The Project Gutenberg EBook of Cuentos ingenuos, by Felipe Trigo

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license


Title: Cuentos ingenuos

Author: Felipe Trigo

Release Date: June 16, 2014 [EBook #46000]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS INGENUOS ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)








                             FELIPE TRIGO

                            OBRAS COMPLETAS

                                CUENTOS

                               INGENUOS

                            [Illustration]

                             RENACIMIENTO

                            SAN MARCOS, 42

                                MADRID

                                 1920




                           CUENTOS INGENUOS


       *       *       *       *       *

OBRAS DE FELIPE TRIGO


LAS INGENUAS, NOVELA, dos tomos (_novena edicin_).

LA SED DE AMAR, NOVELA (_sexta edicin_).

ALMA EN LOS LABIOS, NOVELA (cuarta edicin).

LA ALTISIMA, NOVELA (_cuarta edicin_).

DEL FRIO AL FUEGO: Ellas a bordo, NOVELA (_tercera edicin_).

LA BRUTA: Hroes de ahora, NOVELA (_cuarta edicin_).

LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA.--REVELADORAS.--LO IRREPARABLE, tres novelas
en un tomo (_cuarta edicin_).

SOR DEMONIO: El honor de un marido hidalgo y metafsico, NOVELA (_sexta
edicin_).

EN LA CARRERA: Un buen chico estudiante en Madrid, NOVELA (_cuarta
edicin_).

SOCIALISMO INDIVIDUALISTA, ESTUDIO (_cuarta edicin_).

EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS, ESTUDIO (_cuarta edicin_).

LA CLAVE, NOVELA (_tercera edicin_).

LAS EVAS DEL PARAISO, NOVELA (_cuarta edicin_).

LAS POSADAS DEL AMOR, NOVELA (_segunda edicin_).

CUENTOS INGENUOS (_cuarta edicin_).

EL MEDICO RURAL, NOVELA (_sexta edicin_).

LOS ABISMOS, NOVELA.

EL PAPA DE LAS BELLEZAS, NOVELA (_segunda edicin_).

JARRAPELLEJOS: Vida arcdica, feliz e independiente de un espaol
representativo, NOVELA.

CRISIS DE LA CIVILIZACION.--LA GUERRA EUROPEA.

ASI PAGA EL DIABLO.--A PRUEBA.--EL GRAN SIMPATICO tres novelas en un
tomo (_segunda edicin_).

SI S POR QU, NOVELA (_tercera edicin_).

EN MI CASTILLO DE LUZ.

       *       *       *       *       *




LA NIA MIMOSA


--Ests?

--S, corriendo.

Y corriendo, corriendo, azotando las puertas con sus vuelos de seda,
desde el tocador al gabinete y desde el armario al espejo, siempre en el
retoque de ltima hora; buscando el alfiler o el abanico que perdan su
cabecilla de loca, volvindose desde la calle para ceir a su garganta
el collar, hacindome entrar todava por el paolito de encaje olvidado
sobre la silla, salamos al fin todas las noches con hora y media de
retraso, aunque con luz del sol empezara ella la archidifcil obra de
poner a nivel de la belleza de su cara la delicadeza de su adorno.

Gracias haba que dar si cuando al primer farol, ella, parndose, me
preguntaba: "Qu tal voy?", no le contestaba yo: "Bien, muy guapa", con
absoluto convencimiento; porque capaz era la nia de volverse en ltima
instancia al tribunal supremo del espejo, y entonces, adis,
teatro!..., llegbamos a la salida. Como ocurra muchas veces.

Ella muy de prisa, yo a su lado, un poco detrs, no muy cerca, con
mezcla del respeto galante del caballero a la dama y del respeto grave
del _groom_ a la duquesita. Cuando en la vuelta de una esquina rozaban
mi brazo sus cintas, yo le peda perdn. Mirbala sin querer a la luz de
los escaparates, y cuando alguna mujer del pueblo quedbase parada
florendola, yo la deca: "Mira, oyes?", y sonrea ella triunfante como
una reina.

No hablbamos. Todo el tiempo perdido en casa procuraba, desalada,
ganarlo por el camino. Llegaba al teatro sin aliento. Y all, por ltima
vez, en el prtico vaco, analizndose rpida en las grandes lunas del
vestbulo, mientras yo entregaba los billetes:--"Estoy bien, de
veras?"--me interrogaba para que contestase yo indefectiblemente y un
mucho orgulloso de su gentileza:--"Admirable!"

Porque, eso s, ella confiaba en mi rigor. Le hubiera dicho la verdad,
al menor detalle que artsticamente no juzgase digno de su figurilla
aristocrtica, aunque nos hubiera costado renunciar a la funcin.

       *       *       *       *       *

Los gemelos la buscaban.

Quin es? deban preguntarse unos a otros en las butacas, en los
palcos. Algunos amigos mos se acercaban a saludarla en los entreactos
esperando intilmente la presentacin. Ni ella la quera ni me agradaba
a m, no s por qu causa. Y los que en el Crculo por la tarde me
haban preguntado con reticencias o descaradamente quin era la seorita
que la noche antes me acompaaba, una evasiva obtenan incapaz de
disiparles la curiosidad. Mi hermana?... Nada se pareca a m. Mi
mujer?... Era muy joven. Mi querida?... Jams, la pureza de la virgen
resplandeca en aquel semblante de colegiala tmida y curiosa.

Y qu le importaba a nadie?

La verdad es que no s por qu ella tena aficin al teatro. Miraba al
pblico de reojo; ignoro si por cobarda de sus diez y siete aos o por
desdn nativo en su alma. De la escena, nica cosa que le interesaba, el
chiste que a todos haca reir consegua de su boca apenas una dilatacin
placentera; y como lloraba en los dramas, de propsito no bamos ms que
a piececillas y tal cual noche a oir opereta al fresco de los Jardines.

Apenas cruzaba conmigo la palabra. Sentada junto a m, sin mirarme, yo
era quien nicamente por todo hablar sola decir de cuando en cuando:

--Mira, all hay uno mirndote, sabes?

--Dnde?

--En un palco. En el tercero. No te quita los gemelos.

Volva los ojos fugazmente al sitio indicado, y sonrea, sin volver a
acordarse en toda la noche del tenaz admirador.

De los tenaces admiradores. Fueron muchos. No consiguieron una mirada de
gratitud, de esas con que hasta las menos coquetas dan las gracias.
Unicamente yo, con la solicitud de esclavo que corta flores para su
duea, en arrojar una por una aquellas admiraciones a sus pies me
complaca. Era un deleite intenso, pero inconsciente y vago como el
placer de un ensueo, como la alegra de una primavera.

Ella me pagaba siempre con su sonrisa leve. Yo le compraba bombones. Y
nada ms.

Bonita?

S. Creo que s. Que era excepcionalmente bonita; pero yo no hubiera
podido definir su belleza ni entonces ni ahora. La miraba muchas veces
cuando estaba delante de m. Luego nos separbamos y no me acordaba ms
de ella. Pero volvamos a reunirnos y volva a mirarla. Un claror
fosfreo de sus ojos medio cerrados, semejante al de la cresta de la ola
en los mares luminosos, una transparencia de su faz que me cegaba de
dulzura, imposibilitaban mi anlisis.

A la luz elctrica del teatro, cayendo como una inundacin sobre
aquella cara de ncar, slo poda darme cuenta de una cosa: de que en
aquella cara los labios rojos parecan ms rojos que todos los labios en
todas las caras de mujer que yo he visto.

En eso comprendo que deba gustarme mucho toda ella. En que no sera
capaz de describirla. Cuando un espectculo arroba, aduerme y hace
soar: ese es el xtasis.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

El teln caa por ltima vez. Todo el mundo en el teatro empezaba a
removerse para salir. Echbala sobre los hombros el abrigo elegantsimo,
que ocultaba su cuello y su barba redonda en gorguera de rizadas
sederas, y as que se aclaraba un poco el paso--espera empleada por m
en averiguar si haba estado contenta y entretenida, porque necesitaba
cerciorarme de ello para estarlo yo--salamos atravesando en la puerta
las filas de curiosos, que entre todas las hermosas mujeres que por los
pasillos, por las amplias escaleras iban afluyendo al _foyer_ lleno de
claridad y de reflejos, fijaban sus miradas, de preferencia, en la que
conmigo cruzaba graciosa y ligera medio escondida la cara monsima entre
el sombrero y el cuello como en ramilletes de pluma.

Seguamos buen trecho con la procesin de gente; contemplbala yo an,
en los cuadros de luz que algn caf lanzaba por sus ventanas, y bien
pronto, perdidos fuera del centro, en solitarias calles donde nuestros
pasos resonaban, la ofreca mi brazo, que aceptaba por miedo, por ir ms
cerca de m en la semiobscuridad y el desierto de la media noche.

Iba tranquila, confiada en m; yo, delicadamente afanoso de llevarla a
su gusto, calculando el paso para no fatigarla, sujetndolo al suyo, lo
mismo que debe ir el recluta el da de su primera marcha en filas.

--Perdona!--volva a replicarla siempre que una vacilacin me haca
rozar siquiera el vuelo de su falda. Y embriagado de su perfume, del
suavsimo violeta de su tocador, que pareca exhalarse de ella ms
penetrante con el fresco de la noche, como el perfume de las azucenas,
el silencio a su lado me enojaba; y por hablar cualquier cosa con
aquella colegiala divina que no saba nunca qu decir, la entretena
hacindola notar lo caprichosamente que se iban nuestras sombras
alargando cada vez que dejbamos atrs una farola.

       *       *       *       *       *

La desped un da en la estacin, con su familia. Se iba lejos. Yo no
sent su marcha. Pero si en cualquier momento de los aos que pasaron me
hubiese puesto a escribirle, hubirale escrito cortsmente, como a una
respetada y queridsima amiga.

De mes en mes, acaso ms de pronto en pronto, quizs ms de tarde en
tarde, yo sola acordarme de ella en mis tristezas y en mis soledades.
Nada! Acordarme.

Era tan nia!!

Todava me pregunto algunas veces:

--Seor, por qu, con ella, ms chiquilla que nadie, y siendo tan amiga
ma, no pude tener jams la confianza descuidada de la amistad?

Entonces no supe que la adoraba. Ahora tampoco s si la he adorado mucho
desde entonces.




TU LLANTO Y MI RISA


Te acuerdas?

Era como hoy. Un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa.

Era cualquier maana, quiz hermosa y sonriente, en que yo, mirando un
rayo de sol y contemplando el cielo, esperaba, tras los ensueos dulces
de la noche, a que las vidrieras de tu cuarto se entreabriesen
mostrndome en la gloria de tu faz la alborada de mi alma. T perezosa,
yo impaciente, a veces con miedo de turbar tu sueo, entraba de
puntillas hasta el lecho. Dormas. Te besaba en los ojos y
estremecindote como en una convulsin, me volvas la espalda sin
mirarme, sin hablar, rebujndote hasta la frente en la seda azul y en
los encajes.

El enfado!

Hablarte?... intil. Besarte ms, en el cuello, en la oreja, en el
nudo de oro de tu pelo? Cada beso era una descarga elctrica para
aumentar tu rabia.

Qu tenas? Bah, cualquier motivo insignificante e injusto, que me
manifestabas al fin seco apstrofe de desprecio, con tenacidad
convencida de histrica, rebelde a toda explicacin. La intentaba yo,
aunque saba su ineficacia de antemano, y herido luego en la grandeza de
mi cario por las pequeeces de tu espritu de mujer, me alejaba de ti y
de tu cuarto, altivo como t, pero ms triste...

Las once, las doce, la una... No se haba dignado levantarse la
seorita. Frente a m, en la mesa, estaba tu silla vaca... Bien. Yo me
iba al campo, lejos, a vagar... Al Crculo despus, hasta las dos de la
maana... Volva a almorzar solo al da siguiente; y all a la hora de
cenar, tarde, muy tarde, sola encontrarte en el comedor con cara de
indiferencia. Ni me hablabas ni te hablaba. Pero, aun sin mirarte, poda
notar que me mirabas t estudiando en mi cara mis impresiones. Por lo
pronto habas cuidado de adornarte ms... Slo que esperando mi primera
palabra de reconciliacin, solas engaarte. Tu orgullo apareca en un
adis desdeoso, y cada uno nos retirbamos a la respectiva
habitacin. Un mutuo juramento de no ceder llevaban nuestros labios...

       *       *       *       *       *

Era una fiesta, visitas, cualquier cosa. Convidados y ajenas alegras
alrededor; es decir, tu disgusto subrayndose por el buen humor de los
dems, y mi pena disfrazndose de irona en conversacin a raudales, en
amabilidad con tus amigas, en algn calculado elogio a unos ojos
negros... Te levantabas, no podas ms... hubieras arrojado a todo el
mundo de la casa. Nadie, sino yo, en la animacin de la tertulia,
adverta tu ausencia, y nadie sino yo, sonriendo de placer infinito,
escuchaba sobre el escndalo de la charla aquellas notas leves y
nerviosas que hacan llorar de rabia a tu piano con pedal bajo...

Notas de cristal, que iban rompindose en el aire. _La ingrata_... Notas
de Weber, despus... aquellas que desesperaban a _Margarita Gauthier_,
la escala explosiva, con todo el enojo de tu espritu...

Yo sonrea. El pobre muchacho a quien dispensaba la honra de no
escucharle, pagaba mi sonrisa inefable con otra sonrisa idiota. Pero me
hablaba, me hablaba... y t tocabas siempre, insultndome, mordindome
con tus alegros y tus escalas; derramando amarguras sobre mi corazn con
aquellas notas sublimes del andante que reservabas para el supremo
esfuerzo de tu coquetera mimosa y traicionera... Iba a ti, al saln
obscuro y solitario, y te abrazaba la cintura por detrs de la banqueta
del piano, estampando un beso en tu boca. T te levantabas sorprendida,
huyendo de m con un mohn de repulsin que era de tu coquetera la
venganza deseada...

Entonces, al revs: t, con los dems, a reir, para que yo lo oyera; yo,
en cualquier butaca desplomado, en el colmo de la desesperacin,
vindome miserable juguete de tus caprichos.

       *       *       *       *       *

Cenabais, y no iba a cenar. Segua escuchando los arpegios de tus
carcajadas; segua all, solo, en la obscuridad, maldiciendo la
bendicin de conocerte... Y deba el vino de hacerte compasiva, porque
al fin, t misma, una, dos, tres veces, te tomabas la molestia de ir a
invitarme a cenar. Secamente la primera, con dulzura despus,
perdonando, rogando, pidiendo caridad; toda la transicin en poco tiempo
hecha en la paradoja eterna de tu alma... Pero te oa yo?... Un gran
fro me haca temblar, un fro de espanto, asomado a las profundidades
de tu veleidad y de nuestro amor. Luego s, tu mano tiraba de mi mano.
Te segua al comedor y me sentaba de la mesa lejos, en el divn; desde
donde te vea enfrente, muy seria, muy triste, entre el alborozo del
jerez en las caras de los otros, que no se cuidaban ni de ti ni de m,
por fortuna.

Contagios de la alegra cados en mi pena, y ms borracho yo de amargura
que de vino aqullos, rea luego tambin... Una risa de sus risas, una
burla de sus burlas, un desprecio soberano hacia todo, y hacia ti,
reina ma, y hacia m el primero... Risa cortada, ms alta, ms hueca,
que dominaba las dems y conclua por acallarlas, convirtiendo hacia
ella la extraeza y desconcertando a todos... Risa que me ahogaba, que
me sacuda todo el cuerpo en latigazos de nervios, que brotaba loca y
espantosa de mi garganta, que llegaba a mis ojos y los haca verter
lgrimas, y que en llanto cruel y alegra lamentable dejaba en tu
corazn hundir sus agudas notas, con ms ferocidad an que en mi corazn
los prfidos lloros de tus andantes dulcsimos...

Sala de all, silencioso ya, con el pauelo en los ojos, y me seguas
t, y me abrazabas, y me arrancabas el perdn a besos, de rodillas, de
rodillas t a mis pies, alma del alma!

       *       *       *       *       *

Era, como hoy, un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa.

Como no te puedo oir, no s si lloras arrancndole al piano las notas
fugaces de cristal.

Como no me ves, no sabes si ro.




EL ORO INGLS


Lea yo, acostado, tratando de dormirme, _El Imparcial_. De pronto,
sobre el cielo raso sonoro como el parche de un tambor--oh estas casas
nuevas de ladrillo y de hierro!--sent los pasos menuditos. Aquella
noche me intrigaron ms. Por la tarde haba sostenido este dilogo con
la camarera de la fonda:

Quin duerme arriba?

--La inglesita.

--Qu inglesita?

--Una joven que ocupa dos habitaciones. La contigua para su institutriz.

--No la conozco.

--Come en su cuarto. Sin embargo, ha debido usted de verla en la playa
todas las maanas.

--Guapa?

--La mar.

Dej caer el peridico, y me qued fijo en el techo.

Si fuese de cristal!

