The Project Gutenberg EBook of La Igualdad Social y Poltica y sus
Relaciones con la Libertad, by Concepcin Arenal

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Title: La Igualdad Social y Poltica y sus Relaciones con la Libertad

Author: Concepcin Arenal

Release Date: July 5, 2016 [EBook #52502]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA IGUALDAD SOCIAL Y POLTICA ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




                     LA IGUALDAD SOCIAL Y POLTICA

                   Y SUS RELACIONES CON LA LIBERTAD




                    OBRAS DE DOA CONCEPCIN ARENAL


                           TOMOS PUBLICADOS

I. _El visitador del pobre_, 2 pesetas Madrid, 2,50 provincias.

II. _La Beneficencia, la Filantropa y la Caridad_, 2 pesetas Madrid,
2,50 provincias.

III. _Cartas  los delincuentes_, 3,50 pesetas Madrid, 4 provincias.

IV. _La mujer del porvenir._--_La mujer de su casa_, 2,50 pesetas
Madrid, 3 provincias.

V Y VI. _Estudios penitenciarios_, 5 pesetas Madrid, 6 provincias.

VII Y VIII. _Cartas  un obrero y Cartas  un seor_, 5 pesetas Madrid,
6 provincias.

IX. _Ensayo sobre el derecho de gentes_, 4,50 pesetas Madrid, 5
provincias.

X. _Las colonias penales en la Australia, y la pena de deportacin_, 3
pesetas Madrid, 3,50 provincias.

XI. _La instruccin del pueblo_, 3 pesetas Madrid, 3,50 provincias.

XII. _El derecho de gracia._--_El reo, el pueblo y el verdugo._--_El
delito colectivo_, 2,50 pesetas Madrid, 3 provincias.

XIII. _El visitador del preso_, 2 pesetas Madrid, 2,50 provincias.

XIV. _Informes penitenciarios_, 2 pesetas Madrid, 2,50 provincias.

XV Y XVI. _El pauperismo_, 6 pesetas Madrid, 7 provincias.

XVII. _Memoria sobre la igualdad_ (indita).

A quien solicite la coleccin le ser enviada certificada con slo
recibir el valor de ella en Madrid.


Estos tomos se hallan de venta en la librera de D. Victoriano Surez,
Preciados, 48, MADRID.




                            OBRAS COMPLETAS

                                  DE

                         D. CONCEPCIN ARENAL


                          TOMO DECIMOSPTIMO


                     LA IGUALDAD SOCIAL Y POLTICA

                   Y SUS RELACIONES CON LA LIBERTAD


                             [Ilustracin]


                                MADRID

                     LIBRERA DE VICTORIANO SUREZ
                           48, Preciados, 48

                                 1898




Est. tip. Sucesores de Rivadeneyra.--Paseo de San Vicente 20.




INTRODUCCIN.[1]

       [1] Este trabajo fu hecho en 1862, y revisado por vez primera
       en 1876. No debi mi madre darlo por terminado en esa fecha,
       cuando en 1892 volvi otra vez  repasar lo hecho en 1862 y
       1876. En esta labor haba llegado hasta el final del captulo
       II de la segunda parte; pero ni aun lo anterior lo consideraba
       concludo, puesto que el borrador del ndice tiene entre
       parntesis la indicacin de (provisional).--F. G. A.


Basta considerar la frecuencia con que se habla de _igualdad_, el calor
con que se discute, la multitud de personas que toman parte en la
discusin  se interesan en ella, la vehemencia con que se ataca y se
defiende, la pertinacia con que se afirma  se niega, la confianza con
que se invoca como un medio de salvacin, el horror con que se rechaza
como una causa de ruina; basta observar estos contrastes, no slo
reproducidos, sino crecientes, para sospechar que la igualdad no es
una de esas ideas fugaces que pasan con las circunstancias que las han
producido, sino que tiene races profundas en la naturaleza del hombre,
y es, por lo tanto, un elemento poderoso y permanente de las sociedades
humanas.

Esta sospecha se confirma, pasando  convencimiento, al ver en
la historia la igualdad luchando con el privilegio; vencida, no
exterminada, rebelarse cuando se la crea para siempre bajo el
yugo; existir, si no en realidad, en idea y esperanza, y, derecho 
aspiracin, aparecer en todo pueblo que tiene poderosos grmenes de
vida.

Aspiracin generosa, instinto depravado, impulso ciego, deseo
razonable, sueo loco; bajo todas estas formas se presenta la igualdad,
ya matrona venerable, con balanza equitativa como la justicia, ya
furia, que agita en sus manos rapaces tea incendiaria.

La igualdad en la abyeccin; la igualdad en el derecho; un populacho
vil que quiere pasar, sobre todos, el nivel de su ignominia; un pueblo
digno que se opone  que la justicia sea privilegio: el pensador, buen
amigo de las multitudes, que procura ilustrarlas; el fantico  el
ambicioso, que las extrava, todos hablan de igualdad, aunque cada uno
la comprenda de distinta manera.

Esta diferencia en el modo de concebir una misma cosa se observa en
otras muchas; pero tal vez en ninguna es ms perceptible que en la
igualdad, porque no hay quizs aspiracin que tan fcilmente pase de
razonable  absurda, cuyos verdaderos lmites sean tan fciles de
traspasar, que se ramifique y extienda tanto  todas las esferas de la
vida, ni que haga tan estrecha alianza con una pasin implacable y vil:
la envidia. La envidia enciende sus rencores y destila su veneno en los
individuos y en las multitudes que convierten la igualdad en bandera de
exterminio, y por eso son  veces tan sordas  la voz de la razn y 
las splicas de la misericordia.

Estudiando la igualdad en el pasado, no se la ve seguir un curso ms
 menos rpido, ms  menos regular; su brillo no crece con las luces
de la inteligencia; su marcha no es paralela  la del progreso humano:
tiene resplandores de relmpago, movimientos vertiginosos, y  veces
cada paso asemeja  una erupcin. Esto no es decir que carezca de ley,
no; el huracn y la tempestad tienen la suya; pero es considerar cun
difcil ha de ser la observacin de un fenmeno relacionado con tantos
otros, y que no puede conocerse bien sino conocindolos todos.

Mas por dificultoso que sea el estudio, parece necesario; la igualdad
no se invoca ya por unos pocos, sino por el mayor nmero; no se limita
 una  otra esfera de la vida, pretende invadirlas todas, y sin saber
lo que es, ni los obstculos que halla, ni el modo de vencerlos, se
pretende suprimir el tiempo necesario, el trabajo indispensable, y
supliendo la fuerza con la violencia, lograr instantneamente lo que
slo se realizar en el porvenir,  lo que no podr realizarse nunca.
Estas aspiraciones las tiene el que padece, con la impaciencia de quien
sufre, con la clera del que halla un remedio  un alivio que supone
negado por la injusticia y el egosmo. Y no son cientos ni miles, sino
millones de cleras impacientes y doloridas, que piden  la igualdad un
recurso para su penuria y una satisfaccin para su amor propio. Y estos
millones de impacientes iracundos comunican entre s; es decir, que
multiplican su impaciencia y su ira, que, contenida  intervalos, y 
intervalos desenfrenada, es amenazadora siempre.

Enfrente de los que esperan en la igualdad estn los que la temen, los
que ven en ella una cosa monstruosa, imposible, absurda, injusta; un
sueo de la fiebre popular, un producto de las malas pasiones de la
plebe,  un medio de explotarlas. Para stos, la igualdad es sinnimo
de anarqua, de caos, de degradacin, hasta el punto que _igualarse_
viene  ser _rebajarse_, y persona _distinguida_ equivale  persona
_digna_.

El antagonismo no puede ser ms evidente: lo que para stos es un
atentado, para aqullos es un derecho; aberracin para unos, dogma para
otros.

Los dogmas se creen; los partidarios de la igualdad, las multitudes
al menos, creen en ella, la afirman con la seguridad del que no ha
pensado, con la vehemencia del que espera, y, como todo ignorante que
sea apasionado, estn dispuestos  imponer la creencia.

El dogmatismo que suele aplicarse  las cosas espirituales aqu
interviene en las materiales, y no tiene un reducido nmero de orculos
en el aula  en el templo, sino que abre ctedra donde quiera, en
calles y plazas, en caminos y en veredas. El dogmatismo filosfico
y religioso tiene mximas y preceptos que son promesas, reglas que
enfrenan las pasiones, y aunque influya en las cosas materiales, no
se dirige tan inmediata y directamente  ellas como el dogma de la
igualdad. No se trata ya slo de ser todos igualmente hijos de Dios,
que no har ms distincin que entre justos y pecadores; de ser
juzgados por la misma ley penal, y de suprimir todo privilegio en la
poltica, sino de promulgar la econmica de modo que desaparezcan
las diferencias en las cosas que importan ms, porque no se da tanto
valor  tener voto en los comicios como pan y comodidades en casa. La
insurreccin econmica, la huelga, es la ms frecuente, casi la nica,
y manifiesta adnde se quiere aplicar el nivel con ms empeo.

Mientras otros dogmas pierden prestigio, el de la igualdad aumenta
el nmero de sus proslitos, y extiende su accin en cada individuo;
no hay fenmeno social en que no aparezca su influencia, difcil
determinar hasta dnde llegar, al menos como aspiracin. Quin pone
lmites  la fe y  la esperanza?

Y, no obstante, se comprende la necesidad de ponerlos cuando la
esperanza y la fe no se alimentan de espirituales promesas para otra
vida, sino que quieren realizarse en sta con la posesin inmediata
de ventajas positivas y materiales bienes. Agrguese que stos no se
buscan siempre por la persuasin, sino recurriendo  la fuerza, y es de
temer que la apelacin  ella se repita ms y ms si no se contiene la
fermentacin de las impaciencias. Uno de los medios de contenerlas es
discutirlas; citar ante el tribunal de la razn  los contendientes;
oirlos con imparcialidad; no negar el derecho porque sea nuevo ni
porque sea viejo, sino atendiendo  la justicia; precaverse contra la
pasin, que no siempre es vocinglera; contra el egosmo, que puede
ser cnico  hipcrita; determinar bien los puntos esenciales que se
discuten para quitar al asunto mucho de lo vago que hoy tiene; sealar
las contradicciones que hayan podido pasar desapercibidas, pero que en
los hechos dan lugar  choques y conflictos, y de este modo contribuir
 que, respecto  la igualdad, se tenga opinin que se discute, un
elemento social que se analiza, y no un dogma que se impone  un arma
con que se amenaza.




PARTE PRIMERA.

De la igualdad considerada social y filosficamente.




CAPTULO PRIMERO.

NOCIONES GENERALES.


La idea de _igualdad_ supone la de _diferencia_: si no se hubiesen
notado maneras de ser diferentes, no caba afirmar que las hubiera
iguales; no se dira que los hombres lo eran, sino comprendiendo
que pueden dejar de serlo. Que los aficionados  los estudios
psicolgicos, que propenden  ver _sucesivos_ fenmenos que tal vez son
_simultneos_, discutan si la nocin de igualdad ha seguido  precedido
 la de diferencia;  nosotros nos basta hacer constar que si todos
fueran, se sintieran y se supieran iguales, no se discutira acerca
de la igualdad, viviramos sin afirmarla ni negarla, sin notarla; no
habra idea de ella, como no existira la de salud si no se hubieran
visto vivientes enfermos ni se concibiera que pudiesen estarlo.
Anterior, posterior  simultnea, negacin  afirmacin de semejanzas 
de diferencias, la igualdad y la desigualdad coexisten de tal manera,
que no puede concebirse la una sin la otra, y que el estudio de
cualquiera de ellas es el estudio de entrambas.

Si, pues, desde el primer momento que meditamos sobre la igualdad
la vemos que coexiste con la desigualdad, y que no se concibe sin
ella, la primera consecuencia que sacaremos es que entrambas existen
necesariamente, que son indestructibles la una como la otra, y que ni
el nivel ni el privilegio pueden ser un medio permanente de establecer
la paz y la justicia, porque uno y otro prescinden de la naturaleza de
las cosas. Los defensores del privilegio niegan las semejanzas, los
niveladores las diferencias, sin ver que unas y otras se prueban en el
hecho mismo de tener idea de igualdad y desigualdad. Sus grados, clase
y resultados darn lugar  discusiones y dudas; pero que al menos quede
fuera de ella que la igualdad y la desigualdad se suponen mutuamente,
coexisten son un elemento necesario que se puede modificar, combinar de
este  del otro modo, pero no suprimir; y la razn nos pone  cubierto
de los radicalismos que entienden arrancar de raz los abusos  los
errores, cuando no hacen ms que prescindir de lo que es esencial  la
naturaleza humana.

La igualdad supone comparacin, y la comparacin cosas  personas
que han de ser comparadas. Ya se sabe que todo sr es _idntico 
s mismo_; de modo que, cuando se dice _igual_, evidentemente hay
que referirse  _otro_. Igualdad supone _pluralidad_ de personas 
cosas que no se aislan, sino que, por el contrario, se aproximan para
compararlas  ser comparadas.

Un _nmero_ de seres, una _aproximacin_ suficiente, una _comparacin_
de sus cualidades, son condiciones indispensables para decir  negar
que hay igualdad. sta supone, pues, colectividad que juzga y resuelve
si algunos, muchos  todos sus individuos han de equipararse. Por pocos
que stos sean, la igualdad es un fenmeno _social_, y por groseros que
se los suponga, la igualdad est precedida de una comparacin, de un
juicio.

En consecuencia, la igualdad, ya se afirme, ya se niegue, no se puede
considerar en una cosa aislada: como quiera que se comprenda el modo
de ser de una persona, no se la _iguala_  _diferencia_ por lo que en
ella se observe en absoluto, sino por lo relativo que con otros tenga
de comn  diferente. No siendo la igualdad personal, sino colectiva,
tiene ms fuerza y menos independencia que lo que depende del solo
individuo; y si se conociera mejor, tendra menos osada y menos
desfallecimientos como un elemento positivo y coartado que no se puede
extender indefinidamente ni suprimir.

La igualdad, como aspiracin, existe en varios grados y formas, segn
el pueblo en que aparece y el individuo que  ella aspira; pero en
ninguna circunstancia esta aspiracin existe sola, sino con otras, ya
del individuo que la siente, ya de los que con l estn relacionados.
El mismo que desea _igualarse_ con los que estn ms arriba, quiere
_distinguirse_ de los iguales, y se indigna de ser _confundido_ con
los inferiores. El espritu de dominacin, tan hostil al de igualdad,
coexiste con l, y cuando no hay una fuerza que le sofoque,  una razn
que le enfrene, se revela: pueden verse sus tendencias avasalladoras
en el nio que pretende imponer su voluntad, y ms an en el loco,
que no slo quiere que prevalezca la suya, sino que con frecuencia
se reviste de autoridad superior  poder omnipotente. Cierto que no
se pueden aplicar  los hombres cuerdos las observaciones hechas en
los nios y en los locos, pero tampoco pueden dejar de considerarse
como datos; porque en el nio estn los elementos del hombre; no ha
dejado de serlo el loco por estarlo, y su extravo no consiste en tener
instintos, facultades  sentimientos que falten  los dems, sino en la
preponderancia desordenada de alguno de ellos. La frecuencia con que
los locos se creen personas muy superiores por sus riquezas, talentos
 autoridad, hace sospechar que existe en el hombre una propensin 
elevarse sobre los otros, sospecha que pasa  convencimiento notando
que la vanidad y espritu de dominacin son tan comunes en el hombre
como hostiles  la igualdad. Si hay en el corazn humano un elemento
que impulsa  _igualarse_, hay otro que induce  distinguirse, como
se puede notar que existe  la vez el instinto del mando y el de la
obediencia. Estos impulsos iniciales pueden y deben constituir una
armona: no se diga que son fatalmente hostiles, pero no se desconozca
su antagonismo y se crea que la igualdad puede establecerse sin
lucha y brotar espontneamente donde quiera que no se contrara la
natural propensin del hombre. ste, por el contrario, propende 
la desigualdad, porque es vano, porque quiere distinguirse, y para
lograrlo sacrifica muchas veces su sosiego, su vida y hasta su deber.
Desde la noble emulacin que inspira al hroe en el campo de batalla y
al sabio en su gabinete, al bestial arrojo del torero, y el artificio
costoso de la coqueta elegante, hay un mundo de esenciales diferencias,
pero se nota un factor comn, el deseo de distinguirse; es tan fuerte
este deseo, que anima al hombre en las circunstancias ms varias de la
vida; sofoca el ay! del enfermo que siente penetrar en sus carnes el
cuchillo de amputacin, y la voz de la conciencia de la mujer de moda
se mezcla  los motivos nobles del hombre virtuoso y  los viles del
criminal. Seguramente hay servidores, y aun mrtires, de la religin,
de la ciencia y de la humanidad, en quienes no influye el deseo de
distinguirse y hacer que su nombre no se confunda con los otros, pero
son excepciones; la regla general es que el individuo, siempre que
puede, procura hacerse notable por alguna cosa; que si halla grados
establecidos procura colocarse en los superiores, y que slo los que
estn en el ltimo piden nivelacin. Hay, pues, que tener presente el
hecho de que en lo ntimo de la naturaleza humana existe un impulso
antagnico  la igualdad: el deseo de distinguirse.

Siendo el hombre un compuesto complicadsimo de elementos que se
combinan de diversos modos, no es cosa sencilla y fcil de estudiar
la igualdad: puede referirse  la fuerza,  la belleza fsica,  la
resistencia para el trabajo, la fatiga, el dolor, y contra las causas
que alteran la salud;  la nobleza  vileza de carcter,  su entereza
 debilidad,  la actividad  apata, al cumplimiento  olvido del
deber, al egosmo  la abnegacin, y, en fin,  las varias facultades
intelectuales. Las aptitudes diversas, las variaciones combinadas
de diverso modo, dan lugar  diferencias infinitas en lo fsico,
en lo moral, en lo intelectual. La igualdad y la desigualdad estn
constitudas por un gran nmero de igualdades y desigualdades que
modifican y son modificadas: as como del _mismo_ peso  estatura de
dos hombres no se puede inferir su igualdad fsica, porque uno puede
ser feo  enfermo, otro bello y hermoso, tampoco por ninguna cualidad
moral  aptitud de la inteligencia se puede saber si ser igual  otro
que tenga aquella misma aptitud  cualidad. Y como esto sucede, no
slo al comparar un individuo con otro, sino todos entre s; como hay
que ir reconociendo diferencias y combinaciones de ellas para conocer
igualdades, este conocimiento es muy difcil, y muy comn, careciendo
de l, resolver como si se tuviera. El que habla resueltamente de
igualdad, puede responder siempre  esta pregunta? De qu igualdad
se trata? No; y la fsica, la moral y la intelectual constituyen
clases muy diferentes, y dentro de ellas, variedades infinitas. Slo
clasificando estas diferentes especies de igualdad pueden conocerse, y
slo conocindolas negar y concederse con razn.

Siendo los elementos de la igualdad fsicos, morales  intelectuales,
hay que tenerlos todos presentes para establecerla; si se prescinde de
ellos, la igualdad es una palabra, un abuso de la fuerza, la ilusin
que desaparece  el rodillo que nivela aplastando lo que sobresale,
jams el equilibrio de una armona duradera.

La igualdad tiene, sin duda, profundas races en el corazn humano;
pero adems de que halla otros espontneos impulsos igualmente
arraigados que la contraran, ninguna planta vive por la raz sola: no
basta decir que una aspiracin es natural para que sea realizable; al
contrario, el hombre est lleno de aspiraciones que rara vez  nunca
realiza. No creemos que sean intiles; pero no es ste el lugar de
discutir cmo pueden utilizarse, sino de consignar que las aspiraciones
no son, ni profecas, ni orculos, sino impulsos que es necesario
enfrenar,  cuando menos dirigir. Para apreciar los grados de realidad
que pueden tener las aspiraciones, cierto que ha de tenerse en cuenta
la naturaleza humana, pero cuidando de distinguir que hay inmensas
diferencias entre el _natural_ de un salvaje, de un brbaro  de un
hombre civilizado, y aun dentro de la civilizacin, segn sus grados,
tendencias y lugar que en ella se ocupa, entre unos hombres y otros; de
modo que, cuando se habla de conformarse  las aspiraciones naturales,
es necesario investigar cules son, porque el natural vara.

Aun cuando la igualdad sea aspiracin legtima y realizable, no puede
prescindir del principio _no hay derecho contra el derecho_, ni
afirmar que el suyo es el ms sagrado, que no tiene lmites fijos,
que su uso no est sujeto al abuso, y, en fin, que puede sustituirse
con una maza la balanza de la justicia. Pero desde que la igualdad es
derecho, es sagrado como cualquier otro, indestructible como todos; y
siendo preciado como pocos, y haciendo como ninguno fcil la alianza de
la razn y las pasiones, negarle es tan imprudente como injusto.

De todo lo cual se infiere que la igualdad es un problema social de los
ms complicados y difciles de resolver.




CAPTULO II.

DE LA IGUALDAD, DE LA IDENTIDAD, DE LA SEMEJANZA Y DE LA EQUIVALENCIA.


La igualdad sin diferencia alguna entre las personas, sabido es que
no existe, y aun las cosas que no acertamos  distinguir no son
idnticas. Si lo parecen las hojas de un rbol  las arenas del mar,
es porque no las observamos bien,  porque no tenemos medios adecuados
de observacin:  medida que sta se perfecciona ms, halla ms
diferencias; tanto, que conocer es distinguir. Nos parecen iguales las
ovejas de un rebao que el pastor no confunde, y dos gotas de agua que
ponemos como ejemplo de cosas idnticas, con el auxilio del microscopio
se ve que no lo son.

Si la igualdad entre los hombres no es, no puede ser la _identidad_,
resultar, pues, _de cierto grado de semejanza_. Pero qu grados de
semejanza bastan para constituir la igualdad? Cmo se miden estos
grados? H aqu dos preguntas que es preciso hacer y difcil contestar.
Por difcil que sea hay que contestarlas, porque ya se conceda la
igualdad  se niegue, necesario es razonar la concesin  la negativa:
reflexionemos, pues, sobre el asunto.

Hay que poner ruedas  un vagn, y han de ser _iguales_. Qu
necesitamos para decir que lo son? No que sean idnticas, sino que su
semejanza sea bastante para resistir igualmente por cierto tiempo,
para que se adapten  la va de un modo anlogo, no tengan demasiado
rozamiento al rodar por ella, no descarrilen en las circunstancias
normales, y no produzcan movimientos violentos y grandes desniveles en
los carruajes.

Necesitamos una balanza: los brazos, los platillos, han de ser iguales.
Cundo decimos que lo son? Cuando tienen la suficiente semejanza para
que los pesos que hacemos con ella tengan la necesaria exactitud.
Segn tengamos que pesar patatas, oro  gases, exigiremos entre las
partes simtricas del aparato ms igualdad, grados de semejanza
proporcionados  los de exactitud que deseamos en el peso.

Necesitamos varios aparatos para elevar agua, iguales, y decimos que lo
son cuando los cuerpos de bomba y los mbolos tienen bastante semejanza
para efectuar prximamente el mismo trabajo.

Construmos una escalera con peldaos, que tenemos por iguales si  la
vista lo parecen, asemejndose bastante para que al andar por ella no
se tenga la molestia que resultara de su mucha desigualdad.

Podran multiplicarse los ejemplos, resultando siempre que en las obras
materiales se llama igualdad cierto grado de semejanza.

Debe observarse, adems, que tcita  expresamente se prescinde, al
calificar de iguales las cosas, de diferencias que, aun cuando grandes,
no influyen de una manera apreciable en su utilidad para el servicio
que han de prestar. As, decimos que dos bombas son iguales si tienen
las mismas dimensiones y efectan el mismo trabajo, aunque estn
pintadas de un color diferente.

Si de las obras pasamos  los operarios, observaremos que stos se
califican tambin de iguales cuando sus productos se asemejan lo
bastante para ser igualmente tiles. Llamamos iguales  dos zapateros
que nos hacen por el mismo dinero botas que no difieren de un modo
apreciable en apariencia y servicio.

Pero en cuanto pasamos de la _obra_ al _obrero_, surgen multitud de
elementos que hacen el problema complicado, de sencillo que era. En la
balanza podamos prescindir de todas las diferencias que no influyesen
para la exactitud del peso; en el zapatero no podemos prescindir de
todas las que no se refieran  la hechura de las botas. Puede ser un
hombre que padece una enfermedad contagiosa transmisible por el calzado
que manipula; un tramposo que pide paga anticipada y olvida  niega la
que ha recibido; un ratero que echa mano y guarda el cubierto  la joya
que hall al paso en nuestra casa; un criminal que entra en ella para
combinar, con otros malvados, el modo de asaltarla. Puede parecemos
igual al que est sano de cuerpo y es exacto en sus cuentas y honrado
en sus procederes? Seguramente que no.

Si en vez de calzar se trata de ensear  un hijo, todava notaremos
ms diferencias importantes entre dos maestros iguales respecto 
ciencia, y habilidad y celo en transmitirla. No nos basta ya que
no sean tramposos, ni cometan ninguna accin penada por la ley;
necesitamos que sus maneras sean cultas, su lenguaje decoroso, su
proceder digno, su conducta intachable,  fin de que no d mal
ejemplo, haciendo ms dao con su obra inmoral que provecho con su
obra cientfica: en este caso la igualdad necesita mucho mayor nmero
de semejanzas. Estas han de ser ms para que haya igualdad entre dos
amigos.

Podemos decir (y con exactitud muchas veces) que nos son iguales dos
operarios que trabajan del mismo modo; mas para afirmar la misma
igualdad en dos personas que aspiran  la mano de una hija, cunto
mayor nmero de semejanzas no necesitamos! La comparacin se extiende
entonces  lo fsico,  lo moral,  lo intelectual. Edad, robustez,
belleza, costumbres, ideas, carcter, aptitud, posicin social, todo
lo comparamos, observando analogas y diferencias, inconvenientes y
ventajas, perjuicios y compensaciones; son aqu tantas las semejanzas
que se necesitan para establecer la igualdad, que ser muy raro que
un padre, aun obrando con fra razn y recta conciencia, sin dejarse
llevar de simpatas ciegas, ni vanidades locas, piense que es igual un
hombre  otro para marido de su hija.

Se ve que en las relaciones de los hombres, aun las ms sencillas y
del orden fsico, aun para la obra ms mecnica, la igualdad que se
establece no es puramente material; y se ve tambin que entran en
ella ms elementos fsicos, morales  intelectuales,  medida que la
relacin se establece en ms amplia esfera, aumentando entonces el
nmero de semejanzas necesarias para constituir igualdad.

Parece, pues, bastante claro que al contestar  la pregunta: _Qu
grados de semejanza se necesitan para establecer la igualdad?_, no
podemos referirnos  escala y nmeros fijos, ni aplicar la misma regla
comparando balanzas y escaleras, que hombres, ni stos lo mismo si se
trata de hacer calzado  la felicidad de las personas que amamos.

De todo lo cual se infiere que _igualdad es aquel grado de semejanza_
NECESARIA _para el fin  que se destinan las cosas  personas que se
comparan_. Ya sacaremos las consecuencias de este principio,  nuestro
parecer muy importante.

Qu es _equivalencia_? La etimologa de la palabra lo indica:
_equivalente_ es lo que _vale igual_. La igualdad aqu se refiere,
no  la naturaleza de la cosa comparada, sino al aprecio que de ella
se hace, al valor que tiene. Una moneda de oro, una medida de trigo,
una pieza de pao, un pedazo de hierro, cosas son que se parecen muy
poco entre s, y, no obstante, pueden ser equivalentes, cambiarse
unas por otras, y tomarse indistintamente como pago de una deuda. La
equivalencia de las personas se establece segn condiciones que varan
mucho ms que respecto  las cosas: las circunstancias, los errores,
las pasiones, la abnegacin, el egosmo, el vicio, la virtud, el
crimen, la inocencia, todo contribuye  que una persona sea tenida en
poco  en mucho, y  que se considere que vale ms, menos  lo mismo
que otra con quien se la compara.

Menos fuerza muscular puede suplirse con mayor destreza; una cualidad
moral, una aptitud intelectual con otra  con mayor perseverancia
en el trabajo y constancia para el bien. Aunque no se suplan las
disposiciones  las obras, pueden stas tener un valor igual y ser
equivalentes. Un albail y un cantero no se suplen, ni un cantante
y un director de orquesta; pero siendo igualmente necesarios stos
para ejecutar una pera y aqullos para hacer una casa, dadas ciertas
circunstancias su trabajo podr tener un valor igual, y sus servicios
considerarse como equivalentes. Un mdico y un abogado no se suplen
en lo relativo  su profesin, pero los servicios que prestan,
aunque muy diversos, pueden valer lo mismo. La muerte del que la
arrostra voluntariamente por la patria en el campo de batalla,  por
la humanidad en una epidemia, con ser muy distintas son igualmente
heroicas. Hay equivalencias en el arte y en la industria, en lo
intelectual y en lo moral, en todo.

Pero estas equivalencias, qu grados de _analogas_ necesitan? Aqu
empieza la gran dificultad; porque un valor, cualquiera que sea, es
cosa relativa  los medios, necesidades  ideas de quien le calcula
y determina, y dos cosas anlogas y equivalentes para uno, para otro
no tienen analoga, ni pueden ser comparadas,  si lo son es para
apreciarlas de muy diferente modo. El entusiasta por la msica y
el que la considera como un ruido menos desagradable que otros; el
aficionado  toros y el que detesta esta diversin, podrn ponerse de
acuerdo sobre la _equivalencia_ de los servicios que presta un torero
y un cantante? El que llama sueos  las especulaciones filosficas,
y el que cree no hay elevacin ni dignidad sino en ellas; el que no
considera como verdadero trabajo sino al manual, y el que le califica
de degradante, podrn convenir en la equivalencia de la obra de un
filsofo y de un picapedrero?

Es un gran auxiliar de la igualdad la equivalencia; por medio de ella
pueden ponerse al _mismo nivel social_ los que tienen aptitudes,
mritos, posiciones diferentes, estableciendo compensaciones armnicas
y durables en vez de esas especies de rodillos que quieren pasarse
por la sociedad como por las carreteras para igualar por presin,
aplastando todo lo que sobresale. El que observa la variedad de
aptitudes que especifica y aumenta la divisin de trabajo, y duda tal
vez de poder hallar bastantes semejanzas para establecer la igualdad,
ve un modo de suplir  la semejanza con la equivalencia, y se apresura
 sealarla como poderoso elemento de equilibrio estable. Y como el
nimo al discurrir sobre los grandes problemas sociales es raro que no
est inquieto; como el asunto es carne viva que palpita, que siente,
que sufre; como estas palpitaciones y estos sufrimientos se comunican
al que los estudia con deseo de calmarlos, cuando se halla  se cree
hallar un calmante, es difcil que al desear su eficacia no se exagere.

Fcil es, por tanto, caer en exageracin al graduar lo que al
equilibrio social puede contribuir la equivalencia; mas sin
considerarla como una panacea, parcenos que puede calificarse de
remedio en algunos casos, y siempre de elemento armnico de razonable
igualdad. Al congratularse de que exista, y al contar con l, hay que
precaverse de exagerar su poder, y, sobre todo, de no imaginar que
es independiente. La equivalencia puede penetrar muy adentro en el
organismo social, pero no influir sin ser influda, y sin un previo,
largo y difcil trabajo para calmar pasiones, desvanecer errores,
satisfacer intereses y hacer concurrir al bien elementos cuyas armonas
no se sospechan al ver sus aparentes antagonismos.

Pero si parece indudable que la equivalencia puede contribuir de
un modo eficaz  establecer la igualdad, tampoco tiene duda que su
cooperacin ofrece dificultades cuya magnitud conviene apreciar
bien, para que no se conviertan en insuperables obstculos. Por una
parte, si pueden ponerse al mismo nivel, no slo los que son iguales,
sino tambin aquellos que valen igualmente, claro es que aumenta
el nmero de personas que se igualaron, socialmente consideradas;
pero este aumento requiere condiciones difciles, es ms dificultoso
determinar equivalencias que igualdades. Comparar dos mdicos entre
s, un mdico con un naturalista  un abogado, un poeta con un piloto,
un ingeniero con un albail, un artista con un artesano, ofrece
dificultades crecientes  medida de las diferencias: ya no se buscan
semejanzas que se llaman igualdades, hay que observar analogas para
determinar equivalencias. Este trabajo se ve claramente es mucho ms
delicado y difcil, aunque se hiciera con toda calma, despreocupacin
y justicia; pero suele faltar esta justicia, esta despreocupacin,
esta calma, y suele medirse el valor de las diferentes clases como
miden la temperatura los que no tienen termmetro, y segn sienten
calor  fro, dicen que una casa est fra  caliente. Qu escala, qu
regla hay para graduar las equivalencias sociales? Si no nos pagamos
de palabras y de apariencias, veremos que no existen reglas fijas; y
reflexionando sobre el caso, notaremos que las escalas es inevitable
que sean variables con las ideas, las pasiones, las necesidades y la
manera de ser de los que las forman. El pueblo guerrero y descredo
no puede conceder equivalencia entre el combatiente impvido y el
piadoso sacerdote; el ignorante y vicioso, entre el sabio que le quiere
instruir y el cmico, el cantante  el torero que le divierten: donde
se cree en la diferencia real de las castas y de las clases, no hay
equivalencia posible entre los que figuran en las primeras y los que
pertenecen  las ltimas. Cada cambio en las ideas, en los intereses,
en las necesidades, en las pasiones, produce otro en la escala que
grada el valor social de los hombres; se establecen equivalencias
donde antes no podan existir, se niegan las reconocidas, y se declara
superior al que antes estaba ms abajo, y viceversa. Mirados con
desprecio los que toman parte en las representaciones teatrales, su
oficio es vil, y ellos equiparados  los ms indignos; pasan aos, no
muchos, para tan notable cambio, y el que era un histrin infame se
convierte en un actor, en un artista apreciable, eminente, sublime,
inmortal, segn los casos, y la equivalencia que antes se buscaba en
las ltimas capas sociales, se establece en las primeras.

Un gran nmero de artes y oficios vedados por la ley  por la
opinin  toda persona digna, y hoy apreciados  honrados,
han variado la graduacin de la escala y los elementos de la
equivalencia. Estudindolos se ve que crecen estos elementos, que
cada descubrimiento, cada invencin, cada camino que se abre  la
actividad inteligente del hombre, es un nuevo medio de equipararle 
otros que ocupaban una posicin ms aventajada, y aumenta el nmero
de los que, siendo equivalentes, pueden ser y son considerados como
iguales: la rapidez del progreso en este sentido no puede desconocerse.
No es necesario subir mucho en la historia de los pueblos para ver
que no haba equivalencia social respecto  las clases elevadas ms
que en dos: el sacerdote y el guerrero. Entre stas y las dems
mediaba un abismo; la equivalencia era imposible. Despus la toga se
equipar al hbito y  la coraza; as pas mucho tiempo, y an los
ancianos recuerdan aquel en que ninguna persona noble que no tuviera
lo suficiente para vivir de sus rentas poda dedicarse ms que  las
armas,  la iglesia  al estudio de las leyes: la equivalencia, que
se haba extendido un poco, se limitaba, no obstante, al derecho,
la teologa y la milicia; hoy han dilatado su esfera las ciencias,
las artes, la industria, el comercio, modos infinitos de desplegar
dignamente la actividad humana, que, manifestndose de diferente modo y
aplicndose  objetos diversos, tienen igual utilidad y merecen igual
aprecio.

No es posible observar, siquiera sea muy por encima, la marcha de
la civilizacin sin ver como factor creciente de la igualdad la
equivalencia, y sin notar que este crecimiento es constante, graduado,
slido, resulta de causas poderosas y permanentes, es lgico, en fin.

Pero quien dice lgica, dice encadenamiento ordenado y necesario
de verdades, dice un inmenso poder y una regla severa, una gran
fuerza y una estrecha sujecin, y para que las consecuencias sean
irresistibles es indispensable que las premisas sean ciertas. No
es una escuela, un club, un orador de tribuna  de esquina los que
pueden decir  un hombre   una multitud t vales tanto como otra
multitud  otro hombre: esta declaracin puede hacerse aplaudir en una
hora da entusiasmo,  servir de bandera en un da de motn; pero no
constituir un derecho si no recae sobre hechos positivos y constantes.
Nuevas ideas, nuevas necesidades fsicas, morales  intelectuales, y
quien las satisfaga realmente, es condicin precisa para aumentar de
un modo estable el nmero de los equivalentes sociales,  variar el
lugar de la escala que ocupan. La adivinacin no se ha convertido en
buenaventura descendiendo del orculo  la gitana, sino porque son
ya pocos y de los que estn muy abajo los que creen que hay artes
ocultas para predecir lo futuro. El ingeniero no se ha puesto  nivel
de las profesiones ms honradas sino porque satisface una necesidad
generalmente sentida. El cmico no pas de histrin infame  actor
apreciado sino porque se ha hecho artista en un pueblo que gusta del
arte; y donde el torero recoge aplausos y dinero, y el filsofo vive
olvidado en la miseria, es porque la falta de ideas y el trastorno de
las pocas que hay produce la inversin de las escalas sociales y que
los ltimos sean los primeros, y viceversa.

As, pues, la equivalencia, auxiliar poderoso de la igualdad, crece
constante pero lgicamente; tiene poder, pero est sujeta  leyes;
puede influir mucho, pero no puede prescindir de necesidades, de ideas
y, lo que es ms triste, ni aun de errores  injusticias. En vano
un individuo  una colectividad dirn  otra colectividad   otro
individuo: valemos tanto como vosotros, y ser cierto y lo probarn; si
los dems no lo comprenden as, si hay quien tiene inters en negarlo
y medios de hacer que su inters prevalezca, la equivalencia, por ms
justa que sea, no ser menos imposible. No la realiza, pues, quien
pretende imponerla; antes la desacredita, contribuyendo  que se la
declare imposible, cuando no es ms que prematura.

