The Project Gutenberg EBook of La Sirena Negra, by Emilia Pardo Bazn

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Title: La Sirena Negra

Author: Emilia Pardo Bazn

Release Date: March 14, 2016 [EBook #51450]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA SIRENA NEGRA ***




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                            LA SIRENA NEGRA




                          EMILIA PARDO BAZAN

                                  LA

                             SIRENA NEGRA

                                NOVELA

                        [Illustration: colafn]

                                MADRID
                    M. PREZ VILLAVICENCIO, EDITOR
                            REINA, NM. 33
                                 1908

                             Es propiedad.
               Queda hecho el depsito que marca la ley.


                        Tipografa de Archivos.




I


En la esquina de la Red de San Luis y el Caballero de Gracia, me separ
del grupo que vena conmigo desde el teatro de Apolo, donde acabbamos
de asistir  un estreno afortunado. Si hablase en alta voz, hubiese
dicho grupo de amigos, pero, para mi sayo, qu necesidad tengo de
edulcorar la infusin? Espero no poseer amigo ninguno; no tanto por
culpa de los que pudieran serlo, cuanto por la ma. Si alguna vez me he
dejado llevar del deseo de comunicacin, de expansin, de registrarme el
alma y ensear un poco de su obscuro contenido-- la media hora de
hacerlo estaba corrido y pesaroso, segn estara un sacerdote hebreo
que hubiese permitido  un profano tocar al arca de alianza.

Por lo mismo, me guard de terciar en la polmica que armaron sobre la
idea de la obra. La tal idea es ya para m una persona de toda
confianza: por sexta vez en este invierno la aprovecha un autor. Segn
los recitados, cantares y dilogos de la zarzuelilla, la vida es buena,
la alegra es santa y los que no andan por ah chorreando satisfaccin
son unos porros. No s por qu (acaso por efecto de la discusin trabada
entre los del grupo, y que me golpe en el cerebro con redoble de
martillazos secos y ligeros sobre una placa sonora), la cuestin, en
aquel momento, me preocupaba. Ningn problema, para el que vive,
revestir mayor inters que este de la calidad de la vida.

Y, aunque preocupado, mediante la facultad de desdoblamiento que
poseemos los meditativos sensuales, no dejaba yo de notar una serie de
insignificantes circunstancias. Bajo mis pisadas, la acera resonaba
metlicamente. La noche era lmpida; el fro, pualero; y al abrigo del
tapabocas de malla de seda, mi respiracin se liquidaba en gotitas
glaciales, humedeciendo la barba. Se me ocurri tomar un coche; despus
opt por seguir andando. El fro duro me activaba el pensar, y en aquel
mismo instante decid plantearme yo el problema, aprovechando todas las
ocasiones de caminar hacia su resolucin, no en beneficio del gnero
humano, sino para mi gobierno tan slo. El gnero humano es el vocablo
ms vaco de sentido; no hay humanidad, hay hombres. Si algo se afirma
del gnero humano, los hombres se encargan de desmentir al punto la
afirmacin. Rumiando estas afirmaciones, saqu el pauelo y sequ las
esfrulas que me aljofaraban la barba, impregnada de brillantina
olorosa.

Al entrar en la calle de Jacometrezo, interrumpi mis cavilaciones una
criatura de mantn gris, de ojeras carbonadas. Qu opinar del vivir
esta mujer,  quien rechazo con fastidio como  una mosca? No necesito
preguntar: si hay algo previsto, conocido, de psicologa rudimentaria,
es el poso del nimo de estas galantes callejeras. Las llaman _de la
vida_, por antonomasia, y,  ms, _de la vida alegre_. Para olvidar un
instante lo alegre de su vida, fuman, gritan, rien, se embeodan,
insultan,--y su ideal, su dorado sueo, es acostarse temprano y dormir 
pierna suelta.

Cien pasos ms all, el sereno se inclina sobre un hombre espatarrado en
el suelo. A mi ademn auxiliador y  mi pregunta, el vigilante responde
solcito para m y compasivamente desdeoso para el cado. Nada, lo
diario: un borracho que todas las noches se tumba exactamente en esa
rinconada misma... Nunca llega  su casa, que dista dos pasos... Y es
lstima de l: un carpintero, perito en su oficio, con cinco chiquillos
que caben debajo de una cesta...

Cuando le enderezamos, algo lquido, viscoso, resbal por mi mano, que
sacud con repugnancia. Era sangre. Est herido--advert al sereno; y
le llevamos con mayores precauciones  su morada, edificio angosto y
caduco, de esos que abundan en las vas ms cntricas del Madrid viejo.
Sali la esposa, abotargada de sueo, desgreada: vi la rotura de la
cabeza de su marido, y maldijo y se desdich: Gaste usted ahora en
mdicos y botica! Al oir los consuelos negativos del sereno,--en vez de
un herido, pudiramos traer un difunto, si el filo de la acera le coge
de otro modo--reneg la comadre: A un difunto no le duele n. El dice
siempre que los probes nunca estamos mejor que difuntos...

Dej un duro para botica y ped un poco de agua para lavarme la mano
maculada. Me sacaron de la trastienda una palangana tan negruzca, que
opt por tamponarme sencillamente con mi pauelo. Me alej, sintiendo un
escozor irritado, un enojo sordo. La noche no me ofreca sino
impresiones de color sombro, como las palabras ledas por el Dante
sobre el dintel de la puerta del infierno. Sin embargo, de anlogas
impresiones se sacan obrillas aplaudidas, donde el vicio y la borrachera
son temas regocijados. Debe de consistir la sabidura en mirar todas las
cosas desde un punto de vista gayo y saltarn; de seguro yo no s
colocarme en l: peor para m, qu demonio!

Todava me dirig otro reproche. Aunque no creo en la humanidad,
concepto hueco, palabra de _meeting_, un instinto de esttica moral me
induce  mostrarme piadoso con los desgraciados y los insignificantes,
cuando me los encuentro al paso. Me pesaba de no haberme quedado velando
al carpintero, de no haber buscado para l un mdico y remedios y hasta
de no haberle dado consejos sobre la mala costumbre del alcohol. Causas
de mi abstencin? Dos, que voy  declarar. La primera, una especie de
pudor vergonzoso de practicar eso que se llama _el bien_, _la
beneficencia_, y que no comprendo en relativo, sino en absoluto--dedicando
 ello la existencia toda.--El hacer algo caritativo acarrea el que se
apeguen  uno caninamente,  siquiera el que le den  uno gracias y le
ensalcen por su bondad, otras tantas mentiras, pues privarse de lo que
nos sobra qu bondad revela?--La segunda, un miedo  la accin, que no
puedo (ni quiero) vencer. La accin es enemiga de los ensueos y
reflexiones, en que encuentro atractivo singular. Ni hay accin tan
noble como una idea: pensar lo que estoy pensando, vale ms que correr
 casa de Alejandro San Martn y traerle  la cabecera de un beodo que
bati contra una piedra saliente. Pss! All l. Zurrapa ms, zurrapa
menos en la barrica...

Encogindome de hombros, sigo hacia mi casa--sin prisa--. En la plazuela
trabajan,  estas altas horas, obreros del alcantarillado y del Canal.
Segn parece, su labor no puede interrumpirse. Un arroyo de agua helada
corre bajo sus pies. Para no quedarse hechos unos carmbanos, han
encendido un brasero, al cual por turno se arriman, resoplando y
estirando las manos engarrotadas. Para impedir que los transentes
sufran percances, han colgado un farolito avisador sobre los adoquines
arrancados y apilados. Antes que dedicarse  tal labor, no preferira
yo... _otra cosa_? Ser que ellos tambin, como las coristas que
desafinaban hace una hora en Apolo, entienden que la vida es

    muy rica y buena,
    prenda divina
    de encantos llena...?

Un poco ms adelante--tropiezo que pudiera ser divertido--avanzan por la
acera, pegadas al casero, recelosas, dos mujeres no mal vestidas,
pulcramente calzadas. Las reconozco: son las modistas del tercero de mi
casa, muchachas de San Sebastin, que han venido  establecerse en
Madrid. Suelo encontrrmelas en la escalera. La mayor es agraciada,
fresca an,  pesar del trabajo y del sedentarismo. La menor es coja; su
pierna desigual la hace pegar saltos de codorniz, asaz ridculos.
Emparejo con ellas y las ofrezco mi compaa: se me antoja saber si
resuelven que la vida es buena. Ellas suponen que voy con otro fin, fin
condenable y gustoso. La mayor se atribuye la conquista; la coja, en su
humildad de lisiada, nunca imagina que tales cosas vayan con ella. Para
entrar en materia, las pregunto si estn contentas de Madrid y qu tal
marchan sus negocios.

--Regular. Por ahora, no sabemos... Las seoras son tan raras! Hasta
que nos acostumbremos  sus caprichos...

De dnde venan?--Casualidad ms sorprendente! Del mismo teatro que yo,
slo que  la salida unas amigas las haban convidado  chocolate... El
estreno? Bonito; msica muy animada.

--Y qu opinan ustedes de eso de que la vida es buena? Pilita...
Manola... Estn ustedes contentas de haber nacido?

La pregunta fu contestada con risas y dichetes. Crean que bromeaba, y
no se quedaban atrs. Probablemente (despus se me ha ocurrido) estas
dos abejas cuyo dardo es la aguja no se encuentran desgraciadas. Yo s
que me encontr cndido al elegir para mi indagatoria tales sujetos. A
fin de desviar la conversacin, las dirig unos cuantos requiebros
insulsos, antes de dejarlas  la puerta de mi domicilio. Subir con ellas
de bracero, era una pacheca insoportable, y prefer callejear un poco
todava.

No s qu tienen, en las horas que preceden al amanecer, sobre todo en
invierno, cuando la noche es ms noche, las calles de una capital
populosa. Detrs de las imponentes puertas de los palacios; detrs de
las ventanas, parecidas  ojos que dejaron caer sus prpados al
adormirse,--qu infinito de misterio! Por qu esta suspensin de la
vida, en toda la ciudad  la vez?--La multitud recogida en sus
dormitorios, mseros  confortables, no est realmente como si hubiese
muerto? No es cada alcoba, cerrada y tibia, una antesala del sepulcro?
Y este silencio, esta paz letal de la noche, no es el nico perodo
delicioso, dulce, apacible de las veinticuatro horas que tejen el giro
diurno?

Cuando, por casualidad, el trasnochador se cruza con otro trasnochador,
no sienten los dos un movimiento de desconfianza, de medrosa
curiosidad? Slo velan y slo ambulan fuera del nicho de sus dormitorios
las almas perdidas por la miseria, por la delincuencia  por el amor
clandestino. Si veo  un trasnochador derrotado, mendigo  malhechor; si
 un burgus bien trajeado, de tapabocas, subido el cuello del gabn,
amante oculto. Y el caso es que yo no soy lo uno ni lo otro, y tambin
vago, transido y envarado de fro ya, de ese fro matinal, trpido, que
no es como el del anochecer, porque se complica con el agotamiento
nervioso, cansado por el insomnio.--Esta reflexin me hace detenerme al
pie de la blanca fachada, correcta, tranquilizadora, del teatro
Real.--Qu hago en las calles, dando diente con diente? No tengo mi
alcoba, tan silenciosa, tan recogida, mi cama tan cmoda, de dorado
bronce, con un _sommier_ y un colchn que convidan  tenderse en ellos,
con un edredn relleno de plumn de nade, que halaga sin pesar, que al
apoyar en l la palma, brinca y se hunde fofo para volver  erguirse
inflado?

--Cuntos me lo envidiaran?--pens; pero al iniciar la retirada hacia
mi agujero, me falt fuerza de voluntad y segu calle del Arenal
adelante. Una transparencia lvida se difunda en el firmamento: el
amanecer.--La iglesia parroquial abra sus puertas para la primera misa.
Sub la escalera, cruc el atrio, me deslic en la sacrista
penumbrosa,--y por una puertecilla entr en la nave. El contacto de la
recia estera fu simptico  mis pies, que,  pesar de la caminata,
eran dos montones de granizo. En un rincn, un banco se ofreci  mi
fatiga; me dej caer en l; y, sin ser poderoso  resistir, rendido,
exnime, ced  un letargo repentino, de esos que saltean al jinete
sobre su montura, al timonel con la mano en la caa.

Al despertar, siendo ya da claro, no saba dnde estaba, y fu grande
mi asombro cuando vi de soslayo el retablo del altar mayor y  mi lado
un plpito. A decir toda la verdad, despert porque el sacristn me di
palmadas en un hombro, y me silabe en el hueco del odo un pssitt eh!
caballero! bastante encolerizado. Parece que existe y est clasificada
la variedad de los trasnochadores que gustan de descabezar un sueo en
el apacible recinto de las iglesias  la madrugada, y que los monagos
abrigan contra esta ralea justificada prevencin y la corren como  los
perros intrusos.

Hice mis genuflexiones y sal del templo enervado, con el malestar del
insatisfecho, de la funcin fisiolgica interrumpida. Beb en cualquier
sitio un vaso de caf caliente para despabilarme, y, al contrario,
dirase que aumento mi afn de reposo, mi nostalgia de la muerte
temporal, mi sed de la nada. Salt dentro de un alquiln y di mis seas.
Amodorrado y cabeceando contra mi pecho en el ngulo del clarens, donde
no me atreva  recostarme temeroso de la impureza promiscua depositada
all por tantas cabezas, iba pensando que es una niera humana el temer
 ciertos modos de morir, pues murase como se muera, ello es que
descansamos. El sueo que yo buscaba en mi alcoba, donde no faltan
refinamientos, no iba  ser ms dulce y total que el hurtado sobre duro
banco en el rincn de una iglesia. Tomado ya el sueo, logrado el
aniquilamiento, qu importan precedentes?

Entr con mi llavn; los criados seguramente no se habran levantado; mi
hermana, menos; la casa estaba muda. Encend mi serpentina de gas
fluido, y  los cuatro minutos tuve agua caliente para las abluciones.
Enjabonado, pasada la esponja de mil ojos, enjuto, reaccionado, me vest
el camisn, y lleg el momento mgico de alzar las ropas y deslizarse,
gil y desmadejado  un tiempo, en el ancha cama, suspirando de placer.
La frialdad de las sbanas cede  la corriente de calor que pronto
establece el cuerpo; el colchn rebota con suave elasticidad al dar yo
vuelta y arroparme; los ruidos de la calle se extinguen para m... Por
ltima vez, suspiro de bienestar... Duermo.




II


Mi hermana Camila tiene, acerca de m, proyectos matrimoniales. Creo que
es el caso general de todas las hermanas,  menos que sea el
contrario--, un odio corso  cualquier ser femenino que su hermano
distinga.

Propala mi hermana que ha sido muy feliz en su matrimonio; y no lo dudo,
entre otras razones, porque la unin dur cinco  seis aos, y mi cuado
estuvo dos de ellos en Cuba, arreglando negocios pendientes. Si Camila
fuese franca, confesara que es ahora cuando lo pasa bien; pero, y la
_pose_ de viuda inconsolable? Quin se la quita? Una vez, anualmente,
_inconsolable_ la proclama la cuarta plana de _La Correspondencia_, en
la esquela ms cara y espaciosa de las que all se publican. Aquel da,
la viuda encarga misas en diversas parroquias. Por la tarde, una docena
de amigos y parientes vienen  hacer el duelo  Camila; un duelo en que
no se alude al finado, en que se murmura sin mostaza y se planean
combinaciones de abonos para la temporada de primavera. Ya el ao
pasado, que acudi ms gente, se sirvi t, con galletas (autnticas de
Londres), y un revistero de sociedad anunci el _five_. Ese da no falta
_ella_ nunca; y, generalmente, la veo cada semana dos  tres veces, en
el Real  en mi casa, donde almuerza bastantes domingos.

He subrayado _ella_, nicamente por no singularizarme; por conformarme 
los usos establecidos en tales materias. Si miro hacia mi corazn, 
adonde se cobijen los afectos, all no la llamo _ella_, sino buenamente
Trini.

Su retrato? Ni bonita, ni fea. Hay menos beldades por ah adelante de
lo que las novelas y las planas  todo color de los semanarios haran
suponer. Tiene un defecto, la cara redonda; un atractivo peculiar, la
boca hmeda de juventud y dentada  maravilla. Es hija de un magistrado
que fu ntimo de mi padre, que cas con una heredera opulenta de
Aragn, y hubo de sus legtimas nupcias una hembra y dos varones. Si al
fin me uno  Trini, deber  la gran Segadora verme libre de suegra y
suegro. Los padres de Trini son _honrados_; les han hecho las honras,
por cierto  todo lujo. Trini manda en s y en su caudal y es modelo de
seoritas formales. Unas cuantas dueas cotorronas, tertulianas de
Camila, no se sacian de repetirlo, y protegen instintivamente la
candidatura. A pesar de mi espritu crtico y minucioso, conozco que
Trini ser una gran ama, no slo de llaves, sino de sala y gabinete. Es
fina, lista, limpia, primorosa.

Yo me acerco, me dejo caer, la hago unos asomos de corte; pero ni me
derrito, ni acabo de decidirme  meter el pie en el agua. Es que quiero
 otra?--El lenguaje es una tela teida de los colores primarios,
chillones y sin degradacin. Existe, acaso, la escala de los matices
verbales, justos, imperceptibles, que correspondan al matizado riqusimo
del sentir? Cmo denominar lo que no he definido?

La casualidad me ha puesto en relacin con una criatura miserable y
desquiciada,  quien encontr en la antesala de un mdico varias veces.
Para dar idea del tipo de esta mujer, sera preciso evocar las
histricas de Goya, de palidez fosforescente, de pelo enfoscado en
erizn, de pupilas como lagos de asfalto, donde duerme la tempestad
romntica. El modesto manto de granadina, negro marco de la enflaquecida
faz, adquiere garbo de mantilla maja al rodear el crespo tejaroz que
deja en sombra la frente. De la mano de la mujer se cuelga un nio como
de cuatro  cinco aos; un nio hechicero, travieso y carioso, por
medio del cual entr en trato con la madre. El primer da en que les vi,
su turno de consulta precedi al mo, y antes de dar pormenores de mi
gastralgia, me enter de si era grave el padecimiento de la cliente.

--No me ha consultado para s--contest el doctor.--Se trataba del
chiquillo.

--Pero si ella parece enfermsima!

--Y lo est. Slo que pertenece al nmero de las enfermas que no quieren
hablar de su mal, suponiendo que si no le llaman por su nombre, el mal
no acude. No he visto mujer ms impresionable. Me gustara que se
consultase, porque debe de ser un caso.

La segunda vez, el doctor--mirndome con escama algo guasona,
sorprendido de mi inters por aquella esmirriada--ampli las noticias.
Se llama Rita Quiones, y vive estrechamente, con una criadita, en un
piso bajo de la calle de San Lorenzo. No es casada. No es tampoco una
mujer galante... Parece andaluza. Sus antecedentes? Ignorados.

Al encontrarla de nuevo, consegu hacer migas, adulando al nio,
acaricindole y regalndole bombones. Obtuve permiso para visitarla, 
pretexto de llevar un juguete, y lo aprovech en seguida. Sin manto, con
paoleta de lin y encaje, rada  fuerza de lavados, y dejando asomar
por debajo de la falda de lana negra un pie combado, pequeo--era ms
marcada an la semejanza con algunos de los inquietadores modelos del
Sordo.--Me empe en que hablase de s misma, y, en cierto lmite, lo
consegu fcilmente: estaba en uno de esos das en que  los neurticos
se les sale parte del alma por la boca. Segn cre alcanzar, mi visita,
mi solicitud, la alborozaban; parecanle caso de enamoramiento, y ella
era mujer: sobre todo, mujer. No cometi, sin embargo, provocacin ni
grosera alguna, de esas que suelen gastar las decadas: al contrario,
me pareci notar que miraba con instintiva repulsin las demasas, las
materialidades. Su amor al nio era una mezcla de fiebre y ternura: le
nombraba con compasin dolorosa, con palabras como las que se pronuncian
 la cabecera del enfermo desahuciado,  al apiadarse del reo que va 
salir para el suplicio. Cuando le di el caballito de cartn, causa de
transportes de jbilo, la madre murmur:

--Que se distraiga, que goce... Siquiera mientras pueda gozar, alma
ma...

Su voz es deliciosa, cristalina, menuda; su fraseo pdico y decente, en
medio de la vehemencia de su expresin y del violento afn con que
repite que es mala, muy mala. He aqu lo curioso y lo atrayente de
esta mujer: no miente, es de las histricas verdicas, que son las
menos; calla, s, algo, sin duda lo ms grave de su historia.--Es
verstil. Lo que ayer sinti de un modo, lo siente maana del opuesto; y
del propio modo se trata  s misma de maldita y de condenada, con la
expresin ms ttrica en los abismos de asfalto de sus grandes ojos, que
se disculpa, se conmueve de lstima de s propia. Me ha contado que
naci en Cdiz; que su familia era antigua, y de las buenas, venida 
menos; que despus de apuros y miserias estuvieron en Manila varios
aos...

--Empleado alguien? Su padre de usted...?

Al nombre de su padre, los ojos hondos y calenturientos se velan como de
una nube de humo... Sin duda el pap se mostr inhumano para ella; y
contina:

--S, empleado fu... Qu tierra aquella! Calor pegajoso... y est uno
tan flojo, tan dbil... Falta el nimo, todo le da  uno igual... A eso
llaman _aplatanarse_... Luego nos volvimos  Espaa... En Madrid naci
Rafaeln, pobrecito mo...

No me resuelvo  insistir. La veo tan descolorida, tan desencajada, que
aplazo. He percibido que aqu est la clave...

Mes y medio hace que dura nuestra relacin (se puede llamar relacin 
esto?) y ninguna tarde encuentro igual  Rita. Tan pronto canta y re
infantilmente, como yace tendida en un sof forrado de damasco muy
rado, languideciendo, casi sin aliento, en la angustia de la disnea. Un
da me ensea el pauelo estrellado de sangre; otro me pide violetas y
dtiles y bruos secos, y se atraca como los chiquillos. Ya habla del
amor con murmuro esttico, ya lo diseca con buen sentido de abuelita
septuagenaria,  lo condena con crispaciones de repugnancia
espiritualista. Y no hay ficcin, no hay clculo: lo que flucta en sus
ojazos es el oleaje de su alma inquieta, torturada no s por qu. Slo
dos sentimientos invariables encuentro en ella. El primero, la idolatra
de su hijo. El segundo, un pavor, un sobresalto casi continuo, el miedo
 la nada,  la disolucin de su organismo.

--Morir!--repite cogindome la mano con la suya, hmeda y
ardorosa.--Verdad que no me morir? Verdad que no es nada esto que
tengo? No, no me repita usted lo que sepa por el mdico; si yo no he
querido consultarle. Al fin, no le curan  uno. Prefiero no saber...--Y
cierra los pozos de sus ojos, y un estremecimiento sobrenatural corre
por todo su cuerpo y se comunica al mo.

--_La_ he visto, _la_ he visto pasar!--grita una tarde saltando del
sof, con las pupilas dilatadas--. Es una sombra grande, muy alta, que
llega al techo. Ha salido por la puerta de mi alcoba y ahora acaba de
desvanecerse en la del pasillo! Pero usted no la ve...? No la ve?

--A quin, Rita,  quin?--respondo chancero.

--A la Seca,  la... Jess!

Y se cubre el rostro, y su temblor, como un aura del otro mundo, le
eriza el fosco pelo goyesco.

No sabiendo cmo distraerla de la aprensin y los terrores, la he
propuesto ir al teatro algunas tardes. Ha aceptado palmoteando de
alegra. Compro un proscenio segundo, localidad vergonzante, y la llevo
en coche; nos bajamos un poco antes de llegar  la puerta del teatro, y
ella entra sola; yo me reno momentos despus, disimulo que me impongo
para que no me importunen con chismes y habladuras. Rita lleva sus
acostumbrados trajes de lanilla negra, muy pobres, y como nota de lujo,
un boa blanco de pluma que yo la he regalado. La agitacin y emocin de
su contento trazan en sus pmulos una pincelada de carmn, demasiado
violenta, sin el suave desvanecido de las rosas clsicas. Sus manos
consumidas bailan dentro de los guantes, tambin ofrecidos por m,
manejando el abanico con garbo tpico de maja gaditana. Yo aparezco poco
despus, y me quedo agazapado en el fondo del palco. Empieza la
representacin. Rita se pone de codos en el antepecho, saca fuera el
busto, y bebe, absorbe el drama;  mejor dicho, el drama la absorbe 
ella, la arrebata momentneamente  la realidad, la desprende de s
propia; como la de los extticos, su alma sale de su cuerpo minado por
la enfermedad, codiciado y reclamado por la tierra, y se mete en el
cuerpo vibrante de la actriz; sus labios, en un balbuceo, repiten los
prrafos ms conmovedores, las frases ms efectistas; y mientras el
agua que duerme en el fondo de sus pupilas tenebrosas salta un momento 
la superficie, en chispas de diamante, se vuelve hacia m y repite:

--Qu hermoso! verdad? qu hermoso!.. Me enternezco! Qu,  usted no
le gusta?

Sonro y contesto que s me gusta mucho. No tengo pujos crticos cuando
estoy con Rita. Todo es admirable; el almizcle de Pars que
desempaquetaron la vspera, el bacalao de Noruega de Ibsen, la
ferranchinera romntica, las moralejas garbanceras, sensibleras,
genuinamente nacionales, el efectismo de chafarrinn... No me importan
estilos, gneros, corrientes, ni moldes; en pos de la neurtica, aprendo
 viajar por fuera de mi juicio. Alguna vez que se me ha ocurrido
censurar al autor, sonreir de una inverosimilitud, Rita me ha atajado,
murmurando:

--En la vida pasan cosas... vaya! ms gordas que todo eso!

He sacado en limpio que Rita vive de una pensioncilla que le pasa su
abuela materna; que su madre muri hace bastantes aos; que de su padre
no se sabe  punto fijo el paradero;--se le sospecha en Manila otra
vez,--y que la abuela, seora pudiente de San Lcar, aunque manda  su
nieta limosna, no ha querido volver  verla: sin duda la maldice. Mi
informacin ha sido fragmentaria: hoy arranco un pedacillo de verdad,
maana otro; y queda, detrs de los hechos escuetos que voy ensartando
como pjaros muertos por varilla de cazador, un infinito de historia, un
secreto que presiento y que me irrita, como la fragancia de vino
encerrado, inaccesible, al bebedor de oficio.

Mi tesis con Rita es persuadirla indirectamente de que morir no hace
mal; de que el instante decisivo no lleva aparejado ningn tormento.
Observando que cuando ha dormido bastantes horas est contenta, la
predico la identidad del sueo con la muerte, sin ms diferencia que el
instante del despertar, y algunas sensaciones que preceden al punto de
dormirse.

--S, s, pero... ese despertar!--gime aterrada la espaola.--Cuando
las personas son como yo! tan malas, tan malas!

La ofrezco el trivial consuelo de la frecuencia, de la insignificancia
de la culpa. Quin no es culpable? Est el mundo lleno de santos  de
pecadores?

--No todos los pecadores son iguales... Hay pecados de pecados...--Y la
afirmacin de la infeliz se completa con un relmpago de su mirada,
velado inmediatamente por una niebla de incurable amargura. En estos
momentos yo la acaricio para calmarla, sin rastro de maliciosa
intencin; ella se desva--porque es la espaola, que no concibe que un
contacto de hombre y mujer puede nunca ser inocente.--Un da, sin
embargo, me somete el caso de conciencia. Yo la estoy hartando de
finezas, de regalos para ella y Rafaeln... La creo obligada 
complacerme?... Mi objeto es acaso...?

--No es ese mi objeto, Rita. No piense usted disparates. Soy un amigo.

Me toma una mano y me la estrecha con devocin. Sonro y saco del
bolsillo una cajita de cartn rosa llena de tabletas de chocolate, de
las caras. Rita adora el chocolate; me arrebata la caja, y con
transporte de criatura indisciplinada, antojadiza, hinca el diente  la
golosina helvtica, dndome las gracias con un mirar risueo, aclarado
de alegra.

Mientras ella mordisquea, yo la considero, y quisiera abrir su cabeza,
destaparla, registrarla,--para conocer el arcano que oculta, y por el
cual me tiene sujeto, con fidelidad de amante que espera y teme y
respeta y calla;--el arcano, nico atractivo de este espritu que, de
noche, vaga perdido entre las tinieblas del Miedo y del Mal.




III


Amoscada anda mi hermana con lo de Rita: no s quin se lo habr
soploneado. Es verosmil que me haya espiado en el teatro,  pesar de
las precauciones que tomo. Y se me figura que Trini y ella, en sus
intimidades, han conferenciado acerca del asunto, con esos campaneos de
cabeza y esos enarques de cejas que son la mmica de esta clase de
concilibulos entre mujeres sensatas.

Al fin no pudo vencerse Camila, y cierta maana irrumpi en mi
gabinete-despacho, una hora antes de la de almorzar, el momento que
dedico  leer cosas serias, porque tengo la cabeza despejada y el
estmago libre. Hubo prembulos, diplomacia y, por ltimo, estallido.
Yo tena una querida, y adems, un hijo de semejante mujerzuela. Y mi
tcito compromiso con Trini, y el mal lugar en que las dejaba, y la
honra, y, y, y...

Mientras Camila se explaya, la considero atentamente, sin enojo y sin
reto, como se mira correr en esto una fuente parlera. Camila se parece
de un modo sorprendente  mi madre; las mismas facciones clsicas de
matrona romana, la misma mirada imperiosa, el mismo cuerpo arrogante,
donde la seda hace pliegues solemnes, como estudiados, y juegos de luz,
al estilo de los ropajes suntuosos que pintaba Madrazo con tanto
acierto. Un cario meramente instintivo  impulsivo era lo que por mi
madre senta yo, y, realmente, segn el espritu, slo soy hijo de mi
padre, rezagado romntico, soador, y que, conforme  la moda de su
tiempo, fu algo poeta (ahora, por moda tambin, somos algo
intelectuales). Hacia Camila experimento el mismo apego natural que
hacia mi madre; pero con un toque de desdn, de conviccin de mi
superioridad. Ella entiende lo contrario; me tiene en menos; se cree
ms cuerda, ms prctica, ms razonable cien veces que yo, y me protege
y vela por m (que es modo de desdear). Ejerce sobre m un ascendiente
material, del cual reniego, y que se funda en mezquinos servicios y
auxilios prestados  veces, como cuidados durante enfermedades,
advertencias relativas  cuestiones de inters; nada en suma.

De todo cuanto me deca Camila, me hizo eco en el alma nicamente aquel
concepto de considerarme padre de Rafaeln. Al estarlo oyendo, senta
ansias de que fuese verdad. Yo no deseaba un hijo, en el sentido
estricto de la frase; pero se me ocurri que sera delicioso tener _ese_
hijo; _ese_, no _otro_.

