Project Gutenberg's La novela en el tranva, by Benito Prez Galds

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Title: La novela en el tranva

Author: Benito Prez Galds

Release Date: October 23, 2016 [EBook #53355]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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La novela en el tranva

B. Prez Galds (1843-1920)

I
El coche parta de la extremidad del barrio de Salamanca, para
atravesar todo Madrid en direccin al de Pozas.  Impulsado por el
egosta deseo de tomar asiento antes que las dems personas movidas
de iguales intenciones, ech mano a la barra que sustenta la escalera
de la imperial, puse el pie en la plataforma y sub; pero en el mismo
instante oh previsin! tropec con otro viajero que por el opuesto
lado entraba.  Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D Dionisio
Cascajares de la Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que
tuvo en aquella crtica ocasin la bondad de saludarme con un sincero
y entusiasta apretn de manos.

Nuestro inesperado choque no haba tenido consecuencias de
consideracin, si se excepta la abolladura parcial de cierto
sombrero de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer
inglesa, que tras de mi amigo intentaba subir, y que sufri, sin duda
por falta de agilidad, el rechazo de su bastn.

Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a
charlar. El seor don Dionisio Cascajares es un mdico afamado,
aunque no por la profundidad de sus conocimientos patolgicos, y un
hombre de bien, pues jams se dijo de l que fuera inclinado a tomar
lo ajeno, ni a matar a sus semejantes por otros medios que por los de
su peligrosa y cientfica profesin.  Bien puede asegurarse que la
amenidad de su trato y el complaciente sistema de no dar a los
enfermos otro tratamiento que el que ellos quieren, son causa de la
confianza que inspira a multitud de familias de todas jerarquas,
mayormente cuando tambin es fama que en su bondad sin lmites presta
servicios ajenos a la ciencia, aunque siempre de ndole rigurosamente
honesta.

Nadie sabe cmo l sucesos interesantes que no pertenecen al dominio
pblico, ni ninguno tiene en ms estupendo grado la mana de
preguntar, si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa
en l por la prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los dems se
tomen el trabajo de preguntrselo. Jzguese por esto si la compaa
de tan hermoso ejemplar de la ligereza humana ser solicitada por los
curiosos y por los lenguaraces.

Este hombre, amigo mo, como lo es de todo el mundo, era el que
sentado iba junto a m cuando el coche, resbalando suavemente por su
calzada de hierro, bajaba la calle de Serrano, detenindose alguna
vez para llenar los pocos asientos que quedaban ya vacos.  bamos
tan estrechos que me molestaba grandemente el paquete de libros que
conmigo llevaba, y ya le pona sobre esta rodilla, ya sobre la otra,
ya por fin me resolv a sentarme sobre l, temiendo molestar a la
seora inglesa, a quin cupo en suerte colocarse a mi siniestra mano.

--Y usted a dnde va?--me pregunt Cascajares, mirndome por encima
de sus espejuelos azules, lo que me haca el efecto de ser examinado
por cuatro ojos.

Contest le evasivamente, y l, deseando sin duda no perder aquel
rato sin hacer alguna til investigacin, insisti en sus preguntas
diciendo:

--Y Fulanito, qu hace?  Y Fulanita, dnde est?--con otras
indagatorias del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida.
Por ltimo, viendo cun intiles eran sus tentativas para pegar la
hebra, ech por camino ms adecuado a su expansivo temperamento y
empez a desembuchar.

--Pobre condesa!--dijo expresando con un movimiento de cabeza y un
visaje, su desinteresada compasin.  Si hubiera seguido mis consejos,
no sera en situacin tan crtica.

--Ah! es claro,--contest maquinalmente, ofreciendo tambin el
tributo de mi compasin a la seora condesa.

--Figrese usted,--prosigui,--que se han dejado dominar por aquel
hombre!  Y aquel hombre llegar a ser el dueo de la casa.

Pobrecilla!  Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no.
Urge tomar una determinacin.  Porque ese hombre es un infame, le
creo capaz de los mayores crmenes.

--Ah! Si es atroz!--dije yo, participando irreflexivamente de su
indignacin.

--Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condicin
que si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra.  Bien claro
indica su rostro que de all no puede salir cosa buena.

--Ya lo creo, eso salta a la vista.

--Le explicar a usted en breves palabras.  La Condesa es una mujer
excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos
conceptos de mejor suerte.  Pero est casada con un hombre que no
comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a
toda clase de entretenimientos ilcitos.  Ella entretanto se aburre y
llora.  Es extrao que trate de sofocar su pena divirtindose
honestamente aqu y all, donde quiera que suena un piano?  Es ms,
yo mismo se lo aconsejo y le digo: Seora, procure usted distraerse,
que la vida se acaba.  Al fin el seor Conde se ha de arrepentir de
sus locuras y se acabarn las penas.  Me parece que estoy en lo
cierto.

--Ah! sin duda,--contest con oficiosidad, continuando en mis
adentros tan indiferente como al principio a las desventuras de la
Condesa.

--Pero no es eso lo peor,--aadi Cascajares, golpeando el suelo con
su bastn--sino que ahora el seor Conde ha dado en la flor de estar
celoso... s, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de
distraer a la Condesa.

--El marido tendr la culpa de que lo consiga.

--Todo eso sera insignificante, porque la Condesa es la misma
virtud; todo eso sera insignificante, digo, si no existiera un
hombre abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella
casa.

--De veras? Y quin es, ese hombre?--pregunt con una chispa de
curiosidad.

--Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto
martirizar a la infeliz cuanto sensible seora.  Parece que se ha
apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma
pretende... qu s yo... Es una infamia!

--S que lo es, y ello merece un ejemplar castigo--dije yo,
descargando tambin el peso de mis iras sobre aquel hombre.

--Pero ella es inocente; ella es un ngel... Pero, calle! estamos en
la Cibeles.  S: ya veo a la derecha el parque de Buenavista.  Mande
usted parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar
cuando el coche est en marcha, para descalabrarse contra los
adoquines.  Adis, mi amigo, adis.

Par el coche y baj D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, despus
de darme otro apretn de manos y de causar segundo desperfecto en el
sombrero de la dama inglesa, an no repuesta del primitivo susto.

II

Sigui el mnibus su marcha y cosa singular! yo a mi vez segu
pensando en la incgnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y
sobre todo en el hombre siniestro que, segn la enrgica expresin
del mdico, a punto estaba de causar un desastre en la casa.
Considera, lector, lo que es el humano pensamiento: cuando Cascajares
principi a referirme aquellos sucesos, yo renegaba de su
inoportunidad y pesadez, mas poco tard mi mente en apoderarse de
aquel mismo asunto, para darle vueltas de arriba abajo, operacin
psicolgica que no deja de ser estimulada por la regular marcha del
coche y el sordo y montono rumor de sus ruedas, limando el hierro de
los carriles.

Pero al fin dej de pensar en lo que tan poco me interesaba, y
recorriendo con la vista el interior del coche, examin uno por uno a
mis compaeros de viaje.  Cun distintas caras y cun diversas
expresiones!  Unos parecen no inquietarse ni lo ms mnimo de los que
van a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente
curiosidad; unos estn alegres, otros tristes, aqul bosteza, el de
ms all re, y a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que
no desee terminarlo pronto.  Pues entre los mil fastidios de la
existencia, ninguno aventaja al que consiste en estar una docena de
personas mirndose las caras sin decirse palabra, y contndose
recprocamente sus arrugas, sus lunares, y ste o el otro accidente
observado en el rostro o en la ropa.

Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y
que probablemente no volveremos a ver.  Al entrar, ya encontramos a
alguien; otros vienen despus que estamos all; unos se marchan,
quedndonos nosotros, y por ltimo tambin nos vamos.  Imitacin es
esto de la vida humana en que el nacer y el morir son como las
entradas y salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en
generaciones de viajeros el pequeo mundo que all dentro vive.
Entran, salen; nacen, mueren...  Cuntos han pasado por aqu antes que
nosotros! Cuntos vendrn despus!

Y para que la semejanza sea ms completa, tambin hay un mundo chico
de pasiones en miniatura dentro de aquel cajn.  Muchos van all que
se nos antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta
les vemos salir con disgusto.  Otros, por el contrario, nos revientan
desde que les echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez
minutos; examinamos con cierto rencor sus caracteres frenolgicos y
sentimos verdadero gozo al verles salir.  Y en tanto sigue corriendo
el vehculo, remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando,
uniforme, incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su
interior sin que le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas
pasioncillas de que es mudo teatro; siempre corriendo, corriendo
sobre las dos interminables paralelas de hierro, largas y
resbaladizas como los siglos.

Pensaba en esto mientras el coche suba por la calle de Alcal, hasta
que me sac del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi
paquete de libros al caer al suelo.  Recog lo al instante; mis ojos
se fijaron en el pedazo de peridico que serva de envoltorio a los
volmenes, y maquinalmente leyeron medio rengln de lo que all
estaba impreso.  De sbito sent vivamente picada mi curiosidad:
haba ledo algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en
el pedazo de folletn hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo.
Busqu el principio y no lo hall: el papel estaba roto, y nicamente
pude leer, con curiosidad primero y despus con afn creciente, lo
que sigue:

... Senta la condesa una agitacin indescriptible.  La presencia de
Mudarra, el insolente mayordomo, que olvidando su bajo origen atreva
se a poner los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra.
El infame la estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a
un preso.  Ya no le detena ningn respeto, ni era obstculo a su
infame asechanza la sensibilidad y delicadeza de tan excelente
seora.

Mudarra penetr a deshora en la habitacin de la Condesa, que plida
y agitada, sintiendo a la vez vergenza y terror, no tuvo nimo para
despedirle.

--No se asuste usa, seora Condesa,--dijo con forzada y siniestra
sonrisa, que aument la turbacin de la dama; no vengo a hacer a usa
dao alguno.

--Oh, Dios mo! Cundo acabar este suplicio!---exclam la dama,
dejando caer sus brazos con desaliento.  Salga Usted; yo no puedo
acceder a sus deseos.  Qu infamia!  Abusar de ese modo de mi
debilidad, y de la indiferencia de mi esposo, nico autor de tantas
desdichas!

--Por qu tan arisca, seora Condesa?---aadi el feroz mayordomo.
Si yo no tuviera el secreto de su perdicin en mi mano; si yo no
pudiera imponer al seor Conde de ciertos particulares...  pues...
referentes a aquel caballerito...  Pero, no abusar, no, de estas
terribles armas.  Usted me comprender al fin, conociendo cuan
desinteresado es el grande amor que ha sabido inspirarme.

Al decir esto, Mudarra dio algunos pasos hacia la Condesa, que se
alej con horror y repugnancia de aquel mnstruo.

