The Project Gutenberg EBook of La alhambra; leyendas rabes, by 
Manuel Fernndez y Gonzlez

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Title: La alhambra; leyendas rabes

Author: Manuel Fernndez y Gonzlez

Release Date: August 10, 2015 [EBook #49660]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ALHAMBRA; LEYENDAS RABES ***




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[imagen]

[imagen no disponible: Man.^{l} Fernandez y Gonzalez]




                        J.J. MARTINEZ, EDITOR.

                       LOS ALCZARES DE ESPAA.

                             LA ALHAMBRA.

                          _Leyendas rabes_,

                 POR DON MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ.

                       [imagen no disponible: J. J. M.]

                                MADRID:

        IMPRENTA Y LITOGRAFA DE J. J. MARTINEZ, DESENGAO, 10.

                                 1856.

[imagen no disponible]




                              LA ALHAMBRA




LEYENDA I.

EL REY NAZAR.




I.

LA COLINA ROJA.


Por los tiempos en que acontecian los sucesos que vamos  referir, esto
es: por los aos de 1240 de la era cristiana, y 637 de la Hegira[1], el
monte en que se levanta la Alhambra, tenia un aspecto enteramente
distinto del que hoy tiene.

No se veian las esbeltas torres orladas de puntiagudas almenas, con sus
estrechas saeteras y sus bellos ajimeces calados; ni los robustos muros
que enlazan estas torres; ni las cpulas destellando bajo los rayos del
sol los cambiantes de sus tejas de colores; ni la torre de la Vela con
su campana pendiente de un arco, ni el palacio del _Emperador_, ni el
bellsimo _Mirador de la Sultana_, ni mucho menos la modesta torre de la
iglesia de Santa Mara: ni siguiendo la ladera del monte de la _Silla
del moro_, el verde y florido Generalife con sus galeras areas, y su
altsimo ciprs de la _Sultana_, ni ms all, sobre el _Cerro del sol_,
el famoso y resplandeciente palacio de los _Alijares_.

Nada de esto existia aun: solo se vea una colina spera, pedregosa, de
color rogizo, cubierta de retamas y espinos; en el estremo occidental,
de esta colina se alzaba nicamente una vieja torre, especie de atalaya
de origen y antigedad dudosos; pero que conservaba algunos vestigios de
haber andado en su construccion los fenicios; y en la parte media de la
colina, en la direccion de Este  Sur, las ruinas de un templo romano
consagrado  Diana.

Esta colina se llamaba la Colina Roja.

A escepcion de las ruinas del templo y de la atalaya, ninguna otra
habitacion humana se vea en ella, y en cuanto  los montes que mas
adelante se llamaron la Silla del moro y el Cerro del sol, estaban
completamente abandonados  los lagartos y  los grillos.

En las ruinas del templo no habitaba nadie, como no fuese
momentneamente algun bandido  cazador furtivo, ni en la atalaya vivian
mas que algunos soldados moros, que desde aquella altura observaban la
Vega y las fronteras, para avisar el peligro en el caso de que los
cristianos fronterizos hiciesen alguna entrada.

No era, sin embargo, esta la nica torre fuerte que exista en Granada:
en la colina que entonces se llamaba de Albunest, y hoy de los Mrtires,
se alzaba el castillo de las Torres Bermejas, dentro de cuya
jurisdiccion murada, se encerraba una pequea poblacion llamada
Garnat-Al-Jaud,  Granada la de los judos, y sobre la colina en que se
estendia el Albaicin, teniendo  sus faldas el Zenet y el barrio del
Hajeriz[2] se alzaban los fuertes muros y las torres chatas, cuadradas
las unas, redondas las otras, de la alcaza Cadima, y mas all el antiguo
palacio que antes de la construccion de la Alhambra habitaban los emires
rabes, y los primeros reyezuelos moros de Granada, construido por
Aben-Habuz, y llamado por l mismo _Casa del Gallo de viento_.

Pero  pesar de la aridez y soledad de la Colina Roja, el panorama que
desde ella se descubria era encantador; procuraremos describirle, si es
que pueden describirse aquel cielo radiante, que parece transparentar en
su lmpido azul la luz de los ojos de Dios: el verdor inmarchito de
aquella tierra de bendicion: la ntida blancura del manto de nieve de
las montaas y su puro matiz de cobalto, procuraremos hacer sentir 
nuestros lectores la belleza sin igual de aquel jardin de delicias, que
sirve de alfombra mgica al trono de la hermosa ciudad  quien llamaban
los moros, la _cndida y la clara_.

Levntase al Oriente una montaa altsima, siempre cubierta de nieve, 
la que sirven de base, grupos de montaas azules, escalones maravillosos
de aquella maravillosa pirmide construida por la palabra de Dios: esta
montaa es Sierra Nevada: nace en ella el Genil, que torcindose entre
valles odorferos, bajo la sombra de los lamos, orlado de flores,
arrastra su clara corriente sobre arenas de plata, y desemboca en la
estendida Vega, atravesndola en toda su estension hasta los montes de
Loja, aumentando su corriente por el raudal del humilde Darro, que se
une  l  los pies de Granada, habiendo atravesado antes, desde su
nacimiento, pintorescos valles, y dividido la Colina Roja del barrio del
Hajeriz, con sus ruidosas linfas, que ruedan sobre arenas de oro.

Y esta magnfica llanura que se llama la Vega, que nace  los pies de
Sierra Nevada y se estiende hasta la volcnica Sierra Elvira, deja ver
desde la Colina Roja, bajo el difano horizonte que recortan las lejanas
sierras al Poniente, sus mil aldeas blancas como nidos de trtolas, con
los humildes campanarios de sus iglesias, con los leves penachos de humo
de sus hogares, entre bordaduras de colores, que tales parecen las
alamedas con su verde esmeralda, los olivares con su verde oscuro, los
riachuelos y las acequias que brillan entre los sembrados, cuya
diversidad de matices hace parecer  la Vega, valindonos de una frase
muy usada por nuestros poetas, un chal de colores bordado de plata, y
luego levantndose en anfiteatro sobre aquella Vega,  la derecha y  la
izquierda de la Colina Roja, dos montes cubiertos por la poblacion mora;
y en esta poblacion brotando entre las casas, como ramilletes en su
bcaro, grupos de cipreses, de naranjos, de limoneros; y entre estas
casas con sus pardos tejados, y entre estos ramilletes de verdura con
sus vivos esmaltes, torreones altivos y robustos muros, campanarios y
miradores: y sirviendo de dosel  todo esto el Cerro de Santa Elena, y
el del Aceituno, y la Silla del moro y el Cerro del Sol; y sobre este,
al otro lado de un Occano de aire y de luz la Sierra Nevada, que viene
 ser el diamante del magnfico anillo de montaas que rodean  Granada
y  la Vega.

Quien no ha visto el cielo de Granada no puede comprender hasta qu
grado de luz y de esplendor alcanza el dia: quien no ha visto sus
rboles, no puede saber  cuanta fuerza de esmalte alcanza la
vegetacion, quien no ha dormido entre flores, al lado de una fuente, en
los crmenes[3] del Darro, no puede formar una idea de hasta donde puede
ser armonioso, ese himno que consagra la creacion al Creador, en el
magnfico acorde de los pjaros que cantan, las frondas que zumban, los
arroyos que murmuran, los insectos que vuelan, el aura que suspira en
largas  indolentes rfagas. Andaluca es el jardin del mundo, y Granada
es el edem de Andaluca.

Pues bien: esas sierras blancas  azules, esa vega matizada, esas aldeas
que salpican esa vega, esos rios que la atraviesan, esas colinas
cubiertas de casas, de jardines, de torreones, y el firmamento azul que
alumbra con su radiante luz todo este maravilloso conjunto, es el
panorama que se vea hace mas de seis siglos desde la Colina Roja, y que
se ve hoy, aunque modificado en la parte de poblacion por los cambios
que el tiempo efecta en las obras de los hombres.

Por la situacion de la colina en que ha sido construida, por el panorama
que desde ella se descubre, por el cielo que la alumbra, la Alhambra es
el alczar mas bellamente situado del mundo.

En 1240, si bien Granada era ya la perla de los musulmanes espaoles, si
tenia cuanto bello y maravilloso puede producir la naturaleza, la
faltaba el magnfico _acrpolo_ que debia ser la corona de magestad de
la _reina de Occidente_.

Este acrpolo debia ser la Alhambra, y lo fu.

Hemos contraido el empeo de relataros la historia de ese alczar
maravilloso: no esa historia rida y severa que solo se ocupa de
sangrientas conquistas y horrorosas catstrofes; no la historia de la
construccion con su lento desarrollo y la insoportable descripcion del
edificio, detalle por detalle, sino la historia romancesca, con todo su
palpitante inters: queremos recoger, compilar en un solo libro, los
dramas que en el recinto de aquel alczar se han representado; queremos
recoger en una copa todas las lgrimas que en l se han vertido;
queremos haceros sentir, aspirar, los estremecimientos, los latidos de
los corazones que all han amado, que all han odiado, que all han
sufrido; queremos consignar las hazaas y las traiciones que all han
tenido lugar; queremos hacer pasar delante de vuestra vista, como los
espectros de una linterna mgica, los reyes, las sultanas, las esclavas
del harem, las leyendas de encantamentos, los misterios de cada uno de
aquellos retretes, las citas de enamorados en aquellos sombrosos y
floridos jardines, al rayo de la luna; queremos levantar delante de
vosotros generaciones muertas, y presentroslas llenas de vida, con su
generoso valor, sus amores, sus dios, su civilizacion y su grandeza;
queremos, en fin, que sepais cunto vale el pasado de ese alczar que se
asentaba sobre cuatro montes, y del cual solo queda hoy una pequea
parte mutilada.

Tal es el difcil empeo que hemos contraido: para llevarle  cabo, es
necesario que nos anticipemos  la construccion de la Alhambra.

Por eso os hemos llevado al sitio en que fu construida.

Por eso al llevaros  la Colina Roja, os la hemos presentado rida y
desierta.




II.

LA CASITA DEL REMANSO.


Era el oscurecer de una lnguida tarde de primavera.

Los soldados moros que hasta entonces habian vagado alrededor del viejo
torreon de la Colina Roja, habian penetrado en l; se habia cerrado su
puerta de hierro, y poco despues una espiral de humo habia aparecido
saliendo de una saetera junto  las almenas.

En las ventanas de las casas de la Villa de los judos y del Albaicin,
empezaba  verse ac y all el reflejo de las lmparas en el interior de
las habitaciones.

La luna llena, con su bello color nacarado, asom sobre la cumbre de la
Sierra Nevada, se elev lentamente  inund con su blanda luz las
distantes montaas, perdidas tras la neblina, la vega cubierta con un
velo de vapores, y la ciudad que levantaba como fantasmas sobre las
colinas sus torreones y sus alminares.

La Colina Roja estaba desierta; pero un momento despues de la salida de
la luna, quien hubiera estado oculto entre las retamas y los jaramagos
que cubrian las ruinas del templo de Diana, hubiera visto aparecer por
entre una oscura grieta, enteramente cubierta de espinos, una forma
humana.

Mir con recelo en torno suyo, y cuando vi que la Colina estaba
completamente desierta, adelant recatadamente, y deslizndose por entre
las escabrosidades del terreno, atraves la cima y baj  la carrera por
la vertiente que iba  concluir en el valle del Darro.

Luego siguiendo la corriente del rio arriba, atravesando con frecuencia
su escaso raudal, que serpeaba entre los altos barrancos que se llaman
todava las _Angosturas del Darro_, continu su marcha por espacio de
una hora, y no se detuvo sino en un lugar donde el rio hacia un profundo
remanso, apilando su corriente como en un estanque, en una ancha y
profunda hondonada del terreno.

El lugar en que el incgnito se habia detenido, era sumamente
pintoresco; anchas y tupidas cortinas de yedra cubrian las cortaduras de
aquel ensanchamiento circular que tenia la forma de un gigantesco
anfiteatro. Las dos estrechas aberturas por donde entraba y salia el
rio, estaban unidas como por un pabellon flotante, por cortinages de
enredaderas que descendian hasta la corriente: sobre los bordes de las
cortaduras, como verdes cabelleras, se levantaban las frondas odorferas
de los rboles frutales; brillaba la luna en la tranquila agua del
remanso, y en los blancos muros de una casita que se veia en la mrgen
opuesta entre lamos y cipreses: delante de esta casa se veia un jardin,
el perfume de cuyas flores traia consigo el aura de la noche, y un
ruiseor enamorado cantaba entre la espesura uniendo sus cadenciosos
trinos al montono murmullo del rio.

Al lado opuesto en la estrecha faja de arena pedregosa que dejaba libre
el remanso, se veia una negra abertura entre la maleza, que servia sin
duda de entrada  una gruta.

El incgnito mir en torno suyo, y despues de contemplar indolentemente
cuanto le rodeaba, se sent sobre una gruesa piedra  la orilla de las
aguas.

La luna le iluminaba de lleno con su blanca luz.

Era un mancebo como de veinte aos: por su apostura, por la espresion de
su semblante y por lo rico de sus vestidos y de sus armas, podia decirse
que pertenecia  una poderosa y nobilsima familia mora.

Examinmosle, puesto que la luna nos alumbra, y la soledad y la belleza
del sitio nos convidan al reposo.

Era blanco como la espuma de las aguas, y de formas delicadas y hermosas
como las de una dama: sus ojos negros brillaban en una mirada indolente,
pero fija, poderosa, audaz; ni el mas ligero bozo asomaba en su
semblante de nio,  pesar de que su aventajada estatura, y lo robusto y
desarrollado de sus miembros representaban  un hombre: un casco de
plata con arabescos de oro y esmaltes de colores cubria su cabeza: cea
su pecho un coselete de Damasco, bajo una tnica corta de brocado,
sujeta  la cintura bajo una faja de la India: en esta faja se veian
atravesados un largo yatagan y un pual; vestia calzas de grana, y
ceian sus pies borcegues de cuero de Marruecos bordados de oro: por
ltimo, llevaba pendiente de su costado izquierdo una aljaba con
flechas, y se apoyaba en un largo arco de acebo.

Este jven  la luz de la luna relumbraba: parecia en aquel lugar tan
ameno, tan fresco, tan lnguidamente sonoro, un antiguo caballero
encantado por una hada celosa.

Sentado sobre la piedra, apoyado el estremo del arco en la arena,
afirmada la mano en el arco y reposando la cabeza en el brazo, el
mancebo estuvo mirando fijamente la blanca casita que entre los lamos y
los cipreses se veia al otro lado del remanso al rayo de la luna.

Ni el mas leve ruido salia de ella; ni en sus galeras ni en sus
ajimeces se veia el reflejo de una luz.

O aquella casa estaba inhabitada,  sus moradores,  pesar que era el
principio de la noche, se habian entregado ya al reposo.

Pero de repente, una voz de mujer, mas dulce que la del ruiseor que
cantaba en la espesura, mas grave que el murmurio del rio, mas
suspirante que el gemido de las brisas, cant poco despues de la llegada
del mancebo como para demostrar que todos los habitantes de aquella casa
no estaban entregados al sueo.

H aqu el romance que aquella voz cant al son de una guzla; romance
cuyas palabras llegaron claras, distintas y tentadoras  los oidos del
mancebo.

    Del encantado palacio--de las Perlas soy el genio,
    y esperando mis amores--envuelta en su encanto duermo.
    Gurdanme como la joya--del avaro entre el misterio
    de tenebrosos conjuros--velada en niebla y silencio.
    Ven, oh, lumbre de mis ojos,--que me abrasas en tu fuego,
    y para t mi hermosura--y mis alczares tengo!
    Soy virgen y de mi frente--dicen que mata el destello,
    en dulce encanto de amores-- en triste penar de celos.
    Son mis alczares reales--la maravilla del tiempo,
    y en motes de amor tu nombre--est en dorados letreros
    en cintas de azul y grana--escrito en sus aposentos.
    Regaladas alkatifas--para tu descanso tengo,
    y velarn blancas gasas--de tus amores el sueo.
    Ven, esposo de mi vida!--Regalado sol que anhelo!
    Ven! mis alczares tienen--para t sombra y silencio,
    y en ellos con mis amores--luz de mis ojos te espero.

El jven escuch trasportado este romance, sus ojos se animaron
gradualmente, y cuando la voz ces, se levant de una manera nerviosa,
dej caer el arco, y estendi sus brazos hcia la blanca casita.

--Oh! t quien quiera que seas, esclam, muger  hur, fruto bendito de
una muger,  arcngel del stimo cielo; hme aqu que es la tercera vez
que abandonando  mis guerreros vengo en tu busca: hme aqu ciego sin
la luz de tu hermosura, y si no apagas con tu amor la sed de mi
corazon, morir como la triste florecilla  quien faltan los rayos del
sol.

Apenas habia pronunciado el jven estas palabras, cuando revol,
viniendo no sabemos de donde, alrededor de su cabeza un enorme buho. Al
sentir el ruido de sus alas el mancebo se estremeci: al verlo recogi
el arco que habia dejado caer, arm en l una flecha y la asest al
pjaro nocturno; este se precipit en un largo vuelo sobre la casita
blanca, y penetr en ella por el oscuro arco de un ajimez; la flecha
disparada por el mancebo penetr por aquel mismo ajimez en la casita.

Entonces el jven crey oir una carcajada leve, que al parecer salia de
la casa; carcajada burlona, intencionada, cruel, en que habia algo de
desesperado, algo de insensato.

--Siempre! esclam: siempre ese pjaro maldito! en mi torreon de
Loja, en las ruinas del templo romano, aqu! y esa carcajada que me
hiela la sangre y que me parece una amenaza!... Una amenaza! y por
qu?

En aquel momento cay  los pies del jven, enviada sin duda de la
casita, la misma flecha que habia disparado; en las plumas de la flecha
se veia enrollado un pergamino.

Recogi la flecha el jven, desat el pergamino, le desenvolvi, le ley
 la luz de la luna, y vi que decia:

Si me amas y vienes por mis amores, encaminate  la gruta que tienes 
tus espaldas.--Bekralbayda[4].

El jven bes la carta; arroj otro beso  la casita, puso la flecha en
la aljaba, y se dirigi hcia la oscura gruta esclamando:

--Oh! bendito sea el buho, por quien ha penetrado mi flecha hasta la
doncella de la frente plida!




III.

LA DAMA BLANCA.


Pero cuando el mancebo lleg  la entrada de la gruta, se vi precisado
 romper con su yatagan, para abrirse paso, las tupidas zarzas que la
cubrian.

Despues penetr de una manera resuelta en el oscuro antro.

Por algun tiempo descendi en lnea recta por una estrecha y resvaladiza
rampa: luego se vi obligado  volver y revolver oscursimas
sinuosidades, por una pendiente mayor y mas resvaladiza, y al fin la
inclinacion del terreno se hizo tal, que perdi los pies, resval y se
sinti descender de una manera violenta.

Entonces se acord del buho, de la carcajada, de cien supersticiosas
consejas musulmanas: se retir,  invoc  Dios: hubo un momento en que
crey que el terreno le faltaba, que caia despeado en un abismo, di un
grito de espanto y perdi el conocimiento.

Cuando volvi en s se encontr en un magnfico lecho de pieles de tigre
y respir una atmsfera impregnada de perfumes: lo primero que vi ante
s fu una alta figura blanca que estaba de pi  inmvil delante de l
 los pies del lecho.

Era una muger.

Pero una muger hermossima, irresistible  pesar de que habia pasado de
su primera juventud.

Sin embargo, y aunque parecia contar mas de treinta aos, su semblante
blanco, nacarado, plido, un tanto demacrado, exhalaba de s tal fuerza
de vida, que hacia bendecir  Dios que habia creado una criatura, en la
cual parecia haberse estacionado la juventud mas brillante.

Sus negros ojos fijos en el prncipe, con una espresion ardiente y
melanclica, brillaba con no sabemos qu fuego dulce, concentrado, bajo
la sombra de sus negras y convexas pestaas: su boca entreabierta, por
la que parecia salir una alma llena de sufrimiento y de dolores en un
continuo suspiro, dejaba ver sus voluptuosos labios contraidos por una
triste sonrisa y plidos como sus megillas: por ltimo, sus largos y
brillantes cabellos caian en flotantes rizos sobre sus hombros y sobre
sus espaldas, y era alta, esbelta, magestuosa, y vestida nicamente con
una larga tnica de lana blanca, sujeta en el cuello, de mangas perdidas
y suelta enteramente hasta cubrir los pies, ocultando las formas de
aquella singular belleza bajo su ancha plegadura.

Ni un solo adorno, ni una joya, ni una flor se veia sobre esta muger.

En su mano derecha tenia una lmpara de plata.

Jams habia visto el jven una figura tan hermosa, tan imponente; de
aspecto tan sencillo,  un tiempo.

La habitacion en que se encontraba era tambien severa y sencilla, pero
rica; cuatro paredes labradas de arabescos dorados sobre fondo blanco, y
una cpula de estalcticas, blancas tambien, con filetes de oro: la
puerta de arco de herradura estaba cubierta por una cortina blanca de
seda y oro, y de seda blanca y oro eran tambien los divanes que orlaban
las paredes, y la alfombra que cubria el pavimento.

Debemos advertir que en aquellos tiempos entre los moros, el vestir
completamente de blanco era una seal de luto, y que se admitia en el
luto el oro, como se admite ahora en los negros tmulos de las iglesias
y en las lpidas de las tumbas.

Esta estraa muger y esta habitacion, produjeron en el jven el mismo
efecto que produciria en nosotros una persona enteramente vestida de
negro, en una habitacion enteramente negra tambien con adornos dorados.

La impresion de todo esto al volver en s preocup al jven; pero lo que
mas le preocup, cuando de la dama enlutada pas su vista  la
habitacion, fu ver sobre sus armas, que estaban en un divan, un buho
enorme que dormia sobre una de sus patas, teniendo escondida la otra
entre su plumage.

El jven se incorpor violentamente y fij una mirada vacilante en la
dama enlutada, cuyas negras pupilas estaban fijas en l, destellando en
su oscuro foco, una chispa de fuego intenso y opaco.

--Oh! hermoso! hermoso como su padre! esclam aquella muger con una
voz tan ardiente que el jven se estremeci.

--Quin eres t, que has nombrado  mi padre? esclam.

--Yo soy la maga de las humbras! contest la enlutada.

--La maga de las humbras! esclam el jven.

--S, dijo la dama sonriendo tristemente; yo soy la maga de las
humbras.

Hubo un momento de solemne silencio, durante el cual continuaron
cruzndose y confundindose las miradas de la dama y del jven, que se
sentia arrastrar por un poder desconocido hcia aquella muger.

--No, tu no eres maga, la dijo: tu no eres un espritu maldito: la
amargura con que me has contestado me lo prueban, tu eres una muger que
sufres y lloras.

--Las lgrimas han hervido en mi corazon y se han secado, respondi
aquella muger.

El jven se levant, se acerc  la dama, la tom una mano que ella no
retir.

--Por qu quieres engaarme? la dijo con dulzura; en el momento en que
abr los ojos me aterr esta desolacion; el luto que te cubre, el que
reviste estas paredes: cre haber cerrado los ojos  la vida; que el
puente de Sirat[5] que todos hemos de pasar, se habia abierto para m, y
que me encontraba en las regiones de la eterna sombra: y luego ese
buho!

--Ese buho es mi compaero.

--Ese buho ha revolado tres veces en derredor de mi cabeza cuando me
encontraba junto al remanso del rio.

--El desdichado sale de noche, vuela, se pierde entre las espesuras,
asusta  los murcilagos y se vuelve  dormir.

--Ese buho se precipit en la casa blanca que est al otro lado del
remanso, entre los cipreses.

--En esa casa le conocen y le aman.

--Tras ese buho entr en esa casa por un ajimez una flecha mia.

--H aqu la maldad humana! el hombre destruye por el placer de
destruir! Qu dao le habia hecho ese pobre pjaro?

--Antes de que te conteste respndeme  una pregunta: me conoces t?

--No te he visto hasta ahora y s tu nombre.

--Por tu ciencia de maga?

--S, por mi ciencia, dijo la dama repitiendo la estraa sonrisa que le
era peculiar.

--Y quin soy yo?

--Tu eres el prncipe Sidy Mohammet-Abd'Allah, hijo y compaero en el
mando del poderoso Sultan de Andaluca, Nazar-ebn-Al-Hhamar el
magnfico.

Y el acento de la dama, al pronunciar el nombre del Sultan de Granada,
era amargo y doloroso.

--S, yo soy; pues bien: voy  decirte ahora por qu me horrorizan los
buhos.

La dama hizo un leve mohin de impaciencia.

--Dicen nuestros viejos que el dia en que naci mi padre, en la fiesta
de las buenas hadas, cuando todos los circunstantes estaban alegres y
regocijados, un buho entr en la sala y apag las luces: aquella noche
mi abuela muri  consecuencia del alumbramiento.

--Ah!

--Siendo mozo mi padre, sali la primera vez en algara contra
cristianos: era de noche: un buho revol tres veces alrededor de su
cabeza, y mi padre fu gravemente herido en el combate.

--De modo que tu padre, el poderoso sultan Nazar, dijo con profundo
acento la dama; el invencible, el fuerte, acab por estremecerse al
nombre solo de una de esas alimaas?

--Djame continuar. Conoci mi padre all en los aos de su juventud una
princesa africana (esto me lo ha contado muchas veces con las lgrimas
en los ojos) que habia ido  Crdoba  buscar en la ciencia de sus
sabios la curacion de una grave dolencia.

--Y de qu adolecia esa princesa? pregunt con indolencia la dama que
conceptuando que la relacion seria larga, puso la lmpara en un nicho
calado y se sent en un divan.

--La princesa africana adolecia de tristeza, contest el prncipe
sentndose  los pies del lecho: del mismo mal de que adolezco yo.

--Ocupmonos ahora de la dolencia de la princesa, que tiempo tendremos
de llegar  la tuya. Contina.

--La princesa, mejor dicho, la sultana[6] Leila-Radhyah[7] habia ido 
Crdoba acompaada por uno de los wacires de su padre, Mohamet
Al-Mostansir-Billah, rey de Tlencen y servida por un nmero considerable
de hermosas esclavas.

--Por lo que veo tu padre el poderoso Nazar tiene harto presente el
nombre de esa sultana. Cundo te refiri tu padre esa historia?

--Hace un ao, al proclamarme su heredero, y hacerme su partcipe en el
gobierno del reino.

--Contina.

--Ya te he dicho que la sultana Leila-Radhyah, habia ido desde Tlencen 
Crdoba,  buscar alivio  su dolencia: pues bien, la noche antes de que
la princesa llegase  las fronteras de Crdoba, un buho entr por la
ventana del aposento donde dormia mi padre, bati las alas sobre su
cabeza y le despert.

--Y qu desgracia aconteci al noble Al-Hhamar?

--Mi padre vi huir al buho por la ventana, y se acord del buho que
habia girado en derredor de su cabeza la noche antes de la batalla en
que tan peligrosamente le hirieron, y de aquel otro buho que apag las
luces en las fiestas de su nacimiento. Pero lo tuvo  casualidad y sin
pensar mas en ello se durmi de nuevo, cuando h aqu que le despertaron
las voces de sus soldados. Levntase mi padre, sale de su aposento y
pregunta al primero que encuentra.--Las atalayas de la frontera hacen
seal de que los cristianos han entrado por la tierra y la llevan 
sangre y fuego: entre las sombras de la noche se ven las llamas de las
alkarias incendiadas:--Y el que esto le contesta corre  donde estn ya
sus compaeros armados.--Mi padre llama  sus esclavos, se arma tambien,
reune  sus soldados alrededor de su bandera y parte con ellos de
Crdoba el primero, con su valiente taifa de ginetes, en busca del
cristiano.--Otros muchos wales salen tambien de Crdoba con sus gentes
armadas, pero mi padre les lleva la delantera y al amanecer encuentra 
los cristianos.

--Y qu desgracia aconteci  tu padre?

--Mi padre venci en la primera embestida  los infieles, los puso en
fuga y les quit la presa que habian hecho. Entre la presa iba una
doncella mora de maravillosa hermosura. Aquella doncella era la sultana
Leila-Radhyah.

--Ah! era la sultana!

--S; al llegar  la frontera, la encontraron los cristianos, mataron al
wacir del rey de Tlencen,  los esclavos que la acompaaban, y la
hicieron cautiva con sus esclavas.--Mi padre mand que la condujesen en
un palanquin  Crdoba, y fu conversando con ella todo el camino.--Era
tan hermosa, tan pura y tan resplandeciente como un dia sereno en un
valle del Hedjaz.--Mi padre se enamor de ella...

--Y ella?

--Am  mi padre.

--Muri sin duda la desdichada! dijo la dama blanca con una profunda
amargura; porque de no, tu padre que es noble y generoso la hubiera
hecho su esposa.

--No, dijo el prncipe bajando los ojos.

--La envi sin duda  su padre el rey de Tlencen!

--No; mi padre la amaba demasiado para no temer perderla, y mi padre
entonces no podia aspirar  que una sultana fuese su esposa.--Nuestra
familia es humilde: mis abuelos fueron labradores, y este es el mayor
orgullo de mi padre: haber llegado  tan alto habiendo nacido tan
bajo.--Mi padre cuando se apoder de la sultana Leila-Radhyah, era wal;
tenia riquezas y una bella casa en Crdoba.

--Pero qu hizo tu padre de la sultana Leila-Radhyah?

--La llev  su casa.

--Ah! tu padre dijo: los cristianos se llevaban esta doncella para
hacer con ella una ramera: por qu no he de hacerla yo mi esclava? lo
que el guerrero encuentra en el campo es suyo. Hizo tu padre bien! Pero
contina: la sultana, por mejor decir, la esclava, debi morir de
vergenza.

--No: un ao despues de sus amores con mi padre desapareci de su casa,
encontrse sangre en su aposento, y mi padre, que la amaba, llor su
prdida y la llora todava.

--Y no te ha contado tu padre mas acerca de la sultana esclava?

--No; pero cuando me cont esos amores cuya desgracia anunci sin duda
el buho, mi padre lloraba.

--Y qu otras desgracias le anunci ese buho tan terrible?

--Le vi la noche antes de la funesta batalla de Hins-Alacab[8]. Le vi
la alborada en que Crdoba cay en poder de los cristianos: la noche que
precedi al dia de la prdida de Sevilla, le vi tambien, y por ltimo,
la misma noche en que muri asesinado por el wal de Almera el
desdichado Aben-Hud.

--Y no ha vuelto  ver tu padre  ese terrible buho?

--S, hace poco tiempo: precavido ya con las desventuras que le habian
acontecido, mi padre llam  sus sabios y les consult.

--Ese buho te anuncia una nueva desgracia, le dijeron los sabios.

--Y qu desgracia es esa?

--Necesitamos consultar las estrellas para responderte.

--Consultadlas, pues, dijo mi padre.

Los sabios pasaron tres noches mirando el cielo, y dijeron  mi padre.

--Aparta de Granada al prncipe Mohammet Abd'Allah.

--Y por qu? pregunt mi padre.

--Aprtale, contestaron los sabios.

--Pero qu tengo que temer acerca de mi hijo?

--Las estrellas nos han dicho que amenazan  tu hijo y  t lo mismo,
grandes desgracias si el prncipe contina en Granada durante la luna de
las flores.

Mi padre mand  los sabios que consultasen de nuevo las estrellas.

Pero una, dos y tres veces, las estrellas guardaron un profundo misterio
acerca del peligro que nos amenazaba, y solo repitieron que debia yo
huir de Granada.

Entonces mi padre me envi  Alhama.

Yo estaba triste. Mi corazon tenia sed. Mi alma anhelaba un misterio:
pasaron para m los dias sin luz y las noches sin reposo. Yo me sentia
morir.

En vano mis ginetes lidiaban toros, y justaban y corrian caas y
sortijas: mi enfermedad, mi misteriosa enfermedad crecia: la tristeza me
mataba: mis esclavos no lograban arrancarme una sonrisa; ni sus danzas
me alhagaban, ni sus cantos me entretenian, ni como otras veces, me
adormia en su regazo: hasta me olvid de la oracion, llevando solo mi
cuerpo  la casa de Dios, pero no mi alma.

Yo palidecia, yo enlanguidecia.

--Como la sultana Leila-Radhyah!

--S; como la sultana. Spolo mi padre, y vino  Alhama sin que yo lo
supiese y prepar grandes fiestas para ver si yo me distraia. En el
mismo punto en que mi padre entr en Alhama, segun supe despues, un buho
entr en mi retrete y apag la lmpara.

--Veamos la desgracia que te anunciaba ese buho.

--Al dia siguiente me sorprendi bajo mis ventanas una inusitada y
alegre msica de dulzainas, guzlas y atabaljos que taian en un son
concertado. Abr un ajimez, entr por l un dorado rayo de sol de la
maana. Era el primer sol de la luz de las flores. El jardin parecia
reir: parecian reir sus fuentes; parecia que sus flores, y sus rboles,
y sus pjaros cantaban todos juntos; y que cantaba el cielo, y que
cantaba el sol. Hermosas esclavas danzaban y taian cuando yo aparec en
el ajimez, entonando un romance de amores en loor mio.

Estuve contemplando aquello durante un corto espacio, y luego me separ
del ajimez con los ojos llenos de lgrimas.

Al volverme encontr delante de m  mi padre que me miraba con tierno
cuidado.

--Por qu ests abatido mi hermoso leoncillo? me dijo: por qu vierten
tus ojos lgrimas y estn plidas tus megillas?

--No lo s, le contest: mis ojos no tienen luz ni alegra mi alma: la
vida me pesa como la losa de una tumba.

--Amas  alguna muger? si amas, dmelo; y esa muger ser tuya, ya sea
una humilde labradora  una poderosa sultana, me dijo.

--Ninguna muger entristece mi alma, esclam arrojndome entre sus
brazos.

Mi padre procur alegrarme, me mand vestir mis mejores galas, montar
uno de mis mejores caballos, y as, l  mi lado y seguidos de lo mas
resplandeciente de la crte, salimos de los muros, y llegamos  un ameno
campo, donde durante aquella noche habia hecho levantar mi padre una
plaza de madera cubierta de paos de prpura y oro.

Dentro de aquella plaza debian correrse toros, caas y sortijas, y las
graderas y los estrados estaban henchidos de hermosas damas cubiertas
de galas menos resplandecientes que su hermosura.

En cuanto entr en la plaza, mis ojos se volvieron como si les hubiese
obligado  ello el deseo,  un estrado puesto junto al estrado real, y
se fijaron en una muger.

Aquella muger estaba, como t, vestida de blanco; sin joyas como t, y
mas jven que t, aunque no mas hermosa.

Aquella muger era una doncella como de veinte aos, plida y triste como
la luna, y hermosa y magnfica como el sol: tras de ella habia un hombre
alto, flaco, viejo, vestido tambien enteramente de blanco, con los ojos
relucientes como carbunclos que se fijaban en m y en mi padre de una
manera que me espantaba.

Pero la doncella alegraba mi alma con su hermosura, la embriagaba con su
mirada, sentia ante ella que una nueva vida me hacia fuerte y poderoso,
y me volv  mi padre para decirle:--all est la hur que yo amo, la
alegra de mi alma, la paz de mi sueo, la vida de mi vida; es
necesario que esa muger sea mia, esclava  sultana, dama  labradora.

Pero cuando mir  mi padre, v sus ojos fijos, absortos, asombrados, en
la doncella.

V en sus ojos amor, un amor ardiente. Tuve miedo y call.

--Ah! tu padre se habia enamorado como t de la doncella blanca!

--H ah, h ah la desgracia que me habia anunciado el buho.

Las fiestas fueron para m muy tristes. Mi padre no volvi  preguntarme
mas acerca de mi tristeza. Estaba absorto en la contemplacion de la
doncella blanca  quien yo no me atrevia  mirar por temor  mi padre.

Al dia siguiente mi padre se volvi  Granada.

Se habria llevado consigo  su harem  la hermosa doncella?

Tuve celos: celos horribles porque eran celos de mi padre.

Pregunt  mis wacires,  los alcaides,  los kadis de Alhama, si
conocian  una dama enlutada que con un viejo enlutado tambien, habia
asistido  las fiestas.

El alcaide del alczar me contest que un viejo enlutado habia estado
hablando mucho tiempo con el rey antes de su partida y que despues no le
habian vuelto  ver. Que aquel viejo era forastero y que nadie le
conocia en Alhama.

A qu preguntar mas?

Mi padre habia comprado aquella doncella sin duda, y por su amor se
habia olvidado de su hijo.

Pero me resign con la voluntad de Dios.

Volvi mi tristeza mas dolorosa, mas desesperada, y volvieron  mas bien
continuaron mis noches sin sueo.

Yo veia siempre delante de m  la doncella blanca, de dia en las nubes,
en las flores, en el fondo de las aguas: de noche en la luz de la
lmpara, en los ngulos de mi cmara, escondida tras las cortinas de mi
lecho: luego cuando el buho entraba y apagaba la luz, en medio de las
tinieblas iluminndolas con el resplandor de su hermosura.

Yo me volvia loco.

Al tercer dia de la partida de mi padre, al entrar en mi cmara de
vuelta de un solitario paseo por los jardines, encontr sobre mi divan
una gacela enrollada y perfumada en que estaban escritos con elegantes
caractres azules los siguientes versos:

      La perla de las perlas;
    la cndida y la pura;
    el sol de las hermosas;
    la rosa del Eden;
    la vrgen de tus sueos;
    tu sueo de ventura,
    espera  su adorado
    cuando  la noche oscura,
    los trmulos luceros
    fulgor y sombra dn.

    Si buscas de sus ojos
    la flgida mirada;
    si de su aliento quieres
    la esencia respirar;
    si es vida de tu vida;
    si es llama consagrada,
    alma del alma tuya,
    que para t guardada
    Dios tiene en sus misterios
    sobre escondido altar;

    si quieres encontrarla;
    si anhelas sus amores,
    ven, prncipe, la noche
    te brinda con su amor:
    las mrgenes del Darro
    la guardan entre flores,
    y en el silencio arrulla
    su sueo de dolores,
    trinando en los cipreses,
    el triste ruiseor.

Detvose el prncipe, reclin la cabeza entre sus manos, y exhal un
ardiente suspiro.

--Era de ella? pregunt la dama.

--No lo s, contest el prncipe levantando la cabeza: solo s que tanto
le los versos, que los aprend de memoria, y luego... ella me llamaba:
llam al alcaide de mi palacio y le dije que durante siete dias no
permitiese entrar  nadie en mi cmara.--Luego mand que me ensillasen
un caballo, y sal aquella misma noche de Alhama por un postigo de la
alcazaba.

La gacela me decia que la doncella blanca moraba entre flores en los
crmenes del Darro; aguij, pues, mi caballo hcia Granada,  la que
llegu antes del amanecer, rode por el cerro de Al-Bahul, trep  la
falda del cerro del Sol, baj  la cumbre de la Colina Roja y me ocult
con mi caballo en las ruinas del templo romano. Vino el dia; yo veia 
lo lejos su luz por entre las grietas de las ruinas: un dia largo como
una eternidad, en que la impaciencia me hizo olvidarme de m mismo hasta
el punto de no tocar  las provisiones que llevaba conmigo. Al fin se
estingui la luz y la reemplaz otra mas plida: sal de las ruinas: era
de noche: la luna iluminaba los montes: me arrastr por entre la maleza,
para evitar que me viesen los soldados de la atalaya, y ganando la
vertiente de la Colina, baj al lecho del Darro, contra cuya corriente
sub: anduve largo espacio: yo miraba  los crmenes; pero no veia
cipreses; no escuchaba el trino del ruiseor, sino  lo lejos y perdido
en el silencio de la noche: al fin v delante de mi un remanso en que
brillaba la luz de la luna; al otro lado del remanso y mas all de un
jardin una casita blanca, y tras de ella un bosque de cipreses entre los
cuales cantaba un ruiseor.

All debia morar la doncella blanca: la hermosura del sitio era digna de
su hermosura; su encanto digno de su encanto; su melanclico reposo
compaero de su tristeza.

Esper contemplando la casa y el jardin: esper con el corazon ansioso,
pero lleg el alba y nada v; nada mas que la luna que desapareci: nada
o, nada mas que al ruiseor que cantaba y que call cuando los gallos
anunciaron la maana.

Me volv  las ruinas del templo mas triste y mas enfermo que nunca.

Pas otro dia mas largo, mas terrible, y volv al remanso del rio; pas
delante de l, y como la noche anterior no v mas que la luna brillando
en las aguas, no o mas que al ruiseor cantando entre los cipreses.

Al fin, esta noche cuando ya desesperado llam  la doncella blanca, un
buho revol alrededor de mi cabeza, me aterr, pretend matarle, el buho
se lanz en la casita blanca, y mi flecha como te he dicho entr tras
l.

Luego esta misma flecha cay  mis pies trayendo entre sus plumas esta
gacela que me envia  t.

Y el prncipe sac de entre su faja el pergamino, y le mostr  la dama.

--Y  pesar de que el buho anunciador de desdichas  tu familia ha
revolado alrededor de tu cabeza, quieres ver  Bekralbayda?

--Oh! aunque me costase la salvacion de mi alma? esclam el jven
juntando los manos.

--T la amas!

--Como el arroyo al rio, como el rio al mar, como las flores  los
cfiros, como el dia al sol.

--Prncipe, dijo solemnemente la dama: pues lo quieres, ven.

Y tom la lmpara que habia dejado en el nicho, y sali de la cmara
guiando al jven.




IV.

BEKRALBAYDA.


Despues de haber atravesado algunas pequeas habitaciones en las cuales
el prncipe no repar por efecto de su preocupacion, de haber subido una
estrecha escalera y de haber salido por una pequea casita  un jardin,
la dama hizo pasar al prncipe al otro lado del rio por un estrecho
puente formado con troncos de rboles.

La dama habia dejado su lmpara en la pequea casa por donde habian
salido  la parte alta de la cortadura en cuyo fondo corria el Darro.

Solo les alumbraba la fantstica luz de la luna.

Vista  su rayo la dama con su larga tnica flotante, con sus negros
cabellos sueltos, que agitaban las brisas de la noche, tenia algo de
sobrenatural, de estraordinario.

Cuando hubieron atravesado el puente rstico, se encontraron en un
jardin frondossimo; las copas de los rboles se unian hasta el punto de
no dejar paso  los rayos de la luna; la estrecha calle por donde
marchaban estaba cubierta de cesped, y  uno de sus costados corria un
arroyo que dejaba oir su melanclico y montono murmurio; el ruiseor
continuaba cantando.

Las parras y las enredaderas, y la madreselva y la yedra, y los jazmines
silvestres, cruzndose de rbol en rbol, formaban una magnfica bveda
natural bajo la que solo podian comprenderse el reposo y el amor.

La dama y el prncipe adelantaban bajo aquella enramada en medio de una
luz opaca y lnguida: la tortuosa senda se hizo al fin recta y ancha: se
encontraban  la entrada de una verde sala, ancha, elevada, tapizada de
flores y revestida de un oscuro follage en cuyos mil aromas se
impregnaba el viento.

Al entrar en aquella galera el prncipe se detuvo y di un paso atrs:
su corazon lati violentamente y lanz una esclamacion ardiente,
inarticulada.

Al fondo de aquella galera habia visto una sombra blanca iluminada
enteramente por la luna que penetraba por un claro de la espesura.

--Qu sombra es aquella? dijo alentando apenas el prncipe  la dama.

--Es Bekralbayda que te espera, contest la dama.

--Bekralbayda! ella! esperndome en medio de la noche y del silencio
en este lugar de delicias! esclam el jven que se sentia morir.

Cuando el prncipe se volvi  buscar  su hermosa guia, esta habia
desaparecido.

Estaba solo.

Delante de l, inmvil, blanca, bajo el rayo de la luna, permanecia
Bekralbayda.

El ruiseor cantaba: el arroyo murmuraba; el viento agitaba levemente el
follage.

El prncipe adelant hcia Bekralbayda, dudando de sus ojos, de su
razon; creyndose entregado  un sueo.

Sin embargo, aquel no era sueo.

Lleg al fin junto  ella.

La jven estaba al lado de una fuente.

Tenia la cabeza baja, la vista fija en el csped, y el prncipe  pesar
de la luna crey ver teido de rubor su semblante.

--Alma de mi alma! esclam el prncipe contemplndola estasiado.

--Alma de tu alma! esclam Bekralbayda levantando sus lucientes ojos
negros y posando su mirada sobre el prncipe: alma de tu alma, yo!

--Oh! s! desde el dia en que te v no aliento: desde el dia en que te
v te guardo en mi memoria, como un consuelo y como un infierno: desde
el dia en que te v, lo he olvidado todo para no pensar mas que en t:
no he vivido sino para t: solo por t he esperado.

--Y dnde me has visto, seor?

--Ah! has olvidado, sultana, el lugar donde te he visto?

--Solo una vez, dijo Bekralbayda, he visto damas cubiertas de joyas y
galas; caballeros resplandecientes cabalgando en briosos corceles;
soldados y banderas; fiesta rgia; alegre msica, toros y caas: me
habian hablado mucho de ello, habia leido poemas en que se contaban
todas estas grandezas, me habian dicho que sera un dia sultana: pero yo
no he salido nunca de aqu; ni he visto nunca mas que...

Bekralbayda se detuvo.

--Mas que  quin? dijo con cierto celoso anhelo el prncipe.

--Yo no puedo decir quien es la persona  quien veo junto  m desde mi
infancia.

--Pero esa persona...

--Es un hombre...

--Un hombre viejo?...

--S, un anciano.

--El que te acompaaba en las fiestas de Alhama?

--S.

Tranquilizse el prncipe.

--Y no recuerdas haberme visto en las fiestas?

--No repar en nada; aquella magnificencia, aquel esplendor, aquella
multitud de damas y caballeros me aturdian.

--Pues en esas fiestas te conoc y te am.

--Amor! y qu es amar? dijo Bekralbayda.

--Oh! no sabes lo que es amor?

--El amor! le he visto en palabras en los poemas: he comprendido que
amar es morir.

--El amor es la vida cuando el ser que amamos nos ama.

--Y cuando no somos amados?...

--El amor es la muerte.

--Ah! el amor es muerte y vida?

--Escucha: dijo el prncipe asiendo una mano  Bekralbayda y llevndola
 un banco de cesped donde se sentaron: el amor es la vida, cuando se
satisface: el amor es la muerte cuando se desea sin esperanza.

--No te entiendo.

--Entonces si no me entiendes, cmo has escrito la gacela en que que
llamabas y que me has arrojado con mi flecha?

--Ah! tu flecha! esclam estremecindose Bekralbayda.

--Por qu tiemblas alma mia?

--Tu flecha!... estaba yo reclinada en mi divan: acababa de cantar un
antiguo romance de los amores de una hada.

--Ah! con que ese romance no lo cantabas para m?

--No, hace mucho tiempo que lo s de memoria, contest sonriendo
Bekralbayda.

Sofoc un suspiro de despecho el prncipe.

--Acababa de cantar, continu Bekralbayda, cuando entr precipitadamente
por la ventana Abu-al-abu.

--Y quin es Abu-al-abu?

--Es un buho  quien por viejo he puesto yo ese nombre.[9] Tras
Abu-al-abu entr una flecha, que cort la rosa que yo tenia prendida en
los cabellos y se clav detrs de m en la pared.

Estremecise el prncipe con aquel relato: al querer matar al buho habia
cortado con su flecha la corona de flores de la muger de su amor.

Los moros eran muy supersticiosos, y tenian una gran sutileza para
aplicar una causa  un acontecimiento algo estraordinario: Mohammet
Abd-Allah crey que no habiendo acertado al buho con su flecha, y
habiendo estado  punto de matar con ella  Bekralbayda, se esponia 
causarla la muerte si mataba no ya  Abu-al-abu, sino cualquier otro
buho.

Los buhos, pues, se hicieron sagrados para el prncipe.

Por nada del mundo hubiera disparado sobre un buho.

Pero el amor y la hermosura de Bekralbayda, le habian inspirado una
consecuencia sumamente lgica, considerada la cuestion bajo el punto de
vista en que su supersticion le habia colocado; la consecuencia era
esta:

Si habia tal paridad, tal union vital y estraordinaria entre los buhos y
Bekralbayda, y siendo los buhos fatales  su familia, Bekralbayda debia
serle tambien fatal.

Tan cierto es que el hombre no v mas que lo que quiere ver.

Dominse sin embargo el prncipe, y dijo  la hermossima Bekralbayda:

--Y quin arranc la flecha de la pared?

Baj los ojos Bekralbayda como aquel que no estando acostumbrado 
mentir se ruboriza antes de pronunciar una mentira, y contest:

--Yo arranqu la flecha.

--Y pusiste en ella la gacela?

--S, yo escrib la gacela, yo la puse en la flecha, yo la arroj  tus
pies.

--Y dime... ahora que lo recuerdo: quien se ri dentro de la habitacion
donde se refugi el buho?

Fij Bekralbayda sus grandes y candorosos ojos en el prncipe, los baj
y contest sonrindose:

--El que di aquella carcajada fu Abu-al-abu.

--El buho?

--S; no has leido los poemas de Antar?

--S.

--Y en ellos no hablan los animales?

--S, pero...

--Pues bien Abu-al-abu es uno de los animales que hablan como hablaban
en tiempos de Antar.

Las respuestas de Bekralbayda que mas adelante comprenderemos, asustaban
al prncipe.

Para l era indudable, que un alma condenada encerrada en el cuerpo de
un buho perseguia  su familia.

--Y si no conoces el amor, si no me amas cmo en nombre de tu amor me
has llamado? te lo aconsej acaso Abu-al-abu?

--S.

--Y fu tambien Abu-al-abu el que llev tus versos  mi alcazaba de
Alhama?

[imagen no disponible: Te he llamado para ser tu esclava.

Letre dib. y lit. Lot. de J. J. Martinez. Desengao, 10 Madrid.]

--S.

--Pero para qu me has llamado?

Baj los ojos de nuevo Bekralbayda, su rostro se cubri de un rubor
vivsimo, tembl y quiso en vano pronunciar algunas palabras.

El prncipe insisti, y entonces ella, levant el bello y pursimo
semblante, mir frente  frente con ansiedad al prncipe y contest.

--Te he llamado para ser tu esclava.

Y luego se cubri el rostro con las manos, y procur en vano contener su
llanto.

--Aqu hay un misterio que no comprendo, luz de mis ojos: t mi
esclava! t, que eres la seora de mi alma! t, por quin nicamente
vivo! t lloras por mi causa! qu misterio es este, sol de hermosura?
qu maldicion pesa sobre nosotros que as te aflije mi presencia? Ser
acaso que Ebls[10] se ha puesto entre nosotros, encerrado en el cuerpo
de Abu-al-abu?

Al pronunciar el prncipe estas palabras son  alguna distancia de l,
 sus espaldas, la misma carcajada acerada, fria, sarcstica, burlona,
que habia escuchado antes.

Bekralbayda volvi azorada el rostro  donde habia sonado la carcajada,
y el prncipe se puso violentamente de pie.

--Ah! dijo la jven  media voz, como para s misma. Ya lo sabia yo.
Estaba ah!

--Quin estaba ah? pregunt el prncipe que habia escuchado estas
palabras.

--Abu-al-abu, contest la jven en el mismo tono.

--Oh! buho maldito! esclam el prncipe.

Entonces reson otra vez la carcajada pero lejana, muy lejana.

Entonces asi con nsia Bekralbayda las manos del prncipe.

--Oh! esclam con acento ardiente y precipitado: estamos un momento
solos! quien se ri antes, quien se ha reido ahora: no es el buho, es
Yshac-el-Rumi: el viejo que me guarda!

--Ah! esclam el prncipe.

--El fu quien me llev  Alhama: l quien me hizo reparar en t: l
quien comprando  uno de tus esclavos, introdujo en tu cmara unos
versos; l quien arranc la flecha; quien puso en ella la gacela... l
quien te ha traido aqu.

--Pero...

--Necesitamos aprovechar el tiempo; yo te amo, te amo, prncipe, como me
amas t; y...

La jven se detuvo, mir entre la espesura  un ajimez de la casita
blanca y esclam con alegra.

--Estamos libres, enteramente libres! podemos hablar cuanto queramos
sin temor de ser escuchados! podemos comprendernos!

--No te entiendo.

--Ves aquel ajimez?

--S.

--Ves un hombre que esta apoyado en l, y tras el cual se v el reflejo
de una lmpara?

--S.

--Pues bien, aquel es Yshac-el-Rumi.

Dicho esto Bekralbayda respir libremente como quien descansa de una
larga jornada, guard algun tiempo silencio y luego dijo al prncipe.

--Escchame, te voy  contar una historia.

El prncipe escuch con toda su alma.




V.

UNA HISTORIA MUY SENCILLA.


Una alborada de primavera subi Yshac-el-Rumi, al terrado de su casa.

En l encontr un canastillo de palma primorosamente labrado, y cubierto
de hermosas flores.

De entre las flores salia el vaguido de una criatura al parecer recien
nacida.

Yshac quit las flores y encontr debajo una nia vestida de blanco.

Pendiente del cuello de la nia se veia un amuleto, y  su lado un
pergamino en que estaban escritas estas palabras:

Una sultana la ha dado  luz. Las buenas hadas la han llamado
Bekralbayda.

Que ojos humanos no vean su hermosura, porque seria desgraciada y lo
serias t.

Yshac, me sac del canastillo, llam  una nodriza y me cri
secretamente.

Porque aquella nia, como te lo ha dicho mi nombre, era yo.

No recuerdo los primeros aos de mi infancia.

Sin embargo, algunas veces como un sueo lejano, confuso, creo recordar
 una muger.

Recuerdo tambien confusamente que era muy jven y muy hermosa.

Yshac afirma, sin embargo, que no me vi otra muger que mi nodriza, que
era una rstica que nada tenia de hermosa, mientras que la muger que yo
creo recordar era hermossima.

Pasaron los aos.

Este jardin, estos rboles, estas fuentes han visto mi infancia y mi
juventud; fuera de ellos yo no habia visto nada, ni persona humana, mas
que  Yshac-el-Rumi, que se ocupaba en cultivar mi espritu.

Parecia que viviamos solos.

Yo no escuchaba en la casa ruido alguno.

Y  pesar de esto bastaba con que yo estuviese durante algun tiempo
fuera de mi retrete, oyendo la sabia palabra de Yshac, que me sujetaba
todos los dias  muchas horas de estudio, para que al volver viese
renovadas las flores en los bcaros, renovado el fuego y los perfumes de
los braserillos, limpio y arreglado el lecho.

Yshac no se habia separado de m; luego alguien,  quien yo no sentia, 
quien yo no veia, nos acompaaba en la casa.

Yo preguntaba  Yshac, pero Yshac callaba.

Cuando insistia solia responderme.

--Aun no es tiempo.

Yo me entristecia al pensar en el misterio que me rodeaba.

Porque Yshac me habia enseado  leer,  escribir,  componer frases
valindome de las flores, y me habia dado libros en que se hablaba de un
mundo que yo no conocia, de un mundo en que habia poderosos y nobles
reyes, hermosas sultanas, valientes caballeros, enamorados, damas,
fiestas, aventuras, amores.

Oh! yo ansiaba conocer todo esto, y cuando espresaba mi deseo  Yshac
me decia:

--Aun no es tiempo.

--Pero cuando llegar ese tiempo? le dije cansada ya de tan misteriosa
contestacion.

--Cuando hayan pasado sobre tu vida veinte aos: cuando el amor haya
hablado  tu corazon.

--Y cundo hablar en mi corazon eso que t llamas amor?

--Aun no es tiempo, me contestaba Yshac.

Me resign al fin y pas mi vida entre flores y fuentes; entre la
armonia del canto de mis ruiseores y de mi guzla.

Yo no conocia  otra persona que  Yshac; no tenia mas amigo que 
Abu-al-abu.

El viejo buho habia sido mi compaero desde la infancia: en cuanto
oscurecia entraba por una ventana  por un ajimez en la habitacion que
yo me encontraba, se posaba sobre mi hombro,  sobre mis rodillas, 
sobre un almohadon del divan: esponjaba su plumaje, batia levemente las
alas, y lanzaba de tiempo en tiempo un tnue silvido; Abu-al-abu queria
sin duda decirme algo; pero yo no comprendia su lenguaje.

Cuando yo le acariciaba pasando mi mano sobre sus alas, Abu-al-abu se
estremecia y repetia sus silvidos mas tnues, mas dulces y esponjaba mas
su plumaje y acababa por dormirse.

Yo amo  ese pobre viejo; l y mis pjaros y mis flores, son los nicos
que tienen para m demostraciones de afecto; y sonoros cantos y suaves
perfumes.

Yshac est siempre sombro, hosco, me mira con sobrecejo, habla conmigo
muy pocas palabras, y con mucha frecuencia en medio de la noche, me
estremece su risa, esa risa dolorosa y terrible, esa risa de condenado.

Pasaba as mi vida; lleg al fin un dia en que me sent llena de una
vida nueva; sentia en mi corazon una ansiedad lenta, dulce, pero que 
pesar de su dulzura me atormentaba, cuando leia los hermosos poemas de
Antar: cuando leia que un caballero enamorado iba venciendo peligros en
busca de una dama encantada, yo me decia:

--Cul ser el caballero que me saque de mi encanto?

Yo quiero que sea blanco como las cndidas rosas de mi jardin; que tenga
los ojos negros como el fondo de las grutas del rio; que sea mas gentil
que el lamo, mas amoroso que el ruiseor cuando trina: yo quiero que mi
amado sea valiente, leal y buen caballero: yo le quiero ver en el
esplendor de su poder y de su juventud.

--Y yo preguntaba al buho:

--Dnde est el amado de mi alma?

Y el buho silvaba dolorosamente.

Y preguntaba al ruiseor, y el ruiseor callaba.

Y preguntaba  las flores, y las flores parecia que querian apartarse de
m volvindose sobre su tallo.

Y preguntaba  Yshac, y l me contestaba:

--Aun no es tiempo.

Y al escuchar estas desconsoladoras respuestas, mis ojos se llenaban de
lgrimas y en mi pensamiento despierta, y en mis sueos dormida, veia yo
al mancebo de m amor, mas enamorado, mas valiente, mas generoso,
enlazadas mis manos  las suyas, viviendo en su vida.

Y--Yo le amo, yo le espero, decia al buho y al ruiseor y  las fuentes
y  las flores.

Y todos ellos me contestaban de una manera dolorosa como si hubieran
querido decirme:

--El amor de tu amado ser fatal para t.

Y empec  ponerme plida, como los claveles cuando les falta el rayo
del sol.

Y empez el sueo  huir de mis noches, y la paz desapareci
completamente de mis dias.

Todo era triste para m.

El cielo y la tierra: el sol y las nubes: y las flores.

Un dia... hace muy poco tiempo, Yshac me dijo:

--Ha llegado la hora.

--La hora de conocer  mi amado?

--S, me contest.

Al dia siguiente me mont en un asno sencillamente enjaezado y cubierta
con un haike, y l detrs, cubierto con su albornoz, me sac del jardin;
seguimos el rio abajo, atravesamos una hermosa ciudad, salimos a una
deliciossima vega y caminamos por ella hcia donde se pone el sol.

Aquella noche llegamos  otra ciudad rodeada de fuertes muros y
altsimas torres.

Qu ciudad es aquella, pregunt  Yshac, que brilla como plata bajo la
luz de la luna?

--En esa ciudad est el amado de tu alma, me contest.

Y no dijo mas palabra, por mas que le pregunt.

Dormimos aquella noche en una casa, junto al rio, cerca de la ciudad.

Mejor hubiera dicho que pasamos la noche, porque yo no dorm.

En medio de mi vela me sorprendi el ruido de un aleteo.

Era Abu-al-abu que entraba por la ventana.

El pobre viejo nos habia seguido.

Se pos sobre mi hombro y estuvo largo rato silvando  mi oido de una
manera lastimosa: luego se precipit por la ventana y desapareci.

Al amanecer, Yshac me hizo montar en el asno y me llev... al lugar
donde te v.

Cuando entramos, l mismo me quit el haike y qued con el rostro
descubierto.

Todos me miraban, damas y caballeros.

Todos estraaban, sin duda mi luto y el de Yshac.

Yo miraba  todos los mancebos que pasaban junto  mi  que estaban  mi
lado: ninguno era el de mis sueos, el ser  quien yo amaba sin
conocerle.

Pero de repente son una msica poderosa de trompetas y atabales, de
dulzainas y aafiles, y entr el rey en la plaza.

A la derecha del rey venias t.

Al verte mi corazon se estremeci, fij en t mis ojos y ya no los
apart mas.

Porque t eras el hombre de mi amor. Mi corazon me lo dijo.

Pero t me miraste un momento, y luego... apartaste de m los ojos y no
me volviste  mirar mas.

En cambio otro hombre me miraba tenazmente.

Era el rey.

Yo apartaba los ojos del rey, los fijaba en t y no veia nada de lo que
tenia alrededor.

Y las fiestas se acabaron y t desapareciste, y yo qued ciega y
desdichada, con el corazon frio y los ojos llenos de lgrimas.

Al dia siguiente Yshac me trajo otra vez al jardin.

Al entrar en l me dijo:

--Tu amado vendr y t sers sultana.

Yo te esperaba.

Hoy me dijo Yshac:

--Tu amado vendr esta noche: t saldrs  su encuentro: las flores y
las fuentes y las enramadas sern vuestros nicos testigos. S su
esclava.

Yo quise hablar pero Yshac me dijo con fiereza.

--El destino lo quiere: la esclava debe esperar  su seor: pero que su
seor no sepa la historia de su esclava; porque si la supiera moririas
t y moriria l.

Yshac no nos escucha, aadi Bekralbayda: est en aquel ajimez, y yo he
podido contarte mi historia, he podido decirle te amo, soy tu esclava;
t eres la sed de mi corazon, el sol de mi vida; te veo, me escuchas y
soy feliz.

Mientras Bekralbayda habia contado su sencilla historia al prncipe, la
luna habia descendido y se habia ocultado al fin: la sombra habia
cubierto rboles, fuentes y flores: despues que call Bekralbayda, no se
vi mas que la sombra de Yshac-el-Rumi en el ajimez en que lucia un
resplandor opaco, ni se oy mas que el murmullo de las fuentes y el
aleteo de un buho que revolaba entre la enramada.




VI.

EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO HISTRICO.


Mohammet-ebn-Abd-Allah-ebn-Juzef-ebn-Al-Hhamar-al Nazar[11], el vencedor
y el magnfico, sultan de Granada, era un poderoso rey, valiente y
justiciero, que habia logrado reunir dentro de los muros de Granada, de
la ciudad rival de Damasco, todos los restos dispersos del pueblo moro
espaol, que las conquistas del santo rey Fernando III habian arrojado
sucesivamente de Sevilla, de Crdoba, de Ubeda, de Baeza y de Jaen.

Granada, pues, habia reconcentrado en una reducida estension de terreno
una poblacion inmensa: sus villas se habian ensanchado; la Vega, las
vertientes de Sierra Nevada y las Alpujarras, se habian salpicado de
aldeas, alqueras y castillos, y la misma Granada habia visto aparecer
rpidamente sobre las laderas de sus montes, los barrios del Zenete y
del Albaicin, fundados por los fugitivos de Baeza.

Granada en un dia de combate arrojaba por sus puertas ochenta mil
ginetes, que juntos con los caballeros y gente ligera de la Vega y de
las montaas componian un ejrcito de doscientos mil hombres fuertes y
prcticos en la guerra contra el cristiano.

Fernando III, por la parte de Castilla y Andaluca, y don Jaime de
Aragon por la de Valencia y Murcia, se vieron contenidos por aquella
ltima barrera en que habian concentrado su pujanza los restos vencidos
de los moros espaoles.

Como cabeza de este reino de esta ltima esperanza de los moros en
Espaa, se veia al poderoso Ebn-Al-Hhamar-al-Nazar.

Digamos algo de este rey, el primero de la dinasta Nazerita, y fundador
de la Alhambra.

Al-Hhamar era descendiente de la tribu de los beni-al-Ansari[12], un
pariente  sobrino de un Ansari que acompa  Mahoma en su fuga de
Medina  la Meca, llamado Ebada, habia venido de la Arabia 
establecerse en Espaa en los tiempos de la conquista de los rabes
sobre la Pennsula. De este Ansari, pues, descendia Al-Hhamar.

Pero fuese por las vicisitudes de la fortuna  por otra causa
cualquiera, los padres de Al-Hhamar eran labradores de Arjona, entonces
populosa y rica villa de la Andaluca oriental.

A pesar de la escasa fortuna de sus padres, Al-Hhamar fu educado
ventajosamente.

Era de despierto ingenio, y le enviaron  la universidad de Crdoba.

Gallardo, galan, fuerte y valiente causaba ya en su mocedad temor  los
alentados, y habiendo demostrado aficion al ejercicio de las armas; su
padre le di una bolsa, una lanza y un caballo, le predic un sermon que
dur una hora larga acerca de la generosidad, del valor y dems deberes
de un caballero, y le envi  buscar fortuna por el mundo.

Fuse  Crdoba con algunas cartas de recomendacion que habia recogido
de sus parientes de Arjona y hubo de resignarse, por el momento, no 
entrar con un cargo en el ejrcito, sino  desempear algunos oficios
administrativos. Al fin, aprovechando las disidencias y las guerras
civiles en que habia caido el califato de Crdoba, bajo el gobierno de
los emires sucesores de Juzef-Amir Al-Mumenin, sirviendo ya al uno ya al
otro, pero atendiendo siempre  la justicia de la causa  cuya defensa
se decidia; ganada una y otra victoria, adquiri muy pronto en el
ejrcito el dictado de Al-Nazar[13] que debia dar nombre  la dinasta
fundada mas tarde por l.

Empezaba  menguar la sangrienta luna de los almoravides[14]; el
califato de Crdoba se habia hundido; la guerra civil le despedazaba:
los Almohades[15] predicando su doctrina religiosa que los almoravides
llamaban hertica, habian irrumpido de Africa sobre Espaa, y
Lotawak-Aben-Hud, ltimo de los emires almoravides, luchaba con todas
sus fuerzas.

Al-Hhamar sirvi  Aben-Hud, pero muy pronto volvi las armas contra l:
tom  Jaen por asalto, se apoder de Arjona, de Guadix, de Baeza, y se
hizo proclamar en los pueblos sujetos  su seoro, sultan y altsimo
emir de los fieles[16].

Quedse aislado Aben-Hud.

En aquellas circunstancias los reyes de Castilla y de Aragon, don
Fernando el Santo y don Jaime el Conquistador, emprendieron  un tiempo
su espedicion de conquista sobre los moros, el uno por la parte de
Andaluca, el otro por la de Valencia.

Sorprendida Crdoba en una lluviosa noche de invierno, por Domingo
Muoz, alcaide de Andujar, v ocupado su barrio de la Ajarquia[17] sin
poder echar de l  los audaces cristianos que se han fortalecido dentro
de la ciudad. Avisan  Aben-Hud para que acuda con su ejrcito, pero ha
acudido antes el rey de Castilla. La traicion de un prisionero
castellano que Aben-Hud envia  reconocer al ejrcito enemigo, le hace
creer que las fuerzas de este son infinitamente superiores  las suyas,
y se retira dejando en libertad  Fernando de estrechar  Crdoba
entregada  s misma.

En su retirada encuentra Aben-Hud  un mensagero del emir de Valencia
que le pide auxilio contra el rey de Aragon que le estrecha; se decide
Aben-Hud  prestrselo, pero en el camino, una noche en el castillo de
Almera, es ahogado por el wal Abderraman, que proclama  Al-Hhamar.

Hurfana Granada asimismo de emir por la muerte de Aben-Hud, proclama al
afortunado caudillo, y encuntrase por lo tanto Al-Hhamar, rey del
estado mas considerable de la dominacion musulmana sobre Espaa, despues
del califato de Crdoba.

Esta ciudad, Valencia, Murcia y despues Sevilla, han caido en poder de
los cristianos, lo que resta  los moros en Espaa, es ya la nica y
esclusiva monarquia del rey Nazar.

Sin embargo, se vi obligado  aliarse con Fernando III,  ayudarle con
un cuerpo de caballera  la conquista de Sevilla,  declararse su
vasallo rindindole pleito homenage y  pagarle un tributo anual.

Esto no aconteci sino despues de haberse visto obligado Al-Hhamar 
rechazar una entrada de los cristianos, y hacer despues levantar el
estrecho sitio que puso sobre Granada el mismo Fernando III[18].

Tal era la historia del rey Nazar. Valiente, sabio, religioso, defendi
su reino, fund en l escuelas y mezquitas, y se dedic  la proteccion
de las artes y de la industria.

Sin embargo, este gran rey moraba aun en la antigua casa del Gallo de
viento; no tenia un alczar digno de su grandeza y de su poder;
Al-Hhamar-al-Nazar antes que en la suya propia, habia pensado en la
felicidad de sus vasallos.




VII.

EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO DE ADENTRO.


Habia nacido Al-Hhamar en Arjona, el mircoles 9 de la luna de Xaban[19]
del ao 591 de la hegira[20]; contaba pues, cuarenta y cinco aos en el
momento en que le presentamos  nuestros lectores.

Era sin embargo, muy hermoso; sus cejas estaban negrsimas y pobladas y
en su larga barba bermeja, semejante al oro, no asomaba una sola cana;
sus megillas blancas y brotando el color de la salud, no tenian arrugas;
sus ojos brillaban con la fuerza de la juventud y tenian el reflejo de
la prudencia: la toca blanca que envolvia su cabeza, dejando ver las
puntas de oro de su corona, y su largo caftan negro, daban una gran
magestad  su aspecto.

El rey Nazar era todava hermoso, y sino era jven no parecia viejo.

Aun podia pensar en el amor.

En amores habia sido muy desgraciado Al-Hhamar.

Su primera esposa, Zobeya, madre del prncipe Mohammet-ebn-Abd-Allah,
habia muerto al dar  luz  este prncipe.

La segunda, que no habia sido su esposa, sino su cautiva, su esclava, la
princesa Leila-Radhyah, habia desaparecido dejando un rastro de sangre
en la casa de Nazar.

La tercera, Wadah, era una muger terrible, una africana hermossima,
madre de su segundo hijo el prncipe Juzef, de la cual hacia mucho
tiempo que le tenia apartado una repugnancia invencible, una antipata
mortal.

Wadah, la soberbia africana, le amaba; y sus celos eran un continuo
tormento para Al-Hhamar.

Y sin embargo, Wadah no tenia razon alguna para tener celos del rey
Nazar.

No amaba  ninguna muger.

Ni aun pasaba de las puertas de su harem.

El rey Nazar hubiera podido pasar por un morabitho[21]  no ser por sus
academias con sus sabios y poetas,  por sus continuas escursiones por
sus estados para asegurar con su presencia el amor de sus vasallos y la
fidelidad de sus alcaides y wales.

Gozaba Nazar de una profunda paz como rey: en su reino todo florecia:
sus ejrcitos eran inumerables: tenia satisfecha su ambicion.

Pero como hombre estaba en una contnua guerra con un deseo misterioso,
con una sed no satisfecha: estaba solo en el mundo: el amor de sus hijos
no era bastante para satisfacer aquel deseo.

Necesitaba otro amor.

La sultana Wadah no podia tampoco satisfacerlo: un contnuo y sombrio
disgusto que se vea impreso en su semblante, y su soberbia siempre
provocadora, siempre agresiva, la separaban del rey.

Y luego habia dos fantasmas ardientes en forma de muger que se
levantaban dentro de su alma.

Lejano, perdido all en la inmensidad de los recuerdos el uno; cercano,
candente, abrasador, el otro.

La una muger era la sultana Leila-Radhyah.

Al-Hhamar no habia podido olvidarla.

Podia decirse que la sultana Leila-Radhyah habia sido su primer amor.

La habia buscado en vano, en vano habia gastado sus tesoros para
descubrir su paradero.

Una circunstancia terrible le hacia recordar de una manera sombra su
prdida.

Durante sus amores con Leila-Radhyah, Al-Hhamar habia contraido con
Wadah uno de esos casamientos que se llaman de conveniencia. Wadah era
poderosa.

Se la atribuia un poder mgico.

Ya hemos dicho que los moros son muy dados  la supersticion.

Cuando conoci Al-Hhamar  Leila-Radhyah, mejor dicho, cuando se apoder
de ella, era simplemente wal[22]; su cautiva era una doncella de sangre
real hija de un poderoso emir de Africa.

Al-Hhamar que al verla habia sentido por ella un amor vorz, necesitando
de consuelo por la muerte de su esposa Zobeya, madre del prncipe
Mahommet, ni se atrevi  devolver la doncella real  su padre, porque
esto era perderla, ni  casarse con ella, porque sabia demasiado que el
rey de Tlemcen no se avendria  dar por esposa  un simple wal una
sultana hija suya.

La ocult, pues, en su casa, goz sus amores,  hizo feliz durante algun
tiempo  la pobre jven que le amaba y todo lo posponia  su amor.

Pero lleg un dia en que Al-Hhamar se cas con Wadah, quedando reducida
Leila-Radhyah  la posicion de una concubina, de una esclava que ningun
derecho tenia.

Poco despues desapareci como hemos dicho Leila-Radhyah, dejando en su
aposento sangrientas seales. El rey la crey muerta y la llor.

Aquella misma noche, Al-Hhamar escuch en las habitaciones de su esposa,
la hermossima Wadah, terribles gritos, gritos semejantes  rugidos de
leona.

Cuando entr en aquellas habitaciones, encontr  Wadah medio desnuda,
destrenzados los cabellos, delirante, frentica, buscando ac y all,
levantando tapices, asomndose  los ajimeces, mirando al oscuro fondo
de los patios y gritando sin intermision:

--Asesinos! asesinos! asesinos!

Wadah mostraba en sus manos un pequeo lienzo cuadrado de seda manchado
de sangre.

Cuando vi  Al-Hhamar, guard el pao entre sus ropas descompuestas y
lanz una horrible carcajada.

En vano la pregunt Al-Hhamar acerca de sus gritos, de aquel lienzo
ensangrentado, de aquel desvaro: Wadah guard el mas profundo silencio.

Al dia siguiente Al-Hhamar supo por los alcaides de su harem, que dos
esclavos habian desaparecido.

El uno era Leila-Radhyah, el otro un cautivo cristiano.

Wadah desde aquella noche no volvi  sonreirse ni  hablar: amaba 
Al-Hhamar con delirio, pero le rechazaba con horror; algunas veces en el
mismo punto en que se estremecia de placer entre sus brazos le rechazaba
gritando:

--Asesino! asesino! asesino!

Al-Hhamar habia llegado  sentir horror hcia Wadah, y  recordar con
mas intensidad  su perdida Leila-Radhyah.

La otra muger cuyo recuerdo se levantaba prximo, ardiente, tentador en
el alma del rey Nazar era Bekralbayda.

Desde tres dias antes que la habia visto en las fiestas de Alhama no
habia podido olvidarla.

Nunca habia sentido un deseo mas exigente.

Aquella nia llenaba su alma, pero sin destruir el amor que sentia hcia
Leila-Radhyah.

Habia llamado en vano  Yshac-el-Rumi.

Yshac le habia contestado:

--Aun no es tiempo.

--Pero de qu familia es esa nia?

--No es tiempo, replicaba Yshac.

--Es libre  esclava? aadia el rey.

Y como si solo se hubiera provisto de una sola respuesta Yshac, repetia:

--Aun no es tiempo.

Y sin pronunciar otra palabra el sabio se despidi del rey, dejndole
envenenada el alma.

Por eso el rey se paseaba triste, sombro, apenado, por una de las
estensas y sonoras cmaras de su palacio del Gallo de viento.

Por eso de tiempo en tiempo murmuraba exhalando un profundo suspiro:

--Aun no es tiempo que yo sea feliz!




VIII.

LA VENTA DE UNA MUGER.


Era ya tarde.

En medio de su distraccion escuch el rey Nazar el ruido sonoro de las
pisadas de alguno que se acercaba.

Entonces compuso su semblante para que nadie pudiese comprender por l
lo que pasaba en su alma.

Levantse el tapiz de una puerta, y un esclavo negro magnficamente
vestido con un sayo de escarlata y con una argolla de oro al cuello, se
prostern y dijo con voz gutural y respetuosa:

--Magnfico sultan de los creyentes! un viejo enlutado solicita
arrojarse  tus plantas: dice que v en ello mas de lo que puede
pensarse.

Al oir el rey Nazar que le buscaba un hombre enlutado, se apresur 
mandarle introducir, lo que en aquella hora no hubiese hecho por nadie,
ni aun por sus mismos hijos.

Entr en la cmara algun tiempo despues un hombre alto, plido,
enteramente cubierto por un turbante blanco, y por un ancho alquicel,
blanco tambien, sin dejar descubierto mas que un semblante huesoso en
cuyas profundas rbitas se revolvian dos ojos brillantes como
carbunclos.

Aquel hombre no se prostern ante el rey Nazar: por el contrario
adelant hcia l, rgido, enhiesto, sin producir ruido al andar, como
un fantasma, y con la mirada candente y fija en el rey Nazar, que
retrocedi.

--No me conoces, Al-Hhamar, el vencedor y el magnfico! dijo
detenindose  poca distancia del rey.

--T eres el viejo que acompaaba  la doncella blanca, dijo el rey
Nazar sin poder dominar su fascinacion.

--S, yo soy el astrlogo Yshac, contest aquel hombre permaneciendo
inmvil en el sitio donde se habia parado.

--T eres el que me dijiste, cuando yo te ofrecia montaas de oro por la
doncella blanca: aun no es tiempo.

--Yo soy.

--Y  qu vienes?

--Vengo  venderte  Bekralbayda.

--A vendrmela! pide cuanto desees, cuanto quieras.

--Yo no quiero dinero.

--Qu quieres pues?

--Dos cosas solas.

--Habla.

--Quiero que Bekralbayda sea doncella de tu esposa.

--Ah! poner junto  la terrible Wadah,  ese arcngel del stimo
cielo! Sabes t quin es Wadah?

--Soy astrlogo y mago: lo s.

Tembl imperceptiblemente el rey Nazar.

Ni uno ni otro se habian movido del sitio donde se habian parado.

Vistos  cierta distancia parecian dos sombras; la una blanca, y la otra
negra, que no se atrevian  unirse, que se rechazaban.

--Sabes que la sultana Wadah est loca?

--Lo s.

Por un cambio natural en la disposicion del nimo del rey, pregunt con
ansia  Yshac.

--Sabes por qu causa est loca la sultana?

--S.

--Dmelo.

--Aun no es tiempo.

El rey se estremeci de nuevo.

--Y sabiendo que est loca la sultana quieres poner  su lado 
Bekralbayda?

--S.

--Pero cmo pueden satisfacerse mis amores estando Bekralbayda al lado
de la sultana?

--Ese es negocio tuyo.

--Y qu mas quieres para entregarme esa doncella aunque sea de ese
modo?

--Ser tu astrlogo: vivir en tu alczar.

--Y nada mas pides! esclam con asombro el rey Nazar.

--Nada mas quiero, contest con voz cavernosa el astrlogo.

--Puedes traer maana  Bekralbayda al alczar.

--Pues bien; maana la traer. A Dios.

Y sali tan silenciosamente como habia entrado, dejando fascinado y mudo
al rey Nazar.




IX.

DE CMO EL PRNCIPE MOHAMMET ESTUVO  PUNTO DE SER AHORCADO POR LADRON.


Bekralbayda era feliz.

Es verdad que aun no sabia el nombre de sus padres, pero sabia el de su
amado.

Las sombras y el silencio habian protegido el delirio de sus amores con
el prncipe.

El prncipe, por su parte no podia ser tampoco mas feliz: la muger de su
amor era suya en cuerpo y en alma.

Los dos amantes se habian separado antes del amanecer, dndose cita para
la noche siguiente.

Yshac-el-Rumi habia pasado la noche en vela, inmvil, apoyado en el
alfeizar del ajimez.

La dama blanca habia dado salida al prncipe por el portillo de una
cerca.

Bekralbayda, embellecida por un nuevo encanto, se habia dirigido  su
retrete, se habia arrojado en su lecho y habia dormido un sueo de
amores.

El prncipe se habia encaminado  la Colina Roja, y se habia ocultado en
las ruinas del templo de Diana.

Pero antes de entrar en ellas, habia arrojado una mirada al frontero
Albaicin  la casa del Gallo de viento, y habia esclamado al ver el
reflejo de una luz en un ajimez del retrete del rey Nazar:

--Porqu velar  estas horas mi padre?

Pas el dia: un difano y radiante dia de primavera.

Lleg la noche.

Una noche serena, lnguida, tranquila, sin luna, pero dulce y
misteriosamente alumbrada por los luceros.

El prncipe sali de las ruinas del templo, baj  la mrgen del rio y
se encamin  la casita blanca del remanso.

A la casita donde, sin duda, impaciente y estremecida de amor como l,
le esperaba Bekralbayda.

Pero esper una hora y nada interrumpi el silencio y la soledad de
aquellos lugares.

Pas aun mas tiempo y nadie vino  llevar al prncipe junto  su amor.

Encaminse  la oscura gruta y penetr en ella, pero en vano procur dar
con la pendiente entrada por donde habia resvalado la noche antes, y que
le habia llevado al palacio de la dama blanca.

Por todas partes, en todas direcciones, encontraba la roca tajada,
spera, hmeda y nada mas.

--Me habr engaado? se pregunt.

Y volvi  salir.

Pero aquella era la estrecha grieta cubierta de maleza por donde habia
penetrado la noche anterior.

Para confirmarle en ello estaban all las ramas que habia cortado con su
yatagan para abrirse paso.

Sin embargo, aunque penetr una y otra vez, solo hall una estrecha
escavacion en la roca, en la cual no habia ninguna abertura.

Desesperado, abandon aquel lugar y subi  las cortaduras del rio y
rode por los crmenes, buscando el postigo por donde le habia dado
salida la dama blanca.

Pero no hall la cerca.

En cambio se perdi en un laberinto de enramadas, que se intrincaban mas
 medida que el prncipe se revolvia mas en ellas.

Lleg un punto en que quiso salir y no pudo. No encontraba la salida, ni
aun lograba dar con el rio cuya corriente le habia guiado.

--Habr aqu algun encantamento? dijo.

Y apenas habia hecho esta esclamacion, cuando oy un ronco ladrido, y
poco despues se vi acometido por un enorme perro campestre y por una
ronda de labradores armados de chuzos, uno de los cuales llevaba una
linterna.

Cuando esto acontecia habia pasado ya largo tiempo. Era la media noche.

--H aqu el ladron de nuestras hortalizas...

--El talador de nuestras flores.

--El caballero que se divierte en matar nuestros perros y seducir
nuestras hijas, esclamaron en coro aquellos hombres, con gran sorpresa
del admirado prncipe.

La verdad del caso era, que como aquellos honrados labriegos tenian
mugeres y parientas hermosas, algunos jvenes caballeros habian dado en
la flor de ir  meterse en vedado por aquellos frondosos crmenes,
pisando las flores que encontraban  su paso, pero con la cautela y la
malicia del ladron, favorecidos por alguna de las flores pisadas, y el
prncipe Mohammet pagaba sin culpa las culpas de otros.

--Qu decis de vuestras flores y de vuestras hijas? dijo el prncipe:
yo no vengo ni por las unas ni por las otras: me h perdido en vuestros
crmenes y os ruego que me saqueis de ellos.

--Qu te saquemos? pues ya se v que te sacaremos: esclamaron los
rsticos, pero ser para llevarte preso al rey que nos har justicia.

Estremecise el prncipe.

--Vosotros no hareis eso, dijo, cuando sepais quin soy yo.

--Seas quien fueres, por ladron te tenemos no has pasado nuestros
trminos de noche sin nuestra licencia?

--Yo no he encontrado cerca alguna.

--Tu has escalado la cerca: por lo mismo morirs ahorcado.

En efecto el prncipe habia saltado una pequea tapia.

--Y para qu queremos llevarle al rey? dijo otro: nosotros podemos
ahorcarle, acaso no es un ladron armado? no sabeis que el que coje 
un ladron armado puede ahorcarle all donde le pille?

--Pero yo no he hecho resistencia: esclam el prncipe.

--Y quin sabe si la has hecho  no? lo dirs t despues de muerto?

--Si vosotros me ahorcrais, mi padre os descuartizaria vivos, contest
con altivez el prncipe.

--Es que nosotros tenemos un padre que nos defender del tuyo por
poderoso que sea: porque nuestro padre es el poderoso y justiciero rey
Nazar.

--Pues bien de rodillas ante su hijo el prncipe Mohammet, dijo con
altivez el jven.

--T el prncipe Mohammet, el valiente y virtuoso hijo del rey Nazar?
dijeron los rsticos: no puede ser; qu tiene que buscar nuestro buen
prncipe por estos sitios y  estas horas?

--Es un mal caballero que miente por salvarse.

--Un burlador de la justicia del rey y de nuestra honra.

--Un libertino.

--Un infame.

--Ahorqumosle.

--No; casmosle con la muger que vendr  buscar y que sin duda es hija
de uno de nosotros.

--Yo no conozco  vuestras hijas: os repito que soy el prncipe
Mohammet.

--Pues bien; te llevaremos al rey, y el rey dir si eres prncipe  no.

Y arremetiendo  l, y sin que el prncipe pudiera valerse, le
arrastraron consigo, le llevaron al otro lado del rio, y por el camino y
la puerta de Guadix le metieron en el Albaicin.




X.

LA TORRE DEL GALLO DE VIENTO.


Aun velaba el rey la misma noche en que habia dado audiencia  Yshac,
cuando un esclavo, el mismo que le habia anunciado la llegada del
astrlogo, le anunci que unos labradores traian preso al prncipe
Mohammet.

Porque el prncipe habia sido reconocido en el alczar, y se habia
detenido  los labradores, que estaban aterrados por su torpeza en haber
preso al prncipe.

Nublse el semblante de Al-Hhamar.

Era el primer disgusto que le daba su hijo.

Mand que introdujesen al prncipe y los labradores.

El prncipe se present confuso.

Los labradores aterrados se arrojaron  los pies del rey Nazar.

--Perdon, seor, perdon, esclamaron: nosotros no conocamos al
esclarecido prncipe, tu hijo.

--El nos dijo quien era.

--Pero nosotros no le creimos.

--Porque los caballeros de Granada se entran de noche en nuestros
crmenes.

--Y nos roban las flores...

--Las flores de nuestra alma.

--Nuestras esposas y nuestras hijas.

--Y creimos que el prncipe fuera uno de estos ladrones.

--Porque le encontramos dentro de nuestros crmenes.

--Que estn cercados.

--Que estn guardados.

--Nosotros no sabiamos que era el prncipe.

Impuso el rey Nazar silencio  los labradores, que hablaban  un tiempo
y en coro, impulsados por el miedo, y pregunt  su hijo:

--Es cierto lo que estos dicen?

--Me han encontrado en los crmenes, seor, contest el jven.

--De noche y armado?

--Si seor.

--Idos! dijo el rey  los labradores.

Estos no esperaron  que el rey repitiese su mandato, y salieron en
tropel como una jauria espantada, no sin sufrir algunos latigazos de los
esclavos y de los soldados en su trnsito por el alczar.

El rey Nazar se habia quedado solo con el prncipe, y le miraba ceudo.

--No estabas en mi castillo real de Alhama? dijo al fin Al-Hhamar.

--Si seor, constest el prncipe.

--No te habia mandado que no vinieses  Granada?

--Si seor.

--Por qu has venido? qu causa grave tienes que alegar en tu
disculpa?

El prncipe sabia que su padre estaba enamorado de Bekralbayda, y no se
atrevi  confesar la verdad.

--Tu hijo no tiene disculpa ninguna, poderoso sultan de los creyentes,
contest.

--Si uno de tus wales abandonase un gobierno que t le hubieses
encomendado, si su gobierno estuviese en la frontera enemiga, qu
harias?

--Mandaria cortar la cabeza al wal, contest con mesura, pero con
firmeza el prncipe.

--Porque el wal habria sido traidor y rebelde?

--Si seor.

--T eres prncipe: t eres mi compaero en el mando? t eres casi el
sultan de Granada: tu culpa por lo mismo es mayor. A qu has venido 
Granada?

--Estaba triste en Alhama.

--Y tienes aqu tu alegra?

--Si seor.

--Y... tu alegra cmo se llama?

--Mi alegra no tiene nombre.

--Pero por qu has venido  Granada desobedecindome? por qu has
abandonado mi estandarte en la frontera?

--Por respirar las auras de la noche en los crmenes del Darro.

--Oh! yo sabr tu secreto, dijo el rey.

Y llamando  dos de los mas ancianos y prudentes de sus wazires[23] les
mand que encerrasen al prncipe en lo mas alto de la torre del Gallo de
viento.

Esta antiqusima torre, cuadrada, alta, maciza, en la cual no se veia
mas que estrechas saeteras y una ventana en cada frente, junto  las
almenas, estaba largo tiempo hacia inhabitada y protegida por el terror
supersticioso que inspiraba.

Decase que habitaba en ella el _alma del rey Aben-Habuz el sabio_.

Esta torre estaba situada en el centro de un patio del palacio  que
daba nombre, y en su parte inferior no tenia puerta. Entrbase en ella
por su altura media, por un pasadizo cubierto, en forma de puente que la
unia con uno de los lados del patio.

Aquel pasadizo tenia una puerta de hierro macizo y mohoso, cuyos
cerrojos y candados era fama que no se habian abierto en centenares de
aos. Despues de aquel pasadizo y en el corazon de la torre, que parecia
maciza tambien, se retorcia una estrecha escalera de caracol, iluminada
apenas por la escasa claridad que penetraba cansada por estrechas y
profundsimas saeteras, y en lo mas alto de la torre terminaba la
escalera, en una cmara de ocho pies en cuadro, baja de bveda y
envejecida mas que por el tiempo por el humo de un hornillo que se veia
como escondido en uno de los rincones.

En esta cmara  nivel del pavimento resquebrajado y sucio, una
compuerta de hierro cerraba la escalera, y cuatro ventanas
semicirculares se abrian en direccion  los cuatro puntos cardinales.

Adems del centro  clave de la bveda descendia hasta la parte media de
la altura de la cmara un eje de hierro, del que estaba suspendido un
pequeo ginete de hierro tambien, con el caballo en actitud de correr y
con la lanza baja.

Aquel eje se volvia obedeciendo  la veleta de la parte superior, y la
punta de la lanza del caballero sealaba  la parte donde iba el viento.

Contbanse de esta torre cosas estupendas: decian que algunas noches se
veia por sus altsimas ventanas un resplandor rojo como de infierno, y
por entre sus almenas un humo luminoso: y de lo que mas se hablaba, era
de un buho enormsimo, tan grande como la mas grande guila que anidaba
junto  las almenas; y  propsito del resplandor, y del humo, y del
buho, se contaban tales cosas, que bastaban para aterrar  los muchachos
y hacerlos callar cuando se obstinaban en el llanto, para lo que tambien
bastaba nombrar simplemente el alma de Aben-Habuz, fundador de la torre
y del palacio que tenia  sus pies.

Por una coincidencia singular, el patio en que esta torre se levantaba,
era el mas alegre y bello del palacio: esbeltas columnitas sostenian sus
galeras, flores, fuentes y estanques se veian en su terreno, y en l
vagaban las hermosas esclavas de la servidumbre de la sultana Wadah.

Porque en aquel patio estaban las habitaciones de la esposa del rey
Nazar.

Vease, adems desde las ventanas de la torre toda Granada, la Vega, las
sierras hasta los distantes confines: en una palabra, aquella torre era
una escelente atalaya.

Los wazires condujeron hasta all con un profundo respeto al prncipe, y
este, que al asomarse  una ventana habia visto la Colina Roja, dijo 
los wazires:

--Ah, en el cercano monte, en las ruinas del templo romano, est mi
caballo: no es justo que dejemos perecer  nuestro compaero de batalla;
haced que le vayan  buscar.

Los wazires se inclinaron profundamente, y salieron dejando solo al
prncipe, que  los primeros rayos del sol de la maana se puso 
contemplar desde su altura el estrecho valle por donde el Darro
atravesaba  Granada.

Porque en las mrgenes del Darro, moraba su vida y la mitad de su alma:
Bekralbayda.




XI.

DE CMO EL REY NAZAR COMPRENDI QUE NO PODIA SER FELIZ.


Al-Hhamar habia quedado profundamente triste.

A la tristeza por sus amores, se unia la que le causaba la rebelda de
su hijo.

Porque su hijo (sus ojos de padre se lo habian dicho) guardaba dentro de
su alma un secreto.

Y qu secreto era este que no queria revelar  su padre?

Y mientras el rey Nazar se deshacia en conjeturas, la solucion del
secreto entraba en su palacio con el caballo del prncipe, que los
wazires habian ido  recojer en persona  la Colina Roja.

Uno de los wazires se present al rey.

Llevaba en las manos unas pequeas pero pesadas alforjas de seda,
bordadas, en cuyas bolsas se contenia sin duda dinero.

--Esto hemos encontrado sobre el caballo del prncipe, seor, dijo el
wazir presentando las alforjas  Al-Hhamar.

El rey puso las alforjas sobre el divan y despidi al wazir.

Apenas se vi solo examin con una impaciencia febril las dos bolsas de
las alforjas; por su contenido esperaba deducir el objeto de la secreta
venida del prncipe  Granada.

Pero solo encontr una razonable cantidad de _dirahmes_[24] de plata, lo
que bastaba para un caballero, pero que era insuficiente para pagar una
rebeldia: adems encontr un pequeo envoltorio de seda.

Dentro de l hall dos cartas y un rizo do cabellos negros, sedosos,
brillantes, largos, pesados, que exhalaban un delicioso perfume.

--Ha venido  Granada por una muger! ama! pero quin es esa muger?
ruin debe ser cuando me la recata: estas cartas me lo dirn:

Abri la primera que estaba escrita en verso y decia as:

    La perla de las perlas,
    la cndida y la pura...

Era en fin la carta que el prncipe habia encontrado en su retrete en
Alhama, la que le habia servido de medio para encontrar  Bekralbayda.

La segunda carta mas esplcita, era la que habia sido enviada al
prncipe en su misma flecha desde la casita blanca.

Al leer el nombre de Bekralbayda que firmaba esta carta, el rey se
sinti herido en el corazon.

--Con que se aman! esclam: y acaso, acaso... s... indudablemente:
esta carta es una cita: y luego este rizo de cabellos...

El rey qued profundamente pensativo, y se puso  pasear  largos pasos
 lo largo de su cmara.

--Pero ellos no han podido conocerse, no han podido verse sino
consintindolo ese viejo enlutado, ese Yshac-el Rumi, ese hombre estrao
que me hace temblar. Pero si ese miserable sabe que mi hijo y
Bekralbayda son amantes, por qu me vende esa muger? y con tan
estraas condiciones! no me ha pedido oro... nicamente que Bekralbayda
est al lado de la sultana Wadah, de esa terrible loca, y estar l  mi
lado, ser mi astrlogo: oh poderoso seor de Ismael! t dador de la
ciencia! t misericordioso! aqu hay un misterio que no alcanzo 
esplicarme: ilumname t, seor, t que amparas  los que en t
creen!... breme camino, porque yo me siento cegar!

Y el rey sigui en su paseo, con la mirada escandecida, el aliento
ardiente y entrecortado, las megillas plidas, el paso incierto.

Luchaba dentro de s de una manera espantosa.

--Oh? dijo al fin: Dios castiga en m algun pecado de mi raza: yo no
puedo ser feliz.

Y sigui paseando.

--Y por qu no? dijo de repente: quin sabe? acaso...

El rey volvi  su paseo.

Anuncironle que un viejo y una dama enlutados querian hablarle.

El rey Nazar hizo un movimiento semejante al de quien despierta de un
sueo al impulso de una mano estraa; tom un pergamino y escribi en l
durante un breve espacio: luego dobl el pergamino y le sell.

--Que entren el viejo y la muger, dijo.

Poco despues entr Yshac-el-Rumi llevando de la mano y sin velo 
Bekralbayda que inclinaba ruborosa la cabeza.

Entrambos se prosternaron ante el rey Nazar que los alz.

--Sabes  lo que vienes  mi palacio? le pregunt Al-Hhamar.

--S que me han vendido al poderoso sultan de Granada, dijo con acento
trmulo Bekralbayda.

--Pero no te han dicho que el sultan Nazar que te ama, quiere tu amor y
no tu sumision?

Bekralbayda call.

--Vas  servir  la poderosa sultana Wadah: est enferma: procura
aliviar con tus consuelos sus dolencias: en cuanto  m en ocasion mejor
te dir cunto eres grata  mis ojos. Entre tanto pon aqu tu nombre.

El rey la present el pergamino que habia escrito y sellado poco antes.

--Y qu es esto, seor? dijo con recelo Yshac-el-Rumi.

--Aqu, salva la voluntad de Dios, est decretado invariablemente el
destino de Bekralbayda. Sellado con mi sello, signado con su nombre,
nadie abrir ese pergamino hasta que ella misma le abra.

Y llamando el rey  sus esclavos les mand que llevasen  Bekralbayda 
las habitaciones de su esposa.

Yshac-el-Rumi se qued entre los sabios y astrlogos que vivian en el
palacio del rey.




XII.

EL PALACIO DE RUBIES.


Habian pasado muchos dias.

El rey habia tenido muchas entrevistas con Bekralbayda.

El prncipe continuaba preso.

Yshac-el-Rumi empezaba por su ciencia  privar con el rey.

Ninguno mejor que l descifraba los sueos del rey, ni respondia mejor 
sus dudas.

El rey Nazar empalidecia.

Comprendase que minaba algo su existencia.

Sus ojos empezaban  tener cierto brillo fosforescente como los de la
sultana Wadah.

Dormia poco, y aun as de una manera inquieta.

En medio de sus sueos, quien hubiera estado cerca de l, le hubiera
oido pronunciar el nombre de su hijo y de Bekralbayda.

Una noche el rey velaba.

Tenia junto  s en una pequea mesa un cuadrante y un pergamino
estendido.

El rey marcaba con tinta roja sobre el pergamino lneas y
compartimientos, los media con un comps, y volvia  meditar y  marcar
lneas y puntos y  tomar medidas.

Quien le hubiera visto entonces, no le hubiera creido el sultan de
Granada, el poderoso Nazar, sino un alarife[25] que se ocupaba en formar
el plano de un palacio.

El rey se ocupaba profundamente de su trabajo.

Pero de repente le interrumpi un ruido inesperado.

El batir de las alas de un pjaro.

El rey Nazar se estremeci y mir.

Vi un enorme buho que revolaba en su cmara.

El rey Nazar se puso mortalmente plido, y se levant en busca de su
arco.

Pero el buho estrech su vuelo sobre la mesa, apag la lmpara y escap
por la ventana.

Entonces reson  alguna distancia una carcajada hueca.

El rey Nazar di voces: entraron sus esclavos con luces.

El rey Nazar hizo que encendiesen la lmpara, que cerrasen las celosas
de los ajimeces y las puertas, y que trajesen al momento al astrlogo
Yshac-el-Rumi.

Poco despues el viejo estaba delante del rey Nazar y  solas con l.

--Sintate, le dijo el rey.

El astrlogo se sent con la misma altivez que si hubiera sido otro rey.

--Sabes lo que me sucede? le dijo.

--Yo lo s todo, dijo con autoridad el mago.

--Veamos.

--En primer lugar ests cada dia mas embriagado por los encantos de
Bekralbayda.

--Es verdad.

--La sultana Wadah lo sabe y tiene celos.

--Es cierto.

--Bekralbayda quiere antes de ser tuya poner  prueba tu amor.

--Y me exige grandes sacrificios?

--S que  pretesto de que este palacio es triste, en lo que no la falta
razon, te ha pedido que construyas para ella sola un alczar.

--Es verdad.

--T te has puesto esta noche, poderoso sultan,  idear ese alczar, y
un buho ha entrado por la ventana y ha apagado la lmpara.

--Y por qu ese buho?...

--Porque ese buho quiere que ese alczar se construya en el lugar donde
est construido invisiblemente, el encantado Palacio-de-Rubes.

--El Palacio-de-Rubes!

--S, en la Colina Roja.

--Esplcame, esplcame eso.

--Escucha.

Reclinse el astrlogo indolentemente en el divan, y empez despues de
algun tiempo de meditacion de esta manera:

--All en los primeros aos despues de la conquista de los rabes sobre
Espaa, era seor de Granada Abu-Mozni-el-Zeirita.

Este rey, siendo ya viejo, muri y dej su herencia, esto es, el seoro
de Granada,  un sobrino suyo, viejo tambien, que residia en Africa, y
que se llamaba Aben-Habuz.

Cuando Aben-Habuz vino  Granada  recojer la herencia de su viejsimo
tio, solo hall un negro y carcomido castillo, puesto sobre la cima de
un monte, al pie de las vertientes de una sierra, y en el castillo
algunos cientos de feroces guerreros que miraban el ataud de roble de su
seor, apoyados en las picas con la misma espresion que el perro de
montera que pierde al amo que le arrojaba sobre el rastro.

Aben-Habuz no conocia  Abu-Mozni, y por lo tanto no se entristeci.
Humillle, s, que un pariente suyo fuese llevado  la sepultura sin
embalsamar y con un ataud y unos vestidos tan humildes, porque Abu-Mozni
habia gastado el dinero de sus tierras y de sus vasallos, en perros y
murallas, y no habia pensado ni una sola vez en su vida en tener un
alczar ni un harem, ni en proveerse de un lecho de piedra en donde
dormir el ltimo sueo.

Aben-Habuz mand  sus mdicos que embalsamasen los restos de su ferz
tio: hizo quemar el ataud de roble y el sayo de lana, le encerr vestido
de prpura en un fretro de brocado, dentro de un sepulcro de mrmol
sobre el cual hizo esculpir un pomposo epitafio, largamente meditado por
sus sabios, y despues de estos ltimos deberes, satisfechos mas bien que
 la memoria de su tio,  su orgullo de rey, se lanz con los tostados
africanos que encontr en su herencia y con el ejrcito que habia traido
de allende el mar, sobre los enemigos, que aprovechndose de la muerte
de Abu-Mozni-el-Zeirita, habian invadido su territorio; y despues de
haber corrido las fronteras tras ellos, de haberles incendiado castillos
y aldeas, y robdoles ganados y mugeres, se torn  su alcazaba;
reparti el botin entre los soldados, encerr las mugeres en una torre,
y se ech  buscar un sitio donde edificar una residencia mas digna de
un rey, que el ahumado torreon donde habia pasado largas veladas,
tendido sobre una piel de tigre, el primer seor rabe de Granada.

Llam  sus faquies y  sus astrlogos, y estos, despues de haber
consultado las estrellas, le llevaron  la cresta de la colina poco
distante de la torre de la alcazaba, y le dijeron:

--Aqu seor debes alzar tu alczar y la atalaya de tu reino; porque
desde esta loma se vn la estendida vega y las distantes fronteras, y
porque un rey debe estar siempre atento  la defensa de su pueblo.

Y Aben-Habuz hizo un alczar y levant una torre altsima en el lugar
que le dijeron los faquies y los astrlogos, y sobre la torre puso un
caballero de hierro con la lanza en ristre y girando  todos los
vientos, y en la adarga del caballero mand pintar un gallo y poner
debajo esta leyenda:

    Dice el sabio Aben-Habuz,
    que as se defiende el Andaluz.

Porque el viejo rey tenia por una de sus mas preciosas mximas la de
que un guerrero debia ser vigilante como un gallo, ligero como el
viento, para volverse y correr  la parte por donde amenazase el
peligro, y por esto y por otras razones que  nadie dijo, llam  la
torre de su alcazaba, torre del Gallo de viento.

Y encerrbase en ella el viejo rey, y se dormia al rechinar de la
veleta, y la consultaba cada vez que soplaba el viento de la tormenta, y
all donde el caballero tenia asestada la punta de su lanza, corria con
sus gentes, y hacia Ebls[26] que siempre encontrase enemigos  quienes
destrozaba volvindose cargado de presas  su castillo.

Y sucedi que una de estas veces, en vez de encontrar enemigos solo
hall un viejo astrlogo, que al ver llegar al rey entre aquella
muchedumbre de guerreros, se prostern por tierra, pidi amparo 
Aben-Habuz, y le prometi si le dejaba la vida, edificarle un alczar
tal, que fuese maravilla de los siglos venideros.

Rise el rey del temor del astrlogo, hzole cabalgar  la grupa de uno
de sus africanos, le trajo  Granada, y se encerr con l en la torre
del Gallo de viento, sin dar oidos  otras palabras que  las del
astrlogo, ni salir de la torre mas que para hacer las azalaes[27] en la
mezquita.

Y aconteci que el rey olvid la guerra por la astrologa, y pasaron
lunas enteras sin que saliese contra los cristianos;  pesar de que
estos, mal escarmentados siempre, corrian la tierra haciendo talas y
desaguisados, y los habitantes de las villas fronterizas, temerosos de
ellos, corrieron  encerrarse tras los muros de la alcazaba Cadima y de
la villa de los Judios.

Cansse el caballero de la torre de avisar el peligro, y desde entonces
no volvi  inclinar su lanza al lugar por donde aparecian enemigos, y
perdi su virtud el talisman, mientras el rey pasaba las noches en claro
en la torre del Gallo de viento  la luz del hornillo donde el sabio
hervia en sus vasijas de vidrio brevajes repugnantes.

Al fin una noche el sabio y el rey salieron de la alcazaba por un
postigo del muro, bajaron al valle formado por el Darro, y subieron  la
Colina Roja.

Era la noche oscura y la tormenta hacia rechinar la veleta de la torre
del Gallo de viento: la lanza del caballero sealaba entonces  la
Colina Roja donde estaba el astrlogo con el rey.

Hay quien dice que el astrlogo solo queria vengarse del rey por haberle
este arrebatado una hermosa doncella hija suya de la villa de los Judios
y que habia dado al rey un filtro que habia secado su cerebro tornndole
loco.

Sea como quiera, el astrlogo encendi una hoguera en la parte oriental
de la Colina Roja en el mismo sitio donde estaban las ruinas de una
antigua alcazaba, y arroj al fuego, pronunciando palabras misteriosas,
unos polvos mgicos fabricados por l delante del rey. Entonces la
tierra tembl, condensse el aire, tom formas el humo de la hoguera y
aparecieron cuatro hadas hermosas, apenas cubiertas con velos de seda,
batiendo sus trasparentes alas de mariposa.

Aquellas hadas que por el poder del conjuro del astrlogo habian sido
arrancadas del quinto cielo, eran los genios del Palacio-de-Rubes.

Llambase la una Aliento-de-las flores[28], la segunda
Eco-de-las-armonas; la tercera Suspiro-de-amor; la cuarta
Espejo-de-Dios.

Al aparecer las cuatro hadas, se habia levantado como por encanto
alrededor del rey un alczar de incomparable hermosura: el astrlogo
habia desaparecido: solo quedaban las cuatro hadas revolando alrededor
del rey que corria frentico por las galeras y los retretes y las
cmaras y los patios del alczar encantado; de aquel magnfico alczar
fresco, riente y sonoro, con el canto de sus aves, la fragancia de sus
flores, el murmullo de sus fuentes y el eco de sus armonas.

El rey corria, y corria, y lanzaba grandes carcajadas.

Aben-Habuz tenia un alczar de oro y prfido, era astrlogo y sabio,
pero habia perdido el juicio.

El judo se habia vengado.

Las hadas giraban alrededor del rey, danzando unas veces, revolando en
las cpulas otras, perdindose en el fondo de los estanques, 
deshacindose en vapores perfumados entre las esbeltas columnatas de las
galeras.

Y Aben-Habuz seguia corriendo con la barba descompuesta, la tnica
flotante, la toca deshecha, riendo siempre, de una manera insensata, y
las hadas repetian su risa de loco; detenase cansado y las hadas se
replegaban silenciosas en sus lechos de algas y flores; de perfumes y
oro: de repente volvian  aparecer ante el rey y escitado Aben-Habuz por
su hermosura corria en vano tras ellas; y el insensato reia de pena, y
sufria riendo, y en vano queria contener aquella risa fatal que salia 
su pesar de su pecho.

Y tornbase con la aurora  la torre del Gallo de viento, y en vano
pretendia ver desde sus almenas el palacio donde habia pasado la noche;
la Colina Roja se presentaba  su vista escueta y rida, como antes del
ensalmo del astrlogo, y el rey se impacientaba y preguntaba  sus
cades y  sus wazires, si veian sobre la Colina las torres, los muros
y los minaretes de un alczar.

Los sabios de su corte se entristecian y tenian al rey por loco, porque
nada veian.

Todas las noches Aben-Habuz subia  la Colina Roja, y entonces el
alczar se presentaba ante l soberbio con sus altsimas torres, sus
enhiestas almenas reales, sus cavas profundas y sus puertas de hierro,
que se abrian para darle entrada hasta el Palacio-de-Rubes, donde
tornaba  su insensata alegra y  su risa cruel.

Y cada noche que el rey penetraba en el palacio encantado parecale este
mas hermoso, mas difano, y mas rico de resplandores y de armona;
miraba su nombre escrito con oro entre los lazos de las atauxias[29] y
de los alicatados[30] y le enardecian las leyendas de amor, en que
hablaban para l, con el lenguaje del paraiso hures invisibles.

Y el desdichado sufria, reia y tornaba  su castillo, cada vez mas
insensato, cada vez mas dbil.

Su vida se consumia como una lmpara  la que falta pvilo, y aquel
terrible rey tan fiero y justador  su llegada  Granada, solo era ya
una sombra de lo que habia sido: un cadver animado.

Lleg  hacerse su locura terrible: azotaba  sus mugeres, reventaba 
sus perros, cortaba la cabeza  sus sabios, y se reia siempre; y al eco
de su risa huian todos, porque habia llegado  ser un eco de muerte.

Una noche se ci su corona de rey sobre su frente de loco, y sali como
acostumbraba, de su castillo al que, por fortuna de sus vasallos, no
debia volver sino en hombros de los seores de su crte.

Rugia la tormenta y el huracan zumbaba entre las quebraduras de los
cerros.

Aben-Habuz subi impvido el repecho de la Colina Roja, lleg  la
puerta de hierro del alczar encantado, que se abri ante l, y lleg
hasta el fondo de un magnfico patio, entre cuyas galeras se habian
refugiado las cuatro hadas huyendo de la tormenta.

Cuando el rey Aben-Habuz las vi  la difana luz que alumbraba el
alczar, emanada del mismo, solt una sonora carcajada, abri con
entrambas manos su alquicel para que las hadas no pudiesen escaparse, y
se fu hcia ellas pretendiendo abrazarlas.

Pero Espejo-de-Dios, pas sobre l deshacindose en lluvia;
Aliento-de-las-flores huy, envolvindole en perfumes;
Eco-de-las-armonas se desliz junto  l, rozando sus vestiduras y
hacindole escuchar cantos perdidos; y Suspiro-de-amor le burl
infiltrando en su corazon ardientes deseos.

Tras esta burla las hadas fueron  posarse en un ngulo distante, y
Aben-Habuz corria tras ellas, riendo siempre y empendose en aquel
juego fatal que agotaba sus fuerzas y su vida.

Y desaparecian y tornaban  aparecer, y las columnas y los arcos, los
muros y las cpulas, parecian girar, unindose  aquel baile terrible, y
las leyendas escritas con oro y colores, y los mrmoles y los
alicatados, lanzaban lnguidos destellos y repetian enamorados cantares
y parecian exhalar cfiros lascivos impregnados de suavsimos perfumes.

Y el desdichado loco reia, y cada carcajada era mas desgarradora y sus
pasos cada vez mas inciertos y vacilantes: y el alczar continuaba
girando alrededor de l y acreciendo en destellos, en fragancia, en
armona.

Al fin, Aben-Habuz vacil, sentse fatigado sobre el pavimento, sus ojos
se nublaron, la muerte vol en torno suyo, y volvi  la razon.

Entonces ces su risa: quiso levantarse y no pudo, y mir  las hadas
con los ojos inyectados de sangre:

--Malditos gnios! dijo con voz espirante: habeis hecho insensato  un
rey, pero este rey es sabio y se vengar! Dormid aqu, con mi corona y
mis amores, hasta que un rey poderoso, descendiente del compaero del
Profeta venga con el poder que le presta  la ciencia,  despertaros de
vuestro sueo.

Y cay por tierra, y sus ojos se cerraron y la muerte fu con l.

Al mismo tiempo se derrumb con estruendo el alczar, y las hadas
quedaron sepultadas entre sus ruinas.

--Yo soy descendiente del Ansari, dijo sin poderse contenerse el rey
Nazar.

--S, s, tu eres el destinado  mostrar  las gentes el
Palacio-de-Rubes, dijo Yshac-el-Rumi: por eso, cuando por complacer 
Bekralbayda, has pensado en hacer un alczar, ese buho ha entrado y ha
apagado tu luz.

--Pero ese buho!...

--El rey Aben-Habuz, fu encontrado muerto sobre la Colina Roja: y
conducido  su castillo fu sepultado en una tumba magnfica. Pero el
alma del rey Aben-Habuz, ha quedado sobre la tierra, encantada en el
cuerpo de un buho.

--Y quin te ha rebelado ese misterio y esa maravillosa leyenda? dijo
el rey Nazar; temeroso de que aquel relato fuese una impostura de
Yshac-el-Rumi.

--Hace mucho tiempo, seor, dijo el viejo de una manera inalterable, que
he consultado tu horscopo con las estrellas.

--Y mi horscopo cual es?

[imagen no disponible: y desaparecian y tornaban a aparecer.

Letre dib. y lit. Lit. de J. J. Martinez. Desengao, 10 Madrid.]

--T sers el fundador de ese alczar que admirarn las gentes, que
construirs por el amor de una muger, y al que dars tu nombre.

--Y ese alczar existe?

--Existe encantado.

--Y puedo yo verle?

--S, poderoso seor, pero enloqueceras y moririas como el rey
Aben-Habuz.

--Y bien! sino puedo verle, cmo he de construir en el lugar donde se
encuentra, un alczar semejante?

--Yo te traer pintado en pergamino el alczar; medido y dispuesto desde
lo mas chico hasta lo mas grande, de modo que los alarifes y los
oficiales solo tengan que labrar la piedra y la madera.

--Y cuando me traers ese pergamino?

--Pasada una luna.

--Una luna todava!

--Necesito ese tiempo para visitar el alczar encantado, y puesto que
tanto amas  mi hija, aprovchate t para reducirla  tu amor.

--Dentro de una luna te espero, dijo el rey Nazar: vete.

--Dentro de una luna yo te har conocer el Palacio-de-Rubes. Que el
Altsimo y Misericordioso quede contigo, rey Nazar!

Y el astrlogo sali.

--Oh! esclam el rey Nazar; el sabio rey Aben-Habuz, encantado en un
buho! este buho inspirndome el amor de Bekralbayda! ella pidindome
un alczar en cambio de sus amores! ese viejo contndome un estrao
encantamiento! mi hijo enamorado de ella, guardando su secreto, y ella,
enamorada de mi hijo y ocultando tambien su amor! y luego: yo conozco 
ese viejo: yo le he visto alguna vez! pues bien: dejemos correr la
cosas, y Dios me guiar!

Fortalecido y tranquilo por su confianza en Dios, el rey Nazar se
reclin en su divn, se envolvi en su alquicel y se durmi.




XIII.

LA SULTANA LOCA.


Qu hermosa era aquella muger  pesar de su locura!

Negros sus ojos y sus cabellos, como los ojos y los cabellos del ngel
de la noche, su frente, su cuello y sus hombros eran mas blancos que la
espuma de un torrente, cuando la ilumina la luz de la luna.

Qu hermosa era la sultana Wadah!

Las flores palidecian de envidia al verla, y los ruiseores cantaban
estremecidos de amor cuando ella pasaba lenta y pensativa bajo las
enramadas de los jardines del alczar.

Muchas veces pasaba largas horas sentada  la mrgen de las corrientes,
mirando abstraida el contnuo trenzar y destrenzar de las aguas  con la
mirada absorsta y fija en esas estraas figuras que forman las nubes
cuando las agrupa y las amontona el viento.

Otras veces se la sorprendia escribiendo sobre la arena con una varita
acabada de arrancar  un box, estraas figuras y caracteres
ininteligibles,  ya retirada en sus retretes, entonando un cntico
montono y misterioso.

Nadie la habia visto reir, pero nadie tampoco la habia visto llorar.

Y  pesar de su enagenacion, y de lo estrao de sus palabras y de sus
acciones, nadie  escepcion del rey Nazar la creia loca.

Por el contrario la creian maga, y poseida por un espritu invisible.

Sus esclavos estaban con terror  su lado y aprovechaban la primera
ocasion para huir de ella.

De ella que era tan hermosa.

Pero la mirada de sus negros ojos tenian una fijeza tal, parecian tan
hambrientos que aterraban.

El mismo rey Nazar habia acabado por espantarse de ella.

La sultana no lloraba, pero cantaba cada dia de una manera mas triste.

Y aquel canto era la lluvia de lgrimas de su alma.

Hacia muchos aos, casi veinte, desde el nacimiento del prncipe
Juzef-Abdallah, segundo hijo del rey Nazar, que la sultana Wadah, estaba
loca,  como lo pretendian sus aterrados esclavos, poseida por un
espritu invisible.

Wadah amaba al rey Nazar con un amor desesperado; muchas noches se la
escucha llamando de una manera desesperada  Al-Hhamar, y otras
abalanzndose y pretendiendo forzar las puertas que conducian  las
habitaciones de su esposo.

Otras veces se la oia rugir como una leona, y cuando acudian los
esclavos encargados de sujetarla en aquellos accesos, la veian ir de ac
para all levantando tapices corriendo  todos los lugares oscuros,
revolvindolo todo como si buscase algo.

No habia duda: la desdichada sultana Wadah, estaba poseida de un
espritu invisible.

       *       *       *       *       *

Un dia se abri la puerta dorada de su retrete.

Wadah exhal un grito de alegra.

Por aquella puerta solo podia venir el rey Nazar.

El rey entr y cerr de nuevo.

La sultana se abalanz  l.

--Yo te amo, te amo siempre, esclam.

Y le bes en la boca.

El rey Nazar contest estremecindose  aquel beso, con un beso trmulo.

--T te aterras junto  m, dijo Wadah, t me temes por qu temes  tu
amada?

El rey no supo qu contestar.

--Has visto acaso otra muger mas hermosa que yo? dijo la sultana
fijando su terrible mirada en Al-Hhamar.

--Oh! no: esclam el rey: t eres la muger mas hermosa de la tierra.

Y el rey Nazar se estremecia, porque las megillas de la sultana
temblaban, y una leve espuma empezaba  blanquear sus labios rojos, como
una banda de grana.

--S, s: esclam Wadah corriendo hcia un gigantesco espejo de plata y
arrancndose sus vestiduras hasta quedar medio desnuda: yo me veo ah;
yo soy cada dia mas hermosa: yo embellezco las joyas y doy brillo  los
diamantes: yo soy mas blanca y mas nacarada que las perlas: y yo le amo,
yo le amo y l me abandona: habr visto  otra muger mas hermosa que
yo?

El rey Nazar conoci que habia ido  ver  la sultana en uno de sus mas
graves momentos de locura.

Wadah continu delante del espejo, destrozndose los cabellos y
arracndose las joyas que la cubrian.

--S, s; soy muy hermosa, Nazar; mrame, amado mio, mrame y mame;
solo he perdido el color de mis megillas: me he quedado blanca, blanca
como la luna: pero... eso fu desde un dia...

Destellaron un relmpago salvaje los ojos de la sultana, se estremeci
toda, lanz un grito horrible, y casi desnuda, arrastrando su larga
tnica de brocado, destrenzados los largusimos cabellos, flotando sobre
los tersos y redondos hombros, empez  buscar por los rincones de la
cmara,  revolver los almohadones del divan,  levantar los tapices de
los retretes.

--Mi rosa blanca! gritaba: mi rosa blanca! yo la tenia escondida y me
la han robado!

Y luego se sent en el suelo, cruz sus manos sobre sus rodillas y se
puso  cantar una meloda vaga, sin palabras, triste y lnguida como un
suspiro.

El rey Nazar la contemplaba inmvil, y lgrimas de compasion asomaban 
sus ojos suspendidas sobre sus megillas.

La rosa blanca!

Jams Wadah habia pronunciado una sola palabra que aclarase el misterio
de la causa de su locura.

La rosa blanca!

H aqu lo nico que se la oa pronunciar en medio de su delirio.

El rey habia preguntado  sus sabios, y estos se habian esforzado en
vano por descifrar aquel misterio.

En una ocasion se habia puesto una magnfica rosa blanca, en una copa de
oro, oculta tras un tapiz, y el mismo rey Nazar habia observado  su
esposa escondido.

Llegado el acceso, la sultana habia buscado, segun costumbre, por todas
partes, y al encontrar la rosa, se habia arrojado sobre ella y la habia
despedazado esclamando.

--Mi rosa era mas blanca, y mas pura, y mas fragante.

El rey habia renunciado ya  conocer el misterio de la locura de su
esposa.

Y habian pasado aos y aos.

Sin embarco, Wadah no habia olvidado su perdida rosa blanca.

       *       *       *       *       *

Seguia sentada en el suelo cruzadas las manos delante de sus rodillas, y
entonando su triste y lnguida meloda.

--Wadah! la dijo el rey.

--Quin me llama? esclam la sultana escuchando con atencion.

--Soy yo... dijo el rey, yo que te amo.

--Ah! dijo la sultana, el rey Nazar: el rey Nazar es un ingrato; cuando
yo le conoc, solo tenia una pequea, una pobrecilla bandera y
doscientos esclavos, ginetes en yeguas negras y armados de lanzas: era
un pobre wal... pero yo le am y fu poderoso.

Wadah pronunciaba estas palabras con una cadencia lenta, gutural y tenia
fija la vista en las bovedillas doradas de la cpula.

--Yo era maga... un mago me habia traido de las montaas donde nace el
Nilo.

Yo amaba entonces solamente  mi rosa blanca, y la escondia para que
nadie la marchitara con sus miradas.

Pero v  Al-Hhamar y le am; le amo tanto como  mi rosa blanca.

Le favorec con mi poder; le d un amuleto que le hizo invencible, y
Al-Hhamar se apoder primero de un pueblo y luego de otro y se hizo rey,
rey fuerte, y sus soldados le llamaron el vencedor y el magnfico.

La rosa blanca tuvo celos de mi amor al rey Nazar y me abandon.

Y el rey Nazar me abandon tambien,  pesar de que sabia que era mi
alma.

El rey Nazar amaba  otra muger.

Leila-Radhyah! ah! Leila-Radhyah! pero t tampoco has gozado los
amores de Nazar! yo s que Nazar llora por t!

Estremecise Al-Hhamar. Era la primera vez que la sultana Wadah nombraba
 la princesa africana.

Sabria Wadah lo que habia sido de ella?

Pero no se atrevi  preguntarla.

Continu callando y escuchando con toda su alma.

Wadah permaneci sentada en el suelo con la mirada fija en la cpula y
hablando como si estuviese sola.

--El rey Nazar es un ingrato: me lo debe todo y me v morir y no tiene
compasion de m. Una sola palabra suya seria para m como el roco de la
alborada para las flores marchitas, y no pronuncia esa palabra.

Al-Hhamar se acerc  Wadah, la levant en sus brazos, la estrech en
ellos y la bes en la boca.

Wadah se estremeci; di un grito, mir de hito en hito al rey Nazar, y
rompi  llorar.

Era la primera vez que lloraba despues de veinte aos.

Su mirada lcida, radiante, se pos en el rey y sus labios sonrieron.

--Ah, eres t, t! cuanto tiempo hace que no te he visto? esclam:
ah! quin me ha arrancado mis vestiduras, quin ha destrenzado mis
cabellos?... has sido t?

No: no; es imposible, t tienes abandonada  tu esposa, t no la amas.

--Wadah! Wadah! esclam el rey, por qu dudas de m?

--Dime: continu Wadah, por qu has traido  mi lado una doncella que
yo no conocia, una hermossima doncella  quien enamoras?

--Bekralbayda es una esclava que he comprado para t.

--S; es verdad, dijo Wadah: tambien Leila-Radhyah, era una esclava, y
sin embargo t la amabas, Nazar.

--Leila-Radhyah! dijo el rey: dejemos en paz  los muertos.

--S es verdad, dijo Wadah: dejemos en paz  los muertos! pero t la
amabas, Nazar.

--Yo no he amado  ninguna mas que  t: t en cambio amas  un
fantasma,  un misterio, mas que  tu esposo.

--Yo!

--S; t amas mas que  m  tu rosa blanca.

--Oh! esclam la sultana Wadah, y en sus negros ojos brillaba la razon:
cun torpes son los hombres! No has comprendido cul era mi rosa
blanca?

--No, nunca lo has esplicado.

--La rosa blanca... era mi alma... mi alma que me la han robado los que
me robaron tu amor: yo h debido estar loca, Nazar.

--Acaso Dios lo haya permitido.

--Yo recuerdo, como sueos confusos, sueos horribles.

--Es necesario no recaer mas en esos sueos, amor de mi alma, dijo el
rey estrechndola entre sus brazos.

--Necesito el amor y la compaa de mi esposo, dijo Wadah.

--Y bien, la tendrs.

--Necesito que vivas  mi lado.

--Vivir.

--Quiero que tu hijo el prncipe Mohammet...

--Qu sabes t del prncipe?

--S que est preso.

--Quin te lo ha dicho?

--Bekralbayda mi esclava, que le v lodos los dias asomado  un ajimez
en lo alto de la torre del Gallo de viento.

Palideci levemente el rey Nazar y Wadah aspir aquella palidez.

--Mi hijo ha cometido un delito de inobediencia y es necesario que le
castigue.

--Y no habla por l en tu corazon el amor de su madre?

--Wadah!

--Perdnale, seor, perdnale... aunque no sea mas que por la memoria de
tu perdida Leila-Radhyah.

Pronunci la sultana con tal sarcasmo estas palabras, que el rey empez
 sospechar lo que nunca habia sospechado: que su esposa hubiese tenido
parte en la muerte de la princesa.

Y como si Wadah solo hubiese recobrado por un momento la razon para
aterrar al rey Nazar, volvi  su violento estado de locura.

El rey sali aterrado de la cmara.

Apenas se perdi el ruido de las pisadas del rey, cuando Wadah se alz
del suelo donde de nuevo se habia sentado, sombra, terrible: en sus
ojos habia vuelto  aparecer la razon.

--La ama! ama  esa doncella! esclam: ha palidecido al saber que
Bekralbayda ama  su hijo! Pues bien: mis celos mataron 
Leila-Radhyah! mis celos matarn  Bekralbayda!

Y acab de componer el desrden de sus ropas: recogi sus cabellos y
sali lenta y fatdica de la cmara dorada, por una puerta opuesta 
aquella por donde habia salido el rey.




XIV.

LO QUE SE VEIA DESDE LA TORRE DEL GALLO DE VIENTO.


Mientras pasaba la luna fijada por plazo por Yshac-el-Rumi para mostrar
al rey la reproduccion de las maravillas del Palacio-de-Rubes,
acontecian en el palacio del Gallo de viento pequeos sucesos pero
graves, y que no son para pasados en olvido.

El prncipe se desesperaba en la prision de la torre.

Encerrado all como una guila en su jaula sufria esa tortura lenta del
prisionero, que v los azules horizontes, la gente que v y que viene,
que entra y que sale, y la envidia, porque su paso no puede estenderse
mas all de los muros de su prision.

Inaccion forzada, terrible, que irrita, que desespera, que desalienta, y
tanto mas cuando no se conoce el trmino de ese estado aflictivo, cuando
no se sabe si se saldr de la prision para la tumba  para el destierro.

Y cuando el que est preso ama como amaba el prncipe: cuando se tienen
celos como el prncipe los tenia: cuando se v desde la prision lo que
el prncipe veia lodos los dias, la vida llega  hacerse insoportable.

Al amanecer, por medio de las calles de cesped de un jardin que veia el
prncipe desde su empinada prision, atravesaba una forma blanca, leve y
gentil y se perdia entre la espesura de los bosquecillos.

Aquella forma, aquella muger hechicera, era Bekralbayda.

Poco despues una forma negra, lenta, grave, magestuosa, se perdia por el
mismo lugar por donde habia entrado la jven.

Aquella forma negra, aquel hombre de andar reposado y magestuoso, era el
rey Nazar.

Pasaba el tiempo: el prncipe devorado de celosa rabia contaba por cada
instante un siglo.

Al fin el rey y Bekralbayda salian del bosquecillo, atravesaban juntos
el sendero y se perdian bajo los prticos.

No era solo el prncipe el que veia esto.

Lo veia la sultana Wadah, estremecida de rabia desde sus miradores.

Vealo tambien estremecido de una cruel alegra desde una torrecilla del
muro, el astrlogo Yshac-el-Rumi.

Lleg al fin el plazo prefijado por el astrlogo.

Una noche entr en la cmara del rey con un voluminoso rollo de
pergaminos.

Hzole sentar Al-Hhamar y le dijo:

--Estoy impaciente por construir ese alczar: mi amor hcia tu hija es
cada dia mas grande.

--Mi hija es muy afortunada, poderoso seor.

--Pero tu hija se obstina en no corresponder  mi amor sino cuando haya
construido para ella un alczar.

--Aqu tienes las trazas de l, magnfico sultan, cuadra por cuadra,
rico y magestuoso, como ha querido hacerle Dios.

El astrlogo estendi uno por uno todos los pergaminos.

En l estaban pintadas primorosamente las habitaciones del alczar, los
patios, las fuentes, las galeras caladas, las blancas columnatas de
mrmol, los claros estanques, los techos de oro, rojo y azul, las
cpulas estrelladas; una gran inmensidad de esquisitas labores, de
alicatados maravillosos, de labradas maderas, de celosas, de puertas:
aquello era un prodigio que maravill al rey.

--Mira, seor, le decia el astrlogo, cun bello es este patio: sus
columnatas forman un espeso bosque cuando se le mira desde sus galeras,
y los graciosos arcos parecen las copas de jvenes palmeras que se
cruzan; mira cun magnfica es esa fuente que se sustenta sobre esos
doce leones: pues las cuatro salas que rodean el patio, parecen robadas
del paraiso: sus cpulas son cielos estrellados y sus ajimeces parecen
tan hermosos como los ojos de una hur.

--Indudablemente Dios es grande sobre todas las grandezas, decia el rey,
y este alczar es una de sus maravillas.

Sus arcadas son tan ligeras, que parece que ha de hacerlas mover la
brisa; sus columnas son tallos de azucenas en bcaros de nacar.

Sus estanques son espejos de Dios, y cada uno de sus jardines parecen el
chal de una hur.

Qu hombre podr realizar tanta maravilla?

Ya no estrao que el rey Aben-Habuz se volviese loco al ver tanto
prodigio.

--T realizars esta obra admirable, poderoso sultan Nazar, dijo el
astrlogo.

--Yo he construido en mi Granada cien mezquitas y doscientos algibes,
dijo el rey: yo he abierto  la ciencia multitud de escuelas: yo he
rodeado el recinto de muros que orlan mil y treinta torres y treinta mil
almenas: yo he invertido ciertamente en todas esas obras grandes
tesoros: pero qu tesoros bastarian para construir este alczar,
maravilla de las maravillas?

--El palacio en que vives no es digno de tu grandeza.

--Sea feliz y prspero mi pueblo, que yo tengo bastante con una torre
para morar y una piel de tigre para reclinar mi cabeza, como el viejo
rey Abu-Mozni-el-Zeirita.

--T amas  mi hija.

Call el rey.

--Mi hija no te conceder su amor, sino cuando hayas construido para
ella este rico alczar.

--Tu hija me pide mucho. Es una esclava demasiado cara.

--Mi hija ser sultana.

Se estremeci el rey.

--Mi hija es mas hermosa y mas preciada que ese alczar que tanto te
enamora.

Medit un momento el rey, y luego dijo levantndose de una manera
decidida.

--Construiremos el alczar de las maravillas, Yshac! yo te lo juro!




XV.

UNO PARA CADA ALMENA.


Y es de advertir que cuando el rey Nazar form la resolucion de
construir aquel magnfico alczar, no tenia una sola dobla en su tesoro.

Porque el rey Nazar invertia sumas cuantiossimas en la construccion de
hospitales, mezquitas, escuelas, y otros establecimientos, y en pagar
sabios que enseasen al pueblo.

El rey habia concebido un proyecto, para llevar el cual  cabo, envi
cartas  todas las villas del reino, llamando  todos los caballeros sus
vasallos.

Ocho dias despues hervia Granada en forasteros.

Deslumbraban las galas y el aparato con que aquellos habian venido  la
crte, y las posadas estaban llenas, y se preguntaban los unos  los
otros para qu habria hecho el rey aquel llamamiento.

Al fin un dia los convoc el rey Nazar  su palacio de la torre del
Gallo de viento, y cuando todos estuvieron reunidos, sali vestido
magnficamente en un caballo cubierto de paramentos de brocado, llevado
de las riendas de prpura por dos wazires, rodeado de sus sabios y de
sus wales y seguido de los esclavos negros de su guardia.

Precedian al rey Nazar timbaleros y trompetas, y de este modo, llevando
tras s  todos los nobles que habia convocado, baj por Al-Acab[31] 
la calle de Elvira, y atravesando el barrio que poblaba la tribu de los
Gomeles, subi  la Colina Roja.

En el centro de la cumbre habia una magnfica tienda de seda y oro
levantada para el rey.

Delante de la tienda habia un trono.

Cuando el rey Nazar lleg junto al trono, descabalg y descabalgaron los
de su comitiva, y de igual manera descabalgaron los caballeros.

El rey subi sobre el trono, rodendole los de su squito, y luego
delante del trono y en media luna se estendieron todos los nobles, que
pasarian de cuatro mil.

El rey Nazar pase por ellos una mirada orgullosa.

La mirada de un rey que contemplaba delante de s una caballera tan
rica, tan noble y tan valiente.

--Os he llamado, dijo el rey, para concederos una gracia.

Sali una aclamacion unnime de las bocas de los caballeros.

--Todos sois nobles y valientes, y la paz en que estamos con el
cristiano, os tenia ociosos y disgustados, convertidos en labradores.

Contestaron al rey unnimes seales de asentimiento.

--Mirad las distantes sierras: aquellas son las fronteras de nuestro
territorio: de una parte hcia la tramontana tenemos  Murcia, de otra 
Jaen, de otra  Crdoba, y all al frente  Africa.

Volvironse las miradas de los caballeros  las distantes fronteras con
una avaricia feroz.

--Vosotros volariais sobre vuestros caballos y sobre vuestras almadias,
atravesariais esas fronteras y ese mar, y hariais la guerra si yo os lo
permitiese.

--S, s, s! gritaron enardecidos de entusiasmo todos los caballeros.

--Pero yo no puedo permitiros la guerra; tengo asentadas las paces con
los reyes de Castilla y Aragon y con los emires de Africa.

Nublse el atezado rostro de todos aquellos bravos guerreros.

--Mi estandarte real no puede ir delante de vosotros, aadi el rey
Nazar.

--Y cmo hemos de pasar las fronteras cristianas y embestir las
riberas de Africa, tienes asentadas paces con los emires moros y los
reyes cristianos? dijo uno de los caballeros.

--Yo no puedo permitiros la guerra: pero vosotros podeis hacer una sola
algarada[32].

Volvi  brillar la alegra en el rostro de los caballeros.

--Una algarada  todo trance, seor? dijo el mismo anciano.

--S, respondi el rey.

--A la redonda en las fronteras del reino?

--S.

--Y contra las riberas de Africa?

--S.

--Y ningun dao nos parar, poderoso seor?

--Ninguno; pero atended lo que os voy  decir.

Creci el silencio entre los caballeros.

--Os permito una algarada de sol  sol contra las fronteras de Crdoba,
Jaen, y Murcia, y contra la ribera opuesta de Africa frente  nosotros.
Una algarada de sol  sol y nada mas. Me entendeis bien?

--S, s, poderoso seor.

--Pero entended mejor lo que os voy  decir: dentro de ocho dias me
habeis de entregar en Granada treinta mil cautivos.

--Treinta mil cautivos! esclamaron con asombro los caballeros moros.

--S, treinta mil cautivos, dijo el rey: uno para cada almena.

--Pero dnde encontraremos tantos cautivos, poderoso seor?

--Buscadlos; y... al campo vuestras banderas;  la mar vuestras fustas:
pasados ocho soles, me habeis de entregar en Granada treinta mil
cautivos, uno para cada almena.

Y el rey despidi  sus caballeros y se volvi  su castillo.

--Treinta mil cautivos! decian poco despues aquellos feroces guerreros
galopando por los caminos en busca de sus villas y alqueras.

--Uno para cada almena! murmuraban otros pensativos.

--Qu pretender hacer el rey Nazar? aadian todos.




XVI.

UNO PARA CADA CAUTIVO.


Maravillronse los sabios y aturdironse los ignorantes con la estraa
resolucion del rey Nazar.

Para qu queria aquellos treinta mil esclavos?

Qu treinta mil almenas eran aquellas de que habia hablado?

No se murmuraba de otra cosa en la crte.

Pero creci la maravilla cuando el rey llam  ciertos oficiales que se
ocupaban en labrar piedras, y encerrado con ellos en su castillo, les
dijo:

--Yo tengo en la sierra canteras de preciosos mrmoles: mio es el blanco
y brillante, que al marfil semeja: mia la serpentina verde como la
esmeralda: mio el granito rojo, verde y azul, y el manchado, que imita 
la piel del tigre: cunto me dareis si os dejo sacar mrmoles por dos
aos de esas canteras?

--Te daremos diez mil doblas marroques, seor, dijo el principal de
aquellos menestrales.

Movi el rey la cabeza.

--Te daremos veinte mil doblas marroques.

Repiti el rey su movimiento negativo.

--Te daremos treinta mil doblas marroques.

--Dadme treinta mil morteros de granito negro, dijo el rey, uno para
cada cautivo.

--Ah! seor, y con qu compraremos el granito?

--Tomadle de mis canteras.

--Y cmo traeremos tanto mortero?

--Dejadlos al pie de las canteras.

--Y en cunto tiempo, seor, hemos de arrancar el granito y labrarlo?

--En quince soles.

--Ah, poderoso seor! t quieres que hagamos maravillas!

--Vuestro es el mrmol de todo gnero que podais arrancar durante dos
aos de mis canteras: pero habeis de entregarme dentro de quince soles
treinta mil morteros de granito negro con su maza, uno para cada
esclavo.

Consultaron algun tiempo entre s los menestrales.

--Y si dentro de los quince soles nos faltase algun nmero de morteros,
seor?

--Entonces perdereis los que hallais fabricado y no os dar nada.

Volvieron  consultar entre s los mecnicos.

--Dentro de quince soles, seor, dijeron, tendrs al pie de las canteras
de la sierra, treinta mil morteros con su maza.

--S, s, dijo el rey: eso es, treinta mil: uno para cada cautivo.

Los menestrales salieron maravillados:

--Para qu querr el rey, se decian, treinta mil morteros?




XVII.

EL REY NAZAR SE HA VUELTO LOCO!


Uno de los que mas se maravillaban y mas recelosos andaban con la
determinacion del rey Nazar, era el mismo que le habia metido en la
tentacion de construir el Palacio-de-Rubes.

Yshac-el-Rumi.

Aquel estrao viejo daba en vano vueltas  su imaginacion para adivinar
los proyectos del rey.

El destino que queria dar  aquellos treinta mil esclavos y el objeto 
que destinaba aquellos treinta mil morteros, eran dos acertijos.

Sin embargo, aquellos dos acertijos, como veremos mas adelante, eran de
muy facil resolucion.

A pesar de la facilidad de esta resolucion, Yshac-el-Rumi no daba con
ella.

Lo que demostraba que tenia mas de charlatan que de astrlogo.

Sin embargo, Yshac-el-Rumi, como veremos mas adelante no era un hombre
malo.

Se habia propuesto motivar un gran acto de justicia, y para ello se
habia valido como medio de lo maravilloso, porque sabia demasiado lo
dados que eran  la supersticion los musulmanes.

Y cuando decimos los musulmanes, como separando de ellos 
Yshac-el-Rumi, parece que decimos que Yshac no era musulman.

En efecto, no lo era originariamente: su mismo sobrenombre de Rumi lo
decia[33].

Si ahora os contramos la historia de Yshac-el-Rumi, perderia gran parte
de su inters nuestro relato.

Bsteos saber que Yshac-el-Rumi no era astrlogo mas que en la charla,
que el cuento del rey Aben-Habuz habia sido una invencion suya para
maravillar al rey, que el encantado alczar de Rubes era una mentira, y
que los hermosos planos, dibujos y vistas que habia mostrado al rey y
que tanto le habian encantado, los habia comprado  un alarife africano
que habia muerto en la miseria, sin lograr que ningun emir de oriente
quisiese gastar sus tesoros en la construccion de aquel magnfico
alczar con el cual habia soado veinte aos de su vida, invertidos en
la composicion, distribucion, trazas y adornos que estaban demostrados
en los pergaminos.

El alarife moribundo, vendi  Yshac-el-Rumi aquellos planos, dibujos y
trazas mediante  una estraa condicion, fundada en una historia de
amores y desgracias, y por algunos dirahmes de plata con los cuales
debia ser comprada una sepultura de piedra.

El alarife habia entregado todos los sueos de su vida  Yshac-el-Rumi,
 trueque de una estrecha vivienda donde dormir por toda una eternidad.

Adems, el alarife habia entregado  Yshac-el-Rumi una muger y una nia.

La muger era hermossima, la nia daba seales de serlo.

Fiel Yshac  su juramento, habia embalsamado y puesto en su lecho de
piedra al africano: se habia consagrado  aquella nia y  aquella
muger, y estaba  punto de realizar los sueos del difunto.

El rey Nazar conocia  la nia.

El prncipe Mohammet la amaba.

Porque aquella nia era Bekralbayda.

El alczar maravilloso iba  construirse.

Pero no podia Yshac-el-Rumi sacar en claro para qu queria el rey Nazar
aquellos treinta mil cautivos y aquellos treinta mil morteros.

Y no era solo Yshac-el-Rumi el que andaba pensativo y confuso por aquel
misterio: lleg  interesarse en l todo el reino.

Porque autorizados los wales, capitanes y arrayaces vasallos del rey
Nazar para entrar en algara por las tierras cristianas y las riberas de
Africa, empezaron  tomar gente  sueldo, y no se veian por do quier mas
que escuadrones armados y banderas tendidas, atravesando la Vega y los
desfiladeros de las montaas: y por otra parte los alarifes y labradores
de mrmol, buscaban cuantos oficiales podian, y pagndolos  precio de
oro, se los llevaban  las canteras del rey, donde trabajaban de dia y
de noche.

Entre tanto el rey Nazar hacia frecuentes escursiones con Yshac-el-Rumi,
y llevando consigo los maravillosos pergaminos,  la Colina Roja.

--Pero aqu no cabe este alczar, decia  su falso astrlogo: ser
necesario subir con los muros por la ladera del cerro, y correr por su
cumbre, y bajar despues  la Colina de Al-Bahul, cerrando las dos alas
del alczar como con un herrete, con una muralla que cierre el barrio de
los Gomeles. Oh! quin tuviera vida para ver terminada esta maravilla!

Yshac se maravillaba de que el rey Nazar pidiese  Dios vida y no
tesoros para construir aquel alczar.

--Muy rico debe ser el rey, decia para sus adentros.

--Cien torres y treinta mil almenas en ellas y en los muros, decia el
rey Nazar contemplando los planos: un cautivo para cada almena, un
mortero para cada cautivo: treinta mil dirahmes de oro cada un dia; s,
s, por Allah! hay lo bastante para construir una nueva Damasco.
Treinta mil cautivos! uno para cada almena! treinta mil morteros!
uno para cada cautivo! treinta mil dirahmes de oro cada un dia!

Yshac-el-Rumi se contrist, porque crey que el rey habia perdido el
juicio, y esto echaba  tierra todos sus proyectos.

Y no era solamente Yshac el que pensaba de esta manera.

Los habitantes de Granada decian tambien, pero en voz baja por temor de
ser castigados:

--El rey Nazar se ha vuelto loco!




XVIII.

EL REY NAZAR ES UN SABIO!


Pasaron los ocho dias que el rey habia concedido  los caballeros del
reino para un solo dia de algarada alrededor de las fronteras y al
frente de la costa.

El mismo dia en que se cumplia el plazo, amanecieron delante de las
puertas de Granada los cuatro mil caballeros, con sus banderas y sus
taifas en nmero de cincuenta mil hombres[34].

En el centro del aduar  campamento formado por cada una de estas
taifas, se veian las presas hechas en las fronteras cristianas y en la
ribera de Africa, consistiendo la mayor parte de estas presas en
cautivos.

Notbase que todos estos cautivos eran hombres y hombres robustos; si
los caballeros habian hecho cautivas, se habian abstenido sin duda de
llevarlas  Granada, envindolas con algun ligero resguardo  sus
posesiones.

El rey Nazar que esperaba, no sin fundamento, que sus caballeros
cumplirian fielmente su promesa, estaba preparado, y cuando le avisaron
de la presencia de aquellas gentes de la Vega, sali de su castillo
rodeado de su crte y seguido por los mismos esclavos de su guardia.

Cuando el rey sali  la Vega por la puerta de Elvira, las dulzainas,
las trompetas, los tambores, los atabales y las atakeviras de sus
caballeros, tocaron la zambra,  la que contestaron los msicos del rey.

Al pasar por medio de los cerrados escuadrones, los soldados gritaban:

--Al-Hhamar le galib[35].