Las gracias y perfecciones del nio se me representaron todas en aquel
punto, con tal viveza, que mi corazn se iba hacia l y le besaba
paternalmente.

Vea yo, mientras Camila me acusaba del dulce hurto no cometido, la cara
oval, morena, igual  la de Rita, pero con el barniz regio de la salud;
los ojos santos, puros, sin mancha; el reir gorjeante, la travesura
celeste del chiquillo, la sal de su media lengua y de sus antojos, la
monera de los bofetones tiranos que me pegaba y de los brazos que me
abra al decirle su madre: Ves? Ya te ha trado don Gaspar otro
juguete... Un calor ntimo se me esparca por el alma al recordar todo
esto; y un propsito, una resolucin de ser el padre de Rafaeln por mi
voluntad, no por azar de la carne, surga en m, al mismo tiempo que mi
hermana me reprenda severamente suponiendo la paternidad. Era la
defensa del instinto de perpetuarse, instinto que ya crea punto menos
que abolido en m; era... ah, no me caba duda! era la vida, la vida,
la vida, la maga, que me llamaba otra vez, y al llamarme me ofreca una
copa de amor! La pobre Rita estaba sentenciada; pero, el nio? Por l
podra yo--quin sabe?--interesarme en algo sencillo, bueno, natural...

Con mpetu, derramando efusin, cog las manos de Camila, y exclam:

--Pues bien: no lo discuto. S que es mo ese chico. Ya vers; un sol,
una monada. Vas  chochear con l.

Mi hermana retrocedi. No sabr describir cmo se le inmut la cara; sus
clsicas facciones adquirieron el ceo y la contraccin adusta de las
antiguas Melpmenes. Indignada, es hasta fea Camila!--decid para mis
adentros.

--Supongo que bromeas; pero la broma, hijo, es de psimo gusto.

--No bromeo.

--Vamos, piensas casarte con la mam de la criatura.

--No se me ocurre:--respond con sinceridad--entre otras cosas, porque
no creo que la queden dos meses de estar en este mundo. Me coges en un
momento de espontaneidad, Camila; desarruga ese entrecejo, que te sienta
muy mal; si te vieses! El chico es ms mo, lo oyes?, que si lo
hubiese engendrado materialmente. Lo material es muy despreciable en
todo; pero en eso del amor y de la paternidad es en lo que ms ruin 
insignificante se me figura. No crees t lo mismo? Si tienes alguna
elevacin en el sentir...

--Pero... el chico--interrumpi ella vacilando--, es tuyo  no es tuyo?
En qu quedamos, Gaspar? Descframe el enigma.

--Pch! El enigma no te importa--respond, pensando para mi sayo:
Alma, cirrate!--Los resultados, querida hermana, van  ser
exactamente los mismos que si el chico fuera mo, como entiendes t que
son nuestras las cosas. Y los resultados son lo nico que aqu se
pleitea.

--Pleitear? Te engaas--articul Camila con aviesa esquivez.--No
pleiteo. All t; all te las compongas. Desde que vivimos reunidos, en
qu asunto tuyo me he mezclado?

Yo podra contestarle que en todos absolutamente, porque desde el color
de mi colcha hasta la colocacin de mis fondos, mi hermana interviene
siempre en cuanto me incumbe, indirectamente, pero con la tenacidad de
un insecto preso en un vaso y que busca salida. Sospecho que hasta abre
mis cartas y las curiosea. Sin embargo, opt por encogerme de hombros y
convenir. Porque en mis verdaderos asuntos--los de mi espritu--Camila
no puede mezclarse, no conocindolos.

--Corriente: dado que no intervendrs en mis negocios, hija ma,
preprate  la transformacin que mi vida va  sufrir. Si Trini quiere
que nos casemos, el nio tendr quien le cuide, quien haga veces de
madre... Qu opinas t? Trini sabr amar como madre  mi Rafaeln?

Camila parpade y constri los labios, gesto de las personas demasiado
cargadas de razn, que no quieren dar suelta  la palabra para que no
muerda. De contener la respiracin se puso arremolachada. Al cabo,
ajustado ya el antifaz de calma indiferente, exhal un susurro:

--Qu s yo... all ella y t... Entrate.

--No tienes opinin?--Y mi tono era irnico.

--Opinin? No he de tenerla?--salt, disparando con cerbatana las
slabas, que me azotaron airadas.--A la primer palabra de semejante
delirio, Trini te dir, y con razn, que ella no est para cuidar
chiquillos espreos, que no tiene por qu cargar con lo que le encajas.
Que santo y bueno tomarse molestias por los hijos propios, pero que los
ajenos, memorias. Qu te has credo t de Trini? Pretendientes la
sobran que no la impongan condiciones raras y obligaciones fantsticas.
Pues digo!...

--Si Trini me amase--articul sosegadamente--amara  la criatura, por
cario  m. No viene hoy  almorzar? Pues la interrogar. T no la
prevengas: djala seguir su impulso.

Una hora despus lleg Trini. Me haba vestido prestando suma atencin 
los pormenores de mi traje. Senta emocin de cadete, ante la esperanza,
no tanto de que Trini me quisiese lo suficiente para acoger en un
arranque tierno, de mujer y madre,  Rafaeln,--sino de que, ante su
arranque, naciese en m el verdadero amor. Lo que me hace palpitar viene
del interior de mi ser: no puede venir de fuera. Si Trini se revela, si
vibra...--calculaba yo--siento que vibrar tambin; y no ser como con
Rita, una atraccin perversa, seudo-romntica: ser el amor completo,
con su raigambre poderosa, que nos adhiere  la tierra; ser el hogar,
con humareda azul de ilusin--porque el hogar, con solo el humo del
puchero, lo que es yo no me siento capaz de resistirlo!--Y enajenado,
consagr tiempo al lazo de mi corbata,  la clavazn en l de la gruesa
perla redonda,  atusar el pelo,  frotar con el pulidor las uas. Iba
tan brillador de ojos y tan amador en mi porte, que Trini, al estrechar
mi mano, se arrebol, olfateando sutilmente, como hembra, que algo
impensado ocurra. Yo (soy muy desconfiado) haba estado en acecho, y
salido  encontrarla en la antecmara, temeroso de los manejos de
Camila.--Almorzamos, alegres y decidores los novios, mi hermana
fruncida, encapotada y pesimista. Segn su perro humor, el asado era un
carboncillo, las tostadas del t unas virutas, y las quenefas del
bolovn eran de escayola. Trini se rea enseando sus encas jugosas y
vivaces, su fresca lengecilla inquieta entre la doble fila de gotas de
leche cuajadas de la arqueada dentadura. Me daban tentaciones de
caricias atrevidas,--y senta por Trini escalofro humano, ansia
celestial. Cien aos que viva (no me faltaba sino vivirlos!) no
olvidar el encantador almuerzo, al canto de la chimenea activa y roja,
respirando el aroma de las violetas tardas y los claveles blancos
tempraneros, que adornaban el centro de plata, en honor  Trini--
_ella_; entonces s que se lo llamaba interiormente... Por debajo de los
encajes gruesos del mantel cog su mano, que no se retir. An estbamos
elctricamente asidos, cuando se levant con un pretexto cualquiera
Camila, y nos dej solos. Trini, sofocada, hizo un movimiento para
seguirla; yo protest, apretando ms la mano de seda y clavndome con
deleite en los pulpejos las sortijas del meique. _Ella_ comprendi que
llegaba la hora decisiva de aquel noviazgo hasta entonces tan soso y
borroso, y sus ojos, avergonzados, buscaron el dibujo de la alfombra.

--Trini?--suspir--. Sabe usted que esta maana le dije  Camila que
nuestra boda es inminente?

--Camila?...--tartamude _ella_ agarrndose  lo que poda ayudarla 
disimular su confusin--. Dice usted que Camila... Estara por eso de
tan mal talante?--y sonri  la hiptesis.

--Por eso precisamente, no. Va usted  saber por qu, Trini...--Acerqu
mi silla, solt la mano y nos reclinamos, muy prximos, en la
mesa.--Escuche y pese la respuesta...--No venga usted hasta que le
llame!--orden al criado que entraba trayendo lea.--Trini, yo trato 
una mujer, y esta mujer tiene un nio.

Ella se demud.

--Ya lo saba. Para qu me lo dice usted?

--Porque el eje de esta conversacin es eso: la mujer, el nio; sobre
todo, el nio... se entera usted, amiga ma?

Trini indic el gesto de desviarse, plida y turbada.

--Por Dios! No as, Trini; no as. Hay que escuchar, y sobre todo hay
que entender. Cuando usted haya entendido, decide. A la mujer la visito
diariamente, pero no tengo con ella ms relacin que visitarla... Como
si fusemos hermanos. No lo cree usted? No tengo para qu mentir. Es
una enferma, una tsica. Si eso puede contribuir  la tranquilidad de
usted, no la ver ms.

--Pero el pequeo... No es... No es...--murmur la muchacha, sin
resolverse  concluir, y mostrando confusin y acortamiento.

--Mo...? Segn como usted comprenda la idea de pertenencia y
propiedad. No he besado  su madre nunca. Sin embargo, mo es el nio,
porque mo quiero que sea... Fjese usted. Tampoco usted es ma, y por
el amor puedo apropirmela. El nio tiene mi sangre espiritual. De
manera que es mi hijo.

--Todo eso... lo encuentro rarsimo... Perdone usted, Gaspar; me cuesta
trabajo entenderlo.

--Malo, malo--discurr en mi interior.--Corta de entendederas, corta de
cara, carirredonda... Malo! Esta no es mi hembra!--Y una melancola
sbita me envolvi en su crespn ingls. No arg nada; ella porfi:

--No se explica... Trate usted, por lo menos, de que yo acierte 
descifrarlo.

--Creo que no podr usted. Esto se descifra mediante un impulso, una
corazonada. No hacindose cargo de pronto, es ya difcil... En fin!--Y
resopl desalentado:--No hay mil cosas inexplicables? Figrese usted
que la pidiesen explicaciones del por qu quiere un hombre  una mujer;
del por qu nos es simptica una persona, y otra nos es insufrible... A
m ese nio me ha dado la grata sorpresa de inspirarme un inters que
me... me distrae de otros pensamientos... algo... algo peligrosos; te
enteras, Trini?--Y al brusco tuteo, un la caricia inesperada, un
estrujn, un raspn  la mano contra mi bigote. Ella se encendi, su
respiracin se apresur, y dijo balbuciente:

--No, Gaspar... No me entero... Pero es lo mismo. Qu pretende usted?
Qu desea usted de m? A ver si hay medio...

--Trini, si nos casamos, el nio se vendr  casa... Sers su madre. Lo
sers?

Un esguince. Los ojos pestaudos, antes terciopelosos como uvas negras,
se hincaron en m, fieros, enojados.

--Ah! Era eso...

--No aceptas?

--No... No saba... Cre que se trataba de otra cosa; de darle
educacin, de no abandonarle. Eso, bueno... Pero, en casa? Conmigo?
Qu se dira? Qu papel hara yo?

Me incorpor. El almuerzo me pesaba como plomo en el estmago, y el
calor de la chimenea me asfixiaba. Volv las espaldas, sin saludar, sin
despedirme, y  paso lento me retir  mi cuarto. Trini dijo no s qu;
acaso pronunci con ahinco mi nombre. No hice caso alguno. Ya en mi
habitacin, tom sombrero, abrigo, guantes, y me fu  ver  Rita.




IV


La encontr con una hemorragia. La palangana, llena de cogulos,
descansaba sobre una silla. Ella, echada en su humilde cama de hierro,
apenas respiraba. Me sonri doloridamente, como al travs de un velo. La
niera y nica sirviente, la guipuzcoana Marichu, entretena  Rafaeln
por medio de un carro hecho de dos carretes y unas caas. Pero el nio,
al verme, dej sus juegos y vino  agarrarse  mis piernas.

--Bapar! Apa!

Le aup, le bes los ojos, le apret firme. Rea  chorros, pegndome
manotazos y tirndome de las barbas. Le dej en el suelo, y anunci:

--Vuelvo con el mdico.

Viva muy cerca uno, joven, sin clientela an; estudioso, apurado de
recursos, ansiando trabajo y lucimiento. Se ech la capa y me acompa.
Su examen de la paciente fu minucioso, su interrogatorio largo, pero
sin fineza psicolgica. No vea sino el cuerpo de la enferma. Recet; la
criada corri  la botica. Yo, con Rafaeln en brazos, me fu al
cuartuco que haca de comedor, encend el quinqu de petrleo--no se
vea, eran las cinco de la tarde--y reclam la verdad.

--No s si pasar de esta noche. Si la hemorragia repite...

Un golpe sordo me retumb dentro. Iba  encontrarme cara  cara con la
Guadaadora.

--Querr usted que me quede aqu?--interrog el mdico, expansivamente.

--Lo agradecera.

--Voy  avisar  mi mujer, para que no se asuste; tomar un bocado, y
aqu me tiene usted antes de una hora. Gracias? No, si es un deber...

Qued solo. El nio se adormeca sobre mi hombro, baado en sudor, de
tanto diablear. En la alcoba se oa una inspiracin lenta, irregular,
cavernosa. Sobre la almohada, la cabellera fosca de Rita se expanda
formando aureola de tinieblas. La cara, en medio, blanqueaba.
Congojosamente me llam:

--Gaspar! Gaspar!

--Est usted mejor?

--Estoy... muy bien. Como si de encima del pecho... me hubiesen quitado
un peso... de una arroba.

--No hable. No se fatigue.

--Qu dice el mdico?

--Que es lo de otras veces. Un ataquillo sin importancia.

Los ojos de mar muerto, de betn calcinado, despidieron vislumbre
repentina.

--Es el fin... La de vmonos!.. Tengo miedo, Gaspar... Mucho miedo...

--No hay miedo... Estoy aqu... Qu quiere usted que haga, nia, para
quitarla ese miedo bobo?

--Si pudiese... Si pudiese usted... traerme un... confesor!.. Pero un
confesor que sea muy bueno... que me perdone... Que sea como... como
Nuestro Seor crucificado!... as, bueno, para todos... para m... que
no mire  mi iniquidad!...

--Va usted  agitarse? A empeorar?.. Sosiguese, haga por dormir.
Arror!..

--No puedo sosegarme... No soy mora, no soy juda. He pecado, estoy en
pecado mortal... el mayor pecado!., y estoy... en lo ltimo...

--Todos pecan... Tranquilcese...

--No, no, yo soy otra cosa; para m no hay perdn; yo...

Hzome con la mano seal de acercar mi odo  su boca, y entre un vaho
de calentura pronunci:

--Yo... estoy... condenada!.. Condenada!

--Qu disparate! Usted se va al cielo... dentro de muchos aos...
Bueno, no se aflija, la complacer... Ahora mismo traigo al sacerdote.
Tome primero la pocin, recobre fuerzas...

Regres de la botica Marichu, y al entregarme un frasco envuelto en
papel, me secrete afanosa.

--Un cura se necesita, pues... No ha de ir como los perros, seor...
Cristiana es, cura han de llamar...

--Iba  salir  buscarle... Trete una cuchara de plata.

No la haba. Marichu freg una de vil plomo. Cucharada tras cucharada,
administr  Rita la dosis. Pareci reanimarse un poco, y recarg:

--El confesor... Volando!

El mdico volva ya, dispuesto  pasar la noche  mi lado. Ola su boca
barbuda  vino barato,  queso de Flandes.

--Mandar  la chica que le haga  usted una taza de caf, doctor... Y
que le saquen una botellita de cognac. Hay de todo aqu; yo confiaba en
el alcohol y en la cafena para sostener este organismo. Usted queda en
su casa; voy por ah en demanda de un sacerdote. Desea confesarse... Ve
usted peligro? Inconveniente?

--No. Si lo ha pedido ella misma, la servir de consuelo. No es uno
creyente fervoroso, pero hay que respetar mucho estas exigencias...

Sal, tom un coche y di las seas: las de un anciano ex prroco,
bondadoso y sin tacha, hombre aficionadsimo  libros, y que por
satisfacer sus manas de erudicin y bibliografa ha renunciado un
curato pinge. Encontr al inofensivo viejo en un cuartucho donde hay
pilas de infolios por el suelo y polvo de tres aos, y le expuse el caso
apremiante. El me conoce de tertulias de librera y de coincidencia en
casas de gente estudiosa, pues yo gusto, temo que con exceso, de estas
vanidades. Pleg las arrugas de su cara avellanada y titube antes de
soltar la pregunta:

--Es... parienta de usted esa... seora?

--No. Es amiga. Nada, nada ms que amiga: palabra de honor.

Descolg su manteo en mal uso, se arrop rezongando corre fresquete y
rodamos hacia la vivienda de Rita. Por el camino enter de algo al
sacerdote...

--Es un alma sin rumbo, sin norte y sin hiel; seguramente ha vivido  la
inversa de lo que vivira, si poseyese fuerza de voluntad. Se acusa de
maldad tremenda; asegura que para ella no hay perdn.

--Oveja descarriada...--asinti l.--Pobrecilla! Ms suele ser el yerro
que la malicia en esta clase de pecados. Y que no es maligna, se ve en
el solo hecho de llamarme. Este rato que ahora tiene que pasar es el que
decide la suerte de las personas... Una buena muerte; y lo dems no
supone nada. El pensamiento del soneto est ntegro en el ltimo verso.

Se me escap una frase confidencial:

--Todas las muertes son buenas, porque todas son la conclusin de la
vida.

Solt el viejo una risita inocente.

--Jess! Dios nos d vida, hasta que se le antoje, el ms tiempo
posible!.. Yo no estoy  mal con la vida. Si tuviese sitio donde colocar
tanto librote como se me junta, me considerara feliz. En otro tiempo,
con mis aficiones, estara yo en grande en un convento, de esos de
biblioteca regia y muchas horas para disfrutar, revolviendo los
estantes. Hogao no; en los conventos no hay libertad, no hay frailes
privilegiados,  quienes se les deje con su mana del estudio, y las
bibliotecas que algo valan, dnde irn ellas! Ayer mismo, en casa de
Celso el anticuario, qu dir usted que encontr? Un libro de
profesiones de Santo Domingo el Real: todo lleno de acuarelas y empresas
y alegoras de los profesos...

Antes de que pudiese pegar la hebra de su tema favorito, estbamos en
casa de la enferma. Me adelant para anunciar:

--Rita, criatura, aqu le traigo  un sacerdote amigo mo; ya ve que
los caprichos se le cumplen! Quiere usted que entre? Si no quiere...
esperar.

La cara, cuya palidez pareca enverdecer un reflejo fosfrico, se
removi un poco entre las tinieblas encrespadas de la cabellera suelta,
y los labios marchitos, sin color, susurraron:

--Que pase, que pase... Jess... mo, misericordia!--impetr la
moribunda, con ardiente ruego.

Entr el anciano, vacilante y torpe,  fuer de erudito miope que se ha
dejado en casa los espejuelos. Tuve que guiarle, que indicarle una
silla, al lado de la revuelta cama. En el aire flotaban olores
farmacuticos. As que le vi instalado, me retir. La sala estaba
contigua al dormitorio. El mdico, ante el velador, terminaba su caf y
su copa.

--No se moleste, siga... Marichu, caf para m tambin... Muy cargado...

Mientras esperaba la infusin que haba de despabilarme para la vela, me
sent en el silln de rado forro. Colocado de espaldas  la puerta de
la alcoba, y bastante prximo  ella, el cuchicheo que parta de all me
llegaba en truncados sonidos, como si el dilogo estuviese en verso y
los que dialogaban se interrumpiesen y luego acentuasen con trgico
nfasis un trozo, un arranque ms sentido de la poesa. Acechador
involuntario y cobarde, no entenda yo bien las frases, pero alguna
palabra era para m cual son en los antiguos grficos de ignorado idioma
esas letras repetidas y ya descifradas, que permiten interpretar, por
relacin de lo conocido, lo que se desconoce. A veces, no oa
distintamente un vocablo; lo que me guiaba en mi malvado espionaje de un
alma, era el acento con que pronunciaban lo que no oa. La voz del
sacerdote, sobre todo, me daba luz, siniestra luz. Tena el timbre
sordo y ahogado de un grito que se sofoca por terror. Y la penitente,
enfervorizada, hablaba con singular energa, con no interrumpido
bisbiseo vehemente, como si vaciase el absceso purulento de tanta
iniquidad, apretando duro para expulsar todo lo nefando. Me sera
imposible decir si entend nada concreto de la terrible conversacin; y,
sin embargo... entre modulaciones de voz, interrupciones, preguntas,
gemidos, fraseo desgranado--, yo repeta para m--... Era eso, era
eso... Sublime horror pagano, tremenda carga en la conciencia
catlica..!

Sin embargo, la nube de espanto se despej; se apacigu el murmullo,
convertido en una especie de himno  plegaria de reconocimiento.

La mano del sacerdote, bendiciendo, se interpuso ante la luz de la
alcoba. Rita estaba perdonada..! La pobre alma, transida de espanto,
sudando hielo y castaeteando los dientes, se calmaba, se envigorizaba,
y, agarrada  un cabito de seda blanca, iba  atravesar valerosa el
puente del abismo...

En efecto: cuando el viejo sali del dormitorio, tembloroso,
desemblantado,--horripilado de lo poco que se parece la realidad  los
libros viejos, y de cmo las viejas fbulas mitolgicas no estn slo en
las bellas ediciones con vietas, sino que se codean con nosotros en las
calles--, y me precipit  ver en qu estado se encontraba la enferma,
la faz verdiblanca sonrea con expresin de beatitud. Las pupilas de
asfalto se fijaron en m, invitndome  compartir aquella dicha.

--Qu tal? Mejora, eh? Doctor: acrquese...

--S, mejora--repiti sin conviccin l...--. La respiracin no es
tan...--Se interrumpi; yo adivin el trmino exacto que suprima, tan
estertorosa. El estertor...!

--Don Gaspar--murmur Rita; y comprend su ruego, y me inclin.

En mi odo, desliz:

--No abandonar al nio..?

--Palabra. No temas--dije, con tuteo fraternal.

--Poco trabajo le dar... Ese nio no puede vivir...

--No digas locuras... Por qu?

--Porque no lo consentir Dios nuestro Seor... No puede consentirlo...
Oiga, don Gaspar... Promtame... Si vive, que entre en un Seminario...
en esos colegios para estudiar la carrera de cura... Y mejor, en un
convento de frailes..!

--As se har, mujer... Descansa... Tu hijo es mi hijo...

Agarr mi mano y pugn por apretarla fraternalmente, segn costumbre;
pero estaba tan dbil, que no acert. Yo halagu sus sienes y su melena
alborotada, lacia  trechos de sudor, crespa y como erizada  trechos
tambin--extraa melena que pareca apuntada  brochazos por artista
genial--y orden con despotismo, sugestionndola:

--Ahora, cucharadita de pocin, y  dormir.

Absorbida la pocin calmante, arreglado el emboce de las sbanas, subido
el colchn  empujones, recog la luz y la puse sobre la cmoda de la
sala, detrs de un jarroncillo con flores artificiales. El doctor
secreteaba opacamente con el confesor. Este se volvi y me previno.

--Avisar en la parroquia para que maana venga el Vitico.

Aprob y le acompa hasta la puerta.

--El coche que nos trajo aguarda... Est pagado... Mil gracias, amigo
don Andrs... A propsito. Tengo para usted un ejemplar raro de la
_Aminta_, con grabados en madera... Se lo enviar en cuanto esta
infeliz...

--Se acepta con reconocimiento!; pero supongo que no ser por
recompensarme de molestia alguna, porque, al contrario, mi obligacin es
la que acabo de cumplir... Por penosa que sea...

Y temblaba an, ligeramente, arropndose en el manteo,
susurrando--brrru!

Cuando volv  la sala, el mdico sala de la alcoba.

--Reposa... Deba usted reposar tambin un rato. Yo velo.

--Nada de eso. Echese usted en el sof; estoy de guardia.

Me haban servido el caf, y aguardaba, fro ya. A m me gusta ms fro
que caliente: me retrep en la butaca y empec  beberlo  sorbos, con
placer nervioso, semiespiritual. Tumbado en el sof, el doctor, robusto
y lastrado de cognac excelente, haba cogido el sueo al vuelo, y dorma
con la boca abierta, modulando  ratos un comienzo de ronquido. Me serv
caf otra vez, ms engolosinado que la primera. Una excitacin lcida se
apoder de m: en excitaciones semejantes las ideas son como giles
saltatrices; hay una labor cerebral de devanadera, un tropel de
representaciones; todo parece inminente, inaplazable, cual si urgiese
resolver el negocio de nuestro destino sin un punto de dilacin. La
tristeza de lo frustrado se hizo trgica en m. A las doce de la maana
de aquel mismo da, me alborozaba an la perspectiva de la humareda azul
del hogar. Y no era la humareda lo que yo echaba de menos--todas las
humaredas me son indiferentes--. Era mi deseo, mi sueo de la humareda,
mi sueo de vida, lo que aoraba. Nada vale nada; slo vale algo el
deseo que sentimos de poseer  realizar las cosas.

Abiertos los ojos  la penumbra, pensaba en la que va  desaparecer
despus de sufrir tal suplicio en su corazn, selva de plantas
ponzoosas. Esa vaga incredulidad que nos asalta ante el no ser, me
domin por un momento. Era posible que Rita, la caprichosa, la vivaz,
la que tanto se entusiasmaba y haca tales extremos en el teatro, la que
haba padecido los furores de la antigedad criminal, fuese maana un
poco de materia orgnica en descomposicin? Cmo puede suceder algo tan
extraordinario en un segundo? Porque se arroja sangre, se cesa de
existir? Y qu es esto de dejar de existir? Muri Rita, dirn.
Entonces, Rita no es su cuerpo enmagrecido, no es sus cabellos foscos,
no es su voz cristalina, no es su cuello de flor medio tronchada. Todo
eso ah estar... y Rita no.--Puse sobre el velador los codos y sobre
las palmas derrumb la cabeza. Mi meditacin se converta en cavilacin
visionaria. Acaso dorma, acaso deliraba. El alcaloide del caf
concentrado actuaba sobre mi sistema nervioso, y con malsano goce dej
volar mi fantasa, provista de unas alas membranosas, gris oscuro, de
murcilago,--que acababan de brotarle.




V


En rida llanura amarilla, cercada por un anfiteatro de montauelas
calvas y telaraosas, iba atardeciendo muy despacio. Crepsculo
interminable; del cielo crdeno pareca descender lluvia de ceniza
sutil; y el sol, que detrs de los cerros se pona, era un globo sin
calor, medio apagado, enorme, una pupila de cclope agonizante.

Tan doliente paisaje ofreca los tonos secos mitigados y polvorientos de
los antiguos tapices, y las figuras que sobre el paisaje comenzaron 
desfilar en caricaturesca procesin, de tapiz eran tambin: de tapiz, 
de orla de cdice cuatrocentista. El cuadro era del nmero de los
espantos que el arte ha querido agregar  los espantos de la naturaleza.

La primer figura que desfil era la del anciano casi divino: un varn de
consumida faz; sobre su becoqun de terciopelo guinda, la tiara de oro
escalona tres pisos coronados. El esqueleto, roto y desharrapado por el
vientre, que le gua, lleva  cuestas, sobre sus huesos mondos, un
fretro. El viejo augusto alza la mano para bendecir y excomulgar... El
esqueleto le agarra de un brazo, y, tropezando en sus luengas vestiduras
pontificales, se deja llevar el Papa al baile siniestro. Danzad, Padre
Santo!

Al Emperador no ha sido necesario asirle. Es sin duda Carlomagno, el
hroe, y desdea el temor. Marcha recto y majestuoso, arrastrando sus
prpuras y sus armios, y en la potente diestra, como relmpago de
acero, reluce el espadn de justicia, mientras en la izquierda descansa
una esfera de zafir, que es el mundo. El confianzudo esqueleto no
respeta los atributos del supremo poder; con gesto persuasivo ensea al
excelso la inevitable ruta. Danzad, seor Imperante!

Trmulo, moroso, el Cardenal, vuelve la cara; y el esqueleto se burla,
con risa sardnica, del miedo del purpurado. Al acercarse al Rey para
recordarle que es llegada la hora de danzar, el esqueleto se hace
moralista, seala al cielo, y arranca el ureo cetro de las manos que lo
empuan. Oh, y qu lindo sermn el que le suelta al Patriarca, que lo
escucha mohino y cabizbajo, sin dejarse convencer de que es preciso
abandonar el bculo, de que no le valen ni sus vestiduras violeta ni su
mitra, donde grupos de gemas complican el prolijo y pueril diseo
bizantino! Cuando se acerca al veterano Condestable, armado de punta en
blanco y apoyado en su montante de guerra, el esqueleto heroico blande
su guadaa obscura, como si dijese: Arma contra arma... veremos de
quin es la victoria.

Para el jactancioso hidalgo, de emplumado birrete, no ha menester el
esqueleto ejercitar violencia alguna. Le lleva engaado con razones, con
palabras capciosas y elogiosas; le aturde con argucias, le envuelve en
fnebre charla, y, algo receloso, convencido sin embargo, el hidalgo
levanta el pie para comenzar el paso de baile. Al asir al abad de la
manga del hbito, el esqueleto no puede reprimir la bufonesca alegra:
dance el gordo, dance el orondo, dance el lucio, el del rollizo
pestorejo! Y el esqueleto agita sus canillas, muestra el costillar,
donde cuelgan arambeles andrajosos de momificada piel.--Ms ligera, ms
mofadora es la actitud adoptada con el digno preboste, y es desenfrenada
de jbilo la que toma al armarse de una pala de enterrador y prender,
saltando, al fraile telogo, que en vano se defiende con silogismos,
sorites y entimemas.

No le vale al mdico enarbolar su redoma de jarope y hacerse el
distrado, mirndola al trasluz; no le vale al astrlogo embebecerse
observando el firmamento; no le vale al cannigo resguardarse con su
libro de horas; no le sirve al escudero acariciar al gerifalte que lleva
gallardamente enhiesto en el puo. A decir verdad, todos procuran no
enterarse de que les llaman  la danza obligatoria: el mercader
contempla su bolsn, el cartujo finge absorberse en la lectura asctica,
el sargento titubea y describe eses de puro borracho, el msico
acaricia su tiorba, el abogado se enfrasca en un legajo, el mancebo
galn sonre  una rosa, respirando su perfume lnguidamente; el
labriego muestra su azadn, como diciendo: No puedo menos de ir  cavar
la tierra; el carcelero repica sus llaves, el ermitao pasa las cuentas
de su rosario reverendo... Bah! El esqueleto no se preocupa de tales
nimiedades. Su astucia adivina el objeto de las aparentes distracciones.
Quizs, vindoles tan embelesados, pase de largo el terrible bastonero
de la Danza general... S, pasar l! Les llama, les da escueta orden,
les agarra de un brazo con rpido arranque. Hasta le veo acercarse  una
cuna y coger de la manita  un pequen que, soltando cristalino hilo de
baba, y repicando por ltima vez el sonajero, se aduerme en los brazos
secos, sin carne, contra la caja torcica que no encierra corazn...

