The Project Gutenberg EBook of Antao i Ogao, by J. L. Lastarria

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Title: Antao i Ogao
       Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana

Author: J. L. Lastarria

Release Date: June 12, 2014 [EBook #45945]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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  Nota del Transcriptor:


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  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

  La mayora de las preguntas y exclamaciones en el texto original
  fueron imprimidas sin el primer signo de interrogacin y exclamacin
  respectivamente. Estos signos fueron aadidos.




  BIBLIOTECA CHILENA

  PUBLICADA BAJO LA DIRECCION

  DE LOS SEORES

  LUIS MONTT I J. ABELARDO NUEZ.

  LASTARRIA.




  [Ilustracin: J. V. LASTARRIA.]




  J. V. LASTARRIA.


  ANTAO I OGAO.


  NOVELAS I CUENTOS
  DE
  LA VIDA HISPANO-AMERICANA.

  EL MENDIGO.--EL ALFEREZ ALONSO DIAZ DE
  GUZMAN.--ROSA.--DON GUILLERMO.--EL DIARIO
  DE UNA LOCA.--MERCEDES.--UNA HIJA.


  1885

  SANTIAGO DE CHILE.

  SE VENDE EN TODAS LAS LIBRERAS DE LA REPBLICA.



                                                    _Es propiedad._




NDICE.


                                                     Pjina

  EL MENDIGO                                              1

  EL ALFEREZ ALONSO DIAZ DE GUZMAN                       39

  ROSA                                                   59

  DON GUILLERMO                                          67

  EL DIARIO DE UNA LOCA                                 189

  MERCEDES                                              219

  UNA HIJA                                              283




EL MENDIGO.

(1842.)


I.

No ha muchos aos, en una tarde de octubre, me paseaba sobre el malecon
del Mapocho, gozando de la vista del sinnmero de paisajes bellos que en
aquellos sitios se presentan. La naturaleza en la primavera all ostenta
con profusion todos sus primores, i parece que desarrolla ante nuestros
ojos su magnfico panorama, con la complacencia de una madre tierna que
presenta sonrindose un dijecillo al hijo de su amor. El Mapocho ofrece
en sus mrjenes mil delicias que le hacen recordar a uno con pena
aquellas bellas ilusiones que se forma en sus primeros amores: aqu
aparece el aspecto duro i melanclico de una ciudad envejecida, cuyos
edificios ruinosos estn al desplomarse; a lo ljos, una confusa
aglomeracion de edificios lucidos, de torres esbeltas i elegantes, i el
puente grande del rio que se ostenta majestuosa i soberbiamente sentado
sobre sus formidables columnas; all multitud de grupos de rboles
floridos, que a veces se confunden con los lijeros i blancos vapores que
se elevan de las aguas; all interminables corridas de lamos de color
de esmeralda, cortadas a trechos por el lnguido sauce i por otros
arbolillos que contrastan sus matices verdinegros con el triste
amarillo del techo de las chozas. De entre las densas arboledas, se ven
salir en direcciones curvas i varias las columnas del humo del hogar;
los nios triscan en inocente algazara sobre las arenas del cauce, el
pastor desciende con su blanco rebao por las laderas del San Cristbal
i se pierde de repente tras de las peas o arbustos que se encuentran al
paso; i en medio de estas rsticas escenas, se oye la armona universal
de la naturaleza que se despide de la luz del dia, i que confunde sus
ruidos misteriosos a la distancia con el sordo bullicio de la ciudad.
Oh encantos del Mapocho! Cuntas veces habeis henchido mi pecho del
regocijo mas puro! Cuntas veces habeis ahuyentado de mi corazon penas
acerbas! Yo derramaria lgrimas de ternura, si estando separado de mi
patria, me asaltara el recuerdo de esas escenas de simple rusticidad en
el centro de la cultura de un pueblo!

El sol comenzaba a ocultarse en las colinas de occidente, dibujando en
el azulado fondo del cielo diversos copos de luciente nacar, tiendo de
un suave color de rosa las nubecillas que flotaban sobre las faldas de
los Andes, i dorando el manto de nieve con que se cubren estos jigantes
del mundo, de modo que los hacia aparecer como montaas de oro macizo
puestas all para sustentar el firmamento con sus encumbradas cimas. El
aura de la tarde era fresca i aromtica, yo dejaba flotar a su impulso
mis cabellos i permanecia reclinado sobre la muralla, mirando las
corrientes del rio: ellas se llevaban consigo mis pensamientos i mi
vista, i se precipitaban bulliciosas hasta estrellarse en esas ruinas
adustas que ha dejado en su paso el antiguo tajamar, i que hoi,
inmviles i silenciosas desafian su embate i lo desprecian. Pero aquel
momento de delicias en que todo lo sentia, sin pensar en nada, fu mui
corto para m; un hombre se puso a mi lado sin pronunciar una sola
palabra i me sac de mi ensueo: era de grande estatura, aspecto grave,
semblante apacible; i melanclico; su barba era larga i blancuzca, sus
ojos humildes i hermosos. Vestia una manta larga i gruesa, calzon i
media de lana blanca, i en su mano derecha tenia un sombrero de paja
burda, en actitud de respeto. Al instante reconoc al misterioso mendigo
que recorria todas las tardes aquellos sitios implorando la caridad de
los transeuntes, sin desplegar los lbios; no habr en Santiago quien no
le recuerde; apnas har cinco aos que ha desaparecido. Ese hombre
atraia poderosamente mi atencion: siempre habia procurado con algunos
amigos saber quin era, pero nunca habamos logrado oirle mas que
monoslabos. Entnces trat de trabar con l una conversacion; le d una
moneda i nos cruzamos estas palabras:

--Me conoce usted a m, buen hombre?

--S seor, usted siempre me ha hecho bien; me respondi con voz
apagada.

--Sabe usted cmo me llamo?

--N.

--I su nombre de usted?, dgamelo, mire que siento ardientes deseos de
saber quin es usted, de saber algo sobre su vida. Vamos, hable usted.

Despues de un silencio, durante el cual v en su rostro cierto aire de
ternura, me dijo:

--Soi un antiguo soldado de la patria, me llamo Alvaro de Aguirre; i
baj al suelo sus ojos guarnecidos de una blanca i larga pestaa.

Yo continu hacindole varias preguntas, i l contestndomelas a medias.
Luego que supo por mi nombre quien era mi padre esclam: Buen seor,
siempre me da limosna; estuvimos juntos en el sitio de Rancagua, en una
misma trinchera, l era paisano i peleaba como nosotros!--Estas frases
pronunciadas con cierto aire de nobleza, me hicieron palpitar el
corazon i trat de hacerle conocer el interes que me inspiraba su
desgracia, le promet amistad i consegu al fin de muchas splicas que
me dijera algo sobre su vida. Marchamos juntos hasta la penltima
pirmide; en su base tom asiento el mendigo i yo permanec en pi. La
luna principiaba a rayar sobre los Andes, i su luz rielaba sobre las
lijeras i bulliciosas aguas del rio, figurando en ellas una prolongada
cinta de plata estendida en desrden sobre la arena; todo estaba en
calma. El aspecto del mendigo me inspir veneracion i me caus mil
ilusiones misteriosas que pasaron por mi mente con la lijereza de la
brisa que lamia el encumbrado follaje de los lamos. Su voz me sac de
mi meditacion, pero no era ya la voz apagada del que sufre, sino firme i
sonora, como la del hombre que revela con franqueza su corazon.
Principi conmigo una conversacion, la mas interesante que he tenido en
mi vida: la rapidez de su narracion i de su lenguaje, me revel desde
luego que no tenia en mi presencia a un hombre comun. A cuantas
preguntas le dirijia me respondia entnces con desembarazo i con
firmeza; de modo que llegu a creer que aquel era un mendigo supuesto,
un personaje mui diferente del personaje que representaba, i me persuad
de que por alguna de aquellas anomalas, tan frecuentes en el mundo,
habria llegado este hombre a habituarse a permanecer en una situacion
tan despreciable como era la en que se encontraba. Pero esta persuasion
me dur poco tiempo, porque luego v que eran mui naturales i aun
comunes los accidentes que le habian precipitado en la desgracia. Voi a
tratar de trazar aqu la historia de su vida con el mismo aire i
animacion con que l me la refiri, omitiendo detalles, i en frases
cortadas como l lo hacia.


II.

Yo nac en la Serena, dijo, i mi nacimiento caus la muerte de la que
me di la vida; mi padre, que era uno de los comerciantes de mas crdito
en aquel pueblo, cuid esmeradamente de mis primeros aos, i me educ
sin perdonar sacrificios. Ya habia salido de mi infancia, ya principiaba
a sombrearme la barba, cuando me entreg a un amigo suyo, rico mercader
de Lima, para que me llevase consigo i me comunicase sus luces i su
esperiencia. Yo part lleno de angustias: el corazon me presajiaba
entnces un porvenir de lgrimas i de sangre. Ah! jamas olvidar el
aspecto de mi padre en aquel instante! El anciano desgraciado lloraba
como un nio, me estrechaba sobre su pecho i me acariciaba con ternura,
dndome consejos i protestndome que me separaba de su lado solo porque
deseaba mi felicidad! Padre querido! mil veces te he llorado como
ahora i jamas he podido hallar consuelo!.... El mendigo ocult
sollozando su rostro entre sus manos, i despues de un suspiro profundo,
continu: Ocho aos hacia que yo estaba en Lima, cuando supe que mi
padre habia muerto, agobiado de pesares a causa del mal estado de sus
negocios; sus acreedores se habian repartido de los efectos de su
comercio para pagarse; el entierro de su cadver se hizo de caridad; no
tuvo un deudo, un amigo que derramase una lgrima tan solo sobre su
sepulcro! Ah! yo debiera haber partido entnces a mi pueblo! pero mil
esperanzas vanas me encadenaron en Lima, i me decid a permanecer all
para siempre. El mercader a quien mi padre me habia encomendado habia
muerto tambien, i yo continuaba con su hijo malbaratando el caudal que
aquel hombre honrado le form con tantos sacrificios: mbos ramos de
una edad, i sin guia, slos en aquella Cpua de la Amrica, nos habamos
lanzado a la disipacion. Nuestros negocios se encontraban en el peor
estado, no tenamos crdito, ni avanzbamos en el comercio: un dia de
aquellos en que el demonio se apodera del alma para arrancarle la razon
i precipitar al hombre en el vicio, mi amigo, Alonso, tom el dinero que
habia en caja i nos encaminamos a casa de su querida, en donde se
juntaban de ordinario varios hombres perdidos. Serian las seis de la
tarde, en invierno; entramos en silencio hasta una pieza oscura, sin
sentir el menor movimiento en toda la habitacion, pero no bien habamos
puesto en ella el pi, cuando oimos palpitante el estallido de un beso
lleno de amor, i luego un prolongado suspiro: pedimos luces i al momento
sent que se acerc a mi amigo su querida llenndole de caricias. Al
iluminarse la sala, vimos reclinado sobre un canap a un militar espaol
que en la noche anterior nos habia ganado all mismo veinte mil duros.
Se levant restregndose las manos i dicindonos: vienen ustedes a
continuar la partida? i nosotros no le respondimos palabra.

Alonso, que estaba con sus facciones contraidas, se diriji a l en
silencio, como a exijirle una esplicacion, pero a la sazon entraron
varios con las mujeres que formaban el embeleso de aquella tertulia. El
juego, el ponche i la corrupcion dieron principio; las horas comenzaron
a pasar lijeras para todos, pero lentas para m. Mui tarde era ya, las
luces ardian en candiles i a su opaco resplandor continuaban los
jugadores su tarea con mas ardor: yo estaba fastidiado i dispuesto a
retirarme. Alonso habia perdido todo su dinero, el almacen de su
comercio, i hasta su reloj, pero permanecia mirando jugar con su cabeza
reclinada sobre el hombro de su querida.

Las mujeres no me habian impresionado aquella noche, yo sentia en mi
alma una amargura que me desesperaba. En un momento en que la algazara
del desrden habia cedido su lugar al cansancio, se acerc a m un
fraile de la buena muerte, que andaba con una guitarra en la mano, i
tomando un aire srio me dijo al oido: yo no quiero guardar mas un
secreto que pesa sobre mi conciencia: sepa usted, don Alvaro, que a su
amigo le han ganado mal. Su misma adorada ha facilitado al militar los
dados falsos.

Yo me qued pasmado con esta fatal revelacion, i luego que me seren,
con mucha calma, me puse junto a la mesa de juego: mi amigo permanecia
como he dicho ntes, i aquella mujer perversa lo acariciaba todava,
resbalando una mano suavemente por sus barbas. Estaba yo observndola i
tratando de descubrir en su semblante la verdad de la revelacion que
acababa de hacerme el fraile; i al fijarme en sus ojos apacibles i
bellos, llegu a considerarla incapaz de un crmen. Pero luego la v
hacer un jesto de intelijencia al militar i pasarle unos dados,
dicindole:--toma, stos son mejores. No pude contenerme i esclam:
esos dados son falsos, seora!...--S, tiempo ha que yo lo sospechaba,
grita Alonso, hundiendo al mismo tiempo su pual con fuerza en el
corazon de su traidora amante. El espaol se levanta furioso i dirije
una pistola al pecho de mi amigo, yo se la arrebato, i ste le deja
muerto en el instante mismo con el pual que le habia servido para
principiar su venganza! En aquel momento terrible, todos altercaban en
confuso desrden i gritera, i de tal modo se trab la ria i tanto
dur, que la ronda se introdujo, aprehendi a varios all mismo i entre
ellos a mi amigo Alonso. Yo me precipit entre la turba i logr
ocultarme en una casa vecina que era de un comerciante con quien habia
tenido relaciones.

Quince dias, los mas espantosos de toda mi vida, pas encerrado en un
stano, que tenia su entrada en el cuarto mismo que habitaba mi salvador
i corria hacia una callejuela de la ciudad, por donde habia mucho
trfico i que daba a espaldas del palacio del virei. La oscuridad de
aquel sitio inmundo no me dejaba ver siquiera mi propio cuerpo, la
humedad trababa mis miembros i penetraba hasta mis huesos, la fetidez me
hacia desesperar i correr frentico a los ngulos de aquella prision en
busca de aire puro que respirar! Desde ah percibia yo el bullicio de la
calle i hasta las conversaciones de los transeuntes. Un dia sent gran
tropel, voces i gritos confusos; oia tocar la agona en una iglesia
prxima, i de cuando en cuando una lgubre campanilla precedia el grito
de lguien que pedia limosna para el que iban a ajusticiar. Este era
Alonso, s, mi amigo Alonso, que ese dia fu arrastrado a un banquillo,
por la piedad del virei, que le habia conmutado la pena de horca a que
fu condenado por los jueces. La misma sentencia recay sobre m....!

El que me habia salvado la vida complet su favor, hacindome salir con
precaucion para el Alto Per. Dos aos vagu por pueblos estraos,
procurndome la subsistencia, unas veces de limosna i otras soportando
los trabajos mas duros para comer un pan de maiz humedecido con mis
lgrimas! Atraves el pais hasta llegar a la Rioja, i despues de un
sinnmero de sacrificios i de privaciones, trasmont los Andes i pude
alcanzar a la Serena, mi patria! Entnces despert como de un letargo,
me sent estenuado, me v lleno de andrajos, rodado de miseria; pero
hubiera gritado como un loco, al reconocer las calles de mi pueblo!
Hubiera acariciado con delirio a todos los que encontraba al paso, sin
embargo de que ellos ni siquiera me echaban una mirada de compasion!
Nadie me conocia, la casa que habit en mis primeros aos estaba
ocupada por jentes estraas!

La primera noche que pas en aquella ciudad deliciosa no tuve donde
acojerme: estend mi manta sobre las losas de una de las puertas del
templo de Santo Domingo, i me dorm arrullado por el estruendo de las
olas del mar; tuve sueos de ventura, i me despert, al rayar el sol,
rindome, como si hubiese sido el hombre mas afortunado del mundo. Pero
tenia hambre, estaba cubierto de harapos i era preciso pensar en mi
situacion; ya me habia puesto en pi para ir a buscar adonde trabajar,
cuando se abrieron las puertas de la iglesia. Entr lleno de veneracion
i me arrodill a oir una misa que principiaba. Mi corazon en aquellos
momentos fu todo de Dios, me sentia feliz con acercarme a l a pedirle
misericordia i amparo! Al acabar su misa el sacerdote, se volvi al
pueblo, i con voz trmula i aire apacible, le pidi una oracion
implorando el favor de la Vrjen Santsima sobre los desgraciados que
acababan de morir en la plaza de Santiago, en defensa del nuevo gobierno
que se habia instalado a nombre del rei.

Esta noticia que oia por primera vez, llam sriamente mi atencion. Sal
del templo, llevando en mi corazon el placer que se gusta despues de
haberse acercado a Dios, pero lleno de curiosidad por lo que habia oido
decir al sacerdote. Me acerqu a una pobre anciana, que tambien salia,
para hacerle algunas preguntas; quise reconocer sus facciones, llamla
por su nombre i ella me respondi con sorpresa: no pude contenerme, la
abrac i me le d a conocer. La pobre vieja habia estado al servicio de
mi madre, me habia asistido hasta mi partida a Lima. Lloramos juntos en
silencio! i cuando pas nuestra primera ajitacion, me llev a su casa i
me prodig mil cuidados.

De ella supe cuanto deseaba saber de mi desgraciado padre, cuya memoria
no existia ya, sino en uno que otro de los habitantes de aquel pueblo.
Supe, ademas, que como ocho meses ntes de mi llegada, se habia cambiado
el gobierno del rei en Santiago, por medio de una revolucion que
presajiaba muchos desastres.

Algunos dias despues, pude presentarme a varias personas, pero todas me
desconocieron; i reflexionando entnces que el hombre, cuando est
sumido en la miseria, solo puede confiarse en sus propias fuerzas,
principi a trabajar en lo que se me proporcionaba accidentalmente para
ganar mi subsistencia i no hacerme tan oneroso a la pobre vieja que me
habia facilitado su hogar i su mesa.

Yo sentia que mi juventud se iba apagando i encontraba en mi corazon un
vaco que me hacia la vida insoportable. Los recuerdos que asaltaban mi
mente eran todos funestos: solo un pensamiento que me habia acompaado
en todas mis peregrinaciones me conmovia agradablemente. Pero era una
ilusion vaga, como aquellas que le quedan a uno despues de un sueo
delicioso, era el recuerdo de un amor inocente i puro que habia dominado
mis primeros aos.

Mi padre acostumbraba, cuando yo estaba todava a su lado, visitar todas
las noches a una anciana viuda, con quien le ligaba una amistad de
muchos aos; la anciana tenia una hija, menor que yo, la cual por su
pureza i hermosura parecia un njel. Todas las noches nos reunamos:
nuestras conversaciones eran inocentes, nuestros juegos tambien lo eran;
a veces advertamos que los dos ancianos nos fijaban sus ojos con placer
i se sonreian; nosotros nos ruborizbamos i quedbamos en silencio. Yo
no tenia durante el dia otro pensamiento que el de llevar por la noche
algun dije a mi amiguita Luca, o el de aprender algun cuento para
referrselo, porque sentia un profundo placer de verla con sus ojos
clavados en m durante mi narracion; sentia necesidad de que me mirase i
de mirarla yo tambien...

El amor habia estrechado nuestros corazones i nosotros lo ignorbamos,
no hacamos mas que sentir sus efectos. Este amor fu el que hizo amarga
mi separacion de la Serena, ese amor fu el que siempre tuve presente
durante mi ausencia, l habia llegado a ser para m una especie de
relijion, que no me atrevia a abjurar, porque temia cometer un crmen, o
mas bien porque no podia hacerlo; ese amor era mi vida. As es que
mintras dur mi mansion en Lima, jamas me atrev a mirar a una mujer,
sin que me asaltase el temor de ser infiel a mi Luca.

A los dos aos de mi residencia en aquella ciudad, supe que habia muerto
la madre de Luca, i nunca mas volv a tener de sta la menor noticia.
Sin embargo, todas mis ilusiones le pertenencian; alguna vez me aficion
de tal o cual mujer, porque mi imajinacion me la figuraba parecida en
algo a mi Luca; siempre que me entregaba a las ilusiones, que son tan
frecuentes en la juventud, ella era el nico trmino de mi aspiracion;
la ausencia me le hacia mas bella, mas anjelical; i como no habia yo
tenido otro amor, i mi corazon necesitaba amar, ella ocupaba sola toda
mi alma, i por ella sola vivia.

Despues de mi llegada a la Serena, trat de tomar noticias acerca de
esta linda nia, pero sin descubrir mi corazon; i la vieja Mara me hizo
saber que la antigua, amiga de mi padre, al tiempo de morir, habia
encomendado su hija i todos sus bienes a un espaol que era mui
conocido en aquel pueblo por la orijinalidad de sus costumbres.

Este hombre singular que se llamaba don Gumesindo Saltas, habitaba en
una casa aislada, al estremo del poniente de la poblacion, a la orilla
de la vega que se dilata hasta la playa: no tenia familia, no se le veia
jamas en pblico, i de los esclavos que le rodeaban, solo uno practicaba
las dilijencias que necesitaba en la calle. En esa casa habitaba mi
Luca, i era opinion comun entre todos los de la ciudad que habia
enloquecido al poco tiempo despues de muerta su madre, por cuyo motivo
jamas se la habia visto por nadie desde aquella poca.

Un ao emple practicando las mas prolijas diligencias a fin de ver a mi
querida o de saber algunos pormenores mas sobre su suerte, pero nunca
pude avanzar mas en mi objeto. Me propuse andar siempre mal traido para
no llamar la atencion sobre m, i tom la costumbre de dirijirme a la
vega, con mi caa de pescar, todas las tardes, apnas terminaba los
pocos quehaceres que tenia. Me colocaba al pi de las paredes de la casa
de don Gumesindo, i desde ah estaba en continuo acecho, i siempre
sacando con mi anzuelo los camarones de la vega. Desde aquel sitio, que
estaba para m lleno de encantos, presenciaba la caida del sol en los
abismos del mar; sus reflejos iluminaban las aguas de tal modo que
parecia que iba a hundirse en una inmensa hoguera, cuyas llamas herian
la vista, mintras que el cielo estaba cubierto i matizado de nubes
negras i rojas que a veces me arrobaban el alma i me hacian olvidar a la
pobre Luca. De este modo pasaba la tarde i venia la noche a encontrarme
en la misma situacion, porque as permanecia horas enteras calculando i
buscando modo de conseguir salir de aquella penosa situacion a que me
habia reducido mi suerte.

Lo nico que me sacaba a veces de mis delirios era una voz vaga i suave
que entonaba algunos versos al otro lado de la pared i que yo alcanzaba
a percibir, porque sta tenia en lo mas alto unas aberturas largas i
angostas cruzadas de dos barras de hierro mui fornidas. Para m no habia
duda de que aquella era la voz de Luca, i esta persuasion me daba el
consuelo mas grande que en aquellas circunstancias podia esperar.

Mucho tiempo hacia que no recibia mi alma este descanso, cuando una
tarde o patentemente que cantaban estos versos:

       Aunque me olvidas, te adoro, i aunque no me das consuelo, yo lo
       tengo porque lloro.

I despues de algunos mas, que no alcanc a percibir sino mui vagamente,
o con mucha claridad estos otros:

       No creas que porque sufro,
          soi cobarde:
       No hai mal que por bien no venga
          aunque tarde.

Yo lloraba amargamente al oir estas quejas i me imajinaba ver a Luca
con sus grandes ojos negros cubiertos de lgrimas, sentia que estrechaba
mi mano entre las suyas, i mi ilusion llegaba hasta el estremo de
persuadirme de que hablaba con ella i de que la poseia para siempre...!


III.

El fruto principal de mis tareas en un ao, habia sido la amistad que me
procur con el negro Luciano, que era el nico esclavo de quien don
Gumesindo se confiaba. Principi a agasajarle i a captarme su cario,
pero era tanto el poder que sobre su corazon tenia el amo, que aun se
recelaba para responderme a las preguntas mas insignificantes que yo le
hacia acerca del rjimen de la familia. Al fin de muchos trabajos, logr
de l tener algunas nuevas de Luca, las que no hicieron mas que avivar
mi pasion; pero como yo temia todava del negro, no me atrevia a tentar
su fidelidad. Un dia le encontr en la calle i me dijo que buscaba a un
carpintero para que acomodase una gran parte que se habia caido del
altar del oratorio de su seor, porque el maestro que trabajaba en su
casa estaba aquella vez mui enfermo: aprovechando yo la oportunidad, me
le ofrec, i con pocas instancias logr que me diese aquella ganancia.
En efecto, busqu algunas herramientas, i aunque no entendia el arte, me
atrev a improvisarme carpintero, confiado solo en el amor; i una hora
despues estaba a la puerta de don Gumesindo a cuya presencia fu
conducido por Luciano.

