The Project Gutenberg EBook of Ruecas de Marfil, by Concha Espina

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Title: Ruecas de Marfil

Author: Concha Espina

Release Date: January 26, 2015 [EBook #48081]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RUECAS DE MARFIL ***




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RUECAS DE MARFIL




OBRAS

DE CONCHA ESPINA


LA NIA DE LUZMELA (novela). Segunda edicin.

DESPERTAR PARA MORIR (novela). Segunda edicin.

AGUA DE NIEVE (novela). Segunda edicin.

LA ESFINGE MARAGATA (novela). Segunda edicin.

  Obra premiada por la Real Academia Espaola.

LA ROSA DE LOS VIENTOS (novela). Segunda edicin.

AL AMOR DE LAS ESTRELLAS (Mujeres del _Quijote_).

RUECAS DE MARFIL (novela). Segunda edicin aumentada.

EL JAYN (drama en tres actos).




  CONCHA ESPINA


  RUECAS
  DE MARFIL

  (NOVELAS)


  (SEGUNDA EDICIN AUMENTADA)


  MADRID
  EDITORIAL PUEYO
  Calle del Arenal, 6.
  1919




ES PROPIEDAD


Imprenta Helnica.--Pasaje de la Alhambra, 3.--Madrid.




RUECAS DE MARFIL


_Nodrizas de nuestros sueos, hilanderas de nuestras vidas,
melanclicas hadas que acompais nuestros pasos desde la cuna al
sepulcro: dadme las ruecas de marfil con que sabeis transfigurar las
cosas vulgares, los destinos crueles, los dolores mudos, en gloriosas
urdimbres, en doradas hebras de ilusin y de luz._

_Discpula vuestra soy: por las rutas sombras de este valle de
lgrimas, absorta en mi noble vocacin de poeta, voy recogiendo en el
camino todo aquello que la realidad me ofrece, para guardarlo con
ternura en mi corazn y tejerlo, despus, en mis fantasas._

_Nada desprecio por trivial y menudo que sea. En una gota de agua se
cifra todo el universo. Abejas hacen la miel; con barro se fabrica el
bcaro. Tosca y ruin es, casi siempre, la realidad, como el copo de
lino, como el velln de lana, como el capullo de seda sin hilar; pero
esa materia ruda se convierte en estambres luminosos, en delicados
fililes, cuando la imaginacin y el arte, que son las hadas benficas
de los hombres, la toman, la retuercen y devanan en sus ruecas
invisibles de marfil._

_Con ms rstico instrumento hil en este libro unas pobres vidas de
mujer, humildes y atormentadas vidas, cuyo obscuro y resignado dolor
tuvo en mi corazn ecos muy hondos, Luisa, ngeles, Irene, Marcela,
Taln, bellas y desventuradas criaturas que un da pasasteis junto a
m llorando y sonriendo, bajo la pesadumbre del destino! Pobres vidas
fugaces, rosas al viento, naves en el mar!_

_Acaso, lector, preferiras que te contase historias ms felices,
invenciones alegres, soleados romances de un dichoso pas, donde las
flores no se marchitan nunca. Mas ya dije que cuento vidas de mujer..._

_Qu culpa tengo yo si la realidades amarga, si hasta la imaginacin,
lo mismo que el sentimiento, suelen padecer melancola?_

_Pero si estas novelucas te parecen demasiado tristes, si te conmueven
hasta hacerte sufrir, piensa, al cerrar el libro, que no son ciertas,
que fueron soadas. No dicen (y dicen bien) que la vida es sueo? No
son tristes todos los sueos al despertar?_

_Las cosas del mundo, para quien tiene piedad, son harto melanclicas.
La vida, para quien sabe de dolor, es algo a la vez hermoso y duro,
plido y sugerente, como el marfil de las ruecas con que las hadas
tejen nuestros sueos, hilan nuestras vidas y urden, al cabo, nuestras
mortajas._




NAVES EN EL MAR




I

EL FIORDO ANDINO


Habamos llegado al Estrecho de Magallanes, y el _Orcana_ se atreva,
lento, sobre las aguas misteriosas...

Al penetrar entre el cabo de las Vrgenes y la punta del Espritu
Santo, las tierras son cndidas, verdes, sin rboles ni rocas; y
contrastando con esta mansedumbre, el mar inquieto, movido, oculta
bajo la ondulante marea el agudo pual del arrecife. Luego el paisaje
se ensoberbece: medran las montaas hasta las nubes y ruedan hasta
el mar peas y cerros formando canales y lagos. Aqu el agua es
calmosa, esttica, profunda: surgen de ella negros cantiles, adustos
y violentos; escarpados montes con la toca de nieve y la falda
selvosa; islas y valles de original belleza; archipilagos; istmos;
pennsulas, que dilatan la vertiente occidental de los Andes en un
fiordo gigantesco y magnfico, para cortar la punta del continente
sudamericano. Las praderas y los glaciares, el granito y el musgo, la
nieve y la flor, el roble y el tremedal, cuanto hay en la Naturaleza
ms diverso y contrario, ms distante y enemigo, se une con terrible
hermosura en esta maravilla del mundo que Magallanes descubri para
Espaa un da pretrito y glorioso.

Pasin de la raza y amor de la tierra me poseyeron en la ruta escabrosa
y admirable, donde el misterio y el peligro navegaban a nuestro lado.
Yo saba que en la dulcedumbre de la corriente y el encanto de los
hocinos acechaban el escollo y el temporal, siempre ocultos en aquella
intrincada estrechez, y pensaba, con asombro entraable, con altsimo
orgullo, en los exploradores hispanos, los primognitos de la Humanidad
en el antiguo _Mar de las Tinieblas_, que lucharon a veces hasta
noventa das en las desconocidas angosturas del Estrecho, con leves
naos inseguras, audaces las velas latinas, el aparejo de cruz y la cruz
en el trinquete...

Yo tambin iba de exploraciones por el gran fiordo andino: nia y
triste, a miles de leguas de mi patria, el mar, el cielo y el monte
me producan una desgarradora impresin de soledad. Por primera vez
adiestraba mi vida para la lucha torva y callada frente al destino,
y la fecunda semilla del sufrimiento hencha dolorosamente la pobre
tierra virgen de mi corazn.

Quiso un designio providencial que durmiesen los temporales en las
hoces y nos siguiera desde Europa el viento amoroso de la bonanza.

Y despus de cien millas de apacible navegacin por el Estrecho, entre
mansa ribera, cuando ya los montes se levantaban y el glaciar y el
cantil aparecan, un largo anochecer decembrino nos llev al refugio de
una ensenada, donde era menester pasar la noche. Hallamos buen tenedero
bajo el agua transparente y muda, tan cerca de la margen vecina, que el
capitn del buque, adornado de una cortesa britnica muy complaciente,
nos permiti desembarcar a unos cuantos pasajeros curiosos.

Ya se abra en el cielo la divina rosa de un plido plenilunio, cuando
volvimos de nuestra visita a la solitaria tierra patagona. Habamos
hurtado a su secreto raras piedras, tmidas flores y peludas araas de
color de rosa, inofensivas y cobardes: todos seres humildes, llenos de
alma.

La quietud de la marea pareca el cristal de unos ojos muertos donde
soara el paisaje milagroso bajo el hechizo del silencio y de la luna.
Un inefable resplandor austral exaltaba en el cielo el vaivn luminoso
de los astros, y en la sublime escritura de las constelaciones la Cruz
del Sur deca su leyenda polar, clavada como seuelo en el profundo
corazn de la noche...




II

PRESENTIMIENTO


Yo tena a bordo una protegida, linda joven montaesa que me estaba
recomendada desde Santander, y que en estado de prxima maternidad iba
a Chile para reunirse con su esposo, residente en Concepcin.

Todos los das visitaba yo a Luisa en su departamento de tercera y la
obsequiaba muchas veces con golosinas que en los barcos no llegan ms
que de limosna hasta los pasajeros pobres.

Mi paisana era una dulce y graciosa mujer de belleza tranquila un poco
triste, de esas criaturas melanclicas que a menudo sonren y a menudo
miran al cielo; tena dorados los ojos y el pelo rubio; moreno el
color; la boca expresiva; cntabra la tristeza del semblante.

Solamos hablar juntas de nuestra familia y de nuestro pas, apoyadas
en la borda, contemplando la estela hirviente del buque y la fuga
imaginaria de los horizontes; el paisanaje y la juventud nos unieron
desde la costa nativa con lazo cordial, lleno de mutua compasin.

Se expresaba la moza con la peculiar finura de las campesinas
montaesas, por lo comn inteligentes y un poco ilustradas. Pronto
me cont su historia, breve y apacible, alterada nicamente por las
aventuras de la emigracin; hija de labradores acomodados, se cas con
el nico novio, un artista humilde, tan buen mozo como trabajador,
que seducido por halagadoras promesas de bienestar haba emigrado
unos meses antes, y ya la llamaba impaciente, en la certeza de una
vida feliz, para esperar juntos al hijo que iba a nacer. Acaso todas
las inspiraciones del amor no hubieran decidido a Luisa a emprender
sola y delicada aquel viaje penoso. Pero la casualidad favoreci
oportunamente los planes del marido, deparando a la joven una buena
compaera de expedicin, de su misma vecindad, una mujer que ya conoca
las penalidades del barco y que volva a reunirse con sus hijos,
residentes, tambin, en la Repblica de Chile. Y Luisa sali de casa de
sus padres confiada a los cuidados de Ins, maosa viajera que haba
mirado por la joven con desvelo carioso.

Duro era el camino para la moza. Las molestias de su estado, aumentadas
con el trastorno de la travesa, la hicieron sufrir mucho, por ms que
Ins de cerca, y yo un poco ms de lejos, la ayudamos a sobrellevar
las horas. Algn alivio tuvo en las aguas tranquilas del Estrecho, y
cuando el buque dej el seno aplacerado junto a la cordillera, cobijo
de nuestra primera noche andina, fu a buscar a mi paisana, deseando
que gozase conmigo, como el da anterior, la novedad majestuosa del
paraje.

A media marcha, previsores contra el peligro de una varadura, nos
habamos puesto a navegar con el repunte de la marea. Avanzaba la
maana con sigilo, detrs de un largo amanecer, lleno el paisaje de
una luz glacial. Hasta bien entrado el da se deshoj en el agua,
palpitante, el fulgor de las estrellas; despus el cielo se cubri de
nubes claras y luminosas, trasfloradas por el sol, mientras el fro se
dejaba sentir con viva intensidad.

Cuando atraves el puentecillo entre ambas cmaras para visitar a
Luisa, la hall sobre cubierta, mirando fascinada la aparicin de unas
islas primorosas sobre las cuales la fatalidad haba sembrado multitud
de cruces, protectoras, al parecer, de otras tantas sepulturas.

Quedamos suspensas delante del original cementerio, que se nos apareca
como fantstica evocacin de una tragedia en que el dolor y la piedad
hubiesen querido florecer. Nuestros ojos no saban apartarse de
aquellas tumbas rodeadas de flores silvestres, cuya variedad hermosa
haca pensar en un prodigioso cultivo de encantamiento. Muchas cruces
tenan inscripciones, monogramas o leyendas en diferentes idiomas y
trazados con distintos colores; varias tendan sus brazos piadosos
sobre el rstico rastel en forma de lecho. En una lemos _Carmen_; en
otra, _Mara_: dos bellos nombres de espaolas.

Ya la visin alucinante se alejaba cuando Luisa se estrech contra m,
trmula, con el dulce rostro demudado por un espanto loco. No supe
qu decirla, porque su emocin extremada me dej confusa, y quise
distraerla sin poder lograrlo; el plantel de cruces haba desaparecido
y an la moza temblaba presa de fatdico terror.




III

LAS AVES NUEVAS


Estbamos a la altura de Cabo Negro. La pizarra y el escarpe suban
con mpetu bravo desde el mar hasta las cumbres, casi celestes, de la
cordillera. Sobre los bizarros bosques y los tremedales hmedos pasaba
el viento silencioso, como si llevase las alas entumecidas. Las nubes,
ligeras, traspasadas de claridad, seguan rodando en un cielo apacible,
y el fro, hecho nieve en las cimas orgullosas, caa de lo alto con la
luz.

Atravesbamos ya el territorio de colonizacin que en esta parte del
Estrecho esparce con timidez granjas, haciendas y pastoras entre ambos
lados de la costa, bajo el auxilio de la capital, Punta Arenas, en cuyo
puerto debamos dormir aquella noche.

Cruc otra vez el barco para buscar a Luisa, y la encontr ms serena
que en las primeras horas de la maana. Sin duda la vecindad de los
colonos fueguinos y patagones era menos triste que la del archipilago
convertido en osario. Atenda la moza a las novedades del camino y se
maravillaba de ellas con mucho inters, aunque en su rostro quedase
atenuada la sonrisa habitual.

Haban aparecido las aves nuevas para nosotras. Los albatros, blancos
y enormes, con las alas rpidas, negras, finas y agudas, el pico de
alfanje, dorado y voraz, los ojos siniestros, el grito aullador:
perseguan en bando la estela del navo, poniendo en las aguas
translcidas la rauda sombra de su vuelo gentil. Los aptenodites,
mansos, hambrientos, _pjaros nios_, segn los exploradores hispanos
les llamaban por su torpeza y candidez, acudan a millares al ras
de las olas, en humilde actitud. Y por fin, el cndor, el buitre
colosal de los Andes, llegaba complaciente hasta el pie de la escarpa
inaccesible donde tena su nido. Era el macho, seero, curioso y
avizor, que nos miraba desde la orilla con los ojos pintados de carmn,
hispido el plumaje negro y azul. Tena el pico torvo, la cabeza gris;
al cuello un soberbio collar de albsimas plumas. Estuvo un rato
inmvil en la ribera, despus tendi las alas con breves sacudidas,
abiertas las rmiges obscuras en un ancho abanico, y, de pronto, subi
en una serensima espiral, tensa y firme, sin un estremecimiento,
ms all de la regin de las nubes, hacia el glorioso camino de las
estrellas...

Poco ms tarde una piragua con indios de la marina se acerc al buque
pidiendo limosna. Voces agrias, como graznidos de aves agoreras,
subieron a gemir desde la navecilla donde aquellos seres humanos,
fornidos y desnudos, salvajes y mseros, acechaban el paso de la
civilizacin.

Eran los hombres ignotos hasta que Espaa quiso, los habitantes del
_Mar de las Tinieblas_, de la Tierra del Fuego, del Nuevo Mundo: la
pobre niez de la Humanidad, criaturas nuevas en los ciclos redentores
de la vida, almas infantiles, sin historia ni purificacin... Diles el
_Orcana_ un despojo de las cocinas, como a los _pjaros nios_, y se
alejaron, felices, los pedigeos, tendidas en los hombros las pieles
de guanaco, adornada la estrecha frente con plumas de and...

A Occidente el paisaje se arrecia cada vez ms: grandes masas de
granito, obscuras selvas de robles, hondas marismas, cumbres ingentes:
fluyen los esteros en las hoces, se agachan las nubes en el cielo, y
una lluvia fina y polvorosa comienza a caer.

La prematura noche no se sabe si baja de las cimas o sube de la mar.
Envueltos en el agua turbia y en la luz gris, arribamos a Punta Arenas,
donde el grao pone sobre la mansedumbre de las olas una siniestra
franja de arenal. Se ha roto la cortina de las nubes y tiene la luna un
aciago fulgor...




IV

COSTA INCLEMENTE


Al amanecer dejamos el fondeadero de Punta Arenas, con rumbo a
Occidente, y una larga pennsula, rodeada de cerros bajos, nos obliga a
dar la vuelta por el puerto del Hambre, en la Tierra del Fuego, rozando
la anchurosa baha Intil.

Ahora el temeroso camino est empapado en una de esas trgicas
soledades que hacen sentir la eternidad. El viento ha levantado las
alas bajo el celaje oscuro, y el mar se inquieta amenazador.

Para calmar los temores de algunos pasajeros dcese a bordo que nuestro
buque, bien armado de recio blindaje, curtido en aventuras marineras,
se defender con valenta contra los escollos y el temporal.

Me conmueve la inquietud de Luisa, que se refugia a mi lado, callada
y triste, inmvil la mirada sobre el estremecimiento de las olas.
Acerca de su salud responde hoy con mucha timidez, y como el semblante
demudado la delata, consigo que me confiese el nuevo malestar que le
aqueja desde anoche.

Acude Ins a decirme sealando a la moza:

--Est mala y no quiere acostarse.

Ella me mira con angustia, como si yo pudiera remediarla, y nos
quedamos indecisas las tres, hablando con los ojos un mudo lenguaje
compungido.

Pero ya la reciedumbre del viento nos impide continuar sobre cubierta;
crece el furor de la marejada y el fro polar cuaja en nieve unas
gotas de lluvia escapadas del nublado.

Es preciso que Luisa baje a su camarote y se cuide bien todo el
da; sus manos arden y un temblor febril la sacude. Convertida en
su protectora no la dejo sin prever cuanto pueda necesitar. Hay un
inocente orgullo en la satisfaccin con que atiendo a mi paisana, yo,
ms nia que ella, y tan insignificante persona fuera de este barco y
lejos de esta ocasin. El actuar de Providencia me engre con heroicos
impulsos; quisiera en este momento salvar a Luisa de un grave peligro:
que sobreviniese un naufragio y dar en l mi vida por la suya... Mi
vida vale tan poco...!

Voy pensando en raras penas inconsolables, mientras cruzo con
precauciones el navo, ya crujiente bajo el azote de la borrasca. Los
marineros trincan a bordo cuanto el mar puede barrer, aseguran las
escotillas y las ventanas, trajinan y se apresuran cuidadosos frente
al enemigo. Esta faena, la sbita retirada de los pasajeros y el aire
azorado de algunos que tropiezo en los pasillos, anuncian que, por fin,
nos alcanza una de esas tempestades crueles en el Estrecho, ocultas con
felona en la soberana majestad de escobios y canales andinos.

Tengo el camarote sobre cubierta. Me encierro en l a solas; me subo al
sof para acercarme al vidrio redondo y firme de mi ventana, y con un
vago sentimiento de curiosidad y de emocin, miro y escucho, sin miedo,
como quien asiste a un espectculo desconocido y sorprendente, en el
que nada arriesga.

Todava costeamos la pennsula donde Sarmiento de Gamboa quiso ofrecer
a Espaa la ciudad del rey don Felipe, no lejos de la del Nombre de
Jess; tierra inhospitalaria que vi morir a sus fundadores, y en la
cual, desde aquellos das hazaosos, ningn esfuerzo humano prevalece.
No distingo la costa aunque s que la tengo delante: aguas y brumas
tienden un cendal espeso en mi horizonte.

Suben ya por la borda los salivazos de la marejada y una luz siniestra
araa las nubes. Todo el barco se estremece jadeante, en pugna con la
tormenta. El primer oficial da sus rdenes en el puente, guarecido al
socaire de sotavento, y la marinera azoca los cabos y ligaduras, va y
viene, trepa y corre, vibrante como el buque.

Bajo de mi observatorio porque los golpes de mar, continuos y
crecientes, me obligan a ms fcil postura. Sin conseguirla, aguardo
que pasen las malas horas, mecida por tremendos balances, asordada por
rumores furiosos.

Nadie acude a la llamada del almuerzo y nos le sirven trabajosamente
en los camarotes. Pienso en Luisa con inquietud, tratando de ir a
verla; pero la disciplina del barco no me permite salir ahora de la
cmara. Despus de muchas dificultades logro mandar a Ins un recado
preguntando por la enferma, y la contestacin no viene.

Se me hace el tiempo interminable; la tempestad me parece una pesadilla
que no se acaba nunca. El desplome de la ola y la locura del viento nos
envuelven en amargo fragor, bajo el cual gime el _Orcana_ estremecido
en todo su palpitante volumen, desde la roda y la quilla hasta la
jarcia muerta. Entre los tornillos vigorosos, crujen maderas y hierros
con extraas voces, juntas en una sola expresin de rebelda: es el
grito de la vida inerte, el alma insondable de las cosas mudas, que
tambin sabe de resistencias y de cleras...

Va cayendo la noche. El fro y la soledad me producen una dolorosa
impresin de tinieblas y hielo. Y de pronto me levanto angustiada:
vienen a decirme que en plena tempestad Luisa ha dado a luz un hijo
prematuro; que el nio parece de vida y la madre se est muriendo.




V

LA CUNA TRGICA


Al travs de muchos inconvenientes llego a la pobre enfermera del
sollado apenas amaina un poco el temporal.

Un penetrante olor de fiebre y de miseria me recibe antes de que yo
descubra el rostro de Luisa, que desangrada, moribunda, quiere sonreir,
y con un gesto henchido de fervorosa expresin me seala su nene,
un montoncillo de carne tibia, dormido a los pies del camastro con
envidiable sosiego.

--Que le cuiden, por Dios, hasta que le recoja su padre... ya ve usted
cmo estoy!...

Trato de endulzar la tremenda amargura de aquella voz y me apresuro a
prometer cuanto Luisa pide. Le llamea en la mirada una alegra fugaz
mientras respondo; luego, me toma las manos y, lentamente, con palabra
premiosa, dice que desde la vspera lleva el presentimiento de su
muerte encima del corazn. Este discurso opaco y anheloso, brota con
mansedumbre, y desgrana dulces frases conformes a la partida suprema;
pero vuelve a temblar, lleno de infinito dolor, cuando la mujer habla
del esposo y el nio y cuando ruega con desesperada splica:

--No me tiren al mar!...

Ins me refiere, entonces, que toda la tarde sufre la moza un terrible
delirio. Morir no es para ella tanto como sentirse hundida en las
olas de este mar pavoroso que zarandea los barcos, los sorbe, y los
escupe a flor de agua, convertidos en tumbas, para escarmiento de los
navegantes.

Exaltada por la calentura, la enferma nos mira ansiosa y torna a
repetir:

--Que no me tiren al mar!

Nos esforzamos por tranquilizarla cuando la puerta da paso a un padre
dominico que viaja con nosotras desde Europa.

Llamado por Ins acude el P. Fanjul arrostrando como yo las
dificultades del trayecto, y gracias a la tregua de la borrasca.
Mientras se acerca a Luisa nos replegamos hacia el pasillo y hacemos,
desconsoladas, un penoso recuento de las tristes escenas que han de
sucederse a la desaparicin de nuestra amiga. Hablamos sin soltar el
bandaraje que corre junto a la pared, inclinndonos la una hacia la
otra en cada fuerte cabeceo del buque.

Nos atribula pensar en el marido que en la costa vecina est esperando
lleno de ilusiones, y en los ancianos padres montaeses, yertos de fro
sin el sol de esta existencia que se extingue.

El aire, enrarecido y pestilente, sopla con lgubre silbido en el
siniestro corredor. Dentro del camarote la voz serena y conqueridora
del P. Fanjul se levanta como una brisa de paz sobre el trgico vocero
de los elementos...

El dominico manifiesta su propsito de no separarse de la moribunda.
Se informa, compasivo, de aquella pobre vida malograda y nos dice algo
de la suya propia, errante y misionera, siempre en acecho del humano
infortunio.

Tiene el Padre un rostro atormentado y fino como los santos del Greco,
la voz persuasiva y honda, la figura cencea y elevada. Se sienta con
humildad junto a nosotras en el suelo, donde hemos colocado ahora el
miserable colchn de Luisa, buscando algn alivio a los terrores de
la infeliz. Piensa que los bruscos vaivenes la empujan a la mar, y se
agarra con manos trmulas a cuanto imagina que la puede sostener. Ya
no sosiega; su desvaro crece con la agona y se enhesta amargado,
por instantes, con la terrible obsesin. El mdico, que a instancias
nuestras la vuelve a ver, confirma con laconismo su diagnstico mortal.

Sentimos que la tormenta, amansada un punto, se recrudece, y el P.
Fanjul sabe que el viento rola otra vez hacia el lado temible en estas
latitudes, el Brazo Tortuoso del Estrecho. As el _Orcana_, mecido con
nuevo furor, salta, ruge y se duerme, casi dominado por el oleaje.

A Ins le preocupa mucho el repunte bajo de la marea. Cundo ser?
Dice que a esa hora mueren los enfermos en la marina y se asoma el
arrecife a mirarse, espectral, en el lvido espejo de las aguas.

De repente, un maretazo formidable nos derrumba en el mismo suelo donde
estamos. Se oyen crujir los miembros rotos del navo como si el mar
arrancase pedazos de la obra muerta: sin duda nos ha cogido una brbara
ola de travs.

El nio se despierta llorando, y el misionero se incorpora, solcito, a
bendecir la cabeza de Luisa que rueda inerte en la almohada...




VI

INSOMNIO


En largas horas no hubiramos podido, aun queriendo, abandonar a la
muerta ni calmar el hambre de su hijo.

El temporal, monstruoso, nos apres junto al cadver, en la ftida
hondura del sollado, hasta cerca de la madrugada, y todos los humanos
quejidos tuvieron encima de nosotros un eco y una indecible expresin.
Gema el pequeuelo, y su vocecilla, feble y aguda, rodaba entre
los huracanes como una gota de agua en un torrente. Con estallidos
impetuosos se debata, forzudo el barco; bramaba la nube, vociferaban
las olas, y el P. Fanjul, Ins y yo enhebrbamos el hilo de nuestras
plegarias en los fatales rumores de la tragedia.

Por la alta ventanuca, cuando el balance no la hunda en el mar,
veamos cmo los relmpagos raan la sombra y cmo hervan las espumas
en la mareta rugiente.

Y aparte las visiones definidas y los determinados sonidos, nos
estremecan a cada momento unos soplos mudos y fuyentes como rfagas
misteriosas de fro y de pavor, y unos lampos de luz en las pupilas
de la muerta, en los flavos ojos inmviles y abiertos, que parecan
asomarse a lo infinito cuajados de inquietud...

Ya casi vencida la tormenta tiene el recin nacido donde aplacar su
sed de vivir. Y por acuerdo de los pocos espaoles que viajamos en el
_Orcana_ tendr Luisa un pobre atad donde esconder su hermoso cuerpo
a las primeras caricias del mar; ya que nos faltan an tres das para
llegar a Talcahuano, primer puerto de la costa chilena, y no es posible
conservar hasta entonces el cadver a bordo.

Incapaz de dormir, estoy en el alczar desde el amanecer, buscando aire
y perspectivas como un desquite a la espantosa esclavitud de anoche.
Todava lloran el viento y el mar en trmulas quejumbres que acompaan
a mis pensamientos atnitos. Siento el cansancio y la tristeza con
pesadez confusa que me inmoviliza envuelta en el abrigo, absorta en los
mirajes, lleno de lgrimas el corazn. Y necesito hacer un esfuerzo
para enterarme de los destrozos causados al _Orcana_ por la tempestad.
Han desaparecido la toldilla y el portaln; faltan pedazos de la
arboladura, tojinos y escalas, dos brazolas, un seren.

Vuelvo a sentarme, despus de averiguar estas noticias con escaso
inters, y veo ensimismada, cmo huye la tierra patagona, solitaria
y brava, toda florecida de expresivos nombres hispanos; desde su
costa atlntica hasta la salida del fiordo americano en el Pacfico,
el maternal lenguaje espaol la riega de membranzas plenas de un
significado heroico y ferviente: islas Tristes, punta de las Nias,
ensenada del Engao, baha de los Desvelos, cabo Daoso, golfo de las
Penas...

Y ya en la ruta abierta al viejo mundo por Magallanes, desde la baha
Posesin hasta el cabo Deseado, siguen las palabras evocadoras y
rotundas, bendiciendo el seoro y la fortaleza de Espaa.

Ni las altaneras cimas que parecen cosa del cielo, ni las restingas y
los veriles dejan de hablarnos en elocuente romance, y as el estuario
que ms se interna aduendose de la costa se dice el Seno de la ltima
Esperanza...

No tardaremos en remontar la isla de la Desolacin para salir al
Pacfico por el cabo de los Pilares, al filo de la media noche, en la
hora terrible de sepultar a Luisa bajo las aguas.




VII

LA FATAL CADA


En el cielo, enjoyado y curvo, tiemblan de fro las estrellas; el mar
palpita henchido y amoroso, con un arrullo claro, y el _Orcana_, libre
de los ambages del Estrecho, navega en bonanza, con mucha gallarda.

Son las doce; no ha salido la luna. Avanza hasta la borda el silencioso
estol de la muerte, nunca ms humilde y pattico: cuatro marinos que
llevan el atad, un fraile que le bendice y media docena de curiosos,
entre los cuales dos mujeres sollozan.