No dejar el esqueleto sin pareja  sus danzarines. Antes de dar la
seal del baile, llegan las damas invitadas (invitadas sin excusa). Para
traerlas al sarao, el esqueleto redobla las cortesas irnicas, las
sardescas galanteras, las actitudes bufonescas, las postraciones  lo
Mefisto.

Ante la reina, que va  entrar en danza con su diadema de florones y su
veste orlada del armio inmaculado, se rinde cortesano, mientras toma su
brazo como el que, respetando, apremia. A la duquesa plida, que se
recoge elegantemente el sobrefaldelln de velludo, la rodea el cuello
con enamoramiento, casi la abraza con fnebre y hediondo abrazo de
sepulturero melfluo. Ante la orgullosa fidalga se arrodilla, tratando
de estrechar su mano pulida, aristocrtica. A la abadesa la descarga del
peso del bculo, estorbo para danzar... A la repolluda priora la empuja
por los hombros, suavemente. Ante la gentil damisela hace un contraps,
llevando el comps de los brincos con la pala de enterrador. A la daifa
galante la echa al cuello el sudario como si fuese un chal. A la nodriza
la ordena con risuea mueca de mandbulas cubrirse el seno y soltar al
cro; lo primero, el baile! A la moza de cntaro la estruja la cintura,
la da un pellizco con dedos seos, y  remangar las haldas y  danzar!
Y cuando la gentil recin casada,  la casta virgen, se estremecen
notando que el aire se vuelve obscuro y que un soplo glacial ha rozado
sus mejillas en flor--el esqueleto, aplicando la mano sobre la caja del
esternn, en el sitio donde el corazn pudo latir un da--les hace
tiernas declaraciones, susurrando en el tono del viento cuando solloza y
estridula en las ramas de los sauces elegas amorosas, layos de pasin
ultraterrestre...

Y, en el rida llanura, amarillenta, cercada por el anfiteatro de
montaas calvas y telaraosas,  la luz del sol que se pone detrs de
los cerros, medio apagado, el baile comienza, al pronto pausado y
solemne, sin ms msica que el choque de los huesos marfileos, pelados
y limpios, del esqueleto que dirige la danza general de la Muerte, tal
cual se ve en los Cdices gticos. Danzan reyes con pastoras, monjas con
guerreros, emperadores con labriegas, fidalgas con arzobispos. Lo que el
amor no ha podido nivelar ni reunir en vida, lo nivela la Seca, la
omnipotente, con su gesto coreogrfico. Las invitaciones al baile han
sido de base amplsima; no habr piques; no se queda en casa nadie,
mientras el baile se forma, apresura su ritmo y repicotea sus airosos
puntos. Cogidos de la mano, empujados por la sobrehumana ley, contra la
cual no vale resistencia, alzando los pies juveniles  gotosos, meneando
los troncos flacos  tripones, castaeteando los dedos rgidos,
retorcindose como deban de retorcerse los _Ardientes_, en su ronda de
martirio y locura, la multitud baila, baila, siguiendo al esqueleto que
marca el comps y gua hacia el profundo agujero  sima abierto en mitad
de la llanura, donde las parejas, alzando todava la pierna para un
trenzado, caen precipitadas. El corro, sin embargo, no se estrecha:
nuevas parejas reemplazan  las que la sima trag; y suben el pie ms
aprisa, y contonean la cintura ms salerosamente y agitan los brazos y
encogen y estiran los dedos, con el trajn peculiar de los agonizantes
al rechazar las sbanas y mantas que los cubren. Las caras son del color
de la cera; pero,  veces, un reflejo del expirante sol, que no acaba de
ponerse, las aviva con un toque rojizo. Vestiduras de prpura, sayos de
piel de carnero, sayas de bayeta, briales de seda joyante, pingajos de
mendigo, se rozan, se confunden en el remolino vertiginoso de la danza
general. Dnde estn las preocupaciones de clase, las severas
prescripciones de la etiqueta? Dnde el imn de la pasin, que hace que
dos manos se busquen entre cientos de manos, en una cadena de baile?
Dnde el odio, que separa ms que altas paredes y millares de leguas?
Dnde todo lo que los humanos han creado para entretener el ignoto
plazo de tiempo que les concede la Guadaadora, y para olvidar, entre
estrpito, farsa, mentira y vanidad, la _verdad nica_?

Una risa silenciosa dilataba mis labios viendo realizado el ideal de
fraternidad  igualdad de tan perfecto modo. Nadie se acordaba, entre
los danzantes, de lo que _haba sido_ durante el tiempo, siempre breve,
otorgado por el esqueleto  la ficcin vital,  la tramoya humana. O por
mejor decir, ahora que el inexorable acreedor presentaba su cuenta,
todos saban que no _haban sido_ nada, nada, nada, ms que puados de
polvo amasados por un alfarero en esta  aquella forma; polvo cuajado en
barro quebradizo. Al romperse, sus tiestos y tejuelos se estrechaban,
cual confundidos en intil montn se hermanan los restos en el muladar,
antes de ser barridos con enfado y desprecio.

La ronda, no obstante, me parece, no s por qu, escenografa, algo
artstico, versificado, pintado, tejido, sin realidad inmediata. Esto,
pienso yo, es cosa sugerida por la Edad Media, que, como nadie ignora,
fu un perodo triste, renegador de la vida, amigo de la muerte... Bah!
Pch!... La tal ronda es un baile viejo; ni ms ni menos que la danza
macabra del poeta judo amigo de don Pedro _el Cruel_; en suma:
literatura y teologa... En nuestros tiempos hemos reemplazado la danza
macabra por la danza griega de las ninfas y faunos, ronda jocunda,
smbolo de la alegra de vivir! Anticuada est la procesin de la
Seca...

Y en el mismo punto en que se me ocurre tal observacin, que revela mi
cultura y mi sentido moderno, el corro de baile, girante por la griscea
llanura, alzando una polvareda que es menuda, sutilsima ceniza de
corazones,--se ensancha para dar paso  nuevas parejas.--Ya no visten
stas ni prpuras ni terciopelos cortados; ya no cubren sus cabezas
tocas ni birretes. Llevan el mismo traje que yo, las propias vestiduras
que Camila y que Trini; su ropa la han confeccionado sastres y modistas,
sus manos calzan el guante actual. Pero sus caras son tambin creas, y
en sus mejillas, el sol lnguido difunde el mismo resplandor de hoguera
que expira. Y  esa gente nueva que se mete en danza, yo la conozco!
Son amigos que desaparecieron, son figuras medio borradas ya de mi
recuerdo, que ahora se alzan con el mismo relieve que tenan en vida,
cual si me hablasen, cual si acabasen de estrecharme la mano con la suya
actualmente helada. A unos les he querido y servido;  otros les he
criticado, les he detestado algunas horas de mi existir;  aqul, yo le
admiraba, le envidiaba en secreto; al otro, le he llamado imbcil,
cretino, en crculos intelectuales... Y aquel que pasa fu mi rival unos
meses, y por l me enga y minti y traicion aquella que alza la
pierna bonita,  la seal perentoria dada por el esqueleto con su pala
de enterrador... Pasan, pasan, pasa mi existir resumido, como el de
todos los mortales, en unas cuantas fisonomas de semejantes mos, que
me hicieron bien  mal, que me inquietaron con el enigma de su espritu
 de su destino. Y he aqu la clave del enigma de ellos y del enigma de
los dems y del mo, he aqu la clave...! La clave del enigma humano...
la danza general de la Muerte...!

Dios me asista! Me engao? No! Ah salen tambin  danzar los
propios, los de mi sangre, los que siento en m todava... Danza mi
pobre padre, el soador, con su cabellera romntica al viento: y,
arrebatada mal de su grado, danza mi majestuosa madre, resistiendo,
apretados los labios y crispada la mano que magullaron las falanges del
esqueleto tirnico. Y aparece tambin la figura ms familiar! Camila,
la propia Camila, seora distinguidsima, con su original y celebrado
traje de terciopelo muselina verde almendra (me ense ella este
recitado) y su sombrero parisiense de plumaje llorn, entra en danza
sirvindola de pareja un pobre diablo, uno de esos famlicos que se
sitan, astroso el traje y entreabiertas las botas, en las esquinas, al
anochecer, para susurrar pedigeeras... Oh entonada, oh correcta
Camila! Si as creyeses que has de danzar, ms pronto danzaras, porque
habras de morirte de repente, de susto y escndalo! Hola? Detrs de
Camila veo  Trini, agarrada  un vejancn que parece un sapo de pie...
Y Trini danza, danza, sin preocuparse de su pareja: en este baile no se
elige; es la promiscuidad de los antiguos ritos, de los cultos  las
diosas sin freno. Tambin la Seca,--como su derrotada adversaria, la
Lozana, la Mentirosa--goza en producir nefandos contubernios,
aproximaciones imposibles, himeneos monstruosos, contrastes goyescos...

Quiero gritar, y la voz se me apaga. Acaba de salir  danzar una pareja
nueva,... Rita! Rita! y de la mano de su nio; de la mano de
Rafaeln!

Para bailar con su nene se ve obligada  bajarse. Sus cabellos de
tinieblas, flotando, hacen resaltar la blancura sepulcral de su cara
exange y delicadsima. El nio, tan rosado, ahora tiene carrillos de
azucena... Y los dos, arrastrados por el torbellino, fascinados por la
mueca sardnica de la Guadaadora, brincan, se contorsionan epilpticos,
y corren desbocados hacia la sima central.

Movido de horrible curiosidad, me acerco  la boca del pozo del abismo.
All en el fondo,--si hay fondo;-- profundidad incalculable, creo
distinguir otro resplandor semejante al del sol enfermo y exnime que
alumbra la llanura gris... Es algo confusamente rojizo, que se inflama y
se extingue; es el ojo de carbunclo de un dragn que parpadea...
Fuego..! Fuego..! Hay fuego en la sima!

       *       *       *       *       *

La voz de Marichu, ronca de susto:

--Seorito! Seorito! Venga! La seorita se muere!

Y el mdico y yo, despertados  un tiempo, l del feliz sueo de la
buena digestin, yo del devaneo de mi fantasa volando con alas de
murcilago,--nos precipitamos hacia la alcoba.




VI


El doctor me llev  un rincn, secreteando.

--Esto se acaba. La fatiga y el ansia que siente es que va  repetirle
la hemorragia. Y en ella, no respondo de que...

En vez de alarmarme, aprob tranquilo. Era lo que tena que suceder; si
lo sabra yo! Como que acababa de verlo... Acababa de asistir
anticipadamente al momento que iba  transcurrir ahora: los pasos de la
Seca tal vez resonaban en la calle, en la escalera tal vez. De todos
modos, no tardara en presentarse. Eran intiles llaves y cerrojos para
oponerse  su paso; y el doctor, con sus recetas y sus pociones, estaba
soberanamente en ridculo,--fuerza es reconocerlo.

--Rita, nia!--silabe  su odo, cubrindola de caricias, que ella ni
advirti.

--Alcela usted por la espalda... A ver si se atena la fatiga...

La incorporamos. Me mir como suplicndome que la aliviase.

--Qu sientes?

--Lo... de... antes... Sabor  hierro..., aqu... aqu...

Seal hacia la laringe... Y al hacerlo, la ola avanz, las venas del
msero cuerpo se vaciaron, entre las angustias y los afanes postrimeros.
La cabeza recay en las almohadas. Sequ, limpi los labios manchados,
enjugu la frente cubierta de glacial sudor. Ella entreabri los ojos, y
en voz de soplo, espaciando, murmur:

--Me voy... Acordarse... El nio...

Un sutil estremecimiento la recorri toda. Se inclin su faz un poco
hacia el pecho. Los ojos quedaron abiertos, cuajados, fros; los labios,
remangados, descubrieron los dientes. La nariz se afil de sbito. La
sonrisa, vaga, era de paz, de serenidad infinita; no protestaba, ni se
quejaba, ni tema el ms all; en los labios flotaba la certeza del
perdn. Y la contempl, y las visiones de mi calentura se apoderaron de
m otra vez: vea la Danza, el esqueleto-gua... Por las ventanas de la
sala penetraba la claridad polar de un amanecer de invierno matritense.

--Volver dentro de un par de horas, Marichu. No la abandones.

Sal con el doctor, que exclamaba Hiela! qu gris sopla! no sabiendo
qu decirme, en la duda de lo que significaba para m aquella muerte; en
la duda de cules podan ser los lazos que me unan  la difunta. Y,
como yo no le hiciese el do en su tiritn intencional, se crey en el
caso de decir generalidades.

--Son momentos muy tristes... Era previsto... Dado el giro del
padecimiento... Sin embargo, si no sobreviene esta ltima hemorragia...

Contesto con signos ambiguos, con enarcamientos de cejas de esos que 
nada comprometen, y  la puerta ya del mdico, saco mi cartera:

--Por no molestar  usted otra vez... si quisiese que liquidsemos ahora
mismo nuestra cuentecilla... los honorarios..?

No hice caso de una protesta de desprendimiento hidalgo, de esas que en
situaciones anlogas tiene todo espaol, y le met en la mano billetes.
El apretn de despedida fu vehemente. Quizs representaba mi dinero el
desahogo, el bienestar de un mes en el modesto hogar.

--Falta an... Usted perdone... Me har el favor de llenar las frmulas,
no es eso?...

S, l llenara las frmulas... partes, avisos  funerarias y todo lo
que se ha menester... Y yo segu  mi casa.--Me empujaba  ella, con tal
prisa, la tirana ms poderosa y exigente de cuantas sufre el hombre de
nuestro siglo: la tirana del aseo. Para m, como para tantos
contemporneos mos, el hbito del aseo ha llegado  convertirse en
nimia obsesin. Las uas sucias, los dientes sin enjuagar con elixir y
sin frotar con pasta, el pelo sin cepillar, un borde dudoso, gris, en
los puos de la camisa, bastan para hacerme desgraciado. A pesar de mi
devocin extraa  Rita Quiones, su menaje no me tranquilizaba poco ni
mucho, y la fnebre noche haba impreso huellas en mi ropa y en mi
piel. Senta ese hormigueo, esa desazn fsica y esa especie de
disminucin moral que produce la certeza de no estar puro, ntido,
fresco.

Con deleite de romano de la decadencia entr una hora despus en un bao
donde acababa de esparcir puados de espuma de jabn y un frasco de
Colonia autntica. Al flotar en el agua tibia y aromosa, las visiones de
cementerio me parecan tan difumadas y desvadas como un fresco de
sacrista deteriorado por la humedad, y la desaparicin de Rita, algo
sucedido haca muchos aos y en un pas distante. La friccin con el
guante seco, activando mi circulacin, acreci mi bienestar material; un
chocolate ligero,  la francesa, en taza fina, flanqueado de _brioche_,
mantequilla y tostadas, absorbido al lado de la chimenea crepitante,
metido mi cuerpo en ropn de franela caliente y mis pies en zapatillas
confortables y airosas--las zapatillas fondonas, achancletadas, no las
puedo aguantar, me ponen en ridculo ante m mismo--prepar sabiamente
mi estmago, sin cargarlo. Tadeo, el ayuda de cmara, solcito, me
visti con ropas bien cortadas y de estacin, y al darme los guantes,
interrog:

--Almorzar el seorito en casa? Porque la seorita Camila siempre me
pregunta...

--No s... Es probable que s.

Volv  la casa mortuoria. Desde que pis el portal me asalt una idea,
que en el primer momento me pareca singular, aunque despus me haya
enojado con los que singular la encontraron tambin. Y esta idea era que
ya tengo familia; que _tengo un hijo_ y que debo desear verle, besarle.
Cmo no lo hice ya  la madrugada, al rendir su madre el ltimo
suspiro?

Llam. Marichu, que me abri, traa los ojos hinchados, el pelo
revuelto, el aliento impuro, de desvelo y fatiga.

--Es preciso--pens--instalar  _mi nio_ como corresponde. Le educar,
le cuidar maravillosamente.

Y planes britanizados, todo un programa serio, pedaggico,  la moderna,
se formul en mi mente mientras cruzaba el angosto pasillo cubierto de
estera vieja y forrado de papel color manteca imitando los nudos y
vetas de la madera de pino. Era la engaifa de la vida que volva 
apoderarse de m con sus seducciones, su persuasin fascinadora de que
hay cosas que urge, que importa hacer, y  las cuales debe consagrarse
todo nuestro esfuerzo, sin vacilacin y sin descanso... La engaifa me
hizo tanto provecho como el bao y el chocolate, y entr en la alcoba
mortuoria casi alegre, con la viril alegra de la accin.

La valerosa Marichu haba arreglado y mudado la cama, lavado y vestido 
la muerta con su mejor traje, de negro pao. Haba cruzado sus manos,
clausurado sus ojos de sombra, cuajados ya y mates como azabache sin
bruir, recogido con la modestia de los supremos instantes la cabellera
indmita, de rebeldes mechones. La chica bascongada tena, ciertamente,
el sentimiento de lo conveniente en determinados casos. Me acerqu, mir
 Rita--si es que era Rita el tronco inerte que yaca sobre el lecho--,
y me qued absorto por el encanto de filtro letal que se desprenda de
la contemplacin. Sin duda quedaba mucho de alma en el cadver. No era
el alma lo que baaba con irradiaciones de paz y misterio la cara
inmvil? No era el alma lo que se aletargaba tan calmosamente, lo que
imprima majestad  la frente clara, como retocada de luz? A la boca
sonriente de un modo imperceptible, no se asomaba el alma,  falta del
aliento? No haba alma en las cruzadas manos casi transparentes, entre
las cuales Marichu, no poseyendo un crucifijo, haba deslizado una
humilde estampa del flamgero Corazn? Podr ser slo la materia la que
sugiere tanta emocin dramtica en presencia de estos despojos? Miro
hacia el fondo de la alcoba, buscando en las umbras de los rincones al
Ser que ha de contestarme, al Ser que disipe mis incertidumbres. En el
silencio flota algo sagrado... Tal vez est ah la Seca... Y de seguro
es ella, la Omnipotente, quien me responde, entre castaeteos de
mandbula desencajada y chirridos de goznes herrumbrosos:

--Majadero: lo que te impresiona, ni es la materia, ni es el alma. Es la
forma, la forma engaosa, algo lineal y superficial, que sobrevive  la
vida.

--Date aceite  las clavijas de esos huesos--replico irritado,
despreciativo y con jactancia colrica--, para que no chirrien as. T
debes ser callada, reservada, elegante, discreta. No me gustars has
entendido? hasta que adoptes los modales de la mejor sociedad.

Y creo oir una carcajada sofocada, sorda, como si _ella_ se desparramase
de risa dentro de la oquedad de un nicho. _Ella!_ Por qu llamarle
as? _Ella_ es la mujer; _ella_ es la que simboliza la humareda azul del
hogar, garanta de la supervivencia en la familia; slo  la amada se
aplica el dulce pronombre demostrativo...

No quiero que me atraigas, no quiero ser tuyo, esqueletada coqueta! Hay
otro atractivo que vence, y de fijo vencer siempre al de la Segadora.
El nio pisar la cabeza de la muerte... Y en mi memoria, en ese
caprichoso terreno donde brota lo que menos esperamos, salta una copla
del sentencioso secretario de don Juan II, y se me viene  los labios:

      Como toda criatura
    de muerte tome siniestro,
    aquel buen Dios y maestro
    provey por tal figura
    que los daos que natura
    de la tal muerte tomase,
    luxuria los reparase
    con nueva progenitura...

--Marichu!--grit--. El nio, est despierto?

--S, seor.

--Vestido? Limpio?

--No, seor... No pude... Con atender...--y seal al lecho funerario.

--Se ha desayunado?

--Un poco de leche le di...

--Sabe?...

--Inocente, qu quiere que sepa? Algo se malicia ya... Tan listo...

--Arrglale muy bien, y avsame.

Mi ilusin de paternidad no quera yo perderla con una impresin que
sublevase mis sentidos desde el primer momento. Como los sultanes de la
Biblia que hacen lavarse, macerarse en aromas, revestirse de los mejores
adornos  las que van  compartir su tlamo imperial--cultivando,
sabiamente, la mentira subjetiva, fuente de toda felicidad--, yo hubiese
deseado al chico trajeado de terciopelos y guipures, saltante de
planchados, exhalando olor  Rimmel y  ropa nueva, inglesa, cara. Soy
un refinado exigente, lo cual me vale sufrimiento y decepcin continua.
Quisiera que el sentimiento,  al menos la sensualidad, tuviesen el
poder de abolir esta exasperacin de mi delicadeza; y jams la han
tenido. En horas de delirio,  que para ser algo deben ser de delirio,
mis sentidos lcidos, vigilantes, severos, me vedaron el transporte y el
anonadamiento que se parece  la muerte, y slo por este parecido me
hechizara. He advertido todo, todo, todo; la basta calidad de un
encaje, el corte desairado de un zapato, el principio de fatiga de un
cors, la imperceptible empaadura de una tez imperfectamente
purificada, el vaho de un estmago nutrido de groseras... Y esas
ofensas al refinamiento me han producido rencor, como si el ofendido
fuese yo mismo, directamente; y el rencor me ha marchitado las flores
de poesa en los labios y en el espritu. No me deca el ao pasado la
pobre Catalinita (por seas, una amiga de mi hermana), no me deca,
repito, en son de despedida, en ocasin crtica y que otro llamara
solemne:--Eres un desagradecido. Te vas furioso contra m...?

S, furioso quedo yo cuando alguien me devasta por dentro, me disminuye
la poesa, me roba mi sueo y mi pasajero entusiasmo... Marichu: pon
cuidado, pon cuidado en cmo arreglas al nio, que en este momento es el
asa  que me agarro para no caerme de mi propia altura imaginaria. Oh
arcangelito Rafael: haz el milagro de llenarme este abismo que hay en
m; llnamelo con tu monera celeste, con tu mohn murillesco, con tus
carnezuelas amasadas de mantequilla y hojas de rosa, con tu mirar donde
an no se ha reflejado la negrura humana! Enamrame de ti, de tu cuerpo
santo, sin contaminar, de tu pensamiento impoluto, de tus manos sin
fuerza, de tus pies corretones... Hazme padre, sin que yo tenga que
rendirme al yugo de una Trini, de una mujer prctica, positiva, bien
equilibrada, que lleve cuentas y saque brillo  mi capital! Hazme padre,
que es lo que anhelo secretamente, porque ser padre es arraigar en la
vida. Mira que estoy rendido de tanto aspirar  la paz de la Sima
obscura... y que, para decir toda la verdad, la Sima es aterradora... Y
s he visto bien, s; all en el fondo, tiene fuego...!

--Aqu viene, seor: el huerfanito le traigo...

Cierro aprisa la vidriera de la alcoba, donde yace la madre, y me arrojo
hacia el mocoso, le levanto en brazos y le devoro  besos. El se re, se
defiende y me pega puetazos en los ojos, chillando: Bapar, malo
Bapar...

--No me llamo Bapar. Me llamo _pap_.

Marichu abre unas pupilas sosas, como dos bolas barnizadas... Se lo
sospechaba! No era huerfanito el nene! Padre tena, slo que los
miramientos y las razones... el mundo, el mundo...

--Yo corro con todo, Marichu. Quizs nos mudemos, antes de la semana que
viene,  otra casa. Esta es triste. Entretn al pequeo; que no vea...

--Basta! Entendido, seor... All me lo llevo, cuando llegue la hora...

--Ah va un par de billetes, para lo que ocurra...

--Suerte tiene Rafaeln... Amparo no le falta!




VII


El contento que me oxigenaba el espritu me anim  empear, desde el
primer instante, la batalla con Camila. Como todo hombre, no dejo de
temblar  las peloteras domsticas; sin embargo, el orgullo de mi
superioridad me presta una fuerza que acaso la razn no me dara.

Transcurre el almuerzo. Cobardemente, por hacerme los lares propicios,
lo elogio, aunque no me encanta:  los huevos revueltos les faltan
trufas; los _beefsteacks_ estn demasiado hechos, y el pescado no trae
salsa aguda, correctora de su insipidez; lo reviste esa bandolina
amarilla titulada mayonesa. Camila propende  la economa; inspecciona
 veces la cocina, y est siempre tirando de la rienda, para ahorrar una
mezquindad. El elegante desprendimiento que hace tolerable el roce entre
sirvientes y amos, quitndole la aspereza batalladora del inters,--es
desconocido y sospechoso para Camila.

Puesta la conversacin en el terreno conciliador, pasamos al gabinete, 
saborear el caf. Me traen mi kummel, y cargo la mano en la dosis.
Camila reprende el abuso: pocos licores, pocos! Poco de todo, parsimonia
en todo, excepto en lo que puede dar de nosotros alta idea  la
sociedad--tal parece ser la regla de conducta de Camila.

A la tercera dedalada de licor, me decido. Pecho al agua! Hablo, en
tono sencillo, confesndome; no omito nada, excepto la tremenda historia
de Rita, adivinada, soada tal vez; expongo mi resolucin de traerme
conmigo al pequeo, de ser como su padre, en toda la fuerza afectiva de
la palabra. Calentndome al hablar, declaro que el nio me es necesario;
que carezco de algo que me adhiera  este mundo tan deleznable, tan
msero... Me vaco, me espontaneo, y al mismo tiempo que lo hago lo
deploro; me encuentro inferior  m mismo, y me acuso de la cada, sin
dejar de caer aceleradamente--caso demasiado vulgar! Cundo
aprenderemos  no franquearnos con nadie, con nadie? A guardar el
tesoro?

En efecto, he aqu el fruto de mi expansin.

Camila me escuchaba, puesto el codo en la mesa y la mano derecha en la
mejilla. Sus ojos grises, penetrantes, que empiezan  marchitarse un
poco por los prpados, me escudriaban con una mezcla de recelo
indefinible, de lstima, de severidad, de indignacin. Su izquierda
sacuda de tiempo en tiempo, por un hbito de correccin mundana, los
encajes amarillentos de la chorrera de su blusa, en persecucin de
alguna migaja trasconejada quizs. Con pueril curiosidad, yo segua la
doble corriente de aquel espritu femenino: la de la protesta y la de la
rutina.

--Hijo mo...--Cuando se maternizaba, era para reducirme  la nada con
su sabidura positivista, su buen sentido social.--Hijo mo...--Y mir
alrededor, cerciorndose que no la poda oir ningn criado: la
desconfianza de la domesticidad es una de las notas caractersticas de
mi hermana.--Yo... qu quieres que te diga? Por mi gusto, callara, y te
dejara hacer tu capricho. No me ha agradado nunca mezclarme... Pero mi
deber, deber sagrado, es decirte varias cosas. No: no creas: en parte me
alegro de que venga rodada la ocasin. Permites?..

Se levant, oprimi el timbre y orden al sirviente que se encuadraba,
derecho y mudo, en la puerta:

--No estamos en casa para nadie... ni para la seorita Trini... No me
traiga usted ningn recado, ni los del telfono, hasta que yo avise de
que se pueden pasar.

Segura ya del tiempo, se sent otra vez, baj los ojos, pareci
recogerse, y al fin se lanz, adquiriendo gradualmente mayor aplomo.

--Todo cuanto me has referido es tan extraordinario, que... perdona,
hijo... no es fcil que yo lo comprenda... en una persona que est... en
su juicio... vamos, que esto no es indicar que t no lo ests... al
contrario... t sabes ms que yo, tienes infinitamente ms talento que
yo... pero son cosas en que  veces, los tontos--(qu gesto olmpico el
suyo al declararse _tonta_!)--vemos lo que los sabios no aciertan 
ver... Y yo veo claro en ti, Gaspar, no lo dudes veo clarsimo! No en
vano hemos sido nios y jvenes  un tiempo, en la misma casa, y no en
vano estamos juntos desde que enviud. T has sido siempre raro; t has
mirado siempre las cosas por un prisma... hijo, qu prisma! No s si te
molesta que me exprese as...

--No... Sigue... Si me ayudas  conocerme, te lo agradecer mucho. Deseo
darme cuenta de lo que les parezco  los dems. Acaso eso me ilustre.

--A los dems, como  m, raro y muy raro y hasta extravagante les
pareces. Trini, por ejemplo, Trini,  quien tan simptico le fuiste...
Bueno, Trini no tiene otro recurso sino confesar que... que  menos de
estar tocado... T dirs que estas son apreciaciones, que cada uno se
gobierna  su modo; no, hijo mo! hay cosas y hay materias en las
cuales no cabe discusin, todo el mundo va conforme... porque no existen
dos maneras de verlas. Y el que las ve de un modo disparatado, es que le
falta la rueda catalina... As, as te lo planto, Gaspar. No pides
claridad? Pues ni el agua!

Como yo no opusiese la menor objecin, prosigui, excitada ya, con el
mpetu del que al fin desahoga, harto de reprimirse y desaprobar en
silencio, ahito de mascarse la lengua.

--Y si no, vamos  ver... Querido mo, es verdad  es mentira que siendo
t un hombre todava joven--treinta y seis aos no son la
ancianidad--que no padeces ninguna enfermedad conocida, que gozas de una
renta muy bonita, y que deberas estar contento y disfrutar y casarte y
lucir la posicin, te empeas en oscurecerte, en echarte encima cargas y
compromisos? Es verdad  mentira que slo te falta, y perdona la frase,
sarna que rascar? (Torc el gesto; mi refinamiento protest.) Y es
engao que ests muy  menudo de murria? Por qu no te dedicas  algo,
por qu no emprendes... qu s yo? Lo que emprenden los dems hombres!
Poltica  negocios ... En fin, lo corriente!

--Poltica! Negocios!..--interrump--. Para qu? No dices que tengo lo
bastante? T  nada te dedicas, Camila, y t vives feliz, como el pez en
el agua.

--Me dedico  la sociedad,  mis amigas,  mi casa... No tengo un minuto
de espln. T, como si fueses un ingls: aburrido, aburrido, soso,
soso...

--Tambin yo me dedico  la sociedad,  mi sociedad especial;--no hay
una sola, hay varias... En estos ltimos tiempos, mi sociedad ha sido
una moribunda. Qu le voy  hacer, si mi sociedad tiene un pie en el
sepulcro..? Slo me extraa que t, religiosa como dices que eres, no
veas sino las cosas de este vivir tan pasajero... Debieras interesarte
un poco por lo que sigue  la vida, que es el morir.

Enarc las cejas, signo de ira.

--Ahora me vienes predicando... tiene gracia. Yo te pregunto: Es fiel
la pintura que hice de tu carcter?