Las maniobras de siempre. Mi habitacin tena la cama en un ngulo del
fondo. Igual estara colocada la cama en la de encima, y all se haban
dirigido los pasos: la inglesita levantara el embozo... Despus sent
el dulce y picado taconeo hacia el rincn opuesto. El tocador?... Ella,
frente al espejo, se quitara las peinetas, las sortijas, el leve abrigo
de sedas con que habra vuelto acaso de oir en el bulevar los conciertos
de orfeones... Se despojaba. Media hora. La nia se extasiaba con su
imagen. Era, pues, cuando menos, lo menos coqueta que puede ser una
joven cuando no es tonta, aunque sea inglesa.

Vag en seguida por la alcoba. Mis ojos la seguan con toda precisin en
el techo... Ah, si fuese el techo de cristal! No muy alta, ni muy
gruesa, sin duda, a juzgar por el _peso_ leve de sus pasos; aunque s
nerviosa y vivaracha. Cruzaba de uno a otro lado con ese mariposeo de
toda mujer bien vestida al desnudarse; por consecuencia, un dato ms:
elegante.

Volvi al centro, y un roce indefinible me hizo adivinar su vestido y su
enagua cayendo a sus pies. Habra jurado que la estaba viendo, toda
recta an en el ruedo de estas ropas por el suelo, desenlazarse el
cors: doblarse despus a recogerlo todo y llevarlo a la percha
taconeando ms ligera... en camisa, no sin lanzar de vuelta una caricia
de mimo a su escote, en el espejo... Y qu estupidez!... he aqu una
cosa que yo _no vea_ bien: cmo tendra los senos una joven inglesita;
anchos, semiesfricos, de amplia base, como las espaolas? Separados y
rebotantemente movibles, como las francesas? De media toronja, como las
indias de aquel Ceiln de mis ensueos de un da?...

Tornaba, tornaba la inglesita a mi vertical; es decir, a su lecho, que
chirri al sentarse ella en el borde. Iba a descalzarse. Un golpe seco:
una bota al suelo. Una bota pequea, dulcsima, que habra dejado al
aire un pie calentito, cubierto por una media de seda tensa como un
guante, y azul Luzbel, de seguro. Una pierna sobre la otra... Oh, cmo
miraba yo de abajo arriba y cmo la virgnea _miss_ no supondra que
_era el techo de cristal!_

La otra bota al suelo. Y la cama volvi a crujir inmediatamente, en
gemidos amorosos del sommi al recibir el cuerpo. Mas era entonces que
se acostaba con medias?

Nada... al poco. _Ella_ que fantaseara supiese Venus qu cielos de
juventud, y yo en mi solitario cuarto, con _El Imparcial_ sobre la
colcha, con los ojos fijos en aquel techo blanco que no tena un
escotilln por donde yo... bah, qu idiotas hosteleros y qu techos tan
estpidos!

Me quedaba la imaginacin proponindome problemas. Recorra el desorden
delicioso del cuarto aquel de mi extranjera vecina con el vestido en la
butaca, con el cors a medio colgar del niquelado clavo de la percha,
dejando caer sus broches de las ligas sobre el blanqusimo pantaln
orlado de encajes; con aquel aire oliente a perfumes de tocador y de
chiquilla bonita, con aquella cama en que ella al fin dormira
derramando por la almohada su caballera de oro britnico, y abandonando
sobre la cubierta cielo sus desnudos brazos delgados y flexibles...

Dios! Gran Dios! El oro britnico! El oro famoso ingls que yo no
conoca ni en libras esterlinas, ni en amorosos rincones!... Porque hay
tremendos detalles en que la imaginacin se pierde: por ejemplo, la ma,
sobre las laxas y lisas y doradas cabelleras inglesas, no poda concebir
los rizados breves... s, s, lo que fuera horrible en una corta
laxitud!... Horrible!, horrible!

       *       *       *       *       *

La imaginacin es una solemnsima embustera y una infeliz inocente.

Aquella vez tan slo no me haba engaado en que la nia era preciosa y
delgada y adorable. Pero ni el tocador estaba a la izquierda de la
puerta, ni _ella_ dorma nunca con los brazos fuera del embozo, ni se
sentaba en la cama para descalzarse jams, ni sus medias eran azul
Luzbel... sino negras, caladas.

Ah! y adems no debe uno aventurar temerarias deducciones sobre la laxa
y lisa cabellera de las dulces inglesitas.




PARASO PERDIDO

RECUERDOS DE MINDANAO


--Esto es un paraso--me dijeron cuando llegu al campamento; y para
certificar la comparacin, no tuvieron mis ojos ms que tenderse en
derredor.

Una vivienda de nipa, junto a una huerta, en mitad de una explanada
circular donde grupos de soldados troceaban banos a hachazos; cerca,
los fusiles, por si los moros saltaban de una mata, como tigres.

Por Occidente, a algunas millas, el mar; y rodendonos, el bosque; el
bosque virgen, de fantstica frondosidad, cayendo por todos lados, desde
nuestra altura enorme, como manto soberano cuya cola regia de eterno
verdor se tenda por las montaas festoneando sus crestas en la lejana
sobre el azul profundo y tranquilo de los aires.

Desde las primeras horas de la llegada pude observar que mis compaeros
revelaban una especie de paralizacin extraa, de xtasis.

Se separaron, cada cual por un sitio, ocupndose unos en acariciar a los
mastines, otros en jugar con los monos y las catalas, y los ms en
pasear, leyendo peridicos dos meses atrasados o cogiendo flores en la
huerta. Tena esto algo de calma paradisaca; y tal vez un tanto
fatigado mi espritu por las luchas de la vida, se dispuso a sepultarse
en aquella paz celestial, desperezndose al borde de la Naturaleza antes
de entregarse a ella, como la hastiada impura junto al lecho del
descanso.

Las semanas pasaron.

Seguame fascinando aquella monotona de grandiosidad...

Yo me volva como los dems. La pereza no tard en invadir mi cuerpo y
mi alma. Un lugar solitario, un rincn de rboles, una hamaca; no
anhelaba otra cosa aquel ansia insaciable y vaga de mi pecho.

Una siesta, en que a la sombra de los pltanos me balanceaba en la red
de abac, escuchando en el silencio absoluto del humano vivir el chiflar
poderoso y uniforme de las chicharras del bosque, cuyas primeras
columnatas de rboles se me ofrecan cerca, recrendome los ojos con sus
cortinajes de liana y sus volanderas cuerdas de bejucos revestidas de
trepadoras y ornadas con florones de parsitas, todo lo cual, en sus
huecos de verdosa luz, bajo las bvedas de follaje, a que se descolgaban
gritando algunos simios o que cruzaban con pausado vuelo de una a otra
rama algunas aves de pechuga azul, me pareca el prtico de colosales
palacios encantados; esa tarde, digo, en que doliente desde mi hamaca
miraba a ratos el lejano mar, siguiendo en su gris superficie inmvil la
estela del sol, que como una senda de luz condujo a mi fantasa ms all
del horizonte, ms all, mucho ms all, a aquella Espaa hacia que
viajaba entonces el astro de oro... yo comprend de improviso mi
nostalgia. Unas notas fugitivas, un perfume de nctar, una silueta entre
brumas de no s qu distancia ni qu espacios. Ella! Mi visin de la
mujer!

_Ella_... era quien faltaba en nuestro paraso. La mujer, el amor, el
adorno supremo de la Naturaleza, para cuyo esplendor estn hechas las
grandezas de todos los escenarios.

       *       *       *       *       *

Con cunta pena segu en mis eternos das contemplando aquellos
paisajes de belleza intil!

El fastidio mortal dijrase que nos inspiraba en el desdn de unos a
otros un odio inconsciente de camarada a camarada; el cansancio del
vivir ante la inutilidad de la existencia sin ilusiones. A qu, ni para
recibir el agrado de quin, por nada esforzarse? A qu hablar
siquiera?

Noches de soberana hermosura, noches de los trpicos, en que tumbados en
las amplias lonas de sillas como catres, formbamos silencioso y
disperso corro, cara al cielo, mirando cada cual su lucero favorito,
entre las estrellas que fulguraban como ascuas. Las lucirnagas volaban
en las copas de los aromados iln como llamas de plata. Alguna prenda
en su mariposeo de luz nuestras miradas, perdalas en el espacio... y
quin sabe tras ella en qu memoria de mujer perdase tambin el
recuerdo!

Oh, s! Un sarcasmo! Un insulto de tantos regios esplendores a
nuestro deseo! El alba; aquellos amaneceres serenos, en que sobre la
inmensa alfombra verde de los hondos valles se levantaban, siguiendo el
curso de ros ocultos, cendales de niebla, que se extendan hasta el
mar, como doseles de nubes sobre una procesin de diosas desnudas para
el bao...

La siesta, con sus horas incitantes en el bosque, en la espesura de la
sombra, entre los laberintos escondidos por los abanicos en hoja de las
palmas, con sus grutas de enredaderas en los bambes, al pie de las
fuentes de agua helada, cuyos asientos de pea parecan el lugar de
enamorada cita con mujeres que no llegaban jams...

Las tardes, aquellas tardes de poesa embriagadora, de limpio ambiente
que dejaba hasta el fin penetrar la mirada por las montaas desiertas,
onduladas por el fofo ramaje de la arboleda como un ocano de cuajadas
olas verdes; que permita seguir las praderas interminables sin
encontrar sobre sus tonos de esmeralda la casita que nos mintiese el
querido hogar...

Las tardes de puesta de sol con celajes increbles, con nubes de todos
los colores, con reflejos metlicos de prpura en fondos mimosos de
cielo verde, verde como las praderas y los mares de Oriente...

De qu servan si no pudieron jams inspirar la frase trmula de pasin
a la mujer alumbrada por sus luces de ncar?...

Y era tanta la hermosura de tales sitios, que ni dejaban al alma herida
que los odiase francamente.

Un da, cuando otro camarada lleg, cuando despus de dejar el caballo,
fatigado por la cuesta, l se puso a contemplar el grandioso espectculo
desde la altura, yo me acerqu y le dije, a pesar mo:

--Esto es un paraso!

Slo que, recordando mi desolacin, aad rpidamente:

--Un paraso perdido, un paraso estpido. Sin una Eva siquiera!...




LA PRIMERA CONQUISTA


Me haba dado mi ta dos reales y compr con ellos todo lo siguiente:

Cinco cntimos de pitillos.

Dos cntimos de fsforos de cartn.

Ocho cntimos de americanas.

Diez cntimos de peladillas de Elvas.

Y un mi buen real de _confetti_, porque era Carnaval.

Con todas estas cosas, convenientemente repartidas por los bolsillos,
excepto un cigarro, que echaba en mi boca ms humo que una fbrica de
luz, me dirig a San Francisco por la calle de Santa Catalina abajo,
marchando tan arrogante y derecho, que no pude menos de creer que era un
capitn, que durante un rato fu detrs, pensara:

--Ser militar este muchacho.

El paseo estaba animadsimo. Pronto hall amigos y caras conocidas entre
las nenas. Yo reservaba mis _confettis_ (que entonces no se llamaban
as) para Olimpia, la morenilla que iba a la escuela frente al
Instituto. Pero Soledata, una rubia traviesa que al brazo con sus
compaeras nos tropez en la revuelta de un boj, se dirigi a m
resueltamente, mordi su cartucho de papeles y me los reg por los
hombros.

Soledad era muy mona (y aun creo que lo es). Yo sal del lance lleno de
vanidad; y haciendo una vuelta hbil por los jardines, volv a
encontrarme frente a frente con ella. Llevaba en cada mano dos
cartuchos, me adelant hacia la rubilla traviesa y los sacud con saa
sobre su cabeza, que quedaba poco despus, y los encajes de su vestido
de medio largo, como si les hubiera cado una nevada de copos de mil
colores. Mis papeles eran finos; de lo ms caro que se venda, con mucho
rojo, azul y dorado... Cuando Soledad pudo abrir los ojos, limpindose
entre carcajadas los papelillos de las pestaas, la ofrec almendras.
Ella me di un caramelo de los Alpes.

--Declrate, no seas tonto!--dijeron mis amigos con envidia. Y sobre
todo, con inters egosta, Juan, que rondaba a otra muchacha prima de
Soledad. As pasearamos juntos la misma calle.

Fu al aguaducho de enfrente, donde tena mis ciertos conocimientos,
porque all nos convidamos unos a otros a ans en tiempos de exmenes,
y escrib en el mejor papel que pude:

"Seorita: Hace mucho tiempo que mi corazn, impulsado por los resortes
misteriosos del amor, se agita extraordinariamente en el ocano de las
incertidumbres. S, desde que vi la divina luz de sus ojos perd el
sosiego; y si le interesa a usted la felicidad de un pobre desesperado
de la vida, dsela usted con un anhelado s de bienandanza a quien por
usted se muere a la vez que se ofrece su ms rendido servidor, q. s. p.
b..."

Diez minutos despus, sombrero en mano y con toda la finura posible,
estaba delante de Soledad:

--Seorita, ser usted tan amable que quiera aceptar esta carta?

--Pronto, que nos va a ver mi criada!--dijo--arrebatndola y
guardndosela arrugada en el peto de la blusa.

Uno de mis amigos, que vigilaban la escena escondidos en los rosales,
grit en este momento:

--C, c!

As lo hubiera partido un rayo.

--Y diga usted, seorita, cundo me entregar usted la ansiada
contestacin?

--Maana.

--Aqu?

--S, hombre. No sea usted pesado.

Y di un revuelo y se uni a las otras.

Yo me qued como tonto, sintiendo unos calambres del corazn, admirado
de mi osada y encantado de mi fortuna. No habl ms en toda la tarde y
hubiese dado todas las almendras y los cacahuets que me quedaban porque
llegara en seguida la siguiente.

Pero aquella noche fu con mi familia a ver _Don Juan Tenorio_, que
ponan en el teatro fuera de poca, no s por qu. Y a la salida pill
unas anginas como para m solo. Ocho das de cama, con fiebre. Los
autores no han podido averiguar si en los delirios de mis cuarenta
grados puse el nombre de _Soledad_; pero lo que s recuerdo bien es que
al tercer da de convalecencia se me entreg una carta suya, con todos
los signos en el sobre de haber sido abierta, y con todas las seales en
la cara de mis parientes de haberse redo de la carta y de m.

"Caballero--deca la carta--, a la rendida pasin que me pinta usted en
la suya, y que yo creo sinceramente, no puedo ofrecer otro premio que el
de la amistad. Si usted sabe ganarse mi corazn, slo Dios puede decir
el porvenir que nos reserva; s. s. s., _Soledad_."

Y aada por debajo:

"No pase mucho por mi calle, porque mi pap pudiera berlo y hecharle a
husted un jarro de aga el domingo al anochecer puede husted hablarme
en mi bentana."

Bueno, salvo la letra, que era de segunda, y la postdata, que era
original, la epstola no estaba mal copiada.

Era precisamente el modelo que continuaba a la ma en el _Epistolario
del amor para uso de damas y galanes_.

       *       *       *       *       *

Desde entonces, Juan y yo rondbamos juntos a las primitas. Fueron
nuestras novias muchos meses. Siempre que anochecido las encontrbamos
reunidas en la reja, nos detenamos. Cuando en la reja estaba una y
pasbamos los dos, tambin; y hasta se di el caso de que uno solo se
parase en la ventana con ambas.

Lo que no lleg a ocurrir jams fu que uno solo se atreviera a
acercarse cuando su novia estaba sola.

Una vez me sucedi a m, por excepcin y por pura sorpresa, y pas las
de San Quintn.

Qu demonios iba yo a decirla?




TEMPESTAD


"Voy con Mara. Espranos.--_Octavio_."

Mara era mi amante.

Octavio, el escritor neurtico de palabra helada, estaba medio loco. Por
su modo extrao de sentir y por su modo extrao de adorar la belleza
pagana de su esposa.

Un escptico que crea en todo.

Cuando lleg el exprs y vi a Mara en un reservado, corr a saludarlos;
pero ella, abriendo la portezuela y separndose para mostrarme el fondo,
dijo desoladamente:

--All vena l.

--Octavio!

--Muerto--respondi tan bajo y tan secamente, que apenas la o.

Luego, sin derramar una lgrima, salt al andn, me suplic silencio,
indic por seas a un mozo que nos siguiera con el equipaje, entre cuyos
objetos reconoc el sombrero de mi amigo, y nos dirigimos al hotel a la
carrera del mnibus.

       *       *       *       *       *

En cuanto estuvimos solos en un gabinete, cuyo balcn daba a la playa,
sepult Mara la cara entre los brazos y llor mucho. Yo, abrumado en la
butaca, cerca de la suya, lanzaba la vista idiotamente a la inmensa
curva donde se unan el mar y el cielo; ste encapotado de gruesas y
blancas nubes, aqul tranquilo y de un fuerte azul plomizo, sin un
vapor, sin una vela en su vasta y comba superficie.

No osaba mirarla. Qu cuentas iba a darme aquella histrica de la
muerte de su marido?

