The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Accin: #7 Los
Contrastes de la Vida, by Po Baroja

This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever.  You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
www.gutenberg.org.  If you are not located in the United States, you'll have
to check the laws of the country where you are located before using this ebook.

Title: Memorias de un Hombre de Accin: #7 Los Contrastes de la Vida

Author: Po Baroja

Release Date: April 25, 2016 [EBook #51858]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ***




Produced by Carlos Coln, University of Toronto and the
Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
(This file was produced from images generously made
available by The Internet Archive)









  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




PIO BAROJA


MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

_El aprendiz de conspirador._

_El escuadrn del Brigante._

_Los caminos del mundo._

_Con la pluma y con el sable._

_Los recursos de la astucia._

_La ruta del aventurero._

_Los contrastes de la vida._

_La veleta de Gastizar._

_Los caudillos de 1830._

_La Isabelina._




OBRAS DE PIO BAROJA


    Vidas sombras.
    Idilios vascos.
    El tablado de Arlequn.
    Nuevo tablado de Arlequn.
    Juventud, egolatra.
    Idilios y fantasas.
    Las horas solitarias.
    Momentum Catastrophicum.
    La Caverna del Humorismo.
    Divagaciones sobre la Cultura.


LAS TRILOGAS


TIERRA VASCA

    La casa de Aizgorri.
    El Mayorazgo de Labraz.
    Zalacan, el aventurero.


LA VIDA FANTSTICA

    Camino de perfeccin.
    Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.
    Paradox, rey.


LA RAZA

    La dama errante.
    La ciudad de la niebla.
    El rbol de la ciencia.


LA LUCHA POR LA VIDA

    La busca.
    Mala hierba.
    Aurora roja.


EL PASADO

    La feria de los discretos.
    Los ltimos romnticos.
    Las tragedias grotescas.


LAS CIUDADES

    Csar o nada.
    El mundo es ans.


EL MAR

    Las inquietudes de Shanti Anda.


MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

    El aprendiz de conspirador.
    El escuadrn del Brigante.
    Los caminos del mundo.
    Con la pluma y con el sable.
    Los recursos de la astucia.
    La ruta del aventurero.
    La veleta de Gastizar.
    Los caudillos de 1830.
    La Isabelina.




                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

                      Los contrastes de la vida.




                             ES PROPIEDAD
                          DERECHOS RESERVADOS
                         PARA TODOS LOS PASES

                             COPYRIGHT BY
                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                 1920


    Establecimiento tipogrfico
    de Rafael Caro Raggio.




                              PIO BAROJA


                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

                            LOS CONTRASTES
                              DE LA VIDA


                             [Ilustracin]


                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                EDITOR
                            MENDIZBAL, 34
                                MADRID




                        EL CAPITN MALA SOMBRA




                                   I

                      OTRA HISTORIA DE AVIRANETA


UN da de fiesta por la tarde estaba en mi casa de la cuesta de Santo
Domingo leyendo. Mi mujer haba salido con una amiga suya a pasear en
coche por la Moncloa, y yo pensaba dedicarme a la lectura de Balzac,
autor que siempre me ha divertido mucho y a quien debo momentos
agradabilsimos. Haba dado la orden categrica a Bautista, mi ayuda
de cmara, de que no estaba para nadie, y me encontraba muy a gusto al
lado de la estufa cuando o que llamaban a la puerta. Escuch pensando
quin podra ser el inoportuno visitante. No esperaba a nadie. Supuse
que Bautista cumplira mis rdenes, pero not que el recin llegado
avanzaba por el corredor.

Al levantarse la cortina de mi despacho mir a Bautista furibundamente,
y ste, antes de que le reprochara nada, me dijo:

--Es don Eugenio.

--Ah!, que pase en seguida.

Haca ya tiempo que no vea a mi viejo amigo Aviraneta. Esto pasaba
meses despus de la revolucin del 54. Don Eugenio por aquella poca,
como yo y otros amigos particulares de Mara Cristina, habamos tenido
que escondernos huyendo de la quema hasta que se restableci la
normalidad. Aviraneta volva de San Sebastin. Estaba, segn me dijo,
dispuesto a no intervenir ya en la poltica.

Entr don Eugenio en mi despacho; nos abrazamos efusivamente y se sent
en una butaca que le ofrec.

Me pregunt por mi mujer y por todos los amigos comunes de la corte;
dijo que haba pasado la maana con Istriz, que, incomodado por la
marcha de los acontecimientos, ya no quera salir a la calle, ni hablar
con nadie. Don Eugenio pensaba dedicarme la tarde. Me cont que iba a
tomar una casita en la calle del Barco y a vivir all en la obscuridad,
como un buen militar retirado, con su Josefina. Despus de charlar
largo rato mir y remir el libro que tena yo sobre la mesita al lado
de la poltrona.

--Qu ests leyendo?--me pregunt.

--Estoy leyendo a Balzac. Ahora voy en los _Secretos de la Princesa de
Cadignan_.

--Carignan--corrigi Aviraneta.

--No, Cadignan.

--El ttulo verdadero de los prncipes es Carignan.

--S; pero aqu no se trata del ttulo verdadero. Esta princesa de que
se habla en la novela no es un personaje histrico. Yo no s si hay en
la realidad una familia de Carignan.

--La hay.

--Bien; pero este libro no se refiere a ella.

--S; quiz sea una modificacin novelesca.

--Y por qu le ha chocado a usted esto? Ha conocido usted algn
Carignan?

--No; pero este ttulo me recuerda una historia ya lejana... de 1823.

--Una historia? A contarla, don Eugenio. Ya sabe usted que soy su
historiador. No cedo mi plaza a nadie.

--Te he contado alguna vez la historia del capitn Mala Sombra?

--No.

--Me he acordado de ella porque tiene alguna relacin lejana con un
prncipe de Carignan. Ya que t no tienes nada que hacer y yo tampoco,
y nuestras mujeres respectivas estn de paseo, di a tu criado que me
traiga una copa de coac _Fine Champagne_ del excelente que guardas, y
un tabaco de La Habana, y charlaremos.

Llam a Bautista, bebimos nuestras copas, encendimos los habanos y nos
arrellanamos en nuestros sillones.




                                  II.

                        MORILLO Y EL EMPECINADO


YA te he contado, mi querido Pello--comenz diciendo Aviraneta--, cmo
a final de abril de 1823 llegu yo a Valladolid en compaa de mis
amigos el Lobo y Diamante.

Al reunirme con el Empecinado hice por orden suya un llamamiento a
los patriotas de Castilla la Vieja y a la Milicia nacional. Fueron
acudiendo en grupos, y uno a uno, los milicianos de Valladolid, los de
los pueblos de los alrededores y los de Toro, Medina, etc. Se comenz a
organizarlos y armarlos de la mejor manera posible.

Nos encontrbamos dedicados a este trabajo, cuando lleg a la ciudad
del Pisuerga don Pablo Morillo, conde de Cartagena, nombrado das
antes, por el Gobierno, general en jefe del ejrcito de Galicia.

Traa Morillo unos mil hombres, con una oficialidad numerosa y un
brillante Estado Mayor.

Como entonces y como ahora todo el mundo se crea en Espaa con derecho
a mandar y a tener iniciativas, la Asamblea de los Comuneros de
Valladolid, Torre o Fortaleza, como se deca entre ellos en su jerga,
llam al Empecinado, que era de los suyos, y le confiri la misin de
que se avistara con Morillo y le hablara para inclinarle el nimo a que
no abandonase la ciudad marchndose a Galicia.

Naturalmente, hubiera sido de mayor conveniencia para nosotros los
liberales, en peligro ante la invasin francesa, renir las tropas
en un punto que no desperdigarlas, pero no todos pensaban lo mismo.
Haba muchos polticos y militares que tenan inters en que la guerra
se acabara cuanto antes con la derrota de las fuerzas del Gobierno
Constitucional. Al Empecinado no le hizo mucha gracia el encargo de la
confederacin de Comuneros; pero como Gran Castellano de esta Sociedad
(as se llamaban los jefes de ella), no tuvo ms remedio que aceptar la
comisin.

Don Juan Martn se dispuso a cumplir el encargo y a visitar al conde de
Cartagena, llevndome a m de asesor. Hablamos los dos de esta misin
considerndola como de un xito muy problemtico.

Salimos del alojamiento del Empecinado una tarde, despus de comer, y
nos dirigimos a la Capitana general.

Yo iba de uniforme; don Juan, de paisano, con una capa parda que le
llegaba hasta los talones y un sombrero redondo envuelto en una funda
de hule.

Llegamos a la Capitana, entramos en el portal y nos detuvo el
centinela. Asomse un teniente de guardia y yo le dije:

--El general Empecinado y su ayudante, que vienen a visitar al seor
conde de Cartagena.

El oficial nos hizo el saludo militar, y don Juan Martn y yo subimos
hasta el primer piso. Nos anunciamos y nos hicieron pasar a un saln.

Morillo, acostumbrado al fausto de los virreyes de Amrica, lo llevaba
con l, all por donde iba.

Estaba el general sentado en un trono, vestido de uniforme; llevaba
bordados por todas partes y pareca un dolo de oro. Sus ojos, negros
como cuentas de azabache, brillaban en su cara de carrillos abultados;
su gruesa cabeza entrecana se ergua con orgullo, y sus manos, tostadas
por el sol, aparecan por entre los encajes de las mangas y se apoyaban
en los brazos del silln.

Alrededor del general, formando un semicrculo, se agrupaba su Estado
Mayor, una veintena de oficiales peripuestos y elegantsimos, con los
uniformes llenos de galones y los tricornios de plumas.

Al entrar nosotros en la sala hubo un gran movimiento de curiosidad.

--Este es el Empecinado--dijo alguno.

--Si es verdad, qu tipo!

--Qu tosco!--exclam uno de los oficiales.

--Parece un gan--dijo otro.

Morillo, al vernos, se levant de su sitial y estrech la mano a don
Juan.

--Cmo ests, Martn?--pregunt.

--Bien; y t, Morillo?

--Bien.

Morillo habl a su ayudante y le orden que despidiera a todo el mundo
y se quedara slo l.

Los oficiales se inclinaron ante el capitn general y salieron.

Morillo, sealando una silla, dijo al Empecinado:

--Sintate.

--No, estoy bien.

--Bueno, me sentar yo. Habla. Qu quieres?

--Morillo--dijo el Empecinado, con la nobleza natural que le
caracterizaba, haciendo largas pausas en su discurso--. Somos los dos
espaoles, y espaoles del pueblo...

--Cierto.

--Somos constitucionales y amamos la libertad... Hoy, Morillo, estamos
amenazados de una invasin de los franceses, que quieren restablecer
el rey absoluto... Nosotros, que combatimos en la guerra de la
Independencia a esos mismos franceses... podemos de nuevo levantar
la bandera de la libertad en esta tierra..., sublevando los pueblos
y organizando batallones y escuadrones... Castilla espera todo de
ti, general; tambin espera mucho de m... Porque yo, aunque no poseo
conocimientos, tengo un corazn que arde... y sabr dar toda mi sangre
por la patria.

--Lo s--dijo Morillo.

--Pues bien, Morillo, los patriotas de Valladolid me han comisionado...
para que me vea contigo y te ruegue que te quedes entre nosotros y no
vayas a Galicia... El dividir tanto las fuerzas ante el enemigo es
peligroso... Los patriotas de esta ciudad han pensado formar una Junta
para ponerte al frente del movimiento... declarando guerra a muerte a
los franceses y a los nuevos afrancesados... Si aceptas, si encuentras
bien la idea, te proclamarn general en jefe y presidente de la Junta;
yo ser tu segundo y mandar la caballera. Es la proposicin que te
hago en nombre de los liberales de Valladolid. Ahora... el pueblo de
Castilla espera tu respuesta.

Morillo estuvo un instante con la gruesa cabeza apoyada en la mano
derecha; despus, levantndose e irguindose rgido, grit con voz
clara y metlica:

--Empecinado, si fueras otro, inmediatamente te mandara fusilar.

--Estoy en tus manos.

--Eres y sers un hombre de corazn, valiente, esforzado, pero cndido
y terco. No comprendes que las circunstancias de hoy son diferentes
a las de la guerra de la Independencia? Qu espaol estaba entonces
contra nosotros? Nadie. Hoy lo estn todos los realistas, que son ms,
mucho ms de la mitad de la nacin. Vas a declarar la guerra a muerte
y sin cuartel? Locura. Quin te seguir?

--El pueblo.

--Qu ilusin! Tendras que hacer la guerra a Espaa entera. Estis
empeados en creer que todo se puede arreglar con la Constitucin de
Cdiz. Tus consejeros te engaan, Empecinado.

Morillo, al decir esto, me mir a m con aire desdeoso.

--Creo que no--contest don Juan Martn.

--Est bien. No discutamos--sigui diciendo el general, con voz
imperiosa--. Yo, como militar, no tengo ms obligacin que la de
defender al rey nuestro seor. Cumpliendo sus rdenes, refrendadas por
su firma, maana saldr para Galicia con el general Wall, que est
presente. Yo no puedo aceptar la presidencia de una Junta facciosa,
ni el mando de un ejrcito popular, ni mucho menos el declararme en
rebelda contra la sagrada persona de Fernando VII, que Dios guarde.

--Est bien--dijo el Empecinado--; vamos, Eugenio.

Don Juan Martn se arregl la capa con un movimiento suyo de labriego,
que me haca pensar en el alcalde de Zalamea, y, sin saludar a Morillo,
salimos los dos de la sala, dejando al general en su silln, brillante
de galones, como un dolo de oro.

Bajamos las escaleras y salimos a la calle.

--Este es otro O'Donnell; otro Montijo--exclam don Juan Martn--. Se
apoyan en el pueblo mientras les conviene, entonces no piensan en la
sagrada persona del monarca. Canallas!

--Con estos generales la causa de la Constitucin est perdida--dije yo.

--No, todava no. Nosotros lucharemos con toda nuestra alma. No hemos
de dejar que se pierda la libertad que tantos esfuerzos nos ha costado
conseguir. No. Por Dios, que no!

Volvimos a casa.

Al da siguiente, el general don Pablo Morillo, conde de Cartagena,
sala de Valladolid, por la maana, en direccin de Galicia. Toda la
tropa que haba en la ciudad se llev consigo. Entre ellas, un batalln
de nacionales de las Provincias Vascongadas, comprometido a venir con
nosotros, y la escolta que el Empecinado haba sacado de la Corte.

Algunos masones y comuneros intentaron influir la noche anterior de
la salida con los oficiales de Morillo para que no le siguieran, pero
no obtuvieron el menor resultado, porque casi toda la oficialidad del
conde de Cartagena estaba formada por absolutistas.




                                 III.

                              EL CHIQUET


SEGUIMOS el Empecinado y yo en nuestros trabajos de reorganizacin de
la Milicia nacional de Valladolid y de los pueblos de la provincia.

Tena yo por entonces una novia que viva en la acera de San Francisco,
hija de un comerciante en telas, y mi asistente cortejaba a la
criada. Solamos ir de noche y nadie nos molestaba al pelar la pava,
porque estaba prohibido a los paisanos salir de noche sin farol, y
los militares se hallaban acuartelados. Mi asistente era un muchacho
cataln de una gran actividad y de una gran energa; le llambamos de
apodo el Chiquet y solamos celebrar su manera de hablar enrevesada y
su acento cerrado.

Despus de 1823 lo perd de vista, y lo volv a encontrar en
Barcelona, al cabo de quince aos, en el batalln de la Blusa, que
estaba formado por liberales radicales.

Al Chiquet le habamos capturado el Empecinado y yo en el Burgo de Osma
en la campaa que hicimos contra Bessieres, cuando bamos de vanguardia
con el conde de la Bisbal, porque el Chiquet haba militado en las
filas realistas.

Un da, al acercarnos al Burgo de Osma, don Juan Martn mand al
comandante de sus fuerzas de caballera, que era el coronel Hore,
hiciese alto y dejara descansar a la tropa y a los caballos un momento
y siguiese despus al paso. Don Juan, sin ms compaa que la ma y la
de cuatro soldados, quiso entrar en el pueblo de una manera sigilosa,
con el objeto de inspeccionarlo.

Avanzamos los seis al trote y llegamos a tiro de fusil de la ciudad.
Pusimos los caballos al paso. Estaba la noche obscura, lluviosa y fra.
Ibamos marchando sin meter ruido cuando el Empecinado advirti una luz
en una casa del arrabal.

--Chico--me dijo--, qu te apuestas a que en aquella casa hay
facciosos?

--Es posible--repliqu yo.

--Echad todos pie a tierra--mand l--, atad los caballos a estos
rboles y adelante. Vamos a ver qu nos espera ah.

Nos apeamos y atamos los caballos. Cogieron los soldados sus carabinas
y echamos a andar. Cruzando unas huertas entramos en una callejuela. No
se vea un alma por aquellos andurriales; la lluvia caa mansamente; se
oa el silbido del viento y el ladrido lejano de algn perro. Seguimos
tras de la luz, que era nuestro faro, y llegamos a la casa iluminada;
era sta grande, vieja, con entramado de madera. La puerta estaba
cerrada. El Empecinado toc con suavidad el llamador y esper.

Baj una vieja haraposa con un candil encendido en la mano y abri la
puerta. El Empecinado la impuso silencio y le dijo en voz baja que le
llevara al primer piso.

--Quines estn?--pregunt luego.

--Hay treinta catalanes que han venido con el general Bessieres y que
estn cenando.

--Bueno, vamos arriba.

El Empecinado cogi el candil de la mano de la vieja, que estaba
temblando de miedo, y comenz a subir la escalera alumbrndose con l.
Los cuatro soldados y yo marchamos detrs. Don Juan iba embozado en
su capa. Al llegar a la puerta de la cocina, grande, negra, iluminada
por un veln y por las llamas del hogar, vimos a treinta hombres que
estaban alrededor de la mesa.

El Empecinado se desemboz mostrando su uniforme, y dijo:

--Aqu tenim al general Empecinado que ve a sopar am vosaltres. Tots
soms espanyols; y vosotros--aadi en castellano dirigindose a los
soldados y a m--sentaos. Estamos entre amigos.

El Empecinado se sent, llen una escudilla de arroz y se hizo servir
por la moza un vaso de vino.

Los catalanes estaban atnitos. Al cabo de algn tiempo, el Empecinado,
levantando el vaso, exclam:

--Catalans, per la salut de nostre rey y per la felicitat de Espaa!

Entonces el sargento que mandaba el grupo de realistas llen su vaso y
respondi en castellano:

--Por la salud del que desde hoy en adelante ser nuestro general.
Viva el Empecinado!

--Viva!--gritaron los dems.

Nos dimos la mano todos en seal de fraternidad y se acord que los
catalanes se incorporaran a nuestra fuerza.

Su asombro fu grande cuando vieron que nicamente los seis habamos
entrado en la casa, y que en la calle no haba retn ni guardia alguna.

--Es un valiente--se les oa decir a unos y a otros.

El sargento pregunt a don Juan Martn cmo saba el cataln, y el
Empecinado dijo que lo saba desde la poca de la guerra del Roselln,
en donde haba sido soldado de caballera y ordenanza del general
Ricardos.

Casi todos estos catalanes que capturamos en el Burgo de Osma haban
sido sacados de sus casas por Jorge Bessieres en su expedicin contra
Madrid. Despus algunos cambiaron de Cuerpo, y slo tres o cuatro
quedaron en la caballera del Empecinado, entre ellos el Chiquet, a
quien yo tom de ordenanza.

El Chiquet tena un gran espritu de empresa, era muchacho gil, listo
y atrevido. Lo nico que no pudo aprender jams, por ms esfuerzos
que hizo, fu hablar bien el castellano. El Chiquet haba sido amigo
y compaero de Bessieres y haba trabajado con l en una fbrica de
tejidos en Ripoll. El Chiquet conoca la vida de Bessieres desde que
ste haba sido criado del general Duhesme hasta que se present a
la regencia de Urgel. Senta por el cabecilla realista y antiguo
revolucionario una gran admiracin mezclada con un gran desprecio.

Nos contaba cmo sola ir Bessieres lleno de bordados, cmo sola
adornarse con la primera banda de color que encontraba o que robaba en
cualquier parte, muchas veces en las iglesias, y que luego deca que
era una distincin que le haba otorgado el rey tal o la princesa cul.
El Chiquet nos cont la ceremonia que se haba verificado en la iglesia
de Mequinenza bendiciendo y besando una bandera realista, que era una
colcha de damasco, que haban robado entre Bessieres, Portas y l en
una casa de Fraga.

Bessieres, al parecer, era un reclamista formidable. El mismo haca
correr la voz de que era masn y de que era jesuta, para hacerse el
interesante.

El Chiquet, cuando entr en nuestras filas, se hizo amigo ntimo de un
sargento de lanceros que le llamaban Juan de Dios. Este Juan de Dios,
por lo que decan, era expsito. Juan de Dios y el Chiquet eran rivales
en lances de amor y de fortuna. Haban hecho los dos una porcin de
calaveradas, que les haban dado gran fama entre nuestros soldados.




                                  IV.

                          EN EL AYUNTAMIENTO


CON la marcha de las tropas del conde de Cartagena la ciudad de
Valladolid qued desguarnecida y abandonada a su suerte; los liberales
apocados comenzaron a esconderse y a hur, y los absolutistas, viendo
la posibilidad de apoderarse del Ayuntamiento, comenzaron a renirse
para conspirar. Enviamos nosotros avisos desesperados a los nacionales
de Toro, Rueda, Medina y otros pueblos de la regin, y a los de
la Ribera del Duero, para que lo antes posible se concentraran en
Valladolid, y pudimos juntar de nuevo una fuerza de mil infantes y
de quinientos caballos. Todos los milicianos de los pueblos y los de
la capital estaban armados, menos algunos a los que proporcionamos
fusiles, sacndolos de los parques.

Lleg en esto la noticia de que los franceses, al entrar en Espaa,
eran recibidos con los brazos abiertos por el pueblo, y esta mala nueva
exalt el nimo de los paisanos contra nosotros. Al mismo tiempo se
supo que el cura Merino, con una columna de cinco mil hombres alistada
en sus guaridas de la sierra de Burgos, haba entrado en Palencia. Fu
necesario abandonar Valladolid. No podamos defender una ciudad de
radio tan extenso con la poca fuerza con que contbamos.

Se di la orden a la Milicia nacional para que se preparara y formara
con todo el equipo y en traje de marcha en el Campo Grande.

El jefe poltico vendra con nosotros, e invit a las autoridades que
quisieran seguir la suerte de la columna a que se dispusieran para el
viaje.

Los concejales del Ayuntamiento constitucional estaban reunidos en
sesin permanente en las Casas Consistoriales, y el Empecinado quiso
despedirse de ellos.

Marchamos l y yo a caballo, de uniforme, escoltados por un piquete de
lanceros.

Nos apeamos a la entrada del Ayuntamiento y subimos al saln de
sesiones. Al vernos los concejales rodearon al Empecinado. Estaba el
general hablando con gran animacin con unos y con otros cuando un
portero del Ayuntamiento, a quien conoca de la logia masnica, me
llam y me dijo en voz baja:

--Don Eugenio, venga usted.

Le segu y salimos fuera del saln.

--El Empecinado y usted estn en este momento en un gran peligro--me
dijo.

--Pues, qu pasa?

--Ahora mismo aqu se est fraguando una conjuracin realista que va
a estallar. En este instante, en una sala del piso bajo, se hallan
reunidos ms de cien absolutistas de influencia, con objeto de
constitur un Ayuntamiento para reemplazar al constitucional.

--Diablo! Y es gente de armas tomar?

--Estn armados hasta los dientes; algunos han propuesto a la Junta
matar al Empecinado, proposicin que se ha rechazado gracias a las
exhortaciones de un cura viejo que se halla entre los conspiradores.

Al escuchar la confidencia del portero entr rpidamente en el saln de
sesiones; me acerqu al Empecinado, le agarr de la manga, le arrastr
a un rincn y le expliqu lo que pasaba.

--Seores, tengo que salir un momento, vuelvo en seguida--dijo don Juan
Martn a los concejales.

Salimos corriendo del saln de sesiones, desenvainamos los sables,
bajamos las escaleras a saltos y llegamos al zagun. En aquel mismo
momento se oy una gran gritera en el edificio; un hombre intentaba
cerrar la puerta; pero al ver que el Empecinado y yo nos echbamos
sobre l con los sables en alto, la abri y nos dej pasar.

Los realistas se hacan dueos del edificio, se oan gritos y tiros en
el interior del Ayuntamiento.

El Empecinado y yo montamos a caballo, y al galope, por la calle de
Santiago, llegamos al Campo Grande. Reunimos a los oficiales y se di
la orden de salir inmediatamente camino de Tordesillas.

No habramos dado cien pasos fuera de las puertas de la ciudad cuando
comenzaron a tocar las campanas de las iglesias a vuelo. Sin duda
se celebraba el triunfo de los realistas y la aproximacin del cura
Merino, que haba dejado Palencia y estaba a una jornada de Valladolid.

Llegamos a Tordesillas, nos alojamos de mala manera, y al da siguiente
nos dirigimos camino de Salamanca.

La Milicia nacional de esta ciudad, mandada por el catedrtico Barrio
Ayuso, se uni a nuestra columna, y reunidos todos llegamos a la plaza
de Ciudad Rodrigo, que era el punto donde habamos pensado establecer
el cuartel general.

Yo, con otros oficiales, me encargu de organizar las fuerzas. Se nos
incorporaron bastantes soldados del ejrcito regular. Se ocuparon los
dos cuarteles de infantera y el de caballera del pueblo, y el resto
de la fuerza tuvo que alojarse en las casas y en las iglesias.

La infantera qued al mando del coronel Dmaso Martn, hermano del
Empecinado, y de un guerrillero de la poca de la Independencia
apellidado Maricuela.

La columna de caballera, mandada por el propio don Juan Martn, se
compona de ochocientos caballos. La vanguardia de esta fuerza se
hallaba formada por cien lanceros que haban servido en la guerra de
la Independencia a las rdenes de don Julin Snchez, y por cincuenta
soldados del regimiento de Farnesio, mandados por el capitn Lagunero.

Los dems jinetes eran nacionales de caballera de Valladolid, Toro,
Medina y otros pueblos.

Comenzaron a preparar la defensa de la plaza.

Ciudad Rodrigo no era una ciudad fcil de ser defendida. La antigua
Mirbriga est dominada por el teso de San Francisco, por donde tuvo
siempre sus acometidas en los sitios. En aquella poca sus murallas
estaban arruinadas y llenas de brechas.

Estas brechas eran del tiempo del sitio que sufri don Andrs Prez
de Herrasti en la guerra de la Independencia, el cual pudo resistir
durante setenta y seis das en una plaza desmantelada, y sin auxilio de
los ingleses, contra los numerosos ejrcitos de Massena y de Ney.

Preparamos tambin la defensa del Agueda. El Agueda es un ro bastante
caudaloso que pasa lamiendo las murallas de la vieja Mirbriga y que
recorre la vega de Ciudad Rodrigo, y antes de llegar a Barba del
Puerco recibe algunos pequeos arroyos, entre ellos el Azaba, que baja
de un cerro prximo a Fuente Guinaldo y es un obstculo para el paso
del camino de Ciudad Rodrigo al fuerte de la Concepcin y a Almeida.

En los primeros das de estancia all, el Empecinado y yo salamos
constantemente al campo. El Empecinado estaba alojado en una casa de
la plaza del Consistorio, y yo por aquellos das viva cerca de l con
la familia de un paero, de quien me hice gran amigo. Despus tuve que
establecerme en una finca extramuros de la ciudad.

Ya instalados, la primera expedicin que se intent desde Ciudad
Rodrigo fu una sorpresa contra Zamora, ocupada por escasas fuerzas
realistas. Se encarg de ella un viejo coronel apellidado Ruiz, pero la
comenz con tan poco tacto, que no hubo ms remedio que desistir de la
aventura.




                                  V.

                             LOS VAQUEROS


EN vista del fracaso sufrido en nuestra intentona contra Zamora, se
pens en avanzar hasta Alba de Tormes. La expedicin la hicimos con
cuatro escuadrones y varias compaas de infantera. Iban de vanguardia
los lanceros de don Julin Snchez; tras ellos, los soldados de
Farnesio, mandados por el capitn Lagunero; despus, los nacionales de
la orilla del Duero, que tenan por jefe a Hermgenes Martn, sobrino
del Empecinado, y, por ltimo, los infantes, acaudillados por don
Dmaso y el coronel Maricuela.

El pelotn de lanceros de don Julin Snchez estaba compuesto por
capitanes, oficiales y sargentos de la guerra de la Independencia; la
mayor parte, soldados viejos, aguerridos y prcticos en el manejo de
la lanza.

Casi todos estos jinetes haban sido vaqueros antes que militares, y
eran tan expertos y diestros caballistas como valientes soldados.

Mandaba el pelotn un capitn apellidado Porras, que era conocido por
el mote del Capitn Mala Sombra.

El Capitn Mala Sombra estaba secundado por el teniente Gotor y por el
sargento Juan de Dios, el amigo del Chiquet, tipo popular, atrevido,
alegre y lleno de iniciativas.

El pelotn de Mala Sombra, con el teniente Gotor y el sargento Juan de
Dios, haba servido de vanguardia exploradora durante mucho tiempo al
ejrcito ingls en la guerra de la Independencia. Era esta guerrilla de
un valor inapreciable; en aquel pelotn todos se esforzaban no slo en
cumplir su deber, sino en superarse a s mismos.

En la excursin que hicimos a Alba de Tormes tuve que verme varias
veces con el Capitn Mala Sombra.

Era Mala Sombra un hombre alto, de unos treinta y cinco a cuarenta
aos, fuerte, serio, moreno, melanclico, con el rostro correcto y
grave. Se deca que era persona de mala suerte en amores y en negocios;
de aqu le vena el apodo; otros afirmaban que su mote proceda de que
a cada paso sola decir:

--Tengo muy mala sombra.

En las empresas guerreras no advert yo que fuera desgraciado.

Hicimos en Alba de Tormes y en sus alrededores una gran requisa de
ganado y de grano, que cargamos en varias carretas.

Estbamos acampados en las eras de esta villa cuando uno de nuestros
confidentes vino con la noticia de que el enemigo, en nmero
considerable, avanzaba con la intencin de cortarnos la retirada y
apoderarse de nuestro botn. Dispusimos al momento el paso de todo
el ganado vacuno, rebaos y acmilas, al otro lado del Tormes; se
arrastraron los carros y se colocaron dentro de un soto que haba a
poca distancia del puente.

Se vacil en defender la villa o en abandonarla. Alba de Tormes, a
pesar de estar en un llano, tiene buenas condiciones para la defensa.
El 28 de noviembre de 1809 el general don Gabriel de Mendizbal supo
resistir all a la terrible caballera de Kellerman, y, ms tarde, don
Jos Miranda Cabezn defendi el pueblo y el castillo durante largo
tiempo.

Despus de varias deliberaciones se decidi, en caso de ser atacados,
fortificar el puente del Tormes, y se dej en la villa al Capitn Mala
Sombra con sus vaqueros y a Lagunero con los soldados de Farnesio, que
quedaran vigilando los alrededores y patrullando por las avenidas.

Nos encontrbamos en esta situacin, cuando el Empecinado cay enfermo
con un ataque que al principio nos pareci de parlisis. Haba quedado
don Juan Martn rgido, fro y sin habla; al moverle deba de sufrir
grandes dolores, porque lanzaba quejidos inarticulados.

Como no tenamos mdico, ni aun siquiera cirujano, decidimos trasladar
al general a otro pueblo.