Estaba el espaol recien levantado de siesta, con el gorro calado hasta
las cejas, i sentado en un canap en cuyo brazo tenia apoyado el codo de
manera que afirmaba su barba sobre la palma de la mano, abrazndose la
garganta entre el ndice i el pulgar: su aspecto era el del gato que
acecha, por que tenia un ceo terrible. Djole entre dientes a Luciano
que me condujera al oratorio i volviese para tratar. As lo hicimos i
nos ajustamos por un precio mui bajo, quedando de principiar la obra al
otro dia. Me retir con el sentimiento de no haber visto a nadie mas que
a don Gumesindo en la casa, i llegu a temer que no me seria posible ver
a Luca, que era el nico objeto de mis esfuerzos.

Desde aquel momento no pens mas que en el modo de drmele a conocer, i
al efecto escrib una carta para entregrsela al dia siguiente. Un
amigo mio, que era un espaol llamado Laurencio Solis, me sorprendi
aquella noche al tiempo de estar trazando en el papel la revelacion de
mi amor; i como yo lloraba i escribia a un mismo tiempo, no pude
ocultarle mi propsito; a mas de que necesitaba desahogar mi corazon,
deseaba tener un amigo que aprobase mis sentimientos, que me ausiliase
con su consejo. Desde entnces consider a Laurencio como un hermano que
el cielo me concedia para templar mis amarguras.

Lleg el dia deseado, i al rayar el sol me puse en casa de don
Gumesindo, armado con los tiles necesarios para ejecutar la obra i
comunicarme con mi querida. Entr temblando a la presencia de este
hombre, que entnces me pareci mas terrible que nunca: me dijo sin
mirarme i con voz mui entera:

--Vienes para el trabajo?

--S, seor.

--Pues bien, si no acabas a las diez, puedes pensar en no hacer nada.

--Acabar ntes, seor.

--Eh! qu dcil pareces, bribon! de dnde eres t?

--De Lima, seor.

--Mucho tiempo ha que ests en estos lugares?

--No, seor.

--Pues bien, no tienes mala pinta, anda al trabajo, me replic
hirindome con una mirada que acab de intimidarme.

Al pasar por el cuarto contiguo al oratorio, que comunicaba con el de
don Gumesindo, v a Luca sentada en el estrado i tejiendo randas en un
cojinillo pequeo que apoyaba sobre su rodillas: al verla se me cayeron
de la mano las herramientas, ella levant sus hermosos ojos, los fij en
m, el cojinillo rod por la alfombra i la pobre nia qued con sus
lbios entreabiertos i yerta como si hubiese caido un rayo a sus pis.
Un grito terrible de don Gumesindo, que me decia:--Hola, ya principias
con torpezas! me sac de mi atolondramiento; tom las herramientas i
segu mi camino.

D principio al trabajo sin saber lo que hacia, porque aun podia divisar
desde all a mi njel que no se atrevia a levantar los ojos, sin embargo
de que don Gumesindo estaba en una posicion desde donde no la veia.
Despues de un largo rato me puse a aserrar una tabla enfrente de ella i
enton un yarav peruano con los versos

       Aunque me olvidas, te adoro,
       i aunque no me das consuelo,
       yo lo tengo, porque lloro.

El ruido de la sierra no dejaba percibir a don Gumesindo la letra de mi
canto, pero Luca la entendi al momento, porque la v mirarme con sus
ojos llenos de lgrimas i suspirar con ternura. En aquel momento
delicioso fu mas feliz que lo he sido en toda mi vida; olvid mis
pesares, i en lugar de llorar me reia como un nio. Luego trajeron a don
Gumesindo una gran taza de chocolate, l se desvi un poco de la puerta
del oratorio para tomrsela al sol, i aprovechando yo aquel momento,
saque mi carta i se la tir a Luca; ella la recoji i sonrindose la
bes. Volv a aserrar otra tabla i Luca acercndose a la puerta me dijo
en una voz suave i dulce:--Alvaro, yo no s leer!.....

Perd todas mis esperanzas al oir aquella fatal noticia i llegu a
desesperar de mi suerte, pero por fortuna lleg entnces Luciano a
avisar a su amo que le buscaba el guardian de San Francisco; i don
Gumesindo se diriji a recibirle diciendo a su esclavo: atiende a ese
hombre.--El espaol era tan celoso que nunca dejaba entrar a alma
nacida a las piezas que comunicaban al segundo patio donde yo estaba
trabajando, i por eso acostumbraba recibir a los que le visitaban, que
eran dos o tres personas, en un cuarto que estaba cerca de la calle. A
l se encamin don Gumesindo para recibir al guardian.

Luciano, abusando de su confianza conmigo, se introdujo al oratorio a
darme conversacion; yo estaba desesperado i no hallaba medio alguno para
retirarle, hasta que se me ocurri decirle que necesitaba fuego para
seguir el trabajo; i mintras se apart para cumplir mi deseo, Luca se
aproxim a la puerta temblando, plida como si acabara de cometer un
gran crmen, i nos cruzamos estas palabras en voz baja:

--Luca, me amas todava?

--Jamas te olvid!

--Con que no sabes leer? Cmo podremos comunicarnos? tengo muchas
cosas que decirte.....

--No hallo cmo.

--Dime, estas ventanillas que hai en lo alto de la pared del costado de
la casa, a dnde caen?

--A la despensa i al cuarto de una esclava negra, que es la nica mujer
que hai aqu, i la cual me espa i me maltrata mucho.

--Pero no podrias subir por la despensa?

--S, porque hai algunos trastos grandes que pueden servir para ello,
pero t no podrs alcanzar por la calle.

--Pierde cuidado, nos veremos esta noche.

--No puedo; maana s, a media noche.

--Me prometes no faltar, Luca? Dame tu mano.....!

Me di un s espresivo, i entnces no v mas, no sent mas que su linda
mano: maquinalmente la estrech a mis lbios, perd el sentido; la
fiebre me abrasaba el corazon i todos mis miembros perdieron su vigor.
En ese instante entr Luciano; Luca estaba ya en su asiento, i yo
permanecia aun lnguido i sin accion para moverme ni hablar una sola
palabra.

Desde luego no trat mas que de concluir la obra para retirarme de aquel
sitio en donde un momento ntes habria deseado permanecer para siempre:
no s por qu se apoder de m una zozobra, una inquietud inesplicable:
me parecia que habia sido sorprendido, que me iban a matar i a privarme
de asistir a la cita que acababa de darme mi Luca. En poco tiempo mas,
estuve desocupado. Don Gumesindo lleg al oratorio, mir el altar i
pasndome el precio de mi trabajo, me dijo: anda con Dios, te has
portado..... Al salir, nos correspondimos con Luca una mirada que
significaba mas que cuanto habamos hablado.

De ah me fu lijero a buscar a Laurencio, le describ cuanto habia
ocurrido, i obtuve su promesa de ayudarme a trepar hasta la ventanilla
por donde habamos de vernos con mi Luca.

Para omitir detalles, no quiero demorarme en la descripcion de las
infinitas citas que tuve con aquel njel en lo sucesivo: yo permanecia
horas enteras apegado a la ventanilla por donde nos veamos, pendiente
con una mano de la reja i afianzando los pis en una cuerda que me
servia para izarme; pero mintras estaba con aquella mujer divina no
sentia incomodidad alguna, no veia otra cosa que a ella, no oia mas que
sus palabras, ni respiraba mas que su aliento. Recprocamente nos
contbamos nuestras desgracias, nos comunicbamos los proyectos que
formbamos para salir de tan penoso estado, hablbamos de nuestro amor i
nos lisonjebamos con un porvenir de placer i de ventura: estos
coloquios avivaban nuestro fuego, nos consolaban i nos hacian dulces
nuestras angustias.

La situacion en que ella se encontraba era desesperante: desde la muerte
de su madre, jamas habia pisado el dintel de la puerta de calle de la
casa de su tutor. Este jamas le dirijia una palabra, la forzaba a estar
todo el dia sola en un cuarto que le servia de prision, sin ver mas que
a unos cuantos esclavos que nunca desplegaban los lbios en su
presencia; por la noche se ocupaba en rezar con una vieja, que era su
espa i la cual ejecutaba fielmente todas las rdenes de tirana que le
daba don Gumesindo. Se veia, en fin, precisada hasta de reservarse de su
confesor, que era el capellan de la casa, porque sospechaba que procedia
de acuerdo con su tutor.

Yo era el hombre mas feliz, porque en medio de la miseria a que me veia
reducido, me sentia adorado por la nica mujer que habia ocupado siempre
mi corazon; pero la pobreza me condenaba a no ver realizadas jamas mis
ilusiones. Ella era rica i tampoco podia disponer de sus riquezas: solo
podia llorar conmigo nuestra desventura.

A veces me asaltaba la desconfianza por su amor, porque no hallaba
motivo para que una mujer tan bella i de tantas prendas estimables se
fijara en un miserable como yo, que para vivir se veia precisado a
trabajar de artesano; en un hombre sin porvenir i condenado por su
destino a una perpetua desgracia; pero ella me consolaba con sus
caricias i me juraba amarme siempre a pesar de todo. A los ocho meses de
mantener esta comunicacion, resolvimos fugar de aquel lugar aborrecido i
establecernos en otra parte, en donde pudiramos gozar libremente de
nuestra union, i reclamar con el tiempo sus propiedades. Combinamos el
plan de nuestra fuga, i a m me pareci bien consultrselo a Laurencio,
el cual se interes tan vivamente en el buen xito de la empresa, que
prometi acompaarme a donde fuera con mi querida.

Este hombre que me inspiraba tanta confianza i con quien tanto
simpatizbamos, corria entnces la misma suerte que yo; era pobre i
desvalido. Habia llegado a la Serena casi a un tiempo conmigo, pero se
ignoraba de dnde i con qu fin: l decia que habia sido comerciante en
su pais i que viniendo al Per con sus negocios, un naufrajio le redujo
a la indijencia. Despues veremos la verdad de este relato.

El dia de la Cruz de Mayo de 1813, debia efectuarse nuestra partida a
las dos de la maana, i Luca habia de salir vestida de hombre por una
alta pared que cerraba por un costado la casa de don Gumesindo. Todo
estaba dispuesto, i contbamos entre los preparativos cuatro hermosos
caballos, que nos habian costado muchos meses de trabajo a m i a
Laurencio. Amaneci el dia deseado i nosotros estbamos alegres porque
no habia obstculo que no estuviese ya vencido, i tenamos la seguridad
de no haber sido descubiertos.

Yo ansiaba por que llegase el momento i me reputaba mui dichoso; pero
pasando por la plaza con el objeto de hacer todava alguna dilijencia,
tres soldados me detuvieron i me llevaron a la presencia del juez, que
despues de haber sabido mi nombre i mirdome mucho, me remiti a la
crcel con la rden de que me colocaran incomunicado i con una barra de
grillos. Al instante tembl i obedec sin replicar, porque no hubo duda
para m de que habia sido descubierto nuestro plan. La desesperacion se
apoder de mi alma de tal modo, que si el carcelero no me hubiera
quitado un pual que llevaba conmigo, me habria dado la muerte en aquel
instante mismo. Pero luego qued en calma i en una especie de
embrutecimiento que no me dejaba pensar, ni siquiera sentir.

As permanec dos dias, durante los cuales no v mas que al carcelero
que se acerc a m dos veces para darme de comer: al tercer dia fu
llevado ante el juez i sufr un largo interrogatorio sobre si conocia a
don Gumesindo, si tenia mui estrecha amistad con el esclavo Luciano i
sobre un plan que se decia que yo habia formado con ste para asesinar a
su amo. Todo esto contribuia a aumentar mi confusion, i llegu a
sospechar que el juez se valia de tales rodeos para desentraar mejor el
rapto de Luca; pero al salir, v que entraba tambien a la sala del juez
el pobre negro Luciano con grillos i lleno de sangre: despues supe que
su seor le habia castigado ferozmente ntes de entregarle a la
justicia.

Tres veces mas me llevaron ante el juez en ocho dias que estuve
incomunicado, i por los interrogatorios i cargos que me hacian, vine en
cuenta de que yo estaba acusado de asesino i de complicidad con Luciano;
i supe, con gran sorpresa, que por la noche del dia en que me apresaron
habia fugado Luca de la casa de su tutor. La ajitacion que me caus
este accidente, oido de boca del mismo juez, fu tomada por ste como un
efecto de mi inocencia en el rapto, i al instante decret que se me
pusiera sin prisiones en el calabozo de los demas presos. All encontr
a Luciano i a una multitud de facinerosos, cuyo aspecto me di pavor i
me hizo pensar de nuevo en todo el peso de mis desgracias: uno de los
presos se acerc a consolarme, otros se reian en mi presencia de mis
angustias, i trataban de ridiculizarme con espresiones groseras, segun
decian ellos, para darme valor.

Yo no lo tenia, es verdad, ni siquiera para darme a respetar de aquellos
malvados. El mas viejo de todos conversaba con Luciano, refirindole la
vida de don Gumesindo, el cual, segun l decia, habia venido de
marinero en un buque espaol para cumplir la pena a que en su pais fu
condenado por varios delitos que cometi. Luciano lo oia con mucha
complacencia, i le replicaba que l no tenia mas crmen que el haberle
servido con fidelidad desde su niez. Al fin se acerc a m el negro, i
conversamos acerca de nuestra prision: me dijo que en la tarde del dia
anterior al en que me prendieron, su amo habia recibido una carta de un
amigo, i luego que la ley, le habia llamado a su presencia para hacerle
algunas preguntas sobre m, despues de las cuales le maltrat cruelmente
hasta dejarle medio muerto i cubierta de heridas la cabeza, por cuyo
motivo pas esa noche i el siguiente dia, que era mrtes, postrado en su
cama. El mircoles, siendo ya mui tarde, se advirti que Luca faltaba
de la casa, se la busc prolijamente; i siendo intiles todas las
pesquisas, su amo enfurecido le habia hecho remitir a la crcel, en
donde se encontraba todava sin saber a punto fijo de qu delito se le
acusaba.

Compasion, i mucha, me inspir la sencillez del pobre negro, i al
hacerle saber la imputacion que se le hacia, le v llorar, pero sin que
su semblante sufriese la menor alteracion: no s si lloraba de despecho
o de pena, lo cierto es que el esclavo tambien era sensible.

Mi amor, la desesperacion que tuve al verme preso, la melancola en que
ca despues, todo se me habia convertido en una aversion, un odio
reconcentrado contra todos los hombres; ya no sentia mas que un deseo
frentico de vengarme, aun a costa de lo que podia serme mas caro en
este mundo i en el otro; sentia a veces un placer inesplicable cuando
oia referir escenas de horror, salteos i asesinatos a los que me
acompaaban en la prision, i me entretenia en hacerlos hablar sobre sus
crmenes, porque este era el nico consuelo que tenia.

Despues de vivir un mes en aquella situacion ignominiosa, un dia nos
hicieron marchar a varios de los presos para Santiago, permitindonos,
algunas horas ntes de nuestra partida, hablar con nuestros amigos o
parientes. Yo no tuve otra persona que me viese en aquellas
circunstancias que la vieja Mara, la cual me refiri que Laurencio
habia andado mui inquieto el dia de mi prision, i que desde entnces no
habia vuelto a verle mas, porque se habia huido, llevndose mis caballos
i varios otros objetos que me pertenecian. Esta revelacion i la
circunstancia de no haberse acercado Laurencio una sola vez a la crcel
desde que entr en ella, me hicieron venir en cuenta de que este infame
me habia traicionado huyendo con mi Luca. Pero no hallaba cmo
conciliar una alevosa semejante con el amor i la amistad que me ligaban
con ellos: aborrecia, sin embargo, a los hombres, i mi odio me lo
pintaba todo como posible. Part para Santiago sin saber mi destino,
pero jurando a cada momento no descansar hasta verter la ltima gota de
sangre de Luca i de Laurencio i recrearme en su agona: este era el
nico deseo, la nica esperanza que me daba fuerzas para soportar las
fatigas del viaje i los sinsabores de mi triste condicion.


IV.

Despues de un viaje penossimo, entramos a esta ciudad una noche a fines
de junio: era una noche de invierno, hermosa i serena; la luna alumbraba
en todo su esplendor, las calles estaban solas i en silencio. Al pasar
por el puente, v por primera vez este rio cubierto en toda su estension
de una neblina delgada que me lo hizo aparecer como el mas caudaloso que
en mi vida habia visto. Desde aquel paraje divisaba gran parte de los
edificios de este pueblo i veia que sobre ellos se alzaban como
fantasmas blancas las torres de los templos: al instante me asalt el
recuerdo de Lima i por consiguiente el de mi vida pasada. Maldije de
nuevo a los hombres i me resign a sufrir hasta alcanzar la venganza que
tanto ansiaba. Tales fueron los pensamientos que me ocuparon mintras
llegamos a un cuartel en donde nos dieron posada en la cuadra de los
reclutas.

Al siguiente dia nos filiaron i nos vistieron como soldados, i esto me
caus a m mas gusto que a todos mis compaeros de infortunio. Con
aquella ceremonia principiaba para m una nueva vida, un porvenir mas
halageo que el que habia tenido presente mintras fu tratado como
criminal. Durante los pocos dias que permanecimos en Santiago, practiqu
las mas esquisitas dilijencias para descubrir el paradero de Luca o de
Laurencio, pero no pude obtener la menor noticia. Pens entnces en
abandonar furtivamente las filas, con el fin de buscarlos con toda
libertad, i solo desist de este propsito cuando consider que mas me
importaba lidiar contra los enemigos de mi patria i saciar en ellos mi
sed de sangre, que perseguir a una mujer que me habia traicionado tan
cruelmente. No podia, sin embargo, apartar su imjen de mi corazon; la
adoraba con mas vehemencia a cada instante, porque ya me habia
acostumbrado a sus caricias, porque ya habia sentido tiernamente
correspondido un amor de toda mi vida...

En una de aquellas maanas hermosas que suele haber en invierno, sali
para el Sur la division militar a que yo pertenecia. La calle de nuestro
trnsito estaba llena de jentes; por todos lados nos victoreaban, nos
dirijian tiernos adioses i de algunos balcones nos arrojaban flores,
como para presajiarnos nuestros triunfos; las msicas de la division
mezclaban sus sonidos al bullicio popular i entusiasmaban el corazon. Yo
marchaba con la mochila a la espalda i el fusil al hombro, pensando ver
a cada paso a mi adorada Luca entre las mujeres que lloraban o reian
viendo marchar a la guerra a sus camaradas; pero todo era solo una
ilusion. Yo no tenia quien me llorara ni quien me dirijiese siquiera una
mirada: era talvez de todos mis compaeros el nico hombre desvalido, el
nico desgraciado, que en aquellos momentos no podia entregarse al
entusiasmo que ardia en el pecho de todos.

Al pasar por cada uno de los pueblos del trnsito, se repetia la misma
escena, i aprovechndome de los pocos momentos que en ellos
permanecamos, me ocupaba siempre en buscar a Luca, pero sin obtener
jamas el menor dato.

Llegamos por fin a Talca, i entramos por las calles en medio de un
pueblo numeroso que nos recibia con aclamaciones de entusiasmo, i all
nos incorporamos al ejrcito del jeneral Carrera. En pocos dias mas
estbamos ya acampados en las cercanas de Chillan i sitiando esta
ciudad.

Quiero pasar rpidamente sobre mi vida militar, porque ella pas tambien
sobre m con la rapidez de un relmpago: de batalla en batalla,
marchbamos entnces en una perpetua ajitacion i rodeados de todo jnero
de privaciones. Mil veces he oido que el soldado es un vil instrumento
que no piensa ni tiene voluntad, pero en aquellos tiempos no era as:
todos conocamos i ambamos la causa por que pelebamos, todos
aborrecamos de muerte a la Espaa i a su reyes, porque se nos habia
hecho entender que nos hacian la guerra por esclavizarnos. De otro modo
no habriamos arrastrado la muerte, sin mas interes ni esperanza que
tener patria i libertad; habriamos pedido pan i dinero, en vez de
sufrir el hambre i el frio i de mirar con avidez i con envidia al que
tenia algo para llenar sus necesidades. Ah! pasaron para m aquellos
dias de miseria gloriosa, i hoi no me quedan mas que las amarguras de un
mendigo. Todos me desprecian i no habr un hombre siquiera que sospeche
que yo derram mi sangre por la independencia: yo tambien los desprecio
a todos, porque lo nico que me ha dejado la esperiencia en el corazon
es un odio verdadero al mundo. Las interminables desgracias a que me he
visto condenado durante treinta aos me han dado suficiente fuerza para
arrastrarlo todo: estoi resignado con mi suerte i ni los peligros ni la
injusticia de los hombres me harn bajar la frente. Pero volvamos a mi
vida.

Cuando se habia vuelto a romper la guerra entre nosotros i las tropas
del rei, despues de los tratados con Gainza, i se habia celebrado la paz
entre los jenerales O'Higgins i Carrera, lleg la division a que yo
pertenecia, al pueblo de Rancagua, en donde procur hacerse fuerte para
resistir al enemigo, que marchaba confiadamente con nuevo jeneral i
tropas de refresco a tomar posesion de la capital. Aqu vuelven a
ligarse mis relaciones con la mujer que por tanto tiempo habia sido
objeto nico de mi amor i de mi venganza.

Amaneci el dia primero de octubre i nosotros estbamos alegres i con la
confianza en el corazon, esperando que las tropas de rei se acercaran a
las fortificaciones que se habian formado dentro de las calles de
aquella ciudad. Apnas formbamos poco mas de mil hombres i no dudbamos
de que venceramos a los cinco mil que nos mandaba el tirano, porque
ramos valientes i pelebamos por la independencia. Todos permanecamos
en nuestros puestos, los jefes recorrian las trincheras exhortndonos i
recordndonos la causa que defendamos; pero lo que mas nos
entusiasmaba era el estruendo del ataque que a pocos pasos de all se
habia empeado entre nuestras guerrillas i el enemigo que se acercaba.
La mecha del caon ardia sobre las trincheras, los soldados en silencio
i sobre las armas nos mirbamos como para inspirarnos confianza i valor;
las calles estaban solas, i de cuando en cuando se veia atravesar de una
casa a otra, algun hombre o mujer que llevaban el pavor pintado en su
semblante.

Al fin de algun tiempo de estar en esta situacion violenta, se rompi el
fuego en medio de mil aclamaciones que se ahogaban con el estampido del
caon. En la tarde de aquel dia de gloria i de sangre era ya jeneral la
batalla: se peleaba en las trincheras, en las calles, sobre los techos
de las casas i hasta desde los rboles de los huertos, en cuyos ramajes
estaban los guerreros apiados, se hacia un fuego, vivo i se combatia
con arrojo: por todos puntos ardian las casas de la poblacion, i sus
llamas producian un calor abrasador; una nube densa del humo del
incendio i del combate pesaba sobre nosotros i nos desesperaba de
sofocacion; no tenamos en todo el paraje que ocupbamos una gota de
agua para apagar la sed. Al estruendo de las armas se unian los repiques
de los campanarios que anunciaban victoria, los ayes de los moribundos i
el clamoreo de los soldados i oficiales que se animaban a la pelea.

De repente el cielo nos manda una rfaga de viento que despeja la
atmsfera, nos hace ver la luz del sol i nos deja respirar en libertad.
Un grito ronco de _viva el jeneral_! se hace oir en la primera cuadra
que corre desde la plaza por la calle de San Francisco hasta las
trincheras en que yo me hallaba; el grito se redobla con entusiasmo i el
jeneral O'Higgins se acerca a nosotros montado en un caballo brioso, i
con su espada en mano: su semblante estaba tranquilo, pero severo, sus,
ojos arrojaban fuego. Hroes de Rancagua, nos dijo, reconoced por jefe
de estas trincheras al capitan Millan, porque es uno de los pocos
oficiales valientes que os quedan: los demas han muerto por la patria:
imitad su ejemplo...... un momento mas de constancia i de valor nos dar
la victoria sobre los esclavos de Fernando.... Nosotros le oimos i
dando vivas a la patria i al jeneral, volvimos a la pelea con mas
nimos: el jeneral permaneci con nosotros algunos momentos mas
exhortndonos i dirijindonos; luego march a la plaza entre mil
aclamaciones. Los soldados caian a su lado i l despreciaba las balas
que cruzaban en todas direcciones.