Un tabln, tendido hasta la lumbre del agua, sirve a la caja fnebre
de escalera; un responso, rezado con ardiente premura, la va siguiendo
en la fatal cada. Cuando se hunde, nos parece que el mar abate un
punto su resuello con la respiracin suspensa; es que el sagido tiene
ahora una solemne expresin de ternura, un saludo lleno de acogimiento
y de reposo. En seguida vuelven a rodar las olas y a desmelenarse las
espumas con la infinita castidad del agua corriente y apacible: ya
la estela del buque se ha borrado en el sitio donde cay el cuerpo de
Luisa!

Alzo los ojos con un movimiento aflictivo de piedad, y en lo sumo del
espacio azul me subyuga la brasa luee de un lucero... Imagino que el
alma de la pobre viajera se abre junto a Dios como una rosa encendida
en luces estelares; quiero creer que quiz resplandece en la hoguera de
cada astro el calor remoto de una vida que pas por la tierra al lado
nuestro. Y frente al enigma sagrado, lleno de temblores inefables, me
abismo, ansiosa, en la contemplacin del cielo y del mar, hondos como
la muerte...

El ltimo jirn de la Patagonia se ha esfumado en la noche a la altura
del cabo Pilar, y las trescientas millas del Estrecho, que Magallanes
llam de _Todos los Santos_, quedan en la memoria como una ensoacin
fantstica. Aqu est el mar libre, el nuevo ocano, ancho y evocador,
donde nuestros exploradores slo hallaron, en sus primeras aventuras,
las desiertas islas Desventuradas.

Y la profunda huella de El Descubrimiento persiste desde Europa en
los mares y en las riberas, desdoblando horizontes, abriendo rutas,
fecundizando caminos virginales.

El sentimiento vehemente de la admiracin me vuelve a sacudir rostro
a las soberbias lontananzas del Pacfico; vuelvo a enorgullecerme de
la sangre hispana de mi corazn, la misma que empuj en la sombra
las fronteras del universo, y despus de saludar a las criaturas
desconocidas en un idioma venerable, lleno de esperanza y de luz,
bautiz en el nombre de Dios los valles y las aguas, las cumbres y las
constelaciones, los seres y las cosas, con un santo derroche de venas
maternales.

As, un mundo entero, allende las antiguas _Tinieblas_, est alumbrado
con voces espaolas, parido por las entraas de Castilla en un alarde
inmortal de bravura y amor!...




VIII

RAYO DEL CIELO


El espaolito nacido en trance cruel bajo el pabelln britano cumple a
maravilla sus primeros deberes de criatura, aferrndose lleno de bro
a la existencia. En su regazo le guarda Ins con admirable solicitud,
y le celan all las devociones y lstimas que con el dolor y el amor
florecen, a menudo, en la Humanidad.

El nene ya conoce el sabor de los besos y el halago de las canciones.
Le han mecido las pasajeras al son de coplas distintas, en idiomas
varios, con aoranzas maternales; pues donde hay una mujer que siente
y un nio que llora, nunca falta la caricia y la cancin, acendradas
en un ensueo de madre... Parece que al barco le empujan en el Pacfico
dulces brisas de bondad y que todas convergen hacia el desgraciado
pequeuelo. Pero los que hemos vigilado ms de cerca el latido de esta
vida menuda, abandonada en capullo por la madre infeliz, padecemos ya
el quebranto de una nueva emocin, quiz la ms terrible en el drama
inolvidable.

Se ha roto nuestro confn de cielo y mar, y la costa rojiza de Chile
sale a recibirnos en un plido horizonte. Nadie frente a estas orillas,
torvas y mudas, puede imaginar que en el corazn de este pas hay un
divino valle de Aconcagua, orgullo de la Amrica. Volcnica y estril,
descolorida y triste, avanza sobre el mar la tierra que tocaremos
al anochecer en la baha de Talcahuano, _Rayo del Cielo_, segn el
lenguaje indio.

Un poderoso cacique de la Conquista di nombre a la poblacin
levantada junto a unos fuertes que los espaoles emplazaron cara a las
olas, como si las quisieran amedrentar y poner linde. Y en lucha con
las marejadas, con los araucanos y con los terremotos, al travs de
los siglos, Talcahuano sirve de base a una gran ciudad, _La Concepcin
del Nuevo Extremo_, fundada por Valdivia. De all vendr al puerto,
esperando al _Orcana_, el padre de este nio que duerme y sonre;
vendr diligente y feliz, sin temer que su amor haya naufragado en un
pobre atad, la ltima nave, siempre hundida en el eterno mar!...

Navegamos costaneros y veloces bajo un cielo tranquilo y gris, turbias
las aguas, sin espumas ni rizos, muda en sus ondas la huella del barco.

Tiene el paisaje un tono de profunda quietud, una tristeza recndita,
colmada de expectacin y de misterio.

A veces imagino que todo el horizonte escucha, otras que aguarda. Y
siento que el angustioso grito de Luisa, huyendo del doble naufragio,
resuena con suprema ansiedad en el desnudo silencio de los confines...

Aqu est la baha de Talcahuano, ancha y honda, defendida por cerros
mansos y rojos, abrigada al Oeste por la pennsula de las Tumbas.

Los botes que nos esperan atracan al costado del buque y llega el
aciago instante de recibir al marido de Luisa. Hemos confiado esta
difcil misin al P. Fanjul, y abrazo al nio hurfano mientras Ins
escudria las embarcaciones cercanas y dispone el humilde bagaje de la
ausente.

Nuestra pesadumbre se colma cuando, subiendo en dos saltos la escala,
recin tendida, un joven se precipita en la cubierta, registrndola
afanoso, con mirada radiante.

Sale Ins a su encuentro y exclama turbadsima:

--Salvador!...--Luego se vuelve hacia nosotros, murmurando:--Este es...

Y adelntase el dominico, exacto como la fatalidad, a deshacer la
impaciente alegra del mozo.

Ya ste observa a su paisana con amagos de inquietud; tal vez el nombre
amado bulle en una pregunta sobre los labios juveniles, cuando el
fraile aborda la temible revelacin.

A las primeras palabras del religioso, Salvador vuelve la vista en
torno suyo como inquiriendo y adivinando. Una sorpresa alarmante le
extrava: no entiende lo que le dicen, no acaba de comprender.

Le pone el P. Fanjul una mano en el hombro con cario, y le lleva
suavemente hacia la borda, alejndole del grupo de pasajeros que
comentan el lance entre curiosos y dolidos. All, en voz queda, habla
el Padre, primero con dificultad, inclinndose expresivo hacia el
muchacho en cada frase indecisa, luego respondiendo con resolucin a
las ardientes preguntas de l, y, por ltimo, se expresa vivamente,
asiendo las manos del desconocido, sirvindole, al fin, de sostn en
los brazos acogedores.

De pronto Salvador levanta la cabeza y pasea por la superficie del mar
los asombrados ojos: una sensacin de espanto le sacude y un sollozo,
que parece un rugido, se le escapa del pecho. Todas las miradas estn
fijas en el muchacho, fuerte y arrogante, de noble y abierta fisonoma,
en la cual el dolor va dejando la novedad cruel de sus matices.

A una seal del dominico, Ins, llorosa, avanza con el nene, y Salvador
endulza el rostro para recibirle; le coge en sus brazos recios y
convulsos; le cubre la cara con un solo beso, ancho y tenaz. Luego no
sabe qu hacer con l; se queda mirando a todas partes indeciso y
atnito, con una sombra expresin de perplejidad.

Pero aun tiene que darle Ins otro sagrado presente, una trenza de pelo
rubio, srica y fina, que de nuevo hace rugir a Salvador. Agobiado
por la dulce carga que le abruma, parece que ha echado races sobre
la cubierta, y es menester que le hablemos con mucha piedad para que
responda, para que intente balbucir algunas frases rudas de gratitud,
en alto grado expresivas por el duelo agudo de la voz y el desconsolado
ademn de la despedida.

Sin acabar de oirnos, ni terminar su trmulo discurso, echa, de
repente, a correr hacia el portaln y gana el bote que antes le
condujera a bordo colmado de esperanzas. Lleva el nio abrazado con
torpeza cuidadosa, y la trenza de Luisa junta con l, en un mismo
envoltorio blando y caliente... Le vemos alejarse hundido en su liviana
embarcacin, cado en desolada actitud; la nave toca la orilla y bajo
la sombra fra de la noche el padre y el hijo se confunden con el
siniestro polvo de Talcahuano, _Rayo del Cielo_...




LA RONDA DE LOS GALANES




I


El denso grupo formado en el atrio, a la par de la cancela, se fu
aclarando por el camino adelante, y la blancura del sendero qued
borrada entre las mieses, teida por vistosos colores al sol benigno de
la maana. Era que el vecindario del Encinar volva de la misa mayor.

Bajo los arcos del portal unos hombres mozos coloquian, an, con
recatadas voces, y en el fondo de la fachada se abre la puerta del
templo recortando en la piedra rubia de su fbrica un valo lleno de la
obscuridad interior, nublado por el humo leve del incienso y saturado
por aromas de jardn.

Los jvenes del prtico esperan, sin duda, que aparezca en aquel marco
misterioso alguna devota rezagada, porque disimulan mal la impaciencia
con que vuelven los ojos hacia el hueco sombro.

Cruzando entonces, de puntillas, las losas parroquiales, una mujer se
asoma al dintel penumbroso, iluminndole con la radiante luz de su
hermosura. Detinese un momento para hacer, piadosa, la seal de la
cruz sobre la frente, y sale, muy gentil, a buscar la cancela. Dos
manos solcitas se la abren, de par en par, y ngeles Ortega pasa
delante de los cuatro mozos, sonriendo y dando los buenos das con
serfica voz.

Sin previa consulta, como si un tcito acuerdo uniese la voluntad de
aquellos hombres, emprenden, al punto, la marcha detrs de la hermosa.

Desde la iglesia hasta el poblado se hunde el camino en la vega, entre
campos feraces y tierras de labranto recin sembradas de maz. Limitan
el paisaje los montes que se embravecen escalando las nubes plidas
de un cielo dulce, un poco entristecido, y sobre el alisal, a medio
vestir por el verde lozano de las hojas nuevas, se mece, como una copla
fugitiva, el rumor sollozante de las arroyadas.

Ha desceido ngeles de su cabeza preciosa, el velo de la mantilla, y
anda con lento paso de meditacin, gozndose en que el aire y la luz
la envuelvan y acaricien. Sobre el negro vestido, la cara y las manos
ponen el contraste de una blancura inmaculada, y est llena de encanto
la belleza de esta mujer en cuyos apacibles ojos obscuros parece que se
han cado unas gotas de la pena del cielo.

Se retrasan, previsores, los mozos que la siguen, como si todo el
camino debieran darle escolta de respeto y proteccin, y as, despacio
por la ondulante vereda, en silencio contemplativo o truncando con
languidez frases menudas, le hacen guardia de honor hasta la puerta de
su casa...

Es una extraa amistad la de estos cuatro mozos cuyo linaje seala en
el pueblo cuatro distintos peldaos de la escala social, y todas las
preeminencias favorecen entre ellos a Julin de Alczar, heredero nico
de la ms encumbrada familia del valle.

Noble y rico, mimado y feliz, Julin ha llegado a la cumbre de la vida
sin otro amor de mujer que aqul, dulcsimo y secreto, guardado para
ngeles con timideces y fervores indecibles.

Aquella nia de hermosura triste y deliciosa, fuese apoderando con
invencible soberana del corazn de Alczar, un corazn que haba
salido ileso de las aventuras juveniles y que, recio y sano, estaba
all, temeroso como un novicio, delante de unos ojos que el cielo del
Norte haba tocado con su pena.

Complacase Julin en recordar su vida fcil y dichosa, llena de
halagos; sus aos de colegial con vacaciones en la playa y ocios
montaraces en el pueblo, despus el triunfo que le acompa en su
brillante carrera hasta hacerse abogado, y, por fin, las galantes
pginas de sus fugaces amoros, sin huellas ni races. Y toda la amable
historia de su existencia la pona, con humildad y gozo, delante de
un nombre: ngeles! La vi crecer y embellecerse, oculta como un
tesoro en la aspereza silvestre del Encinar; la quiso cuando era tan
pequea que no poda saltar los arroyos sin que l la diese las manos;
cuando para mirarle le alzaba la cabecita rizosa, sacudiendo en el
aire la endrina melena; cuando iba a pedirle, con mimo infantil, los
altos capullos que cimeaban los rosales... La quiso entonces con rara
ternura, con predileccin singular que era ya el germen de un potente
cario.

Y cuando la nia floreci en mujer y aquella ternura floreci en amor,
Julin, fugitivo de la corte, se escondi en su torre nortea, sumiso y
entregado sin rebeldas a la pasin que seoreaba su alma.




II


Una amistad nunca rota ni lastimada, una de largos aos a la familia
de Alczar con la de Ortega, y ngeles y Julin se haban tratado
siempre con libertad de hermanos.

Cuando el mozo tuvo henchido su corazn de afanes por la nia, dej
que se le asomasen a los ojos para que su amada los leyese, y anduvo
muy activo en visitarla, muy hbil para encontrarse con ella en las
encrucijadas de la mies y en las lindes del jardn.

Ya por aquel tiempo la madre de la joven finaba en consuncin dolorosa
bajo los tiernos cuidados de su hija, y Julin acompaaba a la
paciente llevando todos los das para la enfermera un silencioso
mensaje de cario oculto en esa clave amorosa que todas las mujeres
descifran con sabia precisin.

Pero en vano el galn espiaba, paciente, la sonrisa o la mirada de
inteligencia con ngeles le probase que exaudia sus peticiones. En vano
esper la muda inteligencia de aquellos ojos, bellos y dulces, antes
de lanzarse a la solemne declaracin; la muchacha no pareca haber
ledo en la rendida actitud de Alczar ninguna rima de aquel poema
sentimental.

Fu entonces cuando el mozo se acord con miedo de que su figura no era
gallarda ni su cara hermosa. Julin era feo y haba crecido muy poco...
Sinti esta desgracia con acerbo dolor, por primera vez en su vida,
y juzgndose desdeado se dej dominar por un aciago pesimismo, por
una timidez extraa y agorera. Callado, pesaroso, replegado sobre su
pasin, vi como pasaban los das intiles para su pesadumbre mientras
contaba ngeles, con desconsuelo, las horas de su madre, que declinaba
lentamente, en resignada agona, y llegaba de Cuba Don Felipe Ortega
para asistir a la muerte de su esposa, muchos aos martirizada por la
inconsciencia y el desamor.

Era aquel un hombre veleidoso, tierra liviana y estril donde no
arraigaban los sentimientos ni fructificaban los buenos propsitos. Se
haba casado con una seorita rica y bella que no detuvo mucho tiempo
en sus brazos al tornadizo seor. Pretextos de negocios le alejaron
de su hogar apenas transcurrido el breve plazo de una efmera luna de
miel, y de uno en otro engao, humillante para la abandonada compaera,
acab por establecerse en Cuba, entretenido en capricho trfico
mercantil y en licenciosas diversiones.

Padeci la mujer con altivo silencio aquella imperdonable desercin,
y los ntimos pesares daaron pronto el cuerpo delicado de la seora,
que, aquejada de incurable dolencia, desalentada y vencida, fu a
esconderse en su casa solariega del Encinar, consagrndose a la
educacin de su hija con ardor enfermizo y doloroso. All espig la
belleza de ngeles entre lgrimas y suspiros; su gracia infantil
adquiri una mansa expresin de melancola, y sus divinos ojos, llenos
de luz, tuvieron, siempre, ligeras inflexiones tristes hacia los
cielos...

Cuando el descarriado esposo hubo pasado unos pocos das en su casa
silenciosa del Encinar, donde la enferma gema y la nia suspiraba,
manifest, con cruel hasto, su prisa por volver a ocuparse en Cuba de
los negocios. Con egosmo implacable, malhumorado y aburrido, pareca
protestar de que la moribunda prolongase su agona, y ella aterraba
la frente llena de miedo por el porvenir de ngeles, agarrndose con
desesperada ansiedad a cada hora doliente de su vida. Ya en el instante
supremo, con el impotente afn de proteger a su hija, y el espanto loco
de abandonarla indefensa en poder de su padre, le tendi las manos,
heladas por la muerte, balbuceando:

--Desgraciada... desgraciada!

Y al expirar dej aquellas palabras lamentables flotando como trgica
profeca sobre la inocente cabeza de la joven.




III


Lloraba ngeles adolecida sobre la tumba reciente de su madre, cuando
lleg al Encinar, causando general sorpresa, un mozo de mucho rumbo,
jinete en magnfico potro jerezano, luciendo una arrogante figura y
unos ojos azules que fulgan dominadores. Se llamaba Adolfo Serrano
y era hijo de un socio de Ortega, para quien llevaba una visita. Fu
recibido con muchas demostraciones de aprecio, y detenido con reserva y
solemnidad. Al cabo de la entrevista, llam a su hija Don Felipe y la
present al forastero con orgullo.

Aquella misma tarde, ngeles y Adolfo, inclinados en el ancho
alfizar de una ventana, coloquiaban mirndose en adorable secreto de
enamorados, y Don Felipe Ortega sonrea complacido por el xito de
una combinacin de antemano premeditada, que le permita regresar a
Cuba en un plazo corto, libre de la tutela de la nia y aparentando la
satisfaccin de haber cumplido los sagrados deberes paternales.

Padeci la muchacha como una fascinacin aquel amor inesperado,
sintiendo en las miradas de Adolfo un enardecimiento de conquista que
la subyugaba, y en su voz caliente un imperio extrao que la haca
temblar y confundirse en inexplicables emociones de amor y de temor.

Una ansiedad nueva se levant en su pecho; secronse sus lgrimas como
a impulso de enrgico mandato, y pareci distraerse, curiosa, hacia la
tierra, la nostalgia del cielo, escondida en sus ojos.

       *       *       *       *       *

Durante los das de impacientes dudas que pas Alczar en su torre,
enamorado y afligido, trat de endurecer su existencia hasta poder
avenirse con las costumbres que en el Encinar usaban los mozos, parados
a la sombra de raras tradiciones, rudas y primitivas.

Hallaba el seorito un singular placer en bajar hasta la vida humilde
de aquellos hombres y hacerla suya, buscando con avaricia los latidos
firmes y bruscos del corazn del pueblo. Sediento de emociones nuevas,
en una febril inquietud espiritual, tocaba con sensuales deleites
las diversiones en que la mocedad varonil de la aldea pona el alma,
brava y sencilla. Y poco a poco, primero en una noche de bullicio,
luego en una deshoja trasnochada, despus en una hoguera salvaje, el
noble heredero de Alczar lleg a fraternizar entre los mozos del
poblado hasta entonar con maestra el clsico _ijuj_ en las rondas
de los galanes, y empuar con fiereza el palo contra los rondadores
forasteros. Agazapado a la vera de una tapia en bando aguerrido, con
bufanda de flecos y rstica boina, Julin de Alczar senta un tnico
refrigerio en el atormentado corazn, como si una brisa montaraz le
reanimase con viril empuje de libre naturaleza. Hzose entonces muy
popular en la comarca, donde se supo que el seorito de la torre,
diestro cazador y hbil montero, tena firmes los puos y sereno el
nimo.

A la vez que temor y respeto se le tuvo cario, y l acert a ser mozo
aldeano con hidalga llaneza seoril, sin usar de la supremaca que le
pudieran conceder en la aldea su fortuna y su valimiento. No disput
jams la novia a un enamorado ni dej de ser nunca generoso: quiso
nicamente distraer sus pesares y saciar su curiosidad de sensaciones.

Codiciando todos los mozos la intimidad con el seorito, tres de ellos
se le haban aproximado con particular adhesin y formaban con l una
pia constante en las caceras y en las rondas como en los tranquilos
paseos de los das de fiesta.

As juntos, pacficos y acordes, haban seguido los pasos de ngeles
Ortega despus de la misa mayor en una plida maana del mes de Marzo.
Y cuando la joven hubo franqueado los umbrales de su hogar, se quedaron
los cuatro mozos frente a la casa, bajo los nogales de la bolera,
detenidos por misteriosa atraccin, tal vez por mortificante inquietud.

Era Julin de Alczar el que menos disimulaba su impaciencia en el
incgnito afn, y, por ltimo, rompi el secreto de aquella zozobra
para decir, sealando hacia la casa:

--Sabis a qu hora viene?

Lecio, el ms tosco de la pandilla, respondi con mucha seguridad:

--Viene a la cada de la tarde.

--Pues aqu estaremos cuando llegue--repuso con firmeza el seorito.

--Aqu estaremos--dijo Fidel Salcedo, un poco temblorosa la voz.

Lecio mascullaba:

--Claro que s!

Y el ms joven de todos, uno a quien llamaban _el Estudiante_, aprob
con la cabeza muy ensimismado.

Despus de una pausa aadi colrico Julin:

--Lo que es se no se la lleva!

--Qu se la ha de llevar, hombre!--prometi Lecio apretando los puos.

Y con acento de reproche murmur Fidel:

--Si yo fuese Julin de Alczar!...

--Qu haras?--pregunt hurao el aludido.

--Me la llevara yo!

El seorito de la torre, con despecho y enojo, contest:

--Eso se dice fcilmente...

Los tres hombres le miraron confusos y en los ojos zarcos de _el
Estudiante_ brill un ardiente destello de alegra.

Por temor a que la curiosidad hiciese indiscretos a sus camaradas,
cambi Julin el curso de la conversacin, anunciando:

--Para entretener la tarde, subiremos al bosque con las escopetas hasta
la puesta del sol.

Asintieron los otros, y, citndose en la torre de Alczar, se alejaron
por distintas veredas.

Iba _el Estudiante_ con tcito andar volviendo los ojos hacia los
balcones de ngeles, y su corazn de nio repeta con pesarosa
complacencia:

--Aunque yo fuese Julin de Alczar, tampoco habra esperanza para
m!...




IV


Ceuda, abandonada a los brazos ambiciosos de la hiedra, coronada de
helecho y jaramago, la torre de Alczar seoreaba la selva en bizarra
composicin con el agreste pas. Al pasar la brisa entre los rboles
centenarios y sobre el edificio adusto, se tornaba quejosa y llorante,
remedando en ocasiones acentos de amenaza y desolacin.

En aquel indmito ambiente de montaa iba adquiriendo el alma de Julin
apariencias de huraa y bravura. El ntimo contacto con la rstica
soledad endureca su existencia, y aquella misma tarde su corazn,
mortificado, vagaba por veredas y cumbres, anheloso de calmar el
acelerado latido sobre el regazo saludable de la tierra virgen, en las
gloriosas libertades de la serrana.

Tumbado en el musgo fonje de la selva, bajo la enramada floreciente,
esperaba Julin a sus compaeros.

El primero en llegar fu _el Estudiante_, un muchacho de aspecto
infantil, rubio y flaco, raqutico brote de la dura mocedad aldeana.
Hijo de un soldado ascendido a oficial y de una seora pobre, un poco
hidalga, un poco altiva, Csar Garrido era una rara mezcla de seor
y plebeyo, y le llamaban _el Estudiante_, porque, a duras penas, con
abnegados esfuerzos de su madre, viuda, estaba haciendo desde el rincn
del Encinar la carrera de Leyes. Vestido con pobreza vergonzante, bajo
su apariencia delicada y tmida haba grmenes de herosmo romntico y
arranques belicosos de guerrero.

Senta Julin de Alczar un afecto creciente hacia aquel muchachito que
se ruborizaba como una doncella, que haca versos annimos, y entonaba
en las rondas, con voz insinuante, las bellas coplas de su musa
campesina.

Tambin _el Estudiante_ se haba aficionado mucho al trato ameno del
seorito de la torre. Y tal vez los dos mozos supieron aquel da cmo
la mutua inclinacin de sus voluntades se apoyaba en la comunidad de un
dolor oculto y desesperado.

Detrs de Csar suba hacia la torre Fidel Salcedo, con la escopeta al
hombro, cado sobre la frente el sombrero cordobs. Recin llegado de
Andaluca, despus de algunos aos de ausencia, era Fidel un jndalo
de alto copete sin dejar de ser un rstico norteo. Alegre y bravucn,
dadivoso y galante, rentista y labrantn, y buen mozo por aadidura,
le miraban bien en la comarca las nias casaderas ms recomendables.
Y pensando l, seriamente, en buscar una esposa que coronara su dicha,
estremecase ante la tentacin de una sola imagen: ngeles Ortega!...
Pero haba meditado, receloso, en la obscuridad de su origen y en la
rudeza de su educacin, y suspiraba muchas veces en secreto aquella
frase expresiva que por la maana se le escap de los labios: --Si yo
fuese Julin de Alczar!...




V


Los cazadores hoy no tienen prisa: tirados con pereza en el mantillo
suave del bosque, esperan a Lecio, que llega poco despus, a paso
veloz, terciando con arrogancia la escopeta.

--Te habrs entretenido con la novia--le dicen.

Y con aire de ufana responde:

--Una miaja de palique a la salida del Rosario..., y luego aqu en
cuatro brincos.

--Y qu te cuenta Isabel del asunto?--insina Alczar.

--Pues lo de siempre: que Don Felipe est muy contento con la boda; que
tambin lo est la seorita... y que tambin lo est el novio... En
fin: que estamos todos muy contentos!

--Ya se ver lo que dura esa alegra!--augura, bronca, la voz de
Fidel, con acento andaluz.

_El Estudiante_ le est preguntando a una margarita silvestre:

--_Mucho?..._ _Poco?..._ _Nada?..._

Ya deshecha la florecilla adivinadora, tira el mozo, con desdn, el
tallo escueto, y se queda mirando cmo una pareja de mariposas blancas
glorifica en la dulzura de la brisa su breve existencia de un da de
sol. Piensa que para amar y gozar en divina alianza, con libre triunfo,
un solo da vale por una vida entera.

Las mariposas enamoradas se pierden en errantes giros y los muchachos
se han puesto de pie.

Dando cara a la torre, erguida en el fondo de la selva, lanza Julin al
aire un silbido, y casi en seguida se abre una puerta en el muro espeso
de la fachada y dos perros saltan jubilosos hacia los cazadores: son
_setters_ de raza pura, negro el uno, rojo el otro.

Se interna el grupo dentro del bosque, en animada charla, asegurando
que el novio de ngeles Ortega no volver ms al Encinar.

--La de esta noche ser la ltima visita--profetiza Fidel, muy jaque.

Hosca y amarga recomienda la voz de Julin:

--Ni piedras ni tiros: a palo seco!...

Lecio repite la frase subrayada con un juramento que rueda por el
monte con brbaro son; y _el Estudiante_ apaga en sus cndidos ojos un
relmpago sombro para mirar a las mariposas blancas que otra vez le
salen al paso: mecidas entre los caones hostiles de las escopetas,
ponen en el aire una nota de poesa y candor... Tambin Alczar las
mira, conmovido, y le parecen dos capullos flotantes de simblico
azahar, mientras que a Csar le parecan dos lgrimas, puras, de mujer.

Bajo el parpadeo de aquellas alas milagrosas, Fidel y Lecio profieren
con alarde brutal:

--Si el to nos hace frente, le _acaldamos_.

--Y si huye es para no volver por aqu en jams de los jamases...

Era Csar Garrido un cazador platnico que no llevaba nunca escopeta.
l conoca muy bien el sitio donde cantaban las codornices, donde los
corzos y los rebecos tenan sus guaridas, y haba ido muchas veces a
la caza del oso y del jabal bajo la precaucin de un revlver que
guardaba en el bolsillo. Le enardeca el latir de los perros y el
fogonazo de las armas, pero no se saba que jams hubiese disparado
un solo tiro, y empalideca, trmulo, cuando un ave herida agonizaba
con el vuelo roto y las plumas sangrientas. Esta pasiva actuacin en
las caceras le vali algunas burlas, algunas alusiones mortificantes
acerca de su sensibilidad; bromas que escuchaba con sonrisa
impasible, en silencio quiz desdeoso; pero desde que guapeaba en
el bando del seorito de la torre, nadie volvi a poner en duda su
valenta.

Aquella tarde slo una vez hicieron muestra los perros, en el
descampado del bosque, y la codorniz levantada se defendi peonando
entre las rgomas floridas, hasta que, al fin, vol para caer
alicortada por un certero disparo de Julin. La port el _setter_
negro, muy alegre, y Lecio la colg, por las patas, del gatillo de su
escopeta.

Fidel, belicoso, un poco aburrido, se entretuvo en tirar a los
gorriones sin encaonarlos ni por casualidad; baj el retumbo de
las detonaciones hasta el poblado, con rumor de pelea y exterminio,
mientras las horas transcurran lentas para los cazadores en la paz
augusta de la montaa.