No poda sostenerse en el caballo, porque se caa a un lado y a otro.
En vista de esto, buscamos una escalera ancha y corta, que colocamos
entre dos mulas, a manera de litera, y sobre unos costales de paja
pusimos al general y fuimos a paso de andadura camino de la villa de
Tamames. Escoltando la litera bamos el Chiquet y yo, con un piquete de
quince soldados de a caballo.




                                  VI.

                        EL CAPITN MALA SOMBRA


LLEGAMOS a Tamames; fuimos a casa del alcalde, que era liberal;
acostamos a don Juan Martn, le dimos una pinta de vino con azcar y le
abrigamos con tres mantas.

Me qued yo en el cuarto velndole. Pas all unas doce horas. Estaba
dormitando en el cuarto cuando el enfermo levant una de las manos en
el aire y comenz a murmurar.

--Aviraneta--me dijo con voz dbil.

--Qu hay? Vas mejor?

--S, ya se me van suavizando los dolores. Necesito que vuelvas a Alba
de Tormes.

--Como quieras.

--Vete, y diles a mi hermano Dmaso y al coronel Maricuela que, si
se empea alguna accin con el enemigo, que la mande el Capitn Mala
Sombra.

--Est bien.

--Que le obedezcan como a m.

--Bueno; se lo dir.

--Vete en seguida.

Sal del cuarto, llam al Chiquet y le dije que preparara los caballos,
porque tenamos que volver. Los prepar, montamos y nos dirigimos al
galope en direccin de Alba de Tormes.

Era media noche; el cielo estaba claro y estrellado. Al llegar al soto
inmediato al camino real nos dieron el alto. La infantera nuestra y
parte de la caballera estaba acampada all. El centinela llam a la
guardia y yo fu con ella a un cobertizo en donde estaban alojados don
Dmaso Martn y el coronel Maricuela. Les despert, les dije la orden
que me haba dado el general y se avinieron a obedecer a Mala Sombra.

Hecha esta comisin, fu a buscar al jefe de los vaqueros en su
alojamiento de Alba de Tormes.

Al llegar al puente nos detuvo una patrulla mandada por el sargento
Juan de Dios.

--Hola, Juan--dijo el Chiquet.

--Hola, Chiquet, eres t?

--S, soy yo, que viene con el teniente Aviraneta.

--Venimos en busca del Capitn Mala Sombra--dije yo--. Estar?

--S, ah ha quedado escribiendo tonteras--contest Juan de Dios.

--Pues?

--Parece mentira que los hombres sean tan estpidos.

--Por qu dice usted eso?--le pregunt.

--Ah lo tiene usted a ese hombre, ms serio, ms bueno y ms formal
que nadie, escribiendo tonteras a una seoritilla de Ciudad Rodrigo,
que no le hace caso y se burla de l.

--Tengo que verle de orden del general.

--Vamos.

Pusimos nuestros caballos al trote, y en un instante llegamos delante
de una casa; me ape, empuj la puerta y entr dentro. Sub una
escalera estrecha y apolillada y llam en un cuarto. Antes de que
contestaran tardaron algn tiempo. El sargento Juan de Dios se haba
quedado hablando con el Chiquet en la calle y les oa charlar.

Al cabo de unos minutos se abri la puerta del cuarto y apareci Mala
Sombra con un candil en la mano.

--Adelante--me dijo--, qu le trae a usted a esta hora?

--Vengo con un encargo del general Empecinado.

--Estoy a sus rdenes--contest--; sintese usted.

Acerqu una silla a la mesa y me sent. Vi que sobre ella haba
papeles escritos, llenos de tachaduras, con renglones pequeos que me
parecieron versos.

Mala Sombra recogi, lo ms disimuladamente que pudo, sus papeles y los
guard en el cajn de la mesa.

--Como sabe usted--le dije--, don Juan Martn ha cado enfermo y ha
sido trasladado a la villa de Tamames. Hoy, que ha podido empezar a
hablar, me ha expresado el deseo de que en su ausencia se ponga usted
al frente de todas nuestras fuerzas.

--Y don Dmaso Martn y el coronel Maricuela?

--Estn conformes en ponerse a sus rdenes mientras duren estas
circunstancias.

--Ah, bueno; si es as no tengo nada que decir! Quin ha de tomar la
iniciativa en el mando?

--Usted. El general quiere que intente usted batir al enemigo. Usted
conoce el terreno palmo a palmo.

--S, es verdad.

--Puede usted tomar sus iniciativas desde ahora mismo.

--Est bien, voy a decir que busquen al sargento Juan de Dios. Es mi
brazo derecho.

--Debe estar en la calle hablando con mi asistente.

El Capitn Mala Sombra sali a la ventana y grit:

--Eh, subid!

Al poco rato entraron en el cuarto Juan de Dios y el Chiquet. Sacamos
un mapa de la provincia y discutimos la situacin. Decidimos enviar dos
confidentes al campo enemigo, para que averiguasen sus intenciones.
Juan de Dios los trajo a la media hora. Uno de los confidentes era un
tratante de ganado, grueso, fornido y picado de viruelas; el otro, un
cosario de un pueblo de alrededor. Les dimos instrucciones fijas y
precisas, y, como punto de cita para su vuelta, sealamos el soto que
estaba prximo al ro.

--Ahora, mientrastanto, preparemos una emboscada--dijo Mala Sombra--.
Es el fuerte de nosotros los guerrilleros.

Salimos los cuatro del cuarto, bajamos la escalera, montamos a caballo
y, atravesando el pueblo, llegamos al puente sobre el Tormes.

--Juan de Dios--indic el capitn--, haz que los paisanos traigan una
docena de carros y los pones interceptando el puente, atndolos unos a
otros con vigas y sujetndolos con piedras.

--Bien, mi capitn.

--Despus pondrs a veinticinco pasos del puente, sobre este cerrillo,
cinco hombres con sus carabinas que hagan fuego sobre los realistas si
se presentan. T, con cincuenta lanceros, estars a doscientos pasos de
la barricada del puente. De media en media hora me irs dando aviso
de lo que ocurra. Yo estar en el soto con las dems fuerzas. Ests
enterado?

--Perfectamente, mi capitn.

Dejamos a Juan de Dios y salimos Mala Sombra, el Chiquet y yo hacia el
soto, al galope, y encontramos alerta a la gente.

El capitn mand que la columna de milicianos avanzase por el soto en
direccin contraria de Alba de Tormes, hasta dar vista a un extenso
pramo. All mand hacer alto y echar pie a tierra, mantenindose
siempre en formacin. La caballera de Farnesio, con los lanceros de
Valladolid, quedaron a un lado, y los vaqueros, con el teniente Gotor y
las partidas de la ribera del Duero, al otro.

En la salida del sotillo hacia el pramo, cerca del camino real de
Alba, dej Mala Sombra al coronel Maricuela con trescientos hombres
armados con carabinas, para que estuviesen en observacin de las
avenidas del pueblo.

--Probablemente--dijo Mala Sombra a Maricuela--, dentro de un par de
horas pasarn por delante de usted los realistas. Cuando lo hayan
hecho, usted se correr con sus fuerzas hasta cerrar el paso del soto.

--Est bien.

Luego de arreglado este punto, nos encaminamos Mala Sombra, el Chiquet
y yo hacia las riberas del Tormes y nos emboscamos en el lindero del
sotillo. Eran las tres de la maana. No haba amanecido an, todo
estaba en el mayor silencio.

El Chiquet, por orden nuestra, fu a ver al sargento Juan de Dios y
volvi poco despus con uno de nuestros confidentes: el tratante de
ganado. Este hombre nos dijo que venan seiscientos jinetes realistas
con buenos caballos en direccin a Alba de Tormes. Haban salido de su
campamento por la noche. Despachamos al tratante y le pagamos.

Una hora despus, un poco antes de amanecer, lleg el otro confidente:
el cosario. Nos confirm las noticias anteriores, y asegur que el
enemigo estaba percatado de los movimientos de nuestra columna y de la
gran requisa de granos y de reses que habamos hecho para abastecer
la plaza de Ciudad Rodrigo. Con el objeto de apoderarse de nuestro
botn, el general don Enrique O'Donnell haba destacado dos columnas
para interceptar nuestro paso camino de Zamora; pero, al llegar a las
inmediaciones de esta ciudad, haba sabido el jefe realista que, a
favor de una marcha forzada, nos dirigamos a pasar el Tormes por Alba.

El cosario aadi que una de las columnas, compuesta de mil infantes y
ciento cincuenta caballos, deba de llegar a Alba en la tarde del da
que estaba amaneciendo. Esta columna vena de Salamanca.

Pagamos a nuestro hombre y quedamos en observacin. Acababan de dar
las cuatro cuando omos las cornetas de la caballera de los realistas,
y, poco despus, comenzaron a voltear las campanas del pueblo en seal
de regocijo.

Mala Sombra y yo nos acercamos a Juan de Dios, y el capitn le dijo al
sargento:

--Aqu te quedas con tus lanceros. Si el enemigo pasa el puente y te
ataca, te batirs en guerrilla retirndote hacia el soto, y luego
echaris a correr en fuga como a la desbandada por el pramo adelante.
Cuando hayan entrado todos en el pramo, los envolveremos.

Tras de dar sus instrucciones, el capitn y yo atravesamos el soto y
nos unimos con las fuerzas del teniente Gotor.

Un poco antes del amanecer, una avanzada realista se acerc al puente
sobre el Tormes, y la guardia de los cinco hombres que estaba en el
repecho hizo fuego graneado sobre ella. Se retiraron los soldados, pero
al poco rato apareci una compaa seguida de un grupo numeroso de
paisanos. Entre unos y otros desembarazaron el puente y pasaron a la
otra orilla.

Era el momento en que Juan de Dios tena que maniobrar. El sargento era
muy ducho en estas cosas y saba su papel como pocos.




                                 VII.

                               LA PRESA


ESTBAMOS todos agazapados en el soto esperando el momento en que Juan
de Dios y sus vaqueros aparecieran perseguidos por los realistas.

El Oriente iba clareando. El sol, escondido an, brillaba en algunas
nubes altas y rojas. Haba este silencio y esta inmovilidad del aire de
la hora anterior al alba; pronto los primeros rayos solares comenzaron
a iluminar con una luz dorada el vrtice de la copa de los rboles; los
pjaros cantaron en las matas. El campo tena la juventud y la frescura
de un amanecer claro de primavera. Todo en la Naturaleza pareca
sonrer, todo era cndido e idlico. El viento hizo temblar suavemente
las ramas de los rboles; los pjaros alborotaron ms, el cielo fu
ponindose azul y la luz dorada del sol fu bajando en el follaje hasta
iluminar e incendiar los hierbajos y los pedruscos del suelo.

Seran las cinco y media cuando apareci Juan de Dios, perseguido de
cerca por ms de trescientos caballos.

Los realistas gritaban desaforadamente:

--A ellos! A ellos! Son nuestros!

Al desembocar desde el sotillo al pramo los cincuenta jinetes de Juan
de Dios, comenzaron a desparramarse, y los enemigos se dividieron y
subdividieron, perdiendo el orden de formacin.

Al mismo tiempo, las tropas del coronel Maricuela y las de don Dmaso
Martn, corrindose rpidamente por el lindero del soto, cerraron su
salida y tomaron posiciones.

En este momento el capitn Mala Sombra di la orden de ataque, y de
la derecha como de la izquierda, a media rienda y lanza en ristre,
se precipit nuestra caballera contra los pelotones aislados de los
realistas. El enemigo no tena ms defensa que sus sables y no se pudo
defender con habilidad.

Juan de Dios reuni sus cincuenta vaqueros dispersos, y volviendo
grupas y en perfecta formacin, arremeti de frente contra los
absolutistas, como si se tratara de una torada.

El grueso de la caballera enemiga se haba detenido, y retrocediendo y
al galope intent atravesar el soto; pero al acercarse al boquete por
donde haba pasado, se encontraron los jinetes atacados por las tropas
de don Dmaso y de Maricuela, y comenzaron a caer los hombres y los
caballos.

Los realistas, consternados y en la mayor perplejidad, volvieron de
nuevo grupas buscando una salida, y comenz la desbandada. Azorados
al verse metidos en aquella trampa, la mayora se rindi y los dems
siguieron su ejemplo.

Dur la accin diez minutos escasos; quedaron muertos en el campo a
lanzadas unos veinte hombres y hubo prximamente cincuenta heridos.

El escuadrn realista en pleno qued hecho prisionero, a excepcin de
tres o cuatro oficiales que tenan magnficos caballos y que escaparon
dando un gran rodeo. Estos oficiales, por lo que supimos despus,
llegaron una hora ms tarde a Alba de Tormes, contaron lo ocurrido,
sali de la villa una columna realista de infantera, y con los carros
y maderas que haba llevado Juan de Dios el da anterior parapetaron el
puente y quedaron en l de guardia.

Tenamos nosotros unos doscientos cincuenta prisioneros, a quienes se
prohibi maltratarlos o despojarlos. Entre ellos haba diez oficiales.
De estos prisioneros cuarenta eran piamonteses bien equipados que
montaban caballos muy buenos.

Al acercarnos Mala Sombra y yo a ellos, nos decan:

--_Io eser_ cristiano catlico. M no _querrer haser_ mal.

Discutimos Mala Sombra y yo lo que se hara con los prisioneros, y
como en el caso de querer incorporarlos a nuestras fuerzas no podan
merecernos confianza, decidimos entregarlos en varias remesas.

Por la tarde, Juan de Dios y el Chiquet se presentaron en el puente
con bandera blanca de parlamento, pasaron, dijeron a lo que iban, y al
da siguiente, con una escolta de cincuenta caballos, llevaron cien
prisioneros y los heridos.

Los realistas los recibieron con aclamaciones y bravos, y Juan de Dios
y el Chiquet, despus de ser muy obsequiados, volvieron a nuestro campo
radiantes de satisfaccin.

Nos quedaban an cerca de noventa prisioneros. De stos, unos eran
mozos recin sacados de los pueblos de Castilla y uniformados en
Valladolid. Se les indujo a que se quedaran con nosotros y algunos
aceptaron, pero la mayora, no.

La misma proposicin se hizo a los cuarenta piamonteses, los cuales
procedan de un regimiento que estaba en Valladolid, mandado por el
prncipe de Carignan, que era miembro de la Casa de Saboya.

El prncipe de Saboya-Carignan haba entrado en Espaa bajo las rdenes
del duque de Angulema, con una tropa alistada en el Norte de Italia, y
se distingui despus, segn dijeron, en el Trocadero.

De los piamonteses, slo dos aceptaron el quedarse entre nosotros; un
jovencito rubio llamado Emilio Pancalieri y otro muchacho alto, moreno,
apellidado Corti. Los dos hablaban algo el castellano y eran sin duda
gente aventurera.

Reunimos nuestro botn de granos, ganado, caballos, armas y uniformes
de los realistas, y nos apresuramos a salir para Tamames, con el objeto
de reunimos con nuestro general.

Llegamos por la tardecita a la villa y encontramos al Empecinado casi
completamente restablecido.

Le cont con detalles la accin de Alba y lo que se haba hecho con
los prisioneros, y le pareci todo tan bien, que dijo que propondra
a Mala Sombra al Gobierno para que le diese la cruz de San Fernando y
le ascendiera a comandante de escuadrn. Habl despus familiarmente
el general con los muchachos que se nos haban unido y con los dos
piamonteses, y como el Empecinado tena sencillez e ingenuidad efusiva,
lleg a cautivarlos.

Dispuso don Juan Martn que en Tamames descansase y se racionase la
tropa, y envi los carros y el ganado requisado inmediatamente en
direccin de Vitigudino.

Nosotros iramos a retaguardia despus de descansar.

A la maana siguiente, al salir de mi alojamiento, encontr al
Empecinado ya de pie. Estaba tan forrado de ropa que no poda moverse.
Le ayudamos a montar a caballo. Se organiz la columna y anduvimos
hasta la noche, en que descansamos en una aldea.

Por todos aquellos pueblos a la redonda hicimos requisa de ganado
vacuno, con promesa de pagar a los ganaderos y a los Ayuntamientos.
Slo al marqus de Cerralbo le llevamos ms de quinientas reses. Es
posible que esto influyera en la familia para hacerla reaccionaria.

Tras de una marcha lenta de cuatro das, entr el convoy completo en
Vitigudino, y la columna, tras l.

Durante este viaje el Capitn Mala Sombra, que ya era para los efectos
oficiales el comandante Porras, se hizo amigo ntimo del italiano
Pancalieri.

Al principio ste y Corti nos miraban con temor; deban tener mala idea
de los espaoles, crean seguramente que cada uno de nosotros era un
perfecto bandido; pero como ambos eran perspicaces, notaron en seguida
la clase de gente que haba en la tropa, y se familiarizaron con ella.

Corti nos result un gran administrador y se encarg de llevar las
cuentas de los suministros de la divisin.

Pancalieri se mostr un tanto perdido; beba, haca el amor a las
chicas de los pueblos; jugaba al monte con nosotros y nos ganaba el
dinero. A los dos o tres das estaba ya a sus anchas y nos tuteaba a
todos los oficiales.

Pancalieri era un muchacho amable, simptico alegre, egosta y jovial.
Por lo que cont, su familia gozaba de buena posicin en Turn; pero
descontenta de sus calaveradas haba intentado meterle en un convento,
y l se haba alistado en la tropa del prncipe de Carignan por el
gusto de correr aventuras.

Era Pancalieri un muchacho fuerte, de mediana estatura, el pelo rubio
obscuro, el bigote pequeo y los ojos claros. Hablaba en su lengua
enrevesada mixta de espaol, de italiano y de dialecto piamonts con
una gran libertad. Sus opiniones eran de una audacia extraordinaria.

Una vez que le preguntamos si era patriota, nos contest con un cndido
cinismo:

--_Ma ch!_ No _io no sono_ patriota. Oh, no! Vivir, vivir
agradablemente, _io non volio_ ms que eso. Tener unas cosas guisadas
para comer, y unos trajes, y una casa y alguna mujercita para
divertirse; pero la Patria! la Historia! sacrificarse por eso! _Ma
ch!_ No. Qu tontera!

Pancalieri hablaba as y obraba en consonancia con su sistema. Su
egosmo natural y sonriente no llegaba a molestar. Mala Sombra, que
tena conceptos diametralmente opuestos, protega al italiano; quiz
pensaba que sus palabras las deca en broma; quiz habra entre los
dos ese acuerdo ntimo que produce la amistad estrecha y efusiva.

En unos das de conocerse, durante el camino, el Capitn Mala Sombra
comenz a aficionarse tanto a la compaa de Pancalieri, que le trataba
como si fuera su hermano; le hizo confidencias acerca de sus amores, y
le pidi consejo.

Corti, mientrastanto, segua trabajando en la administracin militar, y
todos los das yo conferenciaba con l.

A los ocho das de salir de Alba de Tormes llegbamos a Ciudad Rodrigo.
El Empecinado di cuenta de su comisin al comandante de la plaza,
anuncindole que horas despus llegara un gran convoy de ganado vacuno
y mil fanegas de trigo.

El comandante recibi la noticia con jbilo y la comunic al
Ayuntamiento, que en corporacin fu a dar gracias al Empecinado, pues
el pueblo se encontraba muy escaso de vveres.




                                 VIII.

                        LA DECISIN DEL CAPITN


AL da siguiente de llegar nosotros, entr en Ciudad Rodrigo el ganado
vacuno requisado, que se llev a la plaza pequea del pueblo, llamada
plaza de Bjar.

Como entre aquellos bueyes y vacas mansas haba algunos toros bravos de
tierra de Portillo y Salamanca, se consider indispensable apartar unos
de otros para llevarlos a las dehesas prximas al pueblo.

Ya separados, a un oficial se le ocurri la idea de que, para celebrar
la victoria obtenida en Alba de Tormos y el xito de la requisa, nada
estara mejor como dar una corrida en la plaza de la ciudad.

El proyecto levant un gran entusiasmo en la tropa y en el pueblo; se
pidi permiso al alcalde y al comandante militar, que lo concedieron, y
se comenzaron a hacer preparativos.

El Empecinado y yo salamos por aquellos das constantemente al campo y
volvamos de noche. Al saber el proyecto el Empecinado, se incomod y
dijo que de ningn modo permitira que se celebrase la corrida.

Era don Juan Martn enemigo acrrimo de los toros; crea que este
espectculo no slo no fomentaba el valor, sino que acrecentaba la
indiferencia por los dolores ajenos y la cobarda. Entre los liberales
las ideas de don Gaspar Melchor de Jovellanos sobre las corridas
estaban entonces muy en auge.

Al saber la negativa del general, una comisin formada por militares
y paisanos fu a visitarle a su alojamiento. El Empecinado trat de
disuadirles de que celebraran la corrida; les exhort, les expuso una
serie de argumentos, pero los paisanos y los soldados quedaron tan
mustios y cariacontecidos, que don Juan Martn, mal de su grado, tuvo
que acceder.

--Bien, haced lo que queris--termin diciendo--; pero a m no me
invitis, porque no ir de ningn modo, ni por ningn motivo.

La comisin escuch muy seria las palabras de don Juan Martn, lo que
no fu obstculo para que a la salida marcharan militares y paisanos
bailando de alegra.

En los das siguientes, el Ayuntamiento, el vecindario y los militares
se dedicaron con gran entusiasmo a cerrar la Plaza Mayor y a construr
gradas dentro de los soportales de la Casa del Consistorio.

Siguiendo las costumbres de la ciudad, antes de celebrarse la corrida
se rifaron los sitios entre las familias que mandaron construr los
tendidos por su cuenta.

Haba en nuestra columna un nacional de Madrid, Juan Lpez (el
Ochavito), primer espada de alguna nombrada que haba toreado en su
juventud con Pepe-Hillo, y un aficionado llamado Isidro Garca, el
Buolero.

Se organiz una cuadrilla completa con espadas, banderilleros y
monosabios. Las seoritas de la ciudad hicieron moas vistosas con
cintas de sedas de colores y adornaron las banderillas con papeles
rizados.

El domingo, por la maana, sera la corrida. Haban enarenado la plaza
y sealado las localidades. Estaba acabado el programa. De los cuatro
toros que se iban a torear, los dos ltimos seran de muerte; el
primero de stos, un becerro de tres aos, estara a cargo del teniente
Gotor, y, el segundo, el ms fuerte y de ms hierbas, lo matara el
Ochavito.

Estaba as dispuesto el programa, cuando se supo que iba a haber un
nmero nuevo; pues el Capitn Mala Sombra pensaba salir al ruedo a
mancornar el ltimo toro, el del Ochavito: un toro salamanquino de
mucha alzada y potencia.

Pregunt al Ochavito en qu consista esto de mancornar.

--El mancornar--me contest el espada--es una suerte de vaqueros. Un
hombre puede coger (as deca l) un novillo de tres aos; pero a un
toro es imposible sujetarlo. Cuando se trata de coger un toro, se le
debe primero capear, hacindole sufrir todo el destronque posible, y
cuando se nota que ya est sin fuerzas, lo cual se consigue muy pronto
en sabiendo bien sacarle la capa, va uno y le agarra de la cola; el que
mancornea, al pasar el toro junto a l le coge el pitn derecho con la
mano derecha y, con la izquierda, el pitn del otro lado. Entonces,
a fuerza de pulso, se le vuelve al animal la cabeza y se le echa en
tierra.

Despus de esta explicacin pregunt a Juan de Dios a qu se deba esta
humorada de Mala Sombra, y me dijo el sargento que la causa eran los
celos, porque el teniente Gotor galanteaba a la misma muchacha.

Mala Sombra haba buscado la manera de que Pancalieri, el piamonts,
estuviera alojado en casa de su amada, y Pancalieri se haba hecho
amigo de la nia y le daba recados de parte de Mala Sombra.

Cont al Empecinado lo que ocurra, y el general me dijo que fuera a
ver a Mala Sombra y le prohibiera rotundamente salir a la plaza bajo
pena de arresto.

Fuimos el Chiquet y yo en busca del Capitn Mala Sombra. Nos dijeron
que viva en la posada del to Barrueco, pero all no estaba; despus
tuvimos que preguntar casa por casa en el arrabal de San Francisco y
en el del Ro, y, al ltimo, lo encontramos en un verdadero palomar
escribiendo febrilmente.

--Comandante--le dije--, el general ha sabido que piensa usted salir a
la plaza y me enva para que le disuada de ese absurdo proyecto.

--Por qu. No van a salir otros oficiales y soldados?

--S; pero la suerte que usted intenta ejecutar es ms peligrosa.

--Bah! La he hecho otras veces.

--Dicen que quiere usted mancornar al ltimo toro, el que va a matar el
Ochavito.

--Cierto.

--Todos los que entienden de eso dicen que ese toro es de demasiada
alzada y demasiada fuerza para mancornarlo. No haga usted la suerte con
ese toro, sino con otro.

--No, no; con ese.

--Comandante--exclam--, todo el mundo sabe que es usted un valiente:
su fama de valor est bien cimentada desde hace mucho tiempo. Lo
necesitamos a usted. Es usted necesario para la Patria y para la
Libertad. A qu exponer la vida estpidamente?

--No puede ser, no puede ser--dijo l--. He dado mi palabra al pueblo.
No puede ser.

Por ms argumentos, por ms consideraciones que hice, no consegu nada.




                                  IX.

                         CONCHITA AGUILAFUENTE


LA decisin de Mala Sombra fu durante algunos das el tema de todas
las conversaciones de Ciudad Rodrigo. Su decisin romntica haca
mucho efecto. Las mujeres tenan gran curiosidad de conocer al paladn
enamorado. Yo senta curiosidad de ver a la dama de sus pensamientos, y
me la mostraron. Era Conchita Aguilafuente una muchacha de unos diez y
siete aos, morena, plida, de ojos muy negros y muy grandes. No tena
muy buena fama; se deca de ella que era muy coqueta. Deba ser un
temperamento ardiente.

Por lo que me dijeron, era de estas mujeres que tienen das en que
se les ve desfallecer, que tan pronto estn animadas, con la mirada
brillante, como plidas y ojerosas; mujeres en que el sexo es como
una llama abrasadora que les consume. Yo la vi cuando iba a misa con
una mantilla negra, que le sentaba maravillosamente; al pasar cerca de
ella el Chiquet y yo le dirigimos unos piropos, y ella nos mir con una
mirada relampagueante.

La madre, que la acompaaba, era una mujer todava joven: una jamona de
buen ver que produca grandes entusiasmos en la calle.

--El pobre Mala Sombra va a tener que bregar ms con esta chica que con
el toro del domingo--le dije yo al Chiquet.

Mi asistente celebr la gracia, porque, como buen cataln, era muy
torero.

Hubiera dado cualquier cosa porque el domingo hubiera estado lloviendo;
pero, por el contrario, amaneci con un sol esplndido.

Ya muy de maana los aldeanos de los contornos comenzaron a acudir al
pueblo y a ocupar las gradas que se haban instalado en la plaza.

Se hicieron los ltimos preparativos, que los dirigi el Buolero.

Las cigeas, que haban llegado a su nido de la torre municipal das
antes, miraban como preguntndose: Qu extraos preparativos sern
stos?

Despus de la misa mayor comenzaron a llenarse los balcones de la
plaza. Haba una lucida representacin de seoras y seoritas, de
caballeros de negro y de militares de uniforme. Estaba aquello de gran
gala.

El sol era esplndido y los abanicos temblaban en el aire. Yo no quera
presenciar la corrida para hacer causa comn con el Empecinado; pero
tena gran curiosidad de ver lo que haca Mala Sombra, y tambin grande
de observar la actitud de Conchita Aguilafuente.

Estuve en el saln de la casa Ayuntamiento, pasendome arriba y abajo,
mientras la gente se asomaba a los miradores abiertos.

Una de las seoras que nos haba odo hablar a un teniente y a m de
Conchita me dijo:

--Ah est Conchita con su madre y ese italiano que hicieron ustedes
prisionero.

Mir, y, efectivamente, estaba en un segundo piso de la Plaza Mayor, en
la casa de un comerciante, en compaa de su madre y de Pancalieri.

Como yo siempre he tenido una tendencia estratgica, record que en
la casa del Ayuntamiento haba un depsito de papeles del Archivo que
tena una ventana que daba muy cerca del balcn donde estaba Conchita.

Le ped al portero que me abriese la puerta de aquel cuarto.

--No va usted a ver nada, don Eugenio--me dijo l.

--No importa--le contest--, quiero ver el pblico.

El portero me abri y yo pas adentro.

Me asom a la ventana. A una corta distancia se vea el balcn en donde
estaban Conchita, su madre y Pancalieri. Se vea adems parte del
interior de la habitacin, que era una sala de pueblo con un espejo,
una consola y unas sillas de damasco. La Conchita coqueteaba con
Pancalieri de una manera disimulada.

--Demonio! Qu descubrimiento!--me dije--. Este granuja de italiano
se la est pegando de una manera ignominiosa al pobre Mala Sombra.

Comenz la msica, y poco despus la corrida. De cuando en cuando
sonaba un ah! de emocin que se levantaba en el aire. Era, sin duda,
en el momento en que algn torero estaba expuesto a ser cogido.

Cuando termin el primer toro fu al saln y me acerqu a la gente.
Algunas personas, sin duda de nervios fuertes, encontraban que la
corrida tena pocas emociones y que aquellos becerretes no vala la
pena de torearlos.

Al comenzar de nuevo la brega volv a mi observatorio.

El segundo toro di poco juego. En el tercero la expectacin se
acentu. Iba a matar el teniente Gotor.

Mir al balcn de Conchita. Ella estaba encendida. Pancalieri, con un
aspecto cnico y sonriente. Ella aprovechaba las ocasiones de frotarse
con l, y se estrechaban las manos sin que la madre les viera.

A veces ella entraba en la sala y se besaban, y estaban largo rato con
los labios unidos. El forcejeaba con ella, y ella se escapaba de sus
brazos y volva a salir al balcn encendida y con un aire compungido.

La faena del teniente Gotor debi de ser brillante, a juzgar por la
tempestad de aplausos y de bravos que estall en la plaza.

Concluy el tercer toro y sal de mi cuartucho. En el intermedio
Conchita y Pancalieri, comprendiendo que la curiosidad del pblico se
desviaba de la plaza para explorar los balcones, se separaron uno de
otro y tomaron un aire de indiferencia.

Cuando comenz el ltimo toro, el Chiquet me agarr del brazo y me dijo:

--Venga usted, mi teniente.

Como tena gran curiosidad me dej llevar. Hubiera dado cualquier cosa
porque la fiesta hubiese terminado. El ltimo toro era grande, negro,
con una cornamenta larga y afilada. Persegua furioso a quien se pona
frente a l. El pblico vociferaba entusiasmado; los toreros apenas se
atrevan a acercarse al animal. nicamente el Ochavito y el Buolero se
plantaban delante y le daban recortes con la capa. A fuerza de estos
lances el animal pareci cansarse, y en un momento que se par el
Buolero le agarr de la cola.

Entonces se vi a Mala Sombra que avanzaba con el Ochavito,
acercndose al toro. En un momento se agarr con presteza a las astas,
cuadrndose de pechos ante la fiera. El hombre y el toro quedaron
inmviles; el hombre empuj la cabeza del animal por las puntas, la
bestia alz el hocico, y entonces el hombre meti el hombro por debajo
de la barba del animal, y de un empujn lo tumb al suelo, le puso el
pie en el hocico y lo sujet as.