Era Mudarra un hombre como de cincuenta aos, moreno, rechoncho y
patizambo, de cabellos speros y en desorden, grande y colmilluda la
boca.  Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y
espessimas cejas, en aquellos instantes expresaban la ms bestial
concupiscencia.

--Ah puerco espn!---exclam con ira al ver el natural despego de la
dama. --Qu desdicha no ser un mozalbete almidonado!  Tanto remilgo
sabiendo que puedo informar al seor Conde...  Y me creer, no lo dude
usa: el seor Conde tiene en m tal confianza, que lo que yo digo es
para l el mismos Evangelio... pues...  y como est celoso... si yo le
presento el papelito.

--Infame! grit la Condesa con noble arranque de indignacin y
dignidad. --Yo soy inocente; y mi esposo no ser capaz de prestar
odos a tan viles calumnias.  Y aunque fuera culpable prefiero mil
veces ser despreciada por mi marido y por todo el mundo a comprar mi
tranquilidad a ese precio.  Salga usted de aqu al instante.

--Yo tambin tengo mal genio, seora Condesa,--dijo el mayordomo
devorando su rabia; yo tambin gasto mal genio, y cuando me amosco...
Puesto que usa lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda.  Ya
s lo que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta
aqu.  Por ltima vez propongo a usa que seamos amigos, y no me
ponga en el caso de hacer un disparate... con que seora ma.

Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rgidos
tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y
dio algunos pasos como para sentarse en el sof junto a la Condesa.
sta se levant de un salto gritando:--No; salga usted! Infame! Y
no tener quien me defienda...  Salga usted!

El mayordomo, entonces, era como una fiera a quien se escapa la presa
que ha tenido un momento antes entre sus uas.  Dio un resoplido,
hizo un gesto de amenaza y sali despacio con pasos muy quedos.  La
Condesa, trmula y sin aliento, refugiada en la extremidad del
gabinete, sinti las pisadas que alejndose se perdan en la alfombra
de la habitacin inmediata, y respir al fin cuando le consider
lejos.  Cerr las puertas y quiso dormir; pero el sueo hua de sus
ojos, an aterrados con la imagen del monstruo.

CAPTULO XI.--El Complot.---Mudarra, al salir de la habitacin de la
Condesa, se dirigi a la suya, y dominado por fuerte inquietud
nerviosa, comenz a registrar cartas y papeles diciendo entre
dientes:  Ya no aguanto ms; me las pagar todas juntas.   Despus
se sent, tom la pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y
examinndola bien, empez a escribir otra, tratando de remedar la
letra.  Mudaba la vista con febril ansiedad del modelo a la copia, y
por ltimo, despus de gran trabajo, escribi con caracteres
enteramente iguales a los des modelo, la carta siguiente, cuyo
sentido era de su propia cosecha: Haba prometido a usted una
entrevista y me apresuro.

El folletn estaba roto y no pude leer ms.

III

Sin apartar la vista del paquete me puse a pensar en la relacin que
exista entre las noticias sueltas que o de boca del Sr. Cascajares
y la escena leda en aquel papelucho, folletn, sin duda, traducido
de alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montpin.  Ser
una tontera, dije para m, pero es lo cierto que ya me inspira
inters esa seora Condesa, vctima de la barbarie de un mayordomo
imposible, cual no existe sino en la trastornada cabeza de algn
novelista nacido para aterrar a las gentes sencillas. Y qu hara el
maldito para vengarse?  Capaz sera de imaginar cualquiera atrocidad
de esas que ponen fin a un captulo de sensacin. Y el Conde, qu
har?  Y aquel mozalbete de quien hablaron Cascajares en el coche y
Mudarra en el folletn, qu har, quin ser?  Qu hay entre la
Condesa y ese incgnito caballerito?  Algo dara por saber.

Esto pensaba, cuando alc los ojos, recorr con ellos el interior del
coche, y horror! Vi una persona que me hizo estremecer de espanto.
Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de
folletn, el tranva se haba detenido varias veces para tomar o
dejar algn viajero.  En una de estas ocasiones haba entrado aquel
hombre, cuya sbita presencia me produjo tan grande impresin. Era
l, Mudarra, el mayordomo en persona, sentado frente a m, con sus
rodillas tocando mis rodillas.  En un segundo le examin de pies a
cabeza y reconoc las facciones cuya descripcin haba ledo.  No
poda ser otro: hasta los ms insignificantes detalles de su vestido
indicaban claramente que era l.  Reconoc la tez morena y lustrosa,
los cabellos indomables, cuyas mechas surgan en opuestas direcciones
como las culebras de Medusa, los ojos hundidos bajo la espesura de
unas agrestes cejas, las barbas, no menos revueltas e incultas que el
pelo, los pies torcidos hacia dentro como los de los loros, y en fin,
la misma mirada, el mismo hombre en el aspecto, en el traje, en el
respirar, en el toser, hasta en el modo de meterse la mano en el
bolsillo para pagar.

 Qu bien imitada est la letra!  En efecto, era una carta
pequea, con el sobre garabateado por mano femenina.  Lo mir bien,
recrendose en su infame obra, hasta que observ que yo con
curiosidad indiscreta y descorts alargaba demasiado el rostro para
leer el sobrescrito.  Dirigime una mirada que me hizo el efecto de
un golpe, y guard su cartera.

El coche segua corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo
leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extraas
cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosmil,
convertido en ser vivo y compaero mo en aquel viaje, haba dejado
atrs la calle de Alcal, atravesaba la Puerta del Sol y entraba
triunfante en la calle Mayor, abrindose paso por entre los dems
coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y
ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y
aturdidos por la confusin de tantos y tan diversos ruidos, no ven la
mole que se les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca
distancia.