Al dia siguiente pelebamos todava con furor, pero los espaoles habian
ganado mucho terreno, i a veces llegaban hasta las mismas trincheras a
buscar una muerte segura a trueque de tomrselas. En una de las salidas
que hicimos por la calle de San Francisco a desalojar algunas partidas
enemigas que se habian apoderado de las casas vecinas para atacarnos con
mas seguridad, tuvimos un encuentro horrible, que fu uno de los mas
hericos de aquel dia.

Eramos poco mas o mnos veinticinco hombres los que salimos de la
trinchera a batir una partida de enemigos que, derribando murallas, se
habia apoderado de una casa prxima: a la primera descarga nuestra, se
replegaron al patio i nos cargaron a la bayoneta; yo descargu mi fusil
sobre el oficial que los mandaba, i al verle caer a mis pis, conoc que
era Laurencio, el traidor. Me fu sobre l gritndole: dnde est
Luca, dmelo ntes de morir, pero su respuesta fu una mirada
aterradora i un suspiro ronco i profundo que exhal con la vida......
Todos los demas perecieron tambien a nuestras manos i volvimos a
nuestro puesto para defender la trinchera. La venganza que Dios me
habia preparado para aquel momento terrible acababa de desahogar mi
corazon: sent entnces la necesidad de vivir, i cada vez que me
acercaba al parapeto para descargar sobre el enemigo, deseaba que no me
tocara alguna de sus balas hasta despues de ver a Luca, a esa mujer que
hasta en medio de las zozobras de una batalla ocupaba mi corazon i me
atraia con un poder mjico.

En la tarde de aquel dia funesto, el jeneral O'Higgins abandon la plaza
i los espaoles entraron en ella haciendo la mas espantosa carnicera;
yo me refuji en un templo que estaba prximo a mi puesto, pero a los
pocos momentos me sacaron de all con otros varios prisioneros i nos
condujeron a la presencia del jeneral Osorio, i despues a una quinta
inmediata donde estaban los equipajes del ejrcito espaol. En el patio
de esta casa habia varias mujeres que se ocupaban en vendar una herida
que tenia en el brazo derecho un oficial realista. Cuando o que
llamaban a este hombre el coronel Lizones, me fij en l, porque ese era
el mismo apellido de aquel a quien di muerte mi amigo Alonso en Lima, i
cul seria mi sorpresa al ver que su fisonoma era idntica a la de la
vctima de nuestros estravos!

Luego perd de vista al coronel, porque nos encerraron en una bodega,
donde nos dejaron entregados a las angustias que necesariamente habia de
producir en nuestros corazones nuestra triste condicion: yo me reclin
sobre el suelo hmedo de aquel calabozo, porque ya no tenia fuerzas para
resistir la fatiga del cansancio i la desesperacion que se habia
apoderado de m.

Durante el dia siguiente degollaron en el mismo umbral de la puerta de
nuestra prision a varios prisioneros de los que estaban conmigo: yo
esperaba i aun deseaba la misma suerte. Lleg la segunda noche i el
sueo que en todo ese tiempo me habia abandonado, vino entnces a
restablecer mis fuerzas. Hacia mucho tiempo que dormia tranquilamente,
cuando o pronunciar mi nombre a una persona que me habia tomado la
mano. Despert, pero cre que era una ilusion: la luna entraba por la
puerta que estaba abierta i a su luz v que todo parecia en calma i que
el centinela dormia profundamente. El que me habia despertado me
estrechaba la mano i en silencio me conducia fuera de la prision, pero
yo me le resistia lijeramente porque sospechaba que aquello fuera un
lazo que se me tendia. Salimos al patio i todava me condujo a la
arboleda sin decirme una palabra, i yo advertia que su mano temblaba i
que su respiracion era ajitada.

Al llegar a una de las tapias, me dijo en voz baja: huyamos por aqu, no
temas, el centinela que t has visto durmiendo nos ha favorecido, porque
le he comprado; l mismo me design el lugar en que estabas.

--Pero quin eres t, que tanto muestras interesarte por m?

--Alvaro! no me conoces! Ah; te he ofendido tanto! pero no.... no te
ofend jamas! siempre te he amado!...

Estas palabras, pronunciadas con ardor, me hicieron reconocer a Luca;
olvid mi resentimiento i la estrech silenciosamente entre mis brazos;
pero me duraba aun la emocion de las caricias i permanecamos trmulos
cuando me asalt el recuerdo de mi agravio.

--Por qu me traicionaste, mujer ingrata, esclam, por qu me has
engaado? No huir contigo jamas, nunca! Deseaba hallarte, solo para
vengarme de t!

--No seas cruel, Alvaro, soi inocente. Huyamos, cuando ests libre
sabrs mis desgracias i me hars justicia.

--No, quin me asegura que esta no sea tambien una traicion? Te
aborrezco.... Habla, vindcate, si quieres que te siga.

--Ya que te obstinas, yeme i perdname. En aquella noche fatal en que
fugu con Laurencio de casa de mi tutor, cre que marchaba contigo hasta
que la luz del dia vino a revelarme mi error; quise volver sobre mis
pasos, pero Laurencio me asegur que t vendrias luego a reunirte con
nosotros, i que si volvia a mi casa encontraria una muerte segura. De
engao en engao, me condujo hasta Chillan, en donde se encontraba el
ejrcito espaol en aquel tiempo, i se present al jeneral a dar cuenta
de una comision que habia tenido durante su ausencia. Despues he sabido
que este hombre era el espa que tenian los realistas para comunicarse
con sus partidarios residentes en otros pueblos. Perdida ya la esperanza
de volverte a hallar, porque Laurencio me notici que habias muerto,
quise separarme de l, pero adonde podria yo ir a encontrar el amparo
que necesitaba; sola i desconocida en el mundo, no me quedaba otro
refujio que permanecer al lado del nico hombre que tenia deber de
protejerme, porque l me habia sacado de mi hogar i me habia hecho
rendirme a sus deseos....! Si bien no le amaba yo, a lo mnos l era mi
cmplice i manifestaba amarme. Despues del sitio de Chillan, le mandaron
de guarnicion a la plaza de Colcura, yo le segu, porque en aquel
destierro iba a estar ljos de la guerra, ljos de un ejrcito, que era
testigo de mi deshonra i de mis lgrimas. All permanecimos hasta hace
un mes que recibi Laurencio la rden de juntarse a su batallon, i bien
a mi pesar he vuelto a seguir sus pasos. Pero el cielo principia ya a
compadecerse de m! Laurencio muri ayer en la batalla i hoi te alcanc
a ver a t, mi pobre Alvaro, entre los prisioneros. Desde ese momento,
no vacil ni he descansado hasta prepararlo todo para nuestra fuga;
ahora seremos felices, ya no te separars mas de m, t eres mi nico
apoyo, porque te amo como siempre.........

--Luca, es verdad que has sido inocente hasta el momento de rendirte a
ese hombre perverso que muri ayer a mis manos, porque Dios me le
entreg para vengarme; pero ahora eres impura! Faltaste a los
juramentos que me hiciste. Yo no puedo partir contigo.

--Alvaro, no me abandones!

--T me has buscado porque muri Laurencio, no porque me amas.

--Dios mio, por qu soi tan desgraciada! Alvaro, perdname, yo te
amo!....

La esplosion de un fusil i el silbido de una bala que pas por mi oido
interrumpi sus palabras. Nos quedamos pasmados, la alarma principi en
la quinta, e inmediatamente fuimos conducidos a la presencia del coronel
Lizones, que era el jefe de mas graduacion que habitaba aquella casa.

El coronel se habia levantado de su cama envuelto en una capa de grana,
i al oir que le decian que yo pretendia fugarme ausiliado por Luca,
esclam furioso i sealndome a m:--Sarjento, haga usted que le tiren
a ese insurjente cuatro balazos en el momento!.... Luca se arroj a
sus pis pidindole mi perdon i l la escuchaba i la replicaba con una
sonrisa de furor:--ese hombre merece en tu corazon mas que yo, Luca, i
no puede quedar vivo. Esta le aseguraba lo contrario i le protestaba
amarle, porque al pretender salvarme habia sido guiada solamente por la
gratitud: ese pobre soldado, le decia, es inocente, yo le conoc en mi
pueblo cuando era nia i le deb servicios, por eso queria ahora
restituirle su libertad.

Ya estaba yo arrodillado esperando que los soldados prepararan las
armas que me habian de dar la muerte, cuando o estas terribles
palabras: Luca, si consientes en ser maana mismo mi esposa, se salvar
el insurjente.--S, coronel, a ese precio consiento en ser su esposa de
usted. Ya no resistir mas.--Soldados, grit Lizones, llevad a ese
hombre a su prision.--N, repliqu, deseo morir, porque no debo
consentir en el sacrificio de esa mujer que me pertenece... Pero ya el
coronel no me oia i los soldados me llevaron al calabozo por la fuerza.
Yo gritaba frentico i procuraba desprenderme de sus manos, pero ellos
me maltrataban i al fin me encerraron violentamente sin tenerme
piedad......


V.

Desde aquella escena terrible, estuve privado de mi juicio hasta muchos
meses despues. Yo, que habia tenido valor para despreciar la muerte
tantas veces en presencia del enemigo, no lo tuve para soportar la
desgracia de verme despojar de mi Luca en el momento mismo de haberla
recobrado a fuerza de fatigas i padecimientos. Mi locura me vali la
libertad: yo vagaba por las calles cubierto de andrajos, rindome a
veces i otras llorando, pero siempre sin hablar una palabra. Cuando
tenia algun intervalo lcido, consideraba todo el peso de mi desventura
i me lastimaba el verme despreciado i aun vejado por todos!

Luca habia partido al Per con su esposo i yo habia perdido para
siempre la esperanza de volver a verla siquiera. Pero la fuerza de mi
infortunio calmaba poco a poco mis furores i me restituia lentamente a
la razon.

Al cabo de dos aos, logr enrolarme de marinero en un buque espaol
que partia para el Callao; i despues de una navegacion penosa, llegu a
Lima, en donde debia volver a ver a la mujer que tanto habia influido en
mis desventuras.

Todava vivia aquel amigo mio a quien deb el salvarme de la pena que
sufri Alonso ocho aos ntes: a l me acoj de nuevo i volv a deberle
mil favores. La historia de mis desgracias le interes en gran manera, i
si yo hubiese seguido los saludables consejos con que pretendi volverme
a mi estado primitivo i consolarme, no me hallaria ahora soportando la
vejez entre las miserias de la indijencia.

El coronel Lizones, el cual supe entnces que no era el mismo rival de
Alonso, sino su jemelo, se hallaba en aquella ciudad con Luca i gozaba
de todas las consideraciones a que se habia hecho acreedor por sus
victorias en Chile i por su capacidad. Me arredraba la idea de amargar
los dias de este hombre, despues de haber contribuido al asesinato de su
hermano; i a pesar de mis crueles padecimientos, sin fijarme en que me
habia visto reducido a servir a los hombres como esclavo i a sufrir
todas las fatigas de un marinero, tan solo por volver a estrechar en mis
brazos a una mujer, trat de refrenar mi pasion por ella i me resolv a
permanecer con otro nombre por algun tiempo mas en Lima, con solo el
objeto de verla una sola vez para consolarme. Qu mas podia hacer yo,
que durante toda mi vida habia sido desgraciado! yo, que siempre habia
sido contrariado por una fatalidad ciega en mis deseos mas santos i
puros, en mis esperanzas mas fundadas!....

Pero mi destino quiso hacerme tocar otra vez la felicidad para
arrebatrmela luego. Varias veces habia ya recibido el consuelo que
deseaba, habia divisado a Luca en sus balcones, i no me habia
contentado con esto, como lo esperaba; sentia tambien necesidad de que
ella me viese una vez sola i supiese que yo padecia todava por amarla.

Un mrtes santo por la maana, pasaba por la calle en que habitaba
Luca, una procesion suntuosa. La jente llenaba toda la carrera i la
procesion marchaba con trabajo, abrindose paso por entre la muchedumbre
que se agolpaba silenciosa, a ver las imjenes que se llevaban en las
andas. Yo me habia colocado al frente del balcon en que se hallaba
Luca, i en un momento en que se despej el paraje que ocupaba, la v
fijar sus hermosos ojos en m: se enrojeci su semblante i permaneci
largo tiempo mirndome, como si dudara de lo que veia.

Cuando la procesion pas, permanecimos todava en la misma actitud; i
entnces ella, como reanimndose, me hizo una sea para que pasara a su
habitacion. March trmulo a obedecerla, sin pensar en nada i como
arrastrado por una fuerza superior e invisible. Llegu a su presencia,
quise abrazarla, i al verla muda i sria me contuve; ella me tendi la
mano, la estrech a mis lbios i permanecimos algunos momentos en
silencio i llorando..... Nuestras lgrimas esplicaron en aquel momento
el estado de nuestros corazones.

Al fin nos hablamos, pero no ya con la efusion de ternura que en otros
tiempos; el matrimonio habia elevado entre mbos un muro de hierro. Ella
me manifest que la unia a su esposo un sentimiento no mnos puro que el
amor: la gratitud, i que estaba resuelta a respetarle, a serle fiel,
como l le era amante. Pero no me atrev a reconvenirla, a recordarle su
amor, sus juramentos; le habl de mis desgracias, de mi fidelidad; i
ella, sin conmoverse, sin suspirar siquiera, respondi:--Alvaro, por
amarte, abandon mis bienes i viol el asilo domstico; por amarte,
sufr todos los horrores de la guerra, sufr la prdida de mi honor i
fu desgraciada; por amarte, en fin, arrastr la muerte, i por salvar tu
vida d mi mano a un hombre que aborrecia; pero era un hombre honrado i
virtuoso; djame serle fiel, djame cumplir mis deberes. Te he llamado,
no para avivar esa pasion funesta que nos ha perdido, sino para
servirte, para protejerte en este pueblo estrao en donde talvez no
tienes quien te ampare.

Delirante i ciego de enojo entnces, la ultraj sin piedad, llor i aun
me arroj a sus plantas pidindole una vez sola su mano para estamparle
un beso i separarme de all para siempre; pero ella me rechaz con
indignacion; la ingrata se habia olvidado del pobre soldado, porque su
amor habia sido solo una de aquellas ilusiones caprichosas de la
juventud de una mujer. Ahora se hallaba rica i elevada a un alto rango i
quin era yo para considerarme con derecho a su amor, para pedirle otra
cosa que compasion! Pero su compasion me irrit i conceb en el momento
la idea de terminar all mismo una existencia aborrecida: tir un pual
que llevaba sobre mi corazon, i ella di voces, creyendo que yo atentaba
contra su vida; acudieron en su ausilio, i uno de sus esclavos me hiri
i me hizo rodar exnime a los pis de aquella maldita mujer!.... Esta
mano mutilada es el recuerdo que me queda de aquel momento de ignominia
i de desesperacion!....

Cuando el coronel volvi a su casa, habia sido yo conducido a la crcel,
pero sin sentidos; a pocas horas volv a la vida, mas no a la
razon!.... Dejadme, seor, correr un velo sobre lo demas, porque no
podria contaros mi vida de entnces, sin volver a la locura! Ah! pero
mi locura era el delirio del amor exaltado por la rabia que dejan en el
corazon los contrastes. Todos me despreciaban, todos me oprimian: doce
aos me mantuvieron en San Andres, encerrado en una jaula de hierro,
porque no me consideraban sino como un loco; mi locura no inspiraba
caridad a nadie, todo el mundo reia de verme delirando por la traicion
de una mujer.

I en verdad que tenian razon, porque es mui dbil el hombre que delira
por lo que sucede a cada paso en esta sociedad de miserias No es
verdad, seor, que es mui loco el hombre que delira por el desprecio de
una mujer? El tiempo al fin cur mi mal i cuando recobr mi juicio i mi
libertad, hall mis cabellos encanecidos, me v solo en el mundo, sin
patria, sin amigos, sin familia! Es cierto, tenian razon los hombres
para reir de un loco que lo perdi todo por una mujer! Yo tambien me
hubiera reido! No es verdad que vos no me teneis lstima, seor?....

Hace tres aos que llegu aqu, despues de haber hecho por tierra el
mismo camino que en otro tiempo para llegar a mi pueblo, i aun cuando
siempre me acompaan la miseria i la desgracia, al fin estoi en mi
patria: esto me consuela. La viuda de un antiguo camarada me ha acojido:
con ella lloro a veces i parto el pan que me dan de limosna: ya veis,
seor, que mendigo porque no puedo trabajar, porque soi viejo i mis
locuras me hicieron perder el mejor tiempo i tambien una mano! Qu har
ahora sino mendigar i llorar!....

       *       *       *       *       *

Los sollozos ahogaron la voz del pobre viejo: yo tambien le acompa en
su llanto! Cuando le v ya desahogado de la opresion de su corazon, le
pregunt por Luca; i l, con una carcajada satnica i unos ojos de
relmpago, me respondi: se fu a Espaa, seor, con su marido: all
ser feliz, mintras yo soi un mendigo!.... I tomando su palo, march
a paso acelerado. La luna estaba en la mitad del cielo i toda la
naturaleza dormia en calma.....

Algunas veces despues le volv a ver, pero ya hace tiempo que no s del
pobre anciano: habr muerto quiz, i Luca habr llegado sin duda a ser,
por su marido, una de las damas de la nobleza de Espaa.




EL ALFEREZ

ALONSO DIAZ DE GUZMAN.


I.

--Concluyamos, doa Ines; en este momento estoi resuelto a no continuar
nuestras relaciones: vos podeis ser mas feliz con don Juan de Silva. Os
dejar para siempre, pedir al gobernador que vuelva a agregarme a los
tercios del Maestre de Campo Alvaro Nuez de Pineda i me alejar de
Concepcion: no volver a veros.

--No os comprendo, Alonso; ayer no mas me jurabais eterno amor i me
pedais esta entrevista para arreglar nuestras bodas. Quereis burlaros
de m?

--Desconfio de vuestro padre: es imposible que consienta en nuestra
union. Un caballero del hbito de Santiago querr unir su hija a un
soldado que no tiene mas que su espada?

--Vos lo dudais? Acaso con vuestra espada no os habeis conquistado un
nombre? Con ella no triunfsteis en los llanos de Puren, i arrancsteis
del poder de los infieles nuestra bandera? Quin no se honra hoi dia
con vuestra amistad?

--No me atrevo a proponer este asunto a vuestro padre, Ines.

--Se lo propondr el capitan don Miguel de Erauso; es vuestro protector,
es mi amigo i no vacilar en prestarnos este servicio.

--Don Miguel os ama, Ines, i no podr hacernos el sacrificio de su amor.

--Si tal fuese cierto, confimonos entnces de mi hermano don Basilio de
Rojas, con quien tan estrecha amistad os liga.

--Ah! desgraciado de m! vuestro hermano, Ines, vuestro hermano es un
traidor!... Decidme adnde se halla, decdmelo, por Dios!...

--Por qu os enfureceis, Alonso mio! Calmaos, mi hermano es fiel amigo
vuestro, no os ha hecho ofensa.

--Mi amigo! n: decidme, Ines, don Basilio ama a Anjelina, es verdad?

--S, a lo mnos, lo parece.

--I Anjelina le adora, no es verdad?

--Tambien es cierto, mal que os pese, Alonso: vos amais a Anjelina, vos
sois el aleve. Por qu me habeis engaado? Los celos os hacen
delirar... Dios mio!...

Ines habia caido de rodillas, sin sentido, al pronunciar sus ltimas
palabras; don Alonso la sostenia i temblaba de furor. Una idea le
asalta; medita, i luego deja a Ines reclinada sobre las flores del
jardin en que se hallaban i huye precipitadamente, salvando las tapias
que lo separaban de la calle.

La luna brillaba en todo su esplendor i daba un matiz plateado a las
graciosas nubecillas blancas que flotaban en el horizonte. El bullicioso
estrpito de las olas del mar i el ruido de las auras de la noche
formaban una armona misteriosa, que a veces interrumpian los
prolongados y melanclicos aullidos de los lobos marinos que retozaban
en las peas de la playa.

La ciudad de Penco estaba quieta i silenciosa. Solo un hombre se
divisaba atravesar sus calles con paso presuroso. Era el alferez Alonso
Diaz que acababa de abandonar a su querida en un momento supremo, porque
estaba dominado de un vrtigo espantoso. l habia concurrido a la cita,
por cumplir su palabra de espaol, pero su corazon de jven estaba
sojuzgado por otra pasion furiosa, i no le era dado halagar siquiera la
ternura de Ines, que le amaba con delirio. Largo rato habia batallado
por desengaarla; pero ella no podia comprender su lenguaje, porque ya
estaba acostumbrada a su amor i fascinada con la seguridad de poseerlo.

Repentinamente se detiene Alonso en las ventanas de una casa contigua a
un cuartel: habia en ella gran concurrencia. Las voces de alegra se
mezclaban a los dulces preludios de la guitarra, i el taido de las
castauelas anunciaba que un baile iba a principiar.

Alonso escucha, acecha un momento, i lleno de despecho penetra a lo
interior.

--Bien venido seas, alferez Diaz! esclaman todos, i unos le abrazan i
otros le convidan a beber.

--Decidme, Alonso, grit una voz, no os gusta mas la zambra que la
guerra?

--Si no fuera el auditor quien habla as, contestrale de otro modo,
replic Alonso con enfado.

--No os olvideis, Alonso, que tan bien esgrimo la espada como la peola;
i que lo de auditor no me quita lo valiente: pero hoi se trata de
divertimos; no sea que nuestro historiador don Basilio de Rojas, que
est presente en el fandango, como lo est siempre en la batalla, tenga
que engaar a la posteridad diciendo que nosotros solo sabamos pelear i
no galantear. Venga un vaso para Alonso i otro para m i bebamos por la
preciosa Anjelina. Su salero me peta mas que un proceso.

Anjelina, que estaba entnces al lado de don Basilio en la mesa del
juego, se levant graciosamente i tomando otro vaso, acompa al auditor
i al alferez que bebian por ella. El auditor la toma de la mano i pide
que se toque un fandango.

Los concurrentes rodean a los danzantes i con movimientos i gritos los
animan i celebran.

Alonso se separa i toma el asiento que habia dejado Anjelina. Sus ojos
de guila enrojecidos, su aire ttrico i reconcentrado, sus lbios
trmulos, su rostro plido i descarnado, todo anunciaba el furor de que
estaba poseido su corazon. Don Basilio le diriji una mirada cariosa i
echndole sobre los hombros su brazo, continu apostando a los dados.
Alonso pareci mas sereno por un momento: pero volvi a enrojecerse de
furia, cuando oy que Anjelina llamaba la atencion de sus amigos
dicindoles:

--Qu os parece, caballeros, don Basilio abrazando a ese alferez, que
mas tiene cara de mujer que de guerrero!

--Si son celos, Anjelina, replic el historiador, retirando su brazo,
ven ac i vers que s abrazar de otro modo a las donosas.

Anjelina le contest con un desden i se confundi entre la multitud de
damas i militares que formaban la tertulia.

Alonso permaneci en silencio i pensativo.

Desde aquel incidente, no hubo tranquilidad para el jven Rojas: sus
miradas estaban fijas en Anjelina i jugaba sin atencion ni gusto. Poco
mas permaneci en la mesa, i se levant a buscar el lado de Anjelina,
dejando su lugar al alferez, quien sigui jugando de la misma manera,
sin fijarse en lo que hacia, por espiar los movimientos de los dos
amantes.

Era ya tarde de la noche, el cansancio iba apagando el bullicio i
venciendo al contento; pero don Basilio no dejaba de rogar i de ofrecer
sus rendimientos a Anjelina, que se le mostraba cada vez mas desdeosa.

Al fin lguien repara que una mujer tapada se asomaba solcita a las
ventanas: todos se fijan, inquieren, conjeturan; cual la cree una
vision, ste mira en ella al demonio disfrazado de viuda, aquel juzga
que es el gobernador en persona que los observa, i muchos quieren que
sea una querida de alguno de los circunstantes. Esta opinion prevalece i
principian las burlas i las bromas.

Alonso se levanta i con tono solemne i maligno esclama:

--Yo os juro, camaradas, que esa mujer es la querida de don Basilio de
Rojas; una pobre mujer a quien engaa ese prfido i cuyos hijos abandona
por Anjelina.

Todos quedan estupefactos, i don Basilio duda de lo que oye; pero,
incorporndose, rompe el silencio:

--Alonso, no seas majadero: no jures una mentira.

--Juro en verdad, seores, es su querida!..

--Mientes como un cornudo, infame!!--I al decir estas palabras, las
espadas de mbos se cruzan. Las damas gritan, se alarman i huyen en
tropel; algunos animan, otros quieren la paz, todos se mezclan, se
confunden, suenan las armas i el estrpito de la ria crece por
momentos.