Resumiendo. No se debe confundir la igualdad con la identidad, porque
no existen dos personas entre las cuales no haya diferencia alguna.

_Igualdad_ no es una cosa absoluta y fija, sino relativa y variable,
segn el objeto con que se establece; as hemos podido definirla _aquel
grado de semejanza necesario para el fin  que se destinan las cosas 
las personas comparadas_.

_Equivalencia_ es el valor igual que tienen las cosas  las personas,
no por sus muchos grados de semejanza, _sino por ser igualmente
apreciadas del que las califica_.

Tendremos ocasin de recordar ms adelante estas verdades y necesidad
de apoyarnos en ellas.




CAPTULO III.

ORIGEN Y PROGRESOS DE LA DESIGUALDAD.


Es tan cierto lo que decamos en nuestro primer captulo, de que sin
haber observado diferencias no habra ocurrido pensar en igualdades,
aqullas y stas estn en relacin tan constante, ntima y necesaria,
que al estudiar la igualdad hallaremos de continuo la desigualdad, sin
que nos sea posible hacer investigaciones sobre la una, sin analizar
la otra, y anotando que, bien definida cualquiera de ellas, es fcil
definirlas entrambas con exactitud.

Si la IGUALDAD _es aquel grado de semejanza necesaria para el fin  que
se destinan las cosas  las personas que se comparan, la_ DESIGUALDAD
_ser aquel grado de diferencia por el cual las cosas  las personas no
puedan servir igualmente al mismo fin_.

El origen de la desigualdad del hombre, que es la que nos proponemos
estudiar, est en la naturaleza, entendiendo por naturaleza del hombre
no slo su organismo fsico, sus necesidades materiales y los medios de
satisfacerlas, sino su sr completo, fsico, moral  intelectual.

Sin dejarse llevar de la imaginacin  del espritu de sistema
afirmando acerca del hombre prehistrico lo que no puede saberse, cabe
asegurar que los primeros hombres no eran iguales entre s, en el
sentido de ser idnticos, ni aun tenan todos aquel grado de semejanzas
en virtud del cual sirvieran igualmente  cuantos fines pudiesen
proponerse en la sociedad ms ruda.

Para evitar equvocos convendr consignar que entendemos por hombre
un viviente fsicamente organizado en lo esencial, como lo estn los
hombres de hoy: intelectualmente, capaz de distinguir el bien del mal;
y moralmente, con poder de elegir y realizar el uno  el otro. El que
no tenga estas condiciones podr ser hombre para el naturalista, pero
no lo es para el que se ocupa de ciencias morales y polticas.

Entre los primeros hombres los habra deformes, feos, dbiles,
enfermizos, y bien constitudos, bellos, fuertes, robustos; estas
desigualdades fsicas, por ser las ms perceptibles y las ms
importantes entre hordas salvajes, no seran las nicas; individuos
habra ms resueltos para buscar el peligro, ms firmes para
arrostrarle, ms circunspectos, ms valerosos, ms astutos para
triunfar en la lucha continua que era condicin de existencia. Que
entre ellos haba desigualdades se comprende desde luego observando
que existen hasta entre los animales, y ms  medida que ocupan un
lugar ms elevado en la escala. Entre los domsticos, que son los que
conocemos un poco mejor, podemos notar diferencias de belleza, de
fuerza, y hasta de inteligencia y de carcter; no se concibe, pues, que
dejen de existir entre los hombres, ni se ha encontrado sociedad por
ruda que sea en que algunos no se distinguieran de los otros, ya fuese
por elevarse, ya por no llegar al nivel comn. No hay pueblo sin jefe,
ni donde la tradicin no recuerde algunas personas distinguidas. Que se
los suponga venidos de remotas regiones  descendientes de los dioses,
es lo cierto que se conserva el recuerdo de hombres que no eran iguales
 los otros, que inventaron artes tiles, llevaron  cabo heroicas
hazaas  las cantaron.

Por rudo que sea el hombre primitivo, por decisivas que sean para l
las inferioridades y superioridades fsicas, tambin le importan en
cierta medida, al menos, las intelectuales, porque adems de la fuerza
muscular necesita alguna inteligencia  fin de utilizarla. Un genio
enfermizo no tendra autoridad en un pueblo brbaro, pero tampoco un
atleta imbcil.

Por todo lo que pensamos, observamos y sabemos, donde quiera que hay
sociedad de hombres se notan en ellos desemejanzas bastante marcadas
para que sean calificadas de desiguales, ya se compare su fuerza, ya
su inteligencia. Estas diferencias son necesarias, sin que puedan
evitarlas aquellos  quienes perjudican, ni conseguirlas aquellos 
quienes favorecen. No depende de nadie nacer feo  hermoso, enfermo 
robusto, limitado  inteligente; todas estas desigualdades naturales
son tambin fatales.

Aunque sea de paso, debemos advertir que decimos _fatal_ en el
sentido de _inevitable_, no en el de _ciego_ y menos de _injusto_. En
cualquiera poca que estudiemos  los hombres hallamos desigualdad
natural entre ellos, lo cual en parte se explica como necesario  la
sociabilidad, y en parte no. En todo estudio se llega  un _non plus
ultra_; se encuentra lo desconocido, lo inexplicable, que unos dan
por explicado sin estarlo, otros llaman misterio, y otros absurdo 
injusticia: nosotros somos de los que le llamamos misterio. Le hay
en la desigualdad congnita de los hombres; cuando es, ser porque
debe ser; pero aun los que no vean en ella la justicia divina, no
pueden negarse  la evidencia de que est en la naturaleza humana.
Providencial  fatal, es innegable la desigualdad de los hombres de
todos los tiempos y lugares; y cualquiera que sea el grado de su
cultura, sta modifica, no destruye el hecho primitivo de las grandes
diferencias individuales.

Pero el hombre no es slo un organismo fsico, un conjunto de
facultades intelectuales, sino tambin un sr moral; adems de bello
 feo, endeble  fuerte, limitado  inteligente, puede ser _bueno_ 
_malo_, y el serlo depende de l, de l solo; no hay aqu fatalidad;
todo el que hace mal, si est en su cabal juicio, es porque quiere
hacerlo. En cualquier lugar donde existen hombres los hay malos y
buenos, peores y mejores; toda colectividad que tiene recuerdos,
conserva la memoria de bondades ejemplares, de virtudes  toda prueba,
de abnegaciones sin lmites, al propio tiempo que necesita reprimir
hechos atentatorios al orden y que, si se generalizasen, haran
imposible la sociedad. El excepcionalmente bueno y el excepcionalmente
malo, el que se reverencia con amor y el que se persigue con odio,
el justo y el delincuente, son los extremos de la desigualdad moral,
cuyos intermedios varan al infinito. Pero si las diferencias fsicas
 intelectuales se reciben, las morales se crean, su origen est en la
libertad del hombre, en su voluntad recta  torcida.

Son tres los elementos (fsico, intelectual y moral) que entran en
la desigualdad; de los dos primeros no se dispone, del ltimo s, y
con l puede reaccionar de tal modo sobre los otros que venga  ser
preponderante en vez de estar supeditado. Quin no conoce personas
que por falta de moralidad han destruido un fsico fuerte, y otras
delicadas que se han fortalecido con la constancia en un buen rgimen
que no es posible sino  los que tienen buena conducta? Por donde
quiera se ven ejemplos de ventajas conseguidas respecto  los que
nacieron mejor dotados, de desigualdades fsicas invertidas por la
moralidad  la falta de ella; de modo que en muchos casos, aun aquellas
dotes que parecen recibidas fatalmente, pueden conquistarse con la
voluntad recta y perderse con la voluntad torcida; lo ltimo, sobre
todo, es indefectible; la organizacin ms privilegiada no resiste al
desorden y al vicio, que no tarda en rebajar  los que la Naturaleza
haba elevado al nacer.

Aunque no tan grande como la robustez, la belleza es una gran ventaja
que est muy desigualmente distribuda. Pero puede conservarse la
belleza que se _recibe_ sin la moralidad de que se dispone? Cunto
tiempo dura la belleza del hombre crapuloso, de la mujer liviana,
del malvado, en cuyo rostro contrado no tardan en reflejarse sus
pensamientos siniestros? Poco dura, fugaz es, y ellos muy pronto
inferiores, aun estticamente considerados,  los que tienen la
hermosura del alma. El efecto til de la belleza para el que la tiene,
es la impresin que produce. Y quin no sabe que esta impresin
depende muchas veces menos de las dotes fsicas recibidas que de las
morales consecuencia de la voluntad? Quin no conoce personas que no
son hermosas, y hasta que son feas, pero que, no obstante, agradan, son
simpticas, porque la dulzura del carcter, la bondad del corazn,
la paz del espritu, la rectitud de la conciencia, se revelan en el
rostro, cuyo atractivo no est en las formas, ni en el color, sino que
es un reflejo de la belleza del alma? _Son feos porque quieren_, deca
uno con gran asombro de los que no comprendan cuanta verdad hay en
esta frase; varindola un poco, diciendo:--son _desagradables_ porque
quieren--puede sostenerse su exactitud, porque el que tiene voluntad
de ser bueno lo es, y sindolo, no habr en su aspecto exterior nada
repulsivo, y, por el contrario, tendr siempre algo que agrada y atrae.

De otras desventajas fsicas triunfa tambin la voluntad fortaleciendo
con el ejercicio rganos dbiles y utilizando con la perseverancia
aptitudes que sin ella habran sido intiles.

En el orden intelectual aparece an mucho mayor el poder de la
voluntad; y aunque no sea absolutamente cierto, como se ha dicho, _que
el genio es la paciencia_, es decir, la perseverancia, es decir, la
voluntad, sin ella muy firme no hay genio. Nadie nace genio. Pueden
recibirse al nacer facultades superiores; pero si no se cultivan, se
atrofian, sucumben en germen por falta de una voluntad firme y recta.

En general, los hombres grandes son hombres morales, y muchos que
hubieran sido eminentes se quedan en medianas por falta de moralidad.
No slo el vicio debilita las facultades; no slo el amor propio
exagerado, la vanidad, la codicia, todas las formas del egosmo limitan
el horizonte, dan puntos de vista mezquinos, impiden elevarse  las
grandes alturas desde donde solamente se descubre la verdad, sino
que sin amor  ella, sin impulsos nobles, grandes, que destruyan los
miserables movimientos del yo mezquino, es difcil la inspiracin
sostenida que constituye los grandes hombres. Porque la inspiracin
no se limita  los artistas y  los poetas; sin ella nada grande se
crea, se comprende ni se adivina,  inspirados estaban Platn, Leibniz,
Coprnico y Watt, como Homero, Milton y Murillo. Sin trabajo, sin
energa no hay inspiracin posible; y como el trabajo es obra de la
voluntad, y cuando sta se tuerce viene la perversin que degrada y
debilita, resulta que hasta en el genio, que es la aptitud excepcional
que requiere ms dotes naturales que se reciben desigualmente al
nacer, hasta en el genio influye poderosamente,  veces de una manera
decisiva, el elemento moral: hay muchos hombres que nacieron con
facultades eminentes, y para ser grandes no les ha faltado ms que ser
buenos, y otros que, por serlo en sumo grado, se elevan ms que ellos
con menos dotes naturales.

Pero dejando al genio, que es la excepcin rara, y viniendo al talento
y  la inteligencia que, sin llegar  l, tienen mayor  menor el
comn de los hombres, quin no ve cmo influye en su desarrollo y
aprovechamiento la voluntad de cultivarla y el modo de dirigirla? No
es necesario extender mucho la vista; en derredor y muy cerca pueden
observarse aptitudes intiles  que por culpa suya ha vuelto contra
s el mismo que las tena, y facultades comunes, y aun limitadas, que
ha utilizado grandemente el trabajo y la perseverancia. Si el genio
es _poder_ y _querer_, la inteligencia del comn de los hombres es
principalmente _querer_, y las desigualdades que en ellos se notan son,
por lo general, consecuencia de la voluntad torcida  recta, dbil 
fuerte, que rehuye el trabajo  persevera en l, que da el tnico de
la buena conciencia  el debilitante deletreo de la perversin. Es
frecuente ver personas que han adquirido una reputacin  una fortuna,
que se han distinguido sin tener dotes naturales superiores, y por slo
el resorte moral de una conducta ordenada, de un trabajo perseverante;
y es asimismo grande el nmero de los excepcionalmente aptos y
dispuestos, que grficamente se llaman _perdidos_, y que, en efecto,
pierden las facultades de que no usan  que emplean en su dao.

Verdades son stas que todo el mundo sabe, por lo cual no hay para qu
insistir en ellas, y s slo en las consecuencias que deben sacarse;
stas nos parecen muy importantes, por lo que no estar mal repetirlas
y determinarlas bien; pueden formularse as:

El hombre se compone de elementos fsicos, morales  intelectuales;

Los intelectuales y los fsicos los recibe al nacer con una desigualdad
que no est en su mano evitar;

Los morales son obra suya; puede ser bueno  malo, mejor  peor, segn
quiera; en la esfera moral la desigualdad es obra suya, y en ella no se
rebaja sin culpa, ni se eleva sin mrito.

Pero en la unidad armnica que constituye la persona humana, los
elementos intelectual y fsico reciben poderosas influencias del
moral; de modo que el hombre no slo _puede_ ser bueno  malo porque
_quiere_, sino que su voluntad influye poderosamente en su fuerza
fsica, en su robustez, en su belleza y en su inteligencia.

Los elementos intelectuales y fsicos que fatalmente parecen establecer
una inevitable desigualdad, estn neutralizados por el elemento moral
que no pasa un nivel ciego aplastando lo que sobresale, sino que ordena
justas compensaciones, suprime naturales desigualdades y establece
otras que son consecuencia de una voluntad firme  dbil, torcida 
recta, y parecen premios merecidos y castigos justos.

As, pues, aquella desigualdad congnita que pareca tan grande y
tan fatal, observada de cerca no es tan fatal, ni tan grande; porque
adems de ser en parte necesaria para la armona social, en parte est
condicionada moralmente: no es el destino ciego que eleva  rebaja,
sino una ley en virtud de la cual pueden descender  sobresalir, segn
quieran emplear bien  mal las facultades recibidas.

Esto no es decir que siempre suceda as, ni que muchas veces no suceda
lo contrario. Hay organizaciones tan dbiles que el rgimen ms
severo no fortifica; deformidades cuya fealdad no puede dejar de ser
repulsiva; entendimientos tan cortos que no logra poner al nivel comn
el trabajo ms perseverante; y dolores terribles de noble origen que
contraen el rostro y le desfiguran: la voluntad, que basta siempre
para ser bueno, no en todas ocasiones tiene poder bastante contra un
fsico enfermizo  desagradable  una inteligencia muy limitada. Es
innegable, pues, que hay desigualdades congnitas inevitables, dichosas
para unos, desdichadas para otros; hay misterio en esta desigualdad
original: este es un hecho; pero no debe exagerarse su importancia, ni
darle ms alcance del que tiene, ni dejar de ver, al lado del elemento
_fatal_ de la desigualdad, un correctivo en la voluntad del hombre y su
libre albedro, que condiciona moralmente inconvenientes y ventajas que
parecan haberse recibido sin condicin alguna.

As, pues, al estudiar la desigualdad la vemos desde su origen resultar
de las diferencias congnitas de los hombres, fatales para ellos,
pero condicionadas por el elemento voluntario de la voluntad libre. Y
esto es tan cierto, tan esencial de la naturaleza humana, que en las
hordas salvajes, en los pueblos brbaros, en las naciones civilizadas,
donde quiera que estudiemos la igualdad, veremos siempre el fatalismo
modificado, neutralizado  vencido por el elemento moral, que en ningn
caso deja de ejercer grande influencia en el modo de establecer las
jerarquas sociales  de suprimirlas. La pasin  el espritu de secta
 de escuela, ni el delirio de las iras populares, no son los que
nos dan niveladores tan ciegos  insensatos como ellos, sino que la
naturaleza humana, y  nuestro parecer la voluntad divina, nos ofrece
compensaciones para las diferencias y medios de realizar la igualdad en
el elemento moral, en la voluntad y libre albedro del hombre.

El origen de la desigualdad, en parte misteriosa, en parte de fcil
explicacin, fatal en alguna manera y hasta cierto punto consecuencia
de la voluntad del hombre, est siempre en la naturaleza humana, y, por
tanto, puede variar en sus grados y formas, pero no desaparecer.

Y la desigualdad aumenta  disminuye con la civilizacin? Sus
progresos estn en razn directa  inversa de los del pueblo donde se
estudia?

Los primeros progresos de las sociedades deben ser desfavorables 
la igualdad, y podr favorecerla  perjudicarla una civilizacin
ms adelantada, segn circunstancias que varan casi al infinito:
tal vez podra decirse, respecto  la cultura de los pueblos, que la
igualdad est en los extremos, y en medio la desigualdad; pero si esto
se estableciera como regla tendra demasiadas excepciones, que, bien
estudiadas, pondran de manifiesto la influencia del elemento moral que
hemos sealado.

La igualdad debe estar en su mximo grado en los pueblos salvajes.
En lo fsico, los dbiles perecen al nacer  en la infancia; hay un
mnimum muy elevado de robustez y de fuerza indispensable para vivir:
los que tienen menos sucumben; slo pueden distinguirse los que tienen
ms. No viviendo los lisiados, enfermizos, enfermos ni deformes,
disminuyen los elementos de la fealdad, y tampoco tiene muchos la
hermosura en medio de una existencia materialmente tan penosa y con tan
escasos recursos para embellecerse: esto no es decir que todos sean
igualmente fuertes y bellos; pero estn muy limitadas las diferencias
fsicas, y en su grado mximo la igualdad.

En lo intelectual, la esfera de accin se halla tambin muy reducida:
ni artes, ni ciencias, ni industria, ni comercio; ninguno de los
infinitos medios que sirven para poner de manifiesto la diferencia de
aptitudes y la superioridad de facultades. Ms destreza, ms astucia
para la caza, mayor disposicin para las empresas de la guerra, un poco
ms  menos de arte para preservarse de la intemperie  arrostrarla con
menor peligro, son los nicos modos de diferenciarse por debajo  sobre
el nivel comn.

La esfera moral tiene tambin lmites estrechos: son imposibles la
mayor parte de los vicios de la civilizacin y las opuestas virtudes.
No hay bebidas con que embriagarse; el trabajo, que es condicin de
vida, y el cansancio, que hace necesarias largas horas de reposo,
disminuyen las del ocio. Lo rudo de la vida y la escasez de alimentos
ponen lmites  la incontinencia, y la general pobreza  los ataques
 la propiedad: los de las personas tienen rara vez objeto, y siempre
peligro, entre hombres  quienes pocas veces se puede robar, y que,
fuertes y habituados al peligro, se defienden valerosamente. No
habiendo apenas goces, la tentacin de gozar no impulsa  apoderarse
de lo ajeno; el egosmo tiene carcter ms negativo; las pasiones
feroces apenas hallan freno, y es posible satisfacerlas igualmente
sin reprobacin, y antes con pblico aplauso. Son imposibles y no
existe siquiera idea de la mayor parte de las virtudes, y apenas hay
ni se concibe ms que la fortaleza para sufrir el dolor y arrostrar la
muerte. Este modo de ser como encadenado por las necesidades fsicas,
por la dificultad de satisfacerlas; esta limitacin de ideas, han de
dar cierta uniformidad  los afectos y  las determinaciones. Sin duda
que desde luego sern diferentes; sin duda habr personas mejores y
peores, de carcter ms dbil y ms firme, de voluntad ms  menos
enrgica, ms  menos recta, ms  menos incontrastable; pero todas
las diferencias se encerrarn en un crculo muy limitado. Los goces,
como las privaciones, se parecen; el dolor y el placer tienen una
generalidad uniforme, que difcilmente da lugar  la envidia ni  la
compasin, al dao ni al consuelo: cuando unos tienen hambre  fro,
los otros padecen de fro y de hambre; cuando unos carecen de albergue,
los otros no le hallan; cuando unos se ven en peligro, lo estn los
otros tambin. En aquel estado en que los hombres se ven obligados,
por una necesidad _absoluta_,  tener un gnero de vida _idntico_, no
deben aparecer apenas las diferencias naturales que, cual semillas
en terreno impropio para que germinen, desaparecen sin haberse
desarrollado. Como Chateaubriand saludaba en el cementerio de aldea _
los hroes sin victoria_, en las tumbas de un pueblo primitivo podran
saludarse ambiciosos sin poder, filsofos sin ideas, poetas sin lira:
en semejante estado social, la igualdad est en su grado mximo.

Apenas el hombre trabaja con ms perfeccin, de modo que no necesite
estar trabajando siempre, aquella necesidad imperiosa ciegamente
niveladora disminuye. El ms hbil, el ms previsor realiza algunas
economas, tentacin para el que no las tiene, recurso para el que
por medio de ellas puede entregarse  un reposo fecundo. Aparecen
el malhechor que se apodera de lo ajeno, el vicioso que se entrega
 una brutal sensualidad, el que extasiado contempla los sublimes
espectculos de la Naturaleza, el que observa  adivina las leyes del
mundo fsico, y el que desciende  lo ntimo de su sr,  su conciencia
y  su corazn, para investigar las del mundo moral. Tan pronto como
los hombres dejan de estar apremiados por necesidades imprescindibles
 idnticas, empiezan  rebajarse los unos,  elevarse los otros.
Uno contempla el cielo, observa los movimientos de los astros y es
el primer astrnomo; otro quiere fertilizar la tierra, inventa un
instrumento para removerla y es el primer mecnico; aqul entra en s
mismo, y se pregunta quin es y cmo es, observa la creacin, busca
al Creador y es el primer filsofo. A medida que los conocimientos se
acumulan, se multiplican, se diferencian mayor nmero de facultades 
todas entran en actividad, y las desigualdades se marcan ms cada vez.
Hay sabios  ignorantes, hroes y criaturas viles, criminales y santos.
La necesidad general del trabajo continuo  idntico para no perecer
de hambre, era como un punto cntrico del cual no era posible alejarse
mucho; pero  medida que el pueblo se civiliza, el crculo se ensancha,
los radios se multiplican y extienden, y los hombres que marchan en
direcciones opuestas se alejan cada vez ms.

Pero este aumento de la desigualdad con el de la civilizacin no
es graduado; no se verifica en virtud del desarrollo desigual de
facultades diferentes; no concurren  l en proporciones razonables los
elementos fsico, intelectual y moral que constituyen el hombre que
reposada y equitativamente se eleva  desciende, segn que ha recibido
mayores dotes  las aprovecha mejor. Desde los primeros albores de la
vida de los pueblos se ve una causa permanente y poderosa, subversiva
del orden y de la justicia, que no se tiene en cuenta para elevar y
rebajar: esta causa de desigualdades establecidas _ab irato_, es la
guerra.

La guerra, respecto al asunto que nos ocupa, es subversiva del orden
principalmente en tres conceptos:

Por el modo de calificar  los hombres para elevarlos y rebajarlos;

Por los medios empleados para elevar;

Por la escala que establece para los de arriba y para los de abajo, 
ms bien por el abismo que abre entre unos y otros.

La guerra no peda al hombre para elevarle una superioridad verdadera,
que consiste en la armona de sus facultades y en la superioridad
de algunas: fuerza fsica, valor y alguna destreza para utilizarle
era todo lo que necesitaba para sobreponer un individuo  un pueblo
respecto de otros pueblos  otros individuos. No exiga del hombre
que declaraba superior que fuese completo y armnico; le bastaba
mutilado, por decirlo as, y hasta monstruoso: poda ser de limitado
entendimiento y depravada moral, incapaz de comprender nada elevado
ni hacer nada bueno; poda ser hasta excepcionalmente malo, y, no
obstante, calificarse de superior, de grande, y lograr prestigio,
poder, riqueza. En vez de concurrir  su elevacin todas las dotes
naturales verdaderamente humanas, y la voluntad para utilizarlas,
bastbanle pocas cualidades  alguna pasin que las supla. Parece
claro este hecho: que la guerra tiene un criterio _limitado  injusto_
para calificar  los hombres, elevndolos conforme  sus necesidades,
que son las de la lucha, y no las de la justicia. Y si puede ensalzar
y ensalza muchas veces  los menos inteligentes y ms perversos, qu
reglas aplica  los que deprime? No sern equitativas, porque, en
general, no se puede dar  un hombre ms de lo que merece, sin que
otro reciba menos de lo que es debido; y en este caso particular, el
motivo que lleva  prescindir de todas las circunstancias malas que no
perjudican para el combate, hace desdear las buenas que en l no se
utilizan, y al batallador limitado  perverso que se eleva corresponde
el inteligente bondadoso que se rebaja, porque le repugna la lucha, la
sangre, el estrago, porque ama la vida y respeta la de los otros. En
vano habr recibido altas dotes que puede y quiere utilizar en bien de
sus semejantes; le faltan las que la guerra necesita, y es condenado
ignominiosamente  formar parte de la masa que se desdea y humilla.

Si el criterio de la guerra para establecer la desigualdad entre los
hombres es limitado  injusto, los medios que pone  su disposicin
para elevarlos no son ms equitativos. Muchas fuerzas ciegas que
sigan el impulso de una que se reconoce superior, salo  no; muchas
voluntades que guardan silencio para oir la voz de una sola voluntad
que se impone; obediencias incondicionales  instantneas, tan sordas
al temor de la muerte como  las amonestaciones de la conciencia, y con
la falta de responsabilidad, la depresin moral que rebaja. Autoridad
sin lmites, brillos deslumbradores, opresiones continuas necesarias 
calificadas de tales; el hbito de ver el hecho convertido en derecho,
la fuerza en ley, la fortuna en mrito, todo hace que los medios
empleados por la guerra sean propios para elevar  los que deban
quedar muy abajo, y rebajar  los que debieran ser ensalzados.

La guerra forma una escala en que estn  inmensa distancia el soldado
y el jefe, y abre un abismo entre el vencedor y el vencido. Nada ms
contrario  la igualdad que un ejrcito disciplinado,  no ser el
pueblo que conquista. En un principio, el exterminio establece la
igualdad ante la muerte; pero cuando se empieza  conceder la vida 
los vencidos se convierten en esclavos con este  el otro nombre, con
ms duras  ms tolerables condiciones; entonces se inician las grandes
desigualdades, que van creciendo como la avalancha que desciende por la
montaa nevada. Los opresores que se elevaron suben cada vez ms; los
oprimidos que descendieron quedan cada vez ms abajo. Hay clases, hay
castas: la organizacin social forma alrededor de los hombres como un
crculo de hierro que nadie puede romper, y fatalmente encadenado, debe
morir all porque all naci. Una vez establecidas estas desigualdades,
el nacimiento da un brillo que nada obscurece,  una infamia que ningn
mrito borra: cuando esto sucede en un pueblo, aunque no se sepa su
historia, bien puede asegurarse que se compone de conquistadores y
conquistados, porque slo la embriaguez sangrienta del triunfo puede
dictar tales leyes, y slo puede admitirlas el pnico de la derrota.
Una vez establecidas, una vez abierto el abismo que separa los fuertes,
los nobles, los explotadores de los dbiles, viles y explotados, todo
parece concurrir  aumentar el podero de los unos y la humillacin de
los otros. Se ha dicho con verdad que los que nacen _en_ la esclavitud
nacen _para_ la esclavitud, que se aumenta y perpeta degradando 
los esclavos. Sobre ellos pesa lo ms rudo de la obra social; y como
trabajan sin descanso, sufren sin quejas, viven sin goces y mueren
sin rebeldas, parece natural que vivan, sufran y mueran as, de tal
modo que no slo los hombres de la fuerza bruta, sino los pensadores
y los filsofos, tienen por natural, por equitativa, por razonable la
ms injusta de las desigualdades, la que las crea todas, la que separa
 los hombres en esclavos y dueos, la que da  unos poder, riqueza,
consideracin, y  los otros miseria, impotencia  ignominia; la que
envilece el trabajo y ennoblece el ocio.

A veces, la casta guerrera  la nacin conquistadora no son bastante
fuertes para rebajar al mismo nivel todo lo que est por debajo de
ella y grada la desigualdad como el feudalismo, y la servidumbre
de los vencidos como Roma, creando diques escalonados donde vayan 
estrellarse las oleadas que levanta el sentimiento de la justicia  el
dolor de la desesperacin.

As, pues, la guerra, por la clase de personas que encumbra, por la
altura  que las eleva, por los medios que emplea para elevarlas, por
lo mucho que rebaja  los que deprime y los motivos que para rebajarlos
tiene porque hace de unos ms, de otros menos que hombres, porque
distribuye ventajas y perjuicios con exceso y sin criterio, y, en fin,
porque da  todo esto la consistencia necesaria, no slo para que se
sostenga, sino para que se perpete: la guerra puede decirse que ha
sido la causa ms poderosa y general de desniveles sociales, y efecto
de ella son hoy todava muchas desigualdades cuyo origen no siempre se
le atribuye.

Las religiones del mundo antiguo han contribudo tambin  que los
hombres se eleven y se rebajen por motivos que no son ni diferencias
naturales, ni mritos  culpas, y antes bien proporcionando ventajas 
veces en razn inversa de los merecimientos. Mientras la Divinidad es
el Omnipotente incomprensible y temido que ninguno pretende conocer,
que todos procuran hacerse propicio atrayendo su benevolencia 
aplacando su clera, cada cual es el ministro de su propio culto,
y la religin establece las diferencias del merecimiento, no las
desigualdades de la jerarqua. Pero desde que lo incomprensible se
convierte en misterio que algunos pretenden explicar, desde que hay
dogma y sacerdote, hay superioridades espirituales que no tardan en
convertirse en dictaduras, que en pueblos groseros se materializan.
El sacerdocio forma casta privilegiada, hace alianza con la de los
guerreros, y fortifica, sancionndola en nombre de Dios, la desigualdad
ms injusta entre los hombres. Parece que el pantesmo de la mayor
parte de las religiones del mundo antiguo deba contribuir  la
igualdad; pero el dogma, que abruma al hombre, que le anonada, que le
quita fuerza y dignidad, que enerva todos los resortes de la persona
hasta aniquilarla moralmente, es no un enemigo, sino un aliado de
las profundas distinciones entre las clases: dada una masa que se
predispone  la humillacin,  quien se priva de energa para la
resistencia, y que consiente en rebajarse, habr siempre alguno, varios
 muchos que se eleven para oprimirla y explotarla.

Aun en los pueblos donde no hay casta sacerdotal, ni teocracia, forman
los sacerdotes un cuerpo privilegiado, que, depositario de la verdad,
no la comunican  todos igualmente. Los iniciados en los grandes
misterios son pocos, y el Verbo divino no mora entre la muchedumbre,
condenada  vivir en la miseria, en el envilecimiento y en el error. La
desigualdad decretada en el campo de batalla se bendice y se consolida
en el templo.

As, pues, los progresos de la civilizacin son los de la desigualdad:

Porque dan lugar  que se cultiven facultades diferentes, se
desplieguen actividades ms  menos enrgicas, y se manifiesten
voluntades dbiles  fuertes, rectas  torcidas;

Porque la guerra pierde el carcter de defensiva; no tiene ya por
objeto vivir, sino engrandecerse, la conquista; sustituye al exterminio
la esclavitud, y cuando los vencidos son esclavos, los vencedores dejan
de ser compaeros;

Porque la religin hace del sacerdocio casta,  al menos cuerpo
privilegiado que da sus orculos al pueblo supersticioso y grosero,
arrojndole el error como se arroja  los perros la carne emponzoada.

Y los progresos de la civilizacin llevarn consigo indefectible y
eternamente los de la desigualdad? Lo primero es inevitable dada la
naturaleza humana: la desigualdad crece en las primeras sociedades, que
viven de guerra, de ignorancia y de supersticin; pero tiene un lmite,
puede tenerle al menos, pasado el cual decrecer  ir acercndose
al mnimum posible. Cmo se perpeta? Cmo disminuye? Procuremos
investigarlo.




CAPTULO IV.

CMO SE PERPETA LA DESIGUALDAD INJUSTA.


La desigualdad en las masas, clases  castas tiene los mismos
elementos que en los individuos: el fsico, el intelectual, el moral,
y las diferencias que en un principio tal vez no existan, y las
superioridades que eran acaso imaginarias, pueden llegar con el tiempo
 ser reales y positivas. La violencia  la astucia hizo la _clase_ 
la _casta_, que el tiempo puede convertir en _raza_; es decir, en un
modo de ser fsico, intelectual y moral diferente y superior en los
privilegiados.

En lo fsico, cuando por espacio de muchas generaciones unos se
alimentan bien y trabajan poco, y otros viven en la miseria y abrumados
de trabajo, si se mantienen perfectamente separados, al cabo de siglos,
los descendientes de los primeros tendrn una superioridad fsica
natural.

Adems de lo que influye en el desarrollo de la inteligencia un fsico
endeble y enfermizo, qu medios tiene de cultivarla el que no dispone
de otro patrimonio que un trabajo material abrumador, ni puede ver en
ella un medio de romper el crculo de hierro que le encadena en su
clase? Cmo y para qu ha de instruirse? No lo intenta. Embrutecido
ha visto  su padre como le vern sus hijos; y cuando pasan una y otra
y muchas generaciones de hombres que no han pensado, sus descendientes
tienen menos actividad intelectual, menos inclinacin y disposicin
para pensar. No se hereda el genio ni el talento, ni aun siquiera una
regular inteligencia; porque todo esto, para que se haga perceptible
por sus frutos, necesita el concurso de la voluntad: no se heredan
individualmente aptitudes intelectuales; cualquiera sabe que hay
tontos, hijos de personas de talento, y viceversa; pero numerosas
colectividades, que desde largo tiempo cultivan  no su inteligencia,
y permanecen separadas, se irn diferenciando; la educacin, de
individual pasar  ser colectiva, producir diferencias positivas y
permanentes segn las cuales la clase que se instruye, no slo tiene
la ventaja de instruirse, sino la de tener mayor aptitud natural para
aprender.

En lo moral, la voluntad del hombre, su conciencia, su libre albedro,
limitan mucho la influencia de su posicin social; en todas puede
ser bueno, justo, santo, y lo es. Pero si su virtud no depende de su
estado, y antes puede acrisolarse en el ms humilde, es difcil que
cuando nace muy abajo tenga condiciones de carcter que no favorezcan
las desigualdades establecidas, y que sea digno, firme sin violencia,
perseverante sin terquedad, contra los que intentan rebajarle, cuando
ve que todos los suyos se humillan, se cansan, ceden.

As, pues, establecida la desigualdad de las clases, y ms an
de las castas, tiende  modificar  los hombres fsica, moral 
intelectualmente,  convertir con el transcurso del tiempo en
positivas, diferencias que eran imaginarias, y  perpetuarse dando
ventajas naturales y permanentes que apoyan, fortifican, y en cierta
medida legitiman las sociales. Y todo esto, no de individuo 
individuo, sino de unas  otras colectividades.

Semejantes desigualdades, que de imaginarias llegan  ser positivas,
parecen naturales, necesarias, justas, no slo al vulgo, no slo  la
soberbia de los opresores y  la degradacin de los oprimidos, sino
 los que viven en la esfera elevada de las ideas y que no deban
contaminarse con la injusticia del hecho, al establecer el derecho.
Los grandes filsofos declaran conforme  l, la ms inicua de las
desigualdades, y proclaman la esclavitud como base indispensable
del orden social. La ciencia, la religin, la fuerza proclaman la
desigualdad como un axioma, como un dogma, como una institucin
veneranda, y la institucin se venera y se consolida. La desigualdad
extrema que priva  una clase de derechos, y casi no impone  otra
deberes, las deprava  entrambas; y si alguna idea, si alguna creencia,
si algn sentimiento no produce reaccin moral fuerte en favor de
una razonable igualdad, los pueblos decaen, viven en el marasmo de
la degradacin y de la desdicha,  son oprimidos y aun aniquilados
fcilmente por otros, inferiores tal vez, bajo el punto de vista
intelectual, pero superiores moralmente y donde no se han establecido
esas diferencias extremas que convierten  unos hombres en semi-dioses
y  otros en animales de carga.




CAPTULO V.

CUNDO, CMO Y CON QU CONSECUENCIAS SE PERPETA LA DESIGUALDAD  SE
RESTABLECE LA IGUALDAD?


Hemos visto que el resultado inevitable de la civilizacin, dada la
naturaleza del hombre, es el progreso de la desigualdad, que se grada
ms y ms  medida que aumentan los medios de diferenciarse. Valerosos
heroicos y rebaos cobardes; ricos y pobres; ignorantes y sabios; todos
los esplendores de la gloria, del genio, del lujo; todas las vilezas
de la abyeccin, del embrutecimiento y de la miseria, crecen paralelas
y separan cada vez ms  los que elevan y  los que rebajan. Entonces
llega una hora suprema en la vida de los pueblos, hora que decide de
su prosperidad y  veces de su existencia, hora en que aceptan las
divisiones de clases y de castas  se rebelan contra el privilegio y
piden derechos para todos, igualdad. Se comprende que ha de ser larga
y terrible la lucha de los esclavos contra los seores, de los pobres
contra los ricos, de los ignorantes contra los sabios; y se comprende
tambin que si la igualdad es cosa fcil en una horda inculta, es
muy difcil en un pueblo civilizado. Por ms dificultosa que sea, es
necesaria, en cierta medida, como la justicia, y se va reclamando y
obteniendo en medio de combates, de exageraciones, de injusticias. Los
que la piden y los que la niegan suelen desconocer sus condiciones,
hasta dnde es preciso que llegue, de dnde no puede pasar, cmo es
relativa al estado social del pueblo que la exige, y con frecuencia se
ve en los privilegiados procedimientos para sostener la desigualdad que
conduce al aniquilamiento y en los niveladores actos para establecer la
igualdad salvaje.