Oh infortunada seora! finge su letra y escribe una carta a cierto
caballerito, con quien hubo esto y lo otro, y lo de ms all.  En la
carta le da una cita en su propia casa; llega el joven a la hora
indicada y poco despus el marido, a quien se ha tenido cuidado de
avisar, para que coja in fraganti a su desleal esposa: oh admirable
recurso del ingenio!  Esto, que en la vida tiene su pro y su contra,
en una novela viene como anillo al dedo.  La dama se desmaya, el
amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detrs de la cortina
est el fatdico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada
venganza.

Lector yo de muchas y muy malas novelas, d aquel giro a la que
insensiblemente iba desarrollndose en mi imaginacin por las
palabras de un amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de
un desconocido.

IV

Andando, andando segua el coche y ya por causa del calor que all
dentro se senta, ya porque el movimiento pausado y montono del
vehculo produce cierto mareo que degenera en sueo, lo cierto es que
sent pesados los prpados, me inclin del costado izquierdo,
apoyando el codo en el paquete de libros, y cerr los ojos.  En esta
situacin continu viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante
m tena, barbadas unas, limpias de pelo las otras, aqullas riendo,
stas muy acartonadas y serias.

Despus me pareci que obedeciendo a la contraccin de un msculo
comn, todas aquellas caras hacan muecos y guios, abriendo y
cerrando los ojos y las bocas, y mostrndome alternativamente una
serie de dientes que variaban desde los ms blancos hasta los ms
amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros.  Aquellas ocho
narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y expresin,
crecan o menguaban, variando de forma; las bocas se abran en lnea
horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia
adelante formando hocicos puntiagudos, al interesante rostro de
cierto benemrito animal que tiene sobre s el anatema de no poder
ser nombrado.

Por detrs de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he
descrito, y al travs de las ventanillas del coche, yo vea la calle,
las casas y los transentes, todo en veloz carrera, como si el
tranva anduviera con rapidez vertiginosa.  Yo por lo menos crea que
marchaba ms aprisa que nuestros ferrocarriles, ms que los
franceses, ms que los ingleses, ms que los norte-americanos; corra
con toda la velocidad que puede suponer la imaginacin, tratndose de
la traslacin de lo slido.

A medida que era ms intenso aquel estado letargoso, se me figuraba
que iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero.  Por un
instante cre que el tranva corra por lo ms profundo de los mares:
al travs de los vidrios se vean los cuerpos de cetceos enormes,
los miembros pegajosos de una multitud de plipos de diversos
tamaos.  Los peces chicos sacudan sus colas resbaladizas contra los
cristales, y algunos miraban a dentro con sus grandes y dorados ojos.
Crustceos de forma desconocida, grandes moluscos, madrporas,
esponjas y una multitud de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo
los haba visto, pasaban sin cesar.  El coche iba tirado por no s
qu especie de nadantes monstruos, cuyos remos, luchando con el agua,
sonaban como las paletadas de una hlice, atornillaban la masa
lquida con su infinito voltear.

Esta visin se iba extinguiendo: despus parecime que el coche
corra por los aires, volando en direccin fija y sin que lo agitaran
los vientos.  Al travs de los cristales no se vea nada ms que
espacio: las nubes nos envolvan a veces; una lluvia violenta y
repentina tamborileaba en la imperial; de pronto salamos al espacio
puro inundado de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso
seno de celajes inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de palo
como de amatista, que iban quedndose atrs en nuestra marcha.
Pasbamos luego por un sitio del espacio en que flotaban masas
resplandecientes de un finsimo polvo de oro: ms adelante aquella
polvareda que a m se me antojaba producida por el movimiento de las
ruedas triturando la luz, era de plata, despus verde como harina de
esmeraldas, y por ltimo, roja como harina de rubs.  El coche iba
arrastrado por algn voltil apocalptico, ms fuerte que el
hipogrifo y ms atrevido que el dragn; y el rumor de las ruedas y de
la fuerza motriz recordaba el zumbido de las grandes aspas de un
molino de viento, o ms bien el de un abejorro del tamao de un
elefante.  Volbamos por el espacio sin fin, sin llegar nunca;
entretanto la tierra quedbase abajo, a muchas leguas de nuestros
pies; y en la tierra, Espaa, Madrid, el barrio de Salamanca,
Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el incgnito galn, todos
ellos.

Pero no tard en dormirme profundamente; y entonces el coche ces de
andar, ces de volar, y desapareci para m la sensacin de que iba
en tal coche, no quedando ms que el ruido montono y profundo de las
ruedas, que no nos abandona jams en nuestras pesadillas dentro de un
tren o en el camarote de un vapor.  Me dorm.  Oh infortunada
Condesa! La vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel
en que escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la
mejilla, triste y meditabunda como una esttua de la melancola.  A
sus pies estaba acurrucado un perrillo, que me pareci tan triste,
como su interesante ama.

Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba
como la desventura en persona.  Era de alta estatura, rubia, con
grandes y expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma
muy correcta y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus
hermosas y arqueadas cejas.  Estaba peinada sin afectacin, y en
esto, como en su traje, se comprenda que no pensaba salir aquella
noche.  Tremenda, mil veces tremenda noche!  Yo observaba con
creciente ansiedad la hermosa figura que tanto deseaba conocer, y me
pareci que poda leer sus ideas en aquella noble frente donde la
costumbre de la reconcentracin mental haba trazado unas cuantas
lneas imperceptibles, que el tiempo convertira pronto en arrugas.