A lo que el rey Nazar contestaba, sonrindose benvolamente,  wales y
soldados.

--We! le galib ille Allah![36]

El rey lleg al fin acompaado por los xeques[37] de las tribus, y de
los principales wales,  una magnfica tienda alrededor de la cual
habia amontonado un botin inmenso.

--H ah poderoso y magnfico seor, dijo el mas anciano de los xeques,
sealndole los despojos amontonados, la quinta parte de nuestra presa
que te corresponde como emir y sultan de los creyentes.

Y empez  poner de manifiesto la presa.

Consistia esta en dinero, en oro y plata, en clices, copones, viriles,
cruces, ornamentos y otros objetos sagrados robados  las iglesias, y
por ltimo, en una multitud de armas y de alhajas de uso particular.

--Buena grangera habeis hecho, dijo el rey.

--Nos ha costado en cambio mucha sangre, seor.

--Si los cristianos se dejasen entrar  saco sin resistencia, las
algaras serian el mejor entretenimiento del mundo: todo tiene su precio:
la presa de las algaras se paga.

--All quedan sobre la sangrienta frontera centenares de muslimes y
millares de infieles.

--Pero no es esto lo que os he pedido.

--Espera, espera, seor; dentro de la tienda est la presa que han hecho
los que han pasado  Africa.

Entr en la tienda el rey Nazar.

Estaba enteramente cubierta de telas de brocado: la mirra, el aloe y el
incienso, formaban grandes montones; brillaban, dentro de cajas,
diamantes y perlas y otras piedras preciosas. Veanse en gran nmero
pieles de leon y de tigre, y en el centro una gran caja llena de doblas
marroques.

--Pero yo no os he pedido oro, ni perfumes, ni alhajas, ni
preciosidades, dijo el rey Nazar: y ay de vosotros, si solo esto habeis
traido!

--Es, dijo el xeque, que entre africanos y espaoles, te traemos justos
y cabales los treinta mil esclavos.

--Los treinta mil esclavos! esclam el rey.

--S, poderoso seor.

--Y todos fuertes y robustos?

--S, magnfico seor, porque hemos matado  los viejos,  los nios y 
los enfermos.

--Treinta mil cautivos! esclam el rey: un dirahme de oro cada un dia
por cada cautivo!

--Treinta mil dirahmes de oro cada un dia! murmuraron por lo bajo los
circunstantes. Y de dnde v  sacar ese tesoro el rey Nazar?

--El rey Nazar est loco.

--Y dnde teneis esos treinta mil cautivos? dijo con ansia el rey
Nazar.

--Al punto van  pasar por delante de t, magnfico sultan.

Y saliendo algunos wales, se oy poco despues la msica taendo la
zambra.

El rey Nazar, en la puerta de la tienda,  caballo, rodeado de su crte,
 ambos lados los xeques y los wales espedicionarios, empezaron  pasar
por delante de l entre ginetes moros escuadronados, los cautivos.

Iban delante los africanos atezados y fieros en medio de su vencimiento:
todos jvenes, todos robustos, todos bravos: su nmero llegaria  diez
mil: venian despues los cautivos espaoles, avergonzados por su derrota,
pero al mismo tiempo altivos: conocase que pertenecian  todas las
clases y condiciones, desde el orgulloso noble hasta el humilde pechero:
todos fuertes, todos robustos, todos jvenes; pero impresas en las
frentes de todos la desesperacion de la desgracia.

El rey Nazar contempl los esclavos trasportado de alegra.

En aquellos tiempos estos azares de la fortuna eran tan comunes, que la
desolacion de un esclavo no conmovia  nadie.

Aquella poca endurecia el corazon.

Por lo tanto nada tenia de repugnante la alegra del rey Nazar.

Cuando hubieron acabado de pasar los cautivos, el rey Nazar se volvi 
los xeques y  los wales, y les dijo:

--Guardaos vuestra presa por completo: yo no os he pedido oro sino
cautivos; me los habeis traido y estoy satisfecho.

Y haciendo que se encargasen de la guarda de los cautivos los wales de
los seis mil de su guardia negra, se fu con su presa la Vega adelante.

--No quiere oro! esclamaban maravillados los espedicionarios: y le
hemos ofrecido una riqueza inmensa! no hay duda: el rey Nazar est
loco!

       *       *       *       *       *

Entre tanto el rey, llevando consigo su crte y sus treinta mil
cautivos, custodiados por sus seis mil esclavos negros, rode por fuera
de los muros, lleg al lecho del rio Darro, y sigui por su corriente
arriba.

Siguironle la crte, los esclavos y los cautivos.

El rey atraves la ciudad, se meti por las angosturas del rio, y sigui
adelante.

--A dnde ir el rey? se preguntaban los seores de su crte.

Pero el rey seguia caminando en silencio y aguijando su caballo, siempre
contra la corriente del rio.

El rey avanzaba, el sol habia llegado  su mayor altura, y el rey seguia
aguijando  su caballo.

Habian quedado atrs los frondosos crmenes y las alegres alqueras, y
empezaron  marchar por las anchas ramblas de la montaa, cerca del
nacimiento del rio.

Al fin el rey dej el lecho del rio, y trep por el repecho de una
colina deprimida y estrechsima.

En la cumbre de ella se detuvo.

--Mi buen alarife Kathan-ebn-Kaleb! dijo el rey Nazar dirigindose  un
anciano que iba entre su crte.

--Qu me mandas, poderoso seor?

--Ves aquellos pinares que sombrean la sierra?

--Los veo, seor.

--Ves esas piedras que se amontonan sobre el lecho del rio?

--S seor.

--Pues bien, derroca esos pinos, levanta esas piedras, y haz aqu el
aduar de los cautivos.

Despues revolviendo su caballo, grit:

--Ah del alcaide de mi guardia negra!

Adelant un africano atltico.

--Te dejo seis mil soldados: guarda con ellos mis cautivos, y ten
presente, que si te falta uno solo de los treinta mil que te entrego, te
corto la cabeza: ahora mis buenos amigos  Granada.

Y solo con su crte se volvi al Albaicin.

--No hay duda, decian los wazires y los sabios en vista de todo aquello:
el buen rey Nazar se ha vuelto loco.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Se levant una ciudad rstica en la colina que habia sealado el rey por
aduar de sus cautivos.

Los pinos habian sido derrocados de la montaa, y las piedras alzadas
del lecho del rio.

La poblacion habia sido dividida en cuarteles.

Al frente de cada cuartel habia un alcaide encargado de vigilar  los
cautivos y de cuidar que trabajasen.

En solo cuatro dias el aduar habia sido levantado.

Los cautivos ya no tenian nada que hacer, y sus guardianes se
preguntaban:

--Querr el rey levantar en estas solitarias breas una ciudad?

Y volvian  recaer en la opinion de que el rey se habia vuelto loco.

Se acercaba el dia que el rey Nazar habia fijado  los mecnicos para
que tuviesen concluidos los treinta mil morteros de granito negro con su
maza.

Dos dias antes, el rey Nazar convoc su crte, sali con ella de su
palacio del Gallo de viento, y tom el camino de la sierra.

Al llegar  Dar-al-Huet[38], encontraron los que le acompaaban
escuadronados sobre una loma los treinta mil cautivos custodiados por
seis mil esclavos negros de la guardia del rey Nazar.

A una seal del rey la guardia y los cautivos siguieron tras de la
crte, y caminaron hasta que llegaron  unos altsimos barrancos, sobre
los cuales brillaba el sol en cortados mrmoles de mil colores
distintos: aquellas eran las ricas canteras de la sierra, las canteras
del rey Nazar: una maravilla de la mano de Dios.

Aquellos lugares, famosos hoy por sus mrmoles, se llaman el barranco de
San Juan.

Muchos de los que iban con el rey no habian visto aquel prodigio, y les
maravill su hermosura. Pero lo que mas les maravill, fu ver en el
fondo del barranco una interminable sucesion de filas de morteros de
granito negro con su maza.

Los canteros, los menestrales, orgullosos con su gigantesca obra, salian
 recibir al rey Nazar tocando sus dulzainas y atabalejos, como
celebrando una gran fiesta.

--Estn los treinta mil? pregunt con anhelo el rey.

--S seor, contest el que hacia de cabeza de los mecnicos: sin faltar
ni sobrar uno.

El rey mand que cada cautivo tomase sobre sus hombros un mortero, y se
not que solo quedaba un mortero, cuando lleg el ltimo cautivo.

Cuando al dia siguiente entr el rey en Granada con aquella estraa
procesion, todos se confirmaron en que habia perdido el juicio.

--A no ser, decian algunos, que quiera moler  todos sus vasallos?

Pero cuando los curiosos vieron algunos dias despues que  lo largo del
rio Darro, desde Granada hasta su nacimiento, se estendian los treinta
mil cautivos machacando arenas sacadas del rio hasta reducirlas  polvo;
cuando vieron que lavadas aquellas arenas dejaban en el fondo de los
morteros partculas de oro; cuando supieron que el oro obtenido por este
medio por cada esclavo, ascendia al valor de mas de una dobla, entonces
el desprecio se troc en admiracion, y todos, chicos y grandes,
esclamaron:

--El rey Nazar es un sabio!




XIX.

EL SURCO DEL REY NAZAR.


Y tenian razon.

El rey Nazar habia podido muy bien, para proporcionarse tesoros, oprimir
 sus vasallos con impuestos; pero el rey Nazar sabia muy bien que los
pueblos oprimidos suelen acabar por hacer pedazos  la mano que los
oprime.

El rey Nazar sabia esto porque habia estudiado la historia de los
tiempos y conocido las catstrofes causadas por los tiranos.

Adems de esto, el rey Nazar queria ser amado por sus sbditos, y un rey
para ser amado, necesita ser el padre de su pueblo, no su verdugo.

Habia preferido, pues, arrancar sus tesoros  la tierra de promision de
que era rey.

Leyendo en una ocasion un antiguo libro romano, habia encontrado la
manera de sacar el oro y la plata de las arenas de los rios.

El Darro era abundantsimo de oro, y el rey recurri  l.

Hubiera podido tambien, estremando la tirana, haber obligado  sus
vasallos  aquel spero trabajo de machacar arena dursima.

El rey prefiri que aquel rudsimo trabajo cayese sobre cautivos tomados
en la tierra de sus enemigos.

As es, que ningun sacrificio costaban los tesoros del rey Nazar  los
naturales del reino de Granada.

Era, pues, un rey bueno y sabio.

Es verdad que las correras de sus caballeros sobre las fronteras de los
reyes con quien tenia ajustadas paces, produjeron algunas enrgicas
embajadas; pero el rey Nazar contest que no estaba en su mano el evitar
aquellos sucesos, que en otras ocasiones los cristianos fronterizos
hacian lo mismo con los moros, y despues de muchas idas y venidas no se
volvi  hablar mas del asunto; los tratados de paz continuaron en su
fuerza y vigor, y los cautivos machacando arena en las mrgenes del
Darro.

El rey Nazar era un gran rey.

Pero se preguntaban los que diariamente iban  ver trabajar  los
cautivos:

--En qu emplear el rey Nazar tanto oro?

Porque todos sabian que el rey no era avaro, ni queria sus riquezas mas
que para invertirlas de una manera til y beneficiosa  su reino.

Habian pasado dos meses desde el dia en que los cautivos habian empezado
 estraer oro de las arenas.

Los canteros, que por la labranza de los treinta mil morteros, habian
obtenido el derecho esclusivo durante dos aos  los mrmoles de las
canteras de la sierra, habian recibido del rey la rden de cortar
grandes trozos  propsito para columnas, pavimentos y otras piezas de
fbrica.

Aquel mrmol habia sido pagado  gran precio por el oro del Darro
acuado en la Casa de la moneda.

--Qu obra ir  hacer el rey Al-Hhamar? se preguntaban los curiosos.

Al-Hhamar entre tanto hacia frecuentes escursiones con Yshac-el-Rumi 
la Colina Roja.

La recorria en toda su estension, subia el repecho del monte, se
estendia hasta el Cerro del Sol, bajaba hasta la Colina de Al-Bahul, y
observaba todos los diferentes puntos de vista que se ofrecian desde
estas alturas.

Al fin, un dia, se vi salir de la casa del Gallo de viento  Al-Hhamar
seguido de su crte. Pero lo que mas se estra fu que entre la crte
iban dos hermosos bueyes ayuntados, cubiertos de paramentos de seda y
oro, y de penachos y campanillas de plata, y arrastrando un arado.

Cuando llegaron  la Colina Roja, el rey descabalg y descabalgaron
todos; el wal que guiaba la yunta la llev por rden del rey  la parte
estrema occidental de la colina; entonces el rey volvi sobre la tierra
la corva punta del arado, y apoyndose fuertemente en la mancera, dijo
clavando el hierro en la colina:

--Aqu ser mi alcazaba!

Y los bueyes siguieron adelante guiados por el wal; y el rey tras ellos
afirmado en la mancera y abriendo un profundo surco.

Asomaba el sol por cima de la Sierra Nevada, cuando la yunta empez 
andar en direccion de occidente  oriente.

El wal seguia guiando la yunta.

El rey se apoyaba en la mancera, y levantaba pedazos de tierra, acaso
jams tocada por el arado.

Detrs seguia la crte admirada.

Al llegar  la parte media de la Colina Roja, frente por frente del alto
y distante monte de Aynadamar, el rey se detuvo y esclam:

--Aqu se levantar mi trono de justicia!

Y luego sigui adelante.

--El rey Nazar v  construir un alczar, dijeron entre s los
cortesanos. Pero por qu no lo construye all arriba en lo alto del
cerro?

La yunta sigui, y al llegar  un barranco torci  diestra mano, sigui
la configuracion de la Colina hcia oriente, sigui torciendo  diestra
mano, y al llegar  la parte media oriental de la Colina, se detuvo y
dijo:

--Aqu abrir la puerta de mi alczar sobre una torre de siete bvedas!

Y sigui adelante.

Y los cortesanos repitieron:

--Por qu el rey no construye su fortaleza en lo mas alto?

Sigui la yunta marchando hcia la parte media occidental de la Colina
al mismo punto donde el rey habia empezado el surco, pero antes de
llegar  aquel punto se detuvo otra vez y dijo:

--Aqu se alzar la torre de la puerta por donde entrarn los que hayan
menester justicia! Torre y puerta del juicio se llamarn!

Y continu.

--Pequeo alczar construye el rey, murmuraron los cortesanos: ya han
pasado los tiempos en que un Abd-el-Rahman construia la ciudad de
Azarah.

Pero cuando el rey hubo llegado al punto de donde aquel surco habia
partido, mand que volviesen la yunta hcia el estremo occidental, del
frontero cerro de Al-Bahul.

Habia que descender por un spero repecho, bajar hasta la puerta donde
empezaba el barrio de los Gomeles, y subir otro repecho para llegar  la
Colina de Al-Bahul.

El wal, la yunta y el rey descendieron; cuando el rey lleg  la puerta
de los Gomeles, se detuvo otra vez:

--Esta ser la puerta de mis alczares y castillos: aqu el siervo
sacudir su calzado para entrar en la morada real de su seor!

Y trep por el opuesto repecho.

Y seal con un surco  la redonda el cerro de Al-Bahul, y luego por la
parte de oriente del cerro, abri de nuevo el surco, trep al cerro del
Sol, sigui en un estenssimo crculo, rode su cumbre, abri otro surco
en el pequeo valle que separa al cerro del Sol del cerro que domina la
Colina Roja, y al llegar  su estremo esclam:

--Esta ser la Silla del rey moro, su fortaleza y su atalaya, desde
donde se vern sus jardines, su harem, el campo de escaramuza de sus
ginetes, sus bosques y su alczar; cascadas de aguas cristalinas se
derrumbarn por las laderas, cubriendo de flores y de verdor esta tierra
brava y rida; cien torres con sus muros y treinta mil almenas, sern
la coraza de esta maravilla, y sobre las ruinas del templo de los
dolos, se alzar la aljama dedicada al Dios Altsimo y nico!

Los cortesanos no se atrevian  creer las palabras del rey, porque solo
veian dentro del estendido surco que el rey Nazar habia abierto, una
tierra rogiza, rida y pedregosa.

El rey descendi por la ladera de la Silla del moro hasta la Colina
Roja, y cuando lleg  ella el sol trasponia en el occidente.

Al amanecer del dia siguiente un nmero incalculable de trabajadores,
dirigidos por alarifes,  los cuales mandaba el alarife del rey, que
obedecia  Yshac-el-Rumi, abrian profundos cimientos de torres y muros
sobre el cerro, y una numerosa multitud de curiosos seguian maravillados
aquella lnea, que comprendia dentro de s cuatro montes.

Granada estaba orgullosa con su rey.

Y eso que hasta entonces solo habia visto el surco del rey Nazar.

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LEYENDA II.

EL MIRADOR DE LA SULTANA.




I.

SULTANA  ESCLAVA? AMANTE  HIJA?


Empezaron  cruzar por Granada centenares de pesadas carretas de bueyes,
cargadas de mrmoles labrados.

Veanse las delgadas columnas de alabastro jaspeado y brillante y los
bellos capiteles labrados de arabescos, y las primorosas fuentes, y las
dursimas losas de mrmol.

Acarreaban la piedra, y el ladrillo, y el estuco, y la cal.

En toda la estension que habia marcado el surco del rey, iban creciendo
los muros y las torres, y levantndose los compartimientos, formando un
verdadero laberinto.

Veanse bajo tinglados de madera multitud de moros teniendo delante
otros pedazos de madera, en que trazaban con el comps y con la escuadra
las peregrinas labores que habian de enriquecer la obra maravillosa del
rey Nazar.

Yshac-el-Rumi andaba entre ellos corrigiendo al uno, advirtiendo al
otro, estimulando con alabanzas  los mas.

Por todas partes se trabajaba y la obra se veia crecer; un nmero
incalculable de albailes y de alarifes se empleaban en ella.

Los treinta mil cautivos continuaban robando su oro al Darro, y la Casa
de la moneda no cesaba de acuar aquel oro que inmediatamente se
repartia entre los industriales de Granada.

Los cuatro montes se veian cubiertos de gente activa  incansable, y por
todas partes resonaba el martillo, y por todas partes se escuchaba el
sordo y contnuo ruido del pison de hierro, que hacia con tierra
murallas de piedra.

El rey Nazar se levantaba con el alba, iba  buscar  Bekralbayda, se
perdia con ella entre los bosquecillos de los jardines del harem de la
casa del Gallo de viento, causando mortales angustias  su hijo el
prncipe Mohammet que los veia desde su alta prision, y horribles celos
 la sultana Wadah, que acechaba escondida tras las celosas de los
miradores.

Despues de una hora de soledad con Bekralbayda, el rey Nazar iba 
sentarse en su trono en la puerta de justicia del palacio del Gallo de
viento: oa las quejas y las peticiones de sus sbditos; las castigaba 
premiaba, y despues de esto y de una ligera comida se trasladaba  la
Colina Roja donde permanecia hasta la puesta del sol que se retiraban
los trabajadores.

Entonces el rey se volvia  la casa del Gallo de viento, hacia su
segunda comida, se encerraba en su cmara, y pasaba la noche hasta una
hora avanzada leyendo antiguos libros,  estudiando y comentando leyes.

La obra del Palacio-de-Rubes crecia, pero su estraordinaria magnitud la
hacia mas lenta de lo que el buen rey Nazar hubiera querido.

--Oh, seor Dios! esclamaba contristado: no tendr yo vida para ver
terminada y resplandeciente esta maravilla?

Pero habia una parte de la obra en que se habian agolpado cuantos
trabajadores podian funcionar sin embarazarse los unos  los otros: los
muros habian sido levantados en muy pocos dias; el interior habia sido
embaldosado, alicatado, pintado, dorado y artesonado tambien en muy poco
tiempo: al fin, un dia el sol pudo arrancar flgidos destellos de los
vidrios y de las tejas de colores y de la aguja dorada de su cpula.

Aquel era un pequeito alczar, al que el rey Nazar habia dado el nombre
de Mirador de la sultana.

Se componia de una torrecilla que en su parte superior tenia una
elegante columnata de alabastro, cerrada por la parte interior con
celosas doradas.

Una galera con columnas semejantes  iguales celosas: tres pequeos
retretes con alhames  alcobas, pavimentadas de mosicos, con las
paredes labradas de preciosa y menuda labor: con leyendas del Koram y
versos amorosos en sus inscripciones, con techos en que la madera
imitaba de una manera maravillosa el cedro, el sndalo, el nacar, el
marfil, la plata y el oro, entrelazados, combinados, dispuestos de una
manera tal, que recreaban la vista y la perdian en cambiantes de luz, y
en cien ingeniosas labores, formaban aquel delicioso apartamento.

Una escalera de mrmol estrecha y como construida por el genio del
misterio, conducia  otros no menos lindos compartimientos bajos, que
daban  una galera semejante  la galera superior, de arcos calados
sostenidos en columnas, y de aquella galera se pasaba  un jardin
formado de repente, con rboles y flores trasplantados de los crmenes
del Darro.

Las copas de los rboles frutales que se cruzaban; las galeras de
cipreses y laureles que se estendian formando bvedas, y que iban 
concurrir en una cpula de verdor, bajo la cual, en medio de un suelo
cubierto de cesped, se veia una fuente de mrmol de la que saltaba un
rico surtidor, hacia que desde ninguna parte pudiese verse  las
personas que vagaban por aquel jardin tan freco, tan sombroso, entre
cuyas ramas estaban escondidos en jaulas ruiseores y gilgueros y
cuantos pjaros tienen un canto melodioso.

Al menos, dijo el rey Nazar cuando vi terminado aquel pequeito
alczar, ya no morir sin haber visto una de las maravillas de esta obra
del hombre: ahora es necesario que venga  ser su alma una de las
maravillas de la obra de Dios.

Y mand poner en el alczar alfombras y divanes y pabellones de oro, y
cuando todo estuvo preparado, y en cada cmara una esclava, en la parte
esterna; y en la parte que correspondia  los adarves de la fortaleza
soldados de guarda, y en el jardin eunucos mudos, mand trasladar 
aquella primera construccion  Bekralbayda.

Vise, pues un dia subir  la Colina Roja un palanquin cerrado,
conducido por cuatro esclavos, y rodeado de una numerosa guardia mandada
por un wal, que acompaaba al alcaide de los eunucos del rey.

Aquel palanquin pas por medio de los trabajadores y fu  perderse en
el prtico del Mirador de la sultana.

Poco despues una jven, cuya hermosura resplandecia mas que el
deslumbrador brocado de su tnica; mas blanca que las gruesas perlas del
collar que rodeaba su cuello; con los ojos mas resplandecientes que los
diamantes que entrelazaban sus negrsimas trenzas, entr en las
magnficas habitaciones bajas del Mirador de la sultana, acompaada del
alcaide de los eunucos.

Aquella muger cuya hermosura resplandecia de tal modo, era Bekralbayda.

A pesar de lo anchuroso de los pliegues de su tnica de brocado, un ojo
un tanto observador, hubiera notado que Bekralbayda estaba en cinta.

Este estado de maternidad, y la dulce palidez de sus megillas y lo
apasionadamente melanclico de su mirada, en que ardia un fuego
recndito y casi divino, la hacian parecer mas hermosa.

--El poderoso, el invencible, el magnfico rey Nazar, dijo el alcaide,
quiere que el lucero del amor, el sol de la hermosura, la sonrisa de
Dios, el ramillete de dulzura, la esclarecida sultana Bekralbayda, vea
si la contenta el alczar que ha construido para ella.

--Yo no puedo llamarme ya Bekralbayda, dijo suspirando la jven, por
nica contestacion  las hiperblicas alabanzas del eunuco[39].

--Venturoso aquel, dijo inclinndose profundamente el eunuco,  quien
ds una hermosa prenda de tus amores, estrella de las sultanas:  quien
ds un prncipe poderoso  una sultana tan hermosa como su noble madre.

--Me llamas sultana! dijo con acento de estraeza y de gran inters
Bekralbayda; saludas  lo que nacer si Allah lo permite, prncipe si
es varon y sultana si es hembra! Sabes t, acaso, algo acerca de mi
destino?

--Solo Dios sabe lo oculto, contest inclinndose de nuevo y mas
profundamente el alcaide de los eunucos.

--Me han puesto vestiduras rgias, perlas sobre el seno, diamantes y
esmeraldas en los cabellos; han puesto arracadas de gran valor en mis
orejas, y ajorcas de oro, cuajadas de piedras preciosas en mis brazos;
antes me han baado en aguas olorosas, han vertido sobre m esencias:
no se engalana as  las esclavas del harem  quien el seor elije para
sus placeres?

--Pero el alcaide de los eunucos solo acompaa  las sultanas: solo las
sultanas pueden llevar la piadosa empresa del rey Nazar (y el eunuco
seal con una mirada respetuosa, un roseton de diamantes y rubes que
Bekralbayda llevaba cerrando su riqusimo caftan sobre su medio desnudo
seno, en el centro de cuyo roseton se veia el escudo real de Al-Hhamar,
con su empresa en que se leia en caracteres africanos solo Dios es
vencedor!) Solo las sultanas son servidas por esclavas doncellas, y
guardadas por esclavos negros: y una perla del jardin de Hiram, un rayo
desprendido del sol, no puede ser esclava. Por eso te llamo sultana,
alegra del mundo; por eso me humillo ante t, lucero de los luceros.

Y se inclin de nuevo.

--Pero nada seguro puedes decirme?

--Solo Dios sabe lo oculto, repiti el eunuco.

--Es decir que solo me acompaas para mostrarme este alczar?

--Para que el esclarecido y poderoso sultan sepa si te agrada.

[imagen no disponible: Contempl profundamente conmovido  Bekralbayda

Lit de J.J. MARTINEZ Madrid LETRE dib y Lit]

--D al noble y magnfico sultan Nazar, que para quien tiene el alma
triste nada hay alegre; que para quien llora no hay nada hermoso mas que
su esperanza, y que la soledad y las lgrimas son los mejores compaeros
de un desventurado.

--T se lo dirs al seor, noble sultana, porque el seor se acerca: ya
oigo la zambra que le saluda: el siervo no puede permanecer aqu; que
Allah te acompae y te cubra de prosperidad, luz de los cielos.

Y el alcaide de los eunucos hizo una profunda reverencia, se retir
andando para atrs y repiti su reverencia otras dos veces antes de
desaparecer por la puerta.

Bekralbayda se sent en un divan, y se repleg en s misma, acongojada y
pensativa; una dulce luz dorada que penetraba lnguida y vaga por las
celosas de la cpula, hacia brillar los diamantes de su prendido y daba
un tono incitante y lascivo  la blancura de su cuello y de sus hombros
desnudos; el blanco humo de un pebetero estendindose delante de ella,
la hacia aparecer dulcemente velada y mas hermosa, con una hermosura
eminentemente fantstica.

Y luego, aquella nia tan incitantemente hermosa, tan deliciosamente
pura, con su tristeza de amor, con sus lgrimas de desconsuelo, con lo
elocuente de la mirada de sus negros ojos, que se elevaban al cielo como
implorando la misericordia de Dios, era una poesa viva, una poesa
humana, colocada en medio de otra poesa inmvil, muda, pero
resplandeciente, como animada por la luz que hacia brillar sus arabescos
dorados, sus alicatados de colores, su alfombra de oro y seda, mientras
 travs de una puerta se veia un fondo oscuro y misterioso, y  travs
de la otra las enramadas tupidas y verdes de los cenadores de jazmines y
laureles, amortiguando la luz del dia, y dejando ver por alguna abertura
un pedazo de cielo resplandeciente, azul, difano, incomparable.

Sintironse leves pasos por la parte de la puerta del fondo oscuro, y
poco despues apareci en la puerta un hombre y se detuvo, se cruz de
brazos y contempl profundamente conmovido  Bekralbayda.

Ella ni habia sentido sus pasos ni le habia visto.

Un silencio profundo envolvia la cmara, silencio que solo rompian de
una manera vaga por la parte del jardin, los lejanos y cadenciosos
trinos de los pjaros; por la otra parte el zumbido unsono, tnue,
perdido de los trabajadores.

El hombre que de una manera tan afectuosa, tan llena de inters,
contemplaba  la jven, era el rey Nazar.

Venia sencillamente vestido; nicamente brillaban en su cabeza entre su
toca, las puntas de su corona, y la empuadura de su espada entre su
faja.

Durante algun tiempo permaneci inmvil en su benvola contemplacion;
luego adelant y fu  sentarse silenciosamente en el mismo divan en que
estaba replegada Bekralbayda, pero  cierta distancia.

Entonces la jven pareci despertar de un sueo, se estremeci, levant
la cabeza, fij una mirada ansiosa en el rey Nazar, y cruzando la manos,
esclam:

--Ah, seor!

--Yo te amo! dijo negligentemente el rey Nazar.

Bekralbayda se puso de pie, mas plida aun que lo que estaba, aterida,
muda, como aniquilada; guard durante algunos momentos silencio, y luego
esclam:

--Pero yo no puedo amarte... no!... no puedo amarte como t quieres
que te ame... no! Allah, el grande, el poderoso Allah lo sabe: no puedo
amarte as!

--Cuando te confes mi amor, dijo reposadamente el rey Nazar, t me
contestaste...

--Ment! ment! esclam toda asustada Bekralbayda.

--Cuando te confes mi amor, continu impasible el rey, me dijiste,
quiero ser sultana.

--Ah, misericordioso Dios! Ment!

--Yo te dije: en buen hora sea: Dios te ha dado en sus bondades una
hermosura superior  la de las mugeres de la tierra; eres una hur que
el Altsimo ha permitido aliente en las entraas de una muger: digna
eres de ser sultana: mi esposa la sultana Wadah, ha enloquecido... est
apartada de m: t ocupars el lugar de la sultana Wadah, que por su
locura se la puede considerar muerta.

--Ah, poderoso seor!

--T sabes que la locura de la sultana Wadah es verdad.

--La sultana Wadah es muy desdichada: la sultana Wadah llora una hija
perdida.

--Una hija! esclam, levantndose aterrado, trmulo, herido como por un
rayo por aquella terrible revelacion, el rey Nazar. Quin te ha dicho
que la sultana Wadah ha perdido una hija?

--Qu! no has perdido t tambien tu hija, poderoso seor? esclam
aterrada por su imprudencia Bekralbayda.

--Yo no he tenido de la sultana Wadah mas que un hijo: el prncipe
Juzef, contest con voz cavernosa el rey Nazar.

--Oh! yo me he engaado! yo me he engaado! esclam trmula la jven.

--T no sabes mentir: dijo severamente el rey.

--Ah, seor!

--T eres cndida y pura como la azucena de los valles.

--Yo me he engaado.

--Pero... por qu te has engaado?

--Yo he visto  la sultana buscar una rosa blanca.

--Ah!

--Yo la he escuchado decir...

--Oh! qu has escuchado?...

--Mi rosa blanca! la rosa de mis entraas!

--Y no has escuchado mas?

--Y  qu puede llamar una muger la flor de sus entraas, sino  su
hija? esclam cubrindose de un vivsimo rubor Bekralbayda.

--S, s, te has engaado, dijo el rey Nazar reprimindose, volviendo 
la tranquila y benvola espresion de su semblante, y sentndose de nuevo
en el divan: la rosa blanca! esa es una mana de la sultana.

--Infeliz! murmur Bekralbayda.

--La locura de la sultana Wadah me obliga  tomar otra esposa, te dije:
puesto que quieres ser sultana, lo sers.

--Yo mentia! repiti Bekralbayda.

--Luego, continu el rey, aadiste: no me basta ser sultana: yo quiero
que me ds un alczar tan hermoso como no le hayan visto ojos humanos:
cuando me ds ese alczar ser tuya.

--Ah! no! no!

--Yo he mandado fabricar este alczar, una de cuyas pequesimas partes
es la que ocupamos...

--Pues bien! acaba ese alczar, seor... y entonces...

--Este alczar, que ser la maravilla de las gentes, no puedo terminarlo
yo, ni lo ver terminado mi hijo ni mi nieto; si para cuando est
terminado este alczar has de darme tus amores... seria preciso que Dios
parase para nosotros solos el tiempo y que le apresurase para los dems.

--Pero lo que yo te he prometido no me obliga hasta que hayas cumplido
tu promesa: hasta que hayas terminado el Palacio-de-Rubes: si para
entonces hemos muerto, la culpa no es mia.

--Cun mal parece la mentira en boca tan hermosa! dijo el rey Nazar.

Ruborizse Bekralbayda.

--Ah seor! si yo miento, esclam arrojndose  sus pies, es porque la
mentira es la nica arma que tengo para defenderme de t.

El rey Nazar la levant dulcemente y la sent junto  s.

--Piensas, la dijo, que si yo quisiera te podrias defender de m?

--El generoso, el grande, el vencedor, el magnfico Nazar, no puede ni
debe amar  una desdichada que no puede amarle.

--Y... por qu no puedes amarme?

--Porque amo  otro! esclam con desesperacion Bekralbayda, porque mi
alma est en la suya! porque llevo en mis entraas la flor de mis
amores!

Y Bekralbayda se cubri el rostro con las manos y rompi  llorar.

El rey Nazar sinti que sus ojos se arrasaban: se domin, apart las
manos de la jven de su rostro, y no pudiendo contenerse, inflamado de
un amor inmenso, no  la muger, sino  la madre de su nieto, la atrajo 
s y la estrech entre sus brazos esclamando conmovido:

--Ah! hija mia! hija de mi alma!

Y luego, como pesaroso de haberse dejado arrastrar de su corazon, separ
de s  Bekralbayda, compuso su semblante, recobr su impasibilidad,
aunque aparente, y dijo:

--Amas  un hombre y eres madre?

--T me has llamado hija, seor; esclam con ansiedad Bekralbayda.

--Yo! que yo te he llamado hija! no sabes que te quiero para esposa!

--Y serias t, poderoso sultan de los creyentes, esposo de una muger
que ama  otro hombre, que ha sido suya, y que es madre!

--Yo te amo sobre todas las cosas: no importa que ames, si morando en mi
alczar no vuelves  ver al hombre  quien amas, no importa que seas
madre... porque todos creern que ese hijo es mio: eres mi esclava.

--Me matars! puedes matarme! pero no puedes hacer que yo olvide mi
amor, que yo le ofenda! no! no! esclam Bekralbayda desesperada.

--Escucha, dijo el rey: te cubrir de oro y perlas: te dar esclavas 
millares: te rodear de cuanta grandeza puede disponer un rey tan
poderoso como yo.

--No! esclam con energa Bekralbayda.

--No volvers  ver  ese hombre.

--Pero le guardar su amor, mi pureza dentro de mi alma como en un
santuario.

--Yo buscar  ese hombre y le matar.

--El querr morir mejor que verme en tus brazos.

--Cuando nazca tu hijo te lo quitar.

--Me volver loca como la sultana Wadah, y llamar en mi delirio  la
flor de mis amores, pero no ser tuya.

El rey Nazar se estremeci.

--Y si yo matase  tu hijo?

--Por la vida de mi hijo no matar  su padre.

--Pero ests segura de que ese hombre merece tu amor?

--Oh! yo soy para l la luz, la alegra, la vida.

--Y si por acaso no pudiera ser tu esposo?

--Seria su esclava.

--Quin es ese hombre  quien tanto amas? esclam afectando un furor
que no sentia el rey Nazar, como no ignoraba que el hombre  quien amaba
Bekralbayda, era su hijo el prncipe Mohammet.

--El hombre  quien amo... es un mancebo humilde... pobre... pero yo le
amo as... y no le cambiaria por todos los sultanes de la tierra...

--Qu, amas as ?...

El rey Nazar se detuvo; iba  decir,  mi hijo!

--Qutame, seor, dijo la jven, estas galas de sultana, estas alhajas;
no me ds para vivir este rico alczar; no me saques de la condicion de
esclava: djame sola, pobre con mi amor, y te bendecir.

--T sers sultana, dijo el rey Nazar.

--Ah seor! ten compasion de m!

--T sers sultana, repiti el rey Nazar y sali.

Bekralbayda qued anonadada.

En tanto el rey murmuraba saliendo:

--Es digna de mi hijo: digna de la corona de Granada: sultana ser y
sultan mi hijo... pero esa hija perdida de Wadah!... ese misterio! si
Allah me ayuda, ese misterio ha de aclararse ante mis ojos!... y si
fuera... ah! si fuera ella!... si Bekralbayda fuera esa hija!

El rey Nazar se perdi poco despues entre los trabajadores del alczar.




II.

LA MEJOR NOCHE DEL REY NAZAR.


El rey se encamin  la tienda que desde que principiaron las obras se
habia levantado para l en la Colina Roja.

Entr en ella, arrojse en un divan, y qued profundamente pensativo.

--Desde el momento en que descubr, murmuraba, que mi hijo era el amante
de Bekralbayda, el horror que me inspir el solo pensamiento de robar 
mi hijo su amante, me cur de todo punto del amor que tenia hcia ella.
Es verdad que la he enamorado, que he pretendido probar si es digna de
ser sultana de Granada... y ha respondido  la prueba: ahora la amo
como si fuera mi hija; y despues que he sabido que es madre... oh! el
amor de otro nuevo hijo de mi sangre... de un descendiente de mi raza,
que ser como ella hermoso, y valiente y gallardo como l, porque ser
un prncipe, Dios me favorece: pero esa revelacion de Bekralbayda...
_lo que ha vuelto loca  la sultana Wadah, es la prdida de una
hija!..._ una muger v mejor que un hombre en el alma de otra muger:
ella no se engaa: yo recuerdo... el dia en que desapareci de mi lado
Leila-Radhyah, se encontraron en sus habitaciones manchas de sangre:
aquel mismo dia desapareci uno de mis esclavos y Wadah se volvi de
repente loca: desde entonces han pasado diez y siete aos... la edad de
Bekralbayda... Yshac-el-Rumi es un hombre misterioso. De una manera
misteriosa me ha entregado  Bekralbayda... ese hombre  quien he hecho
seguir, ha sido visto alguna vez en los crmenes del Darro acompaado de
una muger... oh! esta misma noche! s... s... esta misma noche!

El rey esper con impaciencia  que el sol traspusiese: se fu como de
costumbre  su palacio de la torre del Gallo de viento, y exhal un
suspiro cuando vi el reflejo de la luz en las ventanas de la torre
donde continuaba preso el prncipe Mohammet.

Luego entr en su cmara, comi como de costumbre, se quit la corona y
las vestiduras reales, psose unos vestidos cortos y sencillos, se
reboz en un albornoz, y sali de su palacio por una puerta escusada y
solo.

La noche era oscura: el rey, embozado en su alquicel negro, se desliz
como una sombra junto  los muros de la alcazaba Cadima, lleg al barrio
del Hajeriz, descendiendo por sus pendientes calles, lleg al valle
donde corre el Darro y siguiendo su corriente arriba, se meti por las
angosturas.

Muy pronto lleg  la casita del remanso.

--Aqu es: este me han dicho es el sitio donde Yshac-el-Rumi desaparece
por la entrada de una cueva y vuelve  aparecer all arriba sobre las
cortaduras, acompaado de una muger enlutada como l; es necesario
buscar la entrada de esa cueva: frente  la casa del remanso me han
dicho que tiene la entrada: pero la noche es demasiado oscura... no
importa, Dios me guiar; Dios que conoce el pensamiento que me trae
aqu.

En efecto, el rey encontr despues de algun tiempo la entrada de la
cueva que buscaba.

Pero al penetrar por ella oy un sordo ruido; el batir de las alas de un
pjaro que pas junto  l rozndole el rostro con las estremidades de
las plumas.

El rey se detuvo y se estremeci:

--El buho! siempre ese pjaro maldito que me persigue! pero no
importa, aadi sobreponindose  su terror: el Altsimo y nico, el
amparador de quien le confiesa y le adora me ayudar.

Y penetr resueltamente en la cueva.

Al entrar en ella, vi  sus pies como en el fondo de una sima, una
lnea de luz como la que puede verse un momento  travs de una puerta
que se cierra.

--Oh! esclam el rey, aqu moran sres humanos. He visto cerrarse all
abajo una puerta, y he creido escuchar despues los pasos de la persona
que ha cerrado esa puerta que se alejaban. Oh, seor, fuerte y
misericordioso! amprame!

Y el rey Nazar palp, encontr la entrada de una estrecha comunicacion
subterrnea, y al poner el pi en ella, not que el piso era pendiente y
resvaladizo.

El rey Nazar se asi  las escabrosidades naturales de uno de los
costados de aquel pasage tenebroso, y descendi ayudando con las manos,
que se asian fuertemente  la roca,  los pies que resvalaban sobre la
pendiente.

Al fin, despues de haber descendido algun espacio, tropez con la roca
spera y cortada que le cerraba el paso.

El rey Nazar palp: la escavacion  el seno terminaba all: no tenia
continuacion.

--Aqu debe haber una puerta oculta, dijo el rey; yo he visto cerrarse
esa puerta. Pues bien, suceda lo que quiera, no he de retroceder.

Y desnudando su pual di un fuerte golpe con su pomo sobre una piedra
saliente que estaba incrustada en la roca.

Pero en vez de sonar como piedra al toque del rey Nazar, respondi un
sonido vibrante, metlico como el de una campana.

--Oh poderoso seor! esclam el rey,  aqu hay encantamento,  he dado
por acaso en un lugar que sirve para llamar  los que conocen el
secreto: encantamento  realidad preparmonos.

Y el rey se desprendi rpidamente parte de la toca blanca que cea su
cabeza, y la cruz sobre su rostro, no dejando mas que un estrecho
resquicio para su ojo derecho.

Acababa el rey de encubrirse, cuando resonaron leves y casi perdidos al
otro lado de la roca, pasos de muger: oyse luego un rechinamiento
spero, como el del hierro sobre la piedra, brill entre la oscuridad
una lnea de luz, y se abri una puerta.

Delante del rey Nazar, con sus flotantes cabellos negros, sus ojos, su
mirada profunda y melanclica, y su ancha y suelta tnica de lana,
estaba la Dama blanca con una lmpara en la mano.

El rey se estremeci: contuvo un grito y un movimiento, y permaneci
inmvil.

--A quin buscas? dijo la Dama blanca.

--A t, contest el rey con acento conmovido y alterado.

--Quin te envia?

Detvose un momento el rey, y meditando que acaso aquella muger no
conocia otra persona que al astrlogo, contest.

--Me envia el sbio Yshac-el-Rumi.

--Ven conmigo, dijo la Dama blanca.

Y sigui adelante por una estrecha mina abierta en la roca.

Poco despues llegaron  una puerta forrada de hierro, que empuj la
dama, y al fin se encontr con ella el rey Nazar en la misma cmara
blanca y dorada, donde el prncipe habia vuelto en s algun tiempo
antes.

--Espera aqu, dijo la Dama blanca dejando sobre un nicho calado la
lmpara que tenia en la mano y desapareciendo por una puerta.

--Oh poderoso seor, esclam el rey cuando se vi solo, y cun
incomprensibles son tus decretos! por cun torcidos caminos llevas al
hombre de la mano!

Y el rey se sent en el lecho y qued meditando profundamente en la
estraa aventura en que se encontraba empeado.

Pas un largo rato: al cabo oy el rey el paso de una muger acompaado
del crugir de una tnica de seda; abrise al fin la puerta y apareci la
Dama blanca,  mas bien una hur descendida del paraiso.

El rey se puso de pi de una manera involuntaria, y di un paso hcia la
dama como si le hubiera atraido su hermosura.

Porque la Dama blanca se habia transformado: es verdad que su semblante
y su cuello y sus hombros aparecian un tanto enflaquecidos, sumamente
plido su semblante, estraordinariamente melanclicos sus ojos, pero
esto aumentaba su hermosura, dndola el encanto del sufrimiento.

Y luego su peinado, y sus joyas y sus magnficas vestiduras...

Las anchas y largas trenzas de sus cabellos, brillantes por s mismos,
aumentado su brillo por las piedras preciosas que los salpicaban,
estaban entrelazadas alrededor de una riqusima diadema de sultana:
pendia de su cuello un ancho collar de rosetones de diamantes y perlas;
cubria apenas su seno la parte superior de una tnica finsima de lino
bordado con plata; sobre esta tnica llevaba otra de seda verde,
recamada de bordaduras de oro, ancha, flotante, larga hasta tocar el
pavimento, cayendo sobre l en una magnfica plegadura; sobre esta
tnica tenia otra larga, solo hasta las rodillas, de brocado blanco, con
bordaduras de aljfar, cindose sobre la redonda y esbelta cintura de
la dama, por un joyel de pedrera y cerrndose sobre el pecho con
herretes de esmeraldas; por ltimo, un caftan  sobretodo que no pasaba
de las rodillas, de anchas mangas perdidas de seda roja cubierta de
arabescos negros, dos magnficas ajorcas  brazaletes de pedrera, y
unas ricas y deslumbrantes arracadas completaban el atavo y el
prendido de la Dama blanca, transformada por su maravilloso traje en
sultana.

--Estoy pronta, dijo la dama tomando de sobre un divan un ancho albornoz
de lana blanca y cubrindose con l enteramente hasta el punto de que
solo se veia bajo l la orla de la rozagante tnica verde: estoy pronta
y te sigo.

--Scame antes de aqu, dijo el rey Nazar, cuya voz se mostraba  cada
momento mas conmovida.

--Ven conmigo, dijo la dama.

La dama tom la lmpara, atraves, precediendo al rey Nazar, algunas
habitaciones, subi por unas escaleras, y en fin, por los mismos lugares
por donde habia conducido en otra ocasion al prncipe Mohammet, sali al
aire libre, atraves una calle de rboles, lleg  una cerca, abri un
postigo, sali con el rey, cerr el postigo, y dijo:

--Estamos en el campo: cmpleme tu promesa.

--Qu te ha dicho que yo he prometido Yshac-el-Rumi?

--Me ha dicho, contest con una estraeza recelosa la dama, que t me
llevarias al alczar que ha construido el rey para Bekralbayda.

--Cumplir mi promesa, dijo el rey, pero sete  mi brazo, sultana: la
noche est oscura.

--Pero pronto saldr la luna, dijo la dama, y es necesario aprovechar la
oscuridad.

Y se asi al brazo del rey.

--Por qu me has llamado sultana? dijo la dama.

--Por qu?... porque puedes y debes ser la sultana de la hermosura.

--Concese, dijo con alguna severidad la dama, que ests acostumbrado 
adular  las esclavas de tu seor.

--En alabarte no hay adulacion: el lenguaje de los hombres no puede
ponderar tu hermosura.

--Eres t el alcaide de los eunucos del rey Nazar? dijo creciendo en
recelo la dama.

--S, contest el rey sin vacilar.

--Es estrao! murmur ella.

Y guard silencio.

--Dnde me llevas? dijo al fin: parceme que nos alejamos en direccion
opuesta  la Colina Roja, donde el rey Nazar ha construido ese alczar
donde enamora  Bekralbayda.

--Voy  ganar la espesura por cima de los crmenes, dijo el rey, toda
precaucion es poca.

--Pero este terreno es muy spero.

--Apyate bien en mi brazo, sultana, y si no bastare, yo te llevar
sobre mis hombros.

--Oh! no! sigamos! anhelo llegar!

--Anhelas llegar! puede un esclavo atreverse  preguntarte?

--Acostumbran los esclavos del rey  entrometerse en los secretos de su
seor,  es que no basta el oro que te se ha dado y necesitas mas para
ser respetuoso?

--Oh Dios misericordioso! perdona si te he ofendido, sultana!

La dama sigui andando y no contest.

--Dime, dijo al cabo de un breve espacio de silencio: el rey ama 
Bekralbayda?

--No.

--Que no la ama!

--El rey no puede amar  la que destina por esposa  su hijo el prncipe
Mohammet.

--Ah! te ha dicho eso el rey?

--El rey me favorece con su confianza.

--Pero... si el rey enamora  Bekralbayda!

--El rey solo ha querido probar si Bekralbayda es digna de ser esposa de
su hijo, y la ha finjido amores, y la ha prometido tesoros. Bekralbayda
aunque ignora que el rey sabe sus amores con el prncipe, ha resistido 
todas las tentaciones. Oh! s! es digna de ser sultana, y lo ser!

Guard de nuevo silencio la dama.

--A quin ama el rey Nazar? dijo.

--A una muger por quien llora hace diez y siete aos.

--Mientes; mas de diez y siete aos hace que el rey Nazar hizo su esposa
 la sultana Wadah: la adoraba; ha tenido de ella...

--Ha tenido de ella un hijo, y ese hijo tiene ya veinte aos. Hace diez
y siete que la sultana Wadah est loca, y que el rey llora  sus solas,
cuando nadie puede burlarse de su llanto, por una muger.

--Pero se consuela con las esclavas de su harem.

--El rey Nazar tiene harem porque es rey; pero jams pasa sus puertas:
el rey Nazar tiene el alma cubierta de luto.

--Por la muger que le arrebataron hace diez y siete aos? dijo
alentando apenas la dama.

--El rey encontr sangre en el retrete de la luz de sus ojos, del alma
de su alma, de su adorada Leila-Radhyah; pero su alma habia
desaparecido: el rey llor y llora: el rey daria su grandeza y su vida
por volverla la existencia.

La dama no contest una sola palabra.

--Dnde me llevas? dijo con cuidado la dama viendo que el rey se
alejaba cada vez mas: la luna empieza  salir.

--All hay un bosquecillo de avellanos, contest el rey; necesito
hablarte donde nadie nos pueda oir.

--Ah! necesitas hablarme? pues qu, hay alguna dificultad para lo que
deseo?

--Tal vez.

--Por qu tiemblas?

--Ah! y quin no temblar  tu lado, asido  tu brazo, reina del amor?

--Qu esto? dijo la dama con terror y con orgullo, t no puedes ser el
enviado de Yshac-el-Rumi!

--Oh! la luna sale! espera, espera  que descubra enteramente su
disco y te contestar!

--No dar ni un paso mas, dijo con terror y con clera la dama, quin
eres? t no eres el alcaide de los eunucos,  si lo eres, eres un
miserable, un traidor.

--Oh! la luna! la luna!

--Vulveme, vulveme  mi asilo! esclam la dama pugnando por desasirse
del rey que la detenia.

--Volver, volver  donde otros puedan verme  tu lado! oh! Dios me ha
traido hasta ti: Dios quiere que solo l sea testigo de lo que v 
suceder entre los dos.

--Y qu puede suceder?.. esclam con terror la dama.

--Oh! mi amor y tu hermosura! Dios misericordioso! y cmo podia
esperar yo tanta felicidad?

--Qu dice este hombre? esclam en el colmo de su terror la dama.

--La luna! hla all, llena y resplandeciente que se presenta en toda
la plenitud de su belleza, para alumbrar  mis amores, para brillar una
vez sobre mis lgrimas de alegra, como ha brillado tantas otras sobre
mis lgrimas desesperadas!

--Ah! has cambiado de voz, fingas el acento! yo... yo recuerdo tu
acento!.. quin eres? esclam trmula la dama.

--Te has engalanado para deslumbrar con tu hermosura al rey Nazar, no
es verdad, luz de mis ojos? dijo el rey.

--Quin eres! dijo la dama con doble ansiedad.

--Y el rey Nazar sentiria romperse su corazon de gozo, de felicidad,
aunque solo te hubieras presentado ante l, con tu hermosa crencha negra
suelta, y suelta tu tnica de luto, alma de mi vida, mi infortunada, mi
hermosa, mi sultana, Leila-Radhyah.

La dama di un grito de sorpresa, de angustia, de ansiedad, y arranc
la toca de sobre el semblante del rey en que reflej de lleno la luz de
la luna.

--Ah!.. ah!.. Dios poderoso!.. Nazar!

Esclam y se desmay entre los brazos del rey.

Encontrbanse junto  una fuente  la entrada de una espesura de
avellanos, en una meseta de la montaa; veian desde all  lo lejos el
Albaicin y la parte de la Colina Roja donde se alzaba el pequeito
alczar habitado por Bekralbayda.

El rey Nazar llev  Leila-Radhyah,  la nica muger  quien habia
amado,  la que habia llorado muerta,  la que habia cambiado su nombre
por el de Maga de las humbras, al lado de la fuente y la roci el
rostro con agua.

Pero Leila-Radhyah no volvia en s; gemia como si demasiado comprimido
su corazon estuviese prximo  romperse.

El rey estaba aterrado y redoblaba sus esfuerzos para hacerla volver en
s; al fin, Leila-Radhyah abri los ojos, se incorpor entre los brazos
del rey Nazar, le mir faz  faz, y se pas las manos por la frente como
si hubiese pretendido volver en s de un sueo.

Luego esclam con un acento profundamente conmovido, ardiente,
enamorado, loco:

--Oh! seor, seor! es l! es l! mi Nazar!

Y se arroj  su cuello, le retuvo en sus brazos, y rompi  llorar;
pero en un llanto de alegra.

--Oh! esclamaba entre sus lgrimas con un acento indefinible, de amor y
de alegra, me ha creido muerta y no me ha olvidado!

--Yo v sangre en tu retrete, contest el rey Nazar.

--Oh! s, dijo Leila-Radhyah: fu una noche horrible... horrible...
mira rey mio, seor de mi alma: mira.

Y Leila-Radhyah se abri con una mano trmula de impaciencia la tnica
interior y mostr al rey las seales de tres anchas pualadas.

--Oh! qu horror!.. y... quin fu? pregunt con acento cobarde el
rey...

--Ella, ella, la hechicera, la maldita!.. contest Leila-Radhyah.

--Wadah! murmur el rey.

--S, s, Wadah, esa terrible hechicera sedienta de sangre! Y sabes t
para qu me he puesto yo estas ropas, estas joyas, esta diadema?..

--Oh! no!

--Para impedir un nuevo crmen.

--Un nuevo crmen!

--S: para impedir que se lleve  cabo una venganza horrorosa: para
impedir que Wadah asesine  Bekralbayda.

El rey se alz plido, terrible.

--Qu, Wadah pretende asesinar  Bekralbayda! esclam.

--Ah! t amas  esa doncella! esclam Leila-Radhyah.

--Bekralbayda ha sido amante de mi hijo! esclam el rey.

--Ah! esclam Leila-Radhyah.

--Pero ese asesinato! esclam el rey que estaba desencajado, el
pronstico del buho maldito!

--De qu buho hablas?

--De uno que me persigue, que sali de la cueva por donde llegu hasta
t rozando mi rostro con sus alas.

--Era Abu-al-Abu,  quien yo solt para que volase, como todas las
noches, fuera del subterrneo.

--Ese buho me predice una desgracia horrible.

--Pero esa desgracia no ser la muerte de Bekralbayda, yo te lo juro; te
lo juro por el Dios Altsimo y Unico.

--Pero esta horrible traicion?...

--Cmo has venido  mi asilo, al asilo donde he estado oculta desde que
eres rey de Granada? te lo ha revelado  caso el alcaide de los
eunucos?

--No, no, Dios es el que me ha traido junto  ti: pero el tiempo
vuela...

--Empieza ahora la noche, y hasta que medie, Wadah no ir al alczar que
has construido para Bekralbayda. Pero es necesario que me lleves  l;
que me ocultes; que te apoderes del alcaide de los eunucos para que no
pueda revelar nada.

--Y quin introducir  Wadah en el Mirador de la sultana?

--Yshac-el-Rumi.

--Yshac-el-Rumi!...

--S, s, pero vamos, rey mio, vamos y t mismo sabrs, t mismo vers
lo horrible del dio de Wadah: t sabrs en lo que consiste su locura:
t sabrs que tu Leila-Radhyah, tu sultana, es digna de t. Ven.

--S, s, vamos, dijo el rey.

Leila-Radhyah se envolvi en su albornoz, se asi al brazo del rey, y
ambos, siguiendo la ladera de la montaa, se encaminaron  la Colina
Roja.




III.

DE CMO LA SULTANA WADAH CREY EN LA RESURRECCION DE LOS MUERTOS.


Arrojaba la luna su blanca luz sobre la Colina Roja.

Solo se veian los paredones en construccion, los andamios, el Mirador de
la sultana, que se levantaba silencioso al norte, y los guardas que
vagaban entre las obras, cantando para no dormirse.

En el vestbulo del Mirador de la sultana, apoyado en una columna, se
veia un moro envuelto en un alquicel blanco.

Aquel hombre esperaba sin duda, porque miraba de tiempo en tiempo con
impaciencia  la desembocadura de un callejon formado por dos trozos de
muralla en construccion.

Al cabo aquella sombra blanca se afirm sobre los pis, y sali al
encuentro de dos sombras que desembocaban por el callejon.

Era la una una muger; la otra un hombre.

Al salir el que esperaba al encuentro de los dos que venian, retrocedi.

--T no eres el alcaide, dijo al hombre.

--Yo soy el rey, dijo Al-Hhamar con voz tonante.

--El rey! esclam el que les habia salido al encuentro.

--Y se inclin profundamente.

--Levntate y llvame  donde llevarias  esta dama si la hubiera traido
el alcaide.

--Seor! murmur aterrado el moro.

--Levntate y guia, aadi con acento de amenaza el rey.

El moro se levant, se encamin al vestbulo, torci  la derecha, abri
un pequeo postigo y entr por l.

--Esto est oscuro, dijo el rey.

--As me han mandado tenerlo, seor.

--Busca una luz...

El moro obedeci, y volvi con una lmpara de los guardas.

Subieron por unas escaleras, atravesaron una galera y entraron en un
precioso retrete.

--Cierra esa puerta, dijo el rey al moro.

El moro cerr.

--Descbrete, le dijo el rey Nazar.

El moro ech atrs la capucha de su albornoz con la que hasta entonces
habia tenido cubierta la cabeza.

--Ah! eres mi wal Aliathar! mi bravo africano! el wal de la guarda
de este alczar en quien yo depositaba mi entera confianza! y te has
atrevido  hacerme traicion!

El wal cay de rodillas.

--No quiero saber el precio en que me has vendido: solo quiero que obres
como si no me hubieras encontrado, y te perdono.

--Ah, poderoso seor!

--Que nadie sepa que yo estoy aqu.

--Ah, seor!

--Cumple fielmente con lo que te han encargado aquellos  quien te has
vendido.

--Solo tengo que esperar  la media noche  que se presenten un hombre y
una muger para introducirlos aqu.

--Pues bien, introdcelos, y cuando estn dentro, no los dejes salir.

--As lo har, seor.

--No est contigo en la guardia el wal Abd-el-Melek?

--Si seor, pero no sabe nada.

--No importa; d al wal Abd-el-Melek, que vaya con cuarenta hombres 
las Angosturas del Darro; que en el ensanchamiento donde est el primer
remanso, busque la entrada de una cueva, que se oculte en ella, que
prenda al hombre que entre y que le lleve  las mazmorras de la
Alcazaba.

--Asi lo dir  Abd-el-Melek, magnfico seor.

--D  esta dama lo que tengas que decirla.

--Por esta celosa, se v la cmara donde reposa la sultana Bekralbayda,
dijo Aliathar que temblaba de terror.

En efecto, por una celosa dorada se veia una pequea cmara octgona,
donde se veia un ancho divan de brocado  la opaca luz de una lmpara.

--Por esta puerta, aadi el wal, sealando una pequea situada en un
ngulo, y por unas escaleras estrechas se baja  un alham que est
cerrado por una puerta de cedro.

--Basta, dijo Leila-Radhyah, que permanecia encubierta: lo dems ya lo
se.

El wal se inclin profundamente.

--Oye ahora, dijo el rey, y cumple fiel lo que voy  mandarte; v y
espera  ese hombre y  esa mujer; pero en el momento que entraren, haz
una seal leve: para poder percibirla, voy  trasladarme  la cmara
que est sobre el vestbulo.

--Yo s silvar como un buho, dijo el wal.

Se estremeci el rey.

--Bien, bien, no importa, silva cuando ese hombre y esa muger hayan
entrado: y no les avises, porque si no sucede aqu esta noche lo que
debe suceder, te arrojo  mi verdugo para que me arroje tu cabeza.

--Ah, seor!

--Y sobre todo, que Abd-el-Melek, vaya  ocultarse en la cueva del rio,
y cumpla las rdenes que te he dado. Vete.

El wal sali estremecido de miedo.

--Ven conmigo, alma de mi alma, dijo el rey tomando la lmpara y asiendo
de la mano  Leila-Radhyah.

Atraves con ella un estrecho corredor, abri una puerta y entr en un
pequeo y bellsimo retrete.

--Quin diria que la tosca lmpara de hierro de un guarda de las obras
de mis alczares habia de alumbrar mi felicidad?

Y dej la lmpara sobre el alfeizar de una ventana.

Despues estremecido de pasion arranc el albornoz  Leila-Radhyah.

--Oh santo Dios de Ismael y qu hermosa me la vuelves! qu hermosa y
qu enamorada! aadi al ver la mirada candente, lcida, que
Leila-Radhyah posaba en sus ojos.

--Te olvidas, seor, por tu pobre esclava, del motivo que nos trae
aqu? dijo Leila-Radhyah, cuyas megillas cubria un leve y dulce matiz de
prpura.

--Siento que mi cabeza se desvanece: en mis oidos resuena una msica
regalada: la fragancia que me rodea me embriaga: y es el resplandor de
tu hermosura que me ciega! es tu voz que resuena en mi alma! es tu
aliento que respiro! ah! y qu misericordioso y qu grande es Dios!

--Oh! rey, rey mio! esclam Radhyah exhalando estas palabras entre un
suspiro.

Hubo un momento de silencio.

--Oh! qu feliz, qu feliz soy!.. la felicidad que siento, me
comprime el corazon, me mata!.. esclam Leila-Radhyah: oh! mi Nazar!
oh! mi alma!

--Tu amor ha consagrado este alczar, luz de mis ojos: esclam el rey
mirando con delicia  la princesa africana: oh! por qu tenemos mas en
qu pensar que en nuestro amor?

--Oye, rey mio... no es verdad que yo para t no soy sultana ni
esclava? no es verdad que no soy para t mas que Leila-Radhyah?

Al-Hhamar la estrech entre sus brazos.

--Para esa infame hechicera, para esa Wadah fatal, justicia: para t, mi
noble mrtir, mi amor, mi vida, mi alczar y mi corona.

--Y para t mi alma, esclam Leila-Radhyah exhalando toda su alma en una
divina sonrisa.

Callaron entrambos dominados por su amor, porque un amor que,
comprimido, desgarrado, cubierto de luto y de dolores durante diez y
siete aos, estallaba al fin inmenso.

--Oye, dijo Leila-Radhyah: quiero contarte mi historia.

--Tu historia! una historia de desdichas!

--No, porque ha habido dos nobles y generosos hombres que me han
protegido, que se han consagrado  m: mi historia es muy sencilla y muy
breve.

--Oh! te escucho: tu voz es para m tan dulce y tan amada como puede
serlo la voz de los arcngeles al Seor.

--Te acuerdas del dia en que nos conocimos?

--Oh! esclam el rey Nazar.

--Nos rodeaba el horror del combate: estaba yo cercada de cadveres
despedazados: los cristianos que me habian robado en la frontera cuando
me dirigia  Crdoba, que habian muerto al wacir que me acompaaba, 
mis doncellas,  mis esclavos, habian sido muertos  su vez por tus
soldados y yo lloraba desolada porque me veia cautiva cuando empezaba mi
juventud: te acuerdas?... apenas tenia doce aos, y ya era una muger:
ya mi corazon languidecia de amor.

--Hija de Africa, alentada por el viento del desierto! esclam con
entusiasmo Al-Hhamar: oh! y qu hermosa eras ya! pero ahora eres mas
hermosa: yo nunca hubiera creido que ojos de muger pudieran brillar
tanto, arder tanto, exhalar tanta dulzura... oh! entonces eras una
hermosa doncella... que llorabas... ahora eres un arcngel de fuego...

--Pero el dolor ha enflaquecido mi cuerpo y empalidecido mis megillas.

--Oh, Dios mio! y si la felicidad, si mi amor te embelesan, dime...
quin tendr vida bastante fuerte para resistir tu hermosura, cuando en
estos momentos tu hermosura mata?

--Y si eso fuese, si yo llegase  ser tan hermosa, tan resplandeciente
como una hur del Seor, no creerias mi hermoso, mi valiente Nazar, que
el Altsimo empezaba  recompensarte sobre la tierra? Pero es que tu
amor me embellece  tus ojos: hace diez y ocho aos... oh! entonces si
que era hermosa!.. pero t entonces eras mas hermoso que yo... me
acuerdo, oh! me acuerdo como si hoy mismo me estuviera sucediendo, que
vi de repente junto  m un jven caballero en una yegua ensangrentada
hasta el petral de acero: me acuerdo que cuando vi fija en mi mirada la
mirada absorta de aquel mancebo, sent inundada mi alma de una alegra,
de una felicidad inmensas; lo olvid todo: que me encontraba sola,
esclava en tierra estraa. Y te acuerdas, Nazar, rey mio, con cunta
alegra me arroj en tus brazos cuando t me dijiste yo te amo? te
acuerdas de ese tiempo de amor en que fu toda tuya en cuerpo y en alma,
sintiendo no tener mas vida para consagrrtela, para confundirla con la
tuya? oh! y cunto te am desde el punto en que te v! oh! cunto he
llorado, sufrido, odiado, deseado y maldecido desde el momento en que te
perd!... oh! cun dichosa, cun llena de insensata alegra, cun
enamorada, cun transportada al cielo, ahora que te veo, que te hablo,
que eres mio, mio para no volverte  separar de m! porque ahora... t
eres poderoso, Nazar, t eres un gran rey, t amas  tu Leila-Radhyah y
no habr poder humano que pueda separarme ya de t.

--Oh! no! t sers mi sultana... t la alegra de mis alczares; t el
genio del amor y de la armona, que vivir eternamente en ellos en el
lugar que ocuparon, cuando el tiempo, que todo lo destruye inflexible,
los haya destruido.

--Cuando en los primeros dias de nuestro amor vagbamos en las claras
noches de luna por los jardines de Crdoba, yo creia que jams podia
tener fin mi ventura: te acuerdas? t hijo el prncipe Mohammet aun
estaba en la cuna: yo le amaba, yo le mecia sobre mis rodillas, yo quise
reemplazar  la madre que habia perdido.

--Ah! esclam el rey Nazar:

--Acurdate cun feliz era yo: por t habia olvidado mi padre, mis
alczares de Fez, mi altivez de sultana:  tu lado no deseaba nada, en
nada pensaba mas que en t: si me cubria de galas, era por agradarte: si
taia la guzla y cantaba, era para hacer mas lnguido el sueo que
dormias reclinada tu cabeza en mi regazo: si sonreia era por t y para
t. Oh seor! yo creia que aquella felicidad iba  ser eterna.

--Satans se puso en medio de nosotros.

--Oh! no recordemos eso: no lo recordemos: t no dejaste de amarme, no,
no: t me amabas con mas fuerza: te habian dicho que Wadah era una
poderosa maga... y t... Wadah te vi y te am, y compr  un hombre y
vendi  otro, por ser tuya,  mas bien, porque t fueses suyo.

--Qu, compr  un hombre y vendi  otro! esclam Al-Hhamar.

--S, compr  uno de tus mayores amigos,  un pariente de tu padre, 
David-ebn-Kotham, cuyos consejos seguias t ciegamente.

--Oh! no, te engaas, Leila mia; el noble David-ebn-Kotham no podia
venderse: era el mejor caballero de Crdoba.

--Cada hombre tiene su precio: Wadah hizo creer  David en su poder y
en su ciencia, y en que el hombre que fuese su esposo llegaria  ser un
rey valiente y vencedor. David la crey y se vendi  ella por amor 
t: te hizo conocerla de una manera misteriosa, y t... pero no hablemos
mas de eso, esa maldita muger te hechiz.

--Y quin fu el hombre  quien vendi Wadah?

--Un hombre  quien amaba y del cual tenia una hija.

--Ah! con que es cierto!..

--S.

--Y esa hija es Bekralbayda?

--S.

--Pero cmo pudo Wadah ocultarla?...

--Bekralbayda pasaba por hija de una de sus esclavas.

--Ah!

--De ese modo podia tenerla junto  s en tu misma casa: pero no se
atrevi  tener del mismo modo  su antiguo amante,  quien vendi,
porque su amante era un esclavo africano.

--Y cmo se llamaba ese esclavo?

--Daniel-el-Bokar.

--El alarife!...

--S, el gran alarife que ide el Palacio-de-Rubes, el maravilloso
alczar que t ests construyendo.

--Contina.

--El Bokar fu vendido, por fortuna,  un amo piadoso: este, al verle
triste y abatido, con las seales de la desesperacion mas profunda,
quiso saber el secreto de sus penas. El Bokar, celoso, furioso contra
Wadah, se las revel: entonces su amo le dijo: qu sabrs t hacer que
valga el precio que he dado por tu alma?--Yo soy alarife, dijo el
Bokar.--Pues entonces hazme un palacio en una de mis huertas del
Guadalquivir y eres libre.

El Bokar construy el palacio y labr los jardines en la huerta, y tan
satisfecho qued su dueo, que no solo le di la libertad, sino otro
tanto valor como el que habia pagado por l  Wadah.

Habia pasado un ao desde tu casamiento con Wadah. Yo estaba abandonada
en un apartado aposento de tu casa. Nadie se cuidaba de m; t me habias
abandonado enteramente, hechizado por esa maldita; solo me servia una
esclavilla, una pobre nia etiope: pasaba desesperada mis largas noches
sin sueo, y de dia me iba  pasear acompaada de la esclava por las
riberas del Guadalquivir por los lugares mas solitarios.

All, meditando en mi desventura, recordando mi infancia, mi juventud,
mis alczares, las esclavas que all me habian servido de rodillas, y mi
padre que se miraba en mis ojos, lloraba y me entristeca: pero nunca
habia pensado en vengarme ni de t ni de Wadah.

Una tarde, ya se habia puesto el sol, me volvia  Crdoba, cuando un
jven se aproxim  m.

--Allah te guarde y te recompense, me dijo, si te dignares escucharme.

--Y qu tendrs t que decirme? le respond con despego.

--Ests triste y lloras, repuso.

--Y qu te importa eso? repliqu.

--Yo tambien estoy triste y lloro.

--Djame seguir en paz mi camino, le dije con enfado.

--Una misma persona causa nuestra tristeza y nuestro llanto, aadi: la
hechicera, la maga, la esposa de Al-Hhamar.

Cuando esto me dijo, ya le escuch de buen grado, y si entonces se
hubiera separado de m, yo le hubiera detenido.

--Y qu tienes t que ver con Wadah? le dije.

--No es este sitio para hablar de esas cosas. Viene contigo esa esclava.
Pero si quieres ayudarme y que yo te ayude contra esa muger, esprame
esta noche.

--Te esperar.

--A tus habitaciones da un patio que tiene un postigo sobre el rio.

--Es verdad.

--Pues bien, yo llegar esta noche al mediar con una barca por ese
postigo.

--Y fu? dijo el rey Nazar.

--A la media noche, repuso Leila-Radhyah: yo escitada por lo que aquel
hombre me habia dicho, le franque el postigo.

Hacia una noche tempestuosa y oscura, llovia, tronaba.

Aquel hombre me dijo:

--Esprame en tu aposento, sultana.

Y sin esperar  mas se perdi por uno de los arcos del patio.

Yo absorta sin saber qu hacer, dud un momento acerca del partido que
debia tomar: pero no se por qu me habia inspirado una gran confianza el
Bokar, que l era, y fu  esperarle en mis habitaciones.

Apenas habia entrado en ellas, cuando se abri una puerta y apareci el
Bokar; traia entre su alquicel una nia como de dos aos, dormida.

--He tenido mas suerte de la que esperaba, me dijo: he encontrado
abierto el aposento de mi hija y  su nodriza dormida.

--De tu hija! esclam.

--S; esta nia es hija mia y de Wadah.

--Ah!

--Ahora, si t quieres, sultana, sgueme.

--Que te siga?

--S; qu pretendes esperar aqu? Al-Hhamar, fascinado por Wadah, ni
aun se acuerda de t: cuando Wadah eche de menos  su hija, creer que
t eres quien se la ha robado, y pretender vengarse de t: aqu ests
en peligro, huye.

--No me separar de la casa donde vive Al-Hhamar, le contest.

--Pero esa muger es terrible y sanguinaria.

--No importa: llvate tu hija; yo me quedo aqu.

En vano el Bokar pretendi convencerme: yo no podia separarme del lugar
en que, aunque sin verte, estaba prxima  t.

Al fin cansado de la inutilidad de sus esfuerzos, y viendo que la noche
avanzaba, el Bokar sali.

--Deja abierto el postigo, me dijo, hasta el amanecer.

--Y  qu propsito?

--Djale abierto, sultana, porque yo quiero velar por t.

No se qu estraa confianza me inspiraba aquel hombre, que ced y dej
abierto el postigo.

Cuando entr en mi aposento me aterr: Wadah desmelenada, plida,
desceida la tnica, buscaba por todas partes en mi aposento y rugia y
lloraba.

Al verme se abalanz  m como una leona.

--Dme mi rosa blanca, miserable! dmela! grit.

--Tu rosa blanca! esclam, tu hija!

--S! mi hija! dme  mi hija que me has robado! grit.

--Dme t mi Al-Hhamar, repuse.

--Qu! no me dars mi hija, ladrona? esclam Wadah palideciendo.

--Tu hija! tu hija! esclam, saboreando aquella venganza inesperada
que me habia procurado el Bokar: ya no volvers  ver  tu hija,
hechicera.

--Ah! ni t volvers  ver el sol! grit.

Luego sent tres golpes terribles sobre el pecho; despues nada: una
densa niebla habia cubierto mis ojos; mi cabeza se habia hecho pesada,
como de plomo.

Cuando volv en m me encontr en una habitacion humilde, pero limpia y
alegre.

Un hombre estaba  mi lado contemplndome con inters.

Era el Bokar.

--Ah! Dios sea loado! esclam: cre que no volverias  la vida,
sultana.

Quise hablar, pero me hizo seal de que callase, y l mismo guard
silencio.

Algunos dias despues, como yo le preguntase por qu razon estaba en su
poder me contest.

--Yo quise que dejaras abierto el postigo para protegerte: poco despues
o los gritos de Wadah y los tuyos; me precipit en tu socorro, pero
llegu tarde. Wadah habia desaparecido, y t estabas por tierra
ensangrentada y sin sentido. Cargu contigo; te llev  mi barca, te
resta la sangre de la mejor manera posible, y apartndome con mi barca
de aquel lugar maldito, te he traido aqu. Tenias tres pualadas en el
pecho que me hicieron temer por tu vida: pero la misericordia de Dios no
ha querido que mueras.

--Ah! y para qu quiero yo vivir?

--Te has olvidado de tu padre, sultana?

--Mi padre no me recibir.

--Quin sabe?

--Mi padre me pedir cuentas de mi honra.

--Que se las pida  Al-Hhamar. Acaso Al-Hhamar no te hizo su esclava?
En el momento que tus heridas lo permitan iremos  Africa. Es necesario
que tu poderoso padre te vengue de Al-Hhamar.

Pas as algun tiempo.

El Bokar, salvas algunas horas de la tarde y de la noche, estaba  mi
lado refirindome alegres cuentos para entretener mi tristeza.

Lo dems del tiempo lo pasaba encerrado.

--Qu ests haciendo? le dije un dia.

--Estoy haciendo un alczar tan maravilloso, que no habr rey que se
atreva  construirle.

--Pero si le haces t, no hay necesidad de que le haga un rey.

--S, pero yo le hago imitado en gacela, y para levantarle, para que se
toque con las manos como ahora se toca con la vista, serian necesarios
grandsimos tesoros.

--Y no me ensears ese alczar! le dije.

--Ven conmigo, me contest.

Llevme  una torrecilla, y en ella colgados de las paredes y estendidos
por el pavimento, vi una multitud de pergaminos, sobre cada uno de los
cuales habia pintada una maravillosa habitacion  un patio incomparable
 un jardin deleitoso.

--Este es el Palacio-de-Rubes, sultana, me dijo el Bokar: el rey que
posea este alczar, ser el rey mas poderoso de la tierra.

Cuando el Bokar dijo esto, mi pensamiento se fij en t, mi valiente
Nazar, y dije.

--El llegar  ser rey, l ser un rey grande y poderoso: l construir
este alczar.

--Quin sabe? dijo el Bokar, pero para cuando Al-Hhamar sea rey, ya
habr yo muerto. Es necesario buscar otro rey que pueda construir esta
obra. Necesitamos pasar  Africa.

--Cuando quieras, le dije: nada espero aqu.

Algunos dias despues llegbamos  Mlaga, y nos embarcbamos en una
galeota de un amigo del Bokar.

Llegamos al fin  Tlencen.

El Bokar, bajo pretesto de mostrar  mi padre el Palacio-de-Rubes,
logr que le recibiese en su alczar.

Maravill tanto  mi padre la riqueza de la obra que habia pintado el
Bokar, que no teniendo tesoros bastantes para realizarla, quiso al
menos que en su alczar hiciese algunas habitaciones semejantes el
Bokar.

Pas algun tiempo.

El Bokar iba todos los dias  los alczares de mi padre  labrar las
nuevas habitaciones.

Mi padre habia llegado  tenerle ya amor.

Atrevise al fin un dia  decirle el Bokar:

--Dnde quieres que ponga esta inscripcion que acabo de labrar?

La inscripcion  que el Bokar se referia era mi nombre.

--Leila-Radhyah! esclam mi padre demudado: quin te ha dicho su
nombre?

--Es el de una dama muy hermosa que yo conozco, dijo el Bokar.

--Y qu edad tiene esa dama?

--Diez y siete aos.

Creci la palidez de Al-Mostansir.

--Y dnde has conocido  esa dama?

--En Crdoba: es cautiva de un valiente wal.

--Ah! dijo mi padre; no mas que cautiva?

--Poderoso rey, dijo el Bokar, la cautiva ama  su seor.

--Y su seor la ama  ella?

--Se ha casado con otra.

--Cmo se llama ese wal, que se casa con una muger teniendo en su
poder otra que se llama Leila-Radhyah?

--Se llama Mohammet-ebn-Juzef-Al-Hhamar.

--Pero Al-Hhamar no es ya solamente un valiente wal; es un rey.

--Rey!

--Si por cierto: el califato de Crdoba se hunde: cada wal se cree
bastante poderoso para declararse rey: Aben-Hud acabar mal; su corona
se divide en muchas coronas.

--Y dices, seor, que Juzef-Al-Hhamar es rey?

--S; rey de Jaen, Guadix y Baeza. No hablemos mas de esto.

--Pero esta inscripcion?

--Rmpela.

--Olvidais que es el nombre de Leila-Radhyah?

--Rmpela.

--Pero por qu tanta severidad, seor? No os digo que Al-Hhamar?...

--No hablemos mas de esto; esa desdichada ha debido morir... y no ha
sabido morir. Rompe su nombre, y no le vuelvas  poner delante de mis
ojos ni  enviarlo  mis oidos.

--Ah Leila, Leila de mi alma! esclam el rey Nazar: y cun culpable he
sido para contigo!

--Eso ha sido un sueo, una pesadilla que ha pasado, dijo Leila-Radhyah
sonriendo tristemente: djame continuar.

El Bokar no volvi  hablar mas de m  mi padre hasta que se
concluyeron las obras. Cuando mi padre le hubo pagado, el Bokar se
atrevi  decirle:

--Voy  Espaa, seor: qu dir  la desdichada que en aquella region
llora?

--Cuntala lo de la inscripcion; le respondi mi padre.

El Bokar sali triste y acongojado de los alczares de Al-Mostansir
Billah, porque me amaba y habia concebido esperanzas de que mi padre me
volveria su afecto.

Pero ni una palabra me dijo acerca de esto, sino cuando un ao adelante
le v prximo  la muerte.

Entonces me lo revel todo; y un amigo suyo, un renegado espaol,
quedaba encargado de m, de Bekralbayda y del Palacio-de-Rubes.

Daniel-el-Bokar muri al cabo, y entonces conoc  Yshac-el-Rumi.

Ya le conoces t.

Su historia es muy breve.

Se hall en la batalla de Alarcos, como soldado del rey Alonso de
Castilla, y fu hecho cautivo, vendido y traido  Africa.

En Africa estudi toda la ciencia que poseia su amo, que era astrlogo,
y se enamor de una hermosa hija que el astrlogo tenia. Ella se enamor
tambien de l, y sin que su padre lo supiese se comunicaban. Pero un dia
se apercibi de ello el viejo y quiso matarlos  entrambos.

--Me casar con ella, dijo Yshac.

--T no puedes casarte con mi hija, dijo colrico el viejo: porque eres
cristiano.

--Me har musulman.

--Pero eres mi esclavo.

--Y qu, no vale nada la honra de tu hija?

El astrlogo,  pesar de su codicia, cedi; Yshac se hizo musulman y se
cas con su amante.

Pero la infeliz muri poco despues al dar  luz una criatura que naci
muerta.

--Ahora comprendo, dijo el rey Nazar, la razon de la sombra tristeza de
ese hombre: pero lo que no puedo comprender es la conducta que ha
seguido y sigue conmigo.

--Ah! pues es muy fcil de comprender! Yshac me ama.

Frunci el entrecejo el rey Nazar.

--Me ama como un padre ama  su hija, y quiere vengarme y vengar al
pobre Daniel-el-Bokar, de quien fu grande amigo.

--Y por qu entonces el misterio de que te ha rodeado y la especie de
traicion de haber arrojado  Bekralbayda en los brazos de mi hijo
Mohammet, y habrmela vendido despues?

--Yshac-el-Rumi y yo amamos  Bekralbayda como si fuese nuestra hija:
Yshac la llev  Alhama para que el prncipe la viese y la amase: yo
quise que t la conocieses tambien.

--Y para qu?

--Para que tuviese celos Wadah.

--Pero los celos de Wadah matan.

--Te juro que no matarn  Bekralbayda. No estaba  tu lado en tu
alczar Yshac-el-Rumi?

--No comprendo bien esto.

--Antes de mucho lo comprenders.

--Pero esa diadema, esas joyas, esas galas que te cubren y que valen un
tesoro, Leila?

--Ah! desconfias de mi!

--No, no desconfio: pero en tu habitacion de Crdoba se encontraron
todas tus joyas, joyas que yo he conservado, como un precioso tesoro de
mi corazon, porque cre que esas joyas y esas ropas eran lo nico que me
quedaba de t.

--Despues de la muerte de el Bokar, permanecimos algunos meses en
Tlencen; pero al fin, yo que ansiaba volver  Andaluca, porque en
Andaluca estabas t, escit  Yshac  que vinisemos  vivir  Granada,
y cediendo  mis deseos Yshac dispuso el viaje.

Al dia siguiente un esclavo de mi padre entr en nuestra casa.

--Te llamas Yshac-el-Rumi, dijo  este.

--S, contest.

--El poderoso rey Al-Mostansir Billah te ordena que vayas  su alczar.

Yshac fu.

Al-Mostansir Billah le di un cofre de hierro muy pequeo y una carta, y
le dijo:

--Entrega esto  Leila-Radhyah.

Al-Mostansir Billah cuando hubo entregado el cofre y la carta y dicho
estas palabras  Yshac, le volvi la espalda.

Yshac me entreg el cofre y la carta.

Abr la carta antes que el cofre y v que decia:

Un rey tenia una hija:

Y esta hija del rey era muy hermosa.

Y tan hermosa era, que los sabios le habian dicho:

Tu hija ser causa de crmenes y desdichas.

El rey encerr  su hija; pero la princesa empez  languidecer.

El rey llam  los sabios y les mostr la princesa:

Qu enfermedad padece mi hija? les pregunt.

Y los sabios le respondieron:

Tu hija languidece de amor.

Nosotros no nos atrevemos  volverle la salud; pero hemos consultado las
estrellas, y las estrellas nos han dicho:

All en el Andaluca, del otro lado del mar, en la hermosa Crdoba, la
hija del rey encontrar alivio  su dolencia.

Y el rey que amaba mucho  su hija la envi  Crdoba.

Pero su hija no volvi.

Han pasado muchos aos.

T que vas  Crdoba, seora, busca  Leila-Radhyah y dla esas joyas.

Pero no la digas que su padre la d un tesoro, porque Leila-Radhyah no
tiene ya padre.

No la digas que venga, porque si su padre la v delante de s, la
matar.

--Tu padre fu demasiado severo contigo, dijo el rey Nazar.

--Mi padre me ama, dijo Leila-Radhyah con los ojos arrasados de
lgrimas.

--Te ama, y  pesar de tu inocencia no te ha recibido!..

--Mi padre me ha enviado hace pocos dias otra carta.

--Otra carta!

--S, mrala.

Leila sac de su seno una bolsita de seda verde y oro, y de ella un
pergamino enrollado.

El rey Nazar ley:

Leila-Radhyah, decia aquella carta:

He tenido nuevas que han reanimado mi esperanza.

Un wal granadino, me ha dicho que la sultana Wadah est loca.

El rey Nazar puede, pues, apartarla de s.

El rey Nazar puede ser tu esposo.

Te envio joyas y galas de sultana.

Si quieres tener padre y hermanos, consiente en ser la esposa de Nazar.

Si consientes, yo te enviar servidumbre y esclavos y guardas, para que
puedas presentarte en Granada, como debe ser vista la hija de un rey.

Tu padre te ama, Leila-Radhyah, pero no puede abrazarte hasta que laves
tu deshonra.

Procura ser esposa de Al-Hhamar.

--Y qu has contestado  tu padre? dijo el rey Nazar.

--No le he contestado todava; pero mi respuesta la llevar un embajador
tuyo: un embajador que le diga: tu hija Leila-Radhyah, es sultana de
Granada.

--Oh! ese embajador partir para Tlencen, antes que salga el sol del
nuevo dia.

En aquel momento se oy fuera un tnue silvido, un silvido semejante al
de un buho.

El rey y Leila-Radhyah salieron del retrete donde se encontraban y se
trasladaron  oscuras  aquel desde donde se veia la cmara de
Bekralbayda.

Veamos lo que pasaba en esta cmara.

Estaba desierta.

Bekralbayda velaba en el jardin, mirando desde sus espesuras la torre
del Gallo de viento, que se veia  lo lejos all en el distante estremo
del Albaicin bajo la luz de la luna, y en cuyas ventanas se veia el
reflejo de una luz.

Bekralbayda creia ver en aquella ventana al prncipe que velaba como
ella.

Estaba abstraida, absorta en su amor, cuando un esclavo se acerc 
ella, se prostern, y la dijo con voz humilde:

--Poderosa sultana, la noble sultana Wadah acaba de llegar y desea
verte.

--Y dnde est la sultana? esclam con cierta alegra Bekralbayda,
porque amaba  Wadah.

--Te espera en tu cmara, seora, contest el esclavo.

Bekralbayda se encamin precipitadamente hcia su cmara.

En ella, sentada en el divan que servia de lecho, estaba Wadah,
indolente, hermosa, mas hermosa que nunca, y muy sencillamente vestida.

Al ver  Bekralbayda, se levant, corri  ella y la bes en la boca.

--Oh! esclam: qu hermosa ests, hija mia! cunto he sufrido desde
el dia en que te sacaron del palacio del Gallo de viento! porque yo te
amo, ya lo sabes.

--Ah, seora! esclam Bekralbayda: y vienes  visitar  tu esclava!

--Esclava! no! t no eres esclava! t eres sultana! escucha; vengo 
revelarte un secreto que te va  llenar de placer: el rey...

Bekralbayda palideci.

--Oh! y cmo le ama! pens Wadah conteniendo mal su celosa rabia: el
rey piensa casarte... con...

--Con quin?... esclam plida Bekralbayda.

--Con mi hijo: respondi la sultana.

--Con tu hijo! con el prncipe Juzef-Abdallah!

--Qu, no te parece bastante hermoso mi hijo?..

--Ah! s! si seora, pero es muy jven... demasiado jven.

--Ah! t quisieras para esposo un hombre de la edad de su padre?

--Yo... no... ya es demasiado.

--Jven el uno! el otro viejo!

--Pero qu importa eso, seora? por qu ha de pensar el rey en
casarme? te equivocas... te equivocas... sultana: yo s que el rey no
quiere casarme con nadie.

--Ah! no quiere casarte con nadie! pues mira, yo habia creido!.. el
otro dia me dijo: Wadah, estoy pensando en casar  nuestro hijo.--Y con
quin, seor?--Con una doncella jven, hermosa, pura,  quien t
conoces.--Que yo conozco?--S, pero quiero sorprenderte y no te dir su
nombre.--Y no me lo dijo: pero al dia siguiente te sac del alczar, y
te trajo  este otro alczar: puso junto  t eunucos, esclavos y
guardas... magestad de sultana, y yo... yo cre que era porque te
destinaba  nuestro hijo... al prncipe Juzef. Y no amas t  mi hijo!

--Ah, seora! le respeto... pero amarle... no.

--Y  quin amas?

--Yo...  nadie.

--A nadie!.. y el estado en que te encuentras, pobre nia?

Y la mirada de Wadah se fij de una manera marcada en Bekralbayda.

La pobre jven se cubri el rostro con las manos.

--Ha sido una violencia, una horrible violencia...

--Del rey!

--Del rey! esclam asombrada Bekralbayda.

--Por qu tiemblas?...

--Has dicho que el rey...

--Es tu amante.

--No; no; y cien veces no.

Wadah habia dejado al fin su continente tranquilo.

Sus ojos arrojaban llamas.

Estaba trmula de clera.

--Pues si no ha sido el rey, quin ha sido? aadi con la voz opaca por
los celos y por el dio Wadah.

--Pero qu te he hecho, seora, para que me trates as? esclam
Bekralbayda.

--Qu me has hecho? qu me has hecho? Pues no te ama el rey Nazar?

--Dios mio!

--No eres t su esclava querida?

--Soy su esclava... s, es verdad, pero...

--No, t no eres su esclava: t eres su seora.

--Yo... pero t estas loca, sultana?

--Loca! loca! s, es verdad! loca de celos! sabes t quin soy yo?

--Ah! Dios mio! esclam Bekralbayda levantndose y pretendiendo huir.

Wadah la asi de un brazo y la atrajo  s:

--Socorro! grit la jven: socorredme!.. libradme de esta muger!

--Nadie puede oirte: estn cerradas las puertas y los que te sirven
alejados; nadie te oir.

--Oh! Seor, Seor de misericordia! esclam la jven cayendo de
rodillas.

--S, s, prostrnate, dijo Wadah; porque as debes estar delante de m:
delante de la esposa  quien has injuriado.

--Yo os juro que no amo al rey.

--Pero l te ama.

--Yo no puedo impedirlo.

--Pero no se ama  los muertos.

--Ah! qu dices! pero no, t no piensas as!.. t no quieres
asesinarme!.. no es verdad? yo no tengo la culpa... no... yo no amo al
rey... yo no he sido suya... no puedo ser suya... antes la muerte...
no... no puedo ser suya.

--Te obligar.

--Oh! no! porque si quiere violentarme, yo le dir: soy amante del
prncipe Mohammet: el hijo que llevo en mis entraas es tu nieto.

--Mientes! mientes! quieres salvarte! qu? no te he visto yo
perderte en los bosquecillos con el rey?

--Pero yo no tengo la culpa...

--Escucha: en otro tiempo otra muger me disputaba los amores de Nazar...
yo mat  aquella muger.

--Oh, Dios mio!

--Pero la mat  pualadas y su sangre...

Wadah se detuvo.

--Yo veo su sangre corriendo siempre delante de m como un torrente: yo
me estremezco de noche y me tapo la cabeza para que no caiga sobre ella
la sangre de aquella muger, la sangre de Leila-Radhyah. Yo no quiero ver
mas sangre y no te matar  pualadas.

--Matarme! matarme! pero eso no puede ser! seora... no... yo te
amaba...

--Que me amabas!

--S... como amara  mi madre.

--A tu madre!  tu madre! Oh! yo tenia una hija: una hija que tendria
tu misma edad: y aquella miserable Leila-Radhyah la mat... la mat: yo
encontr sus ropas ensangrentadas... por eso mat  esa miserable muger
que se me presenta todava  cada paso delante de los ojos, hermosa y
plida como un espectro... por eso la d de pualadas: pero  t no: yo
te matar de modo que no salga fuera de tu cuerpo una sola gota de
sangre... no... t no te presentars ante m en mis sueos, en mis
soledades, roja de los pies  la cabeza... yo soy sbia... yo conozco
las yerbas que matan y las yerbas que enloquecen: mira.

Y mostr  Bekralbayda un frasquito de oro.

--Ah! y qu es eso?... esclam aterrada la jven.

--Esto... esto es... mira, t bebers esto.

--Yo... yo no beber... no... yo resistir... yo gritar...

--Resistir... piensas acaso que puedes resistirme?... gritars... te
escuchar alguien? t bebers...

--Oh Dios poderoso!

--Bebers y sentirs entorpecidos tus ojos, pesada tu cabeza... te
dormirs y no despertars... no despertars... y yo no tendr celos,
porque no se ama  los muertos, y Al-Hhamar me volver su amor.

Bekralbayda miraba fascinada  Wadah.

Wadah se habia replegado en un ngulo del divan como una pantera, y
fijaba sus ojos estraviados y escandencidos en Bekralbayda.

--Oh! ciertamente que eres muy hermosa... solo he conocido una muger
que  tu edad fuese tan hermosa como t, y esa muger la veia en mi
espejo, porque esa muger era yo... pero ella, mi rosa blanca, seria mas
hermosa que t... s, mas hermosa... y la mataron... la mataron!... yo
mat  su asesino,  la infame...  la miserable Leila-Radhyah... ahora
t me robas  Al-Hhamar... has matado el amor que Al-Hhamar me tenia,
y morirs... morirs tambien!

--Oh! seora! yo no amo al rey! te lo juro! no le amo.... el rey me
aterra, me persigue, me enamora... pero yo... yo no puedo amar al rey...
yo no puedo ser suya... yo he sido de su hijo... de su hijo, lo
entiendes... de su hijo que est perseguido y aborrecido de su padre
porque me ama.

Wadah miraba  Bekralbayda con una espresion letal.

La jven continu:

--Soy muy desgraciada, dijo, y poco me importaria morir... pero l me
ama; l moriria si yo muriese...

--El! y quin es l? grit Wadah levantndose furiosa: quin es el
que t amas y morir si t mueres?

--El prncipe Mohammet! esclam con angustia Bekralbayda juntando sus
manos.

--El prncipe! el prncipe! t me engaas!

--No; no te engao: escucha: busca al prncipe, pregntale: pregntale 
quien ama, el te dir: yo amo  Bekralbayda.

--Ah! no! no! eso no es verdad!

--S, s, pregntale: ha sido tu esclava Bekralbayda? y l te
contestar: pregntalo  los bosquecillos de la casita del remanso:
pregntalo  las fuentes,  las flores,  la noche silenciosa y oscura y
ellos te dirn: nosotros hemos sido testigos de su felicidad, se aman,
se aman, y Bekralbayda lleva en su seno la vida de su amor.

--Mientes! mientes! grit Wadah.

--Oh! no, no miento; y si defiendo mi vida... espera, espera algun
tiempo, sultana; espera que nazca mi hijo, y mtame despues: pero no
mates  mi hijo, no... mi hijo es inocente.

--Inocente era tambien mi hija y la mataron.

--Pero tienes las entraas de pedernal? esclam desesperada
Bekralbayda.

--Tengo celos! estoy loca! Al-Hhamar me desprecia, y me desprecia por
t!

Y Wadah plida, terrible, convulsa, adelant hcia Bekralbayda.

La jven cay de rodillas.

--Perdon! esclam: perdon! yo no tengo la culpa.

--Bebe! esclam Wadah con voz ronca asiendo violentamente de un brazo 
Bekralbayda y presentndola el frasquito de oro.

--No! no! grit Bekralbayda ronca de terror y de desesperacion
rechazando el pomo.

--Bebe! repiti con acento mas concentrado y terrible Wadah.

--No, grit con toda la fuerza de su alma la jven.

--Ah! no quieres beber! ser preciso que corra otra vez sangre!

--Sangre! piadoso Allah! sangre! grit Bekralbayda: no, no: t no
sers tan infame: yo no te hecho ningun mal.

--Que no me has hecho ningun mal y te ama Nazar, y por t me desprecia,
como me despreciaba por Leila-Radhyah!

Y arrastraba furiosa  la jven que oponia una resistencia desesperada.

De repente Bekralbayda di un grito agudsimo; uno de esos gritos que el
terror arranca del alma: habia visto brillar un pual en la mano de
Wadah, la muerte en sus ojos.

Pero en aquel momento son una voz grave, acentuada, terrible, voz que
parecia salir de la eternidad, que contuvo el brazo de Wadah y la hizo
temblar.

--Wadah! habia pronunciado aquella voz.

Y al mismo tiempo se habia abierto con estruendo una puerta frente 
Wadah, y habia aparecido en ella Leila-Radhyah.

Wadah di un grito horrible, dej caer el pual y qued como
petrificada, mirando con estupor, con espanto  Leila-Radhyah.

--Ella! siempre ella! esclam con voz sorda: siempre su sombra
ensangrentada!

--S, s, yo soy que vengo  impedir un horrible crmen, dijo
Leila-Radhyah con acento solemne.

Y adelant y asi  Bekralbayda que la miraba asombrada, la levant en
sus brazos y la bes en la boca.

--Ah! hija mia! esclam: pobre hija mia!

--Su hija! esclam Wadah con asombro.

--Mi hija! crees que es mi hija! pues bien, mira! dijo Leila-Radhyah.

Y desabrochando rpidamente la tnica de Bekralbayda, la descubri el
hombro derecho y mostr  Wadah un lunar rojo que Bekralbayda tenia
sobre el hombro.

--Mtala si te atreves! esclam Leila-Radhyah.

Pas una espresion de indecible angustia por el semblante de Wadah, su
frente se cubri de sudor, sus ojos se dilataron, se puso la mano sobre
el corazon, cay de rodillas y se abalanz  Bekralbayda; la abraz y la
bes llorando y riendo.

--Mi rosa blanca! esclam: mi hija!

--Tu hija! esclam Bekralbayda rechazndola: no, t no eres mi madre:
si fueras mi madre, la sangre te lo hubiera dicho, no hubieras querido
matarme; mi madre t!

--S, s, yo soy tu madre! esclam arrastrndose  sus pies Wadah:
mrame mrame bien... yo tuve una hija... yo cre que la habian
matado... pero

[imagen no disponible: mtala, si te atreves!

Lit de J.J. MARTINEZ, Madrid LETRE dib y lit]

no... no, eres t... yo te conozco ahora... ese lunar que tienes sobre
el hombro, ese lunar que yo besaba cuando eras pequeita y te tenia
sobre mis rodillas: oh! s, s! t eres mi hija: mi hermosa hija; mi
preciosa rosa blanca!

Y abrazaba las rodillas de Bekralbayda que se retiraba constantemente de
ella.

--Esa muger est loca! dijo Bekralbayda.

--Oh! s, s, dijo Wadah, he estado loca por t, hija mia; porque te
lloraba muerta: pero he vuelto  encontrarte y ya no estoy loca, no...
no es verdad que no estoy loca Leila-Radhyah? no es verdad? dselo t,
dselo, dile que es mi hija... no te vengues de m porque te mat... yo
te mat porque cre que habias matado  mi hija... perdname!
perdname! qu hubieras t hecho con la muger que hubiera matado  tu
hija?

--T no me mataste Wadah: el Dios Unico y Misericordioso no quiso que yo
muriese: yo he vivido para ser la madre de tu hija.

--Ah! esclam Wadah levantndose y pasndose ambas manos por la frente
como si hubiera pretendido arrancar de su cabeza una vision de sangre;
con que no eres un espectro? con que eres t... t... la amante de
Al-Hhamar viva delante de m? con que lo que sucedi aquella noche fu
un horrible sueo?

--Sueo que ha durado diez y siete aos, dijo profundamente
Leila-Radhyah; pero yo no s vengarme, sultana: vete, vete, has querido
matar  tu hija sin conocerla, y yo he impedido ese crmen.

--Mi hija! esclam Wadah y lanz una horrible carcajada: mi hija
amante de mi esposo! ah! ah!

Wadah volvia a su locura.

--Mi madre! esclam Bekralbayda volviendo de su sorpresa, es mi madre!

--S, tu madre es, dijo Leila-Radhyah.

--Y es hijo suyo el prncipe Mohammet! esclam con espanto Bekralbayda.

--No, dijo el rey Nazar entrando en la cmara: el prncipe Mohammet es
hijo de Sobeya mi primera esposa.

--Nazar! Nazar! perdname! perdname! esclam Wadah, que torn por
un fenmeno del sentimiento  la razon: perdname Nazar: yo te enga;
pero yo te amaba... estaba loca por t... yo te encubr mi historia, yo
te ocult la existencia de la hija de mis entraas.

--Esto ha sido un sueo, un sueo sombro, dijo Al-Hhamar.

--Un sueo!

--S! yo no te he conocido Wadah: t no has existido para m, vete.

--Me arrojas, me arrojas de t como una esclava! esclam llorando
Wadah.

--No, no te arrojo, dijo el rey Nazar: vivirs en mi alczar, te
servirn esclavos, pero no me volvers  ver.

--Oh! no!.. rechazada por mi hija, rechazada por t... sola y
desesperada!.. no... no... Nazar! yo no puedo vivir as!

--Yo soy la que debe desaparecer, dijo Leila Radhyah: quedaos vosotros y
sed felices.

--El embajador que ha de anunciar  tu padre que eres sultana de Granada
ha partido ya, dijo Nazar.

--Sultana de Granada t, Leila Radhyah! esclam en el colmo del dolor
Wadah; s, s, slo en buen hora, pero yo no lo ver.

Y antes de que ninguno de los que la acompaaba pudiera evitarlo ni
impedirlo, apur el contenido del pomo de oro.

--Qu has hecho! esclam horrorizado el rey Nazar.

--Morir! contest Wadah, arrojndose sobre el divan y cubrindose el
rostro con las manos.

--Esta es la justicia de Dios, dijo una voz sonora  la puerta de la
cmara.

Era la voz de Yshac-el-Rumi que entr.

--Ah! vienes  tiempo, esclam el rey: t eres sbio, t eres
astrlogo: t encontrars un medio de salvar  esa desdichada.

--Mira, sultan Nazar, dijo Yshac-el-Rumi, apartando las manos de Wadah
de su semblante que estaba plido  inmvil.

--Muerta! esclam el rey Nazar.

--S, muerta: era necesario que fuesen vengados Leila-Radhyah y Daniel
el Bokar.

--Y has sido t?

--S, yo he sido el brazo de la justicia de Dios.

--Y t, t acaso tambien!... esclam el rey mirando con ansiedad 
Leila-Radhyah.

--Oh! no! esclam horrorizada Leila-Radhyah: yo no se asesinar!

--He sido yo, dijo Yshac-el-Rumi, y sali lentamente de la cmara.

El rey Nazar huy de ella.

Leila-Radhyah levant  Bekralbayda y se la llev consigo.

El cadver de Wadah qued all solo y abandonado.




IV.

EN QUE YSHAC-EL-RUMI HACE PENSAR AL REY NAZAR.


Pasaron algunos dias.

Wadah habia sido enterrada con toda la pompa que corresponde  una
sultana.

La crte del rey Nazar llev luto.

El mismo dia en que se sepult  Wadah, apareci en un palo en la plaza
de Raab-Abayda en el Albaicin la cabeza del alcaide de los eunucos.

El rey habia llamado  Yshac, y Yshac se le habia presentado.

--Toma mi cabeza, seor, si te place, le dijo: yo he hecho lo que he
debido hacer: he cumplido la ltima voluntad de Daniel-el-Bokar: le he
vengado de esa infame Wadah, he casado su hija con tu hijo; porque t
los casars sultan, y te he obligado  construir, por tu amor 
Bekralbayda, el Palacio-de-Rubes: adems de eso te he devuelto tu amada
Leila-Radhyah.

--Y si yo hubiese sido amante de la amante de mi hijo? esclam
severamente el rey.

--Yo sabia que Bekralbayda no podia amarte; que no seria tuya sino por
la violencia, y que t eras demasiado noble y grande, para valerte de la
violencia contra una dbil muger.

--Pero si me hubiere enloquecido el amor?

--Yo te he seguido como tu sombra: en el momento preciso yo me hubiera
puesto entre t y Bekralbayda y te hubiera dicho: es la esposa de tu
hijo: es la hija de tu esposa.

--Y por qu antes no me lo has revelado todo?

--Ha podido Wadah concluir de una manera mas justiciera y en que menos
parte hubieras t podido tener en su muerte?

El rey se puso  pasear lentamente por su cmara.

--Has jugado imprudentemente con el leon, dijo.

--Toma mi cabeza, seor, en buen hora: pero tmala despues que yo haya
visto  Bekralbayda esposa de tu hijo:  Leila-Radhyah esposa tuya.

--Tu cabeza me hace suma falta, dijo el rey alzando  Yshac que se habia
prosternado  sus pies.

--No en vano te llaman los tuyos el justo y el magnfico; esclam Yshac.

--No se, no se, si soy bastante justo dejando de castigarte: pero  t
debe mi hijo una esposa noble, pura, digna de l:  t debe mi Granada,
el alczar que construyo, y yo en fin te debo el amor de mi alma: la
muger  quien nunca deb haber abandonado, la hermosa sultana
Leila-Radhyah. No me atrevo, pues,  tocar  tu cabeza.

--T eres grande y justo, repiti Yshac.

--Maana dijo el rey, se harn en el alczar dos bodas; consulta las
estrellas, Yshac.

--Las estrellas son mudas, dijo el anciano.

--Mudas! sin embargo, t me has hablado en nombre de ellas.

--Me preguntaba tu supersticion.

--Es decir que la astrologa es mentira?

--Pregunta  un astrlogo cuando v  morir.

--T me has contado cosas maravillosas.

--Era necesario usar contigo de todos los medios para llegar al punto
donde hemos llegado.

--Me has contado la historia maravillosa del rey Abuz-Aben-Huz el sbio.

--Ha sido un cuento inventado por m.

--Y el buho, ese terrible buho que me persigue?

--En Granada hay muchas torres, y en sus mechinales anidan muchos buhos:
es muy fcil encontrar de noche esas alimaas.

--Con que es decir, que la ciencia es mentira?

--S; la ciencia, que quiere soberbia y vana sobreponerse  la voluntad
de Dios, que ha querido que el hombre no conozca mas que lo que pueda
conocer, es una mentira y un pecado.

--Seria necesario, pues, castigar  los astrlogos!

--No seria prudente, porque el vulgo los cree inspirados por Dios, y te
demandarian de impiedad.

--Djame solo, dijo el rey que se habia quedado profundamente pensativo.

Yshac sali.

El rey continu pasendose por su cmara.

--Con que la ciencia de lo infinito es una mentira! con que solo Dios
conoce lo oculto! esclam el rey: y sin embargo, nos dejamos arrastrar
por las imgenes de la astrologa; con que es decir que el hombre
camina  tientas por un sendero de tinieblas al borde de un abismo, y
solo la virtud puede servirle de guia segura  impedirle que caiga! No
s qu pensar de ese Yshac: su mirada erraba sombra cuando hablaba
conmigo; parecia poseido de una tristeza profunda y de una aguda
desesperacion. Y sin embargo, no se por qu desconfio de l: hasta ahora
no me ha hecho mas que bien.

El rey sigui paseando.

De repente se detuvo y llam  su wacir.

Presentse el anciano.

--Irs  las habitaciones de la sultana Bekralbayda.

--Ir seor.

--La dirs que t, sabiendo que ama al prncipe Mohammet, quieres
conducirla  su prision.

--Y la conducir?

--S; esta noche.

--Y cunto tiempo permanecer all la sultana?

--Djalos solos y avsame.

El wacir se inclin y sali.

El rey Nazar atraves algunas cmaras, lleg  una puerta y la abri.

Una muger se arroj en sus brazos.

Aquella muger era Leila-Radhyah.




V.

CELOS Y MISTERIO.


Era la media noche.

El prncipe Mohammet velaba en su alto calabozo de la torre del Gallo de
viento.

La veleta rechinaba.

Sin embargo, la lanza del caballero no se fijaba en ningun punto.

El prncipe, para entretener su tristeza, leia los amores del poeta
cordobs, Abu-Amar, que tenian mucha semejanza con los suyos.

De tiempo en tiempo se asomaba  una ventana y miraba  un ngulo del
patio  un ajimez donde se veia el reflejo de una luz y delante de aquel
reflejo una sombra de muger.

Pero una de las veces que el prncipe mir  aquel ajimez, le encontr
oscuro.

Pas algun tiempo, y el ajimez permaneci abandonado.

Al fin, vi luz en la galera inferior y aparecieron una muger que iba
enteramente cubierta con un velo, acompaada de un anciano que la
alumbraba con una lmpara.

A pesar de ir tan cuidadosamente encubierta la dama, el prncipe la
reconoci.

--A dnde ir  estas horas y acompaada de un viejo Bekralbayda?
esclam con celos y con rabia.

La muger y el viejo atravesaron el patio y desaparecieron por otra parte
de la galera.

El prncipe continu abstraido en la ventana.

Poco despues se oy un ligero ruido en la escalera de la torre.

Luego la llave de los cerrojos de la compuerta.

Al cabo la compuerta se alz, y apareci una muger.

Volvi  caer la compuerta y la muger qued sola  inmvil aunque
estremecida delante del prncipe.

El prncipe crey reconocerla de nuevo y la arranc el velo.

No se habia engaado.

Era Bekralbayda, pero de luto.

A causa de la sencillez de su trage, estaba mas hermosa.

El prncipe fu  arrojarse en sus brazos.

--Detente, dijo ella, la desgracia nos separa.

--La desgracia! esclam el prncipe.

--S; tu padre no consiente en nuestra union.

--Ah! esclam el prncipe; me habia olvidado, es verdad.

--Y... qu es verdad?

--T no puedes ser mi esposa, porque...

--Por qu?

--Yo te he visto perderte con mi padre en los bosques de los jardines.

--Y has creido acaso?

--Yo s que mi padre te ama.

--S, es verdad; el rey Nazar me ama.

--Cmplase la voluntad de Dios.

--Pero yo no he sido del rey Nazar.

--Ah! t me engaas!

--Dios no ha permitido que yo sea del rey Nazar, porque no ha querido
que se cometan dos crmenes.

--Dos crmenes!

--Yo hubiera muerto de vergenza y dolor si el rey Nazar me hubiera
hecho suya por la violencia; y el rey Nazar hacindome suya hubiera
cometido un incesto.

--Un incesto!

--S, no vs mi luto?

--Ese luto!

--Este luto es por mi madre.

--Por tu madre! y quin es tu madre?

--La sultana Wadah.

--La sultana Wadah! la esposa de mi padre!

--S.

--Eres acaso mi hermana?

--No: Dios no lo ha querido.

--Pero si eres hija de la sultana Wadah...?

--Yo habia nacido antes de que el rey Nazar conociese  mi madre.

--Ah! y sabe el rey mi padre que t eres hija de su esposa?

--S.

--Ah! de modo que...

--S... s... el rey Nazar no me perseguir mas; pero...

--Te encerrar, te guardar, tendr celos...

--Tendr celos de t?

--De m! Dios mio! yo sabia que mi padre te amaba, y aunque en los
primeros momentos he tenido celos, despues estos celos me han
horrorizado: mi padre es mi seor, yo soy su hijo y su siervo: l puede
hacer de m y de lo mio lo que mejor quiera: yo no puedo dejar de amarle
y respetarle.

--Por lo mismo, Mohammet, yo he aprovechado la buena voluntad de un
wacir de tu padre que se ha brindado  traerme aqu.

--Y para qu vienes?

--Para decirte que es necesario que me olvides.

--Me olvidars t?

--Ah! esclam Bekralbayda.

Y se ech  llorar.

--Tu padre te tiene preso por mi amor: aadi la jven.

--Mi padre me matar quitndome tu amor: esclam el prncipe.

--Hemos nacido muy desgraciados.

--Que se cumpla la voluntad de Dios.

En aquel momento se oyeron en las escaleras pasos de muchos hombres
armados.

--Oh! Dios poderoso! esclam el prncipe, viene gente  mi prision y
es necesario que te ocultes.

--Que me oculte! y dnde?

--Ah! es verdad, esclam con desesperacion Mohammet, cbrete con tu
velo.

Bekralbayda se cubri precipitadamente.

Poco despues se oyeron los cerrojos de la compuerta que se abri.

Apareci un wal, que se prostern ante el prncipe.

--Qu quereis? le dijo este.

--El poderoso y magnfico sultan tu padre me manda llevarte  su
presencia con las personas que se encuentren contigo.

--Lo manda as el sultan?

--As lo manda.

El prncipe se encamin  las escaleras y las baj resueltamente.

Bekralbayda le sigui.

Tras l iban el wal y los soldados silenciosos.

Cuando estuvieron en la parte del alczar habitada por el sultan Nazar,
el wal abri la puerta de una cmara donde dej solos al prncipe y 
Bekralbayda.




VI.

MISTERIOS.


Aquella cmara era de las mas bellas del palacio del Gallo de viento.

Un ancho divan de seda y una lmpara velada convidaban al reposo.

Bcaros de flores se veian por todas partes.

Braserillos de oro quemaban deliciosos perfumes.

A lo lejos, entre el silencio, se oia una guzla  cuyo son cantaba una
voz de muger una cancion de amores.

El prncipe y Bekralbayda estaban de pi en medio de la cmara.

Esperaban.

Pero pas el tiempo... mucho tiempo y nadie apareci.

Bekralbayda se sent, al fin cansada, en el divan.

El prncipe fu  apoyarse en silencio en el alfeizar de un ajimez.

No se atrevian  acercarse ni  hablarse por temor de ser oidos y
escuchados.

Pas la noche y lleg el alba.

El prncipe oy el ruido de los aafiles y de las atakebiras que
despertaban  los soldados del rey Nazar.

Poco despues vi pasar bajo el ajimez caballos magnficamente
enjaezados, esclavos deslumbrantemente vestidos, banderas y soldados.

--Qu fiesta ir  celebrarse hoy? pensaba el prncipe al ver todo
aquello.

Bekralbayda, que no habia dormido, oia tambien todo aquel trfago y se
maravillaba.

De repente se abri la puerta de la izquierda de la cmara y apareci el
nuevo alcaide de los eunucos.

--Poderosa sultana, dijo prosternndose ante Bekralbayda, ven si quieres
 que tus esclavas engalanen tu hermosura.

--Lo manda el sultan?

--El esclarecido y magnfico sultan Nazar quiere que arrojes de t la
tristeza, luz de los cielos.

--Cmplase la voluntad del seor: dijo Bekralbayda y se levant y sigui
al alcaide de los eunucos.

El prncipe vi salir  Bekralbayda con inquietud.

En aquel punto se abri la puerta de la derecha y apareci el alcaide de
los esclavos de palacio.

--Poderoso prncipe y seor, dijo prosternndose, ven si te place  que
tus esclavos te cubran de las vestiduras reales.

El prncipe sali.

La cmara qued desierta.

Fuera crecia  cada momento el ruido de las gentes de armas, de las
pisadas de los caballos, y del toque de aafiles y timbales.

Asomaba por el oriente un sol esplendoroso y todo anunciaba un gran dia.




VII.

EL PERGAMINO SELLADO.


Aun no habia acabado de levantarse el sol sobre la cumbre del Veleta,
cuando el rey Nazar departia mano  mano con Yshac-el-Rumi.

--Estoy satisfecho de ellos, le decia, y soy feliz.

--Ah seor! t has nacido para la gloria y para la fortuna: esclam
Yshac tristemente.

--Parceme que te pesa de mi felicidad? dijo con recelo el rey.

--Ah! no, no seor: es que soy tan desgraciado que la alegra me
entristece, y hoy hasta el dia es alegre.

Hubo un momento de silencio:

--Pero esto no importa, continu Yshac; lo que yo queria lo he
conseguido, Leila-Radhyah y Bekralbayda son felices; qu mas puedo yo
desear?

--A propsito, es necesario que vayas  traer  Bekralbayda; el camino
es por aqu.

Y el rey abri una puerta secreta.

Cuando salia Yshac, entraba por otra puerta una muger magnfica y
resplandeciente: era Leila-Radhyah.

--Ah! luz de mis ojos! esclam el rey: al fin luce para nosotros el
dia de la felicidad.

--Y para nuestros hijos tambien.

--Oh! y cun lejos est de sospechar su ventura mi hijo!

--Y cun digno es de ser feliz! pobre nio! tres meses encerrado con
su amor y su desesperacion en aquella torre.

--Eso le har mas querido  su esposa, y le ensear  respetar mas mis
rdenes; pero ve, ve t por l, vida de mi vida: quiero que t seas
quien me le traiga  mis pies para que le perdone.

Leila-Radhyah sonri de una manera enloquecedora, lanz un relmpago de
amor de sus negros ojos al rey, y desapareci por una puerta.

Al-Hhamar el magnfico, sac entonces de un arca un pliego cerrado y le
puso en una bandeja de oro sobre una mesa.

Pas algun tiempo, y al fin aparecieron por dos puertas distintas
Leila-Radhyah, trayendo de la mano al prncipe Mohammet; Yshac-el-Rumi,
llevando del mismo modo  Bekralbayda.

Al verse los dos jvenes delante del rey, palidecieron y temblaron.

No sabian lo que iba  ser de ellos.

El rey adelant hcia Bekralbayda, la bes en la frente, la asi de la
mano y la llev hasta su hijo,  quien abraz.

--T amas  Bekralbayda, dijo el rey Nazar al prncipe Mohammet.

El prncipe baj los ojos, creci su palidez y mirando al fin  su padre
con temor le dijo con acento trmulo:

--Tanto la amo, que por ella he provocado tu enojo, seor.

--Y t, t tambien amas al prncipe mi hijo, Bekralbayda.

--El destino ha querido que sea suya mi alma, contest Bekralbayda.

--T, dijo el rey Nazar dirigindose  su hijo, has tenido celos de tu
padre.

--Ah seor! murmur el prncipe.

--Y t, aadi el rey, volvindose  Bekralbayda te has creido amada por
m.

Bekralbayda call.

--Es verdad dijo el rey que yo he buscado tus amores.

Leila-Radhyah palideci intensamente al oir esta confesion del rey y di
un paso hcia adelante.

--Pero antes de pedirte amores, continu el rey Nazar, escrib lo que se
contiene en ese pergamino que est cerrado sobre esa bandeja y sellado
con mi sello. T Bekralbayda escribiste tu nombre sobre el pergamino
cerrado le conoces?

El rey tom el pergamino y le mostr  Bekralbayda.

--S seor, dijo la jven, este es el pergamino que t escribiste la
primera vez que hablaste conmigo, que cerraste y sobre el cual me
mandaste escribir mi nombre.

--Recuerdas esta circunstancia, Yshac-el-Rumi? aadi el rey
volvindose al viejo.

--S seor, dijo este, t escribiste ese pergamino y le sellaste y
mandaste que pusiese sobre l su nombre  Bekralbayda, la primera vez
que hablaste con ella.

--Rompe el sello de ese pergamino, Bekralbayda, desenrllale y lele en
alta voz.

La jven obedeci, desenroll el pergamino y ley con voz trmula lo
siguiente:

He conocido una doncella blanca de ojos negros.

Es hermosa como las hures que el Seor promete  sus escogidos, y pura
como la violeta que se esconde entre el cesped  la mrgen de los
arroyos.

Mi hijo primognito, el prncipe Mohammet Abd-Allah, mi sucesor y mi
compaero en el gobierno de mis reinos, la conoce tambien y la ama.

Por ella ha desobedecido mis rdenes, ha dejado abandonadas en el
castillo de Alhama mi bandera y mis gentes de guerra, y se ha venido 
Granada enloquecido de amor.

Yo debo castigar al prncipe y le castigar.

Pero yo tambien debo hacer su felicidad y procurar hacerla.

Ama con toda su alma  Bekralbayda.

Bekralbayda ser esposa de mi hijo si es digna de su amor.

Yo rodear  Bekralbayda de cuantas seducciones pueden enloquecer  una
muger.

Me fingir enamorado de ella.

La ofrecer mis tesoros, y si esto no bastare, la ofrecer mi trono.

Si resistiere  esto, procurar aterrarla.

Si Bekralbayda no resiste  la ambicion, la alejar de mi hijo.

Porque una muger que ama, y que ha pertenecido  otro hombre debe
despreciarlo todo por el hombre de su amor.

Si resistiere  la ambicion y sucumbiere al miedo, la apartar tambien
de mi hijo, porque una muger que ama, debe morir antes que ofender al
hombre de su amor.

Pero si Bekralbayda conservare la f que ha jurado al prncipe mi hijo,
 pesar de mis ddivas, de mis promesas y de mis amenazas, ser esposa
del prncipe, porque ser digna de l.

Yo por m mismo pondr  prueba la virtud de Bekralbayda, porque
tratndose de la felicidad de mi hijo, de nadie me fio mas que de m
mismo.

Despues de haber adoptado esta resolucion he escrito esta gacela, que
enrollar y sellar, y sobre la cual pondr Bekralbayda su nombre.

De este modo, ya la entregue  mi hijo, ya la separe de l, podr
hacerla comprender cules han sido mis intenciones al pedirla amores, y
no podr dudar de mi nobleza y de mi f como caballero y como rey.

Bekralbayda habia leido lentamente y con acento trmulo este escrito;
durante su lectura el corazon del prncipe y de la sultana Leila-Radhyah
habian latido violentamente.

--Ya lo habeis oido, dijo el rey: necesitaba saber si Bekralbayda era
digna de mi hijo, y la he sujetado  grandes pruebas: Bekralbayda ha
salido de ellas victoriosa: Bekralbayda es la esposa de mi hijo.

Y asiendo  la jven de la mano, la arroj en los brazos del prncipe.

Los dos jvenes se arrojaron  los pies del rey Nazar, llorando de
alegra.

Leila-Radhyah lloraba tambien.

Yshac-el-Rumi, estaba plido, trmulo, con la vista fija en el suelo.

En aquel momento reson fuera una alegre msica, y luego alto alarido de
trompetas y ronco doblar de timbales y atambores.

--Ha llegado la hora, dijo el rey Nazar: hoy sern las bodas del sultan
de Granada con la noble y hermosa sultana Leila-Radhyah, y las de su
hijo el prncipe Mohammet, con el sol de los soles la sultana
Bekralbayda.

Y asiendo de la mano  Leila-Radhyah, sali de la cmara, seguido de su
hijo y de Bekralbayda,  los que seguia con paso lento y  alguna
distancia con la cabeza inclinada Yshac-el-Rumi, que murmuraba en acento
ininteligible:

--Todos son felices! todos menos yo!




VIII.

EN QUE SE DA FIN  ESTA MARAVILLOSA HISTORIA.


Y hubo aquella noche zambra en el alczar en celebridad de aquellas
dobles bodas, y durante ocho dias justas, sortijas, toros y caas en
Bibarrambla.

Se dieron cuantiosas limosnas  los pobres, y se pusieron en libertad
centenares de cautivos.

Todo el mundo estaba alegre.

Granada disfrutaba de una paz inalterable bajo el justo y sbio dominio
del sultan Nazar; crecia en comercio y en industria, y por lo tanto en
riqueza, y en aquellas alegres y felices bodas veian los sbditos de
Al-Hhamar el augurio de nuevas prosperidades.

Solo un hombre asisti triste y silencioso  aquellas bodas,  pesar de
que el rey le habia honrado y favorecido nombrndole wacir y
concedindole grandes mercedes.

Aquel hombre era Yshac-el-Rumi.

Terminadas las fiestas, Yshac desapareci sin despedirse del rey ni de
Leila-Radhyah, ni del prncipe ni de Bekralbayda.

En vano el rey movido de piedad, porque creia comprender la causa de la
desaparicion de Yshac, ofreci una fuerte cantidad al que le encontrase.

Nadie supo lo que habia sido de l.

       *       *       *       *       *

Entretanto la construccion del Palacio-de-Rubes continuaba.

Nazar le habia dado su nombre.

Aquel alczar que prometia ser maravilloso, se llamaba la Alhambra[40].

Al-Hhamar habia terminado la Alcazaba que mira al occidente, donde se
levantan an la torre de la Vela, la del Homenage y los Adarves; la
plaza de las Cisternas, colocadas entre el muro interno de la Alcazaba y
la fachada principal del alczar, y toda la parte de este, desde la
plaza de las Cisternas (hoy de los Algibes) hasta la torre de
las Siete Bvedas, y la de las Infantas; lo restante del recinto
crecia: levantbanse ya sobre la ladera del monte los muros de
Djene-al-Arife[41], mas arriba los del castillo de la Silla del Moro,
mas all, en el cerro del Sol, los del palacio de los Alijares, y por
ltimo, sobre la colina de Al-Bunets (hoy de los Mrtires), crecian los
muros del recinto de las Torres Bermejas.

Pero Al-Hhamar no pudo ver terminado su alczar; solo habia visto parte
de l: la torre del Juicio; la parte en que hoy se alza el palacio del
emperador Crlos V; la gran mezquita en cuyo mirab habia ocho columnas
con capiteles de oro, en cuyo lugar se levanta hoy la iglesia de Santa
Mara; la mezquita del palacio que aun se conserva; el patio del Mexuar
 del Consejo (hoy del Estanque  de los Arrayanes); la sala de Comares
y el Mirador de la sultana.

Los dems retretes, cmaras, patios, jardines y departamentos estaban
nicamente comenzados, trazados, preparados, pero en embrion.

Sus nietos debian terminar aquella maravilla.

Su hijo, su nieto y su biznieto continuaron lentamente su construccion.

Su tercer nieto Ismail Abul-Walid concluy el delicioso palacio del
Generalife; por ltimo, su cuarto nieto Juzef-Abul-Hhedjadj, vi al fin
completo aquel acrpolo inmenso que cubria cuatro montes, compuesto por
la Alhambra, por el Generalife, por el palacio de la Silla del moro, por
el de los Alijares y por las Torres Bermejas.

       *       *       *       *       *

Por el ao de la Hegira 650, durante la luna de Xawan, unos labradores
trajeron al rey Nazar, que ya contaba sesenta aos, una caja de lata
cerrada, sobre la cual se leia.

Solo el poderoso sultan Nazar  su hijo, si ha muerto, cuando se
encuentre esta caja deben ver, so pena de traicion de quien la
encuentre, lo que en ella se contiene.

Aquella caja se habia encontrado en lo profundo de una gruta del rio
Darro, cuya entrada correspondia  un ensanchamiento en que habia un
remanso, entre las ropas podridas de un esqueleto humano.

El rey Nazar mand abrir aquella caja, y dentro se encontr un pergamino
muy bien conservado, en que se leia lo siguiente:

Yo amaba con toda mi alma  la sultana Leila-Radhyah.

Pero jams conoci esta mi amor.

Leila-Radhyah amaba  un poderoso rey.

Yo la vengu de su enemiga, cuya sombra lvida acompaa  mi espritu
condenado, y la entregu al rey  quien amaba y la hice dichosa.

He cumplido la ltima voluntad de Daniel-el-Bokar: su hija ser sultana
y el Palacio-de-Rubes se levantar sobre cuatro montes.

Pero no he podido sobrevivir  mis celos.

No he podido ver  Leila-Radhyah entre los brazos de otro hombre.

He preferido la muerte, y un tsigo me ha abierto las puertas de la
region de las sombras.

Para que se sepa cunto he amado  Leila-Radhyah, y cunto he sufrido
por ella; para que se sepa hasta qu punto me he sacrificado por cumplir
el ltimo y ardiente deseo de mi nico amigo, dejo escrito este
pergamino que algun dia se encontrar sobre mi cadver.==Yshac-el-Rumi.

El rey se enjug una lgrima y mand poner en un sepulcro de mrmol los
restos de Yshac-el-Rumi con esta inscripcion.

En el nombre de Dios piadoso y misericordioso: el sultan Nazar  los
restos del mrtir del amor y de la amistad. Que Dios, el Altsimo y
Unico tenga compasion de su alma.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

El Mirador de la sultana permaneci cerrado y deshabitado mientras
vivieron los que tenian memoria de la desastrosa muerte que habia
sobrevenido en l  la terrible sultana Wadah.

Hay quien cree que durante las oscuras noches de tormenta se ven vagar
dos sombras blancas y difanas que exhalan de s una claridad tnue,
mate y plida, por las galeras del Mirador de la sultana, precedidas de
un buho que vuela lentamente en derredor de las columnas.

Sern las sombras de la sultana Wadah y de Yshac-el-Rumi? de la
vctima y del verdugo?

Ser aquel buho Abu-al-Abu?

Ser, en fin, todo esto una ilusion causada por una tradicion
romancesca?

Nosotros, sin embargo, conociendo la tradicion hemos entrado algunas
noches en las galeras del Mirador de la sultana, cuando la tempestad
rugia en el espacio: ninguna sombra, ningun buho hemos visto, mas que
las blancas columnas que aparecian un momento  la fugitiva luz del
relmpago.

Ser acaso que la tradicion haya mentido,  que al coronar la cruz, las
cpulas de la Alhambra, hayan desaparecido de ella fantasmas y
encantamentos, quedando solo y abandonado el Mirador de la sultana?

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LEYENDA III.

EL ALMA DE LA CISTERNA.


Nos hemos propuesto relatar  nuestros lectores todas las maravillosas
leyendas de las tradiciones rabes de la Alhambra.

Revolviendo un dia unos antiguos papeles encontrados en un desvan en una
casa del Albaicin, hallamos uno que se decia traslado del arbigo al
romance, de una historia rabe en que se esplicaba la causa por qu de
tiempo en tiempo durante la noche, solia oirse un tristsimo suspiro
saliendo por los brocales de los algibes de la Alhambra y muy semejante
al gemido de un espritu condenado.

La traduccion, aunque pesada y hecha bajo el mal gusto literario de la
mayor parte de los prosistas espaoles del siglo XVII, es tan bella en
el fondo, tiene tal sabor oriental, que no hemos podido resistir al
deseo de intercalarla entre las leyendas tradicionales  histricas
referentes  la Alhambra.

Es un asunto fantstico; en l figuran hadas, conjuros y encantamentos,
y aunque es un tanto embrollado y oscuro nosotros hemos procurado darle
claridad.

Este cuento ha sido inspirado sin duda  algun poeta moro por la
Alhambra, porque los rabes siempre buscan  las cosas que les
impresionan por bellas  por terribles un orgen maravilloso.

Antes de empezar  trascribir el cuento que llamaremos _El alma de la
cisterna_, debemos describir esta cisterna que aun existe hoy con el
nombre de los Algibes de la Alhambra.

Son estenssimos, como que ocupan todo el terreno comprendido entre la
Alcazaba, y el lugar donde empezaban los muros de la fachada del
alczar, en un espacio como de cien pasos de anchura y trescientos poco
mas  menos de longitud.

Se componen de dos arcadas sostenidas en el centro por dos hileras de
pilares, y se baja  ellos por dos escaleras situadas  sus dos
estremos.

Junto  la escalera del estremo que mira al Albaicin estn los dos
anchos brocales por donde se saca el agua.

El techo es muy elevado y el muro interior por la continuacion del
contacto del agua durante centenares de aos, est cubierto de un fuerte
revestimento de risco.

Conocidos los algibes, veamos la tradicion rabe fantstica que los
supone habitados por un espritu maldito.

       *       *       *       *       *

En los primeros tiempos de la Hegira, cuando Mahoma estendi el
conocimiento del Dios Altsimo y Unico entre su pueblo, el cielo de
Granada no era tan resplandeciente, ni su tierra tan frtil como ahora;
su cielo era de color de plomo, cargado continuamente de oscuros
nublados; en sus vastos eriales solo crecia el espino y el cardo
silvestre, y en las altas y peladas crestas de sus sierras, jams se vi
blanco manto de nieve, ni corri por sus vertientes raudal fecundador:
era una tierra muerta, azotada por furiosos huracanes y el fuego de Dios
brotaba por entre las anchas grietas de sus montaas volcnicas.

Pasaban sobre ella, forzando su vuelo, las viajeras golondrinas que
huyendo del invierno se lanzaban de Gecira-Alandalus[42]  las costas de
Africa, y nadie la habitaba, sino los moradores de Gebel-Elveira[43],
que sufrian la esterilidad de la tierra y la tirana de los godos, y
habitbanla solo acaso porque el poderoso Allah ha dispuesto que no haya
tierra sobre la que no fije el hombre la huella de su planta.

Tierra de muerte era para las razas dominadoras de Gecira-Alandalus, y
la sangre de las batallas habia enrogecido muchas veces sus secos campos
y sus peladas crestas.

Y nunca el caliente aire del esto habia oreado en ella las espigas de
las mieses, ni las auras de la primavera habian volado entre la blanca y
aromtica flor de sus almendros.

Por aquellos tiempos existia ya la vieja torre, que se levanta hoy en el
estremo occidental de la Colina Roja[44] y delante de ella una profunda
cisterna construida por los romanos.

Es tradicion que salian de la cisterna profundos gemidos, que bramaba en
su seno haciendo retemblar la tierra un viento impetuoso, y que todas
las noches salian de las oscuras bocas de aquel infierno, sombras
medrosas que vagaban sobre la colina, y danzaban y flotaban en los aires
bajo el rayo sombro de una luna sangrienta, dejando oir tristes cantos
de amor desesperado, y largos y profundos gemidos.

Nunca torn  su tienda   su hogar cazador imprudente ni errante
peregrino, que durante las sombras se atreviese  poner su planta sobre
la Colina Roja, ni nadie, durante las horas mas claras del dia, asom la
frente  cualquiera de los profundos brocales de la cisterna sin que
fuese tragado por l.

Y desaparecieron ginetes y guerreros, y damas y doncellas, y poderosos
seores y ruines esclavos, y lleg  inspirar tal horror la cisterna
maldita, que ningun mortal, ave  fiera, se aventur  pasar junto 
ella sino  la distancia de una legua  la redonda.

Cuentan antiguas historias, que por los tiempos en que los romanos
dominaban  Gecira-Alandalus, esta tierra era tan rica de fuentes y de
verdor como ahora, sombrios bosques cubrian su tierra, y las amantes
palomas anidaban en las grietas de las rocas sobre los frescos
manantiales.

Y la ciudad, tendida hoy all  lo lejos en ruinas sobre la peascosa
Gebel-Elveira, era rica y floreciente y venian  ella gentes de todas
las naciones y la enriquecian dejndola su oro  trueque de sus
mercaderas.

Y entre los estranjeros vino un hombre mago, y corri la tierra, y
fund la torre que aun hoy existe en la parte occidental de la Colina
Roja, y la cisterna para proveerla de agua, valindose de la alquimia
para pagar  los alarifes romanos que construyeron la cisterna y la
torre; y en lo mas alto de la torre labr un aposento hecho con tal
virtud, que  travs de una abertura de su bveda, se veian de dia claro
las estrellas.

Desde entonces empez  decaer el comercio de Elveira, y sus mugeres,
antes puras y honestas, se entregaron  la licencia y al desenfreno, y
los hombres faltaron  sus pactos y volvieron unos contra otros sus
armas, y la miseria y el hambre les afligieron como un azote de Dios.

El mago causador con sus conjuros de tantos males era un rprobo vendido
 Satans y la tierra sobre la cual habia puesto sus plantas, habia
sufrido un terrible castigo.

Y este hombre  quien Satans habia dado su poder, quiso en su soberbia
ser como Dios, y vivir con los tiempos y gozar de cuanto alumbra el sol
en la tierra y en los aires, y pens edificar un palacio mgico, cuya
hermosura atrajese  todas las gentes, comparable solo al jardin de
Hiram, y en el cual hubiese un pozo de aguas tan milagrosas como las del
pozo Zemzem.

--Yo fundar, dijo, un palacio maravilla de las maravillas, y le
enriquecer con todas las hermosas flores que Dios cri, y regar estas
flores con aguas olorosas; y ardern en el palacio dia y noche aceites
aromticos en lmparas de oro, y sobre sus pavimentos de prfido pondr
alfombras de resplandores, y envolver sus muros y sus cpulas en un
blanco velo de suaves perfumes, y arrancar para que le habiten, sus
hadas al quinto cielo, y  l vendrn las mugeres mas hermosas del
mundo, y sus mesas se cubrirn con los manjares mas esquisitos, y me
alhagarn los mas hermosos sueos, y tal ser el paraiso que yo haga
para m sobre esta tierra, que me mirarn con envidia los arcngeles del
stimo cielo.

Y el mago encendi sus hornillos, y sac del jugo de yerbas estraas
filtros poderosos y escribi con ellos sobre pieles de serpiente signos
cabalsticos formando terribles conjuros, y evoc  las hadas del quinto
cielo, y cuando las vi ante s, ador su propio poder, sin alcanzar en
su ciencia, ciego por su soberbia, que no hay poder que no venga de
Dios, ni obra que no sea obra de su voluntad.

Cuando el mago vi en torno de s  las hadas, repiti sus conjuros, y
el palacio mgico se levant sobre la Colina Roja, y las hadas fueron 
esconderse en sus retretes, en sus jardines, en sus cpulas y en sus
estanques.

Entonces el mago fu  la cisterna que estaba  las puertas del palacio
y la conjur tambien.

Sus aguas se hicieron mgicas,  infiltraban en quien las bebia
pensamientos impuros; les hacia olvidarse de su alma por los placeres de
su cuerpo, y el mago lleg  ser un dolo adorado por cuantos atraidos
por la fama del palacio maravilloso, venian  la Colina Roja, y
abrasados por la sed bebian el agua de la cisterna maldita.

Y as pasaron muchos aos hasta la venida de Mohamet-ebn-Abd-Allah[45] 
difundir la luz de la verdad y el conocimiento de la ley alcornica
entre el pueblo de Ismael.

Moraba en aquel tiempo en las llanuras del Yemen un Ismaelita, hombre de
gran ciencia y virtud.

Bajo su tienda de pelo de camello, encontraba hospitalidad el peregrino,
pan el pobre, remedio  sus dolencias el enfermo; la bendicion de Dios
era sobre su raza, y sus innumerables rebaos, jams eran acometidos por
las panteras, ni robados por los errantes rabes del Hedjaz.

Nadab, que este era el nombre del justo, no dejaba ningun dia de
bendecir  Dios por sus beneficios, y nunca dej de prosternarse y de
adorar su omnipotencia, cuando el sol aparecia tras la alborada, 
cuando se dejaba ver el lucero de la tarde precediendo  la noche.

Y era muger de Nadab, Sarah, y de ella habia tenido una hija nica que
habia consagrado  Dios, llamndola Ymina[46].

Y Ymina creci y con los aos su hermosura lleg  ser maravillosa y 
medida que su edad avanzaba era mas y mas lozana su juventud, mas tersa
su frente, mas radiantes sus ojos, mas frescas sus megillas y mas
hmedos y sonrosados sus lbios.

Nadab, que adoraba  su hija, y empezaba  olvidarse por ella de su
adoracion  Dios, dej de ser pastor nmada, vendi sus rebaos,
abandon las llanuras del Yemen y subi  las montaas del Hedjaz, sobre
una de las cuales fabric un bello palacio, adopt la religion del Islam
para poder ser rey de los pueblos comarcanos y lo fu, vertiendo su oro
entre los xeques[47] de las kabilas[48] cercanas.

Hacia esto por Ymina; por ella se habia olvidado de Dios; por ella
habia querido ser rey, y lo era para que Ymina fuese princesa.

Y corri la fama de la hermosura de Ymina, y poderosos reyes de paises
lejanos fueron al palacio de su padre  ofrecerla ricos presentes y 
demandarla por esposa; pero ella no sentia el amor y rechazaba los
presentes y se negaba  las pretensiones.

Y se tornaban los mensageros con los ricos regalos, y Ymina se mostraba
cada dia mas jven, mas hermosa y mas agena al amor.

Nadab lleg, al fin, por el amor de su hija  la idolatra, olvidndose
de la ley de Dios, y lo que era peor, desprecindola; ador  su hija, y
levant en su reino su esttua de oro, ante la cual hizo sacrificar
vctimas segun el uso hebreo.

Y su impiedad trajo sobre l la justicia de Dios.

Ofendidos los reyes que habian sufrido la repulsa de Ymina, vinieron
con poderosas huestes sobre el reino de aquel hombre, hecho rey por su
soberbia y por sus tesoros, le acometieron, le vencieron y solo por
permision de Allah, que le tenia reservado para otros fines, pudo
salvarse con alguno de los suyos, pobre, disfrazado de pastor, llevando
consigo  Ymina sobre un camello.

Y as, curando l enfermedades malignas y diciendo el horscopo,
viviendo de limosna y perseguido siempre do quiera que ponia la planta,
atraves el Africa y lleg al estrecho de Gebal-Tarik donde se vi
detenido por el mar, sin medios para embarcarse y espuesto  los rigores
de su destino.

En tanto el mago de la Colina Roja, que por sus conjuros, al evocar ante
s  la muger mas hermosa del mundo, habia visto la imgen de Ymina,
supo su llegada al otro lado del estrecho y consult las estrellas.

--Esa muger que es tan pura, tan jven y tan hermosa, guarda tu destino,
le contestaron las estrellas.

El mago las contest con una impa carcajada.

--Acaso tengo yo destino? dijo: el porvenir es mio y ser mi voluntad.

--Esa muger, repusieron las estrellas, causar tu destino sino te ama y
traer la esterilidad sobre esta tierra, porque as est escrito. Pero
si logras sus amores sers inmortal y ser tambien inmortal ella y
eterno con vosotros el palacio mgico que has construido.

El mago aviv el fuego de sus hornillos, arroj en ellos unos polvos
mgicos, pronunci un conjuro, y en aquel momento Nadab y su hija fueron
trasladados por un poder oculto, mientras dormian,  la Colina Roja.

Al despertar Nadab y su hija se miraron con asombro.

--Qu tierra es esta tan frtil y tan hermosa, dijo Nadab: y qu
palacio de maravillas el que tenemos ante los ojos?

--Tierra de bendicion es ciertamente, padre mo, dijo Ymina.

--Siento sed y una sed devoradora, dijo Nadab.

--Yo tengo los labios ridos y secos, dijo Ymina.

En aquel momento vieron el agua lmpida y trasparente que brotaba por
encima de los brocales de la cisterna maldita.

Hija y padre se precipitaron  los brocales y apagaron su sed bebiendo
largamente de aquel agua envenenada.

Nadab sinti como todos los que antes que l habian bebido, abrasarse su
corazon en un fuego impuro, arder su sangre y dilatarse su ser.

Ymina que no se habia contaminado con el insensato orgullo de su padre,
que habia conservado su piedad, su f en el Dios Altsimo y Unico, y la
inmaculada pureza de su alma, bebi tambien, pero protegida por la mano
de Dios, aquella agua terrible que hacia olvidarse de sus mas sagrados
deberes  los justos y temerosos de Allah, solo sirvi para acrecentar
en ella la pureza y la virtud, y para realzar su hermosura harto
resplandeciente como la de una hur.

Cuando el mago la vi ante sus ojos, sinti abrasarse su alma en el
fuego eterno, quiso tocar la tnica de Ymina, y sus manos se secaron,
quiso hablarla y qued mudo, quiso anegar sus ojos en su hermosura y
ceg.

El mago habia levantado altares  su hermosura y mora esterminado por
su mismo deseo.

La sentencia de las estrellas de que se habia burlado el mago, se habia
cumplido.

Y  la presencia de Ymina, huyeron las impuras rameras que poblaban el
palacio mgico, y desaparecieron los viles esclavos, y las hadas
libertadas del encanto volvieron al quinto cielo.

Y el ngel Azrael, tendi sus negras alas sobre el palacio, agit su
espada de fuego, y el palacio se hundi reducindose  polvo.

Y las antes claras y engaosas aguas de la cisterna maldita se cambiaron
en turbias y cenagosas.

Y el ngel dijo:

--Maldito mago, que tu espritu condenado more desde ahora en la
cisterna de las aguas maravillosas, y que solo puedas salir de su
infierno durante las tinieblas de la noche!

El espritu condenado del mago fu  morar en la cisterna, escondido en
un oscuro ngulo, y el cielo antes tan difano se convirti en un cielo
de color de plomo, y la tierra antes tan frtil en un erial infecundo
donde solo brotaban abrojos.

Nadab y Ymina quedaron solos, errantes en medio de una tierra desierta
y maldecida por Dios.

Nadab llevando de la mano  su hija atraves la pedregosa llanura, antes
risuea vega, y en vano quiso salir de aquel pais donde sufria el
castigo de su impiedad y de su soberbia: llegaba  los distantes valles,
 las peladas montaas, pero montaas y valles presentaban para l y
para su hija abismos insuperables que detenian su marcha, y les
obligaban  tornar al punto de donde habian partido.

Desesperado Nadab y no encontrando otro albergue que la torre situada en
la Colina Roja junto  la cisterna maldita, hizo en ella para Ymina una
pequea habitacion, y se dedic  estudiar en el cielo y en la tierra
las virtudes de las yerbas y de los reptiles ponzoosos.

Y lleg  ser astrlogo estudiando en los libros cabalsticos del mago
que habia encontrado en la torre, y conoci las virtudes de todas las
yerbas y alcanz  hacer filtros para matar, para enamorar y para
enloquecer.

Si alguna vez un viajero errante  un cazador estraviado penetraban en
aquella tierra, cuya entrada y salida solo eran inaccesibles para Nadab
y su hija; si este viajero  este cazador entraban por acaso en la
modesta vivienda de Ymina y veian su hermosura durante la ausencia de
Nadab, este, sabedor de ello por sus conjuros, evocaba al desventurado,
que enloquecia  desaparecia tragado por la cisterna maldita.

Y crecia en encantos y en fuerza de juventud Ymina  pesar de que
habian pasado muchos aos desde el dia de su nacimiento.