En medio de esta lucha que inmola tantas vctimas y en que perecen
tantos mrtires, el trabajo se va lavando de la nota de infamia que le
manchaba; la guerra se humaniza, no slo en el sentido de no exterminar
 los vencidos, sino en el de no oprimirlos, y tiende  igualarlos
con los vencedores,  los iguala absolutamente; el privilegio de las
armas se convierte en una carga, en una profesin  en un oficio; la
religin llama  los hombres hermanos; la ciencia se difunde y se hace
casi siempre aliada de los pequeos: es niveladora, no en el sentido de
aplastar lo que sobresale, sino en el de elevar lo que est debajo; la
miseria y la riqueza no se aproximan, pero se condicionan de diferente
modo; no tienen el fatalismo inmvil que las caracterizaba; puede ser
rico y lo es muchas veces el hijo del pobre, y el del millonario muere
en la miseria; sta har por mucho tiempo terribles estragos; pero
nunca tantos como en los pases en que hay la desigualdad de clases que
no pueden confundirse, de castas eternamente separadas.

Las naciones, bajo el punto de vista que nos ocupa, forman dos grandes
grupos: uno, de las que no reaccionan contra la desigualdad cuando
ha llegado el caso en que es un elemento verdaderamente deletreo,
y se inmovilizan, decaen  perecen; otro, de las que protestan, se
rebelan, luchan contra los privilegios y los suprimen. Dependiendo la
igualdad de causas tan varias, siendo tan influyente en todos los
elementos sociales y tan influda por ellos, segn circunstancias que
varan al infinito, hallar mayores dificultades para establecerse,
tendr ms combates, ms vicisitudes, ms derrotas, y avanzar rpida
 paulatinamente. Pero en todo caso, para el pueblo que llega  una
civilizacin adelantada, el progreso, el verdadero progreso, que es 
la vez material, intelectual y moral, no puede continuar sin el de la
igualdad. As la vemos crecer ms despacio  ms de prisa, pero crecer
siempre, en todos los pueblos verdaderamente prsperos y grandes.

Pero basta igualar  los hombres que forman una nacin para que sta
sea digna y feliz? Seguramente que no. La igualdad forma parte de la
justicia, no la constituye; y cuando el nivel est muy bajo, cuando
significa la abyeccin de todos, menor ser el dao si sobresalen
algunos, y menos malas sern las aristocracias que el despotismo de uno
solo sobre muchedumbres que, como rebaos, se esquilan y degellan. Los
defensores del privilegio presentan en su apoyo, no slo aristocracias
florecientes y democracias en decadencia, sino pueblos que fueron
grandes mientras tuvieron profundas diferencias de castas  clases, y
para los cuales la igualdad fu la ruina.

Hay que distinguir, como hemos indicado, el nivel de la instruccin,
del honor y de la virtud, del que establece el vicio, la ignominia y
la ignorancia; hay que tomar la historia en largos perodos, sin lo
cual no puede darnos lecciones. Llegados los pueblos  aquel grado de
civilizacin en que la desigualdad inevitable suba al mximum, que
degrada y arruina si no se reacciona contra ella, quines son los que
tienen inters y deseo de ponerle coto? Los que ha oprimido fsica,
intelectual y moralmente: los pobres, los ignorantes, los viles; y como
no es posible el instantneo cambio que los iguale  los superiores, la
transformacin es lenta, y en algunos casos imposible. La desigualdad
llega  ser como un miembro que es necesario cortar, pero al amputarle
se ve que ha sido intil; el organismo todo estaba inficionado, la
fiebre purulenta sobreviene, y la muerte es inevitable. De la misma
manera decaen  perecen los pueblos de los cuales desaparece una
institucin que los ha corrompido sin remedio. Lejos de abonarse una
aristocracia por los extravos de la democracia que la sigue, se
condena, y la igualdad no hace ms que reflejar y revelar los vicios
del privilegio; slo se puede defender ste cuando puede transformarse,
cuando tiene en s bastantes elementos morales  intelectuales para
ser humano y expansivo, de manera que su sombra no mate, sino que, por
el contrario, pueda crecer en ella la prctica del deber y la idea del
derecho. La desigualdad exagerada, la casta, la clase inmvil, paraliza
y arruina al pueblo que en el momento necesario no reacciona, y ser
arrastrado  su ruina por una minora privilegiada,  por la mayora
niveladora que proclame el derecho cuando ya no es capaz de practicar
el deber. La plebe envilecida y poderosa que sucede  una aristocracia,
lejos de abonarla es su condenacin, porque es su obra.

El privilegio en el mundo civilizado y cristiano no desaparece
entre las ruinas del pueblo que domin; antes, por el contrario, va
transformndose en derecho y dando lugar, no  la igualdad que rebaja,
sino  la que eleva. Los patricios no son arrastrados por el oleaje
pestilente de un populacho vil, sino convertidos en ciudadanos 
igualados  los que intelectual y moralmente no son inferiores  ellos
 los aventajan. Sin duda pasiones y errores producen tempestades;
pero despus que pasan, y aun en medio de ellas, el nivel moral 
intelectual se eleva ms cada da, y las diferencias disminuyen, no
porque los de arriba descienden, sino porque los de abajo suben.
En todas las naciones que progresan, progresa la igualdad, y puede
afirmarse que, en la medida justa, es un elemento indispensable de
bienestar y grandeza.

Y cmo sabremos cundo la supresin del privilegio precede  la ruina
de un pueblo, y cundo  su engrandecimiento? Fcil es investigarlo.
Basta saber si se nivela rebajando  los de arriba,  elevando  los de
abajo: si lo primero, la igualdad es la muerte; si lo segundo, la vida.

Todos los pueblos han pasado, pasan  pasarn por esa crisis de su
civilizacin en que la desigualdad inevitable llega  un mximum
incompatible con el progreso si no se reacciona contra ella. Y por
qu esta reaccin se verifica en unos pases y en otros no, es  veces
saludable,  veces daosa, y caminando todos al privilegio por vas
muy parecidas, unos le conservan, otros le suprimen con buen xito, y
algunos se arruinan al arruinarle? No sabemos si habr quien pueda
dar respuesta satisfactoria  la pregunta: por nuestra parte, estamos
muy lejos de tener ciencia bastante para conocer las causas de tan
varios efectos, y nos limitaremos  sealar una que nos parece de suma
importancia.

Comparando los pueblos que reaccionan  tiempo, y para bien suyo,
contra la desigualdad, y los que para su mal la perpetan  la
destruyen, se ve que los primeros no son siempre ni ms ricos ni ms
inteligentes que los segundos, y que en muchos casos son ms pobres y
menos ilustrados, de modo que el elemento material  intelectual es
inferior en ellos. Y siendo esto as, teniendo la desventaja de la
mayor pobreza  ignorancia, cmo realizan el progreso de suprimir
 tiempo la desigualdad excesiva que corroe  otros? Cul fuerza
los impulsa y los sostiene? La fuerza moral. Los pueblos en que el
hombre es ms digno, ms justo, ms humano, menos egosta, menos
dbil para dejarse arrastrar por los vicios que degradan, mejor
dispuesto para sentir los nobles y piadosos sentimientos que impulsan
 la abnegacin y al sacrificio; los pueblos ms morales, en fin,
son los que tienen pecheros que pueden transformarse en ciudadanos,
aristocracias en que los seores son hombres con virtud y conciencia
bastante para comprender los deberes de humanidad y practicarlos
hasta dejar en ocasiones  sus pares, y formar en las filas de los
plebeyos, y pelear  su lado y morir por ellos. En estos pueblos, los
de abajo tienen corazn, la dignidad, aunque no sea ms que latente,
del hombre honrado; los de arriba tienen entraas, y todos algo que
repugna aceptar  imponer perpetuamente la servidumbre y la tirana sin
lmites. Podrn ser ms pobres y ms ignorantes; pero son ms dignos
que los que oprimen sin misericordia y se dejan oprimir sin protesta,
y la reaccin contra desigualdades irritantes se verifica en virtud
principalmente del elemento moral.

Esta verdad merece ser consignada, porque encierra,  nuestro parecer,
una leccin importante. Si pueblos ricos y cultos se han inmovilizado
 sucumbido en desigualdades incompatibles con el progreso, por falta
de resorte moral; si por tenerle, otros inferiores en cultura, han
suprimido privilegios que eran obstculo insuperable  su bienestar,
no se pone en evidencia la gran parte que el elemento moral tiene para
realizar la igualdad? De pueblo  pueblo el hecho es de ms bulto, no
ms positivo que de clase  clase  de individuo  individuo. En vano
se mejorar la situacin econmica de las masas, y aun se les dar
alguna instruccin; si estn desmoralizadas no subir su nivel, y antes
es posible que descienda, y que  medida que se enriquecen (con riqueza
relativa) se rebajen, porque usando en perjuicio de sus deberes los
mayores recursos de que disponen, se alejan ms cada vez de la igualdad
en el derecho, y slo para la comn abyeccin quedan aptos.

No llevamos, procuramos, al menos, no llevar  ningn asunto espritu
de sistema ni exclusivismos, muy perjudiciales al descubrimiento de
la verdad. No negamos, cuando se trata de las instituciones y modo de
ser de un pueblo, la importancia que tiene el elemento intelectual
y fsico  econmico; pero no suele darse la que tiene al moral; se
conviene en que cierto grado de miseria y de ignorancia hace imposible
la igualdad en el derecho; pero no se recuerda bastante que es tambin
incompatible con la depravacin y que exige un mnimum de virtud como
de bienestar y de cultura. Por eso conviene recordar el testimonio de
la historia; ver pueblos de una civilizacin adelantada abrumados por
privilegios odiosos  envilecidos bajo el nivel de la servidumbre por
falta de resorte moral; y observando este hecho en el presente y en el
pasado, en derredor nuestro y en remotos pases, nos convenceremos de
que no es fortuito, sino necesario, y que luchan contra las leyes de la
naturaleza humana los que pretenden elevar socialmente al hombre que
moralmente est rebajado.

No se puede hacer un ciudadano de un mendigo, de un loco, ni de un
malvado; y en la casa de beneficencia, en el manicomio  en el presidio
pueden estudiarse bien, porque estn en relieve los insuperables
obstculos que para igualar  los hombres sin rebajarlos opone la falta
de lo necesario fsico, intelectual y moral.

Sin este necesario no hay salud del cuerpo ni tampoco del alma, y
los hombres que no estn sanos de espritu son tan inhbiles para la
igualdad en el derecho como para el servicio militar cuando tienen
defectos fsicos.

As, pues, al que olvida la importancia del elemento moral
recordmosela, y la del fsico  intelectual  los que hablan de
igualdad en el derecho al que no la comprende, al que tiene hambre y
 satisfacerla se limitan todas sus aspiraciones. Nunca se ha visto,
y puede asegurarse que jams se ver, que los hombres se igualen
elevndose si su pobreza en todos conceptos llega  ser miseria. A
veces, una idea, un sentimiento, suplen inferioridades y nivelan: la
fe, el amor, la ciencia, la patria hallan mrtires sublimes entre
los hombres ms obscuros, que la abnegacin y el herosmo sacan de
su humilde esfera para elevarlos  la gloria y  la inmortalidad. Y
no slo individuos, sino que hay en la vida de los pueblos horas en
que las muchedumbres, impulsadas por una idea  un sentimiento, se
igualan  los ms altos; pero ya se prevee, y adems puede observarse,
que estas explosiones de entusiasmo no sirven para marcar la cultura
permanente  que llegan las colectividades, ni establecen la regla de
su marcha normal y progresiva: ayer dieron mrtires y hroes, hoy 
maana darn tiranos y esclavos; el nivel era como el de las aguas de
una inundacin, que desaparece con ellas y deja al descubierto todas
las desigualdades del terreno. No hay igualdad permanente sino la que
es armnica, ni armnica sino aquella que contiene, en grado mayor 
menor, pero siempre suficiente, los tres elementos esenciales del
hombre, fsico, intelectual y moral. Si no se estableciera esto por el
raciocinio, lo pondra de manifiesto la historia de los progresos de la
igualdad y de las intiles tentativas para realizarla en el derecho.

Una vez iniciada con buen xito la reaccin contra desigualdades
injustas, van disminuyendo  desaparecen muchas que, en fuerza de ser
antiguas y positivas, parecan naturales y necesarias. Derribado el
obstculo que se opone  que los hombres cultiven sus aptitudes varias,
y se multipliquen, no dentro de una clase  casta, sino segn sus
condiciones econmicas, afectivas  intelectuales, sucedern dos cosas
de capital importancia.

Las ventajas fsicas  intelectuales, la superioridad moral, no sern
dones de la naturaleza  merecimientos de la virtud, que esteriliza
constante y fatalmente la organizacin social, sino que podrn, con
mayor  menor esfuerzo, pero podrn al fin elevar  los humildes y
rebajar  los soberbios que no tienen aptitud adecuada ni voluntad
recta para sostenerse  la altura en que los coloc la suerte. La
ciencia, el poder y la riqueza no estarn vedados  nadie ni sern
patrimonio de ninguno, y lejos de abrumar sin remedio  los de abajo,
podrn servir de estmulo  sus aspiraciones levantadas. Las dotes
naturales y la voluntad recta y firme, la voluntad dbil y torcida 
la escasa inteligencia, cuando no hay una institucin que tuerza 
paralice sus determinaciones libres, producen continuos cambios de
posicin, en que los pobres de ayer son los ricos de hoy, y en que el
que naci en la clase ms humilde muere potentado. Las armas y las
letras, la ciencia y el poder, la religin y el arte, el comercio y
la industria, tendrn eminencias que han venido de muy abajo, y se
establecer un movimiento de ascenso y descenso que tiende  confundir
lo que antes pareca irremisiblemente separado.

Cuando las clases pueden confundirse y ms  menos se confunden, no
tienden  formar _razas_, es decir,  acumular por espacio de muchas
generaciones ventajas  inconvenientes, disposiciones que se trasmiten,
diferencias que de sociales han pasado  ser fisiolgicas, ventajas 
inferioridades que explican en los unos la humillacin y en los otros
la soberbia. No se inmovilizan las masas en el aislamiento de las
clases, y las inferiores progresarn de dos modos: ilustrndose y
participando de la herencia de otras ms ilustradas.

As, pues, como las desigualdades injustas producen efectos que tienden
 perpetuarlas cuando se reacciona contra ellas, la igualdad en el
derecho, una vez iniciada, prepara sus propios progresos, lleva en
s las condiciones de su incremento y, como la fama, adquiere fuerza
marchando.




CAPTULO VI.

EN QU ESFERA SE ESTABLECE PRIMERAMENTE LA IGUALDAD?


En cualquier pueblo que nos propongamos estudiar podremos ver:

Palacios monumentales, casas lujosas, habitaciones cmodas, albergues
en que no hay comodidad, tugurios, chozas, cuevas que parecen
inhabitables y que lo son bajo el punto de vista higinico;

Costosos trajes de ricas telas, encajes primorosos, piedras preciosas,
oro y perlas, vestidos modestos, ropas ordinarias  burdas, harapos y
desnudez;

Refinamientos en el atavo y cuidado de la persona, pomadas, jabones,
aguas olorosas, cosmticos, tintes, pinturas, todo gnero de afeite
cuyo objeto es hermosearla, esmero razonable, limpieza higinica,
descuido perjudicial, abandono completo y suciedad repugnante;


Mesa oppara artsticamente preparada, manjares variados y exquisitos
que en costosa profusin ofrecen servidores de frac, alimentos
sustanciosos y abundantes, comida necesaria, escasa, insuficiente,
hambre;

Paredes cubiertas de seda, suelos de alfombra, techos artesonados,
cortinajes, adornos, raso, terciopelo, oro, maderas primorosamente
esculpidas, ajuar elegante, cmodo, decente, pobre, miserable, en que
no hay silla donde sentarse ni cama en que dormir;

Variedad de carruajes y de soberbios caballos, coche modesto y propio,
vehculo alquilado, botas impermeables, zapatos que dejan pasar la
humedad, pies descalzos;

Torrentes de luz que reflejan espejos venecianos y jarrones de Svres,
alumbrado suficiente, escaso, obscuridad completa por falta de medios
de alumbrarse;

Fuego sostenido por el combustible ms caro que se ve  travs de la
tallada pantalla de cristal, atmsfera tibia en Diciembre y perfumada
por plantas olorosas, temperatura conveniente, muy baja, insoportable,
en que el fro duele y mata;

Costosas diversiones que se suceden, recreo razonable, trabajo
abrumador, ocio aburrido;

Multitud de impresiones recibidas en ciudades y pases diversos,
variedad de objetos que se ven  se conocen, monotona de una
existencia en cuyo limitado horizonte se descubren pocas cosas y
siempre las mismas;

Prestigio, gloria, aplauso, buen nombre, obscuridad, desprecio,
humillacin, ignominia;

Poder, mando, subordinacin, obediencia incondicional;

Ciencia profunda, extenso saber, instruccin, ignorancia.

Todos estos contrastes, que parecen rebuscados con empeo, se ofrecen
como espontneamente  la observacin, y aun diramos  la simple vista
de cualquiera que la fije en los fenmenos sociales. En todos los
pases, ms  menos, siempre comprendiendo numerosas colectividades,
existen estas profundas diferencias. Y  pesar de ellas, y aunque se
acumulen, lo cual es muy frecuente, puede establecerse igualdad?
Cmo, en qu, para qu se establecer entre personas tan distintas?
Puede ser para ellos ms que una palabra con que se disfraza una
ilusin  un engao? En qu pueden ser iguales aquel pobre y aquel
rico, aquel poderoso y aquel dbil, aquel sabio y aquel ignorante? Qu
poder nivelador rebajar  los unos  elevar  los otros? Existe,
puede existir ese poder? S, ese poder existe; es la voluntad del
hombre, su libre albedro, su fuerza moral.

Por ella es bueno  malo, digno  infame, santo  malhechor; se iguala
 los primeros  desciende hasta los ltimos, y en medio de tantas
diferencias hace posible y cierta _la igualdad ante la ley_.

Ante qu ley? puede preguntarse, porque hay muchas leyes. Cierto;
la ley poltica puede negarle  concederle voto, segn sea pobre 
rico, instrudo  ignorante; la ley de Beneficencia puede darle 
negarle permiso para pedir limosna, segn sea un individuo aislado,
 pertenezca  una colectividad legalmente constituda; la ley de
instruccin pblica puede prohibirle que ensee,  autorizarle para
ensear, segn que tenga  no las circunstancias requeridas; pero en
medio de estas y otras desigualdades, en todo pueblo que pretende
llamarse culto existe _la igualdad ante la ley civil y ante la ley
penal_. Las mismas condiciones se exigen para los contratos de los
pobres y de los ricos, y es igualmente justiciable un delincuente,
cualquiera que sea su posicin social, su ignorancia  su ciencia.
No siempre sucedi as, ni hace mucho tiempo que sucede; pero hoy
nos causara tanta indignacin como asombro que la tramitacin legal
difiriese segn la importancia de los procesados  contratantes; que
las penas se aplicasen, no segn los delitos, sino segn las personas
que los cometan, y que dependiese de la calidad del muerto que el
matador pagase con la vida  con algunas monedas. Nada de esto puede
suceder ya, y parece tan natural que no suceda, que las personas que
lo ignoran no suponen que nunca haya sucedido. En la historia se
encuentran estas distinciones; en el recto juicio y en la conciencia,
no.

Como la igualdad ante la ley penal ni es una imposicin pasajera
de un dspota omnipotente ni de la plebe amotinada; como se la ve
razonada, crecer, afirmarse  medida que las naciones se ilustran y
se constituyen conforme  derecho, puede considerarse como un hecho
que permanecer. Pero todo hecho permanente tiene una causa que lo es
tambin. Y cul puede ser esta causa en el asunto que nos ocupa? Esta
causa no puede ser ms que un elemento _comn_, alguna gran semejanza
entre esos mismos hombres en que se perciben diferencias tan notables
bajo otros respectos, pero que en alguno pueden ser y se consideran
como iguales. Esa causa, ese elemento comn es el moral; y como todos
(los sanos de espritu) distinguen el mal del bien, pueden realizar
el uno  el otro y son responsables  benemritos igualmente con
diferencias personales, pero no de clase, se prescinde de sta para
juzgarlos moralmente y se los iguala.

Por ms que digan los que pretenden separar la moral del derecho
como cosas independientes, no slo el derecho no puede separarse de
la moral, sino que el progreso consiste en que se unan cada vez ms
ntimamente, y el ideal en que no hubiese ninguna inmoralidad que
no pudiera ser y no fuese penada por la ley. No podemos extendernos
sobre este asunto sin pasar los lmites del que nos ocupa; pero hemos
debido hacer esta indicacin para salir al encuentro  una rplica
posible contra lo dicho, de que la igualdad moral es el origen, base y
afianzamiento de la igualdad ante la ley penal.

El pobre y el ignorante, como el millonario y el docto, ama  sus
hijos y es amado de sus padres; es buen amigo, fiel confidente;
tiene sentimientos y afectos y determinaciones dignas; respeta la
propiedad ajena, la vida de los otros hombres, por cuyo bien inmola
 veces la suya. El filsofo moralista encuentra all una moralidad
responsable, tan _responsable_ como la de un gran seor  un sabio,
y una personalidad _respetable_ en la misma medida; y el legislador,
partiendo de este hecho, declara  los hombres iguales ante la ley
penal. Pueden no ser todos electores, ni elegibles, ni catedrticos,
ni ingenieros; pero todos pueden ser honrados, deben serlo y faltan
cuando no lo son: segn los grados de la falta, no segn el que ocupa
el que la comete, se impone la pena, que es, que debe ser al menos,
consecuencia de una inmoralidad que la ley ha calificado justiciable.

Es _idntico_ el conocimiento que tiene del mal que hace un hombre
rudo y un hombre ilustrado? Puede que lo sea y puede que no. Puede
que lo sea, porque el que sabe sumar, por ejemplo, aunque no sepa
lgebra, ni clculo diferencial, suma tan bien como el ms consumado
matemtico, y el mal hecho podr ser tan claro y sencillo para la
conciencia, como para el entendimiento el que dos y dos son cuatro. El
pensador sabr la filosofa de las matemticas y la del derecho que
el letrado ignora; mas para sumar y conducirse bien basta la razn
prctica, y no son menester especulaciones metafsicas ni conceptos
trascendentales.

Como la identidad no existe entre las personas, ni aun en las cosas
que podemos observar, la igualdad hemos dicho que es aquel grado
de semejanza necesario al objeto que nos proponemos al hacer la
comparacin. Al comparar moralmente  un rico y  un pobre,  un sabio
y  un ignorante,  travs de sus muchas diferencias encontramos
entre ellos la semejanza _necesaria_ y _suficiente_ para declararlos
_iguales_ ante la ley civil y ante la ley penal,  iguales los
declaramos; y esta declaracin no es ilusoria como otras que carecen de
fundamento, sino que es real, positiva, practicable y practicada, como
que tiene por base un hecho cierto universalmente reconocido.

As, la moral, que hemos visto tan poderosa para establecer igualdad
entre las personas que en virtud de su voluntad recta  torcida se
rebajan  se elevan, utilizando  haciendo intiles  perjudiciales
los altos dones que han recibido; la moral, que en los pueblos influye
poderosamente para que reaccionen contra la desigualdad injusta, cuando
es ya incompatible con el progreso y produce la decadencia; la moral,
que para el bien de las naciones como de los individuos puede suplir
tantas cosas y no puede ser suplida por ninguna; la moral conserva
siempre su carcter nivelador, en el buen sentido de la palabra, el
carcter de igualar elevando y en su esfera ms propia, en aquella en
que su influencia es mayor, es donde primero se establece la igualdad,
porque es donde realmente existe primero.

El que los derechos civiles preceden  los polticos y la igualdad ante
la ley penal se establece en medio de las mayores desigualdades, es un
hecho de todos conocido; pero conviene recordarle y tener en cuenta las
causas que le producen,  saber:

Que en la esfera moral es donde primero se establece la igualdad;

Que para establecer la igualdad basta la semejanza _necesaria_.

Las diferencias se perciben  primera vista; pero reflexionando se
ve que el orden moral, religioso y jurdico tiene por condicin la
semejanza. Los preceptos, las reglas, las leyes, no pueden obligar
 todos por igual, sino porque en todos hallan igualmente aptitudes
bastantes para comprenderlas y cumplimentarlas.




CAPTULO VII.

LMITES DE LA IGUALDAD.


Los lmites de la igualdad pueden variar mucho de hecho y de derecho,
segn los establezca la fuerza y el error,  la razn y la justicia;
pero aunque varen han de existir, porque en lo humano todo los tiene,
y porque un elemento de la organizacin social, sea el que fuere,
no puede prescindir de los otros, no siendo nico, ni dejar de ser
condicional si ha de ser armnico. Las condiciones variarn con los
tiempos y lugares; _ priori_ no pueden sealarse detalladamente; pero
s afirmar que existirn, y que, no habiendo derecho contra el derecho,
los de la igualdad no pueden destruir ni invalidar otros.

Pocos hay que no sepan esto; pero muchos son los que lo olvidan y
quieren llevar la igualdad donde no puede ir y darle una extensin que
no est en la naturaleza de las cosas.

La igualdad estar limitada ms  menos; pero estar siempre limitada:

Por las diferencias naturales;

Por las que produce la voluntad del hombre;

Por lo que se llama la fortuna;

Por la ley, que tiende  aumentar la desigualdad cuando existe;

Por las necesidades sociales;

Por el Derecho.

LAS DIFERENCIAS NATURALES pueden ser tan grandes que produzcan
desigualdad inevitable; hay dotes de alto precio que ninguna voluntad
iguala, y desventajas que el ms firme propsito no compensa. El gran
talento para la guerra, las ciencias, las artes, la poltica, el
comercio, la industria, descollar dadas ciertas circunstancias, sin
que sea posible que la mediana se ponga  su nivel por ms que emplee
un trabajo intenso y perseverante; por el contrario, hay ineptitudes
que se esforzaran en vano para subir ni aun adonde estn los
medianos. Tales casos, por ser raros, no dejan de existir y de ejercer
una influencia mayor  menor, segn muchas circunstancias, pero
siempre positiva  inevitable. Esto se entiende en la esfera fsica 
intelectual, que en la moral ya sabemos que la altura depende de la
voluntad de elevarse. Los hombres,  medida que vivan en condiciones
ms parecidas, creemos que se parecern ms y que habr menos
desigualdades naturales; pero, ms  menos, existirn siempre, y en
cierta medida son necesarias para que los hombres vivan en una sociedad
culta y progresiva.

LAS DIFERENCIAS QUE PRODUCE LA VOLUNTAD DEL HOMBRE son causa ms
poderosa de desigualdad que las naturales. Las grandes ventajas 
desventajas congnitas son raras, y muy comn suplir stas con una
resolucin firme y perseverante  esterilizar aqullas con la flojedad
 perversin del nimo. Ya hemos recordado ms arriba el hecho bien
conocido y muy general de los que la determinacin firme, dbil 
torcida,  eleva,  rebaja, y si aqu lo repetimos es para hacer notar
que, en mayor  menor grado, tiene que ser inevitable y permanente,
porque depende de la voluntad libre del hombre,  quien no se puede
trazar una rbita para que sin salir de ella gire como los astros. El
nivel moral podr elevarse y se elevar; habr ms voluntades firmes
y rectas, pero no se concibe que deje de haber desviaciones, y quien
est por encima y por debajo del nivel comn, y grados en la virtud
y en el vicio, en la santidad y en el crimen. El poder del libre
albedro del hombre, sobre permanente, como que forma parte de su
naturaleza, se extiende  lo fsico,  lo intelectual,  lo moral, 
todo su sr. Las ventajas de la belleza, de la robustez, del talento,
 los inconvenientes contrarios, no ejercen una influencia decisiva
fuera de su crculo de accin propia: por ms capacidad que tenga un
hombre no lograr convertirse de feo en hermoso, ni viceversa, y por
ms robusto que sea, no trocar en facultades intelectuales su fuerza
muscular, ni con ella las destruir tampoco. El poder de suplir en
gran parte muchas ventajas  hacerlas completamente intiles, y aun
perjudiciales, no existe ms que en la voluntad del hombre: ella es,
puede ser, un elemento nivelador; pero en cierta medida ser siempre
una causa de desigualdad, porque no se concibe que los hombres no _usen
desigualmente_ de medios de que disponen, aunque stos fuesen iguales.

LO QUE SE LLAMA FORTUNA influye en la posicin de los hombres, en su
bienestar  su desdicha. La fortuna, en el sentido de acaso, no existe;
hay Providencia, , para los que no creen en ella, encadenamiento de
causas y efectos, _causalidad_, no _casualidad_; pero, de todos modos,
hay efectos de cuyas causas no dispone el hombre, y que influyen para
que se eleve  quede muy abajo. Sin duda que se atribuyen  la suerte
muchos bienes, obra del mrito; muchos males, consecuencia de faltas;
pero tambin es cierto que hay prosperidades y desdichas por razones
que no se alcanzan, por justicia que no se comprende. Lejos, muy lejos
de nosotros negar esa justicia y esa razn porque est por encima de la
nuestra: la acatamos profunda y sinceramente; pero no por eso hemos de
dejar de ver en lo que se llama fortuna un elemento de desigualdad, tal
vez justa, pero indudablemente positiva.

LA LEY QUE TIENDE  AUMENTAR LA DESIGUALDAD CUANDO EXISTE, la llamamos
as porque nos parece tener el carcter de ley, es decir, de regla
general y necesaria. Si establecemos un nivel, sea en lo fsico, en lo
intelectual  en lo moral, veremos la tendencia  elevarse ms los que
estn sobre l y  rebajarse los que quedan por debajo.

En lo fsico, el que es fuerte y robusto puede allegar medios de
subsistencia con que acrecentar esa robustez; el que es dbil, est
expuesto  la miseria, que aumentar su debilidad; el que dispone de un
capital, halla facilidades para acrecentarle, mayores cuanto es mayor:
la riqueza atrae la riqueza y la multiplica; el que es pobre, al menor
contratiempo se empobrece ms, cae en la miseria: hay una fuerza que
empuja, al uno  la opulencia, al otro  la ruina.

En el que empieza  instruirse, la adquirida instruccin le da medios
y facilidades para aumentarla; le inspira el deseo tambin por el amor
 la ciencia  el convencimiento de su utilidad; el que es ignorante y
contina sindolo, aun en el caso de que pueda procurarse instruccin,
no la procura, porque, no teniendo idea de las ventajas y de los goces
del saber, no los busca; cuanto ms tiempo pasa, ms difcil le ser
el trabajo intelectual y tendr menos deseo de vencer esta dificultad;
su inteligencia se atrofiar como un rgano que no se usa, y por
gravitacin intelectual, el uno ir subiendo hasta ilustrarse, el otro
descendiendo hasta embrutecerse.

El hombre virtuoso halla goces y facilidades para la virtud, que le
elevan en ella cada vez ms. Vencidos, tiene sus impulsos egostas, sus
apetitos groseros, sus mpetus iracundos: luch, triunf, y ha llegado
 aquella altura en que no comprende cmo pueda hacer mal  sabiendas
en cosa grave, y en que su naturaleza, ennoblecida por su firme
voluntad, tiene por ley hacer bien; este bien tiende  acrecentarse
como los tesoros del rico. El hombre vicioso se debilita  medida que
cede; cada falta es una derrota que le predispone  ser derrotado; 
los efectos deprimentes del mal se aade el hbito de cometerle, y la
pendiente hacia l es tan rpida, que sin una reaccin fuerte, as como
el que se elev en la virtud puede llegar  ser santo, el que descendi
se halla en peligro de ser criminal, y vemos esas criaturas que parecen
impecables  incorregibles.

Pueden limitarse los casos (y creemos que se limitarn ms cada vez) de
miseria fsica, moral  intelectual; pero si cualquiera de ellos llega,
por el hecho de existir propende  crecer, y nos parece que las grandes
desigualdades, de cualquier gnero que sean, tienden  aumentarse,
como la distancia entre dos lneas no paralelas que se prolongan.

LAS NECESIDADES SOCIALES imponen cierto grado de desigualdad por la
divisin de trabajo y por las diferencias que en el obrero lleva
consigo la diferente clase de obra. Sin duda que se va reconociendo,
y ms cada vez, como un factor comn al apreciar el valor de las
personas y sus desemejanzas; este factor comn es el elemento humano,
la cualidad de hombre que todos tienen; pero aunque sta nivele
 los ms humildes con los ms elevados bajo ciertos conceptos,
siempre suceder que de las mltiples necesidades de una civilizacin
adelantada hayan de resultar trabajos diversos que exigen aptitudes
diferentes y combinaciones en el arte, en la ciencia, en la industria,
en el comercio, muy propias para establecer desigualdades. Estas
combinaciones podrn neutralizarse con otras, no destruirse, porque
son indispensables en las necesidades crecientes de la creciente
civilizacin.

EL DERECHO ser lmite  la igualdad siempre que contra l quiera girar
fuera de su rbita. Un elemento social por mucho tiempo comprimido
suele aparecer haciendo explosin; y como si quisiera vengarse de
haber sido negado negando, pretende, no slo su natural y debida
influencia, sino la que corresponde  otros, y porque fu desconocido
quiere ser preponderante. Algo de esto acontece con la igualdad, que,
 consecuencia de depresiones injustas, pide nivelaciones imposibles.
Contra sus extravos no habra remedio ms eficaz que el conocimiento
del Derecho, si se generalizara; l encauzara esa corriente que tiende
 desbordarse, y en ocasiones se desborda. Cuando hay un derecho que
lo es verdaderamente, no puede invalidarse por ninguna pretensin,
injusta desde que pretende destruirle, y definiendo bien y marcando los
lmites de todos, se sabe de dnde no puede pasar cada uno. Esto es 
la verdad bien sencillo y bien sabido, mas no por todos, y precisamente
lo ignoran aquellos  quienes ms convendra saberlo para no hacer de
la igualdad alguna cosa absoluta, incondicionada y absorbente de todos
los elementos sociales.

En virtud de la igualdad ante el Derecho, existe  veces la desigualdad
entre los hombres; porque no teniendo todos iguales ttulos, sera
injusta su pretensin de igualarse. El malhechor que est preso y el
hombre honrado que goza de libertad; el ignorante  quien se prohibe
una profesin y el instrudo  quien se autoriza para ejercerla; el
prdigo  quien hay que quitar la administracin de sus bienes, y el
encargado por la ley para administrarlos, personas son que aparecen
desiguales precisamente en virtud de la igualdad del Derecho, que,
dando  cada uno lo que le es debido, no puede dar lo mismo  los
que merecen de un modo tan diferente. A unos se debe una prisin, un
tutor ejemplar, una camisa de fuerza;  otros el pblico aprecio, una
corona, una estatua; y el que pretendiera identificar aqullos y stos,
hollara el Derecho en vez de establecerle.

Cierto que importa mucho antes consignar los derechos cerciorarse
bien de que lo son; mas porque pueda haberlos mal definidos y aun en
desacuerdo con la justicia, no se ha de atacar en su principio la
santidad del Derecho ni prescindir de l alegando otro, sea el que
fuere. Y como es raro, muy raro, que un derecho carezca enteramente
de justicia, que en su motivo de ser no tenga alguna razn de ser,
es necesario analizarle bien antes de declararle incompatible con
otro que le destruya. Y de todos modos, y aunque la injusticia sea
evidente, ni autoriza otra, ni con otra se neutraliza, sino que, por el
contrario, se suma con ella. La igualdad fuera del derecho no estar
fuera de l por atacar  alguno que  su vez no le haya respetado. Si
yo, por ser igual al que tiene reloj, se lo quito  un ladrn que le
ha robado, aunque mi derecho  la igualdad no est limitado por el de
propiedad, que l no tiene, lo estar por el de algn otro, puesto que
es claro mi deber de no apropiarme lo que en ningn concepto puedo
considerar como mo.

As, pues, variarn los lmites, pero siempre los hallar el derecho 
la igualdad en otros derechos.




PARTE SEGUNDA.

De la igualdad, socialmente considerada.




CAPTULO PRIMERO.

INFLUENCIA RECPROCA DE LOS ELEMENTOS FSICO, INTELECTUAL Y MORAL, Y DE
LA SEMEJANZA NECESARIA Y SUFICIENTE PARA ESTABLECER LA IGUALDAD.


Cuando se observa en las sociedades los progresos de la igualdad y
las dificultades que para progresar halla, es fcil notar que stas
provienen en gran parte del desequilibrio de elementos que deberan
armonizarse.

El hombre, sr fsico, intelectual y moral, no puede consolidar
ninguna institucin social, y menos perpetuarla, si prescinde de sus
condiciones morales, intelectuales  fsicas.

La igualdad necesita _semejanzas suficientes_ entre aquellos que ha de
igualar, y sin las cuales pretender realizarse en vano.

Estas semejanzas no han de ser parciales, sino abarcar totalmente la
existencia del hombre. Uno  otro individuo podr, con voluntad y
virtudes excepcionales, sobreponerse  circunstancias abrumadoras;
pero la regla es que, cualesquiera que sean los principios que se
proclamen y las leyes que se promulguen en la vida de la sociedad, no
hay igualdad _positiva_ sin semejanza _suficiente_.

Cuando falta albergue, sustento y vestido, en la miseria extrema,
puede igualarse el hombre que la padece al que tiene recursos
superabundante? Puede prescindir del fro y del hambre para cultivar
las facultades de su espritu? Puede triunfar de la fuerza tirnica de
las necesidades no satisfechas, hasta el punto de avasallarlas para que
no le embrutezcan? Puede sobreponerse por su carcter  su desventura,
elevarse en una situacin que humilla y hacer respetar una dignidad
cubierta de harapos? Si en lo posible y por excepcin cabe que suceda
todo esto, la regla ser siempre la que vemos en la prctica: que la
miseria fsica lleva consigo la intelectual, y la moral en parte.