Al fin pudo hablar, y dijo, estrechando mi mano entre las suyas, blandas
y calientes como las de un nio:

--Cogi tu carta. Tu ltima carta, que yo guardaba en el pecho. Me la
cogi dormida... y se mat. Nunca me haba amado tanto como en este
viaje. Mi amor y la tormenta horrible de esta noche produjeron en su
alma efectos espantosos. Oh, era preciso haberle visto!

--Y dnde est?--me atrev a preguntar.

--Alli!--dijo la joven, sealando al Ocano.

Durante algunos segundos vi los dedos de la pobre mujer temblando sobre
el paolito, que llev a los ojos. Las comisuras de su boca saltaban en
nerviosas convulsiones.

Cuando logr serenarse, habl as, con voz cansada, de apacible y triste
monotona:

--Ignoro si influ decisivamente en el destino de Octavio o si fu nada
ms la ftil ocasin del rapto que le arranc la vida: carga para l,
de todo cansado y hasta de s propio. T sabes cmo me quera. Con
desesperaciones que me daban miedo, con exaltaciones insensatas. Cuando
ayer tomamos el tren, estaba alegre, expansivo, contento de vivir, como
pocas veces. Nadie deba acompaarnos, l y yo solos, en un reservado.
Habl mucho todo el da, y a poder haberse escrito cuanto me dijo, sera
sin duda lo ms hermoso de todo lo que jams pasara por su imaginacin.
El era feliz, y yo, a qu negrtelo?, contagiada de aquella eterna
sonrisa de ventura que jugaba en sus labios, tambin lo era. Tambin
feliz, muy feliz...!

Al anochecer, despus que comimos en el _restaurant_ de la estacin ms
alta de la cordillera, paseamos un rato. El paisaje solitario e inmenso
nos pareca hecho para el xtasis de nuestra dicha.

Todo nos mova a la ternura. Y como si la mquina que nos haba
arrastrado a tantos deleites pudiera entender nuestra gratitud, la
miramos juntos, con su negra mole finamente fileteada de reflejos de
luna, encendidas ya en sus topes las farolas blanca y roja. Estbamos
delante de ella, escondidos del andn por los chorros de vapor de sus
grifos, cuyas nubes nos rodearon como un apoteosis de amor, cuando la
campana anunci la marcha. No s por qu me pareci que Octavio,
abrazado a m, hubiera querido permanecer en los rieles...

Recuerda que una de sus mximas era sta: _No se debe morir acosado por
la vida, sino desprecindola, en plena felicidad._

Subimos al reservado. De nuevo el tren empez a correr en la soledad de
las montaas, huyendo por la cinta que cortaba sus laderas. Yo iba junto
a la ventanilla, abierta para respirar el fresco, y Octavio a mi lado,
rodendome el cuello con el brazo, murmurando a mi odo, que rozaban sus
labios, dulcsimas palabras. La pantalla de la lmpara obscureca el
interior del coche. Estaba la noche esplndida. La luna, que pareca ms
alta sobre la enorme profundidad del valle, verta su luz tranquila
sobre los pinares de la sierra, y arrojaba sobre los desmontes la sombra
del tren, que corra despeado cuesta abajo.

Senta la cara de Octavio rozando con la ma en los bamboleos de la
marcha. Sus manos acariciaban mi cabello y mi garganta. Perd la
conciencia y no s cunto nos dur aquel mareo de ventura; pero creo que
ms de una vez nos alumbraron las linternas de pequeas estaciones,
cruzando a escape, y slo recuerdo que ya no vea la luna en las sombras
del cielo, cuando al fin, reclinada en el hombro de Octavio, que besaba
todava el cabello de mi frente, me fu quedando dormida entre la
presin suave de sus brazos, llena el alma de celeste paz, sin temores,
sin memoria, sin ms vida que la de aquel momento y la de aquel estrecho
espacio del carruaje, blando, solo, nuestro como un nido de amor,
trepidando siempre y envuelto en el estruendo de la carrera del tren por
la solitaria noche...

       *       *       *       *       *

Una luz blanca, intenssima, rpida, que me hiri dormida, me hizo
despertar en la obscuridad para escuchar un estrpito formidable.

Es decir, la obscuridad no era a mi alrededor completa; el farolillo del
coche, aunque tapado por la pantalla azul, permita ver las cosas
esfumadas. Octavio no estaba junto a m.

La luz elctrica de un relmpago volvi a iluminarlo todo. Entonces vi a
Octavio al otro extremo, tirado sobre su asiento, con el hermoso cabello
negro levantado en rizos por el vendaval y mirando por las abiertas
ventanillas el horror de los cielos... Un nuevo relmpago, tan grande
que me hizo exclamar un Dios me valga!, dibuj y me mostr en los
labios de mi marido una sonrisa diablica. Sus ojos haban mirado
fijamente la nube negra que se ray de fuego, y cuando un trueno
pavoroso estall seco sobre nuestras mismas cabezas, l, Octavio, con
una serenidad inconcebible, con una satisfaccin parecida a la del
escengrafo que oye los bravos para sus decoraciones, me oblig a ocupar
otra ventana, sac un brazo fuera y dijo:

--Esto s que es grande! Esto es inmenso!

Podra jurar que un rayo cay sobre los hilos del telgrafo. Tembl. l
sonri otra vez.

--Qu hermosa esta luz!--me dijo, y el trueno ahog sus palabras.

Caia la lluvia en gotas gruesas como una granizada de balas. El huracn
ruga con incesante rabia. El tren, en direccin opuesta al viento,
volaba a toda mquina por una curva, silbando y lanzando espumarajos de
vapor; de modo tan intenso resplandecan los relmpagos, que pude ver
netamente, sobre el negro rodaje de la locomotora, la biela y la
manivela, limpias y brillantes, movindose con el vaivn furioso de los
brazos de un loco.

--El mar! El Ocano!--grit Octavio de improviso, queriendo sobreponer
la satnica alegra de su voz al trueno que inund los espacios.

Y en efecto, otro relmpago habanos descubierto el mar por entre un
desfiladero de rocas. Dirase que la mquina marchaba despeada hacia
l, con su temblorosa cadena de carruajes y sus ruidos de metal.

No s qu temor me invadi y me estrech a Octavio. Pero al cogerle la
mano tropec con un papel que me hizo retroceder.

Era tu carta. Sbitamente comprend que su mano, guiada a mi corazn por
el cario, la encontr mientras yo dorma. Y comprend tambin con
espanto la tempestad que en competencia con la del cielo hubiera
provocado en su alma. El terror me helaba.

Al fatdico serpear de una centella que incendi los aires, vi que el
tren comenzaba a salvar sobre el mar un ngulo de la costa por un puente
colgante. Las olas se estrellaban all abajo contra las peas,
deshacindose en espuma; el huracn, mecindose en las concavidades de
granito, arrancaba un bramido continuo, montono en sus cambios; las
nubes se abran incesantemente despidiendo fuego sobre el mar, y el
trueno retumbaba cada vez ms potente, como creciendo en su grandeza. Y
el tren, entre la obscuridad y la luz, entre el viento y la lluvia,
segua y segua, haciendo retemblar la frrea trabazn del puente con su
carrera sin freno y sus resoplidos de monstruo, envuelto en lumbre y
vapor.

Un relmpago...! Otro...! Ah!, de pronto brese la portezuela.
Octavio arrjase por lo alto de la barandilla del puente, y... s, Dios
mo, otro relmpago, an me lo mostr all abajo al ser arrebatado por
las olas...! Al mar!

Yo ca rodando por la alfombra del reservado...




PAGA ANTICIPADA


Pasaba una corta temporada en un pueblo donde me aburra espantosamente.
No conoca a nadie, y sola dedicarme a pasear solo y de noche. Una,
vagando por las calles al azar, y sintiendo ya nostalgias de mi Madrid
de mi alma, llegu a una plazoleta que ofreca un bonito efecto de luz.
Frente a m, una casa ms alta que las dems, de construccin vetusta,
de anchas rejas y balcn panzudo, sobre el cual una hornacina contena
una Virgen alumbrada por un farol. Se destacaba en el resplandor de la
luna que empezaba a salir, y a todo lo lrgo del caballete y de los
aleros del tejado, que volaba amplia y graciosamente las esquinas,
vease negro, enrgico, el enmaraado dibujo de los jaramagos a la
traslumbre del cielo.

Aquello era una _decoracin teatral_; y os juro que tan profundamente me
ensimism en su contemplacin con ojos de artista, que me cost algn
trabajo no creer que, en efecto, estaba en un teatro, cuando lleg a
mis odos una voz de contralto, extensa y pura, que cantaba:

      _Il segreto per esser felice_
    _se io per prova..._

El pasaje de _Lucrecia_, letra ms o menos.

Me acerqu a la casa de donde sala la voz, y pegado a la ventana
escuch hasta la ltima nota del brindis, tras de las que enmudecieron
cantatriz y piano.

A la noche siguiente volv a matar el tiempo rondando la ventana de mi
admirada y desconocida contralto. La sesin fue ms larga. La sinfona
del _Guillermo_, despus trozos sueltos de _Gioconda_, y por ltimo,
cantada, _Lucrecia_.

Yo, que insensiblemente haba concludo por acercarme a la reja, trataba
de descubrir a la artista--pues tal nombre mereca--por los
entreabiertos cristales. No vea ms que un lado del piano. Iba a
empujar las puertas cautelosamente; pero alguien se acercaba en la
desierta calle. Era un hombre, que entr en la casa, contemplndome
antes con tenacidad.

Luego ces la cancin, y me fui a dormir, dndome la norabuena por haber
descubierto aquel caprichoso e inofensivo pasatiempo para las noches que
me quedaban en el pueblo.

No faltaba una; y eso que, pocas despus la luna, acudiendo a la cita
tambin, cada vez ms presurosa, me dejaba sin el amparo de las sombras;
circunstancia molesta, porque empec a llamar la atencin de los pocos
transentes de la plazuela, y, sobre todo, del caballero que entraba y
sala de la casa. Y qu? Me era tan grato escuchar aquella voz llena de
poder y de frescura, que se cea a los acordes del piano gil y
ondulosa como una serpiente de colores... Me resultaba tan vagamente
tentador aquel ofrecimiento, tantas veces repetido, desde el misterio,
por una mujer desconocida y a la que yo no deba conocer, "del secreto
para ser feliz, que ella saba por experiencia y lo revelaba a los
amigos"--sentido todo esto en la soledad de la noche, en el interior de
aquella casa romancesca, destacada en silueta sobre el fondo claro del
cielo, con sus rejas caladas y rematadas por cruces, con su farolillo
santo alumbrando a una imagen que pareca aguardar juramento de amor...
Hablaba tanto aquello a los impulsos ideales que fuera de Madrid se
permita este corazn un poco fatigado...!

       *       *       *       *       *

Voy por la calle, tropieza conmigo un sujeto, y en vez de excusarse, me
da una bofetada, que contesto con un bastonazo, tomndole por loco. Me
entrega su tarjeta y se la tiro a las narices. Se aleja, pero recibo
inmediatamente la visita de dos amigos suyos, y quieras que no, tengo
que batirme. Al otro da, un sablazo en este brazo. Noticias de mi
rival...? Propietario, hombre extravagante, distinguido y fro. No pude
averiguar ms.

La herida, de bastante importancia, iba a retenerme en el pueblo ms de
lo que hubiera deseado. Esto, y el no poder explicarme tan original
desafo, me irritaba.

       *       *       *       *       *

A los pocos das, me sorprendi mi adversario, visitndome.

--Vengo a pedirle mil perdones--me dijo. Usted sabe quin soy?

--No tengo ese gusto... es decir, s; un loco o un camorrista de
profesin.

Ni lo uno ni lo otro. Soy, sencillamente, el dueo de la casa en cuya
reja encontraba a usted siempre. Y pues que tras ella estaba mi mujer,
que es tan honrada como joven, le tom a usted por un impertinente a
quien me propuse escarmentar. Lo menos que puede hacer un marido, aunque
est seguro--como yo lo estoy--de la virtud de su esposa, al ver que un
hombre asedia su casa, recatndose en la obscuridad, es tenerle por
inoportuno y profesarle antipata.

--Bien--repuse asombrado--; pero es que mi objeto...

--No se moleste en explicrmelo--interrumpi tranquilo y galante mi
adversario--. Se lo acabo de escuchar al mdico de usted, hablando
confidencialmente de nuestro duelo, que todo el mundo achaca a
genialidad ma. Usted iba a escuchar a Amalia. No canta mal,
efectivamente, y merece la pena. Mas como las apariencias han hecho que
yo pague una deferencia de usted a un mrito de mi mujer con una
estocada, al saberlo me creo en el caso de reparacin. Lo menos que debo
hacer, si usted se digna perdonarme, es presentarle a mi mujer para que
pueda usted oirla cantar, cmodamente sentado, y para que pueda ella
darle las gracias por las veces que fu a oirla aguantando el fro y las
molestias de la calle.

Tend la mano a mi interlocutor, pero renunci delicadamente a su
proyecto. Insisti. Era, pues, absolutamente necesario.

Y fu presentado.

Amalia Rosi, italiana de origen, morena, menudita. Deliciosas veladas.
Cuando la volv a oir cantar "el secreto para ser felices lo enseo a
mis amigos", me daba cuenta de que yo... era ya su amigo!; y recordando
mi brazo en cabestrillo, en pago a deudas de honor que yo no contraje, y
al verla, efectivamente, tan linda y tan joven como su marido me haba
dicho, acab por empearme en averiguar si era tan virtuosa como el
marido afirmaba. Esto no poda comprobarse fcilmente; pero yo quera a
todo trance darle a aquel hombre la razn de sus palabras y de sus
actos.

Me dola tanto el brazo!

       *       *       *       *       *

Una noche, a los dos meses, pues ya era imposible demorar mi marcha,
contempl la casa por ltima vez. Tambin haca luna y el farol de la
Virgen desparramaba su claridad rojiza por la fachada. Amalia, en el
balcn, momentos antes, me haba jurado por la Virgen que no me
olvidara.

Quedamos en eso.

Y el marido y yo, en paz.




LA TOGA


Para muchos nios hay en muchas capitales, Madrid entre ellas, una
escuela ms pblica que las escuelas pblicas: la calle.

Su rector es la miseria, sus aulas el descuido y la ocasin, sus bedeles
los guardias. Est abierta siempre.

A media noche, cuando cruzis las anchas calles desiertas, un poco
encantados de oir vuestro taconeo en la acera y de tener para vosotros
nada ms las luces brillando, como las que en avenidas de imperial
palacio aguardan la retirada del seor, una cosa se os pone delante y se
os enreda entre las piernas. Es un peridico extendido, que anda solo,
detrs del cual se divisan luego los pies, la cabeza y las manos del que
lo sostiene, como en las clsicas vietas anunciadoras.

--Seolito, el _Helaldo_!--dice un chicuelo tan alto como el peridico.

Ha surgido de un portal, del biombo de Fornos, donde del fro se
amparaba, tendido sobre un montn de nios, que pisan los
trasnochadores. Un brazo que se retira o una pata que se encoge: esto es
todo. Los golfos, piensa el que sale; y por los miembros entrelazados
all, es tan incapaz de calcular el nmero de muchachos como de
averiguar por las roscas movibles y viscosas el de un pelotn de
lombrices.

Y me he fijado alguna vez en los chiquillos del _Helaldo_. Los hay
rubios, con caras bonitas y tan dulces como la de todos los nios de
tres aos. Sus bocas sonren con ingenuidad confiada, y sus ojos son
vivos e inteligentes. Piden una _pelilla_ o brindan su mercanca
alargando la manila aterida, a no importa quin, con la amorosa gracia
con que pediran un beso a sus padres, si los conocieran. He buscado con
insistencia entre ellos al _criminal_ _nato_, de Lombroso, para
conocerlo as, pequeito. En vano. Frentes abultadas y sortijillas de
seda... como todos los nios, en fin.

"Los golfos!" es cuanto dice al verlos el hombre grave, lo mismo que
dice bajo los rboles del Retiro: "Los mosquitos!" El que ms, recuerda
en ellos el _Gavroche_; los halla chistosos y simpticos, y se figura
que van a ser eternamente gorriones de la gran ciudad, para dormir en
los huecos de las estatuas y saltar de da al frente de los batallones.
Est bien, pues; que no hagan nada; ya servirn de efecto armnico a
los poetas, como las golondrinas y las hierbas de las tapias. El orden
social, que por dos pesetas se encarga un guardia de representar, mira a
los golfos y les da una patada de cuando en cuando.

Ah, pero se es injusto en tratarlos as, de haraganes! Distan de serlo.
Esos pobres nios del _Helaldo y La Colespondencia_ muestran la
curiosidad y la voluntad de aprender que todos los de su edad, cuando se
empieza a desplegar su alma. La tienen blanca, de ngel, y con ella han
empezado su carrera y se aplican en su _primera enseanza_.

Y que no les ensean los puntapis de orden pblico! A los seis aos ya
saben correr y quitar pauelos, mirando con un ojo al bolsillo y con el
otro al guardia. Es el ingreso de bachillerato. Mientras lo cursan, los
agentes siguen observndolos con atencin, llevndolos tal cual vez a
recoger diplomas en la Prevencin del distrito, y repartindoles
trompadas y pescozones. Aunque con filosofa: "an no estorban", dice la
sociedad. Y como no estorban, hasta los quince o veinte aos, filiados
ya en los gubernamentales registros, se pasan la vida, a fuer de
_estudiantes_ alegres, corriendo de los guardias en la calle y
convidndolos a cariena en las tabernas.

