Archive Foundation."

* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
  you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
  does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
  License. You must require such a user to return or destroy all
  copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
  all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
  works.

* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
  any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
  electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
  receipt of the work.

* You comply with all other terms of this agreement for free
  distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
cannot be read by your equipment.

1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from. If you
received the work on a physical medium, you must return the medium
with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