Y al que es moralmente miserable, de qu le sirven los recursos
materiales suficientes y aun superabundantes? No vemos al vicioso y
al criminal inutilizar  volver contra s y contra la sociedad los
bienes y las dotes que haba recibido de la fortuna  de la naturaleza?
Igual  superior  los que estaban al nivel comn, no ha descendido
hasta los ms bajos? No le vemos rehusar el trabajo material y el del
espritu,  incapaz de trabajar  fuerza de excesos  por el hbito de
la holganza? De qu le servir la igualdad ante la ley que le allan
los caminos de la fortuna, si l se labra su desgracia y es propio 
insuperable obstculo  su bienestar?

La miseria intelectual prepara tambin las otras: cierto que la
honradez es compatible con muchos grados de ignorancia. Siendo el
lazo moral el ms fuerte y necesario para que los hombres puedan
vivir asociados, y la moralidad la condicin ms precisa para su
moralizacin, Dios ha provisto  esta imperiosa necesidad dndoles la
intuicin del mal y del bien y el libre albedro para realizarle. Basta
poca inteligencia para ser bueno y aun para ser justo; pero alguna se
necesita, y ms cuando se vive en un pueblo ilustrado. La vida social
en parte es armona, en parte lucha, y fcil es notar que nuestra
existencia es utilizar armonas y triunfar de dificultades. Para lo
que es armnico puede bastar lo espontneo, lo intuitivo, lo que todo
hombre cabal sabe sin aprenderlo; mas para la lucha se necesitan armas
iguales, y no las tiene el que carece absolutamente de cultura en un
pas muy civilizado. La desventaja se grada; pero puede ser extrema
y tal, que esta desigualdad lleve  otras, sin que haya ms medio de
evitarlas que evitndola.

El hombre embrutecido en un pueblo culto, recibe escasa remuneracin
por su trabajo; ste es ms rudo, con frecuencia malsano,  porque lo
sea en s,  porque no se tomen las precauciones debidas para sanearle.
El operario,  lo ignora,  se conduce como si lo ignorase, ya por
descuido, ya por una especie de fatalismo, muy propio de la ignorancia,
ya, en fin, porque otros estn prontos  aceptar las condiciones que
l no acepte, y la necesidad de vivir le impone la de recibir la ley
econmica, por dura que sea. Resulta que la inferioridad intelectual
origina la fsica por el mucho trabajo,  veces malsano y poco
retribudo, y en consecuencia, alimento escaso  mala vivienda. As
se ha degradado fsicamente la poblacin de muchas comarcas, antes
notables por su robustez y belleza, hoy dbiles y con gran nmero de
individuos deformes. No puede entrar en nuestro plan hacernos cargo
de las causas todas que han producido tan deplorable efecto, que slo
hemos citado en apoyo de nuestra asercin de que una desigualdad grande
en un elemento de los que constituyen el hombre influye sobre los otros
y puede desnivelarlos.

Para que la igualdad que se defiende en los libros, se proclama en las
Constituciones y se promulga en los cdigos pueda ser un hecho social,
es necesario que no halle desniveles tan grandes y tan generalizados
que imposibiliten el equilibrio estable, el cual exige un _mnimum_
de semejanza en el modo de ser de los asociados. Esta semejanza, hay
que repetirlo, no basta que sea parcial; no ha de limitarse  uno de
los elementos de la humanidad, sino comprenderlos todos, porque donde
quiera que haya grandes masas de hombres en la miseria extrema, en la
depravacin suma  en la ignorancia absoluta, se pretender en vano
igualarlos con los que estn en circunstancias opuestas. Hemos dicho
__ porque, segn se ha visto, una inferioridad produce otras; es
fuerza que arrastra  virus que inficiona, y empresa ilusoria hacer
independiente en el organismo social lo que en la naturaleza tiene
dependencia mutua.

As, pues, para que la igualdad se establezca en el derecho y la
justicia es necesario que los hombres no se hallen en circunstancias
que la hagan imposible por esenciales diferencias en lo fsico, lo
moral  lo intelectual, y que paralelamente marchen los progresos
econmicos, los intelectuales y los morales.

Se preguntar, tal vez, si para establecer la igualdad en el derecho
han de ser todos ricos, sabios  justos. Responderemos recordando que
la _igualdad_ no es la _identidad_, sino aquel grado de _semejanza
suficiente_ al fin  que han de concurrir los trminos de la
comparacin. Los trminos de la comparacin aqu son hombres, y lo que
hay que investigar es la semejanza que basta para que en la sociedad se
consideren como iguales.

Ya sabemos que los grados de semejanza necesarios para calificar dos
cosas de iguales varan segn la clase de ellas y objeto  que se las
destina: con las personas acontece lo propio. Aplicando este principio
 la prctica social, tal vez pueda auxiliamos para evitar errores ,
por lo menos, la confusin que les es muy propicia.

Un hombre cae herido en la calle; el agresor huye: cualquiera que pasa
tiene aptitud moral y legal para restaar la sangre que corre de las
heridas del primero y detener al segundo; es un acto humano y social,
para el que son iguales el rico y el pobre, el sabio y el ignorante, el
mayor y el menor de edad, el que est privado de derechos civiles como
el que goza de ellos, y  nadie se acusar de haberse extralimitado al
apoderarse del criminal y auxiliar  su vctima. Somtese el hecho 
la accin de los tribunales, y la igualdad se limita: jurado y juez no
puede ser el primero que pasa por la calle; se necesitan condiciones
que la ley marca, y slo los que las tienen son iguales para aquel
objeto: lo propio acontece para dar dictamen facultativo y para servir
de testigo. El crculo de la igualdad se limita en las funciones
sociales  medida que stas exigen condiciones que unos tienen y de que
otros carecen.

Para asistir con fruto  una escuela de instruccin primaria no se
necesita conocimientos previos; hay que saber las primeras letras
para la segunda enseanza, y tener sta para adquirir la superior:
la igualdad, que tena una extensin casi ilimitada en la escuela, va
reducindose ms,  medida que se refiere  cosas ms diferentes.

Un testador considera iguales, para testigos de su testamento,  todos
los hombres, con pocas excepciones; pero cun diferentes le parecen
para albaceas, y ms an si busca entre ellos al tutor de las tiernas
criaturas que su muerte deja en la orfandad!

Podran multiplicarse los ejemplos en prueba de que la igualdad en la
prctica, conforme dejamos indicado en la teora, es una cosa relativa
y varia que exige diversos grados de semejanza.

Hay, pues, igualdad social,  puede y debe haberla, cuando existe la de
aptitudes, para el caso en que se establece la comparacin; si no, no.

Existe el riesgo de chocar en dos opuestos escollos, que son:
prescindir de la _semejanza necesaria_, y no hacerse cargo de la
_semejanza suficiente_. Pretender que los hombres sin las condiciones
morales  intelectuales indispensables para igualarlos sean iguales,
 negar que pueden serlo cuando tienen las que bastan, aunque no las
tengan todas.

El orden fsico, la igualdad _suficiente_ para sostener la salud y
vigor del cuerpo, no exige que todos tengan la misma clase de vestido,
de habitacin y de alimento, sino que ninguno carezca de ropas, de
albergue y de comida. Lo _necesario fisiolgico_ es lo que basta para
establecer la igualdad fsica, y nada importa que los manjares sean
menos regalados, el traje ms basto y la casa ms reducida y modesta.
El que no tiene hambre, ni fro, ni vive en una habitacin malsana, es
_suficientemente igual_ al que disfruta de todos los refinamientos del
lujo. La vanidad, la gula y la molicie podrn pedir mayores semejanzas;
pero  la fisiologa y  la higiene le bastan stas, y no slo habr
igualdad, sino superioridad fsica en los que tienen lo necesario
respecto de los que disfrutan de lo superfluo, porque la sobriedad
no suele ser compaera del mucho regalo. Que cada uno procure por
medios honrados mejorar su posicin material, y tener mayor desahogo y
comodidades, no es vituperable, y aun laudable puede ser; pero que en
el orden fisiolgico se d el nombre de necesidad  los caprichos, 
las vanidades y  los apetitos indmitos; que se ponga por condicin
del orden social lo que no lo es del orden natural, y se considere como
una desgracia  como una injusticia la falta de igualdad completa en
el alimento, el vestido y la habitacin, errores son de gran bulto y
fatales consecuencias. Aquel  quien no falta nada para robustecerse
y vivir con salud, es esencialmente igual en lo fsico  los mayores
potentados, y probablemente superior  ellos, y la semejanza suficiente
para establecer la igualdad en este punto la tienen todos los que no
carecen de lo _necesario fisiolgico_.

En lo moral, la igualdad la constituye el cumplimiento de las leyes
y de aquellos deberes que, sin obligar legalmente, son moralmente
obligatorios para todo hombre honrado. El que no perturba la sociedad
con sus delitos, ni la familia con sus vicios, podr ser mejor  peor
que otro, pero tiene la semejanza suficiente para ser declarado igual
en todas las funciones sociales que no exijan ms que moralidad.
Administrar sus bienes  los de otro, podr ser tutor y curador, ser
apto para toda especie de contratos en las mismas condiciones que los
ms favorecidos, y su dignidad ser respetada, y su palabra creda, y
su testimonio har fe. Cierto que en los millones de hombres que hay
en estas circunstancias hay millones de diferencias; pero existe la
semejanza bastante para que  ninguno se niegue aquella consideracin
y derechos que resultan de ser calificados de moralmente iguales para
el fin que se propone la sociedad al clasificarlos. Las personales
diferencias se tienen en cuenta para los casos especiales: cuando
se necesita virtud, abnegacin, herosmo, no basta cualquiera; hay
que buscar sobre el nivel comn alguno que luche esforzadamente  se
inmole; pero en la generalidad de los casos no se exige  la de las
personas ms de lo que todos pueden y deben dar.

En lo intelectual se diversifican mucho ms las diferencias por
la divisin de trabajo; pero, prescindiendo de las aptitudes
profesionales, artsticas, industriales y cientficas, si los abogados
y los ingenieros y los comerciantes se diferencian mucho entre s, como
hombres tienen muchas ideas y conocimientos comunes, que lo son tambin
 otros menos instrudos. El que sabe leer bien aunque sea ignorante,
leer lo mismo que una persona instruda cuando slo de leer se trate,
y para pasar lista  una cuadrilla de obreros servir lo mismo que el
ms eminente literato: lo propio puede decirse del que sabe escribir,
aunque no sepa ms, cuando es bastante este conocimiento,  tenga el
de la aritmtica elemental, etc. En lo que se llama la masa del pueblo
podr no haber suficiente conocimiento del bien y del mal para hacer
leyes, pero se le supone el bastante siempre que se la declara obligada
 obedecerlas: no pueden en justicia ser igualmente obligatorias para
todos si no son igualmente comprendidas en aquello que es indispensable
conocer para obedecerlas. El primer jurisconsulto de la nacin y el
ms rudo labriego tienen _igual_ el conocimiento _suficiente_ para
saber que deben respetar la propiedad ajena, y con razn son declarados
iguales ante la ley penal, y penados si la infringen. El ejercicio de
los derechos civiles exige, no slo cierto grado de moralidad, sino de
inteligencia: al idiota  al loco se le priva de ellos por incapaz del
conocimiento necesario que tienen la inmensa mayora de los hombres.
Respecto  los derechos polticos, como la pasin suele mezclarse, no
slo en su prctica, sino en su teora, no se ve tan claro cundo el
elemento intelectual no basta, y cundo es suficiente; mas por difcil
que sea investigarle, el hecho existe, y en este caso, como en todos,
de la semejanza necesaria debe resultar la igualdad.

Aunque no lo notemos, la sociedad marcha en virtud, no slo de
necesidades y sentimientos semejantes, sino tambin de conocimientos,
y sera imposible sin ellos. La ley que se promulga, el decreto que
se da, la empresa que se organiza, el libro que se publica, el drama
que se representa, la obra caritativa que se funda, parten de un
conocimiento semejante, de un modo de ser intelectual bastante parecido
y generalizado para que lo que se dice  un hombre sea inteligible
para todos en grado suficiente. Sin esto, lo repetimos, la sociedad
sera imposible, y una causa poderosa de desequilibrio y convulsiones
sociales es el desconocimiento del grado de semejanza intelectual
necesario para establecer igualdad, negndola cuando deba concederse
 concedindola cuando debera negarse. Semejanzas y diferencias
condicionan la sociedad humana,  importa mucho conocerlas bien para
que las igualdades que se establezcan  se rechacen sean consecuencias
lgicas y estables, y no contradicciones pasajeras.

El _mnimum_ de semejanza intelectual necesario para realizar
la igualdad, lo mismo que el moral y el fsico, no permanecen
estacionarios, sino que caminan  medida que la sociedad progresa. Lo
_necesario fisiolgico_ del hombre primitivo no basta para que viva el
ciudadano: la ignorancia ms completa puede pasar por sentido comn,
y aun por buen sentido en un pas brbaro, y no en una nacin culta:
un salvaje distinguido por su moralidad estar tan por debajo del
nivel general en un pueblo civilizado, que con los mismos procederes
que le hacan recomendable en su horda, ir  presidio. No hay,
pues, que buscar en el arsenal de la historia armas que tal vez son
intiles, ni hablar de la naturaleza humana como de cosa eternamente
idntica y totalmente inmodificable. Cierto que el hombre sobre la
tierra tiene condiciones de que no podr salir nunca; cierto que no
podr respirar sin oxgeno, ni ser moral sin justicia, ni feliz sin
amar alguna cosa; pero dentro de los lmites que no podr traspasar
jams tiene movimientos de bastante amplitud, y variaciones de
bastante trascendencia, para que no se llame  la simetra inmvil
orden natural, y ley de la historia  reglas establecidas sin estudio
suficiente de la naturaleza humana.

De los grados de semejanza que bastaron  no en un pas, no puede
inferirse los que sern indispensables en otro que se halla en
condiciones diferentes. As, por ejemplo, donde la religin autoriza
las castas y forma una con el sacerdocio, ser necesaria mayor
semejanza, mucho mayor, para establecer una igualdad cualquiera, que en
el pueblo que llama  Dios padre y fraterniza en su amor, y no admite
diferencias ante su ley y eterna justicia. En los que se hallan en este
caso puede haber desigualdades enormes; se necesitarn  veces, para
suprimirlas, no slo _semejanzas suficientes_, sino _superioridades
indudables_; pero esto ser efecto de otras causas que neutralicen la
influencia de la religin. Prescindiendo de su influencia  de otra
poderosa, podrn suponerse facilidades que no existen  calificar
de insuperables obstculos que se pueden vencer; pero  pesar de
contradicciones aparentes, siempre ser un hecho cierto la influencia
recproca de los elementos fsico, moral  intelectual, y que es
intil, cuando no hay la semejanza necesaria, decretar la igualdad, y
peligroso negarla cuando existe semejanza suficiente.




CAPTULO II.

QU LMITE DEBE TENER LA DESIGUALDAD?


La desigualdad que est en la organizacin del hombre, es una condicin
de la sociedad; pero es condicin humana querer justificar el abuso de
las cosas con la necesidad de su uso, y exagerar hasta la injusticia
lo que en su origen es justo. La desigualdad de las condiciones es
necesaria, es buena contenida en ciertos lmites, pero cuando los pasa
es inicua y es absurda.

Cuando existe la esclavitud de la ley  la de la miseria; cuando con
ste  con el otro nombre hay castas en la sociedad; cuando entre
las clases se abren abismos que es imposible salvar, el filsofo que
estudia el corazn humano observa cmo se envilece y se deprava, y el
que estudia los fenmenos sociales nota la gran perturbacin que en la
sociedad se introduce.

Ya hemos visto en la primera parte de este escrito cmo se desmoralizan
las clases cuando se aislan unas de otras,  intil es advertir que el
aislamiento es tanto mayor cuanto ms grande es la desigualdad. A los
desrdenes que una desigualdad exagerada, depravando los sentimientos,
introduce en el mundo moral, hay que aadir los que llevan al mundo
econmico el lujo y la miseria.

No puede entrar en el plan de nuestra obra extendernos en
consideraciones acerca de los males que en pos de s llevan la miseria
y el lujo, males de que, por otra parte, han hablado largamente
clebres autores, tanto sagrados como profanos; pero no podemos menos
de detenernos un momento  recordar una verdad que, por ms sencilla y
trivial que parezca, se desconoce y se niega por personas ilustradas en
otras materias,  saber: _el lujo de los ricos es siempre perjudicial 
los pobres_.

El lujo, dicen sus partidarios, es til, sostiene la industria y el
comercio. Suprimid los espejos de Venecia, los encajes de Bruselas, los
jarrones de Svres, las alfombras rizadas, los dorados techos, los
brillantes carruajes, las joyas de labor exquisita; qu va  ser de
tantos miles de familias como ganan el pan haciendo esas prodigiosas
superfluidades? Ya lo veis: el lujo da de comer  innumerables
familias, que sin l quedaran en la calle; el lujo es til,  qu
declamar contra l? No somos declamadores, ni aun queremos dirigirnos
al corazn presentando el horrible  inmoral contraste que ofrecen esas
primorosas obras que, para contentar los vanidosos caprichos de la
opulencia, salen de manos de la miseria; slo queremos hacer notar que,
cuando en medio de una familia hambrienta y desnuda vemos un objeto
cuyo principal valor consiste en el mprobo trabajo de sus individuos,
un objeto brillante, preciossimo, de una perfeccin fabulosa, cruel
contraste con todo lo que le rodea, luz siniestra en un cuadro sombro,
insultador de dolores, provocador de iras, recuerdo constante de
placeres y de goces, de que el pobre es desdichado instrumento, si la
indignacin y la lstima se elevan en nuestra alma, no es un afecto
inmotivado; y meditando sobre aquella escena, no decimos como en
presencia de otras tristes: Est en el orden de las cosas, sino:
Est en la insensatez de los hombres.

El lujo es una inevitable consecuencia de la desigualdad de condiciones
en un pueblo civilizado, lo sabemos; pero dsele la sancin de la
necesidad y no la de la consecuencia; dgase: Es un mal inevitable; y
no: Es un bien, y como tal debe fomentarse.

Veamos qu nos dice la Economa poltica de las ventajas que el lujo
tiene para los pobres que trabajan en satisfacer sus caprichos. La
humanidad es una gran familia; sus individuos se dedican: unos  labrar
la tierra, otros  cambiar sus productos, otros  fabricar vestidos,
etc., etc. Fijmonos en un grupo cualquiera, por ejemplo, el que est
encargado de hacer camisas. Unos hilan y tejen telas ordinarias, otros
medianas, otros finas, finsimas otros. Aqu se cosen camisas de
municin, all con ms esmero; en otra parte se bordan, adornndolas
con caprichos primorosos. Ved un da y otro, y una y otra noche,
aquellas pobres mujeres perdiendo la vista y la paciencia, haciendo
con la aguja _labores_ como pintadas, sacando hilos que apenas se ven,
pegando encajes. Ved aquel hombre que lleva una camisa que supone
tres, cuatro, seis meses de trabajo; ved aquellos otros que no tienen
camisa. El tiempo que se gasta en hilar y tejer y bordar aquella tela
finsima que ha de cubrir  uno, hace falta para preparar la ms tosca
que deba cubrir  los otros: en la sociedad, como en una familia mal
gobernada que no tiene ms que lo preciso, cuando malgasta una parte
de su haber en superfluidades, carece luego de las cosas necesarias.
El valor de un objeto cualquiera no es, por regla general, ms que la
representacin del trabajo que ha costado. Cuntas casas modestas
pueden hacerse con el trabajo que necesita un palacio  con el capital,
que es lo mismo? Y como el capital de la sociedad, dividido por el
nmero de individuos que la componen, basta apenas para cubrir sus
primeras necesidades, en la balanza de la economa social quitis  lo
necesario todo lo que aads  lo superfluo. Qu haban de hacer los
que viven de las industrias que satisfacen el lujo? Dedicarse  las que
tienen por objeto cubrir la necesidad. Mientras se borda una sbana,
se pueden coser ciento  mil, y as de las dems cosas. Es decir, que
ese lujo tan ventajoso para la industria, aun prescindiendo de lo que
desmoraliza, de lo que insulta, de lo que envanece y de lo que irrita,
considerndole slo bajo el punto de vista de la produccin de la
riqueza, es un gran perturbador de la economa social, que arranca los
brazos  las tareas de la necesidad para dedicarlos  las tareas del
capricho.

Habiendo admitido como necesaria la desigualdad de condiciones, y
siendo el lujo su consecuencia, por qu declamamos contra l? Pero no
se debe buscar ningn correctivo  los males que no pueden cortarse de
raz? En vez de poner diques  su fatal corriente, deber abrrseles
ancho paso para que inunden la sociedad y la trastornen? Es lo mismo
que haya un desdichado  que haya ciento, que corra una lgrima 
que una multitud de criaturas viertan el llanto de la desesperacin?
Arrojemos con triste silencio en la sima de la necesidad todas las
vctimas que pide para llenarse, pero no arrojemos ni una ms. Es tan
corto el tributo de dolores que la naturaleza de las cosas exige para
que vayamos  aumentarle insensatos  crueles?

La desigualdad de condiciones es justa porque es necesaria; pero
all donde acaba la necesidad acaba el derecho. As, por ejemplo,
es necesario que se respete la propiedad de los bienes legalmente
adquiridos. Es necesario que se deje  su dueo la facultad de
disponer de ellos en favor de quien le parezca; pero es absurdo que
se favorezca la acumulacin exagerada de la propiedad con leyes
perjudiciales  la sociedad y que no estn _en la naturaleza de las
cosas_. Las leyes todas, no deberan tener la tendencia altamente
filosfica y moral de restablecer el equilibrio siempre que se rompe
inclinndose la balanza del lado de la acumulacin de la riqueza?
No somos niveladores; nadie que haya seguido nuestro pensamiento
podr acusarnos de tales. Queremos eminencias en el mundo social,
pero proporcionadas como las del mundo fsico. Queremos montaas que
atraigan las aguas del cielo y dirijan su curso sobre la tierra, pero
no tan altas que no se pueda respirar en su cima y que nos roben la luz
del sol.

Los lmites de la desigualdad de condiciones estn en la necesidad y
en la justicia. La justicia y la necesidad no son una misma cosa? La
justicia puede no ser necesaria cuando el mayor nmero no la cree tal.
Adems, si el sentimiento de la justicia es eterno como innato en el
hombre, su frmula vara: la justicia de hoy no es la de hace diez y
ocho siglos, como la del siglo XXX no ser la nuestra. La frmula de
la justicia es el resultado de las ideas, y debe variar  medida que
stas cambian.

La necesidad que constituye el derecho de la sociedad, constituye
tambin el del individuo? Unos lo afirman, lo niegan otros, y los de
ms all admiten el principio con esta salvedad: En tanto que su
aplicacin sea posible. Y como las palabras necesario y posible son
de una elasticidad suma, podremos entrar en discusiones interminables;
veamos si por otro medio llegamos  ponernos de acuerdo acerca de los
lmites que la justicia impone  la desigualdad de condiciones, y hasta
qu punto una necesidad puede constituir un derecho.

Casi todos los grandes errores son grandes verdades exageradas 
torcidas, y este origen, que hasta cierto punto los ennoblece en la
esfera moral, los hace ms peligrosos en la prctica. Un error que lo
es por sus cuatro costados, digmoslo as, no es difcil de demostrar;
pero cuando est emparentado con la verdad y enlazado con grandes
principios de justicia, el problema se complica mucho. Los que afirman
y los que niegan se mezclan en la lucha, y ms de una vez el golpe
dirigido  un contrario cae sobre un amigo. Luego, al ostentar los
trofeos conquistados en el combate, se nota que el que se apoder de
la verdad arrastr, confundido con ella, una parte del error, y el que
hizo presa en ste lleva unida  l una gran porcin de verdad: algo de
esto se nota en los que niegan y sostienen el principio de igualdad;
sus errores estn mezclados con verdades, y de ah la dificultad de
poner en claro los unos y las otras.

Imaginemos tres grandes hombres, por ejemplo: Hernn Corts, Watt,
Leibniz; y tres hombres vulgares: un soldado que slo sabe manejar sus
armas, un obrero ocupado toda su vida en mover una lima, un cajista que
sin saber leer coloca maquinalmente las letras en el orden en que las
ve colocadas. Estos hombres son iguales? Qu absurdo! Y no habr
alguna circunstancia de la vida en que estos seis hombres sean iguales
en alguna cosa y tengan derechos iguales? Vemoslo.

Debemos advertir  los fanticos de la desigualdad, que vamos 
presentar, como base de nuestro razonamiento, un ejemplo sumamente
favorable para ellos. Ponemos enfrente la plebe y la aristocracia de
la naturaleza, no la de la fortuna, mas, colocamos al _genio educado_
enfrente _del sentido comn sin educar_: no se dir que esquivamos las
dificultades.

H aqu nuestros seis hombres encerrados en una habitacin, y
ocupados segn su _necesidad_ los de abajo, segn su _aptitud_ los
de arriba. De repente la composicin del aire cambia en trminos que
se hace irrespirable; todos dejan sus trabajos, sienten angustias
mortales, sucumben si no salen de all. Qu se infiere de esto? Que
el conquistador de Mjico y el oscuro soldado, el gran mecnico y el
ignorante obrero, el profundo filsofo y el que sin comprenderlos
imprime sus pensamientos, tienen igual necesidad de aire respirable,
y por lo tanto igual derecho  l. Esta concesin la haremos sin
dificultad; hay aire respirable gratis por todas partes, y, no
obstante, debemos ser muy cautos al hacer concesiones, porque la
legitimidad de un derecho no est en la facilidad de satisfacerle, sino
en su justicia: suponemos que,  pesar de nuestra advertencia, nuestros
adversarios, porque probablemente los tendremos, conceden la _igualdad
de derechos respecto  la atmsfera_.

Nuestros seis hombres se hallan en un subterrneo reducidsimo, con
una pequea abertura en la parte superior por donde apenas entra aire
puro para el que est cerca de ella; los gases mefticos descienden
 la parte inferior y sofocan al desdichado que all permanece mucho
tiempo. Los tres grandes hombres, tendrn _derecho_  excluir del aire
respirable  sus compaeros,  estarn en el _deber_ de alternar con
ellos en el bien de respirar libremente y en el mal de respirar con
dificultad? Si los hombres eminentes son los ms fuertes y emplean la
fuerza en privar  sus compaeros de una condicin de vida, con todo su
saber y su mrito, no nos parecern miserables, mil veces acreedores
 la suerte de los que inmolan? Parece que en esto todos debemos estar
conformes, y que si antes qued consignada _la igualdad de derechos 
la atmsfera_, ahora deberemos aadir: _en cualquiera circunstancia_.
Prosigamos.

Nuestros seis hombres reclusos se hallan privados de alimento
por espacio de dos das; una mano amiga les proporciona manjares
insuficientes para saciar su hambre voraz, pero bastantes  impedir
que sucumban si los reparten con equidad. Debern distribuirlos en
razn del mrito  de la necesidad de cada uno? Estar bien que Watt
deje morir de hambre al obrero por saciarse con su racin, diciendo:
Soy el que ha creado la mquina de vapor? Todos estaremos de
acuerdo en que no. Por eso en un buque donde escasean los vveres,
en una plaza sitiada, la media, el tercio, el cuarto de racin se
da  todos igualmente conforme  su necesidad y no conforme  su
categora. Qu quiere decir esto? Esto quiere decir que la sociedad,
al menos la sociedad cristiana del siglo XIX, admite en principio que
en un buque, en una plaza sitiada, _mientras haya quien carezca de lo
estrictamente necesario, ninguno tiene derecho  lo superfluo_. Y
qu se hace de este principio cuando los hombres salen de un estrecho
recinto para vivir libremente donde les parezca? Este principio, no
puede salir de los muros de una prisin, de la cubierta de un buque 
del recinto de una plaza? Qu es el derecho? Un principio de justicia
sancionado tcita  expresamente por el mayor nmero. Y la justicia
vara en una misma poca y en un mismo pueblo segn la localidad? Pero
se dir: vara la situacin, y no se puede aplicar la misma ley 
casos diferentes. En las circunstancias normales, todo el mundo tiene
aire para respirar y mercados abundantes donde puede proveerse de lo
necesario. Todo el mundo? Y los que viven hacinados en una miserable
buhardilla, en un hmedo stano? Y los que no tienen con qu comprar
nada en esta plaza cuya abundancia es tan tranquilizadora para la
sociedad? La miseria establece un bloqueo bien estrecho alrededor del
miserable. Qu diferencia existe entre el que no halla qu comprar y
el que no tiene medios de comprar lo que halla? Una tan slo: que para
el primero debe ser mucho ms fcil la resignacin que para el segundo.

Mas se dice: No hay muertes por asfixia en las reducidas moradas que
la miseria habita, y por regla general nadie se muere de hambre en las
calles ni en las plazas. Cierto, la miseria, por regla general, no
presenta casos _fulminantes_. La atmsfera infecta, la humedad, la mala
alimentacin, la falta de abrigo, el excesivo trabajo, alteran la salud
mucho antes que quiten la vida. Hay una enfermedad larga, muy larga,
que tiene un nombre griego, con el cual la sociedad se tranquiliza
completamente;  lo que parece, no es responsable ms que de las
muertes repentinas, que no estn bautizadas por la Patologa.

Qu hacer para obligar  la sociedad  que sea lgica y admita las
consecuencias de sus principios? Formaremos una larga lista de
derechos? Reclamaremos ese derecho que se llama sufragio universal,
 el derecho al trabajo, etctera, etc.? No, ciertamente; los
abandonaremos sin dificultad, pidiendo slo el derecho  la vida.
Pero es esto practicable? Hasta donde lo sea ser justo, porque
_derecho imposible_ es la frmula de todas las revoluciones abortadas,
y nosotros no queremos revolucin ms que en las ideas; en las cosas
queremos reforma. Queremos que haya pobres y ricos, pero no miserables
y potentados. Nos resignamos  que unos anden  pie y otros en coche;
pero no que unos vayan descalzos y otros que tengan media docena de
carruajes. Queremos que unos se calienten en un barreo con lumbre,
y otros  una magnfica chimenea; pero no que unos se mueran de
fro y otros gasten sumas inmensas para tener en la zona templada 
glacial plantas exticas  la temperatura de los trpicos. Y qu
somos nosotros que estas cosas queremos? Llevamos el nombre de alguna
escuela de esas cuyas doctrinas amenazan el orden social? Nada de eso;
somos simplemente cristianos y vivimos en el siglo XIX.

No abogamos por una igualdad absurda  imposible; pero queremos que se
reconozca el principio del derecho de igualdad  la vida, y que las
leyes todas tengan la tendencia de hacer imposible,  por lo menos ms
y ms difcil, lo que pudiera llamarse los delirios del lujo, y cuya
reaccin son los sangrientos extravos de la miseria.

Y este _derecho_  la vida, cundo podr convertirse en _hecho_? Este
derecho, como todos, ser practicable cuando est en el buen sentido,
y practicado cuando est en el sentido comn. En cuanto  los peligros
de sentar ciertos principios ms fciles de llevar  la pasin que 
la prctica, los deploramos, pero estn en la naturaleza de las cosas.
Desde que un derecho se establece como tal por los pensadores, hasta
que se admite por los ms y pasa  ser hecho, transcurren  veces
siglos de agitacin y de lucha entre los que le reclaman como _justo_
y los que le niegan como _imposible_. Lucha tan inevitable como las
epidemias, las erupciones volcnicas y las tempestades. De ningn
pensador referir la Historia que dijo: _la justicia sea y la justicia
fu_. No; la justicia para brillar ha menester largos combates,
sangrientos, pero menos dolorosos que el reinado tranquilo de la
iniquidad.




CAPTULO III.

CONSECUENCIAS DE LA DESIGUALDAD SOCIAL DEL HOMBRE Y LA MUJER.


No puede entrar en nuestro plan, porque sera salirnos del asunto
que tratamos, discutir sobre si las facultades intelectuales de la
mujer son  no inferiores  las del hombre; basta  nuestro propsito
considerar:

1. Si tiene la mujer ms facultades intelectuales que cultiva;

2. Si de la falta de cultura resulta para ella desigualdad;

3. Si esta desigualdad se grada de modo que la rebaje respecto al
hombre;

4. Consecuencias de que est rebajada.

TIENE LA MUJER MS FACULTADES INTELECTUALES QUE CULTIVA? Hay opiniones
acerca de si conviene  no que la mujer se instruya, y tambin sobre
el alcance de su inteligencia; pero no respecto al hecho constante y
comprobado de que es apta para trabajos intelectuales, industriales
y artsticos  que no se haba dedicado hasta aqu y  que no se
dedica an en los pueblos poco cultos: en los ms civilizados la
mujer adquiere conocimientos cientficos, artsticos, mercantiles 
industriales que prueban de una manera concluyente su aptitud para
ellos, y ms,  medida que se le dan mayores facilidades para aprender.

En Espaa, aunque poco, tambin ha progresado la enseanza de la mujer,
poniendo de manifiesto que tiene aptitud para las ciencias, las artes,
la industria y el comercio. Las leyes, las costumbres, su ignorancia
misma, se oponen en muchos pases  que se instruya; pero en ninguno
se ha visto que sea incapaz de aprovecharse de la instruccin  medida
que la recibe y que no se eleve en la escala intelectual. En los
Estados Unidos, en Suecia, en Inglaterra, en Rusia, donde quiera que
no se le prohibe la actividad intelectual, la despliega inicindose
en las ciencias, ejerciendo artes  que exclusivamente se dedicaban
los hombres y tomando parte en los procedimientos de la industria, en
las operaciones mercantiles, etc., etc. Prescindiendo, segn dejamos
indicado, de si sus facultades intelectuales son iguales  equivalentes
 las del hombre, parece fuera de toda duda que tiene ms que ha
cultivado hasta aqu y que cultiva aun en los pueblos donde mejor se la
instruye.

DE LA FALTA DE CULTURA RESULTA PARA LA MUJER DESIGUALDAD RESPECTO
DEL HOMBRE? Basta formular la pregunta para determinar la respuesta
afirmativa. Es patente la desigualdad que resulta entre dos personas de
las cuales una estudia, aprende, sabe, y la otra no recibe instruccin
alguna. La esposa del hombre de ciencia, del artista, del industrial,
del comerciante, nada entiende, por lo comn, ni sabe de la profesin
de su marido: unidos estn por el afecto; intereses comunes tienen, y,
no obstante, en las cosas del entendimiento se hallan separados por
la diferencia esencial que existe entre quien sabe lo necesario y el
que lo ignora todo. Por preocupado que est un hombre con un problema
cualquiera, no lo consultar con su mujer, ni aun le hablar de l,
porque, en general, no lo comprendera mejor que la criada. Existe,
pues, entre el hombre y la mujer de la misma clase una desigualdad
evidente que resulta de la ignorancia de sta y la instruccin de
aqul; y como el elemento intelectual, si es infludo, como sabemos,
tambin influye en el moral y el fsico, las desigualdades de
inteligencia determinarn otras, y tanto ms, cuanto la civilizacin
est ms adelantada y la cultura sea mayor. Sucede respecto  los sexos
algo parecido  lo que acontece con las clases: no las hay en una
horda salvaje, y se van formando y aumentando sus diferencias  medida
que el pueblo se civiliza. As tambin la desigualdad intelectual
que no existe entre la mujer y el hombre cuando la ignorancia es
comn  entrambos, va gradundose  medida que el saber se aumenta
si no se instruye ms que uno solo. Y no es necesario recurrir  la
Historia para estudiar en sus diferentes pocas el hecho, sino que
puede observarse hoy en cualquier pueblo, porque en todos existen, aun
simultneamente, clases cuya cultura constituye gran diferencia entre
el hombre y la mujer, y otras en que son igualmente rudas las personas
de los dos sexos.

Este ltimo caso comprende un nmero menor del que  primera vista se
creera, porque aun entre el hombre y la mujer que parecen igualmente
rudos, suele tener el primero alguna mayor cultura. Se pone algn
mayor cuidado en enviarle  la escuela, y sabe leer, escribir y contar
con ms frecuencia y algo mejor. Adems, la educacin industrial
del hombre, aun del pueblo, es muy diferente de la que recibe la
mujer,  quien estn vedados casi todos los oficios que exigen arte
y aprendizaje. Son muy desiguales los conocimientos de la obrera y
los que tiene un oficial  maestro de cualquier oficio, exigiendo la
prctica de la mayor parte de ellos conocimientos  habilidad que estn
muy por encima de la educacin industrial de las mujeres: todo esto es
bastante sabido para que no sea necesario insistir ms.

LA DESIGUALDAD QUE EXISTE ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER, REBAJA  STA?
las evidentes desigualdades que hemos recordado y todo el mundo sabe,
constituyen _inferioridades_ respecto  la mujer. Cabe dudar que
el que _ignora_ es inferior al que _sabe_, en cualquier asunto, lo
mismo que se trate de escribir un libro  de imprimirle, de hacer un
puente  un par de botas? La inferioridad de la mujer no se limita 
una  otra esfera social, sino que llega  todas; no sabe la teora
de las ciencias ni la prctica de las artes y oficios; para la obra
intelectual no se la admite, y para la artstica  industrial slo en
pocos casos y en la clase nfima.

De esta inferioridad cientfica y artstica resultan otras. No sindole
posible  la mujer el ejercicio de las profesiones, artes  oficios
lucrativos, se agolpa, puede decirse se apia alrededor de los pocos
trabajos manuales  que puede dedicarse, y cuyo precio se rebaja en
trminos que hacen, por lo comn, imposible que viva de su trabajo; la
depreciacin de ste resulta de una concurrencia desesperada, de la
poca consideracin que merece la trabajadora y de otras causas que no
hay para qu investiguemos, bastndonos aqu consignar el efecto, que
es la imposibilidad de que la mujer con su trabajo gane lo suficiente
para vivir.

