The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Accin: #2 El
Escuadrn del Brigante, by Po Baroja

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Title: Memorias de un Hombre de Accin: #2 El Escuadrn del Brigante

Author: Po Baroja

Release Date: April 24, 2015 [EBook #48783]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.





  EL ESCUADRN DEL BRIGANTE




OBRAS DE PIO BAROJA


LAS TRILOGIAS

                                       _Pesetas._

  Tierra vasca

  La casa de Aizgorri                        1,00
  El mayorazgo de Labraz                     3,00
  Zalacan, el aventurero                    1,00


  La vida fantstica

  Camino de perfeccin                       1,00
  Inventos, aventuras y mixtificaciones
    de Silvestre Paradox                     1,00
  Paradox, rey                               3,00


  La Raza

  La dama errante.                           3,00
  La ciudad de la niebla                     3,50
  El rbol de la ciencia                     3,50


  La lucha por la vida

  La busca                                   3,50
  Mala hierba                                3,50
  Aurora roja                                3,50


  El Pasado

  La feria de los discretos                  3,50
  Los ltimos romnticos                     3,50
  Las tragedias grotescas                    3,00


  Las ciudades

  Csar  nada                               4,00
  El mundo es ans                           3,50


  El Mar

  Las inquietudes de Shanti Anda            3,50


MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCION

  El aprendiz de conspirador.
  El escuadrn del Brigante.
  Los caminos del mundo.
  Con la pluma y con el sable.
  En tierras lejanas.
  El ao 30.
  La Isabelina (historia de una Sociedad secreta).
  La sangre en las calles.
  En el seno de la intriga.
  El olvidado.




  PIO BAROJA

  MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCION


  EL ESCUADRN
  DEL BRIGANTE

  (NOVELA)

  [Ilustracin: RENACIMIENTO]

  MADRID
  RENACIMIENTO
  _Pontejos, 3._
  1913




ES PROPIEDAD

ESTABLECIMIENTO TIPOGRFICO EDITORIAL.--PONTEJOS 3.




PRLOGO

AVIRANETIANA


El autor de las _Memorias de un hombre de accin_, don Pedro de Legua
y Gaztelumendi, explica en una advertencia preliminar cmo reconstruy
esta parte de la biografa de nuestro hroe, con qu datos cont y en
qu fuentes pudo apagar la sed de aviranetismo que le consuma.

Suponiendo que al lector, al menos si es aviranetista convencido, no
le ha de cansar la explicacin de Legua, me he tomado el trabajo de
copiarla ntegra.


EN LA FONDA DE BAYONA

Una noche de otoo--dice don Pedro Legua--estbamos reunidos Aviraneta
y yo en el comedor de la fonda de Francia, en Bayona. Llevaba lloviendo
montonamente horas y horas, venteaba  ratos y, en el silencio de la
ciudad desierta, slo se oa el gemido del viento y el ruido del agua
en los cristales y en las aceras.

Acabbamos de tomar caf, y don Eugenio se levant y se dirigi  su
cuarto. Yo le segu porque, desde varios meses antes, despus de la
comida, solamos celebrar una conferencia, larga  corta, segn la
importancia de los acontecimientos, para ponernos de acuerdo en el plan
del da siguiente.

Don Eugenio ocupaba un gabinete grande con alcoba del piso principal,
el nmero 10.

El encargado de la fonda de Francia, monsieur Durand,  pesar de su
entusiasmo por los carlistas, tena gran estimacin por Aviraneta y le
reservaba siempre las mejores habitaciones.

Aquella noche, despus de entrar en el cuarto, Aviraneta se sent en el
sof y yo me arrellan en una poltrona.

--Hay algo que hacer, maestro?--le pregunt.

--No. Has mandado nuestro folleto  todos los amigos?

--S.

El folleto era un cuaderno de pocas pginas, que se titulaba: Apndice
 la vindicacin publicada en 20 de Julio de 1838 por don Eugenio de
Aviraneta, y estaba impreso en Bayona en la imprenta de Lamaignere, de
la calle Bourg Neuf, haca unas semanas.

--Pues si has mandado todos los folletos no hay nada que hacer.

--Por qu no reanuda usted sus memorias, don Eugenio?--le dije--.
Tengo inters en oirle contar los episodios de su vida de guerrillero
con el cura Merino.

--Amigo Pello--me dijo Aviraneta--, te confieso que no tengo cabeza mas
que para lo que est pasando. Aunque parezco tranquilo, me encuentro en
un momento de gran ansiedad. Sueo con Maroto y con los antimarotistas.
El padre Cirilo, Arias Teijeiro, el obispo de Len, Iturbe, Urbiztondo,
Espartero y Muagorri me bailan en la cabeza. En esta semana me juego
definitivamente el porvenir.

--Ya lo s; pero los hombres fuertes estamos por encima de los
acontecimientos.

--S; eso se cree cuando se tiene veinte aos como t; pero cuando se
acerca uno  los cincuenta...! La vida es muy dura para empezarla de
viejo.

--Bah! Eso le preocupa  usted?

--No me ha de preocupar!

--No lo creo.

--Hay que ver, amigo Pello, lo que es vivir perseguido, acusado de
polizonte, de espa, de canalla y, sobre todo, de hambriento. Como le
decan al conde de Mirasol en la carta que te ense  ti hace dos aos
en San Sebastin, yo soy un hombre que no tiene dnde caerse muerto.
Cosa cierta, certsima.

--Y qu?

--Nada: que ya no me hallo dispuesto  seguir siendo un Quijote.
Si yo no hubiera pensado ms que en mi vida y en mis intereses, se
me considerara como una persona decente y digna; pero he pensado
principalmente en mi pas y en la libertad, y esto, sin duda, es un
crimen para los que no tienen xito. No; ya basta. En la lucha he
perdido mi carrera, mi fortuna, mi salud, y, sin embargo, polticos
logreros de Madrid me acusan de inmoral, de chanchullero. No, no; es
bastante.

--De manera que, si esto sale bien, se retira usted?

--Ya lo creo.

Yo conoca con toda clase de detalles lo que estaba tramando don
Eugenio, y saba tambin que del xito de nuestras intrigas dependa su
porvenir y el mo.

Era en 1839. Nos encontrbamos en los das anteriores al convenio de
Vergara. Aviraneta estaba preocupado; tena el ceo que se le pona
cuando tramaba algo; su nariz corva, su ojo bizco, su labio inferior
ms saliente que de ordinario, su traje negro, le daban el aire de una
corneja, de uno de esos pajarracos que unen la rapacidad con el aspecto
clerical.

Viendo su murria, dije yo:

--Bueno, maestro, veo que est usted sin humor; me voy.

--Mira--me dijo l, cambiando de tono--, precisamente esa parte de mi
vida durante la guerra de la Independencia la tengo en un cuaderno. La
comenc  escribir cuando estuve preso en la Crcel de Corte de Madrid,
por los aos 34 y 35, y luego he aadido alguna nota. Si encuentro ese
cuaderno, te lo llevas.


EL CUADERNO DE AVIRANETA

Lo busc entre los papeles y apareci pronto. Con l en la mano me
desped de don Eugenio, dndole las buenas noches.

Sub las escaleras; yo viva en el piso alto de la misma fonda de
Francia; entr en mi cuarto y encend el quinqu.

Me ocupaba entonces tomando apuntes para dos libros que escrib
despus, y que al ltimo, por influencia de mi sobrina, aconsejada
por el prroco de Lzaro, y con gran dolor de mi corazn, he dejado
quemar. Estos libros se titulaban: Los antecedentes vascos del
maquiavelismo, estudiados y recogidos en los hechos y en la poltica de
los secretarios vascongados de Fernando el Catlico, y el Paralelo de
Csar Borgia  Ignacio de Loyola.

Recog, al llegar  mi cuarto, los papeles de la mesa, y abr el
cuaderno de mi maestro.

Aviraneta tena una letra espaola angulosa y clara.

La relacin de su vida de guerrillero era bastante detallada, con
fechas, datos y nombres de personas; pero no se contaban en ella
intimidades de esas que caracterizan mejor que nada la manera de ser de
un hombre.

Verdad es que Aviraneta, que manifestaba cierto cinismo en cuanto se
refera  la vida pblica, tena un gran pudor en lo tocante  la vida
privada.

Me pareci; despus me han dicho, que, aunque no hombre de gran
inteligencia ni de cultura, he tenido sagacidad diplomtica; me
pareci--hay que sentirse un poco orador--que, al no hablar don Eugenio
apenas de su vida ntima, ocultaba algo.

Supuse que seran rivalidades, amores  algn otro sentimiento muy
personal.

Ms bien me inclinaba  sospechar de un motivo amoroso, porque
Aviraneta tena siempre gran pulcritud en tales asuntos y le molestaban
las historias pornogrficas y los cuentos de cuerpo de guardia. Esta
reserva le quedaba, sin duda, de su condicin de vascongado.

Realmente, por muy patriota y guerrillero que se sea, no se vive una
larga temporada pensando nicamente en combates y en emboscadas; hay
siempre lugar para otras preocupaciones y sentimientos. El verle en su
narracin  don Eugenio guerrillero exclusivamente, me hizo pensar en
lo incompleto  fragmentario de su relato.

Supuse que, al fijar los acontecimientos de aquella poca, Aviraneta
haba escrito la parte de vida pblica escamoteando lo ms ntimo y
personal.

Como mis quehaceres por entonces no eran grandes y segua lloviendo, me
entretuve los das siguientes en copiar el cuaderno de Aviraneta.

La narracin resultaba algo fra y descolorida, con detalles
pueriles, sobre todo, acerca de caballos; preocupacin absurda en un
conspirador, pero explicable en un antiguo oficial de caballera.

Iba concluyendo la tarea de la copia, cuando encontr, despus de unas
pginas en blanco, otras quince  veinte escritas y fechadas en la
Crcel de Corte, con el ttulo: La Evasin.

Se narraba en estas cuartillas una escena de novela quiz inspirada en
la realidad. Me choc que Aviraneta hubiese intentado dar  un escrito
suyo carcter novelesco, porque no tena condicin literaria alguna;
pero lo expliqu suponiendo que en la soledad de la crcel se habra
distrado as.


CONVERSACIN CON GANISCH EN EL GLOBULILLO

Se encontraban las memorias en un estado embrionario, cuando, unas
semanas despus de comenzar  copiar el cuaderno, don Eugenio me envi
 San Sebastin con una carta y un recado para el secretario del
Ayuntamiento, don Lorenzo de Alzate.

Me dijeron en San Juan de Luz que iba  salir un barquito de Socoa para
San Sebastin, y en vez de seguir por tierra, como ms fcil y menos
peligroso me decid  ir por mar.

Llegu  San Sebastin  inmediatamente me present en la secretara de
la Casa de la Ciudad y estuve conferenciando con Alzate.

Mientras hablbamos, entr con una carta un cabo de chapelgorris, el
cual esper  que terminramos la entrevista.

Al despedirme de don Lorenzo, ste me dijo:

--Recuerdos  Eugenio.

--De su parte.

Sal de la secretara, baj  la plaza, y en el arco se me acerc el
cabo de chapelgorris apresuradamente.

--Cmo est Eugenio?--me pregunt.

--Bien. Qu, le conoce usted?

--Si le conozco! Desde chico. Algunas barbaridades hemos hecho juntos.
Ya le habr usted odo hablar de m alguna vez.

--La verdad... no s su nombre de usted...

--Yo soy Juan Larrumbide, pero mis amigos me llaman Ganisch.

--Hombre! Usted es Ganisch!

--S.

Era un tipo alto, de unos cincuenta aos, de muy buen aspecto,
afeitado, la nariz larga, un poco roja; los ojos algo tiernos 
inyectados, como de buen bebedor, y el aire socarrn.

Le dije  Ganisch que tendra mucho gusto en convidarle  cualquier
cosa, siempre que mi barco no estuviese para partir, y fuimos juntos
 una taberna de la calle del Puerto, frecuentada por marineros, que
se llamaba el Globulillo; nombre inspirado, sin duda, en la medicina
homeoptica, pero mal aplicado, porque en aquella taberna no se
administraba el alcohol en dosis pequeas, ni mucho menos.

Ganisch era hombre aficionado al vino y hablador. Le hice contar su
vida en tiempo de la guerra de la Independencia. Supongo que me dijo
algunas mentiras, pero, aunque as fuera, su narracin me sirvi para
completar las memorias de don Eugenio.

Efectivamente; el quijotesco Aviraneta eliminaba de su narracin una
mujer. Sin duda le pareca indigno de su carcter revolucionario el
intercalar en sus acciones de guerra una historia de amores.

Lo que cont Ganisch aclar la vida de nuestro hroe.

Por el relato del antiguo camarada pude comprender tambin que aquel
captulo de novela titulado La Evasin, no era realmente un captulo de
novela, sino un episodio de la vida azarosa y llena de vicisitudes de
mi querido y viejo maestro Aviraneta.




LIBRO PRIMERO

NUESTRA SALIDA DE IRN

LAMENTACIN CARCELERA


Estas pginas las escribo en la Crcel de Corte de Madrid, en el ao de
desgracia de 1834.

Acusado de conspirador por haber fundado la Isabelina, me he quedado
solo en la crcel; mis cmplices andan libres, gracias  mis
declaraciones; yo no he querido cantar y los he salvado. No me lo han
agradecido, y en los peridicos hablan de m con desprecio y con burla.

Vivo en un agujero negro donde no tengo ms compaa que las ratas. Les
echo migas de pan y lo agradecen. Sin duda tienen ms memoria que los
hombres.

Para dar  la estancia en la trena mayor encanto, se ha declarado
el clera con una furia terrible. La iglesia de la Crcel de Corte,
habilitada de hospital, se halla atestada de enfermos y de moribundos.

El husped del Ganges, como decimos los periodistas, da la batalla
 la humanidad, si es que es humanidad la que est presa en un
estercolero. Los enfermos se mueren al pie de los altares; los sanos
se dedican  cantar,  bailar y  tocar la guitarra. Y ande el
movimiento... el movimiento hacia el cementerio.

Aqu vendra bien un latinajo sentencioso, de esos que expresan con
gran elegancia una vulgaridad conocida por todos; pero yo no recuerdo
ninguno... ni falta.

Mi hermana y su marido vienen  verme. Les suele acompaar una viudita
de la vecindad, muy sensible, que al parecer tiene simpata por m y
compasin por mi estado, y eso que le han dicho, probablemente algn
fraile en el confesonario, que yo soy muy malo, muy malo.

A la viudita le hace mucha impresin lo que cuento yo de la vida de la
crcel; as que tengo que tranquilizarla y decirle al odo, como en esa
clebre carcelera:

    En la reja de la trena
  no te pongas  llorar;
  ya que no me quites penas,
  no me las vengas  dar.

Varias veces, mientras charlamos, me avisan para ayudar al cura  dar
los leos y voy de aclito suyo con el farol.

Un granujilla viene  llamarme.

--Don Eugenio, que vaya usted  llevar el farol.

--Bueno, ya voy.

Me despido de mi familia y me largo.

Cuando no acudo yo va Luis Candelas, el clebre ladrn de Madrid,
husped tambin de la crcel y amigo mo.

--Luisillo--le suelo decir--, creo que t y yo somos las dos nicas
personas decentes que hay en Madrid; por eso estamos en la crcel.

--Y que es mucha verdad, don Eugenio--contesta l--, porque yo, aunque
ladrn, soy un ladrn honrado y, adems, un hombre muy liberal. Esto
lo dice Candelas porque tom parte muy activa en el desarme de los
voluntarios realistas.

A veces, lo demasiado pintoresco del presente hace que vaya 
refugiarme en mis recuerdos, cosa contraria  mi temperamento, poco
amigo de lloriquear sobre el pasado.

No me gusta el melodrama del gnero lacrimoso.

Despus de todo, qu importa estar en la crcel  estar en la calle?

Cuando se conserva el nimo fuerte, estos horrores carcelarios, estas
atrocidades le van curtiendo  uno.

Cantaba hace unos meses la ta Matafrailes, en la taberna del hermano
de Balseiro, mientras afilaba el cuchillo con el que pensaba abrir en
canal  un jesuta, esta cancin:

    Tres cosas en el mundo
  causan _espante_:
  _timulto_, _tirrimoto_,
  y el _alifante_.

Pues, para m, apreciable ta Matafrailes, no hay _timulto_ ni
_tirrimoto_ que valga, y hasta al mismo _alifante_ era capaz de
mascarle la nuez  la trompa si entraba en mi calabozo.

Condenar  un hombre de accin  no hacer nada es una cosa cruel.

Debo tener las entraas ms negras que la tinta... de rabia.

Estoy tan vigilado, que la nica accin posible para m es la gimnasia
y llevar el farol del seor cura. Maldita sea la...!


INVOCACIN

Oh t, ciudadano desconocido, que encuentres este cuaderno en algn
rincn de mi calabozo; carcelero  rata de crcel, asesino  apstol,
catlico  librepensador, realista  republicano, granuja  hombre de
bien, si pasas los ojos por estas lneas, sabe que el hombre que las ha
escrito, encerrado aqu, ha sufrido por la libertad, ha querido que los
hombres sean hombres y no sean bestias; sabe... pero, en fin, no sepas
nada; me es igual.




I

EL TEOFILNTROPO


Casi siempre el acontecimiento es traidor  inesperado. Quin lo puede
prever? Aun contando con la casualidad es difcil; sin contar con ella
es imposible.

Se cree  veces dominar la situacin, tener todos los hilos en la mano,
conocer perfectamente los factores de un negocio, y, de repente, surge
el hecho nuevo de la obscuridad, el hecho nuevo que no exista,  que
exista y no lo veamos, y en un instante el andamiaje entero levantado
por nosotros se viene  tierra, y la ordenacin que nos pareca una
obra maestra se convierte en armazn intil y enojoso.

Muchas veces he comprobado en mis proyectos la quiebra producida por el
acontecimiento inesperado,  veces tan decisiva, que no permita ni aun
siquiera la reconstruccin de la idea anterior con un nuevo plan.

El ao 1808 viva en Irn. Era yo todava un chico, aunque bastante
precoz, para soar con empresas polticas y revolucionarias.

Como fundador del Aventino, me haban nombrado presidente de la
Sociedad y estaba en relacin con las logias de Bayona, con la de
Bilbao, la ms importante, y la de Vitoria.

Nuestra Sociedad avanzaba; hicimos gestiones cerca de los liberales
vascos, algunos, como Echave, de los que trabajaron por la
independencia de Guipzcoa en 1795, y conseguimos su adhesin.

Los afiliados de Irn todos eran jvenes, menos un seor ya viejo,
organista de la iglesia, tipo bastante extrao y original, apellidado
Michelena.

Michelena era alto, flaco, huesudo, de unos cincuenta aos, hombre muy
sentimental.

Michelena, adems de pertenecer al Aventino, estaba afiliado  una
secta, llamada de los Teofilntropos, que tena su centro en Pars.

Cmo este buen organista, que apenas haba salido de Irn, perteneca
 aquella Sociedad?


SANTA CRUZ

El mismo Michelena me lo cont. Unos aos antes pas por Irn un hombre
humilde y andrajoso. Vena de Hendaya  pie.

El hombre se dirigi  Michelena y le pregunt dnde podra descansar
all unos das. El organista le llev  su casa.

El tipo andrajoso se llamaba Andrs Santa Cruz, era de un pueblo de la
Alcarria y quera volver  su tierra  morir en ella.

Santa Cruz cont su vida  Michelena.

En su juventud, sintiendo mucha aficin  leer, y creyndose ahogado en
el ambiente estrecho de Espaa, sali de su pueblo  pie hacia Pars.
Tena un gran entusiasmo por los enciclopedistas franceses y quera
conocerlos.

Al llegar  Tours, un prncipe alemn que pasaba, en su carroza lo
encontr tendido en la cuneta de la carretera; se acerc  l, le
pregunt quin era, y qued asombrado de los muchos conocimientos del
vagabundo. El prncipe le ofreci el cargo de preceptor de sus hijos y
Santa Cruz acept.

El alcarreo fu  vivir  Londres, pas all varios aos, se hizo
masn, conoci  Cagliostro, que le inici en el magnetismo y le di
varias recetas de elixires y sortilegios, y al comenzar la Revolucin
Francesa no pudo resistir la tentacin y, dejando su cargo, se traslad
 Pars. Era en 1790.

Santa Cruz, hombre suave y de gustos sencillos, se encontraba atrado y
al mismo tiempo repelido por aquellos hombres terribles y violentos de
la Revolucin. En Pars, Santa Cruz se hizo amigo ntimo de un profesor
de botnica y diputado de las Constituyentes, Larreveillere-Lepaux
de nombre, tipo tambin extrao, de ideas originales y de cuerpo
igualmente original, pues era contrahecho y tena una gran joroba en la
espalda.

Durante el Terror, Larreveillere y Santa Cruz estuvieron escondidos
en una guardilla. Larreveillere dibujaba lminas de botnica para un
editor y Santa Cruz trabajaba como sastre. Cuando el establecimiento
del Directorio fundaron entre los dos la Sociedad de los
Teofilntropos. Luego Larreveillere lleg  ser un personaje, y Santa
Cruz sigui siendo un hombre obscuro.

Santa Cruz public el ao V de la Repblica un folleto, titulado: El
culto de la Humanidad.

Santa Cruz y Michelena se entendieron; el organista toc en su casa, en
el clavicordio, trozos de Juan Sebastin Bach y de Haydn; el vagabundo
cont su vida y explic sus ideas.

Santa Cruz haba recorrido casi todas las capitales de Europa y
visitado  los hombres ms ilustres, de quienes conservaba vivos
recuerdos.

Un da el vagabundo le indic  su amigo que se marchaba  Bilbao, y
le dej un folleto con esta dedicatoria: A un hombre bueno, un hombre
desgraciado.

El organista haba experimentado una gran sorpresa al hablar con Santa
Cruz, y se sinti convencido al leerle. Un da se le ocurri escribir
 Pars  Larreveillere-Lepaux y se afili  la Sociedad de los
Teofilntropos.

Michelena tena su sistema poltico-social, en donde entraban la
religin, la msica, la teofilantropa y el magnetismo, Jesucristo,
Bach y Mesmer. Sus argumentaciones las ilustraba con trozos musicales.

Algunos del Aventino le oan con mucho gusto.

Yo no tena gran entusiasmo por aquellas lucubraciones fantasmagricas.

El movimiento, la accin, la vida intensa, dinmica, era lo que me
atraa.




II

SORPRESA


En medio de estas preocupaciones masnicas, revolucionarias y
filantrpicas, recibimos el anuncio de la entrada de los franceses en
nuestro pas. Se deca que iban  cruzar Espaa para intervenir en
Portugal.

Efectivamente; poco despus pasaron el Bidasoa Junot y luego Dupont.

Yo no me hallaba entonces bien enterado de la poltica de aquel tiempo,
y no podra trazar un cuadro completo del estado de Espaa en 1808; no
conozco bastante la historia para eso, y en el fondo de esta crcel no
puedo proporcionarme libros ni datos.

Adems, como hombre de accin, he vivido al da, y el recuerdo de
tanto acontecimiento favorable y adverso, ms adversos que favorables,
batallas, matanzas, epidemias, unido  los sufrimientos de la crcel,
han llevado la confusin  mi memoria.

Contar, pues, las cosas conforme las vaya recordando.

Yo, como digo, viva pensando en el Aventino y en las discusiones
masnicas y teofilantrpicas que tenamos unos y otros.

De cuando en cuando hablaba con mi to del viaje  Mjico, que por una
serie de dilaciones no haba podido realizar.

En esto se present en Irn mi amigo de la infancia Ignacio Arteaga.
Ignacio vena de ayudante del general don Pedro Rodrguez de la Buria,
el cual traa una misin diplomtica, al parecer, muy delicada. Ignacio
me habl de su familia. Consuelo se haba casado con un hombre de ms
de cuarenta aos, persona de posicin y de gran porvenir.

Yo, desesperado por la noticia, decid apresurar mi viaje  Mjico, y
escrib  una casa de Burdeos pidiendo pasaje. Debi perderse la carta,
porque no recib contestacin. Este pequeo detalle cambi la direccin
de mi vida por completo.

Al final de Enero de 1808 tuvimos en Irn el espectculo de ver entrar
al mariscal Moncey con un cuerpo de ejrcito de veinticuatro mil
hombres. Era el Cuerpo de Observacin de las costas del Ocano, el
tercero que pasaba la frontera.

Mi to Fermn Esteban, que lea muchas gacetas y se enteraba de la
marcha poltica de los imperios, era de los ms desconfiados y ms
llenos de preocupacin con las expediciones francesas.

Para qu queran los imperiales aquellos inmensos acopios de galleta
en Bayona, San Sebastin y Burgos?

Por qu tantas vituallas en ciudades tan distantes de los puertos
de Andaluca, donde los franceses iban  embarcarse para entrar en
Portugal?

Por otra parte, la caballera que pasaba por Irn, necesitaba, para
ser transportada, una enormidad de buques, que, segn mi to Fermn
Esteban, no haba.

Ignacio Arteaga vena  verme siempre que su general le dejaba libre.


EL PATRIOTISMO DE IGNACIO

Ignacio se manifestaba muy patriota, cosa que yo entonces no
comprenda; porque la patria no se siente fuertemente mas que cuando se
est fuera de ella y cuando se encuentra uno en peligro de perderla.

Ignacio me habl repetidas veces del Rey, de la Reina, de Godoy y del
prncipe Fernando; de sus odios, de sus disputas y de sus maquinaciones.

Esta vida domstica de los reyes y de sus serviles palaciegos,  m, al
menos, no me interesaba nada. Ignacio era enemigo del Choricero, como
llamaban  Godoy, y crea que bastaba la subida al trono del prncipe
Fernando para que Espaa fuera feliz.

Ignacio, por orden del general Buria, mandaba todos los das informes
alarmantes acerca de los propsitos de los franceses, y desde Madrid
solan contestarle diciendo: Enterado.

En Febrero se supo en Irn que el general Darmagnac se haba apoderado
por sorpresa de la ciudadela de Pamplona.

Mi to Fermn Esteban dijo:

--Esto va mal; los franceses nos estn engaando.

Cuando vinieron las noticias del motn de Aranjuez contra Godoy,
Ignacio Arteaga, muy enemigo del favorito, asegur que con aquel cambio
iba  arreglarse todo.

Los aristcratas que produjeron la cada de Godoy valan mucho menos
que l; los Montijo, los Infantado, los Orgaz, los Ayerbe eran unos
botarates ambiciosos de poca monta que queran rivalizar en el honor de
cepillar la casaca y lustrar las botas del monarca con otros palaciegos.

Difcilmente se puede dar un caso de ineptitud mayor que el de la
aristocracia espaola y el de todas las clases pudientes en el reinado
de Carlos IV y en la invasin francesa.

Sin el arranque y la genialidad del pueblo, la poca de la guerra de
la Independencia hubiera sido de las ms bochornosas de la historia de
Espaa.

No se hubiera sabido qu despreciar ms, si al Rey,  los aristcratas,
 los polticos   los generales.

Las clases directoras fueron de una esterilidad absoluta; no sali un
hombre capaz de dirigir  los dems.

Como era natural, el motn de Aranjuez no arregl nada; las tropas
francesas siguieron avanzando por Espaa y Murat entr en Madrid.

Yo le encontraba  mi to Fermn Esteban leyendo gacetas, consultando
planos, lleno de preocupaciones. En un hombre egosta y poltrn como
aqul era extrao verle tan agitado.


FERNANDO VII Y SUS SATLITES

En Abril pas el prncipe Fernando por Irn. Ignacio Arteaga le vi;
segn dijo, vena muy receloso. En Vitoria, para impedir su viaje, le
haban cortado los tirantes del coche y en Guipzcoa, en Astigarraga,
los campesinos se acercaron  Fernando con hachas encendidas gritando:

--No ir  _Pransia_! No ir  _Pransia_!

Este amor por un rey que recomendaba  sus vasallos no le siguiesen
 mi revolucionario y jefe del Aventino me pareca algo ridculo y
vergonzoso.

A la semana de la marcha del Rey se levantaba Tolosa, entonces capital
de Guipzcoa, y luego Bilbao.

Unos das ms tarde se presentaron en Irn Carlos IV y Mara Luisa con
Godoy, y pasaron  Bayona.

Una nube de aristcratas, de militares y de intrigantes aparecieron
en la frontera. Entre ellos se encontraba don Juan Palafox, que luego
tuvo tanta fama de patriota por la defensa de Zaragoza, y  quien
conoc ms tarde y me pareci un hombre inepto, ambicioso y de poca
integridad moral.

Palafox vena con el hijo del marqus de Castelar, y quera pasar
 Bayona  olfatear lo que all se guisaba, aunque l dijo despus
que iba  arrancar al prncipe Fernando de las garras de Napolen.
Le preguntaron  Arteaga si podran entrar en Bayona,  Ignacio
les contest que seran detenidos si se presentaban de uniforme, 
igualmente si se disfrazaban, porque Bonaparte tena miles de espas en
la frontera.

Castelar y Palafox no se determinaron  pasar, al menos por Irn.

Arteaga, que estaba muy enterado de las murmuraciones de la corte, me
dijo que Palafox haba sido uno de los intermediarios del prncipe
Fernando con el embajador de Francia en Madrid, Beauharnais, para
concertar el matrimonio del prncipe con una sobrina de Napolen.

Haba tomado tambin parte Palafox, unido con Montijo, en el motn de
Aranjuez, y aconsejado  Fernando que marchase  Bayona.

Al ver que la cosa sala mal, Palafox se hizo el sorprendido, y
pocos meses despus estaba en Zaragoza echndoselas de hroe y dando
proclamas elocuentes, que se las escriban los frailes.

La misma conducta artera ha seguido conmigo veinticinco aos despus,
con motivo de la conspiracin Isabelina, por la que estoy preso.

Saba lo que pasaba, dejaba que los dems se comprometiesen. Sala el
movimiento bien? Pues el duque se aprovechaba. Sala mal? l no tena
nada que ver.

Este Palafox, hombre que une la ineptitud con la ambicin, cuya vida
pblica y privada ha sido sospechosa, que hizo una salida de Zaragoza
dejando abandonado el pueblo en el momento de ms peligro, pasa por una
de nuestras grandes figuras.

As es la historia. En cambio, cuntos hombres no han muerto haciendo
verdaderas heroicidades y han quedado ignorados!

En el fondo, es igual. La inmortalidad es una potica supersticin.

Como deca, ni Palafox ni Castelar fueron  Francia, por Irn.

Das ms tarde el general Rodrguez de la Buria, Ignacio y yo marchamos
 Bayona.

Ni el general ni Ignacio saban bien el francs, y me llevaron como
intrprete.

El general se present al prncipe Fernando, quien le di la comisin
de proponer  los reyes padres un acomodamiento: el cederles Mallorca 
Murcia durante sus das.

El pobre calzonazos de Carlos IV dijo que haba que consultar  Godoy,
 su querido Manuel, y Godoy, cuando se lo dijeron, no acept.

Entonces hubo una serie de conferencias secretas y de los en Bayona
y en Irn, en que intervinieron Fernando, Godoy, los dos Palafox, el
conde de Belveder, el cnsul de Bayona Iparraguirre y otros.

Yo saba algo de estas maquinaciones por Ignacio.

Un da nos encontrbamos Ignacio y yo en la fonda, en Bayona, esperando
 que llegase el general Buria, cuando se presentaron unos cuantos
oficiales franceses. Iban  Burgos, estaban muy contentos, pidieron
caf y licores y brindaron por la conquista de Espaa.

Ignacio Arteaga se puso plido como un muerto; me mir y no dijo nada.

Al da siguiente Rodrguez de la Buria y Arteaga pasaron  Irn y
siguieron hacia Madrid.




III

VACILACIONES


Desde entonces comenc yo  preocuparme de los acontecimientos de
actualidad.

Yo no sospechaba que la invasin francesa produjera el alzamiento del
pas y aquel incendio que acab con una Espaa y di principio  otra.

Pocos aos antes los espaoles haban invadido el Roselln, y los
franceses, despus, Guipzcoa, Navarra y Vizcaya y no se conmovieron
ninguna de las dos naciones.

Esta vez la cosa iba tomando otro carcter.

Mientras se hablaba de los arreglos y componendas de Fernando, Carlos
IV y Napolen, se supieron los sucesos del 2 de Mayo, de Madrid.

En la _Gaceta del Comercio_, que se publicaba en Bayona, en castellano,
le un relato de estos sucesos, escrito por algn afrancesado. El
artculo terminaba diciendo:

Valase la prdida de los franceses en 25 hombres muertos y 45 
50 heridos; la de los sublevados asciende  varios millares de los
mayores calaveras de la villa y de sus inmediaciones.

Un comerciante de Bilbao nos cont la verdad de lo ocurrido en Madrid
el da 2 de Mayo.

Tuvimos junta en el Aventino. Todos, hasta Michelena, se manifestaron
patriotas y guerreros. El Teofilntropo no pudo menos de confesar que
los pases magnticos no significaban nada ante un trabuco.

La opinin general estuvo de acuerdo en abandonar por entonces las
cuestiones polticas y hacer la guerra  los franceses. Los mismos
enciclopedistas vascos que antes, en 1795, haban querido la separacin
de Guipzcoa de Espaa con la proteccin de la Repblica Francesa,
se decidan con entusiasmo por la causa espaola. A uno de los ms
significados separatistas, don Fernando de Echave, acababan de prender
los franceses en Usurbil por manifestarse enemigo de los invasores.

A m la posibilidad de una campaa anticlerical hecha por Napolen me
haca esperar.

Me encontraba as fluctuando; mi to,  pesar de su espaolismo, me
aconsejaba que me dejara de guerras y fuera cuanto antes  Mjico; mis
amigos excitaban mis sentimientos patriticos.

Yo les aconsejaba calma; que esperaran el giro de los acontecimientos...

Aquella pobre familia de los Borbones se mostr ante Napolen ridcula
y servil.

Los padres, el hijo, el favorito, todos rivalizaron en abyeccin y
vileza.

El amo de Europa presenciaba sonriendo aquellas escenas vergonzosas,
como un juez desdeoso el escndalo de una casa de vecindad.

Los grandes de Espaa que se encontraban en Bayona se mostraron tambin
cobardes y sumisos.

Ms que los grandes de Espaa, parecan los enanos de Espaa.

Yo tena inters en ver cmo terminaba aquello. El verano se iban 
celebrar Cortes en Bayona. Qu poda salir de tanto enredo?


LAS ESPERANZAS DE LAZCANO

Por esta poca me encontr  Lazcano y Egua. Acababa de llegar  Irn
 iba de paso para Francia.

Hablamos extensamente de los asuntos de actualidad.

Lazcano se mostr entusiasmado.

--Estamos de enhorabuena--me dijo.

--Cree usted?

--S, s. Espaa entra en un nuevo perodo. Esto se va  transformar.

--Me parece difcil.

--A m no. Marchena ha dicho muchas veces: Francia necesitaba de una
regeneracin; Espaa no necesita mas que una renovacin.

--Y quin  quines van  hacer esa renovacin?--pregunt yo.

--Bonaparte. Jos Bonaparte. Es un hombre de un talento grande. El ser
el eje de la transformacin de Espaa; har lo que ha hecho su hermano
en Francia. La verdadera obra revolucionaria ha sido la de Napolen.

No quise discutir su aserto, con el cual no estaba conforme.

No crea tampoco en la eficacia liberal de la invasin francesa. Si el
pensamiento de Napolen hubiera sido liberalizar  Espaa, poda haber
dejado en Madrid un rey espaol, por ejemplo,  Fernando, rodeado de
bayonetas; hacer lo que hicieron los franceses con Angulema quince aos
despus para asegurar la reaccin; pero Napolen no quera liberalizar,
quera reinar; nacido de la Revolucin, aspiraba  ahogarla.

Lazcano me invit  ir con l  conocer  los _Notables_ que en Bayona
estaban preparando el cambio de dinasta: Azanza, Urquijo, Arribas,
Hermosilla, etc., pero no quise ir.

No crea tampoco que tuviera gran eficacia una Constitucin que,
aunque se deca se estaba elaborando en Bayona por espaoles ilustres,
realmente se haba redactado calcndola sobre la francesa por un seor
llamado Esmenard, que, al parecer, conoca bien los asuntos de Espaa.


PLANES DE GANISCH

Al proyecto de Lazcano oponan Ganisch y Cortzar el de salir al campo
 luchar con los franceses.

A Cortzar le inspiraba el patriotismo; Ganisch tena, ms que nada,
afn de aventuras.

Al final de verano se supo en Irn la noticia del triunfo de los
espaoles en Bailn. En todas partes se hablaba de la victoria obtenida
en esta gran batalla, y como no haba peridicos ni noticias oficiales,
se aumentaba  disminua la importancia de los acontecimientos al
capricho.

Ganisch y Cortzar decidieron que debamos echarnos al campo.

Era difcil; las provincias vascas se hallaban ocupadas militarmente
en su totalidad por los franceses, y aunque se hablaba de partidas de
patriotas, nadie saba con exactitud por dnde andaban.

Se citaban nombres de guerrilleros hasta entonces desconocidos. Los
franceses decan que eran slo ladrones y no patriotas. El primero que
se cit en el Norte fu Javier Mina,  quien luego, cuando su to don
Francisco Espoz adquiri ms fama, se le llam Mina el Mozo  Mina el
Estudiante.

Cortzar, Ganisch y yo intentamos ir hacia Navarra; pero viendo la
dificultad de pasar, nos volvimos de nuevo  Irn.

Entonces  Ganisch se le ocurri que fingiramos una carta diciendo que
me llamaban  casa desde Madrid.

Hicimos esto y yo recib la falsa carta. Mi to Fermn Esteban no
sospech la superchera y me di sesenta duros para el viaje.

Hice mis preparativos  inmediatamente Ganisch y yo nos fuimos  San
Sebastin, al San Sebastin quemado por los ingleses el ao 1813, que
era un pueblo parecido al actual, con casas altas de cuatro  cinco
pisos, encerradas dentro de la muralla, y calles estrechas, iluminadas
de noche con faroles de reverbero.

Nos hospedamos en el Parador Real, y yo tuve el capricho de comprar en
una tienda nueva un anteojo de larga vista.

En San Sebastin supimos que comenzaba  haber partidas de patriotas
en los puntos de paso obligados de Madrid y pensamos en reunimos con
cualquiera de ellas. Tomamos nuestro pasaporte, yo  nombre de Eugenio
Echegaray, mi tercer apellido, y Ganisch con el de Juan Garmendia.

Desde San Sebastin fuimos  Vitoria en un cochecito. En la ciudad
alavesa estaba el rey Jos con su cuartel general. All iba  esperar
 Napolen, que pocos das despus estara en Espaa  la cabeza de su
ejrcito con los mariscales Soult y Lannes.




IV

ENCUENTRO


En Miranda de Ebro nos topamos con unos arrieros en el mismo puente,
y en su compaa pasamos el desfiladero de Pancorbo y llegamos hasta
Briviesca.

Se detuvieron ellos y nosotros  la salida del pueblo, en el mesn del
Segoviano, que entonces perteneca  un seor Ramn de Pancorbo. Los
arrieros hicieron la comida aparte, y Ganisch y yo pedimos de cenar y
nos sentamos  la mesa redonda.

Estaban de comensales dos militares franceses, uno de ellos capitn
y el otro subteniente, hombre este de largos bigotes rubios, y dos
mujeres espaolas, una muchacha y una vieja.

Los militares intentaban entrar en conversacin con la muchacha, pero
ella, seca y desabrida, no contestaba.

Durante la cena las dos mujeres, Ganisch y yo no dijimos nada. Los
oficiales franceses, atrevidos y fanfarrones, se hartaron de reirse y
de insultarnos en su lengua. Ya veramos los espaoles lo que nos iba
 ocurrir cuando llegara el gran Napolen con Soult. Tendramos que
arrodillarnos todos  sus pies si no queramos ser pasados  cuchillo.

Al levantarse los franceses el odio espaol estall como una mina,
y hablamos los cuatro que quedbamos en la mesa de que haba que
exterminar aquellos estpidos y petulantes invasores. Al momento
Ganisch y yo nos hicimos amigos de las dos mujeres.

La muchacha se llamaba Fermina, y la vieja, doa Celia.

Hasta mucho tiempo despus no supe que las dos no se conocan en el
momento de encontrarlas nosotros en el parador.

Fermina era una mujer bonita, de ojos negros; tena la nariz recta,
la boca pequea, la cara ovalada, la estatura algo menos que mediana,
pero erguida y esbelta de talle; la tez morena plida. Vesta de luto;
pareca una seorita de pueblo.

La vieja doa Celia era de esas viejas que cuentan desdichas y hablan
constantemente de su padre el general, de su to el oidor del Per, y
de su juventud deslizada entre condes y marqueses.

Charlamos largo rato Fermina y doa Celia, Ganisch y yo, y expusimos
nuestras aspiraciones patriticas.

La moza del mesn, que nos oa, se adhiri y fu de las ms
entusiastas.

Ganisch entonces confes que l y yo nos bamos  echar al monte,
lo que produjo que las tres mujeres nos miraran con admiracin y
enternecimiento.

--Nada; si quieren ustedes venir, vengan con nosotros--aadi Ganisch,
que tena las grandes salidas.

--A dnde?

--Al monte. A matar franceses.

Fermina afirm que ella iba; tal odio senta por los invasores: la
criada del mesn dijo que tambin. Estaba cansada de servir en la
posada y ansiaba marcharse  recorrer tierras.

--Cmo te llamas?--le pregunt yo.

--Mara, la Riojana.

La Riojana tena la nariz remangada, los ojos muy claros, la boca
entreabierta, como expresando una interrogacin; el pelo rubio rojizo,
la piel blanca y el pecho abundante.

Hablaba con mucha gracia, una gracia picante, burda; su conversacin
era como esos guisos de arriero salpimentados con especias fuertes.

Una sociedad como la nuestra, hecha en un mesn entre cinco personas
desconocidas, no poda verificarse mas que en un momento de inquietud
como aqul.

Realmente haba una enorme ansiedad en toda Espaa; en las ciudades,
en las aldeas, en los rincones apartados no se hablaba mas que de la
invasin francesa.

Se citaba en los pueblos la gente preparada para echarse al campo; en
ninguna parte se saba nada de cierto, y las noticias, contradictorias
y absurdas, aumentaban la confusin.

En las ciudades el elemento culto se dedicaba  escribir y  publicar
hojas sueltas.

Era aqul el sacudimiento de los nervios y de la inteligencia de una
nacin aletargada y casi moribunda.

Despus de hablar en el mesn largamente, quedamos de acuerdo en que
por la maanita la vieja doa Celia, con Fermina y la Riojana, salieran
en dos mulos camino de Burgos; horas despus marcharamos Ganisch y yo
 reunimos con ellas.


LA MAANA SIGUIENTE

De acuerdo en el plan, nos fuimos  la cama. Not, ya medio en sueos,
que Ganisch entraba y sala en el cuarto, pero no hice caso. Me figur
que andara rondando la alcoba de la Riojana.

Al da siguiente, muy de maana, pedimos el desayuno y la cuenta. Nos
lo trajo la duea del mesn. Concludo el refrigerio bajamos  la
cuadra y vimos Ganisch y yo cmo se preparaban para la marcha las tres
mujeres. Iban  montar la vieja y la Riojana en un mulo y Fermina en
otro, cuando acertaron  venir el subteniente francs de los largos
bigotes rubios, nuestro comensal de la noche anterior, con un sargento.

ste, hacindose el distrado, pas por cerca de Fermina y le di un
pellizco en sitio blando y carnoso. Fermina se volvi como una vbora,
y con el puo cerrado le peg un golpe en la cara al francs.

Al soldadote brbaro, que crea, sin duda, que la milicia era una
institucin sagrada hasta cuando pellizcaba, no se le ocurri otra cosa
mas que echar mano al sable y desenvainarlo.

Nos mezclamos Ganisch y yo con idea de apaciguar  tales brutos, y el
subteniente y el sargento la tomaron con nosotros hasta atacarnos 
sablazos.

Yo, con un palo que cog de un rincn, par varios mandobles de
aquellos brbaros; pero el subteniente me tir una estocada que me
hiri encima de la clavcula.

El mesonero, mientras tanto, echaba  correr al pueblo, y poco despus
volva con un capitn muy desdeoso y antiptico.

Como el subteniente y el sargento queran tergiversar la cuestin
diciendo que les habamos insultado, y llamndonos  cada momento
_brigands_, terci yo y, en francs, expliqu al capitn lo ocurrido.

El capitn nos pregunt quines ramos y  qu bamos  Burgos;
mostramos nuestros pasaportes, y con aire displicente y poco amable
exclam:

--Est bien; vyanse ustedes.

Salimos del pueblo. Yo tena la camisa empapada en sangre. Empezaba 
sentir por aquellos estpidos galos un odio que no haba tenido nunca.

A los pocos minutos de Briviesca nos encontramos con un carromato
cargado de pellejos de vino. Contamos al carretero lo que nos ocurra
y nos invit  montar. Puso un saco de paja y unas mantas sobre los
pellejos y yo me ech encima.

Poco despus, en el sitio que se llama la Lengua Negra, entre Santa
Olalla de Bureba y Santa Mara del Invierno, encontramos  Fermina,
la Riojana y la vieja; nos esperaban con ansiedad. Ganisch cont lo
ocurrido y todas las atenciones de las tres mujeres fueron para m.

Faltaban unas cuatro  cinco leguas para Burgos, y en ocho  diez horas
llegamos al puente de Santa Mara.


UNA BELLA DAMA

Supusimos que en la puerta de la muralla, al verme plido y manchado de
sangre, me detendran.

Baj del carro, ayudado por todos, y estaba sin poder tenerme en pie,
cuando lleg una seora en un coche.

--Qu pasa?--dijo asomando la cabeza por la ventanilla.

La vieja doa Celia, desde su mula, explic lo ocurrido en Briviesca
con los militares franceses.

--Este pobre muchacho no va  poder ir andando--advirti la dama.

Contempl  la seora, que era una mujer soberbia; tena unos ojos
negros preciosos, la tez plida y la expresin trgica. Yo la miraba
absorto, lleno de admiracin.

No s si en premio de mi entusiasmo la seora dijo:

--Que suba en mi coche; yo le llevar. Dnde tiene que parar?

--En la plaza.

Abri doa Celia la ventanilla y, ayudado por Ganisch, sub al
carruaje, que ech  andar y entr por el arco de Santa Mara.

Al pararnos en la puerta un momento se acerc al coche un oficial
francs  hizo  la dama un saludo ceremonioso y le bes la mano.
Seguimos adelante.

--Le duele  usted la herida?--me pregunt la seora.

--S--contest--, pero no me importa.

--Por qu?--pregunt ella extraada.

--Por haberla visto  usted. Es usted muy hermosa, seora.

--Y usted es un chico. A qu viene usted  Burgos?

--Vengo  hacerme guerrillero contra los franceses.

Ella se qued asombrada.

--No lo diga usted en todas partes--me dijo--. Le pueden prender 
usted. Los franceses tienen muchos amigos. Yo soy amiga suya.

--De verdad?

--S.

--Pues lo siento.

--Por qu?

--Porque son unos brutos.

La seora me pregunt quin era y de qu familia; yo se lo dije, y
llegamos  la plaza. El carruaje se detuvo.

--Podr usted bajar solo?--me pregunt la dama--. O quiere usted que
llame  alguien para que le ayude?

--No, yo bajar.

--Le mandar  usted un mdico esta noche.

--Muchsimas gracias, seora.

--Adis, y no haga usted ms tonteras.

Baj del coche, y me qued inmvil agarrado  la portezuela.

--Qu espera usted?--me pregunt ella.

--Que me d usted  m tambin la mano  besar.

--Es usted un muchacho insoportable--replic la seora riendo.

Y me alarg la mano, que yo bes con entusiasmo.




V

EN BURGOS


Mareado y medio desvanecido me acerqu  una de las columnas de la
plaza y estuve as esperando hasta que llegaron Fermina, doa Celia, la
Riojana y Ganisch.

Ayudado por ellos, entr en una posada de all cerca y me met en la
cama.

Me encontraba con la cabeza dbil y con fiebre. Doa Celia comenz
 preparar un blsamo, que yo creo que era el mismsimo blsamo de
Fierabrs, y que si me aplica en la herida me produce la gangrena
de todo el cuerpo, cuando lleg un seor preguntando por m. Era un
mdico. Vena  verme de parte de la seora que me haba llevado en su
coche por la tarde.

--Quin es esa seora?--pregunt yo.

--La marquesa de Monte-hermoso.

El mdico lav y cur mi herida y dijo que tendra para rato.

Con este motivo se renov en Fermina, doa Celia y la Riojana el odio
contra los franceses.

Fermina senta por ellos una repugnancia parecida  la que se puede
tener por un escorpin  por un insecto venenoso.

El da siguiente estuve en la cama. Me dola mucho la herida. A pesar
del dolor, me senta completamente feliz pensando en aquella mujer
soberbia: la marquesa de Monte-hermoso.

Se llamara as? El ttulo me daba la impresin de ser falso; me
pareca un ttulo de novela folletinesca por el estilo de las que
despus ha escrito mi amigo Aiguals de Izco. Me enter bien, y supe que
mi protectora, efectivamente, se llamaba as; que su nombre era doa
Mara del Pilar Acedo y Sarri, marquesa de Monte-hermoso, y condesa de
Echauz y del Vado.

Su marido haba sido diputado por lava en la Asamblea de Bayona, y
despus le hicieron muchos honores, entre ellos el de ser marido de la
querida del rey. Tambin le nombraron  Monte-Hermoso gentilhombre de
cmara y una porcin de cosas ms.

Mientras yo me pudra de impaciencia en la cama, Ganisch y las tres
mujeres salan de casa, y al volver me traan una porcin de noticias
contradictorias.

Ganisch haba odo decir que el Gobierno de los patriotas, establecido
en Aranjuez, al acercarse Napolen  Madrid se haba instalado en
Sevilla. Desde Sevilla comenzara  organizar partidas de guerrilleros.

Doa Celia, Fermina y la Riojana contaron una porcin de historias
recogidas en la calle.

Todas sus noticias me tenan  m sin cuidado. No pensaba mas que en
aquellos ojos negros y en aquella expresin dolorosa y trgica de la
marquesa.

El sptimo da de estancia en Burgos, el mdico me di el alta.

--Ya est usted bien--me dijo--. No salga usted mucho de casa.

--Dele usted de mi parte muchas gracias  la seora marquesa--le dije
yo.

--Ya se ha marchado--contest el mdico.

--A Madrid?

--Cualquiera lo sabe! Habr ido  reunirse con Jos Bonaparte! Dicen
que es la querida de Pepe Botellas.

La noticia me hizo ms dao que el sable del francs de Briviesca; pero
an me molestaba ms el que se hubiera ido de Burgos aquella mujer
admirable sin acordarse de m.

El pensar en esto reanim mi actividad y mis sentimientos patriticos.

Decid olvidar las dos heridas: la del francs y la causada por la
marquesa de Monte-hermoso.

Se me ocurri escribir al mariscal de campo don Gabriel Mendizbal,
paisano y amigo de mi padre. Mendizbal deba hallarse en esta poca en
Alba de Tormes, y no encontr medio de hacerle llegar la carta.

Mi desesperacin y mi furor patritico iban en aumento.

Me figuraba estar viendo  la marquesa de Monte-hermoso, rodeada de
oficiales franceses elegantes, llenos de oro y de bordados. Yo haba de
ir entre los desarrapados  acometerlos,  acuchillarlos.

El furor que comenzaba  tener lo experimentaba la gente del pueblo,
sin el acicate de pensar en una bella dama.

La plebe se enardeca con el odio al invasor.

Los franceses se figuraban que iban  luchar con un ejrcito y con
partidas de guerrilleros; pero, en el fondo, tenan que guerrear con
una turba de mujeres, de chicos, de viejos tenderos, de frailes,
inspirados todos en un fanatismo religioso y patritico terrible.


EL PADRE PAJARERO

A la semana siguiente de llegar  Burgos, doa Celia me cont que una
seora en la iglesia le haba dicho que un fraile mercedario andaba
hablando  los jvenes del pueblo para reclutarlos y formar una partida.

Le recomend  doa Celia que se enterara en dnde se le podra ver al
mercedario, y no slo se enter, sino que vino con l  la posada al
da siguiente.

El padre Pajarero era un frailuco joven, moreno, con los ojos
brillantes. Llevaba hbito pardo, cerquillo y sandalias.

Se present en mi cuarto y habl conmigo. Yo me encontraba de la herida
casi bien.

El padre Pajarero me someti  un interrogatorio. Yo, por la costumbre
que haba adquirido en el tiempo que llevaba desde que sal de Irn, le
dije que me apellidaba Echegaray.

Me pregunt si estaba dispuesto  echarme al campo. Le contest que s.

--Bueno; pues entonces--repuso l--le voy  dar  usted un papel para
que vaya  ver  cierta persona.

--Venga. Est bien.

Sac el padre un tinterito de cuerno, escribi unas lneas, dobl el
papel y, antes de drmelo, me dijo:

--Sabe usted dnde est la calle de la Calera?

--No.

--Y el barrio de Vega?

--Tampoco. No ve usted que no he salido de casa con la herida? Pero
preguntar.

--Vale ms que vaya usted sin preguntar.

--Doa Celia sabr, quiz, dnde est esa calle.

--S, ella s lo sabe.

--Entonces, doa Celia nos acompaar.

--No va usted  ir solo?

--Ir con un amigo paisano y patriota como yo.

--Cmo se llama su amigo?

--Garmendia. Juan Garmendia.

--Cundo van ustedes  ir?

--Iremos maana mismo.

--Bueno. Hay que advertir que el barrio de Vega est fuera de la
muralla, al otro lado del ro. Cuando llegue usted  la calle de la
Calera, en esa calle,  mano derecha, ver usted una casa grande con
dos torreones en las dos esquinas. Empezando  contar desde esta casa,
en la misma acera, en el sptimo portal llamar usted. Preguntar usted
por el director, y cuando le digan de parte de quin va, contestar
usted que de parte del fraile.

--Nada ms?

--Nada ms.

--Saldrn ustedes de Burgos al anochecer por el arco de Santa Mara,
cuando vayan  cerrar la puerta de la muralla. Dan ustedes un paseo y,
cuando ya est obscuro, se presentan en la calle de la Calera.

--Muy bien.