Y al ponerse el sol en un horizonte bermejo, detrs de la arbolada
serrana, Alczar y los suyos descendieron al Encinar, desazonados y
ansiosos, en traza de ronda.

Pero Adolfo Serrano lleg con suerte al pueblo aquella tarde.
Aparecise en el camino llevando el caballo de la brida, arrogante
al lado de su novia, y detrs de la airosa pareja Don Felipe, muy
complaciente, entretena su paseo con la lectura de un peridico.

Los de la ronda les vieron pasar con intil furor: ngeles Ortega era
una gida poderosa para el galn conquistador de los ojos azules.




VI


Chasqueados los rondadores, acordaron averiguar la hora en que Serrano
sala del pueblo, y Lecio asegur que l volvera con la noticia en un
periquete.

Di una vuelta en torno a la casa de su novia y silb un aire convenido.

En una ventanita baja apareci al momento el garrido busto de Isabel.

--Temprano andis de ronda--dijo placentera la joven.

--Ms ha madrugado el doncel de la tu seorita, que ya est en el
nidal.

--S; ahora vino: ella fu a encontrarle con el seor dando un paseo.

--Y, hasta qu hora cortejan?

--Hasta las nueve o poco ms.

--Parece mentira que la seorita ngeles d cara a un forastero!

--Si en el pueblo no hay quien la pretenda!

--Qu no hay?... Pues no digo nada!... Ah est, el primero, el
seorito de la torre, muerto por sus pedazos.

--Don Julin?... Nunca le vi cortejarla.

--Porque ella no habr querido; pero yo s que se perece por la nia.

--Te lo ha dicho l?

--Esas cosas no se dicen cuando estn a las claras... Don Julin es
mozo noble, campechano, valiente si los hay, rico y nacido en buena
cuna... Hubiera hecho guapa boda con la seorita!...

--Pero no es aparente de personal como Don Adolfo Serrano...

--Defiendes a ese to?--pregunt el muchacho receloso.

--Yo defenderle?... A m lo mismo me da un galn que otro para la
seorita... con tal que ella sea feliz!

--Pues a m no me da lo mismo--sentenci Lecio iracundo--, que los
hombres del Encinar no estamos hechos a que nos lleven las novias as
como as...

--Pero sta con quin estaba comprometida?... Chico, no parece
sino...!

--Es la novia de todos sabes?... Ella poda escoger entre lo mejor del
valle... Sin ir ms lejos, aparte Don Julin, ah est Fidel Salcedo
con buena estampa y muchos miles.

--Fidel no es un seor... talmente--dijo con desdeo la muchacha.

--Eso te lo parece a ti... Y, mira, ah est, tambin, Csar Garrido,
sabidor como un ciudadano, hombre de estudios y de buenos principios...

--De manera que todos la quieren?--pregunt asombrada Isabel.

Y el novio con calor repuso.

--Pues claro, mujer, que todos _la queremos_.

Entre alarmada y risuea, exclam la moza:

--T tambin?

--Yo?--pronunci el muchacho confuso. Se ech la boina a un lado de un
manotazo torpe, y se rasc la cabeza con saa. Como no respondiese al
fin, Isabel insisti:

--S; t la quieres tambin?... Contesta Lecio!...--y se puso muy
seria.

Cediendo a una invencible tentacin:

--S, la quiero... qu he de hacer?--dijo el galn.

Ella, indignada, le increp:

--Y me lo vienes a contar, bruto?

Pero l quiso satisfacerla.

--Oye, Sabel, y entiende las cosas como son: no te amontones
muchacha... Yo la quiero como se quiere a la luna y al lucero del alba
y a la Virgen del Carmen, ests?... A ti te quiero de otro modo...

Incrdula y encelada, trat la novia de averiguar.

--Te casaras con ella?

--Mujer!--clam Lecio--ni siquiera lo mientes!

Al mozn se le entr, de pronto, un gran susto en el pecho, y agarrse
mareado a la verja de la ventana.

Alarmada le pregunt Isabel:

--Qu te pasa, muchacho?

--Nada, hija--respondi vacilante--, que todo se me anda alrededor...
que te veo doble...

--Lecio!... Pero, qu dices?... Ests en tus cabales?...

--No lo s, rapaza... Vaya, hasta luego: me estn esperando.

Y alejse dando tumbos como un beodo, repitiendo:

--Que si me casara con ella!... Me valga Dios!...




VII


Al llegar donde sus compaeros le aguardaban, Lecio dijo cauteloso,
algo alterada la voz:

--Que a eso de las nueve volar el pjaro...

Impaciente rezong Alczar:

--Hasta las nueve!... No tenemos mala espera!

Fidel comentariaba con protesta rencorosa:

--Buen atracn se da el muy zngano!

Y los cuatro se agazaparon en la penumbra de la bolera, ya cada la
noche y nublado el cielo, charlando con sigilo, en conversacin
desganada y floja.

Apenas vibraron en la torre parroquial las nueve campanadas prevenidas,
la propia Isabel sac de la cuadra el caballo del forastero y le dej
a la puerta de la casa con la brida sujeta en una argolla del muro,
esperando al seorito junto al cabalgador.

Los de la ronda se apercibieron fatales a la temeraria aventura,
requiriendo con bro los palos, y entonces Lecio, que demostraba una
voraz impaciencia, detuvo a Julin por un brazo, a cierta distancia de
los otros, para decirle ronco y feroz:

--Usted no querr a la seorita tanto como para perderse por ella...
pero si le hace a usted falta un hombre para matar a ese ladrn...
aqu est Lecio!--y se di en el pecho un terrible puetazo.

--Para matarle?--interrog Julin como un autmata.

Y ya se abra con chirrido lastimero la puerta de la casa.

En el umbral se present Isabel, alzando un farolito de cristales rojos
que puso en la calle rstica una sangrienta luz, muy decorativa y
fantstica.

La infatigable orquesta de los sapos dejaba en el aire una estela
melanclica de funeral campanilleo, y de la vecina pradera llegaba la
cancin aguda de los grillos apagndose en un quejido triste como si la
noche se desfalleciese con un fino estertor de agona.

Qued Serrano un instante envuelto en la roja luz, acechando la
obscuridad de la calle con visible indecisin. Mont luego, y ya iba a
recoger las bridas de manos de la muchacha, cuando sta grit, fuera de
s:

--Espere... no salga, Don Adolfo!

Su voz tembl con angustia sobre los palos de la ronda, erguidos como
lanzas a dos pasos del jinete:

--Quin va?--pregunt colrico Serrano.

--Y, quin eres t?---rugi Lecio saltando fuera de la sombra con el
palo en el aire.

Amedrentado y furioso hizo el caballero retroceder al potro hasta
dentro del portal, vociferando:

--Cobardes... son cuatro contra m!

Con sbita inspiracin, firme y serena, dijo la voz de Csar Garrido:

--Pelearemos uno a uno.

Apoderndose gozoso de aquella decisin, extraa a las brbaras leyes
de la ronda, Alczar se apresur a insistir:

--S; uno a uno.

Y detuvo el brazo de Lecio, pronto a la brutal acometida, mientras
Fidel, mudo y pvido, enhestaba el garrote como una bayoneta, en la
actitud de un soldado que hace el ejercicio.

Haba bajado Don Felipe a reir con los mozos y desahogaba su
indignacin en frases vehementes:

--Esto es un escndalo!... Esto es una vergenza!...

Pero tercos, amenazadores, Csar y Julin repetan:

--Uno a uno!...

Entonces se abri la ventana de ngeles.

Sobre los teatrales resplandores del farol cay un haz de luz clara y
alegre que desconcert un momento la indmita guapeza de los muchachos.
Detrs de la luz lanzse a la calle el raudal de una dulcsima voz, un
poco inmutada, que deca:

--Julin!... Csar!... Dejad el paso libre... no queris?

S quisieron.

Fu cosa de un segundo: sin discusin, sin resistencia, retrocedieron
fuera de la serena claridad, cada de lo alto, y se quedaron mudos,
inmviles, sometidos a la maravilla de la suplicante palabra que baj
a buscarlo envuelta en resplandores.

Parti el caballero hundindole al potro las espuelas con rabia,
murmurando otra vez:

--Cobardes!... Cuatro contra uno!...

Don Felipe, entrando en la casa detrs de la asustada Isabel, cerr con
un portazo violento, mientras que ngeles sigui asomada al marco de la
apacible luz, y su voz cristalina, volvi a decir, con acento de tmida
plegaria:

--Siempre le dejaris paso, verdad?

Nada respondieron los mozos, acogidos al amparo encubridor de la
obscuridad, y las suaves palabras de la nia vibraron en la penumbra
de la bolera mecidas por un poco de viento que cantaba en los nogales
enverdecidos, bajo un cielo nublado.

Qued la ventana largo tiempo encendida como un faro piadoso, nica
estrella de la entoldada noche primaveral, y ya muy tarde, cuando hasta
los ms desvelados rondadores dorman en el pueblo, una voz, sentida
y afinada como la de Csar Garrido, primoroseaba una copla que a la
estrella benigna le deca:

     Ventanita, si te rondo
   no es por tus merecimientos;
   es por una hermosa nia
   que est de puertas adentro...




VIII


Todas las tardes, a primera hora, Don Felipe y su hija esperaban a
Serrano en agradable paseo campesino para volver a su casa con el
cortejante. Charlaban los novios hasta el anochecer, y emprenda el
galn la retirada antes de que la luz cayese, previsor contra alguna
acometida de los mozos bravos.

Pero eran intiles estos cuidados, porque la ronda que capitaneaba el
seorito de la torre haba conseguido de todas las dems la promesa
de que nadie hostigara al forastero en la conquista de aquella mujer,
dulce y hermosa, orgullo del valle, en quien se miraba como en un
espejo la mocedad varonil y por quien en secreto suspiraban muchos
rudos corazones.

Tena un encanto indefinible la hermosura sentimental de ngeles
Ortega, un raro don de amor y simpata que blandamente dominaba en
las almas todas, y que en el pecho de los galanes aldeanos se haba
convertido en extrao culto, mezcla de hechizo pasional y de mstica
devocin.

Siendo ngeles la nica seorita de la aldea, se distingua entre
las jvenes de sus aos por la donosura del porte, la delicadeza del
traje y el interesante aislamiento de su vida, si ya por sus gracias
personales no hubiera sobresalido por encima de las dems. Todo en
torno suyo era nuevo, deslumbrador y atrayente para los mozos que de
chiquitina la pasearon en la spera carreta, le alcanzaron nidos y
rosas, y la tutearon con familiaridad. Ahora la saludaban con afable
respeto, mezclado de turbacin, y aunque delante de su hermosura
humillasen la mirada, el destello ideal de aquellos ojos sombros
dejaba resplandecencias ardientes en las rsticas imaginaciones.

Con inconsciente sed de belleza guardaban anhelos codiciosos hacia la
perla del Encinar muchos hombres que tenan novia y pensaban casarse, o
que amaban con material impulso a otras mujeres de su misma condicin.
As en aquel fogoso plantel de montaeses naci una tcita rebelda
contra la posibilidad de que a la ms hermosa flor de la aldea se la
llevase un forastero, con sus manos lavadas. Y todos se unieron para
considerarla como una de tantas jvenes a quien los extraos no podan
cortejar sin previa camorra y larga porfa contundente con los donceles
del valle, al uso del pas.

Esta desptica ley se hubiera cumplido en Adolfo Serrano sin el
prodigio de la dulce voz que baj de la ventana luminosa para detener a
la ronda de Julin.

Por gracia de tal portento los vergajos, amenazadores contra el novio
intruso, cayeron rendidos con mansedumbre, como belicosas flmulas
arriadas por la derrota. Y ya no se alzaron ms al paso triunfante de
aquel amor.




IX


Mayo florece cuando se fija el da de la boda.

Tiene Don Felipe mucha prisa por terminar este negocio, y ngeles se
presta a consumarle con una docilidad enfermiza y blanda, en que hay
mucho de alucinacin y de impotencia. Ningn amparo la escuda; est
sola entre su padre, desamorado y egosta, y el pretendiente ambicioso
de la rica dote, tal vez un poco encaprichado por la gentileza de la
novia.

Ya nunca Julin de Alczar visita a los de Ortega, ni tampoco _el
Estudiante_, compaero antao de los juegos de la nia, va con su
tmida presencia a testimoniarle la ferviente adhesin de otras veces.

Se lamenta la joven de este retraimiento. Por qu no
vendrn?--suspira--. Y se angustia ante la nube de soledad que se va
esparciendo, densa y creciente, en torno suyo. Slo Isabel, la criadita
cariosa y servicial, la relaciona con los acontecimientos de la aldea.

Ya prepara la novia su inmaculado vestido, en vsperas del gran da,
cuando Isabel, que revolotea junto a las galas con seduccin de
encantamiento, le dice en tono confidencial:

--Qu pensarn todos esos cuando la vean tan preciosa, y que se la
lleva un extrao?

--Quines?... Los mozos?... Ninguno de ellos se haba de casar
conmigo.

--Los labradores no... pero hay otros.

--No me ha pretendido nadie.

--Pues dicen por ah que todos la quieren.

--Ser porque aquella noche salieron contra Adolfo... Yo no cre que
conmigo rezara la brutal costumbre de las rondas...

--Era la del seorito Julin.

--Por eso mismo me extra tanto... Julin siempre fu muy amigo
nuestro...

ngeles se qued pensativa; su mirada, sombra como una floresta,
pareca tornar de muy lejos al travs de los aos infantiles. Daba un
suspiro cuando Isabel continu:

--Dice Lecio que el seor de la torre se muere por usted.

--Pues Lecio est equivocado--murmura ngeles, no muy sorprendida, algo
confusa.

--Y dice--aade la moza--que tambin _el Estudiante_ la quiere a usted
mucho...

--Csar?... Yo le quiero tambin... Me haca tantas coronas de flores
cuando ramos chiquillos!... Y me haca cantares...

Otra vez se qued ensimismada. La incitante memoria de carios lejanos
fu, sin duda, a refugiarse, triste, en la sombra de sus ojos, porque
dos lgrimas pugnaban en ellos cuando aadi, lamentable:

--Tampoco Csar viene ya a esta casa!... Parece que todos huyen de
m!...

--Porque la quisieran cortejar a usted y estn sentidos.

--Yo no he notado que me pretendan para novia.

--Pues Don Julin siempre la buscaba muy rendido, y _el Estudiante_,
no oye cmo le canta coplas?

--Usanzas de rondadores...

--No, seorita, que las canta _con segunda_... Y el ricachn de Salcedo
igual est prendado de usted.

--Ave Mara!--exclam ngeles, risuea de pronto--. Ahora que me caso
con un forastero va a resultar que tena aqu los pretendientes a
escoger. Esa es otra noticia de Lecio?

--Del mismo... Y no sabe la seorita lo ms gracioso...; que l
tambin, el muy zoquete, est, como los otros, penando por usted.

--Lecio?... tu novio?...--Se puso ngeles muy seria para decir:--Te
chanceas, Isabel?

Pero Isabel no se chanceaba: se le haba empaecido la voz, tena las
mejillas rojas y el aire turbado. Despus de un silencio difcil,
aadi, tratando de serenarse:

--Me lo cont l mismo la noche que dieron el alto a Don Adolfo.

--Esas son bromas suyas.

--Bromas no eran: para contrmelo se puso descolorido y hasta le di un
mareo...

ngeles se aturde con las noticias de tan sorprendente amor, y muy
curiosa, pregunta:

--Pero, no sois novios?... no os vais a casar?

--Eso no quita... l dice que a usted la quiere de otra manera...
Sern modos finos de querer que aprende con los seores... como todos
son unos en la misma ronda!...

Mirando la seorita con afecto a la compungida moza, le dice:

--Y t has credo esas tonteras, Isabel?

Baja ella los ojos y explica difcilmente:

--Todo lo he credo... conozco que es de veras... pero lo mismo
cortejamos: l no lo puede remediar... Como la seorita tiene ese
ngel, todos la quieren aunque sea a escondidas... Usted no se
ofender... Si Lecio supiera que yo se lo he dicho!... No se lo
cuente a nadie, por la Virgen!

--Descuida, mujer; esas cosas que habla tu novio, de l y de los dems,
son imaginaciones suyas... pero no dir nada... a quin?... Yo no
tengo a quien contar secretos.

Y se atrist por tercera vez el semblante precioso de la seorita.
Vindola cavilosa y muda se retira Isabel con prudencia mientras la
novia vuelve a quedarse junto al vestido blanco, vaporoso y sutil, como
nube del plido cielo montas. Mirndole con indefinible sentimiento
de inquietud, cierra los ojos para meditar en las confidencias de
Isabel y va aposentando en su espritu la creencia de que, en efecto,
Julin de Alczar la ha querido un poco. Recuerda la asiduidad lejana
de sus visitas, la encendida expresin de sus palabras, la pausa
elocuente de sus silencios y su alejamiento inexplicable apenas Adolfo
apareci en la aldea.

No se detiene la soadora a pensar en Salcedo, el jaquetn ricacho,
pero guarda un pensamiento melanclico y acariciador para Csar
Garrido, el romntico trovista que canta _con segunda_ al pie de una
ventana, aos hace, en el sagrado misterio de la noche...

El cario recndito de Csar es para ngeles un adorable perfume de
la infancia, el amable secreto de un escucho que hace sonreir, tal
vez la vibracin sentimental que en el alma produce una copla errante,
diciendo amores a la luz de la luna, una copla que suspira cuando la
ronda pasa... Pero Julin!... Por qu no se ha fijado en que l la
quera?... Es bueno y valiente, es el amo del pueblo, el seor de la
altiva torre y de la brava selva, tiene franca la mirada, noble el
corazn...

Y se estremece la joven aturdida de que la fealdad arisca de Julin le
parezca ahora mucho ms grata que la gentil apostura de su prometido.

Para sacudir esta idea alarmante se acuerda de Lecio, mareado y
descolorido en los deliquios de una fina locura de amor. Y abre los
ojos, sonriente, sobre la nube alba de su traje de novia.




X


Dirase que un viento huracanado conmueve a los mozos del Encinar a
medida que se acerca el da del casamiento. La sorda irritacin que se
acenta entre ellos toma forma y proporciones singulares en la ronda
de Alczar, que ha asumido, con extrao tesn, la responsabilidad
de consentir aquel despojo de que Adolfo Serrano les hace a todos
vctimas.

Anda Julin enredado en una aventura de calleja con cierta mozona
malviviente, siendo sta la primera vez que el seorito de la torre
hace pblica ostentacin de semejantes galanteos. Lleva en la cara
el pobre hombre una expresin de tedio y amargura que va troncndose
en tormentosa nube de fiereza; como si en l creciese, cada da, el
salvaje placer de sumirse en aquella torva brumazn de barbarie, para
as desmandar sus pasiones y olvidar, con tesn despreciativo, sus
nativas costumbres de caballero.

Fidel se las echa de guapo como nunca, vocifera en las noches de ronda
hasta enronquecerse, y alarma a los vecinos con incesante tiroteo en
persecucin de aves felices, que jams hiere. Hasta en los nogales de
la bolera, ya vestidos de ropaje ufano, trata de hacer puntera sobre
los canoros malvises: clama la escopeta amenazante envolviendo la
nogalera en humos y fulgores, pero los malvises se vengan siempre del
susto recibido, causndole al implacable cazador una terrible envidia
al volar, ilesos, a la huerta frondosa de ngeles, en busca de asilo
hospitalario.

Ms disimulado y prudente, desahoga _el Estudiante_ su mal humor
haciendo versos, unos versos mansos y tristes que no parecen haber
nacido bajo la tempestad de unas pupilas claras, enfurecidas con
relmpagos audaces.

Entretanto Lecio manifiesta a su novia el ms voraz deseo de casorio.
Zumba su querella con pesadez de mosca en torno a la ventana florida de
Isabel, y pregunta, ansioso, en cada palique:

--Pero, di, Sabel, cundo nos casamos?

--Cuando mi madre coja la cosecha--repite siempre la joven.

--Falta mucho tiempo!...

Ella un da, maliciosa, le dice:

--Por qu ahora, ests tan impaciente?

--Por qu... Por qu?... No ves, criatura, que ya todo el mundo se
casa?

--Todo el mundo?--repite la muchacha con sorna--. Pues yo no veo que
se case nadie ms que la seorita!...

Corrido y enojado el hombre, murmura:

--Bueno... nos casamos o no?

Y promete, apacible, la voz de Isabel:

--Cuando mi madre coja la cosecha...




XI


Lleg la hora esperada con tan distintos afanes.

Toda la mocedad aguarda a los novios en el portal de la parroquia:
ellas para cantarle a la seorita unos _picayos_ con letra alusiva,
rimada por Csar Garrido; ellos para confundir con miradas iracundas a
quien les arrebata la diosa del valle, la mujer venerada con sagrado
culto.

Ha nacido la maana blanca y triste, con cara de llanto, y cuando
la comitiva nupcial se dirige al templo, enfilada por la veredita
estrecha de la mies, arrecia la brisa dura que desde el alba rueda por
los caminos como una loca, deshojando flores y columpiando ramajes.

Se convierte luego en amenazador el soplo matinal que enmaraa las
nubes y entolda el paisaje. Y, por fin, el cielo montas llora unas
lgrimas clidas y lentas sobre el cortejo de la boda.

Lleva ngeles en el brazo, gallardamente, la cola esplndida del
vestido, y se apoya en su padre sonriendo, disimulando con heroica
dulzura las inquietudes y recelos de su alma. La siguen Adolfo y los
convidados, y la rodean los vecinos con viva solicitud, mientras se
celebra el casamiento en el atrio parroquial, al uso del pas.

Nunca han visto los aldeanos una novia toda blanca, toda envuelta en
encajes y flores:

--Parece de nieve!--dice seducida una voz.

--Parece de azcar!--clama un goloso.

Y el acento roto de una anciana, suspira:

--Parece de nube!...

Entran los desposados en el templo para asistir a la misa de
velaciones, y la ronda de Alczar forma siempre junto a ellos entre las
avanzadas del pblico; primero en el prtico, despus cerca del altar.

Tienen los cuatro mozos un raro aspecto de emocin que parece
comunicarse a la concurrencia y llenar el templo de palpitante
inters...

Todo Mayo sonre en el altar convertido en jardn, mientras arrecia
la lluvia, ruedan monte abajo los truenos, y a la amarilla luz de los
relmpagos muchos fieles hacen, medrosos, la seal de la cruz.

Apenas terminada la ceremonia, cuando los primeros devotos salen al
portal, ha pasado la nube dejando el cielo otra vez plido y triste,
sin que de la fugaz tormenta queden seales ms que en el campo
henchido de perfumes bajo la intensa caricia de la lluvia.

Viendo correr el agua en el sendero, todos se preocupan de los
zapatitos de seda de la seorita, y Don Felipe y Adolfo conferencian,
impacientes, sobre la manera de evitar que ngeles se moje los pies
dentro del blanco estuche que los aprisiona.

Entonces Alczar entra en el templo y sale al punto llevando al hombro
las andas de la Virgen. Encarndose con Ortega se las ofrece y en voz
alta le explica:

--Se las regal mi madre a la Patrona y yo s que Ella me las presta...
El seor cura me da permiso para que ngeles las ocupe: quiere usted
que la llevemos?

Sin que Don Felipe, sorprendido, tuviera tiempo de reflexionar ni
responder la concurrencia, agrupada alrededor, grita con entusiasmo:

--Que la lleven!... que la lleven!...

Julin le pregunta a la novia, algo desfallecido el acento:

--Quieres venir?

Alborozada en medio de aquella frvida expresin de cario, ngeles
responde, con infantil antojo:

--Ir...

Ya una mano solcita ha colocado en las andas un taburete y la joven va
a sentarse, riendo, un poco trmula, cuando un ademn y una mirada de
su esposo la dejan indecisa. Pero el nutrido coro de voces varoniles
afirma, con sorda expresin colrica:

--Queremos que la lleven!

Y Ortega contrariado, molesto, toma el brazo de Adolfo para decirle en
voz baja:

--Hay que dejarlos...

Sentada ngeles, por fin, las mozas le arreglan el vestido y el velo,
con primor devoto y humilde, y Alczar y los suyos levantan con dulzura
el improvisado trono de la novia y bajan al camino con aquel suave
peso entre las manos.

Van delante Csar y Julin, y los cuatro sienten el aturdimiento
estremecedor del triunfo, la exaltacin de una ventura efmera, que
va a pasar, ruidosa y altanera, como la rpida nube que antes moj el
sendero.

Un grito potente, con inflexiones juveniles de guapeza y bravura,
resuena detrs del grupo original, lleno de rstica galantera:

--Viva la novia!... Vivan los rondadores!...

Y cada vez que huye deja prendido en el paisaje un eco.




XII


Era como un sueo aquella apoteosis encima de la odorante mies, entre
setos floridos y halagadores cantares.

ngeles quera no llegar nunca a su casa, seguir as un camino largo
y dulce hasta el cielo calmoso y plido que la serva de dosel.
Suspir enardecida por aquel delirio, y Julin volvise a mirarla con
tal expresin codiciosa y ardiente que la joven enrojeci bajo sus
azahares. Sus manos temblaron como alas de paloma, estremecidas en la
falda crujiente del vestido, y su imaginacin tendi el vuelo hacia
otra quimera que no finaba en el cielo melanclico, sino en una torre
maciza y seorial, en la selva de Alczar.

Iban todos callados. Orillaban un zarzal en flor, y Csar, con galana
de poeta, arranc al pasar una mata olorosa, que coloc a los pies
de la nia. El tronco punzador haba herido con leve araazo al
_Estudiante_, y un hilo rojo qued tendido entre los dedos de aquella
mano fina que pareca de mujer.

--Te has lastimado?--le pregunt ngeles solcita.

Y l, con audacia increble en su tmida persona, respondi mirndola a
los ojos:

--Me he lastimado mucho... no ves?

Sonriendo le mostraba la mano blanca y tersa con el tenue surco de
coral.

--Un hombre no se lastima nunca--tron el vozarrn de Salcedo--; y el
jndalo, arrogante, present un puo de madreselvas conquistadas entre
espinas que haban punzado su plebeya manaza. Ya se arriesgaba Julin
para ofrecer otro don a la novia; ya Lecio sacuda los matorrales
con demente regocijo, cobrando ramilletes preciosos, y en un momento
quedaron las andas cubiertas de flores.

Trpido el zarzal bajo las acometidas de los mozos, desde la linde
del camino sacuda sobre la virgen desposada, gotas brillantes de la
reciente lluvia, y voladores ptalos de los febles capullos. Un bando
de miruellos, sorprendido por semejante alboroto, rompi el secreto
de su escondite en la maleza y vol encima del grupo, desgranando una
escala melodiosa de trinos, a porfa con la tonada de los _picayos_ que
tremolaba en el aire sus dejos largos y tristes de msica nortea.

Para aquella hora de aventura y de magia tuvo la belleza de ngeles
una fantstica aparicin ideal y gloriosa. En su carne, hecha flor
blanca y pura, el espritu inocente se asomaba a los apacibles luceros
de los ojos y a la divina sonrisa de los labios: y fu toda gracia y
luz, brisa y perfume, alma del paisaje, visin de los cielos... Sali
del xtasis prodigioso al tocar los umbrales de su casa. Posaron en el
zagun las andas con blandura, y cuando baj al suelo la nia, sinti
que su planta dbil se hunda en la incgnita ruta de una vida nueva y
cerrada. Tendi la mano con gratitud hacia sus amigos, dicindoles:

--Quedaros.

Pero Julin se apresur a responder con la amarga voz de aquel ltimo
tiempo:

--Muchas gracias.

Y sali, seguido de los otros, antes de que llegase la comitiva. Iba
ciego, con los puos crispados y el paso veloz.

Desde la puerta, con inslita audacia, _el Estudiante_ vuelto hacia la
novia, bes la palma de su mano herida y sopl el beso, envindosele.

Ella, sin enojo, sonri al doncel y le devolvi en el aire un capullo
del azahar prendido en su pecho.

Ya llegaban Don Felipe y Adolfo con los invitados. Detrs vena el
pueblo que rode la casa, y en la bolera reson estruendoso otro
bizarro grito:

--Viva la novia!... vivan los rondadores!

Bajo la emocin de aquel instante en los ojos sombros de ngeles
Ortega cay una cortina de llanto que ya nunca se alz para dejarla ver
una ilusin ni una esperanza...




XIII


Pas un ao.

Se saba en el Encinar que ngeles era muy infeliz, que lloraba sin
consuelo el abandono y el maltrato de un marido brutal.

Ortega haba regresado a Cuba a raz del casamiento, y la infortunada
joven resida en un pueblo cercano, enferma y sin ms cario que el de
Isabel.

