The Project Gutenberg EBook of La vieja verde, by Manuel Fernndez y Gonzlez

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Title: La vieja verde

Author: Manuel Fernndez y Gonzlez

Release Date: December 7, 2014 [EBook #47572]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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                            LA VIEJA VERDE





               GALERA LITERARIA--DIEGO MURCIA, EDITOR.

                            LA VIEJA VERDE

                          ESTUDIOS AL NATURAL

                                  POR

                      D. M. FERNANDEZ Y GONZALEZ

                                MADRID

                ADMINISTRACION DE LA GALERA LITERARIA

                      Tabernillas, 2, principal.

                                 1883.

                       ES PROPIEDAD DEL EDITOR.

           MADRID.--Imp. de Montegrifo y Compaa, Bola, 8.




CAPITULO PRIMERO.

Dos retratos en bosquejo.


Habia en una noche del invierno pasado en un caf de los ms concurridos
de la imperial, coronada  invicta villa y crte de Madrid, sentada 
una mesa en un rincon, y puesta  la vidriera que daba  la calle,
acompaada de una hembra ambgua, que no se sabia si era criada, amiga 
_acompaanta_ alquilona, una seora que llamaba la atencion de los otros
concurrentes del caf.

Llovia como si no hubiese llovido nunca.

Hacia un frio de diez bajo cero.

A pesar de este frio, las dos seoras, por no decir mujeres, tomaban
sorbete.

La ms notable de ambas, la que propiamente podia llamarse mujer, era
una jamona admirablemente conservada.

Podia pasar por jven; tenia un grande atractivo. Relampagueaba los ojos
como una mujer en la fuerza de sus pasiones: estaba _de saca_, es decir,
con el corazon desalquilado.

O viuda de mucho tiempo.

O solterona, que  pesar de sus _mritos_ no habia podido echar el
guante  un prjimo.

Habia en aquel relampagueo de ojos algo de voracidad, y de una voracidad
muy semejante  lo que se llama hambre canina, dicho sea esto con perdon
de la seora doa Emerenciana del Resalto y Sobradillo, que as se
llamaba, y contina llamndose,  Dios gracias, la interesante prenda de
que nos ocupamos.

Debemos decir que era soltera, y segun ella afirmaba, y afirma an,
doncella.

Vivia y vive de sus rentas.

Vestia y viste de una manera elegantsima y distinguida.

Con una gran sencillez.

Tiene la garganta larga y mrbida.

El seno reelevado.

Los hombros redondos.

Las mejillas con dos hoyitos que, cuando se sonrie, producen dos
deliciosas bellezas.

La frente serena, un tanto estrecha, es verdad,  causa de lo bajo de
los cabellos.

Con mucho _chic_, como toda su fisonoma.

Singularmente su boca no podia ser ms fresca ni ms sonrosada.

Ni ms bonitos sus dientes, ni ms blancos ni ms iguales.

Doa Emerenciana tiene el vicio de la sonrisa, porque sta marca los
hoyitos de sus mejillas y  la par descubre las encas que
deliciosamente,  veces, dejan ver la punta de una lengua color de rosa.

Esta, la lengua, era una belleza como otra cualquiera.

Hay, sin embargo, mujeres y hombres que tienen la lengua cuadrada y
gorda como la de un buey.

Hay otras criaturas que la tienen stil y aguda como la de una culebra.

En fin, que cuando se les ve la lengua, toman algo del estilo del
animal, del ave  del reptil.

Dios os libre de una mujer de lengua cuadrada.

Estas, cuando hablan, espurrean y no saben decir ms que cosas groseras.

Queda sentado que doa Emerenciana del Resalto y Sobradillo tenia una
lengua preciosa, lo que era un gran mrito y una prenda que no se puede
falsificar.

Yo no s que se vendan en ninguna parte lenguas postizas, ni conozco
materia qumica alguna que sirva para que una lengua crdena tome un
delicado color de rosa.

Doa Emerenciana sabia que tenia la lengua muy bonita y muy sana y se
relamia con frecuencia para ensearla.

A veces se relamia de veras porque algun pichon,  algun sietemesino,
cuando no algun barbudo, de los de la nueva escuela, la miraban
guindola el ojo.

Los ojos de doa Emerenciana eran grandes, negros y relucientes, y un
poco encandilados y encarnizados, no por irritacion, sino por
temperamento, lo que representaba que era una hembra de pasiones
hericas.

Sus cabellos eran profusos, negros, rizados, sedosos, brillantes.

Dos homicidas patillas la bajaban hasta la mitad de los valos de los
carrillos.

Era ms que blanca, ntida, nacarada, resplandeciente.

Esmaltada, en una palabra.

Pero esmaltada por la naturaleza, segun ella afirmaba, no por la
qumica.

Cuidaba mucho sus manos, que eran pequeas y finas.

Las llevaba siempre cargadas de sortijas, que por su riqueza hubieran
llamado la atencion de ms de uno de los tenorios de hoy, que andan 
caza, por medio de lo irresistible de su arte y de sus seducciones, de
una mujer que les produzca lo que se llama la gran vida.

Doa Emerenciana se habia salvado, y an sigue salvndose
providencialmente de estos peligros.

Contina doncella, segun afirma.

Y no hay por qu no creerla.

Se dan casos.

Pero es la cosa que los casos escasean.

Su acompaante era y est siendo por su tos perruna no una mujer, sino
un becerro.

No una vieja, sino un vestiglo.

Tomaba adems rap  puados.

_Sundelaba_  momia.

Habia que acercarse  ella con abanico, y hablarla  una distancia de
treinta pasos.

Vesta contnuamente un traje negro, que fu nuevo en 1823.

Una mantilla de color de ala de mosca, con numerosos agujeros en la
blonda.

Sobre esta mantilla, en los hombros, un gran pauelo de muleton, tambien
anciano.

Con este pelaje se plantaba, siempre que era necesario, en una butaca
del teatro Real, sin que se la diera de ello dos cominos.

Decia tambien que era doncella, y se la podia creer, y an el ms
escrupuloso y devoto, podia jurar slo con verla, por la salvacion de
su alma, que doa Rufa no mentia.

Oh que doa Rufa!

Me crispo cuando me acuerdo de ella.

Dios la haya perdonado.

Y tenia pretensiones.

Una noche, y sea entre parntesis, me v obligado  acompaarla  su
casa.

Doa Emerenciana se habia quedado en la suya, me habia despedido con un
expresivo apreton de manos, y al confiarme su amiga me habia dicho:

--Cuidadito, no sea usted calavera.

Yo me encog.

D el brazo  doa Rufa.

Llev constantemente la nariz hcia la izquierda.

Se apoyaba indolentemente en mi brazo.

Andaba con lentitud.

Yo la hablaba del tiempo.

Ella suspiraba, y se apoyaba ms y ms en m.

Llegamos al cabo.

Doa Rufa sac la llave.

Eran las tres de la maana.

--Esto es un disparate,--me dijo.

--Y por qu es disparate,--le contest yo.

--Que en vez de traer la llave de abajo, me he traido la del cuarto, y
no entra, vlgame Dios! y yo que vivo sola, y no tengo quien me abra...
y con el frio que hace! Vamos  ver que hacemos. Usted debe... No se
puede sufrir este viento.

Yo llam al sereno.

--Ay!--exclam.--Qu hace usted? para que me vea el sereno con un
hombre  estas horas... mi reputacion...

Yo me hice el sordo; el sereno lleg, abri la puerta, doa Rufa me mir
ferozmente, resoll fuerte y se entr, el sereno cerr, yo escap  la
carrera.

Al dia siguiente dije  doa Emerenciana, que si queria volver  verme
hiciese de manera que yo no volviese  acompaar  doa Rufa, sobre todo
cuando hiciese frio.

Estas dos seoras frecuentaban todos los cafs, iban  todas las
iglesias, se dejaban ver en todos los paseos, en todos los teatros.

Doa Emerenciana siempre rozagante, siempre grande: era alta y gruesa,
una especie de Cleopatra; siempre elegantsima.

Doa Rufa siempre hecha un avechucho.

Siempre horrible.




CAPITULO II.

Tales para cuales.


La noche aquella de invierno que llovia y hacia un frio de mil diablos
me entr en el caf que ya he dicho, y me sent junto  una mesa, frente
al hueco, en el cual junto  la vidriera estaban las dos ya casi
conocidas seoras del lector.

Yo no conocia  doa Emerenciana.

Mir por casualidad, y me di golpe.

A m me gustan mucho las mujeres homricas.

Es decir, las mujeres altas, protuberantes, grandilocuentes.

Sobre todo, las que tienen la garganta larga, redonda, vigorosamente
modelada, voluptuosa.

Yo me fij.

A poco doa Emerenciana me relampague una mirada de ataque.

Empezaba la lucha.

Se cruzaron las miradas, vinieron de una parte los guios del ojo
izquierdo.

Sobrevino en ella una seriedad hechicera.

Yo me hice el distraido.

Me puse  guiar  otra individua que con un sargento de invlidos
estaba en una mesa ms all.

Doa Emerenciana me mir airada, como queriendo decirme esta frase:

--Caballero, usted es un grosero, despues de haber conocido mis mritos,
y de haber llegado al caso grave de guiarme el ojo, como dicindome:
usted me conviene, no ha debido usted mirar  otra.

Brotaban fuego los negros ojos de doa Emerenciana.

Relampagueaban de ira.

Me levant, me acerqu  su mesa, y me sent.

--Necesito una explicacion,--la dije.

--Y yo otra,--me contest.

--Yo la amo  usted,--aad.

--No hace usted ms que lo que puede y lo que debe,--me content con una
gran sangre fria, y con una gran posesion de s misma.

Estbamos en esto, cuando doa Emerenciana, oprimindome un codo con una
fuerza suma, me dijo:

--Por Dios, disimule usted, tenemos encima un compromiso.

Yo dir que usted es un primo mio, que ha venido usted del pueblo, y que
le he hospedado en casa.

--Ah, seora!...--exclam.

--Cllese usted, porque ya el que ha mirado por la vidriera y que va 
entrar, no le coja  usted en embuste, hgase usted el mudo.

--El mudo?

--S; nos favorece la feliz casualidad de que yo tengo un sobrino mudo 
quien no conoce don Bruno: ya est ah, djeme usted hacer.

Y me toc con la rodilla.

--Hum, hum!--hizo una voz spera  mis espaldas.

Yo no me volv.

Los mudos son generalmente sordos; debia representar bien mi papel.

--Beso  usted los pis, mi seora doa Emerenciana, como tambien  su
acompaante. Qu caballerete es este? Eh! Los pichones, los pichones!

Y la voz de don Bruno tenia algo del ronquido del perro dogo cuando se
prepara  ladrar.

Yo permanecia impermeable.

--Si es mi sobrino Toito, el de Zafra!--contest doa Emerenciana
sonriendo.--Un pichon! Ya lo creo, y de los levantados! La delicia y
el consuelo de mi hermana Ruperta.

--Ah, el mudo!--dijo don Bruno suavizando la ansiedad que habia sentido
al verme sentado de una manera tan propncua junto  doa Emerenciana.

--Afortunadamente, el pobrecillo es sordo y no puede oir lo que usted
dice; la mala cara le asustaria; es muy tmido: vamos, sintese usted,
don Bruno; sintese usted y vea usted si yo le decia bien cuando le
decia que mi sobrino Toito era precioso.

--S, s; pero no es ya tan pichon,--dijo don Bruno,--los treinta los
tiene encima.

--No importa; en la familia todos somos aniados. Quin dir que yo
tengo treinta y cinco? Nadie me pasa de los veinticuatro.

--Cuando yo era cadete, seora,--dijo bruscamente don Bruno,--era usted
una damisela de diez y seis  diez y siete aos, y yo ascend  alfrez
en 1823.

--Bah! usted siempre con sus bromas, don Bruno!--dijo doa Emerenciana,
que no se puso colorada,  por lo mnos no pudo verse, porque esto era
imposible,--usted se refiere  mi madre; yo soy la menor de las
hermanas, y la madre de ste, que es la mayor, no ha llegado todava al
jubileo de las cuarenta horas.

--Vamos, no disputemos,--dijo don Bruno,--bien mirado, usted es una de
esas privilegiadas bellezas, de las que no tienen edad, que son siempre
jvenes. Ya sabe usted que yo la estoy adorando desde hace treinta aos.

--Otra vez, don Bruno.

--Ah! perdone usted. Mozo, mi media copa, un cigarro. Fuma su sobrino
de usted?

--Fuma pitillos.

Doa Emerenciana, que de tal manera y con tal _sans faon_ me habia
metido en su familia y en su casa, me habia visto pitillear.

Yo, con la colilla de un papelillo enciendo otro.

--Pitillos, pitillos!--exclam don Bruno;--hem! Yo necesito que todo
sea robusto como usted, seora, sino, no saco jugo: y dgame usted,
aceptar el sobrino una media copa?

--Ah! no, por Dios, no me lo vicie usted! los jvenes cuando beben se
ponen inservibles! y qu diria luego mi hermana si se lo devolviera con
vicios?

Yo, que no me aturdo fcilmente, empezaba  aturdirme.

La aventura tenia una novedad diablica.

Doa Emerenciana, ms que una mujer, era un aparato elctrico.

Yo no podia tampoco comprender que aquella magnfica hermosura tuviese
sesenta aos.

Los cabellos no parecian teidos.

No tenian absolutamente apariencia de peluca.

En vano se buscaba una arruga en el denso y suave ctis de doa
Emerenciana.

Ni un la pata de gallo que flanquea  cierta edad los ojos.

Ni las dos lneas enemigas que muestran la caida de la nariz.

Ni la papada de la crasitud fofa.

Todo en doa Emerenciana era slido.

O por lo mnos lo parecia.

Yo me sentia incmodo; guardaba mi mutismo.

La aventura me iba saturando de una nueva electricidad.

No era solo la bellsima garganta, ni el alto seno descubierto en su
comienzo de una inflexion irresistible, ni los ardientes ojos lo que yo
ms amaba.

Lo que ms me atraia eran las manos.

No tanto por su belleza cuanto por sus sortijas; una de ellas, un
magnfico solitario, me aturdia.

Es necesario ser franco.

Yo estaba en crsis.

Una crsis grave.

El diablo del gobierno _perseguia_ las casas de juego.

Me faltaba absolutamente la _guita_ desde hacia tres dias.

Un misericordioso camarero, como ellos se llaman los mozos de caf, me
habia socorrido con una cajetilla de  real.

Yo me habia metido en aquel otro caf para que otro camarero, antiguo
conocido mio, me amparase con un caf con leche y media tostada de
abajo, vulgo tasajo.

Estaba espiritado.

El estmago se me hacia sentir ms de lo que yo hubiera querido.

El tasajo habia sido insuficiente.

Me habia hecho dao.

Me habia producido un flato insoportable.

--Han tomado ustedes ya?--dijo don Bruno.

--An no; esperbamos  que usted viniera.

--Usted es muy amable, amiga mia,--dijo don Bruno,--se interesa usted
extraordinariamente por los amigos; siempre tan obsequiosa!

--Usted lo merece, don Bruno; y luego, para qu soy rica sino para
procurar  mis amigos los mayores goces posibles?

--Exceptuando siempre el amor, eh?

--Dispnseme usted, don Bruno,--dijo doa Emerenciana.--Yo no puedo
estimar  usted ms que como  un buen amigo. Ni convienen nuestras
edades, ni nuestros gustos.

--Los gustos podria ser, pero las edades, seora!

--Dejmonos de eso.

--No importa que hablemos puesto que el sobrino es sordo.

--Y qu le importa  mi sobrino que yo sea jven  vieja?--dijo doa
Emerenciana;--l me quiere tal cual soy, el pobrecillo...

Y me toc con la rodilla, con una rodilla mrbida, fenomenal.

--Pues yo insisto en mi tema, seora,--dijo don Bruno;--si usted no es
mia, no lo ser de otro: afortunadamente este jven es su sobrino de
usted, no tengo duda de ello; adems de que es sordo y mudo tiene todo
el aire de familia de usted; de otro modo, si yo hubiera podido suponer,
aunque hubiera sido mnimamente, que este caballerete soliviantaba la
menor fibra amorosa del empedernido corazon de usted para m, le
acogoto.

Comprend al fin.

El coronel retirado, don Bruno, era uno de estos temerarios busca vidas
que se imponen  las personas dbiles y viven de su espanto
explotndolas.

Yo veia que doa Emerenciana pretendia en vano ocultar la violencia que
se hacia hablando con don Bruno y el miedo que le causaba.

Don Bruno tenia  lo mnos setenta aos; pero estaba avellanado y
parecia fuerte; sobre todo, arrojado y audaz.

Llam.

Doa Emerenciana pidi riones.

Pidi para m lo mismo.

Doa Rufa tres huevos pasados por agua.

Don Bruno un _entre ctte_ con muchas patatas.

Adems dos botellas de vino de Valdepeas de las _lacradas_.

Terminados estos platos se sirvi merluza frita para todos.

Despues queso de _Gruyre_.

Luego caf con leche y copa.

Una verdadera cena de Baltasar.

Durante la cena se habl de cosas indiferentes.

Del ltimo drama que alborotaba.

A don Bruno le parecia inmoral.

Doa Emerenciana decia que solamente era un poco vivo.

Doa Rufa tragaba y callaba.

Don Bruno vaciaba una botella y pedia en seguida otra.

De improviso sent posarse una mano sobre mi muslo.

Aquella mano se acerc con disimulo  la mia.

Aquella preciosa mano me di una moneda, que por el tacto conoc era de
cien reales.

Ya comprend.

Cuando _mi tia_ llam al mozo, d  ste el doblon.

--No, no, de ninguna manera,--me dijo por seas doa Emerenciana;--t
eres muy generoso; no debemos quitar  don Bruno el placer de
obsequiarnos.

Don Bruno entonces llev torpemente la mano debajo de las mesas, la
sac, di al mozo otro doblon de  cien reales, y el mozo me devolvi el
mio.

Yo hice admirablemente, y con gran gusto, mi papel; sonre lo ms
candorosamente del mundo _ mi tia_ y _ nuestro amigo_, y me guard el
doblon.

A don Bruno le sobr de la cuenta un duro, que se guard gentilmente.

Despues salimos, era la una de la madrugada.

Las seoras salieron las primeras; nos quedamos don Bruno y yo  la
puerta algo  retaguardia.

--Oye, t, sordo,--me dijo rpidamente al oido;--somos dos para el
negocio; t llevas la mejor parte; pero si no partes conmigo la vaca, te
reviento.

--Ya hablaremos,--le dije con un acento indefinible.

--Vaya, don Bruno,--le dijo doa Emerenciana,--muchas gracias por el
ratito y por el obsequio; usted seria muy amable si acompaara  doa
Rufa; ya sabe usted que vivimos en barrios diametralmente opuestos.

--Con mucho gusto, seora,--dijo don Bruno;--sabe usted que yo no he
nacido ms que para servirla en cuanto mande: beso  usted los pis; mis
cumplimientos  su sobrino; hasta maana; pero dnde?

--En Puerto-Rico.

--Pues en Puerto-Rico me tiene usted  las once en punto; adios.

--Adios.

Y se llev  doa Rufa.

Doa Emerenciana se agarr  mi brazo.

--Ah, hijo mio!--dijo,--al fin nos hemos quitado de encima esa
calamidad; es mi sombra, mi castigo, mi sanguijuela.

--Yo le reventar.--la dije.

--Para que yo me equivocara!--exclam,--vamos cuanto antes  casa,
tenemos que hablar mucho; pra ese coche que pasa.

Hice parar el carruaje.

Entramos.

Doa Emerenciana di las seas al cochero.

Yo iba en mis glorias.

Habia encontrado una Niove; aquella Niove se habia enamorado de m.

No podia desear ms.

Pero como me habia sentado en el coche demasiado ceido  ella, me dijo:

--Eh, cuidado, caballerito, no se equivoque usted, que puede perderlo
todo!

Estas palabras, de la manera tan rotunda con que fueron pronunciadas, me
pusieron en respeto.

Doa Emerenciana se mantuvo reservada.

--Llegamos al fin.

Bajamos.

Doa Emerenciana pag al cochero.

El sereno habia acudido y habia abierto.

Subimos alumbrados por el sereno hasta el cuarto principal.

Abri una hermosa muchacha.

--Acustate, Micaela,--la dijo doa Emerenciana.

La muchacha me mir con atencion.

Nos di las buenas noches.

Se fu.

Doa Emerenciana se entr conmigo en un gabinete que estaba alumbrado
por una lmpara puesta sobre una chimenea encendida.




CAPITULO III

Lo que va de la verdad  la mentira.


Doa Emerenciana se quit el abrigo, dejndome ver por completo la
gallarda de su persona.

Se sent en una butaca junto  la chimenea, y me dijo:

--Echa lea.

Me mandaba como  un criado.

El acento era imperativo.

Habia cambiado por completo.

Y como si me hubiera podido caber alguna duda, mientras yo echaba de la
caja maqueada que servia de leera algunos trozos de encina  la
chimenea, aadi:

--Te tomo  mi servicio.

--Muy bien, seora; pero querria que usted me dijese las razones que
tiene para tratarme de este modo.

--La razon sencillsima de que eres un tunante; de que ests  la cuarta
pregunta y de que eres valiente,  por lo mnos, de buen estmago y
madrugon.

--Muchas gracias, cario,--la respond:--obligado.

Y me dirig resueltamente  ella.

--Eh! Qu confianzas son esas?--me dijo.

--Usted perdone, seora,--respond retrocediendo.

--Sintate y escchame; vamos  concluir muy pronto; tengo sueo; estoy
adems enamorada y necesito recogerme para pensar en el que amo, para
soar con l.

--Pues el chasco que me he llevado es menudo!--dije yo.

--Qu quieres hijo? todos los dias son dias de aprender. Has
comprendido t  don Bruno?

--Perfectamente. Usted le tiene miedo y l abusa.

--Me ha estropeado ya tres amores y no me atrevo  amar  nadie de miedo
de que don Bruno me lo espante.

--Pues yo me encargo.

--Lo creo bien.

--Maana reviento  ese tio.

--No tanto, hijo, no tanto; dale una vuelta; l no ha creido lo del
sobrino; yo he procurado evitar un escndalo; l te dijo algo al salir.

--Que partiramos la vaca, y yo voy  echarle el toro.

--Bien hecho; yo te nombro mi mayordomo.

--Muchas gracias, seora.

--Rbame cuanto quieras, pero srveme bien.

--Una palabra, seora.

--Qu?

--Se ofender usted si la digo que estoy _chiflado_ por usted desde que
la v?

--T tambien me gustas mucho, mucho, muchsimo, pero no ests en
circunstancias.

--Yo soy de buena familia.

--Me gusta el otro ms que t.

--Y quin es el otro?

--Ya le conocers.

--Vamos claros; para cuntas cosas voy  servir en esta casa?

--Para todo.

--Eso es muy vago.

--Tengo sueo, buenas noches; puedes dormir en una butaca, otras veces
habrs dormido peor.

Y se fu por una puerta de escape.

La cerr por dentro.

La otra puerta del gabinete, que daba al salon, habia quedado abierta.

Yo no sabia qu pensar de la aventura en que me encontraba metido.

En fin, yo iba ganando.

Pero me habia enamorado de doa Emerenciana.

De los hoyitos de sus mejillas, de su boca tan graciosa y tan fresca.

Not que la puerta de escape, que no era muy alta, tenia por ajustar mal
en su parte superior, una rendija, un movimiento de las maderas.

Fu poco delicado.

Me propuse sorprender el misterio del dormitorio de aquella buena
hembra, que de tal manera me habia cogido la voluntad, y que tan
complaciente  veces, tan reservada otras, se habia mostrado conmigo.

El gabinete estaba alfombrado.

Esto me permitia andar sin producir ruido.

Me acerqu silenciosamente  la puerta del gabinete.

Coloqu sin ruido la silla, sub en ella y mir.

Oh, carsimo lector,  si se quiere, querida lectora!

V..

Aquella magnfica cabellera negra, rizada, sedosa, habia cambiado de
lugar.

Estaba sobre un velador.

Doa Emerenciana arreglaba su gorra de dormir.

Su cabeza amelonada estaba completamente calva.

Algunos asquerosos mechones de cabellos canos, de un blanco sucio, se
veian en su parte superior.

Entonces aquella mujer parecia horrible.

Yo me crisp, sent frio.

Junto  la peluca habia dos grandes reenchidos redondos.

Sobre un sillon otros dos mayores.

Eran el seno y las caderas.

Despues de haberse puesto la gorra de dormir, aquella arpa se llev la
mano  la boca.

Se sac de ella una caja completa, que puso sobre el velador.

Slo los ojos eran los mismos.

Grandes, negros, resplandecientes, poderosos, jvenes, pero por su misma
hermosura determinaban con las fealdades un contraste horrible.

Don Bruno no habia exagerado.

Podia asegurarse que doa Emerenciana estaba en sus sesenta aos.

Yo me retir espantado, de mi acechadero.

Cuando me baj de la silla, me encontr delante de m una preciosa rubia
de diez y ocho  veinte aos.

Era Micaela, la doncella de aquel horrible vestiglo.

Una compensacion.

La muchacha se puso un dedo en la boca, como imponindome silencio, y me
dijo que la siguiera.

Yo la segu.




CAPITULO IV.

En que doy al lector algunos datos acerca de m mismo.


Para m era completamente desconocida Micaela.

Y sin embargo, habia un no se qu en la manera con que me miraba, que
parecia indicarme que ramos antiguos conocidos.

Era una chica alta, esbelta, rubia y resplandeciente de juventud y, al
parecer, de pureza.

Pero resuelta y viva, y de todo punto espiritual.

Su traje de casa era elegante.

Ms que una criada, parecia una seorita.

Me llev  su cuarto.

Su mueblaje se reducia  una cama de hierro modesta, pero cmoda,  una
mesa de noche,  una pequea mesa de pino y  dos sillas.

En un rincon habia un baul.

Sobre la mesa algunos libros, al parecer novelas, y un tintero.

Sobre la mesa pendia de la pared un espejo ordinario.

En otra pared, y tambien colgados, se veian algunos trajes.

Micaela continuaba mirndome como se mira  un antiguo conocido.

Ms an.

A un conocido que nos debe algo que estamos resueltos  reclamarle.

--Oh amigo mio,--me dijo,--las montaas son las que no se encuentran!
Con que no ha quedado usted ya para otra cosa que para vivir de viejas
verdes?

--Qu me importa  m cuando para desengrasar de la vieja conozco  una
jven como t?

--Qu es eso de t? No tenemos la menor confianza, ni estamos en el
baile de la Infantil: un poco ms de respeto, caballero,  una, seorita
decente.

--Ah!--exclam,--nos hemos conocido en el baile; y cundo?

--Nos hablamos hace ocho noches y usted no ha vuelto. Y mi brazalete?

--Ah! El domin azul y blanco!--exclam.--y sin careta!

Yo habia contraido una pasion furiosa por aquel domin inflexible que no
habia consentido en mostrarme el semblante.

Al que yo venia tratando desde hacia algun tiempo ya en este baile, ya
en el otro.

El de la deliciosa garganta.

El del precioso seno virginal.

La chica ms extraa del mundo.

Decia que me adoraba y no consentia en quitarse la careta.

No me permitia la ms leve licencia.

Era necesario valsar con ella, pero decentemente.

No me habia dado una sola cita.

Y sin embargo, sus ojos ardian, me devoraban.

Yo estaba loco por ella.

Ella se me escurria siempre.

Se me perdia antes del fin del baile.

Desaparecia.

Tenia para esto una habilidad infinita.

Yo estaba desesperado.

Resuelto  una enormidad.

Pero hay fatalidades.

Un mes antes... estaba yo empeado en un gravsimo compromiso.

Habia dado de puntapis  un _quidan_.

Le habia dislocado una pierna.

Nos llevaron,  m  la prevencion,  l  la Casa de Socorro.

Comparecimos en juicio de faltas.

Me sentenciaron las costas y me aplastaron con una multa de cien reales.

Yo no sabia lo que era _guita_, desde hacia un siglo.

Se me di un respiro.

Se me pidieron, las seas de mi domicilio.

Se me advirti que si dentro de tres dias no arreglaba mi cuenta con la
justicia, se echaria mano de mi bella persona y se me aposentaria de
balde, y con la manutencion, en el aristocrtico hotel del Saladero.

La cuestion era grave.

De dnde sacar los ciento y tantos reales que habian hecho caer sobre
mi mal genio y mis puos?