Lleg el ao 92 de la Hegira.

Reinaba en Damasco sobre las tierras de oriente el califa
Walid-ebn-Abd-el-Melik, y era emir de Africa Muzay-ebn-Nosir, caudillo
de gran fama, conquistador de Magreb[49] desde las regiones del poniente
hasta los desiertos del medioda, que pas el estrecho de Al-Zacab  de
las Angosturas[50] realizando el ensueo de Ocba, gran guerrero que
veinte y cinco aos antes, no teniendo mas tierras que conquistar
allende el mar, llegando  su orilla se meti en l con su caballo hasta
las cinchas, y dijo:

--Oh! Seor Allah! si estas profundas aguas no me detuvieran, yo
seguira para llevar mas adelante el conocimiento de tu ley y santo
nombre!

Muza pas en cien galeotas el estrecho, y su caudillo Tarik tal la
Btica, y sigui hollando  los duques godos, arrasando sus castillos e
incendiando sus ciudades.

Y no iba solo, como capitan de la hueste, Tarik.

Acompabale un godo traidor, un conde miserable, que por vengar  una
hija deshonrada, vendia la libertad de su patria, abriendo  los rabes
la puerta de Gecira-Alandalus.

Aquel conde traidor se llamaba don Julian.

Su hija Florinda.

El hombre que habia deshonrado  su hija, don Rodrigo.

Don Rodrigo era rey de los godos.

Su ltimo rey.

Esperad, esperad: vamos  contaros una leyenda maravillosa.

Despues volveremos  la cisterna maldita.

El destino nos llevar  ella.

       *       *       *       *       *

Era don Rodrigo de noble sangre goda.

Antes que don Rodrigo habia reinado Witiza.

Witiza el maldito.

El que hacia sus concubinas  las mugeres y  las hijas de sus vasallos.

El que martirizaba  los sacerdotes que le reprendian por sus vicios; el
que desangraba con tributos  sus pueblos para labrar alczares de oro
para sus mancebas.

Pero los nobles se avergonzaron de servir  tal rey y se sublevaron
contra l.

Con los nobles se sublev todo el reino.

Witiza fu vencido y muerto y elegido rey don Rodrigo.

       *       *       *       *       *

Pero una vez rey don Rodrigo, di el torpe ejemplo de los mismos 
mayores vicios que Witiza.

Srdido y avaro acreci los tributos y no respet nada.

Se entreg  los placeres, pas la vida en las orgas sin apercibirse
del poder rabe que desde la cercana ribera del Africa amenazaba  su
reino ansioso de su conquista, y lo olvid todo entre los festines y las
monteras, sin tener en cuenta que habia subido al trono por la
destitucion de Witiza, cuyos vicios y desrdenes continuaba,
aumentndolos.

Era ya don Rodrigo hombre anciano, y  pesar de su avanzada edad, habia
tomado por esposa  Aylat (Egila) noble doncella, hermosa y prudente;
admirbanla sus vasallos, ambanla los mancebos y dolanse todos, aun
los mas adictos al rey, de que aquella hermosa flor, entonces en todo el
brillo de su pureza, partiese su alham y su divan, con aquel hombre ya
caduco, gastado por los escesos de su juventud, en los cuales no habia
cesado, y con un pi ya al borde del sepulcro.

Don Oppas, arzobispo de Sevilla, que fu grande amigo del rey Witiza en
los tiempos de su prosperidad, era uno de aquellos que creian una gran
desdicha para Aylat, su union con don Rodrigo, hombre que por su
carcter y por sus ideas no podia menos de hacerla desdichada. Crey por
lo mismo que la noble seora sera sensible al alhago de otros amores, y
ansioso de envenenar el corazon de don Rodrigo, rode de asechanzas 
Aylat, la puso delante hermosos mancebos y tentaciones infernales, y
procur, en fin, por todos los medios herir en el corazon  don Rodrigo.

Pero Aylat, pura y virtuosa, comprendi que su deber era sacrificarse al
lado de aquel rbol viejo y corroido sin herirle por el pi, y
desesperado don Oppas de vencer la virtud de Aylat, tom otro camino
para herir al rey.

Moraba por entonces en Tanja (Tanger) una raza de rabes hebraizantes
venida del Yemen, que desde muchos aos atrs moraban en el Magreb;
aquella raza sujeta  la dominacion goda en la Mauritania Tingitana,
habia sufrido grandes persecuciones desde el tiempo del rey Egica, se
habia visto injuriada, despojada de sus haciendas, vendida por esclava,
insultada en sus hijas y en sus esposas, y  trocar sus creencias
musulmanas por la religion de Cristo.

Era una raza cautiva, llena de dio, ansiosa de venganza y pronta 
tomarla de los godos  la primera ocasion.

Dominando  esta raza estaba de gobernador de los godos en Tanger un
hombre nobilsimo.

Llamaban  este hombre el conde don Julian.

Era costumbre entonces, que los que iban  gobernar por el rey tierras
distantes y mal seguras, dejasen en la crte sus hijos como en rehenes.

Segun esta costumbre, el conde don Julian tenia en la crte del rey don
Rodrigo, en rehenes, pero como doncella de la reina Aylat,  la nica
hija del conde don Julian.

Esta doncella se llamaba Florinda.

Nacida y criada en Tanger, Florinda tenia en su trage y en sus
costumbres, por mas que fuese de pura sangre goda, mucho de las
costumbres de los rabes.

Florinda no entraba en Toledo mas que cuando sus obligaciones la
llamaban al lado de la reina; lo dems del tiempo vivia en un estrecho
valle poco distante de la ciudad situado entre dos montaas bajo un
cielo triste y sombro; por medio de este valle pasaba el Tajo, lamiendo
los cimientos de una altsima torre sombra y solitaria; su gran puerta
de hierro estaba cubierta de signos estraos y en sus muros renegridos
por los vientos y por las lluvias, no se veian ni un ajimez, ni una
ventana; en torno de ella crecia la maleza tupida y enmaraada, sin
seales que demostrasen que pi humano habia llegado  la puerta de la
torre en centenares de aos.

Contbanse acerca de esta torre terribles consejas: creanla construida
por Satans, durante una tormenta,  la aparicion de las razas del norte
sobre las tierras del medioda, y que guardaba, por un poderoso ensalmo,
el destino del pueblo godo: habia quien aseguraba que el dia que se
abriese aquella puerta, unas gentes guerreras venidas de la parte del
mundo por donde aparece el sol, acometerian la Europa por el estrecho de
Hrcules y se harian dueos de Espaa.

Fuese por horror  abandono, ningun rey se habia atrevido  abrir
aquella puerta, y la terrible torre era aun en el ao 92 de la Hegira,
un objeto de terror.

       *       *       *       *       *

Frente  ella, baando sus muros en las aguas del Tajo, se alzaba un
recinto almenado, defendido por cuatro torrecillas: la construccion de
aquel castillejo era estraa: sus almenas puntiagudas, sus puertas
ojivas, sus ajimeces calados y sus agudas agujas la hacian parecer tanto
goda como rabe.

Aquel castillejo que pertenecia al conde don Julian, habia sido en
efecto construido por rabes hebraizantes, enviados por el conde 
Toledo con el solo objeto de esta construccion.

En aquel castillejo vivia Florinda, acompaada de un viejo servidor de
su padre, y servida por algunas doncellas y esclavos.

A pesar de ser doncella noble de su esposa Aylat, el rey don Rodrigo no
conocia  Florinda.

Pero conocala por su desgracia don Oppas, que la habia elegido para ser
el instrumento de perdicion del rey.

       *       *       *       *       *

--Por qu est triste el noble seor, gloria de los godos? decia una
tarde de verano al trasponer el sol, el obispo don Oppas  don Rodrigo,
mientras paseaba con l por las frondosas huertas de Toledo.

--Mi espritu est triste, dijo el rey; en vano busco el agua que ha de
calmar la sed de mi alma; en los festines, en las mugeres mas hermosas,
solo encuentro un tsigo abrasador que aumenta mi sed y devora mis
entraas.

A tal punto habia llegado la corrupcion de aquellos tiempos, que un rey
que debia representar la justicia de Dios sobre la tierra, y un hombre
que debia ser todo virtud y santidad, hablaban sin avergonzarse de tales
asuntos.

--Tal vez encontraremos, seor, algo que consuele tu tristeza, dijo don
Oppas: algun raudal fresco y puro que temple tu sed sin abrasar tus
entraas.

--Y dnde est ese manantial milagroso? dijo con nsia el rey.

--Conoces  las doncellas nobles de tu esposa? dijo don Oppas.

--Conozco  la hermana del conde Arnoldo,  la hija del duque de
Cantbria,  la sobrina del marqus Eurco...

--Pero no conoces  la hija del conde don Julian?

--No; respondi con nsia el rey, y dicen que es muy hermosa.

--Ah! es un sol de Africa: sus miradas queman, su sonrisa embriaga,
cuando canta adormece el alma, cuando danza arrebata los sentidos: no es
rubia, ni tiene los ojos azules como nuestras mugeres hijas del norte:
sus cabellos y sus ojos son negros como la desesperacion de un
enamorado, y su frente blanca y cndida como el primer sueo de amor de
una virgen. Pero para qu me esfuerzo? t mismo puedes verla dentro de
un momento.

--Yo!

--S, t, poderoso seor, y verla como no la ha visto hombre alguno.

--Cmo!

--All abajo entre aquellas espesuras se baa con sus doncellas en un
remanso del Tajo.

--Y cmo sabes t eso? la has visto t? dijo con acento celoso don
Rodrigo.

--No, no me he atrevido ni aun  poner mis ojos en la que ha de ser la
alegra y la ventura de mi seor, contest servilmente don Oppas: pero
he comprado  una de sus doncellas y s el lugar donde se baa: para que
puedas mirarla sin que turbes el sol de su hermosura te h inclinado 
que vengas  estos lugares, seor.

--Y dnde? dnde dices que se baa esa hermosura?

--Toma por aquel sendero entre los rboles, seor, y pronto dars con el
lugar oculto que ha elegido para sus baos Florinda.

El rey tom  gran paso por el sendero que don Oppas le habia sealado,
y este qued sonriendo de una manera horrible porque veia el principio
de la realizacion de sus proyectos, que tenian por objeto vengar 
Witiza y poner sobre el trono de los godos  sus hijos.

       *       *       *       *       *

A poco que anduvo don Rodrigo por el sendero, llegaron  sus oidos risas
y cnticos femeniles.

[imagen no disponible: El rey permaneci inmvil y fascinado.

LETRE dib y lit Lit de J.J. MARTINEZ Madrid]

Guiado por ellos adelant y lleg al fin  un lugar sombro donde sin
ser visto vi un espectculo encantador.

En un remanso tranquilo y trasparente del rio, vi  una muger, mejor
dicho,  una nia, en el momento de salir del bao.

Sus doncellas la esperaban con las ropas entendidas para cubrirla, pero
no la cubrieron tan pronto que don Rodrigo no sorprendiese un tesoro de
hermosura desnudo.

Por un momento el rey permaneci inmvil y fascinado. Luego cuando
Florinda y sus doncellas se perdieron entre los rboles, se volvi
demudado, enloquecido, en busca de don Oppas.

--La has visto, seor? le pregunt sonriendo de una manera infame don
Oppas.

--Oh! pluguiera  Dios que no la hubiese visto, porque he cegado, dijo
el rey.

--Florinda te matar, murmur de una manera ininteligible don Oppas y
luego aadi en voz alta: esta noche puedes ser huesped de esa
hermosura.

       *       *       *       *       *

Era la hora del crepsculo de aquella misma tarde.

El castillo del conde don Julian, la morada de su hija Florinda,
aparecia iluminada por una leve luz rojiza  las orillas del Tajo.

En una habitacion reducida del castillo habia en aquellos momentos un
hombre y una muger.

La muger era de gran hermosura y muy jven; sus cabellos negrsimos
estaban entrelazados  una faja de oro que ceia su cabeza; la blancura
de su frente se confundia con la de su velo, y sus cejas dilatadas,
negrsimas y suavemente arqueadas coronaban sus ojos negros, grandes,
brillantes,  que daban sombra y fuerza sus largusimas pestaas; vestia
una tnica larga hasta cubrir sus pies; baja lo bastante para dejar
descubiertos en su parte superior un cuello deslumbrante de blancura,
sus redondos hombros y el nacimiento de su seno; sus brazos, sus
admirables brazos desnudos, estaban adornados con ajorcas de oro y
perlas; un cngulo, de oro tambien, rodeaba  su reducida cintura su
tnica de lana blanca, y entre este cngulo relucia el pomo de un pual.

Esta jven, que apenas contaria quince aos, era Florinda, la hija
nica del conde don Julian, la hermosura  quien habia sorprendido en
el bao el rey don Rodrigo.

El hombre dormia en un ngulo distante,  fingia dormir, tendido sobre
unos almohadones; era un nubio, negro como el bano, y estaba envuelto
en un ropon rojo; aquel hombre era sin duda un esclavo,  juzgar por la
argolla dorada que tenia al cuello.

Este esclavo se llamaba Kaib.

Florinda hilaba sentada junto  un mirador desde donde se veia el rio,
de tiempo en tiempo arrojaba una mirada distraida al lugar donde el
esclavo estaba reclinado, y al sentir la mirada de Florinda, de los
entreabiertos prpados del nubio salia un relmpago de amor desesperado,
que  no notaba Florinda  fingia no notar.

Empezaba  oscurecer; Florinda dej su rueca, se levant del sillon de
roble donde estaba sentada, fu  apoyarse en la balaustrada del mirador
y fij su mirada distraida en la corriente del Tajo.

La luna llena empezaba  salir entre las quebraduras.

El nubio se levant lentamente y fu  apoyarse en la balaustrada donde
se apoyaba Florinda.

--Hija de don Julian, la dijo sealndola el poniente teido aun con las
ltimas rfagas del crepsculo; el cielo est ensangrentado, la muerte y
el estrago adelantan por el oriente y el buitre olfatea ya los
cadveres. Vrgen de los godos, nacida bajo el sol del Africa!
menguado fu el dia en que abriste los ojos  la luz! hora de
maldicion aquella en que mis ojos te vieron!

Florinda callaba aterrada por lo solemne de las palabras del esclavo,
porque no era aquella la primera vez que la hablaba de tal modo, y le
tenia por sbio y aun por hechicero:

--Oh! cunto arns roto, y cunto caballero muerto, hija de don
Julian! continu Kaib: el oriente vendr sobre el occidente y las gentes
del norte empaparn con su sangre las campias del mediodia. Oh! y
cunto arns roto! cunto caballero muerto!

Florinda sigui callando.

--Huye, hija de don Julian! huye! continu Kaib despues de un instante
de silencio: huye! yo te salvar! t sers la reina all en mi patria
distante, y yo ser el ltimo de tus esclavos! huye, huye conmigo, hija
de don Julian, porque el cielo mana sangre, y el buitre olfatea ya los
cadveres!

--Qu me quieres anunciar Kaib? dijo Florinda volvindose gravemente al
esclavo.

--El imperio de los godos se hunde, y t sers la causa, contest Kaib.

--La causa yo!

--S, un hombre funesto ha visto tu hermosura: ese hombre te har su
manceba.

--Yo! manceba yo de nadie, vil esclavo! esclam con indignacion
Florinda: y as te atreves  insultarme porque te trato con
misericordia!

--Mata al esclavo, seora! dijo Kaib fijando de una manera poderosa sus
resplandecientes ojos en Florinda: mata al esclavo, pero escucha antes
al sabio!

Florinda tembl.

--Me amenaza algun peligro? dijo.

--T sers profanada por un hombre funesto, y tu profanacion producir
torrentes de sangre vengadora.

--T me amas! dijo con altivez Florinda.

--Mi corazon y mi alma son tuyos, dijo Kaib: mis amores no tienen
esperanza: s que amas  Belay[51], al noble Belay, y que l te ama: s
que sino te salvas caer contigo, y que tu Belay te perder.

--Pero se salvar Belay?

--El ser el nico prncipe godo que se salve del estrago: l ser rey
por la virtud de su espada: l ser el primero de los salvadores del
pueblo espaol.

--Oh! si Belay se salva me salvar con l!

--Dudas de mi ciencia y la desprecias! dijo profundamente Kaib: pues
bien, cuando desesperada y loca me llames en la hora de la desgracia, me
tendrs  tu lado: esa hora se acerca: hasta entonces, hija de don
Julian!

Y el esclavo se apart de la balaustrada y se perdi en el interior de
la habitacion.

--Oh! murmur Florinda: qu puedo yo temer amndome Belay, mi valiente
Belay?

Y permaneci en el mirador, inundada por la luz de la luna, y
resplandeciente de hermosura.

       *       *       *       *       *

Entretanto, viniendo de Toledo avanzaba una cabalgata hcia el castillo
de don Julian.

Al frente de aquella cabalgata venia el arzobispo don Oppas.

Florinda, que permanecia en el mirador, vi acercarse  aquellas gentes
con un espanto instintivo.

Muy pronto reson la voz de una vocina bajo los muros del castillo.

Entonces, Lotario, el antiguo servidor del conde don Julian  quien este
habia confiado la guarda de su hija, se asom  los adarves.

--Qu quereis? dijo  los que llamaban.

--Somos cazadores que nos hemos estraviado, contest don Oppas, y
esperamos de t hospitalidad por esta noche.

--La paz del Seor sea con vosotros, contest Lotario en un acento que
por lo bravo desmentia lo amistoso de sus palabras: voy  ordenar que
se os abran las puertas.

Poco despues Kaib dejaba caer el puente sobre el foso, y entraban en el
castillo don Oppas y dos gallardos mancebos, con sus monteros: estos
ltimos entraron en los aposentos bajos del castillo, y don Oppas y los
dos jvenes entraron en los aposentos de Florinda, acompaados de
Lotario y seguidos del receloso Kaib: poco despues el esclavo cubria de
viandas una ancha mesa, alumbrada por lmparas de bronce.

Lotario como huesped y Kaib como esclavo, empezaron  servir  don Oppas
y  los dos jvenes que se habian sentado en sillones de roble.

Era don Oppas un hombre como hasta de cincuenta aos: vestia una tnica
y un manto pardos, y bajo ellos se veia el reluciente hierro de un
arns, cuyo capacete cubria sus cabellos ya grises.

La espresion del semblante de este hombre era noble y benvola; dbale
autoridad su barba largusima y entrecana, y dificil era comprender en
sus ojos una espresion de astucia y de doblez, que pasaba por ellos de
tiempo en tiempo como un relmpago: don Oppas observaba con astucia
desde que entr en el castillo, mientras sus compaeros observaban
tambien, aunque con reserva, cuanto pasaba en torno suyo.

Lotario observaba tambien con la misma reserva,  los mancebos: vestian
estos clmides de escarlata, sandalias de riqusimo cuero, capacetes,
armas y acicates de oro: los dos eran tan semejantes, que vistos cada
uno de por s se les hubiera tomado al uno por el otro: como en sus
trages y sus armas, habia mucho de rgio en los semblantes de los
mancebos: sus miradas eran fijas, severas, llenas de imperio y una nube
fatdica parecia cubrir sus frentes magestuosas y rodearlas de una
aureola.

Todos, los de adentro y los de afuera guardaban silencio: todos
observaban y eran observados.

--Muy rico eres, dijo al fin don Oppas como por decir algo  Lotario,
levantando una copa de oro llena de vino: oro es este mas acendrado que
el del tesoro de don Rodrigo, y tu vino es vino de las Galias.

--Don Rodrigo! dijo Lotario: es verdad: el oro de la copa en que bebes,
es mas acendrado que el de la copa del rey, como es mas acendrada la
lealtad del conde don Julian mi seor, cuya es la copa que tienes en la
mano, que la de los magnates que rodean al rey en la crte: bebed hijos
de Witiza: bebed el vino del conde don Julian y comed su pan; bebed y
reposad y preparaos, porque se acerca el dia en que cada cual pruebe su
lealtad.

Los dos jvenes se levantaron, tomaron dos copas, las chocaron y las
apuraron de una sola vez.

Don Oppas bebi lentamente la mitad del contenido de la suya y ofreci
el resto  Lotario.

Este rehus.

--He jurado al Seor, dijo, no beber mas que agua hasta que llegue el
dia del esterminio.

--Quin eres t, le dijo el mayor de los hijos de Witiza, que conoces
nuestro nombre, y nos auguras el porvenir?

Lotario mir al esclavo nubio, como si esperase de l la inspiracion de
sus palabras; el esclavo le miraba de una manera fija y singular.

--Escuchad, dijo: yo aunque me llamo Lotario, no soy godo; aunque me
confieso cristiano, mis padres no lo fueron; yo he nacido en una tierra
muy distante de Espaa, bajo un cielo ardiente, sobre un suelo siempre
baado por los rayos de un sol rojo y brillante: me he criado all, he
amado all; mi nico deseo ha sido reposar en aquella tierra bendita, en
la fosa de mis padres y de mis hermanos: los sectarios de Mahoma me han
arrojado de ella con mi raza hasta las regiones de occidente, y nos
hemos visto pobres, desnudos, sujetos  la religion y  las costumbres
de los godos en la Mauritania Tingitana; all he conocido y he servido
al conde don Julian, y de all he venido para guardar y proteger 
Florinda, la hija de mi seor.

--Florinda! dijo como si escuchase un nombre estrao don Oppas: no la
conozco.

--Pluguiera  Dios que no la hubieseis conocido, dijo con profundo
acento Kaib; ella ser el pretesto de una guerra terrible; un pueblo
vendr sobre otro pueblo y ella ser la llave que abra al conquistador
las puertas del Tanja. La cabeza del tirano caer, pero sobre ella se
levantarn otros tiranos, y el nombre de la Kaba zumbar en la
posteridad como un eco de traicion. La hija de don Julian ha nacido en
mal hora  la luz, porque su nombre ser maldito y maldita la raza de
los suyos y maldita la generacion de ellos.

Era terrible y solemne el acento de Kaib; sus ojos radiantes parecian
tener fija su mirada en el porvenir, su negro rostro parecia dar una
fuerza sobrenatural  su discurso.

--Y acaso no pueden evitarse tantas desdichas? dijo don Oppas
dirigiendo la palabra  Lotario, como en desprecio de Kaib.

--Lo que est escrito en los astros se cumplir, dijo Kaib, aunque las
palabras no se habian dirigido  l: has venido  ver  la hija de don
Julian: h aqu que el destino te la trae: mira.

Florinda habia aparecido en la puerta de la cmara.

--Pronto el conde don Julian tendr una injuria que vengar: pronto la
puerta de aquella torre se abrir ante un rey, aadi dirigindose al
mirador y sealando la torre solitaria que se veia al otro lado del rio
iluminada fatdicamente por la luz de la luna: al abrirse aquella
funesta puerta respetada por los hombres y por los siglos, las tribus
del oriente caern sobre el occidente; afilad vuestras espadas, hijos de
Witiza y vengad  vuestro padre asesinado por don Rodrigo, pero olvidad
su trono, porque est escrito que la raza de los godos sea esterminada:
y huid: habeis venido creyendo encontrar hombres que se vendieran  la
traicion: cuando tengamos que vengar una injuria la vengaremos  la
vengarn los que nos sobrevivan, pero no ser una venganza vendida la
que caiga sobre el causador de la injuria.

Kaib mas que un esclavo parecia el seor del castillo.

Florinda permanecia inmvil en la puerta.

Don Oppas miraba con clera al esclavo.

Los hijos de Witiza con asombro.

--Hemos venido, dijo don Oppas,  pediros hospitalidad, no insultos: la
voz del esclavo ha resonado insolente en nuestros oidos: sea en buena
hora: habeis llamado la tempestad sobre vuestras cabezas: vuestra ser
la culpa si las hiere el rayo.

Kaib no contest  don Oppas, arroj una triste mirada sobre Florinda y
murmur con voz ronca y conmovida:

--Hija de don Julian, en mal hora nacida  la luz, lo que est escrito
se cumplir!

Despues aadi:

--Nada teneis ya que hacer aqu: el buitre ha visto  la paloma y afila
sus garras: idos!

--Idos! repiti Lotario.

--A Dios! dijo don Oppas levantndose: nos has dado hospitalidad 
injurias; la hospitalidad y las injurias sern pagadas. A Dios.

Y sali con los hijos de Witiza.

Florinda permanecia inmvil en la cmara.

--Hija del conde don Julian: cuando llegue la hora de la desgracia me
tendrs  tu lado, dijo Kaib.

Y sali lentamente de la cmara.

       *       *       *       *       *

Don Oppas y los hijos de Witiza regresaron  Toledo.

Los dos mancebos se perdieron por las altas y estrechas callejuelas de
la ciudad, y el obispo, seguido de los monteros, lleg al palacio,
descabalg delante de la puerta de los Leones, y  travs de la guarda,
que se inclin respetuosamente  su paso, se encamin  la cmara del
rey don Rodrigo.

Ante su puerta, jvenes godos con mantos de prpura y oro y hermosas
mugeres con los cuellos y los brazos desnudos, departian de amores y
caceras, de galantes aventuras, de ruidosos banquetes; los soldados se
apoyaban en sus lanzas, inmviles como esttuas de hierro,  lo largo de
los muros de la gigantesca antecmara, y los esclavos se veian tras
ellos entregados  un silencio estpido.

Poco tiempo antes de la llegada de don Oppas al palacio, se abri la
puerta frontera  la de la cmara real, y apareci en ella un viejo,
alto, flaco, plido, con escasos cabellos grises y barba blanca,
cubierto por una hopalanda parda.

Este hombre adelant hasta el centro de la antecmara, y sin dirigirse 
persona alguna, dijo con acento grave y sonoro:

--Yo soy Gutz, el hebreo.

Agitse el crculo de damas y caballeros, y de entre ellos adelant
hasta el recien llegado un noble cubierto con un arns de guerra,
caudillo al parecer, de la guarda del rey.

--Eres t el joyero de la calle del Sol? pregunt  Gutz.

--Yo soy, contest el viejo.

--El hechicero?

--S.

--Te espera el rey?

--S.

Tras estas breves palabras el noble adelant hasta la puerta de la
cmara real, levant su tapiz y dijo:

--Seor! Gutz el hebreo, joyero y hechicero!

Una voz gutural y dbil, aunque imperiosa, contest desde adentro.

--Mi leal Singiberto, deja entrar  ese perro infiel.

Singiberto hizo una sea  Gutz, y este, pasando con desden  insolencia
entre los cortesanos, se perdi tras el tapiz que cubria la puerta de la
cmara real.

Era tan frecuente entonces la entrada de embaucadores y magos en el
palacio, que nadie tom en aprecio la llegada de Gutz, y jvenes y damas
siguieron las plticas interrumpidas.

A punto dos escuderos, uno de los cuales llevaba una adarga blasonada, y
otro una espada, penetraron en la antecmara, precedidos por un faraute,
que con no menos insolencia que Gutz, se detuvo en el centro, y dijo en
alta voz:

--El noble y poderoso seor don Oppas, arzobispo de Sevilla.

Singiberto anunci de nuevo,  hizo sea al faraute de que don Oppas
podia entrar en la cmara real.

Una antorcha de oro, alimentada con aceite aromtico, alumbraba la
cmara de don Rodrigo. Sus paredes estaban revestidas de riqusimos
tapices, en los que se veian pintadas mugeres hermosas desnudas en el
bao, mancebos reclinados en la sombra de verdes enramadas entre los
brazos de nyades, trofeos de amor  impudentes pinturas de deleite.

Sentado sobre una silla de marfil de preciosa labor, estaba don Rodrigo
envuelto en una clmide de prpura, y ceidos sus blanqusimos cabellos
por una corona de hierro.

Plegado sobre sus rodillas, envuelto en su ancha clmide, solo se podia
juzgar de su semblante plido y de espresion noble, aunque degradada 
indolente: sus ojos azules conservaban aun el brillo de la juventud y
una de sus manos blanca y tersa como la de una dama, se ocupaba en
levantar hasta su nariz recta y afilada un pomo de oro lleno de esencias
aromticas que aspiraba con deleite, y de las cuales dejaba caer de
tiempo en tiempo algunas gotas sobre su barba plateada y profusa, rizada
con mas esmero que la cabellera de una muger.

A un lado, junto  la silla en que reposaba don Rodrigo, habia una mesa
de la cual partian reflejos deslumbrantes arrancados por la luz de la
antorcha. Segun las crnicas de aquel tiempo, la tabla de esta mesa era
una sola esmeralda encontrada por Fatimah la santa[52] junto al pozo
Zemzem, y sus pis, fabricados por los genios, eran de oro macizo, de
una labor sorprendente, y cuajados de perlas y diamantes.

Esta joya de inestimable valor era la famosa mesa de Salomon: habia
pasado en herencia  la tribu de Heber y fu robada  sus descendientes
por el rey Egica, cuando sujet  feudo y tributo  los rabes
hebraizantes, desterrados del Yemen y refugiados en el Magreb. Esta
misma mesa fu la que mas tarde, despues de la conquista de
Gezira-Alandalus por los rabes, produjo fatales desavenencias entre el
emir Muza-ebn-Noser, y su wal, el valiente sin par, Tarik-ebn-Ziad.

Sobre esta mesa estaba como un adorno la espada de don Rodrigo, y sobre
su empuadura se posaba un azor[53] sujeto  la mesa por una sutil
cadena de oro.

Todo revelaba all el hombre sensual, degradado y envilecido.

Aquella arma de caballero, arrojada como al acaso sobre aquella mesa,
era un contraste estrao, un mudo reproche  tanta degradacion,  tanto
abandono.

Cuando resonaron sobre la cmara real, al andar de don Oppas, las piezas
de su arns, el rey que,  pesar de la presencia de Gutz, que estaba
prosternado  sus pies, no habia salido de su inmovilidad, se estremeci
al spero rechinar del acero, y levant la cabeza arrojando en torno
suyo una mirada inquieta que torn  ser indolente cuando reconoci al
obispo.

--Ah! eres t, don Oppas? dijo: en verdad que te esperaba. Qu perro
es ese que se tiende  mis pies? aadi reparando en Gutz.

--Lo ignoro, seor, contest don Oppas.

--Es Gutz tu esclavo, poderoso rey, contest el hebreo sin levantar la
frente de la alfombra.

--Ah! eres t? dijo don Rodrigo: levntate esclavo, te he mandado
llamar no me acuerdo para qu. Eres hechicero?

--Tal dicen, seor; pero solo Dios sabe lo oculto.

--Y crees t, don Oppas, dijo don Rodrigo dirigindose al arzobispo, en
el poder de la hechicera?

--Tanto creo, seor, contest don Oppas, que, si saber mi destino
quisiera, me dirigiria sin vacilar  uno de esos sabios que, alejados
del mundo, han estudiado el lenguage de las estrellas.

--Pues h aqu que  mi vez he tenido ese deseo, repuso el rey, y he
mandado buscar  uno de esos buhos que pasan la noche en vela mirando al
cielo.

Don Oppas cruz una mirada de inteligencia con Gutz.

--Dime t, sabio, dijo don Rodrigo con indolencia: dnde est el lmite
de mi vida? yo la siento fuerte y vigorosa dentro de mi cuerpo
envejecido, y mi alma se revuelve ardiente como en los dias de mi lejana
juventud: pero mis noches sombras, mis sueos apenadores, mis deseos
insensatos: yo veo en lo recndito de mi espritu una muger hija de mi
fantasa  cuya hermosura no alcanzan las mas hermosas de mis
concubinas. Aun mas, yo he visto hoy, esta tarde  esa muger, viva,
desnuda delante de mis ojos, saliendo como Venus de la espuma de las
aguas. Yo la amo; mi corazon se quema por ella. Qu puedo yo esperar de
esa muger?

Gutz inclin profundamente su cabeza, dej caer los brazos  lo largo de
su cuerpo y sus ojos se cerraron como dominados por un sueo profundo:
levantse su pecho dilatado por una respiracion poderosa, contrajronse
los msculos de su semblante, y se borraron las profundas arrugas de su
frente.

Don Rodrigo, replegado aun sobre su silla de marfil, miraba al hebreo
con la vida atencion de un nio; estaba hastiado y la espectativa de un
acontecimiento cualquiera le divertia.

--Pronto, esclavo, dijo con impaciencia: dime lo que puedo esperar 
temer de esa muger.

Gutz abri los ojos, levant con altivez la cabeza, mir frente  frente
 don Rodrigo y dijo con voz ronca y acentuada:

--Tu destino oh rey! es incierto: una nube oscura colocada delante de
mis ojos, no me deja ver claramente tu horscopo, pero esa nube tiene
rfagas rojas; la sangre y el fuego habitan en ella.

Don Rodrigo se irgui: las palabras del hebreo le aterraban vagamente:
su mirada antes glacial se habia animado, y sus labios se agitaban en
una imperceptible convulsion.

--Lo que me has dicho es muy oscuro, esclam el rey, con acento convulso
 irritado; yo quiero que tus ojos descifren mi porvenir: habla,
hechicero.

--Poderoso seor, dijo el hebreo: has que tus trompetas de guerra llamen
tus gentes al combate: despliega tu bandera de rey y desnuda tu espada,
por que yo veo estraas gentes cabalgando en batalla contra tu pueblo, y
el lugar de tu sepultura espera ya tus restos ensangrentados.

Don Rodrigo se lanz de su silla al lugar donde se encontraba el hebreo,
y asi furioso su tnica.

--Perro infiel, grit: sino mientes, haz que yo vea mi horscopo; rasga
delante de m el velo que cubre el porvenir: vea yo esas gentes que
cabalgan contra mi pueblo,  por el Dios de Moiss y de Abraham, que he
de poner tu cabeza sobre la aguja mas alta de la torre mayor de mi
castillo.

--Rey! continu el hebreo sin inmutarse alentado por una segunda mirada
de don Oppas: lo que escribe la mano de Dios es siempre un misterio para
los ojos mortales: en el valle, cerca de tu palacio, sobre las riberas
del Tajo, hay una torre misteriosa cuya terrible puerta jams ha sido
tocada por la mano de un rey; si tu mano toca esa puerta, ella se
abrir, y dentro de la torre encontrars tu destino.

--Pero esa torre, dijo el rey palideciendo, guarda una tradicion oscura:
segun esa tradicion, el rey que la abra  morir  ser tan rico, tan
sabio y tan poderoso como el rey Salomon; esa torre fu construida
durante una tempestad por los magos que acompaaban  Attila, y desde
aquel terrible rey hasta m, ninguno ha osado penetrar en ella.

--Y t mismo, rey, nada vers en la torre, aadi Gutz, obedeciendo 
una tercera mirada de don Oppas, sino llevas contigo el triunfo de la
pureza de una vrgen.

--Y qu vrgen es esa?

--Esa vrgen es Florinda, la hija del conde don Julian.

--Pues bien! esclam don Rodrigo, Florinda ser mia, y luego mi mano
tocar la puerta de la torre; buscar en ella, en su recinto mas
tenebroso, el misterio de mi porvenir y arrostrar con valor mi destino.
Hola Singiberto!

El noble  quien el rey llamaba, apareci en la puerta de la cmara.

--Llvate  ese hebreo, le dijo, y gurdale en la torre mas fuerte del
palacio.

--Gutz adelant hcia Singiberto y sali con l.

--Debo triunfar de la pureza de Florinda, antes de ir  la torre
misteriosa, esclam el rey. Y bien, has reconocido ya la vivienda de la
hija de don Julian? aadi dirigindose  don Oppas.

--S, si seor; y si t quieres, esta misma noche Florinda ser tuya.

--Oh! esta noche! esta noche! esclam el rey.

--Para vencerla ser necesario que apeles  malas artes.

--Cmo!

--Si Florinda se viese sujeta  un letargo...

--Ah!

--Toma, seor, dijo don Oppas sacando de entre sus ropas un pomo de oro.

--Y qu es esto?

--Aqu se guarda el zumo de una yerba que produce un sueo delicioso.

El rey guard con ansia el pomo.

--Florinda ser tuya, seor, y despues...

--S, despues entraremos en la terrible torre: pero quiero que para
entrar en ella me acompaen mis nobles, mis magnates: quiero entrar en
la torre con toda mi grandeza de rey. Har que estn preparados mis
magnates, mis soldados y mis esclavos. T vendrs conmigo. Vete y vuelve
al punto.

Don Oppas sali de la cmara murmurando:

--Dentro de poco se ver obligado  vengar una injuria el conde don
Julian.

       *       *       *       *       *

Poco tiempo despues, como lo habia ordenado don Rodrigo, multitud de
nobles godos  caballo y armados de guerra, penetraron en el trio del
palacio.

Don Oppas con escuderos y esclavos de su casa lleg el primero, par
bajo el prtico y entr en el palacio.

Poco despues, sin acompaamiento, sin galas, con clmides oscuras sobre
los arneses, cubiertas las cabezas con bonetes de acero, anchas espadas
al cinto, y cabalgando en caballos de batalla, llegaron al trio,
viniendo de distintos puntos tres mancebos.

Los soldados y las gentes del pueblo, que estaban agolpados  la puerta
del trio, abrieron paso  los tres ginetes inclinndose respetuosamente
ante ellos, y los nombres de Belay, Teodomiro y Favila corrieron de boca
en boca mientras todos los ojos se fijaban en los tres prncipes que,
sin descabalgar, fueron  situarse en silencio en un oscuro ngulo del
trio.

Multitud de pajes, ricamente vestidos, giraban en todas direcciones
enrojeciendo los muros con la luz de sus antorchas, y venciendo con
ellas la blanca y tranquila luz de la luna.

Un rumor confuso de voces contenidas por el temor, se levantaba mas all
de los prticos esteriores del palacio, donde la plebe, contenida por
los soldados del rey, se agolpaba curiosa y asombrada.

Habase estendido, girado y penetrado en las plazas, en los barrios, y
en las callejas mas apartadas de Toledo, una noticia pavorosa. Decase
que la misteriosa torre que todos los reyes antecesores de don Rodrigo
habian respetado: la terrible torre nunca abierta, tras cuyos muros se
guardaba el destino del pueblo godo, iba  ser profanada por la planta
del rey: un terror semejante al que causa el amago de una calamidad que
no se conoce, habia dominado todos los corazones, y cristianos y judios
abandonando sus casas, llenos de ansiedad, se agolpaban y se estrechaban
hacia algun tiempo ante los prticos del palacio.

Los arcos, los miradores, las balaustradas de las calles circunvecinas,
estaban llenos de gentes que maldecian en voz baja y contenida por el
temor  don Rodrigo, al par que hablaban con el acento de la esperanza 
los tres prncipes Belay, Teodomiro y Favila, cuyas nobles frentes no se
habian manchado con los vicios de la crte.

El pueblo los habia visto armados de guerra en medio de los otros
prncipes y magnates cubiertos de galas, y en esto habian comprendido
una valiente promesa.

Al fin, tras una larga espera, se abrieron las puertas del palacio, y el
rey cubierto con un manto de prpura, ceida la cabeza con la corona de
hierro, pendiente de su costado la espada de oro, apareci sobre su
blanco caballo Orelia, al que llevaban de las riendas dos nobles con
tnicas y bonetes de escarlata;  su derecha cabalgaba don Oppas,  su
izquierda Singiberto; precedanle pajes con antorchas y le rodeaban cien
esclavos negros de su guarda africana.

Los nobles que esperaban en el trio, se unieron  la comitiva,  la
cual, tristes y silenciosos, siguieron al lento paso de sus caballos
Belay, Teodomiro y Favila.

La crte se abri paso por medio del pueblo que se agitaba sombriamente,
sin que una aclamacion de amor  de respeto llegase  los oidos de don
Rodrigo.

La cabalgata baj del palacio, atraves la ciudad, y penetr en el
valle,  cuyo fin, una frente  otro, teniendo en medio el Tajo, se
alzaban la torre misteriosa y el castillo de don Julian.

Cabalgaba delante el rey; su caballo galopaba con ardor como impulsado
por una fuerza mgica; los pajes y los peones seguian jadeando  la
carrera la rpida marcha de los ginetes; alguna vez un paje  un esclavo
caian cansados, y el caballo del rey pasaba sobre ellos como hubiera
podido pasar por cima de un monton de hojas secas.

Florinda, en el mirador de su cmara, apoyada en su balaustrada, veia
impasible, plida, inmvil, descender aquellas antorchas por la
vertiente del valle, adelantar, llegar y parar al fin, ante el foso de
su castillo.

Sonaron las trompetas y la voz de Singiberto grit:

--Vasallo! abrid al rey!

Crugieron las cadenas del puente y don Rodrigo, don Oppas, Singiberto, y
los dos nobles que llevaban las riendas de Orelia entraron en el
castillo.

Poco despues arremetieron tambien por la poterna, Belay, Teodomiro y
Favila.

Las dems gentes del rey rodearon el castillo.

Florinda permanecia en el mirador, siempre plida, siempre impasible.

Pas algun tiempo, y al cabo una sombra oscura apareci en el mirador
junto  Florinda.

--Ha llegado la hora, dijo sombriamente Kaib.

Florinda se volvi  l y le contempl gravemente.

--La hora de qu? dijo.

--El rey don Rodrigo es tu huesped, seora.

--Y bien: que sirvan al rey; que mis manjares cubran su mesa; que el
vino llene los jarros de oro; que le sirvan mis esclavos.

--Segun antigua costumbre, el seor del castillo debe servir al rey.

--Mi padre le est sirviendo en Tanja.

--Por lo mismo; en ausencia de tu padre t estas obligada  servir al
rey, repuso sombriamente Kaib.

Guard por un momento silencio Florinda; una espresion singular pas por
sus ojos; acreci su palidez, y al fin dijo:

--Ruega al rey me perdone si le hago esperar mientras me engalanan, para
servirle dignamente, mis esclavas.

Y volviendo las espaldas  Kaib, se encamin lentamente  una puerta,
por la cual desapareci.

Kaib tuvo fija en ella, mientras pudo verla, una mirada profundamente
conmovida.

Luego esclam con acento tembloroso:

--Que se cumpla lo que est escrito!

Y fu  llevar el mensage de Florinda al rey.

       *       *       *       *       *

El rey se paseaba impaciente por una magnfica cmara.

Trofeos de guerra, arrancados  los enemigos en diferentes pocas,
ennoblecian los muros, atestiguando el valor de los ascendientes del
conde don Julian.

Una ancha mesa, cubierta con paos de prpura, dejaba ver humeantes
viandas en platos de oro, y jarros del mismo metal, rodeados de anchas
copas, rebosaban el vino.

Cuatro candelabros de oro alumbraban la mesa.

Todo demostraba la gran riqueza del dueo del castillo.

Delante de la mesa solo habia un enorme sillon cubierto con un dosel: el
sillon del castellano cedido al rey.

Don Oppas, Belay, Teodomiro y Favila, estaban agrupados y en silencio 
cierta distancia del rey, medida por el respeto.

No tuvo que esperar mucho don Rodrigo.

Abrise una puerta y apareci Florinda resplandeciente con su juventud,
su pureza, su hermosura, sus joyas y sus magnficas galas.

Adelant lentamente, arrastrando su pesada y brillante tnica de seda y
oro, con la frente alta y ceida con la diadema de las nobles godas.

A alguna distancia del rey se detuvo.

--Bien venido seas, seor, dijo con voz reposada y grave, al hogar del
conde don Julian.

Don Rodrigo, mudo de asombro ante tanta hermosura, no le contest mas
que con la elocuente sorpresa de su semblante y la encendida mirada de
sus ojos.

Florinda silenciosa, inmvil, imponente, fijaba en el rey una mirada
altiva y severa.

Parecia que no veia  las otras personas que habia en la cmara, aunque
entre ellas estaba Belay, el amado de su alma.

El rey temblaba; con la mirada fija en Florinda; la llama de un amor
infernal se habia apoderado de su alma, y lo habia olvidado todo; el
descontento de sus vasallos y los funestos amagos del porvenir que
guardaba para l la terrible torre que se levantaba escueta, solitaria y
muda al otro lado del Tajo.

Las primeras palabras que pronunci don Rodrigo representaban su deseo.

--Salid, dijo  don Oppas y  los tres prncipes, salid y esperad
afuera.

--Que salgamos! esclam obedeciendo  la voz de sus celos Belay.

--Quin habla cuando el seor manda? grit el rey.

--Esa doncella, esclam adelantndose Belay, es mi esposa.

--Tu esposa, Florinda! esclam palideciendo mortalmente el rey y
temblando de clera.

--Me ha jurado la f de su amor ante Dios.

--Ah! y no es mas que eso? prncipe: yo cre que en efecto la hija de
don Julian era tu esposa... pero no lo es... ni lo ser, porque yo que
soy tu seor no te la conceder.

--Dicen, rey don Rodrigo, observ con un marcado acento de amenaza
Belay, que para t nada hay respetable mas que tu voluntad: que all
donde tus ojos se fijan van la impureza y la deshonra.

--Y quin dice eso, mi leal Belay, mi buen pariente, mi hermoso
prncipe? dijo el rey dominando mal su clera.

--Lo dicen las desdichadas que has deshonrado, los viejos cuyas canas
has escarnecido, las madres  quienes has arrojado cubiertas de
vergenza las hijas de sus entraas.

--Ah! y no te han dicho que el rey castiga de muerte  los traidores
que se atreven  insultarle? dijo don Rodrigo adelantando furioso hacia
Belay, que puso la mano sobre la empuadura de su espada.

Don Oppas cubria con una frialdad hipcrita la alegria de su alma; veia
al hasta entonces leal y respetuoso Belay, revelado contra don Rodrigo;
veia al rey decidido  todo; sabia que para que cayese la ira de un
vasallo poderoso, del conde don Julian, sobre don Rodrigo, bastaba con
que este tocase solamente  la orla de la tnica de Florinda; veia ya
rebosar de Tnger millares de combatientes salvages, los veia atravesar
el estrecho de Alzacac, poner las plantas en Calpe, devastar la Btica y
prestar una poderosa ayuda  los hijos de Witiza.

Veia acercarse el momento en que el conde don Julian seria injuriado por
don Rodrigo en Florinda.

Belay lo veia del mismo modo y esperaba al rey con la mano puesta en la
empuadura de su espada.

Florinda se interpuso.

--El rey lo manda; dijo con acento dominador: salid prncipes, el rey
est en el hogar de un noble vasallo, y tiene derecho  ser obedecido en
l. Salid: la hija del conde don Julian cumplir con lo que debe  su
sangre.

Belay vacil, pero una mirada de Florinda le decidi  obedecer; sali,
y tras l salieron Teodomiro y Favila y, al fin, don Oppas que apenas
podia contener su feroz alegria.

Florinda y el rey quedaron solos.

--Sentaos, seor, sentaos, dijo la jven; estais bajo un techo amigo:
honrad la copa de mi padre bebiendo en ella.

Y Florinda llen de vino una ancha copa de oro.

El rey fij una mirada codiciosa en la copa, mientras que revolvia en su
mano entre sus ropas, el pomo que le habia dado don Oppas.

Pero cmo verter el contenido del pomo en la copa sin que lo notase
Florinda?

Una idea surgi en el pensamiento del rey.

--Me han dicho, dijo, que cantas de una manera maravillosa.

--Y quin te ha dicho eso, seor?

--No recuerdo bien: ah! s, algunas noches he oido el son de una lira
en los aposentos de la reina: el sonido de aquella lira me ha
arrebatado, ha resonado dulcemente en mi corazon, y la voz que ha
cantado unida  aquella lira me ha parecido la voz de un arcngel; por
la maana he preguntado: quin era la muger que tan dulces armonas
exhalaba en los aposentos de la reina Aylat? y me han contestado.--Era
la hermosa hija del conde don Julian.

--Te han engaado, seor, contest Florinda. Nunca he cantado en los
aposentos de mi seora.

Tembl el rey temiendo que Florinda no supiese taer la lira.

--Pero si quieres, seor, dijo la jven, cantar para t.

El alma del rey se dilat.

--Espera un momento, seor; voy  pedir  mis esclavas mi lira de
marfil.

Apenas hubo vuelto Florinda la espalda, cuando don Rodrigo trmulo,
dominado por una ardiente y prxima esperanza, verti el contenido del
pomo que le habia dado don Oppas en la copa que habia llenado Florinda.

Poco despues la jven volvi preludiando de una manera mgica en las
cuerdas de oro de una magnfica lira de marfil.

El semblante de Florinda estaba triste y apenado como si un funesto
presentimiento oprimiera su alma, y permaneci de pie preludiando en su
lira  poca distancia del rey.

--No bebes, seor? le dijo despues de un momento de silencio recelas
acaso de la copa de tu vasallo?

--Es antigua costumbre que el vasallo beba primero cuando ofrece la copa
 su rey, dijo don Rodrigo.

Y present la copa  Florinda.

La jven sostuvo con su brazo izquierdo su lira, tom la copa y bebi un
sorbo.

--La libacion completa, dijo el rey sonriendo, esa es la costumbre.

Florinda apur la copa.

--Ah! murmur el rey: tu hermosura es mia.

--Qu dices, seor?

--Que me llenes otra vez la copa.

Llenla Florinda y el rey la apur.

Fuese que el pequeo resto que habia quedado en la copa inficionase el
vino nuevamente echado en ella por Florinda, fuese que le embriagase la
hermosura de la jven, el rey sinti en su cabeza un vago y delicioso
delirio; parecile que la hermosura de Florinda se aumentaba y crecia
hasta hacerse sobrenatural; que las luces se amortiguaban, y que solo
quedaba la luz de la hermosura de Florinda: luego vi como en un sueo
fijos en los suyos los ojos de la jven que le decian amores: la vi
tomar un escabel, sentarse  sus pies, mirarle sonriendo, como solo mira
 un hombre la muger que le adora, y al cabo escuch un canto dulcsimo.

Creyse arrebatado al paraiso, y luego cesar la msica, rodear su cuello
los frescos brazos de Florinda, y posarse en sus labios ridos unos
labios hmedos y ardientes.

Florinda resplandecia; Florinda le embriagaba, y en medio de su
embriaguez y de su delirio, no pudo escuchar el rey estas palabras,
pronunciadas con acento terrible por una voz ronca tras el tapiz de una
puerta de la cmara:

--Lo que estaba escrito se ha cumplido: el oriente avanza contra el
occidente, y el buitre se cierne ya sobre el campo de la matanza
esperando los cadveres!

       *       *       *       *       *

Entretanto el rey, que habia salido del castillo, seguido de don Oppas,
de Belay, de Teodomiro, de Favila y de sus cortesanos, atraves el Tajo
en barcas que estaban preparadas, y lleg cerca de la torre situada en
la otra orilla, hasta la cual habian abierto paso algunos esclavos
rompiendo con sus espadas la maleza.

El rey descabalg al fin delante de la puerta de la torre.

Todos temblaron en aquel momento solemne: el rey de impaciencia, don
Oppas de esperanza, los dems de la comitiva de terror.

Solo Belay y los dos prncipes sus nobles amigos no temblaron, pero
invocaron  Dios con las manos puestas en las empuaduras de sus
espadas.

Porque  la llegada del rey, dentro de la torre, en torno de ella, cerca
y lejos, en los aires y en las entraas de la tierra se habia oido un
rumor lejano y confuso de batalla; lentamente aquel rumor creci; oyse
al fin de una manera distinta el choque del hierro contra el hierro, los
gritos de guerra, los clamores de los moribundos, el relinchar de los
caballos, el alarido de las trompetas, el silvo de las flechas, el
spero rechinar de las ruedas de los carros y el doblar de los tambores
y atabales.

Sin que nadie tocase  la puerta, esta se abri con estruendo, y una luz
plida, sin oriente ni ocaso, alumbr el interior.

Al abrirse la puerta el estruendo creci; parecia que el valle lanzaba
guerreros en todas direcciones; mugi sordamente el Tajo, condensse la
niebla, tembl la tierra bajo los cascos de millares de caballos, el
aire vibr herido por innumerables y salvajes gritos de guerra, y un
clido y nauseabundo olor de sangre lo envolvi todo.

Y en medio de aquel estruendo pavoroso, dominndole como el bramido del
huracan domina al ruido del aguacero en la tormenta, una voz cavernosa
retumb dentro de la torre, que vacil al sonido de aquella voz sobre
sus fortsimos cimientos.

--Quines sois y qu quereis? dijo la voz.

--Soy don Rodrigo, rey de los godos, contest el rey.

Al escuchar estas palabras, sali de la torre una esplosion de
carcajadas y un coro infinito grit:

--Es el rey don Rodrigo! el ltimo rey! el ltimo rey de los godos!

Y al mismo tiempo avanzaron hcia la puerta, pero sin pasar de ella,
sombras envueltas en flotantes velos, plidas y macilentas como
cadveres insepultos, y los ojos de todas las sombras se fijaban en el
rey que estaba fascinado, y las bocas de todas las sombras le saludaban
con insolentes carcajadas, y los brazos de todas las sombras se
estendian hcia l.

Y sus calvas cabezas relucian, y sus monstruosos cuerpos se retorcian, y
sus infernales bocas chillaban, gritaban, ahullaban, rugian, y  la
vista de aquella espantosa vision la comitiva del rey huy aterrada
hasta las mrgenes del rio y hasta los remotos confines del valle.

Solo quedaron, delante de la puerta de la torre, el rey con los cabellos
herizados de espanto, detenido por un poder superior, y Belay, Teodomiro
y Favila,  pi, envueltos en sus clmides rojas, con las espadas
desnudas en las manos diestras, las siniestras sobre el corazon y el
nombre de Dios en los lbios.

El rey, aterrado, trmulo, fijaba la inmvil mirada de sus ojos en la
tremenda vision; los tres prncipes sentian latir en sus venas su sangre
de valientes sin miedo y sin tacha.

--Adentro, seor! grit Belay adelantando con la espada en alto:
adelante, hermanos mios! ya que hemos llegado hasta aqu, es preciso
que las artes de Satans no detengan  cuatro prncipes cristianos!

Y asi de don Rodrigo, y seguido de Teodomiro y Favila penetr en la
torre.

La vision desapareci, como por ensalmo, apenas el rey y los tres
prncipes pisaron el interior de la torre; apagse la claridad lvida
que antes la habia alumbrado y solo qued el tnue reflejo de la luna.

--Una antorcha! grit Belay.

Desde la mrgen del rio adelant uno de los pajes mas atrevidos, y
entreg una antorcha al prncipe.

El noble godo adelant aun mas, dentro de la torre, y la reconoci  la
luz de la antorcha.

Era la torre inmensa, ttrica, bastante  imponer terror por s sola,
sin la ayuda de sus apariciones, al corazon mas valiente: formbala una
bveda circular sustentada en el centro por un gigantesco pilar; la
altura de esta bveda se perdia en la oscuridad, y sobre sus muros y en
torno de la pilastra, se veian, labrados en la roca, mnstruos informes,
reptiles horribles, esqueletos de gigantes; todo all, como petrificado
por un conjuro  por una maldicion; oscuras inscripciones orlaban los
muros en fajas de piedra, con letras de sangre, y sangre parecia brotar
el pavimento hmedo y resbaladizo.

Belay conduciendo al rey y seguido de Teodomiro y Favila, recorri la
torre y solo se detuvo ante una especie de nicho en el cual habia un
arca de hierro mohoso.

Al verla don Rodrigo, ya mas sereno por la desaparicion de las sombras,
que, siempre incrdulo  impo habia juzgado un delirio de su razon, di
un grito de alegria.

--Abrid! abrid! dijo  los prncipes: all debe encerrarse un
riqusimo tesoro, abrid!

Belay levant la pesada tapa y alumbr el interior del arca.

Don Rodrigo lanz dentro de ella una mirada codiciosa.

Pero en vez de joyas solo vi veinte y cinco coronas de hierro atadas en
una cadena; su blason real roto y manchado, su espada enmohecida y su
manto real hecho girones y ensangrentado.

Un libro escrito en caracteres rabes, el Korn, estaba puesto sobre la
Biblia abierta y deshojada, y el verde pendon del Profeta, envolvia en
sus pliegues otro objeto.

Belay sacudi la bandera y de ella, una cabeza humana cay sobre el
pavimento.

Aquella cabeza separada de su tronco era tan semejante  la que aun
vivia sobre los hombros de don Rodrigo, que los prncipes se
estremecieron y el rey tembl, y sinti correr por sus venas el frio de
la muerte.

--A las armas, hermanos mios! grit Belay: corramos  nuestros
castillos! que el pueblo godo se levante  tu voz, seor, porque la
tradicion se cumple y en esta torre fatal est encerrado tu destino!

--Los rabes! esclam don Rodrigo levantando por primera vez su cabeza
en un movimiento de energa: pues bien! que vengan! las canas no me
impedirn cubrir mi cabeza con mi capacete coronado, y bajo la prpura
vestir la lriga! la corona en la frente y la espada en la mano
cabalgar delante de mi pueblo, y si est escrito que hayamos de
sucumbir, sucumbiremos como valientes! no es verdad prncipes?

Los tres prncipes se miraron con estupor. Habian creido hasta entonces
que el rey habia muerto para el valor y que solo vivia para la molicie y
para la corrupcion.

--Venid, mis valientes caudillos; pronto mis huestes y las de mis
nobles, probarn si es incontrastable lo que est escrito por el
destino. Entre tanto,  Dios.

Y sali delante de ellos de la torre, cabalg en su corcel y llam en
voz alta  don Oppas.

[imagen no disponible: Sacudio la bandera, y cayo al suelo una cabeza humana.

LETRE dib y lit Lit de J.J. MARTINEZ, MADRID.]

Don Oppas se acerc temblando.

--A Toledo, dijo el rey con acento sombro.

Poco despues la brillante cabalgata aterrada, triste y silenciosa volvi
 entrar en la ciudad.

Antes del amanecer sali de ella  pie, por la puerta de los Leones un
hombre envuelto en una clmide roja, y en silencio y  gran paso se
encamin al valle del Tajo.

       *       *       *       *       *

Desde que sali el rey del castillo del conde don Julian, Florinda
plida, pintada en el semblante una espresion de despecho y de
desesperacion horrible, habia permanecido en su mirador, dejando brillar
las lgrimas, que corrian silenciosamente por sus megillas,  los rayos
de la luna.

Recordaba de una manera confusa una cosa horrible; se sentia lacerada en
el cuerpo y en el alma, y su pensamiento pasaba tan pronto del rey don
Rodrigo, su infame burlador,  Belay, el amado de su alma.

Florinda no comprendia la razon de su momentneo delirio entre los
brazos del rey: la desdichada no sabia que habia sido embriagada por un
filtro terrible.

Conocia sin embargo su vergenza y anhelaba venganza, una venganza
cruda.

Hubo un momento en que una horrible decision se pint en su semblante,
se apart bruscamente del mirador; corri  su cmara, tom un pergamino
y escribi en l apresuradamente algunas lneas.

Despues llam  Kaib.

Este apareci de improviso como si hubiese estado detrs de la puerta.

--Ha llegado la hora de la tribulacion, Florinda, y me has llamado, hme
aqu: qu quieres?

--Es necesario que lleves esta carta  mi padre  Tanja.

--Ir, dijo Kaib.

--Pues bien, vete y que el nuevo sol te vea cabalgando hcia el oriente.

--Antes de partir es necesario que yo te deje segura y libre del infame.

--Ah! esclam Florinda cubrindose de rubor: sabes?...

--Lo s todo: yo soy mago.

--Y habias previsto la horrible desgracia que me iba  acontecer?

--S.

--Y por qu no me salvaste? esclam con desesperacion Florinda.

--Estaba escrito que t fueses sacrificada, para que el pueblo godo
fuese destruido.

--Ah!

--Pero yo no puedo dejarte abandonada. El infame don Rodrigo arde en tus
amores, su delirio por t crece, siempre tendr para enloquecerte un
filtro, un ensalmo. La ciencia se vende al oro. Pero ven: yo te dar un
amuleto que te libre de las asechanzas del rey. Ven hija de don Julian:
ven.

Arrastrada por el acento solemne del esclavo, Florinda le sigui:
salieron del castillo por un postigo, atravesaron el Tajo en una barca y
llegaron  la torre maravillosa, apenas se habian alejado de ella el rey
y sus gentes.

Kaib desnud su pual y toc con el pomo en la gran puerta de hierro.

El eco despert, como de las profundidades de un abismo, el ruido
causado por la mano del hombre.

Una voz pujante como  la llegada del rey, grit desde adentro.

--Quines sois y qu quereis?

--Somos Florinda y Kaib, contest el esclavo.

Entonces la puerta se abri en silencio y por s misma.

Una claridad lvida iluminaba el interior.

--No tiembles, Florinda, dijo con voz segura Kaib, porque si tiemblas,
esa puerta se cerrar y no volver  abrirse mas para nosotros.

Florinda procur dominarse y lo consigui,  pesar de que vagaban con
paso lento, en torno suyo, sombras envueltas en sudarios blancos,
plidas y sombras, como cadveres insepultos; cada una de ellas fijaba
sus hundidos ojos en la jven de una manera horrible y cruel.

--Todos estos han llamado como nosotros  esta puerta, dijo Kaib: todos
ellos han sucumbido al pavor y velan encantados aqu: mira, hay
valientes guerreros y hermosas damas; todos han venido en busca del
tesoro que encierra esta torre y ese tesoro est guardado para t.

Florinda sentia dentro de su espritu un poder superior; su corazon
dominaba todos aquellos terrores; su vista se estendia sin vacilar por
los mbitos de la torre, abarcndolos con su mirada serena y poderosa.

Y era porque Florinda estaba desesperada, y no podia aterrarse porque
tenia sed de venganza, y aquella ansiosa rabia la daba valor.

Kaib, llevando de la mano  Florinda, avanz hasta el pi de la pilastra
que sostenia la bveda de la torre y puso la mano sobre la cabeza de un
horrible jorobado de piedra, que estaba como incrustado al pi de la
pilastra.

--Yo he leido en los astros, dijo: yo soy mago: los astros me han
revelado que t guardas un amuleto que defiende  las mugeres de la
impureza de los hombres y de su propia impureza.

El enano rugi sordamente, levant la cabeza y volte en sus rbitas,
mirando  Kaib y  Florinda, sus torbos ojos de piedra, que por un
momento parecieron de fuego.

Ninguno de los dos tembl.

Entonces el jorobado se arranc de la pilastra y camin delante de los
dos, haciendo resonar sobre el pavimento las secas pisadas de sus
enormes pis de mrmol.

--H aqu la piedra de los siete sellos, dijo detenindose en la parte
oriental de la pilastra; si esa muger es la sentenciada por el destino 
causar la ruina del pueblo godo, su mano romper el encanto, y el
precioso talisman ser suyo.

Sobre la losa que servia de puerta  un arco, habia  cada lado tres
signos, y otro en el centro: aquellos siete signos eran enteramente
iguales entre s, y parecian lminas de oro sobrepuestas al mrmol;
consistian estos sellos en dos tringulos cruzados, dentro de los cuales
se leia en caracteres caldeos: DIOS!

Florinda toc con su dedo el signo del centro, que desapareci absorvido
por el mrmol, como una gota de agua que cae sobre una plancha de hierro
caldeado.

Toc el segundo, el tercero, hasta el stimo y todos desaparecieron de
igual modo.

--H aqu la Kaba de los rabes, dijo el enano: lo que estaba escrito se
ha cumplido.

Y asiendo la piedra por uno de los bordes, la separ,  pesar de su
enorme peso, con la misma facilidad que si hubiera levantado la hoja
seca de un rbol.

Entonces qued descubierto un precioso arco rabe de oro, calado,
esmaltado y cincelado, que daba entrada  un pequeo retrete
resplandeciente.

Una luz brillantsima emanaba de una caja de esmeralda, colocada sobre
almohadones de prpura, oro y piedras preciosas.

--En esa caja est el amuleto; dijo el enano: la muger que le tenga
pendiente de su cuello, estar libre de la impureza, pero no de las
desgracias, de las injurias, ni de la muerte.

Muger consagrada  Dios ser y la muerte y la condenacion caern sobre
el hombre que ponga en ella su mano, mientras tenga sobre su seno el
amuleto.

--Escrito est, murmur Kaib: cmplase la voluntad del Dios grande y
justo!

Florinda abri la caja.

Dentro habia un collar de gruesas perlas y de inestimable precio y en
el centro de l, pendiente de la perla mas gruesa, habia una manecita
negra de bano, sobre la cual y de una manera imperceptible, estaba
grabado el sello de Salomon, en cuyo centro en caracteres caldeos, se
leia la palabra DIOS!

Nada teneis que hacer ya aqu, dijo el enano: el decreto del destino se
ha cumplido: la Florinda de los godos, la Kaba de los rabes, ha roto
los siete sellos que guardaban la ruina de un pueblo. Idos.

El jorobado fu  enclavarse de nuevo en el lugar que habia abandonado,
tornando  su marmrea inmovilidad.

Florinda fu  ceirse el amuleto.

--Espera, dijo Kaib: yo te amo.

Florinda mir con los ojos arrasados de lgrimas al esclavo.

--Yo te amo, continu Kaib, como ama el hermano  la hermana, la madre 
la hija, el dia al sol; pero Kaib no ha encontrado gracia en tus ojos,
hija de don Julian; amas  un hombre que no puede ser tu esposo, y tu
pureza ha sido arrebatada por un infame  quien no podias amar. Nos
vemos por la ltima vez, Florinda.

--Por la ltima vez!

--S; yo morir pronto, morir junto  tu padre que vendr  vengarte.

--Y mi padre!

--Morir tambien.

--Oh! Dios mio! y mi pueblo?

--Ser esclavo.

--Y todo por m!

--Estaba escrito!

--Pero el destino es injusto.

--Dios te ha elegido por vctima.

--Pues bien, que se cumpla la voluntad de Dios.

Y Florinda levant la frente radiante de magestad y de valor.

--No volveremos  vernos mas, dijo Kaib: abrzame, hija de don Julian.

Florinda se arroj entre los brazos del nubio, como pudiera haberse
arrojado entre los brazos de su padre, y llor sobre su robusto pecho.

Kaib la bes en la cabeza sobre los cabellos y la separ de s.

Florinda rode  su cuello el amuleto.

Entonces pareci que su hermosura crecia: sus ojos brillaban con un
resplandor sobrenatural: la blancura de su tez se habia hecho
deslumbrante: el amor volaba en torno suyo, irresistible, impregnado de
ambrosa y de pureza.

Kaib sinti abrasarse su corazon en un fuego infinito y voraz: Florinda
no era entonces una muger: era mas que una hur; era un arcngel.

A su vista se agitaron los millares de mnstruos enclavados en los
muros y en la pilastra, y en la bveda de la torre, sobre sus alveolos
de piedra, chocaron sus duras cabezas, y un grito de guerra retumb
inmenso en las concavidades.

Pero lentamente volvi el silencio  dominar la torre, se apag el
crepsculo frio y nebuloso que la iluminaba, y solo qued el reflejo de
la luz de la luna que penetraba blanca y dbil por la ancha arcada de la
puerta, por la que salieron los jvenes.

La puerta se cerr inmediatamente.

--He cumplido con lo que me prescribian el destino y el amor, dijo Kaib.
Hija de don Julian! un poder superior te protege, y en vano quiere
envolverte en sus alas el negro espritu de los amores impuros!

Florinda callaba; sus ojos, fijos en la luna, estaban llenos de
lgrimas.

Parecia que su vista alcanzaba  leer en la inmensidad el porvenir.

--A Dios, dijo Kaib.

--Cmo? me abandonas aqu, sola, junto  esta terrible torre?

--Siento los pasos de un hombre que se acerca, y ese hombre te
acompaar: ese hombre es Belay.

--Belay! esclam Florinda alentando apenas.

Y aprovechando su sorpresa y su conmocion, Kaib se alej.

       *       *       *       *       *

Poco despues apareci  los rayos de la luna un hombre.

Florinda habia quedado inmvil junto  la puerta de la torre.

Por un secreto instinto, al acercarse aquel hombre, le reconoci.

--Ah! Belay! Belay!  dnde vas? le dijo.

--Florinda! esclam el jven prncipe alentando apenas al escuchar la
voz de su amada.

--S, yo soy.

--Qu haces aqu?

--A qu vienes t?

--Vengo  penetrar en esta terrible torre; vengo  evocar al espritu
maldito que la habita:  preguntarle lo que debemos temer  lo que
podemos esperar. Y cuando vengo aqu anhelando la salvacion de mi
patria, te encuentro, Florinda, sola, junto  esta tremenda torre?...

--Yo no soy ya Florinda... tu Florinda, la que debia ser tu esposa...
soy la manceba del rey don Rodrigo.

--T! grit Belay exhalando su corazon hecho pedazos en su grito: t,
la manceba del rey!

--Dios lo quiere!

--Que Dios quiere que t mancilles la honra de tus abuelos! esclam
Belay: esa es una horrible blasfemia! t ests loca, Florinda!

Florinda aceptaba su destino de una manera herica: amaba  Belay, y por
lo mismo queria apartarle de ella: aborrecia de muerte al rey, y por lo
mismo queria unirse  l.

No la habia dicho aquel terrible jorobado de piedra, que el hombre que
pusiese sobre ella sus manos impuras, mientras tuviese pendiente de su
cuello el amuleto de Salomon, perderia su cuerpo y su alma?

Florinda, por vengarse, queria buscar al rey; embriagarle con sus
amores; ser su manceba; ser, en fin, para l un doble tsigo para su
cuerpo y para su alma: el cuerpo ensangrentado: el alma condenada.

--Yo amo al rey, dijo con voz lnguida Florinda.

--Y as olvidas tus promesas, mi amor, mi vida?

--Ama  otra hermosura.

--Ah Florinda! Florinda! t ests loca!

--No, no! recuerda bien! esta noche!...

--Ah! esta noche!...

--El rey vino  mi castillo.

--Es verdad.

--El rey pretendi que yo le sirviese la copa.

--Es verdad.

--T quisiste oponerte  que yo quedase sola con el rey.

--S, s, es verdad.

--Pues bien; yo habia llamado al rey.

--T!

--S, yo. Yo que le serv la copa de mis amores.

--Oh! maldita seas t, muger, que has herido de un solo golpe la honra
del padre y el corazon del amante!

Y fuera de s se volvi  la puerta de la torre, se arroj contra ella y
la golpe con las manos.

La puerta se abri y Belay se precipit dentro.

       *       *       *       *       *

Cuando sali empezaba  amanecer.

La frente de Belay se mostraba radiante de valor.

--Que la causa de su prdida es Florinda! esclam con acento profundo:
que su padre el conde don Julian ser traidor, que los rabes vencern
 los godos, y que yo, yo, Belay, duque de Cantbria ser el primer rey
de otro rbol de reyes! Oh! hagamos callar nuestro corazon; ahoguemos
en l la voz de nuestro amor y de nuestros celos; la patria necesita
nuestro brazo, y nuestro amor es todo entero de la patria!

El generoso mancebo se encamin  Toledo.

En aquellos momentos, Florinda engalanada como una reina, y sonriendo de
amor, entraba en la cmara de don Rodrigo, y se arrojaba entre sus
brazos.

Kaib galopaba sobre un potro negro, atravesando la Espaa para ir 
llevar al gobernador de Tanja, al conde don Julian, la carta en que
Florinda le avisaba de su deshonra.

       *       *       *       *       *

El sol habia descendido y aparecido ocho veces desde que Kaib habia
partido con la carta.

Habia llegado al monte Calpe,  la ribera del estrecho de Alzacac, y
habia entrado en una nave de mercaderes para trasladarse  Tanja.

Muy pronto la nave se acerc  las riberas de Africa.

Al lejos, Kaib inmvil y de pi sobre la proa, vi en el horizonte de un
mar abrillantado por los rayos del sol, una ciudad agarena, cuyos altos
minaretes parecian desafiar  las tempestades.

Aquella ciudad era Tanja.

Fuera de los muros, junto  la espuma de las aguas, se veian levantadas
algunas tiendas: multitud de rabes  caballo armados de lanzas,
caracoleaban al rededor de las tiendas, ejercitndose en sus armas, como
soldados que se disponen  una empresa cercana.

Mas prxima al mar que las otras, habia una tienda, sobre la cual
ondeaba un pendon de seda roja y verde;  la puerta de esta tienda dos
hombres paseaban amigablemente y miraban al mar, en cuyo lejano
horizonte aparecia un punto negro.

Aquel punto negro era la nave que conducia  Kaib.

La edad de los hombres que paseaban delante de la tienda, parecia ser la
de cincuenta aos. Los dos mostraban en su semblante el sello de dominio
que la costumbre del mando imprime en los caudillos.

El uno llevaba el capacete de oro y la clmide de prpura de los nobles
godos; su semblante plido y triste parecia reflejar el presentimiento
de una gran desgracia, y su paso era lento, grave y magestuoso.

El otro hombre que con l paseaba, era un rabe hijo de Damasco, cuya
frente atezada, estaba cubierta por una toca roja y verde: causaba
terror la mirada incontrastable, salvaje, cruel, de sus ojos negros como
el bano; vestia un alquicel blanco, un caftan rojo, y una lriga de
guerra; en su ancha faja de Persia escondia un corvo pual, y sujetaba
una larga espada con empuadura de hierro.

Este rabe era Muza-ebn-Nosir, vasallo del califa Walid y conquistador
del Magreb, hasta la Mauritania Tingitana.

Muza y el conde don Julian hablaban de gravsimos asuntos.

--Intil es cuanto te esfuerzes, emir, en convencerme  que haga
traicion  mi rey, decia el conde. Por l tengo el gobierno de la
Mauritania Tingitana, y la defender  todo poder contra t y contra
todos los que enviare el califa tu seor. No me pidas que te abra las
puertas de mi patria, que no vengo de raza de traidores, ni hay oro
bastante en el mundo para obligarme  ser traidor.

--Nobles y leales son tus palabras, conde, y leal y noble eres, y es por
cierto grande lstima que tan buen caballero sirva  un rey tan tirano
como don Rodrigo.

--El reino le castigar como  Witiza y pondr otro rey en su lugar,
dijo el conde, si necesario fuese: por lo mismo, si yo te he recibido de
paz, es porque de paz has venido, y porque yo siempre tender mi mano 
los prudentes y  los esforzados.

Muza no insisti al ver la firmeza del conde, pero no dej de mirar con
anhelo, y sin saber por qu causa,  la nave que conducia  Kaib.

Durante algun tiempo el godo y el rabe continuaron paseando y hablando
de sus respectivas patrias, sealando y ponderando cada uno las
escelencias de la suya, como si hubieran sido los amigos mas grandes del
mundo.

Entre tanto la nave habia llegado  la ribera y de ella habia saltado en
tierra Kaib, que al ver  su seor corri hcia l.

Una palidez sombra cubri las megillas de don Julian al ver la
precipitacion con que se acercaba  l uno de sus esclavos que habia
reconocido.

Kaib no tard en arrojarse  los pies de su seor.

--Qu nuevas me traes? dijo alentando apenas el conde don Julian.

--Esta carta de tu hija te las revelar, seor, dijo Kaib sacando del
seno el pergamino que le habia encomendado Florinda y entregndolo al
conde don Julian.

Este rompi los sellos y ley.

--Oh! que es esto, Dios, poderoso Dios? dijo el conde dejando caer el
pergamino apenas le hubo leido, y llevndose las manos  la cabeza como
si hubiese temido que se le escapase.

Muza recogi el pergamino, pas la vista por la escritura, y luego,
sonriendo con un gozo cruel, ley en voz alta el contenido.

Decia as:

Padre: la clera de Dios ha caido sobre nuestras cabezas.

El destino se cumple y la muerte acecha.

Nuestro hogar ha sido profanado.

El infame rey don Rodrigo ha mancillado, valindose de malas artes, la
pureza de tu hija.

Tu Florinda est deshonrada y morir de vergenza.

Padre: desnuda tu espada, desndala y venga  tu hija.

Mientras el rabe leia, los ojos de Kaib se inyectaban de sangre.

Al fin esclam con una voz semejante  un rugido y como si hubiese
ignorado lo que contenia la carta.

--Mientes t, perro infiel; es imposible que esa carta diga lo que t
supones que dice.

Al verse insultado el soberbio Muza de tal modo por un esclavo, una
palidez de muerte cubri su semblante y desnud trasportado de clera su
pual.

Kaib no tuvo tiempo de huir ni de defenderse; el rabe le habia herido
de una pualada.

Kaib cay murmurando:

--Estaba escrito.

Y espir.

--Oh! que es esto? dijo don Julian volviendo en s.

--Esto es, dijo Muza mostrndole la carta, tu hija deshonrada y tu
esclavo muerto.

El conde don Julian arrebat el pergamino  Muza y se alej frentico.

El emir entr en su tienda murmurando.

--Lo que no han hecho la ambicion ni el oro, lo hace la venganza,
Gecira-Alandalus ser esclava del Islam.

       *       *       *       *       *

Pocos dias despues el conde don Julian decia  Muza en un aposento de su
palacio de Tanja:

--Emir de Africa! caudillo del poderoso Walid, reune tus soldados! yo
te abro las puertas de Tanja; yo te doy los galeones de los godos!
emir del poderoso Walid! pisa las playas de Espaa! adelante, al
galope de los caballos de tus feroces rabes! yo voy contigo! yo que
voy por la cabeza de don Rodrigo!

Muza sonri de una manera horrible y esclam:

--Estaba escrito! lo que no pudo hacer la ambicion lo hace la
venganza!

       *       *       *       *       *

Algunos dias despues un ejrcito rabe pasaba en cien galeones el
estrecho y pisaba las playas de la Btica.

Antes el wal Tarik-ebn-Zyad, con una caballera escogida, habia pasado
en cuatro grandes barcos de Tanja  Sebta y de Sebta  Andaluca con
xito venturoso.

Tarik habia devastado algunas comarcas de la Btica y habia avisado 
Muza de que podia pasar con su ejrcito.

Cuando el prncipe godo Tadmir[54] supo esta invasion: escribi  don
Rodrigo la carta siguiente:

Seor: aqu han llegado gentes enemigas de la parte de Africa, yo no s
si del cielo  de la tierra; yo me hall acometido de ellos de
improviso, resist con todas mis fuerzas para defender la entrada, pero
me fu forzoso ceder  la muchedumbre y al mpetu suyo: ahora,  mi
pesar, acampan en nuestra tierra. Rugote, seor, pues tanto te cumple,
que vengas  socorrernos con la mayor diligencia y con cuanta gente se
pueda allegar; ven t, seor, en persona, que ser lo mejor.

       *       *       *       *       *

El espanto cundi entre los godos, y el rey don Rodrigo se levant
aterrado de entre los brazos de Florinda, donde le sorprendi la
noticia.

El sangriento vaticinio de la horrible torre empezaba  cumplirse.

La corona de los godos y la cabeza de don Rodrigo estaban amenazadas.

Don Oppas veia con placer acercarse el dia en que fuese derrocado el
enemigo de Witiza.

Los hijos de aquel rey gozaban ya con su venganza.

Florinda miraba ya prximo el momento en que el infame tirano caeria
ensangrentado  los pies del conde don Julian.

Don Rodrigo, reuniendo cuantas gentes pudo, parti para la Btica y
lleg con un innumerable ejrcito  Sidonia.

Tarik, la valiente espada del Islam, le sali al encuentro.

El trono de los godos cay por tierra en la batalla de Wad-al-Lette[55].

Don Rodrigo cay muerto  manos de Tarik.

El traidor don Julian cay tambien horrorizado de haber vendido  su
patria por lavar su honor.

Pero Florinda estaba vengada.

Los rabes, por haber sido ella la causa de la prdida de un reino, la
llamaron la Kaba[56].

Los rabes siguieron adelante en su triunfo, y la bandera del Islam
tremol sobre Toledo.

Solo quedaron algunos godos reunidos por Belay en las montaas de
Asturias, sin rendir homenaje  los vencedores.

       *       *       *       *       *

Las gentes de Damasco vinieron  buscar la tierra frtil de
Gecira-Alandalus, y se dirigieron  la Btica, y en ella buscaron 
Iliberis.

Porque as estaba escrito.

Y quiso Dios que cuando asomaron, viniendo de la parte de las marinas
por la cumbre de un monte,  cuyo pie tiempo adelante se levant la
villa de Al-Padul, vol el arcngel de la vida y de la alegra con sus
alas de oro y su flotante tnica celeste recamada de estrellas, sobre la
tierra rida y seca de Iliberis y disip los vapores que la cubrian, y
dijo con una voz dulce y sonora como el murmurio de las auras entre las
flores.

Vuelve  ser lo que eras, tierra maldita, antes de la impiedad de tus
antiguos moradores.

Cbrete de praderas y de fuentes, de bosques y de sotos.

Algrate animal viviente y ave voladora.

Y cbranse tus sierras de nieve.

Y tus montes de verdura.

Y mustrate riente y engalanada bajo tu cielo azul.

Porque Dios te bendice para que seas el paraiso de su pueblo.

Pero quede en t la seal de su maldicion, como recuerdo de una historia
pasada.

Y que la parda sierra donde es Iliberis, no produzca ni yerba ni fruto.

Ni de asilo sirva  ave ni  fiera, sino  inmundo reptil y  vvora
ponzoosa.

Y dicho esto, el ngel bati su ligera y dorada pluma.

Y se deshizo en lluvia de flores y aromas.

Y se alegr el cielo y regocijse la tierra.

Brotaron las fuentes de las alturas y corrieron los rios.

Y columpironse las auras en las verdes frondas de las arboledas.

Y cantaron los pjaros.

Y balaron las ovejas en los altozanos.

Pero all en el confin opuesto  Geb-el-Solair qued la sierra de
Iliberis infecunda y triste, despoblada de gentes y de animales y
desnudas de verdor sus speras crestas, entre cuyas grietas asomaba su
amarillenta luz el fuego de los volcanes.

Y cuando los de Damasco llegaron  la cumbre del alto del Padul, se
creyeron trasladados  un jardin de delicias.

Y fijaron sus ojos asombrados en el monte de la Alcazaba, y en la Colina
Roja y en la villa de los judos.

Y al ver los castillos sobre los montes, al pi de otros montes mas
altos.

Y la corona de nieve de la sierra.

Y la estendida alfombra de verdura de la vega, esclamaron:

--Allah Kuakbar[57] este es el Jardin-de-Delicias.

Y la ciudad de los castillos sobre los montes Al-Garb-Nat[58].

Y llamaron desde entonces  la Alcazaba, y  la Colina, y  la villa,
Garbnat.

Y las ocuparon y edificaron en ellas sobre las ruinas romanas torres y
muros y una aljama  Dios dentro de los muros y defendida por las
torres.

Y llamaron al monte de Iliberis Gebel-Elveira,[59]  causa de su
esterilidad.

Y llamaron al castillo antiguo que encontraron Hins-al-Roman[60].

Y construyeron frente  l, al otro lado de la fortaleza, otro que se
llama hoy alcazaba Cadima.

Y labraron esta alcazaba el ao 148 de la Egira, en tiempos de
Ased-ebn-Abd-el-Rajman-el-Schevan, primer wal de Granada.

Nadab,  la llegada de aquellas gentes estrangeras, escondi mas 
Ymina, trasladndola  una escabacion abierta en la cisterna de la
Colina Roja, receloso de aquellas tribus de oriente que con las lanzas
teidas aun en la sangre de los godos, avanzaban  la carrera de sus
caballos de Africa, en direccion  las montaas.

Y Ased-el-Schevan era un sirio feroz, que, mancebo aun, habia venido
con el caudillo Ocba-ebn-Nafe-el-Farih, sobre las tierras del Magreb, y
habia ensangrentado su caballo hasta las cinchas en sangre berberisca
treinta y cinco aos antes de la conquista de Espaa por los rabes.

Y as es que, al tiempo en que los de Damasco allegaron  las tierras de
Granada, las nieblas del invierno y el sol del esto habian pasado
ochenta veces sobre su cabeza.

Y era su barba blanca y su tez roja.

Y mostraba gran cuerpo y fuerza  pesar de sus muchos aos.

Y era respetado por sabio y por valiente entre los mas doctos y
esforzados de su tribu.

Nunca habia tenido mugeres, ni habia amado.

Ased-el-Schevan decia que el amor era una enfermedad del espritu, y la
muger el demonio tentador que Allah ha arrojado sobre el camino del
hombre para hacerle dbil y apartarle de toda fuerza y merecimiento.

Pero como el amor es ley invencible, yugo inevitable, luz del cielo sin
la cual el hombre seria una fiera, y la muger la antorcha de oro y
perlas donde ha puesto Dios el resplandor de su hermosura, estaba
escrito que Ased-el-Schevan habia de arder alguna vez en su fuego.

Y ardi; pero de una manera voraz, insensata.

Hasta el punto de consumir en aquel fuego su corazon, y bajar  la tumba
dbil, desesperado y loco.

Y sucedi as.

Sobre la cumbre del monte fronterizo  la Colina Roja, los de Damasco,
huyendo de la esterilidad de Elvira, buscando aires puros y aguas
saludables, tierra frtil y pabellones de verdura; habian levantado la
torre que hoy se v ruinosa cerca de la plaza de Bib-al-Bonut, mirando
al cerro donde mas tarde se levant la torre del Aceituno[61].

En aquella torre, labrada por cautivos cristianos, moraba el wal de
Granada, y desde ella veia, durante el dia, levantarse lentamente las
fuertes murallas de la Alcazaba Cadima y vigilaba las Torres-Bermejas, y
se dejaba caer desde ella sobre los enemigos de su tierra, que en medio
de las disensiones que habian empezado  arder entre los hijos del
Islam, apenas conquistada Espaa, corrian sus fronteras en algaras
devastadoras, y pretendian encender la guerra civil, que mas tarde debia
arrancar la Espaa del dominio de los califas de oriente.

Velaba una noche Ased-el-Schevan.

Apoyado en las almenas de su fuerte morada, contemplaba al lejos la
altsima sierra ostentando su cndido velo de nieve  los rayos de la
luna, y la Vega, dormida bajo el dulce reflejo, y silencioso todo en
torno como si el genio del sueo hubiera batido sus blancas alas sobre
Granada.

Recordaba Ased-el-Schevan el apacible cielo de la Siria, sus frtiles
campos; la luna, alumbrando blandamente las cpulas y los almenares de
la soberbia Jerusalem, su patria; suspiraba en su orgullo de guerrero
porque no veia ante s otras torres y otros muros semejantes en que la
luna quebrase sus rayos, y el viento sus alas, y la sombra su manto de
oscuridad.

Y parecile cuando esto pensaba que en la cumbre de la Colina Roja se
levantaba tromba de niebla, y que la niebla se condensaba y tomaba
formas de muros y torres, que mostraban tras sus ajimeces luces y
sombras, regocijo de zambra y ecos de armona.

Crey ver ginetear al rededor de aquel castillo, sobre la pelada
vertiente de la colina hasta el lecho del rio, multitud de caballeros
que parecian vagar en los aires como sombras, y esconderse en oscuras
grietas como reptiles; parecile que una aureola de luz coronaba aquel
alczar de los sueos, y de las hadas, y de los encantados, y llam  su
katib[62], que dormia en su aposento sobre una piel de camello.

--No ves Aruhm, le dijo, una corona de perlas y rubes sobre la cabeza
de aquel monte? parece que un manto de oro y resplandores se ha
estendido sobre l, y que las hadas del quinto cielo han descendido  la
tierra en una fiesta del Edem.

El viejo Aruhm se frot los ojos y nada vi.

Porque estaba escrito que solo los seores de Granada alcanzarian  ver
con sus ojos de hombre el Palacio-de-Rubes.

--Yo nada veo, seor, contest el katib; sino las ruinas del templo
romano y una opaca luz que brilla entre sus prticos destrozados.

Y as era la verdad: velando entre las ruinas, el sabio Nadab
pronunciaba el conjuro que hacia ver  Ased-el-Schevan aquellas
maravillas.

Porque Nadab necesitaba atraer  la Colina Roja y  la cisterna donde
estaba escondida Ymina  Ased-el-Schevan.

Este comprendi al fin que en la vision perenne ante sus ojos se
encerraba un misterio; despidi griamente  Aruhm, y tomando su
alquicel, su arco y su aljaba, sali con recato de la torre, baj el
repecho de la Alcazaba, atraves el rio sobre un puente romano, y empez
 trepar por la vertiente de la Colina Roja.

Cuando sali del bosque que la rodeaba y mir  su cumbre, nada vi: la
Colina solitaria solo mostraba las ruinas, la torre y los anchos
brocales de la cisterna.

Pero Ased-el-Schevan andaba impulsado por el destino, y avanz hasta la
cumbre; parecile escuchar un dulce y perdido canto de muger en las
profundidades de la cisterna, y cuando puso el pi sobre el brocal mas
inmediato, sinti sobre su cabeza un ruido sordo y tnue, semejante al
que produce una tienda de seda que se despliega; brill en sus ojos un
resplandor vivsimo; alhag sus oidos una msica armoniosa sobre todas
las armonas, aspir un ambiente saturado de perfumes, y lnguidas y
frescas brisas agitaron su barba y el flotante estremo de su toca.

El invisible Palacio-de-Rubes se habia levantado en torno suyo con todo
su esplendor oriental, pero mas bello, mas delicado, mas rico, que
cuantos alczares habia visto hasta entonces el Schevan.

Aquel maravilloso palacio parecia ser una profeca de lo que con el
tiempo serian los alczares de la Alhambra, y el wal contemplaba
absorto sus jardines, sus galeras, sus retretes, con todas sus galas,
sus labores de oro, sus leyendas de amor y su voluptuosidad, y escuchaba
con delicia sus blandos  incitantes rumores, que parecian emanar de
hures invisibles.

Ased-el-Schevan, absorto de admiracion, avanz por aquellos encantados
mbitos precedido de hermosas mugeres que bailaban la zambra al son de
guzlas de marfil, y rodeado de silenciosos esclavos y seguido de feroces
guerreros.

--Oh seor Allah! esclam Ased-el-Schevan: qu alczar de luz es este
que guarda tantas maravillas, sino es el jardin de Hiram que ve en
sueos el justo cuando atraviesa el desierto en su peregrinacion  la
santa ciudad?[63] Yo le he visto una vez, seor, y no era tan fresco, ni
tan sonoro como este, ni eran sus flores tan bellas, ni sus aguas tan
claras, ni sus retretes tan magnficos. Oh, seor Allah! Qu quieres
de tu siervo el Schevan?

Call el anciano porque cerca de l,  travs de un arco primorosamente
calado, escuch unas voces juveniles que le nombraban departiendo
alegremente.

--S, hermanas mias, decia una de ellas, Ased-el-Schevan es un leopardo
de Africa que siempre ha resistido  los alhagos del amor.

--Pero no resistir  los encantos de la hermosura de Ymina, repuso
otra de ellas.

--Ni  los filtros de su padre Nadab, aadi una tercera.

--Ni  las locuras de su ambicion, dijo otra.

--Os engaais, repuso la primera que habia hablado, escuchndonos est y
no llega, porque aborrece  la muger.

--Por la muger enloquecer.

--No.

--S.

Y aquellas mugeres, que con voz tan incitante hablaban, aparecieron de
repente ante el Schevan.

Pleg el rabe su poblado y cano entrecejo al ver ante s una turba de
muchachas de ojos negros, vestidas de blanco y coronadas de flores, que
le sonreian y le provocaban bailando voluptuosamente en torno suyo, y
envolvindole en deleites que nunca habia sentido.

Pero en vano quiso luchar; dominle tanta fascinacion, y cay
desvanecido sobre un divan.

--Guala![64] dijo vencido enteramente estendindose con molicie sobre
el divan: guala! he sido un necio en dejar correr mi vida sin buscar el
amor.

Y cay en un sueo dulce, ardiente y lleno de encantos, de alegra y de
felicidad.

Cuando despert, mir en torno suyo y se crey encerrado en una prision;
era el ambiente hmedo, los muros tristes, profundas las grietas donde
arraigaban plantas parsitas, y sobre altos pilares romanos, en la
cncava y oscura bveda,  travs de la cual, contnuas infiltraciones
dejaban caer sobre el pavimento, anchas gotas de agua, que producian un
ruido montono y solemne sobre los turbios charcos corrompidos, en cuyo
fondo se revolvian reptiles acuticos; en la oscura bveda, repetimos,
parecian vagar fantasmas sombros.

Sinti por la primera vez el feroz Ased-el-Schevan pavor en el corazon;
sus dientes se entrechocaron de frio, y sinti comprimida su alma por
una angustia desconocida para l.

--Por Allah, dijo estremecindose, que mis enemigos se han valido de
malas artes para encantarme y estoy en poder de Ebls!

--No, dijo una voz dulcsima resonando en la oscuridad: no; sino en
poder del amor.

--Amor! esclam el wali con desden, y qu es el amor para m, espada
del Islam, que h vencido al desierto su espalda de arenales y hecho mis
abluciones con sangre de enemigos?

--Recuerda! dijo otra voz.

El rabe tembl: por primera vez sentia el remordimiento delante de un
recuerdo terrible.

--Aun brota sangre la tumba de la desdichada hija del conde don Julian,
repiti la voz.

El rabe irgui la cabeza.

--Era una vil ramera! grit.

Entonces, y contestando al Schevan, la voz cant:

Tres veces el sol ha trasmontado los horizontes de Gecira-Alandalus
entre nubes rojas.

Tres veces vapor de sangre ha enrojecido mas a aquellas nubes.

Y el sol ha dorado tres veces las bravas frentes del rabe y del godo,
cuyos brazos no han cesado de herir.

Qu ginete es aquel que se envuelve en la pelea?

Su caftan est ensangrentado y rompe entre los enemigos hiriendo en
ellos con el asta de una bandera del Islam.

Avanza, Ased-el-Schevan! tus feroces siros te siguen!

Aprieta el hierro en tu mano, y desgarra los hijares de tu corcel!

Los rabes cejan, y la victoria empieza  batir sus alas sobre los
godos!

Aprieta el hierro en tu mano, Schevan!

Que los godos de vencedores se conviertan en vencidos!

Que no quede uno!

He all  Tarik!  Tarik el valiente, el del caballo negro y la
sangrienta espada!

Tarik, el genio del combate!

Adelante, muslimes! adelante!

Tarik ha enrojecido su espada en la sangre de don Rodrigo.

Del ltimo rey de los godos.

El valiente Orelia ha huido asombrado con la muerte de su real ginete.

Un esfuerzo mas!

Los godos huyen!

El implacable Wad-al-Lette les cierra el paso  los ahoga en sus ondas.

Un esfuerzo mas! Gecira-Alandalus, es esclava del Islam!

Tarik el invencible, ha hollado la prpura de los godos.

A sus pies, sobre una alfombra de cadveres, revuelve tos ojos
espirantes el infortunado don Rodrigo.

Enviad su cabeza al califa!

Una cabeza de rey es el mejor presente que puede enviarle un muslim.

Cortadla!

Por qu t, Tarik, tan valiente y tan fiero, no cercenas la cabeza de
tu enemigo?

T no eres verdugo.

Pero h all  Ased-el-Schevan.

Ased-el-Schevan; el leopardo de oriente insaciable de sangre.

El hombre cuya amada es la muerte y cuyo mejor alczar es el campo de la
pelea.

Hlo que llega!

Oh! el yatagan de Ased-el-Schevan, se ha teido en la sangre del
moribundo don Rodrigo, y su siniestra mano muestra entre un crculo de
guerreros horrorizados, la cabeza de un rey sin fortuna.

Paso al verdugo!

Paso  Ased-el-Schevan!

Y la voz que as cantaba, lanz una estridente carcajada.

Y  impulsos del terror, la carne del wal se despeg de sus huesos.

Y la voz sigui su canto.

--La luna brilla.

La tienda del rabe se eleva en la llanura.

All en los altos duerme una ciudad.

Corona de un imperio poderoso! crte de cien reyes! Tolaitola![65].

Cmo alzas tus robustas torres en medio de las brumas de las sombras y
de las nieblas del Tajo!

Pero tu puerta de Zocodover se abre.

Una muger sale por ella, desciende al llano y llega  la tienda del
rabe.

Es hermosa, pero est plida y triste como una flor cortada de su tallo.

Con ella va su desventura.

Es Florinda, la infeliz hija del conde don Julian.

La Kaba de los rabes.

Su tnica est rasgada y cubierta de lodo.

Sus rubios cabellos destrenzados, flotan en torno de su semblante, en
que aparece la terrible espresion de su locura.

Muchos dolores han pasado por ella.

Ha visto morir  su padre y  los suyos.

Est sola, sola en el mundo.

Sola con su deshonra y su desventura.

Y las mugeres rabes la siguen, arrojndola lodo y gritando:

Esa es la Kaba!

Una mano amiga ha abierto para ella las puertas de la ciudad.

Y la desventurada corre por el campo.

Corre y la luna alumbra su plido semblante y los ecos nocturnos repiten
sus insensatas carcajadas.

Ay de la gacela que huye!

El leopardo acecha.

Acecha sediento de sangre, y se estremece de placer al sentir los pasos
de una nueva vctima que se acerca.

El tapiz de la tienda se abre.

Y Ased-el-Schevan fija su sombra mirada en Florinda.

Y el hombre de hierro se estremece.

Porque aquella muger es muy hermosa, y su tnica descuidada, muestra su
incitante desnudez.

Acurdate, Ased-el-Schevan!

Ces por un momento la voz que cantaba, como para dar tiempo 
Ased-el-Schevan de recoger sus recuerdos, y acreci su temblor y un
sudor frio corri  lo largo de su cuerpo, y fantasmas vengadoras
tomaron formas para l en el oscuro fondo de la cisterna.

Record una noche de luna, en que, volviendo de Damasco con la cabeza
del rey don Rodrigo canforada, dentro de una caja de sndalo, se detuvo
 poca distancia de Toledo, para entrar en l ostentando clavado en el
hierro de su lanza, el hediendo y miserable despojo.

La luna brillaba.

Los rabes que acompaaban al Schevan dormian junto  sus caballos.

Y l velaba.

Medi la noche y una sombra blanca y vaga adelant entre las brumas, se
acerc vacilante, y entr en la tienda del wal.

A la luz de la lmpara que la alumbraba, Ased-el-Schevan vi una muger
hermossima, plida  inmvil delante de l.

Sus hombros y su seno, deslumbrantes de blancura, estaban desnudos,
suelto el cabello de oro, y al rededor de su cuello se veia un collar de
diamantes del cual pendia un amuleto.

Aquel amuleto era una manecita de bano engastada en oro.

Era la mano mgica, smbolo del Islam, que pendia de la esmeralda
cabalstica de Salomon.

--Yo soy Florinda, dijo la hermosa acercndose al wal y mirndole con
los ojos vagos y estraviados, yo soy un arcngel del stimo cielo,
castigado por Allah y convertido en muger.

La infeliz estaba en uno de sus momentos de locura.

--Mira: yo soy muy hermosa, dijo al Schevan: por m un pueblo ha venido
sobre otro pueblo, y han corrido rios de sangre; por m el pueblo de
Ismael es seor de los godos de occidente, y ese pueblo me insulta
porque dice que soy ramera.

--Y mienten, aadi Florinda, asindose estremecida  los hombros del
Schevan, mienten: yo soy vrgen, y mis hermanos los arcngeles vienen 
acompaarme en mis sueos; pero mis pis estn heridos por los abrojos y
mi tnica desgarrada, y tengo hambre y frio.

Y la infeliz temblaba: una palidez mortal cubria con un velo terrible su
semblante.

Y Ased-el-Schevan no tuvo compasion de ella.

--Ah! la dijo: t eres Florinda! la manceba de don Rodrigo!

Su horrible boca dej ver en una feroz sonrisa sus blancos y agudos
dientes de tigre.

--En verdad que es muy hermosa esta muchacha, murmur sintiendo por
primera vez un deseo amoroso. Est loca! la noche es solitaria! mis
guerreros duermen! nadie podr arrojarme  la cara una debilidad! y
luego!...

El Schevan lanz una sombra mirada  Florinda poniendo la mano en el
pomo de su pual.

Florinda le contemplaba con la curiosidad fria y vaga de los insensatos.

--Mira, le dijo: yo amo  un hombre y ese hombre es generoso, noble y
valiente.

Yo guardo su nombre y su recuerdo en mi corazon, y temo que se me escape
y quedar sola; sola, porque ese recuerdo me acompaa y duerme conmigo.

Djame reclinarme en tu divan y gurdame, porque me persiguen.

Si mi amado estuviera aqu, l velaria mi sueo, porque me ama.

Los celos y la envidia irritaron al Schevan al ver el amor que hcia
otro hombre resplandecia en la mirada de la pobre loca.

--Tu amante es un cobarde, dijo, un perro traidor que te abandona en tu
miseria.

--No, no es cobarde, dijo con voz dulce Florinda: Si t supieras su
nombre!...

Y la desdichada mir en torno suyo con espanto, como el avaro que teme
que le roben su tesoro.

Pero su mirada se tranquiliz: nadie habia que la escuchase, mas que
Ased-el-Schevan.

Florinda llev al wali  un ngulo de la tienda.

--Mi amado es prncipe, le dijo: mi amado es hermoso como los arreboles
de la tarde; mi amado conquistar palmo  palmo las tierras que ha
conquistado en Gezira-Alandalus el Islam, y me vengar de los que me
insultan llamndome ramera. Ay del Islam ante la espada de Belay! el
vendr de Asturias como un vendabal y aportillar los muros de Tolaitola
y pondr los pendones de la cruz sobre sus almenas: entonces yo ser
reina, pero no morir como Aylat[66]. Ay! la mataron sin compasion
estas gentes feroces! la mataron sobre mi seno, y aun las negras
manchas de su sangre estn sobre mi tnica! Defindeme t, hasta que
venga Belay, porque me van  matar como  Aylat!

Ased-el-Schevan, palideci de clera, irritse su ojo voraz y un
caliente hlito de sangre le embriag: la crueldad rebosaba de su
corazon, y tom la caja de sndalo que guardaba la cabeza de don
Rodrigo.

--Mira, la dijo: abriendo la caja y mostrndola la cabeza del rey: h
ah la suerte que espera  tu Belay.

Florinda di un grito: habia reconocido al rey en aquel sangriento
despojo, y la habian horrorizado sus cabellos blancos manchados de negra
sangre coagulada.

Por un momento desapareci su locura y mir  Ased-el-Schevan  la luz
de la razon.

--Ah! Eres t, t el verdugo!... t, el que yo v en Tolaitola
llevando en tu lanza la cabeza del rey! t,  quien desde aquel dia no
he podido olvidar!... Djame huir de t! tu mano no se cansa de herir,
ni tus ojos de mirar la muerte! aprtate de mi camino, porque tu mirada
me hiela, y me das horror! Mas horror que los rabes que me insultan y
me llaman la Kaba!

--Florinda, amante de Belay, dijo Ased-el-Schevan, dejando  un lado la
caja que contenia la cabeza del rey don Rodrigo, y mirando con el gozo
de la crueldad  la jven: oh! yo manchar tu pureza y te enviar
deshonrada al hombre de tu amor. Oh! Belay! el insensato que levanta
aun una bandera cristiana delante del Koram y se atreve  llamarse rey
de Gecira-Alandalus! Oh! y te tengo en mi poder! y l te ama! pues
bien; sers la esclava de mis esclavos, y dormirs en mis caballerizas
entre los pies de mis corceles, junto  la jaula de mi pantera de
Africa.

Y Ased-el-Schevan, midi con una feroz ojeada  Florinda y se lanz
sobre ella.

Pero Florinda no retrocedi: un poder superior la protegia.

En vano el Schevan pretendia llegar hasta ella.

Entonces sus ojos se inyectaron de sangre como los de un lobo rabioso,
tom una azagaya y la lanz  la desdichada: la terrible arma se abri
paso  travs de su seno, brot de la herida un ancho surtidor de
sangre, los ojos de Florinda se empaaron, y cay murmurando entre su
suspiro de agona el nombre de Belay.

Una vez dado el primer paso de crueldad, el Schevan no se contuvo;
Florinda se revolvia sobre un lecho de sangre y el talisman se
desprendi de su cuello.

El gnio del horror y de la impureza se pos sobre la tienda del
Schevan, y Dios arroj sobre ella su maldicion.

La Nat de los hebraizantes, la Florinda de los godos, la Kaba de los
rabes, habia caido bajo su funesto horscopo: sus miembros desgarrados
fueron abandonados en el lugar que ocupaba la tienda, y el poderoso
talisman recogido por Ased-el-Schevan, habia aumentado el valor de su
tesoro.

Ased-el-Schevan no conocia la virtud de aquel poderoso talisman: le
creia solo una alhaja de gran valor.

El Schevan, despues de aquella noche, olvid aquella historia de
horror, y pidi al califa le concediese una tierra en Gecira-Alandalus
para sus gentes de Damasco.

El califa le concedi la tierra de Iliberis.

Pero estaba escrito que seria castigado, y su crueldad con Florinda y su
codicia en conservar como un rico despojo el amuleto que llevaba al
cuello la jven, fu la causa de su castigo.

Nadab, el padre de Ymina, sabia que el amuleto estaba en el tesoro de
Ased-el-Schevan; sabia que aquel amuleto tenia la virtud de defender de
la impureza agena  la muger que lo llevase sobre s, y quiso apoderarse
de aquel talisman valindose para ello de la misma Ymina.

Para atraerle le habia hecho ver, valindose de sus conjuros, el
encantado Palacio-de-Rubes.

Ased-el-Schevan estaba transido de horror.

Veia la macilenta cabeza del rey don Rodrigo y  Florinda, fria,
impasible, plida, ensangrentada, atormentndole con el recuerdo de su
ser.

--Y acurdate! repetia la voz dulcsima que parecia venir de la bveda
de la cisterna, y en la cual creia recordar el rabe la dulce voz de
Florinda.

--Ah! s! yo te amo Florinda! esclam arrojndose por tierra el feroz
wal.

--Por qu dijiste, pues, contest con sarcasmo la voz, que no conocias
el amor?

-Oh! piedad! piedad, Florinda! esclam el wal:  haz que lo que ha

[imagen no disponible: Mira, la dijo, mostrandola la cabeza del rey.

LETRE dib y lit Lit de J.J.MARTINEZ, Madrid.]

sucedido sea un sueo,  quita de delante de mis ojos esta terrible
vision que me atormenta.

Y como si aquella voz solo hubiese resonado para despertar los
remordimientos en el alma de Ased-el-Schevan, qued la cisterna muda y
oscura; desaparecieron los fantasmas, y Ased-el-Schevan se atrevi 
adelantar buscando la salida.

Entre las sombras penumbras, encontr una puerta y entr en una cmara
tan rica y tan bella como las del Palacio-de-Rubes, alumbrada por una
lmpara,  cuya luz se veia dormida sobre un lecho una muger.

Era Ymina.

Al verla el viejo y feroz wal tembl.

Crey ver ante s  Florinda, pero radiante de hermosura, sonriente de
felicidad; la jven despert y fij de una manera intensa la mirada de
sus grandes ojos celestes en el wal.

--T eres Ased-el-Schevan, dijo la jven sin levantar la cabeza del
almohadon donde la tenia reclinada.

El rabe tembl, pero no de terror.

Un amor inmenso, un amor de los cielos, inundaba su alma; porque Ymina,
como lo decia su nombre, era la felicidad.

Sus ojos azules, lmpidos como el cielo, lucientes como l, como l
hermosos, le sonreian y le acariciaban.

Sinti Ased-el-Schevan dentro de s una vida nueva; encontrse jven,
ardiente, feliz.

Sus lbios murmuraron armnicos versos exhalados de su alma como el mas
escelente poeta pudiera haberlos exhalado delante de la hermossima
vrgen de sus amores.

--Yo te amo hur, esclam; te amo y por t me siento capaz de todo.

Eres para m mas preciada que la clara y fresca fuentecilla que brota
entre flores  la sombra del oasis del desierto para el cansado y
sediento caminante.

T eres la luz y la vida, el sueo de paz y la esperanza de ventura.

Por t seria yo capaz de conquistar los cielos, aunque defendiese su
puerta el arcngel de fuego.

--No quiero tanto, dijo Ymina: si me concedes lo que voy  pedirte,
creer que me amas y te amar.

--Y qu puedes pedirme que yo no te conceda, luz esplendorosa de mi
alma?

--Te acuerdas de una muger  quien amaste?

--Ah! Florinda! Florinda! esclam el Schevan; por qu me recuerdas
mi crmen? Era una noche triste y sombra: la luna estaba velada por
vapores de sangre: t estabas delante de m, plida, loca aunque
hermosa, manchada de lodo la tnica: no estabas tan hermosa como ahora,
sultana de las hures: no, yo... me irrit... yo no habia amado...
escitaste mi furor... pero yo no te he olvidado... yo he llorado tu
muerte... porque no cre que volveria  encontrarte tan resplandeciente,
tan hermosa como la mayor de las hermosuras. Por qu me recuerdas mi
crmen y me despedazas el alma?

--Yo no soy Florinda, dijo Ymina: si  tus ojos la represento, es
porque Dios quiere en castigo de tu crueldad que t veas siempre 
Florinda en la muger que ames. T ves mis cabellos dorados y mis ojos
azules. Pues bien, mira por un momento.

Se transform Ymina y se present  Ased-el-Schevan con sus cabellos
negros y brillantes, sus ojos negros y deslumbradores, su frente cndida
y pursima y su boca purprea, exhalando ambrosa.

Aquella vision dur un momento.

Deslumbr  Ased-el-Schevan como si en sus ojos hubiera brillado el
sol.

Y pas como un relmpago y volvi  ver en Ymina  Florinda.

Ased-el-Schevan empez  enloquecer, y solt una insensata carcajada.

--Oh! yo te amo! yo te amo! esclam: mame y seremos los dos seres
mas felices de la tierra. Por qu no me amas t tambien? Acaso me
conservas rencor?

--Yo te amar si me das lo que te pida, repuso Ymina.

--Y bien, qu quieres? respondi anhelante Ased-el-Schevan.

--Acurdate: cuando mataste  Florinda la quitaste un collar de perlas
que llevaba sobre su seno.

--Ah! ah! el rico collar de perlas! esclam Ased-el-Schevan lanzando
una larga carcajada.

Y luego tomando una guzla de marfil con cuerdas de oro, que se veia
junto  Ymina, se sent  sus pis y cant, con la voz fresca y pura
como un jven, l, que nunca habia hecho versos ni habia cantado, el
romance siguiente:

      Hermosa de las hermosas,--flor preciada, luz del cielo:
    Para qu quieres las joyas,--si sus plidos reflejos
    han de amenguar lo brillante--de tus dorados cabellos?
    envidia tendrn las perlas--si las posas en tu seno,
    porque es nacar animado--que de amores guarda incendios.
    No hay zafir como tus ojos,--ni diamantes de alto precio
    que se atrevan  igualarse--en lo luciente con ellos.
    Eres bcaro de flores--que para el amor nacieron,
    y de Hiram en los jardines--de Dios las meci el aliento.
    Eres joya de su mano--pura, como all en los cielos,
    la nubecilla que pasa--al leve impulso del viento,
    ante el sol que la colora, en lumbre de amor traspuesto.
    Que Allah, hermosa, te bendiga,--pues eres cerrado huerto,
    que para tu amante guardas--de tu pureza el misterio.

Ased-el-Schevan dej la guzla y lanz otra insensata carcajada.

Su locura crecia.

--Quiero el collar de Florinda, dijo Ymina con voz dulce acariciando
con sus rosados dedos la larga barba blanca del Schevan.

--El collar de Florinda! esclam el rabe: un collar que vale muchos
cuentos de doblas!

La locura y el amor no habian logrado dominar la codicia del Schevan.

--No te amar, dijo Ymina.

--Que no me amars! esclam con fiereza el rabe.

--No, repuso reposadamente Ymina.

--Acurdate! dijo  su vez el rabe.

--T heriste  Florinda! esclam con desprecio la jven.

Ciego de clera ante aquel desprecio el feroz siro, un pensamiento de
sangre pas por su alma y desnud fuera de s su pual.

Pero cuando descarg el golpe sinti un agudo dolor en la mano y se
encontr...

En su lecho en la alcazaba del Albaicin.

--Ha sido un sueo, dijo; he creido que heria  aquella muger y he dado
con el puo en el muro; pero que sueo tan horrible y tan hermoso!

Ased-el-Schevan no logr volver  dormirse.

Veia delante de s, radiante de hermosura,  Ymina.

A la noche siguiente volvi  subir  la plataforma de la torre mas alta
de su castillo, y como la noche anterior se apoy en las almenas.

Entonces volvi  ver sobre la cumbre de la Colina Roja el esplendoroso
alczar, y los caballeros que giraban  su al rededor en los aires y en
la tierra y oy la distante y armoniosa msica de la zambra que se
exhalaba por los calados ajimeces del alczar.

--No, pues ahora no sueo, poderoso Allah: esclam Ased-el-Schevan; yo
afirmo los pis en mi castillo y mis manos en sus almenas: yo veo la
luna triste y plida que sigue lentamente su curso; el viento de la
noche refresca mi frente, y all, all, sobre la Colina Roja, se levanta
ese alczar maravilloso y se agitan aquellos caballeros sobrenaturales,
y se escucha esa armona incomparable. No, no es un sueo, poderoso
Seor!

Y como la noche antes sali de su alcazaba por un postigo y se traslad
 la Colina Roja.

Y como la noche antes vi el Palacio-de-Rubes, y escuch la voz de sus
remordimientos en el fondo de la cisterna, y vi  Ymina, y la enamor;
y Ymina le volvi  pedir el amuleto de Salomon que habia robado 
Florinda, y como la noche anterior se irrit y quiso herir  Ymina como
 Florinda habia herido, y volvi  sentir su mano lastimada y 
encontrarse en su lecho en la alcazaba del Albaicin.

Durante siete noches se repiti este prodijio, y durante estos siete
dias Ased-el-Schevan, se presentaba  sus vasallos mas loco y mas
feroz.

Al fin  la octava noche, el rabe no subi  la plataforma de la torre,
sino que baj  un profundo subterrneo de su castillo donde tenia su
tesoro.

Abri un enorme cofre de hierro, y de entre otras muchas joyas, tom el
collar de perlas de Florinda, y se encamin  la Colina Roja.

El amor y el deseo habian dominado en l  la codicia.

Cuando entr en el Palacio-de-Rubes, no reson en sus oidos la voz de
su remordimiento, ni descendi  la oscura cisterna.

Le protegia el talisman.

Ymina sali  su encuentro y le sonri.

--Me traes el hermoso collar? dijo.

--S, contest todo trmulo Ased-el-Schevan sacndole de su seno: vale
un tesoro, pero mi vida vale mas, y sino me amas morir. Me amars t,
si te doy esta inestimable joya?

--Oh! s! te amar siempre! dijo la jven.

E inclin su hermosa cabeza delante de Ased-el-Schevan.

El rabe puso el talisman alredor del cuello de Ymina, y cuando se le
hubo puesto quiso abrazarla.

Pero le rechaz una fuerza incontrastable.

--S, s, dijo Ymina, te amar siempre como ama el remordimiento al
crmen. Yo aparecer  cada momento mas hermosa ante t; ser tu eterna
desesperacion, tu infierno.

Y al decir Ymina estas palabras, Ased-el-Schevan se encontr entre las
tinieblas y el ambiente hmedo de la cisterna, y vi delante de s como
un cuerpo lcido, y cada vez mas hermosa  Ymina.

Si queria acercarse  ella, parecia que un muro invisible le contenia.

Si pretendia herirla, su pual encontraba un cuerpo duro  impenetrable
como el diamante; si desesperado, no pudiendo resistir el martirio de la
vista de tanta hermosura, pretendia huir, el terrible fantasma se le
ponia siempre delante, cada vez mas hermoso, cada vez mas incitador.

Ymina se habia convertido en el infierno de Ased-el-Schevan.

Porque Ased-el-Schevan habia muerto.

Sus wazires habian encontrado su cadver en su lecho, y le habian
enterrado con gran pompa en el panteon de la alcazaba.

Lo que quedaba sufriendo penas eternas en la cisterna era el alma de
Ased-el-Schevan.

De Ased-el-Schevan, el alma condenada de la cisterna de la Alhambra.

Algunas noches oscuras, frias, tempestuosas, salen por los brocales de
la cisterna gritos dbiles, perdidos, desesperados.

Son los gemidos de desesperacion de Ased-el-Schevan.

Del verdugo del rey don Rodrigo.

Del infame asesino, del torpe profanador de Florinda.

Otras serenas y tranquilas noches de luna, cuando todos duermen, hasta
los guardas de los adarves, se percibe un canto dulcsimo y perdido.

Es la voz de Ymina que escita la desesperacion de Ased-el-Schevan.

Pero ya sea la noche oscura  apacible; ya la alumbre la verde luz del
relmpago  el plido reflejo de la luna, si pasais junto  los brocales
de la cisterna y escuchais ya un gemido, ya un canto, no os asomeis al
oscuro brocal, porque puede tragaros el abismo y haceros probar el mismo
infierno que prueba hace centenares de aos Ased-el-Schevan.

Esta es la historia maravillosa del alma de la cisterna.

Sed, pues, justos, buenos y caritativos, porque Dios, Altsimo y Unico,
condena al pecador con lo mismo con que pec.

       *       *       *       *       *

He aqu la tradicion referente  los algibes de la Alhambra.

Dnde pudo tener origen?

Escuch algun poeta moro, durante una noche melanclica el derrumbe del
agua en los algibes,  algun gemido del viento en sus altas bvedas
romanas y de ello tom asunto para escribir una bella leyenda rabe?

No lo sabemos.

Pero sabemos s, que muchas noches oscuras y tempestuosas nos hemos
asomado  uno de los brocales de la cisterna y hemos escuchado
atentamente.

Solo hemos oido el crugir de las gotas de la lluvia sobre el agua all
depositada, pero nunca nos hemos podido hacer la ilusion de que aquel
ruido procediese del gemido de un alma condenada, ni del canto de un ser
sobrenatural.

Esto acaso consiste en que nuestra imaginacion es menos impresionable
que la del poeta moro autor de la leyenda _El alma de la cisterna_.

[imagen no disponible]




LEYENDA IV.

LA PUERTA DEL JUICIO.




I.


Cuando se pasa de la puerta de los Gomeles, y de las tres pendientes
avenidas que se presentan  la vista, bajo los tupidos toldos de verdura
de las frondas de los lamos que se cruzan, se toma la mas pendiente, la
de la izquierda; ya cerca de su terminacion se encuentra un cubo de
fortificacion  la usanza del siglo XVI, y mas all, apoyndose en este
cubo, una magnfica fuente greco-romana del gusto del renacimiento,
denominada _Pilar del emperador Crlos V_.

Siguiendo adelante  lo largo del muro en que est esculpida la
decoracion de la fuente, y torciendo  la izquierda, se levanta de
improviso ante los ojos, como una sorpresa, la magestuosa _Puerta del
juicio_, entrada principal del alczar de la Alhambra.

Esta puerta, formada por dos torreones, unidos en la parte media de su
altura por un gigantesco arco de herradura, tiene en su fondo un muro en
el cual se abre una puerta mas pequea de arco de herradura tambien,
labrada en rico mrmol blanco de la sierra, y sustentado por dos bellas
columnas con caprichosos capiteles, y galanamente ornamentado con flores
y cintas entrelazadas.

Sobre la clave del arco mayor se ve esculpida una mano estendida y
vuelta la palma; sobre la del arco menor hay esculpida una llave.[67]

En los tiempos  que nos referimos en la leyenda que empezamos  relatar
 nuestros lectores, esto es, en el ao 724 de la Hegira, y 1325 de
Jesucristo, cuando se pasaba de la puerta de los Gomeles, fuertemente
torreada y defendida por adarves, se veia una larga avenida de edificios
chatos, de un solo piso, que servian de cuarteles  los soldados de la
guardia del rey, en la vertiente del pequeo valle comprendido entre la
Alcazaba, y las Torres Bermejas, y por ambos lados hasta el pie de los
muros, la escarpadura desnuda sin rboles que pudiesen encubrir  los
enemigos que lograsen forzar aquel primer puesto fortificado de la
puerta de los Gomeles.

Siguiendo aquella ancha avenida, siempre poblada de soldados y esclavos,
se llegaba en lo mas alto,  la torre de las _Siete bvedas_,[68]
entrada principal de la Alhambra y su mas magnfica; pero antes de
llegar  esta torre, en la parte media de la avenida,  la izquierda, se
encontraba un camino llano orlado de cipreses y laureles, desde cuyo
principio se veia levantarse al fondo, sencilla y magestuosa la torre
del Juicio, entrada principal del alczar de los reyes moros.

Entonces, delante de esta torre solo se veia una bella plazoleta
circular rodeada de jardines; no existian ni el pilar del Emperador ni
el cubo de fortificacion, existiendo solo por la parte que este cubo
ocupa un adarve que iba  dar sobre la escarpadura de la fortaleza por
aquella parte.

El muro que se apoya hoy  la derecha sobre la torre del Juicio, no era,
como ahora, un muro de tierra y piedra, sino de brillante y tersa
argamasa roja que dejaba comprender su dureza marmrea, y en cuya parte
superior corria la columnata de una galera que correspondia  un jardin
del alczar.[69]

En el segundo arco de la Puerta del Juicio, entre sus adornos, se leia
entonces como ahora la inscripcion siguiente: _Dios sea loado: no hay
otro Dios que Dios y Mahoma su profeta: no hay fortaleza sin Dios_: y
sobre este arco y estos adornos, en una ancha faja de estuco, con
caracteres cficos entrelazados de flores y cintas se leia esta otra
inscripcion: _Mand labrar esta portada, llamada judiciaria, con la cual
Dios Altsimo haga dichosa la ley de los hijos de salvacion,
Abul-Giux-Nazar-ebn-Abdallah-ebn-Nazar, mantenga Dios en las morismas
sus obras pias y caritativas. Labrse  27 dias de la luna de Maulud el
engendradizo, ao de 647._

De modo que en los tiempos de nuestra leyenda, solo hacia setenta y
siete aos, desde que se habia terminado la torre del Juicio  al menos
desde que se habia hecho su portada.

Llambase la puerta principal del alczar torre del Juicio, porque
habiendo seguido los rabes y continudola los moros la costumbre de los
tiempos primitivos, el rey en persona  en representacion suya el cad
de los cades  justicia mayor del reino, oian en aquella puerta en
audiencia pblica las quejas de los sbditos, y dirimian sus contiendas
y pleitos de una manera ejecutiva.

De contnuo aquella puerta estaba cerrada, con sus dos grandes hojas
forradas de hierro y fuertemente claveteadas, y por fuera de ella, como
en respeto de la autoridad real, se veian los esclavos de la guardia
berberisca ricamente vestidos y dando la guardia.

Solo se abria un postigo para la entrada de los magnates y caballeros;
de par en par solo se abria la puerta para dar salida  entrada al rey 
 los embajadores de reyes; cuando aquella puerta se abria enteramente
pasaba siempre bajo ella el estandarte real, acompaando al rey   los
embajadores, y despues la puerta cerraba sus dos tremendas hojas de
hierro.

Todos los giumas (viernes),  la hora de la salida del sol, aquella
puerta se abria, y aparecia tras ella un espectculo sorprendente: el
trono de justicia, con su dosel rojo, sus almohadas de prpura y
brocado, y sus siete gradas cubiertas con una alfombra de Persia:  los
pis de estas gradas,  la derecha, el alfrez mayor del reino con el
estandarte real, y al otro lado el alguacil mayor con la espadada de
justicia, y wales, y arrayaces, y caballeros, y eunucos: en lo alto, el
rey sentado en los almohadones, y delante de la puerta, en semicrculo,
para contener al pueblo que asistia  la audiencia, los esclavos
berberiscos con sus largas lanzas, sus bruidas armaduras y sus
turbantes rojos.

Cuando en vez del rey hacia justicia el cad de los cades, sentbase
este en un almohadon en la primera grada, y en vez de la crte que
acompaaba al rey, le acompaaban ciertos funcionarios del rden
judicial, pero nunca faltaban el estandarte real y la espada de
justicia, como representantes de la autoridad regia.

Un katib (secretario), colocado en el centro del semicrculo determinado
por los esclavos berberiscos, llamaba por su rden  los que habian
pedido audiencia, y los dejaba pasar hasta los pis del trono de
justicia.

Despues que esta habia acabado de administrarse, la puerta se cerraba, y
el rey, la crte y el trono desaparecian tras ella.

Quin podria comprender ahora,  la vista de aquella puerta abandonada,
de aquel torreon cuyas almenas reales ha derrocado el tiempo, y  las
cules ha sustituido el conquistador con un desnudo pretil, con una
especie de grosero ribete de mampostera, el magnfico esplendor de que
en los tiempos de la dominacion mora se vi rodeado, y el profundo
respeto con que los musulmanes de Granada miraban aquella puerta, lugar
sagrado, donde en nombre de las leyes podia ir el mas pobre, el mas
abyecto  ejercitar su derecho?

Hoy un centinela indiferente, provisto de una prosica consigna, se
pasea con el fusil al brazo  se apoya en l de pi  inmvil, sin
sospechar siquiera la grandeza pasada de aquel lugar, y en el sitio
donde hace cuatro siglos se levantaba el trono de justicia de los reyes
de Granada, se ve hoy la mezquina mesa cubierta con una manta de lana
donde escribe sus partes el sargento de la guardia.

El tiempo, que todo lo muda, que todo lo empalidece, que todo lo gasta,
que todo lo pulveriza, ha convertido en un desnudo esqueleto de lo que
fu,  la torre del Juicio,  de justicia de los reyes de la Alhambra.

Por eso, nosotros que somos exageradamente entusiastas, no hemos podido
pasar nunca bajo el arco de mrmol de la torre del Juicio, de la hermosa
y potica puerta del alczar moro, sin sentir algo de respeto, sin
creernos trasportados  otros tiempos y  otras gentes, como si hubiese
pasado junto  nosotros rozndonos la cabeza con sus alas el genio de lo
que fu.

Adems, para que nosotros sintamos una conmocion indefinible al pasar
bajo aquel arco, al pisar aquel dintel de mrmol, existe una razon
poderosa.

Nosotros sabemos que sobre aquel dintel, al pi de su trono de justicia,
cay asesinado un rey de la dinasta nazerita.

Su sangre ha caido all, y all acaso la v aun la justicia del cielo.

Porque el rey asesinado era un buen caballero, un corazon leal, lleno de
caridad y de justicia.

Aquel rey era el sultan de Andaluca y de Granada,
Abul-Walid-Ismail-Abul-Said, quinto descendiente coronado del Magnfico
rey Nazar.




II.


El dia ocho de la luna de Regeb del ao 725 de la Hegira[70], despues de
la oracion de azobih,  punto que se dejaban ver en el oriente las
primeras rfagas rosadas precursoras del sol, los berberiscos que daban
la guardia de la puerta del Juicio, acudieron presurosos, llamados por
los atabales, y se formaron en dos filas formando calle  ambos lados de
la puerta.

Poco despues la puerta se abri, sali un tropel de ginetes armados
sobre caballos de guerra, entre los cuales ondeaba el estandarte real, y
tras estos caballeros, en medio de una crte resplandeciente, apareci
el rey Abul-Walid, armado con un arns esmaltado de oro y colores, con
corona en la cabeza y manto de prpura sobre los hombros, cabalgando en
un poderoso corcel con paramento de brocado sobre sus lrigas de acero.

Piafaba el soberbio bruto hijo de las llanuras de Baeza, orgulloso de su
ginete; y en verdad, que nunca las moras granadinas habian visto,
ocultas tras las celosias, un hombre mas hermoso ni de aspecto mas noble
y rgio que el sultan de Granada Abul-Walid-Nazar.

Era blanco y mostraba la barba bermeja, como su quinto abuelo Al-Hhamar,
el vencedor; sus ojos tenian en su mirada la dulzura de la gacela cuando
contemplaban la hermosura,  el sombro y aterrador fuego de los del
leon irritado cuando los revolvia entre el combate; cuando nada le
distraia  le irritaba mostraba su semblante una melancola vaga, una
ansiedad profunda, una sed insaciable, pero sed de felicidad: el
poderoso Abul-Walid no era feliz.

Sentia remordimientos, y no habia encontrado venturas en el amor.

Sus remordimientos le recordaban  su tio el rey de Granada,
Abul-Giux-Nazar  quien habia destronado.

Digamos algo acerca de la historia de Abul-Walid.

Para que se comprenda bien esta historia, necesitamos remontarnos  los
tiempos del sultan Mohammet-ebn-Abdalah-ebn-Nazar hijo de Al-Hhamar el
Magnfico.

El rey Al-Hhamar el Magnfico, el primer rey independiente de Granada,
el fundador de la dinasta nazerita, habia muerto de un accidente
estrao, y segun algunos por tsigo,  las puestas del sol del viernes
29 de giumada postrera, del ao 671 de la Hegira[71]. Honrado por amigos
y enemigos este gran rey, fu consolado en su ltimo trance por el
infante don Felipe, hermano del rey Alfonso de Castilla que le
acompaaba.

Muri cerca de Granada, en su tienda, en ocasion en que iba en persona 
reprimir la rebelda de los wales de Mlaga, Guadix y Comares.

H aqu el epitafio que su hijo el sultan Mohammet II hizo esculpir
sobre su sepulcro, y que pudieron ver nuestros abuelos en el panteon de
la Alhambra:

Este es el sepulcro del sultan alto, fortaleza del Islam, decoro del
gnero humano, gloria del dia y de la noche, lluvia de generosidad,
roco de clemencia para los pueblos, polo de la _secta_, esplendor de la
ley, amparo de la _tradicion_, espada de _verdad_, mantenedor de las
criaturas, leon de la guerra, ruina de los enemigos, apoyo del estado,
defensor de las fronteras, vencedor las huestes, domador de los
tiranos, triunfador de los impos, prncipe de los fieles, sbio
adalid del pueblo escogido, defensa de la f, honra de los reyes
y sultanes, el vencedor por Dios, el ocupado en el camino de Dios.
Abu-Abdalah-ebn-Juzef-ebn-Nazar-el-Ansar: enslcele Dios al grado de
los altos y justificados y le coloque entre los profetas, justos,
mrtires y santos, y complzcase Dios en l y le sea misericordioso,
pues fu servido que naciese el ao 591 y que fuese su trnsito dia
giuma (viernes) despues de la azala de alazar  29 de la luna giumada
postrera, ao 671. Alabado sea aquel cuyo imperio no fina, cuyo reinado
no principi, cuyo tiempo no fallecer, que no hay mas Dios que l, el
Misericordioso y Clemente[72].

Sucedile su hijo Mohammet, mancebo animoso y valiente, y que  pesar de
la grandeza de su padre, encontr el reino ya un tanto dividido en
bandos y amenazado por las rebeldas de algunos wales, aunque por lo
dems prspero y floreciente.

Apenas proclamado rey se traslad  la crte de Alfonso X,  renovar la
alianza que su padre habia mantenido con Castilla, y tan simptico supo
hacerse al sabio rey cristiano, que quiso armarle y le arm por s mismo
caballero.

Pero Mohammet no habia hecho de buen grado esta alianza; contribuia  su
disgusto el que la reina doa Violante, esposa de Alfonso le
comprometi, abusando de su galantera,  que se aviniese con los wales
de Mlaga, Guadix y Comares.

Aprovechando Mohammet II la ausencia de los reyes de Castilla y Aragon
para asistir al concilio de Leon, alent el proyecto de recobrar la
Andaluca entera. Parecindole, sin embargo, demasiado rdua la empresa
para l solo, entr en tratos de alianza con el emir de Marruecos,
Abu-Juzef, jefe de la poderosa tribu de los Beri-Merines; acept Juzef,
y vino de Africa con una poderosa hueste de caballera  Algeciras donde
le esperaba el rey de Granada.

Acometida la empresa por la parte de Jaen, el adelantado de la frontera
don Nuo, muri en la jornada como valiente, pereciendo adems ocho mil
cristianos.

Abu-Juzef envi la cabeza del adelantado al rey de Granada, y al verla
este, que habia tratado mucho en vida  don Nuo, se cubri el rostro
con ambas manos esclamando.

--Guala, mi buen amigo, que no me lo mereciais!...

Por otra parte, don Sancho, hijo del rey de Aragon, arzobispo titular de
Granada, acometi  los moros con un formidable ejrcito, pero el rey
Mohammet le desvarat y le hizo  l mismo prisonero, siendo ocasion
esta presa de don Sancho para que se pusiesen  punto de volver sus
armas los moros los unos contra los otros, porque los africanos querian
enviar al cautivo al emir de Marruecos, y los andaluces al rey de
Granada; pero el arraez Ebn-Nazar, infante de la casa de Granada, que
presenciaba la contienda, arremeti hacia el cautivo don Sancho
esclamando:

--No quiera Dios que por un perro se pierdan tantos buenos caballeros
como aqu estn.

Y pasndole de una lanzada, de la que el infeliz cay muerto, le mand
le cortasen la mano derecha y la cabeza; envise la mano con su anillo
al rey de Granada, y la cabeza al emir de Marruecos.

Tremenda manera de obviar la cuestion!

Supo Alfonso de Castilla en Leon, esta brava acometida de los moros, y
abandonando por entonces el negocio de su coronacion como emperador de
Alemania, para lo que nicamente habia ido al concilio, volvi en
defensa de la ya poseida corona de Castilla, y firm con el emir de
Marruecos, y con el rey de Granada un armisticio de dos aos.

Mas adelante, puesto por Alfonso sitio  Algeciras, y destrozada su
armada en el mar y su ejrcito en tierra, levantse contra l, en su
propio reino, una tempestad terrible; coligronse contra l la reina su
esposa, los infantes sus hijos, sus magnates; y el infante don Sancho,
su primognito, se hizo el caudillo de esta conspiracion contra su
padre, y se apoder de su corona.

El infeliz Alfonso, vencido, fugitivo, abandonado de todos, pidi
sucesivamente ayuda  los reyes de Portugal, de Aragon y de Francia, que
se escusaron, como asimismo el papa, que se limit  decirle que se
resignase; desesperado entonces Alfonso recurri  la ayuda del emir de
Marruecos, su enemigo, que se encontraba fortificando  Algeciras, y que
al recibirle en medio de su ejrcito le puso  su derecha y le dej oir
estas memorables palabras.

--Te trato as porque eres desgraciado, y me uno  t para vengar la
causa comun de todos los reyes y de todos los padres.

La alianza del rey destronado con el emir de Marruecos impuso terror al
hijo rebelde, y al fin se humill, devolvi la corona  su padre, y
obtuvo su perdon.

Entretanto el rey de Granada, para consolidar y robustecer su reino,
aprovechaba las disidencias entre los reyes cristianos del resto de
Espaa. El rey de Aragon estaba en guerra con Francia por la posesion de
Sicilia, y Sancho IV, que habia heredado al fin el trono de Castilla por
muerte de Alfonso, se veia obligado  reprimir las sediciones de sus
vasallos.

Domin Mohammet los elementos rebeldes de su reino, se hizo respetar del
emir de Marruecos, que pretendia tener predominio en los asuntos de los
moros en Espaa. Recobr ciudades y villas  los cristianos, y al fin,
cubierto de gloria muri el domingo 8 de la luna de jaban del ao
701[73].

Dej tres hijos; Mohammet su primognito y compaero, el que le sucedi
en el trono.

Farax, que conspir contra la vida de su hermano.

Y Nazar, que rein tambien.

Fu proclamado Mohammet III, con el nombre de Abu-Abdalah Mohammet.

Era este rey hermoso sobre toda ponderacion; y tan dado al cuidado de
los negocios, que no habia wazires que pudiesen estar  su lado tanto
tiempo como l trabajaba.

Este trabajo asiduo le hizo perder la salud.

Otros contratiempos vinieron  agravar sus cuidados.

Apenas habia subido al trono, cuando un pariente suyo,
Abul-Hegiag-ebn-Nazar, se le revel en la ciudad de Guadix, donde era
wal, y se neg  venir  Granada  su solemne jura de rey: reprimi al
fin esta rebelda, y se concert con el rey de Aragon don Jaime.

Tom  Ceuta en Africa y otras villas y lugares en Espaa, y ya
respetado de unos y de otros, se dedic  hermosear  Granada y 
continuar la obra de la Alhambra.

Sacle de repente de esta pacfica existencia el rey don Jaime, que
rompiendo la tregua vino con un formidable ejrcito sobre la ciudad de
Almera y la siti.

El rey de Castilla cercaba en tanto  Algeciras.

Avnose con este ltimo, que levant el cerco mediante la cesion de
otras villas y castillos, pero el rey de Aragon, mas tenaz, se fortific
en su campo y continu el cerco sobre Almera.

Mientras el rey Mohammet se ocupaba del gobierno y de la defensa de su
reino, su hermano Nazar,  quien aguijoneaba su ambicion, se hizo un
fuerte partido en Granada, y pretendi abiertamente la corona.

Daba por pretesto para su pretension que el rey estaba enfermo de los
ojos, que necesitaba fiarse de los agenos, y que no podia confiarse
prudentemente el cuidado del reino  un rey ciego.

Concertse la conspiracion con tal reserva, que nada pudo traslucirse de
ella hasta el ltimo dia de Rhamazan, en que al amanecer los conjurados
cercaron el alczar con muchas gentes del pueblo bajo, que sin pretender
entrar y sin armas, se limitaban  gritar:

--Viva el rey Nazar! viva el rey Nazar!

Otro nmero inmenso del populacho acudi  la casa del wazir
Abu-Abdalah-el-Lachmi, que por su severidad estaba aborrecido de los
magnates que ayudaban en la conjuracion  Nazar, y echaron las puertas
abajo y penetraron dentro robando oro, plata, vestidos, armas, caballos,
destruyendo sus alhajas, sus libros y sus muebles.

Luego corrieron al alczar, y con pretesto de apoderarse del wazir, que
se habia refugiado en l, atropellaron la guardia, entraron furiosos sin
respetar al rey Mohammet que les sali al paso, y en su presencia
mataron al wazir y saquearon el mismo alczar de la Alhambra.

Mohammet se vi obligado  huir, pero le cercaron en una torre y le
intimaron  que abdicase en su hermano Nazar.

Vindose solo y desamparado Mohammet, abdic aquella noche solemnemente
la corona en su hermano Nazar, que no quiso verle y le envi al palacio
del Prncipe, fuera de Granada, y despues  la fortaleza de Almuecar.

Nazar fu jurado rey.

No tard mucho el rey Nazar en verse tratado de la misma manera que l
habia tratado  su hermano.

Un sobrino suyo, Abul-Said, hijo de una de sus hermanas y del wal de
Mlaga Ferag-ebn-Nazar, andaba procurndose parciales con harta
ambicion; mandle prender Nazar, pero el mancebo fu avisado y huy de
Granada; escribi el rey  su cuado Ferag para que corrigiese  su
hijo, pero el wal de Mlaga le contest severamente que si su hijo le
destronaba, no haria mas que imitar la conducta que l mismo habia
observado con su hermano el rey Mohammet.

Aconteci por este tiempo al rey Nazar un accidente de apoplega;
tuvironle por muerto: divulgse como cierta esta noticia, y los
parciales del destronado Mohammet III corrieron  la fortaleza de
Almuecar, le sacaron de ella y le llevaron  Granada.

Pero cul fu la sorpresa de estos cuando al entrar en Granada supieron
que el rey Nazar habia recobrado la salud, y que Granada ardia en
fiestas por su restablecimiento? El buen Mohammet pretest que su venida
habia sido  visitarle sabiendo el quebranto de su salud. Nazar afect
creerle, y le mand volver  Almuecar y que le acompaasen los que le
habian traido.

Por aquel tiempo entr Fernando IV de Castilla en tierras de Granada, y
puso sitio  Alcaudete. Gentes hubo que atribuyeron esta entrada del
castellano  sugestiones del destronado Mohammet, aunque el desgraciado
estaba completamente ageno  ella.

Pero cuando el rey de Castilla se ponia sobre Martos, emplazado por unos
hermanos llamados los Carvajales  quienes habia mandado dar
injustamente muerte, muri cabalmente en el mismo tiempo en que los
hermanos le habian citado ante el tribunal de Dios.

Por esa razon llamse desde entonces  Fernando IV de Castilla el
_Emplazado_.

Por aquel tiempo  principios de la luna de jawal del ao 713[74], muri
en Almuecar el desterrado Mohammet, y su hermano Nazar, mand
trasladarle al panteon de la Alhambra y poner sobre su sepulcro la
siguiente inscripcion:

Este es el sepulcro del sultan virtuoso, prncipe justo, sbio en el
temor de Dios, uno de los reyes virtuosos, sufrido en los trabajos,
laborioso en el camino de Dios, el apacible, el austero, el temeroso de
Dios, el humilde, el resignado en Dios en las desventuras y en las
prosperidades, morador de los dos paraisos con su meditacion y sus
alabanzas, el que encaminaba  las criaturas y mantenia la justicia,
camino patente de la confianza y de la bondad, mantenedor del pueblo en
su honra con victorias ganadas con propio valor, justicia del trono,
decoro y luz resplandeciente del estado, puerta de la ley y de la f,
constante loador de Dios en sus males y en sus desgracias, lucir en el
dia de la cuenta, exacto en la tradiccion y en las obras de la ley y en
las altas purificaciones: el dispuesto siempre contra infieles con paso
de firmeza y meritorio, observador de la justa medida, carta franca de
humanidad, amparador de los templos, defensor de la religion, el
escogido, el nclito, el heredero de los Nazares, heredero de sus
estados y de su justicia y laborioso celo en la defensa y gobierno de
los pueblos, y en acrecentar sus ventajas y utilidades, el clemente rey,
prncipe de los muzlimes, honor de los creyentes, domador irresistible
de los incrdulos, el vencedor por la gracia de Dios, Abu-Abdalah, hijo
del prncipe de los fieles el sultan escelso, prefecto de la direccion,
nube de roco, vida de la tradicion, apoyo de la secta, el laborioso
en el camino de Dios, amparador de la ley de Dios, Abu-Abdalah,
hijo del prncipe de los fieles, el vencedor por Dios
Abu-Abdalah-ebn-Juzef-ebn-Nazar, honre Dios su mansion y sea venturoso
por su bondad: naci, complzcase Dios de l, en dia mircoles tres de
jaban honrado del ao 655, y muri, santifique Dios su espritu, y
refrigere su sepulcro con las copas suaves de su benignidad, en dia
lunes tres de jawal del ao 713. Llvele Dios  las mas altas mansiones
de los justos, por la verdad de la ley, y bendiga  los que quedan de su
casa. Bendiga Dios  nuestro seor y  nuestro dueo Mohammet, y  los
suyos con bendicion cumplida.

Por el otro lado de la piedra se grav una inscripcion en verso en que
se rogaba  Dios le concediese el premio de sus virtudes; que
refrigerase con benignas auras su sepulcro; que le regase con apacible
roco y liberales nubes de clemencia; que le vistiese y adornase de las
preciosas vestiduras de su misericordia, y que le colocase en las
eternas y felices moradas del paraiso.

Parecia que ocupando ya Abul-Giux-Nazar legtimamente el trono por la
muerte de su hermano Mohammet III, debian desaparecer los partidos; pero
no fu as; la codicia del mando y de los altos empleos del gobierno,
traian enemistados y divididos  los principales caballeros de Granada,
y vueltos todos contra el wazir  primer ministro del rey
Mohammet-ebn--Al-al-Hagib, hombre astuto y cruel, causa de las grandes
alteraciones que hubo en su tiempo, y particularmente de la ruina del
rey Nazar.

Porque Al-Hagib, en su desmedida ambicion, tenia alejados del palacio 
los principales seores de Granada, para que ninguno se procurase la
gracia del rey, y desterraba  los unos  injuriaba  los otros, hasta
el punto de que fueron ya tantos los ofendidos que formaron bando para
destruirle, y destruir, si era necesario, al rey Nazar que le protegia.

Volvieron otra vez  alentar las pretensiones del jven hijo del wal de
Mlaga, cuado del rey y le ofrecieron la corona.

Abul-Walid acept; se puso en inteligencias con los conjurados, y el
wal su padre envi  Granada ciertas gentes que levantaron un motin,
pidiendo la cabeza del wazir Al-Hagib.

Pero el rey le amaba; sali, habl  los amotinados y pudo por el
momento conjurar el peligro. Castigse imprudentemente  algunos, y esto
fu origen de una sedicion mas respetable. Muchos caballeros de Granada
huyeron  Mlaga, incitaron al wal  que se rebelase contra Nazar, y al
fin lograron que su hijo, Abul-Walid, partiese contra Granada,
acaudillando una hueste numerosa.

Al saberse esto, Granada se dividi en bandos; robbanse y matbanse los
unos  los otros, y saciaban mtuamente sus dios y sus venganzas. Una
noche entera dur este conflicto, y al amanecer los que llevaban la peor
parte, abrieron las puertas del Albaicin  Abul-Walid, que se apoder de
la alcazaba vieja.

Abul-Giux-Nazar se fortaleci en la Alhambra, donde le cercaron los
soldados de Abul-Walid.

Vindose perdido Nazar, envi cartas al rey don Pedro de Castilla que se
encontraba en Crdoba, pidindole socorro; pero por pronto que el rey
castellano entr en tierras de Granada, tuvo tiempo el wal de Mlaga
para estrechar  Nazar y obligarle  rendirse, con la condicion de que
su sobrino Abul-Walid-Abu-Said, ya rey, le concediese la ciudad de
Guadix y su comarca, y seguridad y perdon para los que habian seguido su
bando.

Concedilo todo en la alegra del triunfo el nuevo rey; parti Nazar
para Guadix, y el rey don Pedro de Castilla, sabiendo estas nuevas, y
que ya su ayuda era intil  Nazar, se volvi; pero no sin talar y
saquear cuanto encontr  su vuelta, apoderndose de la fortaleza de
Huete.