--Luego, como no es cosa de que llamen ustedes  la guardia francesa
para que les abra, irn ustedes  dormir al convento de la Merced. Doa
Celia les ensear tambin dnde est.

Decidimos acudir Ganisch y yo al da siguiente  la casa indicada por
el fraile. Por la maana le dije  Ganisch acompaara  doa Celia para
que sta le ensease la calle de la Calera y el convento de la Merced,
y despus de cenar fuimos Ganisch y yo  ver al misterioso director.


DE PARTE DEL FRAILE

Me prestaron en la posada una capa larga hasta los talones, y, embozado
en ella, en compaa de Ganisch, que iba envuelto en una manta, salimos
en direccin de la calle de la Calera.

La tarde estaba horriblemente fra. El viento silbaba por los arcos de
la plaza; el cielo se mostraba vagamente iluminado por las luces del
crepsculo y por la luna medio oculta entre nubarrones. Slo alguna luz
brillaba en el pueblo.

De la plaza salimos por el arco de Santa Mara,  la orilla del ro, y
esperamos en el paseo del Espoln.

Algunos vecinos, retardados, marchaban de prisa por el puente de Santa
Mara  entrar en la ciudad; otros aguijoneaban  los borriquillos y
caballeras.

Un momento despus cerraron la puerta; dejaron solamente un postigo
abierto y se oyeron los toques de retreta.

Haba entrado la noche y las orillas del ro quedaron desiertas. Slo
se oa el murmullo del agua misterioso y triste. La luna comenzaba 
brillar en el cielo.

Ganisch y yo atravesamos el puente y entramos en la calle de la Calera.

No pasaba entre las dos paredes de los edificios la luz de la luna y la
callejuela estaba negra y siniestra.

Nos detuvimos un momento enfrente de la casa de los torreones y la
portada historiada para cerciorarnos de que era ella, y desde este
punto comenzamos  contar los portales.

Ya cerca de la salida del campo, tuvimos que pararnos. Habamos llegado.

Llamamos dos veces; se abri la puerta desde arriba, sin duda con
un cordn atado al picaporte, y pasamos  un zagun estrecho y mal
iluminado. Un farolillo colgado de una ventana pequea alumbraba el
portal y al mismo tiempo la escalera.

--Buenas noches--grit yo.

--Qu quieren ustedes?--nos pregunt una voz de mujer desde una reja
que daba al zagun.

--Venimos  ver al director--contest yo.

--De parte de quin?

--De parte del fraile.

Se descorri un cerrojo, se abri la puerta del fondo y apareci una
criada. Nos hizo pasar y subimos tras ella hasta el piso primero.
Recorrimos un pasillo y llegamos  un cuarto blanqueado y bajo de
techo, iluminado por un veln, con una mesa de aspas y varios sillones
fraileros.


EL DIRECTOR

Esperamos un momento y apareci un seor vestido de negro, un hombre
de unos cincuenta aos, de facciones duras, pero expresivas, con aire
clerical. Era el director. Le di la carta del padre Pajarero, la ley y
nos someti  un nuevo interrogatorio.

Le choc bastante mi palidez y le cont lo que nos haba pasado en el
mesn del Segoviano, en Briviesca.

Mi relato le interes muchsimo y sirvi para hacerme simptico.

--Pero ya est usted bien?--me dijo.

--S, estoy bien.

--No quiere usted que le mande un mdico?

--No; ya, para qu?

--Bueno, pues entonces--concluy diciendo--djenme ustedes sus nombres
y sus seas, y la semana que viene yo les avisar. Va  venir un
delegado de la Nueva Junta Central desde Sevilla para organizar la
resistencia.

Como el padre Pajarero, en su nota al director, haba puesto los
nombres con que figurbamos en los pasaportes, seguimos llamndonos:
Ganisch, Garmendia, y yo, Echegaray.

--Ahora, dnde van ustedes  dormir?

--El padre Pajarero nos ha dicho que vayamos al convento de la Merced.

--Saben ustedes dnde est?

--S, creo que lo encontraremos.

--Mi criado les acompaar.

Nos despedimos del director y salimos  la calle acompaados de un mozo
envuelto en una manta.

Luchando con el viento helado salimos  la orilla del Arlanzn. La
luna resplandeca en el cielo, iluminando la ciudad. Las torres de la
catedral y los pinculos de la capilla del condestable brillaban como
barnizados de plata. Unos caballos corran por el cauce del ro.

Siguiendo la orilla,  pocos pasos llegamos  un edificio grande. Llam
el mozo con los dedos en la puerta.

--Ave Mara Pursima!

--Sin pecado concebida--dijo de adentro una voz suave y frailuna--.
Qu quieren?

--Estos seores que vienen  dormir de parte de mi amo, el director.

Un lego nos sali al paso y nos llev  Ganisch y  m  una celda,
donde dormimos perfectamente.




VI

LA CONJURACIN


Estaba deseando que nuestro alistamiento se arreglase, porque el dinero
nos comenzaba  faltar. Doa Celia, Fermina, la Riojana y Ganisch
gastaban del fondo comn, ya tan mermado que de un momento  otro iba 
dar el ltimo suspiro.

Ganisch, enredado con la Riojana, viva con ella como marido y mujer.

Yo ansiaba que nos llamara el director para acabar con aquella vida de
posada, de chismes y disputas.

A los cinco  seis das me avisaron que fuera  la calle de la Calera
por la tarde.

Fu en seguida. Salud al director, quien me present inmediatamente al
den de Lerma, don Benito Taberner, despus obispo de Solsona.

El den era un cura de esos guapos, altos, que encantan  las mujeres;
tena el tipo romano, los ojos negros, la nariz fuerte, la frente
desguarnecida, el pelo con bucles y los dientes blancos.

Nos comunic el director la noticia de haber llegado el comisario regio
de la Junta Suprema Central, el presbtero Pea, el cual traa la
misin de organizar la guerra de partidarios en el Norte.

Realmente, nosotros no sabamos si esta Junta Central exista  era
un mito; pero, puesto que vena  preparar la lucha, no se tuvo
inconveniente en dar su existencia como efectiva.

Discurramos el director, el den y yo acerca de nuestros medios,
cuando se present Pea. Era un cura andaluz, un poco zonzo, charlatn,
no muy activo ni inteligente.

Traa una carta del secretario de la Junta Central, don Martn Garay,
para el director. Se ley la carta en voz alta y se habl de las
providencias que haba que tomar.

Pea se quej dos  tres veces del fro de Burgos, cosa que al den
y al director les produjo un efecto psimo. Un verdadero patriota no
deba fijarse en estas cosas.

Cuando se fu Pea, el director nos dijo:

--Hay que prescindir de este hombre; es un intil.

--Lo malo es si, adems de intil, es perjudicial--dijo el den de
Lerma.

--Le voy  escribir ahora mismo que los franceses le espan, que no
salga de casa ni hable con nadie. Echegaray, quiere usted redactar esa
carta?

--S, seor.

Escrib la carta, que firm el director, y seguimos tratando nuestro
asunto. Se discuti la manera de organizar las guerrillas, y el
den y el director convinieron en dirigirse al cura de Villoviado,
don Jernimo Merino, el cual contaba ya con una pequea partida de
guerrilleros.

Esta partida poda ser el ncleo de otra mayor. La cuestin era
engrosarla y aguerrirla todo lo posible.

--Yo supongo que el cura de Villoviado no se opondr--dijo el director.

--Qu se va  oponer!--exclam el den.

--Es que estos curas de pueblo son muy cerriles, y si teme que alguien
le quite el mando es capaz de decir que no.

--Entonces yo, como abad mitrado de la Colegiata de Lerma y superior
jerrquico, le ordenar lo que deba hacer--dijo don Benito.

--Por qu no tienen ustedes una conferencia con l?--pregunt yo.

--Es buena idea--dijo el director--. No le parece  usted, den?

--Muy bien. En dnde podramos vernos?

--En algn convento--dije yo; porque como todo se trataba entre curas y
frailes, me pareca el lugar ms  propsito.

--En qu convento podra ser!--exclam el den.

--No sera buen sitio el convento de San Pedro de Arlanza?--pregunt
el director.

--No diga usted ms. El mejor.

Qued acordado que tendramos una reunin en San Pedro de Arlanza con
Merino.

Esta fu la primera vez que o hablar de aquel cura cabecilla.


NOTICIAS DE MERINO

Jernimo Merino haba nacido en Villoviado, pueblo del partido de
Lerma, en la provincia de Burgos.

A los siete aos Jeromo era pastor. A pesar de ser cerril, y quiz
por esto le hicieron estudiar para cura, y con grandes esfuerzos y la
proteccin del prroco de Covarrubias, le ordenaron y lo enviaron 
Villoviado.

Este clrigo de misa y olla no saba una palabra de latn, ni maldita
la falta que le haca, pero, en cambio, con una escopeta y un perro era
un prodigio.

La invasin francesa decidi el porvenir de Jeromo, el ex pastor, que,
de cura de escopeta y perro, lleg  ser brigadier de verdad.

Un da de Enero de 1808 descans en Villoviado una compaa de
cazadores franceses.

Queran seguir por la maana su marcha  Lerma y el jefe pidi al
Ayuntamiento bagajes, y como no se pudiera reunir nmero de caballeras
necesario, al impo francs no se le ocurri otra cosa mas que
decomisar  los vecinos del pueblo como acmilas, sin excluir al cura.

Para mayor escarnio, le cargaron  Merino con el bombo, los platillos,
un cornetn y dos  tres tambores.

Al llegar  la plaza de Lerma, Merino tir todos los instrumentos al
suelo y, con los dedos en cruz, dijo:

--Os juro por sta que me la habis de pagar.

Un sargento que le oy le agarr de una oreja y,  culatazos y 
puntapis, lo echaron de all.

Merino iba ardiendo, indignado.

A l!  un ministro del Seor hacerle cargar con el bombo!

Merino, furioso, se fu al mesn de la Quintanilla, se quit los
hbitos, cogi una escopeta y se embosc en los pinares. Al primer
francs que pas, paf!, abajo.

Por la noche entr en Villoviado y llam  un mozo acompaante suyo en
las excursiones de caza.

Le di una escopeta, y fueron los dos al pinar.

Cuando pasaban franceses, el cura le deca al mozo:

--Apunta  los que veas ms majos, que yo har lo mismo.

Los dos se pusieron  matar franceses como un gato  cazar ratones.
Cada tiro costaba la vida  un soldado imperial.

La espesura de los matorrales y el conocimiento del terreno en todas
sus sendas y vericuetos les aseguraba la impunidad.

Poco despus se uni  la pareja un sobrino del cura, y esta trinidad
continu en su evanglica tarea de ir echando franceses al otro mundo.

Semanas ms tarde, el cura Merino contaba con una partida de veinte
hombres que le ayud  armar el Empecinado.

Todos ellos eran serranos de los contornos, conocan  palmos los
pinares de Quintanar, no se aventuraban  salir de ellos, y atacaban 
los destacamentos franceses de escaso nmero de soldados, preparndoles
emboscadas en los caminos y desfiladeros.




VII

LERMA Y COVARRUBIAS


Dos das despus de la conversacin que tuvimos en casa del director,
los conjurados salamos por la maana  caballo, camino de Lerma.

Dormimos en el palacio del abad, y al da siguiente se avis  las
personas notables del pueblo para que acudiesen  una reunin.

Se presentaron todos los citados y rein en la junta un gran entusiasmo.

Como directores provisionales de los trabajos en Lerma se nombraron
al escribano don Ramn Santilln y al abogado don Fermn Herrero;
los dems congregados prometieron contribuir con su dinero y con sus
hijos cuando se les llamara, y este ofrecimiento lo hicieron los
representantes de las familias ms importantes de la villa: los Lara,
Pablos, Sancha, San Cristbal, Pramo, etc.

A la maana siguiente, los mismos que habamos salido de Burgos, el
director, el den, Pea y yo nos encaminamos  Covarrubias, villa
bastante importante, colocada  orillas del ro Arlanza, con una
iglesia antigua que en otro tiempo fu Colegiata.

Cruzamos Covarrubias, que tiene un par de plazas irregulares y una
docena de calles tortuosas, y nos detuvimos delante de una antigua casa
 orillas del ro.

Era la casa del prroco. Subimos y el vicario del pueblo, don Cristbal
Mansilla, nos hosped y nos trat esplndidamente.

Don Cristbal viva con el ama y con una sobrina verdaderamente bonita.

El prroco not que el den frunci el ceo al ver  las dos mujeres.
A ste, sin duda, aunque no lo dijo, le pareci que don Cristbal
Mansilla era,  un truhn,  un hombre excesivamente virtuoso.

Don Cristbal, al saber que pensbamos marchar al da siguiente, mand
preparar todo lo necesario para la expedicin.

Habamos salido de Burgos jinetes en caballos prestados, sin dinero
ni medios de ninguna clase, y,  pesar de esto, todo se allanaba en
nuestro camino.

Por la noche, en casa del prroco de Covarrubias, despus de cenar, se
habl de las partidas patriticas, y vinieron varios vecinos del pueblo
 ofrecerse para todo lo que hiciera falta.

Uno de ellos era un hombre seco, cetrino, de mediana estatura, de unos
cuarenta aos, brusco de palabras y muy velludo.

Vesta un traje rado como de hombre que anda entre breales y
descampados, calzn de ante, polaina antigua, levitn abrillantado por
el uso, chaleco muy cerrado por el cuello, corbata negra de muchas
vueltas y sombrero de copa cubierto con un hule. Pareca un aldeano
acomodado. Me choc las miradas de inteligencia que se cruzaban entre
el director y l.

Por iniciativa del den se comenz  hacer una lista de suscripcin;
luego se discutieron varios proyectos, y el director indic que lo
primero era hablar con Merino,  quien veramos al da siguiente.




VIII

LA REUNIN EN SAN PEDRO DE ARLANZA


Cuando se parte de Covarrubias por el camino de Salas de los Infantes 
buscar Lerma, siguiendo por la carretera y bordeando el ro,  una hora
 hora y media de marcha se encuentra el convento de benedictinos de
San Pedro de Arlanza.

Es aqul un sitio grave, solitario, triste; no hay en l ms poblacin
que los monjes; alrededor, soledad, silencio, ruido de las fuentes,
murmullo de cascadas espumosas en que se precipita el Arlanza.

Muy temprano, al amanecer, fuimos al monasterio.

Recuerdo aquel da de nuestra llegada al convento. Un cielo azul, con
unas nubes muy blancas alumbraba la tierra.

Perdimos la vista de los tejados rojos, torcidos y llenos de piedras de
Covarrubias, y nos encaminamos hacia el monasterio.

Un amante de la naturaleza se hubiera quedado absorto contemplando
el ruinoso convento, prximo al riachuelo espumoso, con su torren
cuadrado, su fuente en medio y sus viejas tumbas de guerreros.

Yo confieso que  m estas cosas no me han entusiasmado nunca. El
contemplar pasivamente no est en mi temperamento.

El den, el director, Pea y yo bamos impulsados por una idea de
guerra, de violencia, y no nos fijamos en los primores arqueolgicos
del convento ni en la belleza del paisaje.

Entramos en el claustro. El criado que nos sali al encuentro fu 
llamar al superior y nos condujo  la sala capitular. Haba pocos
frailes en el monasterio: un abad, ocho  diez clrigos y cuatro 
cinco legos. Todos llevaban hbito negro.

Esperamos unos minutos, y poco despus entr el abad de los
benedictinos. Era un hombre imponente, con la barba entrecana, la
mirada brillante y fuerte.

Saba de antemano el objeto de nuestra visita, pues le haban escrito
el director y el den de Lerma.

El abad de los benedictinos nos dijo:

--Merino est avisado; dentro de un momento se presentar aqu.

Pregunt el den al abad si podra contar con algunas personas de su
confianza, y el abad di una lista de nombres que asegur contribuiran
 la suscripcin.

Yo fu escribiendo los nombres en un papel.

Se habl de las probabilidades de xito del levantamiento contra los
franceses, y cuando se debata este punto entr un lego  decir que don
Jernimo Merino se encontraba en el claustro.


LA ESTAMPA DEL CURA

El abad mand que le hicieran pasar  la sala. Reconoc en el
guerrillero el comensal de la noche anterior, el hombre cetrino de
gran levitn y sombrero de hule. Al entrar el cabecilla nos levantamos
todos; se sent luego el abad y volvimos  sentarnos los dems. Sigui
la pltica.

Yo estuve observando al guerrillero. Era Merino hombre de facciones
duras, de pelo negro y cerdoso de piel muy atezada y velluda.

Fijndose en l era feo, ms que feo, poco simptico: tena los ojos
vivos y brillantes de animal salvaje; la nariz, saliente y porruda; la
boca, de campesino, con las comisuras para abajo, una boca de maestro
de escuela  de dmine tirnico. Llevaba sotabarba y algo de patillas
de tono rojizo.

No miraba cara  cara, sino siempre al suelo  de travs.

El que le contemplasen le molestaba.

Al primer golpe de vista me pareci un hombre astuto, pero no fuerte y
valiente.

El cabecilla daba muestras de inquietud mirando  derecha  izquierda.

El abad explic  Merino de qu se trataba, y ste contest haciendo
seales de asentimiento.

El cabecilla tena una voz metlica, aguda, poco agradable. El den,
como superior jerrquico del cura, le exhort  que defendiera la
Religin y la Patria.

Despus el comisario regio, Pea, ley el decreto de la Junta Central.
Concluda la lectura, el director tom la palabra  hizo estas
proposiciones, que someti al juicio de los dems:

Primera, que se eligiese una junta permanente en Burgos y en las
cabezas de partido para allegar recursos; segunda, que el comisario
Pea indicase al seor don Martn Garay la conveniencia de nombrar
teniente coronel de la partida de guerrillas de la Sierra de Burgos y
Soria  don Jernimo Merino, y tercera, que enviaran desde Sevilla en
comisin un comandante de caballera de ejrcito que fuera buen tctico
en el arma, un capitn y varios sargentos instructores para formar una
academia de oficiales y clases en la Sierra.

Aceptadas las proposiciones del director, el abad de Lerma se levant,
y sacando el crucifijo de cobre colgado de su cuello y enarbolndolo en
el aire, nos hizo jurar guardar el secreto.

Nos levantamos todos para jurar. Cuando mir de nuevo alrededor, ya
Merino haba desaparecido.

Despus el abad del convento nos llev  la iglesia, donde iba  decir
misa.

Doce guerrilleros de Merino se pusieron al pie del altar con la
bayoneta calada; luego nos arrodillamos nosotros, que tuvimos que
estar durante toda la misa de rodillas.

Oficiaba un fraile viejo y le acompaaba el sonido del rgano y las
voces de los frailes dominadoras en el coro.

Tena aquello un aire verdaderamente imponente.

Despus de la misa tomamos cada uno un pocillo de chocolate con
bizcochos, vimos los alrededores del convento antes de comer, y  las
primeras horas de la tarde marchbamos de vuelta camino de Burgos.

Pea se fu  Sevilla con una corta memoria dirigida  don Martn
Garay, en la cual se especificaban los deseos de los patriotas
castellanos, y el director y yo comenzamos  hacer gestiones para
nombrar la Junta Permanente con que arbitrar recursos.




IX

LOS PREPARATIVOS


Durante varios das fu  casa del director  trabajar con l en
la organizacin de las juntas. Se pensaba establecerlas en toda la
provincia, principalmente en las cabezas de partido. Las gestiones se
hacan con exquisita precaucin para no comprometerse.

Muchas cosas el director no me las comunicaba, pues, aunque tena
bastante confianza conmigo, tema una imprudencia.

La primera junta patritica que se constituy en Burgos la formaron
tres personas: don Eulogio Josef de Muro, persona muy rica; un fraile
mercedario, superior del padre Pajarero, y un capelln del hospital
de la Concepcin,  quien sustituy despus don Pedro Gordo, cura de
Santibez.

El director no quiso decir  nadie los nombres de estas personas que
trabajaran en silencio, y slo pasado algn tiempo me enter yo de sus
nombres.

Adems de la junta permanente de Burgos se organizaron otras en Roa,
Aranda de Duero, Lerma, Salas de los Infantes, Castrojeriz y Belorado.

La junta de Lerma fu la que trabaj con ms entusiasmo; la formaban el
escribano don Ramn Santilln, el abogado don Fermn Herrero y el abad
mitrado de Lerma don Benito Taberner.

Estos tres junteros no gastaban nada; todo lo hacan con sus manos:
escriban cartas, llevaban la contabilidad y pagaban los sellos. Su
organizacin era verdaderamente generosa y admirable.

El director me dict varias cartas excitando  las juntas  que se
dirigieran  todo el mundo pidiendo prestado para comprar armas y
caballos, porque no haba un maraved.

Los tiempos eran muy miserables, y el dinero iba convirtindose para
los espaoles en algo mitolgico y legendario.

A pesar de la pobreza general, los labradores, los curas, los tenderos,
los campesinos ms desvalidos contribuyeron  la suscripcin con
verdadera largueza.

La junta de Burgos reuni en unos das veinticinco mil duros, el
director di de su bolsillo diez mil reales, y el presidente, don
Eulogio, cuarenta mil.

Las otras juntas reunieron entre todas en el mismo tiempo veinte mil
duros.

Se hizo una clasificacin para el empleo del dinero, y ms de la mitad
se dedic  comprar caballos.


EL ALBITAR FRANCS

Nos avistamos el director y yo con un albitar que se llamaba Arija,
hermano de un sombrerero que en 1821 se levant con Merino, Cuevillas y
otros realistas contra el Gobierno constitucional. Arija, el albitar,
era hombre activo, y  l se le encomend la compra del ganado.

Muchos caballos se adquirieron en las ferias de los pueblos prximos, y
algunos los regalaron los mismos propietarios.

De primera intencin se hizo un envo de cincuenta con sus respectivas
monturas  los pinares.

En esta expedicin marcharon Ganisch, Fermina y la Riojana.

Despus, Arija y yo, fuimos al valle de Burn de Riao y  las
provincias de Valladolid y Segovia. All nos hicimos amigos de un
albitar gascn, legitimista, llamado Hiplito Montgiscard, que haba
ido  aquellos puntos  comprar mulas para el ejrcito francs.

Montgiscard era un tipo extrao, uno de esos tipos que, teniendo todos
los instintos y la manera de ser de sus paisanos, los odian sin motivo.

Esto sucede rara vez en Europa, y con mucha frecuencia en Amrica, en
donde un espaol  un italiano comienza de pronto  sentir un rencor
por su pas verdaderamente frentico.

A Montgiscard le haba dado por ah; no quera nada con los franceses,
constantemente hablaba mal de ellos, calificndolos de franchutes,
gabachos, etc.

Napolen, el gran Napolen, era su pesadilla. Tena por el emperador
una inquina personal un tanto cmica.

Montgiscard era tan antibonapartista que accedi  entenderse con
nosotros en cuanto concluyera su comisin.

Entre Arija, Montgiscard y yo compramos ms de cien cabezas de ganado
caballar, que se enviaron con sus monturas en pequeas secciones  la
Sierra.

Volvamos los tres hacia Burgos, cuando supimos  poca distancia de
la ciudad, en la Venta de la Horca, que una divisin espaola, al
mando del general Belveder, haba sido atacada y dispersada por los
franceses en la carretera, entre Villafra y el Gamonal. Los franceses
haban entrado en la ciudad, entregndola al saqueo, y Napolen haba
instalado all su cuartel general y publicado un decreto de amnista y
una lista de proscripcin.

Entramos en Burgos; las violencias de los franceses haban exacerbado
al pueblo. Los pobres se marchaban al campo y las personas pudientes
emigraban hacia el Medioda.

Nosotros, el Director, Arija y yo, con la complicidad de Montgiscard el
gascn, seguimos en nuestros preparativos.

Se compraron muchos caballos de desecho del ejrcito francs, vendidos
por defectos de poca monta.

Cuando lleg el tiempo de ir al campo, Arija se neg; en cambio el
albitar gascn, decidi desertar de las tropas imperiales y unirse con
los guerrilleros que peleaban contra su patria.

Son los contrastes de la vida. El espaol no quiso ir y el francs
s. Montgiscard sacrificaba la patria  sus ideas legitimistas y
antibonapartistas; en cambio, yo pona la patria por encima de mis
ideas revolucionarias, viviendo entre curas y frailes y dems morralla
molesta y desagradable.


EN LA SIERRA

Montgiscard y yo salimos de Burgos llevando una carga de herraduras
en un carro cubierto de paja, expuestos los dos, principalmente l, 
ser fusilados sobre la marcha, y fuimos  Hontoria del Pinar, donde se
hallaba por entonces don Jernimo Merino.

Merino nos recibi muy bien. El director le haba dado buenos informes
de m. Don Jernimo deseaba que yo quedara adscripto  la parte
burocrtica de su partida, de intendente.

--Bueno, s, seor--dije yo--; pero yo quiero, cuando venga la ocasin,
pelear como todos.

--Bien, hijo, bien; pelears como todos. Sabes montar  caballo?

--S.

--Manejas bien las armas?

--S algo de esgrima.

--Pues  los hsares. Ahora, que al principio vas  tener que hacer las
dos cosas, hacer cuentas y al mismo tiempo andar en las maniobras.

--Bueno.

--As me gusta  m la gente, trabajadora.

Me llev don Jernimo  mi oficina, y al da siguiente comenc 
ocuparme de mis dos cargos.

Estaba todo sin organizar an. Las Juntas seguan envindonos
voluntarios, y era indispensable tomar su filiacin, interrogarlos,
uniformarlos y armarlos.


LOS JVENES DE LERMA

De la parte de Lerma vinieron sesenta muchachos de la villa y de los
alrededores, algunos con su caballo enjaezado, el sable y dos pistolas
cada uno.

El escribano Santilln, presidente de la Junta de este pueblo, se
present con su hijo Ramn, que ansiaba alistarse como voluntario en
la partida y dejar la facultad de Derecho de Valladolid, en donde
estudiaba. Santilln, hijo, fu luego ayudante mayor del regimiento de
hsares de Burgos.

Al mismo tiempo llegaron al campamento varios jvenes de Lerma: Julin
de Pablos, Eustaquio de San Cristbal, Fermn Sancha, Miguel de Lara,
Ricardo Pramo y otros, que, en su mayora, fueron luego capitanes
distinguidos del regimiento de Burgos, en que se convirti andando el
tiempo parte de la guerrilla de Merino.

De los oficiales suyos, ms de cuatro peleamos contra el cura despus
de la guerra de la Independencia: yo, con una partida suelta, en 1821;
Pramo, en 1823, y Julin de Pablos, siendo coronel, en la guerra civil
actual.

Yo, al principio, trabaj mucho. Me haban destinado  un escuadrn
de pocas plazas, mandado por un ex mesonero,  quien llamaban Juan el
Brigante.

El Brigante, al verme, dijo que l no quera en su escuadrn pisaverdes.

Dos  tres de los guerrilleros que le rodeaban se echaron  reir;
pero no siguieron riendo, porque les advert que estaba dispuesto 
imponerles respeto  sablazos.

A pesar de esto, el mote me qued, y muchos en el escuadrn me
siguieron llamando el Pisaverde.

No hubo ms remedio que dejarlo, porque incomodarse era peor. Adems,
para muchos de ellos, el apellido Echegaray era de una pronunciacin
enrevesada y difcil.

El Brigante,  pesar de su mala disposicin primera para conmigo,
rectific su concepto y hasta me ofreci su amistad.

Yo tena vara alta en la oficina, y siempre que poda favorecer  mi
escuadrn eligindole buenos caballos y armas, lo haca.

Con las nuevas remesas enviadas por la Junta de Burgos al cura, y el
ganado que se fu apresando en varias correras, al mes y medio de la
celebracin de la solemne y decorativa Junta de San Pedro de Arlanza,
la partida de Merino ascenda  trescientos caballos montados por
jinetes provistos de excelentes armas.




LIBRO SEGUNDO

LOS GUERRILLEROS




I

EL BRIGANTE Y SUS HOMBRES


Al principio de reunirse la gente nueva de la partida hubo gran
confusin entre nosotros; luego vinieron  nuestro campamento de
Hontoria los comandantes Blanco y Angulo, enviados por la Junta
Central, y dos oficiales de Administracin, y se comenzaron  poner las
cosas en orden.

El comandante Blanco organiz las fuerzas de caballera. Era hombre
inteligente, buen militar, de valor sereno, sin petulancia alguna y sin
ambicin.

Probablemente por esto no prosper.

Desde el momento que llegaron los oficiales enviados desde Sevilla, yo
dej la oficina y me incorpor definitivamente al escuadrn.

Merino no quera tener mezclados los guerrilleros antiguos y los
modernos, por el temor de las rivalidades y peleas, y como tampoco
quera disgustar  los antiguos de su partida, form tres escuadrones,
dos de guerrilleros viejos y uno de los nuevos. Los dos de los viejos
los mandaban el Jabal de Arauzo, y Juan el Brigante, que gozaban de
cierta independencia; el moderno, ms disciplinado y militar, tena al
frente al comandante Blanco.

Al mismo tiempo se comenz  organizar un batalln de infantera  las
rdenes del comandante Angulo.

A pesar de estas separaciones, estallaron las rivalidades. Todos
aquellos guerrilleros antiguos eran hombres montaraces, sin
instruccin; casi ninguno saba leer y escribir.

Feroces, fanticos, hubieran formado igualmente una partida de bandidos.

Estaban seguros de que si los franceses llegaban  cogerlos les
trataran, no como  soldados, sino como  salteadores. Su nica idea
era pelear, robar y matar.

Vean claramente los guerrilleros viejos que ellos haban tenido que
resistir la parte ms dura y peligrosa de la campaa, y que cuando
la resistencia se iba organizando y llegaba el dinero, venan unos
seoritos  quedarse con los galones y las estrellas; y pensando en
esto les llevaban los demonios.

Para evitar las rias nos mantenan separados. Yo, como he dicho, fu 
parar al escuadrn del Brigante.


JUAN BUSTOS, EL VENTERO

La historia del escuadrn se condensaba en la historia de su jefe, Juan
Bustos. Juan haba tenido, hasta echarse al monte, un ventorrillo en la
calzada que va de Salas de los Infantes  Huerta del Rey.

Al llegar la invasin francesa, Juan Bustos comenz  discutir y 
disputar con los soldados imperiales que pasaban por su venta acerca de
la cuestin candente de quin era el verdadero rey de Espaa.

Poco  poco empezaron  motejarle de patriota, y como los franceses 
todo el que se les manifestaba hostil le llamaban bandido, _brigand_, 
Bustos le decan el Brigand.

El pueblo, que coge todo en seguida, castellaniz la palabra: llam 
Bustos el Brigante, y  su casa la venta  el ventorro del Brigante.

Un da en que no estaba l, entr en su casa un pelotn de franceses;
mataron  su padre y violaron  su hermana.

Juan Bustos, al llegar  su hogar y ver aquel cuadro, el padre muerto,
la hermana gimiendo, sali como un len  buscar  los franceses,
arranc  uno de ellos el fusil, y, manejndolo como una maza, tendi 
tres  cuatro; y luego, abrindose paso por entre ellos, herido y lleno
de sangre, se refugi en un pinar, donde se reuni con Merino.

El cura era astuto; el Brigante, esforzado y audaz. Los dos se
hubieran podido completar; pero Merino no quera rivales.

El cura lleg  temer al Brigante y no quiso que estuviera  su lado.
Vi que tena arraigo entre los guerrilleros, y como Merino era
solapado y capaz de una traicin, pens que el Brigante poda serlo
tambin.


EL JABAL DE ARAUZO

Merino para contrarrestar los triunfos de la partida de Juan Bustos, el
Brigante, foment el que otro guerrillero, el Jabal de Arauzo, formara
tambin un grupo con los antiguos incondicionales del cura.

El Jabal era un tipo feroz, supersticioso y lujurioso. Se le crea
medio saludador, medio iluminado. Haba forzado algunas muchachas, y se
contaba que  una de ellas despus la descuartiz. As lo aseguraba un
convecino suyo.

El Jabal era merinista rabioso. Tena esa fuerza de los hombres
fanticos y ardientes que saben arrastrar  la gente de imaginacin
dbil; pero, como muchos de los que se echan de iluminados, estudiaba
sus gestos y sus actitudes y conclua siendo un farsante.

Al Jabal siempre se le vea con el rosario en la mano.

Su tipo era tan extrao como su manera de ser moral; su aire, de hombre
abstrado. Gastaba pantaln corto, chaqueta de sayal y camisa de camo.

Iba casi siempre mal afeitado; llevaba largas melenas, grasientas
y negras, sombrero redondo con escarapela patritica, y en el pecho
una especie de escapulario grande, de bayeta, sobre el cual haba
fijado una porcin de estampitas y medallas de la Virgen y de todos
los santos. Por lo que decan dorma con este parche mstico, al que
consideraba como un amuleto.

Los que le seguan tenan trazas parecidas: eran igualmente melenudos y
sucios, y se distinguan, como l, por su fanatismo religioso, por su
ferocidad y por su crueldad.

Este escuadrn contaba con muchos curas y frailes que haban decidido
abandonar los hbitos mientras durara la guerra.

El hermano Bartolo y mosn Ramn eran los principales de la clerigalla.
Tipos de energmenos, exaltaban con sus palabras y sus pinturas de las
llamas del infierno  los dems.

Los del Brigante, por oposicin  los guerrilleros del Jabal, se
manifestaban algo incrdulos; todo lo incrdulos que se poda ser en la
partida de Merino, en donde no haba ms remedio que ir  la iglesia y
darse golpes de pecho, y confesarse y comulgar con alguno de aquellos
ganapanes de sotana.

Los guerrilleros del Brigante, que al principio me recibieron con
burlas, luego me acogieron muy bien. Se sentan ofendidos, pues se les
haba apartado sistemticamente del elemento nuevo, casi aristocrtico,
y agradecieron que un seorito se mezclara con ellos.

Poco despus entr tambin en el escuadrn, por amistad conmigo,
Miguel Lara. Lara y yo fuimos los ayudantes de Juan Bustos el Brigante.

Juan Bustos era un hombre bajo, ancho, forzudo, musculoso, con las
espaldas y las manos cuadradas. Tena el color tostado, la cabeza
grande, huesuda; la cara algo picada de viruelas, las facciones nobles,
las cejas cerdosas y salientes, y los ojos hundidos, grises, con un
brillo de acero.

La mirada y la sonrisa le caracterizaban. Sus ojos tenan una
penetracin extraa: cuando sonrea mostraba dos filas de dientes
grandes, blancos, fuertes, cosa poco comn entre montaeses, que suelen
tener, casi siempre, mala dentadura.

Cuando Juan se exaltaba relampagueaban sus ojos, y tena un gesto
extrao que al hacerlo mostraba sus dientes.

Entonces se me figuraba un tigre.

Era Juan valiente hasta la temeridad; amigo de exponerse y de andar 
cuchilladas.

A pesar de su acometimiento, era tambin muy zorro, muy sabio  su
modo, y de muchos refranes.


SILUETAS DE GUERRILLEROS

El Brigante tena cuatro  cinco especialistas, de los que se guiaba.
Para conocer el tiempo no haba otro como el Abuelo; para distinguir
el terreno, el ms inteligente era el Apaado; para preparar una
emboscada, ninguno como el Tobalos.

El Tobalos era un hombre pequeo, acartonado, de unos cincuenta aos,
rubio, con esa tez del castellano que toma el color de la tierra. Su
cara impasible no temblaba ni se estremeca jams.

Andaba siempre  caballo, por lo que tena las piernas como dos
parntesis.

Valiente era como el mismo diablo. As como el Brigante pareca un
tigre, el Tobalos tena algo del azor.

Para una descubierta audaz, para una emboscada atrevida, ninguno como
l.

El Tobalos era muy silencioso; todos sus comentarios deban ser
interiores. Cuando el Brigante le preguntaba algo, contestaba con
monoslabos  moviendo la cabeza.

El discutir, el hablar, eran cosas que le molestaban. El Brigante le
trataba con mucha consideracin.

--Oye--le sola decir en algunas ocasiones--, podras ahora hacer esto?

El Tobalos contestaba s  no sin abrir apenas la boca. Y el Brigante
no replicaba nunca.

El Apaado, en cambio, era la anttesis del Tobalos: charlatn como l
solo.

Tena una conversacin aguda, rpida; una penetracin natural
grandsima. Nunca se daba el caso de que el Apaado tomase un tronco
de rbol por un hombre, ni  un pastor por un espa, ni que notara el
ltimo huella de herraduras en un camino.

En medio de esta gente que pareca haber nacido para la guerra de
emboscadas, haba algunos con otras aficiones. Uno de ellos era el
herbolario de Santibez del Val,  quien no se le poda encomendar
una guardia porque se le iba el santo al cielo, se dedicaba  buscar
los simples y se olvidaba de lo que le haban encargado.

Otro tipo por el estilo era el cura de Tinieblas, con la diferencia de
que ste, en vez de preocuparse de los simples, pensaba en aumentar su
coleccin de monedas.

El herbolario y el cura estaban siempre juntos, porque slo ellos
podan aguantar mutuamente sus disertaciones botnicas  numismticas.

Lara y yo tenamos en el escuadrn el negociado de la historia y de la
literatura.

Casi todos los guerrilleros del Brigante haban sido leadores y
aserradores, gente gil, pero no buenos jinetes. Los mejores soldados
de caballera del escuadrn eran los que haban sido cavadores de via
en la ribera del Duero.

En este oficio se necesita mucha fuerza y un brazo muy membrudo. El
pastor y el leador tienen la pierna fuerte, pero el brazo dbil;  los
cavadores les ocurre lo contrario.

La partida del Empecinado, formada casi en su totalidad por cavadores,
era la que contaba con los mejores jinetes de todo el centro de Espaa.

Lara y yo,  quienes nos hicieron sargentos y luego alfreces en
comisin, aunque en el haber apenas llegbamos  soldados rasos,
solamos pasar lista al escuadrn del Brigante.

Era indispensable llamar  los guerrilleros por el nombre y por los
apodos, porque algunos se haban olvidado de sus apellidos y no saban
si al llamarles Matute, Chapero  Rebollo era ste el nombre de la
familia,  el de la casa,  simplemente un mote.

Como varios de los nuestros tenan el mismo apodo, hubo que desbautizar
 unos y darles  elegir otro nombre.

Del escuadrn del Brigante, adems de los que he citado, recuerdo el
Largo, el Zamorano, el Chato, el Arriero, el Rojo, el Canene, el to
Currusco, el Estudiante, el Lobo de Huerta, el Barbero y el Fraile.
Algunos de ellos, dciles, comprendan la superioridad del saber, se
rendan  ella y se dejaban guiar por los ms instrudos; pero otros
queran considerar que ser cerril y tener la cabeza dura constitua un
gran mrito.

Entre nosotros la disciplina no era la misma que en las tropas
regulares. All la ordenanza sobraba. Todo era improvisado  base de
brutalidad, de barbarie y de herosmo.


FERMINA LA NAVARRA

Nuestra vida era pintoresca y amena. Estbamos, mientras se organizaban
las tropas, en Hontoria del Pinar, y nos reunamos formando un rancho
en casa de un herrero,  quien llamaban el Padre Eterno por sus largas
barbas.

El Padre Eterno era el maestro de taller de la herrera de Merino, y
constantemente estaba arreglando las armas que se estropeaban y se
cogan al enemigo.

En casa del Padre Eterno vivamos Fermina, la Riojana, Ganisch, Lara y
un curita joven que se deca Juanito Briones, mozo terne, bravo, de
estos curas de bota y garrote, juerguistas y amigos de rias.

Cada uno aportaba la menestra, que se reparta por las maanas, y
comprbamos  prorrateo, con la peseta del haber, el pan, el vino y el
aceite. La Riojana se encargaba de guisar, y  fe que con sus platos se
chupaba uno los dedos.

Haba en nuestro escuadrn varias mujeres que montaban  caballo
admirablemente. Adems de Fermina la Navarra, tenamos  Juana la
Albeitaresa, Amparo la Loca, la Morena, la Brita, la Matahombres, la
Montesina y algunas ms.

Estas amazonas no gastaban sable, sino tercerola.

Las de nuestro escuadrn eran muy elegantes; llevaban uniforme, botas
altas y morrin.

Fermina haca de capitana. Montaba admirablemente  caballo y sola
andar  pie muy gallarda, haciendo sonar las espuelas con el ltigo en
la mano.

Esta Fermina era una mujer extraa, insoportable  ratos,  ratos todo
simpata y encanto.

Pareca  la vez dos mujeres: la mujer plida, verdosa, iracunda, llena
de saa, y la mujer amable, humilde, cariosa.

Por lo que me dijo doa Celia, la vieja que fu con nosotros de
Briviesca  Burgos, un jovencete haba seducido  Fermina en su pueblo
y sacado de casa. El jovencete ste haba desconcertado la vida y
hecho desgraciada  una de las mujeres ms dignas de ser feliz.

Varias veces, en el tiempo que pas cerca de ella, pude ver  Fermina
transformarse rpidamente de la hembra fiera  la mujer llena de
encanto. Qu trabajos se tomaba para hacerse desgraciada! Sus pasiones
violentas luchaban con su bondad natural y le hacan sufrir.

Adems de estas amazonas, tenamos cantineras que iban vendiendo
rosquillas y aguardiente.

Las de nuestro escuadrn eran Mara la Galga y la Saltacharcos.

Mara la Galga era alta, delgada, morena, mujer valiente que tomaba la
carabina cuando llegaba la ocasin.

La Saltacharcos era pequea y redonda, de ojos negros. Sola ir montada
en una mula  quien llamaba _Paquita_ con sus cacharros.

A la _Paquita_ se la reconoca pronto, porque el esquilador de Hontoria
sola ponerle un letrero de Viva Espaa! en las ancas: Viva!  un
lado del rabo, y Espaa! al otro.




II

MS TIPOS DEL ESCUADRN


Entre los tipos curiosos que haba en el escuadrn del Brigante,
ninguno tan raro, fsicamente, como el Mastaco.

El Mastaco, caballero en su macho, daba la impresin de un gran jinete;
 pie era un ridculo enano.

Tena el Mastaco la cabeza grande, fuerte, bien hecha, la nariz
aguilea, el afeitado de la cara azul.

Su pecho y el tronco guardaban las proporciones naturales; en cambio,
las piernas eran pequesimas y los pies parecan dos tarugos torcidos
hacia dentro.

Al Mastaco se le montaba en su macho, se le ponan los estribos muy
cortos y pareca un centauro. A pie causaba lstima; pero, ya jinete,
se tapaba las piernas con la manta y estaba arrogante.

Montaba el Mastaco un machillo pequeo con su cabezada y correa, unas
alforjas de lana blanca pintada, sable al cinto y carabina  la espalda.


DON PERFECTO

Si el Mastaco era por su rareza fsica un fenmeno, nadie poda
competir por su extraeza moral con un seor don Perfecto Snchez, que
haba venido desde Burgos, donde estaba empleado, y entrado  formar
parte del escuadrn.

Don Perfecto, al principio, no nos choc; era un hombre vulgar, torpe
en todo, muy poco comprensivo y muy entusiasta.

Don Perfecto no pareca castellano,  juzgar por su acento. Tena un
tipo de moro: pelo muy negro, ojos amarillentos y dientes del mismo
color. Llevaba patillas  la rusa, unidas al bigote, lo que le daba un
aspecto de facineroso terrible. Montaba un caballo muy viejo, esculido
y grande. Sin duda, era del consejo irnico del pueblo que dice: Ande
 no ande, caballo grande.

Don Perfecto se pareca tanto  su caballo, que cualquiera hubiese
dicho era de la familia. Podan los dos haber cambiado de dentadura sin
que nadie lo notase.

Don Perfecto hablaba tartamudeando, y era pesado y falto de gracia.

Al principio nos pareca un hombre fastidioso, de esos de quienes se
huye; pero luego, poco  poco, nos asombr. Qu idea tena aquel
hombre de s mismo! Se crea el ser de ms inteligencia, el ms
atrevido, el ms gil del mundo! Siempre llegaba el primero, siempre
saba el secreto de lo que pasaba, siempre tena que salvar  los dems
y reirse de ellos. Como jinete era una maravilla, como tirador de armas
y valiente no haba otro.

Don Perfecto pensaba que todos los das le estaban pasando cosas
extraordinarias; constantemente el enemigo le tenda lazos que l, con
su gran malicia, saba esquivar.

Cuando contaba aquellas supuestas celadas y explicaba los medios
empleados para burlarlas con su lengua gorda, se rea con un entusiasmo
loco, mostrando su fila de dientes grandes y amarillos como los de su
caballo viejo.

Varias veces nos dijo que Napolen ya saba quin era l y que le
tema. Al oirlo el Brigante, que era burln, nos dijo  Lara y  m
que debamos escribir  don Perfecto una carta, firmada por Napolen
Bonaparte, dicindole que estaba enterado de que era su gran enemigo,
pero que,  pesar de esto, le apreciaba y le admiraba como se mereca.

Cuando recibi la carta don Perfecto estuvo serio ms de una semana;
nosotros creamos que habra notado la broma; pero no era esto, sino
que estaba preocupado buscando los trminos de la carta que tena que
contestar  Napolen.

Lleg  tomar unos aires de orgullo tan necios, que el Brigante le dijo
que no fuera tonto, que se estaba poniendo en ridculo, que la carta de
Napolen la habamos escrito entre Lara y yo.

Don Perfecto se puso compungido fingiendo tristeza, y cuando dej de
hablar con el Brigante vino  nosotros  decirnos que l se rea de
estas cosas porque saba mejor que nadie lo que pasaba y la envidia que
tenan algunas personas de sus mritos.

Respecto  la carta de Napolen, estaba tan seguro de que era de l,
que todas las bromas que le dieran con este motivo no le hacan la
menor mella.


EL MELOSO

Tipos bien distintos  ste eran el Feo y el Meloso. El Feo era
muy buena persona. Eso s, mereca el apodo como pocos. Decan los
guerrilleros que era ms feo que el cabo Negrn, que, segn tradiciones
que quedan en la milicia, revent de feo.

El Meloso, antiguo pastor, tena unos cincuenta aos.

Era el Meloso hombre, al parecer, de gran sencillez y humildad. Tena
unos ojos azules claros, cndidos como los de un nio, las cejas rojas
y cerdosas, las mandbulas sin dientes.

A pesar de su humildad, era cazurro y marrullero como pocos.

Vesta una camisa de camo y un traje de bayeta. Llevaba faja
encarnada, reloj de faltriquera con su gruesa cadena, pauelo atado 
la cabeza y calas. Sola montar en un caballejo negro, esculido,
pero de mucha sangre; llevaba dos alforjas jerezanas  los lados de la
silla, y en el arzn un trabuco.

El Meloso era muy amable y suave; de esto le vena el mote. Sola
echar al enemigo que coga por su cuenta al otro mundo con verdadera
melosidad.

Otros dos guerrilleros, amigos y compadres, los dos tunos y muy
ladrones, el uno ya viejo y el otro joven, eran el Gato y el Manquico.

El Gato era un viejo socarrn, bajito, muy taimado, siempre sonriente,
pero iracundo. Montaba una yegua parda con sus lomillos y dos cabezadas
con brida; colgando de la silla llevaba una escopeta, y en el arzn,
escondido, un bote de hoja de lata donde meta el dinero.

El Manquico robaba tambin en combinacin con el Gato. Este le haba
aleccionado. Sabamos sus maas y estbamos esperando la ocasin de
pescarle en el garlito para darle una paliza y echarlo del escuadrn.

Como l lleg  conocer nuestras intenciones, poco despus se march
con el Jabal.

Un muchacho simptico  quien solamos bromear todos por su candidez
era Martinillo el Pastor.

Martinillo contaba poco ms  menos la misma edad que Lara y que yo;
pero como haba vivido en el campo conservaba gran inocencia.

Martinillo era uno de los cornetas del escuadrn y le gustaba mucho
marchar  la cabeza tocando.

Martinillo tena amores con una muchacha pastora de Quintanar de la
Sierra, llamada Teodosia.

Como todos sabamos sus amores, le bromebamos con la Teodosia. El
suspiraba por ascender y ganar unos cuartos para casarse con la
pastorcilla.

Entonces Lara, yo y otros oficiales del escuadrn de hsares de Burgos
hicimos una suscripcin y reunimos treinta duros, que se entregaron 
Martinillo.

Martinillo, loco de entusiasmo, arregl una casa en Hontoria del Pinar
y se cas con la Teodosia.

La boda fu una verdadera fiesta para el escuadrn del Brigante y para
los amigos. La nica que no quiso asistir fu Fermina la Navarra.
Senta un gran desprecio por la pobre Teodosia,  quien consideraba
estpida y oa.

Para no amargar la fiesta  Martinillo, le dijimos que Fermina tena
una desgracia de familia y que por eso no iba  la boda.

Durante mucho tiempo se habl de la fiesta como de algo maravilloso y
extraordinario.


EN CASA DEL PADRE ETERNO

Las noches en que no estbamos de guardia nos reunamos en nuestro
alojamiento de Hontoria, en casa del Padre Eterno, unos cuantos
guerrilleros al amor de la lumbre. El Brigante sola venir casi
siempre.

Se contaban cuentos y hablbamos de todo: de las cosas prximas, como
la guerra y las ambiciones del gran Napolen, y de las ms lejanas,
como la historia antigua y la astronoma.

En cuestiones de poltica y de historia tenamos que terciar Lara y yo,
que, aunque no muy cultos, pasbamos all por unos Solones.

Alguna vez hubo un poco de baile con las mozas del pueblo al son de la
guitarra, y dos  tres noches se jug  las cartas,  pesar de ser cosa
especialmente prohibida.

Miguel de Lara, cada vez ms amigo mo, recitaba en nuestras reuniones
versos antiguos y modernos.

Los romances del Cid, de la Infantina y de los Infantes de Lara
producan gran entusiasmo.

Aquellos campesinos no sentan el tiempo interpuesto entre estas viejas
historias y la poca nuestra, y para ellos, el Cid, el conde Lozano,
Mudarra y Diego Linez eran casi contemporneos suyos, hombres que
tenan iguales pasiones  idnticas maneras de sentir.

Yo le dije una noche  Lara que encontraba absurdo en un hombre de su
sensibilidad potica no hiciera versos originales.

El se turb, y al da siguiente ley una oda  la patria que nos
produjo  todos un entusiasmo inmenso. Le abrazamos, y el pobre
muchacho qued sofocado del xito.

Lara era un tipo verdaderamente admirable, generoso, desinteresado; no
quera nada para l; valiente y audaz, le gustaba el peligro; pero,
sobre todo, tena un sentimiento de justicia extraordinario.

Al pensar en l me vena  la imaginacin la frase de Rousseau acerca
de Altuna; se poda haber dicho tambin de mi amigo que era de esos
tipos que Espaa slo produce, y que no produce bastantes para su
gloria.

Lara y yo decidimos ser los cronistas de la partida; sobre todo, de las
hazaas del batalln del Brigante; yo escribira los acontecimientos
en estilo liso y llano y l intercalara romances cantando nuestras
heroicidades.

Esta idea produjo un gran entusiasmo entre los guerrilleros.

Muchas ancdotas podra contar de las reuniones de Hontoria en casa del
Padre Eterno.

Haba entre todos aquellos pobres un deseo de saber, y el Brigante era
de los ms interesados en educarse y pulirse.

Una noche de stas, el Brigante nos cont una cosa cmica.

--Antiguamente--dijo--, alrededor de Espaa haba dos mares, y estos
dos mares queran juntarse, pero no podan, porque entre uno y otro se
levantaban unas rocas muy altas. Entonces un hombre muy fuerte,  quien
llamaban el Cule, empez  trastazos con las rocas, y  martillazos las
rompi y comunic los dos mares.

--Pero dnde has ledo eso?--le pregunt yo.

--Yo te traer el librico.

Efectivamente, me lo trajo; y cuando vi que el Cule  quien se
refera el Brigante era nada menos que Hrcules, me di una risa
inextinguible; pero l, como era buena persona, no se incomod.

--Pisaverde! Eres una sabandija que hay que aplastar con el tacn--me
deca, mientras yo me mora de risa.




III

EL CURA MERINO, DE CERCA


Por esta poca vea yo casi todas las maanas al cura Merino y hablaba
con l.

Nunca me fu simptico. Lo encontraba soez, egosta y brutal.

Su manera de ser la constitua una mezcla de fanatismo, de barbarie, de
ferocidad y de astucia. Era, en el fondo, el campesino, tal como suele
ser en todas partes cuando las circunstancias desarrollan en l los
instintos de lucha.

El campesino produce el guerrillero, y ste se suele desdoblar en dos
tipos: el tipo generoso, comprensivo, que llega  perder su carcter
de hombre de campo: Mina, el Empecinado, Zurbano; y el tipo srdido,
intransigente, invariable: Merino.

El primero es un ser de excepcin; es un hombre de instinto que aspira
 convertirse violentamente en un hombre de razn; es un espritu que
tiene fe en s mismo y en los dems; el segundo, por el contrario,
desconfa; teme todo cambio; cree que la menor transformacin de la
vida aniquilar su personalidad.

Merino, en el fondo, era uno de tantos campesinos en el cual se haban
perfeccionado los instintos guerreros como en un perro se perfeccionan
los instintos de caza.

Merino, ms que  nada, tema  un posible rival.

Estaba entonces en la plenitud de la vida, pues contara cuarenta aos;
tena sentidos muy finos y despiertos, vea  enormes distancias la
hora en el reloj del campanario de una iglesia, distingua  lo lejos,
por la forma del polvo, si llegaba caballera  infantera por una
calzada, notaba el ruido ms imperceptible y se daba cuenta de dnde
provena.

Como jinete era una especialidad; hombre de poca carne y ligero cansaba
apenas  los caballos, suba, bajaba, corra por los precipicios como
si fuese en llano. Al distinguirle desde lejos daba la impresin de un
caballero montado en un hipogrifo.

La primera vez que le vi en casa del prroco de Covarrubias, Merino iba
un tanto desastrado; pero luego, cuando fu llegando el dinero de las
Juntas se elegantiz, hasta parecer un currutaco.

Al pensar en Merino se me viene siempre  la imaginacin una estampa
vista en una tienda de Pars, aos despus, en la calle del Sena. La
lmina tena como leyenda: Le cur espagnol Merino.

En el dibujo apareca un clrigo narigudo con un sombrero de teja
descomunal atado  la cabeza con un pauelo, dando la impresin de que
el guerrillero tuviera mal de muelas.

El cura caricaturizado montaba en un caballo flaco y huesudo; llevaba
un sable enorme, un trabuco naranjero, un cristo colgado al cuello y un
paraguas abierto.