--Fidelsima. Soy como me has descrito.

--Entonces... saca la consecuencia. Mira: no tengo aficin ninguna  los
perdidos,  los viciosos, y, no obstante, creo que preferira que te
diese... vamos... por alguna tontera, por alguna calaverada de esas...
de esas que no deshonran. Sera menos malo que te enamorases ciegamente
y siguieras por montes y valles al objeto de tu amor haciendo mil
absurdos, y te rompieses por ella la crisma con un rival... En fin,
cualquier barbaridad que, pasado el primer momento, se te quitara de la
cabeza, y despus te convertiras en hombre formal y corriente. Pero,
con tus singularidades, empiezo  perder las esperanzas...

--Bah!--respond, en un afectado tono ligero que tiene la virtud de
sacar de tino  mi hermana--. Las esperanzas, de qu?

Frunci el ceo y call indecisa un instante... Al fin, dura,
resueltamente, me la plant:

--Las esperanzas de que ests bueno de la cabeza.

No porque la pronunciase Camila, sino porque dentro de m una cavilacin
ya antigua, un susurro psquico, repeta la brutal frase, me sent
palidecer y estremecer. Ella crey en mi derrota y apret el tornillo,
cosa propia de su manera de ser poco comprensiva, intolerante con la
flaqueza.

--No pienses que esto es una idea ma; te advierto que por ah corre
fama de que ests muy chiflado--. Y se llev el dedo  la sien.--Excuso
decirte cmo te calificarn si averiguan todo ese tejido de lindezas,
todo ese tinglado estrambtico sobre el cual vas  fundar tu vida. Si se
enteran de que has sido amigo de una perdularia, amigo  secas, hasta el
extremo de asistirla en sus ltimos instantes; si saben que por la tal
perdularia, de la cual dices que slo fuiste amigo, rompiste tus
proyectos de enlace con una seorita (la voz de mi hermana se hizo
enftica), una seorita como Trini, que es la proporcin ms cabal, lo
que puede satisfacer al hombre ms exigente! Si ven, adems, que te
llevas  casa un nio que no se sabe ni de quin es hijo y que tuyo no
puede serlo... excuso decirte la opinin que formarn del estado de tus
facultades mentales. Creme, Gaspar, eres un ca-so, un ca-so.
Consltate!..

--Cada uno es un caso--repliqu, reaccionando, montado ya en el
Clavileo de las ideas incomunicables--. Acabas de hacer el catlogo de
mis condiciones para ser dichoso. Poco valdran esas condiciones si no
fuese unida  ellas la libertad, entiendes? para hacer lo que me place
y no lo que t y tus contertulios de dos  tres casas habis dispuesto.
Vuestros cuaqueos de patitos de corral asustados qu quieres que
signifiquen para m? Pensis muy bajamente, muy ruinmente; y no s cmo
puedes concordar esas opiniones con otras que profesas, al menos en
apariencia... ya te lo he dicho. Eres t cristiana? Eres t
espiritualista? Y prefieres que tu hermano se entregue  vicios, t lo
aseguraste, no lo niegues ahora,  que recoja un pobre nio desamparado
y le sirva de padre? Se es slo padre por engendrar materialmente? T
llamars, de fijo, padre al confesor. Si yo hubiese pecado con la madre
y de ese pecado naciese la criatura, comprenderas quizs que la
recogiese. Haciendo lo que hago y que t debieras considerar una buena
obra--aunque yo (pero esto es muy sutil) la realizo (por egosmo)--, me
clasificas entre los dementes... La demencia es la tuya en atribuir
tanto valor  lo que ha de durar tan poco! O es que crees, Camila,
desdichada, que los dems se irn y t quedars? Piensas que _eso_ no
puede ocurrir hoy, hoy mismo, despus de que cojas el sueo rumiando lo
que has de murmurar maana en casa de las de Correa? Todas las noches,
cuando te retiras  tu dormitorio, echas la llave, pasas el cerrojo y
hasta registras el tocador, no se quede all escondido algn bergante; y
no te fijas en que hay _alguien_ que se filtra por las paredes lo mismo
que el Comendador, y  quien los hierros ms gruesos sin cuidado le
tienen... Te haces la olvidadiza de que hay una mano fra que se apoya
sobre los hombros, una gran Seora que hace una sea y nadie la
desaira... S, facilillo es desairarla! La cordura es pensar en ella y
la locura creer que vas  responder si se presenta: Agurdese usted,
que tengo sin estrenar un sombrero de Pars, y maana me ha dicho Trini
que almorzar conmigo, y he de darle  la cocinera mis rdenes... A
Trini la gustan los bocadillos de ostras... Lo que _ella_ se reir con
su boca sin labios cuando repliques as!..

Anticipando la lgubre risa, me re yo morbosamente. El caf cargado,
los sueos en alas de murcilago, la impresin del trnsito de Rita, de
su horrible destino, todo me haba puesto de punta los nervios, y mis
carcajadas speras, rascantes, parecan el chirrido del bramante
encerado contra la piel tensa de la zambomba. No es fcil describir la
mirada que mi hermana me ech. Haba en ella terror, haba al mismo
tiempo cierta humildad, y haba la incertidumbre del que no sabe si lo
que le dicen es una admirable sentencia  un peregrino disparate. Fu
evidente para m entonces que Camila era lo mismo que la mayora de los
humanos: que unas veces _crea_, otras, las ms, _no crea_ en el
glorioso advenimiento de la Segadora. Era indudable que, distrada por
el necio devaneo de su vida, (segn el mundo, sensata, decorosa,
loable), no se persuada sino raras veces de que esta vida, exactamente
lo mismo que otra vida disipada, arrastrada, pobre, deshonrosa,
infamante,--era algo colgado de un pelo, era como resbalar aprisa por el
borde de un precipicio, era la pesadilla de una persona que no sabe en
qu hora ha puesto el despertador, y que,  la menos imaginada, ha de
escuchar el retintn violento que le llama  lo desconocido. Ni la
sensatez ni el decoro son obstculo al paso de la Seca; y toda la
consideracin social no puede lo que el gusano...

Y vi asimismo que Camila deseaba variar de tema, y me imploraba
angustiosa, urgentemente.

--No digas horrores... Cllate--implor.

Un impulso de ferocidad se alz en m.

--Horrores?--repet sarcsticamente.

Y levantndome y acercndome  Camila, la cog las dos manos y la grit
casi al odo:

--Has de morir... Has de morir... No lo olvides, mujer...

La sent temblar, escalofriarse y estallar en sollozos. Entonces me
avergonc, y tartamudeando, formul una excusa. Ella segua llorando,
habiendo dado al diablo su correccin, su equilibrio, su majestad de
respetable duea todava apetecible; de cierto comprenda en aquel
instante, que los cuidados mundanos son miserias, nonadas ante la
perspectiva infinita de lo eterno... Conmovido  pesar mo, la ech los
brazos al cuello, la consol, me acus de estpido, de mal
intencionado... Ella correspondi  mi arranque fraternal con otras
caricias, sonriendo ya enmedio del llanto miedoso--y por un instante,
los que tanto tiempo haca que no ramos hermanos, lo fuimos, unidos por
nuestra comn miseria, por el espanto del ms all, por el poder
incontrastable de lo que manda en nosotros y nos iguala al
suprimirnos... como iguala el segador la hierba del prado.




VIII


Son en m tan poco frecuentes los arranques sentimentales; los reprime
tan pronto el cerebro, que aprovech la situacin de nimo desusada en
que haba quedado para volver sobre m mismo.

Tal vez contribuira  preocuparme la impresin de ciertas palabras y,
sobre todo, del gesto con que Camila las haba pronunciado... Era un
gesto sincero (aun cuando Camila adolece de afectacin, y muchas veces
miente creyendo cumplir uno de sus deberes sacratsimos). Estar en
efecto...? Lo que tomo por meditacin y anlisis, ser desvaro de
insania...?

Vuelvo atrs la vista, y abarco mi existencia--no la exterior, que nada
significa ni vale; la positiva, la de dentro--. Exteriormente, yo he
llevado una vida normal y sin tribulaciones de esas que se comentan con
lstima. Mis penas ante el pblico las enumero as (por el orden de la
importancia que el pblico les atribuy):

1. Quebranto considerable en unas acciones de minas de antracita, que
bajaron de golpe y que vend con notable prdida. Se me crey arruinado.

2. Derrota de mi candidatura  diputado por el distrito de Corbaln. Se
me declar fracasado.

3. Fallecimiento de mi madre.

4. Fallecimiento de mi padre.

5. Grave afeccin del estmago, que padec  los veintiocho aos, y que
tard mucho en aliviarse, despus de tratamientos complicados, rgimen
severo, prohibicin de varias fruiciones y una larga temporada de
oxigenacin en el cortijo de mis primos, en Andaluca. La chusma
atribuy mi gastritis  la lectura y al estudio, porque, como trato 
mucha gente frvola, al que rene dos docenas de libros y los lee le
juzgan un pozo de ciencia... Yo s que una crisis de sensualidad
desenfrenada fu la que min mi salud, acaso para siempre, porque mi
estmago no ha vuelto  recobrar su alegra animal, su feliz humor, su
vigor que reparara las prdidas del organismo. Hasta me habitu 
dividir mi vida material en dos pocas: antes y despus de la gastritis.

Y... qu ms de biografa? Todo, todo! La biografa es como los
cofrecillos que encierran joyas; por trabajados que sean, no dicen la
verdad, si no se abren para conocer lo que vale su contenido...

De nio, apenas entr en conciencia, fu muy triste y muy romntico, y
ocult mi tedio porque mi timidez constitua una enfermedad, y el terror
de las burlas me encoga y me enseaba precoz disimulo. Convencido
absolutamente de que me morira al llegar  la pubertad (sin darme
cuenta exacta de lo que _pubertad_ significa), senta terrores
indefinibles, y  la vez raptos de entusiasmo, alas en la imaginacin. A
los doce aos, antes de la primera comunin, tuve un acceso de
misticismo. Si pudiese volver  aquel estado, me considerara
ultradichoso. Con escrpulo examinaba cada uno de mis actos; me
arrepenta de los malos; lloraba  solas, y  solas me regocijaba cuando
haba sido perfecto, porque ocultaba como un secreto terrible este
estado moral, sugerido por la preparacin  recibir la Eucarista. Y
como secreto terrible he seguido ocultando lo hondo; como secreto para
m y nada ms. Soy un solitario de alma... Quin podra comprenderme?
Al escribir mis sentires, ya percibo que lo mejor  lo ms exquisito y
precioso huye entre los dedos, se liquida, se gasifica, desaparece.

Ocult tambin la cada, la vergenza, la ridiculez del pobre nio que
se cree hombre porque se enfanga. El primer libro inmundo, los primeros
cigarros, las primeras daifas, la primera aventura de beodo,--se
resolvieron en asco indefinible y en un ansia insensata de anonadarme:
no fueron raptos de alegra  de miedo, sino rabioso deseo de no ser. He
pensado despus que este peculiar estado de nimo lo expresa el profundo
smbolo medioeval--los desposorios del Pecado con la Muerte--. La
tristeza de la culpa, qu cerca est del ansia de aniquilamiento!

Una ventaja tuve tan slo: deseaba el fin, pero con despecho, como se
desea lo que daa... Al menos, por entonces, _ella_ no me pareca buena,
no me pareca hermosa, no me pareca seductora, divina; no era el
anzuelo de mi espritu... Ahora, ahora, te lo parece, Gaspar? No:
ahora, ahora, ahora no; el nio se interpone y me defiende...

Una tarde, me acuerdo que sal solo (mis padres me han vigilado poco en
la edad peligrosa, y han hecho mal; no har yo as con Rafaeln; en
general, los muchachos espaoles disfrutamos de libertad excesiva).
Estbamos entonces en el campo, en nuestra casa de Portodor, y yo iba
con frecuencia al pueblecito prximo, donde se celebraban fiestas
patronales y ferias y funcionaban chirlatas y otros establecimientos
menos santos.

La vspera yo haba cometido en el poblachn mil imbciles, risibles
excesos. Una congoja infinita oprima mi corazn, mientras en mi cabeza
notaba la sensacin de vaco de plomo (no s expresarlo de otro modo)
que los comienzos de las jaquecas nerviosas producen. Mis venas estaban
ridas y como agotadas; mis manos, temblonas, como las de un viejo; en
el pecho notaba un hoyo y vaciamiento de mi ser; mi pulso no se
encontrara; se me figuraba tener los prpados llenos de arena menuda, y
en la lengua saburrosa revolva hieles gordas, lo mismo que si mascase
el amargor de mi bajeza. Mi andar era lento, desigual;  veces me paraba
por necesidad de suspirar y de pasarme la mano por la frente,  para
reclinarme en algn tronco de rbol. No hay nada que as se avenga con
ciertos estados de desolacin del espritu, como una puesta de sol,
sobre todo en un paisaje pensativo y penetrado de insinuante melancola.
La puesta de sol de aquella tarde era de esas de las cuales se oye decir
que si un pintor las traslada al lienzo se le acusa de falsedad en la
visin, por el exagerado romanticismo del colorido y hasta de la forma
de las nubes. Anchas barras del ms inflamado rub simulaban inmenso
incendio, cuyas llamaradas cortas surgan de un anfiteatro de baluartes
del metal oscuro, terrible, que amuralla la siniestra ciudad del
Infierno dantesco. Era una puesta de sol de remordimiento, de sudor de
sangre de la conciencia. Sobre el fondo del celaje acusador, los troncos
de los rboles, ya semidespojados por el otoo, alzaban su ramaje en
actitud de implorar perdn  auxilio; y  mis pies el ro, ensanchado,
porque se acercaba  su desage en el mar, reflejaba en la superficie
inmvil, apenas estriada imperceptiblemente por la brisa de la tarde,
los encendimientos del poniente, prximos ya  apagarse entre la
cenizosa niebla de la noche. Yo me par en una revuelta de la orilla,
donde una pea musgosa convidaba  sentarse y descansar. Fascinado,
miraba  la sbana de agua durmiente, adivinando su hondura y
advirtiendo cmo se extinguan en su seno las brasas cadas del celaje,
y cmo se oscureca el haz del agua, poco  poco.... Hubiese yo jurado
que, desde la planicie lnguida, sesga, de letal dulzura, alguien me
miraba, y que un filtro de deleite supremo corra por mis venas yertas
antes. Un verso de San Juan de la Cruz me martilleaba en la memoria:

      Oh, cristalina fuente!
    Si en esos tus remansos plateados
    formases de repente
    los ojos deseados
    que tengo en mis entraas dibujados!

Y unas pupilas oscuras, enormes--de asfalto y tinieblas, como las de
Rita Quiones la pecadora--me miraban desde el hondn del agua. Si eran
pupilas de mujer--porque lo sobrenatural sentimental, para el varn, es
siempre femenino--, al menos la mujer no alzaba del agua ni el torso
mrbido ni la grupa redonda; ni blanqueaban sus carnes bajo la linfa, ni
deba de poseer cabellera rubia como la de las hijas del Rin. En mi
mocedad verde y cruda todava, la mujer era otra cosa bien diferente de
aquella criatura de misterio que me arrojaba una miraba magnetizadora;
que me invitaba  la sombra y a la paz ya nunca turbada. La mujer, tal
cual yo la conoca, en aquel momento, qu nusea provocaba en m! Qu
vaho de matadero, qu tufo de carnicera, qu emanaciones de
estercolero asociaba  su impura imagen! En cambio, la del agua, la que
me llamaba sin voz, la toda mirar, la toda callar... con qu sugestin
de olvido y de reposo me ofreca sus invisibles brazos, enredados en las
algas oscilantes del lecho del ro!

Inclinarme nada ms un poco, y el abrazo divino vendra  m; ella
subira desde la profundidad, yo me precipitara... Dos veces inici el
gesto, y dos veces me detuvo el instinto,--la ruindad debiera
llamarle... As y todo, al salir la luna, que es cuando el agua
tranquila nos hace seas ms amorosas y atrayentes, es probable que
hubiese cedido al deseo--, si no se aparece el criado viejo de mi casa,
Carln, que me buscaba, por repentina orden de mi madre, para disponer
el equipaje: se haba recibido un telegrama que nos obligaba  volver
sin tardanza  Madrid al da siguiente...

Otro perodo empez entonces para m. Hice gimnasia, estudi, mont 
caballo; se complet mi desarrollo, se normaliz mi vida fsica,
equilibr los gastos con los ingresos, y la impetuosidad y fuerza de la
plena juventud influy en mi espritu. Sin razn alguna yo estaba
alegre, rea, jugaba y bromeaba con mis hermanos, y encontraba un sabor
delicioso y un encanto inexplicable  cualquier incidente; el afn de
una diversin sin sal me tena despierto una noche entera;  veces, oh
ignominia de la vulgaridad humana! abrazaba  mis amigos de sbito, slo
por desahogo cordial, y me crea perdidamente enamorado de mujeres de
cuyo rostro, hoy que cierro los ojos para evocarlo, no puedo ni
acordarme. En un platillo de la balanza pona el incremento de mis
fuerzas, en otro su derroche, y la oscilacin apenas se perciba.--Sin
embargo, en ciertos momentos me acordaba del ro, de la pea, de la
tentacin, ahora vaga y latente; y era como la memoria de un amor
verdadero, que nos asalta entre frvolos devaneos y aventuras sin
consecuencia. Es indudable: nunca fu como los dems; es decir, como la
mayora de los dems.

Un inters especial ha tenido siempre para m lo que con _ella_ se
relaciona. Curiosidad aguda, sobreexcitada, mucho ms ardiente en m de
lo que fu nunca (aun en los das perturbados, cidos como el agraz, de
la adolescencia, la de otro trascendental misterio). Este misterio, en
efecto, no tiene dignidad; se enlaza estrechamente con lo animal de
nuestro ser,--mientras que todo lo referente  _ella_ adquiere un
admirable, artstico relieve (excepto, sobra decirlo, las horrendas y
antipticas carrozas--estufas y otros detalles del ceremonial moderno,
que me crispan).

Todo esto es cierto, y cuanto ms lo examino, framente, tranquilamente,
 la luz de mi juicio, el nico faro que poseo para iluminar la caverna
de mi espritu,--ms me persuado de que mi mentalidad no se puede
calificar de anormal, dentro de la significacin y alcance que da la
ciencia  tales palabras. La ciencia! No soy su idlatra. De lo ntimo,
la ciencia nada conoce; cada cientfico se conoce  s propio... es
decir, si es sincero, trata de conocerse, como yo y t, semejante
mo.--En el cerrado santuario de cada alma, la ciencia no puede
penetrar. All donde los hechos pierden su escueta significacin; all
donde las palabras no son capaces de expresar nada; all donde todo se
guarda y cela como incomunicable tesoro,--all, qu papel representa el
propio don Santiago Cajal, seor de todo mi respeto, con sus neuronas?

Oh Camila, Camila inocente ( pesar de tu truchimanera, mundologa,
recmara, longitud y mano izquierda). No eres ms loca t, _hija ma_,
y no son ms locos los que, como t, se afanan tanto, se sacrifican
tanto, en preparacin de una vejez que acaso no llegue para ellos nunca?

Despus de mi examen de conciencia, no slo me absuelvo, sino que me
canonizo. El que ve la realidad soy yo. Sigo abundando en mi sentido...
sigo orientado hacia _despus_.

Comprendo, eso s, que necesito tierra que pisar, ya que estoy en la
tierra. O es preciso irnos,  poseer aqu algo que justifique nuestra
presencia. Un nio: un nio en quien la vida se afirma animosa y
triunfante. La prediccin de su madre no me alarma: ya har yo que
Rafael viva. No educar  mi nio, ni como ella en su remordimiento ha
deseado, ni como me educaron  m. Pienso bonificar su cuerpo mejor que
las rentas que he de dejarle, y preocuparme ms de la composicin de su
sangre que de sus cuellos  la marinera. Sentira que se me pareciese...
mediante un capricho arbitrario de esos que la naturaleza se permite!...
Prefiero que tenga una psicologa apacible, una fisiologa pujante; que
conserve su pureza largo tiempo; que sea atltico y cristiano; que no
refine las sensaciones y no se avergence de los sentimientos; que se
case  los veinticinco con una buena moza de caderas anchas, y cre 
sus numerosos hijos en el temor de Dios y la conviccin de que la vida
es excelente, que nacer es un don, y que hay fuera de nosotros y por
encima de nosotros una ley que hemos de acatar y un criterio definido
que se nos impone...

Y yo? Por qu no procedo yo as?

Pch... Porque soy de otra raza, no s si diga exquisita  gastada y
vieja. Porque empec temprano  socavarme el alma y  practicar el rito
que produce la infinita desolacin. Porque soy un envenenado; llevo en
las venas la amargura del absintio y el ensueo que vierten los clices
de amapola; porque acaso un abuelo mo fu suicida y una abuela se muri
de mal de amores... He de tratar de ahondar en mi genealoga... Si
supisemos la historia exacta de nuestros ascendientes, nos conoceramos
mejor.--As, _mi hijo_ no conviene que sea _de mis lomos_: le he buscado
hecho ya. Que no me herede la mentalidad...--Y de sbito, recuerdo de
quin procede el nio, la inmensidad de pecado que hay detrs de su
inocencia... y me asusto.

Animo! Yo borrar todo eso. Lo que se ignora, no acta sobre el alma.
El nio no sabr jams nada de su origen; har lo imposible por
convencerle de que es hijo mo verdadero.--He consultado  un abogado
hbil para arreglar todo, eludiendo las tranquillas, nudos y redes de la
ley; este jurisconsulto ir  Sanlcar,  conferenciar con la abuela de
Rita Quiones, y  orillar, mediante ruegos, y si es preciso,
ofrecimientos y ddivas, por todos los medios, cuantos obstculos pueden
presentarse  mi deseo de ser dueo absoluto de Rafaeln. Corto as el
hilo que une su destino y su porvenir  la familia maldita, y le aislo
para que nunca sospeche... para que no llegue jams el da de la
fatalidad, el da de la revelacin,

    ce jour dtestable
    dont la seule frayeur me rendoit misrable...

como dice la reina Yocasta en la magnfica tragedia _Les frres
ennemis_, que releo, cultivando el goce, para m delicado, del terror
antiguo.




IX


Me ha servido de distraccin el arreglo de mi nueva morada, un hotelito
riente, con regular trozo de jardn, en calle solitaria y nueva. Lo he
adquirido, lo he destripado, lo he dispuesto  mi manera, agregndole un
ala, y acabo de instalarme en l.

A planta baja, un saln, la biblioteca, el comedor, una antesala; en el
principal, mi dormitorio, mi cuarto de bao, mis servidores; en el
segundo, las habitaciones de Rafaeln y de la inglesa que le cuida; las
dependencias, cocinas, _office_, en el ala agregada; y la cochera, en un
pabelln al extremo del jardn, con entrada independiente. Es curioso
que los hombres ms distintos por dentro de la mayora de la humanidad,
sean tan previstos y tan gregarios en la mayor parte de sus
exteriorizaciones. Apenas terminado mi nido, caigo en la cuenta de que,
como los pjaros, me he sujetado  la regla general, al hbito, y que si
Camila, con todo su normalismo, fuese la directora de mi instalacin, no
la hara de otro modo.

El hbito tiene una fuerza singular. Me ha costado trabajo separarme de
Camila! Todas las incompatibilidades de carcter que con ella me
reconozco, todas las impertinencias de su cominera fiscalizadora, no
impidieron que sintiese un penoso hormigueo llegado el momento crtico
de la escisin. Ella, por su parte, demostr que la pesaba gravemente
quedarse sola, y, con la expresin del que dice ah viene la primavera
mdica, habr de purgarme murmur: Ser preciso casarse otra vez. No
est bien una mujer, sin arrimo, entregada  s misma...

Trini, que vino  almorzar ms  menudo los ltimos das de mi estancia
en la casa fraternal, anduvo unos das con los ojos encarnados y las
mejillas tocadas de palidez, all donde suelen abrirse las rosas.--Por
seas, que no estaba ni pizca de guapa as. El llanto puede hermosear 
las mujeres de lneas correctas y nobles;  las carirredondas las echa 
pique. Parecen la luna en caricatura.

El golpe, para Camila, es tremendo. No sabe cmo explicar  sus
relaciones lo sucedido!--Diles la verdad--indico yo, siempre
irnico.--Les dir que has tenido un arrechucho  la cabeza,--contesta
ella, siempre hostil. Qu quieren ustedes!, suspirar mi hermana en
casa de las gutibambas de Roa, de las presumidas de Granizales, de las
cenaaoscuras de Moncada, de las viejas carcomidas de Urizaln.--Cosas
que, cuanto ms se piensan, menos se entienden! Y las amigas
cuchichearn:--Vaya por Dios! Ya, ya es fastidio! A nadie le faltan
contrariedades!... Y la mayor de Urizaln se volver hacia la menor,
exclamando:--No s, Lola, lo que habr debajo de todo eso... A la
fuerza el chico es suyo... A la fuerza, Antoita, repetir Lola, que
siempre opina como su hermana. Y Camila, plegando la frente, sacudiendo
la cabeza, pasar la mano enguantada por el manguito de chinchilla,
mientras la acercan una mesa volante para que tome el t con
comodidad...

De suerte que tampoco las vejezuelas admiten que mi conducta tenga ms
mvil que la paternidad fsica. Imposible hacerlas comprender que se
pueda ser padre de otro modo. De suerte que los Santos de entraa
paternal, los que engendraron con el espritu, los Las Casas, los
Vicentes de Pal, la salada y celeste Jorbaln, pura, honestsima, que
llamaba mis chicas  las prostitutas recogidas en el arroyo--haban,
sin duda, tenido que ver... Miseria, brutalidad humana! Y el
cristianismo es letra muerta, texto arrinconado, para las seoras como
mi hermana--para la inmensa mayora de las gentes.

Si el cristianismo no fuese letra muerta... En fin, dejmoslo, que yo
tampoco estoy baado en esa miel, en esa leche de bondad, en ese olvido
de s propio, acaso el nico preservativo contra la fascinacin de los
dos abismos negros que desde el fondo del ro me magnetizaban... La
fuerza de vivir no eres t quien la lleva y la reparte con tus manos
horadadas, mrtir Nazareno?.. Por no pedrtela, yo la busco,
egostamente,--en esta criatura...

No s si he dicho cmo es. Debo confesar que una de las razones
escondidas de mi preferencia por la paternidad espiritual es que me creo
incapaz de amar  un nio feo, aunque haya salido de mis venas. Un rapaz
con cara picuda  chafados morros, una especie de monuelo  tit, de
patas zambas y brazos sin proporcin; un giboso, un bizco... no, no me
pareceran hijos nunca. No habindolos deseado as, seran fruto slo de
prosaica aproximacin: el ideal nunca echara flores en m para ellos.

Rafaeln es moreno. Su testa, de amorcillo pagano, empieza  coronarse
de sortijas que un lrico griego comparara  oscuros racimos de vid. La
luz de su mirar alumbra y calienta  la vez las facciones, y las dos
mitades de guinda de los labios se apartan dejando ver los dientes
lechales, completos, diminutos y hmedos de fresca saliva. Sus
manizuelas hoyosas tienen el candor amante, el gesto de bendicin tierna
de las manos del Nio Jess, que acaricia  San Antonio de Padua. La
conformacin de Rafaeln es perfecta; su cuerpo, un modelo para
escultores de infancias divinas. Cada uno de sus gestos rebosa gracia, y
la travesura lozana de los chiquillos sanos. Adora la limpieza y reclama
el bao l mismo--caso raro, afirma la inglesa, en _babies_ de los
pases meridionales--. Ha preguntado varias veces por su madre, y un da
llor sin consuelo por ella, porque no vena, y pidi, en su lengua de
trapos, que le llevasen adonde est ella, sin sospechar lo trgico de la
peticin. Pronto, sin embargo, se disipa la preocupacin; el menor
incidente, un juguete, lleva su pensamiento fluido, sin consistencia,
hacia otra parte. Una observacin curiosa es la precoz aficin de
Rafaeln  la msica. Su vivacidad se aquieta horas enteras si oye taer
 cantar. Esto lo he averiguado porque el ayo de mi hijo tiene algo de
artista; toca el violn, el piano--sin pretensiones de virtuosismo,
pero con sentimiento.

Contra estas aficiones musicales tan tempranas de Rafael ya estar yo
vigilante, en guardia, para prevenir la ridiculez funesta del nio
fenomenal. Le quiero nio natural, llevado de la mano por dos ngeles
protectores: el ngel de la higiene y el ngel del juego. Anhelara
embutir sus nervios en sus msculos, como se envaina un arma peligrosa y
de envenenado filo en un forro de grueso cuero resistente. A veces sueo
para la criatura un atletismo que, mediante la ley de adaptacin, le
reduzca el cerebro y le convierta en uno de esos dioses bellamente
estpidos, de cabeza menuda y pectorales y biceps soberbiamente
desarrollados, que nos leg un perodo del arte helnico.

De estos planes hablo detenidamente con el futuro ayo, muchacho muy
intelectual, que propende  la idolatra cerebralista y al orgullo de la
razn. A bien que tengo tiempo de estudiar las manos en que va  caer mi
chico, pues, por ahora, no quiero que aprenda ni el abecedario.

Su duea, actualmente, es la inglesa, miss Annie Dogson, de lo castizo
britnico, ms institutriz que _nurse_, que se limita  presenciar y
dirigir el aseo y tocado de Rafael, hecho como antes por Marichu. Es
decir, como antes no: la inglesa ha cambiado todos los mtodos y
sistemas de la bascongada, que lo sufre agriada  impaciente. El cuarto
donde se practican las operaciones de aseo es un primor: miss Annie lo
ha amueblado  su gusto, con cretonas Liberty, lacas blancas, estantes
de vidrio y lavabo y bao de la misma materia; sabias tuberas reparten
agua  capricho de temperatura, y armarios de formas ingeniosas
encierran una ropa blanca admirable, venida de Londres, que alegra la
vista. Voy algunas veces  gozarme en ver restregar y purificar  mi
hijo. Escena encantadora que halaga mis instintos de ultrarrefinado,
nunca enteramente satisfecho del semi_confort_, estilo clase media, que
se permita mi hermana. Miss Annie, con delantal nveo, manda la
maniobra. El nio sale del agua como el capullo sale de la lluvia fina
que le refresca. Su cuerpo es un santuario. Ha crecido visiblemente; ha
aumentado de peso; en la calle, la gente se vuelve para alabar su
gentileza; cuando le llevo en coche  la Castellana   la Casa de
Campo, leo en las miradas una efusin de simpata hacia el bello mueco,
vestido originalmente, con tufo de extranjera y de _highlife_, por el
sastre de nios que trajea  los prncipes de la familia real inglesa.
Camila, que no ha puesto los pies en mi hotel desde mi instalacin, pasa
en su berlina, se cruza con nosotros y, sin poderlo remediar, detiene la
mirada en la hechicera figurilla. El nio tiene _chic_... Para el amor
propio de mi hermana, que el nio tenga _chic_ es gnero de consuelo.