Nazar vivi tranquilamente en Guadix algunos aos sin dar oidos  los
consejos de los que le incitaban  que procurase recobrar su corona, y
muri tranquilo, resignado con su suerte.

Trajeron su cadver al panteon de la Alhambra, y el rey mand se le
dedicase esta inscripcion:

Este es el sepulcro del sultan alto, poderoso, ilustre, de muy gran
casa, descendiente de los reyes muy nobles, y de la mas preciada
prosapia de los escelentes Al-Ansares, el mas alto de linaje, esplendor
real y defensa invencible de los suyos. El cuarto de los reyes de
Beni-Nazar, defensores de la ley y de la direccion, escogidos celadores
laboriosos en el camino de Dios, el rey clemente con los hombres,
liberal entre los liberales, en su bondad noble, generoso, bien
intencionado, santo, misericordioso, Abul-Giux-Nazar, hijo del sultan
alto, amparador, ilustre defensor, rey justo, nclito, humano, defensor
de la ley del Islam, aniquilador de los idlatras, el favorecido, el
vencedor, el piadoso, el santo prncipe de los fieles Abu-Abdalah, hijo
del sultan noble, rey, honor de los hombres, caudillo de los fieles,
rey de los que temen  Dios, y de los bien intencionados, depsito fiel
de la tradicion y palabras del Islam, amparo de la religion y de la f,
el vencedor por Dios, el victorioso por la gracia de Dios, el santo, el
misericordioso prncipe de los muzlimes, Abu-Abdalah-ebn-Nazar; slvele
Dios, y cbrale con su misericordia y su clemencia, colquele en morada
de santidad, escrbale entre aquellos con quienes se complace. Fu su
nacimiento dia lunes 24 de la luna de ramazn el grande, ao de 686[75].
Fu jurado en dia viernes 2 de jawal ao de 708[76], y muri, sepultado
la noche del mircoles 6 de la luna de dilcada, ao 722[77]. Alabado sea
el rey de la verdad, el claro heredero de la tierra y de lo que hay
sobre ella, que l es el mejor de los herederos.

Y por el otro lado se leia la siguiente inscripcion en verso:

Oh sepulcro del generoso! sobre tu polvo caigan nubes celestes de
amparo, de misericordia y de paz; en tu estrado se oiga siempre la
bendicion  un rey noble, generoso de los mas generosos; delicia del
gnero humano, bondad de corazon sobre todas las criaturas; caridad,
manantial perenne de gloria, seas feliz con Nazar, el cuarto de los
reyes de Beni-Nazar, defensores del Islam. Desde la salida del lucero de
la religion, desde el alba de la ley, fu su trono de ellos, el mejor
amparo de las criaturas. Oh seor de la bondad y de la humanidad! tu
casa fu mina de juicio, de prudencia, de virtud y de beneficencia, y
hallaron en t lo que deseaban cuantos tuvieron la suerte de conocerte y
acercarse  t, la nobleza y escelencia del orbe; el resplandor de la
bondad en su cara, como la luz del dia que quita las sombras. Nunca
estuvo la luna en mas perfecto y hermoso plenilunio: los altos mritos
de Abul-Giux dan de s olor vivo como el mosco precioso se descubre aun
en sellado bote. Cbrale Dios con su misericordia, con lo cual se sirva
ponerle en la eterna morada de las delicias.

Abul-Walid-Abu-Said no pudo destruir los bandos  beneficio de cuya
lucha habia subido al trono: habianse acostumbrado los magnates de
Granada  disponer del poder real y  no concederlo sino  aquel que mas
favorecia su ambicion: pero como eran muchos y los altos empleos del
reino no bastaban para contentar  todos, se dividian, se hacian la
guerra, andaban en perptuas intrigas y conspiraciones, y el rey para
entretenerlos se veia obligado, ya que no podia darles otra cosa, 
llevarlos contnuamente contra las fronteras cristianas, de las cuales
se volvian generalmente cargados con una rica presa.

Pero esto tenia sus inconvenientes: no siempre los de Granada
alcanzaban la victoria: habanselas con los fronteros cristianos, que
de padres  hijos estaban avezados  la guerra: entre estos desastres
fu uno la batalla de Hins-Ailai, por otro nombre de Fortuna, donde los
fronteros de Martos hicieron un horrible destrozo en los moros de
Granada, y poco despues los castellanos tomaron con horrible estrago la
fortaleza de Tiscar, obligando  rendirse con mil y quinientos hombres
al valiente alcaide Muhamad-Hamdum.

Con tales reveses, con los partidos cada dia mas enconados dentro de su
reino, Abul-Walid empez  recelar de su fortuna y  sentir
remordimientos.

Parecile que lo que le acontecia no era otra cosa que un castigo de
Dios por la traicion que habia obrado con el otro rey Abul-Giux Nazar,
que le estaba reservada igual suerte, y que solo venciendo  los
enemigos de Dios podria alcanzar el perdon de sus pecados.

Por eso el rey estaba triste: por eso de una manera tan sombra, en
medio de la pompa de su magestad, salia por la Puerta del Juicio de su
alczar de la Alhambra contra los cristianos.




III.


Tenia adems el rey Abul-Walid otra razon para estar triste y apenado.

Esta razon era un sueo.

Un sueo tenaz de amores.

Durante siete noches consecutivas, y despues de un letargo profundo,
habia visto brillar un punto rojo en medio de las tinieblas de su
letargo, ensancharse aquel punto, estenderse como un velo de sangre, y
luego aquel velo ir cambiando de color hasta volverse de color de rosa,
y trocarse al fin en un espacio difano circundado de una luz blanca,
radiante y dulce.

En medio de aquel espacio habia visto cada una de las siete noches
aparecer una figura muy pequeita, y apenas perceptible, acercarse,
crecer, mostrar al fin las formas de una doncella jven y hermosa que se
acercaba con la tnica flotante como una nube impelida por el viento, al
divan donde reposaba el rey.

A medida que la doncella se acercaba, el rey sentia ir creciendo un
delicado y fresco perfume que parecia emanado de ella, y luego veia
claramente sus ojos negros amorosamente fijos en los suyos y sus
flotantes cabellos que semejaban ebras de oro, y su frente blanca como
el marfil, y cndida y pura como la mirada de la jven tortolilla que
aun no ha amado: veia sus hombros y su garganta desnudos, nacarados,
palpitantes, sus manos y sus brazos cruzados en una actitud de pudor
sobre su seno, y sus pequeos pies que cubria y descubria
caprichosamente la flotante halda de la tnica.

Luego el semblante de la doncella, con los ojos nublados de amor y la
fresca y fragante boca entreabierta en un leve suspiro, se acercaba al
semblante del rey; pero cuando el rey iba  besarla, la virgen
desaparecia y solo quedaba ante el rey, brillando entre las mas densas
tinieblas, una cruz de sangre y fuego.




IV.


A la primera noche que el rey vi esta vision, despert encendido de
amor y transido de terror.

Tvolo al fin por delirio de su pensamiento, y volvi  reclinarse en
los almohadones de su divan.

Pero no logr dormirse.

Veia fijos en l los ojos de la doncella soada; aquellos ojos que le
brindaban amor, y su boca, aquella boca que le prometia delicias.

Al alba se levant, y ansioso de olvidar aquel sueo que le atormentaba,
sali de caza: pero en el monte y en el valle, en la selva y en el
altozano, en las mrgenes del rio y en el arenoso fondo de los
barrancos, en el fondo melanclico de las espesuras, y en el oscuro
antro de las grutas, all, en todas partes vea  la hermosa doncella
flotando delante de l; y cuando irritado por la vision tendia hcia
ella su arco en el furor de su delirio, la vision de amores desaparecia
y quedaba en su lugar una cruz de sangre y fuego.

Durante siete noches el rey vi en sueos  la doncella misteriosa cada
vez mas pura, cada vez mas enamorada, cada vez mas resplandeciente.

Durante siete dias que sali  caza pretendiendo borrar la impresion de
su sueo en medio de la luz y del aire de los campos y de las montaas,
vi en la luz  la doncella enamorada, en la sombra la cruz de fuego, y
el aire le trajo el perfume suavsimo, que como emanacion de la doncella
misteriosa, respiraba en sus sueos.




V.


Vivia en la torre de las Siete bvedas, en una habitacion alta que le
habia concedido el rey, un astrlogo viejsimo; y tanto, que nadie se
atrevia  calcular los aos de su vida.

Era calvo; tenia el semblante arrugado como un pergamino viejo, sobre el
cual ha secado el sol la lluvia: sus ojos pequeos y redondos apenas se
veian cubiertos por las largas cerdas de sus cejas, que de una manera
estraa caian delante de ellos como un velo; su nariz larga y afilada
sobresalia duramente de unas megillas salientes, cubiertas de una piel
rida y de color verdoso; su barba era largusima, cana, de color
impuro, y su tnica caia hasta cubrir sus pies en una larga plegadura,
como podia haber caido sobre un armazon de caa.

Aquel viejo no habia venido de ninguna parte,   lo menos no se sabia
de dnde habia venido.

Una noche los guardas de la torre de las Siete bvedas vieron en los
ajimeces de la parte mas alta de la torre un resplandor sanguneo, y
vieron  la luz de la luna salir un humo espeso y luminoso por las
ventanas de la cpula.

El alcaide de la torre avis de ello al alcaide de palacio, el alcaide
de palacio al wazir del rey, el wazir  Abul-Walid.

El rey mand  su wazir Masud-Almoharav que fuese  ver lo que era
aquello, y fu el wazir; y cuando lleg  la parte alta de la torre
encontr al viejsimo astrlogo, que meditaba sobre un cuadrante tendido
en una estera.

Maravillse el wazir de ver aquel espectculo, y de la misma manera se
maravill el alcaide de la torre.

Aquel viejo imponia espanto.

Adems las alfombras, los pebeteros, los divanes, las labores de aquella
rica habitacion donde el rey solia pasar algunos momentos, habian
desaparecido: quedaban en su lugar unas paredes negras y lustrosas,
cubiertas de pinturas de estraos animales y de caracteres desconocidos,
rojos los unos; blancos, verdes  azules los otros: en tablas  lo largo
de los muros se veian redomas, crneos y hosamentas de hombres y
animales, arrugadas pieles de serpiente, y enormes libros amarillos
apilados en los ngulos y arrojados por el suelo.

A un lado habia un hornillo, y sobre los carbones apagados se vea una
enorme ampolla de vidrio, que contenia un licor negro y viscoso.

--Qu hombre es ese? pregunt el wazir que era muy soberbio al alcaide
desdendose de dirigir la palabra al viejo: cmo ha entrado aqu? por
qu has permitido que haga tal trasformacion en este aposento que era
una alegra?

--Sabes t cmo ha venido tu alma  tu cuerpo  cmo se separar de
ella? dijo el viejo con voz ronca sin levantar los ojos de su cuadrante,
y mientras el alcaide guardaba un silencio de asombro.

--Es decir, dijo Masud-Almoharav, que t has venido  ser el alma de
la torre?

--T lo has dicho! esclam el viejo.

--Pero cmo le habeis dejado entrar t y los tuyos? dijo con irritacion
el wazir al alcaide.

--Nosotros, escelente seor, no hemos visto  este hombre ni yo ni mis
soldados. Como has visto, las escaleras y las puertas que hasta aqu
conducen estaban cerradas: las llaves las tiene el rey, y t has traido
esas llaves: ese hombre solo ha podido entrar aqu por el aire, y aun
as invisible; porque ni yo ni los mios le hemos visto entrar.

--Quin eres? dijo con desabrimiento el wazir al viejo.

--Quiero contestarte, dijo el viejo levantndose y dirigindose al
wazir, aunque tu soberbia merecia que no te diese contestacion: yo soy
Abu-Jacub-Al-Hakem-Bilah[78].

--De dnde has venido?

--De la eternidad! contest huecamente el sabio.

Irritse el wazir porque no era hombre  quien se dominaba con
facilidad, y acostumbrado  la adulacion de los mas grandes seores, le
sentaba muy mal la audaz manera de aquel viejo decrpito.

--Ser que quieras que yo te envie  la eternidad hacindote morir
azotado por los frenos de los caballos de la torre?

--De la eternidad vengo y  la eternidad voy; dijo el viejo sin dar
muestras del mas leve temor: y no sers t ciertamente el que  la
eternidad me envie. He venido aqu, porque esta es la nica parte del
mundo que me quedaba que visitar, y deseaba ver este alczar maravilloso
y esta ciudad de delicias: me he aposentado donde me ha convenido, y me
he hecho huesped del rey de Granada, sin meterme  averiguar si le
placeria  no: como estoy acostumbrado  vivir  mi gusto y me
desagradaban los adornos afeminados y las inscripciones de amor que se
veian en esta cmara, la he preparado para mi uso como mejor me ha
convenido. Adems, como me gusta conocer las personas en cuya casa vivo,
me ocupaba en levantar el horscopo del rey de Granada, y en averiguar
cunto tiempo estar levantado este alczar sobre la tierra. Por lo
dems, todo lo que pretendas contra m es intil; qudate  vete, como
mejor te plazca, y si quieres puedes decir al rey que si viene 
visitarme le recibir, y que si no quiere venir ir  buscarle. Te he
dicho cuanto te tenia que decir.

Y el viejo se reclin de nuevo en la estera, y volvi  consultar su
cuadrante.

--Qu haces? dijo con irritacion el wazir; as crees que puedes
burlarme?

--Estoy leyendo una parte oscura de tu pasado; dijo el viejo sin
levantar los ojos del cuadrante. Por ejemplo, estoy leyendo el nombre de
Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tu predecesor en el empleo de wazir del rey.

Psose plido Masud-Almoharav, y mandando al alcaide que se retirase,
se qued solo con Al-Hakem-Bilah.

--S, continu este: veo el nombre del pasado wazir, sobre una tumba,
acompaado de pomposos elogios; la enemistad no pasa del sepulcro, y la
hora de la muerte de un hombre es tambien la hora en que le elogie su
enemigo. Veo dentro de esa tumba un cadver corroido por un tsigo
voraz; averiguando de donde ha salido ese tsigo, veo un cerbatillo
humeante, sobre una fuente de plata; esta fuente est puesta sobre una
mesa, en que hay pan candeal y frutas y confituras, y licores malditos
por Dios y prohibidos  sus creyentes. A ambos lados de la mesa veo dos
hombres; el uno es el muerto del sepulcro, pero vivo y lleno de salud y
robustez; es Abul-Fath-Nazir-el-Ferih: el otro es un hombre plido,
soberbio, que se domina mal, que encubre mal el dio que siente hcia el
que est sentado frente  l: ese hombre eres t, t mismo; pero diez
aos mas jven. La habitacion donde estos dos hombres estn, forma parte
de un hermoso crmen situado en las angosturas del Darro; por ltimo, un
hermoso sol de primavera hace pasar sus rayos por los cristales de
colores de las ventanas de la cpula, bajo la cual estais sentados,
teniendo en medio una mesa, t y el anterior wazir.

La altivez de Masud-Almoharav se habia desplomado, y plido y convulso
escuchaba, sin ser poderoso  pronunciar una sola palabra, al sbio
Jacub.

--Es mucho, es mucho lo que veo, aadi el viejo sin mover los ojos del
cuadrante; en un bellsimo retrete del mismo crmen hay reclinada en un
divan, y sencillamente vestida, una nia de quince aos.

Y qu hermosa es!

Pero tambien cun terrible!

El espritu del mal ha llenado su corazon, y en su boca, que todava no
han marchitado los aos, es ya fingida la sonrisa.

El hombre que habla con el wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, t, es un
envenenador que se finge amigo de su vctima: la nia que all en su
retiro revuelve pensamientos ambiciosos, es una envenenadora, una
parricida, un arcngel condenado, que ha servido tranquila  su padre el
plato funesto y se ha retirado despues.

El temblor de Masud-Almoharav crecia; su palidez se habia hecho lvida.

--De los dos amigos, el uno comi del manjar envenenado; el otro se
disculp con haber satisfecho con los otros manjares anteriores su
apetito y no comi.

Al dia siguiente apareci muerto en su lecho el wazir
Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, y sus asesinos, afectando gran sentimiento, se
presentaron vestidos de luto al rey Abul-Walid.

T llevabas  Ketirah,  la parricida, asida de la mano; t fuiste quien
levantaste de su frente de vrgen maldita el velo tras el cual debia ver
el rey Abul-Walid la condenacion de su alma; porque el rey se enamor de
Ketirah.

Pero Ketirah era ambiciosa, y exigi el puesto de la sultana.

T  quien el rey habia hecho su wazir, t que eras el tercero en los
amores del rey con la hija del difunto wazir, hiciste que aquel
obstculo desapareciese: la sultana Aleidah, muri por haber aspirado
demasiado la fuerte fragancia de un ramillete de flores.

Ketirah fu sultana; pero no s que seales vieron los parientes de la
sultana Aleidah en su semblante, que sospecharon y sospecharon de t...
porque t eras quien habias presentado al rey la hermosa Ketirah, la
tentadora hija del wazir difunto, y Ketirah por muerte de Aleidah habia
llegado  ser sultana.

Los bandos de Granada se han aumentado con un bando mas: con los
parciales de Mohammet-ebn-Ismail, hijo del wal de Algeciras, primo del
rey Abul-Walid, y primo tambien de la difunta sultana Aleidah.

Para desdicha tuya, y digo desdicha, porque tus enemigos son temibles,
el jven Mohammet es ambicioso; hace mucho tiempo que tiene puestos los
ojos en la corona de Granada, y amaba adems de una manera desesperada 
la difunta sultana Aleidah; t eres un obstculo  su ambicion, y sabe 
cree que t eres el asesino de Aleidah.

De modo que es muy posible que en vez de morir yo al rigor de los azotes
con que querias castigar en mi un pretendido delito, caigas t bajo el
pual de los que ven en t al causador de dos infames y cobardes
asesinatos.

Es mucho! es mucho lo que he visto al consultar tu horscopo!

--Y me matar el hijo del wal de Algeciras? dijo con acento trmulo el
wazir.

--No; morirs como has matado.

--Ah! y cundo?

--Tendrs tiempo para poner en el trono al hijo primognito de tu seor.

--Pues qu, va  morir el buen rey Abul-Walid?

--Acaso pretendes que el rey sea eterno?

--Pero es jven.

--La muerte no cuenta los aos.

--Y cmo morir el rey?

--Mas te importa saber cmo morirs t.

--Y yo?..

--Ya lo sabrs.

--Nada mas me dirs?

--Nada.

--Qu quieres que diga al poderoso Abul-Walid?

--Dile que en su alczar est quien es mas poderoso que l.

--Quieres esclavos que te sirvan, muchachas de ojos negros que te
deleiten, perfumes que te embriaguen, manjares que te regalen?

--A lo que vengo vengo, y Dios no me ha enviado  encenagarme en
torpezas; crees t que si yo desera la muger mas hermosa de la tierra,
no la tendria con solo pronunciar una palabra? Y qu son para m las
mugeres de la tierra, ni los arcngeles del cielo, ni las hures del
paraiso?

--Con que nada puedo darte?

--Has visto que alguna vez d el esclavo al seor, el pobre al rico, el
dbil al fuerte? yo soy un guila, t eres un vencejo. Vete.

El wazir sali sin saber lo que le acontecia y transido de terror.

Dominse sin embargo, durante su trnsito hasta palacio, y encontrando
en l al rey en la magnfica sala de las dos Hermanas, le habl
pomposamente del sbio Abu-Jacub, le encareci las maravillas de la
transformacion que habia notado en la torre, y tanto que cuando el rey
qued solo dijo profundamente pensativo:

--Dicen los hombres de Dios, y yo lo tengo por cosa cierta, que Satans
anda siempre alrededor de los palacios de los reyes, y que algunas veces
se aposenta en ellos y se hace visible.

Ser ese astrlogo Satans?

Y si es, qu quiere?

No soy un rey temeroso de Dios?

       *       *       *       *       *




VI.


Abul-Walid fu  visitar aquella noche al viejo astrlogo que de una
manera tan estraa, y sin pedirle licencia, se habia aposentado en la
mejor cmara de la torre de la puerta de su castillo real, y que tan 
su gusto habia transformado el interior de aquella cmara.

Abu-Jacub-Al-Hakem habia prometido en una y otra entrevista al rey
levantarle figura y descifrarle su horscopo: pero con el pretesto de
que las conjunciones planetarias no eran propicias, alegando otras veces
escusas plausibles, el rey no habia logrado saber ni una sola palabra
acerca de su destino por boca de Abu-Jacub.

Pero cuando se vi afligido por la ardiente vision, que tentadora y
misteriosa se habia repetido para l siete noches consecutivas, el rey,
no pudiendo resistir mas, se traslad una noche  la torre de las Siete
bvedas, y se entr resueltamente en la vivienda de Abu-Jacub.

--S  lo que vienes, dijo este.

--Pues bien, puesto que te he honrado en mi crte, que todos te
reverencian y que te llamas mi astrlogo, descframe mi sueo.

--Ese sueo es una tentacion, rey Abul-Walid; una tentacion que pone 
prueba tu nobleza y tu caridad.

--No te comprendo.

--Vas  comprenderme.

Y el sabio abri uno de los ajimeces.

--Ven ac, dijo al rey.

El rey fu al ajimez.

--Mira hcia el poniente.

--Nada veo, es la noche muy oscura.

Abu-Jacub toc los ojos del rey.

--Vuelve  mirar, dijo.

--Veo las fronteras de mi reino y la villa fronteriza de Martos.

--Mira aun.

--Veo una casa de solar cristiana: sobre su puerta, en un blason, hay
una cruz roja.

--No has visto una cruz roja en tu sueo?

--S.

--Y no crees que esa cruz roja que se v sobre el blason de la casa del
corregidor Sancho de Arias tiene relacion con tu sueo?

--S; pero qu quiere decir esa cruz?

--Esa cruz quiere decir que una cristiana causar tu muerte, poderoso
rey Abul-Walid.

--Es acaso esa cristiana la doncella que yo he visto en sueos?

--S.

--Quiero verla.

--Vas  verla en una ocasion solemne: mira.

El rey mir.

--Veo un ancho dormitorio: en aquel dormitorio un enorme lecho; en aquel
lecho un caballero anciano, con la cabeza cubierta por un vendaje
sangriento, y espirante.

A un lado del lecho hay un faqui cristiano leyendo en una Biblia; al
otro lado una muger sencillamente vestida, vuelta de espaldas, que
parece orar y tener asidas las manos del herido.

--No veo  la muger de mi sueo; dijo el rey.

--Si por cierto: es esa que est vuelta de espaldas; como se encuentra
replegada sobre el lecho no puedes admirar su gentileza; pero tiempo
tendrs de verla.

--Y qu significa lo que all sucede?

--Significa que el buen corregidor Sancho de Arias muere  consecuencia
de heridas.

--Heridas!

--S, heridas recibidas hace tres dias en las fronteras de tu reino.

--No tengo noticia de ningun encuentro con los cristianos.

--Tu alcaide de Loja, que intent una algara sobre la frontera, ha sido
vencido, y como prudente no te ha dado noticia de su desastre: ha dejado
sobre la frontera cristiana la flor de sus caballeros muertos  manos de
los vecinos de Martos,  quienes acaudillaba su corregidor; pero el
desdichado no goz el triunfo; recibi algunos hachazos en la cabeza de
manos del tremendo Al-Athar, tu alcaide en Loja, y hlo ah espirante.
Escucha lo que se habla en esa habitacion.

--Nada oigo; dijo el rey: la vega y las montaas estn envueltas en el
mas profundo silencio.

Toc Abu-Jacub los oidos del rey y repiti:

--Escucha.

--Oigo al faqui cristiano rezar en rumy[79]; oigo el sobrealiento y la
fatiga del herido que est dominado por un letargo.

--Escucha aun.

--La muger llora.

--Y el herido despierta y parece que cobra aliento, como si le ayudra
la mano de Dios.

El rey sigui escuchando.

H aqu lo que el rey oy:

--Padre, dijo el herido: s que voy  morir, y que necesito de vuestro
auxilio y de vuestra presencia: pero veo  mi lado  mi hija; siento su
mano sobre mis manos, y recuerdo que antes de morir necesito confiarla
un importante secreto, que solo sabe Dios... y yo; y que solo ella debe
saber. Dejadnos solos, padre mio, que cuando haya concluido con este
ltimo deber que me prescribe mi conciencia, volver  ampararme de vos.

El fraile sali.

Quedaron solos el anciano que moria, y la jven que de verle morir
lloraba.




VII.


--Levntate y sintate al lado de mi lecho, Mara, dijo Sancho de Arias.

Al levantarse Mara, al sentarse, dej ver al rey Abul-Walid su
semblante.

--Es ella! es ella! la hermossima y casta vrgen de mis sueos de
amores: esclam el rey.

--Escucha, dijo secamente Abu-Jacub-Al-Hakem.

--Tienes quince aos, Mara, dijo el moribundo.

--Pluguiera  Dios que no hubiera nacido, seor, si habia de veros en
tan miserable estado.

--Muero como debe morir un cristiano y un caballero; dijo Sancho de
Arias: defendiendo  mi Dios,  mi patria y  mi rey. Adems que ya mis
aos son muchos, y confio en que Dios en su misericordia me reciba en su
seno: como hombre he cumplido con arreglo  la ley de Dios; como
ministro del rey, la vara de la justicia no se ha quebrado ni torcido en
mis manos; respecto  mis semejantes, t eres una prueba de que he
tenido caridad hasta para con mis enemigos.

--Yo, seor!...

--S; ha llegado el solemne momento en que lo sepas. No eres mi hija.

--Pus de quien soy yo hija, seor! esclam Mara.

--Eres hija de moro, de un infiel del reino de Granada.

--Ah! seor!

--La verdad es dura, pero es necesario que la sepas. Hace diez aos era
yo alcaide por el rey del castillo de Alcaudete. Tenia una buena esposa
y dos hijas tan hermosas como t, tan puras como t, como t tan buenas.
Llamme por entonces el adelantado de Jaen, y obedeciendo como debia,
acud  su llamamiento.

Apenas habia llegado  las puertas de Jaen, cuando la campana del
castillo fronterizo de la Guardia empez  tocar apresuradamente 
rebato.

Poco despues, y cuando acababa de entrar en casa del adelantado, lleg
un corredor cubierto de sudor, de polvo y de sangre, y mi corazon al
verle se hel. Era un vecino de Alcaudete: los moros habian pasado la
frontera en nmero formidable, habian embestido la villa y el castillo,
y los habian entrado  sangre y fuego; los vecinos, sorprendidos, apenas
habian tenido tiempo de huir, y los que quedaron dentro fueron
degollados.

A aquella noticia, los vecinos de Jaen, los de la Guardia, los de los
lugares cercanos, corrieron  las armas, juntse un escuadron de
infantera con cuatro banderas y doscientos rocines, y todos marchamos
desalados en socorro de Alcaudete.

Pero llegamos tarde: los fugitivos que se nos unian nos daban noticias
aterradoras: los moros habian saqueado la villa, la habian puesto fuego,
habian degollado  los hombres y  las mugeres viejas, y se habian
llevado cautivas  las mugeres jvenes y  las nias.

Cuando yo entr en el castillo, lo primero que encontr fu el cadver
de mi esposa: mas all mis dos hijas abrazadas y muertas al pi del muro
debajo de una ventana: segun las seales, las desgraciadas se habian
arrojado por aquella ventana, prefiriendo la muerte de los mrtires  la
deshonra y al alejamiento de la ley de Jesucristo entre los infieles.

El anciano pronunciaba estas palabras con voz lenta y lgubre, pero de
una manera terrible, sin derramar una sola lgrima.

El rey Abul-Walid, desde la torre de las Siete bvedas, avanzado al
ajimez, plido, anhelante, con los ojos inmviles, presenciaba aquella
escena que pasaba tan lejos de l, de la misma manera que si hubiera
estado en el aposento donde el corregidor de Martos moribundo hacia
aquella revelacion  la misteriosa virgen de sus sueos, y lo oia y lo
veia todo por virtud de la ciencia de Abu-Jacub-Al-Hakem.

--Yo jur, continu el anciano, sobre la sangre de las prendas de mi
alma, vengarlas de los infieles; y desde entonces, acomet en continuas
correras las fronteras del reino de Granada; asalt aldeas, las puse 
sangre y fuego, y no me hartaba, no me hartaba de sangre, porque toda
me parecia poca para vengar la de mi esposa y la de mis hijas.

Una noche... una noche lbrega y terrible, pas la frontera y me acerqu
por atajos y trochas  la villa de Yllora.

En su castillo habia fiesta: un prncipe moro habia ido  aquel pueblo 
gozar de la pureza de sus aguas y de sus aires y  recobrar la salud
quebrantada: le divertian con una zambra.

Los moros descuidados, sin recelar que hubiese peligro en una fortaleza
en que se encerraban centenares de hombres llevados por el prncipe
infiel en su guarda, no velaron como debian en las murallas: mis buenos
fronteros arrimaron en silencio sus escalas  los muros, y treparon y
saltaron dentro del castillo y yo delante de ellos.

Un momento despues los cantos moriscos se habian convertido en gritos de
combate y ayes de agona. Sorprendidos los moros creyendo tener sobre s
todo el ejrcito de Castilla, huyeron despavoridos; y yo y mis gentes
nos cebamos en su alcance. Fu una buena carnicera de infieles, que
llen de luto  Granada, y la presa magnfica; porque el prncipe moro
habia llevado consigo grandes riquezas en muebles, en tapices, en joyas
y en dinero. Pero el principal tesoro que encontr, fuiste t, Mara.

--Yo! esclam la jven.

--S; cuando ya cansados de matar y de amontonar riquezas nos
retirbamos, al pasar por delante de una cmara, o el triste llanto de
un nio abandonado.

Entr. En una magnfica cuna, cubierta de amuletos segun el uso moro, v
una nia que al acercarme yo me tendi sus bracitos.

Y qu dao ha hecho  nadie esta infeliz criatura? me dije. No permita
Dios que yo tia mis manos en sangre inocente, ni que robe un alma al
cielo.

Y te tom en mis brazos y te llev sobre el caparazon de mi caballo 
Alcaudete; y te mande bautizar, y te llamaste Mara en ofrenda  la
santa Vrgen, y te adopt por hija, y pensando yo en que algun dia
serias muger, y amarias...

--Ah, seor!

--S; que amarias... y has amado; amas.

--Es verdad.

--Amas  un buen hidalgo,  un valiente:  un mozo temeroso de Dios, 
Gonzalo Nuez.

--Es verdad, dijo Mara ruborizndose.

Al escuchar Abul-Walid que Mara amaba, los celos, y unos celos crueles,
vengativos, llenaron su alma.

--Ama! esclam roncamente: ama la hermosa vrgen de mis sueos!

--Pero t matars su amor; dijo con un acento singular el sombro
Abu-Jacub.

--Escuchemos, escuchemos, dijo el rey.

Sancho de Arias y Mara habian guardado por un breve espacio silencio:
l como quien cansado reposa para tomar nuevas fuerzas; ella dominada
por lo solemne de la revelacion del anciano moribundo.

--Amas, y yo apruebo tu amor: Gonzalo Nuez es digno de t, y t eres
digna de l. Yo he conocido vuestro amor, aunque me lo has ocultado.

--Ah, seor! l es muy pobre, y esperaba  que el rey le diese un
oficio para poder casarse conmigo.

--Si l es pobre, t eres rica, Mara.

--Rica yo!

--S; ya te he dicho que cuando te adopt pens en que un dia serias
muger, en que amarias, en que te casarias, y quise que tuvieses una
buena dote: pensando en esto, guard para t un tesoro que encontr en
la habitacion donde habias quedado abandonada.

--Un tesoro!

--S; y un tesoro de inestimable valor. Busca debajo de mi almohada.
Encontrars una bolsa.

--Hla aqu: dijo Mara sacando de debajo de la almohada una bolsa de
seda  manera de saco, cerrada por dos cordones.

--Abre la bolsa y toma una llave que encontrars en ella.

Mara sac de la bolsa una pequea llave.

--Abre ahora aquel armario, dijo el anciano sealndola uno que habia al
fondo de la alcoba.

La jven se levant, fu al armario y le abri.

--Est vaco: dijo.

--No importa, tira hcia t de la primera tabla; scala.

Mara desencaj la tabla.

--Mira bien al fondo del armario, dijo Sancho de Arias. Qu ves?

La jven mir con cuidado.

--Veo un cajon muy encajado y muy disimulado, y en el centro de l un
agujero.

--Mete la misma llave del armario y tira.

Mara tir.

--Saca lo que encuentres dentro.

Mara meti la mano en el cajon, y encontr otra bolsa de seda pero mas
grande que la que habia encontrado bajo la almohada y pesadsima con
relacion  su volmen.

Aquella bolsa estaba tambien cerrada con un cordon y en un papel cosido
 ella estaban escritas estas palabras. Dote de Mara.

Adems la bolsa estaba recamada con arabescos de oro y plata.

--Abre la bolsa, dijo el moribundo, y mira lo que contiene.

Abri la bolsa Mara, meti la mano, encontr un objeto, y le sac.

Era un largo y pesado collar de gruesas perlas, con broche de diamantes
y rubes, y en el centro pendiente de la perla mas gruesa, una cruz de
oro, cubierta de diamantes.

--Oh, Dios mio! dijo la jven, y habeis pasado estrecheces, seor,
teniendo esta rica joya?

--Era parte de tu dote, pero aun queda mas.

La jven meti la mano y sac dos magnficos brazaletes, cincelados,
esmaltados, cuajados de pedrera, que estaban unidos el uno al otro por
una cinta de seda.

Mara mir sin codicia aquellas dos admirables joyas, como sin ella
habia mirado el collar y las puso junto  este  los pies del lecho del
moribundo.

Volvi  meter la mano y sac dos arracadas tan ricas y tan maravillosas
como el collar y los brazaletes; sucesivamente sac veinticinco sortijas
de grande precio atadas en una cinta, dos ajorcas y un ceidor de oro,
perlas, diamantes y rubes.

El aderezo completo por ltimo de una mora riqusima, de una sultana.

Todas aquellas joyas puestas sobre el lecho de Sancho de Arias
brillaban, relucian, arrojaban destellos flgidos al recibir la mvil
luz de la lmpara que alumbraba el dormitorio.

--Como ya te he dicho, continu el moribundo, esas joyas las encontr en
la misma habitacion en que t estabas, en una arca en que habia ropas de
muger, que no tom por embarazosas. Su valor me maravill; pero lo que
me maravill mas, fu el ver en la casa de un infiel la hermosa cruz del
collar. Qu muger podia haber llevado aquella alhaja? Sbelo Dios; pudo
ser t madre.

--Mi madre!

--Dios lo sabe.

--Pero no sabeis quienes fueron mis padres?

--Por la habitacion en que te encontr, por la cuna en que estabas, por
los amuletos que te cubrian  la usanza mora, juzgu que debias ser hija
de aquel prncipe moro, que habia escapado al verse sorprendido por mis
fronteros... Pero despues nada supe. Y qu te importa? vale mas que
pases como hija de un hidalgo honrado y cristiano, que no que sepan que
eres hija de un infiel, por mas que este infiel fuese prncipe, rico y
poderoso. Este secreto debe quedarse entre nosotros. Conmigo le guardar
la tumba. Gurdale t si no es que quieres, cediendo  la soberbia
humana, aparecer como hija de uno de los grandes de la tierra, por mas
que ese grande, como infiel, est desheredado del cielo.

--Ah! no, no; yo no tengo vanidad, padre mio: y esas joyas...

--Servirn para asegurar el pan  tus hijos si te casas con Gonzalo
Nuez.

--Gonzalo Nuez! sabe Dios lo que habr sido de l. Hace un ao, padre,
que se despidi de m: he recibido una sola carta suya all desde la
frontera de Murcia, donde estaba sirviendo el rey de Aragon, y... no he
vuelto  tener noticias suyas. Acaso ha muerto buscando fortuna para ser
mi esposo.

--Muerto! quin sabe? y en fin, si ha muerto, ha muerto como bueno,
como muero yo.

--Oh, Dios mio! si eso fuera cierto!..

--Si fuera cierto, seria asunto de sentirlo, pero no de desesperarse.
Eres jven, hermosa y rica, y no te faltara un nuevo amor.

--Pero yo no puedo, yo no debo amar  otro mas que  l.

--Que no debes!... acaso, Mara, has sido dbil? acaso has olvidado
lo que no debe olvidar jams una doncella honrada?

--Ah! no, no, padre mio! repuso la jven ponindose densamente
encendida. Vuestra hija no ha olvidado jams lo que debe  vuestra
honra, ni l jams ha pretendido de m nada deshonroso.

Al escuchar estas palabras el rey Abul-Walid respir recio como aquel
que se v libre de una carga, y aprovechando un momento en que guardaron
silencio el moribundo y la jven, dijo  Abu-Jacub sin apartar la vista
de aquel remoto dormitorio de Martos.

--Amor de nios; amor que pasa con la ausencia; que no sobrevive al
amante muerto. Y es posible que su amante haya muerto.

--No, no ha muerto, dijo con acento seco y duro Abu-Jacub: aparta por un
momento la vista de Mara y de Sancho de Arias y fjala en el camino de
Castilla,  la frontera, cerca de Martos.

--Est la noche muy oscura y no veo, dijo el rey.

--Mira: dijo el mago tocando de nuevo los ojos de Abul-Walid.

Entonces el rey,  pesar de la oscuridad, vi un largo y estrecho camino
y galopando por l, cerca de Martos, dos ginetes armados de todas armas,
caladas las viseras, las lanzas en las cujas, y llevando cada uno de
ellos sobre la grupa de su caballo una maleta.

--Vienen acaso esos cristianos, dijo el rey, de la frontera de Murcia 
avisar  Mara de que su amante vive?

--Mas que eso: el que cabalga delante con arns tranzado y espuela de
caballero, es el mismo Gonzalo Nuez; el que cabalga detrs, su
escudero; lo que llevan en esas dos maletas, oro puro. El amante de
Mara vuelve armado caballero por el rey don Jaime II de Aragon,
honrado por sus hazaas y rico por las presas que ha hecho  los moros
de Murcia. Sguelos, y vers cmo sin vacilar entran en la villa, cmo
antes de ir  su propia casa Gonzalo Nuez llega  la casa del
corregidor Sancho de Arias y llama  grandes aldabadas; Mara le abre,
un escudero le dice que su amo est espirando, y el jven  pesar de lo
embarazoso y pesado de la armadura, sube  saltos las escaleras, cruza y
atraviesa la sala; ya entra en el dormitorio y se queda helado de
espanto al ver la situacion en que se encuentra el que cree padre de su
amada.

Escucha ahora y mira.

--Qu es esto, seor? dijo Gonzalo Nuez levantndose la visera: cmo
os encuentro as?... pero Dios no querr?...

--Dios lo quiere, y llegais muy  tiempo, Gonzalo: Dios os trae; la vida
se me acaba y mi hija va  quedar huerfana.

--No lo ser mientras yo viva, seor.

--S, vos sereis su esposo.

--Cmo, seor! sabeis?

--Lo s todo; s que por su amor habeis ido  buscar fortuna  cambio de
vuestra vida.

--Y la he encontrado, seor, vuelvo rico, y alentando la esperanza que
vos habeis realizado de que Mara fuese mi esposa.

--S; hijos mios, s, y escuchad: casaos inmediatamente.

--Cmo! dijo Mara mientras Gonzalo guardaba un silencio de
asentimiento egoista; caliente aun vuestro cadver?...

--Lleva por m tu luto en el corazon, no en los vestidos, Mara; no
esperes huerfana y doncella por cumplir con el juicio de las gentes el
que pase un ao despues de mi muerte. nete  l, y para que tengas una
obligacion de hacerlo... acercaos, hijos mios, acercaos.

Los jvenes se acercaron y el anciano asi sus manos y las uni.

Entonces los dos jvenes cayeron de rodillas.

--Vuestro padre moribundo os une, dijo Sancho de Arias con voz conmovida
y cada vez mas dbil: que os bendiga Dios, hijos mios, y que apenas
muerto yo... pero  qu esperar mi muerte?.. no hay en la casa un
sacerdote?...

Pero como si Dios no hubiera querido que Sancho de Arias llevase  la
tumba este consuelo, fatigado en demasia por la conversacion que habia
sostenido, le atac una tos violenta, se le abrieron las heridas, y
arroj un vmito de sangre: tras el vmito vino la muerte.

--A qu quieres presenciar los llantos y la desolacion de esa casa?
dijo el mago borrando la vision de los ojos del rey que solo vieron el
fondo oscuro de la noche.

--Pero se casar la vrgen de mis sueos con ese cristiano? dijo plido
y convulso Abul-Walid.

--No, si t quieres, dijo el mago: pero para evitarlo ser necesario que
levantes tu estandarte, que reunas tus gentes de guerra y que caigas
como una tempestad sobre la villa fronteriza de Martos.

--Caer, caer, grit Abul-Walid, y la doncella de la frente plida no
ser de otro que ser mia.

Y arrojando su bolsa al mago, sali de su morada y se precipit
rpidamente por las escaleras de la torre.

--V, v, Abul-Walid-Abu-Said, dijo soltando una carcajada horrible el
mago: eres mio: vas  buscar tu condenacion en esa muger.

       *       *       *       *       *

Incitado, pues, por el amor de Mara, y con el pretesto de hacer una
algara en las fronteras cristianas, sali el rey Abul-Walid por la
Puerta del Juicio de la Alhambra, desplegado su estandarte de guerra y
rodeado de sus caballeros.




VIII.


Qu hermosa est una virgen cuando se atavia para sus bodas!

Qu bello sobre su frente de azucena, el encendido color del clavel,
que enciende un enamorado y misterioso pensamiento!

Oh! y cun hermosa estaba Mara!

Han pasado tres dias desde la muerte de Sancho de Arias, y el dolor que
esta muerte la ha causado, d  sus ojos,  sus megillas,  su boca, una
dulce languidez que la hace mas hermosa.

La impaciencia de Gonzalo ha triunfado, ayudada por el ltimo deseo de
su padre, y acaso tal vez por una impaciencia de que ella no quiere
darse cuenta.

Se est engalanando: se est poniendo sobre sus galas las magnficas
joyas que habia guardado para ella Sancho de Arias.

Los espera el altar: despues caer sumisa y enamorada entre los brazos
de su esposo, y al dia siguiente guardar aquellas joyas y aquellas
galas para vestirse un luto justo.

Pero la vrgen no debe ir al altar enlutada: seria un casamiento
demasiado lgubre, al que pareceria asistir como un testigo invisible la
muerte.

Una anciana, que la ha servido de nodriza, la engalana llorando.

Porque la esperiencia fria dice  la anciana que cuando una muger se
casa, entra en una nueva via  cuyo fin puede encontrar el mayor de los
infortunios.

El infortunio del corazon.

Nadie mas asiste al atavo de la hermosa.

Sus cabellos destrenzados, sus hombros y su seno desnudos, no la obligan
 avergonzarse, porque quien la v es casi su madre: ha visto nacer
aquellos encantos; nada hay en Mara que la sea ageno: la cree su
hechura, y la jven no cree que la ven los ojos de otro, porque los ojos
de la anciana son como si fueran sus ojos.

Y sin embargo, hay una espresion de orgullo en los ojos de la nodriza,
y,

--Qu hermosa eres? esclama: dichoso el hombre para quien Dios te ha
criado? Oh! qu feliz ser?

Y la jven se sonrie y se ruboriza.

Y entre tanto el hombre que v  ser feliz, espera impaciente en otra
habitacion, rodeado de sus deudos y de sus amigos,  que la desposada
acabe de ataviarse, y cuenta el tiempo por los latidos de su corazon, y
en cada ruido que llega hasta l, cree percibir el ruido de los pasos de
su amada.

Hace un hermoso dia: Dios le bendiga.

El sol ha amanecido mas puro que nunca.

Parece que el sol ama tambien y toma parte en las bodas.

La campana de la iglesia llama  la oracion.

Los pjaros cantan en el huerto.

Las brisas de la maana agitan con blando ruido las enredaderas del
balcon.

Oh! qu dia tan hermoso?

Y las jvenes que van  la iglesia  oir la primera misa, dicen con
acento de enamorada codicia  su vecina:

--Hoy se casa Mara, la hija del difunto corregidor.

--Con quin se casa? dice una vieja.

--Con el hijo de Nuo Nuez, con Gonzalo.

--Oh! bendgalos Dios! dice la vieja: tal para cual!

Y la noticia cunde por la villa, y hay quien deja el trabajo por ver
casarse  la doncella mas hermosa de la frontera, con el galan que en
toda la frontera se conoce por mas gentil y mas bravo.

Y hay quien aade:

--El difunto corregidor no ha querido que le entierren hasta que est
casada su hija con Gonzalo Nuez.

Y otro dice:

--Y ha querido que su hija vaya hecha un ascua de oro, con ciertas
alhajas que l all en otro tiempo tom  los moros. Ya vereis, ya
vereis como Mara viene hecha una imgen.

La iglesia se va llenando de gente: y los monaguillos suben  la torre,
para repicar cuando asomen los novios all por lo ltimo de la calle
Real, y el sacristan saca el terno mas lujoso para el seor beneficiado,
y luego cubre de blandones el altar mayor, y manda avisar al organista.

Porque el seor Gonzalo Nuez ha vuelto rico de la guerra, y quiere
casarse como un rey, con msica y luces, y la iglesia colgada de damasco
rojo con espejuelos.

Y cada vez van acudiendo mas muchachas engalanadas, y la iglesia se
llena y todos esperan.

Y el rey Abul-Walid-Abu-Said, desgarra entre tanto los hijares de su
corcel, y blande la lanza de dos hierros, y mira ansioso el camino
adelante, y tras l van sus moros de Granada, sus moros, que cubren el
camino como una larga serpiente herizada de lanzas, y que corren,
corren, vuelan como el semoum, detrs de su rey que cabalga el
delantero, y de su estandarte real, que ondea junto al pendoncillo de la
lanza del rey.

--Y corre, corre que el sol sube! grita Abul-Walid  su caballo; corre
que tocan  fiesta las campanas de Martos, y ese toque me espanta!
corre, Lucero mio, y te regalar un pretal de oro, y te coronar de
garzotas de diamantes! corre, Lucero mio, corre, que me roba el
cristiano la vrgen de la frente plida!

Y cada moro dice  su caballo:

--Corre, corre, que el rey vuela! corre, que all estn la doncellas
cristianas y la rica presa, y los cautivos que se truecan por oro!
corre, corcel mio, corre, que el rey vuela, y all en la cercana villa,
estn el amor y la fortuna!

Y pasan como un torbellino y zumban como el huracan, y los labriegos al
verlos acercarse huyen despavoridos hcia los muros gritando:

--Los moros! al arma la tierra! los moros de Granada vienen en busca
de nuestras mugeres y de nuestra plata!

Y all van los campesinos que huyen, y el rey moro que vuela, y la gente
que le sigue.

Y las campanas de la villa siguen repicando.

Y el sol inundando la tierra con su primer esplendor de la maana.

Y los pjaros cantando en las arboledas.

Y entre tanto por la calle Real de la villa, hcia la plaza, v Mara,
hermosa y resplandeciente, modesta y plida, los ojos en el suelo,
agitado el seno, pensando  un tiempo en su amor y en su padre muerto, y
en aquel otro padre moro  quien no conoce, y en las alhajas que la
adornan cree sentir el espritu de su madre.

Y el amor, y el dolor, y la duda, y la ansiedad, hacen correr de tiempo
en tiempo dos lgrimas tranquilas por sus megillas.

Y la rodean dueas y doncellas, y se asoman  las ventanas para mirarla,
y los que la miran y los que pasan por la calle, se paran; la bendicen.

Y las mugeres miran con envidia al novio, y  Mara y  sus alhajas.

Y los hombres fijan una mirada de deseo en la novia y otra de envidia en
el novio que v tras de Mara, con los ojos fijos en ella, al lado de su
padre, rodeado de sus hermanos y seguido de sus amigos y parientes.

Ya llegan  la iglesia, atraviesan con trabajo por entre la gente, se
acercan al presbiterio y se arrodillan en los almohadones.

Y empieza la misa.

Todos callan: todos estn de rodillas.

Solo se oye lento y grave el canto del sacerdote y el rgano que le
acompaa.

Pero de repente otro ruido horrible se sobrepone  la voz del
beneficiado y  la del rgano.

Un trueno seco, poderoso, concentrado, que retumba en el espacio, y
luego otro y otro.

Todos se levantan sobrecogidos, todos se revuelven, todos se confunden,
todos quieren huir  un tiempo.

Porque aquel trueno, seco, rpido, poderoso, es la voz de las mquinas
de esterminio[80].

Los hombres corren  las armas; las mugeres van estremecidas de espanto
en busca de sus hijos para huir con ellos, y las jvenes siguen  sus
madres estremecidas como el cerbatillo que siente la trompa del cazador
y el ladrido de los perros.

La fiesta se ha trocado en combate.

Los fronteros de Martos,  medio armar, sorprendidos, pelean en las
calles, desde las casas, desde las torres, con los moros que avanzan,
que van llegando hasta el corazon de la villa como un torrente que nada
puede contener.

Zumba roncamente la jara y crujen secas y desapacibles las cuerdas de
las ballestas.

Oyse el chasquido de la honda y la piedra lanzada por un brazo
vigoroso, hiende los aires produciendo un ronco mugido, y va  abollar
las jacarillas templadas con las aguas del Genil.

Algunos vecinos pretenden atajar el paso  los moros, pero Abul-Walid
rompe por ellos y los arremolina y los holla, arrojndolos muertos 
ambos lados de su paso; como el javal se abre una senda por medio de la
maleza que rompe con sus colmillos.

--Y pisa, pisa  esos perros! grit Abul-Walid  su caballo: avanza,
Lucero mio, avanza; bate en sangre hasta las cinchas, que yo te
regalar un pretal de oro, y coronar tu cabeza con garzotas de
diamantes! Avanza, Lucero mio, avanza! holla  esos perros! la vrgen
de mis sueos dirige mi lanza, que por sus negros ojos, esparce entre
los cristianos las sombras de la muerte!

Y el valiente Lucero embravecido por el combate, avanza gallardo y
feroz, y salta sobre los cadveres y lleva  su real ginete all donde
los fronteros estn mas apiados.

Y los venablos, y las piedras, y las jaras rebotan sobre la armadura
dorada del rey como sobre una roca, y Abul-Walid, con la lanza baja y la
mirada sangrienta  impaciente avanza siempre, hiriendo cuanto encuentra
y gritando sin cesar  su caballo:

--Psalos, Lucero mio, psalos: y yo te honrar poniendo sobre tu
espalda la hermosa vrgen de las crenchas de oro!

Y como ha sido el delantero en el camino el rey, es el delantero en el
combate.

Y como por el camino le han seguido sus moros, le siguen por las calles
de la villa.

Sus moros, los feroces africanos de su guardia que llevan los alquiceles
rojos para que no los manche la sangre.

Pero quin es aquel otro ginete que por la otra parte de la villa
avanza llevando tras s una taifa de caballeros abencerrajes entre los
cuales ondea un estandarte verde?

Monta en una yegua blanca como la aurora; cie lucientes armas, y sobre
su casco ondean plumas azules y encarnadas.

Y hermoso, y jven, y valiente, y fiero.

Brilla en sus ojos algo de rgio que impone respeto, y algo de sombro
que espanta.

Su semblante es dorado como el sol, y su rizada y negra barba, remeda
sortijas de bano.

Es Mohammet-ebn-Ismail, infante de Granada, primo del rey, hijo del wal
de Algeciras.

Bien se conoce en su semblante y en sus proezas la autoridad de su
persona, y en la bravura con que hiende por los cristianos lo guerrero
de su raza.

Es muy jven, y sin embargo ya ha ceido muchas veces la sangrienta
corona de la victoria, y acompaa en esta ocasion al rey de Granada,
porque un caballero que tanto vale no puede quedarse en la ciudad
adormido al son regalado de las zambras, mientras su rey oye el alarido
de la pelea.

Pero Mohammet solo busca nuevos triunfos, mientras el rey amores:
Mohammet grita mientras el rey invoca  la vrgen de sus sueos.--Solo
Dios es vencedor!

Y Dios fortalece su brazo, y le convierte en un rayo que destruye cuanto
toca.

Ay de los fronteros de Martos!

Sus hombres y sus mancebos han caido bajo los pies de los caballos de
los moros vencedores.

Los viejos huyen y se esconden, y en la fuga los encuentra la implacable
espada, y en el lugar donde se han escondido es el fuego no menos
implacable.

Solo quedan en Martos nios y mugeres.

Mugeres y nios que los moros sacan cautivos  vuelta de la presa.

Las telas, las ropas, el oro, la plata, los ornamentos y los vasos
sagrados, van  amontonarse revueltos sobre charcos de sangre.

Y los esclavos van cargando en las bestias que encuentran en la villa el
botin que de la villa arrebatan los moros y lo llevan al campo para
hacer el reparto.

Nadie hay que resista ya.

Y sin embargo, una gran casa, se defiende aun del infante
Mohamet-ebn-Ismail y de sus gentes que la cercan.

Cada ventana, cada tronera, cada rendija de aquella casa d salida  la
muerte.

Los abencerrajes la embisten una y otra vez y son rechazados.

El infante Ebn-Ismail ruge como un tigre irritado, y avanza hacha en
mano hcia la puerta.

Otro jven, de la familia mas esclarecida de los abencerrajes,
Aben-Osmin, se adelanta armado de otra hacha junto  l.

Gime, cruge la puerta; resiste algunos instantes y al fin cede.

Una nube de venablos sale del zaguan, y el infante Ebn-Ismail, oye  su
derecha un grito de muerte.

El bravo Aben-Osmin ha caido  su lado atravesado el pecho por una vira.

Y al verle caer, el infante grit  los suyos:

--Pensaba hacerles gracia de la vida por valientes, pero mi caudillo
Osmin ha muerto; que no quede uno, ni hombre, ni muger, ni nio.

Y se lanza hambriento de venganza en la casa.

Pero qu le detiene de repente?

Ha entrado en una gran sala.

Aquella sala est colgada de negro.

En medio de ocho blandones hay un cadver.

El cadver de un cristiano armado, cubierto por una bandera mora, y 
cuya noble y cana cabeza sirve de pabellon otra bandera.

Pero no es esto lo que detiene al infante; sus esclavos que han entrado
 la par con l, que han escuchado su grito de esterminio, se apoderan
de una hermossima doncella, cubierta de galas y de joyas, cuya
hermosura aumenta el terror que lucha dbilmente con los esclavos, y
sobre la cual se levantan los corvos alfanges.

Y un grito de horror del infante detiene  los esclavos y el infante
llega y mira  la doncella.

Y apenas ha tenido tiempo de mirarla, cuando salvo de las armas de los
fronteros, se siente herido en el corazon por los ojos de aquella nia.

Y tiembla, y palidece, y tartamudea, y dice al fin  la hermosa
asindola dulcemente una mano.

--No tiembles gacela de oro, flor de la humbra, lucero de la tarde, sol
de la hermosura.

No tiembles porque no has nacido para morir sino para matar.

No para ser cautiva sino seora.

Yo entr aqu libre y bravo, y hme cobarde y cautivo.

Yo vivia y muero.

Yo vea y he cegado.

No tiembles gacela de oro, roco del alba, luz de los cielos.

Quien t has muerto te d vida.

Quien te ha cautivado te hace seora.

Aunque el moro sabe el habla castellana, trasportado por su amor la
habla en rabe.

Que cuando amamos, cuando queremos comunicar todo nuestro amor al alma
que nos lo inspira, no encontramos otro lenguaje mas elocuente que el
dulce lenguaje de la patria.

La doncella solo comprende que el jven prncipe la enamora, porque el
acento del amor se hace entender  todas las gentes, se ruboriza,
palidece, baja los ojos y prorrumpe en llanto.

Entonces el infante mas repuesto habla en castellano.

--Por qu lloras? la dice, acaso has perdido  tu madre?

--Mi padre ha muerto! dice Mara, sealando el cadver de Sancho de
Arias, mi padre ha muerto!

--Yo honrar su cadver, y le seguirn arrastrando los pendoncillos de
sus lanzas por el polvo en seal de luto mis caballeros abencerrajes.

--Mi esposo ha debido morir tambien! El uno ayer, el otro hoy oh! que
os maldiga Dios!

--Tu esposo! amabas  un hombre!

--Y le amo, esclam llorando Mara.

El infante se pone plido y luego dominndose dice apartando  un lado 
Mara.

--Ests segura que tu esposo ha muerto?

--S, porque me tienes en tu poder y no le veo, contesta Mara.

--Estaba contigo aqu en esta casa?

--S.

--Escucha, amor de los cielos; oyme y no me mires como  un enemigo. No
s por qu te amo, te amo como si fueras alma de mi alma, y no tengo
celos de ese hombre  quien amas. Escchame, sultana de las hures; por
enjugar tu llanto, daria yo mi nombre y mis riquezas, y mis victorias y
mis frondosos crmenes del Darro, y mi castillo de Al-Padul; y mi
libertad y mi vida. Escchame: buscaremos  tu esposo, le buscaremos, y
si vive yo le proteger  todo mi poder, y si est herido yo har que mi
sbio mdico le cure, y si ha muerto... oh! que har yo para secar tu
llanto, luz de mis ojos, hermana mia!

--Oh! es verdad lo que decs, seor? esclama Mara no acertando 
comprender en un moro  quien mira con dio tanta generosidad.

--Que si es verdad! mentira sea la luz del sol y el azul de los cielos
y quede mi alma en tinieblas si te engao. Y  qu habia yo de
engaarte, lucero de mi vida? No te tengo en mi poder? quin podria
defenderte de m, si yo mismo no te defendiese?

--Oh! seor! Dios os bendiga! dice Mara arrojndose  sus pies.

--Escucha: la contesta alzndola el infante; eres muy hermosa, y si el
rey te v podr codiciarte. Ay entonces del rey! ay entonces de m!
las joyas que te engalanan traerian sobre t todas las miradas, dame
esas joyas sultana; yo te las guardar, y te las dar dobladas; si son
de tu madre yo te dar la mitad de las joyas de la mia. Pero pronto, que
se oyen los atabales; dame esas joyas, envulvete en tu velo y sgueme.

Mara se quita una tras otra las joyas y las entrega al infante Mohammet
que las guarda en su escarcela, luego se cubre con su velo y el infante
la ase de la mano y dice  sus esclavos:

--Quedaos aqu y guardad ese honrado cadver que duerme el sueo de los
valientes bajo los trofeos de la victoria. Que nadie se atreva 
insultarle. Sgueme sultana, es necesario ponerte cuanto antes en salvo,
entre mis ginetes. Yo te rodear de lanzas como de un muro, y mi
caballo de batalla se convertir en cordero del amor.

--Y mi esposo! dice acreciendo en llanto Mara.

--Oh! es verdad! decias que estaba en esta casa?

--S.

--Que la defendia?

--S.

--Oh! quiera Dios!.. y el infante se detiene temeroso de que las
palabras lastimen el corazon de Mara.

Y la lleva consigo, y recorren todos los aposentos mirando los cadveres
que vuelven los esclavos.

Y--Ese era su padre! ese era su hermano! ese era su amigo! esclama 
cada uno que v, anegada en lgrimas Mara.

Pero de repente, en el zaguan la infeliz  la vista de un caballero
ensangrentado  inerte, d un grito horrible.

--El es! esclama.

Y cae desvanecida entre los brazos del infante.

--Ese! ese mancebo era su esposo! esclama con compasion y con ira al
mismo tiempo Ebn-Ismail. El! el matador de mi amigo, de mi hermano
Aben-Osmin! El!  quien en venganza de la sangre de mi hermano de
guerra, abr yo las puertas de la muerte con mi hacha!

Y es verdad: Gonzalo Nuez tiene la cabeza herida de un hachazo.

--Oh! el matador de Aben-Osmin! esclama el infante. S, le conozco
bien  pesar de la sangre que le cubre el rostro. El fu el primero 
quien encontramos cuando se abri la puerta. Y si no ha muerto, he de
salvar yo  este hombre? Y bien: esta infeliz le ama: seamos generosos y
caritativos en nombre de Dios Altsimo y misericordioso, y que l tenga
compasion de nuestra alma, aade arrojando una mirada de amor
desesperado  Mara.

--Que venga al punto mi sabio mdico Ayub, aade: buscadle: l me sigue
siempre en el combate.

Y--Aqu estoy, noble seor, responde un anciano de luenga barba blanca,
vestido sencillamente con una tnica parda, y ceida la cabeza con una
toca blanca.

--Hay un soplo siquiera de vida en ese caballero? le dice el infante.

--S, si seor; dice el sabio despues de haber observado profundamente a
Gonzalo. Vive; pero solo Dios que sabe lo oculto, sabe si sobrevivir 
la herida.

--La ciencia es hija de Dios! Ayub: alienta esa vida! alintala como
si fuera la de mi hermano, y si le salvas te llamar mi padre! Partamos
de aqu antes que el tumulto crezca: partamos  mi castillo de Al-Padul
antes que sobrevenga el rey. Ocultmosla  sus ojos. Salvmosla para su
amor.

Y dejando momentneamente  Mara en brazos de un wazir de sus
abencerrages, cabalga sobre su caballo, que le tienen de la rienda dos
esclavos, y luego toma sobre el arzon  Mara, y parte rodeado de sus
caballeros.

Pero al salir de la villa los esclavos de la guardia del rey le
detienen.

--Soy el infante de Granada Sidy-ebn-Ismail, esclam con altivez. Paso
esclavos.

Y los esclavos, inclinados y respetuosos, pero con firmeza, le
contestan:

--El rey manda que ninguna muger salga de los reales.

       *       *       *       *       *

Y Abal-Walid, brio de amor y de desesperacion, porque no la encuentra,
busca entre tanto por todas partes de la villa  Mara; levanta los
velos de todas las mugeres, y las entrega irritado  su soldadesca:
entra y sale en las casas hasta en las que estn arruinadas; hace
revolver las runas y nada halla; pasan las horas y crece la
desesperacion y la clera del rey, y al fin llega la tarde sin haber
encontrado  Mara.

Y cuando el sol estaba prximo  ponerse, cuando ya desesperado iba
levantar el campo, un esclavo le dice:

--T buscas, seor,  una hermosa cautiva.

Y el rey le responde:

--S: la conoces t?

--H visto una hermossima cristiana, entre las gentes del infante
Ebn-Ismail.

--Tiene los cabellos rubios?

--Como el oro.

--Y la frente blanca?

--Como el alba.

--Y los ojos negros?

--Como la noche.

--Y dices que esa doncella est en poder del infante Ebn-Ismail?

--Entre sus taifas de abencerrages la he visto, magnfico sultan.

El rey arroja su garzota de diamantes al esclavo, y mira ansioso al
lugar del campo donde ondea el estandarte rojo de los Beni-Serag[81].

Y entonces v, que saliendo de las enfiladas tiendas, un caballero
ismaelita adelanta llevando de la mano  una cristiana  un cercano
bosque, y el rey, apartndose bruscamente de los suyos, aprieta los
acicates  su valiente Lucero, se dirige por otro lado al bosque,
descabalga, y sin cuidarse de atar su caballo, que le sigue como un
perro, se pierde solo en la espesura.




IX.


Y entre tanto el infante Ebn-Ismail y Mara se dirigen al bosque.

Ella v enteramente cubierta con el velo, y bajo l corren las lgrimas
y se oyen sollozos ahogados.

--No llores, hermana mia, dice Ebn-Ismail: tu llanto me despedaza el
corazon: no s por qu te amo como amaba  mi madre: no llores, el
hombre  quien amas acaso no ha muerto, acaso yo pueda volvrtele; y tu
padre, sus nobles restos, sern respetados y honrados.

Mara contina sollozando.

--Escucha, la dice el infante: muy pronto ese bosque nos habr ocultado
del rey que podria cegar ante tu hermosura: ay del rey si pretendiera
hacerte su esclava! pero no temas; t y yo y algunos de los mios
esperaremos aqu ocultos, y cuando el rey haya partido yo te pondr en
salvo.

Y Mara contina callando.

--Mira, repite el infante; yo tengo en una aldea cerca de Granada, en la
Azubia, un hermoso y retirado palacio: all hay hermosos jardines,
frescas fuentes, apartamentos misteriosos que te ocultarn  las miradas
de todos, y ni el sol te ver, si no quieres que el sol te vea. Por qu
lloras, pues, hermana mia? pretendo yo ser tu tirano?

--Mi padre! mi esposo! esclama la infeliz Mara, acreciendo en sus
lgrimas.

--Tu padre est en el lugar que el Altsimo concede  los honrados y 
los valientes: tu esposo... sabes t si algun dia le encontrars?

--Oh! pluguiera  Dios, para que se secran mis lgrimas! dice Mara.

De repente el infante se detiene y pone mano  su espada.

Un hombre ha aparecido de improviso en una revuelta de la espesura, y
adelanta como un tigre hambriento hcia el infante y hcia Mara.

--Por qu te detienes? dice esta al infante.

--El rey! murmura el infante con voz estremecida por la clera.

--El rey! repite Mara, y sin saber por qu se estremece y tiembla.




X.


--Gurdete Allah, mi valiente primo! dice el rey acercndose. A dnde
llevas  esa cristiana?

--Es mi esclava, dice Ebn-Ismail: el apoderarme de ella me ha costado
mucha sangre de mis escuadrones, y la prdida de mi amigo Aben-Osmin,
que se cuenta entre los mrtires de la victoria. Acaso pretendes,
seor, que yo no tenga potestad sobre esta esclava?

Mara calla y tiembla.

--Mio es el quinto de las presas! esclam con voz temblorosa el rey:
mia la potestad de elegir entre la presa lo que mejor quiera! Yo soy
el seor y t eres el esclavo! Te atrevers  oponerte  mi voluntad?

--Tu siervo soy y lo confieso, dice Ebn-Ismail contenindose  duras
penas, porque por el lado por donde habia venido el rey empezaban 
asomar esclavos de su guardia africana: tu siervo soy; pero no merecen
m valor y la sangre que por Dios y por t he vertido en una y otra
batalla, que me concedas esta esclava?

El rey entonces adelanta hcia Mara y la levanta de sobre el rostro el
velo; y al verla tan hermosa, con el semblante cubierto de rubor,
inclinado  la tierra, y temblando de espanto, la reconoce; su corazon
se abrasa en un fuego impuro, y grita fuera de s:

--Esta es mia!

--Tuya! esclama el infante en el colmo de su furor.

Pero los esclavos africanos llegan; el infante est solo; medita que una
resistencia intil solo servir para privar  Mara de un defensor
generoso, y contesta:

--Tuyo es, seor, cuanto es de tu siervo: llvate  la cristiana, y si
en ello crees que hay un sacrificio por mi parte, sirva para aumentar en
uno los sacrificios que por t he hecho.

Y sin decir mas palabra se vuelve desesperado, se aleja dejando en poder
del rey  Mara, llega  sus abencerrages, y,

--A caballo! les grita;  caballo y  Granada!

Y el valiente escuadron de los abencerrages, plega las tiendas, cabalga
y parte en silencio y  la carrera tras de su caudillo, que lleva un
infierno en el alma.

[imagen no disponible: Esta es mia!.]




XI.


Han pasado tres dias.

Es la noche del tercero.

En el real Generalife hay una alegre zambra.

Las damas cubiertas de pedrera, y de galas y de brocados, mas hermosa
la mas fea que el rub mas precioso, bailan con gentiles mancebos, que
tres dias antes estaban cubiertos de sangre desde el acicate hasta el
creston del capacete.

Las dulzainas, y las leilas, y las bandolinas, y las guzlas llenan la
noche de armonas.

Dentro de las cmaras se estiende el blanco y aromtico humo de los
pebeteros que agitan las brisas nocturnas, que penetran por los ajimeces
y por las galeras, y llevan consigo la fragancia que han robado  las
flores de los jardines.

Algunos enamorados discurren fuera de las cmaras, entre las sombrosas
enramadas, diciendo su amor  la hermosa de su alma, entre el misterio
del silencio y de la noche.

La luna brilla tranquila en los estanques, y todo es paz, todo es
melancola, todo es amor.

Solo hay dos caballeros en el Generalife que no participan de la alegra
de los otros; que vagan tristes, y solos, y silenciosos.

Son el rey Abul-Walid, y el infante Ebn-Ismail.

El infante sigue al rey como una sombra, y el rey est tan abismado en
sus pensamientos, que no v al infante que le sigue.

El rey piensa en Mara, y el infante siguindole, piensa tambien en
ella.

Mara es para el rey un arcngel de fuego.

Su recuerdo le quema el alma.

La memoria de su desden le desespera.

La Alhambra, tan hermosa, tan alegre, tan resplandeciente, se ha tornado
en una tumba para el rey.

Porque Mara es su vida, y Mara le desprecia.

Porque el rey la adora, y Mara cuando le dice su amor calla, fria y
muda como una esttua.

Y el rey ha puesto  sus pies su corona, y la ha ofrecido la mitad de su
tlamo y el nombre de sultana.

Pero Mara tiene all su corazon en el humeante Martos: y entre sus
ruinas ensangrentadas, v contnuamente el cadver de su padre, y el de
su amado Gonzalo.

Y Mara llora inconsolable, y cuando el rey la habla de amores le vuelve
la espalda.

Por eso el rey est triste.

Por eso cuando piensa en Mara, (y est siempre pensando en ella) su
corazon se abrasa en un fuego volcnico, y se revuelven en su cabeza
sombros pensamientos.

Por eso el rey no danza, ni sonrie  las damas, ni se acompaa de nadie.

Por eso el fresco, riente y perfumado Generalife, no tiene para l ni
mugeres hermosas, ni armonas, ni sombrosos jardines, ni los tersos
espejos de sus estanques, ni la luz de la luna, ni el cielo azul, ni los
trmulos luceros que en los estanques reflejan.

Por eso, Generalife el hermoso, Generalife el engalanado, Generalife el
de las zambras, es para el rey una tumba, como lo es tambien su
magnfico y resplandeciente alczar.

Porque Mara es para el rey un terrible arcngel de fuego.

Y el infante Ebn-Ismail, piensa de otro modo en Mara.

Mara es para l la fresca fuentecilla, que brota  la sombra de las
palmeras del desierto, con su raudal trasparente y puro,  cuyo lado,
sobre la verde yerba, se reclina el viagero cansado, y se aduerme el
fuerte camello.

Ebn-Ismail, v  travs de la pura y candorosa mirada de Mara su alma,
como pudiera ver el fondo tranquilo de la fuentecilla del desierto, 
travs de su lmpida superficie.

Y Ebn-Ismail no ha pensado siquiera en enturbiar ni aun con su hlito
aquella pura fuente, pero v al leon sediento que vaga en torno de ella
y ruge, y centellea miradas de fuego, y  quien solo la voluntad de Dios
contiene para que no enturbie la fuente pursima, con su espumosa y
ardiente boca.

Por eso, silencioso, sombro, escondida la mano bajo su jaqueta, y
manoseando impaciente el pomo de su pual, sigue al rey.

Al rey que abandona triste, solo y mudo el sarao, y se pierde en los
jardines.

El infante se pierde tambien bajo su sombra tras el rey.

Y el rey v tan absorto pensando en Mara, que no siente que el infante
le sigue.

Y avanza.

Avanza su paso precipitado como el que se impacienta por la distancia
que le separa del objeto de su deseo.

El rey baja por una escalinata oscura, al estremo de uno de los
jardines, y entra en una ancha arcada oscursima[82].

Pero sigue por ella su paso seguro y rpido  pesar de la oscuridad,
como quien conoce bien el lugar por donde camina.

Sirven de guia al infante los pasos del rey, y la oscuridad le inspira
proyectos horribles.

Pero el rey adelanta con tal rapidez, que el infante, cuyo paso es
inseguro, no logra alcanzarle.

Dios no quiere que se cometa un regicidio entre las tinieblas.

Quiere que todos vean el rostro del asesino.

Y el rey, protegido por Dios, se salva aquella noche.

El infante sigue aun sirvindole de guia los pasos del rey; se le
acerca: ya es pequea la distancia, y el infante desnuda su pual.

Pero de improviso suena una llave en una cerradura, se abre y se cierra
instantneamente una puerta, resuena otra vez la llave cerrando por
dentro, y el infante queda perdido en la oscuridad.

Piensa volverse, y adelanta palpando con las manos estendidas.

Al fin una dulce claridad brilla  un estremo de la mina, apresura su
paso el infante, llega  una escalinata, la sube y se encuentra  la luz
de la luna en un pequeo espacio, al lado de un foso, entre altos muros,
y al pie de una torre orlada de puntiagudas almenas.

El infante quiere en vano reconocer aquella torre: se parece  otras
muchas de la Alhambra, y nunca ha estado en aquellos sitios.

En la parte media de la torre hay un mirador, al que d paso un ajimez
calado, por entre cuyo doble arco se v el interior de una magnfica
cmara iluminada por una lmpara que luce colgada en el centro de ella
como una luna opaca.

El infante, sin saber por qu, fija los ojos en el mirador, y escucha
con toda su alma.

Pero nada turba el silencio mas que  lo lejos los sonidos de la zambra
de Generalife, repetidos dbilmente por los ecos, y cerca la voz de los
guardas de los muros que de tiempo en tiempo lanzan un grito de
vigilancia.

Pero de repente se oyen fuertes pasos, pasos de muger en la cmara 
que corresponde el mirador, y aparece en este una forma blanca, que se
ase  la balaustrada y vuelve con fiereza su rostro al interior.

Tras aquella forma blanca, gentil, hechicera, que inundan los rayos de
la luna, aparece una sombra oscura, en la que el infante cree reconocer
al rey.

Al acercarse aquella forma sombra  la forma blanca, esta se avanza 
la balaustrada y esclama con un acento desesperado, que llega entero 
los oidos del infante.

--Si ds un solo paso mas hcia  m, me arrojo al pie del muro.

Y el infante oye una horrible maldicion que parece salir de la boca del
rey, y luego v que la sombra oscura se retira.

La sombra blanca permanece en el mirador asida  la balaustrada.

Pasa algun tiempo y el infante avanza, llega al pie del muro y permanece
por un breve espacio silencioso, oculto en la penumbra.

--Mara! dice al fin: Mara!

Y la blanca sombra al escuchar aquel nombre dos veces repetido, se
inclina sobre la balaustrada y busca con la vista en el lugar de donde
ha salido la voz  la persona que ha pronunciado aquel nombre.

--Quin eres? dice con la voz alterada aun por el terror la muger.

--Soy... tu hermano el infante Ismail.

--Oh! pues si verdaderamente eres mi hermano, slvame, slvame de este
hombre! lo temo todo!... esta noche ha podido defenderme la muerte!...
pero maana!... quin sabe?

--Maana! maana la muerte te habr defendido! dice con voz ronca el
infante.

--La muerte! no te comprendo!

--Maana el rey no te amar!

--Ah! esclama Mara comprendiendo al infante: siempre la muerte en
torno mio!

--Pero Gonzalo vive.

--Que vive Gonzalo! esclama con un acento de inmensa alegra la jven.

--S; y cuida de l mi sabio mdico all en mi castillo de Hins-haleux,
en la frontera.

--Que Dios te bendiga! esclama llorando de gozo Mara.

--Y  Dios, dice el infante: nada temas; maana el rey no te amar.

--Dios te bendiga! repite Mara y desaparece.

--Y cmo piensas valerte para que maana el rey no ame  esa doncella?
dice una voz spera, bronca, cavernosa, al mismo tiempo que una mano
descansa en su hombro.

El infante Ebn-Ismail se vuelve y v delante de s un viejo horrible,
envuelto en una tnica estraa, alto, seco, espantoso.

Aquel viejo es Abu-Jacub-al-Hakem-Billah.

--Quin eres t? dice el infante que no le conoce.

--Yo soy quien puedo ayudarte, contesta el mago.

--Ayudarme! y para qu necesito yo tu ayuda?

--Pretendes matar al rey.

--Y le matar maana mismo.

--Ciertamente; para matar  un hombre basta otro hombre: pero cuando se
trata de matar  un rey, si el hombre que le mate no quiere morir,
necesita parciales que le ayuden.

--Y qu se me d de morir  no despues de vengarme?

--Recuerda que en tu castillo de Hins-haleux, hay un pobre herido que
necesita de tu proteccion.

--Es verdad! dice el infante.

--Recuerda aun que en esa torre est tu hermana.

Y el mago pronuncia esta ltima palabra de una manera singular, hasta el
punto de que repara en ello el infante.

Y como si el mago adivinara su pensamiento, aade:

--Muestra las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste
en Martos, y mustralas  tu padre el wal de Algeciras.

--Esplcame?...

--Tu padre te lo esplicar. Por ahora lo que mas importa es proteger 
Mara: si t mueres por haber matado al rey, Mara quedar sola y
abandonada, y no habr dejado de ser cautiva de Abul-Walid, sino para
serlo de su hijo. Mara es hermosa...

--Es verdad!

--Comprende, pues, por qu debes procurar que la muerte del rey no cause
la tuya.

El infante inclina la cabeza y permanece pensativo.

--Y qu hacer? dice al fin.

--El wazir del rey Masud-Almoharav tiene muchos enemigos.

--Es soberbio, iracundo y rapaz; ofende contnuamente  los mas
poderosos, apartndolos del rey, y trata como  sus esclavos  los
vasallos del rey.

--Por lo mismo esta noche estn congregados algunos caballeros tratando
de su muerte; pero no se atreven  ella, porque les falta una cabeza
poderosa, un infante de Granada, como t por ejemplo.

--Y dnde se reunen esos caballeros?

--En las cuevas de Dinadamar: si t los buscas, ellos te acogern con
alegra; y ayudado por ellos podrs matar al rey impunemente.

--Ser necesario sublevar  Granada contra el wazir?

--Busca el medio mas seguro: eso es de cuenta tuya. Ya te he dicho
bastante. Qudate en paz.

Y el mago, sin que el infante pudiera esplicarse cmo, desaparece de sus
ojos.

--Ebn-Ismail permanece algun tiempo inmvil, despues levanta la cabeza,
fija la vista en el mirador, y esclama:

--Maana el rey no te amar, hermana mia! A las cuevas de Dinadamar!




XII.


Fuera de s el infante, busca de nuevo las escaleras y la mina; llega 
Generalife, y para que no puedan sospechar de su ausencia anterior ni de
la que deba seguirla, se deja ver en la zambra.

Y no solo se deja ver, sino que se dirige  la sultana Ketirah, y como
infante de Granada la dice:

--Primavera de flores que no se marchitan, alegra del mundo, alma del
alma del magnfico y vencedor sultan de Andaluca, querrs honrar  tu
esclavo, con la honra mayor de la tierra, y hacerle dichoso con la
felicidad mayor de la vida, bailando con l esta zambra?

La sultana le mira, y su semblante antes frio, severo, que parece
empaado por una nube funesta, se dilata, sonrie y tiende su mano al
infante.

--Y no palidecer de celos, le dice de modo que nadie pueda oirlo, al
verme danzar contigo la amada de tu alma?

--La amada de mi alma vive en mi corazon, responde el infante con voz
insegura y temblorosa, y no puede tener celos de t, sultana.

Y el infante al pronunciar estas palabras, recuerda dolorosamente  su
perdida sultana Aleidah, envenenada por Masud-Almoharav, para poner en
el trono  Ketirah.

Aleidah, el arcngel de paz que amaba  Ebn-Ismail en el misterio de su
alma, como Ebn-Ismail la amaba  ella, que jams le confes su amor ni
con un relmpago de sus negros ojos, ni con un suspiro de su alto seno,
ni con una sonrisa de su purprea boca.

Aleidah, la honesta, la cndida y la pura, que baj  la tumba llevando
con ella el secreto de su amor.

--Y sabe la amada de tu corazon que vive en l? dice Ketirah con voz
desfallecida, abandonndose lnguidamente  la zambra entre los brazos
del infante, que se sorprende  aquellas palabras porque no las espera.

Pero en aquel momento comprende que Ketirah le ama, que puede herir el
alma de Abul-Walid en su honra antes que herir su cuerpo, y se propone
engaar el amor de la sultana, que espera su respuesta, fijando en sus
ojos la ardiente y lnguida mirada de sus ojos garzos.

El rey, que ha vuelto  la zambra, y que vaga sombro y ceudo por los
salones, v de improviso la mirada que se cruza entre la sultana y el
infante; nota su conversacion en voz baja, cree adivinar sus palabras, y
su honra ofendida, sino su amor; porque el que siente por Mara le
impide amar  otra muger; rugen en violenta lucha en su corazon, y
abarca en una mirada de dio salvage  los dos imprudentes que osan
mancillar su nombre.

Y Ketirah no nota aquella mirada, porque hace mucho tiempo que ama en
secreto  Ebn-Ismail, desesperada, y la primera palabra de amor del
infante la ha enloquecido.

Nada v, nada oye, nada siente mas que la traidora mirada de Ebn-Ismail,
y el brazo con que este estrecha fuertemente su cintura.

Ketirah lo ha olvidado todo, no vive mas que para el infante.

Pero el infante observa al rey, y le v trmulo, terrible, dudando.

--No te atrevers  deshonrarte delante de tu crte, dice para s el
infante: procurars vengarte, porque comprendes que porque me has robado
 la cautiva cristiana, te robo yo tu esposa. Yo no sabia que tu esposa
me amaba, pero ya que me ama, mi venganza ser completa: primero tu
honra, despues tu vida. Cuando quieras vengarte ser tarde.

Y sigue danzando con la sultana, con la sultana que le sonre amorosa,
mostrndole por sus entreabiertos labios, que dan salida  ardientes
suspiros, perlas mas blancas, mas puras, mas frescas que la del rico
collar que al comps de la danza se agita en su cuello de nacar sobre su
alto y palpitante seno.

Ketirah es muy hermosa.

Sus negros cabellos flotan perfumados como una nube negra y densa en
medio de la cual, plida de amores, brilla la luna llena en toda su
hermosura; una luna en que hay dos soles que despiden rayos.

Su cintura es redonda y mrvida y cimbradora, y la falda de la tnica
dejaba ver, al flotar, un pie por el que envidiarian ser pisadas las
flores.

Y no se balancea con mas gracia una palmera al impulso de las auras que
la gallarda sultana en la danza, entre los brazos de Ebn-Ismail.

Y hay un momento en que el infante  pesar de su eterno amor  su per
dida Aleidah, se siente embriagado como el que ha bebido con esceso el
nectar prohibido  los creyentes.

Todo lo que hay en torno suyo vaga, gira confuso, y no v nada; nada mas
que los ojos y la boca de Ketirah.

Ketirah! el demonio tentador! el tsigo libado en copa de oro! la
maga maldita de la tentacion!

Ketirah!  quien para ser comparada  una hur solo la faltan los ojos
negros, y que hace suspirar al creyente, porque sabe que en el paraiso
no encontrar una hur que tenga los ojos garzos como Ketirah!

Ketirah! que atrae  s los corazones y los abrasa con un leve
relmpago de sus ojos!

Ketirah la envenenadora! Ketirah la adltera!

La adltera!

Vedlos: se pierden en los jardines.

Ved al rey que los sigue.

Ved despues que ellos tornan, y sus miradas son mas amantes y guardan un
destello de felicidad.

--Y por qu no? dice el infante vacilando de su virtud: muger mas
hermosa no he conocido, y me ama como las flores al sol. Por qu no
amarla? No he sido bastante tiempo fiel,  mi malogrado,  mi ignorado
amor por Aleidah? me amaba ella acaso? era acaso mas hermosa, mas
enamorada que Ketirah?

Satans se ha apoderado del infante, solo  Ketirah v, solo  Ketirah
ama, solo por Ketirah vive.

Ha olvidado  su hermana,  la pobre Mara.

--Oh! si el rey muriese y t fueras rey! dice en un momento de pasion
Ketirah.

--Y no aborrecerias t  quien matase  Abul-Walid? dice el infante.

--Yo le daria mis joyas, porque con la muerte del rey me habria dado la
joya de mi corazon que eres t, amado mio, luz de mi alma, sueo de mi
sueo. Oh! cunto he sufrido amndote sin que t comprendieras mi
amor? Crea que Dios me castigaba dndome un infierno. Y esta noche,
esta noche cuando me has pedido la honra de bailar contigo, cuando me
has llamado respetuosamente sultana, he llorado dentro de mi corazon,
porque no me creias tu esclava, como lo crees ahora. Porque t sabes que
soy tu esclava, que mi voluntad es tu voluntad, mi alegra tu alegra y
un suspiro de amor de tu boca el suspiro de mis suspiros. Mata 
Abul-Walid, mtale. Yo no le amo: me un  l por ambicion, y le
aborrec y aborrec su grandeza cuando fu suya. Mtale, y sino te
atreves  matarle, le matar yo.

Ebn-Ismail record entonces la conjuracion de los enemigos de
Masud-Almoharav en las cuevas de Dinadamar, y record  Mara.

--Maana morir el rey, dice con voz segura  Ketirah.

--Maana!

--S; pero para que maana muera, es necesario que me separe de t esta
noche.

--Oh! pues si nuestra separacion ahora, ha de procurarnos una union
eterna, v, amado mio, v, maana te espero.

El infante se separa de la sultana y pasa sereno y tranquilo delante del
rey.

--Oh! dice Abul-Walid: no dir  nadie m deshonra, pero me vengar:
primero t infante de Granada, para que el corazon de esa infame que te
ama se rompa, y luego ella para que te acompae... en la muerte.

Y el rey disimulando su rabia se acerca  la sultana, la saluda y la
sonrie.




XIII.


Ebn-Ismail entre tanto, sale de Generalife por la parte alta, desciende
rpidamente por la falda de la Silla del Moro, llega  los crmenes del
Darro, atraviesa el rio, trepa por la opuesta vertiente, recorre una
ladera y se encuentra en el barranco donde estn las cuevas de
Dinadamar.

Pero reina un silencio profundo: la luna ilumina en paz desde lo mas
alto del cielo el barranco: todas las cuevas estn cerradas[83] y
oscuras.

--Me habr engaado el viejo que encontr en el castillo? dice
Ebn-Ismail adelantando por el barranco: aqu no hay seal alguna de
conspiracion ni de conspiradores?

Pero no ha acabado aun de pronunciar el infante estas palabras, cuando
de detrs de una brea salta un moro cubierto el rostro con la toca, y
le pone al pecho una ballesta armada y le dice:

--Detente sino quieres morir.

Y el infante se detiene y se alegra, porque en aquel hombre que le
amenaza, v un indicio de la conspiracion.

--Quin eres? le pregunta el moro encubierto.

--Soy el infante Ebn-Ismail, que busco  los caballeros que conspiran
contra el wazir Masud-Almoharav.

--Sabes los nombres de esos caballeros,  siquiera el de uno solo de
ellos?

--No lo s.

--Pues entonces debes morir.

--No; mas bien llvame entre ellos: vengo solo, nadie me sigue: si soy
traidor mas seguro estar entre los conjurados, y si me matas, la
conjuracion no tendr efecto, porque yo soy el que la ha de alentar y
hacer posible.

Parecian contener al moro estas palabras, d un silvido y acuden otros
moros; habla con ellos algunas palabras en voz baja el primero, y los
otros van  reconocer los alrededores. Cuando se convencen que nadie hay
en ellos, que el infante viene solo, vuelven, asen del infante, le
vendan los ojos, le levantan en alto y le llevan: el infante siente
abrir una puerta, bajar despues  los que le conducen unas escaleras,
atravesar un largo espacio pendiente, detenerse y adelantarse uno de
ellos solo. Poco despues escucha los pasos de aquel hombre que llega 
los otros, habla en voz baja con ellos y siguen con el infante y le
dejan en tierra y se retiran.

Entonces oye una voz que le dice:

--Eres t el infante Mohammet-Ebn-Ismail, hijo del wal de Algeciras y
primo del rey?

--S, contesta el infante.

--Quin te ha dado noticias de que estbamos aqu reunidos?

--Un astrlogo  quien he consultado.

--Has sido imprudente.

--El astrlogo no nos har traicion.

--Y te conjuras t contra el rey?

--S, quiero matarle.

--Por qu razon?

--Me ha quitado una cautiva en la toma de Martos.

--Y crees t que se pueda matar al rey.

--Yo, si me ayudais le matar maana.

--Maana!

--S, yo mismo, por mi mano.

--Ser preciso que se amotine el pueblo?

--Se le amotina.

--No tenemos bastante dinero para ello.

--Le tengo yo, dice el infante: y se arranca la venda de los ojos.




XIV.


Encontrse en un ancho subterrneo de negra bveda y de muros hmedos.

Aquel subterrneo presenta por todas partes seales indudables de que es
una cisterna.

Alrededor hay de pie multitud de moros, algunos de los cuales tienen
hachas encendidas en las manos.

El infante v que la mayor parte de aquellos caballeros son amigos
suyos.

--Por qu, pues, habeis desconfiado de m? dice.

--Se v el rostro de los amigos, contesta el que antes habia hablado,
pero no se v el corazon.

--Aprovechemos el tiempo, replica el infante: ya es alta la noche, y yo
pienso matar al rey maana cuando est en su trono de justicia.

--Y tambien al wazir Masud-Almoharav? preguntan algunos.

--Al wazir tambien, dice el infante.

--Si nos ds el oro que sea necesario, aun nos queda tiempo bastante
para pagar la gente aventurera, los mendigos y los alborotadores, y
producir un motin, dice otro.

--Oro tendreis cuanto sea necesario, replica el infante.

--Pero, si hemos de matar al rey, dice el que primero ha hablado, es
necesario que pensemos en quin ha de sucederle.

--Y quin ha de sucederle mejor que su hijo y de la sultana Aleidah?
dice el infante.

--El prncipe Mohammet es muy jven aun, dicen la mayor parte de los
conjurados.

Y--No faltar quien gobierne durante su juventud, dice el infante.

Trtase al fin el negocio, lganse unos  otros con juramentos, dnse
seas, salen de la cueva, y dos de ellos acompaan al infante  su casa
 recibir el dinero con que habia de pagarse la sublevacion del
populacho.

El infante queda solo.

Pero no se recoge al lecho.

Pasa lo que resta de noche pasendose por su cmara, delirando como un
brio, y encendida el alma con el ardiente recuerdo de las caricias de
la tentadora sultana Ketirah.




XV.


Al dia siguiente el infante Ebn-Ismail, su hermando Yshac, y como hasta
cincuenta caballeros parciales suyos, aparecen en la Puerta del Juicio
de la Alhambra dentro del crculo de los guardas, y al pie del trono de
justicia.

Su nobleza les concede aquel lugar que nadie les ha disputado.

Aun no ha salido el sol, y el rey no se ha sentado en el trono de
justicia.

Pero ya estn all el estandarte real, y los guardas, y los que esperan
para esponer sus quejas.

Ntase algo de sombro en el semblante de Ebn-Ismail y de los caballeros
que le acompaan.

Sus miradas inquietas parece que esperan la aparicion de algo que tarda,
y sus oidos atentos un rumor que no suena.

Y no es el rey lo solo que esperan. No es el alarido de las trompetas
que anuncian su llegada el ruido nico que ansan escuchar; porque sus
miradas y su atencion tanto parecen dividirse entre el interior del
alczar y el esterior de l.

Al fin suena un alto alarido de trompetas, aafiles y atakebiras en la
parte de adentro, y el infante Ebn-Ismail y los caballeros que le
acompaan se inquietan y palidecen.

El rumor se acerca mas.

Nuevas guardias rodean el trono de justicia, y al fin aparece el rey
Abul-Walid, que se sienta en medio de su magestad en el trono, y,

--Qu quieren mi noble primo y mis caballeros? dice con voz ronca al
infante y  los que le rodean al pie del trono.

El infante mira  los suyos, y estos como que parecen decirle con sus
miradas espera; y,

--Venimos  pedirte justicia, seor, contesta Ebn-Ismail: pero los
pobres y los menestrales esperan tambien: juzga sus agravios antes que
los nuestros, invencible sultan.

[imagen no disponible: Muerte de Abul-Walid

LETRE dib y lit Lit de J.J. MARTINEZ Madrid]

Masud-Almoharav, que acompaa al rey, mira con recelo al infante y 
los suyos, pero no se atreve  espresar sus temores, porque no son por
la vida del rey, sino porque espera que aquellos caballeros se quejen de
l amargamente al rey, y el segundo wazir, que tambien al rey acompaa,
permanece en su puesto y sin recelar nada, grave  inmvil.

Empieza la audiencia, y sigue, y es larga, porque son muchos los
querellosos que acuden al rey.

Quedan sin embargo pocos, y los conjurados no oyen el rumor que
esperaban, y que debe ser la seal para consumar su delito.

En fin, el ltimo de los del pueblo es oido, y no habiendo ya mas 
quien juzgar, el rey dirige severamente la palabra  Ebn-Ismail.

--De qu tienes que quejarte, mi noble primo? le dice.

En aquel momento suena un rumor sordo en la parte de la ciudad, all
abajo, que aumenta y zumba.

El semblante de Ebn-Ismail palidece aun mas; sus ojos centellean, y dice
adelantando hcia el trono.

--Me querello de tu tirana, dice sin inclinarse, con la frente alta y
terrible acento de amenaza.

El rey palidece y tiembla de clera; salta abajo del trono empuando su
espada, y se dirige furioso  Ebn-Ismail apellidndole traidor.

Pero Ebn-Ismail mas pronto,  mas afortunado, ase al rey por sus
vestiduras, le arroja contra la puerta, saca un pual de la manga de su
aljuba, y dice con voz terrible hiriendo al rey:

--T me robaste en Martos una doncella cristiana, y yo te robo la vida!

Y en el mismo punto, y cuando el rey cae exnime, y el segundo wazir,
que ha pretendido defender al rey, cae hecho pedazos por los conjurados,
el rumor, los gritos que se acercan, resuenan ya distintos, y se escucha
 una turba inmensa que adelanta hcia el alczar gritando:

--Muera el wazir Masud-Almoharav! muera el tirano!

Y la confusion cunde, y los guardas se arremolinan, y Ebn-Ismail y los
suyos se abren paso con sus espadas entre la revuelta y sorprendida
guardia africana, y se reunen al populacho que llega sediento de la
sangre del wazir, escitado y pagado por los caballeros de la
conjuracion, y gritando cada vez con mas furor:

--Muera el wazir Masud-Almoharav! muera el ladron! muera el tirano!

Y en aquel momento terrible, el wazir amenazado, ase al rey moribundo,
le carga sobre sus hombros, y se pierde con l en el interior del
alczar, despues de gritar  los de la guardia africana:

--Cerrad las puertas!  los muros los ballesteros! sgame, siga al
rey el que no sea traidor!

Y la puerta cierra sus dos hojas de hierro antes que puedan llegar los
conjurados, que sacian su corage despedazando  los africanos que han
quedado fuera, y combaten intilmente durante todo aquel dia el alczar,
del cual son rechazados.




XVI.


Todo es confusion dentro y fuera de palacio.

El rey moribundo ha sido conducido  la cmara de la sultana Ketirah,
cuya alma se alegra, pero  cuyos ojos asoman lgrimas.

Arrjase sobre el rey, llora, gime, se mesa los cabellos y pretende
cerrar con sus labios sus heridas.

Y el rey moribundo vuelve  ella los turbios ojos, la reconoce y grita:

--Esta! esta! la infame adltera, es la causa mi muerte! Apartadla,
apartadla de m, y descabezadla! No lo os? No soy yo el rey? Nadie
me obedece?

Pero con la sultana y con el rey solo est Masud-Almoharav: el cmplice
del parricidio de Ketirah, el envenenador de la sultana Aleidah, y no se
mueve.

--Es verdad lo que el sultan moribundo dice? pregunta el wazir 
Ketirah.

--S, s: amo al infante Ebn-Ismail, dice Ketirah la terrible muger que
no sabe conservar mucho tiempo el disimulo: le amo y me ama. Qu me
importa todo? yo no negar nunca mi amor.

Masud se estremece y mira si hay alguien que los escuche.

Pero nadie hay en la cmara.

--Silencio, imprudente! grita poniendo una mano en la boca de la
sultana. Si alguien te oyera rodarian nuestras cabezas! Pero ese
hombre est espirando! aade mirando al rey: Granada est alborotada!
Es necesario prevenir el primer mpetu de la irritada muchedumbre!
Voy!... es preciso que yo salga de aqu! Qudate t; no te separes de
l; est espirando; pero si antes de espirar entrase alguien!... antes
de que hable, Ketirah!...

Ketirah lanza una mirada terrible al rey, que dice  Masud que ella le
ha comprendido y Masud sale.

Y el rey que lo ha oido todo, que ha comprendido lo horrible de su
situacion, pretende levantarse y prorrumpe en gritos.

Pero Ketirah sofoca sus gritos, cubrindole la cabeza con su almaizar, y
el rey lucha, y con la lucha sale  borbotones la sangre de las heridas.

El rey ya no puede gritar, nadie puede oirle.

Ketirah contina sofocndole, implacable y terrible con el almaizar.

Y el rey contina luchando.

Y la sangre brotando de las heridas.

Satans se sonrie escondido en la cpula.




XVII.


Entre tanto Masud-Almoharav sale al patio  sosegar  la guardia que
est revuelta, y la gente que se agolpa fuera del alczar, y les
dice:--Que el rey est vivo, que sus heridas son leves, y que pronto le
vern sano y salvo.

Para sincerarse,  mas bien para evitar toda sospecha respecto 
Ketirah, manda prender de rden de la sultana  algunos de los que
habian estado en el motn, y de rden de la sultana los descabeza en el
acto y manda poner sus cabezas en las almenas de la Puerta del Juicio.

Despues entra de nuevo en la cmara de la sultana.

El rey habia muerto.

La sultana le miraba friamente.

Acababa de espirar, y Ketirah tenia las manos teidas en sangre.

--Oh! qu es eso! esclama Masud al ver las rojas manos de la sultana.

--Una pualada mas; responde friamente Ketirah. Tardaba mucho en morir,
sent pasos que se acercaban, y no sabiendo que eran los tuyos, sent
miedo.

Y Ketirah se encamina  la fuente que surge en el centro de la cmara y
lava tranquilamente sus manos y su pual, que cuando est limpio envaina
y guarda entre su ceidor de prpura.

--Yo amo al infante Ebn-Ismail, dice poniendo las manos en los hombros
de Masud y acaricindole con su mirada. Quiero que sea sultan. Quiero
ser su sultana.

Masud se estremece.

--Imposible! esclama: h mandado cortar las cabezas de algunos paciales
del infante Ebn-Ismail, y este anda huyendo.

--Y por qu has ajusticiado  esos hombres?

--Para que el pueblo no nos hiciera pedazos.

--Quiero que el amado de mi alma sea sultan, y yo ser sultana; replica
con doble insistencia Ketirah.

--El pueblo no recibir un rey que tiene teidas las mano en la sangre
de Abul-Walid,  quien amaba. El pueblo mirar con horror  la esposa de
Abul-Walid entre los brazos de su asesino.

--Y qu hemos de hacer? h de perder yo  mi amado?

--Gozar puedes sus amores sin zozobra y en secreto, siendo gobernadora
del reino conmigo  nombre del prncipe Mohammet.

--El hijo de Aleidah!

--No muri su madre?...

--S.

--No es dbil de salud el prncipe?

--S.

--Si dentro de un ao, pasado ya el horror que hoy siente el pueblo por
el infante Ebn-Ismail, muriese el rey Mohammet...

--Entonces mi adorado podria ser proclamado rey?

--Quin lo duda.

--Y ser yo entre tanto gobernadora?...

--Conmigo.

--V entonces, v, Masud! yo me quedo guardando al rey muerto! v t
 proclamar al rey vivo!

Vuelve  salir Masud de la cmara de Ketirah, y dice  la guardia
berberisca y  su caudillo Ozmin que el rey v muy bien.

Luego sale por la ciudad, habla  sus amigos y les dice que vayan 
palacio para autorizar y defender lo que conviene al bien comun y
particular de todos ellos.

Trae  cuantos amigos puede  palacio, los deja en el patio con la
guardia, y entra en la cmara de la sultana.

Poco despues envia un mensage al caudillo Ozmin y  todos los caballeros
dicindoles que pasen al salon, que el rey, mas restablecido, les quiere
hablar.

Entran todos en el salon de Embajadores, y cuando toda la nobleza de la
crte est junta, se presenta la sultana Ketirah doliente, llorosa y
enlutada, llevando de la mano al prncipe Mohammet, nio de poca edad.

Masud les anuncia la muerte del rey, y los compele  que juren al jven
prncipe.

Amigos los unos del rey difunto, sobrecogidos otros, aunque no faltaban
ambiciones, juran  Mohammet-ebn-Ismail-ebn-Nazar por su rey y seor.

Luego toda la nobleza y la guardia salen por las calles y repiten en
Granada la proclamacion del nuevo rey.

Pero aquella noche una sombra se desliza por la cuesta que rodea las
espaldas de la Alhambra, llega al pie de una torre y hace una seal; cae
una escala, y el bulto trepa por ella hasta un ajimez.

Luego se escucha un beso entre el silencio, y el ajimez se cierra.

El asesino y su cmplice la adltera, estn entregados  su amor, y
Masud-Almoharav, el infame, vela sus placeres.




XVIII.


El desdichado rey Abul-Walid fu sepultado en la randa  panteon del
alczar junto  sus abuelos.

Sobre su tumba se puso la inscripcion siguiente:

Este es el sepultcro del rey mrtir, conquistador de las fronteras,
defensor de la religion, el nclito, el escogido, el reparador de la
familia de los Nazares, el prncipe justo, el amparador, el denodado, el
hroe de la guerra y de las batallas, el noble, el generoso, el mas
afortunado de los reyes de su dinasta, el mas aventajado en piedad y
celo de la honra de Dios, espada de la guerra santa, muro de los
pueblos, fortaleza de los caudillos, amparo de los nobles, alivio de los
pobres, el compasivo con los que temian, el domador de los soberbios,
laborioso en el camino de Dios, vencedor por la gracia de Dios, prncipe
de los Muzlimes Abul-Walid-Ismail, hijo del amparador escelso, del
vencedor, escogido, noble, vengador, engrandecedor de la familia
Nazaria, columna de la dinasta Algalibia, el piadoso, el compasivo
Abu-Said-Ferag, hijo del noble y esclarecido defensor de los defensores
del Islam, decoro de los prncipes algalibes, honor, alteza de la
prosapia, el santo, el piadoso Abul-Walid-Ismail-ebn-Nazar, santificado
sea su espritu en bienaventuranza, sea refrigerado con el roco de la
misericordia, sale concedido mplio galardon por premio de sus
certmenes meritorios, por su martirio, pues lo hizo Dios conquistador
de pueblos, debelador de soberbios reyes enemigos suyos, y fu
atesorando mritos hasta el dia sealado que Dios le destin para que
llegado el plazo sellase sus dias con buenas obras; recbale y colquele
en lugar de retribucion y honra, lugar que tenia preparado por su santo
celo: muri, Dios le perdone,  traicion, pero con gloria y en la firme
pura confesion de los reyes sus antepasados, y fu elevado  las moradas
de eterna felicidad: naci, complzcase Dios de l, en hora
bienaventurada entre manos del alba del dia giuma diez y siete de la
luna de jawal, ao seiscientos setenta y siete[84]: fu jurado dia
jueves veinte y siete de jawal, ao setecientos trece[85], y fu muerto
en dia lunes veinte y seis de la luna de regeb insigne, ao setecientos
veinte y cinco[86]. Alabado sea el rey verdadero, que mientras todas las
criaturas acaban y se suceden, permanece eterno  inmutable.

       *       *       *       *       *

La leyenda que acabamos de relataros es la referente  las manchas
sangrientas de la Puerta del Juicio del alczar de la Alhambra.

[imagen no disponible]




LEYENDA V.

LA TORRE DE LA CAUTIVA.

CONTINUACION DE LA ANTERIOR.




I.


Si cuando os encontrais en la plaza de los algibes de la Alhambra os
volveis hcia el palacio del emperador Crlos V, y siguiendo  lo largo
de su fachada meridional, torceis  la izquierda entre este mismo
palacio y la iglesia de Santa Mara, y segus luego un pequeo paseo
plantado de titos, continuando por el camino que conduce  la puerta de
Hierro, os encontrareis al poco espacio delante de la torre de los
Picos.

Por cima de los adarves del muro que se apoya en la torre, vereis sobre
el monte frontero, verde con el eterno verdor de sus laureles, las
blancas torrecillas y las galeras de Generalife:  la izquierda se
estender vuestra vista en un espacio mas ancho; vereis el monte de San
Miguel con el verde plido de sus nopales, y la ermita del santo
Arcngel en la cima, y mas all, dominndole, el alto y rido cerro de
Ainadamar.

Pero si volveis la vista  la derecha encontrareis  pocos pasos un muro
revestido de espesa yedra, que se apoya en la torre de los Picos, y en
el cual hay un porton de tablas.

Llegad, llamad  aquel porton, y pedid que os dejen pasar por favor,
porque aquella es una propiedad particular.

Una vez dentro, encontrareis un arroyo ruidoso que corre junto  las
banquetas de los adarves, por la izquierda, entre yerbecillas y
violetas,  la derecha rboles frutales y hortalizas, y entre estas y el
arroyo el estrecho sendero por donde marchais.

A poco que adelanteis encontrareis una pequea torre, la torre del
Tesoro, abierta por el lado que mira  la parte de adentro del muro,
dejando ver los tramos cortados y ruinosos de su estrecha escalera
rabe, sus bvedas grieteadas y su plataforma que amenaza un
hundimiento. Seguid adelante, y  medio tiro de fusil encontrareis la
torre que vamos buscando.

La torre de la Cautiva.

Entrase  esta torre por una puerta baja de herradura, situada al norte:
despues de un desmantelado ingreso, se entra en un patio sostenido en
pilares de ladrillo, patio cuya luz es tan estrecha, que mas que patio
parece una chimenea: al fondo de este patio sombro est una pequea
puerta,  la que se llega dejando  la izquierda la estrecha escalera
que conduce, ascendiendo,  la plataforma, descendiendo,  una
habitacion inferior y despues  los subterrneos.

Abierta la pequea puerta del fondo que hemos citado, se penetra en una
cmara destrozada, pero que por los restos que en ella quedan de estucos
labrados, de alhamies, de ajimeces, de la cpula de estalcticas; por la
faja de mosico que orla la parte inferior de las paredes, se comprende
que debi ser tan magnfica como cualquiera otra de las hermosas cmaras
del alczar.

Pero sus adornos estn ahumados por el fogon de la pobre familia que
tiene por albergue miserable un alczar destruido: tabiques que sirven
de compartimientos alteran el plano; los ajimeces estn tapiados y
cubiertos por miserables ventanas de tablas tendidas; el pavimento
destrozado, polvoroso; la cpula agujereada, rota por la lluvia que se
filtra por la desnuda plataforma, en la cual brota la yerba. Con la
Alhambra se han cometido y se estn cometiendo barbries inauditas: no
parece sino que se tiene empeo en que desaparezca, en que se destruya.
Como si fuera una cosa fcil y hacedera el construir una Alhambra!

Algunas tardes de invierno, envueltos en nuestra capa, cubierto el
rostro con un ancho calas, bajo un cielo densamente nublado, bajo la
lluvia, hemos pasado por el sendero de esa huerta, junto  las torres de
los Picos, de la Cautiva y de las Infantas, y por las puertas y por las
ventanas de todas ellas hemos visto salir un humo espeso que arrebataba
incesantemente el viento, y que incesantemente se reproducia. Era que
las pobres familias habitantes de esas torres infortunadas, se
calentaban con la lea hmeda y verde que acababan de arrancar de los
desnudos rboles de la huerta.

Era que una nueva capa de ollin caia sobre los arabescos.

Y al ver esto, rebosaba de nuestro pecho un hondo suspiro, porque no
ramos bastante ricos, bastante poderosos para arrancar  aquellas
torres de su ignominiosa esclavitud.




II.


Pero en 1325, poca de la muerte del rey Abul-Walid, era distinto el
estado y el destino de esta torre.

Entonces la puerta, que correspondia  un pequeo y bello jardin, era de
graciosa herradura, ornamentada, embaldosado de mrmol blanco el
ingreso, cerrada por dos hojas de alerce labrado con labores y cintas
caprichosamente entrelazadas; aquel patio de paredes blancas y
brillantes tenia mas luz; aquella cmara, en fin, con su preciosa puerta
estucada, con sus tres alhamies con ajimeces al fondo, con sus paredes
resplandecientes y matizadas como el mas bello brocado, con su cpula de
estalcticas, estrellada como un cielo, con su lmpara de gata
pendiente de la cpula, con su alizar  faja de mosicos, con su
pavimento de mosico tambien, semejante  una rica alfombra, y en el
centro del cual corria clara y murmurante el agua de una fuente; aquella
cmara, repetimos, era un apartamento delicioso, donde solo poda
pensarse en el amor.

Debajo de esta cmara habia otra mas pequea, menos alumbrada, pero con
una luz mas vaga, mas misteriosa; habia en entrambas la misma riqueza;
en entrambas orlaban las paredes blandos divanes, en entrambas los
braserillos de plata consumian continuamente los perfumes mas preciados:
aquella torre tan severa por la parte esterior, tan desnuda como un
guerrero revestido de su coraza, en su parte interna, era un nido de
amor.

Era en fin el retiro donde el rey Abul-Walid habia encerrado  Mara, y
por esta razon la torre se llama, desde entonces, torre de la Cautiva.




III.


Aun estaban calientes los restos de Abul-Walid, aun llevaba por l luto
la corte, cuando dos sombras cuidadosamente encubiertas salian del
alczar, atravesaban pegados  los adarves la parte alta de la Alhambra,
llegaban  la torre de la Cautiva, y una de ellas abria su puerta,
entraban las dos sombras y la puerta tornaba  cerrarse.

Entonces  la luz de una lmpara que iluminaba el patio de la torre se
veia que estas dos personas, que se habian despojado ya, seguras de no
ser vistas, la una de su velo, la otra del capuz de su almaizar, eran la
sultana Ketirah y el wazir Masud-Almoharav.

Los dos infames cmplices.

Ella bajo su ancho haike iba deslumbrantemente engalanada.

El mostraba brocados bajo su ancho almaizar.

El wazir bajaba con la sultana por las escaleras  la habitacion
inferior de la torre.

Luego subia otra vez las escaleras, llegaba  la puerta de la habitacion
superior, la abria y entraba.

La sultana cuando se quedaba sola, abria una ventana que daba sobre el
pendiente barranco que rodea la espalda de la Alhambra.

Y all, ya fuese la noche serena, oscura, solo alumbrada de una manera
vaga  infinita por el dbil resplandor de los luceros, ya la plida
luna inundase la torre, la ventana, y la frente, tan maldita como
hermosa de Ketirah; ya la tormenta bramase en los aires, y el relmpago
rasgase las tinieblas, y la lluvia azotase su frente, y el huracan
desordenase sus cabellos, la sultana permanecia inmvil, anhelante, con
el corazon estremecido, con la mirada candente y fija en lo profundo del
oscuro barranco.

Y pasaban algunas veces horas perezosas, largas, apenadoras, sin que la
sultana oyese mas que el zumbar del viento,  el suspirar de las auras
entre las frondas del cercano Generalife,  el retumbar del trueno  el
dulce canto de los ruiseores enamorados.

Y Ketirah no tenia oidos ni ojos mas que para el infante Ebn-Ismail, y
parecale estar escuchando su voz enamorada, y estar viendo siempre su
hermoso semblante, plido de amor, y sus negros ojos fijos en los suyos.

Solo habia un ruido que la sultana percibia desde muy lejos aunque
silvase el viento y gotease la lluvia y rebramase el trueno; y este
ruido era el de los pasos de un hombre que, invariablemente, tardando
mas  menos, subia por el barranco, adelantaba, se detenia al pie de la
torre y lanzaba un tnue silvido.

Y entonces la sultana trmula de impaciencia, y estremecida de amor,
enloquecida, trasportada, arrojaba una larga escala fuera de la torre,
afianzaba cuidadosamente sus garfios en el alfeizar de la ventana, y
avanzaba el cuerpo hcia afuera solcita y cuidadosa.

Poco despues la escala se atirantaba, balanceaba, y un hombre subia,
llegaba al alfeizar y saltaba dentro de la habitacion entre los brazos
de la sultana.

La lmpara que ardia lnguidamente en la cmara, alumbraba la frente del
que habia entrado.

Aquel hombre era el infante Ebn-Ismail.

El infante que aun estaba fascinado por los tentadores encantos de
Ketirah.

El infante que estaba vendido  Satans.




IV.


Entre tanto el wazir Masud-Almoharav, estaba delante de Mara.

De Mara; la amante de Gonzalo, la cautiva del malaventurado Abul-Walid,
la pobre huerfana abandonada, olvidada por el infante Ebn-Ismail.

Una noche, la noche siguiente  la en que el infante la habia prometido
salvarla de los amores del rey, Mara, replegada en el ngulo de un
divan, inmvil y silenciosa, lloraba.

Y no cesaba su llanto, y un secreto temor la oprimia el alma, y triste y
apenada, no se atrevia  pensar en Gonzalo.

Porque no sabia si le perderia porque la muerte se lo arrebatra, 
porque su desdicha la arrebatra  Gonzalo.

Porque Mara estaba resuelta  morir antes que otro hombre la robase al
amado de su alma.

Durante el dia habia oido gritos tumultuosos al otro lado de la Alhambra
por la parte de medioda: habia visto correr  los soldados hcia el
oriente por los cercanos adarves, y el eunuco mudo que la servia se
habia olvidado de llevarla la comida.

Del mismo modo se habia olvidado de encender la lmpara.

La cmara estaba iluminada solo por el reflejo de la luna que entraba
por un ajimez, y por los trasparentes de estuco de la cpula, en rayos
plateados.

Nunca tan fantstica aquella cmara; nunca mas hermosa Mara que
entonces, apenada, doliente, anegada en llanto, al reflejo plido de
aquella luz fantstica.

Y, como hemos dicho,  pesar de que era la estacion de los calores,
Mara sinti un frio mortal, un terror vago, profundo, una inquietud
horrible; la parecia que no estaba sola, que habia junto  ella alguien
 quien no veia, y que  pesar de no verle le parecia un ser horrible,
sobrenatural, maldito.

Mara, de tiempo en tiempo y como atraida por una fuerza invisible
fijaba sus ojos en el fondo oscuro del arco de la puerta de la cmara.

De repente pareci que en aquel fondo oscuro brillaba como humo
dbilmente luminoso, una forma indeterminada, que aquella forma vaga se
condensaba, que tomaba al fin la figura de un hombre alto y negro.

Aquel hombre,  aquella sombra adelanta lentamente hcia Mara.

Y Mara no grit porque hay terrores que ahogan la voz, que hielan la
sangre, y que si duran mucho tiempo, matan.

Aquella sombra se detuvo en el centro de la cmara, debajo de la
lmpara, y estendi el brazo hasta ella y la toc.

Y sin saber Mara cmo podia ser, porque no habia visto luz en las manos
de aquel hombre, al tocar aquella mano  la lmpara, la lmpara ardi.

Entonces Mara vi  un viejo horrible.

En una palabra, al mago Abu-Jacub-Al-Hhakem-Billah.

--Ests estremecida de espanto, dijo el sabio, y es necesario que no
temas, y por qu has de temer? Cuando los hombres se olvidan de t,
Dios me envia  salvarte.

Y Mara como si su alma obedeciese  una voluntad poderosa, perdi su
temor y mir, tranquila ya,  Abu-Jacub.

--Quin eres? le pregunta.

--Quin soy yo? replic el viejo, y qu te importa? no era mas natural
que me dijeses: quin soy yo?

--Yo soy una desdichada que muere apartada de cuanto la era amado en el
mundo: la muerte me arrebat a mi padre...

--Tu padre! h aqu lo que son los hijos del hombre! para ellos el
corazon y la conciencia no es mas que la costumbre! Tu padre! sabes t
quin es tu padre?

--He conocido un noble anciano, que me llamaba su hija, que me amaba
como  su hija,  quien yo amaba como a mi padre.

--Y crees t que era menos noble, el padre que te di el ser?

--Le conoceis vos?

--Qu si le conozco? ya lo creo.

--Y os envia l?

--No, ya te lo he dicho, me envia Dios. Hoy me envia  esta cmara,
maana me enviar debajo de esta cmara.

--No os comprendo.

--Ni te importa nada el no comprenderme en esta parte. Hablbamos de tu
padre.

--Oh! si habeis conocido  mi padre, conoceriais tambien  mi madre?

--Cierto que la conoc...

--Ah! decidme?...

--Tu madre; doa Catalina de Cardona...

--Ah! era castellana?...

--Era catalana...

--Pero los catalanes son cristianos?

--S ciertamente, y cristiana era tu madre, y noble, y pura, y hermosa;
la muger mas hermosa de la crte de Aragon.

--Mi padre, el noble caballero que me ha criado y  quin no puedo menos
de llamar mi padre, me dijo que me habia encontrado muy nia en mi
primera infancia en una villa del reino de Granada en poder de infieles.
Ser que acaso los moros me robaron  mis padres?

--No: dijo Abu-Jacub, me obligas  contarte una historia y voy 
hacerlo.

Escchame, pues.

Y Abu-Jacub empez de esta manera.




V.


Hace veinte aos, el rey de Granada envi una ostentosa embajada al rey
de Aragon.

Era embajador del rey de Granada un valiente, noble y hermoso mancebo
infante de la casa real, que se llamaba Abd-el-Rahhaman-el-Ferih.

Se trataba de asentar unas treguas, y el rey de Granada escogi  su
primo Abd-el-Rahhaman, porque era persuasivo, dulce, sabia ganar las
voluntades de todo el mundo, y era adems valiente y discreto.

Con Abd-el-Rahhaman envi el rey de Granada al de Aragon un riqusimo
presente; se contaban por cientos las piedras preciosas, por docenas los
caballos de arabia, y las alfombras de Persia y los perfumes y las
barras de oro y plata.

Entre estos presentes iba una doncella de sangre real, que con un
crecidsimo dote enviaba el rey moro al rey cristiano, ya para que la
tomase por suya, ya para que la casase, como en honra, con el caballero
de su corte que mas le viniese en agrado,  con cualquier caballero que
aunque no fuese natural de sus reinos fuese vasallo suyo.

Walid, que as se llamaba la infanta granadina, habia salido del harem
donde la habian criado sus ayas, con alegra: hasta entonces no habia
visto mas gentes que las mugeres del harem, ni mas hombre que el rey su
tio, y los silenciosos eunucos, ni se habia espaciado su vista mas que
en el azul firmamento: que, en cuanto  la tierra, no habia podido pasar
de los muros de los jardines del harem.

Ni amaba, ni sabia lo que era amor.

Tenia solo catorce aos, y el amor dormia aun desconocido para ella en
su alma.

Era  pesar de su juventud una muger poderosamente hermosa, blanca,
gentil, modesta; pura la dulce sonrisa de sus ojos, pura la tranquila y
cndida sonrisa de su boca.

Cuando Walid se vi fuera de la Alhambra, sobre las amugas de brocado
de su blanca hacanca, rodeada de guardas negros  caballo y acompaada
de Abd-el-Rahhaman, que solcito no se apartaba de ella un punto, sonri
al primer hombre hermoso que veia.

Y Abd-el-Rahhaman,  pesar de haberse casado cuatro aos antes y de
tener un hijo, se estremeci ante aquello primera sonrisa de amor casi
virgen, ante aquella dulce y tranquila mirada que decia amor sin
saberlo.

Y luego, cuando Walid sali por la puerta de Elvira de la ciudad, y vi
estenderse ante ella la ancha vega con sus mil colores, con sus mil
aldeas, con sus lejanas montaas azules, sonri y mir con amor  aquel
verdor riente, engalanado, magnfico con sus vapores dorados bajo el sol
de la maana, como habia sonreido y mirado con amor al hermoso y gentil
infante Abd-el-Rahhaman.

Walid empezaba  vivir.

Empezaba  abrir su alma al amor, pero de una manera tranquila,
inocente, como era tranquila  inocente su alma.

En mal hora el rey su tio, necesitado de paces con el cristiano, habia
fijado su mirada fria en la cndida hermosura de la infanta, para
enviarla casi esclava  una tierra estraa,  ser la esposa de alguno de
los zafios montaeses, vasallos del rey de Aragon.

Porque el rey de Aragon no podia como cristiano tener mas que una
esposa, y siendo presentada de una manera solemne y pblica en su corte
Walid, no podia hacerla su manceba sin grave escndalo.

El rey de Granada enviaba, pues, una doncella casadera, hermosa, noble y
rica, para que su suerte se jugase  la suerte: para que deshojase
aquella flor delicada el rudo choque con un montas bravo.

Y la desdicha mayor fu, que el embajador del rey de Granada, su primo
el infante Abd-el-Rahhaman, se enamorase ciegamente de Walid, hasta el
punto de que hizo para s el razonamiento siguiente:

--Mi primo el seor rey de Granada, envia  la infanta al rey de Aragon
para que la tenga para si  la d en matrimonio  uno de sus vasallos.
El rey de Aragon no guardar para s la infanta: sus costumbres
cristianas se lo vedan: pues bien; antes de dar mi embajada al rey de
Aragon, le rendir pleito homenage por mis castillos de la frontera de
Murcia, me declarar su vasallo... y despues... aunque sea necesario
escitar su inters con algunos miles de doblas, procurar que yo sea el
vasallo que el rey de Aragon elija para esposo de la infanta.

Y fiando demasiado en sus clculos el enamorado embajador, se dedic 
enamorar  Walid.

Cuando llegaron  Tarazona, donde tenia su crte por aquellos dias el
rey de Aragon don Alonso IV, ya Walid y Abd-el-Rahhaman se amaban
mtuamente, y lo que es mas, se lo habian concedido todo.

Porque el infante habia dilatado cuanto habia podido el viaje, haciendo
jornadas muy cortas y detenindose  veces en un pueblo tres dias.
Walid se habia enamorado del infante desde el momento en que le habia
visto, y Abd-el-Rahhaman no habia sido el mas fiel depositario.

Los primeros dias Walid fu llevada por su hacanca, pero al poco
tiempo, con la ocasion de pasar un rio cuyo puente se habia roto, por un
vado, el infante, para asegurar  la infanta de un tropiezo y de una
caida al agua, la puso sobre un cogin sobre el arzon delantero de su
caballo, y la rode la redonda y esbelta cintura con un brazo
tembloroso.

Walid se estremeci y esperiment una sensacion dulce, infinita.

Hasta entonces ella y l solo habian hablado con los ojos.

Era el principio de la noche: la numerosa embajada del infante, con sus
ginetes y con sus acmilas, atravesaba una ancha sbana del
Guadalquivir.

La luna reflejaba en las aguas, y se duplicaba en los dos brillantes
ojos de Walid, que se fijaban en ella con una dulce y pensativa
melancola, mientras el infante, conducindola en el arzon de su
caballo, estrechaba enamorado su cintura, y bebia con su ardiente
mirada, la mirada de la infanta fija en la suya.

Y entonces la infanta, que estaba entregada  un sueo de amor, oy
junto  s una voz dulce, ardiente, trmula, que la decia:

--Yo te amo.

Te amo como la noche  la luna que la d su blanca y dulce luz: te amo
como el alba al sol que tie sus megillas de prpura.

Te amo como  la tierra el mar que contnuamente la besa, y como el
viento  la palmera que contnuamente la mece.

Amame t, maga de mis sueos,  quien yo he amado antes de ver tu
hermosura.

Amame t, sino quieres que mi alma est lbrega como una noche sin luna,
fria como una alborada sin sol, silenciosa como la tierra  quien el mar
no besa, y triste y mustia como una palmera  quien no acaricia el
viento.

--Y qu es amor? dijo Walid apartando su mirada de la luna y fijndola
cndida y enamorada en el infante. Es por ventura el amor ese tranquilo
afan del alma, que suea y v en sus sueos un hombre? Es por ventura
un dulce fuego que llena el alma y la aduerme en una delicia sin fin,
junto al hombre del sueo? Es por ventura el amor el que estremece la
cintura de la muger cuando el hombre que ha soado la rodea con su
brazo? Oh! si ese es el amor que acaricia al alma, y la consuela, y la
dilata, y la enciende en un dulce fuego; si es el amor el que d  los
ojos de la muger un alma cariosa, y dulce por los ojos de un hombre, yo
te amo, seor; yo te amo como la noche  la luna, como el alba al sol,
como el mar  la tierra, como el viento  la palma. Si amar es no vivir,
ni pensar, ni alentar mas que para un hombre, yo te amo, seor, yo te
amo.

Y Walid reclin la cabeza sobre el hombro de Abd-el-Rahhaman, que la
bes en la frente.

Walid se estremeci de una manera mas poderosa, y murmur:

--Yo te amo: mi vida es tu amor, si me falta tu amor yo morir.

Cuando llegaron, pues,  Tarazona ella y l eran los amantes mas
dichosos de la tierra.

Abd-el-Rahhaman, en cuanto anunci su embajada  Alonso IV de Aragon, le
pidi permiso para verle particularmente, y el rey se apresur 
concedrselo: al atravesar el infante una galera del alczar, cruz por
delante de l una dama cristiana, y se detuvo un momento y palideci.

El infante sinti tambien  la vista de la dama no s qu estrao
presentimiento.

La dama sigui adelante murmurando:

--Oh! qu moro tan gentil!

Y el infante sigui diciendo para sus adentros:

--Oh! qu cristiana tan hermosa!

Pero ella amaba  otro hombre, y l amaba  Walid.

Aquella dama que habia cruzado como una tentacion la galera, era doa
Catalina de Cardona, doncella noble de la reina de Aragon.

--Era mi madre!

--S, tu madre era: respondi el mago, y despues de un momento de
silencio continu.




VI.


Pero  pesar del amor que el infante sentia hcia Walid habia quedado
fija en su memoria, y en su corazon, sin poderse esplicar con qu deseo,
con qu afan vago y misterioso, el recuerdo de doa Catalina de Cardona.

Era muy hermosa esta dama: blanca y plida, con hermosos cabellos rubios
como el oro, con hermosos ojos negros como el bano y lucientes como el
carbunclo, y magestuosa y gentil, y esbelta  maravilla: era muy jven y
su frente resplandecia de pureza.

Y el infante adelantaba hcia la cmara donde el rey de Aragon le
esperaba, murmurando sin ser poderoso  otro pensamiento:

--Oh! qu cristiana tan hermosa!

Y sin embargo el amor que sentia por Walid permanecia vivo, ardiente en
su corazon.

Cuando entr  la presencia del rey, el infante dobl una rodilla.

--Poderoso sultan de Aragon, dijo: el esclarecido, el vencedor, el
magnfico sultan de Granada y del Andaluca, mi seor,  t me envia:
pero antes de notificarte el objeto de mi embajada, quiero declararme
vasallo tuyo, no embargante el vasallage que confieso al rey mi seor
natural el noble sultan de Granada, y  rendirte pleito homenaje, por
mis villas y castillos de la frontera de Murcia.

Maravill al rey de Aragon el vasallaje de un infante moro  quien no
conocia y con el cual nunca habia tenido amistad ni guerra, pero se lo
agradeci, lo acept, mand llamar  su canciller, solemnizse el pleito
homenaje, y el rey de Aragon le abraz y le bes en la megilla, mandando
escribir su nombre entre los de los grandes vasallos de sus reinos.

--Por qu me habr rendido vasallaje este moro? dijo para s Alonso IV,
cuando Abd-el-Rahhaman salia de la cmara.

Y Abd-el-Rahhaman murmuraba saliendo:

--Solo me falta satisfacer la codicia del consejero favorito del rey
cristiano: yo averiguar quin este consejero sea: le dar cuanto oro
sea necesario, y Walid ser mia.

Y  seguida murmuraba suspirando:

--Oh! y cun hermosa! cun hermosa es aquella cristiana!




VII.


Dijeron al infante que el favorito del rey de Aragon, era un noble
caballero muy valiente y muy bravo, llamado Men Roger de Cardona.

El infante envi  Men Roger un caballo de Arabia, un arns de Damasco,
una lanza de dos hierros con pendoncillo de brocado, un rico capellar y
una tnica de prpura.

Men Roger recibi el presente creyendo que se trataba de que influyese
con el rey de Aragon para el feliz xito de las pretensiones del rey de
Granada.

Men Roger, el soberbio rico-hombre de Aragon, convid  comer al infante
moro.

Al dia siguiente al sentarse  la mesa, vi junto  s Abd-el-Rahhaman 
la hermossima cristiana que habia encontrado en el alczar dos dias
antes, y se turb: ella se turb tambien y baj los ojos.

--Es mi hermana doa Catalina, dijo Men Roger al infante.

Y durante las cuatro horas que aquella comida dur, el infante habl de
las magnificencias de la crte de Granada, y ponder sus caballeros y
sus damas, pero al ponderar  estas aadi:

--Y sin embargo, no he visto en Granada ni en todo su reino ni en las
Alpujarras, ni en Murcia, ni en Almera, ni en Algeciras, mi patria, una
dama tan hermosa como la que v en el alczar del rey cristiano la
primera vez que entr en l.

Y doa Catalina al oir esto mir al moro, y el moro vi amor en la
mirada de doa Catalina, y Men Roger no vi nada, porque estaba
gravemente ocupado en trinchar un faisan.

Y al recibir la mirada de doa Catalina, dijo para s el infante:

--Oh! si yo no amase tanto  Walid!

Y doa Catalina dijo tambien para sus adentros:

--Oh! sino fuera moro este mancebo!




VIII.


Cuando concluy la comida, doa Catalina se retir y el baron catalan y
el infante granadino quedaron solos.

Despues de hablar de varios asuntos, Abd-el-Rahhaman dijo  Men Roger:

--T eres valido del rey tu seor.

--El noble rey don Alonso conoce mi lealtad y la premia concedindome su
confianza, contest el aragons con cierta reserva porque no sabia 
donde iba  parar el moro.

--De modo que si t pidieras una gracia para m al rey tu seor, para
m que desde ayer soy su vasallo?...

--Y qu gracia es esa?

--Una muger.

--Una vasalla del rey?

--S; mas que eso aun; una sierva.

--Para hacerla tu esposa?

--S.

--Y quin es?... sierva del rey! no puede ser noble!

--El rey puede concedrmela.

--Te prometo que si concedrtela puede, te la conceder.

El infante estrech la mano del baron catalan, y poco despues se separ
de l.




IX.


Al dia siguiente se present Abd-el-Rahhaman con toda la ostentacion de
su embajada al rey de Aragon.

Le precedian los presentes del rey de Granada.

Entre ellos iba Walid maravillosamente vestida y cubierta con un velo
de gasa que sin cubrir su hermosura la aumentaba, como una ligera
nubecilla aumenta la belleza de la luna.

El infante adelant con ella llevndola asida de la mano y la present
al rey, levantando su velo con una mano y dando con la otra  Alfonso IV
una cdula en pergamino, en que constaba la voluntad del rey de Granada
respecto  su sobrina la infanta Walid al presentarla al rey de Aragon.

Un interprete ley aquel pergamino.

Al escuchar los caballeros de la crte de Alfonso IV, que estaban
presentes, que el rey de Aragon podia dar en matrimonio, con su rico
dote aquella muger, aquella nia de tan maravillosa hermosura, todas las
miradas se fijaron con codicia en Walid, especialmente la de Men Roger
de Cardona.

Despues Abd-el-Rahhaman notific al rey el objeto de su embajada.

Las treguas que el rey de Granada pedia, convenian tambien al de Aragon,
y fueron concedidas y estipuladas sin dificultad. Cuando el tratado
estuvo concluido, Abd-el-Rahhaman dijo  Alonso IV:

--Recordars noble y poderoso rey que soy tu vasallo.

--Es cierto, dijo el rey de Aragon: hace tres dias me rendiste pleto
homenaje, y yo le recib: pero por qu me recuerdas eso?

--El rey de Granada al entregarte la infanta Walid, ha sido con la
condicion de que la tengas para t,  de que la ds por esposa  uno de
tus vasallos. Ahora bien: guardas t para t  la infanta?

--Yo no tengo ni tendr mas que una esposa, dijo el rey.

--Pues entonces, seor, replic el infante, yo te pido por esposa  la
infanta Walid.

Y antes de que el rey pudiese contestar, Men Roger de Cardona adelant
plido y trmulo hcia el dosel del rey y esclam:

--Y yo la pido tambien  vuestra seora, yo que soy rico-hombre de
solar, y que he vertido mi sangre en cien batallas matando moros.

--Ah! t eres un perro traidor, sin f y sin lealtad en sus palabras!
dijo el infante  Men Roger.

--Pdeme mi hermana y te la dar, infante, dijo el baron catalan: pero
yo pido al rey esa doncella.

--Y me la pides t tambien infante de Granada, mi vasallo? dijo Alfonso
IV.

--S, si seor, esclam con toda su alma Abd-el-Rahhaman: es mi prima,
la amo y ella me ama.

La incertidumbre hacia temblar  Men Roger.

--Yo os la concedo  los dos, dijo el rey:  t canciller de mis reinos,
valiente y leal vasallo mio,  t infante de Granada mi noble vasallo.

--Pero seor, esclam Abd-el-Rahhaman, la infanta no puede dividirse en
dos: sobra pues uno.

--Dices bien, esclam todo descompuesto Men Roger: sobra uno de los dos.

--Pues caballeros, dijo el rey, que Dios y San Jaime decidan vuestra
contienda: dentro de tres dias en la Tela, en un palenque cerrado,
obtendr por premio de su victoria la infanta de Granada, cualquiera de
los dos que venza.

Y el rey despidi  su crte, y Walid se qued en el alczar del rey, y
Abd-el-Rahhaman y Men Roger salieron cada cual por su lado, convertidos
en los enemigos mas implacables del mundo.




X.


Pasaron los tres dias del plazo.

Fuera de los muros de Tarazona se habia levantado un palenque.

Aquel palenque era el campo cerrado donde las armas debian dirimir la
contienda de dos hombres enamorados de una muger.

Aunque el plazo habia sido breve, la fama del duelo habia cundido; gran
nmero de damas y caballeros de las ciudades y villas cercanas 
Tarazona habian acudido  presenciar aquel raro litigio entre un
cristiano y un moro, que debia sentenciarse por Dios y por San Jaime.

Desde muy temprano los estrados y las barreras estaban llenos de gente:
en los primeros se veian hermosas damas, hidalgos, caballeros y
mesnaderos, todos engalanados, todos impacientes porque llegase la hora
del trance. En las barreras se agolpaba el popular ruidoso, que  cada
momento crecia, y los ballesteros del rey guardaban aquellas barreras y
aseguraban el palenque.

A un estremo de l estaba un tablado cubierto de hermosos tapices, y
sobre aquel tablado dos doseles; el uno mas rico y mas bello que el
otro.

Pero es de advertir que en el dosel menos rico estaban recamadas las
armas de Aragon, y en el otro mas adornado, mas bello, se veia entre
flores una aljaba, un arco y un cendal, armas del amor.

Al pie de estos dos doseles habia una larga gradera cubierta de
almohadones rojos y alfombras  los pies, donde debian sentarse, en la
primera grada las damas de la reina, en la segunda y tercera los
oficiales de la casa del rey.

A la derecha de estos dos doseles, habia un estrado cubierto por paos
rojos; aquel estrado debian ocuparle los jueces del campo, los heraldos,
los farautes, los persevantes, los escuderos y dems oficiales de armas:
 la izquierda se levantaba otro estrado cubierto de paos turques con
estrellas de plata, donde debian presenciar el duelo los caballeros
granadinos que habian venido acompaando en su embajada al infante
Abd-el-Rahhaman.

Al otro estremo del palenque habia dos tiendas de las mejores que se
habian visto en mucho tiempo, aunque diferentes entre s: la una era
cuadrada, de tafetan verde con galones de oro, y sembrada toda de un
blason rojo con cuatro vstagos de oro, armas de la casa de Cardona, lo
que demostraba que aquella tienda, en la cual habia guarda de hombres de
armas con el mismo blason que se veia en la tienda al pecho, estaba
destinada  Men Roger de Cardona, rico-hombre de Aragon y gran privado
del rey Alonso IV.

La otra tienda era redonda y resplandecia por su tela de oro y seda
recamada de ricas labores arabescas y rodeada de una alfombra de Persia:
 su puerta habia, dando la guarda, esclavos negros con marlotas y
capellares rojos y arneses dorados, lo que decia claro que aquella era
la tienda del infante de Granada Abd-el-Rahhaman.

Y todo esto, los dos nobles doseles, los estrados, las graderas, las
tiendas, la arena igualada y estendida dentro de las barreras, la
multitud noble y plebeya que llenaba andamios, estrados y graderas: las
galas de las damas, las empresas de los caballeros, el aspecto ferz de
los ballesteros aragoneses, las brillantes armaduras de los hombres de
armas y escuderos de Men Roger, y los ostentosos trages y las armaduras
doradas de los esclavos del infante de Granada, ofrecian vivos matices,
y brillantes destellos, y cien cambiantes de color y de luz, bajo el sol
que salia por un horizonte azul y despejado.




XI.


Apenas habia asomado el sol en el oriente, como si aquella fuese una
seal, oyse fuera del palenque una ruidosa y alta trompetera,  cuyo
sonido todos los que esperaban desde el amanecer rompieron en una
aclamacion ruidosa.

La corte se acercaba.

Al fin se abri una poterna y entraron cuatro reyes de armas  caballo,
con sus estoques dorados en las manos.

Seguian detrs cuatro heraldos con sus dalmticas de terciopelo rojo
guarnecidas de oro, y con sus mazas al hombro.

Luego una turba de farautes, persevantes y escuderos,  caballo tambien,
despues diez y seis trompeteros y otros tantos timbaleros, ginetes en
caballos blancos, tocando  un tiempo sus instrumentos:

Luego el Condestable con la espada real, y junto  l el Alfrez mayor
con el estandarte de Aragon, y todos los oficiales de la casa del rey.

Luego en unas andas muy vistosas, cubiertas de paos de brocado y
flores, y deslumbrantemente engalanadas, precedida de muchachas vestidas
de blanco, que bailaban acompandose de sus panderetas, rodeada de
doncellas nobles de la reina, en hacancas blancas, llevada cada una de
la rienda por un caballero, entr Walid, confusa y ruborosa,
suspendiendo  los hombres y haciendo morir de envidia  las mugeres con
su hermosura.

Despues venian  caballo el rey y la reina, l en su corcel de batalla,
ella en su blanco palafren; los rico-hombres, los pages, los escuderos,
y por ltimo un escuadron de hombres de armas.

Toda esta comitiva atraves lentamente el palenque; cuando llegaron  la
gradera del estrado donde estaban levantados los doseles, el mismo rey
en persona descabalg, fu  las andas en que era llevada la infanta
Walid, que baj de ellas, y conducida de la mano por el rey, subi la
gradera, y fu  ocupar el trono del amor en medio de los murmullos y
de las aclamaciones que arrancaban  todos los presentes la hermosura y
las resplandecientes galas de que iba cubierta Walid.

Al pie del dosel se estendieron pages y doncellas, y cuando la infanta
de Granada se hubo sentado, el rey baj de nuevo la gradera, y llev su
esposa al trono, donde se sent  su lado; los rico-hombres, los
mesnaderos, los pages, se estendieron  los pies de la grada, donde
estaban sentadas en almohadones las damas de la reina, los jueces del
campo y los reyes de armas, y los dems oficiales ocuparon el tablado
que les estaba destinado, y la comitiva mora del infante Abd-el-Rahhaman
el suyo.

Entonces  una seal del rey don Alonso, el rey de armas _Catalua_, 
caballo, seguido de sus oficiales de armas y precedido de los
trompeteros y timbaleros, di una grida  pregon en que manifest 
todos los circunstantes:

Cmo el rey moro de Granada habia enviado al seor rey de Aragon una
doncella mora, infanta de su casa, para que la casase con aquel de sus
vasallos que mas le pluguiese.

Otro s: cmo habiendo venido por embajador del rey de Granada el noble
infante, su primo, Abd-el-Rahhaman, el infante habia rendido pleito
homenaje y vasallaje al seor rey de Aragon.

Otro s: cmo el infante de Granada Abd-el-Rahhaman, y el noble, alto y
poderoso seor Men Roger de Cardona, vasallos ambos del seor rey de
Aragon, habian pedido  un tiempo  dicho seor rey les concediese por
esposa la infanta Walid, que se hallaba presente en el trono de la
hermosura.

Y finalmente, que el susodicho seor rey de Aragon habia ordenado que
para no ofender  ninguno de los dos pretendientes, riesen  la infanta
Walid, en palenque cerrado de poder  poder, en trance de muerte, si
necesario fuese, ante Dios y el bienaventurado apstol San Jaime.

El rey de armas Catalua repiti este pregon en los cuatro ngulos del
palenque, y luego ley los captulos del combate.

Segun ellos se tendria por vencido:

El que se saliere del palenque dejando en l  su contrario.

El que cayere del corcel al suelo.

El que pidiere suspension del duelo.

El que usare de malas artes, prohibidas por las leyes de la caballera.

El que hiriere de mala manera  su contrario.

Y otros muchos y prolijos captulos que se leian en tales ocasiones, y
que estaban autorizados por la ley y por la costumbre.

Despues de esto se di otro pregon para que nadie fuese osado, por cosa
que sucediere  cualquiera de los dos caballeros,  dar voces  aviso, 
 hacer sea con la mano, so pena de que al que hablare se le cortaria
la lengua, y al que hiciere sea se le cortaria la mano.

A seguida se retiraron el rey de armas y sus oficiales, y los jueces del
campo mandaron tocar las trompetas y los timbales,  cuyo son salieron
cada cual de su tienda  caballo y armados, el infante Abd-el-Rahhaman y
Men Roger de Cardona, rodeados cada cual de sus escuderos y caballeros.

Llevaba el infante de Granada un bonete forrado de oro ricamente
labrado, y coronado por una garzota de plumas verdes en seal de
esperanza; un arns tunecino redoblado, forrado de tela de oro; una
tnica de brocado de rica labor, y un capellar de grana con flecos y
borlas de oro; montaba en un caballo andaluz poderoso, que hacia
retemblar la tierra bajo sus cascos; embrazaba una adarga de cuero de
Marruecos, perpuntada y bordada de oro y seda, y empuaba una lanza de
bano, de dos hierros, de Toledo.

Men Roger mostraba las resplandecientes armas, la marlota y la lanza de
dos hierros que le habia regalado el infante, y montaba el hermoso
caballo de Arabia que habia acompaado  aquel regalo, lo que el infante
tom por insolencia, y el rey y todos los circunstantes por descortesa,
porque aquello era lo mismo que decir al infante:

--Te combato con tus propias armas.

El infante tom por un lado de la liza, y el aragons por el otro, y al
pasar por delante de los reyes y de la infanta Walid, para saludarlos,
se cruzaron, y despues fueron  ponerse uno frente al otro, cada uno 
un estremo de la liza.

Entonces bajaron los jueces del campo y les partieron el sol[87],
reconocieron sus armas, las dieron por buenas, y les tomaron juramento
por su honor de que no llevaban sobre s amuletos ni hechizos en dao de
su contrario, despues de lo cual se retiraron.

Entonces, cuando los caballeros habian quedado en sus puestos, teniendo
el freno de cada uno de sus caballos un faraute, el rey hizo una seal
con su baston y las trompetas y los timbales rompieron en alto alarido.

A este primer son los caballeros pusieron sus lanzas en los ristres, se
adargaron  inclinaron el cuerpo sobre el arzon delantero.

Entonces son el toque de arremetida, los farautes soltaron los frenos,
y el moro y el catalan partieron el uno contra el otro como dos rayos, y
se encontraron con terrible pujanza y estruendo en medio de la liza.

Las dos lanzas se rompieron contra las adargas, sin que ninguno de los
dos adversarios se descompusiese.

Pasaron y todos aplaudieron, porque entrambos, el moro y el cristiano en
aquella primer carrera, habian sido muy buenos caballeros.

Los escuderos del campo les dieron nuevas lanzas, y volvieron  partir y
 encontrarse.

El infante de Granada hizo dar un rodeo al catalan, falsendole la
adarga  hirindole ligeramente por la parte falsa del arns, debajo del
brazo, y el catalan pas sin tocar al moro.

La ventaja estaba de parte del infante.

La sangre corria  borbotones de la herida de Men Roger, y los que
habian apostado por su triunfo empezaron  dar por perdido su dinero.
Pero de repente el caballo del infante, sin que nadie pudiera dar con la
causa, se inquiet, empez  encabritarse, mordi el freno, y escap de
la liza sin que pudiese estorbarlo su ginete.

Todos lo tuvieron  hechicera, tal vez  malas artes del baron catalan;
pero como uno de los captulos del duelo era que el caballero que se
saliera de la liza fuese declarado vencido, felo el infante, y el rey
declar que Men Roger de Cardona habia ganado buena y lealmente  la
infanta, y se la concedi por esposa.

Al saber esto Walid, palideci intensamente y murmur:

--No ha vencido al amado de mi alma sino valindose de Satans, que le
ha ayudado con malas artes. Pues bien, esposo mio, yo te juro, no solo
no ser tuya, sino vengar al infante de la traicion que has obrado con
l.

Y todos se engaaron en lo de las hechiceras; la verdad era que al
errar el golpe el catalan habia herido sin quererlo en un hijar al
caballo del infante, y este irritado por el dolor de la herida habia
partido.




XII.


Entre tanto Abd-el-Rahhaman, sin poder contener  su caballo, era
llevado por l con la velocidad del huracan  travs de los campos.

Nadie supo en Tarazona lo que habia sido del infante.

A los tres dias los caballeros y las gentes y los esclavos que habian
acompaado  Abd-el-Rahhaman en su embajada, partieron de Tarazona.