Qu poco se pareca la figura de la estampa al original!

Merino, como he dicho, despus de recibir el dinero de las Juntas
vesta muy bien.

Llevaba levita de pao azul, pantaln obscuro, chaleco negro de seda,
corbata negra y sombrero de copa, al que pona un hule cuando llova.

No usaba casi nunca polainas, sino medias de lana, zapatos gruesos y
un espoln en el pie derecho; porque deca en broma, como los vaqueros
cordobeses, que tambin gastan slo una espuela, que cuando se arrea
con ella  medio caballo y anda, el otro medio no se queda atrs.

No quera el cura insignias de mando. Sus armas eran un trabuco,
pistolas en el arzn y un cachorrillo en la faja.

Merino no era un valiente, como Mina  el Empecinado, ni un estratgico
de genio, como luego ha demostrado ser Zumalacrregui.

Nuestro jefe no tena una idea noble de la guerra;  l que no le
hablaran de herosmo, de arrogancias con los contrarios; l peleaba
siempre con ventaja. Conoca las veredas y los senderos de aquella
sierra como nadie, y en este conocimiento basaba su estrategia. Cuando
atacaba, lo haca contando, por lo menos, con doble fuerza que el
enemigo, y ocupando una posicin mejor.

Merino apenas saba leer y escribir. Una vez me confes que no haba
tenido jams un libro en la mano, fuera del misal.

Antes de comenzar su vida de guerrillero, todos sus conocimientos se
reducan  rezar y  cazar.

Eso s; no haba en todo el pas escopeta como la de aquel Nemrod de
sotana.

Merino, sin ser muy valiente, ni inteligente, ni generoso, ni noble,
tena grandes condiciones de guerrillero; lo que demuestra que la
guerra, es una cosa de orden inferior, puramente animal.

Nuestro capitn nos vareaba como  la lana.

Cuando empezaban las operaciones, ya se saba: no nos dejaba un momento
de descanso.

Prohiba que se desnudase nadie para dormir, y se tena uno que echar
vestido en el suelo  en el monte entre las matas. De las veinticuatro
horas del da, el cura estaba diez y ocho  caballo. Con l no haba
otro medio: endurecerse  perecer.

A Merino, que era hombre poco ingenioso y nada cordial, no le gustaba
la conversacin. La gente le estorbaba.

Yo supongo que, en el fondo, tanta cautela, tanta insociabilidad
provena del miedo de una asechanza, ms que de otra cosa.


LAS TRETAS DEL CURA

El cura no gastaba confianzas con nadie. Se le tena respeto, pero no
se le quera.

Cuando se incomodaba y se pona  hablar con una voz aguda y seca, de
timbre metlico, todo el mundo temblaba. Haba llevado la reserva hasta
el ltimo extremo.

Merino estaba el tiempo necesario al frente de sus tropas; luego se
largaba. Adnde? Nadie lo saba. Variaba todos los das de escondrijo.
Al que hubiese tenido una curiosidad indiscreta, probablemente le
hubiese costado la vida.

A sus espas les hablaba de noche en sitio seguro, y no los esperaba
nunca; siempre tenan ellos que esperarle. Adems, se presentaba de
improviso.

Cuando tena que tratar con alguno  quien no conoca, le daba cita
en la calvera de un monte, y el cura, oculto, estudiaba el tipo y los
movimientos del desconocido.

Es indudable que cada oficio da un carcter profesional al que lo
ejerce. A pesar de no saber latn, ni cnones, ni teologa, el cura
Merino era cura hasta la mdula de los huesos.

Merino, al decir de los guerrilleros, haba empleado meses en recorrer
en todos sentidos los pinares y desfiladeros de las sierras de
Quintanar y Soria con los pastores y cazadores del pas; as, conoca,
aun de noche, los caminos, las sendas, los escondrijos y cuevas de los
contornos. No necesitaba guas; l marcaba la direccin.

Merino no aceptaba pretextos. Era la severidad misma.

Se manifestaba implacable para todo lo que le pareciese espritu de
rebelin y de crtica. Haba que obedecerle sin discurrir. Si alguno
no cumpla al pie de la letra una orden por parecerle imposible  por
haberlo hecho ya otro, le llamaba:

--Qu te he mandado yo?--preguntaba.

--Tal cosa.

--Y por qu no la has hecho?

El preguntado daba sus razones.

--Est bien; pero otra vez no discurras, y lo que te se mande haz.

Merino exiga la obediencia ciega. El hombre que no discurra le
encantaba. Hubiese podido recomendar la mxima de los frailes de la
universidad de Cervera: Lejos de nosotros la peligrosa mana de
pensar.

Toda la filosofa de Merino se reduca  afirmar que lo tradicional
es sagrado. Usos, costumbres, rutinas, fueran buenos  malos, si eran
antiguos, para l, eran respetables.

En esto pensaba como las mujeres. Se ve que los manteos y las sayas dan
la misma manera de discurrir  las personas.

Merino no toleraba ni permita en su tropa juegos de azar.

Si olfateaba alguna partida de naipes se presentaba de improviso, y
desgraciados de los guerrilleros  quienes encontrase jugando.

Tena tambin un odio especial por los borrachos.

--A ninguno que beba se le debe tolerar en la partida--deca  los
capitanes--, y menos confiarle una guardia  un pliego.

A los que juraban y blasfemaban les castigaba cruelmente, dndoles de
palos. Era tambin feroz con los ladrones.

En cambio, con el que se someta en absoluto  la disciplina se
mostraba  veces carioso.

Estas tiranas de curas son casi siempre as: crueles y femeninas. El
cura y la mujer tienen algo de comn; por eso se entienden tan bien.

Merino mantena la leyenda de que contaba con grandes recursos y
manejaba resortes secretos.

En el campo se oa hablar de las expediciones de Merino  Burgos
disfrazado de pimentonero. Segn los nuestros, iba  ver  los
franceses para engaarlos.

Era la voz que corra por los pueblos acerca del cura de _Villoviu_,
como decan los aldeanos.

--Qu dicen del cura?--se preguntaban unos  otros.

--Que si le pescan los franceses le van  hacer tajaditas as.

--Y le cogern?

--Qu le van  coger! No ve usted que les engaa? Se disfraza, se
acerca  los franceses y les pregunta:--Y ustedes, qu van  hacer?
Por dnde van  ir?--Pues nosotros vamos por aqu  por all.--Y,
claro, el cura los espera y los destroza.

El pueblo es nio y le agrada creer en estas historias absurdas.

Ni  Merino le gustaba exponerse de una manera tan grande, ni saba
hablar francs para entenderse con los soldados de Napolen, ni tena
resortes desconocidos.

Los recursos ms importantes se los proporcionaban las Juntas de
la provincia, y los mejores informes se los daba el director y el
espionaje espontneo de los alcaldes y curas de pueblo.




IV

LOS PRIMEROS COMBATES


Las primeras salidas fueron para los guerrilleros bisoos de gran
emocin; el toque de diana nos llenaba de inquietud; creamos
encontrar al enemigo en todas partes y  todas horas, y pasbamos
alternativamente del miedo  la tranquilidad con rapidez.

Esta primera hora de la maana en que se comienzan los preparativos
de marcha, aun en el hombre de nervios fuertes produce al principio
emocin.

Van viniendo los caballos de aqu y de all; se oyen voces, gritos,
relinchos, sonidos de corneta; las cantineras arreglan sus cacharros
en las alforjas, los acemileros aparejan sus mulas, el cirujano y
los ayudantes preparan el botiqun, y poco  poco esta masa confusa
de hombres, de caballos, de mulas y de carros se convierte en una
columna que marcha en orden y que evoluciona con exactitud  la voz de
mando.....

Pronto comenzamos  acostumbrarnos y  gustar de aquella vida.

La guerra en la montaa tiene, indudablemente, grandes atractivos; el
paisaje cambia  cada paso, el aire est fresco, el cielo azul; no hay
polvo, no hay marchas fatigosas, el agua brota de todas partes.

Para un hombre joven y lleno de entusiasmo se comprende el encanto de
esta vida salvaje del guerrillero, que es la misma que la del salteador
de caminos.

El ser guerrillero, moralmente, es una ganga; es como ser bandido con
permiso, como ser libertino  sueldo y con bula del Papa.

Guerrear, robar, dedicarse  la rapia y al pillaje, preparar
emboscadas y sorpresas, tomar un pueblo, saquearlo, no es seguramente
una ocupacin muy moral, pero s muy divertida.

Se ve la poca fuerza que tiene la civilizacin cuando el hombre pasa
con tanta facilidad  ser un brbaro, amigo de la carnicera y del
robo. Los alemanes suelen decir: Rascad en el ruso, y aparecer el
trtaro.

Los alemanes y los no alemanes pueden aadir: Rascad en el hombre, y
aparecer el salvaje.

A veces nos parecan un poco pesadas las marchas y contramarchas, pero
se olvidaba pronto la fatiga.

El comienzo del ao 9 lo pasamos as en ejercicios y en maniobras,
interrumpidos por alguna que otra escaramuza.

En Marzo deseaba el director y la Junta de Burgos dar principio  las
operaciones en cierta escala, y avisaron  Merino la inmediata salida
de varios correos franceses detenidos en aquella capital. Con ellos iba
una berlina con sacos de dinero para pagar  las tropas, dos furgones
con plvora y varios otros carros.

Iban escoltados por unos ochenta  noventa dragones.

Merino decidi apoderarse de la presa. Apost sus hombres  un lado y 
otro del camino, de manera que pudieran cruzar sus fuegos, y orden al
Brigante quedara en un carrascal prximo  la carretera y no apareciese
con su gente hasta pasadas las primeras descargas.

Estuvimos ocultos los del escuadrn, como nos haban mandado, sin ver
lo que ocurra. Sonaron las primeras descargas, transcurri un momento
de fuego y cruzaron por delante de nosotros cuatro  cinco carros al
galope con los acemileros, azotando  los caballos.


HAY QUE CORRER

En esto nos dieron la orden de salir  la carretera.

Aparecimos  un cuarto de legua del sitio de la pelea. Nos formamos
all y nos lanzamos al galope.

Los franceses, al divisarnos, se parapetaron detrs de sus carros y
comenzaron  hacernos fuego.

Nosotros embestamos, retrocedamos, acuchillbamos  los que se nos
ponan por delante.

Los guerrilleros, emboscados, hacan un fuego certero y terrible, pero
los franceses no se rendan.

Nuestra victoria era cuestin de tiempo.

El Brigante y yo y otros dos  tres luchbamos en primera lnea con un
grupo de soldados imperiales que se defendan  la bayoneta.

En esto se oy un grito que nos alarm, y los franceses se irguieron
levantando los fusiles y dando vivas al Emperador.

Yo me detuve  ver qu pasaba. De pronto o como un trueno que se
acercaba. Mir alrededor estaba solo.

Un escuadrn francs llegaba al galope  salvar  los del convoy
atacado.

Yo qued paralizado, sin voluntad.

Afortunadamente para m, el amontonamiento de carros y furgones del
camino impidi avanzar  la caballera enemiga; si no, hubiera perecido
arrollado.

Cuando reaccion y tuve decisin para escapar, me encontr seguido de
cerca por un dragn francs que me daba gritos de que me detuviera.

Qu pnico! Afortunadamente, mi caballo saltaba mejor que el del
francs por encima de las piedras y de las matas y pude salvarme.

Cuando me reun con los mos me recibieron con grandes extremos.
Crean que me habran matado; como es natural, no confes que el miedo
me haba impedido escapar, sino lo atribu al ardor blico que me
dominaba.

Esta primera escaramuza me impresion bastante.

Realmente, produce efecto el ruido de las herraduras de ms de mil
caballos que parece que van galopando por encima del crneo de uno.

Aquel fu mi primer hecho de armas. Despus, hablando de este combate
con el Brigante, yo le deca que nuestros escopeteros deban haber
hecho frente  los franceses para detenerlos un instante y no dejarnos
sin defensa.

El Brigante se encogi de hombros, como dando  entender que no quera
hablar.

El Brigante y Merino no estaban conformes en muchas cosas.

Para el cura, la cuestin en la guerra era exterminar al enemigo sin
exponerse. El Brigante y yo creamos que la cuestin era matar, pero
matar con nobleza, dando cuartel, respetando  los heridos. Otros
opinaban que no, que si se hubiera podido echar veneno al agua que
haban de beber los franceses, sera lo mejor.

Las mujeres eran de este ltimo partido; el odio al francs, slo por
extranjero, se manifestaba en ellas de una manera selvtica.

Cuando yo le deca  Fermina la Navarra que haba tenido amistad con
algunos franceses, le pareca una cosa monstruosa.

En todo el mes de Marzo, Abril y Mayo los nuestros se dedicaron 
cazar correos y  atacar  los destacamentos enemigos. Solamente los
dejbamos en paz cuando iban en grandes ncleos.

Merino mandaba exploradores para que no nos ocurriera lo de la primera
escaramuza y no nos visemos combatidos por la caballera.

Los generales del Imperio, en vista de las emboscadas de los
guerrilleros, se decidieron  no enviar correos ni convoyes mas que
acompaados de grandes escoltas de caballera.

A Juan el Brigante y  los de nuestro escuadrn nos hubiera gustado
luchar con los franceses en nmero igual para probar la fuerza y la
dureza de los guerrilleros; pero Merino no atacaba mas que emboscado y
cuando contaba con doble nmero de gente que el enemigo.

Lo dems le parecan simplezas y ganas ridculas de figurar.

En cambio, nosotros encontrbamos su guerra una cosa ratera y baja.

Con tanto sigilo y tanta prudencia, sentamos todos, por contagio, ms
inclinaciones para la intriga que para el combate  campo abierto.




V

LA VIGILANCIA DEL CABECILLA


Merino, por instinto, sin aprenderlo de nadie, era un gran tcnico,
quiz demasiado tcnico. Despreciaba la improvisacin. Para l,
el herosmo, el arranque, la audacia tenan importancia, pero una
importancia muy secundaria.

Su afn era combinar los proyectos de sorpresas y emboscadas hasta en
los ms pequeos detalles.

Con una cultura apropiada, aquel hombre hubiera sido un gran jefe de
Estado Mayor de un ejrcito regular. Nunca hubiera tenido, seguramente,
el golpe de vista genial de los grandes generales; pero para la
organizacin lenta y perseverante era una especialidad.

A pesar de las largas disertaciones de los escritores militares, se
ve que la guerra, en el fondo, es un producto instintivo, y mientras
exista la barbarie que la produce habr, en mayor  menor escala,
generales improvisados, tan hbiles en las batallas como los llenos de
conocimientos tcticos y estratgicos aprendidos en los libros.

Merino no era el clsico guerrillero, arrebatado, valiente, acometedor,
ardoroso. Le faltaba impetuosidad, genialidad, bro, y estas faltas las
supla con la atencin y el trabajo.

Nuestro jefe basaba sus operaciones, primero, en el conocimiento del
terreno, que lo tena casi absoluto; despus, en las confidencias y en
el espionaje, (por eso pagaba  sus espas lo ms esplndidamente que
poda); y, por ltimo, en la perseverancia, que pensaba haba de llegar
al cansancio del adversario.

De las veinticuatro horas del da, Merino se ocupaba de sus tropas lo
menos veinte, y  veces las veinticuatro. Merino tena  sus fuerzas en
una continua actividad y en un perpetuo movimiento.

Por la tarde, al ponerse el sol, sola distribuir los escuadrones de su
partida en una aldea,  en varias prximas,  las guarniciones de los
franceses; colocaba centinelas avanzados de caballera por los caminos
de los pueblos ocupados por el enemigo, y estableca un gran retn de
jinetes en una posada y en las casas inmediatas.

Esta guardia sola constar de la tercera parte de gente del total de
la partida, y como por entonces ramos de trescientos  cuatrocientos
hombres, la guardia sola pasar de un centenar;  veces llegaba 
ciento cincuenta.

Cuando alcanzaba este nmero, cincuenta marchaban en la ronda, otros
cincuenta quedaban con las armas en la mano, y el resto dorma.

Los caballos quedaban en la posada ensillados, atados al pesebre y con
la brida en el arzn. En caso de alarma, se montaba inmediatamente y se
formaba en el zagun  en la calle.

Constantemente exploraba las inmediaciones de la aldea la ronda de
caballera; ronda que, al cabo de dos horas, volva  la posada y era
sustituda por otra del mismo nmero de jinetes.

El retn lo mandaba un oficial, generalmente, un capitn, que estaba de
guardia toda la noche, sin dormir un momento ni ser reemplazado.

Esto tena la ventaja de que, con tal procedimiento, la direccin era
nica y la responsabilidad tambin.


LA NOCHE DEL CURA

Cuando quedaba alojada la tropa y Merino daba sus instrucciones al
capitn de guardia y  los dems jefes, montaba  caballo y desapareca
seguido de su asistente.

En sus salidas nocturnas por el campo, siempre llevaba distinta
indumentaria que de da. Su objeto, indudablemente, era que en la
obscuridad nadie le reconociese.

Tarde  temprano, lloviera, nevara  granizara, no dejaba nunca de
salir.

--El cura va  celebrar la misa del gallo--decan los guerrilleros al
verle marchar  las altas horas de la noche.

Su salida tena por objeto dar un ltimo vistazo  todo.

Al trote largo, el cabecilla avanzaba hasta los alrededores de las
guarniciones enemigas, hablaba con los confidentes enviados de antemano
 los pueblos, recoga noticias de los curas, de los alcaldes y de los
aldeanos.

Era incansable; no quera dejar nada  la suerte. Andaba diez  doce
leguas  media noche para enterarse de un detalle, por insignificante
que pareciera  primera vista.

Sufra las nieves y los fros ms intensos como los ms fuertes calores.

En el rigor del invierno gastaba guantes de lana y una especie de
carrick anguarina con capucha, prenda parecida  la que emplean en
Soria los montaeses de Villaciervos y  los _capusays_ de los pastores
vascongados.

Para ir  caballo se calaba una gorra de pelo, se suba el cuello del
carrick, y as marchaba horas y horas.

Los das de lluvia gastaba una capa de pao grueso de Riaza, empapada
en un barniz impermeable, al estilo de esos capotes usados en Cuenca
que llaman barraganes.

Despus de recorrer los caminos y encrucijadas en donde poda haber
alguna novedad, si el cura encontraba todo tranquilo volva hacia el
punto en donde se hallaba el grueso principal de su fuerza y, dando
la vuelta al pueblo, se diriga  media rienda al bosque  montaa
inmediata.

Seguido de su asistente, iba haciendo caprichosos zigzags hasta que se
detena. Haca todo esto para desorientarle? O quiz pensando que
alguno podra seguirle? No lo s.

Cuando le pareca bien se paraba y le llamaba al asistente. El que con
ms frecuencia le acompaaba era el Feo, y algunas veces el Canene:

--Eh, t, Feo... qudate aqu.

--Est bien, don Jernimo. Buenas noches.

--Buenas noches.

El asistente se apeaba del caballo, lo desembridaba, aflojaba la
cincha, le echaba la manta, colocndole el morral con un celemn de
cebada, sacaba de la alforja los vveres para su cena y se tenda,
envuelto en la manta morellana, debajo de un rbol  al abrigo de una
pea.


EN LA SOLEDAD DEL MONTE

Merino segua caminando por el monte en zig-zag hasta que encontraba un
sitio que se le antojaba bueno y seguro. Siempre prefera aquel donde
corra un arroyo  manaba una fuente.

Al llegar all se apeaba, desbridaba el caballo, le ataba con el ronzal
 un rbol, le quitaba la silla, le echaba una manta y le pona en el
morral medio celemn de cebada.

Luego se envolva en una bufanda, colocaba la silla del caballo 
manera de almohada, y debajo de la silla meta un reloj de repeticin,
al que daba cuerda. Despus se tenda  dormir.

Sonaba la repeticin  las tres de la maana. Merino, que tena el
sueo ligero, se despertaba y se pona de pie. Si el tiempo estaba
bueno, sacaba de la alforja una maquinilla con espritu de vino, y en
un cazo haca chocolate.

Mientras herva el chocolate volva  echar al caballo en el morral un
medio celemn de cebada y le dejaba comer despacio. El, mientras tanto,
tomaba el chocolate con un trozo de pan, beba un vaso de agua y fumaba
un cigarro de papel.

Si por el mal tiempo no poda hacer el chocolate, coma la pastilla
cruda.

Despus recoga sus brtulos, ensillaba el caballo, le quitaba el
morral, le llevaba al arroyo para que bebiese y comiese un poco de
hierba, en la orilla y luego, montando, se acercaba al asistente:

--Eh, t, Feo!--gritaba.

El asistente poda contestar al primer grito, si no quera recibir
algunos latigazos. El Feo se levantaba, arreglaba su caballo, y el amo
y el criado salan del monte.


LAS MAANAS DEL CURA

En seguida Merino emprenda la ronda de la maana, encaminndose  toda
prisa  las proximidades de la guarnicin enemiga; conferenciaba con
sus espas, y antes del amanecer estaba en el cuartel general de la
partida; vea por s mismo si las avanzadas y las rondas se hallaban en
sus puestos, y entraba en la poblacin.

Mandaba tocar llamada, y si alguno no estaba al momento dispuesto para
marchar, sala  enterarse de lo que haca.

El Feo llevaba  Merino un vaso de leche, que beba  caballo, y en
seguida se ponan las tropas en movimiento.

Se sala del pueblo, y al llegar  un sitio adecuado, la tropa se
colocaba en orden de batalla y se pasaba revista.

Nos conoca  todos. Tena ese aire inquisitorial de un director de
seminario que quiere averiguar los pensamientos ms ntimos de sus
alumnos.

--Mala cara tienes t hoy!--me dijo varias veces por lo bajo.

Una de las reglas de Merino era observar  sus guerrilleros. Quera,
sin duda, conocerlos, ver transparentarse sus almas.

As, saba siempre lo que sus hombres deseaban cundo estaban cansados,
cundo no; cundo fingan ardimiento y cundo lo experimentaban de
veras.

Este deseo de contentar  su gente, y al mismo tiempo de recibir sus
inspiraciones, produca en ellos una gran confianza, y cuando vean que
el cura contrariaba abiertamente sus deseos cada uno de ellos pensaba:
Ocurre algo. El cura no puede dar descanso.

Es indudable que el pueblo tiene siempre rasgos de genialidad, y ms
an en tiempo de guerra.

Esa alma colectiva que se forma en las masas condensa las virtudes, los
vicios, las crueldades de cada uno de los individuos que la forman.

As, estas colectividades, cuando se sienten heroicas, son ms heroicas
que un hombre solo, y lo mismo cuando se sienten cobardes  crueles.

Marino comprenda instintivamente que de sus guerrilleros toscos poda
sacar lecciones, y las aprovechaba.

Despus de pasar revista nos haca acampar, y mientras parte de la
fuerza quedaba de guardia en los caminos, otra se ejercitaba en
maniobras de guerrillas, haciendo simulacros de ataques y defensas,
de reconocimientos, de combates, de tiros al blanco y dando cargas de
caballera.

Mientras tanto, Merino se sentaba en una silla de tijera, lea los
partes que le enviaban, y de su sombrero de copa, su gran archivo,
sacaba un cuadernillo de papel y contestaba, y daba sus rdenes  los
comandantes destacados en diferentes puntos.

Nunca empleaba ms de tres  cuatro lneas en sus instrucciones; as
que no necesitaba secretario.

A m me llam algunas veces para fingir comunicaciones falsas
redactadas en francs, como si estuvieran enviadas de un comandante de
un cantn  otro.

No le gustaba  Merino guardar papeles, y todos los que reciba los
quemaba al instante.

Los partes suyos los doblaba, los meta en sobres gruesos, echaba
cera amarilla y pona encima su sello. El sello era uno que le haba
regalado el cura de Corua del Conde, y que provena de las ruinas de
la gran Clunia, ciudad romana levantada en otro tiempo en un cerro
prximo al ro Arandilla.

Con todos los sobres preparados, haca venir  su presencia  los
ordenanzas de  caballo, y  cada uno le confiaba el parte, le prevena
los caminos  sendas que deba tomar y le fijaba hora exacta para
entregarlo.


EL TEMOR AL ENVENENAMIENTO

Despus de estas diligencias vea el final de las maniobras, daba la
orden de marcha y se segua adelante al pueblo  aldea donde haba que
hacer el rancho y dar pienso  los caballos.

No nos dejaba comer en paz. l sola entrar en la casa donde encargaba
el almuerzo y mandaba que se lo hicieran sin sal. Tena miedo de que le
envenenaran.

Le traan unas sopas de ajo  huevos, les echaba sal, que sacaba de
un paquete que guardaba cuidadosamente, compraba un panecillo en otra
parte y coma sin sentarse  la mesa; despus extraa de su alforja
un trozo de carne en fiambre y un pedacito de queso y marchaba  la
fuente, llenaba un vaso de agua, que beba, y sala  fumar un cigarro.

A los cinco minutos ya estaba volviendo y preguntando  los oficiales:

--Qu, estamos?

Los soldados, en general, tenan ms tiempo de descanso, y con el
motivo de hacer el rancho y con el pretexto de herrar  los caballos y
darles de beber, nos hacan esperar siempre.

Con estos trotes que nos daba, no hay para qu decir que la mayora
desebamos operar independientes.

Merino era incansable. No quera dejar nada  la casualidad.

Muchas noches las pasaba enteras  caballo, aunque cayeran rayos y
centellas.

Con tanto trajn, un caballo y un asistente no le bastaba, y cambiaba
dos y hasta tres al da.

Contaba para la remuda siete  ocho caballos, los mejores del
escuadrn, con sus arneses y monturas.

Siempre llevaba uno enjaezado cerca del que montaba. No quera guardia.
Ya saba que todo el pas estaba  su lado, y aunque tema las
traiciones, tema ms an las maniobras indiscretas.

En general, cambiaba de caballo por la maana, al medioda y al
anochecer. Cada uno llevaba su alforjita con su celemn de cebada.

Al montar, siempre deca al asistente:

--Feo.

-Qu?

--Est bien calzado?

--S, seor.

--No le falta ningn clavo en las herraduras?

--Ninguno.

--Bueno; pues vamos all.




VI

ARDIDES Y EMBOSCADAS


Al escribir estas pginas, al cabo de ms de veinte aos en la obscura
crcel, donde me encuentro preso, me figuro tener hoy los mismos
sentimientos de aquella poca de mi vida de guerrillero.

Claro que es un error. Los aos y la desgracia dan sus lecciones,
aunque no se sepa  veces claramente cules son.

Por otra parte, haba entonces para m una influencia, cuya presin me
es difcil calcular.

Me refiero al contagio de los sentimientos patriticos de los dems.
En todas esas grandes convulsiones populares, como la guerra de la
Independencia, hay una contaminacin evidente; uno cree obrar impulsado
por su inteligencia, y lo hace movido por su sangre, por sus instintos,
por razones fisiolgicas, poco claras y conocidas.

Este contagio lo experiment yo, como lo experimentaron otros mucho ms
cultos que yo. Al principio de la guerra, la calentura patritica nos
abrasaba.

Sin embargo, yo confieso que en una de las emboscadas primeras en que
tom parte me cost trabajo dar la voz de fuego. Me haban mandado al
frente de veinte jinetes con la orden de agazaparnos en un alto detrs
de unas piedras y terrones y esperar el paso de un pelotn enemigo. Al
divisarlo debamos hacerle una descarga cerrada  inmediatamente montar
 caballo y salir corriendo hacia nuestro campo.

Fuimos marchando  la deshilada con un mozo pastor que conoca muy bien
los senderos; tomamos y dejamos veredas abiertas entre la maleza y el
monte bajo, y llegamos  las peas donde debamos agazaparnos. Yo tena
un buen observatorio oculto por unas matas.

Esperamos toda la tarde; el anochecer fu esplndido; el sol del
crepsculo doraba el campo, alargando las sombras de los rboles.

Yo, contagiado por la paz de la Naturaleza, estaba deseando que no
apareciesen los franceses; pero un momento antes de anochecer se
presentaron.

Eran cincuenta  sesenta soldados de infantera; iban  pie; algunos
cantaban alegremente.

Se me encogi el corazn, pero no haba ms remedio. Mir  mis
guerrilleros. Todos estaban preparados.

--Fuego!--grit.

No quise mirar. Montamos  caballo y nos retiramos de aquel sitio
rpidamente.

Este sentimiento de responsabilidad, de remordimiento, no lo
experiment mas que las pocas veces que tuve algn mando; en lo dems,
no.

En los ataques de caballera que dimos los del escuadrn del Brigante
no senta uno intranquilidad moral ninguna. La clera, el odio y, ms
an, la emulacin nos arrastraban.

No veamos si eran muchos  pocos los enemigos; nos lanzbamos contra
ellos con tal furia que, generalmente, no podan resistir nuestro
empuje.

Luego, ya lleg un tiempo en que no s si por costumbre, por el hbito
de verlos,  por vislumbrar la posibilidad de echarlos de Espaa,
comenzamos  perder el odio por los invasores.

Estas alternativas, comunes  los del escuadrn del Brigante, no
influyeron en Merino. El cura sigui preparando al principio y al fin
sus emboscadas y sus sorpresas de una manera fra y metdica.

Ciertamente, la guerra, con mtodo  sin l, es una cosa horrible; pero
cuando se hace de manera tranquila, parece ms horrible todava.

Al menos, cuando se luchaba  pecho descubierto, como lo haca el
Brigante en pequeo y como lo hicieron en grande Mina, el Empecinado y
don Julin Snchez, la impresin del peligro experimentado, del valor
del jefe marchando  la cabeza, haca un efecto tnico.

Muchos aos despus, siendo mariscal de campo el Empecinado y yo su
ayudante, dimos una carga, en 1822, llevndole al frente, contra una
partida de absolutistas, que entonces llambamos _feotas_, mandados
por Merino, y aquello alegraba el corazn.

Aun as, creo que  un hombre de dentro de doscientos aos, este
acuchillarse mutuo de hombres desconocidos le parecer, no como
 nosotros, un gran acto de patriotismo y de nobleza, sino una
monstruosidad. Cada hombre es, aunque no quiera, de su siglo y de su
poca, y pedir otra cosa es una gollera.

La guerra de Merino, no slo no era para contentar al hombre hipottico
de dentro de doscientos aos, ni aun satisfaca al de su poca. Aquello
tena el aspecto de una cacera metdica y siniestra. All no se
ganaban acciones; se mataba.

Cuando Merino atacaba  una fuerza considerable, principiaba casi
siempre el fuego sobre la infantera. El mismo disparaba sus tiros
certeros de carabina contra el oficial  el jefe francs que diriga
las fuerzas contrarias.

Los asistentes cuidaban de tener preparada la carabina  el retaco del
cabecilla.

A veces, cuando estaba emboscado en lugar seguro, y al mismo tiempo
prximo al enemigo, mandaba cargar al Feo  al Canene un trabuco con un
grueso puado de plvora de un frasco que llevaba en la pistolera de su
silla, y le meta por la boca diez y seis balas de  onza, y lo atacaba
despus mucho.

Para hacer fuego con aquello, colocaba el arma debajo del brazo derecho
y sujetaba el extremo del can con la mano izquierda,  fin de evitar
en lo posible el choque violentsimo.

La maniobra constante de Merino consista en batirse en retirada hasta
separar la infantera de la caballera enemiga. Despus intentaba
atraer  los franceses  la loma  bosque en que solamos estar
reunidos y formados los escuadrones del Jabal y del Brigante, y
si lo consegua, nos mandaba cargar de repente agitando el pauelo
desde lejos. Nosotros nos lanzbamos sobre el enemigo y casi siempre
conseguamos derrotarlo.

Rara vez los franceses, en tales condiciones y en corto nmero, podan
reorganizarse y resistir. En general, los pasbamos  cuchillo si no se
rendan.

Muchas veces tambin ejecutaba la maniobra de defender una posicin
falsa  irse retirando  otra fuerte y atrincherada, desde donde poda
causar gran dao al enemigo.

La mayor parte de estas emboscadas las preparaba Merino de acuerdo con
los alcaldes de los pueblos. Entendido con ellos, dictaba los partes
que stos deban dar en cumplimiento de sus deberes  los comandantes y
jefes de los cantones inmediatos.


LAS NOTICIAS FALSAS

Merino, como hombre astuto, saba desorientar  los franceses dndoles
noticias falsas, dicindoles  veces la verdad  medias.

Tambin empleaba otro procedimiento un tanto peligroso. Haca que el
alcalde del pueblo en donde se alojaba enviara de noche un parte as
redactado: El alcalde del pueblo Tal tiene el honor de manifestar
al comandante del cantn y jefe de esta zona que una partida de
guerrilleros, en nmero de trescientos, se present ayer, al anochecer,
al mando del cabecilla Merino. Las fuerzas rebeldes han sacado raciones
y piensan pernoctar en el pueblo.

El jefe del cantn reciba el parte, y para cuando ordenaba la salida
de tropas era ya el amanecer, y cuando llegaban al pueblo, de da claro.

Merino, antes del alba, lo haba evacuado, dejando en la salida de la
aldea un pequeo destacamento al mando de un oficial que supiera su
consigna.

El oficial finga el ser sorprendido al entrar las tropas francesas;
un grupo de guerrilleros corra por la derecha, otro por la izquierda,
y de lejos, y en aparente desorden, comenzaban el fuego contra los
franceses.

Si stos les perseguan, los guerrilleros se iban retirando y
dispersando en direccin del bosque  desfiladero donde se hallaba
emboscado Merino.

Si los franceses, creyendo la presa segura, avanzaban hasta el bosque 
la loma donde estaba preparada la ratonera, podan darse por perdidos.

Salan guerrilleros como abejas de un panal, menudeaban los tiros y
los trabucazos, y al ltimo, si se poda, para terminar la jornada,
entrbamos nosotros dando mandobles y estocadas.

Sorpresas parecidas se solan preparar al retirarse las guarniciones
francesas hacia el cantn donde se alojaban, esperndolas de noche en
un bosque  en un desfiladero.

Para estas funciones de guerra se necesitaba, primero, un secreto
absoluto, y despus, tenerlo todo  tiempo; tanto lo uno como lo otro
lo consegua Merino constantemente.

Si alguna vez sus emboscadas se malograron fu por maniobra impensada
de los enemigos.

Como todo el pas nos ayudaba, las estratagemas se repetan con
frecuencia, y casi siempre con xito.




VII

BARBARIE DECRETADA


En 9 de Mayo de 1809 el mariscal Soult di la orden furibunda por la
cual, desde aquel momento, no se reconoca ms ejrcito espaol que
el de Su Majestad Catlica Jos Napolen; por consiguiente, todas las
tropas y partidas de patriotas, grandes  pequeas, las considerara
desde entonces como formadas por bandoleros y ladrones.

Seran fusilados al momento los espaoles aprehendidos con las armas en
la mano, y quemados y arrasados los pueblos donde apareciese muerto un
francs.

La Regencia, el Gobierno de los patriotas, contest como rplica, meses
despus, al decreto de Soult lo siguiente: Todo espaol es soldado
de la patria; por cada espaol que fusile el enemigo sern ahorcados
tres franceses, y se tomarn represalias si stos queman los pueblos y
las casas slo por devastar el pas. Se aada que hasta el momento
que el duque de Dalmacia (Soult) no hubiese revocado su orden, sera
considerado personalmente como indigno de la proteccin del derecho de
gentes y puesto fuera de la ley, caso de que le cogieran las tropas
espaolas.

Era la proclamacin de la guerra sin cuartel.

La barbarie contra la barbarie.

De joven, hay momentos en que la guerra llega  parecer algo hermoso y
sublime; indudablemente, todo ello es vida, y vida fuerte  intensa;
pero por cada instante de generosidad, de abnegacin, de herosmo
que se encuentra en los campos de batalla, cunta miseria, cunta
brutalidad!

Guerrear es suprimir durante un perodo la civilizacin, el orden, la
justicia; abolir el mundo moral creado con tanto trabajo, retroceder 
pocas de barbarie y de salvajismo.

As nosotros tenamos en nuestras filas al Jabal de Arauzo.

El Jabal, en circunstancias normales, hubiese estado en un presidio
 colgado de una horca; en plena guerra, convertido en un jefe
respetable, lleno de galones y de prestigio, poda asesinar y robar
impunemente, no por afn patritico, sino por satisfacer sus instintos
crueles.

Muchos, y yo mismo, han asegurado que de la guerra de la Independencia
surgi el renacimiento de Espaa. Sin tanta matanza hubiera surgido
tambin.


REFLEXIONES ACERCA DE UN MANDAMIENTO

Cuntas veces al recordar aquella poca he pensado en ese tpico
que tanto se repite: la influencia del cristianismo en la dulzura de
costumbres y en la civilizacin!

Los mismos escritores impos y racionalistas aseguran que el
cristianismo hace  los hombres ms dulces y suaves. En dnde? Cundo?

Si al cabo de diez y nueve siglos de predicacin apostlica nos
seguimos acuchillando unos  otros sin piedad, en qu se conoce la
eficacia del cristianismo?

Los que hemos visto tantos hombres con las tripas al aire, con los
sesos fuera; los que hemos presenciado casi diariamente el espectculo
de ahorcar, fusilar, acuchillar, abrir en canal, presidido por gente
catlica y rezadora; los que hemos conocido  curas de trabuco que
saban enarbolar mejor el pual que la cruz; los que hemos encontrado
las sacristas convertidas en focos de conspiracin y los conventos
preparados como cuarteles, no podemos menos de reirnos un poco de la
eficacia de la religin.

Los eclcticos nos dirn: Es que sos son los malos curas. Yo les
contestara que ni aun los buenos han sabido dar lecciones de humanidad
y de bondad.

En cualquier parte se oyen predicadores que nos quieren demostrar que
una pequea manifestacin de sensualidad merece el infierno. El hombre
que mira  una mujer con amor, que la besa  la abraza; la mujer que
se adorna  cubre sus mejillas con un poco de blanco  de rojo para
parecer ms bonita, comete un pecado horrendo; en cambio, ese cabecilla
carlista que se dedica  fusilar,  degollar,  incendiar pueblos, se
es un bendito que trabaja por la mayor gloria de Dios.

Qu estupidez! Qu salvajismo!

Si al menos los sacerdotes de todas las sectas cristianas hubieran
tenido la precaucin de asegurar que uno de los mandamientos de la
ley de Dios es _No matars... en tiempo de paz_, y no No matars
slo, estaran en su terreno bendiciendo espadas, fusiles, banderas y
caones; pero esos libros santos son tan incompletos, que han hecho que
los que creen en ellos tengan que dividir el mandamiento No matars en
dos secciones: la de la paz y la de la guerra.

Cuando se depende del ministerio de la paz, matar es un crimen; en
cambio, si se depende del ministerio de la guerra, matar es una virtud.
En el primer caso, matando se merece el garrote; en el segundo, el
Tedum.

Alguno dir que esto es difcil de entender y absurdo; pero otros
absurdos ms difciles de entender hay en nuestra religin, y, sin
embargo, los creemos.


DISPERSIN

Quiero abandonar las reflexiones filosficas, que no le cuadran  un
hombre de accin, y seguir adelante.

Pocos meses despus del decreto de Soult, y en vista de las constantes
expoliaciones de Mina, el Empecinado y Merino, Napolen orden que tres
columnas de quince  veinte mil hombres cada una ocupasen las guaridas
de los guerrilleros en Navarra, en la Alcarria y en las sierras de
Burgos y Soria.

Los generales Kellerman y Roquet fueron los encargados de perseguirnos.

Kellerman! Cmo recordaba yo este nombre! El gran Kellerman de la
batalla de Valmy!

El general de quien haba odo hablar con tanto entusiasmo  mi to
Etchepare!

Con una columna de quince mil hombres, Roquet ocup militarmente las
sierras de Quintanar y de Soria, colocando fuertes guarniciones en
todos los pueblos granados de la sierra, y form columnas mviles
dispuestas  reconocer bosques y desfiladeros.

Merino no tena esa alta serenidad de los hombres de conciencia, y
se amilan viendo que se le echaba encima tal avalancha de soldados.
Escribi al director que no iba  poder sostenerse en la sierra y que
haba pensado acercarse al Moncayo  internarse en Aragn.

El director le disuadi de tal proyecto y le dijo sera su ruina.

Segn ste, se deba permanecer  toda costa en los pinares de Soria,
subdividiendo las fuerzas en pequeas secciones, al abrigo de las
montaas, observando la mayor vigilancia.

Merino sigui el consejo del director y nos fraccion en grupos de diez
y de veinte, mandados por un oficial  individuo de clase.

Todos no quedaron en la sierra: muchos de los nuestros fueron
al Seoro de Molina de Aragn, en unin de los guerrilleros de
Villacampa, Eraso y del cura Tapia.

Merino nos dijo que cuando viniera el momento nos avisara el sitio y
la hora de la asamblea.




LIBRO TERCERO

DEL AO 9 AL AO 10




I

NUESTROS REFUGIOS


La vida del partidario tiene cambios de luz como los cuadros de una
linterna mgica.

Fu para nosotros un momento extrao aquel en que dejamos de ser
guerrilleros para convertirnos en pacficos trogloditas.

La mayora de nuestros hombres, nacidos por aquellas montaas, se
repartieron en los pueblos y en las casas de los labradores, y los
que podan suscitar sospechas por su aspecto, por no tener aire de
campesinos ni de leadores, fueron enviados  los ocultos refugios
con que contbamos. De estos refugios, los principales eran el embudo
de Neila, la cueva del Abejn, cerca de Covaleda, el poblado de
Quintanarejo y las ruinas de Clunia.

Yo pas por todos ellos: viv en la cueva del Abejn y en las ruinas
de Clunia unos das, y estuve en Neila  dar un recado  Merino.

En las cuevas y en los rincones de las iglesias se guardaron las armas
y las municiones.

Merino, con alguno de los suyos, fu  Neila.


EL EMBUDO DE NEILA

Neila es un poblado pequeo, miserable, hundido en un barranco en forma
de embudo: se halla en la sierra, hacia un punto donde hay una laguna,
de la cual sale el ro Najerilla.

Neila est tan escondido, que en el mismo borde del embudo donde se
encuentra, no hay nadie que, aun sabiendo que all hay un pueblo, sea
capaz de dar con l. No se ve camino--al menos no se vea entonces por
ningn lado--, y slo deslizndose por un pedregal se encontraba al
poco rato el comienzo de una estrecha senda que bordeaba las paredes
del embudo y conduca  Neila.

El pueblo ocupara, con sus campos, un espacio como la plaza Mayor de
Madrid.

En los das nublados de invierno, como la luz apenas llegaba  las
casas,  todas horas ardan grandes hachas de viento, formadas por
fibras de pino. All abajo, en los interiores, las paredes, los
muebles, todo estaba barnizado por el holln negro y brillante que
dejaba la tea resinosa.

En perodo de paz, la gente de Neila se dedicaba en aquella poca 
la corta de pinos para las serreras mecnicas de las inmediaciones.
Durante la guerra, los neilenses vivan con gran miseria.

Merino, cuando se refugi en Neila, hizo que los leadores formasen una
guardia de centinelas por si aparecan los franceses, y mand, adems,
arreglar una estrada en lo ms agrio de la sierra, por la cual pudieran
escaparse l y sus hombres.


LA CUEVA DEL ABEJN

Otro de los puntos de refugio de los guerrilleros, y donde guardbamos
muchas armas, fu la cueva del Abejn, situada en la cumbre del pinar
de San Leonardo, en las inmediaciones de Regumiel.

En la cueva del Abejn, que es grande, caba mucha gente. All estuvo
el Brigante con la mitad de sus hombres.

Hoy la recordaba en esta maldita Crcel de Corte, donde me encuentro
preso, al leer en un peridico que esa cueva es uno de los puntos de
reunin de los carlistas.

Qu vida aqulla! Los guerrilleros, sucios, negros, hacan la comida
en un hornillo de piedras, y  la luz de las llamas se les vea con ms
aspecto de bandidos que de soldados.

Se coma unas cuantas piltrafas de carne de cabra frita con sebo, se
asaban patatas en el rescoldo, y los huecos del estmago se llenaban
con pan. Despus se beba un poco de aguardiente, de se que llaman
matarratas, y se fumaba un tabaco apestoso.

A pesar de la miseria que nos carcoma, y de que toda nuestra
alimentacin se reduca  unas cuantas hebras de carne que parecan de
correa, conservo de aquella vida gratos recuerdos. El ms desagradable
es el de unos dolores reumticos producidos por la humedad.

Entonces, aquella parte de los alrededores de Covaleda era muy
primitiva y salvaje. Se viva como en la Edad Media; probablemente hoy
se seguir viviendo lo mismo. Todos all vestan  la antigua; llevaban
el pelo largo y tufos por encima de las orejas.

El traje regional de los hombres consista en una especie de marsells,
atado por delante con una sola cinta, como un cors, debajo del cual
llevaban un pauelo de colores, pantalones anchos y cortos, y abarcas.
Estos serranos del Urbin parecan bretones por su aspecto, y, segn
algunos, procedan de unas familias llegadas all desde Bretaa.

El Brigante y yo solamos ir con frecuencia  cazar al Urbin y  la
garganta de Covaleda, uno de los desfiladeros ms hermosos de Espaa.

La garganta de Covaleda se halla formada por un largo barranco cubierto
de espesos pinares.

En su fondo corre el Duero por entre peas cubiertas de musgo, saltando
en las cascadas, remansndose en las presas, moviendo las paletas de
las serreras de tejados rojos y brillantes.

Como la estancia en la cueva del Abejn no me convena por mi
reumatismo, cada vez mayor, y como por aquel entonces las tropas
de Roquet nos rodeaban por todas partes, andando solo de noche fu
atravesando gran parte de la provincia de Soria hasta Corua del Conde.

El cura de este pueblo, amigo de Merino, me acogi en su casa, y en
ella estuve algn tiempo, hasta que me repuse.

En la aldea se encontraba un grupo de la partida de Merino.

Por lo que dijeron, haban encontrado en las ruinas del anfiteatro
romano de Clunia una porcin de agujeros y de espacios abovedados,
donde se recogan para dormir.

De da, los guerrilleros trabajaban con los labradores y ganaban su
jornal.

Como en esta parte, ya prxima  la ribera del Duero, no se vigilaba
tanto como en la sierra, yo pude vivir en casa del cura de Corua del
Conde completamente tranquilo.




II

UN EPISODIO DE LA VIDA DEL TOBALOS


Un da se present en casa del cura de Corua del Conde un clrigo
joven, que estaba alistado como guerrillero en la partida de Tapia,
que, como se sabe, tambin era cura.

El clrigo y yo hablamos, despus de cenar, de los hechos de nuestras
respectivas guerrillas, y de pronto l me pregunt:

--Usted conoce, por casualidad,  uno que est en la partida de Merino
y  quien llaman el Tobalos?

--S, seor. Est en mi escuadrn--le dije yo.

--Hombre valiente es, eh?

--Ya lo creo! Le conoce usted?

--Si le conozco! Como que soy de su pueblo. Y todo el mundo all se
acuerda de l  cada paso. Verdad es que lo que hizo no es para menos.

--Pues qu hizo?

--Es una historia larga de contar.

--Y qu? Cuntela usted; no tenemos nada que hacer--dije yo.

--S, hombre, cuntala--repuso el cura de Corua del Conde.

--Bueno; puesto que ustedes lo quieren, la contar.


LA JUSTICIA DEL BUEN ALCALDE GARCA

Han de saber ustedes, seores--dijo el cura--que hay en la orilla
del Duero, no les dir si muy cerca  muy lejos, un pueblo grande,
que, aunque no se llama el Villar, para los efectos de mi historia le
nombraremos as.

Este pueblo es clebre por sus albaricoques y por otros dulces y
sabrosos frutos; por el zumo de la uva, que es de primera calidad; y
aunque yo sea eclesistico, tengo que reconocer que tambin es nombrado
por la belleza de sus mujeres.

En el Villar hay varias casas solariegas  hidalgas, y entre ellas la
ms importante es la de los Acostas.

Algunos dicen que estos Acostas proceden de unos judos portugueses que
se establecieron en el lugar en tiempos de Felipe II; otros afirman que
no, que son cristianos viejos y de rancia prosapia.

Existe un indicio para creer que los Acostas tuvieron relaciones con la
Santa Inquisicin, puesto que en su escudo hay una rueda de suplicio y
seis costillas, jeroglfico que parece quiere decir: Rueda _ costa_
de mis costillas.

Fuera de esto lo que fuera, el caso es que en el Villar, en la casa
solariega de los Acostas, viva hace siete  ocho aos don Rodrigo de
Acosta, seor que haba sido militar y quedado viudo con dos hijos: don
Diego y doa Mara.

Don Rodrigo, que tena pleitos en Madrid, sola ir con frecuencia  la
corte y dejaba encomendada la custodia de su hijo  un viejo perdido,
llamado Sarmiento,  quien se le conoca por el Capitn, y  su hija
doa Mara, al cuidado de una duea respetable, llamada doa Mercedes.

En este mismo pueblo viva Antonio Garca, apodado el Tobalos, hombre
conocido en toda la comarca por su honradez.

El Tobalos tena cinco  seis pares de mulas; trabajaba casi todo
el da en el campo y no hablaba apenas. Tena el Tobalos una hija,
Epifania, que prometa ser una real moza, y recogido en su casa un
sobrino suyo, hijo de una hermana.

Este conjunto de antecedentes es necesario conocer para mi historia.

Se deslizaba la vida del pueblo sin ms acontecimientos que los de
costumbre, cuando se comenz  hablar de las travesuras de don Diego
Acosta, el hijo de don Rodrigo.

Al principio nadie se sorprendi, porque era costumbre de los hijos de
familias poderosas hacer su voluntad y su capricho.

Poco  poco las travesuras subieron de punto y se convirtieron en
verdaderas bellaqueras de rufin.

Don Diego, en compaa de su amigo y consejero Sarmiento, alias el
Capitn, robaba en los garitos, apaleaba  los mozos y violaba  las
muchachas en los campos.

Un da el Tobalos vi  don Diego que rondaba su casa. Sin ms
averiguaciones, se visti y fu al palacio de los Acostas, pregunt por
don Rodrigo, le explic en pocas palabras lo que ocurra, y aadi:

--Yo no digo ms. Si  don Diego le veo de nuevo rondando mi casa, le
pego un tiro.

Don Rodrigo, que saba que el Tobalos era hombre honrado, le asegur
que don Diego no volvera  rondar su casa, y, efectivamente, as fu.

Pasaron unos meses y lleg la poca de ferias. En esta poca solan
descolgarse en el Villar una turba de chalanes, gitanos, jugadores,
tahures y cmicos.

Esta vez llegaron dos carros de comediantes, y entre stos una dama
joven, muchachita verdaderamente linda, llamada Isabel.

La compaa de cmicos estuvo ms de una semana; los galanes del pueblo
asediaron  la dama joven, ofrecindole regalos y joyas; pero la
muchacha era honesta y rechaz todas cuantas proposiciones la hicieron.

En esto, una maana se supo con horror en el pueblo que la dama joven
acababa de ser encontrada hecha pedazos en un bosquecillo prximo al
ro.

La justicia comenz sus averiguaciones, y se supo que un cmico de la
compaa haba estado la noche del crimen en una casa que una vieja
celestina tena detrs de la iglesia. Esta vieja era conocida por la
ta Cndida.

Las autoridades prendieron al cmico y encontraron que tena manchas de
sangre en las botas. Lo llevaron  l y  la ta Cndida  la crcel.
La Celestina prob la coartada, demostrando que durante todo el da no
estuvo en su casa, y el cmico, que no pudo explicar cmo aparecan
manchas de sangre en sus ropas, fu agarrotado en la plaza pblica.

Pas medio ao y comenz  olvidarse el crimen.

El pueblo estaba muy dividido: cada casa aristocrtica tena sus
partidarios, y las disputas eran constantes. Entonces, no se sabe 
quin, pero muchos supusieron que  don Rodrigo Acosta, se le ocurri
nombrar alcalde corregidor  Antonio Garca el Tobalos.

Seguramente, podr haber un hombre ms inteligente que l; pero con
dificultad otro ms recto.

Como si todas las posibilidades de encumbramiento se presentaran de
pronto, Garca vi que don Diego Acosta se diriga formalmente  su
hija Epifania, pidindola en matrimonio. Poco despus su sobrino
Fernando galanteaba  doa Mara, la hija de la poderosa familia de los
Acostas, y con asombro de todos era aceptado en ella.

El pueblo acus al corregidor de sentirse orgulloso; no era cierto.
El Tobalos no quera nada con don Diego de Acosta, aunque le permita
hablar con la Epifania por la reja. Crea que el perdido haba de
volver  las andadas.

Si el Tobalos no se deslumbraba con su posicin, su hija Epifania y la
seora Manuela, su mujer, estaban cerca de volverse locas de contento.

As las cosas, una noche se present  ver al alcalde Garca un
muchacho joven forastero vestido de negro.

Le hicieron pasar al cuarto del alcalde, y al entrar en l se arrodill
y dijo:

--Seor corregidor, vengo  pedir justicia.

--Si est en mi mano hacerla, se har--contest el alcalde--.
Levntate, muchacho. Qu pasa?

El joven vestido de negro habl en estos trminos:

--Yo, seor, soy hermano de un cmico que ha sido ejecutado en el
patbulo en la plaza del Villar por considerrsele autor de un crimen
contra una muchacha violada y descuartizada  orillas del ro. Mi
hermano haba sido un calavera; haba arruinado  mi padre, que es
librero en Valladolid, y era la deshonra de la familia. A pesar de
esto, ni mi padre ni mi madre creyeron nunca  mi hermano capaz de
cometer un crimen as, y afirmaron siempre que deba haber un error en
su condena. Efectivamente; lo hay.

El corregidor qued contemplando atentamente al joven, que sigui
hablando as:

--Mi padre, que tiene amigos en el Villar, encarg  uno de ellos que
hiciera averiguaciones acerca del crimen, y el amigo las hizo; y como
estas indagaciones dieron resultado, mi padre me encarg que viniera
aqu. Ayer, ese amigo y yo fuimos  ver  una anciana enferma y
moribunda, y ella nos confirm que mi hermano era inocente y que los
asesinos de la muchacha fueron otros. El amigo nuestro, al saber los
nombres de los verdaderos criminales tembl, y desde este momento ya
no ha querido mezclarse en nada. Estaba abatido, creyendo que nadie
querra ayudarme en la reivindicacin de la memoria de mi hermano,
cuando una buena mujer, en cuya casa vivo, me dijo: Vete  casa del
alcalde Garca; si l cree que tienes razn, aunque sea contra el rey,
te ayudar. Qu me contesta usted, seor alcalde?--pregunt el joven
vestido de negro.