El ayo en ciernes, y por ahora intil, se llama Desiderio Sols. Es
posible que al traerme  casa  este mozo obedeciese yo, sin saberlo, 
un sentimiento que no quisiera cultivar ni que nadie me atribuyese: un
impulso de beneficencia, de compasin, el saborete de hacer feliz 
alguien. Todava me desagrada ms tal gnero de deporte cuando lleva
ribetes de inters y de conveniencia. Al favorecer  Sols, si por ah
me daba, no deb sealarle obligacin alguna, Cierto que viene  ser
como si no se la hubiese sealado, puesto que es honorario su cargo, y
hasta dentro de tres aos, lo menos, no darn principio sus tareas. Sin
embargo, como le he dicho que es preciso que se prepare debidamente, que
se empape de pedagoga moderna y que antes de tener alumno tengamos
profesor--el hombre est sujeto por una cadena dorada; su tiempo me
pertenece, no es libre...

El tal Desiderio Sols--yo al pronto cre que este nombre fuese un
pseudnimo literario--pasaba, cuando le conoc, una cruja negra de
miseria y de arbitrios equvocos para combatirla. No realizaba ninguna
accin penada por el Cdigo, pero estaba en ese resbaladero en que la
necesidad apremiante puede inducir al robo si no hay altivez, y al
suicidio si la hay. Como muchos proletarios intelectuales, Sols,
cargado de conocimientos, se haba encontrado en el arroyo, sin medio de
dar empleo  sus aptitudes, sin saber  qu aplicar las sabiduras  los
lugares comunes de informacin almacenados en su cabeza. De los tales
proletarios, la mayor parte posee cultura de remiendos, con agujeros y
carreras de puntos de media usada: Sols, sujeto  disciplina en el
estudio por un to que era catedrtico y que tuvo al sobrino  su lado
siempre, mientras vivi, haba aprendido con mtodo y orden, y combinado
dos clases de estudios que rara vez se juntan: el de los clsicos y la
Historia, impuesto por su to, y el de los autores novsimos y las
recientes tendencias,  que le llevaba su aficin. Su cabeza, de forma
algo prolongada, era un almacn, y, cosa ms inslita, al lado de tanta
noticia, fecha y hechos, sobre el matorral espeso del memorin atestado,
saltaba un chisporroteo de ideas, muchas no previstas y algunas
realmente originales. Justamente el rencor, la protesta de Desiderio
Sols contra la suerte, en eso se fundaban: en que mientras l se roa
los codos, vea solicitados y pagados escritores que no posean otro
mrito sino aquella elocuencia vaca que aparenta decir algo y no dice
nada; que recocan y recocan el mismo duro garbanzo, y despus lo
frean y lo sofrean con picadillo de cebolla de repeticin,
aderezndolo luego y escondindolo en soplado _vol-au-vent_  fin de
que no se adivine lo casero y burgus del manjar. Y de este rencor temo
que no le ha curado ni medio aliviado el fortunn--para l tiene que
serlo--de entrar en mi casa. A pesar de haber encontrado en ella
alojamiento confortable de todo punto, y no despreciable sueldo, Sols
contina acedo, quejoso de su destino. Tal vez ve en el puesto que le ha
cado de las nubes la humillacin de una especie de domesticidad.

Por este descontento exigente, que no lleva trazas de desaparecer, me
agrada ms el ayo. Confieso que le hubiese mirado con algn desprecio
si, propicio al yugo y satisfecho con el pesebre colmado, se hubiese
reclinado muellemente en la litera de fresca paja. Sols aparenta todo
lo contrario: en frases sueltas deja entrever la aoranza de sus hambres
y libertades bohemias, y hasta lo dice en artculos que le admite algn
peridico trasconejado, y que yo he sorprendido. El ansia de
independencia es en l una especie de obsesin.

Si yo fuese como el vulgo, el anlisis que empiezo  hacer del carcter
de Sols me alarmara, y recelara dar  Rafaeln un director
semejante. La grey suele preferir  los ayos por sus condiciones
borreguiles; cada da escasean ms los preceptores verdaderamente
intelectuales, especie que abund entre los enciclopedistas del siglo
XVIII y que parece haberse perdido. Sea que los hombres de talento
tienen hoy ms ambicin y desdean tales funciones, sea que la clase
alta y pudiente que paga ayos ha tomado miedo  la capacidad, ello es
que el tipo del gran profesor desaparece, y quedan dmines apaisados que
practican la enseanza por recetas,  pedantes extranjeros, que se dicen
personajes en su pas y  escondidas gastan papel de cartas con blasones
de nobleza. De esta peste vame yo libre. Como elemento extranjero, me
basta miss Annie, que realmente entiende  maravilla el riego y cultivo
de la planta humana. La tierna plantita confiada  sus cuidados echa
rama, se enfresca y lozanea. No me gustan, en cambio, otras condiciones
de Annie. Parceme coqueta al estilo de su tierra,  lo puritano, y con
buena dosis de vanidad y aprecio de s misma; es ultraexigente para sus
comodidades, es desptica, intransigente en las horas y reglamento del
chiquillo, pero cumple su deber de puericultora con la estricta
exactitud que es una de las formas del orgullo britnico; y el chico no
florecera en manos de Marichu la excelente, como en las de la inglesita
de rubio moo y tez de papel satinado.

As y todo, yo deseaba conservar  Marichu eternamente; pero he aqu que
se despide. Brusca y llorosa entra en mi despacho  espetarme que ella
no quiere obedecer  una como Annie, que no va  misa, que es hereje.

--Qu te importa, Marichu? Ve t  la iglesia cuanto te parezca; Annie
tambin va, slo que  una iglesia suya,  su modo.

--Una iglesia pcara, de herejes. Y el seor de Sols, pues, tampoco 
misa va.

--No parece sino que tu antigua seora, mi pobre Rita, era alguna monja.

--Monja no era, pues, infels; pero  misa ya iba, y resos saba, y
muri en grasia, con cura y todo. Al pobre de Rafaeln hereje le
volvern, si la Virgen lo consiente. Ya ir  ver el seorito que estos
as mala gente son, disgustos tendr, pues... Yo me marcho; acomodo
haba buscado. A Rafaeln quise darle un beso en los carrillos y la
inglesa me aparta as--la bascongada me cogi por el hombro imitando el
movimiento seco, rgido, de la _miss_--y va y dise que  los nios ahora
besos no se les deben dar, que se les pegaran males... Males ella podr
pegar, que yo sano tengo todo, y el alma muy saludable. Siempre  los
chicos he visto besar yo, pues, en mi tierra, y aqu lo mismo. Besarse
hombres y mujeres s ser vergensa;  los nios, ngeles del sielo, no.
As es que me voy, seorito; y perdone las mil faltas...

--No, Marichu; perdname t--respond cariosamente--. Ven  verme
alguna vez. Toma, criatura, para que te compres un buen reloj, si
quieres...

La propina fu pinge, y en m qued un reconcomio, una lamentacin de
perder tan leal criada, y una espina de duda y sospecha. Acierto en lo
relativo  Rafael? Le rodean elementos convenientes para la formacin
de su espritu? Y me propongo observar, observar (con el inters
vehemente que produce en m la observacin)  las institutrices y  los
preceptores.




X


Cuando retraso la hora de levantarme y me dejo estar arropadito en la
cama, hay das en que experimento una impresin como de hogar, hogar
mo, propio. Es que me traen al nio para que me d un beso.

Sols se encarga de esta ceremonia, incompatible con el pudor de la
inglesa. El nio se me presenta ya hecho una lechuga, oliendo al jabn
Pears y  los vinagres caros y deliciosos que he mandado venir para su
tocadorcito. Trepa por mi cama arriba y me abofetea  sus anchas,
hartndome de caricias zalameras. Yo, riendo, procuro despertar en mi
corazn el abandono de confianza, la ceguedad amorosa que inspiran los
hijos de nuestra carne. El da en que noto  manera de una pared
invisible entre la criatura y mi alma; el da en que,  pesar mo,
murmuro sordamente esto es una comedia de familia, estoy de murria la
maana entera.

Ha sido siempre uno de mis padecimientos ntimos, de que no es posible
quejarse y que no veo medio de remediar, este defecto  este exceso en
mi funcionamiento cerebral: la repeticin de ciertas frases
insignificantes, mezquinas, por lo comn irnicas contra m mismo, que
se me clavan en el magn y que, como cansados estribillos, repito sin
voz, mudamente, con insistencia insufrible. Ignoro por qu se produce el
fenmeno,  ignoro cmo contrarrestarlo. Hay coplejas de sainete; trozos
de msica murguista; clusulas tontas de conversaciones ajenas; dichos,
por ejemplo, de Camila, de cuya obsesin no acierto  verme libre. En mi
involuntaria cerebracin entran tambin los nombres raros, motes y
apodos que doy, sin querer,  cosas y personas,--y por los cuales las
conozco, interiormente, mientras olvido sus nombres verdaderos. Lo de la
_comedia de familia_ lo tengo ahora metido en no s qu casilla, sin
acertar  desalojarlo. Cuando presido la mesa observando los movimientos
de Rafael y admirando el minucioso esmero con que Annie le hace comer
limpiamente y corrige sus menores defectos de _tenue_; cuando, servido
el caf, me arrimo  la lumbre encendida, y el nio,  pasito corto, se
me acerca y pone sus labios en mi mano, balbuceando la primer frase
britnica: _Bless my, good father_... todo este gracioso aparato de
ternura y respeto despierta la voz sorda, la voz muda: Comedia de
familia!

--Acaso--discurro--no hay algo de comedia, no hay un histrionismo
involuntario en los actos ms serios y ms sinceros de la vida? No
preparamos con arte (y qu es el arte sino perpetua comedia) las
protestas de amor, las demostraciones de amistad y hasta las
manifestaciones del dolor, que debieran ser tan inconscientes como el
grito que el mismo dolor arranca? Dnde est la santa inconsciencia?
Dnde el olvido de nosotros mismos?

De estas cosas y de otras converso con Sols. Como deseo conocerle bien,
prescindo con l (en cierto lmite) de mi reserva. Se ha roto entre
nosotros el hielo; hasta discutimos; y, sin embargo, no nos une ningn
vnculo de afecto: nuestra comunicacin es del corazn para arriba, en
absoluto. En ambos domina el cerebro, acaso infludo por los nervios, y
en ambos existe, creo haberlo notado, igual desconfianza de todo, igual
sentido escptico y pesimista,--para dar  estos males su nombre vulgar
y resobado, y que, realmente, nada expresa de lo ms hondo de su
inquieta zozobra.

Fu muy lenta en establecerse esta comunicacin. Encerrado l en su
mutismo de asalariado soberbio; habituado yo  esconder como un tesoro
el doble fondo de mi pensar,--las relaciones se iniciaron en pie de
sequedad y glacial cortesa, actitud que, si no se corrige en los
primeros ocho das de contacto, corre ya peligro de eternizarse  de
convertirse en acerba hostilidad,  poco que los temperamentos sean
refractarios. Una reflexin que me hice contribuy  suavizar mi gesto;
discurr que el deseo de adherirme  la vida mediante la comedia,  lo
que sea, de la paternidad, me impone tambin la ley de acercarme un poco
 mis semejantes, de salir de mi propia caverna, como el oso de las
pocas primitivas se echaba fuera de su espelunca  caza de frutos y de
miel silvestre.--Qu me costaba intentar la prueba? Dicen que es tan
bueno eso de contar  otros lo que nos pasa!.. Adems, yo sabr evitar
el relato necio de mis cuidados ntimos. Hablar con astucia, para
registrar el pensamiento del preceptor sin abrir el mo...

A toquecitos, sin prisa,  esas horas perdidas en que ningn quehacer
apremia, voy penetrando en la mentalidad de Sols--penetrando todo lo
que l me consiente, que,  la verdad, es poco. Se defiende, se emboza,
se encastilla en las moradas interiores--como supe encastillarme yo con
Camila, con Trini, con los amigos de crculo, cervecera y caf--.
Comprendo, sin embargo, que esto no lo hace por reserva, sino cohibido
por la idea de que la clase de relacin entre nosotros veda las
expansiones. Entonces le insino que, justamente, si he buscado para
Rafaeln, que, por ahora, no puede empezar  educarse, un profesor
intelectual,--es para tener alguien con quien hablar de mis lecturas y
entretener las horas de las tardes de invierno en que llueve y, captado
por la chimenea, no hay ganas de echarse  la calle.

Sols lee mucho; es un tragalibros desenfrenado. Se habla de los
beneficios de la cultura, y no s (es una de mis graves incertidumbres)
si no debiera pensarse en los efectos de las intoxicaciones librescas.
Es imposible que esta sobresaturacin cerebral no gaste las fuerzas de
resistencia del hombre contra el Misterio. La percepcin confusa del
Misterio, al hacerse aguda, causa vrtigo insano. Quien ciencia aade,
dolor aade, dijo el soberano poeta hebreo; y una comprobacin de esta
creencia ma la hallo en el estado de alma del otro torturado (que
debiera sentirse dichoso, puesto que ha resuelto, gracias  m, el
problema de la vida material). Una vez ms logro cerciorarme de que la
solucin de la vida material carece de importancia: que el dolor est
ms adentro.

--No se le ocurre  usted--pregunto  Sols--que los autores de muchos
libros que leemos nos quieren mal, y deliberadamente nos causan
disgustos?

--No, seor--contesta Sols--. Lo que creo es que son unos inocentes,
unos nios de teta. De lo grave, de lo terrible de nuestro sentir, no
dan idea los libros, como no la dan los novelistas ni los autores
dramticos de las verdaderas novelas y de los verdaderos dramas que se
tejen en la vida. Si yo encontrase un libro tan amargo como un alma,
proclamara  su autor el genio ms sublime! Slo el _Eclesiasts_...

Convinimos en que slo el _Eclesiasts_, y acaso Job, se acercan un poco
 lo que anda por dentro. Es raro que en pocas que nos parecen
primitivas se escribiese ya Mi alma aborreci mi vida; la frase ms
exacta y profunda que cabe escribir... Indudablemente no hemos inventado
cosa alguna en esta materia, y si absorbemos con avidez el libro nuevo
es por esa curiosidad irritada del esttico que visita una Exposicin
moderna, seguro de que no encontrar all ni la _Primavera_ de
Botticelli, ni la _Ronda_ de Rembrandt. La historia nos refiere dramas,
sin cuento, pero son dramas por fuera; el drama de la conciencia es
siempre el mismo.

--Con todo--el objeto--, hoy, no cabe duda, la gente se suicida ms que
en otras pocas.

Sols se rasca el mentn la lampio y columpia el pie derecho: tiene
este _tic_ cuando cavila, y dos  tres veces he visto  la inglesa, que
pesca todas las incorrecciones, fruncir el rubio ceo al notar este
vicio del profesor. Despus dice, como resbalando:

--Bah... Hay muchas maneras de suicidarse. Hay varios gneros de vida
que suprimir. La vida se suprime en el ascetismo, en el cenobio, en los
campos de batalla. Tanto como se ha guerreado y tanto como se ha llorado
de penitencia, se reduce  eso: suprimir la vida y dar culto  la
muerte.

--S; los antiguos la miraban como  una bienhechora.

--Y  m se me figura que acertaban. La malhechora es la vida. Vivimos
entre incertidumbres, errores, enfermedades, necesidades, pasiones,
engaos. Todo miente, quizs, menos _ella_. Cunto ms cruel es, por
ejemplo, el amor?

--Tambin ste la llama _ella_!--discurr yo, sorprendido--. Por una
contradiccin de que pocos hombres se eximen, el encontrar en Desiderio
Sols mis propios sentimientos me molest. En primer lugar, yo tena mi
orgullo de pensador solitario, superior  la muchedumbre, y me amenguaba
 mis propios ojos el formar parte de una grey, aunque no fuese de la
grey comn, sino de otra ms reducida y selecta. En segundo lugar, estos
pensamientos, que en m no me parecan peligrosos, en el futuro
preceptor de mi hijo me alarmaban terriblemente. Claro es que nadie
ensea ciertas doctrinas  un chiquillo, y yo no ignoro que determinadas
ideas son poco comunicables;  brotan de suyo,  no nacen aunque las
siembren  boleo. No obstante, las almas trasudan y rezuman, en
cualquier ocasin, su hiel  su miel... Convendr para Rafaeln un alma
de miel y cera, un alma continente, casta, dulce, impregnada de aromas?
Un alma de abeja ebria, que cree en el dulzor porque lo lleva consigo?

Con ms ahinco que antes fij mi lente en el joven ayo. Empec por
desmenuzar su tipo fsico. Debe de proceder de familia hidalga (el
apellido lo indica) porque tiene las manos delicadas, largas de dedos,
como las de ciertos retratos del Greco, y los pies estrechos y bien
curvos. Su busto es mezquino, sus piernas carecen de gallarda, sus
muslos no se acusan, su cuello es flaco, pobre. La cabeza, oblonga, arde
en vida psquica; la mirada, demasiado fija, es difcil de sostener; la
nariz es irregular, algo torcida, y la mandbula saliente. El pelo se
insubordina; algunos mechones crecen en sentido contrario. Ha debido de
sufrir privaciones en la edad del desarrollo, y su figura es, como la de
tantos espaoles estudiosos y que ni se baaron ni comieron ni jugaron,
una figura frustrada. El bigotillo da  la cara cierto aire provocativo,
juvenil. La frente huye hacia el occipital--seal de desequilibrio--.
Viste desgarbadamente, y no es pulcro con exceso; malos hbitos de
bohemia subsisten en l; miss Annie suele hacerle observaciones
agripunzantes cuando le ve tirar al suelo la colilla del cigarro, 
apagarla en el platillo de su taza de caf,  escarbarse con el palillo
las encas,  usar el cuchillo indebidamente,  echar migas en el
mantel.--Oh! aoh! Mster Slis!--murmura ella; y l, enfurruado,
impresionado, se corrige.--Miss Annie, no eduque usted solamente 
Rafaelito... Yo soy otro nio  quien tendr usted que ensear...--Abundo
en el sentido de la inglesa, porque soy pulcro, y con la edad madura, mi
pulcritud va degenerando en quisquillosa mana. He puesto  disposicin
de Desiderio Sols, dos horas al da,  mi propio ayuda de cmara,
Tadeo, ducho ya.--Trale la ropa vieja, presntale otra nueva... Que se
bae... Que se calce bien; ya sabes que no puedo aguantar la vista de
una bota torcida  juanetuda...

Lo extrao es que este mozo, que  veces huele  tabaco fro (tengo
sagacsimo, oh desventura! el sentido del olfato), no demuestra que le
impresione como superioridad mi exquisitez. Se me figura que es l quien
se cree superior  m; que en el clculo del valor de hombre  hombre,
rebaja mi primor y exalta su diogenismo. Acaso entiende que dentro de m
hay vallas, hay reparos, hay recatos, hay respetos, lo que  l le
falta; acaso me juzga piadoso, compasivo, altruista--y l se reconoce
desentraado, fuerte, ms brbaro y ms alto por dentro que yo. Ve que
amparo  un nio hurfano; ve que le hago bien  l,  Desiderio Sols,
sin exigir utilidad en compensacin del beneficio... y me toma por un
_buen seor_, explotado, y por consecuencia vencido, esclavo, sumiso
moralmente. Qu satisfaccin experimento al conocer que no es as!
Estoy desnudo de compasin, desnudo de bondad, soy exaltado en m mismo,
despreciador de los otros... Si he recogido al nio ha sido por instinto
egosta y de conservacin; por no dejarme llevar del atractivo que
ejerce sobre m la Guadaadora. Yo un rasgo sentimental? Yo una
debilidad? Si llegamos  chocar, ya vers, pobre muchacho, cmo me
reviste una coraza, pero interior; las corazas que van por fuera y se
ven, esas ensean las juntas!

Slo pensar que se puede tener de m tal opinin,  pesar de mi desdn
hacia la opinin de los dems, me subleva, me alza borbotones de ira.
Como que yo he puesto mi orgullo en la correccin de mi sensibilidad, la
cual no ha de parecerse en nada  la de la multitud. Ni quiero ser eso
que llaman bueno, ni menos apiadarme de nadie, porque la piedad es un
descenso; el hombre superior es insensible; est revestido de bronce.
Todo cuanto hago, incluso lo que ofrece aspecto de buena obra, hgolo
por propia conveniencia... As es que me dedico  desarrollar ante
Desiderio mis teoras, demostrndole hasta dnde llego. Me complazco en
sostener que la vida, para m, slo tiene el escaso valor, valor
relativo, que tuvo para las ilustres minoras de todas las pocas, desde
los epicreos griegos y romanos hasta los actuales, ms delicados y
artistas, quizs, en sus exigencias de goce. Deseo que sepa que mi
enfermedad es privilegiada y mi mal es el mal de los poderosos. Anso
convencer,  este nico testigo consciente de mi vida privada (miss
Annie no se cuenta, es una utilitaria, una _prctica_ como Camila, pero
al estilo peculiar de su raza sajona), de que guardo depositado y
concentrado el ajenjo que destilaron los siglos en el espritu del
hombre; de que he calado la existencia; de que conozco la miseria
absoluta de nuestro destino, y que, para m, vale ms el no ser que el
ser.

--Una noche en que dormimos completamente, sin pesadillas ni sueos, es
lo que mejor recuerdo nos deja--le digo  Sols, al colocar otra vez en
mi tntalo (regalo de antao de Camila, para que los criados no puedan
gulusmear los licores caros, las esencias lquidas que yo uso) la
botellita del Kummel--. Saque usted la consecuencia...

--Ya est hecho--responde l, saboreando su copa con fruicin
evidente--. El sueo completo, sin despertar, sera lo mejor de todo. Y
en el despertar no creo... Nuestra vida se va entre una espiral de
humo--aadi, encendiendo desdeoso el legtimo habano que yo acababa de
ofrecerle.

--No le dir que acaso hay fuego en la sima--discurr cobardemente--. Me
tendra por timorato.--Sin embargo, buscando una forma que revele
superioridad:--No cree usted en el despertar?--interpelo en alta voz--.
Le felicito. El no creer es ya gnero de fe en algo. Cree usted que no
cree!... una creencia como otra cualquiera. Yo,  la verdad, de eso...
ni s, ni creo, ni descreo palabra... Creer  descreer es ofender al
Misterio, nica realidad en todo lo que nos rodea. Envidio  usted la
firmeza de su conviccin.

Sols, algo picado, pase el mirar por las brasas de la lea, brasas ya
casi innecesarias, porque Abril se anuncia suave y benigno.

--Conviccin no es--murmur--. Es apata,  indiferencia,  como quiera
usted llamarle. Es que acaso damos por supuesto que la vida encierra un
enigma, y no encierra nada: est hueca. l fenmeno, la substancia...
vaco todo, como dijo Saquiamuni.

--Apostara yo--indico, recostndome en el silln y encendiendo tambin
en la lamparita de plata martillada el cigarro aromoso, seco, fino--que,
como es usted joven, hay algo que no le parece tan vaco. Ilusiones de
amor, eh?

--Ojal nunca!--responde estremecindose ligeramente.

--Por qu, amigo mo?--pregunto indiscreto.

--Ah! Por nada--responde l, evasivo, encogindose de hombros.




XI


Los primeros calores empalidecen las florecientes mejillas de Rafael, y
su dulzura de Nio Jess de San Antonio se transforma en abatimiento.
Consulto, y me ordenan llevarle  un sitio fresco: si es posible, al
borde del mar.--Y tan posible como es. Me le llevo  la casa de
Portodor, donde he pasado das de mi edad temprana. Hace muchos aos que
no la he pisado; he solido, en verano, viajar por Suiza y Alemania; pero
Camila, consecuente en sus hbitos de sabia previsin y buen gobierno,
no quiso dejar en el abandono esa finca, y al residir all cortas
temporadas, de seguro cuidara y arreglara la antigua residencia. Sin
embargo, para cerciorarme--como me sera muy desagradable encontrar
camas duras, vajillas desportilladas y muebles ratonados,--me resuelvo 
visitar  mi hermana, pegando un martillazo  la costra de hielo de
nuestra casi ruptura.

Camila me recibe afabilsima. La mujer prctica ha echado sus cuentas y
comprendido que es intil y bobo reir con nadie,  menos que reporte
provecho. Su amabilidad, sin embargo, se asemeja  la que demostramos 
los locos  semilocos,  quienes, en opinin de la gente, no se debe
llevar la contraria; con quienes no se discute. Me invita  almorzar,
y acepto, telefoneando  mi hotel para que no me aguarden Desiderio y
Annie. Expongo mis propsitos, formulo mi interrogatorio. Hay en
Portodor siquiera lo necesario? Porque con aadir lo superfluo...

--Lo necesario para ti es mucho, Gaspar--responde melfluamente
Camila.--Para m, y para la mayora de los mortales, aquello se halla
habitable, y hasta cmodo. He renovado infinitos trastos; he puesto el
saln de cretonas alegres, francesas, y lo mismo el gabinete. Mira, es
ms sencillo: tengo el inventario; te lo doy, y t sealas en l lo que
falte. No te acuerdas de que hace cuatro aos se gastaron all algunos
miles de pesetas, que t pagaste, claro, porque la casa es tuya? No
creas que vas  meterte en un palomar. Donde yo paso, pongo orden.

Apareci el inventario, un cuaderno de pliegos de papel de barba, de
letra redonda, espaola. Estaba firmado por el mayordomo de
Portodor,--todo en regla. Lo guard en el bolsillo, y descascarando una
mandarina, invit:

--Sabes, Camila... Me alegrara de que te animases  la temporada en
Portodor... Por qu no, dime?

Ella, con los gajos de otra mandarina entre los dedos, sonri y me ech
una ojeada de soslayo.

--Hijo mo... eso no me lo pidas. Sera difcil complacerte.

--Pero, por qu?

--No te enfadas?

--No. Palabra de honor. No me enfado; di lo que gustes. Hace meses que
no me diriges ninguna observacin, y ya me saben tus reparos  fruta
nueva.

--Gracioso! Pues... porque no me gusta autorizar ciertas cosas; basta y
sobra con lo que se dice, sin que yo...

--Se dice? De m?

--De ti, y de la inglesa.

--Bah!

--Y no es eso slo... Hay quien muerde  propsito de la inglesa y de
ese preceptor que tomaste, supongo que para la inglesa, puesto que el
chiquitn, por ahora..!

--Pch..!

--Bueno; all t; yo no digo pch!; yo estimo mi reputacin y mi
formalidad, Gaspar querido. Si fueses viudo, y si el chico fuese tuyo de
verdad, la gente no comentara el personal de servicio que eligieses.
Como les extra tanto lo del chico--y no era para menos--tienen fija en
ti la vista; me sacaran  tiras el pellejo si vivisemos juntos una
temporada. Por otra parte, criatura, la miss es conocida; ha servido en
casa de los Altacruz, y coqueteaba con Alfonsito, el hijo mayor, y sus
amigos; parece que pica alto y que se ha propuesto casarse con un
espaol de fuste. Todas estas _carabinas_ se proponen otro tanto...

--Ssss!--desde--. Lo que es conmigo... Por otra parte, estoy
encantado de su servicio, Camila. Es un cronmetro inteligente. La he
subido el salario.

--Pues amn... Yo no tendra un aya as, bonita y que se las trae... En
fin, ir  Portodor cuando regreses  Madrid con tu tropa; supongo que
pasars all Julio y Agosto?

--Me lo figuro... Segn le siente  Rafael.

--Mira--articul Camila sirvindome caf galantemente--, lo que puedo
hacer es ir  verte un da desde el balneario de San Roque. Yo no
necesito las aguas, pero Trini desea que la acompae. Pobre Trinita!
Padece neurastenia, desrdenes..., algo que  veces proviene de estados
de nimo especiales. Como hay escasamente dos leguas de San Roque 
Portodor, si se anima Trini, iremos  pedirte de merendar.

--Iris  almorzar; no faltaba ms. Es una jornada.

--Veremos, veremos... Ha de ser una excursin sin ruido, de las que en
verano pueden hacerse, porque nadie se fija... Ya te escribir desde
all, si vamos--que todava no est Trini resuelta; dudosa anda entre
esas aguas y otras de Baviera, muy elegantes y muy confortables...
Oye--aade Camila--, quiero que sepas que me he trado de Portodor unas
sillas antiguas, Imperio, preciosas; me dieron lstima all; son las del
gabinete. Deseas llevrtelas? Te llevaras lo tuyo...

--Qu disparate!... Son tuyas antes y ahora.

Con esta cordialidad nos despedimos. Sal desprecindola como nunca, en
una crisis de sarcasmo reprimido que, al verme en la calle, se revel
por una carcajada que hizo volverse  un aprendiz de zapatero, portador
de un par de botas flamantes de caa mastic. Para Camila, bienes y males
estn en las bocas y opiniones de los dems. Y qu recurso tan pobre el
de la supuesta enfermedad de Trini! Ser algn infarto al hgado, de
tanto apretarse el cors... Ctate que me la quieren pintar desmayada de
amor y ternura...

Empiezo mis preparativos; doy mis rdenes. En los das que preceden  mi
marcha me dedico  recorrer, por despedida, algunos de los sitios
habituales: Ateneo, caf, cervecera, teatros, corros de trastienda de
anticuarios y libreros de viejo. No soy misntropo; soy _diferente_, lo
cual no me quita la sociabilidad. Hasta concurro, una vez al mes, 
ciertas tertulias de las que mi hermana frecuenta, y escucho las
conversaciones, estudiando mucho al hacerlo, deleitndome en el curioso
contraste de la charla oficial y la historia autntica que se conoce...
Debi de ser en un teatro, en los pasillos, donde me hablaron de
Desiderio. Hurones, periodista de esos que podran biografiar cruelmente
 Madrid entero, que slo hablan para murmurar, y en desquite slo
escriben alabanzas, me interpel:

--Y qu tal Sols? Est ahora mejor de la cabeza? Cuando usted se lo
lleva, seal de que el pobre chico habr sanado.

--No lo crea usted--respond con perfecto aplomo--. Enfermsimo
contina.

--Vaya por Dios! Pues yo supuse que era la... la escasez... lo que le
tena... as. Le conocemos mucho en la redaccin; traa artculos y rara
vez se le aceptaban, ni gratis, porque, ya ve usted, los nombres
nuevos... El pblico exige firmas acreditadas... Los artculos que se le
tomaron (aqu Hurones baj la voz) fu porque se me figura que el
director le cogi un poco de asco  Sols, que es muy violento.