El rey, antes de que partiesen, les pregunt por el infante.

--No sabemos lo que ha sido del bravo Abd-el-Rahhaman, seor, respondi
un xeque que habia acompaado al infante.

--Dios le ayude, dijo el rey de Aragon, porque es un buen caballero.




XIII.


Tres dias despues se efectuaron las bodas de Men Roger de Cardona y de
la infanta Walid.

La hermosa jven se habia presentado alegre y riente, dejadas sus ropas
moras por otras magnficas  la usanza de los cristianos, y mas hermosa
que nunca.

Men Roger llevaba vendado el brazo izquierdo, y suspendido de una venda
de seda que se sujetaba en su cuello.

La infanta, por medio de un intrprete, declar que voluntariamente se
instruiria en la religion cristiana y se bautizaria apenas estuviese
instruida, todo por amor  su esposo.

--Lo que son las mugeres! esclam para s el rey al ver que tan pronto
olvidaba sus amores la infanta. Una aragonesa se hubiera dejado matar!




XIV.


Pero al dia siguiente dieron una terrible nueva al rey, por la cual no
supo decir si la infanta amaba como toda muger debe amar,  si amaba
demasiado.

En la cmara nupcial, se habia encontrado muerto, cosido  pualadas, 
Men Roger de Cardona.

Sobre su pecho, sujeto por un pual, se veia un pergamino y en l
escrito en rabe lo siguiente:

Las moras de Granada matamos  morimos, cuando nos entregan  un hombre
 quien no amamos.

El rey se aterr por la muestra que habia dado de s aquel amor
terrible, y mand prender  la infanta.

Pero la infanta habia desaparecido.

Y lo que era mas estrao; la hermosa doa Catalina de Cardona, la
hermana del difunto, habia desaparecido tambien.




XV.


--Y cmo aconteci eso? dijo Mara, que escuchaba con sumo inters al
mago.

--De una manera muy sencilla. El infante cuando pudo dominar  su
caballo, comprendi la situacion en que se encontraba: no le cupo duda
de que su enemigo habia sido declarado vencedor y de que se le habria
entregado la infanta Walid.

Al pensar esto, la venganza luci como un relmpago sombro en el alma
del infante.

--Oh! dijo, t me has robado mi amante, yo te robar tu hermana, la
hermosa doncella de las crenchas de oro.

Y desde que el infante adopt esta resolucion, como que le pareci menos
dolorosa la prdida de Walid.

Pero para ello era necesario ser muy prudente. Se encontraba en medio de
los campos y se dirigi sin vacilar  un casero.

Un labriego le sali al encuentro.

--T eres pobre: le dijo el infante, que hablaba bien el espaol.

--Ni pobre ni rico, le contest el labriego.

--Pero no te vendria mal que yo te cambiase este hermoso caballo mio por
uno de tus rocines.

--No por cierto, seor.

--Ni que yo trocase todas mis galas por un vestido tuyo.

--Ah! no por cierto.

--Pues bien, dijo el infante descabalgando, entremos en tu casa.

All se efectu el cambio.

--Escucha, le dijo el infante: cura  este caballo, la herida es ligera,
y bien merece por hermoso y bravo que se cuide de l.

--Ah! si seor, dijo admirado el labriego.

--Oye aun: mete este caballo en tu establo y guarda estas armas y estas
ropas; maana vendrn  comprrtelo todo, y te darn por ello un monte
de oro.

--Ah! seor.

--Y  persona viviente digas que me has visto.

--Descuidad, seor.

Y el infante montando en el rocin de labor que le habia cambiado el
campesino por su magnfico caballo de batalla, y vestido como un
rstico, se alej hcia Tarazona; esper  que cerrase la noche, y
cuando esta hubo estendido su sombra entr en la ciudad, sin que nadie
reparase en l  causa de su disfraz y se entr en la casa donde estaban
las gentes de su embajada.

--Abdelamar: dijo  uno de sus escuderos favoritos, t no me has visto:
guarda un profundo secreto, y bscame una de esas viejas embaucadoras
que dicen que hay en todas las poblaciones de los cristianos.

Abdelamar sali y poco despues volvi con una de esas viejas que viven
de ser corredoras del amor, y favorecedoras de doncellas y galanes.

El infante se encerr con ella, y la dijo:

--Amo  una noble dama de esta ciudad y no puedo decirla mi amor:
quieres t, buena muger, encargarte de llevarla un mensage mio?

Y puso en manos de la vieja un bolsillo.

--Y cmo se llama esa doncella, hermoso seor?

--Doa Catalina de Cardona, contest el infante.

--Ah, seor! que es mas dura que una pea! tiene amores con un
caballero muy noble y muy rico, que se llama Men Jorge de Ariza, y diz
que se v  casar con l; muchos enamorados me han encargado de lo mismo
que vos me encargais; pero aunque la he hablado, porque yo tengo un
compadre que es escudero de su hermano, no he podido recabar nada de
ella: ni aun siquiera que se asome  los miradores para que la vea el
enamorado!

--No importa, dijo el infante: id, puesto que podeis hablarla y decidla
que un caballero estrangero  quien vi hace cinco dias en el alczar, y
que hace cuatro comi  su mesa con ella y con su hermano, muere por
ella; que no ha podido olvidarla un momento y que la ruega le permita la
ventura de hablarla  solas.

--Ir, hermoso seor, ir; pero mucho me temo que mi ida sea en vano
como tantas otras.

Y la vieja sali, y el infante se qued entregado  su rabia y  su
duda, y despues de haberse dado  conocer  los principales caballeros
de su embajada, de haberles recomendado el secreto, y de haberles
mandado que se despidiesen del rey de Aragon, como si l no hubiese
parecido, se encerr en un aposento y se acost para no dormir.

Al dia siguiente al medio dia, Abdelamar avis al infante de que la
vieja que habia hablado con l la noche anterior estaba en el zaguan.

El infante mand que tragese  la vieja y se encerr con ella.

Revosaba la alegra del semblante de aquella muger.

--Ah, seor! esclam: y qu dichoso sois! doa Catalina os ama! una
doncella tan noble, y tan hermosa, y tan rica! oh! qu buena ventura
os acompaa, seor!

--Que me ama! os lo ha dicho ella! esclam el infante cuyo corazon se
habia abrasado al recibir aquella noticia, en un fuego para l
desconocido.

--Ella no me lo ha dicho, seor, dijo la vieja: pero yo no necesito que
me digan las cosas: cuando la d vuestro recado me contest ponindose
muy plida:--Es un caballero jven, moreno, que tiene los ojos
negros?--El mismo, seora mia, la contest.--Y decis que quiere
hablarme?--Por veros muere.--Guard algun tiempo silencio aquella luz de
los cielos, y luego ponindose muy colorada me dijo:--Id y avisadle, que
aprovechando el estar mi hermano en el lecho guardando una herida, le
ver esta noche por la reja del huerto,  la media noche. Que venga solo
y disfrazado.--Y cuando yo o esto vine deshalada  avisroslo, mi
hermoso seor.

Informse el infante de las seas del lugar de la cita de doa Catalina,
di otro bolsillo  la duea y la despidi.

Cuando lleg la hora de la cita, que el infante esper con una
impaciencia mortal, sali, atraves las calles desiertas iluminadas 
medias por la luz de la luna, y lleg  un lugar, despues de haber
andado mucho, donde en una tapia, por cima de la cual se veian rboles
frutales, vi una ancha reja.

Pero aquella reja estaba cerrada.

Acercse  ella el infante y esper muriendo de ansiedad.

Pas algun tiempo y ya temia que la vieja le hubiese engaado, cuando
sinti por dentro de la reja unas pisadas de muger, que se acercaron, y
detrs de la reja se detuvieron.

Al fin, y pasado un corto espacio rechinaron los postigos, se abrieron y
apareci  la luz de la luna una muger vestida de blanco.

Era doa Catalina.




XVI.


--Oh! hermoso lucero de mi oscura noche! esclam el infante asindose
 la reja y mirando con ansia  la hermossima doa Catalina.

--Mirad no os equivoqueis caballero, dijo con seriedad la doncella, y no
digais esas palabras creyendo que yo soy la hermosa infanta que habeis
traido de Granada.

--Oh! no: no: se que sois vos: vos la alegra de mi alma, el agua
regalada que mi sed desea.

--Si vuestro caballo no se hubiera espantado, hubirais vencido  mi
hermano, hubiera sido vuestra la infanta, y no os hubirais acordado de
m. Sin duda que me hablais de amor por vengaros de mi hermano, y si yo
he consentido de veros ha sido para deciros por m misma, que os habeis
engaado torpemente al elegirme por medio para vuestra venganza.

--Ah! partirame una lanza el corazon antes de que yo escuchra de
vuestros hermosos labios tan crueles palabras!

Pronunci el infante de una manera tan doloroso estas palabras, que doa
Catalina repuso dulcificando su acento:

--Me amais en efecto, no me engaais, puedo fiar en vuestro honor de
caballero? y si me amais, cmo es que habeis reido en duelo la mano de
la hermosa infanta granadina?

--Porque creia amarla, seora; pero me engaaba: yo no he amado hasta
que os he visto, no: os lo juro por la santa piedra de la Kaba, por el
arcngel Gabriel, por Dios, por mi alma. Ah! yo no sabia lo que era
morir por una muger hasta ahora; no, no, os lo juro.

--Es singular! dijo doa Catalina: yo amaba  un hombre.

Y doa Catalina se detuvo ruborosa.

--Seguid, alegra de mi vida, seguid: dijo con anhelo el infante.

--S; continu doa Catalina con la voz trmula: yo amaba  creia amar
pero... si es cierto lo que decs... me ha sucedido lo mismo que 
vos...

Doa Catalina se detuvo de nuevo.

--Me amais como yo os amo! esclam el infante loco de alegra: hemos
nacido el uno para el otro, vos cristiana yo moro, y al vernos hemos
comprendido lo que es el amor; que no habiamos amado hasta que nos
hemos visto.

Doa Catalina guard silencio.

--Hablad, hablad, dijo el infante: no veis que muero?

Y Abd-el-Rahhaman se asa  la reja para sostenerse y temblaba.

--Yo os amo, dijo doa Catalina con la voz apagada.

El infante reclin su cabeza en la reja y rompi  llorar porque las
lgrimas acompaan tanto  las grandes alegras como  los grandes
dolores.

Y al ver llorar  un hombre tan valiente y tan bravo, las entraas
enamoradas de doa Catalina se abrieron.

--Somos muy desgraciados, dijo.

--Desgraciados! esclam el infante levantando  doa Catalina los ojos
nublados por las lgrimas en que reflejaba la luna. Desgraciados! y
por qu?

--Vos sois moro; yo soy cristiana.

--Para los que se aman no hay mas Dios que el amor.

--Sois enemigo de mi hermano.

--Le perdono.

--Mi hermano no os perdonar.

--Le dir: amo  vuestra hermana, soy hijo de reyes.

--Mi hermano os pedir lo que yo no os pido.

-Qu!

--Que renegueis de vuestra patria y de vuestro Dios.

--Oh! no! nunca!

--Lo s y por eso os amar siempre: yo no podria amar  quien por m se
envileciese.

Guardaron entrambos silencio.

--Me pediriais vos que renegase de mi Dios? dijo doa Catalina.

--Oh! no! respondi el infante.

--Pues bien, ammonos: dijo doa Catalina.

El infante quiso en la locura de su alegra asir una mano que la
hermossima cristiana tenia apoyada en la reja.

Doa Catalina la retir.

--Ammonos pero desde lejos: guardemos cada uno dentro de nuestra alma,
como en un santuario, nuestro amor.

--Amarnos desde lejos! y por qu no unirnos?

--No lo quiere Dios: vos sois moro, yo soy cristiana.

--Vos seguireis siendo cristiana y yo seguir siendo moro.

Pronunci de una manera tan sentida estas palabras el infante, que doa
Catalina no contest.

Permaneci por un momento en silencio dominada por el amor que el
infante la inspiraba.

--Y cmo, cmo, dijo al fin, no separarnos?

--Seguidme.

--Que os siga! qu habeis dicho!

--Necesito veros contnuamente, teneros contnuamente a mi lado para
vivir: sin vos los cielos no tienen luz para mi ni el sol resplandores,
ni brillan las estrellas, sin vos morir... ah! vos cuando os negais 
seguirme no me amais!

--Amo antes que  vos  mi honra, contest con voz severa doa Catalina.

Pero su voz temblaba.

--En fin, no sereis mia? no partireis conmigo  mi Granada?

--No! esclam doa Catalina.

Y guardando silencio por un momento, dijo:

--A Dios!

--A Dios! es decir que me dejais?

--Me aparto de vos.

--Y no volveremos  vernos?

--No nos debemos ver:  Dios.

--Esperad, esperad, vida de mi vida, ved que desdeando mis amores, me
matais.

--A Dios, repiti doa Catalina.

Y cerr la reja.

Abd-el-Rahhaman permaneci algunos momentos delante de aquella reja,
mudo, y anonadado y luego alz con resolucion la cabeza, y dijo:

--Por el Dios Altsimo y Unico, hermosa cristiana que has de ser mia.




XVII.


--Y lo fu? pregunt Mara con gran inters al mago.

--S; no te he dicho que t eres hija de doa Catalina de Cardona?

--Ah!

--El infante de Granada insisti, suplic, llor, y al fin como tu madre
estaba enamorada, se rindi.

--Huy con mi padre?

--S, con el infante de Granada Abd-el-Rahhaman, la misma noche en que
se celebraban las bodas de Men Roger de Cardona, con la infanta Walid.
Asistamos  las bodas, voy  presentrtelas. Mira.

Iluminse el fondo de la habitacion, y Mara vi una sala rica, colgada
de banderas y tapices, y reluciente de luces: al fondo de la sala habia
un altar:  un lado del altar habia multitud de damas y al otro gran
nmero de caballeros.

Se abri una puerta, y entr una dama ya de edad provecta llevando de la
mano  otra dama muy jven, muy hermosa y magnficamente ataviada.

La una dama era la reina de Aragon, la otra la infanta Walid.

Se abri otra puerta y apareci otro caballero llevando  otro de la
mano.

El que le llevaba, era el rey de Aragon: el que era llevado, Men Roger
de Cardona.

Seguian  la reina y  la novia, multitud de damas: al rey y al novio,
gran nmero de caballeros.

Cuando la infanta y Men Roger estuvieron delante del altar, se
arrodillaron en unos almohadones.

Luego por una puertecita situada junto al altar, sali el obispo de
Tarazona con sus clrigos y su bculo de oro, hizo una pltica  los
novios y despues les ech la bendicion nupcial.

Y  seguida, en otra cmara mas estensa y mas rica empez el sarao, que
dur hasta muy entrada la noche.

Al fin la reina asi de la mano  la desposada y la condujo  la cmara
nupcial donde la dej sola.

El rey llev  aquella misma cmara al desposado y se despidi de l 
la puerta.

Men Roger y la infanta Walid quedaron solos.

La infanta no comprendia el dialecto aragons, pero comprendia s el
lenguaje de los ojos.

Men Roger adelantaba hcia ella plido de deseo.

La infanta estaba en medio de la estancia, delante del gran lecho
nupcial, cruzada de brazos y con la vista inclinada al suelo.

Men Roger se acerc  ella y la abraz.

Ella no resisti el abrazo.

Pero de repente, cuando Men Roger fu  estampar un beso en la boca de
Walid, di un grito y cay de espaldas. Walid al ser abrazada le habia
herido en un costado con un pual que tenia prevenido, y luego cuando
cay, Walid, horrible con su venganza, di de pualadas al infeliz,
sac de su seno un papel, y con la ltima pualada le clav sobre el
pecho de Men Roger.

Aquel papel decia en letras arbigas:

--Las moras de Granada matamos  morimos cuando nos entregan  un hombre
 quien no amamos.




XVIII.


--Pero lo que hizo aquella muger fu infame, dijo Mara.

--Escucha, escucha, continu el mago, y vers hasta dnde puede llegar
el amor de una mora.

Mara escuch de nuevo y el mago continu:

--Cuando Walid vi ante s muerto y ensangrentado  Men Roger, tuvo
miedo. Busc una puerta, y huy  la ventura, atraves una galera,
lleg  unas escaleras, las baj, se encontr en un huerto; iluminado
por la luna, le recorri buscando otra salida y encontr un postigo.

Aquel postigo tenia la cerradura rota y corridos los cerrojos.

Estaba abierto.

Walid se lanz,  la ventura siempre, por aquel postigo.

Pero de repente se encontr con un hombre.

La luna daba de lleno en su semblante, y Walid arroj un grito de
alegra.

Porque aquel hombre era el infante Abd-el-Rahhaman, que mientras sus
gentes ponian en salvo  doa Catalina, que habia huido, se habia
quedado con algunos de los suyos cubriendo por s mismo la salida, y
resuelto  todo.

Del mismo modo que Walid habia reconocido al infante, este la reconoci
 ella.

Una intensa alegra inund el alma de entrambos.

La de ella, porque se veia al fin salvada por el hombre que vivia en su
alma; la de l, porque se vengaba de una doble manera de la falta de f
de Men Roger.

Walid comprendi que no debia decir  su amante que habia matado  su
esposo.

Abd-el-Rahhaman comprendi que debia encubrir el motivo porque se
encontraba all  tales horas.

--He huido! he huido, amado mio, aprovechando la confusion de la
fiesta de mis bodas! dijo Walid pero vmonos de aqu, vmonos porque
dentro de poco nos perseguirn!

--Ah! dijo el infante asiendo de Walid y llevndola consigo: yo creia
que te habian avisado que encontrarias franco el postigo del huerto, y
que yo te esperaba fuera para salvarte.

--Oh! nadie me ha dicho nada, dijo Walid siguiendo  buen paso al
infante, al que  medida que adelantaba se iban incorporando sus gentes,
que estaban apostadas en las calles inmediatas: pero antes de ser de
otro hombre lo arrostr todo; sino te hubiera encontrado, sino hubiera
podido huir, me hubiera dejado matar antes que faltar  tu f.

--Alma de mi alma! esclam el infante.

Pero al pronunciar aquella esclamacion mentia: su amor hcia Walid
habia pasado vencido por el amor de doa Catalina de Cardona.

El infante y los suyos iban vestidos  la aragonesa: la infanta para no
hacerse reparable, si por ventura los encontraban los guardas de la
ciudad, se habia despojado de sus joyas y habia cubierto su rico trage
con la capa del infante. Adems de esto Abd-el-Rahhaman y los suyos
llevaban puestas las manos en las empuaduras de las espadas.

Muy pronto, franqueada por los guardas pagados una de las puertas de la
ciudad, los fugitivos se encontraron en el campo.

El infante llam  parte Abdelamar.

--Oye, le dijo: sigue t adelante, muy adelante con la cristiana, de
modo que durante el camino hasta Granada no pueda verla la infanta
Walid, con la cual seguir yo el mismo camino. Que ninguno de los tuyos
se quede atrs y pueda decir que contigo v una muger. Adelante,
adelante y  la carrera.

Y montando  caballo, tom sobre el arzon  Walid, y parti.

Muy pronto los fugitivos se perdieron entre el silencio y las brumas de
la noche.

       *       *       *       *       *

En vano el rey de Aragon quiso saber lo que habia sido de la infanta
mora, y de la rica-hembra cristiana.

Parecia que el mar se habia tragado  Walid y  doa Catalina.

Alonso IV, pues, hubo de contentarse con hacer unas ostentosas exequias
 su favorito.

Hablse de ello durante muchos dias en la crte, y al fin todos se
olvidaron de Men Roger, de su hermana y de la infanta Walid.

[imagen no disponible: He huido! he huido, amado mio.!

LETRE dib y lit Lit de J.J. MARTINEZ, Madrid]




XIX.


Durante una hermosa noche de verano, una sombra blanca, acompaada de
otra sombra negra, penetraron por el claro de un vallado, en uno de los
bellos y frondosos crmenes del Darro.

Los rayos de la luna, se detenian en la fronda de los rboles frutales,
y bajo ellos encontraban un camino oscuro y oculto, la sombra blanca y
la sombra negra.

Cuando las dos sombras llegaron  un punto desde el cual se veia una
blanca casa en medio de un jardin iluminado enteramente por la luz de la
luna, se detuvieron.

--Te habia prometido, dijo la sombra negra  la sombra blanca, traerte
al lugar donde tu esposo viene  pasar las noches entre los brazos de
una muger.

--Si me lo haces ver ser tuya, dijo con voz irritada y ronca la sombra
blanca.

--Ves aquella luz que brilla detrs de aquel ajimez?

--S.

--Pues all reposa la cristiana que sac de Tarazona el infante
Abd-el-Rahhaman, la misma noche en que te libr de tu mal destino.

--Para condenarme  otro peor, dijo Walid que ella era; para condenarme
 la desesperacion de verme despreciada por otra muger. Y es esa muger
hermosa?

--Como el lucero de la tarde al principiar una noche de primavera.

--Pues bien, Abdelamar, despues de que haya visto  mi esposo salir de
esa casa, quiero conocer  esa muger.

--Ser necesario gastar algun oro.

--Y qu importa? dijo la infanta: no estoy muriendo de celos? la vida
que me pidieses la daria por vengarme!

--Oh! y cunto amas al infante! dijo suspirando Abdelamar.

--Te juro que le aborrezco.

--Y por qu no huyes de l y le desprecias?

--Quiero vengarme.

--Ah! mal haya la hora, dijo Abdelamar, en que el infante me puso  tu
lado para servirte! un dia y otro dia he dominado mi amor, que un dia y
otro dia ha ido en aumento.

--Y no te amo yo?

--T no puedes amar  nadie!... tu alma no es tuya!

--Cuando me hayas vengado te convencers de que el amor del infante ha
pasado para m.

--Y por qu deseas la muerte de esa cristiana y no la del infante? dijo
Abdelamar.

--Porque el infante la ama tanto, que preferiria morir  perderla:
porque la prdida de esa muger le desgarrar el corazon, y su recuerdo
le quemar eternamente el alma. Morir! qu es morir! un dolor breve!
una breve agona! No: yo quiero que viva! yo quiero que llore! yo
quiero que sepa que me he vengado!

Walid, aquella nia tan inocente, tan cndida, tan pura, tan dulce en
otro tiempo, se habia convertido en un demonio por el amor.

Abdelamar, el amigo mas que el siervo de Abd-el-Rahhaman, puesto por l
al lado de Walid, enloquecido por la hermosura de la infanta, habia
hecho traicion  su seor: l era el que habia revelado  Walid los
amores del infante con doa Catalina de Cardona, l era quien habia
prometido, en cambio de su amor,  Walid una venganza terrible; l era,
en fin, quien la habia llevado  aquel frondoso y apartado crmen, donde
ignorada de todos vivia doa Catalina, ardiendo en el amor del infante y
de su pequea hija.

Porque t Mara, aadi el mago, acababas de nacer.

--Ah! Dios mio! y mi madre! qu fu de mi pobre madre! esclam
Mara.

--Tu madre cay ante los celos de Walid.

--Cmo!

--Walid no pudo tener duda de que el infante amaba  otra: le vi salir
de aquella casa acompaado de una muger, que lleg con l hasta cerca
del bosquecillo donde estaba oculta con Abdelamar. Oy hablar  su
esposo y  aquella muger un habla estrangera, vi  la luz de la luna la
incomparable hermosura de doa Catalina, y se decidi  todo.

Algunos dias despues, cuando el infante trasportado de amor fu una
noche  embriagarse entre los brazos de tu madre, la encontr muerta.

--Muerta!

--S: Abdelamar habia comprado  fuerza de oro  la esclava cocinera de
doa Catalina, y la infeliz fu envenenada. T misma estuviste  punto
de muerte, y fu necesaria toda la ciencia de los mas famosos mdicos
para salvarte.

--Yo!

--S: t te habias alimentado del pecho de tu madre despues de haber
sido esta envenenada.

--Ah! Dios mio! Dios mio! y qued sin castigo tanto crmen!

--El crmen contina en la raza de Walid.

--En la raza de Walid!

--S; en su hija Ketirah.

--En su hija! Y dnde est esa muger?

--En los brazos de tu hermano: en la cmara que est bajo esta.

--Mi hermano! y quin es mi hermano?

--El generoso caballero que te ampar en Martos: el que recogi  tu
amante,  tu Gonzalo, y le hizo conducir  Hins-aleux donde vive, y
muere de impaciencia pensando en t.

--Que vive Gonzalo! esclam trmula de alegra la jven.

--S, vive, y te rescatar y ser tu esposo: pero es necesario para ello
que t misma contribuyas  tu libertad.

--Dios mio! y cmo? sola, abandonada!

--Oyendo los amores de Masud-Almoharav.

--Oh! nunca! esclam Mara.

--Engale, domnale...

--Yo no s mentir.

--Tu mentira servir para castigar el crmen.

--Para castigar el crmen de quin?

--De la muger que est entre los brazos de tu hermano, de la miserable
que por ser sultana, se uni en una infame alianza con un hombre
miserable y ambicioso y mat al que creia su padre.

--Pues quin era el padre de esa muger?

--Esa muger era hija de Walid y del infante Abd-el-Rahhaman.

--Pero entonces, el infanta Ebn-Ismail, esa muger y yo, somos hermanos!

--Ya se v, tienen los moros tantas mugeres! Dos aos antes de conocer
 Walid, tuvo Abd-el-Rahhaman un hijo de su primera esposa: ese hijo es
el infante Ebn-Ismail: poco despues de su vuelta de Aragon con Walid y
con tu madre, tuvo Abd-el-Rahhaman una hija de Walid que se llam
Ketirah, y algunos aos despues de sus amores con tu madre, que resisti
mucho tiempo  sus deseos  pesar de su amor, y que  pesar de su amor
pas tambien algunos aos sin darle hijos, naciste t. De modo que tu
hermano Ebn-Ismail, infante de Granada, tiene veintisiete aos; Ketirah,
veinticinco, y t quince, y todos sois hermanos hijos de un mismo hombre
y de distinta madre cada uno. Zobeya la primera muger de
Abd-el-Rahhaman, muri al dar  luz  su hijo: doa Catalina, tu madre,
fu envenenada por Walid, y al envenenarla, Walid huy, temiendo verse
vendida por Abdelamar su cmplice sino cedia  sus amores: huy y se
refugi en la casa de un pariente suyo, wazir del difunto rey
Abul-Walid, que se llamaba Abul-Fath-Nazir-el-Ferih. Ocultla este, tuvo
amores con ella, y vindola triste, porque era madre, y no tenia consigo
 su hija, la rob de los palacios de Abd-el-Rahhaman, la ocult tanto
como habia ocultado  su madre, y Ketirah, cuando asesin 
Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, crey que asesinaba  su padre.

--Pero esa es una sucesion de crmenes horrorosa.

--Ketirah estaba maldita en su madre, que habia muerto al fin devorada
por el remordimiento; Ketirah es el demonio bajo la figura de un
arcngel: si Ketirah sabe que su amante, su hermoso Ebn-Ismail, te libr
del rey Abul-Walid y le mat por t, en sus celos, en su rabia, te
matar.

--Y quin puede decir eso  esa muger?

--Masud-Almoharav, si le desprecias.

--Yo la dir que soy su hermana.

--Aunque te creyese, piensas que se detendria mucho en matar  su
hermana, la que no se detuvo en matar al que creia su padre?

--Oh! qu muger tan horrible! parricida, incestuosa!...

--Y adltera.

--Y cmo salvarme de ella?

--Primero escribiendo  tu padre.

--A mi padre?

--S, al wal de Algeciras, el noble, el poderoso,
Mohammet-Abd-el-Rahhman.

Y Abu-Jacub, sac de entre su hopalanda un pergamino enrollado, y un
tintero.

--Pero yo no s escribir.

--No importa: yo escribir por t. Al fin, yo llevar tu mano para que
escribas tu nombre.

Mara estaba fascinada, pendiente de las palabras del mago que
desenvolvi el pergamino y se puso  escribir sobre sus rodillas.

Lo que escribia el mago, era la historia de la sorpresa de Illora por
los fronteros de Alcaudete acaudillados por Sancho de Arias: el robo por
este de la hija de doa Catalina, y la existencia de las alhajas de
aquella infortunada en poder del infante Ebn-Ismail.

Adems, seor, decia la carta: solo con verme me conocereis; porque los
que conocieron  mi madre,  quien tanto amasteis, dicen que soy una
viva imgen suya.

La carta concluia diciendo al wal de Algeciras el peligro en que se
encontraba su hijo penetrando todas las noches en la Alhambra para ver
 la sultana Ketirah, y esponindose si era visto  ser preso y muerto
como asesino del rey Abul-Walid.

--Firma: dijo el mago, cuando hubo leido esta carta  Mara.

--Pero ya os he dicho que yo no s escribir.

El mago se apoder de la mano de la jven, y la hizo escribir al pie del
pergamino y con caracteres arbigos su nombre.

--Tu padre vendr  salvarte, dijo el mago, y tu hermano te entregar 
tu amante.

--Pero quin llevar esta carta  mi padre?

--La recibir dentro de un momento, dijo el mago guardndola entre su
ropon talar.

--Qu! est mi padre en Granada?

--Y qu te importa? Lo que te importa, es entretener con esperanzas 
Masud-Almoharav para dar tiempo  que llegue tu padre.

--No.

--Acurdate de Gonzalo.

--Ah! Dios mio!

--Acurdate de que tu hermano, amando  la sultana Ketirah, est
entregado  Satans.

--Pues bien; mentir.

--Pues es preciso que te prepares, porque siento ya los pasos de
Masud-Almoharav que se acerca. A Dios.

Y el mago se levant, adelant hcia la puerta, y se desvaneci en su
penumbra.

Mara qued entregada  una fascinacion incomprensible.




XX.


Apenas el mago habia salido  desaparecido, cuando se abri la puerta, y
deslumbrante de galas y de brocados, entr Masud-Almoharav.

Mara se estremeci; pero recordando las ltimas palabras del mago
domin su conmocion.

--Hermosa sultana del amor, dijo Masud-Almoharav; que Allah te guarde y
te bendiga. Hme ante t, que vengo  ofrecerte mi amor y mi alma.

--Tu amor y tu alma! lo mismo me dice el rey, y t eres su siervo.

--El rey ha muerto, dijo con voz lgubre el wazir.

--Que ha muerto el rey!

--No has oido hoy rumor de combate?

--S.

--No has visto correr los esclavos negros por los adarves?

--S.

--Y nada has sospechado?

--He creido por un momento que los cristianos...

--Llegar los cristianos  la Alhambra! cuando los cristianos lleguen 
sus muros, los montones de cadveres sern mas altos que las sierras, y
la Vega se habr convertido en un mar de sangre!

--Y quin ha matado al rey?

--Yo, dijo Masud-Almoharav, mintiendo porque no queria decir  Mara
que el infante Ebn-Ismail habia matado por ella al rey.

--Y por qu le has matado? dijo Mara.

--Le amabas!

--Amarle yo! esclam con horror Mara.

--Agradceme entonces su muerte, porque con ella te he librado de una
suerte horrible.

Mara, recordando siempre las ltimas palabras del mago, se domin.

--S, s, es verdad, dijo: el rey Abul-Walid era un tirano. Anoche...
oh que horror!... pero sintate, sintate junto  m.

Masud-Almoharav se sent trasportado de deseo junto  Mara.

Y la jven, con el magnfico trage musulman que la habia obligado 
vestir el rey Abul-Walid, quitndola sus ropas castellanas; con sus
ricos cabellos rubios agrupados en anchas y largas trenzas; con su
blancura nacarada, con sus resplandecientes ojos negros, y con el
encendido color que asomaba  sus megillas, escitado por la situacion
difcil en que se encontraba, era el hermossimo trasunto de un sueo de
amores.

Masud-Almoharav contrastaba enrgicamente con ella: era ya viejo,
estaba plido y demacrado: sus enormes ojos, en que se traslucia la raza
africana, tenian un no se qu de terrible, de fiero, de amenazador, aun
cuando querian dulcificarse y espresar el amor  la amistad: sobre su
frente habia impreso una profunda arruga el remordimiento, y sus ricas
galas hacian contrastar esta fealdad del cuerpo y del alma que aparecian
en su semblante.

Masud-Almoharav no habia amado hasta entonces mas que  su ambicion;
pero desde un dia en que acompaando al rey Abul-Walid vi  Mara, su
corazon se abri al amor, y  un amor tan violento cuanto habia tardado
en conocerle su corazon.

En el breve espacio que habia pasado entre el dia en que el rey
Abul-Walid habia traido de Martos  la jven, hasta que el rey muri,
Masud-Almoharav la habia visto algunas veces.

La ltima la habia hablado de amor.

Mara le rechaz.

Por esta razon Mara conocia a Masud-Almoharav.

Por el anterior desdn de Mara, el enamorado wazir se maravillaba de
que la jven le sonriese y le hubiese mandado sentar  su lado.

--La muger, como el hombre, dijo para s Masud, tiene ambicion: cuando
el rey la enamoraba, esta rosa de Hiram rae despreci: ahora que el rey
ha muerto es distinto: yo puedo ser para ella el prendido de perlas que
cia su cabeza, los perfumes que suavicen su cuerpo, las telas
brillantes que realcen su hermosura: yo dar  esta doncella cuanto
quiera, y ser mia.

Y obedeciendo  este pensamiento, Masud la dijo:

--Esta torre es muy triste, no es verdad?

--No, no seor; dijo Mara: por el contrario, es tan bella esa quebrada
que serpea al pie de la torre! suena tan blandamente el arroyo que por
esa quebrada se despea! cantan con una msica tan regalada los
ruiseores que anidan en los laureles del cercano monte, y es esta torre
tan hermosa! Desde aquella ventana veo salir el sol, y por esa otra le
miro ponerse: la luna parece mas hermosa en medio de este silencio: solo
estara mejor que en esta torre....

--En dnde?

--En los lugares donde nac...  al menos donde me cri, aadi Mara
recordando que habia nacido en uno de los crmenes de Granada.

--Oh! vivirias mas alegre en Martos? dijo Masud.

--Oh! si seor, all reposan los restos de mi padre.

Y los ojos de Mara se llenaron de lgrimas  la memoria del buen Sancho
de Arias.

--Y no dejaste all un amante?

Mara se acord de las palabras del mago, y replic sin vacilar:

--Ah! no seor; nunca he amado.

--No has amado tampoco al rey Abul-Walid?

--Si le amara, no lloraria por su muerte?

--El rey era hermoso y jven aun, y galan y enamorado: dijo
Masud-Almoharav dominando un estremecimiento, porque no podia alejar de
s el recuerdo del instante en que vi ante s  Ketirah, lavando el
pual con que habia acabado de malar al rey.

--S, s, dijo Mara; el rey moro era hermoso, y tierno y enamorado:
pero no era yo su cautiva? no me habia arrancado de mi patria? yo no
puedo amar lejos de mi patria: yo mientras est en prisiones solo puedo
gemir como el ruiseor, aun cuando est encerrado en una jaula de oro.

--Pues bien; si solo en tu patria puedes amar, cristiana, yo acaudillar
mis ginetes  ir  apoderarme de Martos, construir en l para t un
alczar, y vivirs en l.

--Pero Martos no estaba en poder de los moros?

--El rey Abul-Walid dej en l poca guarda y los fronteros de Alcaudete
y de Jaen han vuelto  apoderarse de la villa. Pero no importa, yo
llevar  Martos mi bandera, yo reducir de nuevo aquella villa, te
llevar  ella y vivir  tu lado.

Presentse de repente  la vista de Mara, Martos entregado de nuevo al
degello y al incendio, sus viejos y sus nios muertos, sus doncellas,
las que hubiesen quedado del rebato anterior, hechas cautivas, y se
estremeci.

--No, no, dijo: creo que lo que me impide amar, no es el estar separada
de mi patria, sino el dolor que siento por la muerte de mi padre.

--Oh! esclam Masud: yo ser  un tiempo para t, tu padre, tu esposo,
tu hermano, si t quisieres: yo har venir para t de Oriente los
perfumes mas preciados, la prpura mas encendida, las telas de oro y
plata, cuantas preciosidades cri Dios y descubrieron los hombres; yo te
dar mi alma, y t sers mi arcngel y mi hur, sobre la tierra.

--Espera, dijo Mara.

--Que espere! t no sabes lo que es esperar cuando se ama! t no
sabes lo que es vivir muriendo en la duda! yo no lo sabia tampoco hasta
que te v, cristiana; pero desde que le he visto, en mis sueos, en mi
vela, donde quiera que estoy me persigue tu imgen: por t vivo y por t
muero: sin t el mundo me es odioso y triste; contigo la mansion mas
lbrega seria para m un paraiso.

--Espera! repiti Mara.

--Y llegar un dia en que me ames?

--Yo no he amado nunca, dijo Mara recordando las palabras del mago.

--Pues bien; yo har tanto, que t me amars, dijo Masud.

Y enamorando  Mara, y contenido por un poder incomprensible, pas con
ella gran parte de la noche hasta que oy tres palmadas.

Era la sea de la sultana Ketirah, que le avisaba de que ya era hora de
volver al alczar.

Empezaba  alborear.

Masud-Almoharav sali, prometiendo  Mara que volveria  la noche
siguiente.

Cuando Mara se qued sola, se arrodill y or  Dios, primero por el
alma de su madre, luego por la de Sancho de Arias, y al fin por su
Gonzalo y por su amor.




XXI.


Y pasaron algunas noches, y todas ellas la sultana fu  la torre de la
Cautiva  recibir entre sus brazos al infante Ebn-Ismail, y Masud 
decir sus amores  Mara.

El infante se mostraba cada vez mas enamorado de Ketirah.

Mara decia siempre  Masud:

--Espera!

Y la sultana moria de amor entre los brazos del infante, y Masud de
impaciencia y de amor al lado de Mara.

Habia llegado aquella noche, en que, como dijimos al principio de esta
leyenda, Masud estaba delante de Mara.

De Mara, que mas plida y mas triste que de costumbre, doblegaba la
cabeza bajo uno de esos presentimientos oscuros que nos oprimen el
corazon, porque no sabemos si v  acontecernos una gran ventura,  una
gran desgracia.

La sultana Ketirah, por su parte, en la habitacion inferior, estaba
consternada.

Al entrar el infante por el ajimez la habia rechazado, y su semblante
estaba lvido y sombro.

Para que nuestros lectores comprendan lo que pas aquella noche en la
torre de la Cautiva, es necesario que retrocedamos  la noche aquella en
que el mago tuvo su ltima entrevista con Mara.




XXII.


Pero al retroceder vamos  encontrarnos, no en la Alhambra, sino en la
cmara de un fuerte castillo; no en Granada, sino en Algeciras.

Es ya tarde.

Los atalayas del muro entonan de tiempo en tiempo un grito de alerta.

La luna se sepulta en el mar, que abrillantado por su reflejo, parece
una inmensa llanura de plata.

A lo lejos se v  Gibraltar saliendo como un negro fantasma sobre las
ondas.

En la magnfica cmara de la torre del homenage del alczar de
Algeciras, sobre un divan de pieles de tigre, duerme un hombre.

Es ya casi anciano, pero hermoso todava.

Su sueo parece agitado, y la cercana luz de la lmpara deja ver la
contraccion de su semblante.

Suea, y su sueo le tortura el alma.

Suea con su hijo.

Con el infante Ebn-Ismail.

Porque el hombre que duerme es Mohammet-Abd-el-Rahhaman, infante de
Granada y wal de Algeciras.

El amante de Walid y de doa Catalina de Cardona.

El wal suea con su hijo:

Con su hijo, que despues de haber muerto al rey de Granada, no se sabe
dnde para.

Su padre cree verle entre los brazos de una muger.

Y aquella muger le horroriza.

Porque cree conocerla, aunque no la ha visto nunca.

En la hermosa frente de aquella muger le parece leer una maldicion.

Y que su hijo, unindose  ella, est maldito.

Y el sueo v condensndose en la imaginacion del wal, hasta
convertirse en una horrible pesadilla.

Parcele que aquella muger devora  su hijo... que mas que una muger es
un vampiro, una mala hada.

El wal despierta aterrado y salta del divan.

Y para refrescar la fiebre de su frente con las auras nocturnas, se
asoma  un ajimez.

La luna ha acabado de ponerse; el mar no brilla, la noche ha quedado
densamente lbrega.

--Asi est mi alma, dice el wal; sin luz, sin alegra, como esta noche:
pero esta noche pasar, y primero la blanca aurora, y despues el
esplendente sol brillarn en la mar, y todo estar alegre menos mi
corazon.

El wal suspira.

--Oh! contina: desde el dia en que la v muerta! mi cristiana, mi
amor!

El wal inclina la cabeza, doblegado por el pesar.

--Han pasado catorce aos, y no he podido olvidarla! aun soy jven y ya
mi barba est blanca, y arrugadas mis megillas. Es que el llanto las ha
blanqueado, es que al pasar por mis megillas ha dejado en ellas un surco
de fuego.

Call un momento Abd-el-Rahhaman y lanz su mirada al inmenso espacio,
como pretendiendo anegar en l su alma.

--Mi hija! mi pobre hija! esclam; no la hija de aquella muger
maldita; de aquella terrible Walid, que era tan horrible como su madre;
sino la hija de mi cristiana, de la luz de mi alma, de mi perdida
Catalina: la hija de mis entraas; mi hermosa Mara.

Call de nuevo el infante.

--Su madre, continu, quiso que se llamase as, que fuese cristiana....
y yo la hice bautizar en secreto por un sacerdote cautivo,  quien d la
libertad... y me robaron  mi pequea Mara en aquella funesta sorpresa
de Illora. Oh! qu habr sido de ella?

El wal se retir de la ventana y se puso  pasear agitado por la
cmara. De repente, sus ojos se fijaron en un objeto blanco que habia
sobre el divn.

Se acerc y lo tom: era un pergamino enrollado.

Acercse  la luz de la lmpara, tom aquel pergamino, y le ley.

A medida que le leia, una conmocion profunda le agitaba, y se ponia cada
vez mas plido.

--Mi hija! mi hija! esclam: conque mi hija vive, y est cautiva en
la Alhambra de Granada, y mi hijo se aduerme entre los brazos de esa
sultana adltera! Oh! es necesario correr, volar, salvarlos  los dos!
Zuleka! Zuleka!

Y  la voz del wal se abri una puerta y apareci un moro.

--Pronto, Zuleka, mi caballo, el tuyo, cien ginetes: vamos  partir
ahora mismo  Granada.

Zuleka desapareci: poco despues, el wal Abd-el-Rahhaman, su katib 
secretario Zuleka, y cien esclavos, cavalgaban  la carrera por un
oscuro camino.




XXIII.


Al tercer dia de viage, el wal Abd-el-Rahhman entr en el reino de
Granada por la parte de la frontera de Murcia.

Era un caloroso crepsculo de verano: el sol, que ya habia traspuesto,
habia dejado anchos girones rojos en el horizonte: relmpagos producidos
por el calor, se mezclaban momentneamente  aquel color rogizo,
tiendo con l el espacio y las montaas, en cuyos altsimos picos
reflejaba el postrer rayo del sol, que ya se habia ocultado para los
valles.

Negros nubarrones avanzaban por el medioda, impulsados por un viento
abrasador, y roncos y pesados truenos retumbaban en la inmensidad.

--Arriba, arriba, seor! esclam Zuleka dirigindose al wal y tomando
con su caballo uno de los repechos de la montaa: la tormenta avanza, y
muy pronto la rambla ser un torrente. Arriba, arriba, seor!

Abd-el-Rahhman, que iba profundamente distraido, torn en s  la voz de
Zuleka, vi que el cielo se ponia rojo; vi las negras nubes que
avanzaban en escuadron cerrado; escuch los roncos bramidos del trueno y
el sordo silvar del viento, y empez  trepar por la ladera en que se
habia aventurado ya Zuleka.

Los cien ginetes de su resguardo le siguieron.

Trepaban por la tortuosa senda de una aspersima montaa.

Aquella senda que serpeaba por la falda no llegaba hasta la cumbre, sino
que iba  parar  la oscura boca de una caverna, situada  la mitad del
acceso.

Los caballos trepaban con trabajo.

Los del wal y Zuleka, iban mucho mas delanteros que los de los ginetes
moros, no porque fuesen mas fuertes, sino porque los moros refrenaban 
sus caballos procurando, aunque simuladamente, que no adelantasen.

Lo que producia esta resistencia  adelantar en los ginetes, era una voz
que habia corrido entre ellos en el mismo momento en que entraban en el
sendero que conducia  la caverna.

--Vamos  la cueva de las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas,
habia dicho uno de ellos, que era del pais por el cual marchaban  la
sazon.

--De las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas has dicho! replic
otro moro.

--S; de las malditas, que salen de noche de su caverna, roban de sus
cunas  los nios, los devoran, y  la noche siguiente van  poner sus
corazones roidos envueltos en sus ropas ensangrentadas, en las mismas
cunas de donde los robaron, para que los vean sus madres.

--Pero nosotros no somos nios, dijo otro de los soldados.

--Pues peor; mucho peor, dijo el que referia: somos hombres... y no
sabeis lo que las malas hadas que moran en la caverna hacen con los
hombres.

--No.

--Qu hacen?

--Cuando un hombre jven,  aun cuando no sea jven, cuando un hombre
fuerte, pasa por este desfiladero, la mayor, esto es, la primera nacida
de las hadas, sale  la puerta de la caverna y arroja al viento un
puado de sal diciendo: Hermana mia, la tempestad, ven! y apenas la
maldita, la condenada de Dios, dice estas palabras, cuando sucede lo que
est sucediendo ahora: el viento zumba, las nubes salen no se sabe de
donde, retumba el trueno, arden los relmpagos, el cielo se cubre y se
pone negro, y cae en medio de las mas profundas tinieblas un aguacero
violento que dura  veces algunas horas: cuando pasa, el torrente
producido en la rambla por la lluvia parece sangre.

--Y para qu llama la hermana mayor de las hadas malas  su hermana la
tempestad?

--Y para que el viagero  quien la tempestad sorprende busque albergue
en la caverna.

--Ah!

--Y qu hacen con el viagero?

--Las hadas que moran en esa caverna, continu el narrador, son los
espritus de trescientas cincuenta y cuatro doncellas, cuyas madres
murieron enamoradas de su padre antes de darlas  luz. Sienten una sed
de amor rabiosa, que procuran satisfacer sin conseguirlo, con todos los
que pasan este desfiladero, y que ignorando el peligro, se olvidan de
llevar consigo, para que los defienda de la impureza de las hadas, el
sello cabalstico del poderoso Salomon.

--Pues yo no lo llevo.

--Ni yo.

--Ni yo.

--Y acaso tampoco lo lleve nuestro seor, que ya est cerca de la gruta,
dijo el narrador.

--Y por qu no le avisamos?

--Y quin se atreve? Ya sabeis que nuestro seor castiga  sangre 
quien le habla cuando l no le pregunta: ya sabeis que dice que el que
se entromete  hablar  su seor cuando l no le habla, comete un
atrevimiento, y que siervo que se atreve  su dueo, est muy cerca de
ser traidor. Si yo le hablara,  la primera palabra me tenderia  sus
pies. Le hablaria alguno de vosotros?

--No!

--No!

--No!

--Pues ni yo tampoco. Que Dios tenga piedad de l!

A pesar de que los ginetes refrenaban un tanto sus caballos, habian
llegado cerca de la gruta  una especie de plataforma de la montaa.

Zuleka entonces se volvi y dej oir en medio de los mugidos de la
tempestad la voz, de su corneta, que en dos toques consecutivos, mand 
los ginetes hacer alto y echar pie  tierra.

Los ginetes obedecieron, y teniendo de las bridas  los caballos, se
agruparon alrededor del que contaba el cuento.

Abd-el-Rahhaman y Zuleka, seguian ya  pie y llevando los caballos del
diestro, porque la senda se hacia muy spera hcia la gruta.

--Y qu? qu sucede  los que entran en esa caverna? dijeron algunos.

--Oid! oid! ya la tormenta se echa encima y empieza  llover:
amparmonos de la saliente de esta roca, y entretengamos la espera con
un cuento maravilloso.

--S.

--Cuento!

--Es la historia del encanto de la caverna?

--Si por cierto, la historia de un rey mago, que fu el padre de las
trescientas cincuenta y cuatro hadas.

Y los ginetes fueron  ponerse bajo el resalto gigantesco de una roca, y
se agruparon en torno del cuentista.

La tempestad descarg entonces en todo su furor, y empez  oirse el
mugido de las aguas que se despeaban por la rambla y que crecian  cada
momento mezclando su bramido cada vez mas ronco y poderoso, al pujante
bramido de lo tempestad.




XXIV.


--Habeis de saber, amigos, dijo el cuentista, con la importancia y el
placer del que tiene pendiente de su palabra la atencion de muchos
hombres, que habia en esta tierra, no se sabe cuando, pero s que hace
mucho tiempo, un rey muy poderoso, que habia pasado los aos de su vida
estudiando la astrologa, y la ciencia maldita de lo oculto: era pues,
muy sabio, y muy poderoso, pero no era feliz: no tenia que necesitaba, y
para procurrselo, conjur  Satans.

--Y Satans obedeci?

--S, porque el rey habia estudiado los siete libros mgicos de Salomon,
y se habia hecho mago.

--Y que pidi el rey mago  Satans?

--La felicidad!

--Y se la di Satans?

--Le di lo que l creia la felicidad, esto es, riquezas, y vasallos;
poder invencible contra sus enemigos, y una juventud y una hermosura
inauditas, durante trescientos cincuenta y cinco aos.

--Oh! y qu rey tan feliz! dijo un ginete de barba blanca: un hombre
que durante trescientos cincuenta y cinco aos, seria jven, rico,
invencible y hermoso, y no sirviendo  nadie.

--Te engaas, dijo el cuentista: el rey mago era esclavo de s mismo.

--Ah!

--Oh!

--Y cmo?

--Ya vereis: el rey mago estaba cansado de todo; porque hacia mucho
tiempo, que las aves del aire, los animales de la tierra, los peces del
mar, y los frutos de todo el mundo le servian por su ciencia de
manjares, y no encontraba nada que no le repugnase y que pudiese escitar
su apetito.

--Ah!

--Adems de esto, el mago era soberbio, y queria tener un palacio como
no le hubiera en el mundo, y en aquel palacio un harm en que hubiera
las mugeres mas maravillosamente hermosas de la tierra. Era adems cruel
y se gozaba con la sangre, con la muerte y el estrago.

--Ah, maldito!

--En el mismo punto en que pact con Satans, que durante trescientos
cincuenta y cinco aos le tendria por esclavo, con la condicion de que
pasados los trescientos cincuenta y cinco aos, l seria esclavo suyo
por toda una eternidad...

--Tanto vala el alma del rey mago?

--El diablo habia tratado con l de mala f, porque si el diablo fuese
una vez honrado, dejaria de ser el diablo. Ya vereis. En el mismo punto
en que estuvo hecho aquel trato, que se hizo por cierto en aquella
gruta, el rey mago, dijo  Satans:--Quiero tener un alczar como no lo
haya tenido el poderoso Salomon.

Apenas dijo el mago estas palabras, cuando sobre la cumbre de esta
montaa, apareci un alczar... yo no puedo deciros como era el alczar,
porque no hay palabras en lo humano para encarecerle. Pero era mas
bello, mucho mas bello que la Alhambra, y eso que dicen que la hicieron
las buenas hadas del rey Nazar.

--Oh! oh! esclamaron todos los ginetes en coro.

--Y eso que Satans habia construido el alczar en un momento.

Repitise el murmullo de asombro.

--Cuando el rey mago vi aquel palacio tan maravilloso, dijo al
diablo:--Satans, tengo hambre, los frutos y los animales de la tierra
me enojan: dame un fruto que no le haya ni en la tierra, ni en el
cielo, ni en el infierno.

Y Satans desapareci por un momento, y volvi  aparecer con una
hermosa manzana en la mano. Habia ido por ella al jardin de Hiram y la
habia cogido del rbol de la vida.

--Ah!

--Cuando el rey mago comi la manzana, su corazon ardi, sus ojos se
pusieron rojos, le devor una sed terrible, y grit:--Satans, quiero
recrear mis ojos en ver el esterminio; quiero ver los cadveres hechos
pedazos sobre el campo de batalla, y devorados por los buitres; tengo
sed, y quiero aplacarla con sangre humana.--En el mismo punto, Satans
tom al rey sobre sus alas de murcilago, y en un solo instante le
condujo  un campo donde se embestian los egrcitos de dos reyes
enemigos: y cuando el horno de la pelea estaba encendido y bravo,
Satans se mezcl con el rey entre los combatientes, y el rey veia
morir, las unas  las manos de las otras, criaturas de Dios: y se
recreaba en cada herida, se alegraba con cada muerte, bebia la sangre de
los moribundos, y luego, cuando se hubo acabado la batalla y traspuso el
sol, vi  los buitres venir en bandadas, caer sobre el campo de batalla
y devorar los cadveres desnudos. Y entonces esclam:--Satans! la
noche empieza; tengo sueo; la sangre me ha embriagado; quiero dormir mi
embriaguez entre los brazos de la doncella mas hermosa del mundo;
llvame donde yo repose y temple mi sed de amor.--Y como Satans era su
esclavo, le tom sobro sus hombros y le llev  una cabaa.

--A una cabaa!

--Las mugeres mas hermosas, son las que respiran el aire saludable de
las montaas, las que se egercitan apacentando sus rebaos, las que
templan su sed con el agua pura de los manantiales, y satisfacen su
hambre con los sazonados frutos de los rboles; las que nunca se han
pintado con alhea las uas y los cabellos, las que nunca han oprimido
con el ceidor su cintura, ni con el borcegu su pie; las que no han
olido otro perfume, que el de los romeros y el que los vientecillos
arrancan de las flores; las que para enamorar no conocen el artificio,
ni mienten ni tienen celos, ni las devora la envidia: oh! s! las
montaesas de mi tierra son las mugeres mas hermosas del mundo.--Pues,
como decia, el diablo llev  la cabaa de una de estas vrgenes al
mago, y como el mago era hermoso y parecia jven, y le ayudaba Satans,
la pobre muchacha, aunque estaba enamorada de otro, se enamor de l y
le sonri amorosa, y el mago satisfizo su sed de amor, y durmi entre
sus brazos su embriaguez de sangre; y cuando despert, dijo 
Satans:--Esta muchacha me enoja; llvame  mi alczar.--Y el diablo le
llev, y este fu el primer dia del pacto del rey mago con Satans.--Y
cuando la muchacha despert se encontr sola, y busc enamorada al rey y
no le encontr, y empez  empalidecer y  enflaquecer, y muri  los
pocos dias y con ella muri antes de nacer, y teniendo ya un alma
impura, la hija que la desdichada habia concebido en sus breves amores
con el rey mago.

Y el segundo dia de su pacto con el diablo, el rey comi otra manzana
del rbol de la vida, y vi otra batalla, y bebi sangre, y tuvo otra
doncella, y la doncella muri, y con ella una hija no nacida.

Y durante el primer ao de su pacto con el diablo, comi el rey mago
trescientas cincuenta y cuatro manzanas del rbol de la vida, y vi
otras tantas batallas, y se embriag otras tantas veces con sangre
humana, y el diablo le di otras tantas doncellas, que murieron
abandonadas, y con ellas, antes de ver la luz, sus hijas. Y el dia en
que se cumplia el ao, todas estas hijas no nacidas vinieron al palacio
del rey mago convertidas en unas hermossimas hadas, engalanadas con
vestiduras tales, tan stiles, tan trasparentes y tan ricas, como no hay
artfice que las hiciese iguales, y adornadas con oro, perlas y
diamantes, como no se encuentran ni en los senos de la tierra, ni en las
entraas de las rocas, ni en los abismos del mar. Y el mago vi
alrededor de s, trescientas cincuenta y cuatro hijas, una por cada ao
de la vida que le habia concedido Satans, y todas tan hermosas, tan
resplandecientes, tan magnficas como el rey mago no habia podido soar
en sus mas ardientes sueos de deseo. Sucedi que cuando el mago vi
delante de s  su primera hija se enamor perdidamente de ella, y su
hija de l; pero por mas que hacian por unirse, los separaba siempre un
muro invisible, impenetrable, que les impedia tocarse: y el mago y la
hada gemian y giraban alrededor el uno del otro, siempre separados por
un muro tan delgado como un cabello y tan claro como el diamante, y como
el diamante tan duro. Y cuando el mago vi su segunda hija mas hermosa
que la primera, se obstin ms, y as sucesivamente hasta que, rodeado
de las trescientas cincuenta y cuatro, y rodendose todas ellas, y
siempre sin poder tocarse, llam desesperado  Satans.--Yo muero, dijo;
dame la mas hermosa de mis hijas.--Por cada hija tuya, un ao de tu
vida, dijo Satans.--Te lo doy, dijo el mago.--Y Satans rompi el muro
de diamante que le separaba de la primera hija, y el uno y el otro se
estrecharon en sus brazos.

--Ah, malditos, malditos!

Pero apenas toc el mago  su primera hija, sinti cansancio de ella y
le pareci mas hermosa la segunda.--Dme mi segunda hija, Satans, dijo
el mago.--Me dars por ella otro ao de tu vida?--S, contest el
mago.--Ten, pues, dijo Satans, y le entreg su segunda hija. Pero
apenas la toc el mago, la aborreci. Pidi una tercera  Satans, y
Satans le pidi otro ao de su vida.--Y as, pidiendo una  una sus
hijas  Satans, y dndole por cada una de ellas un ao de su vida, y
aborreciendo  sus hijas apenas las tocaba, desde el anochecer de una
noche de horror, hasta el amanecer de un dia de tormenta, el diablo di
al mago sus trescientas cincuenta y cuatro hijas, y el mago gast sus
trescientos cincuenta y cuatro aos sin haber apagado su sed de amor,
sin haber cometido un solo incesto. Dios no lo quiso permitir, y el
diablo se alegr de ello, porque en un ao que llevaba de servir al rey
mago, habia conocido que su esclavitud era insoportable. Cuando el mago
rechazaba  su ltima hija, cant el gallo en la alborada.--Eres mi
esclavo, dijo Satans al mago; tus vicios han sido mas poderosos que tu
ciencia, y has gastado en una noche de deseo los trescientos cincuenta y
cuatro aos que yo te d por tu alma.--Y asindose del rey mago, le
arrebat consigo  los abismos, y con el rey mago se hundi su negro
palacio, y solo qued esa caverna, donde sedientas de amor, penan las
trescientas cincuenta y cuatro[88] hadas malas, sus hijas. Y por su sed
de amor, cuando un hombre que no lleva sobre si un amuleto entra en la
rambla, las hadas malas llaman  la tempestad, y el viagero, huyendo de
ella, trepa  la gruta, y cuando est dentro las hadas se apoderan de l
y todas le quieren para s, y lo despedazan pretendiendo arrebatrselo
las unas  las otras, y en el momento en que el desdichado muere,
mordido, araado, sofocado, estrangulado, despedazado, cesa la tempestad
y se v el torrente que se precipita por la rambla, rojo como sangre
humana.

Y nuestro seor ha entrado en esa maldita caverna!

--Dios tenga piedad de l si no lleva consigo un amuleto.

--Y quin te ha contado ese cuento?

--Qu! dudareis de l?

--No dudo; pero cmo se sabe lo que pasa en esa caverna, si todos los
que entran en ella mueren?

--Yo no s quien lo habr contado; algun varon justo y temeroso de Dios.

--Adems de eso, crees t que sea falso un cuento que tiene tan
provechosa enseanza?

--Y qu enseanza es esa?

--Que al hombre le matan sus vicios, le hacen odioso  Dios, y le
condenan.

--Ah! ah!

--Pero ved que la tempestad pasa y sale la luna.

--Es verdad; pero nuestro seor no sale de la caverna.

--S; pero su katib Zuleka, est sentado tranquilamente  su entrada.

--No importa! no importa! qu habr sucedido  nuestro seor?




XXV.


Qu habia acontecido, pues, dentro de la caverna de las trescientas
cincuenta y cuatro malas hadas al wal Abd-el-Rahhaman?

Apenas entr en ella, sinti un vrtigo inesplicable y se sent junto 
una piedra.

Poco despues reclin su cabeza en sus rodillas y se durmi.

De repente sinti que le movian suavemente, y oy una voz que le dijo:

--Despierta! infante Abd-el-Rahhaman.

El wal abri los ojos, y no se encontr ya en la gruta, si no en un
alczar maravilloso.

Pero aquel alczar tenia algo de terrible.

Parecia que sus cpulas estaban perdidas en una niebla vaga, infinita, 
travs de la cual penetraba una claridad fria.

Los arcos, las galeras, las columnas, estaban abiertos  un espacio
nebuloso tambien, infinito, frio, apenador.

El alczar parecia estar suspendido en el abismo, y flotar sobre l.

Entre los arcos, entre las galeras, entre las columnas, pasaban y
cruzaban, y volvian  pasar y  cruzar, confundindose, mezclndose,
sombras indecisas, que como las nubes, se estendian y cambiaban de
forma, dejndose ver  veces cerca y determinadas como mugeres hermosas
y ricamente engalanadas, que fijaban por un momento sus ojos negros y
relucientes, en Abd-el-Rahhaman, y luego se alejaban como empujadas por
el viento, y se confundian en la niebla volviendo  dejarse ver en una
nueva oleada.

--Oh, poderoso Allah! dijo el wal; qu doncellas son estas, que as
vienen y vn, y que as me miran y que no se acercan  m? Todas son
resplandecientes como gotas de roco  los rayos del sol, y todas
hermosas, y todas anhelantes y tristes. Por qu turban mi razon esas
mugeres, y me embriagan y avivan recuerdos de mi juventud ya acibarados
por los aos y por las desgracias?

--Abd-el-Rahhaman! dijo una voz que parecia salir de la inmensidad,
sonora, vibrante, que puso espanto en el corazon del wal: qu has
hecho de tus hijos?

--Mis hijos! esclam Abd-el-Rahhaman: mis hijos, genio invisible, yo
no tengo mas que un hijo!

--A ms del asesino del rey Abul-Walid, has tenido dos hijas: qu has
hecho de ellas?

--La una me la rob su madre; la otra me la robaron los cristianos,
contest el wal.

--Dos de tus hijos estn malditos, esclam la voz.

--Ah, perdon para ellos! repuso el wal.

--La ltima hija tuya, tu Mara...

--Ah! qu es de Mara? esclam el wal.

--Mara! corre  la Alhambra, wal, corre  la Alhambra, y salva 
Mara porque la impureza y el crimen la acechan.

--El wal guard silencio aterrado.

--Te acuerdas de tu sobrina Aleidah, la sultana de Granada?

--Ah, infeliz!

--Fu envenenada por una muger terrible.

--Y quin es esa muger; vive, puedo tomar venganza de ella?

--Esa muger ocup el tlamo vaco de Abul-Walid; esa muger fu sultana;
esa muger envenen al que creia su padre...

--Pues quin fu su padre?

--Su nombre est envuelto en un misterio para t, porque es necesario
que se cumpla una venganza terrible.

--Y sabr el nombre del padre de esa muger?

--Cuando la hayas esterminado.

--Matadora de Aleidah! envenenadora del que creia su padre!

--Y la condenacion del alma de tu hijo.

--De mi hijo!

--S; de tu hijo que enloquece entre los brazos de la adltera: de tu
hijo que amaba  su prima la sultana Aleidah, y que al estremecerse de
amor entre los brazos de la sultana que mat  su padre y  su esposo,
ignora que mat tambien  la anterior sultana.

--Invisible genio! me haces esta revelacion para que castigue tantos
crmenes?

--S; toma.

Un pergamino enrollado cay  los pies del infante Abd-el-Rahhaman.

--Qu es esto, poderoso genio? dijo el infante.

--Esa es la historia de los crmenes de la sultana Ketirah, y de su
cmplice el wacir Masud-Almoharav: d esta historia  tu hijo.

--Y dnde encontrar  mi hijo, poderoso genio?

--Maana, cuando la noche sobrevenga, en el sendero por donde marches,
encontrars sentado y de frente  t, un perro blanco de montera.
Cuando te llegues  l, el perro se levantar y correr delante de t;
sigue  ese perro y l te llevar  el lugar de donde todas las noches
sale tu hijo para perder su alma entre los brazos de Ketirah.

--Poderoso genio!... dijo el wal.

--Yo no soy genio... soy un condenado que vaga sobre la tierra, hasta el
dia en que, siendo el vengador de los crmenes de los hombres, alcance
mi perdon.

--Ah! t has sido hombre?

--S; yo he sido el rey mago, Abu-Jacub-el-Alime, y esas doncellas que
ves aparecer y desaparecer entre la niebla y que no te despedazan porque
te protejo yo, son mis trescientas cincuenta y cuatro hijas malditas:
una por cada dia de pecado.

Y apenas la voz del mago Abu-Jacub, pronunci estas palabras, cuando el
alczar fantstico y sus hadas malditas se desvanecieron en una niebla
impura, resonaron gritos horribles, como de mugeres desesperadas que se
alejaban, y se perdieron al fin en el silencio, y el rey se puso de pie,
y se encontr en medio de la caverna, por cuya abertura penetraba la luz
de la luna.

--Oh! ha sido un sueo, un horrible sueo: yo habia oido contar muchas
veces el cuento de las hadas malditas hijas del mago, pero no sabia que
fuese esta la caverna; adems, llevo conmigo un anillo mgico que me
protege, pero este pergamino, aadi reparando en uno enrollado que
tenia entre los pliegues de su faja... Oh! este pergamino escrito!...
con que esto ha sido mas que un sueo? Oh, poderoso Allah! que se
cumpla lo que est escrito! si encuentro un perro blanco de montera,
le seguir, y si encuentro  mi hijo le dar este pergamino! Oh,
poderoso Seor! que se cumpla tu voluntad!

Y saliendo de la gruta, despert  su secretario Zuleka, que dormia  su
entrada.

--A caballo! dijo el infante, y prosigamos nuestro camino.

Zuleka se llev la corneta  los labios y toc  cabalgar: los cien
ginetes salieron de debajo del resalte de la roca, donde se habian
acogido durante la tempestad, y poco despues, el infante, Zuleka y los
esclavos, cabalgaban  la orilla del torrente rojo que la tormenta habia
formado en la rambla.




XXVI.


Era la noche del siguiente dia: la luna brillaba en medio del
firmamento.

El wal de Algeciras habia soltado las riendas sobre el cuello de su
caballo, habia inclinado la cabeza y se habia dormido.

A Zuleka le habia acontecido otro tanto.

Otro tanto  los cien ginetes.

Los caballos seguian uno tras otro por un sendero de la montaa.

De repente el caballo del infante, que iba el delantero, se par, ergui
el cuello, olfate el aire, rehil las orejas y lanz un largo relincho.

Luego parti  la carrera, raudo y pujante como la tormenta, perdindose
por entre las revueltas de la montaa con la misma valenta con que
hubiera corrido por el llano.

Muy pronto quedaron atrs Zuleka y los ginetes, y las rocas y las
colinas parecian huir deslizndose junto al caballo.

Y cuando el caballo encontraba una roca en medio del sendero, la salvaba
de un salto, y de la misma manera salvaba las cortaduras que se le
oponian.

Y el infante,  pesar de la rpida carrera de su caballo, seguia
durmiendo.

Sbito se oy entre las quebraduras un ladrido potente, ronco,
prolongado; y como si aquel ladrido hubiera tenido mas fuerza que la
violenta carrera del caballo, el infante despert.

Y al despertar el infante, el caballo se par de repente, como si le
hubiera dominado un encanto.

Y Abd-el-Rahhaman vi delante de s, en la entrada de un sendero,  la
luz de la luna, un enorme perro de montera, sentado y mirndole de hito
en hito, con unos ojos que parecian brasas.

El infante invoc  Dios.

Aquel perro era horrible, ferz.

Sus largas lanas blancas arrastraban por el suelo.

Al ver ante s al infante se levant, se volvi, y se di  correr por
la montaa.

El infante apret los acicates  su caballo, que parti tras el perro.

Y el perro sigui corriendo por cortaduras, por precipicios, por ramblas
y por desfiladeros.

A cada paso que adelantaban, el paisage se hacia mas agreste y bravio,
mas triste y mas opaca la luz de la luna.

Al fin el perro se detuvo en la cumbre de un cerro, delante de una vieja
torre de atalaya.

El infante refren su caballo.

Y ech pie  tierra.

Cuando busc al perro, este habia desaparecido.

Por una de las saeteras de la torre se veia una luz rojiza.

La puerta de hierro de la atalaya estaba cerrada.

Cuando el wal de Algeciras se dirigi  ella para llamar, oy dentro el
relincho de un caballo y el crugir de un cerrojo por la parte de adentro
de la puerta, que se abri al fin, dejando ver dos hombres.

Uno de ellos era un esclavo negro: llevaba en la una mano una antorcha,
y en la otra tenia del diestro un hermoso caballo rabe.

El otro hombre, era un hermoso y jven caballero moro.

Al verle, el wal de Algeciras di un paso atrs.

Aquel caballero era su hijo, el infante de Granada Ebn-Ismail.

El asesino del rey Abul-Walid, el amante de su hermana la sultana
Ketirah, el que se habia olvidado de su otra hermana Mara.

No deben olvidar los que leyeren esta historia, que el mago
Jacub-Al-Hakem habia ocultado al wal Abd-el-Rahhaman, que Ketirah era
su hija; que el infante Ebn-Ismail ignoraba que fuese su hermana, y que
solo conocia este horrible secreto Mara, que no habia podido revelarlo
 nadie recluida en la torre de la Cautiva.

El infante retrocedi  su vez al reconocer  la luz de la luna  su
padre.

--Al fin te encuentro, dijo con voz ronca el wal:  t, que huyes de la
luz del sol, de la justicia de los hombres y de la indignacion de tu
padre.

--Ah, seor! contest todo trmulo el infante.

--Zenko, dijo el wal al esclavo de su hijo, tnme el caballo, y t,
aadi dirigiendo severamente su voz al infante, llvame  donde podamos
hablar sin que nos escuchen mas oidos que los de Dios.

El infante todo confuso, tom la antorcha de las manos de Zenko, se
dirigi al interior de la torre, y subi por unas escaleras.

Se encontraron al fin en un pequeo espacio, en el que ni lecho habia, y
el infante Ebn-Ismail puso la antorcha entre una grieta del muro.

--Digno albergue de un asesino! esclam el wal mirando severamente 
su hijo: cuadra bien  quien tal crmen ha cometido mancillando mis
canas; una vieja atalaya abandonada, por refugio, en lo mas spero de
una montaa.

--Sabes t, padre y seor, por qu mat yo al rey Abul-Walid? dijo
Ebn-Ismail levantando los ojos y posndolos en su padre.

--Y aun querrs disculparte de aquel crmen.

--Yo mat  un tirano en medio de su crte, con peligro, y combat
despues la Alhambra; si no pude tomarla no fu mia la culpa si no de la
suerte, que me volvi las espaldas.

--T mataste al rey, por gozar libremente los amores de la maldita
sultana Ketirah.

--Ah! no: es cierto que despues la sultana me ha enloquecido, pero...
yo mat al rey, porque pretendia deshonrar  una cautiva que me rob en
Martos: fu necesario matarle, para que no sacrificase  sus deseos  la
infeliz Mara.

--Mara! esclam Abd-el-Rahhaman: Mara! es la cristiana que est
cautiva en la Alhambra?

--Si seor; ella es.

--Y dime, hijo mio... has amado t  esa doncella?

--S, si seor, pero de una manera tranquila, pura, como se ama  una
hermana.

--Oh! gracias! gracias, poderoso Seor, que no has permitido que el
hermano deshonre  su hermana!

--Qu decs, seor?

--Oh! nada, nada. Digo que has hecho muy bien en matar al rey.

--Y habeis dicho tambien que Mara es mi hermana; eso mismo me dijo una
noche de una manera misteriosa, un mago, un astrlogo: la noche que
precedi al dia en que mat  Abul-Walid, y cuando quise que el mago me
esplicase sus palabras, me dijo: Muestra  tu padre el wal de
Algeciras las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste
en Martos.

--Y dnde estn esas joyas? dijo con anhelo el wal.

--Aqu, bajo una piedra, escondidas en este mismo aposento.

--Oh! mustrame, mustrame esas joyas!

El infante fu  un ngulo del aposento, levant una piedra, socav
debajo de ella la tierra con su pual, y sac un talego de seda, que
entreg  su padre.

El wal sac con ansia aquellas joyas y las examin.

Eran las mismas que Sancho de Arias habia dado  Mara.

--Ah! esclam el wal; las joyas de su madre!

--Y quin era su madre? dijo Ebn-Ismail.

--Su madre no era la tuya; pero ella es mi hija. Y el rey Ismail se
habia atrevido  la honra de esa doncella!... Has hecho bien en
matarle: has hecho bien, porque le has matado defendiendo  tu hermana.

--Mi hermana! mi hermana! esclam Ebn-Ismail: harto me lo decia el
corazon!

--Y sin embargo, respecto  otra muger el corazon te ha sido infiel,
dijo Abd-el Rahhaman.

--Otra muger!

--La infame sultana Ketirah.

--La infame sultana has dicho, padre y seor!

--S; la muger que por ser sultana envenen  su padre.

--Oh! Dios mio!

--La que ayudndose de Masud-Almoharav, y ayudndole  l, mat  tu
prima la sultana Aleidah.

--La prueba, padre, la prueba! esclam Ebn-Ismail.

--La conciencia de la sultana Ketirah te dar esa prueba, si quieres,
esta misma noche.

--Esta misma noche!

--S; para qu salas cuando yo llegu de la torre? Para ir  arrojarte
en los brazos de Ketirah.

--Es verdad.

Adems este pergamino le revelar los crmenes de la sultana y de su
cmplice.

Y di  su hijo el pergamino que le habia dado el mago en la caverna de
las hadas malditas.

--Pues bien; v, aadi el wal, pero v  vengar  tu prima la sultana
Aleidah,  salvar  tu hermana Mara: yo te acompaar.

Y tras estas palabras salieron del aposento y bajaron las escaleras,
tomaron los caballos y partieron por entre los cerros  la Alhambra, que
ya estaba prxima, el padre y el hijo.




XXVII.


--Padre, dijo el infante Ebn-Ismail mientras marchaban, quieres la
felicidad de tu hija la cristiana?

--Qu si quiero su felicidad!... yo la he llorado muerta; yo la he
recordado continuamente en mis sueos, sin poder olvidarla; y era que mi
hija vivia y su espritu se hacia sentir del mio. Oh! que si quiero
hacerla feliz! Dudaras t, Mohammet, de que yo desease tu felicidad!

--La felicidad de mi hermana Mara puede serte muy dolorosa, seor.

--Dolorosa! y por qu?

--Mara ama  un hombre.

--Y  qu hombre ama?

--A un cristiano.

Detvose un instante contrariado Abd-el-Rahhaman.

--Ah! dijo, me la robaron los cristianos; ha crecido entre ellos... ha
debido, pues, amar  un cristiano.... Y ese cristiano es digno de ella
y de nuestra sangre?

--Es un valiente caballero de Martos: el dia en que iba  casarse con
Mara, el rey Abul-Walid acometi la villa, y Gonzalo Nuez sac  Mara
de la iglesia, la llev  su casa, y defendi aquella casa con sus
parientes y amigos. Yo la acometia. En la acometida mis gentes cayeron
como la mies bajo la hoz del segador, y ese valiente mancebo, Gonzalo
Nuez, el amante de mi hermana, cay al fin  mis pies.

--Y muri?

--No; no lo quiso Dios. Cuando salv  mi hermana del furor y de la
codicia de mis esclavos, porque es muy hermosa y estaba cubierta con las
ricas joyas que has visto, padre; cuando la v llorando, aterrada,
trmula, sent por ella un amor como nunca le habia sentido, dulce,
tranquilo. Procur consolarla, y ella me dijo que habia perdido  su
padre y  su esposo. Su padre estaba muerto; pero no se sabia lo que
habia sido de su esposo, y le buscamos entre los cadveres, y le
encontramos.

--Vivo!

--Con muy pocas esperanzas de vida. Yo le dej con mi sabio mdico y d
rden  mis esclavos de que le llevasen  mi castillo de Hins-Aleux.
Despues pretend salvar  Mara, pero no pude. El rey la vi, la
codici, y me la rob. Algunos dias despues, mat al rey.

--Y el esposo de Mara, vive?

--Oh! si seor, vive y est restablecido y fuerte. Quieres hacer feliz
 tu hija, seor?

--Oh! s.

--Pues bien, separmonos en la entrada del camino de Granada que ya est
cercano: corre t al castillo de Hins-Aleux. La noche empieza; picando,
bien puedes llegar y traer  Gonzalo antes de la media noche, y
entregarle tu hija.

--Oh! poderoso Seor!

--Yo entretanto, ver  la sultana Ketirah, y si no te han engaado,
padre y seor, si ella ha sido la envenenadora de mi perdida Aleidah...
oh! yo te juro castigarla, seor, y de tal modo, que cause horror  las
gentes.

--Y cuando vuelva con Gonzalo, cmo sabr donde est mi hija?

--Entra seor por detrs de la Alhambra y llega hasta la torre de la
puerta de Hierro, un esclavo mio te esperar y te guiar. Pero he all
el camino de Granada, seor, yo voy  seguir por los cerros hcia la
Alhambra, t por el camino, gana la Vega y llega  Hins-Aleux. D 
Gonzalo que eres mi padre, que todo lo sabes y que vas  entregarle tu
hija.

--Adios, pues, infante de Granada, hijo mio; adios, pues: ha llegado la
hora de comenzar un grande sacrificio y de efectuar una gran venganza.

Y el padre acerc su caballo al de su hijo y le abraz.

Luego se separ, baj por un sendero  un ancho camino y parti por l 
la carrera.

Ebn-Ismail se lanz tambien  la carrera por un valle cercano y se
perdi en la montaa repitiendo:

--La sultana Ketirah, esa hermosura que parece un arcngel del stimo
cielo y  quien yo adoraba, es la infame envenenadora de mi perdida
sultana Aleidah! si mi padre no se ha engaado.... oh, mas la valiera
no haber nacido!




XXVIII.


En una magnfica cmara de un fuerte castillo moro, se paseaba solo un
jven con trage castellano.

Estaba plido, como acabado de salir de una enfermedad.

Pero era hermoso, muy hermoso, y en la apariencia muy bravo.

Apenas contara veinte y cuatro aos.

De una de las columnas que sostenian la techumbre de cedro de la cmara,
estaba colgado un arns completo castellano, y apoyada en l una larga
lanza.

Bajo este arns se veian los jaeces de un caballo.

El jven se asomaba de tiempo en tiempo  un ajimez, y miraba  la luna.

Y sus ojos se llenaban de lgrimas.

--Oh! esclamaba: te mirar ella  t, blanca lmpara de la noche, como
yo te miro pensando en ella? Oh, Mara, mi Mara!

Y el jven se apartaba del ajimez, y volvia  pasearse por la cmara.

De repente se escuch en la poterna el sonido de una bocina; se oy el
estruendo del puente y del rastrillo, y poco despues un moro asom  la
puerta de la cmara y dijo:

--Cristiano! el padre de mi noble y poderoso seor, el esclarecido 
invencible wal de Algeciras, Abd-el-Rahhaman, desea verte.

--Oh! que entre, que entre al momento, dijo Gonzalo.

Poco despues entraba en la cmara Ab-el-Rahhaman.

Observ durante algunos segundos en silencio al jven, y el noble
semblante del wal resplandeci con la espresion de la benevolencia.

--Gurdete Dios, mancebo, y te proteja, le dijo: sabes quin soy?

--S, segun acaban de decirme, que eres el padre de un caballero moro 
quien mi desdicha hizo mi vencedor, y  quien despues me he visto
obligado  amar, porque le debo la vida.

--Oh! Ebn-Ismail, mi hijo, te ama tambien, cristiano, y  t me envia.

--Gracias doy al cielo de haber conocido un tan grande caballero como
demuestras ser. Pero qu me quieres?

--No deseas nada?

--Desear!... s, si por cierto... deseo la muerte.

--La muerte!

--S; estoy fuera de mi patria, vencido...

--Pero no eres cautivo. En mi hijo has encontrado un hermano; en m un
padre.

--Dios os lo pague, dijo Gonzalo; pero me podreis dar vosotros lo que
yo he perdido?

--Hablas como mancebo, y como mancebo enamorado: sobre t no han llovido
todava todas las amarguras las nubes de la desgracia. Amas y eres
amado, y si por algun tiempo el destino te ha robado mi hija...

--Tu hija!... yo no conozco  tu hija, contest con estraeza Gonzalo.

--Que no la conoces, y mueres por ella!

--Te engaas, seor; yo no he amado mas que  una muger, y esa muger es
cristiana.

--Mi hija es cristiana tambien.

--La muger que yo amo tiene el hermoso nombre de la santa Vrgen madre
de Dios.

--El nombre de la madre de Jesus, es el nombre de mi hija.

--Mara!

--S, Mara.

--Pero es imposible. La Mara de mi amor, ha vivido siempre en Martos, y
era hija del corregidor Sancho de Arias.

--En Martos ha vivido mi hermosa Mara, y por hija del corregidor Sancho
de Arias pasaba.

--Oh! esto no puede ser.

--Dios, que es Todo poderoso, ha querido que sea.

--Hija tuya, Mara!

--S; y de una rica-hembra aragonesa.

--Oh! no alcanzo  comprenderlo.

--Hace centenares de aos que primero los rabes, y despues los moros,
estamos en contnuo trato con los cristianos: las razas se han mezclado,
porque el amor es mas poderoso que el odio: ya ha sido una hermosa
doncella originaria de Africa, cautiva en la entrada de una villa, la
que ha dado su sangre  los hijos del cristiano; ya una hermosa
cristiana arrebatada  su familia, la que ha dado su sangre  los hijos
del Islam. Te parece tan estrao que yo en mis mocedades tomase por
esposa  una cristiana, y que la hija, fruto de estos amores, me fuese
robada por los cristianos?

--Oh! bien puede ser, dijo Gonzalo.

--Y amaras t menos  Mara porque fuese mi hija?

--Aborrecerla! quin habla de aborrecerla? puedo aborrecerla acaso? Y
luego, no debo  tu hijo la vida?

--Y tu amor y el honor de Mara. Si mi hijo no hubiera matado al rey de
Granada, qu hubiera sido de ella? Estaria deshonrada, triste y sola
en el harem de la Alhambra!

--Oh! Dios mio! y ahora dnde est?

--Cautiva en una torre de la Alhambra.

--Pero, pura... salvada?

--A que me ayudes  salvarla vengo por t.

--Por m!

--Sgueme y te entrego  Mara.

--Oh, si te sigo! dijo Gonzalo dirijindose  su armadura.

--Voy  ser tu escudero; dijo el infante Abd-el-Rahhaman tomando las
piezas de aquella armadura.

--Oh! s; pronto! pronto, si de salvarla se trata!

--Salvarla! s! y crees t que el salvar  mi hija no me cuesta un
inmenso sacrificio?

--Un sacrificio!

--S, salvarla es hacerla feliz, segun me ha dicho mi hijo, Mara te ama
de tal modo, que no puede ser feliz sino siendo tu esposa. T la
llevars contigo, y yo, que hace catorce aos que no la veo, que no la
he visto crecer, la ver un momento para perderla despues.

--Perderla! y por qu no seguirnos, seor?

--Seguiros! y  dnde queriais que yo fuese con vosotros?

--A Castilla.

--Entre cristianos!

--Y no es tu hija cristiana?

--Para darte  Mara, dijo con severidad el infante; te he pedido yo
que te quedes entre nosotros, y que apostates de tu religion?

--Ah, seor, perdon!

--Al! Al! dijo el infante acabando de enhevillar la ltima pieza del
arns de Gonzalo: un caballo de batalla, y veinte ginetes. Pronto,
pronto.

El esclavo que habia aparecido  la puerta, desapareci.

--No hablemos, pues, mas de esto, dijo el infante dirijiendo de nuevo su
palabra  Gonzalo. As lo ha querido Dios, y as es, porque no puede ser
que deje de cumplirse la voluntad de Dios. Ahora, cristiano, sgueme y
roguemos  Dios que nos proteja, porque la empresa que vamos  acometer
es peligrosa.

Y sali con Gonzalo de la cmara.

Poco despues, el moro y el cristiano cabalgaban por el camino de Granada
y  gran prisa, seguidos de veinte ginetes moros.




XXIX.


Volvamos, pues  la relacion que dejamos interrumpida en el momento en
que despues de haber entrado el infante Ebn-Ismail, por un ajimez en la
habitacion de la torre de la Cautiva donde le esperaba la sultana
Ketirah, rechaz  esta, que como solia, se habia arrojado entre sus
brazos.

Esta accion, inesperada, violenta, y la espresion lvida del semblante
de Ebn-Ismail, sobrecogieron  la sultana.

--Qu te he hecho yo, desdichada de m, esclam, para que as me
arrojes de tus brazos? en qu te ha ofendido tu esclava, seor de m
alma,  es que ya no me amas, y quieres abandonarme?

--Quisiera Dios que nunca te hubiera amado! esclam el infante.

--Habla! habla! esclam trmula la sultana: esplcame la razon de tus
palabras!

--Aun no es tiempo, dijo el infante; faltan tres personas aqu.

--Qu faltan tres personas?

--S; haz llamar  Masud-Almoharav.

--A Masud! esclam la sultana; oh! si fuera verdad lo que sospecho!

--Y qu sospechas?

--T quieres ser rey de Granada!

--Yo!

--S; sabes que yo te amo antes que  mi alma, sabes que Masud no puede
negarme nada y... ansas esa corona...

--Puede ser... esclam despues de un momento de profunda meditacion
Ebn-Ismail.

--Y es el sueo mas ardiente de mi alma, dijo Ketirah: t sultan de
Granada! yo tu sultana! el hijo de Abul-Walid y de Aleidah, la difunta
sultana, el rey Mohammet, es dbil de salud; puede morir de un momento 
otro.

--Llama  Masud-Almoharav; repiti el infante.

Ketirah se levant y sali.

Poco despues volvi acompaada del wazir.

--Masud! Masud! esclam Ketirah; ha llegado el momento, quiere la
corona de Granada!

--Qu quiere la corona de Granada... el infante Ebn-Ismail, el matador
del rey Abul-Walid! aun no es tiempo... aun no es tiempo, mas
adelante...

--Pero ya es tiempo de castigar vuestros crmenes, dijo Ebn-Ismail que
habia corrido  la puerta de la cmara, la habia cerrado, y se habia
guardado la llave.

--Oh! qu es esto? dijo Masud-Almoharav, mientras la sultana miraba
aterrada al infante: de qu crmenes hablas?

--Aun faltan dos personas; dijo sombriamente Ebn-Ismail.

--Pero yo no te comprendo, no puedo comprenderte, esclam Ketirah.

--Faltan; mi padre y el esposo de mi hermana.

Y se puso  pasear sombriamente  lo largo de la cmara.

La sultana y el wazir se encontraban en una situacion estraa; en vano
le hablaba, le suplicaba la sultana Ketirah: el infante continuaba en su
sombro silencio, y en su paseo inalterable.

En vano Masud-Almoharav, queria resolver aquella situacion por la
fuerza.

El ferz y reconocido valor del infante le contenia.

Pesaba sobre la sultana un presentimiento horrible: el presentimiento de
lo desconocido.

Masud-Almoharav temblaba porque en el semblante del infante aparecia
una espresion terrible.

Pasaron as dos horas: el infante paseando, ceudo, plido y silencioso
murmurando palabras ininteligibles, la sultana y el wazir temindolo
todo, retirados  inmviles en un ngulo.

Al fin, son abajo, al pie de la torre, un tnue silvido.

El infante corri al ajimez.

A la luz de la luna, vi al pie de la torre en el barranco, dos ginetes
y algunos hombres  pie.

Entonces el infante di otro silvido en el ajimez, y ech abajo la
largusima escala.

Descabalgaron los dos ginetes, los de  pie tuvieron los caballos, y los
que habian desmontado el uno tras el otro, treparon por la escala.

Un momento despues, entraron por el ajimez, Gonzalo Nuez y el wal
Abd-el-Rahhaman, armados de todas armas.

--He aqu que ha llegado el momento del juicio, esclam Ebn-Ismail
dirijiendo su ronca palabra  la sultana y al wazir; adelantad, padre
mio; adelantad, hermano mio; he aqu  los asesinos de la sultana
Aleidah.




XXX.


Al oir aquella acusacion, un grito de espanto se exhal  un tiempo de
las bocas de la sultana y del wazir.

Al escuchar aquel grito, Ebn-Ismail se puso plido, y avanz hacia
Ketirah y Masud.

--Conque son ciertos los crmenes de que os acusa este pergamino?
esclam sacando de entre su faja el que le habia dado su padre.

El infante Abd-el-Rahhaman, se cruz entre su hijo y los dos miserables
que estaban aterrados.

--Donde est el padre el hijo calla, dijo con gran autoridad.

Y apart  Ebn-Ismail, que se hizo atrs plido y sombro.

--Y t cristiano, mira y escucha como un caudillo moro hace justicia en
nombre de Dios.

Gonzalo ante lo que veia estaba profundamente maravillado.

--He ah, continu Abd-el-Rahhaman, una muger que parece ser un
arcngel, y que dentro de s tiene el alma de Satans: he ah un viejo
que debia ser un espejo de justicia y de valor para los vasallos del rey
de Granada, y que sin embargo es un miserable zorro, que sali de su
oscura madriguera para subir  la luz por la senda del crmen.

--Y con qu derecho te atreves  insultarme  m,  la madre de tu rey,
infante de Granada? esclam la sultana que habia logrado dominarse.

--Con el que me d la justicia de Dios, contest el infante; con el que
me dn vuestros crmenes.

--Mis crmenes! y cules son mis crmenes? esclam la sultana.

--Qu hacas aqu,  qu has venido  esta torre, hermosa Ketirah?
esclam con sarcasmo Abd-el-Rahhaman.

--Qu  que he venido aqu! esclam Ketirah con audacia: engaada por
tu hijo.

--Por mi hijo?

--S, tu hijo habia solicitado verme...

--Y t te prestaste  ver al matador de tu esposo, en el solitario
aposento de una torre del muro, donde el regicida debia entrar por medio
de una escala, para apurar un placer adltero entre los brazos de una
muger infame!

--Padre! esclam confundido Ebn-Ismail.

--Ya que tuviste razones bastantes para matar al rey, has tenido las
mismas para consumar unos horribles amores con su viuda?

--Padre!

--Silencio cuando yo hablo. He venido  hacer justicia en nombre de
Dios, y habr justicia para todos.

--S, para todos habr justicia, dijo una voz terrible y retumbante al
otro lado de la cerrada puerta.

Y sin que aquella puerta se abriese apareci en la cmara el viejo rey
mago condenado, Abu-Jacub-el-Alime, el padre de las trescientas
cincuenta y cuatro hadas malditas.

Su aparicion aterr  todos, incluso Gonzalo, que nunca habia pensado
existiese un viejo tan horrible como Jacub.

--S, habr justicia para todos, esclam el mago adelantando en medio
del silencio general y sentndose en el suelo sobre la alfombra en el
centro de la cmara. Para todos habr castigo y recompensa: t,
cristiano, que no has ofendido  Dios, que no has manchado tus manos con
sangre, que no te has vendido  Satans, tendrs por recompensa  tu
buena,  tu pura,  tu inocente,  tu amada Mara; pero t, infante de
Granada Abd-el-Rahhaman, t, que amparaste  Walid cuando la
encontraste con las manos teidas en sangre; t, que casi renegaste de
Dios por los amores de una cristiana; t, que diste ocasion con tus
pasiones  que Walid se tiera en la sangre de doa Catalina; t, que
cuando desapareci Walid huyendo de tu furor y llevndose consigo una
hija tuya, olvidaste  tu hija por odio  su madre, y la abandonaste 
su destino, y la olvidaste, y has causado su perdicion por tu abandono;
t, que huiste cobardemente de Illora cuando te acometieron los
fronteros de Alcaudete y con tu cobardia dejaste entre los cristianos 
otra hija tuya, que criada entre otras gentes ador  otros dioses; t,
que con tu soberbia has ensoberbecido  tu hijo, que ha matado  su rey;
t, que despues no has castigado  tu hijo; t, infante de Granada, wal
de Algeciras, Mohammet-Abd-el Rahhaman, t sers castigado: pasars dias
de horror y noches de tinieblas y de llanto, y el remordimiento roer tu
corazon, porque t, por saciar una venganza contra un enemigo, has
producido las desgracias de tu familia, maldecida por Dios.

Abd-el-Rahhaman quiso contestar y no pudo: los ojos del rey mago
condenado, fijos en l, le helaban la sangre.

--Y qu te dir yo, Ketirah, teida en la sangre del que llamabas tu
padre; que ocupaste el trono de Abul-Walid, manchado con la sangre de su
esposa asesinada por t; que despues distes el golpe de misericordia, la
ltima pualada  tu esposo, asesinado por tu amante, y abriste los
brazos  ese mismo amante teido en la sangre de tu esposo?

Ketirah abri los labios para contestar, y la palabra se hel en ellos.

El mago se volvi terrible  Masud Almoharav, que temblaba.

--Y t, esclam, amigo traidor del pasado wazir
Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, t, el que por sustituirle alhagaste la
ambicion e la infame Ketirah, y la impulsaste  que envenenara al que
creia su padre....

--Pues qu! esclam Ketirah, no era mi padre Abul-Fath-Nazir?

El mago condenado no contest  Ketirah, sino que sigui dirijiendo su
tremenda palabra  Masud, que estaba doblegado ante aquella terrible
acusacion que parecia la voz de su conciencia.

--T, tirano, codicioso y soberbio, que ayudaste  Ketirah en la muerte
de la sultana Aleidah; t, que la llevaste al tlamo de Abul-Walid, t,
que has sido el cmplice de los crmenes de esa muger, qu te puedo yo
decir sino que la justicia de Dios est suspendida sobre tu cabeza?

[imagen no disponible: Fuga de Maria.

LETRE dib y lit Lit de J.J. MARTINEZ, Madrid]

Call el mago, y todos callaron, y un silencio de muerte domin en la
torre.

--Y qu haces t, infante de Granada Abd-el-Rahhaman, t que habias
venido  salvar  tu hija la cristiana y  castigar  la parricida,  la
adltera,  la incestuosa?

--A la incestuosa! esclam Ketirah adelantando plida como un cadver.

--Esperad, esperad, dijo el mago; siento  una persona que se acerca;
esa persona es Mara: Masud, al llamarle Ketirah, se encontraba con
Mara, y por olvido, al bajar ha dejado abierta la puerta de la prision
de la cristiana. Ella ha aprovechado esta circunstancia y ha recorrido
la torre: pero su puerta estaba cerrada, y al cabo despues de bajar
desde el almenar hasta los subterrneos, ha estado ah tras esa puerta
escuchando estremecida de terror. V y abre  tu hermana, infante
Ebn-Ismail; abre esa puerta y entrgala  su esposo, pero despues que
haya pronunciado la revelacion que ha de ser vuestro castigo.

El infante Ebn-Ismail dominado por el acento del mago, fu  la puerta y
la abri: Mara entr plida, fatal, aterrada, y adelantando hcia
Ketirah dijo con acento solemne:

--Yo he oido nombrar aqu  la sultana de Granada! yo he oido una voz
de muger, y aqu no hay mas muger que t: sers tu acaso mi hermana; la
hija de Walid, la segunda esposa de mi padre?

--Yo soy hija de Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, dijo con acento de horror
Ketirah.

--Abul-Fath-Nazir, esclam el mago, ampar en su fuga  Walid, que te
llevaba consigo; Abul-Fath-Nazir, goz los amores de tu madre y te llam
su hija. Meti contigo una vvora en su seno, porque t le mataste.

Un grito de horror sali de todas las bocas.

Las palabras del mago, tenian tal autoridad, tal acento de revelacion,
que nadie dud de ellas.

Mara no pudo resistir  tanto horror, y cay desmayada en los brazos de
Gonzalo.

--Salvadla! salvadla! apartadla de este infierno! grit el mago.

Y obediente  su voz, Ebn-Ismail y Gonzalo cargaron con Mara, fueron al
ajimez, sali por l Gonzalo y descendi por la escala llevando consigo
 Mara desmayada.

El infante Ebn-Ismail, aseguraba la escala.

Abd-el-Rahhaman y Masud fijaban una mirada ansiosa en el ajimez por
donde habia desaparecido Mara.

--Oh! mi hija! mi hija! ya no volver  verla! esclam
Abd-el-Rahhaman avalanzndose al ajimez.

De repente Masud,  quien arrastraba su amor tras Mara, se avanz
tambien al ajimez, salt por cima del infante Ebn-Ismail, y se asi  la
escala recibiendo una pualada en el pecho de manos del infante.

Y sin embargo, como si el amor hubiera sido para l una segunda vida, se
desliz por la escala y lleg al pi de ella  tiempo que Gonzalo con
Mara, desmayada aun, montaba  caballo.

Masud mont en el otro caballo que tenia del diestro un esclavo, le
arrebat la lanza y sigui  la carrera, tras el caballo de Gonzalo que
corria barranco arriba.

Y, cosa estraa! delante del caballo que montaba Masud, corria dando
horribles ladridos, el lanudo y gigantesco perro que habia guiado al
wali de Algeciras aquella misma noche al albergue donde se ocultaba su
hijo.




XXXI.


Cuando el padre y el hijo se retiraron del ajimez, el maldito rey mago
habia desaparecido.

Solo quedaba en la cmara Ketirah, pero en un estado horrible.

Estaba replegada en el divn, muda, sombra, con la mirada estraviada, y
jadeante.

Tenia en la mano un pomo de oro.

De aquel pomo, salian algunas gotas de un licor verdoso.

--Oh! esclamaron  un tiempo su padre y su hermano corriendo hcia
ella. Qu has hecho desdichada?

--Adltera! parricida! incestuosa! esclam con acento terrible, la
sultana Ketirah.

El padre y el hijo cayeron de rodillas.

Ketirah, continu delirando.

--La vida! la vida! para que quiero yo esta vida de horror?

Maldito sea mi padre, que me abandon!

Maldito sea mi hermano, que puso los ojos en mi hermosura!

Y Abd-el-Rahhaman y Ebn-Ismail, cayeron de rostro contra el suelo y
sintieron sobre s la mano de Dios.

       *       *       *       *       *

En vano los esclavos que esperaban  su seor al pie de la torre,
esperaron toda la noche; al amanecer, temerosos de ser vistos se
retiraron.

La escala qued pendiente del ajimez.

Pero cuando subieron  la torre, los que entraron en ella, la
encontraron abandonada.

El padre y los dos hijos, habian desaparecido.

Qu habia sido de ellos?

Nadie volvi  ver mas ni  la sultana Ketirah, ni  Masud-Almoharav,
ni Abd-el-Rahhaman, ni  Ebn-Ismail.

Un profundo misterio habia envuelto su suerte.

En cuanto  la torre, como muchos sabian que en ella habia estado
cautiva una doncella cristiana, que habia causado la muerte de
Abul-Walid; como habian encontrado pendiente de uno de los ajimeces una
escala, y  los pies de la torre las huellas de pisadas de caballos,
dise por segura la fuga de la cautiva cristiana, y por aquella
singularidad, llamaron  la torre, y siguen llamndola hasta hoy por
tradicion, la torre de la Cautiva.

Algunos pretenden que durante las noches oscuras de invierno, se
iluminan con un fuego sombrio los destrozados ajimeces de la torre de la
Cautiva; que se v, cantando lgubremente sobre ella, una sombra negra
envuelta en una nube impura, y que se oyen dentro gemidos y ruido de
cadenas.

Nosotros creemos que estas maravillas son hijas de la imaginacion
impresionable de los andaluces; bramidos del viento contra la torre, y
efectos de la momentnea luz del relmpago que durante la tormenta la
iluminan.

Sin embargo, las gentes sencillas creen como en un artculo de f en la
tradicion de la torre de la Cautiva.

Pero cmo esplicar la desaparicion de todos los personages del cuento?

Para esplicarla hay que atravesar la parte alta de la Alhambra  ir 
buscar otra tradicion en la torre cuyo nombre sirve de ttulo  la
leyenda siguiente.

       *       *       *       *       *

[imagen no disponible]




LEYENDA VI.

LA TORRE DE LOS SIETE SUELOS.

CUYO FINAL SIRVE DE EPLOGO  LAS DOS ANTERIORES.




I.


Si vais  Granada, y en la parte meridional de la Alhambra, veis dos
torres rajadas, aportillados los muros, las vides serpeando hasta las
almenas, al pie un arroyo, y junto al arroyo flores y rboles; si
tropezais en fragmentos desprendidos, en escombros amontonados, aquella
parte que veis, teniendo delante un cubo, en que crecen los jaramagos y
las malvas locas, y sobre el cubo las dos torres, orladas por una tapia
de tierra con aspilleras, y entre las dos torres un muro, y en este muro
una puerta tapiada, podeis decir que estais en la torre de los Siete
Suelos, entrada principal de la Alhambra en otros dias, y hoy ruina
miserable insultada por los hombres y por el tiempo.

Difcilmente puede comprenderse la pasada magnificencia de aquella
puerta.

A principios del siglo actual, los franceses, los hijos de ese pueblo
ilustradsimo, que vinieron  Espaa con el no menos ilustradsimo,
sabio, prepotente colosal Bonaparte, tuvieron el buen gusto de minar la
Alhambra y de barrenar sus muros: no podian llevrsela como se llevaron
otras tantas cosas que aun no han vuelto, y quisieron destruirla;
afortunadamente un soldado de los invlidos del castillo, tuvo valor
bastante para cortar la mina, pero cuando ya habia volado la magnfica
torre del Agua, cuyos vestigios se vn con vergenza de los
civilizadores del mundo en la parte sur de la Alhambra, donde yacen
arrojados fragmentos de los muros sobre el barranco. Del mismo modo por
la parte de adentro de los muros, junto  la torre de los Siete Suelos,
se v un colosal fragmento de bveda, surcado por los barrenos,
fragmento que debia tener sobre si una inscripcion que dijese:

No fueron espaoles los que esto hicieron, sino los franceses que trajo
 Espaa para civilizarla Napoleon el Grande.

De la misma manera en la torre de los Picos, en la bellsima torre de
los Picos, debia escribirse:

Las balas rasas que dejaron sus seales como se vn en el muro de esa
torre, fueron disparadas desde las bateras de la Silla del Moro, por
los franceses que acaudillaba el mariscal Sebastiani.

Y debia aadirse:

La Alhambra no resisti; esas ruinas fueron hechas con la sola
intencion de destruir; las seales de esas balas de treinta y seis, no
las recibi en medio del combate la torre de los Picos; los franceses
las dispararon intilmente para destruir la torre, que resisti como un
viejo soldado tras su coraza  prueba. La Alhambra tembl bajo la
esplosion de las minas, se rajaron sus torres y sus muros, pero
resisti, no se destruy enteramente, como si un gnio invisible la
hubiera protejido.

Sin embargo, la torre de los Siete Suelos qued destrozada, su parte
interior y sus adornos volaron, algunos fragmentos de las magnficas
enjutas de mrmol de su puerta, han parecido ahora entre los escombros,
y estn en poder de uno de los amigos del autor.

Como si no hubiera sido bastante el brbaro atentado de los franceses,
un dia, durante la ltima guerra civil, cuando tuvo lugar sobre Castilla
y Andaluca la espedicion de Gomez, psosele en la cabeza  un capitan
general de Granada fortificar la Alhambra, y un ingeniero para orlar la
torre de los Siete Suelos de una tapia aspillerada, vol su parte
superior que los franceses habian rajado.

Ahora, por ltimo, la intendencia de la Casa Real, ha retirado las
escasas cantidades destinadas para restaurar la Alhambra; parece, pues,
que estraos y propios, montescos y capeletes, han tomado por empresa
que la Alhambra desaparezca de sobre la haz de la tierra.

Nosotros al ver esto bajamos la cabeza, y decimos como los rabes:

Qu se cumpla lo que esta escrito!




II.


Pero en los tiempos antiguos, era distinto.

La torre de los Siete Suelos, era una magnfica torre.

Alzaba con altivez sus muros orlados de almenas reales.

Ostentaba los bellos mrmoles labrados de su ingreso, y los ajimeces
calados del muro, y sus matacanes y sus ladroneras y su ancho cubo,
sobre cuya plataforma vagaban los soldados del rey moro.

El sol al salir alumbraba con alegra aquella puerta.

Pero antes del rey Abul-Walid, la torre de los Siete Suelos, no tenia
unida  s la terrible tradicion que con ella vive.

Esta tradicion es sombra.

Dcese que todas las noches, al dar el reloj las doce, sale de la torre
un caballero moro, ginete en un caballo blanco sin cabeza, y precedido
por un enorme y lanudo perro blanco, que recorren con la rapidez del
relmpago los bosques de la Alhambra, y que al espirar la ltima
campanada de las doce, vuelven  la torre y  su ltimo suelo, del que
no vuelven  salir hasta la noche siguiente.

Dcese que el que por acaso v al _Belludo_ y al _Descabezado_ durante
su brevsima escursion nocturna, esperimenta una desgracia.

Adese, que el moro que cabalga en el _Descabezado_ es un espritu
maldito.

Y preguntad  las buenas gentes de los alrededores, si es verdad lo del
perro lanudo y lo del caballo sin cabeza, y os contestarn sin vacilar:

--Yo los he visto, una  mas veces, y me ha acontecido tal  cual
desgracia.

Habia un guarda en los bosques de la Alhambra que se llamaba por apodo
_el Coronel_: era un escelente hombre y un escelente cazador, y vivia en
una cueva casi frente por frente de la torre de los Siete Suelos.

Una maana de invierno el autor subi  la Alhambra.

Hacia un hermoso dia; pero la noche anterior habia sido una noche de
tormenta.

El autor encontr al _Coronel_ sentado tristemente al sol, en el poyo de
piedras que habia junto  la puerta de la cueva.

--Eh, _Coronel_, le dijo; buenos dias: qu hace Vd. ah tan triste y
tan cariacontecido?

--Ay, seor de mi alma! me contest: anoche, cuando mas arreciaba el
temporal, me dieron tentaciones de salir, porque de estas noches se
valen los matuteros[89], y abr la puerta  punto que daban las doce: el
_Belludo_ y el _Descabezado_ pasaron junto  m como alma que lleva el
diablo.

--Bah! le dije: estara Vd. medio dormido.

--C! no seor: hace diez aos los v otra noche, y al dia siguiente
muri mi muger.

--Y qu desgracia le ha sucedido  Vd. ahora?

--Se me ha muerto la lebrela!

Cuando un hombre habla con tanta f, no hay mas recurso que oir y
callar.

Es pues, una tradicion reconocida, creida como un hecho indudable la
existencia en la torre de los Siete Suelos de la Alhambra de un caballo
sin cabeza y de un perro con muchas lanas.

En cuanto  los Siete Suelos misteriosos no estn en la torre, sino en
el cubo semicircular de defensa que est situado delante de la
torre[90].

Uno de estos suelos es una galera semicircular, en la cual de trecho en
trecho hay una especie de nicho profundo y abocinado que atraviesa el
muro, en cuya parte esterior hay una piedra con una abertura obalada y
sobre ella una cruz calada.

Aquellos nichos estaban destinados  los escuchas.

En el pavimento, y tambien de trecho en trecho, hay aberturas cuadradas,
respiraderos sin duda, de las galeras inferiores.

Cuando se arroja una piedra por uno de aquellos respiraderos, se la
siente caer retumbando, como en una sima.

En cuanto  los Siete Suelos, estando cegada la escalera que conducia al
tercero, nada puede asegurarse.

Pero cuentan los viejos, que cuando aquellas escaleras no estaban
cegadas se bajaba bien al tercer suelo, pero que en el cuarto la
atmsfera era espesa; que en el quinto no se podia ya respirar, que se
apagaban las luces, por bien preparadas que fuesen, y por ltimo, que
los que se habian atrevido  llegar hasta la escalera que conducia al
sesto piso, habian oido un estruendo sordo y pavoroso, y se habian
vuelto aterrados.

Quede consignado, pues, que en Granada se cree en el _Belludo_ y el
_Descabezado_ de la torre de los Siete Suelos; que se cree dominada la
torre por un encanto, y que nadie ha bajado ni podria bajar hasta el
stimo suelo.

Veamos ahora la tradicion mora.




III.


All por los tiempos en que los rabes emprendieron su conquista sobre
Espaa, en el sitio donde ahora se levanta la torre de los Siete Suelos,
dicen que habia una sima profundsima, en cuya parte interior, naciendo
en su borde, se torcia un estrecho, escarpado y peligroso sendero.

Una tarde,  tiempo que el sol trasponia, apareci entre los montes un
caballo que llevaba sobre s una dama.

Aquella dama era negra, pero hermosa, como la reina de Saba; llevaba los
cabellos sueltos y desordenados, vestida una flotante y larga tnica de
prpura, y en el cuello y en los brazos, collar y brazaletes de gruesas
perlas.

El caballo era blanco  iba en pelo.

Solo tenia un freno de oro y riendas de oro tambien, con las que le
regia la dama.

Aquella dama, en la inquietud de la mirada de sus negros ojos, en la
sobreescitacion de su alto seno y en el ardiente lito que emanaba de su
boca purprea y entreabierta, se comprendia que estaba amenazada de un
grave peligro, y en la precipitacion con que lanzaba su caballo  travs
del tortuoso sendero abierto entre el enmaraado bosque que entonces
cubria la Colina Roja, la Silla del Moro y el Cerro del Sol, demostraba
claro que huia.

Apenas habia la dama llegado al barranco que hoy se llama Pea-Partida,
y que est ya prximo al lugar donde hoy se levanta la torre de los
Siete Suelos, y donde antes existia la sima que hemos citado, cuando se
oyeron roncos ladridos y apareci por el mismo lugar por donde habia
llegado la dama, un enorme perro blanco de montera.

Al sentir sus ladridos, la dama se estremeci, y aguij su caballo que
parti por el descenso del barranco, y se diriji como una flecha al
borde de la sima.

Al verle la dama, di un grito de horror y se arroj del caballo al
suelo, quedando desmayada por la violencia del golpe, junto al borde de
la sima.

El caballo se lanz en ella y desapareci, produciendo con su caida un
ruido sordo, terrible, atronador, en las profundidades lbregas de aquel
agujero horrible.




IV.


La dama habia quedado suspendida entre los espinos sobre el abismo; el
perro lleg al borde, asi con los dientes su tnica y la sac fuera.

Entretanto lleg un hombre, y di un puntapi al perro que se hizo
atrs, y ense sus dientes amenazadores al hombre aquel, pero no le
acometi.

Aquel hombre tenia un aspecto terrible.

Era su frente de color cobrizo, su cabellera bermeja, casi roja, como si
se la hubiera teido con sangre, y tan spera que sus cabellos, mas que
cabellos parecian cerdas: del mismo modo, su barba prolongada, revuelta,
era spera y roja, y cubria de tal modo su semblante, que apenas se le
veian las narices anchas y romas, y dos ojillos grises, pero mviles,
duros, feroces, de espresion cruel y perversa: de su boca y por cima de
la revuelta barba, se veian salir cruzados cuatro colmillos blancos y
agudos: era de estatura atltica, de miembros fornidos y cobrizos,
estaba desnudo y descalzo, y solo cubria una parte de su cuerpo una
especie de taparrabo negro de una tela de lana tosca: de la cintura de
esta prenda, colgaba un hacha enorme con un astil de hierro muy corto;
llevaba  la espalda un arco de fresno largo y poderoso, atravesadas en
la especie de cinturon de que pendia el hacha, como hasta una docena de
flechas, y se apoyaba en una pica corta y gruesa de roble, en una
especie de chuzo, en cuyo estremo superior se veia enhastado un ancho y
reluciente hierro de dos filos.

Habia cerrado la noche.

Una luna plida, opaca, lanzaba un resplandor turbio, sombro, impuro,
casi rojo, en el claro del bosque, en el centro del cual, se abria la
boca de la sima.

Aquella luz fantstica, pavorosa en el centro de un bosque solitario,
sin oirse otro ruido que el del viento que zumbaba desapacible y frio
entre las encinas; aquella dama negra desmayada, aquel hombre singular,
bravo, de aspecto ferz, que la contemplaba con una alegria repugnante,
y aquel perro sentado, con su enorme estatura, sus largusimas lanas
blancas, y sus ojos amenazadores y relucientes fijos en el hombre, eran
un cuadro estrao tras el cual como que se adivinaba una historia
sombra y terrible.

De repente, y cuando el hombre rojo se inclinaba sobre la hermosa dama
negra, los ecos del bosque repitieron el sonido atronador de una bocina.

A aquel sonido, el hombre rojo se irgui, arroj  sus pies la pica, se
quit el arco de la espalda, le templ, arm en l una flecha, y mir
con fiereza al sitio de donde habia provenido el son de la bocina.

Retumb un segundo toque mas cercano: el salvage entez el arco, y
esper aun.

Por tercera vez, y ya  muy poca distancia, se oy el sonido de la
bocina, y apareci una forma humana entre la primera lnea de los
rboles.

Entonces el hombre rojo estendi el arco, le forz y dej ir la cuerda,
y una flecha parti silvando, y fu  rebotar como sobre en una roca, en
el bulto que adelantaba, que se precipit  la carrera por la vertiente,
de la colina, y lleg al fin al lugar donde estaban el hombre rojo, la
dama desmayada y el perro.




V.


El hombre nuevamente aparecido, venia completamente armado por un arns
negro y reluciente.

Bajo su casco sin visera, redondo y liso, sin adorno alguno, se veia un
semblante blanco, hermoso, melanclico, con unos grandes y lucientes
ojos negros.

Pero en el fondo de aquellos ojos habia algo que causaba espanto.

El hombre rojo y el de la armadura negra, se miraron fijamente y en
silencio, durante algunos segundos, pero con un odio infinito.

--Te has valido de tus malas artes, y de la amistad que tienes con el
diablo, Kaibar, por robar del alczar del rey Al-bahul,  la hermosa
Zairah, dijo el de la armadura negra; pues bien, has trabajado para m;
porque voy  matarte, y despues nadie me preguntar por Zairah,  quien
amo.

--Y dnde has visto t  Zairah, Jacub? esclam con voz ronca y
sarcstica Kaibar.

--Me la ha mostrado en sueos el espritu que me ayuda.

--Y cmo sabias t que existia Zairah?

--Un dia estaba triste, muy triste; dijo Jacub, sentndose sobre una de
las asperezas del borde de la sima con la misma tranquilidad que si no
hubiera tenido delante un enemigo: velaba yo, apoyado en las almenas en
la torre grande de la alcazaba de Cairvan[91]: brillaba como ahora la
luna triste y sombra.

Y mi alma estaba envuelta en tinieblas.

--Por qu, dije levantando los ojos al cielo, por qu, grande y
poderoso Allah, conturbas mi espritu y le sumerges en sombra!

No soy yo hijo del poderoso rey Al-Bahul, el de los ojos de diamante y
la barba de oro? No tengo riquezas y esclavos, soldados invencibles, y
corazon valiente que no se estremece ante el peligro? Por qu, pues, mi
corazon arde en un deseo misterioso como si encerrase un volcn?

Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando son en mi oido una
msica regalada, que parecia venir de muy lejos, pero que, sin embargo,
yo oia como si sonase junto  m.

Aquella msica parecia provenir de las cuerdas de oro de una guzla, y
poco despues la acompa una voz dulce, dulcsima, que reson en mi
corazon como el arrullo de la trtola en los oidos de su compaera
enamorada.

Oh! esclam al ver que aquella voz templaba el fuego de mi corazon como
una dulce lluvia de rocio: ya s lo que deseo; ya s lo que siento; yo
amo  esa vrgen que canta.

--Y qu cantaba la vrgen? dijo con ronca voz el salvage.

--Cantaba un romance muy triste, contest Jacub.

--Y te acuerdas de l? repuso Kaibar.

--Qued fijo en mi memoria, como el bote de una lanza de Damasco queda
sealado sobre una adarga de Kufa.

--Yo quiero oir ese romance, dijo Kaibar, que cediendo  una especie de
fascinacion estraa desarm su arco y se sent frente  Jacub.

Zairah desmayada aun, estaba entre los dos.

El lanudo perro, tomando parte en aquella escena, miraba
alternativamente al uno y al otro.

--S, yo quiero oir ese romance, repiti Kaibar.

--Pues yelo, dijo Jacub.

Y empez de este modo con voz lenta y cadenciosa.

    Libres los vientos--zumbando vagan;
    libres navegan--las nubes blancas,
    del firmamento--la azul campaa;
    libres batiendo--las leves alas
    las golondrinas--besan las aguas,
    del ancho lago--que riza el aura;
    libres las ondas--la curva playa,
    amantes orlan--de espumas cndidas;
    las mariposas--engalanadas
    ora revuelan,--ora se paran,
    entre las flores--de mi ventana,
    y yo entretanto--me miro esclava,
    me cercan muros,--puertas me guardan,
    y en mis megillas--el sol v lgrimas,
    cuando aparece--por la maana,
    y aun v mis ojos--que el llanto empaa
    cuando  los mares--cansado baja.

Call Jacub, y Kaibar que le habia escuchado atentamente, le dijo:

--Y qu hiciste despues de oir ese cantar?

--Me pareci que mi alma entera se habia trasladado al lugar desconocido
de donde parecia haber venido aquel canto; conoci que la tristeza que
antes me aquejaba era una tristeza de amor.

--Y amaste?

--Con toda mi alma!

--Y conociste  la virgen de tu amor?

--S.

--Y era ella? dijo Kaibar sealando con un ademn enrgico  la dama
que aun estaba desmayada.

--S, era Zairah, dijo Jacub: con la diferencia de que cuando yo la
conoc era blanca como un rayo de la luna, y cuando me di su amor,
cuando fu mia, cuando apur en sus brazos la sed de mi amor, su torn
negra.

--Qu ha sido tuya Zairah! esclam Kaibar levantndose demudado y
ferz, y empuando de nuevo su arco.

Jacub se levant y mir con desprecio al salvage.

--Vete! le dijo; eres una bestia ferz, Kaibar.

--O me dejas  Zairah,  tu vida, esclam el salvage hacindose atrs y
armando de nuevo la flecha en el arco.

--Vete! repiti Jacub, vete! y no me obligues  matarte.

El salvage palideci de clera, entez su arco, y dispar.

Pero la flecha rebot en el coselete de Jacub, que se lanz furioso
sobre el salvage y le estrech entre sus brazos.

Parecia que Kaibar debia ahogar entre los suyos  Jacub: tanto, al
parecer, le aventajaba en fuerzas.

Pero no sucedi as.

Como si la armadura de Jacub hubiese tenido vida, fuerza y voluntad,
aquella negra y reluciente armadura se movia, estrechaba, sofocaba al
salvage.

--Oh! t tambien tienes pacto con Satans, dijo Kaibar, y Satans te
protege, esclam redoblando sus esfuerzos.

Pero en aquel momento, Jacub levant su brazo armado con su pual y le
sepult por tres veces en el pecho del salvage:  la primera pualada,
los brazos de este dejaron de oprimir  Jacub;  la segunda se dobleg;
 la tercera cay rebotando en la sima, impulsado vigorosamente por
Jacub.

El perro lanz un gruido horrible y se puso  lamer la sangre de Kaibar
que habia quedado entre las piedras.

En aquel momento volvi en s Zairah.

Ningun vestigio habia quedado del crmen. Kaibar habia desaparecido en
la sima; el perro habia lamido su sangre; Jacub habia arrojado al abismo
su pual.




VI.


Para que nuestros lectores puedan comprender con claridad la leyenda que
otros nos contaron, y que nosotros contamos  nuestra vez, necesitamos
dejar  Jacub,  Zairah y al perro, al borde de la sima donde mas
adelante se construy la torre de los Siete Suelos,  ir  buscar la
historia de un rey de Africa.

Este rey se llamaba Yaks-Al-Baul.

Este rey no habia nacido de prncipe.

Por el contrario, no se sabia quienes fueron sus padres.

Un dia le encontraron unos cazadores de leones de Tnger, en un antro en
el momento en que le amamantaba una leona al par que  un estrao
cachorro.

La leona fu muerta, y Yaks-Al-Baul y el cachorro llevados como
testimonio de un milagro, al gran faqu de la mezquita mayor de Tnger.

Yaks era un muchacho bermejo como las guedejas de su nodriza, y de
mirada ferz como ella, y muy robusto y crecido.

El cachorro tenia tanto de perro como de leon, y era horrible.

El faqu, que era un grande astrlogo, recibi al nio y al perro; oy
atentamente la relacion de los cazadores, y cuando se qued solo se puso
 consultar sus cuadrantes y sus astrolabios.

Comprendi al fin, por lo que sus primeras tentativas astrolgicas le
revelaron, que nada sabria si no evocaba al diablo.

Estremecise el bueno de Almed, porque era religioso y justo, y no le
gustaba tratar con los espritus condenados; pero con la intencion de
servir  Dios, se subi  una torrecilla de su casa y conjur  Satans.

Apenas habia pronunciado su conjuro, cuando oy un zumbido sordo y tenz
y vi un moscardon negro y reluciente que habia entrado por la ventana y
volaba alrededor de su cabeza.

--En el nombre de Dios altsimo y nico, dijo Almed, eres t el
arcngel rebelde?

--Yo soy, contest una voz que zumbaba como el vuelo del moscardon.

--Y por qu te me presentas en esa forma?

--Porque es la mas  mano que he encontrado.

--Eres mi esclavo.

--Ya lo s: has pronunciado el conjuro mas terrible de Salomon.

--Toma otra forma, dijo Almed.

--Esa es una tirana intil que le puede costar cara, contest el
maldito.

--Toma otra forma, repiti con doble imperio Almed.

--Sea, pues que t lo quieres.

Y no solo tom otra forma el diablo, sino que la tom tambien el
interior de la torrecilla donde estaba Almed.

Este vi, primero, una dama hermosa sobre toda ponderacion, engalanada
sobre todo encarecimiento, que fijaba en l una mirada enamorada, dulce
capaz de volver locos  cien faques ascticos: la habitacion se habia
trasformado en un retrete dorado, matizado, resplandeciente, adornado
con divanes, con lmparas, con alfombras, como no habia visto ningun
Almed.

El bueno del faqu, en cuanto vi aquella hermossima nia con sus
sedosos cabellos negros sueltos en largos y anchos rizos sobre los
desnudos hombros; la rica y doble gargantilla de perlas que rodeaba su
cuello de blancura deslumbradora y descansaba sobre un seno medio
descubierto; los encantos irresistibles que se veian  travs de la
magnfica y descuidada tnica, se olvid de los dos engendros que le
habian llevado los cazadores de leones y del deseo de saber su historia.
Y sin embargo, la hermossima jven tenia en los brazos al pequeo
hombre-fiera de cabellos y ojos de leon, y  sus pies, echado en el
divn de seda y oro, al estrao animal, monstruosa mezcla de la
deformidad del leon y del perro.

Y aquella nia,  por mejor decir, el diablo, acariciaba  los dos
pequeuelos, y al recibir sus caricias, el nio lloraba y el perro
ahullaba.

--Eh! qu tal te parezco? dijo el diablo con una voz tan cavernosa,
tan estridente, de acento tan cruelmente burlon, que no parecia sino que
lo pronunciaba otra persona detrs de la jven.

--Vete, dijo el faqu creyendo que el diablo se habia escondido tras de
la hermosa nia que ocupaba el divn.

Al pronunciar Almed su mandato, hermosa, divn y retrete
desaparecieron, y solo quedaron el nio llorando y el perro ahullando.

Pero Almed habia perdido su alma.

Se habia enamorado frenticamente de Satans,  lo que era lo mismo,
aunque l no lo sabia, de la hermosa doncella.

Y la llam  voces, descompuesto el semblante, temblndole la larga
barba.

Una carcajada mugeril, pero dulce, incitante, tentadora, le contest.

Almed corri al ngulo de la torrecilla donde habia resonado aquella
carcajada con los brazos estendidos creyendo que el diablo habia hecho
invisible  la hermosa dama.

Pero al llegar  aquel ngulo donde nada encontr, en el ngulo opuesto
reson otra carcajada mas dulce, mas sonora, mas incitante.

El diablo jugaba con Almed al esconder, y entretanto el pequeo
hombre-fiera y el aborto de perro y leon acrecian en su llanto y sus
engruados.

Tenian hambre.

Despues de algun tiempo de intil lucha, el faqu se sent en medio de
la habitacion agotadas sus fuerzas.

Inclin la cabeza sobre sus rodillas, cerr los ojos y aliment el
recuerdo de aquella hermossima vision que habia desaparecido.

Y recordando, vino  recordar que aquella vision se le habia presentado
 causa de su conjuro al diablo.

Y como ardia en deseos de volver  ver  aquella seductora doncella,
volvi  conjurar  Satans.

Entonces un sapo negro y verde, como si hubiera caido del techo, cay
sobre la halda de la tnica de lana blanca del faqu y se puso  mirarle
frente  frente.

--Eres t, Satans? dijo Almed.

--Yo soy, dijo una voz atronadora que no se podia concebir saliese del
cuerpo del sapo.

--Por qu has tomado esa figura? dijo Almed.

--Qu, no soy yo dueo de tomar la figura que mas me agrade? No dices
t en tus sermones en la grande aljamia: Buenos creyentes, temerosos de
Dios; cuando entre en vuestra casa un moscon negro y reluciente,
zumbando, zumbando, orad  Dios  fin de ahuyentarle, porque ese moscon
es el diablo que viene  susurrar en vuestros oidos palabras de
perdicion: cuando veais junto  una fuente un sapo negro y verde, aunque
os aqueje la sed no bebais, porque aquel sapo ser el diablo que habr
escupido en el agua, y si bebeis os har suyo? Por qu te quejas, pues,
de que yo tome las dos figuras que t me has supuesto?

--Hazme ver  la doncella blanca de los ojos negros, dijo Almed, que 
duras penas habia tenido paciencia para escuchar la rplica del diablo.

--No quiero, dijo ste; eres un viejo ridculo: qu se ha hecho de tu
santidad? Eva la ha desvanecido como el sol desvanece la niebla.

--Se llama Eva la doncella hermosa?

--Eva es la muger,  por mejor decir, el conjunto de tentaciones de
todas las mugeres.

--Pues bien, que aparezca Eva.

--Quiero ser generoso contigo; renuncio  tu posesion; no quieras ver 
Eva, pues que si la vs eres mio.

--Pues no era Eva la que he visto?

--Era Eva, despues de haber hablado conmigo, la Eva del pecado y de la
impureza; la que perseguia  Adan por los bosques del paraiso perdido,
ponindose entre l y Dios.

--Mientes; en tiempo de Eva, no se habia descubierto el oro, ni las
perlas, ni existia Cachemira, ni Kufa, ni Damasco.

--Pero existen hoy, y yo he vestido  Eva como he querido. Estos sbios
son insufribles: si sabr yo lo que me hago?

--No, no lo sabes, porque te estoy pidiendo que me presentes ante los
ojos  Eva, y resistes.

--Porque tengo lstima de t, pobre tonto.

--Me obligars  que pronuncie de nuevo el conjuro.

--No, no lo hagas, porque el sonido de ese conjuro me hace padecer
horriblemente; pero ya que me obligas, voy  vengarme de t: mira.

Sinti Almed un sonido semejante al de una tienda de tela stil y
crugiente que se desplegase sobre su cabeza.

Y en efecto, una tienda se habia desplegado.

Tienda tegida de hilos stiles y resplandecientes de mil colores como
los rayos del sol que pasan por la lluvia: compartidos estos colores en
labores caladas, en stiles mallas que dejaban ver una luz
resplandeciente, pero de una manera dulcsima, grata sobre todos los
alhagos  los sentidos. Sostenian la tienda columnas en que no se veian
mas que los resplandores de las piedras preciosas de que estaban
cuajadas, y que giraban incesantemente, pareciendo un raudal pursimo
que subia del pavimento.

Y aquel pavimento era un relumbrante alicatado (mosico) de diamantes,
de rubes, de carbunclos, de esmeraldas, de topacios, de amatistas, de
perlas negras y de perlas blancas, de cuantas preciosidades encerr Dios
en las entraas de la tierra y en las profundidades de los mares.

Y en medio del pavimento habia una fuente labrada de un solo diamante, y
de la fuente surga un agua clarsima y tan olorosa, tan rica de
ambrosa como los manantiales del paraiso donde apagar su sed el justo
toda una eternidad con sola una vez que beba una sola gota.

Y mas all de la fuente, tendida en un lecho cndido y resplandeciente
como la luna, habia una muger, mas hermosa que todas las hermosuras de
la tierra, mas resplandeciente que la tienda en que se encontraba, y
casta y pura como el pensamiento de un nio que murmura las primeras
palabras con que su madre procura encaminar su espritu  Dios.

Y tenia los cabellos, las cejas y las pestaas tan negros, que junto 
ellos hubieran parecido blancas las alas de un cuervo de Egipto.

Y eran sus megillas como los arreboles del sol de la maana.

Y era su carne tan blanca, que junto  ella hubiera parecido negra la
nieve de las cumbres donde no se posa planta humana.

Y una tnica riqusima pero trasparente aumentaba los hechizos de
aquella imgen de la muger que Dios cri para que fuese como la sultana
de las hures, para hacer feliz  Adan en el paraiso.

Era la imgen de Eva antes del pecado.

Almed cay de rostro sobre el pavimento con el alma abrasada en un
fuego impuro, y ador  Satans en la imgen de Eva.

El nio-fiera, y el cachorro de perro y de leon, el uno entre los brazos
y el otro  los pies de la Eva maldita, lloraban, gritaban, ahullaban,
rugian con mas fuerza que nunca.

--Levntate, dijo la ronca y temerosa voz del diablo. Eres ya mio; pero
quiero concederte un medio de volver  tu libertad. Voy  decirte en una
historia, en la historia de esos dos hermanos,  dnde pueden llevar 
una criatura el olvido de Dios por la muger, y por los impuros placeres
de un amor idlatra.

--Dame  Eva, replic Almed.

--Te la dar, si me la pides despues de haber escuchado la historia de
esos dos hermanos, y seal al nio y al perro.

--Dame  Eva.

--Escucha.

Y dominado por un poder oculto y misterioso, Almed con los ojos fijos
en la imgen de Eva, sentado sobre sus rodillas, inmvil, plido,
atento, escuch.

Y el diablo le cont una historia.

Y la historia era esta.




VII.


Hay all, en las tierras de occidente, una tierra frtil, de cielo
radiante, cubierta de flores y de verdor.

La guardan sierras que la dan su nieve en claros raudales; la surcan
rios que fertilizan sus praderas, y sobre la vega y sobre sus montes se
ven alqueras blancas y torres bermejas.

Esta tierra, paraiso del mundo, jardin de delicias, huerto de amores,
bendita y riente, guardada por Dios para los mas valientes y fervorosos
de sus escogidos, estaba entonces en poder de unos cristianos, nietos de
unos brbaros que habian venido  las regiones del mediodia, desde las
regiones donde jams se derrite el hielo.

Aquellos cristianos eran los visigodos.

Corria el ao de seiscientos sententa y cuatro.

Era rey de los visigodos Wamba.

Wamba,  quien habian obligado  ser rey.

Este rey era muy bravo.

En los primeros tiempos de su reinado sublevronse algunos de sus mas
poderosos vasallos; pero Wamba fu sobre ellos, los venci y les puso en
temor y respeto de su nombre.

Entre estos grandes, habia uno que se llamaba Ervigio.

Era mancebo y hermoso  maravilla, y tenia tanta soberbia como
hermosura.

Era pariente del pasado rey Recesvinto, y aunque no se atrevia 
declarar abiertamente sus intentos, alentaba esperanzas de ser rey y se
procuraba en secreto parciales.

Pero luchaba con el temor que imponia la bravura de Wamba, y andaba
desalentado y triste.




VIII.


Una tarde de primavera, Ervigio se paseaba solo por las huertas del
Tajo,  los pies de la altura donde se asienta Toledo.

Iba pensativo, pensando en como haria para arrebatar  Wamba su corona y
ceirla  su cabeza.

El sol trasponia.

Ervigio se alejaba por la orilla del rio.

De repente tropez en un objeto, y oy una voz spera que se quejaba.

Ervigio habia tropezado con un hombre, que estaba sentado al borde de
una roca sobre el rio, con una caa de pescar en la mano.

Aquel hombre era muy singular, tan pequeo que apenas llegaba  la
cintura de Ervigio, jorobado, patizambo, tuerto y viejo.

Alzse al ser tropezado en ademn amenazador y puso mano ferozmente  su
pual y se encogi como el tigre para dar el salto sobre su presa.

Ervigio puso mano  su espada.

Pero al verle el enano, se amans, envain su pual, sonri
horriblemente, arroj su caa al rio, y dijo con acento singular entre
burlon y cruel.

--He aqu que el rio no me ha dado ni un solo pececillo, pero la tierra
me ha dado una buena pesca. Yo te esperaba.

--Qu me esperabas?

--S, ella me habia dicho: el dia en que te sentares en la roca, y
echares tu anzuelo al rio y no sacares del agua peces, desde que el sol
salga hasta que se ponga, aquel dia habrs encontrado al que mi alma
adora.

--Ah! dijo Ervigio; esa profeca te la habia hecho conocer una muger?

--S, poderoso y afortunado seor, una vrgen hermosa.

--Djame continuar mi camino, dijo Ervigio, que como estaba poseido de
la ambicion, rechazaba al amor.

Pero el enano no se apart del sendero.

--El sol se ha puesto y no he sacado del rio ni el mas pequeo
pececillo; t eres, pues, el mancebo  quien ella ama, yo te esperaba,
has venido y yo te he hallado, rey de los godos.

--Rey de los godos! esclam Ervigio.

--S, t sers rey por el amor de ella. Sgueme.

Y el enano salt de la roca abajo  la selva, y Ervigio, que habia oido
saludarle como rey por aquel estrao jorobado le sigui.




IX.


Habia en el centro de una oscura selva de encinas, sobre una eminencia,
rodeada por un arroyo, una torre triste y solitaria, cubierta de musgo y
enmohecida su puerta de hierro.

Nadie, ni una sola persona se veia ni en el claro de la selva, ni al pie
de la eminencia donde estaba construida la torre, ni en la torre misma.

Esta no tenia ventanas ni respiradero alguno al esterior.

Ninguna senda se veia en el bosque que condugese  la torre.

Era de noche y brillaba la luna.

Una luna rojiza y opaca.

Dominaba en torno de la torre y en el bosque un silencio de muerte.

Pero en medio de este silencio, se oy de repente como el ruido de dos
espadas que cortaban la maleza.

Poco despues, por un sendero que ellos mismos se habian abierto,
aparecieron dos seres humanos.

El uno alto, esbelto, que andaba con gran magestad.

El otro pequeo, contrahecho, monstruoso, que remedaba en su andar al
lobo traidor cuando se acerca al redil que guardan los mastines.

Eran Ervigio y el jorobado,  quien habia encontrado pescando en la
mrgen del rio.

Adelantaron entrambos hasta la torre, y cuando llegaron  su puerta, el
enano dijo  Ervigio:

--Si t eres aquel  quien ella espera, la puerta de la torre se abrir
al tocarla t.

--Hay en esto algun arte de Satans? dijo Ervigio.

--Y qu te importa? no quieres ser rey?

La ambicion habl mas alto que el temor de Dios en el corazon de
Ervigio, y toc con una mano audaz las planchas de hierro de la puerta
de la torre.

Apenas la habia tocado Ervigio, cuando la puerta se abri con un
silencio pavoroso.

Dentro no se veian mas que tinieblas.

--Si eres t  quien ella ama, dijo el jorobado, cuando entres dentro,
las tinieblas desaparecern y oirs maravillas.

Ervigio impulsado siempre por su ambicion, penetr en la torre.

Apenas habia penetrado en el lbrego dintel, cuando apareci  sus ojos
iluminado por un resplandor rojizo, un ancho lago de sangre, en medio
del cual habia un palacio rojo tambien, y reluciente.

--Oh! esto es horrible, dijo Ervigio.

--Para ser rey es necesario atravesar ese lago.

Una barca negra,  la que nadie guiaba, sali por las puertas del
alczar rojo, que se abrieron, y adelant hasta tocar  la orilla donde
se encontraban Ervigio y el enano.

Entrambos saltaron dentro.

Apenas habia tocado Ervigio la negra barca con sus plantas, cuando sta
se hundi entre un remolino del lago, desapareciendo entre sus rojas
ondas.

Y se oy la voz del enano que rugia en medio del estruendo atronador del
remolino.

--La virgen maldita ha encontrado  su maldito esposo, y su generacion
es mia.

Y aquellas palabras retronaron, se estendieron, vibraron y fueron
repetidas por mil ecos pavorosos.




X.


Y ahora, dijo Satans dirijindose  Almed, quiero que sepas quien era
la muger que habia atraido as con sus encantamientos al ambicioso
Ervigio.

Era una doncella que aun no habia cumplido los quince aos, hermosa 
maravilla, pero con una hermosura terrible.

El color de su tez era dorado, sus cabellos dorados tambien, sus ojos
leonados con las pupilas negras, flexible el cuerpo como el de una
pantera, y esbelta, gentil, y voluptuosa  maravilla.

Era una muger como no habia dos sobre la tierra.

Parecia una mezcla de fiera y de criatura humana.

Y  pesar del color de su piel, de sus cabellos y de sus ojos, era tal
la brillantez, la suavidad y la trasparencia de su piel, tan sedosos,
tan ricos, tan rizados sus cabellos, tan grandes, poderosos y lucientes
sus ojos, tan preciadas las joyas que la engalanaban, y tan ricas y tan
bellas tas tnicas que vestia, que no hubiera habido un hombre que la
hubiese visto que no hubiera desfallecido de amor.

Era juda, y se llamaba Asenth.

Su madre se habia llamado Zelpha, y habia sido una jven hermossima.

Pero con una hermosura semejante  la de las dems mugeres, y
enteramente distinta de la de su hija.

Zelpha habia tenido un hermano judo tambien, y que se habia llamado
Jamn.

Jamn habia sido mercader de sedas, y de prpura y de paos preciados.

Habia sido un miserable, vendido  m, y cuando hubo cometido cuantos
crmenes son imaginables, el robo, la calumnia, la usura, la hechicera,
y el envenenamiento, quiso cometer el ltimo y mas horrible de los
crmenes: el incesto.

Zelpha, la hermossima Zelpha, era sin embargo sbia: su madre, famosa
hechicera, la habia enseado la astrologa judiciaria, y el arte de los
ensalmos y de los encantamientos, y  confeccionar filtros y hechizos, y
 evocar los muertos, y  hacer comparecer los vivos, y  leer en sus
pensamientos.

Zelpha, que era mas sbia que su hermano, adivin sus intentos, y antes
de que ste la hechizara para reducida  su voluntad, determin
hechizarle  l.

Para ello, una noche se arranc tres de sus hermosos cabellos negros,
los at cabalsticamente, los quem  la luz de su lmpara y me llam.

Era una doncella hermosa y de quien yo esperaba mucho, y me present 
ella en la forma de un hermoso mancebo.

--S, me dijo, que mi hermano quiere hacerme suya. Yo le aborrezco.
Verme entre sus brazos sera para m un tormento horrible.

--Y por qu aborreces  tu hermano?

--Es miserable y receloso, dijo; me tiene vestida de lana parda, me da
de comer pan de avena y me tiene encerrada donde ni aun la luz del sol
veo.

--Y qu quieres?

--Quiero... lo que no alcanza  hacer la ciencia que me ense mi madre.
Yo quisiera castigar  mi hermano por la tirana con que me trata, y por
la impureza que por m siente: es una bestia ferz.

--Y te vales de m? la dije.

--S, me contest.

--Y qu me dars en cambio?

--Estoy enamorada de un hombre.

--Y qu hombre es ese?

--El duque godo, Wamba.

--Valiente hombre.

--Y hermoso.

--Y temeroso de Dios. No s si podrn vencerlo tus malas artes.

--Wamba suea conmigo.

--Ah!

--S; un dia que estaba yo muy triste porque se habia despertado en mi
alma el primer deseo del amor, evoqu la imgen de un hombre, que fuese
hermoso, noble, rico, valiente y que no hubiese amado  ninguna muger.

Cuando yo le evoqu era la alta noche, y mi aposento estaba envuelto en
tinieblas: entre mi lecho y la pared apareci un hombre como de unos
treinta aos.

Era rubo, blanco, y sus ojos azules eran tan hermosos, que me abrasaban
de amor.

--Quin es ese hombre? cmo se llama? pregunt al espritu.

Entonces sobre su cabeza, en la pared oscura, apareci en letras de
fuego este nombre: WAMBA.

--De qu pueblo es y qu religion profesa? aad.

--Es lusitano; de la ciudad de Igeditania, descendiente de los
visigodos, y cristiano: magnate de la crte de sus reyes, es un capitan
bravo  invencible, y tanto ama la guerra, que no ha sentido amor por
muger alguna.

--Que mi imagen vaya al sueo de ese hombre, y que me ame, dige al
espritu.

Entonces v que los ojos de Wamba me miraban con amor y con deseo; que
se fijaban en mi boca y en mi seno desnudo, y que sus megillas
palidecian.

Wamba me habia visto en sueos, y obedeciendo  mis conjuros, me amaba:
ahora bien; yo no puedo romper mis prisiones, aydame t, Satans.
Convierte  mi hermano en una bestia ferz obediente  mi voluntad.

Entonces yo trasform en leon  Jamn y le traje humilde y manso  los
pies de Zelpha.

--Has hecho mi voluntad, dijo ella, y te lo agradezco.

--Pues si no me das lo que te pido, volver  tu hermano  su antigua
forma y te entregar  l.

--Y qu quieres?

--Quiero la descendencia que tuvieres de Wamba.

Zelpha, mala hija y mala hermana, era tambien antes de serlo mala madre.

Maltrat  Jamn, que habia encontrado en sus mismos crmenes el
castigo, abri sus arcas y sus armarios, se apoder de sus riquezas, se
visti como una sultana, y al dia siguiente abri la tienda, y se puso 
vender telas, joyas y perfumes, teniendo  sus pies al leon rojo en que
yo habia trasformado  su hermano.

Y no sabes t con cuanta rbia veia Jamn, en cuyo cuerpo de leon vivia
su alma de hombre,  su hermana engalanada, hermossima, magnfica,
prodigando sus sonrisas  los compradores, y escuchando sus palabras de
amor.

La tienda de la hermosa juda, que tenia  sus pies encadenado y manso 
un formidable leon de Africa, lleg  ser la mas concurrida de Toledo:
frecuentbanla los caballeros mas principales, y todos enamoraban 
Zelpha, y ella los escuchaba  todos, pero solo se bajaban sus ojos y se
estremecia su corazon ante un hombre.

Aquel hombre era Wamba.

Con asombro de todos los que conocian la severidad del noble godo, y su
desprecio  las mugeres, le vieron concurrir  la tienda de la hermosa
israelita y palidecer de celos cuando veia  esta hablando  sonriendo
con otro seor.

Zelpha queria irritar la pasion de Wamba, y se veia reducida  esperarlo
todo de su amor, porque el amor que sentia por Wamba la dominaba
haciendo intil su ciencia de hechicera.

Wamba pasaba todos los dias por la tienda de Zelpha y entraba en ella
con frecuencia la compraba telas, joyas y perfumes, la miraba mucho de
una manera ardiente  involuntaria, pero no la decia una sola palabra de
amor.

Un dia por la maana, cuando Zelpha abria su tienda, y amarraba por la
parte de adentro  su hermano, trasformado en leon, un esclavo negro se
sent  la parte de afuera de la tienda y se puso  mirar de hito en
hito  la jven.

--Qu quieres? le dijo esta con altivez.

--Si no te enojaras, lumbre de Dios, dijo el esclavo, yo te daria un
mensage que traigo para t.

--Tal es, que pueda ofenderme?

--Es un mensage de amor.

--Quin te envia?

--Un seor muy noble y muy rico.

--Cmo se llama?

--Wamba.

--Ah! dijo Zelpha.

--Qu dir  mi seor? pregunt el esclavo.

--Dle que esta tarde pasear  la puesta del sol por las huertas del
rey.

--Y nada mas?

--Nada mas.

El esclavo parti.

Zelpha cerr la tienda, porque necesitaba ataviarse deslumbrantemente
para parecer mas hermosa  su adorado Wamba.

Entrelaz sus cabellos de diamantes y de perlas de los que habia
amontonado su hermano, se visti con las mejores tnicas de lino de seda
y de brocado, que tenia para venderlas  precios exhorbitantes en la
tienda, en todo lo cual invirti mucho tiempo, comi de una manera
suculenta  pesar de su impaciencia para que el ayuno no la robase sus
bellos colores, y all  la tarde, dejando encerrado y hambriento  su
hermano, que rugia de hambre y de rabia, se envolvi en un largo velo
que la cubria de pies  cabeza, y en paso lento se encamin  las
huertas del rey y se puso  vagar por entre las alamedas  las orillas
del rio.

Vi bajar con impaciencia el sol al occidente y ponerse al fin.

Si Zelpha hubiese conservado para con Wamba su poder de hechicera, le
hubiera evocado.

Pero Zelpha amaba, y el amor domina y no permite otra hechicera.

A punto que el sol se ocultaba, apareci por una avenida de la alameda
un caballero ricamente vestido.

Zelpha le reconoci  pesar de la distancia, su corazon se agit, y se
sent para esperar  su amado Wamba en una piedra al lado de la
corriente.

Wamba lleg hasta ella.

--Sers t acaso  quien yo busco?

--Y  quin buscais, seor? contest temblorosa Zelpha.