Don Basilio cae con el pecho atravesado: todos cargan sobre Alonso; i el
auditor don Francisco de Prraga le coje fuertemente por el cuello de la
ropilla, dicindole--_dte al rei asesino!_ El capitan don Miguel de
Erauso, que se habia levantado de la carpeta, se acerca a Alonso i le
dice en vascuence que procure salvar la vida. El auditor estrecha i
clama favor a la justicia; Alonso le tira un golpe de daga, que le
atraviesa los carrillos, sin verse por eso libre de sus fuertes puos;
trale otra estocada i el auditor cae sin vida.

Alonso usa entnces de su espada i se abre paso entre todos los que le
acosan, hasta la puerta, en donde le dejan solo; huye i toma seguridad
en el convento de San Francisco, que estaba inmediato, dejando la
consternacion i la muerte en aquel salon en que un momento ntes
reinaban el amor i la alegra.


II.

A la sazon estaba abierto el templo, i la campana llamaba a los fieles a
la misa del alba. Alonso se introduce precipitado, encuentra al
provincial rezando en el presbiterio, se echa a sus pis, la declara su
situacion i le pide asilo. El anciano se levanta con gravedad
majestuosa, e imponindole su manto, le dice:

--Que Dios te perdone, hijo mio, as como el patriarca te defiende de la
justicia de los hombres.

I conducindole a su celda, se vuelve a su oracion.

Una hora despues, el convento estaba cercado por gran nmero de las
tropas de la guarnicion; i los clarines anunciaban por las calles un
bando en que don Alonso Garca Ramon, gobernador i capitan jeneral del
reino i presidente de la Real Audiencia, prometia premio a quien
entregase muerto o vivo al alferez Alonso Diaz Ramirez de Guzman; i
prohibia, bajo severas penas, que se le diese embarcacion en ningun
puerto, ni albergue en ninguna guarnicion, plaza ni presidio, por ser
reo de muerte.

A esa hora se hallaba en su palacio el gobernador con su secretario el
capitan don Miguel de Erauso, quien escribia i dictaba apresuradamente,
interrumpiendo a cada momento su trabajo hondos suspiros que le ahogaban
el pecho.

El gobernador se paseaba por la sala i daba repetidas rdenes con voz
firme i amargo ceo.

Un oficial avisa desde la puerta que ya esperaban en la antesala todos
los testigos i presos que se habian recojido. El trabajo se suspende, i
don Garca se dirije a su secretario:

--A quin interrogars primero, don Miguel?

--A quien vuesa merced me indique, seor. Para m, que he sido testigo
del hecho, no hai necesidad de interrogaciones: el alferez fu provocado
i necesit defenderse como hombre i como caballero.

--Tu amistad te engaa, don Miguel; el alferez ofendi primero al de
Rojas, i ste no hizo mas que querer castigar un insulto.

--El de Rojas, seor, cortejaba a la dama de Alonso, mintras que la
suya le espiaba desde afuera. Si se ofendi de que el alferez denunciase
el hecho, valirale mas proceder como quien era, i no enredar la
pendencia, que no es de caballeros el reir entre las damas.

--Anjelina me ha jurado esta maana que no solo no es la dama de Alonso
Diaz, sino que ni siquiera ha cruzado jamas con l una palabra; i
Anjelina no miente.

--Anjelina es una mujer liviana, seor.

--Reprtate, don Miguel, que tu cario al alferez te torna deslenguado.

--Mucho hablais de mi amistad por Alonso, seor, i pienso que me honra
el ser amigo con el mas valiente guerrero de nuestros tercios. Quin
tiene hazaas como las suyas? quin mas leal, quin mas bravo en la
refriega! Mozo imberbe es todava i cuenta mas glorias que aos. Aqu
lleg soldado desvalido, como lo sabe vuesa merced, i si yo le tom en
mi compaa i bajo mi amparo, fu porque ademas de sus prendas, hall
que era de mi pueblo i conocia a mi familia. Si esto es una tacha,
seor, pondr para borrarla mis largos servicios al rei nuestro amo...

Los ojos del capitan brillaron como de orgullo, i el gobernador,
estrechndole la mano, puso fin al dilogo i di principio a las
indagaciones.

Mintras esto sucedia, los claustros del convento presentaban otra
escena: a lo ljos i hundido en un escao se divisaba al provincial, su
capucha calada i sus brazos cruzados sobre el pecho. Alonso estaba a sus
pis de rodillas, sin armas i con la cabeza descubierta, confesando sus
culpas con fervor.

Don Francisco de Rojas, caballero del hbito de Santiago, miraba al
penitente con un aire de melancola i rabia que daban a su cara una
espresion misteriosa; pero sin moverse del poste en que se habia apoyado
para esperar la terminacion del acto sagrado.

Alonso recibi la absolucion con su frente reclinada sobre el suelo,
bes la manga del sacerdote i se levant, dirijindose al templo con sus
ojos humildemente cerrados.

El caballero le sale al encuentro i dndole sbitamente con la punta de
su capa un golpe en la cara, esclam:

--Ya sabeis, canalla, para qu os busco!

El primer movimiento de Alonso fu poner mano a la cinta, i hallndose
sin armas, se arroja sobre don Francisco, como un tigre furioso, a
devorarle. El provincial, que seguia sus pasos, le pone mansamente la
mano sobre la cabeza, preguntndole con voz suave:

--Qu hicsteis, mancebo, vuestro propsito?....

El alferez suelta su presa, enmudece, baja los ojos i tiembla de rabia i
de dolor.....

Don Francisco, libre de su adversario, hace una profunda reverencia al
prelado, i con voz trmula i balbuciente,--perdon, padre mio, le dice,
este perro es al asesino de mi hijo, el seductor de mi hija, i no puedo
lavar mi afrenta sino con mi espada.

--Olvidais, seor, que este paraje en que estais, es la casa del Dios
que perdona, que da la paz i nos ensea la humildad?

--N, mi padre; pero s que este hombre me debe su sangre i que puedo
matarle en donde le halle: ya que su paternidad le ampara, selemos
campo i hora, que yo con mi palabra aseguro su libertad, i juro no
ofender la santidad del claustro.

--Yo no me batir con vos, replic secamente Alonso.

--Porque sois un asesino cobarde! esclam el caballero.

Alonso se enfurece de nuevo, pero el padre intima a don Francisco que se
retire, i conduciendo al penitente al templo, se arrodilla con l i le
ensea a pedir misericordia.....

Alonso tenia fijos en la imjen de la Vrjen sus ojos arrasados en
lgrimas; las palabras del sacerdote herian su corazon i le llenaban de
angustia: un crmen acababa de disipar para siempre la mas bella de sus
ilusiones.....


III.

Era el 1 de octubre de 1612: la ciudad de Concepcion ostentaba uno de
sus mejores dias. Penco o Concepcion, que era entnces la cabecera de la
colonia, estaba situada en la rada que hoi lleva aquel nombre; i sus
casas se estendian desde la playa del mar, en la que estaba situada una
fortaleza, en el mismo sitio donde hoi se ven las murallas en la que se
construy mas tarde. Al costado sur de la plaza, que aun subsiste,
estaba la catedral, i la manzana del frente, al norte, estaba ocupada
por el cabildo, palacio del gobernador i el cuartel. Detras del palacio,
arroyo de por medio, se hallaba el gran convento de San Francisco, que
ocupaba una manzana entera. La poblacion era enteramente espaola.

Los habitantes, vestidos de gala, llenaban las calles que en aquella
maana se veian adornadas vistosamente con tapices de diversos colores.
Un sol apacible de primavera i el aura embalsamada de los contornos,
aumentaban el contento, como si la naturaleza misma hubiese querido
concurrir a dar la bienvenida al nuevo gobernador don Alonso de Rivera,
que entraba en aquellos momentos rodeado de un brillante cortejo de
oficiales, entre cuyos penachos i cimeras se hacia notar el modesto
sombrero del jesuita Luis Valdivia, el cual traia en las manos, con gran
reverencia, los pliegos en que Felipe III proponia la paz al congreso
araucano.

Los entusiastas vivas del pueblo se mezclaban al estruendo de la
artillera i a los repiques de las campanas, i el Gobernador se hallaba
recibiendo en la sala capitular los homenajes del Cabildo, cuando una
mujer, cubierta de negro, se abre paso entre la muchedumbre i llega
hasta los pis del nuevo gobernador pidiendo gracia.

--Para quin la peds, hermosa seora, le dice don Alonso, alzndola del
suelo cortesmente; i sbito se interpone el caballero de Rojas, quien,
reprimiendo la clera que le domina, aparta a la bella Ines, diciendo:

--La pide, seor, para el matador de su hermano, para el asesino de mi
hijo!....

El dolor ahoga la voz del anciano, i el silencio sucede por algunos
momentos.

El gobernador promete que se har justicia segun la lei del rei i la de
Dios, sin olvidar la intercesion de una dama honesta, que harta razon
mostraba tener, cuando pedia perdon para el asesino de su hermano en una
ocasion tan solemne.

El anciano Rojas se retir llevndose a su hija i los regocijos pblicos
siguieron, contribuyendo no poco a entretener las conversaciones el
lance que acababa de suceder en la sala del ayuntamiento.

Luego que termin la ceremonia, el capitan don Miguel de Erauso, que
habia sido ratificado en su puesto de secretario de guerra, instruia a
don Alonso de Rivera en todos los pormenores del suceso ocurrido en casa
de Anjelina i movia su nimo en favor del valeroso alferez, que aun
permanecia asilado en San Francisco, aunque no en la rigorosa
incomunicacion en que permaneci los seis meses que el gobernador don
Garca habia mantenido las guardias que estableci en el convento.

Fu tanto el empeo que el secretario puso por conseguir la libertad de
Alonso Diaz, que el capitan jeneral le prometi que pasado algun tiempo
le remitiria agregado a los tercios del Tucuman, de donde l venia
dejando amigos a quienes podia recomendar al alferez con gran provecho
suyo, porque conocia mui de cerca al mancebo i le habia visto combatir a
su lado muchas veces con heroismo.

--No debemos perder, decia el gobernador, a un soldado que tanto puede
servir a la causa del rei i de la relijion!

El alferez en aquellos momentos estaba ignorante de lo que acerca de l
pasaba, i slo, en su celda, se ocupaba en limpiar sus armas i en
aderezar sus vestidos, como si se preparara para una funcion. A veces se
le oia suspirar, i murmurando algunas palabras, suspendia su ocupacion i
se ponia profundamente triste. Luego se arrodillaba, estrechaba
fuertemente sus manos sobre el pecho i se veian sus hermosos ojos
brillar con lgrimas de dolor. Otras veces empuaba su espada, la miraba
con aire marcial i se reia, como ajitado por el recuerdo de algun
triunfo.

En uno de estos delirios se encontraba, a tiempo que el sol ponindose
apnas daba un lijero tinte amarillo a los avellanos que hermoseaban el
claustro, cuando el alferez don Juan de Silva se le present.

--Dios os guarde, Alonso, amigo.

--El os guarde, don Juan. Habeis avanzado algo?

--Est todo perdido.

--Qu habeis hecho? Decidme!

--Desesperado de no poder vencer la pertinacia de doa Ines, i
conociendo que es imposible hacerla desatender los consejos de ese
demonio de Anjelina, que no se aparta de su lado, desde que matsteis al
hermano, me determin a pedir su mano a don Francisco.

--Sin prepararle de antemano, sin esperar a que yo hablase con doa
Ines.... Habeis hecho mal, don Juan, habeis destruido mi plan. Doa Ines
habria sido vuestra, si no hubieseis precipitado las cosas.

--Qu demonio! Si se me present ocasion, cmo no habia de
aprovecharla! Esta maana visit a don Francisco; despues de cierto
acontecimiento ocurrido en el Cabildo, de que luego os hablar, hallle
determinado a encerrar a doa Ines en un monasterio i aun tom all
mismo algunas providencias para verificarlo. Hablle sumisamente i
djele que yo admitia a doa Ines por esposa, si l nos otorgaba su
venia; pero me di una negativa tan furiosa i terminante que no poco
pesar me cost reprimirme para rogarle lo mismo i apaciguarle. El me
insulta, me veja i por fin me dice que la hija de un Rojas no puede
unirse a un canalla, a un perro que desciende de judos. Mi respuesta se
la d pronto estampndole mi manopla en un carrillo, i el duelo qued
emplazado para esta noche a las once. Eso es todo.

--Qu habeis hecho, don Juan!......

--Lo dicho: i vos tendreis que acompaarme al sitio, porque no tengo
otro amigo que vos.

--Yo no puedo ser testigo de un duelo en que va a batirse ese anciano a
quien tanto debo.

--Si no os parece, no sea; yo me ir solo, que a otro no he de fiar mi
lado.

--Reflexionad, don Juan, Ines me ama a m, al matador de su hermano; su
anciano padre es desgraciado por m.... Deber yo ausiliar a su
contrario?....

--Ya os dije que as sea: no estoi ahora para responder a los argumentos
del miedo. Vos me precipitsteis en esto, i yo os perdono aunque me
abandoneis, as como perdonaba a doa Ines el que os amase.

--Eso mnos, don Juan, mi pecho no conoci jamas el miedo, i de m no se
dir que abandon a un amigo en el peligro. Fuerte es la prueba que voi
a daros, pero os la dar. Vive Dios!....

Escandecise el rostro del jven i don Juan le estrech la mano,
separndose de l i asegurndole que en su casa le aguardaba.

Una hora despues se veian en un estrecho cuarto, sin tapiz ni muebles,
dos hombres sentados alrededor de una mesa de nogal i apurando una bota
de un aejo, cuya fragancia trasminaba el aposento. Las oscilaciones del
candil que los alumbraba imprimian un aire siniestro a sus fisonomas i
retrataban sus formas en jigantescas dimensiones sobre la pared. El uno
era corpulento i abundaba de salud; su frente abultada se dilataba hasta
la mitad de la cabeza, por falta de cabello; pero a trueque de esto,
tenia una barba espesa que sombreaba su roja i espaciosa cara, i el
bigote le cubria enteramente la boca. El otro era un jven de regular
estatura, de aire macilento, pelo negro i abundante, pero sin barba;
ojos hermosos i de un mirar fogoso i atrevido, nariz corva i pulida
boca; est con su codo apoyado en la mesa i la mano en la mejilla,
enteramente contraido a la narracion que de sus hechos le hace el
primero, cuyo nombre, como sabemos, es don Juan de Silva.

La noche era horriblemente tempestuosa. El mar ajitado mezclaba el
prolongado estruendo de sus olas al estampido del trueno que se repetia
a cada momento con mas fragor: un viento caliente, anuncio infalible de
la tempestad, zumbaba sordamente en los techos i los sacudia a manera de
un terremoto. La oscuridad era tan densa que el mundo parecia perdido en
un caos insondable i espantoso.

Son las diez: los dos alfreces se levantan, apuran el ltimo trago que
les quedaba en la bota, i salen con sus espadas i dagas. No se divisaban
en las calles ni edificios ni alma viviente: la poblacion estaba en
silencio, porque el repentino cambio del tiempo habia puesto fin a los
regocijos de aquel dia.

Llegaron mbos a un sitio prximo a la ribera del arroyo i all se
pararon: Alonso propuso a su compaero que se pusiera cada uno su
pauelo atado al brazo, para no desconocerse en lo que pudiera
ofrecerse, a causa de la oscuridad, i as lo hicieron.

Largo trecho hacia que esperaban, cuando una voz, conocida por la de don
Francisco de Rojas, dijo--don Juan de Silva!

Don Juan respondi--Aqu estoi!

Metieron mbos mano a las espadas i se embistieron rabiosos, mintras
los dos testigos permanecian quietos en sus puestos. Fueron bregando sin
que ninguno cediera al otro, i la luz siniestra del relmpago brillaba
en sus espadas i mostraba a cada combatiente la situacion de su
adversario.

Un trueno revienta con fragor terrible casi sobre las cabezas de los que
reian, i al mismo tiempo un hondo quejido muestra a Diaz que su amigo
estaba herido: psose luego a su lado, i al punto el otro, al lado del
caballero de Rojas: entnces el combate se hizo jeneral, sin que una de
las dos parejas estorbase a la otra.

A poco andar, cayeron los dos primeros; i Alonso con su enemigo
continuaron tirndose tajos con furor i con destreza. El uno dobla sus
rodillas i suelta la espada diciendo:--Ah! traidor, que me habeis
muerto!

Alonso, que era el vencedor, pregunta quin sois vos?... i el moribundo
responde:

--Don Miguel de Erauso!...

Los tres caidos pedian a voces confesion, i Alonso, atnito i casi sin
sentido, corre a San Francisco, les envia dos relijiosos i se encierra
en su celda. Los dos primeros espiraron en el acto i el secretario de
guerra fu conducido a casa del gobernador.

All se le ofrecieron los ausilios del arte, e inmediatamente se di
principio a la sumaria para indagar quin era el que sobrevivia i
someterle a la justicia. El capitan don Miguel lo declar todo, mnos el
nombre de su vencedor. El gobernador increpbale su reserva, pero nada
pudo alcanzar.

As hubiera permanecido libre Alonso, si en un momento de delirio, don
Miguel, que porfiaba con el doctor Robledo por que le diese a beber
vino, no hubiera esclamado:

--Mas cruel sois, doctor, que el alferez Diaz, que me ha herido!

Luego muri, i el gobernador pas la noche en vela, preparndose para
hacer al otro dia la justicia que todos sus oficiales i los principales
vecinos le pedian contra el desgraciado Alonso.


IV.

El cadalso est preparado en el centro de la plaza de Concepcion; las
tropas lo rodean i un numeroso concurso vaga en silencio por los
alrededores. El dia se avanza i el reo todava no parece.

El gobernador se paseaba pensativo en el salon de su despacho, esperando
el resultado de la tercera i ltima intimacion que habia hecho a frai
Francisco de Otrola, provincial de la rden serfica, para que
entregase al reo Alonso Diaz, asilado en su convento. Al fin aparece el
oficial mensajero, trayendo por respuesta una redonda negativa del
provincial.

El gobernador se hace seguir de su guardia de piqueros i marcha al
convento, resuelto a allanarlo para sacar por sus propias manos al reo.
Llega; se manda abrir las puertas, le resisten; las hace derribar,
penetra con espada en mano i encuentra a la comunidad que le cierra el
paso con sus brazos cruzados sobre el pecho i la capucha calada;
pretende abrirse paso i los frailes, con tono humilde, le intiman que no
volver a salir Su Merced ni sus tropas, si se atreven a violar su
asilo.

En tanto, el provincial contiene al alferez Alonso, que, con espada en
mano, quiere l solo impedir la entrada del gobernador; le insta, le
ruega que s e salve i que evite una profanacion de la santidad del
claustro; i mintras que su comunidad resiste humildemente en la
puerta, el santo prelado consigue, casi por fuerza, que Alonso escale
las tapias del jardin i salte a la calle.

Despues de un largo altercado, el Capitan Jeneral, aconsejado por el
jesuita Valdivia, se resuelve a respetar la inmunidad eclesistica, tan
consagrada por las leyes de entnces, i se retira confiado en la promesa
que le hacen los franciscanos de que el reo ser enjuiciado por sus
trmites i segun los fueros de la Iglesia.

Alonso perturbado en la calle, penetra en una casa cuyos departamentos
le son desconocidos: vaga, largo rato cautelndose, sin encontrar a
nadie, i despues entra en una sala cuyas puertas i ventanas estaban
entornadas. Una mujer cae exnime gritando el asesino! i otra cubierta
de luto se reclina sobre ella a prestarla ausilios....

Alonso permanece en pi, helado, con una especie de pavor que jamas ha
sentido, sin poder proferir una palabra: acaba de ver caer a Anjelina i
miraba a la hermosa doa Ines, que tambien le ha reconocido.

A ese tiempo resonaban en la calle los clarines de los tercios que se
retiraban de la plaza, i los gritos i algazara del pueblo que los
acompaaba a sus cuarteles.

Vuelta en s Anjelina, i despues de un profundo i significativo
silencio, durante el cual permanecieron los tres mirndose de hito en
hito, como espantados, Alonso se arroja a los pis de las dos damas, que
estaban fuertemente abrazadas; i sollozando, con voz ahogada i
balbuciente:

--Perdon, perdon, las dice, no para un criminal, sino para... para la
mujer mas desgraciada que jamas la tierra sustent!!...

--Mujer! repiten ambas horrorizadas i retrocediendo como si huyeran de
un espectro.

--Mujer, s, la mas infeliz!...

En esta situacion permanecieron sin proferir mas palabras, hasta que
doa Ines, rompiendo en amargo llanto, levant al alferez del suelo en
que yacia, preguntndole:

--Quin sois? decdmelo sin engao.... no aadais el escarnio a mis
tormentos!...

--Soi doa Catalina de Erauso, nacida de nobles padres en San
Sebastian! Pas mi niez en un convento, de donde me fugu a tiempo de
profesar. Vagu por la Espaa, en traje de hombre, hasta que la suerte
me atrajo a estas rejiones, en donde fu arrastrada por la fortuna a
tomar la carrera de las armas. Vosotras conoceis mis hazaas i ahora
sois las nicas depositaras de mi secreto... Mat a vuestro hermano,
doa Ines, porque le amaba con delirio i me sentia arrebatada por los
celos: yo no podia hacerme amar de l, pero tampoco podia sufrir que
entregase su corazon a otra. Por eso os enga: vos me amasteis, me lo
disteis a conocer, i yo no podia desecharos, porque habria perdido al
dolo de mi corazon. Un arrebato de los celos, un momento de vrtigo me
hizo cometer aquel crmen que llorar toda mi vida... Perdonadme, doa
Ines!... Vos sois la nica que puede absolverme ac, para que Dios me
perdone en el cielo: si vos me condenais, l tambien me condenar...

--I mi padre, mi anciano padre! interrumpi doa Ines.

--Yo no he muerto a vuestro padre: el honor, un compromiso me arrastr
a ser testigo de su duelo, que ojal jamas lo hubiera sido! All
encontr a un hombre, un hombre con quien debia batirme tambien, sin
saber quin era; le d la muerte batallando lealmente, pero ese hombre,
doa Ines, era mi hermano, mi protector!... el amigo que me habia
favorecido sin conocerme... Quereis mayor espiacion? No es este un
castigo de Dios? Mil vidas daria por volverle la que le quit!... el
cadalso es poca afrenta, no es castigo para m!!... yo merezco mas... yo
no deb huir... Aqu, aqu, estoi!!...

I diciendo esto quiso correr hcia la puerta i cay sin sentido...


V.

Son las diez de la noche: la ciudad est en silencio i sus calles
desiertas.

Tres mujeres se ven atravesar con paso ajitado i sin hacer ruido alguno.
Pasan el arroyo que separa a San Francisco de la vereda del sur.

Al llegar a cierto paraje, donde se encuentran algunos avellanos
silvestres que se empinan jigantescos, robustos e inmobiles, una de
ellas se arroja de rodillas a los pis de una de las otras.

--Aqu es, doa Ines, la dice, donde debeis darme vuestro perdon!!...

Doa Ines la levanta i sollozando le responde: Dios te perdone!...

En aquel sitio habian caido la noche anterior don Francisco de Rojas,
don Juan de Silva i don Miguel de Erauso.

Las tres se arrodillan de nuevo: pasan algunos momentos durante los
cuales el aura lleva algunos suspiros ardientes i varias palabras
misteriosas, i las tres continan su camino. Trasmontan la colina en que
estaba la Hermita i desaparecen.

En las altas horas de la noche, se ven tres jinetes acercndose al
Biobio, que en aquellos momentos est abundante i majestuoso por el
flujo de la mar. Cruzan la ancha ribera i llegan a la orilla, en que las
aguas jugueteaban silenciosas. Eran las mismas mujeres que ntes habian
salido de la ciudad.

All est un hombre con un caballo enjaezado i algunas armas en la mano.
Una de las mujeres arroja su traje, se cie la espada i dando un abrazo
mudo i tierno a cada una de sus compaeras, monta el corcel i se
precipita a las ondas.

Las dos que quedan en la orilla miran con solicitud a la que se
retira...

Ya no se ve mas que un punto negro all a lo ljos, en la superficie de
las aguas, que reflejan las estrellas de los cielos.

El punto desaparece: no se oye mas que el murmurio de las corrientes que
juguetean en las arenas. Las dos se postran i rezan...

Despues de una prolongada angustia, se oye en la ribera opuesta un tiro
de arcabuz.

Esa seal significa que se ha salvado la _Monja Alferez_.




ROSA.

(Episodio histrico.)


I.