Facultad Mayor. Se indica por el ingreso del educando en la crcel, a
consecuencia de un robo o de un navajazo en quimera. Cosa leve y grandes
adelantos. El que no es completamente imbcil, saca la _licenciatura_ en
tres aos, y como ya est hecho lo ms, he aqu que viene un da el
saqueo del palacio de un marqus, en cuadrilla, con asesinato del
dueo...

La sociedad se conmueve.

--Ese hombre--dice frunciendo el ceo ante el asesino--estorba ya.
Vengumonos; ha terminado su carrera.

Y efectivamente, entra poco despus en el calabozo; le pesan y miden los
antroplogos; encuentran que tiene la frente deprimida, el pelo lanoso y
spero, las orejas en asa y los pmulos salientes. No recuerdan ya que
cuando pequen tena la cabeza de los angelillos, cuando pregonaba el
_Helaldo_, ni recuerdan que la ferocidad de su sonrisa con dientes de
caballo haba sido primero, "en boca de nio, sonrisa de amor".

--Criminal nato!--gritan los antroplogos.

Porque, eso s; la ciencia es rotunda.

Ha terminado su carrera. Se le viste la hopa y el birrete de los
ajusticiados.

Es decir, la toga.

       *       *       *       *       *

Cuando menos eso me pareci a m una tarde muy triste en que yo pude
contemplar a un hombre con bonete y sotana negra, sentado junto a un
palo, agarrotado por el pescuezo y con la lengua fuera.

Tena yo tambin recin ganada mi toga, y no s qu extraos giros de
pensamiento hicironme ver un poco de vergenza en mi traje talar y un
poco de grandeza entre los pliegues de aquella tnica que envolva a
aquel muerto con la cabeza tronchada y el gesto de apocalptico
reproche...

Quiz emprendimos la _carrera_ al mismo tiempo! Yo, en el regazo de mi
madre. l, en el desprecio de la Humanidad.

Y me estremec al pensar que si hubiese sido lo contrario, yo sera
entonces el ahorcado, y el ahorcado el doctor.




POR AH


Domingo?

Caramba, da de divertirse.

Cunta gente! Todos suben, se alejan del centro. Yo me acerco, al
revs.

Encontrarme desde mi casa en el Retiro, a los quince metros, no tiene
lance de paseo.

Sol hermoso; coches y tranvas atestados; Espartero dominando la calle
desde su caballo de bronce.

--Adis, general!

Es muy amable este Espartero, con su sombrero en la mano, eternamente
saludando a la acera derecha, desde donde nadie le responde. Lbreme
Dios de pasar sin corresponder finamente al saludo, y los dems que
hagan lo que gusten.

Y vengamos a cuentas, para no andar en balde: adonde ir? Hay que
pensarlo sobre la marcha, entre pisotn y codazo.

Dinero no falta, en buena hora lo diga, si no para comprar un reino,
con el que quizs no sabra qu hacer, para comprar media docena de
mujeres, que bien sabr qu hacer con ellas.

Pero tal vez lo s demasiado.

La tarde es larga, la vida imposible. Reflexionando, principalmente.
Algo, pues; necesito algo que me distraiga; y estoy en la corte, donde
dicen que sobran las diversiones.

En la plaza gran atraccin. Un toro y un elefante. Ira, pero luego no
resulta ninguna de las barbaridades prometidas. Fieras contra fieras?
Tigres, toros, leones y elefantes? Bah, para atrocidades los hombres, y
ya los veo por la calle... y ya me ven.

La Cibeles!

Decididamente, me son simpticos estos caballos de bronce y estas
virtudes de mrmol.

All, por las baldosas de Recoletos, desfila un cordn de gente.
Sombreros monumentales, flores, nias en situacin, tal cual levita...;
los de a pie, dndoselas de aristcratas desmontados, los de a caballo
mirando a los lands, y los lands al trote. El xito de la tarde es un
_cab_ tirado por once perros de Terranova.

Hay concierto? Beethoven, Wagner, cien violines, dos arpas... Yo
quisiera oirlo sin verlo. Desde una hamaca oscilante en la bveda. En
las butacas acabara por preocuparme de la postura; en los paseos
estara de pie y molesto; en el paraso... nada de parasos!

Y nada de conciertos ni de msicas. La msica miente, me dira dulzuras,
llevara mi pensamiento a lo que no puede existir. Un mundo desavenido
con la ltima nota? Un ngel vuelto a caer al pisar la calle? Jams.
Prefiero seguir en la realidad.

Adelante. Arriba, arriba calle de Alcal. La realidad puede ser un
teatro cualquiera, de teln afuera o de teln adentro. Slo que en la
sala seguramente no me importara lo que pasara en la escena. El colmo.
Buscar inters por un espejo a lo que en s mismo no interesa nada.
Desde una butaca no sabra esta tarde si el drama o la comedia estaba
delante de m o alrededor mo o... dentro de mi alma.

Alma. Habr dicho una barbaridad?

--Una limosna al ciego.

--Toma.

--Dios se lo pague.

--Bueno. Pero te advierto que son dos pesetas... por si eres ciego.

No es limosna. Es que doy el dinero que me hubiese costado no divertirme
en el teatro. Gano todava y ese infeliz me da las gracias. Estpido!

El sol, rasando sus rayos desde el tejado de la Equitativa, envuelve en
polvo de luz la calle. Maldito si veo a nadie de tanta gente como
tropiezo... Siempre es un favor. Seoras en silueta, amigos al
traslumbre... y yo, sombrero a los ojos y hala, hala... Vuelvo la cabeza
y veo a la seora de un amigo. Pero por la espalda. Qu historia me
recuerda! Ella lo quiso. Punzante, casi dulce, breve. Un epigrama. Una
instantnea.

Bien y qu? Maisn Dore. Qu adelanto con entrar? Caf. Mis terrones
y mi sitio. Conocidos, todo mi crculo. Poetas y autores, polticos,
novelistas, empleados y periodistas sin empleo, un pintor, celos,
mentiras en circulacin, la farsa, lo de siempre... Adems, que sera
una lstima callarlos si me estn poniendo como un trapo. Volver. Hay
tiempo de cobrarse. Yo suelo quedarme de los ltimos...

Pero este dinero?...

Ah, ya encontr mi diversin!

--Cochero!

--Seor.

--Al campo, al aire, al sol...

--Se est poniendo.

--No importa. Llvame adonde quieras, aunque no haya nadie, con tal que
haya callos y vino. De prisa. Revienta el jaco, porque me da igual
llegar en diez minutos o a media noche. Lo importante es ir de prisa.

--Camarero, una racin de callos y otra de alegra.

--Eh?

--S, hombre, s. Una botella!... Parece mentira que no sepis lo que
estis vendiendo!




EL SUCESO DEL DA


Celso Ruiz, la prudencia misma, cmo ha podido provocar al caballero
Alberti, duelista clebre, tirador maravilloso que parte las balas en el
filo de un cuchillo?

Acabo de encontrar a mi amigo en su despacho, tumbado en el divn, el
cigarro en los labios.

--Te bates?--le he preguntado.

--Me suicido.

--Verdad. Tanto vale ponerse con una pistola frente a ese hombre.

--Es igual. Necesito demostrar que no soy un cobarde.

--A quin?

--A todos; a m mismo, porque hasta yo empezaba a dudarlo.

--Ests loco!

Se incorpor Celso, me hizo sentar, y dijo:

--Escchame. Toda una confesin. La vida exprs de la corte no tiene la
slida franqueza de nuestra provincia, donde el tiempo sobra para
depurar la amistad. Aqu, las gentes somos a perpetuidad conocidos de
ayer; amigos, nadie; de modo que tenemos el derecho de recelar unos de
otros, de engaarnos mutuamente y de juzgar a cada cual por el traje con
respecto a su posicin, por su ingeniosidad con respecto a su talento, y
por su procacidad con respecto a su hidalgua. La mesa del caf, de
concurrencia volante, nos atrae por su _esprit_ y nos repugna por su
cinismo. La dejamos con disgusto, quedando siempre un jirn de amor
propio entre las tazas, y volvemos, sin embargo, al otro da, como a una
tertulia de prostitutas, a fumar y estar tendidos. Tiene razn el que
habla ms fuerte, y el argumento supremo es una botella estrellada en la
testa del contrario.

--_Ecce homo_. Y algo _as_ es tu lance con ese duelista, medio juglar
y medio caballero?

--El motivo, a lo menos. Aguarda. T, cuando vine, hace un ao, me
presentaste en esos crculos, cuya animacin me cautiv, pues no falta
en ellos el ingenio. Fu un alegrn. All, en el destierro de nuestra
ciudad, imposibilitado de juntar seis personas con quienes establecer
cambio de ideas sin aduanas de ignorancia, pensaba en Madrid, en el
Madrid ntimo, intelectual y exquisito; soaba un cenculo de hombres de
corazn, donde estuvieran proscritas las preocupaciones, y donde el
pensamiento pudiera brotar y dilatarse libremente como el humo de un
vapor en el aire limpio de los mares... Mi sorpresa, pues, no tuvo
lmite al descubrir que entre estas gentes del talento se alzaban con
cada palabra intransigencias mil veces ms ruines que las de los
ignorantes. La frase inofensiva, con tal que fuese afortunada, la
retorca la vanidad y la converta en insulto; el triunfo ajeno lo
trasformaba en odio la envidia; el razonamiento feliz era rechazado con
la brutalidad del sectario; y todo esto, como trmite fatal, conduca al
botellazo primero y al lance de honor algunas veces.

--Pongamos un medio por ciento.

--Es mucho.

--No. Exacto. La proporcin de esos desafos en que paga las tarjetas
rotas el camarero. Uno por doscientas botellas... Pero dime de una vez,
por qu es tu lance?

--A eso voy; precisamente por haber esquivado aquellos otros y los
_argumentos de cristal_. Como yo creo que no haba de convencer a ningn
polemista rompindole la cabeza, ni haba de quedar convencido porque me
la rompiesen a m; como creo que nunca puede constituir caso de honra
una disputa de caf, que no es ordinariamente sino un _caso de vanidad_,
ms digno que de un _lance de honor_, de algunas explicaciones sensatas
o del discreto desprecio, y como pienso, adems, que en odio y en amores
no caben trminos medios, por lo cual no concibo el odio reglamentado
que de antemano se da por satisfecho con ver una gota de sangre, y por
lo cual, en fin, no concibo tampoco ms que los lances de honor de
veras, donde se va a matar o a morir probablemente, y de seguro a no
perdonar una imperdonable herida de honra... de ah que todas estas
razones me obligasen a no volver ms por los cafs como medida
preventiva.

--Lo aplaudo, aunque no te imite.

--Yo me aplaud igualmente el primer da. El segundo y el tercero los
pas fatales, a solas con mi susceptibilidad, que despert en forma
reflexiva. No ser esto, en el fondo--me preguntaba--una debilidad? Si
la vida es as, aunque debiera ser de otro modo, y por el estilo de la
del caf es la mayora de la gente, la que tratamos para nuestros
negocios y la que tratamos por nuestras relaciones, ha de renunciarse a
la sociedad, encerrndose uno como un cenobita, slo por el hecho de
pensar con cordura?

--Esa idea es de Schopenhauer.

--Casi. Qu haba, pues, en mi prudencia de racional, y qu pudiera
haber de cobarda?... Examin mi vida entera. Me tranquiliz el examen.
Por miedo no he retrocedido nunca en ningn propsito; mi biografa, t
la sabes, no es precisamente la de una monja.

--Y para probarlo en el caf, como si el caf fuese el mundo... zas!
desafas a...

--No. Ten calma. Entonces me encontr seguro de ser capaz de dar la vida
por mi deber, por mi madre y por mi amante, y te repito que qued
tranquilo. La idea que yo tena de m mismo en ese punto me bastaba que
la tuviesen tambin mis personas queridas...

Una gran tristeza hizo doblar a Celso el cuello al pronunciar estas
palabras.

--Esas personas?--le interrogu.

--Son como las dems en este punto. Mi Claudia, mi buena Claudia,
confunde tambin la insensatez y la estoicidad de la barbarie con el
verdadero valor. No comprende que se pueda estar plido con el corazon
sereno. Ayer iba con ella en el faetn, por el campo; yo guiaba. Se
planta delante un mendigo borracho y me pide limosna insolentemente;
palidec, rogndole que se apartara; mas haba l tomado las riendas, y
le descargu un latigazo que encabrit al caballo, arrancndole
desbocado, despus de arrollar al importuno.

En la carrera cre estrellarla, a mi Claudia!... Cuando por la noche
refera ella el incidente, dijo: "Qu miedo pas ste! Se qued como
el mrmol!" Claudia, sin pararse a considerar la clase de temor que
pudo asaltarme, ha sospechado, por primera vez, que soy un cobarde. Lo
comprend en no s qu asesinamente compasivo de sus ojos!--Una hora
despus desafiaba yo a Alberti. El botellazo, razn de caf, fcil,
terminante. Probar mi valor, puesto que es indispensable.

--Perdname--le dije--; lo que as pruebas, por primera vez, es tu
cobarda. Te suicidas.

--De un modo teatral. En un escenario, con _amigos_ y pblico en los
palcos, a la ltima. Slo que me _suicidarn_ de verdad; y el suicidio
es de valientes: esta idea, si no es de Schopenhauer, debiera serlo.

Me ha sido imposible convencer a Celso de su temeridad, y me he separado
de l abrazndole con pena, como a un sentenciado.

Sin embargo, quien sabe! El desafo es maana. Ms que el pulso de un
desesperado puede temblar el de un bravo de oficio...




MI PRIMA ME ODIA


Habremos de almorzar en casa de los primos de mi mujer. Pero yo he
llegado antes; mi mujer no est todava, y no est ms que la mujer de
mi primo. Y la mujer de mi primo, es decir, del primo de mi mujer (mi
prima si os place, mi bella prima, arrogantsima) ha hudo del saln, al
sentirme, refugindose en el gabinete.

Es terrible esta prima ma, tan rubia. Es tremendo que mi boda haya
venido a convertirme inesperadamente, desde hace meses, en pariente de
mi antigua enemiga cordial del tranva, de mi antigua y desconocida
enemiga mortal de por esas calles.

Pero es preciso terminar esta situacin de una vez, y me resuelvo. Entro
en el gabinete.

La he sorprendido? La he asustado?... El libro cae de sus manos a la
alfombra. Yo, me siento. Ve en mi cara una osada decisin, y su orgullo
y su altivez la obligan a callar, mirndome, mientras la contemplo. Es
lista, y adivina que va a hablarla su antiguo enigma odioso de otro
tiempo.

--Vaya, prima, seamos francos: usted me odia con todo su corazn.

--Yo?... Qu escucho!

--S. Usted me detesta, me aborrece.

--Se engaa usted, querido primo.

--Principalmente desde que el azar nos ha ligado en parentesco, su odio
a m se ha vuelto intolerable, prima, as obligada a verme y soportarme.

--Por Dios!

--Mi presencia y mi conversacin la irritan, y quisiera usted, sin duda,
poder causarme algn dao, en forma tal, que nadie sino yo supiese que
usted me lo causaba... puesto que su odio es ntimo y absurdo y secreto
entre los dos, de alma a alma.

--Mi odio!... Acaso es usted un poco fatuo.

--Tal vez.

--Desde que se cas habremos hablado seis veces, entre gentes, como
extraos; y antes ni le conoca siquiera. A lo sumo pudiera haber de m
hacia usted simpata o... antipata: eso que instintivamente nos inspira
toda nueva relacin. Pero odio?, por qu? No piensa usted que el odio
es un honor que no puede concedrsele a cualquiera?

--Razn por la cual, de usted, yo tena el orgullo de ser el hombre ms
odiado del mundo.

--No comprendo esa ilusin.

--Pues es raro, porque dicen que tiene usted talento.

--Gracias. Tambin dicen que lo tiene usted.

--Slo, pues, los dos, ignoramos mutua y directamente _esto que dicen_.
Quiere que intentemos convencernos?

--Bien.

--Hablemos, entonces, _por primera vez_. Las otras seis no sirven para
nada. Hablemos... con franqueza. Usted es capaz?

--Por qu no, querido primo?

--Oh, no... no es usted capaz!... Sindolo, habra dicho... _odiado_
primo!

--Le encuentro testarudo, a ms de fatuo.

--Menos mal. Ya con eso empieza a serme franca. Correspondo, y digo que
usted no era sincera al afirmar que no me conoca antes de casarme. Me
conoci usted en el tranva. Hace lo menos dos aos.

--No recuerdo. Quiere tener la bondad?...

--Con mucho agrado. Noche mala, de viento, de lluvia, y tranva de
Salamanca, de este barrio. Un poco tarde, y solo yo en el tranva. Una
dama que lo para al poco, y que sube: era usted. Iba usted elegantsima:
abrigo de piel caf, gran sombrero y plumas de color de pensamiento,
terciopelo pensamiento...