Quien quiera saber lo difciles que son ocho duros, que los necesite.

Ninguno de mis amigos valia tres pesetas.

Tenia yo una cocinera.

Expliqumonos; no era que yo tenia una cocinera, sino que una cocinera
me tenia  m.

Ms claro...

Pero no hay necesidad de hablar ms claro.

Se podria hacer un turbio.

Me amaba, en fin, una vizcaina que cuidaba del estmago de un cannigo
y que cuidaba mucho ms de hacerme cmodos sus cincuenta y dos aos.

Era vistosa como doa Emerenciana.

Como doa Emerenciana, tenia que hacer inventario, cuando se acostaba,
de las prendas ms bellas que aparecian en su persona.

Y an aventajaba  doa Emerenciana, porque tenia un ojo postizo.

Esta seora se habia mostrado esplndida conmigo en ms de una ocasion.

Del caf  ver una racion de teatro, despues de la racion de teatro una
racion de amor.

Despues vuelta al caf, una merienda, y al despedirnos cuatro  seis
pesetillas.

Y hasta pasados ocho  diez dias.

No era una gran cosa, bajo el punto de vista utilitario, porque gastaba
de m ms que yo aprovechaba de ella; pero, en fin, mnos d una piedra.

--Oh desgracia!

--Cuando entraba yo lleno de esperanzas en la casa del cannigo donde se
me recibia como un antiguo conocido, no mnos que como sobrino de
Rosita, que as se llamaba la cocinera, me encontr con que sta
derretia sus mantecas hablando con el mayor gusto del mundo con un
msico de ingenieros.

Horror!

Aquel infame me mir de una manera sesgada, conoci en m un rival.

Me falt de una manera indecente.

Me llam... no importa qu.

Se ri Rosita.

Yo la solt un revs, que hizo saltar su ojo postizo.

Arrebat el machete al msico.

Le desnud de una paliza.

Acudi el mayordomo.

Le ech la peluca al aire.

Se alborot la vecindad.

Me escurr, escap.

Dobl la esquina.

Me fu  las Amricas viejas.

Vend en dos pesetas el machete.

Esto era algo.

Se salia del dia.

Pero tambien se salia de Rosita,  ms bien, no se podia ya volver 
pegar la hebra con Rosita.

El rompimiento habia sido decisivo.

Sobre todo contundente.

Habia que temer un nuevo juicio de faltas.

En fin, aquello era una ruina, la fin del mundo.

Iba llegando el plazo fatal.

Es cierto que yo podia ocultarme, pero amo extraordinariamente la
libertad.

Podia cambiar de poblacion.

Pero Madrid me enamora.

En Madrid, mal que bien se vive.

El que no vive en Madrid no tiene habilidad de ningun gnero.

En Madrid abundan los medios de vivir.

Que lo digan sino todos los excelentsimos que han rodado por todas las
inmundicias, y muchos de los cuales han empezado por limpiabotas.

Pues que les tosan hoy.

Son don fulano, don fulano y don fulano, conde, duque y marqus, y en
fin, es intil, todo el mundo los conoce.

Yo espero ser como la mayor parte de ellos, salidos de la bohemia.

Y ctate aqu  don Periquito hecho fraile.

El que en Madrid no es una gran persona, es porque es una persona muy
pequea.

Ni siquiera persona.

Un tonto.

Un _guillado_.

Una cualquier cosa.

O un desgraciado de esos que si van  coger una esquina, la esquina se
les escapa.

Pero yo me escapo de mi propsito.

Me pierdo en digresiones.

Volvamos al negocio.

Era domingo.

Al otro dia se cumplia el plazo fatal.

El martes, dia funesto, debia yo ser preso si no aflojaba la mosca.

Quince dias y pico de encerrona!

Espantoso!

Estaba de un humor tremendo.

Todo lo veia lgubre.

Me hastiaba la vida.

Filosofaba  ms y mejor.

Iba hablando recio por la calle.

El martes prximo me causaba un terror invencible.

Me sentia ya sepultado en una galera del Saladero.

Yo s las penalidades que un novato pasa en el Saladero.

H estado en l algunos dias por desacato  un _rden pblico_.

Oh, y qu peluca aquella!

Doa Sinforosa.

Pero no demos en nuevos incidentes.

Abreviemos.

Eran las diez de la noche.

Hacia un frio insufrible.

Yo estaba traspillado.

Se habian contado ya treinta y seis horas desde mi ltima alimentacion.

El estmago exigia, las piernas flaqueaban.

Hay un venerable establecimiento en la calle de Peregrinos.

La fonda de Europa.

Antidiluviano  lo que yo creo.

All se rinde culto  la economa.

All se da de comer hoy lo mismo que se daba all mismo cuando
asesinaron  Julio Csar.

En fin; continan sirvindose las dos sopas, la una de yerbas, la otra
de fideos blancos hechos canutos con el nombre de macarrones, la ternera
en salsa, las cocretas y los sesos fritos; en fin, otros dos platos de
carne, las pasas y las almendras, y la crema y los pastelillos.

Todo por dos pesetas.

Un banquete econmico.

Podeis adems echar  los manjares toda la pimienta y toda la mostaza
que os d la gana.

Podeis comer cuanto pan querais.

Os podeis dispensar de dar propina al camarero.

Y an dadas las circunstancias, os podeis pasar sin pagar.

Esto es ya algo ms grave.

Os suelen llevar  la prevencion.

De cuando en cuando se arma una culebra sobre los respetables
pavimentos de la venerable fonda de Europa.

No hay nada ms audaz que el hambre.

Pero yo embisto con las dificultades.

Me tragu un cubierto de dos pesetas.

_Item_ un caf con media tostada.

_Item_ dos copas de rom y marrasquino.

_Item_ una vuelta de sopapos con el mozo, un agarramiento con un pinche
y una docena de palos que me arrimaron los otros camareros.

Pero se habia comido.

Se habian echado fuerzas.

Habia llevado escolta hasta Capellanes.

Habia gran baile de trajes.

Era el momento de la entrada.

Met la cabeza entre la multitud.

Me baraj, me confund, me abrevi, me escurr, me col, en fin.

Me fu al vestuario del baile, dej el sombrero y la cazadora en prendas
y me forr con un magnfico domin negro.

Todo esto hecho con gran limpieza en mnos de tres segundos.

Los de rden pblico que me habian perseguido, pasaron junto  m sin
reconocerme.

Me habia salvado; habia dado fondo.

Cuando repar, tenia en la mano una cuchara.

Me fu al restaurant del baile.

Llam  un lado  un mozo.

Le ense la cuchara.

l comprendi, sac tres pesetas y me las ense en forma de abanico.

Yo las tom y solt la prenda.

Indudablemente la cuchara era de plata.

Yo estaba bien comido y rico.

Pero y los ocho duros para la justicia?

De improviso v mi domin, mi hermoso domin azul y blanco, mi incgnita
adorada.

Mi empeo.

Mi misterio.

Mi desesperacion.

La preciosa rubia, la de los ojos de fuego, la del hoyito en la
garganta.

Mi esperanza.

Empezaba  retumbar una polka.

La abord.

Ella se arroj en mis brazos y nos lanzamos en baile.

Oh! El delirio.

La fascinacion.

El perfume de sus cabellos.

Y yo atracado de carnaza, pimienta y mostaza.

Con una botella de peleon y tres copas de bala roja en la cavidad
epigstrica.

Todos estos eran elementos de locura, de trasporte, de olvido de todo.

Le atraje  m y la mord en la garganta.

Di un grito y me santigu un bofeton.

Yo pretend parar el golpe.

Le as el brazo.

Ella se desasi; pero me dej prenda.

Un brazalete.

Y pesaba.

O era de oro  estaba relleno de plomo.

Yo toqu retirada; me escabull, me deslic, me traspuse; me fu  un
lugar no muy decente, fuera de un caso especial.

Pero all podia ver, examinar la alhaja  mi placer.

Oh felicidad!

Era una sierpe de oro.

Tenia dos esmeraldas por ojos.

Tuvo lugar en m una furiosa alegra y  la par un movimiento de
sorpresa.

Ya tenia la multa y las costas.

Pero quin habia regalado aquella alhaja, que valia lo mnos mil
quinientos reales,  mi precioso domin blanco y azul?

Yo estaba seguro de que ella pertenecia al gnero,  la especie
_seoritinga_.

Aquella alhaja no podia haberla venido honestamente.

Habia moros en la costa,  por mejor decir, viejo rico.

Slo los viejos ricos se van con tales mujeres  los regalos cuantiosos.

Yo sonreia por una parte  mi libertad,  la integridad de mis derechos
individuales, y por otra parte ruja de celos.

Aquel hoyito de la garganta, que yo creia virginal; aquellos ojos, en
que yo veia  travs de la mirada una pureza incitante; aquellos
cabellos de oro, que yo suponia no tocados sino por el peine; aquel
talle cimbrador, _etctera_, todo esto habria tenido la profanacion
hedionda de un viejo.

Esta idea me desesperaba.

Esta desesperacion me hizo comprender que yo amaba ... Adriana.

Ella se habia puesto Adriana sin duda por el recuerdo del drama del
mismo nombre.

Amor! Y qu es el amor?

Yo no lo s.

Creo que no lo sabe nadie.

Todo, cualquier cosa se llama amor.

En fin, esto no importa.

Yo me sentia enamorado y celoso.

Me fu  una casa de prstamos.

Cuando hay baile, hay tambien casas de prstamos abiertas toda la noche.

En los bailes saltan compromisos.

Se presentan ocasiones.

Se _afana_.

La casa de prstamos es necesaria.

Yo me lanc  la calle de Jacometrezo.

Me entr en una casa.

Present la alhaja.

--Veinte duros,--me dijeron.

--Vengan,--respond.

--El nombre.

--Adriana Lecoubreur.

Me dieron los veinte duros y la papeleta.

Yo me volv al baile.

Era feliz?

Era desgraciado?

Estaba rico.

Pero tenia celos.

Volv el capuchon de alquiler; recobr mi sombrero y mi americana.

Alquil en seis pesetas un magnfico traje de mandarin japons.

Dej en garanta ocho duros.

Me fu  vigilar  Adriana.

La encontr; en un rincon en conversacion muy tirada con un inspector de
vigilancia.

--Ah! ya s,--dijo el inspector;--ste tiene seguro, es ayudante de la
Piquirina.

Somos intiles.

Yo me tranquilic; me confundian con otro.

--Y  quin se le ocurre, seora,--aadi el inspector,--venir con
alhajas  Capellanes? Ustedes son muy imprudentes; aqu no hay ms que
chulos, y buscavidas y tomadores.

--Ese brazalete era de mi seora,--exclam sofocada Adriana.

--Pues all usted, hija, qu le hemos de hacer.

--Yo estimaria  usted...

--Haremos lo que se pueda.

--Era...

--Quin era?

Adriana vacil; sabia de sobra cmo me llamaba yo.

--Que era estudiante de farmacia.

--Donde vivia.

Yo habia sido con ella explcito; podia haber deshecho la equivocacion
del inspector; haberle dado de m seas completas.

Yo, que parapetado detrs de un grupo compuesto de una beata y de un
Mefistfeles escuchaba todo orejas, me extremecia.

Adriana, sin embargo, se arrepinti.

--Era un capuchon de percal,--dijo,--con un lazo de lana encarnada en la
cabeza.

--Vaya usted  ver!--dijo el inspector.--Alto  bajo?

--Bajito y regordete.

El arrepentimiento de Adriana continuaba.

Yo soy alto y cenceo.

--Jven  viejo?

--Ya un poco carcamal.

Seguia arrepintindose Adriana.

Yo no tengo ms que veintidos aos.

El inspector ofreci  Adriana no perdonar nada para servirla.

En seguida la invit al restaurant.

Adriana se neg con una dignidad de todo punto magnfica.

--Usted abusa de su posicion,--dijo;--usted me falta; usted supone...
Usted se equivoca.... Vaya usted con Dios.

Y extendi la mano con un movimiento verdaderamente trgico.

--Hasta la vista, seora,--dijo el inspector, que reventaba de tunante.

Adriana se agobi en cuanto se fu el inspector.

Fu  componerse, con la cabeza inclinada, su capuchon de color de rosa.

Habia tomado una bella posicion, en que aparecia gallarda hasta lo
prodigioso.

Me acerqu  ella.

Desfigur cuanto pude la voz y la invit  un wals que empezaba.

Me sent entonces apartado bruscamente.

Mir indignado.

Era un lavativero.

La accion habia sido grosera.

Le d un sopapo.

Cay de espaldas.

Me escurr  tiempo.

Se qued armada la zalagorda.

El de Sanidad Militar se levant rpidamente.

Vi junto  s un individuo.

Un inocente papion que se divertia en abrir y cerrar el pico.

Le crey  no le crey el autor del sopapo.

Le embisti.

El papion se le agarr al pescuezo.

El domin color de rosa se agarr al papion, le descubri, apareci una
cabeza clerical.

No se podia dudar.

Era uno de esos clrigos contrabandistas que frecuentan todos los
lugares _non sanctos_ de Madrid.

La culebra habia crecido.

Los de polica cogian indistintamente individuos  individuas.

La orquesta apretaba.

Las mscaras chillaban.

Yo me escurria con una cantinera polaca.

La noche habia sido buena.

Salimos del baile la cantinera y yo y tomamos hcia la calle de la
Abada.

Entramos en una casa cuyo nmero no recuerdo.

Me sentia casi feliz.

Habia recobrado mi sombrero, mi americana y los ocho duros dados en
garanta.

La cantinera polaca me llenaba el ojo.

Aquel era un amor incidental que no viene  cuento.

Estos son los antecedentes.




CAPITULO V.

En que doy  conocer por un lado culminante  mi adorada Micaela.


Micaela estaba irritada, y tan _chic_, tan hermosa con su irritacion,
que no se la podia sufrir.

--En fin, seor mio,--me dijo;--su conducta de usted es horrible, es
insoportable, odiosa, lo ms cobarde y vl que puede haber en el mundo.
Si no me dice usted lo que ha sido de mi brazalete, que sin duda habr
usted empeado, nos vamos  ver las caras. El brazalete no es mio, es de
mi seora; porque para qu tiene la seora sus joyas si no pueden usar
de ellas sus doncellas? Pero usar no es abusar; tomarse una licencia es
disimulable; pero pasar por ladrona...

Y le relampagueaban los ojos.

--Qu hermosa ests enojada, alma mia!--la contest.

Entorn los ojos Micaela y me mir con la ferocidad del toro puesto en
suerte por el matador.

Parecia como que queria decirme:

--O t,  yo.

Me di una, especie de escalofro.

Sent miedo.

La trtola se convertia en buitre.

--Se dan casos...--dije.

--En efecto, s,--dijo ella;--se dan casos de que una nia de diez y
ocho aos, una persona decente por su orgen,  quien las desgracias han
traido  una condicion muy inferior, excitada en su honra, desnuque  un
tunante.

--Slo con mirarte, alma mia, me entra la basca y no me puedo tener de
pi,--la dije.

--Esos son otros Lopez,--me contest con descaro.--Los Lopez de ahora
son, que yo te liquido si no me das el brazalete de mi seora, y aunque
te metas debajo de la tierra, de all te saco y te finiquito.

--Quieres decirme, paloma mia adorada, de dnde has sacado esa
terminologa?

--Bah! All nos vamos nio; conque ya sabes, dame mi brazalete,  ya
vers; yo te lo prometo, te vas  encontrar lo que te se ha perdido.

Y su mirada se hizo ms amenazadora y ms hermosa.

Mi miedo crecia, y al mismo tiempo mi amor.

Mi Micaela era toda una hembra.

Y parecia mentira.

Tan delicada, tan rubita; pero aquello era nervio puro.

Estaba adems de _trapillo_ y no se cuidaba de ocultar perfecciones que
daban mareo.

Cambiaba la decoracion.

Yo me encontraba con la horma de mi zapato.

Comprend que all era necesario obrar por derecho.

Ser franco y leal.

Yo veia mi horizonte, mi filon.

Me gustaba mucho ms Micaela enojada, irritada, amenazadora, que la
suspirante, la delicada, la potica Adriana.

Saqu del bolsillo del pecho de mi cazadora la papeleta de empeo, y se
la d.

--Perfectamente,--me dijo con sordo acento de irritacion,--no est todo
perdido; pero esto, sin embargo, es robar.

--Cmo robar?--la respond.--_Distingo_. Cada uno usa en las
circunstancias supremas de los medios que tiene  su alcance.

--Oh, s, bien respondido! usted es de los que viven de mujeres. Al
pelo. Y cul es esa situacion suprema? Tenia usted que merecer alguna
vieja verde y hacer alguna salida falsa para engaarla mejor?

--Eso lo dices t por tu ama.

--Mi ama precisamente, no...--respondi Micaela, pero mi ama...
estamos... yo la sirvo, es verdad; pero en familia, con mucha
frecuencia, cuando doa Rufa no la acompaa, la acompao yo.

--Yo no te he visto nunca con ella.

--Es que yo nunca voy con ella ms que  la iglesia   visita. En el
caf  en el teatro teme la comparacion.

--Naturalmente. Y dime: Esa tia es muy rica?

--As, por _lo mediano_; pero quince  veinte mil duros no la hacen
falta.

--Vamos  comrselos, hija mia?

--Para eso no necesito yo ayudantes,--me contest con un acento ambguo
Micaela.--Lo que necesito es que no me comas t  m; toma la papeleta y
desempea el brazalete.

--Pues ya no se trabaja por todo,--la dije sacando el doblon que me
habia dado doa Emerenciana.

--Ah! ya; eso es distinto; voy  darte una prueba de que te aprecio y
de que no soy interesada.

Y abri el baul, busc en un rincon, sac un trapo.

Yo no v lo que el trapo contenia; pero sent ruido de monedas.

Sonaban  oro.

Estaba visto.

Micaela hacia negocio.

Pero qu clase de negocio?

Volv  sentir celos, y esto acab de probarme que estaba verdaderamente
enamorado.

Micaela me dio tres doblones de  cien reales y unas pesetas.

--Maana,--me dijo,--me traes el brazalete.

--Te lo traer.

--Ahora escucha, nio. Yo te amo... te amo... te adoro... estoy loca por
t... pero vte... tengo sueo; me he agitado demasiado; necesito
descansar.

--Lo creo.

--Vte  la sala, chate en el sof, mira no te sorprenda tu amor.

--Yo cre que mi amor era el tuyo.

--_Jonjana_  mi ama.

--No tendrs celos?

--No.

--Y me indemnizars?

--Cuando seas un jven de circunstancias.

--Y para ser un jven de circunstancias es necesario empapillotar  la
vieja?

--Es muy estirada: tendrs necesidad de representar algo en el mundo.

--Pues lo representar: me meter  periodista en un partido de accion:
cuando mi partido triunfe, ser diputado.

--Diputado?

--Pues ya lo creo; otros que valen mnos que yo lo son: despues,
gobernador de provincia.

--Echa!...

--Pues para qu tiene Espaa Ultramar?

--Demonio.

--Supon que yo llego  jefe de Hacienda de Filipinas.

--Bien puedes ser todo eso que t dices; t eres listo.

--Me ests matando, Micaela, y por t soy capaz de todo; ay qu
garganta y qu boca!

--Pues  ganarlas, amigo mio. Vyase usted  la sala, y buenas noches.

--Es esta una determinacion decidida?

--De todo punto decidida, y de tal manera, que si no te vas, te echo.

En aquel momento son un grito agudsimo.

--El maldito accidente!--exclam Micaela,--vamos, ya tenemos la noche;
en uno de ellos se queda; es necesario cuidarla; ella es nuestro
porvenir.

Micaela se habia echado fuera del cuarto.

Yo la habia seguido.

Poco despues entrbamos en el dormitorio de doa Emerenciana.




CAPITULO VI.

En lo que puede consistir que un hombre sea feliz cuando se cree ms
desgraciado.


Doa Emerenciana estaba sobre la alfombra.

Se agitaba en las convulsiones de uno de los ataques epilpticos ms
terribles que yo he visto en toda mi vida.

Aquella horrible vieja era un esqueleto repugnante.

Yo, aunque estoy dotado de un estmago muy fuerte, sent nuseas.

Doa Emerenciana nos hacia ir adelante y atrs con sus horribles
convulsiones.

Por dos veces nos caimos con ella.

Al fin logramos colocarla en el lecho.

--Tnla firme,--dijo Micaela,--que no vuelva  venir al suelo; yo voy 
llamar al sereno.

--Al sereno?

--S, hombre, no hay nadie que mejor la sujete que el tio Calostros; se
abraza  ella, y  poco vuelve en s como por encanto. Adems, cuando
vuelva en s no quiero que te vea y que sepa que t la has visto tal
cual ella es: seria funesto.

Micaela se fu al balcon, y llam, ni ms ni mnos que si hubiera sido
un tunante.

Solt un silbido rasgado.

Cerr de nuevo el balcon, y vino  ayudarme  sujetar  doa
Emerenciana.

Yo estaba ya rendido.

Poco despues entr el tio Calostros.

--Vale Dios,--dijo dejando el chuzo en un rincon,--que yo tengo gracia
para hacer que la seora vuelva en s.

--Vmonos,--dijo Micaela;--el tio Calostros no nos necesita.

--Pues _pur de cuntadu, seurita Micaela_,--dijo el maruso quitndose la
anguarina.

Nos salimos.

Se oy un ruido de lucha, gritos sofocados, estremecimientos horribles.

Al fin,  los diez minutos, apareci el tio Calostros con la anguarina
puesta y el chuzo en la mano.

--_Vamus_,--dijo,--ya est _gubernada_ la seora. No habr pur ah una
butelleja de vino? Face un friu de mil demonius.

--Vaya usted al comedor y tome usted lo que quiera, tio Calostros,--dijo
Micaela.

--Moitas gracias, seurita Micaela, ust siempre tan buena. Y cundo le
d  usted alfereca?

--El _sabadu_ que viene,--dijo Micaela.

--Vaya, pus buenas noches y sal, y si ocurre otra vez, no hay ms que
avisar.

El tio Calostros sali del gabinete.

Micaela entr en el dormitorio.

Yo sentia la ardorosa respiracion de doa Emerenciana.

La oia hablar de una manera calenturienta con Micaela.

A poco sta sali.

Yo estaba en mis glorias.

Aquello prometia.

Tenia hecha mi posicion.

La influencia de la vieja me serviria.

Periodista, diputado, alto empleado en Ultramar, millonario; yo sentia
en m el mismo vrtigo que sienten todos los gacetilleros, todos los
periodistas.

Yo estaba en el camino de la fortuna.

Yo pasaba revista  los que se habian levantado de la miseria hasta las
esplendentes cumbres del poder.

La lista era infinita.

Micaela empezaba  tomar para m la apariencia de un ngel.

--La maldita bruja,--exclam Micaela,--se ha quedado tan tranquila como
si tal cosa.

T tienes la culpa, la has enamorado. Me ha preguntado por t, yo la he
engaado, me ha mandado que te cuide mucho, y sobre todo, que no me
enamore de t.

--Y no te ha encargado que yo me cuide de ella?

--Ah, vieja infame, y ya tenemos la noche toledana! la pueda repetir el
accidente, y las repeticiones son terribles.

--Pero aqu no podemos hablar, mi querida Micaela.

--S, cuando vuelve de un accidente pierde la razon, y luego cae en una
soarrera, de tal manera densa, que aunque disparasen junto  ella un
caonazo no lo oiria.

--Y por qu siendo rica doa Emerenciana no tiene  nadie ms que  t
para que la cuides?

--Ya te lo he dicho, yo no soy verdaderamente su criada, la mayor parte
de sus conocimientos me creen su sobrina. Doa Emerenciana no quiere que
nadie conozca sus rehenchidos y sus adobos, el aguador compra, una
asistenta que se va por la noche, guisa y limpia la casa. Yo ms que
otra cosa, soy su confidenta, y me va bien, espero. Casi casi estuve
por aconsejarte que la hicieras el amor; pero yo gozaba, siendo para t
un misterio. Ve aqu, la casualidad lo ha hecho todo.

--Y cmo has conocido  doa Emerenciana?

--Relaciones de mis padres. Mi padre era coronel de infantera, ya viejo
cuando se cas, de ms de sesenta aos, y no nos qued pension ni  mi
madre ni  m. Cometi una imprudencia al casarse. Antes que yo naciese
muri. Mi madre era alegre, doa Emerenciana estaba entonces
verdaderamente hermosa, yo no s cmo estas mujeres que son hermosas en
su juventud, cuando llegan  viejas se convierten en brujas. Mi madre
era infinitamente ms jven que ella, juntas hicieron la gran vida. Una
noche, hace seis aos, mi madre al salir del baile atrap una pulmona y
fu necesario que me sacaran, de Loreto, donde me educaba, para llevarme
al lado de mi madre moribunda.

Llor mucho, me aflig mucho.

Yo amaba  mi madre con delirio, porque con locura me amaba ella, y era
muy hermosa.

Pero me consol andando el tiempo.

Todo se olvida.

Doa Emerenciana me sac de Loreto hace cuatro aos.

Desde entonces vivimos juntas.

He visto mucho y he escarmentado en cabeza ajena.

Me divierto, pero no me prodigo.

T lo sabes.

Lo que has visto hasta ahora en m lo vers siempre.

Si me he descubierto  t, ha sido por el brazalete.

De otro modo, te hubiera mareado.

Hubiera probado conmigo misma tu fidelidad.

Porque t al verme no has conocido en m al domin blanco y azul.

Pero te se encandilaron los ojos, hijo, lo que no le gust mucho  doa
Emerenciana.

--No me la nombres, exclam; an me dan arcadas.

--Pues as y todo tendrs que apencar con ella.

--Y t me lo dices?

--Pues por supuesto;  m qu se me da?

--Y no tendrs celos?

--Celos de qu?

--Cuando una mujer ama  un hombre...

--No olvida por l el negocio; ahora, si tuvieras siquiera una sonrisa
para otra pobre como yo, seria distinto; sabe Dios  donde iramos 
parar; pero una tia vieja y asquerosa... una vieja verde! Engala
hijo; enconfala; divirtete; que crea que te mueres por ella; que no
vives ms que para ella, y trgate esa mmia con tal de que los dos nos
traguemos hasta el ltimo real de la vieja.

As pensaba Micaela.

As pensaba yo entonces.

Ahora es distinto.

Ahora que soy un hombre de circunstancias, me han salido una moralidad y
una dignidad que yo no conocia entonces en m.

Yo era un miserable.

Yo apencaba por todo.

Yo era casi casi un Satans.

El brazalete de Adriana  de Micaela,  ms bien de doa Emerenciana, lo
prueba.

La miseria corrompe.

Estrava.

Incita  todo gnero de bajas acciones, y un al crmen.

Hace transigir con lo que nos repugna.

Hace parecer amable lo horrible.

De aqu el fenmeno de mujeres jvenes y hermosas enamoradas de viejos.

A lo mnos bastante cmicas, bastante ladinas para hacer creer  un
viejo que estn enamoradas de l.

Y lo estn, en efecto.

Porque el viejo es para ellas la buena casa, la buena mesa, los ricos
trajes, los carruajes, las brillantes joyas, los espectculos y el
dinero que se ahorra.

Cmo no han de amar  lo que de tal manera las dora, las empingorota,
las despelota, las pone ms hermosas de lo que lo son, y ms codiciables
de lo que lo eran, sin las insensatas prodigalidades del viejo.

Pero as estn hechos el hombre y la mujer, y as hay que tomarlos.

Pretender otra cosa es pretender lo imposible.

Es soar.

Eh! qu tal?

Me parece que puedo ir  explicar filosofa prctica al Ateneo.

La vida! La vida!

Y qu es la vida?

H aqu una pregunta  que no sabrn contestar ninguno de los filsofos
habidos  por haber.

Una fantasmagora.

Un misterio.

Generalmente un castigo.

Una sucesion de pecados cuya culpa no es nuestra, sino de las
propensiones, de las influencias, de las fuerzas incontrastables, de la
materia, de la atmsfera.

Y el espritu?

Sufrimos  gozamos lo que  nosotros viene, y por un instante de
alegra, de placer, pasamos largas horas de padecimientos insoportables.

Pero basta.

La filosofa, que para nada sirve, tiene el privilegio de ser fastidiosa
para la generalidad de las gentes.

Qu nos importa estudiar y conocer, hasta el punto que nos es posible,
lo que somos, si por esto no hemos de hacernos mejores ni hemos de
vencer nuestra mala fortuna?