Hubo una tempestad de aplausos. El Capitn Mala Sombra mir entonces
al sitio donde estaba su amada. Qu vi? No s. Quiz comprendi
rpidamente lo que pasaba entre Conchita y Pancalieri; el caso fu
que el capitn solt el pie, el toro se levant de improviso, di un
topetazo con el cuerno en mitad del pecho al capitn y pas por encima
de l.

Despus se vi al capitn erguirse un momento echando sangre a
borbotones por la boca, y luego caer desplomado.

Hubo un momento de pnico entre los toreros.

El pblico allaba como una mujer loca, y sala de l un largo y enorme
alarido. Algunos queran escapar, pero la mayora estaba anhelante de
angustia, de curiosidad y de pasin.

--Calma!, calma!--dijo el Ochavito.

--Esperaos, que ahora viene lo bueno--grit el Buolero, como si el
espectculo de la muerte no le afectase lo ms mnimo.

El Ochavito y el Buolero metieron sus capotes y jugaron con el toro,
mientras dos alguaciles recogan el muerto.

Algunos pidieron a gritos a la presidencia que terminara la corrida y
retiraran al toro, pero esto no era fcil, ni mucho menos.

--Dejadlo--dijo el Ochavito--, yo lo matar.

El Ochavito y el Buolero fueron llevando al toro hasta un ngulo de
la plaza. El Ochavito di unos pases de muleta mientras el Buolero le
ayudaba con el capote.

--chale un poco ms all--deca el Ochavito--. Bueno, bueno; ya est.

Despus de algunos vanos intentos, cuando le tuvo a su gusto el
Ochavito, se cuadr, y de una estocada como un rayo dej al toro muerto.

El Buolero se acerc con una bayoneta en la mano y le di la puntilla.

La gente, olvidada ya del capitn, comenz a aplaudir y a gritar.
El pblico fu despejando la plaza; marchaban las mujeres llevando
lgrimas en los ojos.

Conchita y Pancalieri se haban retirado del balcn. Me acerqu yo al
sitio donde haba muerto Mala Sombra, y en este momento vi salir a
Conchita con su madre. Tena una palidez de espectro, los ojos rojos,
como de haber llorado, y la boca con un rictus de amargura.




                                  X.

                              PANCALIERI


EN la casa del Capitn Mala Sombra estaba expuesto su cadver.

Haba llegado su madre, una vieja campesina de un pueblo prximo, y
lloraba rodeada de las mujeres de la vecindad.

Estuvimos all todos los oficiales de la guarnicin, comenzando por
el Empecinado; se encontraban tambin los dos italianos, Corti y
Pancalieri. Pancalieri estaba triste y cariacontecido.

--Qu _folia_!--me dijo--. Este hombre se ha matado.

--S; mientras usted abrazaba a su novia l se ha matado por ella--le
dije yo, en voz baja.

--_Ma ch!_ No. Sera demasiado idiota.

--Pues no le quepa a usted duda. Los que le han visto de frente me han
dicho que al levantar la mirada al balcn donde estaban ustedes se le
demud el rostro, y entonces dej de sostener la cabeza del toro y se
dej matar.

--Ah _povero_! Pero usted cree que se habr matado por ella?

--S.

--Por la _signorina_ Conchita?

--S.

--Oh, no! _Mach!_ Qu _folia_! _Questa signorina_ est bien para
pasar el rato _ma_ nada ms.

--Amigo--le dije yo--, esa muchacha que para usted no sirve mas que
para pasar el rato, para este pobre hombre, era toda la vida...

Y mientras deca esto, la mirada de Mala Sombra, terrible y trgica,
pareca confirmar mis palabras.




                                  XI.

                                 FINAL


HABA concludo de hablar Aviraneta, y repantigado en la butaca miraba
el humo de su cigarro, que se elevaba en volutas en el aire.

--Y qu fu de la Conchita?--dije yo.

--Me dijeron muchos aos despus que se haba casado.

--Con Pancalieri?

--No.

--Quiz con Gotor, el rival de Mala Sombra.

--Tampoco. Se cas con un propietario rico de Zamora.

--Y no tena nada que ver con Pancalieri?

--No s. El que me habl de ella aseguraba que el hijo primero de
Conchita era el vivo retrato del italiano. Es posible que fuera
verdad, es posible que no. Vete a saber...

       *       *       *       *       *

--Es usted admirable, don Eugenio--le dije--todava le quedan a usted
historias en el zurrn.

--Qu quieres. Los hombres de mi tiempo no leamos tantas novelas como
los de ahora. Buenas o malas, las hacamos en la vida.

Y Aviraneta se levant, se frot las manos y comenz a pasearse por mi
despacho, mirndolo todo con su aire perspicaz y agudo de fuina.

    Madrid, marzo, 1917.




                            EL NIO DE BAZA


OTRO da pasebamos por el Retiro Aviraneta y yo, y hablbamos de los
prestigios polticos de nuestro pas, cuando don Eugenio me dijo:
Varias veces me he asombrado yo, al leer en las historias que se
publican de mi tiempo, cmo muchos hombres de talento y de energa han
quedado obscurecidos, y cmo, en cambio, otros, vulgares y adocenados,
han tenido el relieve de primeras figuras. Yo, jams hubiera pensado,
por ejemplo, que mi amigo don Bernardo Borja Tarrius fuera hombre
que pasara por la vida sin dejar el menor rastro, ni el ms pequeo
recuerdo.

Borja Tarrius era para m, al menos, un sabio. Conoca seis o siete
idiomas a la perfeccin; tena una memoria prodigiosa; haba viajado
mucho y ledo ms. Era una enciclopedia viviente. Como muchos hombres
del tiempo, senta una gran inclinacin por la economa poltica,
y estaba afiliado a la escuela de Jeremas Bentham. Viva de dar
lecciones, porque, a pesar de su talento, no encontr nunca proteccin
oficial.

A Borja Tarrius le conoc la primera vez en Madrid, en una logia, antes
del movimiento de Riego de 1820. Su inteligencia y su sensatez eran
reconocidas por todo el mundo.

Por esta poca, Borja Tarrius y don Jos Mara de Larreategui, que era
el comisario de Guerra de la divisin del Empecinado, me llevaron a
casa del brigadier Palarea para ver si nos ponamos de acuerdo en el
movimiento revolucionario.

No llegamos a nada en esta conferencia.

Tres o cuatro aos ms tarde encontr a Borja en Gibraltar. Llegaba yo
a esta plaza huyendo de Algeciras, como te he contado, y me met en una
posada, en donde se coma mal y se dorma en el suelo, pues no haba
camas.

En esta posada se encontraban don Bernardo Borja Tarrius y el diputado
por Crdoba don Jos Moreno Guerra. Al verme, me acogieron los dos
con amabilidad y formamos un grupo para comer. Era difcil ver
juntos dos tipos tan diferentes como Borja y Moreno. Los dos tenan
aproximadamente la misma edad, de cuarenta a cincuenta aos. Borja
Tarrius era un hombre grueso, rubio, pacfico, calvo y con patillas;
Moreno Guerra, alto, huesudo, cetrino, con un hablar gutural; Borja
Tarrius tena el aire de un holands flemtico; Moreno Guerra era un
moro.

En sus ideas se notaba una parecida divergencia. Borja se mostraba
siempre equilibrado, siempre sereno, como la sensatez personificada;
Moreno Guerra se caracterizaba por sus extravagancias. Era este hombre
de sorpresas, osado, y al mismo tiempo cobarde, inteligente, y al poco
rato, necio, amable y sin transicin soez. Asiduo lector de Maquiavelo,
de los libros del famoso florentn quera sacar consejos para la
prctica poltica espaola. Entre sus muchos proyectos absurdos, Moreno
Guerra haba tenido la idea de hacer de Cdiz una ciudad republicana
independiente, a estilo de Hamburgo y Brema.

Reunido con Moreno Guerra y Borja Tarrius, iba pasando mal que bien
el tiempo en la posada gibraltarea, cuando un da, instigados por el
diputado andaluz, que estaba enfermo del hgado, salimos l, Borja y yo
a respirar el aire libre. Haca un calor sofocante. Al cuarto de hora
de nuestro paseo se nos presentaron tres policas y nos pidieron la
boleta de residencia.

No la tenamos y tuvimos que confesarlo.

--Bueno, vengan ustedes--nos dijo el jefe de los policas. Les
seguimos, nos llevaron al muelle y nos dejaron all como si quisieran
dedicarnos a la contemplacin y al estudio de la baha de Algeciras.

Haba en el muelle grupos de espaoles que se lamentaban porque no
tenan qu comer ni qu beber. El sol daba de plano, y el calor era
insufrible.

Los marineros de los barcos mercantes del puerto trajeron baldes de
agua para aplacar la sed de la gente; pero no bastaba el agua que
acarreaban para tantos.

Lleg la noche y refresc mucho. Yo no quera dormirme, por miedo a
enfriarme, y me sent sobre una estera y apoy la espalda en un can
empotrado en el suelo, que serva para amarrar los cables. Encend
un cigarro y me puse a reflexionar mientras contemplaba las luces de
Algeciras.

--Qu voy a hacer?--pens--. Mucha de esta gente quiere ir a
Inglaterra; pero van a andar muy mal; aqu habr que esperar el
barco...; luego, all, hasta que se pueda vivir, se tardar un tanto;
la cuestin sera ir a un sitio prximo y esperar una semana o dos
hasta que esto se desocupara...

Estaba discurriendo as, cuando o a mi lado hablar de Tnger en voz
baja.

--Tnger! Esta sera una solucin--me dije a m mismo, y decid ir
a la ciudad africana. Pens todas las eventualidades posibles y me
pareci la mejor la de Tnger.

Amaneci, y vi en el muelle solos a Borja Tarrius, a Moreno Guerra y a
dos hombres que no conoca; uno de ellos, el ms joven, con uniforme de
miliciano nacional.

La dems gente se haba metido en los buques mercantes que haba en el
puerto y en un barracn del muelle.

Les dije a Borja Tarrius y a Moreno Guerra lo que haba pensado.

--No sera mejor ir a Marsella o a Londres?--me pregunt Moreno Guerra.

--Ah, si se encontrara barco en seguida, s!; pero como puede suceder
muy bien que no se encuentre barco y haya que pasarse cinco o seis das
aqu en el muelle, yo prefiero ir a Tnger y esperar all.

--Es verdad, tiene usted razn--dijo Borja Tarrius--. Es una idea buena.

--As, qu les parece a ustedes la idea, aceptable?

--S, s.

--Bueno, pues yo voy a ver si encuentro una lancha.

Me entend con un patrn ingls, que me pidi diez duros por el pasaje,
y me volv al sitio de los amigos. Estos me dijeron que venan con
nosotros el miliciano nacional y su padre, que haba pasado la noche en
el muelle a nuestro lado.

--Bueno--dije yo--. Est bien. Usted les conoce?--le pregunt a Moreno
Guerra.

--S.

--Quines son? El viejo parece gitano.

--Lo es. Son de Baza, padre e hijo. Al padre le llaman el _Esquilaor_,
y al hijo, el Nio de Baza. El padre va convencido de que su hijo
va a hacer mucha suerte en Africa, porque tiene una piedra imn la
_bar lach_, como dicen ellos. La historia de estos es curiosa. El
_Esquilaor_, que ha sido un buen mozo, le hizo un chico a una muchacha
de Baza, y ella no se quiso casar con l.

--Qu extrao! Ella!

--S, ella dijo que no, que no se casaba, que l quera vivir a su
costa, y que no. Y as est en la casa el _Esquilaor_ como criado.

--Y el Nio de Baza es el hijo?

--S, un chico mimado, voluntarioso. Ha sido estudiante de cura.

Les observ con atencin.

El padre era un hombre muy flaco, muy negro, con los ojos verdes,
obscuros; el hijo era muy parecido al padre, con un gran fulgor en la
mirada.

Bajamos los cinco por la escalera del muelle a la lancha, y nos fuimos
acomodando.

Antes de salir le dije yo a Borja Tarrius:

--Somos seis con el patrn. Como es posible que nos encontremos con
algn barco en el Estrecho que quiera detenernos, lo mejor es que en
esta corta travesa mande uno solo. Las vacilaciones son lo peor en
estos casos. Quiere usted mandar como jefe de nuestra barca, Borja?

--No, no, Aviraneta. Mande usted.

--S, mande usted--dijo Moreno Guerra.

--Bueno.

Se lo advert al patrn, y ste dijo que estaba bien, y aadi que la
medida era muy prudente, porque en el mar no haba que andarse con
dudas sino decidir las cosas pronto.

Salimos, se larg la vela, fuimos pasando por delante de la ciudad de
Algeciras y de la isla Verde, hasta divisar la costa de Africa.

El da estaba esplndido.

El Nio de Baza, al poco rato de salir, escogi el mejor sitio y se
tendi. Estorbaba un poco para la maniobra.

--Eh, t!--le dije yo.

--Qu hay?

--Ests estorbando. Aqu no se duerme.

--Ez que mi nio, zabe uzt, ze marea...--dijo el padre.

--No ha tenido tiempo de marearse; que se ponga como todo el mundo y
est atento, por si se le tiene que mandar algo.

--Y uzt por qu me tiene que mand a mi?--dijo el gitanillo.

--Porque s; aqu mando yo, y, si no ests conforme, ahora mismo
tocaremos en tierra y te dejaremos en ella, si es que no te pego un
puntapi y te tiro al mar.

Hubo un fulgor en los ojos del Nio de Baza.

El viejo gitano comenz a hacerme reflexiones y a adularme, con la
clsica desvergenza de la raza. Moreno Guerra celebraba sus frases y
le contestaba algo en cal.

En cinco horas llegamos frente a Tnger y se detuvo la lancha. Unas
cuantas barcas y botecillos se nos acercaron con moros y cristianos,
vestidos con harapos de colores, y se puso toda aquella gente a hablar
y a chillar en una algaraba infernal. En esto nos atrac una lancha,
con dos remeros negros y tres moros limpios, y uno de ellos nos
pregunt en chapurrado:

--Qu son ustedes?

--Espaoles.

--De dnde vienen?

--De Gibraltar.

--Traen ustedes pasaporte?

--No.

--Pues no pueden ustedes entrar.

--No se podra avisar al cnsul de Espaa?

--Qu quiere usted avisarle?

--Que aqu hay un diputado espaol, que viene fugitivo, que quisiera
entrar en Tnger, y un mdico.

--Tebib! Tebib!--dijeron los moros.

--Bueno. Esperen ustedes. Le avisar al vicecnsul. El capitn del
puerto y este moro del rey--y nos mostr uno de sus dos compaeros--les
vigilarn.

Estuvimos una hora con un sol de fuego, hasta que apareci un europeo,
el vicecnsul, en compaa de tres moros fastuosos, vestidos de blanco.
El vicecnsul pregunt por el diputado; se destac Moreno Guerra
y hablaron los dos. El vicecnsul era un siciliano, y los moros,
empleados subalternos del gobernador de la plaza.

Como Moreno Guerra era tan moro como los otros, con sus ademanes y sus
gestos les convenci y se decidi que furamos todos a tierra. Les dijo
que Borja Tarrius era un gran mdico.

Nos acercamos a la playa, y despus nos agarr a cada uno un negrazo de
aquellos, y, atravesando el fango del arenal, nos dej en tierra firme.

--Vamos a casa del gobernador--nos dijo el vicecnsul.

El gitano y su hijo se escabulleron sin saludarnos.

Marchamos por una callejuela, tropezando a cada paso con burros
cargados y seguidos por moros, que gritaban: Balac! Balac!
Atravesamos el zoco, y llegamos a un viejo casern destartalado;
pasamos dos patios, y, en una sala que daba a un hermoso huerto,
vimos al gobernador, o caid, sentado en el suelo y apoyado en unos
almohadones. Era un viejo de aire respetable; le saludamos, nos invit
a sentarnos y nos trajeron unas tazas pequeas de caf sin azcar,
dulces y bollos.

Habl Moreno Guerra con su aire de santn, y el caid inclin varias
veces la cabeza, como diciendo que estaba conforme.

Salimos de nuevo a la calle, le dimos las gracias al vicecnsul y le
preguntamos dnde podramos alojarnos.

--Aqu no hay fondas ni posadas--nos dijo--donde se est bien. Algunos
franceses e italianos tienen huspedes, pero los explotan. Los
contrabandistas espaoles suelen meterse en sus rincones, donde no se
puede vivir. Aqu tendrn ustedes que dirigirse a los judos.

--S, pero nosotros no conocemos a nadie...

--Bien, yo preguntar.

El vicecnsul fu a ver al rabino Samuel Silva, le explic el asunto,
y el rabino le encamin a casa de la seora de Toledano, viuda de un
comerciante, que viva con cuatro hijas y dos criadas.

Fuimos a ver a la viuda de Toledano, y nos encontramos con que hablaba
muy bien el espaol.

Se llamaba esta mujer Mesoda Ben Asayag y era viuda de un comerciante
al por menor, tambin judo.

El vicecnsul le indic lo que pretendamos, y la viuda acept; dijo
que tena en la casa la planta baja desocupada, con cuatro cuartos
bastante grandes, y que viramos si nos acomodaba.

--Vamos all--dije yo.

Nos ense las habitaciones, anchas y limpias.

--Esto est muy bien--le dijimos--. Pnganos usted una cama en cada
cuarto, y en el otro una mesa y unas cuantas sillas.

Dijo que lo arreglara en seguida, nos explic qu comida nos iba a
dar, y aadi que nos llevara dos pesetas por cada uno.

Dimos las gracias ms efusivas al vicecnsul, por habernos llevado
all, y el hombre nos indic que contramos con l para lo que
necesitramos y que, despus de comer, furamos a su casa a pasar el
rato.

A las cinco de la tarde una criada nos avis para que subiramos a
comer. Subimos y encontramos la mesa puesta; el mantel limpio, platos
de loza de color y cubiertos de madera. En vez de sillas, haba bancos.
Entr la seora de Toledano con sus cuatro hijas, de muy modesto
porte y muy bonitas. Hablaban todas el castellano con un acento medio
andaluz, pronunciando las eses como zedas, un acento que no dejaba de
tener gracia.

La mayor tendra unos veinte aos, y la menor, unos catorce. Todas eran
morenas, menos la segunda, Sara, que era rubia, casi pelirroja. Las
saludamos amablemente. La madre se sent con dos de sus hijas a un lado
y dos al otro, y nosotros en lo restante de la mesa.

Despus de comer fuimos a ver al vicecnsul, hombre abierto de genio,
que tena una familia numerosa muy simptica, y nos di una porcin
de indicaciones concernientes a las costumbres que haba que seguir
all. Le pedimos un poco de papel, nos lo di y volvimos a casa.
Conferenciamos con la seora de Toledano acerca de la manera de tener
luz; nos trajo un veln de cuatro mecheros, enviamos a la criada
por aceite, encendimos el veln, lo pusimos encima de la mesa y nos
sentamos alrededor.

Borja Tarrius estaba contento.

--Creo que en Tnger podemos pasarlo bien y muy barato--dijo--, y habr
cosas curiosas que ver.

Moreno Guerra estaba taciturno.

--Qu le pasa a usted?--le dije.

--Esto es una cartuja--exclam l--; aqu no va a haber con quin
hablar. Luego estas calles sucias, con estos moros asquerosos!

Me indign tan importuna queja y no dije nada.

A las nueve nos volvieron a llamar para comer, y tomamos t con
hierbabuena, pan y manteca.

Le pregunt a la duea cundo se podra escribir a Gibraltar, y me
dijo que tuviera la carta preparada para las diez de la maana del da
siguiente.

Escrib a la posada de Gibraltar en donde habamos estado Borja
Tarrius, Moreno Guerra y yo, pidiendo al amo que nos mandara la cuenta,
dicindole que yo haba dejado all una maleta y una manta, y que si
se reciba una carta para m, la enviara a Tnger.

Al da siguiente, por la maana, le di la carta a la duea y fu a
llamar a Borja Tarrius y a Moreno Guerra; ninguno de los dos haba
dormido, preocupados, sin duda, con el porvenir.

Por la tarde anduve yo por la ciudad; vi el Zoco, la Alcazaba, y sal
por las afueras a pasear por el Marshan. Al volver me encontr con
Borja y Moreno, que charlaban en el cuarto, y, por la noche, la duea
me trajo contestacin a mi carta de Gibraltar. Segn deca el posadero
segua all la aglomeracin, y no se saba qu hacer con los emigrados.

Fuimos a cenar. Moreno Guerra estaba tan alicado que la duea le
pregunt:

--Est usted malo?

--S. Ms malo de espritu que de cuerpo. Me falta la vida, las
amistades, la sociedad... No s si me podr acostumbrar al trato de
estos moros.

--Y qu dira usted--dijo la viuda de Toledano--si viviese bajo la
condicin que vivimos nosotros los hebreos! Nos insultan, nos apedrean,
nos tiran lodo a la cara, y, como no tenemos autoridades ni cnsules,
nos callamos.

Moreno Guerra se encogi de hombros. Pareca mentira que un hombre tan
grandn, que tena fama en Espaa de valiente y atrevido, fuera tan
pusilnime y tan blando.

--No hay que acobardarse--repuso la seora de Toledano--. Si se mete
usted en esa habitacin de abajo, en la obscuridad, sin ver a nadie, le
entrar a usted la melancola. Suba usted al cuarto donde trabajamos
mis hijas y yo, y all hablaremos.

--Tiene usted razn, seora--dijo Borja Tarrius--; no hay que apocarse.
En Tnger hemos sido recibidos con una caridad y un afecto que
agradecemos en el fondo del alma; estamos perfectamente hospedados y
mantenidos: no podemos desear ms. Ahora, a mi amigo Moreno Guerra le
sucede que ha vivido en esta ltima poca en un ajetreo constante y en
una constante inquietud, y al venir aqu a esta soledad queda aplastado.

--Si lo comprendo--dijo Mesoda--; por eso le digo que suba al taller
donde trabajamos nosotras, para entretenerse; suele venir el rabino de
Tnger a visitarnos, y como es un hombre culto hablar con ustedes.

Fuimos al taller y charlamos, mientras las chicas y la madre y dos o
tres aprendizas trabajan en bordar con sedas de oro y plata babuchas,
bolsas para dinero, cinturones, arneses de caballo, etc.

Borja Tarrius, curioso por todo cuanto fuera industria, hizo a Mesoda
y a sus hijas una serie de preguntas acerca de cmo trabajaban y dnde
vendan sus productos.

--En general se venden en Gibraltar, y los llevan a Tnez, a Trpoli,
a Fez, y pasan por bordados hechos por moras--contest la seora
Toledano.

Borja Tarrius que saba mucho, examin los bordados y dijo primero que
el dibujo era un tanto defectuoso, y despus indic a Mesoda y a sus
hijas que perdan mucho tiempo haciendo cada una todas las labores
que exiga un bolso, o una babucha; que deban hacer la divisin del
trabajo: una cortar, otra coser, otra bordar, etc., etc.

Para demostrar su tesis, explic con toda clase de detalles cmo se
fabricaban los alfileres en las fbricas de Europa.

Como hablaba con tanta persuasin, las convenci.

Al da siguiente se hizo la prueba de la divisin del trabajo, y,
efectivamente, se produjo casi el doble.

La seora de Toledano estaba maravillada.

Mientras trabajaban las bordadoras, Borja Tarrius les habl de la
historia de Tnger y de Cartago, y del pueblo judo, y nos tuvo a todos
entretenidos.

Al cuarto da de estar en Tnger apareci en casa el Nio de Baza.
Vena bien vestido, limpio y perfilado. Era un muchacho guapo. Tena
el tipo del andaluz bonito, una cara de medalla romana y los ojos de
gitano. Me dijo con mucha zalamera que le perdonara si haba estado
grosero en la barca, pero era que se encontraba entonces cansado,
enfermo, sin dormir. Se haba quedado solo en Tnger; su padre haba
marchado a Espaa, y l andaba buscando un sitio donde trabajar.

Las chicas de casa le vieron al entrar y salir.

--Quin es ese muchacho?--me preguntaron Sara y Rebeca.

Yo le dije a Mesoda:

--No he querido traer a ese joven aqu, donde hay tantas muchachas. No
vaya a ser un gaviln entre palomas.

--Pues qu ha hecho?

Le dije que me pareca un muchacho violento, vengativo, que su padre
era gitano...

Nada de esto le pareca muy grave a Mesoda.

--Si a usted no le importa, por m puede venir a casa.

--Ah! Pues que venga.

Al da siguiente volvi a presentarse el Nio de Baza.

--Bueno--le dije yo--, con estas chicas, nada.

--No tenga usted cuidado.

--Ya sabemos que eres irresistible.

--No tanto, don Eugenio.

El Nio de Baza no comprenda la irona, afortunadamente para l.

Este mismo da apareci el rabino de Tnger, el seor Samuel Silva,
en casa de Mesoda, y hablaron l y Borja Tarrius. El rabino llev la
conversacin a cuestiones de historia bblica, donde se consideraba,
sin duda, fuerte; pero Borja Tarrius saba de esto mucho y le hizo unas
observaciones al rabino sobre el libro de Esdras y el de Job, y el
_Eclesiasts_, que qued el hombre asombrado. Yo, como no he ledo la
Biblia, porque, la verdad, me ha aburrido desde el comienzo, no segu
la discusin en todos sus detalles.

Mientrastanto, el Nio de Baza cambiaba unas miradas incendiarias con
las chicas, que se rean y coqueteaban con l. Sobre todo, Sara, la
roja, era una mujer de cuidado.

Los das siguientes, desde la maana hasta la noche, los pasamos en
el taller de Mesoda, Moreno Guerra, Borja, el Nio de Baza y yo;
ayudbamos a las muchachas a cortar el cuero de tafilete, a preparar
las agujas, los hilos de seda de oro y plata y a pulimentarlos con
colmillos de jabal.

Borja Tarrius pidi al vicecnsul un diccionario viejo de antigedades,
con un atlas, que haba visto en su casa. El vicecnsul se lo prest
y Borja estuvo tomando notas e hizo una porcin de modelos con nuevos
adornos y nuevas grecas. Dibuj hasta diez modelos. Se hicieron stos,
unos ms complicados, otros menos, y se enviaron a Gibraltar con sus
precios respectivos.

En cada bolsillo se vena a sacar tres pesetas de beneficio, segn el
clculo de Borja Tarrius.

Das despus, el hijo de Mesoda envi cuarenta duros; haba vendido los
diez bolsillos inmediatamente a un comerciante de Argel, que le encarg
veinte docenas ms de la misma clase en dos remesas. Los que se le
enviaron los vendi a cinco duros. En cada uno se ganaron trece pesetas.

Mesoda y sus hijas estaban locas de contento. Las chicas llamaban pap
a Borja Tarrius, y pensaban en arreglar la casa y en hacer viajes.

Cuando se mitig la alegra, Mesoda dijo a Tarrius:

--Qu hacemos? Usted disponga.

--Usted tiene dinero?

--S.

--Vamos a hacer el presupuesto para los doscientos cuarenta bolsos.

Borja Tarrius tom un papel e hizo una porcin de nmeros.

--Se necesitan unos cincuenta duros de material--dijo.

--Nada ms?

--Le parece a usted poco? Los tiene usted?

--S, s.

--No habr dificultad en adquirirlo?

--Ninguna.

--Despus, lo que se necesita son cuatro o cinco obreras. Habr aqu
buenas bordadoras?

--S, pero cobran mucho.

--Pues, cunto cobran?

--Seis y siete reales al da.

--Bah! Eso no es nada. Se puede pagar el doble.

--Y si se enteran y copian los dibujos de los bordados?

--No; no tienen tiempo. Usted les dice que es un encargo que ustedes
tienen y les da los bolsillos ya dibujados.

Al da siguiente se compr el material y comenz a cortarse el
tafilete. Tarrius tena la alta direccin. Moreno Guerra y yo
calcbamos los dibujos, los agujerebamos con un alfiler y, despus,
con una muequita llena con polvo de carbn, estampbamos y
perfeccionbamos los dibujos con lpiz.

Al da siguiente Mesoda trajo cinco obreras judas, que las llev a la
sala del piso bajo, que antes ocupbamos nosotros.

Moreno Guerra y yo seguimos dibujando; el Nio de Baza cortaba; Agar y
Raquel, la hija mayor y la pequea, cosan, y Sara y Esther quedaron al
frente del bordado. Las nuevas obreras eran mejores trabajadoras que
las de casa.

Se envi la primera remesa a Gibraltar y lleg el dinero en seguida.
Cerca de quinientos duros. La viuda de Toledano qued loca de contenta.
Quera dar dinero a Tarrius, pero le dola desprenderse de l. Le
haca continuas zalameras. Era tan bueno! Sus hijas y ella no se
olvidaran nunca de lo que haba hecho en su obsequio.

Mesoda tena la angustia de ganar, y no se preocupaba de nada ms.

Yo vea al Nio de Baza que intimaba mucho con Sara la roja, pero
tambin lo vea la madre y pareca que no daba importancia a la cosa.
A Borja Tarrius le llegaban enfermos que iban a consultarle. Borja se
limitaba a recomendar prcticas higinicas.

Llevbamos veinte das en Tnger, cuando recib una carta de un seor
Gargollo, representante de mi to Ibargoyen, el mejicano. A este
Gargollo le haba escrito yo al llegar a Gibraltar. Me deca que haba
girado a mi nombre a esta plaza cinco mil pesetas a la casa de Banca
de Benoli y Compaa, y que al mismo tiempo me recomendaba a este
banquero. Le escrib al seor Benoli dicindole dnde estaba, y a
los dos o tres das apareci en mi casa un judo viejo, con un aire
muy venerable, a ofrecerme de parte de Benoli lo que necesitara. Se
llamaba este judo Samuel Lione.

La patrona ma se qued maravillada; dijo que Samuel era el hombre ms
rico de Tnger, y que cuando iba a Fez visitaba al Sultn.

Debamos ser nosotros gente de una gran importancia cuando Samuel Lione
vena a nuestra casa.

Pregunt qu era, y la seora de Toledano dijo que era banquero y
tratante de esclavos.

--Y gana mucho con esto?

--Muchsimo. Todos los aos manda una o dos caravanas a Tumbuctu, en
las que ganar muchos miles de duros.

El Nio de Baza oy esto con los ojos brillantes.

Al da siguiente me dijo:

--Oiga usted, don Eugenio.

--Qu hay?

--No va usted a visitar a ese viejo judo Samuel?

--Pues, por qu?

--Porque si va usted, yo quisiera acompaarle.

--Para qu?

--Para ir en una caravana a comprar esclavos.

Me qued asombrado.

--Bueno, bueno. Ven maana por la maana y le visitaremos.

Al da siguiente se present el Nio de Baza muy elegante y atildado;
yo me vest, y con un chico de la vecindad fuimos a casa de Samuel.

La casa era de aspecto ms humilde que la de Mesoda. Nos recibi el
seor Samuel en un despacho muy msero de la planta baja, con grandes
saludos y zalemas, y nos hizo sentarnos. Este Shylock hablaba de una
manera balbuceante y lacrimosa. Nuestra santa nacin, nuestra tribu, el
patriarca Abraham estaban a cada momento en su boca. Durante su charla
se interrumpa para dar una indicacin a dos escribientes que tena,
los dos, sin duda, judos, de cara atormentada y labios gruesos.

Le avisaron para almorzar, y yo me levant con intencin de marcharme;
pero Samuel me agarr de la mano.

--No, no; venid--me dijo--; que venga con vos este joven cristiano;
comeris conmigo, la miseria que uno tiene.

Subimos una escalera estrecha y llegamos a un comedorcito pequeo que
daba a un patio, con una puerta, lleno de macetas con flores. Estaban
en el comedor la mujer y una hermana de Samuel, dos hijas de unos
cincuenta aos, un hijo y una porcin de nietos, entre los cuales haba
una muchachita de unos diez y siete o diez y ocho aos, muy bonita.