Inferior en la esfera intelectual y en la artstica, con una
inferioridad tan general y constante, la mujer tiene que resultar, y
resulta, rebajada.

Pasadas las idolatras del amor, y prescindiendo de ciertos
sentimientos caballerosos y tiernos afectos de familia, la mujer
ocupa un lugar muy inferior al hombre en la opinin, en la ley, en las
costumbres, y su desigualdad llega  un grado que la rebaja.

Nos causa extraeza, repugnancia  indignacin el proceder de los
salvajes que abusan de la fuerza para hacer trabajar  sus mujeres
mientras ellos huelgan, convirtindolas en bestias de carga; pero el
proceder de los hombres civilizados hasta aqu, si es menos brutal, no
ha sido mucho ms justo. No es un hecho de fuerza y un abuso de ella
la prohibicin de que las mujeres se dediquen  profesiones y oficios
para los cuales tienen reconocida aptitud? La desigualdad que resulta,
no es consecuencia de la _muscular_ ms bien que de la intelectual,
y un verdadero salvajismo el no dejar  las mujeres ms que aquellos
trabajos que por muchas circunstancias han llegado  ser abrumadores
para ellos?

Las mujeres, infinitamente ms ignorantes y ms pobres que los hombres,
han de ser menos consideradas y aumentar su descrdito en estados
sociales donde el saber y la riqueza tienen mayor importancia cada da.
Prescindiendo de excepciones, y observando lo que hay en el fondo
de apariencias que engaan, la regla y la realidad es que la pobreza
intelectual de la mujer la lleva  la miseria econmica, lo cual la
rebaja, y que, en circunstancias desfavorables y frecuentes, de su
penuria y desprestigio resulta su abyeccin.

CONSECUENCIAS DE QUE LA MUJER EST REBAJADA. Las consecuencias de la
desigualdad que deprime y rebaja  la mujer son:

  Legales;

  Fsicas;

  Intelectuales;

  Morales.

Las enunciamos en el orden inverso de su importancia.

_Consecuencias legales._ La mujer fu considerada como esclava,
primero; despus, como sierva, y por ltimo, como menor: todas las
legislaciones de los pueblos civilizados se han modificado en favor
suyo y con tendencia  igualarla; pero esa tendencia, ms  menos
marcada, realizndose ms lentamente  con mayor rapidez, no es todava
un hecho en pueblo alguno, porque no hay uno solo en que la mujer y
el hombre sean iguales ante la ley. Sin derechos polticos, mermados
los civiles, incapacitada legalmente para las profesiones y para los
cargos pblicos, en el veto de la ley halla el reflejo de la opinin
y un insuperable obstculo  su actividad y razonable independencia.
Proclamada legalmente su inferioridad intelectual, tenida, en parte,
como menor, estas circunstancias no son atenuantes cuando delinque:
el legislador, que la considera inferior para utilizar las ventajas
sociales, la trata como igual al hombre para penarla, y aun en ciertos
casos le exige responsabilidad mayor y la pena ms severamente. La
ley, que le cierra las puertas de los establecimientos del Estado, le
abre las del lupanar; la ley, que no le permite publicar un libro sin
permiso de su marido, no le exige el de su padre para entrar en la casa
de prostitucin legalmente autorizada.

_Consecuencias fsicas._ La mujer, como trabajadora, no est ni aun
al nivel de los obreros menos inteligentes y ms dbiles respecto al
salario. Es tal su desprestigio y el desdn que inspira, que la misma
obra, sin ms que porque ella la hace, se paga menos que si la hiciera
el hombre; cualquiera labor que realice, cualquier cargo que desempee,
es siempre con rebaja en la retribucin respecto  las personas del
otro sexo que prestan igual servicio; y esto no es slo un hecho, sino
que parece un derecho, y cosa muy natural que un hombre gane ms que
una mujer.

Como tales hechos son generales y constantes; como las mujeres
estn incapacitadas para el ejercicio de las profesiones y oficios
lucrativos; como los pocos trabajos  que pueden dedicarse estn mal
retribudos, y peor si son desempeados por ellas; como adems no
hallan trabajo, resulta que su situacin econmica es aflictiva; que
no teniendo medios de subsistencia, no pueden tener independencia; que
se casan de cualquier modo, se prostituyen _ se matan para ganar la
vida_, segn una frase que parece carecer de sentido y le tiene bien
terrible.

De las diez  doce horas de trabajo continuo y sedentario, con el cual
la mujer no gana para procurarse lo necesario fisiolgico, resulta una
vida que se pierde  cuando menos se debilita por el exceso de fatiga
y falta de alimentacin. Es raro, muy raro, que pronto   la larga no
enfermen las mujeres que viven de su trabajo, y ms raro an que tengan
la robustez necesaria para que, si llegan  ser madres, no engendren
una prole raqutica. Esos nios endebles y escrofulosos pueden serlo
por muchas causas; pero una muy poderosa es que deben la existencia
 madres que han trabajado mucho y comido poco, y con su sangre y
su leche empobrecida dejan una prole cuya debilidad es el reflejo
de su desdicha. La inmensa mayora de las mujeres necesita trabajar
para vivir; se halla sin trabajo  tiene que aceptar los rudos, peor
retribudos y ms mecnicos; siendo considerada cual mquina, dbil;
necesitando mucha fuerza para transmitir una parte  sus hijos como
madre y como nodriza, y no teniendo esa fuerza, de su debilidad resulta
la de la prole y una concausa poderosa para la degeneracin de la raza.

La situacin econmica de la mujer, su falta de recursos propios, dan
tambin otro resultado, los matrimonios prematuros, cuyas consecuencias
fsicas son deplorables. El hombre suele esperar, para casarse, 
concluir su carrera,  tener un oficio  modo de vivir,  quedar libre
del servicio militar, etc., etc.: la mujer, que no tiene ms carrera
que la del matrimonio, lo celebra, por regla general, en cuanto halla
con quin. Aunque sea muy joven, aunque sea una nia, aunque est
muy lejos de la plenitud de vida necesaria para transmitirla robusta,
ser madre de hijos endebles, y ella se debilitar  perder tal vez
la salud. Esta consecuencia fsica del estado social de la mujer tiene
mayor importancia de la que tal vez se supone.

Resultado en gran parte de la miseria y de la ignorancia es la
prostitucin, cuyas consecuencias fsicas son envenenar las
generaciones y degradar las razas, sin que basten  evitarlo las
llamadas polica de costumbres y leyes de higiene. Habr virus fsico
mientras haya cncer moral, y cncer moral en tanto que la masa de las
mujeres sea tan pobre y tan ignorante, est tan rebajada, tan abajo, en
la escala social, que al menor tropiezo se halle en peligro inminente
de caer en la prostitucin.

_Consecuencias intelectuales._--Pensadores, filntropos, hombres
ilustrados y caritativos, amantes de la ciencia y de la humanidad, no
comprenden cmo sta no va ms de prisa por las vas del progreso.
Academias, ctedras, liceos, tribunas, escuelas, libros, revistas,
cuntos medios de difundir rpidamente la ciencia, que no obstante se
comunica tan despacio! Cul ser la causa? Muchas puede haber; pero
una, y muy poderosa, es sin duda la ignorancia de la mujer, punto
de apoyo para el error, obstculo para la difusin de la verdad. El
publicista la demuestra, cree demostrarla  todos, sin hacerse cargo
de que las mujeres en general,  no ven la demostracin,  no la
comprenden, y que lo escrito llega  ellas muchas veces traducido por
quien de propsito  sin querer lo traduce mal.

Al calcular la suma de instruccin respecto  ciertas clases, no se
tiene en cuenta que la mitad de las personas que pertenecen  ellas no
son instrudas. La madre, la esposa, la hija, la hermana del hombre de
ciencia, lejos de ayudarle  difundirla, es indiferente, se convierte
en un obstculo para que se difunda,  se hace aliada de los que la
combaten: esto tiene excepciones, y ms en los pueblos ms cultos,
pero en los que lo son poco, es la regla. Aunque la posicin social
de la mujer es muy desventajosa, no deja de ejercer grande influencia
respecto  la familia, en la que no propaga verdades que desconoce 
que tiene por errores. Adems, la gestin econmica de la casa es suya,
y no es raro que auxilie pecuniariamente  los que combate su marido,
y que para coadyuvar  difundir las ideas de ste no pueda hacer nunca
economas. Si el antagonismo llega  convertirse en lucha, sucede
muchas veces que el hombre se cansa y cede, y por lo que l llama paz
contribuye pecuniariamente al poder de los que le hacen la guerra.
Lejos de haber unidad de pensamiento en la familia respecto  muchas
cosas esenciales, las mujeres,  no le tienen,  piensan de distinto
modo que los hombres.

Si la mujer se halla sola, viuda  soltera, y tiene bienes de fortuna,
todava est en peor situacin y ms expuesta  ser instrumento de
error, con su riqueza y su ignorancia. Bajo pretexto de guiarla, no
faltar quien la extrave y se cobre bien el trabajo de persuadirla de
que va por el camino mejor. Como si la mujer no es apta para adquirir
lo es para heredar, la herencia, en las clases acomodadas, pone  su
disposicin capitales considerables, que en parte, en mucha parte,
se emplean contra la verdad. Cuando falta armona entre los medios
materiales  intelectuales, resulta siempre dao: el obrero se embriaga
y se corrompe; la mujer es explotada en provecho del error, y esclava
de l, se cree libre porque tiene doradas las cadenas.

As, pues, rebajada la mujer bajo el punto de vista de la inteligencia,
contribuye poderosamente  rebajar el nivel intelectual del hombre;
es una red invisible para muchos, pero tupida y resistente, en que se
aprisiona el pensamiento, resultando que la civilizacin camina como un
cojo, y cae con frecuencia por la desigualdad excesiva de los miembros
que le sirven para marchar.

_Consecuencias morales._--La posicin social de la mujer, que la reduce
 la ignorancia,  la pobreza,  la miseria,  la dependencia, ha de
ser fatal  su dignidad, ha de rebajarla moralmente, y en efecto, la
rebaja: si as no sucediese, sera preciso concluir que el miserable
ignorante es el que est en mejores condiciones para ser virtuoso. Las
estadsticas criminales de todos los pases ponen de manifiesto que es
mucho mayor el nmero de hombres penados que de mujeres; pero el nivel
moral de stas no sube en la proporcin que baja el nmero de los que
entran en las penitenciaras. Las estadsticas criminales prescinden
de un dato de que no pueden prescindir las morales; prescinden de la
prostitucin, que la ley tolera  autoriza, y que la moral condena.
Una prostituta est moralmente ms rebajada y es socialmente ms
perjudicial que gran nmero de las personas condenadas por los
tribunales.

La prostitucin de que hablamos como dao fsico, lo es mucho mayor
moral; y si los males del alma fuesen perceptibles como los del cuerpo,
no habra leproso tan repugnante como una prostituta.

Ese azote fsico y moral de las sociedades, sera posible que
existiera ms que como excepcin rara, si la mujer no fuera miserable,
fsica  intelectualmente, y no estuviese rebajada en concepto del
hombre y en el suyo propio? La desigualdad social excesiva de los
sexos hace, entre otros males, el de disminuir la dignidad y anular en
parte la personalidad de la mujer: cuando las condiciones de sta la
ponen en el caso de descender ms, baja an, y resulta la prostituta.
Lo que hay en ella de ms repugnante, de verdaderamente monstruoso,
resulta de su falta de personalidad. Forma parte de la sociedad; tiene
derechos civiles; es hija, madre, hermana, hasta esposa, y _no es
persona_: no, no es persona; por eso la desprecia el ltimo hombre
aunque sea un criminal; por eso es tan abyecta y repulsiva. Y como esta
monstruosidad moral no es un hecho raro; como son miles, muchos miles
de criaturas las que inoculan su virus y salpican su ignominia sobre
la sociedad que las tolera, vienen  constituir un elemento perturbador
en alto grado, poderoso, constante  incompatible con la moral. En los
atentados contra ella se hallan por todas partes cmplices livianos,
codiciosos  ignorantes, y el hecho se repite, se generaliza, hasta
el punto de que se atreve  llamarse derecho, y vive al amparo de la
ley, y hay una cosa que es al mismo tiempo abominable y lcita. Todo
esto sucede por contagio; son las emanaciones de la podredumbre, que,
por ser tanta, vicia la atmsfera y empaa la esfera, que debiera ser
inmaculada, desde donde da sus orculos la justicia.

Como la prostituta es fsicamente tan repugnante y daina, hace apartar
la vista  que se la mire principalmente por esta fase, y no llama
bastante la atencin de todos hacia su deformidad moral. Y en ella es
donde principalmente debemos fijarnos; porque el hombre est en su
inteligencia y en su voluntad, y ofuscacin de la una y perversin de
la otra hay en todo dao que hace. En el causado por la mujer liviana
hay maldad y absurdo, casi podra decirse irracionalidad, por ser
completamente irracional un proceder que lleva consigo la perdicin
segura, inevitable y sabida de quien as procede.

Pero cmo se verifica esto? Cmo hay miles, tantos miles de criaturas
que se lanzan  un dao cierto y conocido, que aceptan su perdicin,
que arrojan su cuerpo al muladar del vicio y se suicidan moralmente?
Cul es la causa de que se repita tanto un hecho que parece tan
preternatural y fuera de razn? Respecto  la mujer, este hecho como
generalizado, como permanente, como verdadera calamidad social, no se
explica por las pasiones y los instintos pervertidos y desenfrenados
que, cuando ms, produciran la prostituta como el ladrn y el asesino:
decimos _cuando ms_, porque, dada  la mujer la personalidad que hoy
le falta, y la instruccin y medios de subsistencia que no tiene,
habra de vencer para prostituirse ms repugnancias, hacer peores
clculos, prescindir ms de su verdadero inters que el hombre que
infringe las leyes pasando  vas de hecho  apropindose lo ajeno.
La naturaleza humana explica la prostitucin de uno  otro individuo,
pero de masas no puede explicarse sino por el estado social, por la
inferioridad que, segn l, tiene la mujer respecto del hombre.

Sin llegar al extremo de la _mujer perdida_, frase grfica con que se
expresa que ha desaparecido moralmente; sin llegar  este extremo,
la desigualdad social de la mujer tiene consecuencias deplorables.
Es una de ellas el matrimonio prematuro, que si tiene inconvenientes
fsicos, tambin morales, haciendo esposas, madres, amas de casa, 
criaturas sin la circunspeccin y la experiencia que no pueden tener
los pocos aos,  indispensables para la direccin moral de la familia
y material del hogar. Aunque una mujer sea muy joven, aunque sea nia,
si hay ocasin de casarla se aprovecha, porque podra no presentarse
otra, y ella no tiene ms carrera. Tardar an aos en ser mayor segn
la ley, en poder disponer para la venta de algunos metros de tierra;
pero dispone del orden domstico, del porvenir de sus hijos que no sabe
educar, de la paz, de la dicha del hogar y del honor de su marido: todo
esto se pone con frecuencia en manos de una nia. Es en parte falta
de la ley; pero las leyes ya se sabe que son el reflejo  el eco de
las ideas y de las costumbres, y mientras la mujer no tenga verdadera
personalidad, ni ms posicin social que la que le da el matrimonio, ha
de apresurarse  contraerle.

Las mujeres, no slo se casan pronto por tener prisa de casarse,
sino que muchas veces se casan mal. El amor, la conveniencia de
circunstancias y caracteres, no se atiende bastante, en ocasiones no
se atiende nada, por considerar solamente la necesidad de tener una
posicin social, un sostn, una persona que provea al sustento de la
que por s no puede ganarle, y evitar la situacin precaria y tal vez
aflictiva de la mujer soltera cuando sus padres han muerto y se han
casado sus hermanos. Todos estos clculos que tienen que hacerse, que
es imposible que no se hagan, han de producir consecuencias morales
deplorables, uniendo  los que no se uniran sin la especie de fuerza
mayor, resultado de la inferioridad social de la mujer.

La desigualdad intelectual es tambin una causa perturbadora del buen
orden y moralidad de la familia. No slo se encomienda por completo
 los extraos la instruccin del nio, sino que ste, vista la
ignorancia de su madre, propende  desdearla, propensin que es una
concausa de la falta de respeto que hoy menguan tantos otros motivos.
La influencia de la madre, tan necesaria para el nio y para el joven,
tiene que resentirse de su inferioridad intelectual, y si por muchas
circunstancias no se disminuye, no es raro que sirva para extraviar al
hijo que deba dirigir: el sentimiento, el instinto, no ordenados por
la razn ilustrada, pueden arrastrar ciegamente  retraer con clculos
egostas.

Si la ignorancia es un mal en la madre, lo es tambin para la esposa,
que no ser la compaera de su marido siempre que entre ellos haya
una gran desigualdad intelectual. Cuando el amor ha dejado ya de
dar importancia  todas las frusleras, qu es el trato entre una
persona instruda, seria, y otra ignorante y frvola? No puede tener
aquella intimidad constante, resultado de una armona que no existe,
y el hombre busca la compaa de sus amigos, la mujer, de sus amigas,
porque es natural complacerse en la sociedad con sus iguales. En
fuerza de ver esta separacin intelectual de los sexos que la produce
tan profunda en las familias, no se repara en ella, ni se notan sus
malas consecuencias. No son mejores para la moral que la actividad de
espritu de la mujer no se emplee en cosas racionales y serias, y se
vuelva toda  los caprichos de la moda y  los desenfrenos del lujo,
con ruina de la fortuna de su marido y no pocas veces de su honor. De
la falta de instruccin de la mujer, de la educacin que se la da, de
su posicin social, falta contradictoria, anmala, resultan contrastes
absurdos y daos grandes, todo en perjuicio de la moralidad y de las
costumbres; y como las costumbres y la moralidad son la piedra angular
de todo bien en un pueblo, urge disminuir el desnivel que existe entre
los sexos.

Con riesgo de ser pesados hemos de repetirnos, porque nos importa mucho
ser claros y no dar lugar  equvocos ni torcidas interpretaciones
en algunos puntos esenciales. La igualdad no es en los sexos, ni en
nada, la identidad; no queremos entre la mujer y el hombre la igualdad
_absoluta_, sino la _suficiente_ para la armona que hoy no existe,
que no puede existir por desigualdades excesivas. No pretendemos que
las mujeres sean militares, sino que no sean rechazadas de aquellas
profesiones y oficios para que resulten aptas, y que no se declare su
ineptitud sin que est probada por la experiencia. No queremos lo que
se entiende por la mujer _emancipada_, sino lo que debe entenderse
por la mujer _independiente_; no queremos el _amor libre_, sino el
matrimonio _contrado con libertad_, y en l, con las diferencias
naturales y convenientes, las semejanzas necesarias para que sean la
base firme de la virtud y prosperidad de los pueblos.




CAPTULO IV.

LA IGUALDAD ANTE LA LEY, ES LA IGUALDAD ANTE LA JUSTICIA?


Hay en nuestra poca una deplorable tendencia  convertir la aritmtica
en ciencia social,  tomar  los hombres como cantidades, y hacer con
ellos operaciones de adicin y de resta, lo cual no slo conduce al
error, sino que le consagra dndole un aire de verdad matemticamente
demostrada. Los partidarios ms acrrimos de la igualdad sancionan 
veces las ms injustas desigualdades, porque, arrastrados del espritu
de siglo, sustituyen la aritmtica  la lgica.

_Igualdad ante la ley._--Qu significa esta frase? Que no hay ningn
privilegiado; es decir, que legalmente no se puede evitar ningn
castigo, alcanzar ninguna recompensa, ni obtener ventaja alguna en
virtud del nacimiento ni de la posicin social. Esta es la teora.

Notaremos primero que no hay, como algunos dicen, cosas muy buenas en
teora y muy malas en la prctica, porque es un contrasentido sostener
como bueno lo que es impracticable,  lo que practicado hace mal. La
ignorancia tiene maligna propensin  rebajar el valor de las frmulas
cientficas y hacer  la verdad responsable de las consecuencias del
error que se disfraz con su nombre: as, pues, un mal en la prctica,
supone un error en la teora.

Sera necesario escribir un tratado completo de legislacin para ver
en qu se convierte prcticamente el principio de _igualdad ante
la ley_. Esto no es posible, ni es preciso tampoco, porque, siendo
nuestro objeto sentar principios generales, nos bastar tomar una ley,
y demostrada en ella la causa del error, fcil nos ser por analoga
juzgar las leyes todas. Examinaremos la ley de reemplazo para el
servicio militar.

No hace muchos aos se eximan de este servicio los nobles; vienen los
partidarios de la igualdad, y gritan: Injusticia! Cmo! Porque esa
mujer ha nacido duquesa podr tener sus hijos  su lado, y porque la
otra naci pobre se los arrancarn,  ella que le hacen ms falta! Se
conviene en que las contribuciones deben pagarlas todas las clases,
y esa que apenas el hbito puede hacer que se nombre sin horror, esa
que se llama _contribucin de sangre_, la pagar una clase sola!
Siendo principio de equidad reconocida que cada uno contribuya al
sostenimiento de las cargas del Estado segn los bienes que tiene que
conservar en l, el que posee poco, el que tal vez no posee nada,
ofrece su vida para conservar el orden y defender la patria, y lo que
poseen los que estn eximidos de defenderla! Injusticia! Iniquidad!
Abajo el privilegio! Igualdad ante la ley!

La igualdad se establece; todos nacen soldados, el duque y el
proletario; la suerte decide luego el que debe tomar las armas. Mirad
las listas: el Excmo. Sr. Duque de N., al lado de Pedro Fernndez;
esto ya es otra cosa; al fin las leyes empiezan  ser justas; ante
ellas todos somos iguales. Del servicio militar puede uno eximirse
por dinero; todos tienen derecho  comprar su licencia absoluta por
8.000 reales[2], lo mismo el Duque de N., que Pedro Fernndez. Lo
_mismo_? Pero si Pedro Fernndez no tiene 8.000 reales, si no _puede_
tenerlos! Si la ley lo sabe, y parte de este conocimiento, porque si
todos _pudieran_ eximirse no habra ejrcito! Entonces, qu se ha
hecho de la igualdad ante la ley? Qu se ha hecho? Ha quedado reducida
 un cambio de nombre. La desigualdad de antes estaba escrita en un
pergamino y se llamaba ejecutoria, y la de ahora est escrita en un
papel y se llama billete de banco. Pues vala la pena de verter tanta
sangre y hacer tanto ruido para llegar  este resultado!

       [2] Era el precio de la redencin cuando esto se escribi.

Pero son muchos ms los que logran eximirse por el nuevo mtodo, y es
ya una ventaja, y grande, porque los bienes se miden por el nmero de
personas que pueden participar de ellos. Es verdad; el nmero de los
que se eximen es mayor que era; pero la ley cuenta con esto, y llama 
las armas 27.000 hombres, por ejemplo, en lugar de 25.000, contando con
que 2.000 se redimirn; es decir, que el nmero de los privilegiados
aumenta, y disminuye el de los que deben pagar la contribucin de
sangre; y no siendo menor el cupo, claro est que les ha de tocar
 ms. Es decir, que en nombre de la igualdad se hace que la ms
terrible de las desigualdades pese sobre el pueblo ms que pesaba.

Supongamos que para establecer la igualdad verdaderamente decimos:--No
se admite ms exencin que la incapacidad fsica; el Duque de N.
y Pedro Fernndez sern soldados, sin poder presentar en su lugar
billetes de banco, ni hombres comprados: ahora s que se establece la
igualdad verdadera, la verdadera justicia.

Pedro Fernndez se pone su uniforme de pao no ms ordinario del que
acostumbra  gastar; toma el fusil, cuyo peso no le agobia, porque est
acostumbrado  trabajos materiales; duerme en una cama que no es peor
que la suya; marcha sin esfuerzo  paso redoblado. El Duque no puede
sufrir el roce de aquel pao tan basto; el peso del fusil le abruma,
y es imposible que l duerma en aquella cama, ni que ande  pie tan
aprisa, l que no tiene costumbre de andar sino en coche   caballo.
Lo que Pedro hace sin esfuerzo,  l le causa una fatiga abrumadora; le
costar la vida, porque en una marcha, un da de mucho fro  de mucho
calor, sucumbir. H aqu otro caso en que en nombre de la igualdad se
echan sobre dos clases pesos desiguales. Cul es el origen del mal? El
mal est en el error de que al establecer la igualdad ante la ley se
parte del principio de que los hombres son iguales y se hallan en las
mismas circunstancias, y como esto no es verdad, la igualdad ante la
ley es mentira.

Qu hacer? No es ste el lugar de indicarlo. Nuestro asunto tiene
una especie de fuerza centrfuga que tiende  lanzarnos fuera; pero
combatiremos esta tendencia encerrndonos en l. Creemos haber dicho
bastante para probar que la igualdad ante la ley, como generalmente se
entiende, y la igualdad ante la justicia, no son una misma cosa.




CAPTULO V.

DE LA EQUIVALENCIA.


Hemos indicado ya que la equivalencia ensancha el crculo de la
igualdad social, y conviene recordarlo por lo que el hecho influye al
presente y por la mayor importancia que tiene cada vez.

Segn queda dicho,  la igualdad salvaje sucedieron las desigualdades
brbaras y semibrbaras, que en castas  clases, fatalmente separadas,
marcaban  cada hombre su camino y  cada masa su grado. Roto por el
progreso el estrecho molde en que se encerraba la actividad humana,
sta hall nuevos caminos y multiplic los medios de perfeccin moral
 intelectual y de progreso material. La abnegacin no se limit al
herosmo en los combates, sino que desafi la muerte en la epidemia,
en el apostolado, en la investigacin de la verdad, y tuvieron mrtires
la filantropa, la fe y la ciencia. Con los modos de hacer bien y las
fatigas y peligros de realizarle, se multiplicaron los generosamente
dispuestos  padecer esas fatigas y arrostrar esos peligros, que,
variados en forma y modo, se confunden en la elevada unidad del amor al
bien y abnegacin sublime.

La inteligencia aument casi al infinito sus diferentes
manifestaciones, cultivndose de distintos modos convergentes todos al
centro de la verdad: para buscarla pueden separarse los hombres, mas
desde el momento que la hallan se aproximan.

Si hubo infinitos modos de ser santo y de ser sabio, tambin de allegar
bienes de fortuna, y la prosperidad material pudo venir por multitud de
caminos que le abran las artes, el comercio y la industria.

Multiplicronse los casos en que personas que empleaban su actividad
de distinto modo, eran tenidas por igualmente tiles y apreciables; y
clasificados como de valer igual, por la equivalencia llegaron  la
igualdad.

El nmero de estos casos es cada da mayor, y as conviene, siendo el
nico medio de dar  las fibras del organismo social una elasticidad
que las impida romperse. Con la igualdad crecen las aspiraciones 
igualarse, y si en proporcin no aumentan los medios, los sacudimientos
son inevitables,  lo que es todava peor, habr odios y desalientos
que, sin energa para hacer explosin, son corrosivos y atacan  las
fuentes de vida material y moral de los pueblos.

A medida que aumenta el caudal de los conocimientos humanos, se ven
las ntimas relaciones que tienen unos con otros, su enlace ntimo y
los mutuos servicios que se prestan los que cultivan las ciencias al
parecer menos afines. Lo propio acontece con el organismo social, y 
medida que se conoce mejor, se comprende la importancia de todos sus
rganos, la necesidad de armonizarlos, y el absurdo y la injusticia de
excluir de la consideracin y del aprecio los que no pueden excluirse
de la realidad, porque es esencial para la vida. Desde el momento en
que las sociedades se consideran como organismos, los individuos que
las componen tienen que ir dejando de ser _partes de una masa_ para
convertirse en _elementos de una armona_: esta armona sera imposible
si no pudiera contribuir  ella ms que la igualdad uniforme,
simtrica, rgida, por decirlo as, que exige condiciones idnticas;
pero es factible con la equivalencia que aprecia _mritos iguales en
servicios distintos_.

Ciertamente que las preocupaciones se han opuesto y se oponen an 
admitir la equivalencia de ciertos servicios, que el trabajo material
no se considera propio de una persona digna; pero  medida que el
obrero mecnico necesita ser ms inteligente,  medida que el trabajo
de la inteligencia y de la mano se confunden, necesariamente ha de
variar la consideracin que inspira el trabajador. Los oficiales
de marina se creeran rebajados siendo maquinistas; pero ya se ir
reconociendo el absurdo y el perjuicio de que no lo sean: un capitn de
barco mira con desdn al maquinista, que por de pronto tiene ms sueldo
que l, y no tardar en tener igual consideracin,  en ser uno mismo
el que dirige la mquina y manda el barco, cuando se vaya comprendiendo
mejor que las manchas que se lavan no envilecen, y que en todo _mandar_
debe ser _dirigir_.

Pero las preocupaciones dan lugar  hechos y tienen consecuencias
que no varan sino con mucha lentitud, y no hay cosa ms absurda
ni peligrosa en la prctica social que calcular por lo que _debiera
ser_, prescindiendo de lo _que es_. El hecho, el ms injusto, el
que nos parezca menos razonable, ha tenido _motivo_ de ser que se
consider como razn, y si no lo era,  no lo es ya, si la causa se
invalida, el efecto no se puede aniquilar instantneamente. Reconocida
la injusticia de las castas, proclamada la igualdad, la ley que la
establece podr suprimir en el mismo da la soberbia de los de arriba,
la abyeccin de los de abajo, los vicios del que manda sin freno y del
que obedece sin condicin? Cierto que las castas se deben suprimir;
pero verdad tambin que es necesario precaverse contra la ilusin de
que ningn hecho social se puede arrancar de raz sin que deje germen
ni consecuencias, y que la demostracin lgica  el mandato de la ley
rectifican inmediatamente la voluntad, desvanecen el error, rompen
el hbito y modifican el carcter. Las categoras sociales que por
no ser legales no son menos positivas, necesitan tambin tiempo para
variar, porque la opinin, su nica legisladora, no puede modificarlas
sino modificndose, lo cual no se verifica de una manera instantnea.
La opinin va admitiendo equivalencias sociales, admite ms cada
vez; pero no hay que pedirle que inmediatamente las acepte todas, ni
desesperar porque rechaza algunas. Hay que darle tiempo para que dilate
la esfera de la dignidad, y tambin para que se hagan dignos los que
debe dignificar. Del hecho de privar  una clase de consideracin,
suele resultar que llega un momento en que no la merece; si este estado
se prolonga, deja huella, casi siempre profunda, y aunque no sea
indeleble, tampoco fcil de borrar: si necesita un titnico esfuerzo
para morir con honra el que ha nacido con nota de infamia, tampoco sin
firme resolucin y perseverancia se eleva moralmente mucho el que es
tenido en poco; de modo que las consecuencias de una injusticia tienen
apariencia de justificarla, y positivamente la fortifican para con
muchos que miran la humillacin de una clase rebajada como argumento 
favor de los que la rebajaron.

Para que  la equivalencia de los servicios vaya correspondiendo
la de los mritos, y la igualdad se extienda y cimiente en bases
slidas, no ha de calificarse de imposible lo hacedero, ni tener por
fcil lo que no lo es; no debe llamarse derecho al hecho, ni tampoco
prescindir de l y, cerrando los ojos  sus consecuencias inevitables,
gastar en negarlas la fuerza que debe emplearse en procurar que vayan
desapareciendo. Para que una clase logre la misma consideracin
social que otra, no basta que tanto como ella sirva  la sociedad; es
necesario que adems se haga respetar por sus condiciones morales 
intelectuales, sin lo cual jams conseguir que haya relacin entre
lo que sirve y lo que merece. Por qu ciertas obras se califican de
viles? Por el envilecimiento del obrero: haced  ste respetable, y la
obra quedar ennoblecida.

Se clama contra la explotacin de la debilidad por la fuerza; pero
sera bien no rebelarse contra la naturaleza humana, comprender lo que
es inevitable en ella, y ver que el problema no consiste en que los
fuertes no abusen de los dbiles, sino en que no haya dbiles  en que
haya pocos. En una obra cualquiera, escalnense los que han de llevarla
 cabo, desde el rico capitalista hasta el miserable bracero; dse
al que es explotado por los de arriba la facultad de explotar al que
est debajo, y se ver cmo aquella masa se convierte en explotadores
y explotados de varias categoras, hasta que llega una que no tiene
debajo  nadie, ni halla compensacin  la dura ley que recibe, con la
que impone. Esto sucede en todas partes y siempre; y si se analizan los
elementos del fenmeno, si se pregunta por qu no hay relacin exacta
entre los servicios y las remuneraciones, ni posibilidad de establecer
equivalencias sociales ms equitativas, se ver que la inferioridad
moral  intelectual,  las dos reunidas en el obrero explotado, son
la causa de que se tase tan bajo la obra, y que no puede aumentar el
nmero de equivalencias sociales sino en la medida que aumentan las
analogas y semejanzas entre los que han de figurar  la misma altura.

Cualquiera direccin que tomen los amigos de la igualdad, siempre
hallarn en su camino condiciones morales  intelectuales; y aunque
comprendan y hagan valer todo el alcance de la equivalencia, vern que
tampoco puede prescindir de lo que el hombre debe y conoce, y que ni
los decretos, ni las leyes, ni los motines, ni las rebeliones lograrn
que se tengan por _equivalentes_ los servicios que prestan personas muy
_desiguales_.




CAPTULO VI.

QUE LOS HOMBRES NO HAN MENESTER OCUPAR EN LA SOCIEDAD POSICIONES
IGUALES PARA SER IGUALMENTE DICHOSOS.


Suelen encomiarse las ventajas de la pobreza por los que no han sido
pobres, de la mediana por los que aspiraban  salir de ella, y de
la moderacin y templanza por los que tal vez tienen una ambicin
sin lmites. Dirase que hay circunstancias en que no se predica
la resignacin sino para ponerla  prueba, ni la virtud sino para
explotarla. Mas aunque esto acontezca alguna vez  muchas, no deja de
ser cierto que la dicha no est sujeta como esclava  los caprichos de
la fortuna.

Parcenos que deben huirse dos extremos: ni tomar como historia el
cuento de que para hallar un hombre feliz fu necesario buscarle entre
los que no tenan camisa, ni creer que se necesitan ricas galas para
ser dichoso y que lo es todo el que las tiene.

La miseria es desdichada, hay que reconocerlo, siquiera no sea ms que
para no insultarla con plcemes hipcritas  ignorantes.

El que tiene hambre  fro, el que carece de albergue racional, de
cama, del preciso descanso despus de un trabajo rudo, aunque se ra,
aunque est alegre alguna vez, es desdichado; se le observa en un
momento de expansin, y se le envidia; en una hora de insensatez, y se
le desprecia; pero tomando su vida entera, tal como es, sustituyendo
 la apariencia la realidad,  nadie que razone y sienta bien deja de
inspirar lstima.

Ninguna persona de entendimiento y de corazn puede prescindir de la
miseria, ya la sienta como una desdicha compadecida, ya la contemple
como un espectro amenazador; mas por terrible que parezca  simptica
que sea, no debe considerarse cual regla, sino cual excepcin, que
ser ms rara  medida que los hombres sean ms racionales y mejores.
Cuando la miseria toma grandes proporciones; cuando se extiende 
masas y persiste en afligirlas; cuando, en vez de ser una desgracia
individual y pasajera, es un fenmeno social permanente, puede
asegurarse que la sociedad est mal organizada, que los hombres no
comprenden su conveniencia y su deber  le pisan, que  sus relaciones
no preside la justicia. As acontece muchas veces, porque los pueblos
emplean sus esfuerzos y sus tesoros no en disminuir su miseria moral y
material, sino en aumentarla; de modo que, siendo tan grande, parece
como inevitable. Pero no es la magnitud de un mal, sino su ndole, la
que hay que tener en cuenta para declararle sin remedio; y como al
estudiar la miseria permanente y en grandes proporciones se ve que
es consecuencia de errores  injusticias  que puede y debe oponerse
la justicia y la verdad, y como la verdad y justicia solamente son
eternas, necesarias y propias para servir de regla, todo lo que  ellas
es contrario debe considerarse como contingente y combatirse como
daoso y perecedero.

El hecho de la miseria, que en algunos pases es una excepcin, debe
serlo en todos, y al estudiar esta dolorosa desigualdad, debemos
considerarla, no como una parte del organismo social, sino como una
dolencia que slo por culpa del hombre tiene carcter contagioso y se
hace crnica.

La miseria, la _falta de lo necesario fisiolgico_, lo repetimos, es
una positiva y gran desgracia, y el que la padece no puede hallar
equivalencias, ni compensaciones que le igualen para la felicidad,
con el que posee lo indispensable: esta es la regla, que no invalidan
ciertas excepciones. Porque haya un miserable alegre y un opulento que
se desespere y se suicide; porque ciertas individuales condiciones se
sobrepongan  todas las circunstancias exteriores, no hay que negar 
stas la influencia que por lo comn tienen.

Pero desde el momento en que el hombre no puede con razn llamarse
miserable; desde que tiene trabajando lo necesario para vivir; desde
que no es ms que _pobre_, puede ser dichoso, tan dichoso, ms acaso
que los que le aventajan en bienes de fortuna. No faltan pruebas de
esta verdad; pero suele faltar quien las aprecie en su verdadero
valor, quien prescinda de apariencias, quien se despoje de vanidades
y envidias que tienen la pretensin de definir la felicidad que
dificultan. Es deplorable, porque el conocimiento de la felicidad
verdadera contribuira  lograrla, como aleja de ella el desconocer
los esenciales elementos de que se compone. Hay aspiraciones que slo
tienen un limitado nmero de individuos, pero  ser feliz todo el
mundo aspira: el sabio y el ignorante, el noble y el plebeyo, el vano
y el humilde, el rico y el pobre, el bueno y hasta el malvado. Ya se
comprende la importancia de que todos estudien lo que  todos interesa,
lo que todos buscan, lo que todos se afanan por encontrar y lo que muy
pocos conocen. Por qu quieren los hombres ser iguales  los que estn
ms arriba en riqueza, en poder, en consideracin? Por ser igualmente
dichosos: ste es el fin; lo dems son medios, no siempre legtimos ni
adecuados, para conseguirle, muchas veces propios para alejarlos de l.
Multitudes de hombres que van con infinita fatiga hacindose dao  s
propios y  los dems, no son muchas veces sino criaturas que buscan la
felicidad donde no est  por caminos que no conducen  ella.