--Busco  la doncella mas hermosa de Toledo.

--Ser esa acaso la juda de la calle del Sol?

--Oh! ella es  quien amo! Adios.

--Por qu te vas, seor?

--Voy  buscar  esa doncella.

--Oh! pues no sigas, seor mio, porque esa doncella enamorada est 
tus pies.

Y Zelpha echndose atrs el velo, y descubriendo su resplandeciente
hermosura, aumentada por sus resplandecientes galas, asi las manos de
Wamba que la levant en sus brazos.

Nadie los veia mas que la blanca luna que acababa de aparecer en el
oriente.




XI.


Por un postigo del muro de Toledo, entraban aquella misma noche una
muger envuelta de los pies  la cabeza en un velo blanco, y un hombre
envuelto asimismo, de la cabeza  los pies, en una clmide roja.

El hombre y la muger atravesaron las calles de la ciudad, subieron  lo
alto, y el hombre se detuvo junto al muro de un frondoso huerto, y llam
 un postigo.

Un esclavo abri, y el hombre y la muger entraron.

Siguieron adelante, y penetraron en una noble cmara estensa y hermosa.

Pero los adornos de aquella cmara eran banderas africanas, y los
muebles severos, y las paredes desnudas de tapiceras.

Una lmpara de hierro la iluminaba.

Cuando estuvieron dentro, la muger se desenvolvi de su velo y el hombre
de su clmide.

Eran Wamba y Zelpha.

       *       *       *       *       *

Zelpha, durante muchos dias, permaneci al lado de Wamba.

Su tienda estaba cerrada, y los rugidos del leon hambriento asustaban 
los vecinos y  los que pasaban por la calle.

Zelpha, sin embargo, no parecia.




XII.


Pero lleg un momento en que Zelpha tuvo celos.

Celos, no ciertamente de una muger, sino celos de la guerra.

Wamba la habia dicho:

--Voy  partir  Africa.

--Llvame contigo, habia contestado Zelpha.

--Aquella tierra abrasa, tus megillas se quemarn bajo aquel sol
ardiente, y luego... esponerte  los peligros... no, no: el guerrero,
solo debe llevar al combate su lanza y su escudo.

Wamba era muy firme; Zelpha no tenia sobre l mas poder que el de su
hermosura, y se acercaba el dia de la partida.

Zelpha quiso detenerle, y no pudiendo detenerle por su voluntad, pens
en valerse de un filtro.

Pero no queria confiarse  nadie, ni podia tampoco hacer el filtro en el
palacio de Wamba.

Una maana muy temprano, con el pretesto de ir  visitar su casa, sali
del palacio de Wamba.

Al acercarse  la tienda, la sorprendieron los horribles rugidos del
leon su hermano, y una espiral de negro humo que salia por encima de la
casa.

--Qu ser eso? dijo Zelpha.

Aquello era que Jamn, que aunque habia perdido la forma de hombre no
habia perdido la inteligencia, hambriento, celoso, desesperado, habia
llamado al infierno y hablaba conmigo.

Me pedia que yo le restituyese  su forma de hombre y  su poder de
hechicero.

Pero yo no podia hacerlo, porque Jamn estaba hechizado por un conjuro
invencible para m.

--Pero le dije: Zelpha se acerca.

Jamn se ech  temblar.

--Y me maltratar, dijo, porque me aborrece y es cruel.

--Zelpha no puede maltratarte, le dije.

--Y por qu?

--Porque ha perdido su poder y su ciencia al perder su pureza entre los
brazos de Wamba.

--Ah! esclam Jamn en un rugido mezcla de dolor y de alegra; conque
Zelpha apagar la sed de mi amor?

--Recuerda que es tu hermana.

--Y qu me importa?

--Ofenders  Dios, y Dios te castigar.

--Yo la amo.

--Si tu hermana es tuya, concebir y tendr una hija.

--No importa.

--Zelpha morir al ser madre, y su hija heredar la ciencia y el poder
que ella ha perdido.

-Ah!

--Y como has amado  tu hermana amars  tu hija, porque ests maldito
de Dios; y tu hija, que no le conocer, ser mas cruel contigo que lo ha
sido Zelpha.

--No importa! esclam rugiendo con mas fuerza Jamn, yo la amo.

--Pues hla que abre la puerta, le dije; quedad en paz.

Y desaparec.




XIII.


Lo que sucedi cuando Zelpha abri la puerta fu horrible.

Jamn, irritado, hambriento, ferz, enamorado, tom de su hermana una
venganza completa.

Zelpha fu suya, y no solo fu suya, sino que fu su esclava.

Zelpha no volvi  ver  Wamba.

Habia partido  la guerra y estaba en Africa.

Jamn habia dicho  su hermana.

--Abre la tienda y vende; toma una esclava que te sirva, y t y yo, ya
que por tu crueldad y tu infamia me veo reducido  esta forma, que solo
t podias quitarme, y que ya no puedes porque has perdido tu poder,
comamos y vivamos lo mejor posible. El dao que me has hecho se vuelve
contra t; te ves reducida  ser la amante de un leon, cuando podias
haberlo sido de un hombre. Abre la tienda y toma la esclava, pero no
pienses en mas, porque yo estar siempre junto  t y en cuanto
intentares huir te despedazar.

Zelpha hizo lo que Jamn la mandaba, porque tenia miedo.

Habia probado su poder mgico, y su antiguo poder no habia respondido.

Desde el momento en que habia perdido su pureza entre los brazos de
Wamba habia perdido su poder, y habia quedado reducida  la condicion de
una muger vulgar.

Jamn en cambio, habia recobrado todo su poder mgico menos para volver
 su antigua forma.

En el tiempo preciso, desde que Zelpha habia caido de nuevo en poder de
su hermano, di  luz una hija.

Aquella hija, tenia los cabellos y los ojos del color de los del leon, y
la piel dorada.

Pero era un prodigio de hermosura.

Zelpha, muri al darla  luz.

Jamn evoc  una hada maldita para que la criase, y la hada se present
y amamant  la nia.

Jamn la puso por nombre Asenth, y quiso obtener por m lo que no podia
obtener por s mismo.

Y repitiendo sus conjuros, me evoc.

--Gnio, me dijo, cuando me present  l; un palacio encantado para
guardar  mi hija, y criarla para m.

Apenas habia dicho estas palabras, cuando se encontraron en un palacio
magnfico.

Pero todo en l era rojo; el oro, las piedras preciosas, las columnas de
prfido, hasta las aguas que corrian de las fuentes.

Aquel palacio, era invisible para los que no conociesen su encanto, y
estaba guardado por un lago de sangre.

Solo un hombre podia entrar en l, el hombre para quien habia nacido
destinada Asenth.

Hadas condenadas la sirvieron como esclavas, y mecieron su cuna durante
su infancia. Gnios invisibles y malditos, llenaban para ella los aires
en armona, y de encantos los sueos.

Para ella, el alczar encantado no era rojo.

Tenia por do quiera, frescos y brillantes apartamentos en que corrian
sobre fuentes cristalinas, aguas olorosas, hasta cuyas cpulas subia el
fragante humo de los perfumes; aquellos apartamentos, salian 
deliciosos jardines donde habia cuantos rboles, cuantas flores, cuantas
plantas cri Dios, para arrojarlas sobre el mundo, cada cual en su lugar
y su estacion. Curvos y trasparentes lagos, relumbraban ac y all en
medio de los jardines, bajo un sol siempre eterno, siempre brillante,
siempre de rayos tibios, en un firmamento siempre azul, por el cual solo
pasaban nubecillas rosadas, nunca la densa y negra niebla de la
tormenta.

Ella, que era espritu de tinieblas, solo conocia al dia.

Ella, que era el producto y el castigo  un tiempo de un horrible
pecado, no conocia los pesares.

La felicidad moraba en su alma, y amaba desde los primeros aos, con
toda su alma, con toda su voluntad  un ser que veia nio como ella,
cuando era nio, mancebo cuando fu muger,  quien veia, digo, por todas
partes, en las nubecillas rosadas del cielo, en el fondo de los lagos,
entre las flores de los jardines,  la sombra de las enramadas, en los
ngulos de sus retretes, entre el humo blanco y aromtico de los
pebeteros, y sobre los surtidores de las fuentes.

Asenth oia su voz que le decia; yo te amo, en el murmurio de las aguas,
en el vuelo de las brisas, en los cantares lejanos y perdidos que las
hadas malditas entonaban para adormirla.

Y cuando se dormia, le veia en sus sueos; pero en sus sueos, como en
su vigilia, jams tocaba  aquel mancebo, ni se obstinaba por llegar 
l: bastbale con ver su hermosura, con amarle, con sentirse amada de
l. Asenth, que habia heredado toda la ciencia que su madre habia
perdido, que era por lo tanto mas sbia que su padre Jamn, sabia que al
cumplir los quince aos se decidiria su destino, que perteneceria  su
padre si vencia al hombre de su amor cuando entrase en el palacio
encantado,  que perteneceria al hombre de su amor, si este le vencia.

Jamn, menos sbio que su hija, no conocia sus pensamientos.

La acompaaba continuamente como un perro, y se echaba  sus pies, y
aunque la desesperacion y la terrible fiebre de que adolecia la fiera,
en la cual se habia trasformado su hermana, le aquejasen, no rugia por
no despertar  incomodar  su hija con sus rugidos.

Para Jamn, el palacio encantado no era ni claro, ni fresco, ni oloroso.

Por el contrario, era horriblemente rojo, lleno de un aire clido que
abrasaba su pecho, y respiraba por todas partes el nauseabundo olor de
sangre fresca que irritaba sus ardientes fauces.




XIV.


Lleg, no la primavera del ao, porque en el alczar encantado todo el
tiempo era una perptua primavera para Asenth, y un abrasador esto
para Jamn, sino la primavera de la vida de Asenth.

Faltaba nicamente un dia para que la doncella maldita cumpliese los
quince aos.

Aquella noche, cuando Jamn dormia  los pies del divn de su hija,
Asenth fij en l una mirada sombra.

--Maana, dijo, el diablo, mi esclavo, se pondr  pescar en el rio, y
si pasa por all el amado de mi alma, le traer  mis brazos.

Y si para entonces, t eres leon, despedazars  mi amado.

Pero si eres perro, mi amado le despedazar  t y yo quedar libre de
mi encanto.

Y Jamn bien ageno de la crueldad de su hija, dormia.

Asenth se levant, fu  un ajimez de su retrete, y mir  las
estrellas.

--Hablad para m, dijo.

Y las estrellas temblaron en su inmensidad y enviaron  Asenth trmulos
resplandores.

Asenth, ley en aquellos resplandores las siguientes palabras:

--Evoca al gnio de la vida.

--Poderoso gnio de la vida, dijo Asenth asiendo un amuleto obra del
sbio rey Salomon, ven.

Apareci un gnio horroroso.

Tenia cuatro pechos, cuatro ojos, cuatro manos y una cabellera de fuego.

En la una mano tenia una llave de oro, y en la otra una llave de plomo.

Su cabeza era de jven, su pecho y sus brazos de hombre, su vientre
hinchado y sus pies vacilantes.

Andaba en paso lento, pero no cesaba de andar.

Asenth, sigui tras l, porque el gnio no se detenia.

A medida que adelantaba, su paso se hacia mas rpido; marchaba por un
camino rodeado de jardines.

--Poderoso gnio, le dijo Asenth: sabes para que te he llamado?

--S. T temes a tu padre, tienes poder para trasformarle, para
debilitarle y entregarle al furor de tu amante.

--Y dime: mi amante le matar?

--No, dijo el gnio, porque t padre no ha cumplido aun su destino.

--Y dime, cul es el destino de mi padre?

--El de llevar al ltimo lmite la maldicion de su raza. Tu sers la
ramera de tu padre.

Se estremeci Asenth.

--Y no puedo evitarlo?

--S, si tienes valor para ello.

--Y qu he de hacer?

--Cuando maana llegue  t Ervigio...

--Se llama Ervigio, el amado de mi alma?

--S, y por t morir,  por t ser rey.

--Ser rey! dijo con altivez Asenth, y yo ser reina.

--T sers la ramera de tu padre, si Ervigio no muere delante de t
despedazado por l.

--Y si yo eso hiciere?...

--T, has nacido destinada en tu pureza  Ervigio, t le amas desde
antes de nacer; t por l has enloquecido; consentir en su muerte seria
lo mismo que matar tu alma: Dios aceptaria tu sacrificio, te perdonaria
por l, y perdonaria  tu familia. T habrias sido la vctima
espiatoria.

--Matando  Ervigio!

--Sacrificndote en l.

--No, dijo con una inmensa valenta Asenth.

--T y los tuyos caereis en el fuego eterno.

--No importa.

--Entonces para qu me has llamado?

--Para preguntarte cuantos son los dias de mi padre.

--Mas que los tuyos.

--Ah! y cmo podr yo hacer para que los dias de ese maldito terminen
maana?

--De ningun modo.

--Pero puedo dejarle encantado en mi palacio?

--Dios romper el encanto cuando llegue la hora del castigo.

--Pero Ervigio, ser mi esposo?

--Ser tu amante...

--No mas que mi amante?

--Ervigio cuando sea rey te abandonar.

--No le har rey.

--No puedes,  no ser que le dejes despedazar por tu padre.

--Yo soy sbia, soy hechicera...

--Lo que est escrito, se cumplir.

--Desaparece de mi vista, gnio maldito.

El gnio de la vida desapareci con estruendo en las entraas de la
tierra.

Asenth se sent pensativa bajo un rbol de sus jardines.

Brillaba una luna plcida y tranquila.

Y apenas se sent, oy cantar un ruiseor.

Asenth comprendia el lenguaje de las aves, y oy que el ruiseor decia:

--Qu haces t ah, hermana golondrina, desvelada en un nido ageno?

--Estoy muy cansada y no he podido llegar al alczar de Toledo; me he
parado en este ciprs, y sin embargo no he podido dormirme.

--Te ha sucedido algo que te aflija, hermana?

--S; esta maana con el alba sal de Africa; all quema ya el sol, y
los manantiales estn secos, rugen los leones sedientos y los vencejos
caen sofocados de calor.

Yo habia dejado mi nido en el alczar de Toledo, y dije  mi esposo:

--Amado mio, yo me voy  Espaa, sgueme.

--Tengo que arreglar aqu unos negocios con nuestro rey, se acerca la
grande partida, pero vete tu sola si el calor te sofoca, ya sabes el
camino, arregla nuestra casa para cuando lleguemos.

Me desped de l, y llegu  Espaa cuando ya el sol quemaba.

Estaba muy cansada.

Volaba entonces sobre la hermosa tierra del Iliberis.

Mis alas estaban doloridas.

Abat el vuelo sobre un frondoso bosque y me escond con delicia en un
sicomoro.

Ay hermano ruiseor! estaba escrito que yo no reposase.

Apenas habia plegado mis alas y esponjado mis plumas, cuando he aqu que
de una negra sima que se veia  poca distancia desde el sicomoro, sali
un culebron enorme.

Yo me aterr y me d por perdida, y no pude moverme.

Cre morir.

Pero el culebron, no repar en m.

Empez  silvar, y yo entendia sus silvidos.

El culebron decia:

--Hermano lagarto, el de las escamas blancas, verdes y azules, ven.

Ven, hermano lagarto, el de las escamas azules, verdes y blancas.

Y se oy ruido entre la yerba, y un lagarto enorme se asom al borde de
la sima y se puso  mirar  la culebra agitando la cola.

--Qu sucede, hermana mia? dijo el lagarto.

--Te acuerdas? dijo la culebra.

--De qu?

--De la tarde de horrores.

--Ah! de aquella tarde en que un anciano de barba blanca, que venia
montado en un asno, y acompaado de sus dos hijos, hombre y muger, se
detuvo al pi de la acacia junto  la fuente?

--S. Te acuerdas?

--Me acuerdo de que el viejo se ape, se sent junto  la fuente, sac
su hijo provisiones de unas alforjas, comieron l y su padre y su
hermana, y luego el viejo se tendi bajo la acacia y se durmi.

--S! s! veo que te acuerdas, y te acordars tambien de que los dos
hijos del viejo eran muy jvenes: el tendria veinte aos y ella catorce.
El era hermoso y fuerte, y ella delicada y pura como una flor.

--S, es verdad, dijo el lagarto; l se llamaba Jamn y ella Zelpha.

--Y eran judos?

--Y malditos.

--Te acuerdas?

--El asno que era muy fuerte iba muy cargado y pacia la yerba; pero
paciendo, paciendo, no quitaba ojo del viejo que dormia.

--Y no te acuerdas de mas? dijo la culebra.

--Vaya! me acuerdo de lo que dijeron los dos malditos, y t?

--Yo tambien.

--Jamn se acerc  su padre y le examin atentamente: el viejo no se
movia: entonces Jamn sac de entre su hopalanda un largo y reluciente
pual, y acerc su hoja  la entreabierta boca de su padre.

La brillante hoja del pual no se empa.

--Nuestro padre no despertar, dijo Jamn  Zelpha.

--Y por qu? dijo Zelpha.

--Porque nuestro padre ha comido un dtil que yo traia guardado para l
desde Africa.

Zelpha se encoji de hombros.

--De modo que, dijo, lo que el asno trae sobre s, es nuestro.

--Nuestro es el tesoro de perlas, diamantes y telas preciosas que trae
sobre s el asno.

--Y dnde iremos  llevar esas riquezas?

--A la crte imperial de los godos,  Toledo. Pero para que no
interrumpan el sueo de nuestro padre, acostmosle en un lecho eterno.

[imagen no disponible: Asieron el cadver de su padre,..... y le arrojaron
en medio de la sima

Lit de J.J. Martinez, Madrid. Letre dib y lit]

--Y cmo abriremos ese lecho? no tenemos mas hierro que tu pual.

--Aqu hay una ancha sepultura, dijo Jamn sealando  la sima.

--Ah! es verdad. El diablo nos esperaba, dijo sonriendo de una manera
horrible Zelpha, y ha abierto la sepultura de nuestro padre.

--Aydame  arrojarle en ella, hermana.

--Y no temes que algun dia nos llame  esta sepultura la voz de nuestro
padre? dijo Zelpha:

--Dios es Satans, dijo impamente Jamn, te acuerdas, hermano lagarto?

--Vaya si me acuerdo, y me acuerdo tambien de que al escuchar aquella
blasfemia me estremec: los hombres son impos, porque son soberbios, y
una poca de ciencia les hace revelarse contra Dios: los dos hermanos
malditos eran sbios, conocian la ciencia del mal, y como el dios del
mal era quien les inspiraba, creian que no habia mas Dios que Satans:
Satans,  quien el asesinato, el parricidio y la impureza son
agradables. Vaya si me acuerdo! Luego, los dos hermanos asieron el
cadver de su padre, el uno por los pies, y el otro por la cabeza, le
mecieron un momento y le arrojaron en medio de la sima.

--Y luego, aadi la culebra, los dos miserables se acercaron al asno:
te acuerdas de lo que sucedi?

--Sucedi que el asno al acercarse el parricida, se volvi y le di una
coz en la frente y no le hizo dao, pero marc sobre su frente maldita
una mancha roja  indeleble.

--As fu, as fu, hermano lagarto. Luego Jamn castig al asno, mont
en l  su hermana Zelpha, tir del jumento y desaparecieron entre los
rboles.

--Yo me qued horrorizado, dijo el lagarto.

--Y yo tambien, aadi la culebra.

--Y yo, dijo la golondrina, que escuchaba todo esto, sentia que las
plumas se me arrancaban de la carne, amigo ruiseor.

--Los hombres son infames y rprobos, aadi el ruiseor; se gozan en el
mal: yo no los puedo ver.

--Ni yo: el ao pasado me destruyeron mi nido.

--Y  mi hace pocos dias me mataron mi compaera, por eso canto tan
tristemente.

--Pobre ruiseor!

--Y no dijeron mas el lagarto y la culebra?

--S, s dijeron: y yo los escuchaba, porque aunque tenia mucho miedo,
tenia mas curiosidad.

--Hembra al fin, dijo el ruiseor.

--Pues como decia, continu la golondrina desentendindose en la
observacion del ruiseor, el lagarto y la culebra siguieron hablando, y
yo escuchndolos.

--T y yo, dijo la culebra, cuando desaparecieron los dos infames, nos
despedimos escandalizados y llenos de horror por lo que habiamos visto,
t te metiste en tu grieta y yo me baj abajo  lo profundo, donde t no
has querido nunca bajar.

--Est aquello muy lbrego y muy oscuro; y aunque t me has dicho que en
pasando de lo oscuro hay maravillas, he tenido miedo: en una ocasion
quise bajar, y al llegar  cierto punto me volv asustado: se oia un
ruido atronador, sordo, espantable.

--Es el alma de Abraham, el padre de Jamn y de Zelpha, que se revuelve
rugiente y maldice de contnuo  sus hijos y  las generaciones de sus
hijos.

--Y tiene razon, dijo el lagarto.

--Pero l se tuvo la culpa de lo que le sucedi: bien claro se lo
dijeron los astrlogos.

--Y qu le dijeron los astrlogos? pregunt el lagarto.

--Oye la historia de Abraham.

El lagarto se acomod en la yerba para oir mejor, y yo apliqu mi oido
con cuanta atencion pude; mi curiosidad crecia.

--Hace veinte aos, un mdico judo que ya pasaba de los treinta, entr
montado en un asno por una de las puertas de Damasco.

Aquel mdico era Abraham.

Conocia las virtudes de las yerbas, y sabia hacer filtros; pero nunca
habia hecho venenos ni invocado  Satans: era demasiado caritativo para
que pudiese hacer lo uno, y harto temeroso de Dios para que pudiese
hacer lo otro. Siendo muy nio habia perdido  sus padres, y entrado 
servir para que lo sustentase  un famoso mdico rabe. Le acompaaba 
las montaas y  los valles  buscar yerbas salutferas, y luego  ver 
los enfermos: en doce aos que estuvo al lado del mdico se hizo tan
sbio como l, y conoci todas las yerbas que l conocia, y aprendi 
curar todas las enfermedades que l curaba. Con el ejemplo del sbio
rabe, que era muy religioso, se hizo creyente, temeroso de Dios, y
caritativo y buen hombre.

El mdico rabe le queria como  un hijo.

Y sin embargo, el mismo dia en que Abraham cumplia sus treinta aos, y
siendo ya muy viejo el mdico rabe, ste le dijo:

--Ya eres hombre crecido, sabes todo lo que yo s y no es bien que
contines en la servidumbre: te comprar un asno, una bolsa y yerbas
medicinales, y te irs por el mundo  probar fortuna.

--Pero yo no quiero separarme de t, que eres mi padre, dijo Abraham:
qudante pocos aos de vida y quiero estar  tu lado para cerrarte los
ojos.

--T no puedes permanecer en mi casa, dijo el mdico, porque si
permaneces vendr sobre t y sobre m una gran desgracia.

--Pero qu desgracia puede sucedernos, siendo como lo somos, piadosos y
guardadores de los preceptos de Dios?

--No puedes permanecer en mi casa, dijo el anciano.

--Si t me arrojares de ella, me ir, pero permanecer en la ciudad
esperando que pase tu enojo y que me llames  t.

--Yo no estoy enojado contigo, pero te aconsejo y te mando que salgas de
mi casa. Dios lo quiere.

--Y no me dirs el secreto de tu resolucion?

--No debo decrtelo. V, hijo mio, v, que donde quiera que fueses, ir
contigo mi bendicion.

Era tal y tan firme la resolucion del anciano mdico, que Abraham se vi
obligado  obedecer: tom la bolsa y algunas ropas que le di el viejo,
mont en el asno y se alej llorando y desolado; pero no sali de
Alejandra, en cuya ciudad moraban, sino que se fu  vivir  un barrio
fuera de los muros, y se di  conocer como mdico, y empez  curar y
adquirir fama, hasta el punto de que se hizo en muy pocos dias el mdico
mas famoso de la ciudad.

--Quin te ha contado esa historia, hermana culebra? dijo con acento de
incredulidad el lagarto.

--Me la ha contado el alma del mismo Abraham, hermano lagarto, dijo
ofendida la culebra; y si t no hubieses sido cobarde y hubieras bajado
al ltimo suelo de la sima, al palacio encantado y maravilloso donde
pena Abraham por desobediente  Dios, el alma de Abraham te hubiera
contado tambien esta historia.

--No te ofendas, amiga culebra, dijo el lagarto; pero es tan maravilloso
lo que me cuentas...

--Pues aun quedan mas maravillas.

--Y dime, por qu amando de tal modo  Abraham el viejo mdico rabe le
ech de su casa?

--Por que el viejo tenia una hija hermossima.

--Ah! y se habia enamorado de ella Abraham?

--No, porque Abraham no la conocia. El mdico tenia escondida  su hija
como un tesoro.

Porque Abraham era avaro y fundaba en su hija grandes esperanzas.

Leila-Fatimah[92] era una doncella de diez y seis aos.

Parecia que Dios se habia complacido en ella.

Si algun hombre la hubiera visto hubiera desfallecido de amor como  la
vista de una hur.

Su frente era un arca de pureza, sus ojos dos lumbreras de amor, sus
cabellos redes de almas, y su cuello, y su seno, y su talle, atractivo
de corazones.

Al verla en sus primeros aos tan hermosa, el avaro mdico dijo:

--Mi esposa me ha dado una perla: pues bien, embellezcamos esta perla;
rodemosla de atractivos, pulmosla y hagmosla tan hermosa que sea
inapreciable.

Y la ense todo lo que sabia, que no era poco, y quiso que aprendiese
lo que l no sabia, que era mucho.

Busc  una maga y la pag esplndidamente para que ensease 
Leila-Fatimah la ciencia de los astros y de lo infinito; pero del
infinito que viene de Dios, no de lo infinito del mal, que viene del
diablo.

Pero la maga era mala, y sin que lo supiese el viejo mdico enseo 
Leila-Fatimah la ciencia de lo oculto, y la hechicera y la cbala.

Y la ciencia hacia cada vez mas hermosa  Leila-Fatimah, dando  su
mirada un brillo sobrenatural,  su frente una magestad irresistible, 
su sonrisa un poder del infierno.

Y el anciano mdico, cada vez que veia crecer  su hija en ciencia y en
hermosura, se frotaba alegremente las manos y esclamaba:

--Cuando t hayas llegado  la fuerza de tu juventud y  la cumbre de la
ciencia, yo te llevar  Damasco y te presentar al califa. Y el califa
se enamorar de t, porque no podr menos de enamorarse, y t sers
sultana, y yo ser wazir del califa, y tendr alczares y tesoros, y
esclavos, y recojer al fin el fruto digno de mis vigilias durante
tantos aos.

Y cuando el codicioso mdico vi que su hija era sbia, aunque era
todava nia, quiso que tuviese todo lo que hace amable  una muger, y
busc bayaderas y las llev  su casa, y las bayaderas, esplndidamente
pagadas, ensearon  Leila-Fatimah las danzas lbricas que ellas
bailaban en las plazas, agitando sus panderetas al son de sus guzlas.

Y al poco tiempo Leila-Fatimah, bailaba como la mejor bayadera, tocaba
la guzla y la tiorba y la guitarra, y repicaba las castauelas como una
hija de Egipto, y hacia hermosos versos, y cantaba como una alondra.

Y era mas: Leila-Fatimah amaba, porque el diablo la habia enseado 
amar.

Y era el amor de Leila-Fatimah ardiente y voluptuoso, como inspirado por
el diablo.

Y soaba con sus amores, sin objeto y se abrasaba en ellos, y como no
veia  nadie, por que su padre la tenia casi emparedada, un dia en que
el delirio de su amor de vrgen era mas intenso, evoc al diablo.

El diablo se la present en la figura de Abraham.

Abraham era muy hermoso, y Leila se enamor de l.

Y fu  arrojarse en sus brazos.

Pero como el diablo era un espritu, se le huy.

--Por qu huyes de m, luz de mis ojos, alegra de mi alma, agua fresca
y cristalina de mi sed, dijo llorando Leila-Fatimah.

El diablo, que se habia propuesto representar  Abraham, la dijo:

--Yo no puedo ser tuyo, mientras viva tu padre.

--Y por qu?

--Porque entre estas paredes desfallezco, me ahogo; yo no puedo darte mi
amor si no en medio de los jardines,  la luz de la luna, libres t y yo
como los pjaros que vuelan de una enramada  otra enramada.

--Y quin eres t?

--Yo soy un discpulo de tu padre, mdico como l, y como l sbio. Yo
no puedo ser tuyo, porque como tu padre te guarda, me he valido de la
ciencia para meterme en tus habitaciones convertido en un soplo de aire
por las rendijas d las puertas, y me he dejado el cuerpo fuera.

--Pero yo te veo; veo tus ojos, veo tu boca que me sonrie.

--S, s, eso es verdad; es que mi espritu toma la apariencia de mi
cuerpo, pero para que te convenzas, llega  m y seme si puedes.

Leila-Fatimah se diriji al diablo, disfrazado con la figura de Abraham,
y aunque el diablo no huy, solo coji Leila aire.

--Y cmo te llamas? dijo jadeante de deseo la hermossima doncella.

--Abraham.

--Y vives en la casa de mi padre?

--S.

--Oh! pues yo har que mi padre abra las puertas de mis habitaciones
para que pueda entrar tu cuerpo.

--Tu padre no consentir, porque te guarda para el califa de Damasco.

--Para el califa, que ser un seor muy srio y muy dspota que me
tratar como  una esclava! dijo Leila-Fatimah; no, yo te amo  t, y
solo ser tuya: mi padre me ama y no me negar el ser tu esposa.

--T no sers mi esposa mientras tu padre viva.

--Mi padre me ama.

--Tu padre ama mas al oro, y espera que el califa le pague
esplendidamente tu hermosura.

--Oh!oh! dijo Leila-Fatimah, en cuyos ojos apareci una espresion
terrible: pues si eso es verdad, mi padre no me vender al califa. Yo
soy sbia, mas sbia que l, oh! oh! mi padre no me vender al
califa, y t sers mio, yo te le juro.

--Ya eres muger y hermosa, y dentro de tres dias, tu padre te meter en
un palanquin y te llevar  Damasco.

--No me llevar.

--Lo veremos; tu padre se acerca, y yo me voy, qudate en paz.

Y el diablo, se desvaneci como humo.

Leila-Fatimah, se qued desesperada.

Poco despues, sonaron llaves y cerrojos y puertas, y el severo mdico
entr en el retrete donde acurrucada en un divn estaba su hija
llorando.

Al verla el mdico, plida y desolada, se aterr.

--Qu te contrista, alegra de mi vida, esperanza de mis canas? dijo el
mdico.

--Amo  un hombre, buen padre mio, dijo Leila fijando en l sus hermosos
ojos negros llenos de lgrimas.

El mdico,  pesar de sus aos, di un salto.

--Que amas!... que amas  un hombre! esclam temblndole la barba de
miedo y de clera. Mas cundo has visto  un hombre?

--Yo amo  tu discpulo Abraham.

--Pero dnde has visto t  mi discpulo? esclam en el colmo de su
clera, el mdico.

--Yo le amo, y quiero ser su esposa, contest Leila-Fatimah llorando
como un nio voluntarioso.

--T no has nacido para ese perro judo, esclam completamente fuera de
s el mdico.

--Yo le amo y le quiero, repiti Leila llorando mas fuerte.

--Pero cmo, cuando, donde le has visto?

Leila no quiso decir la verdad  su padre porque amaba  Abraham, y no
queria esponerle  la clera del viejo.

--Yo soy sbia, padre: un dia mi corazon se abrasaba en un fuego dulce y
desconocido: tenia sed en el alma. Entonces evoqu  un gnio y le dije:

--Por qu mi sueo es fatigoso; por qu lloro sin causa; por qu mi
corazon se estremece, y mi alma est triste?

--T amas, me dijo el gnio: has llegado  la edad en que el corazon de
una vrgen se abre como el capullo de una rosa para recibir el roco de
la maana.

El mdico se desesper porque no habia contado con la naturaleza, que
habla al alma de las nias aunque se las guarde en el fondo de un pozo.

Porque el amor nace con ellas, y llega un dia en que habla, y seduce y
enloquece.

Y se arrepinti de haberla hecho sbia.

Pero quiso saber hasta el fin todo el secreto de los vrgenes amores de
su hija.

--Y dnde has visto  Abraham? la dijo.

--Soy sbia! dijo con nfasis Leila.

--Ah! has buscado un hombre y ha venido  t la imgen del que tenias
mas cerca: pues bien, yo apartar de t ese peligro.

--Si le apartas de m moriremos, padre, dijo con acento solemne Leila.

--Que moriremos! esclam con espanto el mdico.

--S, porque yo morir sin su amor, y el remordimiento de haber causado
mi muerte, te matar.

Leila, invirtiendo su pensamiento se habia sentenciado.

Un terror vago llen de un frio apenador el alma del mdico, y huy
encerrando de nuevo  su hija.

Procur dominarse, sin embargo, y llam  Abraham, y sin decirle la
causa de su resolucion, le despidi.

Abraham, pues, que nada sabia, tom la bolsa que le di su maestro, el
mdico, mont en el asno, y se alej de la casa.




XV.


Apenas habia pasado una luna, desde que Abraham habia salido de casa de
su maestro, de su segundo padre, cuando una noche llamaron  grandes
golpes  la puerta de su casa.

Abri y vi  uno de los esclavos del mdico.

--Mi seor se muere, dijo el negro; se muere de una enfermedad
desconocida, le han visto todos los mdicos de Alejandra y ninguno ha
podido descubrir la causa de su mal, t eres el nico que no le ha
visitado, ven.

--Que mi padre, mi buen anciano padre se muere! esclam todo asustado y
trmulo el buen Abraham.

Se ech sobre los hombros su capellar, y sin toca para no detenerse,
sigui  la carrera al esclavo negro.

Cuando lleg  la casa del padre de Leila, le encontr delirando.

El viejo no le conoci.

Algunos mdicos estaban alrededor de su lecho.

--Esta es una lmpara que se apaga, dijo llorando Abraham, pero yo no s
que aceite pueda reanimarla.

--Ni yo.

--Ni yo.

--Ni yo, dijeron los otros mdicos.

Revolvironse los autores mas graves que tenia entre sus buenos libros
el difunto, y en ninguno se encontr ni la mas leve noticia, ni la mas
leve indicacion de la enfermedad misteriosa que mataba al viejo.

Y su vida se acababa, se acababa.

Y los mdicos profundamente contrariados porque se veian en aquel
momento ignorantes, miraban con clera los progresos del mal, que se les
reia en sus barbas acabando de una manera rpida, segura y cada vez
creciente, con el enfermo.

Al fin, el viejo di una gran voz pronunciando el nombre de su hija en
acento amenazador como si la hubiera emplazado ante la justicia del
Altsimo, y espir.

En aquellos momentos, el diablo, que estaba delante de Leila-Fatimah,
bajo la figura de Abraham, dijo  la infame virgen parricida:

--He cumplido tu voluntad, tu padre no te vender al califa de Damasco,
porque tu padre ha muerto.

Y la maldita parricida se levant de sobre su divn, y esclam:

--Al fin soy libre como las aves de la selva, y el aire del firmamento,
y la luz del sol, soy sbia, y buscar  mi amado y me unir  l.

       *       *       *       *       *

Al mismo tiempo, los mdicos uno tras otro contrariados y cabizbajos,
salieron de la casa.

Solo se qued en ella Abraham, plido, consternado y lloroso, velando
los restos de su maestro.




XVI.


Al fin, el cad y los ministros de justicia, fueron  la casa, y
mandaron sacar el cadver y sepultarle.

Abraham, se fu con la tnica rasgada, descalzo y con la cabeza baja en
seal de luto tras el fretro do su maestro.

Cuando le enterraron, aun qued en el cementerio sentado sobre el
montecillo de tierra removida de su sepultura.


XVII.


Entre tanto, el cad recorria la casa del difunto, y hacia inventario de
sus riquezas.

Porque el mdico, cuyo nico pecado era la avaricia, habia amontonado
inmensos tesoros.

Encontraron nforas llenas las unas de oro acuado, las otras de perlas,
las otras de diamantes, y de piedras inestimables otras muchas.

Todo esto, lo habian encontrado en un stano tapiado.

De buena gana el cad se hubiera quedado con todo aquello, porque el
difunto habia disimulado de tal modo por avaricia su riqueza, que todos
le creian pobre.

Pero iban con l muchos ministros de justicia, y los dos esclavos
negros, y la esclava cocinera del mdico, y se vi obligado  ser justo
y recto, y  hacer un fiel inventario.

--Gran herencia encuentra aqu el califa, dijo el cad que creia que el
mdico habia muerto sin herederos.

--Te engaas, dijo uno de los esclavos, porque nuestro seor tiene una
hija.

--Lo ignoraba, dijo el cad con alegria, porque tratndose de un
heredero muger, crey que le seria facil abusar de su ignorancia y
quedarse con parte de la herencia.

--Nada tiene de estrao que no lo supieras, dijo la esclava, porque mi
seora es muy hermosa, y su padre la recataba mucho, y la tenia siempre
encerrada de modo que ningun hombre la ha visto, ni ella ha visto 
ningun hombre.

--Ah! ah! he ah una buena crianza, dijo el cad; vuestro amo era un
varon sbio y justo y temeroso de Dios, y no hacia como esos padres que
dejan ver  todos la hermosura de sus hijas, y comercian con su
impureza. Y en verdad, en verdad, dijo el cad que examinaba unos
pergaminos del difunto, he aqu una escritura en que vuestro amo declara
que tiene una hija llamado Leila-Fatimah (hermoso nombre), y declara
para en el caso de que le sorprenda la muerte, que no tiene otro hijo y
que esa doncella es la heredera de todas sus riquezas. Quin habia de
creer que vuestro seor era tan rico y que tenia por hija una tal joya?

Y el cad se hizo conducir  las habitaciones de Leila-Fatimah,  la que
encontr durmiendo apaciblemente  fingiendo que dormia.

Sus esclavas doncellas que la servian tan emparedadas como ella, la
despertaron y Leila sali soolienta y admirada  recibir al cad.

Al saber que su padre habia muerto, Leila fingi la mayor desesperacion;
se mes los cabellos, se rasg los vestidos y maldijo la hora en que
naci para ver morir  su padre.

Satans, escondido en un rincon del retrete, se reia, enseando sus
negros colmillos, del fingido dolor de Leila-Fatimah.

Entregla el cad las riquezas de su padre, la salud con las frases mas
pomposas, la dese fecundos consuelos, y llamndose su esclavo, sali de
la casa con sus gentes.

Leila-Fatimah, protestando que queria quedarse enteramente sola para
llorar  su padre y dejarse acabar por el sentimiento, di  cada uno de
sus esclavos la libertad y algunas monedas de oro, y los despidi.

Los esclavos salieron de la casa como los pjaros  quienes una mano
compasiva abre la jaula donde han estado encerrados largo tiempo, y
bendijeron la muerte del viejo mdico, que aunque los habia tratado
bien, porque no era malo, los habia tenido largos aos enflaquecidos y
hambrientos, porque era avaro.

Leila se qued en su casa enteramente sola.

Entonces, valindose de su ciencia mgica, evoc al diablo.

--Aqu estoy, seora mia, dijo Satans presentndose como siempre, bajo
la figura de Abraham, qu me quereis?

Leila fu  arrojarse entre sus brazos, pero el diablo se le huy.

--Por qu no ha entrado hasta m tu cuerpo con tu alma? dijo la
enamorada jven: no estn abiertas mis puertas?

--Yo no tengo cuerpo, dijo el diablo.

--Pues quin eres t? dijo asombrada Leila-Fatimah.

--No te lo dice tu ciencia?

Leila se reconcentr, mir fijamente al diablo, y esclam:

--Ah, t eres Satans!

--Al fin, me has mirado con los ojos de la ciencia y no con los del
corazon, y me has reconocido.

--Y Abraham? dijo Leila.

--Est llorando sobre la sepultura de tu padre.

--Y no piensa en m?

Abraham no te conoce.

--Pues no ha hablado su espritu conmigo?

--He sido yo que he tomado su figura.

--Y no me amar Abraham?

--S, si t quieres.

--Quiero presentarme  l como una hada.

--Hazlo, eres sbia.

--No puedo, yo soy sbia para hechizar, para enamorar, para matar;
conozco el lenguaje de las estrellas, puedo obligarlas  que me digan lo
que ha de suceder; pero no puedo trasladarme con el pensamiento  donde
mejor quiera, no puedo trasformarme, no puedo construir en un momento un
palacio, y yo lo quisiera hacer.

--Entre las joyas que ha dejado tu padre, hay un poderoso talisman.

--Y qu talisman es ese?

--Un abanico de oro, perlas y plumas. Bscale.

Leila fu al lugar donde estaba el tesoro que su padre habia amontonado,
y despues de revolver mucho encontr un precioso abanico, formado de
plumas de los mas raros colores, y como no habia visto ninguno de
ninguna ave Leila: su mango era de oro con cercos de perlas, de
diamantes y de rubes, y este sujeto por una cadena de oro  un
brazalete que se cerraba con una pequea llave hecha de una esmeralda,
pendiente del brazalete, que deslumbraba con la riqueza de sus piedras,
por una stil cadena.

--Tu padre prest  un wazir muchos miles de doblas sobre ese abanico,
el wazir se oblig  pagarle el prstamo en un tiempo dado, trascurrido
el cual el abanico seria de tu padre.

El wazir habia robado su abanico del tesoro del califa, donde estaba de
padres  hijos, desde que un ngel di de parte de Dios ese talisman 
Fatimah la santa, madre del Profeta.

Las plumas son de aves del paraiso, y el oro y las piedras, cogidas en
los valles del Edm.

Un arcngel le fabric, y Dios le di la virtud que tiene.

El califa no solo no sabia la virtud de este talisman, sino que ni
tampoco conocia su poder. El wazir creyndole simplemente una alhaja de
precio incomparable, le empe  tu padre, porque como lo habia robado
al califa, no queria tenerlo en su poder.

Tu padre, le guard entre sus tesoros, sin saber tampoco cuanta era su
virtud.

Pero yo, que te he dado el filtro que ha apagado la vida de tu padre, te
doy tambien ese talisman.

--Y cul es su virtud? dijo Leila.

--No te lo dir si no me lo pagas.

--Ya te he dado mi alma por la vida de mi padre.

--Dame las almas de tus hijos.

--Oh! eso no.

--Pues bien, Abraham no te amar.

--Y si te doy mi descendencia...

--Abraham ser tuyo.

--Pues te la doy.

--Firma aqu, dijo el diablo poniendo un pergamino escrito con fuego
delante de los ojos de Leila-Fatimah: firma con tu sangre.

Leila se arranc un alfiler de oro de su peinado, y se rasg un dedo.

Corri la sangre, y con ella firm la jven el escrito que el diablo le
habia presentado, y que era una escritura solemne, por la cual Leila
cedia su descendencia al espritu de las tinieblas.

--Dime ahora la virtud de ese talisman.

--Tiene muchas: en primer lugar,  ese talisman obedece un gnio.

--Y cmo he de hacerle aparecer?

--Cuando quieras hablarle, ponte el abanico primero sobre el corazon,
luego sobre los ojos, y ltimamente sobre la cabeza. Luego di por tres
veces: gnio esclavo del abanico de Fatimah la Santa, ven.

Leila, estaba impaciente por conocer la virtud del talisman,  hizo lo
que el diablo le habia dicho.

Inmediatamente la habitacion en que la jven estaba, se llen de un humo
rojo y denso, que se fu haciendo mas denso, hasta que se convirti en
una nubecilla; luego la nubecilla, cay al suelo, se prolong, se
adelgaz, tom formas, y apareci un hombrecillo, tal y tan diminuto,
como el dedo ndice de Leila, que era muy pequeito.

Aquel hombrecillo, salt del suelo y se asi al broche del seno de
Leila, y la mir con unos ojillos relucientes y negros como los de un
pequeo raton.

Era de color cobrizo, con la nariz larga, el rostro largo y la barba
puntiaguda: tenia puesto un gorro dorado, y el diminuto cuerpo vestido
con un sayo dorado, en la mano tenia una vara delgada y larga como una
fina aguja, y en la punta de la vara un cascabel que sonaba, sonaba sin
cesar; y el geniecillo se reia mirando  Leila-Fatimah.

Leila se desaferr del broche de diamantes de su seno, y al genio le
puso sobre la palma de su mano.

--Qu quieres? la dijo el genio hacindola un mohin y dando una
cabriola y con una vocecita como la de un pjaro.

--Quiero un palacio mas rico que el del sultan de la India.

Inmediatamente Leila se encontr en un magnfico y resplandeciente
alczar, dentro de un pabellon desde el cual y entre columnas de
resplandecientes mrmoles, se veian torres y muros dorados, y mas all
de los muros, jardines y lagos y horizontes azules.

El diablo habia desaparecido.

El alczar era sonoro.

Parecia exhalar de s una msica deliciosa que convidaba al sueo.

Anchos y blandos divanes ofrecian reposo.

Fuentes de aguas olorosas refrescaban y embalsamaban el ambiente.

Todo aquello era magnfico.

--Quiero que venga aqu el tesoro de mi padre, aadi Leila.

Anforas, cofres y sacos aparecieron en el centro del retrete.

--Quiero que guarde ese tesoro un arca de hierro pulimentado como un
espejo, bellamente labrado, y que solo se abra cuando le toque yo.

Cubri el tesoro una magnfica arca que deslumbraba por su brillantez,
cerrada con siete candados y cubierta de peregrinas labores.

Leila lleg al arca, y al tocarla, el arca se abri.

Cada parte del tesoro estaba en un compartimiento separado, aqu las
perlas, acull las piedras, cada una segun su gnero, y las monedas de
oro y plata, cada una segun su valor.

--Quiero un bruido espejo de plata, dijo Leila despues de haber cerrado
el arca, y trasladdose  otra magnfica habitacion.

Apareci un espejo gigantesco de resplandeciente plata, en que se
reprodujo enteramente la hermosa figura de la jven.

--Quiero parecer mas nia, dijo Leila.

--Mas nia? esclam el gnio: eso no puede ser: aun no has cumplido
los quince aos y tu juventud es fuerte, rica, incomparable como el
primer verdor de la primavera.

--Quiero parecer mas nia y ser mas muger, dijo Leila.

Y entonces, pareci como que su semblante resplandecia, como que sus
ojos deslumbraban, como que sus cabellos se hacian mas finos y mas
pesados y mas bellos sus rizos y mas negros: y se levant su estatura, y
se alz su seno y sus brazos, y su cuello y las dems partes de su
cuerpo, se volvieron tales, como solo Dios puede imaginar para hacer un
ngel muger.

Y Leila-Fatimah, se veia desnuda en el espejo y sonreia orgullosa 
aquella nueva hermosura que no habia desfigurado ni una sola de sus
formas, porque Dios habia ya criado  Leila demasiado hermosa.

--Quiero que se peinen mis cabellos y se adornen de joyas, dijo Leila.

--Me ests convirtiendo en tu esclava, dijo el gnio:

--Lo quiero.

Los hermosos cabellos de Leila, se trenzaron, rodearon su cabeza,
cayeron en rizos y en lazos junto  sus megillas, y sobre sus hombros y
sobre su seno, y entre ellos brillaban racimos de perlas y de diamantes
y de rubes y de corales, formando al rededor de su cabeza una como
corona de hojas de vid con fruto.

--Quiero un hermoso collar para mi garganta y unas hermosas arracadas
para mis orejas, y brazaletes y ajorcas para mis brazos y mis piernas.

El gnio cumpli la voluntad de Leila.

Y no parecia sino que aquellas joyas habian sido buscadas  propsito
para realzar la blancura y la belleza de la jven.

--Quiero un ceidor interior para mi cintura que defienda mi pureza y me
haga invulnerable y fuerte, capaz de vencer  uno,  diez,  un cuento
de caballeros armados.

--Te basta para eso con tu hermosura y con tus ojos, sultana, dijo el
gnio: qu hermosa eres, seora mia! qu hermosa! yo te amo.

--Ah! ah! ah! dijo riendo la jven, y cmo harias t para satisfacer
tu amor?

El gnio salt de la mano al redondo y blanqusimo hombro de Leila, y la
mordi en su incomparable cuello.

Leila di un grito agudo, se puso de repente plida como si no la
hubiese quedado una sola gota de sangre en las venas, pero aquella
palidez aument su hermosura.

Leila se sinti desfallecer.

Un ardiente fuego, el fuego de un volcn, llenaba sus venas, y la
consumia.

Su vida se habia multiplicado.

El resplandor de su hermosura se habia hecho irresistible.

--Vuelve  mi mano, maldito, esclam Leila.

--Oh! qu hermosa, qu hermosa eres, sultana mia! esclam el gnio
volviendo de nuevo  la mano de la jven. T no sabias el peligro que
corrias conmigo, no es verdad? dijo el gnio. Pero ya no tiene remedio;
t tendrs siempre una sed inestinguible de amor, sufrirs eternamente
el infierno de tu pecado, y amars como no ha amado otra muger sobre la
tierra.

--Y no ver satisfecho mi amor?

--T sers muy feliz durante algunos aos, pero que sern esos aos? un
instante, menos que un instante en la eternidad: Satans ha sido muy
cruel contigo: porque t has sido muy cruel con tu padre.

--Quin se acuerda ahora de aquel viejo avaro que me tenia emparedada?

--Dices bien:  qu acordarse de eso? tu padre duerme tranquilo en la
tumba.

--Quiero ver  mi adorado, dijo Leila dejndose caer sobre un divn.

--Y vas  recibirle as? es virtuoso y casto, y tu desnudez le
sonrojaria.

--Vsteme de tnicas de luz, dijo Leila.

Inmediatamente lucientes y finsimas tnicas cubrieron  la jven.

Leila entonces parecia un astro caido del firmamento.

Pero sus resplandores no ofendian  la vista.

--Quiero ver  mi amado, dnde est?

--Llorando sobre la tumba de tu padre.

--Que se sequen sus lgrimas, y que sienta mi amor en su corazon.

--Ya no llora y se estremece dulcemente alhagado por un fuego
desconocido.

--Ahora, llvame con mi palacio  Damasco.

--Mira por aquella ventana, qu vs?

--Veo fuertes torres  la luz de la luna, dijo Leila.

--Aquel es el alczar del califa.

--Veo  los pies de la altura donde est ese alczar una ciudad cubierta
por la sombra.

--Esa ciudad es Damasco. Qu mas quieres?

--Quiero que al despertar maana, el califa vea mi resplandeciente
palacio; que lo vean desde la ciudad, y que vean esclavos en sus
prticos, y que dentro haya bailarinas que me alegren, y doncellas que
me sirvan, y msicos que me recreen.

--Mira, dijo el gnio; vs all entre las quebraduras de una distante
sierra una lucecita?

--S.

--Sabes dnde arde esa lucecita?

--No.

--Voy  mostrrtelo.

--Leila, se encontr en una cabaa miserable; en ella un anciano y un
jven lloraban desconsoladamente junto  una muger jven y hermosa, pero
enferma y enflaquecida, que moria.

--Y  qu me has traido aqu? dijo Leila.

--Escucha, esas pobres gentes son labradores.

--Y qu me importa?

--Escucha, los aos anteriores han sido malos, no solo no han podido
esos infelices pagar su tributo al califa, sino que se han privado de lo
mas necesario; hace quince dias que los encargados de cobrar las
contribuciones del califa, fueron  esa choza, y  pesar de las lgrimas
de esa familia, se llevaron los dos jumentillos con que araban sus
tierras, su cabra, sus semillas y hasta su lecho; esa familia hace
quince dias que est hambrienta; el padre y el hijo se han sustentado
con yerbas y raices, pero la pobre Haraxa, no ha podido resistir y muere
entre los brazos de su padre y de su esposo. Invocan  Dios, no los
oyes? t tienes poder; dme: levanta del suelo  esa muger, y la
levanto; dales pan y medios de vivir y de ser felices, y se lo doy; no
ves lo que pende del pecho de esa desgraciada? un nio que procura
amamantarse del pecho exhausto y no puede.

--Y que tengo yo que ver con eso? dijo con dureza Leila; yo me abraso
de amor. Llvame  mi alczar.

--Hte en l, pero no tienes caridad: Dios, que hizo ese talisman de que
soy esclavo, le construy para la santa Madre de su Enviado, oh, y cun
diferente uso hacia en su poder aquella alma noble!

--Calla.

--Un momento, seora mia: lo que t no has querido hacer con una pobre
familia lo ha hecho Dios; los habia castigado porque la prosperidad los
habia hecho un tanto soberbios, los habia reducido  esa cabaa,  esa
desdicha. Pero han invocado con f  Dios, eran buenos, y Dios los ha
enviado un ngel en figura de peregrino.

Con el ngel, ha entrado la Providencia de Dios en la cabaa.

Han tenido alimento, y el ngel les ha dejado al partir un saco lleno de
oro.

--Has que venga naturalmente atraido  mi, mi adorado Abraham, dijo
Leila.

--T no tienes caridad. Hlo aqu que viene.

--Vete, dijo Leila.

El gnio salt de la mano al suelo, y desapareci como habia aparecido,
desvanecindose en humo.




XVIII.


--Sabes hermana culebra, que tu cuento me est maravillando? dijo el
lagarto. Crees t que eso pueda haber sucedido?

--Eso y mucho mas puede hacer Dios, que es Todopoderoso, hermano
lagarto.

--S, s, pero esa muger endemoniada....

--Dios la castigaba con sus mismas pasiones. Cuando el alma de Abraham,
que est all abajo penando donde t no te has atrevido  bajar, me
contaba esto, la desdichada alma se estremecia.

--Sigue, hermana culebra, sigue; tengo impaciencia por saber el fin del
cuento.

--Pues escucha, hermano lagarto, y aprende y escarmienta.

--Yo, aadi la golondrina, hermano ruiseor, escuchaba sin dormirme
aunque estaba muy cansada.

--Como te escucho yo, amiga golondrina, dijo el ruiseor, y como te
escucha esa maldita Asenth, que como Leila-Fatimah, quiere matar  su
padre por gozar sus amores.

--Oh! esclam Asenth, pjaros habladores, seguid, seguid vuestro
cuento de los amores de la maga con el judo Abraham, mi abuelo.

La golondrina, call un momento como quien recuerda, y luego continu:




XIX.


La culebra sigui diciendo  su amigo el lagarto:

--Entre tanto, el buen Abraham, que habia dejado de llorar de repente, y
se habia sentido inflamar por un fuego dulce y desconocido, olvid
enteramente  su protector, y saliendo del cementerio mont en su asno,
y se volvi hcia un lugar donde le llamaba una fuerza misteriosa que le
atraia, le atraia, sin que fuese poderoso  contrarestarla y sin saber 
dnde.

Y el asno andaba con la velocidad del Borac[93], y la tierra se quedaba
rpidamente atrs, y parecia un rio que huia.

Y antes del amanecer, Abraham se encontr no lejos de una populosa
ciudad y  la puerta de un jardin deleitoso.

En medio del estenssimo jardin, habia un palacio resplandeciente que
arrojaba sobre el jardin y sobre los montes una luz difana, mas difana
que la de la aurora.

El asno se detuvo en la puerta del jardin, levant la cabeza, abri sus
narices al viento y rebuzn.

En el momento se abri la puerta del jardin, y aparecieron muchos
esclavos negros.

--Eres t, dijeron, el sbio mdico  quien nuestra seora espera?

--Y quin es vuestra seora? Yo al ver la hermosura de estos sitios y
los resplandores de aquel palacio, habia creido que Dios el
Misericordioso, me mostraba su jardin de Hiram.

--Estos no son los jardines de Hiram, sino los de nuestra seora, que
est enferma y te espera.

--Es acaso la sultana de este imperio vuestra seora?

--Nuestra seora es la poderosa maga Leila-Fatimah.

Al oir la palabra maga, Abraham invoc  Dios, y le invoc tan de
corazon, que fueron intiles para con l en aquel momento los hechizos
de Leila-Fatimah.

Revolvi su asno, y escap  cuanto correr pudo el asno por la campia.

El cuadrpedo tom por una senda, y al fin de ella se par delante de un
humilde edificio.

--Loado sea Dios, que me trae  su santa casa, dijo Abraham.

En efecto, el asno se habia detenido en una pequea mezquita, donde
hacia penitencia un hombre de Dios, un santo morabitho.

Abraham descabalg de su asno, y entr en la mezquita.

El morabitho estaba prosternado delante del mirab.

Prosternose tambien Abraham, y or.

Cuando se levant, vi delante de s al morabitho, que era un anciano de
barba blanca.

--Qu buscas ante Dios? dijo el morabitho.

--La tentacion me ha acometido, hermano, dijo Abraham, cuando oraba esta
noche sobre la sepultura de mi padre.

--Dios solo es verz, y Satans es prfido; lleno de lazos tendidos por
el demonio est el camino de la vida: dichosos los que, como t, acuden
en sus tribulaciones  Dios.

--Es que me siento vacilar, hermano mio.

--Qu te dice el diablo?

--Ha llenado de amor mi corazon.

--Amar puede el hombre; para l ha nacido la muger.

--Pero mi amor es ardiente, desenfrenado.

--Recurre  la penitencia.

--Mi corazon vacila.

--Vncele.

--Querrs consultar la voluntad de Dios en las estrellas, hermano?

--Las consultar por tu amor, porque te veo lleno de tribulacion.

--Dios te lo pagar.

--Qudate entre tanto conmigo, bajo el amparo de la casa de Dios.




XX.


Entretanto, Leila se paseaba furiosa por el magnfico alczar, viendo
que Abraham se le huia.

Consultaba al gnio esclavo del abanico de Fatimah la Santa, y el gnio
se le reia dicindole que no podia nada contra Dios.

--Pero Abraham saldr alguna vez de la mezquita, decia la enamorada
maga.

--Cuando salga te prometo trartelo. Entretanto, y para que te
diviertas, te voy  traer al califa que se ha asombrado al ver
levantarse desde sus miradores este magnfico alczar que yo he
construido para t.

--En efecto, el califa al ver aquellas altas torres, y aquellos
magnficos jardines que el dia anterior no existian delante de su
palacio afrentndole con su hermosura, llam  los sbios y les dijo:

--Qu alczar es aquel resplandeciente que se levanta sobre un monte
donde ayer era un llano cubierto de vias?

Los sbios miraron y se restregaron los ojos, porque dudaban.

Y del mismo modo las gentes de Damasco se asomaban  los terrados de sus
casas, maravilladas de aquello.

Y los sbios dijeron al califa:

--Artes mgicas debe haber en esto, porque ni los hombres pueden hacer
una obra tan grande en tan poco tiempo, ni el mas sbio trabajando toda
su vida podria idear una obra tan magnfica.

El califa envi  su wazir para que se informara de aquello.

El wazir volvi asombrado y enloquecido.

--No vayas, seor, le dijo,  ese alczar, porque en l encontrars una
muger tal y tan hermosa que perders tu alma.

Esto mismo incit con mas fuerza al califa para ver aquella peregrina
hermosura que, como una perla en su concha, se escondia en una obra tan
magnfica.

Hzose preceder por sus esclavos, mont en un caballo blanco, y
precedido de su crte se encamin al alczar misterioso.




XXI.


--H aqu que el califa de Oriente se acerca, dijo el geniecillo a
Leila-Fatimah. Mira si quieres ser sultana.

--Por Abraham mat  mi padre, y solo de Abraham ser, dijo la vrgen
maldita.

--Pero no recibirs al califa?

--S, le recibir, y le enloquecer, para que me sirva.

--Pues ya se acerca.

--Vete, pues.

Poco despues, un esclavo eunuco tocaba con una varita de oro  la puerta
del retrete de la jven.

Levantse sta del divn, abri la puerta, y al verla tan
resplandeciente y tan hermosa, el califa su prostern.

--Levntate, Walid, emir de los creyentes, dijo Leila; y no te
prosternes ante tu esclava!

Y alz al sultan.

Luego cerr la puerta y se qued sola con l.

Walid, que aun era mancebo, desfallecia de amor.

Leila le hizo sentarse en el divn, y se sent junto  l.

--Clara y dichosa ha sido el alba en que has aparecido junto  Damasco,
cabeza de mi imperio, sultana de las hures, dijo el califa. Por qu
has venido  alegrar esta tierra con tu hermosura?

--Venia  buscarte, seor.

--A buscarme! ser acaso que Dios se ha propuesto premiarme por mi f
y por mis victorias contra los infieles, y me envia un pedazo de su
paraiso, y con l un arcngel del stimo cielo?

--Dios me envia  salvarte, seor.

--A salvarme dndome tu amor?

Mi amor no puede ser de los hombres de la tierra.

Walid se prostern.

--Oh! poderoso gnio, esclam: por qu te han visto mis ojos, si no ha
de ser mia tu hermosura?

--No pienses en el amor, cuando Dios me envia  salvar tu imperio.

--A salvar mi imperio?

--Si los hijos de Abbas despliegan en silencio la sangrienta bandera
contra los hijos de Omeya: ay de t, y ay de los tuyos, si yo por
mandado de Dios no te revelase la traicion que se acerca  ti en
silencio!

--Habla, poderoso gnio! dijo Walid, aterrado por aquella oscura
profeca.

--Ven ac, dijo Leila, llevndole  un mirador: ves aquella mezquita en
el valle junto  la vertiente de la montaa?

--All mora un santo.

--All mora la traicion.

--La traicion dices?

--S, en aquella mezquita se oculta un sbio mdico llamado Abraham, que
viene  alentar  los partidarios de Abul-Abbas.

--Y qu he de hacer, poderoso gnio?

--Escucha; cuando medie la noche, rodears t mismo con tus gentes
aquella mezquita.

--Lo har.

--Sacars fuera al morabitho y al hebreo Abraham.

--Lo har.

--Despues te llevars  esos dos traidores  la alcazaba, y los
encerrars en una mazmorra.

S, y luego?

--Luego... mira... primero crucificars al morabitho.

--Y despues?

--Despues cortars por ti mismo la cabeza, y  solas con l encerrado en
su mazmorra, al hebreo Abraham.

--Y habr salvado mi corona?

--Tu corona, tu familia y tus parciales.

--Y despues no me amars t?

--Consiste eso en la voluntad de Dios.

--Oh! yo servir de tal modo  Dios, que Dios me recompensar dndome
tu amor.

--S, yo te amo... dijo lnguidamente Leila.

--Ah! sol ardiente de mi alma! esclam Walid.

--Pero no te dar mi amor hasta que hayas esterminado  los traidores y
 los impos.

--Oh! pues los esterminar.

Y el califa y Leila siguieron hablando familiarmente hasta la caida de
la tarde.

Walid cada vez mas enamorado: Leila cada vez mas traidora con l.

Pero  pesar de su amor, Walid se sentia dominado, sujeto por un poder
invencible.

Y era que protegia la pureza de Leila el cngulo mgico que rodeaba su
cintura.

El califa sali del alczar de Leila al empezar la noche, afirmndola
que haria pedazos  los traidores y que volveria al dia siguiente.

Cuando el califa sali, Leila-Fatimah se puso el abanico sobre el
corazon, sobre los ojos y sobre la cabeza, y llam al gnio.

El gnio acudi.

--El califa sacar  la media noche  Abraham de la casa de Dios, le
dijo: preprate  hacerle venir.

--Y vendr?

--Vendr.

Ahora preprame mi aposento nupcial, y aumenta mis galas y mi hermosura.

El geniecillo al escuchar aquel mandato, solt una carcajada tal, y tan
siniestra, que aterr  Leila.

--Por qu te ries, dijo la maga?

--Me rio por la locura de tu amor, contest el gnio: pero ya he hecho
tu cmara nupcial, y he aumentado tu hermosura y tus galas: ven  ver mi
obra, y  mirar tu belleza.

Y ella fu  examinar aquel nuevo milagro del gnio.




XXII.


Llegaba la media noche.

El anciano morabitho de la mezquita del valle, consultaba tristemente
las estrellas.

Junto  l estaba Abraham.

--El espritu del mal te persigue, dijo el morabitho al hebreo.

--Y cmo podr conjurarle? dijo este.

--La muerte se acerca: si la arrostras sin temblar sers salvado, pero
si no caers en poder de Satans y te perders.

--Y no hablan mas claro las estrellas?

--Las estrellas hablan siempre misteriosamente; pues te avisan de un
peligro y te dan el medio de conjurarlo; ese medio es morir con el valor
de un mrtir sin estremecerte ante la muerte.

--Voy  orar, dijo Abraham, para que Dios me d su fortaleza.

--Oremos juntos, hermano, dijo el morabitho, porque la hora de la
tribulacion se acerca para los dos.

--Y entraron en la mezquita y entrambos se prosternaron ante el mirab.




XXIII.


Poco tiempo despues llamaron  la puerta.

--H ah la muerte, dijo el morabitho.

--Abrid al califa magnfico y vencedor, dijo fuera una voz robusta.

--El momento ha llegado, dijo el morabitho  Abraham, valor y f en
Dios, y dentro de poco tiempo nos encontraremos juntos en el paraiso.

--Morir como un mrtir, dijo Abraham; v, y abre al califa, hermano.

El morabitho abri.

Walid se arroj frentico dentro de la mezquita, y dijo  los esclavos
que le seguian:

--Apoderaos de esos dos traidores, y cargadlos de cadenas!

Abraham y el morabitho fueron conducidos  la alcazaba del califa, y
arrojados en profundas mazmorras.

Abraham sin temor estuvo orando  Dios.

Sentia, sin embargo, en su alma un combate rudo que no era terror  la
muerte.

Parecale que una voz poderosa le llamaba, y que una fuerza irresistible
tiraba de l.

Era que Leila, vindole fuera de la casa de Dios, donde nicamente
estaba protegido por sus encantos, compelia al gnio  que le trajese 
s.

Pero Abraham, tenia fijo el pensamiento en Dios, no le habia asaltado el
temor de la muerte, y Dios le amparaba.

Pero de repente se oyeron gemidos de agona.

Gemidos horribles.

Y junto  los gemidos, gritos y risas de verdugos.

Era que crucificaban al morabitho.

Al oir aquellos lastimosos gemidos, Abraham dej de orar.

Un terror vago empez  apoderarse de l.

De repente se abri la puerta de la mazmorra, y unos feroces esclavos
entraron con un hornillo encendido y unos hierros de forma horrorosa.

Entonces Abraham temi  la muerte, y esclam:

--Acaso no se habr engaado el morabitho? y lleg... yo no quiero
morir...

Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando se encontr en una
magnfica y resplandeciente cmara nupcial delante de Leila, cuya
hermosura era tal, como la de un arcngel.

Abraham crey que le habian matado en la mazmorra, y que se encontraba
en el paraiso delante de su hur.

--S, s, dijo Leila; has muerto y eres mio.

Pero qutame mi cingulo de pureza, porque de otro modo no podr ser
tuya.

Y se abri sus magnficas tnicas, dejando descubierto el cingulo que
tenia sobre su cintura desnuda.

Abraham se arrodill, y quit el cingulo  Leila.

En aquel momento se oy un estruendo pavoroso como el de un inmenso
edificio que se desplomara: oyse una carcajada horrible, y la voz de
Satans que dijo:

--Has perdido el talisman de la madre del profeta por tu impureza, y al
derrocarse el alczar de tus locos deseos, se ha sepultado con l el
tesoro que habia reunido la avaricia de tu padre.

--Pero Abraham es tuyo.

--Suya eres t.

--Y bien: su amor me basta, esclam Leila-Fatimah.




XXIV.


Encontrse de repente Abraham caminando entre montaas, llevando delante
su asno, y sobre su asno una muger hermossima y sencillamente vestida.

Abraham habia perdido completamente la memoria de lo que le habia
acontecido.

Del mismo modo la habia perdido Leila-Fatimah.

Pero Abraham se abrasaba en los amores de ella, y ella en los amores de
l.

Aquel amanecer llegaron  Damasco.

Abraham tom una casita en los arrabales de la ciudad, y empez  curar
como mdico.

Y como era muy sbio, adquiri una gran fama, y le llamaron los mas
ricos, y le pagaron maravillosamente sus curas.

Antes del ao de haberse unido Abraham y Leila-Fatimah, sta di  luz
un nio.

Aquel nio se llam Jamn.

Psose enfermo el califa, y de tal modo y con una enfermedad tan
estraa, que los mdicos de la crte no atinaban con ella.

Al fin fu llamado Abraham.

Y Abraham, despues de muchos dias, restituy su salud al califa.

Y el califa di  Abraham, en premio de su curacion, un palacio con
jardines dentro del mismo Damasco, y muchos miles de mitcales de oro.

Y entonces dijo Leila  Abraham:

--Oye, amado mio, el oficio de mdico es trabajoso: ir de ac para all,
correr todo el dia; levantarte de noche de entre mis brazos para ir 
curar dolencias... te tengo muy poco tiempo  mi lado, y yo te amo
mucho, con toda mi alma, y quisiera estar siempre  tu lado.

--Y qu hemos de hacer?

--Deja de curar  otro que al califa: pdele licencia para vender el
palacio que te ha dado, y que es muy grande y demasiado magnfico para
nosotros, y con el dinero de la venta del palacio, y el que te ha dado
el califa, compremos joyas y ricas telas y perfumes, y pongamos una
tienda: yo atraer  los magnates, que comprarn sin escusar el precio
por hablar conmigo, y adems prestaremos con usura y nos pondremos muy
ricos.

--Pero eso es ofender  Dios.

--Yo no tengo mas Dios que t, y adems, tenemos un hijo.

--Lo pensar, dijo Abraham.

Abraham hasta entonces era inocente: no habia ofendido  Dios; creia
haber encontrado en un camino sola y abandonada  una hermosa y casta
doncella que habia huido de casa de unos parientes codiciosos que
querian venderla, porque habia olvidado lo del encanto y aquel
resplandeciente alczar donde habia quitado su cngulo de pureza 
Leila-Fatimah, que al perder el talisman no habia perdido su ciencia y
habia engaado  Abraham. Este se habia casado con ella y habia seguido
siendo bueno y compasivo.

Cuando Leila le propuso que aumentara su dinero con la usura, Abraham,
que amaba ciegamente  su esposa, vacil; pero aun le quedaba temor de
Dios, y consult  los astrlogos.

Estos, uno tras otro, hasta siete,  quienes busc, le dijeron una misma
cosa.

--Esto es: seprate de tu muger, que le perder: porque es un espritu
maldito vendido al diablo.

Pero creia tan buena y tan inocente  su esposa Abraham, que crey mas
bien que los astrlogos eran unos ignorantes, que no que decian la
verdad, y despreci sus avisos.

Desde aquel momento pec Abraham desoyendo las revelaciones de Dios.

Y como amaba  Leila-Fatimah, sobre todas las cosas, cedi al fin  sus
halagos; vendi con licencia del califa en una gran cantidad  un
prncipe de Persia el palacio que el califa le habia regalado, y con
este dinero, y el que antes tenia, compr prpuras, y sedas, y brocados,
y perfumes, y alhajas, y puso una hermosa tienda en el bazar de Damasco.

Al mismo tiempo se neg  curar  todo el mundo, menos al califa, lo que
fu una falta de caridad, y se pasaba los dias enteros en el fondo de la
tienda, sobre una tarima y una alfombrilla, mascando opio, jugando sobre
sus rodillas con su pequeuelo Jamn, y tocando la guitarra, mientras
Leila escitaba con sus miradas  los hombres poderosos que pasaban por
delante de su tienda, y que compraban muy caro el breve placer de hablar
algun tiempo con la hermossima mercadera.

A puestas del sol se cerraba la tienda, y los dos esposos comian
esplndidamente, bebian contra la ley licores espirituosos, y luego se
entregaban  un amor desenfrenado.

Su oro se habia aumentado y se aumentaba cada dia mas, por medio de la
usura.

Desde muy pequeito, Leila  hurtadillas de su padre, enseaba  su hijo
su ciencia maldita.

Los dos esposos estaban continuamente ofendiendo  Dios.

Pero se amaban de una manera tal, que eran felices.

Las artes mgicas de Leila-Fatimah aumentaban cada dia el amor de
Abraham.

Y as pasaron seis aos, durante los cuales, Leila no tuvo mas hijos.

Pero al empezar el stimo se encontr en cinta.

Al cumplirse los siete aos del nacimiento de Jamn, Leila di  luz una
nia.

Aquella nia se llam Zelpha.




XXV.


Pasaron otros siete aos, durante los cuales se multiplic la riqueza de
los dos esposos.

Leila por medio de su ciencia hacia que siempre apareciese para ella
jven y buen mozo Abraham, y que ella pareciese  Abraham hermossima;
pero no sucedia lo mismo con los estraos.

Leila, en verdad, aparecia cada vez mas hermosa; pero Abraham, gastado
por los placeres y por los licores, parecia ya un viejo decrpito,
cuando en realidad era aun jven.

Al ver las gentes tan solcita y tan enamorada  la hermossima
mercadera de su viejo marido, se maravillaban y decian:

--Ese hombre debe de haber dado  su muger hechizos para que le ame de
tal modo.

Y las gentes no sabian que el hechizado era Abraham.

Porque Leila parecia la mejor muger del mundo, con sus grandes y dulces
ojos de gacela y su alegre sonrisa.

Pasaron aun siete aos.

Centuplicse el caudal de los esposos.

Jamn era ya un hermoso mancebo y un terrible mago, y su hermana Zelpha
una hermosa nia de siete aos, que parecia haber nacido de una sonrisa
de la aurora.

Al cumplirse los siete aos de la vida de Zelpha, Jamn empez  amarla
con un amor incestuoso y maldito.

Zelpha estaba crecida de una manera maravillosa.

Parecia una muger.

Y Leila se complacia en el amor de Jamn hcia su hermana.

Esta no habia llegado aun  la edad del amor, y aunque su madre la
enseaba la mgia y la astrologa, su corazon aun no habia hablado.

Se acercaba el dia en que se cumplia el tercer periodo de siete aos,
desde el dia en que habia nacido Jamn.

Las riquezas de los esposos habian llegado  una suma maravillosa.

La hermosura de Leila, en vez de amenguarse, habia crecido.

Abraham estaba decrpito para las gentes; pero cada dia mas fuerte y mas
hermoso para Leila.

Jamn era un mancebo hermoso, sabio, valiente, y amaba cada dia mas  su
hermana.

Zelpha era una doncella hermossima; tan hermosa como su madre, y soaba
ya con su primer amor.

Pero aquel primer amor no era para su hermano.

Era para un hombre soado.

Todos envidiaban  Abraham, que era tan rico y que tenia una muger tan
hermosa y unos tan hermosos hijos.

No sabian  qu precio pagaba Abraham aquella felicidad!




XXVI.


Una noche velaba sola  impaciente Leila en su retrete.

Estaba sola porque habian venido  llamar  Abraham para curar al
califa, que se habia puesto enfermo, y de quien seguia siendo mdico.

Estaba impaciente porque Abraham tardaba y no sabia vivir sin l.

De repente Leila oy ruido cerca de la habitacion, y su alma se inund
de alegra, porque crey que era Abraham.

Se levant del divan y corri  la puerta; pero al llegar  ella
retrocedi aterrada y di un grito.

Una figura horrorosa se habia presentado en ella.

Era Satans.

--Qu quieres? le dijo Leila. Yo no te he llamado.

--Vengo por t, dijo el diablo; ha llegado la hora.

--La hora de qu? dijo estremecida de espanto Leila.

--Han pasado tres veces siete aos desde que naci tu hijo, respondi
Satans; pronto llegar la hora precisa, y tu cuerpo morir.

--Oh! no! no! yo creo que solo ha pasado un instante desde que beb
el amor en los brazos de Abraham.

--Tres veces siete aos! dijo el diablo: esa era la cuenta de tu vida,
y eres mia.

--Pdeme lo que quieras y no me mates, esclam juntando las manos Leila.

--Has tenido en tu mano la vida eterna, la felicidad eterna, y la has
cambiado por una felicidad de muerte.

--La vida! la vida! esclam Leila que empezaba  sentir un frio
estrao.

--Solo Dios podia drtela, y los decretos de Dios son inmutables.

--Te dar lo que me pidas.

--No puedes darme nada: me diste tu alma y despues las almas de tus
hijos: tus hijos que son malditos, como t, me darn el alma de sus
nietos.

--La vida! oh mi vida de amores! un instante mas! que me vea yo a
antes de morir entre los brazos de Abraham.

--El momento llega, ya han pasado tres veces siete aos desde que naci
Jamn, el maldito.

Y mientras Satans decia estas palabras, Leila cay sobre el divn, y se
puso fria, muy fria.

Muri.




XXVII.


En aquel mismo punto Abraham,  despecho de su ciencia, veia morir en el
palacio al califa.

Sali de all con el alma entristecida, y cuando entr en su casa,
encontr  Leila muerta.

Sus hijos dormian.

Cuando los despertaron los gritos de desesperacion de su padre, miraron
 su madre muerta con los ojos enjutos.

Abraham llor desconsoladamente sobre el cadver de Leila.

Luego la mand embalsamar como  una sultana, y la sepult bajo una
ostentosa tumba.

Despues, no permitindole su dolor vivir en Damasco, redujo  un pequeo
volmen sus tesoros, emplendolos en piedras maravillosas, en perlas
incomparables, y en algunas telas de prpura, oro y piedras preciosas
que solo podia comprar un rey poderoso.

Carg su tesoro en un asno, puso sobre l  su hija Zelpha, y
acompandole su hijo Jamn, sali un dia de Damasco.

       *       *       *       *       *

Por aquel tiempo el caudillo Ocba-ebn-Nafhe, habia conquistado el
poniente de Africa.

Abraham, para poder vender sus costossimas joyas, fu  buscar aquel
ejrcito vencedor que se habia enriquecido con los despojos de la
victoria.

Pero una vez en la parte occidental de Africa en Tnger, supo Abraham
que mas all, al otro lado del estrecho de Alzacab, estaba la tan
poderosa tierra de las Hesprides; que eran seores de ellas unas gentes
riqusimas; y que all podria vender sus tesoros, y llorar
tranquilamente bajo un cielo tan azul como el de la Siria,  su perdida
Leila-Fatimah.

Abraham se embarc con sus hijos y con el jumento que conducia su
tesoro, y pas el estrecho.

Al fin puso sus plantas en Espaa.

Y una tarde, ya te acuerdas, hermano lagarto, al encontrarse Jamn en un
bosque solitario, en este mismo bosque al lado de esta sima, vi llegada
para l la ocasion mas propicia para deshacerse del viejo padre, y
apoderarse de su tesoro y de su hermana.

Ya sabes lo que sucedi la tarde de horrores.

--S, s, lo s, amiga culebra.

--Pero lo que tu no sabes, es que en la misma hora en que fu arrojado 
la sima por sus malditos hijos Abraham, se contaban justos tres veces
siete aos, desde que Abraham posey la maldita hermosura de
Leila-Fatimah.

--Y no sabes mas, hermana culebra?

--S, s que el alma de Abraham, por no haber sido dcil al consejo de
los siete astrlogos  quienes habia consultado, cuando Leila le propuso
ofender  Dios, estar penando hasta que sobre esta sima se levante una
torre fuerte de siete suelos, que ser la puerta de un alczar como no
habr otra sobre la tierra, y hasta que muera en este alczar y venga 
penar en la torre, una muger que haya sido parricida, adltera 
incestuosa.

--Y quin te ha dicho eso, hermana culebra?

--El alma en pena de Abraham.

--Y no sabes lo que fu de los hijos de Abraham?

--No se lo pregunt.

--Dios es vengador, y justo  inexorable, hermana culebra.

--Tienes razon, hermano lagarto. Dios es Dios y no hay otro Seor que
l: l ha criado este sol que abrasa mas de lo que yo quisiera, y me voy
 mis profundidades.

--Y yo  mi grieta.

La culebra y el lagarto desaparecieron, y yo me qued horrorizada, amigo
ruiseor, y no pude descansar, aadi la golondrina: de modo que cuando
me puse en camino por la tarde para Toledo, estaba tan rendida, que me
he visto obligada  pararme aqu.

--Vente  mi nido, y en l descansars: es blando y mullido, dijo
amorosamente el ruiseor.

--Dios castiga  los adlteros, dijo con enojo la golondrina, y como ya
he descansado, me voy de un vuelo  mi nido del alczar de Toledo.

Y la golondrina vol, y el ruiseor se qued gorgeando:

--Solo! solo! solo!




XXVIII.


Asenth permaneci por algun tiempo inmvil donde se habia sentado.

Luego,  pesar de la terrible historia de sus abuelos, que habia oido
cantar  la golondrina, se levant y dijo:

--Yo amo  Ervigio!

Y se volvi al palacio maravilloso.

Aun dormia  los pies del divn, donde habia estado reclinada, su padre.

Asenth le contempl profundamente.

--Con que si te dejo tu fuerza, esclam la jven maldita, despedazars
 mi mas amado?

Jamn, aunque dormido, hizo un movimiento que parecia una contestacion
afirmativa  la pregunta de su hija.

--Oh! no le despedazars, dijo Asenth, porque yo te reducir  un
estado miserable.

Y pronunciando un horrible conjuro, esclam:

--Oh t, hombre convertido en leon, convirtete en un perro viejo 
impotente.

Inmediatamente el leon se trasform en un perro lanudo, cojo, ciego,
miserable, que empez  arrastrarse gruendo dolorosamente  los pies de
Asenth.

Pero Asenth, le hiri con el pie en el vientre, le arroj lejos de s,
y abandon la cmara donde Jamn, castigado de nuevo por Dios, quedaba
lanzando dolorosos ahullidos.




XXIX.


Al dia siguiente, cuando Asenth se encontraba mas abstraido en sus
pensamientos de amor, tembl el alczar todo, y yo, Satans, dije desde
las entraas de la tierra:

--Ervigio me ha encontrado pescando en la orilla del rio, ha tenido
valor para arrostrar el encanto, y t y l sois mios.

Inmediatamente Ervigio se present  Asenth.

A la vista de su hermosura, el noble godo palideci y tembl.

--Quin eres t, diosa, dijo, que as brillas ante mis ojos con la
plenitud de tu hermosura?

Yo soy tu esclava, dijo la impaciente Asenth, arrojndose en sus
brazos.

Y Jamn, ciego, cojo, viejo, enfermo, vagaba gruendo dolorosamente al
rededor de la habitacion donde su hija, olvidndose de todo, deliraba
entre los brazos de Ervigio.

Y Ervigio permaneci siete dias en el alczar encantado, y siempre que
salia del misterioso retrete de amor de Asenth, encontraba  Jamn, y
le daba con el pie, esclamando:

--Horrible y asqueroso animal, qu haces en el paraiso de las delicias?

Y Asenth no reparaba en que su padre habia sido maltratado, y seguia
bebiendo con sus ojos enamorados, la mirada de amor de Ervigio.

La noche del stimo dia, l y ella se sentaron en el mismo lugar donde
ella habia oido la conversacion del ruiseor y de la golondrina.

Ervigio estaba profundamente pensativo.

--Por qu estas triste, alegra de mi alma? dijo Asenth: no tienes
aqu cuanto puede desear una criatura?  es que mi hermosura no es ya
bastante para alegrarte ni mi amor para satisfacerte, seor de mi alma?

--Ah! no, no, dijo Ervigio: pero yo quiero ser rey.

--Rey! y de los godos acaso?

--S.

--Pero Wamba es su rey.

--Y qu importa? no me amas t?

Qu si te amo! tu eres mi luz y mi vida, pero...

--Quieres ser rey?

--S. Mas que eso: quiero vencer  Wamba.

--Le vencers! ven conmigo.

Ervigio sigui  Asenth que le llev al alczar mgico.

Dejle en una cmara, se encerr en otra, y  poco sali con un pomito
de oro en las manos.

--Haz que den esto  Wamba y eres rey, le dijo.

--Y cmo he de hacerlo sino salgo de este alczar? contest el godo.

--Me olvidars, Ervigio, cuando te encuentres fuera de aqu? dijo
Asenth rodendole los hermosos brazos al cuello.

--Antes se olvidar el sol de alumbrar el dia que yo te olvide, repuso
Ervigio.

--Pues bien, sino vinieres cuando seas rey, yo ir  buscarte. Acurdate
de que me quedo.

Ervigio bes amorosamente los ojos de Asenth.

--Vas  verle en el alczar de Wamba.

Apenas pronunci Asenth estas palabras, cuando Ervigio se vi en las
galeras del alczar de Toledo.

Y entonces le pareci un sueo lo que le habia acontecido en el alczar
mgico; pero vi en sus manos el pomo de oro que le habia dado Asenth,
y esclam:

--No ha sido un sueo: h aqu el filtro que me ha dado la maga
enamorada. Veamos si por medio de este filtro ser rey.

Y busc en el alczar  uno de sus parciales en quien tenia estremada
confianza Wamba, y se encerr con l, y estuvieron hablando largo
tiempo.




XXX.


Al dia siguiente, Wamba adoleci.

Habia bebido el filtro compuesto por Asenth.

Perdi el sentido sbitamente  las primeras horas de la noche, y todos
creyeron que moria.

Para enterrarle con muestras de humildad, cortronle el cabello, seal
de nobleza entre los godos, y le pusieron la mortaja.

Cuando Wamba volvi en s, y encontr su cabeza trasquilada, esclam:

--H aqu que queda franco mi trono  los traidores, porque yo no puedo
ser rey[94].

Y en aquel mismo punto, pidi que le trajesen  Ervigio.

Wamba estaba loco.

--Yo he muerto le dijo; pero t vives y eres fuerte; querrs t la
corona que se me ha caido de la cabeza? Ah! ah! y qu bien llevars
t mi corona!

Y los parciales de Ervigio, aprovechndose de aquella estraa locura de
Wamba, le hicieron firmar la renunciacion de su corona en Ervigio.

Luego Wamba espres su deseo de retirarse del mundo, y partiendo 
Pampliega tom el hbito de monge.

Ervigio era rey de los godos.

Debalo  las artes mgicas de Asenth, y sin embargo de la embriaguez
de su grandeza se olvid de Asenth.

Y en vano Asenth le llam; en vano desesperada con su soledad y con sus
lgrimas me evoc y me pidi que la ayudase.

--Mata  Ervigio, decia yo.

Pero ella no se atrevia  matarle porque le amaba.

Pasaron siete aos; siete aos desde que Ervigio posey  Asenth y
Ervigio muri.

Muri de una enfermedad desconocida, y Asenth  causa de su ciencia le
vi morir, se aterr y esclam:

--Sea yo llevada de esta tierra maldita, donde le he conocido, donde le
he amado, donde le he esperado y donde reposan sus cenizas: convirtame
Dios en una fiera, que no pueda amar  hombre, ni de hombre ser amada, y
noche de quebranto y de duelo sea conmigo.

Y apenas Asenth, impulsada por su desesperacion, habia pronunciado
estas palabras, cuando se encontr en un profundo y oscuro antro.

Junto  ella habia un perro.

Pero un perro formidable: habia pasado el poder de Asenth, y su padre
habia recobrado su fuerza de leon.

Asenth, convertida en leon, rugia de dolor por la muerte de Ervigio.

Y entonces Jamn fu dueo de su hija, y as vivieron algun tiempo en
aquel profundo antro los dos malditos.

Pero Jamn fu un dia muerto por unos cazadores.

Asenth qued sola.

Y en su soledad di  luz esos dos gemelos que tengo sobre mis rodillas;
el uno hombre con cabellos, ojos y piel de leon, el otro estraa mezcla
de leon y de perro.

Ya sabes la larga historia de los padres y de los abuelos de ese nio, y
de ese perro, Almed.

Quieres ahora que te d los amores de la Eva maldita?




XXXI.


Almed habia escuchado atentamente aquel largo relato, y se habia
estremecido mas de una vez.

Cuando Satans concluy aquel cuento, Almed invoc poderosamente 
Dios.

Entonces la Eva, la hermossima Eva maldita, y el maravilloso alczar
que la contenia desaparecieron.

Solo quedaron delante de Almed, el pequeo hombre-fiera, y el estrao
cachorro de perro y de leon.

Almed circuncid al hombre-fiera y le puso por nombre Jask-Al-bahul.

Busc una nodriza  propsito para cada uno de los dos hermanos, y se
dedic  la enseanza del que podia comprenderle y serle comprensible,
por que Almed no conocia el lenguaje de los animales.

Cuando Jask-Al-bahul fu crecido, le cont su historia, revelle que
aquel lanudsimo perro era hermano suyo, que debia tratarle como  tal,
y ser bueno y temeroso de Dios si queria apartar de sobre s la
maldicion que pesaba sobre su familia.

Jask-Al-bahul, por el contrario de los suyos, crecia en la virtud, amaba
 su hermano, aunque bajo aquella figura, y el ferz perro era para l,
como para Almed, sumiso y manso como un cordero.

Y pasaron as desde el nacimiento de Jask-Al-bahul y de su hermano, tres
veces siete aos.

Almed muri, teniendo de un lado al hombre-fiera y del otro al
perro-leon.

Despues que le hubieron enterrado y honrado, Jask-Al-bahul, dijo  su
hermano:

--Hemos quedado solos, pero somos fuertes y valientes; yo voy  vender
la escasa herencia que nos ha dejado el buen Almed, y comprar una
lanza y un caballo, iremos al ejrcito de los rabes que siguen sus
conquistas en Africa, y ganaremos nuestro sustento en batalla.

El perro movi la cola y lanz un leve gruido como aprobando la
determinacion de su hermano, y ste vendi lo que les habia dejado
Almed; compr una lanza y un caballo y sali de Tnger precedido de su
hermano que rastreaba el camino.

El perro-leon habia tomado el camino de las montaas, y caminaba aprisa,
tan aprisa, que apenas podia seguirle el caballo de Jask-Al-bahul.

--Y dnde me llevas, hermano? decia Jask.

El perro seguia rastreando y callando, y cada vez mas de prisa.

Al fin, para no perderle de vista, Jask tuvo que poner su caballo  la
carrera.

Muy pronto se aventuraron en la montaa.

Corria el perro, y corria el caballo.

--Y adnde me llevas, hermano? decia Jask.

Y el perro y el caballo, el uno detrs del otro, seguian corriendo.

Lleg la tarde, bajo el sol, apareci la noche y luci en los cielos la
luna.

Y el perro y el caballo seguian corriendo.

De repente se present  los ojos de Jask una llanura inmensa,
inmenssima.

Las anchas colinas de arena, se perdian en el horizonte.

All  lo lejos se veia una ciudad.

Y antes de la ciudad una torre.

Y el perro sigui corriendo hasta la torre.

Algunos hombres pasaban por el camino en sus camellos, y decian  Jask:

--Vas  caso en busca de la doncella plida, buen caballero? Si as es,
que Dios te ayude.

Y uno tras otro siete viageros, dijeron las mismas palabras  Jask.

Cuando le habl el stimo, Jask procur detener  su caballo, y por
primera vez, el caballo obedeci; parse, y delante de l se tendi en
tierra el perro.

--Dme t por tu vida, as Dios te ayude, qu doncella es esa plida,
de que me hablas?

Detuvo el viagero su camello y contest:

--Esa doncella es la mas hermosa doncella del mundo; tvola el rey de
estas regiones, Almunassar, de una maga con quien se habia casado; pero
por ser tan hermosa esta doncella, su madre, que no queria que se casase
sino con un hombre muy valiente, hizo que el rey Almunassar encerrase 
la doncella en una torre, que es aquella que se v all, bajo los rayos
de la luna, y para que la guardase, puso un jigante, que siempre de dia
y de noche sin comer y sin dormir, est dando vueltas alrededor de la
torre con su clava al hombro. Muchos caballeros muy valientes, atraidos
por la fama de la hermosura de Aydamarah, que este es el nombre de la
doncella plida, y aun por el tesoro que encontrara con esta doncella
el que venciese al jigante, han venido, pero los huesos de todos
blanquean all alrededor de la torre formando una muralla horrorosa,
porque han venido miles de caballeros y  todos los ha esterminado el
jigante, que es invulnerable y solo puede matrsele hirindole en el ojo
izquierdo: pero tiene puesta sobre el ojo una defensa de acero tan
fuerte, y es tal su destreza para guardarse de los golpes, que todos los
que han pretendido matar al gigante han perecido; adems, para vencerle
es necesario pronunciar al herirle ciertas palabras misteriosas que
nadie sabe; con que as, buen caballero, si vas en busca de la doncella
plida, que Dios te ayude.

Y tras estas palabras el viagero arre  su camello, y sigui su camino.

Jask era tan valiente como la fiera  quien se parecia tanto, y bast
con que conociese aquel peligro, para que desease vencerlo.

--Y llvame  la torre donde se guarda por ese gigante la doncella de la
frente plida, la hermosa hija del rey Almunassar y de la maga, dijo al
perro:

Y el perro parti de nuevo  la carrera, y siguile  la carrera el
caballo de Jask.

Y se acercaba la torre, se acercaba hasta el punto de ver sus almenas y
sus ajimeces, y el jigante que como una muralla de hierro movible, daba
vueltas alrededor de ella, relumbrando bajo los rayos de la luna.

Y el perro y Jask seguian corriendo.

De improviso se escuch un bramido tan aterrador y tan fuerte como el de
una tempestad desencadenada, y se vi venir hcia el perro y hcia Jask
al jigante.

Y resonaban las piezas de su armadura, retemblando y retumbando  la
redonda con un estridor atronante y pavoroso, y parecia que la tierra
temblaba bajo los pies del monstruo, que adelantaba con su terrible maza
en alto.

El perro se par, se repleg sobre s mismo amenazador y rugiente, y
Jask detuvo su caballo, y requiri su lanza para arrojarla al jigante,
antes de que ste pudiese tocarle.

Lleg al fin el momento, faltaba poco espacio para que llegase  los dos
hermanos el jigante, cuando Jask se asegur en los estribos, y poniendo
su corazon en Dios, esclam arrojando su lanza contra el monstruo:

--Seor! seor! t solo eres el Fuerte y el Invencible!

Y despues de haber arrojado su lanza con toda la fuerza de su brazo de
leon contra el gigante, cerr los ojos y esper la muerte.

Pero en aquel punto oyse un estruendo horrible; tembl la llanura y
gimieron los distantes ecos.

Jask abri los ojos, y vi al jigante tendido delante de l; su lanza
estaba clavada en el ojo izquierdo del monstruo.

[imagen no disponible: Le llevaron  una hermosa cmara]

Y al mismo tiempo se abri la puerta de la torre, y lucieron antorchas y
son una alegre msica, y aparecieron doncellas vestidas de blanco, cada
una de las cuales llevaba en las manos una luminaria.

Y todas aquellas doncellas cantaban en coro y decian en su canto:

Bien venido sea el esposo, el esposo de la doncella plida.

Para l, valiente entre los valientes, hermoso entre los hermosos,
guarda Aidamarah su hermosura.

Bien venido sea el esposo de la doncella plida  poseer su belleza y
sus tesoros.

Bien venido sea.

Y las doncellas adelantaron, y llegaron  Jask y se arrodillaron y le
presentaron un palanquin en que Jask subi, y las doncellas blancas le
llevaron  la torre, y una conducia su caballo, y otras rodeaban y
acariciaban  su hermano el perro.

Y cuando llegaron  la torre, otras doncellas le desnudaron y le lavaron
con aguas olorosas, y le vistieron preciosas tnicas.

Y entonces, otras doncellas mas hermosas aun le tomaron en medio, y
cantando y tocando alegremente, le llevaron  una hermosa cmara.




XXXII.


A la puerta de aquella cmara se retiraron las doncellas.

Jask adelant solo.

La puerta se cerr silenciosamente.

Y entonces de un divan se levant una doncella cuya hermosura deslumbr
 Jask.

Y se acerc  l y le mir, y luego se arroj en sus brazos.

El perro, que habia seguido  Jask, que nunca se separaba de l, gru
dolorosamente y se ech  los pies del divan sobre la alfombra de pieles
de tigre.




XXXIII.


Spose que el jigante guardador de la hermossima Aidamarah habia sido
vencido por un estrangero, y el rey Almunassar corri  ver  aquel 
quien los hados habian consentido llegar  tanta ventura.

Maravill al rey el estrao color de los ojos y de los cabellos, y de la
piel de Jask; pero no se estra de encontrar  Aidamarah enamorada
locamente de l, porque Jask era muy hermoso.

Y hubo fiestas, y zambras, y regocijos, y luminarias en la crte de
Almunassar.

Y se celebraron con rgia pompa y aparato las bodas de Jask y de
Aidamarah, y  ellas asisti tristemente echado  los pies de su hermano
el perro-leon.

Y cuando pasaron las fiestas, y la zambra, y la luna de las delicias, el
rey Almunassar llam  su yerno y se encerr con l y le dijo:

--Mi reino, hijo mio, es un reino desconocido, puesto en los linderos
del desierto, donde no llegan los de otras tierras. Yo no s de donde t
vienes, ni quines son los tuyos, ni te lo pregunto, porque eres hermoso
y valiente; has librado  mi hija y la hars venturosa; pero para que
esa ventura sea completa, es necesario que mi reino, que est gobernado
en justicia, tenga paz: unos vecinos brbaros y feroces nos la turban;
enemigos que no hemos podido vencer, que vienen todos los aos y nos
roban y desaparecen despues en el desierto. Te atreverias t, hijo mio,
 ir contra esas gentes?

Jask asegur al rey Almunassar que iria contra aquellos brbaros y los
venceria.

--Innumerables son como las arenas del desierto y jigantescos como las
rocas. Si ellos no nos destruyen completamente, es para que podamos
criar nuestras hijas y ensearlas el canto y la danza; pero cuando
nuestras hijas estn crecidas, vienen y nos las arrebatan.

--Yo vencer  esos descreidos, seor, dijo Jask, los vencer, y tu
reino quedar libre y tranquilo.

--Necesario ser construir torres con ruedas, dentro de las cuales vayan
nuestros soldados, dijo el rey; de otro modo, los jigantes del desierto
nos despedazarian  la primera embestida.

--Ir yo solo, seor, dijo Jask, y con la ayuda de Dios los vencer.

--T solo!

--No venc al terrible jigante que guardaba  mi esposa?

--Dios es misericordioso y vencedor! dijo el rey Almunassar.

Y se despidi triste de Jask, porque su hija le amaba, y Jask acometia
una empresa en la que debia morir.

Los jigantes del desierto eran innumerables.




XXXIV.


Al dia siguiente muy temprano, y mientras su esposa dormia, Jask se
levant silenciosamente, bes  Aidamarah en la boca sin despertarla, se
visti la armadura, y sobre ella una tnica de oro; baj  las
caballerizas, enjaez su caballo, mont en l, y precedido de su hermano
el perro, sali antes de que fuese de dia y sin que nadie le viese, de
la ciudad por un postigo del muro.

Cuando se vi en el campo y lejos de la ciudad  punto que alboreaba, se
detuvo ante una fuente, descabalg, hizo su ablucion, y diriji  Dios
desde el fondo de su alma la oracion de azobh (del alba).

Luego se volvi al perro y le dijo:

--Sus, hermano mio, guia, guia al campo de los jigantes.

Y el perro parti rastreando y  la carrera.

Y las palmeras se quedaron atrs.

Y se quedaron atrs las colinas verdes.

Y se quedaron atrs los arroyos.

Y el perro seguia rastreando y corriendo sobre speras y peladas rocas.

Graznaban las guilas en las altsimas cortaduras.

Zumbaba contra ellas el viento.

Rocas y guilas se quedaron atrs.

Y el perro seguia rastreando y corriendo sobre montes de arena roja,
como si la hubiesen empapado en sangre.

Mas all solo habia una niebla roja  impura, como el resplandor de un
horno.

Y ac y all se oia el rugido de los leones y de las panteras.

Y las colinas rojas su quedaron atrs.

Y ya no se escuch el rugido de las fieras.

Y el perro seguia rastreando y corriendo entre la niebla roja  impura.

Y el caballo de Jask le seguia.

Y Jask se inclinaba sobre el arzon de su caballo, con la adarga al
pecho, y la lanza en ristre, invocando el nombre de Dios.

De repente se escuch una voz dulcsima que parecia salir de las
entraas de aquella tierra enrojecida:

--El hermoso caballero,  dnde va?

A dnde va el hermoso caballero?

El aire de fuego secar sus ojos, y sus plantas se abrasarn, como si
pisase sobre un volcan.

El hermoso caballero, dnde va?

Si logra pasar la niebla encendida encontrar mas all la muerte.

Cada grano de arena se levantar contra l.

Cada tomo del sol le herir.

Mas all de la niebla de fuego estn los hambrientos jigantes.

El hermoso caballero dnde va?

Vulvete  la tierra verde y humbrosa, gentil caballero.

Donde corren los arroyos, y las trtolas cantan entre los lamos
negros.

Vulvete donde la amada de tu alma llora por tu ausencia.

Vulvete si no quieres que su llanto no se seque jams.

--Quin eres t, gnio misterioso, que as me hablas? dijo Jask
deteniendo su caballo; tu acento es dulce como el gorjeo del ruiseor, y
melanclico como el zumbido del vientecillo de la tarde en las hojas de
la palmera. Por qu no te dejas ver de m?

Tembl ligeramente la tierra, arroj una llamarada roja, y qued ante
Jask una muger hermossima.

Sus cabellos negros, negrsimos, y tan largos que caian hasta sus pies
en anchos rizos, estaban ceidos por una corona de mirto seco.

Su semblante era moreno, sus ojos negros, brillantes, ardientes, y su
tnica blanca con una blancura que deslumbraba.

La hermosura de aquella muger, quemaba el corazon.

--Quin eres? la pregunt Jask.

--Yo soy Giazul, el gnio del desierto, respondi la hermosa jven; mi
carro es la niebla roja, y mis potentes caballos son el Simoun.

Al desplegarse mi tnica, se enrojece el cielo, la tierra tiembla
espantada, las palmeras gimen, las rocas se estremecen, las guilas
apresuran su vuelo, y las fieras rugen asombradas y yertas de espanto.

Al ruido de mi carro de combate, los caravaneros palidecen, los camellos
apresuran su marcha, y los caballos corren, corren, corren, gimiendo.

Cuando yo he pasado, ni palmeras, ni rocas, ni guilas, ni fieras, ni
caravanas; montes de arena blanca y reluciente, son las fnebres huellas
de mi paso.

Ay del insensato que se atreva  poner la planta en mis dominios, si no
le ayuda Dios el Misericordioso y el Invencible!

Vulvete, hermoso caballero, vulvete; aunque yo plegue mi tnica y
duerma mientras t pasas;

Aunque las arenas del desierto permanezcan inmviles, mas all estn los
terribles jigantes.

No quieras condenar al dolor de la viudez  tu amada, y  la orfandad 
la hija que vive en sus entraas.

--Qu importa que muera yo, si muero por salvar un pueblo entero? dijo
Jask.

Destellaron un brillante relmpago los ojos de Giazul.

--Noble y generoso es lo qu acabas de decir, esclam el gnio; quiero
ayudarte. Pero tienes t el alma bastante fuerte para resistir  la
prueba?

--Habla, poderoso gnio, habla; dijo Jask.

--Solo puedes vencer de una manera  los jigantes.

All lejos, muy lejos, hay una laguna salada.

Entre las rocas de sus orillas relumbra cuajada la blanca sal.

Si t lograses llegar hasta la laguna salada;

Si llenares de la sal que blanquea sus orillas el saco de tu caballo;

Con esparcir  tu alrededor aquella sal cuando te acometiesen los
jigantes habrs vencido.

Los jigantes habrn sido esterminados.

Pero para llegar  la laguna salada, es necesario esponer el cuerpo y el
alma.

En el camino encontrars por do quiera la tentacion.

Y si  la tentacion cedieres, sers convertido en roca, en roca del
desierto, y dentro de ella encontrars tu infierno.

--Dios el Altsimo y Unico me ayudar.

--Voy  abrirte el camino de la laguna salada. Ese camino est lleno de
peligros; ay de t si no sabes vencerlos!

El gnio se elev de la tierra.

Su blanca tnica se abri como un abanico.

Sus negros cabellos se estendieron alrededor de su frente como una negra
aureola.

Sus ojos brillaron como dos soles.

Sus dos brazos estendidos, parecian tocar el uno el oriente y el otro el
occidente.

Son un sordo y potente bramido, tembl la tierra, y el gnio creci,
creci, creci, hasta cubrirlo todo.

Y las arenas del desierto se levantaron en potentes remolinos, y una
atmsfera de fuego envolvi  Jask,  su caballo y  su hermano el
perro.

Y el caballo inmvil con las orejas rehiladas, temblaba.

Y el perro-leon lanzaba un poderoso ahullido.

Y Jask invocaba  Dios.

Y pasaban junto  l las ardientes arenas, los fragmentos de las rocas,
las palmeras arrancadas de su asiento.

Pasaban sin tocarle.

Sin tocar  su hermano el perro.

Y la tromba aumentaba, y el ronco mugido crecia, y el perro ahullaba con
mas fuerza, y el temblor del caballo crecia.

Y Jask, con el corazon sereno, continuaba invocando el nombre de Dios.

Pas la tromba.

A la niebla caliginosa  impura, sucedi un cielo azul y radiante, como
Jask no le habia visto jams.

La tierra estaba cubierta de verdor.

Frescos bosquecillos se levantaban en torno de claros lagos, y el camino
por donde Jask marchaba, estaba cubierto de flores.

Jask caminaba solo: su hermano el perro y su valiente caballo, habian
desaparecido.

Cerca se veia una magnfica ciudad.

Al fijar en ella sus ojos Jask, las puertas de la ciudad se abrieron.

Por ella sali una comitiva numerosa.

Venian delante ginetes armados con arneses resplandecientes, guiados por
un estandarte dorado: tras los ginetes, se oia una msica tan armoniosa
que regalaba los sentidos.

Aquellos ginetes avanzaron rpidamente.

Al llegar junto  Jask, su caudillo ech pie  tierra, y se arrodill 
los pies de Jask.

--T eres nuestro rey, le dijo mostrndole una corona que traia un
magnate en una bandeja de oro sobre un pao de prpura.

--Yo soy un viajero, contest Jask; dejadme pasar: yo voy all lejos,
muy lejos.

--Si eres nuestro rey, nada se opondr  tu voluntad: esclavos tuyos
seremos, y esclavos tuyos sern los pueblos cerca y lejos, porque
nosotros somos invencibles.

--Yo no soy soberbio, dijo Jask Al-Bahul; para qu quiero esclavizar 
nadie? Dejadme pasar.

--Si fueres nuestro rey, sers el mas temido de los hombres, dijo el que
estaba arrodillado  sus pies.

--Yo no quiero que me teman mis vasallos, sino que me amen, esclam
Jask; dejadme pasar.

--Si fueres nuestro rey, sers como Dios, porque nuestra corona es
mgica.

--Yo adoro al Dios Altsimo y Unico, repuso el jven. Dejadme hacer mi
camino, dejadme pasar.

Entonces desapareci todo lo que se habia presentado ante los ojos de
Jask, y se encontr marchando por el mismo camino.

Las tentaciones de la soberbia nada habian podido con l.

Siguiendo el camino, se encontr en un bosque de sauces.

El ambiente era fresco y balsmico, mullido y espeso el csped sobre que
marchaba, y salpicado de bellas florecillas; una armona sensual parecia
salir de entre las enramadas; una ambrosa suavsima halagaba los
sentidos.

Al revolver de una senda, Jask se encontr de repente en un espacio
redondo, en medio del cual habia un pequeo lago.

Alegres y seductoras risas se escuchaban, como si las produjesen mugeres
invisibles.

Jask vi agitarse una forma hermossima en el fondo cristalino del lago.

Luego se rompi su tersa superficie, y sali al encuentro de Jask una
hada desnuda.

Fascinaban sus miradas, embriagaba su aliento; sus brazos estrechaban 
Jask, su seno se comprimia contra el suyo, su boca fresqusima y llena
de ambrosa, le besaba, y su acento ardiente y opaco le decia:

--Yo te amo!

--Yo solo puedo amar  una muger, dijo Jask rechazando  la hada.

--Aidamarah es una mortal, y yo soy el gnio inmortal del amor; mis
placeres sern para ti eternos; yo te anegar en delicias y cada dia
ser mas hermosa, mas resplandeciente; mame porque yo desfallezco por
t.

--Mi corazon es de Aidamarah, esclam de nuevo Jask, y rechaz
vigorosamente la tentacion.

--T sers como Dios, si me poseyeres, dijo la hada.

--No hay mas Dios que Dios el Altsimo y Unico, esclam Jask.

Y la hada impura, y el trasparente lago, y el sombroso bosquecillo,
desaparecieron.

La lujuria habia sido tan impotente para con Jask, como lo habia sido la
soberbia.

De repente Jask, se encontr en un palacio: un viejo encorvado y
trmulo, marchaba delante de l: llevaba un haz de llaves.

Aquel viejo, se detenia de tiempo en tiempo delante de una fuerte arca.

--H aqu plata, decia volvindose  Jask.

Jask seguia adelante.

El viejo dejaba el arca abierta, adelantaba  Jask, abria otra arca y le
decia:

--H aqu oro.

Jask seguia andando mas de prisa.

El viejo corria y se adelantaba.

--H aqu perlas y rubes, esclamaba abriendo otra arca.

Jask, siempre en silencio, apresuraba su paso.

Pero el viejo se ponia delante y abria otra arca.

--H aqu esmeraldas y carbunclos.

Y Jask corria.

El viejo se adelantaba jadeando, y abria otra arca.

--H aqu diamantes grandes como huevos de paloma.

Y Jask apresuraba su carrera.

--El que posea estas riquezas, ser seor del mundo, gritaba el viejo no
pudiendo seguir  Jask.

--No hay mas Seor que Dios en la tierra y en los cielos, esclam Jask.

Entonces desapareci el palacio.

Jask habia triunfado de la avaricia, como habia triunfado de la soberbia
y de la lujuria.

De repente Jask se encontr desnudo, roto, y pobre en la plaza de una
ciudad; todos los que pasaban y los que se cruzaban, se le ponian al
paso, le miraban descaradamente, y se le reian.

--Adnde ir este? esclamaban.

--El horrible.

--El imbcil.

--El mendigo.

--El cobarde.

--El hijo de la ramera.

--Insultadle, para que no se atreva  mostrar su hediondez entre
nosotros.

Y Jask impasible decia:

--Apartaos y dejadme hacer mi camino.

--Y adnde irs tu?  algun tremedal, nico lugar digno de t!

--Arrojadle lodo hasta que le sepulteis; quin le ha traido  manchar
con su presencia nuestra hermosa ciudad?

Y le arrojaban lodo y le escupian, y Jask seguia adelante sin irritarse
y esclamando siempre:

--Dejadme, dejadme hacer mi camino.

--Es un cobarde, decia una muger impura; no veis cual sufre los
insultos?

Y le hiri con su chapin en la cara.

--No hay otro valiente que Dios, esclam Jask; solo El es el Fuerte y el
Invencible.

Desapareci todo aquello.

Jask habia vencido  la ira como  la soberbia,  la lujuria y  la
avaricia.

Pero estaba cansado y hambriento, no caminaba ya sobre flores, ni sobre
alfombras, ni sobre plazas enarenadas, trepaba penosamente entre speras
rocas.

Durante mucho tiempo sufri, pero al fin no pudo resistir.

--Tengo hambre y sed, dijo.

--Come y bebe, seor, dijo un gnio apareciendo de repente y mostrndole
una hermosa tienda.

Jask entr en ella.

Encontr dentro un blando divn, y delante del divn, sobre una
magnfica alfombra, vi vagilla de oro, y copas y trasparentes frascos.

Y las fuentes llenas de viandas, y los frascos llenos de licores.

--Come, seor, y reposa, dijo el gnio.

Jask examin los manjares; pero todos estaban prohibidos por la ley.

Aquella gran diversidad de platos, estaban compuestos con las diferentes
partes del cerdo.

El pan estaba amasado con la manteca de este animal.

Los frascos estaban llenos de licores.

--Agua y pan de avena, dijo Jask.

--Deja eso para los miserables, seor, dijo el gnio; qu importa la
ley? tienes hambre y sed, ests cansado, come, bebe, reposa, si no
morirs.

--Dichoso del que muere alimentando su alma con el temor de Dios! dijo
Jask.

Entonces los manjares y la tienda y el gnio, desaparecieron.

Jask habia triunfado de la tentacion de la gula, como de las tentaciones
anteriores.

Pero se encontraba marchando por un terreno mas rido y quebrado, bajo
los rayos de un sol abrasador.

--Oh, Seor, Seor, sostenme! esclam; dame tu fortaleza, porque me
siento desfallecer!

Y sigui su camino vacilante, trmulo, dbil, seca la garganta,
sufriendo el crudo aguijon del hambre, desvanecida la cabeza.

Resbal sobre una roca, y cay desde una altura inmensa.

Encontrse del lado de un camino por donde pasaba mucha gente.

Unos iban en hombros de sus esclavos, otros ginetes en poderosos
caballos, otros en camellos, otros en jumentos, aquellos en carretas de
bueyes.

Todos hacian cmodamente su camino.

Jask, hambriento, estropeado, se arrastraba sobre sus manos.

--Mira, decia una voz misteriosa  su oido; aquel faqu va cmodamente
sentado sobre las hamugas, va satisfecho y repleto. Si t fueras como
l!

--Dios le prospere, decia Jask.

--Aquel wal va ginete en un poderoso caballo, mira como galopa... all
va, all va... ya se pierde... ya se perdi... y t sigues
arrastrndote.

--Dios me ayudar para que llegue al fin de mi camino.

--Pero tu camino es un camino doloroso...

--Todo camino es dulce y toda fatiga poca, cuando se marcha  una buena
obra. El camino estrecho y spero, es el camino del paraiso.

Y al decir estas palabras Jask, se encontr de repente de pie, fuerte,
sin hambre, sin sed, con sus sandalias nuevas y en las manos su bculo
de viaje.

Habia sufrido su miseria sin irritarse ante la dicha de los dems.

Habia vencido  la envidia.

Marchaba por un camino ancho y llano.

A lo lejos, pero muy lejos, legsimos, se veia relumbrar una lnea
blanca en el horizonte.

--Ser aquella la laguna salada? esclam; pero si es, cun lejos!

Y sigui andando.

De repente sinti que sus miembros se entumecian, que sus prpados se
ponian pesados, que una suave languidez se apoderaba de su cuerpo.

--Oh! cun lejos est el lago de las aguas saladas! esclam.

Entonces dijo una voz tentadora  su oido:

--Mira, all hay un sombroso bosquecillo de acacias; en l las aves
difunden su grata armona, y los arroyos murmuran dulcemente; los rayos
del sol abrasan, queda aun mucho dia, descansa y luego  la tarde
continuars tu camino.

--El que se detiene en el camino del bien, se espone  caer en la
tentacion, no me detendr hasta que agotadas mis fuerzas caiga. Entonces
Dios tendr piedad de m, porque no habr consistido en mi voluntad.

--El lago de las aguas saladas est muy lejos, y te rinde la fatiga.

--Confio en la misericordia de Dios que me dar su fortaleza.

Aun no habia acabado de pronunciar estas palabras Jask, cuando se
encontr cabalgando de nuevo en su caballo, que corria, corria,
siguiendo al perro, que corria tambien.

Jask habia vencido  la pereza, como  las otras seis mortales
tentaciones.

Dios le habia premiado.

Su caballo le llev con la velocidad del huracn,  las orillas del lago
de las aguas saladas.

Entonces una voz maravillosa, voz que parecia provenir de los cielos, le
dijo:

--Descansa y cobra fuerzas para cumplir la voluntad de Dios.

Jask desmont y se ech  dormir bajo la sombra de una roca.

Su hermano el perro, se echo  sus pies y se durmi tambien.

El caballo inclin la cabeza y durmi.




XXXV.


Pas la tarde, pas la noche, y lleg el alba del dia siguiente.

Jask, su hermano y su caballo, dormian.

A la primera claridad de la maana, la misma voz que le habia ordenado
que descansase, despert  Jask.

--Levntate y preprate, dijo; el momento se acerca.

Jask despert, despert  su perro, y despert al caballo.

Entonces Jask, tom el saco donde llevaba el pienso de su cabalgadura,
le vaci, y le llen de la sal cuajada entre las rocas.

Cuando le hubo llenado, Jask mont de nuevo  caballo y dijo al
perro-leon:

--Hermano mio, llvame al campo de los jigantes.

El perro parti  la carrera bordeando la laguna salada.

El caballo le seguia rpido como una exhalacion.

Muy pronto la laguna se qued atrs.

Se acercaban  una selva de rboles jigantescos, de negros follajes, y
en cuyo seno solo se veian tinieblas.

El perro se lanz en aquella selva.

Le sigui el caballo.

Apenas hubieron revuelto el primer seno de la selva, se encontraron en
una oscuridad profunda.

El perro seguia corriendo en medio de las tinieblas y ladrando.

El caballo corriendo y relinchando.

Jask entonando un himno  la grandeza de Dios.

Y parecia que los rboles chocaban rudamente sus troncos.

Y se oia el spero y terrible estridor de las ramas que se desgajaban.

Y el mugido sordo y pavoroso de torrentes invisibles.

Y de tiempo en tiempo un relmpago azul temblaba entre las tinieblas
esclarecindolas por un instante.

Y  su resplandor momentneo se veian agitarse sombras jigantescas
girando en torbellino alrededor de Jask.

Y se oia espantoso chocar de armas.

Y rechinar de carros.

Y relinchos de caballos.

Todo esto llevado por un huracn pujante que rebramaba, que zumbaba, que
silbaba, pero que no se sentia.

Y todo aquello era pavoroso, terrible.

Sin embargo, Jask tenia su corazon puesto en el Seor Fuerte, y su
confianza en El, y no se aterraba.

Y el perro corria y corria.

Y el caballo le seguia, le seguia como una exhalacion.

Cunto tiempo dur el paso de Jask por la selva de los Espantos?

Solo Dios lo sabe.

Al fin se encontr en una llanura rida.

En medio de ella, all lejos, muy lejos, se alzaba una ciudad
jigantesca.

A pesar de la distancia, Jask veia sus puertas de quince codos de
altura, y las enormsimas piedras de sus muros.

El camino por donde marchaba Jask estaba sembrado de huesos humanos.

Apenas el caballo de Jask hubo puesto los cascos en aquella llanura,
cuando se oy un horrsono estruendo en la distante ciudad.

Por sus cien puertas empezaron  rebosar en la rida llanura ejrcitos
de jigantes.

Sus voces formidables como las del trueno, juntas y discordantes,
ensordecian el espacio.

El perro se hizo atrs, se sent amenazador y rugi.

El caballo se plant, enbiest el cuello y tembl.

Solo Jask permaneci impvido.

Y los jigantes adelantaban inundando la llanura.

Desnudos y negros y feroces eran, con pinos por clavas en las manos.

En medio de ellos ondeaba una bandera, tan grande como una gran nube, y
que ocultaba los rayos del sol.

Y adelantaban los jigantes con la velocidad de la tormenta.

Cuando estuvieron cerca, Jask escit  su hermano y aguij  su corcel.

El perro y el caballo, aunque estremecidos de terror, se lanzaron de
frente contra los jigantes.

Jask llevaba un puado de sal en la mano.

Cuando ya le separaba muy poca distancia de los monstruos, cuando sus
jigantescos cuerpos le daban sombra, cuando casi podian alcanzarse con
las clavas, cuando le rodearon rugientes y amenazadores, Jask arroj 
su alrededor el puado de sal que tenia en la mano.

Entonces los primeros jigantes, los que estaban mas prximos  Jask, se
detuvieron y quedaron inmviles; sus formas se hincharon; de negros que
eran se convirtieron en rojos, y al cabo quedaron convertidos en enormes
rocas.

Jask pas entre ellos arrojando  derecha  izquierda puados de sal.

A medida que adelantaba, quedaban  los dos lados en su marcha rocas y
rocas; rocas que habian sido jigantes.

Cuando lleg  la ciudad,  la ciudad monstruosa, huian desordenados
delante de l, millares de monstruos aterrados por el ejemplo de la
desgracia de sus compaeros.

Delante de todos iba el que llevaba la bandera.

Pero el perro y el caballo corrian mas que los jigantes.

Los alcanzaban, y Jask arrojaba nuevos puados de sal, y aparecian
nuevas rocas.

Al fin solo qued un jigante, pero doblemente mayor que los otros.

Aquel era su rey.

Aquel llevaba la inmenssima bandera.

Jask no le alcanz hasta el centro de la plaza de la ciudad.

Y aquella plaza era un campo de muchas leguas.

Jask arroj un puado de sal al jigante, que inmediatamente se convirti
en roca.

Y la bandera cay de sus manos, y se estendi en la plaza.

Y Jask recorri la ciudad arrojando sal en medio de ella.

Y no menguaba la sal del saco, por mucha que Jask sacaba.

Y las casas y los palacios, y las calles y las plazas, se convertian en
montaas, en cordilleras, en valles.

Y de los valles, y de las vertientes de las montaas, salian mugeres y
hombres y nios, innumerables cautivos que los salvajes tenian
aprisionados para alimentarse con ellos, y cuyas prisiones habia roto la
fortaleza del alma de Jask, que no habia caido en el pecado, ni temblado
ante el terror.

Y Jask tard siete dias en trasformar la ciudad maldita, y  la tarde
del stimo, se encontr de nuevo en la que habia sido plaza de la
ciudad, y que entonces era un campo yermo y estenso, en medio del cual
estaba estendida la roja bandera de los jigantes.

Y el perro y el caballo se precipitaron sobre aquella bandera; y sobre
la bandera puso los pies la innumerable muchedumbre de viejos, jvenes,
mugeres y nios que Jask habia libertado.

Y cuando no qued ni uno solo que no estuviese sobre la bandera, esta se
levant en los aires y flot rpidamente en el espacio, y poco despues
descendi: y Jask y los que le acompaaban se encontraron en una
llanura, delante de las puertas de la ciudad del rey Al-Munassar.

Los habitantes, que habian visto aparecer  lo lejos sobre el horizonte
aquella nube roja, adelantar rpidamente hcia la ciudad, pasar sobre
ella y descender, salieron asustados no sabiendo lo que aquello fuese.

Pero cuando vieron adelantar  Jask-Al-bahul, sobre su corcel de guerra
precedido de su perro, y seguido de gentes que habian sido robadas en
aos anteriores por los jigantes, una esclamacion de jbilo y de alegra
retumb en los aires en honor de Jask.

Y Aidamarah se arroj desfallecida en sus brazos.

Porque le habia creido muerto.

Jask habia invertido en su espedicion, siete veces siete dias.




XXXVI.


Los libertados y sus familias, proclamaron su padre  Jask.

El rey Al-Munassar renunci con alegra su corona, y la puso sobre sus
sienes.

La bandera de los jigantes, doblada y redoblada, fu  servir de
alfombra  la grande Aljama, y en ella se bordaron inscripciones en loor
de Dios por mandato de Jask que no quiso que se consagrasen en honor
suyo.

Su reino desde entonces fu feliz y prspero; ya no se vieron talados
los campos, ni yermas las aldeas.

Los moradores durmieron tranquilos sin temor  los jigantes, y no hubo
uno solo que no fuese  ser testigo del prodigio de la trasformacion de
aquellos monstruos en rocas.

Sobre cada una de aquellas rocas, habia una palma agostada y estril.

Aquella palma habia sido la clava del jigante.




XXXVII.


Algun tiempo despues, y cuando Jask era un rey adorado por sus vasallos
y respetado por sus vecinos, que le pagaban tributo, Aidamarah di  luz
una nia.

En la fiesta de las buenas hadas, pusieron por nombre  aquella nia
Zairah.

Era hermosa  maravilla, de apacible sonrisa y de mirada dulce y
tranquila.

Jask quiso saber el horscopo de su hija, y los astrlogos, despues de
haber consultado siete veces las estrellas en siete veces distintas, le
dijeron:

--Tu hija oh rey! est sujeta  grandes desgracias.

--Y qu desgracias son esas?

--Tendrs otros dos hijos, el uno se llamar Jacub y el otro Kaibar.

Jacub ser un hermoso mancebo, pero continuar en l la maldicion de tu
raza, que el Altsimo ha suspendido para t.

El otro ser salvage y ferz, amar la sangre y el crmen y participar
de la crueldad y la malicia de tus padres.

Tus hijos sern tu postrera prueba.

Si la resistieses sin entregarte  la desesperacion y sin blasfemar de
Dios, se abrirn para t las puertas del paraiso.

Pero preprate, rey, porque le esperan grandes dolores.

--Cmplase la voluntad de Dios, replic Jask: y qu dolores son esos
que Dios me envia para prueba? os los han puesto patentes los astros?

--Tu hermosa Aidamarah morir cuando d  luz  Kaibar: sus entraas se
rompern al dar  luz  tal monstruo.

--Dios me la ha dado, y Dios puede quitrmela, esclam Jask con los ojos
llenos de lgrimas. Y cundo morir la luz de mi alma?

--Pasadas tres veces siete lunas.

--Y qu mas desgracias me amenazan?

--Pasados tres veces siete aos, tus hijos conocern  su hermana y la
amarn.

--Oh, Seor!

--Y ella amar  su hermano Jacub y ser suya.

--Oh, Seor!

--Y Kaibar conocer tambien  su hermana, y la amar.

Y ambos por el amor  su hermana se vendern  Satans.

Y despues el un hermano matar  su hermano por celos de Zairah.

--Oh, Seor, Seor, y cun dura es esta prueba! esclam Jask: y
decidme, aadi; vosotros que sois sabios, no sabeis si hay algun medio
para prevenir tanta desgracia?

--Consultaremos de nuevo  los astros, dijeron los astrlogos.

Y el rey esper  que trascurriesen otras siete noches.

--Seor, le dijeron los astrlogos trascurrido este tiempo: no te queda
mas que una esperanza dudosa.

--Y cul es esa esperanza?

--Aparta de t  tu hija Zairah.

--A la prenda de mi amor!

--No la veas jams.

--Ah!

--Pon entre tu reino y el lugar donde se encuentre los mares.

--Desdichado de m!

--Entrega su crianza  varones justos y mugeres virtuosas, que no sepan
que es hija de rey.

--Y para qu eso?

--Para que sea como si tu hija no hubiera nacido.

--Si as salvo su alma y la de mis otros hijos, lo har.

--Adems procura que tu hija no sea vista mas que durante su primera
edad por los que pusieres  su lado para que aprenda  conocer  Dios.
Luego, que nadie la vea ni ella pueda ver  nadie.

--Desdichada hija mia!

--As acaso se librar de su funesto destino, y del crmen tus otros
hijos.

--Cmplase la voluntad de Dios.

--Pero para que esa dudosa esperanza se realice, es necesario que
apartes de t  Zairah antes que tu esposa d  luz  otro hijo.

Y los sabios se inclinaron profundamente ante Jask y le dejaron solo.




XXXVIII.


Era Jask tan temeroso de Dios, que no vacil en arrostrar el nuevo y
terrible sacrificio que el Seor le exiga.

Aprovechando la ocasion del paso de los rabes  Espaa, una noche,
convirtindose en ladron de s mismo, penetr en las habitaciones donde
se criaba su hija y la rob recatadamente, y la sac de su palacio.

Luego, disfrazndose de labrador, se fu  la campia, y para que
amamantase  su hija, sedujo con oro  una aldeana, que abandon  su
esposo y al pequeo hijo que criaba.

Jask, por imprevision, arrastrado por su amor de padre, habia cometido,
sin sospecharlo, dos grandes pecados; habia robado una madre y una
esposa  su familia, y habia dado por nodriza  su hija una mala madre y
una mala esposa.

Dbil para el dolor de Aidamarah, Jask habia cometido adems otro
pecado: habia amargado el corazon de su esposa hacindola concebir la
horrible duda de si su hija era muerta  viva.

Jask adems habia mentido.

Jask, sin sospecharlo, habia vuelto sus espaldas  Dios.

Su amor hcia Aidamarah le habia perdido.

Habia pecado, y no podia arrepentirse de su pecado porque no sabia que
lo habia cometido.

Dios es infinito y nico,  incomprensible.

Loado sea su nombre!




XXXIX.


Jask tuvo algun tiempo escondida  su hija y  su nodriza en la cabaa
de un valle.

El mismo cuidaba de la nodriza; la llevaba el alimento y las ropas, y
cuanto habia menester.

Encubierto siempre; siempre desconocido para la nodriza.

Y entre tanto hacia correr  los suyos por todas las tierras comarcanas
en busca de su hija.

Y todas las tardes cuando el sol se ponia, Aidamarah rodeaba sus brazos
 su cuello y le decia con las lgrimas en los ojos y el seno
palpitante, plida y consternada:

--Han encontrado tus esploradores  nuestra hija?

Y Jask respondia tambien con las lgrimas en los ojos.

--Dios no lo quiere.

Aidamarah iba  sentarse en el suelo en un ngulo con el rostro vuelto 
la pared, y all permanecia inmvil.

Jask se limpiaba los ojos con el estremo de la toca, y sala.

Y as pasaron una luna y otra, hasta siete.

Un dia Jask anunci  Aidamarah, que se veia obligado  hacer un largo
viage  las tierras de occidente.

Aidamarah estaba de nuevo en cinta.

Al saber que su esposo,  quien amaba con toda su alma, iba  separarse
de ella, la desdichada se desmay.

Jask, aprovechando su desmayo, mont en su corcel y solo, al tiempo que
amanecia, sin llevar consigo mas que una bolsa llena de oro, su espada,
su lanza y su escudo, y su hermano el perro-leon que le precedia y que
jams se separaba de l, parti de la ciudad y se traslad al valle
donde la nodriza amamantaba  su hijo.

En el camino entr en un rebao de camellos que pastaban en la ribera, y
compr el mas fuerte y poderoso.

Al pasar por una aldea, compr jaeces y almohadones para el camello, y
un palanquin cubierto.

Luego sigui su ruta, lleg  la cabaa del valle, puso sobre el camello
 su hija y  la nodriza, agua y mantenimientos, y tom el camino de
Tnger.




XL.


Hay en las tierras de Hiberis, por bajo de la sierra Nevada, mirando al
distante mar, un pequeo valle junto al cual pasa la corriente humilde
aun del Genil.

En una eminencia del valle, se ven aun los restos,  mas bien los
cimientos cubiertos de musgo de un antiguo edificio, siglos hace
arruinado.

En aquellos tiempos, sobre estos cimientos, se levantaban cuatro torres
unidas por cuatro muros de muralla, y en medio de estas cuatro torres
una torre mayor.

Esta torre no tenia en su parte superior mas que una cmara, y una
galera que daba salida  las escaleras de la torre, y entrada  la
cmara.

Esta cmara estaba dividida en dos por una pared, que no pasaba de la
mitad de la altura del espacio general.

En cada uno de estos compartimientos habia un agimez, pero abiertos en
tan espesos muros, que desde adentro solo se veian  lo lejos las
distantes montaas, y el lejano mar, cuyos horizontes se perdian en la
niebla de Africa.

Cada uno de estos agimeces tenian, por la parte de adentro, una fuerte
verja que se abria y se cerraba.

Bcaros con flores llenaban el espacio del muro, desde la verja  la
parte esterior.

Estos dos compartimientos, si eran alegres, se debia  los agimecillos
trasparentes de la cpula estrellada,  las labores doradas de las
paredes,  sus esmaltes de colores,  los surtidores que emanaban de las
fuentes de mrmol,  los brillantes espejos de plata con marcos de oro,
que se veian entre las columnas que sostenian la cpula.

Estos dos compartimientos tenian dentro de s cuanto puede apetecer una
muger en su retrete. El bao, el divan, los pebeteros, las esencias mas
preciadas, las tapiceras mas ricas.

Estos dos compartimientos eran exactamente iguales.

Ya en el uno, ya en el otro, moraba contnuamente una muger.

Pero una muger maravillosamente hermosa, y ricamente engalanada.

Para quin se engalanaba aquella muger?

Ella no conocia  nadie.

Recordaba s  unas gentes que la habian criado.

A dos ancianos, el uno hombre, la otra muger.

Pero hacia muchos aos que habia dejado de ver  aquellos dos sres.

Muchos aos, durante los cuales, no habia visto mas sres vivientes; que
las moscas azules que cruzaban la dorada atmsfera de sus retretes, 
las mariposas de oro y colores, que venian  pararse un momento sobre
los ramilletes de los bcaros,  las golondrinas que revolaban junto 
sus nidos fabricados bajo las almenas de la torre.

Esta muger, mejor dicho, esta jven; porque solo contaba veinte y un
aos, era Zairah, la infortunada hija de Jask-Al-bahul, y de su esposa
Aidamarah.

Zairah, desde el momento en que cumpli los ocho aos, mucho antes de
que el amor pudiera hablar  su corazon, habia sido sentenciada  la
soledad.

Habia tres aos que no veia  persona viviente.

Servanla, sin embargo, como  una sultana.

Cuando se levantaba del sueo con el alba, encontraba abierta la puerta
del otro departamento.

En cuanto Zairah pasaba de ella, la puerta se cerraba, y poco despues
volvia  abrirse.

El departamento en que habia pasado la noche, habia sido cuidadosamente
limpiado, renovadas las flores y las ropas, y puestos escelentes
manjares sobre una rica alfombra en vagillas de oro.

Cuando Zairah deseaba alguna cosa, un perfume, un pjaro, un libro, un
instrumento, tocaba con una varita de oro sobre una copa puesta sobre
una mesa, dejaba sobre ella escrito en un papel su deseo, y pasaba  la
otra parte.

Inmediatamente se cerraba la puerta, volvia  abrirse al poco tiempo, y
cuando Zairah volvia, encontraba el objeto que habia pedido.

En una ocasion, se sinti enferma y llam, avisando en un papel su
estado.

Inmediatamente apareci una persona, enteramente cubierta, examin  la
jven, y la asisti hasta que estuvo completamente restablecida.

As vivia la infeliz hija de Jask-Al-bahul y Aidamarah.




XLI.


Segun lo habian predicho los astrlogos, Aidamarah tuvo dos hijos
trascurridos tres veces siete meses desde el nacimiento de Zairah.

El uno se llam Jacub; el otro Kaibar.

Aidamarah muri al dar  luz al ltimo.

Era este tan monstruoso y tan ferz, como hermoso y apacible era Jacub.

Jask hizo que los astrlogos consultasen el destino de sus dos hijos.

Los astrlogos consultaron las estrellas y dijeron al rey:

--Seor, aparta de t  tus hijos, cralos al uno lejos del otro, porque
si crecieren juntos  si algun dia se encontraren se despedazarn.

Jask envi  Kaibar  la parte oriental de Africa.

A Jacub  la parte occidental.

Pasaron tres veces siete aos.

Un dia Kaibar, cuyos instintos salvages no habia podido contrariar una
escelente enseanza, vagaba por las montaas de la Abisinia, desnudo,
con el carcaj  la espalda, y en las manos el arco entezado.

Seguia  una corza,  quien seguia jadeante y cansado su corcillo.

Tendi el arco,  iba  disparar, cuando entre la inofensiva bestia y su
cria se levant una forma humana.

Era una muger negra, pero hermosa, como no habia visto otra Kaibar.

Vestia una tnica roja, y sobre sus cabellos negros y brillantes llevaba
una diadema de corales.

--Quin eres? dijo Kaibar sintindose fascinado por primera vez por
aquella imponente y negra belleza.

--Soy una sombra, dijo ella.

--Una sombra!

--S, la sombra de una muger.

--Esa muger ha muerto?

--No.

--Vive?

--S. Contmplame bien: yo soy su espritu, que vago buscando el amor
sobre la tierra, y el destino me ha traido  t.

--Que buscas t el amor?... Pues cmo no te busca el amor  t?

--He nacido para vivir sola; para morir sola.

--Ah! yo te amo, dijo Kaibar.

Y adelant hcia la jven.

Pero la jven sigui delante de l ligera y feble como llevada 
impulsos del vientecillo de la tarde.

--Oh! yo te amo, y si no eres mia... morir! dijo Kaibar estendiendo
los brazos hcia la hermosa.

--Consulta  un varon que encontrars all arriba, en la hendidura de
aquella pared, y l te dir lo que necesitas hacer para alcanzar el
cuerpo de mi sombra.

Y la hermosa sombra negra desapareci como un vapor.

Kaibar habia quedado con el alma envenenada.

El sol ardia en lo mas alto del cielo.

Las palmeras y los nopales, inclinaban sus cabezas mustias bajo su rayo
abrasador.

Kaibar empez  trepar por la pendiente.




XLII.


Cuando lleg  la entrada de la grieta, encontr dentro  un ermitao.

Era viejsimo, encorvado, con una larga barba blanca, calzados los pies
con unas sandalias de piel de camello, vestido el cuerpo con un sayo de
lana y ceidos los lomos con una cuerda.

Sobre sus rodillas tenia abierto un libro negro.

Aquel libro estaba escrito con caractres rojos.

Cuando entr el jven, el ermitao clav en l sus pequeos ojos grises
y relucientes.

Kaibar retrocedi.

Aquel hombre le ponia espanto.

--Si eres cobarde, dijo el ermitao con voz profunda y cavernosa, por
qu vienes  m?

--Quin eres? dijo Kaibar.

--Yo soy Ebls[95], el viejo.

--T! t Satans!

--Yo soy.

--Y bien, dijo Kaibar; me puedes t dar los amores de la doncella
negra?

--S; si t los quieres.

--Que si los quiero! por ella se estremece mi corazon.

--Sabes quin es esa doncella?

--Debe ser hija de un rey poderoso  de un poderoso genio.

--En efecto esa doncella es hija de un rey.

--De un rey! y cmo se llama?

--Jask-Al-bahul.

--Yo he oido pronunciar el nombre de ese rey.

--Ya lo creo, como que ese rey es tu padre.

--Mi padre un rey!

--S, dijo el diablo; sintate y escucha.

Kaibar se sent.

Ebls le cont la historia de sus padres.

Kaibar le escuch con atencion.

Cuando el diablo hubo concluido, pregunt  Kaibar:

--Y  pesar de saber que esa sombra que te ha enamorado, es la sombra
de tu hermana Zairah, insistes en tus amores?

--La amo! oh! s! la amo! pero por qu es negra la luz de mis ojos?

--Antes era blanca como la luna, pero desde que ha amado  tu hermano
Jacub...

--A mi hermano Jacub!...

--S, el que vive en el Cairvan.

Un pensamiento de muerte pas por el corazon de Kaibar.

--Pues bien, dijo, yo quiero ver  mi hermana Zairah, quiero ser amado
por ella.

--La vers, la arrebatars de su prision, pero yo no s si te amar.

--Oh! vala yo! sea mia!

--Para ello necesitas mi ayuda.

--Y no me la dars?

--S, pero dame t tu alma.

--Mi alma! pues quin eres t?

--Yo soy Ebls.

--Y puedes t darme lo que deseo?

--S.

--Pues toma en buen hora mi alma.

El diablo meti la mano debajo de su tnica y sac un pedazo de caa,
con la cual se habia hecho una especie de tubo, cerrado por un nudo
natural en la parte inferior, y tapado con un pedazo de pino en la
parte superior.

El diablo quit aquel tapon y mostr  Kaibar el interior de la caa,
relleno de una especie de pomada verde.

--Esta es la hiel de un enamorado loco que se ahorc por una muger que
no le amaba, dijo Satans.

--Y para qu sirve este unto?

--Cuando quisieres penetrar hasta Zairah, ntate con l las sienes,
sobre el corazon, en las palmas de las manos y en las plantas de los
pies y pronuncia su nombre.

El diablo entreg la caa con su contenido maldito  Kaibar.

Kaibar se unt inmediatamente con aquella verde pomada las partes que el
diablo le habia dicho, y pronunci el nombre de Zairah.

Aun no habia acabado de pronunciarle, cuando se encontr sobre una
montaa al pie de un castillo, junto al muro de unos jardines.

Una muger jven, negra y hermosa, adelantaba sobre un caballo negro,
precedida por un perro, y seguida por un caballero armado con armas
negras, ginete en otro poderoso caballo.




XLIII.


Al ver la dama  Kaibar se estremeci.

El perro-leon rugi.

El caballo se encabrit y luego parti  la carrera.

Tras el caballo que conducia  la jven, parti el del caballero del
arns negro.

Kaibar con la pujanza de un jigante, sigui  la carrera al caballo que
conducia la dama.

El destino habia reunido  los tres hermanos.

Muy pronto, y por distinto camino, se perdieron el caballo de la dama
negra, y el del caballero del negro arns.

--Y cosa estraa!

Delante de Kaibar corria, corria, como pretendiendo guiarle, su tio, el
hermano de su padre, el perro-leon.

Quin era el otro caballero de las armas negras?

Cmo habia podido apoderarse de la negra y hermossima dama?

Aquel caballero era Jacub, el otro hijo del rey Jask-Al-bahul.

El hermano de Kaibar.

Una noche velaba Jacub.

Ya lo sabeis.

El mismo nos lo ha dicho.

La plida luz de la luna iluminaba las almenas de la torre de la
alcazaba de Kaibar, donde el jven prncipe se encontraba.

Estaba triste.

Un sueo vago y misterioso de amor habia enlanguidecido su alma.

Ansiaba, y no sabia lo que ansiaba.

Tenia sed, y no sabia en qu fuente podia templarla.

Su corazon ardia, y Jacub buscaba en vano la causa de aquel fuego.

De improviso, all  lo lejos, como viniendo del otro lado de los mares,
reson una voz dulcsima y oy aquel romance de amores que decia:

       Libres los vientos--zumbando vagan;
    libres navegan--las nubes blancas,
    del firmamento--la azul campaa;
    libres batiendo--las leves alas,
    las golondrinas--besan las aguas,
    del ancho lago--que riza el aura;
    libres las ondas--la curva playa,
    amantes orlan--de espumas cndidas;
    las mariposas--engalanadas
    ora revuelan,--ora se paran,
    entre las flores--de mi ventana,
    y yo entretanto--me miro esclava,
    me cercan muros,--puertas me guardan,
    y en mis megillas--el sol v lgrimas,
    cuando aparece--por la maana,
    y aun v mis ojos--que el llanto empaa
    cuando  los mares--cansado baja.

Y el eco lnguido y cadencioso, repetia dbilmente aquel cantar que
parecia habian traido  los oidos de Jacub hadas invisibles.

Jacub habia sido educado en Cairvan, sin conocer su orgen, por un
anciano kad.

Cuando despues de haber permanecido largo tiempo en las almenas de la
torre, despues de que se hubo perdido en el silencio el lejano y
voluptuoso eco de la cancion, baj  la cmara, encontr prosternado y
orando al anciano kad.

--Qu tribulacion nos amenaza, mi buen Abu-Kair? dijo el jven prncipe
dirijindose al anciano.

--La tentacion vuela en torno de m, dijo el anciano; Satans ha rozado
mi frente con sus alas de vampiro.

--Y qu te ha dicho Satans?

--Oh! el prfido me enseaba una bolsa llena de oro.

--Una bolsa llena de oro!

--Y un anillo con una gruesa esmeralda.

--Ah!

--Y un rosario de coral y de diamantes.

--Cosa estraa! dijo el prncipe; yo tengo oro y un anillo con una
esmeralda y un rosario de corales y diamantes!

--En efecto, el diablo para ofrecerme estas cosas, habia tomado tu
figura.

--Ah, el malo! pues si yo estaba hace poco en lo alto de la torre!

--Ya lo sabia yo; y adems habia conocido  Satans, porque aunque habia
tomado tu figura, no habia podido replegar de tal modo  sus espaldas
sus negras alas que yo no las viese.

--Ah! y qu te decia?

--Yo amo  una muger, no la conozco; pero la siento en mi alma; debe ser
muy hermosa, porque mis ojos la buscan ansiosos como el ciego busca la
luz; muy jven, porque mi alma al sentirla se refresca; muy pura, porque
el fuego en que enciende mi alma es dulce y tibio como el sol del primer
dia de la primavera.

--Ah! pues yo amo as; yo siento as, dijo el prncipe. Y qu mas te
decia el condenado?

--Esa doncella debe ser princesa, porque al presentirla, mi alma se
enorgullece; hija de un poderoso debe ser.

--S, s, as lo siento yo. Pero contina relatndome lo que decia el
negro espritu bajo mi figura.

--Me decia: yo no s quien soy y quiero saberlo, hnme criado sin
decirme el nombre de mi padre, pero debe ser poderoso y noble, y debe
amarme mucho, porque yo tengo hermosos caballos de Arabia, y armas de
oro, y tnicas preciadas, y joyas, y tesoros. Quin es mi padre?

--Y qu contestaste t al diablo?

--Yo le dije, no te lo puedo decir. Entonces el diablo sac una gran
bolsa y me la mostr.

--Era cmo esta? dijo el prncipe sacando una bolsa, y mostrndola al
kad; cuyos ojos brillaron.

--Como esa era.

--Toma, pues, dijo el prncipe; quiero que tu sueo se realice.

El kad se apoder con nsia de la bolsa.

--Pero dime lo que dijiste al diablo en mi figura; dijo el prncipe.

--Yo, dijo el kad, dije al diablo: t eres hijo de un rey.

--Hijo de un rey! de un rey poderoso!

--S, de un rey que tiene sus dominios en los linderos del Desierto.

--Y cmo se llama ese rey?

--Lo mismo me pregunt el diablo, pero yo no quise contestar; entonces
me ense una hermosa sortija con una gruesa esmeralda y me dijo: tuya
es si me declaras el nombre de mi padre.

--H aqu la sortija, dijo el prncipe quitndose de un dedo de la mano
izquierda una magnfica esmeralda.

El kad se apoder de la sortija con doble nsia que con la que se habia
apoderado de la bolsa.

--Tu padre se llama Jask-Al-bahul, dijo el kad.

--Y dime, tiene mi padre otros hijos? y tngalos  no, por qu me ha
separado de s?