El once de febrero de 1817 la poblacion de Santiago estaba dominada de
un estupor espantoso. La angustia i la esperanza, que por tantos dias
habian ajitado los corazones, convertanse entnces en una especie de
mortal abatimiento que se retrataba en todos los semblantes. El ejrcito
independiente acababa de descolgarse de los nevados Andes i amenazaba de
muerte al ominoso poder espaol: de su triunfo pendia la libertad, la
ventura de muchos, i la ruina de los que, por tanto tiempo, se habian
seoreado en el pais; pero ni unos ni otros se atrevian a descubrir sus
temores, porque solo el indicarlos podria haberles sido funesto.

La noche era triste: un calor sofocante oprimia la atmsfera, el cielo
estaba cubierto de negros i espesos nubarrones que a trechos dejaban
entrever tal cual estrella empaada con los vapores que vagaban por el
aire. Un profundo silencio que ponia espanto en el corazon i que de vez
en cuando era interrumpido por lejanos i ttricos ladridos, anunciaba
que era jeneral la consternacion. La noche, en fin, era una de aquellas
en que el alma se oprime sin saber por qu, le falta un porvenir, una
esperanza; todas las ilusiones ceden: no hai amigos, no hai amores,
porque el escepticismo viene a secarlo todo con su duda cruel; no hai
recuerdos, no hai imjenes, porque el alma entera est absorta en el
presente, en esa realidad pesada, desconsolante con que sauda la
naturaleza nos impone silencio i nos entristece. Temblamos sin saber lo
que hacemos, el zumbido de un insecto, el vuelo de una ave nocturna nos
hiela de pavor i parecen presajiarnos un no s qu de siniestro, de
horrible...

Eran las diez: las calles estaban desiertas i oscuras; solo al pi de
los balcones de un deforme edificio se descubria, envuelto en un ancho
manto, un hombre que, a veces apoyado en la muralla i otras movindose
lentamente, semejaba estar en acecho.

De repente hiere el aire el melodioso preludio de una guitarra, pulsada
como con miedo, i luego una voz varonil, dulce i apagada deja entender
estos acentos:

         Qu es de tu f, qu se ha hecho
       El amor que me juraste,
       Rosa bella?
       Acaso alienta tu pecho
       Otro amor i ya olvidaste
       Mi querella?

         No recuerdas, linda Rosa,
       Que al separamos jurabas,
       Sollozando,
       Amarme siempre, i donosa
       Con un abrazo sellabas
       Tu adios blando?

         Como entnces te amo ahora,
       Porque en mi pasada ausencia;
       A mi lado,
       Te soaba encantadora
       Compartiendo la inclemencia
       De mi hado.

         Torna, pues, a tus amores
       No deseches mi quebranto;
       Que muriera,
       Si ultrajras mis dolores,
       Si desderas mi llanto!
       Hechicera!...

Pone fin a las endechas un lijero ruido en los balcones i un suave
murmullo que, al parecer, decia:

--Crlos, Crlos! Eres t?

--S, Rosa mia, yo que vuelvo a verte, a unirme a t para siempre!

--Para siempre! No es una ilusion?

--N: hoi que vuelvo trayendo la libertad para mi patria i un corazon
para t, alma mia, tu padre se apiadar de nosotros: yo le servir de
apoyo para ante el gobierno independiente, i l me considerar como un
marido digno de su hija...

--Ah! no te engaes, Crlos; que tu engao es cruel! Mi padre es
pertinaz, te aborrece porque defiendes la independencia, tus triunfos le
desesperan de rabia...

--Yo le vencer, si t me amas; promteme fidelidad, i podr
reducirle...

--Espera un instante, que en ese sitio ests en peligro!

El dilogo ces. Despues de un tardo silencio, se ve entrar al
caballero del manto por una puerta escusada del edificio, la cual tras
l volvi a cerrarse.

Pero la calle no queda sin movimiento; a poco rato se vislumbra un
embozado que sale con tiento de la casa, desaparece veloz, i luego
vuelve con fuerza armada, i ocupa las avenidas del edificio: voces
confusas de alarma, de splica, ruido de armas, varios pistoletazos en
lo interior, turban por algunos momentos el silencio de la ciudad.

Una brisa fresca del sur habia despejado la atmsfera, las estrellas
brillaban en todo su esplendor i la luna aparecia coronando las
empinadas cumbres de los Andes; su luz, amortiguada i rojiza,
contrastaba con la oscura sombra de las montaas i les daba apariencias
jigantescas i siniestras.

El chirrido de los cerrojos de la crcel i de sus ferradas puertas
reson en la plaza: un preso es introducido a sus calabozos...


II.

A la una del dia doce, estaba sentado a la mesa con toda su familia el
marques de Aviles. Uno de los empleados del gobierno real acaba de
llegar.

--Qu nos dice de nuevo el seor asesor? pregunta el marques.

--Nada de bueno: los insurjentes trepaban esta maana a las siete la
cuesta de Chacabuco: nuestro ejrcito los espera de este lado, i en este
momento se est decidiendo la suerte del reino, seor marques. Entre
tanto, V. S. no ha leido la _Gaceta del Rei_?

--No, lala usted i veamos.

--Trae la misma noticia que acabo de dar a V. S. i este prrafo
importante.

--El Asesor lee:

Anoche ha sido aprehendido, en una casa respetable de esta ciudad, el
coronel insurjente Crlos del Rio. Se sabe de positivo que este
facineroso ha sido el vencedor de nuestras avanzadas en la cordillera;
i que juzgando el insolente San Martin que podia sacar gran ventaja de
la audacia i sagacidad de este oficial, le ha mandado a Santiago con el
objeto de ponerse de concierto con los traidores que se ocultan en esta
ciudad. Pero la Providencia divina, que proteje la causa del Rei,
nuestro seor, puso en manos del gobierno el hilo de esta trama
infernal, i uno de los mejores servidores de S. M. entreg anoche al
insurjente, el cual se habia atrevido a violar el asilo de aquel seor
con un objeto bien sacrlego. S. M. premiar a su debido tiempo, tan
importante servicio, i el traidor espiar hoi mismo su crmen en un
patbulo, a donde le seguirn sus cmplices...

Aqu llegaba la lectura del Asesor, cuando Rosa, que estaba al lado de
su padre el marques, cae desmayada, lanzando un grito de dolor. Todos se
alarman, la marquesa da voces, el Asesor se turba, unos corren, otros
llegan; solo el marques permanecia impasible, i diciendo al Asesor:

--No se fije usted en esta loca, yo he sido quien ha prestado al Rei ese
servicio, yo hice aprehender aqu, en mi casa, a ese insurjente que me
traia inquieta a Rosa de mucho tiempo atras; qu quiere usted! casi se
criaron juntos! La frecuencia del trato, eh?... El muchacho se inquiet
con los insurjentes, yo le arroj de mi presencia i hoi ha vuelto a
hacer de las suyas!

Despues de algunos momentos, merced a los ausilios de la marquesa, Rosa
vuelve en s: sus hermosos ojos humedecidos, su color enrojecido, sus
lbios trmulos, su cabellera desarreglada, sus vestidos alterados, todo
retrata el dolor acerbo que desgarra su corazon: es un njel que llora,
que pide compasion i que solo obtiene por respuesta una sonrisa fria,
satnica....

--Padre mio, dice arrodillada a los pis del marques, yo juro no
unirme jamas a Crlos, pero que l viva!... Un sollozo ahoga su voz.

--Que l muera, replica el anciano friamente, porque es traidor a su
Rei.

--No os he dado gusto, padre mio? No me he sacrificado hasta ahora por
respetaros? Me sacrificar mas todava, si es posible, pero que l
viva!

--Vivir i ser tu esposo, si reniega de esa causa maldita de Dios que
ha abrazado, si vuelve a las filas de su Rei!... El anciano se conmovi
al decir estas palabras.

Rosa se levanta con una gravedad majestuosa, i como dudando de lo que
oye, fija en su padre una mirada profunda de dolor i de despecho, i
concluye esclamando con acento firme:

--N, seor! quiero mas bien morir de dolor, i que Crlos muera tambien
con honra por su patria, por su causa: yo no le amaria deshonrado...

Desapareci. Un movimiento de espanto, como el que produce el rayo,
ajit a todos los circunstantes...

       *       *       *       *       *

Las tinieblas de la noche iban venciendo ya el crepsculo, que hacia
verlo todo incierto i vago.

Habia gran movimiento en el pueblo, el susto i el contento aparecian
alternativamente en los semblantes, nadie sabe lo que hai, todos
preguntan, se inquietan, corren, huyen; el tropel de los caballos i la
algazara de los soldados de la guarnicion lo ponen todo en alarma. La
jente se apia en el palacio, el Presidente va a salir, no se sabe a
dnde: all estn el Marques, la Marquesa, el Asesor i otros muchos de
los principales.

Rosa aprovecha la turbacion jeneral, sale de su casa disfrazada con un
gran paolon: oye vivas a la patria, sabe luego que los independientes
han triunfado en Chacabuco, i corre a la crcel a salvar a su querido:
llega, ve todas las puertas abiertas, no halla guardias, todo est en
silencio, los calabozos desiertos; corre despavorida, llama a Crlos,
solo le responde el eco en las ennegrecidas bvedas. Penetra al fin en
un patio: all est Crlos, el pecho cruelmente desgarrado, la cabeza
inclinada i atado por los brazos a un poste del corredor... Una hora
ntes le habian asesinado los cobardes satlites del Rei!

Rosa toma entre sus manos aquella cabeza que conservaba todava la bella
espresion del alma noble, intelijente, del bizarro coronel; quiere
animarla con su aliento ... se hiela de horror ... vacila i cae de
rodillas... Una mano de fierro la levanta, era la del Marques que con
voz trmula i los ojos llorosos le dice:

Respeta la voluntad de Dios!


III.

Era el 12 de febrero de 1818: el ruido de las campanas, las salvas de
artillera, las msicas del ejrcito, los vivas del pueblo que llena las
calles i plazas, todo anuncia que se est jurando la Independencia de
Chile!

La patria es libre, gloria a los heroes que en cien batallas tremolaron
victoriosos el tricolor! Prez i honra eterna a los que derramaron su
sangre por la libertad i ventura de Chile!...

En el templo de las Capuchinas pasaba en ese instante otra escena bien
diversa: las puertas estaban abiertas, los altares iluminados, algunos
sacerdotes celebrando; una que otra mujer piadosa oraba. Las monjas
entonaban el oficio de difuntos, su lgubre campana heria el aire con
sones plaideros. En el centro del coro se divisaba, al traves de los
enrejados, un ataud...

Ese ataud contenia el cadver de la hija del Marques de Aviles; estaba
bella i pura como siempre, i su frente orlada con una guirnalda de
rosas.




DON GUILLERMO.

(1860.)

  Quid Rom faciam, mentiri nescio.
                           JUV.


I.

El Aguila.

Mui mal pintada era la que llenaba una gran ensea que estaba enclavada
encima de una puerta de la calle de Cochrane, en Valparaiso; pero en su
pechuga, i como guarecido por sus enormes alas, mostraba un escudo en
forma de corazon azul, tachonado de estrellas blancas, que bien decian
que el dueo de la fonda de adentro era uno de esos orgullosos
ciudadanos de la feliz rejion de Amrica que riegan el San Lorenzo i el
Mississippi.

En una tarde de invierno hmeda i nebulosa, trasminaba aquel caramanchel
de un espresivo olor a caf, que provocaba i atraia a cuantos marineros
navegaban el lodo de aquellos andurriales. Yo, que habia lanzado en ese
ocano las enormes lanchas que llevaba por zuecos, ca tambien en la
tentacion i me zampuc en la ahoyada fonda, no sin que el umbral me
descubriera la cabeza e hiciese rodar mi sombrero por el barro, pues
aquella puerta estaba calculada para hombres bajos i de gorra de lana,
i no para los que, aunque pigmeos, cubrimos nuestras cabezas con un cubo
de felpa.

Esto supuesto, imajinaos cul no seria mi admiracion al ver en el
recinto de la sala junto a una mesa a un enorme yankee plegado en tres
dobleces sobre la silla que le servia de sustentculo, i pendiente de
una nariz colosal que podria haber servido de centro i arco a dos ojos
del puente grande del Mapocho.

Lo primero que se me ocurri, despues de mi sorpresa; fu preguntarme
por dnde habria entrado all aquel jigante. Pas en revista puertas i
ventanas, tragaluces i escotillas, todos los agujeros de la fonda; i se
aument mas mi confusion cuando v que por la mayor de aquellas
avenidas, apnas cabia la nariz de mi hombre. Decididamente, le habian
puesto all para edificar la casa. Solo cuando se me vino esta
reflexion, digna de Descartes, me tranquilic, cual el porfiado
matemtico que no se tranquiliza, sino despues de haber resuelto un
problema, haciendo un millon de garabatos.

Entnces pens en acercarme a aquella maravilla para verla, oirla i
palparla; i as como que no quiere la cosa, me sent a su mesa con gran
confianza. Una mirada tranquila i llena del portentoso yankee me inund
todo entero. Qued calado, es decir, conocido hasta el fondo: i le
inspir la misma simpata que l habia despertado en mi corazon.

Mozo, traiga usted caf, esclam casi asustado; i mi vecino, poniendo
su enorme cachimba entre sus enormes lbios, volvi a mirarme con
agrado, como si se alegrara de retirar su vista de los grotescos
marineros que llenaban el recinto i espesaban la atmsfera con sus
emanaciones tabacosas.

El no era marinero, visiblemente: su porte era grave, semblante plido i
sereno, sonrisa natural en su boca, pelo a la Caracala, i su cuerpo
antidiluviano envuelto en un hermoso sobretodo camaleon a la Benjamin
Constant. Tenia delante su caf casi agotado, i mas que destilada una
botella que debi ser de jinebra, cuando se la pasaron llena.

El vapor embalsamado del caf que me servian flot entre nuestras caras,
pero sin ocultarme su nariz; nos mirbamos al traves, i mbos
aspirndolo esclamamos: Qu caf! El con voz baja, sin duda por temor
de hacer estallar los vidrios a soltarla entera, i yo en mi tiple usual.
Estaba establecida la corriente elctrica de la amistad con aquella sola
esclamacion en que se habian encontrado nuestros bellos espritus: nos
comprendiamos; pero yo si que comenzaba a dudar de la solucion de mi
problema i no acababa de comprender cmo habia entrado all aquel hombre
acompaado de su nariz i de su palt.

--Qu buen caf! me dijo, con un acento casi paternal.

--Excelente, le repliqu, i como estaba yo preocupado con mi problema,
agregule esta pregunta--Ha entrado usted a tomarlo?

--S, seor, desde que sal, acostumbro entrar aqu todas las tardes a
tomar este buen caf. Hacia tantos aos, tan largos aos que no lo
tomaba! esclam con acento dolorido.

--Usted sale? le pregunt yo sorprendido, entra a tomar este buen
caf?

--Sin duda, me replic; desde el primer dia de mi salida, pas en la
tarde por aqu, por recorrer las calles, i el aroma de este caf
despert mi antigua aficion a tan rica bebida, i me entr sin titubear.
Ped caf, i beb cuanto me sirvieron. Hacia tantos aos que no gustaba
este nctar celestial!...

--Por dnde entr usted?

--Por la misma puerta que usted, i sin perder el sombrero, como usted.

--Cosa estraa! Es tan baja esa puerta, i esta casa es tan estrecha
que...

--S, pero no hai estrechuras para quien ha vivido tantos aos como yo
bajo tierra, dijo dando un suspiro de lo mas hondo de su pecho.

--Ya... No le ser difcil a usted entrar por cualquier parte, no es
esto? Pero ha entrado usted por all? dije, sealndole la puerta.

El hombre volvi entnces a inundarme con una mirada, requiri su
cachimba, cabalg su pierna derecha sobre la izquierda, i como
descontento de mi estupidez mir a otra parte.

--Es usted chileno? me pregunt mirndome de reojo.

--Neto, le respond con orgullo.

--Se conoce, me dijo, lanzando una bocanada de humo, i escancindose el
concho de su cafetera en la taza. Volvi a suspirar, i despues de una
pausa, que me tenia aterrado, torn a mirarme con amor, i agreg:
Conoce usted los _restaurants_ de la ciudad? Sabe usted dnde se sirva
tan buen caf, con mas decencia i con mnos concurrencia de marineros?

--No, seor, pero es probable que en casa de Guinodie se halle tan bueno
como aqu.

--Ser algun _restaurant_ frances el que usted me nombra?

--S, caballero; el mejor, segun creo, de la ciudad.

--No me gusta; ser farsa de caf lo que all sirven: prefiero tomarlo
bajo el pabellon de las estrellas, aunque sea entre marineros; al fin
estos son hombres que andan sin mscara, i que no estn en escena, sino
cuando se columpian en las gavias tomando o soltando rizos.

--No ha entrado usted nunca al caf de Guinodie?

--No, sin duda, desde que sal no he entrado mas que aqu, i al hotel de
Europa donde alojo.

--S, eso se comprende, el hotel de Europa es el que est en la plaza
Municipal, uno de puerta mui grande i de patio, no es as, caballero?

--Justo, ese es el hotel de Europa. Pero al parecer usted est
preocupado, jven, con las puertas anchas i las pequeas. Le ha causado
mucha impresion el coscorron que se di en el umbral de sta al entrar?
Sernese usted, nadie se fij en eso, i aqu entre ingleses no tiene
usted que temer. Nosotros no nos curamos de los golpes que cada hijo de
vecino se da donde puede. Cada uno es dueo de golpearse cuando Dios le
deja de su mano.

Este lenguaje me sorprendi. Quin ser este hombre? decia yo entre m.
Yo le he tomado por yankee al ver su estravagante figura, i sin embargo,
l habla de Dios, cosas poco conciliables, a no ser que sea un yankee
rico, que son los nicos que creen en Dios, porque necesitan ser ricos
para pensar en tener una relijion. Ahora se hace el ingles, i eso es mas
difcil de creer, porque un ingles no habla jamas el espaol, como este
lo habla, a no ser que haya nacido en Jibraltar o en otra parte de la
Pennsula. Quin ser este hombre? Estas reflexiones me calentaban la
cabeza, i para salir de una vez de mis aprietos, hube de abordar de
frente la dificultad.

--Es usted norte americano? le pregunt.

--Por afeccion i casi por principios, porque he pasado en Estados Unidos
lo mejor de mi vida, ntes de venir a Valparaiso.

--Est usted aqu mucho tiempo ha?

--No tengo cuenta del tiempo que hace. He sabido despues de mi salida
que est corriendo el ao 41, i solo ahora principio a contar fechas.

--Pero ha estado usted siempre en Valparaiso?

--Supongo que s, porque fu aqu donde llegu de Inglaterra, mi patria:
aunque el Valparaiso de hoi no es ni siquiera una sombra del Valparaiso
que v a mi llegada.

--Piensa usted permanecer aqu?

--No precisamente aqu, porque debo principiar desde maana una eterna
peregrinacion entre Valparaiso i Santiago.

Volv a callarme, confuso con semejantes respuestas, Quin es este
hombre, Dios mio! esclamaba en el fondo de mi alma, Cmo podr
descubrirlo? De dnde ha salido? Qu ocupacion tiene? Abismado estaba
yo en mis reflexiones, cuando l se levant pag su puesto i sali
despidindose de m con una insinuante cortesa.

No qued mnos asombrado, cuando advert que no tenia la talla
estraordinaria que yo le habia visto, sino un cuerpo airoso, elegante i
de una altura no tan enorme. Su andar era grave, de paso largo i casi
rpido. Lleg a la puerta i la salv con mas facilidad que yo dejndome
abrumado bajo el peso de mi curiosidad.


II.

La segunda tarde.

La curiosidad suele ser una pasion en algunos, aunque siempre lo es en
todas: la caja de Pandora fu abierta por pura curiosidad; la primera
manzana que se gust en el mundo fu comida tambien por pura curiosidad.
Es verdad que fueron mujeres las que tales atentados cometieron; pero
tambien es cierto que los hombres no les van en zaga; con la diferencia
de que la historia no nos seala grandes crmenes cometidos por
curiosidad, cuyo autor no sea una mujer. Testigo, el pecado de comer
manzanas, que ha cundido desde la madre Eva, que di el ejemplo, hasta
nuestros dias, de un modo espantoso i con un contajio inevitable, que no
perdona edad ni sexo.

No es tan peor que la curiosidad no produzca tales estragos cuando anima
a los hombres: al fin no les pica a estos sino por esplorar i descubrir
rejiones desconocidas, donde no pocas veces se pierden, como Sir John
Franklin en las nieves polares, i tantos otros que en alas de la
filosofa o en los lomos del Pegaso han ido a parar a las mas ardientes
alturas de una cabeza caliente.

Como quiera que sea, la curiosidad es el instinto mas til que tiene la
especie humana: sin l no habriamos habitado este mundo del bien i del
mal, i habriamos tenido que pudrirnos en la eterna primavera del paraiso
terrenal; sin l careceriamos de tantos descubrimientos como han hecho
los curiosos en los dominios del espritu i en las rejiones del globo.

Ese instinto me disculpe, pues al dia siguiente de mi escena con aquel
hombre tan curioso, yo no pensaba, ni veia, ni oia, ni hacia cosa alguna
que no fuese para satisfacer la ardiente curiosidad con que tal ente me
habia contajiado. En la tarde de ese dia llovia, como es uso en
Valparaiso, de atravieso, i de arriba abajo, i aun de abajo para arriba,
en fuerza de un huracan antojadizo que soplaba sin sujetarse a lei ni a
regla ninguna: entnces no sirven zuecos ni paraguas, sino una buena
resolucion para lanzarse en aquellas calles, que rivalizan con el mar
por sus corrientes. Tuve esa resolucion, i a las cuatro estaba ya
instalado en la misma mesa del Aguila, donde habia conocido al objeto
de mi pasion.

La fonda estaba poco visitada, i el patron mascaba tabaco, apoyando toda
su mole sobre sus propios brazos, que tenia cruzados i juntos sobre el
mostrador, a cuyo respaldo estaba en pi. Miraba tristemente a la
puerta, por donde entraban a veces en lugar de parroquianos, fuertes
ramalazos de lluvia impelidos por el viento. Su mirada era fija i
parada, como de ojos sin vida, su rostro era atezado, redondo i peludo,
cruzado por una ancha boca de la cual arrojaba amenudo torrentes de zumo
de tabaco mascado. Un gorro lacre de marinero coronaba aquel cuadro.

Pasada una hora comenc a desesperar de mi esperanza, i como habia
bebido i pagado bastante caf, me cre con derecho de interpelar al
patron; i lo hice mui afablemente, hablando del tiempo, tema obligado en
todos los casos en que no hai de que hablar, o en que uno necesita
introducirse a platicar con otro. Mas el patron no me respondi: lo
nico que hizo fu mirarme con ese desprecio con que los ingleses o sus
descendientes los yankees, miran a todos los que les hablan en espaol.
Picado un poco mi amor propio, volv a levantar la voz, repitiendo en
ingles lo que ntes habia dicho en espaol: el patron, entnces, solt
las amarras a sus rjidas e inmviles facciones, i teji conversacion
con la mayor familiaridad, como si estuviera con un antiguo conocido.

--Dgame usted quin es ese hombre con quien tom caf ayer en esta
mesa?

--Oh! ese es un hombre que ha venido varias veces a tomar caf al
Aguila.

--No le conoce usted?

--How! s, mucho: hace dias que viene aqu, i todos mis parroquianos le
han visto tomar caf i jinebra.

--Cmo es su nombre?

--Mr. Livingston. Oh! paga mui bien i bebe mucho, i paga siempre en
onzas antiguas.

--Pudiera usted darme noticias de l?

--Oh! Mr. Livingston toma mucho caf, parece un frances, pero paga mui
bien.

--Mr. Livingston es ingles?

--Oh! Habla ingles mui bien.

--De dnde ha venido aqu?

--Viene del hotel de Europa, todos los dias a tomar caf.

--Pero de dnde, de qu pais ha venido a Valparaiso?

--How! Mr. Livingston ha llegado mucho tiempo ha; pero solo en estos
ltimos dias se ha hecho parroquiano del Aguila, por el buen caf que
aqu se sirve.

Cansado ya de interrogar a aquella mole tabacosa, i sin esperanzas de
adelantar en mis investigaciones, determin irme al mismo hotel de
Europa, resolucion suprema, que me presentaba el camino mas corto para
llegar a mi descubrimiento. Despedme del patron, i ech a nadar hcia
la plaza de la Municipalidad. El patio del hotel estaba inundado i su
escalera azotada por la lluvia; pero nada me arredr. Penetr por
pasadizos oscuros i silenciosos hasta el hogar de la patrona, conducido
por un muchacho de la casa.