Ya Lecio se cansaba de esperar y enviaba a la moza recados apremiantes,
pero ella responda que la seora no poda vivir mucho, y que le era
imposible dejarla en aquel estado de soledad y dolor.

Entretanto, la ronda de Alczar segua constituida en alianza firme,
con treguas de reposo, porque Julin haba vuelto a Madrid algunas
temporadas arrancado por su familia de la existencia esquiva y dura con
que lleg a naturalizarse, y que amenazaba absorberle en eclipse total.

No estaba el seorito ms alegre ni era ms feliz que el ao anterior;
pero en sus penas haba ya dulzores y blanduras tomadas para remedio de
sus males, en la vida regalada y muelle que supo recobrar. Cuando iba
al pueblecillo norteo, cazaba en el monte, erraba en la selva y largos
das holgaba pensativo y suspirante; pero no urda torpes aventuras por
las callejas ni se vesta en traza de gan ni llevaba en el rostro
aquella huraa expresin alarmante y fiera.

Lo noche que sala con sus compaeros, la ronda cantaba y ornamentaba
de flores las ventanas de las nias; la ronda beba cerveza y
disparaba tiros al aire, sin buscar camorra a los novios forasteros.
Esta medida, pacfica y generosa, no encontraba oposicin en los
amigos, porque _el Estudiante_ viva enfrascado en la transcendental
composicin de un libro de versos, dedicados _A una ingrata_; iba
dejando en l jirones de su romntica pasin y slo de tarde en tarde
fulgan en los ojos zarcos algunos destellos de tempestad. Tena
Salcedo en tratos una novia hacendada, fresca y rolliza que le traa
desvelado y rendido. Y Lecio andaba mustio y pesaroso con la ausencia
de Isabel y la espera de la boda.




XIV


Triunfaba la primavera con otro Mayo esplndido, cuando en la aldea
se supo que ngeles haba conseguido de su esposo la merced de ir a
morirse al Encinar. Un acabamiento rpido la inclinaba hacia la tierra,
y deseaba caer sobre las flores del bendito huerto donde dorma,
esperndola, aquella pobre criatura sacrificada como ella, aquella
madre triste que en la suprema despedida acarici una frente juvenil
con palabras de fatalidad.

Y hubo en el vecindario un general movimiento de simpata y compasin
hacia la enferma infeliz, que a los bruscos vaivenes de un carruaje,
lleg por difcil camino hasta la puerta de su casa.

La casualidad o el intento llevaron a Julin de Alczar en aquellos
mismos das a su torre, y sabiendo que ngeles padeca, sola y
expirante, con generoso impulso de piedad, fu a visitarla. Ya no era
la diosa del Encinar!: un solo ao inclemente bast para marchitar la
exquisita frescura de su belleza. Enlanguidecida, mustia, slo parecan
vivir en su semblante los ojos, con tristeza desgarradora, y las
mejillas, sealadas con rosetas febriles.

Qu lstima le di a Julin!

Su pasin, que arda alimentada por el oculto embeleso de una seductora
imagen, quedse, espiritualizada al punto, en excelsa ternura, tan
santa y pa, que la doliente hubiera podido refugiarse en los brazos de
aquel hombre y dormir o morir en ellos como en los de una madre.

Al ver a su amigo, un sentimiento de coquetera se sobrepuso al dolor,
un instante, en el corazn de la mujer. Quiso ella sonreir, y slo
consigui tender en sus labios de lirio una mueca desesperada. Apenas
habl; balbuciente y cobarde, oprimida por un espanto sin horizontes,
pareca que el hilo tenue de sus frases iba a romperse en un raudal de
lgrimas acerbas.

Alczar senta caer en su corazn aquel mudo llanto y subrsele a
los ojos en marejada asoladora. Y todo el sensualismo de su amor se
derreta en piedad, a la sombra luz de una mirada donde el miedo a la
muerte era el nico reflejo de la vida.

Al despedirse, ngeles cruz las manos en ademn de splica, y l,
conteniendo su emocin con palabras de esperanza, le prometi volver.

Tambin Csar Garrido fu a visitar a la enferma, seguro de llevarle
un consuelo y ansioso de verterle sobre la infinita desolacin
de aquella mujer. Senta frvidos impulsos de arrodillarse a sus
plantas, de besar sus manos, de cantarla, de mecerla y decirle sus
romnticos pensamientos en un delirante discurso, antes que la muerte
la apresara... La quera siempre y ms que nunca porque era el suyo un
amor de ilusin y de ensueo, raro y divino, que le estremeca toda
el alma con un soplo de inmortalidad. Supieron distraerla sus frases
opacas y ardientes, y logr hacerla sonreir, ya cayendo la eterna
sombra en las azoradas pupilas.

--Hazme coronas y versos como cuando ramos chiquillos--suspir con
antojo la infeliz.

l la ofreci cantares y flores, y sali de la novelesca entrevista con
cara de muerto y alucinaciones de loco.




XV


Naci el mes de San Juan lleno de alegra, insultante de belleza, y fu
creciendo, y lleg entre flores la vspera del santo.

Lloraba amargamente Isabel cerca del silln de triste memoria donde
ngeles se consuma recogiendo una herencia fatal, de penas y de
abandono.

Le haba dicho a Lecio la moza:

--No me pongas ramo... no vengas a rondarme ni mucho menos a cantar...
La seorita se est muriendo...

Muy dolorido, prometi el novio una prudente conducta en la clsica
noche, y con sigiloso respeto se alz de puntillas en el muro de la
bolera para atisbar la estancia penumbrosa donde ngeles feneca.
Entrevi en la sombra una endrina cabeza desmayada sobre los
almohadones del silln, y el conmovedor perfil de una cara de cera.
El gallardo busto de Isabel se inclinaba con anhelante cario sobre
aquella vencida juventud, sobre aquella aniquilada hermosura. Y toda
la satisfaccin del egosmo irradi en los ojos asombrados de Lecio,
viendo a la flor viva, que era suya, lozanear triunfante encima de
la mustia flor que le haba fascinado con delirios de irrealizables
ambiciones.

Bajse con cautela de su observatorio, y se alej a lento paso,
cuidando de no hacer ruido en torno a la casa dorada de sol, envuelta
en el alborozo insolente de la tarde.

Desde los balcones entornados se escapaba un cuchicheo leve, son de
rezo o letana de lamentaciones, y desde la ondulante nogalera volaban
los malvises en parejas gozosas, hacia la llanura libre de los cielos...

Libre al azul infinito, vol el alma de ngeles cuando la tarde caa en
una intensa declinacin de crdenos fulgores.

Todo el pueblo haba escuchado con silencio profundo el raudo volar de
aquel espritu, gentil como el cuerpo que le encarcel: pareca que al
tender las alas hubiese dejado una blanca y vvida estela en el sereno
celaje. Y estela fu aquella ilusin que en la memoria popular qued
grabada como perenne surco de ternura y recuerdo.

El vecindario, compungido, se una en el dolor de la temprana muerte, y
censuraba, con rencorosa indignacin, al infame esposo de la seorita,
avisado por la maana del estado agnico de la enferma.

Entretanto la fidelidad conmovedora de Isabel se prodigaba en delicadas
atenciones alrededor de la difunta.

Despus de peinarle los abundantes cabellos sobre las sienes de mrmol,
le puso el traje nveo de la boda y encendi en torno suyo lmparas y
cirios.

La belleza mayesttica de la muerte haba borrado en la cara de
ngeles la mueca amarga del dolor, trocndola en una plcida expresin
descansada y serena: dorma la vida su inquebrantable sueo en los
entreabiertos ojos parados a la sombra de las pestaas rizosas, y en
el profundo livor de las ojeras las ltimas lgrimas haban dejado una
divina seal de mansedumbre...

Toda la tarde, bajo el calor solar cuajado en la campia, unas manos
plidas y bellas, que parecan de mujer, estuvieron cortando flores
en los huertos aldeanos y tejiendo coronas con demente frenes, para
colocarlas sobre el cuerpo ya duro y fro de ngeles Ortega. Con aquel
postrer don haba dejado Csar encima del cadver un sollozo, spero
como un rugido, y un borrascoso relmpago de su mirada azul.

Cuando _el Estudiante_ sali de la trgica visita, le estaba esperando
Julin, y juntos conferenciaron en grave reserva. Tena el seorito
el aire solemne y turbios los ojos que largo tiempo contemplaran a la
yacente criatura, entre blandones y rosas.

Un poco ms tarde corra por el pueblo la noticia de que la ronda de
Alczar se apostaba en la bolera con amenazadora catadura.




XVI


Dulce y sosegada nace la noche cuando llega al Encinar aquel potro
jerezano de ingrato recuerdo, y la ronda esperndole, ceuda como el
tribunal que juzga a un delincuente, recibe a Adolfo Serrano, que
disimula sus temores lleno de arrogancia desdeosa.

Fu el mismo Alczar el que dijo:--Alto!--con acento augural que subi
a los balcones vecinos y reson, grave, en el cuarto de la muerta.

--Qu quiere usted?--grita el forastero, temblorosa la voz y blanca la
cara.

Se le acerca Julin hasta echarle el aliento encima, y le responde, en
traza bruta de mozo rondador:

--Que te marches ahora mismo porque ya no hay quien te defienda y
tenemos mucha gana de matarte.

Indeciso, asustado, hace el intruso volver grupas a su potro, y
profiere, como otra vez en aquel mismo lugar:

--Cobardes... cobardes...!

Varios palos caen feroces en las ancas lustrosas, y ondulantes como
ltigos, alcanzan al jinete.

Hace ademn Adolfo de sacar su revlver, y al punto cuatro manos,
dueas de armas semejantes, le apuntan, inclementes, bajo una tenaz
lluvia de improperios:

--Ladrn!

--Asesino!

--Sinvergenza!

--Matador de mujeres!...

Serrano huye. Vuelan los palos a su espalda y algunas piedras le
persiguen en la desatinada carrera.

Ya va a perderse en un recodo del sendero, cuando el silbo de una bala
y el estampido de un disparo le aturden con ms vivo terror.

Inclinado en la silla con un movimiento brusco, ruge y maldice,
abrazndose al cuello del animal, que se desboca en galope de espanto.

Detrs de ellos queda en la ruta blanca un rastro de sangre caliente,
y en la bolera, una mano fina, que parece de mujer, empua un revlver
humeante.

La mirada azul de Csar Garrido tiene un brbaro reflejo de venganza...

       *       *       *       *       *

Bella noche fu aquella de San Juan, noche silenciosa en el poblado
donde otras veces en iguales horas se derramaba la alegra de la
mocedad.

Las novias se quedaron sin ramo y sin serenata; la plaza, sin baile y
sin hoguera; los rondadores, sin palique. Y en la pureza virginal de la
brisa no tremolaron las picantes coplas, ni el _ijuj_ montas reson,
intrpido y agudo, en los agrios jirones de la sierra.

ngeles dorma acunada por el duelo del Encinar, mimada en su florido
lecho por la tristeza robusta de incultos corazones, en los cuales la
compasin fructificaba con todos los densos aromas de la vida desnuda y
fuerte, del dolor ntegro y primicial, lleno de impulsos y de instintos
humanos.

El disparo certero de _el Estudiante_ atrajo a los mozos con sed de
ruido y de camorra, cuando vieron pasar, en disparatada fuga, el
caballo de Adolfo. Estaban ya los caminos confusos por la sombra de
la noche, y delante de la visin fugitiva todos hicieron acerbos
comentarios y se rieron con saa.

Entraron, despus, bajo los nogales, muy despacio, mudos y recogidos
como en la iglesia, y uno a uno se fueron subiendo a la pared de la
bolera para mirar al interior del cuarto mortuorio. En el lecho se
destacaba, impreciso, cubierto de galas, el rgido perfil del cuerpo
helado; la mstica cera de los cirios lloraba sobre la alfombra sus
lgrimas ardientes, y de las coronas, suspendidas en torno, caan con
lentitud algunos ptalos de flor.

Agrupronse los mozos estremecidos junto a la casa, hablando quedo; sus
cigarros brillaban a porfa con las lucirnagas de la linde; temblaba
la sombra con suavidad de idilio, y en el fondo de la bolera la ronda
de Alczar, enmudecida, atraa el inters general.

Estaba muy plido Fidel, y mirando al _Estudiante_ con profunda
admiracin, pensaba, receloso, en las posibles consecuencias de
aquella hazaa. En vsperas de boda, bien hallado con su dinero y su
tranquilidad, le angustiaba la idea de verse, acaso, envuelto en una
acusacin de muerte, l, que jams logr encaonar a un solo pajarillo
con su escopeta escandalosa...

Haba sentido Julin aquella tarde el espasmo bestial de la venganza,
con escalofro deleitoso, dcil su naturaleza a las sensaciones de la
ruda hostilidad que tantas veces le domin. Lejos el impulso cruel,
no le aterraba su responsabilidad en la aventura, que arrostrara con
el poderoso dominio de la torre de Alczar y asumira con nobleza
protectora. Y dej de pensar en el fugitivo jinete para consagrarse al
recuerdo de la muerta, lleno de lstima y amor. Le haran un entierro
precioso al da siguiente, al caer la tarde, pidindole otra vez al
seor cura las andas de la Virgen, donde la nia desposada anduvo
antao aquel mismo camino en brazos de la ronda...

Lo mismo que antao arrancaran para ella, al pasar, las flores
silvestres de los setos, en la blanda ruta de la mies... Cada fnebre
posa taera con un dolor nuevo, nunca igual sentido ni llorado, que
dejara en el Encinar una caricia de las lgrimas siempre viva y
suspirante como la mansa corriente de un arroyo... Julin imagina,
traspasado de emocin, el gemido de la cancela al derramarse en el
atrio parroquial detrs del cuerpo de ngeles, ya en la vereda del
cementerio: imagina el sordo rumor de la tierra, clida y polvorosa,
cayendo implacable sobre el florido atad... Un enternecimiento sutil
posee al joven; una compasiva pena que le duele como por una hermana
chiquitina o por una novia lejana, a la cual en la adolescencia hubiese
dulcemente adorado...




XVII


Crece la noche; la tarda luna, brillando apenas en el cielo, baja a la
nogalera, y como si apartase con invisibles manos las trmulas hojas,
se asoma al cuarto de ngeles y la besa en la frente.

El hueco de la triste ventana abre en el muro seorial un cuadro de
fatdica luz, luz de catafalco, lvida y temblona; algunas mujeres
rezan, dormitando en un rincn.

Ya corre, liviana, la brisa del amanecer, rizando los rboles, cuando
Lecio, que atisba la reja de su novia, ve un instante a la muchacha
detrs de los vidrios. Empuja la puerta y despacio, llama:

--Sabel?

Quiere responder ella, rompe en sollozos, y el vozarrn de Lecio se
suaviza todo lo posible para suplicar:

--Sabel!... Sabeluca!... No llores, mujer, que aqu estoy yo...

El acento condolido de la muchacha se une a las palabras afanosas del
mozo, dejando en el aire un jirn de vida sana y fuerte, esperanzada y
fecunda, all, a lo largo del camino, donde brotan, hmedas todava,
las sangrientas flores del odio.

Y como ya palidece la luz funeral del cuarto de ngeles, delante de
la aurora, por debajo de aquella ventana que parpadea con tmido
resplandor, como un astro moribundo, desfila por ltima vez, brava y
humilde, la ronda de los galanes...




EL JAYN




I

ROSA DE ZARZA.--EL JAYN.--EL DARDO DE UNA SOSPECHA.--AMANECER...


Entreabri Marcela un poco la ventana, y, sin vestirse, apoyndose
en el lecho recin abandonado, se puso a mirar con obstinacin a los
dos nenes que dorman arropados en una escanilla, la humilde cuna
montaesa. Eran en todo semejantes: robustos, encarnados, con las
cabecitas muy juntas, parecan nacidos a la vez, como esos capullos de
las rosas fuertes que se abren en dos botones rojos y ufanos, bajo un
mismo rayo de sol.

Fuerte rosa de bizarra hermosura, la madrugadora mujer que contempla
a los nios no trasciende a cultivo selecto de jardn: es joven y
arrogante, plida y tranquila, con el encanto agreste y puro de una
rosa de zarza. Su belleza, medio desnuda, se estremece al influjo de
una sorda inquietud, y, sin embargo, el rostro, impasible y hermtico,
no delata la obscura turbacin.

Con los profundos ojos clavados en la cuna, Marcela revive, una vez
ms, sus incertidumbres, a partir de la reciente noche en que, dormida
con el nene en los brazos, la despert la voz de su marido.

--No oyes?

--No... Qu sucede?

--Escucha...

--Es un nio que llora a la puerta.

--Un nio que llora?... Si parece un recental que plae!

--Pues es un nene pequen como el nuestro.

--Un jayn, entonces?

--Sin duda.

--Y qu hacemos?

--Abrir y recogerle hasta la maana.

Andrs se levant, muy presuroso, y la moza vi al instante, cmo la
obscuridad del campo dormido se asomaba al portn abierto frente a la
alcoba matrimonial.

Luego el llanto de la abandonada criatura reson, ms apremiante y
sensible, dentro del dormitorio.

Incorporada y absorta, Marcela recibi aquel hallazgo lamentable, y le
acerc a la luz.

--Un nio!--murmur, cuando entre la ropa, escasa y pobre, aparecieron
las carnecitas nuevas y rosadas. Y fijndose ms en el semblante,
sereno de pronto, encendido y bobalicn, aadi confusa:

--Si es igual que nuestro Serafn!... Parecen gemelos!

--Todos los rapaces de esta edad se parecen--repuso Andrs, con una
voz tan desusada y trmula, que la esposa levant hacia l los ojos
llenos de sueo y maravilla, y se qued mirndole de hito en hito.

Pero el mozo baj los suyos grandes y tristes, volvi la cara, como
buscando alguna cosa, y torpemente fu diciendo:

--Me acostar en ese otro cuarto para que te arregles mejor con estos
huspedes; aqu te voy a estorbar...

Quera sonreir y mostraba una prisa tan inquieta por marcharse, que la
mujer le detuvo pasmada.

--No entiendo lo que dices; se conoce que estoy medio dormida...

Manifestse Andrs ms impaciente al repetir:

--Que te dejar mi sitio libre para tu comodidad.

--Y qu hago con el cro?

--T quisiste que le abriese la puerta...

--Claro! No bamos a dejarle morir sin un socorro.

--Pues ahora eso es cosa tuya.

--Cosa ma?... Yo le cobijar esta noche, y al amanecer t dars parte
en el Ayuntamiento para que le lleven a la Inclusa.

--Despus de haberle metido en casa?

--Ah!; y este amparo, en trance de muerte, nos obliga a criarle?

--T vers...

--Cmo que yo ver? Te has vuelto loco?

Con el piadoso instinto de las madres, Marcela haba colocado,
distraidamente, al nio forastero junto al suyo, y el pobre chiquitn
se adormeca al dulce calor de la caridad, mientras la moza, ya bien
espabilada, senta el dardo de una sospecha en el corazn y musitaba
con acerbo propsito:

--Que le cre la bribona que le ech al mundo!

--Bribona?--interrog el marido, hurao, volvindose desde la
puerta--. Qu sabes t?

Iba a salir cuando le retuvo otra vez el acento alarmado de la joven:

--Andrs, Andrs; ven ac: no huyas! T estabas despierto esperando
al jayn; t tienes preparadas las respuestas a lo que yo te digo
sorprendida; t quieres que guardemos con nosotros a este nio, y
disculpas a su madre, que bien puede ser...

--Quin ibas a decir?

--_Esa_... Irene!

Plido como un difunto, violento de pronto, avanz el marido hacia la
cama, y Marcela, despus de mirarle fijamente en los ojos amenazadores,
toda estremecida se ech a llorar.

Cuando l pudo separar las manos de la joven y descubrirle el rostro,
ya se mostraba sumiso y afable aunque le temblaba mucho la voz.

--No llores, mujer. No sabes lo que dices ni lo que piensas--murmur,
acaricindole el sedoso cabello sobre la frente.

Ella, confindose con mayor abandono a la repentina zozobra, repuso:

--S lo s: pienso y digo la verdad. Este nio es de Irene... Hace
tiempo que no sale de casa y todo el mundo asegura que su madre la
esconde...: no puede ser de otra en el pueblo.

--Y aunque as fuese; una moza honrada no es extrao que quiera ocultar
un desliz.

--Un desliz?... Eso nada me importara.

--Pues, qu te importa?

Hubo un silencio largo y difcil. Andrs, sentado en el borde de la
cama, pareca haber recobrado la serenidad, y al cabo Marcela expres
con gran timidez:

--T la queras antes de casarnos... Quiz la quieras an!... No se le
han conocido desde entonces amoros ni rondador...

--Y todo eso, qu?

--El nio se parece a ti.

--Marcela!

--Es igual que el nuestro... Mrale!

Intent descubrir al intruso, pero el marido extendi la mano sobre l
con un movimiento de alarma.

--Djale; se va a despertar!--pronunci con angustia, otra vez perdido
el aplomo. Y luego de callar un instante bajo la mirada inquisitiva y
llorosa de su mujer, hizo un esfuerzo para decir:

--Oye, Marcela... No te negar que quise a Irene; pero te quise a ti
ms y la dej por ti... Nada tengo que ver con su vida ni con su honra,
y nada saba esta noche del jayn. Cuando le sent a la puerta pens
que balitaba un cordern, ya ves!... T dijiste: Es un nio que
llora, te acuerdas?

--S hombre, como que eso acaba de pasar, no he de acordarme?--replic
la muchacha con despecho ante aquellas razones pueriles.

Pero l, evitando otras de ms fuste, con mucha lagotera, sigui
hablando.

--Bastante hemos aguardado al primer hijo, si ahora tenemos dos,
recogiendo a este infeliz, bien los podemos criar.

--Y por qu? dime!--exclam la moza casi airada, secos ya los ojos y
resplandecientes en la media obscuridad del aposento.

Andrs contest, siempre evasivo:

--Porque tenemos harta cosecha y lucios ganados; porque t eres
caritativa como una santa...

Quera Marcela interrumpirle, y l, puesto ya de pie con definitiva
resolucin, agotadas las ltimas palabras que se le ocurran, le di un
abrazo y le susurr al odo:

--Porque as te querr ms y seremos ms felices!

Ya sala de la alcoba dejando a su mujer plida y muda cuando se volvi
a ella para aadir:

--Y no me hables nunca de Irene!...

Despus de unas horas de insomnio y estupor, vi Marcela clarear las
primeras luces del amanecer y oy, como de costumbre, salir a su marido
con el ganado por la cambera arriba, camino del ansar.

En la torre de la parroquia sonaron unas campanadas tranquilas, y al
blando taer respondieron en los corrales la fanfarria de los gallos y
el repique de las abarcas; en los nidos, el revuelo de las plumas; en
el aire, los rumores de la fronda; la vida tornaba, spera y fuerte,
a posarse en la aldea, como si en la escanilla de Serafn no durmiese
con l un nio extrao, y Marcela no velase aquel misterio transida de
inquietud...




II

EL ALTAR, LA FUENTE Y LA LUNA.--LA SOMBRA DE UNA MUJER.--LA SEAL DE LA
CRUZ.


No ha pasado todava un mes y ya el sueo del intruso en aquella cuna
tiene los caracteres de una cosa normal. Ya en el pueblo no se habla
del ltimo _jayn_, el nio hallado en la reciente noche a la puerta
hospitalaria de Andrs. Aunque recayeron sobre Irene las sospechas de
aquel abandono, alguien dijo que la moza estaba sirviendo en Santander,
libre de calumnias, y que al nene le haban corrido hasta Rianzar,
desde un pueblo cercano. Ello fu que los chismes y los rumores
quedaron rezagados en el fondo de las conciencias, sometidos bajo la
reservada actitud del matrimonio bienhechor. Tampoco era nuevo el caso
de recoger a una criatura desvalida en aquellos hogares montaeses, y
reconocido Andrs como el ms acomodado labrantn de los contornos,
se explicaba mejor el hallazgo en los umbrales de su casa, donde, por
aadidura, haba una mujer fuerte y animosa que aguard con ansiedad
el fruto de sus amores durante cinco aos, peregrina de los altares
milagrosos y de las fuentes que proporcionan el don de la fecundidad...
Sin duda, la madre del _jayn_ haba encontrado alguna vez a Marcela
delante de la Virgen de la Esperanza, en splica ferviente, con un
cirio en la mano y una pena en los ojos; acaso la sorprendi una noche
cabe la fontanuca del argomal, bebiendo ansiosa, bajo el plenilunio, el
agua llena de la apetecida virtud...

La moza devana conjeturas y suposiciones queriendo convencerse de que
el amparo al nene desconocido es para ella un providencial tributo de
agradecimiento a Dios, un inters que paga a la inmensa ventura de ser
madre. Se muestra a ratos optimista y sonre al intruso con bondad,
casi con gratitud; ha llegado a posarle los labios en la frente y
por supuesto, le cuida como al suyo, cumplidora leal de un deber que
tcitamente acept y que ya no discute, porque, cuando mira al nio
como ahora, estremecida y turbada, piensa: Aunque sea hijo de Andrs,
me conviene guardarle para que la aficin que le tome no vaya lejos de
m; para que _la otra_ no le tire y me viva obligado.

_La otra_ es una mujer de quien siempre Marcela tuvo celos, aunque no
se lo confesara a s misma y no hubiese motivo para tanto.

Ni hermosa ni liviana, Irene es hembra poco temible como rival, y, sin
embargo, sus ojos grandes, verdes y hmedos, tienen una rara hondura
de aguas misteriosas que produce inquietud y sugestin.

Cuando Marcela ha visto a su hombre distrado y perezoso, con la mirada
ausente y el suspiro en la boca, ha deseado ms que nunca la llegada de
un hijo, y ha pensado con inexplicable augurio en las hondas pupilas
de Irene, llenas de encanto y de secreto... Ella fu la primera novia
de Andrs, y desde que l la dej para casarse con una forastera,
all al lado vive retrada y solitaria; marchitndose sin amor, con
los profundos ojos abiertos sobre cada reciente hogar... Si Andrs
la nombra, le parece a Marcela que revive en los labios del mozo una
ternura ungida de remordimientos; si la habla, imagina que todo l se
hunde, enamorado, en el abismo de los ojos verdes; pero ni la habla ni
la nombra a menudo, y hasta se podra suponer que la huye.

No obstante, la celosa recuerda una vez ms en esta maanita de Abril,
algunas prfidas insinuaciones de los vecinos, supone que Irene est
en su casa escondida, y contempla al _jayn_ impuesto en el hogar por
Andrs.

--Es suyo, es suyo, es de ellos!--murmura, con el rostro impasible y
el alma zozobrante.

Permanece desnuda y absorta junto a la escanilla hasta que siente
fro y la hiere en la cara un rayo de sol. Ya es hora de vestirse
y trabajar. Antes de hacerlo, tiende, serena, la mano hacia los
pequeuelos dormidos, y les signa en el aire con una cruz.




III

VOCES DE LA TIERRA.--HISTORIA DE UN AMOR.--EL MAL DEL PAS.--LA PLIDA
VENTURA.--NUEVA ESPERANZA.


La luz vernal se duerme en el paisaje con amorosa dulzura. Por el
bravo espinazo del monte baja a la aldea un hlito caliente, saturado
de perfumes libres; flota en la brisa el rumor de las alas y el calor
de los nidos; estn frondosos los bosques, reverdecidas las praderas y
los huertos en flor.

A lo largo del angosto valle recibe la tierra en su moreno vientre la
rubia semilla del maz, y corre el Saja espumoso, crecido con la nieve
de los puertos, cantando el vasallaje de las fuentes que se le entregan
enamoradas, al nacer: toda la Naturaleza en celo palpita, escucha y
aguarda, trmula de pasin.

Marcela tambin padece la divina ansiedad de las horas primaverales
y vive en un atisbo celoso, ignorando lo que aguarda, escuchando
impaciente los rumores del campo, los pulsos de la tierra, las rfagas
del viento. Mientras su marido trabaja en la mies, ella cose en el
abierto portal, vigilando la cuna, suspirando con frecuencia. Su
pensamiento, que desfallece sometido a la embriaguez del da, busca al
amado y quiere penetrarle, saber lo que piensa y discurre, averiguar
por qu lleva la frente siempre tajada con una honda arruga.

Andrs ha sido el primer amor de Marcela; el nico. Brava como el
monte, ardiente como el sol, quiso al mozo con vehemencia ruda y fiel,
desde que le mir a los ojos tristes y pensativos, le vi sonreir con
melancola silenciosa y le escuch la voz ferviente, impregnada en
oculta pesadumbre.