--Ah, s!

--Recuerda ahora?

--No. Slo recuerdo que tuve esas prendas.

--Adems, tan perfumada, que el olor de sus esencias hzome levantar los
ojos del peridico. Fu sin leer un momento, absorto por la gentileza de
usted... Y usted, a lo largo del coche vaco, haba entrado a sentarse
en un ngulo de la delantera, diagonalmente opuesto al que ocupaba yo.
Tom usted, con rapidsima ojeada, nota de mi admiracin, y la desde
en seguida... volvindose a mirar por el cristal de la plataforma... Yo
persist en mirarla, absorto por su arrogancia y su belleza...

--Gracias, otra vez.

--Usted volvi a advertir mi atencin, y la despreci ms, volvindome
la espalda.

--S?

--Era, prima ma, amiga ma, el odio que usted empezaba a concederme,
por dems...

--Por dems... qu?

--Por dems... generosamente. Y sonre.

--Bueno, ya lo dije; usted es algo fatuo. Cualquiera otro que no lo
hubiera sido, nicamente habra visto en mi desdn... el que conviene a
los tenorios de tranva.

--Si me perdona, prima, yo le dira a usted que les conviene mejor _la
indiferencia_. El desdn as marcado es ya una pequea entrega de
atencin... Y yo sonre, sonre... _por eso_... form mi juicio de
usted... y volv a enfrascarme en mi lectura, por no volver a
mirarla... Qu tormento entonces! Qu rabia para usted!... Se
acuerda?... Es verdad, _no se acuerda_. Yo s, en cambio; solos, solos
siempre en el tranva; el viaje, largo... En la Cibeles, usted habra
dado no s qu porque yo volviese a mirarla. En Coln, y nadie
entraba!, haba usted tosido tres veces, dejando caer dos el pauelo, y
hablando con el cobrador para que oyese el abismado lector imperturbable
su voz seductora... Una voz divina, clara, que yo o bien... pues lo que
menos me importaba era el peridico, todo empeado en hacer rabiar a
usted con mi _indiferencia_... porque le dir tambin, si usted me lo
consiente, que es _la indiferencia_ el mejor castigo contra _las
desdeosas del tranva_. En fin, usted baj; tena yo tan tendidos los
pies, que tuvo usted que pedirme al pasar:--_Permite usted?_--Horror,
mi odiada prima!... se acuerda?... Yo recog los pies sin contestarla,
sin alzar los ojos del _Heraldo_, cuya "lectura" no interrump...

--Falso!... Usted me mir; y de tal manera, que aun volva por el
vidrio la cabeza cuando yo avanzaba hacia mi casa!

--Cmo? Eso s lo recuerda?

--Lo recuerdo. Vea usted lo que son las cosas!

--Y no recuerda asimismo que otras noches desde entonces nos volvimos a
encontrar en el tranva, con ms gente, con menos gente, y que siempre
yo... lea el _Heraldo_?

--Y no recuerda usted, odiado primo, que en el tranva y en la calle,
dondequiera que nos volvimos a encontrar, yo cuidaba hacerle advertir la
primera mi desprecio?

--Su odio.

--Sea! Mi odio!

--Un odio de mujer. Amor inverso.

--Cree usted?...

--Tanto, que le tema a esta inevitable explicacin, como a una
declaracin... amorosa.

--Seor mo!!

--Qu!

--Que yo no puedo consentir... Schist! mi marido!

Entra el marido, me saluda.

Sale el marido a dejar el abrigo y el bastn.

Hay un silencio.

Deca usted?... Siga, siga.

--Deca que usted ver si para dejar de odiarme le conviene amarme...,
no hay otra manera. Por mi parte, siento muchas veces la intencin de
darla un beso.

--Oh, pero usted se me rinde, infeliz! No ha previsto que desvanece mi
odio, suponiendo que lo tuve, al confesarme su maoso inters en sus
lecturas del _Heraldo_? Usted, la intencin de darme un beso; yo, la
voluntad de negarlo, y heme aqu vengada, curada de mi odio...
radicalsimamente.

--No. Porque yo dir en seguida que no me importa que me lo niegue... y
usted me seguir odiando.

--Como usted a m por consecuencia?

--_El odio es amor inverso_. No renuncio al orgullo de su odio. Le digo,
prima, que no quedan ms caminos que odiar... o amar.

--Queda otro. Confesarles nuestro mutuo odio inextinguible a su mujer, a
mi marido... y no vernos ms. Es lo prudente.

--Tiene usted razn: es lo prudente. No hay motivo alguno para que nos
sigamos soportando.

--Ah viene mi marido!

--Y mi mujer!

Mi bella y blonda prma se levanta, vacila... vuelve a m desde la
puerta.

--No les diga nada an!--me advierte.

--Pues jure que me odia con toda el alma!

--Con toda el alma!!

Sale, y yo permanezco un instante respirando sus esencias, sacudidas al
vuelo de sus sedas.

Mi prima me odia.

Tiene talento mi prima, qu diablo!




EL RECUERDO


No haba andado Juana la mitad del camino hacia la via, con un cesto de
mimbres al cuadril, cuando entre las encinas de la sierra se present
Chuco de sopetn, diciendo:

--Ma t, _Reina_, vengo escapao porque te vide llegar desde las
pizarreras donde tengo la cabr. Te qui decir una cosa. Maana ya sabes
que me voy a la ziud, a la melicia; pues, vlaqui lo que traigo.

Chuco entreg un papel a su novia.

--Calla! Y quin este santo...? Eres t!--exclam ella admirada.

--Y toas qu'es verd... Y que ma retratao el seorito ese, amigo del
amo, ca veno de tempor al cortijo. Le trompec ayer tarde en la
ermita, pintando toa la fach y toos los rboles y too... Liamos un
cigarro, y aluego dijo que quera retratarme; yo le dije que bueno; me
puso el garrote asina, como ests viendo ah, y en menos de na, que
toma, que deja, que raya p'arriba que raya p'abajo, ya tena too el
mueco formao. Iba a largarse, despus de parlar un rato, cuando, sin
saber por qu, me acord de ti. Por qu no me haba de hacer otro
retrato pa ti...? Se lo dije lo mesmo que lo pensaba, y l, que debe ser
mu largo, se ech a reir y lo hizo en segua. Ese es, _Reina_, pa que lo
guardes mientras ando yo por esos mundos... Pues, bueno; yo no he dormo
ni migaja en toa la noche pensando al respetive qu'es menester que t me
des tamen un retrato.

--Y yo... cmo?--pregunt Juana dejando de mirar el de Chuco.

--Escucha, asina: vete en cuatro brincos a la alamea de la Tabla Grande
del ro, que all se par don Luis hace un poco, al salir el sol, y
aprepar los chismes como pa pintar el molinillo, y amate pa ve cmo
pu retratate. Anda, _Reina_; no me voy a se sordao si al llevaros esta
noche la jarra de leche no me le tienes... Lo oyes? Que se me ha meti
en la chola, y no me voy aunque sepa dar en un presillo!

Gran Dios! Y con qu cara iba _la Reina_ a presentarse a don Luis, sin
haberle hablado una vez siquiera...?

Chuco adivin esta idea; pero adopt un aire resuelto preguntando:

--No irs?

Juana permaneci muda.

--Que no?--insisti el cabrero con su extremea terquedad.

Y como su novia continuaba en silencio, echse el garrote al hombro, se
acerc a ella, hizo una cruz, y despus de decir: "Por sta, que me
llevan a presillo", se las toc a paso largo, dejndola atnita e
inmvil.

_La Reina_ (mote que Juana haba heredado de su madre, a quien se lo
dieron por limpia y buena moza) se llen de pena comprendiendo que Chuco
cumplira su promesa al pie de la letra. Tras algunos momentos de duda,
se enjug los ojos y mir al valle, donde se divisaba el umbroso follaje
de la ribera; suspir, y alegre al poco--que para algo haban de
servirle sus diez y siete aos--, parti ligera como una saeta hacia la
Tabla Grande.

Bah! Si no conoca al seorito Luis, tampoco iba a pedirle un reino...!
Entre corriendo y andando, cruz el encinado, salv el puente del
arroyo, dejse atrs la huerta y los pinares, y agazapndose en la
pradera para esquivarse del to Juan, que volva del lugar con el carro,
entr por fin en la alameda, recorrindola hasta darse de manos a boca,
o punto menos, con el pintor, que de pie junto a la silla de tijera,
tena delante un caballete. Juana se par, y, arrepentida, trat de
esconderse. Pero el seorito Luis la haba visto ya; era intil...
Entonces, lanzando una imperceptible carcajada, a un tiempo medrosa y
atrevida, roja como una grana, se acerc a l, solt el covanillo, y
clavando los ojos en el suelo, exclam casi sin voz:

--Yo... soy la novia de Chuco.

El seorito Luis haba soltado los pinceles y miraba con sorpresa a la
recin llegada.

--De Chuco...! Qu Chuco, hija?--pregunt en el colmo de la extraeza.

No conoca a Juana, que habitaba en el cortijo las dependencias de la
servidumbre.

--De Chuco el cabrero..., del que usted pint ayer en la sierra de la
ermita--aadi Juana.

--Aguarda! Conque t eres...! Pues tiene Chuco una novia como una
perla--murmur el joven sonriendo--. Bueno, mujer; t dirs lo que
deseas.

Al escuchar Juana el elogio, levant la mirada hacia el seorito Luis...
y la bajo viendo que sus ojos derramaban sobre ella un incendio. Sin
embargo, aquella flor y aquella jovialidad dironla alientos para
continuar:

--S, me lo dijo. Por eso me pidi un retrato para dejrtelo. No te lo
ha dado?

--Vlaqui ust; me lo ha dao ahora que me encontr cuando iba yo por
uvas a la via; y dijo que viniera al vuelo en busca de ust... porque
me hizo la cruz para no dirse ms que atao, en tanti yo no me diera
maa pa... darle otro retrato que ust me haga.

--Bravo! Si no es ms que por eso, no hay que atarlo, porque no
desairar nunca a una muchacha tan salada. Sintate. Esto va a ser a
escape! Y a fe que me alegro, pues as estars en mi lbum junto a l.

La noticia arranc a Juana, que estaba rabiando por reir, una carcajada
de alegra.

--Oye--dijo Luis en cuanto prepar los lpices y el lbum--, t eres muy
guapa y quiero hacer un retrato bonito. As no ests bien; en vez de
continuar sentada vas a echarte, saldrs mejor. Tu retrato ser todo un
cuadro.

As diciendo, la levant del cesto, se le puso de cabecera, obligndola
a adoptar una postura caprichosa, le cruz los pies despus de acostarla
de lado y la hizo reclinar la cabeza sobre un brazo y rodersela con el
otro. Satisfecho de la actitud de la joven, que temblaba a su contacto y
segua con el recelo en los ojos y el carmn en la cara esta maniobra,
se fu a la silla sonriendo, sobrecogido por la inspiracin de la
belleza extraordinaria de _la Reina_.

Dibujaba Luis con el arrobamiento del artista que se deja absorber por
su obra, y una tras otra, sin saberlo, dejaba escapar frases de
admiracin ardiente cada vez que su anlisis descubra un tesoro de los
mil de la belleza a la par atrevida y delicada de _la Reina_... Sus
palabras clavbanse en el corazn de Juana como flechas de oro...! y
Juana (por qu no decirlo?) empezaba a impresionarse... Vea en el
pintor la adoracin a su hermosura, y ella, que siendo mujer, nunca
haba sido admirada, no se daba cuenta, la pobre, de que el amor
principia as. El amor, es decir, algo grande, algo que jams sinti
junto a Chuco, en su cario de hermanos, descuidadote y tranquilo, cuyas
races se perdan en el trato de la infancia.

Bien visto, el seorito Luis era un cabal mozo; tendra veinticinco
aos, y Juana en su vida estuvo al pie de un hombre tan guapo, tan
simptico, tan amable... Vaya si sabia decir algunas cosas...!

Decididamente ella se encontraba a gusto en la alameda. Hasta el
misterio del sitio, que al pronto le haba causado un vago temor,
comenzaba a placerla. Un vientecillo juguetn rizaba la amplia
superficie del agua, prendiendo al sol en cabrilleos de oro y haciendo
temblar en la opuesta orilla la imagen de los pintorescos matorrales de
espinos y adelfas que la bordaban, por detrs de los cuales el cielo
extenda su fondo de puro azul. En mitad del ro, como una gaviota
nadando, se destacaba la casita blanca del molino, al extremo de una
isleta vestida de sauces, cuyas ramas colganderas se derramaban y
mecan con languidez sobre la corriente apacible. Exceptuando el rumor
lejano de la presa, el susurro de las hojas y el atronador ruido de los
pjaros en los rboles, nada turbaba all el silencio, si es que del
silencio no son tambin las armonas de las brisas, de las aves y de las
ondas.

Slo necesitaba ya los ltimos toques el dibujo; Luis lo termin
mientras deca con su acento medio apasionado y medio ligero:

--Oh, chiquilla! Si te vieras a ti misma...! Eres inimitable... Qu
diantre, la suerte anda muy mal repartida; de andar mejor, t estaras
donde tu hermosura fuese el encanto de todos. Mujeres como t no deban
nacer para morir como las margaritas del campo; no admito, no concibo
que Dios haya creado cosa tan linda para esconderla... Ea! Ven a ver
esto; ya se acab.

Juana se levant y recibi el lbum que mostraba Luis, ponindose a
contemplar el retrato con curiosidad. Se agradaba a s misma. Nunca
haba tenido ocasin de mirarse en un espejo mayor que la palma de la
mano, y no saba cunta era la gentileza de su talle. Dudaba de que la
hermosura aquella fuese un reflejo de la suya; el seorito Luis, sin
duda, haba hecho la imagen tan graciosa nicamente por halagarla.

--Esta soy yo?

--Esa eres. Chuco gana contigo el ciento por ciento. Qu diablo, no has
sabido escoger novio! Qu muchacha ms tonta! Ahora voy con la copia
para l: trae el lbum.

Por segunda vez coloc Luis bajo su lpiz un papel blanco, empezando a
copiar el boceto, del que pensaba hacer despacio una preciosa acuarela.
_La Reina_ no se saciaba de mirarlo.

Por encima del hombro del joven, rozndole alguna vez con los cabellos,
observaba la soltura con que trazaba lneas que iban reproducindola.

En su propia cara senta Luis respirar a Juana, que absorta en la
contemplacin, no tena conciencia de otra cosa. Luis sufra. El aliento
aquel le deleitaba como el perfume pursimo e intenso de la flor de jara
en las siestas de la solitaria montaa. "Cuando ya est hecha la
acuarela--pensaba--, le pondr un ttulo que ser un perfecto recuerdo:
_Tentacin_."

De improviso, alargando el papel y volvindose, dijo:

--Toma.

Y le di el retrato..., y un beso que estall como una palmada en la
purprea mejilla de la Reina.

La sangre toda afluy al rostro de la muchacha. Sinti que se
desvaneca, pero se repuso, y sin pronunciar palabra, rpida como la
luz, llevando el retrato en la mano y arrebatando el cesto al pasar,
desapareci entre los lamos.

       *       *       *       *       *

Cuenta la fama... (es decir, no lo cuenta la fama, porque es un secreto
que slo puede contar la que lo aguarda) que har tres meses, la noche
de la boda de _la Reina_ y Chuco, cuando las amigas de aqullas
atribuan su llanto a las naturales cosas que hacen llorar en estas
ocasiones, ella oprima contra su corazn el retrato trazado en la
alameda de la Tabla Grande del ro, y suspiraba acariciando los
recuerdos indelebles de las impresiones sentidas y de las palabras del
pintor, que haban hecho desfilar ante sus ojos fugaces visiones ms
brillantes que una lluvia de estrellas.




PRUEBAS DE AMOR


Mi amigo Csar es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque
tiene talento y buena fortuna, y es el ms desdichado de los hombres.

Todo lo mide, lo pesa y lo descompone, el placer y el dolor, el llanto y
la alegra, el amor y la amistad. Su corazn, sensible hasta lo
infinito, se deja tocar por las ms pequeas cosas; pero el eco
levantado en el corazn, plcido o triste, grande o fugaz, es entregado
inmediatamente al pensamiento, que al profundizarlo por todas partes lo
deja destrozado.

Llorando ante el cadver de su padre, pensaba si en su afliccin extrema
no habra algo de hipocresa consigo mismo. Y ces de llorar. Pero en
seguida le pareci fanfarronada de fortaleza su dolor sin llanto. Y
llor, llamndose miserable.

Estren una comedia. Y cuando el pblico le aclamaba, se encontr a s
propio desmedidamente fcil de halagar por los aplausos. Para
evitarlos, se neg a salir a escena por segunda vez, se larg a su casa,
se meti en la cama y no pudo dormir, reflexionando que la brusquedad de
tal determinacin tuvo mucho ms de vanidosa que el haber seguido
recibiendo los aplausos.