Entre todas estas caras judaicas haba el tipo correcto y muy perfilado
y el tipo un poco repulsivo del judo narigudo, con los labios gruesos
y abultados y los ojos pequeos.

Haba en toda la casa un olor a cerrado y al mismo tiempo a estoraque,
o alguna otra cosa aromtica, que no me hizo ninguna gracia.

Sirvieron el almuerzo, que consisti en t con leche, tostadas con
manteca, miel y un lquido dulce, con gusto a naranja. En lugar de pan,
nos dieron unas tortas redondas y muy delgadas, sin sal.

El Nio de Baza estuvo de conquistador con la nieta de Samuel. Saba
que la chica era rica, y prepar en seguida sus bateras.

Despus de almorzar volvimos de nuevo al despacho y hablamos.

--No creis que tengo una fortuna grande...--nos dijo Samuel Lione--.
No, no..., una pequeez, un mediano pasar. No hagis caso de lo que os
digan en Tnger acerca de m. No, no. Por el patriarca Abraham! Qu
ms quisiera yo!

Le dije que no me haban hablado de l en Tnger, y que haba ido
a verle para saludarle y para presentarle aquel joven espaol que,
habiendo odo hablar de que l organizaba caravanas al centro de
Africa, quera ir en una de ellas.

Samuel Lione sonri al Nio de Baza y le alab su aficin al comercio.
Despus nos explic sus negocios. Se dedicaba principalmente a la trata
de esclavos, que compraba en Tumbuctu, y a veces en el Sudn.

En Fez, en Mezqunez y en Marrakech tena depsitos de esclavos. Nos
dijo que l provea al sultn y a los principales magnates del imperio
de esclavas negras para los harenes, que haca venir del interior de
Africa; negras que eran de una raza especial muy fea para nuestra vista
por sus morros salientes y su nariz chata, pero que a los moros les
parecan hures de Mahoma.

Aadi que reciba remesas de cuando en cuando de veinte o treinta
nias, de diez a doce aos, en Tafilete, donde tena un gran depsito,
y, a manera de hospital, que all apartaba las que tenan lepra, les
curaba a las otras la sarna, las dems enfermedades y los parsitos;
luego, con baos, purgas y frotaciones y mucho alimento, las engordaba
y las pona lucidas como los cristianos engordan esos animales, que son
la abominacin de Jehov y que se llaman, con perdn, cochinos.

Mudaban enteramente de piel y de pelo las negras, y se ponan
relucientes como espejos.

A los catorce aos las llevaban al mercado, y acudan los corredores a
comprarlas, procediendo a un reconocimiento escrupuloso antes de cerrar
el trato.

Los compradores las conducan con mucho cuidado a su destino, en una
especie de jaulas, que colocaban en camellos, y muy cubiertas con
toldos para que no les diese el sol, ni las viesen los curiosos.

Este comercio era el ms productivo para l; pero haba tanto gasto!
En Tumbuctu tena una factora exclusivamente destinada para sus
compras.

Era el nico comerciante dedicado a este honrado trfico.

Tambin reciba de Tumbuctu oro en polvo, marfil y plumas de avestruz,
y enviaba, a cambio, telas que compraba a poco precio en las almonedas
de Gibraltar.

Lione me dijo que a los veinticinco aos haba hecho dos viajes a
Tumbuctu, la lejana ciudad de Africa, atravesando el gran Desierto.
Entonces era Tumbuctu tan misteriosa que algunos dudaban de su
existencia.

Samuel Lione con esa rpida efusin que suelen tener a veces las
gentes que viven aisladas, nos cont sus viajes a Tumbuctu con cierto
nfasis. Nos habl con entusiasmo del Desierto, de las caravanas de
cientos de camellos, que apenas dejan huella en la arena dura; de la
forma del terreno arenoso, siempre igual y siempre distinto, como el
mar; de las angustias al no encontrar los oasis con agua; del tener que
beber a veces la sangre de los camellos... Todas estas dificultades y
penas estaban compensadas, porque en dos o tres viajes se poda uno
enriquecer.

Mientras hablaba Samuel se vea la mezcla del miedo con el deseo de la
ganancia.

Una cierta elocuencia florida al acento llorn y sibilante.

En medio de toda su blandenguera se notaba que el buen Samuel era un
guila para el comercio y que hubiera vendido hasta a su padre. Luego
Lione nos habl de sus antepasados, que eran espaoles, que haban
vivido en Medina del Campo y haban sido expulsados de Castilla en
tiempo de Felipe III. Su apellido verdadero era Len, o de Len, y al
refugiarse en Francia lo afrancesaron y lo convirtieron en Lione.
Tena todos los papeles y ttulos de pertenencia de la familia y hasta
la llave de la casa de Medina.

Respecto a la pretensin del Nio de Baza, dijo que fuera por all, y
que ya vera.

Despus de cuatro horas de charla me volv a casa de Mesoda.

Al da siguiente pas de nuevo por el despacho de Samuel Lione, que
me prest cien duros. Le dije a Borja Tarrius y a Moreno Guerra que
me marchaba a Gibraltar y que les escribira. Borja Tarrius me indic
que le haban encargado aquel mismo da de la educacin de los hijos
de varios cnsules europeos de Tnger; que ya tena medios fciles de
vida, y que preferira un pas templado como aqul que un pas fro
como Inglaterra, y que se quedaba definitivamente all.

Moreno Guerra me dijo que le avisara adnde iba y lo que haca.

Comimos, charlamos mucho, me desped de la familia juda, me
acompaaron Borja y Moreno hasta la lancha, y me fu a Gibraltar.

       *       *       *       *       *

Despus de bastantes aos, le vi a Borja Tarrius; me dijo que el Nio
de Baza se haba casado con la nieta de Lione y haba tenido un hijo
con la Sara. El Nio de Baza, hecho un completo bandido, lleg a ser
hombre de fama en el pas, y en una de las expediciones al centro de
Africa le mataron en el Desierto.

Respecto a Sara la roja, se escap con un ingls rico, y viva por
entonces en Inglaterra hecha una princesa. Moreno Guerra muri
misteriosamente, poco despus de ir a Tnger. Segn algunos le
envenenaron en el viaje de Gibraltar a Londres.




                          ROSA DE ALEJANDRA




                                  I.

                           EL VIAJE A EGIPTO


PUESTO que deseas que siga la narracin de mi vida, amigo Pello, dijo
Aviraneta, la seguir.

A mediados de noviembre de 1823 sal de Tnger y llegu a Gibraltar,
donde me esperaban en el muelle el hijo de la seora Toledano y el
dependiente principal de Benoli, el banquero.

Me llevaron a casa de un judo que me cedi un gabinete muy bonito, y
me dieron una carta de residencia del Estado Mayor de la plaza.

El seor Benoli era hombre rico, banquero de mucha influencia, y viva
muy en grande en una casa a la inglesa. Me present a l, me trat muy
amablemente y me dijo que fuera a su casa cuando me pareciera.

Fu una vez por cumplir y no volv. Me cans en seguida de Gibraltar.
Ya no tena all amigos. Los liberales espaoles se haban marchado.
Aquello me pareca un sitio estrecho, de lo ms antiptico del mundo.

Un da que estaba en mi gabinete, tendido en el sof divagando,
apareci el seor Benoli.

--Qu le pasa a usted?--me dijo--. Est usted enfermo?

--S, algo enfermo debo estar, pero principalmente estoy aburrido; yo
no puedo vivir as. Me he acostumbrado a otra vida.

El seor Benoli quiz crey que le quera decir que tena hbitos ms
fastuosos, y sonri suponiendo que era una fanfarronada de espaol.

--Pues cmo ha vivido usted?--me dijo con irona judaica.

Yo le cont brevemente mis andanzas de guerrillero y de conspirador, y
como vi que le interesaban di detalles y ms detalles. El seor Benoli
se qued tan asombrado, que creo que si le hubiera dicho que yo no era
un hombre, sino un trasgo o un gnomo, no hubiera tenido tanto asombro.

--Pero usted ha vivido de esa manera!--exclam varias veces.

--S.

--Es extraordinario. Yo tena otra idea de los guerrilleros. Y para
qu ha vivido usted as? Ha ganado usted mucho con eso?

--Nada. El poco dinero que tena lo he perdido.

A Benoli no le caba esto en la cabeza.

--Con la actividad y la energa que ha desplegado usted intilmente,
puesta en el comercio se hubiera usted hecho millonario.

Esta observacin de judo le pareca a l un argumento irrebatible.

--S, es posible--contest yo--; pero en el comercio no hubiera puesto
tanta energa. Ser rico no me interesa. Yo no necesito mas que el
dinero imprescindible para comer y tener un rincn donde dormir. Esto
se me cae encima. Yo necesito campo, peligros, intrigas para estar bien.

Benoli y yo nos miramos como podran mirarse un lobo y un castor.

--Sin embargo, usted piensa marcharse a Mjico a ser comerciante,
segn me ha dicho?

--S, si no encuentro otra cosa mejor.

--No hay nada mejor que el comercio, seor Aviraneta--replic l
sonriendo--. Yo creo que usted no se ha dado cuenta de ello. Yo
quisiera que usted probara a trabajar en mi casa.

--Probar.

--Yo le dar a usted el mximum de sueldo y el mximum de comisin.

--Pues nada, empezar.

Comenc a acudir al escritorio, y fu tan puntual y ordenado como
pudiera serlo el primero.

Al cabo de un mes, Benoli me llam a su despacho.

--Indudablemente, seor Aviraneta--me dijo--, no sirve usted para la
vida sedentaria. No come usted, no bebe usted, no habla usted, y se va
usted poniendo ms amarillo que un limn.

--S. Es cierto.

--Qu ha pensado usted hacer?

--Yo haba pensado ir a Grecia y hacer la campaa contra los turcos;
pero como todo el mundo me habla aqu mal de los griegos, he decidido
ir a Egipto y ofrecerme al gobierno del virrey como oficial.

--Bueno, bueno, como usted quiera. Si trata usted de ir a Egipto, yo le
proporcionar a usted barco.

El seor Benoli se mostr muy generoso, me entreg cincuenta libras
esterlinas, entre sueldo y comisin, por el trabajo que haba hecho
durante un mes en su casa. Al pensar en ir a Egipto, se me ocurri
llevar una mercanca a vender por all, e hice mi ancheta y la met en
un gran cajn.

El da seis de diciembre apareci un bergantn en el puerto de
Gibraltar, que marchaba a Alejandra. Era un bergantn nuevo, sin
nombre. Iba tripulado por la marina de guerra inglesa; lo llevaban para
entregarlo al virrey de Egipto.

Bajaron el capitn sir John y dos oficiales, y fueron a visitar a
Benoli. Benoli les habl de m, y el capitn sir John le dijo que
con mucho gusto me llevara en su barco hasta Alejandra, puesto que
era liberal y amigo suyo.

Al da siguiente se condujo al barco mi cajn de mercancas, al que le
pusieron precintos de plomo y una etiqueta con el escudo de Inglaterra.

El capitn sir John dijo que, para ir a bordo, deba marchar vestido de
guardia marina.

Benoli me envi a su sastre, para que me hiciera un traje completo de
guardia marina, que se compona de chaqueta y pantaln azul, chaleco
de grana y polainas. Me trajeron tambin a casa un kepis, un sombrero
redondo de hule y un capote de goma.

Benoli me entreg la vspera de mi partida dos cartas de
recomendacin: una para el general Boyer y la otra para un comerciante
judo de Alejandra, corresponsal suyo, que se llamaba Isaac Bonaffs.

A las seis de la maana del da diez de diciembre, en un lanchn de
Benoli, me dirig al bergantn, en compaa de Toledano. El bergantn
haba levado anclas y extendido algunas velas.

Estrech la mano de mi amigo, quien volvi en una lancha, y me dirig,
acompaado de un mozo, a mi camarote.

A las seis y media zarp el bergantn, con viento fresco, y dejamos al
poco rato de ver Gibraltar y las costas de Africa.

Al medioda el viento se hizo ms fuerte, y, al comienzo de la tarde,
se desarroll un ventarrn furioso. Se recogieron las velas y casi a
palo seco fuimos marchando por el mar, sin rumbo.

Yo llevaba das sin dormir bien, y no s si por el medio mareo que
tena o porque beb un poco de vino, el caso fu que me ech en la cama
y no despert hasta el da siguiente a las once. Al salir vestido a
cubierta, sir John, el capitn, comenz a rer al verme y me dijo:

--Usted es un lobo de mar.

--Pues, por qu?

--Porque ha podido usted dormir cuando todo el equipaje andaba mareado.
Hemos tenido un huracn terrible.

Pas con sir John a la cmara de oficiales, donde vi que haba dos
tenientes, echados de bruces sobre la mesa, estudiando un gran mapa.

Aunque yo no los entenda, porque hablaban ingls, comprend que
estaban buscando la posicin y el derrotero del barco.

Sir John, a quien le gustaba hablar francs conmigo, me dijo que bamos
a tener mal tiempo, porque el barmetro segua bajando.

No s a punto fijo hacia dnde navegamos; yo no me atreva a
preguntrselo a nadie, pero s s que por la tarde del tercer da se
nos present el viento de proa y empezamos a dar bordadas.

A eso de las once de la noche comenz una tormenta espantosa: una de
rayos, de truenos, de granizo, que no paraba un momento.

El capitn y los oficiales estaban de observacin en la cmara; los
marineros esperaban rdenes en el puente.

Yo no poda hacer all nada ms que estorbar. Antes de meterme en
la cama, agarrndome a lo que pude, llegu a la cocina y le compr
al cocinero vveres. Desde nuestra salida de Gibraltar no se haba
encendido la cocina. El cocinero me puso en un talego una docena de
galletas, medio queso, dos tarros de mermelada, dos botellas de vino de
Jerez y un frasco de aguardiente. Llegu a tientas a mi camarote, cerr
la puerta, porque entraba agua, y me dije:

--Hay que entregarse al destino.

Com un trozo de queso y unas galletas con dulce, beb un vaso grande
de Jerez, luego una copa de aguardiente, encend un cigarro y a la
media hora estaba dormido. Nunca he tenido sueos ms raros.

A la maana siguiente me despert. Haba agua en el suelo del camarote.
Cuando abr el ventanillo y mir al mar me di el vrtigo con aquel
resplandor y aquella blancura de la espuma.

Me pareci que el mar se hallaba ms agitado, pero el aire ms
tranquilo, y supuse que esto era buena seal. No sal del camarote;
estuve haciendo gimnasia, y al anochecer tom mi trozo de queso,
mis galletas con dulce y dos vasos grandes de Jerez, y dos copas de
aguardiente.

Tard en dormirme, pero me dorm. Al da siguiente, al despertar con
la cabeza un poco pesada, vi que haba amainado el temporal. Abr el
ventanillo y vi el mar mas tranquilo, y me volv a tender en la cama.
Estaba dormitando cuando entraron en el camarote el capitn y el
cirujano del barco.

--No he visto otro parecido--dijo el cirujano sealndome a m--. Este
es un hombre grande. Y luego hablan de la flema inglesa!

El capitn sir John se rea.

--Levntese usted--me dijo--, porque tienen que limpiar todo esto.

--En dnde nos encontramos?--le pregunt yo.

--Nos estamos acercando a la costa francesa, a las islas de Hyeres.

Me levant, me vest y sal a cubierta, con la cabeza un tanto pesada.

Antes del medioda llegamos a la isla de Porquerolles, donde anclamos.
Examinaron los oficiales y el contramaestre el casco del barco, que
tena alguna avera insignificante; lo limpiaron los marineros por
dentro y por fuera, secaron el velamen y a las veinticuatro horas
estaba el bergantn tal como haba salido de Gibraltar.

Se compraron vveres, se encendi la cocina, y comimos por primera vez
caliente y de una manera esplndida.

La marinera tuvo tambin un gran banquete, con carne fresca y pan del
da, y el capitn regal a los marineros una pipa de vino.

A media noche nos hicimos a la vela con un tiempo hermoso, y a los doce
das de dejar las costas de Francia estbamos a la vista de Alejandra.

En todo el trayecto, el capitn sir John tuvo para m muchas
consideraciones, sentndome a su mesa en unin de los oficiales y del
mdico.

Tena sir John algunos libros, y me prestaba los que le peda. Me dej
el libro de Volney, sobre Egipto y Siria, y los viajes de Ali Bey.

Al llegar a la vista del puerto de Alejandra la organizacin y la
etiqueta del barco variaron. El capitn dej su familiaridad y se
convirti en un jefe fro y desdeoso. Su cmara qued convertida en el
palacio de un strapa con su correspondiente guardia.

La etiqueta era ms rigurosa que en China. Yo tuve que salir de mi
hermoso camarote y marchar a la cmara de los pilotos. Uno de ellos,
que tena un lbum de vistas grabadas, sac una del faro de Alejandra
y me mostr una torre asentada sobre una roca, con un brasero humeante
en la punta.

Aquel era el antiguo faro, que se consideraba como una de las siete
maravillas del mundo, dibujado conforme a las descripciones de los
antiguos, porque ya no exista, y, en su lugar, estaba el castillo que
hizo construr el sultn Solim en el siglo XVI.

Por la maana, al amanecer, me levant de la cama y me asom a la
borda. No se vea mas que la costa baja, amarillenta, iluminada por el
sol; la ciudad, vagamente, y la columna de Pompeyo, que se destacaba
con claridad.

Estuvimos mucho tiempo parados delante de Alejandra. Yo senta
impaciencia y un gran deseo de bajar a tierra; pero como all, en el
barco, todo se haca siguiendo el protocolo, tuve que esperar. Al da
siguiente nos acercamos al puerto al amanecer; por la maana lleg el
cnsul ingls de Alejandra, fu a visitar a sir John y tuvo con l una
larga conferencia.

Pudimos contemplar la ciudad iluminada por el sol, que me pareci un
montn de ruinas; las fortalezas, el faro, las torres y los mstiles de
los barcos.

Despus de la entrevista el capitn me avis que si quera saltar a
tierra poda entrar en Alejandra, en compaa del cnsul, como sbdito
ingls, sin que en la Aduana me molestasen.

Fu a dar las gracias a sir John, que me escuch impasible, y me
hizo un saludo militar como si no me conociera, y baj a la lancha
del cnsul. Pasamos por delante del faro actual; una bastilla, con
una torre para seales, y alrededor de la fortaleza una muralla con
sus cubos, que rodean la isla. Entramos en el puerto de Eunostos y
desembarcamos cerca de la Aduana. Yo sub en un coche que esperaba al
cnsul y fu con l hasta su casa.




                                  II.

                   LA CASA DE CHIARAMONTE, EL MALTS


ME invit el cnsul a desayunar en su casa. Tom una taza de caf con
leche y un poco de dulce, y fumamos un cigarro.

--Dgame usted ahora qu piensa hacer. Yo voy a trabajar--me dijo.

--Quisiera que me indicaran las seas de un judo, Isaac Bonaffs, a
quien estoy recomendado.

--Bonaffs? Lo conozco--me dijo el cnsul--. Un criado mo le
acompaar a usted a su tienda. Deje usted la maleta aqu, y luego
pueden venir a buscarla.

Me desped del cnsul, y con el criado baj al portal. Salimos.
Atravesamos unas callejuelas y llegamos a una calle hermosa y recta,
con aceras, la calle de los Francos, y, como a la mitad, nos paramos
en una casa de un piso, que tena una tienda pintada de rojo, que coga
toda la fachada. Entramos en ella. Un dependiente nos advirti que el
principal no estaba en aquel momento en casa.

El criado del consulado dijo, con el despotismo del ingls, que era
asunto del cnsul de Su Majestad britnica, y que lo llamaran.

Al cuarto de hora apareci el seor Isaac Bonaffs, un hombre
rechoncho, de barba negra, de mechones muy blancos, con una cara del
color de una vejiga de manteca, vestido con una tnica azul y gorro
griego.

El seor Bonaffs me pregunt secamente en qu podra servirme; pero
cuando le dijo el criado que era asunto del cnsul ingls se deshizo en
cortesas.

Le di una propina al criado del cnsul, que la tom, a pesar de su aire
de caballero de la Tabla Redonda, y me qued en la tienda de Bonaffs.

Saqu mi cartera, y de ella la carta de Benoli. La ley ste, la
examin y me dijo.

--Yo estoy obligadsimo a Benoli, y usted me manda. Qu quiere usted
hacer?

--Primero quisiera tomar un cuarto en un fonda o donde sea.

--Hombre, aqu fonda buena para estar mucho tiempo, no hay.

--Entonces, ser mejor una casa de huspedes?

--S, yo creo que sera mejor. Casa de huspedes... Casa de
huspedes... Ya tengo una. Es de un malts que ha vivido en Gibraltar,
hombre rico, que sabe el espaol. Si quiere usted, yo le acompao.

--Bueno. Vamos.

Recorrimos la calle de los Francos y fuimos por una callejuela de
casas blancas, con puertas y ventanas hermticamente cerradas. Antes
de llegar al barrio rabe nos detuvimos en una casa baja y muy larga,
con celosas pintadas de verde. Llamamos varias veces con el aldabn, y
apareci en una ventana un tipo de bandido italiano con la cara tostada
por el sol, tuerto, y con una cicatriz que le coga media cara.

--Buon giorno, amico Chiaramonte--dijo Bonaffs.

--Buon giorno! Ah! Dove andate, amico Bonaffs?

--A casa vostra.

--Ah! Bene. Bene.

--E la signora Cayetana, come sta?

--Bene. Bene. Andate ad aprir la porta--grit Chiaramonte a alguno.

Un criado abri la puerta y pasamos adentro. Subimos por una escalera
pequea donde estaba Chiaramonte, y entre el judo y el malts se
entabl una conversacin chapurrada en la lengua de los francos de
Alejandra; una jerga mixta de turco y de griego.

--Este seor es espaol--dijo Bonaffs.

--Ah! Es espaol?

--S--repuso Isaac Bonaffs--, es un espaol recomendado por Benoli,
el banquero de Gibraltar, y por el cnsul ingls de aqu. Quiere
quedarse en Alejandra algn tiempo, y yo le he indicado la casa de
usted, por si ustedes le pudieran tomar de husped.

--En este asunto mi mujer y mis hijas son las que deciden; yo no me
ocupo mas que de mis caballos--dijo el malts.

--Bueno; pues llame usted a la seora Cayetana y a sus hijas.

El malts llam a su mujer y a sus dos hijas. La madre era una mujerona
con aire un poco africano, el pelo negro ensortijado, los ojos grandes
y los labios rojos. Las hijas eran muy bonitas.

La patrona puso dificultades sobre la asistencia, y nicamente se avino
a tomarme de husped a condicin de que yo comiera con toda la familia
y a las horas en que ellos acostumbraban.

--Estoy conforme--le dije yo--; nicamente me gustara ver el cuarto.

Me ensearon una sala grande, con una alcoba blanqueada, que tena
ventanas cerradas con celosas que daban a la calle.

--Por el precio no reiremos--me dijo la patrona--; tengo otro espaol,
y a l le llevo dos pesetas al da, porque por ahora gana poco, y tiene
un cuarto pequeo. A usted le llevar tres pesetas.

--Muy bien.

Cerramos el trato, y el malts mand a un mozo suyo a que recogiera mi
maleta en el consulado ingls, y yo sal con Bonaffs.

--Qu clase de pjaro es este Chiaramonte?--le pregunt en la calle.

--Es buena persona. Se puede usted fiar de l. Es tratante de caballos
y hace contrabando. Las chicas son un _bocato di cardinale_, y tendrn
sus doscientos mil francos cada una de dote. Ahora que, como son
catlicas, aqu no encontrarn novios de su religin. Nosotros, los
hebreos, no queremos bodas mixtas. Pero para usted que es catlico, si
no es ya casado...

--No, no estoy casado.

--Entonces no le digo a usted ms.

Al llegar a la tienda del seor Isaac, le consult acerca de mi
ancheta y le ense la factura. El comerciante la estudi artculo
por artculo, y me dijo que, como no haba pagado flete, ni pagara
aduanas, ganara el doble de su precio.

--Mas no creo que haya usted venido en un barco de guerra slo para
traer un cajn de sedera o cosas por el estilo--aadi Bonaffs.

--No; mi objeto es entrar al servicio del virrey de Egipto, que va a
organizar un ejrcito a la europea.

--Ya sabe usted que hay un general francs que lo dirige todo.

--S.

--Trae usted alguna carta de recomendacin para l?

--S.

Se la ense, la ley, y me dijo:

--Yo le puedo servir a usted de algo. Viene a mi casa un capitn
francs, Lasalle, que es de Auch y se dice sobrino del general Lasalle.
Este Lasalle est en Alejandra y parece que es un comisionado del
virrey para recibir a los militares europeos.

--Y qu clase de hombre es?

--Pues, como todos los franceses, es muy patriota. Lasalle hace
lo posible para favorecer a sus paisanos y poner toda clase de
dificultades a los que no lo son. Hace tiempo vinieron aqu muchos
jefes y oficiales que haban servido con Murat; luego han venido otros
italianos de los constitucionales del general Pep y no han podido
entrar aqu, y se han marchado a servir a los griegos.

--As que esto no est bien?

--No est nada bien. Al que no le quieren, aunque tenga buenas
recomendaciones, le aceptan y le ponen en una seccin de
disponibilidad; luego le envan a cualquier rincn del alto Egipto o de
Siria, y all tiene que vivir, con un sueldo de un franco cincuenta, o
dos francos al da.

--Entonces me parece que me he equivocado al dirigirme a esta tierra.

Me desped de Isaac Bonaffs, que quiso acompaarme. Encontramos a
Chiaramonte a la puerta de su casa, y l y Bonaffs se embromaron el
uno al otro sobre sus respectivos negocios.

--Nostro amigo Chiaramonte--me dijo Bonaffs--es molto rico. El
contrabando!

--Bah! Bah!--repuso Chiaramonte--. E voi? Sempre esta facendo
denaro--me dijo--. Questos judos son maravigliosos. Oh! Che canaglia!

--E lei es molto mas rico que yo--exclam Bonaffs.

No me interesaban mucho estas gracias de comerciantes, y sub al piso
principal.

Sali la Cayetana, la mujer de Chiaramonte, y me pas a una salita
en donde se hallaba ella en compaa de sus dos hijas, que estaban
haciendo labores. Este saloncito era muy bonito; tena un gran mirador
colgado sobre la calle, con muchas flores, el clsico divn, con sus
almohadones bordados a estilo oriental, unas cuantas sillas de Damasco,
un piano y varios grabados antiguos. Alrededor del saln haba un
estante y en l se vean libros de Chateaubriand, Walter Scott y la
_Historia de los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusaln_,
por el abate Vertot, en una edicin de lujo. Las dos muchachas me
parecieron verdaderamente encantadoras en la intimidad. Sobre todo Rosa
era muy bonita. Hablaban muy bien el castellano y saban el italiano y
el ingls. Haban sido educadas en una pensin de Gibraltar.




                                 III.

                          NUESTRO AMIGO MENDI


ESTBAMOS hablando de la vida y de las costumbres de Alejandra, cuando
se oyeron pasos en la escalera y despus en el corredor.

La seora Cayetana se levant, y en su lengua chapurreada dijo al que
llegaba:

--Seor Mendi. Aqu hay otro _spagnuolo_ que va a vivir con nosotros.

Entr el espaol; yo me levant para saludarle.

Era alto, fuerte, guapo.

No hice ms que verle y or su voz y le dije:

--Usted es vascongado?

--S. Y usted?

--Yo tambin.

--De dnde es usted?

--De Tolosa.

Nos dimos la mano efusivamente y hablamos en vascuence, produciendo la
sorpresa de la familia Chiaramonte, que nunca haba odo esta lengua.

Me cont mi paisano que haca tres meses que estaba en Alejandra,
adonde haba llegado en un barco de Marsella. Era Mendi nacional de
caballera; haba servido en Navarra y en la Rioja, como sargento, en
la partida de un tal Mantilla, hasta la dispersin de la partida, a la
entrada de los franceses de Angulema, en que haba tenido que emigrar a
Francia.

Me dijo que se apellidaba Basterrica, pero, como al escaparse de Espaa
haba comenzado a llamarse por su segundo o tercer apellido, Mendi,
todo el mundo le conoca por Mendi, y como era ms corto y ms fcil
para los extranjeros, lo haba adoptado.

Era Mendi hombre de unos veinticinco aos, de gallarda figura. Se
expresaba siempre con un aire atento y expresivo, y deca las mayores
impertinencias con una impertrrita frescura. Hablaba el castellano
bien, pero de una manera afectada; y esta afectacin se elevaba de
punto cuando se expresaba en francs. Entonces cambiaba de voz y de
gestos. Slo hablando el vascuence pareca natural en la voz y en los
ademanes. Como era temprano y no se cenaba hasta las ocho y media, me
propuso Mendi dar un paseo; haca una hermosa noche de luna.

Cogimos nuestros sombreros y marchamos por entre callejuelas. El pueblo
estaba a obscuras. No haba alumbrado en Alejandra, y donde no entraba
la luz de la luna se iba tropezando y metindose en basuras.

--Erri ziquia au--(Este pueblo es muy sucio)--me deca de cuando en
cuando Mendi, en vascuence, con su voz ronca.

Salimos a un arenal que estaba lleno de ruinas, y fuimos a sentarnos
en un monolito grande, que estaba medio sepultado al lado de otro
enhiesto. Deban ser las agujas de Cleopatra. Cerca se levantaba una
gran torre. Aquel paisaje, aquella ruina a la luz de la luna, pareca
algo de ensueo. No haca calor: una brisa fresca y hmeda vena del
mar, que murmuraba a pocos pasos.

Mendi se sent en la piedra y me cont sus vicisitudes en aquel
pueblo, donde, segn l, no haba elementos. Esta era su muletilla. Se
haba puesto a dar lecciones de msica y de piano. Msica a aquellos
brbaros! Cosa intil! No tena mas que pocas lecciones a tres duros:
dos seoras, un fraile y unos _zarpajuelos_ de judos, como deca l.

De pronto Mendi dejaba su voz afectada, y deca en vascuence, con su
voz fuerte.

--Yo, que viva all en Tolosa tan bien, que me llevaban a la cama
todos los das un tazn de leche caliente con azcar! Yo en este pas
asqueroso donde no hay elementos! Paisano, qu final!

Haba odo decir que haba chacales en los alrededores de Alejandra.

Se oan allidos de perros o chacales en el arenal. No me haca gracia
estar all.

--Vamos a casa--indiqu yo--. Dicen que hay por aqu chacales.

--Chacales--exclam Mendi, con su voz gruesa--. Qu ha de haber aqu!
Unos perros que suelen andar entre las ruinas! Se les pega una patada
y echan a correr. Aqu no hay nada.

Mendi me pareci un hombre simptico, pero terco y, sobre todo,
ignorante y sin curiosidad ninguna. Apartndole de la msica y de otras
dos o tres cosas, en lo dems era negado.

Volvimos a casa sin encontrar ms alma viviente que algn perro,
que nos persigui con sus ladridos, y nos presentamos a la mesa de
Chiaramonte. Pronto comprend que el amigo Mendi se haba hecho el amo
de la casa del malts. Todo el mundo le contemplaba con admiracin.
Mendi empleaba en su conversacin una variedad de tonos: hablando en
francs, era redicho y afectado; en castellano, tena la tendencia a
imitar a los andaluces.

A cada paso me deca:

--Eugenio. Eh! Aquella sidra de nuestro pas! Aquellos
_perrachicus_! Aqu no hay elementos.