--Esta misma pregunta me hizo el diablo, repuso el kad, pero yo call;
entonces el diablo me ense un largo rosario de corales y diamantes, y
me dijo:

--Esta joya es preciosa; si me revelas mi historia te la doy.

--Toma, toma, dijo el prncipe sacando do su seno un hermoso rosario de
corales y diamantes; pero cuntame mi historia.

El kad se apoder del rosario, y cont  Jacub la historia de su padre
y el horscopo suyo y el de sus hermanos.

Jask  nadie habia revelado aquel secreto, pero lo sabia el diablo que
todo lo sabe, y tomando la figura del kad, que dormia en otro aposento,
habia revelado al jven prncipe su destino, y al revelrselo se habia
valido de aquellas trazas para quitarle el bolsillo, la sortija y el
rosario, que eran tres talismanes que debian proteger al prncipe contra
la desgracia.

Cuando el prncipe supo su historia, dijo:

--Ah! por noble y alta y poderosa que sea la princesa que me enamora,
yo soy tambien alto, noble y poderoso; pero dnde est esta princesa,
cuya voz he oido dulce y enamorada, como viniendo de la inmensidad?

--Yo no puedo decrtelo, seor, contest el falso kad, esto es: el
diablo que para perder al jven, habia tomado la figura del kad: pero
puedo decirte donde hay un sbio, que te revelar lo que deseas.

--Y dnde mora ese sbio?

--En la selva cercana  Kairvan.

--Pero yo no puedo salir de este castillo.

--Yo te sacar de l: sgueme; pero es necesario que te dejes vendar los
ojos.

Y el diablo vend los ojos al prncipe, le asi de la mano, y le gui.

Estuvieron andando durante mucho tiempo; primero subiendo y bajando
escaleras, despues atravesando subterrneos, al cabo marchando por el
campo.

Despues de algunas horas de marcha, el diablo se detuvo, quit de los
ojos la venda al prncipe, y este se encontr en una inmensa caverna, 
cuyo fondo se despeaba un torrente que salia por la entrada de la
caverna y se perdia en la selva.

A la mrgen izquierda del torrente, sobre unas peas, debajo de la
bveda natural de la caverna y como escondida en un negro seno, habia
una choza formada por troncos de rboles y ramas secas.

Dentro ardia una luz rojiza.

Sentado junto  aquella luz habia un viejo, viejsimo, que cantaba
tristemente:

Est escrito: la torre se levantar sobre la sima.

Y la torre tendr siete suelos.

Y cada uno de estos suelos estar habitado por un espritu maldito.

Y cuando ya estuvieren en la torre los siete espritus condenados, la
guardar otro ginete en un caballo sin cabeza, acompaado de un perro
velludo.

As est escrito, y lo que est escrito se cumple.

Faltan aun centenares de aos para que se cumpla lo que est escrito.

Pero finados que sean esos aos, lo que est escrito se cumplir.

Jacub, que habia oido esto, se volvi al diablo que habia tomado la
figura del kad para conducirle all, y no le encontr.

Entonces, decidido  todo, entr en la oscura cabaa donde cantaba el
viejo.

--Quin eres? le pregunt este al verle entrar.

--Yo soy el prncipe Jacub, hijo del poderoso rey Jask-Al-bahul.

--Ah! t eres el que ests enamorado de tu hermana?

--Qu! esclam el prncipe: es el de mi hermana Zairah, el dulce, el
ardiente espritu que vive dentro de mi alma?

--S.

--Y cmo har para llegar  mi hermana?

--No te retrae de tus amores el saber que es hermana tuya?

--No.

--No temes perder tu alma logrando tus deseos?

--Yo la amo.

--Y si tu hermano la amase tambien?

--Mataria  mi hermano.

--Y si yo te pidiese tu alma por el cumplimiento de tus deseos?

--Pero quin eres t?

--Yo soy Satans.

--Ah! y necesitas mi alma  cambio de mi amor?

--S.

--Y no me dars mi amor, si no te doy mi alma?

--No.

--Pues te la doy.

--Firma aqu, dijo el diablo, presentando  Jacub un papel en blanco.

Jacub enloquecido por su amor firm.

--Dame mis amores, dijo despues de haber firmado.

El diablo hiri con el pie el suelo, tembl ligeramente la tierra, se
oy en sus entraas un sordo bramido, y apareci saliendo de la tierra
un caballo negro encubertado de batalla, llevando sobre su lomo una
armadura negra completa, un escudo, una lanza, una hacha y una espada.

--Cete esas armas que estn sobre el caballo, dijo el diablo.

Jacub se ci el arns negro y reluciente.

Crey entonces que su vida se aumentaba, que se aumentaban sus fuerzas,
que se aumentaba su entendimiento. Sintise mas jven, mas ardiente, mas
gil.

Supo cosas que hasta entonces no habia sabido.

En una palabra: se trasform en otro hombre y creci en hermosura.

--Monta  caballo, le dijo el diablo.

El prncipe mont, el caballo se encabrit feroz, pero el prncipe le
contuvo, y le hizo piafar dcil  su mano.

--Y qu he de hacer ahora para llegar  la amada de mi alma?

--Ese caballo te llevar veloz como el pensamiento.

--Pero mi amada est encerrada tras fuertes murallas!

--Mientras lleves puesta esta armadura negra, no solo te defender ella
de todos los peligros, de todos los golpes, de todas las asechanzas,
sino que podrs entrar en donde quieras y salir cuando lo deseares. La
persona que lleves asida de la mano, podr entrar y salir del mismo
modo, y asimismo las personas que vayan asidas  la que vaya asida  t.

--De modo que podr penetrar hasta Zairah?

--En este momento suea Zairah contigo, y te llama.

--Pues bien, caballo mio; llvame hasta el castillo donde mora mi
amada.

Apenas habia pronunciado el prncipe estas palabras, cuando el caballo
parti como una flecha, sali de la caverna, atraves la selva, atraves
la sierra, lleg al mar, le pas, puso los cascos en las playas de
Andaluca, trep por las verdes vertientes de las Alpujarras, y poco
despues quedaba inmvil delante de la puerta de un fuerte castillo.

Aquel castillo era el en que estaba cautiva desde su infancia Zairah.




XLIV.


Velaba Zairah.

Una vision de amores la habia despertado de su sueo.

Veia ante s un caballero blanco, plido, hermoso, que la miraba
intensamente, acaricindola con la dulce mirada de sus resplandecientes
ojos negros.

--Oh t, vision de mi deseo, dijo Zairah,  semejanza de un hombre! oh
t,  quien mi corazon ama! sino existes desaparece, pero si vives, si
me escuchas, si me amas como yo te amo, ven!

Ven, porque me siento morir.

Mi cautiverio me es ya insoportable.

Mi soledad horrorosa.

Ven, amado de mi alma.

D vida  mi corazon y libertad  mi tristeza, y consuelo  mi
desesperacion.

Ven que yo te amo.

Y mi amor es vrgen, vrgen como el primer perfume de las pequeas
violetas azules y amarillas que orlan los bordes de mis bcaros en la
primavera.

Ven, amado de mi alma, que soy hermosa.

Ven, y yo ser para t la paloma amante que arrullar tu sueo.

T sers para m el cedro oloroso y fuerte donde anida la paloma.

Ven, amado de mi alma, si existes; y si no existes, huye de mi
pensamiento, fantasma tentador, y no me atormentes.

De improviso call Zairah.

Habia sentido pisadas, unas pisadas que la eran desconocidas.

Son una puerta, y las pisadas se sintieron mas prximas.

Abrise por fin la puerta del compartimiento donde se encontraba Zairah,
y apareci Jacub.




XLV.


Zairah se puso de pie.

Al verla Jacub tan hermosa, tan deslumbrante, retrocedi y qued
inmvil.

--Quin eres t? dijo Zairah con voz dulce, adelantando hcia l.

--Yo te amo, dijo Jacub saliendo  su encuentro.

Y Zairah vi en Jacub al amante de su vision.

Y Jacub vi en Zairah  la amada de su pensamiento.

--Y yo te amo, dijo Zairah, arrojndose en los brazos de Jacub.

Entonces reson leve, amarga, distante como venida de la inmensidad una
carcajada horrible.

Una carcajada del infierno.

Y los jvenes no la oyeron, porque habian nacido para amarse y estaban
trasportados de amor el uno en los brazos del otro.

Y tras la infernal carcajada, son una voz tan pavorosa como ella.

Y aquella voz esclam:

Lo que est escrito se cumple: la descendencia de Abraham vuelve  ser
maldita.

Y zumb el huracan al rededor de los muros.

Y penetrando en un pujante remolino por los ajimeces, apag la lmpara
que alumbraba el retrete de Zairah.




XLVI.


Empez  amanecer.

Una blanca faja de luz orl el horizonte.

Aquella luz dbil fu creciendo, creciendo, y al fin ilumin los objetos
de la cmara de Zairah.

Zairah dormia en el divan.

En sus entreabiertos labios vagaba una sonrisa de deleite.

Y Jacub la contemplaba con espanto.

Porque Zairah, de blanca que era como el alba, se habia tornado negra
como la noche.

Y sin embargo, su hermosura habia crecido hasta el punto de ser
irresistible.

Del mismo modo que habia cambiado el color de su tez, habia cambiado el
color de sus ropas.

Su tnica, de blanca que era se habia vuelto roja.

El collar de azabache que antes enaltecia la blancura de su garganta, se
habia convertido en una gargantilla de perlas, cuya lasciva blancura
contrastaba con el luciente negro de su cuello y de su seno.

Y Jacub la contemplaba con espanto y con adoracion  un tiempo.

Y como si la mirada fija y candente de Jacub hubiera tenido una fuerza
sobrenatural, Zairah abri los ojos.

Oh! y qu mirada la de los ojos de Zairah!

Brillaban como astros de amor, enamoraban como las mas dulces palabras,
como las mas regaladas armonas, como los perfumes mas suaves.

Jacub se sinti morir.

Y Zairah, al ver la luz del dia esclam:

--Huyamos, amado mio! huyamos! si es que puedes sacarme por donde tu
has entrado; huyamos! porque si te encuentran aqu, te matarn.

Huyamos y vivamos siempre juntos.

No quiero volver  estar sola.

Si tu me dejases, aqu moriria; y moriria desesperada.

Y t no querrs que tu Zairah muera.

--Oh! no!

Cunto te amo. Creo que tu amor me ha dado una nueva vida.

Y s, s; me estoy viendo en mi hermoso espejo de plata y estoy mas
blanca, mas blanca: y mis ojos y mis cabellos son mas negros.

--Blanca! blanca! esclam con terror Jacub.

Y mir al espejo en que se miraba la jven.

Y su terror se aument.

En efecto, en el espejo Zairah parecia blanca, de una manera
deslumbradora.

Pero cuando la miraba Jacub, la veia negra.

Qu podia ser aquello?

Y Zairah esclamaba:

--Huyamos, amado mio! huyamos! porque si te encuentran aqu te
matarn.




XLVII.


Entre tanto,  mejor, poco antes de que amaneciera, una inmensa nube
flotaba en el espacio y adelant de la parte de Oriente  la de
Occidente.

Cuando estuvo cerca del castillo de las Alpujarras, donde habia estado
encerrada veinte y un aos Zairah, la nube descendi.

Empezaba  amanecer.

A la dudosa luz del crepsculo pudo verse, que lo que parecia una nube
era un inmenso pao rojo.

Era en efecto la bandera mgica que en los tiempos de su juventud habia
tomado Jask-Al-bahul  los jigantes del Desierto.

La bandera descendi  los pies del castillo, sobre la cumbre de la
montaa.

Sobre la nube venian Jask-Al-bahul, su caballo, en pelo, sin mas que el
freno, y el perro-leon.

Cuando hubieron llegado, Jask, su hermano el perro y su caballo,
salieron de la bandera.

En cuanto hubieron salido de ella, la bandera roja se evapor como una
emanacion de sangre.

Jask, llevando del diestro  su caballo y seguido por su hermano el
perro se diriji  la poterna del castillo.

Jask vi con terror que junto  la poterna habia un caballo encubertado.

--Oh! si habr llegado tarde! esclam.

Y apresur el paso, hcia la poterna.

Pero antes de llegar  ella, la poterna se abri y apareci Jacub
llevando de la mano  Zairah.

Jask la vi negra, como la veia Jacub, y al reparar en su color lanz un
grito de espanto y se arroj hcia los dos jvenes.

Pero antes de decir lo que aconteci, digamos por qu habia venido al
castillo donde se guardaba su hija sobre la roja bandera de los jigantes
el rey Jask-Al-bahul.




XLVIII.


Hacia algun tiempo que Jask veia en sueos una vision terrible.

Un jven hermoso y plido adelantaba hcia l llevando  una jven de la
mano.

Jask queria ponerse entre ambos jvenes; pero en el punto en que lo
pretendia, sus ojos se nublaban, zumbaban sus oidos y un frio de muerte
helaba su corazon.

Este sueo se repiti siete veces consecutivas.

Entonces, lleno de un vago terror, Jask hizo que sus astrlogos
consultasen las estrellas.

Y los astrlogos le dijeron:

--Seor, t tienes una hija y dos hijos.

--Es verdad, dijo el rey.

En otro tiempo, por consejo de tus astrlogos, que habian consultado por
tu mandato el libro infinito, alejaste de t  tu hija y procuraste que
de nadie fuese vista.

--Es verdad.

--Mas tarde separaste de t  tus otros dos hijos; enviaste el uno al
Oriente y el otro al Occidente, y procuraste que no conociese su origen.

--Es verdad.

--Pero el diablo los har conocerse: es mas, los reunir: tu hija ser
de uno de sus hermanos, y ste matar al otro. Adems hay delante de tu
horscopo una nube roja.

--Y cundo conocer mi hijo  su hermana? Cundo el un hermano matar
al otro?

--Dentro de muy pocas horas, dijeron los astrlogos, si hemos de creer 
las estrellas.

--Dentro de muy pocas horas! esclam aterrado Jask. Y cmo impedir
esas horribles desgracias? El castillo en que tengo encerrada  mi hija
est al otro lado de los mares, en las tierras de Occidente: de aqu 
all hay centenares de leguas.

--T puedes hacer ese viaje en un instante, dijeron los astrlogos.

--Y cmo? un guila tardaria en llegar.

--T poses algo que vuela con mas rapidez que un guila.

--Yo!

--S, t. Tienes en la grande aljama, sirviendo de alfombra....

--Ah! s, es verdad! la bandera de los jigantes que venc con la ayuda
de Dios.

--Pues bien; monta  caballo para llegar mas pronto  la grande aljama;
toma esa bandera, ponte sobre ella, y ella te llevar  donde deseas;
pero si cuando llegares vieres  tu hija convertida de blanca en negra,
habrs llegado tarde; tu hija habr sido la manceba de su hermano.

Baj  las caballerizas, seguido del perro su hermano, puso un freno 
su caballo de batalla, y sin entretenerse  encubertarle, ni aun 
ensillarle, por no perder tiempo, mont en l en pelo y se diriji  la
carrera  la grande aljama; tom la bandera, la estendi, y l, su
hermano y su caballo se pusieron sobre ella.

Inmediatamente la bandera se levant en los aires y condujo
instantneamente  Jask al castillo de las Alpujarras,  punto que
salian por la poterna Zairah y Jacub asidos de las manos.




XLIX.


Jask se precipit hcia ellos.

--A dnde vais, desdichados? esclam.

--Quin eres t? esclam Jacub con fiereza.

--Yo!... quin soy yo? esclam Jask sin atreverse  contestar 
aquella pregunta.

--Querrs t impedir acaso que yo lleve conmigo  mi esposa?

--Zairah no puede ser tu esposa.

--Lo es ya, esclam Jacub.

--Ah! s, s, era blanca y est convertida en negra, esclam Jask
cubrindose el rostro con las manos.

--Qu quiere decir este hombre? esclam Zairah, que se veia blanca como
antes.

--Ese mancebo es tu hermano! esclam con desesperacion Jask.

Al oir estas palabras Zairah, se vi negra, y exhal un grito de horror.

Se desasi de la mano de Jacub, y pretendiendo huir de l, salt en el
caballo de batalla de su padre.

Al sentirla sobre s el bruto, parti  correr.

--Ah! esclam Jacub palideciendo de muerte y cerrando con su padre sin
conocerle: t me has robado  mi alma.

--Ah desdichado! esclam Jask cayendo herido de muerte  los pies de
Jacub: has sido impuro con tu hermana, y has teido tus manos en la
sangre de tu padre.

Y espir.

Las ltimas palabras de Jask-Al-bahul, retumbaron terribles en el
corazon de Jacub.

Y sin embargo, salt sobre el arzon de su caballo, y sigui  la carrera
 Zairah que se alejaba.

Entonces fu cuando apareci Kaibar, y se puso en seguimiento de Zairah.

El perro-leon, rugi dolorosamente junto al cadver de su hermano, y
sigui  su sobrina, precediendo  Kaibar.




L.


Durante todo el dia Kaibar sigui  Zairah.

El caballo de Jacub habia tomado otro camino y no parecia.

Al fin al trasponer el sol los horizontes, despues de haber corrido
entre montaas y precipicios, desbocado su caballo, y con el terror en
el alma, Zairah lleg  la sima, sobre la cual debia levantarse la torre
de los siete suelos, y cay desmayada  la aproximacion de Kaibar.

Jacub habia sobrevivido al fin, y un hermano, para que se cumpliese lo
pronosticado por las estrellas, habia caido  las manos del otro durante
el desmayo de Zairah.

Kaibar habia caido  lo profundo de la sima, el caballo de Jask-Al-bahul
en que habia llegado Zairah, habia caido tambien despeado en el abismo.

El perro habia lamido la sangre de Kaibar, Jacub habia lanzado  la sima
su pual ensangrentado.

Habia salido la luna.

Cuando Zairah volvi en s, solo encontr  su lado  Jacub.

El perro-leon estaba sentado, amenazador y terrible en medio de los dos
jvenes.




LI.


Zairah se pas la mano por la frente, y apart de sobre ella las pesadas
bandas de sus cabellos.

Sus ojos miraban con espanto  Jacub.

--Con qu t, esclam; t, el mancebo hermoso de mi amor, eres mi
hermano!

--Tu hermano! miente aquel hombre que lo dijo, esclam Jacub.

--Aquel hombre!... aquel hombre tenia algo que me espantaba, esclam
Zairah.

--Esto ha sido un sueo, un sueo que no debemos recordar, alma ma.

--Un sueo! no: yo era blanca como la nieve y ahora, mis brazos, mi
senos estn negros, negros como el carbon.

--Oh, no! t sueas! esclam estremecindose Jacub.

--Debemos de haber cometido un crmen horroroso, esclam Zairah.

--El crmen de haber nacido destinados el uno para el otro.

--Quin sabe si nos ha unido el infierno?

--El infierno!

--He tenido un sueo! una vision!

--Una vision!

--S! una vision horrorosa.

--La noche nos rodea, la luna brilla en los cielos, los aires son puros,
todo nos convida  amar; por qu hemos de hablar de cosas lgubres?

Y Jacub adelant hcia Zairah.

--No me toques: no me toques; esclam la jven retirndose.

--T no me amas, dijo sombriamente Jacub.

--S, s! te amo, pero de otro modo.

--De otro modo!

--S, de una manera mas dulce, mas tranquila: te amo como amara  mi
hermano, y nada mas.

--Oh! cuando me viste la noche pasada junto  t, no me hablabas de tal
manera.

--Entonces era blanca, y ahora soy negra.

Jacub se estremeci.

--Pero yo te amo del mismo modo, con toda mi alma, dijo.

--Oh! no! no! he soado...

--Pero qu has soado?

--Me parece que acabo de despertar del sueo, un sueo de sangre.

--De sangre?..

--S.

--El terror de que estabas poseida....

--Dime que se ha hecho del buen caballero que nos dijo que ramos
hermanos?

--Se fu, contest con voz ronca Jacub.

--Se fu! y aquel otro hombre horrible de la cabellera roja?

--El que te perseguia?

--S.

--Se fu tambien.

--Mira, yo los he visto en el sueo sombro que acaba de pasar por m.

--Que los has visto?

--S, ensangrentados y plidos.

--No, no puede ser, esclam Jacub, cuya turbacion crecia.

--S, s, el caballero melanclico, grave, tenia abierto el pecho de una
pualada, y corria la sangre de la herida, y me miraba con dolor.

--Ah! no, no.

--Le he visto...

--Te lo repite tu terror.

--El otro, el de la cabellera bermeja, estaba despedazado, magullado,
como un hombre que ha caido despeado sobre rocas.

--Ah! no, no.

--Y el buen caballero me decia: t eres mi hija.

--Te llamaba su hija!

--Y el hombre de la cabellera bermeja me decia: t eres mi hermana.

--Su hermana! no, no puede ser!

--Y el caballero aadia: mi hijo me ha asesinado: y el hombre bermejo
decia: mi hermano me ha asesinado.

Jacub lanz un gemido.

--Y alrededor de los que se decian mi padre y mi hermano, vagaban muchas
sombras entre una atmsfera de fuego, y todas decian en coro:

--Nuestra raza se ha terminado, pero ha terminado maldita.

El terror de Jacub se aument, y adelant hcia su hermana.

--Oh! no me toques! no me toques! esclam esta retirndose.

--Pero yo te amo.

--Nuestro amor es maldito.

--Y crees t en sueos?

--Los sueos son avisos de Dios.

--O del infierno.

Y Jacub di otro paso hcia Zairah.

--No me toques, esclam esta; sino quieres morir y matarme.

--Cmo!

--No he acabado de decirte mi sueo: soaba lo que est aconteciendo
ahora mismo; en medio de los dos habia un perro horrible, t pugnabas
por acercarte  m, el perro gruia de una manera amenazadora y t
seguias acercndote como te acercas; al fin me asas una mano, y el
perro, el perro nos arrastraba  los dos...

En aquel momento Jacub asi la mano de Zairah.

Un estremecimiento poderoso, un frio horrible, pas por el cuerpo de
los dos hermanos, y el perro lanzando roncos, desesperados ladridos, se
lanz en la sima.

Y como arrastrados, como atraidos por l, se precipitaron tambien en la
sima los dos hermanos asidos de las manos.




LII.


Y al caer los dos hermanos en la sima, un alarido atronador, un coro
infernal de voces condenadas se levant sobre ella.

Nuestra raza maldita, se ha estinguido en la maldicion.

La torre se levantar sobre la sima, y con la torre el castillo
resplandeciente.

Y pasarn para esto centenares de aos.

Y Jacub, el ltimo hijo de la familia condenada, el incestuoso, el
parricida, el fratricida, vagar insepulto alrededor de la torre, hasta
que una sultana que haya sido parricida, adltera  incestuosa, muera en
el castillo.

Y entonces nosotros descansaremos perdonados por nuestra espiacion en
un infierno, y solo quedarn en el oscuro fondo de la torre la muger
adltera y parricida y su cmplice, y nuestro hermano el perro velando
en la torre.

Nuestra raza maldita se ha estinguido en la maldicion.

La torre se levantar sobre la sima, y con la torre el castillo
resplandeciente.

Callaron las voces infernales, se apag el eco que habian producido, y
nada se escuch cerca  lejos de la sima: quedaron los alrededores
desiertos y la luna alumbrando blandamente  la noche.




LIII.


Poco tiempo despues de estos sucesos vinieron los rabes  Espaa y la
conquistaron.

Levantaron castillos en las montaas, y atalayas en las cumbres.

Sin embargo, la sima maldita permaneci abierta y sin que pasase junto
 ella, hombre, animal, ni fiera, durante un espacio de mas de
quinientos aos.

Hasta que el rey Nazar construy la Alhambra.

Entonces sobre la sima maldita, se levant la torre de los Siete Suelos.

Y apenas se levant la torre, cuando todas las noches salia de su fondo
un espectro condenado, que vagaba por el alczar, esperando  la sultana
que habia de dar la seal con sus crmenes del descanso de la
descendencia de Abraham y de Leila-Fatimah.

Pasaron sin embargo todavia mas de cien aos.

Al fin, la sultana Ketirah, la esposa adltera de Abul-Walid, muri en
la torre de la Cautiva, y Jacub, que no era otro el mago que habia
impulsado al rey Abul-Walid hcia los amores de Mara, pudo al fin decir
 su familia:

--Descansad; vuestras penas estn cumplidas, la sultana envenenadora,
adltera, incestuosa, ha muerto en el alczar de la Alhambra; su
complice va  bajar al infierno de la torre.




XLIV.


Y en efecto Masud-Almoharav baj al fondo de la torre, pero ginete en
un caballo sin cabeza, y precedido de un perro lanudo.

Quin habia descabezado al caballo de Masud-Almoharav?

Recordemos lo que ya hemos referido.

Cuando auxiliado por el infante Ebn-Ismail, Gonzalo se deslizaba con
Mara, por la escala, fuera de la torre de la Cautiva, Masud-Almoharav,
se lanz tras ellos, no sin recibir al lanzarse una pualada del infante
Ebn-Ismail.

Sin embargo,  pesar de lo mortal de la herida, al mismo tiempo que
Gonzalo montaba en su caballo con Mara, desmayada aun, Masud mont en
otro que tenia del diestro un esclavo, y parti  la carrera tras
Gonzalo.

Delante del caballo que montaba Masud, corria ladrando el perro-leon, el
lanudo perro hermano de Jask Al-bahul.

Cuando Gonzalo hubo salido del barranco not que le seguian.

Al notarlo not tambien que quien le seguia era un hombre solo.

Entonces revolvi su caballo, y acometi con la espada desnuda  Masud.

Masud sorprendido, sin tener tiempo de enristrar su lanza, encabrit
para defenderse su caballo.

La espada de Gonzalo brill como un relmpago, y la cabeza del caballo
rod por tierra.

Entonces aquel caballo sin cabeza, arrastr consigo  su ginete,
siguiendo siempre al perro que ladraba, y perro, caballo y hombre, se
encontraron en una magnfica cmara, sostenida por columnas y arcos
calados en el fondo de la torre de los Siete Suelos.

Apenas se encontraron all, el caballo qued inmvil en el centro de
aquella magnfica cmara, el perro se ech  sus pies y se durmi,
Masud-Almoharav, el hombre condenado, se apoy en su lanza, inclin la
cabeza y se durmi tambien.

Gonzalo y Mara entretanto, adelantaban hcia la frontera cristiana.

Llegaron al cabo  ella.

Algun tiempo despues eran esposos.

Y el espritu de Masud-Almoharav vi aquellas alegres bodas, y los
celos fueron su tormento.

Y aguijado por su dolor, todas las noches  la media noche, sale de la
torre en el caballo sin cabeza, precedido del perro, recorre los bosques
de la Alhambra con la lanza en ristre, y vuelve al instante al fondo de
la torre, de donde sale, y cae en un letargo de penas, soando siempre
en la felicidad de Mara.

Esta es la tradicion del _Belludo_ y del _Descabezado_ de la torre de
los Siete Suelos.

       *       *       *       *       *

[imagen no disponible: El Belludo y el descabezado]




APUNTES HISTRICOS

     en que se da una breve noticia de los reyes de Granada que
     existieron despues del rey Abul-Walid, y antes del rey
     Abu-Abdalah-al-Zaquies-el-Zogoibi, ltimo seor moro de Granada.




I.


El rey Abul-Walid, dej cuatro hijos: Muhamad, su sucesor de doce aos;
Farag, el segundo; Abul-Hegiag, el tercero,  Ismail, el cuarto.

El mayor de estos cuatro hijos, fu proclamado bajo el nombre de
Abu-Abdallah-Muhamad IV, el mismo dia en que muri su padre.

En razon  la corta edad del rey, el wazir Almabrub tom sobre s el
gobierno del reino.

Muy pronto la altivez y avaricia de este wazir, provocaron el disgusto y
las demostraciones del esclavizado pueblo, y tres aos despues de su
exaltacion al trono, el rey Muhamad, que solo tenia quince aos, le
mand cortar la cabeza  la vuelta de una empresa sobre la frontera de
Castilla, y tom las riendas del gobierno.

En sus primeras espediciones, conquist  Baeza y  Gibraltar.

Poco despues perdi  Gibraltar de nuevo, contra el emir de Fez Abul
Hassau.

Pero en vez de disputarle Muhamad esta conquista, prefiri aliarse con
l, y tan de buena f lo hizo, que cuando los cristianos bajo las
banderas de Alonso el XI de Castilla, fueron  cercar aquella plaza,
acudi  socorrer al emir de Fez para que no se la arrebatasen.

Hizo levantar el sitio, y cuando penetr en la plaza, hizo conocer  los
xaques y capitanes africanos con injuriosas pullas, el servicio que les
habian prestado, y ofendidos estos le asesinaron, cuando se embarcaba
para ir  visitar al emir de Fez su aliado.

Muhamad muri en la primavera de su juventud, aun no cumplidos los
veinte aos.

Inmediatamente los wazires y la nobleza proclamaron rey al hermano del
difunto, Abul-Hegiag, y este mand recoger el cuerpo de su hermano y le
llevaron  Mlaga, donde fu enterrado en una huerta del rey fuera de la
ciudad.

Sobre su sepulcro se escribi el epitafio siguiente:

Este es el sepulcro del noble rey, fuerte, magnnimo, liberal,
esclarecido, Abu-Abdallah-Muhamad, de feliz memoria, de la real
prospia, prudente, virtuoso, nclito guerrero, vencedor, caudillo de
vencedoras huestes, de la antigua  nclita familia de los Nazares,
prncipe de los fieles, hijo del sultan Abul-Walid-ebn-Ferag-ebn-Nazar,
 quien Dios haya perdonado y tenga en descanso. Naci (el Seor se
complazca de l), dia ocho de Muharram del ao de setecientos veinte y
cinco, y muri (Dios le perdone),  trece de Dilhagia del ao de
setecientos treinta y tres. Loor y gloria  Dios Altsimo  Inmortal.




II.


El nuevo rey Juzef-Abul-Hegiag, entabl inmediatamente negociaciones,
por las que obtuvo una tregua de cuatro aos entre Alonso XI de
Castilla, el emir de Fez Abul-Hassau y l. Ocupse durante esta paz
transitoria en la administracion de sus reinos. Di muchos decretos para
precisar la acepcion de las leyes oscurecidas por las sutilezas de los
imanes y de los katibs; estableci frmulas sencillsimas para los actos
pblicos y particulares, cre distinciones honorficas para recompensar
los servicios  imitacion de sus vecinos cristianos, concluy la
Alhambra y erigi otros muchos monumentos de que l fu el nico
arquitecto.

Apenas terminada la tregua, el emir de Fez envi  su hijo  hacer
escursiones en la Andaluca cristiana. Este jven prncipe, muri en
esta espedicion. Su padre Abul-Hassau jur vengar su muerte sujetando
de nuevo a los matadores al antiguo dominio de los Almoravides, y
public el _alqihed_  guerra santa, reuniendo sobre Ceuta las fuerzas
de su imperio, y atravesando el estrecho con doscientas naves, en las
que se trasladaban  Espaa cuatrocientos mil infantes y sesenta mil
caballos. El rey de Granada fu  unirse con l  Gezira Alhadra
(Isla-verde), y los dos ejrcitos combinados marcharon sobre Tarifa y la
cercaron.

Los reyes cristianos se estremecieron de espanto ante este nuevo
esfuerzo del Africa, y Alonso XI escit  los reyes de Portugal y de
Aragon para que su uniesen con l  fin de contrarestar al enemigo
comun.

La batalla del Salado decidi la suerte de aquella empresa.

Los moros fueron vencidos.

El harem del emir de Fez, su hermana, su hijo y sus tesoros cayeron en
poder de los cristianos.

Encerrado el rey de Granada en la Isla verde, se vi obligado para
volver  Granada  embarcarse secretamente, yendo  desembarcar en
Almuecar.

Sucesivamente, Alonso de Castilla se apoder de Tarifa, de la Isla verde
y de Algeciras.

Juzef era decididamente desgraciado en la guerra.

Habia nacido para la paz, para la ciencia, para las artes.

Fu el Augusto de Granada.

Instituy numerosas escuelas, y determin para todas las del reino una
enseanza igual; embelleci con mezquitas, algibes, cisternas,
hospitales y palacios la ciudad de Granada, y form  renov sobre
muchos objetos reglamentos que llevaron su nombre y que fueron, mientras
subsisti el reino, sus leyes.

Al fin, en 1354, un loco asesin  este gran rey mientras estaba orando
en la mezquita.

H aqu el epitafio de su sepulcro:

Aqu yace el rey mrtir y de alto linage, gentil docto, virtuoso, cuya
clemencia y bondad y dems escelentes virtudes, publica el reino de
Granada, y har poca en la historia de la felicidad de su tiempo:
soberano prncipe, nclito caudillo, espada cortante del pueblo muzlime,
esforzado alfrez entre los mas valientes reyes, que por la gracia de
Dios aventaj  todos en el gobierno de la paz y de la guerra, que
defendi con su prudencia y valor al Estado, y que consigui sus
deseados fines con la ayuda de Dios, el prncipe de los fieles,
Juzef-Abul-Hegiag, hijo del gran rey Abul-Walid, y nieto del escelente
rey Abu-Walid-Ferag-ebn-Ismail, de la familia Nazar, de los cuales el
uno fu leon de Dios, invencible domador de sus enemigos y sojuzgador de
los pueblos, mantenedor de los pueblos en justicia con leyes, y
defensor de la religion con espada y lanza, y digno de la memoria eterna
de los hombres: el otro  quien Dios haya recibido en su misericordia
entre los bienaventurados; pues fu columna y decoro de su familia, y
gobern con loable felicidad y paz el reino, mirando por la pblica y
privada prosperidad, que en todas las cosas hacia notar su prudencia,
justicia y benevolencia, hasta que Dios Todopoderoso, colmado ya de
mritos, le llev del mundo, coronndole antes con la corona del
martirio, pues habiendo cumplido la obligacion del ayuno, cuando
humildemente oraba postrado en la mezquita pidiendo  Dios perdon de sus
debilidades y deslices, la violenta mano de un impo, permitindolo as
Dios justsimo, para pena de aquel malvado, le quit la vida, cuando mas
cercano estaba de la gracia del Todopoderoso: lo que acaeci el dia
primero de Jawal, ao de setecientos cincuenta y cinco. Ojal esta
muerte, que hizo ilustre el lugar y la ocasion le haya sido de galardon,
y haya sido recibido en las moradas deliciosas del paraiso, entre sus
felices mayores y antepasados! Principi  reinar mircoles catorce de
Dilhagia, ao setecientos treinta y tres. Habia nacido dia veinte y ocho
de Rabie postrera, ao setecientos diez y ocho; alabado sea Dios Unico y
Eterno que da la muerte  los hombres y galardona con la
bienaventuranza.




III.


Al grande, al sabio, al justo rey Abul-Hegiag, sucedi su hijo Muhamad
V, tenia veinte aos de edad, era hermoso, de carcter firme, y de trato
apacible, siendo adems muy humano, generoso y franco. Dicen las
crnicas rabes que era tan compasivo, que muchas veces sus lgrimas
manifestaban cuanto sentia su corazon las aflicciones y calamidades que
le referian, y asimismo tan benfico y liberal, que ganaba el amor de
cuantos tenian la fortuna de tratarle; neg la entrada de su alczar 
los aduladores y ministros de lujo intil y de vana ostentacion, y
estableci en su casa un arreglado nmero de sirvientes, y cuanto
convenia  la decente magnificencia de la casa del rey, de un estado ni
opulento y vicioso, ni pobre  malandante. Con estas virtudes solo era
aborrecido de los malos y viciosos cortesanos; pero los principales y
gente noble del reino le estimaban, y todo el pueblo le miraba con
respeto, amor y confianza: sus principales entretenimientos y
diversiones eran los libros y los ejercicios de caballera, torneos y
gentilezas  caballo.

Puso las avenencias con el rey de Castilla y con Abu-Salem de Fez, y
gozaba el reino de bonancible calma. Luego que subi al trono cedi  su
hermano Ismail, y  sus hermanos y madrastra el alczar vecino al
principal palacio de su padre, donde l moraba, casa magnfica y llena
de comodidades, para que la habitasen con toda su familia. La sultana
madre del infante Ismail habia sacado inmensas riquezas el dia de la
muerte del rey Juzef, y desde luego trat de destinarlas en facilitar el
camino del trono  su hijo Ismail: gan  su hija que habia casado su
padre con uno de los prncipes de la sangre, llamado Abu-Abdallah, que
amaba perdidamente  su esposa, y por sus persuasiones entr en las
intenciones de la reina, madre de Ismail y de su muger y por este
prncipe y derramando riquezas, formaron un numeroso ejrcito de
conjurados.

Esta conjuracion empez  dar resultados.

Poco tiempo despues de la exaltacion de Muhamad al trono, se revel
alzndose con ttulo de rey en Gibraltar el wal de aquella fortaleza
Iza-ebn-Alasun-ebn-Al-Mandil-Alascar, y trat cruelmente  los que
habian permanecido fieles al rey. Pero las mismas crueldades de este
wal, hicieron que se volvieran contra l todos los habitantes de
Gibraltar, que le prendieron, envindole  Ceuta con su hijo, donde
murieron ambos entre los mas crueles tormentos  manos del reyezuelo de
Africa, seor de Ceuta Abu-Anan.

Apesar de este mal xito, las rebeldas continuaban sostenidas por la
sultana madrastra del rey Muhamad, por su hermana y por su cuado
Abu-Abdallah.

Creyronse al fin en estado de dar el golpe, y habiendo escogido ciento
de los mas osados y valientes de sus parciales, escalaron de noche
silenciosamente la parte mas alta de la Alhambra y se ocultaron hasta la
media noche al canto del gallo del dia veinte y ocho de Ramazan del ao
setecientos setenta.

Dada la seal, los conjurados acometieron dando grandes voces,
atropellando y matando  cuantos encontraban; al mismo tiempo otros
conjurados rompieron las puertas de la casa del wazir y le mataron y 
su hijo y  muchos de la familia: el prncipe Abu-Abdallah, cuado del
rey, entr en la Alhambra proclamando  su otro cuado el infante
Ismail, creyendo muerto al rey Muhamad; pero los encargados de matarle,
se habian entretenido en el saqueo, y dieron tiempo para huir al rey
Muhamad,  quien una de las doncellas del harem disfraz de esclava,
huyendo con l  caballo, sin parar hasta la ciudad de Guadix, donde
libre el rey del peligro, fu recibido con entusiasmo por los leales
habitantes.




V.


El infante Ismail fu proclamado rey.

Paseole  caballo por la ciudad su cuado y favorecedor Abu-Abdallah
entre sus parciales, y sin perder tiempo escribi al rey de Castilla
para que le favoreciese y le tuviese por su vasallo, lo que consigui
fcilmente.

Entretanto el destronado rey Muhamad, aunque confiaba en la lealtad de
los de Guadix, envi mensageros al emir de Fez participndole lo que le
acontecia y pidindole ayuda.

Pidisela de igual modo al rey de Castilla.

Pero viendo que ninguno de los dos le socorria, parti de Guadix
acompaado de gran nmero de caballeros, se embarc en Marsella y se
traslad  Fez, donde el emir Abu-Salen le recibi con grande aprecio,
honores y distinciones, obsequindole con nunca visto aparato y
magnificencia, prometindole su ayuda, y con tanta presteza y
generosidad, que mand levantar dos ejrcitos que fuesen con l, y con
los cuales se embarc para dar la vuelta  Andaluca Muhamad, y cuando
estuvo en Espaa, escribi al rey de Castilla (Don Pedro el Cruel)
participndole el estado de sus asuntos y las razones que le habian
obligado  buscar auxilio en Africa.

Tembl Espaa  la presencia de la inmensa morisma que habia
desembarcado con Muhamad, y sobre todo, el usurpador Ismail, que se
apresur  salir contra aquella hueste  probar la fortuna de una
batalla.

Pero Muhamad era desgraciado.

En estos momentos supremos, cuando las armas iban  decidir su fortuna,
muri el emir de Fez Abu-Salen, que habia sido asesinado en Africa.

A esta noticia los caudillos de los berberiscos que ayudaban  Muhamad
se volvieron  Africa dejando solo  Muhamad, que se refugi en Ronda,
que se le mantenia fiel.

Desde all volvi  pedir socorro al nuevo emir de Fez.

Entretanto, el usurpador Ismail-Ebn-Juzef ocupaba el trono de la
Alhambra.

Era de buena estatura, y tan bello, que parecia una muger hermosa, pero
tenia tambien el nimo afeminado, dbil, y dado  los deleites y al amor
de las mugeres.

Su cuado Abu-Albdallah-Abu-Sayd, que le habia ayudado  subir al trono,
le trataba con desprecio, y muy pronto su ambicion no se satisfizo con
mandar  nombre del dbil rey, sino que quiso su corona.

Otra nueva conspiracion ensangrent la Alhambra.

Abu-Sayd y sus parciales se apoderaron del alczar, y el usurpador
Ismail se vi obligado  huir al palacio del Albaicin, donde fu cercado
y preso, y conducido  la Alhambra  la presencia de Abu-Sayd.

Este le trat con desprecio, le despoj de sus magnficas vestiduras y
le envi  una prision.

En el camino, los soldados que le conducian, le mataron de rden de
Abu-Sayd, y le cortaron la cabeza, que fu paseada en pblico.

De la misma manera cortaron la cabeza  su hermano menor el infante
Cas.

Nadie se atrevi  recoger los cuerpos despedazados de los dos infelices
infantes, que se pudrieron al aire, colmando el horror de aquella
traicion miserable.




V.


Abu-Sayd fu proclamado.

Entre tanto el depuesto rey Muhamad insistia pidiendo socorros para
recobrar el trono al emir de Fez y al rey de Castilla.

Al fin el rey don Pedro, disgustado con la conducta del usurpador
Abu-Sayd, envi  Muhamad un numeroso ejrcito de castellanos con mil y
quinientos carros cargados de mquinas de guerra.

Poco despues el rey de Castilla se puso en persona al frente de este
ejrcito y se encamin con l  Ronda; al llegar don Pedro  Hins
Casjara salile al encuentro el rey Muhamad con su ejrcito, y se uni 
l. Abu-Sayd, para resistir el empuje de esta alianza, se ali con el
rey de Aragon, aquel enemigo del rey don Pedro de Castilla, primo suyo,
Pedro tambien, llamado _El Ceremonioso_, y conocido entre los catalanes
por el del _punjalet_.

Entre tanto los dos ejrcitos, el de Castilla y el de Muhamad, unidos
como si fuesen uno solo, continuaron sus marchas y entraron en
Hins-Atara y la ocuparon, y los castillos y pueblos de la comarca que
se iban entregando al rey Muhamad.

Los sucesos de la guerra iban prsperos: el reino de Granada se abria al
legtimo rey; pero viendo este las tropelas que cometia en los lugares
donde entraba la soldadesca castellana, no lo pudo sufrir, dicen las
crnicas rabes, su paternal corazon, y rog al rey de Castilla
encarecidamente que se quisiese tornar con sus gentes, porque no podia
ver sin dolor las calamidades que causaba la guerra en sus pobres
pueblos, y que por toda la riqueza y podero del mundo no queria hacer 
sus muzlimes tanto mal y dao.

Don Pedro aprob la determinacion del rey Muhamad, y ofrecindole
sinceramente venir en su ayuda siempre que le necesitase, volvi 
Castilla dejando al buen Muhamad, que quiso mas bien continuar arrojado
sin razon del trono, que envolver  sus vasallos en los horrores de la
guerra civil.

Retirse, pues  Ronda, donde resignado  su suerte vivi feliz,
haciendo felices  sus vasallos con su gobierno paternal.

Muhamad se hacia amar por su templanza, al mismo tiempo que Abu-Sayd se
hacia aborrecible por sus tiranas,  pesar de algunas ventajas que
habia obtenido sobre los cristianos.

En una algara en que los wales de Abu-Sayd, habian desbaratado  los
fronteros de Andaluca, quedaron prisioneros muchos nobles de Castilla,
y entre ellos al maestre de Calatrava don Diego Garcia de Padilla,
hermano de la esposa del rey don Pedro[96], y los llevaron  Granada en
triunfo.

El rey Abu-Sayd, pensando captarse la voluntad del rey don Pedro, honr
y festej al maestre y  los nobles castellanos que con l habian sido
prisioneros, les di ricos dones, y los puso con el maestre en libertad,
suplicndoles interpusiesen su favor para que el rey de Castilla les
ayudase, y as se lo prometieron.

En este tiempo los de Mlaga, cansados de la tirana de Abu-Sayd,
proclamaron  Muhamad, y esta noticia que Abu-Sayd no esperaba, le
sorprendi y le llen de cuidado, hacindole desconfiar de la suerte que
hasta entonces le habia sido prspera.

Aumentaban sus recelos las contnuas deslealtades de sus mas privados y
favorecidos que le abandonaban, y se pasaban  Muhamad,  quien empezaba
 mostrarse prspera la fortuna, y al mismo tiempo le apuraba la falta
de sus rentas administradas por manos poco fieles.

Apurado, pues, por todas partes, tom una resolucion peligrossima.

Crey que le convenia pasar  Castilla y ponerse  la merced del rey don
Pedro.

Parti, pues, de Granada el mal aconsejado Abu-Sayd con pompa y aparato
y gran comitiva de caballeros, y con ricas joyas de su tesoro, as en
pedrera de esmeraldas y balajes, como en aljfar y tejidos de oro y
seda y ricos paos, y gran cantidad de doblas de oro, y caballos y
jaeces y armas finas y bien labradas, creyendo que con esto, el rey de
Castilla, que era codicioso, se pondria de su parte.

Lleg al fin  Sevilla, donde fu muy bien recibido por el rey don
Pedro.

Pero aconsejado este por sus privados, acord que Abu-Sayd debia morir,
como usurpador del reino de Granada, enemigo del rey Muhamad, aliado del
rey de Castilla, y por el mal que le habia hecho al rey, alindose con
el rey de Aragon su enemigo.

Determinado esto, quebrantando el rey de Castilla el seguro que habia
dado  Abu-Sayd, le prendi con los caballeros, le sac al campo de
Tablado, vestido de encarnado, y all, atado Abu-Sayd  una estaca, el
rey de Castilla le mat de una lanzada por su propia mano.

Dicen que Abu-Sayd al morir esclam:

--Oh Pedro! qu torpe triunfo alcanzas hoy de m! qu ruin cabalgada
hiciste contra quien de t se fiaba!

Los cadveres fueron amontonados, y sus cabezas cortadas fueron puestas
en los muros de Sevilla.

Tal fu el fin desastroso del desgraciado Abu-Sayd, que dej franco el
trono al legtimo rey Muhamad.




VI.


Trasladse este  Granada, donde fu recibido con grandes aclamaciones y
regocijos.

Fu su entrada  la hora de adohar[97], del sbado veinte de la luna de
Giumada postrera del ao setecientos sesenta y tres[98].

El rey de Castilla le envi la cabeza de Abu-Sayd, canforada dentro de
una caja, cuyo horrible presente agradeci mucho el rey Muhamad, que
envi en cambio  don Pedro el Cruel, veinte y cinco caballos de raza
rabe de la yeguada real, criados  las orillas del Genil, diez de ellos
con preciosos jaeces y ricos alfanges guarnecidos de oro y piedras
preciosas.

Al mensajero que habia llevado la cabeza de Abu-Sayd, di tambien
magnficos regalos.

Poco tiempo despues suscitaron al rey Muhamad una rebelion algunos
descontentos que proclamaron al wal Al-ebn-Al Ahmed-ebn-Nazar,
infante de la familia real; pero el rey Muhamad le venci, le ahuyent,
y continu su reinado en paz.

Muhamad, en muestra de agradecimiento al rey de Castilla por el favor
que le debia, por haber dado muerte  su enemigo, di la libertad sin
rescate  todos los cautivos cristianos que habia en Granada, y firm
con el rey don Pedro un pacto de perptua paz y alianza.

Como Castilla andaba revuelta de bandos civiles, no tuvo con ella
guerras el rey de Granada. Pero don Pedro le pidi auxilio contra su
enemigo el rey de Aragon y contra su hermano bastardo don Enrique de
Trastamara, que intentaba destronarle.

Empezaban los castellanos  mostrarse contrarios  don Pedro por sus
crueldades y tiranas, y para socorrerle, Muhamad escogi entre los mas
valientes de su reino seiscientos caballeros, y se los envi
acaudillados por el arraez Farag Reduan; y aunque estos seiscientos
sirvieron  don Pedro con admirable valor, como pidiese nuevos auxilios,
Muhamad le envi siete mil caballos escogidos y doble nmero de
infantera que fueron  sitiar  Crdoba,  la que pusieron  punto de
rendirse.

Pero la fortuna habia vuelto definitivamente la espalda al terrible rey
don Pedro, y antes de que Muhamad pudiese llegar en su socorro con un
nuevo ejrcito, muri  manos de su hermano bastardo don Enrique en el
castillo de Montiel.

Don Enrique fu proclamado rey de Castilla.

Por no perder las ventajas que sobre el castellano le daban sus guerras
civiles, el rey Muhamad,  pretesto de la amistad que habia tenido con
el rey don Pedro, declar la guerra  Enrique II, aunque este le habia
ofrecido su amistad, y entr en cabalgada por la frontera y recorri
libremente la tierra robando y cautivando cuanto encontraba de muros
afuera de las poblaciones, sin poner sitio formal  ninguna ciudad ni
fortaleza.

Al ao siguiente (1570), cay con todo su ejrcito sobre la Isla verde y
la tom, y preveyendo que no podria sostener su conquista, la arruin y
desmantel sus muros y fortalezas.

Temeroso de la pujanza de Muhamad, don Enrique le envi cartas de paz
con el maestre de Calatrava, ofrecindole su amistad para atender mas
libremente  las guerras que le ocupaban, paz que Muhamad acept con
alegria, porque le dejaba libre para atender al reparo y gobierno de su
reino que mucho lo necesitaba.

Durante esta paz, el rey Muhamad mand edificar la casa de Azaque para
recoger pobres y curar sus enfermedades. Esta obra empez en el ao de
seiscientos setenta y siete, y concluy en seiscientos setenta y
ocho[99]; edificio magnfico, con todas las comodidades imaginables, con
fuentes y espaciosos estanques de pulidos mrmoles, para comodidad y
aseo de los enfermos[100].

Hermose tambien con muchos edificios pblicos la ciudad de Guadix,
donde solia pasar largas temporadas; y, en fin, durante la larga paz que
sostuvo con todos los reyes vecinos, tanto de Espaa como de Africa,
foment en su reino, las artes, las manufacturas, el comercio y la
agricultura, hasta tal punto que iban  Granada mercaderes de Siria, de
Egipto, de Africa, de Italia; Almera era la escala clebre de Espaa
para los buques de todo el mundo, y se veian mezclados en las calles de
Granada numerosas gentes de diversas patrias y religiones.

En este tiempo declar  hizo jurar su sucesor y partcipe en el mando 
su hijo Abu-Abdallah-Juzef, y concert su matrimonio con la hija del
emir de Fez,  la que trajo  Granada su hermano el prncipe de Fez, que
cas con la hermosa Zairah, hija de Abu-Ayan, caballero rico y de los
mas nobles y poderosos de Andaluca.

Con este motivo se celebraron justas y torneos y bizarras fiestas y
gentilezas de caballera, en las que entraron caballeros de Africa, de
Egipto, de Espaa y de Francia, atraidos por la magnificencia y la fama
de Granada, y protegidos por el seguro real de Muhamad, que los honr y
hosped magnficamente  su costa en el _fondaf_ de los genoveses.

Muhamad continu prolongando sus paces con el rey de Castilla, y
envindole regalos y preseas, y como poco despues, dicen las crnicas
que seguimos, acaeciese la muerte del rey de Castilla, hubo mal
intencionados que atribuian su muerte  maldad del rey de Granada, como
que le hubiese enviado unos borcegues preciosos inficionados de veneno
mortal, pero nunca fu traidor ni asesino el rey Muhamad, y la muerte
fu natural, y porque sus dias fueron cumplidos segun la divina
voluntad.

Algunos aos despues, el setecientos noventa y cuatro[101], muri el
rey Muhamad con general sentimiento de sus vasallos, y fu sepultado en
el palacio de Djene-al-Arife (Generalife) al amanecer, poco despues de
la oracion del alba (de Azzobih), siendo acompaado su entierro por
todas las clases del Estado.

No consta la inscripcion del sepulcro de este rey.




VII.


Sucedile en el trono su hijo Abu-Abdallah Juzef II, que fu proclamado
solemnemente, besndole la mano toda la nobleza de Granada y los
principales alcaides y wales de todas las tahas del reino.

Era muy semejante en las virtudes  su padre, y en su amor  la paz.
Despues de las fiestas de su proclamacion, envi mensajeros  los reyes
cristianos, ofrecindoles mantener las treguas y amistad que con ellos
habia tenido su padre.

Para obligar mas al rey de Castilla (don Juan el primero) di libertad
sin rescate  algunos cautivos que habian tomado sus corredores en la
frontera, y los envi con el alcaide de Mlaga, acompandolos con un
presente de seis caballos andaluces ricamente enjaezados, con armas
preciosas y cubiertos de paos de oro.

Las treguas continuaron, y con ellas la prosperidad de Granada.

Pero habia llegado el momento en que las amarguras turbasen la felicidad
del rey Juzef.

Tenia este cuatro hijos. El mayor se llamaba como l Juzef, el segundo
Muhamad, Al el tercero, y Ahmed el cuarto. Muhamad era de carcter
violento, y ofendido de que su padre, por razones de primogenitura y
afecto prefiriese  su hermano mayor Juzef, sucesor presunto del trono,
concibi contra l un odio implacable, y olvidando todo respeto,
concibi el proyecto de levantarse contra su padre y destronarle si la
fortuna le ayudaba.

Tom para ello por pretesto su celo por la religion.

Mirbase mal por el pueblo de Granada, enemigo de los cristianos y
belicoso de suyo, la buena avenencia que Muhamad sostenia con los otros
reyes de Espaa, y que favoreciese en su crte  muchos caballeros
castellanos refugiados en ella, hasta el punto de tratarlos con suma
familiaridad: fu muy facil, pues,  Muhamad, hacer creer al pueblo por
medio de sus parciales, que su padre era mal musulman, cristiano
secretamente, y favorecedor pblico de infieles.

Tom cuerpo esta calumnia, se desenfrenaron los descontentos del rey
Juzef, y lleg el caso de que, irritados los mas audaces por los
partidarios del infante Muhamad, produjeron un motin en que se pidi 
voces la deposicion del rey: principi el alboroto en las puertas de la
Alhambra; y aterrado el rey Juzef, estaba  punto de renunciar su
soberana y de ponerse en manos de su rebelde hijo, cuando el embajador
de Fez, que estaba con l en el alczar, hombre anciano y bravo, y de
mucha autoridad y elocuencia, sali  caballo  la plaza y habl  los
rebelados con tal energa, que los redujo  la obediencia del rey Juzef.

Aunque habia pasado esta tormenta, temeroso el rey de que, creyndole
amigo de los cristianos, se reprodujese con mas fuerza, dispuso sus
tropas para una algazia  correra  saco mano por las fronteras
cristianas, y entr por las de Murcia y Lorca, talando los campos,
robando ganados, incendiando aldeas, y matando y cautivando  cuantos
cristianos habian  las manos.

Salieron contra ellos los fronteros, y despues de algunas escaramuzas
con varia fortuna, el rey Juzef se volvi con la presa  Granada.

Pero como Juzef hacia la guerra  los cristianos, mas por satisfacer 
sus vasallos y destruir sus sospechas de amistad con los cristianos, que
por su voluntad, admiti fcilmente la tregua que le propuso el rey de
Castilla, y aun se cree que l mismo la pidi, receloso de los grandes
armamentos que contra l se hacian en Castilla y Aragon; tregua, que
para evitar interpretaciones, concert con acuerdo de un consejo
compuesto de sus wazires y de sus wales.

Sucedi por este tiempo que un ermitao llamado Juan Sago, dijo al
maestro de Alcntara don Martin Yaez de la Barbuda, que habia tenido
revelacion de que el tal maestre ganaria grandes victorias contra moros
si retase al rey de Granada.

Engaado el maestre por la fama de santidad del ermitao, envi 
algunos de los suyos  Granada, para que retasen al rey Juzef  hacer
campo con el maestre, y que si el rey no quisiese aceptar entrarian en
liza veinte, treinta  cien cristianos contra un nmero doble de moros.

El rey Juzef, mas cuerdo que Martin Yaez, mand que echasen de mala
manera  tales embajadores, que volvieron maltratados y escarmentados al
maestre.

Irritado este, dejndose llevar de su condicion soberbia y belicosa,
levant un golpe de gente allegadiza, aventurera y mal armada, y con
trescientos caballos y hasta cinco mil peones  infantes, gente toda
floja y baldia, se atrevi  pasar la frontera, desoyendo los buenos
consejos de los hermanos Alonso y Diego Fernandez de Crdoba, seores de
Aguilr, que le salieron al camino con intento de disuadirle de su
temeridad.

Pas, pues, la frontera, y puso sitio  Hins-Egea,  cuyo socorro el rey
Juzef envi las tropas de caballera que habia en Granada y toda la
infantera que pudo reunir en el momento.

El maestre levant el sitio para salir al encuentro de los de Granada, y
encontrndolos, trab con ellos la batalla, que fu muy sangrienta y
reida, porque los de la caballera cristiana peleaban como
desesperados.

Pero vencidos al fin por los del rey Juzef, dominados por el nmero,
muri el maestre desastradamente, sin que quedase vivo ni uno solo de
los desdichados que habia llevado consigo  aquella temeraria empresa.

Poco despues, el rey de Castilla (Enrique III) envi embajadores al rey
de Granada, disculpndose del rompimiento temerario del maestre que
habia roto la tregua sin su consentimiento.

Esta victoria acaeci el ao setecientos noventa y ocho[102].

Poco despues muri el rey Juzef.

Atribuyeron su muerte  traicion del emir de Fez, que entre otros
regalos le habia enviado una rica aljuba inficionada de tsigo, que
luego que la visti, como hubiese corrido un caballo y hubiese sudado,
sinti al punto graves dolores que no le dejaron, hasta que pasados mas
de treinta dias muri.

Pero hay fundados motivos para creer, que muri de otra dolencia que
padecia mucho tiempo antes.

Fu enterrado este en Generalife.

No consta la inscripcion de su tumba.




VIII.


El ambicioso infante Muhamad habia hecho que sus intrigas y la ayuda de
sus parciales, prevaleciesen sobre la voluntad de su padre, que habia
dejado el reino  su hermano mayor Juzef, y le proclamasen en su lugar
rey los mas poderosos del reino.

Su primer decreto fu el que reducia  prision  su hermano Juzef, que
inmediatamente fu llevado  Jalubania (Salobrea) y encerrado en una
torre, con rdenes rigorossimas para que fuese bien guardado.

Permitile, sin embargo, llevar consigo su familia y su harem, y di
rden para que nada faltase  su comodidad y regalo.

Era Muhamad hermoso, de buen ingenio, valiente, afable, y muy apropsito
para ganarse la voluntad del pueblo.

Queriendo evitar un rompimiento con los cristianos, tom una resolucion
audaz. Parti de Granada sin pompa de ningun gnero, como un caballero
particular, y de incgnito, fingindose embajador de s mismo,
acompaado de veinte y cinco valientes y esforzados caballeros, pas 
Toledo y se present al rey de Castilla, que le honr, y renov con l
las paces que habia tenido con su padre.

Al mismo tiempo escribi al rey de Fez escusndose de la determinacion
que habia tomado de encerrar  su hermano, por el bien de la paz y la
tranquilidad del reino.

Poco tiempo despues, los fronteros de Andaluca entraron en tierra de
Granada adelante, talndola contra lo concertado en las treguas.

Muhamad prefiri tomar el desagravio por s mismo,  quejarse al rey de
Castilla, y entr  su vez en tierra de cristianos por el Algarbe,
talando y saqueando, y apoderndose de la fortaleza de Ayamonte, que 
pesar de las reclamaciones del rey de Castilla no devolvi, por lo que
se rompi de todo punto la tregua.

Suspendi la llegada del invierno esta guerra en su principio, y cuando
el rey de Granada esperaba que viniese sobre l en persona con un
poderoso ejrcito el de Castilla, muri ste, dejando el reino a su hijo
Yahye (Juan el II) que era muy nio, y la gobernacion, en su nombre, 
su tio el infante don Fernando, conocido mas adelante con el renombre de
_el de Antequera_.

Don Fernando continu la guerra que no habia podido proseguir su difunto
hermano don Enrique III, y tom  Zahara y la fortaleza de Azeddin, y la
de Setenil, y las de Ayamonte, Priego, Lacobin y Ortegicar.

En vez de salir Muhamad al encuentro de este ejrcito vencedor, y para
dividirle y fatigarle, entr por el reino de Jaen talndolo todo y
obligando  los cristianos  acudir al reparo, y  dejar sus recientes
conquistas.

A principios del ao siguiente, Muhamad march contra Alcal con un
ejrcito de siete mil caballos y doce mil infantes, con el cual sostuvo
con los cristianos tantos y tan reidos encuentros, que entrambas
huestes perdieron sus principales capitanes, y se vieron obligadas de
comun acuerdo  pactar una tregua de ocho meses, que fu ratificada por
el rey de Castilla,  quien Muhamad envi sus mensageros.

Durante esta tregua se sinti tan enfermo Muhamad, que los mdicos
desconfiaron de curarle, y declararon que el trmino de aquella
enfermedad era su muerte.

Creylo al fin Muhamad, y por asegurar la corona en su heredero,
determin dar muerte  su hermano Juzef, que estaba preso en Jalubania,
y escribi la siguiente carta al gobernador de aquella fortaleza.

Alcaide de Jalubania, mi servidor, luego que de mano de mi arraez,
Ahmed-ebn-Jarac recibas esta carta, quitars la vida  Cid Juzef, mi
hermano, y me enviars su cabeza con el portador: espero que no hagas
falta en mi servicio.

Cuando el arraez lleg con esta funesta carta  Jalubania, Juzef, el
prncipe sentenciado, jugaba al ajedrez con el alcaide de la fortaleza,
sentados sobre preciosos tapices bordados de oro y en almohadones de oro
y seda.

Cuando el alcaide ley la rden, se inmut y tembl, porque Juzef por
sus escelentes prendas, se ganaba los corazones de todos.

El arraez daba prisa al alcaide para que cumpliese la rden del rey, y
el alcaide no se atrevia  dar parte al prncipe de tan cruel decreto.

Pero Juzef, conociendo por la turbacion del alcaide la importancia de la
rden, le dijo:

--Qu manda el rey? trata de mi muerte? pide mi cabeza?

Entonces el alcaide le di la carta, y despues de leerla dijo al arraez:

--Permteme algunas horas para despedirme de mis doncellas y distribuir
mis alhajas entre mi familia.

--Seor, dijo el arraez: no puede detenerse la ejecucion, porque he
traido por horas el tiempo de mi vuelta.

--Pues  lo menos, dijo Juzef, acabemos el juego, y acabar perdiendo.

Era tanta la turbacion del alcaide, que no movia pieza que no cometiese
un desacierto, y tanto el valor y la serenidad del prncipe, que le
avisaba de sus equivocaciones.

Seguia el juego, y el arraez se impacientaba, cuando llegaron dos
caballeros de Granada  rienda suelta, aclamando  Juzef y pregonando la
muerte de su hermano Muhamad.

Dudaba de ello Juzef, y apenas creia lo que pasaba, cuando la llegada de
otros caballeros principales confirm la noticia, y Juzef fu llevado
apresuradamente  Granada.




IX.


La entrada fu magnfica: le sali  recibir toda la nobleza; las calles
estaban adornadas de arcos de triunfo y cubiertas de flores; las paredes
entapizadas de ricos paos de seda y oro, y por todas partes resonaban
las aclamaciones populares.

Pase la ciudad dos dias, manifestando su agradecimiento y amor  los
habitantes, y cada vez las demostraciones del afecto popular crecian,
porque sus virtudes y su afabilidad eran muy conocidas.

Fu proclamado con el nombre de Juzef III.

Inmediatamente envi un embajador al rey de Castilla don Juan II,
participndole su advenimiento al trono, y para darle  conocer sus
pacficas intenciones, y cunto era su deseo de establecer una paz
slida y duradera entre Granada y Castilla.

Recibieron favorablemente en la corte de Castilla al embajador, y se
convinieron las treguas como en tiempo del difunto rey Muhamad.

Pasado el tiempo de la tregua, Juzef envi  su hermano Al  Castilla,
 que la prorogase, pero los gobernadores de Castilla pretendian que el
rey Juzef se declarase vasallo de su rey.

El infante Cid Al se neg  esta humillacion, y dijo que no tenia
licencia de su hermano el rey para obligarse hasta tal punto, y se torn
 Granada sin concertar las treguas.

Por lo tanto, en el momento que terminaron las anteriores, el infante
don Fernando, gobernador de Castilla, entr poderosamente en el reino de
Granada, y puso sitio  la ciudad de Antequera.

Acudieron al socorro de la ciudad los infantes hermanos del rey Cid
Ahmed y Cid Al, pero el infante don Fernando habia mandado levantar una
cerca muy alta al rededor de la ciudad, y estrechados los habitantes por
el hambre, se avinieron  entregar la ciudad, saliendo salvos con todos
sus haberes.

Desde entonces el infante de Castilla se llam don Fernando el de
Antequera.

Despues de la rendicion de esta ciudad, rindi  Hins-Hjar, y otras
fortalezas de la comarca.

Por este tiempo, oprimidos los moros de Gibraltar por las tiranas y las
exacciones de su wal, y cansados de su sujecion al rey de Granada,
escribieron al emir de Fez, y se le ofrecieron por sus vasallos si les
socorria.

El emir Abu-Sayd, recibi con gozo este embajador, y envi  su hermano
Cid Abu-Sayd con dos mil hombres  que ocupase  Gibraltar.

Pas el infante de Fez el estrecho, lleg  Gibraltar, abrironle los de
la ciudad las puertas, y el wal se retir  la fortaleza, y viendo que
no le acudia socorro de Granada, estaba  punto de entregarse cuando
lleg el infante Cid Ahmed con un fuerte escuadron de caballera y
rescat la ciudad.

Insisti de nuevo Juzef en sus treguas con el rey de Castilla, y las
pact por dos aos.

Mientras vivi el rey Juzef, Granada goz los beneficios de la paz, y la
corte era el refugio de los caballeros agraviados de Castilla y Aragon:
all iban  concluir sus diferencias, eligiendo por juez al rey Juzef, y
este les daba campo para sus desafos y combates de honor; siendo al
mismo tiempo tan conciliador, que despues de darles campo, y apenas
principiada la lid, los daba por buenos caballeros y los hacia volver
amigos y vivir juntos y honrados de su corte.

Ambanle, pues, propios y estraos, y especialmente la reina doa
Catalina de Lancaster, madre del rey de Castilla, con quien mantenia
correspondencia muy familiar, y se hacian mutuos presentes.

Este buen rey muri de una manera sbita en 1425.




X.


Inmediatamente fu proclamado su hijo Muley[103] Muhamad-Nazar-ebn
Juzef, conocido con el sobrenombre de Al-Hayzar  el Izquierdo,  causa
de que lo era,  mas bien, segun algunos quieren, tenia este sobrenombre
no por defecto natural de las manos, sino por su aviesa y contraria
fortuna.

Su nombre, cronolgicamente considerado, fu el de Muhamad VII.

Despues de haber sepultado con gran pompa  su padre en el palacio de
Djene-al-Arife, escribi  las ciudades y pueblos de cada tah, para que
celebrasen su proclamacion con la solemnidad acostumbrada.

No imit el buen gobierno de su padre sino en un solo punto, que fu en
el de mantener la paz con los reyes de Espaa y los emires de Africa;
pero se cuid muy poco de adquirirse el amor de sus vasallos; era vano,
soberbio y dspota; los wazires, los cades y los wales de su corte y
de su ejrcito, los mas respetables magnates del reino, eran tratados
por l como esclavos, creciendo de momento en momento su altanera hasta
hacerse insoportable. Pasaba largos perodos de tiempo sin dar audiencia
 sus vasallos, ni aun  los wales que le buscaban para consultar con
l los mas graves negocios.

Circunscribase  mantener  todo trance la paz con los cristianos y con
los de Africa, y  no dar por su parte ocasion  un rompimiento.
Desdeaba el trato con sus ciudadanos, y no consentia justas ni torneos
ni otras fiestas guerreras  que estaba acostumbrada la belicosa nobleza
de la corte. Solamente tenia influencia con l su wazir y kad de
Granada, Juzef-ebn-Zeragh[104], caballero ilustre de la mas noble y
poderosa familia del reino, que pudo contener por algun tiempo con su
prestigio el que estallase el dio de los descontentos que pretendian la
deposicion de Muhamad; pero al fin, ni su prudencia, ni su valor, ni su
influencia, pudieron evitar que estallase una insurreccion popular en
que fu proclamado Muhamad-al-Zaquir, primo del rey, y que algunos
entrasen violentamente en el alczar, de cuyo furor solo pudo escapar el
rey, merced al valor de algunos guardias leales que protegieron su fuga
por los jardines.

Una vez en salvo Muhamad Al-Hayzar, pas disfrazado de pescador en una
barca  Africa, y se acogi al amparo de su amigo el emir de Tnez
Abu-Faris, que le prometi su ayuda en el dia en que fuese para l
probable la vuelta al trono.




XI.


Muhamad-al-Zaquir fu proclamado bajo el nombre de Muhamad VIII, en
1427.

Reconocironle por su rey las principales ciudades del reino; hubo
magnficas fiestas en Granada, y l mismo, que se jactaba de ser buen
justador, entraba en las parejas y contiendas, y hacia notables
gallardas arrojando las caas con singular acierto y ligereza, evitando
los tiros con facilidad, y volviendo y revolviendo con sin igual
destreza su caballo.

Observando una conducta enteramente opuesta  la de Al-Hayzar,
frecuentaba el trato de sus caballeros, comia con ellos, les hacia ricos
presentes, captndose su voluntad por todos los medios imaginables.

Del mismo modo cuid de inutilizar  los partidarios del depuesto
Al-Hayzar, y el wacir Juzef-Ebn-Zeragh se vi obligado  salir de
Granada con la mayor parte de los caballeros de su linage, que avisados
 tiempo de las aviesas intenciones del rey hcia ellos, huyeron al
reino de Murcia, donde tenian amigos que los ocultaron.

Algunos de estos abencerrages que se quedaron confiadamente en Granada,
probaron el tirnico rigor de Al-Zaquir, que creyndose ya asegurado en
el trono, empez  dar muestras de su condicion sanguinaria y cruel.

Con el wazir Juzef habian huido  Murcia veinte caballeros abencerrages,
que habiendo recibido seguro del rey don Juan el II, pasaron  besarle
la mano  la corte de Castilla.

Sabedor el rey, por la relacion de estos caballeros, de las tiranas de
Al-Zaquir, y que huyendo de ellas habian pasado  Castilla y  frica
mas de quinientos caballeros, y movido  compasion por la desgracia de
su aliado el rey Muhamad-Al-Hayzar, ofreci al wazir Ebn-Zeragh
restituir al trono al depuesto rey.

A este propsito acord que el alcaide de Murcia, en compaa de
Ebn-Zeragh, pasase  Tnez con cartas suyas para que el emir Abu-Fars
ayudase  cobrar el reino de Granada y restituir al trono  su legtimo
rey, y el de Castilla pedia al de Tnez que le enviase al destronado
rey, que l haria de modo que fuese restituido  su anterior dignidad.

Recibido este mensage, el emir de Tnez di rden para que
Muhamad-Al-Hayzar pasase  Espaa con quinientos caballeros y muchas
riquezas, y al mismo tiempo envi al rey de Castilla, con el alcaide de
Murcia, telas de seda y oro, linos muy delicados, aromas, preciosidades,
y una cria de leoncillos domesticados.

Al-Hayzar pas  Orn en compaa de Ebn-Zeragh y de sus caballeros,
embarcse en aquel puerto, salt en tierra de Granada por la parte de
Vera, cuya ciudad le recibi con aclamaciones de alegra, y Almera del
mismo modo le recibi de nuevo por su rey.

Cuando estas novedades llegaron  oidos del usurpador Al-Zaquir se
alarm sriamente, y envi sin perder momento  su hermano con
setecientos caballos escogidos, contra la gente del rey Al-Hayzar, pero
mas de la mitad de esta gente se pas  la del rey, y el infante, no
atrevindose  acometer nada con los que le habian quedado, se volvi.

Facilitado el paso  los del rey Al-Hayzar, desde Almera, adelantaron
hasta Guadix, y esta ciudad abri sus puertas y recibi por su seor al
rey, jurndole obediencia en el mismo dia.

No tardaron en llegar  Guadix gran nmero de caballeros de Granada que
animaron  Al-Hayzar para pasar  ella, asegurndole tan buena acogida
como en Almera y Guadix: as, pues, confiando en la fortuna, aunque con
algun recelo, parti Al-Hayzar  Granada, llevando consigo un gento
inmenso que de todas partes le seguia vido de novedades, por las que
sin otra causa ni motivo le aclamaba aquella muchedumbre.

Al ver el usurpador acercarse esta tormenta, tuvo miedo; se pas de
noche del Albaicin al alczar de la Alhambra, y se fortific en l.

Al dia siguiente entr Al-Hayzar en Granada, que le recibi con grandes
aclamaciones, y cercando  seguida la Alhambra, se apoder de Al-Zaquir
y le mand cortar la cabeza.

Acaecieron estos sucesos en 1427.




XII.


Restaurado en su primera dignidad Al-Hayzar, repuso en su empleo de
wazir al leal Ebn-Zeragh, y estrech su alianza con el rey de Castilla y
el emir de Tnez.

Hizo mas: sabiendo que el rey de Castilla andaba en guerras y en bandos
civiles, envile como embajador  un principal caballero de Granada,
llamado Abd-el-Menam, privado suyo, ofrecindole auxilios de tropas
contra sus enemigos.

Don Juan el II agradeci, pero no acept este ofrecimiento, y solo se
trat de treguas y de que el rey de Granada pagase al de Castilla cierta
cantidad de doblas de oro cada ao,  ttulo de vasallage.

Resistise a esto Al-Hayzar, confiado en que el rey de Castilla tendria
bastante con sus negocios para mostrarse exigente, y que se contentaria
con lo que de su propia voluntad quisiera darle.

Retirse, pues, Abd-el-Menam  Granada sin haber concertado nada con el
rey de Castilla, que ofendido de esto, escribi al emir de Tnez
quejndose de la ingratitud de Al-Hayzar y rogndole que no le ayudase
en la guerra que pensaba hacerle para obligarle  cumplir con lo que
debia.

Contest Abu-Faris al rey de Castilla que as lo haria, y en vez de
enviar  Al-Hayzar las galeras y gentes que le habia prometido, le
escribi aconsejndole que pagase al rey de Castilla,  quien debia la
corona, la concertada suma de doblas que le pedia, y que de no hacerlo
as, no esperase su ayuda mientras viviese: escribi asimismo al rey de
Castilla suplicndole que fuese moderado en su venganza, y que no fuese
demasiado rigoroso con Muhamad-Al-Hayzar su pariente.

El rey de Castilla envi rden  sus fronteros para que corriesen la
tierra de Granada,  todo trance, talando y cautivando cuanto
encontrasen.

Los fronteros entraron  este tiempo por dos puntos distintos: por Ronda
y por Cazorla.

La suerte en estas dos entradas fu distinta: los castellanos que
entraron por Ronda vencian: los que entraron por Cazorla, eran vencidos
por Al-Hayzar; pero como le llegase nueva de que el rey de Castilla
adelantaba con un poderoso ejrcito, temiendo que con esta novedad se
suscitase contra l alguna rebelda en Granada, parti apresuradamente 
ella, dejando el mando de su ejrcito  sus principales wales, y
llegando  la ciudad arm veinte mil hombres para que la defendiesen.

Entretanto los cristianos corrian la tierra de Granada y se apoderaban
de Illora, Tajajar, Archidona y otros lugares, y el rey de Castilla se
volvi con una numerosa presa  Ecija, y de all  Crdoba.

Como Al-Hayzar temia, se levant contra l una terrible conjuracion en
Granada: un caballero de la sangre real, Juzef-ebn-Al-Hhamar, ambicioso
y rico, se propuso arrojar del trono al rey y apoderarse de la corona de
Granada con la ayuda del rey de Castilla.

Con acuerdo de sus parientes y parciales envi de mensagero  los nobles
 un caballero de la tribu de los Beni-Egas, Geleil-ebn-Geleil, que
habia casado por amores con la infanta Ceti-Merier, era fuerte y bravo,
de linage de cristianos, y el rey por temor  recelo le tenia desterrado
en Alhama.

A este caballero, pues, como hablaba perfectamente la lengua castellana,
se le confi la embajada ante el rey de Castilla,  nombre de
Juzef-Ebn-Al-Hhamar. Ofrecia este que luego que el rey de Castilla
entrase en la Vega de Granada, se le uniria con mas de ocho mil hombres,
cuya mayor parte eran caballeros de las principales familias del reino,
y aun si se apoderaba de l con la ayuda del rey de Castilla, seria su
mas leal vasallo.

Esta proposicion fu bien acogida por el rey de Castilla, como quien de
todos modos pensaba entrar por la Vega.

Alentados con esta promesa los del bando del rebelde Juzef, salieron
poco  poco de Granada con el pretesto de ir al ejrcito de la frontera,
y cuando poco despues el rey de Castilla entr talando la vega,
Juzef-Ebn-Al-Hhamar se le present, le bes la mano en seal de
vasallaje, y despues llegaron los caudillos y gentes de su bando en
nmero de ocho mil hombres, la mayor parte caballeros.

Al-Hhamar, desde la falda de sierra Elvira, donde habia acampado el rey
de Castilla, sealaba  este los principales edificios y fortalezas de
Granada, la Alhambra, Torres-bermejas, Generalife y el Albaicin.

El rey de Castilla miraba la hermosa ciudad con deleite.

A este propsito se escribi la siguiente poesa que insertamos, porque
su belleza agradar sin duda  nuestros lectores:

      Don Juan, rey de Espaa,
    cabalgando un dia,
    desde una montaa
     Granada via.

      Djole prendado:
    Hermosa ciudad,
    mrame afanado,
    tras de tu beldad.

    De mi amor en muestra,
    f de caballero,
    le ofrezco mi diestra
    y la tuya espero.

      Junta tus blasones
    con los de Castilla,
    y te traer en dones
    Crdoba y Sevilla.

    Mucha ofrenda de oro,
    joyas muy preciadas,
    si dejais al moro
    te tengo guardadas.

      Respondi Granada:
    Vulvete  Toledo
    que yo estoy casada
    y amarte no puedo.

      Tu ambicion modera,
    vete mas despacio:
    mira esa bandera
    que ondea en Palacio.

      Guarda tu presente,
    y en vez de dinero,
    si te crees valiente
    prueba con acero.

      Mil torres me guardan;
    cien mil campeones
    dispuestos aguardan
     tus infanzones.

      As t decias;
    as t mentias
    Granada es perjura,
    grande desventura!

      Un infiel maldito
    del Abencerrage,
    tiene el heredaje:
    as estaba escrito!

      Raza de valientes:
    Quin te estermin?
    ciudad de las fuentes
    quin te cautiv?

      Alhambra querida
    mansion del placer:
    para qu es la vida
    si no te he de ver?

Al ver ante la ciudad el ejrcito de Castilla, los caballeros de Granada
salieron contra l empeando reidas escaramuzas, hasta que al fin se
empe una batalla campal que fu muy sangrienta, peleando con gran
valor tanto los cristianos como los moros.

La matanza fu horrible por ambas partes, y la batalla se mantuvo igual
todo el dia, hasta que  la tarde empezaron  ceder los moros, y al
amparo de la noche dejaron el campo.

Aquella fu la batalla mas lamentable que tuvo el reino de Granada, que
perdi en ella la flor de sus caballeros, y se vi combatida por sus
propios hijos.

Llenronse de tristeza los habitantes, pero la serenidad de nimo del
rey Al-Hayzar, no les dej tomar otro partido que el de la defensa.

Un fuerte temblor de tierra, coincidiendo con esta derrota, vino 
aterrar  los de Granada, que supersticiosos de suyo, vieron en aquel
accidente, puramente fsico, el augurio de nuevas desdichas.

Pero el rey de Castilla se content con talar la vega, y levant el
campo con gran despecho del ambicioso Al-Hhamar, y se traslad 
Crdoba.

All, para consolar  Jusef-Ebn-Al-Hhamar de su despecho, y  sus gentes
de la desconfianza en que habian caido, obligados  abandonar, por su
rebelda al rey Al-Hayzar, sus haciendas y su patria, mand proclamar
rey de Granada  Juzef-Ebn-Al-Hhamar delante de su corte y de su
ejrcito que solemniz la proclamacion; ofrecile de nuevo ponerle en el
trono de Granada, y all mismo encarg  los adelantados de las
fronteras, que ayudasen  Al-Hhamar hasta conseguirlo.

Esta proclamacion de Al-Hhamar en la crte y campo del de Castilla
produjo gran efecto en Granada en dao de Al-Hayzar: muchos pueblos del
rey se levantaron por Al-Hhamar, se le entreg Montefro, y con la ayuda
de los fronteros cristianos se apoder de los pueblos y fortalezas de
Illora, Cambil, Alabar, Ortejicar, Tajarja, Hins-Haleux, Ronda y la
ciudad de Loja, de donde salieron para unrsele cuatrocientos
caballeros; en Ardales otorg su carta de vasallaje al rey de Castilla,
obligndose  pagarle cada ao cierta cantidad de doblas de oro, 
ayudarle como vasallo en sus guerras con mil y quinientos caballos, y 
acudir  sus cortes cuando las celebrase en cualquier lugar desde mas
ac de Toledo hcia Granada.

Despues de este otorgamiento, Al-Hhamar march con un respetable
ejrcito sobre la crte de Al-Hayzar, que movi contra l  su wisir
Juzef-Ebn-Zeragh, que llegando  las manos con los invasores, muri en
la vega peleando como un leon, al decir de las crnicas rabes. La
muerte de este bravo caudillo, caus la confusion y el espanto en el
ejrcito de Al-Hayzar, que entr en desrden en Granada, ponderando lo
innumerable del ejrcito que los habia vencido, y que la mayor parte de
los del rey Al-Hayzar, habian sido muertos porque los enemigos no
tomaban  prision.

Despues de esta victoria de Al-Hhamar, casi todas las taas del reino le
proclamaron, y temiendo  las talas y desastres de la guerra, llegaban
de todas partes  rendir homenage al vencedor.

Robustecido ya, legitimado por la victoria (el Korn da el califato al
vencedor) Juzef-Ebn-Al-Hhamar march desde Illora sobre Granada, que se
alborot  su aproximacion, y los nobles y los principales vecinos se
presentaron  Al-Hayzar, y le manifestaron que era imposible la
defensa, que con la resistencia se provocarian nuevos desastres, y que
no le quedaba mas tiempo que el necesario para ponerse en salvo.

Vindose, pues, abandonado de la fortuna, Muhamad-Al-Hayzar, acompaado
de sus vasallos mas fieles, llevando consigo su familia, su harem, el
tesoro del alczar y los dos hijos del rey Muhamad-Al-Zaquer, que tenia
presos, huy  la ciudad de Mlaga, en cuya adhesion tenia gran
confianza.

Juzef-Al-Hhamar, tuvo el buen tacto de entrar en Granada con solos
doscientos caballeros, mas como guardia necesaria  su decoro de rey,
que como medio de intimidacion  la ciudad.

Esta conducta produjo muy buen efecto: aquietronse los ciudadanos, y
los xeques, wazires, wales, cades y alcaides del reino, salieron 
recibirle, le proclamaron solemnemente rey, le juraron y le pasearon en
triunfo por la ciudad.

A seguida el nuevo rey envi embajadores al rey de Castilla,
confesndose agradecido vasallo suyo, y con la carta siguiente:

Juzef-Muhamad-Ebn-Al-Hhamar, rey de Granada, vuestro vasallo, beso
vuestras manos y me encomiendo  vuestra merced,  la que suplico se
digne saber como part de Illora y fu  mi ciudad de Granada, y me
sali  recibir toda la nobleza y caballera de ella, y me besaron las
manos por su rey y seor y me entregaron la Alhambra, y todo esto,
seor, por la gracia de Dios y vuestra fortuna. El rey Al-Hayzar se
huy  Mlaga y llev consigo al hermano del alcaide Ahnaf, su sobrino y
dos hijos del rey Muhamad-Zaquer, que dicen ha mandado degollar, y antes
de partir rob estos alczares, y se llev cuanto en ellos habia. Ahora,
seor, con la ayuda y gracia de Dios, y con el auxilio de vuestra
grandeza, que Dios prospere, v contra l vuestro adelantado don Gomez
Rivera, y mis caballeros llegarn  Mlaga, donde l est, y espero en
Dios, que con el favor de vuestra alteza yo le habr en mis manos.

Esta carta fu muy bien recibida por el rey don Juan, que se alegr
mucho del triunfo de su vasallo, y al mismo tiempo lleg un enviado del
emir de Tnez, en que ste pedia al rey de Castilla mirase por su
pariente Muhamad-Al-Hayzar, y no quisiese arruinarle ni arrojarle de su
reino.

Don Juan el II se escus con Abu-Faris, y Juzef-Ebn-Al-Hhamar continu
pacficamente en el trono de Granada.

Pero era anciano, y  los seis meses de reinado, achacoso y dbil, no
pudo resistir el gran peso de los negocios del gobierno que habia tomado
con demasiado fervor, y muri.

Su muerte concluy los bandos que dividian  los granadinos, y los de
una y otra bandera se unieron y llamaron y proclamaron de nuevo
unnimemente al fugitivo Al-Hayzar.

Recibi ste la noticia en Mlaga, que se le habia mantenido fiel, y
volvi  Granada y  ocupar por tercera vez el trono.

Nombr su wazir  Abdelbar, principalsimo caballero de Granada, y envi
embajadores al rey de Castilla y al emir de Tnez, renovando con ellos
su alianza y concertando treguas con los cristianos por un ao, que
cumplido, se prorogaron por otro mas.

Pero espirado el plazo, los fronteros entraron por las tierras de
Granada y se apoderaron de la fortaleza de Beni-Maurel, al mismo tiempo
que por la parte de Murcia los fronteros castellanos eran
desastradamente batidos por la caballera del Algarbe, mandada por el
wazir Abdelbar.

A pesar de esta ventaja por la parte de Murcia, el rompimiento de la
tregua fu desventajoso para Granada, puesto que la ciudad de Huesca
cay tambien en poder de los cristianos,  pesar de la bravura con que
acudi  su socorro el arraez de Baza Alcawun, que entr alguna de su
gente en el castillo, rompiendo por medio de los cristianos.

En el ao siguiente de ochocientos cuarenta[105] el wazir Abdelbar
acometi  los cristianos en unas angosturas en el trmino de Archidona,
y los venci, los persigui  hizo en ellos una gran carnicera. Habian
intentado los fronteros sorprender la villa por caminos estraviados, y
Abdelbar, que en las citadas angosturas los esperaba, los destroz como
queda dicho, tomndoles la bandera de la rden de Alcntara, cautivando
 casi todos los cristianos que no fueron muertos, y logrando salvarse
milagrosamente con unos pocos el maestre de Alcntara, gracias  la
velocidad de su caballo.

A seguida Abdelbar se volvi contra los castellanos que cercaban la
villa de Huelma, y los oblig  levantar el cerco y retirarse  Jaen.

En el ao siguiente la suerte de las armas continu siendo favorable 
los granadinos.

En el subsiguiente los fronteros de Murcia, acaudillados por el
adelantado Ebn-Fayard[106], tomaron por avenencia las fronteras de
Veladaviad y Veladalhamar[107].

Los habitantes quedaron como mudejares[108]  mercenarios del rey de
Castilla para evitar las talas y atropellos de que los hacian vctimas
los bravos fronteros de Murcia, con sus continuas entradas. Con el mismo
objeto solicitaron sujetarse al vasallaje del rey de Castilla las
ciudades de Guadix y Baza; pero pretendiendo quedar libres, sin sujecion
 los adelantados castellanos y sin tomar parte en las guerras que se
hiciesen por el rey de Castilla; pero este queria que le rindiesen las
fortalezas para hacer desde ellas la guerra al rey de Granada,  lo que
no se convinieron, siguiendo por lo tanto las correras y las talas de
los cristianos todo aquel ao, talas que fueron muy crueles, y durante
las cuales los fronteros se apoderaron de Galera y otras fortalezas,
obligando  los moradores  quedar por mudejares del rey de Castilla.

Por el mismo tiempo el conde de Niebla cerc  Gibraltar; pero los
moradores salieron contra l, le desbarataron, y el mismo conde muri en
la fuga ahogado con muchos de los suyos en el rio Palmones, que estaba
crecido con la marea.

En el ao siguiente de ochocientos cuarenta y dos[109], don Iigo Lopez
de Mendoza, seor de Ita y Buitrago, y gran poeta, y mejor soldado, tom
 Huelma y dej salir salvos  los moradores.

Por este tiempo el caudillo Ebn-Zeragh, hijo del wazir Juzef-Ebn-Zeragh,
march contra los cristianos que recorrian la frontera acaudillados por
el adelantado de Cazorla.

Encontrronse en una llanura entrambas huestes y pelearon reidamente
sin sacarse ventaja los unos  los otros; pero el bravo Ebn-Zeragh di
tales ejemplos de valor  los suyos, que estimulados estos desbarataron
 los cristianos, costando sin embargo la vida esta victoria al generoso
Abencerrage, que cay desangrado por las muchas heridas: tambien muri
como bueno el adelantado de Cazorla Perea, y casi todos los cristianos.

Esta victoria hizo que los castellanos escarmentados se contuviesen en
sus correras, y la frontera disfrut de algun reposo. Pero como
Castilla estaba dividida en bandos y parcialidades, cual si hubiese
contagiado  Granada, muchos caballeros ofendidos del rey Muhamad,
dejaron el seguro y se fueron al servicio del rey de Castilla, yendo 
la cabeza de estos descontentos Ebn-Ismail, sobrino del rey Muhamad,
ofendido de l porque le neg el casamiento con una dama,  quien amaba,
y la entreg  otro.

Otro sobrino del rey, Ebn-Ozmin, que estaba en Almera, al saber el
descontento con que los principales de Granada miraban al rey, se
traslad secretamente  la crte, y comprando  fuerza de oro al
populacho, escitando las pasiones y el descontento de los nobles,
produjo un alboroto, se apoder de la Alhambra y dems fortalezas de
Granada, prendi  su tio el rey Muhamad-Al-Hayzar, y le puso en
prision.

Era la tercera vez que este desgraciado prncipe se veia depuesto
despues de trece aos de reinado, y Muhamad-Ebn-Ozmin-el-Ahnaf fu
proclamado, aunque no por la voluntad de todos, puesto que le
abandonaron muchos, entre ellos el wazir Albdelbar, que se retir 
Montefrio con todos sus parientes y amigos.

Tuvo lugar la tercera deposicion de Al-Hayzar el ao ochocientos
cuarenta y nueve[110].




XIII.


Conociendo el wazir Abdelbar, que tomar el nombre del preso rey
Al-Hayzar, para reponerle en el trono, era causar su muerte, escribi
al otro sobrino del rey, Ebn-Ismail, que estaba en Castilla,
ofrecindole el trono, y para que pudiese venir sin que el rey de
Castilla se lo estorbase, le envi las cartas escritas en cifra por
medio de dos caballeros parientes suyos disfrazados.

Recibi  estos mensajeros el infante, pero en vez de recatarse del rey
de Castilla, le confi el secreto, y don Juan el II, no solamente le
concedi licencia para ir  apoderarse del trono de Granada, sino que le
prometi su ayuda y le di cartas para que los adelantados de la
frontera le ayudasen en su entrada.

Parti el infante Ismail con todos los caballeros moros que estaban con
l al servicio del rey de Castilla, y desde la frontera le acompaaron
los adelantados castellanos con numerosa y escogida caballera: lleg 
Montefrio, donde le recibieron alegremente Abdelbar y los de su bando, y
le proclamaron rey de Granada.

Ebn-Ozmin, entretanto, pens en vengarse de los cristianos que ayudaban
 su competidor, y con un poderoso ejrcito acometi las fronteras
castellanas, se apoder de Benamaurel, pas  cuchillo y cautiv  los
cristianos que defendian la villa, entre ellos  su alcaide Herrera, y
los fronteros de Andaluca no se atrevieron  ponerse delante del rey
Ozmin, aterrados por la violenta entrada de Benamaurel.

Entretanto Ebn-Ozmin, se puso sobre la fortaleza de Aben-Zulema, que
estaba defendida por una fuerte guarnicion de castellanos, y por medio
del cautivo alcaide Herrera, les intim que se rindiesen evitando la
desdichada fortuna de los de Benamaurel. Pero los de Aben-Zulema
resistieron, y acometidos con ardor por los moros  escala franca,
fueron entrados, pasados  cuchillo y cautivados, despues de lo cual
Ebn-Ozmin se volvi  Granada triunfante con una riqusima presa de
ganados, armas y cautivos.

En el siguiente ao, el rey Muhamad-Ebn-Ozmin, dividi en dos ejrcitos
sus fuerzas.

El un ejrcito march sobre la frontera cristiana, y el otro contra su
primo Ismail.

El rey se puso en persona  la cabeza del que marchaba sobre la
frontera, y tom las villas de Huesca, Veladabiad y Veladalhamar, ocup
sus fortalezas, tal y quem la tierra, cautiv hombres y mugeres,
apres gran cantidad de ganado, y contento y rico se volvi  Granada.

Para vengarse mas del rey de Castilla, por la proteccion que dispensaba
 su primo el infante Ismail, envi ricos presentes  los reyes de
Aragon y de Navarra, que estaban en guerra con don Juan el II, y
alindose con ellos, estipul que mientras aquellos reyes acometan al
de Castilla por sus fronteras naturales, l le embestiria por las de
Granada.

El ao siguiente, cumpliendo la oferta, entr Ebn-Ozmin por la frontera
de Murcia, tal y quem sus campos y alqueras, y venci  los
cristianos que le salieron al encuentro acaudillados por Tellez Giron,
matando y prendiendo  muchos que llev en triunfo  Granada.

Durante dos aos aun, los dos reyes rivales Ebn-Ismail en Montefrio, y
Ebn-Ozmin, en Granada, conservaron sus mtuas posiciones: Ebn-Ismail,
defendia los pueblos que le habian proclamado de las correras de
Ebn-Ozmin, y este talaba contnuamente las fronteras castellanas.

El wisir Abdelbar por su parte, servia eficazmente  Ebn-Ismail,
escitando contra Ebn-Ozmin por medio de agentes secretos, la odiosidad
de los caballeros de Granada, descontentos la mayor parte de Ebn-Ozmin:
ensoberbecido este por sus triunfos sobre los cristianos, se habia hecho
altanero y soberbio y tan sanguinario, que con el mas leve pretesto,
mandaba matar  los caballeros mas principales del reino, despojaba de
sus alcaidias y empleos  los leales y viejos caballeros que los tenian
para premiar  los arrayazes que le acompaaban en sus afortunadas
correras. Del mismo modo hacia los matrimonios de la juventud  su
antojo y forzaba  los padres  dar sus hijas contra su voluntad  quien
l queria.

Aborrecale por lo tanto la nobleza, y el resto de sus vasallos le temia
mas que le respetaba, por su crueldad.

Estas cosas facilitaron y abrieron camino  sus enemigos para llevar sus
intentos adelante, y habiendo concluido el rey de Castilla su guerra con
los de Aragon y Navarra, con ansia de vengar el dao que le habia
causado Ebn-Ozmin, envi un grueso ejrcito  Ebn-Ismail que con este
auxilio y sus gentes march ya decididamente sobre Granada.

Salile al encuentro Ebn-Ozmin, y se trab en la vega una reidsima
batalla, en que ambos primos pelearon con herico valor; pero al cabo
Ebn-Ozmin fu vencido y obligado  huir con los escasos restos de su
caballera  Granada.

Llam nuevas gentes, que enemistadas con l por su crueldad, le
acudieron en corto nmero, y comprendiendo que la fortuna le volvia las
espaldas, mand que se le presentaran gran nmero de caballeros, los
meti en el alczar de la Alhambra y se fortific en l; pero viendo que
Granada se alborotaba y que proclamaban  su primo Ebn-Ismail, no se
atrevi  esperarle y huy con unos pocos caballeros que se le habian
mantenido leales, metindose en las sierras, en las que desapareci.

Fu esta huida del rey Muhamad-Ebn-Ozmin, el ao ochocientos cincuenta y
nueve[111].

Habia reinado diez aos.




XIV.


Entr Ebn-Ismail en Granada, que le recibi en triunfo.

Despues de su solemne proclamacion, tanto en Granada como en las demas
ciudades, villas y lugares del reino, envi embajadores al rey de
Castilla, declarndose su vasallo, y demostrndole su agradecimiento con
un magnfico presente de telas de oro y seda, caballos y jaeces
preciosos: pero cuando poco despues muri el rey don Juan el II de
Castilla, no renov la tregua y el vasallaje con su hijo don Enrique IV
por no disgustar  sus vasallos, que estaban descontentos y humillados
con la amistad y vasallaje que rendia  los reyes de Castilla.

Di, pues, licencia  sus fronteros de talar las tierras castellanas, y
fu grande la presa de cautivos y ganados que se hicieron en las
primeras correras, porque los castellanos, confiados en la buena
inteligencia que existia entre su rey y el de Granada, tenian desarmada
la frontera.

No habiendo dado motivo los castellanos para este rompimiento, el rey
don Enrique mand levantar un ejrcito y fu sobre Granada con catorce
mil caballos y un formidable nmero de peones, llevndolo todo  sangre
y fuego, quemando las mieses, arruinando los rboles y destruyendo
cuanto encontraba de muros  fuera de las poblaciones.

Ebn-Ismail temi esponerse al xito de una batalla de poder  poder, y
solo permiti que taifas  compaas sueltas de campeadores saliesen 
escaramuzar contra los cristianos,  los que llevaban mucha ventaja en
estos ataques parciales, mientras en la ciudad todos estaban apercibidos
para rechazar un ataque del ejrcito cristiano.

Al fin don Enrique, viendo que los moros no le presentaban batalla, que
en sus escaramuzas mataban  sus mejores caballeros que salian del campo
 medirse con ellos, y no atrevindose tampoco  acometer la ciudad, que
estaba muy bien defendida, tal la vega, y se retir volviendo 
aparecer de nuevo al ao siguiente con un ejrcito tan poderoso como el
pasado; y como salieran  su encuentro los campeadores de Granada 
estorbar  los cristianos el dao que hacian, se fu trabando tan recia
escaramuza, que, sin que lo pudiese impedir el rey de Castilla, toda su
caballera peleaba en trozos ac y all con la caballera de Granada,
muriendo en una de ellas Garcilaso de la Vega, que era muy querido del
rey de Castilla, que en venganza de su muerte hizo una cruelsima tala
en la vega, cerc  Gimena, la tom con su fortaleza y pas  cuchillo 
sus habitantes.

Al fin, deseoso el rey Ismail de poner trmino  tantos desastres, y no
logrndolo por medio de las armas, envi embajadores al rey de Castilla,
y con gran dificultad se pact una tregua de cierto tiempo por entrambas
partes, quedando esceptuada de la tregua la frontera de Jaen, que qued
abierta  la guerra.

Aprovechando esta circunstancia los campeadores de Granada, entraron por
la parte de Jaen, causaron gran dao  los cristianos, prendieron al
adelantado Castaeda, y le llevaron en triunfo  Granada.

Ismail, entretanto, aprovechando la tregua, gobernaba en justicia  sus
vasallos, plantaba arbolados, mejoraba los edificios y casas de campo
que la guerra habia maltratado, y entretenia  sus caballeros con justas
y torneos, entrando algunas veces en sus parejas, y luciendo su maestria
en manejar el caballo.

Tenia dos hijos. El mayor era ya mancebo y se llamaba Cid Abul-Hhacem,
muy buen caballero, valiente y animoso. El menor Cid Abd-Allah. El
prncipe Abul-Hhacem, deseoso de manifestar su valor en alguna jornada
contra los cristianos, sin respetar la tregua que su padre tenia con
ellos, cay con un escuadron de caballera, escogida sobre la frontera
de Andaluca, rob ganados en la comarca de Estepa, y cautiv y mat los
habitantes de las aldeas.

Salieron contra l los fronteros de Osuna, y despues de una reida
pelea, le fu preciso al prncipe Abul-Hhacem, abandonar la presa para
volverse  Granada.

El ao de ochocientos sesenta y cinco[112], hizo el prncipe otra
correra que le fu mas til y menos peligrosa. Pero entretanto, los
cristianos acaudillados por el duque de Medinasidonia tomaron 
Gibraltar, y por otra parte don Pedro Giron tom la fortaleza de
Archidona.

Estas prdidas obligaron de nuevo al rey Ismail,  pedir treguas al de
Castilla, y al fin los dos reyes se vieron en la vega, y trataron
amistosamente y comieron juntos en una magnfica tienda el ao
ochocientos sesenta y ocho[113], y despues de haber cambiado algunos
ricos presentes, pactaron unas paces slidas de tal modo, que los
caballeros de Granada entraban y salian libremente en la corte de
Castilla, y de igual modo los cristianos en la de Granada.

Ismail, en fin, acab pacficamente su reinado, muriendo en el alczar
de Almera el ao ochocientos sesenta[114].

Al rey Ismail, sucedi su hijo Muley Abul-Hhacem.




XV.


Hasta aqu la cronologa de los reyes de Granada, desde el rey
Abul-Walid Abu-Sayd, hasta Muley Abul-Hhacem.

La historia de ste, la de su hermano Abd-Allah-el-Zagal, y de su hijo
Abd-Allah (Boabdil), ser la introduccion de la leyenda siguiente,
ltima de nuestro libro.

Nuestros lectores nos perdonarn si les hemos robado algunas pginas de
novela para copiar las crnicas moras de los reyes de Granada: pero
nosotros hemos creido que tratndose de la Alhambra, debiamos dar 
conocer  todos los reyes que se sentaron en su trono.

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LEYENDA VII.

EL PATIO DE LOS LEONES.




I.


El patio de los Leones del alczar de la Alhambra es la joya mas rica
que ha sobrevivido  la ya centenares de aos hace pasada arquitectura
rabe.

En vano querreis dominar un sentimiento de doloroso entusiasmo, al ver
de repente desde el magnfico arco festonado que sirve de entrada al
patio de los Leones, yendo del del Mexuar,  de los Arrayanes, las
ciento veinticuatro esbeltas y bellsimas columnas que sostienen sus
galeras y sus templetes, sus arcos apuntados  redondos, de herradura 
semicirculares, estucados labrados, cubiertos de inscripciones bajo
aleros de alerce tallados, pero ridos, secos, rotos, torcidos por el
tiempo: la gran pila de su fuente de mrmol, sostenida por doce leones,
y sus estanques de mrmol, por donde corre el agua de la fuente[115].

Vereis sus caprichosas y elegantes arcadas, enrojecidas por el tiempo,
que ha borrado sus colores, su oro, sus menudos dibujos; los puntales de
madera y las barras de hierro que sostienen los areos templetes para
que no se vengan  tierra; las magnficas ensambladuras de sus techos,
agujereadas, convertidas en una ruina miserable, rotos sus alicatados y
su pavimento, y sin embargo hermoso todava.

Por qu maldicion incomprensible se deja  esa joya abandonada sin
defensa  la implacable y destructora accion del tiempo, que ciego y
fatal pulveriza del mismo modo lo hermoso y lo deforme?

No merece la Alhambra que se gaste en ella algun oro, que se la cure,
en una palabra, que se la devuelva su lozana juventud?

Esta realidad, superior  los encarecimientos de las Mil y una Noches,
 los ponderados palacios del califa Aarum-al-Raschid?

Pero recordamos que ya en este libro hemos declamado  propsito de la
ruina de otros lugares de la Alhambra.

Y como nuestras declamaciones no han de dar resultado.....

Continuemos.

Adheridos al patio de los Leones hay tres departamentos.

La sala de las dos Hermanas  la izquierda.

La de los Abencerrajes,  de los Leones,  la derecha.

Y al fondo la admirable sala de Justicia.

En la galera que existe entre el patio y la sala de Justicia, y en su
estremo derecho, hay una puerta pequea que sirve de entrada  lo que
fu _rauda_  pendon de los reyes de Granada.

Todas estas habitaciones con sus dependencias, forman el departamento,
por decirlo as, del patio de los Leones.




II.


La sala de las dos Hermanas es uno de los retretes mas suntuosos y mejor
conservados del alczar.

Llmase de las dos Hermanas, porque en su pavimento tiene dos
jigantescas losas exactamente iguales.

Los alicatados, los adornos de los cuatro arcos, uno de los cuales la da
entrada, dos corresponden  alcobas, y otro da paso al hechicero, al
incomparable mirador de Lindaraja[116], son tan lindos, tan bellos, las
paredes tan armnica, tan deliciosamente ornamentadas, tan caprichosas
sus cenefas, tan magestuosa, tan variada, tan caprichosa su cpula de
estalctitas, sostenida sobre veinticuatro columnas, entre las cuales se
abren ajimeces calados; tan potica, tan misteriosa la luz que la
inunda, que mas bien que una obra de los hombres parece el sueo
realizado de un poeta[117].

Por el arco de frente al de entrada se pasa  una magnfica antesala, y
de all al mirador de Lindaraja.




III.


El mirador de Lindaraja es perfectamente cuadrado, y da vista al patio
que lleva su nombre, tiene un ajimez al frente y dos  cada costado.

Estos ajimeces son muy bajos, es decir, su alfeizar est muy poco
levantado del pavimento, sin duda para que sentados sobre los
almohadones se pudiese ver el valle del rio y el frontero Albaicin.

Ahora esto no puede verse, porque en tiempos de Crlos V se construy
con parte de las columnas y materiales ornamentados del palacio rabe de
invierno, que destruy el _buen emperador_, por no decir otra cosa, para
construir un palacio plateresco que podia muy bien haber construido en
otra parte, en vez de echarse encima la calificacion de brbaro que
pueden aplicarle las artes. En vez de ese patio que hoy existe, y que se
llama de Lindaraja, solo existia un jardin, y en ese jardin un adarve
bajo que permitia ver la poblacion cercana.

Este mirador, as como la parte interior y alta de la sala de las Dos
Hermanas, por la delicadeza de los adornos, por sus dimensiones, por su
carcter general, por sus comunicaciones con los baos y jardines,
parecian estar destinados  la mansion de las sultanas  favoritas. Las
celosas que cubren sus ajimeces, lo reducido de los retretes, su media
luz lnguida, dan fundamento bastante para esta opinion.




IV.


Frente  la sala de las Dos Hermanas, en el centro de la galera de la
derecha del patio, est la cmara de los Leones, llamada hoy de los
Abencerrages, en memoria del sangriento suceso que tuvo lugar en aquella
sala y que consignaremos mas adelante.

Esta sala es muy semejante  la de las Dos Hermanas: difernciase en que
en vez de los dos arcos que tiene aquella  los costados, y que
corresponden  dos alcobas  alhames, tiene dos especies de cenadores
sostenidos por una columna en el centro, y con techos planos de
ensambladura en el interior; y en que la cpula, en vez de ser octgona,
es estrellada. Adems, la fuente de la sala de las Dos Hermanas, est
formada por un rebajo del pavimento, y la de los Abencerrages est
levantada medio pie sobre el suyo.

Adems, esta cmara, tal como est hoy, no tiene comunicacion con
ninguna otra del alczar.

En la fuente de su pavimento hay grandes manchas rojas.

Es tradicion, dice, que aquellas manchas rojas son el resultado de un
horrible crmen.

Sobre aquellas manchas rojas se ha escrito la leyenda de que vamos 
ocuparnos.




V.


Granada estaba mas que nunca dividida en bandos.

Se acercaba la hora de que los cristianos se apoderasen al fin de
aquella Alhambra tan codiciada, de aquella fortaleza cuyo dueo era el
dueo de Granada, la cndida y la clara.

Habia en Granada tres reyes  un tiempo.

Uno en la Alhambra, otro en el palacio del Gallo de viento en el
Albaicin, y el tercero en Mlaga.

Era el uno el viejo rey Muley-Hhacem, hijo de Ismail.

El otro Muley Abu-Allah-al-Zagal[118], su hermano.

Y el tercero, hijo del uno y sobrino del otro, Muley
Abu-Abd-Allah-al-Ssagir-al-Zogoib[119], conocido mas vulgarmente por
Boabdil,  por el rey Chico de Granada.

Estos sobrenombres eran cosa de los bandos, para conocer  cada uno de
los reyes.

Llamaban  Muley-Hhacem, el Viejo:  Muley Abd-Allah, el Mozo:  Muley
Abu-Ebn-Allah el Chico.

Esto era muy cmodo, porque no podian equivocarse.




VI.


La muerte del rey de Castilla, Enrique IV; la reunion de las dos coronas
de Aragon y Castilla, por el casamiento de Isabel I y Fernando V; el
formidable carcter del rey de Granada Abul-Hhacem, y la desunion de sus
vasallos, habian marcado al momento en que debia sucumbir Granada.

Aadanse otras ambiciones secundarias  las del hermano y el hijo de
Muley-Hhacem, y otras rivalidades terribles.

Estas ambiciones eran las de dos hijos de Abul-Hhacem, llamados los
infantes Cid Yahye y Cid Al-Hhamar, hijos de una renegada cristiana
que Abul-Hhacem habia cautivado en su juventud en la frontera de Martos,
por lo que habia repudiado  su prima la sultana Aixa-la-Horra[120], lo
que habia establecido odios y banderas entre las dos sultanas,
Aixa-la-Horra y Zoraya[121] la renegada[122].

Ayudaba la poderosa familia de los zegres  la sultana Zoraya: la no
menos poderosa de los abencerrages,  la Horra: los Zenetes, los
Masamudes, los Mazas, los Gomeles, todas las familias, en fin, estaban
entre s enemistadas y divididas.

Los Reyes Catlicos eran demasiado polticos para no volver en su
provecho estas disensiones de Granada, y  su advenimiento al trono, al
pretender Muley-Hhacem ratificar con ellos las treguas que habian tenido
con Enrique IV, Fernando  Isabel le habian impuesto como condicion, que
se confesase su vasallo y les pagase tributo.

La respuesta de Muley-Hhacem fu altiva y dura.

Id y decid  vuestros reyes, dijo  los embajadores castellanos que
habian ido  hacerle tal proposicion, que ya murieron los reyes de
Granada que pagaban tributo  los cristianos, y que en Granada no se
labra sino alfanges y lanzas contra nuestros enemigos.

Dicho esto despidi  los embajadores y mand hacer los preparativos
para una guerra con Castilla,  pesar de que los Reyes Catlicos
concedieron la tregua sin otra condicion.

Pero no tard l mismo en romperla: en el ao de ochocientos ochenta y
seis[123], aprovechando el descuido de los cristianos en la frontera,
entr por ella  sangre y fuego; se puso sobre Zahara, villa situada
entre Ronda y Medina Sidonia, y  pesar de que estaba bien guarnecida,
la sorprendi durante las tinieblas de una noche oscursima y
tempestuosa, en que se desplomara el aguacero y bramaba el huracan. Los
cristianos,  quienes la tregua y lo tempestuoso de la noche, hacian
creerse seguros, despertaron despavoridos y pasaron del sueo  la
muerte.

Al regresar Muley-Hhacem  Granada y en medio de los plcemes de sus
cortesanos, dicen que el anciano fak Al-Macer dijo con sobrado valor al
salir del alczar:

--Las ruinas de Zahara caern sobre nuestras cabezas! Ojal mienta
yo, que el nimo me d que el fin y acabamiento de nuestro seoro en
Espaa es ya llegado!

A pesar de esto, el rey Abul-Hhacem sin hacer caso de los alimes[124] y
de los fakies[125] seguia en sus algaras y cabalgadas y amagaba  las
villas fronterizas aunque no podia tomarlas, porque los cristianos, con
el escarmiento de Zahara, estaban prevenidos, contentndose con talar la
tierra y cautivar y robar lo que encontraba de muros afuera.

No se hizo esperar mucho tiempo la venganza de los cristianos por la
desgracia de Zahara. A principios del ao de ochocientos ochenta y
siete[126], don Rodrigo Ponce de Leon, seor de Marchena, con gentes de
Sevilla, se encamin  la frontera con el bravo intento de tomar la
ciudad de Alhama:  media legua de la ciudad, se detuvo con sus ginetes
y peones en unos profundos valles rodeados de recuestos y collados muy
altos, y oculto en aquel lugar esper  la noche; cuando esta hubo
llegado, y por cierto densa y oscura, se encaminaron  Alhama, y como al
acercarse notasen que todo estaba tranquilo en el castillo, algunos de
los cristianos pusieron con gran silencio escalas  la muralla, subieron
con gran nimo  ella, mataron los centinelas que encontraron dormidos,
abrieron las puertas que daban al campo, y dieron entrada al resto de
sus gentes. Los moros, sorprendidos por aquella hazaa, resistieron muy
poco, y los mas se salieron del castillo, bajaron  la ciudad y cerraron
sus puertas, procurando defenderse con palizadas y barreras.

A la venida del dia, los cristianos emprendieron el asalto; pusieron
escalas por diferentes puntos, y  pesar de que los moros se defendian
bravamente, los cristianos, aunque  costa de una gran mortandad,
lograron penetrar en Alhama.

El combate dur todo el dia y parte de la noche.

Los moros se defendian de calle en calle, en las que hacian barreras con
los muebles, con las puertas, con los carros, con cuanto encontraban 
mano; pero la llegada de un refuerzo de cristianos, decidi en favor de
estos la victoria.

Los moros fueron casi en su totalidad degollados.

Las mugeres, los viejos y los nios, que se habian acogido como dbiles
 inermes  la mezquita principal, fueron muertos sin compasion, y casas
y calles y mezquitas solo mostraban cadveres.

La venganza que los cristianos tomaron por el desastre de Zahara, fu
completa y horrible.

La noticia de este desastre llen de luto  Granada, los fakies cruzaban
por las plazas y por las calles llorando  voces y pronunciando las mas
terribles y funestas profecas: el pueblo estaba espantado, y aumentaba
el espanto la llegada de los habitantes de las villas fronterizas que
venian desalados  encerrarse en Granada con sus haberes, temerosos de
una suerte igual  la de Alhacen.

Pero Muley-Hhacem no se aterr; reuni de golpe tres mil caballos y
cincuenta mil peones y march sobre Alhama, pero con la precipitacion se
habia olvidado de llevar artillera y no pudo recobrar la ciudad.

Mas adelante volvi  cercar  Alhama, y ya casi estaba  punto de
rendirse cuando le avisaron de que su presencia era necesaria en
Granada.

Su hijo y su hermano se le habian rebelado cada cual por su parte, y era
llegado el momento en que los bandos interiores no le dejasen tiempo ni
fuerza para atentar  la defensa de sus fronteras.




VII.


Entretanto los cristianos tomaron  Loja, y mientras Muley-Hhacem fu 
su socorro, su hijo Boabdil, ayudado por su bando, se rebel
abiertamente en Granada proclamndose rey; los vasallos leales del rey
acudieron  su defensa, acaudillados por el wazir y por el wal de la
ciudad: hubo un reidsimo combate en las calles, y los rebeldes
lograron apoderarse del Albaicin. El populacho ansioso de novedades y
trastornos, se declar por el hijo y desbarat  los que venian con
gentes  nombre de su padre. En vano algunos buenos caballeros
pretendian restablecer la paz: el rey Muley-Hhacem, dejando lo de Loja
acudi  Granada, y ayudado por su hermano el infante Zelim wal de
Almera, pudo recobrar la Alhambra  escepcion de una torre que defendia
el alcaide Aben-Comixa, que despues fu wazir de Boabdil.

Con estas ventajas el rey viejo y el infante su hermano, se atrevieron 
bajar  la llanura, pero fueron desbastados.

Encastillados el rey Chico y el rey Viejo, el uno en el Albaicin, el
otro en la Alhambra, cansados de matarse sus parciales, se suspendieron
los horrores de la guerra civil, pero sin ceder el padre ni el hijo.

Abul-Hhacem desesperado, y viendo que entretanto Loja se perdia, march
de nuevo en su socorro, pero apenas sali de la Alhambra, cuando se
apoder de ella el alcaide Aben-Comixa y la entreg al rey Boabdil.
Entretanto su padre hacia levantar el sitio de Loja  los cristianos.

Pero si Abul-Hhacem habia recobrado  Loja, habia perdido  Granada.

Boabdil habia sido proclamado rey.

Abul-Hhacem, no pudiendo hacer otra cosa, por consejo de su hermano
Abdal-al-Zagal, se retir  Mlaga, que con Guadix era de su alcaidia,
y se mantuvieron fieles al rey.




VIII.


Al fin, despues de desastrosos hechos civiles, en que cada dia se
insurreccionaban las salas de Granada, y mientras el ejrcito de los
castellanos acometian las fronteras, el rey Muley-Hhacem, viejo ya y
achacosa, cedi la corona  su hermano Abdallah-al-Zagal.

Su hijo, que habia sido hecho cautivo por los cristianos en la batalla
de Lucena.

La sultana Aixa-la-Horra, pedia su auxilio  los Reyes Catlicos, y
estos se lo concedian, mas porque Boabdil fuese  turbar con la guerra
civil  Granada y  debilitarla, que por otra razon.

Boabdil, con la ayuda de los cristianos, se apoder del Albaicin y
despues de la Alhambra.

Su tio Abdallah-al-Zagal se retir  Mlaga y Almera.

Y sigui la guerra civil.

Y siguieron los cristianos adelantando en las fronteras.

Al fin Boabdil firm una alianza con los Reyes Catlicos, declarndose
su vasallo.

Los Reyes Catlicos, que ya se habian apoderado de Mlaga ayudando 
Boabdil contra su tio, se apoderaron de Baza, despues de un largo sitio.

Aterrado Al-Zagal con la pujanza de los cristianos, se present  la
merced de los Reyes Catlicos, firm con ellos perptua alianza, se
declar su vasallo, y les entreg sus ciudades de Guadix y Almera.

Los Reyes Catlicos ofrecieron en cambio al Zagal la taa de Andarax y el
valle de Alhaurin con todas sus alqueras y la mitad de las salinas de
Maleha.

Rindironse asimismo las fortalezas de Taberna y Seron en el interior y
las marinas de Almunekab y Jalubania, todo lo cual aconteci el ao
ochocientos noventa y seis[127].




IX.


Quedaba, pues, nico seor del reino, pero de un reino deshecho,
despedazado por los bandos civiles y casi destruido, el rey Boabdil.

En tales tiempos est consignada la tradicion del patio de los Leones
que vamos  referir  nuestros lectores despues de los antecedentes
descriptivos  histricos que hemos creido necesarios.




X.

LA SULTANA ZORAIDA.


Era esta desgraciada una joya de Dios.

Apenas habia cumplido veinte primaveras, y ya sus dias eran tristes y
sus noches sin sueo.

Quin podr encarecer su blancura, mas intensa que la de la plata
vrgen, ni quin sus cabellos dorados como el oro de Arabia?

Sus ojos eran azules como el cielo despejado de una tarde de primavera,
y sus pupilas negras como una noche de tempestad.

Y como de la tempestad salen los relmpagos, de las negras pupilas de
Zoraida salian tambien relmpagos de amor.

Por qu aquella hur mortal, aquel ramillete de perfeccion estaba
triste y silenciosa, sentada en la fresca y embalsamada sala de los
Divanes[128]?

[imagen no disponible: La sultana Zoraida

LETRE dib y lit Lit. de J. J. Martinez, Madrid]

Por qu las lgrimas corrian lentas  incesantes  lo largo de sus
megillas?

Ay! Zoraida en aquella maravillosa cmara era una garza real
aprisionada en una jaula de oro y pedrera.

Y como la garza desde su encierro recuerda los anchos espacios, y el
magnfico espectculo de la tierra vista desde las alturas, y al
recordarlo inclina apenada la cabeza, as Zoraida recordaba otros
espacios en que se habia remontado su alma hasta el cielo del amor y de
la felicidad.

Qu se habian hecho sus sueos?

Habian desaparecido quemados por el beso impuro de Boabdil.

En mal hora su padre la habia arrebatado del silencioso alczar de
Mlaga en donde pas su infancia, arrullada por el canto de su nodriza y
de sus doncellas.

En mal hora la llev  Granada.

Y en dia de muerte la llev  los miradores de Bib-Arrambla, para que
con ocasion de unas caas y torneos, sortijas y toros, fuese admirada y
vista su hermosura por los caballeros granadinos.

Y por el rey Boabdil.

Y por el abencerrage Ebn-Ahmed.

       *       *       *       *       *

Boabdil habia sido su esposo.

Ebn-Ahmed se habia atrevido  dirigirla primero miradas, y luego
suspiros, y al fin palabras de amor.

       *       *       *       *       *

Oh, y cun ardientes, cun tristes, cun apenadores eran los recuerdos
de la sultana Zoraida!

Una lmpara de oro incrustada en ncar, enviaba al semblante de Zoraida
una tnue y dulce claridad que brillaba en sus lgrimas.

Era muy tarde, y la sultana no habia dormido.

Era cerca del amanecer.

Los guardas de la muralla de la Alhambra, rendidos al sueo, no dejaban
oir su grito de vigilancia: todo reposaba en el alczar.

Sin embargo, por el adarve del jardin del mirador de Lindaraja, se veian
alejarse dos sombras hcia un ngulo de la muralla:  la dudosa luz del
alba que empezaba  esclarecer, se notaba que la una sombra era un
hombre, la otra una muger.

Al llegar  aquel ngulo, la muger desenvolvi una escala y la arrojo 
fuera.

--El dia viene, dijo al hombre: por fortuna he podido alejar  los
guardas: aprovecha este momento para alejarte, wal: recuerda que no es
tu vida la que espones, sino la vida y la honra de una desdichada.

--De un arcngel de muerte, murmur con voz ronca el hombre.

-Ah! infeliz!... infeliz de ella! olvidas que es esposa de Boabdil?

--Oh! si me amara, qu importan la muerte y la deshonra, y los
tormentos,  trueque de un instante de felicidad!...

--Vete, vete, wal Ebn-Ahmed; si los guardas volvieran!...

--He subido por esta escala con la alegra del sol que sale, y la bajo
con la tristeza del sol que se pone: yo habia esperado ver mi cielo;
pero mi cielo ha estado nublado para m.

--Oye, wal, y espera y alienta tu esperanza... mi seora me ha dicho
para t estas palabras:

Esta noche en Generalife, al pie del ciprs de Abul-Walid.

--Ah!

--Vete, pues.

--Otro dia!

--Un dia de hermosa esperanza, y despues... una noche de felicidad.

--Og-allah![129] esclam Ebn-Ahmed; y arrancndose una joya la entreg
 la esclava, y se desliz por la escala.

Cuando la escala perdi su fuerte tension, seal clara de que el que
habia descendido por ella habia tomado tierra, la muger la recogi.

Luego se inclin sobre el adarve y escuch atentamente.

Poco despues, all  lo lejos, pasando por un puente del Darro, y
trepando por la vecina cuesta del Chapiz, se escuch el sonoro galope de
un caballo.




XI.

EL SULTAN BOABDIL.


Granada estaba amenazada.

Los Reyes Catlicos, despues de haber conquistado las principales villas
y ciudades del reino, habian acampado delante de Granada, llevando
consigo la flor de sus caballeros.

Y delante de Granada, en la vega, habian levantado su ciudad real.

La ciudad de Santa-F.

Un dia aquella ciudad, que solo habia sido antes un real, apareci
cercada de muros.

Cuando aquello vieron los moros desde la Alhambra, se maravillaron
porque la tarde antes no existian aquellos muros, y no podian comprender
cmo se habian levantado en una sola noche.

Aquello era una industria de los cristianos.

Por ella se cant aquel romance que dice:

      Cercada est Santa-F
    de mucho lienzo encerado.

Pero muy pronto los muros de lienzo se convirtieron en muros de piedra,
y el real de los Reyes Catlicos se convirti en ciudad.

Y  pesar de que aquella ciudad con sus muros, sus torres y su caba, se
levantaba delante de Granada, el rey Boabdil dormia como si hubiese
estado completamente en paz con los cristianos.

Dormia en el mirador de Lindaraja entre los brazos de una esclava.

       *       *       *       *       *

Lentamente la luz del dia fu creciendo, y la esclava despert, se
envolvi en su tnica y se sent en el divn.

Poco despues de la aparicion del alba, un ronco son de atakebiras,
dulzamas y atavales rasg el espacio, y cuando ces este clamor
guerrero, se escuch la voz del mueden de la mezquita del alczar que
llamaba  la oracion de Azzobih.

Boabdil se levant, sonri  la esclava, y fu  hacer su ablucion  la
fuente de la sala de las Dos Hermanas.

Despues se prostern con el rostro vuelto al oriente, y or un momento.

Luego fu al divn, se reclin en l indolentemente  hizo una sea  su
esclava.

Esta se levant y fu  una puerta.

Sali, y poco despues entraron otras cuatro hermossimas esclavas.

La una traia un arquilla llena de perfumes y aguas olorosas, la otra una
fuente de oro, la otra un espejo, la otra una rica tohalla.

Las esclavas se arrodillaron, y luego se apoderaron del rey y le
ataviaron.

Despues se retiraron las esclavas, y entraron cuatro wales escuderos
del rey.

Le armaron; pusironle su manto de prpura sobre los hombros, la espada
al costado, y la corona en la cabeza.

Despues el rey se traslad  la cmara de Embajadores y recibi  su
corte.

En el patio del Mexuar ondeaba su estandarte.

Los caballeros que le rodeaban, estaban cubiertos de resplandecientes
arneses.

Salia Boabdil contra los cristianos?

No: iba  una fiesta de caas en Bib-Arrambla.




XII.

LAS CAAS SE VUELVEN LANZAS.


Cun engalanada se muestra la plaza!

Parece que los bosques la han enviado sus aves, las praderas sus flores,
sus sedas Damasco, sus prpuras Tiro, sus resplandores Oriente.

Damas de hermosura, mas resplandeciente que sus resplandecientes galas,
ocupan ventanas y balconcillos y miradores y estrados, y parecen un
cielo que se mueve y gira y brilla agitando sus ventales de plumas y
pedrera.

Y los galanes, mezclados con las damas, dejan ver sus aljubas verdes en
seal de esperanza, labradas de oro fino y de perlas, y sus bonetes con
plumas, cada cual del color de su dama.

Y hay entre muchas de aquellas toca, trenzas rubias y trenzas negras,
prendas de amor; y lazos de oro en las mangas de las aljubas con motes
de amor, y cadenas de amor al cuello de muchos caballeros.

Y  los pies de ventanas y miradores mas all de los estrados, est la
estendida tela[130], en que brilla apisonada la blanca y menuda arena
del Genil.

Y al rededor de la tela las barreras de colores, con sus poternas de
hierro dorado, y entre las barreras y los estrados, los africanos de la
guardia del rey con sus armaduras doradas, sus capellares rojos y sus
relucientes bonetes de acero, con plumas que ondean al viento.

Y all al fondo de la tela est el trono del seor rey, con su cortina
de prpura bordada de oro y sembrada de estrellas de rubes, con el
blason de Al-Hhamar el Nazer campeando en el centro, y que parece como
empalidecido, como empaado al verse en un lugar de fiestas en vez de
encontrarse delante del real de los cristianos que cercan  Granada.

Boabdil es un rey insensato.

Insensatas son esas damas, que estn cubiertas de joyas, lazos y galas.

Insensatos esos mancebos, que enamoran cuando debian cabalgar contra el
castellano.

Solo los faks prosternados en la mezquita esclaman:

_Allah ku Akbar! Allah ku Rhhaman! Le galib ile Allah!_[131]

       *       *       *       *       *

Entretanto el rey ocupa su trono en Bib-Arrambla[132], y junto  l,
plida, triste y pensativa se asienta la sultana Zoraida, y delante las
sultanas de la familia real[133], y mas abajo las favoritas y luego las
esclavas.

Y detrs del trono los wazires, y los alcaides, y los kadies, y los
valies, y los alimes, y los xeques.

Una aclamacion herida hiende los aires porque el rey ha hecho una sea
con su lenzuelo y van  empezar las fiestas.

Un solo caballero v con espresion sombria la sea del rey, y escucha
con despecho el taido de los instrumentos msicos y de guerra que
llaman  las cuadrillas.

Est de pi  la derecha del rey, y tiene desnuda la ancha espada en que
se apoya.

Es el nico que no lleva galas, y que en vez de una ligera armadura
dorada, como la que llevan los otros caballeros, se encuentra armado con
un fuerte arns de guerra de Miln.

En la barrera sus pajes tienen del diestro un bravo corcl encubertado
de batalla, y sus escuderos mantienen la gruesa y larga lanza, la ancha
y redoblada adarga de siete aceros, y el ferrado yelmo de encage.

Es jven: en la fuerza de su juventud.

La magestad irradia de su alta y serena frente.

En sus negros ojos brilla un valor bravio.

En su boca aparece una sonrisa de valor y de desprecio.

Aquel mancebo es el infante Muza-Ebn-Abil-Gazan: el valiente de Granada,
hijo de Muley Hhacem y de una esclava cristiana, hermano bastardo de
Boabdil, indomable y vencedor alcaide de su caballera.

Cuando Muza cabalga en la vega contra los cristianos llevando tras s
las innumerables taifas de ginetes de Granada tras su bandera roja, all
v el huracan.

Cuando salen  su encuentro Gonzalo de Crdoba,  el Alcaide de los
Donceles,  el conde de Cabra,  Hernan Perez del Pulgar con sus lanzas
castellanas, parece que chocan dos montaas de acero lanzadas la una
contra la otra por la mano de Dios.

Cuando entre los suyos est plido, sombrio y ceudo, los suyos
tiemblan.

Muza est plido: sus ojos centellean, su negra barba tiembla.

Su robusta mano empua convulsivamente el pomo de su espada.

Su vista se fija en la puerta de Al-Bonut[134].

Por all entran lucidas cuadrillas de zegres.

A su frente, altivo, provocador, insolente, viene oprimiendo los lomos
de un tordo rodado, Mahomet Zegr, alcaide de la alcazaba Kadima,
cubierto de galas rojas y arrastrando rojas gualdrapas: llevaba pintado
en su adarga un salvaje sosteniendo un mundo, y por bajo este
jactancioso mote: _Con mas puedo._

Su moreno semblante africano se volvi hacia el trono en el momento en
que entr en la tela, y sonri con sarcasmo  la sultana, con desprecio
al rey, y fij una mirada de odio y de reto en el infante Muza.

La sultana palideci, el rey baj los ojos, Muza lanz una mirada de
muerte al Zegr.

Seguian  Mohamet-Adel-Zegr, de cuatro en cuatro, cien caballeros
zegres, ginetes en potros negros de pura sangre rabe.

Iban cubiertos de seda, sin mostrar mas que unos ligeros jacos,[135]
forrados de tela de oro: sus aljubas, sus marlotas, sus almaizares, eran
de brocado rojo como el de su caudillo, y sobre sus bonetes ondeaban
plumas que parecian haber sido teidas en sangre.

Al mismo tiempo por la puerta de Al-Kaissera, entr un hermoso mancebo,
ginete en una yegua blanca, con bonete, aljuba y capellar de brocado
verde, y gualdrapas de lo mismo.

En su adarga llevaba pintada un guila que volaba junto  un sol, y por
bajo este letrero:

_Mas alto vuelo._

Este caballero, que era muy hermoso, se llamaba Ahmed-Ebn-Zeragh, y era
gefe de la poderosa familia de los abencerrages.

Seguanle de cuatro en cuatro, ginetes como l en yeguas blancas, y como
l vistiendo brocado verde, cien bravos caballeros abencerrages.

Los dos gefes de las dos tribus, Mahomet-Adel-Zegr, y
Aben-Ahmed-Aben-Zeragh, se unieron para ir  saludar al rey, y del mismo
modo se unieron sus cuadrillas.

Despues del saludo, cada uno tom por un costado de la liza: seguian 
cada uno sus caballeros, y al fin los escuadrones se formaron el uno
frente al otro: los abencerrages estaban  la derecha del trono, los
zegres  la izquierda: en medio la arena despejada:  una seal del
rey, los escuderos de las fiestas saltaron las barreras y cargados de
haces de caas, forradas de vistosas cintas, proveyeron de ellas  los
caballeros y se retiraron.

Entonces son la seal.

Los dos escuadrones se abrieron, desplegndose como un abanico.

Y caracolearon los caballos, y se mezclaron de una manera ordenada
formando crculos y caprichosas combinaciones, y entrando y saliendo y
remedando de una manera muy vistosa, una trabada escaramuza.

Y volaban las caas, ondeando las cintas de colores, y las damas y los
caballeros y el populacho y el mismo rey aplaudian y reian de muy buena
gana, cuando un caballero torpe  descuidado recibia un golpe de caa en
el rostro.

Por una, dos y tres veces las cuadrillas quedaron sin caas, se
replegaron haciendo provision de nuevas caas, y volvieron  juego; pero
 la cuarta vez, un caballero abencerrage lanz un grito de muerte y
cay de su yegua.

Algunos escuderos de los zegries habian saltado la valla y habian dado 
sus dueos picas de combate.

Por esto se dijo el romance aquel:

      No hay amigo para amigo;
    las caas se vuelven lanzas.




XII.

LA BATALLA.


A aquella infame traicion de los zegres, sigui un tumulto espantoso.

Los abencerrages, provistos de lanzas los unos, los otros valindose
solo de las espadas, se revolvieron con un odio y una saa
incomparables.

De los estrados, de las galeras, de las casas, bajaban  la liza
caballeros, y aun el populacho empezaba  tomar parte, dividindose
Granada en dos bandos.

El rey con la sultana, con sus mujeres, con sus consejeros, escap y se
encerr en la Alhambra.

El infante Muza qued en la plaza revolvindose entre los combatientes,
y gritando para ponerlos en paz:

--Ved, caballeros, que tenemos  las puertas los cristianos, que el
peligro arrecia, y que no es esta la ocasion de volver las armas los
unos contra los otros, sino de ir juntos y alentados contra el enemigo
de todos: ea, caballeros, bajad las armas, y mirad  Granada que llora:
y si teneis sed de sangre, venid conmigo y busqumosla cristiana en el
real de Santa-F.

Pero en vano tronaba la voz de Muza: los zegres no obedecian y los
abencerrages, que hubieran obedecido, se veian obligados  defenderse de
los zegres.

Entonces Muza dej las persuasiones y apel  la fuerza.

Reuni al rededor de su bandera  los africanos de la guarda del rey y 
sus esclavos negros, y embisti con los zegres.

Reforzados los abencerrages, se llevaron al fin por delante cuanto
encontraron.

Los zegres huyeron dejando sobre la plaza muchos cadveres de los
suyos, y fueron  encerrarse en el castillo de Bib-Ataubin[136].

Los abencerrages fueron  encerrarse con el rey en la Alhambra.




XIV.

EL CIPRES DE LA SULTANA.


Comprendieron los zegres que vencidos como estaban, abandonados de
todos, el rey podia hacer en ellos un terrible escarmiento.

Pensaron, pues, en engaar al rey.

La misma sultana Zoraya, la renegada  quien servian, envi 
Mohamed-Adel-Zegr, un mensagero, con el que le dijo que era necesario
ganar tiempo y buscar sobre seguro otro medio de acometer al rey
Boabdil.

La sultana Aixa-la-Horra por su parte, ayudada por el alcaide Muza,
pugnaba en la Alhambra por decidir al rey  que cortase la cabeza  los
traidores.

Pero el rey era dbil y resistia.

Parecile peligroso hacer justicia en unos caballeros tan turbulentos
que tanto poder tenian y tan poderosos eran, y se avino  recibir 
Mohamed-Adel-Zegr.

El caudillo de los zegres se esforz por probar que un caballero zegr
que habia huido temiendo el castigo, habia sido el que por celos de una
dama habia arrojado una lanza contra un abencerrage, y que el combate
que despues habia seguido, habia sido una equivocacion lamentable. Que
habian corrido voces en el momento de la lucha entre los zegres de que
querian destruirlos; que esto habia causado su tenaz resistencia; pero
que aclarados los hechos, los zegres no tenian el menor reparo en dar
cuantas satisfacciones fueren necesarias al rey y  los abencerrages, y
en renovar con ellos la antigua amistad, dando en rehenes de ella sus
hijos y sus esposas.

Parecile al rey bastante la satisfaccion de los zegres, y los
abencerrages sacrificaron su justo odio en favor de la patria: aquel
mismo dia los cristianos habian corrido las dos leguas de vega que hay
desde Santa-F  Granada; se habian estendido por una parte hasta la
Azubia, y por otra hasta Viznar; y aldeanos y labradores habian entrado
despavoridos en Granada.

Era, pues, necesario de todo punto la union mas estrecha entre los
caballeros granadinos, el olvido de todos los odios y los esfuerzos
comunes y unidos contra el enemigo comun.

Cedi, pues el rey por temor, cediendo los abencerrages por generosidad;
concertaron una avenencia, y para celebrarla se dispuso una zambra en
Generalife, donde debian echarse los lazos de una nueva amistad entre
zegres y abencerrages.

       *       *       *       *       *

Lleg la noche.

Generalife estaba resplandeciente.

Sus cascadas corrian bajo sus verdes bvedas de laurel, entre las que
estaban escondidas jaulas con cuantos pjaros de voz armoniosa podia
reunir el deseo.

Las lmparas de colores ardian en el oscuro fondo de las enramadas,
esparciendo una dulce luz.

Las fuentes saltaban cruzando caprichosamente sus surtidores, bajo los
que ardian mil luces.

Al lado de los estanques, entre los jardines, al dulce eco de la fiesta,
vagaban parejas de damas y caballeros que hablaban de amor.

El cielo estaba plcido y tranquilo; la luna brillaba, y las frescas
auras gemian entre las enramadas.

       *       *       *       *       *

Pero habia un jardin en Generalife, en el cual no brillaban luces.

Unicamente la luna reflejaba en su largo estanque.

Un solo ruiseor cantaba escondido en lo mas alto de un rbol
jigantesco.

Aquel rbol era un ciprs.

El ciprs de Abul-Walid.

       *       *       *       *       *

Si vais  Generalife encontrareis aun aquel jardin, aquel estanque, la
antigua atarvea con flores ahora, como entonces, porque la naturaleza es
mas prvida que los hombres; estos han dejado que se arruinen las
galeras de estuco y mrmol, los aleros, las cpulas.... la primavera ha
cuidado de cubrir cada ao de flores las orillas del estanque, y cada
ao ha nacido una rama nueva al ciprs.

Cuando el _cicerone_ que os acompaa llega  aquel jardin, se detiene y
os dice con un entusiasmo verdaderamente romancesco:

--Aquel es el Ciprs de la Sultana.

Y cuando os acercais  l, veis que los que han llegado primero que vos,
han cortado con un entusiasmo tambien enteramente romancesco, una
astilla del rbol, una especie de reliquia.

El ciprs, junto  su pi,  la altura de mi hombre, est roido  mas
bien desollado, por el entusiasmo de los viajeros.

Una tarde estaba el autor sentado,  la puesta del sol, en el pequeo
jardin donde existe el ciprs.

Hablaba con un viejo invlido de la compaa de la Alhambra, y miraba 
la altsima punta del rbol maquinalmente.

De improviso, viniendo de la parte de la Silla del Moro, un gran pjaro
blanco se cerni un momento sobre la punta del ciprs, y se detuvo en
ella.

--Qu clase de pjaro es ese, tio Juan? dijo el autor al invlido.

--Ah! ah! esclam el viejo; es un animal muy raro: es un grajo.

--Un cuervo blanco!

--Si seor, un grajo cano de viejo: como que dicen que el Ciprs de la
sultana tiene cuatrocientos aos, y que ese cuervo es tan viejo como l.

--Quin ha dicho  V. eso, tio Juan?

--Mi padre se lo oy decir  mi abuelo, que decia que se lo habia oido
decir al suyo, y que el abuelo de mas all se lo habia oido decir al de
mas lejos.

--Vamos, esa es una noticia trasmitida de generacion en generacion: una
tradicion, en una palabra.

--Como se sabe que la sultana que enga al rey Chico de Granada,
dejndose enamorar de un abencerrage al pie de ese rbol, era rubia y
blanca, y tenia los ojos garzos y una pequea rosa que le hacia mucha
gracia, en la megilla derecha.

No me atrev  desmentir al tio Juan, que sigui contndome con la f
mas ciega, y como hubiera podido contarme un suceso del dia anterior, la
tradicion de los amores de la sultana de Granada y del abencerrage
Aben-Ahmed.

       *       *       *       *       *

Oase desde aquel solitario jardin, perdido y tnue  lo lejos, el
concierto de la fiesta que se agitaba en Generalife.

El ruiseor, escondido en el rbol, trinaba.

La luna brillaba en la tersa  inmvil superficie del estanque.

Los bosquecillos de laureles proyectaban misteriosas penumbras.

La brisa de la noche volaba cargada del aroma de las flores.

       *       *       *       *       *

Entre la oscura sombra de un bosquecillo se destacaron cuatro fantasmas
blancos.

Eran cuatro hombres envueltos en sus almaizares.

Hablaban de una manera contenida.

Se deslizaron siempre en la sombra hcia el ciprs, y se ocultaron
detrs de l en una espesura de rosales.

El que hubiera estado junto  ellos habria podido oir el dilogo
siguiente:

--Y estas seguro, primo Mahandin, de lo que nos has confiado?

--Esta maana, antes de amanecer, uno de los guardas del jardin de
Lindaraja vi salir de los baos a Zaruhlemal[137], contest el
preguntado.

--Ah! la doncella favorita de la sultana! dijo otro.

--Con Zaruhlemal iba Aben-Ahmed. El guarda la oy decir: Esta noche en
Generalife, al pie del ciprs de Abul-Walid.

--Y no podr ser que quien haya dado esa cita  Aben-Ahmed sea la misma
Zaruhlemal?

--Aben-Ahmed no se hubiera espuesto por esa dama  escalar la Alhambra y
 entrar en los baos del rey. No se hubiera pagado tan esplndidamente
 los guardas para que se retirasen.

--Silencio; dijo uno de los cuatro: me parece que oigo abrir
recatadamente una puerta de la galera.

--Ocultmonos bien, y silencio.

No volvieron  hablar una sola palabra.

       *       *       *       *       *

Una muger sali de la galera y adelant hcia el ciprs con paso tmido
 irresoluto.

Cuando se puso bajo la luz de la luna, brill el brocado de su tnica, y
brillaron las alhajas de que venia prendida.

Traia cubierto el semblante con el velo.

Adelant hcia el ciprs, mir en torno suyo con anhelo; se sent al pie
del rbol sobre el csped, y se descubri echndose atras el velo.

Era la sultana Zoraida.

Estaba plida, temblorosa, dominada por una escitacion profunda.

En sus magnficos ojos brillaban  un tiempo el amor, el temor, la
amistad, la pureza contrariada, el orgullo comprimido.

Su seno, cubierto de deslumbrantes joyas, se levantaba y se deprimia.

Su aliento salia abrasador y fatigado, por sus entreabiertos labios.

Todo en ella revelaba una muger en cuyas venas latia sangre africana, a
impulsos de un amor largo tiempo habia contrariado, dominado hasta el
momento de la prueba.

Amor escondido en un delicioso misterio, cubierto por las alas del
arcngel de la pureza, tranquilo hasta entonces como las aguas de un
lago, profundo como el abismo,  indeleble como la marca puesta por el
dedo de Dios sobre la frente de una criatura.

Aquel amor habia llevado hasta el pie de aquel ciprs  la sultana, de
aquel funesto ciprs, mudo confidente de amores misteriosos, y all
entre un vacilante silencio, al tibio rayo de la luna, al suave y
aromtico aliento de las auras, que susurraban lentamente entre las
flores y las enramadas, la desdichada Zoraida, recibi en el misterioso
fondo de su alma la ltima y mas ardiente revelacion de aquel amor hasta
entonces dominado, silencioso, vago, infinito que hacia mucho tiempo
llenaba sus sueos.

Zoraida vi el abismo en el momento en que este se abria  sus pies, y
quiso retroceder.

Quiso huir.

Se levant trmula y se encamin  la galera, pero de repente apareci
junto  ella, saliendo de entre una enramada, un hombre.

Era Aben-Ahmed.

Galan, hermoso, enamorado.

Pretendi huir aun, pero encontr ante sus pies de rodillas al
abencerrage plido y tembloroso.

Y sinti sus manos asidas por otras manos convulsas, y unos labios
ardientes y trmulos que besaban con delirio sus manos.

--Oh! qu haces? esclam la sultana.

--Desfallecer de amor, alma de mi alma, contest el abencerraje.

Zoraida cay sin fuerzas, rendida por su amor sobre el csped que
rodeaba al ciprs.

Y entonces, cuando los dos amantes solo tenian ojos y oidos para s
mismos, los cuatro hombres que estaban ocultos tras el ciprs en la
espesura, se alejaron con paso silencioso, y se perdieron  lo largo de
los jardines.

       *       *       *       *       *

Y Aben-Ahmed, entretanto, permanecia  los pies de Zoraida, y la decia
fuera de s:

--Oh! bendita sea la noche que envuelve en su silencio nuestro amor!
bendita sea la luna que alumbra tu hermosura!