--Cuenta los hechos, dame los nombres y las pruebas... y se har
justicia.

El muchacho narr lo ocurrido y termin diciendo:

--La anciana enferma moribunda no tiene inconveniente en declarar.

--Entonces, que vengan dos testigos y el notario, y vamos all.

El corregidor se envolvi en su capa, y en compaa de los dos
testigos, del notario, de un escribiente y del muchacho fueron  una
casa pequea prxima  la iglesia parroquial.

La vieja era muy vieja y muy enferma, pero estaba en el dominio de
todas sus facultades; recibi la visita de las autoridades con calma, y
despus de jurar en nombre de Dios decir la verdad, exclam:

--Me alegro que hayan venido usas  mi pobre casa, porque el
remordimiento me tiene atosigada el alma. S, yo creo que conozco 
los que mataron  la cmica, y no lo he dicho ante la justicia porque
estoy baldada por el rema y no he podido ir  declarar; y cuando cont
 un hijo mo lo que pasaba, me dijo ste que vea visiones y que no me
metiera en lo que no me importaba.

--Est bien. Cuente claramente lo que pas y lo que vi--dijo el
alcalde.

--Pues ver usa: todo fu una pura casualidad. El da del crimen,
mi hijo, al marcharse, despus de comer,  trabajar al majuelo, me
pregunt si yo recordaba dnde estaban unas botas viejas suyas. Por la
tarde fu  un cuarto que tenemos en la parte de atrs, donde guardamos
los aperos de labranza, y estaba all registrando y viendo las cosas
una  una. Este cuarto tiene, y luego si ustedes quieren lo pueden ver,
un ventanillo que da  la calle de la Cadena. No s qu ocurrencia me
di,  si es que o alguna voz, el caso es que tuve la curiosidad de
mirar por all, y poniendo un cajn en el suelo y subindome  l me
asom por el ventanillo y vi  dos hombres en acecho.

--Los conoci usted?--pregunt el corregidor.

--S.

--Quines eran?

--Don Diego de Acosta y el Capitn.

Los testigos y el notario y el jovencito vestido de negro miraron 
Garca, que no parpade.

--No deje usted de apuntarlo todo--dijo el corregidor al escribiente; y
luego aadi, dirigindose  la vieja:

--Siga usted.

--Don Diego iba  cuerpo; el Capitn,  pesar de que no haca fro,
llevaba una capa negra. Como yo, lo mismo que todo el pueblo, saba
que don Diego y el Capitn eran hombres de aventuras, supuse que se
tratara de algn enredo amoroso. Estuve mirndolos durante algn
tiempo ir y venir por la calle desierta; me fu  trabajar, y al
anochecer volv de nuevo  curiosear desde el ventanillo. De pronto,
apareci un hombre y entr en el portal de la ta Cndida; no era ni
don Diego ni el Capitn; no era ninguno del pueblo.

--Era mi hermano el cmico--interrumpi el jovencito vestido de negro.

--Estuvo esperando el hombre en el portal--sigui diciendo la
vieja--hasta que se acerc una mujer tapada, alta, gruesa, que
desapareci en la casa.

Crea yo en aquel instante que don Diego y el Capitn se habran
marchado; pero en esto les vi aparecer  los dos, y  los pocos
momentos volvieron corriendo. El Capitn llevaba una mujer en los
brazos. Entraron en casa de la ta Cndida. La mujer no grit; quiz
llevaba la boca tapada. Esper, y una hora ms tarde, ya de noche,
salieron la seora alta y el galn de negro, y poco despus, el Capitn
y don Diego, con un bulto obscuro en brazos. Ya no vi ms.

Mi hijo volvi aquel da muy tarde del majuelo, y me cont que debajo
del puente haba visto  dos hombres, que le parecieron el Capitn y
don Diego, apisonando la tierra.

Al da siguiente, cuando se supo la muerte de la cmica, le dije yo 
mi hijo:

--No habrn sido los asesinos esos dos? Porque yo les vi salir de casa
de la ta Cndida... Y mi hijo me contest:--Madre, usted chochea,
usted no ha visto nada.

--Eso es todo lo que s, seores--concluy diciendo la vieja.

Se le ley la declaracin, en la que puso una cruz por no saber firmar,
y se retiraron las autoridades.

Al da siguiente, el corregidor, con el alguacil y el escribano, fueron
 la orilla del ro; debajo del puente mandaron cavar en distintos
puntos  un bracero y encontraron la capa del Capitn manchada de
sangre y dos puos, que pertenecan  don Diego.

Por la noche, don Diego y el Capitn eran presos y llevados  la crcel
con escolta.

El asombro del pueblo fu extraordinario. Don Rodrigo de Acosta
se present en casa de Garca furioso, indignado; pero cuando el
corregidor le mostr las pruebas, el viejo hidalgo qued confundido.

El alcaide de la crcel, que consideraba todos los procedimientos
buenos para descubrir un crimen, comenz por atemorizar  los
culpables, poniendo por las noches en su calabozo una calavera entre
dos velas; luego di tormento al Capitn y  don Diego, y al fin stos
confesaron.

El pueblo entero se haba declarado en contra de los culpables; crea
que don Rodrigo intentara salvar  su hijo por cualquier medio y todo
el mundo estaba dispuesto  no permitirlo.

Sobre el alcalde pesaban mil influencias; su hija estaba enferma,
grave; su mujer lloraba constantemente; su sobrino Fernando y don
Rodrigo pedan indulto.

--Antes que nada es la justicia--repeta el corregidor.

El viejo Acosta compr al alcaide y  los dems carceleros  peso de
oro para que permitiesen escapar  don Diego y propuso al corregidor
que hiciera la vista gorda.

Garca no acept.

Acosta le suscit pleitos para arruinarle.

El alcalde no se rindi.

La hija se agrav; pidi  su padre perdn para su novio. El alcalde
dijo que l no era quin para perdonar.

Contra viento y marea llev el proceso hasta el fin, y no par hasta
que envi  los dos criminales al patbulo.

Su hija Epifania muri; el sobrino Fernando huy del pueblo; de la
hacienda del Tobalos no qued nada; toda se la comieron los curiales.

El da de la ejecucin, por la maana, el buen alcalde Garca cruz el
pueblo. La gente, al verle, le abra paso, le miraba y le saludaba con
respeto. Las campanas tocaban  muerto. Un gran pao negro cubra el
escudo del palacio de los Acostas.

El alcalde vi cmo el verdugo agarrotaba  los dos criminales; luego
volvi  su casa, sac el macho, en donde hizo montar  su mujer, y
dijo:

--Vamos, mujer. Ya no tenemos nada que hacer aqu.

Y los dos, cruzando el pueblo, se marcharon de l para no volver ms.

       *       *       *       *       *

--Este es el Tobalos--concluy diciendo el cura, paisano suyo.

--Hombre terrible!--murmur el prroco de Corua del Conde--. Con
muchos como l, de otra manera marchara Espaa.

Hicimos algunos comentarios acerca del ex alcalde y guerrillero y nos
fuimos  acostar.




III

UNA GRAN PRESA


A pesar de que la mayora de las fuerzas de Merino se dividan y
subdividan mucho, qued, para los efectos de influir en los aldeanos y
despistar  los franceses, una partida de hombres  pie, sin fusiles,
que corran como gamos. Eran casi todos pastores giles, fuertes, que
conocan la sierra como su casa.

Mientras las columnas mviles de los imperiales exploraban los pasos de
los montes, el grupo de pastores iba de un punto  otro por senderos,
por veredas de cabras, desesperando  los franceses, que no comprendan
cmo una partida de trescientos  cuatrocientos hombres (ellos suponan
que era toda la partida) poda hacer estas extraas evoluciones.

Al finalizar el verano, los franceses se desanimaron; las columnas no
se podan sostener en la sierra por no haber manera de abastecerlas.

Vena la mala estacin; era an ms difcil avituallar tanta gente en
sitios desiertos y pobres, y poco  poco las tropas de Roquet fueron
retirndose de la sierra.

Pronto supo Merino lo que pasaba, y comenzaron los avisos para la
asamblea.

Mand  los diferentes puntos de refugio de los guerrilleros los
mejores guas de los contornos para que nos acompaaran.

An no se haban retirado los franceses y ya estaba Merino reuniendo
sus fuerzas en el centro de la sierra; pasaban los nuestros al lado de
las tropas enemigas por caminos desconocidos por ellas.

Los franceses cubran seis  siete senderos y los guas se colaban por
otro.

Para el comienzo del otoo, la partida estaba igualmente formada que
antes de su disolucin.


LA VALIJA DEL EDECN

Despus de organizadas nuevamente las fuerzas, nuestra primera
operacin fu atacar en Santa Mara del Campo  una columna de
imperiales que haba salido de Celada,  la que se le hizo veinte 
treinta bajas.

Unos das ms tarde el director avis  Merino la inmediata salida de
un edecn del ministro de la Guerra de Francia, que llevaba pliegos
importantsimos del emperador para su hermano Jos y los mariscales de
sus ejrcitos en Espaa.

Merino, con el escuadrn de Blanco y con el nuestro del Brigante,
esper  la patrulla francesa entre Villazopeque y Villanueva de
las Carretas; la sorprendi  hizo presos al edecn del mariscal
Bernardotte y  cuarenta y seis dragones de la escolta. Al mismo
tiempo se apoder de un birlocho y de la valija en donde iba la
correspondencia del emperador para su hermano y para el ministro de la
Guerra de Espaa.

En el encuentro no tuvimos herido alguno. Merino no se sinti cruel y
respet la vida de los franceses.

Al apoderarse de la valija vacil, y nos pregunt  los oficiales qu
creamos se deba hacer con ella.

El haba pensado mandrsela al director. Yo observ que me pareca
lo ms natural abrirla y leer los pliegos, y despus envirsela al
Gobierno.

Se sigui mi consejo, y yo, como ms versado en el francs, fu el
encargado de revisar los papeles.

Haba pliegos de gran inters con noticias referentes  la guerra
grande de los ejrcitos regulares. Esto, mayormente  nosotros, nos
interesaba poco.

El dato de importancia obtenido de la correspondencia fu saber que los
franceses preparaban en Burgos un gran convoy destinado al ejrcito
mandado por Massena y por Ney, que sitiaba la plaza de Ciudad Rodrigo.

El convoy constara de 120 furgones y otros carros militares, cargados
de pertrechos y municiones de guerra.

Se dirigira por la carretera de Valladolid  Tordesillas  tomar la
calzada de Toro.

Iran custodiando la expedicin doscientos hombres de infantera y unos
ciento sesenta dragones.

Despus de revisar los papeles se cerr la valija, y con un oficial del
escuadrn de Burgos y la minuta de oficio se remiti la correspondencia
al marqus de la Romana.


PREPARATIVOS

Al da siguiente Merino comenz sus preparativos para apoderarse del
convoy francs que haba de dirigirse  Ciudad Rodrigo.

Pensaba dar el golpe slo con la caballera. Las fuerzas de infantera
que mandaba el comandante Angulo las envi hacia la orilla del Duero,
entre Pearanda y Hontoria de Valdearados.

Luego mand de vanguardia  la gente del Jabal, y  nosotros los del
Brigante para que, cruzando el Duero por la Vid, nos internramos en la
provincia de Segovia, pasando por cerca de Sacramenia y Fuentiduea 
acampar en los pinares de Aguilafuente.

De aqu nos iramos aproximando de noche  la carretera.

Pocos das despus despach al escuadrn de Burgos para que se reuniera
con nosotros. Este escuadrn estaba formndose y era todava de muy
pocas plazas.

Mientras tanto, Merino qued en la sierra con veinticinco jinetes
escogidos y cincuenta serranos de  pie, armados de escopetas.

Merino y los suyos se acercaron por la madrugada  algunos pueblos
ocupados por los franceses  hicieron el simulacro de atacarlos y
llamar su atencin sin recibir mayor castigo.

Merino hizo creer  los franceses que segua con su partida por los
riscos de la sierra. Se vali tambin de su sistema de dictar  los
alcaldes y justicias de los pueblos partes dirigidos  los jefes de
cantn afirmando que el cura se haba presentado en este  en el otro
punto al frente de doscientos  trescientos hombres, sacando raciones y
cometiendo varios atropellos.

Al recibirse aviso de Burgos de la salida del convoy francs para el
sitio de Ciudad Rodrigo, Merino licenci  sus escopeteros serranos, y
con los veinticinco hombres que le quedaban recorri en pocas horas la
enorme distancia, para hacerla de una tirada, que hay desde Quintanar
de la Sierra hasta Fuentiduea.


EL ATAQUE

Despus de aquella tremenda caminata, el cura durmi unas dos horas, y
al frente de toda su caballera, acercndose  la carretera, avanz en
sentido contrario del que deba llevar el convoy francs, y determin
atacarlo entre Torquemada y Quintana de la Puente, en la calzada de
Valladolid  Burgos.

Coloc  los hombres del Jabal, en quienes tena ms confianza
como tiradores que como jinetes,  un lado y  otro  lo largo de la
carretera; al comandante Blanco mand emboscarse en un carrascal,
y nosotros, los del Brigante, quedamos del lado de Valladolid
reconociendo la carretera.

Merino nos avisara la proximidad del convoy: de noche, con una hoguera
que se encendera en un altozano; de da, con un palo y un trapo blanco
como bandera que mandara colocar en el mismo punto.

Si era de noche, no cargaramos mientras no se nos avisara; si era
de da, aparecera en el altozano, al lado de la bandera blanca, un
gallardete rojo.

Durante todo el da, con una lluvia torrencial, estuvimos yendo y
viniendo por la carretera. Por la noche nos dividimos en rondas y
pudimos descansar algo.

Poco despus del amanecer, estbamos el Brigante, Lara y yo desayunando
con un pedazo de pan y un poco de aguardiente que nos di nuestra
cantinera la Galga, cuando apareci la banderita blanca en el altozano
indicado por el cura.

Inmediatamente montamos  caballo y formamos.

Por lo que supe luego, los franceses eran unos trescientos; haban
salido en tan corto nmero, pensando que ni Merino ni el Empecinado
podan atacarlos. Al Empecinado lo suponan en aquel momento en la
Alcarria, y  Merino,  muchas leguas  sus espaldas.

Desde la revuelta de la carretera en donde nos encontrbamos nosotros
omos el fuego. Al graneado de los guerrilleros, mezclado con
estampidos de trabuco, se mezclaba la descarga cerrada de los franceses.

Llevaran ms de una hora de fuego, cuando flame en el cerro el
gallardete rojo.

El Brigante levant su sable; Lara y yo hicimos lo mismo; picamos
espuelas y, primero al trote, luego al galope, nos lanzamos sobre los
franceses. El fuego de los nuestros ces. Los franceses se haban
atrincherado detrs de los carros, de los furgones y de los caballos.
Al atacar nosotros, la mayora de los enemigos se dispers, pero no
pudimos avanzar; tal masa confusa se form de carros, de caballos y de
hombres.

No cesbamos de acuchillar  derecha y  izquierda; los del escuadrn
de Burgos llegaban por el otro lado de la carretera y se entablaban
luchas cuerpo  cuerpo.

Los franceses quedaron arrollados y muertos en gran nmero; algunos
quedaron prisioneros; muy pocos debieron lograr huir por los campos.

En esta sorpresa apenas tuvimos bajas. Slo en nuestro escuadrn hubo
un muerto y tres  cuatro heridos.

El procedimiento de Merino no era para tenerlos.


EL BOTN

Despus de asegurada la presa, quedaba una parte difcil: guardar
los ciento diez y ocho furgones del cargamento. Haba herramientas,
plvora, medicinas, caones, aparatos de ciruga.

Merino llam  los habitantes de Quintana y de los pueblos inmediatos
para que viniesen con sus borricos, mulas y carros.

Se desengancharon todos los caballos de tiro del convoy francs, que
pasaban de seiscientos y eran de esos frisones de mucha fuerza.

Inmediatamente se comenz la descarga de los barriles de plvora, y
colocando en cada caballera una albarda con dos barriles, se los
dirigi con escolta  los conventos inmediatos.

Los caones, bombas y balas de can se enterraron provisionalmente 
orillas del ro; se repartieron entre los vecinos de los pueblos los
caballos, y se dijo  los aldeanos se llevasen de los furgones lo que
quisieran, ruedas, llantas, tornos, etc.

Luego, Merino mand amontonar las tablas, las lanzas de los carros, los
cadveres de los franceses y los caballos muertos y los quem.

Haba una satisfaccin cruel en estas purificaciones hechas por el cura.

Cierto, que lo mejor que se puede hacer con un cadver es quemarlo;
pero Merino no lo haca por piedad ni por higiene, sino por odio.

Al medioda no quedaba de aquel convoy mas que una inmensa hoguera.

Por la tarde se supo que varios escuadrones de caballera francesa
venan de exploracin por la carretera.

Merino di sus rdenes para la retirada. El Jabal march de
vanguardia; luego partieron los del escuadrn de Burgos. Mientras
tanto, el cura se present en la casa del Ayuntamiento de Quintana
y dict el parte que el alcalde deba dar al jefe de la primera
guarnicin francesa para cubrir la responsabilidad del pueblo.

Inmediatamente sali; mont  caballo, se reuni con nosotros, y fuimos
retirndonos  toda prisa de la carretera.

Llevbamos ms de cincuenta prisioneros, divididos en pequeos grupos.




IV

A MARCHAS FORZADAS


El mismo da en que se verific el combate, por la tarde, una tarde
lluviosa y fra, recorrimos siete  ocho leguas y fuimos  refugiarnos
 los pinares de Segovia entre Fuentiduea y Aguilafuente.

Los prisioneros no nos daban trabajo; comprendan que, de escapar si no
llegaban  un cantn ocupado por franceses, estaban perdidos, pues los
aldeanos los mataban y los tiraban  los pozos.

En los pinares esperamos  saber el efecto que produca  los
imperiales tan gran presa.

Merino envi confidentes  Peafiel, Roa, Aranda de Duero, Lerma y
Burgo de Osma.

A los cuatro das se supo que todas las tropas francesas de los
contornos abandonaban sus guarniciones, y reunidas en Aranda, iban
 formar una lnea de vigilancia estrecha para impedir la vuelta de
Merino  la sierra.

--Bah! El zorro se escapar de la trampa--dijo el cura.

Las tropas de Roquet ocuparon Sacramenia y Fuentiduea, y el general
Kellerman, al frente de dos mil infantes y trescientos caballos, entr
en Peafiel.

Nosotros tenamos alguna preocupacin; veamos  los prisioneros
franceses esperanzados y contentos. Si el cura no poda pasar  la
sierra estaba perdido, pues aunque sostuviera la partida algn tiempo
en tierra llana,  la larga sera cercado y desecho.

Merino, despus de hablar con la gente del pas, dividi todas sus
fuerzas en ocho secciones, de unos sesenta  ochenta hombres cada una.

Cada seccin contara con un gua,  quien deba seguir, y un oficial
por si el pelotn era atacado por el enemigo. A m me toc mandar una
de las dos secciones en que se dividi el escuadrn del Brigante.

Una tarde me dieron la orden de marcha. Salimos  la deshilada ya
de noche. Caminamos durante diez horas; dimos una de vueltas para
despistar  cualquiera; pasamos por cerca de la Pea del Cuervo y
de Onrubia, y dormimos por la maana en un bosque; al segundo da
atravesamos el puente de la Vid, descansamos en el pinar prximo 
Huerta del Rey, y la tercera noche de la salida estbamos en Hontoria,
sin haber perdido un hombre ni un prisionero.

Durante todo el camino se nos acerc la gente de los pueblos  decirnos
lo que pasaba y  explicarnos dnde estaban los franceses. Sobre todo,
los curas constituan una polica espontnea inmejorable.


ROQUET Y KELLERMAN

El general Roquet se reuni  Kellerman en Peafiel; permanecieron
juntos los generales en aquella villa ms de tres das sin poder
averiguar el paradero de Merino, hasta que recibieron un parte del
comandante militar del cantn de Aranda de Duero comunicndoles que
Merino y su partida se encontraban de nuevo en el corazn de la sierra.

Roquet y Kellerman celebraron consejo, al que asistieron los coroneles
de los regimientos.

No se tena indicio alguno de nuestro paso. Demasiado comprendan los
franceses que, cuando el pas es amigo, todo se encuentra lleno de
facilidades, y que, por el contrario, en tierra enemiga los caminos
estn erizados de obstculos y dificultades.

Se discutieron y se rechazaron en el consejo una serie de
proposiciones, y en vista de la imposibilidad de dar con un hombre tan
astuto como Merino y tan conocedor del pas, se determin aislarlo
en la sierra, recomendando al capitn general de Burgos que enviara
siempre los convoyes con fuertes destacamentos.

Por otra parte, la lucha en las montaas, en pleno invierno, llevando
grandes columnas, era imposible. Los soldados franceses, por muy
aguerridos que fuesen, no podan alcanzar  montaeses ligeros, que
corran por el monte como cabras y conocan el terreno palmo  palmo.

Los acuerdos del consejo de Peafiel se pusieron en conocimiento del
conde de Dorsenne, jefe del ejrcito del Norte. El conde, en vista de
las razones que le exponan, aprob la determinacin de los generales
y se disolvieron las columnas, y enviaron las tropas  sus respectivos
cantones.

Disueltas las brigadas, Roquet y Kellerman volvieron  Valladolid.

Libre Merino de toda persecucin, empez  estar  sus anchas. Tena ya
ms de quinientos caballos de alzada, de excelente calidad, montados
por buenos jinetes. En caso necesario, poda contar con otros tantos
infantes.




V

DILIGENCIA Y PEREZA


Despus de la sorpresa de Quintana, Merino,  quien haban nombrado
coronel efectivo, comenz  lucir unos magnficos caballos.

El mejor que mont durante toda la guerra fu uno  quien bautiz por
el Tordo.

El Tordo lo montaba el coronel francs del convoy muerto en el combate
de Quintana. Era un caballo normando, de color ceniciento, de gran
alzada, ancho de pecho, los pies y los brazos gruesos como columnas,
y el pelo poblado y crecido, de media cuarta, tanto, que haba que
esquilarle en invierno, principalmente por los lodos.

Era un caballazo tosco, mal configurado y poco esbelto; pareca uno de
esos percherones de los carros de mudanza.

Durante la pelea con los franceses entre Torquemada y Quintana de la
Puente lo pudo contemplar Merino y ver su resistencia y su fuerza.

Cuando se lo mostraron despus de la refriega decidi guardarlo para
l. La cosa hizo reir  los oficiales y se hicieron chistes acerca del
caballo,  quien unos llamaron Clavileo y otros Rocinante. Pronto se
vi que los burlones estaban en un gran error.

El Tordo era muy manso; pero luego que se le pona la silla y se
montaba el jinete, se deshaca en movimientos y brincos.

Se le vea siempre deseando marchar.

Trotaba magnficamente y andaba  media rienda con frecuencia, cosa que
gustaba mucho  Merino.

En la carrera, ningn otro caballo de la partida le superaba, y menos
an por entre montes y peascales.

A pesar de su aspecto tosco, tena las habilidades de un caballo de
circo. Se paraba  la voz del amo, quedaba quieto como un poste, y el
jinete poda apuntar con la misma seguridad que si estuviera en el
suelo.

Para hacerle andar no se necesitaba ni la espuela ni el ltigo; bastaba
un ligero movimiento de la brida y animarle con la voz para que
rompiese al trote.

En las embestidas del ataque pareca un caballo apocalptico; no slo
no le asustaba el estruendo de los fusilazos, la gritera de los
combatientes y el ruido de los sables, sino que por el contrario, le
excitaba y le haca dar saltos y cabriolas.

Casi todos los das, despus de haber andado ocho  nueve leguas 
media rienda, el asistente le quitaba la silla, y si haba ro 
alberca en la proximidad le dejaba meterse en el agua.

Esto era lo que ms le gustaba. Despus del bao iba  la cuadra dando
saltos y relinchando, y con un hambre tal, que si le echaban dos  tres
celemines de cebada, aunque fuera sin paja, se los tragaba al momento,
y lo mismo coma habas secas, patatas  zanahorias.

Los das de gran caminata, su amo mandaba darle una gran hogaza de pan
con un azumbre de vino.

El cura comprenda el valor del Tordo en un momento de peligro, y no
dejaba que lo montase nadie. Cuando entraba en accin haca que el
asistente lo llevara  su lado con silla y brida, por si venan mal
dadas salvarse el primero.

Merino conserv el animal hasta despus de la guerra, en que muri de
viejo.


GANISCH

A principio del ao 10 me hicieron  m teniente. Ganisch pidi ser mi
ordenanza.

Ya supona yo que no ganaba nada con esto pero tuve que aceptar por
amistad. Decan que Ganisch no entenda bien el castellano, y que por
eso tena que estar  mi servicio.

Ganisch no comprenda lo que no le daba la gana. A m me estaba ya
cargando. Era un egosta terrible. Si le mandaban algo que no le
gustaba, pona cara de tonto y deca:

--No entender.

Ganisch me di los grandes disgustos y estuvo  punto de comprometerme.

Aceptaba el mando en el momento del combate; pero luego era la
indisciplina ms completa.

--Mira, t--le deca--,  ver si limpias esto.

--Ya lo limpiars t--contestaba con una frescura inaudita.

Determin no encargarle nada; pero al ltimo no era esto slo, sino que
de pronto me deca:

--Mira, t, cuida de mi caballo, que voy  ver si encuentro algo de
comer.

--Pero t qu te has credo?--le preguntaba yo.

--Bueno, bueno; ya sabemos lo que es esto.

Al oirle, cualquiera hubiera dicho que representbamos todos una farsa
y que l estaba en el secreto.

Afortunadamente, Ganisch se las arregl para que le nombraran cabo
furriel, y me dej en paz.




VI

LA CABALLERA ENEMIGA


Siempre que acometamos  tropas de caballera pesada, dragones 
coraceros, maniobrbamos  nuestro capricho y dominbamos la situacin.

La caballera ligera, formada por hsares y cazadores, era mucho ms
peligrosa; pues la velocidad de los caballos y la agilidad y pequea
talla de los jinetes les permita darnos alcance y estorbar nuestro
sistema de retirarnos y reunirnos rpidamente.

Como he dicho varias veces, no atacbamos mas que  columnas 
destacamentos menores que los nuestros.

Esas historias de partidas de campesinos que vencen  doble nmero de
tropas regulares, creo que no pasan de ser historias. Claro que habr
casos de stos; pero, en general, la victoria en la guerra es una
resultante de fuerzas, y el que en un momento presente ms hombres
disciplinados con mayor suma de medios, vencer.

La lgica y el sentido comn triunfan en los campos de batalla como en
todas partes.

La caballera pesada, poco temible por su lentitud, era peligrosa en
las luchas cuerpo  cuerpo. Nosotros tenamos gente fuerte y aguerrida,
pero no se podan comparar con los coraceros imperiales.

Sobre todo los alemanes,  quienes conocamos por sus correas
amarillas, eran unos brbaros. Haba entre ellos hombres que de un
sablazo eran capaces de cortar el tronco de una encina.

Formaban los regimientos de Nassau, de Westfalia, de Wittemburgo y
otros.

En ellos tenamos los mayores enemigos y los mayores amigos de Espaa.
La causa de esta discrepancia deba ser la religin. Los unos eran, sin
duda, protestantes, y all donde vean una iglesia entraban en ella,
derribaban los altares, hacan abrevar los caballos en las pilas de
agua bendita y pegaban fuego  todo lo que podan.

Los soldados imperiales italianos, suizos y polacos, en su mayora
catlicos, eran de menos cuidado; desertaban muchos, y con facilidad se
pasaban  nuestro campo.

A estos desertores y  los prisioneros los envibamos al ejrcito
aliado por la va de Alicante y Valencia, con su hoja de ruta,
alojamiento y raciones.

Se excitaba la desercin de los alemanes por medio de proclamas
escritas en su lengua, que se esparcan en los pueblos donde estaban
acantonados. A los prusianos se les aconsejaba que no lucharan  favor
del enemigo de su patria, y  los catlicos se les deca que ayudando 
los impos y  los hugonotes contra sus hermanos en religin, perdan
su alma.

Los curas y las mujeres eran los ms activos repartidores de estos
papeles.


EL QUADRO

Los catlicos y realistas franceses enviaban folletos y hojas contra
Napolen, en francs y en castellano, desde Inglaterra y Austria.

Uno de estos folletos se llamaba _El Quadro_, y vena  ser una aleluya
de la familia Bonaparte.

El padre de Napolen apareca de carnicero en Ajaccio; su hijo
Carlos, de mendigo; la mujer de ste, Leticia Catalina Fesch, de cena
alegre con el conde de Marbeuf, gobernador de Crcega, ensendole
la pantorrilla; la emperatriz Josefina, abrazada  Barras; Elisa, la
hermana de Napolen, de planchadora, y luego embarazada; Pascual Bona,
 sea Flix Bacciochi, de mozo de caf; Murat, gran duque de Berg, de
cocinero, y Luciano Bonaparte, de arriero.

En medio de todos apareca Napolen sentado en un trono, con un pual
en la mano y rodeado de serpientes. Alrededor de la corona se lea:
_Napoleone_,  irradiando de las letras de su nombre se formaba este
acrstico:

  N EMICE
  A MICUS
  P ROTECTOR
  O MNIUM
  L ATRONUM
  E CLESI
  O PRESSOR
  N ERONIS
  E MULATOR

Napolen enemigo, amigo y protector de todos los ladrones, opresor de
la Iglesia, emulador de Nern.

En casi todos los papeles antibonapartistas se citaba esta conversacin
entre dos italianos:

--Tutti li francesi son latri?--preguntaba uno; y el otro contestaba:

--Non tuttima _buona parte_.

Como el apellido originario de Napolen era _Buonaparte_, y todos los
realistas lo pronunciaban as, recalcando la , pareca esto una cosa
ingeniossima.

En los libelos contra el rey Jos se le llamaba siempre Pepillo, Pepe
Botellas  el Rey de Copas; se le pintaba borracho y cayndose.

Se deca que en Logroo subi al plpito de una iglesia  predicar, y
se venda una hoja suelta titulada: Sermn que predic el seor Josef
Bonaparte, intruso rey de Espaa, en la santa iglesia de Logroo, en
italiano.

Tambin corran entre nosotros dos folletos, en francs: La Santa
Familia y _Les Nouvelles a la main_, en los cuales se atribuan
infinidad de crmenes y de villanas  los Bonapartes.

Yo para m pensaba que por muchos horrores que se les atribuyeran no
se poda menos de reconocer que era una familia de hombres de talento,
bien diferente de la de los Borbones, que una la estolidez  la
degeneracin.

Al mismo tiempo se cantaba la inocencia de Fernando, se tena un amor
por l verdaderamente ridculo, y se crea en una proteccin especial
de Dios por la dinasta de los Narices. A pesar de ser yo guerrillero
patriota, esta alianza entre Dios y el rey de Espaa, de que nos
hablaban los fanticos, me repugnaba, me recordaba las historias de la
Biblia y las ilusiones de un pueblo tan miserable como el pueblo judo,
que se crea elegido por Dios.

Fuera por los libelos  por lo que fuera, el caso es que el nmero
de desertores de los ejrcitos imperiales aumentaba. Al principio
se quedaban entre nosotros; pero cuando ya haba muchos, Merino que
tema ser vctima de un _complot_ combinado entre los desertores y los
enemigos, iba enviando aquellos al ejrcito aliado.

Uno de los que qued con nosotros, y en el escuadrn del Brigante, fu
un bvaro, Pablo Mller, de religin catlica, hombre fuerte, fantico,
que lleg  ser un buen amigo de todos.




VII

DESCONTENTO


A pesar de una larga poca de grandes reveses sufridos por los
espaoles, y  pesar de que en Madrid se supona consolidado el trono
de Jos Bonaparte, desde el campo se adverta la imposibilidad de la
victoria francesa.

El alzamiento espaol se generalizaba; la fiebre patritica creca; la
resistencia se iba organizando cada vez mejor.

Nosotros, que al principio de la guerra nos hallbamos incomunicados
con el resto de Espaa, empezamos  recibir noticias de todas partes.
Estas noticias no nos halagaron. Creamos ser los nicos guerrilleros
de una gran partida, y vimos que no. Se comenz  hablar de las hazaas
de Mina, del Empecinado y de don Julin Snchez.

La gente de las orillas del Duero nos contaba las peripecias de la vida
de don Juan Martn, y los llegados del Norte, los hechos heroicos de
don Francisco Espoz.

Nuestras glorias quedaban obscurecidas. Se apreciaban los servicios de
la partida de Merino, pero no se contaban de ella heroicidades.

Merino haba comunicado su manera de ser  su gente, como Mina y el
Empecinado  la suya.

En los pueblos se nos tena por guerrilleros hbiles, astutos, activos,
no por gente de coraje. Desprestigio terrible.

Varias veces habl con el Brigante de esto.

Yo no me hallaba conforme con la tctica del cura; yo crea que el
xito de la guerra no dependa slo de matar; haba que intentar algo
extraordinario que nos cubriese de gloria.

Hay gente que supone que en el da no puede ocurrir nada extraordinario
ni original. Para muchos, la extraordinariez y la originalidad no se
encuentran mas que en las cosas pasadas.

Lo que ha ocurrido ya, para los que piensan tener toda la ciencia
en el bolsillo, adems de original y raro, les parece necesario y
lgico. Pero no les parecera igualmente lgico si hubiera ocurrido lo
contrario?

Respecto  la originalidad, es indudable que si alguno pudiera ver las
acciones de los hombres en conjunto, las encontrara todas iguales;
pero, en realidad, no lo son, como no lo son las hojas de un mismo
rbol.

Yo por mi parte y fuera de esto creo que basta el sentimiento ntimo de
que lo que uno hace es espontneo y original para que lo sea.

El Brigante era un poco inclinado al fatalismo, doctrina quiz buena
para un filsofo, pero mala para un hombre de accin.

Yo intentaba demostrar que debamos hacer algo fuera de todos los
hbitos rutinarios de los dems.

El Brigante me oa sin replicar.

--Si tuviramos mil hombres dirigidos por ti--deca yo--, podramos dar
batallas verdaderas.

El Brigante se quedaba ensimismado.

--Aunque tuviramos quinientos, eh?

Poco  poco me aventur  hablar ms claro, y le dije que debamos
abandonar  Merino.

--Y qu vamos  hacer?

Este era el problema. Lo ms fcil hubiera sido dejar la partida y
entrar en el ejrcito regular; pero al Brigante y  m no nos gustaba
estar sometidos  ser siempre peones. Queramos conservar nuestra
independencia, y la vida aventurera y cambiante nos pareca mejor que
la reglamentada.

Sentamos tambin los guerrilleros un poco de desprecio por las
paradas y las batallas de bandera y msica. La disciplina estrecha, la
burocracia militar, el cuartel; todo esto nos pareca repugnante.

Ser guerrillero y pelear y matar est bien; ser militar para andar
probando ranchos y acompaando procesiones es cosa ridcula.

El proyecto de incorporarnos al ejrcito regular, por difcil y poco
halageo lo abandonamos.

Desechado esto, discutimos la posibilidad de desertar con el escuadrn
 con parte de l, internarnos en la Rioja  en Burgos y formar partida
independiente.

En el caso de querer incorporarnos  otra partida, las tenamos
cerca. Mina guerreaba en Navarra; Juregui, en Guipzcoa; Renovales y
Campillos, en Aragn; Longa, en Alava y en la ribera del Ebro; y el
Empecinado, en la Alcarria.

El Brigante me oy, y como,  pesar de su valor, era hombre prudente,
me dijo:

--Hay que esperar la ocasin. Y ten cuidado, Eugenio; otro te puede
escuchar como yo, y luego ir con el cuento... Y ya sabes lo que te
espera.

El Brigante tena razn. Haba que esperar. Yo lo comprenda, pero me
impacientaba.


LAS SIMPATAS DE NUESTRA GENTE

Comenc  explorar el nimo de mis guerrilleros, y me encontr
sorprendido al notar que todos eran ms partidarios de Merino que del
Brigante.

El valor, la audacia del jefe de nuestro escuadrn no produca efecto
en nuestras huestes.

Es terrible esto de no poder arrastrar  nadie. De contar con los
ciento cincuenta hombres del escuadrn, se hubiera podido hacer algo;
pero los guerrilleros eran, ante todo y sobre todo, incondicionales del
cura.

El pueblo tiene su instinto que le sirve de lgica. En nosotros, en
el Brigante, en Lara, en el Tobalos y en m, vean algo extrao: una
tendencia  sacar las cosas de sus cauces naturales llevndolas por
otros caminos, una inclinacin  no seguir los usos sancionados y un
desdn por sus hbitos de crueldad.

Los guerrilleros nos consideraban como gente extranjerizada.

En cambio, Merino era de los suyos, discurra como ellos, pensaba como
ellos, equiparaba la crueldad con el valor. Era un campesino hecho jefe.

Al comprobar esto me desesper.

Qu ocurrencia la ma de ir  Burgos y unirme con Merino!

Habiendo guerrilleros vascos clebres, Mina y Renovales que eran
navarros, Juregui guipuzcoano, y Longa vizcano, tres de ellos muy
liberales, la suerte haca que yo, vasco y liberal, me uniera  un
castellano absolutista.

Despus, en el transcurso de mi vida, el haber estado  las rdenes de
Merino fu un obstculo para mis planes.

Si en la conversacin se hablaba de los sucesos del ao 8 al 14 y yo
daba detalles, me preguntaban:

--Es que estuvo usted en la guerra de la Independencia?

Yo contestaba que s.

Era para m un gran honor.

--Con quin?--me preguntaban.

--Con el cura Merino.

Y todo el que me oa crea que era un absolutista.

El general Mina, hombre intransigente y algo arbitrario, nunca se fi
de m, slo por eso. Varias veces dijo  algunos amigos suyos y mos
que bastaba que yo hubiese guerreado con Merino para que no creyese en
la sinceridad de mis ideas liberales.




LIBRO CUARTO

LA EMBOSCADA DE HONTORIA




I

DOA MARIQUITA LA DE BARBADILLO


Cuando se va de Salas de los Infantes  Burgos,  la izquierda del
camino, en un valle poco frtil, se ve una aldea bastante grande, de
esas aldeas serranas que parecen montn confuso de piedras negruzcas y
de tejados color de sangre.

Esa aldea es Barbadillo del Mercado.

Barbadillo est al pie de una montaa desnuda y gris, pared plomiza
poblada por matorrales y carrascas que despus se une con la pea de
Villanueva.

La mayora de las casas de Barbadillo son pequeas y miserables; pero
tiene tambin el pueblo algunas grandes, antiguas y cmodas.

En una de ellas estuve yo viviendo varias semanas con licencia por
enfermo. Padeca un reumatismo febril,  consecuencia de la vida  la
intemperie y de la humedad.

Como los guerrilleros tenamos buenos amigos, fu alojado en casa de
don Ramn Saldaa, administrador de Rentas del pueblo.

Los primeros das estuve en cama, mirando tristemente desde la ventana
los tejados rojos y llenos de piedras y las chimeneas puntiagudas de
Barbadillo.

Pronto pude levantarme y andar, aunque renqueando, y la vida se hizo
para m agradable.

El administrador don Ramn, el dueo de la casa, un muchacho joven
recin casado, se manifestaba patriota entusiasta.

Su mujer, doa Mariquita, tena gracia y simpata para volver loco
 cualquiera. Era una morena con grandes ojos negros y unos lunares
subversivos.

Yo le deca muchas veces:

--Mire usted, doa Mariquita, no se ponga usted esos lunares. Porque
eso es ya provocar.

--Si no me los pongo--! deca ella riendo--. Son naturales.

--De verdad? De verdad?

--De verdad.

--Pues yo crea que se los pona usted para hacer la desesperacin de
los hombres.

Ella se rea. Doa Mariquita mandaba en la casa, haca lo que le daba
la gana, pero contando con su marido. Doa Mariquita era de una familia
rica de Barbadillo y tena una hermana menor, Jimena, una preciosidad.

Algunas noches iba Jimena  casa de doa Mariquita, y yo peda permiso
para callar y estar admirndola.

Ella sonrea. Jimena era una mujer verdaderamente arrogante; tena el
perfil casi griego, el mentn fuerte y las cejas algo unidas. Esto daba
 su fisonoma un carcter de energa y de firmeza.

Yo me figuraba siempre  Jimena con una espada flamgera en la mano,
representando la Ley, la Justicia  alguna otra de esas concepciones
severas  implacables.

A pesar de su aspecto imponente, era la muchacha sencilla y tmida.

Mi escuadrn, por entonces, estaba en Barbadillo, y el Brigante, con
el pretexto de verme, sola ir por las noches de visita  casa del
administrador.

El Brigante y Fermina la Navarra llegaron  ser contertulios asiduos de
la casa.

Juan Bustos se iba enamorando de Jimena por momentos.

Ella pareca mirarle tambin con simpata.

Juan me pidi que consultara  doa Mariquita si la familia acogera
con agrado el que l se dirigiera  Jimena, y doa Mariquita me
contest que crea que Jimena era un poco fra y desdeosa; pero que si
el Brigante saba conquistarla, ni su marido ni ella pondran obstculo
alguno al matrimonio.

Estbamos pensando en estos amores (yo me encontraba ya bueno), cuando
una noche se present en nuestra tertulia don Jernimo Merino.

Nos dijo que acababa de recibir una carta del director dicindole
que tena alojado en su casa, en Burgos,  un coronel de caballera
imperial.

Este coronel, recin venido  la ciudad castellana iba  ser enviado 
operar  la sierra con una columna bastante grande.

Merino cont esto sin ms comentario; pero se comprendi que tena algo
ms que aadir, que estaba tramando otra cosa.

Despus de un largo silencio nos dijo:

--La cuestin sera saber qu propsitos tiene ese coronel francs.

--Y eso cmo se podra averiguar?--pregunt Fermina la Navarra.

El cura qued pensativo, y de pronto, dirigindose  doa Mariquita y 
Fermina, exclam:

--Ustedes no se atreveran  ir  Burgos  casa del director?

Este era el pensamiento de Merino desde que haba llegado; pero, como
siempre, haba ido guardndoselo hasta encontrar el momento oportuno de
expresarlo.

--Yo, por mi parte, s--contest Fermina la Navarra.

--Yo tambin--repuso doa Mariquita.

--Qu pretexto podran ustedes llevar?

--Me pueden acompaar  m, que voy  Burgos  que me vea un
mdico--indiqu yo.

--Hombre! Es verdad. Este pisaverde siempre tiene salida--dijo
Merino--. Muy bien.

Se decidi que durante el viaje y la estancia en Burgos yo sera
hermano de doa Mariquita y marido de Fermina.

Ellas vestiran de serranas; yo, de aldeano acomodado.

Se hicieron los preparativos, y  la maana siguiente salimos los tres
en un birlocho.

Por la tarde llegamos  Burgos.


BURGOS BAJO EL DOMINIO FRANCS

Burgos, en esta poca, abandonado por casi todo el vecindario rico,
presentaba un aspecto triste de soledad y miseria. El pueblo entero
era una cloaca infecta; el hambre, la ruina, la desesperacin se
enseoreaban por todas partes.

Tres pies de inmundicia llenaban las calles; para pasar de una acera 
otra los vecinos abran zanjas con el pico y con la azada.

Los hospitales se hallaban atestados de heridos y convalecientes, y
 pesar de que casi todos moran, las camas vacantes se llenaban en
seguida y no se encontraba sitio en las salas.

Doa Mariquita, Fermina y yo fuimos los tres  parar  casa del
director. A doa Mariquita y  Fermina las pusieron en un cuarto, y 
m en otro.

Para cubrir el expediente, yo llam  un mdico,  pesar de que ya
estaba bien, y me dispuse  seguir su tratamiento, , por lo menos, 
decir que lo segua, y fu  la botica por las medicinas que me recet.

En Burgos, entonces, se hablaba  todas horas del general en jefe conde
de Dorsenne y de su mujer.

Dorsenne era la representacin ms acabada del general del Imperio. Se
mostraba fatuo, orgulloso, falso y, sobre todo, cruel.

Era muy petulante. Se firmaba unas veces: conde de Dorsenne, coronel
general de la caballera de granaderos de la Guardia Imperial, y en
los edictos y proclamas se llamaba jefe del ejrcito del Norte, de
guarnicin en Burgos.

El conde de Dorsenne daba todos los das el espectculo de su persona 
los buenos burgaleses. Se paseaba por el Espoln con sus ayudantes. Le
gustaba atraer todas las miradas.

Realmente, tena una gran figura. Era alto, de colosal estatura, y
quera parecer ms alto an, para lo cual llevaba grandes tacones y un
morrin de dos palmos lo menos.

Tena Dorsenne un rostro perfecto, ojos negros, nariz griega. Iba
completamente afeitado, y llevaba el pelo largo con bucles.

Le encantaban los perfumes; luego, aos despus, se dijo que haba
muerto de un envenenamiento producido por ellos, aunque parece que la
causa de su muerte fu un absceso del cerebro.

El conde se cuidaba como una damisela. Vesta  la polaca, con todo
el oro posible; llevaba los dedos llenos de alhajas, y las muecas de
pulseras.

Montado  caballo, con la larga cabellera al viento, pareca un
emperador asitico.

Segn decan los oficiales, su tocado retrasaba muchas veces dos horas
la marcha de las tropas.

Madama Dorsenne brillaba con tanta luz como su arrogante esposo; haba
tomado tambin en serio la misin de dejar estupefactos  los sencillos
burgaleses con sus joyas, sus vestidos y sus salidas de tono. Su saln
era el punto de cita de la elegancia de Burgos.

Hablaba madama Dorsenne con gran libertad; pretenda demostrar que
una condesa-generala poda decir cuanto se le ocurriera sin ser nunca
impertinente.

Un da pregunt  una seora espaola si no tena hijos.

--No--contest ella--; hace ocho aos que estoy casada, y Dios no nos
ha querido dar descendencia.

--Y le gustara  usted tener hijos?

--Oh, muchsimo!

--Entonces... ya que no sirve su marido, por qu no cambia usted de
hombre?

La pobre seora qued espantada.

Dorsenne y su mujer viajaban escoltados por regimientos. Un da, de
calor horrible, la generala mand al cochero que los caballos de su
carretela marcharan al paso en el camino de Burgos  Torquemada, con
lo cual tuvieron que ir  la enfermera ms de cincuenta soldados,
enfermos de insolacin y de congestiones cerebrales.

Los oficiales franceses decan que la brillante carrera de Dorsenne se
deba  las mujeres, sobre todo,  madama D' Orsay.

De esta madama haba sido Dorsenne su monsieur Pompadour durante algn
tiempo.


LOS PROCEDIMIENTOS DE DORSENNE

Dorsenne era uno de tantos generales ineptos con que cuenta todo
ejrcito, aun el ms seleccionado, como el de Napolen.

Realmente, los jefes que envi  Espaa Bonaparte con el ejrcito
imperial se distinguan, muchos, como valientes; algunos, Soult, Suchet
y Massena, como buenos estratgicos; pero en poltica, no hubo uno que
dejara de ser una perfecta nulidad.

Adems, todos ellos trascendan  cuartel que apestaban. A pesar de sus
ttulos, perfumes, bordados de oro y penachos, se vea siempre en ellos
al soldadote cerril.

El francs, que es capaz de inventar en las ciencias y de trabajar como
excelente obrero en las artes y en la industria, no tiene la curiosidad
generosa necesaria para entender  los dems pueblos. En esto no se
parece en nada al ateniense ni al romano. Al francs no le interesa mas
que su Francia y su Pars.

Es, naturalmente, _casanier_, como dicen ellos.

Slo as se explica el fracaso de la dinasta de Bonaparte en Espaa.

Dorsenne, que no saba atraerse  la gente, consider el smmun de
su poltica la crueldad. Llevado por este sistema radical y sumario,
ahorcaba  cuanto aldeano se encontraba en el campo por delaciones y
vagas sospechas de relacin con los guerrilleros.

Cuando consideraba la complicidad evidente  supona era necesario un
escarmiento, mandaba colgarlos de antemano por los pulgares.

En la orilla izquierda del Arlanzn haba mandado levantar en una
colina tres horcas, y este Calvario era el sitio elegido para las
ejecuciones por el bello Poncio francs.

Deca la gente del pueblo que le gustaba  Dorsenne ver desde su casa
tres cuerpos de patriotas colgando, quiz por razn de ese amor  la
simetra,  la cual rinde culto el alma francesa desde los tiempos de
Racine. Una maana el conde vi que faltaba un ahorcado en el cerro
de las ejecuciones, quiz comido por los cuervos  devorado por los
gusanos,  inmediatamente envi  un oficial suyo con orden de que
sacase un preso de la crcel y lo mandara colgar en la horca vacante
que por clasificacin le corresponda.

Dorsenne quera que los rboles prximos  Burgos ofrecieran  los
ojos del caminante, como frutos de la insurreccin, los cuerpos de los
campesinos colgados.

Los guerrilleros, para completar la flora peninsular, junto al rbol
adornado con espaoles ofrecan el engalanado por los soldados
franceses.

Uno y otro rbol, en las noches calladas, deban comunicarse sus
quejas, arrancadas por el viento, y el perfume pestilente de sus frutos
podridos.


EL DEMONIO

Un oficial de quien se hablaba mucho en Burgos, por escandaloso 
impo, era un capitn  quien llamaban el Demonio.

El Demonio se manifestaba anticatlico furioso. Un da, el da de
Pascua, entr en la catedral, se santigu y se coloc delante del altar
mayor. Comenz la misa, y el Demonio se puso  cantar con los curas,
luciendo su voz, que haca retemblar las vidrieras de la catedral.

Otro da se empe en subir al plpito, asegurando que tena que
predicar la vida y milagros de San Napolen Bonaparte.

Con las atrocidades de Dorsenne y las bromas del Demonio, Burgos entero
estaba horrorizado. Probablemente, los burgaleses se espantaban ms
de las impiedades del Demonio que de las suspensiones ordenadas por
Dorsenne, porque el hombre es bastante absurdo para dar ms importancia
 los dolos que inventa l, que no  la vida que le crea y le
sostiene.




II

LA COQUETERA DE DOA MARIQUITA


Al da siguiente de llegar  Burgos estaba yo hablando con el director
en su despacho, cuando se present el coronel de caballera alojado en
su casa.

Monsieur Charles Bremond era un normando de unos treinta  treinta y
cinco aos, alto, rojo, fuerte, guapo mozo, si no hubiera trascendido
tanto  cuerpo de guardia. El director, Bremond y yo estuvimos hablando
un momento.

En esto se present la familia del director, en compaa de doa
Mariquita y Fermina, las dos vestidas de serranas, con refajo corto de
color, paoleta y moo de picaporte.

El coronel Bremond se quiso mostrar ante las dos serranas gracioso y
amable.

Saba algo de castellano, y hablando despacio se poda explicar.

Doa Mariquita supo contestar, unas veces desdeosamente, otras con
burlas, y siempre con coquetera, al francs.

Al terminar la comida, el coronel se levant y se fu  tomar caf 
casa del conde de Dorsenne.

Cuando nos quedamos solos, el director dijo  la de Barbadillo;

--Ha hecho usted en el coronel un efecto terrible. No nos vaya usted,
doa Mariquita,  hacernos traicin y  pasarse  los franceses.

--Es la influencia de los lunares--dije yo--. Esos lunares no deban
ser permitidos.

--Bah!--replic ella riendo--. No tengan ustedes cuidado. No cambio mi
serrano por el francs ms guapo del mundo. Si alguna vez, Dios no lo
quiera!, engao  mi marido, tendra que ser con algn espaol.

--Le sirvo  usted yo, doa Mariquita?--le dije, ponindome la mano en
el pecho.

--No, usted no.

--Por qu?

--Porque est usted muy reumtico.

--Pero si estoy curado ya, doa Mariquita!

A Fermina, que no le hacan gracia estas bromas, cambiando de
conversacin, puso al director al corriente de lo que pasaba, y le dijo
que venamos enviados por Merino para averiguar los proyectos de los
franceses.

--Sus proyectos!--exclam el director--. Sus proyectos son claros.
Consisten en fusilar, ahorcar, agarrotar  todo bicho viviente. En
particular, el conde de Dorsenne y el gobernador Solignac se han
decidido  acabar con los espaoles y  arrasar el pas.

Fermina la Navarra afirm colrica que haba que contestar  la guerra
de exterminio, exterminando  todo francs que cayera en nuestras manos.

--Si pudiramos averiguar qu planes tienen!--exclam doa Mariquita.

--Yo he hecho lo posible--dijo el director--para sonsacar al coronel,
que parece que tiene el deseo de dar una batida por el campo y de ir
 la sierra; pero en detalle no he averiguado nada. Probablemente,
desconfa. A ver si ustedes tienen ms suerte.

--Veremos--dijeron ellas.

--Maana, despus de comer,  los postres, Echegaray, y yo nos
levantamos con cualquier pretexto, para ir  mi despacho, y les dejamos
 ustedes dos con mi mujer  hijos, que, en caso de necesidad, les
servirn de intrpretes y charlan con el coronel  intentan sonsacarle
sus planes.

Yo, por la maana, hacindome el valetudinario, andara husmeando por
el pueblo  ver lo que poda averiguar.


BREMOND Y FICHET

Al da siguiente era domingo, y el coronel no se present solo, sino
con un comandante, el comandante Fichet, joven gascn, alto, flaco,
moreno, buen tipo.

El coronel Bremond pidi permiso al director para sentar en la mesa 
su amigo y camarada. El director accedi amablemente.

La idea del coronel era sencilla; necesitaba un compaero que
entretuviera  Fermina mientras l galanteaba  doa Mariquita.

Nos sentamos  la mesa el director, los dos franceses, doa Mariquita,
Fermina, la mujer del director, sus dos hijos y yo. En total, nueve.

El comandante Fichet saba castellano bastante bien y galante 
Fermina con finura. Ella se le mostr esquiva; pero  veces no pudo
menos de reir, porque el gascn era alegre y divertido como un diablo.

Bremond, poco diplomtico, le dijo  Fichet en voz baja, sealndome 
m:

--Este imbcil nos va  fastidiar.

--Cllate--le dijo Fichet.

Yo me hice el desentendido.