Hay una propensin muy marcada  tomar por base de la felicidad la que
sirve de regla para establecer la contribucin: _la renta_. Un hombre
tiene doce mil duros? Es dichoso. Doce mil reales? La vida es para l
llevadera. Dos mil? Es desgraciado. Esta opinin no se funda en ningn
razonamiento; pero es frecuente que las opiniones ms resueltas sean
las menos razonadas. El error de que la dicha est en razn directa de
la riqueza, es de los ms perturbadores y dainos; da la sed de goces
materiales, la fiebre del oro y la idea de buscar un fin por medios que
le hacen imposible.

Los bienes espirituales se multiplican  medida que son ms los que
de ellos disfrutan; la ciencia aumenta con el nmero de los que la
poseen, y la virtud con los virtuosos. La verdad, la justicia y la
belleza abundan  medida que es mayor la multitud de los que de ellas
gozan; pero con los bienes materiales no sucede lo mismo, tienen una
limitacin propia de su naturaleza inferior y terrenal. Ved aquel
pblico numeroso que escucha la defensa del inocente  la acusacin
del culpable, los acentos sublimes de la msica  la voz augusta de la
verdad. Hay all personas de todas clases; unas van en coche, otras
 pie y mal calzadas, quin sale de un palacio levantndose hastiado
de la oppara mesa, quin deja su tugurio y hace un sacrificio de
tiempo  de dinero, de las dos cosas tal vez, para formar parte de la
concurrencia. Cunta desigualdad material en aquellos hombres! Pero
el abogado habla, el msico hace oir las armonas de su instrumento,
el pensador revela los misterios de la ciencia, y las desigualdades
de la fortuna desaparecen, y cada uno goza del arte, siente la
justicia y aprende la verdad segn las facultades de su corazn y de
su inteligencia, desapareciendo las diferencias de la posicin social
y establecindose otras que nada tienen que ver con ella. Siempre
que el hombre se eleva de las cosas materiales  las del espritu,
brinda  los dems hombres con la participacin igual y completa de
los bienes que posee; siempre que se rebaja  no preciar ms goces que
los materiales, tiende  excluir de ellos  los otros y  establecer
desigualdades. El coche del que le tiene es suyo, y porque es suyo no
puede ser de otro; la belleza de un cuadro es de los que le contemplan,
de todos  la vez, sin que la parte que toma cada uno merme la de los
dems, y antes por el contrario aumentndola.

No hay que insistir en verdades tan sencillas y claras; pero conviene
sacar algunas de sus principales consecuencias ms ntimamente
relacionadas con el asunto que nos ocupa. La igualdad en la dicha la
quieren todos los hombres; el hacer consistir la dicha en los bienes
materiales es una propensin muy generalizada; los bienes materiales,
cuya posesin excluye  otro posesor, tienen una tendencia exclusiva y
antiniveladora; de manera que al absurdo de suponer que la felicidad
guarda proporcin con la riqueza, se une el de imaginar que sta puede
ser el patrimonio de todo el mundo.

Para que los hombres sean igualmente dichosos es necesario establecer
entre ellos niveles de inteligencia, de bondad, de virtud, no de renta,
 de producto del trabajo, que siendo suficiente para cubrir las
verdaderas necesidades, lo es tambin para procurar la verdadera dicha.

Quin ha formado la estadstica de los dolores y de los goces humanos?
Quin puede formarla? Este hombre est desnudo, descalzo, hambriento;
es un mal evidente para la multitud que al pasar le compadece; aquel
otro tiene amor, odio, ambicin, envidia, remordimientos, sed de
venganza, de poder, de fama  de oro: su alma se agita en terrible
lucha, su corazn destila hiel y rebosa amargura; son males que la
muchedumbre no percibe, y si va  pie no repara en l, y si va en coche
le envidia. Los inconvenientes de la pobreza son ostensibles; pero se
repara poco en los infinitos medios que emplea la criminal codicia
para daar al rico: disfrazada de amor, engaa  sus hijos y se los
arranca; adula sus pasiones, y le extrava sus debilidades y le pone en
ridculo; acecha sus extravagancias, y le hace declarar loco; acibara
sus ltimos momentos para arrancar un legado, y re sobre su tumba,
si acaso no la abre prematuramente. Mas los peligros exteriores de la
_riqueza_ son los menos terribles; la gran dificultad para que sea
dichoso el que pose superabundantemente medios de fortuna consiste
en que necesita proporcin entre ellos y los morales, y que  la
superioridad econmica corresponda la superioridad moral.

El problema de la vida del pobre es relativamente sencillo: sus deberes
son, por regla general, negativos; sus extravos estn en gran parte
limitados por la necesidad de un trabajo constante y la falta de medios
pecuniarios. De la posicin humilde viene la templanza en los deseos,
esa clave de la felicidad que el pobre recibe casi gratis, que el rico
logra tan difcilmente. El que no est sujeto por las necesidades
materiales y verdaderas de la existencia, tiene que imponer silencio
 las ficticias del egosmo y que encadenar el desenfreno de todas
las pasiones. Si se entiende por pasin lo que  nuestro parecer
debe entenderse, _todo deseo vehemente contra razn  justicia que
persiste y mortifica_, se comprender cun grande puede llegar  ser
la esfera de las pasiones y cmo se dilata  medida que el hombre se
eleva en la escala social. Hay pasiones detonantes, por decirlo as,
que todo el mundo conoce, porque hacen ruido al hacer explosin; pero
hay otras, las ms, que pasan desapercibidas, clavando en silencio su
aguijn  destilando su virus corrosivo. La pasin, que es sinnimo de
sufrimiento, tiene muchos caminos para llegar al rico y muy pocos para
llegar al pobre, que por lo comn cifra su ventura en tener cubiertas
sus necesidades materiales; el poder satisfacerlas, ni aun le ocurre al
rico que sea un bien, y tenindole se cree y es desgraciado, y sufre y
se desespera.

Otro grande enemigo de la felicidad del rico es el amor propio,
monstruo voraz nunca satisfecho que pide ms cuanto ms le damos.
l amuebla la casa, atava  la persona, dispone la comida, seala
el nmero de servidores y determina la clase de trabajo, el modo
de viajar, de divertirse, y, en fin, lo dispone todo. El gusto, la
conveniencia, la razn, muchas veces el sosiego, la vida y hasta
la honra, se sacrifican  sus exigencias sin lmites. Como lquido
incoloro, toma el color del vaso que le contiene, y con flexibilidad
infinita se acomoda  todas las formas del cuerpo que enlaza; se adapta
 las puerilidades de la vanidad y  las soberbias del orgullo; codicia
un dije, un traje, un mueble, el poder, la fama, y segn con quien
habla, va diciendo:--Viste con elegancia, ten casa lujosa, anda en
coche, s literato notable, poeta aplaudido, msico  pintor laureado,
hombre de ciencia insigne, general, banquero, diputado, senador,
ministro  secretario de ayuntamiento.

Qu vrtigos de clera,  qu angustias de pena, cuando otro alcanza
el puesto que se ambicionaba,  recibe los aplausos que se clavan como
espinas en el corazn del que los quera para s! Qu facilidad para
crear aspiraciones, qu dificultad para satisfacerlas! Qu desdicha
sacar las condiciones de bienestar fuera de s mismo y cifrarle en lo
que piensan  sienten  dicen los otros!

El amor propio necesita espectadores; los busca como instrumentos de
satisfaccin y los halla convertidos en tiranos, cuyos mandatos obedece
en cambio de un aplauso que mendiga y no siempre logra. Esa dependencia
de los dems; esa verdadera esclavitud de los que prefieren inspirar
envidia  merecer respeto; ese someterse incondicionalmente al _qu
dirn_ de los que tal vez no saben lo que dicen; ese espritu que
vive de prestado y en la mayor de las miserias, puesto que no tiene
satisfaccin legtima que pueda llamar suya, todo es consecuencia del
amor propio excitado y fuera de sus razonables lmites. Se dir que no
los traspasa en todos los ricos, ni deja de extralimitarse en algunos
pobres; no negaremos que suceda as; pero es igualmente cierto que, por
regla general, donde la vanidad impera, donde el amor propio tortura,
donde las pasiones hacen verdaderos estragos, es en los ricos, no en
los pobres. Estos, sin saberla, siguen la sabia mxima de

                  Iguala con la vida el pensamiento,

y no van de continuo con sus aspiraciones donde sus medios no pueden
llegar, ni dan cuerpo, convirtindolos en desgracias,  los devaneos de
la imaginacin.

La fortuna, como una madre inconsiderada, suele hacer infelices  los
hijos que mima. Halagados por ella, son tan dbiles, tan susceptibles,
tan impresionables, que la menor contrariedad los irrita, el ms
pequeo contratiempo los desespera; ellos son los que se crean esas
situaciones envidiadas que les parecen insoportables; ellos los que,
teniendo tantos caminos que elegir, no van por ninguno y llaman abismo
 una depresin cualquiera. El hombre necesita luchar, es de ley que
luche; y combate por combate, no siempre es el ms rudo el que tiene
que sostener el pobre, sujeto constantemente  pruebas que no sufre el
rico, que en cambio pasa por otras que aqul ignora.

La estadstica de la felicidad no puede hacerse, sea que no exista
sino por excepcin rara, sea que se oculte  que se halle donde no la
buscan los que pretenden estudiarla; pero el contento es ms general
y ms visible, y ciertamente no se observa que est en proporcin de
la renta. Donde quiera que se reunen muchas personas de varias clases,
en viajes, paseos, diversiones pblicas, no se ve que la alegra se
mida por el precio de las localidades, y antes puede afirmarse que
los que se divierten ms son los que pagan menos. Las personas que
parecen hastiadas, que vuelven en el teatro la espalda al escenario y
se aburren viajando en coches de primera  en salones, no son los menos
favorecidos de la fortuna.

Se dir, y es cierto, que la alegra no es la felicidad; pero si el
estudio de sta presenta dificultades insuperables, ofrece menos
el comparativo de la desgracia, sobre todo si la observamos donde
aparece en relieve, en la desesperacin suprema que conduce  la
muerte voluntaria. Que un suicida supone muchos desesperados y un
desesperado muchos infelices; que siendo la clase pobre ms numerosa da
el menor nmero de suicidas, cosas son ciertas, sabidas, y lgica es la
consecuencia de que no debe ser ms general la felicidad entre aquellos
en que es ms frecuente la desesperacin.

Cada edad, cada estado, cada situacin, cada clase tiene sus ventajas
y sus inconvenientes, sus disgustos y sus satisfacciones, sus penas
y sus consuelos; nada ms perjudicial ni menos conforme  la verdad
que cortar por un mismo patrn la dicha de criaturas diferentes, y
pretender que no pueden llegar  ella sino por un camino y pagando  la
entrada una cantidad fija y crecida.

El joven con las ideas y sentimientos de su edad no comprende que el
viejo deje de ser desgraciado; pasan los aos y es feliz de un modo
que le pareca imposible. El guerrero no puede imaginar la dicha de
la mujer piadosa que cura las heridas que l hace, y cuya vida es ms
envidiable que la suya; los que distan mucho en ocupaciones, medios
 ideas, no comprenden que pueda haber ventura tan diferente de la
que ellos tienen  desean. Pero no dejndose dominar por las propias
impresiones ni extraviar por apariencias, y observando las diferentes
clases sociales en sus dolores y en sus alegras, se ve que son
igualmente dichosos los que ocupan posiciones ms desiguales y que hay
compensaciones providenciales que los hombres desconocen con frecuencia
por su culpa y para su desdicha. La Providencia, que ha dado  cada
sr una organizacin apropiada al medio en que ha de vivir, al colocar
al hombre en una sociedad en que hay necesariamente desigualdades, no
sujet  ellas nada verdaderamente importante, nada esencial. En la
virtud y en la dicha, en la salud del cuerpo y en la del alma entran
elementos que no dependen de la fortuna, cuyos caprichos no afectan ms
que  las superficies de la existencia y  los hombres superficiales.
El dolor y la dicha tienen misterios que ningn hombre, ninguno,
puede penetrar; desigualdades terriblemente enigmticas, pero no
proporcionales  las de la posicin social, ni dependientes de ella.

Bien sera que nos convenciramos de que hay inconvenientes y ventajas
propias de cada situacin, compensaciones que existen, aunque no sean
ostensibles, diferencias exteriores que no alteran la igualdad ntima,
y que el que nace prncipe no tiene ms probabilidades de ser dichoso
que el que naci pastor. El convencimiento de esta verdad calmara
la fiebre de poder y de riqueza que hace delirar  generaciones
extraviadas; aniquilara un poderoso instigador de iras populares;
pondra de manifiesto que, salvo algunas criaturas excepcionales, que
son el secreto de Dios, salvo los casos de miseria, obra impa del
hombre, la posible felicidad sobre la tierra, como el sol, brilla para
todos.




CAPTULO VII.

LA PROPIEDAD Y LA IGUALDAD[3].

       [3] Hemos utilizado para este captulo la excelente obra del
       Sr. D. Gumersindo de Azcrate, _Ensayo sobre la historia del
       derecho de propiedad_.


En toda discusin, para que sea posible, hay algn punto esencial en
que convienen los que discuten, y damos por supuesto, al escribir este
captulo, que el lector piensa, como nosotros, que no puede haber
sociedad sin propiedad constituda en tal  cual forma, condicionada de
sta  de la otra manera, pero propiedad en fin.

Si el hombre es propietario, como es sociable, por ley de su
naturaleza, tal vez no sea intil investigar, aunque fuese brevemente,
de qu manera influye la propiedad en la igualdad, puesto que esta
influencia ni puede ser nula ni es evitable.

Porque los niveladores sociales atacan la propiedad con ms  menos
violencia, con ms  menos lgica, pero la atacan siempre. Estn todos
ciegos, furiosos  de mala fe? Cmo  muchos siglos de distancia, y
con grandes diferencias en el clima, la religin, la cultura, el estado
social, se repiten los mismos ataques,  veces en idntica forma y en
ocasiones con las mismas palabras? La permanencia del efecto revela la
de la causa, y su poder, cuando persiste en medio de tantas cosas como
desaparecen, y sobrenada en las tempestades de guerras, trastornos y
revoluciones.

Han acusado, acusan y acusarn  la propiedad de establecer grandes
diferencias entre los hombres, y aunque el cargo pueda ser exagerado
 injusto, segn las circunstancias, el hecho es cierto: entre la
propiedad, tal como est constituda siempre que por los niveladores
es atacada, y la igualdad, hay antagonismo que no se debe disimular,
sino analizar. Recordemos que la igualdad no puede tener derecho
contra el derecho; recordemos que no le es dado cambiar las leyes de
la Naturaleza y de las sociedades humanas; recordemos, por ltimo,
que el fin primero del hombre no es ser igual  otro, sino ser justo,
perfeccionarse: teniendo presentes estas premisas, y sacando de ellas
sus lgicas consecuencias, llegaremos  conclusiones que, tristes 
consoladoras, si son ciertas, hay que aceptarlas y someternos  la
verdad, que  nadie se somete.

Tratando de su influencia sobre la igualdad, conviene distinguir la
propiedad colectiva de la individual. La propiedad colectiva (que,
entindase bien, no es el comunismo), igualando  los propietarios,
iguala, hasta cierto punto,  los hombres que forman el grupo poseedor
en comn. Decimos _hasta cierto punto_ porque aun en los pueblos en que
la propiedad era colectiva ha existido siempre ms  menos propiedad
individual, influda por las diferencias de los individuos, y  su
vez influyente en su desigualdad social. Aunque la tierra no fuese
de nadie, los frutos repartidos para ser utilizados tenan que ser
apropiados; aunque los bosques pertenecieran  todos, la caza era del
que la mataba, y del que le pescaba el pescado, por ms que los ros
y los mares no constituyen propiedad de ninguno. La colectiva evita
sin duda la grande acumulacin de fortunas, pero no las nivela tan
completamente como se ha supuesto por algunos. El individuo, aun en los
pueblos primitivos, ha sido dueo exclusivo de alguna cosa, ha tenido
ventajas fsicas, intelectuales y cualidades morales que le han hecho
ms rico que otro con menos recursos y moralidad: esto respecto  los
copropietarios de un grupo en que la tierra se posee en comn, que
entre los grupos unos respecto de otros haba mayores diferencias. La
prioridad en apropiarse un terreno ms frtil; bosques ms abundantes
de caza,  ros de pesca; la victoria en los combates; ms servicios
hechos al jefe del pequeo  grande Estado,  su mayor largueza;
ventajas fsicas, intelectuales  morales, alguna  varias de estas
circunstancias combinadas hacan que las colectividades propietarias
fuesen unas ricas y otras pobres. Aun en nuestros das vemos pueblos
con propios de gran valor, otros que nada poseen, y al lado del concejo
en cuyos montes se pudre la lea, el que no tiene qu quemar.

La propiedad, aun la colectiva, no es niveladora, sino que, por
el contrario, propende  establecer la desigualdad entre los
propietarios; y si todas las maanas se hiciera un reparto que los
igualara, todas las noches los habra ms ricos y ms pobres.

La propiedad colectiva ni se presenta de una manera invariablemente
uniforme, ni deja de comprender sus desventajas, ni pasa  ser
individual sin trminos medios y variaciones. Ya todo es comn,
cultivo y aprovechamiento; ya se seala  cada individuo el trabajo
de cierta porcin de tierra; ya se distribuye sta por cierto tiempo
y por lotes que vuelven al fondo comn para ser adjudicados de
nuevo alternativamente  sus temporales poseedores. Ms adelante,
las tierras, una gran parte al menos, pasan  ser propiedad de las
familias, pero han de permanecer en ellas; no han de poder enajenarlas,
ni donarlas, ni legarlas, y cuando esto se consiente es con ciertas
condiciones. El legislador se precave contra la desigualdad, que ve,
que palpa, que teme; pone lmites  la extensin de las posesiones;
permite que, incultas, se las apropie el que las cultive; dispone que,
peridicamente, se restablezca la igualdad, restableciendo la primitiva
distribucin que se haba hecho por partes iguales, y segn tiempos y
lugares, toma diferentes medidas encaminadas  evitar la acumulacin
de la riqueza. La lucha es larga, entre la igualdad, que pretende poner
trabas  la propiedad, y sta, que intenta romperlas todas; entre el
espritu de la propiedad colectiva y el de la individual; entre el
Estado, que pasa fcilmente de la tutela  la opresin, y el individuo,
que tiende  convertir la libertad en licencia. Esta lucha ha
terminado? Algunos pretenden que s, y que logra completa victoria la
propiedad individual, nica compatible con los derechos del individuo y
los progresos de la civilizacin, aunque poco favorable  la igualdad.

Aunque el individuo haya posedo siempre alguna cosa exclusivamente
suya, y aunque las colectividades fuesen unas ms ricas que otras,
lo cierto es que la propiedad territorial en comn,  la posesin
transitoria, eran favorables  la nivelacin de las fortunas. Pero,
ya lo hemos dicho, por querida que sea para los hombres la igualdad,
no puede ser el nico objeto de su existencia, ni pueden ellos
sacrificarle todos los otros. A ser iguales en la miseria, prefieren
salir de ella algunos,  muchos; y como para esto hay que desplegar una
grande energa _personal_, el fruto de ella tiende irremisiblemente 
convertirse en propiedad _individual_. As como la caza fu siempre
del cazador, y del pescador la pesca, donde quiera que el hombre
llev mucha destreza, mucha inteligencia, mucha fatiga  peligro para
realizar una obra, quiso tener en ella una parte _suya_ proporcional
al trabajo que haba empleado. En un pueblo primitivo, esta parte
constituye riqueza que se consume, no que se acumula, y la desigualdad
pasajera no era grande; pero, como hemos visto ms arriba,  medida que
un pueblo se civiliza, pueden manifestarse y utilizarse las diferentes
aptitudes, y los que fsica, intelectual  moralmente valen ms,
allegan recursos, realizan economas, son ms ricos. Aunque la tierra
continuase propiedad comn,  igualmente repartida  inmovilizada,
diferentes industrias ofrecan cada vez ms vasto campo  la energa
inteligente del individuo y eran origen de propiedad individual.
La agricultura poda permanecer mucho tiempo petrificada en medio
de elementos de vida ms poderosos cada vez? Los brazos vigorosos
ni las inteligencias activas iran  cultivar la tierra comn que
perezosamente removan los dbiles, los holgazanes  los incapaces,
para compartir por igual con ellos el fruto de tan diferente trabajo?
No quedara el cultivo de la tierra encomendado  las manos ms torpes
y endebles y  las inteligencias ms obtusas, incapaces de fecundarla?
_A priori_ se comprende, la experiencia lo demuestra, y la historia
presenta la propiedad colectiva en los pueblos primitivos, hacindose
individual  medida que se civilizan. De que el hecho es constante no
cabe duda, y que es inevitable tambin parece claro.

Tenemos pues:

Que el hombre es sociable;

Que no hay sociedad sin propiedad;

Que la propiedad colectiva en un principio, se hace individual cuando
adelanta la civilizacin;

Que la propiedad individual no es favorable  la igualdad.

Significa esto que por una pendiente inevitable, fatal,  medida que
un pueblo se civiliza aumenta en l la desigualdad de las fortunas, de
manera que los ricos son ms opulentos y los pobres ms miserables?
Debemos confesar que  eso tienden muchos elementos de la civilizacin;
pero hay otros que combaten esta tendencia, y el problema consiste,
no en negar aquella parte de mal que entre sus bienes produce el
progreso, sino en reconocerla; en ver hasta qu punto es inevitable, y
hasta dnde puede evitarse y por qu medios.

As como al empezar este captulo dbamos por supuesto que el lector
considerara la propiedad como necesaria, para continuarle suponemos
que reconoce el grave dao de la gran acumulacin de riquezas al lado
de la miseria suma.

La propiedad no puede volver  ser colectiva, ni inmovilizarse, ni
mutilarse, ni tener lmites en cuanto  su extensin: su libertad ha
de ser respetada como la del propietario, pero cuidando de que no se
convierta en licencia, porque comprenderla como el derecho de usar y de
abusar de la cosa poseda, ms es comprometerla que consolidarla: no ha
de ser ni una vctima ni un dolo; que no se salte ningn cercado, pero
que en todos haya una puerta por donde entren la ley y la justicia.

La propiedad influyente  influda, emancipando unas veces al
propietario y otras participando de su servidumbre, tiene con la
igualdad relaciones tan estrechas, que como ella, establece entre
los hombres primitivos pocas diferencias, que van creciendo con la
civilizacin, hasta que llegan  un punto en que la riqueza se acumula,
tiene movimientos vertiginosos  inmovilidad ptrea, cae en manos
rapaces  muertas, y entonces viene el malestar, las convulsiones, y si
el estado de la propiedad no cambia, los pueblos van  la decadencia 
 la ruina.

Todos los pases en que se proclama el progreso, y que progresan
verdaderamente, han modificado la propiedad en sentido favorable  la
igualdad; pero sera un error suponer que la obra est concluda y la
lucha terminada.

Los igualitarios individualistas sostienen que la libertad basta para
establecer la armona entre los propietarios, y que la propiedad
individual ms absoluta es la nica posible y el mejor auxiliar de la
igualdad: los niveladores conservan una hostilidad especial contra la
propiedad inmueble, y pretenden volver  la propiedad colectiva; y
todos suelen prescindir bastante del elemento moral como si la riqueza
se distribuyera como giran los astros, en virtud de leyes fsicas.

Si el hombre fuera perfecto, sera justo nada ms que con ser libre;
pero su imperfeccin hace indispensable coartar su libertad en sus
relaciones con los otros, lo mismo como propietario que en cualquier
otro concepto. La libertad es un medio, no un objeto; es parte
integrante del sr racional, no todo; es un medio de llegar  la
armona, no la armona misma; es un elemento que no ha de sacrificarse
 otro, pero que no puede exigir que se le inmole ninguno. Proclamad
al propietario libre de hacer cuanto quiera de su propiedad, y la
sustraer al pago de los tributos; opondr con ella un insuperable
obstculo  las obras pblicas; sacrificar  los operarios con que
la beneficia, por la falta de higiene  mezquindad de retribucin;
depositar materias inflamables, sin precaucin alguna, en el centro
de las ciudades; llevar el desenfreno del monopolio adonde no pueda
seguirle la concurrencia; alquilar casas inhabitables, coches donde
peligra la vida de los viajeros; vender vino envenenado, trigo
averiado, pescado podrido, etc., etc. Todo esto y mucho ms har la
propiedad si se la deja hacer lo que quiere, y tanto como otra cosa, y
ms que muchas, necesita estar sujeta  reglas: que sean justas es lo
que debe procurarse, porque pretender que no las necesita es desconocer
la naturaleza del propietario, es decir, del hombre.

Estas reglas no pueden ser fijas; lo que era imposible ayer, es
hacedero hoy y ser insuficiente maana: la cuestin es siempre
comprender bien la justicia y aplicarla  la propiedad como  las dems
cosas. Si no hay derecho  pasar un nivel sobre los propietarios,
despojando  los de arriba por favorecer  los de abajo, tampoco 
repartir los tributos de modo que pesen ms sobre los que poseen menos,
ni  favorecer la acumulacin con loteras, rifas y herencias que ni
estrechan los lazos de familia, antes  veces los aflojan, ni son ley
de la Naturaleza ni voluntad del testador. Sin salirse de las vas
de la justicia pueden tomarse muchas medidas para disminuir el poder
absorbente de la riqueza, que tiende  crecer, como la miseria, en
rpida progresin: fijndose bien en los males que consigo lleva la
excesiva desigualdad de fortunas, justo debe parecer disminuirla por
medios equitativos que no chocasen con los respetables sentimientos de
familia ni lastimaran los legtimos intereses.

Si es un anacronismo irrealizable convertir, en nombre de la igualdad,
al Estado en posesor nico; si los que tal pretenden son verdaderos
retrgrados, tampoco podemos considerar como progreso el privar al
campesino del prado y del monte comn, de modo que no pueda tener ya
vaca, oveja ni cerdo, y robe lea para cocer los alimentos y no morirse
de fro. Qu medidas se toman contra los ataques  la propiedad hechos
en virtud de necesidades imperiosas y ocasiones continuas? Dejarlos
impunes? Est mal. Penarlos? No est bien; y en este caso, y en
otros muchos, resulta acrecentamiento de miseria y conflictos para la
conciencia y el orden, de lo que para muchos es el ideal en materia de
propiedad,  saber: que toda sea individual, sin que parte alguna quede
en comn. No vayamos  buscar  los bosques de los celtas, los eslavos
y los germanos orculos para la constitucin de la propiedad; pero no
creamos tampoco que el Derecho romano es la Buena nueva, y que basta
anunciarla para regenerar econmicamente  las naciones: el progreso
no es predominio exclusivo de un elemento cualquiera; tomemos de cada
civilizacin lo que tiene de humano, de general, de permanente, que es
lo nico justo, y arrostremos la desdeosa calificacin de _eclcticos_
ms bien que merecer la de exclusivos  insensatos.

Si los que combaten las exageraciones de la propiedad individual no
exageraran  su vez, se habra adelantado ms para la solucin del
problema, porque suponerle resuelto nos parece ilusin peligrosa.

Hay que deplorar los obstculos que opone el egosmo ciego y la
inmoralidad y la ignorancia  que se aumente ni aun se conserve lo
posedo en comn: el prado no se limpia ni se abona, el monte se tala,
el ferrocarril se administra mal, y cuando la comunidad no es bastante
moral  inteligente para ser justa, se la combate con ventaja, se
la expropia, y aun se la despoja en virtud de razones aparentes que
explotan otros egosmos y otras inmoralidades. Cuando lo que es de
todos pretende utilizarlo cada uno, y no quiere cuidarlo nadie; cuando
hay muchos dispuestos  atacarlo con persistencia, y nadie  defenderlo
resueltamente; cuando los principales interesados en que se conserve,
y hasta donde sea posible se aumente, son dbiles por falta de
inteligencia y no comprenden lo que les conviene  no saben hacer valer
su derecho, los bienes comunes que favorecan la igualdad se acumularn
en pocas manos. Dadas estas circunstancias, el mal no podr evitarse,
pero que al menos no se convierta en ideal, felicitando  la sociedad
porque tiene una desdicha ms.

La lucha seguir por mucho tiempo; esperemos que no ser eterna entre
los que, sabindolo  sin saberlo, favorecen la acumulacin de la
propiedad, y los que pretenden que se distribuya ms igualmente: pueden
contribuir las leyes  este ltimo resultado; pero sobre que las leyes
son el reflejo de las ideas y de los sentimientos, no hay legislacin,
cualquiera que ella sea, capaz de impedir la excesiva acumulacin de la
propiedad en pueblos donde hay pocas virtudes y mucha ignorancia. Todas
las huelgas resueltas arbitrariamente por poderes niveladores; todos
los decretos socialistas, y todas las leyes agrarias, no impedirn
que sea miserable el ignorante desmoralizado y que cerca de l no
posea excesivas riquezas el inteligente que no repara en los medios
de acumularlas. De qu le sirvieron  Esparta corrompida las leyes
de Licurgo, ni  Roma degradada las disposiciones igualitarias de sus
emperadores? En los Cdigos haba disposiciones favorables  la igual
distribucin de la riqueza, en las plazas muchedumbres hambrientas y
en los palacios magnates cuyo lujo y repugnante glotonera han pasado
 la historia. Ahora, despus y siempre acontecer algo parecido,
porque la naturaleza del hombre no cambia esencialmente; y cuando
 los progresos materiales no siguen los morales  intelectuales
generalizados, la civilizacin da grandes medios para acumular riquezas
 impulsos irresistibles que lanzan  la miseria.

La igualdad no debe combatir  la propiedad que no traspasa los justos
lmites, ni puede evitar que los pase sino elevando el nivel moral
 intelectual: la condicin no es fcil de llenar, pero es an ms
difcil sustituirla por ninguna otra.




CAPTULO VIII.

DE LA ASOCIACIN Y DE LA IGUALDAD.


Es comn emplear indistintamente la palabra _Asociacin_ y la de
_Sociedad_ para expresar la reunin de personas que unen sus esfuerzos
con un fin dado y bajo una regla que admiten. As vemos que se dice
Asociacin de socorros mutuos, Asociacin internacional, Sociedad de
San Vicente de Pal, Sociedad para la reforma de las prisiones, etc.,
etc. Conviene, sin embargo, fijarse en que es un modo de expresarse
impropio, que la confusin de las palabras influye en la de las
cosas, y que el socialismo debe en parte sus progresos  confundir la
asociacin con la sociedad: las esenciales diferencias que entre estas
dos existen creemos que pueden reducirse  tres:

1. En la Sociedad se reunen los hombres para todos los fines de la
vida; en la Asociacin solamente para uno  varios que al constituirla
determinan.

2. En la Asociacin se entra y se sale voluntariamente, siendo el
asociado dueo de aceptar  no sus condiciones y de separarse de ella
cuando no considera su marcha conforme al objeto que se propone,  ste
ha dejado de parecerle til  justo: de la Sociedad formamos parte
querindolo  sin quererlo, y aunque se dirija mal  se extrave,
no podemos separarnos de ella, ni aun dejar de contribuir en cierta
medida  darle medios para que realice los fines que reprobamos. Qu
har el que no est conforme con la organizacin social de un pas?
Irse  otro? De hecho es imposible que millones de hombres abandonen
la patria, y en la nueva habra tambin cosas con que no estuvieran
conformes y  las que tendran que contribuir.

3. La Asociacin puede arrojar de s  los asociados que no cumplen
las condiciones pactadas,  por cualquier motivo se hacen indignos de
pertenecer  ella; la sociedad tiene que conservar en su seno  los que
se ajustan  sus reglas, y  los que faltan  ellas,  los que son un
elemento de prosperidad,  los que son causa de ruina,  los que la
honran,  los que la avergenzan,  todos. Los mismos criminales que
recluye no los arroja de s, sino que les seala una manera especial de
existencia correspondiente  su manera de proceder especial tambin, y
slo rechaza al corto nmero de los que suprime condenndolos  muerte.

Indicado este deslinde que nos pareci conveniente entre la Sociedad y
la Asociacin, veamos si esta ltima es siempre favorable  la igualdad.

No hay que tener una ciega confianza en la asociacin, ni suponerle
un poder infaliblemente curativo de ciertas llagas sociales; es un
poderoso instrumento, no cabe duda, pero que hace bien  mal segn el
modo de manejarle y el objeto conque se emplea: muchos ejemplos pueden
citarse, por desgracia, pasados y presentes, de asociaciones que no
se proponen un fin bueno,  si lo es, pretenden llegar  l por malos
medios, y al lado de los que reunen los esfuerzos de los dbiles se
ven los que combinan los medios de los poderosos para hacer su poder
irresistible.

As, pues, en la igualdad racional, en la igualdad que se realiza
dentro de la justicia elevando  los de abajo, no rebajando  los
de arriba, qu influencia ejercen las asociaciones? Segn sean.
Toda asociacin inmoral, ya por el objeto que se propone  por los
medios que emplea, es contraria  la igualdad aunque la proclame y en
apariencia la favorezca.

Asociaciones hay que han alcanzado un buen fin por medios legtimos,
y no obstante pueden calificarse de perjudiciales y contrarias  la
igualdad por el abuso que de su gran poder han hecho: dada la miserable
condicin humana, fuerza que no se equilibra, fuerza perturbadora;
y como no suele hallarse ordenada por la conciencia de los que la
ejercen, necesita otra enfrente que la contenga en sus justos lmites.

Cualquiera que sea el fin que se proponga y los medios que emplee,
debe tambin reprobarse toda asociacin que no vive  la luz del da
y cautelosamente se oculta: hoy, en la casi totalidad de los pueblos
cultos, no tienen razn de ser esos misterios, y asociacin donde hay
secreto envuelve en l inmoralidad, dao grande, y puede decirse que es
antisocial. Con el secreto va la abdicacin de la conciencia de los
asociados, que reciben en las tinieblas impulso para moverse, ms como
mquinas que como personas; va como un depsito de materias explosivas
que detona  voluntad del que la tiene, tal vez, torcida por algn
fanatismo ciego  inters vil. Dentro de la sociedad caben numerosas
asociaciones; pero aquellas donde hay secreto ms bien que rganos
funcionando para contribuir  la salud, pueden considerarse como focos
purulentos que comprometen la vida.

Tal vez podra ser un buen medio de juzgar una asociacin observar las
consecuencias de la igualdad entre sus miembros: si siendo iguales hay
en ellos armona permanente sin severa disciplina, puede asegurarse
que se proponen un buen fin por buenos medios y no abusan de los que
tienen. Las asociaciones entre buenos prosperan tanto ms, cuanto
ellos son ms semejantes; en las que forman los perversos es fatal la
igualdad, la codicia se disputa la ganancia  la presa, la vanidad
choca  impulsos de la envidia, y la ira sangrienta lanza  los crueles
unos contra otros. Entre los que son igualmente malos no hay paz sino
impuesta por el miedo de alguno que es peor, y entre los que sin
serlo hacen dao asociados no hay igualdad tampoco, sino jerarquas
omnipotentes y obediencias ciegas. Asociacin sin secreto, en que hay
armona permanente siendo los asociados iguales y libres, conocedores
y responsables de lo que hacen, puede decirse que es asociacin
beneficiosa para la sociedad en cuyo seno vive; si no tiene estas
condiciones, har dao, y mucho.

Difcil parece juzgar si hasta el presente la igualdad ha recibido
ms mal que bien de la asociacin: duda es muy fundada, y problema
histrico difcil de resolver; pero si con respecto  lo pasado el
nimo se queda perplejo, por lo que hace al presente parece claro que
ms veces es obstculo que auxiliar de la igualdad la asociacin.
Hay que renunciar  ella, que perseguirla, que matarla? No: no es
renunciable, ni mortal, sino inevitable y fecundo instrumento de
progreso y de vida, pero no inofensivo, y como esas grandes ruedas
motoras, da poderoso impulso, pero ay de aquel  quien engancha
y voltea! Pone en comunicacin instantnea los antpodas, perfora
montaas, abre istmos, generaliza verdades, consuela penas; pero
tambin las causa, tambin difunde el error, tambin paraliza muchos
movimientos vitales con sus aceradas y acaso invisibles redes, tambin
est impulsada  veces por el fanatismo y la codicia, tambin extrava
 los que haba de guiar y abruma  los que debiera sostener.

No hay ms medio de combatir las asociaciones perjudiciales que
oponerles las tiles; la influencia de la asociacin no puede
neutralizarse sino con la asociacin; y para que muchas igualdades que
se escriben no sean letra muerta; para que enfrente de colectividades
poderosas el individuo no sucumba, es necesario que se una  otro
y otros y muchos individuos, que se asocie en el derecho y por el
derecho contra los que intentan atacarle. La asociacin es una fuerza
inmensa; quin lo duda? Pero, como la locomotora, necesita carriles
y maquinista, las vas de la justicia de donde no pueda apartarse, la
mano de la inteligencia que regule sus movimientos; si no, se estrella
 atropella, y aunque es posible que proclame la igualdad, es seguro
que no la sirve.




PARTE TERCERA.

De la igualdad considerada polticamente y en sus relaciones con la
libertad.




CAPTULO PRIMERO.

DE LA IGUALDAD SOCIAL Y DE LA IGUALDAD POLTICA.