De repente se abre la puerta dando paso a un hombre.  La Condesa dio
un grito de sorpresa y se levant muy agitada.

--Qu es esto?---dijo---Rafael. Usted.  Qu atrevimiento! Cmo ha
entrado usted aqu?

--Seora,--contest el que haba entrado, joven de muy bien porte.

--No me esperaba usted?  He recibido una carta suya.

--Una carta ma!---exclam ms agitada la Condesa---Yo no he escrito
carta ninguna.  Y para qu haba de escribirla?

--Seora, vea usted,--repuso el joven sacando la carta y
mostrndosela;--es su letra, su misma letra.

--Dios mo!  Qu infernal maquinacin!---dijo la dama con
desesperacin. ---Yo no he escrito esa carta.  Es un lazo que me
tienden.

--Seora, clmese usted.  Yo siento mucho.

--S; lo comprendo todo.  Ese hombre infame.  Ya sospecho cual habr
sido su idea.  Salga usted al instante.  Pero ya es tarde; ya siento
la voz de mi marido.

En efecto, una voz atronadora se sinti en la habitacin inmediata, y
al poco rato entr el Conde, que fingi sorpresa de ver al galn, y
despus riendo con cierta afectacin, le dijo:

--Oh!  Rafael, usted por aqu...  Cunto tiempo!...  Vena usted 
acompaar  Antonia...  Con eso nos acompaar  tomar el t.

La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra.  El jven, en
su perplejidad, apenas acert  devolver al Conde su saludo.  V que
entraron y salieron criados; v que trajeron un servicio de t y
desaparecieron despus, dejando solos  los tres personajes.  Iba a
pasar algo terrible.

Sentronse: la Condesa pareca difunta, el Conde afectaba una
hilaridad aturdida, semejante  la embriaguez, y el jven callaba,
contestndole slo con monoslabos.  Sirvi el t, y el Conde alarg
 Rafael una de las tazas, no una cualquiera, sino una determinada.
La Condesa mir aquella taza con tal expresin de espanto, que pareci
echar en ella todo su espritu.  Bebieron en silencio, acompaando la
pocin con muchas variedades de las sabrosas pastas Huntley and Palmers,
y otras menudencias propias de tal clase de cena.  Despus el Conde
volvi  reir con la desaforada y ruidosa expansin que le era
peculiar aquella noche, y dijo:

--Cmo nos aburrimos!  Usted, Rafael, no dice una palabra.  Antonia,
toca algo.  Hace tanto tiempo que no te oimos.  Mira... aquella pieza
de Gorstchack que se titula Morte...  La tocabas admirablemente.  Vamos,
ponte al piano.

La Condesa quiso hablar; rale imposible articular palabra.  El Conde
la mir de tal modo, que la infeliz cedi ante la terrible expresin
de sus ojos, como la paloma fascinada por el boa constrictor.  Se
levant dirigindose al piano, y ya all, el marido debi decirle
algo que la aterr ms, acabando de ponerla bajo su infernal dominio.
Son el piano, heridas  la vez multitud de cuerdas, y corriendo de
las graves  las agudas, las manos de la dama despertaron en un
segundo los centenares de sonidos que dorman mudos en el fondo de la
caja.  Al principio era la msica una confusa reunin de sones que
aturda en vez de agradar; pero luego serense aquella tempestad, y
un canto fnebre y temeroso como el Dies irae surgi de tal desorden.
Yo crea escuchar el son triste de un coro de cartujos, acompaado
con el bronco mugido de los fagots.  Sentanse despus ayes
lastimeros como nos figuramos han de ser los que exhalan las nimas,
condenadas en el purgatorio  pedir incesantemente un perdn que ha
de llegar muy tarde.

Volvan luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se
encabritaban unas sobre otras como disputndose cul ha de llegar
primero.  Se hacan y deshacan los acordes, como se forma y
desbarata la espuma de las olas.  La armona fluctuaba y herva en
una marejada sin fin, alejndose hasta perderse, y volviendo ms
fuerte en grandes y atropellados remolinos.

Yo continuaba extasiado oyendo la msica imponente y magestuosa; no
poda ver el semblante de la condesa, sentada de espaldas  m; pero
me la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegu 
pensar que el piano se tocaba solo.

El jven estaba detrs de ella, el conde  su derecha, apoyado en el
piano.  De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero
deba encontrar expresin muy horrenda en los ojos de su consorte,
porque tornaba  bajar los suyos y segua tocando.  De repente el
piano ces de sonar y la Condesa di un grito.

En aquel instante sent un fortsimo golpe en un hombro, me sacud
violentamente y despert.

V

En la agitacin de mi sueo haba cambiado de postura y me haba
dejado caer sobre la venerable inglesa que  mi lado iba.

--Aaah! usted... sleeping... molestar... mi dijo con avinagrado
mohin, mientras rechazaba mi paquete de libros que haba cado sobre
sus rodillas.

--Seora... es verdad... me dorm,--contest turbado al ver que todos
los viajeros se rean de aquella escena.

--Ooo!... yo soy... going... to decir al coachman... usted
molestar... mi... usted, caballero... very shocking,--aadi la
inglesa en su jerga ininteligible: Ooh! usted creer... my body es...
su cama for usted...to sleep.  Ooh! sir, you are a stupid ass.