Era aquella una francesa, con gorra por supuesto, i de formas pticas
mui raras, pues representaba ni mas ni mnos una de esas muecas
encaramadas en una bala, que se mueven en todas direcciones, segun el
impulso. Sin poderme definir su aspecto i sin darme cuenta de sus
lneas, porque la luz era mui opaca, me le fu al abordaje
inmediatamente, con la palabra se entiende: ella me recibi el ataque
con una inundacion, con un diluvio de frases de todos calibres, que,
aseguro, me aterr; i si mi curiosidad no hubiera sido tan grande, me
habria dado por derrotado por aquella voz tiple, que salia de una
larinje que no tendria mnos de setenta aos de uso continuo.

Al nombrarle a Mr. Livingston, ella, como si hubiese estado enamorada
del ingles, suspir con ternura, i entre esclamaciones i aspavientos me
asegur que habia partido esa misma maana para Santiago, sin mas ropa
que su sobretodo i una frazada; i como se suelta la tarabilla, cuando
principia a rodar la piedra del molino, ella se solt diciendo:--I mire
usted, caballero, don Guillermo, que as se llama Mr. Livingston, no se
ha ido como quien es, sino a pi, a pesar de que tiene bastante dinero
para pagar todos los carruajes que quiera. Tom su ropa al hombro i con
su cara siempre risuea ech a andar, despues de pagar su cuenta en el
hotel. Mr. Livingston es hombre mui estraordinario, habla con los
espritus, no duerme, se rie solo, se pasea a la media noche, se
encierra de dia, no tiene equipaje, i sin embargo le sobra el dinero en
su faltriquera; habla todas las lenguas, todo lo sabe, no tiene
curiosidad por nada, cuenta muchas historias, pero no habla con todos.
Solo a m me abria su corazon, solo conmigo conversaba; ya se ve, hace
tantos aos que nos conocemos... Cuando yo llegu a Chile con mi Ferran,
siendo yo todava mui jven, l era cajero de la casa de Monsieur
Waddington, i fu uno de los primeros huspedes que tuvimos en el hotel
de Francia, que estableci Ferran. Entnces le conoc, le trat i fuimos
grandes amigos. Un dia de esos se desapareci de repente, i no volv a
verle mas hasta hace pocos dias que se apareci aqu. Yo le hice saber
que me hallaba viuda, porque a Ferran se le ocurri destaparse la cabeza
de un pistoletazo; le cont mi historia, l me oy no mas, i hoi se ha
ido sin volver a conversar mas de estas cosas... La patrona di un
suspiro i yo me sentia mareado...


III.

El camino de Valparaiso.

No canto el polvo, n, que envuelve a los viajeros en un dia de verano,
ni aquellos interminables lodos en que se atascan en un dia de julio.
N, eso seria cantar al gobierno o a sus injenieros, que se recrean en
remover durante el buen tiempo cuanta tierra hai en el camino, o en
acarrearla por carretadas, para que haga bastante barro en el invierno.
Cada loco con su tema: yo respeto la de nuestros tutores[1], i por eso
debo acatar tambien su ciencia de componer carreteras i de construir
ferrocarriles: a bien que el costo no sale de su bolsa, sino de los
ataditos que el pobre hace en la punta de un mal pauelo, para tener con
que pagar peajes, barreras i sisas.

       [1] En la poca en que se escribi este cuento, era propio llamar
       as a los gobernantes, porque el partido que los apoyaba tenia
       entre sus doctrinas la de considerar al pueblo como menor de
       edad.

Mi cantar no es en s bemol, como se necesitaria para espresar las
angustias del triste caminante que tiene que dejarse despear por
aquellas cuestas, haciendo esguinces a las carretas que se agolpan,
gozando de la plena independencia de locomocion que les deja la lei para
andar como quieran en los caminos, rabie quien rabiare.

Mi cantar es mnos srio, mnos triste, pues templo i modulo mi rabel
para recordar a todos cuantos han atravesado el susodicho camino de
Valparaiso una cosa que todos han visto, en la cual todos han fijado su
atencion, sobre la cual todos han discurrido a su modo por un momento, i
la cual todos olvidan hasta que vuelven a verla otra vez.

Esa cosa es un hombre indefinible que marcha i marcha siempre a pi por
las veredas del camino, haya sol o llueva a torrentes, haya lodo o
tierra en que envolverse. El marcha siempre con paso igual i seguro, sin
mirar a su alrededor, sin volver sus ojos a ninguna parte. Lleva la
cabeza inclinada en ademan de ir absorto en un pensamiento terrible. Su
tez es blanca, como la de los habitantes del norte de Europa, i sus
lacias canas caen a confundirse con una barba blanca en que se divisan
todava los visos dorados de un cabello que fu rubio en otro tiempo. Su
estatura elevada va un poco disimulada por una lijera inclinacion hcia
adelante, i por una frazada que lleva colgada en el hombro. El largo i
aoso poncho que le cubre deja ver a veces los faldones de un paletot,
ltimo recuerdo de una condicion perdida.[2]

       [2] Esto es histrico. Un hombre misterioso, como el que se
       describe, se veia siempre en marcha en el camino de Santiago a
       Valparaiso, por aquellos aos; i hacia el camino en la forma que
       se relata.

Quin es ese hombre? se preguntan todos los pasajeros que le encuentran
o le alcanzan, i si la pregunta se dirijo alguna vez al cochero o
postillon, el pregunton observa que el postillon o el cochero se recata
un poco, se sonrie como con miedo, i agrega un no s, o cuando mas
esplcito anda, dice que es un ingles que anda siempre por el camino,
que no pra en ninguna parte, i que apnas llega a Santiago, vuelve a
salir para Valparaiso, i en esta ciudad entra tomando la playa, i sale
en seguida sin que nadie sepa a dnde se dirije.

Alguna vez se presenta al caminante la ocasion de dirijir la palabra a
aquel hombre raro; entnces v un semblante apacible que se sonrie i
unos ojos azules que miran con dulzura, pero no entiende las breves
palabras que modula el peregrino, sin detener su paso rpido i firme. Si
uno es bastante jeneroso para alargarle una moneda, el peregrino
estiende la mano i la recibe, sin variar su actitud; i si el que ha
usado esa jenerosidad, pudiera observar al peregrino mas adelante, le
veria llegar a un rancho del camino, agasajar a los perros, acariciar a
los nios i dar la moneda que acaba de recibir a alguno de los pobres
habitantes de la choza, siguiendo despues su camino con el mismo paso
firme i seguro que traia.

Pero sea dicho en verdad: no hai jente mnos observadora ni mas
indiferente que la que transita aquel camino. Si el transeunte es
chileno, ya se sabe que no se le ha de dar nada de nada, que mira sin
ver lo que va encontrando, i que si ve lo que mira, no surje en su opaco
espritu ni una observacion, ni un pensamiento. Ni es mas observador si
es estranjero: el ingles va desprecindolo todo i absorto en el negocio
que le hace caminar: el yankee va despedazando el coche con su navaja, i
mirando la comarca, se imajina como la _escuatriara_ si Chile se
anexara a las estrellas: el frances va como una tarabilla i levantando
el codo a cada instante para besar su botella; el aleman, va criticando
cuanto mira; el espaol, contando andaluzadas o elojiando su pennsula;
i el italiano va cantando o platicando por boca i narices sobre la
independencia de Italia.

As es que el peregrino hace jeneralmente su camino como por un
desierto; i tan seguro va de eso, que amenudo se rie solo i habla con
los espritus, sin curarse de los transeuntes: l es el seor del
camino, est all como en su casa, i conversa con los duendes que le
asisten como si no estuviera en pblico.

Mas no se ha escapado de mi curiosidad, pues aunque pertenezco a la mas
honorable de aquellas nacionalidades, i tengo mucho de su caracterstica
indolencia, poseo tambien bastante necedad para preciarme de que no se
me va ninguna, i no era posible que el perpetuo viajero se escapase a mi
curiosidad.

As sucedi que estando yo de paso en Casa Blanca, i estacionado en la
puerta de la posada de don Duardo, como le dicen los cocheros, admirando
con todas las fuerzas de mi espritu los insondables barriales de las
calles de aquel pueblo en un dia de invierno, pas por all el peregrino
con su cabeza inclinada i meditabunda, con paso tranquilo i seguro, como
si pisara en un pavimento de mrmol. Mi primera mirada cay de lleno
sobre su nariz, que era bastante hermosa para llevarse la preferencia, i
luego la recorr por la vasta mole de su cuerpo, creyendo reconocer al
mismsimo hombre que tanto me habia interesado en otro tiempo en la
fonda del Aguila. Quise llamarle por su nombre, pero algo misterioso
debi operarse en mi espritu en ese momento, porque me sent mudo i
sobre todo me cre atraido tras de los pasos del peregrino como por una
fuerza irresistible.

D las rdenes convenientes a mi conductor para que, si no volvia a
encontrarme, entregase mi equipaje en Santiago, i tom la direccion a
esta ciudad a pi, siguiendo al viajero a cierta distancia. Al salir de
las goteras del pueblo, cosa que conoc, no por la ausencia de tejados,
sino porque disminuia el barrial, apur el paso, i llegando a una
distancia conveniente de mi perseguido, esclam:

--Don Guillermo, igame usted una palabra.

El viajero par, i volviendo hcia m con benevolencia, me dijo:--Yo
tambien le he reconocido a usted, a pesar de que no le he visto sino un
sola vez en la fonda del Aguila: qu quiere usted?

--Hacer el camino con usted para conversar largo, mui largo, porque me
muero de deseos de ser su amigo....

--I de saber mi historia no es esto? me interrumpi el peregrino
sonrindose.

No pude negrselo. Le confes mi interes, mi curiosidad, i le rogu que
me abriese su corazon como a un amigo. Muchas fueron las condiciones que
me puso, muchas las pruebas que me exiji de lealtad, muchas las
preguntas que me hizo para comprender mi carcter; pero ello es que
marchamos juntos, i tardamos tres dias en llegar a la capital, tres dias
durante los cuales v i o las cosas mas asombrosas que jamas he visto i
oido, tres dias durante los cuales se trasform cien veces Mr.
Livingston, tres dias en fin en que yo fu tambien a mi turno
metamorfoseado a cada paso por mi compaero, i permanec invisible para
todo el mundo, hasta para mi cochero, que buscndome, me alcanz i no me
vi, dejndome abandonado en el camino.

Ahora, que me he humanizado de nuevo i que he recobrado mis facultades,
voi a contar lo que o i v, por si hai curiosos, como yo, que deseen
saber el sino de aquel hombre misterioso, o por si hai quien quiera leer
cosas estupendas sin dao de nadie i sin peligro.


IV.

La Cueva del Chibato.

Para saber i contar i contar para saber que no ha mucho tiempo habia al
pi de un cerro de la ciudad de Valparaiso una cueva al parecer mui
somera, pero que en realidad era honda como la eternidad. Esta cueva
estaba situada en el centro de la poblacion i en un paraje que era de
paso obligado para todos los transeuntes, pues nadie podia ir del Puerto
al Almendral i del Almendral al Puerto sin atravesar la estrecha
garganta que formaba el cerro de la cueva con el mar, i sin mojarse a
veces los pis en las olas que llegaban a estrellarse, en tiempos de
crece, contra el morro.

Ahora ha variado todo eso, pues merced a la poderosa voluntad de un
millonario, el morro fu recortado i la cueva tapiada i convertida en un
slido edificio de bveda destinado a guardar los tesoros de un banco.
Pero vamos hablando de los felices tiempos en que aquel Creso no habia
cerrado todava la cueva, para dejar en eterna prision lo que ella
contenia. Entnces no habia la hermosa calle que hoi se ve all, ni
habia vecinos que habitasen los contornos, ni gas, ni aceite que
alumbrase la oscuridad de las noches: as es que aquel paraje era
peligroso a ciertas horas i no podia un cristiano arriesgarse a
atravesarlo impunemente.[3]

       [3] La _Cueva del Chibato_ estaba en el lugar que ocup el Banco
       de Chile cuando se instal, donde estn ahora las joyeras de
       Nagele i Hepp, i que forma el vrtice del ngulo obtuso que hace
       al lado del cerro, en aquella parte, la calle de la Esmeralda.
       Aquella cueva prestaba asunto a la conseja que se refiere en este
       prrafo, la cual era antiguamente mui popular en Valparaiso i en
       todo el pais, i sirve ahora de base para este cuento.

La poblacion entera de Valparaiso sabe que, en la poca a que nos
referimos, habia dado a la cueva su nombre i mucha celebridad cierto
chibato monstruoso que por la noche salia de ella para atrapar a cuantos
por all pasaban. Es fama que nadie podia resistir a las fuerzas
hercleas de aquel feroz animal, i que todos los que caian en sus
cuernos eran zampuzados en los antros de la cueva, donde los volvian
_imbunches_, si no querian correr ciertos riesgos para llegar a
desencantar a una dama que el chibo tenia encantada en lo mas apartado
de su vivienda.

Los que se arrojaban a correr aquellos peligros tenian que combatir
primero con una sierpe que se les subia por las piernas, i se les
enroscaba en la cintura i en los brazos i en la garganta, i los besaba
en la boca; despues tenian que habrselas con una tropa de carneros que
los topaban, atajndoles el paso, hasta rendirlos; i si triunfaban en
esta prueba, tenian que atravesar por entre cuervos que les sacaban los
ojos, i por entre soldados que los pinchaban. De consiguiente, ninguno
acababa la tarea i todos se declaraban vencidos ntes de llegar a
penetrar en el encanto. Entnces no les quedaba mas arbitrio para
conservar la vida que dejarse _imbunchar_, i resignarse a vivir para
siempre como sbditos del famoso chibato, que dominaba all con voluntad
soberana i absoluta, como muchos sultanes de este mundo.

Es pues escusado decir que nadie volvia de la cueva a referirnos sus
misteriosas peregrinaciones, i que todas esas historias que contaba el
pueblo se sabian solo por revelacion o intuicion. Pero lo cierto es que
casi no habia familia que no contase la prdida de algun pariente en la
cueva, ni madre que no llorase a algun hijito robado i vuelto imbunche
por el chibato, pues es de saber que ste no se limitaba a conquistar
sus vasallos entre los transeuntes, sino que se estendia hasta robarse a
todos los nios mal parados que encontraba en la ciudad. I como
Valparaiso es ciudad en donde hormiguean los nios, i como hai tantos
nios que tienen madres tan descuidadas, si las tienen; i como para
remate hai tantsimos nios que se distraen con cualquier friolera, o
que corren tras cualquier monada, aunque los imbunchen, el chibato hacia
una abundante cosecha, de modo que si no le tapan la cueva, talvez
tendria imbunchada a toda la poblacion a estas horas.

Fcil es imajinarse que el animal no se echaria por esas calles en su
forma propia i natural a caza de muchachos; i as es la verdad, pues
cuentan las buenas madres robadas, que son brujas i tambien de vez en
cuando brujos machos, quienes roban chicos en la ciudad. Eso puede
probarnos que el seor de la cueva tenia i tiene a su servicio algunas
viejas, que precisamente han de serlo las brujas, que se ocupan en
sonsacar muchachos; i sin duda tendr tambien brujos jvenes que
sonsacan muchachitas para llevrselas a sus dominios. Pero seguramente
esos fieles servidores que salian de la cueva no debieron entrar all de
otra parte, i sin duda fueron criados i nacidos en aquella rejion, o a
lo mnos formados imbunches en edad temprana, para no tener inquietudes
en el mundo esterior, ni adherirse a partidos estraos, ni a intereses
ajenos de los de su poderoso seor.


V.

A picos pardos.

Quin no ha andado alguna vez a picos pardos? Confesmoslo llanamente:
nadie deja de ser quien es ni deja de cumplir su sino en este mundo por
haberse hecho gato alguna vez en su vida. Alejandro Magno no dej de ser
el mas clebre de los filibusteros de la antigedad, ni sus capitanes
dejaron de ser famosos guerreros por haberse andado a picos pardos,
aquel con Taltestrida, reina de las amazonas, i stos con las
trescientas damas que de tan largas distancias acarre consigo aquella
reina de puro enamorada. Ni Julio Csar ha dejado de trasmitimos su
gloriosa fama, a pesar de que se echaba tan a menudo a picos pardos, que
lleg a ser el terror de los maridos romanos, i mereci que sus soldados
le anunciasen de vuelta de sus triunfos, clamando:--_Romani, servate
uxores, adducimus Calvum_, dicho que con su acostumbrada sabidura nos
recuerda el srio seor de Brantome.

Pero basta de erudiciones profanas, que no necesitamos de ellas para
escusar a don Guillermo Livingston por haberse anublado alguna vez en
aventuras nocturnas. Mr. Livingston, a quien ya conocemos de vista, era
ntes de ser embrujado un hombre formal a las derechas. Cajero de una
casa de comercio de Valparaiso, tenia hcia sus veinticuatro aos tanto
aplomo como un hombre de ochenta. A las cuatro de la tarde terminaba sus
tareas i se instalaba en el hotel de Francia, donde comia sin hablar con
nadie i sin beber un gota de vino. Concluida esta segunda faena, se
acampaba en el meson a platicar con madama Ferran i a tomar caf hasta
las ocho, hora en que se retiraba a su cuarto a leer i a dormir.

Pero un dia de esos hubo una linda almendralina que tuvo bastantes
atractivos para arrancar algunas chispas elctricas del helado corazon
de nuestro conocido, i ya desde entnces se alter un tanto su rjido
mtodo de vida. Madama Ferran fu quedando poco a poco privada de
aquellas sabrosas conversaciones de la tardecita, i la arenosa calle del
Almendral cont un paseante mas, que como todos hacia su vuelta al
Puerto mas que de prisa al anochecer.

Andando el tiempo, se estrecharon tambien las relaciones de Mr.
Livingston con la almendralina, i su amor lleg naturalmente i por sus
pasos contados al periodo de la cristalizacion, periodo crtico en el
cual est espuesto un amante ingles, mas que ningun otro, a perder la
chaveta. Afortunadamente nuestro amigo no alcanz a perderla, pues no
alcanz a salir de sus casillas mas que una sola vez.

I esa fu con ocasion de una cita. La bella almendralina, a pesar de que
se llamaba Julia, habia sido no solo parca, sino pertinaz en no conceder
a su enamorado, no digamos un favor, ni tan siquiera un dedo de sus
blancas manos, para consuelo. Esto habia traido mui intrigado a don
Guillermo, pues habiendo aprendido en sus estudios histricos que el
emperador Severo habia perdonado a su infiel consorte solo porque se
llamaba Julia, hallando mui natural que lo fuese una mujer de este
nombre, el ingles comenzaba a dudar de la esperiencia del emperador,
puesto que hallaba una Julia que parecia Lucrecia. Para salir de sus
dudas i aprensiones, tom la lnea recta de todos los enamorados,
procurndose una entrevista a la media noche. Durante muchos dias atac
en este sentido su inespugnable fortaleza, i al fin hubo de conseguir lo
que tanto apetecia: Julia habia consentido en esperar a nuestro amigo en
el huerto de su casa a las doce de una noche de verano, que para mayor
fortuna era oscura.

Don Guillermo principi su tocador esa noche a las ocho, habiendo
comprado en el dia por primera vez en su vida algunos perfumes que le
costaron bien caros, tales como jabon de almendra, opiata i agua de la
banda de cincuenta grados. A las once, despues de mil interrupciones
durante las cuales tuvo el enamorado brillantes ilusiones, ardientes
soliloquios i no pocos ardientes suspiros, el tocador estaba concluido,
i Mr. Livingston qued de punta en blanco, aunque con fraque negro i
guantes de castor verdes, que estaban mui en moda en el ao de gracia de
1828.

Entnces Mr. Livingston pens en su seguridad personal, sabiendo que no
era mui prudente arriesgarse por aquellas calles oscuras a ninguna hora
de la noche, sin llevar armas que aumentasen la fuerza del transeunte
nocturno. Un par de cachorritos de bolsillo, bien cargados a bala,
formaban el arsenal del ingles: no se conocia entnces la invencion de
Colt, i era preciso limitarse a dos tiros, fiando lo demas a la
Providencia.

Ya est nuestro aventurero en la calle a picos pardos. El corazon le
latia con violencia i las piernas le flaqueaban, sin embargo de que no
tenia que andar mnos de veinte cuadras para llegar al paraiso donde
debia tentar a la primera Julia de este mundo que, en su concepto, habia
necesitado de tentaciones.

Habia una profunda tranquilidad, i el triste silencio de la noche solo
era interrumpido por el leve ruido que se prolongaba en toda la playa al
impulso de la mansa resaca de un mar apacible. No se oia ni sentia nada
en las calles, i don Guillermo pisaba despacito, como si hubiera temido
alterar el sueo de la ciudad con el sonido de sus botas.


VI.

En la puerta del horno se quema el pan.

Nuestro ingles habia ya tomado viento. Desvanecidas las primeras
impresiones que le causaran la soledad i el silencio de la calle,
marchaba con rapidez i seguridad; como por un terreno conocido, i con la
confianza, o mejor dicho, con el descuido que es natural en el que va
entregado a su pensar.

En ese momento discurra Mr. Livingston que el emperador Severo podia
haber tenido mucha razon, i se le hacia viva la parada; pues se
imajinaba encontrar una Julia, que aunque no era como la romana, por no
tener un marido emperador, podia ser de la propia naturaleza que aquel
atribuia a todas las que responden a tan dulce nombre.

Cuando mas le halagaba esta ilusion, lleg a aquel paraje donde el mar
estendia sus espumas casi hasta el cerro; i por no humedecerse las
plantas o por conservar el lustre de sus botas, se inclin a la derecha,
rozndose con el morro de la Cueva del Chibato,[4] i al darle vuelta,
recibi en el pecho un golpe violento que le hizo saltar hcia atras
como cuatro varas. Si Mr. Livingston hubiera sido mnos fuerte i no tan
jil, seguramente habria quedado tendido exnime, al recibir tan feroz
topetada.

       [4] Este morro ha desaparecido con los edificios que forman por
       el lado del cerro la calle de _la Esmeralda_, i estaba en la
       primera esquina que hace esta calle yendo del puerto a la plaza
       del Orden.

Un instante le bast para recobrarse de la sorpresa e incorporarse con
un cachorro en cada mano, como valiente que era; pero tambien otro
instante le bast para quedar temblando de pis a cabeza, al verse
frente a frente de un cabron enorme, que tenia el volmen de un toro i
los cuernos de un ciervo, i que miraba al ingles con dos ojazos como
brasas que alumbraban todo el contorno. I as medio desatentado Mr.
Livingston i maquinalmente le dispar sobre la ancha i coronada frente
uno de sus cachorros: el golpe de la bala sobre el crneo fu como el
eco de la esplosion, pero instantneamente tambien rebot la bala contra
don Guillermo, colndosele derecha en la boca, que la tenia
entreabierta por la sorpresa. El ingles, dando una estupenda
gargajeada, escupi con fuerza la bala, que fu a parar a los pis del
chibo; pero al mismo tiempo vi que las facciones de ste se contraian
con una risa atroz, de la cual no pudo dudar cuando sinti que de aquel
hocico enorme salia un balido como carcajada.

Veinte topedadas como la primera habria aguantado el animoso jven por
no ser el blanco de tan tremebunda carcajada; pero no por eso sucumbi.
Antes bien, su noble sangre le hirvi en el pecho, i con redoblado
coraje le asest otra vez en la frente su segundo balazo. El rebote de
la bala tom esta vez otro jiro, pues Mr. Livingston sinti que se le
dormia la pelotilla en un ojo, i casi ciego con el golpe i la rabia, se
arroj sobre el cabron, i aferrndose de los cuernos con todas sus
fuerzas, le di una sacudida como para traerlo al suelo. El animal
estuvo a punto de ceder, pues alcanz a inclinar la cerviz; pero a su
vez di tambien un sacudon que hizo describir al ingles una voltereta,
formando en el aire con todo su cuerpo un crculo perfecto, cuyo centro
estaba en las manos, que permanecieron aferradas a los cuernos, porque
los guantes verdes le servian para ello maravillosamente.

Puestas otra vez sus plantas en suelo firme, don Guillermo volvi a la
carga con mas fiereza para derribar a su adversario; pero entnces
fueron mas impotentes sus fuerzas, porque fastidiado el chibo con tanta
obstinacin, movi su cabeza con un poco mas de desenfado i tir al
enamorado jven por los aires cuan largo era, hacindole describir un
arco que fu a terminar en la playa, en el instante mismo en que el mar
la baaba con una oleada hermosa i repleta.

El estirado cuerpo del ingles, estendidos brazos i piernas, hendi
violentamente las aguas, i stas, al retroceder mansamente a su centro,
juguetearon sobre l, rizndose i formando gorgoritos, sin desquiciarle
de la arena, donde se habia posado.

La linda imjen de Julia atraves por la mente de Mr. Livingston como un
vapor que se disipa, i un hondo suspiro que se exhal de su pecho,
parece que se habia llevado su ltimo aliento, pues qued inmvil como
un cadver.