La verdad de mi caso era entnces, que  solas yo con mi hermosa
Micaela, no me acordaba para nada de la filosofa.

Verdad es que entonces yo no era filsofo.

No habia ahorcado todava mis estudios de farmacia para meterme  hombre
importante.

Esto es,  hombre poltico.

No era todava periodista.

No habia ingresado en el Ateneo.

Estudiaba, no con mucho ahinco, la farmacopea; asistia lo mnos posible
 ctedra; me las buscaba con las mujeres; me pegaba con los hombres;
era un _mocito cruo_, y me recomia por mi domin blanco y azul.

Por mi Adriana.

Tenia al fin  Adriana delante de m sin careta, con su encantador
desalio, convertida en Micaela.

Micaela!

Nunca me habia gustado este nombre.

Pero entonces me parecia delicioso.

S Micaela se hubiese llamado Canuta  Pnfila, me hubieran parecido
tambien nombres deliciosos.

La fascinacion!

La concupiscencia!

Hay un nombre de mujer que me encanta.

Mara.

Me parece que una mujer que se llama Mara es dos veces mujer.

El nombre Mara tiene para m no s qu encanto inexplicable.

El es por s solo para m una hermosura.

Caprichos!

Porque esto en m no es devocion mstica.

No es un homenaje  la madre de Jess.

Mara es un nombre hebreo que significa felicidad y hermosura.

Y si no lo significa, yo quiero que tenga esa significacion.

Yo podria preguntar  uno que supiese hebreo qu significa Mara.

Pero no me meter en ello.

No me hace falta.

Lo que s me hacia falta era Micaela.

Ella me miraba con los ojos relucientes.

Con la boca entreabierta.

Con las mejillas contraidas, convulsionadas, podria decirse.

Me adoraba.

Yo fenecia.

La as una mano.

Ella hizo un esfuerzo para desasirse.

La retuve.

Entonces con la otra mano me solt una bofetada.

Y de firme.

--Yo te adoro  pesar de que eres un tunante y no mereces mi querer,--me
dijo;--pero, qu quieres? El sino de las criaturas; pero casaca, hijo
mio, casaca ante todo, y para la casaca _quisquis, muchos quisquis_;
sino, no hay que contar conmigo: te doy seis meses de plazo: si dentro
de seis meses no has hecho tu posicion, si no me mereces me
desinfecciono, te desahucio, te relego y me dedico  otro tunante que
sea de ms provecho que t: los tengo as,--(y juntaba en pia sus
preciosos dedos).

Yo no gema, muga.

Estaba atormentado.

No me conocia  m mismo.

Micaela me sujetaba.

Me esclavizaba.

Me hacia sentir un hambre horrible de su hermosura.

Yo no vivia.

Me senta enfermo de gravedad.

Congestionado.

Qu criatura!

Qu primor!

Qu belleza!

Qu audacia!

Y adems de todo esto, cunta pureza!

Me dolia el corazon.

Tenia en l flato.

No sabis lo que es flato del corazon?

Oh! pues es una cosa horrible.

Un dolor insoportable.

Una cosa que ahoga.

Cuando las mujeres nos meten el flato en el corazon, estamos perdidos.

Hacen de nosotros lo que quieren.

Yo era un cobarde delante de Micaela.

Estaba alelado.

Chiflado.

Aquello era insoportable.

Y ella debia tambien tener flato en el corazon.

Se la conocia el sufrimiento.

Pero le dominaba.

--Hijo mio,--me dijo,--es necesario que _amoraques_  la vieja; que la
engatuses; pero esto no es fcil; le has gustado y mucho; yo lo he
conocido en cuanto has venido, en la manera que tenia de mirarte y de
hablarte; pero te encuentras ocupada la plaza, y bien ocupada: de
_buten_.

--Por don Bruno?

--Mira, puede ser.

--Pues si le ha engaado,  pretendido engaarle por m!

--Te dir: no es que doa Emerenciana ame  don Bruno ni mucho mnos, ni
cmo habia de amar  un tal camello: es que don Bruno la tiene
amedrentada.

--Ya lo s: la hace el espanto.

--Pues, y tiene ahuyentado al cario,  la pasion,  la locura de doa
Emerenciana.

--Algun chulapejo!

--Qui! Un sietemesino espiritado, con la cabeza muy gorda y el cuerpo
muy flaco, pequeuelo, ruin: un engendro del diablo.

Y sin embargo, ah vers t. Doa Emerenciana est loca por l: es
necesario que t desbanques  ese Adonis; que le arrojes del corazon de
la vieja. Hipolitito no se atreve  entrar en la casa, ni tan siquiera 
pasar por su calle: y la adora; pero siempre est  las vueltas de doa
Emerenciana don Bruno, y al solo nombre de don Bruno, Hipolitito se
liquida, pierde el sentido de miedo, le salen alas y escapa: doa
Emerenciana se pasa semanas enteras sin ver  su cario; pero recibe
todos los dias tres cartas suyas por el correo interior, y en cada carta
un retrato suyo en actitud distinta: tiene ya una coleccion numerossima
de representaciones del tal vichejo; pero calla,--aadi Micaela
aplicando el oido.

Qu dije yo?

Me parece que tenemos funcion: alguien anda en la puerta del cuarto.

En efecto.

Se oia un ruido spero y extrao.

--El es, sin duda,--dijo Micaela.

--Quin?

--Don Bruno.

--Don Bruno?

--Don Bruno, s, seor; ya me lo esperaba yo; l te ha visto entrar con
doa Emerenciana... los celos...

--Espera, espera,--la dije,--ya vers.

Seguia el ruido.

--Mira,--me dijo,--que don Bruno es muy malo.

--Yo soy peor,--la contest;--le voy  contar yo un cuento  ese tio.

Y me levant.

--Ah, no! No vayas!--me dijo Micaela avalanzndose  m.--Por el
contrario, escndete: djame  m; yo s lo que me tengo que hacer.

Yo aprovech la ocasion, y bes  Micaela en la garganta.

--Ah, traidor!--me dijo;--pero en fin, no me importa, yo te amo.

Y me empuj hcia una puerta con una fuerza de que yo no la hubiera
creido capaz.

Me dej conducir.

Yo enlanguidecia.

Tenia el cuerpo y el alma llenos de Micaela.

Me sac al fin del gabinete.

Cerr la puerta.

Nos encontrbamos en una habitacion oscura.

Micaela me tenia siempre abrazado.

--No, no irs,--me decia;--ese hombre es muy traidor; te mataria; es muy
madrugon y embiste como un toro: ah, traidor!--aadi.--T abusas.

Pas por m un vrtigo.

No oia, ni veia.

Micaela era mi misma vida.

Mi universo.

Pasaron algunos minutos.

De improviso son un fuerte golpe  la puerta, que se abri por la
violencia del empuje.

Apareci don Bruno con una cerilla encendida en la mano izquierda.

Con la derecha blandia un baston.

Una especie de garrote.

--Ah! esto  m no me importa,--dijo al vernos  Micaela y  m:--esto
es distinto; de otro modo...

Yo me separ como pude de Micaela.

Un momento despues estaba engargolado al pescuezo de don Bruno.

Se lo apretaba con las dos manos.

Don Bruno sacaba un palmo de lengua.

--Calla, hijo,--dijo Micaela:--yo sabia que avanzabas y que te
agarrabas como un gato, pero no sabia que eras un perro de presa.

Le solt.

Don Bruno fu  caer bamboleando sobre un sillon.

La embestida habia sido buena.

Micaela tenia en la mano el cerillo que se le habia caido  don Bruno.

Yo tenia su enorme baston.

--Ah, el miserable, el traidor!--exclamaba don Bruno.

Y se palpaba el pescuezo.

Habia enronquecido de tal manera, que apenas si se le entendia una
palabra.

Ruga sordamente.

Estaba vencido, pero no dominado.

Era necesario tratarle duro.

--Espere usted, don Bruno,--dijo Micaela:--voy  traerle  usted una
vinagrada para que haga usted grgaras.

--Grgaras, ah, grgaras!--exclam don Bruno;--pero este bribon est
loco; no ha debido tratarme as: no me dijo que partiriamos la vaca?
Crees t que vas  llegar solo al otro lado? Te parece intil mi
alianza? Sabes t la fuerza que hay que vencer aqu? Conoces t las
pasiones de una vieja verde? Sabes t quin es Hipolitito?

--En cuanto conozca  ese Hipolitito,--dije yo,--le retuerzo el
pescuezo.

--Qu es lo que ests diciendo, animal?--me dijo don
Bruno:--retorcerle el pescuezo  Hipolitito! Oh! Pues si eso fuera
posible!

--Qu! No tiene pescuezo ese caballero?

--Y bien largo y bien flaco: un pescuezo de grulla: pero sabes t lo
que sucederia? Te lo repito. T, aunque eres un pillo, no sabes lo que
es una vieja verde: el Vesubio, el Etna, cuantos volcanes hay en el
mundo, son una vagatela comparados con el amor de estas tales viejas:
horror! Moriria de despecho, de rabia, de desesperacion, y yo no quiero
que muera: ese vestiglo me enamora, me domina, me hace desfallecer,
delirar: una brujera: no puede ser otra cosa: su boca sin dientes es
para m una delicia; su cabeza monda, con sus mechones de canas, me
parece de una hermosura infinita. Ah! ah! Si yo no te hubiera visto
en los brazos de Micaela! Si te hubiera encontrado en los suyos! Ah!
Desgraciado de t! Ms te hubiera valido no nacer! No te fies de que
por sorpresa, y echndome de improviso las dos manos  una de las partes
ms sensibles de mi individuo, me has vencido: esto ha sucedido una vez,
pero no suceder dos, yo te lo aseguro: prubalo sino.

Y se levant y me present los puos cerrados.

Yo le amenac con el baston.

Apenas le hube levantado, me encontr sin l.

Inmediatamente me cogi  su vez por la garganta.

Pero no apret.

--Te has convencido?--me dijo.

--Esto ha sido por sorpresa tambien,--respond.

--Sorpresa por sorpresa,--me dijo,--estamos iguales: as, pues, podemos
tratar.

Yo te dejo en la quieta y pacfica posesion de Micaela.

--Esa ha sido una traicion,--dijo Micaela que acababa de entrar,
pretendiendo parecer gravemente enojada, pero contenta en la
realidad.--Vamos, don Bruno,--aadi.

--No; eso de nada me serviria: danos ms bien un vaso de aguardiente 
cada uno;  los dos nos vendr muy bien: el aguardiente es confortante y
revulsivo: oh, y qu aventuras del diablo! Anda, anda por el
aguardiente, hija mia: y no estaria dems que t te tirases un buen
trago: ests muy sofocada.

--Si usted no hubiera andado en la puerta, hubiera sido mucho
mejor,--dijo Micaela saliendo.

--Andar en la puerta! Andar en la puerta! Y que hay puertas
difciles!... Se necesita el paletin, chiquito.

--Es verdad,--dije yo;--pero cuando uno se empea...

--Por supuesto, pillo, lo ms difcil se abre; pero, no amas t  esa
maldita vieja? No tienes tan mal gusto como yo?

--Y si eso fuese?

--Ah! No, no! No te chances; no provoques  un tigre gris rodado de
Bengala; eso seria expuestsimo: sobre todo, cuando se trata de mi amor:
ah, ah, si la hubieras visto hace un momento! Verdad es que t no
estabas para ver nada: si la hubieras visto dormida, con aquella boca
abierta, que parece la sima de Cabra! Yo debo estar loco! Yo no puedo
comprenderlo, y sin embargo, la amo! Me quieres t decir lo que es el
corazon humano; lo que vale esta bestia racional que se llama hombre?
Ah, pero la garganta, la garganta! Qu garganta, y qu hombros y qu
ojos! Si t la hubieras conocido hace treinta aos! Oh! La edad! Los
destrozos del tiempo! Los cabellos que encanecen, que se caen! La piel
que se arruga! Los dientes que se marchan! Las carnes que se aflojan!
Y el histrico, el terrible histrico! Qu cambio! No valemos nada!
Doa Emerenciana no es ya ms que la garganta, y los hombros, y los
ojos! Y los oyitos de las mejillas cuando se pone la caja de dientes y
de muelas y se estira la piel con soliman! Has visto t nada ms
hermoso que ella cuando se pone la peluca y se ensancha con los postizos
y se ajusta con el traje! Ah!... Micaela la pone hecha una Venus!
Micaela es una muchacha de talento, y adems de esto, una seorita: te
doy la enhorabuena; pero es necesario que partamos la vaca.

--Que partamos  Micaela!--exclam con acento feroz.

Y me _rasqu_.

Es decir, para los que no conozcan el lenguaje de los galopos, ech mano
al bolsillo en busca de la navaja.

--Estte quieto, muchacho,--me dijo don Bruno,--que aunque Micaela es la
muchacha ms bonita de Madrid, yo no la codicio ni te la envidio; gzala
con salud y buena pro os haga  los dos; pero la vieja, la vieja, mi
prenda, mi esperanza! Pero la verdad es que si no fuera rica, no la
querria tanto; porque mira, el amor por s solo sabe muy bien, pero
revuelto con plata, sabe mejor.

--Vamos: aqu est el aguardiente,--dijo Micaela, que apareci con una
bandeja, en que se veian una botella y dos copas.

La puso sobre un velador.

--Voy  ver si la vieja duerme,--dijo Micaela;--pero debe dormir;
siempre que el tio Calostros la cura el accidente, se queda como una
piedra.

--Quien diga que la vida no es un disparate!--exclam don
Bruno:--pensar en que para curar los accidentes de ese _esperpento_ se
necesita un sereno! Y yo apenado! Yo loco! Yo _guillado_! Buen
aguardiente, Micaela, hija mia! Y cmo os cuidais! Buena tajada y buen
trago! Ah, miserable! Si no fuera porque yo la hago el espanto! Vamos,
hijos mios, nos hemos entendido; hemos salido de dudas; no tengo celos
despues de mi visita de inspeccion; el aguardiente me ha quitado la
ronquera; me voy; que Dios os d muy buenas noches; sois el uno para el
otro, y t hars fortuna, muchacho; pero partamos la vaca; creme; no
seas mi enemigo; vamos, muchacha, hija mia, chame  la calle; la puerta
de la calle me la abri el tio Calostros; por vida del tio Calostros!
Pero todos los mdicos tienen privilegios: cuando se trata de la salud,
y tal vez de la vida, hay que cerrar los ojos: conque otra vez buenas
noches, sobrino de tu tia, y venga esa mano.

Se la d.

--Con que amigos, no es verdad?--me dijo.

--S, amigos,--le contest.

--Y qu hemos de ser ms que amigos?--dijo Micaela,--amigos hasta la
pared de enfrente, por la cuenta que nos tiene: vamos, don Bruno, que
tengo sueo.

Micaela y don Bruno,  quien yo habia devuelto su baston, y que llevaba
su cerillo encendido en la mano, salieron.

Poco despues volvi Micaela.

A poco, todo dormia en la casa.

Todo estaba sumido en una paz profunda.

Mi vida entraba en una situacion regular.

Era feliz.

Don Bruno habia llegado muy  tiempo.




CAPITULO VII.

En que se v cmo iba yo acercndome  la fortuna, llevado de la mano
por una vieja verde.


Al otro dia me despert muy tarde.

Al abrir los ojos v delante de m  mi divina rubia que me sonreia.

Tenia en la mano, en un plato de porcelana, una taza de leche.

Se me trataba bien.

A lo prncipe.

Con la mayor delicadeza.

Tom la leche, que era riqusima.

--Levntate,--me dijo;--esa mujer me ha llamado para que la arregle: no
quiere verte hasta que est compuesta: en esto se tardar, por lo mnos,
hora y media; la hora del almuerzo: la Nicanora est ya en la cocina y
avisar: nada sabe doa Emerenciana; ten prudencia; no me mires como me
ests mirando; me parece que la tenemos; me ha preguntado con mucho
afecto por t: se ha informado de cmo has pasado la noche; yo la he
dicho que,  mi parecer, la habias pasado admirablemente: he mentido?

--Poder de Dios, que yo reviento de felicidad!--la contest.

--Pues procura, no reventar, hijo, que los reventones no son para
sufridos, y adios, que la vieja me espera impaciente; me parece que
tiene ganas de verte; la cosa no puede ir mejor.

Micaela se fu.

Yo me levant.

Me arregl, y me fu  la cocina.

En ella habia una mujer ordinaria, oronda, como de cuarenta aos; pero
frescota, no desgraciada, y un tanto pretenciosa como doa Emerenciana.

Se sonri al verme, me gui un ojo, y me dijo:

--Con que,  lo que parece, todos somos de la casa?

--Yo creo que s,--la respond.

--Y me parece tambien, que hemos de llevarnos muy bien: la seorita es
un ngel, y le quiere  usted mucho; es necesario que usted sea hombre
de bien y corresponda con ella; la vieja, segun la seorita me ha dicho,
le quiere  usted tambien mucho: de modo que usted est aqu como la
yema del huevo; y por supuesto: qu le ha de pasar  un buen mozo sino
cosas buenas?

--Muchas gracias; pero usted debe de haber tenido muy buenos bigotes.

--Y qu, no los tengo todava?--exclam con vehemencia y con un ligero
acento de enojo: pues mire usted, no est la carne en el garabato por
falta de gato, y cada una sabe cmo le va, y muchos quisieran lo que hay
donde se cree que no hay nada; y en fin, que eso ya se ver.

--Y quin duda de que es usted una buena moza? Por lo mnos en otro
tiempo.

--Ah! en otro tiempo, cuando vivia el mio, que era msico de
alabarderos, y yo lavaba la ropa del cuerpo! Ah! entonces las tapias se
echaban para atrs cuando yo pasaba: calcule usted lo que serian los
hombres y las mujeres; he tenido yo mucho aqul, y an le tengo, y mire
usted, si quisiera casarme, no me faltan proporciones; pero el buey
suelto bien se lame.

Yo tenia hambre, y mientras charlaba con Nicanora, echaba ojo al
almuerzo que se estaba preparando, y que parecia ser excelente.

Micaela habia dado una vuelta, y yo habia reparado que no la gustaba
mucho mi charla con la asistenta, ni la manera que tenia sta de
mirarme.

Yo era caballo de buena boca.

La Nicanora conservaba algunas cosas muy apreciables y no me habia
desagradado.

Pero era necesario irse con mucha diplomacia, no fuera que se armara una
culebra.

A la hora del almuerzo se present doa Emerenciana ya emperifollada.

Me caus una viva impresion.

Micaela se habia esmerado aquel dia con ella.

La habia pintado y la habia compuesto admirablemente.

Adems de esto habia en doa Emerenciana una languidez hechicera.

Me abarc con la candente y dulce mirada de sus grandes ojos negros.

Se sonri, y se marcaron en sus mejillas los hechiceros hoyitos.

Parecia increible que fuera ella la misma que yo habia visto despojada 
travs del hueco de lo alto de la puerta.

--Ah! hijo mio,--me dijo,--que sta me ha engaado: que me ha dicho que
has pasado muy buena noche, y ests plido y con ojeras.

Y paseaba su mirada escudriadora de Micaela  m.

--Esta noche ser distinto,--aadi;--no la pasaremos como anoche; te se
pondr su cuarto junto al mio; no quiero yo que mi hermana ria conmigo
porque vuelvas desmejorado al pueblo.

Y su mirada se encarnizaba ms en Micaela.

Esta estaba admirable de sinceridad, divina.

--Es necesario que te lleves bien con mi sobrino,--la dijo;--yo te tengo
 t en lugar de hija, y me doleria mucho ver que eras desagradecida.

--Le juro  usted, _mam_,--dijo con una gracia hechicera Micaela,--que
su sobrino no tendr queja de m... ni usted tampoco... vamos 
llevarnos como ngeles.

--Cuidado, cuidado, Micaela, que yo no quiero _belenes_ en casa,--dijo,
no pudiendo contenerse ya doa Emerenciana. Y usted, Nicanora, que se lo
est usted comiendo con los ojos; mucho ojo; si es bonito y jven, 
usted no le importa nada.

--Vaya un _redios_ con la seora,--dijo la asistenta;--pues se puede
usted guardar  su sobrino en el _chaquetin_, doa Emerenciana; como si
una estuviera en las ltimas! pues cada cual tiene lo que le hace falta,
y sin...

Un enrgico guio mio contuvo  la Nicanora.

O yo no s una palabra de gramtica,  la Nicanora, que se habia
picado, iba  decir: _sinpeluca_.

Si lo hubiera dicho, y con lo que habia sucedido, los resultados
hubieran sido horribles.

--Y sin qu?--dijo doa Emerenciana. Y vibr una mirada tremenda sobre
la cocinera.

--Sin tantos arrumacos,--respondi sta.

--Y cmo hemos de entender eso de los arrumacos?--dijo doa
Emerenciana.

Un segundo guio mio acab de arreglar  la Nicanora.

--Es que usted, seora,--dijo,--tiene mucha experiencia y se va ms all
de las cosas, y se figura lo que no hay.

--En fin, Nicanora,--dijo doa Emerenciana,--usted es una vieja verde y
se le van los ojos detrs de los muchachos.

--Yo soy...--grit la cocinera.

Un tercer guio la contuvo.

--Yo soy una buena mujer,--aadi,--y no merezco que se me trate como se
me trata; y si el mocito ha venido aqu para que  usted le parezca lo
que no puede ser y me maltrate usted, yo estoy de ms, aunque estaba muy
contenta de la casa.

Esto me demostraba que la Nicanora era una gran maestra, as, con su
gramtica parda.

Al mismo tiempo se habia sentado en el suelo como las mujeres cuando se
desmayan. Se le habia bajado el pauelo, y yo habia visto el principio
de dos globos ebrneos.

Yo me embriagaba.

Micaela al natural me aturdia.

Doa Emerenciana artificial me enloquecia.

La Nicanora, con sus magnficos restos, me enlanguidecia.

En efecto; yo estaba en aquella casa como la yema en el huevo.

Lo habia dicho muy bien la Nicanora.

Aquellas tres mujeres debian desvivirse por cuidarme.

Era posible que un dia se araasen.

Pero mejor, mucho mejor.

Un hombre por el cual no se araa una mujer con otra, no vale un _perro
chico_.

Micaela estaba admirable de serenidad.

Doa Emerenciana admirable de celosa.

La Nicanora admirable de desenfado.

Era una manola que por nada del mundo hubiera sufrido ni un mucho mnos
de lo que la habia provocado doa Emerenciana.

Sin embargo, habia obedecido  mis guios.

Era cuanto se podia esperar.

Empez el almuerzo, y  cuidarme doa Emerenciana.

Me puso la pechuga del pollo.

Me sirvi la copa.

Al mismo tiempo me apretaba la rodilla.

Yo veia desvancado  _Hipolitito_.

--En los pueblos vivs muy atrasados, sobrino,--dijo doa
Emerenciana;--all con esa americana y ese chaleco  cuadros estarias
muy elegante; pero aqu ests muy cursi. Nicanora, sirva usted de una
vez el almuerzo, y vyase usted  la calle de Valverde, que vengan al
momento con una berlina de lujo para m. Entrese usted. Ya saben all
lo que yo quiero. Que est aqu para cuando acabemos de almorzar.
Tenemos que salir mi sobrino y yo. Quiero acostumbrarle  la buena vida
de la crte. Como que es mi heredero!

Indudablemente, Hipolitito estaba destronado.

Micaela me miraba al descuido de la vieja, y me decia con su
elocuentsima y graciosa mirada:

--Esto va que ni de encargo, hijo mio,--y con su pequeo pi pisaba mi
pi.

La Nicanora se habia ido murmurando.

_Mi tia_ me cuid admirablemente.

Almorc como un prncipe.

La Nicanora volvi antes de que acabase el almuerzo.

El carruaje estaba ya  la puerta.

--Ahora,--dijo doa Emerenciana,-- casa de Alcaide.--Es el primer
sastre de Europa. El te pondr verdaderamente elegante; pero como l
quiera, lo caro resulta muy barato. Y luego la confeccion!... Ven 
acabar de arreglarme Micaela.

Cinco minutos despues estbamos en el carruaje.

--Casa de Caracuel y Alcaide, Puerta del Sol, nm. 15,--dijo doa
Emerenciana al lacayo.

El carruaje parti.

Doa Emerenciana tom un cierto aspecto de gravedad.

--Yo creo,--me dijo,--que t habrs conocido la verdad entera.

--Oh! s,--la respond, pretendiendo tomarle una mano.

Doa Emerenciana me rechaz.

--Yo he conocido,--dijo,--estos amores interesantsimos de hoy; estos
amores dignsimos; yo soy toda alma; toda pasion; yo amo, amo con toda
mi alma, pero no es  t  quien amo; me agradas, es verdad. Si yo no
amara, seria muy posible que me enamorase de t.

--Esto es ser muy cruel, hermosa mia,--la dije,--yo me muero por usted,
yo me vuelvo loco.

--Deja, hijo mio, deja,--me respondi un tanto conmovida doa
Emerenciana;--pero _la costumbre del alma..._

Era la primera vez que yo oia esta frase.

--Hay un sr en el mundo que me impresiona de una manera gravsima; una
criatura que llena todas mis aspiraciones; pero esa criatura es dbil...
la espanta ese ogro de don Bruno, ya te lo he dicho: yo te conozco,
espanta  don Bruno, que me deje en paz con mis amores, y espralo todo
de m.

--Soy verdaderamente muy desgraciado,--la dije,--porque no soy la
criatura  quien ama usted.

--Quin sabe, quin sabe? eres muy guapo; vamos, cualquier cosa; he
pensado mucho en t; he soado contigo; pero _la costumbre del alma..._

--Es necesario sobreponerse  las malas costumbres,--la dije;--tal vez
ese de la costumbre sea algun mal favorecido, algun ingrato.

--Y qu mujer, por hermosa que sea,--dijo doa Emerenciana,--puede
contar con la gratitud de los hombres? Mira, tente, no ests tan pegado
 m, que me sofoco: cuida mucho de no requebrarme, porque en ello te va
la fortuna: con que dime, le rompers el alma  don Bruno? Le
ahuyentars? Oh, qu hombre, qu mnstruo! No me puedo tratar con
nadie; ya se ve, todos no han de ser unos Gaiferos; no es este el tiempo
de los valientes. El valor no hace falta para nada; con que arrglame 
don Bruno.

--Pues ya lo creo; don Bruno no se atrever  nada que pertenezca 
usted, bueno soy yo!

--Bien sabia yo lo que me hacia abrigndote; pero me parece que estamos
ya en casa de Alcaide.

Subimos al taller del famoso sastre.

Doa Emerenciana encarg para m cinco trajes completos.

Salimos y nos fuimos  la camisera.

Doa Emerenciana tom para m cuatro docenas de camisas.

Despues  la joyera.

Me compr un magnfico reloj y una hermosa sortija.

Las viejas verdes ricas son un filon.

Me iba enamorando de veras de doa Emerenciana.

Me parecia hermossima.

Despues de la joyera me llev  Fornos.

Tomamos caf.

Cuando salimos, fuimos  la Fuente Castellana.

Hacia un dia hermossimo; uno de esos dias de invierno de Madrid que
parecen de primavera.

Doa Emerenciana era incansable.

Parecia que Dios la habia dotado de un estmago de buitre.

Despues de haber almorzado abundantemente en casa, todava tuvo apetito
para comerse en la Fuente Castellana una perdiz y no s cuntas cosas
ms.

Bebi tambien largamente.

Sin embargo, no se la resinti la cabeza.

Continu perfectamente serena.

Yo no comprendia una tal fuerza de organizacion en una tal vieja,  la
que la noche anterior habia visto entregada  un formidable ataque de
epilepsia.

Estaba como si tal cosa.

Me miraba con delicia.

Con nsia.

Parecia que yo era cuanto habia en el mundo para ella.

Sin embargo, miraba  todo hombre que pasaba si era jven y algo buen
mozo; y siempre tenia un agudo chiste para cada mujer que veia, si era
algo bella.

Influia sobre m aunque yo recordaba su cabeza pelada, su boca sin
dientes, todos los estragos, en fin, que en ella habian hecho la edad y,
sin duda alguna,  pesar de sus protestas acerca de su pureza, sus
desrdenes.

Yo no sabia qu pensar de aquel fenmeno.

Una mujer tan horrible, tan repugnante, despejada de sus composturas, y
que compuesta llegaba  una tal belleza ideal.