Cuando saluda a un personaje aljase meditando si en el saludo no puso
algn servilismo. Y, por si acaso, cuando le halla otro da, lo esquiva.

Vive solo, hurao, perpetuamente dedicado a vacilar, a destruirse las
ilusiones.

Es un loco, sin duda.

       *       *       *       *       *

Recuerdo que har tres aos lo encontr una tarde en el Retiro, sentado
de espaldas a la gente, con la silla recostada en un rbol y entretenido
en mirar el desfile de los coches. Me sent con l y no hablamos. De
pronto, al paso lento de los carruajes enfilados, porque estaba en el
paseo el de la Reina, cruz junto a nosotros una victoria, en cuyo
interior iban dos mujeres, saludando a Csar.

Una lindsima, elegante, joven.

--Ves aqulla?--me dijo sealndola, cuando ya no pudo vernos--. La
adoro. Estoy desesperado. La vi en la Comedia, en un palco. Verdad que
es divina...? Tiene alma de artista. Despus de la presentacin, no he
vuelto ms que dos das a su casa. Oh, si yo pudiera llevarla a la
ma, hacerla mi mujer...! Creme. El ideal es esa Aurora Rub: pero es
hija de un hombre muy rico.

En seguida me cont que Aurora haba estado con l atentsima, quiz ms
que con nadie; pero que, sin embargo, y a pesar de que la quera cada
vez ms, teniendo en cuenta la alta posicin de aquella familia, no se
atrevera a intentar nada. Yo hcele notar a mi amigo que teniendo l
una carrera brillante y un nombre literario conocidsimo en Madrid,
deban tenerle sin cuidado los miles de duros del _suegro_. Mucho menos
cuando, a juzgar por el modo de saludar de Aurora, cuyos ojos se haban
fijado en Csar con mimosera singular, la nia estaba de su parte.
Continuamos hablando del asunto mucho rato a la vuelta del paseo, y ya
de noche, en la Puerta del Sol, dej a Csar con sus cavilaciones
eternas y eternas dudas y desconfianzas.

       *       *       *       *       *

En Marzo volv a verle en una platea del Espaol, con Aurora y su
familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con
el abanico de seda, sin importarles un pito la representacin. Y
despus, durante todo el verano siguiente, le encontr siempre
acompandola en los teatros, en los paseos, enamoradsimos ambos, segn
las muestras. Tena ganas de hablar con Csar para darle mi enhorabuena,
y una tarde que yo estaba en la Moncloa, adonde fu de puro
aburrimiento, le hall sentado en un banco, la cara seria, entretenido
en golpear las piedrecillas del suelo con la contera del bastn.

--Te felicito--le dije.

--Por qu? Por quin...? Por Aurora? No, no; todo lo contrario.

--No es tu novia?

--S.

--No la quieres?

--Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable sin par;
y, por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se me
antoje; pero...

--Pero qu?

--Pero... no me da la gana!

Dijo esto con dureza extraa, como imposicin hecha por su voluntad a su
invencible deseo.

--No quiero. No me da la gana de casarme--repiti enfadado.

Yo me re. l se calm luego.

--Mira, t--me dijo--, la quiero tanto que yo necesito a toda costa
saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora y que
me adora como una loca; que me adora por m mismo, no por la vanidad de
mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra:
necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su
orgullo, su porvenir y su honra.

--Ests chiflado.

--Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que
si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el
honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente
devolverlos; pero quin sabe si entregarlos hechos jirones a la
publicidad para ver si la adoracin resiste a todo, hasta al martirio y
la deshonra!

--Pero hablas formal?--no pude menos de preguntarle a mi amigo.

--Tan formal, que hace cuatro das que no la veo. La he jurado que la
amar siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos.

--Y ella?

--Lucha, la infeliz. Mira, al fin esta tarde me llama. S, s, empiezo a
creer que me idolatra; que podremos casarnos...; despus.

       *       *       *       *       *

Al cabo de medio ao, he vuelto ayer a tropezarme con Csar. Estaba en
un caf y lea completamente absorto una carta de renglones cruzados.

Aurora est en Santander.

--Oye--me dijo Csar tras de contarme muchas cosas--. Es horrible mi
situacin. Yo que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su
amor, y ya menos que nunca. Yo leo esas cartas llenas de ternura, de
confianzas dulcsimas, y pienso, a pesar mo, que aunque as deben ser
las que dicta el corazn de una mujer enamorada, as pueden ser tambin
las que dirige el miedo de una pobre nia a quien le guarda el tesoro de
su honra.

--Que entreg por amor.

--Y que puede obligarla a mentir en el olvido! Oh, si as fuera, si
ella me hubiese olvidado, cunto me estara ofendiendo al creer que yo
no sera capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra
escondida felicidad, que no tienen valor para m de prendas de venganza
contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la nica mujer que he
querido y querr con toda mi alma, aun ante la confesin de su olvido...
Y si me ama--continu Csar exaltado--, yo quiero saberlo. Pero cmo,
Dios mo, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar
una mujer... y no son bastantes!

       *       *       *       *       *

--Yo dej a Csar por no decirle que es cruel, brutal, con la infeliz y
enamorada nia que as se ha hecho la esclava de un loco.

Porque no me cabe duda que Csar tiene una locura no estudiada en los
libros todava.




MUJERES PRCTICAS


Pleg Alfredo _La Correspondencia_ que a la luz del tranva vino leyendo
desde Pozas, y mir dnde se encontraba: calle Mayor. Oh! Y a fe que le
haba ensimismado el peridico. El coche iba bien de mujeres. Lo que se
dice, cuando el da est de bonitas, se ve cada cara como una gloria.

Junto a l, mam respetable, cincuentona y de libras, pero hermosa, y
con dos nias a la izquierda... que hasta all. Se adverta a la
pequea, molesta en la estrechura del asiento, aguantada casi por aquel
empleadete de levitn rado, personilla de pelele medio oculta entre las
gasas de la joven por un lado y bajo el mantn de corpulenta chula por
el otro; sta era la cua de la tanda. En la de enfrente dos o tres
seoras todava, una con su marido, guapa ella y retrechera. Pero a la
ms hermosa fueron los ojos de Alfredo, guiados por la nariz, por un
rastro de heliotropo que le caa de muy cerca, envolvindole en nube de
sutil voluptuosidad; alz la vista y vi de pie a la puerta de la
plataforma delantera una rubia esplndida, de continente altivo de
princesa, buena moza, enguantada, llena de lujo, de brillantes.

Alfredo se levant y le ofreci el sitio. Ella di las gracias
sonriendo, clavndole los grandes ojos de oro tambin como el pelo
abundantsimo. Iban a llegar, no mereca la pena. Insisti Alfredo, y la
elegantsima dama se inclin gentil, mostrando en la sonrisa la blancura
de papel de sus dientes; fu a dar un paso, y con la velocidad del
tranva perdi graciosamente el equilibrio. Alfredo la sujet por el
brazo, contacto leve que bajo la seda hizo constar carne resbaladiza,
elstica, tentadora.

Sola. Quin sera?... El joven, que, emborrachndose de amor en su
perfume, la contemplaba, hubiese jurado que transparentaban algo de
suprema aristocracia aquella desenvoltura, aquella singular expresin de
aplomo, de experiencia y ansia de placer. Cintura delgada, caderas
anchas, pecho alto. Una delicia. Razn poderosa del vivir. Por dar un
beso en tal encanto de boca, se comprenda todo.

Oh! Y nunca podra dar Alfredo un beso en cada boca de mujer hermosa!
Nunca! Es decir, que se morira habiendo deseado besar tantas
mujeres... Qu pena!

Par el tranva. La dama pas delante del joven, inclinndose llena de
gracia; sus ojos largos, de pupilas amarillas de oro, volvieron a
meterle en el corazn languideces de muerte. Descendi y atraves,
rpida y garbosa, la Puerta del Sol, sorteando coches, hasta la acera de
enfrente. All su marcha fu un triunfo: los hombres se paraban, las
mujeres volvan la cabeza. Alfredo iba detrs, a distancia.

Imposible figura ms gallarda. Vista de espaldas a las luces elctricas
de las farolas y los escaparates, toda aquella arrogante hembra, con su
traje claro de seda, destellaba chispas: de sus brillantes, de los
plateados botones de su esbelto talle, de los hilillos de oro de sus
encajes, de las peinetas sepultadas en los rubios bucles de su peinado,
de los caireles de su sombrero verde, entre gasas y rizadas plumas. Su
andar era fcil, ondulado. Sus pies heran el suelo con todo el peso de
la buena moza. Bajo su aspecto delicado, casi areo, se adivinaba toda
la hermosura.

Torci por la calle de la Montera. Alfredo lleg a la esquina, se par,
y pareca vacilar. S; por ltimo, hasta el fin del mundo. Sabra su
casa. Pars bien vala una misa.

Casada?... Un mes, dos. Una labor de aproximaciones insensibles. El
plan?... Resultara despus; por lo pronto, bastaba la voluntad. Querer
es hacer querer, tratndose de todo.

Alfredo, procurando no perder la linda cabeza rubia de sombrero verde,
que segua con la vista por encima de las gentes, a lo lejos, para no
ser advertido, iba ya pensando en el portero que le facilitara
detalles. El imaginaba tambin sus paseos a lo cadete, sus butacas
frente al palco, su insistencia ante el enojo; luego la mirada, la
primera mirada es decir, el triunfo. Desde que una mujer devuelve la
primera mirada de amor, est vencida. Lo dems es accidental, de
oportunidad y de tiempo.

La hermosa rubia dobl por la calle del Caballero de Gracia. Alfredo,
que iba a cincuenta pasos, se apresur hasta la esquina: all se par
contrariado. Ella, muy cerca, en la luz viva de un escaparate de modas,
resplandeca de belleza y de elegancia. Antes de seguirle vi: haba
mirado hacia atrs. Una mirada particular, subrayada de sonrisa. Y
aceler la marcha.

Fu aquella sonrisa leve la placentera emocin de toda mujer cuando
observa que interesa, puramente de vanidad y que nada promete, o fu el
_enterada y conforme de un proyecto de historia_? Difcil saberlo. Casi
seguramente lo segundo; sin embargo, al tratarse de una mujer de treinta
aos, cuya hermosura deba de haberla ocasionado suficientes galanteos
para odiarlos por sistema o para gustarlos por hbito. Alfredo ech este
dato a su favor. No era poco.

Era... la primera mirada. Slo que, aun dada por cierta, esto no era
todo, y los deseos iban ms aprisa que las esperanzas. Quedaba siempre
la necesidad de verse y de hacerse rabiar, de la presentacin y el
trato... de ese infinito juego de habilidad que exigen ellas para
engaarse desde que se proponen ser engaadas. Un tiempo lastimosamente
perdido en el prlogo, cuando espera un libro seductor--pensaba el
joven.

Ah, si las mujeres fuesen prcticas! Tan prcticas como los
hombres!... Entonces, a aquella disparatadamente hermosa, de quien l
haba visto embelesado la boca roja y la nuca blanqusima y vigorosa
cubierta de vello de oro; a quien l mirndola haba desnudado con el
pensamiento y con su complacencia; que iba sola, y quiz a fastidiarse
en la soledad de su gabinete, nada le impedira en aquel mismo momento
aceptar su brazo y dejarse conducir a otro gabinete ms reservado... de
Fornos, por ejemplo, que estaba ya a dos pasos. Dos horas. Hermosura
por pasin; luego, adis para siempre, o hasta la vista.

En este momento, Alfredo se detuvo. Su amigo Alvarez saludaba
afablemente a la dama. Deban conocerse mucho, segn las risueas frases
cruzadas entre apretones de manos. Tan pronto como lo dej, Alfredo le
sali al encuentro.

--Baja conmigo.

--No, sube t; tengo prisa.

--Un momento.

--Pero, hombre...

Le arrastraba del brazo.

--Conoces a aqulla?

--Claro!

--Dnde vive?

--All. (Alvarez seal un principal.)

--Quin es?

--Luisa.

--Qu Luisa? Luisa de qu? La mujer de quin?

--La mujer de nadie. Es decir, de todo el mundo. Tu mujer si quieres:
veinte duros.

Alvarez, aprovechando su brazo en libertad, sali disparado. Un segundo
despus, Alfredo entraba en Fornos; pero solo.

Y se sent, pidiendo un humilde caf con leche.

--Caramba--pensaba mientras era servido--. Esa es ms prctica que los
hombres todava.

Y no, no era eso lo que deseaba. Alfredo hubiese querido que todas las
mujeres fuesen _muy prcticas_... para l nicamente.




GENIO Y FIGURA


El triunfo del autor iba siendo evidente. Pero un triunfo de sumisin,
que tena algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las
fieras. El teatro pareca contener una sola alma anhelosa y vencida, que
quitaba a los cuerpos la sensacin de ahogo en aquel aire de polvillo de
luz, impregnado de sudor y esencias, a cuyo travs, y contrastando con
la obscura e informe aglomeracin de cabezas en el patio y los
anfiteatros, se vean los escotes y los trajes claros en las explosiones
brillantes de las cornucopias elctricas, llenos de flores y destellos,
con abanicos que los brazos desnudos movan en silencio, como guirnalda
de mariposas.

En uno de ellos, en el segundo palco de la izquierda, con sus padres y
su prima Berta, la burlona irresistible, estaba Angeles, la novia del
autor, vestida de celeste, admirablemente peinada, con un _esprit_ de
plumas y una flecha de brillantes en el negro pelo, quizs demasiado
rojos los labios y demasiado pintadas las ojeras en su carilla ideal de
caprichosa, blanca como el cuello, de esa blancura de leche de la
velutina. Callada y absorta, con una contraccin nerviosa de triunfo en
los labios, era, sin embargo, la nica que no llevaba la ilacin del
drama. El codo, de guante blanco, en la balaustrada grana; el abanico en
la barba, y la cabeza medio vuelta hacia la sala, donde segua en una
voluptuosa aspiracin los estremecimientos del pblico, observndole,
recogiendo sus latidos que acentuaban la expresin singular, un poco
diablica, de su sonrisa. De cuando en cuando flameaba en sus dormidos
ojos de gata un relmpago de satisfaccin: era que sorprenda unos
gemelos mirndola; los pocos iniciados que asistan al teatro, haban
extendido la noticia de que _all_ estaba la novia del nuevo autor, y la
noticia rodaba de butaca a butaca, de palco a palco... y Angeles la
segua en sus zig-zag, y empezaba a sentirse heroina disimulada de la
fiesta, flechada por aquellos anteojos, a los que si guiaba la
curiosidad desde cada hermosura del drama, les contena en arrobos de
contemplacin la belleza de la joven.

De pronto se produjo un murmullo profundo de pasiones removidas. La
dama, con su lujo de reina, desde lo alto de su gran celebridad
artstica, acababa de llamar "estpidas" a las mojigatas burguesas que
haban pretendido burlarse de su libertad. Era la mujer del porvenir,
triunfante. Estall un aplauso, el primero de la noche, enrgico y
nervioso, pero le cort un siseo lleno de imperio. Fu un parntesis de
la atencin, y muchos gemelos se dirigieron hacia Angeles; con ms
descaro que ninguno, el de un oficial de la Princesa, all enfrente,
desde el palco del _Veloz_, guapo, arrogante, con su pelliza blanca de
pieles negras y cordones dorados. Estaba de pie, detrs de las sillas
ocupadas por unos caballeros calvos de gran pechera reluciente, y no
miraba sino de tarde en tarde al escenario, inclinndose sobre la
baranda.

Oh! _El Veloz_!... Ese palco, cuyas miradas suelen consagrar en los
teatros la fama o la hermosura a la moda. Tambin Angeles solicitaba su
inters, gracias a la actualidad que vena a prestarla aquella noche el
xito ya indudable de su novio. Cogi sus gemelos, mir a cualquier
parte, al oficial luego, que la tena clavada con los suyos, y los
abandon en la falda de la prima Berta, que dijo entre maliciosa y
burlona:

--Te conquista el hsar.

Sigui la representacin. Angeles, con los ojos muy abiertos sobre la
escena, no atenda. Recordaba la poca en que, meses atrs, conoci a
Ricardo entre las brisas y alegras del Sardinero. Una crnica melosa,
con su nombre entre flores; un deseo de pagar en sonrisas al
corresponsal; un afn de monopolizar sus elogios en letras de molde, y a
los ocho das, sin saber cmo, se encontr novia de Ricardo, a pesar de
sus corbatas arcaicas y de su figurilla insignificante. Pero le quera,
le quera, sobre todo desde que el pap de Angeles, fundndose en la
precaria situacin del joven, se opuso a las relaciones.

Ah! Pero este estreno, esta victoria, que cada vez ms claro advertase
en la ansiedad del pblico, ganaba tambin al padre de la novia, que
aplauda con carioso entusiasmo, como si estuviera presenciando all el
azar que hara entrar a Ricardo en su familia. El mismo haba deseado
asistir con su hija, porque tanto haban dicho del drama los peridicos,
que empez a sospechar que su autor fuese, no slo un hombre de talento,
sino de porvenir.