Despus de cenar, Mendi pas a una salita, con un piano, y fuimos todos
tras l.

Se puso a tocar, y las nias Rosa y Margarita cantaron. Las pobres
muchachas temblaban, porque el maestro era tan severo, que no les
perdonaba la menor falta.

--No, no. As no es--deca Mendi--; hay que empezar de nuevo.

--No sea usted pesado--le dije yo--; lo hacen muy bien.

--No, paisano, no. Esto hay que hacerlo completamente bien, o no
hacerlo.

--Tiene razn--dijeron las chicas--; debe corregirnos mientras no lo
hagamos tal como es.

Chiaramonte y su mujer crean lo mismo.

Terminamos nuestra reunin y nos fuimos a la cama.

Cuando iba a entrar en mi cuarto, me grit Mendi:

--Eugenio, eh!; aquellas sardinas que se comen en nuestra tierra no
las encontrar usted aqu. No hay elementos, ya se convencer usted.

Me acost, me dorm, y a la maana siguiente fu al consulado ingls y,
despus, a casa de Isaac Bonaffs.

Le dije a ste que mi fardo lo haban desembarcado, y que, si quera,
lo llevara a su tienda. Me contest que s, pero que no lo abrira sin
estar yo delante.

Volv a mi casa y me encontr en la puerta con Chiaramonte.

El malts era un hombre de unos cincuenta aos, tostado por el sol.
Tena, indudablemente, sangre de hombre del Norte; el ojo que le
quedaba, azul como de porcelana, y el pelo, ms claro que la tez.

Me ense Chiaramonte su casa, que era grande; tena hermosas cuadras y
grandes almacenes de paja y cebada. Hablamos de caballos, y yo le solt
todos los datos que haba ledo en el libro de Volney sobre los potros
del Yemen.

Estando hablando se presentaron las dos hijas, Rosa y Margarita,
acompaadas de un criado; volvan de or misa en el convento de
franciscanos. Las salud, y las dije que la noche anterior no las haba
visto bien. Eran mucho ms bonitas de lo que yo me haba supuesto.

Rosa era rubia, con un color tan fino, tan delicado, que maravillaba.

Margarita era un tipo ms meridional.

Rosa, al or mi galantera, se puso un poco encendida, y Margarita se
sonri.

--Ah el _espagnuolo_! Siempre galante!--dijo el padre, riendo,
dndome una palmada en la espalda--. Bueno, bueno; vaya usted a
almorzar, que no habr usted almorzado.

Sub al comedor, me sirvieron el desayuno y charl un rato con las dos
hermanas. Me di tristeza verlas a las dos solas, sin amigas, viviendo
casi siempre encerradas.

Hablamos de Mendi, y vi que Rosa se animaba mucho con esta conversacin.

Despus de la charla volv a casa de Isaac Bonaffs, quien me dijo:

--Ha estado aqu el capitn francs Lasalle y le he hablado de usted.
Le he dado sus seas y me ha dicho que ir a verle.

--Bueno. Est bien Arreglamos el negocio de mis mercancas?

--S, cuando usted quiera.

Examinamos el gnero, que vena intacto; lo tas Isaac, y yo separ un
paquete grande de sedera que no estaba en la factura.

Isaac me abri una cuenta corriente en su libro de nueve mil y tantas
pesetas, y me volv a casa.

Al llegar me dijeron que haba venido un capitn francs a preguntar
por m, y que volvera a la hora de cenar.

--Tengo que hacerles un regalo--les dije a las chicas del malts--. He
trado un paquete de sedera, y de l he sacado tres paolones bordados
que estn en mi cuarto. Primero elegir Rosa; despus, Margarita, y el
que quede ser para su madre.

Se hizo la eleccin, y quedaron todas encantadas.

Cuando entr Chiaramonte le llevaron a ver los paolones.

--No, no; esto no es posible--dijo el malts tuerto--, esto vale mucho;
yo no puedo aceptar un regalo as.

Le dije que no fuera tonto, que a m me haban costado poco, y que no
molestara a su mujer y a sus hijas con tonteras.

Chiaramonte me di la mano.

--El _espagnuolo_! Siempre es as! Loco, loco.

Lleg Mendi, que vena de visitar el convento de franciscanos
espaoles, donde tena una leccin, y nos sentamos a la mesa.

Estbamos a la mitad de la cena cuando se present el capitn Lasalle.
Le pregunt a Chiaramonte si quera que lo pasara al comedor, y me
contest que s. Entr el capitn, le convidamos a cenar y dijo que
acababa de hacerlo, y que tomara una taza de caf y una copa de licor.

El tal capitn era un mocetn de unos treinta a treinta y cinco aos,
con el pecho muy abombado, bigote y patillas negras y grandes tufos
encima de las orejas.

Hablaba un francs muy gascn, y a cada paso deca. Pardi! Sacre
bleu! Me pareci un hombre muy ordinario. Me dijo que era sobrino
segundo del general Lasalle. Yo le cont que, en 1809, le haba visto
pasar a su to por Burgos.

Lasalle dijo que estaba muy contento en Alejandra; que en tres aos
haba ascendido de sargento a capitn.

Despus de cenar tomamos caf y pasamos al saloncillo, donde Mendi
se puso al piano. Cantaron Rosa y Margarita. Lasalle, en una
postura acadmica, las elogi, retorcindose el bigote, con aire de
conquistador.

Despus quiso cantar l, pero no se pudo poner de acuerdo con Mendi.
Este, con su serenidad habitual, le dijo con su francs perfilado:

--Para cantar, como para todo, amigo mo, hay que saber, y usted no
sabe.

El capitn se march muy amoscado con Mendi, echndole una mirada
furiosa.

Yo le dije a Mendi que para qu hablaba el francs as.

--Cmo as?--pregunt l.

--S, por qu no habla usted ms sencillamente, sin exclamaciones y
sin gestos? Si no la gente cree que se burla usted.

--Pero as se habla el francs!--exclam l--. Si le quita a usted al
francs todo eso de: _Ah non mon ami! Par exemple! Patat patata!_,
no queda nada.

No le pude convencer de que el francs as pronunciado tomaba un aire
de caricatura cmica.

--Ya ve usted, el capitn Lasalle se ha incomodado.

--Que se incomode.

--Hombre. Eso no est bien.

--Y para qu ha venido ese fanfarrn aqu?--pregunt Mendi.

--Ha venido a buscarme.

--Pues qu tiene usted que hablar con l?

--Yo quiero ver si entro en el ejrcito egipcio de comandante de
escuadrn.

--Usted quiere ser soldado!--exclam Mendi--. Usted quiere andar con
esas tropas de turcos sarnosos, asquerosos! Vestido de mamarracho! No
lo hubiera credo en un paisano mo.

Me qued un poco asombrado y confuso.

--Todava no s si me aceptarn--dije.

--No quiera usted ser soldado--salt Margarita--. Se har usted
borracho, malo... Para qu quiere usted ser militar?

La madre, la Cayetana, dijo que ella tena amor por el ejrcito, y que
si no hubiera visto a su marido de uniforme cuando era joven y no era
tuerto an, no se hubiera enamorado de l. Mendi asegur que a l le
tendran que prometer que le iban hacer capitn general, baj de tres
colas y casarle adems con la hija del virrey para decidirle a que
entrase en el ejrcito egipcio. Se discuti la cosa largamente y nos
fuimos a la cama.

Al da siguiente, al levantarme y asomarme a la ventana, le vi a
Chiaramonte.

--Eh! seor _espagnuolo_--me dijo--. Quiere usted beber un vaso de
leche de camella?

--De camella?

--S, s.

Me alarg un vaso grande y la beb toda. Era muy buena.

--Ahora qu va usted hacer?--me dijo el tuerto.

--Voy a ir a visitarle a ese capitn francs que vino ayer noche.

--Tiene usted sus seas?

--S. Aqu las tengo escritas.

--Bien. Yo le acompaar a usted.

Nos encaminamos por entre callejuelas estrechas y sin empedrar, con
las casas bajas, sin alineacin, con rejas y celosas y miradores que
casi se tocaban los de una pared con los de enfrente. Algunos camellos
disformes cargados de odres con agua, y adornados con collares con
cuentas de cristales de colores, marchaban despacio, y los rabes
flacos, morenos, como si fueran de barro cocido, con una camisa corta,
iban de prisa, unos a pie, otros montados en borriquillos, llevando
frutas y panes redondos y chatos.

Llegamos hasta un extremo de la ciudad, cerca de una puerta de la
muralla, donde haba un mercado sucio, de puestos hechos con caas y
esteras, y nos detuvimos en un casern antiguo y arruinado.

--Aqu es--me dijo Chiaramonte--. Hasta luego--, y se march.

En el portal me encontr a un soldado, en mangas de camisa y con gorra
de cuartel, limpiando dos caballos.

Le pregunt por el capitn Lasalle.

--Quiere usted ver al capitn Lasalle?--me dijo, cantando con acento
parisiense.

--S.

--Est bien. Venga usted.

Entramos en un patio, lo cruzamos, salimos a un jardn muy bien
cuidado, y en un ngulo vi un pabelln de ladrillo, de construccin
moderna, con una escalera de palomar.

Subimos y apareci otro soldado, a quien el primero dijo que yo vena a
ver al capitn Lasalle.

Contest que esperase un momento, y al poco tiempo apareci el capitn
con una bata de percal con florones, un fez en la cabeza y una pipa en
la boca.

Hablamos primeramente de mi asunto, y Lasalle me dijo que no tuviera
muchas esperanzas. Me cont que el general Boyer, encargado de formar
el ejrcito, en aquel momento en el Cairo, estaba dominado por los
ingleses, y que el pach de Alejandra, aunque buena persona, era un
antiguo mameluco. Me habl mucho de Ibrahim pach y de sus favoritos.
Ibrahim pach, el hijo del virrey, era el que dispona en el ejrcito.
Entre su squito estaban el coronel francs Anthelme Seve, que haba
renegado y se llamaba Soliman Bey, y era general egipcio. Soliman Bey
haba sido protegido por un mecnico francs, Gonon, que le present a
Mehemet Aly y haba sido el primer instructor europeo de las tropas.
Soliman viva en aquel momento en el Cairo, donde tena su harn. Me
habl tambin de Khurschid pach, que, como todos los mamelucos, era
hombre cruel e invertido, y de un capitn corso apellidado Mari, que
se haca llamar Bekir Aga. Estas eran las personas ms influyentes en
la corte, sobre todo en cuestin de asuntos militares. Me indic que
si pretenda entrar en el ejrcito egipcio no dijera que era emigrado
constitucional; que no me relacionase con los franceses e italianos que
andaban por Alejandra, porque la mayora eran estafadores y ladrones
hudos de Europa, que se hacan pasar por emigrados polticos. Los
egipcios que se les reunan eran mamelucos expulsados que los tenan
lejos del Cairo para que no conspiraran.

Despus se me puso a hablar de mis patronas.

--Es una familia italiana o espaola, esa con la que usted vive?--me
pregunt.

--Es maltesa.

--El tuerto es el amo de la casa?

--S.

--El padre de las chicas?

--S.

--Qu muchachas ms preciosas!

--S, son muy bonitas.

--Y aquel chusco que estaba tocando el piano?, quin es?

--Es un husped.

Despus de charlar largo rato, Lasalle se levant y me dijo:

--Le voy a ensear mi casa y mi familia; estoy hecho un musulmn: he
tomado una querida y vivo con ella y con su hermana.

Me present a su querida, que era una mulata muy fornida, de unos
veinticuatro aos, alta, morena, un poco bigotuda, que tena un hijo de
un ao. Su hermana, un poco ms joven, era por el estilo. Me present
Lasalle a un escribiente o secretario, que era un sargento francs al
servicio del Gobierno egipcio.

La casa era muy mala, con unos cuartos con todos los tabiques torcidos
y los suelos inclinados; tena ventanas con celosas, que caan al
jardn; los muebles eran primitivos, y por todas partes haba divanes
llenos de hierba con mosquiteros encima.

El capitn me invit a comer con l, y acept. Nos sentamos a la mesa
las dos mujeres, Lasalle, su escribiente y yo.

Las mujeres, que hablaban slo la jerga de los francos de Alejandra,
se pusieron a hacerme preguntas, y como no las entenda no las poda
contestar. No se dieron por vencidas, y me agarraban del brazo y, al
ltimo, de la cara y del pelo.

Yo le miraba a Lasalle como diciendo: Bueno, yo qu hago?; pero l no
se daba por aludido y beba a grandes vasos el vino de Chipre, que era
delicioso.

Se acab el almuerzo; se fueron las mujeres a su cuarto, manoteando y
hablando a gritos, y el escribiente se levant y se fu. Lasalle mand
al criado que le trajera licores y tabaco, y se tendi en el divn y se
puso a fumar y a beber.

--Usted no bebe?--me dijo.

--No.

--Hace usted mal; por eso est usted tan flaco y tan descolorido.
Mreme usted a m.

Le vi beberse ocho o nueve copas, y me dijo que tena que dormir la
modorra.

--Usted puede tenderse donde quiera.

--Me voy a ir a casa--le advert.

--Usted est loco!--grit incorporndose--. Espere usted que venga el
asistente y le ensillar el caballo.

--No hay necesidad. Ir a pie.

Me desped de Lasalle, saqu unos anteojos azules que haba comprado
en Gibraltar por consejo de un judo, y fu marchando despacio a casa.
Verdaderamente haca calor; el viento traa nubes de arena que quemaban.

No haba apenas gente en la calle, mas que algunos rabes andrajosos,
a quienes pareca no les haca efecto el sol.

Llegu a mi casa, me mud y fu al saloncito donde trabajaban Rosa y
Margarita. Les cont que haba venido de casa del capitn a pie, y me
aseguraron que yo estaba loco, que no volviera a hacer aquello, por que
si no iba a pescar una insolacin.

--Ustedes no andan nunca de da?--las pregunt.

--S, por la maana temprano o por la tarde. Vamos al Faro, donde corre
una brisa muy fresca.

Me preguntaron qu noticias me haba dado el capitn sobre mis
pretensiones.

--Malas, muy malas. Voy a tener que renunciar a mi proyecto.

--Y qu va usted a hacer?--me preguntaron Rosa y Margarita.

--Me volver a Europa o ir a Grecia a servir la causa de la libertad.

Entr la Cayetana y habl del capitn Lasalle. Me pregunt cmo viva,
aunque ella lo saba tan bien como yo, y hasta saba quines eran sus
mujeres, y que haban venido del Cairo.

Quise bromear con Rosa, y le dije que haba hecho un gran efecto en el
capitn, pero ella palideci e hizo un gesto de repulsin.

A las siete vino Mendi y habl de lo que haba hecho con su ingenuidad
natural, y despus se puso al piano.

Cant canciones vascongadas, pero tan bien y con tanta gracia que a
m me parecieron no haberlas odo nunca. Cant Iru Damacho, Barazaco
picuac. Yo me re a carcajadas. Las chicas me preguntaban:

--Qu dice la letra?

--Nada, o casi nada.

Y ellas mismas acabaron por rerse.

Not que Rosa, que estaba siempre melanclica, se anim, como si le
dieran nueva vida al venir Mendi. Este pareca rudo con ella, pero no
lo era.

Despus de Mendi cant Rosa; mientras cantaba lleg un mdico armenio,
que se llamaba Efren Syrox, hombre muy amable, que haba estudiado
en Bolonia y en Montpellier. Chiaramonte me dijo que Lasalle era un
muchacho aficionado al vino y a las mujeres, pero bueno.

--Ahora, que debe usted desconfiar de l, porque si nota que tiene
usted dinero le pedir prestado y no se lo devolver.

El mdico armenio y yo estuvimos hablando largo rato. Era este armenio
masn, del rito escocs, y nos reconocimos. El doctor Efren era
hombre joven, pequeo, de barba negra, larga, y con unos ojos muy
inteligentes. Pareca un mago. Estaba casado con una juda muy bonita,
y soaba con que algn da la Armenia se separase de Turqua. En tanto
trabajaba a favor de los griegos. El doctor Efren era un sabio y
conoca la historia de Alejandra al dedillo.




                                  IV.

                        LA FAMILIA CHIARAMONTE


MI patrn Chiaramonte era de Siracusa. Haba ido en su juventud con
el ejrcito ingls como herrador, a Malta, donde se haba casado
con Cayetana Gozone, que estaba de criada en una posada. De Malta
se traslad a Gibraltar. En Gibraltar dej el ejrcito y comenz su
comercio de caballos. Ganaba ya all bastante, y, como quera que sus
hijos adquirieran buena educacin, puso al mayor en una escuela de
nutica, y despus a sus dos nias, Rosa y Margarita, en un colegio.
Ms tarde, la posibilidad de hacer negocios de caballos le llev a
Alejandra. Chiaramonte y la maltesa tenan tres hijos. El mayor,
Demetrio, de veintids aos, era marino, y navegaba en un transporte
que haca el recorrido del Mediterrneo.

En la familia, los tres hijos haban cambiado a consecuencia de su
educacin. Demetrio era un marino culto y un hombre fino, que estaba
para casarse con una seorita rica inglesa; Rosa y Margarita eran dos
muchachas que hubieran podido vivir en un ambiente aristocrtico.
La madre y el padre, Chiaramonte y la Cayetana, seguan como en los
tiempos en que l era soldado y ella moza en una taberna.

Chiaramonte era hombre rudo, bueno; pero ya incapaz de cambiar. Tena
un afn de ganar de judo.

Guardaba en el Banco de Alejandra doscientas mil pesetas en valores, y
tena otro tanto en negocios, pero esto no le bastaba.

--Para qu quiere usted ms?--le decan los amigos--. Aqu no va usted
a poder casar sus hijas, a no ser que las quiera usted casar con turcos
o con judos.

Chiaramonte no ceda.

Su mujer, Cayetana, estaba joven; no haba cumplido an los cuarenta
aos. Se haba casado a los quince.

Las maltesas tienen fama de mujeres de vida muy libre. La Cayetana se
permita, a veces, alguna expresin cnica delante de las hijas; pero
ellas la miraban framente.

La Cayetana estaba incomodada porque no se haba divertido en su
juventud. En Malta, segn ella, las mujeres la corran bien. Ella haba
estado siempre con aquel tuerto avaro que le haca trabajar como a una
mula y no la dejaba respirar.

--He vivido con Chiaramonte, que no piensa mas que en ganar dinero--me
deca--. Ahora me tengo que divertir.

La Cayetana hablaba con entusiasmo de los enredos del pueblo, de la
querida de Fulano y del amante de la Zutana. Estos los la encantaban.

Chiaramonte no le daba a su mujer mas que lo necesario para la vida. En
cambio, daba dinero a las hijas.

La divergencia de gustos y de inclinaciones de la familia produca
muchas veces rias y choques. El padre tena una admiracin y un
entusiasmo por sus hijas grande; en cambio, senta indiferencia y
desvo por su mujer. La Cayetana se vea preterida, lo que la ofenda
profundamente. Estaba, adems, celosa de su hija mayor, de Rosa, y a
veces se pona contra ella.

Rosa lo notaba y sufra, pero el cario de su padre y de su hermana la
consolaba.

Rosa era ms inteligente que Margarita y, sobre todo, ms romntica. Le
gustaba la naturaleza, el mar.

Rosa me cont el viaje que haba hecho con su hermano a Npoles, a
Malta y a la isla de Gozzo.

Haba conocido a sus abuelos, los padres de su madre, que eran de esta
isla, de una aldea llamada en el pas Sannat, y por los italianos,
Zannata.

Rosa deca que su madre descenda del caballero de Malta Diosdado de
Gozon, que mat un monstruo que viva en una caverna prxima a un
pantano, en la isla de Rodas.

Segn Rosa, la vida en Gozzo era patriarcal; no se conoca el lujo
de la isla de Malta. All todos eran pescadores, y los chicos se
divertan descolgndose hasta el mar, con cuerdas, desde los ms altos
acantilados, para cazar palomas.

Para Rosa la isla de Gozzo era admirable.

--Si muero--deca--, quisiera morir all.

--Por qu ha de morir usted?--le preguntaba yo.

Ella sonrea. Era sta su preocupacin.

Charlbamos mucho. Mendi tocaba el piano, y lo haca muy bien. Rosa y
Margarita estudiaban con l la _Vestal_, de Spontini, y las _Bodas de
Fgaro_, de Mozart.

Yo les contaba a las dos muchachas mi vida de guerrillero, las acciones
y las conspiraciones en que haba tomado parte. Me oan con una gran
admiracin. Yo exageraba un poco mis narraciones.

--El castellano es hombre de _molto coraggio_--deca Chiaramonte, en su
espaol macarrnico.

El buen Chiaramonte estaba contento si sus hijas lo estaban tambin.

No le gustaba que le hablaran de volver a Italia o a Gibraltar.




                                  V.

                        LOS CONFLICTOS DE MENDI


YO ya haba notado algo anormal en las relaciones de la Cayetana con
Mendi. Se olfateaba el contubernio. A m ella me pareca una mujer
capaz de cualquier cosa. Estaba, adems, ofendida y despechada. Varias
veces le dije a Mendi:

--A m no me la da usted. Usted tiene algo que ver con la patrona.

--Yo! Ca, hombre! Qu barbaridad!

Al fin, Mendi, un da, me confes que estaba enredado con la Cayetana.

--Pero, cmo ha hecho usted esta tontera, Mendi?--le dije.

--Qu quiere usted! No siempre es fcil obrar con buen sentido. Sobre
todo, lo difcil es ser previsor. Yo, cuando vine aqu, me fu a vivir
a un fonducho prximo al puerto, que tena una vieja maltesa. Estaba
all muy mal. Sin elementos de ninguna clase. Un da apareci en la
fonda la Cayetana y hablamos. Yo la tom por una mujer entretenida y
la trat as. Unos das despus me ofrece ir a vivir a su casa. Yo
acept, porque peor que en el fonducho del puerto no iba a estar, y me
encuentro sorprendido con esta casa de gentes honradas. Ya qu iba a
hacer? Al poco tiempo, aparece Rosa de vuelta de un viaje que haba
hecho con su hermano a Malta y a la isla de Gozzo.

Yo hubiera querido romper inmediatamente con la madre, pero ella se
opuso y prometi armar un escndalo. En este caso yo no he tenido ms
remedio que ceder, y no s cmo podr desembarazarme de este lo.
Hablamos Mendi y yo de las soluciones que se podan dar a su asunto. Yo
le dije que me pareca lo mejor que, si estaba dispuesto a casarse con
la chica, se casara con ella y se fuera de Alejandra.

Siete u ocho das despus de mi visita al capitn Lasalle, se present
ste en mi casa. Dijo que haba hablado de m al pach, y que le haba
preguntado si yo tena papeles, y que no haba contestado, porque no lo
saba.

--S, tengo papeles--le dije--; no todos, porque soy un oficial de un
gobierno constitucional extinguido.

Saqu mi despacho de capitn de caballera del general Empecinado, y se
lo ense.

--Tradzcalo usted al francs--dijo Lasalle.

Lo traduje y, al da siguiente, se lo envi. Por la tarde vino a mi
casa.

--Creo que est todo arreglado--me dijo--. El coronel ha ledo su
despacho y ha mandado al dragomn que lo traduzca al rabe, y me ha
dicho que venga usted conmigo.

Fuimos a una hermosa casa de la calle de los Francos; entramos en ella
y saludamos al coronel Frossard, que sustitua en aquel momento al
general. El coronel me hizo pasar a una salita.

--Aqu est usted entre amigos, entre _hermanos_--e hizo la seal
masnica de reconocimiento como masn del rito escocs.

Yo le respond con el de la inteligencia, y nos dimos la mano.

--Yo har todo lo que pueda por usted--me dijo luego--; pero creo que
en principio es un error de usted el querer ser oficial egipcio. Sin
embargo, hablar hoy al pach. Si necesita usted dinero, yo se lo dar.

Me desped del coronel un poco triste.

Me preguntaron en casa qu me haban dicho, y cont lo pasado. Rosa y
Margarita me aseguraron que haca una verdadera tontera en querer ser
militar, y Mendi afirm de nuevo que nicamente si le hicieran capitn
general o baj de tres colas y le casaran con la hija del virrey
aceptara entrar en el ejrcito egipcio.

Como Lasalle se haba portado amablemente conmigo, saqu mi paquete de
sederas, escog dos pauelos de seda, bordados, grandes, con colores
muy chillones, y se los envi en mi nombre.

Lasalle vino el mismo da a darme las gracias y a invitarme a almorzar.

Fu a su casa, entr en el saln, y estaba en el divn sentado cuando
se echaron sobre m las dos mulatas a saludarme, a darme las gracias.
Los pauelos les haban entusiasmado, y me lo decan en su algaraba
chillona.

No se contentaron con esto, sino que me abrazaron y me besaron.

--Como ve usted--le dije a Lasalle--, yo no tengo la culpa.

--No haga usted caso, aqu es costumbre.

Despus de comer, por no quedarme a dormir la siesta, mont en un
borriquillo, me puse los anteojos, abr una sombrilla, y me fu a casa.
Al entrar me encontr sobre la cama un papel escrito por Mendi, en
donde me deca que fuera inmediatamente a su cuarto.

El hombre estaba en la cama. Haba tenido una explicacin con la
Cayetana, muy violenta, y haba salido a la calle de prisa y sin
sombrilla, y le haba dado una insolacin. Tena la cara inyectada. Le
tom el pulso, y vi que lo tena muy tenso.

--Sabe usted sangrar?--me dijo--. Sngreme usted.

--Pero no sera mejor traer un mdico?

--No, tardar mucho. Ahora mismo.

Le puse una ligadura en el brazo, y con un cortaplumas le hice una
sangra copiosa.

--Ahora pida usted que me traigan agua con limn, y a Rosa le dice
usted que estoy indispuesto.

Lo hice as, y a la maana siguiente Mendi estaba mejor. Me propuso que
le hiciera otra sangra en el otro brazo, y le dije que no.

Por la noche del segundo da vino el mdico armenio, el doctor Efren, y
Rosa le indic que deba verle a Mendi.

Entr el doctor en el cuarto, examin al enfermo, y yo le dije lo que
haba pasado y lo que haba hecho.

--Ha hecho usted bien--contest--. No ha sido ningn disparate. Que
est unos das en la cama, que sude, que no tome ms que un poco de
leche, y pronto estar bueno.

Mendi haba perdido su buen humor, y su situacin le tena preocupado.

--Tranquilcese usted--le dije--. He hablado al coronel de Estado Mayor
de usted, como hombre que sabe matemticas y dibujo, y me ha dicho que
si usted quiere le nombrar profesor en una escuela militar que van a
crear en el Cairo.

--Bah!

--S, hombre. Anmese usted; dentro de quince das le destinan a usted
all con un buen sueldo y se casa usted con Rosa.

--Es verdad eso, paisano?

--Es verdad.

No haba tal cosa; pero como el proyecto era hacedero, decid hablarle
al coronel.

Rosa me preocupaba; decirle la verdad de las relaciones de su madre con
Mendi era una brutalidad; yo no saba qu hacer.

Le habl al doctor Efren y le expliqu lo que pasaba.

--S, sera mejor que se marchara Mendi y luego se casara con
Rosita--dijo l.

--A la muchacha no se le puede decir nada, claro es, del fondo del
asunto?--le pregunt.

--No, no. Imposible. Llegara a enfermar si lo supiera. Tiene una
sensibilidad! Es una mujer encantadora.

Fu a ver al coronel y le expliqu el caso de Mendi, dicindole que era
un profesor de dibujo y matemticas, que el andar al sol, al dar sus
lecciones, le enfermaba, y le habl de si se le podra nombrar profesor
para la escuela del Cairo.

--S, me dijo l. Precisamente hace pocos das me han escrito que un
teniente coronel que est en el Cairo ha sido comisionado por el virrey
para que busque un edificio grande y lo habilite para escuela militar.
En la carta me deca que haba pensado escribir a Francia; pero que
el Gobierno egipcio haba asignado para los profesores unos sueldos
tan mezquinos, tres mil, tres mil quinientos francos al ao, que no se
decida a escribir pensando que no se expondra nadie a hacer un viaje
largo por tan corto sueldo. As haban quedado de acuerdo en nombrar
profesores entre los oficiales que estaban ya en Egipto.

--As, que mi amigo Mendi podra encajar muy bien?

--Muy bien. Podra ir de profesor de matemticas con tres mil francos y
el grado de comandante. Consltelo usted. Si quiere escribir al Cairo
en seguida.

Fu a casa, le habl a Mendi, y le cont lo que pasaba; le pareci muy
bien.

--Dgale usted a Rosita a ver qu opina ella.

Se lo dije a la muchacha y no pareci muy entusiasmada con la idea;
pero acept.




                                  VI.

                               LA SUERTE


AL da siguiente, el coronel Frossard me dijo que bamos a ir a visitar
al pach de Alejandra. Fuimos con una escolta de cuatro hombres,
llegamos al palacio y esperamos a que saliera el pach, que era un
antiguo mameluco seco, cetrino, mal encarado y de aspecto desagradable.

Estuvo conmigo muy displicente y muy spero.

Al salir del palacio nos encontramos con el capitn Lasalle, que
nos salud, y me dijo que al da siguiente, por la maana, ira a
buscarme a casa con unos cuantos oficiales, a caballo, para invitarme
a una cabalgata. Se lo dije a Chiaramonte y le ped que me dejara una
preciosa jaca rabe que tena.

--S, ya lo creo. Le pondr la mejor silla y arneses, y yo ir tambin
con un caballo muy bonito.

A la maana siguiente, cuando se presentaron siete u ocho jinetes
delante de casa, todos con magnficos caballos, la calle entera se
conmovi, y de las ventanas y de las puertas comenzaron a aparecer
cabezas.

Haba gente de categora, un caim-macam (teniente coronel), un bimbachi
(comandante) y un sakolagassi o ayudante mayor. Los dems eran de menos
importancia.

Salimos Chiaramonte y yo; yo con el uniforme de guardia marina ingls,
y all, delante de la casa, hice dar a la jaca una porcin de cabriolas
y de saltos de carnero.

Rosa y Margarita me aplaudieron desde el mirador, y Mendi me grit:

--Eugenio. Beti aurrera (siempre adelante).

Pasamos por la calle de los Francos haciendo cada uno alarde de su
caballo, y volvimos a casa.

Al da siguiente se habl en Alejandra de la jaca rabe, montada por
un oficial de marina inglesa, como de una cosa admirable.

Quince das despus de esto nos llam el coronel Frossard a Mendi y a
m. Le haban enviado pliegos para nosotros del Estado Mayor General.
En uno de ellos aprobaban la propuesta de profesor de matemticas para
la Escuela Militar del Cairo, con el grado de comandante y de profesor
interino de dibujo, con tres mil quinientas pesetas por el primer cargo
y mil quinientas por el segundo, al seor Ignacio Basterrica, teniendo
adems servidumbre, alojamiento y mesa en el palacio escuela.

En el otro pliego nombraba al seor Eugenio de Aviraneta jefe de
escuadrn en disponibilidad con la tercera parte del suelo hasta que
hubiera una vacante.

Salimos Mendi y yo de casa del coronel.

--Qu le parece a usted?--me pregunt Mendi.

--Qu quiere usted? Es la suerte. Yo no tengo suerte.

--Y qu va usted a hacer?

--Qu he de hacer! Marcharme a Europa antes que se me acabe el
dinero, y luego a Amrica. Qu voy a hacer de oficial de reserva con
setecientos cincuenta francos al ao?

--Venga usted conmigo al Cairo. Eh, Eugenio! Viviremos como hermanos.

--No, no, cada cual su suerte.