Una vieja como ella, que tenia una voz en que se sentian todos los
encantos de la juventud.

Y sobre todo, lo extrao de su conducta.

Una mujer que se prodigaba en los cafs; que miraba  todo el mundo; que
provocaba  todo el mundo; que tenia todas las apariencias de la buscona
ms descarada, y que, sin embargo, no tenia amante; que era rica, y  la
que servia de mdico y de remedio, en los graves accidentes, el tio
Calostros, el sereno.

Todo esto era extraordinario, todo inexplicable.

Causaba en m una especie de perturbacion moral.

Se aadia  esto el efecto de los regalos que me habia hecho, la
posicion que me habia dejado entrever.

Yo empezaba  enorgullecerme,  creerme persona importante.

Doa Emerenciana,  vueltas de mirarme con una pasion volcnica, se
mostraba severa y me obligaba  contenerme en los buenos lmites.

Esto me aturdia ms y ms.

Estaba loca aquella mujer?

O habia habido un tiempo en que su alma habia sido tan hermosa como su
cuerpo, y habiendo pasado, gastada por los aos la hermosura del cuerpo,
conservaba la hermosura del alma?

Habia mucho de juventud en su mirada.

Sus grandes ojos no podian ser ms lucientes ni ms hermosos.

Yo me fascinaba ms y ms.

Se me olvidaba el vestiglo.

No veia ms que la apariencia seductora de doa Emerenciana.

Ella necesitaba pertenecer  un hombre que tuviese cierta importancia.

Que significase algo.

Que pudiese entrar en todas partes y pudiese ser influyente.

--Para eso,--me decia,--no hay ms que la poltica.

Todo lo que est fuera de la poltica, no vale nada.

La poltica es el nico camino que hay para las grandes posiciones
ilustradas con los grandes honores.

Un quidan que tiene un cierto descaro, una cierta habilidad, un cierto
tacto y un mediano ingnio, tiene zapatos al dia siguiente de haber
entrado en la poltica, y no tarda mucho en andar en coche.

Se empieza por lo ms bajo, y por poco que ayuden la fortuna y la
audacia, se sube rpidamente, se van dominando escalones hasta que al
fin aparece el grande hombre.

Otros muchos han empezado ms penosamente que t.

T eres hombre de corazon, quiero decir, de puos, y que no te detienes
en nada.

Encontraremos fcilmente para t un lugar importante.

No faltar un hombre poltico que pague bien y te favorezca, porque
firmes esos artculos peligrosos que pueden producir un lance personal 
una persecucion del gobierno.

Es temprano todava.

A las tres iremos casa de don... (y me dijo uno de los nombres ms
conocidos y ms altos de la poltica.)

--Es un antiguo amigo mio,--aadi,--que me estima en lo que valgo, y
que en ms de una ocasion me ha servido bien.

En verdad que yo le he servido mejor.

La reciprocidad es una gran cosa.

Donde no puede haber reciprocidad, no hay nada.

Nadie d sino porque le tiene cuenta dar.

La justicia anda por las nubes.

En vez de ella, llena la tierra la conveniencia.

El inters lo absorbe todo.

Lo dems es imbecilidad  farsa.

T sers periodista.

Esta misma noche asistirs  tu redaccin, y tendrs un sueldo.

Don F... te dirigir.

Yo te prestar la buena ayuda de mi ingenio.

Lo mismo que te creo muy  propsito para la chismografa intencionada
de la prensa, y para hilvanar cada dia un artculo de los que ponen de
mal humor  un gobierno, te creo capaz de preparar y producir un motin.

No s si me equivoco.

Pero desde que te v anoche fund en t grandsimas esperanzas.

Sabe Dios  dnde llegaremos.

Pero, hijo mio, son las dos y media.

A las tres encontraremos en su casa  don F...

Estbamos entonces en lo alto de Chamber.

Doa Emerenciana tir del cordon, y di al lacayo rden de que nos
llevase  la calle de... nmero...

No me atrevo  dar el nombre ni el domicilio del personaje ante el cual
me puso doa Emerenciana.

Aquel seor la recibi como  una antigua y queridsima amiga.

Crey  hizo como que creia, que yo era sobrino de doa Emerenciana.

Estuvo conmigo amabilsimo.

En fin, me di asunto para un artculo terrible de oposicion que debia
ver la luz al dia siguiente en su peridico.

--Este artculo,--dijo el hombre poltico,--puede producir un lance
personal, un lance grave, y producir indudablemente una denuncia, si se
escribe como yo espero lo escribir usted: en fin, esta es una prueba:
se har ruido; se querra saber quien es el nuevo gladiador que aparece
en el estadio de la prensa: jven, las posiciones sociales cuestan muy
caras: hay que hacer frente  grandes compromisos,  grandes peligros.

Pero cuando se llega  la cspide...

Amigo mio,--aadi mirando su rel:--necesito de todo punto ir al
Congreso.

As, pues, adios, y hasta la noche, los esperamos  ustedes para comer;
cuento con que usted traer ya por lo mnos el plan del artculo.

Salimos.

Yo acab de aturdirme.

Aquello era ya demasiado.

Cmo no adorar  doa Emerenciana, que era ya para m un ngel.

Nos volvimos  casa.

Encontr sonriente  Micaela.

De todo punto solcita  Nicanora.

Aquellas tres mujeres, las dos viejas y la jven se desvivian por m.

Doa Emerenciana me habl del artculo.

Era necesario que le llevase  la hora de comer, no en embrin, sino
concluido.

Se me habia provisto de un secreto de Estado.

Se habia hecho de m una gran confianza.

Como si se hubiera tratado de un hombre viejo ya y prctico en las cosas
polticas.

Doa Emerenciana me habia aconsejado.

Podia decirse que ella habia hecho el artculo.

Yo no habia hecho ms que darle la forma.

Esto no me habia sido difcil.

Yo habia escrito ya en algunos peridicos de literatura.

Habia hecho algunas revistas de toros.

Sabia zaherir y morder.

Escrib el artculo en una hora.

Lo le  doa Emerenciana, que se asombr.

--Tienes la fortuna, hijo mio,--me dijo,--de que yo te haya adivinado:
pero, francamente, no sabia que valias tanto.

Aqu saltan tres duelos.

Se produce una denuncia.

En cuanto  los duelos, debes dejar que se arreglen satisfactoriamente.

Pero lleva  cabo uno de ellos.

Da  recibe una estocada.

Si puedes matar  tu adversario mtale.

Djate de generosidades si es que eres generoso.

Hay que establecerse de una manera sria.

Si logras matar al director de...  quien en tu artculo has abofeteado
_moralmente_, y que es un brabucon, te colocas  una altura envidiable.

Quin le tose  un diputado de palabra audaz, que da estocadas de
muerte,  por lo mnos graves?

El abusa de sus ventajas.

Mtale si puedes.

Tienes todas las condiciones necesarias, querido mio.

Oh! Si no ejerciera sobre m una tal influencia Hipolitito!

Pero, en fin, ya veremos, mi querido sobrino.

Ahora preprate.

Arrglate lo mejor que puedas.

Yo te disculp con lo de que acababas de llegar del pueblo.

En fin, se har todo lo que se pueda hacer, y los resultados sern
magnficos.

Micaela estaba muy contenta.

Decia que las cosas no podian ir con mejor suerte.

En cuanto  la Nicanora, se descotaba cuanto podia el pauelo para dejar
ver ms parte de su garganta, de sus hombros y de su seno.

Todas las mujeres conocen lo que tienen de ms incitante, y hacen cuanto
le es posible por dejarlo ver.

Llegaron las siete de la noche.

Durante la tarde habia cambiado el tiempo.

Al oscurecer diluviaba.

Habia sobrevenido una de esas noches que hacen imposible todo lo que no
sea la permanencia en un gabinete con una mujer al lado de una chimenea.

El frio era horrible.

Los criados del hombre poltico debian extraar que yo me presentase con
un sombrerete hongo y una raida americana.

Se comision  Micaela, que volvi con dos  tres mancebos de ropera
elegante, cargados de ropas.

Acompaaba un excusabarajas con camisas.

Ni Alcaide, ni la camisera  donde habiamos ido, podian tener
concluidos sus encargos hasta pasados algunos dias.

Cerca de las ocho estuve yo completamente trasformado.

Un peluquero me habia rizado admirablemente los cabellos.

Yo podia pasar por un jven decente y an distinguido.

Entonces se me ocurri que para ser algo en Madrid, podia ser muy eficaz
la ayuda de una vieja verde.

De una beldad en ruina, restaurada  fuerza de arte.

El carruaje estaba esperando.

Doa Emerenciana se habia prendido admirablemente.

Estaba verdaderamente hermosa.

Pero esmaltada con ms fuerza.

Me pareci adems que la peluca era de un negro ms intenso y ms
brillante.

Es decir, que era ms nueva.

No se podia pedir ms.

Encantaba.

Yo me mir  un espejo, y me encontr irresistible.

Aunque no me hubiera mirado, me lo hubieran dicho las miradas de las dos
viejas y de la jven que se recreaban en m.

Yo iba armado con mi artculo.

Salimos y entramos en el carruaje.

Me atrev  traer  m  doa Emerenciana y  besarla una mejilla.

Hizo un leve movimiento de repulsion; pero me dijo:

--Eso es ya diferente: me vas pareciendo un hombre de pasiones: creo que
podrs decidirme  algo: puede ser que venzas mi resistencia al
matrimonio.

Y suspir.

Pretend tomarme alguna libertad algo ms determinante, y se rehizo, y
me llam severamente al rden.

La ruina resistia.

Pretendia imponerse.

Hacerse aceptar por completo, fuera de afeites y de composturas.

De resultas del beso, me qued en los lbios algo pegajoso, algo craso,
que sabia  yeso.

Pero qu importaba?

Y la posicion?

Llegamos.

Poco despues estbamos en el estrado del hombre poltico.




CAPITULO VIII.

En que se v hasta qu punto subordinan  lo positivo sus sentimientos
amorosos las viejas y las jvenes.


Yo cre que se nos recibiria en forma.

Pero me enga.

Habia all algunas seoras que parecian cualquier cosa, y algunos
jovenzuelos,  todas luces, aprendices de hombres de Estado.

Habia tambien algunas mujeres verdaderamente bellas.

Muy jvenes las unas.

Otras de edad ya sria.

Dos  tres viejas, muy emperifolladas.

Particularmente dos.

La una parecia una esptula.

La otra un esprrago.

Eran la esposa y la cuada del hombre poltico, dueo de la casa.

Dos mujeres polticas.

Dos hembras de Estado.

Estaban vestidas de una manera _sui generis_.

Lo que les faltaba de belleza y de juventud, les sobraba de ampulosidad
en el traje y en los adornos.

Eran dos ejemplares preciosos de un gnero raro.

Fluia de ellas un ridculo srio.

El peor de los ridculos.

Cada una de ellas me agarr con los ojos en cuanto me vi, como hubiera
podido agarrarme con sus tenazas un escorpion.

Las otras me miraron con una amable sorpresa.

Con una sorpresa agradable.

Yo me sentia perfectamente aceptado.

En cuanto  ellos, me habian saludado con una grave reserva.

Habia all tiesura.

Algo que demostraba que ninguno de los que estaban all habia tenido sus
principios muy en relacion con su situacion actual.

Faltaba de todo punto ese _quid_, esa cosa inexplicable que no se
aprende ni se compra, y que se llama distincion.

Se tocaba la moneda falsa.

Todos habian debido empezar sobre poco ms  mnos como yo.

Quin sabia dnde estaba, cul habia sido el principio de su importante
posicion?

Habia, sobre todo, un chiquitin verdinegro, que era de todo punto
impresentable.

Y aquel podia ser, y lo era en efecto, un importante hombre pblico.

Tal vez un jefe de partido.

No le hace.

As est hecho nuestro mundo omnipotente, y as hay que tomarle.

Yo, que an estaba en el umbral del palacio mgico de la poltica, me
sent muy superior  todos aquellos seores.

La cabeza empezaba  hinchrseme.

Me desconocia ya  m mismo de todo punto.

Doa Emerenciana era para m una gran mujer.

Qu importaba que todo lo que la hacia aparecer hermosa no fuese suyo?

Acaso es de ellas todo lo que hace aparecer encantadoras  la mayor
parte de las mujeres?

La mentira es la reina del mundo.

Las monedas falsas las que ms corren en el mundo social y poltico.

Si copelais, si depurais  la mayor parte de los cmicos polticos,
vereis que son un catecismo aprendido de memoria, con algunas ligeras
variantes.

Un repertorio de ideas infecundas repetidas y vueltas  repetir hasta lo
infinito.

Una rutina.

Un valor sobre entendido.

En fin, un oficio muy fcil de aprender.

Lo que es indispensable es la audacia.

Lo que es de todo punto imprescindible es la deslealtad.

Lo que de todo punto estorba es la conveniencia pblica.

Lo nico que debe tenerse en cuenta es el acrecimiento propio.

Las coaliciones son necesarias.

Cofrada contra cofrada.

Comunidad contra comunidad.

Se expuls  los frailes.

Pero no se adelant nada.

Quedaron en su lugar los polticos, con reglas diferentes, como los
frailes con hbitos de distintos colores.

Antes todo holgazan que queria gozar de la _vita birlonga_, se metia
fraile.

Hoy todas las nulidades audaces se hacen polticas.

Los frailes se lo comian todo.

Los polticos se alimentan hasta reventar de la olla grande.

De la flor de ella.

De lo exquisito.

As andan orondos y colorados y gordos, ni ms ni mnos que un guardian
pezuo de capuchinos.

Lo repito.

Me desvanecia.

Me creia muy ms capaz que todos aquellos gravsimos seores de llegar 
ser un hombre importantsimo.

En cuanto  doa Emerenciana, con sus setenta aos encima, hacia un
magnfico papel entre todas aquellas mujeres, contando  las ms jvenes
y  las ms bellas.

Habia en doa Emerenciana un aspecto extrao, algo de monumental, algo
de augusto.

Nadie hubiera sospechado en ella  una asdua concurrenta nocturna al
caf.

Qu importaba que se supiese esto?

Excentricidades.

Acaso no vemos  todos los graves hombres polticos, y altos
funcionarios, en los rincones de los cafs, donde se encuentra el gnero
fcil?

Qu tiene que ver esto con lo otro?

En qu se opone lo corts  lo valiente?

Y si penetrramos en los lugares no pblicos...

Y si descendiramos...

Y si ascendiramos....

Cunto fenmeno!

Cunta inmundicia!

Cunto cambio de decoracion!

Como los frailes.

Ellos tenian el recurso de salir disfrazados de sus conventos, para
correr la vida airada durante la noche.

En fin, la humanidad.

Las apariencias.

La farsa.

Los pcaros viviendo de los tontos.

Los ms fuertes sobre el pas.

Los ms dbiles hollados por todos.

La calumnia siempre en ejercicio.

La explotacion en auge.

La inmoralidad en acceso.

La corrupcion en todo.

Hasta en el aire.

Esto que acabo de decir lo dice en todos los tonos todo el mundo.

Ello es lo mismo que ladrar  la luna.

La audacia, el cinismo, el catequismo, el discurso vaco, la idea fija,
la picarda y la tunantera y la traicion, y la mentira y la calumnia,
siguen haciendo fortuna, y envenenndolo todo, por la explotacion y la
corrupcion.

El que no explota es tonto.

Yo no he podido pertenecer nunca al nmero de los imbciles.

Si me he dejado explotar ha sido para sacar partido de la explotacion.

En cuanto  la conciencia, no he tenido para qu ocuparme de ella.

La conciencia no sirve para nada, y estorba para todo.

En cuando al estmago, me lo he blindado.

Es decir, le he puesto en condiciones de digerir todo lo ms repugnante.

Por consecuencia, me iba decidiendo por doa Emerenciana como ella era,
con peluca y sin dientes, y con su armadura postiza.

Es ms.

Me iba pareciendo deliciosa.

Me iba enamorando de ella.

Not que doa Emerenciana estaba disgustada y como pesarosa de haberme
llevado all.

Todas aquellas seoras, jvenes y viejas, me comian con los ojos.

Particularmente las dos estantiguas de la casa.

Esto es, la mujer y la cuada del ex-ministro, dueo de la casa.

Se habian puesto una  cada lado de m.

Me comian  miradas.

Me agoviaban  preguntas.

Yo no sabia qu contestar.

Estaba  oscuras.

Conocian  la familia de doa Emerenciana.

Yo me veia obligado  apurar mi ingnio.

Afortunadamente all,  las ocho y media, lleg el amo de la casa.

En el profundo, en el servil respeto con que le saludaron ellas y ellos,
hubiera comprendido cualquiera, sin saber su nombre, que se trataba de
un personaje importantsimo.

Don F... se dirigi vidamente  m.

Me estrech la mano.

Me sonri.

Se sent con la mayor confianza  mi lado.

Ech un brazo sobre el respaldo de mi silla.

Cruz las piernas, la una sobre la otra, y tom una actitud de un estilo
particular.

Esto hizo que mi soberbia creciese.

Cuando aquel alto pcaro me trataba de una manera tan familiar, podia
suponerse que l creia que yo podia servirle para mucho.

Me d importancia.

Al fin el hombre pblico me llam  su gabinete.

Le le mi artculo.

Durante la lectura manifest su complacencia y su admiracion repetidas
veces.

--H aqu que tenemos todo un hombre,--me dijo cuando hube
concluido;--bastarn algunas supresiones ligeras, algunas lneas
adicionadas al fin; usted aprender pronto.

Dej el artculo encima de su mesa de despacho.

Pasamos al comedor.

La comida fu explndida.

Sibartica.

Resultados fecundos de la poltica.

Los polticos comen bien.

Durante la comida estuve entre la esposa y la cuada del grande hombre.

En la rodilla izquierda sentia una rodilla aguda: era la de la
ex-ministra.

En la de la derecha experimentaba la sensacion de otra aguda rodilla: la
de la cuada del ex-ministro.

Tenia la pierna derecha extendida, y sent en el pi una ligera presion,
que no fu la ltima.

Mir.

Otra ex-ministra, lnguida, ya entrada en aos, pera con magnficos
ojos, magnficos rizos y abundantes protuberancias, estaba sentada
frente  m, y me miraba de una manera vaga, casi imperceptible, como
dicindome:

--Ese que sientes es mi pi.

Ella era alta como yo, como yo debia tener las piernas largas, por
consecuencia, nos alcanzbamos sin dificultad el uno al otro por debajo
de la mesa.

Debia tener algo de ingeniero aquella mujer; no se habia equivocado
acerca de la posicion de mi pi.

Habia calculado bien.

Tenia la seguridad de que era mio aquel pi que amaba.

Es incalculable la audacia que tienen las mujeres del _buen mundo_.

Con ellas se estrechan las distancias de una manera verdaderamente
extraa, pero rpida.

Se suprimen los trmites.

Se llega muy pronto al fondo de la cuestion.

Particularmente las viejas verdes!

Oh, y qu amor tan impaciente el suyo!

Nadie podia apercibirse del triple ataque de que yo era objeto.

Nos habiamos puesto en cadena magntica tres mujeres y yo.

La ex-ministra del frente par.

Habia en ella algo terriblemente contrariado.

Pero mi izquierda y mi derecha...

Ah! terrible, imposible!

Apencar con cualquiera de aquellos esqueletos  con los dos  la vez!

Inficionarse de vejez y de fealdad!

Porque todo se pega.

Pero qu hay imposible para la ambicion?

Tiene voracidad y estmago de buitre.

Yo me arrobaba por la izquierda, por la derecha y por el fondo.

Continuaba el tecleo.

Se aumentaba.

Se perdian las manos bajo la mesa.

Encontraban otra mano ociosa.

Se oscurecia el bello semblante de enfrente.

El pi habia vuelto  pisar con clera.

Yo me reprimia.

Disimulaba.

Creeis que es exagerado lo que yo digo?

Ah! Que miento?

Pues si fuera  decirlo todo!!!...

Hay dilogos sin palabras, y un sin miradas, que son lo ms elocuentes
del mundo.

Hay historias que pudieran llamarse Historias de debajo de la mesa 
del tapiz.

Historias de una trascendencia enorme.

Yo, por ejemplo, me encontraba en una sociedad de alto coturno.

Al lado de una mujer sria, de una mujer respetable.

Del aspecto ms severo del mundo.

La esposa de una altsima persona, con la cual os veis bajo el amparo de
una gran influencia.

La seora os ha mirado rpida, levemente, de una manera casi
imperceptible.

Pero vos sois prctico, comprendeis que la habeis llamado la atencion.

Sobreviene el sentado  la mesa.

Por acaso estais junto  aquella mujer.

Avanzais prudentemente una rodilla.

Encontrais la suya.

Debeis tener cuidado de que parezca que el encuentro ha sido sin
intencion.

Observais.

Ella no ha retirado su rodilla.

Pensais an que no ha sentido el contacto.

Haceis entonces un poco ms fuerte la presion.

No se retira.

Entonces apretais de una manera decidida.

Si no se retira la otra rodilla, estais del otro lado.

Empieza el dilogo.

Meteis bajo la mesa una mano.

Poneis un dedo sobre el muslo contrario, grueso  flaco.

Le abarcais al fin.

Otra mano encuentra la vuestra.

Sobreviene un apreton expresivo.

Una seal indudable.

Ya sabeis que podeis atreveros  la propietaria de aquella mano.

Indudablemente os dirn de una manera rpida una cosa semejante  sta:

--Maana  las ocho ir  los Incurables; yo tengo all enfermos.

Al dia siguiente esperais junto al sitio indicado.

Llegan las ocho.

Se detiene un carruaje de plaza.

Mirais.

Un rostro hechicero  amojamado os mira  travs del no muy limpio, y 
veces roto, cristal.

Es la mujer poltica,  la que no habeis conocido sino la noche anterior
en un banquete, debajo de cuya mesa habeis tenido un dilogo de rodillas
y de manos y habeis cruzado media docena de palabras.

Ya teneis una influencia, y una influencia poderosa.

Os zambulls en el pesetero.

El jamelgo parte.

El cochero sabe adonde va.

Os encontrais en tres dias con un ascenso,  con un acta de diputado, 
con la creacion lucrativa de un gran encargo.

Vivs al fin.

Habeis mordido la manzana mujer.

Habeis tragado la vieja verde.

Pero habeis acrecido vuestra posicion.

Yo estaba en contacto con la vieja verde.

A m debia sobrevenirme algo.

Esto era indudable.

Termin la comida  las diez y media.

Pasamos al gabinete del caf.

Cuando le tombamos, la cuada de la ex-ministra me dijo al oido:

--A la una, junto  la puerta de la segunda cochera.

Yo me sobrecog.

La otra, la morena, la del pi, la que era verdaderamente voluptuosa,
aunque ya vieja, es decir, cuarentona, me dijo, sonriendo:

--Qu haria usted si encontrara  la entrada de la calle de Jess y
Mara un land parado al amanecer?

--Como probablemente al amanecer har mucho frio, me meteria en el
land, seora mia.

Apenas se habia separado de m la morena, cuando la duea de la casa me
dijo:

--Le gusta  usted ir  misa de dos al Buen Suceso?

--Ah! Mucho!--le dije.

No se habl ms.

El dia siguiente era domingo.

Tres citas en tres minutos.

Resultados de tres dilogos de pi y pierna debajo del mantel.

Yo sent nuevas aprensiones.

Estaba seguro de recibir nuevas citas.

Oh! La crpula dorada!

El vicio enmascarado!

El olvido de toda idea de deber, de todo sentimiento digno!

Pero no filosofemos ni moralicemos: la moral va envuelta en el fondo de
los vicios.

Aparecen las consecuencias.

Y sobre todo, para qu ocuparse de la moral?

La materia, los fenmenos tangibles la suplen con ventaja.

Yo estaba que no caba en m.

Si me hubieran ofrecido el imperio de la tierra, lo hubiera despreciado.

Yo podia ser un redentor de la humanidad.

Yo era...

S... digmoslo de una vez.

Yo era socialista.

La anarqua era la forma de gobierno que me parecia ms utilitaria y ms
practicable.

Yo empezaba.

Yo adelantaba.

Yo venceria.

Yo ejercitaria la audacia.

Yo escribiria; yo llegarla un dia  dar al travs con todas las
indignidades; con todos los monopolios; con todos los vicios sociales.

Yo me proclamaria el jefe de la anarqua.

Por ante la absoluta libertad humana.

Oh! Y qu palacios!

Qu mujeres!

Qu banquetes!

Qu territorios!

Qu influencia omnmoda!

Sobre todo. Qu nombre en la historia!

Yo habria sido el salvador del gnero humano!

Yo hubiera hecho impotentes  las viejas verdes, que no sirven ms que
para estragarnos el estmago!

Yo me vengaria de todas las violencias que me habian hecho sufrir.

De todas las repugnancias que habia agotado.

De todos los envilecimientos  que me habian sujetado.

Yo me creia ya un Julio Csar.

Doa Emerenciana estaba en scuas.

Veia que me pimpolleaban demasiado.

Sudaba, y sudando, se destea.

Ella era muy prctica.

Conocia que si no se iba al instante, iba  parecer muy pronto de jaspe.

Por eso en las casas en que se sabe tratar  las mujeres, y por no
contrariarlas dicindolas que se vayan en cuanto suden, se cuida de que
la temperatura no sea muy elevada.

El cosmtico de las cejas y de los cabellos, la hermosa tinta de las
ojeras, los toques de efecto, todo esto fundido por el sudor que se
corre, se mezcla.

Horror! Doa Emerenciana me arrebat consigo.

--Has tenido un gran xito,--me dijo cuando estuvimos en el
carruaje;--no esperaba yo tanto; es demasiado; qu te dijo Aurora?

--Que est  la una junto  la segunda cochera de su casa.

--Y la Guadalupe?

--Que le gusta mucho la misa de dos en el Buen Suceso.

--Y maana es domingo.

--Eso es.

--Y la Loreto, la morena, qu te dijo?

--Que al amanecer habria un land en la entrada de la calle de Jess y
Mara.

--Las sinvergenzas! Pues mira, hijo, por qu yo no me he decidido 
abandonar  Hiplito, temiendo tus maas.

--Yo no ir si usted no me lo manda.

--Y por qu n? Una cosa es el amor y el negocio es otra cosa. Pero
por qu he de tener yo celos del negocio? Esas tres seoras nos
ayudarn, sin saberlo, en nuestros planes.

Como se ve, doa Emerenciana no reia con las conveniencias.

No era slo por inters, sino por lo que representaba el que yo
satisfaciese los empeos de aquellas beldades rancias.

Ellas podian subirme  mucho.

No se sabe  que altura ha subido un hombre pblico sirvindole de
escalera una vieja verde.

Ya una vez en el pinculo, muy ingrato debia ser si no prestaba mi
influencia  doa Emerenciana.

Produce tanto el agiotaje de la poltica!

Se divide en tantas partes el resultado de la inmoralidad!

Doa Emerenciana lo tenia esto en cuenta.

Veia en m grandsimas disposiciones.

Se proponia explotarlas.

Por consecuencia, hacia callar  su corazon y  su amor propio.

Me amaba, yo no tenia duda de ello.

Yo no habia desbancado todava  Hipolitito.

Pero iba en muy buen camino.

Mejor dicho, doa Emerenciana queria tenerme  m sin renunciar  aquel
ruin engendro, de cuyo trato inmediato la habia privado y la privaba don
Bruno.

No he conocido todava una vieja verde que se haya contentado con un
solo amante,  por mejor decir, con una sola vctima,  para decirlo
mejor an, con un solo alquilon.

La pasion de las viejas verdes llega al _delirium tremens_.

Es horrible.

Un amor de diablo.

Un amor insaciable.

La carne manida es mucho ms exigente que la carne fresca.

Mil veces horror!

Y cuenta con que ya es menester algo para que yo me horrorice.

Yo soy un gran filsofo.

El dinero es la azcar que endulza todos los cidos.

El manjar ms repulsivo del mundo se come con apetito una vez apurada la
primera, la segunda, la tercera repugnancia, hasta acostumbrar el
estmago.

Si no fuera as, no habria ni sepultureros, ni mdicos, ni curas, ni un
verdugo.

Decidle  un sepulturero que se abrace  un cadver en corrupcion y que
le dareis tanto  cuanto dinero.

Habreis hecho muy mal.

Perdereis vuestro dinero y l se habr quedado contentsimo y con deseo
de que le pagseis el abrazo  obro cadver.