--Ya, ya lo he advertido--respond, consecuente en mi sistema de darme
por informado, para que Hurones no se replegase--. Es un carcter
impulsivo, de esos que pueden conducir  qu s yo!: hasta  monomana
homicida...

--Aj! Eso, monomana homicida... No me acordaba del nombre tcnico. Si
dicen que varias veces quiso matar ... no s cuntas personas! Y un da
hasta nos trajo un artculo ponderando el goce que al matar se siente...
De modo que, para saberlo de cierto,  alguien habr escabechado... El
director, naturalmente, devolvi el tal artculo; se nos hubiesen dado
de baja infinitos suscriptores!

--Pues, adems de la mana homicida, tiene otra muy mala: la
suicida--afirm intrpido.

--Ah! Eso nos consta  los del peridico... Quiso arrojarse por el
viaducto y se lo impidi el guardia. El lo neg, pero...

--Pero... es el Evangelio. Y en otra ocasin se envenen, slo que lleg
 tiempo el contraveneno--asent imperturbable--. Hasta tiene en su
cuarto un sable japons, de los de abrirse la barriga.

Hurones me mir con recelo y escama, olfateando burla.

--Pues cmo le conserva usted en su casa y al lado del nio? No teme
usted..?

--Es una experiencia psicolgica que hago--declar framente.

--Ser una buena obra... El ha de sanar, con tal que coma y tenga
remediadas sus necesidades. Sin embargo, en su pellejo de usted, yo no
vivira descuidado. No se sabe...

Es imposible que exista en el universo persona cuya opinin me importe
menos que la de Hurones; todava me creo ms predispuesto  seguir una
prudente indicacin de Camila. No obstante, la noche en que me dijo las
anteriores tonteras, cavil buen rato  solas. Eso de estar  no estar
sano de la cabeza... dnde habr una frase tan holgada y tan ambigua?
No dirn de m lo mismo? Camila lo cree; para ella soy ni ms ni menos
que un temible perturbado... cuando, en el terreno de la accin, soy un
excelente sujeto, que  nadie molesta y que ha recogido un huerfanito y
le mima y educa. Nunca comprendern los pobres diablos sin substancia
gris el cerebralismo, donde nos refugiamos, porque justamente nuestros
actos no corresponden, no pueden corresponder con nuestros ensueos. Una
noche en que Desiderio--hambriento, con la bolsa vaca, aterido de fro
bajo el terno de verano, de odiosa lanilla nacional, que no haba podido
sustituir por un palet acariciador y denso--pens estoicamente en
sensaciones supremas, en goces extraos y embriagadores que el dinero no
compra, se acord, sin duda, de que hay perversa y diablica ventura en
extinguir la vida (mayor, quizs, que en crearla); apacent su espritu
en lo que yo lo he apacentado con tal frecuencia, en lo esttico del
morir y del matar, raz de toda belleza, esplendor del herosmo,
justificacin de la bajeza del vivir--y, seducido por la magnificencia
ntima de su idea, la ha garrapateado en cuartillas (estos debilitados y
mal alimentados no saben retener el pensamiento arcano, el secreto que
es para nosotros) y ha llevado las cuartillas  una publicacin.
Naturalmente: susto, alarma, anatema para el protervo... Y, en l, la
idea, disuelta ya en el acto--porque escribir es modo de hacer, y los
que menos realizan las cosas son los que las han confiado al papel,
quedndose libres de la sugestin.--Escritores castos cultivan el
erotismo; escritores bondadosos, la truculencia y el crimen. Pasamos por
tres estados sucesivos: pensar, decir, ejecutar. Contados hombres
simultanean los tres estados. Desiderio ha escrito; luego no har cosa
ninguna. Jugaremos con el pensamiento grave y sublime de la muerte;
rondaremos su negra puerta--sin entrar... Nos har seas su mano de
marfil--marfil seo; nos llamar la elegante diestra gtica, sin
carne--y responderemos que somos platnicos amadores, que la suspiramos
desde lejos... Cobardes? No; pacientes. Ella vendr...

--Tadeo?

--Seorito...

--Has puesto en el equipaje camisas de vestir en cantidad?

--Van todas.

--Te acordaste de la tienda porttil para los baos?

--La ha facturado el mismo dueo del establecimiento en que la compr.

--Empaquetaste los licores?

--Un cajn est armado.

--Los libros?...

--Cinco cajones.

--Has dicho  miss Annie que la ropa blanca del nio ir en maleta
especial, dedicada slo  eso?

--Lo sabe, seorito. Descuide.

--Surtiste la caja con la plata para el servicio de mesa?

--Hasta del juego ruso para el t me he acordado.

--No dejes de llevar provisin de t de la caravana.

--Y caf del mejor va tambin.

El ayuda de cmara intenta retirarse; pero le detengo con otras
inquietudes de bienestar, de capricho.

--Compromete el _sleeping_... Echa en la caja de los vinos unos botes de
confitura inglesa de ruibarbo para miss Annie... Las botas de charquear,
el anteojo marino... Pantallas para las bujas en la mesa...

Ya llega  la antesala, en retirada, y le grito:

--Mis armas, mi mquina de fotografa... Oye! Cinco  seis juguetes
mecnicos bonitos para ir sorprendiendo  Rafaeln...




XII


Portodor!.. Cuntos aos que no pisaba estas playas de rubia arena,
extendidas como veletes de gasa de oro; este bosque antiguo, legendario,
donde se alza una piedra en equilibrio, la Pena Moura--cltica, segn
opinin de los arquelogos locales. Un sentimiento de sorpresa se
apodera de m al recordar que he traveseado y me he escondido en los
rincones de la casa en que ahora resido otra vez. El sentimiento de mi
propio misterio me inquieta. Soy el mismo que era entonces? Siempre
esta incertidumbre me ha preocupado: subsiste la personalidad al travs
del cambio y evolucin de todos sus elementos?

Antes, la casa me pareca enorme: ahora veo que no es muy amplia:
consta, como la mayor parte de estas construcciones del siglo XVII,
viviendas de hidalgos poderosos, que quizs slo las habitaban en la
poca de la recoleccin  de la vendimia, de una torre y un cuerpo de
edificio. La torre, nada sombra, nada feudal, se corona de inofensivas
almenas picudas. La piedra de armas es enftica, aportuguesada, por lo
mismo que se labr en tiempos relativamente modernos--reinado de Carlos
II.

Si la casa ha disminudo, el paisaje que se domina desde el segundo piso
de la torre me sorprende por ms grandioso de lo que suponan mis
recuerdos. Al amanecer, la extensin de la ra, poblada de barcas de
pesca, es un himno de alegra heroica, el animoso canto de la naturaleza
eternamente joven. Algo de esta alegra quiere infiltrarse en mi alma.
No s si porque respiro aire mejor,  porque el nio ejerce en m
singular influjo,--desde que he llegado  esta aldea riente, saudosa y
familiar, un poco de paz, de amor al mundo, entran en m... Ah! Ya era
tiempo!

Me evado del calabozo de mis meditaciones. La dulce, la irresistible
corriente de la animalidad me lleva envuelto en su curso benigno. Ando
mucho, acompaado de Rafaeln,  quien enseo los predios y los
deliciosos arenales; y los pasos, movimientos, antojos y preferencias
del chiquitn evocan los mos; me retrotraen, por la magia psquica del
recuerdo,  los aos perdidos, borrados casi en lo consciente de mi ser.
Me veo nuevamente--en Rafaeln--recogiendo bocinas, lapas, ncaras y
conchuelas, esas conchas de la ra cantbrica, que tienen los reflejos
de ardiente irisacin y la involucin clsica de las del Mediterrneo.
Me veo  caza de bellotas y piones en la selva rumorosa, bajo el enorme
pino secular, faro de los navegantes y objeto de las iras del rayo, que
le ha mancado dos de sus brazos de Briareo. Me veo sentado en el carro
colmo de espigas de maz, eligiendo entre ellas las _reinas_, las de
fruto rojo como granos de granada. Me veo jugando al pie del lavadero,
turbio de espuma jabonosa, y, al menor descuido de los que me vigilan,
chapuzndome en l. Me veo limosneando  los pintorescos y joviales
mendigos cuya salmoda zumbadora, moscona, me despierta el domingo
antes del toque de misa. Me veo refugindome detrs de una pea, en
cueros, para evitar que me baen--y me veo de repente, por esos cambios
sbitos, fantsticos, de la niez--corriendo hacia el mar rielante y
estriado bajo el sol, y adelantndome con tal mpetu, que tienen que
cogerme para que no pierda pie y me hunda en alguna hoya traidora
recubierta de arena fina. Me veo mordido por un cangrejo, llorando 
perder; me veo saliendo del agua, con un manojo de algas crasas
apretadas en el puo, sin querer soltarlas, rabioso porque me las
arrebataban tirnicamente... Tales son los gestos mos que reproduce
Rafaeln  la distancia de veinticinco  treinta aos; gestos olvidados,
gestos pueriles, en los cuales me empapo, por decirlo as, y floto, con
lento placer, con la ventura fluida que hacen sentir las cosas nimias y
naturales. La niez de Rafael, sin embargo, se diferencia de la ma, con
la diferenciacin profunda del carcter. Esta criatura es dcil,
amorosa, poco egosta (dentro del general egosmo instintivo de la
infancia). Sus vivezas terminan en arrebatos generosos. Adems... temo
consignarlo, desconfiado como soy de todo afecto... adems... este
chiquitn... no hay remedio, no se puede negar... este pequeo... me
adora! S; hay un ser en el mundo, incapaz de ficcin, que vive
pendiente de mis menores indicaciones y voluntades; hay un ser que no es
un perro, y para quien, sin embargo, yo, Gaspar de Montenegro... soy
Dios.

No lo haba notado en Madrid; en Portodor he tenido que darme cuenta de
ello; el nio ha penetrado en mi existencia; antes estaba solamente al
margen. Con tiempo, soledad, libertad y la especie de optimismo fsico
que aqu me invade--porque duermo canonicalmente y el gusano de la
gastralgia no me ataraza el estmago--, he podido disfrutar  mis anchas
del pequeuelo, arrebatndoselo  miss Annie, y, tarea ms fcil, 
Sols.

La inglesa ha protestado con indirectas, con acideces, con actitudes de
dignidad, con gestos de displicencia. Penetrada de la alteza de su
cargo, no la es agradable que nadie usurpe sus funciones: no se trata de
cario  la criatura; no se trata del instinto de la mujer
verdaderamente mujer, que, sin afectacin, se identifica con los
chiquillos: se trata de formalismo, de literalismo: me he encargado de
esta tarea, pues  m me corresponde; es _my right_, y nadie se meta 
ejercerlo.

--Miss Annie--la digo--: hgase usted cargo de que estamos en
vacaciones. A m me divierte llevarme al pequeo por ah... Supongo que
usted no se opondr.

--Yo debiera ir con ustedes...--responde la rubia, quejosa, envarada.

--Unas veces ir usted, y otras no; segn cuadre... Aqu, un poco de
libertad... Ruego  usted, miss Annie, que se tome distracciones; 
todos nos convienen. Excursione usted; mande enganchar el cesto; hay un
borriquillo con jamugas; si quiere usted, se traer de Madrid una silla
de seora; no faltar un jaco; encargaremos una bicicleta... Nada de
sujecin. A divertirse!

--Gracias, mster Montenegro...

El tono era seco; la palabra rebotaba en los labios, donde una espumilla
iracunda se disolva quizs...

No conforme, Annie se dedic, entre otros deportes, al de sorprendernos
 Rafael y  m. No habindole yo fijado por qu parte de la campia
deba excursionar, con maravilloso olfato adivinaba la direccin de mis
paseos, y se nos apareca cuando menos lo pensbamos, vestida corto de
franela _tennis_, gorra con insignias de algn club britnico, palo de
alpinista, y el pie cautivo, sin malicia aparente, en botitos recios y
planos. Su figura moderna, atrevida, extica, _compona_ sobre el fondo
de los pinos ancestrales,  al lado del caduco dolmen con barba de
musgo. Nos saludaba; diriga alguna observacin al nio: _Baby_, estis
sofocado, no os paris.--Vais sucio; permitid que os limpie la cara un
poco...; y ante mi silencio, erizado de retraimiento, se retiraba, no
sin haber declarado el aspecto del paisaje _a very charming one_...

Apariciones anlogas haca Sols. Estas me molestaban menos. El futuro
preceptor ejerca sobre m el atractivo de su complicada alma, de su
psicologa laberntica. Sera cierto que buscaba la emocin suprema,
aquella en que el hombre se hombrea con el Creador deshaciendo su obra?

La tez de Sols, que el aire libre y la brisa salitrosa empezaban 
tostar; los labios, algo menos descoloridos, pero siempre contrados por
triste gesto; las facciones irregulares, de expresin huraa--no
revelaban que estuviese del todo reconciliado con la dura obligacin de
arrastrar el vivir. Senta yo  veces impulsos de provocar sus
confidencias, y no quera seguirlos, porque era demasiado atrayente para
m el enigma de aquel espritu, y si me enfrasco en l, adis la sana
delicia de mis paseos con el nio, adis la sedacin disfrutada  su
lado, preocupndome de sus antojos, respirando con infatuacin de dolo
el incienso del culto que me tributa... Lo repito, soy su divinidad.
Alma nueva, creyente, y  la cual todava no se le ha inculcado
principio alguno, su necesidad de venerar y de esperar la satisfago yo.
Echados al pie del vasto pino musical, donde el hondo soplo marino _zoa_
y _bra_--dos onomatopeyas regionales que no tienen equivalente en
castellano, tal vez porque en Castilla no se abrazan los pinos y las
costas--, el nio, al encontrar mi cabeza al alcance de sus manos de
manteca y de su boca de guinda, se apodera de m, y me cierra los
prpados  caricias, repitiendo en montono sonsonete y en jerga
anglohispana:

--_Father_ bonito, _father_ bueno, _father_ mono, _father_ rico,
_father_ santo, _father_ guapo, _father_ que manda en todos, en todos,
en todos...

De mi absoluto poder tiene tal idea, que me dice, la vspera de una
excursin que le anuncio:

--Y mandars que no llueva, eh, _father_? Que haga buen
_weather_--sonre y chapurrea, volvindose hacia miss Annie para
desenojarla.

En su anhelo de ser querido por todos, el chiquitn adivina el rencor
mudo de la institutriz, y no cesa de aplacarla con zalameras... Ella no
se doblega, no se amansa. Conserva su agravio en vinagre--como suelen
estas naturalezas estrictas, esclavas de un contrato, pero ocultamente
ambiciosas...




XIII


El desquite, el triunfo de miss Annie, es la hora del bao de mar. El
nio, entonces, la pertenece por completo, y, al principio, no s si
calculadamente, la inglesa se opuso  que yo presenciase de cerca este
rito sacro; porque, desde lejos, no habra modo de impedirlo. Yo me
impuse.--El playazo donde se baa Rafael es mo; forma parte de la
posesin. Lo cercan altos loes, formidables--que se cran aqu y echan
su pitn de oro, como si estuvisemos en alguna tierra africana.--Miss
Annie entra en el agua con su alumno. En vano Sols, angustiosamente,
tercamente, ha reclamado para s el privilegio de baar  Baby. Qu le
importa? Por qu insiste?.. Acaso?.. Estemos sobre aviso.--Y, para
forzar la tensin, excluymosle de la playa.

En una caseta de lona  rayas rojas y grises se desnudan y preparan Baby
y Annie, ayudados de una rapaza humilde, una sierva del terruo. La
arena, tersa y compacta, convida  pisarla con pies descalzos, y despide
calor vibrante bajo la refraccin solar... Conchillas rosadas y
pequeas, como orejas de muchachas bonitas, la esmaltan all donde la
ola dej un borde de vegetaciones marinas, hmedas an, de un verdor
luminoso. Una beatitud material, voluptuosa, emana de esta marina
apacible en que parecen inverosmiles los naufragios; son risas
subacuticas de nyades retozonas lo que riza y ondula el cristal del
agua, y, para mayor mitologismo, ayer he visto saltar  corta distancia
 los delfines--que llaman _golfines_ aqu.--Me siento bajo el quitasol,
en un peasco excavado de oquedades colmas de agua, donde corretean
vivaces cangrejillos y se desperezan actinias cabelludas.--Y miro, miro,
aletargado el pensamiento--. El nio sale de la tienda de campaa: viene
encogido,  remolque, deseoso de ocultarse, con esa repulsin
instintiva de las criaturas al agua,  mejor dicho,  la primera
sensacin de fro y al terror de lo inmenso. Admiro su torso gentil, que
empieza  perder las redondeces crasas del beb y  estirarse un poco,
con tendencia  ser musculoso y firme, tallado en roble. Admiro sus
brazos adorables, su pie delicado, su vientrecillo, igual  una de estas
conchas trigueas y curvas; su testa de angelote, de rizos brillantes,
sedosos.--Detrs de l asoma Annie, agarrndole de la mano y
empujndole. La franela blanca de su traje masculino, corto de brazo y
pierna, es menos dulce de color que su nuca, descubierta, porque la
gorra de hule recoge el pelo, no tanto que unos _abuelos_ locos no
diableen cerca del arranque de las espaldas. Jams me he dado cuenta de
este carcter tnico, la blancura de la piel inglesa, como ahora. Es un
blanco que ser desesperante para un pintor: un blanco tintado
imperceptiblemente de rosa t, un blanco virginal, carne de
doncella... La misma blancura  lo Van-Dick se nota en la pierna larga,
esbelta, derecha; en el brazo duro, nada corto; en el pie de mrmol,
cuyas uas descubro que estn limadas cuidadosamente, y abrillantadas,
sin duda, con polvos de coral, pues una vez ms me reproducen la imagen,
sensual y delicada, de las menudas conchas tradas por la ola, envueltas
en perlas verdosas, resbalantes.

La inglesa se apresura, semidesnuda, pdica y resuelta; se lanza con el
nio, animndole: _Hip, Baby, go_; oigo el chillido del pequeo,
acortado, sofocado por la misma violencia de la impresin, y mientras
Sardiete, el marinero contratado para asegurar de todo riesgo 
Rafaeln, le coge y le sostiene dentro de las mansas olas, Annie rompe 
nadar, diestramente, y se aleja, se aleja, delatada por la ligera espuma
que sus brazos y pies levantan al palear avanzando. La veo  bastante
distancia, echada sobre el lomo azul de este mar peregrino, mar griego
en costas del Noroeste; saco del bolsillo mis gemelos marinos, y
entonces me salta  los ojos, acrecentada por el misterioso rielar del
agua con ziszs de sol, la blancura de ondina de los brazos, de las
piernas, de la garganta, y la risa silenciosa de la boca emperlada de
anchos dientes, otro gnero de blancura deslumbrante... Pero qu es lo
que pasa? Annie ha hecho un movimiento, se ha quitado su gorra de hule,
el nico recato de su atavo de baista; el pelo rubio, mojado, se
esparce y la rodea de una aureola de serpezuelas de cobre... Sabe que la
miro? De cierto!--Y, con paladas suaves, casi negligentes, vuelve hacia
la orilla, toma al nio otra vez de la mano--imperiosa, pues el chico se
resiste  salir y juega en el agua--y de pronto se detiene, sin soltar 
Rafaeln.

--Sardiete! Por Dios... Mi capa! La olvidaba... Est en la tienda! La
tiene Flores!..

Mientras el marinero busca la capa que ha de cubrir  la miss, ella
permanece descubierta y en pie frente  mis ojos, tal vez los nicos que
la contemplan. Para qu pide la capa?..--La franela se pega  sus
formas como el lienzo hmedo de los escultores  la estatua. Detallo el
armonioso y contenido desarrollo de su hermosura. El mar, benignamente,
se acerca  la pea donde me siento, se retira, deposita algas
brillantes, deja en seco moluscos palpitando de vida... Los loes son de
bronce; sus enormes hojas carnosas y apuntadas se dibujan sobre el cielo
sin nubes. Mi cabeza est vaca y mis venas hierven...

Me incorporo, cierro el quitasol, y sin esperar  que miss Annie se
vista y vista al chico, emprendo la cuesta que conduce  la torre de
Portodor--entre grupos de mimbrales, encinas, castaos, viedos, oyendo
el gluglu del agua en los molinos, y el silbo de los mirlos que,
digeridas las cerezas de Julio, esperan las uvas de Septiembre... Corro,
porque la mujer me ha arrollado--y necesito estar conmigo  solas,
pensar, recaer en el cerebro, libertndome de lo sensible.

Y era claro como la luz que este fenmeno haba de presentarse  su
hora. Acaso no s que hay en m dos hombres, un meditativo
espiritualista y un corrompido epicreo? Ha pasado cerca de m ninguna
manifestacin de belleza femenil que no me estremezca? Excepto la pobre
Rita... Pero sa era ya un fantasma cuando la conoc.

Por otra parte, me encuentro sometido  un rgimen absurdo. Soledad,
naturaleza, alimentacin de pescado, fsforo, aire, sueo, el aguijn
vital sobrepuesto  la adoracin secreta de la Nada... Hay en Portodor
otra mujer ms que Annie? Las pescadoras son muy gallardas; las
seoritas del pueblecillo quizs no dejen de atesorar hechizos para los
horteras que vienen  baos y fraternizan y sudan agarrados  ellas en
los bailes del Casino Portaurense; pero yo no he de aproximarme ni 
unas ni  otras. En la duda, las pescadoras seran preferibles... si no
fuese la acuidad de mi sentido del olfato, y aun del tacto, porque estas
sirenas airosas y bravas llevan, textualmente, coraza de escamas de
pez. En resumen: he aqu que Annie constituye para m un peligro: puede
echarme  perder la temporada. Cierto que no ejerce el menor influjo
sobre lo hondo (s, para ella estaban las telas de mi corazn!), pero, 
flor de lo sensible, preso me tiene. Con mirada  la vez turbia y
lcida, la recorro, la desmenuzo. Hay horas en que me olvido de
Rafaeln; hay momentos en que temo ser arrastrado por mi antojo.

Y vase cmo acertaba Camila, y los murmuradores y todo el buen sentido,
cuyos aciertos tienen la virtud de irritarme ms que si fuesen errores.
Me indigna que una parte de m mismo est sujeta  las fciles
previsiones de los cotarros parleros. Ese soltern va  caer con la
miss... Pues, seores patitos de charca, no caer,  al menos no caer
como ustedes suponen. Soy jeroglfico que ustedes no descifrarn.

Hasta acertaron en lo de que Annie pica alto y  quien pone los puntos
es  los seores. Ahora interpreto mejor aquel afn de acompaarnos 
Rafael y  m. Su juego est descubierto... Pierdes el tiempo, cndido
trozo de nieve solidificada y teida con el zumo de un ptalo de flor.
No te sueltes el pelo, no finjas haber olvidado la capa para quedarte,
chorreante y guanteada por tu tuniquilla de franela, ante m. Tengo
contra ti un escudo, que es la meditacin. Te medito, te escudrio con
el pensamiento; no encierras para m atractivo alguno de curiosidad; s
de antemano el gnero de impresin que puedes ofrecerme; no soy de los
que  cada copa nueva y  cada nuevo licor suponen embriagueces
distintas--y, libre de ilusiones, aunque no de fervorines de la
sangre--me limito  esas ojeadas furtivas del gotoso goloso, que avizora
en el escaparate el plato prohibido por su rgimen y del cual sabe que,
precavido, no comer.

Comparo el estado de mi espritu  un entrems que  veces nos presenta
el cocinero: una exquisita crema de chocolate hirviente que viene  la
mesa dentro de un aro de queso helado compacto, duro. Cuando te sirves
del piperete, Annie, no sabes interpretar mi sonrisilla. En el centro de
mi bloque de hielo hay calor--demasiado calor--, pero el hielo no se
liquidar. No cantes victoria, hija de la prfida Albin, porque notes
la elctrica sacudida que me causa tu presencia. Yo no soy esa parte de
mi ser  quien tu blancura ha trastornado. Yo soy el que piensa, razona,
conoce, prev, diseca. Yo soy el que ama otras cosas muy obscuras, muy
sombras; yo soy el galn de la Negra... Soy su trovador, su romntico
_minnesinger_, capaz de cortarse un dedo, como se lo cort aquel de la
leyenda, para envirselo  su princesa y dama.

El nio puede distraerme de este ensueo viejo; t no, aunque juegues 
salir de las olas, salvo la franela, como Afrodita...

A diversin tomo el engaarte inocentemente. Ya que t me has perturbado
en mi calma, te perturbar en tus ambiciones. Gozo en hacerte creer, con
indicaciones que aparento que se me escapan  pesar mo, que me traes
fascinado, que lucho para no ceder al imn. Finjo suspiros, afecto
brusquedades, hago como si tragase frases encendidas, bordo
rendimientos, entretejo insinuaciones. Y as que te veo encandilada (no
por m, por mis accesorios de dinero y posicin), hago la comedia de la
retirada; me llevo  Rafaeln al bosque,  la playa,  los molinos, 
los maizales,  los setos de zarzamoras, donde nos ponemos como dos
bandidos--y echndome  cuatro patas, le digo  la criatura:

--Sbete: soy tu caballo,  tu pollino, como quieras... Para ti, nenito,
soy asno. Slo para ti!




XIV


En el juego y desquite que mi cerebro se toma, entretenindose en
presenciar y aun en provocar conflictos espirituales, encuentro un
aliciente inesperado: adems de Annie, otra persona est pendiente de mi
escarceo. Ya me lo sospechaba yo! Por lo visto, Desiderio Sols ha
cado; haba cado, por mejor decir, en las redes de la comn enemiga y
conservadora del gnero humano...

Vuelvo  concentrar mi atencin, un momento distrada por un ampo de
blancura en una encarnacin femenil, en el alma que cre atormentada,
complicada y simptica  la ma, del joven futuro preceptor... No,
preceptor no; no temas, Rafaeln; te buscaremos un gua no tan fcil en
soliviantarse, en aturdirse al olor del mosto de la mocedad; un hombre
en quien se hayan sedimentado las pasiones y que adore los libros:
vendr el viejecito cura biblifilo. Para m, Desiderio ha bajado muchos
peldaos de la escala de valores. Soar otras cosas, bueno; soar  la
mujer, y de esta manera anticuada, prevista, folletinesca, con arrebatos
de celos y con sufrimientos enervantes, como el vulgacho... eso no me
interesa absolutamente nada, y me produce una reaccin de humorismo, que
demuestro manteniendo al incauto en perpetuo estado de excitacin y
tortura. Sufre, alma sin valor ni fuerza, sufre...  elvate, como yo,
hasta ms all de los dolores y los goces pequeos... hasta ms all de
las epidermis de nieve, rosas y dems cursileras!

A cada mirar insistente que en la mesa dirijo  miss Annie;  cada
palabra significativa que entre ella y yo se cruza--veo estremecerse 
Desiderio, y noto la descomposicin de sus facciones, de su cara turbia
y movible como el mar. A la hora del bao, estoy convencido de que, si
le aplicsemos  Sols un termmetro clnico, se apreciara elevacin
en su temperatura. Adolece de una cuotidiana pasional, una calentura de
len. Mas tarde, est cado y deshecho; sus ojeras amoratadas descubren
la alteracin de su organismo. Su violn solloza, y de noche me
complazco extraamente en escuchar el gemido de las cuerdas, que me
parecen la queja de un condenado lamentndose ms all de la
sepultura... Por qu me recreo en oir desesperarse  este hombre 
quien he querido sacar de la miseria? Es mi eterno desprecio al
sentimiento, al dolor,  la flaqueza,  la necedad de mis... prjimos?
No, eso no; yo prjimos no tengo, ni quiero tener!

Degradado por el suplicio celoso, acaso el ms humillante de todos,
Sols se rebaja hasta espiar. Jurara que de noche se quita los zapatos
y viene  pasos tcitos y furtivos  pegar el odo  mi puerta, movido
de sospecha vil, obsesa la imaginacin por esa terrible facultad que
desarrollan los celos materiales, de representarse los sucesos
fantaseados con el realce y la plasticidad de lo escuchado y visto. Yo
disimulo con arte supremo, en el cual hallo una distraccin digna de
m. Veo retorcerse al poseso y sonro desde mi altura, y tiro de los
hilos que mueven la mecnica de sus furores y de sus sensaciones
crueles, y me complazco en formarme, con este ejercicio, unos msculos
morales de acero templado...

Por las tardes se alivia un poco el mal de Sols: nota que yo paseo en
compaa de Rafaeln y que no trato de coincidir con la inglesa. Sin
duda l ha intentado ofrecerse  Annie por acompaante, y sin duda
Annie, cada vez ms cebada en lo que cree mi conquista, le ha dado
buenas despachaderas, marchndose sola, en su bicicleta, por las
carreteras polvorosas. Bajo la presin de su idea fija, Sols se agrega
 m, unas veces desde que salgo de casa, otras como por casualidad:
agregarse  m, en efecto, es un modo de seguir  Annie los pasos y
saber que, por lo menos, no est conmigo; es la antipirina de su fiebre.
El alivio, el respiro que le dan estos paseos, en los cuales se mitiga
su rabiosa psicalgia, se nota en su fisonoma: va hasta jovial y
expansivo, con la involuntaria alegra saltante que presta la
desaparicin de un dolor de muelas furibundo... A veces, me divierto en
aguarle la fiesta, diciendo negligentemente:

--No s si encontraremos  miss... La he dicho la direccin de nuestro
paseo... Como ahora tiene bicicleta...

El artefacto deportivo haba venido de Vigo, la poblacin europeizada
ms prxima  Portodor; y nos suceda encontrar en las carreteras  la
joven, seductoramente masculinizada por los bombachos de pao caf y
leche, la media escocesa y la gorrilla de tela blanca; sofoquinada por
la rpida carrera, alborotadas las guedejas color de cerveza blonda.
Ante mi movimiento retrctil, pues yo no quera ir con ella, la miss
sonrea maliciosamente, me lanzaba los dos rayos de zafir doblete de sus
pupilas y continuaba pedaleando...

Desiderio, ante aquella ojeada que no se diriga  l, me insinu evitar
las carreteras; eran lo trillado, lo previsto del paisaje. Nos dedicamos
 explorar un costado de Portodor, en el cual, desde nuestra llegada, no
habamos sentado el pie todava. Aun siendo la parte ms selvtica de
la comarca, era, en conjunto, amable y risuea; las orillas del ro
Anda, para m familiares en los primeros das del despertar, despus
del semisueo brumoso de la infancia.