Al decir esto, la hija de la Gran Bretaa, que era de s bastante
amoratada, estaba lo mismo que un tomate.  Creyrase que la sangre
agolpada  sus carrillos y  su nariz  brotar iba por sus candentes
poros.  Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si
me quisiera roer.  Le ped mil perdones por mi sueo descorts,
recog mi paquete y pas revista  las nuevas caras que dentro del
coche haba.  Figrate, oh cachazudo y benvolo lector! cul sera
mi sorpresa cuando v frente  m  quin creera? al jven de la
escena soada, al mismo D. Rafael en persona.  Me restregu los ojos
para convencerme de que no dorma, y en efecto, despierto estaba, y
tan despierto como ahora.

Era l, el mismo, y conversaba con otro que  su lado iba.  Puse
atencin y escuch con toda mi alma.

--Pero t no sospechaste nada? le deca el otro.

--Algo, s; pero call.  Pareca difunta; tal era su terror.  Su
marido la mand tocar el piano y ella no se atrevi  resistir.
Toc como siempre, de una manera admirable, y oyndola llegu 
olvidarme de la peligrosa situacin en que nos encontrbamos.  A
pesar de los esfuerzos que ella haca para aparecer serena, lleg
un momento en que le fu imposible fingir ms.  Sus brazos se
aflojaron, y resbalando de las teclas ech la cabeza atrs y dio
un grito.  Entonces su marido sac un pual, y dando un paso hcia
ella exclam con furia: Toca  te mato al instante.  Al ver esto
hirvi mi sangre toda: quis echarme sobre aquel miserable; pero
sent en mi cuerpo una sensacin que no puedo pintarte; cre que
repentinamente se haba encendido una hoguera en mi estmago;
fuego corra por mis venas; las sienes me latieron, y ca al suelo
sin sentido.

--Y antes no conocstes los sntomas del envenenamiento? le
pregunt el otro.

--Notaba cierta desazn y sospech vagamente, pero nada ms.  El
veneno estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me
mat, aunque s me ha dejado una enfermedad para toda la vida.

--Y despus que perdiste el sentido, qu pas?

Rafael iba  contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras
pendiera un secreto de vida  muerte, cuando el coche par.

--Ah! ya estamos en los Consejos; bajemos--dijo Rafael.

Qu contrariedad!  Se marchaban, y yo no saba el fin de la
historia.

--Caballero, caballero, una palabra--dij al verlos salir.

El jven se detuvo y me mir.

Y la Condesa? Qu fu de esa seora? pregunt con mucho afan.

Una carcajada general fu la nica respuesta.  Los dos jvenes
rindose tambin, salieron sin contestarme palabra.  El nico
ser vivo que conserv su serenidad de esfinge en tal cmica
escena fu la inglesa, que indignada de mis extravagancias, se
volvi  los dems viajeros diciendo:

--Oooh!  A lunatic fellow.

VI

El coche segua, y  m me abrasaba la curiosidad por saber que
haba sido de la desdichada Condesa.  La mat su marido?  Yo me
haca cargo de las intenciones de aquel malvado.  Ansioso de
gozarse en su venganza, como todas las almas crueles, quera que
su mujer presenciase, sin dejar de tocar, la agona de aquel
incauto joven llevado all por una vil celada de Mudarra.

Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados
esfuerzos para mantener su serenidad, sabiendo que Rafael haba
bebido el veneno.  Trgica y espeluznante escena!--pensaba yo,
ms convencido cada vez de la realidad de aquel suceso--y luego
dirn que estas cosas slo se ven en las novelas!

Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entr una
mujer que traa un perrillo en sus brazos.  Al instante reconoc
al perro que haba visto recostado  los pis de la Condesa; era
el mismo, la misma lana blanca y fina, la misma mancha negra en
una de sus orejas.  La suerte quiso que aqulla mujer se sentara
 mi lado.  No pudiendo yo resistir la curiosidad, le pregunt:

--Es de usted ese perro tan bonito?

--Pues de quin ha de ser?  Le gusta  usted?

Cog una de las orejas del inteligente animal para hacerle una
caricia; pero l, insensible  mis demostraciones de cario,
ladr, di un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la
inglesa, que me volvi  ensear sus dos dientes como querindome
roer, y exclam:

--Oooooh!  usted... unsupportable.

--Y dnde ha adquirido usted ese perro?--pregunt sin hacer caso
de la nueva explosin colrica de la mujer britnica.  Se puede
saber?

--Era de mi seorita.

--Y qu fu de su seorita?--dije con la mayor ansiedad.

--Ah! Usted la conoca?--repuso la mujer.--Era muy buena, ver-
d uste?

--Oh! excelente...  Pero podra yo saber en qu par todo aqullo?

--De modo que usted est enterado, usted tiene moticias...

--S, seora...  He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del
t... pues.  Y diga usted muri la seora?

--Ah! s, seor; est en la gloria.

--Y cmo fu eso?  La asesinaron,  fu  consecuencia del susto?

--Qu asesinato, ni qu susto!--dije con expresin burlona--usted
no est enterado.  Fu que aquella noche haba comido no se qu, pues
... y le hizo dao...  Le di un desmayo que le dur hasta el
amanecer.

--Bah--pens yo--esta no sabe una palabra del incidente del piano y
del veneno,  no quiere darse por entendida.

Despus dije en alta voz:

--Con que fu de indigestin?

--S, seor.  Yo le haba dicho aquella noche: seora: no coma usted
esos mariscos; pero no me hizo caso.