Hemos visto cmo el mximum de la igualdad existe en los pueblos
salvajes; cmo  medida que los hombres se civilizan se van
diferenciando ms y ms, y cmo llega un momento en que la desigualdad
excede los justos lmites, y si no se reacciona contra ella viene
indefectiblemente la decadencia  la ruina. En los pueblos civilizados
y cristianos se verific esta reaccin[4]; las trabas, los privilegios,
han desaparecido  van desapareciendo; las clases no se inmovilizan
ni se cierran; por la escala social pueden subir todos los que pongan
en ella pie firme y mano robusta, y al que est arriba no se le arroja
porque venga de muy abajo, ni aun se le pregunta de dnde sali. Al ver
 tantos como se han elevado por su actividad, por su inteligencia,
por su valor  por su fortuna; cmo van desapareciendo de las leyes
y de las costumbres barreras insuperables; cmo tiene coche el que
anduvo con los pies descalzos, y es diputado, ministro, duque, el
hijo de un artesano, los amigos de la igualdad tal vez la saluden
alegres suponiendo que su reino llega y que impera sin excepcin y sin
obstculo.

       [4] En Rusia se est verificando.

La conclusin carecera de exactitud; se marcha hacia la igualdad, es
cierto; pero, lejos de haber llegado  ella, estamos en un momento
histrico en que las diferencias han llegado  un lmite que no
alcanzaron nunca, y de poco sirve que por escrito se nieguen  se
borren de los cdigos si estn en los hechos y viven en las entraas de
la sociedad. Cundo tuvo el magnate refinamientos de lujo, comodidades
sibarticas que contrastasen con la miseria tanto como hoy? Cuando la
virtud triunf de tantos halagos y tentaciones, ni la maldad emple
medios tan eficaces y horrendos para hacer dao? Cundo la dignidad
y la belleza brill como entre esas masas abyectas y deformes que la
concurrencia, la divisin de trabajo, el alcohol y la prostitucin
desfigura y degrada? Cundo estuvieron tan lejos las eminencias del
saber y los que nada saben? Nunca: hay que verlo claro y decirlo
resueltamente: el mal, si no es irremediable, es positivo, grave, y no
pequeo el error y el peligro de predicar la igualdad poltica y tratar
de realizarla prescindiendo de diferencias tan radicales. Vivimos en
una sociedad que lleva en su seno desigualdades de tal magnitud y
extensin, que no pueden armonizarse con doctrinas, escuelas, partidos
y leyes que establecen la igualdad, y han de resultar decepciones,
choques y conflictos continuos de la contradiccin entre las ideas, los
cdigos y los hechos.

Es cierto que hoy (en muchos pases, al menos) ningn privilegio
vincula la riqueza en una clase; ninguna ley escrita se opone  que
todos lleguen al poder y  la fortuna; pero no hay mucho de ilusorio
y de mentido en estas facilidades? Si la gleba tuvo siervos, tambin
la industria los tiene, y el nio que trabaja antes de tener fuerzas,
que tiene vicios antes de tener pasiones, que vive en una atmsfera
infecta fsica y moralmente, en su ignorancia y en su degradacin,
lleva la ley de raza que le condena  una condicin servil. Y de estas
criaturas hay miles y millones en fbricas, en minas, en talleres, 
viviendo en los campos entre los animales y poco menos embrutecidos que
ellos,  de mendicidad por los caminos,  de no se sabe qu por calles
y plazas. Acaso pueden los cdigos ni las constituciones nivelar
semejantes abismos sociales, ni subir  grande altura  los que han
nacido en ellos? Qu es la libertad en que se los deja para que se
eleven, la igualdad que se les predica? Todo ser menos una idea que
puedan realizar en bien suyo y de la sociedad. Alguna criatura de esas
que tienen en si fuerza superior  todos los obstculos, aprovechar su
aptitud legal para elevarse algo, mucho, tal vez hasta la cima; pero
esto no es posible sino por excepcin rara, y la regla ser que no
basta promulgar la igualdad y la libertad para destruir desigualdades
esenciales y servidumbres degradantes. Que hoy existen estas
desigualdades y estas servidumbres, se ve con slo abrir los ojos, y
que las causas que las producen son generales y profundas tambin se
comprende sin estudio muy detenido. Esta sociedad en que se dice  los
hombres que todos son iguales, que deben disfrutar sin condicin de
todos los derechos polticos, est organizada de modo que hay en ella
desigualdades permanentes, esenciales, no de individuos, sino de masas,
 lo que es lo mismo, causas de perturbacin constante en la existencia
de elementos contradictorios y poderosos que chocan entre s.

_Todos elegibles y todos electores_: esta es la frmula de la igualdad
poltica, el ideal de la democracia, y sera el nuestro si en razn 
justicia todos tuvieran aptitud para ser elegidos y para elegir.

La poltica parece que es alguna cosa fcil que cualquiera puede
saber,  ciencia infusa congnita en los predestinados,  misterioso
conocimiento que se comunica al ungido con una credencial  una acta
por la voluntad del pueblo  del rey. No se proclama la igualdad para
el ejercicio de ninguna profesin; con ttulo  sin l, se quiere que
el mdico sepa medicina, leyes el abogado, ciencias exactas, fsicas
y sus necesarias aplicaciones el ingeniero; no se permite que nadie
sin estudios previos cure  una vaca   un caballo, y para poner la
mano en las llagas sociales, para influir directa y poderosamente en
la prosperidad, en la moralidad, en la honra de un pas; para estar al
frente de una provincia, de un centro directivo; para ser embajador,
senador, ministro  diputado, no se exige garanta alguna intelectual,
ni moral, y sin ciencia y sin experiencia se administra, se gobierna y
se manda.

Dicen que la poltica todo lo invade, lo trastorna y lo mancha; pero
no se notan bastante los elementos de anarqua que lleva en su seno
una poltica que da acceso  los puestos ms importantes como se da
entrada en los teatros sin ms que ensear un billete que se llama
credencial. De este modo no hay ineptitud que no se habilite, mediana
que no se aliente, inmoralidad que no se estimule, ambicin bastarda
que no se justifique, ni desorden sin excusa, ni escndalo que no tenga
precedentes. En la poltica, por la poltica y para la poltica se
cometen indignidades que avergonzaran fuera de ella, y para elevarse
 sostenerse hacen los hombres polticos cosas que no haran en su
propiedad como propietarios, en el ejrcito como militares, en las
obras como ingenieros,  la cabecera del enfermo como mdicos, en los
tribunales como jueces, ni aun en el foro como abogados.

Y qu es la poltica ante la cual todos son iguales y que admite
servidores y orculos sin condicin alguna? Es alguna cosa de
poca importancia  de influencia pasajera que brilla  escandaliza
momentneamente, sin llegar con su beneficio  su dao  las entraas
de la sociedad? No, por desgracia. La poltica administra, organiza los
servicios del Estado y dispone las condiciones que han de tener los que
han de prestarlos. La poltica nombra al empleado probo  inteligente,
 al incapaz venal y defraudador de la Hacienda; la poltica pone la
correspondencia pblica en manos diligentes y honradas,  torpes y
rapaces; la poltica premia la lealtad y el valor,  los posterga 
la traicin vil  cruel; la poltica protege y honra  la ciencia, 
procura escarnecerla y la persigue; la poltica enva  los desvalidos,
representantes del Estado, que los socorren  que los explotan; la
poltica pide con parsimonia soldados y dinero,  es prdiga de los
bienes del pueblo que empobrece y de la sangre de los hombres que
sacrifica; la poltica aplica los recursos del Estado adonde son
tiles,  perjudiciales, y patrocina la ignorancia,  difunde la
instruccin; la poltica pone coto al crimen,  le alienta con la
impunidad y tal vez le premia; la poltica promulga leyes buenas
y malas, las respeta  las infringe. Todas estas cosas realiza la
poltica, segn es ignorante  ilustrada, inmoral  equitativa, y ya se
ve su importancia inmensa. El que, viendo el giro que toma, dice que
_no quiere meterse en poltica_ y se aleja totalmente de ella, tal vez
no piensa en la gravedad de su determinacin y todo lo que abandona 
los que reprueba y pone en manos que no le parecen puras.

Pero la poltica no se hace sola; obra es de los hombres, y no puede
ser indiferente para ella las condiciones que impone  los que admite
y el poder que les da. Atendidas las ideas y sentimientos, el modo de
ser de los pueblos hoy, aun de los ms cultos, la poltica no puede
ser la fase mejor de un pas moralmente considerado, y si es posible
que se purgue de todas sus impurezas, ese da no lleg, y, segn todas
las apariencias, est muy lejos an. La poltica internacional es la
_diplomacia_, sinnimo de astucia, de engao, de abuso hipcrita de la
fuerza, de abandono del amigo leal, de alianza con el enemigo odioso,
todo  impulso de pasiones ciegas  clculos egostas. La poltica
nacional no se sustrae tan cnicamente  toda ley equitativa, no
proclama tan alto la omnipotencia de su poder, ni se cree tan desligada
de la justicia; pero no deja por eso de asestarle terribles golpes.
Debe reconocerse que una parte del mal (ms  menos, segn los pases)
es inevitable, pero que otra poda minorarse, y que si la poltica
ser siempre  por mucho tiempo la esfera menos difana y elevada en
que gire la actividad de un pueblo, algo puede purificarse modificando
una organizacin,  ms bien una anarqua, que con aparente igualdad
establece el privilegio para la ignorancia atrevida y poco escrupulosa.

El primer bien de suprimir esta anarqua sera limitar la esfera de
accin de la poltica y, por consiguiente, sus medios de perturbacin.
Si en vez de esa igualdad anrquica que incondicionalmente da acceso
 la casi totalidad de los cargos pblicos se impusieran condiciones
de ingreso y de ascenso, y una razonable jerarqua, organizando la
Administracin, se purificara en cuanto es posible la poltica. Uno
de los ms poderosos elementos que la corrompen es la facultad de
recompensar  los que emplea, y de seducir la ambicin  la pobreza con
la perspectiva de un cambio ventajoso. Quitad  la poltica ese campo
de igualdad anrquica donde crecen tantas malas hierbas; quitadle el
poder de dar destinos, y pondris coto  su inmoralidad ponindole 
su poder. Medios corruptores tendr todava, pero se limitarn mucho
con una jerarqua fuerte en la Administracin, donde no puede quitar y
poner, ni aun trasladar  su antojo.

Si la poltica que manda hallara un obstculo  sus desmanes en el
orden jerrquico administrativo, la poltica que aspira  mandar se
moralizara tambin; si los que conspiran no ofreciesen destinos y
empleos y pudieran darlos el da en que triunfen, tendran menos
secuaces y ms honrados.

Aun para los cargos puramente polticos no deberan ser todos
igualmente elegibles y nombrables. Ya que no se pueda evitar, por ahora
al menos, que el nuevo ministro nombre nuevos gobernadores, siquiera
que tenga que nombrarlos entre personas con ciertas condiciones de
ciencia y de experiencia, y que se necesitasen tambin para formar
parte del gobierno y de la representacin nacional.

Se evitaran con esto todos los males, ni aun el mayor nmero? Creemos
que no. Se disminuiran algo, acaso bastante? Nos parece que s.
Cuantos ms elementos sociales se sustraigan al poder de la poltica,
tanto menos temibles sern sus abusos, que se limitaran as de dos
modos: purificando en lo posible su esfera de accin, y reducindola;
porque con la facilidad de hacer mal crece el deseo de hacerle, y si
todos los poderes sin lmites se desmoralizan, es porque la injusticia
constante  impunemente repetida forma como un foco purulento que
inficiona la voluntad y hasta la inteligencia.

Si no creemos que cualquiera puede ser elegido y nombrado para
cargos polticos  administrativos que la poltica se apropia,
desmoralizndose y desmoralizndolos, tampoco somos de parecer
que cualquiera puede elegir y nombrar, sino que la eleccin y el
nombramiento deben hacerse por quien sepa lo que hace y quiera hacerlo
bien.

Donde sea muy grande la desigualdad social, no puede ser una verdad
la igualdad poltica. Con la miseria y la ignorancia generalizada,
qu resultado dar el sufragio universal? Qu es el _voto_ del que
no puede tener _opinin_? Este voto ser llevado al bien  al mal; y
cuando el mal sea ms fcil, cuando sus corrientes sean ms fuertes,
como no es escrupuloso en los medios que emplea, el voto del que le
da sin saber lo que hace, es de temer que se deposite en la urna del
clculo, de la intriga  de la ambicin. Unos pocos ms atrevidos,
menos escrupulosos, ms diestros, arrastran  la ciega multitud,
y resulta que el sufragio universal, lejos de hacer prevalecer la
opinin del mayor nmero, da el triunfo  la voluntad de unos pocos,
que sofocan la opinin verdadera bajo el peso de la fuerza numrica.
Si la multitud, en vez de ser arrastrada, arrastra por un momento, las
cosas no irn mejor, porque la ignorancia omnipotente aspira siempre 
lo _imposible_; la muchedumbre no tarda en verle delante de s como un
abismo; se aterra, se para y pide que la aparten de all, sin detenerse
mucho en las condiciones que le impone el que se ofrece  servirla de
gua.

Sobre que el sufragio universal no es un medio de saber lo que quiere
la mayora, su voluntad, caso de investigarse por este medio, no debe
admitirse como regla sino en tanto que se ajuste  la razn, y nos
parece que no estaba fuera de ella el que ha dicho que la voz del
pueblo era la voz de Dios, _cuando no era la voz del diablo_. No hay
que creer en la infalibilidad de las mayoras, ni en su acierto, cuando
no tienen elementos para juzgar de lo que deciden.

Los que pretenden dar al pueblo un _poder_ que no est en armona con
su _saber_, le comprometen ms que le sirven; le dan una arma que no
sabe manejar, y no es raro que con ella se hiera. Cuntos dspotas
se han elevado en virtud del sufragio universal, cuntas leyes hechas
por el pueblo contra el pueblo mismo! Si no tiene la instruccin y la
independencia suficiente, es el regimiento que recibe del coronel la
orden de votar; la aldea que dirige el prroco  el seor de la tierra;
la fbrica cuyos operarios siguen al dueo de ella   algn otro que
tal vez no los gue mejor.

No pretendemos que los derechos polticos constituyan privilegio, sino
que se condicionen razonablemente de modo que puedan ser una verdad
y que no se vuelvan precisamente contra aquellos mismos  quienes se
dan. Lo que la ley debe en nuestro concepto buscar principalmente, es
saber, independencia y dignidad. El mendigo; el dedicado al servicio
domstico; el soldado[5]; el colono que absolutamente depende del
seor; el que no tiene ni instruccin primaria, ni industrial, y no
sabe sino remover mecnicamente la tierra,  elevar pesos  variarlos
de un sitio  otro,  ningunos de stos daramos derechos polticos,
porque de hecho no son ellos los que lo ejercen, sino alguno que as
puede dirigirlos como extraviarlos, y muchas veces los extrava.

       [5] Mientras el ejrcito est organizado como lo est hoy, no
       debe equivocarse el _soldado_ con el _ciudadano armado_.

Puesto que la moralidad (salvo en los casos de intervencin de los
tribunales) es imposible de investigar, la ley electoral debe buscar la
capacidad y la independencia; donde quiera que haya alguna instruccin
industrial  literaria, all debe dar voto; y si esta instruccin
no existe, no se deber suplir con un recibo del que recauda los
impuestos. La independencia se dir que est ms en la moralidad y en
el carcter que en la posicin, y as es cierto; no hay posicin que
asegure de la servidumbre, de la codicia, del clculo ambicioso, de las
pasiones violentas  viles que dan el voto contra razn y conciencia;
pero esto slo prueba los lmites de donde no puede pasar la ley y su
impotencia para suplir la falta de moralidad.

En un pas corrompido, tiene que estarlo la poltica, haya igualdad
 privilegio, tengan derechos polticos unos pocos, un gran nmero
 todos; pero no pone remedio  esta dolencia, antes la agrava, el
sufragio universal. Los que abogan por l en un pueblo ignorante y sin
costumbres polticas, parece que no saben cmo se ejerce; porque aun
cuando fuera razonable atenerse  la voluntad de los ms cuando no est
ilustrada, no hay medio de saber esa voluntad; lo repetimos, aunque
ni decirlo debiera ser necesario para todo el que no se niegue  la
evidencia y no cierre los ojos  la realidad de cmo pasan las cosas:
conceder voto  todos incondicionalmente, cuando todos no tienen la
ilustracin y la independencia necesaria, es dejar en manos de unos
pocos un poder inmenso  irresponsable, lanzar al mundo poltico una
porcin de ceros que no tienen ms valor que el que les da una cifra
que se pone delante para mal  para bien, generalmente para mal.

La sociedad debe hacer de modo que no haya en su seno masas que nada
entienden de derechos polticos, que no les dan valor alguno, que
carecen de independencia para ejercerlos; pero cuando estas masas
existen, la ley poltica no ha de prescindir de ellas, ni suponer que
se regeneran con admitirlas  votar. La ley electoral tiene que tomar
las cosas como estn, y los hombres como son, en el momento en que se
promulga;  otras leyes y disposiciones incumbe procurar que sean lo
que deben ser, con aptitud intelectual y moral que no haga ilusoria 
peligrosa la legal.

La igualdad poltica no puede ser independiente de la social; tiene que
haber una relacin ntima entre la instruccin y bienestar de un pueblo
y sus derechos polticos si no han de ser letra muerta  causa de dao.
Quiere esto decir que es necesario que todos sean ricos y doctores
para establecer el sufragio universal?

No; recordemos lo dicho anteriormente: la igualdad es la _semejanza
necesaria_ entre las personas  cosas que se comparan segn el objeto 
que se destinan; y cuando se comparan dos hombres con el objeto de que
elijan un diputado, se los puede calificar de igualmente aptos aunque
difieran mucho respecto  cultura y riqueza. Reconocer la semejanza
_suficiente_ y no prescindir de la _necesaria_, esto debe hacer la ley
poltica al conceder  negar derechos.

La ley electoral hoy vigente en Espaa[6] se aproxima  lo que, en
nuestro concepto, debe ser la que favorezca una razonable igualdad. Con
quitar el voto  quien no sabe leer y escribir por mucha contribucin
que pague, y drselo  obreros que no slo tienen instruccin primaria,
sino alguna industrial, nos parece que en este punto se llevara la
igualdad poltica hasta donde debe llevarse, sirviendo mejor  la
democracia que con esas concesiones que no puede utilizar y que tantas
veces lo convierten en dao y descrdito suyo.

       [6] Cuando se escribi haba sufragio restringido.

Se dice que si las masas no tienen voto, si no toman parte en la
formacin de la ley, sta se har en dao de ellas. Esto es cierto en
parte, en parte nada ms, y no se evita con la incondicional igualdad
poltica, porque, ya lo hemos dicho, no es lo mismo _tener voto_ para
la eleccin de legisladores, que _tener parte_ en la formacin de las
leyes.

Decimos que el mal no es cierto sino _en parte_, porque impulsados por
motivos muy diferentes de ambicin, de vanidad, de orgullo, de amor 
la justicia, de lstima por la desgracia, por haber salido del pueblo
 por amarle sin pertenecer  l, hay muchos que hacen suya su causa,
viven defendindola y acaso mueren por defenderla. Mejor sera que l
solo sostuviera su derecho, que no necesitara de campeones, pero debe
hacerse constar que los tiene.

Los redentores polticos del pueblo no suelen salir de sus filas, pero
no hay que concluir de aqu que su redencin sea imposible: concurren
 ella el sentimiento universal de la justicia, los ambiciosos que la
invocan y hasta cierto punto tienen que servirla para que les sirva de
arma; los hijos de ese mismo pueblo que, ilustrndose por las armas 
por las letras, dejan de pertenecer  l, pero no se olvidan, y quieren
defender sus derechos y consolar sus dolores; los que, habiendo nacido
en las clases privilegiadas, desertan noblemente, y van  formar en las
filas de los dbiles para instruirlos y disciplinarlos: stos son los
elementos del verdadero progreso. Pero de los ambiciosos salen esos
despertadores de las malas pasiones de la multitud, que se elevan
adulndola. De los que se han emancipado por su mrito, salen los
vengativos que por amor propio quieren humillar  las altas clases que
los han humillado  los humillan. De los generosos desertores salen
los entusiastas que, juzgando  los otros por s mismos, creen el bien
fcil de realizar porque en su noble alma no halla obstculos. As
no faltan nunca visionarios que formulan errores, furiosos que los
sostienen y astutos descredos que los utilizan: as el progreso humano
ve salir de entre sus partidarios tal vez los mayores obstculos que
necesita vencer.

Como no puede haber derechos imposibles, el sufragio universal no puede
ser un derecho. Qu se busca en el sufragio universal? La opinin del
mayor nmero. Y cuando el mayor nmero no tiene opinin? Se busca
una quimera. Si alguna vez la instruccin se generaliza bastante para
que el sentido comn y el buen sentido sean una misma cosa, podr
establecerse la igualdad poltica; mientras esto no suceda, no existir
aunque se escriba en la ley, y ntese que en la ley no debe existir
nunca lo que no puede existir en la sociedad,  menos de socavar una de
las bases del derecho.

Cul deber ser la medida de la desigualdad de los derechos polticos?
Si fuera posible, la capacidad del que ha de ejercerlos. Los votos
deberan pesarse, pero la imperfeccin humana se ve en la triste
necesidad de contarlos, y el cdigo poltico, como el criminal,
necesita establecer cierta igualdad, no porque la igualdad sea la
justicia, sino porque la justicia es imposible. La ley no puede decir 
N., ingeniero: Tu opinin valdr veinte votos; y  su ayudante: La
tuya valdr dos, porque ni es posible medir con exactitud los grados
de inteligencia, ni, caso de que lo fuese, se aceptara por el mayor
nmero la clasificacin; pero la ley puede decir al obrero que cava la
tierra en ese mismo camino trazado por la inteligencia educada de un
hombre ilustrado: T no puedes tener voto, porque tu ignorancia no te
permite tener opinin.

La ley es justa cuando, para dar derechos polticos  los ciudadanos,
les exige una garanta de capacidad; la ley es injusta siempre que
niega voto al que _puede_ tener opinin. El legislador debe investigar
con sagacidad y buena fe qu profesiones  oficios suponen cierto grado
de inteligencia para concederles los derechos polticos, para que no
se vea el absurdo y la injusticia de que un hombre que tiene, que debe
tener, mucha ms capacidad que otro por su posicin social, carezca del
voto que  aqul se concede porque paga contribucin _directa_.

El espritu de la ley no es,  por lo menos no debe ser, considerar la
riqueza de los ciudadanos como una garanta de acierto en la eleccin
de sus representantes; no falta quien la considere as, y aun ha habido
alguno que ha pretendido que si el que paga mil reales de contribucin
tiene un voto, el que paga mil duros debe tener veinte; de modo que los
grandes capitalistas y los grandes propietarios depositaran en las
urnas electorales su voto, equivalente  quinientos  mil de los del
comn de los electores. Esto, por ms absurdo que parezca, es lgico si
la riqueza se toma como garanta de acierto en la eleccin y se sienta
como base: _el que no tiene que perder no debe votar_, porque _con qu
derecho vota las contribuciones el que no ha de pagarlas?_

La ley, al exigir cierto grado de riqueza para conceder derechos
polticos, no puede buscar sino una garanta de capacidad. Supone
que cierto grado de pobreza es incompatible con el cultivo de la
inteligencia; y as como excluye al que no tiene edad para que sus
facultades intelectuales se hayan desarrollado, debe excluir tambin al
que no puede cultivarlas por su posicin social. La desigualdad ante la
ley poltica no tiene, no puede tener, otro fundamento.

Salvo los casos de miseria extrema, la independencia del elector est
en su conciencia y en su carcter, no en su posicin social, que slo
sirve para evaluar el precio de su voto.

En cuanto  negarlo  los pobres _porque no tienen qu perder_, es un
absurdo. El sufragio universal no puede ser un derecho, porque no puede
ser una verdad; pero si los pobres pudieran tener opinin, quin se
atrevera  negarles el derecho de emitirla? No tienen qu perder!

Cuando los ricos defraudan, dilapidan,  por falta de concierto
emplean mal las rentas del Estado, y aumentan los gastos y votan
contribuciones, quin las paga sino los pobres, y sobre quin pesan
con ms dureza? La contribucin _molesta_ al rico: al pobre le oprime,
le arruina tal vez. Cuando los ricos tienen mal montadas las crceles,
quines hacen en ellas su aprendizaje, que les conduce  presidio 
al patbulo? Los pobres. Cuando los ricos no fomentan la agricultura,
ni la industria, ni el comercio, quines emigran  climas remotos
y mortferos que les son fatales? Los pobres. Cuando los ricos no
se esfuerzan en generalizar la instruccin, sobre quines caen las
fatales consecuencias de la ignorancia? Sobre los pobres. Cuando los
ricos hacen leyes injustas, quines sufren su influencia fatal? Los
pobres. Cuando los ricos no atienden como deben los establecimientos de
beneficencia, quines padecen en ellos? Los pobres. Cuando los ricos
proclaman como una necesidad imprescindible la creacin de grandes
ejrcitos, quines dan sus hijos para formarlos? Los pobres. Cuando
los ricos declaran la guerra, qu sangre corre en ella? La sangre de
los pobres! Y todava se dice que los pobres no estn interesados en el
orden _porque no tienen qu perder_. Qu se entiende por _perder_, 
qu se entiende por _orden_?

El pobre es el ms interesado en que las leyes sean equitativas; pero
el pobre es muy ignorante y no puede contribuir  formarlas: darle
derechos polticos es darle un arma que le arrancarn con engao para
emplearla contra l. Este es el verdadero, el nico argumento contra el
sufragio universal.

Y, sobre negarle, qu importa no estar de acuerdo acerca de los
motivos por que se niega? Importa mucho. Si el legislador comprende que
la inteligencia es la nica garanta que puede y debe buscar, porque
la estadstica no arroja datos sobre la moralidad, salvo en el caso
extremo de que el elector se halle bajo la accin de los tribunales;
si el legislador comprende que no debe excluir ms que  los muy
ignorantes,  los muy viciosos y  los criminales, la ley buscar
por todos los medios la capacidad tanto en los electores como en los
elegidos, y ser justa y equitativa.

La teora de la igualdad, de que es consecuencia el sufragio universal,
en pueblos que no estn bastante educados polticamente, es un absurdo
que conduce  otro; la que niega derechos polticos  los pobres porque
no tienen qu perder, es un absurdo que conduce  una iniquidad.




CAPTULO II.

DE LA IGUALDAD Y DE LA LIBERTAD.


Claro est que, al tratar _de las relaciones de la igualdad con la
libertad_, se habla de la poltica; pero constituye la libertad una
situacin perfectamente definida, y la palabra que la expresa significa
una cosa idntica para todos los que la pronuncian? Parcenos que no.
Al decir la libertad de Esparta, de Atenas, de Roma, de las Repblicas
italianas, de Inglaterra, de los Estados Unidos, de Francia, de Espaa,
de Italia, de Portugal, no se significan con una misma palabra
cosas muy diferentes? La libertad existe con la esclavitud, con el
privilegio, con la privacin de derechos polticos de la gran mayora
de la nacin dominada por la aristocracia, y con la participacin de
la clase media  del pueblo todo en el gobierno y poder legislativo.
Pueblos constitudos de modos diferentes y aun opuestos, se dice
que son  han sido libres, y Bruto que mata  Csar en nombre de la
libertad, se pareca muy poco  los regicidas modernos que la invocan.

Si la libertad significa cosas tan diferentes segn los tiempos y
lugares, no tendr siempre y donde quiera algn elemento comn, algo
que la hace amable para sus partidarios, santa para sus mrtires?
Como,  travs de tantas diferencias, las religiones tienen de comn
la idea de Dios, de un poder grande, eterno y justo, no habr tambin
en la libertad una idea elevada y permanente que inspira al ciudadano
de Atenas, de Roma, de Madrid y de Londres? A nuestro parecer este
factor comn existe, y es _la idea de ley_; aquella dignidad que da al
hombre obedecerla y cumplirla como expresin de la justicia, en vez
de humillarse ante la voluntad de un dspota  de un tirano. Esta ley
vara segn el estado moral  intelectual del pueblo que rige; sus
beneficios comprenden  unos pocos,  muchos,  todos, y es la libertad
aristocrtica, burguesa  democrtica; pero es ley siempre, y por eso
los pueblos le dan el mismo nombre y, si no estn degradados, la
saludan con respeto.

La ley es regla de justicia, tal como la comprende el legislador  como
la cree practicable; puede equivocarse de dos modos:  desconociendo
la justicia en principio,  la situacin del pueblo donde quiere
realizarla. Cualquiera que sea la esfera de accin de la libertad, no
se sustrae  las condiciones de toda regla de justicia; puede ser mal
comprendida y mal aplicada.

La justicia no se conoce como una verdad matemtica  fsica; no se
hace su _descubrimiento_ en un da para siempre, sino que poco  poco
se va comprendiendo y  medida que se practica; por eso la libertad
puede ser privilegio  licencia, equitativa  injusta, verdadera 
quimrica, elemento de bienestar  de ruina, segn que se armonice 
no con la justicia y las condiciones de inteligencia y moralidad del
pueblo que la invoca.

De aqu se infiere que la libertad no puede sustraerse  la influencia
del progreso, que se perfecciona  medida de l, y que el pueblo
ms libre ser el pueblo ms adelantado. Muchos hechos pasados y
presentes podrn citarse tal vez para contradecir lo dicho; pero la
contradiccin ser aparente y fundada en no definir bien el progreso,
que es perfeccin moral y material, ni la libertad, que es ley
equitativa y armnica con esta perfeccin en el pueblo que rige.

Acaso se citen las hordas salvajes cuyos individuos son libres, 
 Mme. Stal que ha dicho: _la libertad es antigua y el despotismo
moderno_; si hubiese exactitud en la frase, no la habra en la
afirmacin de que el hombre progresa.

El salvaje es esclavo de las leyes fsicas y de las necesidades
materiales: el hambre, la sed, el fro, el calor, son los dueos y
seores de su existencia, empleada en luchar con animales feroces  con
hombres que le disputan la comida y el albergue. Esta esclavitud es tan
grande, tan continua, tan general y tan fatal, que se hace exclusiva
de ninguna otra; qu medios tiene el tirano, ni qu atractivos la
tirana  el despotismo, en un pueblo que el hambre dispersa de da
y el cansancio reune de noche? Las leyes fsicas y fisiolgicas son
las nicas que imperan all, y llamar libertad  la servidumbre que
imponen, es hablar con bien poca exactitud. Si se dice que el salvaje
no es esclavo de su compaero de horda, se dice bien; si se afirma que
es un hombre libre, no, y basta para convencerse tener idea de lo que
es libertad.

Entendemos por libertad _el ejercicio armnico de las relaciones de los
hombres que componen un pueblo, condicionadas por la ley que concurren
 formar directa  indirectamente_.

La definicin podr no ser buena, se darn otra  otras mejores; pero
en ninguna cabr la situacin del salvaje, independiente, no libre,
y cuya independencia no puede confundirse con la libertad, porque
no es una armona establecida por el derecho, sino una negacin que
resulta del aislamiento. As como la igualdad en el estado salvaje
es la miseria y la ignorancia de todos, la libertad es el poder que
tiene cada uno de utilizar sus fuerzas fsicas para buscar sustento y
defenderse de cualquiera agresin  vengarla. El abuso de la fuerza (en
el escaso nmero de relaciones sociales del salvaje) est contenido,
no por la idea del derecho, sino por otra fuerza, y cuando sta no
existe, lejos de haber libertad hay opresin; la mujer se esclaviza y
el prisionero se inmola.

Ms adelante se perdona la vida  los vencidos, que pierden la
libertad, y se establecen esclavitudes y servidumbres de distintos
grados y formas que, variando y adaptndose al medio social que los
rodea, se sostienen en medio de imperios y repblicas que se derrumban
y parecen haber hallado el secreto de la inmortalidad. La ruda Esparta,
la culta Atenas, Roma la maestra del derecho, los independientes hijos
de los bosques de la Germania y de la Galia, ungidos por el sacerdote
cristiano, todos tienen esclavos y siervos, y los humillan, oprimen y
explotan.

Eso que se llama _libertad antigua_ es la de unos pocos hombres
libres en medio de muchedumbres esclavas  siervas, tan abrumadas 
veces y tan envilecidas, que carecen de aptitud para emanciparse, se
petrifican en inmovilidad desesperada,  se agitan en orgas polticas,
cayendo embriagadas  los pies del tirano comn. El rbol se conoce
por sus frutos, y no lo han sido de bendicin los de la libertad de
las repblicas antiguas, ni podan serlo, porque los hombres libres
que tienen esclavos,  los emancipan  se corrompen, y la corrupcin
mata la libertad. Esta no marcha ordenada y paralelamente con la
servidumbre, no pueden armonizarse, una de los dos destruir  la otra
 ser destruda.

Y cules son las relaciones de la igualdad con la libertad? Se
favorecen? Se perjudican? El nivel se convierte fcilmente en yugo, 
basta que los hombres sean iguales para que sean libres?

Deben notarse las analogas que existen entre la marcha de la
igualdad y la de la libertad. De la igualdad salvaje hay que pasar
por la desigualdad de la barbarie y de la civilizacin imperfecta,
hasta llegar  la igualdad de los pueblos cultos y prsperos; de la
independencia salvaje hay que pasar por dependencias, servidumbres y
esclavitudes en que no existe  es un privilegio la libertad, que slo
puede constituir el patrimonio de todos, en los pueblos ms avanzados.

Para saber cules son las relaciones de la igualdad con la libertad, y
si mutuamente se favorecen  se combaten, hay que determinar bien la
condicin de entrambas.

La igualdad en la ignorancia, en la miseria, en el envilecimiento, no
es auxiliar, sino enemiga de la libertad, y en el pueblo en que este
deplorable nivel exista, si algunos se elevan sobre l y aspiran 
ser libres y lo consiguen, su privilegio ser un progreso, un bien, y
esta libertad aristocrtica preferible  la servidumbre de todos sin
ms norma que la voluntad del tirano. Hemos dicho ya que la idea de
libertad lleva consigo la de _ley_, y preferible es que algunos vivan 
su amparo  que todos estn fuera de ella. Ms vale que la libertad sea
un privilegio como en Esparta, en Atenas, en Roma y en muchos pueblos
cristianos hasta estos ltimos tiempos, que el despotismo sin lmites
de Oriente.

Si es preferible que la libertad exista como privilegio  que no
exista, es seguro que en esta condicin excepcional no puede vivir
mucho tiempo; tiene que ensanchar cada vez ms la esfera de sus
beneficios; que admitir en sus filas  los que han nacido en su seno;
que alimentar en l  los que combaten muchos de sus principios, y
transformarlos; que transmitir en derredor la luz de su inteligencia y
la dignidad de su nobleza; que extender la honra para poner lmites 
la ignominia y, en fin, que llevar en sus entraas un germen poderoso
de amor  la humanidad para poder un da fraternizar con el pueblo.
Cuando estas condiciones faltan, la libertad que no puede comunicarse
y extenderse muere  manos del populacho, de una oligarqua  de un
tirano.

Si la igualdad en la miseria, la ignorancia y la ignominia no puede
ser favorable  la libertad, tambin son incompatibles con ella las
grandes diferencias esenciales y permanentes que constituyen la
efmera libertad privilegiada. La libertad que echa races es la
que se extiende, la que en armona con la igualdad, que consiste en
elevar  los de abajo, no en deprimir  los de arriba, es progresiva y
cuenta cada da mayor nmero de hombres libres, es decir, de hombres
_verdaderamente_ iguales ante la ley, que la comprenden, que la
respetan y que contribuyen  formarla.

Decimos _verdaderamente_, porque hay muchas igualdades que, por ms que
se consignan en los cdigos, no son verdad: tal es la igualdad poltica
que da voto al que no tiene opinin  no puede expresarla libremente;
tal la igualdad social que admite  redimirse del servicio militar
 los que, viviendo en la miseria  en la pobreza, es de todo punto
imposible que se rediman; estos llamados derechos no son favorables 
la libertad, que no puede tener por aliada sino la igualdad verdadera
y digna, no la que alucina con ficciones  degrada en la ignominia
comn.

La igualdad racional y posible no nivela las fortunas, pero tiende
 disminuir el nmero de los opulentos y de los miserables, y en
consecuencia los vicios, favoreciendo la libertad, porque el gran
aliado del despotismo es la corrupcin.

La igualdad tiende  ennoblecer el trabajo hasta el manual; y como el
trabajo es moralizador, favorece la libertad.

La igualdad tiende  elevar la idea que el hombre forma de s mismo;
y como el creerse digno conduce  serlo, semejante persuasin es un
auxiliar de la libertad.

La igualdad tiende  generalizar la instruccin y favorece la libertad.

La igualdad tiende  confundir las clases,  que fraternicen los
hombres; disminuye sus desdenes, sus odios, sus iras, y facilita la
armona necesaria  la libertad.

La igualdad, que supone que, como el derecho, la fuerza est en todos,
dificulta que la de uno solo sofoque la libertad.

La igualdad tiene amor  la obra social en que toma parte, y
predispone  obedecer  la ley,  formarla y consolidar la libertad.

La igualdad, que despierta muchas ambiciones, opone con su gran nmero
un obstculo  la ambicin de uno solo, que pudiera ser fatal  la
libertad.

La igualdad, aunque extraviada por la ira pueda recurrir  la
violencia, en su estado normal ama la paz, y es contraria al
militarismo, tan peligroso para la libertad.

La igualdad da solidez al urdimbre social; multiplica las piezas que
ajustan, las ruedas que engranan, las fuerzas que se transmiten de un
modo fcil, los movimientos que cambian de direccin sin paralizarse
ni precipitarse. Cuando no hay diferencias esenciales generalizadas,
permanentes, irritantes, imposibles de borrar; cuando por la escala
social se sube y se baja continuamente; cuando no se sabe dnde empieza
una clase y dnde acaba otra; cuando intereses, ideas, pasiones,
errores, todo se cruza, y toma y deja algo al cruzarse, y tiende 
entretejerse, en semejante estado social los sacudimientos ni sern
tan frecuentes, ni tendrn tanta violencia, ni podrn desencajar los
miembros sociales tan fuertemente articulados, haciendo necesarias las
dictaduras que aniquilan la libertad.