A los postres, el director y yo comenzamos una discusin acerca de si
un pueblo de la sierra se encontraba desde Burgos ms cerca  ms lejos
que otro, y el director me invit  pasar  su despacho  ver un plano
de la provincia.

Me levant yo, renqueando, y sal del comedor.

Al marchar nosotros, el coronel Bremond pregunt  doa Mariquita:

--Se puede saber de dnde es usted?

--Yo? De Barbadillo del Mercado.

--Est muy lejos de Burgos?

--Ya lo creo! Lo menos hay nueve leguas.

--Y de Soria?

--No s; creo que ms.

--Si yo fuera  Barbadillo, me recibira usted en su casa?

--S, seor; por qu no?

--No tendra usted miedo?

--Miedo,  qu? No creo que me iba usted  comer.

--Cundo va usted  volver  Barbadillo?

--Dentro de un par de das.

--Pues all me va usted  tener, doa Mariquita. Pienso pedir al
Ayuntamiento boleta para que me enve  su casa de alojado.

--Muy bien.

Al mismo tiempo, el comandante Fichet le preguntaba  Fermina:

--Vive usted muy lejos, madama Fermina?

--En Hontoria del Pinar.

--Est muy lejos de aqu?

--S, muy lejos.

--Tengo que ir all  verla  usted.

--No, no vaya usted.

--Por qu?

--Porque hay mucho guerrillero y le haran  usted pedazos.

--Bah! Cuntos habr? Doscientos?

--Ms.

--Trescientos?

--Ms.

--Creo que tiene usted una imaginacin muy espaola.

--Yo creo que habr lo menos cuatrocientos.

--Nosotros podemos llevar el doble.

--Cada uno de los espaoles vale por dos de ustedes--dijo Fermina con
desgarro.

Fichet se ech  reir y exclam:

--Es usted una mujer encantadora; pero tiene usted una idea muy mala
del ejrcito del gran Napolen. Yo le demostrar  usted que est usted
equivocada, madama Fermina.

Cuando volvimos el director y yo al comedor, Bremond y Fichet se
levantaban y, haciendo grandes genuflexiones, se despedan de las
seoras. No queran faltar  casa del conde de Dorsenne, porque ste y
su mujer eran los que otorgaban grados y recompensas  sus favoritos.

Al despedirse de nosotros, Bremond hizo una reverencia y Fichet me
alarg la mano, que yo estrech maquinalmente.

Se oyeron los pasos de los dos en el vestbulo, sonaron sus espuelas y
salieron los militares  la calle.

Fermina y doa Mariquita se asomaron al mirador del cuarto, y por entre
los visillos vieron  los dos oficiales que de cuando en cuando se
volvan para mirar  la casa.

Al da siguiente el director me llam.

--Ya se sabe que el coronel Bremond va  salir mandando una columna
hacia la sierra. Piensa parar en Barbadillo y en Hontoria.

--Lleva mucha fuerza?--le pregunt yo.

--No sabemos  punto fijo.

Esta conversacin la tenamos un lunes por la maana.

Al da siguiente se marcharon doa Mariquita y Fermina de Burgos.

El director y yo quedamos de acuerdo en inquirir por todos los medios
posibles el nmero de hombres que mandara Bremond y el da de la
marcha.

No nos cost gran trabajo averiguar que la columna expedicionaria
constara de trescientos hombres de infantera y de quinientos caballos.

Averiguamos tambin que la infantera probablemente tendra que
quedarse en Salas de los Infantes.

Las cosas iban con tal rapidez, que el martes los franceses se ponan
en marcha.

El director y Merino haban organizado un servicio de correos y
peatones para comunicarse, y en unas cinco horas, la noticia llegaba de
Burgos  nuestro campamento.

Yo sal tambin el martes, y el mircoles me incorpor  mi escuadrn.
Me encontraba ya completamente bien.

Haba elegido Bremond la calzada de Burgos  Soria para hacer su
correra. Pensaba detenerse en los pueblos, sobre todo, en Barbadillo
del Mercado y en Hontoria.

El coronel francs y su comandante aspiraban  rendir culto al mismo
tiempo  Venus y  Marte, y  dejar el pabelln bien plantado en la
guerra y en el amor.




III

DISPOSICIONES DE MERINO


Cuando se sigue el camino de Salas de los Infantes  Hontoria del
Pinar y se remonta un arroyo afluente del Arlanza bordeando la pea de
Villanueva, se llega  un valle no muy ancho, donde se levantan los
pueblos de Villanueva, Aedo, Gete y otros ms pequeos.

La pea de Villanueva, en cuya base se encuentran estas aldeas, se
trunca en su cspide, convirtindose en una meseta calva, llamada
de Carazo, que tiene en medio y en lo alto una escotadura que la
caracteriza.

Enfrente de la pea de Villanueva hay una planicie dominada por el alto
de Moncalvillo y el Picn de Navas.

Esta planicie es, aunque poco honda, la depresin  cuenca producida
por un arroyo que se llama el Pinilla.

A medida que se acerca uno  lo spero de la sierra, la depresin
va profundizndose y estrechndose, y al llegar  las cercanas de
Hontoria del Pinar se convierte en un barranco, y ste,  su vez, en un
desfiladero.


EL PORTILLO

El desfiladero de Hontoria, cubierto, en parte, de pinar, es estrecho
en la entrada y en la salida, y bastante ancho en el centro.

A la entrada, despus de pasar el Portillo de Hontoria (enorme
hendidura del monte) tiene dos cerros, uno frente  otro;  la salida
termina en lomas suaves cubiertas de hierba y de monte bajo.

Entre las dos angosturas de los extremos y en una extensin de
una legua, hay lugar para un valle sembrado de grandes piedras
desparramadas, que parecen restos de una construccin ciclpea, junto
 las cuales nacen grupos espesos de jara y de retama y plantas de
beleo y de digital. El camino, una calzada estrecha por donde apenas
pueden marchar tres hombres  la par, se abre al principio, como una
cortadura, entre dos paredes de roca, luego bordea el valle y huye
serpenteando hasta dominar el desfiladero. El boquete de la entrada,
abierto en roca, es el que se llama el Portillo de Hontoria.

En este Portillo pens Merino preparar la emboscada y sorprender  los
franceses.

Haba al comienzo del desfiladero, pasado el boquete que le da acceso 
la izquierda, dominando el camino, oculto por varias filas de rboles,
un cerro ingente formado por peascos. Visto por entre los rboles,
pareca un castillo arruinado.

Era un verdadero baluarte, con trincheras naturales, sin subida alguna
para llegar  lo alto. Merino mand empalmar dos escaleras y ascendi
al cerro.

Esta fortaleza natural hubiera dominado la calzada, si las filas de
pinos que tena delante no lo impidieran.

El cura mand llamar  los aserradores de Hontoria y les hizo cortar
aquellos rboles de una manera especial, que consista en no serrarlos
en todo su espesor, sino dejar lo bastante de corteza y de lea para
que pudiesen sostenerse derechos.

Luego mand atar cuerdas largas  la parte alta de los troncos,
echndolas disimuladamente entre la maleza. El extremo de las cuerdas
llegaba al mismo cerro.

El cura pretenda dejar en el castillo natural algunos de sus hombres
que hiciesen desaparecer la cortina de pinos cuando  l le conviniese.

Despus de preparado esto, el cura fu recorriendo el desfiladero y
sus alrededores desde el Portillo de Hontoria hasta las lomas en que
termina.

Iba escoltado por el comandante Blanco y por otros oficiales.

En unos puntos mandaba construir trincheras con piedras, en otros haca
que amontonaran ramas secas y cubrieran los parapetos con hojarasca,
de modo que no se notasen. Era difcil preparar ms hipcritamente el
terreno y aprovecharse mejor de sus altos y bajos para esconder tanta
gente.


LOS PESETEROS

Despus de dar sus rdenes y ultimarlo todo, hasta en sus ms pequeos
detalles, Merino avis  los alcaldes de los pueblos para que en el
trmino de un da enviasen los hombres disponibles  Hontoria del
Pinar. Pocas horas despus se reunieron unos cuatrocientos aldeanos, 
los que se fueron alojando en la iglesia y en las tenadas de alrededor.

La mayora eran viejos pastores y leadores, mezclados con zagales y
chicos de pocos aos. Los grupos venan dirigidos casi todos por el
cura de la aldea.

Las armas que traan eran escopetas viejas, palos, hoces, guadaas y
retacos.

Las armas de fuego se llevaron  recomponer  casa del Padre Eterno.

Merino orden que se diera  los aldeanos una peseta diaria por hombre
y una racin de pan, vino, carne de oveja y queso, y nombr los jefes
de grupos.

A esta gente los nuestros llamaban con desdn peseteros.


DISTRIBUCIN DE FUERZAS

Al da siguiente, y  pesar de que los franceses se hallaban todava
lejos, se comenz la distribucin de fuerzas.

En el cerro  fuerte natural prximo al Portillo quedaron ciento
cincuenta hombres armados de carabinas.

Despus de subir todos y llevar municiones para tres das, se deshizo
la escalera con el objeto de que no pudiera aprovecharla el enemigo.

En una loma enfrente de este cerro, y  una distancia de un cuarto de
legua, acamparamos los del escuadrn del Brigante ocultos en un pinar.

A la salida del desfiladero quedara la gente del Jabal y el pequeo
escuadrn de Burgos. Uniendo estos dos ncleos de fuerzas de caballera
habra un semicrculo de guerrilleros.

Estos tiradores permaneceran escondidos entre las trincheras,
parapetos, peas, aliagas y retamas.

En conjunto, las tropas de Merino trazaban una C.

En el centro de la C estara el jefe para poder dar sus rdenes 
derecha  izquierda.

Las disposiciones de Merino tenan el carcter que  todo lo suyo
imprima el cura. Con aquella colocacin de fuerzas se podan hacer
muchas bajas al enemigo y retirarse con facilidad y rapidez, pero no se
poda vencer.

Merino no haba pensado en la eventualidad de una victoria completa.

Yo, al menos, de dirigir aquel movimiento, hubiera engrosado los
ncleos de la entrada y salida del desfiladero, dejando slo un
centenar de tiradores en las trincheras del valle.

As hubiese podido oponerse al avance de los franceses, cuando stos
intentaran forzar el paso, y obligarles  rendirse.

Los del Brigante nos instalamos en el pinar, donde estuvimos
vivaqueando durante algunos das.

Por la maana salamos de descubierta hacia la Gallega, y por la noche
rondbamos los alrededores del Portillo de Hontoria.

Una de estas noches se presentaron doa Mariquita con su hermana Jimena
y su marido  la entrada del pinar.

El Brigante y yo las acompaamos hasta la salida del barranco.

Haba  todo lo largo del desfiladero grandes fogatas, y los
guerrilleros pasaban la noche alrededor de sus hogueras.

Habl doa Mariquita con Merino, y luego el cura vino conmigo hasta la
avanzada.

--No vamos  tener gran funcin--me dijo Merino.

--No? Por qu?

--Porque no vienen mas que quinientos jinetes entre gendarmes y
dragones. La infantera la han dejado en Salas.

A pesar de que haca como que si lo sintiese, en el fondo, se alegraba.

Merino se dirigi  la entrada del Portillo y despach algunos
aldeanos para que desde lejos observaran la marcha de la columna
francesa y de cuarto en cuarto de hora dieran noticia de sus
evoluciones.




IV

EL FRANCS TEATRAL


La columna francesa, al mando del coronel Bremond, sali de Burgos un
martes por la maana y tard bastantes das en llegar al Portillo de
Hontoria.

La columna caminaba con lentitud,  pequeas jornadas de dos leguas
diarias, para no fatigar  los hombres y  los caballos. Llevaba,
adems, una impedimenta grande.

El sbado de la misma semana pasaron los franceses frente  Barbadillo
del Mercado. La infantera sigui  Salas, donde tena alojamiento, y
Bremond y su fuerza quedaron en Barbadillo.

El alcalde, que sali  su encuentro, ofreci al coronel la
Casa Consistorial; pero Bremond pregunt por doa Mariquita, la
administradora de Rentas. Le indicaron la casa y, acompaado del
comandante Fichet, entr en ella.

Bremond tena esa imaginacin pesada, sentimental y rumiante de los
franceses del Norte; se figuraba encontrarse en casa de doa Mariquita
con una casa antigua y pintoresca; crea que el administrador de
Rentas sera un palurdo, y se encontr con una casa vulgar y con que el
administrador era un muchacho joven y guapo.

Esper el coronel  doa Mariquita, quien le salud ceremoniosamente.
Pronto not Bremond que el marido y la mujer se miraban y se entendan.

El coronel sinti crujir todo el andamiaje levantado con esfuerzo en
su pesada mollera. Se contuvo; pidi secamente le indicasen el cuarto
destinado para l, y despus mand  su cocinero preparase la comida
para los jefes.

Fichet pregunt varias veces  la administradora por madama Fermina, y
doa Mariquita le dijo que se hallaba en Hontoria del Pinar.

Despus de comer, los oficiales dieron un paseo por las callejuelas
desiertas del pueblo y los alrededores, y volvieron  casa satisfechos
de encontrar Barbadillo en perfecta tranquilidad, la tranquilidad del
cementerio.

Por la noche se reunieron los oficiales franceses al lado del fuego, en
compaa del administrador, Ramn Saldaa, y de su mujer.

Bremond recordaba haber hablado  los oficiales compaeros suyos, de su
conquista, y estaba indignado, mortificado por la situacin ridcula
en que  sus ojos se encontraba. Doa Mariquita y Saldaa se miraban
amorosamente. Bremond no poda consentir esto; petulante, como buen
francs, y bruto y vanidoso, como buen militar, se crea ofendido,
vejado.

De pronto, tuvo una idea que le pareci luminosa.

Se levant. Los dems oficiales hicieron lo mismo.

Bremond di la mano  la administradora y dijo, lo ms rpidamente que
pudo, en su mal castellano:

--Seoga. Nos vamos  getigag. Permita usted que salude al ama de la
casa  la moda francesa.

Y agarrando  doa Mariquita por la cintura la bes en la mejilla.

Ella se desasi encendida. Saldaa se puso rojo y estrech convulso el
respaldo del silln.

Bremond, que era valiente, qued mirando al administrador con serenidad.

--Mi coronel! Que est usted en Espaa!--dijo Fichet irnicamente,
como quien hace una observacin de poca importancia.

--Tiene usted razn, comandante--contest Bremond; y se inclin ante el
matrimonio, satisfecho y desdeoso, apoyndose en su sable.

Los cuatro oficiales franceses se retiraron.


LAS VACILACIONES DEL CORONEL BREMOND

El coronel, al entrar en su cuarto, mand avisar al teniente Mathieu.
Mathieu le serva de ayudante. Le orden escribiera un oficio al
alcalde para que preparase para las cinco de la maana siguiente dos
bagajes mayores para sus maletas y las de los oficiales.

Bremond consultaba todo con Mathieu, hasta sus asuntos particulares. El
oficial era mucho ms inteligente que el jefe.

La disciplina militar obliga  creer que el coronel ha de ser ms
comprensivo que el comandante, el comandante ms que el capitn y el
capitn ms que el teniente; pero la naturaleza, que no se cuida de
jerarquas militares ni civiles, hace, ayudada por los aos, que casi
siempre el capitn sea menos estpido que el comandante, el comandante
menos que el coronel y as sucesivamente, hasta el grado ms alto de la
milicia.

Mathieu era de esos oficiales que son indispensables en un regimiento.
El saba dnde se encontraba la indicacin prctica, el plano
detallado, el artculo del Cdigo Militar; conoca los recursos
extraordinarios de que se puede echar mano en un pueblo y la manera de
domesticar  los alcaldes y  los curas recalcitrantes.

El coronel Bremond estaba vacilando: por una parte no quera contar el
caso y decir que la graciosa administradora de Rentas de Barbadillo le
haba sido esquiva; por otra, le pareca su venganza algo espiritual
y fino, digno de un militar francs, de un verdadero militar francs
de las pocas de Luis XIV y Luis XV, en que no se ganaban grandes
batallas, como en tiempo de Napolen, pero se saba cortejar en los
salones.

Por ltimo se decidi; cont  Mathieu lo ocurrido y acompa su relato
con grandes carcajadas.

--No se ra usted, mi coronel--dijo Mathieu seriamente.

--Por qu?

--Porque esto ha sido una emboscada.

--Cree usted?...

--No tiene duda. Esas dos mujeres estuvieron en Burgos para incitarle 
usted  que viniera aqu.

--Ser posible?

--Para m, no tiene duda.

--Puede que tenga usted razn--y Bremond tom el aire coronelesco que
empleaba para las cosas serias.--Maana encargar  Fichet que haga
averiguaciones;  si no, las har yo mismo.

Por la maana, al levantarse Bremond, orden que inmediatamente
trajeran  su presencia al administrador y  su mujer; pero el
matrimonio haba levantado el vuelo. En el momento que el coronel
preguntaba por ellos, estaban doa Mariquita, el administrador y Jimena
en el campamento de Merino.

Montados en mulas, y por las sendas, dando la vuelta  la pea de
Villanueva por Gete y Aedo haban llegado al pinar de Hontoria.

Bremond llam  Fichet y le dijo cmo les haban engaado  los dos,
preparndoles una celada, madama Fermina y la administradora. As,
repartiendo la torpeza entre su comandante y l, Bremond se senta ms
aligerado de peso.

--Esas dos mujeres eran espas--dijo Bremond.

--Cree usted...?--pregunt Fichet asombrado.

--Estoy convencido.

--Es posible. Estas espaolas son mujeres decididas. El hecho es que,
si tenan algo preparado en combinacin con los guerrilleros, no se han
atrevido  hacer nada.

--Ni se atrevern--agreg Bremond con la proverbial petulancia francesa.

Discutieron entre el coronel y los oficiales el plan de la marcha,
teniendo en cuenta la posibilidad de una emboscada, y se decidi seguir
 Soria, reconociendo los bosques y los desfiladeros del camino.

El coronel Bremond no tema el encuentro con una partida, pero tampoco
lo deseaba.

Le haban hablado de las tretas de Merino; saba que el cura-brigante
era maestro en emboscadas y estaba sobre aviso.

El lazo poda haberse preparado; pero en dnde?

El cerebro del coronel, que no era precisamente el de Csar, comenz 
estar en prensa.

Toda la maquinaria encerrada en su pequeo crneo cruja como un
cabrestante.

Bremond, despus de vacilar y suponer si la emboscada del cura estara
preparada en el camino de Barbadillo  Burgos,  en el de Barbadillo 
Soria, decidi seguir adelante.

Bremond di la orden de avanzar hacia Hontoria. Tardaron dos das en
llegar desde Barbadillo hasta la Gallega.


EL TONTO

A la proximidad de los franceses, los habitantes de la Gallega huyeron,
en su totalidad,  los montes. Las tropas de Bremond no encontraron ms
persona de quien echar mano para gua que un mendigo apodado el Tonto.

El Tonto era uno de los espas del cura; saba fingir la imbecilidad 
la perfeccin.

Hablaba de una manera confusa  incoherente.

Tena una cara seca, arrugada, amarilla; unos ojos entontecidos; los
dientes movedizos, la barba rala y mal afeitada.

Vesta anguarina gris, con retazos de colores, que llevaba echada sobre
el pecho con las mangas hacia la espalda. Su cabeza, melenuda y blanca,
la cubra un sombrero ancho pardo y destrozado.

Andaba encorvado, exagerando su cojera, y le acompaaba un perrillo de
lanas, sucio por el polvo.

El Tonto se dirigi  los franceses y les pidi limosna.

Bremond y Fichet se acercaron  l.

--Qu quiere este hombre?--pregunt Bremond.

--Es un mendigo--contest un sargento espaol afrancesado que serva 
la columna de intrprete.

--Preguntadle  ver si sabe dnde est Hontoria del Pinar.

El sargento hizo la pregunta.

--S sabe--dijo despus.

--Dgale usted, entonces, que nos sirva de gua.

--Dice que no quiere; que l no tiene nada que hacer en Hontoria.

--Advirtale usted, sargento, que si no obedece le daremos una tanda de
palos.

El sargento hizo la advertencia, y el Tonto comenz  refunfuar:

--A un viejo le van  pegar! A un viejo! Eso no es cristiano.

--Este cretino quiere que le tengan por un cristiano--dijo el coronel
Bremond, celebrando l mismo su juego de palabras.

El Tonto hizo como que se resignaba y comenz  marchar despacio al
frente de la columna con su perro, cojeando, parndose cuando le vena
en gana.

El Tonto y el sargento afrancesado hablaban con algunos viejos pastores
y leadores, que daban informes falsos y corran al poco rato 
comunicarnos noticias.

Nosotros sabamos cada cinco minutos la situacin exacta en que se
encontraba el enemigo.




V

EL PORTILLO DE HONTORIA


A media maana apareci la cabeza de la columna en la entrada del
desfiladero, en el Portillo de Hontoria.

Los franceses haban destacado, de vanguardia, un pelotn de dragones,
que iba registrando los bosques y los escondrijos.

Al llegar los exploradores al Portillo se detuvieron y esperaron  que
subiese el coronel y diese sus rdenes.

Este Portillo de Hontoria es uno de los puntos estratgicos de la
sierra de Soria. El cura le tuvo siempre gran querencia.

Algo ms que veinte aos despus de la guerra contra los franceses, en
1835, el cura Merino prepar en el mismo Portillo una celada contra don
Saturnino Abun y le hizo un gran nmero de bajas, vengndose as de
la serie de palizas que  campo abierto le pegaba constantemente don
Saturnino el Manco.

El coronel Bremond, al asomarse al Portillo de Hontoria, mand
detenerse  la cabeza de la columna. Sin duda, debi imponerle el
boquete aqul y lo gigantesco de los pinos.

Nosotros los del Brigante, aunque muy  lo lejos, veamos  Bremond y 
Fichet. Yo, con mi anteojo, estuve mirando cmo hablaban con el Tonto y
con el sargento espaol afrancesado.

El coronel, sin duda, esper  que subieran todos sus hombres, y
despus di la orden de que unos cuantos  pie fueran flanqueando por
las crestas.

Comenzaron los exploradores  escalar los altos, y el coronel mand que
el pelotn de dragones, de dos en dos, reconociese la calzada hasta la
salida del desfiladero.

El pelotn, dirigido por el sargento espaol, primero al paso y
luego al trote, cruz por delante de nosotros y de toda la lnea de
guerrilleros sin que sonase un tiro.

Yo, desde el punto donde me encontraba, no vea la salida del
desfiladero, pero supuse que los jinetes franceses habran llegado sin
contratiempo al punto de salida y quedado all.

Si el coronel hubiese seguido enviando sus hombres por grupos, hubiera
salvado toda su fuerza; pero crey que no vala la pena de perder el
tiempo, que no haba emboscada alguna, y di la orden de avance...

Haca un da fro, con nubes que mostraban trozos de cielo azul claro y
limpio. A ratos sala el sol...

Comenz  entrar toda la caballera por el Portillo de Hontoria.

En aquel momento eran las diez y media.

Brillaban los uniformes al sol; los correajes, los sables y los cascos
despedan centellas.

Yo, con mi anteojo, segua contemplando  los franceses.

Los que tenan aire ms terrible eran los dragones, con su morrin
peludo de plumero alto, su casaca y sus botas de montar. Gastaban todos
grandes barbas y largos bigotes. Llevaban tercerola en el arzn derecho
de la silla, y sable.

Luego, aos ms tarde, paseando por Pars, he recordado estos tipos al
ver las estampas de Raffet.

De lejos, y  simple vista, pareca la columna de la caballera
francesa una gran serpiente de plata escamosa y brillante reptando
por entre el verde de los pinares, deslizndose y desenvolviendo sus
anillos. Algunos de los soldados iban cantando.


COMIENZA EL FUEGO

Cuando estaban en el centro del desfiladero y comenzbamos los del
Brigante  perderlos de vista, son una descarga cerrada,  la que
sigui un fuego graneado.

Sin duda, Merino haba dado la orden de comenzar la lucha.

Luego, pasado el combate, dijeron que el cura haba disparado el primer
tiro apuntando al coronel Bremond,  quien se le conoca por las
largas charreteras de canalones del uniforme, con tal acierto, que le
hiri gravemente.

Si hubiera habido un jefe superior  Merino, aqul hubiese sido el del
certero disparo.

Estas pequeas adulaciones son muy frecuentes en la guerra.

Despus de la primera descarga cerrada sigui largo rato el fuego de
fusilera.

A la vanguardia del enemigo, nosotros no la veamos; pero por lo que
comprend luego, la cabeza de la columna, picando espuelas, y al trote,
se acerc al pelotn que habiendo pasado al principio estaba esperando
 la salida del desfiladero.

Los de retaguardia volvieron grupas, tratando de escaparse, y les
vimos retroceder hacia el Portillo; pero entonces, como un teln que
se levanta, la cortina de pinos que ocultaba el cerro  fuerte natural
desapareci derribada por los guerrilleros que tiraron de las cuerdas
atadas  los rboles, y los franceses se encontraron entre dos fuegos.

Hubo muchos caballos y jinetes que cayeron precipitados al barranco.
Algunos hombres volvieron  subir al camino gateando; otros debieron de
quedar estrellados entre las rocas.

Tenan en aquel momento los franceses la dificultad de maniobrar por
falta de sitio,  ms de que las rdenes del coronel herido no podan
oirse desde los extremos de aquella larga fila.

Para obviar el conflicto, los oficiales y los sargentos, despreciando
las balas, se colocaron de modo que la voz de mando pudiese correr de
la cabeza  la cola de la columna, y dominaron el pnico que comenzaba
 cundir entre sus soldados.

Los franceses ya no intentaron retroceder, sino forzar la salida del
desfiladero y reunirse all con el primer pelotn que haba pasado.

Tampoco tenan intencin de atacar  los del cerro  fuerte natural
prximo al Portillo, y nicamente los exploradores que coronaban las
crestas comenzaron  disparar sobre stos.


LOS DRAGONES SE BATEN

Nuestra fuerza qued fuera del foco de la lucha.

En vista de ello, abandonamos el pinar y escalamos un cerro.

Desde aquel punto podamos presenciar la accin.

El coronel francs mand  la primera fila de los dragones, ms
acostumbrados que los gendarmes  esta clase de luchas, que echaran pie
 tierra y comenzaran el fuego. Los que se encontraban  la orilla del
camino bajaron de sus caballos y comenzaron  disparar.

Mientras los dragones,  pie, contestaban  nuestra fuerza, por detrs
de ellos fueron pasando de dos en dos los dems jinetes, encorvndose
sobre el cuello del caballo para ofrecer menos blanco.

Los guerrilleros seguan con su fuego graneado; los franceses lanzaban
sus descargas con una precisin automtica.

Cuando el camino qued desembarazado, los dragones franceses se
guarecieron detrs de los caballos.

Entonces toda la lnea enemiga se bati admirablemente. Se detenan
unos y recogan los heridos mientras los otros disparaban. Despus
continuaban de nuevo la marcha.

En tanto, los pelotones franceses que se haban agrupado en la salida
del desfiladero al mando del comandante Fichet, se acercaron  la loma
en donde estaba el Jabal y le desalojaron de ella. El Jabal tena
orden de Merino de no trabar combate y de retroceder.




VI

NUEVO ATAQUE


A pesar de aquel terrible fuego de fusilera largo y continuado, los
franceses no tenan, al reunirse fuera del desfiladero, mas que sesenta
 setenta bajas, entre muertos y heridos.

En los caballos se haba hecho un gran destrozo; quedaban muchos en el
camino.

A todo lo largo de la calzada se vean animales pataleando entre
hombres muertos.

Nosotros, desde el cerro donde estbamos, retrocedimos hasta el
Portillo y embocamos el desfiladero.

Nos pusimos al habla con los guerrilleros que ocupaban el fuerte
natural de la entrada.

--El Tonto, qu hace all?--dijo uno de los nuestros.

--Lo habrn matado.

Uno de los guerrilleros del fuerte, desde arriba, nos cont lo que
haba pasado con el Tonto.

El lo vi. El Tonto, al comienzo del combate, dej la anguarina y el
sombrero apoyados en el palo, y por entre unos matorrales huy como un
conejo.

Efectivamente; cuando uno de los guerrilleros levant la anguarina con
el trabuco, los nuestros quedaron sorprendidos al ver que no haba
nadie debajo.

Merino, desde lejos, nos mand avanzar, y por la misma calzada que
haban seguido los franceses pasamos nosotros por encima de los hombres
y de los animales muertos. Las herraduras de nuestros caballos marcaban
manchas de sangre en el camino.

Desembocamos en la salida del desfiladero.

Los franceses, al llegar  una loma,  un cuarto de hora de camino, se
detenan y formaban en orden de batalla.

El coronel Bremond, vindose dbil por la mucha sangre perdida, 
imposibilitado de continuar en el mando de la columna, determin
confiarla al comandante Fichet, y con veinte gendarmes de los ms
ancianos y los heridos que podan andar se retir, dando como
primer punto de reunin Huerta del Rey, y despus el monasterio de
Premonstratenses de la Vid, en las mrgenes del Duero.

El comandante Fichet era valiente; pero tena esa clsica petulancia
francesa, mayor en aquella poca napolenica, que haca  los franceses
creerse invencibles,  pesar de los desastres que iban sufriendo.

Con una retirada rpida y ordenada, aunque nuestra caballera picase
su retaguardia, se hubieran salvado; pero esto, sin duda, pareci
al jefe denigrante; quiz crey poder vengarse de los espaoles en
posicin mejor; quiz temi alguna nueva emboscada.

El, sin duda, calcul que cuatrocientos cincuenta soldados veteranos,
aguerridos,  caballo, valan por ochocientos hombres, entre
guerrilleros y aldeanos, mal armados.

En parte tena razn; en parte, no.

Despus de organizar Fichet su fuerza di una carga con su caballera
 los jinetes del Jabal, que comenzaban  hostigarles; pero los
guerrilleros se disolvieron y no hubo manera de cogerlos.

Fichet aprovech el momento de verse ms libre y comenz  retirarse
hacia el Picn de Navas. Quera, probablemente, llegar  Navas del
Pinar y hacerse fuerte all.

Comenzaba  llover, una lluvia suave que luego fu convirtindose en
aguacero.

Merino mand  toda su gente que saliera de su escondrijo en
persecucin de los franceses; los que estaban en el cerro cerca del
Portillo tuvieron que descolgarse con cuerdas.

Nosotros, por orden de Merino, fuimos dando una gran vuelta por un
barranco,  la derecha, hasta acercarnos  Navas y colocarnos 
retaguardia de los franceses, detrs de una loma. El Jabal hizo una
parecida maniobra por la izquierda.

Un gallardete blanco, en lo alto de un pino seco, nos indicara el
momento de acercarnos, y otro rojo, el de atacar. Tenamos cierta
ansiedad en el escuadrn, porque bamos  embestir sobre fuerzas
superiores  las nuestras.

El Brigante me indic que, como cronista, poda adelantarme si quera
presenciar la lucha. As lo hice.

El francs, al ver la nube de guerrilleros que se le vena encima,
volvi  pararse y  formar en orden de batalla. Unos doscientos
hombres de los suyos echaron pie  tierra y fueron tomando posiciones.

Merino no se atrevi  dar un ataque decisivo; comprenda que la
victoria, de lograrla, le tena que costar mucha sangre, y vacilaba.


NUESTRAS GUERRILLAS AVANZAN

En esta actitud expectante estuvieron lo menos un par de horas
espaoles y franceses.

Los campesinos recin llegados, los llamados por los nuestros, con
desprecio, peseteros, fueron los ms dispuestos  luchar.

En la guerra, generalmente, los novatos suelen ser ms ardorosos y ms
decididos en el ataque. El soldado viejo sabe cumplir, exponindose lo
menos posible; sabe tambin escurrir el bulto cuando se trata de algo
muy peligroso. Ahora, en situaciones desesperadas, el soldado viejo es
irreemplazable y se suele batir como un len.

Los peseteros, tanto insistieron en su deseo de atacar, que Merino
accedi.

Los comandantes Blanco y Angulo, en unin del cura, prepararon el plan.

Doscientos hombres, armados con trabuco, atacaran en guerrilla y
de frente  los franceses; se intentara despus envolverlos por
todas partes, y cuando flaqueara el enemigo se lanzaran sobre l,
simultneamente, el escuadrn del Jabal y el nuestro.

Estos detalles, como se comprender, los supe despus.

La funcin de fuego empez. Los franceses, que haban echado pie 
tierra, luchaban en orden cerrado. Su caballera, formada en dos
pelotones, inspeccionaba los flancos.

Nuestros hombres comenzaron el ataque con la tctica nueva, desconocida
por los franceses.

Avanz una fila por la derecha, guarecindose en las piedras y en las
depresiones del terreno.

Se tiraron al suelo, rompieron el fuego, y al poco rato avanz una
segunda fila por la izquierda, que tom posiciones.

Despus de la segunda avanz la tercera y la cuarta.

Luego comenz la parte ms expuesta: el hacer fuego ganando terreno.

Los guerrilleros, de repente, avanzaban ocho  diez pasos, se tiraban
al suelo, y hacan fuego parapetndose en las piedras, en los terrones,
 en las matas. La maniobra estaba tan bien estudiada, que ninguno
disparaba hasta que el compaero hubiese cargado la carabina  el
trabuco.

El procedimiento asombraba  los franceses, que no conocan este
sistema mas que de odas, y al que llamaban con desdn la tctica de
los bandidos.

Si uno de los pelotones de caballera enemiga se acercaba  los
guerrilleros emboscados, se le reciba con una descarga cerrada.

Yo, desde el punto donde estaba, oa los estampidos de los trabucos y
los disparos regulares de los franceses.

En aquel ataque primero cayeron muchos de los nuestros y de los suyos.

Por lo que me dijeron, de los nuestros murieron el Matute, el Canene y
Veneno, que dirigieron el ataque, y quince  veinte de los peseteros.


CARGAMOS LOS DEL BRIGANTE

A puro embestidas y metrallazos de trabuco llegaron los nuestros 
abrir brechas en la formacin del enemigo.

Hubo un momento en que los dragones de  pie cedieron, y llegaron hasta
m los gritos y las voces de triunfo que daban los guerrilleros.

Estos se lanzaban  un ataque general por el frente y por los flancos.

El combate estaba en el momento lgido. Merino conservaba todava el
grueso de su fuerza en reserva para emprender el ataque del centro
enemigo. Apareci el gallardete blanco que nos ordenaba aproximarnos;
de prisa me reun con mi escuadrn y, remontando una loma, nos
colocamos  un tiro de fusil del lugar de la pelea.

Se acercaba el momento de la carga.

El Brigante, Lara, el Tobalos y yo marcharamos  la cabeza del
escuadrn; detrs iran el Lobo de Huerta y el Apaado, cada uno con un
vergajo para no permitir que nadie se rezagase.

Nuestros hombres de  pie, ya decididos, sin hurtar apenas el cuerpo,
se lanzaban en grupos compactos contra los franceses.

Estos se replegaban, despacio, sobre la loma donde estaba su
caballera. Dragones y gendarmes echaban pie  tierra para hacer fuego.

No hicimos ms que aparecer sobre la hondonada y dar la cara  los
franceses, cuando flame el gallardete rojo.

El Brigante levant su sable y di la orden de cargar. Lara y yo
hicimos lo mismo.

Creo que todos nosotros, yo, al menos, s, experimentamos un momento
de ansiedad y emocin. La mayora de los guerrilleros se persignaron
devotamente. El ms templado crey que all dejaba el pellejo.

Picamos espuelas  los caballos, y los pusimos primero al paso, luego
al trote, despus al galope, cada vez ms acelerado y ms fuerte,
doblando el cuerpo sobre la silla para favorecer la carrera y evitar
las balas.

bamos hacia abajo por un talud; despus tenamos que subir por una
ligera eminencia.

El Brigante, con el sable desenvainado, gritaba como un loco. Nuestros
caballos volaban saltando por encima de los matorrales.

--Hala, hala, hala!--gritaba el Brigante--Anda ah, Lara! Echegaray,
dales  sos! Corre!

Uno tena la impresin de ser una bala, una cosa que marchaba por el
aire.

Al acercarnos  los franceses, el Brigante se volvi hacia nosotros.
Los ojos y los dientes le brillaban en la cara.

Nunca tanto como entonces me pareci un tigre.

--Viva Espaa!--grit con una voz potente.

--Viva!--gritamos todos con un aullido salvaje que reson en el aire.

Tuvimos un momento la certidumbre de que habamos arrollado al enemigo;
una descarga cerrada nos recibi; silbaron las balas en nuestros odos;
respiramos un aire cargado de humo de plvora y de papeles quemados;
cayeron diez, doce, quince caballos y jinetes de los nuestros; sus
cuerpos nos impidieron seguir adelante; hundimos las espuelas en los
ijares de los caballos; era intil: al pasar la nube de humo nos vimos
lanzados por la tangente. Todos los guerrilleros de  pie contemplaban
el espectculo.

Los franceses se formaban de nuevo y mejor.

Al llegar al final de una vertiente de la loma volvimos grupas y, sin
precaucin alguna, pasamos cerca de los franceses  formarnos de nuevo.

Los del Jabal, sin duda, no se haban atrevido  cargar.

El Brigante, orgulloso de su valor, y viendo nuestro enardecimiento,
nos hizo acometer de nuevo.

Con una serenidad pasmosa, avanz  la cabeza del escuadrn, terrible,
majestuoso, lleno de clera como el mismo dios de las batallas.

No ramos bastantes para arrollar  los franceses por la masa, y se
trab el combate cuerpo  cuerpo, hombre contra hombre, como fieras,
enloquecidas por el furor.

Ciegos de coraje, dbamos estocadas y mandobles  derecha  izquierda.
Al Tobalos se le vea en todas partes, luchando y ayudando  los dems.

El Brigante pareca un energmeno, uno de esos monstruos exterminadores
del Apocalipsis. Su mano fuerte blanda colrica el sable corvo y
pesado, y el acero de su hoja se tea en sangre roja y negra como el
cuerno afilado de un toro en la plaza.

Haba matado ms de cuatro, cuando se lanz sobre l un sargento de
dragones alto, gigantesco, con unas barbas largas y rojas y una mirada
feroz.

En la acometida vimos los caballos de ambos que se ponan en dos
patas, furiosos, echando vaho por las narices. Los sables de los dos
combatientes al chocar metan un ruido como las hoces en las caas de
maz.

Aquel combate singular no dur mucho; el Brigante di  su enemigo tal
sablazo, que vimos caer el cuerpo enorme del dragn con el cuello casi
tronchado.

La curiosidad por presenciar el combate pudo perderme; un gendarme me
solt un sablazo en el hombro, que me dobl la charretera.


LA MARSELLESA

Los guerrilleros, al ver que abramos brecha en los franceses, se
acercaron de nuevo, gritando:

--Avanza la caballera. Son nuestros. Adelante!; y rodearon al enemigo
como una manada de lobos hambrientos.

Los franceses empezaron  vacilar,  cejar.

Los espaoles, con nuevas tropas de refresco, avanzaban, cada vez ms
decididos. Ya nos veamos unos  otros, y nuestros gritos pasaban por
encima de los franceses.

De pronto, el comandante Fichet, que se encontraba en el centro, 
caballo, se descubri, tom la bandera y estrechndola, sobre el pecho,
comenz  cantar la Marsellesa. Todos los soldados franceses entonaron
el himno  coro, y como si sus mismas voces les hubieran dado nueva
fuerza, rehicieron sus filas, se ensancharon y nos hicieron retroceder.

Aquella escena, aquel canto, tan inesperado, nos sobrecogieron  todos.
Los franceses parecan transfigurarse: se les vea entre el humo, en
medio del ruido de los sables y de los gritos  imprecaciones nuestras,
cantando, con los ojos ardientes llenos de llamas, el aire fiero y
terrible.

Pareca que haban encontrado una defensa, un punto de apoyo en su
himno; una defensa ideal que nosotros no tenamos.

Sin aquel momento de emocin y de entusiasmo, las tropas francesas
se hubieran desordenado. Fichet, que conoca, sin duda, muy bien 
su gente, recurri  inflamar el nimo de sus soldados con canciones
republicanas.

Nosotros nos retiramos.

Los franceses tuvieron la conviccin de que aquel ataque furioso haba
sido nuestro mximo esfuerzo. Esta conviccin les tranquiliz.

Los del Brigante nos alejamos del lugar del combate, y sigui de parte
de los guerrilleros el fuego graneado.

Fichet, despus de recoger los heridos y de reorganizar la columna,
se puso en marcha formando un cuadro, algunos tiradores de  caballo
en los flancos, y  retaguardia los dems, que iban retirndose
escalonados.

Fichet no quiso, sin duda, avanzar rpidamente, para no dar  sus
soldados la impresin de una fuga, y fu marchando con su columna con
verdadera calma.


LA REPBLICA

Quiso aprovechar tambin el entusiasmo que produca en sus soldados
las canciones revolucionarias, y mand  dos sargentos jvenes que las
cantaran.

El comandante qued  retaguardia con sus tiradores, volvindose  cada
paso para observar las maniobras del enemigo.

Nuestro escuadrn fu de prisa  rodear y salir de nuevo al encuentro
de los franceses.

De lejos, aquella masa de soldados imperiales, cantando, haca un
efecto extraordinario. Cuando pasaron  no mucha distancia de nosotros,
el viento traa la letra de Le Chant du Depart cantado por uno de los
sargentos.

    La victorie en chantant nous ouvre la barrire;
  La Libert guide nos pas,
  Et du Nord au Midi la trompette guerrire
  A sonn l'heure des combats.
  Tremblez, ennemis de la France,
  Rois ivres de sang et d'orgueil!

Y el coro de soldados, como un rugido de tempestad, exclamaba:

    La Rpublique que nous appelle
  Sachons vaincre, ou sachons perir
  Un franais doit vivre pour elle,
  Pour elle un franais doit mourir.

Y volva de nuevo otra estrofa, y volva de nuevo el coro.

--Qu es la _Republique_? La Repblica?--me dijo el Brigante.

--S.

--Yo cre que stos gritaban: Viva el emperador!

--S; pero cuando estn en peligro se acuerdan de la Repblica.

Aquella voz francesa, aguda, rara, sonaba para m como algo
extraordinario en el da gris, en medio de las verdes montaas. Quiz
desde el tiempo de la Repblica Romana no se haba repetido jams all
esta palabra.

La cancin de Chenier, como un canto de victoria, llevaba  los
franceses  la salvacin.

Merino comprendi que mientras el enemigo tuviera aquel comandante no
se podra con l, y mand  sus mejores tiradores fueran acercndose 
los franceses, con orden de disparar nicamente al jefe.

No era la cosa fcil, ni mucho menos, porque los tiradores de los dos
flancos del escuadrn francs iban explorando la zona de ambos lados.

Los guerrilleros, que conocan bien las sendas y disparaban con ms
puntera, marcharon, unos  pie y otros  la grupa de los soldados de
caballera hasta avanzar, y luego desmontaron y fueron ocultndose
entre los pinos y los matorrales.

Los franceses se nos escapaban. El escuadrn de Burgos iba picndoles
la retirada. El Brigante se hallaba dispuesto  atacarles por tercera
vez,  no dejarles un momento de descanso.

De pronto, desde un gran matorral de retamas comenzaron  disparar;
un pelotn de franceses se lanz  rodear el matorral de donde haban
partido los disparos, y en el momento en que el jefe miraba, hacia
aquel lado, varios guerrilleros se acercaron por el opuesto; sonaron
diez  doce tiros y Fichet cay de su caballo.


LUCHA FEROZ

El Brigante nos mand cargar y los franceses se declararon en fuga,
dejando en el campo algunos cadveres, entre ellos el del comandante
Fichet. Ms lejos se rehicieron de nuevo.

El escuadrn del Jabal haba aparecido  interceptarles el paso, y
volvan de nuevo  encontrarse rodeados de guerrilleros.

El nuevo jefe francs, menos sabio que Fichet, dividi su fuerza en
varios pelotones de  pie y de  caballo y los alej unos de otros de
una manera excesiva.

Aqulla fu su muerte. Nuestro escuadrn, en combinacin con el de
Burgos, dividi y aisl  los pelotones franceses ms numerosos.
Intentaron ellos establecer el contacto, los rechazamos nosotros, y
desde entonces tuvieron que batirse  la desesperada, sin orden ni
concierto. La lucha era incesante.

Nuestros escuadrones en masa subdividan ms y ms  los franceses. Los
guerrilleros iban rematando  los heridos.

Pareca una lucha de demonios; todos estbamos desconocidos, negros de
sudor, de barro y de plvora.

No se daba cuartel.

Los heridos se levantaban, apoyaban una rodilla en tierra, disparaban y
volvan  caer. Un francs, chorreando sangre, se ergua y atravesaba
con el sable  un espaol. Otro hunda la bayoneta en el vientre de un
moribundo.

Un guerrillero herido sacaba la navaja, llegaba  un francs y le
hunda la hoja en la garganta.

Muchos de los nuestros no tenan municiones y cargaban el trabuco con
piedras, otros utilizaban slo el arma blanca.

Hasta el completo exterminio no acab aquella lucha de fieras rabiosas.
Unicamente veinte  treinta gendarmes y otros tantos dragones,
dirigidos en su retirada por un sargento, lograron escapar.

Todos los dems murieron; algunos, muy pocos, quedaron prisioneros; el
campo qued sembrado de muertos...

       *       *       *       *       *

Desde entonces,  aquel vallecito prximo  Hontoria se le llam el
Vallejo de los Franceses.




VII

DESPUS DEL COMBATE


...Y se acercaba el crepsculo. Bandadas de cuervos venan por el aire,
preparndose para saborear el gran banquete que les dbamos los hombres.

El Brigante, que se haba distinguido en el ataque, no quiso sealarse
en la persecucin.

Todos los franceses que pasaron  nuestro lado fueron hechos
prisioneros.

Yo, en unin de Lara y del Tobalos, llevamos el cadver de Fichet hasta
un bosquecillo de pinos, le pusimos la espada sobre el pecho y le
enterramos.

Me pareca que el comandante francs nos miraba y nos deca: Gracias,
compaeros.

Despus de esta piadosa obra nos reunimos con el escuadrn.

Los de la partida del Jabal se encargaron del papel de verdugos.
Como una manada de chacales que se lanza sobre un tropel de caballos
fugitivos, as se lanzaron los del Jabal  acorralar y  perseguir 
los dragones y gendarmes dispersos.

Nosotros presenciamos inmviles la siniestra cacera.

Merino derrib tambin  algunos desgraciados que intentaban huir, 
tiros de su carabina.

Un grupo de cinco dragones vinieron hacia nosotros corriendo, buscando
espacio para escapar.

Los cinco iban con el sable en alto, al galope; los guerrilleros
corran y gritaban tras ellos.

Cortndoles el paso sali una docena de guerrilleros, que les dispar
una lluvia de trabucazos. Uno de los franceses escap galopando;
otro cay  tierra acribillado  balazos. El tercero debi recibir
una bala en el costado. March al galope durante algn tiempo; luego
se fu torciendo, torciendo, hasta que sus manos se agarraron  la
silla; despus, el pobre hombre, sin poder sostenerse, cay con tan
mala suerte, que se le enganch un pie en el estribo y el caballo le
arrastr por el suelo largo tiempo hasta convertirle en un montn
informe de sangre y de barro.

Uno de los franceses vino hacia nosotros encorvado, sacudiendo al
caballo con el sable. Al ver que le cerrbamos el paso, torci hacia la
derecha. Yo segu tras l.

--Detente; hay cuartel--le dije en francs.

El dragn se detuvo. Temblaba, convulso. El caballo tena todo el pecho
baado de espuma que le sala por la boca, y los ijares llenos de
sangre.

Mi prisionero era hombre de unos cuarenta aos, fuerte, de aire sombro.

--Diga usted que es belga--le dije.

--Gracias--me contest l.

Le llev delante del Brigante, que le recibi de muy buena manera.

Comenzaba  transcurrir la tarde. Una depresin, mezcla de cansancio y
de tristeza, nos invada.

Era ya el momento de volver  Hontoria.

Los del Brigante estbamos satisfechos. Nuestra acometividad y nuestro
valor haban quedado por encima de los dems de la partida. Juan se
manifestaba contento.

Haba prdidas dolorosas entre nosotros; pero todos tenamos la
satisfaccin de haber cumplido.

Se pas revista. Faltaban ms de veinte hombres, entre ellos, don
Perfecto y Martinillo. Don Perfecto no apareci. Yo me figur que se
habra escondido, de miedo, en cualquier parte.

La prdida de Martinillo produjo gran impresin; fuimos al lugar del
combate  ver si lo encontrbamos muerto  vivo.

Algunos caballos, desesperados, locos, manchados de sangre, corran por
en medio del campo, haciendo sonar los arneses y los estribos.

Sobre un ribazo vimos al Meloso abandonado, agonizando, con las
entraas en las manos. Poco despus nos topamos con un guerrillero del
Jabal que se mora mugiendo como un toro.

En el Vallejo, en el sitio donde habamos dado la carga, recogimos el
cuerpo de Martinillo.

--Pobre Martinillo! Quin te haba de decir que nosotros los viejos
te enterraramos?--exclam un guerrillero anciano.

Al bajar del caballo encontramos  un francs baado en sangre que
deba estar sufriendo horrores. Al vernos, exclam:

--Socorro! Perdn! Agua!

Lara y yo nos acercamos  socorrerle; pero Fermina la Navarra,
amartillando su carabina y poniendo el can en la boca del herido,
grit:

--Toma agua--y dispar  boca de jarro, deshacindole el crneo. Los
pedazos de sesos me salpicaron la ropa y las manos.

Lara se indign. Rpidamente desenvain el sable y se qued luego sin
saber qu hacer.

--Ese asqueroso francs!--exclam ella--. Que se muera!


COMENZABA EL CREPSCULO

Decidimos llevar el cadver de Martn sobre un caballo.

Volvimos  montar. Comenzaba el crepsculo y aumentaba nuestra tristeza.

bamos marchando hacia Hontoria, cansados, embebidos en nuestros
pensamientos, cuando nos soltaron una descarga y vimos que el Brigante
se inclinaba en su caballo.

Lara y dos guerrilleros que estaban cerca de l fueron  socorrerle y
le sujetaron en sus brazos.

--Son los nuestros--dijo el Tobalos.

--A ellos!--exclam yo--. A pasarlos  cuchillo!

Con un pelotn de cincuenta hombres me lanc al galope hacia los
matorrales de donde haban partido los tiros. Vimos varias sombras que
corran  lo lejos en la obscuridad.

A uno de ellos, el Tobalos, Ganisch y yo le perseguimos hasta
acorralarlo. Yo le alcanc y le di un sablazo en la cabeza. Estaba el
hombre vacilando, cuando el Tobalos le solt un trabucazo  boca de
jarro que le hizo caer inmediatamente al suelo.

Ya satisfecha nuestra venganza, volvimos hacia el lugar donde haba
sido herido el Brigante.

Al acercarnos comprendimos que haba muerto. Estaba su cuerpo tendido
sobre la hierba, y Lara, descubierto, le contemplaba.

Al acercarme  l, Lara me estrech la mano y dijo:

--Ha preguntado por ti. Ha dicho que le digamos  ella que ha muerto
pronunciando su nombre.

Lara tena lgrimas en los ojos. Yo senta no ser tan sensible como l.

Decidimos colocar el cadver en un caballo y llevarlo  Hontoria.

Fu una expedicin lgubre. Haba obscurecido; slo quedaba una ligera
claridad en el cielo. Los cuervos iban posndose silenciosamente en la
tierra; se oan sus graznidos. Algunos hombres y mujeres sospechosos
andaban por el campo escondindose entre los matorrales. Los perros
hambrientos de los contornos se acercaban al olor de la sangre. Era
una gran fiesta para todos los animales necrfagos: cuervos, cornejas,
buitres, gusanos, perros hambrientos y dems comensales de la Muerte.

Marchbamos mudos por el campo obscuro, sembrado de cadveres.

En algunas partes haban encendido hogueras con ramas de pino, donde
quemaban los cuerpos de los hombres y de los caballos y el viento
jugaba con el humo acre, trayndolo  veces  la garganta.


AL LLEGAR A HONTORIA

Cuando llegamos  Hontoria nos encontramos un espectculo lamentable.
Los guerrilleros haban cogido al sargento espaol afrancesado que
serva de gua y de intrprete  los imperiales, le haban montado en
un burro atado los pies por debajo del vientre del animal y los brazos
en los codos, y lo llevaban as.

Una nube de viejas horribles desarrapadas, de mujeres, de chiquillos
que haban sabido quin era, se acercaban al sargento  insultarle, 
araarle,  tirarle piedras.

Ya no quedaba nada de su uniforme, desgarrado  jirones, y su cara
estaba negra de humo, de plvora y de sangre.

Perdimos de vista este horrible espectculo y nos acercamos  la casa
del Padre Eterno. Llevamos el cadver del Brigante desde el portal  la
sala.

Un chico fu  avisar  doa Mariquita, y ella y Jimena, ambas
deshechas en lgrimas, acudieron solcitas  la casa.

Entre las dos mujeres y la mujer del Padre Eterno limpiaron el cadver
del Brigante de sangre, de barro y de humo, y lo colocaron en una mesa,
entre cuatro velas.

Pusieron, adems, un pao negro en el suelo y un crucifijo en la pared
blanca del cuarto.

Fermina la Navarra fu  casa de Martinillo; pues,  pesar de que nunca
haba tenido gran simpata, ni por l ni por la Teodosia, quiso ir
porque la viuda de nuestro corneta estaba para dar  luz, y Fermina
tena miedo de que alguna comadre le soltara como un escopetazo la
noticia de que su marido haba muerto.

Yo me ocup de nuestros prisioneros, les hice cambiar de traje y les
recomend al alemn Mller, que se encarg de ellos.

Volvimos Lara y yo al cuarto en donde estaba el Brigante muerto, y
las mujeres nos dijeron que nos furamos  dormir. Ellas velaran el
cadver.

--Bueno, vamos  ver si encontramos algn rincn donde echarnos--le
dije yo  Lara.

--Antes, lvate--me advirti l--; hueles  sangre que apestas.

Realmente, tena el uniforme lleno de sangre y de trozos de cerebro que
me haban saltado, y mi sable pareca la cuchilla ensangrentada de un
carnicero.

Me lav en una fuente y fuimos Lara y yo  buscar alojamiento.

Haba mucho herido; casi todas las casas del pueblo estaban ocupadas
por ellos; se oan gritos, lamentos. Los cuervos en el campo, los
cirujanos y los curas en la aldea, iban  tener mucho trabajo.