As, pues, bienaventuradas las viejas verdes que tienen dinero, porque
de ellas es el reino de los amores alquilados y pueden escoger todos los
buenos mozos que quieran, seguras de que los tales se mostrarn
traspillados de amor por ellas, pero mediante siempre los conquibus.

Y como se trata de un contrato bilateral en que en ninguna de las partes
hay en juego ni una sola partcula de espritu, como todo es sensualidad
reherbida y trasnochada irritacion,  insaciable, la vieja verde
irritada, no se contenta con un solo amante.

No conoce el amor.

Lo que siente por los que la revolucionan, podr ser todo lo que se
quiera mnos amor.

As se comprende que aleteando doa Emerenciana por Hipolitito, aletease
tambin por m, y era capaz de aletear por medio mundo.

Lo que habia que extraar, y mucho, en doa Emerenciana, era que nunca
se le habia conocido amante.

Micaela me habia dicho que nunca jams habia concedido el ms leve favor
 aquellos  quienes habia enamorado.

Qu era esto?

Una singularidad.

Una rareza, y tal vez se trataba de una sensualidad puramente ideal.

Tal vez esta excitacion de los nervios podia explicar aquellos ataques
epilpticos de que no salia doa Emerenciana, sino por medio del sistema
curativo del tio Calostros, el sereno.

Despues se quedaba como si tal cosa.

Como si por ella no hubiera pasado accidente alguno.

Oh! Y qu vieja tan extraa!

Ella me habia autorizado; ms an, me habia incitado para que acudiese 
las tres citas que tenia empeadas.

Pero seria de igual manera impasible Micaela?

En Micaela habia para m verdadero amor.

No podia dudarlo. Micaela era mi cielo.

Yo temia una tempestad si la decia que iba  pasar la noche fuera de la
casa de mi _querida tia_.

Yo me creia bastante tunante.

Pero me engaaba.

Yo era entonces un tunante incipiente, un tunante en mantillas.

Como an no era hora de acudir  mi primera cita, ni con mucho, yo me
habia sentado  la chimenea.

Micaela se habia metido adentro para despojar  la vieja de su carga de
postizos.

Habia comido y bebido en demasa; necesitaba reposar, y se habia
retirado.

La seora Nicanora se habia ido.

Apenas doa Emerenciana se habia acostado, y ya sus sonoros ronquidos
demostraban que la hacia el amor Morfeo.

Micaela me llev  su cuarto, se arroj en mis brazos y me colm de
deliciosas caricias.

--Hombre,--me dijo,--ni siquiera te quitas el sombrero.

--Yo, qu h de quitarme nada?--la dije, mirando mi rel;--si slo me
falta media hora para mi cita.

--Para tu cita?--me dijo con una expresion singular.

--Para mi primera cita,--la dije.

--Ah! Con que no es una sola cita?

--Ah, no! Soy hombre de suerte; se han enamorado de m tres damas en la
casa donde me ha llevado, para hacerme hombre, doa Emerenciana.

--Qu edad?--me pregunt con una gran calma.

--Viejas.

--Qu posicion?

--Una ex-ministra, la hermana de sta y otra ex-ministra.

--Pues anda, hijo, anda, no te entretengas; t no sabes lo que sirven
estas ex-ministras para hacer  un hombre ministro; pero mucho ojo; mira
que estn dadas al diablo, y es ms difcil asegurarlas que si se
tratara de encerrar el agua en una cesta. Les sobran los adoradores;
tienen donde escoger. Cmo que tienen para cada amor suyo una posicion
oficial! Sino, averigua quines son los acomodadores de tanto y tanto
perdido srio  sueldo del Estado: viejas amorosas; pero yo te
aconsejar, yo te dar lecciones. Yo s bien que t no puedes ni quieres
escaparte de mi amor; que estamos unidos por una perfecta conveniencia
de voluntades; que yo ser tu mujer, tu mujercita, ests; que no quiere
 nadie ms que  t, y que cuando envejezca, no ser vieja verde: y
cuando me case contigo, quiero ser prudente; y que si yo no necesito
cosas, como otras que han andado rodando por el arroyo,  las que todo
el mundo, se sabe de memoria, y que, sin embargo, son las excelentsimas
y virtuossimas, y hermossimas doa Fulana de Tal y de Tal, ornamento y
orgullo de su sexo, una prueba indudable, de la grandeza  que pueden
llevar sus mritos  una mujer. Anda, hijo, anda, que se acerca la hora,
y estas _liberalas_ son muy dspotas.

Como que conocen muy bien cunto valen.

Abrac  Micaela y sal.

Ella baj  abrirme la puerta.

Tom el tole hcia la casa del grande hombre poltico, ex-ministro y
jefe de partido, con el que me habia puesto en contacto mi _adorada
tia_.

En el punto en que llegaba  la puerta de la segunda cochera, esto es,
al lugar de mi cita, daba la una en un rel inmediato.




CAPITULO IX.

En que se ven las peregrinas aventuras que me sobrevinieron cuando acud
 la cita de Aurora.


Apenas me habia acercado  la puerta, cuando sent en ella por la parte
de adentro tres golpes.

Era sin duda mi enamorada Aurora.

La ilustre cuada del ex-ministro don F...

Contest con otros tres golpes dados con los nudillos.

Rechin inmediatamente de una manera leve un cerrojo.

Se abri un postigo de la gran puerta cochera.

Entr.

El interior estaba densamente oscuro.

Avanc una mano.

Encontr otra.

Pero qu mano, seor!

Qu amor de mano!

Suave, gordita, delicada, pequea.

Una mano que temblaba, revelando la emocion de su duea.

Mi otra mano habia tropezado en un seno.

Pero qu seno!

Qu voluptuosidad!

Qu encanto!

Era aquella la cuada del grande hombre?

Pero yo recordaba que las manos de Aurora eran como manojos de
sarmientos.

Que en cuanto  seno podia decirse de ella: _unquam tabula rasa_.

--Ya!--dije yo para m:--y que sea yo tan torpe! Sin duda la seora ha
enviado  su doncella.

Pero la doncella me convenia.

Me conducia.

No se habia inquietado por el contacto de mi mano en su seno.

Se detuvo.

Sent  poco un leve ruido semejante al de la puerta de un carruaje que
se abre.

Comprend.

Uno de los carruajes que estaban en la cochera, era, sin duda alguna,
un gabinete tan bueno como cualquier otro en que me hubiera recibido
Aurora.

Sent que la doncella, silenciosa siempre, subia y tiraba de m.

Pero inmediatamente di un grito.

--Quin hay aqu?--dijo.

Habia tropezado en unas piernas.

--Ah, ah!--dijo una voz spera;--ya sabia, yo que habia de cogerte,
Emilia, con el cabeza gorda.

La manecita suave y mrvida me solt.

Sent el crugir de la falda de una mujer que se alejaba  la carrera.

En seguida, un garrotazo, que me alcanz  bulto, y que me hizo dar un
graznido.

Pas por m no s qu de angustioso y horrible.

Salt atrs.

D contra una pared.

Rebot.

Sent cerca de m, sobre la pared, otro garotazo.

El pavor me di tiento.

Me escurria sin tropezar.

Tirando garrotazos  bulto, sentia  un hombre que me llenaba de
improperios, y que  veces se ponia muy cerca de m.

Su voz bronca, brutal y grosera era sin duda la de algun mozo de
cuadra.

Yo habia encontrado unas escaleras.

No sabia si eran torcidas  rectas.

Pero esa especie de tacto del miedo, me llevaba.

V el reflejo de una luz.

Corr hcia l.

Se me apareci una especie de fantasma.

Al acercrseme, retroced.

Por la luz que aquel fantasma traia en la mano, reconoc que era Aurora.

Iba sin duda  la cita vestida de blanco para interesarme ms.

El brbaro que me seguia debia venir ciego.

Descarg un garrotazo.

Yo me esquiv  tiempo.

El garrotazo debi alcanzar  Aurora, porque la palmatoria cay al
suelo, y ella lanz un grito horrendo.

Casi de muerte.

Luego son el ruido de un cuerpo que caia en tierra.

Yo estaba en un corredor.

La luz de la luna aclaraba el nublado, del cual continuaba
desprendindose la lluvia, y penetraba algo de luz por las grandes
vidrieras.

Al grito de la vctima, habia sucedido algun movimiento en una
habitacion inmediata.

Se abri una puerta y apareci una mujer.

Sin duda una criada.

Al ver mi bulto, se sobrecogi, y escap gritando:

--Ladrones!

El asunto era srio.

Me habia quedado slo en el corredor.

Corr.

Encontr otra escalera.

Sub por ella.

Fu  dar en una boardilla.

Encontr una lucana.

Sal por ella.

Me deslic por el tejado.

Llegu  un grupo de chimeneas, y me ocult tras ellas.

Habia perdido mi sombrero, y la lluvia me hacia sentir en la cabeza una
sensacion muy penosa.

Las tejas estaban peligrosamente resbaladizas.

Hacia un frio horrible.

No podia sostenerme en aquella situacion.

Yo oia all abajo en la casa de donde habia escapado un verdadero
tumulto.

Gentes que iban y venian.

Se buscaba sin duda  los ladrones.

De improviso el can de una de las chimeneas me dej oir un ruido
confuso de voces.

Escuch.

--La seora dice que t, Gaspar, la has dado un golpe en la cabeza.
Cmo puede ser esto?

Yo habia reconocido en aquella voz la del dueo de la casa: el eminente
hombre poltico, en fin, don F...

--Vamos claros, seor, que yo no tengo porqu callar,--dijo el que sin
duda se llamaba Gaspar;--yo soy el marido de mi mujer.

--Y qu tiene que ver esto con la brutalidad que has cometido con la
seorita?

--Si la seorita no hubiera venido por las mismas escaleras del
traspatio, no la hubiera sucedido nada: yo habia atrapado  mi hombre...
s seor, s:  un seoritingo que he de comerme crudo, porque mi
mujer...

--Como que tu mujer!--esclam con un inters que no parecia natural se
tomase el grande hombre.

--Mi mujer, con el pretexto de que la seorita la ocupa hasta muy tarde
para que la cuente cuentos, no viene  mi cuarto ya hace ms de quince
dias hasta cerca del amanecer: y como nadie se queda en las cocheras...

--Eh! Qu!--dijo el hombre pblico;--qu nos importa eso?

--Si  V. E. no le importa,  m s; y me va pareciendo que...

--Cmo, cmo!

--Que no es un seoritingo, sino V. E... el que tiene citas en el land
con mi mujer.

--Cmo! Insolente!--exclam el hombre pblico.

--Lo que yo digo, seor, es que yo no merezco que V. E. me trate con una
tal dureza.

--Ah! Era eso lo que queras decir?

--Ya lo creo, seor; yo soy muy leal  V. E.; yo no podia figurarme...

--Dejemos esa conversacion.

--S: pero resulta que yo le he dado un garrotazo  la seorita Aurora.

--T creiste sin duda que habia ladrones en la casa.

--Lo que siento es el garrotazo que  V. E. le he dado en la cochera:
ya se ve; est aquello tan oscuro!...

--Pero ests loco, Gaspar? T no me has dado garrotazo alguno; yo
llegu, llam, no me respondieron; cre que Pedro no habia podido acudir
y me entr por la puerta principal, y me encontr con el alboroto.

--Pues entonces, seor,  la seorita Aurora traia este _belen_, y se
valia de Emilia,  Emilia esperaba  V. E. y al otro.

--Cmo! qu!--exclam,--acreciendo en inters y con acento irritado el
grande hombre.

--S seor, yo he dado  un individuo extrao un garrotazo como para l
slo.

--Pues bien, pon eso en claro con Emilia; pero sin maltratarla: que se
acabe esta situacion ambigua: yo te tomo bajo mi proteccion; yo har tu
fortuna.

--Muy bien, seor, muy bien; ya sabe V. E. que yo me contento con la
portera mayor de...

--Bien, hombre, bien; pero, sobre todo, es necesario averiguar quin es
ese individuo extrao.

--La seorita Aurora debe saberlo.

El lacayote tomaba alas.

Abusaba.

El hombre de estado sufra.

El amor!

Debia ser muy hermosa Emilia.

Aquella mano!

Aquel seno!

Ces al fin de todo punto el ruido.

Mi cita habia tenido un desenlace inesperado.

Yo habia recibido un garrotazo.

Mi vieja verde habia sido descalabrada.

Se habia descubierto un adulterio.

El adltero y el marido injuriado habian acabado por entenderse.

La moral andaba por aquella casa en paos menores.

El eminente hombre pblico se vulgarizaba.

Se ponia  nivel, por ms de un concepto, con uno de sus lacayos.

Lo ms crudo, lo ms fastidioso del lance habia sido para m.

El frio aumentaba.

La lluvia arreciaba.

El viento crecia.

El tejado se hacia ms y ms resvaladizo.

Yo me agarraba  los caones de las chimeneas.

Pero empezaba  sentir las convulsiones del frio.

El espasmo.

El sopor se apoderaba de m.

Me aventur  probar.

Me separ un tanto de las chimeneas.

Necesitaba ganar una lucana inmediata.

Adelant con mucho cuidado, sentado sobre las tejas.

Arrastrndome.

De repente sent un pavor como no le he sentido nunca.

El pavor de la muerte.

Habia resbalado.

Habia llegado al borde del tejado.

Habia sentido que faltaba bajo m.

Que estaba lanzado en el espacio.

Hay momentos que son eternidades horribles.

Aquel fu uno de ellos.

Un momento solo.

Me sent detenido en mi caida.

Me habia recibido algo blando.

Habia causado un fuerte ruido.

Habia impulsado algo que habia caido en otra cosa y la habia hecho
resonar de una manera metlica.

Yo no me habia lastimado.

Habia caido sobre mi rollo de esteras viejas.

Habia lanzado, tropezando en l con los pis, un tiesto de flores, que
habia ido  chocar con un caldero viejo.

Habia sonado un ruido infernal.

Poco despues sent una voz conmovida.

Voz de mujer jven, argentina, deliciosa.

--Ah! Eres t?--dijo:--te has caido! Te has hecho dao?

Aquella voz salia de una puertecilla que daba  la pequea azotea donde
yo estaba.

Me arroj  la joven.

--Entra, Alfredo mio, entra,--aadi la voz,--pero no hagas ruido: hace
poco tiempo que pap se ha acostado.

An no habia acabado de decir esto la jven, cuando se oyeron pasos
precipitados que se acercaban, y una voz terrible que decia:

--Incua!

La jven lanz un chillido semejante al de un raton cogido por un gato.

Yo me replegu al terrado.

Pretend de nuevo escalar el terrado.

Esto era imposible.

Las tejas se venian sobre m.

Pasaron algunos instantes.

Yo oia alaridos y golpes.

Se propinaba, sin duda alguna, una repasata  la hija por el padre.

Yo buscaba en vano sitio por donde escapar.

La azoteilla estaba profundamente encajada entre los tejados.

Todo acceso era imposible.

Por el nico lado que no habia tejado, se veia la boca tenebrosa de un
profundo patio.

La lluvia era ya torrencial.

Tenia la cabeza descubierta, y el agua, penetrando por el cuello, me
corria sobre la piel.

Mi magnfico abrigo no me servia ms que para abrumarme con su peso.

El viento, que era, glacial, empezaba  helarme.

Me lanc  la puertecilla.

Me entr en un desvan.

All por lo mnos, no me caeria el agua encima, ni me batiria el
viento.

Habian cesado los golpes.

Pero seguian los sollozos.

Hubo un momento en que cre que el irritado se habia olvidado de m.

Pero me enga.

Aquel mnstruo, que sabia demasiado que yo no podia escapar, habia ido 
prevenirse.

Sent pasos en unas escaleras.

V luz por las rendijas de una puerta, que se abri.

Apareci un hombre vestido con una larga levita vieja, y en la cabeza
una gorra militar de jefe, de coronel.

Tenia por lo mnos setenta aos.

Esto me importaba muy poco.

Lo que me importaba mucho, era que traia en la mano derecha una pistola
de arzon, y en la izquierda una de esas lamparillas que se llaman
capuchinas.

--Ah, miserable!--exclam al verme:--as te has atrevido al coronel
Arrumbales!

--Permtame usted, mi coronel,--le respond;--yo nunca me he atrevido 
los individuos de la benemrita clase  que usted pertenece.

--Pero te has atrevido  una individua adjunta  mi por la naturaleza y
por la moral:  mi hija.

--Yo no tengo la felicidad de conocer  esa seorita: yo estoy aqu por
un accidente.

--Ah, ah! T pretendes engaarme! T has forjado una historia!

--Esa misma seorita afirmar la verdad de lo que digo.

--Ah! S T eres el gato! Habia subido  buscar el gatito! Ella
tambien hace novelas! Pues bien; estas novelas se convierten en
trajedia! Sgueme  te mato!

Y me encaonaba aquel maldito pistolon, que parecia un can de 
treinta y seis.

--Hgame usted el favor de tranquilizarse,--le dije,--que el diablo las
carga y puede suceder una desgracia intil.

--Sgueme, pues; echa delante,--exclam.

Adelant.

Apenas habia pasado de l, cuando sent un puntapi formidable que me
hizo vacilar.

Se me saltaron las lgrimas, no s por qu fenmeno.

Pero aquellas lgrimas eran las de un tigre.

Bueno es que sepan los lectores que no soy cobarde.

Me volv furioso; pero me encontr con la boca del can de la pistola
en la frente.

Ni que yo hubiera sido el gigante Fierabrs.

--Marchen de frente!--exclam el coronel.

Yo tom por las estrechas escaleras; llegamos  un corredor.

--Abre esa puerta,--dijo el coronel:--ese es el aposento de tu esposa.

Abr una puerta que encontr  mi derecha.

--Entra,--me dijo el coronel.

Entr.

Yo cre que el coronel entrara tras m; pero me enga; cerr la puerta
del cuarto por fuera.

Esto significaba que el coronel era todo un original.




CAPITULO X

En que se v que yo no podia dudar de que mi esposa era inocente.


Yo tenia un hombro terriblemente dolorido  consecuencia del brutal
garrotazo del lacayo, esposo de Emilia, de la que no conocia yo ms que
una parte del delicioso bulto, y sentia no mnos dolor en otra parte por
el puntapi recibido  causa de otra mujer,  quien no conocia ni poco
ni mucho.

Estaba horriblemente mojado.

Temblaba de frio.

Sent, pues, un grande consuelo fsico por la impresion de la alta
temperatura de aquel gabinete.

Me habia dado en la nariz un suave perfume.

Lo primero que habia visto habia sido un cndido lecho completamente
blanco.

Una mujer estaba replegada sobre una butaca al lado de una chimenea
encendida.

Yo no podia juzgar de esta mujer sino  bulto,  causa de su posicion.

Yo no estaba para saludos.

Ni para nada.

Me molestaban los dos dolores de las dos contusiones.

Arroj el gaban empapado de agua, que no era ya abrigo, sino tormento, y
me sent desfallecido en una butaca que habia al otro lado de la
chimenea.

Poco  poco fu volviendo  la reflexion, tranquilizndome.

Lo que primero me pareci bien, fu el aspecto del aposento.

Estaba en una casa perfectamente amueblada.

Con un gusto exquisito.

Con riqueza.

Luego eran ricos!

La mujer que estaba delante de m, vesta una bata del mejor gusto.

Luego era elegante.

En el peinado tenia una pequea flor de oro y en ella un grueso
diamante.

Era posible que el seor coronel Arrumbales, si no era un hombre muy
rico, fuera  lo mnos muy bien acomodado.

El me habia dicho:

--Entra en el cuarto de tu esposa.

El me habia casado con ella.

Yo me habia enjugado.

Se me habia calmado en gran manera el dolor de los golpes.

No me sentia del todo mal.

Todo aquello olia bien.

Yo estaba vestido de una manera elegante y distinguida.

Era posible que bodas aquellas cosas que habian tenido lugar en pocas
horas, y de una manera tan extraa, las hubiese permitido la providencia
para convertirme, dndome una posicion honorable.

Aquel Alfredito  quien habia llamado la nia, me inquietaba.

Me acordaba, por otra parte, de mi hermosa, de mi adorada Micaela, de mi
esposa del corazon.

La historia del hombre se hace por s misma.

Las eventualidades...

Las consecuencias...

Una eventualidad me habia llevado junto  aquella jven que estaba
delante de m, replegada con la cabeza entre las manos, inmvil y
silenciosa, como si hubiese estado muerta.

Cul era su edad?

Cul su figura?

Hasta qu punto eran graves sus amores con Alfredito?

Era necesario averiguar todo esto.

Y  qu habia yo de andarme con timideces con mi esposa?

Me acerqu  ella y la as las manos para apartarlas de su cabeza.

Me extremec.

Oh! Qu morvidez, Dios mio!

Qu forma de brazos!

Levant la cabeza.

Apareci en su semblante una expresion de sorpresa, de admiracion.

No he visto nada tan candoroso, tan puro, tan hermoso como aquel
hechicero semblante, en que aparecia an la infancia unida  una
poderosa y desarrollada hermosura.

Apenas si aquella criatura tenia quince aos.

Era blanca nacarada, rubia dorada; con una boca de lbios purpreos; con
unos ojos celestes, con pupila negra, dulces y al par poderosos,
incitantes y puros.

El candor, la virginidad, aparecian en ella de una manera indudable.

Sus amores con Alfredito debian ser una tontera, una niada.

La inocencia rebosaba de todo el sr de aquella criatura.

Sent nsias de amor.

Se me apret y se me dilat el corazon.

Yo no acertaba  explicarme ni queria explicarme lo que me sucedia.

Yo, dueo de aquel arcngel, por una casualidad rarsima, por una
sucesion de aventuras inauditas, no sabia qu pensar de aquella otra
aventura presente, ms inaudita an.

Sin duda el coronel Arrumbales, tomndome por el amante de su hija,
habia supuesto entre ella y yo una intimidad completa, y se habia tal
vez dicho:

--No importa: le retengo prisionero: le considero ya el marido de mi
hija; qu ms d?

Hay hombres muy raros.

A m me han sucedido en este mundo cosas increibles.

La locura coge  una gran parte de la humanidad.

La estupidez  otra parte mayor.

Los hombres de buen sentido son raros, muy raros.

Apenas si se encuentra uno en toda la vida.

Quin comprendia, ni quin podia comprender la temeridad de aquel
terrible coronelazo, dejando sola con un hombre  su hija, sino por un
exceso de positivismo,  ms bien de cinismo?

En cuanto  m, no me pesaba de la aventura.

Se unia  esto que la sorpresa que yo habia causado en la nia, era
grata para ella.

Fijaba en m, con un placer candoroso y tentador, sus grandes ojos
garzos.

--Yo creia que era Alfredito,--me dijo.

--Y quin es Alfredito?--dije yo.

--El vecino.

--Y quin es el vecino?

--Un muchacho.

--Qu edad tiene?

--Doce aos.

--Y por qu salias t  recibirle al terrado?

--Calla! Y me tutea usted!

--Eres mi esposa.

--Ah! Es verdad! Pap dijo: Entra en el aposento de tu esposa: por
eso yo cre que seria Alfredito, porque es mi novio.

Yo me espeluzn.

A pesar del aspecto de inocencia de la nia, en que yo veia una
inmaculada pureza del alma y del cuerpo, aquel Alfredito que se entraba
de noche por el terrado en la casa del coronel Arrumbales y en el cuarto
de su hija, me irritaba, me mortificaba  pesar de sus doce aos.

Hoy los muchachos  los doce aos son ya unos pilletes.

Yo no podia tener una conversacion seria con aquella chica.

No me atrevia tampoco  asombrar su alma.

Sentia, por la primera vez de mi vida, un amor puro.

Creia, por la primera vez, en la Providencia.

Supuse que Dios queria que yo no siguiese adelante en mi carrera de
perdido.

Yo me reduje  seguir informndome.

Su padre, segun ella me dijo, era un seor muy raro.

Su madre, que era muy jven, puesto que cuando muri slo tenia veinte
aos, habia sucumbido doce aos antes.

Yo supuse que la infeliz se habia muerto por no sufrir al coronel
Arrumbales.

No me enga  juzgar por lo que sigui dicindome _mi esposa_.

Su padre era rico, muy rico.

No tenia parientes.

Era muy celoso.

No quera que nadie se acercase  su hija, ni hablarse con ella.

No se separaba de ella jams sino para dormir.

No tenia criados.

Una mujer iba por la maana.

Hacia el servicio de limpieza nicamente.

Cuando acababa se iba.

Adems de esto, siempre que esta mujer entraba en la casa,  el aguador,
 la lavandera, el coronel no se separaba de su Eloisita, que as se
llamaba la nia.

Luego el coronel se ponia su uniforme de retirado, haca que Eloisa se
vistiese, y se iba  almorzar con ella al caf   la fonda.

Si hacia buen tiempo, iban  pi; si malo, el coronel se metia con su
hija en la primera parada en un coche simon, y no le dejaba en todo el
dia.

Llevaba  Eloisita  todas partes.

Se gastaba con ella un dineral.

Tenia los trajes  docenas.

Sus joyas valian una fortuna.

No habia espectculo  que no la llevase.

Si algun individuo se iba detrs de ellos, el coronel se volvia de una
manera brusca, y su mirada terrorfica ahuyentaba al goloso.

No visitaba  nadie.

Nadie lo visitaba  l.

Habia prohibido  su hija que hablase con las vecinas.

Los cristales de los balcones eran opacos.

No se veia  travs de ellos.

Sus maderas tenian llave.

Dentro de casa Eloisa era una monja.

En la calle llevaba junto  s al cancervero.

En cuanto el padre se apercibia de que  causa de Eloisita los seguia un
enamorado, despues de ahuyentarle como he dicho, la emprendia con la
pobre nia, y el sermon bilioso no cesaba en seis horas.

Por Eloisita habia tenido el coronel Arrumbales ms de un lance
desagradable.

Pero eran tan feos los bigotes del coronel, habia estropeado de tal
manera  aquellos con quienes se habia batido en duelo, que ech fama y
nadie se atrevia ni un  mirar  Eloisita  causa del respeto temeroso
que causaba su padre.

Algunos verdaderamente enamorados de ella y de su cuantiosa dote, habian
procurado entenderse, lo cual no era muy fcil con el coronel, y le
habian pedido la mano de su hija.

--Usted se ha equivocado;--respondia con una agresiva seriedad
Arrumbales:--el matrimonio es la esclavitud de la mujer, y yo no quiero
que mi hija sea esclava: mi hija no se casar mientras yo viva, y yo
pienso vivir ms que ella.

Esto era desesperante.

Hubo quien le dijo que esperaria  que Eloisita fuese mayor de edad.

--Cuando sea mayor de edad y pueda disponer de s misma,--decia el
tremendo coronel, matar al que mi hija haya elegido para hacerse
esclava.

Un desventurado se atrevi  decirle en el colmo de su locura, que
seduciria  Eloisita, y que le obligaria  drsela por una razon de
honor.

An no habia acabado de decirlo, cuando le abofete.

El abofeteado no tuvo valor bastante para pedir razon de las bofetadas.

Se las trag.

Era mucho viejo el tal coronel.

Yo, sin haber conocido  su hija ni haber pedido su mano, habia logrado
lo que para otros habia sido imposible.

Esto es, que Arrumbales no slo me concediese su hija, sino que me la
entregase.

Pero yo me temia una nueva y terrible excentricidad.

Por ejemplo: que despues de casada conmigo Eloisa, el coronel la dejase
viuda.

Todo habia que temerlo de aquel loco.

La mayor estravagancia era la cosa ms natural del mundo tratndose de
l.

Pero por qu considerndome ya como esposo de su hija me habia
encerrado con ella?

Esta era una extravagancia.

Yo estaba contento.

No podia darse cosa ms hermosa en realidad que mi Eloisa.

Tenia cuantos alicientes pueden conmover por una mujer  un hombre.

Pero era verdaderamente inocente?

Aunque fuera inocente, era pura?

Yo me propuse probarlo, y lo prob.

No me qued duda alguna.

Eloisa era pura como un rayo del sol.

Inocente como una nia recien nacida.

Divina como Venus.

Yo estaba loco.

Habia conocido  Alfredito, que era su vecino, y se ocupaba en buscar
nidos de gorriones en el tejado.

Tal fu la causa de que se conociesen un dia en que Eloisa estaba
tomando el sol en el terrado, y Alfredito, buscando nidos, la vi.

As empezaron aquellos amores de nios.

Tanto era as, que cuando Eloisa conoci el amor verdad, no tuvo alma
ms que para m.

Y corria el tiempo.