No haba razn para que fuese aquel hombre taciturno. Tena a los
veintiocho aos algo de hacienda propia, excelente salud, buena figura
y avisada inteligencia. Las mozas se perecan por l, los vecinos le
concedan en todo una envidiable superioridad y gozaba justo renombre
de valiente y honrado.

Pero era un descontento de la vida, un espritu ansioso, tocado del
mal del pas, herido por la bruma de Septentrin. A pesar de su escasa
cultura, senta desmesuradas aficiones por libros y peridicos, y
hasta se dijo que, a hurtadillas, escriba romances. Toda la poesa
triste y honda del campo montas se le haba metido en el corazn, y
le envolva los deseos en una niebla de llanto sin lgrimas: as las
altas inquietudes sentimentales descendan sobre aquel nima silvestre
como un tormento obscuro, nunca roto por el divino hallazgo de lo
sobrenatural.

Cuando Andrs conoci a Marcela en una romera comarcana, quedse
deslumbrado como si por primera vez le baase, rtilo y potente, el sol.

Era otoo. Comenzaban a morirse las ramas en el bosque y a tenderse las
nubes sombras por el cielo. Ya remansaba el crepsculo en el campo
de la fiesta y aun sobre la seroja descolorida bailaba incansable la
mocedad.

Del bullicioso grupo se apart una muchacha que cruz la romera
para ir a sentarse en el tronco seco de un nogal, acaso con la nica
intencin de que la viese Andrs.

Al pasar junto al joven le soslay una mirada y una sonrisa, diciendo
muy gentilmente:

--Buenas tardes.

--Santas y buenas--repuso el galn, aturdido por la hermosa aparicin
que, en la blancura del traje y de la cara, pareca recoger del
espacio toda la luz. Y sigui atnito los pasos de la moza, se sent al
lado suyo, olvid a Irene con quien se iba a casar...

Tena Marcela aventajada la estatura, gallardo el busto, clara la tez.
Llevaba luto en los cabellos y los ojos; en los labios carmn; en la
risa y el alma, juventud. Su hechizo irradiaba una fuerza tan llena
de vida y de gozo, que Andrs, amando a la joven, tuvo por cierta la
felicidad y vislumbr la serena alegra de los espritus apacibles, de
los corazones abiertos y puros.

Sin dificultades lleg la boda, y desde la aldea montaraz, colgada como
un nido en el bravo alcor, fuese la esposa con su dicha al valle, all
donde, muy cerca, la olvidada Irene esconda su humillacin como un
delito.

Andrs pareca curado de sus antiguos males y un aura de ilusin le
alzaba la frente, le converta en comunicativo y risueo. Slo al
hallar a su primera novia, o cuando le hablaban de ella, volvan las
melanclicas nubes a circundarle, como si la pobre abandonada fuese
todava un lazo que le atase a las meditaciones tristes.

Pasaron los meses y comenz a palidecer la luz de la ventura nueva.
El matrimonio se impacientaba esperando un hijo, y aquella privacin
constitua para la esposa un grave quebranto porque la relacionaba con
el duelo de los ojos de Andrs, la bruma ausente que de nuevo envolva
al amado poco a poco. Entonces peregrin Marcela, devota y creyente,
a los pies de la Virgen de la Esperanza, y fu a beber, supersticiosa
y simple, en la fontanuca del argomal bajo la plena luna. Al cabo
el deseo tuvo realidad: el agua saludable y la religiosa oracin
florecieron juntas en una misma cndida fe, y Marcela, enajenada
de gozo, sinti que un amor nuevo y sublime emerga, igual que una
fragancia, de su carne joven, como si en su corazn se abrieran las
hojas de un capullo. Pero no se aclaraban las nubes en la frente
de Andrs y la esposa, con la aguda perspicacia de los enamorados,
adverta los esfuerzos de su marido para compartir las ilusiones de
ella y recibir al hijo como una bendicin. Entre alternativas de
zozobra y ventura, la imagen tmida de Irene rond a Marcela como una
sombra plida y tenaz; oy alusiones mortificantes respecto al nico
amor de la muchacha, la vi desaparecer del pueblo, oculta o ausente,
y sinti cerca de s, ms lejana que nunca, la sombra presencia de
Andrs. Al fin el hijo la colm de goces, tan inefables y sutiles, que
olvid todas las incertidumbres hasta la noche del misterioso hallazgo,
hasta que tuvo que albergar al _jayn_ en la cuna de Serafn...

Tanto se asemejan los dos nenes, que slo la madre distingue al suyo
del pobre desconocido, a quien han puesto por nombre Jess. Por su
parte Andrs procura no compararlos, apenas los acaricia tmidamente,
y repite a menudo, con terca obstinacin, que en esta edad todos los
nios son iguales.

Como ya apremia el trabajo de la sembradura y aun no estn majados en
algunas tierras los _cavones_, el mozo se detiene poco en su casa.
Vive campo afuera casi todo el da, se acuesta rendido y madruga
mucho, pero en el breve trato con su mujer mustrase carioso con una
cordialidad llena de matices raros, de tmidos aspectos en que Marcela
cree descubrir los resquemores de la culpa y los aromas de la gratitud.
Le parece a ella que su marido la mira de otro modo, la reconoce ms
virtudes y la estima con mayor reverencia. Y aunque esta novedad
significara la tcita confesin de cuanto la esposa teme, pudiera
ser, al mismo tiempo, seal de la gran ventura, renacer de la pasin
juvenil que a los dos les hizo tan felices. Generosa y enamorada, ella
se apresura a perdonar y sufrir, para merecer, y no arriesga una sola
palabra imprudente, ni un gesto, ni un reproche que nublen aquella
perseguida ilusin.




IV

EL ESTIGMA.--LA SENTENCIA DEL INOCENTE.--NADIE LO SABR!


Cosiendo y soando, en esta hermosa maana de Abril, oye Marcela que
llora un nio, el suyo sin duda, que es de los dos el que llora ms.
Corre a buscarle y piensa con orgullo que le tendr despierto en los
brazos cuando al medioda regrese Andrs. Pero el chiquillo, despus
de mamar gime an, con tal desasosiego, que la madre le desnuda para
consolarle, volvindole a vestir la ropita fresca, olorosa a flores y a
sol.

Ya le mece, libre de los paales, en el regazo, y se engre con su
robustez.

--Es ms fuerte que el otro--murmura, contemplndole a plena luz,
bajo el aire tibio y dulce del meridiano.

De sbito, los dedos giles y acariciadores se detienen con inquietud
sobre el pecho ancho y saliente del nio, all, encima del corazn,
y se agitan despus envolviendo el tallo dorsal de la criatura. Algo
extrao y monstruoso le parece a Marcela descubrir donde crey hallar
fortaleza y reciedumbre.

Acude presurosa a desnudar al otro nene, y, encima de la cama, los
coteja, los mide, los junta en una exploracin llena de perplejidades y
terrores: as la sorprende Andrs que no repara en el mudo trastorno de
la madre ni se aproxima demasiado a los chiquitines.

Largo da de zozobras crueles, y negra noche de insomnio, inspiran a
la muchacha una resolucin pronta y enrgica. Quiere salir de la duda
insoportable, saber si su hijo es contrahecho o si ella delira de
pasin y ternura maternal. Envolviendo tales incertidumbres, cierto
obscuro propsito entenebrece el alma de Marcela y la obliga ciegamente
al disimulo.

Cuando llega el mdico, llamado como por casualidad, la joven descubre
a Serafn, y pronuncia, con acento en que tiembla muy oculto el terror:

--Mire; est muy hermoso, ancho y grueso, pero llora mucho, parece que
se queja... y, como usted pasaba por ah, me dije: pues que haga el
favor de verle don Mauricio.

Don Mauricio, con las gafas sostenidas en la punta de la nariz, se
inclina sobre el nene mirndole despacio, le registra con los sabios
dedos el pecho y las espaldas, y mueve al fin la cabeza en un signo
lamentable.

Marcela le devora con los ojos.

Antes de dar su parecer el mdico pregunta:

--Este nio, es el tuyo?

Y rpida, con acento sombro, pero firme, responde la moza:

--Este es el jayn.

--Ya me lo figuraba. Porque t y Andrs sois robustos y normales y
este pobre es raqutico: tiene una corvadura angulosa en la columna
vertebral, lo que llamamos vulgarmente giba.

Con la voz empaada y brusca insiste la madre:

--De modo que es jorobado?

--Eso mismo.

--Y no lleva remedio?

El doctor se encoge de hombros.

--Ninguno--dice--. Le pondramos un aparato, le mortificaramos, y
el chico no se enderezara. Su lesin es innata, producida acaso por
herencia, acaso por un golpe que sufri la madre, por una presin
nociva durante el embarazo clandestino... Vete a saber!

Como nada repone la moza mientras envuelve a la criatura, don Mauricio
sigue hablando de _escoliosis osteoptica_ y otras enfermedades
relacionadas con la de Serafn, el nio desgraciado que desde ahora se
llamar Jess.

Dirase que el inocente escucha la inexorable sentencia de su desdicha;
de tal manera gime hasta que la madre, muda y febril, desabrocha el
corpio y le ofrece el seno, blanco y duro, generoso.

El buen doctor, algo mocero, a pesar de sus aos, y hombre sentimental,
se admira tanto de la hermosura de la joven como de su impulso
caritativo, y alude:

--Ah!, pero le cras t?

Ella, turbada en este instante por primera vez, murmura:

--Un poco...

--Ha cado el rapaz en buenas manos: ms vale as. Vaya, hija, que
sigas tan guapetona y de tan noble condicin!

Marcela despide a don Mauricio muy amable, y la blancura de los
dientes, al querer sonreir, le enfra la prpura de los labios con una
extraa claridad.

Cuando se queda sola acuesta al nene que se ha dormido y sale al portal
huyendo frentica de la cuna. Lleva en el alma un duelo indecible y
en la conciencia una nube cruel. No: nadie sabr nunca que su hijo,
el soado, el conseguido a fuerza de oraciones y lgrimas, el fruto
de un amor impetuoso, de un seno firme y joven, es una criatura
miserable, un sr enteco y ruin: nadie lo sabr! All est el _jayn_
para sustituirle y el orgullo de la madre para envolver en silencio
sacrativo aquel trueque fatal.

Marcela, inmvil, helada bajo la lumbre fulgurante del sol, clava sus
morenos ojos en la tierra donde ha puesto una mancha fugitiva el vuelo
manso de una paloma. Al otro lado del corral se remece el huerto con
blandura...




V

LA RUEDA DEL TIEMPO.--FRATERNIDAD.--LA CONCIENCIA Y EL CORAZN.--LOS
OJOS VERDES.--VIDAS INFELICES.


Han pasado muchos das, lentos y montonos, sobre la aldea montaraz.
Serafn y Jess tienen ya once aos y forman un rudo contraste de
lozana y endeblez. El que pasa por hijo de Marcela es un chicazo
alegre y rubio, con la cara redonda como la luna y los ojos verdes como
las olas, unos ojos que el padre mira siempre con singular fascinacin.
El otro es un sr enfermizo y contrahecho, una pobre criatura de mirada
quieta y sonrisa tarda.

Entre los dos media, con las afinidades del comn hogar, el lazo firme
de un cario devoto que es en Jess admiracin y vasallaje y en Serafn
misericordia y amparo. Delante de l ningn rapaz se burla del nio
giboso, ninguno le molesta ni le persigue: hermanos se llaman y por
hermanos les tienen en el pueblo, donde ya nadie duda la procedencia de
Jess. La misma Irene acostumbra a besarle cuando le encuentra solo,
y a mirarle siempre con un ansia muy triste, con una compasin muy
dolorosa.

Ya la antigua novia de Andrs perdi los ltimos encantos de la
enamorada juventud. Sola en el mundo desde que muri su madre, pugna en
la vida sin apoyo ni afecto que la sostenga y conforte. Trabaja y sufre
entregada al destino con una obscura conformidad acaso encruelecida
por la desesperacin. Brbaros empujones de su lucha solitaria la han
puesto algunas veces delante de Marcela, en solicitud de un jornal, de
un prstamo, de un pequeo favor. Y la esposa de Andrs la ha recibido
afable y complaciente, transida por una angustia semejante a los
remordimientos.

Tampoco Marcela parece la misma de antao. Aunque en su posicin de
labradora acomodada no ha conocido los rigores de la necesidad, vive
cavilosa y suspirante, con la mirada siempre fugitiva, escuchando
imaginarias voces al travs de las horas mudas. De su fuerte belleza le
queda todava una arrogancia en el porte y un hechizo en el semblante,
pero slo como un recuerdo que alumbra la ruina de aquella briosa
mocedad. Desde que suplant los nios con repentina y firme decisin,
en impune secreto, en vano busca su conciencia los vestigios de una
esperanza, el corazn, incapaz de mentir, la avisa de su delito a cada
instante. Al peso de su culpa ve la vida llena de sombras y siente
los castigos caer a su alrededor bajo la pupila negra del misterio.
Andrs quiere a Jess mucho ms que a Serafn, le quiere con una piedad
violenta, irresistible, en la cual piensa la celosa que descubre
redivivo el amor hacia Irene, ya que el padre ama en la criatura triste
al hijo de aquella mujer, mientras que al heredero le luce con orgullo
pueril porque es bizarro y saludable, pero le mima y educa sin meterle
en el alma, con un desvelo fro. Es verdad que a menudo se estremece
mirndole; le acerca a s, rpido y brusco, le aprisiona en los brazos,
y se hunde, aturdido, en el abismo insaciable de los ojos verdes: los
ojos de la otra!

--Qu busca en esa mirada?--se pregunta Marcela con loca
incertidumbre. Y para mayor tortura, su rival le inspira ms lstima
que celos. No es a ella a quien Andrs persigue a tientas, en los ojos
del hijo sano y en la desdicha del hijo doliente: es al amor fugitivo,
al imposible, al enigma. La intuicin se lo dice a la enamorada en
forma obscura pero cierta, y sufre ahora por el cruel abandono de Irene
con el doble estmulo del arrepentimiento y la compasin. Andrs y
Serafn debieran ser para la desvalida amor y gozo. Marcela se siente
culpable de habrselos arrebatado y padece con el atroz pensamiento de
ser una ladrona: el hombre que ella tiene por suyo estaba destinado a
Irene, y el nio que la llama madre naci de las entraas de aquella
misma infeliz, a la cual no le queda ni el lejano consuelo de haber
alumbrado una criatura bella y dichosa: porque mira en Jess la prueba
de su deshonor, el castigo de una hora de embriaguez.

Y el nene cativo, el inocente condenado a no tener nombre ni madre, oye
que le llaman _jayn_, sabe que vive de la caridad, y sufre en humilde
silencio, mientras la que le di a la luz del mundo calla y sufre
tambin, con ms angustia todava, y esconde como pecados vergonzosos
los impulsos y los gritos de la sangre.

Mil veces Marcela siente la tentacin de romper el secreto y confesar
su culpa cuando el nio gime atormentado por el doble infortunio. Mil
veces la culpable arrastra como un grillete su delito ante los ojos
ttricos de Jess y la mirada atnita de Andrs. En la conciencia
turbia de la esposa, rien ardiente y ferocsima batalla los celos, el
orgullo, la vanidad de la hembra, pugnando siempre por sofocar el puro
y callado instinto de la madre. Comprende la triste, con un espantoso
desgarramiento del corazn, que si mantuvo el dominio de su hogar
egosta, si logr reducir al hombre amado y alzar la bandera de un
cobarde y engaoso triunfo, todo ello fu a costa de su propio hijo.
Llena de amargura y de horror, de envidias y despechos indecibles,
de pesadumbres roedoras, quiere compensarle a fuerzas de caricias y
llantos, con una ternura desvelada y enferma que la consume poco a
poco. De tal suerte le cuida y le llora, como pidindole perdn, tanto
le envuelve y le regala entre solicitudes y fervores, que el marido la
contempla con asombro ms reverente y dulce cada da, ms empapado en
amorosa gratitud.

A los ojos de Andrs la abnegacin de Marcela crece hasta fundirse
con la santidad. Creyendo, como todos, que ella conoce el origen del
intruso, ve sin embargo cmo a los dos nios los confunde en una
misma gracia maternal, aun ms fina, ms honda y vehemente junto al
desgraciado. Y no sabe el padre cmo bendecir el tributo de amor que
recibe, de esta manera tcita y peregrina: rendido, confuso, rodea a su
mujer de tiernos homenajes que la entristecen cada vez ms, porque no
acierta a conformarse con tan gratuita admiracin.

As en el drama sordo de estas vidas infelices slo triunfa el supuesto
Serafn, engaado por la suerte, mecido por una dicha mentirosa...




VI

LAS FLORES DE LA NIEVE.--DICEN LOS PASTORES...--A LA LUZ DE UN
RELMPAGO.


El cielo decembrino, bajo y turbio, se entenebrece con rfagas
siniestras. Gime el bosque, desnudo por el huracn, baja de la montaa
un helado soplo, y en la vaca soledad del espacio vuelan copos de
nieve, palpitantes como mariposas.

Tendido en el tajo de la hoz el pueblo de Rianzar yace medroso, y en lo
profundo del estrecho valle muge el ro por la honda vaguada, desatado
en espumas grises, ensanchando la ronca orilla por fragas y juncales
borrando los azutes del ansar y los saetines del molino.

Al medioda se hacen ms espesas las flores de la nevada, rimbomba el
trueno y el aire adquiere un gemido spero y terrible.

Marcela aguarda el regreso de Andrs y de los nios. De vspera
subieron al invernal de Bustarredondo por el gusto de dormir en la
mullida cabaa, beber la leche espumosa, recontar los ganados y gozar
de los bravos paisajes. Quedaron en volver a la maana siguiente y
Marcela atisba los senderos, llena de incertidumbre, pensando si el
temporal les habra sorprendido ya en la ruta borrosa del monte.

Medra la tarde, cunde la nieve, se rasan las veredas, y todos los
confines cobran una misma blancura de sudario.

Unos pastores que bajaron al anochecer, huyendo trabajosamente de la
nevasca, dicen cmo al pasar por soto de la Cruz creyeron oir unos
gritos que pedan socorro. No lo pudieron comprobar y se inclinan a
suponer que las voces lamentables fueron una ilusin: el invernal,
medio arruinado en aquel sitio, gema, sin duda, al acabar de hundirse
bajo los atambores de la tormenta.

Pero la esposa de Andrs acoge este rumor con invencible espanto. Va y
viene por el pueblo presa de angustia desesperada, y no sosiega aunque
los vecinos de ms fuste le dicen que el soto de la Cruz no est en
la ruta de Bustarredondo, y que si Andrs se hubiese expuesto con los
rapaces en el monte no perdera el rumbo por tan lejano camino.

Marcela nada escucha. Torna a su casa oprimida por aciago
presentimiento, y se duele de l sola, en una soledad insoportable,
bajo los frmitos de la ventisca y la claridad helada de la noche. No
quiere encender luz, imaginando, cavilosa, que rostro al campo yerto,
est ms cerca de los ausentes, y abre de par en par la ventana sobre
el valle alumbrado por una ceniza luminosa, embebido en la nieve.
Siguen sonando las nubes con rugido pavoroso; la indmita curva de la
sierra se yergue amortajada en el paisaje, y abajo, en la honda lnea
de la hoz, tiene la frescura del agua clamores turbios y agoreros.

De pronto ve Marcela pasar una sombra por la linde blanca del camino,
una sombra muda que ella conoce mucho, y sale a recibirla con el
irrefrenable deseo de apoyar el desplomado corazn en otro que sufra
igual martirio.

Entra Irene en el abierto portal, y con tapada voz pregunta:

--Han vuelto?

--No!...

La trgica lumbre de un relmpago ilumina a las dos madres y las acerca
en instintivo impulso de terror. Se tienden las manos mirndose con
ahinco a los ojos, y se sientan calladas, a esperar.

En la torre de la parroquia plae una campana gemebunda; cae ms
menudo y fino el polvo de la nieve; se desgarra una plida nube y dos
estrellas se miran en el cielo, temblorosas...




VII

RFAGAS DE TEMPESTAD.--LA SELVA MUDA.--EL CANTAR DEL AGUA.--LA
HUDA.--EL GRITO CELTA.


De amanecida, rota apenas la maana, Andrs vi la espesura de las
nubes y sinti el fro precursor de la nieve. Un silencio desnudo
bajaba del medroso celaje y un hlito de hielo corra por las llecas y
el mantillo, como si tiritase el monte.

Ya el pastor dispersaba el rebao, y la leche fresca rezumaba en las
zapitas, acerca de la borona rubia, cuando Andrs despert a los nios
ponderndoles la necesidad de volver al pueblo sin que reventase el
nublado.

Hizo Serafn los honores del sabroso desayuno mientras Jess lo
probaba con esfuerzo y el padre crea descubrir seales dolorosas
en el trasojado rostro del enfermito. Tena el pobre maceradas las
ojeras, ardientes las manos, cados los miembros, apagada como nunca
la expresin de las pupilas. Buscndole a l refrigerios y tnicos,
por consejo de Don Mauricio, suban a menudo al invernal, pero aquel
da no les acompaaba la suerte, a juzgar por el cariz del tiempo y el
talante de la criatura. Para que no se cansara mucho, tomaron el camino
lentamente, escuchando las voces de la soledad, mirando al cielo con
inquietud.

Muda estaba la selva como si no hubiese aire para un rumor; quietos los
zarzales y las rgomas, todo silente el horizonte gris.

Cuando ya llevaba Jess jadeante el corazn, galoparon las nubes
sobre el viento y una lluvia sesga y helada comenz a caer. Llegaban
entonces el lveo del ro ms caudaloso del pas, donde el nio Saja
nace y solloza como un chortal, ablandando con su frescura la aspereza
monts. Y quedaron envueltos en los sones del agua, empapados en la
fra cancin, mecidos por la tormenta que, al crecer, converta la
lluvia en nieve y el viento en huracn.

Una repentina virazn de los aires empuj las nubes hacia el Norte
con mpetu furioso, congelando los cierzos, tapando las veredas,
dificultando el camino, en tal forma, que Andrs tuvo que cargar a
Jess en los hombros y tirar de Serafn, animndole con ruegos y
promesas.

Decidieron volverse a la cabaa, ms prxima que el valle, y tornaron
otra vez monte arriba, en recia lucha con el temporal, ateridos,
alcanzados por la torva angustia del miedo.

Una hora tremenda llevaban de huda cuando comenzaron a sentirse
perdidos, no viendo, an en torno suyo, las seales del amigo techado:
ni la cambera firme entre los setos, ni la braa sativa, ni el ramblizo
siempre susurrante, ni los pobos cercanos al pastoril hogar.

Aunque la nieve confunda lindazos y confines, hubiesen conocido bajo
la cruel blancura el huello de las parcelas propias, y hubiesen odo,
al travs de la borrasca, las esquilas del ganado. Pero no; la ruta,
difcil y agreste, padeca el azote de los elementos sin decir nada a
la memoria de los caminantes: ni un signo amistoso en derredor, ni un
toque suave de aljaraz!

Todo era esquivo y nuevo en la calzada serraniega a cuyos bordes
el eriazo mostraba un bravo semblante: se adivinaban los abietes
hostiles, la gujara rebelde, la espesura mazorral sin tresna alguna
de cultivo. Un bosque de salvajes enebros ergua las yertas ramas con
pavura como si levantase los brazos hacia Dios: la nube, cada vez ms
negra y ms baja, se abra en lampos de fuego y horrsonos clamores.

Agobiado por los nios, uno a cuestas, otro de la mano, quiere Andrs
huir de aquellos trgicos lugares, buscar un _asubiadero_ con la
esperanza de que, por lo repentino y brusco, tuviese el temporal poca
duracin. Seguro ya de haberse extraviado, rendido con el peso de
Jess, avizora ansioso el horizonte y tranquiliza apenas a los zagales,
llenos de terror.

Ya Serafn se queja a gritos de no poder andar. Cayendo a cada paso,
lloroso y gemebundo, interrumpe la fatigosa marcha del padre, y tiene
aquella fuga una expresin inclemente de fatalidad, un siniestro perfil
humano sobre la candidez terrible del camino.

No saben cunto tiempo luchan y desfallecen sin rumbo ni reposo, cuando
en una tregua de la ventisca descubren el cobijo de una cabaa, y al
tocar sus ansiados umbrales reconocen el invernal del soto de la
Cruz, abandonado por ruinoso y abierto a las tormentas, pero aun as
providente y bienhechor para los tristes errabundos.

Yacen all ms que descansan, transidos, inertes, sin conciencia de
la vida, hasta que Andrs logra recobrar los bros y darse cuenta de
su responsabilidad. Entonces mira con espanto a Jess que parece un
difunto; le toca y est ardiendo, le mueve y est dormido, con un sueo
soporoso y letal.

La ms desesperada compasin entenebrece al hombre delante de aquel
ser que le debe una existencia tan ruin, una infancia menesterosa y
comalida, sembrada de pesares, llena de humillaciones y amarguras.
Piensa que, al cabo, el hijo se le muere all, a las inclemencias del
cielo, sin que nadie le cuide ni le ampare, abandonado a la ms dura
suerte. Y reflexiona en lo intiles que han sido aquella lstima y
aquel remordimiento que en una noche inolvidable abrieron al _jayn_ la
puerta de un hogar...

No sabe cmo servir al nio, da vueltas igual que un loco, por la
achacosa cabaa, buscando en cada ostugo la vislumbre de una ayuda
que est muy lejos de parecer. Si el vendaval empuj por all algn
sobrante de la escamonda, los gajos secos del espino cerval o del
residuo del rozo, la nieve y el agua lo han mojado colndose por las
hendiduras, boquetes y algeroces. Y el mezquino acervo que Andrs rene
con avaricia, tratando de encenderle para secar la ropa y mitigar el
fro, se resiste entre speras quejumbres y bocanadas de humo.

Serafn duerme cansado de llorar. Jess se lamenta sin abrir los ojos,
con silbidos en el pecho deforme y temblores en las manos inquietas.
Cruje el endeble techado; gime el viento, cada vez ms rendido; nace
la noche en el fondo de la hoz.

La nieve ha dejado de caer en torvas y rodar en aludes; se desmenuza
ahora en copos muy tenues, con atalaje de hada, y sus vedijas sutiles
se confunden en la plida tiniebla, bajo la agona de la luz.

De pronto unas voces lejanas llegan a los odos vigilantes de Andrs.
Se yergue el desgraciado con toda la atencin despierta y sacudida,
y vuelve a oir, remoto, un son de relinchada, el _ijuj_ celta que
perdura entre los mozos cntabros. Quiz pastores o _serrojanes_, que
huyen a la llanura, cantan para espantar el miedo, con alarde infantil.

Andrs, brusco y esperanzado, responde al brbaro cantar con
angustiosos gritos, y quiere correr hacia las voces peregrinas, pero
los zagales, espabilados de repente, no le dejan salir. Un terror
inmenso les aturde ante la nueva actitud de fuga que el padre inicia,
ahora que ellos, tundidos, no se pueden mover y que la sombra ciega al
monte envuelto en pnico blancor.

Claman los muchachos frenticos:

--Padre, padre! No te vayas, no nos dejes!

Se le abrazan a las rodillas mientras Andrs pide socorro fuera de s,
y ninguna humana voz acude al vehemente reclamo, ningn auxilio llega
al travs de la soledad: tal vez los sones errantes fueron una ilusin!

El viento gira hacia el Sur convertido en un noto de repentina
blandura, y al dormirse en el ter deja oir la querella del Saja, honda
como un llanto inconsolable, y rasga las nubes en un jirn azul: dos
estrellas se asoman al cielo, pensativas, para mirar la nieve acostada
en la noche.




VIII

EL RESPLANDOR DE LA TRAGEDIA.--CAMINO DEL CIELO.--EL BESO DEL SOL.


Palidece una madrugada turbia sobre la claridad deslumbradora del
paisaje. El da, que empez a morir en los hondones, resucita en las
cumbres, invadiendo los contornos de la sierra cuando an es Rianzar
valle de sombras.

Andrs no sabe si ha dormido: reina en sus actos el desorden de un
sueo, y mira a su alrededor con aire de sonmbulo, mientras se le
esconden los pensamientos en lo ms obscuro de la conciencia.

Pronto revive su corazn con profunda congoja, sumido bajo la recia
pesadumbre: este da que nace no trae con su luz ms que la evidencia
del drama, el resplandor de la tragedia.