--Con que mariscos eh?--dije con incredulidad.--Si sabr yo lo que
ha ocurrido.

--No lo cree usted?

--S, s--repuse aparentando creerlo.--Y el Conde... su marido, el
que sac el pual cuando tocaba el piano?

La mujer me mir un instante y despus solt la risa en mis propias
barbas.

--Se rie usted...? Bah! Piensa usted que no estoy perfectamente
enterado?  Ya comprendo, usted no quiere contar los hechos como
realmente son.  Ya se v, como habr causa criminal?...

--Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.

--No era el ama de ese perro la seora Condesa,  quien el mayor-
domo Mudarra...

La mujer volvi  soltar la risa con tal estrpito, que me descon-
cert diciendo para mi capote:  Esta debe de ser cmplice de
Mudarra, y naturalmente ocultar todo lo que pueda.

--Usted est loco--aadi la desconocida.

--Lunatic, lunatic.  I'm suffocated... Oooh my God!

--Si, lo s todo: vamos, no me lo oculte usted.  Dgame de qu
muri la seora Condesa.

--Qu condesa ni qu ocho cuartos, hombre de Dis!--exclam la
mujer riendo con ms fuerza.

--Si creer usted que me engaa  mi con sus risitas!--contest.
La condesa ha nuerto envenenada  asesinada; no me queda la menor
duda.

En esto llleg el coche al Barrio de Pozas y yo al trmino de mi
viaje.  Salimos todos: la inglesa me ech una mirada que indicaba
su regocijo por verse libre de m, y cada cual me dirigi  su
destino.  Yo segu  la mujer del perro, aturdindola con preguntas,
hasta que se meti en su casa, riendo siempre de mi empeo en
averiguar vidas ajenas.  Al verme solo en la calle, record el
objeto de mi viaje y me dirig  la casa donde deba entregar
aquellos libros.  Devolvlos  la persona que me los haba pedido
para leerlos, y me puse  pasear frente al Buen Suceso, esperando
 que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de Madrid.

No poda apartar de la imaginacin  la infortunada Condesa, y
cada vez me confirmaba ms en mi idea de que la mujer con quin
ltimamente habl haba engaarme, ocultando la verdad de la
misteriosa tragedia.

Esper mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso
 partir.  Entr, y lo primero que mis ojos vieron fu la seora
inglesa sentadita donde antes estaba.  Cuando me vi subir y tomar
sitio  su lado, la expresin de su rostro no es definible; se puso
otra vez como la grana, exclamando:

--Ooooh!... usted... mi quejarse al coachman... usted reventar mi
for it.

Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo
de lo que la inglesa me deca en su hbrido y trabajoso lenguaje, le
contest:

==Seora, no hay duda de que la Condesa muri envenenada  asesinada.
Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.

Segua el coche, y de trecho en trecho detenase para recoger pa-
sajeros.  Cerca del palacio real entraron tres, tomando asiento en
frente de m.  Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con
muy severos ojos y un hablar campanudo que impona respeto.

No haca diez minutos que estaban all, cuando este hombre se volvi
 los otros dos y dijo:

--Pobrecilla!  Cmo clamaba en sus ltimos instantes!  La bala le
entr por encima de la clavcula derecha y despus baj hasta el
corazn.

--Cmo?--exclam yo repentinamente.--Con que fu de un tiro? no
muri de una pualada?

Los tres me miraron con sorpresa.

--De un tiro, s seor, dijo con cierto desabrimiento el alto, seco
y huesoso.

--Y aquella mujer sostena que haba muerto de una indigestin,--dije
interesndome ms cada vez en aquel asunto.  Cuente usted y cmo
fu?

--Y  usted que le importa?--dijo el otro con muy avinagrado gesto.

Tengo mucho inters por conocer el fin de esa horrorosa tragedia.
No es verdad que parece cosa de novela?

--Qu novela ni qu nio muerto?  Usted est loco  quiere burlarse
de nosotros.

--Caballerito, cuidado con las bromas--aadi el alto y seco.

--Creen ustedes que no estoy enterado?  Lo s todo, he presenciado
varias escenas de ese horrendo crmen.  Pero dicen ustedes que la
condesa muri de un pistoletazo.

--Vlgame Dios: nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi
perra,  quien cazando disparamos inadvertidamente un tiro.  Si usted
quiere bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestar como
merece.

--Ya, ya comprendo: ahora hay empeo en ocultar la verdad, manifest
juzgando que aquellos hombres queran desorientarme en mis pesquisas,
convirtiendo en perra  la desdichada seora.

Ya preparaba el otro su contestacin, sin duda, ms enrgica de lo
que el caso requera, cuando la inglesa se llev el dedo  la sien,
como para indicarles que yo no rega bien de la cabeza.  Calmronse
con esto, y no dijeron una palabra ms en todo el viaje, que termin
para ellos en la puerta del Sol.  Sin duda me haban tenido miedo.

Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quera
serenar mi espritu, razonando los verdaderos trminos de tan
embrollada cuestin.  Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y
la imgen de la pobre seora no se apartaba de mi pensamiento.  En
todos los semblantes que iban sucedindose dentro del coche, cre ver
algo que contribuyera  explicar el enigma.  Senta yo una
sobrescitacin cerebral espantosa, y sin duda el trastorno interior
deba pintarse en mi rostro, porque todos me miraban como se mira lo
que no se v todos los das.