VII.

Nadie sabe para quin trabaja.

Ese es un adajio vulgar que encierra mas filosofa que la facultad
designada con este nombre en la Universidad de Chile. No es esto decir
que no sean mui filsofos sus miembros, pues a buen seguro que hartarian
a desvergenzas a cualquiera que se les atreviera, no siendo el
gobierno, que cuando la autoridad hace o dice lo que quiere, no hai
filosofas que se tengan, pues ella es mas filsofa que Aristteles.[5]

       [5] Alude a la sumision con que entnces la Universidad de Chile,
       dominada por el partido gobernante, obedeca las voluntades del
       poder, no solo en los captulos electorales, sino hasta en las
       mas insignificantes resoluciones. Esto sucedia en la poca en que
       se escribi el cuento i mucho despues.

Quin no ha esclamado alguna vez herido con el cruel dolor de un
desengao?:--Nadie sabe para quin trabaja! Pero quin ha escarmentado
jamas al ver pasar el fruto de sus sudores a otro, que viene con sus
manos limpias a gozarlo? Ya se ve, es una lei natural la que nos hace
aprovecharnos sin saber leer ni escribir de lo que otro nos deja sin
comerlo ni beberlo, pero lei mui dispareja. Hai hijos de la dicha
destinados a vivir del trabajo ajeno, pero a su lado estamos otros que
sobre perder siempre lo que es nuestro, no nos hallamos nunca un centavo
ajeno, ni encontramos jamas un zonzo que nos regale, o que pierda para
nosotros lo que est de Dios que pierda para otros.

Este mundo es una gran colmena de abejas que melifican para otros; pero
para muchos es tambien un ancho redil de carneros que llevan el vellon
para sus amos, i no hai pocos para quienes es un espacioso establo de
bueyes que se pintan solos para arrastrar el arado en beneficio ajeno.
Lo que Maron decia que les pasaba a todos esos animales, nos sucede
literalmente a los cristianos. All a los que no tienen la f de Cristo
les pasa algo peor: testigos el Asia, el Africa i la Oceana enteras,
donde el hombre no puede volar como las abejas, ni balar libremente como
los carneros, ni rumiar en tranquilo descanso como los bueyes. No
dejaria, sin embargo, de sucedemos a nosotros eso mismo, si el poder de
los que mandan fuese mstico, o si los que hacen profesion de lo
mstico, fuesen mandones: donde quiera que la relijion es gobierno, o
que el gobierno es el sacerdote, all el hombre no solo est espuesto a
llevar el vellon como los carneros, sino que, lo que es peor, si escapa
de sus iguales, no escapa del amo comun, que a nombre de Dios le
convierte en bestia harto mnos limpia i noble que las abejas, que los
carneros i los bueyes del cantor de Arcadia.[6]

       [6] Este pasaje alude al divorcio que en la poca del escrito
       tenia establecido el gobierno entre su partido, que comenzaba a
       llamar _nacional_ i el partido conservador antiguo, en el cual
       figuraban los eclesisticos i los msticos.

Para aprovecharse de aquella dispareja lei de nuestra naturaleza, toda
la dificultad consiste en hacerse zngano, sin parecerlo. Pero el
zngano nace como el poeta i no se hace como el orador: la gran mayora
nace para abejas, i por eso es que no hai quien escarmiente al saber por
esperiencia en cabeza propia que nadie sabe para quien trabaja. El que
naci para trabajar tiene que criar hijas bonitas para el zngano, tiene
que ahorrar i atesorar para el zngano, tiene que envejecer i gastar las
fuerzas de sus miembros o los alientos de su espritu para que goce el
zngano. I es tal el imperio de esta lei, que a sabiendas el avaro vive
en la miseria por guardar para los znganos, el usurero aprieta la soga
a los ahorcados para capitalizar para los znganos, i el rico tonto se
desvive i madruga i se fatiga de la noche a la maana i de la maana a
la noche, tan solo para que gocen los znganos que, despues de su
muerte, van a dividirse la herencia.

Como ha de ser! El refran dice:--Dios te d ovejas o hijos para
ellas;--pero no dice:--i lobos para comerlas, porque esto no hai
necesidad de desearlo, pues lo que sobra son lobos en este mundo
pecador.

As le sucedi al interesante Mr. Livingston, segun lo supo mucho tiempo
despues por un cura que encontr de paso para el otro mundo. Siguiendo
la relacion de este santo varon, sucedi que a las once i media de
aquella noche terrible, sali Julia hacindose que andaba en puntillas i
se encamin a una higuera de su huerto, la cual daba frente a un
portillo por donde debia entrar su desgraciado amante, a gozar de la
entrevista que tanto le habia costado conseguir. Pero el cuarto de donde
sali la hermosa Julia no quedaba solo: sentados all en estrecho
crculo cuchicheaban la mam de la doncella, el cura de la parroquia i
dos amigos de ste. Habia un complot. Se trataba de sorprender a la
nia, que se haria la sorprendida, en el momento de abandonarse
dulcemente en los brazos de su amante, que realmente iba a ser pillado
en todo el rigor de la palabra, pues se trataba nada mnos que de
cazarle, i casarle infraganti. La mam habia tenido buen cuidado de
ocultar el nombre hertico del novio, por evitar los escrpulos del
seor cura; pero valindose del ascendiente que tenia en su nimo, le
habia persuadido de que la cosa era mui llana de hacer, i le habia
asegurado la soltera del amante de Julia.

El perro de la casa, que era tan celoso como su ama vieja, di unos
cuantos ladridos al sentir ruido en la huerta, hasta que olfate el
perfumado ambiente de su ama nia; pero eso bast para que se
desgaitaran los perros de la vecindad, que siendo leales vasallos de un
tio de Julia, callaron cuando tambien les di en las narices el aroma de
la familia.

--As ladran los perros cuando sale a verme Julia, dijo entnces el hijo
del tio, que a la sazon estaba en pi todava picando un pliego de
papel, donde iba a poner, entre corazones i flechas picadas, unos versos
para su prima.

Decir i hacer, todo fu uno: el primo sali de su cuarto, apnas lo
intent; salt la cerca de su huerto i estando en el vecino, crey ver
con los ojos del alma a su adorada Julia, levantando con la mano el
mismo traje de muselina con que la habia visto en la tarde, para sacar
con mas libertad un lindo pi calzado con zapatitos de cabritilla
bordados i ligados a la mrbida pierna con atacados de cinta negra que
subian cruzndose para arriba. Era el momento en que Julia llegaba a la
higuera, temblando de emocion i sin oir ni ver nada de lo que pasaba.

Lo que no sabemos decir, porque la historia calla en este punto, es si
el primo era el sustituto de don Guillermo en el corazon de Julia, o si
estaba colocado mas alto. Lo cierto es que uno i otro la adoraban, i
ella los amaba a mbos, al uno por ser su primer amor i al otro por ser
su amor segundo, bien que la mam no estaba por los primeros amores,
porque, segun su esperiencia, se contraian sin clculo i a riesgo de no
tener en un matrimonio mas que pan i cebollas.

Cuando mnos lo pensaba Julia, se hall entrelazada por los brazos de su
primo, que entre sorprendido i enojado la reconvenia porque no le habia
avisado que iba a salir. Julia callaba, porque no sabia que responder;
pero dando a su desagradable sorpresa todo el aire de una emocion
amorosa, le hizo creer que iba a confesarse al dia siguiente, i que por
el calor, habia salido a examinarse debajo de la higuera.

A esto se sigui un ardiente escopeteo de splicas mutuas, la una porque
la dejaran sola, i el otro porque le dieran una muestra mas de amor,
aunque fuese a riesgo de aumentar el catlogo del exmen de conciencia.
No habia remedio: Julia necesitaba terminar pronto aquella escena, ntes
que llegase Mr. Livingston; i acababa de abrir sus brazos al primo,
cuando cayeron sobre la pareja, como llovidos, la mam, el cura i los
testigos.

All fu Troya: ciega la mam de entusiasmo al ver el acierto de sus
planes, hizo su papel como lo tenia estudiado, sin conocer a su sobrino;
i dando el ltimo golpe maestro, declar que aquello no se arreglaba
sino con un casamiento incontinenti, porque el honor de su hija no podia
quedar en peligro i en descubierto ni un momento mas. No se queria otra
cosa el primerizo de Julia; as es que sin vacilar respondi tres veces
s quiero a las tres preguntas sacramentales que el cura le habia
dirijido ntes que escampase el torbellino de la tia. Julia estaba
aturdida, pero como el cura contaba de antemano con su consentimiento,
no atendi a sus respuestas balbucientes, i di su bendicion,
desahogando la relijiosa espansion de su corazon con un suspiro.

El cura quedaba satisfecho de poner con dos dedos una barrera
insuperable al pecado mortal. Julia se desmayaba en los brazos de su
novio. I la mam, que acababa de reconocer a su sobrino en un cabeceo
que tenia por maa i costumbre en todas circunstancias, corri
despavorida pidiendo luces a gritos....

El cura, despues de muerto, no refiri mas de esta historia a Mr.
Livingston; pero ste creia mui probable que, cuando las aguas del mar
se entreabrieron para dar un lecho en las arenas a su cuerpo arrojado al
aire por el Chibato de la cueva, Julia entreabria tambien sus sbanas
para dar un lecho abrigado i muelle al marido que acababa de cazar a la
media noche.

Todo puede suceder, porque nadie sabe para quien trabaja; pero como hai
en este mundo una justicia que tarde o temprano nos mide con la misma
vara que nosotros medimos, es de presumir que no se casara impunemente
aquel primo, que tenia una maa tan sintomtica, i que sin saber lo que
pensaba el emperador Severo, casaba con una Julia medio desmayada, a la
media noche i debajo de una higuera que ella habia elejido de rbol de
la ciencia para otro Adan.


VIII.

El De profundis.

Pero, a propsito, qu es de Mr. Livingston, a quien hemos dejado
despatarrado en la playa despues de su descomunal pelea con la fiera de
los cuernos?

Lo que son las mujeres, Dios mio! Qu admirable poder tienen para
hacernos olvidar lo que mas nos interesa! Si el estudiante deja sus
libros i muchas veces cuelga sus estudios por seguir un palmito de
rosa; si el marido deja sus lares en completo abandono, arrastrado por
unos ojos que le hacen comprender la sabidura de la poligamia; i si
hasta los viejos dejan a un lado la salvacion de su alma por perderla en
una mujer que los aguanta, qu mucho es que un narrador deje a su hroe
estirado en el agua, mintras da cuenta a sus oyentes de una Julia que
se habia atravesado en su cuento?

Previa esta escusa, vamos ahora a ver como se encuentra tirado largo a
largo don Guillermo, ya no en la playa, sino en el suelo de un De
profundis, que no sabemos si es cuarto o cueva, o si es un sepulcro o un
cajon de coche u otra cosa parecida. Es aquello una cavidad rectangular
donde el cielo, las paredes i el suelo son de pura piedra azuleja, sin
grieta, ni abertura, ni puerta, ni ventana. Por dnde ha entrado all el
cuerpo de nuestro amigo, no lo sabemos. Por dnde entra ahora una
vislumbre rojiza que alumbra la estancia, tampoco. Qu sitio es aquel,
a qu casa, palacio o crcel pertenece? mnos. Pero ya que nada sabemos,
observemos; pues la observacion es el principio del saber.

Mr. Livingston parecia vivo: su cara estaba hcia arriba i sus facciones
enrjicas i regulares tenian un tinte saudo que revelaba ira. Su cuerpo
hermoso i esbelto tenia el aplomo de una persona que duerme.

De repente levanta una pierna i la posa sobre la otra; estira un brazo,
luego el otro, como desperezndose, i los cruza sobre el pecho a
diferencia de Durandarte que, alargando uno de los suyos, decia:
paciencia, i barajar. Un hondo suspiro anuncia que ya vuelve en s.
Abre los ojos, discurre la vista por la estancia: se toca, se siente
empapado i lleno de arena; busca su reloj, no lo halla; mete sus dedos
al bolsillo del chaleco, no encuentra su dinero; requiere su meique en
busca de un anillo de oro que llevaba destinado a la cita, i ve que
habia desaparecido. Todo le anunciaba que habia caido en poder de
bandoleros i que lo del chibato, cuyo recuerdo se le aviv al instante,
no era mas que una farsa de Caco.

La prudencia le aconsej entnces un reconocimiento del sitio. Se
levant, lo vi i toc todo, i se persuadi, de que estaba en una
hermeticidad de viva piedra, que no tenia salida alguna i aun le pareci
ver escrito de color oscuro el terrible

       Lasciate ogni speranza, voi che entrate.

Abrumado, confuso, sin poder darse cuenta de su situacion, se qued en
pi, esttico, la vista fija, la boca entreabierta i los brazos cruzados
sobre el pecho. Pero Mr. Livingston estaba constipado, i fu
repentinamente asaltado de un furioso estornudo que le hizo dar seas de
vida. Instantneamente se cuaj toda la roca de cabezas humanas que
estornudaban a reventar. El ingles se espant; aparta sus ojos de las
murallas, mira al cielo i lo ve apiado de cabezas estornudantes; baja
la vista i ve el suelo cobijado de caras que todava estornudan.

Don Guillermo cerr los ojos, recapacit un poco, i juzg que era
juguete de una ilusion. Mas sereno, volvi a mirar, i advirti que todas
las caras le hacian guiadas, visajes i muecas, i que le sacaban unas
lenguas largas, hmedas i amoratadas. Qu horror! Volvi a cerrar los
ojos, i un momento mas de reflexion, le di nuevo valor. Entnces
medit, apel a todos sus recuerdos cientficos i trat de indagar
cules eran los medios naturales que podrian producir aquel fenmeno. El
no queria consentir en que aquello fuese una cosa sobrenatural, ni
abandonaba la presuncion de hallarse en una guarida de bandidos, que
trataban de aterrorizarle despues de haberle robado. La calidad de la
luz que le alumbraba i la singular arquitectura de aquel De profundis o
caverna le sujirieron la idea de que cuanto veia era un efecto de ptica
producido por algun hbil prestijitador que habria entre los ladrones.

La dificultad estaba esplicada. El ingles abri entnces los ojos mui
tranquilo, i casi risueo volvi a mirar las caras que siempre le
sacaban la lengua i le visajeaban. Di unos cuantos pasos, i le pareci
que pisaba en carne viva. Se acerc a la muralla de enfrente, i
dirijindose a la cara mas atroz que le pareci, trat de apretarle las
narices, pero la cara le tir un tarascon, haciendo una horrible
contraccion de enojo; los dientes se chocaron como las muezas de una
tenaza, i Mr. Livingston vi que habia escapado sus dedos merced a su
lijereza. Esta realidad que destruia su esplicacion cientfica, le
contrari i le enfureci de tal modo, que dando a fondo un trompis a
toda fuerza contra la cara que le hacia frente, se hizo pedazos el puo
en la roca, como si no existiera aquel tapiz de cabezas humanas que
veian sus ojos.

Mas su furia, no tanto por el dolor, se convirti en nuevo espanto,
cuanto porque observ que al dar su trompis, todas las cabezas habian
achatado i estirado sus narices hcia la boca i habian echado barbas
largas i cuernos retorcidos, convirtindose en cabrones de todos colores
i aspectos. Aquellos cuernos se tocaban, eran una realidad visible como
la que presenta a la simple vista cualquier animal cornudo. No habia
remedio. Falto ya de ciencia i de coraje, nuestro hroe se declar
vencido, con el dolor de no poder repetir el dicho de Francisco I en
Pavia, dicho que tantos otros repiten aunque no venga al caso, i que
habria sido una blasfemia en esta ocasion, porque no era mui digno de
un ingles el dejarse vencer por chibos, ni mui honroso para un amante
rendido el caer agoviado bajo un diluvio de cuernos.

Don Guillermo se sent en el suelo, entrelaz sus manos delante de sus
rodillas, inclin la cabeza como para ocultar su impotencia, i esper
resignado lo que sucediera.


IX.

Comienza a aclarar.

El corazon humano es mui leal, no hai duda; pero no sabemos por qu el
de Mr. Livingston palpit al recuerdo de Julia, cuando su dueo habia
quedado poco mnos que en cuclillas, al aspecto de tantos cuernos. A esa
hora tal vez la bella almendralina, imposibilitada ya para tomar el velo
de monja, i durmiendo en el brazo izquierdo de su primo i marido, soaba
con el ingles, pagando el primer tributo a la infidelidad conyugal.
Pero quin es dueo de un ensueo! Ni quin es rbitro de los augurios
del porvenir! El cuadro que se representaba a los ojos del amante
abandonado podia coincidir con el que pasaba por la imajinacion dormida
de la infiel querida; pero si era una amenaza para el marido, bien podia
ser tambien un emblema de lo que sucedia el amante. Talvez aquello no
era otra cosa que una espresion de la doble infidelidad de Julia, que
traicionando a un querido, soaba con traicionar tambien al otro. En
todo caso, ello no seria mas que una corroboracion de la teora del
emperador romano sobre las Julias.

Mr. Livingston estaba realmente abatido. Amaba de buena f, aunque no
habria querido casarse de buenas a primeras. Al fin era comerciante i
sabia que no se debia comprar sin muestras, sino cuando la especie es
mui barata i no cuesta tanto como la libertad de un soltero. En eso
meditaba, i no sabiendo si habia hecho bien o mal, desahog su
incertidumbre, sacudiendo la cabeza i dando un suspiro. No tan pronto
abri los ojos, cuando vi que se adelantaba hcia l un hombre de
fraque negro como l, que marchando hendia la roca de la muralla como si
fuera una nube o una sutil neblina.

Era el recien venido un hombre de regular estatura, flaco i nervudo, de
pelo de color incierto por las canas que se le entreveraban, i de
patilla angosta i mas canosa que la cabeza. Sus ojos grandes daban a su
cara un aspecto agradable i risueo.[7] Restregndose las manos como con
gusto, le dijo con familiaridad:

       [7] Retrato del abogado Don Jos Felipe Gndara, notario de
       Valparaiso, cuyo carcter jovial se trata de pintar en el
       dilogo.

--Cmo va, don Guillermo?

--Quin es usted? contest ste sorprendido de hallar all quien le
conociera.

--Soi un escribano, aadi el otro sonrindose.

--Qu tiene que hacer conmigo i en este sitio un escribano?

--Es que va a venir el juez del crmen a interrogar a usted.

--El juez del crmen! A m, que no soi delincuente! Que soi por el
contrario vctima de un atentado atroz!

--No se asuste usted... Estos tienen la costumbre de entregar al juez
del crmen a todos los que caen en sus manos. Pero ya se reformar eso:
estn pensando en someter a consejo de guerra a todos los que son de
otro color. Ya eso ser mas llano i mnos molesto para nosotros, porque
un fiscal militar no tiene mas que atender a su formulario, para sacar
culpable al interrogado, i sea o no inocente, pone su conclusin fiscal
pidiendo que se le pase por las armas.

--Pero, por Dios, de qu se trata? esclam Mr. Livingston desesperado
al oir hablar de procesos i acusaciones.

--Tranquilcese usted, le dijo amablemente el escribano; somtase a todo
lo que le manden, hgase el leso no mas, i ver como lo pasa bien.
Cuando me atraparon a m, quisieron hacerme imbunche para que hiciera mi
noviciado, pero yo me allan a todo, i luego me dieron el mismo puesto
de escribano que tenia all en el mundo.

Estupefacto Mr. Livingston, pregunt con voz ronca de terror.--I qu!
Acaso no estamos en el mundo?

--N, en el de all arriba, n. En el de aqu abajo, s; respondi el
escribano.

--Luego estoi en una cueva de ladrones, esclam el ingles; ya lo creia
yo al encontrarme sin mi dinero ni mis alhajas.

--N, no son ladrones. Le han quitado a usted eso, porque los jenios
estn mui necesitados. No ve usted que tienen que hacer tantos gastos?
Antes estn pensando ahora en aumentar los derechos de importacion, en
ponerlos a la exportacion de la plata i demas productos del pais, i aun
en restablecer la bula de la Santa Cruzada para aumentar las entradas,
porque de otro modo es imposible conservar el rden.

Al oir esta respuesta del escribano, don Guillermo qued mas confuso que
cuando se desenga de que las cabezas i caras que le burlaban no eran
efecto de la ptica. Se call aterrado, i el escribano le mir con
compasion.

Despues de una larga pieza de silencio, mir al curial como implorando
una esplicacion, i preguntndole adonde estaban.....

El escribano le comprendi i le dijo:

--Estamos no se adnde, don Guillermo, pero dicen que este pueblo es el
de los jenios de la colonia, que se han refujiado aqu desde la
revolucion de la independencia, i que desde aqu trabajan por inspirar a
los de arriba, por conquistar proslitos i por hacer la
contra-revolucion para reconquistar su poder. Yo no s lo que haya en
esto de cierto; yo veo todo lo que se hace aqu, i s que es una pura
picardia; pero...

--I cmo no huye usted! le interrumpi el ingles sublevado en lo mas
noble de su corazon, al oir aquel lenguaje.

--Es imposible. Esto no tiene salida.

--Por qu no resiste usted, por qu se somete a servir a la
iniquidad!...

--Qu quiere usted, don Guillermo, si le pagan bien a uno, i uno es
pobre. No hai mas que aguantar.

Nuestro amigo vi que esa era la filosofa de todos en el mundo de donde
venia, i comprendi que en aquel mundo subterrneo se encontraba con
conocidos. El escribano era hablador, como muchos de su oficio; se
revelaba sin embozo, i censuraba sin cautela a sus soberanos, como
muchos empleados pblicos vituperan al gobierno de que dependen, sin
perjuicio de votar por l en las elecciones i de obedecerlo ciegamente
en los mismos actos que le vituperan. Su filosofa es la del escribano:
que quiere usted, somos pobres i nos pagan! Como si la pobreza
autorizara la maldad!

Pero con todo, Mr. Livingston no podia todava atar los hilos que
recojia. Lo que le descubria la afable locuacidad del interlocutor,
quedaba oscurecido por la redundancia. Era necesario hacerlo que tuviese
mas precision en sus respuestas.

--Por fin, insisti el ingles, en qu pais estamos?

--En el pais de _Espelunco_,[8] replic el escribano con alguna
solemnidad, voz que se deriva de la latina _Spelunca_, que significa
_Cueva_. Aqu se usa mucho el latin, pues para ser buen Espelunco, es
necesario siquiera poder leer los salmos del santo rei profeta i asistir
a maitines.

       [8] Anagrama de la palabra _pelucones_, con la cual se designaba
       a los fundadores del partido conservador que, por sus
       antecedentes en la poca de la colonia, eran mas retrgrados i
       mas aferrados al viejo rjimen.

--Cmo! Se usan tambien esas cosas por ac?

--S, seor, todo lo que va en derrota por all arriba tiene aqu su
refujio, principalmente la relijion.

--Hum! I dgame usted, qu papel hace aqu ese chibato que me ha
atacado a m esta noche, i qu son esa multitud de cabrones que habia en
estas murallas cuando usted entr?

--Ese chibato es el diablo, i los que se asomaban por aqu son sus
ayudantes, que jeneralmente sirven de pblico en este tribunal para
preparar el nimo de los nefitos.

--Cmo se comprende esa asistencia de los demonios con las cosas
relijiosas de que usted me habla?

--Oh! Eso es mui fcil de comprender. Como aqu se sirve a Dios,
trabajando para que triunfe el espritu antiguo tan atacado por la
revolucion, es sin duda lcito poner en juego al diablo i todas las
cosas, porque todo depende en este mundo i el otro de Dios. Fuera de que
el diablo no hace aqu nada que no sea bueno: su oficio es reclutar
jente, como le ha reclutado a usted, i luego abatirles la soberbia para
que se rindan por el terror. Hai muchos dciles como yo, que al instante
nos allanamos a servir la causa. Hai otros mas renitentes, porque no han
nacido con vocacion para ser Espeluncos: a esos se les somete al
procedimiento de imbuncharlos, lo mismo que a los chicos que se pescan,
a los cuales se les hace imbunches para contar despues con mas seguridad
con sus servicios.

--Tenga usted la bondad de esplicarme ese procedimiento i su objeto.

--_Imbunchar_ se llama coserle al paciente con hilo fuerte i buena aguja
todos los agujeros, salidas i entradas de su cuerpo, tenindole as
cierto tiempo de noviciado, privado de los cuatro sentidos mas
peligrosos, que son ver, oir, oler i gustar, hasta que, olvidado del uso
de esos sentidos, se le puede imprimir el carcter e inclinaciones de un
buen Espelunco.[9] El tacto esterno se les deja libre, porque hai una
tradicion entre los Jenios de la colonia, segun la cual no podr
desencantar a la libertad del encanto en que ellos la tienen, sino el
hombre que sea capaz de vencer sin fuego ni hierro i solo con el empleo
de sus fuerzas corporales a cuatro monstruos que la guardan. Por aqu
ver usted que no hai peligro en dejar a los nefitos el uso de sus
manos, brazos i piernas.....