No se oia en la casa el ms leve ruido.

El coronel Arrumbales no estaba en ella.

Si hubiera estado, hubiera acudido.

Adnde habia ido el coronel?

Me importaba poco.

Yo era feliz.

Feliz de una manera suprema.

Yo bendecia la hora en que habia conocido  mi vieja verde.

Porque el orgen de mi felicidad era doa Emerenciana.




CAPITULO XI.

De cmo pude asistir  mi segunda cita.


Qu sucedia en tanto en la casa del hombre poltico don F...?

Ya sabemos que se habia convenido con su lacayo respecto  Emilia.

Este habia sido un arreglo como tantos otros de los que v todo el mundo
en la casa de su vecino.

Pero quedaba el garrotazo de Aurora.

Don F... se fu  ver  su cuada.

Tenia sta entrapajada la cabeza, y no se podian sufrir sus gipidos ni
sus impertinencias.

Estaba en estado de delirio.

No por el arrotazo, que no habia sido gran cosa,  causa de lo duro que
tenia el testuz, sino  causa de su amor.

Habia contraido por m una pasion trgica, sbita, trascendental,
terrible, de primer rden.

Apostrofaba  su cuado.

Decia que l habia preparado todo lo que habia sucedido.

Que habia armado una trampa infernal para coger al nico hombre que
habia conmovido su corazon, hasta entonces sin amor.

Juraba y perjuraba que sino se la probaba que  m no me habia sucedido
mal alguno, daria un escndalo que llegaria  las nubes, y haria que las
gentes se tapasen los oidos, al ver el estado de sensibilidad en que
ella se encontraba.

Amenazaba con que ella probaria que su cuado habia sido un buitre voraz
sobre la cosa pblica.

Fu necesario buscar noticias acerca de m para calmarla.

Gaspar tuvo una inspiracion.

En la cochera se habia encontrado un sombrero flamante.

La etiqueta era de Beiras, calle del Desengao.

La compra debia haber sido reciente.

El furor amoroso de Aurora no conocia lmites.

Aurora conocia ms de un secreto trascendental de su cuado.

Secretos de familia.

Secretos de Estado.

Secretos de toda especie.

Estaba desesperada, y furiosa, y anhelante.

Era la una y media de la madrugada.

Pero qu importaba?

Gaspar se fu con el sombrero casa de Beiras.

Apel al sereno para que le abriesen la puerta.

Abrieron, pregunt, minti.

Manifest que se trataba de un asunto de la mayor importancia.

Examinaron el sombrero y declararon que el dia anterior habia sido
vendido  un joven que habia ido con una seora ya de cierta edad; pero
muy bien conservada.

Por las seas que habian quedado para que se remitiesen otros sombreros
de distintas formas, se supo que aquella seora era doa Emerenciana, y
yo, por consecuencia, el dueo del sombrero.

Entre tanto, otros criados habian reconocido la casa para descubrir por
donde yo habia podido escapar.

Al fin se di con la bohardilla que salia al tejado, y en ste con las
tejas arrolladas.

No se tuvo duda de que yo estaba en la casa del coronel Arrumbales.

O  lo mnos de que yo habia escapado por ella.

No se atrevieron  penetrar en la casa por el terrado.

Esto hubiera sido exponerse  ser tratados como ladrones.

Pero llamaron  la puerta de la calle.

Aurora estaba terrible.

Habia necesidad de satisfacerla.

Nadie contest al llamamiento.

Al fin, para no ser molestados por ms tiempo por aquellos desaforados
llamamientos, un vecino del cuarto bajo abri una reja.

El vecino, que era amable, les dijo que el vecino del tercer piso al
cual llamaban, tenia el sueo muy pesado,  se hacia el sordo, y se
prest  ir l mismo  llamar  la puerta de su cuarto.

Yo obtenia ms y ms pruebas de la inocencia de mi mujer, cuando nos
sorprendieron grandes campanillazos  la puerta del cuarto.

Se sucedian sin interrupcion.

Eloisa y yo nos perdiamos en suposiciones.

No podia ser el pap.

Pero si no estaba en casa el pap, no podiamos responder: estbamos
encerrados.

Los campanillazos se repetian.

Se sentian gentes en la calle.

Tampoco podiamos decir nada por el balcon.

Ya he dicho que las maderas de los cristales tenian cerraduras.

Qu hacia entonces el coronel Arrumbales?

Estaba encerrado como un hombre en la prevencion del distrito.

Y por qu?

En el momento en que considerndome esposo de su hija me encerr con
ella, se enganch en la cintura un par de pistolas, se puso la capa y el
sombrero y se fu  la parroquia.

Para l era cosa indispensable, imprescindible, que, sin reparar en
formalidades y como _in articulo mortis_, se me casase con su hija en el
momento.

Su honor no podia estar en suspenso ni un solo minuto ms de lo
necesario desde el momento en que l habia conocido,  creido conocer
aportillado su honor.

Despues todo era cuestion de matarme.

Llam de tal manera  la casa del cura, dijo que para un asunto de tal
urgencia necesitaba hablar al prroco, que al fin uno de los tenientes
le recibi.

Se asombr cuando le dijo su pretension.

Respondi que era imposible.

Pretendi persuadirle  que esperase que se llenasen las formalidades.

El coronel se irrit, amenaz, se asust el teniente.

Acudi el sacristan.

No siendo esto suficiente, sobrevinieron los sepultureros.

Se arm una zalagarda del diablo.

Acudi un inspector con algunos agentes, y el coronel fu cogido,
desarmado y conducido,  pesar de sus reclamaciones de fuero militar, 
la prevencion del distrito.

Nada de esto hubiera sucedido si yo no hubiera conocido  doa
Emerenciana.

Fatalidades.

O mejor dicho, consecuencias de consecuencias.

Como el coronel no contestaba, porque no podia contestar, y nosotros no
acudiamos, porque no podiamos acudir, ni nos atreviamos  responder 
voces desde nuestro cuarto, los que llamaban temieron hubiese sucedido
una desgracia.

El sereno llam  los agentes.

Los agentes al inspector.

El inspector avis al juez de guardia.

Sobrevino el juzgado.

Se forz la puerta, se registr.

Llamaron  nuestro cuarto.

Manifestamos que no podiamos abrir porque estbamos encerrados.

El mismo cerrajero que habia abierto la puerta del cuarto, abri la del
aposento de Eloisita.

Me encontraron all.

Se nos tom declaracion.

Yo dije que amaba  Eloisa, que estaba resuelto  casarme con ella, que
habia encontrado medio para introducirme en su aposento.

Que su padre nos habia sorprendido.

Que nos habia encerrado.

No habia ms que decir.

El juez me mand que le siguiese.

Entonces salt don F... y dijo quin era, lo cual puso en respeto al
juez.

Se convino en que se echaria tierra al negocio.

El juez se fu.

Se fueron todos.

Nos quedamos solos don F..., Eloisita y yo.

--Es necesario,--dijo don F...,--que los dos se vengan ustedes  mi
casa; no sabemos las intenciones que puede tener el pap: yo tomo 
ustedes bajo mi proteccion.

Eloisita tenia un miedo que no le cabia en el cuerpo.

Estaba adems loca de amor.

Se me di un sombrero del hombre pblico, que me venia que ni pintado.

Salimos.

Cuando yo me v en la calle, tuve una feliz ocurrencia.

La de emanciparme.

Yo no sabia por donde podia salir todo aquello.

Lo mejor era poner pis en polvorosa y tomar distancia.

La sombra del coronel Arrumbales me perseguia, me acosaba.

Me d, pues,  correr como un gamo.

El hombre pblico quiso seguirme; pero yo volaba.

El sereno habia querido detenerme.

Pero yo habia saltado por encima de l.

Una vez perdido de vista, templ mi carrera, que era demasiado violenta.

Me encontr en la de San Gernimo, frente  la calle de Sevilla, antes
Ancha de Peligros.

Tenia hambre: las aventuras de aquella noche no habian sido para menos.

Me entr en un establecimiento que ya no existe, porque se lo ha llevado
el ensanche de la calle, en que se servia muy bien y que era muy
concurrido.

La Cervecera alemana.

All me encontr con un seorito que habia bebido demasiado, y que se
meti conmigo.

Yo no estaba de humor.

Me puse en _franquia_.

Me fu al Brillante, buen caf, que se cerraba muy tarde.

Le encontr cerrado.

Debian ser ms de las tres.

Mir el rel.

En efecto, eran las tres y media.

En fin, encontr abierta la chocolatera de doa Mariquita.

Pero mi estmago no estaba entonces para chocolate.

Necesitaba algo ms slido.

Me acogi al caf de las Antillas.

Cen bien; luego record mi cita con la ex-ministra morena, con Loreto:
otra vieja verde.

Mi cita al amanecer en la entrada de la calle de Jess y Mara en un
land.

Ya era cerca del amanecer.

Me fu hcia la plazuela del Progreso.

Cuando iba por la calle de Relatores, pas junto  m un hombre alto.

--Juro  Dios,--decia,--que  ese miserable le he de hacer pedazos Yo
reconoc la voz de Arrumbales!

Me guard muy bien de llamarle la atencion.

Arrumbales se perdi  lo lejos.

Empezaba  amanecer.

Yo habia templado mi paso desde que habia conocido  Arrumbales.

Temia que se volviese por acaso sobre su camino y se encontrase conmigo
y me reconociese.

Llegu sin novedad  la entrada de la calle de Jess y Mara.

All estaba el land.

Yo me precipit hcia l.

Me perseguia la sombra de Arrumbales.

Temia verle aparecer otra vez.

Le haban soltado con fianza, segn supe despues, de la prevencion.




CAPITULO XII.

En que empiezo  tener una posicion hasta cierto punto independiente.


En el momento en que me acerqu al land el lacayo baj del pescante, y
sombrero en mano abri la portezuela.

Entr.

Me dio al momento en la nariz un olor de mil perfumes.

Sent un calor delicioso.

Se cerr la portezuela.

El carruaje parti y continu despacio.

--Ay, amor mio!--exclam una temblorosa voz de mujer.--Ay, nio de mi
vida, que al fin te puedo hablar! Cunto he sufrido! Cunto he amado!
Estoy aqu desde antes del amanecer!

Afortunadamente yo tengo enfermos en el hospital general.

Voy  cuidar de ellos.

Cunto he sufrido!

Cunto he ansiado!

Nada tiene que decir _mi seor_.

_Su esclava_ est cuidando enfermos.

Y qu ms enferma que yo?

Agonizo.

Te adoro.

Tu eres muy guapo.

Muy jven, y muy elegante, y muy diablejo.

Te se conoce.

Cmo me has quemado la sangre anoche!

Estabas entre aquellas dos mmias!

Oh, y qu mujeres tan horribles!

Por qu te sonreas con aquellas brujas?

Y Loreto lo decia todo esto con una gran volubilidad.

Con una gran vehemencia.

Aquella mujer me enconfilaba.

Yo sabia de antiguo lo que muchos prjimos ignoran.

Singularmente los que son feos, sin gracia y pobres.

Esto es; que cuando una mujer toma la iniciativa, y esta mujer es una
vieja verde, es mucho ms vehemente, mucho ms atrevida, mucho ms
inconsiderada que el hombre ms libertino.

Aquella mujer no me dejaba hablar.

Me devoraba.

Y era muy bella, bellsima.

Un poco madura.

Pero esto aumentaba sus atractivos.

Era adems una beldad  la moda.

Todo el mundo la conocia.

Todo el mundo la codiciaba.

Yo habia ido  su cita, dada la situacion en que me encontraba; ms que
por otra cosa, por tener una proteccion.

Cuando lleg un momento de calma (era ya de dia muy claro), la hice una
confesion general.

--Ah! Pues te ayudar,--me dijo ardorosamente;--ests metido en un
atolladero, en una mar de _lios_: yo conozco  Arrumbales; le conozco
mucho: es una tempestad; pero no hay tempestad temible si se tiene
para-rayos: yo soy una persona respetable para don Silvestre: es amigo
de mi marido.

Alguna vez nos ve; siempre con su nia.

No la deja sola por nada del mundo.

Pero frecuentemente me la deja en casa convidada.

Tiene una gran confianza en m.

En mi reconocida virtud.

Yo me encargo de tu negocio.

Yo no tengo inconveniente en que te cases con Eloisita.

Por el contrario, me alegraria mucho de ello.

De todos modos, t habias de tener otras sin que yo lo supiese.

Qu ms da que yo sepa que tienes una?

Yo no soy estpida.

A un chico tan guapo, tan interesante como t se le brindan las mujeres,
y es una necedad suponer en t una virtud ridcula.

Las virtudes ridculas, ms que virtudes, son un gran defecto.

Santa libertad, hijo mio!

Dios nos ha dado la libertad para ejercitarla.

Si no la ejercitamos, de qu nos sirve la libertad?

De tormento.

Debemos evitarnos cuantos tormentos podamos por una razon de
conservacion.

Esta moral era tan buena como otra cualquiera.

Loreto estuvo conmigo ejercitando libremente su voluntad hasta las diez
de la maana.

En aquel momento se encontraba el carruaje frente al lugar donde estuvo
la puerta de Atocha.

All se detuvo.

Loreto mir  travs de una cortinilla.

Ah! El Hospital general!--dijo:--voy  ver mis enfermos.

Hoy es dia de _lavado de pis_ y _cortadura de uas_.

Vamos  separarnos.

Pero esta noche nos veremos.

Toma esta tarjeta.

Ah estn las seas.

Yo te llevar noticias de tu negocio.

Toma tambien.

Es necesario que seas _un hombre independiente_.

Y me di un papel arrugado.

Hecho un gurruo.

--Ahora, vete,--me dijo,--y hasta la noche  las ocho.

Me despidi cariosamente, y yo baj del land.

El lacayo me salud como si hubiera sido su amo.

Adelant hcia el Jardn Botnico.

Cuando hube perdido de vista el land, me detuve y mir el papel
arrugado que me habia dado Loreto.

Dentro venia una sortija con un grueso diamante, que valia por lo mnos
diez mil reales.

El papel era un billete de banco de mil pesetas.

De dnde salian estas misas?

Se trataba de una ex-ministra.

Milagros de la poltica y milagros del _ejercicio de la voluntad_ de una
jamona... verde.

Porque digmoslo de una vez: aquella renombrada beldad; aquella diosa
codiciada por todos; aquel prodigio bien conservado, era un principio de
viaje.

Olia un poco  manido.

No todo puede componerse.

Hay cosas que no se contrahacen.

Cosas que son adherentes  la vejez.

Cosas repugnantes.

Por all, por donde han pasado los aos, queda siempre una profunda
huella.

Estas mujeres, que se defienden de los amores de ste, del otro y del de
ms all, cuando se enamoran, pagan  peso de oro el amor, como para
sustituir alicientes que ya no tienen.

Yo me encontraba con un punto ms de apoyo, y sea dicho en verdad,
Loreto era an muy agradable.

Yo no llevaba ms dinero suelto que un dobln de cien reales.

Pero el billete, y la sortija, y el rel, y la botonadura eran una buena
prevencion para lo que pudiese sobrevenir.

Me fu  un cambiador, y reduje  oro el billete, llenando el
portamonedas, que no era muy grande, de dorados doblones.

En aquellos momentos era yo un gran seor.

Esperaba ser mucho ms gran seor dentro de poco.

Sobre todo, no se me olvidaba mi esposa.

Mi Eloisita.

Rabiaba por verla.

Pero era necesario dejar hacer  Loreto.

Ser prudente.

Necesitaba adems descansar.

Me fu al hotel de Pars.

Ped un cuarto.

Mand que me llamasen  la una; y que me tuviesen preparado un carruaje
de lujo.

Entonces me ech en la cama vestido, para dormir dos horas.




CAPITULO XIII.

Mi abordamiento  mi tercera cita.


Pero no pude dormir.

Estaba terriblemente nervioso.

Con uno de esos cansancios que no dejan descansar.

Sentia adems una debilidad extrema.

Me levant, llam.

Ped un ponche de t, bien cargado, y fiambres.

Mientras me lo servian, o que en el cuarto inmediato disputaban dos que
parecian, por su acento y su manera, personas notables.

El uno de ellos estaba irritado.

--Esto es monstruoso,--decia:--aqu, en este miserable artculo, se
falta  todo cuanto puede faltarse; se apuntan secretos graves; se
prepara una campaa encarnizada; se comprometen grandes intereses del
partido: don F... se impacienta, nos abandona.

El nombre de don F... me llam la atencion.

Era tal vez mi artculo el que producia la clera del que hablaba, que
debia ser un hombre poltico?

Segu escuchando.

A poco no pude tener duda: era mi artculo el que causaba toda aquella
polvareda.

Esto me alent.

Mi porvenir se hacia ms y ms halageo.

Yo era un hombre  propsito.

La poltica, que tiene todas las asquerosidades y todas las maas de las
viejas verdes, me abria los brazos, con mucho ms entusiasmo y mucho ms
arranque que la hermosa Loreto.

Yo veia ya la diputacion  Cortes.

Un escndalo parlamentario.

Por consecuencia, una cartera.

Poder de Dios!

Yo empezaba un camino muy trillado.

Pero con mucha ms fuerza que otros.

El mando, los honores, los ttulos, los millones!

Ser un hombre importante!

Y todo empezando por una vieja verde.

Me anim.

Se me quit el cansancio.

Me sent con fuerzas para resistir  todas las viejas verdes del mundo.

Me estir.

Me desentumec.

Ped dos  tres platos crasos, y me los embaul.

Pero cuid de beber poco.

A la una y media ya estaba listo.

Compuse los ajamientos de mi traje.

El carruaje, que era un hermoso coche, me esperaba ya.

--Al Buen Suceso,--dije al entrar en l.

Diez minutos despues, y cuando empezaban  entrar las elegantes damas de
la ltima misa, estaba yo  la puerta de la iglesia.

A poco par un carruaje, y llamando la atencion por su extraordinario
lujo, entr en el templo una dama larga y avellanada.

Era Guadalupe, la seora del excelentsimo seor don F...




CAPITULO XIV.

En que contina el maravilloso relato de mis aventuras.


Ella me vi, y no se contuvo.

Me mir airada.

Como si yo la hubiese hecho una injuria.

Una gravsima injuria, de la que hubiera tenido necesidad de tomar
venganza.

La ardian los ojos.

Estaba plida como una muerta.

Su boca tenia una contraccion siniestra.

Parecia que tenia nsia de devorar.

Temblaba toda.

Estaba horrible de fea.

Antiptica hasta lo repugnante.

A pesar de todo esto se reprimi.

Sin embargo, apag su ira en una sonrisa, y me dijo:

--Es de usted aquel carruaje?

--S seora, la respond.

Llam ella  su lacayo.

--Que se vuelva el carruaje,--le dijo:--que me espere  las cinco casa
de doa Eleuteria.

El lacayo se fu.

El carruaje de don F... se march.

Su seora se fu derecha  mi coche, y se meti en l.

Como si hubiera sido suyo.

Descaradamente.

Con la frente alta.

Como si no hubiera cometido una accion indigna.

Como si no se hubiera colocado en una cnica situacion de adulterio.

Pero qu es el adulterio para este gnero de mujeres, sobre mal
educadas, embrutecidas, pervertidas, caidas en todas las abyecciones, en
todas las infamias?

Est visto, que no puedo curarme de la mana de moralizar.

Habia adems en la situacion en que se colocaba Guadalupe algo de
sacrilegio.

Se tomaba  la religion por medio y por pretexto.

Su marido debia creerla en misa.

Ella aprovechaba los minutos.

Oir la misa hubiera sido perder tiempo.

Yo la segu.

--Por la Ronda,--dijo Guadalupe, ni ms ni mnos que si el carruaje
hubiese sido suyo.

Despues me dijo:

--Eche usted las cortinillas.

Yo lo hice.

--Necesito explicaciones, y explicaciones mplias,--me dijo:--de otro
modo, yo ver lo que tengo que hacer para vengarme.

--Yo no s de qu explicaciones se trata, seora mia,--la dije.

--Mi hermana!...

--Ah! Su hermana de usted!...

--S, mi hermana: usted tenia anoche con ella una cita.

--Permtame usted,--respond:--yo no tengo acerca de eso conocimiento
alguno.

--Voy  dar  usted una prueba.

--Cul?

--El sombrero que tiene usted puesto, tiene todo el aire de la cabeza de
mi marido: yo le conozco muy bien: los sombreros de mi marido toman una
forma especial con slo una vez que se los ponga. El tener usted puesto
un sombrero de mi marido, consiste en que anoche perdi usted el suyo en
las cocheras de casa, habiendo entrado en ellas para tener una
entrevista con Aurora.

Ese sombrero es la prueba.

Por el sombrero de usted, se ha sabido quien usted era.

Se le ha seguido  usted la pista, y se le ha encontrado en la casa del
coronel Arrumbales, encerrado, y en situacion ambgua con esa
descaminada chicuela, que se ha atrevido  decirme que aunque no le
conocia  usted sino desde hacia dos horas, ya le amaba  usted ms que
 su vida.

--Eso ha dicho Eloisa?

--S, seor, eso ha dicho esa desvergonzada.

En fin, usted confesa.

Esto es ya una ventaja.

Conste que usted es un miserable.

Que usted ha convenido en una cita con mi hermana, estando citado
conmigo.

Que por las consecuencias de su primer desaguisado, cuando acudia usted
 la cita con mi hermana, ha ido usted  parar al cuarto de esa polluela
inspida y la ha seducido usted de tal modo, que dice que le quiere 
usted ms que  sus entraas.

Todo esto es horrible, incuo.

Atentatorio al amor que en mal hora por usted he concebido.

Ofensivo  mi dignidad,  mi...  todo cuanto hay en m de delicado, de
irascible, de explosivo.

Estoy resuelta  castigar la audacia de usted.

A probarle que no se juega con el corazon de Guadalupe de Aguas-vivas.

Que mi amor es terrible.

Que el que le irrita y le desprecia es un insensato.

Y puesto que yo, tan solicitada, tan buscada, tan admirada por mis
sobresalientes prendas, he venido  ser injuriada por un perdido, por un
pillete, por un tunante, por un mnos que cualquier cosa, recogido por
el vicio, por la torpeza de doa Emerenciana, declaro  usted que esto
es ms de lo que puede sufrirse, y que no lo sufrir.

Me valdr de mis medios.

Se pondr  usted donde usted merece estar.

En presidio.

S, s seor, en presidio.

Aquella mujer era una furia.

Habia tenido la fortuna de enamorarla de una manera monstruosa.

Me miraba, que me comia, con sus pequeos ojos hundidos.

Me enseaba ms de lo que habia creido.

Yo soy muy limpio.

A m no me ha criado Dios para sufrir viejas verdes.

A Guadalupe, la dignsima esposa de su excelencia, la _sundelaba_ un
poco el aliento.

Me hablaba con tanta vehemencia, que se metia mis narices en la boca.

Yo me veia obligado  prestarla atencion.

--Pero seora!--exclam yo:--usted se olvida de que soy un chico bien
educado!

--Ah! La educacion! Y puedes t tener educacion!

--Ah! Ya! Usted cree que un hombre pobre no puede llamarse bien
educado!

--No, seor: un miserable que, como t, necesita de una horrible vieja
para que le mantenga, no puede llamarse bien educado.

--Pues bien, seora; yo no dir que soy bien educado, pero dir, y digo,
que soy muy atento.

--Es verdad! Muy atento  las picardas: hijo, t has dicho: de lo de
Dios, cuanto ms mejor.

--Y qu es eso que usted llama lo de Dios, seora?

--El dinero.

--Verdaderamente,--dije:--el dinero es lo mejor que Dios ha hecho: oh!
Dinero, dinero, dinero! El dinero es Dios!

--Pues; y t te has dicho: he vuelto loca  una vieja; me produce tanto;
volvamos loca  otra vieja y tendremos otro tanto ms: ah, qu bien
merecido ha estado el garrotazo que se ha mamado mi hermana! La lstima
es que  t no te han despampanado!

--Ah, seora, que tengo este hombro casi deshecho! otro feroz
garrotazo!

--S? Es verdad? Pues me alegro!

--Ingrata!

Pronunci yo la anterior palabra de una manera tiernsima.

Adurmiendo los ojos.

Soltando de ellos un fluido ponzooso, embriagante, alterante.

Con la boca entreabierta.

Asomando  ella la punta de la lengua.

A la alta escuela, en fin.

De una manera perfecta.

Con una prctica firme.

Capaz de hacer caer no digo  una vieja verde sino  la mujer ms jven,
ms fresca, ms rozagante y ms pretendida del mundo.

Guadalupe se emocion de una manera formidable.

--Qu dices?--exclam.

--Cruel!

--Cllate, hombre, cllate! No me mires de ese modo! Acabars por
hacerme creer que eres un ngel!

--Pues quin lo duda, seora, quin lo duda? Yo soy el mejor hombre del
mundo.

--S, que lo diga mi hermana.

--Repito que mi educacion...

--Y vuelta con la educacion! Qu tiene que ver la educacion con todo
esto?

--Ah, seora! Yo no podia dejar de aceptar una cita dada por una
respetabilsima persona.

--Mi hermana no es respetable: si mi hermana no se ha casado, ha sido
por falta de respetabilidad: si desde que tenia diez aos se ha estado
metiendo por los ojos de los hombres! Si en mirndola cualquier
_quidam_ medio s medio no, se accidenta! Si ha rodado hasta por debajo
de las mesas de los cafs! Fortuna que el otro, el mio, se industri y
se hizo diputado, y senador, y gran cruz, y acadmico de ciencias
morales y polticas, y qu s yo qu ms, y jefe de partido, y ministro,
y no ha querido que ande de ceca en meca, deshonrndonos; porque cuando
la revolucion, no habia en el caf Imperial, ni en el de Madrid, ni
luego ms tarde en las buoleras, nada ms que ella.

--Y eso, qu tiene?

--Es verdad que  m me han visto tambin entre dos capitanes de la
vanguardia republicana en el caf de la _Nacion Espaola_; pero yo iba
all para servir  mi marido, para observar de cerca cmo se juzgaba la
poltica de actualidad entre el pueblo: nosotros estbamos hacindonos
en aquel tiempo nuestro camino: la mujer debe ayudar al marido, y era
necesario trabajar.

Yo extra esta confesion.

Me pareci un exabrupto.

Era aquello inverosmil.

Ninguna mujer confiesa ciertas cosas.

Tanto mnos cuanto est en ms alta posicion.

Yo no sabia  qu atribuir aquella enormidad.

La esposa de un jefe de partido!

Una ex-ministra.

Una gran dama!

Y dando en una tal confesion cicatera!

Esto era incomprensible.

Fenomenal.

Piramidal.

Parecia que Guadalupe se ponia la venda antes de que la diesen el palo.

Se esclarecieron mis recuerdos.

Entonces reconoc en Guadalupe  una antigua buscona de caf.

Esto era, como se dice,  la _raz de la revolucion_.

Don F... peroraba en el club de la calle de la Yedra con una elocuencia
de caon de veinticinco centmetros.

Su gran mrito era la potencia de su voz.

Y como halagaba las pasiones del pblico que le escuchaba, y como usaba
de todas las monsergas de que se valen los polticos para engaar  los
tontos y para escitar  los pcaros, sus xitos eran formidables.

Se le llamaba el tribuno.

Se decia que con solo aquel hombre bastaba para salvar la ptria.

Para garantizar la libertad.

Para hacer verdaderamente soberano al pueblo.

Para que la division de la propiedad, fuese una verdad, un hecho.

En fin, para que todos los desheredados, todos los _padecidos_, todos
los patriotas de _buena f_ fueran felices.

No ms cadenas!

No ms ignominias!

Con don F... se arreglaba todo.

El mundo iba  ser redimido.

Los entusiasmaba de tal manera, que  veces lo cogian y le llevaban en
brazos  su casa, con hachones de viento encendidos.

Luego don F... salia al balcon y peroraba.

Acrecia y acrecia el entusiasmo.

Habia tempestades de vivas y de aplausos.

Le daban una serenata de guitarrones, guitarras y bandurrias.

Le tocaban la marsellesa, el himno de Espartero, el de Riego, el de
Garibaldi.

El les enviaba salchichn por largo.

Pellejos de vino.

Del cuero salian las correas.

Le habian hecho concejal.

Pero esto no bastaba.

El necesitaba ser diputado.

Fu diputado.

Tampoco esto era bastante.

Necesitaba ser ministro.

Fu ministro.

Despues cambi treinta veces la casaca.