Un frentico "bien!" y un palmoteo que convirti instantneamente el
pblico entero en tempestad cerrada de aplausos y aclamaciones, volvi a
Angeles de su ensimismamiento. El teln caa. "Bravo! Bravo!" se oa
gritar; y entre las voces trmulas que pedan al autor y el nutrido
resonar de las palmadas, que daban al teatro una apariencia extraa de
manos que se movan por todas partes, pudo ver Angeles que desde muchos
palcos se le asestaban gemelos, brillando delante de los ojos de mujeres
elegantsimas. Tambin los del _Veloz_ la enfocaban como una batera
formidable, los de aquellos seores calvos de blanqusima pechera, los
del hsar, arrogante, con su rubio bigote a la borgoona y su pelliza de
cordones de oro...

Angeles, roja de emocin, ahogndose en el ruido de aquel aplaudir
frentico, resonante en su odo como una granizada de perlas, con la
nariz por la delicia dilatada en su carilla ideal de caprichosa, sinti
un vaco en las sienes cuando bajo el teln, a medio levantar, apareci
un cmico y le arroj al palco, a modo de homenaje, el nombre de su
novio--lo cual arreci la tormenta de entusiasmo con un gritero
imperativo y tremendo de: "El autor! el autor! Que salga!" La prima
Berta la contemplaba con envidia...

"Que salga! que salga!"

Volvieron a brillar sobre el teln las luces del proscenio, y empez
aqul a subir lentamente. La escena apareci desierta, deslumbradora.
Oh, iba a verle all, en la apoteosis de la multitud electrizada, en la
claridad de gloria de las luces invisibles de las bambalinas, ofreciendo
la ovacin con enamorada sonrisa! Cunto le quera!

La dama, aquella actriz rubia y esplndida, hermosa como una reina de
cuentos, y un actor a quien el frac daba elegancia aparatosa, tiraban
del autor, que al fin asom por el foro entre aqullos, vistiendo una
levitilla antigua, plido, con el asombro en los ojos y el pelo y el
bigote como erizados. Junto a las graciosas reverencias de sus
compaeros, las del pobre autor, muy serio y azorado, resultaban
verdaderamente ridculas.

Angeles oy decir en el palco inmediato "Qu feo!"; y la burlona Berta,
la segunda vez que se alz el teln, le compar con un ratn recin
salido de una jofaina. En esto, al desaparecer el autor de espaldas al
fondo, tropez con un mueble... y el pblico entero, sin dejar de
aplaudir, rise.

Angeles estaba descompuesta. Desde el palco del _Veloz_, el hsar, en
actitud gallarda, la miraba y sonrea compasivamente... Se desvaneca la
joven. Se levant con rapidez y se ocult en el antepalco sin que lo
advirtiera apenas su familia, atenta a la ovacin, que sigui ruidosa
mucho tiempo.

Cuando el padre de Angeles, vivamente emocionado, fu a felicitarla
estrechando su mano, encontr a la joven medio tendida en un divn,
temblorosos los labios y la mirada sin luz. Pobre sensitiva, tronchada
por un huracn de felicidad!...

--Perdname--le dijo--; ya comprendo tu cario por ese hombre de
talento, y puedes decirle que desde hoy lo tendr a orgullo. A orgullo!
sabes?

--Es intil--respondi Angeles solemne de desprecio--; no pienso verle
ms en mi vida. Vmonos!

Y sin consentir en volver siquiera al palco, salieron del teatro, que
esperaba ebrio de entusiasmo el ltimo acto del maravilloso drama.




VILLAPORRILLA


Aldeas? En buena hora. Pero en el lienzo para adornar mi gabinete o en
el libro para decorar mi estantera. Ni ms ni menos.

As las conoca yo. Y saba de ellas que contempladas desde el ltimo
cerro de su horizonte al caer el sol, cuando los senderos de la montaa
eran recorridos por los pacficos campesinos que de vuelta de sus faenas
tornaban al hogar, azada o garrote al hombro, dejando oir canciones
llenas de melancola, entremezcladas sus notas con el estruendoso
concierto de cigarras, grillos y ranas, mecindose tambin por los
espacios el triste son de la campana de oraciones y el tintineo de las
esquilas del ganado; contempladas, deca, a la traslumbre del
crepsculo, con su esbelta torre en silueta alzada en mitad de
blanqusimas casitas "que como ovejas rodeadas al pastor en apretado
conjunto circundaban la bonita iglesia", deban de ser el _non plus
ultra_ de las cosas de gusto, con aquellos arroyuelos lamiendo sus
viviendas, con aquellos lamos prestndolas sombra, con aquel
imprescindible pozo de limpio brocal, en que las muchachas del pueblo,
limpias como armios y lindas como perlas, mostrando bajo la "corta y
honesta falda" su media como la nieve y su zapatito negro, escuchaban
idlicas declaraciones del garrido y apuesto zagal que entre fogoso y
ruborizado las miraba de soslayo, mientras en el viejo pilastrn de
cantera verdinegra con candilillos y hierbas en las junturas, beba su
recua de borricos--alguno quiz dando tambin al viento su amorosa queja
en un rebuzno poderoso...

As las conoca yo... Cul me engaabais, oh caros novelistas y poetas!

Villaporrilla, enclavada con sus cincuenta casas en la abrupta falda de
Sierra del Gato, con alcalde coloradote y _brutote_ y de buen corazn (a
lo menos as lo haba yo juzgado las veces que con su sombrero en la
corona y sus calzas de pao me visit en la capital), es seguramente una
aldea en las mejores condiciones para serlo; quiero decir que, a causa
de estar alejada de todo centro de poblacin, y de no ser Villaporrilla
"camino para ninguna parte", no cabe sospecharla corrompida en su
primitivo aspecto. Villaporrilla, aunque en el corazn mismo de Espaa,
est alejada de la civilizacin como cualquier campamento de salvajes.

Pues bien: la primera sorpresa que llev en Villaporrilla fu ver que
sus _casitas blanqusimas_ no eran ni _blanqusimas_ ni _casitas_, sino
especie de zahurdones del color del barro, medio ruinosos, de apariencia
imposible de poetizar. Hasta un momento antes de llegar, el paisaje es
bello; pero sus alrededores, como si la Naturaleza tuviera asco del
msero pueblo y le formara corro a distancia, consistan en raquticos
huertos y gran cantidad de estercoleros y lagunas cenagosas en que a su
placer embarrbanse los cerdos. La iglesia era una casa poco ms grande
que las otras. Y el pozo del ejido, que no faltaba, verdaderamente,
sera de agradable parecer a no estar rodeado de charcos y constituir
como el cuartel general de los susodichos montones de basura.

Creis que acudan ninfas en traje corto a sacar el agua? Oh, qu
caras, Dios mo! Muchachas desgreadas, sucias, fesimas, con el color
del paludismo, barrigonas, descalzas... Cerca estaba el cementerio.
Cuatro tapiales, desportillados por ms de un sitio, y en paz.

En Villaporrilla dej de parecerme "buen corazn" su seor alcalde,
aunque sigui parecindome coloradote, y _brutote_, sobre todo.

Adems, a los pocos das me convenc de que su estado normal era el de
una borrachera continua. El concejo se reuna a discutir sobre si _El
Pelao_ deba o no continuar en su cargo de ministro (alguacil, en la
tcnica de Villaporrilla), o si deba ya sustituirlo el actual regidor
sndico, que llevaba tres meses sin cobrar un cntimo; y adems, se
reuna para tirarse los jarros y las sillas a la cabeza; lo cual haca a
todos los concejales preferir la taberna a la sala de sesiones, porque
en sta se tiraban los bancos y costbanle dinero al concejo.

--Y cmo no arregla esto el seor cura de la aldea?--pregunt, antes de
conocerlo, imaginndome al pobre seor escandalizado con tal estado de
cosas.

--Bueno est el cura!--me dijeron--; pero en fin, tras eso andamos,
tras de echarle. El capitanea el bando del Furraco, y el ao pasado nos
llev a la Audiencia en una causa a que le llaman la "causa madre",
porque ha dado lugar a otras once, hasta la fecha.

No me parecieron mejor los mozos que las mozas. En la casita donde me
hosped, nica que tena cristales en el pueblo, los rompan todas las
noches las pedradas zagalescas.

Estos mozos rondaban hasta media noche en cuadrillas, con sendas porras
al hombro. La semana que no haba un par de descalabros y el
subsiguiente empapelamiento en el juzgado municipal, poda rayarse con
piedra blanca.

--Pues mire usted, este pueblo es muy tranquilo--me decan--. El ao
pasado no mataron ms que a tres. En cambio, los de Cobarrubia a seis, y
de Maratn _dieron_ cinco al _presillo_.




LUZBEL


Entre los invitados al estudio de Rangel con motivo de su ltima obra,
estaban Jacinta Jver, una arrogante dama de ojos garzos, muy aficionada
a la pintura, casi una artista, y su esposo, el seor La Riva, hombre
que, segn deca, desde hortera con sabaones, supo caer en marqus con
gabn de pieles, sin ms que saltarse limpia y oportunamente el
mostrador de un comercio.

Haban desfilado los dems visitantes y quedaban estos dos; intranquilo
l porque se le haca tarde para el Senado, y la bella marquesa ante el
lienzo absorta cada vez ms, examinndolo a travs de sus impertinentes
y celebrando los detalles con el pintor en voluble charla. Era un
_panneau_ decorativo: el arcngel maldito, cado bajo un cielo de
tempestad sobre una roca; Luzbel, con la tnica y el cabello rubio
azotados por el vendaval, con el codo en la rodilla y la sien en el
dorso de la mano, resplandeca an de divinidad, en la hiertica
rigidez de su soberbia, como el ascua que en su propia ceniza se va
apagando.

Hubo necesidad de explicarle este simbolismo al banquero, que se
acercaba nuevamente, despus de entretener su impaciencia con estatuas y
desnudos. Y como su mujer, con cierta coquetera intelectual delante del
artista, le sealaba los grandes aciertos de color y de dibujo, aquellas
lneas onduladas de visin de ensueo, y aquellos tonos suaves que
velaban la figura con neblinas de lo fantstico, harto La Riva de
escuchar, exclam:

--Hermoso! Magnfico!

Aadi con franqueza mientras limpiaba los lentes:

--De todos modos... yo no entiendo!, pero si es ngel, por qu no
ponerle alas?

Jacinta, avergonzada, con una dulce splica de piedad para el marqus,
miraba al pintor sonriendo. ste, a pesar suyo, tena en los labios una
contraccin desdeosa y compasiva, a cuyo estremecimiento le falt poco
para romper en esta palabra: "Imbcil!" Pero le volvi la espalda,
cambiando con la gentil marquesa una mirada que se clav en el orgullo
de La Riva como un florete.

En aquel hombre vea el artista la vulgaridad de que crea l haber
salido con vuelo de genio, al pintar un demonio sin rabo, sin cuernos,
sin alas de grulla siquiera...

Di La Riva un paso, cogiendo por el brazo al pintor. Hubirase credo
que lo iba a lanzar contra la pared... Mas no; brusquedades de hombre
de negocio!... se sonrea.

--Cunto vale ese lienzo?

Rangel respondi altivo:

--Veinte mil pesetas.

--Lo compro. Enviar por l, y maana tendr usted la bondad de almorzar
con nosotros para colocarlo.

Ya en el coche, rodando hacia el Senado, le deca Jacinta:

--Has estado importunsimo. Para qu hablas de lo que no entiendes?

--Oh!--responda filosficamente el banquero--. Si no se hablase ms
que de lo que se entiende bien!... Bah, los artistas! Sois vanidosos
como el mismo Luzbel, hija de mi alma! En fin, ya vers... Cada cual
tiene su vanidad, y... no haba de estar yo sin la ma. Maana quiero
dar a ese geniazo un banquete tan original y esplndido que no lo olvide
jams...

       *       *       *       *       *

El almuerzo, en verdad, haba sido regio. Los tres solos, en jovial y
amena conversacin, excitada por la abundancia de los mejores vinos, en
aquel gran comedor, confortable, con sus dobles cortinas ante las
policromas vidrieras de cristal cuajado, con sus plantas de hojas en
abanico entre los muebles, y en medio de cuyo lujo slido pareca la
marquesita una figura de porcelana. Su pelo negro, partido en dos
bandas, con sencillez griega, haca ms transparente la blancura
"violeta" de su carne; y en su plido traje heliotropo adivinbase una
gallarda de buen gusto brindada al pintor.

Obstinbase en relatar su historia el marqus a los postres, empuando
la panda copa de champaa. Una biografa interesante, empezada en un
chiquillo con almadreas que sali un da de su puebluco a mirar el
mundo, y que, en fuerza de aos, de voluntad y de instinto de la vida,
realiz con bro su parte de trabajo, colocndose a los cincuenta en
blasonado palacio, para poder contemplar desde la altura de su corona de
marqus y de su senadura vitalicia el bien que haba hecho. Y
distingua, en efecto, desde all, aquellas tiendas humildsimas donde
enriqueci a los dueos con su laboriosidad honrada; aquel gran comercio
suyo ms tarde; aquellas locomotoras, luego, corriendo en su pas porque
l y otros como l haban puesto el dinero; aquellas fbricas que l
fund; aquel...

--Siempre francote y un poco tosco, eso s, pero orgulloso de todos
modos!--deca La Riva con una calma y un ritmo que recordaban el paso
del buey. Y observando a su mujer y al pintor, distrados bajo la
seduccin vaporosa del champagne y de la espiritual chchara que l
haba escuchado antes como un extrao, prosegua:--Mas a buen seguro que
si no entiendo de esas monadas que compro para adornar mi palacio--o
(con el ademn pareca incluir como un cuadro un _bibelot_ ms a la
bella marquesa)--tampoco Rangel sabr mucho de los negocios ni de los
ferrocarriles, en que viaja repantigadamente... Cada cosa tiene sus
mritos... y sus misterios, que slo Dios puede conocer en todas!

En seguida dirigise a un criado que traa el juego para el caf:

--No, Gaspar. En mi despacho. Has prendido la chimenea?

Sali el criado haciendo un gesto de confidencia, y manifest el
banquero que servan el caf en su despacho para que apreciaran la buena
colocacin que por s propio haba dado a la gran obra de arte.

Y derecho invitndoles a salir, mientras su mujer y el pintor se miraban
presintiendo alguna nueva necedad artstica del hombre de negocios,
aadi:

--Ah! Se trata de mi hermosa chimenea con arco de roble, tallado por
Serio!

Presenciaron un espectculo extrao en el despacho.

--Vaya si lo entenda! Qu se figuraban los dos?... No era un lienzo
decorativo? No representaba un diablo ms o menos bonito?... Pues su
pensamiento! en ningn sitio mejor que llenando el gran fondo de su
chimenea antigua, con el fuego en los mismsimos pies del mal arcngel.

Lo primero que vi Rangel fue su _panneau_ llenando el hueco negro de la
chimenea. Tocando al lienzo ardan los trozos secos de pino, y las
llamas y el humo haban obscurecido la pintura, levantada hasta la
rodilla del ngel.

La Riva, cruzado de brazos, con una sonrisa de agrado como quien espera
un plceme, contemplaba al pintor, cuyos labios temblaban.

Esta vez se lo dijo el artista:

--Imbcil! Imbcil!

Con toda su alma, con toda su rabia, y comprendiendo la situacin, sali
como un loco.

       *       *       *       *       *

--Qu significa esto?--preguntaba Jacinta irguindose frente a su
marido.

--Esto significa que le acabo de probar a un infeliz, prcticamente,
cmo yo s hacer las cosas; que si l tiene orgullo de su fantasa para
pintar, yo tengo el orgullo de mi talento para hacer dinero, que vale y
puede ms, porque vale y lo puede todo... todo...

Y concluy, mirando a su mujer hasta la conciencia:

--...incluso destruir la gloria... y haberte trado a mi palacio desde
la estrechez, no hay que olvidarlo, marquesa consorte de la Riva!...




JUGAR CON EL FUEGO


Pasaba por Madrid, donde veinticuatro horas deba detenerse, con
direccin a Tnger, Len Demarsay, un diplomtico con quien yo haba
intimado en Manila, hombre de gran corazn y excelente tirador de armas.
Por m advertidos de esas prendas del joven, quisieron algunos amigos
mos conocerle, y le invitamos a un almuerzo, para cuyo final tenamos
preparadas las panoplias.

Servido el caf en el saln, Pablo Mora, que presume de floretista, le
brind el azcar con la mano izquierda y con la derecha un par de
espadas.

--Gracias--contest Len sonrindome con dulzura al comprender que
defraudaba nuestras esperanzas--. Hace mucho que abandon estas cosas.
No s. Completamente olvidadas.

Y luego, defendindose de nuestra insistencia, y para que no creyramos
falta de cortesa o fatuo desdn de maestro su negativa, aadi,
mientras se sentaba y empezaba a sorbos su taza, invitndonos a lo
mismo:

--Hace tres aos, jur no volver a tocar la empuadura de un arma.