VII

An faltaba algn incidente que haba de turbar ms mi cabeza en
aquel viaje fatal.  Al pasar por la calle de Alcal, entr un
caballero con su seora: l qued junto  m.  Era un hombre que
pareca afectado de fuerte y reciente impresin, y hasta cre que
alguna vez se llev el pauelo  los ojos para enjugar las invisibles
lgrimas, que sin duda corran bajo el cristal verde oscuro de sus
descomunales amtiparras.

Al poco rato de estar all, dijo en voz baja  la que pareca ser su
mujer.

--Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes.  Me lo acaba de
decir D. Nateo.  Desdichada mujer!

--Qu horror!  Ya me lo he figurado tambin--contest su consorte.
De tales cafres qu se poda esperar?

--Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.

Yo, que era todo oidos, dije tambin en voz baja:

--S seor; hubo envenenamiento.  Me consta.

--Cmo, usted sabe? usted tambin la conoca?--dijo vivamente el de
las antiparras verdes, volvindose hcia m.

--S seor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por ms que
quieran hacernos creer que fu indigestin.

--Lo mismo afirmo yo.  Qu excelente mujer!  Pero cmo sabe
usted...?

--Lo s, lo s,--repuso muy satisfecho de que aquel no me tuviera por
loco.

--Luego, usted ir  declarar al juzgado; porque ya se est formando
la sumaria.

--Me alegro, para que castiguen  esos bribones.  Ir  declarar, ir
 declarar, s seor.

A tal extremo haba llegado mi obcecacin, que conclu por penetrarme
de aquel suceso mitad soado, mitad ledo, y lo cre como ahora creo
que es pluma esto con que escribo.

--Pues s, seor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue
 los autores del crmen.  Yo declarar: Fu envenenada con una taza
de t, lo mismo que el joven.

--Oye, Petronila--dijo  su esposa el de las antiparras--con una taza
de t.

--S, estoy asombrada--contest la seora.--Cuidado con lo que
fueron  inventar esos malditos!

--S, seor; con una taza de t.  La Condesa tocaba el piano.

--Qu Condesa?--pregunt aquel hombre interrumpindome.

--La Condesa, la envenenada.

--Si no se trata de ninguna condesa, hombre de Dios.

--Vamos; usted tambin es de los empeados en ocultarlo.

--Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino
simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guarda-agujas del
Norte.

--Lavandera, eh?--dijo en tono de picarda.--Si tambin me querr
usted hacer tragar que es lavandera!

El caballero y su esposa me miraron con expresin burlona, y despus
se dijeron en voz baja algunas palabras.  Por un gesto que v hacer 
la seora, comprend que haba adquirido el profundo convencimiento
de que yo estaba borracho.  Llenme de resignacin ante tal ofensa, y
call, contendndome con despreciar en silencio, cual conviene  las
grandes almas, tan irreverente suposicin.  Cada vez era mayor mi
zozobra; la Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento,
y haba llegado  interesarme tanto por su siniestro fin, como si
todo ello no fuera elaboracin enfermiza de mi propia fantasa,
impresionada por sucesivas visiones y dilogos.  En fin, para que se
comprenda  qu extremo lleg mi locura, voy  referir el ltimo
incidente de aquel viaje; voy  decir con qu extravagancia puse
trmino al doloroso pugilato de mi entendimiento empeado en fuerte
lucha con un ejrcito de sombras.

Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla
que frente  m tena mir  la calle, dbilmente iluminada por la
escasa luz de los faroles, y v pasar  un hombre.  D un grito de
sorpresa, y exclam desatinado:--Ah va, es l, el feroz Mudarra, el
autor principal de tantas infamias.  Mand parar el coche, y sal,
mejor dicho, salt  la puerta, tropezando con los pis y las piernas
de los viajeros; baj  la calle y corr tras aquel hombre,
gritando:--A ese,  ese, al asesino!

Jzguese cul sera el efecto producido por estas voces en el
pacfico barrio.

Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo haba visto en el coche por
la tarde, fu detenido.  Yo no cesaba de gritar:--Es el que prepar
el veneno para la Condesa, el que asesin  la Condesa!

Hubo un momento de indescriptible confusin.  Afirm l que yo estaba
loco; pero que quieras que n los dos fumos conducidos  la
prevencin.  Despus perd por completo la nocin de lo que pasaba.
No recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me
encerraron.  El recuerdo ms vivo que conservo de tan curioso lance,
fu el de haber despertado del profundo letargo en que ca, verdadera
borrachera moral, producida, no s por qu, por uno de los pasajeros
fenmenos de enajenacin que la ciencia estudia con gran cuidado como
precursores de la locura definitiva.

Come es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias porque el
antiptico personaje que bautic con el nombre de Mudarra, es un
honrado comerciante de ultramarinos que jams haba envenenado 
condesa alguna.  Pero an por mucho tiempo despus persista yo en mi
engao, y sola exclamar: Infortunada condesa; por ms que digan, yo
siempre sigo en mis trece.  Nadie me persuadir de que no acabaste
tus das  mano de tu iracundo esposo...

Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al
ignorado sitio de donde surgieron volvindome loco, y torne la
realidad  dominar en mi cabeza.  Me rio siempre que recuerdo aquel
viaje, y toda la consideracin que antes me inspiraba la soada
vctima la dedico ahora,  quin creeris?  mi compaera de viaje
en aquella angustiosa expedicin,  la irascible inglesa, a quien
disloqu un pi en el momento de salir atropelladamente del coche
para perseguir al supuesto mayordomo.






End of Project Gutenberg's La novela en el tranva, by Benito Prez Galds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA NOVELA EN EL TRANVA ***

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electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