Y con este teje maneje, y con estos trasiegos lleg  ser millonario.

Los que, engaados y creyendo que con l harian negocio, le habian
subido  los cuernos de la luna, se quedaron como se estaban.

Doblegados por el trabajo.

Sacrificados por su fortuna.

Don F... era en fin, como todos los hombres polticos importantes.

Un cmico.

Yo no le conocia.

No habia caido nunca por mi lado.

Pero me habian hablado de l  propsito de su mujer,  la que tampoco
habia tratado.

Para busconeo me bastaba yo, que entonces era un _plumin_, pero que se
sabia buscar la vida.

Pas aquello, vino lo otro y perd de vista  la Guadalupe.

Yo me habia olvidado de ella.

Pero por las precauciones que acababa de tomar por si yo acababa al fin
por reconocerla, se comprendia que ella no me habia olvidado  m.

Tal vez estaba enamorada de m desde hacia algunos aos.

Las viejas verdes se desviven por los pollos.

Cuanto ms tiernos, mejor.

Ellas los educan.

As es que los nios de _hoy en dia_, salen muy finos.

Tienen todo lo caracterstico de sus maestras de filosofa prctica.

Son unos prodigios.

Ellos se han hecho los apstoles de la escuela positivista.

Tienen, como las viejas verdes, atrofiado el corazon.

Yo soy un fenmeno.

Yo conservo todas las aspiraciones dulces y candentes del corazon, sin
embargo de lo cual me voy  lo tangible,  lo necesario,  lo prctico,
por todos los medios posibles, sin retroceder ante ninguno.

Pero cuando pasan rbanos, los compro.

Y cuando esos rbanos se llaman Micaela, Eloisa y un Loreto!...

En todos los tiempos ha sido necesario, y un indispensable, irse con la
corriente.

Nadar contra ella es perecer.

Predicar lo que nadie entiende ni quiere entender, es dar voces en
desierto.

Pero cuando en el fatigoso camino de la actividad industrial de nuestro
tiempo se encuentra un pequeo oasis, fresco y sombroso en el que brota
una fuente cristlica, se reposa un momento, se bebe hasta saciarse del
agua lmpida de la fuente encontrada por casualidad y se pasa
suspirando: es necesario seguir el camino sobre el fango.

Es necesario vivir.

Y para vivir, ser.

La poltica.

El imperio.

La arbitrariedad legalizada.

La explotacion de los embrollos.

Y el combate de lobo  lobo.

El excelentsimo seor don F..., su mujer y su cuada habian sido los
tres vicios ms escandalosos que han rodado por los cafs, por las
timbas, por las _cuquerias_, por los bodegones y por los bailes
pblicos.

Qu quereis?

Estamos en los tiempos de las grandes trasformaciones.

Las viejas se falsifican.

De la misma manera los bohemios, los desvergonzados, los escandalosos,
los cnicos, se adoban, se trasforman, se pintan, se esmaltan hasta el
punto de que los desconozcan los que tanto los conocieron, y falsifican
la verdad representando un aplomo y una gravedad que los hace pasar por
hombres srios, importantes, como don F...

Si los que los conocieron los desconocen, ellos, al trasformarse,
desconocen  todos los que los han conocido.

Corte de cuentas.

Se han trasegado un millon de veces.

Yo me admiraba de no haber conocido  su mujer ni  su cuada.

Y era que se habian disfrazado con una posicion ilgica, absurda,
inverosmil.

Pero estas son las gentes que valen.

Las gentes que sirven.

Los temibles.

Los hombres y las mujeres de mundo.

Los revolucionarios.

Los representantes de todas las conquistas del progreso humano.

Pero quin me mete  m  moralista?

La moralidad es una cosa ridcula.

Y yo nunca he sido moral.

Ni un mora ni moro.

Y an no estoy muy seguro de si soy cristiano.

Pero hago lo que otros muchos perdidos.

Moralizar, moralizar y ms moralizar.

Porque sin la moralidad...

Y hay quien todava cree en palabras!

En fin, y volviendo  Guadalupe; una vez dados  conocer, nos entendimos
perfectamente.

Ella hizo como que olvidaba sus celos, y yo como si no hubiese sentido
su resuello.

Los buenos amigos acaban por entenderse.

En fin, nos dur la misa del Buen Suceso hasta las seis de la tarde, es
decir, despues de bien oscurecido.

Ella se fu  la casa de la amiga donde la esperaba su carruaje.

Yo me volv al hotel de Pars, donde en mi propio cuarto me sirvieron
una excelente comida de la cual tenia buena necesidad.

Examin mis valores.

Yo estaba ya riquillo.

Las dos viejas verdes me habian puesto en zancos, sin contar con doa
Emerenciana, que era la base.

Loreto habia contribuido.

Despues de bien comido y de bien bebido, y siendo ya cerca de las ocho,
mir la tarjeta que me habia dado la ex-ministra Loreto.

Confieso que me interesaba.

Era explndida.

Me habia llenado la bolsa.

Habia que esperar que ella fuese para m un riqusimo filon.

Para qu habia explotado su marido la poltica?

Para qu habia ella vendido empleos y hecho negocios?

Sentia impaciencia por volverla  ver.

La tarjeta decia:

_Mademoiselle Armandine: fleuriste._ San Roque, 90.

Las floristas y las modistas de cierto gnero, son la cosa ms til y
ms socorrida del mundo.

El coche estaba  la puerta del hotel.

Yo me trataba  lo prncipe.

Me hice llevar  casa de la seorita Armandina.




CAPITULO XV.

Una alianza utilitaria.


Encontr hecha una divinidad  mi jamona,  mi Loreto,  la que no me
atrevo  llamar vieja verde.

Nos consagramos el uno al otro por espacio de una hora.

Teniamos una gran necesidad de hablar de nuestros asuntos particulares.

--Chiquito,--me dijo,--eres un grande hombre: me uno  t; juntos nos
vamos  tragar la Biblia.

Dicen vulgarmente que no hay hombre sin hombre.

Esto es una tontera.

Lo que es una verdad innegable es que no hay hombre sin mujer.

Las mujeres gobernamos al mundo.

Hay acaso quien se consagre con ms asiduidad, con ms inteligencia,
con ms astucia y con ms audacia  los negocios que la mujer?

En nosotras existe por excelencia el sentido prctico.

Abusamos de los vicios y de las debilidades de los hombres, y los
dominamos.

Una mujer poltica vale por un ejrcito.

La mujer poltica cuando no es altamente diplomtica, es doctora en
_gramtica parda_.

Para t ha sido una fortuna tropezar conmigo.

Loreto se me iba haciendo de momento en momento ms preciosa.

Me iba pareciendo verdaderamente ms jven.

--Ya vers, ya vers lo que vale una mujer como yo en esta tierra
clsica de la _filfa_; t sers todo lo que quieras ser.

Te advierto que yo no soy celosa.

Para que un hombre aborrezca  una mujer, basta con que ella le haga
sufrir celos.

Yo s lo que sois los hombres.

S tambin lo que somos las mujeres.

Mucho clculo y mucho positivismo, hijo; lo dems es _pringue_.

Me choc esta ltima palabra de mi hermosa.

V que en cuanto  positivismo habia llegado hasta el revs de la
sarten.

--Yo estoy,--continu,--por la libertad absoluta; porque cada cual haga
aquello que quiera; por consecuencia, quedan suprimidos los celos entre
nosotros.

--Convenido,--dije:--todo es cuestion de estmago.

--Bien dicho: t prosperars: yo te dar lo que pueda, y yo no quiero
que me ds ms que tu aprecio: conoces t todo el valor de esta
palabra: _espera_?

--Pues ya lo creo!

--Yo har todo lo que pueda por complacerte, y de tal manera, que de
puro complacido, viendo en m todos los dias algo nuevo y bueno, no te
fastidies y conozcas que en ninguna parte ests mejor que  mi lado:
amor, y siempre amor, y no ms que amor empalaga; pero en los negocios
hay una gran variedad, y cuando son productivos y aumentan la posicion,
encantan; se adora  la mujer que trabaja por engrandecer  su amado, y
cada dia parece ms hermosa.

Yo estaba encantado.

Loreto me iba pareciendo una divinidad.

Luego aadi en un verdadero arranque de pasion:

--Yo te adoro, pollo mio!

Yo me sent arrastrar de nuevo por el torbellino.

Loreto era una libre pensadora.

Una volteriana.

Una doctora.

Un _non plus ultra_, y con las dos columnas, y con los dos globos.

Yo me ahogaba.

Aquella mujer me absorbia.

--Vengamos  la cuestion subsidiaria,--me dijo Loreto con el acento
conmovido por un afecto muy natural, puesto que me amaba, y teniendo en
cuenta que nada hay ms egoista ni ms exclusivo que el amor:--no soy yo
la sola mujer de quien ests enamorado, y esto lo comprendo.

La que cree ser nica, es una inocente.

Ni qu diablos vale un hombre que se contenta con una sola mujer?

Si hoy te he hecho un bonito obsequio, ha sido haciendo un esfuerzo, y
para abrirte el apetito.

Mi marido, aunque hizo grandes negocios cuando fu ministro y tiene una
suerte loca  la Bolsa, es muy miserable.

Apenas si me da para unos mezquinos alfileres.

Yo tengo que buscrmela.

Ya sabes que los negocios no andan muy bien.

La concurrencia los ha matado.

As, pues, yo necesito una alianza.

Yo debo procurarte una posicion que te haga independiente.

Es necesario que te cases.

Tu gravsima aventura con la polluela del coronel Arrumbales, nos viene
 pedir de boca.

No sabes t qu rico es ese diablo de vejestorio de coronel.

No sabes lo enamorado que est de m.

Juzga por lo que voy  decirte.

An no hace tres horas que estaba aqu,  mi lado.

Yo le habia enviado un recado.

No se debe escribir.

Vino al momento.

--Solamente por usted,--me dijo,--hubiera yo dejado los graves, los
gravsimos negocios que me abruman.

He dejado encerrada  mi hija.

Y para qu, seora, para qu?

Mi hija ha resbalado como todas.

Es intil.

No basta el poder humano.

El diablo llega  una mujer aunque se la meta bajo una campana
neumtica.

Se cuela  travs del cuerpo mnos poroso.

Pero yo la caso, la caso y luego mato al miserable.

No se queda sin pagrmela ese pillete.

El est escondido.

Pero yo le encontrar.

--Cunto me da usted por el hallazgo?--le pregunt.

--Cmo! Usted sabe dnde est?

--S, seor: le tengo en el bolsillo.

--Es que el bolsillo de las mujeres es generalmente el seno.

--Pues bien; en el bolsillo le tengo.

--Pues entonces,--dijo Arrumbales--le mato dos veces; primero porque ha
enloquecido  mi hija, y despues, y principalmente, porque le tiene
usted en lo ms hermoso que Dios la ha dado.

--Usted le casar con su hija y le dejar usted vivir.

--Y usted quiere que le case con mi hija?

--Pues ya lo creo! Si yo le tuviera en el seno  la manera que usted
dice, no querria que se casase con ninguna.

--Hum!--esclam el coronel.--Hay mujeres muy hondas.

--Pues aqu no hay ms honduras sino que yo me intereso por usted y por
su hija.

La chiquilla le quiere.

El est loco por la chiquilla.

Enveme usted  Eloisita  casa.

Este ser un depsito de confianza.

Yo la casar.

Yo ser la madrina.

--Hum, hum!--dijo el coronel.--Esto me escama.

--En fin,--dije tomando una expresion y un acento imperativo:--lo mando
yo!

Y al mismo tiempo le solt una mirada de efecto.

Le d la _puntilla_.

El coronel se puso plido.

Tembl, balbuce, me mir con una ansiedad angustiosa.

Le arrim otro puntillazo.

--Usted se pone frente  frente de m!--le dije:--Pues bien; nos
veremos! No se queje usted cuando sobrevengan las consecuencias!

Se rindi  discrecion.

--Vamos,--me dijo;--est visto que usted har de m lo que quiera:
empeo mi palabra de honor no slo de no matarle, sino tambien de
tratarle con el mismo amor que  mi hija.

--Pues bien; la nia  casa.

--No, seora, no; que vaya  verme ese tuno.

--Palabra de honor de que le recibir usted como  un hijo querido?

Te advierto que hay que creer como en lo ms positivo del mundo, en la
palabra de honor del coronel Arrumbales.

Es un hombre que tiene el orgullo de no haber faltado nunca  su honor.

--He empeado ya mi palabra de perdonarle,--me dijo,--y yo no digo las
cosas dos veces; pero hay que deshacer un lio, dos lios, yo no s
cuntos los.

Yo los deshar.

Hay por medio dos viejas, una jven y el coronel don Bruno Maturana, mi
antiguo compaero.

Estamos desafiados  muerte.

--Que est desafiado con don Bruno Maturana el coronel
Arrumbales?--exclam:--por aqu anda doa Emerenciana.

--En efecto; don Bruno,  lo que parece, est tan enamorado de doa
Emerenciana, como Arrumbales lo est de m.

Doa Emerenciana ha sabido tu lio con la hija de Arrumbales.

Como no has parecido por la casa de doa Emerenciana, sta ha supuesto
que Arrumbales te tiene secuestrado,  que ha hecho contigo alguna
brutalidad.

Ha azuzado  don Bruno.

Don Bruno se ha ido  morderle  Arrumbales.

Ha habido sopapos.

Se ha convenido un duelo.

Doa Emerenciana est en la cama baldada de una paliza.

No adivinas quin le ha dado para el pelo?

--Ya lo creo! Micaela!

--Justamente! Una que arregla  doa Emerenciana, y que nunca la ha
arreglado como ahora.

Una mujer que te ama: una complicacion del diablo: un _colmo_.

Yo con tantos sucesos estaba mareado.

Me habia olvidado de Micaela.

Pero Micaela no se habia olvidado de m.

Segn me explic Loreto, Micaela habia hecho responsable de mi traicion
amorosa  doa Emerenciana.

La habia dicho, que si no me hubiera llevado  casa de don F... yo no
hubiese conocido  Eloisita.

Todo se habia descubierto, como se descubren las cosas que dn
escndalo.

Micaela se habia enterado.

Habia averiguado.

Lo sabia todo.

Yo no parecia.

Micaela estaba terrible, y prodigaba todo gnero de lindezas  su
seora.

Esta, que aunque vieja, era hembra brava, se habia agarrado al moo de
Micaela.

Pero habia sobrevenido la Nicanora, que estaba tambien irritada porque
yo no parecia.

En toda comedia hay clases.

Nicanora representaba la parte plebeya en la comedia de las viejas
verdes que estaban enamoradas de m.

Arrim un golpe de mano de almirez en los riones  doa Emerenciana,
que di un graznido de grajo, se enderez  causa del golpe y solt 
Micaela.

Esta cay sobre doa Emerenciana.

La desconcert  bofetadas.

La desnud.

Sali por una parte la peluca.

Por otra los dientes postizos.

Le di la alfereca  doa Emerenciana.

Fu necesario buscar al tio Calostros para que la curase.

En fin, un lio ms.

Un _tiberio_ infinito.

Y todo por mis mritos!

Yo estaba que reventaba de orgullo.

--Ya ves, hijo, si tienes partido,--me dijo Loreto:--por t se pierde el
mundo.

Y no es esto slo.

Don F... se empea en que te cases con su cuada; quiere tenerte en la
familia.

Con que elige, hijo mio, elige.

--Lo que t quieras, lo que te parezca.

--Pues me parece que la nia.

Ajustemos cuentas.

Porque, hijo mio, en este mundo todo es cuestion de suma y resta.

Tanto ms cuanto, cuanto mnos tanto.

Un millon de dote la nia.

Cuando herede, otros cinco  seis.

--Sin vacilar la nia,--exclam fascinado,--yo te pagar tu comision,
Loreto.

--Mira, no me vendria mal, chiquillo, porque no estoy en mis aguas.

Se gasta mucho.

La moda cuesta muy cara.

Y luego el otro es tan tacao!...

Cuidado que darle un hombre  su mujer para que vista y calce
trescientos reales mensuales!...

Esto es horrible!

Acepto la comision de esta boda.

Qu vida, nio, qu vida!

Qu negocio para como estn los negocios!

Ni an queda ya el negocio de las cajas de imposiciones!

Comamos entre tanto con la polla.

--Convenido.

--Don F... te haria diputado, y puede ser que ministro.

Pero yo tengo tanta influencia como don F...

Yo enredo, yo destornillo, yo revoluciono.

Yo soy la hermosa Loreto.

La hermosa  la moda.

Pero yo no me cuento para nada.

Yo no ser jams para nadie, sino para t.

Basta ya de campaa.

Me retiro.

Tuya, tuya, tuya, y no ms que tuya.

Te adoro, chaval.

Me has embrujado.

Pero no olvidemos lo que importa.

Qu se decide?

--La polla.

--Pues  Dios, hijo mio: y dme: dnde te vas t  ir ahora?

--A dar vueltas: habrs concluido  las once?

--Pues ya lo creo: vamos t quieres que nos vayamos de huelga.

--Pues, por supuesto:  casa de Santiago.

--Para eso ser necesario que me disfrace:  propsito, hay baile en la
Zarzuela.

--Es verdad.

--Esprame  las doce y media en la entrada del baile.

--Por supuesto que no permaneceremos.

--Y qu diablos tenemos que hacer en el baile? Espero llevar conmigo 
Eloisita.

--A Eloisita?

--S.

--Te la dar su padre?

--Ya lo creo: adems es necesario acostumbrarla, t no debes casarte
sino con una mujer digna de t.

--Pues convenido: hasta las doce y media.

--Cuidado, que no hagas alguna calaverada, t no te perteneces, hijo
mio: mira, llvame en tu carruaje  casa de Arrumbales.

--Sea.

Salimos.

Dej en la puerta de Arrumbales  mi hermosa Loreto.

Faltaban dos horas y media para nuestra cita.

--A andar por las calles,--dije al cochero.




CAPITULO XVI.

En que se v hasta qu punto es un inconveniente el amor.


Pero apenas se habia puesto en marcha el carruaje, cuando se detuvo.

Una mujer, una jven se habia acercado y le habia hecho parar.

En cuanto abri la portezuela el lacayo, aquella mujer se lanz dentro y
dijo:

--A la calle de Hortaleza, almacen de trajes.

Reconoc la voz de Micaela.

Me di el corazon un vuelco.

Me alegr.

Estaba verdaderamente enamorado de Micaela.

--No tengo  nadie ms que  t en el mundo,--me dijo.

Me he emancipado.

Le he dado una tunda  esa maldita vieja por t, y no tengo casa ni
hogar.

Por lo pronto nos vamos al baile de la Zarzuela.

--Al diablo,--dije yo para m:--esto se enreda.

--Ahora bien,--dijo Micaela;--hablemos algo de lo que importa: t ests
enfermo, hijo mio; si sigues con esa vida turbia ests expuesto  que yo
_te la de_.

--Y qu me vas t  dar?

--Una pualadita que te deje seco: pues no faltaba ms, pimpollo! yo
tengo un claro y perfecto derecho de propiedad sobre t.

--Me gusta el desenfado!

--Pues claro est! Por lo que ha dicho doa Emerenciana, que est
furiosa, t has cargado con todas las viejas verdes de Madrid y con las
que no son viejas. Si yo no lo hubiera sabido todo, no te hubiera
esperado  la puerta de la casa del coronel Arrumbales.

Vaya un apellido!

Y vas  tener t la psima ocurrencia de casarte con una jovenzuela que
se llama la seorita de Arrumbales?

--Esto es _camama_, nia, esto es _camama_; esa polla es millonaria.

--Vaya una _camama_! cmo si fuera una _camama_ el dinero!

--No seor: la _camama_ es cogerla la dote antes de casarme con ella:
un millon!

--Mira, no me vengas  m con _infundios_; t me tienes miedo y quieres
drmela.

--Pues si ya te he dado el alma, vida mia!

--Usted es muy poco _chulo_ para m; usted ha cogido veinticuatro horas
de buena fortuna, y est usted _lilil_.

Vamos, lleveme usted  casa de Casacon.

Quiero comerme un besugo y tragarme un caaveral.

Estoy celosa, reventando.

Yo no le dejo  usted ya.

Es usted muy poco de fiar, caballero.

Me coso  usted.

Vamos  sacar los papeles y  casarnos por lo civil, y luego por lo
religioso, y si fuera necesario por lo militar y por lo criminal.

Pues qu no hay ms que haber yo echado al agua mi honor, y haberme
decidido por usted y haber sido su esclava, para que usted me deje
plantada?

--Pero y el millon, nia?

--Eso es aparte: ya se estudiar lo del millon.

Y se qued pensativa.

--No puedo exponerme  que otra te me quite,--dijo al fin:--con millon 
sin millon es necesario que yo sea tu mujer.

Y no te chances conmigo.

Seria yo la primera mujer que matase al canalla que la ha engaado?

Eso va en gnios, en madera.

Y yo no soy de madera de chopo, que ni para carbon sirve.

Con que no te agarres  lo del millon para darme la _cambiada_,
_chaval_; eres t muy nio todava, y no me engatusas, cario.

Cuando nos casemos, yo te dejar que le estruges el bolsillo  todas
esas viejas y  todas las _pluminas_ del mundo; pero antes, te lo
repito, casaca aunque sea raida, que luego la bordaremos de oro.

A Segura lo llevan preso.

Para que yo vuelva  fiarme de t!

Micaela se hacia peligrosa.

Era necesario prescindir de ella.

A lo mnos por el momento.

--Yo ya estoy casado,--la dije:--yo tengo conciencia.

--Como los caballos del coche.

En fin, bien, eso ya se ver.

Manda que nos lleven  casa de Casacon.

Yo tir del cordon y d la rden.

Poco despues el carruaje se detenia en los andaluces de Casacon.

Esto era _in illo tempore_.

Casacon ha pasado.

Donde estaba el nunca bien ponderado _restaurant_ andaluz, calle de
Barcelona, esquina  la de la Cruz, hay un sastre en este ao de 1883.

El local no ha cambiado de objeto en una de sus partes.

Antes se forraba all el estmago.

Ahora se forra la persona.




CAPITULO XVII.

En que se ve que una culebra me libra de una serpiente.


--Seor,--me dijo el lacayo al cerrar,--desde que la seorita se ha
metido en el carruaje, otra mujer ha venido corriendo detrs.

--Bueno es saberlo,--dije para m:--quin ser? En fin ello dir.

Mi vanidad crecia.

Era sin duda un nuevo amor que me perseguia.

La fortuna me sonreia ms y ms.

Al entrar en el gabinete donde se habia metido ya Micaela, sent que me
tiraban con una gran fuerza del brazo.

Me volv y vi  la Nicanora.

--Oiga usted una palabrita,--me dijo,--salga usted.

Una vez en la calle me dijo:

--Eche usted  andar, y de prisa, antes de que la Micaela le eche 
usted de mnos y salga.

Y se meti en el carruaje tirando de m.

--De prisa,--dije al lacayo.

Me convenia escaparme de Micaela.

--A dnde?--me dijo el lacayo.

--A cualquier parte.

Me habia sorprendido la Nicanora.

Tenia sin duda algo muy grave que decirme.

--Usted es un nio,--me dijo.

--Y  qu viene eso?--la pregunt.

--Si no tuviera usted quien le quisiera bien, le echaban  usted los
polvos de matar las ratas.

Se me despeg la carne de los huesos.

--Qu dice usted, Nicanora?--exclam.

--Que usted merece que se le avise; la Micaela lo sabe todo, y ha jurado
que le ha de matar  usted.

No se me ocurri que aquello podia ser una mentira intencionada.

Sent un vivsimo agradecimiento hcia Nicanora.

Luego, tenia una garganta de tal manera mrbida!

Me habia cogido la locura.

El vrtigo zumbaba en torno mio.

Estaba nervioso de una manera terrible.

Como un hombre dominado por una pesadilla.

La Nicanora respiraba de una manera fatigosa.

Se sentian los latidos de su corazon.

--Ya se v,--dijo,--yo soy una pobre, pero muy honrada, y no soy tan
despreciable.

Y se ech  llorar.

--Yo no quiero que usted me quiera, seorito, no se ha hecho la miel
para la boca del asno; pero quiero guardarle  usted y que no le pase 
usted ninguna desgracia: usted es muy jven y aunque usted se crea muy
tunante se le escapan  usted las mejores. La Micaela est metida con un
sargento de cazadores que se aprieta mucho el corbatin para estar
siempre encarnado. Parece una manzanita.

Aquella era otra calumnia.

Yo no podia dudar de la Micaela.

Habria sido un imbcil.

La Nicanora empezaba  darme miedo.

Tenia algo de salvaje.

Por otra parte me incitaba su misma rudeza.

Su fresca robustez.

La dureza de su desarrollada musculatura.

Me apretaba las manos que me lastimaba.

--Usted,--aadi,--se va  venir conmigo donde yo le lleve  usted, y
estar usted seguro.

--No creo estar en peligro,--contest.

--Usted no sabe de la misa la mitad, no tiene usted ms que enemigos
alrededor.

--Cunteme usted...

--No hablemos ms hasta que estemos con seguridad en esa casa.

--Y dnde est esa casa?

--Ah cerca, en la calle de la Flor Baja, junto al teatro del Recreo.

Hice parar.

Nicanora di las seas.

Llegamos.

Entramos en un portal lbrego.

La Nicanora me tom de la mano.

--El carruaje puede irse  esperar  la plazuela de Santo Domingo,--me
dijo.

D la rden, y el carruaje se fu.

Entonces la Nicanora cerr de golpe la puerta de la calle.

Me asi una mano y tir de m vigorosamente.

Las escaleras no se acababan nunca.

Llegamos al fin  lo alto.

La Nicanora llam  la puerta de una boardilla.

Respondi una voz hombruna.

Una voz de vieja.

O de bruja.

O de demonio.

Se abri la puerta y entramos.

Apenas estuvimos dentro, la Nicanora ech  la vieja, dndola algun
dinero.

La bruja nos di las buenas noches y baj chancleteando las escaleras.

La Nicanora cerr la puerta y se guard la llave en la faltriquera.

El espacio en que nos encontrbamos era una cocina.

Sobre el fogon habia en una palmatoria de cristal una buja encendida.

El fogon no daba muestras de haber tenido fuego en mucho tiempo.

No habia all un solo mueble, ni un solo utensilio en el reducido vasar.

--Estamos solos,--dijo la Nicanora;--yo he tomado hoy esta boardilla,
porque me he salido de la casa de aquella maldita vieja; no he comprado
ms que unos mueblecillos para la alcoba.

Entra y vers.

Nicanora habia tomado la palmatoria.

Lo que Nicanora llamaba alcoba era un espacio aboardillado.

En l habia una cama de hierro ancha y cmoda, una mesa de noche, un
velador de pino pintado y cuatro sillas.

Al fondo se veia una lucana.

La Nicanora puso la palmatoria en la mesa de noche.

--Hijo mio,--me dijo,--t no me trataras  m como  la Micaelita: t no
saldrs de aqu sino cuando yo quiera: cuando  todas las otras se las
vaya llevando el demonio.

Quise protestar.

Pero me encontr con que tenia delante  una fiera.

Sus ojos relucientes y encarnizados me devoraban.

--Eres muy bonito,--aadi,--muy buen mozo.

Muy hombre.

Muy tunante.

Estoy muerta por t.

Me has quitado el sueo.

Me has puesto triste.

Si no me quieres te mato.

Y sac una navaja guifera.

Yo me sonre.

Me iba gustando la Nicanora.

Iba descubriendo en ella cosas verdaderamente adorables.

Sobre todo una voluptuosidad infernal.

--En toda mi vida,--dijo,--no he querido  un hombre hasta que te he
visto.

Y cmo te quiero!

Si no puedo vivir!

Y esto tan pronto!

Estaba de Dios!

Y pensar que yo siendo tan buena hembra he venido  caer con un
pilluelo!

Y seguia encarnizando en m sus grandes ojos terribles.

Sus ojos de leona.

De momento en momento me parecia mejor.

Al fin lleg  parecerme hermosa.

Estaba en su poder.

Era ms fuerte que yo.

Era una india brava, y una india brava es capaz de todo cuando se
cuadra.

Toda lucha con ella hubiera sido una temeridad.

Era necesario engaarla.

Se acercaba la hora de mi cita con Loreto en la Zarzuela.

As, pues, yo comprend la difcil tarea de domesticar aquella fiera.

A aquella vieja verde de la clase burda.

A una mujer toda bravura.