Mendi se despidi de Rosa con grandes protestas de amor, y quedaron de
acuerdo en que cuando tuviese el profesor una casa en el Cairo ira a
buscar a su novia y se casara con ella.

Desde que se march Mendi no me pas cosa buena en Alejandra; re
con el capitn Lasalle, porque averigu que haba dado malos informes
de m al pach, pintndome como un intrigante, y le insult de mala
manera; no quise tampoco visitar al coronel Frossard.

Aburrido, me quedaba en casa y lea los libros que me dejaban las hijas
de Chiaramonte.

La casa del malts tena una azotea y encima de la azotea otra ms
pequea en alto, como un minarete. All sola subir algunos das
a contemplar el pueblo, cosa triste para m, que no tengo nada de
contemplativo. Vea este gran conjunto de tejados planos, de azoteas y
de ruinas; alrededor, en un semicrculo, el mar, y en otro el desierto.
A veces, en aquellos das turbios de invierno se confundan el desierto
y el mar. Cuando el cielo estaba limpio los _mihrabs_ de las mezquitas
se destacaban esbeltos en el aire, y el castillo del Faro, con sus
murallas, tena un aire sombro y amenazador.

Cuando vena el doctor Efren me sola hablar de la antigua Alejandra
con sus jardines y sus cuatro mil palacios. Me explicaba cmo era
la Biblioteca del Broquion fundada por Ptolomeo Soter, que tena
cuatrocientos mil volmenes, y la del Serapeum, con trescientos mil.
Y me daba otros muchos detalles de la vida fastuosa de la ciudad de
Cleopatra.




                                 VII.

                             EL CABO YUSUF


UN da, influido por las disertaciones eruditas del doctor Efren,
tuve la mala ocurrencia de ir a ver la columna de Pompeyo, las ruinas
del Serapeum y las Catacumbas. Alquil dos borriquillos y un criado o
_zami_: fuimos al barrio rabe y pasamos por la puerta de la Columna.
La columna estaba en un arenal; haba por all grupos de casas mseras,
chozas de esteras, y en el fondo se vea alguna que otra palmera.

La columna verdaderamente produca impresin, por el tamao de aquel
bloque enorme de granito de color de rosa, con un basamento cuadrado de
piedra silcea, terminado en un capitel.

El doctor Efren me haba explicado las diversas suposiciones que se
haban hecho acerca del objeto de esta columna, cmo muchos suponan
que estaba construda para hacer observaciones astronmicas, y cmo
otros crean que haba sido pensada para colocarla en el gran recinto
cuadrado del Serapeum con una estatua de Diocleciano.

El criado que me acompaaba me dijo que algunas veces las tripulaciones
de los barcos ingleses que estaban en el puerto consiguieron poner una
especie de escala de cuerda en la columna. Se las arreglaban, segn
deca, pasando un cordel por encima, con una cometa, e izando luego una
cuerda gruesa con el cordel y ponindola arriba, de manera que pudiese
correr. En el extremo ataban una tabla, y al que quera lo suban.
Solan tener la cuerda tres o cuatro das y a todo el que quera subir
le hacan pagar un tanto. La cosa me pareca un poco difcil, porque,
segn se deca en Alejandra, la columna tiene cerca de noventa y seis
pies de alto.

Cuando llegamos nosotros no haba nadie. Aquella inmensa mole de piedra
en la soledad infunda verdaderamente respeto.

Me haba apeado, para ver si divisaba la inscripcin sobre Diocleciano,
en letras griegas, que tiene la columna, y despus avanc por aquel
arenal.

La vegetacin era miserable. Algunos perros famlicos o chacales
corran husmeando y revolviendo los esqueletos de los caballos y de los
dromedarios. Me record los arenales de Veracruz. En esto el criado
me avis que venan los rabes. Mir hacia donde me indicaba, y vi que
llegaban a toda brida unos cuantos jinetes que parecan frailes, dando
gritos; mont inmediatamente en el borriquillo y ech a correr hacia la
ciudad; me alcanzaron a poco trecho, y el que haca de jefe me di con
el asta de la lanza y me derrib al suelo. All me golpe, me escupi y
comenz a desnudarme. Estaba despojndome cuando lleg un sargento con
un pelotn de soldados y comenz a sablazos con mis agresores. Despus
se ape del caballo, me levant del suelo y me pregunt quin era. Le
dije que estaba alistado como jefe de escuadrn de Egipto. Me ayud a
sentarme en la misma columna de Pompeyo y me di un poco de agua con
aguardiente.

Al poco rato lleg un oficial con veinticinco caballos, y mand atar
desnudos a mis agresores.

--Yo le suplicara a usted que no d parte del hecho a las autoridades
militares--me dijo en francs.

--Bueno, no dar.

--Con estos hombres se har lo que usted quiera.

--Bien; deme usted el ltigo.

Me di el ltigo, me acerqu al cabo y, sacando fuerzas de flaqueza,
le di poco ms o menos tantos golpes como me haba dado l. El hombre
allaba; era un tipo horrible, con unos ojos legaosos, unas barbas
negras, y unos dientes de fiera; despus le escup en la cara, como me
haba escupido l; me mont en un caballo que me prest el oficial, y
llegu a casa sin poder tenerme.

Le cont a Chiaramonte lo que haba ocurrido, y al terminar me dijo:

--Ha hecho usted muy bien. Si no llega usted a contestar a la paliza
as, se hubieran redo de usted hasta los chicos. Ahora voy a buscar al
mdico.

Vino el doctor Efren, me reconoci, me sangr y me dijo:

--Dentro de un par de das ya est usted bien.

Aquella noche la pas con calentura; pero las siguientes ya empec a
estar mejor. Rosa y Margarita me cuidaron como si fuera un hermano
suyo, y el doctor Efren vena a hablar conmigo. Me hablaba de la
historia cientfica de Alejandra, y de las lecciones de Euclides,
Eratstenes, Hipparco, etc.

Otras veces charlbamos de la poltica de Europa. Me pregunt qu iba
a hacer, y le dije que ya, en cuanto me pusiera completamente bueno,
me marchara. Me volvi a preguntar que adnde, y yo le dije que me
gustara ir a Grecia.

Entonces el doctor Efren me dijo que l formaba parte del Comit
filoheleno de Alejandra; que estaba encargado de reclutar soldados en
el pas, Esmirna, Alepo, etc., y que haban enviado tambin oficiales
a Grecia, de los que llegaban de Francia y de Italia, en msticos
griegos con bandera inglesa. El doctor Efren me dijo que si yo quera
escribira al Comit de Misolonghi, advirtindome que la contestacin
de la carta tardara mucho.

Vacil, porque en Gibraltar me haban hablado muy mal de los griegos,
pintndomelos como la gente ms vil y de menos fe que poda haber en
Oriente, y decid, para no dar otro paso en falso, marchar a Grecia y
ver por m mismo qu clase de gente era la de aquel pas y cmo estaban
organizadas las tropas. El doctor aprob mi resolucin, y me dijo que
me dara una carta para el Comit de Misolonghi que me recomendara y no
me comprometiese a nada.

Le pregunt si haba barcos para Grecia, y me dijo que s; que con
mucha frecuencia partan msticos y otras pequeas embarcaciones con
bandera inglesa.

Cuando sal de casa, una de las primeras visitas que hice fu a
Bonaffs. Me dijo ste que haba sabido lo que me haba ocurrido en
la columna de Pompeyo con los soldados rabes, y que anduviera con
cuidado; al cabo Yusuf se le conoca por el de la paliza, y le deba
ser la vida muy difcil entre los soldados, despus de haber sido
azotado por un paisano. Dada la manera de ser de aquella gente, no
descansara hasta vengarse de m.

Decid no salir solo de noche y andar siempre armado. Una vez le vi al
cabo Yusuf, que me sigui hasta casa de lejos.

Le dije lo que me pasaba a Chiaramonte, y ste crey que deba avisar a
la polica. Yo le indiqu que no, que me pareca mejor que durante unas
cuantas noches tuviese alguno de sus mozos de cuadra en guardia.

No confi tampoco gran cosa en esto. La calle era silenciosa y
desierta. Un guardin solo no poda impedir que un hombre decidido
entrara de noche y saltara las tapias del corral.

Estudi las condiciones de mi habitacin. La puerta era fuerte, tena
una llave que no cerraba bien, y yo, con pretexto de que se me abra de
noche y haba corrientes de aire, le puse un pestillo slido.

Mi cuarto tena dos ventanas a bastante altura del suelo. Si se
cerraban las dos de noche haca mucho calor. Decid, al acostarme,
dejar una cerrada con la contraventana y la otra con la celosa. Pona
la celosa bien sujeta, y despus le ataba, por las noches, tres o
cuatro cascabeles de caballo, de estos que suenan mucho. Me acostaba,
con la pistola cargada, debajo de la almohada.

Una noche muy obscura, me despert a la hora antes del alba. Estaba
pensando en mis cosas, cuando o que se agitaba la celosa y empezaban
a sonar los cascabeles.

Inmediatamente salt de la cama, amartill la pistola y abr la puerta
de mi cuarto.

Esper sin hacer el menor movimiento, y, de pronto, la celosa se movi
y los cascabeles armaron un terrible estrpito.

Encend una pajuela, y, con ella en la mano izquierda y la pistola en
la derecha, avanc hacia la ventana. Abr la celosa. Vi un momento
la cara horrible de Yusuf con un cuchillo en la boca, un momento nada
ms, porque el hombre sin duda, lleno de terror ante mi presencia,
se dej caer a la calle, y lo recogieron poco despus con un tobillo
dislocado, y lo llevaron a la crcel. Dos o tres das despus de este
acontecimiento recib una carta de Mendi. Me deca que haba sido muy
bien recibido en El Cairo, que era un pueblo mucho ms agradable que
Alejandra, con ms elementos, y que fuera all. Le haban presentado
al virrey Mehemet Ali, que, segn l, era un seor amable, pequeo,
picado de viruelas, con los ojos vivos; a su hijo, el clebre guerrero
Ibrahim pach, y a toda la familia real. Ibrahim pach, que era un buen
muchacho, gordo y pesado, un arlote, segn Mendi le haba hecho la
gracia de dispararle dos tiros por encima de la cabeza, en el jardn
del Palacio, y Mendi haba contestado a esta atencin rompindole de un
tiro la pipa que fumaba el prncipe. Desde entonces, Ibrahim y l se
haban hecho amigos. Me deca que fuera, que simpatizara con Ibrahim
pach y que me haran coronel en seguida.

Aada que estaba concluyendo de arreglar la casa y que le enviara su
piano en una barca por el canal y el Nilo.

Le dije a Rosa lo que pasaba. La muchacha estaba muy melanclica.
Aquellas amistades con prncipes, de que hablaba Mendi, no la hacan
mucha gracia.

Cuando vinieron a llevarse el piano se ech a llorar.

Le dije que deba estar contenta, porque ya pronto Mendi vendra por
ella; pero la muchacha tena el presentimiento de que no iba a ser as.

Fu a verle a Bonaffs, a decirle que necesitaba el dinero, y me dijo
que me lo entregara en seguida, en oro.

De all march al consulado ingls. El cnsul saba lo que me haba
pasado en la columna de Pompeyo, y me felicit por mi decisin. Me
pregunt qu iba a hacer; le habl de mi proyecto de ir a Grecia y me
dijo que me dara una carta de recomendacin para lord Byron.

Del consulado march a despedirme del coronel francs Frossard, con
quien estaba resentido, porque crea que no haba tomado con inters mi
asunto.

El coronel estuvo conmigo muy afable, y al despedirse de m me di una
bolsa que contena cinco mil francos, que me regalaban los hermanos de
la logia de Alejandra. Yo me opuse con todas mis fuerzas a tomar el
regalo, pero no tuve ms remedio que aceptar.

Al da siguiente el cnsul ingls me envi la carta para lord Byron,
y me avis que haba tomado pasaje para m en una goleta griega, y
me envi un pasaporte ingls hasta Marsella, como sbdito de la Gran
Bretaa.

Mientras vena la goleta griega pas unos malos das en casa del
patrn. Me entristeca ver a Rosa siempre plida, ensimismada, llorando
a hurtadillas.

--Esta pobre muchacha enamorada de ese brbaro. Es una pena--deca yo.

Yo la consolaba dicindola mentiras, afirmando que Mendi me haba
dicho que no quera pasar un mes en el Cairo sin volver a Alejandra
a casarse. Como yo le conoca ms a Mendi que los otros, Rosa quera
estar siempre hablando de l conmigo.




                                 VIII.

                               DESPEDIDA


UNA maana se present el doctor Efren a decirme que la goleta
Chipriota acababa de llegar; haba salido un da antes de lo convenido
de Gibraltar y haba tenido vientos favorables y se haba adelantado.

Fuimos el doctor y yo al puerto nuevo, entramos en la goleta y hablamos
con el capitn Spiro Sarompas, que era un muchacho de Chipre, muy
abierto y que hablaba perfectamente el francs. Me ense la nica
cmara que tena a popa, que era la que me destinaba a m. Me dijo el
capitn Spiro que el cnsul ingls le haba recomendado mi persona.
Aadi que fuera al barco despus de cenar, porque a la media noche nos
haramos a la vela.

Salimos de la Chipriota y volvimos a casa. Estaba el puerto lleno
con embarcaciones de Marsella, Liorna, Ragusa, Npoles, Smyrna y
Constantinopla.

--Ir usted muy bien--me dijo el doctor--. Este muchacho es muy
inteligente y muy buen marino.

--Ha ajustado usted el pasaje?

--S, ya est pagado. No se ocupe usted de eso.

A la maana siguiente, la Cayetana me dijo que tendramos un banquete
de despedida; que haba invitado al doctor Efren y a su seora, a
Isaac Bonaffs y a su hijo, y que vendra, adems, el oficial francs
y el sargento que me haban salvado de los soldados rabes cerca de la
columna de Pompeyo, y el sakolagassi que fu conmigo en la cabalgata.

La comida hubiera sido alegre si no hubiera sido por la actitud de
Rosa, que me entristeca; no coma, no escuchaba, se la vea viviendo
su sueo interior.

--Mientrastanto el brbaro de Mendi estar tan tranquilo!--pensaba yo.

Beb un poco de vino de Chipre para alegrarme; se animaron los
convidados y brindaron por mi salud y por mi viaje. El oficial francs
cont cmo le devolv la paliza al cabo Yussuf delante de la columna de
Pompeyo, lo que se celebr muchsimo.

Conclumos de tomar caf. Eran las siete de la tarde. Me levant y
abrac a mi patrona y di la mano a Margarita y a Rosa.

--Adis--me dijo sta--, si le escribe usted...--y antes de conclur su
frase se ech a llorar.

Bajamos al portal. Un criado de Chiaramonte cogi mi equipaje, y otro
un gran farol para alumbrarnos, porque la noche estaba obscura.

En aquel momento se oy el can que anunciaba la retreta.

Echamos a andar todos juntos hacia el muelle. Le dije al doctor Efren
que le escribira y que hiciera el favor de contestarme. Al llegar a la
goleta abrac a todos y sub a bordo.

--Adis. Adis.

--Addio! Adddio!

--Adieu! Adieu!

Hecha la ltima despedida, salud al capitn de la goleta y me sent en
un banco de la cubierta.




                                  IX.

                          NOTICIAS DE EGIPTO


ESTABA en Veracruz cuando recib una carta del doctor Efren con
noticias muy extraas y muy tristes. Me deca en ella que se aseguraba
que Mendi se haba casado en el Cairo con la hija del virrey de Egipto;
que en Alejandra no se hablaba mas que de esto, y que Rosa, al
saberlo, se haba marchado con su hermano el marino a la isla de Gozzo,
donde haba muerto.

Chiaramonte dejaba a Alejandra con su familia e iba a vivir a Italia;
me pareca tan extrao el casamiento de Mendi que dud de que fuera
verdad.

Un ao o dos despus de la carta le en la _Abeja_, de Nueva Orleans,
peridico redactado en francs, varias ancdotas referentes al espaol
Ignacio Basterrica en el Cairo. Se deca que siendo este espaol
profesor de msica le entr deseos al virrey de Egipto, Mehemet Ali,
de que dicho profesor ensease msica a una de sus hijas. Basterrica
comenz a darle lecciones, y la discpula se enamor locamente de l,
y a los pocos meses hubo que casarlos antes de que sus amores tuvieran
fruto. Basterrica abjur de su religin y abraz la de Mahoma. Mehemet
Ali no era nada exigente en esta cuestin; le bastaba con que se
hiciera una comedia de conversin al mahometismo.

Ya casado, Basterrica fu nombrado prncipe de la familia real, y _Utch
tuglu bascha_ (baj de tres colas), y general en jefe de la caballera.
Despus supe que estuvo en Grecia y asisti a la toma de Missolonghi, y
que en 1832 decidi la batalla de Konieh contra los turcos, al frente
de treinta escuadrones de caballera egipcia. Ms tarde, en otro
peridico francs, le que no reinaba la mejor armona entre el espaol
Basterrica pach e Ibrahim pach su cuado.

--La suerte! Qu cosa ms extraa! Solo si me hicieran baj de tres
colas y capitn general y me casaran con la hija del virrey aceptara
entrar en el ejrcito egipcio--deca Mendi.

Y le hicieron baj de tres colas y capitn general y le casaron con la
hija del virrey de Egipto.

A veces la realidad tiene sorpresas tan grandes como lo imaginado.




                      LA AVENTURA DE MISSOLONGHI




(DE LAS MEMORIAS DE J. H. THOMPSON)[1].

       [1] Este relato es continuacin del Viaje sin objeto, en la
       Ruta del Aventurero.


ESTBAMOS en Tarifa esperando nuestro barco cuando el da primero de
diciembre de mil ochocientos veinte y tres lo vimos cerca de la punta
de las Palomas. Marchamos a l; Mac Clair y yo subimos a cubierta
y avisamos al capitn para que saliesen a recoger el cargamento
de fusiles. Era el Fnix, un brik-barca de unas trescientas o
cuatrocientas toneladas, sucio, negro y grasiento.

En aquel momento, de sus grandes palos caan sus velas, llenas de
remiendos, como harapos puestos a secar. Haca mal tiempo, llova y la
temperatura estaba baja.

El capitn Willian Clark, un albino malhumorado, y el contramaestre
John Porter, un lobo de mar, de nariz fundida al rojo cereza por el
alcohol, hombre que arrastraba la pierna e iba acompaado de un perro
de lanas tan sarnoso como el barco, y los marineros dieron orden para
que el bote, con unos remeros, se acercara a la costa y fuesen trayendo
los fusiles.

El Fnix, por sus trazas y por su tripulacin pareca un barco pirata.
Los hombres reclutados por la Sociedad Filohelena, de Londres, no
tenan un aspecto completamente distinguido.

No hubieran podido formar parte del club Watier londinense, ni figurar
al lado del _dandy_ Jorge Brummel. Iban todos muy derrotados, con
trajes harapientos, y llevaban muchos gorro griego. Era en lo nico que
se les conoca su filohenismo.

Vi entre ellos a mi amigo Flinders, el gran literato. Este haba
abandonado su bal de obras maestras, y despus de arruinarse
definitivamente iba a Grecia a probar fortuna.

Le salud, hablamos y me dijo pestes de Will Tick, a quien acusaba de
haberle engaado miserablemente.

No era muy cmoda la estancia en el Fnix, no haba sitio, y el coronel
Mac Clair y yo nos tuvimos que acomodar de mala manera en el sollado.

       *       *       *       *       *

A las pocas horas de estar en el barco, supimos que iba con nosotros
una dama inglesa de gran posicin, miss Elisabeth Barnett.

Esta seora era una solterona que viajaba con una criada y un criado.
Miss Elisabeth tena el mejor camarote del barco y monopolizaba la
toldilla de popa.

Esta dama, segn se deca, era sobrina de lady Esther Stanhope, la
reina de Tadmor, la pitonisa del Lbano, de esta mujer extraordinaria
que fu hace unos aos a vivir a la Siria, donde intent fundar un
reino y vivir como una emperatriz antigua, dominando a los hombres con
la violencia y haciendo el papel de adivina.

Nuestra inglesa quera hacer algo parecido.

Sin duda, el caso de lord Byron y el de lady Stanhope iba trastornando
el juicio a las mujeres de Inglaterra.

No s si miss Elisabeth Barnett pretenda emular las glorias de lady
Esther. Miss Elisabeth no tena condiciones para ello; esta solterona
era una cmica y una cmica mala. Algunas veces, vestida con una tnica
blanca, se present entre nosotros y nos lanz una alocucin hablando
de la Grecia inmortal, pero lo hizo de una manera tan afectada y con
unos gestos tan poco naturales, que produjo la risa en lugar del
entusiasmo.

La nica popularidad que consigui en el Fnix fu debida a que
reparti algn dinero entre los voluntarios que iban a Grecia.

Uno de los filohelenos, Flinders, le dedic una poesa titulada Al
hada del Fnix. Y en broma la llambamos todos as: el hada del Fnix.

La criada de miss Barnett era una francesa guapetona, una mujer de unos
treinta aos, rubia, de cara ancha y juanetuda, un tanto chata, que
tena mucha gracia y mucho desparpajo.

Los filohelenos andaban tras ella a todas horas, y se produjeron entre
los nuestros rias tremendas.

       *       *       *       *       *

Seramos sesenta o setenta los pasajeros del Fnix, la mayora
ingleses, escoceses e irlandeses; algunos alemanes y franceses y unos
cuantos italianos.

Como era natural, Mac Clair y yo nos reunimos al grupo de los
ingleses. Se desarroll en seguida una rivalidad y un odio entre los
diversos grupos nacionales, incomprensible. Dentro de todos ellos
reinaba la cizaa. Flinders cont en el grupo ingls que mi padre y
yo ramos disecadores, y con este motivo se hicieron mil chistes y se
acostumbraron a llamarme Vientre de paja. Como abusaron un tanto de
la gracia, tuve que administrar unos cuantos puetazos a un estpido
paisano mo, serio y de ojos de rana, que desde entonces ces en el
empleo abusivo de este chiste.

A Mac Clair le comenzaron a llamar el Sepulturero y a decir que daba la
mala suerte al barco.

Afortunadamente, no pas nada en la travesa, porque sino Mac Clair
hubiera estado muy en peligro de ser echado al mar.

Nuestro grupo de ingleses era alborotado, pero no lo era menos el
de los escoceses, irlandeses, alemanes, franceses e italianos. Los
escoceses e irlandeses se emborrachaban, tocaban la gaita y bailaban, y
gritaban como salvajes.

--All tendremos que batirnos--decan--; mientras que podamos, bebamos
y divertmonos.

Los franceses e italianos, que eran en conjunto siete u ocho, jugaban
a las cartas. Un gascn, que pareca hombre ilustrado, se dedicaba a
insultar a todos los pasajeros.

Les llamaba viejos caimanes, carroa, montn de cerdos. Les deca que
no comprendan la misin que llevaban a Grecia, que no tenan idea de
la grandeza de este pas, de la Hlade, y adornaba sus discursos con
sus _Te! Pardi y Sacredieu!_

La verdad es que entre aquellos filohelenos, al menos de nombre, no
haba ninguno que tuviese una idea aproximada de Grecia, ni de su
historia.

Ninguno de nosotros saba gran cosa de la antigedad clsica, y
absolutamente nada de la historia griega moderna. Unos se haban
enganchado por miseria y por desesperacin, otros, por espritu de
aventura.

Cada cual se formaba una idea distinta de Grecia; unos soaban en los
tesoros, otros en las mujeres, algunos aspiraban a ser generales.
Muchos tenan la preocupacin constante de ser empalados por los
turcos, preocupacin que lleg a borrarse a fuerza de bromas. Muchas
veces se discuta en el barco acerca de turcos y griegos; cosa extraa,
todo el mundo tena ms simpata por los turcos que por los griegos.
Para la mayora, los turcos eran hombres fuertes, robustos, gente
valiente, con unas barbas grandes, unos pantalones anchos y unas
cimitarras corvas.

De los griegos no se tena tan buena idea. Se supona que eran como los
tipos de las estampas que corran por Europa; unos hombres delgados, de
bigotes finos, con unos trajes llenos de lentejuelas.

Acerca de lord Byron corran extraos rumores. Para muchos era un
misntropo y un anglfobo; para otros, una especie de Manfredo
desesperado, altanero, que viva fuera de la sociedad, que mandaba
matar al que le disgustaba; algunos lo tenan como un Don Juan
terrible, un pirata, que conquistaba mujeres y beba el vino en una
calavera; para los ms cultos era principalmente un revolucionario. La
verdad es que no sabamos lo que nos esperaba. No conocamos ni Grecia,
ni el jefe que nos iba a mandar.

Lo nico que yo vea cierto era que la tropa que marchaba de Europa
era bastante mala, y que a no ser de que hubiera una organizacin casi
perfecta en Missolonghi, con el elemento aquel no haramos gran cosa de
provecho.

As fu esta expedicin una de las ms clebres del siglo diez y nueve,
principalmente por la intencin, porque por lo dems apenas hicimos
nada.

       *       *       *       *       *

A los dos das de navegar por el Mediterrneo el tiempo empez a
mejorar, y de repente comenzaron unos das esplndidos. Este mar y este
cielo tan azul, al principio me producan cansancio; me pareca su
belleza una belleza montona. Los das de viento haba nicamente un
poco de cabrilleo en las olas.

De noche tenamos luna llena. Qu cosa ms extraordinaria! La luna,
redonda, con su luz de plata, iluminaba una gran faja del mar, que
pareca un ancho camino blanco, en el cual se agitaran ondinas y
tritones.

Algunas veces las nubes avanzaban por el cielo, y la luna, oculta,
filtraba los rayos por algn agujero de los nubarrones y dejaba un vago
cabrilleo misterioso sobre las olas a larga distancia.

A medida que la luna fu menguando el blanco camino de plata por
donde se paseaban, sin duda alguna, las sirenas y los tritones fu
estrechndose hasta desaparecer por completo.

       *       *       *       *       *

He pasado los das mirando el Mediterrneo, intentando ver si se me
ocurre algo nuevo en la contemplacin de un mar tan bello. Slo cuando
se van articulando los lugares comunes en la cabeza es cuando se
empieza a discurrir, vulgarmente, cierto, pero nicamente entonces.

Antes de esa articulacin de lugares comunes por el solo mpetu del
espritu no hay ideas. Es lstima! He escrito unas cuantas frases en
mi cuaderno, pero no tienen ninguna originalidad.

       *       *       *       *       *

Cuando se entra en el Mediterrneo, desde el Ocano, parece que se pasa
de un mundo a otro, de un mundo de actividad y movimiento a un mundo
ms suntuoso, ms inmvil y ms muerto.

En el Mediterrneo hay la belleza de la proporcin y de la lnea; en
el Ocano el vago encanto de lo ilimitado; el Mediterrneo tiene islas
de mrmol; el Ocano, islas de esmeralda; en el Mediterrneo, sobre
la onda azul, se destacan las costas blancas y amarillas, los montes
plutnicos, la lava, los olivos, los cipreses y los naranjos; en el
Ocano, sobre la linfa verde, apenas se marcan las plidas dunas, las
abras y los acantilados sin color y sin dibujo. En el Mediterrneo
las cosas brotan duras, cuajadas, sobre el agua espeja y salina, bajo
la atmsfera limpia y transparente; en el Ocano, los paisajes estn
hechos de niebla, de humedad, de formas confusas y vagas.

En el Mediterrneo todo parece tradicin e historia; en el Atlntico,
todo parece improvisacin y novedad; en el uno todo est constitudo,
en el otro todo por constitur. Esas puntas amarillas que avanzan en
el mar bajo la extensin azul del mar latino parecen huesos, fuertes
destrudos, puentes rotos, conventos, ciudades en anfiteatro suntuosas,
fastuosas, siempre algo del pasado.

En el Mediterrneo no hay marea, y el agua alcanza siempre en la costa
casi el mismo nivel; en el Ocano las mareas son grandes.

El Mediterrneo no respira apenas, y su ola no tiene pulsacin; el
Atlntico respira con una fuerza salvaje, se hincha y se deshincha,
mostrando en el reflujo sus fondos de roca y en los ros el lgamo
negruzco, sobre el que se tienden las barcas de los pescadores.

El Mediterrneo es paz y armona; el Atlntico lucha y contradiccin.

El Atlntico tiene una mitologa hrrida, resto de la poca en que el
mar era un gran peligro: el pulpo del Maelstrom, las araas de los
Kraken, la isla del Fuego con sus piratas; el Mediterrneo tiene una
mitologa ms clara y ms solemne, sirenas, ninfas, delfines, y otros
seres fantsticos dirigidos por el tridente de Poseidon.

El Mediterrneo es Oriente, Eneas y Palinuro, la leyenda del vellocino
y el gorro colorado; el Atlntico es el caos, los vascos pescadores
de ballenas, los wikings, los normandos conquistadores, y, al mismo
tiempo, la Atlntida y el Jardn de las Hesprides; el Atlntico es la
alta piratera, los grandes naufragios, el bergantn negrero, el marino
con un anillo en la oreja y una cacata en el hombro.

El Mediterrneo es un mar clsico y, al mismo tiempo, realista; el
Atlntico es un mar romntico y turbulento.

El Mediterrneo es ms constante, ms parecido a s mismo; el Atlntico
es la eterna variacin, el eterno cambio. El Mediterrneo es, y sobre
todo ha sido esttica, y socialmente ha llegado a su devenir; el
Atlntico est siendo, est todava en su iniciacin.

El hombre del Mediterrneo es la expresin correcta, las frmulas
hechas; el hombre del Atlntico es el mpetu, aun sin moldearse.

El Mediterrneo sugiere la idea de la tarde y la del crepsculo; el
Atlntico, la de la maana.

Si cada mar tuviese que tener sus reyes, el Mediterrneo tendra que
dividirse en dos reinos: el Mediterrneo oriental para Homero, el
Mediterrneo occidental para Virgilio; hacia Troya, Ulises; hacia
Cartago, Eneas.

En el Atlntico los poetas genuinos son los bardos, el sentimiento
antes de la ciencia y del arte.

A Shakespeare y a Byron les correspondera el estrecho de Gibraltar;
all donde se mezcla el bro del Ocano con la armona clsica del
Mediterrneo.

       *       *       *       *       *

Estuvimos en Npoles un da, que aprovechamos el coronel Mac Clair y yo
en recorrer la ciudad en un _calessno_ desvencijado. El cochero nos
dijo si queramos conocer unas muchachas. Mac Clair contest sacando la
Biblia y ponindose a leer. Luego asegur que Npoles es una ciudad
aburrida y montona.

--Hombre, no--le dije yo.

--Cmo quiere usted comparar esto con Edimburgo?

Mac Clair no es mas que un occidental, y para comprender los pueblos
hay que ser occidental unas veces, y oriental otras, y tener el alma
con muelles como los coches de doble suspensin.

En lo nico que quedamos conformes Mac Clair y yo fu en que esa frase
de _Vedi Napoli e poi mori_ no era nuestro ideal. No sentimos ni l ni
yo el menor deseo de morirnos despus de ver Npoles.

       *       *       *       *       *

Salimos de Npoles con buen tiempo, pasamos al amanecer por el estrecho
de Mesina, y vimos la ciudad respaldada en una alta sierra.

Todo el mar estaba lleno de velas latinas de las barcas de los
pescadores.

Cruzado el Estrecho seguimos adelante, y la niebla se nos ech encima
entre los escollos de Scila y Caribdis.

Mac Clair tampoco crea gran cosa en Scila y en Caribdis.