EN LA IGLESIA

Dimos la vuelta al pueblo, y como no encontramos sitio donde
guarecernos, nos metimos en la iglesia. Estaban all alojados unos
cuantos peseteros. Entramos, y,  pesar de las protestas de algunos, yo
cog un saco de paja, me tend en l, y qued dormido como muerto.

A las cuatro  cinco horas me despert la voz dolorida de Lara.

--Todava duermes, Echegaray?--me dijo.

--S. Qu pasa?

--Yo no he podido dormir en toda la noche.

--Pues qu te ocurre?

--Estoy pensando en las barbaridades que se han hecho. Dios mo! Qu
horror! Qu horror!

--Pero eso es la guerra, Lara; qu quieres hacerle?

--Y esa mujer, esa Fermina, eso es un monstruo!

--Mira, Lara--dije yo--, duerme; si no, maana no vas  poder tenerte
en pie.

--No puedo dormir. El pobre Martinillo, muerto! Y el Brigante! Al
Brigante le han matado los nuestros.

--Cllate, Lara; te puedes comprometer!

Al cabo de poco tiempo me dijo:

--Sabes, de todo, lo que ms me ha entusiasmado?

--Qu?

--La cancin de los franceses.

--La Marsellesa?

--S.

--La sabes t, Echegaray?

--S.

--La tienes que cantar.

--Bueno; pero no ahora.

--Y el comandante francs? Qu valiente! Yo le vea con la cabeza
descubierta y con los ojos mirando al cielo y cantando. Me hubiera
gustado acercarme  l, darle la mano y decirle: No; t no debes
defender  un tirano egosta y martirizador de los pueblos como
Napolen; t debes pensar en defender el bien, la Humanidad...

--Mira, Lara, no seas tonto! Duerme.

--A ese francs le recordar toda la vida. Ahora mismo lo estoy viendo
como lo hemos dejado all en la hoya. Me parece que me mira y me dice:
A pesar de que me habis matado, somos amigos.

--Calla, hombre, calla!--exclam--. Mira que hay ah un cura que nos
oye y nos espa.

--Peor para l, si es un hombre ruin y mezquino y no comprende nuestros
sentimientos.

Como Lara no era persona  quien se pudiese inculcar prudencia, me
incorpor en el suelo, me levant y con l sal de la iglesia.

Algunas nubes vagamente rojizas, precursoras del alba, aparecieron en
el cielo.


SE FUSILA

Echamos  andar Lara y yo hacia la casa del Padre Eterno, y vimos una
patrulla de veinte hombres. Nos acercamos  ellos  ver qu pasaba.

Iban  fusilar al sargento afrancesado cogido la tarde anterior y  dos
guerrilleros.

A uno de los guerrilleros le haban encontrado haciendo un agujero en
el suelo de una tenada. Era el Manquico. Al verle escarbar un oficial
le haba preguntado:

--Qu guardas ah?

--Un paquete de balas.

El oficial, sospechando algo, haba removido una hora despus en
el suelo de la tenada y encontrado una bolsa llena de oro. El otro
guerrillero del Jabal haba sacado al dueo de una serrera cincuenta
duros amenazadoramente, diciendo que eran para Merino. Los dos
guerrilleros y el sargento afrancesado acababan de ser juzgados en
juicio sumarsimo.

A los tres los sacaron de una casa donde estaban presos. El guerrillero
del Jabal se hallaba herido y tuvieron que llevarlo en un banco al
lugar del suplicio.

El sargento afrancesado, ya limpio, tena buen aspecto.

Era un joven de mirada viva, de pelo rubio; sin duda algn muchacho
ambicioso que haba pensado hacer una rpida carrera con los
franceses. Marchaba al suplicio con una firmeza audaz y desdeosa.

Como la luz del alba no alumbraba bastante y no queran perder tiempo,
haban puesto dos hachones de tea encendidos, y  la luz de sus llamas
iban  fusilar  los tres hombres.




VIII

PERSECUCIN DEL CORONEL


Presencibamos tan horribles preparativos, cuando de una casa prxima
sali Merino. Iba  emprender su ronda de la maana. Seal el cura al
capitn de la compaa el sitio para fusilar  los tres hombres y luego
se acerc  m.

--Echegaray!

--A la orden, mi coronel.

--As me gusta  m la gente. Sin pereza. Lara tiene malas trazas. Has
dormido mal?

--No; muy bien, mi coronel.

--Bueno; vais  salir los dos en persecucin del coronel francs
herido. Ha pernoctado en Huerta del Rey; parece que se dirige  Aranda.
Lleva unos veinticinco hombres. Si no se han dado mucha prisa, podis
alcanzarlos en Pearanda de Duero.

--Iremos con todo el escuadrn?--pregunt yo.

--S.

--Quin mandar, Lara  yo?

--T.

--Si no podemos alcanzarlos, qu hacemos?

--Marchar  Quemada y esperar all.

--A la orden, mi coronel.

--A ver si de sta te hago capitn, Echegaray.

Saludamos. Entre Lara y yo no poda haber rivalidades.

Cuando llegamos  casa del Padre Eterno, donde estaba el cuerpo del
Brigante, sonaban las descargas que quitaban la vida al afrancesado y 
los ladrones.

Despert  Ganisch y al Tobalos, avisamos  los del escuadrn, se toc
llamada, se almorz, y poco despus nos dirigamos hacia Huerta del Rey
al trote.


HUERTA DEL REY

Huerta es un pueblo bastante grande, formado por casas torcidas y
alabeadas, de las cuales ninguna tiene el capricho de conservar la
alineacin.

No hay all edificios con el aire naturalmente inmvil de toda obra
de arquitectura; por el contrario, la generalidad parecen moverse y
prepararse para una loca zarabanda.

Casonas y casuchas, unas se adelantan  invitar  la contradanza  las
vecinas, otras se apartan finamente para dejar el paso libre, algunas
se inclinan saludando con reverencia, y hay tres  cuatro que se
retiran como con despecho, bajando el tejado, que hace de sombrero,
sobre sus ventanas, que son sus ojos.

Estos movimientos de las casas de Huerta se deben  que las
construcciones no son de mrmol Penthlico, ni siquiera de Carrara,
sino de estacas y adobes de poca consistencia.

Entramos con el escuadrn en aquel pueblo, y por una calle empinada y
sucia desembocamos en la plaza. Paramos en el Ayuntamiento y avisamos
al alcalde.

Este tard bastante en venir.

Nos di noticias del coronel francs. Haba llegado el da anterior 
media tarde, dejado la mitad de sus hombres en el pinar, y despus de
cuatro  cinco horas de descanso pidi un gua y emprendi de nuevo la
marcha.

Me pareci imposible alcanzarle.


EL CORONEL BREMOND EN LA VID

El coronel Bremond estaba  media tarde en Pearanda, y despus de dar
un refrigerio  los hombres y un pienso  los caballos emprendi la
marcha por San Juan del Monte y lleg al monasterio de la Vid  prima
noche.

El coronel,  pesar de hallarse gravemente herido y febril, antes de
entrar en el convento inspeccion sus alrededores.

Vi el puente de sillera sobre el Duero; puente largo de doce ojos,
estrecho, fcil de defender.

Mand  sus soldados rendidos, hiciesen un parapeto con carros, vigas
y piedras, y puso all dos hombres de centinela.

El convento quedaba oculto por una cortina de chopos, y orden  los
granjeros de la Vid cortaran en seguida las ramas de los rboles ms
prximos al puente.

En las ventanas del monasterio quedaran cuatro centinelas.

Dadas sus disposiciones, se decidi  entrar en el convento.

Los frailes le apearon de la yegua y le acostaron en la cama del abad
don Pedro de Sanjuanena. El abad era natural de un pueblo de Navarra,
y, cosa rara en un fraile de la poca, un tanto liberal y afrancesado.

Mientras un lego algo prctico en ciruga menor haca la primera cura
al coronel, ste dictaba un parte  uno de sus veteranos herido en el
brazo izquierdo.

El parte de Bremond iba dirigido al comandante militar del cantn
de Aranda. Le participaba lo ocurrido y le peda enviara la fuerza
disponible, pues se hallaba expuesto  un sitio donde podan perecer
todos.

El abad despach  un criado del convento con el parte.

Al amanecer del da siguiente llegaron al monasterio, aspeados, llenos
de barro, un sargento primero con veinte gendarmes que lograron escapar
de la matanza de Hontoria. Casi todos ellos eran de los exploradores
que haban marchado por las crestas del desfiladero.

Pocas horas despus,  las seis  siete de la misma maana, el
comandante del cantn de Aranda se present en el monasterio con
doscientos soldados de infantera y cincuenta caballos. Le acompaaba
un cirujano de la ciudad, don Juan Perote.

Perote reconoci la herida del coronel; segn dijo, no se poda extraer
la bala sin practicar una operacin cruenta. Respecto  trasladar el
coronel  Aranda, de hacerlo, haba que tomar grandes precauciones,
pues la herida se hallaba muy inflamada y el paciente tena una
calentura terrible.

El comandante de Aranda determin continuar en el monasterio un par de
das para dar tiempo de descanso  los dragones y gendarmes de Bremond
y ver si llegaba algn nuevo fugitivo de Hontoria.


DELANTE DEL MONASTERIO

Mientras tanto, nuestro escuadrn llegaba por la noche  Pearanda.
Dejamos parte de la fuerza all, y yo, con cincuenta hombres de los
ms decididos, avanc por la cuesta de San Juan del Monte hasta
aproximarnos  la Vid.

El monasterio tena en la obscuridad un aire fantstico.

Apenas se le divisaba oculto por una masa de altos y negros chopos.

Se adivinaba, ms que se vea, el cauce del ro como una barranca
hundida y los grupos de rboles de las orillas.

A la derecha del monasterio se columbraba la cabeza del puente. Arriba
en el cielo palpitaban las estrellas.

No me pareci prudente atacar el convento sin tener idea de sus medios
de defensa, y esperamos al amanecer.

Dormimos un rato y al alba estbamos de nuevo  caballo.

La maana comenz  sonreir en el cielo.

Se iba destacando entre la obscuridad y la bruma el poblado de la Vid,
una manzana de casas blancas unidas al convento.

Lara y yo,  pie, ocultndonos entre las matas, nos acercamos  un tiro
de fusil.

Con el anteojo pude ver la barricada del puente y los soldados llegados
de Aranda patrullando por los alrededores.

No ramos bastantes para atacar el monasterio, y, siguiendo las rdenes
del cura, atravesamos el Duero y nos instalamos en Quemada del Monte.

Preparamos el alojamiento, y yo di una vuelta al pueblo en compaa de
Lara.

--Amigo Lara--le dije cuando nos vimos solos--, t crees que podramos
contar con nuestra gente?

--Segn para qu.

--Para marcharnos hacia la Alcarria  reunirnos con el Empecinado.

--Dejando  Merino?

--S.

--Supona que estabas tramando algo.

--Bien; y qu opinas?

--Que no contamos con la gente para eso.

--Crees t.

--Seguro. El Brigante mismo no lo hubiera podido conseguir. A nosotros
Merino nos molesta y  ti te repugna. A ellos les entusiasma.

--Bueno--contest yo--; ser as, pero te advierto que si Merino nos
deja dos  tres das aqu, yo con la gente que quiera, hablndoles
claramente  engandolos, me voy hacia la Alcarria  juntarme con el
Empecinado.

--Yo voy contigo.

Hablamos al Tobalos. El Tobalos nos escuch, mir al suelo y no dijo
nada.

--Usted vendra?--le pregunt.

--S, advirtindoselo antes  Merino.

--Y los dems?

--No s.

No haba que pedir ms al laconismo de aquel hombre; pero se poda
comprender que l pensaba que los dems no querran marchar hacia la
llanura dejando la sierra.

La mayora de los guerrilleros sentan un localismo tan exagerado, que
consideraban que del Duero para abajo y del Ebro para arriba acababa
Espaa.


ME LLAMA EL CURA

Por la noche supimos que el cura vena avanzando con el grueso de su
partida  Hontoria de Valdearados, y  la maana siguiente me mand un
recado para que me avistara con l.

Supuse yo si su objeto sera instalarse en Zazuar y en Fresnillo de
las Dueas, con lo cual poda dejar dividida la guarnicin francesa de
Aranda en dos partes: doscientos cincuenta hombres en el convento de la
Vid, aislados y sitiados, y trescientos en la ciudad. No era difcil,
seguramente, atacarlos sucesivamente y vencerlos.

En el caso de que se decidiera  esto, yo abandonara mi proyecto de
desercin, al menos por entonces.

Me adelant  Hontoria de Valdearados, dejando  Lara en el mando.

Merino no pensaba en sitiar la Vid ni Aranda; no se atreva  un ataque
tan en grande.

--T qu haras si estuvieras en mi lugar?--me pregunt.

--Yo, sitiar el convento y atacarlo.

Merino no contest, y luego, no s si para intimidarme, me pregunt si
sera capaz de ir  Aranda y enterarme de si el pueblo nos secundara.

Le dije que s y march disfrazado en el carro de un carbonero  esta
villa.

Iba dirigido  don Juan Antonio Moreno, administrador del convento de
Sancti-Spiritus, que viva en la calle de la Miel, cerca de la plaza
del Trigo.

El carbonero me dijo que  don Juan Antonio y  don Lucas Moreno les
llamaban los franceses y los afrancesados los Brigantes.

Don Juan Antonio Moreno me recibi muy bien. El y su hermano don
Lucas eran los depositarios del Empecinado, y  ellos les enviaba el
guerrillero todas las sumas que recoga.

Hablamos mucho del Empecinado y de la poltica del tiempo.

Estuve muy bien tratado en los dos das que par all; luego, en el
mismo carro en donde haba ido, sal de Aranda y volv  mi escuadrn.
Claro que mis informes no sirvieron de nada, porque el cura no haba
pensado en atacar Aranda.




IX

EL PARTE DE ARANDA


Los franceses, mientras tanto, estaban inquietos. Al da siguiente de
llegar el comandante de Aranda  la Vid,  las diez de la noche recibi
un parte de su segundo, redactado as:

       Al comandante Bontemps.

       Comandante: En este momento acabo de recibir aviso de la llegada
       del cura Merino con una numerosa partida al pueblo de Hontoria
       de Valdearados. Una avanzada de caballera enemiga se ha
       estacionado en el lugar de Quemada,  tres cuartos de legua de
       Aranda. Su objeto, indudablemente, es cortar la retirada  las
       tropas de usted para cuando intenten volver  esta ciudad.

       Preprese usted en seguida para un posible sitio.

       Por ahora no puedo enviar ms fuerza.

       Como sabe usted, aqu dispongo de trescientos hombres que no
       me bastan. Tengo cien para defender el puente, la casa del
       Ayuntamiento y el Juzgado. Estoy dispuesto  perder la vida
       antes de que entren los brigantes en Aranda. No puedo tampoco
       enviar vveres, porque la comunicacin est cortada y no los
       tengo. He pedido socorros.

       El comandante interino del cantn de Aranda.--_Courtois._


DISPOSICIONES DE BONTEMPS

El parte alarm extraordinariamente  Bontemps. Tema ser cortado y
atacado en el monasterio. Al instante hizo fortificar el parapeto
mandado construir  su llegada por Bremond y formar otro en el extremo
del puente prximo al monasterio. Coloc cincuenta soldados de
infantera para defender estos dos puntos.

Supona que, ayudados por los fuegos de las ventanas del convento,
podran resistir largo tiempo en caso de asalto. Pocos hombres en este
sitio bastaban para contener  Merino si se presentaba.

Luego mont  caballo, corri  Vadocondes con una escolta de diez
hsares, decomis los carros que pudo y cerr tambin all la cabeza
del puente.

Haba hecho de antemano salir del monasterio cincuenta soldados de
infantera y mandado le siguieran.

Cuando llegaron stos, la barricada del puente de Vadocondes se hallaba
concluda.

Volvi despus Bontemps  la Vid y envi un pelotn de hsares y de
gendarmes  patrullar por el camino de legua y media que va del puente
de la Vid al de Vadocondes. Consideraba imposible el paso de los
espaoles por El Duero; el ro vena muy crecido por las lluvias.

Como todava le quedaba gente disponible, orden  una partida de
hsares rondase San Juan del Monte, en observacin del camino de
Aranda, por la derecha del ro y las avenidas del monasterio.

Mientras tanto, Merino, poco decidido  probar fortuna,  no queriendo
deslucir la jornada de Hontoria, despus de alarmar los contornos nos
orden la vuelta  la sierra.

El comandante Bontemps, al pasar dos das y no verse atacado, explor
l mismo el camino de Aranda y lo vi, con sorpresa, sin enemigos.

Tema una emboscada; pero como le iban faltando los vveres, decidi
partir al da siguiente con todas las tropas y con el coronel herido.

El abad don Pedro de Sanjuanena le prest cincuenta hombres de las
granjas de Guma y de Zuzones, colonos del convento.

Remudndose  cortos trechos, llevaran al coronel herido hasta Aranda.

Bontemps pensaba marchar con toda la velocidad posible y recorrer en
cinco  seis horas las tres leguas y media que hay desde la Vid 
Aranda de Duero.

Hechos los preparativos, al anochecer se retiraron los hsares de la
avanzada de San Juan del Monte y se unieron con los expedicionarios.

Colocaron en la camilla un jergn, dos colchones y varias almohadas,
para que el coronel Bremond fuese sentado. El comandante Bontemps envi
un propio  los soldados del puente de Vadocondes avisndoles que por
la noche se reunira con ellos. El convoy se puso en marcha rpidamente.

Cincuenta hsares marchaban  vanguardia; despus cien infantes; en
medio de ellos el coronel en su camilla, y  retaguardia los gendarmes
y dragones salvados del desastre de Hontoria.

El cirujano don Juan Perote iba  caballo al lado del herido.

Lleg la columna  Vadocondes y se le reunieron los cincuenta soldados
de infantera que guardaban el puente.

Aseguraron stos no haba novedad por los contornos; se di un
refrigerio de pan y vino  los granjeros y  la tropa, y se dispuso
seguir adelante.

El comandante del convoy orden  un pelotn de hsares, al mando de un
sargento, se adelantara hasta Fresnillo de las Dueas y se enteraran de
si el camino estaba libre.

Pronto volvieron dos jinetes  decir que no se adverta nada sospechoso.

Sigui el convoy  Fresnillo, y desde aqu mand Bontemps un parte 
Courtois preguntndole si pasaba algo.

Courtois contest diciendo: No hay novedad en la villa; se ignora el
paradero de Merino; han desaparecido las avanzadas enemigas de Quemada
y Zazuar. Podis avanzar.

En vista de estas noticias, continu el convoy su marcha, y al amanecer
llegaban los franceses  las puertas de Aranda. Courtois les esperaba
en la cabeza del puente con parte de la guarnicin.

Entraron las fuerzas en la villa, llevaron al herido  casa de don
Gabino Verdugo, una de las personas ms importantes de la poblacin, y
le subieron en la camilla al cuarto dispuesto para l.

Bremond mand se repartiese su dinero entre los granjeros que le haban
llevado. Bontemps y los soldados fueron  sus respectivos cuarteles.

Al da siguiente el cirujano Perote, acompaado de un mdico francs
de regimiento, visit al coronel, sondaron entre los dos la herida y
extrajeron la bala.

Los facultativos aseguraron que antes de un mes el coronel se hallara
completamente bien y podra montar  caballo.




LIBRO QUINTO

NUEVAS EMPRESAS




I

LA PARTIDA CRECE


Por aquella accin del Portillo de Hontoria Merino ascendi 
brigadier; otros pasaron de tenientes  capitanes y de capitanes 
comandantes.

Ni Lara ni yo ascendimos. El escuadrn del Brigante desapareci, y
nosotros fuimos incorporados al regimiento de caballera de Burgos.

Despus de la clebre emboscada, Merino aument considerablemente en
calidad y en nmero sus tropas que organizaron los comandantes Blanco
y Angulo. El primero fu el jefe del regimiento de caballera de
Burgos, compuesto de ochocientas plazas, y el segundo, del regimiento
de infantera de Arlanza, con dos mil soldados. A fines de 1810, la
divisin de Merino era de cinco mil hombres.

En este mismo ao tuvimos una accin desgraciada en el puente de
Almazn, donde muri uno de los hermanos de Merino, apodado el Majo.
Siete horas dur el combate. Nuestra partida estaba apoyada por el
segundo batalln de Numantinos, compuesto de reclutas, que se batieron
admirablemente.

Los franceses eran mil quinientos. Unas doscientas bajas, entre muertos
y heridos, nos cost aquella accin. Los Numantinos fueron los ms
castigados.

Unos das ms tarde, en unin de la partida de Salazar, nos apoderamos
de Covarrubias y tuvimos varias escaramuzas en Villaln y Santa Mara
del Monte.

En otoo de este ao se apresaron cinco mil carneros que los franceses
enviaban  Aranda de Duero, y unos das despus, en una venta cerca de
Burgos, se quemaron cuarenta carros de galletas que iban dirigidos al
ejrcito de Massena.

Al ao siguiente, por la primavera, estuvimos  punto de pagar nuestra
emboscada de Hontoria del Pinar.

Haba vuelto la guarnicin francesa  ocupar Covarrubias, y Merino
pens sorprenderla y pasarla  cuchillo, como haba hecho el ao
anterior.

Estbamos dos escuadrones de caballera en la sierra de Mamblas, con
unos quinientos  seiscientos caballos.

Merino envi cincuenta hombres del Jabal  que se acercaran al pueblo
y avanzaran por el puente. Poco despus salieron  su encuentro cien
infantes y cincuenta caballos de la guarnicin francesa.

Merino, que crey que los imperiales no tenan ms fuerza que aqulla,
dispuso que sus quinientos hombres atacaran el pueblo. Efectivamente;
hicimos retroceder  los franceses y nos metimos en Covarrubias; pero
no habamos hecho ms que entrar, cuando nos vimos envueltos en una
lluvia de balas.

Hubo que salir ms que al paso fuera del pueblo.

Llegamos en la retirada al puente, y all pudimos defendernos un
momento, resistir el choque de los franceses y dar tiempo  que los
nuestros tomaran posiciones.

Los franceses nos atacaban con una furia terrible. Eran unos
seiscientos infantes y ms de doscientos caballos.

Ya  campo abierto, la retirada nuestra se efectu con gran orden, por
compaas y grupos, y al llegar al monte nos dimos por salvados.

En las tres horas de persecucin que tuvimos perdimos poca gente para
lo que se hubiera podido calcular.

La partida se bati con una pericia y una serenidad asombrosas.

De Covarrubias, pasando por cerca de Santo Domingo de Silos,
llegamos de noche  Arauzo de Miel, donde nos detuvimos  descansar,
considerndonos seguros.

No habamos hecho mas que repartirnos en las casas, disponer la guardia
y echarnos  dormir, cuando nos encontramos cercados por los franceses.

La ronda de caballera pudo distraer al enemigo algn tiempo; salimos
luego todos  romper el cerco, y ya fuera, se volvi  efectuar la
retirada por el monte y  obscuras, sin grandes quebrantos, hasta
penetrar en los pinares de Huerta del Rey y quedar en seguridad.

Este mismo ao de 1811 peleamos juntamente con la partida de Borbn,
y despus, en unin de la de Padilla, contra una columna francesa que
haba salido de Segovia y  la que atacamos en Zamarramala.

Ms tarde, la divisin de Merino, con cinco mil hombres, unida  las
partidas de Padilla y Borbn, que tenan mil cada una, formaron una
lnea desde el Duero hasta Lerma, situndose Borbn en Roa, Padilla en
Gumiel de Izn, y el cura en Lerma.

En esto, en Marzo de 1812, los franceses cogieron prisioneros en Grado
 los que componan la Junta Superior de Burgos, los llevaron  Soria y
los fusilaron.

A la cabeza de los escuadrones franceses vena un comisario de polica
espaol afrancesado, llamado Moreno. Este fu el que prepar la
sorpresa donde se aprision  los espaoles de la Junta.

El cura Merino determin tomar terribles represalias, y ahorc y luego
quem ochenta franceses, veinte por cada espaol fusilado. Todo por la
mayor gloria de Dios.

Pasada esta racha de furia, Merino se dedic  darse tono, 
echrselas de general y  hablar con las autoridades.

Lara y yo dependamos directamente del coronel Blanco y apenas tenamos
que vernos con el cura.




II

LA MUJER DE MARTINILLO


Una noticia que nos produjo  Lara y  m gran efecto al llegar 
Hontoria fu la de que la mujer de Martinillo, al saber su viudedad,
haba muerto.

La Teodosia acababa de tener una nia. Debilitada por el puerperio y
triste por estar separada de su marido, no se restableca rpidamente.

Fermina la Navarra le haba dicho que Martinillo estaba en la Vid.

La Teodosia se resignaba  no ver  su marido  su lado, cuando
entraron una maana en su cuarto unas comadres, y por sus reservas y la
compasin que le manifestaron, comenz la enferma  tener vehementes
sospechas de una desgracia.

La Teodosia pidi  gritos que le dijeran lo que pasaba, y al saber la
muerte de su marido le di un sncope y qued muerta.

Le avisaron  Fermina, y sta, furiosa, no se content con menos que
con echar  latigazos de la casa  las dos viejas comadres que por su
estupidez haban producido aquella desgracia. A los guerrilleros todos
les pareci muy bien el arrebato de Fermina.

Fermina la Navarra, que era una buena mujer,  pesar de su barbarie y
de su crueldad con el enemigo, decidi adoptar  la nia,  quien se
bautiz y se llam Teodosia, como su madre.

Fermina decidi llevar  la nia  una nodriza de Huerta del Rey,
y con frecuencia Lara y yo solamos ir  ver  la chica,  quien
considerbamos como hija adoptiva...

Estuvimos casi completamente en paz unos meses, sin tener grandes
encuentros. La guerra de partidas se iba haciendo ms regular  medida
que los ncleos crecan y se uniformaban.




III

EL DIRECTOR, DENUNCIADO


En esto supimos que el director haba sido acusado en Burgos por los
franceses de espa de los guerrilleros y metido en la crcel.

Al saber la noticia le dije  mi compaero Lara, y luego al coronel
Blanco, que crea no debamos ver indiferentes la prisin del director.

Blanco habl  Merino, el cual no pareci muy alarmado; no le importaba
la cosa,  consideraba imposible remediarla. Volv  insistir con el
coronel Blanco, y ste dijo:

--Si creen ustedes que pueden hacer algo por el director, yo les dar 
usted y  Lara licencia ilimitada para que vayan  Burgos, si quieren,
solos  con los asistentes.

--Bueno, iremos--contest yo.

--Pues, nada; cuenten ustedes con la licencia.

Como Ganisch y yo no conocamos la gente de Burgos y podan hacernos
alguna pregunta comprometedora en el camino, cambiamos de escudero:
Lara fu con Ganisch, y yo con el asistente de mi amigo y antiguo
criado suyo, un tal Garca.

Quedamos de acuerdo en reunirnos en el camino entre Hortigela y Cuevas.

Salimos. Los pueblos del trayecto se encontraban en un estado
lamentable. Por todas partes no se vean mas que ruinas, casas
incendiadas y abandonadas. Nadie trabajaba en el campo, y por las
callejuelas de las aldeas nicamente haba viejos, mujeres y chicos
astrosos. Nos encontramos Lara y yo, como habamos previsto, antes de
llegar  Cuevas, y entramos en Burgos. Fuimos  hospedarnos  casa de
un primo de Lara, y al da siguiente me dediqu yo  enterarme de lo
que haba pasado con el director. Llegu  averiguar la gnesis de su
acusacin y prisin. Era sta.


LAS SOSPECHAS DE BREMOND

Ocho das despus de la llegada del coronel Bremond  Aranda de Duero,
el prefecto de la provincia de Burgos por el rey Jos, don Domingo
Blanco de Salcedo, fu llamado  presencia del general conde de
Dorsenne.

--Mi querido don Domingo--le dijo Dorsenne--, he recibido un pliego del
coronel Bremond, comandante de la columna de caballera que ha sido
aniquilada en la sierra de Soria por el cura Merino.

--Se ha salvado el coronel?

--S, se ha salvado. Bremond me dice que tiene vehementes sospechas
de que un seor don Fernando, en cuya casa estuvo de husped, y que
vive en la calle de la Calera, en unin del administrador de rentas de
Barbadillo del Mercado y de su mujer, estn de acuerdo con Merino.

--Es posible?--pregunt con sorpresa Salcedo.

--El coronel Bremond declara, bajo palabra de honor, que estas personas
le indujeron con sus informes  apresurar la malhadada expedicin que
tantas vidas francesas ha costado.

--Y este coronel sigue as las indicaciones de cualquiera?--pregunt
Blanco de Salcedo.

--S; realmente es una torpeza suya el confesarlo. Bremond no brilla
por su inteligencia. Yo no quiero cometer una arbitrariedad. Usted qu
opina como prefecto y como abogado?

--Yo, por ahora, mi general, no puedo tener opinin. La acusacin es
demasiado vaga para tenerla en cuenta.

--No cree usted que valdra la pena de llamar al acusado y de
interrogarle?

--Prendindole?

--S.

--No me parece prudente. Yo, en su caso, escribira al coronel
dicindole que puntualizara los cargos. No vayan  tomar esa prisin
como una venganza por la derrota sufrida por la columna. Ese don
Fernando es persona bien relacionada en Burgos, y si se le prendiera
slo por sospechas, habra un escndalo en el pueblo, cosa que no
conviene.

Dorsenne se di por convencido; recomend  Blanco de Salcedo que no
dijera nada  nadie, y escribi  Bremond pidindole ms datos. Como
don Fernando era persona de respetabilidad y de arraigo en el pueblo,
Dorsenne quiso mostrarse lleno de cordura y de moderacin, porque por
mucho menos que lo atribudo al director sola fusilar  colgar por el
cuello  por los pulgares  los sospechosos, segn su capricho.

Dorsenne saba que haba llegado hasta los ministros del rey Jos la
noticia de sus crueldades, y quera tener un motivo inapelable para
castigar al director.

A la carta del conde, Bremond, poco amigo de explicarse por escrito,
contest diciendo que en cuanto se restableciera ira  Burgos y dara
los informes minuciosos y categricos que necesitaba el general.


EL PREFECTO DE BURGOS

El mismo da en que el conde de Dorsenne escriba  Bremond, el
prefecto Blanco de Salcedo citaba al director en la catedral, y en
la obscuridad, detrs de una columna, le contaba lo ocurrido y le
recomendaba tomase sus medidas.

Don Domingo Blanco de Salcedo,  pesar de su cargo en el gobierno de
Jos, se senta patriota.

Don Domingo era, antes de la guerra, abogado en Palencia; luego, por no
poder vivir con la abogaca en aquellas circunstancias calamitosas, no
tener fortuna y s mucha familia, acept la prefectura de Burgos.

Blanco de Salcedo era una excelente persona, muy querido por espaoles
y franceses. El general Thiebault, el ms inteligente de los generales
de Napolen que haba pasado por Burgos, le estimaba mucho.

Blanco de Salcedo se alegraba ntimamente de los triunfos de los
espaoles y senta sus derrotas; pero no traicionaba al gobierno que le
daba de comer.

Claro que, si poda favorecer individualmente  los espaoles, lo haca.


OTRO DENUNCIADOR

Al mes de esta entrevista celebrada en la catedral lleg  Burgos un
abogado de la villa de Cenicero, don Toms de la Barra.

El tal individuo, vena de Sevilla, donde haba estado trabajando
en las oficinas de la Junta Central en el despacho de los asuntos
polticos de Castilla la Vieja.

Don Toms, hasta entonces, se manifest buen patriota, persona
inteligente y discreta. Era, adems, hombre de toda confianza de don
Martn Garay.

En esta poca, la Junta Central comenzaba  perder crdito; se la
acusaba de grandes fracasos, y  sus individuos de traidores  la
patria y de dilapidadores de los fondos pblicos.

Al frente del movimiento contra la Junta Central se colocaron Montijo,
Egua, la Romana y tanta mala fama tenan los _centrales_, que la
Regencia decidi prender  muchos, y mand registrar sus maletas 
otros.

Debi de haber en aquella maniobra una conjuracin reaccionaria en
contra de la Junta Central, probablemente, porque sta se manifestaba
muy dada  las reformas.

El abogado don Toms tena, sin duda, grandes motivos de queja y de
venganza contra la Regencia que sustituy en el mando  la Junta
Central, porque abandon Sevilla y comenz  sentir por los patriotas
un odio profundo.

Don Toms, con intenciones aviesas, inmediatamente que lleg  Burgos
se present al conde de Dorsenne.

--Mi general--le dijo--, he sabido que su excelencia est haciendo
indagaciones para averiguar el origen del desastre de la columna
francesa enviada  Hontoria.

--Cierto. Usted sabe algo de eso?

--S.

--Cmo ha podido usted enterarse y adquirir datos, si yo no me he
podido enterar?--pregunt el conde.

--Por una razn fcil de comprender.

--Y es?

--Que he sido empleado en la secretara de la Junta Central de Sevilla
y encargado del despacho de los asuntos polticos de Castilla la Vieja.

--De verdad?

--S, seor.

--Sintese usted. Ahora cunteme usted lo que sepa de ese asunto.

El abogado don Toms explic al general cmo reciban en Sevilla las
comunicaciones de don Fernando el director; aadi que ste era el
verdadero organizador de las guerrillas, y que todas las principales
operaciones llevadas  cabo por Merino haban sido preparadas desde
Burgos.

--Usted tendra inconveniente en ponerme esos datos en un escrito con
su firma?--pregunt Dorsenne.

--Ninguno.

--Lo malo es que nos van  faltar pruebas terminantes. Las
declaraciones de Bremond son indicios; las de usted seran terribles si
hubiera algo que las comprobara.

--Yo creo que si se registran los papeles de don Fernando se han de
encontrar pruebas.

--Pues se registrarn. Usted es abogado?

--S, mi general.

--No tiene usted destino por ahora?

--Ninguno, mi general.

--Qu clase de destino querra usted?

--Yo, en la judicatura...  en la hacienda de su majestad catlica Jos
Napolen.

--Est bien. Se le tendr  usted en cuenta, y si los hechos se
comprueban, se le dar un buen premio.


LA PRISIN DEL DIRECTOR

El mismo da el abogado llev la delacin escrita y firmada, 
inmediatamente el conde de Dorsenne mand que un pelotn de gendarmes,
en unin de tres oficiales y de un comisario de polica espaol, fueran
 la calle de la Calera,  casa de don Fernando Garca y Zamora, 
arrestarle.

Despus de arrestado  incomunicado en un cuarto de su casa, los
oficiales y el comisario de polica sellaron todos los papeles,
quedando los gendarmes custodiando al preso.

Al da siguiente se present en la casa, con los oficiales y el
comisario de polica, un auditor de guerra y un farmacutico militar.
Levantaron los sellos y comenzaron el examen de los papeles,
sometindolos  la accin del calor y de reactivos qumicos por si
alguno se hallaba escrito con tinta simptica.

Como haba cartas cuyas palabras se prestaban  diversas
interpretaciones, el auditor orden separarlas para que figuraran en el
proceso.

Luego hicieron entrar al director en un coche que esperaba  la puerta
y, echadas las persianas y escoltado por el pelotn de gendarmes, le
condujeron  la crcel pblica, encerrndolo en un cuarto con dos
guardias  la vista.

Pocos das despus el conde de Dorsenne envi una columna de mil
infantes y de doscientos caballos  Barbadillo del Mercado. Llevaban
la orden de prender al administrador de Rentas y  su mujer, cosa que
no pudieron realizar; pero, en cambio, se vengaron de la derrota de
Hontoria, saqueando, violando, matando y pegando fuego  todo lo que
vieron por delante.




IV

EL JUICIO


Conocidos estos detalles, Lara y yo nos pusimos en campaa y
proyectamos una serie de planes para libertar al director.

Muchos crean que los tribunales militares lo absolveran por falta de
pruebas.

Se haba comenzado la instruccin del proceso. Se hallaba encargado de
esto un capitn de infantera italiano, llamado Butti, doctor en leyes
y hombre muy inteligente.

El proceso fu corto. El fiscal no tena inters en condenar al
director, y con propsito deliberado de no perjudicarle, tom muy pocas
declaraciones.

Las conclusiones de la acusacin fueron muy favorables para el presunto
reo. Se consideraba en ellas las sospechas del coronel Bremond como
indicios, y respecto  la denuncia del abogado don Toms de la Barra,
se la diputaba abrumadora para el acusado si hubiera habido el menor
documento, la ms ligera prueba de su autenticidad.

Pasada la instruccin del proceso, el director fu puesto en
comunicacin, y todo Burgos fu  visitarle  la crcel. Lara y yo nos
agregamos  un grupo de comerciantes.

El director, al verme, me recibi con gran ansiedad; me dijo que slo
de nosotros esperaba algo. No pudimos hablarle reservadamente porque
estaba muy vigilado.

En los das posteriores, el cabildo, los caballeros y la gente del
comercio comenzaron  trabajar cerca de los jefes franceses para
conseguir la libertad del preso. No haba espaol patriota que no
supiera que don Fernando era el director de la campaa en la Sierra;
pero de tanto hablar de su inocencia se lleg  creer en ella como en
un artculo de fe.

La Junta y el prefecto Blanco de Salcedo hicieron grandes esfuerzos
para conseguir un veredicto de inculpabilidad.


LOS ENEMIGOS DE DORSENNE

Todos ellos saban la hostilidad existente entre los generales
Thiebault, Solignac y Darmagnac, y que los tres eran enemigos de
Dorsenne. Bastaba que el general en jefe se propusiera algo para que
los otros se opusieran.

Esta hostilidad tena sus motivos.

Thiebault, hombre inteligente, sereno, culto, se vea postergado por un
fantoche cruel y fanfarrn como el conde. Thiebault se opona  las
crueldades de Dorsenne, considerndolas como contraproducentes.

Thiebault entonces era hombre de unos cuarenta aos, amable, de buen
aspecto.

Haba sido gobernador militar de Burgos y vivido en casa del
propietario y comerciante en lanas merinas don Miguel de Pedrorena,
donde se distingui por su amabilidad y simpata. A pesar del odio que
haba contra los franceses, por debajo de la cortesa forzada de los
espaoles, Thiebault lleg  conquistar el afecto de la familia de su
husped.

Su historia como general era brillante.

Haba estado en Austerlitz y comenzado su vida militar  las rdenes de
Pichegru.

Conoca toda Europa. Hombre culto, aficionado  las lenguas muertas,
haba obtenido en Salamanca el ttulo honorfico de doctor.

El otro general hostil  Dorsenne era Solignac. Solignac haba
sustitudo  Thiebault en el mando de la plaza de Burgos.

Era un soldadote cerril y caprichoso. Se distingua por su barbarie y
su despotismo; pero su enemistad con Dorsenne, muchas veces serva para
contrarrestar las arbitrariedades y la violencia de su enemigo.

El tercer general enemigo de Dorsenne era Darmagnac, que por entonces
se encontraba tambin en Burgos no s en qu concepto. El buen
Darmagnac era un tolosano cuco y avaro, que no pensaba mas que en
enriquecerse. Como casi todos los meridionales franceses, tena la
virtud del ahorro.

Darmagnac crea que un pas conquistado deba enriquecer  sus
conquistadores con sus alhajas, cuadros, estatuas, etc.

En ltimo trmino, la moral de Darmagnac era la moral de la guerra, de
antes, de ahora y de siempre.

La guerra es una reina que lleva como squito el hambre, la peste, la
rapia, la violacin, el incendio, el engao y el fraude.

Todos estos furores la guerra los sabe cubrir con el manto de la
gloria. Para el militar, soldado es sinnimo de noble, de esforzado,
de glorioso; para el campesino que sufre las tropelas, soldado es
sinnimo de ladrn.

Darmagnac era un buen discpulo de Marte y de Caco.

Darmagnac fu el que tom la ciudadela de Pamplona, al principio de la
guerra, con un rasgo de ingenio.

Haba llegado  la capital navarra, con la brigada 32, un da de fro y
de nieve.

Como espaoles y franceses se consideraban amigos, los espaoles
abrieron las puertas  sus aliados y quedaron guardando las
fortificaciones, y principalmente la ciudadela.

La fuerza espaola tena orden de no abandonar sus puestos, y las
tropas de la brigada 32 se encargaron galantemente de llevar vituallas
 los espaoles.

Entonces Darmagnac prepar su plan.

Comprendi que la posicin principal era la ciudadela y se decidi 
apoderarse de ella.

Darmagnac hizo que los furrieles suyos que iban con sacos de pan 
llevar la racin  los espaoles de guardia fuesen seguidos por varios
soldados con fusiles y sables escondidos debajo de los capotes.

Los veteranos de Darmagnac, al entrar en la plaza de armas de la
ciudadela, comenzaron, entre bromas y risas,  tirarse pelotas de
nieve. A los gritos y voces de los franceses, los espaoles salieron de
las garitas  contemplar la lucha.

--Qu gente ms divertida son estos franceses!--deban decir los
espaoles.

Y cuando estaban ms entretenidos contemplando la lucha, vieron con
asombro que los franceses suban  los baluartes, entraban en las
garitas, echaban fuera  los asombrados espaoles, cerraban las puertas
y amenazaban con pegar un tiro al que se acercara. As aquel Ulises
tolosano se apoder de Pamplona.

En todos sus actos, Darmagnac se manifestaba astuto y tortuoso.

Ni Darmagnac, ni Thiebault, ni Solignac podan soportar la petulancia y
el aire de prncipe asitico que adoptaba Dorsenne.

Los tres generales estaban interesados en que el director saliese
libre.


EL CONSEJO DE GUERRA

Se reuni el Consejo de Guerra, al que asistieron casi todos los
oficiales franceses que haba en Burgos y gran parte del vecindario.

El director nombr para su defensa al teniente coronel Ernesto Fajols,
militar muy instrudo, paisano de Darmagnac y secretario del mariscal
Bessires, duque de Istria.

Fajols se encontraba accidentalmente en Burgos. Poco afecto  Dorsenne
y muy amigo del director, pondra todos los medios para conseguir su
libertad.

El Consejo de Guerra nombr como intrprete  don Miguel de Pedrorena,
el amigo y husped de Thiebault, que conoca perfectamente el francs.

El fiscal ley su escrito, reconociendo que no haba pruebas. Despus
el teniente coronel Fajols elogi la respetabilidad y el talento del
director.

Se pregunt  don Fernando si tena algo que alegar, y habl el
director defendindose, con la maestra que le caracterizaba, una hora
entera.

--Cierto. Est bien, muy bien--dijo varias veces el general Thiebault.

Se mand retirar al reo  una salita separada con su defensor y su
intrprete, se evacu de pblico el estrado, y los jueces se reunieron
para dictar la sentencia.

Al cabo de una hora se hizo pblico el veredicto de inculpabilidad del
acusado.

Dentro de las leyes, el director deba ser puesto en libertad; pero
antes de que el coronel presidente del Consejo de Guerra dictara esta
providencia, recibi una comunicacin del conde de Dorsenne en la cual
se le prevena que, en el caso de que recayese sentencia absolutoria
sobre el director, deba volver  la prisin.

Este acto de arbitrariedad levant protestas entre los generales
poco amigos de Dorsenne, y Thiebault no se recat en decir que con
injusticias como aquella se desacreditaba y se haca imposible en
Espaa el gobierno de Jos Bonaparte.




V

EN EL DESFILADERO DE PANCORBO


La razn de la orden de Dorsenne estaba justificada. Dorsenne, desde su
punto de vista, crea, y con motivo, en la culpabilidad del director.

Lo consideraba hombre hbil y peligroso, y  pesar de tratarse de
un reo absuelto, mand le vigilaran estrechamente por si sus amigos
fraguaban alguna emboscada para libertarle.

Al da siguiente llevaron una berlina  la puerta de la crcel, sacaron
al director, le metieron en el coche acompaado de un comisario de
polica y un agente, y escoltados por un pelotn de gendarmes tomaron
la calzada de Francia.

Nosotros, Lara y yo, enviamos una carta al coronel Blanco.

Le contbamos en ella lo ocurrido, le explicbamos la direccin que
iba  llevar el coche, y le proponamos atacar al convoy enemigo en el
desfiladero de Pancorbo.

Lara y yo, en compaa de Ganisch y de Garca, adelantamos pronto al
coche y  la escolta. Nuestros asistentes se quedaron en Briviesca, y
nosotros nos instalamos en Pancorbo en una venta que llamaban del to
Veneno.

El desfiladero de Pancorbo es una estrecha hendidura que corta los
montes Obarenes. Tiene un aire imponente y trgico.

Yo conoca bastante bien este romntico desfiladero, con sus enormes y
fantsticas rocas que parece que van  desplomarse sobre el viajero.

Se comprende que la garganta de Pancorbo se haya considerado como punto
de cita internacional de ladrones, de gitanos y de compra-chicos.

En algunos puntos, alejndose del pueblo hacia Miranda, el desfiladero
se estrecha hasta tal punto, que no deja lugar mas que para la
corriente de agua de un riachuelo que se llama el Oroncillo y para la
calzada.

Prximamente en medio de la garganta haba, y creo que seguir
habiendo, una capilla pequea empotrada en la roca, con un altar y una
imagen de la Virgen.

La Virgen es Nuestra Seora del Camino, protectora de los viandantes.

En la cumbre del desfiladero, en el alto de Foncea, haba un castillo
rodeado de fortificaciones hechas por los espaoles con motivo de la
campaa contra la Repblica Francesa, en 1795, y despus ampliadas por
los imperiales al comienzo de la guerra de la Independencia.

Este castillo lo destruyeron definitivamente los franceses cuando la
entrada de los cien mil hijos de San Luis.

Contando con gente, yo consideraba fcil atacar la escolta y detenerla
en un camino tan estrecho. Bastaba con apostar sigilosamente unos
cuantos hombres cerca de la ermita y detrs de algunas piedras,
apoderarse del coche, tomar el camino de Miranda de Ebro y dispersarse,
al salir del desfiladero, hacia la aldea que se llama Ameyugo. Los de
la escolta, seguramente, avisaran  los de los fuertes, si stos no
bajaban en seguida al ruido de los tiros; pero lo ms probable es que,
valindose de la sorpresa, hubiera tiempo para huir.

Esperamos un da y una noche en la venta del to Veneno por si Merino 
el coronel Blanco nos daban rdenes  enviaban auxilios.

Yo crea que con pocos hombres, con veinte  treinta, nos bastaban para
detener  los gendarmes de la escolta.

Al da siguiente supimos por un arriero que el director, en su coche,
haba parado en el mesn del Segoviano, de Briviesca, conocido por
Ganisch y por m por haber estado en l al salir de Irn con Fermina la
Navarra y la Riojana.

El dueo de la posada de Briviesca, el seor Ramn el de Pancorbo, muy
amigo del director, le di  ste una ropa de abrigo, una gorra, una
buena capa y algunas onzas de oro.

Al da siguiente, por la tarde, Lara y yo vimos pasar el coche del
director, con un pelotn de escolta por delante de nosotros.

Yo me coloqu de manera que el director me viese, y comprend por su
mirada que me haba reconocido.

De Merino no haba que esperar nada. El cura no se ocupaba de sus
amigos cados en desgracia.




VI

LAS NUECES


Lara y yo, dispuestos  hacer el ltimo esfuerzo, seguimos detrs del
convoy hasta salir del desfiladero de Pancorbo, y luego, marchando 
campo traviesa, llegamos antes que el coche  Miranda de Ebro.

Dejamos los caballos en el parador del Espritu Santo,  la entrada del
pueblo, y esperamos  que llegara el convoy francs.

Cuando el coche y la escolta entraron en el pueblo nos acercamos entre
un grupo de curiosos.

No llevaron al director  la crcel, sino  una posada prxima al
puente, la posada del Riojano.

Al ver dnde entraban, yo me met en el zagun me dirig al posadero y
le dije que pusieran cena para un amigo y para m.

El posadero me mir con atencin y me dijo:

--Est bien. Se les pondr la cena.

El director nos haba visto entre el grupo de curiosos y deba estar
anhelante.

Sal yo del zagun, me reun con Lara y le dije que l se quedara en la
calle, frente  la casa, y yo ira por la parte de atrs de la posada.

Mi objeto era ver si por la luz podamos comprender en qu cuarto
alojaban al director.

Yo di un rodeo grande para colocarme en la parte de atrs de la posada
del Riojano. Daba sta  una huerta y tena dos galeras, una encima de
otra, con una magnfica parra.

Esper un cuarto de hora largo. Estaba obscureciendo. A las dos
galeras daban varias ventanas y una puerta.

Todas estaban cerradas. De pronto una de ellas, del piso segundo,
se abri y, proyectndose en la luz, vi la silueta del director. Al
momento volvi  cerrarse la madera.

Sin duda, el prisionero estaba en aquel cuarto. Era el correspondiente
 la tercera ventana que daba  la galera, comenzando por la izquierda.

Volv  la calle, me reun con Lara y pensamos lo que haba que hacer.

El nico proyecto posible que se me ocurri fu que uno de nosotros
saltara  la huerta, subiera por el tronco de la parra  la segunda
galera, llamara en la ventana y saliera por all con el director.

--Me parece una cosa muy difcil de realizar; pero por m no
quedar--dijo Lara.

--La cuestin sera advertirle al director para que est despierto y
preparado--agregu yo.

--Veremos  ver si se nos ocurre algn medio.

Entramos en la posada del Riojano y nos acomodamos en la cocina como si
furamos parroquianos de la casa.

La cocina estaba en el piso bajo, y el director se hallaba encerrado en
el segundo. La escalera la guardaban varias parejas de gendarmes.

Por ms que pensamos Lara y yo procedimientos para comunicarnos con el
director, no encontramos ninguno.

El posadero,  quien hablamos aparte excitando su patriotismo, dijo que
era imposible llevar ningn recado al preso.

El, al menos, no se comprometa. Ahora, si nosotros encontrbamos
un procedimiento de hacerle pasar el aviso sin que l apareciera
complicado, se callara sin denunciarlo.

Qu procedimiento se podra emplear?

Salimos Lara y yo  la calle. Yo puse en prensa mi cerebro. En esto, al
pasar por una tienda de frutas vi en un canasto unas nueces muy gordas
y compr media docena.

--Para qu las quieres?--me dijo Lara.

--Vamos  ver si dentro de una de stas le mandamos al director el
aviso de que est preparado por la noche.

Fuimos al parador del Espritu Santo, donde habamos dejado los
caballos, y yo le pregunt al amo si tena cola para pegar.

Me trajo un puchero con ella. Lara y yo abrimos dos nueces y metimos
dentro, de cada una un papel que deca: Espere usted preparado esta
noche. Despus pegamos las cscaras de nuez, y con ellas en el
bolsillo nos fuimos  cenar en la posada prxima al puente.

Estuvimos atentos  las idas y venidas del posadero, y en el instante
en que ste pona en una bandeja unos racimos de uvas, yo saqu las
dos nueces del bolsillo y las dej encima. El hombre me hizo un guio,
como diciendo: Est entendido, y subi al cuarto del preso. Lara y yo
pagamos nuestro gasto y salimos  la calle.




VII

MAC-BEN-AC


Fuimos Lara y yo dando la vuelta hasta colocarnos en la parte de atrs
de la posada del Riojano.

Yo hubiera querido que Lara quedase al lado de la tapia de la huerta
con nuestros dos caballos; pero era imposible, porque de cuando en
cuando pasaban patrullas de caballera francesa que rondaban los
alrededores. Dimos vuelta  toda la tapia de la huerta y encontramos
que tena una puertecilla.

--Vamos  ver una cosa--le dije  Lara.

--Qu?

--Voy  ver si se puede abrir por dentro esta puertecilla de la huerta.

Apoyndome en las manos juntas de Lara, y luego en sus hombros, escal
la tapia de la huerta y baj, agarrndome  las ramas de un rbol
frutal, al suelo. La puertecilla de la huerta tena una llave un poco
mohosa, pero pude abrirla.

--Vas?--me dijo Lara.

--S.

--Yo me quedo aqu de guardia?

--No, vale ms que vayas al parador y esperes all con los caballos
preparados.

Lara se fu; yo cerr la puerta sujetndola ligeramente con una piedra
y avanc hacia la casa.

La subida no fu difcil. El tronco de la parra era grueso y retorcido,
y las galeras estaban prximas una de otra. Lo nico malo que ocurra
era que al trepar las ramas de la parra chocaban contra las maderas y
metan ruido.

De pronto o pasos en la galera, sobre mi cabeza. Me agazap y estuve
quieto, agarrndome al tronco. El gendarme, cuyas pisadas pareca iban
 hundir las tablas del suelo del balcn, se asom  la barandilla,
pero no me vi.

Pens un momento en volverme atrs; pero olvid esta idea y segu
adelante. Sub ms arriba; llegu  la segunda galera y salt sobre
ella despacio, porque al poner el pie crujan las maderas. Me acerqu 
la ventana del director.

Di dos golpecitos en el cristal de la ventana. Nada.

--Este hombre es un imbcil!--pens incomodado--. No habr visto el
aviso?

Volv  dar otros dos golpes y se abri la ventana y apareci en el
cristal la cabeza asombrada del director.

--Es usted?--me dijo temblando.

--S. No ha visto usted mi aviso?

--No.

--Yo cre que estara usted preparado.

El director se hallaba perplejo, aturdido. Se puso una chaqueta y
acerc una silla  la ventana para saltarla.

--Vamos, vamos--le deca yo.

En esto dos manos de hierro cayeron sobre mis hombros y entraron varios
gendarmes en el cuarto del director.

--Ah, brigand!--me dijo uno.

Yo me libr como pude de sus zarpas y, saltando el barandado de la
galera, me agarr al tronco de la parra y fu bajando hasta el jardn.

Lo cruc  largas zancadas y me acerqu  la puerta. Estaba cerrada.
Intent escapar subiendo por el tronco de un rbol, pero en la
obscuridad no encontr ninguno.

En tanto, los gendarmes haban entrado en el jardn con la bayoneta
calada. No tuve ms remedio que rendirme. Me cogieron, me ataron y me
reconocieron como el comensal de la tarde anterior.

Me dirigieron una porcin de bromas acerca de mi suerte, y decidieron
llevarme  presencia del comandante jefe de la escolta, que estaba
alojado en una casa de enfrente.

Rodeado de cuatro gendarmes y un cabo cruzamos la calle y entramos en
el portal de una casa prxima. Subimos al primer piso y llamaron  una
puerta.