El ro, prximo ya  desembocar y perderse en la ra, se hace ms
profundo y caudaloso, y sus mrgenes, no encajonadas entre montaas,
como las de otros ros de la regin, estn guarnecidas de mimbres,
alisos, caaverales y sauzales frondossimos. La flora es vivaz y rica:
hay lirios morados y amarillos, y abunda una planta, cuyo nombre ignoro,
que echa unos ramilletes de flor de un rosa vivo, con emanaciones de
almendra amarga. No slo al que tiene, como yo, aguzado el sentido del
olfato, sino  todos, probablemente, una fragancia  un olor, aun siendo
grosero, les reconstituye ntegro un momento de la conciencia, tal vez
borrado, perdido en ese archivo obscuro donde se van almacenando los
sucesivos estados del alma. El balsmico olor de las umbelas rosa me
retrotrajo, instantneamente,  la hora de mi adolescencia en que,
deprimido por cadas y enfangamientos, apretado del mayor dolor, que es
la vergenza moral, vi en el fondo del ro unos ojos de tinieblas que me
llamaban, y estuve  pique de irme hacia ellos, abriendo los brazos y
exhalando el Por fin! de todos los ansiosos amores...

Reconoc la pea donde me haba sentado en la hora de la tentacin. Y,
deseoso de ahondar en Sols, se me ocurri volver  ocupar el mismo
sitial,  la misma melanclica hora de sol poniente, cuando en el ro
cabrillean los mismos flamgeros toques, y se ensombrecen los mismos
remansos lbregos--. Siempre me ha complacido reproducir lo externo de
una situacin cuando falta lo interno,  fin de proclamar una vez ms
que no tiene valor alguno lo que nos rodea; que somos nosotros los que
nos proyectamos sobre el paisaje y el ambiente--. Y, tomando pie de esta
observacin, afectando la necesidad de confianza, que es una de las
flaquezas de nuestro espritu,--enter  Sols de lo que aquel paisaje
me recordaba.

--No es cosa rara que se desee con tal vehemencia dejar de ser?

Al formular esta pregunta le observo.

--Qu ha de ser raro eso! Lo extrao es que deseemos vivir, don
Gaspar--contesta el mozo.--Debe de estar bien claveteado all dentro de
nuestro ser lo que llaman instinto de conservacin, cuando todava no se
ha despoblado de humanidad el globo. Tenemos mil razones de morir, y
ninguna de continuar sufriendo esta broma pesada.

--No cree usted que somos ahora ms felices que en otras pocas? Los
adelantos...

--Los adelantos!--Maldicin en ellos!...--exclam violentamente.--Los
adelantos, en nuestro perodo actual, ahondan las diferencias sociales;
se consagran al dinero. Los pobres, los que estamos debajo, tenemos la
ventaja de ver cmo todo,  casi todo, lo que se refina en la
civilizacin y en la cultura, es para una casta, la casta dorada...  la
cual nunca hemos de pertenecer. Soy de la casta del cobre. No hablarme
de adelantos.

--Sin embargo, amigo Sols--insinu traidoramente--, hay muchsimas
cosas que lo mismo son de los dorados que de los cobrizos. Los goces
intelectuales, por ejemplo...

--Don Gaspar... yo he empeado  veces por dos pesetas mis
desencuadernados libros, atestados de notas y apostillas... Yo me he
retirado del Ateneo, porque no poda pagar las cuotas... Yo, obligado 
pasarme las maanas traduciendo patochadas  diez duros el tomo, me he
embrutecido en esa tarea de macho de noria... Yo no he podido ver
trabajar  la Duse, porque no me gusta estar prensado en el gallinero y
no tena para butaca... Hbleme usted de placeres intelectuales!...

Mir hacia el ro, del cual se elevaba una frescura sepulcral, y
arrancando distradamente un ramillo de flores rosa, jugueteando con
ellas, deslic:

--Y el amor? Ah tiene usted algo que ni reconoce cobre ni oro... Esa
fruicin nos iguala.

Sols salt, convulso. Se notaba en su voz la furia repentina.

--Que nos iguala? Basta que usted lo diga... Para los cobrizos, las
del arroyo! Si tenemos aspiracin hacia una mujer bonita, inteligente,
delicada... all estar uno de la casta de oro con su oro en la mano, y
suya ser la victoria!... Como si no lo supisemos!...

Y rompi en una risa sardnica, insultante.

--_Father_--grit Rafaeln al pie de la pea que me serva de asiento--:
mira un pez! Un pez que salta del ro!

--Una trucha, alma ma--respond acaricindole.--Eso prueba que en el
ro hay hondones, y los nios no deben acercarse  l.--Segn
eso--insist dirigindome al profesor--, usted no est  bien con la
vida?..

--No estar  mal, cuando vivo--declar torvamente.--Incurro en la
contradiccin general... Nos quejamos de la carga, y no soltamos el
lastre...  intentamos soltarlo una vez, y no lo conseguimos... y ya no
se repite el intento. Verdad que es curioso? Tomamos una resolucin...
la estorba una nimiedad... Nadie nos obligaba  resolver; nadie nos
impide volver  la carga... y no volvemos. Y las circunstancias son las
mismas  peores; y no volvemos. Y estamos convencidos de que deberamos
volver; y no volvemos. Seremos necios?

--Somos una red de contradicciones... No somos animales lgicos...

--Pues hay que serlo--decidi Sols, contundente.--Persuadidos de que
una cosa conviene, se hace... Y se hace por cuenta propia y ajena. No
comprendo cmo los que se ponen en salvo no salvan  la vez  algn
amigo...  enemigo. Es tan fcil...! En la barca hay sitio para muchos
nufragos. Y por qu no darse, antes de partir, un refinado goce? Vea
usted: este goce es concedido igual  los cobrizos que  los dorados.
No: mejor  los cobrizos, porque los dorados estn reblandecidos, y no
tienen el valor del gesto supremo...

--S--pronunci retndole con una mirada serena y fija--, recuerdo su
artculo de usted en _El Ideal_, un periodiquito... All desarrollaba
usted la misma tesis.

--Lleg usted  leer aquello?--pregunt entre receloso y halagado.

--En efecto: lo le. Es un artculo tranquilizador. Lo entend como
deben entenderse las lucubraciones que se confan al papel. Aunque no
soy escritor, s que en cuanto una idea sale de nosotros y cae sobre la
hoja, blanca, es como si se deja destapado un frasco de perfume: ctalo
desvirtuado... No creo en lo que se escribe.

--En lo que yo escribo, crea usted lo mismo que en lo que digo...

La amenaza del rival me arranc una sonrisa. Par la estocada,
murmurando negligentemente:

--En dichos creo menos an... Escribir, hablar, son las vlvulas por
donde desahogamos lo superfluo de la actividad del cerebro. Remedio
probado contra los impulsos absurdos que nos precipitan al disparate y 
la accin prohibida  criminal. El alma se liberta con rasguos y
palabras, con aire y papel. No soy nada amigo de mximas; pero reconozco
que del dicho al hecho... Fanfarroneamos hasta con nosotros mismos; nos
contamos mentiras, nos juramos que haramos esto y lo otro... y nada
hacemos, en puridad. Aire, ceniza de voluntades y deseos...

--No todos somos iguales, don Gaspar--recalc Sols--. Hay hombres en el
mundo que han nacido cmicos; que, no teniendo auditorio, se
representan comedias  s mismos. Hay tambin hombres--aadi con
glacial y cortante reticencia--que no pueden figurarse ciertos modos de
sentir,  porque su sentir es obtuso,  porque no lo afinaron las
desgracias, los conflictos, las tiranas de la vida... El dorado, que
encuentra todo preparado  su gusto, mesa puesta y alrededor de la mesa
una reunin divertida y amable, mujeres que le sonren, parsitos que
cantan su gloria... se qu sabe de lo que se puede llegar  soar para
sustituir con el sueo todo lo que nos ha negado la realidad? El nico
goce de dominacin del que ni posee riquezas ni poder ni amores... tiene
que ser se: extinguir...--No lo comprende usted?--aadi, envindome
la pregunta como un soplo de lo desconocido.

Resist su mirada y se la devolv saturada de menosprecio. Y no lo hice
por afectacin: era que, realmente, en aquel momento, le menospreciaba.
Su teora de que el abismo del alma se colma con riquezas, poder y amor,
era para m el ms mezquino de los dislates. Estaba, el supuesto
intelectual,  la altura de los pintorescos mendigos, ms alegres que
yo, cien veces ms dichosos,  quienes limosneamos el domingo y que me
creen monstruo de la fortuna porque tengo siempre mucho y bueno que
comer y en la faltriquera monedas que repartirles. Eres un mendiguillo,
Desiderio! Y todo por un pedazo de carne blanca, donde la naturaleza
incrust dos cuentas de vidrio azul y plant un matorral de hebras de
pelo color cerveza blonda!...

--_Father_--dice la voz pura--: mira, ha vuelto  saltar el pez...
Pscalo, di? Quiero verlo.

--Si lo pesco morir... Te gusta que muera?

--No... Pobre pescadito!... Morir no--declara el nene, y fija en m su
cndido mirar, asombrado de algo que no comprende.

Luego, asindose  mi mano, articula:

--_Father_, dime, anda... Qu es morir? El pescadito, si muere, cmo
quedar? Y su _father_, llorar por l, di?




XV


El da siguiente  la tarde en que pasamos este dilogo Sols y yo,
domingo era, y haba limosneo. Conservo y restauro esta costumbre,
procedente del tiempo de mis padres, no porque me parece caritativa,
sino nicamente por encontrarla esttica, complemento adecuado de la
torre de tostadas almenas picudas, intiles para la defensa, pero
bonitas sobre el celaje. Adems, el nio goza tanto con la
distribucin! razn babosa que ejerce sobre m suma fuerza.--Nos
sentbamos bajo el emparrado, entonces cubierto de pmpanos, entre los
cuales comenzaban  pintarse de un carmn claro an los racimos. Al
lado, la fuente gorgoriteaba su cancin montona y deleitosa. Frente 
nosotros, descubra la vista la extensin de la ra, espejeante,
rebrilladora, salpicada de espuma un momento por el brinco de un delfn,
 cortada por el vuelo airoso de una barca de pesca, tendida el ala de
su vela latina. Los puertecillos de la costa agrupaban diminutos, como
casas de juguete, su casero. Ola  helechos frescos,  madreselva y 
soplos de mar, que llegaban por bocanadas. Yo, cauto, me provistaba de
un frasquito primoroso de sal inglesa, por si los mendigos esparcan su
acostumbrado vaho  hormigas,  salmuera,  aguardiente de caa en
estmagos mal nutridos.

Presos los perros, irreconciliables enemigos de los pobres, presentaba
el mayordomo el cestn atestado de trozos de pantrigo--no de sobras, eso
lo prohiba yo, sino de mollete fresco--y de tortas de borona. A
Rafaeln se le entregaba un bolsn repleto de cobre. En mi bolsillo
danzaba plata menuda, para los casos de mayor simpata  capricho de la
criatura. Los pordioseros, segn orden que se les haba dado, aguardaban
formados en doble fila. Yo conoca ya  muchos de ellos; pero cada
domingo venan algunos nuevos, de otras parroquias, atrados por la fama
que cunda de mi liberalidad y buen corazn. Se respetaba jerarqua y
antigedad: los de la parroquia eran socorridos primero, luego los de
las circunvecinas, por orden de proximidad  Portodor. La expresin de
todas las caras,  de casi todas, es de jbilo y de una malicia humilde,
como la de los legos bobos que fan en Dios y chorrean esperanza. La
presencia de Rafaeln les saca de sus casillas, y ren ms, y exclaman
cosas ms chuscas y optimistas; vejezuelas desdentadas ren como nios
de pecho; vejezuelos reumticos, arrastrndose sostenidos en un palo,
ren plegando el rancio cuero de su cara de manzana tabardilla muy
madura; un lelo re de felicidad al tocarle la manecita del nene, y se
olvida de devorar el mendrugo; un ciego es el ms jovial, y se empea en
mosconear en la _zanfona_ y en dedicarnos coplas alusivas, aduladoras,
donde nos llama reyes.

--Peseta para el ciego, _father_!--suplica el pequen. Y all va la
peseta...

Una mujer flaca, que lacta  dos gemelos, es la nica que pone gesto
melanclico; pero al darle Rafael racin doble y peseta, ensarta
bendiciones y sonre, desenfurruada.--Un chiquillo de unos ocho aos se
adelanta con una esportilla, marmoneando no s qu.

--T quin eres? No te habamos visto.

La de los gemelitos explica:

--Es de Naimor... Es as, tiene la habla trabada... Pide para su abuela,
que est encamada con la _parals_...

Rafael, entonces, se adelanta, coge de la mano al chico, y
misteriosamente le entrega algo.

--Qu le das, Faeln? Si no te rio; si no te rio...

--Un bizcocho mo; es mo, es mo; que no lo quise con el topolate...--y
en la voz hay una entonacin de protesta.

--Bueno, querido... Traiga usted ms bizcochos--ordeno al mayordomo, que
extraa un poco la orden--. Vas  repartir t bizcochos ahora, cielo.

Enfaenado Rafael en distribuir el contenido de la bandeja, entre el coro
de Vivan cuanto deseen! Dios le guarde de una envidia! Dios le haga
santo! de los pordioseros engolosinados,--no advert que dos seoras
suban la cuesta que conduce desde el pueblo de Portodor  la torre.
Hasta el mismo instante en que desembocaron en el camino de serventa
que rodea la tapia del patio, tampoco era fcil verlas, porque los
viedos hojosos, los matorrales de zarza y saco, los brabdigos y los
altozanos del terreno lo impediran. Me levanto, me precipito, echo mano
al _canotier_... Son Camila y Trini, risueas, con sobrealiento, bajo
quitasoles de seda tornasolada.

Sin duda buscaban precisamente esto--cogerme desprevenido, en plena vida
libre--,  ver qu posicin adopto cuando estoy solo... La emboscada es
doblemente cautelosa, puesto que Camila, har una semana, me escriba
desde Madrid que Trini no acababa de decidirse  venir  las aguas de
San Roque, y que ms bien la vea inclinada  tomar el rumbo de
Alemania, detenindose una semana en Pars--. Es indudable el complot.
Qu importa? La visita me distrae...

Lanzo las inevitables exclamaciones de sorpresa...

--Qu es eso? Caemos mal, por casualidad?--pregunta Camila derrumbndose
en el pretil, porque viene que no puede ms de la subida--. Ya ves,
hemos seguido tus indicaciones; nos presentamos por la maana,  pedirte
de almorzar...

--Sentira mucho que le caussemos molestia...--murmura Trini,
confusa--. Camila me ha animado tanto... Me ha dicho que usted le haba
dicho en Madrid...

--Por Dios, Trini... No s cmo manifestar  usted que estoy
verdaderamente agradecido!.. Venga usted, venga  descansar un momento 
casa,  arreglarse; en fin,  lo que quieran... Pronto almorzaremos...
Miss Annie--ordeno  la inglesa, que acababa de presentarse,
sbitamente, de piqu verde claro, con una rosa lacre en el corpio--:
quiere usted hacerme el favor..? Estas seoras...

Y dndome cuenta del motivo porque la inglesa, con un molinillo dentro,
no se mueve, lleno la frmula:

--Miss Annie Dogson, la seorita que cuida del pequeo... Mi hermana...
la seorita de Dvila...

Si con afectacin se inclinaron las damas, con rgida tiesura cabece
Annie. Dijrase que una barrilla de hierro pasaba  lo largo de su
espinazo.

--Gracias, Gaspar--exclam Camila--; no nos hace falta arreglarnos por
ahora: el camino es corto; un cuarto de hora para cruzar la ra y una
hora de coche... El ratito de venir  pie es lo peor... pero no hay
tiempo de notar mucha fatiga; son diez minutos...

Desde que Trini haba llegado, no apartaba los ojos de Rafaeln. Le
miraba encantada, sorprendida, sin duda, de su belleza. De pronto, con
movimiento simptico, se baj y le tom en brazos.

--Es el nio! El nio!--repiti enfticamente--. Qu precioso! Parece un
angelito de los que se ven en los cuadros de Murillo... Pedirs  Dios
por don Gaspar, eh, nenito? Pdele mucho.

--No va  entender, Trini... Dgale usted que pida por _father_. Don
Gaspar es un personaje que para l no existe. Verdad, _baby_? Soy su
pap... en ingls.

Como la seorita se dispona  besarle en los carrillos, miss Annie se
interpuso rpida, dando una orden secatona:

--_Baby... shake hand._

Desiderio Sols, que bajaba la rampa emparrada que conduce desde la
cocina de Portador hasta el patio, se par en firme al ver  las
seoras. Hubo en su gesto algo de esquivez felina, si as puede decirse;
fu la retraccin de una alimaa sorprendida en su cueva. La cueva de
Sols, ya la conozco!: es la sombra madriguera de sus pensamientos
desesperados y ansiosos, entre los cuales se revuelve. En esa madriguera
me encuentra  m y me destroza  m; y se acenta la intensidad de mi
goce al desafiarle, y en un desenfrenado imaginar me figuro la pronta
supresin de la existencia que puede darme un loco lcido como ste, al
filo del cuchillo   la bala del revlver... Experimento una fruicin
de orgullo, ntima, deleitosa--y, encontrndome  la altura de un poeta
favorito, comprendo la gentileza del morir, y, sobre todo, la gentileza
de jugar con la sensacin del peligro oculto, inminente, como se juega
con un lindo kriss malayo de afiladsima hoja serpentina, envenenado con
zumo de euforbia. El atractivo de todos los seres que por un momento han
fijado mi atencin, solicitado mis sentidos, hasta buscado el camino de
mi corazn--Rita, Annie, Camila, Trini, el mismo Rafaeln--cede, se
eclipsa ante este amor antiguo como mi juventud, esta curiosidad y sed
del gran Secreto... Ya que no me decido  ir,  paso tranquilo, hacia
l, que venga l  m, sin las decadencias de la enfermedad, sin las
torturas de los padecimientos, sin los delirios de las fiebres y con el
hechizo peculiar del drama psicolgico... A que no es verdad, menguado
Sols? A que no te resuelves, una maana..? Yo te dar vapor,
pobrecillo celoso de la podredumbre, de la msera carne de la mujer. Te
estirar el cordel, te har tascar el freno en los pocos das que nos
restan de verano y de baos salobres. Y estoy de ello seguro: nada
ocurrir digno de referirse; tu amenaza tcita  explcita ser otro
poco de aire; no sabrs proporcionarte y disfrutar la sensacin suprema,
el trago de infernal ambrosa de suprimir con tus manos una existencia
humana... No sers t quien me haya asustado, profesorzuelo; no estn
nuestros espritus al par. Espera...

Y le llamo, complacindome en saber yo solo lo que tiene de
significativo el rostro descompuesto y demacrado, la chispa siniestra
del mirar de Sols. Tambin interpreto perfectamente la vislumbre de
satisfaccin que le causa la presencia de las dos seoras. La misma
sospecha que hace fruncir el rubio ceo  Annie, despeja momentneamente
la frente de Sols, que se acerca titubeando.

--El futuro ayo de Rafael, don Desiderio Sols... Mi hermana, etc...

Trini es la ms espontnea: le tiende la mano con afabilidad; l, entre
remiso y lisonjeado (no son sino sacos de vanidad estos aparentes
bohemios), la estrecha desmaadamente. Camila le mira, reprobando para
s las negligencias de su atavo y sus maneras hoscas, insociales.

Toda esta escena, ms breve que mi relato, se desarrolla entre el corro
de pordioseros, los cuales,  fuer de genuinos mendigos espaoles, se
interesan ms por lo que sucede  su alrededor que por su negocio de
pedigeera. Las mujeres, con la boca abierta, no se sacian de admirar
los trajes de batista floreada, los sombreros frondosos y botnicos de
las dos seoras. Una medalla de Juana de Arco, cercada de rubes
_calibrs_, que Trini ostenta al cuello, les arranca exclamaciones
admirativas y bendiciones desinteresadas. Trini, se apresura  registrar
su bolsa de malla de oro, y  distribuir el cambio que lleva. Luego,
acepta mi brazo para subir la rampa.

Desiderio Sols, despus de unos instantes de angustiosa vacilacin, se
resuelve  ofrecer el suyo  Camila. Ella hace que no ha visto la
actitud, y sube derecha, sola, prontamente, como quien conoce bien los
lugares donde se encuentra. Sols se encoge de hombros, creyendo que no
le veo, para fanfarronear con miss Annie, que acaba de dirigirle una
mirada irnica. Rafael nos precede corriendo, alborozado, guiando 
Trini, con la cual ha hecho migas; y, alzando cuanto puede su manita, le
cuenta cosas:

--Tengo un pero as de gande... Lo pendieron porque muede  los pobes...
Yo no quiero que los mueda...

Entramos en la sala de la torre. Camila se encarga de explicar  Trini
esas cosas que se explican siempre al que pisa una casa por primera vez.
Sobre el sof hay un retrato de mujer, con el pelo en moo de rizos, los
hombros cados, el corpio picudo de talle y el cuellecito blanco
vuelto, caractersticos de la moda de 1860.

--Cmo se te parece esta seora!--exclama Trini.

--No tiene nada de particular... Es mam--dice Camila.

La mirada de Trini pasa del retrato  la cara, no de Camila, sino ma.
Toma un pretexto para mirarme,--lo he notado.--Quizs esta mujer ha
pensado mucho en m  solas. Viene, me parece indudable, bajo el
influjo de una inquietud dolorosa respecto  miss Annie. Para Trini,
como para la muchedumbre, yo me entiendo con la nvea inglesa... Y
siento un chispazo de clera al reconocer que, una vez ms, el sentido
comn de las gentes no es tan vano y hueco como pensamos los soberbios,
que nos situamos fuera de la grey; porque, no hace veinte das, si me
dejo llevar del instinto...

Visitan la casa las seoras, gustosamente. Se detienen mucho en
recorrerla. Lo que las interesa, al parecer, es la distribucin de las
habitaciones. Camila lo revuelve todo, lo pescuda todo, con su ojeada
maliciosa, digna y escandalizada  la vez. El examen resulta
inquietante. Yo ocupo, en el segundo piso de la torre, un cuarto no muy
amplio; detrs de l, en otro ms chico, duerme Tadeo, mi ayuda de
cmara; y enfrente, dos habitaciones de dimensiones iguales, separadas
por un pasillo, corresponden  Rafael y miss Annie. El primer piso de la
torre queda reservado para un saln. Y al cuerpo de edificio, detrs del
despacho y comedor, est relegado Sols. De aqu, los espionajes
nocturnos. Le veo que observa  Camila y nota su actitud; dijrase que
los dos pensamientos, las dos sospechas, se encuentran, cruzan y abrazan
en el aire, como dos espadas desnudas. Al contacto de la sospecha de
Camila, la de Sols acaso se hace certidumbre.




XVI


Nos sentamos  almorzar. Camila, frente  m, preside. A su derecha,
Rafaeln. Sols, al otro lado. A mi derecha, Trini; la inglesa, en el
puesto inferior,  la izquierda.

Convencido como estoy de que la mayor parte de nuestros estados
psquicos, aunque jams carecern de razones de ser, las tienen
frecuentemente tan ocultas que ni nosotros mismos las traducimos y
analizamos, no he intentado explicarme por qu aquel almuerzo fu una
hora excepcional en mi vida; por qu, desde que Trini se coloc  mi
lado, comprend su deseo y su sinceridad, y present el desarrollo que
iban  tener los sucesos.

La mesa luca un adorno muy vulgar, pero encantador: canalitos de vidrio
liso llenos de agua en que refrescan flores y ramillas tiernas de
helecho. Eran como riachuelos dormidos sobre la blancura del mantel.
Dado que en Portodor andamos mal de jardinera, Tadeo se haba ingeniado
y trado del ro buena provisin de las umbelas rosa que huelen 
almendra amarga; y el ligero olor, avivado por el calor y la frescura,
me penetraba en el alma como un cuchillo de oro. El cocinero, aunque
careciendo, segn deca, de mil recursos que no faltan en Madrid, haba
sacado partido de la mariscada y pesca tan abundante en Portodor, y
desde las menudas anchoas hasta los filetes de lenguado  la Morny y el
rodaballo  la Teodora braseado al Champagne, el men, casi magro, era
para despertar el paladar del ms gastado gastrnomo. Trini, que
habitualmente come poco, animada por mis bromas y mis obsequios, estuvo
hasta glotona; dos veces se sirvi del rodaballo, ensalzndolo. Sols,
aliviado de su tortura al notar cmo yo atenda  Trini y cmo ella se
esponjaba dichosa, y un tanto excitado quizs por los excelentes vinos
que orden  Tadeo que sirviese, empez por destacar alguna frase y, al
fin, habl brillantemente, desplegando ingenio, conocimientos y buen
humor irnico, que descarg sobre el pueblecillo de Portodor, sus
notabilidades, sus festejos, su Casino, sus bellezas.--Trini se rea;
hasta Camila desfrunci el entrecejo, sonri, y dos  tres veces aprob.

Annie era la malhumorada silenciosa. A medida que adelantaba el
almuerzo, se acentuaba su hosca frialdad: con leves pretextos reprendi
speramente, en ingls,  Baby; el pequeuelo hizo un mohn llantero,
mimoso; Trini le ech un beso volado, le hizo un guio de inteligencia.
Los ojos azules, de claro doblete de zafir, se obscurecan, y los labios
bien cortados temblaban de ira al notar que el nio se entenda con otra
y que  esa otra yo le presentaba un fruto, le serva una salsa, le
pona vino en el vaso. Alegando que Baby no debe permanecer tanto tiempo
seguido en la mesa, levantse al servirse el asado intentando llevarse
al chiquitn; pero Trini intercedi:

--Miss Annie, por Dios! djenosle hoy, un da es un da. Rico, Faeln,
verdad que te quedas?

Entiendo: le hago un signo  la inglesa--nada ms que un signo, pero de
amo--, y no hay remedio, mi voluntad se impone; el aya, en seal de
protesta, se retira. Entonces el almuerzo se hace ms ntimo, ms
atractivo; Trini respira, libre de las ojeadas de cristal azul; Camila,
con toda su altivez, se encuentra tambin ms  sus anchas; Sols
especialmente se alegra; mi acto de energa le da  entender tantas
cosas! Radiante, salpicada de Champagne su nada tersa pechera, vuelve 
sostener la conversacin con un _esprit_ periodstico ameno y maligno 
la vez. Despus de un ditirambo al inflado javans con que termina el
delicado almuerzo, propongo ir  tomar el caf bajo el emparrado, en la
enorme mesa de piedra toda bordada de vegetaciones que el sol metaliza.
All nos sentamos... y yo no me miento nunca  m mismo! viendo  Trini
con Rafaeln en brazos, explicndole por qu una mosca se ha preso las
patas en el azcar de un platillo, lo cual el pequen celebra con risas
gorjeadas, con exclamaciones de asombro y gozo,--me encuentro
feliz!--El sortilegio del nio sobre la mujer acta visiblemente; el
grupo inefable, smbolo de la vida, se ha formado y estrechado al
influjo del aire, de la libertad, del alejamiento de las ciudades, de la
naturaleza, en fin. Mientras yo fumo mi cigarro, Trini juega con el
nio; juegan  partir pias y  descascarar piones, sirvindose de una
piedra, y las risas aumentan y el chiquitn toma confianza, y tiraniza 
Trini como me suele tiranizar  m, y la empieza  soltar letanas de
cario:

--Trini bonita, Trini buena, Trini de mi corazn...

Ella se anima, se entusiasma tambin. Pasamos las horas calurosas de la
tarde bajo el toldo de parra, oyendo surtir el agua, esa agua tan
fresca, tan leve, tan digestiva, que beb de nio con los carrillos
sofocados de correr. El dans, Vrtigo, sentado gravemente  mis pies,
abre por turno el ojo derecho y el izquierdo y estremece una oreja
cuando le importunan las moscas. El ambiente es pesado; pero  cada
minuto lo abanican brisas de mar. A eso de las cinco, al empezar 
aplacarse el calor, propongo que bajemos al pueblo, alquilemos un bote
y demos un paseo por la ra. Es muy probable que caigan algunos panchos.
Tadeo llevar anzuelos, cordel y el cesto para recoger lo que se pesque.
La proposicin es acogida con transportes de jbilo por el nio, con
satisfaccin por las seoras. Invito  Sols, que rehusa, y no invito 
miss Annie: acabamos de verla pasar all  lo lejos por la carretera que
atraviesa la parte baja de la posesin, cabalgando en su bicicleta, muy
bien ensiluetada, muy airosa, muy decidida.

Vamos, pues, en familia, sin mercenarios de lujo. Desatraca el bote.
Sardiete, el marinero, rema despacio, de un modo insensible; su hijo,
un rapazuelo de unos quince aos, coge la caa del timn. Nosotros
echamos la _lia_ y esperamos que el pez pique. Trini ayuda y aconseja 
Rafaeln; le ensea  tener la cuerda quieta y  dejarla flotar segn el
derive, casi imperceptible, del bote. Trini, en toda esta jornada, se
muestra maosa, til, viva. Al sentir el primer tirn, el chico pega un
grito de alegra nerviosa, tan penetrante, que el pez se asusta 
intenta huir, y no lo consigue, porque ya est enganchado. A la luz del
sol poniente vemos encorvarse y palpitar su cuerpo de plata, y,
arrancndolo del anzuelo, se lo entregamos  Rafaeln. La criatura coge
el pececillo; pero, al notar su agona, la gota de sangre que mancha sus
agallas, qudase un momento pensativo, y despus rompe  llorar,
escondiendo su preciosa cara en el seno de Trini, que le cubre de
caricias.

--No se pesca ms, rico--dice sta--. Se acab la pesca por hoy. Vers;
 este pescadito le volvemos al agua y se pone tan contento y se va
junto  sus hermanitos,  contarles que por poco nos le comemos frito
esta noche.

--No mere el pescado?--pregunta, entre sus lgrimas, Rafael.

--No mere, vidita, no mere: ahora rompe  correr tan contento, y va 
tomar caf con sus amigos, y  fumar, como tu _father_.

La risa sucede  las lgrimas. Por debajo del agua transparente, el nio
ve desaparecer el cuerpo del pez, en relampagueante fuga.

Se recogen los avos de pesca. Rafael es el que manda! Mi alma flota,
se disuelve en la placidez infinita de la hora moribunda. Hace bochorno;
no corre un soplo de viento. El sol, all en la lnea del horizonte,
desciende abrasado al fondo del agua obscura. Cae la noche, y apenas
desaparece el astro, surge claridad, no de la luna, que no se deja ver,
ni de las estrellas, altas y diamantinas, sino de la misma sbana del
agua, que se enciende en hervor nupcial, como inmensa lucirnaga.
Resplandores glaucos parecen venir del fondo de las olas, permitiendo
ver las miriadas de peces que cruzan sus profundidades y que son como
remolinos de prolongadas hojas de estao, arrastrados por una corriente
de esmeralda plida, derretida. El remo abre surcos de lumbre
fosforescente y al subir derrama cascadillas de gotas luminosas. El
plido incendio nos alumbra con reflejos fantsticos de linterna
chinesca. El nio pregunta, y le explico el fenmeno como puedo. Estoy
cerca de Trini, y siento, en aquella noche de verano, en que arde hasta
el agua, su atractivo; pero estoy seguro de que no se trata de un
estmulo material, de que es la criatura quien vuelve  llevarme hacia
el hogar, hacia la paz, hacia la aceptacin de la existencia completa,
vivida y transmitida  otros...