       *       *       *       *       *

Nuestra barca llevaba cartas para lord Byron, y pensando que el poeta
se encontraba en Argostoli, nos fuimos acercando a la isla de Cefalonia.

Entramos en el puerto de Argostoli y nos dijeron que haca ya tres das
que el lord haba salido para Missolonghi.

Me hubiera gustado echar una ojeada a la isla, pero no haba tiempo.
Me content con mirar con el anteojo de Mac Clair una montaa, en
parte cubierta de pinos, y en parte de maleza, y las casas bajas de
Argostoli como dados blancos con pequeas ventanas. La tierra, por
los alrededores, era blanca, resquebrajada, con aspecto de lava, con
algunos matorrales obscuros por donde triscaban rebaos de cabras.

Por todas partes la costa era de piedras secas que parecan ruinas.

Nos hicimos a la mar, y de noche, con gran cuidado, nos fuimos
acercando al golfo de Patras. El cielo estaba muy estrellado. Los
marineros iban cantando canciones patriticas. Nos cruzamos con una
fragata turca, apagamos el farol y arriamos las velas; todo el mundo
call y la fragata pas sin vernos. Al amanecer cruzamos con algunos
msticos griegos, que al ver nuestra bandera inglesa aplaudieron con
gran entusiasmo y algazara.

Por la maana estbamos delante de Missolonghi. El mar tena un brillo
de cristal, y algunas nubes rojizas, que al principio tom por montes,
se dibujaban en el cielo.

Esperamos Mac Clair y yo con ansia a que comenzara el da.

Eran los comienzos del mes de enero; el sol tard en salir.

Apareci entre brumas, como un disco rojo, por encima de las altas
rocas de un monte pedregoso y estril, el monte Aracinto, y fu
iluminado un paisaje de tierras blancas, calcreas, sin vegetacin. Al
pie de la sierra, a orillas de un lago muy azul, vimos una aldea. Era
Missolonghi.

Cerca de Missolonghi haba varios barcos griegos, y, entre ellos, el
_Cefaloniota_, el mstico de lord Byron. El capitn nuestro fu a ver a
lord Byron en el bote y volvi al poco rato con dos oficiales de marina.

No pareca si no que ramos deportados por lo mal que nos recibieron.

Al medioda nos dieron la orden de bajar a tierra. El sol apretaba de
firme. El cielo estaba azul y el mar tan azul como el cielo.

Mac Clair y yo experimentamos una gran decepcin al saltar a
Missolonghi. Aquello era una aldea miserable. El paisaje de los
alrededores no poda ser ms triste. Montes calcinados, atormentados,
sin rboles, arenales, un pueblecillo polvoriento, sin jardines, sin
nada verde, quemado por el sol.

Yo mismo qued defraudado. A pesar de que me haba dicho repetidas
veces que no deba entusiasmarme, llevaba en la imaginacin la idea de
una ciudad formada por pequeos Partenones.

Era el espejismo de los nombres sonoros. Bajamos en Missolonghi y
fuimos todos formados a una barraca donde haba dos oficiales ingleses
de la brigada del coronel Stanhope, que nos tomaron la filiacin.

Luego nos hicieron una serie de recomendaciones y nos dijeron que no
intentramos tener relaciones con el elemento civil, porque estaba
prohibido.

       *       *       *       *       *

Missolonghi, entonces pequea ciudad, sin abolengo y sin historia,
contara unos cuatro o cinco mil habitantes, de los cuales unas
ochocientas familias eran griegas.

Missolonghi, fundado por pescadores, estaba asentado sobre un terreno
pantanoso; en algunas partes, ms bajo que el mar.

La situacin de Missolonghi, al borde de una laguna, haca que algunos
griegos entusiastas la compararan con Venecia.

Esta laguna, a medias pantano de agua dulce, y a medias marisma,
ocupaba una gran extensin y aumentaba de tamao desde haca tiempo a
expensas de las tierras de labor.

Limitando la laguna de Missolonghi por el lado del mar haba un
cordn de islas, roto aqu y all: los Procopanistos. Las olas batan
constantemente esta lnea de peascos que separaban la albufera
missolonghiota del mar Jnico.

Entre los arrecifes de los Procopanistos haba algunos islotes grandes,
como el de Basilades, Aisosti, Scilla y Cleisovo. En estos islotes,
ya de algn tamao, se levantaban torres y alrededor estacadas para
defender las entradas de la laguna.

En la isla de Basilades haba un fuerte de piedra, y en la de Aisosti
una capilla aspillerada que serva de defensa.

La laguna de Missolonghi se extenda bordeando el monte Aracinto y
tena, a medida que avanzaba en la tierra, un seno ms estrecho.

Al comienzo de este seno, en que se haca ms angosta la laguna, se
hallaba un pueblo colocado en una isleta, llamado Anatlico.

Anatlico pareca un barco encallado en las rompientes.

Las orillas de la albufera de Missolonghi eran ridas, cubiertas
de algas y musgos verdes, que se corrompan en las mareas bajas,
produciendo emanaciones pestilentes.

Afortunadamente, el viento del mar soplaba con fuerza y purificaba el
aire; si no, no se hubiera podido vivir en las inmediaciones.

Mirando desde el mar al monte Aracinto, se vea una mole seca,
pedregosa, terrenos plutnicos, con ruinas de murallas y de pueblos.

Al pie del monte y al borde de la laguna haba un mal camino, que tena
a la orilla algunas miserables cabaas de pescadores, camino que, con
la lluvia, se converta en un arroyo pantanoso.

Varias veces recorr este camino con el caballo hundido hasta los
ijares, mientras los patos salvajes pasaban revoloteando por encima de
mi cabeza.

A un lado de Missolonghi, ya fuera de la laguna, en las estribaciones
del Aracinto que daban hacia el mar, haba una planicie que se llamaba
la llanura Lelante o Anachaida, que estaba cruzada por un ro, el ro
Fidaris o Ebenus, seco si no llova y torrencial cuando caan unos
cuantos chaparrones.

Este ro tena dos afluentes: el de Galata, que pasaba por un pueblo en
ruinas del mismo nombre, y el de Hypochori.

Al borde del ro Ebenus se vea un pueblo en ruinas, con restos de
castillo y murallas, a quien los naturales llamaban Plevrone, porque
haba una segunda Plevrone, tambin en ruinas, en la parte del
Aracinto, que daba a la laguna, entre Missolonghi y Anatlico.

A poca distancia de la llanura Lelante, en una pequea baha, estaba
Barasova, pueblecillo con una vieja torre ruinosa.

Estos lugares prximos a Missolonghi fueron el teatro de nuestra
accin, que, ciertamente, no tuvo nada de extraordinaria ni de heroica.

       *       *       *       *       *

Despus de ser alistados e identificados, Mac Clair qued en la brigada
de Stanhope como oficial de ingenieros, y yo como ayudante suyo.

No estaba la legin extranjera de Missolonghi tan disciplinada
como nosotros pensbamos; haba una porcin de oficiales y jefes
franceses, ingleses, alemanes e italianos en disponibilidad, porque no
tenan tropas que mandar. Los ingenieros y artilleros eran los ms
solicitados y los que ms pronto encontraban plaza vacante. Los que
venan de la Europa occidental con sus documentos de haber servido como
oficiales de caballera, no encontraban puesto, porque los griegos no
los queran.

Haba entre nosotros tres mandos diferentes: el de los comits griegos,
el del coronel Stanhope y el de lord Byron.

Stanhope estaba en completo desacuerdo con lord Byron. El coronel
reprochaba al lord, que quera hacer una guerra literaria, lo que
le pareca una ridiculez. En parte, el militar estaba en lo justo,
porque la guerra parece que debe tener una tcnica; pero el poeta
tena su razn tambin, porque, gracias a su prestigio literario,
haba conseguido que Europa entera se preocupara de su expedicin y se
dispusiera a ayudar a los griegos.

El coronel, por lo que nos dijo, pretenda que Byron no interviniera
para nada en detalles de cuestiones militares, pero el poeta se crea
omnisciente y pretenda entender de milicia tanto como de poesa.

Desde su desembarco, el cinco de enero, el lord estaba trabajando sin
descanso en contratar un emprstito en Inglaterra, quera reformar
la sociedad inglesa de los Filohelenos y estudiaba, al mismo tiempo,
los medios de humanizar la guerra entre turcos y griegos, pensamiento
noble, pero, por entonces, perfectamente irrealizable.

Su plan militar consista en fortificar Missolonghi y en organizar un
pequeo ejrcito de ataque. Este ejrcito estara formado por dos mil
quinientos griegos al mando de sus jefes, por las legiones extranjeras
a las rdenes del coronel Stanhope, que no se saba a punto fijo con
qu nmero de soldados contara, y por un batalln de suliotas, que
quera mandar el mismo lord en persona.

Con estas fuerzas pensaba Byron atacar el castillo de Lepanto.

       *       *       *       *       *

La hada del Fnix, miss Barnett, tuvo mal xito en su empresa. Lord
Byron se empe en no verla, y, por ms cartas, avisos y recados que
le envi, el poeta no quiso acceder a hablar con ella. El coronel
Stanhope la recibi muy framente. Un hombre como el coronel, que tena
a Byron por poco prctico, naturalmente, tena que mirar con desdn la
fraseologa potica de segunda mano de miss Barnett.

       *       *       *       *       *

El elemento militar griego con que se contaba era muy malo. Estaba
formado por montaeses, algunos verdaderos bandidos, y pescadores.

A los montaeses, a unos llamaban palikaros y a otros suliotas. Los
palikaros eran los de la parte de Morea, y los suliotas de Suli.

Unos y otros despreciaban profundamente a los griegos, sobre todo a los
griegos cultos, a los que llamaban phanariotas. Los palikaros y los
suliotas tenan costumbres parecidas a los turcos. Unos y otros eran
psimos soldados, insubordinados y rebeldes. Al morir Marcos Botzari en
el Epiro, recomend a lord Byron un pelotn de suliotas. Byron quiso
aceptarlo como su guardia, y le asign mil duros al mes; pero eran los
cuarenta suliotas tan turbulentos, tan mentirosos, tan enredadores, que
Byron los despach, los incorpor al resto del ejrcito y les sigui
dando su asignacin.

El gobernador de Missolonghi pens que dar tanto dinero a los suliotas
era un absurdo, e intent emplearlo en otros fines, pero los suliotas
se le sublevaron.

       *       *       *       *       *

Mac Clair y yo fuimos destinados a la fortificacin de Missolonghi.

Missolonghi era una aldea pobre y sin ningn atractivo. Mac Clair y
yo pensamos en ir a vivir al pueblo, suponiendo lgicamente que los
habitantes tendran entusiasmo por los extranjeros llegados all para
defender el pas, y nos encontramos con todo lo contrario.

Los griegos nos odiaban.

En vista de esto, y con el consentimiento del coronel Stanhope, nos
instalamos en una barraca de madera, que llegamos a convertir en una
habitacin confortable.

A los pocos das comenzamos a trabajar en los planos de la
fortificacin de la ciudad.

Se haba pensado en rodear Missolonghi de murallas y de baluartes.

Desde el comienzo de la guerra de la Independencia griega, Missolonghi
haba sido atacada varias veces por los turcos con poca fortuna.

La situacin de la plaza era muy buena para el defensor y mala para el
agresor. Adems de esto, los turcos haban tenido la desgracia en el
ltimo sitio de ser diezmados por la peste.

Cuando comenz este ltimo sitio, los griegos no haban hecho mas que
comenzar a fortificar la ciudad y a guarnecer las murallas de tierra,
con torres y baluartes. Estando en esta labor se les present a
atacarles Omar Vrione, capitaneando un ejrcito numeroso, y se coloc
en la falda del monte Aracinto.

La guarnicin de Missolonghi se encontraba con muy pocos medios de
resistencia. El caudillo griego Marcos Botzari, en quien se tenan
grandes esperanzas, acababa de morir en el Epiro.

Su hermano Constantino entr en Missolonghi con su gente y se aprest
a la defensa. Al cabo de dos meses de sitio, cuando la resistencia de
Missolonghi comenzaba a desfallecer, fu cuando se declar la peste en
el ejrcito otomano, pero de una manera tan fuerte que Ornar Vrione
tuvo que abandonar inmediatamente los alrededores de Missolonghi.

Al mismo tiempo, otro caudillo griego, Maurocordato, entraba en la
laguna de Missolonghi con algunos barcos hydriotas, y la ciudad quedaba
libre por tierra y por mar.

Entonces se pens que Missolonghi poda ser el baluarte de la
independencia griega, y se la quiso poner en condiciones de sostener un
sitio en regla.

Los oficiales de artillera y los ingenieros, entre ellos Mac Clair,
hicieron los planos de las nuevas fortificaciones y se comenz a
trabajar.

Primeramente se restaur la muralla por la parte de tierra y por la del
mar, revistiendo los sitios dbiles con piedras y argamasa.

Durante ms de dos semanas tuve yo que ir al monte Aracinto con los
trabajadores griegos a unas canteras a sacar piedra.

Un italiano del Piamonte, Josu Magnani, que llevaba algn tiempo all,
y un joven alemn, Werner, iban conmigo de intrpretes.

El trabajo se prolongaba mucho, porque los missolonghiotas no eran
partidarios de un esfuerzo asiduo y constante. Los franceses, alemanes
e ingleses, que hubieran sido buenos obreros, no queran hacer estos
trabajos pesados.

Hermann Werner, el alemn que me acompaaba, era un muchacho muy
instrudo. Saba el griego antiguo y estaba aprendiendo el moderno, y
tomaba notas de todo cuanto vea.

Werner me explicaba las ideas y las preocupaciones de los griegos.

Me dijo que stos consideraban el monte Aracinto como un lugar
misterioso, poblado por seres imaginarios, faunos, panes, egipanes y
tityros. Comentando las hazaas de estos monstruos u oyendo cantar a
los tordos los griegos pasaban demasiado tiempo sin hacer nada.

En el monte Aracinto haba una ermita sobre una roca, dedicada al
profeta Elas. A esta ermita se suba por una escalera pendiente, cuya
pared de roca estaba llena de ex votos. Cerca de esta ermita, en un
grupo de rboles, solamos almorzar Magnani, Werner y yo. Muchas veces
oamos a los zagales que tocaban una flauta de caa rodeados de sus
cabras.

Nos cont Magnani que un viejo ladrn de Anatlico fu un da a la
ermita con un saco y se llev todos los objetos de oro, de plata y de
pedrera que haba all.

El ladrn anatolicense deca:

--Virgen soberana, permite que te despoje de esta corona que te ofreci
un canalla, ladrn y usurero; deja que me lleve esta alhaja, regalo de
un asesino, manchado con mil crmenes. Malditos sean!

El ladrn anatolicense llen su saco y se fu; pero al ir a vender las
alhajas fu preso, y el gran visir le mand ahorcar.

El alemn se rea al or esto a carcajadas.

Magnani, Werner y yo recorrimos el Aracinto a caballo, y llegamos,
en nuestras excursiones, a una sierra de montaas, llamada Rachi, y
pasamos el desfiladero de Cleisura.

Werner sola leernos un trozo de la _Ilada_ en griego y luego nos lo
traduca.

       *       *       *       *       *

En vista del terrible fracaso de miss Barnett, decidi marcharse de
Missolonghi a Siria a buscar a su ta lady Stanhope. La criada Susana
no quiso seguirla. Susana decidi hacer una barraca junto a la nuestra
y poner una cantina. A m me pidi mi opinin.

--S--le dije yo--. Estara bien si esto durara pero yo no veo que
esto vaya a durar. El mejor da nos tendremos que marchar todos.

--Por los turcos?

--No, porque no nos pagarn.

       *       *       *       *       *

Susana no tom en cuenta estas razones y se decidi a quedarse, y
consigui que los soldados le hicieran un barracn de madera, cubierto
de tejas, donde puso su cantina.

Una mujer como aqulla, guapetona, valiente y que estaba dispuesta
a hacerse rica, tuvo un gran nmero de pretendientes. Segn la voz
general, Werner y yo hubiramos sido los favorecidos; pero Werner
lea demasiado a Homero, y yo demasiado a Schelley y a Goethe para
entusiasmarnos con la cantinera.

Los tres rivales de la bella Susana eran Magnani, un jefe de polica de
Missolonghi y un armatola o capitn de los palikaros, que era un hombre
bruto, feroz, que le gustaba amenazar a las gentes. Este armatola
andaba con unos soldados harapientos, todos armados hasta los dientes.

Una noche estbamos de tertulia en la cantina de Susana el polica,
Werner, Magnani y yo, y otros dos o tres, cuando fueron entrando los
palikaros con sus fusiles y se apoderaron de la tienda. Despus entr
su armatola. Vena envuelto en una gran capa de lana blanca. Estaba
borracho. El polica se acerc a l a preguntarle qu significaba
aquella invasin. El armatola no le contest, le di un empujn y le
escupi a la cara. Despus, acercndose a Susana, la agarr de la
cintura. La cantinera no se inmut y se defendi sin dar importancia al
ataque.

El capitn de los palikaros se acerc a Werner y a m con intenciones
agresivas. Yo tena la pistola cargada dentro del bolsillo. El
palikaro, al ver nuestra impasibilidad, cambi de aspecto, se sent
en una mesa y pidi caf. Magnani y el polica haban desaparecido.
El jefe palikaro se puso a tomar caf, ceudo y sombro; sus soldados
se fueron marchando. Era el armatola hombre joven, moreno, vesta una
blusa de mangas abiertas, pantalones anchos, polainas, un gorro rojo y
un cinturn de cuero, donde llevaba el pauelo, la bolsa, un pual y
una pistola.

Iba Susana a cerrar la cantina y nosotros a salir cuando apareci de
nuevo Magnani y el polica griego. Magnani vena con un aire torvo, con
los dientes apretados y los ojos brillantes.

El polica griego avanz con aire amable, se acerc al palikaro, le
quit el pual y la pistola, y, de pronto, le dijo algo feroz y
terrible y le escupi en los ojos.

El palikaro se levant, pero Magnani le di un empujn y le hizo
sentarse de nuevo.

--Ladrn! Cobarde!--le grit el griego al palikaro--, insultas cuando
ests entre los tuyos, perro!

--Y solo tambin contra ti.

--Vamos ahora mismo--grit el griego,

--Vamos.

Salimos todos de la cantina. Era todava de noche. Una fila de luces
de las barcas de los pescadores se vea en el mar obscuro, y se oa
el ruido de las olas, que se estrellaban acompasadas en la costa.
Amaneci. Werner trat de que se hiciera un desafo en regla, pero el
griego y el palikaro no queran esperar.

Se les di a cada uno un sable y se les puso frente a frente.

En aquel momento son un tiro, y el palikaro cay muerto con la cabeza
abierta.

No nos qued duda de que entre Magnani y el polica griego haban
preparado la muerte del montas. Al poco tiempo, Magnani desapareca
de Missolonghi. Susana la cantinera sigui dando esperanzas y buenas
palabras al polica, hasta que un da traspas la cantina y se march
con un comerciante turco a Constantinopla.

       *       *       *       *       *

Cuando se concluy de sacar piedra, volvimos a trabajar en la muralla.
Cada uno de los baluartes que se construira llevara el nombre de
algn hroe o de algn personaje relacionado con la independencia
griega. El primer baluarte se denomin de Marcos Botzari. Comenzando
por ste, y dando la vuelta al recinto fortificado, estaran la torre
de Coray, la batera del general Norman, la batera Miauli, el baluarte
Frankln, la batera Tokeli, la torre de Guillermo Tell, la torre de
Kosciusko, la batera Kiriaculi, la tenaza de Montalembert, la batera
de Rhigas, la luneta de Orange y la batera Macris.

Estos baluartes y fortines quedaran prximos uno de otro; por el lado
de tierra habra un gran foso para defender la entrada de la ciudad.

       *       *       *       *       *

Ocupados en esta obra, apenas nos enteramos de lo que ocurra en
Missolonghi.

Todo el mundo iba a ver a lord Byron, a hablarle de sus asuntos, a
exponerle sus quejas; yo no quera molestarle, y as sucedi que no le
llegu a conocer.

El poeta, al parecer descontento, determin bajar a tierra lo menos
posible y reciba las visitas y las comisiones en su barco.

Byron pretendi poner un poco de orden en la anarqua griega y dar fin
a las rivalidades de los jefes.

La cosa fu imposible; la discordia era cada vez mayor y estallaba a
cada paso, hasta dentro de la misma brigada que mandaba el lord, entre
los suliotas que le haba recomendado Marcos Botzari a su muerte.

Al parecer, se segua pensando en la expedicin contra Lepanto, pero
los preparativos eran muy lentos.

En esto comenz a correr la voz de que la salud de Byron se hallaba muy
quebrantada, por los repetidos ataques de fiebre y por los continuos
disgustos.

La mayora de la gente pensaba que el poeta no durara mucho. Un da de
abril se dijo que haba hecho una salida a caballo, se haba mojado y
que guardaba cama.

Una semana despus, nuestro lord mora, a consecuencia de una
inflamacin cerebral. Se le hicieron grandes exequias, y todos los
jefes griegos aparecieron muy unidos... y muy contritos.

       *       *       *       *       *

Dos das ms tarde, Mac Clair, que segua enfermo, me pidi que fuera a
ver al coronel Stanhope, para preguntarle qu bamos a hacer.

Stanhope me dijo que, probablemente, reembarcaramos, y aadi:

--Yo me he comprometido con lord Byron a dirigir la campaa, porque
el poeta era un ingls de cuya palabra se poda uno fiar; pero no me
pasa lo mismo con los jefes griegos que hoy afirman una cosa y al da
siguiente la contraria.

Le pregunt si tendramos barcos para todos y me contest que era una
dificultad que haba que resolver como se pudiera.

--El coronel Mac Clair y yo tenemos entonces libertad para marcharnos,
si encontramos ocasin?--le pregunt.

--Desde luego.

--Quedamos desligados de nuestro compromiso?

--En absoluto.

       *       *       *       *       *

Como yo saba el espritu de contradiccin y de suspicacia que haba
entre los griegos y su poca simpata por los extranjeros, hice la
gestin ante el Comit, para que nos reconocieran a Mac Clair y a m
nuestros grados. El Comit rechaz la peticin, y nos encontramos
libres para abandonar Grecia.

Sola ir desde entonces todos los das al puerto a averiguar si llegaba
algn barco. Un da vi bajar de una lancha a un caballero elegante,
de frac azul, con botones dorados, pantalones de pao gris y chaleco
blanco de piqu.

Era el hombre rubio de la Sala de Cortes de Sevilla que me haban dicho
que haba sido capitn del Empecinado.

--Yo le conozco a usted de Sevilla--le dije.

--Es verdad! Qu extraa casualidad!--exclam l, al decirle dnde le
haba conocido.

Nos estrechamos la mano. Le cont mi historia y l me cont la suya.

Este hombre era Aviraneta. Me dijo que haba ido a ver a un
consignatario, para tomar una plaza en la corbeta Egina, que iba a
partir, de un momento a otro, con rumbo a Npoles. Pedimos pasaje Mac
Clair y yo en ella, y nos dieron dos de tercera, porque ya no haba
otros.

Le preguntamos a Aviraneta dnde viva en aquel momento.

Nos dijo que en una barca griega, en la que haba venido desde
Alejandra, y que estaba esperando rdenes para salir de Missolonghi.
Le indicamos que hiciera gestiones para que furamos Mac Clair y yo
a la barca griega. El capitn de la Chipriota, despus de muchas
dificultades, acept, y Mac Clair y yo nos trasladamos a este barco.

       *       *       *       *       *

Si mi aventura de Missolonghi no haba sido ni muy lucida ni muy
brillante, la de Aviraneta, aunque con ms xito personal, no fu
tampoco de gran inters. He aqu lo que me cont don Eugenio:

       He salido de Alejandra har prximamente un mes, en la
       goleta Chipriota, al mando del capitn Spiro Sarompas.
       Llegamos aqu hace unos veinte das. El capitn Spiro traa
       unos pliegos para lord Byron, fu a verle y le dijo que vena
       con un oficial espaol.

       El lord le contest que fuera yo inmediatamente a su barco y
       que no tocara en tierra.

       Me puse de gala, y en la lancha fu al _Cefaloniota_.

       A un oficial le dije que me haba mandado ir Su Excelencia y
       que tena que darle una carta.

       --Dmela usted a m.

       Se la di y esper un cuarto de hora.

       --Pase usted.

       Lord Byron me recibi y me di la mano. Me choc la impresin
       de la mano; llevaba guantes de seda de color de carne. Vesta
       bata y gorro griego rojo. Su figura era hermosa, sobre todo la
       cabeza, pero no tena aire de serenidad ni de fuerza; pareca
       una mujer. Sus rasgos eran demasiado correctos, y su cuello,
       que llevaba desnudo, me pareci excesivamente redondo.

       --Sintese usted--me dijo.

       Me sent.

       --Habla usted ingls?

       --No, slo francs.

       --No ha ledo usted mis versos?

       --No, Excelencia.

       --No ha perdido usted nada?--dijo l riendo.

       --Creo que s--le contest yo--; pero mi vida ha sido muy
       activa y mi educacin descuidada.

       --El cnsul de Alejandra me recomienda a usted eficazmente.
       Qu quiere usted de m?

       Entonces yo me levant, me cuadr e hice la seal de
       reconocimiento como masn del rito escocs. A su vez se
       levant l y me correspondi.

       --Cunteme usted un poco su vida.

       Yo le cont mi vida.

       El cura Merino, el Empecinado, los carbonarios de Pars, las
       conspiraciones, la lucha contra Angulema, la escapada hasta
       Gibraltar, la vida en Tnger y en Alejandra.

       --Y todo eso con poco dinero! Sin medios--exclam el lord, y
       aadi en espaol chapurrado de italiano--: Per Bacco! Que
       es usted un hombre!

       Al hablar, el lord mezclaba juramentos de todos los pases.

       Me pregunt si haba llevado mi equipaje al _Cefaloniota_.
       Le dije que no. Me encarg que lo trajera inmediatamente y
       que no dijera a nadie que era espaol, y mucho menos emigrado
       constitucional, y que no saltara a tierra. Toc un timbre,
       llam a un oficial y habl con l en ingls.

       Acompaado de este oficial, baj a un bote que llevaba la
       bandera inglesa, y me sent a popa sobre un tapete de seda.
       Llegamos a la goleta Chipriota. Sub. El capitn Spiro
       desembalaba unas cajas de fusiles y pistolas.

       A bordo haba dos comisionados del gobierno griego, de grandes
       bigotes negros, acompaados de cuatro soldados con fusiles.

       --Son de la polica poltica--me dijo el capitn Sarompas--, y
       si no fuera porque pasa usted por ingls y tiene usted tanta
       influencia con lord Byron, le detendran. Las cosas estn muy
       embrolladas en tierra.

       Volv al _Cefaloniota_ y me llevaron el equipaje a un
       camarote. Lord Byron estaba conferenciando en aquel momento
       con unos comisionados griegos de Missolonghi. Concluda la
       conferencia, salieron los comisionados y el lord a cubierta.
       Entonces not la cojera de Byron. Se acerc a m. Estaba
       jovial.

       --Ahora vamos a almorzar, seor guerrillero--me dijo.

       Coman a su mesa su segundo, un mdico, el doctor Bruno y el
       oficial de guardia, todos de uniforme.

       El lord me habl de las cosas de Espaa, de Sevilla y de
       Cdiz, de una corrida de toros que haba visto, y me recit,
       como un ingls puede recitar en espaol, trozos de Garcilaso
       de la Vega y de los romances del Cid.

       Me pregunt tambin si la clerigalla (sta fu su palabra)
       segua mandando en Espaa.

       De cerca, lord Byron daba la impresin de un hombre raro,
       medio afeminado, pero no dbil, ni mucho menos. En el almuerzo
       apenas comi mas que golosinas, unas coles en vinagre, unas
       sardinas, frutas y un pedazo de queso ingls. En cambio, bebi
       bastante vino de Asti.

       Como vi que yo no beba vino, dijo:

       --Qu extrao! Estos espaoles ni comen ni beben. Con
       una aceituna y un vaso de agua con azucarillo, ya estn
       despachados.

       Despus de almorzar nos sirvieron caf, y como vi que yo lo
       tomaba a gusto, hizo el lord que me sirvieran ms.

       Despus de almorzar nos levantamos y nos hicimos todos grandes
       reverencias. Su Excelencia fu a despachar sus asuntos y
       nosotros a fumar a la Cmara de Oficiales.

       Me presentaron a unos y a otros, y nos saludamos solemnemente.

       Toda esta ceremonia inglesa me fastidiaba un poco.

       Despus de fumar, me avis el criado Tita que fuera a ver a Su
       Excelencia. Entr en su habitacin.

       --Veo, por lo que me ha contado usted--me dijo el lord--, lo
       que ha sufrido usted por la libertad. Usted ha andado por
       pases civilizados, por pases como Espaa, donde queda una
       gran cultura de sentimientos; aqu, no; aqu no queda nada
       de la Grecia antigua. Soy de la opinin de San Pablo, que
       deca que no hay diferencia entre los judos y los griegos.
       El carcter de los dos es igualmente vil. El griego actual no
       es slo envidioso, malo y vengativo, sino que es abandonado y
       sucio.

       Es un degenerado. No tiene fe en nada. All en Espaa
       confiaban ustedes en el compaero; aqu no se puede confiar
       en nadie. Aqu se tiende usted a dormir en el campamento, y
       al da siguiente le han robado el reloj o el pauelo, si es
       que no le han cortado la cabeza. Adems de esto, los patriotas
       griegos tienen una gran hostilidad contra el extranjero, y
       hasta a nosotros mismos, que hemos venido aqu a luchar por su
       libertad, nos odian.

       --No me diga ms Su Excelencia--le indiqu yo--; si esto es
       as, me voy inmediatamente.

       --No--me contest l--. Espere usted. Es usted el nico
       espaol que ha acudido a secundar mi empresa, y no quiero que
       pueda decir que no he hecho por l todo cuanto est en mi
       mano. Qudese usted aqu unos das en el barco. Supongo que le
       convendr descansar, porque, indudablemente, est usted dbil.

       Todo el mundo, al verme delgado y plido, supona lo mismo.
       En los das sucesivos ocurri lo propio. Byron me hizo mil
       preguntas, se ri, recit versos; y cuando yo le deca si
       haba pensado algo para m, me contestaba que esperase.

       Un da me pregunt claramente.

       --Qu echa usted de menos aqu o qu le estorba? Dgamelo
       usted claramente, dgamelo usted con la franqueza de un nieto
       del Cid.

       --Excelencia--le contest yo--. Para m hay aqu demasiada
       etiqueta.

       Lord Byron se ech a rer a carcajadas. Como vi que lo tomaba
       alegremente, aad:

       --Tanto ponerse la corbata y cepillarse la levita a todas
       horas, y saludar al superior y al inferior, y dejar que pase
       antes por una puerta y esperar a que se siente, a m, que he
       vivido entre campesinos, me cansa.

       --Es usted un hombre original, guerrillero--me dijo.

       *       *       *       *       *

--Y as ha vivido usted?

--As he vivido quince das en compaa de Byron, hasta que ste ha
enfermado y ha muerto, y entonces me he trasladado a la Chipriota.

--Qu suerte la de usted!

--Pues?

--Usted no tiene idea lo que es para mucha gente haber vivido en la
intimidad de lord Byron. Ya ve usted, la mayora de los ingleses que
estbamos en Missolonghi no hemos cruzado ni una vez la palabra con l.

--Pues era un hombre amable y muy asequible; a veces, de una gran
afabilidad.