Se abri sta y vimos tres oficiales sentados alrededor de una mesa:
uno el comandante, hombre fuerte, de alguna edad; los otros dos,
jovencitos.

--Qu pasa, cabo?--pregunt el comandante.

El cabo cont lo ocurrido y me hicieron avanzar en el cuarto.

--Qu, es un ladrn?

--No, no; es un bandido que vena  libertar al preso.

--Ah, diablo! Es audaz el joven!--dijo un oficial.

Di unos pasos hasta acercarme  la mesa.

--Me han atado como un fardo, mi comandante--dije yo en francs--; creo
que podan dejarme respirar un poco.

--Sabe francs el pcaro--exclam riendo uno de los oficiales
jvenes--. Desatadlo. No se escapar.

Me desataron. Los tres oficiales me miraban sonriendo, pero,  pesar de
esto, mi suerte me pareca muy poco halagea. En aquel momento tuve la
inspiracin de acordarme de la masonera.

Ya con los brazos libres, hice el signo masnico de gran peligro, lo
que llaman los franceses seal de _dtresse_.

El comandante me mir atentamente y habl luego con los oficiales que
se despidieron.

--Podis iros--dijo despus  los gendarmes.

El comandante y yo quedamos solos.

De pronto se volvi  m y me pregunt:

--Cul es tu palabra masnica?

--Mac-Ben-Ac--contest yo.

Esta era nuestra contrasea en la logia de Bayona.

El comandante pareci quedar satisfecho de mi contestacin.

Yo empec  explicar lo que haba hecho; por qu intent libertar al
preso; dije cmo ste haba sido absuelto por un tribunal militar...

--No necesito explicaciones, hermano--replic el comandante, con
asombro mo--. Vamos, ven conmigo.

Adnde me llevar este hombre?--pens yo.

Salimos  la calle, pasamos el puente y llegamos cerca del parador del
Espritu Santo.

--No intentes nada--me dijo el oficial--. Sera intil. Se va 
aumentar la escolta del preso y  redoblar la vigilancia.

--No pienso intentar nada--repliqu yo.

--Adis, hermano--me dijo despus; y me estrech entre sus brazos.

Al verme solo, en medio de la obscuridad de la noche, me qued
asombrado de mi suerte; agit los brazos alegremente, castaete los
dedos y ech  correr al parador.

Pocos momentos despus, Lara y yo marchbamos  caballo camino de
Pancorbo.

Ya no era posible seguir la empresa.

Por lo que supimos despus, el coche del director march desde
Miranda con una escolta de mil quinientos hombres de infantera, y no
permitieron que nadie se acercara  l.

El director sigui hasta Irn, y luego  Bayona, donde fu encerrado
en el castillo Viejo en compaa del guerrillero ex capuchino don
Juan Delica, del gobernador y defensor de Ciudad Rodrigo, Prez de
Herrazti, y del brigadier Perona, que llevaba en la antigua fortaleza
mucho tiempo.

Yo ya no le volv  ver ms al director; y slo aos despus supe que,
llegado de la deportacin, achacoso y triste, haba muerto en Aranda de
Duero,  raz de terminar la guerra.




LIBRO SEXTO

NOTICIAS DEL MUNDO




I

ENCUENTRO CON DOS DAMAS


Al volver Lara y yo pasamos por Pancorbo y en la venta del to Veneno
nos entregaron un parte del coronel Blanco.

Nos participaba que le era imposible hacer algo por el director, y nos
recomendaba trabajramos por nuestra cuenta como pudiramos.

Al llegar  Briviesca nos encontramos con que Ganisch y Garca se
haban marchado.

Adelantamos hasta Burgos para reunimos con nuestros asistentes; pero
tampoco los encontramos en esta ciudad.

--Sabes lo que debamos hacer?--le dije  Lara.

--Qu?

--Irnos  Madrid. Tenemos dinero, licencia ilimitada. Ya inventaremos
un pretexto.

--Pues, nada, vamos.

Nos detuvimos un da en Burgos para descansar, y nos pusimos en marcha
hacia Madrid.

Acertamos  encontrar en el camino un hidalgo vendedor de granos,
natural de Roa, quien, segn dijo, conoca al Empecinado, y nos cont
sus hazaas, y en conversacin con l marchamos agradablemente.

Descansamos para comer, y llevaramos despus dos  tres horas
caminadas, cuando nos topamos con una columna de soldados imperiales
escoltando el correo.

Un capitn joven nos hizo algunas preguntas en mal castellano.
Contestamos diciendo ramos comerciantes de Burgos que bamos de paso
para Madrid.

El capitn no tuvo sospecha alguna; crey lo que le decamos y se puso
 charlar con nosotros. Al ver que yo entenda su idioma, me tom por
su cuenta y me habl de sus campaas y de su vida.

Era de Pars; ms bien monrquico que bonapartista.

Me dijo que llevaban escoltadas  dos seoras francesas hasta
Valladolid y me habl de las dos.

Una de ellas se llamaba madame Michel. Su marido estuvo condenado 
muerte por asesino y se escap desde el mismo patbulo.

La otra dama era una marquesa, sobrina de Talleyrand y de apellido
Lauraguais.

El capitn, viendo que yo celebraba sus frases, narr varias ancdotas
escandalosas de las dos.

--Estos Talleyrand son terribles--aad yo. Y cont que se deca que la
mujer de Talleyrand haba querido seducir  Fernando VII en Valencey,
y que, no pudiendo con el amo, conquist al criado, al duque de San
Carlos, y de esta manera pudo proporcionar datos  Napolen de lo que
tramaban los Borbones.

El parisiense me escuch con gran curiosidad. Sin duda, para l, estos
detalles de chismografa constituan algo trascendental en la vida.

El oficial me dijo que madame Michel haba sido la querida del
gran duque de Berg. La Michel y la de Lauraguais eran muy amigas;
constantemente se las vea juntas.

Haban pasado ocho das en Burgos alojadas en la misma casa donde
estaba Thiebault.

El capitn francs, despus de una hora larga de conversacin, nos dej
porque tena que dar rdenes. Por no infundir sospechas, no intentamos
Lara y yo alejarnos de la columna.

De noche, al llegar  Lerma, el capitn se nos acerc de nuevo para
decirnos que haba hablado de nosotros  las seoras francesas y que
deseaban conocernos.

Nos lavamos y nos arreglamos un poco y nos presentamos en la posada del
Gallo, donde estaban alojadas las dos.

Atendan  las damas varias doncellas y una media docena de oficiales,
que no se desdeaban en servir de ayuda de cmara  dos mujeres bonitas.

La Michel y la Lauraguais todo lo encontraban malo, pobre, absurdo, y
hablaban con voz irnica, irritada y agria, de su habitacin de Lerma.

El capitn nos present  ellas, y de pronto las dos, como si fueran
cmicas que entran en el escenario, cambiaron de tono y se manifestaron
amabilsimas, risueas, encantadoras.

Madame Michel hablaba algo el castellano, y le dijo  Lara de una
manera insinuante que no comprenda cmo los espaoles no nos rendamos
viendo mujeres como ellas.

--No lo dir usted por m--replic Lara en tono sentimental.

--Por qu no?

--Porque yo estoy completamente rendido.

El aire caballeresco de mi compaero hizo efecto en las damas.

Uno de los oficiales franceses sac una caja de msica, de sas que
hacen en Suiza, en Sainte-Croix,  la que di cuerda y toc la cancin
de _Triste Chactas_ y algunas otras del tiempo.

Madame Lauraguais me pregunt qu opinin tenamos en Espaa de las
obras de Chateaubriand _Atala_ y _Ren_,  lo cual dije que yo, por mi
parte, no las haba ledo, lo que le choc sobremanera.

Mi ignorancia debi disgustar  la madama, y en vista de esto dej mi
lugar  un oficial que era el preferido.

Se habl un momento de la _bigoterie espagnole_, que  las damas les
pareca ridcula, y luego se enfrascaron todos en una conversacin
acerca de Pars, del emperador, de los trajes de madame Minette, de
Taima, y de los ltimos estrenos de teatro.

El capitn, vindome ya apartado del grupo y aburrido, llamndome _mon
cher_, me invit  dar una vuelta por las calles de Lerma.


LAS FAVORITAS DEL REY JOS

Salimos. El parisiense me cont en el paseo nocturno una porcin de
historias de aquellas dos damas y de otras generalas y mariscalas entre
risas y exclamaciones.

La preocupacin de madame Michel y Lauraguais era desbancar  las dos
favoritas del rey Jos: madame Lucotte y la marquesa de Monte Hermoso.

La marquesa de Monte Hermoso! Su nombre slo bastaba para turbarme.

--Luego van  reir las dos por quin va  ser la favorecida?--dije yo
dominando mi impresin.

--No, no--replic el francs--; las dos quieren sustituir  las otras
dos. El rey Jos es un poco sultn.

Yo me qued algo asombrado de este contubernio, y el parisiense, muy
satisfecho de mi sorpresa, dijo que, indudablemente, la vida de los
franceses para un espaol severo y hurao deba ser muy _drle_.

El parisiense sigui contndome historias.

El rey Jos era un conquistador. Antes de la Lucotte y la de Monte
Hermoso, haba tenido amores con una cubana en Madrid, la condesa de
Jaruco.

La Lucotte estaba muy enamorada del rey, pero la de Monte Hermoso, no.

Madame Lucotte era la mujer de un ayudante de Jos,  quien, para
consolarlo de su situacin desairada, haban hecho marqus de Sopetrn.
Lucotte acept el ser Sopetrn con la frescura que aceptan estas cosas
los buenos monrquicos cuando el regalo viene de un rey.

La de Monte Hermoso, mujer muy guapa y orgullosa, aunque ya vieja,
hubiera dejado al momento  Bonaparte, si el general Thiebault se
hubiera mostrado amable; pero el general no era hombre de aventuras.

Segn el parisiense, la de Monte Hermoso era mujer de buenas tragaderas.

Se contaba que Jos la haba conocido en Vitoria de un modo que no
honraba mucho las costumbres de las damas afrancesadas.

Al parecer, Jos haba visto en Vitoria  una criada muy guapa y,
entusiasmado, encarg  su ayudante que le sirviera de Celestina. El
militar averigu que la criada estaba en casa del marqus de Monte
Hermoso, y considerando que cumpla una digna misin real, entr en el
palacio del marqus  hizo la proposicin.

La de Monte Hermoso se indign de que Jos, pudiendo dirigirse  ella,
se dirigiera  su criada, y convenci al ayudante de que ella ira 
ver al rey.

La marquesa era una mujer inflamable y ambiciosa; por ambicin lleg
al cuarto del rey, y por ese ardor que se desarrolla en algunas mujeres
cuando estn entre la segunda y la tercera juventud, se enamor de
Thiebault.

La de Monte Hermoso haba perseguido  Thiebault, en Vitoria, hasta la
alcoba.

Ultimamente, la de Monte Hermoso se detuvo en Burgos, con el pretexto
de que  su coche se le haba roto el eje, pero, en realidad, para
ver  Thiebault y deslumbrarle con su lujo y su belleza. El general,
que se dedicaba  hacer el amor  las musas, mir con indiferencia la
ostentacin de la favorita del rey, que se fu despechada  iracunda.

No saba el militar francs, al contarme esto, el dao que me estaba
haciendo.

Mi dolo se desmoronaba. Sobre todo, esto de decir que la marquesa era
algo vieja, me pareci una monstruosidad.

Me desped del parisiense muy entrada la noche, y al volver al mesn
donde Lara y yo nos alojbamos, me encontr con mi compaero, que  la
luz del candil estaba escribiendo, agarrndose  la frente.

Tan ensimismado se hallaba, que no me vi.

--Estaba aqu poniendo unas notas--me dijo al verme.

--Bah!--le repliqu yo--. Estabas haciendo un madrigal  madame Michel.

Lara se qued asombrado de mi penetracin y no replic.

--Bueno, bueno; por m, puedes seguir--le dije--y envolvindome en la
manta me ech sobre un montn de paja y me qued dormido pensando en la
bella marquesa de Monte Hermoso.


LOS ESPLENDORES DEL MARISCAL MARMONT

Pocos das despus llegamos  Valladolid, donde pudimos presenciar el
tren de lujo que gastaba el mariscal Marmont, duque de Ragusa.

Difcilmente puede formarse idea de algo tan rico y tan aparatoso. El
cuartel general del duque era digno de un rey. Casi todos los das se
celebraban en su palacio recepciones, bailes, cenas. Los vallisoletanos
no podan quejarse del Carnaval divertidsimo con que les obsequiaba
Marmont.

La servidumbre del mariscal era brillante. Haba en el palacio
doscientos lacayos de librea roja con galones de oro, zapato bajo,
media blanca y peluca; un nmero en proporcin de camareros, doce
oficiales que formaban el cuarto militar del duque, tres intendentes
y,  manera de chambeln un gigante trado de Dalmacia, con la librea
cubierta de bordados y de galones y una cadena de oro en el cuello de
un dedo de gruesa.

Este dlmata era el asombro de todo Valladolid por su estatura y por
su voz. Cuando el duque de Ragusa quera lucir las facultades de su
criado, haca cerrar los balcones y mandaba al gigante dar voces; y era
tal el estruendo que sala de su pecho, que rompa con las vibraciones
del aire uno  dos cristales.

Como al mariscal Marmont le haban hablado de lo muy celosos que eran
los espaoles, dispuso que en los das de baile se diesen en su palacio
dos cenas, una para las seoras y otra para los hombres.

El duque de Ragusa pareca un virrey espaol de Amrica rodeado de
oficiales, de intendentes, de contratistas y hasta de frailes.

En Valladolid, mi amigo Lara experiment el sentimiento de ver  madame
Michel inclinarse definitivamente por un oficial polaco muy elegante y
muy rubio, y yo tuve que consolar  mi compaero dicindole lo que me
haba contado el capitn francs de las costumbres de aquellas damas.

Mi relato, en vez de consolarle, le puso ms melanclico, y entonces ya
le cont la primera y nica pgina de mi amor con la marquesa de Monte
Hermoso y quedamos melanclicos los dos.




II

EN MADRID


Una semana despus, Lara y yo estbamos en Madrid. Nos alojamos los dos
en mi casa.

En el tiempo que yo faltaba de Madrid haban ocurrido novedades: mi
madre comenzaba  tener el pelo blanco; una de mis hermanas iba 
casarse; muchas personas conocidas haban muerto  no se saba de ellas.

Contamos Lara y yo las peripecias de nuestra vida de guerrilleros en
casa. Lara fu simptico  mi familia.

Al da siguiente me lanc yo  la calle  saber noticias. Entr en el
caf de la Fontana, de la Carrera de San Jernimo, y con el primero con
quien me encontr fu con Egua y Lazcano.

Charlamos. Egua acababa de reir con los josefinos y habl pestes de
Minao, del ex fraile Estala, de Garca Suelto y de otros afrancesados
amigos de Urquijo, del marqus de Almenara y del rey Jos.

Tambin se burl de las inclinaciones lacayunas de la aristocracia
espaola, que senta un amor por llevar el vaso de noche del rey, fuera
Borbn  fuera Bonaparte, verdaderamente extraordinario.

Estaba convencido de que era necesario acabar con la Monarqua.

La guerra le pareca un bien. As se poda denigrar  Narizotas en
nombre de Pepe Botellas, y al rey de Copas en nombre de Narices.

Una lluvia de folletos, hojas insultantes y caricaturas, durante algn
tiempo, desacreditaran la Monarqua.

--Ya Jos le parece  usted tan malo como Fernando?--le pregunt yo.

--Polticamente, los dos son una calamidad. Fernando es un miserable,
un cobarde, un canalla digno de esa raza de idiotas que lleva por
apellido Borbn. Jos nos est resultando un farsantuelo que quiere
echrselas tambin de rey de verdad y se llama  s mismo Majestad
Catlica de Espaa y prncipe francs. Tiene la vanidad de todos los
zapateros encumbrados.

--De manera que no sabemos por cul decidirnos?--dije yo en broma.

--No lo sabemos--agreg l--, y es una preocupacin. El que debe estar
en un gran compromiso debe ser Dios.

--Por?

--Hombre, porque ha bendecido por un cura suyo las banderas de los
fernandinos y de los josefinos! Qu hace ahora? Por quin se decide?
No puede desear decentemente el triunfo de los unos ni de los otros.

--Debe estar perplejo--dije yo, siguiendo la broma.

--De todas maneras, ganen unos  ganen los otros, siempre habr misas,
_Te Deum_ y acciones de gracias en Madrid  en Cdiz, y los bolsillos
de los obispos se llenarn. Para el Ser Supremo, unas cuantas leguas de
distancia debe ser poca cosa; y como el buen seor est tan viejo, es
posible que no distinga las funciones religiosas de los unos de las de
los otros.


MARCHENA

El que dijo esto era un enano extravagante que se acerc  la mesa,
apoyando las manos en ella.

Egua le salud con efusin.

Yo mir con curiosidad  aquel tipo raro.

Era un viejo canoso, flaco, jorobado, el cuerpo contrahecho, la cara de
stiro, de color cetrino, picada de viruelas; la nariz larga y roja,
los ojos de miope y los pelos alborotados y duros. Pareca un trasgo,
un monstruo cmico de fealdad; hablaba el enanillo con una mezcla de
acento andaluz y extranjero, y por su sonrisa burlona y por su aire
imperioso y sarcstico se vea que se consideraba hombre importante.

Me mir varias veces como preguntndose quin sera yo. Yo tambin
tena curiosidad de saber quin era l, y cuando el extravagante enano
se apart para ir  otra mesa  saludar  uno, le pregunt  Egua:

--Quin es este tipo?

--Este es el abate Marchena.

--Hombre! Este es!

--S.

--Qu, tena usted curiosidad por conocerle?

--S; me gustara hablar con l.

--Pues le presentar  usted.

Cuando volvi Marchena, Egua me present al abate, que me recibi
afablemente.

Me pregunt de dnde era, y al decirle que me tena como de Irn, me
asegur que senta gran cario por las Provincias Vascongadas,  las
que consideraba, oh mudanza de los tiempos!, como ms propicias que
las otras espaolas para aceptar las ideas revolucionarias.

Luego me habl de sus amigos vascos, del alavs Santibez, catedrtico
de Humanidades en Vergara; de Samaniego, Peaflorida, Altuna, Xrica y
otros.

Tambin recordamos  Basterreche y algunas personas de Bayona, entre
ellas  mi to Etchepare,  quien Marchena estimaba como hombre de gran
carcter.

Luego hablamos de poltica.

Marchena crea que la Revolucin Francesa era como un molde definitivo
y nico, y que no se poda pasar de lo que haban dicho Rousseau,
Voltaire, d'Alembert y los dems.

Yo empezaba  creer que no, que la Revolucin Francesa era un ensayo de
vida colectiva nueva, y que estos ensayos se iran repitiendo en aos
y en siglos hasta llegar  equilibrios mejores y ms justos de todos
los intereses y de todas las fuerzas de un pas.

Como los franceses haban hecho su revolucin, yo crea que nosotros
haramos la nuestra,  nuestro modo; claro que con ms resistencia en
el campo y menos acometividad en las ciudades, por ser stas menores y
de poca densidad.

Marchena no quera suponer esta posible originalidad espaola, y mucho
menos pensar que el patriotismo de los de la Junta Central fuera el
comienzo de la transformacin.

Para l, los patriotas partidarios de Fernando defendan la vida
antigua, el absolutismo contra la libertad.

Yo arg que para los patriotas liberales Fernando era lo de menos, que
lo principal eran las Cortes. Y aad:

--Si las Cortes de Cdiz hacen una Constitucin, como parece, tendrn
ustedes que abandonar la causa del rey Jos. Desde ese momento, el ser
afrancesado ya no tendr objeto.

Marchena dijo que no y que no; que los de Cdiz eran unos charlatanes,
que en Espaa no haba filosofa, y que nuestra literatura era confusa,
desarreglada  inmoral.

El entusiasmo por la Revolucin, y, sobre todo, por la literatura
francesa, le impeda al abate comprender su pas.

Fu necesario que viniera otra generacin inspirada en las Cortes de
Cdiz, para tener como cosa posible la libertad dentro de la patria.

Antes de despedirme de Marchena y de Egua le pregunt  ste si
segua siendo masn; me dijo que s, aunque ya el masonismo le pareca
una broma. Aadi que si quera afiliarme deba ir  la logia de la
Estrella, establecida en la calle de las Tres Cruces, y que diriga el
barn de Tinn.




III

VAN-HALEN Y LAS LOGIAS


Un muchacho con quien me relacion en los das que estuve en Madrid fu
Juan Van-Halen, que en este tiempo era oficial de la guardia del rey
Jos.

Van-Halen era de mi edad, de familia belga, nacido en la isla de Len.

Era alto, buen mozo, rubio, bastante jactancioso, tipo intermedio entre
flamenco y andaluz.

Van-Halen sufra los desdenes de los franceses con quienes conviva, y
por ser muy susceptible y en el fondo patriota, rea constantemente
con sus compaeros.

Estas disputas le ocasionaron un duelo con un hermano del general
Sebastiani y otro desafo muy grave con el coronel Montleger, famoso
espadachn, el cual dijo  Van-Halen, con la fatuidad de un francs:
Tengo sobre usted el derecho de conquista!

En este duelo Montleger hiri  Van-Halen y lo dej  la muerte.

Fu con Van-Halen  la logia Estrella y me enter de lo que pasaba en
los centros de la masonera.

Haba entonces en Espaa cuatro grupos masnicos. Y, cosa extraa, en
todos ellos quedaba un rastro del revolucionario granadino Andrs Mara
de Guzmn,  pesar de ser Guzmn completamente ignorado, porque en
aquella poca se conoca la Revolucin Francesa en Espaa, solo muy en
bloque, y ms por el conjunto de ideas que por detalles.

Este rastro de Guzmn demuestra cmo, en el fondo, no queda nada
perdido.

De los cuatro grupos masnicos de Madrid, dos eran patriotas y dos
afrancesados.

De los patriotas, el primero y ms antiguo era la Gran Logia, fundada
por el conde de Aranda.


LAS LOGIAS PATRITICAS

A esta Gran Logia, instalada en el palacio de los duques de Hjar, en
la Carrera de San Jernimo, haban pertenecido los hombres ms ilustres
del partido reformista en tiempo de Carlos III y Carlos IV.

Lo diriga en este tiempo el conde del Montijo, pariente de Guzmn.

El conde del Montijo era el famoso to Pedro del motn de Aranjuez,
hombre ambicioso, y botarate, masn, y al mismo tiempo denunciador de
liberales. Como muchas personas del tiempo, Montijo apareca con dos
caras, ahora que l mismo no saba cul era la suya propia.

La segunda logia patritica, ms poltica en tiempo de la guerra de la
Independencia que la anterior y afiliada  la masonera escocesa, se
llamaba Gran Oriente de Espaa y estaba fundada por el conde de Tilly,
 quien se conoca en las logias por su apellido  secas: Guzmn. Tilly
parece que era hermano de Andrs Mara de Guzmn, el amigo de Marat.

Don Francisco Prez de Guzmn, conde de Tilly, tena esa ambigua
personalidad de muchos hombres de la poca. Unos afirmaban que era
extremeo, otros que nacido fuera de Espaa.

Lo que era indudable es que haba vivido mucho tiempo en Pars,
probablemente con su hermano Andrs, y aparecido en Sevilla antes de la
guerra de la Independencia. Deba de tener el aprendizaje de un hombre
que haba presenciado la Revolucin Francesa.

Se deca de Tilly que era jugador y que estuvo complicado en Madrid en
un robo de alhajas.

En poltica, Tilly quiso seguir las huellas de su hermano y fund la
primera logia escocesa en Aranjuez. Estuvo all  punto de ser muerto
por la plebe, por sospechoso, el da en que se supo la rendicin de
Madrid, y se salv tirando  la gente puados de dinero.

Luego fu individuo de la Junta Central, como representante del
reino de Sevilla, miembro de la seccin de Guerra, y aunque se deca
liberal, se manifest enemigo de la reunin de Cortes. Despus intent
escaparse  Gibraltar y se asegur que haba concertado, en unin
del duque de Alburquerque, un plan de pasar  Mjico con cinco mil
hombres  sublevar el pas contra Espaa, con la ayuda de los ingleses,
ofreciendo  stos, en cambio, la plaza de Ceuta.

Se le redujo  prisin en el castillo de Santa Catalina, de Cdiz, por
orden del general Castaos, y all muri.

Luego se dijo que Tilly era inocente de lo que se le acusaba.

Aos despus o hablar de otro conde de Tilly en Pars, que vena de
Jersey, donde habitaba su familia. Me choc, porque al mismo tiempo
haba otros condes de Tilly en Madrid. En esta familia todo era confuso.

Muerto don Francisco Prez de Guzmn, conde de Tilly, le sustituy
en la direccin de la masonera escocesa en Espaa un extranjero, el
barn de Tinn. Tinn organiz el Gran Oriente y la logia Estrella, que
celebraba sus tenidas en la calle de las Tres Cruces.

Este Oriente fu en Espaa el foco del partido liberal avanzado.

Casi ninguno de los que pertenecieron  l conoca su historia ni
saban que era una cra de la Revolucin Francesa, engendrada por un
grande de Espaa maratista, miembro del Club del Obispado, guillotinado
en Pars, y aclimatada en la Pennsula por un hermano suyo, general
muerto en presidio.

Como no haba mas que divisiones y subdivisiones en todos los campos,
en el Oriente escocs, futuro foco del partido liberal, se marcaron dos
tendencias contrarias: la de los anglofilos, que consideraban necesaria
la proteccin de Inglaterra para acabar la guerra y para afirmar las
instituciones liberales, y la de los patriotas puros, que repudiaban
toda influencia extraa.

Los anglofilos no queran mas que la lucha regular de los grandes
ejrcitos; en cambio, los patriotas eran ms partidarios de los
guerrilleros.

Andando el tiempo, los anglofilos, en su mayora, se hicieron
moderados, y los patriotas exaltados, progresistas.


LAS LOGIAS AFRANCESADAS

De las dos logias afrancesadas, una, la principal, era la Santa Julia,
fundada por Murat y constituda principalmente por militares franceses
y por espaoles josefinos.

Se hallaba establecida esta logia en la calle de Isabel la Catlica, en
el edificio de la abolida Inquisicin, y tena mucha importancia.

La segunda logia afrancesada era el Gran Oriente de Espaa y de sus
Indias, cuya fundacin se deba al conde de Grasse Tilly, al decir de
algunos, tambin pariente de Tilly.

El Gran Oriente de Espaa y de sus Indias segua las inspiraciones del
Consejo Supremo de Francia, y en esta poca, por renuncia de Grasse
Tilly, era venerable el navarro Azanza.

Por mi iniciacin de aprendiz en la logia de Bayona, yo me encontraba
afiliado  este Gran Oriente; pero por ser de tendencia afrancesada,
decid dejarlo  ingresar en la logia de la Estrella, punto de reunin
de los patriotas y liberales que seguan las inspiraciones de la
masonera escocesa.

En la logia de Bayona tenamos como contrasea la palabra _Mac-Benac_,
que me haba servido para salvarme en Miranda.

En la de Tinn, nuestra palabra era

       OTEROBA

Estas siete letras eran, al decir de los hermanos, las iniciales
de otras siete palabras: _Occide tirannum, et recupera omnia bona
antiqua_, que no se necesita saber mucho latn para comprender que
significa: Mata al tirano, y recobra todos los bienes antiguos.

Siempre que asist  reuniones masnicas protest de que se perdiera
el tiempo hablando del Gran Arquitecto del Universo, del templo de
Salomn, de Abiram y de otros simbolismos ridculos y trasnochados
sacados de la Biblia; pero haba ciudadano Experto, Venerable 
Escogido capaz de desenvainar su espada de hoja de lata y atacar con
ella al impo que despreciara las mojigangas de la sublime albailera.

Si el misticismo judaico de los masones me pareca grotesco y sin
inters, en cambio me interesaba la posicin poltica respectiva de las
logias. En ellas se inici la poltica de los partidos espaoles de la
primera mitad del siglo XIX.


RIVALIDADES

De las dos patriticas, la primera, la Gran Logia, segua la tendencia
enciclopedista, sin mezclarse apenas en poltica; la segunda, el
Oriente Espaol, afiliado  la masonera escocesa, era partidario de
la Constitucin que iban  decretar las Cortes. Uno de los masones
escoceses, Lorenzo Calbo de Rozas, miembro de la Junta Central y luego
diputado por Aragn, haba sido realmente el instigador de las Cortes
con las exposiciones que present  la Junta Central insistiendo en el
pensamiento iniciado antes por Jovellanos.

Calbo de Rozas era un vizcano terco, soberbio, que,  pesar de haber
sido el alma de la defensa de Zaragoza, era entusiasta de la Revolucin
Francesa y soaba con una dictadura terrorista ejercida  la usanza de
la Convencin.

Calbo de Rozas consigui sus propsitos de reunir las Cortes, aunque l
no se luci gran cosa en ellas.

De las logias afrancesadas, la de Santa Julia era imperialista;
aspiraba  un imperio de varias naciones, dirigido por Bonaparte y con
la capital en Pars, y la logia del Supremo Consejo de Espaa  Indias,
presidida por Azanza, quera considerar la guerra de la Independencia
como una guerra civil.

Decan estos masones que desde el momento en que el rey Jos haba
subido al trono de Espaa, hacindose independiente de Napolen, el
conflicto no era una lucha de Espaa contra Francia, sino de espaoles
josefinos contra fernandinos, de Bonapartes contra Borbones, una guerra
semejante  la de Sucesin.

Claro que, mirando la cuestin friamente, se poda reducir la guerra de
la Independencia  una lucha dinstica; pero tantas cosas arrastraba
esta lucha, tanta divergencia supona el tomar parte por una  otra
bandera, que, de poder contemplar el problema con frialdad, no hubiera
habido problema.

Estas logias,  poco de fundarse, se odiaban  muerte y se
ridiculizaban por sus smbolos y atributos. En la Estrella se hablaba
en burla de los masones afrancesados de la calle de Isabel la Catlica,
y se les apodaba los de la berenjena, porque se llamaba as en burla
una gran Orden fundada por el rey Jos. En cambio, en la Santa Julia se
acusaba de clericales  los de la Estrella.

Todas estas luchas eran sntoma de la fermentacin que comenzaba 
obrar enrgicamente en la sociedad espaola.

Hoy, mirndolo  distancia, se comprende que as deba ser; pero, de
cerca, aquel desbarajuste era desagradable.

En la logia Estrella se discutieron varios proyectos para despus de
aprobada la Constitucin.

El mo--yo tambin present el mo--consista en comprometer  todos
los generales afectos  la Constitucin y en influir para destinarlos
 Andaluca; y en el caso de que se acabara la guerra con la victoria
de Espaa, como era lo ms probable, llevarlos  Cdiz con sus tropas,
convertir las Cortes en una Convencin y, si Fernando se mostraba
hostil  ella, proclamar la Repblica.

Mi proyecto, que  m me pareca magnfico, se encontr irrealizable.

En vista de que no se poda hacer mas que hablar, decid marcharme.

Me desped de los hermanos masones y les di mis seas en la partida de
Merino.

Van-Halen me expres su deseo de abandonar  los franceses; yo le dije
que viniera con nosotros; pero la perspectiva de entrar en una partida
de fanticos, capitaneada por un cura, no le pareca, por lo que me
dijo, muy halagea.




IV

DE VUELTA


A los pocos das de estancia en Madrid, Lara y yo, cansados de hablar,
discutir y perorar, nos hallbamos deseosos de marcharnos. Un desorden
y un desbarajuste tan grandes como el que se notaba en Madrid, nos
causaba ms impresin por la costumbre de vivir disciplinados.

Antes de transcurrida una quincena, Lara y yo estbamos en marcha.

Como haba tanta tropa francesa por el camino de Francia y podamos
toparnos con gente ms desconfiada que el oficial francs  quien
encontramos cerca de Burgos, decidimos ir en galera por Guadalajara 
coger Sigenza, despus Almazn  internarnos en Soria.

Yo llevaba una carta del barn de Tinn para el Empecinado.

Llegamos  Guadalajara con pasaportes del rey Jos, y al salir de
esta ciudad rompimos los papeles y nos dirigimos  una villa prxima,
Gascuea  Caspuea, pues de las dos maneras se le llama.

bamos marchando  pie, cuando nos dieron el alto cuatro guerrilleros
de  caballo.

Les explicamos quines ramos y que llevbamos una carta para el
Empecinado.

Uno de ellos nos dijo:

--A ver la carta.

--No se la puedo ensear mas que  l--contest yo.

Con este motivo nos enzarzamos en una disputa que, afortunadamente,
vino  cortar un teniente muy joven, pues no tendra arriba de diez y
seis aos.

Era Antonio Martn, el hermano del Empecinado.


EL EMPECINADO

Antonio Martn, al oir nuestras explicaciones, nos dijo que nos
llevara  presencia de su hermano.

Fuimos  una casa baja de Caspuea y entramos en un cuarto encalado
que tena en medio una mesa de pino con unas sillas de paja y en las
paredes planos de las provincias de Guadalajara, Soria y Valladolid.

En este cuarto haba un grupo de hombres, y entre ellos estaba el
clebre guerrillero don Juan Martn con varios jefes de su partida.

Yo le entregu la carta de la logia Estrella. El Empecinado ley la
carta despacio, como hombre que no tiene gran costumbre de la lectura.

Mientras l lea, Lara y yo le estuvimos contemplando. Era un hombre
todava joven, fornido, de pelo negro y color atezado, tipo de cavador
de via, los labios gruesos, el bigote  la rusa, unido  las patillas,
la cara de hombre tosco y bravo, con la mandbula acusada y una raya
profunda que le divida el mentn.

Vesta un uniforme amarillo con vueltas rojas, fajn rojo, cordones de
plata en el pecho y un cinturn con una chapa con las letras C. L.
(Caballera Ligera).

Lo que ms llamaba la atencin en el Empecinado eran los ojos, ojos
fijos, brillantes, huraos, y las manos, por lo cuadradas y por lo
terriblemente fuertes.

--Qu piensan ustedes hacer?--nos dijo el Empecinado bruscamente.

--Vamos  reunimos con Merino. Somos oficiales suyos.

--Qu raro que estn ustedes con Merino y tengan esos amigos en Madrid!

--S, es una extraa casualidad.

El Empecinado, llevndome  un rincn, me dijo:

--En la carta que ha trado usted me preguntan qu es lo que har si se
proclama la Constitucin. Voy  contestar ahora mismo que la jurar al
frente de mis tropas con la mayor solemnidad.

--Veremos lo que hacen los dems--dije yo.

--Merino, probablemente, no jurar.

--Creo que no; por lo menos, no ser de los primeros.

El Empecinado nos pregunt cundo bamos  reunimos con nuestro
escuadrn, y contestndole que no tenamos prisa, nos dijo que nos
dara una carta para Merino, nos prestara dos caballos y, escoltados
por una patrulla de su gente, llegaramos hasta Almazn.


ABUN EL MANCO

Al da siguiente, por la maana, nos encontramos con el grueso de la
partida de Saturnino Abun, el Manco, y unidos  ella tuvimos una
escaramuza con las tropas de Roquet entre Torija y Valdenoches. Don
Saturnino, el Manco de Tordesillas nos recibi muy amablemente.

Abun,  quien todo el mundo llamaba Albun por esa tendencia que hay
 corregir los apellidos que parecen incompletos, era entonces un
hombre de unos treinta aos. Era manco del brazo izquierdo. Herido en
un combate que tuvieron espaoles y franceses en el Casar de Talamanca,
en la provincia de Guadalajara, hubo que cortarle el antebrazo por el
tercio superior.

Abun era hombre seco, cenceo, de frente despejada, ojos pequeos 
inteligentes, bigote corto, nariz fuerte, algo torcida. A m me fu muy
simptico.

El comienzo de Abun era parecido al de todos los guerrilleros. Haba
salido de su pueblo con ocho  nueve muchachos mal armados. Abun
llevaba los primeros das de su campaa una daga corta y antigua que
haba sacado de su casa. Los dems iban armados de garrotes con pinchos.

Al pasar por cerca de Cullar la partida vi  un grupo de seis
dragones que pas por las inmediaciones de esta villa.

Abun se arroj sobre ellos, y el que haca de jefe de los dragones
entreg la espada al guerrillero, quien la tom y la conserv durante
toda su vida.

Don Saturnino se uni al Empecinado y pele durante mucho tiempo con
l. Luego, pocos meses despus de encontrarle Lara y yo, creyndose
postergado, abandon  don Juan Martn en el Rebollar de Sigenza y se
pas con su partida  los franceses. Fu un mal momento el suyo.

Durante toda su vida, don Saturnino el Manco tuvo una fama deplorable.
El estigma de traidor le deba pesar en el nimo de una manera
terrible. Varias veces le vi en Pars, en 1819, triste, cabizbajo, y
ms tarde le he vuelto  ver en Madrid, igualmente meditabundo.

Despus de la escaramuza entre Torija y Valdenoches, volvimos 
Caspuea.

Por la tarde nos despedimos del Empecinado, que nos di la carta para
Merino y un pasaporte. Este pasaporte lo he conservado como recuerdo
hasta hace poco.

Era una hoja impresa con un grabado que representaba un guerrero
montado  caballo con el sable en alto, atacando y derribando  los
franceses. Junto  l haba una matrona, que deba ser Espaa, y cerca
un len estrujando entre sus garras un guila.


CAMINO DE ALMAZN

Salimos, como he dicho, por la tarde de Caspuea, en compaa de
Antonio Martn y de una escolta de veinticinco hombres, camino de
Sigenza.

Antonio nos hizo preguntas  Lara y  m acerca de la vida en la corte,
y yo habl de las discusiones y controversias madrileas en cafs,
tertulias y logias, y aunque era una imprudencia confes que era masn.

Antonio se qued asombradsimo de que un masn estuviese en las
guerrillas de Merino, y me dijo que l tambin deseaba ser presentado
en una logia.

Pasamos por delante de Sigenza y fuimos hacia Almazn atravesando los
altos de Barahona y la llanura llamada Campo de las Brujas.

Nos despedimos, antes de entrar en Almazn, de Antonio Martn, ya muy
amigo nuestro, y seguimos hasta Calataazor, donde encontramos nuestras
fuerzas.

Contamos  Merino lo que haba pasado con el director; le dijimos que
una columna francesa nos haba conducido  Madrid, y le entregamos la
carta del Empecinado.

       *       *       *       *       *

Despus, pasado algn tiempo, comenzaron las buenas noticias para los
espaoles. Napolen haba declarado la guerra  Rusia y tena que
sacar tropas de Espaa. El rey Jos no se vea seguro en Madrid; los
mariscales del Imperio no le hacan caso.

Desde esta poca, con mucha frecuencia nos lean partes diciendo que
aqu  all se haba ganado una batalla por el ejrcito aliado.

Nosotros ya no operbamos como guerrilleros libremente, sino que
seguamos un plan superior, casi siempre en combinacin con las
partidas de Borbn y Padilla y la brigada del Empecinado.




V

LA NIA


Fu una poca para nosotros excepcional por lo apacible y poco inquieta.

Como he dicho antes, Fermina haba recogido la hija de Martinillo y se
march  vivir con ella y la nodriza  Huerta del Rey.

Lara y yo bamos con frecuencia  ver  la criatura y  Fermina,
transformada, de guerrillera, en mujer de su casa y madre amorosa.

La nia era un vnculo que nos una  Lara,  Fermina y  m.

El coronel Blanco nos dejaba marchar casi todas las semanas  visitar 
la hija adoptada por nuestro extinguido escuadrn.

Se operaba poco en esta poca. Las partidas de guerrilleros no eran
buenas para movimientos en gran escala. Por otra parte, Merino se
encontraba con que las fuerzas que tena  sus rdenes sobrepasaban
su capacidad y sus conocimientos, y como no estaba dispuesto  dar
acciones, apenas se mova de miedo  un fracaso grande.

Cuando nos daban licencia, Lara y yo montbamos  caballo y nos
largbamos trotando y galopando hasta Huerta.

Un perro que yo tena por entonces nos segua ladrando y dando brincos.

Se llamaba Murat, Murat I, porque tuve despus dos ms con este
nombre.

Murat era un perro inteligentsimo. Todo el mundo deca que no le
faltaba mas que hablar.

Llegbamos Lara y yo  Huerta  bamos  casa.

Estos pueblos, en la guerra de la Independencia, eran de una miseria
horrible, mayor an en el comienzo del ao 12, que fu el autntico ao
del hambre.

Yo tena fresco el dinero que me haban dado en casa, no mucho, pero
entonces, y para aquellos sitios, casi un capital.

Cuando nos acercbamos  Huerta y entrbamos en la plaza, donde
sola haber un mayo,  m me pareca el pueblo bonito,  pesar de su
desolacin y de sus calles torcidas.

bamos en seguida  casa de Fermina. Ella sola estar en la ventana con
la nia.

Comamos juntos, y muchas veces, si haca buen tiempo, Fermina, la
nodriza,  quien llambamos Mencigela, y la chica solamos ir  tomar
el sol  una azotea que hay alrededor de la iglesia.

Yo luca  Murat, que tena todas las habilidades de un perro de
regimiento, y le insultaba cuando no haca algo bien. Le llamaba
canalla, asesino, granuja.

--No le insultes al pobre!--me decan Fermina y Lara.

Murat ya saba que aquello era broma.

Cuando se cansaba de jugar se suba sobre el banco y pona su cabeza en
mis piernas.

Yo sacaba mi anteojo para mirar  lo lejos.

Desde aquella azotea de la iglesia se divisaba una gran hondonada,
un valle cerrado por unas lomas rojizas, y por encima, en el fondo,
Somosierra, como una muralla azul;  un lado brillaban las praderas
verdes de Arauzo de Miel.

Mirando hacia el pueblo no se vea una casa alineada ni derecha; todas
torcidas, alabeadas, con los tejados hundidos.

Qu silencio sola reinar all! Piaban los pjaros, cacareaban las
gallinas, suba en el aire la ligera columna de humo azul que brotaba
de una casa.

Lara me haca fijarme en la poesa de estas cosas, en el sonido de
una esquila, en el toque de la campana, en el rebao de cabras que se
esparca por un pedregal.

Mientras tanto, Fermina paseaba con la nia.

Mencigela le enseaba las cigeas y la cancin que se les canta, que
es sta:

    Cigea barrea,
  La casa te se quema,
  Los hijos te se van;
  Machcales los ajos,
  Que ellos volvern.

Cosa que, segn la nodriza, haca rabiar  las cigeas.

Qu vida primitiva, qu vida ms esttica la de aquel pueblo!

A media tarde volvamos  casa  merendar. Me asombraba cmo Fermina no
se aburra all.

Recuerdo la salita de la casa como si la estuviera viendo. Haba una
mesa, un armario, un reloj alto de pared y un cuadro de caamazo en que
estaban bordados un ciervo, que tena un aspecto mixto de conejo y de
ardilla, unas flores y este letrero: Aquilina Ciruelos, lo hizo en 1803.

Yo me entretena bastante describiendo en voz alta el cuadro, cosa que
 Fermina no le gustaba.

--Seguramente, en su casa hay algn bordado igual hecho por
ella--pensaba yo.

Adems de la mesa haba una cmoda pesada y ventruda, y sobre ella un
Nio Jess metido en un fanal, y un espejo donde se reflejaban las
imgenes completamente deformadas.

El mobiliario se completaba con un bal enorme con aplicaciones de
latn y un arca.

Todo lo que tuviera colorines,  Fermina se le antojaba muy bonito; en
cambio,  m me pareca muy feo.

Era una mujer rara la tal Fermina. Tena un amor por el orden, por
el arreglo, completamente extrao. Cuidaba la ropa blanca como algo
religioso.

Se comprenda, al verla en una casa, el odio que experimentaba por todo
lo nuevo y lo revolucionario. La enemiga terrible que guardaba contra
los franceses provena, ms que nada, de que no respetaban costumbres
antiguas.

--Por qu se ha de hacer esto?--preguntaba yo alguna vez.

--As se ha hecho siempre.

--Esa no es razn.

--Por qu se ha de hacer de otra manera si as se ha hecho siempre?

Hay piedras que parece que estn fijas, sujetas en la tierra sin que
puedan desplazarse nunca. De estas piedras era Fermina.

Yo no; yo me senta como el canto rodado, que al menor impulso corre
por los taludes al fondo de los barrancos.

En la naturaleza de Fermina estaba la inmovilidad. Era lgico en ella
que al volver  una vida metdica, encarrilada, no quisiera moverse.

Algunos das jugbamos  la pelota en el pueblo Lara, Ganisch y yo con
los mozos del pueblo. Los castellanos son torpes para esto. Parece que
el vascongado es el ms diestro, el mejor constitudo para tal juego.

As es que Ganisch  yo ganbamos siempre.

A media tarde emprendamos la vuelta hacia Salas, en donde estbamos de
guarnicin.

El pinar, como deca Lara, pareca una catedral; por entre sus troncos,
que dejaban anchas sombras, pasaban las fajas luminosas del sol.

Lara y yo solamos marchar por en medio del bosque en silencio. El
viento arrancaba un murmullo misterioso de los pinos, y nuestras
sombras se alargaban en el suelo con la luz dorada del crepsculo.

En algunos puntos pareca reconcentrado el olor de la resina y del
tomillo.

Cuando pasbamos los pinares comenzaba  obscurecer; cruzbamos por
prados verdes sembrados de margaritas, y por regatos llenos de agua que
reflejaban las estrellas.

       *       *       *       *       *

No s qu giro hubiese tomado mi vida  seguir as. Lara y yo
comenzbamos  hacer proyectos de vivir en el campo.

Un domingo, al ir  Huerta del Rey, nos encontramos  Fermina
desesperada, baada en lgrimas. La nia acababa de morir.

La noticia me produjo un verdadero dolor, y desde entonces comenc 
sentir deseo de marcharme de all.

       *       *       *       *       *

Aqu se interrumpe el manuscrito de Aviraneta.




LIBRO SPTIMO

A SALTO DE MATA

ACOTACIN


Ahora--dice don Pedro de Legua y Gaztelumendi en sus papeles--,
para completar la historia de Aviraneta en su poca de guerrillero
con el cura Merino, tengo que recurrir  lo que me cont el cabo de
chapelgorris, Juan Larrumbide, llamado Ganisch, en la taberna del
Globulillo, en la calle del Puerto, de San Sebastin, una tarde de
otoo del ao 1839.

Al saber que conoca la vida de Aviraneta, Ganisch me pregunt con gran
inters si le haba contado algo de l.

Yo contest que s,  indiqu lo que me haba dicho.

--Conque Eugenio le dijo  usted que yo me arregl con la Riojana?--me
pregunt Ganisch algo incomodado.

--S.

--Y no habl nada de sus enredos?

--No.

--Qu gracioso! Pues l tambin estuvo viviendo con una mujer y 
punto de casarse con ella. Una tal Fermina.

--Fermina la Navarra?

--S. Qu le cont  usted ms Eugenio?

--Que usted haba conquistado  la Riojana por su manera de hablar
enrevesada; que usted no haca mas que comer...

--Qu canalla! Ese bizco tiene ms mala intencin!... Ya le dijo 
usted que  l le llamaban el Pisaverde?

--S.

Haba notado que entre Ganisch y Aviraneta exista, as como por debajo
de su amistad, un fondo de envidia y de odio, y escarbando en l
consegu que Ganisch contara todo cuanto saba.

Me hubiera gustado mucho poder trasladar fielmente las palabras de
Ganisch y sus impresiones personales acerca de su vida y de la de
Aviraneta en las guerrillas de Merino. Pero quin sera capaz de
transcribir con exactitud aquella serie de frases defectuosas, aquella
serie de concordancias extraas en donde se confundan el castellano,
el francs y el vascuence?

Es imposible reproducir su relato como l me lo cont; relato que,
ciertamente, no tena orden gramatical, pero s mucha gracia.

Al dar yo una forma lgica, aunque no literaria, le quito seguramente,
todo carcter  esta narracin, que hizo Ganisch en la taberna del
Globulillo, de la calle del Puerto, en San Sebastin, una tarde de
otoo del ao 1839.




I

FERMINA Y LA RIOJANA


Ganisch comenz de este modo:

Cuando _entremos_ en la partida yo y Eugenio, como _la_ cura Merino,
as ojal se muera de repente!, era hombre que se fijaba mucho en
_estos_ cuestiones, Eugenio, que es un _endredador_, invent que la
Riojana era mi mujer y Fermina la suya. _La_ cura Merino...

Pero no; es imposible seguir  Ganisch en su relato, y prescindiendo de
lo pintoresco de su estilo, hay que hacerle hablar como todo el mundo.

El cura Merino no se preocupaba de estas cosas por virtud, sino porque
era celoso y lujurioso como un mico.

La Riojana era una buena chica; eso s, le gustaba la miel como  todas
las mujeres, y cuando se le pona algo en la cabeza, era un poco bestia.

La Fermina se las echaba de seorita. Siempre estaba de mal humor,
dispuesta  dar gritos y  subirse  la parra por cualquier cosa.

La Riojana y yo--sigui diciendo Ganisch--nos entendimos pronto,
porque, como yo hablaba poco el castellano, me iba pronto al bulto.

Como la Fermina y Eugenio no llevaban camino de arreglarse, la Riojana
le deca  su compaera:

--Pues no eres poco melindrosa, hija! En la guerra como en la guerra.
Qu demoo!

Fermina era de un pueblo de la ribera de Navarra, y su padre un rico
hacendado. Haba tenido Fermina un novio que con engaos--as dicen
siempre las mujeres--la sac de casa; el padre jur que si volva la
despezaba, y, claro, ella no quiso volver.

Tena Fermina muchas nfulas aristocrticas; yo no s si menta, es
muy probable; pero, mintiendo  diciendo la verdad, aseguraba que se
hallaba emparentada con las familias ms linajudas de Navarra.

--Los Echegaray no s de dnde procedemos--le replicaba Eugenio, que se
haca llamar por su tercer apellido--; no s si venimos del cogollo 
de las hojas, de las ltimas capas  de los primeros manteos; pero no
me preocupa gran cosa.

--Tienes risa de condenado--le deca ella.

Y esto le daba  l ms ganas de reir.

No s qu idea tena la Fermina de Eugenio y de m, pero creo que nos
consideraba como dos herejes  los que no les faltaba el canto de un
duro para entrar en el infierno.

Yo le aconsejaba  Eugenio que cogiera  aquella mujer y la dejara
perdida en algn monte donde no pudiera volver, como  los perros que
molestan.

Fermina la Navarra deca brutalidades sin notarlo; pero si alguien
le echaba un piropo se sofocaba y le brillaban los ojos. Entonces s
estaba guapa.

Fermina, la Riojana y otras mujeres que haba all se decidieron,
cuando comenzaron  organizarse las guerrillas,  gastar pantalones y 
montar  caballo como los hombres.

Aviraneta, que siempre ha sido hablador, llamaba  Fermina la Monja
Alfrez.

--Este alfrez eh! Ganisch--me sola decir Eugenio guiando los
ojos--est verdaderamente bonito.

--Condenado! Te gusta avergonzarme--contestaba ella.

--Ya que eres la Monja Alfrez--contestaba l echndoselas de
galante--, s monja para m y alfrez para los dems.

Al poco tiempo de estar en el campo,  Eugenio le hicieron teniente, no
porque hubiera peleado ms que yo  que los dems, sino porque tena
ms escuela.

Eso de saber manejar la pluma es cosa de mucha importancia.

Como Eugenio nunca ha sido fuerte,  los tres  cuatro meses de estar
en el campo durmiendo en el suelo y recibiendo nieves y chaparrones
tuvo un ataque de reumatismo (_erreumatismo_, deca Ganisch) y le fu
necesario quedarse en cama.

Yo fu  cuidarle, ms que nada, por no andar de maniobras.

Tanto subir y bajar montes y mojarme me tena aburrido.

Estaba ya soltero, porque la Riojana se me haba marchado con el cura.
Le ped permiso  ste para ir  cuidar  Eugenio, y Merino me dijo:

--S, s; vete.

Claro, quera tenerme lejos de la Riojana.

Luego me pregunt:

--Qu le pasa  Eugenio?

--Est baldado por el reuma.

--Qu gente! Qu jvenes!--murmur--. Ese Echegaray vale poco. A m
no hay lluvia ni nieve que me haga efecto.

El cura deca la verdad. Era duro como una piedra.

Al principio de la enfermedad de Aviraneta, la Fermina le cuid muy
bien; pero cuando entr en la convalecencia, ella y l se tiraban los
trastos  la cabeza.

A la Fermina le asustaba mucho pensar en el infierno, y deca 
Aviraneta que tenan que confesarse y ver al cura.

--A los curas! A presidio los llevara  todos!--deca Eugenio.

Ella, al principio, se incomodaba; luego le deca:

--T pierde tu alma si quieres; yo ya me salvar.

--Salvarte?--le contestaba l en broma--. No se cmo: has matado, has
dicho mentiras, dejaras de ser mujer si no las hubieras dicho; amores
has tenido, iracunda eres como pocas, golosa tambin, envidiosa dem;
conque si no te metes monja despus de la guerra y te azotas, no se
cmo te las vas  arreglar con tu alma.

--Ese Eugenio--aadi Ganisch--tiene unas ocurrencias...!

--Y ella qu haca al oir esto?--pregunt yo.

--Ella se pona como una fiera y le deca: Canalla! Bizco! Quisiera
que te murieras de repente!

--Ya lo s--contestaba l.

Luego hacan las paces. La Fermina tena un genio imposible; se
mostraba dominadora, violenta, sanguinaria. Eso s, para la gente pobre
era buena.




II

LA HIJA DE MARTINILLO


--Supongo que Eugenio--sigui diciendo Ganisch--le habr contado y
ponderado los combates de la partida del cura. Es muy amigo de dar
importancia  todos los sucesos donde interviene l.

--Pero la accin de Hontoria del Pinar, no fu importante?--pregunt
yo.

--Bah!--murmur Ganisch.

--Cmo, bah! No lucharon ustedes con un escuadrn francs numeroso?

--S.

--No hubo muchos muertos y heridos?

--S; creo que s.

--Es extrao. No se acuerda usted bien de esa accin?

--S; algo me acuerdo. Estuvimos en un pinar durmiendo en el campo, y
todos los das aseguraban que venan, y luego que no venan... Bueno;
pues una maana dijeron que los franceses acababan de pasar por el
camino. Yo no les vi.