Ha querido el padre dar calor con su cuerpo a los hijos, y los guarda
a su lado inmviles, mudos. Jess descubre, ardiente, el ascua de los
ojos, lo nico que parece vivir en l; Serafn tiene los prpados
cados, y abierta la boca en una respiracin cansada. Inclinndose a
contemplarlos siente el hombre deseos de llorar y morir, y oye sin
asombro cmo cruje el cobertizo al peso de la nieve: sin duda va a
hundirse! Entonces, desde el trpido umbral otea los parajes helados
con las sendas perdidas y padece la vaga sensacin de asomarse al mundo
del silencio, en contacto con la eternidad.

Quisiera romper con la mirada los horizontes, salir, con la vista
siquiera, de aquella linde cndida y perenne que no concluye nunca.

El viento arrecia y la cabaa vuelve a crujir: parece que las nubes van
a rasgarse bajo un punto remoto de viva claridad. Otro brusco remezn
de la techumbre obliga a Andrs a sacar los nios, de un salto, fuera
del peligro, no sabe para qu. Los deja all sobre la alfombra helada,
y espera absorto que se hunda el invernal.

El desplome, el fro y la luz sacuden a los zagales con terrible
aguijn. Se levantan como autmatas, sin bro ni conciencia, y Jess se
vuelve a caer.

Serafn llora deshambrido, asustado, maltrecho, y el padre coge al
cado en sus brazos y dice al otro con un gesto obscuro:

--Anda!

Toma una direccin cualquiera, monte abajo, findose al instinto, pero
el rapaz no le sigue.

--No puedo... no puedo!--murmura--Tambin yo estoy cansado y siempre
llevas a Jess: a m no me quieres!

El desconsolado plaido llega certero al corazn de Andrs, y le acusa
de predilecciones invencibles. Tal vez Jess no sufre tanto como l
teme, ya no arde ni se queja, ya no le silba el pecho: ser menester
que ande un poco. Le posa con dulzura y repite:

--Anda!

Carga con Serafn, que an gimotea.

--No me quieres... no me quieres!

Y Jess da unos pasos, vacilantes, detrs de ellos. Despus vuelve a
rodar con un sordo retumbo, sin decir una palabra.

Acude el padre, aterrado, y al postrarse junto a la criatura conoce que
est all la muerte, _la reina de todos los espantos_.

--Jess!... Jesusn!--clama rota de pena la voz.

Y el nio, con la cara vuelta al cielo, entornados los ojos, lanza
una risa aguda y delirante que rebota en la nieve y se aleja sin
extinguirse. Al dejar de reir, el alma le resplandece un instante
en las pupilas, triste y pura como un cirio, y se apaga de pronto,
humedeciendo el cristal de la mirada muerta.

Andrs, con el pensamiento inmvil al lado del abismo, se inclina
a besar la boca exnime de Jess, y sobre ella se detiene, como si
quisiera recoger un murmullo, un sollozo, la ltima volicin de aquel
espritu mrtir y solitario que habit un cuerpo tan infeliz. Pero el
hielo de la boca marchita hiere con filo tan penetrante, que el hombre
se levanta, crispado, y echa a correr con el hijo que le queda...

Ceido por la mortaja infinita de la nieve, el cuerpo difunto duerme
con solemnidad en el monte, nunca tan santo como ahora que guarda los
despojos de un nio.

El viento al crecer, raudo y caliente, provoca el deshielo y ensalza
los rumores de arroyos y hontanares: parece que las aguas lloran una
pena indecible. El sol ha roto aquel punto claro de las nubes, y, sin
miedo al fro de la muerte, se asoma a besar la carne yerta de Jess.




IX

HORAS DE ANGUSTIA.--LAZO DE DOLOR.--LA VOZ DE LA SANGRE.


Cuando Andrs llega a su casa, medio enloquecido, ya las vecinas le han
arrebatado a Serafn para alimentarle y vestirle antes de que su madre
le vea derrotado y hambriento, con el terror hundido en los ojos y la
angustia pintada en el semblante...

Todo el pueblo se agita al conocer la tragedia del soto de la Cruz.
Las mujeres lloran:--Pobrecito jayn, pobre inocente, sealado como
una vctima desde la cuna!... El prroco dice que el zagal supo elegir
el nico camino libre y hermoso: el camino del cielo! Y se apresuran
los hombres cerca de Andrs para ofrecerle compaa y auxilio.
Todos quieren subir a la montaa para rescatar el cadver; todos se
compadecen del amigo que fu siempre generoso con los dems, valiente y
til en la lucha comn por la vida. Nadie ignora, tampoco, que el buen
camarada pierde un hijo en el nio _jayn_, y las frases de condolencia
adquieren rumores de secreto, matices de aventura pasional que rondan a
Marcela, sordamente, antes de que arribe su esposo.

No le aguarda sola; all est Irene, que no se ha movido del banco
donde por la noche se encogi, muda y trmula, agobiada de un dolor
humilde, sin palabras ni suspiros, llena de vergenza y timidez. Una
zozobra obscura, ms fuerte que su orgullo, la empuj hacia el hogar
siempre envidiado, y all se queda, esclava de la inquietud, quiz
temiendo que la echen; quiz sin fuerzas para huir.

A Marcela no se le ha ocurrido evitar la compaa de aquella mujer:
al contrario, la necesita y la estimula. Toda la noche trat a Irene
como a una compaera de infortunio; la invit a calentarse y rezar; se
estrech contra ella en el mismo banco, y tuvo tentaciones de abrazarla
y pedirla perdn.

Alumbradas desde fuera por la claridad de la nieve, contaron las
horas en vigilia constante, y cuando el alba inici las primeras
luces, sintieron en torno suyo una turbia sensacin de opacidad, una
vaga certeza de vivir... Ecos del drama que las rene en misterioso
lazo, posan ya junto a las dos madres. Algunos vecinos que preceden,
solcitos, a Andrs, para tranquilizar a la esposa, no saben cmo
hablar delante de Irene, y ellas, notando la turbacin de los
semblantes, padecen crecidas todas sus incertidumbres y nada quieren
oir.

Es aquel un minuto horrible de ansiedad, hasta que el hombre, tan
dolorosamente esperado, entra y se mira, atnito, entre las dos mujeres.

--Y los nios?... Dnde estn los nios?--le preguntan desoladas,
olvidando que huan de saber.

l paga a Marcela en tal instante su larga deuda de gratitud,
respondiendo con heroica generosidad:

--He salvado el tuyo.

--Al mo?--Nadie adivina el pnico de esta voz que repite:--Al mo?

Ronco y aciago el acento, Andrs confirma:

--A Serafn!

Y no comprende por qu Marcela da un grito desesperado y hondo, como la
pobre madre del _jayn_...




X

EL DA DEL PERDN.--LOS PEREGRINOS.--ENTRE DOS ORILLAS.--ALMAS QUE SE
BUSCAN.--REVELACIONES.--SOLA EN EL MUNDO.--SUEO DE ETERNIDAD.


La primavera vuelve, celosa, pujante, con todo el ciego impulso de la
vida, y alumbra unas bellas horas apacibles, unas horas que a media
tarde se pueblan de rumores de campanas, y ven llegar, por los hondos
caminos de la vega, grupos de gente grave y silenciosa.

Muchos de estos viajeros, los que vienen del lado ponentino, se
detienen a la orilla del Saja, junto a un plantel de _alisas_ y el
tramo de un puente roto. Entonces una barca, plana y tosca, que se
mece sobre el murmullo glorioso de las aguas, llega con el empuje del
barquero al lado de los caminantes. Y el ancho brazo del ro, cadoso
y transparente, se deja cruzar una y otra vez por la nave servicial
y deja que en su espejo se miren, entre medrosos y complacidos, los
romeros que forman la mstica expedicin.

En medio de la breve llanura, una iglesia, blanca y pobre, va
recibiendo a todos los peregrinos hasta donde le es posible
albergarlos, y los menos diligentes en acudir a las voces de la
torrecilla humilde se agrupan a la entrada, abierta de par en par,
frente al plpito vestido de viejo brocatel.

La voz llena y clara del predicador se desborda del templo, y rueda,
sonora, por los campos en reposo. Dice el carmelita unas palabras
sencillas y emocionantes; cosas buenas y dulces a propsito de la
debilidad de las mujeres; de la inocencia de los nios; del olvido
de las injurias; de la misericordia; de la caridad. Es el da del
perdn!

En las tardes pasadas ha desarrollado el misionero todos los temas
piadosos que deben traer como consecuencia este sublime final: el
perdn! Hay que perdonar las envidias, los agravios, las traiciones!...

Muchos fieles se miran con afn a los ojos como si quisieran verse
el alma; otros bajan la frente, otros suspiran con angustia. Y en el
atrio, sobre una viga del tejaroz, dos golondrinas recin llegadas de
luees tierras, coloquian misterios de su nido, sin desconfianzas ni
temores. Su manso arrullo besa en el aire las palabras del apstol:
Paz y amor! Un hlito vernal las empuja por el campo, hasta el ro
donde la corriente solloza y la barca se mece, como un smbolo, entre
las orillas, bajo el tembloroso andarivel...

       *       *       *       *       *

Sola va quedando la iglesia blanca en el fondo de la llanura.

La tarde se duerme con placidez, echada sobre las flores de la campia,
y los devotos se extienden por la vega en demanda de sus pueblecillos.

Con la ltima volada de las aves y los ltimos fulgores de la luz,
parece que flotan en el viento misteriosas endechas de amor y de paz,
como un himno entonado al da del perdn.

Dentro del piadoso recinto dos corazones, maduros por las penas, velan
y sufren; dos mujeres rezan y lloran. No estn juntas, pero se vigilan,
y cuando Irene se levanta la sigue Marcela de la mano de Serafn.

Casi a un tiempo llegan al portal, se santiguan de cara al templo
solitario, donde laten unas luces plidas, y se miran, dolientes, bajo
la penumbra del anochecer, cobijadas por un cielo sin nubes, florecido
de estrellas.

--Irene, me perdonas?--dice una voz opaca.

--De qu?--responde la infeliz que siente en la misma boca el raudo
golpe de su corazn.

--De que te rob la felicidad... el hombre que t queras... el hijo
que t alumbraste...

--El hombre?... l se march... El hijo?... Yo te le di... Ms
tienes que perdonarme t!

--No; que no sabes lo que hice!... El nio... te le cambi--balbuce
Marcela. Vibran las frases en sus labios como una llama, y empuja a
Serafn confesando:

--Pero estoy arrepentida. Te le devuelvo; aqu le tienes: toma... Este
es Jess, el jayn... no llores ms por l!

Un grito que se clava en el aire como un pual, recibe a la criatura,
mientras los pensamientos de la madre se dibujan absortos sobre una
obscuridad infinita. Torpe, vida, prorrumpe:

--Mi hijo!... Es mi hijo!... No me engaas?

Quiere abrazarle, y el zagal se resiste con el temor de verse entre dos
locas.

--No te engao--asegura Marcela, y su voz parece que recorre un espacio
sombro antes de hacerse oir--. Este nio es el vuestro, el saludable
y dulce, el de los ojos verdes, que embrujan como los tuyos...
fjate!... Cuando Andrs le mira es igual que si te mirase a ti...
Tmale: te le doy y me quedo sola en el mundo como estabas t...

--Yo no pienso en Andrs--murmura Irene con un doloroso balbuceo de
ideas, tendiendo siempre hacia Jess las codiciosas manos.

--La que se lleva el hijo, se lleva el hombre--ruge Marcela, mirando
ante s con ojos sin mirada, y echando al nio en brazos de la
otra--. Y aade:

--Quiero morir en paz: yo har esta confesin donde sea menester, dar
todas las pruebas necesarias, expiar mi delito segn la justicia del
mundo... Dios, bastante me ha castigado!...

--Madre!--llora el rapaz, buscndola.

--Esa es tu madre!--responde, brusca y firme, tornndole al regazo de
Irene.

Y all de cerca, vida contra vida, el nio entre los agitados
corazones, vuelve a decir a su rival:--Me perdonas?

--Con toda mi alma... Y t a m?

Un fulgor obscuro luce en los ojos agarenos mientras Marcela pronuncia:

--Tambin!... Hoy es el da del perdn...

De repente abraza al muchacho que la mira ansioso, y echa a correr
fuera del portal. La sigue un acento infantil y desgarrador:

--Madre!... Madre!...

Pero ella desaparece muda y ligera, como una sombra atormentada. Un
ancho camino de argomal la conduce a la margen del ro que susurra bajo
el leve cejo de la niebla.

La mujer, cansada, acorta el paso y se refugia en la soledad con un
amargo deleite de huraa y abandono. Se considera ya sola en el mundo,
purificada y redimida por el flagelo de la expiacin, digna de unirse
al hijo mrtir en una gloria que no se acabe nunca.

En la cumbre del soto de la Cruz una fogata pastoril arde, al parecer,
junto a las estrellas, y en el cielo enjoyado, se recorta el perfil
virginal de la montaa.

An palpita el crepsculo como un gran corazn agonizante cado en el
remanso de la noche; sobre el movible cristal del ro tiembla y huye la
plata de la luna...




TALN




I

EL PJARO Y LA NIA


Hay en Cantabria un pjaro monts, chiquito y verdoso, liviano y
artista, un canario silvestre que anida en los argomales, vive en la
soledad y canta en lo ms espeso del bosque y de la mies. Como no tiene
nombre conocido, le distinguen con el remedo de su aguda cancin,
llamndole Taln.

Una nia, tan agreste como el tal pajarillo, tan cantarina y bella como
l, viva, hace pocos aos, en Cintul, un pueblo de aquella comarca, de
los ms empinados en los alcores, camino de la hoz, frente al Escudo
de Caburniga. La nia era pobre y no tena madre: sin embargo, pareca
muy feliz. Su padre, un buen labrador, la cuidaba con singular desvelo
y entre las vecinas del barrio, afables y piadosas por lo comn,
haba una, la ms trabajadora, lista y servicial, que demostraba a la
hurfana especialsimo inters. El peinado, el vestido, la merienda
y el postre de la nia, corran siempre de cuenta de Clotilde, y
servirla, asearla, prever sus caprichos y sus travesuras, era para la
moza como una obligacin. La chiquilla se dejaba mimar, abusando todo
lo posible del encanto que ejerca sobre aquella mujer, del cario
del padre, de la compasin de la maestra, de la solicitud del cura,
de cuantas devociones, en fin, supo conquistar con su gracia y su
picarda, nada cortas ni vulgares. Sin ser una hermosura ni un modelo
de docilidad, conoca el dulce hechizo de hacerse querer. Alegre,
inquieta, reidora, apareca como envuelta en una rfaga de candor, y
tan infatigables eran sus aptitudes para correr y cantar, que olvidando
su nombre, dieron en llamarla _Taln_, lo mismo que al avecilla monts.

Cierto que a la nia para semejarse a los pjaros no le faltaban ms
que las alas; tena, como ellos, la frescura del aire donde habitan
y la serenidad del sol a quien adoran; llevaba en los ojos un brillo
dorado y caliente, lleno de luz, y pareca conocer los caminos trazados
por la bruma y el viento: de tal manera traspona el monte por los
ms inaccesibles lugares, y en frecuentes escapatorias, sin miedo a
los castigos ni a las alimaas, ligera y menuda, igual que el canario
silvestre.

Ya contaba diez aos _Taln_ y haca tres que Clotilde le serva de
madre, sacrificada por aquel cario con verdadera abnegacin. Hasta
que las gentes, poco habituadas, tambin en las alturas de Cintul, a
procederes demasiado finos, acabaron por decir que la moza, soltera y
madura, fraguaba su casamiento con Ambrosio, el padre de la nia.

No pareca muy asequible el galn, un cuarentn de carcter
independiente y retrado, atento slo a su trabajo y al celo de la
nena; hombre tan avaricioso de palabras que hasta para agradecer los
favores se dira que contaba las slabas. Pero en las obras era muy
discreto y cumplidor: goz fama de excelente esposo, y sus virtudes
paternales servan de ejemplo y alabanza en el lugar. Estaba bien
conservado todava. Alto, fuerte, moreno y adusto, mostraba una
repentina dulzura al sonreir a su hija, una dulzura que le haca
sonrojarse, y que Clotilde haba sorprendido con turbado corazn,
imaginando que Ambrosio poda ser muy bueno sin descubrir nunca en los
labios una vislumbre de alegra ni en la voz una gota de miel. Cuando
le hall una tarde con _Taln_ en los brazos, absorto en besarla y
divertirla, quedse tan confusa como l, que huy sin volver la cabeza,
murmurando algunas frases impacientes, mientras la nia explicaba
maliciosa:

--Le da vergenza que le vean dar besos...

Desde entonces Clotilde sinti delante de aquel hombre una obscura
ansiedad que se fu convirtiendo en rara timidez. Ella, tan
despreocupada y resuelta para acudir junto a su protegida a cualquier
hora, sin reparo ninguno, comenz a evitar los encuentros con Ambrosio
y a poner en sus visitas una mesura llena de precauciones y melindres,
cabalmente cuando los vecinos decan que procuraba su boda con el
viudo, seduciendo a la nena.

La cual, por aquel tiempo, corra a ms y mejor aprovechando las tardes
benignas del otoo, todava colmadas de flores y de aromas. Eran las
ltimas delicias del ao, y las ms codiciadas por eso, aquellas de
esconderse entre los maces crecidos y maduros, baarse en el remanso
azul del ansar, despedir en el campo _sirueo_ a las golondrinas que
huyen a invernar bajo las alas del sol, y subir al monte para aprender
romances de los pastores antes de que bajen con sus ganados a la
derrota de la mies.

Y en el disfrute de estos arriesgados placeres demostraba _Taln_ una
admirable experiencia. No haba chiquillo de su edad, en Cintul, que la
ganase a descubrir atajos en las cumbres, vados en el ro y escondites
en el bosque. Igual saltaba la crcaba de un huerto, que suba al
gromo de los rboles. Volaban sus cabellos gozosamente en las alocadas
carreras, y volaban sus pies sobre el camino, siempre dispuestos a
las aventuras peligrosas y a los parajes lejanos. Nunca se caa ni se
lastimaba: volva de sus excursiones con el vestido roto y la cara
sucia, llorando, a veces, para que no la rieran, y prometiendo no
escaparse ms.

Pero la misma gracia y prontitud que demostraba para desobedecer y
hacerse luego perdonar, le serva de estmulo en la escuela para leer
y escribir como ningn otro arrapiezo y tramar un bordado y un encaje
con relativo primor. Nadie como _Taln_ para ofrecer en la parroquia
las flores a la Virgen, muy peripuesta la chiquilla de vestido blanco y
banda azul, con un velo pomposo sobre la frente y los bracitos por el
aire, acompaando con un movimiento ritual el recitado de los versos
alusivos.

Todo lo cual quiere decir que esta nia no era un marimacho ni mucho
menos, sino una criatura gil y traviesa, inteligente y audaz. Debemos
aadir que tena un carcter generoso, muy propenso a los xtasis y a
las meditaciones, muy dado a soar y compadecer, y tan propicio a las
cosas peregrinas y sentimentales, que lo mismo le induca a vagar en la
sierra, por los riscos ms duros, como las aves huraas, que a salir
delante de la Custodia en las procesiones, llena de beatitud, ceida de
tules, con alas de plumas, emulando a los ngeles, los pajarillos de
Dios...




II

EL TORO GILVO


Trasmontaban los pastores, ya prximo el verano en busca de los altos
puertos, errantes como las tribus primitivas que fincaron la cabaa
y el redil a la paz de los dlmenes y menhires, en atisbo de la
civilizacin.

banse todava musitando romances del tiempo medioeval, originados
sabe Dios en la cuna de qu brbara cosmologa, calentados en el ascua
misteriosa del Cristianismo, y entraados en Espaa por la vena del
camino francs que inflamaron los peregrinos extranjeros al son del
_Ultreya_, el cantar salmdico de Santiago el Mayor.

Fiel remanso de las viejas corrientes de la vida, an repiten los
montes de Cantabria el eco de los ms olvidados mitos, y con el remoto
sabor de las primeras canciones del mundo, van posando, tambin, de
uno en otro repliegue de sus cumbres, una viva membranza del arte
prehistrico: son cayados y abarcas, zapitas y colodras, que reproducen
de un modo inexplicable los dibujos grabados en las astas de reno y en
los arcanos muros de Altamira: son atavismos sigilosos de la caverna:
sagrativas rfagas de lo pasado; mudos soplos de una humanidad infantil
que traslumbra en los pastores montaeses con perfumes del antiguo
candor.

Y _Taln_, la nia andariega de Cintul, siente un loco deseo de
despedir a los nmadas igual que a las golondrinas, con una alta mirada
llena de admiracin para todo lo que huye y tramonta ms all de los
horizontes, al otro lado de las cimas y las nieblas.

Aguijada por su antojo, ha pensado la chiquilla escaparse al invernal
donde los rebaos se renen para la partida.

Despus de comer, cuando el padre marcha con el carro a buscar lea
camino del soto, la nena se escabulle recatndose de Clotilde que la
vigila desde su casa, huerto con huerto, los corrales en un mismo
lindazo, y por las callejas silenciosas, entre espinos y sacos en
flor, busca el regazo de la sierra cuya soledad tiene a tales horas un
esplndido manto de luz.

Alborea Junio muy gentil, con todos los alardes de un precoz esto.
El sol, encendido y desnudo, se recuesta sobre el campo nuevo, y las
plantas, abrumadas de flores, aroman el ambiente bajo el sosiego torvo
de la siesta.

Camina _Taln_ a toda velocidad con aire fugitivo. Su paso menudo y
frgil, que parece un vuelo, apenas turba el augusto reposo de la
hora. Va pensando en un _serrojn_, tan chiquito como ella, que ya
veranea con el ganado en la punta de los Cabriles, al otro lado de
la montaa, y conoce todas las canales de los puertos vecinos, donde
viven el oso y el jabal, el milano y el azor. Va pensando, tambin,
un poco vagamente, que ha corrido la escuela y la reirn mucho; quiz
la castiguen a estarse de rodillas durante el recreo a la siguiente
maana; pero eso no le importa si consigue antes de que se marchen los
pastores aprender todo el romance que el _serrojn_ le est enseando:
es una sarta de versos inocentes, donde se cuentan las aventuras de
las cabaas emigrantes y se difunden los mritos de cada puesto, la
historia salvaje de cada risco monts.

Lleva la nia la mirada siempre horizontal, plena de ensueos: el alma
mecida igual que en una cuna; los labios sonrientes a una ilusin sin
formas y sin nombre. Sube a un castro, fuera de la sombra que la
conduca entre nogales y matas de juncia, y repite, ensoando a media
voz:

    Vlgame la Soberana,
  vlgame la Magdalena,
  que perd la mejor vaca
  que tena en Villanueva...

Con el mismo rumbo que sigue _Taln_ asoma desde lejos la cabaa de
Cos, hacia Bustarredondo, para reunirse all con los dems.

Solicitada por el soniquete de los aljaraces vuelve la nia la cabeza,
cuando un toro gilvo, muy joven y retozn, corre en amenazadora actitud
al reclamo del vestidito rojo que acaba de aparecer. El vestido huye
como una llama conducida por el viento; grita, desaforadamente el
pastor, renegando del rebelde animal, y la pobre nena, nunca, por
milagro, comprometida en un peligro semejante, quiere subir la pared
tosca y alta que limita el sendero y promete un refugio. Empujada por
el instinto, logra encaramarse en la espinosa linde y ve que al otro
lado se hunde, en pliegue brusco, el verdacho sombro de un renoval.

El toro llega jadeante, la nia salta con los ojos cerrados, y queda
inmvil sobre la escamonda, suelto el pelito rubio en torno a la
blancura de la cara.

Un instante despus acude el pastor cerca de _Taln_, contristado
y perplejo, mientras muge el animal blandamente, contemplando con
mansedumbre, desde la altura de la cerca, la voladora mancha de vestido
rojo, cada en incomprensible quietud.

Una alevilla suave pone su cndida nitidez sobre la frente de la nena,
se oye cercano el tenue vagido de un arroyo, y canta entre los renuevos
una cigarra loca de sol...




III

LA MADRE


Buen conocedor de los ambages de la sierra, el pastor lleg a Cintul
en un periquete, con la nia lisiada entre los brazos. Era amigo
de Ambrosio y conoca bien las travesuras de la pequea, su vida y
sus costumbres; as que, sin vacilar, llam a la puerta de Clotilde
gritando:

--Eh, muchacha! Aqu traigo a _Taln_ con una patuca rota.

Y era verdad.

El pajarillo perniquebrado se rebulla gimiente dentro del vestido
rojo.

Aparecise Clotilde en el umbral, con cara de susto, y se qued mirando
de hito en hito al hombre y a la nia, demandantes y humildes a plena
luz, bajo la masa ardiente del cielo.

La moza no di gritos ni se entretuvo en intiles preguntas. Abri su
cama y acost con sumo cuidado a la nena, que al menor movimiento se
quejaba de agudsimos dolores en la rodilla. No tena ms dao que
aqul: una mancha grande y obscura y un principio de inflamacin.

--Llamar al mdico--dijo Clotilde a su madre y a su hermana que all
detenan al pastor con mil comentarios sobre el percance.

--No le toca venir hasta pasado maana--le respondieron.

--Pero yo har que venga.

La escucharon con absoluta incredulidad y su madre repuso:

--Hoy har la visita en los pueblos del Concejn, y ni l ni su
caballo estn para ms trotes.

--Slo en trance de muerte vendra--aadi la hermana.

Se miraron absortos, aorantes de un mdico y un caballo ms propicios,
y el pastor, que ya se despeda, le propuso a Clotilde:

--Yo lo que t llamaba a la saludadora.

--Es una bruja!--respondi la muchacha con desdeo.

--Qu ha de ser!

--Claro que no!--adujo la madre en son de protesta--. Curaciones como
las suyas no las hace el mismo Don Julin.

--Y para las cadas y los golpes tiene manos de santa. Hace poco me
cur a m un vello despeado, en un santiamn.

Clotilde se encogi de hombros mientras la otra joven deca:

--Pero comparas a un cristiano con un animal?

--Para el caso es lo mismo--asegur el buen hombre, acabando de
despedirse, escotero y veloz, en busca de la cabaa que haba confiado
a los _serrojanes_...

Qued prendido en el silencio el llanto de la nia, ms quejosa cada
vez, ms postrada y febril, y pasaron la tarde inquietas las tres
mujeres alrededor de la cama, hasta que lleg Ambrosio con la testa
greuda, nublado el semblante y amarga la voz, preguntando por su hija
y nombrando entre dientes a la saludadora.

Clotilde fu a buscarla y volvi al poco rato con una mujer que no era
vieja ni srdida como las clsicas brujas; al contrario, mostraba un
porte agradable y majestuoso, muy infludo por la alta categora de su
providencial ministerio. Como no haba oficiado nunca en aquella casa,
se crey en el deber de advertir:

--Soy la sptima hija de honrado matrimonio, y por eso tengo en la
lengua una cruz con privilegio para curar.

Nadie trat de comprobarlo, y la mujer, con solemnes ademanes,
descubri a la enferma, la examin cuidadosamente, y no hallndole otro
dao que el de la rodilla, puso all su atencin con mucha mezcla de
signos, oraciones, saliva y alentadas. A mayor abundamiento aplic un
vendaje encima del golpe y dijo:

--Esto sanar si tenis confianza en mi virtud... y si quiere Dios.

Puesta as a buen recaudo su responsabilidad, se fu sin admitir unas
monedas que Ambrosio le ofreca.

La nena sigui gimiendo. Le creci la calentura y empez a delirar.
Pretenda huir del toro gilvo en una carrera incesante, angustiosa,
y haba que sujetarla para que en realidad no huyera. Transida y
ardiente, recitaba coplas, romances y lecciones; luego se adormeca
en un breve sopor y despertaba otra vez, medrosa, trascordada, para
repetir:--Madre!... Madre!...--tendindole los brazos a Clotilde.

--Aqu estoy!... Qu quieres? Aqu estoy contigo--responda la moza,
impregnada la voz de un vaho sentimental.

Y la dulcsima palabra se volva a encender en los ansiosos labios de
_Taln_ como un cirio en la sombra del recuerdo:--Madre!... Madre!...

Pasaron toda la noche Clotilde y Ambrosio al lado de la nia. l,
taciturno y aprensivo, no se atreva a tocar a la pequea, pero sus
tmidas frases y sus gestos bruscos tenan un hondo significado de
ternura en la intimidad del aposento, mientras la mujer, alerta y
silenciosa, refrescaba las sienes de la nia, le haca beber el agua de
las flores cordiales, y le colgaba al cuello un escapulario milagroso.