Todo elemento social es  la vez infludo  influyente; pero entre
la igualdad y la libertad hay tan ntimas relaciones y tan perfectas
armonas, que para saber si la igualdad es verdadera basta saber si
hace hombres libres, y para juzgar de la libertad no hay ms que ver si
tiende  que sean iguales.




CAPTULO III.

LA LEY QUE EMANA DE LOS PRIVILEGIOS, SER BENEFICIOSA PARA TODOS?


Entendemos por privilegio un derecho que no tiene su base en la
justicia: se nos dir tal vez que nosotros abogamos tambin por los
privilegios puesto que combatimos la teora de la igualdad y el
sufragio universal, que es su consecuencia, y que los ciudadanos 
quienes en virtud de su capacidad concedemos los derechos polticos
son otros tantos privilegiados con respecto al gran nmero  quien
negamos este derecho: no hay ms diferencia que las condiciones con
que concedemos este privilegio; pero esta diferencia es tan esencial,
que, cambiando completamente la ndole del derecho, no puede recibir el
nombre de privilegio sino confundiendo cosas que no se parecen.

Cuando la instruccin y la moralidad estn limitadas  un nmero
muy corto de personas, limitar  ellas los derechos polticos no es
concederles un privilegio, sino darles lo que les pertenece; lo que
reclamarn, con razn, en nombre del bien del Estado, nico origen
legtimo de los derechos polticos. stos deben extenderse  medida
que la ilustracin se extiende; y si hay una clase de ciudadanos que,
siendo tan ilustrada como otra, no tiene los mismos derechos polticos,
hay privilegio, injusticia, y habr lucha y revolucin. La oligarqua,
la aristocracia y la democracia son legtimas siempre que son lgicas,
y segn la ilustracin est en algunos, en muchos  en todos.

Pero es una gran desgracia para un pueblo que, en circunstancias
particulares, establezcan por la fuerza,  su poca ilustracin
establezca por necesidad, una forma de gobierno en que slo tome
parte una clase poco numerosa y apartada de las otras por su elevada
posicin. Esta clase gobernar en provecho suyo, y la dureza de su
egosmo no estar suavizada por la simpata, por la benevolencia,
ni aun por la justicia; porque ya hemos visto que, al dividirse los
hombres en clases muy distantes unas de otras, se depravan, se hacen
hostiles, y mutuamente se desprecian  se aborrecen. El gran seor
poderoso y altivo no est dispuesto  mirar como semejantes  los
individuos de esa plebe miserable y embrutecida, y los oprimir sin
compasin ni remordimiento. As, por ejemplo, el lord ingls, para
vender sus granos  un precio exorbitante prohibir la importacin de
cereales, sin cuidarse de que los pobres se mueran de hambre, y no se
modificar la horrible ley en nombre de la humanidad ni de la justicia,
_sino en nombre de las necesidades de la industria_; ya se ha dicho
_que la aristocracia no tiene entraas_.

La ley hecha por un corto nmero de personas no podr ser equitativa ni
conveniente  la generalidad. El magnate, no slo tiene su inters para
extraviarle, sino su orgullo y su desdn. Con la ms completa seguridad
de conciencia niega todo derecho  los que desprecia, y si alguna vez
hace la ms pequea concesin, la considera como un acto de herosmo
que no sabe agradecer la plebe ingrata.

A medida que aumenta el nmero de los que toman parte en la formacin
de la ley, sta es ms equitativa y humana, no slo porque estn
representados los intereses de diferentes clases, sino porque
contribuyen  formarla otras ideas, _otros sentimientos_. Creemos que
no se nos acusar de _sentimentalismo_ porque hablamos de sentimientos
al tratar de los elementos que entran en la formacin de las leyes.
Los sentimientos del hombre influyen en todos los actos de su vida, le
impelen hacia el bien  hacia el mal, y ante su voz poderosa, ms de
una vez la razn y hasta la conciencia aparecen mudas.

Cuando los legisladores, en vez de pertenecer  una clase apartada
del pueblo y que le desdea, pertenecen  clases diferentes que estn
cerca de l, que con l simpatizan, que conocen sus virtudes, que
comprenden sus dolores, que tal vez le deben sus ms ilustres hijos,
la ley refleja esta diferencia. El hombre lleva sus sentimientos al
santuario de las leyes, como los lleva  todas partes: all influyen
en su conducta; y cuanto sean ms humanitarios, las leyes que formulen
sern ms beneficiosas para la humanidad.

En igualdad de todas las dems circunstancias, la ley ser tanto ms
justa cuanto sea mayor el nmero de clases que contribuyen  formarla;
por eso deben extenderse los derechos polticos hasta donde sea
compatible con la ilustracin. Si alguna vez nos parece hallar  esta
regla excepciones, no es porque las tenga, sino porque acaso tomamos
los problemas sociales por problemas polticos, desconocemos la
influencia que aqullos ejercen en stos, y somos como el qumico que
atribuye  un cuerpo propiedades que no tiene, porque ignora que son
dos los que contribuyen al fenmeno que pretende explicar.




CAPTULO IV.

ES LO MISMO IGUALDAD QUE DEMOCRACIA?


La igualdad entre los que no tienen ningn derecho y obedecen  la
voluntad de uno solo   la ley que de l emana, es el gobierno
desptico  absoluto, no la democracia. La igualdad en el derecho
poltico puede mirarse como sinnimo de democracia; cuando todos tienen
los mismos derechos polticos, todos contribuyen igualmente  la
formacin de la ley, al menos en teora, y democracia es lo mismo que
igualdad.

Pero la igualdad poltica, la que ms se debate, la que ms se estudia,
la que con ms energa se reclama, es la menos importante, y si ha de
ser algo ms que una palabra vana, debe tener su raz en la igualdad
moral  intelectual. Esta igualdad sigue la misma progresin que la
igualdad poltica? El pueblo est en el estado de cumplir los deberes
que son consecuencia de los derechos que para l se piden? No hay
contradiccin ninguna entre el estado social y el estado poltico  que
tienden las sociedades modernas? La igualdad poltica, la democracia,
no tiene algn obstculo ms poderoso que las preocupaciones, los
privilegios escritos y las bayonetas? Investigumoslo.

Hemos dicho ya en la primera parte de este escrito que la igualdad
intelectual de los hombres est en razn inversa de su civilizacin;
hagamos algunas comparaciones para fijar ms nuestras ideas sobre este
importante asunto.

Suprimamos algunos siglos en el tiempo  algunos centenares de leguas
en el espacio. All estn una piragua y un gran navo. Qu diferencia
notamos entre los tripulantes de la primera? Apenas son perceptibles;
tal vez un poco ms de vigor, de destreza..... en caso de necesidad
aquellos hombres pueden suplirse mutuamente sin que sufra trastorno la
direccin de la pequea nave. Trasladmonos al navo: qu distancia
del grumete al piloto! El uno es una especie de mquina que por el
resorte de la voz de mando sube  baja, va  la derecha   la
izquierda; el otro sabe las leyes del mundo fsico, determina los
movimientos de los astros; es una especie de encantador que  travs de
las tempestades y de las tinieblas traza un camino por la inmensidad
de los mares, y le sigue sin vacilar y sin extraviarse. Probad, si os
parece,  sustituir este hombre con el otro, y pronto veris  la nave
zozobrar entre escollos  estrellarse contra las rocas.

All est un hombre que representa una farsa grotesca y  quien
desdeosamente llamamos _histrin_. Si enferma, si muere, poca
dificultad habr en que le sustituya otro de la compaa; cualquiera,
aunque sea el que est encargado de subir y bajar el teln. Y cmo
reemplazar al artista, al gran artista de nuestros das,  ese mgico
que nos agita, que nos conmueve, que nos aterra, que nos electriza,
que nos tiene pendientes de su gesto, de su instrumento  de su
voz, que nos hace sentir con su corazn y llorar con sus ojos? Qu
diferencia entre esta privilegiada criatura y el comparsa que sale 
blandir maquinalmente una espada que no corta,  lleva en sus manos un
instrumento que no suena!

En aquel pelotn de hombres armados hay un jefe algo ms diestro y
valeroso que la mayor parte de los hombres que le siguen; pero si cae
no es difcil hallarle relevo: las maniobras de la pequea hueste son
tan sencillas que hay pocos que no sean capaces de dirigirlas. Mirad
ese jefe de Estado Mayor, de artillera  de ingenieros; ha pasado
su vida estudiando; es un sabio; tiene un papel delante y en la mano
un comps; medita profundamente: comparadle con el soldado que monda
patatas para el rancho.....

Mirad aquellos dos hombres que se dedican  una industria cualquiera;
el uno se llama oficial y el otro maestro, pero se echa de ver que
el maestro ha sido aprendiz y que el oficial podr llegar  ser
maestro; ste no sabe la razn de la mayor parte de las cosas que
practica; aqul imita las que le ve hacer; pronto sabr tanto como
l, pronto sabr ms acaso. Pero h aqu que pasan unos cuantos
siglos, la industria se perfecciona, toma proporciones gigantescas,
y en vez de estar dominada por la rutina, viene  ser dirigida por
la ciencia. Entrad en esa inmensa fbrica. Ved centenares de hombres
haciendo cabezas de alfileres  pulimentando mangos de cuchillos.
Su inteligencia para nada se necesita; el hbito hace que desempeen
maquinalmente la tarea que les est encomendada. Siempre en la misma
postura, hacen siempre idnticos movimientos, ejercitan los mismos
msculos, pueden mirarse como otras tantas mquinas. Las facultades de
su alma se enervan, se extinguen por falta de ejercicio; su cuerpo se
desfigura, se debilita; un miembro adquiere un desarrollo anormal, y
los otros se extenan en la inaccin. Qu es esto? Cmo se consiente
que por sistema el hombre se degrade fsica y moralmente? Qu
organizacin es la que exige para consolidarse el sacrificio de la
dignidad humana? Qu queris! La ciencia ha dicho que se hace mejor
lo que se hace siempre; la divisin de trabajo es una indispensable
condicin del progreso de la industria, y el progreso de la industria
es la primera necesidad de un pueblo. Bien est: si la industria
reclama vctimas, arrojdselas; entrguensele miles de hombres para
que los convierta en mquinas. Si al menos su obra fuera completa!
Pero esas mquinas sufren y hacen sufrir, son desdichadas y culpables.
Contemplad esas mquinas humanas, pequeos apndices de los grandes
motores, y luego, dejando el taller, subid al despacho del ingeniero.
Mirad esa cabeza encanecida antes de tiempo por el estudio, esa frente
contrada por la meditacin. Asombraos del caudal de conocimientos que
ese hombre posee, de la fcil seguridad con que ejecuta prodigios que
no comprendis y se suceden ante vuestros pasmados ojos. Y quin es
ese hombre que discurre con l gravemente y tiene el aire de discutir
un negocio de Estado, ese hombre que ha salido de un palacio, que ha
venido en coche, que habla de las naciones de Europa  del mundo, y
de su ilustracin y de sus recursos, que ha viajado, que posee un
capital inmenso? Es el dueo de la fbrica, una persona muy instruda,
muy inteligente, muy activa, porque la industria en grande escala, la
que hace tantos prodigios, necesita actividad, inteligencia y grandes
capitales, y como los necesita, los tiene, porque las sociedades
modernas no niegan  la industria nada, absolutamente nada de lo que
pide.

Mirad aquel hombre mugriento que presta sobre ropa vieja algunas cortas
cantidades, y  quien se da desdeosamente el nombre de _usurero_;
ved ese otro, creacin de las sociedades modernas, que brilla por su
fausto, que deslumbra por sus riquezas, que tiene talento  influencia
poltica; es un capitalista que presta al Rey  al Gobierno, y recibe
en garanta una nacin.

No hay por qu continuar estos paralelos: de lo dicho resulta bastante
claro que el dogma de la igualdad ha venido al mundo precisamente
cuando los hombres son ms desiguales. Y no slo las necesidades de la
industria y el estado social exigen de unos pocos grande instruccin 
inteligencia y embrutecen las masas, sino que,  medida que los pueblos
se han civilizado, los ricos son ms ricos y los pobres ms pobres.
Es ste el estado definitivo de la sociedad? No queremos creerlo,
pero es el estado actual. En los grandes centros industriales y las
ciudades populosas es cada da mayor la distancia que separa al rico,
cuyo lujo aumenta todos los das, del pobre, cada vez ms amenazado
de la miseria extrema. Qu decimos en las ciudades? En los campos se
alza el cultivador capitalista que aplica el vapor  la agricultura,
el ganadero opulento al lado del infeliz proletario que ha visto 
ver en breve llegar el da en que no tenga un palmo de terreno comn
en que pueda cortar un palo de lea,  mantener una vaca, ni una
oveja. Sin entrar en discusiones que no son de este lugar sobre estos
fenmenos sociales, notemos solamente que se dice  los hombres:
_sois iguales_ cuando hay ms diferencias en el desarrollo de sus
facultades intelectuales, en su fortuna y en sus goces; el lujo tiene
refinamientos, y la miseria angustias que no conocan las sociedades
menos civilizadas.

La democracia, al prescindir de la desigualdad social, no la destruye;
por el contrario, hace ms fatales sus consecuencias, porque se arroja
sin precaucin en brazos del peligro. A veces cae,  se para, asombrada
de hallar obstculos invencibles, de ver que de sus propias filas salen
tiros que la hieren, por no haber observado que la igualdad poltica
est muchas veces combatida por la desigualdad social.

La democracia adora ciegamente el becerro de oro. Est sedienta de
goces materiales, de riqueza, y se preocupa ms de producirla que de su
distribucin. Toma  veces medidas tan insensatas, tan poco en armona
con el objeto que se propone, que no parece sino que ha resuelto
suicidarse con una disolucin de oro.

El mundo marcha  la democracia; pero es bien que sepa los obstculos
que ha de hallar en el camino para que se prepare  vencerlos; es bien
que no se lisonjee con facilidades que no existen. Cuando se sienta
como derecho un principio imposible de convertir en hecho, la lucha es
inevitable, la lucha con su siniestro acompaamiento de exageraciones,
de iras, de represalias. Las represalias en los combates materiales son
hombres que se sacrifican; en los del entendimiento, verdades que se
inmolan, errores que se enaltecen. Nuestros adversarios, niegan una
verdad que sostenemos? Nosotros negaremos inmediatamente otra que ellos
afirman. Se parapetan detrs de un error? Levantaremos otro enfrente
para guarecernos de sus tiros.

La democracia, como la aristocracia, como todas las instituciones
sociales, llama calumnias  las verdades que le dicen sus enemigos,
y justicia  las lisonjas de sus parciales. La democracia, que, como
empieza  ser poderosa, empieza  ser adulada y  tener pretensiones de
infalible, no siempre ve claro, ni escucha distintamente; y deslumbrada
por el brillo de sus triunfos, no echa de ver que amamanta en su seno
la desigualdad, contribuyendo  que tome proporciones alarmantes.
Cernindose en la regin de las ideas, no teme que los hechos puedan
servirle de peligroso obstculo.




CONCLUSIN.


Al terminar nuestro trabajo, no creemos dejar apurada la materia; pero
s nos parece haber tocado los puntos de mayor inters y planteado los
problemas de ms importancia que la igualdad ofrece. La cuestin est
erizada de dificultades, y no obstante, despus de haberlas considerado
de cerca, no nos parecen tan insuperables. Depender esto de que el
hombre se familiariza con todo, y el hbito le hace indiferente  la
vista del peligro que le aterraba,  en que, realmente, apartando el
error y la pasin del problema de la igualdad, no hay en l nada que
deba alarmar ni exasperar  clase alguna? Esta ltima suposicin nos
parece la verdadera; y as como el estudio de la Naturaleza convence
ms y ms de la sabidura del Hacedor, al profundizar en el de la
sociedad se ve que si Dios consiente al hombre moverse conforme 
su albedro en una ancha estera, no le abandona, y escribe en su
organizacin leyes eternas que le sirven de antorcha cuando los errores
obscurecen la luz de la verdad, y de dique cuando las pasiones se
desbordan.

Apartando de la cuestin todo lo que  ella han llevado el espritu de
escuela y de partido, el inters y la clera, qu es lo que vemos en
ella?

La desigualdad de condiciones, que tiene su origen en la naturaleza y
su justificacin en la necesidad.

El peligro de llevarla ms all de los lmites necesarios, y como,
pasndolos, los sentimientos se pervierten y las razas se degradan.

La tendencia innata del hombre  reconocer la autoridad,  respetar la
jerarqua,  establecer el orden.

Lo absurdo de desplegar grande aparato de fuerza para establecer lo que
se establecera por s solo.

La necesidad de la jerarqua, sin la cual no es posible la sociedad.

La imposibilidad de establecer la jerarqua natural; la conveniencia de
aproximarse  ella cuanto sea posible.

La injusticia de atribuir  la jerarqua ms derechos de los que tiene,
suponiendo que puede pasar los lmites que la razn y la humanidad le
imponen.

El error de creer que la igualdad ante la ley es la igualdad ante la
justicia, y el ms fatal todava de imaginar que la ventura est en
razn de la riqueza.

El peligro de dar voto al que no tiene opinin, y la imposibilidad de
que realmente pueda tomar parte en la formacin de la ley el que tiene
su conciencia expuesta  las tentaciones de la miseria, y su razn 
las del error.

La imposibilidad de que sea beneficiosa para todos la ley hecha por
unos pocos.

El riesgo que la desigualdad aumentada por la civilizacin presenta 
la democracia.

Las facilidades que la igualdad ofrece  la mediana; los obstculos
que opone  las altas concepciones del entendimiento; y, en fin, las
razones por las cuales debe considerarse que la igualdad es ms bien
favorable que enemiga de la libertad.

Examinada la cuestin con imparcialidad, no hay motivo para calmar
las iras de los de abajo y el desdn de los de arriba? No se ven
claramente los lmites puestos por la necesidad y la justicia, y que
nadie puede traspasar sin ser insensato  perverso? No se descubre
la profunda raz de cosas que intentamos derribar por juzgarlas
someramente arraigadas, y el ntimo enlace de hechos que suponamos
aislados? No se percibe la razn de ser en muchos fenmenos que
aparecan como hijos del capricho  de la iniquidad? No nos sentimos
inclinados  creer alguna cosa que se nos presentaba como dudosa, 
dudar alguna que juzgbamos evidente? No hemos modificado algo nuestro
modo de pensar  de sentir? No somos un poco ms tolerantes con las
pretensiones de los que estn ms arriba  ms abajo, y con los errores
de todos? Despus de haber estudiado el problema social de la igualdad,
no nos sentimos ms fuertes para convencer, y con una mayor tolerancia
para ser convencidos?

No nos atrevemos  esperar que se impresione y modifique de este modo
el nimo de los que hayan ledo este escrito; pero consistir en que
no hemos tratado el asunto como deba tratarse. Dichoso el que,
colocndose  la altura que requiere, haga brillar la verdad con todo
su esplendor! Dichoso el que desvanezca con irresistible lgica vanas
esperanzas y temores insensatos! Dichoso el que arranque de raz
tantos peligrosos sofismas, y d al derecho tan ancha base que pueda
resistir las oleadas del error, del inters y de la clera! Dichoso
el que, viendo la cuestin de la igualdad por todas sus fases, pueda
mostrarla cual es, y sustituya  las prevenciones hostiles los afectos
benvolos! Pero quin es bastante poderoso para conseguirlo, para
intentarlo siquiera?

En nuestra poca, las luchas materiales, aisladas de las del
entendimiento, si por acaso existen, duran poco; todo brazo que se
levanta y hiere y vuelve  herir, sabindolo  sin saberlo, obedece
 una idea, y si pudiera establecerse la armona en las regiones de
la inteligencia, reinara muy pronto en el mundo material: de aqu la
importancia de la teora, y su poder y su responsabilidad. La teora
forma escuela; la escuela forma partido; el partido forma en batalla
las masas armadas  los ejrcitos, y los ejrcitos y las masas,
acentuando su clera con el estruendo de la artillera, escriben con
sangre todo lo que han aprendido. El error y la pasin, llamando
derecho  una igualdad imposible   un privilegio injusto, han formado
el smbolo de la guerra; apresurmonos  rectificar las ideas, 
investigar la verdad, y sin ms que formularla, escribiremos el smbolo
de la paz.

No podemos concluir este escrito sin manifestar un recelo que nos
aflige. El lector, dudar de la sinceridad de nuestras palabras porque
 veces parece como que sostenemos el pro y el contra de todas las
opiniones, ejercitndonos en una especie de equilibrios intelectuales?

Acaso se disguste de ver que no somos aristcratas, ni demcratas,
partidarios del privilegio, ni niveladores, y aun sospeche de nuestra
fe poltica notando nuestros recios ataques  campos opuestos,
porque en materias en que la pasin deja rara vez de tomar parte en
los fallos, suele llamarse escepticismo  la imparcialidad. Y no es
que nosotros presumamos de la nuestra: hemos empezado y conclumos
desconfiando de ella; mas queremos hacer notar que el asunto est entre
dos escollos: ser parciales  parecer escpticos; tal vez hemos dado
en entrambos, porque no basta ser sincero para ser exacto; hay una
imparcialidad que est en la inteligencia, y consiste en ver todos los
lados de una cuestin; hay otra, la del corazn, que consiste en decir
con lisura lo que se ve: nosotros no podemos responder ms que de esta
ltima.

Nuestro modo de discurrir podr chocar alguna vez con las
preocupaciones de la gente despreocupada, que son las ms arraigadas;
pero cuando hemos credo ver clara la verdad, no hemos vacilado
en formularla, porque el error es una arma que acaba siempre por
dispararse contra el que la emplea, y hay riesgo en suprimir la lgica
de los razonamientos no pudiendo suprimir la de las cosas. De qu
sirve decir al pueblo ni  los poderosos: Marchad por el vasto campo
que os abre nuestro buen deseo, si se vern detenidos por la realidad,
esa jaula frrea, cuyas barras no ceden nunca y rompen los miembros
del que intenta forzarlas? Cul es el ms amigo del pueblo? El que
niega la existencia de sus males y los cubre con recamado manto,  el
que los pone de manifiesto para curarlos? Son un blsamo para los
dolores reales las mentidas seguridades de que no existen? La beatitud
que proporciona el error es como la del opio: mata al que  ella se
entrega, y la verdad es la lanza fabulosa, cura las heridas que hace.


                                 FIN.




NDICE.


                                                                   Pgs.

  INTRODUCCIN                                                         5


                            PARTE PRIMERA.

         De la igualdad considerada social y filosficamente.

  CAPTULO I.--Nociones generales                                     13

  CAPTULO II.--De la igualdad, de la identidad, de la semejanza y
  de la equivalencia                                                  23

  CAPTULO III.--Origen y progresos de la desigualdad                 41

  CAPTULO IV.--Cmo se perpeta la desigualdad injusta               69

  CAPTULO V.--Cundo, cmo y con qu consecuencias se perpeta
  la desigualdad  se restablece la igualdad?                         73

  CAPTULO VI.--En qu esfera se establece primeramente la
  igualdad?                                                           89

  CAPTULO VII.--Lmites de la igualdad                               99


                            PARTE SEGUNDA.

                De la igualdad socialmente considerada.

  CAPTULO I.--Influencia recproca de los elementos fsico,
  intelectual y moral, y de la semejanza necesaria y suficiente
  para establecer la igualdad                                        111

  CAPTULO II.--Qu lmite debe tener la desigualdad?               127

  CAPTULO III.--Consecuencias de la desigualdad social del hombre
  y la mujer                                                         143

  CAPTULO IV.--La igualdad ante la ley es la igualdad ante la
  justicia?                                                          167

  CAPTULO V.--De la equivalencia                                    173

  CAPTULO VI.--Que los hombres no han menester ocupar en la
  sociedad posiciones iguales para ser igualmente dichosos           181

  CAPTULO VII.--La propiedad y la igualdad                          197

  CAPTULO VIII.--De la asociacin y de la igualdad                  213


                            PARTE TERCERA.

               De la igualdad considerada polticamente
                 y en sus relaciones con la libertad.

  CAPTULO I.--De la igualdad social y de la igualdad poltica       221

  CAPTULO II.--De la igualdad y de la libertad                      245

  CAPTULO III.--La ley que emana de los privilegios ser
  beneficiosa para todos?                                            257

  CAPTULO IV.--Es lo mismo igualdad que democracia?                263

  CONCLUSIN                                                         273




                     LIBRERA DE VICTORIANO SUREZ

                            PRECIADOS, 48.


=Agull y Prats.=--ndice de la legislacin hipotecaria de Espaa 
islas adyacentes y su reglamento, y de las disposiciones dictadas para
la aplicacin de aqullas, etc., etc.--Barcelona, 1897; un tomo en 8.,
5 pesetas.

=Angulo Laguna.=--Estudios sobre la condicin jurdica de los hijos
ilegtimos, segn los principios y el Cdigo civil vigente, con un
prlogo de D. Federico de Castro.--Madrid, 1895; un tomo en 4., 2,50
pesetas.

=Anuario de Legislacin y jurisprudencia espaola=, por la Redaccin de
la _Revista de los Tribunales y de legislacin universal_; primer ao
de publicacin, 1897.--Madrid, 1898; un tomo en 4., 10 pesetas.

=Brusa.=--Prolegmenos de Derecho penal, por Emilio Brusa, Profesor
de Derecho penal en la Universidad de Turn, con un apndice sobre el
Derecho penal espaol (Historia y fuentes).--Madrid, 1897; un tomo en
8. mayor, 7 pesetas.

=Burgess.=--Ciencia poltica y Derecho constitucional
comparado.--Madrid, 1898; dos tomos en 4., 14 pesetas.

=Cdigo civil Venezolano= (El nuevo), con un estudio
crtico-comparativo con el espaol, y anotado por la Redaccin de la
_Revista de los Tribunales y de legislacin universal_.--Madrid, 1897;
un tomo en 4., 5 pesetas.

=Cdigo civil del Imperio Alemn= (Texto y comentarios al), promulgado
el 18 de Agosto de 1896, con la exposicin de motivos, ley de
introduccin y disposiciones transitorias.--Un tomo en 4., 11 pesetas.

=Cogliolo.=--Estudios acerca de la evolucin del Derecho privado, con
un prlogo y notas de Rafael de Urea.--Madrid, 1898; un tomo en 4., 4
pesetas.

=Coleccin= de las instituciones polticas y jurdicas de los pueblos
modernos, dirigida su publicacin y anotada por el Excmo. Sr. D.
Vicente Romero Girn y D. Alejo Garca Moreno.--Madrid, 1883-94; trece
tomos en 4. mayor, 211 pesetas.

  --Apndice I. Complemento de las instituciones. Nuevas
  leyes y Cdigos, decretos, tratados, reglamentos,
  etc., etc., publicados en 1893-94: Venezuela.--Estados
  Unidos.--Argentina.--Mejicana.--Guatemala.--Nicaragua.--Costa
  Rica.--Del Salvador.--Per y Brasilea.--Madrid, 1895; un tomo en
  4., 16 pesetas.

  --II. Publicados en 1894: Espaa.--Portugal.--Italia.--Francia.
  --Blgica.--Suiza.--Alemania.--Prusia.--Austria-Hungra.--Rumana.
  --Rusia.--Suecia y Noruega  Inglaterra.--Madrid, 1895; 16 pesetas.

  --III. Publicados en 1895: Mxico.--El Salvador.--Costa Rica.--Per.
  --Bolivia.--Uruguay.--Argentina.--Venezuela.--Honduras.--Nicaragua.
  --Guatemala.--Chile.--Paraguay.--Colombia.--Estados Unidos
  Anglo-Americanos.--Brasil.--Madrid, 1896; un tomo en 4., 16 pesetas.

  --IV. Publicados en 1895: Portugal.--Francia.--Italia.--Grecia.
  --Blgica.--Holanda.--Suiza.--Austria-Hungra.--Rumana.--Servia.
  --Turqua.--Alemania y Prusia.--Rusia.--Suecia y Noruega.--Dinamarca.
  --Inglaterra.--Madrid, 1896; en 4., 16 pesetas.

  --V. Publicados en 1896: Venezuela.--Repblica Dominicana.--Mxico.
  --Costa Rica.--Repblica Mayor de Centro-Amrica.--Salvador.
  --Honduras.--Nicaragua.--Guatemala.--Per.--Paraguay.--Chile.
  --Bolivia.--Estados Unidos Anglo-Americanos.--Colombia.--Argentina.
  --Uruguay.--Brasil.--En 4., 16 pesetas.

  --VI. Publicados en 1896-97: Alemania.--Austria--Hungra.--Suiza.
  --Francia.--Blgica.--Holanda.--Portugal.--Italia.--Grecia.--Servia.
  --Rusia.--Suecia y Noruega.--Dinamarca.--Inglaterra.--Egipto.--Tnez.
  --Argelia.--Protectorado Alemn del Sudoeste Africano.--Repblica Sud
  Africana.--Orange.--Madagascar.--China.--Japn.--En 4., 16 pesetas.
  En pasta espaola, 2 pesetas ms por tomo.

=Escuder.=--Locos y anmalos.--Contiene entre otras importantes
cosas: El veterinario de Sueca.--Morillo.--Galeote.--El parricida
de Carcagente.--Anomalas sexuales.--La reproduccin.--Degeneracin
de amor.--Espermatorrea.--Epilepsia genrica.--Psicopata
sexual orgnica.--Aberraciones gensicas.--Anomalas
sociales.--Degenerados.--Delincuentes.--Borrachos.--Hipnotismo.--El
tratamiento de los locos.--El manicomio.--Curacin del loco, etc.,
etc.--Madrid 1895; un tomo en 8., 4 pesetas.

=Espaa.=--Tratado prctico del testamento olgrafo.--Madrid, 1896; un
tomo en 8., 1,50 pesetas.

=Garca y Romero de Tejada.=--El libro del jurado.--Prontuario
terico-prctico para la ms fcil y acertada aplicacin del Cdigo
penal  los delitos de que conocen los tribunales populares.--1894-97;
dos tomos en 4., 23 pesetas.

=Giner= (D. F.) y =Caldern= (D. A.).--_Curso de Filosofa del
Derecho._--Contiene ste resumen de los principales problemas de la
filosofa del Derecho; un preliminar relativo al conocimiento usual del
Derecho; una introduccin referente al concepto, enciclopedia, fuentes
y mtodo de la filosofa del Derecho, y las partes general, especial
y orgnica de esta ciencia. En la parte general se trata del concepto
del Derecho, sus esferas, relaciones, categoras y elementos, y de la
vida jurdica. En la especial, estdianse las divisiones del Derecho,
como derecho de la personalidad y de los fines, y, por ltimo, en la
parte orgnica se investiga el Estado, especialmente como Estado del
individuo.--Madrid, 1898; tomo I, en 4., 7,50 pesetas. Tomo II, en
preparacin.

=Gmez Acebo y Cortina= (D. Jos) y =Daz Merry= (D.
Ricardo).--Diccionario general de jurisprudencia
contencioso-administrativa.--Coleccin, por orden alfabtico
de materias, de todas las sentencias dictadas en asuntos
contencioso-administrativos, desde la creacin del Consejo de Estado
hasta 1888 inclusive.--Madrid, 1889; un tomo en 4., 18 pesetas.

=Gonzlez Cedrn.=--Tratado de contabilidad para la estructura,
comprobacin y justificacin de las cuentas provinciales de la Hacienda
pblica.--Madrid, 1897; 2 pesetas.

=Gonzlez Serrano= (D. Urbano).--Estudio sobre los principios de la
moral con relacin  la doctrina positivista.--1,50 pesetas.

=Gmez y Gonzlez.=--Faltas subsanables  insubsanables de
los documentos pblicos sujetos  registros, _en forma_ de
Diccionario.--Crdenas, 1890; un tomo en 4., 10 pesetas.

=Goodnow.=--Derecho administrativo comparado, Anlisis de los
sistemas administrativos de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia y
Alemania.--Madrid, 1897-98; dos tomos en 4., 14 pesetas.

=Heffter.=--Derecho internacional pblico de Europa. Traduccin de
Gabino Lizrraga, abogado del ilustre Colegio de Madrid, etc., Esta
obra, cuyo mrito est reconocido por todo el mundo, y de que son
evidente prueba las traducciones que se han hecho  casi todas lenguas.
Su inters no puede desconocerse, al considerar que en ella se tratan
todas las cuestiones internacionales, lo mismo en la paz que en la
guerra.--Un tomo en 4., de 553 pginas, 8 pesetas.

=Janet.=--La familia, lecciones de filosofa moral, obra premiada por
la Academia francesa, traducida por el Dr. Luis Marco.--Madrid, 1897;
un tomo en 4., 5 pesetas.

=Manual del Abogado y del funcionario judicial=, con una extensa
introduccin sobre el concepto, fundamento  historia de la abogaca;
contiene nuevos estatutos de los Colegios de Abogados, disposiciones
de las leyes orgnicas, Cdigo civil, penal, Justicia militar, Leyes
de enjuiciamiento civil y criminal, del Jurado, de lo Contencioso,
del Timbre, Impuestos, Ordenanzas de los Juzgados, Audiencias y
Tribunal Supremo, etc., etc., por la redaccin de la _Revista de los
Tribunales_.--Madrid, 1895; un tomo en 8., tela, 4 pesetas.

=Manresa y Navarro.=--Comentarios  la ley de Enjuiciamiento civil,
reformada conforme  las bases aprobadas por la ley de 21 de Junio de
1880, publicada para la Pennsula por Real decreto de 3 de Febrero
de 1881, y para las islas de Cuba y Puerto Rico por el de 25 de
Septiembre de 1885; con los formularios correspondientes  todos los
juicios.--Madrid, 1881-97; seis tomos en 4., 66 pesetas.

  --Comentarios al Cdigo civil espaol.--Madrid, 1890-98; cinco
  tomos en 4., 51 pesetas.--Tomo sexto en prensa.

=Melgar y Abreu.=--Tratado de expropiacin forzosa por causa de
utilidad pblica, con un prlogo del Excelentsimo Sr. D. Francisco
Silvela.--Madrid, 1889; un tomo en 8., 6 pesetas.

=Menger.=--El Derecho civil y los pobres, por Antonio Menger, profesor
de Derecho en la Universidad de Viena, versin espaola con la
autorizacin del autor y precedido de un estudio sobre el _Derecho_
y _la Cuestin social_, por D. Adolfo Posada, profesor de Derecho
poltico y administrativo en la Universidad de Oviedo.--Madrid, 1898;
un tomo en 8. mayor.

=Pulido.=--Grandes problemas, por D. ngel Pulido Fernndez, de la
Real Academia de Medicina. Contiene: Al Sr. D. M. Menndez Pelayo.--La
alimentacin de los pueblos.--El alcoholismo.--El arte mdico.--La
doctrina bacteriolgica.--La despoblacin de Espaa.--Madrid, 1892; un
tomo en 8., 3 pesetas.

  --Plumazos de un viajero.
  Pars.--Bruselas.--Holanda.--Alemania.--Austria-Hungra.--La
  Universidad alemana.--El estudiante alemn.--Madrid, 1883; un tomo
  en 8., 3 pesetas.

  --El gran pueblo. El monasterio del Paular.--La diseccin
  (Descripciones de viaje.)--Madrid, 1893; un tomo en 8., con
  ilustraciones de D. R. Pulido y fotograbados de L. Romea, 3 pesetas.

  --Miniaturas cientficas: Coleccin de tesis, con un prlogo de
  D. Jos Echegaray. Los temas tratados llevan los siguientes
  ttulos: Medicina rabe.--Educacin fsica de la mujer.--El corro
  de nias.--Evolucin de las enfermedades.--La Medicina y la
  pintura.--El Poema de la circulacin.--Madrid, 1894; un tomo en
  8., 3 pesetas.

  --La emocin oratoria.--Madrid, 1896; un tomo en 8. mayor, 3
  pesetas.

  --La pena capital en Espaa.--Madrid, 1897; un tomo en 8., 2
  pesetas.

=Ramella.=--Tratado de la correspondencia en materia civil y mercantil,
seguido de un estudio referente  la legislacin espaola, por Lorenzo
Benito.--Madrid, 1898; un tomo en 4., 8 pesetas.

=Repertorio de los Juzgados municipales=,  sea compilacin metodica
y prctica de cuantas disposiciones legislativas, fundamentales y
complementarias necesitan conocer los jueces, fiscales y secretarios,
con aclaraciones y formularios de todas clases, por A. M. L., publicado
por la _Revista de los Tribunales_.--Madrid, 1897; un tomo en 8., 6
pesetas.

=Riquelme.=--Elementos de Derecho pblico internacional, con
explicacin de todas las reglas que, segn los tratados,
estipulaciones, leyes vigentes y costumbres, constituyen el Derecho
internacional espaol, Madrid, 1875; un tomo en 4., de 520 pginas, 6
pesetas.

=Snchez Ocaa.=--Reglamento de polica minera, anotado y concordado
con la vigente legislacin general de minas, y con las leyes y
reglamentos de Blgica, Francia, Italia y dems pases mineros de
Europa, etc., etc.--Madrid, 1897; un tomo en 4. mayor, 2,50 pesetas.

=Serrano de la Pedrosa.=--El Derecho del pataleo, la poltica.--Madrid,
1894; un tomo en 8., 2 pesetas.

=Villarrazo y Gonzlez.=--Memoria sobre algunas reformas necesarias en
la legislacin penal espaola.--Loja, 1895; 2 pesetas.


         Los precios marcados son  la rstica y para Madrid.





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Relaciones con la Libertad, by Concepcin Arenal

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Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
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Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

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