Camila nos da el alto: tienen que volverse al balneario; la excursin
exige hora y media lo menos, cundo llegarn, y qu pensarn de ellas
los dems baistas?

Trini, suspirando, exclama:

--Qu lstima! Qu buen da se ha pasado!

Saltamos en la playa, y ofrezco otra vez el brazo  Trini para llevarla
hasta el coche, que ya las espera al extremo del muelle. Es un breve
momento de soledad y de confianza. Camila se queda atrs,  propsito,
entreteniendo al nio, ensendole las redes de pesca que negrean sobre
el blanco arenal.

--Gaspar--murmura Trini con voz temblona; y noto el golpeteo de su
corazn contra mi brazo derecho--: tiene usted un nio que es un
hechizo. Me voy prendada de l.

--Lo quiere usted  su lado siempre, Trini?--respondo, en un arranque
violento y espontneo--. Ya sabe usted que se lo haba ofrecido...

--Eso fu un da... Ahora... usted... ya... Y yo, entonces, no haba
visto al pequeo...

--Ahora, igual... si usted...--Y estrecho el brazo; y el brazo contesta
 mi presin con otra muy ligera, pero sensible... La respuesta del
brazo es definitiva.

--Hemos quedado--advierto  Camila--en que volveris  pasar aqu el da
del jueves. Ir  esperaros en el desembarcadero. Y antes, es probable
que me aparezca en San Roque...




XVII


Y apenas se aleja, con ruido apagado de rodadas, el coche que lleva 
las dos seoras, entrego  Tadeo la criatura soolienta, para que la
suba en brazos  la Torre, hago una sea  los marineros y vuelvo 
saltar en el bote.

--Caradnde, seorito?..

--Adonde queris... Un paseo.

Escupen en las manos y vuelven  empuar remos y gobernalle.
Pausadamente, la barca corta la sbana de lumbre plida y verdosa...
Caigo en pleno ensueo. Por ltima vez-- m mismo me empeo la
palabra--me entrego  esas conversaciones interiores, en que dialoga mi
doble yo. Por ltima vez fumo opio... Dejo colgar el brazo sobre la
borda, y al rozar el agua parece mi derecha baada en un livor
sobrenatural; la estela del barco es un trazo prolongado de lumbre, como
el rastro de un cometa en el firmamento. Es preciso que yo diga adis 
los antiguos fantasmas, mis perseguidores, mis ttricos amigos; es
preciso que salga de mi espelunca, y no vuelva ms  ella; tengo que
transmigrar y encarnarme en esposo, en ciudadano.

El agua se engalana como para un funeral con esta luz mortuoria, que me
recuerda la tez de espectro de Rita Quiones; y de entre las praderas
de algas, donde ondulan vegetaciones de pesadilla, una forma se alza,
semejante  una de esas vislumbres que tiemblan al movimiento de las
mltiples capas de agua, y cuyas lneas se disuelven, entre las gasas
trmulas y fingidas, velo de los abismos. El que ve surgir una de esas
apariciones inciertas y borrosas, hijas del consorcio de la fantasa con
lo real, nunca deja de atribuir  la visin forma femenina. Cree
discernir, fugitivos en su diseo, los brazos que han de enlazarle, el
cabello donde se ha de enredar, la boca que ha de envenenar la suya, el
flexuoso torso que se pegar  su pecho. La mayora de los hombres hacen
surgir de la obscura profundidad el amor. Mi visin, confusamente
alumbrada por la fosforescencia de las ondas, es de muerte, y su boca,
al acercarse  mi boca, la cuajara en eterno hielo...

El cuerpo de mi sirena no es blanco, su pelo no es rubio: tiene su forma
lo indeterminado de los senos sombros de donde sale, y su melena se
parece  la inextricable maraa de las algas, suspensas, enredadas y
penetradas por esta luz lquida. Creo verla ascender despacio, vida y
amenazadora, como si me dijese: Eres mo, no me huyas...

--No soy tuyo--protest--. Puedo huir. Me basta con desearlo. He jugado
contigo  un juego peligroso: basta ya. Quiero vivir. Vete...

No se iba. Agarrada  la borda con sus manos de sombra, fijaba en m los
mismos ojos magnetizadores que haba fijado desde el fondo del ro. Y me
llamaba, me llamaba... Un sudor de angustia humedeci mis sienes, y,
por un hbito pueril, por uno de esos gestos maquinales que se han
hecho en la niez y que sobreviven  todos los procesos analticos,
demoledores, de la edad madura--baj dos dedos, alc otros dos y trac
sobre mi frente la seal de la cruz...

En el mismo instante el agua palideci; sus reconditeces se velaron, y
como se extingue una bengala de teatro, se extingui la fosforescencia,
dejando el agua incolora, tranquila, en la densa cerrazn de la noche.

--Se apaga el agua as de pronto?--pregunt  los marineros.

--S, seor... Siempre pasa as en Agosto. Dura muy poco la clarid. Aun
hoy dur ms que otras veces.

--Vamos al muelle--orden, como avergonzado de mi impresin y temeroso
de que me la conociesen; avergonzado del sentimiento, hasta en presencia
de tan nfimo auditorio.

Salto  tierra. Emprendo la caminata  la Torre de Portodor, cuyas
iluminadas ventanas veo desde el muelle lucir como un faro. Voy
determinado  desenredar mi espritu de los laberintos en que me he
perdido siempre. Ahora creo discernirlo con lucidez total: estaba
enfermo del alma, y es la salud lo que han de darme las dos supremas
representaciones de la existencia: el Nio y la Mujer. El reto que
acept era insensato y absurdo, como era nefando y monstruoso el amor
que me haba inspirado la Guadaadora. Cuando yo provocaba y exasperaba
 Sols, la buscaba indirectamente  _ella_; glosaba una cuarteta
conceptuosa que me embruja la imaginacin:

      Ven, muerte, tan escondida
    que no te sienta venir,
    porque el placer de morir
    no me vuelva  dar la vida...

Subiendo por el sendero campestre donde, entre el olor recio del mar,
flota el almizclado vaho de esos escarabajos negros, enormes, llamados
en el pas vacas de San Antonio, formo mi plan. Maana mismo, llamar
 miss Annie, la dar rendidas gracias por sus servicios, la har
generoso regalo y la enviar  Vigo, en un buen coche. A Desiderio Sols
le enterar de que mi matrimonio es cosa acordada; le ofrecer un
sueldo no despreciable en concepto de administrador y secretario, y le
advertir que estos cargos los puede desempear fuera de mi casa, y que
as lo deseo. Y aadir todo lo que baste  curar los escozores de sus
dudas y convertirle en amigo mo, al menos en indiferente. Y despus...
Ya veremos: ante todo, conjurar este peligro; salir de esta situacin
anmala en que me he puesto voluntariamente, jugando con mi propio
destino, por una caprichosa fantasa de poeta--s, ahora entiendo la
verdad: yo soy un poeta loco,  quien las herencias de melancola de las
edades dramticas y de los antecesores desdichados, haban llevado 
desear el aniquilamiento... Penetrado de esa curiosidad palpitante que
da fiebre  las novias la vspera de sus bodas, yo esperaba ansioso,
estremecido, lo que iba  ser de m en poder de una fiera por m mismo
azuzada y desencadenada. Me haba complacido en crear eso que llamamos
fatalidad, con la substancia de mis deseos, mis orgullos y mis antojos.
Quizs la fatalidad no existe, si nosotros no la fabricamos. En esta
hora de sana voluntad me parece todo el giro de mi suerte es mi obra.
Soy yo quien ha soltado en mi propia casa al tigre de los celos, y le he
visto avanzar exhalando su ronco rugido, y en vez de enjaularlo, me he
complacido en admirar su manchada piel... Ahora entiendo cunto dao
pude hacer, no slo  m, sino  todos. Destejamos la infernal tela;
aprisa, borremos la huella de nuestros pasos, pisando al revs.

Mi proyecto era conferenciar aquella misma noche con Sols, dejando para
el da siguiente la entrevista con miss Annie. Al llegar  la Torre,
supe que el profesor, algo indispuesto, se haba acostado, y que la
institutriz tampoco bajara  cenar, por sufrir una jaqueca muy fuerte.
A otro perro con ese hueso: bien adivin lo que ocurra. Sols y ella se
haban peleado; ella trepidaba de despecho y clera de haber sido
excluda, suplantada. Me encog de hombros. Maana las siluetas de estos
dos seres, en mi espritu, quedarn borradas de la pizarra con una
esponja...

Cen gratamente, abierta la ventana, por la cual entraban la lejana y
la calma de la noche. Terminada la cena me levant, y me puse de codos
en el antepecho  respirar. Recordaba que en otras pocas me haba
acodado as, para contemplar las tempestades, que son en Portodor
magnficas  imponentes. Caen rayos  centenares, zigzagueando sobre el
mar; un espectculo sublime. Ahora no se mova una hoja; algo de
neblina, presagio de calor, empezaba  alzarse. Yo senta ese temblor
secreto, ese comienzo de embriaguez que causa todo cambio en nuestro
destino. Me esforc en pensar en Trini,--pero la Seca todava quiso
interponerse. Te he vencido--murmuraba yo... Y me rea de la derrota de
la muy coqueta, que me trae al retortero desde tantos aos hace, sin
realizar nunca sus promesas de darme el olvido y el descanso...

Seran las diez y media cuando sub  mi cuarto, no sin decir  Tadeo
que no le necesitaba. El servidor se qued abajo, trajinando,
recogiendo. El silencio era total: no se escuchaban ni ladridos de
canes, ni flauteos de sapos. Entr en mi dormitorio y cerr, sin echar
la llave. Sonaron unas pisadas ligeras en el pasillo, y antes de que
hubiese tenido tiempo de dar vuelta al grifo del lavabo, sent que
llamaban  mi puerta unos dedos sonoros, de metal. Acud  abrir, y me
qued perplejo, pero no sorprendido, al encararme con miss Annie. La
inglesa vena muy guapa, es justo reconocerlo; su pelo de luz, sencilla
y hbilmente recogido, y su traje de lin gris, de corte original,
exageraban su aire pudibundo y prerrafaelista; era una deslumbradora
_girl_ de cromo, de esas en cuya cara la rosa se disuelve en leche y el
carmn se afina con transparencias de cristal. Ola bien--sin duda
usufructa los perfumes de Rafaeln--y, en suma, llegaba  tiempo, si no
se interpusiese entre ella y yo algo nuevo que se haba apoderado de m.

Entr con marcialidad, derecha y seria, y ya dentro, di vuelta  la
llave.

--No conviene que nadie nos interrumpa--dijo autoritariamente.

Me qued mirndola, silencioso, sin protestar. A ver por dnde
descargaba el nublado? Y ella, acercndose con desdn, y trepidando de
clera y soberbia, profiri, en el buen espaol que gasta, slo
extranjerizado por el acento:

--Es preciso que hablemos claro, don Gaspar. Conmigo no se juega.
Reclamo una contestacin categrica. La seorita Trini, es  no es
novia de usted?

Sonre, ofrec con el gesto un asiento en mi mejor butaca  la quejosa,
y contest al desgaire, graduando el efecto de mi respuesta, para que
molestase ms:

--Naturalmente que esa seorita es mi novia. Pronto nos casaremos. No
se lo haba dicho ya? Qu distrado soy! Disclpeme, miss Annie.

Un momento permaneci estupefacta la inglesa. No quera fiarse de sus
odos ni de sus ojos; no porque fuese inverosmil que yo tuviese novia,
sino porque era humillante que se lo notificase as. Las naturalezas
orgullosas se resisten  admitir la realidad de lo que las rebaja; el
primer movimiento de la altanera ofendida no es la indignacin; es la
sorpresa. En aquella modesta institutriz era altanera la raza, la
civilizacin de presa y de fuerza de donde proceda; era altanera su
conviccin de que  la mujer se la debe lealtad. Cerca de medio minuto
tard en recobrar, no la palabra, sino la accin. Eso s, la accin la
recobr por entero, sbitamente. Avanz sobre m, y su vigorosa palma de
jugadora de _tennis_ y ciclista, huesuda bajo la morbidez, cay sobre mi
mejilla, respondiendo al claqueo de la bofetada un dolor vivo, un
escozor violento, un desquicie de dentadura, una serie de sensaciones
que todas actan sobre lo puramente animal de nuestro organismo,
provocando en los hombres de baja educacin el ejercicio del palo y del
puo, y en un hombre ms culto, otra reaccin diferente... Porque no s
yo quin ser el varn resignado  quedarse en situacin tan ridcula
como la de verse abofeteado, y no con blandura, por una mujer,  puerta
cerrada, de noche, y cuando, anteriormente, esa mujer ha depositado en
sus sentidos un germen de impureza y de miseria fisiolgica. Ciego y
disparado, aprovech, pues, el momento en que miss Annie, todava
amenazadora, permaneca inmvil,--y la enlac y envolv y ahogu entre
las elsticas serpientes de mis brazos, riendo  carcajadas, con risa
nerviosa producida por la excitacin que el golpe me causaba. La defensa
encarnizada de la mujer recrudeci mi repentina barbarie; y cuando digo
la ma, digo mal; la de aquel que no era yo, , al menos, no era mi yo
humano y consciente, sino uno de los varios hombres que hay en cada
hombre, que cometen lo que aborrecen y se preguntan despus: Pero cmo
he podido? Cmo me he dejado llevar de tal locura?.. sin encontrar
respuesta.

Ella, al pronto, hera, pegaba, morda, usaba de sus uas, de sus
dientes, de sus pies; pero yo, nervioso, frentico, luchaba sin sentir
los golpes, y la sujetaba  inutilizaba su defensa. Cuando arranqu un
jirn de la tela sutil de su corpio y vi la blancura de su piel, me
ofusqu del todo. Qu ms? El resto fu para ella el ultraje, para m
el pecado--ese pecado hermano de la muerte; el pecado que nos acecha en
cada latido de la sangre y en cada anhelo de la respiracin. La vi
desplomada, sollozando con angustia infantil; despus la vi erguirse,
desmelenada y echando espuma, epilptica. No supe qu decirla: me
encontraba sin cerebro. Me limit  dar vuelta  la llave--ella no
acertaba--para que saliese. La mirada que me ech no fu ya de
reprobacin ni de furor: fu esa ojeada de la alimaa atrapada en el
lazo, herida, sangrante, y que recoge para la ltima dentellada lo que
le queda de fuerza vital. Si existiese en la mirada el poder que algunos
antiguos autores le atribuyeron, yo me hubiese cado all mismo redondo,
 los pies de la msera mujer  quien acababa de robar su nica
hacienda, su nica prez,--ms que la vida...

--Annie...--tartamude.--Annie... Oiga...

Ella segua mirndome terrible. Sus labios se agitaban sin articular
palabras. Con mano insegura arreglaba su peinado, juntaba maquinalmente
los trozos desgarrados de su ropa. Lo incorrecto la dola tanto como lo
impuro. Se volvi un momento, y desde el umbral me escupi, en ingls,
la injuria despreciativa; algo equivalente 

--Pillastre!




XVIII


Tadeo se present  los tres minutos. Vena azorado: sin duda haba odo
desde abajo gritos roncos, ruidos de lucha.

--Quiere algo el seor? Me pareca...

--Nada... Vyase usted...

Se fu, sin convencerse. Las caras diplomticas de los criados qu
expresivas son!--Me acost y no pude dormir. Un devaneo de insensatez se
apoder de m. Me senta envuelto en lodo, hecho de lodo, y lo peor era
que el lodo que me formaba discurra y se juzgaba  s mismo, y se
encontraba doblemente lodo, no tanto por el delito perpetrado, como por
lo instintivo, lo vulgar del delito--mero impulso--y por haberlo
cometido en perjuicio propio. Escoger para la inicua barbaridad la
misma noche en que, del mar apacible y desembrujado, de los setos y
matorrales enflorecidos, de la risa de un nio, de la ternura maternal
de una mujer, haba nacido para m el porvenir, la aceptacin de mi
suerte, mi reconciliacin con el mundo! Las hieles del mal me tieron de
negro el corazn; la roezn del gusano infatigable que me devora desde
la niez se hizo insufrible; crea ver su cuerpo anillado, blanducho y
sus mandbulas crneas, en movimiento. Al levantarme, en la luna de mi
armario me encontr caduco, deshecho, agobiado, maduro para morir.

Morir, s... Quin ha pensado en otra cosa? Es lo nico que puede
realizar mi destino, lo nico que colmar de una vez mis afanes
infinitos, mis nostalgias sin forma y sin nombre. Ayer era casi dichoso.
Ah! Una sola noche sin dormir, cmo modifica nuestro concepto de la
existencia! Por un sueo tranquilo, total, cambiaramos todo el oropel,
toda la farsa, todo lo que es ms sueo que el sueo... Y pensar que
tenemos el sueo dulce, constante, igual, eterno, en nuestras manos, y
que titubeamos en cerrar los ojos, en revolvernos preparndonos al
delicioso letargo; en extendernos cmodamente antes de perder de un modo
insensible, sin notar el momento de la transicin, la amarga conciencia
de nuestro existir! Dada la media vuelta, adis contrariedades... Miedo?
Aprensin del dolor? Si tengo frialdad para prepararlo todo bien,
lograr lo que en el sueo fisiolgico: no me dar cuenta del paso de
_esto_  _aquello_... Apenas un estremecimiento, una convulsin
instantnea, un gemido, un esguince... Y despus... la nada... S;
incrstese bien en mi cerebro lancinado la idea: _nada_. En la sima,
nicamente hallar tinieblas, limbos, lo vago, lo catico de la
desintegracin de mis elementos, asociados para sufrir...

Me levanto pensando en lo que me he propuesto. No tengas celos t, mi
antigua amada; te he sido infiel, pero ya vuelvo  ti. Esprame, que
tardar poco.

Tadeo entra  servirme el desayuno. Viene inquieto, enigmtico. Su cara
acartonada de criado de alta sociedad y alto salario le vende un
instante, cuando distingue, al pie de la butaca que yo haba brindado 
Annie, una horquilla de celuloide con chispas de estrs. La recoge y,
respetuoso, la coloca sobre mi mesa de tocador.

--Se ha levantado ya miss Annie?--pregunto, dominando la ronquera que
producen las emociones.

--Miss Annie! Seorito, cunto har que se ha levantado, que hizo su
bal y sali hacia el pueblo! Dice que se marcha  Vigo en el primer
coche, el de medioda. Y la acompa don Desiderio; ella le avis; le
mand recado, tempranito. El seor dir cmo se ha de hacer con el nio
y quin le va  cuidar.

El nio..! Mi _hijo_... el _hijo_ de mi voluntad, de mi aspiracin, de
mi cario espiritualizado, superior al instinto... Y yo que no pensaba
en l!

--All voy ahora mismo--dije precipitando el cepillado de mi pelo y
rechazando el chocolate.

Al nio--cuenta ma es--hay que dejarle bien acomodado, bien seguro en
la tierra... No se lo legar  Camila, sino  Trini, ya que un momento
ha parecido tener entraas para l... Si es preciso, me unir  Trini en
matrimonio, y al regresar de la iglesia... Quizs esto sea lo mejor. Ea!
 poner en prctica lo decidido... Cuanto antes. Hoy mismo ir al
balneario. Si Trini accediese, antes de una semana... Fingir
impaciencias de hombre sbitamente entusiasmado y que quiere lograr
pronto su deseo, temeroso de que, al correr el tiempo, el deseo se
gaste... Engaar  Camila, que me ayudar ignorando mis verdaderos
fines... Sern estos planes el disfraz de una cobarda ante el acto
supremo? No; es lo contrario; es que el acto no ser en m fruto de un
arrebato, sino cristalizacin de aspiraciones y tendencias continuas,
contra las cuales ya no tengo defensa. Bien me he resistido... Ya no
batallo. Seca ma, venciste. Te llevo en la masa de la sangre. Abre tu
tlamo fro...

       *       *       *       *       *

Han transcurrido pocas horas desde que as pensaba... y en ellas cupo el
suceso ms espantoso... No s cmo decrmelo  m mismo, en mi
autoconfesin... Y el suceso es lo de menos; nunca un suceso vale
nada... Los efectos del suceso en m... Soy _otro_--y de esta vez, soy
otro para siempre...

Cmo se ha inmutado mi ser? He aqu la que no comprendo, lo que me
confunde, y al mismo tiempo me inunda de dolor y de felicidad... No
acierto, ni quiero, con el anlisis de este sentir. Dos fuentes son mis
ojos, y el manantial est tan adentro... tan adentro..! y se encontraba
tan cerrado, tan intacto... que de fijo no lo agotar nunca...

Reconstruyo la escena  esta hora avanzada de la noche, entre la
majestad del silencio, con la ventana abierta, al chisporroteo de las
velas encendidas, hallndome libre de la sociedad humana, solo y
acompaado... Basta! Tengo que escucharme  m propio, tengo que intimar
conmigo... tengo que persuadirme de esta maravilla que en m
resplandece. En m! Y qu puede importarme sino lo que es en m? En m
mismo es donde todo sucede para m, aunque lo produzca algo que no soy
yo...

A ver..? Las once de la maana seran cuando Sols regres de Portodor,
habiendo dejado  Annie en el coche de Vigo. Desde la estrecha terraza
que sombrea el emparrado, y en que yo estaba sentado madurando mis
proyectos, con el nio--el nio!--jugando  mis pies, vi distintamente
al profesor asomar y esconderse reiteradamente, segn le cubra  no el
follaje de los robles  el matorral de zarzales. Aun cuando su faz, 
causa de la distancia, no era sino una mancha blanquecina, se adverta
en esa mancha algo desusado, y en el andar, lo mismo. Sin embargo, no
vena lo que suele entenderse por descompuesto, y era doblemente
aterrador notar cmo la resolucin comunicaba no s qu de automtico 
su andar, y, cuando se hubo aproximado, cmo su rostro, del color
enfermizo de la arcilla blanca y seca, se haba crispado y metalizado.
Sus ojos, sangrientos, despedan un brillo de piedra preciosa, como el
de las pupilas de los felinos. Era la salvajina que ventea el momento de
saltar y destruir.

Lleg ante m, se par en seco, sin hacer, ni por cortesa, la
indicacin de saludarme--y desliz la mano derecha en el bolsillo de su
cazadora. Los artificiosos convencionalismos del respeto, la mentira
social, haban desaparecido. Ni l era el asalariado, ni yo el
protector. Nos igualaba una situacin dramtica, anterior, en la
historia de la humanidad,  salarios, contratos y servidumbres.

--Ya supondr usted  lo que vengo--profiri, apretando los dientes.

--S, me lo figuro--respond desdeoso--. Ha hablado usted con Annie y
trae el propsito de matarme. Falta--aad, cediendo  mi espritu de
altivez sentimental--que tenga usted valor para ello.

--Valor me sobra; pero... no soy un asesino. Vaya usted por su revlver
y vngase conmigo ah, al bosque, detrs de la piedra de la Moura,  que
arreglemos este asunto.

--Lo puede usted arreglar ms fcilmente sin eso. No pienso
defenderme--contest con la mayor sinceridad; era, en efecto, mi
propsito: _ella_ vena  m... y yo, cansado y anheloso  la vez, abra
los brazos para recibirla y para estrecharla...

--Se defender usted, cobarde, mal caballero, villano--grit Sols,
aadiendo algunas de esas interjecciones y calificaciones lupanarias con
las cuales la estupidez cree reforzar el alcance y sentido de la
injuria--. Se defender usted, porque le voy  dar un bofetn en el otro
carrillo, en el que no tiene usted hinchado de mano de mujer.

Y su puo se tendi como una palanca de hierro, y me hiri brutalmente,
en pleno rostro. Asomaron  mi nariz gotas de sangre, que salpicaron mi
pechera,--y entonces o el llanto desconsolado de Rafaeln, que
chillaba:

--_Father! Father!_

No hice caso de la afliccin de aquel cario inocente... No hice caso.
El negro velo en que _ella_ se envuelve flotaba ante mis ojos. Lo haba
olvidado todo, todo, menos que iba  encontrarme con la maga de mis
ensueos; que iba  dormir, saturado de ludano, en su fresco regazo de
sombra. Sacud la cabeza; hice un gesto de indiferencia y perdn, y
mirando  Sols, cuya cara era la de un precito revolvindose entre el
fuego que le calcina, exclam:

--No me defiendo. Haga usted lo que quiera. Pago mi deuda... Le
agradecer que despache pronto.

--Lo que quiera, eh?--repiti l con atroz irona.--Pues ya que se
empea usted...--Y enviando otra vez la mano al bolsillo, sac el
revlver. Vi el reflejo del sol en el can y, al mismo tiempo, sent
que me besaban ardientemente unos labios suaves. Sols dispar dos
veces... Cmo sucedi lo que sucedi? Hay acontecimientos sin fcil
explicacin para quien en ellos interviene. Hay un instante en que las
cosas pasan como quieren pasar, sin que, arrastrados por el torrente de
los hechos, podamos intervenir, ni comprender siquiera.--Preciso es
suponer que, al apuntar Sols,  yo me desvi involuntariamente,
rehuyendo lo que deseaba, temiendo el instinto lo que buscaba la mente,
 el pulso del homicida vacil, hacindole torcer la puntera la misma
furia de su alma. Ello es que, despus de las dos detonaciones, yo me
sent ileso--y vi  Sols hacer un gesto y lanzar una exclamacin de
horror, correr un instante como si le persiguiesen, volverse, meterse
el can del arma dentro de la boca y caer hacia adelante, extendido,
como un pelele que se sale fuera de la manta. Y,  mis pies, yaca el
nio--un nio distinto de Rafaeln, porque era de cera, un nio como el
que yo haba visto en mi sueo macabro la ltima noche que vel  la
madre...

--Hijo mo!--grit desde el fondo de mi espritu--. Hijo, nene, mi
tesoro! Socorro! Socorro! Tadeo! Tadeo! Vengan, acudan... Muerto, muerto
mi nio...

Y le estrechaba, y le besaba, y las lgrimas--para m
desconocidas--afluyeron, como afluyen ahora, ahora que velo al santito,
tendido sobre una colcha de seda azul, cubierto de flores y ms creo,
ms blanco que nunca... Dispararon sobre m, y cay Rafael! No tiene
sino una esplicacin el caso horrible... La criatura, al ver que me
hera en la cara el puo de Sols, corri hacia m llorando; y no
pudiendo alcanzarme para besarme, hizo lo que otras veces: subi medio 
gatas por el declive de la rampa de piedra que orilla la terraza, rampa
en que yo estaba apoyado, y se puso  mi altura, hasta llegar  mi
rostro. Los dos proyectiles fueron para l: uno le alcanz en el brazo
que levantaba; otro, por el sobaco, penetr en el pulmn, abrasndolo
instantneamente...

He conservado  la vctima todo el da en mis brazos. No me saciaba de
mirarle. Apenas he respondido  los interrogatorios,  las
chinchorreras de la justicia humana, que empiezan  caer sobre m. He
dado dinero, he sembrado billetes, para que se me deje en libertad
provisional y con el cuerpo de Rafael. En mis declaraciones he tratado
de salvar  todos;  miss Annie, la instigadora, para que no se la
persiga;  Sols, para que no se infame su recuerdo. He ordenado que se
le hagan toda especie de honores pstumos--y no he querido ver su
cadver, que se han llevado para las necesarias diligencias. A m, que
me permitan estar con mi nio, el que di por m su vida, sellando el
sacrificio con un beso celeste...

Qu me dices, nio de mejillas blancas? Qu me sugieren tus labios de
rosa tronchada, y tus ojos vidriados, y tu sonrisa graciosa, y tu
aspecto de Jess durmiente sobre la cruz de su martirio? Qu efluvios
me vienen de ti? Qu siento, qu pienso, qu quiero, en esta velada en
que no reposar, por hacerte compaa hasta el ltimo momento en que tu
frgil forma vuelva  la tierra?

He aqu lo que me murmur tu boca helada; el aire que me trajeron tus
alas invisibles:

Se me figura que mi corazn, aquel corazn hastiado, recocido en todos
los amargores de mi siglo, curtido en egosmo, me lo han sacado del
pecho. Fuiste t quien me lo arrancaste de all, con tus deditos
hoyosos, cortos, menudos; me lo quitaste como se quita un insecto
venenoso de la ropa de un ser querido, para que no le muerda, ni le d
grima, y lo sacudiste y lo aplastaste, y en el sitio de aquel corazn de
cordobn, me pusiste uno de carne humana, reblandecido en llanto,
confitado en humildad, transverberado por la herida del
arrepentimiento...

Ser verdad? Corazn, respndeme. Eres t el desesperado que andaba
perdido de amor romntico por la Seca, y corra tras ella, con
perversin de potencias y sentidos?

No; aqul no eres. Aqul era viejo, y se habr deshecho en ceniza. He
aqu que tengo un corazn virgen, joven, sangrante, limpio como una
hostia. Un corazn que se ha curado de las aberraciones de la muerte y
tambin de las concupiscencias de la vida. Un corazn resignado,
apiadado, leal, que slo desea expiar y arrodillarse para que lo
levanten del suelo, , si no merece tanto, lo dejen en l...

He aqu que me complazco en postrarme, quebrantada la dura cerviz de mi
soberbia, asqueado de mi sensualidad, avergonzado de mi dureza, fuera
del laberinto de complicaciones miserables en que se perdi mi
espritu... He aqu que me siento sencillo, pequeo, bienaventurado...

En esta noche decisiva, me veo claramente, veo el horror de lo que fu;
veo mi gangrena y mi laceria, ocultas bajo apariencias de elegancia
moral; veo en m, en el yo de antes, al loco satnico, perverso, al
sembrador de odio, al jardinero que cultiva dolores, al vaniloquio que
se alzaba ms arriba de sus hermanos y compaeros en el breve
trnsito... Y me pesa, me pesa, me pesa tres veces, y mis lgrimas lo
repiten, cayendo como perlas de mansedumbre, sobre la ropa y el cuerpo
del Nio que hizo el milagro en m.

A cada lgrima, la Seca se aleja un paso: sus canillas suenan ms
apagadamente en los peldaos de la escalera... La Negra se marcha
escoltada por su paje rojo, el Pecado; derrotada, destronada...
impotente...

       *       *       *       *       *

Oh T,  quien he ofendido tanto! Dispn de m: vivir como ordenes, y
me llamaras cuando te plazca... Pero no me abandones! Tu presencia es ya
Tu perdn...







End of the Project Gutenberg EBook of La Sirena Negra, by Emilia Pardo Bazn

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA SIRENA NEGRA ***

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