A la maana siguiente no estaba la enferma tranquila ni libre de
dolores, pero haba decrecido mucho la fiebre, y de la aguda crisis
cerebral slo le quedaba la flaqueza de llamar a Clotilde madre, con un
empeo mimoso y dulce.

Cuando la quisieron disuadir de su equivocacin, la interesada dijo:

--Que me llame como quiera; no la disgustis...

Por la noche el padre se fu a su casa y se acost, vestido y
desvelado, frente a la cama vaca de _Taln_. Pas el sueo volando
por sus ojos, levantse al amanecer, y ya el canto de los pjaros, que
es la msica del cielo, haca la ronda de los horizontes en clida
sinfona primaveral.

Sali Ambrosio al huerto y escuch asombrado el nuevo lenguaje que
hablaba la Naturaleza en torno suyo. Hasta los nervios de las hojas
parecan estremecerse: era aqul, sin duda, el tiempo de la vida,
el renacer de la tierra animada por el perpetuo ritmo vital; el
resurgir de todos los amores y las esperanzas... Por eso _Taln_ haba
encontrado una madre!

Y el hombre, solo y conmovido, no sabiendo qu hacer, se puso a partir
lea en el corral, con inesperado furor...




IV

EL SOL


A los tres das de ocurrir la aventura visit Don Julin a la nia por
empeo de Clotilde, desaparecido el vendaje de la saludadora, la cual
se limit a decir:

--No tenis fe y la criatura no sanar...

El mdico hall rota la articulacin y trat de soldarla con la
inmovilidad; pero aumentaron los dolores, continu la enferma postrada
y febril y al cabo de un mes diagnosticaba el doctor una artritis de
carcter tuberculoso, enfermedad larga y de un resultado obscuro.
Habl de los antecedentes de la nia, cuya madre haba muerto de una
fiebre hctica, y quiso indicar que la propensin hereditaria de
_Taln_ se hubiese manifestado, antes o despus, con cualquier motivo.
Recomend a la paciente baos de sol, mucha quietud, aire puro y
alimentos saludables.

Durante muchos das el caballo cansino de Don Julin se detuvo en la
nica ventana de Clotilde, donde la nia enferma se asomaba al campo
y al aire serraniego, bajo la incansable solicitud de su protectora.
Desde el camino, sin apearse, le haca el mdico la visita; se marchaba
meditabundo, en una actitud parecida a la estampa de Don Quijote sobre
Rocinante, y segua la nena tendida en su banco entre almohadas,
mirando al cielo y urdiendo historias en la tela invisible del espacio.

Floja y remisa para todo esfuerzo material, padeca _Taln_ una aguda
exacerbacin de impaciencias espirituales, impropias de sus aos.

Y acostada, rostro a lo azul, en el silencio campesino, dbase a
hilvanar ilusiones con verdadero frenes.

Ya no senta en la rodilla el lacinante dolor que tanto la hizo
padecer: slo algunas punzadas en los movimientos bruscos, algunos
latidos que la obligaban a forzosa quietud. A medio vestir, con los
finos cabellos peinados en dos trenzas acabadas en un hopo rubio y
lene, permaneca inmvil desde el alba a la estrella, abiertos los ojos
con extraordinario afn a cuanto flua pengero y sutil en la gracia
del viento. Pjaros, abejas y mariposas, subyugaban como nunca a la
nia con sus giros y voces, la risa del ter: hasta las teruvelas y las
aludas le parecan desde su postracin unas criaturas maravillosas:
pensamientos divinos echados a volar.

A Clotilde le daba mucha lstima ver cmo la enferma segua el rumbo
de insectos y de aves, perdindolos de vista en los remotos caminos
de la altura; imaginaba que tambin la nia quera huir volando hacia
Dios, como un ngel suyo, cansado de la tierra. Ambrosio pensaba lo
mismo, con infinito desconsuelo, y los dos tejan una pobre corona de
solicitudes en torno al pequeo sr, doliente y humilde, igual que un
pajarillo alicortado.

Pero la vida era dura en el terruo. Haba que trabajar de la maana
a la noche sin tregua, sin reposo, por encima del dolor y del
presentimiento, y _Taln_ se quedaba sola junto a la ventana desde el
amanecer, aunque la piedad y el amor velasen por ella.

La madre de Clotilde, que desgranaba maz en el desvn, tena cuidado
con parecido esmero de lo ms importante de la casa, fuera del establo
y el corral: la lumbre, la olla y la nia. A menudo bajaba del caliente
sotrabe para aadir garojos al fogn, sazonar el cocido y poner los
ojos, observadores, en la enferma. Algunas veces la vea atormentada y
sudorosa, con los prpados cados y el aliento feble. Entonces haca
sobre ella la seal de la cruz mojando en agua bendita, en calidad
de hisopo, una rama de laurel, y recobrndose _Taln_, se miraban
las dos, mudas y cndidas, en las atnitas pupilas. Si la pequea no
quera refrescar los labios ni cambiar de postura, volva la anciana a
deslizarse, pasito, fuera de la habitacin.

Al medioda regresaban del campo los trabajadores para comer: Clotilde,
siempre adelantada y presurosa; Ambrosio detrs, cada da ms desvelado
y tmido.

Andaban a la hierba por aquel tiempo. Sola volver la moza a su casa
con un fonje coloo en la cabeza, y el vecino con el guadail al hombro
y la colodra a la cintura; ella suba de un tirn la empinada escalera
del pajar y l rodeaba los huertos asurcanos para asomarse a la ventana
donde _Taln_ yaca como en un nido, esperando la salud.

Cuando Ambrosio haba cambiado las primeras frases con su hija, ya
bajaba Clotilde, un poco jadeante, con hilos plidos de hierba entre
el cabello obscuro, las mejillas ardientes, los ojos inquiridores. No
tena ms belleza que la de su frescura de campesina y el encanto de
esa bondad callada que se vierte en el silencio, como los arroyos que
sin dejarse oir apagan la sed del caminante.

Junto a la nia, el hombre y la mujer hablaban unos minutos, sin
mirarse apenas: l pona sus jornales casi enteros en el regazo,
infantil, y trataba de expresar a la vecina su gratitud, sintiendo que
se le empapaba el corazn de una ternura misteriosa; ella, hablando
y sonriendo, un poco azorada y cobarde, serva a la enferma nzulas
y miel, pan tostado y agua pura del monte. Ya no volvan a reunirse
hasta la hora del crepsculo, cuando brillaba en el cielo la estrella
vespertina, el chacal de la luna, expiado siempre con asombro por
las claras pupilas de _Taln_.

As pasaron los das florentsimos del valle, bien maduro el aroma
de los huertos, rumorosos los dorados maces en la mies, fastuosa la
belleza del bosque y la montaa.

Hicieron los pastores el retorno y se llenaron los caminos con el canto
de los esquilas al anochecer. El _serrojn_, amigo de _Taln_, acudi
al reclamo de la nia para decirle coplas y romances agrestes.

Ya la enferma no se adormeca, torpe y madorosa, en consuncin letal.
Sobre la bruida tez, los grandes ojos de color turqu se abran
pensativos y audaces como en plena salud; la gracia de la sonrisa y de
la voz cobraba con la dulzura antigua un nuevo encanto, una tristeza
inefable llena de misterio; el canario silvestre volva a cantar, y
a menudo deshaca en los dulces labios, como un trino, las estrofas
aldeanas:

    No le quiero
  molinero
  porque le llaman
  el maquilandero.
  Yo le quiero
  labrador,
  que coja los bueyes
  y se vaya a arar
  y a la media noche
  me venga a rondar;
  que suba aquella montaa
  y corte una rama
  del verde laurel,
  y a la mi ventana
  la venga a poner.

Guardaba _Taln_ en la memoria un sartal de cantares, y se los iba
diciendo con ingenua exaltacin a la brisa y a los pjaros, a las hojas
rubias que empezaron a caer, al lucero de la tarde, que desde muy
temprano comenz a brillar.

Mientras despertaban las canciones de la nena, dormidas en las horas
de dolor, iba el otoo deshojando las frondas, gema larga y triste la
quejumbre del viento, y era menester sustituir la ventana de Clotilde,
abierta a naciente, por una puesta al Medioda en casa de Ambrosio.

En esta ltima encontr Don Julin una maana a la nia y a la moza,
juntas y felices; una cantando, otra cosiendo, las dos con trazas de
ser dueas y seoras de aquel hogar.

Cuando el mdico observ a la enferma desde la calle, segn costumbre,
le dijo a Clotilde, entre afable y carioso:

--Conque al fin os echaron la bendicin?... Me alegro, hija, me alegro.

Ella respondi sencillamente:

--Yo tena que cuidar a esta criatura, y como en mi ventana hace ya
fro!...

--Eres buena. Dios te lo premie... y que nunca te falte el sol.

--Amn--susurr Clotilde, mirando a su hija con transporte--. Y le
pareci que el caballo rosillo de Don Julin, llevndose al jinete
macilento, caminaba aquel da con cierta soltura y prontitud.




V

EL MAR


Cinco aos despus era _Taln_ una obrerita ciudadana muy soadora, un
poco triste, que sobrazaba dos muletas y cosa ropa blanca de lujo para
un gran comercio santanderino. Su larga enfermedad en Cintul di por
resultado que el tumor de la rodilla, al resolverse, dejaba en posicin
viciosa la articulacin, inutilizando la pierna. Y los padres de la
nia, desolados ante la invalidez, pusieron su ltima esperanza en los
mdicos de la ciudad. Una heroica resolucin, ms fuerte en Clotilde
que en Ambrosio, ms decidida y obstinada, les empuj fuera del terruo
por caminos llenos de dificultades que parecan invencibles. Todo lo
pudieron la caridad y la ternura acendradas en un recio corazn de
mujer.

Y una tarde, larga y calmosa de primavera, el matrimonio y la nia
salieron de Cintul, embargados a un tiempo de pesadumbre y de
ilusiones. Los padres se despedan con angustia de todo lo amado
y conocido; _Taln_ dejaba atrs, con inconsciente melancola, su
infancia plena de libertad y de inquietud, con inocente cortejo de
cantigas, pastores y romances: su infancia pura, transida, al cabo,
por el dolor!

Cuando los viajeros perdieron de vista la aldea cobijada en el enfaldo
del monte, an hallaron amigos los senderos y los valles. Y ya al
anochecer, junto al ferrocarril, todava la cumbre del Escudo se
perfil en el cielo como una mole de tinieblas, dicindoles adis.

La nia no haba ido nunca en el tren, y dejse llevar maravillada,
imbuda por ambiciones indecibles, imaginando que volaba tan ligera
como las aves, ms segura que ellas en los brazos de hierro del camino.

Aumentaba esta ilusin la sombra naciente en los hondones, que trepaba
por los collados hacia la serrana, amortajando a la tierra. Ya slo
quedaba sobre el paisaje una franja de claridad: se iban agazapando
los pueblos dormidos en la ruta y galopaban los bosques y las mieses
como espectros a los lados del convoy. A _Taln_, asomada a la
ventanilla con muda impaciencia, le di en el rostro un aire salado y
fresco, y poco despus, de la entraa misteriosa de la noche surga
el Cantbrico. La tremenda llanura, al recoger de lo alto del cielo
toda la luz, brillaba resplandeciente como una sonrisa: all, junto al
coloso, estaba la nueva existencia, el progreso, la ciudad, tal vez la
salud!...

Pero las ltimas palabras de la medicina no remediaron a la pobre
_Taln_. Y acabadas las peregrinaciones a travs de sanatorios y
consultas, la nia se sostuvo entre dos muletas y volvi a andar, casi
a correr.

Ambrosio trabajaba en una fundicin y Clotilde en un taller de
planchado. Habitaban una buhardilla en casa principal, cerca del
puerto, albergue que les fu concedido mediante sus excelentes informes
y el apoyo de una buena familia a quien Clotilde haba servido en su
primera mocedad.

Como los mdicos insistan en que la invlida no podra vivir sin
aire sano y mucho sol, aquel alto refugio al medioda, junto al mar,
constituy para ellos un beneficio inapreciable. All la nia hall
otra ventana llena de luz, abierta al ancho horizonte de la baha, el
encanto desconocido, que fu para la campesina un nuevo amor.

Al principio de su vida ciudadana, _Taln_ pas las tardes afinando
sus conocimientos en el bordado y la costura. Con excepcionales
disposiciones y la aplicacin de sus quince aos reflexivos, pronto
estuvo dispuesta para merecer un jornal. Entonces comenz a salir muy
poco de su casa. Iba los das de fiesta a la parroquia y en contadas
ocasiones a las playas y los muelles, para acercarse todo lo posible al
mar. Al cabo de muchas tentativas logr embarcarse una vez con otras
compaeras del obrador. Fu al Astillero en un vaporcito muy empavesado
y alegre, cruzando la baha entre grandes buques, balandros gentiles y
botes diminutos, alejndose hacia donde los montes forman a las aguas
marinas una cuna, casi siempre serena. La breve navegacin no pudo
ser ms apacible y segura, y la goz _Taln_ como rara maravilla, con
embeleso profundo: correr sobre las olas a la par del viento y las
nubes le pareci el placer por excelencia, el disfrute que mereca
todos los riesgos y todas las audacias.

Pero al volver al muelle, poseda de la nueva embriaguez, hall a su
madre esperndola, tan angustiada y triste, que prometi no embarcarse
ya nunca ms sin su permiso.

Y no era fcil obtenerle. Clotilde y Ambrosio, pero ella siempre con
ms vehemencia en los sentimientos, recelaban del mar; le teman
como a un monstruo desconocido y le miraban con admiracin llena
de supersticiones: sus mudanzas, sus acentos, su vida potente y
misteriosa, cuanto para la nia significaba atractivo y seduccin en
la movible llanura, vena a ser para los padres seal de amenazas y de
espanto.

_Taln_ no volvi a embarcarse. Era ya incapaz de faltar a su palabra,
se iba haciendo una mujercita dulce y seria, y guardaba con recato en
su corazn el fermento de sus inquietudes. Por otra parte, el destino
le pona una cadena en los pies: la muerte le perdonaba a cambio de
la libertad. Sentase la muchacha cautiva entre los bastones que con
vigilancia implacable se erguan al lado suyo. Empezaba a presumir de
bonita y de mujer, y le dola cada vez ms la humillacin de verse
compadecida a cada instante, burlada en muchas ocasiones. Lstima o
crueldad, siempre un acento amargo se levantaba al repique brusco de
las muletas: nunca _Taln_ iba por la calle tranquila y alegre como las
dems criaturas. Se hizo un poco huraa: no quera salir, y su madre
le traa y le llevaba la labor; dej de tener amigas y acab por estar
sola de la maana a la noche, lo mismo que en Cintul. Aunque a esta
ventana remota no llegaban saludos ni visitas como a las de la aldea,
tena la joven a su lado un gran amigo, un deleite, una pasin: el mar.
Se pasaba la vida frente a l, pendiente de su ritmo y de sus cleras,
de su hermosura y de su voz.

Admirndole al comps de la aguja, cumpli diez y siete aos _Taln_.
Era una moza de belleza enfermiza, muy inteligente, muy sensible, de
carcter reconcentrado y vida imaginacin: hablaba poco, soaba mucho,
y saba como nadie sonreir.

Lleg a hacer tales primores con los encajes y las vainicas en las
holandas y el _nansouk_, que trabajando por cuenta propia se emancip
del taller, y ya muchas seoras trepaban al empinado albergue de la
artista en busca de la gracia de sus manos, buenas aliadas del amor...




VI

EL AMOR


Llaman a la puerta con un golpecito discreto, y la bordadora, sin
levantar los ojos de su labor, dice:

--Adelante.

Entra una joven de porte distinguido, sonriente, destocada. La invlida
se quiere levantar y la desconocida la detiene con amable solicitud.

--No se apure, por Dios.--Luego explica:--Vivo en el principal y he
subido para encargarle unas labores.

--Muchas gracias.

--Me han dicho que hace usted preciosidades.

--No tanto...

Se sienta la seorita en la silla que la ofrecen, mira a la obrera con
mucha curiosidad y pasea luego la mirada por toda la habitacin, una
salita minscula, resplandeciente de pulcritud, aderezada con cierto
interesante cariz; hay en la mesa del centro un canastillo con blondas
y otro con flores; en las paredes fotografas de paisajes; en una
papelera libros y dibujos; sobre la ventana un arambel bordado en tul y
una jaula con un malvs.

La duea de aquel nido se considera rica, tiene algunos ahorros y dos
solos caprichos, que no la empean: leer y mirar al mar. Ha hecho del
trabajo un arte que adereza y pule con orgullo y devocin, y esconde el
fracaso de su juventud entre cosas bellas y pensamientos limpios, con
celosa dignidad, sin que nadie le haya enseado a padecer ni a sentir.
El valor con que sofrena las ansiedades y cubre las amarguras, pone un
exquisito gusto en su sonrisa, y en sus ojos azules un claro brillo de
corindn oriental. Tiene descolorida la tez, grande y fresca la boca,
copioso el cabello rubio, ancha la frente, delicadas las manos, fino el
talle. Viste de percal azul: las muletas a los lados le hacen guardia
de honor.

--Cmo se llama usted?--pregunta de repente la seorita del principal.

--_Taln_, para servirla.

--_Taln!_... Qu nombre tan raro y tan bonito!--responde, sin
ocultar el asombro por cuanto ve y escucha.

--Es el nombre de un pjaro, all arriba, donde yo nac.

--Es usted montaesa?--vuelve a preguntar la curiosa.

--Ya lo creo!--dice, con cierto empaque, la nia de Cintul.

Y la vecina, deseando corresponder a tantas averiguaciones, cuenta de
corrido muy alegre:

--Pues yo me llamo Julia; soy madrilea. Mi padre tiene un destino aqu
hace pocos meses, y nos hemos instalado en un piso de esta casa. Unas
amigas me hablaron de usted, de su habilidad y buen gusto, y como estoy
haciendo el equipo, sabe?, pues dije: Voy a subir para que me ensee
modelos y ver si no me cobra muy caro...

--Ah! Se casa usted?--interrumpi la bordadora con nostalgia.

--S; con un chico tambin madrileo, bastante buena proporcin, guapo
l, de una gran familia, abogado...

La charla de Julia, gozosa y ligera por dems, quedse truncada de
sbito por un alto rumor; era como si un inmenso abejorro hendiese la
dulce brisa de aquella maana suave.

--Un aeroplano!--dijeron las dos muchachas a la vez. Y se asomaron
a mirar al cielo sobre cuyo difano tapiz se dibujaba el aparato
milagroso como un ave colosal.

--Yo tengo un hermano aviador--murmur Julia con repentina tristeza.

--Y est en Santander?

--No: pero llegar un da de estos; viene de Pars. All le han dado
el ttulo de piloto y ha hecho ya muchas pruebas arriesgadas. Es muy
valiente, muy sereno... ms buen mozo!... Y buensimo adems. Lstima
de hombre!

--Por qu?

--Porque se romper la crisma sin tardar mucho... Mis padres no le
dejaban de ningn modo seguir esa profesin, pero, tuvo un empeo tan
firme!... Ya se conoce que es aragons!

-S?

--Naci en Zaragoza, estando all empleado pap.

--Y cmo se llama?

--Rafael: es tipo muy interesante.

--Se parecer a su hermana--dice _Taln_, seducida y halagadora.

Julia sonre con gratitud y responde:

--Nada de eso: l es fuerte, robusto, muy grandn, y yo, ya ve usted
qu menudita y frgil.

Se yergue, sin duda para desmentir un poco su modesto parecer, y en el
vano de la ventana, henchido de luz, queda el perfil de una mujercita
pelinegra, insinuante, graciosa.

--No me parezco nada a mi hermano--asegura la joven. Y aade:--Le voy a
subir a usted algn retrato suyo.

Luego, cambiando de sitio y de expresin, con suma volubilidad, trata
de sus encargos, revuelve los encajes y los patrones, ajusta precios,
regatea y consigue cuanto se le antoja. _Taln_ ha sido conquistada por
la seorita del principal...

Pocos das despus el equipo de Julia ha traspuesto las escaleras,
confiado, con plenos poderes, a la invlida; pero la novia no cesa de
subir y bajar con recaditos y consultas, muestras y cintas. Ya sabe de
memoria la vida y milagros de _Taln_, los motivos de su dolencia, sus
gustos y costumbres.

--Aqu tiene usted novelas de Julio Verne--dice, registrando los
rincones de la sala.

--S; casi toda la coleccin.

--Es su autor favorito?

--Apenas conozco autores. Ese me gusta mucho.

--Yo le dar a conocer algunos modernos.

Y la refitolera deja los libros por un lado para revolver otra cosa.

Quiere aprender calados y puntos, y asegura que no tiene tiempo.

Clotilde, que suele encontrarla all, se asombra y exclama:

--Jess!... Si parece hecha con rabos de lagartijas!

--Pero tiene buen corazn--arguye con dulzura _Taln_.

Y ella no sabe que en sus palabras bondadosas se esconde una fuerte
simpata hacia Rafael, aquel mozo lleno de atractivos que sube por los
aires a escuchar la msica de los astros y sorprender los secretos
de la vida alada. La incitante devocin yace muda y sin forma en la
conciencia de la joven, mientras los claros ojos se obscurecen con una
sombra fugaz.

Llega Julia, muy alborotada, una tarde de aquellas, enseando la
anunciada fotografa.

--Aqu est Rafael: mrele. Acabamos de recibir su retrato, hecho
despus del ltimo vuelo sobre Pau. Es guapo?... Le gusta?...

La costurera clava sus pupilas ansiosas en un rostro franco y varonil,
un rostro alegre y dulce a la vez, lleno con el fulgor de la propia
mirada. El gallardo busto de Rafael aparece bajo los litros enormes
de la monstruosa liblula, y el aviador sonre a _Taln_, mirndola,
mirndola de un modo extrao y luminoso, inolvidable. Ella sacude con
dificultad el dominio de aquellos ojos ausentes, y responde, traspasada
de inquietud:

--Me gusta!...

As, en un vuelo ideal, lleg el Amor en forma de aeroplano a la
humilde ventana de _Taln_: era el Cupido moderno por excelencia,
con los ojos libres en la ruta de la inmensidad; las alas dobles y
potentes, seoras de las ms altas nubes; por flecha, un tren de
aterrizaje, y en el pecho, enamorado de las aventuras, el estruendoso
latido de un motor.




VII

EL DOLOR


Desde que Julia introdujo a su hermano en la salita de la invlida, no
ha transcurrido ms de un mes.

Fu una tarde abrilea y moribunda cuando el mozo se rindi, infludo
por las vehementes ponderaciones.

--Te aseguro que es una muchacha original, muy lista, muy mona; tiene
una voz que penetra en la carne, una voz como no he odo ninguna...
Est deseando conocerte: sube.

Y la novia le present en la buhardilla con pretexto de ensearle el
equipo.

No supona el aviador que su hermana hubiese logrado tan feliz
descubrimiento. En aquel marco de gracia y honradez, vigilada por las
crueles muletas, le pareci un arcngel herido la nia de Cintul.

Ella le trataba con embelesadora turbacin; hablndole pareca que sus
labios tuviesen un nuevo perfume de bondad y temblaba en sus ojos la
luz como una llama en el viento.

Llega Rafael cansado de fuertes emociones: la guerra, la aviacin, la
vida como nunca inquietante de Pars, le han producido una laxitud
que le inclina a las cosas apacibles y dulces con verdadera sed. En
el claro refugio de _Taln_ halla un remanso de paz donde la belleza
y el martirio se ofrecen al divino goce del sentimiento en el rostro
de la humana flor. Y all se queda todas las horas que puede, seducido
por la nia con lstimas y ternuras sutiles, que ella traduce al mudo
lenguaje de sus ilusiones.

Clotilde se alarma un poco de la asiduidad del seorito: ni los recados
que de su hermana lleva y trae, ni el invento frecuente de los dibujos,
le autorizan para acompaar tanto a la costurera. Aunque la madre
no viene a casa ms que a comer y a dormir, conoce en el semblante
de su hija, abierto y revelador, las visitas del caballero. Todos
los indicios se lo aseguran: la muchacha abandona la lumbre y otros
domsticos cuidados; cose menos; se compone ms; est inapetente;
necesita otra vez dormitivos como en el perodo agudo de sus males.
Despus de algunas vacilaciones Clotilde se encara con ella y en un
tono inusitado por lo brusco, le pregunta:

--Se puede saber a qu viene aqu el seorito del principal?

--Ay madre, a nada malo; por Dios, djale venir!

--Tanto te importa?

La nia responde, entre lgrimas:

--No s... no s!...

Y la madre, trastornada por aquel dolor, suaviza el acento para
continuar:

--Tienes diez y ocho aos... Todo lo que t haces me parece bien...
pero ese joven no se ha de casar contigo...

--No, imposible... imposible!--murmura la enamorada. De repente
aade:--Yo no me curar nunca, verdad? Ya no tengo remedio: me quedar
as, deforme, toda la vida.

--La esperanza es lo ltimo que se pierde... Otras cosas ms difciles
se han visto... Dios puede hacer un milagro...

--No tengo remedio!--balbuca la moza con desolacin mientras
Clotilde, evocando a la saludadora, prsaga en Cintul, se acusaba,
llena de amargura:

--Yo no tuve fe!

Y un inmenso pesar se desarrolla en el alma sencilla y fuerte de esta
criatura que ha sido madre por el espritu, en sublime concepcin de
piedades y amores. Permanece atnita ante el nuevo quebranto de su
hija, incurable como la enfermedad que sufre, obscuro y desconocido
para la mujer, que le siente gemir en sus propias entraas y no le
comprende. Ella no supo amar sino en forma de compasin y sacrificio,
con ddivas y renunciamientos, sin una dulce ilusin para s misma.
Ella ha tenido la sola esperanza de ejercitar el bien en torno suyo, y
se consume de pena junto a la irremediable desventura del ms querido
sr. Todos sus esfuerzos, todas sus abnegaciones, no salvan a _Taln_
del doble yugo del dolor...

Ya Clotilde no le hace a su hija advertencias ni preguntas; la trata
como a la cosa ms frgil y sensible del mundo; teme que de un da a
otro se le muera igual que un pjaro, se le marchite lo mismo que una
flor. Anda a su lado sin hacer ruido, como en la alcoba de un enfermo;
la observa a hurtadillas con punzante ansiedad, y al hablarle contiene
apenas los temblores de la voz.

Ambrosio percibe de un modo vago la misteriosa pesadumbre de las dos
mujeres y siente el alma llena de perplejidad. Siempre aorante de su
vida de labrador, abierta al seoro de los campos, libre y ancha en su
misma esclavitud, se va resignando a la disciplina estrecha del taller,
y transige, hasta cierto punto, con las costumbres urbanas; pero estos
das vuelve de sus tareas un poco ms tiznado que otras veces, ms
sombro, menos conforme.

Por su parte Rafael comienza a tener reparos cerca de _Taln_. No es
un seductor de oficio ni lleva un mal propsito a la salita blanca
de la bordadora, y se conmueve al sentir dilatarse en su alma los
pensamientos de la joven con inefable expansin. Buen conocedor de
mujeres, descubre en aquella, sin dificultad, la creciente pasin, con
todas sus fases, distintas como las mudanzas de la luna. Y se duele
de contribuir al mayor suplicio de la nia enferma, cuando gozara
en rescatarla de la adversidad. La est mirando l tambin, como una
existencia quebradiza y expirante, que en un momento se puede deshacer
lo mismo que la espuma, volar como un aroma.

Sin embargo, cuando sube a verla, se engre al persuadirse de que es
una criatura singular aquella que le ama. Encuentra siempre un nuevo
encanto en sus ojos esplndidos y graves, donde la luz pone a cada
hora un diverso matiz, y en su voz empaada y caliente, sobre la cual
los sentimientos, al amoldarse a la palabra, rozan los sonidos con
musicales vibraciones.

Todo en la nia de Cintul parece difano, transparente, infantil; no
obstante, el hombre que hunde en ella, sediento, la mirada, sabe que
hay un arcano, un enigma bajo el amor y el dolor de toda mujer...




VIII

EL AIRE


Hay en Santander un gran aviador, famoso en Espaa, y muchos das
_Taln_ le ve pasar en su aeroplano, seguro por el alto celaje como por
un camino real.

Se queda absorta la muchacha contemplando aquel punto remoto, que,
abrasado de luz, parece un ave roja, una flmula viva y es alado bajel
desde el cual un hombre seorea las nubes por senderos de palomas,
hasta mirar de cerca al sol como las guilas.

Ms despiertas que nunca sus ambiciones, _Taln_ quisiera volar
tambin, subir hacia Dios huyendo de sus pesares, quebrantando las
cadenas de su pobre vida.