--S, para la gente original y extraa como usted. Un guerrillero
espaol que ha guerreado a las rdenes de un cura no se encuentra
todos los das. Para nosotros, paisanos suyos sin historia, no era tan
asequible el lord, ni mucho menos.

--S, claro; esto se explica.

--Y de qu hablaban ustedes?

--Principalmente, de Espaa y de los guerrilleros. Le interesaba
mucho la vida y el carcter de Merino, del Empecinado y de los otros
cabecillas espaoles, las ideas, la manera de guerrear, sus odios, sus
antipatas y dems detalles.

--Y qu vida llevaban ustedes?

--A las cinco de la maana tocaban los pfanos y tiraban un caonazo.
Era la seal de levantarse todo el mundo. Yo me vesta de prisa, sala
al instante del camarote, para que lo limpiaran, y luego volva a
vestirme de etiqueta.

--A qu hora se levantaba el lord?

--Al amanecer. Sola estar leyendo y escribiendo hasta las ocho en
punto, en que llamaba. Lo haca todo con una exactitud cronomtrica.

--S? Qu extrao! Con la fama de hombre irregular que tena!

--Pues era ordenadsimo. A las ocho tocaba el timbre; entraban Tita,
el criado, y Fletcher, el ayuda de cmara. Estaban media hora. A las
ocho y media tres secretarios, con sus cartapacios, pasaban un cuarto
de hora. Luego vena el oficial de guardia, otro cuarto de hora. A las
diez menos cuarto, Fletcher, con dos teteras de plata en una bandeja, y
Tita, con otra bandeja con tazas y un azucarero de China. A las diez,
el mdico. A las diez y cuarto, los comisionados griegos.

--Y todos los das lo mismo?

--Todos los das lo mismo.

--Es curioso que usted haya visto slo por dentro lo que yo he visto
slo por fuera. Qu pensaba Byron!

--Byron tena ideas de poeta. Crea que era necesario para Europa que
Grecia se reconstituyera. Afirmaba que los griegos iban a ser con el
tiempo lo que fueron en la edad antigua. Para este resultado quera no
slo trabajar, sino sacrificarse. Qu importa mi vida?--me deca.

--Y usted, qu le contestaba?

--Hombre, yo no tengo esa religiosidad ni esa pasin por Grecia. Yo no
soy poeta. Yo me callaba.

--Y, prcticamente, qu quera hacer?

--Quera inculcar espritu de unin a los jefes y desterrar la
barbarie. Por lo que me indic, haba muchas disidencias entre los
griegos. Parece que el comit de Missolonghi y el gobernador de esta
ciudad le invitaban a que fuera al Congreso de Salamis, y Maurocordato
le excitaba para que fuera a Hydra. Una y otra faccin le enviaban
cartas, mensajes, e intrigaban y se denunciaban.

--Y del coronel Stanhope, qu opinaba?

--No le he odo hablar de l nunca.

--Era un incrdulo de verdad en cuestiones religiosas?

--No s. Algunas veces le he odo decir: soy una oveja descarriada,
pero no tanto como cree el mundo.

       *       *       *       *       *

Cuatro das despus de mi encuentro con Aviraneta, se present a la
vista de Missolonghi la corbeta _Egina_, que sala para Npoles.

Fuimos Mac Clair y yo por la maana y entramos en la lancha y nos
dirigimos a la corbeta. La mayora de los pasajeros eran militares
franceses muy bulliciosos.

El capitn de la corbeta, Jorge Belisarios, fu designando a cada uno
su camarote y entregndole una chapa con un nmero y fijando otra chapa
de hoja de lata en las puertas de los camarotes.

A Mac Clair y a m nos tocaron los peores.

Poco despus de embarcar nosotros, lleg a la _Egina_ una lancha que
conduca al comisario griego de Missolonghi, a su seora, sus hijos y
varios criados con una porcin de bultos.

Aviraneta me pregunt qu tal estbamos instalados, y le dije que mal.

--Yo le ver al capitn--indic--. Con la recomendacin especial que me
di en vida lord Byron me atiende mucho.

Aviraneta explic al capitn del barco lo que ocurra; pero ste
asegur que tena los dems camarotes ocupados y que nicamente, si el
comisario griego quera trasladar su equipaje, se podra conseguir el
desocupar uno.

--Vamos a ver al comisario griego--dijo Aviraneta--; lo conozco por
haberle visto en compaa de lord Byron, y supongo que nos atender.

Se avis al comisario y bajamos a la cmara del barco, y esperamos.

El comisario era un hombre de unos cincuenta aos, gordo, pesado, con
la nariz de cuervo, el pelo negro, el bigote largo y unas ojeras de
color morado obscuro.

Este comisario era un phanariota. Los phanariotas, habitantes del
barrio griego de Constantinopla que llaman el Phanar, no son griegos
puros, sino mixtos de otras razas; son como los judos, gente de
comercio que han vivido siempre entregados a la usura y a los negocios.

Aviraneta explic en francs al comisario lo que ocurra. El comisario,
al principio, no pareca dispuesto a ceder; pero Aviraneta le dijo
claramente que no le pareca digno que a un coronel que haba ido a
defender la independencia de Grecia, enfermo de cuidado, se le dejara
abandonado en un rincn infame.

El comisario se avino a razones y dispuso que uno de sus criados
desalojase un camarote. Como este camarote era pequeo, Aviraneta no
quiso que fuera all Mac Clair y cedi el suyo yendo l al pequeo.

El que cedi era el mejor del barco.

Instal a Mac Clair en la cmara. Por la noche nos hicimos a la vela y
comenzamos nuestra navegacin.

Cruzamos con muchos barcos, grandes y pequeos, y nos acompa durante
algn tiempo un corsario griego, el _Vigilante_. Ibamos muy cerca, y se
les vea a los corsarios con su facha de bandidos.

--Cmo no les persiguen los turcos?--le pregunt a un marinero.

--Los marineros turcos son muy malos--me dijo--. Nombran capitanes a
gente que no sabe nada de nutica, no se ocupan de sus barcos y creen
que sus caones son buenos si meten mucho ruido.

Al da siguiente se nos acerc un bergantn mercante. Izamos bandera
inglesa; ellos, francesa.

--A dnde van?--nos preguntaron.

--A Npoles. Y ustedes?

--A Chipre. De dnde vienen?

--De Missolonghi.

--Qu se sabe de lord Byron?

--Ha muerto.

La noticia produjo un gran efecto en el barco; la popularidad del lord
poeta era extraordinaria.

Tuvimos en la travesa un tiempo muy bueno.

Yo dorma en el sollado y, la mayor parte de los das, sobre cubierta.

Los franceses se reunan a almorzar y a comer en una mesa, debajo de un
toldo, y all beban y charlaban por los codos.

Como en esta poca no haba simpata entre franceses e ingleses, y
los oficiales franceses iban en una clase inferior a la del comisario
griego y a la de Aviraneta, no nos reunamos unos con otros.

Yo baj varias veces a la cmara, que se haba convertido en gabinete
de lectura. El comisario griego lea a Pndaro; Aviraneta, los libros
de la biblioteca del barco.

Aviraneta y yo hablbamos mucho de Espaa.

Como haca ya mucho calor, solamos ir por la tarde a la toldilla de
popa y all comenzaron a ir el comisario, su mujer y su cuada.

Estas dos damas eran hijas de un coronel francs del Imperio, y la
casada no tena ms distraccin que leer las memorias de los generales
de Napolen.

Charlamos con ellas acerca de poltica y de literatura.

El barco se detuvo en Npoles. Como Mac Clair se pona cada vez peor y
quera volver a su patria, cuanto antes nos embarcamos en una polacra
que iba a Gibraltar.

       *       *       *       *       *

La polacra se llamaba la _Santa Chiara_, y era su capitn el capitn
Buonaccorsi. Eran nueve marineros, el contramaestre y un grumete.

Se levaron las anclas y salimos del puerto.

Hicimos con el capitn muy buenas amistades. Era un hombre amable y
complaciente y cedi una cmara prxima a la suya a Mac Clair.

De da solamos charlar constantemente, porque el capitn era hombre
instrudo, y seguamos nuestras conversaciones de noche, sentados en un
banco, prximo al timn. Buonaccorsi era carbonario y con este motivo
intim con Aviraneta.

Solamos hacer unas comidas esplndidas. Aviraneta haba hecho
provisiones en Npoles.

Buonaccorsi levantaba una trampa de la toldilla de popa, y sola
sacar de un arcn caf molido, azcar, galletas, tarros de manteca y
aguardiente.

Despus de comer los marineros, comamos nosotros y, a veces, tenamos
verdaderos banquetes. El grumete Beppo nos serva la comida y solamos
rernos con sus ocurrencias, porque era un chico listo y gracioso.

El pobre Mac Clair era el que no participaba de estos banquetes.

       *       *       *       *       *

Tres das despus de salir de Npoles, tuvimos un tiempo de calma
chicha. Nos dedicamos a pescar desde el barco, y cogimos unas hermosas
doradas.

Buonaccorsi nos pregunt si sabamos nadar. Yo le dije que s.

Aviraneta tambin. Nos desnudamos y nos echamos al agua. El capitn
mand a un marinero y a Beppo, el grumete, que estuviesen con el bote
cerca.

Nadamos durante una hora, y, al volver, nos encontramos con la
desolacin en el barco.

Al grumete Beppo se le haba ocurrido desnudarse y echarse a nadar;
pero, fuera que se hubiese enredado en algunas hierbas marinas, o que
algn pulpo se le haba enganchado, el caso es que se hundi y no
pareci.

Al ocurrir esta desgracia, Mac Clair haba salido del camarote y
estaba en la borda mirando el mar. Los marineros de la _Santa Chiara_
aseguraron que Mac Clair le haba dado la _jettatura_ al pobre grumete.

Despus de la calma chicha, tuvimos un temporal violento, que los
marineros atribuyeron tambin al mal de ojo que daba Mac Clair al barco.

El espritu de la tripulacin se fu haciendo cada vez ms hostil a
nosotros, y Buonaccorsi nos particip que no iba a tener ms remedio
que desembarcarnos en el primer puerto.

As lo hizo, y un da de mayo desembarcamos en Ondara.




                        EL FINAL DEL EMPECINADO

                        NARRACIN DE AVIRANETA


A los tres das de salir de Ondara llegamos, en la barca del
_Farestac_, a la vista de Marsella. Hicimos nuestras seales, y vino,
por la maana, a bordo de nuestro lanchn la fala de sanidad, con un
mdico.

Urbina, la Clavariesa y yo embarcamos en la fala y fuimos al lazareto.

Nos introdujeron en una sala y nos examinaron y tomaron el pulso.

Luego nos llevaron delante de un tribunal, y el presidente nos declar
libres de contagio. Nos fumigaron las maletas y quedamos libres.

La Clavariesa y Urbina fueron al mejor hotel de Marsella, y yo a un
modesto _garn_ de tres francos.

Al da siguiente me present en la mensajera real y tom un asiento
en la berlina de la diligencia de Burdeos. Iban conmigo dos compaeros
que dorman como troncos. Yo, que nunca he podido dormir en coche, me
dediqu a fumar.

Anduvimos toda la noche; amaneci un hermoso da, y mis compaeros, que
se despabilaron, me saludaron en mal francs.

--Estos son espaoles--pens yo--, y les habl en castellano.

--Cmo ha conocido usted que ramos espaoles?--me pregunt uno de
ellos.

--En el acento y en el tipo. Hasta asegurara que este seor--y seal
al de mi izquierda--es vascongado.

--Cierto. Soy de Tolosa, y mi compaero, de la Rioja. Y usted, de
dnde es?

--Soy nacido en Madrid, pero hijo de guipuzcoanos y criado en Guipzcoa.

--Es usted comerciante?

--No, emigrado.

--Liberal?

--S.

--Yo tambin--me dijo el riojano--. He sido cura beneficiado de Haro,
y, como me manifest partidario de la Constitucin, los realistas y
la gente de iglesia me hicieron tal guerra, que me tuve que escapar a
Francia.

El beneficiado Pinedo--as se llamaba el cura--, pareca un buen
hombre; el guipuzcoano, que se apellidaba Urmendia, era hombre de ms
conchas.

Llegamos a Nimes, nos hospedamos en un buen hotel, y, despus de
descansar, el beneficiado Pinedo y yo recorrimos la ciudad y vimos
los monumentos. Urmendia desapareci y no le vi hasta las diez de la
maana del da siguiente, en que tomamos la diligencia para Tolosa de
Francia. Hablamos Urmendia y yo de Basterrica, a quien conoca, por ser
del mismo pueblo, y a quien crea en Amrica. Le dije yo que estaba en
Alejandra de Egipto.

--Y cmo lo sabe usted?--me pregunt l.

--Porque he estado con l en Alejandra.

Cont mi viaje con todos sus accidentes, cosa que les interes mucho;
Urmendia me dijo que haba supuesto si yo sera algn militar de los
del ejrcito de Mina.

Nos detuvimos en Montpellier, y el beneficiado y yo vimos la ciudad, la
catedral, el paseo de Peyrou y algunas otras cosas.

Urmendia se nos escap; le pregunt a Pinedo qu haca mi paisano, y el
cura me confes que su amigo era un empresario de casas de juego y que
estaba preparando el negocio en aquellos pueblos con otros jugadores
franceses. El beneficiado era tambin accionista de la empresa.

Regres Urmendia a la fonda, y me desped de l y del beneficiado.
Tom la diligencia, llegu a Toulouse, donde no hice mas que comer, y
continu hasta Burdeos, donde me ape en el Hotel Richelieu.

Escrib un billete a don Juan Jos Zangroniz, comerciante y
corresponsal de Alzate e Ibargoyen, de Mjico, anuncindole mi llegada
y el hotel en que me encontraba, y lo despach con un mozo de la fonda.
A la hora de haberlo recibido se presentaron en la fonda Zangroniz y
mi primo Berroa, a quien no haba visto desde que yo tena ocho aos,
en Irn. Berroa me dijo que nuestro to Ibargoyen llegara al cabo de
quince das o un mes. Como yo tena pasaporte como sbdito ingls, le
dije a Berroa y a Zangroniz que pensaba utilizarlo para ir a Amrica.

Berroa me dijo que no lo hiciera, que entre los comerciantes de Mjico
un ingls era siempre mirado como un hereje, y que preguntase a don
Jos Ignacio de la Torre de Vera Cruz, a Ibarrondo el de Guadalajara de
Mjico, a Iigo y a otros comerciantes mejicanos que estaban en aquel
momento en Burdeos, y vera cmo me decan lo mismo.

Efectivamente, tanto la Torre, como Ibarrondo, me dijeron que si iba
como sbdito ingls me perjudicara mucho entre los mejicanos y los
espaoles, que me miraran como un luterano o un calvinista.

Zangroniz se encarg de poner en regla mi pasaporte como espaol, y lo
arregl pronto.

Lleg el buque que se esperaba, y mi to Ibargoyen no apareci; pero
Berroa recibi una carta suya diciendo que no saldra hasta el otro
correo, lo que haca que no pudiera llegar hasta pasado mes y medio.

Berroa dijo que pensaba ir en el intervalo a Irn a ver a sus parientes
y, de all, a San Ignacio de Loyola, pues haba hecho la promesa de
hacer ejercicios, durante una terrible tormenta que le cogi en el
Pacfico.

Berroa me inst a que yo hiciese lo mismo. Como mi primo era muy bruto,
no quise discutir con l acerca de los ejercicios espirituales, y le
dije que no me convena entrar en Espaa, y que, nicamente, si mi to
Sebastin Ignacio de Alzate me escribiera diciendo que no corra ningn
peligro en San Sebastin, entrara.

Mi primo Berroa escribi al to Alzate, que le contest y le envi
una carta para m, dicindome que poda ir a San Sebastin sin ningn
cuidado.

En vista de esto, acept, y Zangroniz se encarg de pedir los
pasaportes para Berroa y para m. Salimos de Burdeos y llegamos a Irn.
El cura Errazu me recibi muy amablemente, y me hizo que le contara mis
andanzas.

Mi primo qued en Irn y me dijo que le esperara diez das ms tarde,
en San Sebastin, para ir a Loyola.

--S, s--le dije yo--, esperar.

De Irn march a San Sebastin y fu a ver a mi to Alzate. Este era
secretario del ayuntamiento y absolutista, pero no muy fantico. Crea
que la poltica no tena que ver gran cosa con la vida.

--No tengas ningn cuidado--me dijo--; a pesar de ser absolutistas,
estamos dando ms ejemplos de tolerancia que vosotros. Hemos tenido
constitucionales en el pueblo y han vivido sin que nadie se meta con
ellos. Adems, eres mi sobrino, y basta.

--Necesitar algn papel de la polica--le indiqu.

--Te lo darn en seguida. El subdelegado es amigo nuestro. No s si te
acordars de l: Carrese.

--S, s. Ya lo creo.

--Le avisar.

Vino Carrese a verme.

Este Carrese era un agente de negocios de Madrid, amigo de mi padre y
mo. Cuando yo iba a la corte, por los aos del 1816 al 20, y, despus,
en el perodo constitucional, sola acudir de tertulia a su casa, con
un hermano del marino Churruca, y algunos otros. Estaba agradecido a
m, porque, en los tres aos de Constitucin, no dejamos los amigos de
ir a visitarle, a pesar de ser l un fantico realista.

Carrese me recibi muy amablemente y me di una tarjeta de seguridad.

Estuve seis das en San Sebastin, y, al cabo de este tiempo, march a
Irn a la fonda de Ramn Echeandia, compaero de mi niez.

De los amigos de la infancia muy pocos vivan ya en Irn.

Todo el Aventino haba desaparecido: unos haban muerto en la guerra de
la Independencia, otros se haban embarcado para Amrica.

El pueblo, a pesar de esto, era mayor, haba llegado mucho forastero y
tena ms tiendas que en mi poca y dos o tres cafs.

Estaba entretenido en Irn, recordando los tiempos antiguos; haba
hecho nuevos amigos y sola charlar de poltica con completa libertad.

Un da estaba pasendome en la plaza, cuando aparecieron por la cuesta
de San Marcial, que sube al pueblo desde el barrio del Bidasoa, tres
hombres a caballo.

Uno de ellos se acerc a m y me pregunt:

--Qu hora es?

Saqu el reloj y le dije la hora.

--No me conoce usted?--me pregunt desde el caballo.

--Diablo! Usted es un cervato.

--S; Bienvengas, el del Villar.

--Es verdad. Y qu hace usted aqu?

--Voy a la fonda de Echeandia. Vaya usted. All nos veremos a la hora
de comer.

Segu paseando con los amigos y fu a la fonda.

Me encontr con los tres caballistas, que me pasaron a su cuarto.

Eran cervatos de Villar del Ciervo, y haban servido con el Empecinado.

Los tres cervatos eran contrabandistas y se haban sublevado con el
Empecinado y conmigo en la Ribera del Duero, a principio de 1820.

Dos de los cervatos se quedaron a arreglar el ganado, y Bienvengas me
dijo:

--Don Eugenio, usted est dejado de la mano de Dios.

--Pues, por qu?

--Usted en Espaa! Sabe usted lo que le ha sucedido al Empecinado?

--S; s que est preso en Roa.

--Pero cmo lo tratan! El corregidor don Domingo Fuentenebro lo tiene
preso en un calabozo inmundo, y los das de fiesta lo saca y lo manda
exponer al pblico, en una jaula, para que los realistas le insulten y
le escupan.

Yo palidec, como si me hubieran pegado una pualada.

--La madre de Martn llora delante de la jaula de su hijo, y la
querida, aquella muchacha que viva con el Empecinado, se pasea delante
de la jaula del brazo de un oficial de voluntarios realistas.

--Qu final! Es que el Empecinado es terco. Yo le escrib dos veces
desde Gibraltar, dicindole que no se fiara de la capitulacin de
Extremadura, que fuera a renirse conmigo..., y no hizo caso.

--Quiz no recibiera la carta. Y l sin usted est perdido.

--Y qu harn con l?

--Matarlo; piensan darle garrote.

--Si se pudiera hacer algo por ese hombre!

--Qu se va a hacer! Lo nico que debe usted hacer es marcharse ahora
mismo a Francia. Yo le acompaar y, como conozco a los de la Aduana,
no le dirn nada.

--Es que tengo la maleta aqu en la fonda.

--Yo dir que se la manden a usted; pero vyase usted. Hgame usted
caso.

Me trajeron uno de los caballos, y Bienvengas y yo fuimos camino de
Behobia. Pasamos el puente sin dificultad y entramos en un fonducho.

--Ahora que est usted a salvo--me dijo Bienvengas--, le voy a decir
por qu le he trado aqu en seguida. Es que hay entre nosotros uno que
ha vivido en Roa y es realista, y se es muy posible que le conozca a
usted.

Comimos y, durante la comida, hablamos mucho y me di noticias de los
amigos. La mayora de los oficiales del Empecinado estaban libres.
Larreategui viva en Madrid; Casimiro de Gregory estaba en Pars; los
hermanos del general, Juan, Antonio y Hermgenes, se haban escapado.
De los vaqueros, el teniente Gotor estaba en Portugal y el sargento
Juan de Dios en Amrica.

Juan de Dios, segn me dijo Bienvengas, haba estado a punto de ser
fusilado, pero le salv un soldado de Merino, antiguo amigo mo y
compaero de la guerra de la Independencia, Gil de Aguilera, El
_Chiquet_ se haba marchado a Catalua.

Mientras me hablaba, yo recordaba, como si los tuviera delante, a todos
estos amigos; pero lo que ms me obsesionaba era el pensamiento del
Empecinado metido en la jaula.

Lo estaba viendo en su casa, cuando iba a buscarle para ir a cazar
liebres con galgos al pramo de Corcos. Era tan ingenuo, tan bondadoso!

El Empecinado tena una casa de campo a orillas del Duero, cerca de
Nava de Roa, en un sitio llamado el Salto de Caballo.

Era casi un aduar de moro pobre, con las ventanas pequeas y sin
ninguna comodidad. Tena un viedo hermoso, que lo trabaj, y una
bodega casi a orilla del ro y del camino de Peafiel. El vino de su
bodega era de excelente calidad y vala siempre hasta dos reales ms en
cntara que los de los pueblos inmediatos.

--Y de m qu se dijo?--le pregunt a Bienvengas, para librarme del
recuerdo del Empecinado en la jaula.

--Entre nosotros ha corrido la noticia de que usted haba sido
fusilado en las playas de Andaluca. Respecto a su casa de Aranda, ya
no queda en ella nada, porque la han saqueado los realistas.

--Y vosotros, qu habis hecho?

--Pues nosotros, despus de la capitulacin de Extremadura, nos
dispersamos. El Empecinado se march a su tierra y nosotros a Ceclavin
a hacer contrabando con Portugal. As estuvimos algn tiempo, hasta que
unos cuantos ceclavineros formamos una sociedad para hacer contrabando,
y nos pusimos en relacin con polticos de Madrid y con comerciantes de
Pamplona, Valladolid y Zaragoza. Hacemos el contrabando con Francia y
con Portugal. Hemos metido ahora dos cargamentos de muchos millones por
la parte de Navarra, y vamos hacia la lnea del Ebro, para ponernos de
acuerdo con los jefes de carabineros que pertenecen a la asociacin.
Bueno. Adis, don Eugenio! Hasta la vista. La maleta se la enviar a
usted en seguida, y Bienvengas me abraz y me puso una bolsa en la mano.

--Qu me das aqu?

--Nada, una bicoca. Usted necesitar dinero. Ah tiene usted veinte
onzas.

--No, no las necesito. Si las necesitara, las tomara, como si me las
diera un hermano o un hijo, pero no las necesito. Muchas gracias.

El cervato me volvi a abrazar, y mont a caballo y se fu. Por la
noche recog mi maleta.

Sal de la posada de Behobia y encontr una muchacha que iba a Bayona
en un caballo con _cacolet_, y me entend con ella para hacer el viaje.

A pesar de que la chica era sonriente y alegre y le gustaba hablar, el
recuerdo de la jaula donde estaba metido el Empecinado, expuesto a los
insultos de la canalla, no se me poda borrar de la imaginacin.

Hice una porcin de proyectos todos intiles y sobre el vaco. Llegu a
Burdeos, y, para olvidarme de la impresin penosa de la jaula de Roa,
me suscrib a un gabinete de lectura y me dediqu a leer.

Le escrib al general Mina a Inglaterra, contndole lo que pasaba con
el Empecinado, pero no recib contestacin.

De all a algunos das, se present de vuelta mi primo Berroa. Desde
su llegada, observ en su semblante gran mudanza; sin duda, le haban
dicho que yo era un revolucionario peligroso.

Pocos das despus me dijo Zangroniz, en confianza, que Berroa hablaba
de m como de un hereje amigo de Mina y del Empecinado.

Dos meses despus de mi llegada a Burdeos apareci mi to Ibargoyen.
Fuimos Zangroniz y yo a verle a Royn; vena en una fragata. Yo no
le conoca a mi to. En el tiempo en que yo estuve en Veracruz l se
hallaba viajando.

Mi to Ibargoyen era un hombre de ms de sesenta aos, alto, grueso,
sonrosado, jovial, franco, generoso y amigo de francachelas. Toda la
vida la haba pasado en el comercio de la China con Nueva Espaa,
habiendo comenzado su carrera de piloto en las Naos de Acapulco.

En Mjico le llamaban el Chino. Haba ganado millones y se los haba
gastado alegremente.

El to Ibargoyen se hizo muy amigo mo, le cont yo las vicisitudes de
mi vida y le habl del triste final del Empecinado, metido en una jaula
en Roa.

--Dnde est Roa?--me pregunt.

Le ense en el mapa de Espaa dnde se encontraba este pueblo.

--Imposible--dijo l--; si estuviera encerrado en una prisin de un
pueblo de la costa, yo era capaz de armar un barco para socorrerle;
pero ah, tan dentro de tierra, es completamente imposible.

Lo comprend yo tambin as, y tuve que olvidar la suerte lamentable de
mi general y mi amigo.

Desterrando el recuerdo de lo pasado, me dediqu a pensar en el
porvenir.

Mi to determin hacer las compras de un cargamento, para venderlo en
el mercado de Veracruz y en algunos otros pueblos de la costa mejicana.
Se encargaron de la operacin Zangroniz y mi primo Berroa; compraron
grandes partidas de sedera francesa y varios miles de cajas de vinos
de Burdeos y de _Champagne_. El valor del cargamento subi cerca de
cien mil pesos.

Por entonces, un naviero vizcano, llamado Maz, establecido en
Burdeos, acababa de construr un bergantn, y se decidi hacer la
expedicin en l. El _San Pablo_ era un hermoso barco. Lo mandaba el
capitn Vander Weyer, marino holands, y tena una tripulacin mixta de
holandeses y franceses. Hecho el cargamento por Zangroniz y Berroa, el
resto del cargamento lo realizaron Latorre, Iigo, Ibarrondo y otros
comerciantes amigos de mi to, que tenan sus negocios en la costa
mejicana. A peticin de Zangroniz se me nombr a m sobrecargo del _San
Pablo_.

Embarcado todo el cargamento y listo el buque, fuimos una maana todos
a la catedral de Burdeos a or la misa de partida.

Seguidamente, nos encaminamos al muelle, y, en una lancha grande, nos
embarcamos el armador Maz y los dems interesados en la expedicin.
En el bergantn estaba puesta la mesa sobre cubierta, porque haca un
tiempo delicioso. Ibamos de pasajeros un comerciante establecido en
Santo Toms, tres jvenes que le acompaaban, mi primo y yo. Comimos,
hubo sus discursos de rbrica, se levaron las anclas y comenzamos a
navegar por el Garona abajo, hasta Royn.

Nos despedimos de todo el mundo, pasamos la barra y nos pusimos en
franqua.

Un ao despus, estando en Alvarado, en Mjico, con un ataque reumtico
en cama, le el terrible final del Empecinado en un peridico francs.
El guerrillero, al ser conducido de la prisin de Roa al cadalso,
haba roto las cuerdas que le ataban, y, arrancando la espada de las
manos del jefe de la escolta, haba intentado abrirse paso entre los
esbirros. Los voluntarios realistas se haban echado sobre l y le
haban cosido a bayonetazos. El corregidor, don Domingo Fuentenebro,
mand subir el cadver al tablado y orden colgarlo por el cuello.


                   FIN DE LOS CONTRASTES DE LA VIDA


    Itzea, febrero, 1920.




                                NDICE


                                                  Pgs.


  EL CAPITN MALA SOMBRA:

       I.--Otra historia de Aviraneta                11

      II.--Morillo y el Empecinado                   15

     III.--El Chiquet                                23

      IV.--En el Ayuntamiento                        29

       V.--Los vaqueros                              35

      VI.--El capitn Mala Sombra                    39

     VII.--La presa                                  47

    VIII.--La decisin del capitn                   55

      IX.--Conchita Aguilafuente                     61

       X.--Pancalieri                                69

      XI.--Final                                     71


  EL NIO DE BAZA                                    73


  ROSA DE ALEJANDRA:

       I.--El viaje a Egipto                        105

      II.--La casa de Chiaramonte, el Malts        117

     III.--Nuestro amigo Mendi                      125

      IV.--La familia Chiaramonte                   143

       V.--Los conflictos de Mendi                  147

      VI.--La suerte                                155

     VII.--El cabo Yusuf                            159

    VIII.--Despedida                                169

      IX.--Noticias de Egipto                       173


  LA AVENTURA DE MISSOLONGHI                        175


  EL FINAL DEL EMPECINADO                           225





End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Accin: #7
Los Contrastes de la Vida, by Po Baroja

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ***

***** This file should be named 51858-8.txt or 51858-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/5/1/8/5/51858/

Produced by Carlos Coln, University of Toronto and the
Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
(This file was produced from images generously made
available by The Internet Archive)

Updated editions will replace the previous one--the old editions will
be renamed.

Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
law means that no one owns a United States copyright in these works,
so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
States without permission and without paying copyright
royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
of this license, apply to copying and distributing Project
Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
specific permission. If you do not charge anything for copies of this
eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
performances and research. They may be modified and printed and given
away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
trademark license, especially commercial redistribution.

START: FULL LICENSE

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
www.gutenberg.org/license.

Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
Gutenberg-tm electronic works

1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or
destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
1.E.8.

1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement. See
paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
electronic works. See paragraph 1.E below.

1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
works in the collection are in the public domain in the United
States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
United States and you are located in the United States, we do not
claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
displaying or creating derivative works based on the work as long as
all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
you share it without charge with others.

1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
in a constant state of change. If you are outside the United States,
check the laws of your country in addition to the terms of this
agreement before downloading, copying, displaying, performing,
distributing or creating derivative works based on this work or any
other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
representations concerning the copyright status of any work in any
country outside the United States.

1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
performed, viewed, copied or distributed:

  This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
  most other parts of the world at no cost and with almost no
  restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
  under the terms of the Project Gutenberg License included with this
  eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
  United States, you'll have to check the laws of the country where you
  are located before using this ebook.

1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
contain a notice indicating that it is posted with permission of the
copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
the United States without paying any fees or charges. If you are
redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
posted with the permission of the copyright holder found at the
beginning of this work.

1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
any word processing or hypertext form. However, if you provide access
to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
provided that

* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
  the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
  you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
  to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
  agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
  within 60 days following each date on which you prepare (or are
  legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
  payments should be clearly marked as such and sent to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
  Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
  Literary Archive Foundation."

* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
  you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
  does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
  License. You must require such a user to return or destroy all
  copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
  all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
  works.

* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
  any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
  electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
  receipt of the work.

* You comply with all other terms of this agreement for free
  distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
cannot be read by your equipment.

1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from. If you
received the work on a physical medium, you must return the medium
with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