Esperamos en un punto, y luego tuvimos que ir  otro sitio, y luego 
otro. Despus dimos una carga, y como no se pudo romper la formacin
francesa, comenzamos  pelear unos cuantos del escuadrn con diez 
doce dragones de esos de gorra de pelo; y cuando vinieron  ayudarnos
los nuestros nos dijeron que ya se haba terminado todo.

Sin duda, Ganisch no se haba enterado de los preparativos de Merino
para la sorpresa del Portillo de Hontoria ni del desarrollo general de
la accin.

--Y al da siguiente, fueron ustedes  la Vid?

--S. Tambin eso le ha contado Eugenio?

--Tambin.

--Lo que no le habr contado, seguramente, ser lo de la nia y lo del
desafo.

--No. Qu fu lo del desafo?

--Ver usted. Tenamos nosotros en la partida un muchacho joven que se
llamaba Martinillo.

--Un pastor?

--Eso es. En ese da de Hontoria del Pinar murieron veinte  treinta de
nuestro escuadrn, y entre ellos Martinillo el pastor.

Al da siguiente marchamos  la Vid y no volvimos al alojamiento hasta
quince das despus. Al llegar  Hontoria, y al preguntar por la
Teodosia, la viuda de Martinillo, supimos con pena que acababa de morir
de sobreparto, dejando una nia,  la que se puso tambin Teodosia.

Y aqu se ve lo que son las mujeres de raras y de locas! Fermina la
Navarra, que haba tenido tanto odio por Martinillo y por la Teodosia
madre, recogi  la nia y se fu  vivir con ella  una casa de Huerta
del Rey. Los del escuadrn solamos ir  verla alguna que otra vez;
pero, sobre todo, Eugenio y un amigo suyo, llamado Lara.

Eugenio pens en casarse con la Fermina y prohijar  la nia; pero como
no estaba en el regimiento alistado con su nombre, era una cosa difcil.

La Fermina no pensaba mas que en la chiquilla.

Muchas veces le o  Fermina que preguntaba  Aviraneta:

--Eugenio, si yo muero, no la abandonars; verdad?

--Yo abandonar  la Teodosia! Nunca--replicaba l.

Muri la nia, y la Fermina y Eugenio, que estaban muy amartelados,
rieron en seguida. Fermina volvi  vestir de guerrillera, y todos los
das le armaba un escndalo  Aviraneta.

--Estamos ofendiendo  Dios con esta vida--le deca ella--. O te casas
conmigo,  nos separamos en seguida.

--Espera que acabe esto--contestaba l--. Habiendo dicho  la gente que
estamos casados, va  ser un escndalo ahora si vamos  la vicara.

Eugenio se hubiera casado; pero al ver el genio que iba tomando la
otra, se espant.

Fermina no pensaba de nuevo mas que en luchar, matar y pegarle fuego al
mundo entero.




III

EL DESAFO


Fermina se separ de Aviraneta y comenz  andar, acompaada de un
alemn, Mller, que era uno de los prisioneros que se qued amigo de
los espaoles.

El alemn guardaba las espaldas de la guerrillera; ella le trataba con
altivez, y l,  pesar de todo, le serva humildemente.

Eugenio estaba furioso; le miraba al alemn con su ojo bizco y
frunciendo el ceo. Cuando Aviraneta se pone  mirar as hay que
temblar, porque, con la mala sangre que tiene, es capaz de cualquier
cosa.

La situacin entre los dos hombres era muy violenta, y al fin vino el
encuentro.

Eugenio y el alemn, por una cuestin de poca monta, se lanzaron el uno
contra el otro. Eugenio quiso arrestar  Mller; pero al ver en ste
una risa de desprecio, suspendi el arresto y concertaron entre los dos
un desafo.

Estbamos en Hontoria.

Lara y yo fuimos los testigos de Aviraneta, y dos desertores franceses
los de Mller el alemn. Se decidi que otro desertor polaco hiciera de
juez de campo.

Marchamos los siete al galope al pinar, y entramos en una calvera del
monte, grande como una plazoleta.

Antes de comenzar el duelo, el alemn dijo que l era un simple
soldado, y mayormente extranjero; que si se saba que se haba batido
con un oficial le costara el ser fusilado, y que, por lo tanto, exiga
jurramos todos guardar el secreto de lo ocurrido.

El alemn, sin duda, tena completa confianza en su triunfo. Juramos
callar.

Al momento Mller y Aviraneta se quitaron las casacas. Mller tena un
pecho de gigante y unos brazos fuertes, cubiertos de vello rojo.

Se midieron los sables y se entreg  cada uno el suyo. El alemn
manejaba su arma como un juguete. Se colocaron los dos en guardia.

--Uno, dos, tres... Adelante, seores--dijo el polaco.

Los sables chocaron uno contra otro y comenz el asalto.

Mller no tena idea de la esgrima, pero era valiente, y tiraba unos
mandobles  Eugenio que yo cre que le deshaca. Aviraneta se defenda
con mucha maa y diriga  Mller golpes  la cabeza y al brazo.

El alemn, viendo que no alcanzaba al enemigo, comenz  dirigirle
estocadas furiosas al pecho.

Hubo un descanso por orden del polaco, juez de campo.

Mller estaba congestionado y torpe; Eugenio, algo plido, pero muy
tranquilo.

--Yo intentaba desarmar  este brbaro--nos dijo Eugenio  Lara y 
m--, y herirle levemente; pero tiene tan mala intencin, que voy 
tener que matarlo, si no, me va  matar l.

Sigui el duelo y vimos que, efectivamente, Eugenio cambiaba de
sistema; ya, despus de parar, no marcaba un golpe ligero en el brazo 
en el hombro del contrario, sino que se tiraba  fondo de una estocada.
Mller haca lo mismo con una furia terrible. Eugenio estaba cada vez
ms plido y ms ceudo; se notaba la decisin en sus ojos.

Durante un momento estuvieron los dos forcejeando casi con los puos
juntos, y al separarse se vi que Aviraneta tena un rasguo en el
brazo que le manchaba de sangre.

Aquella sangre y la sonrisa de triunfo del alemn enardecieron 
Aviraneta, dndole una de aquellas decisiones violentas que le
caracterizaban.

El polaco hizo la seal del nuevo asalto. Aviraneta se lanz con tanto
bro, que acorral al alemn, que tuvo que retroceder, y, dndole un
sablazo en la mueca, le hizo tirar el sable.

Cremos que aqu terminara el lance; pero Mller protest y volvi
con ms furia  la pelea. Ya no era dueo de s mismo; se descubra,
pareca un toro ms que un hombre. Se vea en l la decisin de
atravesar  su contrario, aunque quedara muerto.

Aviraneta se encontraba en un aprieto grave; se iba cansando y
perdiendo la serenidad.

En esto, Mller con el sable roz la oreja de Eugenio. Aviraneta sinti
la sangre que le caa y, enardecido, se lanz sobre el enemigo, se tir
 fondo y hundi el sable en el pecho del alemn.

Mller abri los brazos, se le cay el arma, se tambale y, dando una
vuelta como un pen, cay  tierra.

Los dos testigos franceses no pudieron sostener su cuerpo fuerte y
pesado.

--Lo he matado--nos dijo Aviraneta--; no he podido hacer otra cosa.

El alemn bramaba, escupiendo espumarajos de sangre.

Aviraneta, ceudo, tom su sable y empez  limpiarlo en unas hierbas.
Esper un momento por si Mller le llamaba; pero el alemn estaba en
las ltimas convulsiones de la agona, y poco despus haba muerto.

Montamos de nuevo  caballo. Los dos franceses, que tenan sangre en
las manos, y Aviraneta, se lavaron en un arroyo y volvimos  Hontoria.

Todos los que presenciamos el duelo guardamos el secreto de lo
ocurrido, hasta el punto de que se crey que Mller haba desertado de
nuestro campo. Sin embargo, algunos sospecharon la verdad.




IV

LA DENUNCIA


Unos meses despus estbamos en Pearanda de Duero, que tambin se
llama Pearanda de la Perra, cuando se present un escuadrn del
Empecinado  operar en combinacin con Merino.

Eran oficiales de este escuadrn Antonio Martn, el hermano del
Empecinado, y don Casimiro de Gregory Dvila,  quien llamaban Gregory
el de Legans, por su cargo de administrador de Rentas de este pueblo.

Gregory haba peleado con el Empecinado  las rdenes de don Vicente
Sardina, y estuvo preso en Madrid por patriota el ao 9.

Luego, yo le conoc en 1822 de intendente en Pamplona.

Gregory y Martn andaban mucho con Aviraneta. Se decan muy liberales.

Un da los dos Empecinados, Aviraneta, Lara, el Tobalos y tres  cuatro
ms del escuadrn del Brigante se metieron en una taberna de Pearanda
y hablaron.

Hay que advertir que Eugenio, en esta poca, estaba que no se le poda
aguantar.

Sus peleas con Fermina y, sobre todo, el recuerdo de la muerte del
alemn le tenan rabioso.

Antonio Martn y Casimiro Gregory contaron en el grupo la entrada de
los aliados en Madrid un da de Agosto.

El Empecinado, Palarea, el Abuelo y Chaleco haban desfilado por la
Puerta del Sol y calle Mayor, marchando al Ayuntamiento.

Antonio Martn aseguraba con entusiasmo que los Empecinados haban sido
los hroes de la jornada.

Unos das despus de entrar ellos se juraba la Constitucin en todas
las parroquias madrileas.

Los del Brigante escuchaban con envidia.

--Tenis suerte--dijo Aviraneta con amargura--; nosotros aqu no hemos
visto nada de eso.

E hizo un cuadro agrio y burlesco de la vida y costumbres del
campamento de Merino.

Viendo que celebraban sus frases, Aviraneta se desboc y empez  decir
barbaridades. Afirm que Merino haba ordenado la muerte del Brigante
porque se senta celoso de l.

--Nosotros?--exclam luego--. Nosotros ya no somos guerrilleros, sino
unas viejas beatas que no hacen mas que rezar el rosario y persignarse
para comer, para beber, para rascarse...

Gregory y Martn se rean. Luego, Eugenio habl del Estado llano, del
servilismo de los fernandinos, de la libertad y de los derechos del
hombre, y acab brindando por la Repblica.

Aviraneta pens que nadie se enterara; pero en la taberna haba un
enemigo suyo, un tal Snchez,  quien llamaban don Perfecto.

Don Perfecto estaba resentido contra Aviraneta porque ste se burlaba
de l constantemente preguntndole dnde se haba escondido cuando la
accin de Hontoria del Pinar.

Don Perfecto se veng yendo con el soplo al cura, contndole toda la
conversacin.

A los quince das de esto volvimos  Salas de los Infantes. Ya habamos
olvidado la conversacin de Pearanda.

No hicimos mas que llegar, cuando el cura llam  Aviraneta y  Lara y,
de repente, sin incomodarse, con voz burlona y fra, les dijo:

--Oye, Echegaray. Conque yo mand asesinar al Brigante! Conque
nosotros no somos guerrilleros! Conque somos unas viejas beatas que no
hacen mas que rezar!

--Yo no he dicho eso, don Jernimo.

--Ha habido quien te ha odo, hijo mo. Hablaste con el hermano del
Empecinado y con otro en una taberna de Pearanda. De manera que eres
masn y republicano? Ya me figuraba yo algo! Pues tendrs la suerte de
los espas y los traidores: sers fusilado por la espalda. Y t, Lara,
irs tambin  la crcel. Ya ver lo que hago contigo.

Aviraneta no replic. Un oficial le quit su espada dragona y, rodeado
de soldados, march  la crcel.

       *       *       *       *       *

Despus de este episodio, Ganisch cont otros de los guerrilleros de
Merino, ya conocidos por m, y la escapada que hicieron desde Salas 
Soria Aviraneta y l; pero como esta escapada la he encontrado con ms
detalles en los papeles de don Eugenio, he recurrido  ellos.




V

LA EVASIN


Estas pginas que siguen fueron escritas, como las primeras de este
libro, en la Crcel de Corte, de Madrid, en 1834  1835. Aviraneta
quiso dar  su narracin un aire romntico. No en balde le haban
prendido al mismo tiempo que  Espronceda y  Garca Villalta. Don
Eugenio, sin duda, pens en imitar  los poetas; en cambio, los poetas
no quisieron imitar al conspirador, pues ambos estuvieron  cual ms
tmidos y asustadizos, y cantaron la palinodia al momento escribiendo
una solicitud  la reina Mara Cristiana afirmando su inocencia y
pidiendo gracia.

Aviraneta habla en sus cuartillas de un pueblo S*, que he supuesto que
es Salas de los Infantes; se llama  s mismo el joven prisionero, 
Fermina la transforma en Elvira, y  Ganisch en Martn.

A las pocas pginas se olvida de sus propsitos novelescos y del joven
prisionero y habla de s mismo.

Yo he sustitudo los nombres falsos por los verdaderos para que no haya
confusin.


LA CASA DEL DUENDE

Cuando me llevaron preso llova, llova montonamente. El campo estaba
triste; la carretera, llena de charcos.

Vease entre la bruma la lnea alargada de los montes, y en el fondo
apareca Salas con sus tejados rojos, chorreando agua.

Salas de los Infantes est en tierra fra, rodeado de colinas
pedregosas; tiene una iglesia con su torre cuadrada en un alto y su
nido de cigeas.

Salas es pueblo serrano, de casas bajas, con las chimeneas muy grandes,
hechas con trozos de teja, formando una eminencia cnica terminada por
una caperuza de cuatro tablas, que en el pas llaman la contera.

Tiene Salas un castillejo en el vrtice de una colina prxima al ro,
el castillo de Castrovido, y un palacio grande, el de los infantes de
Lara. Castillo y palacio deben estar ya completamente en ruinas, si la
devastacin iniciada en la guerra de la Independencia ha seguido en la
carlista, como ha debido de seguir, si es que no ha aumentado.

No se ve aldea alguna en derredor de la villa; entonces, durante la
campaa, sus alrededores eran un desierto.

Salas tiene un punto de reunin bastante animado los das de feria, que
suelen ser los jueves: la plaza Mayor.

En los soportales de esta plaza, en las bodegas hay figones bajos de
techo, ahumados, con unas cuantas mesas de pino blancas y una fila de
barricas sostenidas por largueros.

A la puerta de los figones suelen ponerse los das de mercado algunas
viejas  vender callos con guiso de pimentn en un barreo. Yo conoca
todos los figones del pueblo.

Lara y yo frecuentbamos el fign del Obispo y el de la Mujer Muerta,
donde solamos comer los exquisitos peces del Arlanza.

Hontoria y Salas eran para nosotros, acostumbrados  merodear por el
campo, capitales importantes.

Dos barrios hay en Salas bastante separados el uno del otro: el de
Santa Mara, casi todo el pueblo, llamado as por hallarse alrededor de
la iglesia parroquial, y el de Santa Cecilia, por estar cerca de una
ermita de este nombre levantada  orillas del Arlanza.

Un puente que pasa por encima del ro une el camino que va de una 
otra barriada.

En el barrio de Santa Cecilia haba por entonces una casa grande, de
piedra berroquea, antigua, ennegrecida por el tiempo y por los musgos,
agujereada, con los aleros rotos: la Casa del Duende.

Se entraba en ella por un postigo lleno de grandes clavos, porque la
puerta principal, rota, estaba sujeta con hierros y no poda abrirse.

Era su zagun ancho, obscuro, con una columna de granito en medio.

A mano izquierda comenzaba la escalera, torcida, apolillada, que suba
hasta el desvn.

Varias veces estuvimos los del escuadrn alojados en esta casa.

Lara y yo habamos andado por todos sus cuartos y rincones,  riesgo de
caernos, porque los suelos se hallaban agujereados.

Se encontraban an en este casern salas hermosas con chimeneas de
piedra, vigas talladas en el techo, marcos de ventanas apolillados
llenos de adornos, puertas de cuarterones, cerraduras roosas y algunos
viejos cuadros desgarrados y negros.

El desvn era enorme: tena grandes solivos de los que colgaban
sarmientos secos; el tejado, roto, dejaba por todas partes ver el
cielo, y los das de lluvia entraba libremente el agua por sus boquetes.

En esta casa haban estado alojadas muchas veces las tropas espaolas
y francesas. En aquel tiempo serva de cuartel y al mismo tiempo de
crcel  Merino.

La casa tena varios calabozos con puertas slidas. Merino haba
mandado arreglarlos y ponerles rejas, y all encerraba  los presos.

Hacia el monte, se extenda una huerta con una tapia que en otro tiempo
debi de ser hermosa, pero que talada y cubierta de ortigas, de zarzas
y de jaramagos, presentaba un aspecto de desolacin y de tristeza.

Esta casa ruinosa, y de aire melanclico, con sus agujeros, sus
chimeneas rotas, sus aleros destrozados y sus lechuzas que chillaban de
noche, hubiera infludo en nuestra imaginacin, si la vida activa que
llevbamos nos hubiera permitido el lujo de tenerla.

No pensaba yo que en esta casa haba de estar preso.


LA FRASE DE BAILLY

Aquella tarde, al anochecer, en el atrio de Santa Cecilia, me
comunicaron la orden de prisin, me quitaron la espada y me llevaron
preso.

Lara y yo, custodiados por un oficial y ocho soldados, llegamos  la
Casa del Duende.

En el portal llamaron al Cojo, que haca de alcaide.

El Cojo era un guerrillero viejo, invlido, con una pierna de palo.
Vesta calzones cortos, medias blancas, camisa de camo, chaleco de
sayal con solapas vueltas, pauelo atado  la cabeza y sombrero encima.

Llevaba en la mano cuatro  cinco llaves, metidas en un alambre, que
tintineaban al mover el brazo.

Subimos con el Cojo y la escolta hasta el segundo piso y se encerr en
un cuarto  Lara y en otro, enfrente,  m.

Mi calabozo estaba restaurado haca poco tiempo; tena una puerta
slida, una ventana pequea en el grueso muro y un banco. Haca un fro
terrible. El Cojo me advirti que haba pasado la hora del rancho y me
trajo una manta rada.

Me sent en el banco; luego me tend en l sirvindome de la manta como
de almohada.

Apenas pude dormir. Slo un momento, al amanecer, logr cerrar los ojos.

Me despert al oir el tintineo de las llaves del Cojo y el ruido de su
pierna de palo, que golpeaba en los suelos de madera como si fuera un
martillo.

Habl con el alcaide que me traa el rancho, y pude comprender que mi
situacin era grave.

La segunda noche fu igualmente mala,  peor que la anterior; el fro
me tena aterido. El viento, en los rboles lejanos, meta un ruido
como de descargas cerradas. A veces me haca la ilusin de si seran
los franceses que atacaban el pueblo y entraban en l.

--Mala suerte ha tenido usted, don Eugenio!--me dijo el Cojo, por la
tarde, al traerme la comida.

Sus palabras achicaron mi valor.

A medioda se abri la puerta y entr Fermina.

--Preprate  morir cristianamente--me dijo; y me entreg un libro de
misa.

Me levant enfurecido.

--A qu vienes?--grit--. Vienes  recrearte vindome condenado 
morir?

--No, Eugenio; quiero que salves tu alma.

--Mi alma! ja! ja!--exclam y cog el libro de misa y lo tir al
suelo--. Yo morir maldiciendo de vuestras mamarrachadas, de vuestros
santos y de vuestras ridiculeces. Si soy liberal, revolucionario,
negro, y le pegara fuego  todas las iglesias y hara una hoguera con
los altares! S; creo que vuestra religin es una farsa y vuestros
curas unos canallas, hipcritas, miserables. Creo que vuestros frailes
son unos cerdos y las monjas unas tas egostas que yo distribuira
en los cuarteles para entretenimiento de los soldados. Creo que los
religiosos sois peores que nadie. Vuestra religin no os impide ser
crueles, mentirosos, sanguinarios, viciosos. Sois despreciables. Vete
de ah; no quiero verte. No quiero salvar mi alma.

Fermina, asombrada de mi exabrupto, no replic nada, y, acercndose 
la puerta, se fu.

Comprend que haba estado cruel con ella, pero esto desahog mi furia.

Al encontrarme solo qued ms tranquilo. Realmente, no tena miedo 
la muerte. Morir  los veinte aos! Lo nico que me molestaba era el
flujo inoportuno de pensamientos.

Aquella necesidad de agotar todas las ideas, de seguirlas y de
desarrollarlas no me dejaba dormir.

Si me llegan  sacar en aquel instante al cuadro, me fusilan en medio
de un razonamiento.

Pens en si este ltimo da de mi vida valdra la pena de tener
remordimiento. Me acord del alemn Mller  quien haba matado en
duelo... nada.

--Despus de todo, la guerra se va  acabar--pens luego--y la vida se
va  hacer aburrida. Qu pasar luego? Qu ser Espaa dentro de
cincuenta aos, dentro de cien?

Estuve fantaseando durante largo tiempo; pero la idea de la muerte
prxima interrumpa mis elucubraciones.

Morir! No tena miedo. Lo nico que me desagradaba era pensar si mis
fuerzas se debilitaran en el supremo momento.

Siquiera en el acto hubiese gente gritara:

--Viva la libertad! Viva Espaa!

De pronto pens en que pocas horas despus estara debajo de tierra y
me estremec con un temblor. Realmente, no saba si era del fro del
cuarto  de la terrible idea de la muerte.

Me acord de lo que me cont mi to Etchepare del astrnomo Bailly,
cuando ste sabio presenciaba los preparativos del verdugo en la
guillotina que le tena que cortar la cabeza, bajo la lluvia de un da
invernal. Alguien le haba dicho, ponindole la mano en el hombro:
Tiemblas, Bailly; y l contest con sencillez: S, amigo; tengo
fro.

Este recuerdo me hizo reir sin saber por qu.


LA CANCIN DE GANISCH

En aquel estado desvariante pas el segundo da. Cada noche me pareca
un siglo.

La tarde del tercer da, una tarde lluviosa, triste, o desde mi cuarto
varias veces el grito del mochuelo.

De pronto me asalt la idea. Sera una seal de Ganisch?

Me agarr  los hierros de la reja, asom la cabeza y silb suavemente.

Al poco tiempo contest otro silbido. Era Ganisch, que andaba, sin
duda, rondando la tapia de la huerta por la parte de atrs de la casa.

Se me ocurri si sera algn lazo que me tendan. Pero, para qu,
si estaba ya preso? Estuve agarrado  la reja, tembloroso, haciendo
esfuerzos.

De pronto, Ganisch comenz  tararear el aire vasco de Andr Madaln.

Me tendra que decir algo? Yo as lo esperaba.

Ganisch, sin duda, se cercior de que le oa por mis silbidos, y
entonces cant en vascuence:

    Mesaco libru burni chiqui bat
  Erdi erdiyan daucazu.
  Gau arratzian zaude leyoan
  Ni campotic errandizaitut.

(En el libro de misa tienes en medio un hierro pequeo. Hoy por la
noche estate en la ventana. Te hablar desde el campo.)

Baj de la reja con las manos desolladas y me tend en el banco que me
serva de cama.

--Qu libro de misa es este?--pens--. A qu poda referirse? Me
estara diciendo necedades aquel hombre?

Me levant, y  la luz del crepsculo vi en un rincn el libro de misa
trado por Fermina.

Habra all algo?

Cog el libro con ansiedad, lo hoje: nada. Tir con rabia de la pasta,
y vi que ocultas en el lomo haba dos sierrecillas finas.

El descubrimiento me produjo una gran agitacin.

Era necesario decidirse rpidamente. Por dnde se poda intentar la
fuga? Por la reja me pareci difcil. Tena cinco barrotes verticales y
tres horizontales. Hubiera sido preciso limar el espesor de diez y seis
hierros. Pretender doblarlos era imposible.

Estudi la puerta. A la altura de un hombre tena un ventanillo, de
poco ms de un palmo, con dos barrotes en cruz; las junturas de la
puerta no dejaban resquicio para limar el cerrojo  la lengeta de la
llave.

Calcul que si cortaba los dos barrotes del ventanillo, sacando el
brazo, por el agujero, podra desde dentro dar vuelta  la llave, que
estaba bastante alta, pero no llegar  descorrer el cerrojo, que se
encontraba muy bajo.

Estuve pensando mucho tiempo qu podra hacer.

Haba obscurecido. Era ya de noche, una de esas noches largas de
invierno. Llova y soplaba un viento fuerte y fro. Del vestbulo
llegaba una ligera claridad producida por el resplandor de un candil.

Hice un inventario de todos los objetos que tena y di mil vueltas en
la imaginacin pensando si podra aprovecharme de alguno.

La cuestin del cerrojo era la que me preocupaba; cortarlo con la
lima era imposible; llegar  l sacando el brazo desde el ventanillo,
tambin.

Pens en utilizar la vaina del sable que me haban dejado. No tena
resistencia bastante, pero poda drsela con los dos barrotes de hierro
que pensaba sacar del ventanillo.

El Cojo, como todas las noches, fu y vino por la escalera haciendo
sonar sus llaves y su pata de palo. Cuando se marchaba comenzaba yo 
limar, y al volver dejaba mi trabajo.

Para las diez de la noche tena los cuatro hierros del ventanillo lo
bastante limados para poder romperlos al menor esfuerzo.

Rendido, me ech sobre el banco y estuve con el odo atento por si
Ganisch me hablaba, como haba dicho.

Varias veces me levant y tuve que tenderme de nuevo. Poco despus de
dar las once en el reloj de la iglesia son  lo lejos el grito del
mochuelo.

Era Ganisch. Me agarr  la reja, tembloroso.

Luego se oy una voz que cualquiera hubiera podido tomar por un
relincho.

--Ai...zac--(Oye.)--dijo Ganisch.

Hablaba en vascuence para que no le entendieran.

--Amabiyetan (A las doce).

Pas un largo rato.

--Iriqu atea (Abre la puerta).

--Ig gambar (Sube  la guardilla).

--Gambar... ezquerretar..., ate chiquia... iriquiya d (En el
desvn,  la izquierda, una puerta pequea est abierta).

La idea de poder huir produjo en m una intranquilidad cada vez mayor.

Estaba febril, impaciente.

El Cojo iba y vena, haciendo, sin duda, sus preparativos para pasar la
noche. A las doce menos unos minutos se oy su pata de palo resonar en
el suelo, y despus en la escalera.

Se llev el candil del vestbulo y qued todo  obscuras.

Inmediatamente tir de la cruz de hierro del ventanillo y, empujando
con fuerza, la arranqu. Con ella en la mano, separ  tientas los dos
barrotes y los met, envueltos en hojas del libro de misa, en la vaina
del sable. As sta abultaba ms.

Luego llev el banco delante de la puerta, saqu todo el brazo
izquierdo por el ventanillo, agarr la llave con la mano y le di dos
vueltas.

Como soplaba tan fuerte el viento, el ruido no se not.

Despus introduje por el ventanillo la vaina del sable atacada con los
dos barrotes y los papeles, y fu balancendola para ver si daba en el
cerrojo y llegaba  descorrerlo.

A la media hora de maniobra tuve que dejarlo. Estaba inundado de sudor
y  punto de caerme mareado.

Volv de nuevo  la faena. Me encontraba nervioso, convulso.

En esto llegu con un golpe casual  descorrer el cerrojo.

En aquel mismo momento se oy ruido en la escalera. Estuve escuchando
anhelante, con el corazn oprimido. Viendo que no suba nadie, empuj
la puerta, que chirri speramente sobre sus goznes, y de puntillas
sal al vestbulo.


EL GATO

A tientas llegu  la puerta de enfrente, donde haban encerrado  Lara.

Abr la llave y el cerrojo.

--Lara!--dije en voz baja.

--Quin es?--pregunt una voz desconocida.

--No ests aqu, Lara?--volv  preguntar.

--No.

--Pues, quin es usted?

--No sabe usted quin soy? Soy el Gato. Qu me quieren? Me quieren
fusilar?

--No. Yo soy Echegaray, que he salido del calabozo.

El Gato no saba quin era.

--Quin? Quin?--me pregunt.

--El Pisaverde que se ha escapado del calabozo.

El Gato se acerc  m en la obscuridad.

--Vamos, vamos--exclam con ansia.

--Y Lara?--le dije yo.

--Ayer le sacaron de aqu porque estaba enfermo.

El Gato quera bajar la escalera, pero yo le indiqu debamos subir al
desvn.

De puntillas llegamos arriba.

El Gato llevaba varios meses en el calabozo, y quiz por esto,  porque
era una especialidad suya, vea  obscuras, como un verdadero felino.
Cierto que haba una ligera claridad que entraba por los agujeros del
tejado. El Gato me indic dnde haba una puertecilla.

Avanzamos los dos por el desvn, tanteando, porque el suelo, de madera
carcomida, tena grandes boquetes. De no afirmar bien el pie, poda uno
desaparecer como por escotilln. Se oa el batir de alas de una lechuza
 de alguna otra ave que tena all su escondrijo.

Llegamos  la puerta y la abrimos. Daba  una escalera ruinosa. Fuimos
bajando sta con cuidado; las maderas, apolilladas, crujan  medida
que ponamos los pies en los carcomidos peldaos. Luego, los escalones
estaban hmedos, resbaladizos y rotos.

Terminamos la escalera, y al final encontramos una tabla que cerraba un
ventanillo. La empujamos y salimos  un estercolero. Este estercolero
tena una puerta cerrada con una tranca. El Gato se remang los
pantalones y, metindose en un lago de basura, lleg  la puerta y la
abri. Despus me quit yo las botas y las medias y pas tambin.

Salimos al huerto, abandonado y lleno de hierbajos. Me limpi las
piernas con unas hojas y me calc de nuevo. Escalamos la tapia, que no
era muy alta. Estbamos libres.

No haba hecho mas que saltar, cuando sent  Murat,  mi perro, que
me puso las patas en el pecho.

Le acarici y le segu. Fuimos tras l el Gato y yo, cruzando
matorrales, hasta encontrarnos  Ganisch, que esperaba con dos caballos
de la rienda.

--Cmo nos vamos  arreglar? Somos tres--exclam yo.

Ganisch me dijo en vascuence que dejramos al Gato; pero no me pareci
prudente.

El Gato, con nosotros, poda ser un auxiliar eficacsimo; en contra
de nosotros, constitua un gran peligro. Tanto como  l nos deba
importar su salvacin.

El Gato, vindome indeciso, dijo:

--Llvenme ustedes una hora  caballo hasta salir y alejarnos del
pueblo. Luego ir  pie.

Montamos Ganisch y yo, y el Gato en la grupa de mi caballo, agarrndose
 m. Ganisch me di una carabina y un sable.

Salimos de la carretera y comenzamos  marchar hacia Palacios de la
Sierra.

A un cuarto de legua del pueblo un centinela nos di el alto: Quin
vive? grit.

Ganisch pic espuelas, yo hice lo mismo, y los caballos se pusieron al
galope.


AL URBIN

Llevbamos media hora de marcha; habamos avanzado con gran rapidez.
La cuestin era ganar terreno. Al principio no tenamos ms idea que
alejarnos. Probablemente  la madrugada se daran cuenta de nuestra
fuga y comenzara la persecucin.

Desde Salas, mirando hacia Soria, se ven primero los cerros de la
Campia; detrs los montes de la Demanda y de Neila, y  la derecha el
pico del Urbin.

A la media hora de marcha el Gato me dijo:

--Pare usted, don Eugenio.

Par el caballo.

--Qu pasa?--pregunt.

--Voy  bajar del caballo de usted, que se est cansando, y montar en
el otro.

--Bueno.

El Gato di un salto, se agarr  la cintura de Ganisch y seguimos
nuestra marcha al trote.

Comenzaba  caer una ligera lluvia mezclada con nieve.

Seran las dos  dos y media de la maana, cuando el Gato me llam:

--Don Eugenio.

--Qu hay?

--Ustedes tienen algn sitio donde guarecerse?

--No.

--Qu van ustedes  hacer?

--Qu vamos  hacer! Huir, meternos donde podamos.

--Si entran ustedes en un pueblo estn perdidos.

--Y usted, qu ha pensado?

--Yo tengo un refugio. Una cueva que no la conoce nadie.

--La de Neila?

--No.

--La del Abejn, quizs?

--Tampoco. Esa ser la primera que registren. La ma es una cueva que
est en el sitio ms fro del Urbin. Como le digo  usted, nadie la
conoce.

--Pues vamos  ella.

--Me ha de dar usted una palabra, don Eugenio.

--Cul?

--De que el dinero que tengo all no me lo han de tocar, pase lo que
pase.

--Le doy mi palabra.

--Y su asistente?

--No lo har tampoco. No tenga usted cuidado.

--Entonces, vamos.

El Gato sigui alternando en un caballo y en otro hasta llegar  la
parte ms abrupta de aquellos montes. Entonces los tres seguimos 
pie. Comenz la maana, una maana nublada, fra, con rfagas de
viento cargadas de nieve; al medioda llegamos  un chozo de pastores,
abandonado, cubierto de ramas.

Tal era nuestra fatiga, que no pudimos comer nada. Tomamos un poco de
aguardiente que llevaba Ganisch en una calabaza y nos dispusimos 
seguir.

Por lo que dijo el Gato, desde el punto donde nos encontrbamos haba
una media hora hasta la cueva.

bamos  seguir adelante con los caballos, pero el Gato me hizo
observar que con ellos no se poda entrar en la cueva. Era, por lo
tanto, mejor dejarlos all.

Hicimos esto y avanzamos por entre la nieve. Marchbamos con grandes
dificultades por el lomo de un monte.

Al avanzar por l llegamos encima de la hondonada donde nace el Duero.

Desde el alto en donde nos encontrbamos se vean dos lagunas: la Negra
y la Helada; la Helada apenas se distingua por estar cubierta de
nieve; la laguna Negra, en cambio, en medio de la hondonada, pareca
una mancha redonda de tinta en un papel blanco.

Bajamos con grandes precauciones al borde de la laguna Negra. Era un
embudo de piedra, en cuyo fondo pareca dormir misteriosa el agua
inmvil aparentemente negra.


LA CUEVA

All no se vea resquicio alguno. Yo le mir al Gato como preguntndole
qu objeto poda tener al engaarnos as; pero l sacudi con su palo
la nieve y nos mostr una hendidura estrecha.

--Pasen ustedes--nos dijo.

--Pero se puede pasar por aqu?

--Pruebe usted.

Efectivamente, se poda pasar. Entramos Ganisch y yo; luego entr l.
Quedamos en una completa obscuridad. El Gato sac un eslabn y comenz
 golpear en el pedernal.

Saltaron las chispas alrededor de su cabeza, hasta que encendi la
yesca y vimos que al poco tiempo encenda un candil.

--Adelante, caballeros--dijo--. Estn ustedes en mi casa.

La entrada de la cueva era muy angosta y en pendiente. Bajamos por una
rampa resbaladiza y llena de musgo, que terminaba cortada  pico sobre
un pozo. Asomndose  ste, como por un balcn, se vea  treinta 
cuarenta pies un gran espacio ancho con la forma de una caldera.

A mano derecha de aquel balcn, donde terminaba la rampa, haba una
escalera en parte natural y en parte arreglada. El Gato me di la luz;
bajaron Ganisch y el, y luego baj yo.

Aquella sala profunda y casi circular daba la impresin de no tener
comunicacin alguna con el exterior. A pesar de estar el techo lleno
de estalactitas, haba poca humedad en ella; la temperatura era ms
bien templada, y el suelo de piedra calcrea. Dentro se oa como el
retemblor de una mquina.

--Qu es este ruido?--le pregunt al Gato.

--Es que por aqu se vaca la laguna Negra. En esta cueva tenemos agua.

Y marchando  un rincn, levant una tabla y puso al descubierto un
agujero por donde pasaba una gran corriente de agua metiendo un ruido
imponente.

Nos lavamos all mismo.

Despus, Ganisch, sac lo que le quedaba de pan y nos lo repartimos.

El Gato nos indic dnde haba un montn de paja; cada uno hizo su
cama y nos tendimos en ella. Murat se ech  mis pies.

Aquella noche yo dorm muy mal. Senta como la presin de todo el monte
en el pecho.

Por la maana tuvimos el gran susto; pareca que la entrada de la cueva
se haba cerrado.

No se filtraba ni un rayo de luz de fuera. Subimos la escalera y la
rampa  obscuras, y dejamos libre la boca de la caverna. Segua nevando.

Discutimos lo que haba que hacer. Marchar adelante era exponerse  ser
cogidos y fusilados; para quedarnos all nos faltaba alimento.

Al Gato fu al primero que se le ocurri la idea de matar  los
caballos y de comerlos. Al oirlo me opuse, pero luego me convenci.
Realmente, los dos animales se iban  morir de hambre y de fro.

Ganisch y el Gato hicieron de verdugos. Despus de muertos los dos
caballos los enterraron en la nieve, para conservar la carne,  pocos
pasos de la laguna Negra.

Desde aquel da comenzamos  comer caballo; al principio con algo de
pan, luego sin pan.

Entregados  la alimentacin hipofgica, estuvimos ocho das aguantando
la borrasca. Todas las maanas abramos la boca de la cueva, que se
cerraba por la noche con la nieve.

Al noveno da ces el temporal y comenz  helar; el piso fu
ponindose duro; ya se poda andar sobre l.

Hicimos una expedicin imprudente para reconocer los alrededores.
Haba una cornisa de piedras que parta de la entrada de la cueva,
en el mismo borde de la laguna Negra, por el cual se poda avanzar y
retroceder sin dejar huella en la nieve.

Por all salimos y nos alejamos.

Encontramos cerca de un chozo, en un pino alto, unas tablas de rama 
rama, y en ellas varios panes y quesos.

Volvamos satisfechos de nuestro hallazgo, cuando Murat comenz 
gruir; le agarr yo del collar y le sujet para que no avanzara ni
ladrase.

Se oa hablar  poca distancia.

Nos escondimos en una depresin de la nieve y unos minutos despus pas
un pelotn  caballo de tropas de Merino, mandadas por el Jabal.

Sin duda iban  ver si nos habamos refugiado en los poblados de
Quintanarejo  de Santa Ins.

Cuando cruz el pelotn, volvimos  la cueva con nuestras provisiones,
decididos  no salir de da hasta que no hubiesen pasado de vuelta los
ginetes.

Ya me figuraba yo que el Cura haba de hacer todo lo posible para
averiguar nuestro paradero.

Al da siguiente salimos de la cueva de noche y vimos huellas recientes
de la patrulla que retornaba de su expedicin.

Despus ya no se volvi  ver ninguna otra huella por all mas que la
de los lobos, que olfateaban la carne de caballo enterrada en la nieve,
cerca de nuestra cueva.


VIDA TROGLODITA

En los das posteriores exploramos la caverna.

Haba en un rincn dos sepulcros antiguos que tenan la forma de un
trapecio geomtrico, al cual se le uniera un crculo en el lado ms
largo de los dos paralelos. Yo saba que stos eran sepulcros, porque
me haban enseado otros iguales tallados en piedra en Duruelo, detrs
de la iglesia, y en Covaleda, en un pozo que llaman de San Milln.

El Gato haba abierto una de las tumbas, pero no encontr en ella ms
que tierra y ceniza.

En esta poca de vida troglodita, el Gato y Ganisch manifestaron
grandes condiciones para la vida salvaje.

Hicieron cucharas, tenedores y vasos con trozos de madera y dos
cuchillos con el bocado de un caballo. Yo me arregl una hamaca con las
correas de los arneses, para no dormir en el suelo, porque comenzaba 
tener nuevamente dolores reumticos.

Decidimos esperar  que se serenara el tiempo definitivamente; mal 
bien, podamos aguantar all.

Todos los das salamos de caza, y cogamos lobos y zorros en trampas
que pona el Gato.

Tambin llevamos en un trineo hecho con palos una gran cantidad de
hierba seca que encontramos en una tenada de pastores.


POR LA NIEVE

A mediados de Enero comenz el buen tiempo, acompaado de un fro muy
grande.

Entonces decidimos la marcha. El da anterior subimos al pico del
Urbin para orientarnos bien.

Desde lo alto se vea una niebla larga que segua el cauce del Duero;
en medio de la niebla azulada se destacaba el castillo de Gormaz sobre
un cerro, como una isla en medio del mar.

Cerca se abran las gargantas de Santa Ins y el Hornillo.

Hacia el lado de Aragn se erguan las masas del Moncayo y Cebollera
que separan las vertientes del Ebro y del Duero, la sierra de Pealara
de Burgos, Quintanar, Duruelo y la meseta de Carazo, desnuda y pelada.

Muy vagamente al Este se divisaba la sierra de Albarracn, y con ms
vaguedad an, hacia el Norte, los Pirineos.

Yo me di cuenta bastante clara de la disposicin de las montaas
prximas y de los caminos,  hice un pequeo plano para orientarme.

Comimos en el pico del Urbin; por la tarde bajamos  nuestra cueva,
dormimos en ella, y al da siguiente nos preparamos para la marcha.

Nos untamos las botas con grasa de caballo, y con las mantas hicimos
tiras para envolvernos las piernas. Parecamos unos esquimales.

Yo me quit parte del forro de la chaqueta, que era de tela negra, y
me lo puse como una venda en los ojos.

Recordaba haber ledo en un libro de viajes que la claridad de la nieve
produce oftalmas. Ganisch y el Gato se rieron al verme; pero por la
noche me dieron la razn, porque tenan los dos los ojos irritados y
doloridos  consecuencia del resplandor de la nieve.

Por la maana salimos del Urbin; al medioda cruzamos por Duruelo, sin
entrar en el pueblo, y seguimos hasta Covaleda, en donde dormimos en
una tenada de pastores.

Pasamos con gran rapidez al da siguiente la garganta de Covaleda,
hasta llegar  Salduero.

Media hora despus aparecamos por una honda calzada en Molinos de
Duero.

A un lado y  otro de Molinos asomaban casas arruinadas con viejos
escudos nobiliarios. No haba nadie en la aldea.

Seguimos adelante. El tiempo cambiaba; el cielo se iba poniendo triste
y obscuro.

De Molinos marchamos  Vinuesa, pueblo que antiguamente se llamaba
Corte de los Pinares, asentado en un valle ancho, con sus tejados rojos
y su iglesia negruzca. En el camino comenz  llover. La nieve iba
deshacindose en el campo.

Entramos en Vinuesa, preguntamos por una posada y nos indicaron una
que tena un soportalillo en la puerta. Comimos, y al ir  pagar yo me
encontr con que el dinero que tena no me llegaba para el gasto hecho
por Ganisch y por m.

Ped al Gato lo que me faltaba, y ste me dijo que no me daba un cuarto.

--Pero hombre, no sea usted as! No ve usted que si no pagamos al
posadero puede mandarnos prender.

--Que haga lo que quiera; yo no pago.

Llam al posadero, y aunque era un to muy bruto, se avino  razones.

Disimul la incomodidad y el deseo de darle dos palos al Gato, y
seguimos los tres la marcha.


EL GATO EN LA TRAMPA

Ganisch, el Gato y yo nos pusimos en camino hacia la Muedra. bamos
calados por la lluvia, marchando  travs de un campo llano cubierto de
pinos.

Encontramos un zagal. Le preguntamos si haba cerca un puente para
cruzar el Duero, que traza all una curva, rodeando el valle de
Vinuesa, y nos mostr un vado.

Atravesamos el ro vestidos. El camino, pasado el Duero, suba en
cuesta por unos descampados; yo le vea  Ganisch con la cara fosca que
pona cuando estaba furioso y tramando algo.

Llova cada vez ms.

Llegamos  una antigua ferrera abandonada y all nos refugiamos.

Salimos al campo  cortar estepares y matorrales. Pensbamos hacer
fuego.

Estaba buscando lea, cuando me dijo Ganisch en vascuence:

--Oye.

-Qu!

--A ste le voy  atar yo y le vamos  quitar el dinero.

--Pero, hombre!...

--No hay ms remedio. Con que no te duermas.

--Bueno.

Realmente era lo mejor, porque si no el Gato nos iba  exponer  que
nos cogieran.

Volvimos  la ferrera abandonada  hicimos fuego. No tenamos que
comer. Nos echamos en el suelo con las piernas hacia la llama.

El Gato tard mucho en tumbarse; quizs tema  sospechaba algo.
Ganisch haca que roncaba perfectamente. Por fin se tendi el Gato.
Ganisch se irgui, me mir, y lanzndose sobre l, le tap la boca con
la gorra. Yo, inmediatamente, le sujet los brazos, y con un pedazo de
venda que llevaba arrollada en las piernas, le at.

El Gato no resisti. Tena un estoicismo extrao. Viendo que no le
queramos matar, quiso parlamentar con nosotros, pero Ganisch no acept.

--No, no--dijo, y con razn--. Eres capaz de denunciarnos por unos
maravedises. Llevaremos tu dinero y te dejaremos aqu.

--No--agregu yo--. Tomaremos lo necesario, nada ms. No somos
ladrones. Con dos onzas nos bastan.

--Dos onzas! Dios mo!--gimi el Gato.

--Eres un asqueroso avaro--le dije yo--. Te he libertado de la crcel,
y aun as me niegas unas pesetas.

Ganisch le desat el cinturn donde guardaba su tesoro, y yo cog dos
onzas y otras monedas pequeas.

--Bueno; ahora pnselo otra vez.

Ganisch le at de nuevo el cinturn.

Hecho esto le dejamos al Gato bien sujeto y tendido sobre un montn de
paja.

Salimos de la ferrera y pasamos por la Muedra, un lugar desierto con
unos cuantos casuchos.

Seguimos andando de noche, hasta que se present la maana, triste,
lluviosa.

Al medioda encontramos un carro de bueyes. Dijimos al boyero que
ramos espaoles prisioneros de los franceses, que habamos logrado
escapar. El boyero nos di un poco de pan y nos dijo que debamos
seguir  Cidones.

Al anochecer de este da bamos tan cansados, que decidimos pedir
auxilio  cualquier destacamento francs que encontrramos.

El cansancio y la molestia eran enormes.

Marchbamos de noche perdidos, cuando topamos de pronto con una
ermita abandonada. Se la vea  la luz de la luna con su cruz y su
soportal, en cuyo fondo brillaba una lmpara de aceite iluminando  un
Cristo. Adosada  la ermita haba una casa pequea con dos ventanas y
una puerta. Llamamos. Sali  abrirnos un viejo ermitao, barbudo y
tembloroso,  quien yo cont lo que nos pasaba.

El viejo nos llev al lado de la lumbre, y nos di pan y una jarra de
leche.

El ermitao hizo algunas reflexiones acerca de la guerra y de las
maldades de los hombres; pero viendo nuestro cansancio dej de hablar
y nos indic que nos tendiramos cerca del fuego en dos sacos de paja.
As lo hicimos mientras l qued rezando.

A la maana siguiente, al preguntarle al ermitao lo que le debamos,
nos dijo que nada, y que si queramos, podamos quedarnos con l hasta
que mejorara el tiempo.

Le dimos las gracias, pero le dijimos que nos era indispensable llegar
cuanto antes  Soria.

El ermitao nos indic un panadero de un pueblo prximo, que alquilaba
caballos; le buscamos, y con un tiempo seco y fro, salimos camino de
Soria, adonde llegamos por la tarde.

Fuimos  la posadilla de la Merced, el primer parador que encontramos
 mano. La moza nos hizo pasar  la cocina, grande y alta, con una
plataforma con barandado de madera encima del fogn, y all mismo nos
reconfortamos con el calor de la cena y del fuego.

Trabamos conversacin con dos hombres de Villaciervos que parecan
pastores de nacimiento, con sus capas blancas y su capucha, y stos nos
dijeron que el cura Merino estaba en aquel momento cerca de Burgos.

Al da siguiente salimos  la calle y compr ropa para Ganisch y para
m.

La impresin que me hizo el lavarme con jabn, el vestir ropa limpia y
el acostarme en una cama, fu extraordinaria.

Me parecieron estas cosas que en la vida ordinaria no se estiman el
refinamiento ms exquisito y sibartico de que puede gozar un hombre.




EPLOGO


Puesto que quieres saber lo que hice despus de llegar  Soria--me dijo
Aviraneta--te lo contar.

Pocos das ms tarde, Ganisch y yo salimos en una galera para Madrid.

Ganisch estuvo en mi casa unas semanas y luego se march  Irn. El
granuja de l,  pesar de que no me lo dijo, se haba quedado con
algunas onzas del Gato.

Yo, acostumbrado  la vida de merodeador, no me hallaba en Madrid 
gusto.

Tampoco tena con quien hablar. Los afrancesados y la gente de
mis ideas, huan de Espaa. Se haba despertado un entusiasmo
extraordinario por el rey, y por todas partes se cantaban canciones en
honor de Fernando, Ay, Fernando mo! Ay, dulce esperanza!

Tanto cario por un miserable canalla como aqul, que mientras los
espaoles se mataban por su causa, felicitaba  Napolen, era cosa que
daba asco.

Yo, disgustado de todo, no quera ver  nadie.

Por las maanas me acordaba de la sierra, del canto de los pjaros en
el follaje, del murmullo del agua en el regato, de nuestras marchas y
contramarchas...

Senta un aburrimiento terrible, no poda vivir. Me pareca que la
luz del mundo haba sufrido un eclipse, y que me encontraba en una
penumbra. Sola andar por los alrededores con mi perro, pensando en
nuevas empresas.

No dije nada  mi familia de lo que me haba pasado, y pretext que el
cura Merino se haba mostrado poco propicio  reconocerme los grados.

En Madrid, por entonces, haba calma.

Los dos ejrcitos regulares, el aliado y el francs, se preparaban 
luchar en el Norte.

Cuando en Junio se supo el xito de la batalla de Vitoria, hubo gran
satisfaccin en todo el pueblo. Ya el final de la guerra se vea
prximo. Comenzaba la poca de los regocijos y recompensas.

Otros muchos, no con ms mritos que yo, eran capitanes, comandantes,
coroneles.

Yo poda haber sido capitn  los veintin aos, y no era nada.

Por el contrario, estaba expuesto  que alguien me denunciara.

Pens varias veces en escribir al Empecinado, y ver si en sus filas
poda resarcirme de alguna manera del tiempo perdido; pero por esta
poca las partidas de guerrilleros no tenan ocasiones de lucirse.

Me present  la seora de Arteaga, para ver si ella, con su
influencia, poda arreglar mi asunto.

Doa Luisa, muy partidaria ma, me prometi hacer todo lo posible para
conseguir mis deseos. Despus, me habl de su hijo Ignacio.

Ignacio estaba enfermo en un depsito de prisioneros de
Chalon-sur-Sone, y por las cartas que escriba se encontraba mal, en
un estado de tristeza y de postracin lastimoso.

Doa Luisa hubiera querido enviar alguno  Chalon, para ayudar 
escapar  su hijo; pero en aquel momento no tena medios, ni persona de
confianza  quien encomendarse.

--Si yo tuviera dinero...--dije.

--Qu?

--Que ira sin ningn inconveniente.

--De veras, Eugenio?

--S.

--Pues dentro de ocho das tendrs dinero.

--Pues nada, ir yo.

Recomend  doa Luisa que no hablara del proyecto  mi familia.

Al cabo de una semana, doa Luisa me llam y me dijo que, respecto  mi
rehabilitacin como oficial, no se poda conseguir nada,  no ser que
Merino diera un informe favorable, cosa imposible; lo nico que pudo
conseguir es que libraran  mi nombre un certificado de haber servido
como voluntario en las guerrillas espaolas.

Esto haba que darlo por terminado. Doa Luisa me indic que unos das
despus tendra el dinero suficiente para el viaje.

Hice mis preparativos, dije en casa que me llamaban de nuevo del
escuadrn, y con la bolsa bien repleta me puse en camino de Francia.


FIN DEL ESCUADRN DEL BRIGANTE


Madrid, Junio 1913.




NDICE


                                              _Pginas._

  PRLOGO: Aviraneta                                   5


  LIBRO PRIMERO

  NUESTRA SALIDA DE IRN

     I.--El teofilntropo                             19

    II.--Sorpresa                                     25

   III.--Vacilacin                                   33

    IV.--Encuentro                                    39

     V.--En Burgos                                    47

    VI.--La conjuracin                               57

   VII.--Lerma y Covarrubias                          63

  VIII.--La reunin en San Pedro de Arlanza           67

    IX.--Los preparativos                             73


  LIBRO SEGUNDO

  LOS GUERRILLEROS

     I.--El Brigante y sus hombres                    81

    II.--Ms tipos del escuadrn                      93

   III.--El cura Merino, de cerca                    103

    IV.--Los primeros combates                       111

     V.--La vigilancia del cabecilla                 117

    VI.--Ardides y emboscadas                        127

   VII.--Barbarie decretada                          135


  LIBRO TERCERO

  DEL AO 9 AL AO 10

     I.--Nuestros refugios                           141

    II.--Un episodio de la vida del Tobalos          147

   III.--Una gran presa                              159

    IV.--A marchas forzadas                          169

     V.--Diligencia y pereza                         173

    VI.--La caballera enemiga                       177

   VII.--Descontento                                 183


  LIBRO CUARTO

  LA EMBOSCADA DE HONTORIA

     I.--Doa Mariquita la de Barbadillo             189

    II.--La coquetera de Doa Mariquita             199

   III.--Disposiciones de Merino                     207

    IV.--El francs teatral                          215

     V.--El portillo de Hontoria                     223

    VI.--Nuevo ataque                                229

   VII.--Despus del combate                         245

  VIII.--Persecucin del coronel                     257

    IX.--El parte de Aranda                          267


  LIBRO QUINTO

  NUEVAS EMPRESAS

     I.--La partida crece                            273

    II.--La mujer de Martinillo                      279

   III.--El director, denunciado                     281

    IV.--El juicio                                   289

     V.--En el desfiladero de Pancorbo               297

    VI.--Las nueces                                  301

   VII.--Mac-ben-Ac                                  305


  LIBRO SEXTO

  NOTICIAS DEL MUNDO

     I.--Encuentro con dos damas                     311

    II.--En Madrid                                   321

   III.--Van-Halen y las logias                      327

    IV.--De vuelta                                   337

     V.--La nia                                     345


  LIBRO SPTIMO

  A SALTO DE MATA

     I.--Fermina la Riojana                          353

    II.--La hija de Martinillo                       359

   III.--El desafo                                  363

    IV.--La denuncia                                 367

     V.--La evasin                                  371


  EPLOGO                                            401





End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Accin: #2 El
Escuadrn del Brigante, by Po Baroja

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Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation information page at www.gutenberg.org


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at 809
North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887.  Email
contact links and up to date contact information can be found at the
Foundation's web site and official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit:  www.gutenberg.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For forty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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