Tu frente encendida por el rubor y la agitacion de tu seno, son voces
mudas que pronuncia tu alma, y que me dicen: yo te amo!

Alza los ojos gacela, y pon tu mirada de delicias en mi mirada.

Ellos son la lumbre de mi vida.

Su fulgor, el fulgor de la estrella esplendorosa de mi destino.

Callaba la sultana: callaba y temblaba.

Aben-Ahmed enloquecia con su hermosura, y esclamaba:

--Sultana del amor, flor de las flores, lucero de los luceros, hur de
las hures, rosa del paraiso, la noche nos envuelve en su silencio:
huyamos: huyamos lejos de ese rey miserable y cobarde y de la ruina de
Granada: salvemos nuestro amor.

Yo tengo en Africa alczares.

Yo tengo en aquellos alczares tesoros.

Yo soy el gefe de una valiente tribu.

De la tribu de los Beni-Zerahg.

Descendiente como Al-Hhamar-el-Nazerita, del Ansar, mi estandarte verde
ondea sobre las lanzas de mis bravos abencerrages.

Aqu la infamia nos rodea y la traicion nos acecha.

Huyamos, sultana.

Huyamos de esta corte de ignominia.

Yo dar en Africa  tu hermosura un trono mas resplandeciente que el de
Boabdil.

Al oir el nombre del rey, la sultana volvi en s como si despertase de
un sueo.

--Ah! esclam: eres t, Aben-Ahmed! qu quieres  los pies de la
sultana?

--Levntate, desdichado! los esclavos del rey velan, y tu cabeza est
mal segura en tus hombros!

Huye! huye y slvate! que el sultan de Granada no pueda herirte!

Al escuchar el altivo acento de Zoraida, que habia logrado sobreponerse
 su sueo, Aben-Ahmed se crey humillado.

--Por qu me has llamado aqu en el silencio de una noche tranquila,
sino me amas? esclam: por qu has venido sola  este apartado jardin
donde todo convida al misterio y  los amores?

Si es que no te parezco bastante grande, yo lidiar, y te lo repito, te
conquistar un trono, el trono de Damasco, y sers sultana del oriente y
del occidente, desde el estrecho de Geb-al-Tarik, hasta las vastientes
del Atlas y los linderos del gran Sahara.

--Oh! qu dices? aparta vasallo! para ser sultana me basta un trono,
para ser noble y leal  mi rey y a mi esposo, arde en mis venas la
esclarecida sangre del sultan Ismail!

Aparta y vete.

La sultana ha venido aqu, te ha llamado aqu, para robar  tus
insensatos amores la ltima esperanza: para apartarte de una horrible
senda que solo conduce  un lago de sangre.

--Yo siento el buitre que se acerca, esclam tristemente Aben-Ahmed.

Yo oigo en los aires lgubres rumores.

Es Ariel[138], que bate sobre m sus alas negras.

Qudate  Dios, sultana.

Si al trasponer el sol del prximo dia, al aparecer en el oriente el
lucero de la tarde, ves pasar por delante de l una nubecilla roja, ese
ser mi espritu que esperar trmulo de amor una sola mirada de tus
ojos.

Y trmulo, plido como un cadver, se levant el abencerrage de los pies
de la sultana.

--Morir! dijo Zoraida estremecida, arrastrada por la invencible fuerza
de su amor; morir t! y por qu?

--Lo que est escrito se cumplir, dijo con desesperacion Aben-Ahmed;
acaso puedo yo vivir en las tinieblas de la desesperacion, sin tu amor?

Oh! yo no te conocia cuando vine de Africa con mi tribu.

Yo no sabia que la Alhambra habia de ser para m, como un vaso de oro y
rubes lleno de falaz tsigo!

Y sin embargo, los sabios de mi patria me habian dicho:

Adnde vas, caudillo?

Cuando el alcion de Africa tienda su vuelo al occidente;

Cuando busque aires mas puros y mas frescos y tierras mas tapizadas de
verdor;

Cuando abata su vuelo junto  las claras corrientes,

Sobre las pintadas flores,

Llegar al pie de una montaa coronada por la magestad de un alczar;

Y en el alczar encontrar una garza real.

Y la garza causar la muerte del alcion, porque le amar, y apartar de
l los ojos, que posar en los de un cobarde gerifalte,

Y el gerifalte verter con alevosa la sangre del alcion, viajero y
peregrino, y velo de sombra estender sobre l,

--Lo que pronosticaron los sabios se ha cumplido.

Part, llegu, te v, y te am.

Te am... como ama el cielo al sol, el mar al viento.

Te am... como ama el ciego la luz y el desdichado la esperanza.

Te am... con toda mi alma, con toda mi vida, con todo mi deseo, con
toda mi voluntad.

Te am... para morir de amor.

Qudate  Dios, sultana.

Lo que est escrito se cumplir.

Acaso puedo vivir?

No! insultar  los zegres y me matarn.

Y si quiero morir con gloria, no velan en el real cristiano, sedientos
de sangre mora, ese famoso Gonzalo de Crdoba, el bravo Ponce de Leon,
Hernando del Pulgar, y don Alonso de Aguilar el Valiente?

Adios, sultana.

Ariel bate ya sus negras alas.

La hora se acerca.

Y fuera de s Aben-Ahmed, se apart de la sultana.

Zoraida no pudo contener su llanto.

Detvose Aben-Ahmed estremecido de alegra, y torn al sitio donde aun
permanecia inmvil la sultana.

--Por qu lloras? esclam Aben-Ahmed: cada lgrima tuya vale un
torrente de sangre. Si t me amas, hur, pronuncia una sola palabra, y
cuanto se oponga  nuestro amor caer ante mi espada.

--Vete! dijo la sultana dominando su conmocion y procurando ahogar sus
sollozos.

--Oh! dejarte cuando todo el llanto que corre de tus ojos, la
agitacion de tu seno, la palidez de tu semblante, me dicen que me amas!

--Vete! repiti Zoraida.

--No, no me alejar. Alejarme seria morir.

--Permaneciendo morirs.

--Y qu importa?

--Y mi amor? esclam con desesperacion Aben-Ahmed.

La sultana se levant de una manera solemne: sus lgrimas se habian
secado, brillaba su mirada, tranquila, grave, inspirada.

--Antes de conocerte, dijo, yo vivia otra vida tranquila, dulce,
resignada, sin alegria, es verdad, pero tambien sin dolores; no amaba 
mi esposo, porque no le eligi mi voluntad, porque Dios no habia querido
que le amara; pero no le aborrecia.

Mi sueo era tranquilo.

Las flores tenian para m colores y fragancia.

El aura era fresca y balsmica.

Mi aliento la aspiraba con delicia.

Yo veia al sol levantarse magestuosamente en el oriente y caer lleno de
languidez en el occidente, como el camello que se reclina despues de una
larga jornada.

Yo lo amaba todo; las flores, los pjaros, las auras, el sol, la tierra,
los luceros que vierten una vaga y misteriosa luz en el firmamento.

Era yo entonces feliz: las buenas hadas me halagaban en mis sueos, y al
despertar el alba me sonreia.

Pero cuando te v, Aben-Ahmed, las megillas doradas por el sol de
Africa, cabalgando al frente de tus bizarros abencerrages en tu yegua
blanca, llevando tras t el verde estandarte de la familia del profeta;

Cuando pasaste bajo mis celosas galan y hermoso, terciada la pica, la
frente alta, suelta la toca al viento, resplandeciente la mirada;

Oh! cuando te v, el ngel de la paz no bati ya sobre m sus alas
blancas, ni las flores, ni la alborada, ni el sol, tuvieron para m
fragancia, frescura, ni resplandores:

Los pasos de mi esposo, que se acercaba  mi retrete y que antes no me
inquietaban, me aterraron.

Las puras frentes de mis hijos me causaron vergenza.

Porque yo dentro de mi alma era adltera.

Porque dentro de mi alma yo te amaba.

Y yo no debia amarte.

Quise vencer aquel amor vergonzoso y creci.

Quise contenerle al menos, y se desbord.

Y cuando yo luchaba en vano conmigo misma, t, enamorado de m, me
aquejabas con tu amor.

En la noche cuando todo callaba, cuando todo dormia, el sonido de una
guitarra venia  estremecerme.

Y luego tu voz que cantaba  lo lejos en la mrgen del rio, entre las
espesuras de avellanos, llegaba, conducida por los traidores cfiros,
hasta el mirador, desde el cual fijaba yo en la luna mis ojos llenos de
lgrimas.

Quin sabia si aquel canto de amores buscaba  la sultana que gemia en
su mirador,   una dama escondida tras sus celosas en los crmenes del
Darro?

Yo sola sabia que aquel canto venia  buscarme.

Yo sola sabia que aquella palabra ardiente, que aquella armona
melanclica hablaba  la sultana.

Y yo me volvia loca.

Yo luchaba.

Quise al fin probar el ltimo remedio.

Quise conocerte, tratarte, contemplarte de cerca, sorprender tus
debilidades, tus miserias, encontrar razones para olvidarte.

Y te v; y te habl; y solo hall en t prendas para amarte mas.

Desesperada, quise probar el ltimo esfuerzo, y te llam aqu  este
jardin solitario para hacer imposible mi vergenza separndote de m,
apartndote de m, irritndote, desprecindote.

Yo queria quedarme sola con mi amor.

Queria que huyeses, que me aborrecieses.

Y me has vencido!

Yo te amo, Aben-Ahmed!

Te amo antes que todo!

Pero vete... djame...

Porque si yo fuese tuya, la vergenza me mataria.

Porque no podria sobrevivir  mi infamia.

Tras esta apasionada declaracion, la sultana call, y dobleg su frente
bajo el peso de la vergenza.

Aben-Ahmed lleg  la atarvea, cort algunas rosas blancas, las enlaz,
y las puso,  manera de corona, sobre la frente de la sultana.

--Oh! esclam: si no puedes, si no debes ser mia, guarda estas flores
como el emblema de nuestros castos amores, y cuando estas rosas estn
marchitas, acurdate de que el corazon de Aben-Ahmed estar marchito
tambien.

--Oh! esclam Zoraida levantando hcia Aben-Ahmed sus ojos inundados de
lgrimas: Oh! si estas rosas no estuvieran sobre la pesada corona que
ha ceido  mi frente Boabdil!

Apenas habia pronunciado la sultana estas palabras, cuando entre la
espesura de rosales, situada detrs del ciprs, apareci bajo el rayo
de la luna, un semblante plido, convulso, horrible, que abarcaba en una
mirada de muerte  los dos amantes.

Era el rey Boabdil!

Tras l, ocultos en la sombra, se veian cuatro hombres envueltos en
alquiceles blancos.

Aben-Ahmed y Zoraida se alejaba, entretanto,  lo largo del jardin, y
muy pronto se perdieron entre la espesura.

El rey salt como un tigre de entre la enramada, con la mano puesta en
su pual y la sangrienta mirada fija en el lugar por donde habian
desaparecido los amantes.

Los cuatro hombres salieron tras l y le rodearon.

Eran Mahomet Adel-Zegr, Hamet-Zegr, Mahandon-Gomel, y Mahandin, todos
zegres, todos enemigos de Aben-Ahmed.

Hamet-Zegr se puso delante del rey.

--Adnde vas, seor? le dijo: si matamos  Aben-Ahmed aqu, en
Generalife, entre los brazos de la sultana, su muerte ser un aviso para
los demas abencerrages, y todos deben morir, porque todos son traidores.
La venganza, seor, es mas sabrosa cuanto mas se espera. No caiga uno
solo, una cabeza es poco.

--S, dices bien; esclam el rey con acento opaco: todos!... todos!...

Y luego en un momento de horrible decision, esclam:

--Id maana  la Alhambra acompaados de mi verdugo.

Y apartndose bruscamente de los cuatro zegres, se perdi por la oscura
galera del fondo del jardin.

       *       *       *       *       *

Al terminarse la zambra en Generalife, los abencerrages recibieron una
invitacion del rey que los convidaba para un sarao en el patio de los
Leones.

       *       *       *       *       *

Desde aquella noche en que la sultana Zoraida escuch al enamorado
Aben-Ahmed y le confes su amor en Generalife, se conoce el viejo rbol
de Abul-Walid bajo el nombre tradicional de _Ciprs de la Sultana_.




XV.

LA CMARA DE LOS LEONES.


Al dia siguiente, recostado sobre un divan, en el fondo de uno de los
magnficos alhames de la cmara de los Leones, habia un hombre cubierto
de rgias vestiduras.

Estaba plido, sombro, meditabundo.

Temblaba su barba bermeja, y temblaban de tiempo en tiempo en una
contraccion poderosa los msculos de su semblante, y un largo y breve
estremecimiento corria de tiempo en tiempo  lo largo de su cuerpo.

Aquel hombre era el sultan Boabdil.

Estaba solo.

Su mirada terrible, fija, lgubre, se fijaba en la fuente de mrmol
colocada en el centro del pavimento, y en la cual no corrian las aguas.

La fuente de la cmara y el alham del frente del en que asentaba el
rey, estaban cubiertos de tapices rojos.

La cmara estaba velada por una media luz.

El resplandor del sol penetraba fatigado por los dobles trasparentes de
la cpula estrellada, produciendo sobre los muros un reflejo perdido y
fatdico, y dejando en sombra  los alhames.

Nada se oia, mas que el paso acompasado de los esclavos que guardaban en
las galeras del patio de los Leones las puertas de las cmaras.

Notbase en el semblante del rey la impaciencia con que media el tiempo.

Sus miradas crueles, reconcentradas, pasaban tan pronto de la puerta de
la cmara al tapiz rojo que cubria el alham del frente, como de este
tapiz  la taza de mrmol situada en el centro del pavimento.

Lleg al fin un punto en que el semblante del rey se dilat.

Habian resonado pasos en las galeras del patio de los Leones.

Los pasos se acercaron.

El tapiz de brocado rojo que cubria el magnfico arco de entrada de la
cmara se levant y apareci un hombre.

Era el abencerrage Aben-Ahmed.

Venia magnficamente vestido, y delante de su hermoso rostro parecia
flotar una nube de tristeza.

Adelant hcia el rey y dijo inclinndose profundamente:

--Allah te guarde y te prospere, magnfico sultan: qu quieres de tu
siervo?

Boabdil no contest al abencerrage.

Se levant y atraves lentamente la cmara, lleg al alham del frente,
levant un tanto el tapiz rojo, mir al fondo; vi entre la oscuridad
una sombra informe, y sonri, con la espalda vuelta al abencerrage, de
una manera horrorosa.

Luego, compuesto ya el semblante, pas por delante de Aben-Ahmed, que
miraba con recelo lo que el rey hacia, y levant el tapiz de la puerta
de entrada.

En aquel momento Mahandon-Gomel estendia en las galerias del patio de
los Leones, feroces esclavos negros de la guarda del rey, armados hasta
los dientes.

Boabdil dej caer el tapiz, reconoci bajo sus ropas con su mano trmula
su cota de mallas, prob si su pual salia con facilidad de la vaina, y
despues de esto volvi con paso lento al divan que habia dejado, y se
sent en l.

Aben-Ahmed adivin un peligro, y un peligro inminente y terrible.

Pero era bravo y sereno, y ni un solo msculo de su semblante se
contrajo.

Permanecia prosternado en el mismo lugar desde donde habia saludado 
Boabdil, que fijaba en l una mirada reconcentrada.

Pero muy pronto aquella mirada perdi su espresion sombra,  la manera
que los vapores de la maana se deshacen, se evaporan, se pierden bajo
el rayo del sol.

Su semblante plido y hermoso dej ver la lnguida  indolente sonrisa,
y la espresion dbil y sensual que le caracterizaban.

Sus ojos miraron con una paz profunda  Aben-Ahmed.

--Wal Aben-Ahmed, dijo el rey; despues de la miserable traicion que los
zegres cometieron contra t y contra los caballeros de tu tribu, siento
un indecible placer al verte vivo y salvo ante m. Levntate, valiente
caudillo de los abencerrages: te he llamado porque es muy justo que yo
pretenda degraviar por mi parte  los generosos abencerrages. Levntate
y ven  sentarte junto  m.

Aben-Ahmed crey sinceras las palabras del rey, y sinti un verdadero
remordimiento, una profunda vergenza al recordar que amaba  la esposa
de un hombre que le trataba de una tan noble manera.

Obedeci al rey y se sent en el divn.

El rey repar en la espada del abencerrage.

Celebr las labores cinceladas de su empuadura de oro.

Luego quiso ver la hoja.

Aben-Ahmed, perdido enteramente el recelo, desnud la espada y la
entreg al rey.

El rey ponder el temple de la hoja y lo primoroso de sus labores.

Despues refirindose  la batalla del dia anterior, elogi el valor de
Aben-Ahmed, y como premio de aquel valor le abraz.

Ni hall loriga ni jacerina bajo las ropas del abencerrage.

Solo llevaba sedas y brocados.

Cuando Aben-Ahmed estaba completamente desarmado, el rey le dijo:

--T eres africano: t habrs pasado muchas noches  la luz de las
estrellas, y habrs consultado  los sabios; t habrs oido  los xeques
de tu tribu contar terribles historias durante las largas noches de
invierno; pero jams habr sonado en tus oidos una tan terrible como la
que vas  oir de boca de tu rey.

Aben-Ahmed tembl de una manera involuntaria.

Un presentimiento frio, lgubre habia penetrado en su alma.

--Es una historia triste para uno: bella para dos: es una historia que
un rey ofendido de una sultana miserable, y de un esclavo infame: una
hermosa historia, por Allah.

Aben-Ahmed empezaba  comprender la verdad: pero se domin sin embargo.

El rey continu.

--S, es una bella historia; por los _Siete Durmientes_, estoy seguro
que no habrs oido otra tal en toda tu vida, wal.

Escucha:

Moraba en una ciudad fuerte y poderosa, un rey  quien todos llamaban
dbil y cobarde.

Todos se mofaban de l...  su espalda, porque es fama que aquel rey
llevaba sus venganzas hasta la crueldad.

Y este rey, solo, perseguido de su destino, abandonado de sus vasallos,
receloso de sus esclavos, lleg  encontrar triste y solitaria su morada
real.

Y ten en cuenta que nunca poderoso sultan  respetado emir, alcanzaron 
ver juntos tanto oro y tantas alhajas, tantos mrmoles y tantas
grandezas como contenia el alczar que aquel rey desdichado habia
heredado de sus abuelos.

Aquel rey ruin, dbil y cobarde, como decian sus vasallos.

Y como aquel rey tenia corazon, corazon agitado por miserables pasiones
humanas, se dijo sondeando su corazon:

Buscar entre las princesas de mi reino  de regiones distantes, una
muger hermosa, amante, de ojos brilladores, y frente pura que no
empalidezca bajo el brillo de la corona.

Y as no estar solo y abandonado.

Y busc y encontr.

Y  mano,  fe; dentro de su misma tribu, en su misma familia, casi en
su alczar.

Y ella, la que debia ser sultana, escuch ruborosa al anciano wazir que
en nombre del rey la requiri para que fuese sultana, y acept.

Todo cambi.

Pareci que el casamiento del rey y de la princesa habia sido una
evocacion mgica.

Porque despertaron de su inercia damas y caballeros, se prendieron las
unas sus velos, y dejaron los otros sus arneses de batalla.

Y hubo toros y zambras, y se corrieron sortijas y caas.

Y hubo fiestas magnficas que duraron muchos dias.

Y todo parecia sonreir al rey.

Y pasaron muchas lunas, y la sultana le di hijos.

Pero lleg un dia fatal en que un wal de Africa, cabeza de una tribu,
un mancebo de sangre real como t, valiente como t, como t hermoso, y
como t rico y afortunado, vino de regiones apartadas cabalgando delante
de su escuadron de lanzas  servir  aquel rey que estaba en guerra con
un enemigo poderoso.

Y el wal africano y la sultana se conocieron.

Mas que no se amaron.

Y la vil muger, manch entre un vergonzoso misterio la honra de su
esposo.

El rey se detuvo.

Aben-Ahmed temblaba por Zoraida.

El rey continu:

--Una noche... noche de fiesta... cuatro leales vasallos de aquel rey,
encontraron en el apartamiento mas sombrio de su jardin en uno de los
alczares del rey,  la sultana en los brazos del wal.

--Miente el traidor que tal haya dicho; esclam sin poderse contener
Aben-Ahmed; la sultana es mas pura, que infame la calumnia de sus
acusadores.

--Ah! conocias  esa sultana? dijo friamente Boabdil: pues bien...
escucha; aun queda lo mejor de la historia...

El rey vi tambien lo que los otros habian visto.

Vi el semblante de los culpables al rayo de la luna, y pudo haberlos
castigado all.

Pero no bastaba  su venganza aquella poca sangre impura.

Necesitaba verterla  torrentes, porque aquel rey era cruel, muy cruel
en sus venganzas.

Al llegar el rey  este punto, sus ojos se dilataron como los de la
fiera que acorrala  una presa.

Aben-Ahmed vi sangre en la mirada del rey, se encontr desarmado, y
dominado por su terror pretendi lanzarse fuera de la cmara.

Pero al levantar el tapiz, vi por fuera una doble fila de esclavos
africanos.

Retrocedi, y olvidando que la cmara no tenia otra salida, se lanz al
alham cubierto por el tapiz.

Cinco hombres salieron de detrs de l.

Los cuatro eran los zegres acusadores.

El otro el verdugo del rey.

Un feroz esclavo desnudo hasta la cintura, rodeado  la frente un cendal
rojo, y ceido un ancho y corvo alfange.

Aben-Ahmed cerr involuntariamente los ojos  impulsos del horror.

Boabdil asi al abencerraje por la aljuba, y le arrastr junto  s.

Sus ojos centelleaban.

Sus megillas estaban plidas, y crdenos y convulsos sus labios.

Su ronca voz era semejante al rugido de un tigre.

--Conoces mi historia! dijo  Aben-Ahmed; pero aun no sabes los
nombres.

Oh! yo te los dir! pero prostrnate, esclavo, delante de tu seor.

Y le arroj  sus pies.

Aben-Ahmed, arrastrado por su funesto destino, aterrado por la fatalidad
que ceia una aureola de muerte  sus insensatos amores, permaneci
prosternado, inerte, ante Boabdil.

--Oh! esclam el rey: por Allah, que la venganza es un placer
infinito! por Allah, que cuando se tiene poder para hacer pedazos  un
enemigo, se puede rechazar el mote de _Desventuradillo_[139]! yo soy el
sultn de Andaluca! yo el esposo ultrajado! y t... t el esclavo vil
que escupes  la frente de tu seor, y que vas  morir con tu cmplice,
con la hermosa Zoraida, con la sultana adltera de mi leyenda.

--Ella! esclam Aben-Ahmed, levantndose de repente, en un ademan que
hizo retroceder al rey: ella tambien! oh! no! t, rey miserable y
traidor, eres el que va  morir, calumniador de mugeres, vil renegado,
que vendes tu patria, de miedo, por Allah!

Y se lanz al rey para arrancarle su espada.

Boabdil di un grito de espanto al sentirse asido por el abencerrage.

Pero  punto los cuatro testigos de aquella escena, se arrojaron sobre
el abencerrage, y el verdugo  su vez,  una sea del rey, se apoder de
l.

Aben-Ahmed cay.

El verdugo despues de haberle herido continuaba de pie  inmvil junto 
l.

--Su cabeza! grit el rey trmulo de ira.

Aben-Ahmed se levant sobre sus brazos ensangrentados y quiso acometer 
los que le acosaban, pero le faltaron las fuerzas y cay de nuevo sobre
el pavimento; luch aun, mir con desprecio al rey, y esclam:

--Asesino!... maldito seas!...

La voz de Aben-Ahmed se hel.

El verdugo habia cortado de un solo golpe de alfange su cabeza.

Boabdil mir con espanto aquella cabeza, poco antes tan hermosa, y
entonces tan lvida y tan desencajada: la duda acerca del crimen de que
habia sido acusado Aben-Ahmed asalt su espritu, y el remordimiento
empez  desgarrar su corazon.

Pero la vista de la sangre le cegaba.

Su caliente olor le embriagaba, y cay en un terrible estado de
demencia.

--Todos!... esclam con voz ronca y lgubre; que perezcan todos!
acaso no soy yo el sultan de Andaluca? Matadlos!... son
traidores!... matad  todo el que pase esa puerta!... que la sangre
corra  lo largo de las atarveas y vaya  enrojecer mis albercas de
mrmol!

Los zegres gozaban con un placer infinito su venganza en la clera del
rey.

--Pero repara, seor, dijo Mahandon, que si no se ocultan los esclavos
que estn en las galeras del patio, ninguno de los abencerrages
entrar, los has convidado para una fiesta, y no es costumbre que
asistan  las fiestas del alczar hombres armados de guerra. Ocltalos,
seor, que con que quedemos aqu treinta zegres y el verdugo, hay
bastante para acabar con esos perros.

Y as se hizo.

Los esclavos africanos desaparecieron de las galeras del patio de los
Leones; pero quedaron agrupados y ocultos tras las puertas del panteon y
de los baos.

A poco, un venerable anciano de la tribu de los abencerrages, kad de
crte, llamado Abu-al-Hhakem, levant el tapiz de la cmara de los
Leones y adelant para prosternarse ante el rey.

Pero sus dbiles pies, resbalaron en la sangre del wal Aben-Ahmed, y
cay.

Y no volvi  levantarse, porque el verdugo se apoder de l y le cort
la cabeza.

Y despues de esto fueron entrando en la cmara uno tras otro treinta y
seis caballeros abencerrages.

Y as, uno tras otro, fueron sacrificados al furor de Boabdil y  la
traicion de los zegres.

Todos, en fin, hubieran sido esterminados si aquel horrible crimen no se
hubiese revelado por s mismo con un indicio terrible.

Al entrar el wal abencerraje Ebn-Alabz en el alczar, como adelantara
pensativo y receloso por el patio del Mexuar, al pisar la galera que da
entrada al patio de los Leones, sus ojos se fijaron con horror en la
atarvea que cruzaba el pavimento de mrmol.

Por aquella atarvea avanzaba una ola de negra sangre, tiendo el blanco
mrmol de un color impuro, y aquella roja cinta de muerte emanaba
ondeando de la cmara de los Leones.

Estremecise de horror Ebn-Alabz, detvose, y escuch.

Reinaba un profundo silencio, en medio del cual se percibia algun
ahogado gemido.

En el momento, como el gamo que siente los perros sobre su rastro, el
wal se volvi atrs, desenvain su espada, y atropellando la guardia
del alczar, sali de l y baj  la ciudad dando gritos y acusando la
traicion del rey.

Muy pronto la Alhambra se vi acometida por los abencerrages que habian
quedado vivos, por los caballeros de sus tribus amigas, que se les
habian unido, y por un populacho numeroso, compuesto de esa clase de
gentes que siempre estn dispuestas  un motin.

Empez el combate; mas bien que el combate, el asalto.

Crugian de una parte los falconetes y las lombardas, y de otra la
arcabucera y la ballestera.

Aquel estruendo de combate lleg hasta la distante cmara de la sultana
Zoraida, que viendo asaltada la Alhambra, sali de sus habitaciones en
busca del rey, y le encontr en el patio del Mexuar,  punto que huia
del de los Leones.

Donde quiera que ponian los pies el rey  los zegres que le
acompaaban, dejaban seales rojas.

--Qu es esto, seor? dijo Zoraida; vienes herido,  ha llegado la
hora del acabamiento de Granada? Qu sangre es esa que corre por las
atarveas?

Y siguiendo aquella sangre, temindolo todo, entr primero en el patio,
y luego en la cmara de los Leones.

Al levantar el tapiz sali de su boca un grito agudo, rasgado, infinito.

Un grito de horror.

La fuente de la cmara rebosaba sangre.

Un crculo de cabezas cercenadas y horribles la rodeaba.

En un ngulo, cuerpos descabezados mostraban en los colores de sus
vestidos las divisas de los abencerrajes.

Por un refinamiento de crueldad de Boabdil, la cabeza de Aben-Ahmed
estaba pendiente de la cpula en la cadena de oro de una magnfica
lmpara de alabastro, cuyos fragmentos estaban esparcidos ac y all.

Por un momento, los ojos de la sultana estuvieron fijos en aquel msero
despojo; comprimise su corazon, brotaron lgrimas sus ojos, palideci
su frente, hzose amenazadora y sombra, se crisparon sus miembros y se
lanz rugiente como una leona  Boabdil, que la habia seguido.

--Ven  mirarlo! ven! le dijo asindole con fuerza desesperada por un
brazo; mira tu obra! mrala frente  frente! deleita en ella tu
mirada! hazaa digna de t y de tus zegres! el lobo se une al lobo!
bien! yo creia ser la esposa de un rey y de un caballero, y en vez de
l solo encuentro un verdugo y un cobarde!

Boabdil mir sombriamente  la sultana, y sus labios se contrajeron con
una sonrisa amarga, convulsiva, horrorosa.

--Ah! dijo lanzando una histrica carcajada; hoy es un buen dia!
todos los traidores  la vez! y t tambien, sultana! oh! yo soy
poderoso, yo soy el sultan de Andaluca! sangre! sangre! verted
sangre sobre mi cabeza, porque arde y va  romperse! t tambien,
sultana!... por los siete cielos de Dios que este lecho no es menos
bello que la grama de Generalife! aadi con acento horroroso, sealando
el pavimento ensangrentado; vas  morir, sultana, porque eres adltera,
y has arrojado mancha de infamia sobre la faz de tu esposo y tu seor!

Zoraida lanz una profunda mirada de desprecio al rey y  los zegres
agrupados tras l; su hermosa frente se levant orgullosa, magnfica en
su indignacion, y con voz severa acentuada, dijo con magestad  los
zegres:

--Hay alguno entre vosotros, que se atreva  decir, ni aun  pensar,
que la sultana de Granada ha manchado su nombre limpio mas que el sol?

Callaron un momento los zegres dominados por el soberbio ademan, por la
palabra altiva de Zoraida, y el rey mir con impaciencia  los cuatro
traidores causantes del asesinato de los abencerrages.

Aquella mirada los decidi.

--Yo, dijo Mahandin, adelantando, en nombre de estos tres caballeros (y
seal  Mahandon;  Mohamet y  Hamet-Zegr), te acuso, sultana, ante
Dios y los hombres, de adulterio, traicion y complicidad con el
abencerrage Aben-Ahmed, contra el rey tu esposo y nuestro seor.

Estas palabras resonaron en medio de un silencio solemne, en medio de
los zegres, de los caballeros y de los esclavos de la guarda del rey
que le habian rodeado al ruido del combate de los que habian seguido
contra la Alhambra, al abencerrage Ebn-Alabz.

Y la sultana, sobrecogida por aquella impudente acusacion, tornose al
acusador lvida de clera, temblorosos sus miembros; ardi en sus venas
la sangre de su raza, y grit con ronca y terrible voz:

--Mientes t, villano y mal caballero, y los que contigo son; y yo
Zoraida, nieta y esposa de rey, apelo contra vuestra acusacion al juicio
de Dios en la prueba del duelo, os llamo infames y calumniadores, y 
falta de guante, recibe t, Mahandin, en tu rostro de cobarde y asesino,
el chapn de la sultana!

Y fuera de s Zoraida, olvidndose de quien era, se arranc uno de sus
preciosos chapines bordados de aljfar y azot con l el rostro de
Mahandin.

Aquel sangriento ultraje era mas de lo que podia sufrir gente dominada
por bravias pasiones, originaria de Africa y feroz como los leones de su
patria.

Las treinta espadas de los zegres lucieron fuera de las vainas,
interpsose el rey, avanzaron los esclavos de su guardia, y se cerni
sobre el alczar durante un momento el genio de la muerte codicioso de
mas cadveres.

Pero de repente un tropel de esclavos negros precedido del infante Muza,
penetr en el patio de los Leones, con las ballestas armadas y las
frentes cubiertas de sudor.

--Huye, seor! grit Muza dirigindose al rey: huye! el pueblo y las
tribus amigas de los abencerrages han forzado las puertas de la Alhambra
y llegan al alczar! escucha!

Un rumor sordo de voces, inmenso, rugiente, de entre el cual salian
algunos disparos de arcabuz, lleg  los oidos del rey.

Los zegres retrocedieron, envainaron sus espadas, asieron de Boabdil, y
escaparon con l por un postigo de la sala de Justicia,  tiempo que los
amotinados rompian las puertas del alczar.

Muza asi de la sultana, que se habia desmayado, y escap con ella por
la puerta de la torre de _las Almenas_[140].

Los abencerrages y las tribus sus amigas, seguidos de un inmenso
populacho  quien habia irritado el asesinato de Aben-Ahmed, que por su
generosidad y valenta era muy querido en Granada, inund el patio y la
cmara de los Leones, y no qued un zegr con vida de los que no
pudieron escapar del alczar.

La infame traicion fu vengada hasta la saciedad.

Cuando los amotinados no encontraron  quien matar, rompieron todos los
preciosos muebles del alczar.

Los abencerrages, recogiendo sus tesoros, y llevando consigo sus mugeres
y sus familias, salieron de Granada; los unos desesperados  servir
contra Granada bajo la bandera de los Reyes Catlicos, y los otros,
fieles  su religion,  su patria y  su nombre de caballeros, pasaron 
Africa, de donde, siete siglos antes, habian venido sus abuelos para
conquistar las tierras de occidente, llevando consigo los restos del
desventurado Aben-Ahmed, que fu sepultado  la sombra de una palmera en
el suelo de su patria.

       *       *       *       *       *

Desde aquel terrible dia, la cmara de los Leones, en memoria del
asesinato, se llama _Sala de los Abencerrages_, y aun se muestran al
viajero sobre el mrmol de su fuente y de su pavimento, las manchas
rojas que se dice son producidas por la sangre de aquellos valientes
caballeros.




XVI.

EL JUICIO DE DIOS.


Habia pasado una luna desde el dia en que la cmara de los Leones se
manch de una manera indeleble con la sangre de los abencerrages.

Era una noche oscura.

El Real de los Reyes Catlicos, la ciudad de Santa F, dormia confiada
su seguridad  la vigilancia de los atalayas y de los escuchas.

Los caballeros _continuos_ armados de guerra hacian su guarda en las
tiendas de los reyes, y mas all todo era silencio y soledad.

Pero de improviso, en una de las calles del Real, resonaron callados
pasos y son de cabalgaduras.

Cuatro sombras, llevando caballos del diestro, se deslizaron  lo largo
de la calle en direccion  la puerta del Real que miraba  Granada.

Cuando hubieron llegado  ella, se oy entre el silencio una voz que
grit:

--Quin va?

--Haced que adelante el alfrez de la guarda, contest una de las cuatro
sombras.

Levantse el tapiz de una tienda cercana, dejndose ver el reflejo de
una luz en el interior, y apareci otra sombra.

--Quin va? repiti.

--El _Alcaide de los Donceles_, contest el primero dirigindose al que
habia preguntado.

--Gurdete Dios, capitan, dijo aquel; qu deseas?

--Salir  la vega con estos tres caballeros, que son don Alonso de
Aguilar, don Manuel Ponce de Leon, y Don Juan Chacon.

Guard silencio por un momento el alfrez, como aquel  quien se pide
una cosa difcil.

--Sabeis, caballeros, dijo al fin, que yo no puedo hacer lo que me
peds?

--Lo sabemos, y por eso lo suplicamos.

--Sus Altezas!...

--Sus Altezas no sabrn que hemos salido por esta puerta ni por otra,
sino que no hemos entrado. Di, pues, al atalaya que nos deje paso
franco.

--Puede sucedernos un fracaso, porque los moros rondan el campo  la
redonda.

--Pardiez! sabes, alfrez, que tenemos empeada una porfa con los
capitanes de caballos Hernan Perez del Pulgar y Gonzalo Fernandez de
Crdoba, sobre quin har una mayor hazaa, y que no hemos de perderla
sino con la vida?

--Pues porfa teneis, y con porfa lo peds, salid, caballeros, y que
Dios os ayude.

Y el alfrez lleg al atalaya y le previno.

Y los cuatro capitanes cristianos salieron al campo, montaron  caballo,
y se alejaron mas que  paso del Real.

Era  punto de amanecer.

Los cuatro caballeros cristianos aguijaron sus caballos.

Y como iban en busca de aventuras, les dejaron ir, para que la aventura
fuese completa, por el primer camino que los animales tomaron.

Y l acaso, protector de locos y aventureros que todo es uno, les depar
aventura tal, que cuando  la vista de ella se encontraron, se dieron
por tan satisfechos como quien ha logrado un imposible.

Y fu, que vieron venir el camino adelante de la parte de Granada y  la
luz del alba que esclarecia, un bulto blanco, asaz en grandeza y ligero
como un copo de plumas impulsado por el viento.

Verse, afirmarse en los estribos y correr  l, fu cosa de un momento.

Y el bulto al ver que los cuatro caballeros castellanos arremetian, se
detuvo.

Y una voz dulce de muger dolorida y triste, se dirigi  ellos.

--Si sois caballeros, dijo, amparadme, que de caballeros es favorecer al
desvalido, y yo soy una muger que viene de Granada, y va al Real de los
cristianos.

--Muger sola y  esta hora, dijo el seor de Cartagena, don Juan Chacon,
en grave conflicto hallarse debe, pues anda en tales caminos sola y
desamparada.

--Ojal fuesen mios el peligro y la desventura, replic la dama, que no
me hallarais tan menesterosa de amparo; mas, pues sois caballeros, segun
lo indica vuestra mesura, y cristianos pues hablais en algaravia[141],
os ruego me lleveis  punto donde yo pueda ver  don Juan Chacon, seor
de Cartagena.

El dia entraba ya aprisa, y  su luz pudieron ver los castellanos  una
mora vestida con ropas blancas, de gran juventud y hermosura, montada en
una hacanea, y plida y temerosa, al parecer, de hallarse entre
enemigos.

--Si  don Juan Chacon buscas, hermosa doncella, dijo l mismo, hablar
puedes de lo que con ese caballero te importa, porque yo y mis amigos lo
somos suyos en gran manera.

--Bueno ser que nos separemos del camino, dijo ella metiendo su hacanea
por las hazas, y entrndose en una espesa alameda que all a mano se
veia.

Los cuatro caballeros la siguieron asaz maravillados del lance.

Cuando hubieron llegado  un lugar espeso, en el cual de nadie podian
ser vistos, la mora sac del seno una carta envuelta en un pao de seda
y habl  los cristianos de esta manera:

--Yo me llamo Zaruhyemal, y soy doncella de la infeliz sultana de
Granada,  quien persigue el destino hasta el punto de verse obligada 
pedir amparo  sus enemigos.

Detvose la mora y creci la curiosidad de los cristianos.

Escrito estaba, continu ella, que Granada debia llegar  ocasion de
vergenza y de mala ventura.

Para que lo escrito se cumpliese, el Dios altsimo permiti que entraran
en Granada unos caballeros sin f, mentirosos y aleves con quienes
alientan la traicion y la envidia.

Ya conocereis, caballeros, que hablo de los zegres, raza feroz del
Desierto, mal avenida con la generosidad y la cortesana de la gente de
Granada, sediciosos y rebeldes, promovedores de motines y causadores del
mayor crmen que vieron los tiempos pasados ni vern los venideros.

Y Zaruhyemal les refiri los encarnizados dios de los zegres y de los
abencerrages, la traicion de las caas, la acusacion de la sultana, y el
degello de los abencerrages.

Que la sultana estaba presa en la torre de Comares de la Alhambra,
esperando su salvacion y su honra del juicio de Dios, en la prueba del
duelo.

Y que el plazo terminaba aquel dia que ya habia amanecido.

--Si sois caballeros, continu; pues veis que una dama pone en grave
riesgo su honra, yendo  entrar en un campo enemigo, hacedme la merced
de llevar sin perder un instante esta carta y entregarla  aquel para
quien es, y que Dios os juzgue, caballeros, tal como cumplais con un
encargo en que se arriesgan la honra y la vida de una sultana.

Tom la carta don Juan Chacon, rompi los hilos del sello de oro y la
desenroll.

--Qu haces, cristiano? esclam con acento de reconvencion la mora.

--Si  don Juan Chacon es  quien va dirigida esta carta, seora,
permite  don Juan Chacon, que est en tu presencia, bese tu mano, en
albricias de la honra que le hace amparndose de l una seora tal como
la sultana de Granada.

Y tom la hermosa y blanca mano de Zaruhyemal y la bes, no sin que lo
encendido de la vergenza colorease las megillas de la mora.

Despues ley  sus compaeros en alta voz la carta, que decia de esta
manera:

A t, don Juan Chacon, seor de Cartagena, la sultana Zoraida te saluda
y desea prosperidad.

Tu clara valenta brilla lejos de t, como el sol en los lejanos
montes.

Te conocen los desvalidos y te bendicen los desdichados.

Pues siempre has sido generoso y amparador, amprame, cristiano.

As Allah, multiplique y ennoblezca tu descendencia sobre las noblezas
de tu raza.

As cierres los ojos  la luz tras una larga vida de bienandanzas.

Mi honor ha sido mancillado por las lenguas viles de cuatro traidores.

A punto estoy de la prueba del duelo confiando en Dios en t y en mi
inocencia.

Y vencers: yo lo espero.

Una cristiana cautiva que me asiste, me ha dicho cunto vales y cunto
puedes.

Cunto eres la honra de la hueste de los venturosos reyes que tienen
vasallos tales como t.

Oh! han lanzado la sangre de mi amor  mi semblante y han roto mi
corazon.

Porque yo amaba, cristiano,  un hombre  quien han asesinado por mi
causa.

Pero con un amor puro, noble, exento de mancilla.

Ven cristiano: ven con otros tres de tus amigos, que sindolo tuyos no
pueden ser sino generosos y valientes.

Ven y cobra la sangre de Aben-Ahmed.

Ven y lava mi deshonra.

La doncella de mi casa que te entregar estas letras, te conducir 
donde encuentres armas y preseas bastantes  que puedas encubrir tu
nombre y tu patria.

Ven, oh! ven cristiano, porque desamparada de todos, en t confio.

Don Juan se estremeci de alegria, y dijo  sus tres amigos:

Y bien; si buscbamos aventuras, cul mejor que esta? Cmo podremos
esclarecer nuestro nombre mejor que defendiendo  una sultana de cuatro
enemigos tan valientes como los zegres? A caballo, caballeros! 
caballo, y que esta dama nos conduzca al sitio donde hemos de trocar
armas y cabalgaduras!

Movi un tanto la cabeza el prudente don Alonso de Aguilar, y permaneci
 pi mientras los otros tres castellanos montaban en sus caballos.

--Y cmo es, dijo  la mora mirndola profundamente, que no hay
caballeros en Granada, que se llama la de los bravos, para arrojar el
guante  los acusadores de la sultana?

--Cristiano! respondi con orgullo Zaruhyemal: ten en cuenta que una
dama es la portadora de este mensage, y que un moro granadino no os
daria otra cosa que el bote de su lanza, ni os hablaria con otra lengua
que con la espada.

Si os place, venid: si temeis traicion, quedaos, que no faltarn aun en
vuestros mismos reales caballeros que tomen sobre s y con placer la
empresa que vosotros no aceptais.

Call cortesmente don Alonso  estas razones, ayud  cabalgar  la
mora, salt en su caballo, y tras algunas breves palabras acerca del
camino que elegirian, tomaron la vega adelante y al travs, y dejando 
mano siniestra  Granada, y siempre por fuera de camino y lejos de las
alkeras para evitar un encuentro, se dirigieron, guiados por Zaruhyemal
 las verdes colinas que se estienden cubiertas de olivares  la falda
de Sierra Nevada.

Y anduvieron as dos horas, y al cabo de ellas llegaron, rodeando entre
los olivares,  un pequeo alczar rodeado de un bosque de laureles en
las inmediaciones de una aldea llamada la Azubia.

Gozbase desde all de la vista de un pais admirable.

Los resplandecientes Alijares con sus cpulas altsimas; la Alhambra con
sus torres rojizas y sus techos cubiertos de tejas de colores que
lanzaban destellos de fuego heridas por el sol; la alcazaba con sus
fuertes muros y sus altsimos cipreses; el cerro de Al-Bahul, cubierto
de higueras de Tnez sobre las que descollaban cedros de Siria y
palmeras de Africa; las vertientes de las colinas cubiertas de blancas y
alegres casas, sobre las cuales descollaban las frondas de los jardines,
luego la vega, tendida  los pies de Granada cercada de rios y acequias
que relumbraban al sol, y mas all las distantes sierras perdidas tras
vapores fantsticos, que se elevaban en un cielo azul y radiante; todo
esto era un espectculo nuevo, maravilloso que fascin  los caballeros,
y los hizo suspirar por la llegada del dia en que el pendon real de
Isabel y de Fernando ondease sobre aquel resplandeciente castillo, que
guardaba como una veladora atalaya aquel jardin de delicias.

Zaruhyemal baj entre tanto de la hacanea, y llam al postigo de una
cerca.

El postigo se abri instantneamente.

Los cristianos desmontaron, entraron en un jardin, y un esclavo negro
asi de las cabalgaduras y las introdujo en el jardin tras sus ginetes.

El postigo torn  cerrarse.

El jardin era una maravilla, y  su fondo se alzaba una magnfica arcada
sostenida por algunas columnas de alabastro.

Al fondo de la arcada habia una gran puerta, por la cual entr
Zaruhyemal guiando  los cuatro caballeros.

Subieron una escalera, atravesaron una galera y entraron en una
magnfica cmara, que parecia haber sido construida para albergar al
genio de los amores.

El ambiente, la luz, los perfumes, los muebles, la forma de la cmara,
sostenida por grupos de columnas, con fondos labrados y matizados con
caprichosos colores, con su alta cpula casi perdida en la oscuridad,
con su fuente de mrmol en que un claro surtidor murmuraba tnuemente,
al par que las brisas agitaban los tapices y venian  saturarse en los
perfumes, todo era all voluptuoso, todo convidaba  amar.

--A quin pertenece este alczar? dijo el Alcaide de los Donceles a
Zaruhyemal.

--Al infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, contest la hermosa jven, y suyas son
tambien las armas y las preseas que vais  vestiros, y los caballos que
vais  montar.

Y guindolos, atraves otra galera, abri otra puerta y los introdujo
en una sala de armas.

Los castellanos se maravillaron: jams, ni en los alczares de sus
reyes, habian visto una tan rica armera.

Cuatro esclavos les cieron los arneses que eligieron: les vistieron
tnicas de brocado, y ocultaron sus cabellos bajo tocas  la usanza
africana.

Avanzaba el dia, y los castellanos, armados ya y  punto de poder pasar
por wales africanos, bajaron al jardin, y fuera de la cerca encontraron
cuatro caballos de la mas pura raza rabe, encubertados de guerra.

Y cabalgaron y se despidieron de la doncella mora, y tomaron la vuelta
de los montes guiados por un africano de la servidumbre de Muza, para
entrar en Granada por el camino de Almera, como si llegasen por las
marinas.

Y era ya tiempo.

El sol habia llegado  la mitad de su carrera.

En la plaza de Bib-Arrambla, el palenque abierto, ocupadas las galeras
por una multitud numerosa, mostraba en uno de sus estremos la tienda de
los mantenedores de la acusacion contra Zoraida.

En el otro estremo se levantaba un cadalso enlutado, en que la
desdichada Zoraida estaba vestida de blanco entre sus damas.

Delante de la tienda de los mantenedores habia clavadas cuatro lanzas en
la arena, y pendiente de cada lanza una reluciente adarga.

A siniestra mano se veia el estrado destinado  los jueces del campo.

Eran estos jueces el infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, el wazir Aben-Comixa y
el katb Abd-el-Kerun.

Mas all, guardado por esclavos, se veia un astillero lleno de lanzas de
batalla y algunos caballos encubertados de guerra, trabados de los pies.

Todo revelaba  primera vista el grave asunto que se sustentaba en aquel
coso, no hacia muchos dias engalanado de fiesta.

La sultana Zoraida, sentada sobre un divan de seda negra y oro en el
cadalso, parecia tranquila,  pesar de que bajo aquel cadalso estaban
hacinados ramages que debian ser la hoguera de la adltera si los
zegres sostenedores de la acusacion triunfaban,  si llegado el trmino
del plazo no se presentaban caballeros para defender la inocencia de la
acusada.

Desde el amanecer, una multitud inmensa llenaba las graderas, y gran
nmero de damas y caballeros, aunque con sencillas vestiduras de luto,
ocupaban los estrados.

Boabdil habia llevado hasta el colmo su crueldad asistiendo  la prueba
con galas de fiesta.

Y el pueblo murmuraba del rey, al paso que todos se dolian de la sultana
y maldecian  los zegres.

A la salida del sol, un alfrez  porta-bandera de los acusadores,
precedido de aafiles y atabales, y seguido de ginetes armados, pregon
la acusacion contra la sultana  son de trompeta y arroj cuatro guantes
en la arena, retando  los presentes y por venir que la inocencia de la
sultana defendieren.

Tras el estrado de los jueces, algunos caballeros se agitaron con
visibles muestras de contestar al reto, pero el infante Muza los
contuvo.

Nadie contest.

Y pas el tiempo.

El pueblo se impacientaba.

El sol ascendia.

Lleg al fin la oracion de adohar[142].

Torn  salir de la tienda de los zegres el alfrez en la misma forma
que la vez anterior, repiti la acusacion y el reto, y como antes, nadie
contest  l.

Y pasaba el tiempo, el sol descendia; sino habia campeones que
defendiesen la inocencia de la sultana, esta debia morir de muerte de
fuego como adltera y enemiga del rey, en el punto en que el sol tocase
 su ocaso.

El semblante antes sereno de Zoraida palideci, mas de indignacion que
de terror.

Crey que su splica habia sido desatendida por los caballeros
cristianos.

Su orgullo de sultana se irrit.

Y tal vez un pensamiento distinto cruz por su mente y la arranc una
lgrima.

Bien hubiera podido suceder que sus campeones hubieran sido acometidos
en la vega por fuerzas superiores.

Tal vez la muerte les impedia llegar al sitio  donde los llamaban.

Corria en tanto el tiempo.

Al fin el sol, que descendia, solo dej ver una estrecha faja de rojiza
luz en los aleros de la plaza opuestos al occidente.

Las miradas de todos se fijaban con ansiedad en aquella lnea luminosa.

El sol se habia trasformado para la sultana en un relj implacable.

En el momento en que sus rayos dejasen de tocar enteramente aquel alero,
debia repetirse la acusacion y el reto, y si nadie respondia a l, debia
declararse  la sultana desamparada de Dios, y por lo tanto culpable.

Al fin desapareci aquel ltimo rayo, y el sol se hundi tras el
horizonte.

El mueden[143] de la mezquita mayor llam  los fieles  la oracion de
_almagreb_[144].

De nuevo el alfrez, con su comitiva, adelant al centro del palenque;
pero aun no habian acabado de resonar los clarines, cuando se oy gran
alarido y gritera por la parte del Zacatin, reson la trompeta del
alcaide de la puerta de la Al-Kaissera, y el mismo alcaide adelant 
caballo, lleg ante el rey Boabdil, hizo arrodillarse ante l al bruto,
y anunci al rey que cuatro caballeros berberiscos solicitaban se les
diese campo para defender como campeones la inocencia de la sultana.

El rey, plido de despecho, concedi la licencia, y el alcaide se torn
 la puerta.

Agitse el pueblo, desalentado ya: levantse un sordo rumor, corrieron
los escuderos con los caballos  la tienda de los acusadores, subieron
los jueces al estrado, y acreci la palidez de la ansiedad en el rostro
de la sultana.

Abrise  punto la puerta de la Al-Kaissera, y arremetieron por ella
cuatro ginetes berberiscos, que atravesaron  la carrera el palenque y
llegaron al pie del cadalso de la sultana.

Al ver sus armas, sus penachos, sus galas y sus magnficos corceles, el
pueblo y las damas y los caballeros aplaudieron.

Entretanto, los cuatro caballeros berberiscos que llevaban caladas las
viseras de sus yelmos de encage, desmontaron, y uno de ellos subi la
gradera del cadalso, se arrodill ante la sultana, y la dijo en arbigo
aljamiado:

--Poderosa seora: yo y esos tres caballeros, que en tu defensa conmigo
son, somos cuatro hermanos berberiscos, que venimos de Africa, y
desembarcados en Almera, sabiendo que est amenazada por los cristianos
esta hermosa ciudad, hemos querido contribuir con nuestras vidas  su
defensa.

Y viniendo su va, hemos sabido por un alkarreo[145], la afliccion en
que te hallas, y  tus pies nos ponemos para ofrecerte nuestras vidas, y
cuanto somos y tenemos.

Call el caballero, y la sultana le contempl un tanto en silencio.

Pero una esclava cristiana que estaba junto  ella y que escuchaba
atentamente, y con no menos atencion miraba al caballero que para hablar
con la sultana se habia levantado la visera, la dijo:

--Acepta, seora, porque ese que  tus pies tienes, no es otro que don
Juan Chacon, seor de Cartagena,  quien escribiste aquellas letras por
mi consejo.

Sonri tristemente la sultana, mirando con agradecimiento al capitan
castellano, y le dijo con voz conmovida:

--Dios te premie y premie  tus hermanos, caballero, por la merced que
me haceis: yo os acepto como defensores de mi inocencia, que en Allah y
en vosotros confio, volver  brillar, aunque tan vilmente han
pretendido mancillarla los traidores zegres.

Don Juan Chacon bes la mano  la sultana, se cal la visera, baj del
cadalso, cabalg con sus otros tres compaeros, y los cuatro, estendidos
al pie del cadalso, esperaron  que segun ley y uso reconocido se
pronunciasen la acusacion y el reto.

Resonaron al fin las trompetas, y el alfrez acus  la sultana y ret 
nacidos y por nacer,  presentes y ausentes,  vivos y  muertos, 
chicos y  grandes, en nombre de los mantenedores de la acusacion.

Cuando hubo concluido, don Juan Chacon adelant un tanto su caballo, y
dijo con voz pujante que todos escucharon y en aljamia:

--Mientes t, en lo que dices, como cobarde y mal nacido, y miente quien
te lo manda decir, y quien lo sostenga miente, y miente quien al
escucharlo calle, y en prenda y en seal de que admitimos el reto de los
calumniadores de poder  poder y  todo trance de batalla, ved lo que
har y harn conmigo mis hermanos.

Y atravesando el palenque  media rienda, los cuatro caballeros hirieron
con sus lanzas de dos hierros las adargas que cada uno de los
mantenedores de la acusacion tenian suspendida de una pica clavada en
tierra delante de su tienda.

Oyse un ruido vibrante y metlico, las adargas cayeron  la arena, y
los caballeros defensores tomaron campo y fueron  situarse al otro lado
del palenque vuelta la espalda  la sultana,  tiempo que Hamet-Zegr,
Mahandin, Mahandon y Mahomet-Zegr, tomando las adargas heridas de manos
de sus escuderos, cabalgaron y adelantaron en el palenque, hasta ponerse
frente  frente de los cuatro castellanos.

Mahomet-Zegr enfil con el Alcaide de los Donceles, don Diego Fernandez
de Crdoba; Hamet-Zegr, con don Manuel Ponce de Leon; Mahandon con don
Alonso de Aguilar, y Mahandin con don Juan Chacon.

Bajaron los jueces del campo  la arena, demandaron juramento  los
caballeros de lidiar como buenos y leales sin ayuda de hechiceras ni
amuletos, les partieron el sol[146], y el infante Muza dijo en alta voz:

--Campo cerrado y batalla os concedemos, caballeros; partid y haced
vuestro deber.

Al mismo tiempo hicieron seal los aafiles y los atabales, el rey
arroj  la arena un baston de oro, y los combatientes partieron uno
contra otro, chocndose entre una nube de polvo en medio del palenque.

Retumb el encuentro rudo y poderoso en los mbitos de la plaza, y
cuando se desvaneci el remolino, la multitud mir con ansiedad.

Todos los caballeros estaban en su lugar.

Las picas habian resbalado de las acicaladas adargas.

Tomaron de nuevo campo, y se encontraron con igual mpetu.

La pica del Alcaide de los Donceles, arroj desapoderado de los arzones
al feroz Mohamet-Zegr, y los otros seis caballeros no encontrando
ventaja, volvieron  tomar campo.

Mahomet-Zegr, en tanto, se habia levantado fuera de s de clera, yendo
con rabia  desjarretar el caballo de don Diego Fernandez de Crdoba.

Pero las habia con un enemigo esperimentado, y le encontr pie  tierra
junto  si con la espada en alto.

Antes de que el zegr hubiera podido adargarse, vinieron al suelo las
plumas y la mitad de su bonete,  un tremendo tajo del castellano.

El moro llevaba lo peor.

Acosbale don Diego, y caian sobre l los pesados golpes de su espada de
 dos manos, rebotando sobre su adarga de Fez con igual mpetu que el
recio granizo de la tempestad sobre las altas cpulas.

Retrocedia Mohamet, dejando tras s pedazos de su desguarnecida armadura
y girones de su rico sayo de prpura.

Acorralbale sin descanso el bravo Alcaide de los Donceles.

Al cabo le puso entre su espada y la valla que sustentaba uno de los
costados del cadalso de la sultana.

Rugia el moro como un tigre herido por un leon, y era espantoso de ver
su semblante y los furiosos tajos que descargaba en vano sobre la adarga
damasquina que embrazaba su enemigo.

Y duraba el combate.

Corria la sangre de entrambos campeones.

Zoraida, plida y aterrada, miraba con ansiedad  don Diego, y ste
cobr alientos al ver la suplicante mirada de la sultana.

Enojle tanta resistencia; arroj lejos de s la adarga, alz su espada
 dos manos, describi con ella un ancho crculo sobre su cabeza, y
esclamando, olvidado en su furor de su incgnito y del lugar en que se
encontraba:--_Santiago y Castilla!_--la dej caer con el mpetu de una
encina derrumbada por el huracan, sobre el moro.

Nadie, entre el estruendo del combate, que all en el centro del
palenque se sustentaba  caballo, oy el grito de guerra del Alcaide de
los Donceles, sino Mohamet-Zegr, que cay por tierra como herido por un
rayo, esclamando:

--Traicion! son castellanos!

Y su sangre se hel, rodaron sus ojos en sus rbitas, y la lividez de la
muerte alter su semblante.

El generoso alcaide salud  la sultana.

Luego tom el alfange del moro y le cort la cabeza.

Subi la gradera del dadalso y puso en su ltima grada,  los pies de
la sultana, aquel sangriento despojo.

Despues recogi su adarga, requiri su caballo, mont en l, y se retir
 un lado para ver la suerte del combate, que seguia encarnizado, entre
los otros seis caballeros.

Los que mas  punto de vencimiento estaban eran don Juan Chacon y
Mahandin.

Entrambos habian roto sus lanzas.

Entrambos se habian desguarnecido la cabeza y peleaban con ella
descubierta.

Entrambos, apenas podian repararse por las adargas rotas y abolladas por
los furiosos golpes.

Cruzaban y volvian  cruzarse los caballos.

Cada encuentro era una herida, cada choque un amago de muerte.

El moro mostraba los ojos inyectados de sangre, como la hiena que
olfatea los cadveres.

Don Juan Chacon le fascinaba con su ardiente mirada.

Pasaba el tiempo, la luz menguaba; la noche tendia ya sobre los cielos
su manto de tinieblas.

Era preciso concluir.

Don Juan Chacon apret los dientes y los puos, y su espada se rompi en
la adarga del moro, dejndole el brazo desguarnecido,

Y sin darle tiempo para rehacerse, veloz como el relmpago, el seor de
Cartagena tom de su arzon la maza de armas, describi con ella en alto
tres crculos; y la lanz de s.

La maza parti silbando y fu  chocar en la cabeza desarmada de
Mahandin, que cay por la grupa de su caballo, horriblemente
ensangrentado.

Despues no se movi.

Estaba muerto.

Don Juan Chacon desmont, cort  Mahandin la cabeza, la llev al
cadalso de la sultana y la puso junto  la de Mohamet-Zegr.

Un silencio de horror dominaba en el estenso palenque.

Por rden de Muza, esclavos con antorchas encendidas rodeaban  los
combatientes alumbrndolos.

Aquello tenia un aspecto terriblemente fantstico.

Don Juan Chacon mont de nuevo  caballo y fu  situarse junto  la
valla, al lado del Alcaide de los Donceles.

Solo rompian el lgubre silencio el estruendo del combate de los cuatro
caballeros y los alaridos de los parientes de los dos zegres cuyas
cabezas lvidas y ensangrentadas estaban  los pies de Zoraida.

Hicieron los jueces salir de la plaza  aquellas gentes para que no
desalentasen con sus quejas  los caballeros que lidiaban, y luego solo
se escuch el spero ruido de los golpes del combate.

Don Manuel Ponce de Leon, y don Alonso de Aguilar sintieron una generosa
envidia al ver que sus compaeros habian _fenescido sus armas con tanta
prez_, como se decia entonces, y arremetieron con nuevo furor  los
moros.

El primero y Hamet-Zegr habian tomado lanzas nuevas, y justaban como en
torneo, entrando y saliendo en liza con gran bizarra y corage.

Parecia,  pesar de hacer ya gran tiempo que lidiaban, que no se habian
tocado  los arneses, y sin embargo, crugian las adargas y recejaban los
caballos, no siendo bastantes  sostener los poderosos golpes.

Hamet-Zegr, enojado de la duracion del combate, furioso con la muerte
desastrada de su pariente Mahandin, plant su caballo en firme cuando
venia  encontrarle Ponce de Leon  toda carrera, hizo el cuerpo atrs,
tendi el brazo y le arroj la lanza, que hendi los aires silbando como
una jara desprendida de una ballesta.

Hubiralo pasado mal el castellano  herirle de lleno el asta; pero la
rabia hizo perder el tino al moro, descompsose, y su pica resbal en la
adarga del castellano, que aguij  su caballo para encontrar en la
jacerina  Hamet-Zegr.

El moro conoci lo terrible  inevitable del golpe, y encabrit su
caballo, ponindose casi en pie y cubrindose con l.

La lanza de don Manuel hiri en el pecho por bajo de la cubertura al
corcel, que cay de espaldas, cogiendo debajo  su ginete.

El cristiano esper  que se levantase; pero Hamet-Zegr permaneci en
tierra junto  su caballo muerto; el caparazon de hierro, al caer sobre
l, habia roto su pecho, y por su boca manaba la sangre  borbotones.

Don Manuel Ponce de Leon cort la cabeza  Hamet-Zegr, fu al cadalso
de la sultana, puso  sus pies aquella tercera cabeza, y fu  reunirse
 sus amigos.

Y entonces la atencion general se fij en don Alonso de Aguilar y en
Mahandon.

El moro, desalentado ya por la muerte de sus compaeros, se batia con la
fuerza de la desesperacion.

Suelto, gil, vigoroso, forzudo, giraba como un torbellino en torno del
cristiano; revolvase este, encontrbanse, se martillaban, volvian 
separarse, y se chocaban de nuevo.

Y parecia que la esperanza perdida daba fuerzas y actividad al moro.

Rompi la espada y tom el hacha de armas: lanzla  su enemigo, y la
rechaz su adarga: entonces desnud su pual, arrim los acicates  su
corcel, y al pasar ceido al de don Alonso, abri los brazos, y con una
ligereza increible, asi al castellano del cuello, pretendiendo
derribarle del caballo.

Pero don Alonso se afirm en los estribos; lanz lejos de s la adarga y
la espada, abraz al moro, le arranc de los arzones, y sujetndole con
un brazo vigoroso, hundi por tres veces en su cuello, bajo el falso de
su armadura, su pual de misericordia[147].

El moro abri los brazos y cay muerto  los pies del caballo de don
Alonso, que ech pie  tierra, cort la cabeza  su enemigo, y fu 
colocarla junto  las otras tres en el cadalso de la sultana.

El pueblo, hasta entonces silencioso, lanz una inmensa aclamacion de
alegra, demostrando cunto eran odiosos los zegres.

Sonaron las trompetas en alto alarido de triunfo, y Muza, bajando  la
sangrienta liza con los jueces del campo, grit en medio del silencio
del pueblo ansioso por escuchar sus palabras y sealando las cuatro
cabezas lvidas de los zegres alumbradas por cien antorchas:

--H aqu la justicia del Seor Altsimo, Unico y Misericordioso!

La sultana Zoraida es inocente!

Entonces adelant una tropa de esclavos africanos en cuyo centro iba un
hombre vestido de rojo.

Aquel hombre era el verdugo.

Tom las cabezas de los vencidos, y se alej con ellas.

Aquellas cabezas fueron puestas en escarpias en las puertas del castillo
de Bib-Ataubin, como convenia se hiciese con asesinos y calumniadores.

       *       *       *       *       *

En tanto el rey baj precipitadamente del estrado real y fu  estrechar
entre sus brazos  la sultana.

Zoraida se retir con horror.

--Aparta, asesino! le dijo: desde hoy, t en la Alhambra, yo en el
Albaicin.

Y arrojndose entre los brazos de Muza, que venia  declararla libre,
sali de la plaza acompaada de los jueces y escoltada por los cuatro
caballeros, castellanos, sus defensores.

       *       *       *       *       *

Al dia siguiente, mientras los cuatro caballeros, vueltos de la Azubia 
donde habian ido  tomar sus armas y sus caballos, curaban en secreto
sus heridas en sus tiendas, en el Real de Santa F, un escudero del
infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, en nombre de la sultana Zoraida, les
entreg como presentes magnficas joyas, y los caballos y armas con que
habian vencido  los zegres.

Al mismo tiempo, uno de los mas nobles caballeros de Granada, yendo de
paz, entreg  los reyes Catlicos un pergamino rodado y sellado con el
sello de oro de la sultana, en que esta les relataba la grande hazaa de
sus cuatro defensores.

       *       *       *       *       *




XVII.

LOS PRONSTICOS.


A medida que trascurria el tiempo, se iba haciendo mas angustiosa la
situacion de Granada.

Los cristianos la cercaban por la parte de la vega y de las montaas 
la parte de Almera, y sus campeadores corrian hasta sus puertas,
llegando el caso de no atreverse  salir fuera de ellas los habitantes,
por temor de ser muertos  cautivos.

Solamente por la parte de las Alpujarras, lugar montaoso y habitado por
gentes incontratables y bravas, estaban libres del cerco de los
cristianos.

Por all podia venir un refuerzo del Africa.

Pero Boabdil era dbil, y los reyes de Castilla demasiado temidos, y los
musulmanes de Africa abandonaron  s misma aquella hermosa ciudad en
donde estaban acorralados los ltimos restos del imperio de los agarenos
en Espaa.

Cada dia acontecia una nueva hazaa de los cristianos, tal y tan grande,
que ponia pavor en el nimo de los sitiados.

Una noche, los habitantes de Granada de la parte del Zacatin, de la
Al-Kaissera, y de los alrededores de la mezquita, despertaron asustados
 las voces de al arma! de los guardas nocturnos.

       *       *       *       *       *

Dormia entonces Boabdil en el mirador de Lindaraja.

Frente  s tenia la sala de las Dos Hermanas.

Mas all el patio de los Leones.

Luego la terrible cmara de los Abencerrages.

Parecia que all le habia llevado el remordimiento.

Boabdil no sabia separarse de aquel patio y de sus habitaciones.

Parecia que le llamaban  s las sangrientas sombras de Aben-Ahmed y de
los treinta y seis caballeros abencerrages degollados.

       *       *       *       *       *

El rey soaba bajo el fresco halago de las auras que entraban saturadas
de las fragancias de los crmenes por las celosas del mirador.

La noche era plcida y tranquila.

Los luceros brillaban all perdidos en la inmensidad.

Cantaban los ruiseores solitarios entre las alamedas del rio.

Y sin embargo, el sueo del rey era terrible.

Una horrorosa pesadilla de sangre.

Parecale que por la puerta de la sala de los Abencerrages salia
Aben-Ahmed, y tras l sus treinta y seis compaeros con las cabezas en
las manos.

Cada una de aquellas cabezas dejaba caer sobre el pavimento un chorro de
sangre.

Y los fantasmas adelantaban en procesion lgubre y silenciosa.

Y llegaban al rey y suspendian sucesivamente sobre su cabeza sus cabezas
cercenadas y la baaban en caliente sangre.

El rey luchaba por apartar de s aquella vision terrible y no podia.

Pero de repente le despertaron descompasadas voces, y estruendo de
gentes que corrian y de armas que se chocaban.

Y las voces decian en recio alarido:

--A las armas!  las armas! los cristianos estn en la ciudad!

       *       *       *       *       *

Despert el rey y sali de su lecho.

Apenas se habia levantado cuando vi delante de s  su hermano bastardo
el infante Muza.

--Qu significa esto, hermano mio? dijo el rey.

--Esto significa, que tanta infamia, tanto crmen, tanta inocente sangre
vertida, trae sobre nosotros la clera de Dios.

--T tambien, hermano! t tambien! esclam con angustia el rey.

--Los cristianos se atreven ya  entrar en nuestra ciudad y  poner el
nombre de sus dolos en la puerta de la mezquita.

--No te entiendo!

--Plaza! plaza! grit una voz al mismo tiempo en el patio de los
Leones. Quiero ver al poderoso sultan!

--H ah al arrayaz Abd-Allah-ebn-Tarfe que llega dijo Muza. El te dir
el atrevimiento de los cristianos.

Entr  la sazon un moro atltico, armado de todas armas:

Llevaba en la mano un carton dorado, en el centro del cual, se veia
escrito en grandes letras azules castellanas, el mote: AVE MARIA.

La advocacion mas dulce de la santa Vrgen Madre de Dios.

El moro estaba plido y convulso, y sus ojos despedian llamas sacudiendo
con furor el carton entre sus manos.

--Qu es eso? dijo Boabdil.

--Esto es, contest Tarfe, que ese infiel  quien Dios maldiga, ese
cristiano Hernan Perez del Pulgar,  quien llaman entre los suyos el de
las _fazaas_, ha clavado sobre la puerta de alambre de la mezquita
mayor este cartel con el nombre de Mara.

--Pero habr encontrado el infiel la muerte? esclam colrico el rey.

--El maldito ha escapado matando  alguno de los guardas.

--Pero si ha escapado, cmo le habeis conocido?

--Conocile  la luz de las antorchas con que acudieron algunos vecinos
un guarda que ha sido durante algun tiempo cautivo de los cristianos.

Y quin otro que el bravo Hernando del Pulgar pudiera atreverse 
tanto?

No sabes que l con algunos pocos de los suyos tom la fortaleza del
Salar  escala franca, por lo cual sus reyes le hicieron alcaide de
aquella fortaleza?

No sabes que desde ella nos ha corrido la tierra, nos ha incendiado las
mieses y nos ha cogido cautivos y rebaos?

Acaso ignoras, ni lo ignora nadie, quin es Hernan Perez del Pulgar?

No sabes que el mote jactancioso que tiene en su escudo ese caballero
es: _El pulgar quebrar y no doblar_?

--Dios permite que seamos humillados, esclam con una vergonzosa
desesperacion el rey.

--Pero quien nos humilla tiene cabeza, esclam con energa Tarfe: dame
licencia, seor, y yo ir  los Reales de Isabel y de Fernando por la
cabeza de Pulgar.

--V, v, mi valiente arrayaz, que siendo t quien vas, no dudo que
lavars la afrenta que nos han hecho los cristianos.

V, mi valiente Tarfe, v, y que Allah vaya en tu ayuda.

Tarfe y Muza salieron, salieron los que le acompaaban, y el rey qued
solo.

Volvise  reclinar en el lecho, volvieron  entorpecerse sus sentidos,
y volvi  su vision de sangre.

       *       *       *       *       *

En efecto, el bravo alcaide del Salar Hernan Perez del Pulgar, el de
_las hazaas_, habia entrado en Granada.

Aquella tarde habia llamado  su tienda en el Real de Santa f  sus
escuderos.

Eran estos quince, apreciados en gran manera por su valor.

Sentronse y se descubrieron respetuosamente ante su capitan, que les
dijo con voz grave:

--Bien conozco, hidalgos, vuestra lealtad y vuestro esfuerzo, de que me
habeis dado grandes pruebas, y yo  mi vez os pago prefirindoos para
confiaros un gran intento, que llevado  cabo, pondr nuestros nombres
en el templo de la fama.

Miraron con anhelo sus escuderos  Pulgar, que continu de la misma
manera reposada y tranquila.

--Esta noche voy  entrar en Granada con la ayuda de Dios; pero como me
tocaria al alma el que interponindose algunos infieles, malograsen mi
propsito, quiero que vengais conmigo, no como en recompensa de la
estimacion en que os tengo, ni como mandato, mas os lo habr en gran
merced si consents.

Levantse uno de los escuderos llamado Francisco de Bedmar, y dijo:

--Donde vayas t, capitan, iremos nosotros sin dudar, y si algun temor
podemos tener, no ser otro sino el de la prdida de tan noble y
valiente caudillo.

Mirle de hito en hito Pulgar.

--T, Bedmar, dijo, escalaste los muros de Alhama; tambien os he visto 
vosotros tomar  escala franca el castillo del Salar, combatir en Velez
y en Baza en los mismos llanos de la vega. Y ahora que estais  mi lado,
_por qu poneis en Dios tan poca confianza y me contais con los
muertos?_[148].

--Mal cumpliramos con lo que le debemos, Hernando, observ otro de
ellos, sino te aconsejramos, cuando pretendes correr  una perdicion
cierta.

--No es consejo lo que os pido, dijo gravemente Hernan Perez; lo que
quiero es que me acompaeis hasta las puertas de Granada. Dios nos
libertar, y si nos acorralan qu importa? _ya aprendimos en el Zenete
la manera de hacernos paso_[149].

Tendi, dicho esto, la mano  Bedmar y  los otros escuderos, y
dicindoles el lugar de la vega donde debian reunirse, despidilos.

       *       *       *       *       *

Era cerca del amanecer.

En la confluencia del Darro y del Genil, aparecieron viniendo de la
parte de la vega algunos ginetes  caballo.

Solo podian apreciarse sus bultos porque la noche era lbrega.

Detvose al llegar  aquel punto el que cabalgaba delante de los
ginetes, y al hablarles dej conocer en su acento que era Hernando del
Pulgar.

Los ginetes que le seguian eran sus escuderos.

--Ahora bien, amigos mios, y ya que hemos llegado, dijo Pulgar, ved de
recoger entre esas alamedas algun ramage y procuradle seco en tal manera
que arda  maravilla.

--Cmo, pretendes poner fuego  Granada? dijo uno de los escuderos
llamado Aguilera.

--Si tal, contest Pulgar; y en Dios confio que hemos de volver al Real
alumbrados por las llamas que devoren sus ponderadas casas y sus ricos
alczares.

Quedaron atnitos los hidalgos, pero conociendo la tenacidad de Pulgar,
obedecieron y cargando de ramage seco la grupa de sus caballos,
siguieron  su capitan, marchando por el cauce del Darro, para que con
el ruido de la corriente no se notase el de las pisadas de los caballos.

Merced  esta precaucion y  lo oscursimo de la noche, pasaron sin ser
sentidos de los atalayas moros, por delante del castillo de Bib-Ataubin,
y llegaron al puente de la puerta Real  Bib-Al-Malek, bajo el que se
agruparon los quince escuderos en rededor de Pulgar.

Aguardadme aqu, les dijo, y t, Pedro, que conoces mejor que nosotros
la ciudad en que te criaste, carga en tu caballo ese ramage y sgueme.

Trabse gran altercado entre los hidalgos.

Ninguno queria menos que acompaar  su capitan; vinieron  disputa,
alterronse, y  tal punto lleg la porfia, que Pulgar se vi obligado 
consentir en que, echndolo  la suerte, le acompaasen algunos.

Al fin, guiado por Pedro, y acompaado de Bedmar y de otros cuatro, el
alcaide del Salar sigui bajo el largo y lbrego puente con el agua  la
rodilla, penetr en la ciudad y sigui  oscuras  lo largo de la
_Ribera de los curtidores_ hasta llegar frente por frente de su edificio
magnfico[150].

Treparon uno tras otro el poco elevado muro que encajonaba el rio, y por
una estrechsima calleja, que apenas daba lugar  un arroyo de
desage[151], penetraron en una plaza de poca estension, donde se
alzaban uno frente  otro dos altsimos edificios.

Era el uno la universidad[152] granadina, emporio de ciencia, santuario
del saber,  donde habian refluido los sabios de Crdoba y Sevilla, y
cuantos habian sido arrojados por las armas castellanas hasta aquel
ltimo recinto donde flotaba en Espaa la ensea del Islam; el otro la
gran mezquita de Granada[153], con su puerta de alambre dorado, sus
ricos agimeces de mrmol y sus aleros labrados, si bien entonces no
podia verse tanta maravilla  causa de la gran oscuridad de la noche.

--Hemos llegado? dijo el alcaide del Salar al morisco Pedro del
Pulgar[154].

--Si seor, dijo el cristiano nuevo: escucha cmo zumba el viento en el
altsimo almiznar de la mezquita; esta pared que nos guarda es de la
universidad, y esa gran casa oscura que ves en la sombra, la del fak de
los fakes.

Acrecentse la impaciencia de Pulgar, y pidiendo  Pedro menesteres de
encender, prendi fuego al hachon que consigo traia, y sac de debajo de
su sobrevesta un carton dorado, en que se veia un nombre escrito en
letras azules gticas.

--El _Ave Mara_! esclamaron con asombro los escuderos,

Pulgar lleg  la puerta de la mezquita y se arrodill: los escuderos se
arrodillaron tambien.

--Sed vosotros testigos, dijo  los cinco, que estaban entusiasmados y
conmovidos con el tiernsimo inters de Pulgar, de como tomo posesion de
esta mezquita en nombre de los reyes de Castilla, consagrndola desde
ahora  la Reina del cielo, cuyo nombre dejo en poder de los infieles
hasta que llegue la hora del rescate[155].

Y atando en el pomo de su pual las cintas de que pendia el cartel, le
clav de una sola pualada entre las mallas de alambre de la puerta.

Luego se levant, y se levantaron los escuderos, y Pulgar dijo  Pedro:

--Dnde est la Al-Kaissera?

Pedro le seal una estrecha calleja que comunicaba con el Zacatin, y le
dijo:

--Por all, seor.

--Alumbra y guia.

Cuando llegaron  la puerta de la Al-Kaissera, Pulgar le dijo:

--Echa ah ese ramaje.

Y cuando Pedro le hubo echado, Pulgar arroj sobre l el hacha
encendida.

Pero  punto sintieron pasos de muchos hombres con faroles encendidos
que rondaban guardando aquel riqusimo barrio.

Verlos y acometerlos espada en mano fu una misma cosa.

Gritaron los moros, alborotse por aquella parte la ciudad, y Pulgar,
temiendo que le venciese la muchedumbre, grit  sus escuderos:

--Por el mismo camino! corazon sereno, y espada pronta!

Y rompiendo por medio de los moros, escap[156].

Y las llamas amenazaban  la Al-Kaissera, y los moros, acudiendo de
todas partes, gritaban:

--Al arma! los cristianos!

Aquellas eran las voces que habian llegado hasta el rey.

El cartel aquel, el que Tarfe habia llevado  la Alhambra.




XVIII.

SIGUEN LOS PRONSTICOS.


Granada, tan venturosa antes, tan afortunada, habia llegado al punto de
que todo para ella se convirtiese en desdicha y mala ventura.

Sus caudillos emigraban  Africa  morian en la Vega.

Sus sabios y sus fakes estaban siempre pronosticando desdichas.

Todos tenian, no la f de la salvacion, sino la certeza del acabamiento
de la patria.

Todos miraban con terror al porvenir, y  un porvenir cercano.

Y Boabdil entretanto se adormia.

Boabdil no procuraba acabar con los bandos unindolos bajo su mano, y
dndoles de este modo fuerza.

Por otra parte, la unin de Aragon y de Castilla, de Espaa, en fin,
bajo un mismo cetro, hacia imposible la lucha.

Maldecian, sin embargo,  Boabdil.

Como si l,  quien historiadores benvolos han llamado el
_Desdichadillo_, hubiera podido oponerse  los decretos del destino:

       *       *       *       *       *

Es verdad que su inercia, su molicie, habian llegado al ltimo punto.

No se le veia salir de los departamentos del patio de los Leones, donde
tenia su harem, donde estaba el panteon en que reposaban sus
antepasados, donde existia la fatal sala que encerraba sus
remordimientos.

En aquel patio le tenian aprisionado los recuerdos de su dinasta, esto
es, el pasado; sus placeres, esto es, el presente; y su conciencia, que
venia a ser el decreto de su porvenir.

Y all recibia las noticias, funestas todas, que le traian sus
caballeros.

All escuchaba con la cabeza inclinada  sus sabios que le aconsejaban.

A sus valientes que pretendian sacarle de su inercia.

All, en la noche del mismo dia en que Tarfe le pidi licencia para ir 
retar al audaz cristiano que se habia atrevido  penetrar en Granada,
recibi la noticia de un nuevo desastre, que venia  ser un nuevo
pronstico de desgracias.




XIX.

EL TRIUNFO DEL AVE MARIA.


Apenas el sol habia desvanecido las nieblas de la noche anterior, y sus
rayos tibios aun se tendian sobre Santa F, cuando un confuso rumor de
pasos acelerados de armas que se chocaban y de gentes que subian  toda
prisa las escaleras que conducian  los adarves, se dej oir por la
parte que mira  Granada.

Los reyes don Fernando y doa Isabel, el prncipe, don Juan, las
infantas doa Juana y doa Isabel, fray Hernando de Talavera, Pulgar,
Crdoba, Tendilla, Aguilar y cien nobles caballeros, rodeados de lanzas
y ceudos los semblantes, miraban al campo donde un moro ante ellos se
mostraba acompaado de diez africanos  caballo y un trompeta armados.

Montaba en un poderoso caballo negro encubertado de guerra, y afianzaba
una lanza, en cuyo hierro se veia pendiente el cartel de AVE MARIA que
Pulgar habia fijado aquella noche en la puerta de la mezquita mayor de
Granada.

Era el arrayaz Abd-Allah-ebn-Tarfe.

Llamas arrojaban los ojos del valiente moro.

Su roja sobrevesta parecia pedir sangre.

Sus megillas plidas eran la clara muestra de la clera que agitaba su
alma.

El ronco son de su trompeta, habia llamado al adarve  los reyes,  los
prncipes y  los caudillos cristianos.

Y todos se maravillaron de que aquel infiel se atreviese  presentarse
con tamao atrevimiento ante ellos.

Y Tarfe los miraba como mira el toro  la muchedumbre que le provoca
desde la valla, y su clera era cada vez mas convulsiva y su mano
agitaba el cartel del AVE MARIA, blandiendo hasta hacerla crugir en el
aire su fuerte lanza de dos hierros.

Mas cuando vi cubiertos de cristianos los adarves pase la sombra
mirada sobre ellos, reconociendo  cada uno de los capitanes  quienes
habia visto el semblante entre el polvo de la batalla, y cuando vio
competidores dignos hizo una sea al trompetero.

Por tres veces el son de la sonora trompeta rasg el espacio y
retumbando en la cercana Geb-el-Beira, fu repetido  lo lejos y en
redondo por los ecos de las montaas.

Aquel sonido de atencion fu repetido de igual modo por las trompetas
del Real.

El rey, la reina, el prncipe, los infantes, los caudillos y los
soldados de Castilla y Aragon, Espaa, en fin, escuchaban  un solo
hombre.

Tarfe se alz en los estribos, mir al adarve con fiereza y su voz
poderosa se estendi en el espacio.

--Perros traidores! dijo: vosotros los que entrais como el buho en
nuestra ciudad amparados de las tinieblas para dejar en ella el nombre
de vuestros dolos! yo soy Tarfe! yo el que ha arrancado de la
mezquita el nombre de MARIA, y le arrastra delante de vosotros, sobre el
polvo de vuestros Reales!

Salid, canes ladradores!

Salid uno a uno, dos  dos, ciento  ciento!

Salid! Tarfe os espera!

Mi lanza os conoce, villanos, y mi espada aun tiene en su filo la seal
de vuestra sangre.

Call el moro esperando la respuesta; pero ni una voz, ni un movimiento
salieron de entre los cristianos, que parecian estatuas de hierro.

Irritse Tarfe, hizo botar su corcel, le lanz hasta salvar la mitad de
la distancia que le separaba del muro, y grit con doble furor:

--Y si no bastan las afrentas que habeis oido para que salgis al campo,
mirad, castellanos, donde pongo el nombre de MARIA; y si algun peon 
caballero, infante  rey, de ello ha enojo,  esperarle voy en la Vega
hasta que el sol trasponga las montaas de Loja.

Y esto diciendo, puso el cartel del AVE MARIA en la cinta que enrollaba
la cola de su caballo, revolvi el freno, y seguido de los suyos, se
alej lentamente de los Reales hasta llegar  la espesura donde
Zaruhyemal habia dado la carta de la sultana  don Juan Chacon,
descendi del caballo, despidi  los esclavos y al trompetero, y se
reclin sobre el csped en la sombra, tendida  mano la pica y ceido el
talabarte de la adarga.

En tanto, en silencio se hundieron como sombras tras las almenas del
Real de Santa Fe, reyes  infantes, damas y caballeros.

Ni una sola palabra acerca del suceso se cruz entre aquel ejrcito de
valientes.

El reto habia sido lanzado con sobrada insolencia para que se departiese
sobre l.

Todos los semblantes estaban ceudos; todos los corazones ardiendo.

Cada una de aquellas espadas estaba mal contenida en su vaina.

Pero lo que faltaba en palabras, sobraba en actividad.

De las almenas se pas  las tiendas, y de la vestidura de paz al arns
de guerra.

Y entre aquellos viejos soldados endurecidos con la fatiga de los
combates, un mancebo imberbe, hermoso como una dama, pero de mirada
severa, y centelleante como la de un leon, atraves en paso apresurado
el Real, y al otro estremo entr en una tienda aislada.

--Pronto, Nuo, dijo  un soldado viejo que esperaba impaciente  la
puerta; mi arns, mi lanza y mi caballo: pronto, porque los capitanes
del Real se arman  porfa, y no tardarn mucho cien buenas espadas en
demandar licencia  sus altezas para rescatar la santa AVE MARIA de las
manos de ese perro infiel.

Y as era,

Apenas don Fernando y doa Isabel habian entrado en sus tiendas,
visiblemente alterados por el reto de Tarfe, cuando un tropel de
capitanes, de caballeros, y aun de simples hidalgos, alfreces y demas
cabos de los tercios, entraron armados hasta los dientes, pasando casi
por cima de los _continuos_ y demandaron licencia para ir  rescatar con
la muerte del moro el nombre de MARIA.

Cada cual aleg su derecho, y con tan buenas razones, y siendo todos
pares en valor y merecimientos, don Fernando y doa Isabel reunieron su
consejo para elegir el campeon que debia llevar  cabo tan importante
empresa.

Mientras esto acaecia, el hermoso mancebo que habia corrido  su tienda
en vez de correr como los otros  la de los reyes, se habia cubierto de
un arns de finsimo temple; habia embrazado una adarga de Fez, ganada
por sus ascendientes  los moros en aquella misma Vega, y ginete en un
fogoso potro cordobs, blandiendo una pesada y larga lanza de fresno, se
lanz  la carrera  travs de una puerta cercana, sorprendiendo  la
guardia de ella, di la vuelta al Real y se lanz en la Vega al escape
de su caballo de batalla.

Pronto, muy pronto, desapareci entre una nube de polvo,  pesar de los
gritos de la guarda del Real, y lleg  la arboleda donde esperaba
Tarfe.

El mancebo cal su visera y lleg  un llano del bosque donde Tarfe con
el descuido de los valientes,  los pies de su caballo, dormia sobre el
blando csped.

Lati con doble impaciencia el corazon del mozo, y fij una intensa
mirada de clera en el moro.

--Levntate! grit poniendo los cascos de su caballo junto  Tarfe.
Levntate, jactancioso, y ven conmigo  batalla!

Tarfe despert al sonido de la pujante voz del mancebo castellano.

Levantse lentamente, psose de pie y midi con una larga y profunda
mirada  su adversario.

--Quin eres t, le dijo con desprecio, caballero sin mote y sin
empresa? Acaso no hay en los Reales de Castilla valientes capitanes que
vengan  medirse conmigo que soy el caudillo de cien combates?

--Es verdad, contest el mozo: soy caballero novel, pero vengo por tu
cabeza para hacer empresa con ella: y como cristiano, vengo  arrancarte
el corazon y el cartel que te has atrevido  poner en la cola de tu
caballo, cuando tiene escrito el nombre de la que sobre ngeles se
asienta.

--Ea, vete, cristiano, dijo Tarfe con desden, que yo no he de probar mis
armas con quien trae las suyas blancas y oculta su semblante.

El mozo se levant con corage la visera, y mostr su hermosa y juvenil
faz al moro.

Tarfe mir con asombro al mancebo.

La espresion de desprecio que antes aparecia en su semblante, se borr.

Solo qued en ella una sonrisa de afecto.

--Valiente eres, rapaz, dijo: gran fama alcanzars en el mundo si una
lanza traidora no corta en flor tu vida, pero vete: que no soy asesino
ni me mido con nios: vete y di  ese terrible Gonzalo Fernandez de
Crdoba, que Tarfe le espera durmiendo.

Y fu  reclinarse de nuevo en el csped.

Pero el jven cal su visera, levant el cuento de su lanza, y la tendi
con ira sobre la espalda del moro.

Al sentir este ultrage, Tarfe salt como una pantera herida, embraz su
adarga, requiri su espada, cabalg, tom campo, y parti con la lanza
baja contra el cristiano, gritando ronco de furor:

--Por Satans, el mentiroso, villano, que has de pagar con tu sangre tan
ruin y cobarde ultrage.

Y  este punto embisti contra el mozo que le acort el trecho
salindole al encuentro.

El aire gimi con el estruendo del choque.

La lanza de Tarfe, salt hecha menudas astillas contra la adarga del
castellano.

Este no se movi de los arzones.

Su pica false la adarga y la jacerina del moro, y le hiri levemente,
rompindose tambien como hubiera podido romperse una caa.

Tarfe rugi de clera, y su ancha y larga espada damasquina, luci como
un rayo fuera de la vaina.

Desnud  su vez el cristiano la suya, tornaron  tomar campo y se
acometieron de nuevo con doble coraje,  mpetu furioso.

Martillaban los aceros sobre el duro hierro de los arneses: los airones,
los penachos, las sobrevestas y las galas eran despojos del combate:
empezaban  desclavarse coseletes y grevas y la sangre corria de mas de
una herida.

Rugia Tarfe como un hambriento leon del desierto:

Coloraba su frente la vergenza de no haber esterminado  la primera
embestida  aquel cristiano casi nio, que se habia atrevido 
insultarle, y redoblaba sus golpes y sus embestidas, ligero como un
halcon, incansable, feroz, irritado.

Y siempre encontraba apercibida la adarga del cristiano.

Siempre su caballo, caracoleando en su lomo, le divertia en una defensa
fatigosa.

Y redoblbanse los tajos sobre el templado acero de su jaco.

Jadeaban ya los caballos.

El cristiano,  quien sin duda importaba la brevedad, hacia girar el
suyo como un torbellino en derredor del moro.

Al fin, entrambos corceles fatigados, cubiertos de sudor, ensangrentados
los ijares, obedecieron mal al freno, y el de Tarfe tropez en el tronco
de un rbol al tomar una vuelta y cay arrastrando a su ginete.

El castellano contuvo generosamente al suyo para no atropellar al moro,
ech pie  tierra, y adelant cubierto con la adarga y la espada en alto
contra su enemigo que se habia levantado cubierto de polvo y trmulo de
furor.

Empese de nuevo el combate  pie firme.

Silbaba el acero contra el acero.

El dios de las batallas, posado en una nube roja, miraba con asombro 
los caballeros.

Y Tarfe apret los puos y los dientes.

Describi un ancho crculo al rededor de su cabeza con su espada, y la
dej caer como un rayo sobre el cristiano.

La hoja damasquina salt en pedazos al chocar la templadsima adarga del
mancebo.

Tarfe estaba desarmado: solo le quedaba el pual, arma dbil  intil.

Arroj lejos de s la adarga, y se fu con los brazos abiertos al
castellano, que le imit.

El combate pasaba  ser lucha.

Una sombra y sardnica carcajada sali por entre las barras del yelmo
de Tarfe.

Membrudo, ajigantado, gran luchador, pensaba sofocar entre sus robustos
brazos al castellano.

Y as hubiera sin duda acontecido.

Pero cuando el moro estrechaba al mancebo, cuando su coselete rechinaba
entre aquel brazo de hierro, su mano busc el falso de la armadura de su
enemigo, y su daga buida penetr en su pecho.

Tarfe abri los brazos, lanz un grito terrible, y cay de espaldas.

El AVE MARIA habia sido rescatada.

El mancebo alz su visera.

Su rostro juvenil y hermoso, cubierto de sangriento sudor, se elev al
cielo, y sus elocuentes ojos negros dejaron brillar una lgrima de
gratitud.

Oracion suave, dulce, perdida como un perfume en la inmensidad del
abismo, y elevada hasta el trono de Dios: y luego fu al caballo del
moro, quit de su cola el cartel del AVE MARIA, le bes de hinojos y le
suspendi de su cuello sobre su pecho,  manera del vasallo que ostenta
el blason de su seor.

Y lleg  Tarfe; le desenlaz el yelmo, y al ver su frio semblante,
afeado por la lividez de la muerte, esclam con un orgullo disculpable
en sus pocos aos:

--Soberbio moro: el novel caballero tiene ya empresa para sus armas, y
el AVE MARIA ser un cuartel de gloria en el blason de los Garci-Lasos
de Castilla.

Y cort la cabeza  Tarfe, la colg del arzon de su caballo, cabalg,
sali de la espesura y se encamin al Real.

All  lo lejos se levantaba una nube de polvo bajo los pies de los
caballos de un pequeo escuadron, que avanz hasta dejar conocer  los
que cabalgaban.

Era el capitan Gonzalo Fernandez de Crdoba con sus escuderos, que habia
sido elegido por el consejo de guerra para responder al reto de Tarfe, y
venia armado de todas armas y cubierto de lazos y penachos.

Pronto lleg junto al jven y pudo ver en su pecho el AVE MARIA y en su
arzon la sangrienta cabeza del moro.

Detvose el capitan y con l sus escuderos.

--Pardiez, Garcilaso, dijo Gonzalo Fernandez al jven, qu temprano
empezais  ser hazaoso! vais apurando todas las grandes empresas;
Chacon y don Diego de Crdoba, Ponce de Leon y Aguilar, entran en
palenque en Bib-Arrambla y vencen delante de la crte de Granada; Pulgar
pone el nombre de MARIA en la mezquita mayor en prenda de posesion; y
vos, nio aun, rescatais esa sagrada AVE MARIA de un guerrero tan
formidable como Abd-Allah-Ebn-Tarfe. Qu dejais, pues, que hacer 
Gonzalo Fernandez de Crdoba?

Y esto dijo sonriendo afablemente, como quien tiene harta gloria propia
para no envidiar la agena, el hombre que debia ser la primera y mas
clara gloria de las glorias guerreras de las Espaas.

El que debia ser el ltimo cercador de Granada.

El conquistador de Npoles.

El terror de los franceses.

EL GRAN CAPITAN!

Tendironse las manos Gonzalo Fernandez y Garcilaso, y tomaron juntos la
vuelta de Santa F.

       *       *       *       *       *

Desde aquel dia, los Lasos son Lasos de la Vega, y en su blason campea
el AVE MARIA; desde aquel dia tambien, las armas de la ciudad de Santa
F son una pica, clavado el cuento en la cabeza de un moro, y pendiente
de ella el cartel del AVE MARIA.




XX.

LA AGONIA DE GRANADA.


Gonzalo Fernandez de Crdoba habia sido encargado por los reyes don
Fernando y doa Isabel de formalizar el sitio de la ciudad.

Acercbase la hora fatal en que la ensea del Islam debia ser arrebatada
por el huracan de la almena que la sustentaba.

Cercada enteramente Granada, empez  sentir el hambre.

Muy pronto esta se hizo intolerable.

Hablbase ya de rendicion entre los principales caballeros.

Y el rey Chico seguia dormitando en los perfumados departamentos del
patio de los Leones.

Siempre delante de aquella sangrienta cmara.

Siempre delante de su remordimiento.

Empezaron  aparecer al descubierto las traiciones.

Spose que los principales caudillos, temerosos por sus vidas y
haciendas, andaban en tratos para la rendicion de la ciudad.

Quedaron patentes las causas de tantos sangrientos motines, de tantas
batallas perdidas, de tantas esperanzas malogradas.

Y no fu ya tiempo de retroceder, ni de atender  males incurables
arraigados de viejo en el corazon de Granada.

Sostvose aun, sin embargo, algunos dias, con la esperanza de un socorro
de Africa.

Pero los socorros no venian.

Aquejaba el hambre y se temia  cada momento la embestida decisiva del
enemigo.

       *       *       *       *       *

Una noche, Boabdil sinti pasos de algunos hombres en uno de los
estremos del patio de los Leones.

Su corazon se estremeci.

Entre las voces de aquellos hombres que hablaban y que al parecer salian
de la sala de Justicia, crey reconocer el acento estranjero de los
castellanos.

Qu hacian aquellos cristianos en su alczar?

Trataban, sin duda, en medio del silencio de la noche, de la rendicion
de la ciudad: la corona temblaba en su cabeza; el reino de Granada
agonizaba.

       *       *       *       *       *

Boabdil huy despavorido, y se encontr, sin darse razon de cmo, en la
funesta cmara de los Leones.

Sobre las seales rojas de la sangre de los abencerrages,  la luz de
una lmpara de alabastro, estaba arrodillada una muger vestida con un
blanco trage de luto.

El rey reconoci  la sultana Zoraida.

De la boca del rey sali un grito ahogado.

Zoraida levant la cabeza y vi al rey.

Se levant lentamente, y dijo al rey estendiendo su brazo de alabastro
hcia la sala de Justicia:

--All, tus vasallos cobardes, entregan tu corona  los formidables
reyes de Castilla. Aqu, la sangre de caballeros inocentes, se levanta
hasta el Altsimo clamando contra t venganza.

Y la sultana se separ del rey y se perdi como un fantasma entre las
columnas del patio de los Leones.

El rey cay anonadado sobre aquella sangre, y llor.

       *       *       *       *       *

En efecto, el capitan de caballos, Gonzalo Fernandez de Crdoba, y
Hernando de Zafra, secretario de los reyes don Fernando y doa Isabel,
que habian entrado secretamente en la Alhambra por un postigo, trataban
con los wazires Aben-Comixa, y Abul-Cazin-Abd-el-Melik de la rendicion
de Granada.

       *       *       *       *       *

Al dia siguiente el dbil Ab-Abdallh reuni en consejo  sus wazires,
 sus faques y  sus kades, y les consult sobre la resolucion que
debia adoptarse en tan estrema situacion.

El resultado fu fatal.

Los unos, vendidos al enemigo, los otros temerosos de l, resolvieron la
entrega de aquella ciudad, engrandecida por el famoso rey
Nazar-Al-Hhamar, fuerte y poderosa hasta Abul-Hacen, y vencida,
destronada bajo el dbil cetro de Abu-Aba-Allah-el-Zogoibi.

Todos los del consejo se inclinaron  tratar de avenencia con los reyes
enemigos, y solo el valiente Muza encontrando aun resistencia y brio en
su corazon, dijo que _aun era temprano_.

Sin embargo, se determin que el wazir Abul-Cazin-Abd-el-Melik saliese 
proponer capitulacion  los cristianos.

Los reyes de Castilla y de Aragon recibieron bien  este noble
caballero, y determinaron que Gonzalo Fernandez de Crdoba, Hernando de
Zafra y algunos otros de los principales cristianos concertasen la
entrega.

Estos caballeros, precedidos del wazir, entraron otra vez en la
Alhambra, por una mina entre la torre del Agua y la puerta de Hierro, y
encerrados secretamente en la sala de Justicia del patio de los Leones,
hicieron las capitulaciones de la entrega de la ciudad.

       *       *       *       *       *

Cuando al da siguiente el wazir las present en el consejo, la palidez
del terror se pint en todos los semblantes; la sultana madre,
Aixa-la-Horra, tembl de clera, y el rey desfallecido, con los ojos
preados de lgrimas, ocult su dolor entre los brazos de su madre.

       *       *       *       *       *

Y en medio de aquel espectculo de desolacion, intenso en el alma el
amor de la patria, sereno, aunque plido, el intrpido y guerrero
infante Muza se levant, y abarcando en una larga y sombra mirada  los
que le rodeaban, dijo con acento de la mas fria reconvencion:

--Dejad, seores, ese intil llanto  los nios y  las delicadas
hembras; seamos hombres y tengamos todava corazon, no para derramar
lgrimas, sino hasta la ltima gota de nuestra sangre; hagamos un
esfuerzo de desesperacion, y peleando contra nuestros enemigos,
ofrezcamos nuestros pechos  las contrapuestas lanzas.

Mua era un hroe; su voz vibraba inspirada, pujante, entre aquellos
hombres, antes tan valientes, y entonces aterrados por el adverso
destino.

--Yo estoy pronto  acaudillaros, continu el infante con energa; para
arrostrar con denuedo y corazon valiente la honrosa muerte en el campo
de batalla.

Mas quiero que nos cuente la posteridad en el glorioso nmero de los que
murieron por defender su patria, que no en el de los que presenciaron su
entrega.

Y si este valor nos falta, oigamos con paciencia y serenidad estas
mezquinas condiciones, y bajemos el cuello al duro y perpetuo yugo de
envilecida esclavitud.

Veo tan caidos los nimos del pueblo, que no es posible evitar la
prdida del reino.

Solo queda un recurso  los nobles pechos, que es la muerte; y yo
prefiero morir libre,  los males que nos aguardan.

Si pensais que los cristianos sern fieles  lo que os prometen, y que
el rey de la conquista ser tan generoso vencedor como venturoso
enemigo, os engaais.

Estn sedientos de nuestra sangre y se hartarn de ella.

La muerte es lo menos que nos amenaza.

Tormentos y afrentas mas graves nos prepara nuestra enemiga fortuna: el
robo y el saqueo de nuestras casas; la profanacion de nuestras
mezquitas; los ultrajes y violencias de nuestras mugeres y de nuestras
hijas; opresion, mandamientos injustos, intolerancia cruel, y ardientes
hogueras, en que abrasarn nuestros mseros cuerpos.

Todo esto lo veremos por nuestros ojos: lo vern por lo menos los
mezquinos que ahora temen la honrada muerte; que yo, por Allah! que no
lo ver.

La muerte es cierta y en todos muy cercana.

Pues por qu no empleamos el breve plazo que nos resta, donde no
quedemos sin venganza?

Vamos  morir defendiendo nuestra libertad!

La madre tierra recibir lo que produjo, y _al que faltare sepultura que
le esconda, no faltar cielo que le cubra_.

No quiera Dios que se diga que los granades nobles no osaron morir por
su patria[157].

       *       *       *       *       *

Call Muza, y callaron todos los que all estaban.

Y call tambien el rey.

Y entonces Muza, viendo el abatimiento de wazres, xeques, arrayaces y
fakes, se sali lleno de ira de la sala.

Y dicen los que de aquel tiempo y de aquellas cosas escribieron, que
habiendo tomado de su casa armas y caballo, se sali de la ciudad por la
puerta de Elvira, y que nunca mas pareci ni se supo qu habia sido de
l[158].

       *       *       *       *       *

Entretanto el rey, viendo que en la ciudad y en todo el reino, faltaban
 un mismo tiempo el nimo y las fuerzas, resolvi escribir  los reyes
sitiadores, que para evitar alborotos y novedades, queria entregarle la
ciudad al momento.

El wazir Aben-Comixa, fu  Santa f con esta carta y con un presente de
caballos castizos, con ricos jaeces y alfanges.

Esta fatal determinacion fu el dia cuatro de la luna de rabie primera
del ao de ochocientos noventa y siete[159].




XXI.

LA TOMA DE GRANADA.


Amaneci el dia cinco de rabie primera.

Todo el ejrcito cristiano con sus reyes  la cabeza, en alto los
estandartes reales de Castilla y Aragon, tendidas las banderas y
apercibidas las huestes, march sobre Granada.

Iban engalanados ginetes y peones.

Ondeaban al viento penachos, preseas, banderolas y divisas.

El sol arrancaba flgidos destellos de las brillantes armas.

Y los timbales y las trompetas y los atambores y los pfanos del
ejrcito cristiano, taian juntos en alegre alarido, y el viento llevaba
 Granada el clamor de triunfo de los vencedores que se acercaban.

A Granada, mustia y silenciosa, cubierta de luto y regada mas con las
lgrimas de sus infortunados habitantes que con el agua de sus fuentes.

       *       *       *       *       *

Entretanto, por la puerta de la torre de los Siete Suelos, acompaado de
cincuenta caballeros de los mas nobles de Granada, sali vestido de
luto, ya despojado de la corona perdida, el rey  quien los suyos habian
llamado con tanta razon el _Desdichadillo_.

El wazir Aben-Comixa, le habia precedido para entregar las llaves de la
ciudad  Fernando V de Aragon que esperaba en las mrgenes del Genil.

Su familia habia salido antes.

La Alhambra habia quedado hurfana de sus antiguos seores,
desamueblada, deshabitada, muda y fria, esperando  un nuevo seor.

El rey Chico descendi por las quebraduras del cerro de Al-Bahul.

De repente su caballo se detuvo como presintiendo al enemigo.

A poco apareci entre las quebraduras el conde de Tendilla don Iigo
Lopez de Mendoza, acompaado de don Pedro Gonzalez de Mendoza su
hermano, gran cardenal de Espaa, y de don Gutierre de Crdenas,
comendador mayor de Leon, de la rden de Santiago: llevaba el conde el
estandarte real; el cardenal el guion de la cruz; el comendador el
pendn de Santiago.

Seguian muchos capitanes  estos tres magnates, y en pos marchaban
algunas banderas de infantera espaola.

Al ver  sus enemigos, el desdichado rey palideci y tembl.

Saludronle sin embargo los vencedores, con la consideracion y el
respeto que merece la desgracia, y mientras seguian adelante para ocupar
la Alhambra, el infortunado rey descendi rpidamente por las
quebraduras, lleg al sitio donde delante de su ejrcito esperaba el rey
de Aragon, y quiso arrojarse al suelo para arrodillarse ante su
vencedor.

Pero el noble Fernando V no se lo permiti, acercando  l su caballo.

Abu-Abd-Allah le bes en el brazo y le dijo:

--Tuyos somos, rey generoso y ensalzado: esta ciudad y reino te
entregamos, que as lo quiere Allah, y confiamos que usars de tu
triunfo con clemencia y generosidad[160].

Despues, enmudecido por el dolor, rompiendo el llanto  sus ojos,
saliendo la vergenza  su semblante, rehusando volver  Granada con el
conquistador tom a rienda suelta seguido de sus caballeros el camino de
las sierras, por alcanzar  su familia que habia salido algun tiempo
antes por otro camino de la ciudad.

       *       *       *       *       *

En tanto, en la distante torre del Homenage de la Alhambra, vieron los
castellanos tremolar un pendon rojo.

El ejrcito se prostern.

La capilla real que acompaaba al ejrcito, enton el _Te-Deum
laudamus_.

Y all, en una mezquita cercana, dieron gracias  Dios los
conquistadores[161],  hicieron salvas las bombardas y la mosquetera.

El conde de Tendilla habia tremolado sobre la torre mas alta del alczar
de la Alhambra el estandarte de sus seores.

Granada, la perla de Occidente, la sultana de Andaluca, la _cndida y
la clara_, era cautiva de los cristianos.




XXII.

EL SUSPIRO DEL MORO.


Ah! y cmo corre entretanto el rey Chico!

Cmo hiere los ijares de su blanca yegua!

Parece que devora la distancia deseoso de perder en ella el estruendo de
la alegria de los vencedores.

Ay! y cmo corre tambien la comitiva del cuitado rey!

Huyen de su desventura y de su vergenza, porque nadie los persigue.

Y los moros que van por el camino con sus mugeres en sus asnos y sus
bienes en sus acmilas, maldicen al pasar el rey.

Y le llaman cobarde.

Y el rey aprieta los acicates  la yegua, que gime dolorosamente y
apresura su carrera.

Y la comitiva del rey apresura tambien  sus caballos que vuelan.

Falta entre ellos el infante Muza: Muza el valiente.

Muza que no ha tenido bastante valor para presenciar la prdida de su
patria.

Corre, miserable rey!

Corre, como correr tu llanto lejos de ese jardin de delicias donde
brotan flores de prpura bajo los rayos de un sol de oro!

Corre, miserable, corre, y oculta tu miseria y tu deshonra entre los
pelados riscos de las Alpujarras!

Pero detente en esa aldea de Armilla.

Detente de nuevo y rinde un nuevo homenage.

Ah en esa aldea est la reina Isabel de Castilla.

Arrjate de tu yegua, besa la mano de esa noble seora, torna 
cabalgar, y huye de nuevo.

       *       *       *       *       *

Ya las nieblas de la tarde flotan en el horizonte.

El ltimo rayo del sol poniente refleja  lo lejos sobre las torres de
Granada.

En esas torres, que eran antes tu castillo, y que ya no volvers  ver.

Mralas, Boabdil, mralas.

Entre sus almenas, ese ltimo rayo del sol hace brillar limpias armas.

Pero esas armas no son las de tus moros.

Son las de tus conquistadores.

Detente, Boabdil, y mira por ltima vez  tu perdida Granada, porque
cuando hayas bajado la vertiente opuesta de esa colina, ya, aunque
vuelvas atrs los tristes ojos, no volvers  ver  tu ciudad.

       *       *       *       *       *

Oh! por qu asesinaste los bandos?

Por qu asesinaste  los treinta y seis caballeros abencerrages?

       *       *       *       *       *

[imagen no disponible: El suspiro de Moro]

El rey habia llegado  una colina  dos leguas de Granada.

Junto  ella habia encontrado  las dos sultanas, su madre y su esposa.

Aixa-la-Horra le mir con clera.

Zoraida con desprecio.

En la cima de la colina se veia una estrecha quebradura, desde la cual
se divisaba por ltima vez  Granada.

El rey, al llegar  aquella quebradura, se detuvo, ech pie  tierra,
estendi los brazos hcia su querida Granada, y cay de rodillas.

Luego esclam exhalando un grito desgarrador:

--Alah-ku-Akbar[162]!

Y cay de rostro contra el suelo, rompiendo en amargo llanto.

Y Aixa-la-Horra, su madre, cuando as le vi, dicen que dijo trmula y
demudada sealando  la ciudad:

--Razon es que llores como muger, pues no fuiste para defenderte como
hombre[163].

Y su wazir, Aben-Comixa, que le acompaaba, para consolarle dijo:

--Considera, seor, que las grandes y notables desventuras hacen tambien
famosos  los hombres como las prosperidades y bienandanzas, procediendo
en ellas con valor y fortaleza.

Y el cuitado rey llorando le dijo:

--Pues cules igualan  las estraordinarias adversidades mias?

Y mont  caballo, se volvi al oriente, y parti.

Al partir la yegua, dicen que dej sealadas sus herraduras en la roca,
y aun se muestran hoy al viajero aquellas seales.

Los moros, en memoria de aquella tristsima despedida, llamaron al alto
del Padul,  la quebradura donde se prostern el rey, _Ojo de lgrimas_,
y los castellanos le sealan todava con el nombre de _Suspiro del
Moro_.

       *       *       *       *       *

Entretanto los cristianos ponian una cruz en la sala de Justicia del
patio de los Leones.




EPLOGO.


La historia de la Alhambra concluy par decirlo as, en 1492.

Pero entonces, cuando acab su historia de grandezas y de poder, comenz
su historia de destruccin.

Los Reyes Catlicos destruyeron su magnfica mezquita, y levantaron
sobre ella una iglesia.

Mas all, en la parte alta, echaron por tierra maravillas del arte
rabe, y fundaron sobre los escombros un convento de franciscanos.

El emperador don Carlos, su nieto, derrib gran parte del alczar, y
construy sobre su terreno un palacio que pudo haber construido en otra
parte.

Otro s, para hacer habitaciones  su gusto en el alczar, hizo puerta
uno de los alhames de la sala de Embajadores, y puso una galera y un
lienzo de habitaciones feas y destartaladas en que solo hay algunos
buenos techos de ensambladura, delante del mirador de Lindaraja.

Mas tarde los franceses volaron la torre de los Siete Suelos, la del
Agua y algunas otras.

Durante la guerra civil, con el pretesto de fortificar la Alhambra, se
hizo saltar con barrenos su parte alta, y se la puso un feston de tapia
de tierra con blindajes blanqueada y aspillerada.

Otro ingeniero ceg los baos de mrmol del harem, y puso sobre ellos un
jardin.

Y el tiempo, que nada respeta, sigue llevndose  fragmentos aquella
magnfica joya.

Est escrito que la Alhambra desaparezca  causa de un inconcebible
abandono, y lo que est escrito se cumplir.

       *       *       *       *       *

Hemos dicho buena y lealmente  nuestros lectores lo que sabiamos acerca
de la historia y de la tradicion de ese alczar.

Si no hemos hecho un libro mejor, no es porque no hayamos querido, sino
porque no hemos podido mas.

FIN.




CRONOLOGA

DE LOS REYES DE GRANADA.


                                                            AOS

Mohhammed-Ebn-Al-Hhamar.                                    1238

Mohhammed II.                                               1273

Mohhammed III.                                              1303

Al-Nazar.                                                   1309

Ismail-Abul-Walid.                                          1312

Mohhammed IV.                                               1325

Juzef-Abul-Hhedjadj.                                        1333

Mohhammed V.                                                1354

Ismail II (por usurpacion).                                 1359

Abu-Sayd (idem).                                            1361

Mohhammed V (de nuevo).                                     1362

Juzef II.                                                   1391

Mohhammed VI.                                               1396

Juzef III.                                                  1408

Mohhammed VII, por sobrenombre Al-Hhayzar.                 1425

Ebn-Ozmin.                                                  1445

Ebn-Ismail.                                                 1454

Abul-Hhasan.                                                1466

Abu-Abd-Allah-Al-Ssaquir-el-Zogoibi (Boabdil).              1482

Abd-Allah-Al-Ssaghar  el Zagal (en union con
Boabdil).                                                   1484

Boabdil (solo).                                             1490




INDICE.


                                                                 PAGINAS.

LEYENDA I.--_El rey Nazar._                                            3

           I      La colina roja.                                     id.

          II      La casita del remanso.                               7

         III      La dama blanca.                                     10

          IV      Bekralbayda.                                        21

           V      Una historia muy sencilla.                          26

          VI      El rey Nazar visto por el lado histrico.           31

         VII      El rey Nazar visto por el lado de adentro.          34

        VIII      La venta de una muger.                              37

          IX      De cmo el prncipe Mohhammed estuvo
                   punto de ser ahorcado por ladron.                 39

           X      La torre del Gallo de Viento.                       42

          XI      De cmo el rey Nazar comprendi que
                  no podia ser feliz.                                 45

         XII      El palacio de rubes.                               48

        XIII      La sultana loca.                                    55

         XIV      Lo que se veia desde la torre del Gallo
                 de Viento.                                           61

          XV      Uno para cada almena.                               63

         XVI      Uno para cada cautivo.                              66

        XVII      El rey Nazar se ha vuelto loco.                     67

       XVIII      El rey Nazar es un sabio!                          69

        XIX      El surco del rey Nazar.                              75

LEYENDA II.--_El mirador de la sultana._                              79

          I      Sultana  esclava? amante  hija?                  id.

         II      La mejor noche del rey Nazar.                        87

        III      De cmo la sultana Wadah crey en la
                 resurreccion de los muertos.                         96

         IV      En que Iskac-el-Rum hace pensar al
                 rey Nazar.                                          117

          V      Celos y misterio.                                   119

         VI      Misterios.                                          122

        VII      El pergamino sellado.                               123

LEYENDA III.--_El alma de la Cisterna._                              131

LEYENDA IV.--_La Puerta del Juicio._                                 190

LEYENDA V.--_La torre de la Cautiva_ (continuacion de la anterior).  249

LEYENDA VI.--_La torre de los Siete Suelos_ (cuyo final sirve
de eplogo  la anterior).                                           316

APUNTES HISTRICOS, en que se d una breve noticia de los reyes
de Granada que existieron despues del rey
Abul-Walid y antes del rey Abu-Abd-Allah-al-Zaqur-el-Zogoibi,
ltimo seor moro de Granada.                                        427

LEYENDA VII.--_El patio de los Leones._                              461




PAUTA

para la colocacion de las lminas.

                                                                 PGINAS.

La anteportada al cromo, delante de la portada impresa.

Te he llamado para ser tu esclava.                                    25

Y desaparecian y tornaban  desaparecer.                              54

Contemplo profundamente conmovida  Bekralbayda.                      83

Mtala si te atreves!                                               114

El rey permaneci inmvil y fascinado.                               143

Sacudi la bandera y cay al suelo una cabeza
humana.                                                              162

Mira, la dijo, mostrndola la cabeza del rey.                        185

Esta es mia!                                                        230

Muerte de Abul-Walid.                                                243

He huido! he huido, amado mio!                                     278

Fuga de Mara.                                                       313

Asieron el cadver de su padre... y le arrojaron
en medio de la sima.                                                 347

Le llevaron  una hermosa cmara.                                    385

El Belludo y el Descabezado.                                         426

La sultana Zoraida.                                                  472

El Suspiro del Moro.                                                 539




NOTAS:

 [1] Hegira, huida, la era de los rabes: se cuenta desde el dia en que
 espulsado Mahoma de la Meca fu  refugiarse a Medinat-Yastreb. Esta
 huida  Hegida aconteci el ao 622 de J. C.

 [2] Del deleite.

 [3] Crmenes: jardines, huertos de placer.

 [4] Traducido _la Doncella blanca_.

 [5] Segun el Koram, el puente Sirat, que deben pasar los creyentes
 despues de su muerte, es delgado como un cabello, y cortante como una
 navaja de afeitar: los justos le pasarn salvos, pero se romper bajo
 la planta de los rprobos que caern en el fuego eterno.

 [6] Llmanse desde muy antiguo sultanas entre los musulmanes,  las
 hijas de los reyes reconocidas por ellos.

 [7] Noche apacible.

 [8] La batalla de las Navas de Tolosa, en que Juzef Amyr-al-Mumenin
 fu vencido por el rey don Alonso VIII.

 [9] Abu-al-abu quiere decir el abuelo.

 [10] El espritu de las tinieblas entre los rabes.

 [11] Este largo nombre significa: Mahomet, hijo del servidor de Dios,
 hijo de Juzef, hijo del Rojo, el defensor: los rabes al nombrarse
 solian remontarse en su genealogia al cuarto abuelo y aun mas arriba,
 segun se v en muchas inscripciones, singularmente en las sepulcrales,
 y los moros tomaron esta costumbre de los rabes.

 [12] Ansari, compaero medins del profeta.

 [13] El defensor.

 [14] Al-Morabethin, religiosos  hermitaos.

 [15] Al-Mohahedyn, bi-Ilah los dirigidos por Dios.

 [16] Sultan; _scultan tala amir al Mumenyn._

 [17] Del oriente.

 [18] Se convino entre ambos reyes en que Al-Hhamar conservara
 el reino de Granada bajo la soberania y la proteccion del rey de
 Castilla,  quien pagaria un tributo anual de ciento cincuenta mil
 doblas, y acudiria con hombres de guerra cuando como vasallo fuese
 requerido: bajo este concepto ayud Al-Hhamar  don Fernando en la
 conquista da Sevilla.

 [19] Entre los rabes el rden de los meses que llamaban lunas es
 el siguiente: Muharram, Safer, Rabi primera, Rabi segunda: Regeb,
 Jaban, Ramazan, Xawal, Dilcada y Dilhagia: cada mes se cuenta desde
 la aparicion de una luna nueva hasta la aparicion de otra luna, y
 este intrvalo nunca pasa de los treinta dias ni baja de los veinte y
 nueve, y as los computan alternadamente: pero el ltimo mes en el ao
 intercalar siempre tiene treinta dias.

 [20] 19 de julio de 1195.

 [21] Ermitao.

 [22] Capitan de soldados,  gobernador de distrito.

 [23] Wacir, y sus semejantes _alvazil_, _alvazir_, _alvasir_,
 _aluazir_, _aluacir_, significaban entre los rabes de Espaa,
 ministro de estado: esta voz unia en aquellos tiempos  la
 significacion anterior, la esclarecida de gobernador  presidente
 de un pueblo  territorio, de capitan general, gefe de justicia
 y magistrado supremo, que en muchos casos tenia una potestad
 independiente de la del califa.

 [24] Moneda rabe de poco valor que no tenia correspondencia con las
 nuestras.

 [25] Arquitecto.

 [26] Nombre que daban los rabes al diablo.

 [27] Oraciones.

 [28] Estos cuatro nombres tienen en rabe las correspondencias
 siguientes: _Aliento-de-las-flores_: Nafasu-al-Azjari;
 _Eco-de-las-armonas_: Sadan-al-Angmi; _Suspiro-del-amor_:
 Jasratu-Jobbati; _Espejo-de-Dios_: Miratu-Allaji. Dejamos en el testo
 la traduccion espaola de estos nombres porque son demasiado estraos,
 es decir: porque no tienen tan buen sonido como otros que hemos
 consignado en el testo.

 [29] Adornos de flores y hojas, especie de filigrana caprichossima de
 que estn ornamentadas las paredes de la Alhambra.

 [30] Mosicos que sirven unas veces de zcalo  las paredes, otras de
 pavimento.

 [31] La cuesta.

 [32] Algarada: correra de pocas horas en tierra enemiga, durante la
 cual incendiaban aldeas y caseros, cautivaban hombres y mugeres y
 se volvian con la presa: en esta ocasion la f de Al-Hhamar respecto
  los tratados con sus aliados, era una especie de f pnica: segun
 el derecho internacional de aquellos tiempos, no se entendia rota
 una tregua ni falseado un tratado de paz, porque los vasallos de
 una de las dos altas partes contratantes, rompiesen por la frontera
 en algara, hiciesen presas y se volviesen sin pasar adelante: como
 en aquellos tiempos era muy dificil sostener  la gente rapaz y
 aventurera, estas correras eran mtuas, y para prevenirlas no se
 tomaba otra precaucion que la de guarnecer fuertemente las fronteras:
 un rey, sin embargo, podia castigar  muerte sus vasallos que hubiesen
 entrado  saco y degello por las tierras de aquel con quien tenian
 estipuladas paces: pero los corredores tenian muy buen cuidado de
 enviar parte de la presa al rey, mediante cuyo tributo el rey hacia,
 como suele decirse, la vista gorda, y aun solia elogiar la hazaa.

 [33] _Rumi_, romano; as llamaban los rabes y los moros de Espaa
  los solariegos y  sus descendientes; esto es,  los espaoles
 indgenas descendientes de los godos.

 [34] No debe estraarse que los capitanes y hombres de guerra del
 reino de Granada reuniesen bajo sus banderas particulares, tal nmero
 de ginetes: debe tenerse en cuenta que al reino de Granada se habian
 refugiado los restos dispersos por la conquista de los otros reinos
 moros, y consta por testimonios autnticos que solo la ciudad de
 Granada, una de las mayores entonces del mundo, tenia una poblacion de
 dos millones de almas, y arrojaba por sus puertas un dia de combate,
 ochenta mil caballos y un nmero incalculable de infantes: no hay que
 deducir su poblacion de entonces por la antigua demarcacion de sus
 muros, porque segun sus costumbres, en una habitacion muy reducida
 moraban y dormian diez, doce y aun veinte hombres, toda una familia:
 habia que contar adems en la jurisdiccion particular de la ciudad,
 las aldeas y alqueras de la Vega, que eran entonces innumerables.
 Mas adelante veremos que por efecto de las guerras civiles y por las
 emigraciones  Africa, la poblacion de Granada habia decaido ya de
 una manera considerable en los tiempos de la conquista por los reyes
 catlicos.

 [35] Al-Hhamar el vencedor.

 [36] Bah! solo Dios es vencedor! este es el mote de las armas de los
 reyes moros de Granada adoptado por Al-Hhamar. Este mote est escrito
 en carcter nedji africano, en una banda diagonal de oro saliendo de
 la boca de dos dragantes, sobre un escudo campo verde.

 [37] Llaman xeque, al mas anciano, al mas autorizado de una tribu, que
 tiene gobierno sobre ella y derecho de vida y muerte.

 [38] Casa del rio; hoy casa Gallinas.

 [39] No debemos olvidarnos de que Bekralbayda significa la doncella
 blanca.

 [40] _Al-Q'ars-al-hhamar_ castillo del Rojo, por corrupcion Alhambra.

 [41] Generalife.

 [42] Pennsula de Espaa.

 [43] Sierra de Iliberis.

 [44] La torre de la Vela.

 [45] Mahoma.

 [46] Felicidad.

 [47] Anciano, jefe de tribu.

 [48] Tribu.

 [49] Poniente de Africa.

 [50] Estrecho de Gibraltar.

 [51] Pelayo.

 [52] Madre de Mahoma.

 [53] Ave de cetrera.

 [54] Teodomiro.

 [55] Rio del Olvido, hoy por corrupcion, Guadalete.

 [56] La mala muger.

 [57] Dios es grande.

 [58] La hermosa del poniente.

 [59] Sierra Elvira.

 [60] Castillo de los romanos.

 [61] Esta torre no existe hoy: sobre sus cimientos est levantada la
 ermita de San Miguel.

 [62] Secretario.

 [63] La Meca.

 [64] Por Dios.

 [65] Toledo.

 [66] La esposa de don Rodrigo.

 [67] La mano es el smbolo del Islam: como la mano consta de cinco
 dedos y cada dedo de tres articulaciones, escepto el pulgar que solo
 tiene dos, y todas estn sujetas  la unidad de la mano, del mismo
 modo el Korn contiene cinco principios fundamentales: primero: creer
 en Dios y que Mahoma es su profeta; segundo: hacer oracion; tercero:
 dar limosna; cuarto: ayunar en la cuaresma de Rahamadan; quinto:
 peregrinar  Medina y  la Meca. Cada uno de estos preceptos tiene
 tres modificaciones, escepto el quinto que puede reducirse  dos: buen
 corazon y buena obra: estos dogmas provienen de la unidad de Dios,
 y la mano con sus cinco dedos y sus catorce coyunturas simbolizan
 fundamentalmente el islamismo.

 La llave es un smbolo que se refiere al Paraiso, y que debe abrir su
 puerta  los escogidos.

 Estos dos signos, y no la media luna como creen muchos, eran la
 empresa religiosa de los moros de Granada.

 [68] Conocida hoy vulgarmente con el nombre de torre de los Siete
 suelos.

 [69] Hoy este lugar es una esplanada, al fondo de la que se levanta la
 parte meridional del palacio del Emperador.

 [70] 1345 de Jesucristo.

 [71] 1273 de Jesucristo.

 [72] Hemos insertado este epitafio  insertaremos otros, porque
 estas inscripciones sepulcrales pertenecen  la Alhambra, y porque
 adems dan  conocer el estilo apologtico de los moros, con toda su
 exagerada hiprbole y su decidido y caracterstico sabor potico y
 religioso.

 [73] 1302 de Jesucristo.

 [74] 1314 de Jesucristo.

 [75] 1287 de Jesucristo.

 [76] 1309 de Jesucristo.

 [77] 1312 de Jesucristo.

 [78] El padre Jacob, el sbio por Dios.

 [79] En romano: esto es, en latin.

 [80] La artillera. Las crnicas rabes dicen, describiendo la entrada
 en Martos en esta ocasion del rey Abul-Walid, que combati la ciudad
 con mquinas  ingenios que lanzaban globos de fuego con grandes
 truenos, todos semejantes  los rayos de las tempestades y hacian
 grande estrago en las torres y muros de la ciudad.

 [81] Abencerrages.

 [82] En aquellos tiempos una mina, revestida de estuco y mrmoles,
 servia de magnfica comunicacion  la Alhambra con Generalife, por la
 parte de la puerta de Hierro entre las torres de los Picos y de la
 Cautiva. Aun quedan en la subida de Generalife algunos vestigios de
 esta mina.

 [83] Era costumbre de los moros pobres, vivir en cuevas que
 habilitaban lo mejor que les era posible: de este gnero de viviendas
 miserables, aun hay muchas en Granada habitadas generalmente por
 gitanos y gente pobre. Estas cuevas habitaciones tenian naturalmente
 puertas, y por eso hemos usado en el testo la frase: _cerradas_.

 [84] 1278 de Jesucristo.

 [85] 1313, idem.

 [86] 1325, idem.

 [87] Por partir el sol se entendia poner  los caballeros de tal modo
 que el reflejo de los rayos del sol en las armaduras no favoreciese al
 uno y perjudicase al otro, y ponerlos  cierta distancia con iguales
 condiciones, para que ninguno tuviese ventaja sobre el otro.

 [88] El ao de los rabes, es lunar y consta de 354 dias, escepto el
 ao intercalar, que se cuenta de 34  34 aos y tiene 355.

 [89] Contrabandistas de carne.

 [90] El autor ha visto dos de estos suelos y la escalera cegada que
 conduce al tercero.

 [91] Ciudad  poca distancia de Tnez. Dicen las crnicas rabes
 que el wal-Moavia-ebn-Horeig, al llegar al sitio en que se levant
 Cairvan, que era un valle cubierto de una espesa y enmaraada selva,
 poblada nicamente de leones, tigres y serpientes, dijo en altas
 voces: Salid de este lugar, fieras que morais en este valle; salid,
 dejad este bosque y espesa selva. Y que habiendo repetido estas voces
 tres veces,  en tres dias, no qued all fiera, leon, onza  sierpe
 que no dejase luego aquel bosque. Que luego mand  su gente desmontar
 el terreno y cercarlo de altos muros, y clavando en medio su lanza
 dijo  los suyos: Este es, este es vuestro Cairvan. Como si hubiese
 dicho: este es vuestro parador, el descanso de vuestra jornada. Mas
 adelante el espacio comprendido por los muros se pobl, y la ciudad
 continu con el nombre de Cairvan.

 [92] Noche hermosa.

 [93] Cuadrpedo maravilloso y alado en que, segun dicen las leyendas
 musulmanas, hizo Mahoma una escursion al paraiso.

 [94] Determinse en el sesto concilio Toledano, que no pudiese ser rey
 de los godos el que tuviese tonsurados los cabellos.

 [95] El diablo.

 [96] Las crnicas rabes reconocen  doa Mara de Padilla como reina
 de Castilla.

 [97] Mediodia.

 [98] 1362 de J. C.

 [99] 1375 y 76 de J. C.

 [100] Crese con fundamento que este almarestan  hospital, fuese el
 edificio que se conoce hoy en Granada con el nombre de Corral del
 Carbn, y cuya magnfica portada subsiste todavia.

 [101] 1391 de J. C.

 [102] 1394 de J. C.

 [103] Malek significa rey; Muley es la corrupcion de Malek.

 [104] De la tribu de los Beni-Zeraghs,  Abencerrages.

 [105] 1436 de J. C.

 [106] Fajardo, apellido espaol: arabizado, Fayard.

 [107] Velez Blanco y Velez Rubio.

 [108] Moros convertidos al cristianismo.

 [109] 1438 de J. C.

 [110] 1445 de J. C.

 [111] 1454 de J.C.

 [112] 1463 de J. C.

 [113] 1466 de J. C.

 [114] 1469 de J. C.

 [115] Esta fuente es un dodecgono de mrmol blanco de la sierra, de
 diez pies y medio de dimetro y dos de fondo, sobre la cual asienta
 un pedestal que contiene otra pila menor, de cuatro pies de dimetro
 y uno y medio de fondo. En cada uno de los lados del dodecgono de la
 gran pila, hay una cenefa de adornos de hojas, lazos y flores, entre
 las cuales se leen las siguientes inscripciones interpretadas por don
 Pedro Lozano y el licenciado Castillo.


                         TRADUCCION DE LOZANO.

 Bendito sea el que di al prncipe Mohamad[*] una habitacion que con
 su hermosura sirve de adorno  las dems habitaciones.

 [*] Mohamad VI.


 Y si no, ah est ese vergl en que hay maravillas que no ha permitido
 Dios haya otras que las igualen, ni aun en los dos santuarios.

 Y un monton de trasparentes perlas, cuyo brillo resplandece con los
 saltos del aljfar, contnuamente agitada.

 Y no sabemos cul de los dos es el que mengua.

       *       *       *       *       *

 No ves con qu confusion corre el agua, y sin embargo caen sobre ella
 otras corrientes?

 A manera de un amante que se deshace en lgrimas por miedo de que haya
 quien las haga manifiestas.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

 Y quiz no es en realidad mas que una blanca nube que se desprende
 sobre los leones.

 De tal modo se estiende la mano liberal del califa, que cuando
 franquea sus beneficios, alcanzan  los furiosos leones de la milicia.

 Oh t, que miras  esos leones,  quienes la falta de vida impide
 ejercer la furia!

 Oh heredero de la sangre de los Nazeritas! No hay gloria que se
 iguale con la de haber heredado el poder y grandeza que te har
 despreciar  los mas encumbrados magnates.

 La paz de Dios sea contigo perpetuamente, teniendo en sujecion  tus
 sbditos, y domando  tus enemigos.

                        TRADUCCION DE CASTILLO.

 Bendito sea aquel que dot al adelantado rey Juuf, de gracias que
 adornan su hermosura  las cosas preciadas. E sin, ved como en
 este jardin hay riquezas, que Dios no permite que en la hermosura
 haya otras tales; de las cuales es esta hechura de aljfar de
 resplandeciente luz, cuyos estremos adornan los bailes del blanco
 aljfar, que cae sobre ellos en el crculo plateado, que  un mismo
 tiempo parece que se derrite en las claras  albsimas piezas de
 mrmol, que con su hermosura y lustre parece  la vista que con ella
 se deshace la piedra dura,  no se entiende cul es el licor que ans
 se deshace. Pues no ves como el agua corre al rededor de ella, 
 sobre ella hay otros profluvios? En semejanza de un apasionado amante
 que de sus ojos echa lgrimas,  por temor de su mulo, disimulando
 su afecto se las vuelve  tragar. E si bien la queremos comparar, no
 es la pila de esta fuente sino una roca blanqusima, de la cual salen
 profluvios de mantenimiento  los leones, en semejanza de la liberal
 mano de Juuf, que reparte  los leones de la milicia sus tesoros.
 Pues oh t que ves los leones que estn en guarda,  los cuales el
 no tener vida les hace no ejecutar su furia! Por tanto, oh heredero
 de la sangre de los Naere! Sindote, como es tan congnito en ella,
 heredais alteza y poderio, con que  los grandes reyes tendreis en
 menos. La salud sea con vos perpetuamente, con triunfo  victoria de
 tus enemigos.

       *       *       *       *       *

 La diferencia que se nota entre estas dos traducciones consiste:
 primero, en que la de Lozano es libre, y la de Castillo sujeta
 servilmente  la letra, y adems en la mltiple y maravillosa variedad
 de la acepcion de las palabras de la lengua rabe, acaso la mas
 rica de todas. Hay adems que tener en cuenta lo caprichoso de los
 caractres, que desempean el doble objeto de espresar el concepto y
 de contribuir al adorno. Por tanto, las inscripciones de la Alhambra,
 especialmente las cficas son de dificilsima interpretacion.

 [116] Lindaraja, fuente de piedra.

 [117] Entre los adornos de las fajas y medallones, de los arcos, de
 las enjutas y en los marcos de los arcos, y en estos arcos, se ven
 multitud de inscripciones en prosa y en verso.

 Las en verso han sido traducidas en metros castellanos, no sabemos por
 quin, que encontramos en el libro del viajero de Granada del seor la
 Fuente Alcntara.

 Hlas aqu:

    Soy de forma muy preciosa;
    son prodigio mis labores
         y belleza;
    Soy creacion maravillosa:
    de quin no arranca loores
         mi grandeza?

   *       *       *       *       *

    Contemplad la piedra dura
    ya desbastada y bruida
         diestramente,
    Cmo brilla en mi estructura:
    fu tiniebla en luz vertida
         prontamente.

   *       *       *       *       *

    Las mrmoles mas preciados
    en mi alczar se pusieron
         con ingenio:

    No bien fueron colocados
    del prncipe relucieron
         con el gnio.

   *       *       *       *       *

    Mis esplendores deslumbran
    tanto que son envidiados
         por el cielo:

    Luceros que en l alumbran
    son por mi luz sombreados
         en el suelo.

   *       *       *       *       *

 Y estas otras, sobre los arcos:

    Has visto mucha grandeza?
    pues es mayor mi belleza.

   *       *       *       *       *

    Y dice al verme la gente:
    qu linda! qu clara fuente!

   *       *       *       *       *

    Otro me v, se recrea,
    y me llama: _Mar que ondea_.

   *       *       *       *       *

 H aqu la inscripcion en prosa:

 Solo Dios es vencedor: Dse gloria  nuestro seor Abu-Abd-Allah,
 conceda Dios su perptuo auxilio  nuestro seor Emir de los fieles.

 [118] El Mozo.

 [119] El Pequeo y el Desdichadillo.

 [120] La Honesta.

 [121] Lucero-de-la-maana.

 [122] Esta cristiana, segun la tradicion y las crnicas, era la hija
 del alcaide de Martos, Sancho Gimenez de Sols; cautivla en una
 correria el rey Abul-Hhacem, y enamorado de ella, la hizo su esposa,
 cambiando su nombre de Isabel de Sols en el de Zoraya.

 [123] 1481 de J. C.

 [124] Sabios.

 [125] Sacerdotes, doctores de la ley.

 [126] 1482 de J. C.

 [127] Este ao rabe coincide con los de 1490 y 1491 de J. C.

 [128] Concese ahora esta habitacion, una de las mas bellas y mejor
 concluidas de la Alhambra, con el nombre de _cuarto de las camas_, y
 es un departamento de los baos: es un cuadrado de poca estension,
 sostenido por cuatro columnas de mrmol blanco de Macael, mas all
 de los cuales hay una estrecha galera: en sus lados, y abiertos en
 el hueco interior de la galera, hay dos alhames, cuyo techo est
 sostenido por una columna en el centro y otras dos empotradas  los
 estremos: la del centro se apoya sobre un plano revestido de alicatado
 (mosico), y levantado del pavimento 24 pulgadas, cuyo plano estaba
 destinado  sostener el divn  lecho donde los reyes reposaban
 despues del bao. El pavimento general del retrete es de mosico,
 y en el centro tiene una fuente al nivel del pavimento los huecos
 estn adornados con un zcalo de azulejos de dos varas de altura,
 sobrepuesta al cual, corre una cenefa; sobre esta galera baja, hay
 otra alta sostenida en cuatro pilastras, entre las cuales corre una
 barandilla de madera; galera donde, segun algunos autores afirman,
 se colocaban los msicos que taian para hacer agradable  los reyes
 el reposo del bao. Encima de esta segunda galera, hay diez y seis
 ajimeces  trasparentes pequeos, cuatro en cada lado, sobre los
 cuales asienta una cornisa de madera de bovedillas, de la que arranca
 la magnfica ensambladura cnica hasta terminar en un pequeo techo
 plano, en cuyo centro hay un precioso cupulino.

 [129] Og-Allah: quiralo Dios: hoy decimos ojal.

 [130] El terreno del campo para justas y torneos  para duelos.

 [131] Dios es grande! Dios es misericordioso! Solo Dios es vencedor!

 [132] Puerta del Arenal.

 [133] Todas las princesas de sangre se llaman sultanas entre los
 musulmanes, aunque sean doncellas.

 [134] De los Estandartes.

 [135] Corazas pequeas.

 [136] De la puerta de los convertidos.

 [137] Flor de hermosura.

 [138] El arcngel de la muerte.

 [139] Boabdil tenia el sobrenombre rabe de _Zogoib_, que significa
 _Desventuradillo_.

 [140] Hoy de los Picos.

 [141] Corrupcion del rabe, usada para entenderse respectivamente
 moros y cristianos.

 [142] Medio dia.

 [143] Al-Mueden, especie de sacristan de mezquita, que llamaba  voces
 desde el almirar  torre  la oracion. Los rabes no tenian campanas.

 [144] Puestas del sol: oracion de la tarde.

 [145] Aldeano, de alqueria  alkaria, aldea.

 [146] Esto es: el terreno por partes iguales.

 [147] Daga larga y unida con que los antiguos caballeros remataban 
 sus enemigos vencidos.

 [148] Histrico  la letra: crnica de Hernan Perez del Pulgar.

 [149] Histrico  la letra: crnica de Hernan Perez del Pulgar.

 [150] Llmase el edificio que citamos _Casa del Carbn_, porque
 hace aos se depositaba en l este combustible por sus dueos hasta
 que obtenian licencia para venderle. A juzgar por sus restos, este
 edificio debi ser, en los dias de su esplendor, suntuossimo: el arco
 de su fachada, guarnecido de greca con enjutas de labor persa es de
 herradura y de una riqueza admirable; corre sobre l una inscripcion
 casi borrada por el tiempo, y sobre ella se ven tres agimeces, tapiado
 el del centro y los laterales con restos de trasparentes, formados
 de ramage y hojas  semejanza de los del patio de los Leones. Tras
 este arco hay un pequeo vestbulo, cubierto por una bveda de
 estalacticas, y en los lados hay dos puertas labradas y tapiadas,
 levantndose delante de ellas y hasta el arranque del gran arco
 esterior, dos especies de cajones de tablas blanqueadas, que sirven de
 tienda  dos adobadores de pieles de gato, y que dan al viejo edificio
 todo el romntico colorido de un monumento profanado.

 [151] Segun todas las probabilidades, Pulgar y los cinco escuderos
 entraron por la calle de la Gallinera, que corre paralela al rio
 hasta el puente del Carbon, y por el Zacatin y calleja del Tinte, al
 lugar donde ahora est la iglesia del Sagrario y donde antes estaba la
 mezquita mayor.

 [152] Hoy casas capitulares.

 [153] Hoy templo del Sagrario.

 [154] Este era un moro cautivado por Pulgar, que al bautizarse tom el
 nombre de Pedro del Pulgar.

 [155] Crnica de Hernan Perez del Pulgar.

 [156] Si no existiese un indudable documento histrico que testimonia
 esta gran hazaa de Hernan Perez del Pulgar, se creera arrancada de
 una novela caballeresca.

 En el archivo del marquesado del Salar, libro I, leg 2., tomo VIII,
 se encuentra una real cdula, original de los Reyes Catlicos,  favor
 de los quince escuderos que entraron en Granada con Hernando Perez del
 Pulgar, y que copiada  la letra es como sigue:

 El rey  la reina:--Por la presente damos nuestra palabra real de
 facer merced  vos Gernimo de Aguilera,  Francisco Bedmar,  Diego
 de Jaen,  Alvaro de Pealver,  Diego Ximenez,  Pedro de Pulgar,
 Adalides, e Montesino de Avila,  Ramiro de Guzman,  Cristobal
 de Castro,  Tristan de Montemayor,  Diego de Baena  Torre, 
 Alfon de Almera,  Luis de Quero,  Rodrigo Velazquez, que todos
 sois _quince escuderos_,   cada uno, de tierras  facienda en la
 ciudad de Granada, de que pluga  nuestro Seor, que est rendida 
 nuestro dominio; la cual dicha merced os facemos porque entrasteis
 con Fernando del Pulgar, nuestro alcaide del Salar,  pegar fuego en
 la ciudad de Granada en la mezquita mayor, por el peligro  que os
 pusisteis.--Fecho en 30 de diciembre de 1491 aos.--Yo el Rey.--Yo la
 Reina.--Por mandato del Rey  la Reina, Fernan Dlvarez.

 Adems los Reyes Catlicos hicieron merced  Hernan Perez del Pulgar
 de aadir  los cuarteles de su escudo el _Ave Mara_ y el privilegio
 para s de ser enterrado en el mismo sitio donde llev  cabo aquella
 grande empresa.

 Archivo del Salar.

 [157] Todo el discurso de Muza, es histrico  la letra.

 [158] Histrico.

 [159] 1492 de J. C.

 [160] Histrico  la letra.

 [161] Esta mezquita, poco distante de la confluencia del Darro y
 del Genil, consagrada despues en capilla con la advocacion de San
 Sebastian, profanada un dia y convertida en taberna con ofensa de
 sus recuerdos histricos y religiosos, conserva en su pared esterior
 que mira al oriente, una lpida de mrmol blanco con la siguiente
 inscripcion en caracteres gticos:

 Habiendo Muley-Abdeli, ltimo rey moro de Granada, entregado las
 llaves de dicha ciudad, el viernes 2 de enero en 1492,  las tres de
 la tarde en las puertas de la Alhambra,  nuestros catlicos monarcas
 don Fernando V de Aragon y doa Isabel de Castilla, despues de 777
 que esta ciudad sufria el yugo mahometano, desde la prdida de Espaa
 acaecida domingo dos de noviembre de setecientos catorce, sali dicho
 catlico rey  despedir al espresado Boabdil hasta este sitio, _antes
 mezquita de moros, y ahora erigida en capilla de San Sebastian_,
 donde dieron las primeras gracias  Dios, el glorioso conquistador y
 su ejrcito, entonando la real capilla el _Te-Deum_, y tremolando en
 la _Torre de la Vela_ el pendon de la f; en cuya memoria se toca 
 dicha hora la plegaria en la catedral, y se gana indulgencia plenaria
 rezando tres Padres nuestros y tres Ave-Maras.

 [162] Dios es grande!

 [163] Histrico.








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Manuel Fernndez y Gonzlez

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     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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