Toda voluntariedad.

Con las pasiones vrgenes.

Irritada, celosa, encendida en un amor de otoo.

El ms violento de los amores.

El del veranillo de los membrillos, en el cual hay dias caniculares,
momentos volcnicos.

Se veia claro en su manera y en ese no s qu indefinible que todo sr
humano tiene para el filsofo que es observador, que la Nicanora, 
pesar de que en su juventud debia de haber sido una soberbia moza, 
pesar de que  sus cuarenta  cuarenta y cinco aos conservaba grandes y
slidos restos de hermosura, de esos que llenan el ojo y se suben  la
cabeza, aunque estas bellezas fuesen acentuadas y rudas, no habia amado
nunca.

El amor es una cosa, y el materialismo otra.

Cansada de vida fcil y tormentosa, estaba, sin embargo, vrgen de amor.

La ms seductora  irresistible de las virginidades.

Estaba reservada para m la felicidad de hacer amar  aquella tremenda
gitana.

A aquella vaca brava, por no decir  aquella tora.

Era de Colmenar Viejo, y se habia criado en la calle de la Arganzuela de
Madrid.

En plena tripicallera  casquera, como mejor queramos.

A dos pasos del Rastro y de las Amricas viejas.

Cerca del matadero.

Pegada  la Fuentecilla.

Es decir, en el centro, en la crema de la tauromaquia, de la chalanera,
de lo manolo y de lo chulo.

Vamos, una hembra completa, que no le faltaba  la mujer ningun
sacramento.

Ni siquiera sus primeros amores, primiciados cuando todava era muy
muchacha, por un fraile de San Francisco el Grande.

Si en los tiempos de aquellas primicias el fraile no estaba
exclaustrado, la Nicanora debia tener mucho ms de cincuenta aos.

Pero era el caso que no representaba ni an cuarenta.

Buena madera!

Tal era el amor voluntarioso y vrgen, formidable  impaciente que me
habia cogido.

Ya lo habeis visto, lectoras mias.

La Nicanora estaba al corriente de todo.

Me habia expiado.

He habia echado mano.

Yo la habia seguido, huyendo de Micaela, que era otra india brava.

Aquello habia sido ir de _Perico_  _Pendanga_, de mal  peor.

Habia causado una nueva ofensa  Micaela, dndola esquinazo en los
propios andaluces de Casacon, y Nicanora me habia secuestrado.

Pero yo estaba en la embriaguez de mi buena fortuna, y aquellas
aventuras tan movidas me encantaban.

Sabia demasiado Nicanora que tenia tremendas rivales.

A falta de instruccion, de civilizacion, tenia una gramtica parda que
metia miedo.

Si yo no hubiera tenido empeada una cita con Loreto, hubiera dado por
muy bien empleada aquella noche con mi vieja verde de tela burda.

Yo me habia propuesto, como ya he dicho, contentarla, engaarla,
confiarla y escapar.

Puse todos los medios para ello.

Apur todos los recursos.

La Nicanora se embriagaba.

Se volvia loca.

Pero no me soltaba.

Y se acercaba la hora.

Yo me daba  los diablos.

Eran las doce.

A las doce y media me esperaba Loreto en el baile de la Zarzuela.

Y tal vez con Eloisita.

Habia necesidad de escapar, aunque para esto fuese necesario una brutal
energa.

Separarme de aquella furiosa, que estaba agarrada  m como un cangrejo
 un pedazo de carne cruda.

Ah, los amores berroqueos!

Los que pudieran llamarse los callos y los caracoles del festin de la
vida!

Tan sabrosos de cuando en cuando, tan picantes y tan crasos; pero
tambien tan indigestos!

Hay muchos, muchsimos, infinitos, que no saben lo que son estos amores
de salsa picante.

Es decir, que no saben lo que es chuparse los dedos de gusto.

Que no han conocido una cosa semejante  Eva.

Porque Eva debia ser una hembra cruda.

Un amor salvaje.

Pero rico de un perfume embriagador, y de una fuerza incontrastable.

O no ha habido nunca salvajes en el mundo, lo que es,  mi juicio, lo
ms cierto.

La humanidad ha sido siempre una misma cosa.

O demasiado desnuda (qu felicidad!)

O demasiado vestida (qu fatiga!)

Pero en el fondo...

Las mujeres siempre han sido amigas del demonio.

Cuando cansado ya de emplear todo gnero de persuasiones con Nicanora,
acab de convencerme de que no habia contra su tirana otro derecho que
el sagrado de la insurreccion, esto es, el de la bofetada y la vuelta de
coces, y pretend ponerlo en prctica, me encontr conque la Nicanora lo
habia previsto, y estaba dispuesta  sostener su tirana por las vas de
hecho.

--Qui! no seor!--me dijo:--no te quiero yo tanto, para que te burles
de m como te has burlado de tantas otras.

Yo te tengo cogido, y bien cogido: t eres mi esposo, y no te me vas.

Figrate que ests en la crcel, y que yo soy el juez.

T no saldrs de la crcel sino atado  mi por lo _cevil_ y por la
vicara.

Si piensas valerte de los puos, te engaas, porque yo tengo ms puos
que t, y en diciendo que t me levantes la mano, te doy una paliza que
te pongo verde.

Y te quiero, y te requiero, lo entiendes t?

Y conmigo vas  tener t la gloria de Dios.

Y mira si te querr, que para poder mantenerte como yo quiero mantenerte
y regalarte, porque la que quiere tener  su marido gordito, que le d
un traguito, y para que no te falte nunca una onza en el bolsillo, he
robado  doa Emerenciana.

Y eso que yo no he robado nunca.

Pero qu quieres, hijo?

Me has vuelto loca.

Y tan pronto, seor, tan pronto!

A la Nicanora se la saltaban los ojos de amor.

Se la agitaba el seno que era una atrocidad.

Tenia hinchadas y le palpitaban las arterias de la garganta.

Aquello era un temblor de tierra.

Una tempestad, con truenos y relmpagos.

Un cataclismo.

--Qu has robado t  doa Emerenciana?--exclam asustado.

--S,--me respondi con un grande aplomo:--la he quitado las alhajas que
tenia sobre el tocador; mira.

Y se fu  su baul, que estaba en un rincon, y sac de l un pauelo de
seda que envolvia algo.

Lo desenvolvi, y aparecieron:

Un rico brazalete de oro macizo y pedrera.

Un collar de gruesas perlas, con medallon de diamantes, esmeraldas y
rubes.

Dos broquelillos, y en ellos dos gruesos solitarios.

Un imperdible, cuajado de ricas piedras.

Un broche admirable.

Y media docena de sortjas de gran valor.

--Si no hay aqu diez mil duros, no hay nada,--dijo la Nicanora:--en eso
lo ha tasado un platero que yo conozco, y que me ha dicho que le dar
salida.

Con este dinero me meto yo al trato, y le hago crecer como la espuma.

Ya vers, dentro de poco con palacio y coche.

Conque yo te tengo mucha cuenta, chaval: djate de seoritingas, que no
son ni _chicha_ ni _limon_, y de viejas que apestan, y _apgate_  m,
que ya sabes si valgo ms que otras que se dn tono de hermosas.

Digo: porque s!

Y volvi  envolver en el pauelo las joyas que dej sobre la mesa de
noche.

Como podeis suponerlo, mis adorables lectoras, me sent muy mal aquel
acto de mi terrible amante.

Podia muy bien crerseme cmplice del robo, si me encontraban encerrado
con ella.

Habia una razon ms, y poderosa, para escapar.

Cuando ya desesperado, y con miedo  la crcel y al presidio, me decidia
 usar  todo trance de la fuerza, sonaron pasos presurosos y fuertes de
muchos hombres en las escaleras.

La Nicanora se puso plida, y se aturdi.

Pero instantneamente domin el aturdimiento, y cogiendo el pauelo
donde estaban las alhajas, le arrebuj, se lo meti entre el seno, y
exclamando:

-- obra que no  m,--se fue  la lucana, la abri, y escap por el
tejado.

Yo respir.

Sal  la cocina.

Apagu la luz.

Me fu  la puerta, y escuch.

El ruido de los pasos que habian espantado y ahuyentado  la Nicanora,
se sentan ya al pi de las escaleras.

Al mismo tiempo se oian vocea de tres  cuatro mujeres que gritaban:

--A esos pillos! ladrones!

Era, en fin, una culebra, que por fortuna mia, habia engaado  la
Nicanora.

No me fu difcil correr con mi navaja el fiador de la vieja cerradura.

Sal al pasillo.

Las melisendras no gritaban ya.

Las escaleras estaban silenciosas.

Me lanc por ellas.

Las baj con la misma rapidez que si hubieran estado iluminadas.

Llegu  la puerta de la calle.

Los de la zalagarda la habian dejado abierta.

Ciego, desatentado, temiendo siempre sentir las manos de la Nicanora
que me agarraban, corr, llegu  la plazuela de Santo Domingo, donde me
esperaba mi carruaje, me zambull en l, y dije al lacayo:

--A escape:  la Zarzuela.




CAPITULO XVIII.

En que doy fin y remate  mis aventuras de Tenorio y de buscavidas.


Algunos minutos despues el carruaje llegaba al teatro de Jovellanos, y
se quedaba esperndome.

A la entrada del salon se me present un domin negro.

La concurrencia era enorme.

A la busconera las unas.

A la chulapera ellos.

El domin negro se asi  mi brazo, y me habl con su voz natural.

Era Loreto.

Por bajo de la careta se la veia la preciosa barba.

Entre el capuchon entreabierto la hermosa garganta morena, con un collar
de corales, del cual pendia, entre las dos prominencias del seno, un
rico medallon.

Aturdia.

Daba el pio.

--Qu te sucede?--me dijo:--ests plido, temblando, fatigado; y con
unas ojeras!...

--Me he afanado mucho estos dias,--la respond;--pero y Eloisita? no
decias que la ibas  traer?

--Tu pap suegro es muy escamon, hijo mio: no ha querido dejrmela.

Por lo dems, todo est convenido: me ha costado un sacrificio.

Pero qu sacrificio no soy yo capaz de apurar por t?

Le he vuelto loco: agradcemelo.

He hecho por t todo lo que por un hombre puede hacer una mujer que le
ama.

Arrumbales te d su hija, y despues de que te cases con ella, no te
romper el esternon como l dice.

Por el contrario, te amar como  su amadsima hija.

Yo entre tanto tendr que sufrir al viejo.

Qu hemos de hacer?

Este es el mundo.

Sacrificios, y ms sacrificios.

Dependemos los unos de los otros.

Vivimos de engaarnos los unos  los otros.

De devorarnos  diente de cochino.

Yo me alegrar mucho de que no me engaes t.

Vmonos, vmonos cuanto antes.

Estoy impaciente.

Mi marido me creer en el baile.

No le extraar que yo no vuelva  casa hasta que sea bien de dia.

Estoy contentsima.

Y tiraba de m.

Salimos del salon.

Apenas estbamos en el vestbulo, cuando una mscara, un domin blanco y
azul, Adriana, aquella Adriana de Capellanes y de la Infantil; es decir,
Micaela, se nos puso delante.

--Ah!--exclam:--as se deja  una seora sola casa de Casacon,
dndole un cambiazo!

Ah, ya sabia yo que te encontraria aqu!

--Quin es esta mujer?--exclam con un desprecio agresivo Loreto.

Yo sudaba.

Una nueva tormenta se venia encima.

--Yo soy la que te va  arrastrar por el moo en seguida!--dijo
Micaela.

Y dicho y hecho.

Arremeti con Loreto, y con una furia tal, que la tir por tierra.

Pero se levant como una pantera, y arremeti  su vez con Micaela.

En vano me metia yo por medio.

En vano pretendia separarlas.

En torno nuestro, llamada por el escndalo, se habia reunido una
multitud enorme.

Los capuchones de las combatientes habian sido rasgados.

Las caretas habian caido por tierra.

Aquellos dos hermosos semblantes tenian ferocidades de tigre.

Los curiosos gritaban.

Las azuzaban.

Algunos silbaban.

Habian acudido los rabos de la autoridad.

Yo hice como si las oleadas de los curiosos me hubiesen separado de
ellas.

Tenia miedo.

No queria ponerme en evidencia.

El robo de la Nicanora me asustaba.

Creia que me iban  suponer cmplice suyo, y que me iban  echar mano.

Los inspectores y los _rden-pblico_ me daban la _jindama_.

Las dej liadas, y me escap.

Esto era cobarde.

Pero no pude hacer otra cosa.

Era necesario tomar el _olivo_.

Ampararme de algo que fuera una potencia.

Una jven, y una casi vieja, se batian por m, y hacian mritos para que
las aposentasen en la prevencion.

Otra vieja verde, Aurora, yacia en un lecho, por la virtud de un
garrotazo recibido por amor mio.

El excelentsimo seor don F... era su cuado.

Quin otro podia protejerme mejor que l?

Me zambull en el carruaje, y d al lacayo las seas.

--Ya me contarn lo que haya sucedido,--dije en el momento en que el
carruaje partia al trote.

Llegu.

La puerta estaba abierta, y el portal iluminado,  pesar de la hora.

En la calle esperaban algunos carruajes.

Habia, pues, gentes casa de don F...

Sucedia algo importante.

En efecto, don F... no estaba slo.

Le acompaaban los vecinos de la casa y gran parte de sus numerosos
conocimientos.

Cuando un hombre tiene una gran posicion, cuando puede servir de mucho,
tiene un nmero enorme de cortesanos serviles.

Algunos personajes, que sin saberse cmo, haban sabido que la Aurorita,
 ms bien, Auroraza, estaba enferma de peligro, habian acudido.

No se habia dicho que Aurorita era vctima de un palo de ciego, dado por
un lacayo celoso.

Se habia dicho que se habia caido por las escaleras.

Todos lo habian creido.

Se decia que la herida presentaba muy mal aspecto.

Cuatro mdicos-cirujanos estaban all de planton.

No se separaban del lecho dos hermanas de la caridad.

Se hablaba de preparar  la enferma.

Yo hice avisar  don F...

Este sobrevino al momento, con una vehemencia extraordinaria.

Me asi las manos, y dijo:

--Yo habia mandado se buscase  usted.

Y me llev  su gabinete.

Se encerr conmigo.

--Esa est muy mala,--me dijo:--lo s todo.

--Cmo! todo!--exclam.

--S seor, todo: usted es un hombre apreciabilsimo.

Un jven de muchas esperanzas.

Su artculo ha causado una impresion profunda.

Ha empezado usted de una manera segura, y an pudiera decirse que
brillante, su carrera poltica.

Es usted muy simptico.

Est usted dotado de grandes condiciones.

Yo hacia una reverencia  cada uno de estos elogios.

Don F... me sonreia.

Me miraba, como si no me hubiera conocido.

Como si yo le causara admiracion.

--Ya no me extraa,--aadi,--que mi cuada Aurora haya sentido por
usted una pasion violenta y repentina.

La simpata.

Algo misterioso  inexplicable.

Que impulsada por su extraordinaria sensibilidad, haya dado en una
inconveniencia.

Usted lo merece todo.

Aurora se ha empeorado.

Est en un estado grave.

Los mdicos dicen, que si se pudiera calmar su excitacion an se podrian
tener esperanzas.

Yo habia enviado en busca de usted; pero no se le habia encontrado.

Pero ha llegado usted muy  tiempo.

Se trata de un casamiento _in artculo mortis_.

Me extremec.

Marido de la Aurora!

De aquel esqueleto, forrado de pergamino!

Horripilante!

Pero qu hacer?

Necesitaba de la proteccion de don F...

l podia llevarme en poco tiempo  la cspide.

Y luego si era verdad que Aurora estaba herida de muerte...

Adems, habia que tener en cuenta que me daria desde el momento una gran
posicion mi alianza con el eminentsimo hombre poltico don F...

Pero y Micaela, y Eloisita y Loreto, y an la misma Nicanora?

Qu me importaba?

Ellas podian ser las odaliscas de mi haren.

Me prest  la exigencia de don F...

ste me llev junto  su cuada.

Hizo salir  los mdicos.

A las hermanas de la caridad.

Nos quedamos solos.

Entonces adelant yo, y me dej ver de Aurora.

En cuanto me vi solt un berrido de alegra.

Parecia como que de improviso, se mejoraba.

Se incorpor y extendi hcia m sus dos brazos secos como dos
sarmientos.

Renuncio  ocuparme de la escena que sobrevino.

Mis lectores pueden figurrsela.

Todo era all falso  asqueroso.

Todo ridculo.

Todo exagerado.

Se convino en que me casaria inmediatamente con Aurora, como si sta
hubiese estado en un inminente peligro de muerte.

Los mdicos habian firmado una declaracion de gravedad extraordinaria.

Se llam al prroco.

Guadalupe, la egregia esposa de don F... estaba contentsima.

Al fin iba  tenerme en la familia.

Dentro de muy poco seria yo su cuado.

Los cuados y las cuadas suelen llevarse bien.

Se prepar todo.

Habia all bastantes personas importantes que podian servir de testigos.

Se prepar  la que se hacia pasar por moribunda.

Se procedi  la ceremonia.

Pero apenas se habia empezado, cuando me sent agarrado por el cuello.

Pens en la Nicanora.

Me volv, y v al coronel Arrumbales que habia dejado encerrada 
Eloisita, y habia venido como buen vecino,  pasar la noche, como otros,
velando  la moribunda.

Habia llegado  tiempo.

Antes de que yo pronunciase el s terrible me habia echado mano.

Me arroll.

Se puso delante de m con los puos crispados:

--Esto no puede ser,--dijo:--este hombre no puede casarse.

Este hombre es el prometido de mi hija.

Si se casa con otra que con mi hija le mato.

Al que directa  indirectamente se mezcle en este negocio le estrangulo.

Ya se sabe quin es el coronel Arrumbales.

Basta un slo aliento mio para que todo el mundo se aterre y se humille.

--Que vayan  buscar una pareja,--exclam don F...--este hombre  la
crcel.

--Quin tal dijo?

El coronel Arrumbales, solt un grito pavoroso.

Un formidable grito de guerra.

Me retenia asido con su mano izquierda, y estendia el puo derecho
cerrado.

Estaba magnfico.

Puesto en guardia.

Ruga como un tigre.

Una locura de exterminio flameaba en sus ojos.

Estaba formidable.

Infinito.

Parecia omnipotente.

Los ms tmidos huyeron.

El cura desapareci.

Aurora gritaba.

Sus gritos parecian chillidos de rata.

Don F... habia querido intervenir, y don Silvestre habia embestido con
l.

El grande hombre, convencido de su impotencia, por un gaznatazo, se
habia puesto en fuga.

La moribunda habia saltado de la cama, y habia escapado.

Los criados acudian con garrotes.

Entonces pude admirar la bravura de Arrumbales.

--Aydame,--me dijo,--si quieres hacerte digno de que yo te perdone.

Y baj la cabeza, y embisti con los criados.

Yo le ayud.

Rompimos al fin por medio.

Nos lanzamos por las escaleras.

El portero aturdido nos dej el paso libre.

Salimos  la calle.

La puerta de la casa de Arrumbales estaba inmediata.

--Ya sabes quin soy yo, y tengo la seguridad de que t procurars que
yo no te extermine,--me dijo:--maana terminaremos esto, ven  verme;
buenas noches.

Yo aprovech la ocasion.

Me gustaba ms que el cuarto del hotel de Pars el cuarto de Eloisita.

--A mi casa!--dije:--yo no tengo casa.

--Cmo que no tienes casa!--me contest:--pues no eres t el marido de
mi hija?

--Ah, seor!

--Qu ms d?

Soy un filsofo.

Tu ests ya casado de hecho.

Yo no he podido evitar lo que me fuerza  considerarte como hijo mio.

Yo te he casado ya con mi hija.

Solo faltan las formas.

La ceremonia.

Como si dijramos, la credencial.

Eso ser maana mismo.

Un mandamiento cerrado...

--Todo eso est muy bien,--le dije,--pero nos detenemos  la puerta.

Pueden sobrevenir.

--Que sobrevengan!

--Un escndalo en la calle!

--Pues bien, entra: ests en tu casa.

Desped el carruaje.

Entr con Arrumbales.

Poco despues Eloisita se arrojaba en mis brazos, sollozando de amor.

Arrumbales me dej en el cuarto de su hija, con la misma tranquilidad
que si hubiera estado casado con ella.

Era un original de primera fuerza aquel diablo de coronel.

Yo estaba muy contento.

Eloisita me amaba.

Las cosas se arreglaban.

Un millon de dote!

Otros cinco de herencia!

Adems estaba seguro de hacer del coronel Arrumbales lo que quisiera.

Eloisa me parecia hermossima.

Estaba traspuesta de amor.

Y parecia tan brava como su padre.

Me pidi cuentas.

Me di celos.

Pero cuando una mujer est enamorada de un hombre, es tan fcil
convencerla!...

Habian pasado dos horas.

Eloisita dormia sonriendo.

Yo sentia necesidad de reposo; pero estaba terriblemente excitado.

La Nicanora, el robo, Micaela, Loreto, la situacion extraordinaria en
que me encontraba, todo esto excitaba mis nervios y me impedia el sueo.

Sent tres golpes y repique  la puerta de la calle.

Quin podia ser?

Tem una nueva aventura.

Tal vez habia sido presa la Nicanora, me habia comprometido, y la
polica venia  buscarme.

Salt de la cama.

Eloisita, que me tenia abrazado, despert.

Pas un gran rato, casi otra hora.

Llamaron  la puerta del cuarto.

Acud.

Era el pap.

ste llam  Eloisita, que acudi envuelta en un peinador.

--Hija ma,--la dijo su padre:--tienes una huspeda por lo que queda de
noche: es necesario que la acojas.

--Bueno, pap,--dijo la nia con voz soolienta y bostezando de una
manera deliciosa.

Arrumbales me llev  su cuarto.

--S todo lo que ha pasado en el teatro de la Zarzuela,--me dijo con voz
severa,--y fuera de la Zarzuela. Loretito me lo ha contado todo: te
prevengo que si no te dejas de desrdenes y de tunanteras te acogoto;
tu tienes ya la obligacion de hacer feliz  mi hija: si la causas el ms
leve disgusto, te hundo el crneo.

Yo me deshice en protestas.

--Obras son amores y no buenas razones: t eres un canalla: t has
abandonado en el peligro  una grande amiga tuya: ha habido un gran
escndalo: se las han llevado  las dos  la prevencion: Loreto me ha
llamado en este apuro: yo he servido de fiador, y las han soltado: me he
traido  Loreto, y la otra se ha ido  su casa   donde ha querido:
maana,  ms bien, luego, sera necesario que se eche tierra al juicio
de faltas.

--Tiene usted que pensar en que se eche tierra  otro negocio mio,--le
dije.

Y le cont lo de Nicanora.

--Ah!ah!--dijo:--pues es necesario confesar, que t has nacido para
volver locas  las mujeres. Peste! un ttere! Pero, en fin, as son
ellas.

Eso se arreglar tambin: acustate en mi cama, y descansa: debes estar
rendido, maldito.

Al fin habia yo dado fondo.

Se arregl todo.

Don Bruno se habia apoderado al fin por Completo de doa Emerenciana.

Esta, encontrndose indefensa, se resign y se cas con l.

Micaela se resign tambien.

Yo me habia casado, y disponia del dinero de mi suegro.

Micaela, pues, estaba en grande, y me tenia  su lado con frecuencia.

La Loretito estaba aliada conmigo.

Guadalupe y Aurora tuvieron paciencia.

Sin embargo, yo era muy amable con ellas.

Las necesitaba an.

Por mi casamiento tenia asegurada mi fortuna.

Pero qu eran seis millones en comparacion de lo que podia producirme
la carrera poltica?

Yo me manejaba de tal modo con las dos estantiguas, que ellas me tenian
hecho el amo de la casa.

Don F... me protegia abiertamente.

Toda su influencia era mia.

Yo iba bien en popa.

No habia perdido nada.

Tenia mis odaliscas, de las cuales Eloisita era la sultana.

Nicanora, con quien nadie se habia metido, tom en traspaso una posada
en la calle de Toledo con lo que habia robado  doa Emerenciana.

Habia transigido conmigo, vindome casado.

Yo iba con mucha frequencia  la posada  comer callos y caracoles.

Ah! las mujeres! las mujeres!

Yo puedo decir que ellas han sido las yeguas que han tirado del carro de
mi fortuna.

Estoy en una gran posicion.

Tengo una envidiable reputacion de hombre srio.

De hombre de gobierno.

He desempeado importantsimos cargos pblicos.

Soy uno de los oradores terribles.

He llegado  hombre de partido.

He sido dos veces ministro.

Tengo un escaparate artstico, riqusimo, incrustado de nacar, marfil,
oro y plata; una preciosidad artstica en que aparecen todas mis altas
condecoraciones nacionales y extranjeras.

Soy marqus de X.

Conde de Z.

Tengo... naturalmente... dos millones de renta.

No es bastante.

Tengo una prole numerosa.

Mi mujer gasta como el fuego.

Ah! la representacion social de un grande hombre!...

De un ilustre hijo de sus obras.

De un chulo amparado por las mujeres...

De un bohemio redimido...

Indudablemente es necesario crecer ms.

Crecer.

Oh! la poltica!

Nadie sabe mi historia.

Yo soy respetable de toda respetabilidad.

Me faltaba un perfil, y voy  tenerlo.

He sido admitido en la Academia.

Os recomiendo, pues, las viejas verdes.

Ellas han hecho muchas posiciones.

Ellas lo revuelven todo.

Ellas empingorotan  sus amantes.

Ellas son la providencia de los buenos mozos.

S, yo recomiendo al jven ambicioso, que venga  Madrid  hacer
fortuna, que el mejor medio para encontrarla, el ms seguro es... una
vieja verde.

FIN.




NDICE.


                                                                 Pginas.

CAP. I.--Dos retratos en bosquejo,                                     5

II.--Tales para cuales,                                               12

III.--Lo que va de la verdad  la mentira,                            25

IV.--En que doy al lector algunos datos
acerca de m mismo,                                                   31

V.--En que doy  conocer por un lado
culminante  mi adorada Micaela,                                      49

VI.--En lo que puede consistir que un
hombre sea feliz cuando se
cree ms desgraciado,                                                 56

VII.--En que se v cmo iba yo acercndome
 la fortuna, llevado
de la mano por una vieja
verde                                                                 78

VIII.--En que se v hasta qu punto subordinan
 lo positivo sus sentimientos
amorosos las viejas
y las jvenes                                                        100

IX.--En que se ven las peregrinas
aventuras que me sobrevinieron
cuando acud  la cita de
Aurora                                                               124

X.--En que se v que yo no podia dudar
que mi esposa era inocente                                           138

XI.--De como pude asistir  mi segunda
cita                                                                 149

XII.--En que empiezo  tener una posicion
hasta cierto punto independiente                                     159

XIII.--Mi abordamiento  mi tercera
cita                                                                 166

XIV.--En que continua el maravilloso
relato de mis aventuras                                              169

XV.--Una alianza utilitaria                                          185

XVI.--En que se ve hasta que punto es
inconveniente el amor                                                198

XVII.--En que se ve que una culebra me
libra de una serpiente                                               203

XVIII.--En que doy fin y remate  mis
aventuras de Tenorio y de
buscavidas                                                           219

       *       *       *       *       *

OBRAS PUBLICADAS


La Virgen del encinar.                     un tomo.

Los Esclavos del orgullo.                    id.

Los Amores de Quevedo.                       id.

Las Mujeres de la noche.                     id.

Modista, Tiple y Patrona.                    id.

Lo mejor de la Mujer.                        id.

Las Seoras de contrabando.                  id.

Ocho dias bajo el Ecuador.                   id.

La Ciudad maldita.                           id.

Un Juan Lanas.                               id.

La Bendicion de una Madre.                   id.

Una Aventura de amor.                        id.

La Pesca de marido.                          id.

Los Cazadores de Hombres.                    id.

Delirios de un criminal.                     id.

Huyendo de una Mujer.                        id.

Un drama al pi del cadalso.                 id.

Una Doncella en agrz.                       id.

La Fria de los matrimonios.                 id.

Los Serrallos del Nuevo Mundo.               id.

Un Viaje al Vesubio.                         id.

Eva  las Manzanas de Pap.                  id.

Periquito entre ellas.                       id.

Las Mujeres de historia.                     id.

Amor de Coqueta.                             id.

Historia de una Mujer bonita                 id.







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or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
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electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
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of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
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Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
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LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

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is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

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with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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