Advierte ahora que su nido tiene la trgica hechura de un atad; la
sala se yergue sobre el tejado para que el muerto recline con holgura
la cabeza, y el resto de las habitaciones se agacha con el cadver
hasta los pies. Ya no consigue borrar la tremenda obsesin, y se ahoga
en la estrechez del aposento que ha sido para ella generoso refugio.
Ceida a la ventana, bajo las meditaciones ms absurdas, vive con
la aguja en la mano y la mirada por el aire, trasoando quimeras,
recordando su niez libre y audaz, sus escapatorias al monte y al ro,
a la copa de los rboles, a la espina de las cumbres: le parece que
ha sido pjaro o mariposa en una existencia anterior, y confunde su
infancia con otra vida que tuvo, no sabe cundo.

La boda de Julia se aplaza hasta el otoo, y la seorita ya no sube
con tanta frecuencia a vigilar los primores de _Taln_, que duermen,
abandonados casi en absoluto.

El que sube es Rafael, siempre con disculpas que justifiquen sus
visitas, como si las considerase impropias. Un peridico, una revista,
un libro para que la enferma se distraiga, le sirven de pretexto cada
vez que lucha entre huir y aproximarse a la nia doliente, y acaba por
ceder a la ms suave tentacin.

A menudo encuentra a su amiga en la postura habitual junto a la
ventana, y nota que sus ojos vuelven del cielo cada da ms tristes.
Entonces quiere darle nimos y resistencia, abrirle horizontes de
esperanza, perspectivas de ilusin y de salud. La persuade, pensamiento
a pensamiento, con habilidad y cario, como a una criatura inocente;
hasta que la sonrisa incrdula de _Taln_ se enciende en larvas de
pasin y retrocede el mozo con recelo, procurando llevar por otro
camino, ms noble para l, aquellas confidencias que le encantan y le
mortifican.

Para lograrlo suele irse por las nubes en torno a sus aventuras de
aeronauta y enumera, tambin, las cosas finas y elegantes, sutiles como
para juguetes, que componen un aparato volador: alambres de acero,
vigas huecas, lo mismo que el tubo de un instrumento musical; maderas
caladas, cuerdas de piano, tela, celuloide, pintura, barniz...

--Nada ms?--interroga maravillada la costurera.

--S; mucho ms: nuestro pjaro de acero tiene costillas, alas, cola,
pulso, corazn...

--Como los de carne?

--Lo mismo. Y con mucha ms fuerza, mucho ms poder.

--Quisiera volar!--dice, con antojo vehemente y antiguo, la pobre
invlida.

Y el aviador, que la tutea como a una nia, promete:

--Cuando yo suba te llevar conmigo.

--Va a subir usted?... Aqu?... Es de veras?

--Un da de estos. Vuestro campen santanderino me presta su aparato.

--Pero de verdad ir yo?

--Vaya!... y si t quieres no volveremos.

--Ah... no volver!

--Te gustara?

--Muchsimo!... El aire me encanta.

--Es el esposo de la Luna, el padre del Roco, el dios del Bien... Y
como t eres tambin una diosa!...

--De la Tristeza!--interrumpe la nia con un mohn.

--No sabes que entre el Aire y la Noche engendraron todos los seres?

--Nada saba.

--Hasta dicen que el alma es aire.

--Jess!

--Pero, escucha: dnde aterrizaremos?--pregunta insinuante el
aviador. Y se acerca a la muchacha que le oye con una sonrisa llena de
aturdimiento:

--Por qu no vamos a pasar la vida en las nubes!

--Si pudiera ser!--exclama ella con angustia. Se deja acariciar una
mano, luego la retira algo medrosa, muy conmovida, y para esconder sus
emociones, habla trmula:

--Diga usted, es cierto que volando sobre el mar se ven en el fondo de
las aguas cosas muy bonitas?

Rafael siente en aquel instante una honda compasin por la indefensa
criatura; una lstima dulce y fraternal por aquella voz, empapada en
matices, que tiembla como las alas de un verso; por aquellos ojos
claros y puros, donde el amor no sabe guarecerse. Se queda mirando a
_Taln_ con una serenidad comunicativa y mansa, y responde:

--S; volando sobre los mares se descubren muchos de sus misterios.
Las algas, con los tallos fijos a las rocas, forman verdaderos bosques
submarinos que se distinguen muy bien desde la altura. Eso, aqu
mismo, en el Cantbrico. En otras aguas hay, adems, flores rarsimas
y luminosas; lirios y estrellas de mar que alumbran; plantas que son a
un tiempo rosas y animales; peces con lentes o faros rojos y amarillos.
Los corales, con sus desprendimientos de caliza producen playas
de coral; otras veces el lgano es blanco junto a los sangrientos
arrecifes. Y las avenidas fluviales arrojan al mar islas enteras que
se hunden en las fosas del abismo, y hay zonas cubiertas por algas de
prpura y carmn, hay fondos de arena verde y rosa; de fango rubio y
azul; de arcilla gris...

--El mar!... qu hermosura!--interrumpe la muchacha con transporte.
Se vuelve a mirarle dormido en la baha, celando el secreto de sus
tesoros bajo una cndida apariencia de cristal.

--Tambin te enamora?--murmura algo celoso el aviador.

--Tambin.

--Tanto como el aire?

--El aire es ms mo.

--Tuyo!...--suspira el mozo. Y se despide con una prisa brusca,
mientras se desangra el sol en el horizonte marino, y sobre el alero
del tejado se baa una paloma en el ltimo fulgor de la tarde.




IX

LA SOMBRA


Guarda _Taln_ en el ms regalado seno de su memoria la promesa de
Rafael, y a pesar de todos los disimulos, Clotilde vislumbra el rayo
de sol que atraviesa la frente de su hija desde la guarida de los
pensamientos y se asoma a los ojos en un rehilo de esperanza.

--Qu espera?--se pregunta la mujer llena de inquietud. Vigila en
silencio, y con su claro instinto de piedad, siente cmo la joven va
dejando el alma adormecida en una ilusin vacilante, y cmo aquella
ilusin se extingue de repente, y se nublan los ojos y los sueos de
la enamorada, en la ms negra obscuridad.

Supone Clotilde, por seguros indicios, que el aviador se ocupa ya muy
poco de _Taln_, y ve llegar a Julia acelerada con una noticia.

--No sabe?--le dice a la costurera--. Rafael va a dirigir maana un
aeroplano.

--Maana?

--S; se lo haba dicho l?

--No le veo hace ya muchos das.

La voz y el semblante de la moza se demudan al responder, pero Julia
est muy ocupada en contemplar un hermoso camisn que viste el maniqu.

--Me gusta mucho--afirma--; como este quiero media docena--luego
contina:--Ah!; pues no le extrae que mi hermano no suba por aqu.
Est en el aerdromo la mayor parte del tiempo, en plena fiebre de
aviacin y no habla ms que de virajes, motores y cosas por el estilo.

--Le di algn recado para m?--trata de averiguar la nia triste,
asindose al ltimo jirn de su fe.

--Ninguno--responde la seorita, y sigue diciendo:--Mam ha pedido un
coche para que maana vayamos al campo de aviacin, que est por lo
visto, en un lugar precioso llamado las Albricias. Usted suele ir?

--Nunca--balbuce un opaco acento que slo a Clotilde impresiona.

--Pues yo an temo que mam no se decida. Rafael se empea siempre
en que le veamos volar, y ella se resiste, con un miedo atroz. Ahora
parece que ha consentido... Conque ya sabe: como este camisn quiero
seis. Es un modelo muy elegante; aunque me gustara el escote un poco
ms alto... Ya hablaremos, eh?

Y con la misma prisa que trajo se marcha la seorita del principal,
dejando en el pasillo y la escalera el menudo repique de sus tacones.

Clotilde prepara la mesa para comer, sin atreverse a hablar, temiendo
que sus palabras lastimen el sombro retraimiento de la muchacha. Y
Ambrosio, que llega a las doce, pregunta con afn a su hija:

--Qu, ests peor?

Ella mueve la cabeza negando, cada vez ms plida y silenciosa, y los
padres se abruman ante el misterioso mal que vuelve sobre _Taln_ con
una clandestina premeditacin, sin saber por dnde, cuando ya no le
esperaban. Comen a disgusto, observando que la enferma hace esfuerzos
intiles por no sazonar el alimento con sus lgrimas.

--Est htica!--se dicen, lo mismo que en Cintul. La miran como una
sombra que se desvanece, y el padre huye rebelndose contra el dolor de
la infeliz, que l solo quisiera padecer.

Es domingo, y las mujeres se quedan juntas y solas al pie de la ventana
por donde entran la descolorida luz de un cielo turbio, y una brisa
que tiene, hoy ms que nunca, el amargo salitre de la mar. _Taln_
siente en los labios aquella penetrante acidez que no sabe si acude de
su propio corazn. Abre un libro sobre las rodillas, y en l pone los
ojos hmedos de pena, sin volver las hojas ni saber lo que dicen.

La madre cruza las manos encima de su delantal, inclina la frente, y
piensa en lo lejos que est de aquel espritu que a su lado sufre y que
se le escapa, fugitivo siempre, cada da ms distante y remoto. Acaso
jams le tuvo cerca, ni cuando en la casita monts busc el alma de la
nia con halagos y desvelos, hasta ofrecerse por esclava, sin reservas
ni condiciones.

Clotilde lamenta, de pronto, en esta hora, el fracaso de su
esterilidad; duda si para merecer el excelso nombre de madre basta un
amor hondo y fuerte como el suyo, o sera necesario haber concebido la
carne doliente de _Taln_, haber moldeado en las entraas el corazn
de la criatura mortal. No comprende por qu la nia, que le tendi
los brazos en sus dolores fsicos, llamndola madre, le hurta lo ms
sagrado del sentimiento: el espiritual dolor... Quisiera consolarla,
medir su pena, saber el camino de su inquietud. Cuanto hay en ella
misma de ignorado, simpatiza con el misterio y se asoma a buscarle en
los ojos azules de _Taln_. Pero conoce que una sombra invencible le
celar siempre aquel abismo nublado por unas lgrimas que no acaban de
caer. Y retrocede pensando en la madre muerta, en la pobre tsica que
nadie nombra, que duerme olvidada en el campo silencioso de Cintul.

--Hace fro!--murmura la joven, de repente estremecida. Una rfaga
de aire, aguda como un pual, les sacude, mientras Clotilde cierra la
ventana: el mudo soplo deja sobre las frentes pensativas una agorera
alucinacin.

Galopaban las nubes y comienza a llover, calladamente, con humilde
suavidad.

Se escapa el da por todos los caminos bajo la mansa huella de la
lluvia, y en la salita se rozan el murmullo de una oracin y las alas
de un suspiro, hasta que la noche se apaga oscura en los cristales.

Entonces las dos mujeres atribuladas, creen percibir un aciago rumor,
fro como un chortal, abierto con infinita pesadumbre en el plido
corazn de la sombra...




X

EL TRAMONTO


Nace la maana tarda, con espeso embozo de nieblas, y _Taln_ la mira
crecer bajo la suprema inquietud del que aguarda el mayor goce de su
vida con la certeza de que es imposible que llegue.

Los padres se han ido a trabajar a la hora de costumbre, y la muchacha
tiene delante su labor y clava con tenacidad los ojos en el espacio
donde rueda turbia la luz.

--Volar, y volar con l!--se est diciendo. Por ver realizada esta
promesa inolvidable, morira gozosa imaginando que dejaba un rastro
luminoso en las arenas del tiempo...

Los vellones de la niebla remontan las alturas y abren en las nubes
surcos de ms viva claridad; se templan los hlitos del viento y la
maana se embellece envuelta en su misma palidez.

El ala fresca de una mariposa roza en la ventana la mejilla de _Taln_,
y al solo contacto de este beso puro, siente la joven desbordarse toda
su tristeza y su pasin. Sobre el agua movible de los ojos azules pasan
las emociones fulgurantes, enloquecidas, empujadas unas encima de
las otras por la trmula mano del recuerdo, y la memoria es un ancho
camino por donde se deslizan las imgenes de aquella breve existencia,
desde los das de libertad y de salud hasta las horas obscuras de la
invalidez.

Esta vida que albore llena de ambiciones y de cantares, se resume
ahora en un ansioso atisbo del espacio y de la luz, bajo el yugo de
las muletas; siempre encendido el pensamiento a _la raita_ del sol, y
siempre la realidad cautiva al borde de una ventana que sirve de crcel
y tortura. Si alguien viene a prometer la recompensa de un minuto de
felicidad, ha mentido aquella voz, y la promesa traidora se convierte
en un suplicio intolerable, en un nuevo y terrible desengao.

De pronto suena el repique de un paso leve y conocido, y entra Julia,
como de costumbre, apresurada y risuea.

--Quiere usted venir conmigo a las Albricias? Mam a ltima hora no se
atreve y no tengo quien me acompae.

--Y Rafael?--murmura atnita la invlida.

--Est en el campo de aviacin. Volar a eso de las once y son ms de
las diez. El coche nos est esperando. Se anima usted?

--Sin permiso de mis padres?

--Cuando lleguen a casa estaremos nosotras de vuelta y se alegrarn de
que usted haya dado un paseo.

--Voy!--decide _Taln_, y se apoya en los bastones para buscar un
vestido.

--Este encarnado--elige la seorita descolgando en la reducida percha
de la alcoba un trajecillo rojo.

La obrerita se le viste con precipitacin, y a pesar de su aturdimiento
recuerda al toro gilvo que una tarde en el monte se enamor ciegamente
de un vestido colorado.

Esta salida del hogar tiene hoy tambin, como aquel da funesto, un
aire clandestino, el travieso cariz de una escapatoria.

--Ser la ltima!--piensa la joven con un suspiro que se extiende por
la sala como una despedida.

Desde la puerta vuelve los ojos _Taln_ a este nido que hace tiempo le
parece un sepulcro; le recorre todo con mirada indefinible, y bajo el
peso de una emocin singular, traza con mucha reverencia la seal de
la cruz...

El campo de las Albricias est cerca de la ciudad, tendido en la
llanura con anchos horizontes de huertas y jardines.

Cuando llegan a l las dos muchachas, un grupo de curiosos rodea el
aeroplano que fuera del _hangar_ se dispone a subir. Es un magnfico
Moranne Saulnier y tiene en el fuselaje el nombre como una
embarcacin: se llama _San Ignacio III_. Parece un monstruoso gaviln;
bajo la nervadura de las alas el cuerpo trepida, impaciente por huir,
mientras los mecnicos le celan con exquisitas precauciones. Entre
ellos surge el aviador ya vestido para el viaje, bromeando con risueo
desdn. De pronto vuelve la cabeza atrado por una mancha roja que
oscila entre dos bastones, y se sorprende al reconocer a _Taln_.

--La he invitado a que me acompae porque a mam le entr
miedo--explica Julia.

--Usted no se acord!--insina con amargo reproche la costurera.

--S, me acord--afirma Rafael--; pero hua la responsabilidad de mi
convite... Hua de muchas cosas--aade con acento un poco estremecido.

--No es verdad!--prorrumpe obstinada la joven.

--No?... Quieres probarlo? Quieres subir?

--Quiero!--contesta, clida y vibrante la voz, y arrastra el paso
tullido hacia la nave, con febril ansiedad.

Rafael manda que acerquen la escalera y la muchacha pugna en los
peldaos cuando el mismo aviador los sube en un instante y desde arriba
transporta a la viajera hasta su sitio, con bastones y todo. Ella
sonre fascinada y la gente aplaude al darse cuenta del suceso.

--Pero, es de veras?--clama Julia con repentina zozobra--. La vas a
llevar, Rafael?

--La llevo--asegura--. Se quita el abrigo y le cie al cuerpo glcil de
la bordadora.

--No me hace falta--dice la joven, que luce arreboladas las mejillas y
los ojos ardientes.

--Arriba tendrs fro.

El aviador ocupa su puesto y concluyen las maniobras de la partida,
mientras Julia refiere a su alrededor, con mucho inters, la historia
triste y pura de _Taln_.

Alguien ofrece a la viajera una mantilla, un velo para envolver el
peinado y cubrir el rostro contra el azote del aire a gran velocidad.

--No lo necesito; voy muy bien--responde--. Y mirando con orgullo al
cielo que se desarrolla sobre su frente.--Qu lstima que no haga
sol!--murmura.

--Buscaremos un boquete en las nubes para llegar a lo azul--dice el
piloto.

--Eso es posible?

--Ya lo creo!

--Dios mo!--balbuce en xtasis la pobre invlida, que est en camino
de quebrarle al cielo su plido cristal.

De pronto el _San Ignacio_ resbala sobre la pista y se yergue en el
viento que zumba.

--Adis, adis!--gritan, pegadas a la tierra, unas voces envidiosas.

--Ahora s que soy un Taln--pronuncia, enajenada de gozo, la
nia de Cintul--. Siente que, al cabo, agita las alas temblorosas
y resplandecientes que siempre tuvo en el corazn, y poseda por
la inefable rfaga de libertad, arroja de la nave las muletas, que
al caer se clavan en el campo, hincadas hacia la altura como dos
interrogaciones.




XI

LA LUZ


La tierra huye, tendida y anchurosa, bordada de surcos y de huertos con
apagados tonos de tapiz.

El aeroplano gira sobre la ciudad, y rboles, torres y edificios le
apuntan en momentnea persecucin, al hundirse bajo el solemne vuelo.

Se dibuja un punto, el seno turgente de los montes; despus todo el
paisaje se humilla, aplastado como un mapa, sin relieves ni contornos.

El viento ruge: hendido por las alas vertiginosas del aparato, se queja
a voces del intruso que le corta y le vence, y que grita, a su vez, con
acento poderoso.

En lo profundo del horizonte, el mar, dormido, calla el inmortal
secreto de su existencia, y sobre l se remonta el avin, reflejndose
en el quieto espinazo de las aguas. Al mirarle, esfumado entre la
bruma, dirase que un bergantn con las velas tendidas haba echado a
volar.

El cabello rubio de _Taln_ flota destrenzado como los airones de la
neblina, y la muchacha, ebria de felicidad, se asoma a ver si bajo las
aguas traslcidas descubre la belleza del Cantbrico algn bosque de
flores marineras, alguna playa de color de rosa. Nada distingue, porque
el aviador, que ha hecho un precioso picado sobre la baha, deja de
pronto que la nave se encabrite, como brioso corcel, y la manda sobre
las nubes que en patrullas galopan hacia lo sumo del cielo: queda el
aparato mecido en un halo tembloroso de claridad; se rompe en seguida
todo el velo del celaje y aparece lo azul, inflamado de sol.

La viajera, en pleno tramonto, arrebatada a las humanas ligaduras
en aquel glorioso viaje, siente la vaga estupefaccin de vivir, el
infinito roce de la eternidad. Rechaza el abrigo que la envuelve, y se
pone de pie, apoyndose con temerario impulso en el borde de la nave.
Sin saber lo que dice, grita, con los ojos ciegos de llantos y de
resplandores:

--Te quiero, Rafael, te quiero!

Su voz, transida de inquietudes, se desle en el aire que la sorbe y la
empapa con inmensa dulzura.

El piloto, a la vanguardia del aeroplano, va sumido en las mltiples
atenciones de su ciencia llena de arte y de riesgo, emuladora de la
divina virtud. Lleva detrs de s a la pasajera; entre ambos, el
cristal del parabrisas, y ni la ve ni la oye, muy lejos de suponer
que en aquel instante la enamorada se dobla en el vaco, al peso de su
corazn.

El _San Ignacio_ pierde bajo el envs de las alas el surco de un
vestido rojo que tiembla como una lgrima de sangre, como una gota de
sol, y con los brazos abiertos en una entrega brusca, _Taln_ se hunde
en el mar, hasta el mismo lgamo azul...

Vuelve el avin del cielo con firme serenidad; descubre las colinas
y los bosques, el casero y los jardines, la alfombra entera de
Santander, an descolorida por el nublado, y aterriza en un vuelo
insuperable, entre los aplausos del pblico y las muletas de la
invlida, semejantes a una interrogacin.

Trae el viento el aroma hmedo de la lluvia primaveral: en la linde
remota de la pista, un lamo esbelto y fino, inclinndose a un lado y a
otro, parece un dedo que niega.

Sin detenerse, el _San Ignacio_ entra en el _hangar_ como un ave que
retorna al nido.

All Rafael quiere felicitar con orgullo a su compaera. Se levanta,
sonre, da la vuelta con las manos tendidas y queda atnito delante
de un lugar vaco: No vuelve _Taln_ del viaje que emprendi!... El
canario monts ha volado con misterioso rumbo, ms all de las cimas
que remontan los pastores; al otro lado de las nieblas y los luceros!

Ya la gente se arremolina en torno a la mquina triunfante, y el
estupor se divulga ante la incertidumbre de que se haya quedado en el
cielo la nia de Cintul...

Acaban de rasgarse las nubes, y en la soledad majestuosa del espacio se
levanta, como en supremo altar de inmolaciones, la divina patena del
sol.




NDICE


                                                        Pginas.

  RUECAS DE MARFIL.                                          5

  _Naves en el mar_.                                         9

        I.--El fiordo andino.                               11
       II.--Presentimiento.                                 17
      III.--Las aves nuevas.                                23
       IV.--Costa inclemente.                               29
        V.--La cuna trgica.                                35
       VI.--Insomnio.                                       41
      VII.--La fatal cada.                                 47
     VIII.--Rayo del cielo.                               51

  _La ronda de los galanes_.                                59

  _El Jayn_.                                              157

        I.--Rosa de zarza.--El Jayn.--El
           dardo de una sospecha.--Amanecer.               159

       II.--El altar, la fuente y la luna.--La
           sombra de una mujer.--La seal
           de la cruz.                                     169

      III.--Voces de la tierra.--Historia de un
           amor.--El mal del pas.--La plida
           ventura.--Nueva esperanza.                      175

       IV.--El estigma.--La sentencia del
           inocente--Nadie lo sabr!                      185

        V.--La rueda del tiempo.--Fraternidad.
           --La conciencia y el corazn.--Los
           ojos verdes.--Vidas infelices.                  191

       VI.--Las flores de la nieve.--Dicen los
           pastores...--A la luz de un relmpago.          199

      VII.--Rfagas de tempestad.--La selva
           muda.--El cantar del agua.--La
           huda.--El grito celta.                         205

     VIII.--El resplandor de la tragedia.--Camino
           del cielo.--El beso del sol.                    215

       IX.--Horas de angustia.--Lazo de dolor.--La
           voz de la sangre.                               221

        X.--El da del perdn.--Los peregrinos.
           --Entre dos orillas.--Almas que se
           buscan.--Revelaciones.--Sola en el
           mundo.--Sueo de eternidad.                     225

  _Taln_.                                                 233

        I.--El pjaro y la nia.                           235
       II.--El toro gilvo.                                 243
      III.--La madr.e                                      249
       IV.--El sol.                                        257
        V.--El mar.                                        267
       VI.--El amor.                                       275
      VII.--El dolor.                                      285
     VIII.--El aire.                                       293
       IX.--La sombra.                                     301
        X.--El tramonto.                                   309
       XI.--La luz.                                        317




[Ilustracin]

      SE ACAB
     DE IMPRIMIR
  ESTE LIBRO EL DA
    26 DE MARZO
      DE 1919.


   EDITORIAL PUEYO,
      ARENAL, 6,
       MADRID




EDITORIAL PUEYO.-Madrid.

EXTRACTO DEL CATLOGO


=Antn del Olmet= (Luis) y =Garca Garraffa= (Arturo).--_Los Grandes
Espaoles_:

  --Galds, 2 pesetas.

  --Echegaray, 2 pesetas.

  --Maura, 4 pesetas.

  --Canalejas, 4 pesetas.

  --Moret, 4 pesetas.

  --Menndez y Pelayo, 4 pesetas.

  --Alfonso XIII, dos tomos, 8 pesetas.

=Aponte= (Adolfo).

  --Paisajes de almas, poesas, 3,50 ptas.

  --Canciones remotas, 3 pesetas.

=Argello= (Santiago).

  --De tierra... clida, poesas, 3 ptas.

=Bazin= (Ren).

  --Donaciana, novela, 3 pesetas.

=Benavente= (Jacinto).

  --La gata de Angora, comedia en cuatro actos, 2 pesetas.

  --Los intereses creados y La ciudad alegre y confiada. Un tomo,
  encuadernado en tela, 2 pesetas.

=Buenda Manzano= (Rogelio).

  --El poema de mis sueos, poesas, 3 pesetas.

  --Del bien y del mal, poesas, 3 pesetas.

  --Nacares, poesas, 2 pesetas.

=Bueno= (Manuel).

  --Almas y paisajes, cuentos, 2,50 pesetas.

=Cadenas= (Jos Juan).

  --La corte del Kaiser. Un ao en Alemania, 3 pesetas.

=Castro= (Cristbal de).

  --El amor que pasa, poesas, 3 ptas.

=Cyro Bayo.=

  --Con Dorregaray. Una corrida por el Maestrazgo, 3 pesetas.

  --Los Maraones (leyenda urea del Nuevo Mundo), 3 pesetas.

  --El peregrino entretenido, viaje romancesco, 3 ptas.

  --Orfeo en el infierno, novela, 3,50 pesetas.

  --Los Csares de la Patagonia (leyenda urea del Nuevo Mundo), 3
  pesetas.

=Daro= (Rubn).

  --Obras escogidas: Tomo I. Estudio preliminar, por Andrs Gonzlez
  Blanco, 3,50 pesetas.

  --Tomo II. Prosa, 3,50 pesetas.

  --Tomo III. Poesa, 3,50 pesetas.

  --Poema del Otoo y otros poemas, 3,50 pesetas.

  --Viaje a Nicaragua, 4 pesetas.

=Oteyza= (Luis de).

  --Brumas, poesas, 2 pesetas.

  --Baladas, poesas, 2 pesetas.

  --En tal da... (1. serie), 3,50 pesetas.

  --En tal da... (2. serie), 4 pesetas.

  --Galera de obras famosas, 3,50 pesetas.

  --Las mujeres de la literatura, 3,50 pesetas.

  --Frases histricas, 3,50 pesetas.

  --Animales clebres, 3,50 pesetas.

=Prez= (Dionisio).

  --Espaa ante la guerra, 2,50 pesetas.

=Prez Lugn= (Alejandro).

  --La Casa de la Troya (novela premiada por la Real Academia
  Espaola), 10. edicin, 4 pesetas.

  --La amiga del Rey. Las tiples. Romanones. La vicara, 3,50 pesetas.

=Prez de Ayala= (Ramn).

  --La paz del sendero, poesas, 3 pesetas.

=Po= (Edgard).

  --Poemas, 1,50 pesetas.

=Pujol= (Joan).

  --La guerra. (Cuentos y narraciones), 3 ptas.

=Rpide= (Pedro de).

  --La Corte de las Espaas, 3 pesetas.

  --Costumbres y devociones madrileas, 2 pesetas.

=Roso de Luna= (Dr. Mario).

  --Conferencias teosficas en Amrica del Sur, 2 tomos, 8 pesetas.

  --Hacia el Gnosis, ciencia y teosofa, 3 pesetas.

  --En el umbral del misterio, 3 pesetas.

  --Evolution solair y series astro-chimiques, ouvrage orne avec
  beaucoup des figures, 4 pesetas.

  --La ciencia hiertica de los Mayas, contribucin al estudio de los
  cdices anhuac, 2 pesetas.

  --La Humanidad y los Csares, 3 pesetas,

  --El tesoro de los lagos de Somiedo, 8 pesetas.

=Villaespesa= (Francisco).

  --Viaje sentimental, poesas, 3 pesetas.

  --La copa del rey de Thule, poesas, 3 pesetas.

  --Saudades, poesas, 3 pesetas.

  --Andaluca, poesas, 3,50 pesetas.

  --El Alczar de las perlas, drama en cinco actos y en verso, 3,50
  pesetas.

  --Ajimeces de ensueo, poesas, 3 pesetas.

  --El halconero, drama en tres actos y en verso, 3,50 pesetas.

=Zamacois= (Eduardo).

  --Teatro galante, 3,50 pesetas.

  --Ro abajo, prosas, 3 pesetas.

  --La ola de plomo (episodios de la guerra europea, 1914-1915), 3,50
  pesetas.

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pueblo espaol (Estudio sobre la etnografa y psicologa de las razas
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  Somiedo (Narracin ocultista.)

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  y los misterios de la antigedad.

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Traduccin, prlogo y notas de Mario Roso de Luna, 8 pesetas.





End of the Project Gutenberg EBook of Ruecas de Marfil, by Concha Espina

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RUECAS DE MARFIL ***

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Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
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number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
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The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
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Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

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