Y qued sombro, delatando algn doloroso recuerdo. Respetndolo
nosotros, nos sentamos tambin, sin pensar en ms explicaciones. Pero la
gentil Mara, esposa de Mora, en cuya casa estbamos, y otras dos
seoritas que nos acompaaban, una de las cuales, discpula de Sanz,
haba pensado en el honor de un asalto con el francs (cosa que vena a
constituir quizs el caprichoso y principal atractivo de la reunin), le
seguan mirando curiosamente.

--Nada!--exclam al fin Demarsay--. Como usted, Luciana (la discpula),
yo empec la esgrima por receta de un mdico. Usted, segn me ha dicho,
contra una neuralgia; yo, contra un reuma. Ojal que en m hubiera
podido continuar siendo un _sport_ saludable, como lo ser en usted toda
la vida...! Pero los hombres--aadi envolvindonos en una sonrisa de
irnica piedad--somos un poco ms crueles que las mujeres.

--Permita que me sorprenda en un hombre tal confesin--dijo Mara,
clavando los ojos en Demarsay, del mismo negro acero que su pelo.

--Necesita demostrarse!--aadi no s quin de nosotros.

--La demostracin resulta de mis pequeas historias. Deca... que un
doctor me aconsej, para unos dolores rebeldes, el campo y la gimnasia;
inmediato a la finca donde pens instalarme, viva retirado M.
Montignac, el ms clebre duelista de Europa; propsele al doctor, en
gracia a mi comodidad, sustituir la gimnasia con la esgrima; acept, y a
los seis meses yo estaba curado. Mas como por mis negocios permanec en
la posesin algunos aos, y como adems, por gratitud al ejercicio y
deferencia a mi maestro, no abandon las armas, result que cuando volv
a Pars, segn Montignac, que se apresur a comunicrselo a sus
compaeros, era el mejor discpulo que haba tenido hasta entonces. A
consecuencia del aviso, sin duda, la _Sala Hervilly_ me invit a un
asalto; y a consecuencia del asalto, en el cual desarm cuantas veces
quise a un M. Murguer, tirador celoso de su fama, recib al siguiente
da la visita de sus padrinos.

--Para otro asalto?--pregunt ingenuamente Luciana.

--Para un duelo--continu Demarsay--. Pretendan que me batiera con
Murguer, porque ste deseaba saber si mi habilidad era la misma con
espada sin botn. Contest que no tena el menor deseo de prestarme a la
prueba, y que no encontrando odios ni ofensas que vengar, sino antes al
revs, habiendo tenido una complacencia en conocerle, le propona un
jovial almuerzo con unas cuantas botellas de champagne. Almorzamos
juntos, tiramos y procur dejarme alcanzar algunas veces, por calmar la
vanidad de aquel hombre. Slo que una de ellas, cuando yo crea estar
ganando su simpata, al oirme decir sonriendo: _Touch!_, arroj su
espada y nos abandon airadamente. Por la tarde los padrinos. Afirmaban
esta vez que le haba ofendido con mi condescendencia, tratndole como a
un nio; lo que no estaba dispuesto a tolerar, porque aspiraba a ser
tratado en todo momento como hombre; que no aceptaba explicacin
ninguna, y que conceptuaba preciso que nos midiramos con armas
desnudas, a fin de que sus descuidos o mis galanteras, en caso que yo
me atreviera as a brindrselas, no resultaran una ridcula e inocente
burla.

--Qu tesn!--exclam Mara.

Pablo, en su _punto de tirador_, advirtiendo que todos los que oamos a
Demarsay hallbamos importuna la conducta de su adversario, se crey en
el caso de encontrarla explicable.

--Al verdadero duelista--manifest--velador constante de su prestigio,
no le es agradable, aunque involuntaria, una humillacin de esa ndole.
En esto se parece a la mujer con respecto a su honra. Ninguna tolera
con paciencia que otra mujer delante de ella aparezca ms _honrada_.

--Pero yo, que no soy duelista, que no lo era--replic Demarsay con su
acento ligero y fino de parisiense--, sino un pobre enfermo que se
curaba y se diverta jugando al florete igual que poda divertirse
jugando a la pelota, me asombr de la exigencia de aquel seor, a quien
juzgu un solemne majadero...

Mir a Pablo y le vi inmutarse. Iba a contestar, tal vez en defensa de
su falaz proposicin, pero se contuvo.

--Y con plena franqueza tuve el gusto de participrselo a los
padrinos--continu el diplomtico--. Aseguro a usted que ech de menos
la ley de Schopenhauer contra el duelo: "Todo mantenedor y portador de
un cartel de desafo, recibirn veinte palos en pblico, a usanza
china."

Pablo no pudo contenerse.

--Castigo que no sufrira ningn hombre de honor sin pegarse un tiro.

--A lo cual contesta el filsofo, que lo prev: "Es mejor que un loco se
mate a s mismo que no que mate a otras personas."

Produjeron una carcajada, que puso en evidencia a Pablo, las palabras
del francs, quien sigui:

--Loco era aqul, y de remate, Me buscaba y me encontr una noche en el
Tvoli: me di un bofetn y le tir por la barandilla del palco; l, al
hospital desde el teatro, con una pierna rota; yo a la comisara, donde
tuve que pagar dos sombreros y un abanico que estrope al caer mi
hombre... Pierna curada a los dos meses, y lo de siempre, seores! el
duelo...! Bah! Era preciso acabar, y acept como quiso, permitindose
todo, a muerte. Aseguro que cuando contempl mi espada ante aquel
infeliz que se defenda con torpeza, me pareci un instrumento infame
con el cual, y con habilidades de tahur, poda yo impunemente arrancar
una existencia. Pude matarle, y le desarm varias veces. Esto aument su
coraje, y mi desprecio a m mismo, y a l, y a cuantos presenciaban el
repugnante espectculo como una fiesta. Al fin, para acabar, le her en
la mano. No cedi, sino que se lanz sobre m con ms furia. Entonces le
atraves el brazo, y la espada cay de su mano inerte... Antes que aquel
insensato pudiera curarse y provocarme de nuevo--concluy Demarsay
dirigindose a m--ped mi traslado, y renegando de la esgrima que en
mala hora haba aprendido, me embarqu para Sangay, y luego para las
Filipinas, donde tuve el gusto de conocer a usted.

--Pero el juramento?...--interrog Luciana.

--Porque no basta eso--aadi otro--; una temeridad excepcional no
significa que la esgrima no pueda servir en una causa justa.

--Y, en efecto--aad yo--, cuando le conoc, todava le vi manejar
prodigiosamente la espada.

--S--contest mi amigo--, pero evitando a los profesionales. Aun as,
seores, despus tuve que cerrarme a la banda para rehuir otros
encuentros con Tomegueux, en Pars, y con San Malato, en Florencia; y
hasta pude convencerme al fin, por m propio, de que el conocimiento de
las armas, que no es indispensable nunca y que sirve rara vez para cosas
razonables, se pone fcil y malamente al servicio de la vanidad y de las
pasiones. La que es hoy mi mujer era mi novia en 1895. Estbamos en
Npoles; el conde de Torino quera a mi novia, que me adoraba, y el
padre de sta, un romano que conservaba la tradicin del orgullo,
prefera al conde por su nobleza. Mi pobre Celsa se rebel al afn de su
padre, ponindome por causa; y cuando el conde me desafi un da, sent
una alegra infinita, satnica. Tena la seguridad de matar a mi rival,
y me complaca en el derecho que l mismo me daba para matarle.

Se interrumpi Demarsay un segundo, con tristeza, antes de proseguir:

--Pude cumplir con una pequea estocada, como con Murger; pero no: fu
tan miserable, que aprovech con saa y sangre fra todo mi arte para
buscarle el corazn... Ante aquel desdichado que se desplomaba,
comprend repentinamente toda mi infamia... Y entonces fu mi juramento,
seorita... jugar con las armas es jugar con el fuego!

       *       *       *       *       *

Un poco despus, Len Demarsay se despeda de nosotros. Aun estaba en la
antesala cuando Pablo me cogi de un brazo, me llev al comedor y dijo:

--Quieres ser mi padrino?

--Te bates?--le pregunt sorprendido.

--S.

--Con quin?

--Con Len Demarsay. Me dijo antes _majadero_.

--Y t lo confirmas!--repliqu con tal acento de convencido desprecio,
que se qued en mitad del comedor con la cabeza baja, ms abochornado
que ofendido.




LA RECETA


Terminada la consulta, pude entrar en el despacho, donde mi buen amigo
el doctor se pona el abrigo y el sombrero, para nuestro habitual paseo;
pero el criado entreabri la puerta.

--Ms enfermos? Estoy harto! Que vuelvan maana.

--Traen esta tarjeta--contest el criado, entregndola.

Y deba ser decisiva, porque Leandro la tir sobre la mesa, volvi a
quitarse el gabn y grit malhumorado:

--Que pasen.

Dirigindose a m, que me dispona a dejarle solo, aadi:

--No; espera ah, tras el biombo. Concluir a escape.

El biombo ocultaba un ancho silln de reconocimiento. Me sent y saqu
un peridico, viendo que el concienzudo mdico alargaba la visita, a
pesar de su promesa.

Eran seoras.

Con ellas haba inundado el despacho un fuerte olor a _floramy_ que se
sobrepuso al del cido fnico. Sus voces bien timbradas me distraan, y
no pudiendo leer, escuch.

--Doctor, mi hija est cada da ms delgada, sin saber por qu. Come
poco, duerme mal y va quedndose blanca como la cera. Se cansa, se cansa
esta nia, que era antes infatigable. Reconzcala bien, y dgame con
claridad lo que padece. Estoy dispuesta a seguir un plan con el rigor
necesario...

--Qu edad tiene usted?

--Veintitrs aos--replic tmida la joven.

Francamente, al oirla yo, me entr un vivo deseo de mirarla, a fin de
comprobar si delante de los mdicos, en cuestin de edades, no mienten
las mujeres... Enfil un resquicio entre dos hojas del biombo... Oh,
qu deliciosa criatura! Qu hermoso pelo de bano bajo el sombrero de
paja! Alta y esbeltsima, muy plida, con los dientes como perlas entre
los labios pintados, sin duda. Si menta, mereca disculpa en gracia a
su hechicero aspecto; y por mi parte dir que mi curiosidad, en cierto
modo psicolgica, qued borrada por mi admiracin, en cierto modo
artstica. La contempl buen rato, sin parar mientes en el
interrogatorio, al que contestaba la madre casi siempre...

Pero comprend de improviso que no deba seguir mirando. La encantadora
chiquilla se desnudaba... Su mam habale quitado el sombrero y la
estola, ayudndola a descorchetar el corpio de seda, tirndola de las
mangas despus, en tanto que el feliz doctor--felices los doctores que
pueden ver estas cosas!--distraase discretamente preparando el
estetscopo... Qu diablo, perdneseme la indiscrecin! Resolv
quedarme atisbando... Tena yo la culpa?...

--Cuando guste--avis la madre.

Al quitrseme de delante, vi a la joven en cors, un pequeo y coquetn
cors de raso color caa, desajustado como la cintura de la falda, al
aire los brazos y desabrochado en el hombro izquierdo el canes de
encaje. Una garganta ideal, un escote divino.

La seductora enferma, ruborosa y con una mano extendida sobre el pecho,
no consegua as ms que revelar la exuberancia de sus senos, hundiendo
entre ellos la finsima y blanca tela. Delgada, decan! Aunque s: era
una de esas mujeres pasionales, delgadas con delgadez flexible, hecha
para el amor, de brazos finos y seguramente de muslos ms gruesos que la
cintura.

El mdico se acerc y empez a auscultarla con atenta indiferencia,
oprimiendo de un modo que me pareca brutal, en la carne de nieve el
negro caucho del aparato, escuchando en todas partes mientras que la
joven entornaba los ojos y entreabra la boca respirando con creciente
adorable angustia. Contestaba rpida las breves preguntas del doctor, y
ste, interesado de pronto por algo anmalo que quera percibir mejor en
la punta del corazn, separ la camisa para volver a aplicar el
estetscopo... Por encima surga redondo y desnudo un bellsimo seno de
estatua...

Ella cerraba los ojos, cada al respaldo la cabeza en languidez que a
m, profano, siendo de enferma, se me antojaba de amante... l cerraba
los ojos tambin; atento siempre, inmutable, si bien hubiese yo jurado
que hubo un momento en que le vi sonrer con piedad y malicia.

--Es aqu donde ms sufre?

--S--gimi la muy gentil, sintiendo que el joven doctor le posaba en el
corazn la mano.

Y alz a l los ojos, con fijeza de suplicio, casi estrbicos.

--Puede usted vestirse.

Inmediatamente mi amigo fu a tomar notas en su diario de consulta,
hasta que la seora concluy de ayudar a su hija.

Torn entonces a sentarse cerca.

--Van ustedes a dispensar que me informe de algunos detalles.

--Un mdico es un confesor, caballero--apunt la dama, completamente
ganada por la actitud beatfica de Leandro.

--Tiene novio?

--S. Cosas de muchachos! Ha tenido novios... Se visti de largo muy
joven, a los quince aos... y lo tiene ahora, segn creo; pero esto no
le preocupa, que yo sepa al menos... Verdad, Purita? Te da disgustos
Marcial?

--No, mam, ninguno; t lo sabes.

--Por qu, pues, se desvela? Tiene usted algn deseo no realizado?
Hay en sus ensueos alguna idea fija, dominante? Qu suele soar?

--Oh, nada! Tonteras. Mam... dice que es por la debilidad.

La cariosa madre intervino nuevamente.

--Se acuesta tarde. Noches de dejar a las amigas a las tres, despus de
bailar como una loca. Yo creo que la desvela el mismo cansancio, porque
no hay otro motivo, y en casa no se le da el disgusto ms leve. Es un
delirio por el baile, la chiquilla.

--Y quiere usted mucho al novio?

Aqu sonri Purita por nica respuesta.

--Son antiguas las relaciones?

--Tres aos.

--No quiere casarse? Por qu no se casan?

--Bah, no, doctor!--salt la madre--. No piense usted que la apena
eso! Mi hija es una chiquilla completa, que no se separara de sus
padres por nada del mundo, y que prefiere su casa y su piano y su espejo
a todo. Su novio es un trasto, como ella: un chico de veinticuatro aos,
que tardar cuatro o seis en llegar a capitn, siquiera. Sera locura
pensarlo.

--Sin embargo, puede que su hija, por respeto...

--Oh, no, no!--interrumpa testaruda la madre--. Sobre esto, doctor,
quede tranquilo. Nada influye en la enfermedad, que, por el contrario,
sera ahora un obstculo ms para la boda. Habr que pensar primero en
cuidarse. Mi hija, y su novio igualmente, estn demasiado hechos a las
comodidades de sus casas para tomar otra que no podra ser, hoy por hoy,
un palacio, con treinta y siete duros al mes...

Por segunda vez advert en mi amigo una sonrisa, ms francamente amarga
al alejarse de las damas.

Entreg luego una receta, diciendo displicente:

--Se trata de un padecimiento funcional, de puro desequilibrio nervioso.
Anemia... Quince gotas de ese elixir en cada comida, ejercicio, aire
libre... pero nada de campo ni de aislamiento para esta seorita: sera
peor... y... a su edad no hay inconveniente alguno en casarla, seora.

Todava tres docenas de palabras entre cumplidos y seguridades acerca de
que la enferma tena sano el corazn y el pecho, y concluy la consulta.

Yo sal alborotadamente en cuanto se cerr la puerta.

--Bendita carrera, chico, que te permite contemplar tales encantos!

Y contra lo que esperaba, contest indignado el mdico:

--No! Maldita carrera, que me obliga a contemplar tales miserias! Esa
divina criatura morir tsica antes que su novio ascienda!... Yo he
podido decirle a la madre: "Imbcil, tu hija no tiene falta de vida,
sino vida que le sobra, que la abrasa, que la ahoga una y mil veces
desde los quince aos, agitndola enloquecida de ansia de amor, al
volver del baile a su lecho solitario de odiosa virgen, contemplando su
hermosura intil... mientras que el novio que la enciende, va a concluir
la noche encima de alguna prostituta." Y ya lo ves: hierro, gotas de
hierro, y cobrar diez duros: porque si yo les diese la verdadera receta,
a las madres, para estas pobres vrgenes... y mrtires, ya hace tiempo
que pasara por un loco sinvergenza y no vendra nadie a mi consulta.
Oh, qu farsa es la vida!

                                  FIN

       *       *       *       *       *



NDICE

Pginas

La nia mimosa 5

Tu llanto y mi risa 13

El oro ingls 19

Paraso perdido.--Recuerdos de Mindanao 25

La primera conquista 31

La tempestad 37

Paga anticipada 45

La toga 51

Por ah 57

El suceso del da 63

Mi prima me odia 69

El recuerdo 77

Pruebas de amor 87

Mujeres prcticas 95

Genio y figura 103

Villaporrilla 111

Luzbel 117

Jugar con el fuego 125

La receta 133







End of the Project Gutenberg EBook of Cuentos ingenuos, by Felipe Trigo

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS INGENUOS ***

***** This file should be named 46000-8.txt or 46000-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/4/6/0/0/46000/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