       [9] Tal era lo que se referia en la conseja popular de la Cueva
       del Chibato, i lo que significaba la palabra _imbunche_. En
       lengua araucana hai una palabra de la cual se ha tomado aquella,
       i es _ivumche_, que traduce el diccionario de Febres as: los
       que consultan los brujos en sus cuevas, donde los crian desde
       chiquitos para sus hechiceras o encantos: a estos llaman los
       indios--_ivmcoi_.

La palabra del escribano fu interrumpida por la repentina aparicion en
la estancina de todas las cabezas cornudas que se habian ntes
ocultado.


X.

El interrogatorio.

Aquellas palabras i la variacion de escena hicieron creer a don
Guillermo que soaba. Cuando el entendimiento por s solo no puede darse
razon de un fenmeno, se rinde al prestijio del misterio i cree en lo
sobrenatural; pero hai hombres, como nuestro ingles, que por educacion i
por carcter rechazan toda intervencion sobrenatural en las cosas de
esta vida, i cuando no comprenden un hecho porque sus luces no les
alcanzan o porque su corazon no ayuda al juicio, lo llaman ensueo o lo
creen una ilusion del arte. Era esa la situacion de don Guillermo en los
momentos en que el juez del crmen se acercaba a l hendiendo la roca,
como la habia hendido el escribano, cual si fuera una neblina.

Era de aspecto srio el nuevo personaje, de cara pelada i llena, de ojos
capotudos i despreciativos, i de boca que anunciaba soberbia en sus
pliegues. Tenia este hombre un aire glacial i por su sequedad i sus
maneras parecia como hecho a propsito para el oficio.[10]

       [10] Se trata de pintar el que entnces era juez de lo criminal
       en Valparaiso, i despues uno de los sostenedores mas fervientes
       de la poltica del gobierno absoluto, cuyos efectos se disean en
       este cuento.

--Promete usted decir verdad en todo lo que se le pregunte? fu lo
primero que dijo, clavando una mirada amenazadora en don Guillermo; i
habiendo ste respondido afirmativamente, agreg: est bien, pero tenga
entendido que si no declara la verdad, le hago azotar por mano del
verdugo.

A semejante amenaza, se enrojeci el rostro del ingles i sus ojos
brotaron fuego; pero reprimiendo su furor, se limit a observar que l
era sbdito de S. M. la reina de la Gran Bretaa.

Esta palabra pronunciada con noble orgullo hizo a los demonios que
presenciaban el acto mirarse i sonreirse complacidos, como si entre
ellos i los hijos de la poderosa Albion hubiera alguna simpata.

El juez, haciendo un mohin de desprecio, agreg:

--No hai Gran Bretaa que valga, le azoto a usted si no declara o si me
anda con insolencias. Diga usted, quiere seguir aqu su jiro de
comercio, con tal de que sirva relijiosamente a la causa del rden, como
sus paisanos, i combata enrjicamente todas las innovaciones que se
hacen en nombre de la libertad i todas las pretensiones que se dirijen
contra el espritu antiguo de nuestra madre patria?

--N, respondi secamente don Guillermo.

--Cree usted en la libertad?

--S.

--Cree usted en la repblica?

--S.

--Seria usted capaz de servir a estas ilusiones perniciosas i de
sacrificar a ellas sus intereses de comerciante?

--S, i mil veces s

--Que se le peguen cincuenta azotes, dijo el juez, dirijindose
bruscamente al escribano.

--Por qu? pregunt Mr. Livingston.

--Porque miente, dijo el juez: un ingles como usted no puede pensar as.

--Un ingles imbcil, concedo, agreg don Guillermo: el que solo piensa
hacer dinero, puede sacrificar a su negocio la libertad i el bienestar
de sus semejantes; pero el ingles que ama el nombre de su patria, har
en cualquiera parte del mundo lo que sus antepasados hicieron para
conquistar la libertad de que goza la jeneracion presente, i sacrificar
sus intereses por alcanzar que la humanidad entera conquiste lo que la
Gran Bretaa desea, o por lo mnos lo que sta tiene ya conquistado.

Tan enrjica respuesta hizo al juez refocilarse en su silla, al
escribano rascarse la frente, i a los cabrones de la muralla repiquetear
con sus cuernos por efecto de un movimiento horizontal de duda o
compasion que hicieron con la cabeza.

I mirando de hito en hito a don Guillermo, el juez le pregunt:

--Entnces dice usted la verdad?

--Nunca digo sino la verdad pura, fu la respuesta.

--Luego es usted leso! le dijo el juez como sorprendido.

--Segun i conforme: yo llamo zonzos a los que ocultan la verdad o
mienten, no a los que dicen la verdad, porque en la verdad no hai
peligro, ni el decirla trae los males de que va aparejada la mentira,
dijo el ingles con aplomo.

--Usted es un iluso, replic el juez sonrindose malignamente; no tiene
mundo, no es hombre prctico ni positivo. No sabe usted que est en un
pais donde nadie puede vivir sino en el rden, i que viene de un pueblo
como el que est arriba, donde basta hacerse el abogado o el secuaz de
lo atrasado i del espritu de rden antiguo para abrirse paso a la
fortuna, al poder i a todo lo que hai de grande en la realidad de las
cosas prcticas?

--Puede ser as, dijo un poco despechado don Guillermo, pero yo no
especulo con la mentira, ni quiero elevarme en alas de una ambicion
innoble, atropellando los fueros de la verdad i de la justicia.

--Decididamente usted es un leso, esclam el juez, a no ser que sea uno
de esos locos de atar que traen el caletre trastornado por las ideas
revolucionarias, i que pretenden reformar el mundo, hacindole olvidar
la relijion i renegar de la obediencia pasiva a sus tutores naturales,
sin cuyos bienes no hai rden ni sociedad posibles. Contra esos locos
obra nuestro poder, i mintras tengan este sagrado asilo los jenios del
pasado, habr esperanzas de que no cundan las ideas nuevas i de que se
rehabiliten con todo su esplendor en Amrica el espritu i las
costumbres de los afortunados tiempos de la colonia. Milagrosamente
tenemos ardientes servidores en el pais, cuyas entraas habitamos, i no
hai peligro de que los locos de la libertad logren desencantarla del
poder de la _Mentira_, de la _Ignorancia_, del _Fanatismo_ i de la
_Ambicion_, que son los cuatro poderosos monstruos que la guardan,
devorando a cuantos tienen la locura de encararseles i de combatir con
ellos.

--Yo deseo hacerlo, replic con entereza i vivacidad don Guillermo, i
sin hierro ni fuego vencer a esos monstruos, i les arrebatar su presa.

El togado i el golilla se rieron con desprecio, los demonios estiraron
sus cabezas para mirar al ingles como a una cosa curiosa, i ste qued
impasible i sereno, como el que revela naturalmente i sin esfuerzo lo
que pasa en su conciencia.

El juez entnces, tomando un aire srio i ceudo i ahuecando la voz,
dijo:--Yo conozco la especie de locura que usted padece, pero como
cuantos han venido con ella a estas rejiones, han curado milagrosamente
con una simple costura, le condeno a usted a sufrirla, con la calidad de
que cuando se canse de ser _imbunche_ i se sienta domado i dispuesto a
servir a nuestra causa, avise para que se le descosa. Pero si hai en
usted una tenacidad sobre natural que le mantenga firme en su locura, a
pesar del _imbunchaje_ de un ao, ir usted a probar si puede
desencantar a su diosa.

Un balido jeneral de las cabezas circunstantes sirvi de aplauso a esta
sentencia definitiva. El juez i el escribano se eclipsaron en la roca, i
una mano poderosa que apareci de lo alto pegada a un brazo colosal,
agarr del cogote a don Guillermo i desapareci con su presa.


XI.

Los imbunches.

Feliz mil veces el que nace con alma de cntaro! Para ese, el coser i
hacer albardas todo es dar puntadas; i no ha menester de que a l le
peguen ninguna para ajustarle a un molde. El que tiene el alma vaca se
amolda a todas las ideas, o mejor dicho, recibe en su vacuidad cuanto le
derraman. Qu mas le da que el mundo marche al oriente que al poniente,
que triunfe Dios o Lucifer, que el hombre viva en libertad o muera en la
esclavitud? Para l todo es uno, porque en este nmero se encierra toda
su filosofa.

En la Cueva del Chibato no se hacia imbunches a esa clase de hombres,
porque los jenios del pasado encuentran en ellos su mejor cosecha. La
gran mayora de los seres humanos nace para la esclavitud, o por lo
mnos para servir de pasto o de sosten a los tiranos. Qu amarga es
esta verdad! Qu terrible! Qu ofensiva al orgullo del hombre! Pero
se puede acaso dudar de ella en presencia de los millones que viven
sometidos a la voluntad de un dspota, i de los millares de servidores,
santificadores i cantores que halla el despotismo donde quiera que el
infierno lo vomite?

Deciamos, pues, que contra esa gran mayora no ejercian su poder los
jenios de Espelunco, sino contra los rebeldes que naciendo un poco mas
alumbrados, se enamoran de la libertad i sirven a su triunfo. Pero como
entre stos hai variantes, como en todas las plantas de una misma
familia, sucede que muchos de los que no nacen para esclavos, son
palomos a nativitate, porque tienen la condicion de seguir al primero
que les hace _pi, pi, pi_ i les arroja algunas migajas. Admirable
poder del hambre sobre la naturaleza, poder que modifica hasta los
instintos de la organizacion. Para stos no habia en el pais de
Espelunco ni costuras, ni suplicios, sino migajas i buen grano, pues los
palomos tienen alas para trasmigrar de rama en rama en busca de su
alimento.

Las costuras se reservaban solo para los espritus fuertes, para
aquellos que conciben la verdad, que la aman i la proclaman, que la
sirven i se hacen crucificar por ella.

En esto estaban perfectamente de acuerdo los usos de la Cueva con los
del mundo que habitamos. Alguien ha dicho con mucho acierto que en todos
tiempos se ha sacrificado o quemado a los pocos hombres que han sabido
alguna cosa i que han sido bastante locos para dejar desbordar sus almas
i para revelar al pueblo sus sentimientos i sus miras; i no hai nada de
estrao en ello, puesto que en todos los tiempos los sacrificadores i
los quemadores no han podido sostener su autoridad sino a la sombra de
la mentira.

El buen corazon revela la verdad a los ignorantes, i la ciencia descubre
a los sabios la razon de las cosas; pero como el poder de los reyes i de
los presidentes no tiene corazon, o si lo tiene, lo tiene malo i
corrompido; i como anda siempre atras de la ciencia, ha sucedido siempre
que los amantes de la verdad i de la razon han sido despreciados i
sacrificados como locos o perturbadores del rden de cosas que se apoya
en la mentira i en el mal. No parece sino que los gobiernos tuviesen
constantemente a su oreja un Mefistfeles que les estuviera gritando a
toda hora:--Despreciad la razon i la ciencia, esas fuerzas supremas del
hombre; dejad al espritu de la mentira que os afiance en sus obras de
ilusiones i de encantamentos;--pues vemos en todas partes i en todos
tiempos, que los que mandan se esfuerzan por sostener el error, cerrando
los ojos a la luz de la ciencia que les descubre la verdad i que les
revela la injusticia de sus leyes i de sus actos. Ai del que tiene
espritu fuerte para proclamar la verdad! La persecucion i el sacrificio
son su lote, i si tiene bastante fortuna para escapar con vida, el
desencanto i el cansancio completan la obra, agotando su f,
inhabilitndole para siempre: son raros los que salvan de ese naufrajio.

Ese es el mundo; pero en Espelunco se habia perfeccionado el sistema:
all se habia sustituido la aguja a los medios ordinarios de persecucion
usados por el despotismo vulgar. La aguja, este antiqusimo
instrumentillo, que en los tiempos modernos ha sido tan perfeccionado,
servia a los jenios del pasado para secuestrar completamente, para
anular a los hombres animosos que no nacieron para la esclavitud, ni
para ceder al hambre como los palomos. Cunto ganarian los gobiernos si
adoptaran ese plan! Anulando a los amigos de la verdad i de la justicia,
anularian tambien la libertad; secuestrndolos, no en una crcel, sino
en la sociedad misma, inhabilitndolos por medio del desprecio i del
olvido, convirtindolos en verdaderos prias, los desarmarian i se
ahorrarian de sacrificarlos pomposamente en un destierro, en un calabozo
o en un patbulo. All en la Cueva se hacia esto fcilmente imbunchando
a los rebeldes: ac, al aire libre, se puede tambien imbuncharlos, sin
coserlos, pues basta agotarles el espritu por medio de una perpetua
hostilidad.[11]

       [11] Esto era lo que sucedia en Chile a la poca en que se
       escribia esta pjina, i es lo que sirve de tema a la alegoria del
       cuento.

No sino, cosed a un infeliz mortal todas sus avenidas, todas sus
entradas i salidas. Mantenedle as algun tiempo contrariado en todos sus
instintos naturales, en todos los usos i costumbres que su organizacion
le imprime, i vereis cmo su espritu se agota, su f se disipa, sus
fuerzas se aniquilan. Esa era la suerte a que estaba sentenciado nuestro
valiente don Guillermo, i los demonios, ayudantes de la justicia
ordinaria de aquel pais embrujado, le habian arrancado del De Profundis
en que fu interrogado para conducirle al barrio de los imbunches.


XII.

Tambien hai brujas hechiceras.

Qu rden tan admirable reinaba en el pais de Espelunco! All estaba el
modelo del buen gobierno, no a lo Felipe II, que era lo que en otro
tiempo se llamaba buen gobierno, sino del buen gobierno a la moda, que
consiste en esclavizar al pueblo i en apretarlo hasta hacerle saltar la
sangre i las lgrimas a nombre de la libertad en el rden[12] i de los
progresos i felicidad universal. Bien decia Mefistfeles: La
civilizacion que pule al mundo se ha estendido hasta el diablo: no se
trata hoi de cuernos, de cola, ni de garras.... A ejemplo de los
jvenes, he adoptado, desde muchos aos ha, la moda de las pantorrillas
postizas.

         [12] Este era el lema de la poltica de entnces.

Tal ha hecho el despotismo civilizado. Es preciso ser mui torpe para
despotizar hoi como el rei Bomba, para presentarse al pueblo con
cuernos, garras i cola, o con otras deformidades o adefesios a la laya,
cuando se puede dominar tan bien a la sombra de una palabrota,
como:--El imperio es la paz; Viva la federacion, mueran los salvajes
unitarios; El principio de autoridad; La libertad en el rden i el
rden en la libertad; o si no, gritando como los moros que invadian la
Espaa:--Viva la relijion, vamos robando.

Los Jenios comprendian bien i hacian mejor su tarea. El barrio de los
imbunches era un gran seminario, donde se preparaban buenos ciudadanos,
pacficos, modestos i mansos, como bueyes. A los tontos no hai necesidad
de prepararlos, a los egostas tampoco, a los ignorantes mnos, a los
palomos basta arrojarles migajas; pero a los que nacen con el espritu
chispeante, es necesario apagrselo, i para ello era un escelente medio
el imbuncharlos. All estaban los imbunches, inermes e inertes, andando
a tientas i a topetones, bajo la direccion de las brujas que los cosian
i que los dirijian en sus pasos dentro de aquel limbo de preparacion.
Mejores directores no podian haber hallado los Jenios, si es que
condicion de las brujas sea el ser engaadoras, embusteras, rabiosas,
envidiosas, cobardes i aleves.

Cuando Mr. Livingston cay all arrojado por los demonios, torbellinos
de brujas se revolvian a flor de tierra tirando hebras de hilo de una
madeja sin cuento que se disputaban, se quitaban, arrojaban i enredaban;
otras enhebraban convulsivamente sus agujas, i algunas las esgrimian en
ademan de dar puntadas, haciendo visajes horrendos. Todas chillaban como
micos, ahullaban como perros, mayaban como gatos, i gritaban i silbaban
i pifiaban.

Un enjambre de brujas se ech sobre don Guillermo, cuando le vieron caer
como llovido i en la misma situacion en que debi encontrarse el padre
Adan, cuando se hall de repente en el paraiso, estupefacto, abismado i
sin alientos para tener malicia, ni pudor, ni virtud, ni esperanza, ni
f, ni caridad. Ese interregno del alma, esa evaporacion del espritu
producida por el espanto, realz la belleza natural del ingles,
bandole de un candor apacible, de una inocencia inefable, como la que
forma aureola al nio hermoso que descansa desnudo en el regazo de su
madre.

Las brujas se lo arrebataron i disputaron con una algazara propia de
moros encarnizados en un combate: cual le tomaba en sus brazos, sta le
hacia saltar por el aire, aquella le peloteaba, la de mas all volaba
con l bien aferrado, hasta que una turba la alcanzaba i se lo quitaba
para volar con l en direccion opuesta. Todas preparaban sus agujas,
algunas le tiraban sus puntadas i todas se enredaban i estorbaban por
coserle las primeras.

Pero una bruja hermosa, que tambien las hai; bruja que no merecia el
nombre de tal, sino el de hechicera, porque cautivaba con sus ojos que
habian robado algo a la esmeralda, porque prestijiaba con sus
movimientos graciosos, i con una cabellera castao claro capaz de
enredar el alma como una mosca en la telaraa, se apodera de repente del
nefito. La caterva la sigue con furor, pero ella con sus hechizos, con
sus untos o sus polvos, no se sabe cmo, se convierte, i metamorfosea al
ingles en un abrir i cerrar de ojos, en pjaro, i mbos a dos tienden el
vuelo, dejando el torbellino de brujas viejas i de brujas nias
revolcndose de rabia. Muchas repitieron la misma metamrfosis, pero
aunque hubieran volado como el halcon, ya no era posible alcanzar a la
bella pareja que se remontaba i se perdia de vista.


XIII.

Lucero.

Mr. Livingston hacia de pjaro a las mil maravillas. Volaba i mas volaba
al lado de su pareja, sin abrir siquiera el pico para preguntarle a
donde le llevaba o para darle las gracias por su salvacion. Talvez
dudaba l de poseer el habla o temia desencantar a su salvadora dando un
gorjeo como el cuervo, o algun graznido como el pavon de Juno. No se
habia ensayado en todas las costumbres de su nuevo estado i aceptaba su
papel de pjaro voltil simplemente con toda la buena f de un ingles
honrado, i por eso no se atrevia siquiera a pensar. Fuera de esto, la
novedad del encanto i el placer de dar un vuelo le traian arrobado; i en
verdad que no era para mnos: verse cortando raudo los aires, dulcemente
mecido por un par de alas que se balancean, es una delicia inefable que
absorbe el pensamiento i apaga la gratitud i todos los sentimientos que
sirven de lazo entre los hombres que andamos. Los pjaros no deben
sentir, ni deben tener vigor para pensar cuando van ejecutando una
operacion tan estupenda como es el volar. Sin duda esa es la razon por
que no se les ve hacer las funciones serias de la animalidad, sino
cuando se asimilan al hombre usando de sus dos piernas.

As lo juzg despues don Guillermo, cuando record que viendo el mundo
de Espelunco, all a lo ljos, mecerse en su atmsfera inflamada, no
recibi con esa vista mas impresion que si viera a Jpiter por el tubo
de un telescopio; i de aqu concluy que para pensar, discurrir i sentir
como hombre, era necesario tener la forma humana, i que fuera de esta
forma el pensamiento i la sensacion cambian de naturaleza.

Otra cosa fu cuando ambos pjaros, poniendo fin a su vuelo, posaron en
tierra sus pis humanos, vindose convertidos instantneamente en hombre
i mujer situados a la puerta de un inmenso edificio. Ambos se miraron
con curiosidad, despues con ardor, fascinndose el ingles con la vvida
luz de los ojos de esmeralda de Lucero; i sintiendo un simultaneo latido
en el corazon, se abrazaron i se estrecharon como dos amantes antiguos
que se encuentran despues de una larga ausencia.

Al primer respiro que desahog su pecho, Mr. Livingston, mirando con
avidez a su pareja i asaltado por un recuerdo, le tom la mano
cariosamente, i le dijo:

--Anjel mio, mi salvadora, quin eres?, dime; t no eres Julia no es
cierto?

--N, yo soi Lucero, respondi la hechicera: as me llaman las tias,
desde que me trajeron del mundo i me ensearon su oficio.

--Cunto tiempo ha que estas aqu?

--Desde el primer ao de mi edad, fu robada de mi casa. No he conocido
a mis padres i cuento ya veinte aos de vida, veinte aos que han sido
para m veinte siglos, i que sern una eternidad mas, si un hombre que
me ame no me desencanta.

--Qu es necesario para desencantarte? Yo te amo; no, no, te adoro, te
has hecho dueo de mi alma. Qu he de hacer para salvarte, Lucero de mi
vida?

--Ah! se necesita mucho! Un gran sacrificio! El que me ame ha de
peregrinar veinte aos sin cesar entre dos grandes ciudades de mi
patria, para hallar, al fin de tres mil viajes que ha de hacer en los
veinte aos sin que la falte ni sobre tiempo, el talisman del
PATRIOTISMO que se ha perdido en una de esas ciudades. El dia del
hallazgo ser dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad; i yo
podr volver a ejercer en mi patria mis funciones, pues soi el hada del
noble sentimiento perdido. El hombre que acometa tan alta empresa ha de
tener un corazon formado para el amor, i no para el odio, profundas
convicciones, ardiente f en el porvenir i perseverancia
incontrastable......

--Si no es necesario mas, yo soi ese hombre, esclam con entusiasmo Mr.
Livingston: ponme en camino i fia en m, Lucero, si no se necesita otra
cosa.

--S, hai algo mas: el hombre de que hablamos ha de pronunciar de cierto
modo en cada una de las dos ciudades tres palabras sacramentales,
cuantas veces llegue al trmino de un viaje.....

--Dmelas, interrumpi con viveza don Guillermo.

--N, tratemos primero de tu salvacion; despues debo probarte, i cuando
tenga en t plena confianza, sabrs esas palabras.

--I cmo vas a salvarme?

--Voi a pedir a los Jenios tu libertad.

--Qu no sabes que estoi sentenciado? Los Jenios me forzarn a cumplir
mi condena, a no ser que me permitan cumplir la promesa que he hecho de
desencantar a la Libertad, venciendo sin hierro ni fuego a los cuatro
monstruos que la aprisionan.

Una sonrisa inefable ilumin el bello semblante de Lucero, i luego, con
la ternura que inspira a una persona esperimentada la candorosa
inesperiencia de un nio, tom las dos manos de su amante i con dulzura
le dijo:

--N, piensa primeramente en hallar el Patriotismo perdido; despues esa
virtud celeste, por s sola, completar lo obra de vencer sin hierro ni
fuego a aquellos monstruos.

--Entnces es indudable, replic Mr. Livingston, que los Jenios me
sometern a la sentencia que sobre m pesa.

--Tampoco; no lo temas, le dijo Lucero: los Jenios practican aqu lo que
inspiran a sus adeptos de all arriba: aqu la voluntad que forma las
leyes est sobre las leyes, i stas no se dictan sino para los
indiferentes i para aplicarlas sin piedad a los enemigos; pero para los
que las hacen i sus amigos son una regla elstica que se alarga i se
encoje como conviene, conservando su forma. Un medianero rara vez deja
de alcanzar lo que se desea, cuando pone en juego ciertas influencias;
su empeo se convierte en interpretacion, cuando hai necesidad de salvar
las formas, o simplemente en mandato, cuando la lei no se opone
abiertamente. As caen las leyes i las sentencias, i as caer la que te
condena, cuando yo haga valer mis relaciones i el interes que hai en
tenerme siempre grata para que no anhele volver al imperio que me
corresponde como hada del patriotismo.

--Soi tuyo, Lucero de mi alma; me entrego con amor a tu poder i
sabidura. Slvame, que yo te pagar con un inmenso amor; i aunque
emple toda mi vida en salvarte, morir contento, si t mantienes en mi
ancianidad el fuego de mi corazon.

--N, tu alma i tu corazon no envejecern, si te alienta mi amor; i aun
cuando el tiempo blanque tu cabeza i desgaste el vigor de tu cuerpo, yo
le volver su juventud i su hermosura con el primer abrazo que te d
all en el mundo.


XIV.

El alczar de los Jenios.

Ai, desgraciado del que nace feo! ha esclamado algun poeta dominado del
nmen de la verdad, mas que del estro de la poesa; i en realidad que no
es una ilusion potica la desgracia que trae consigo la fealdad. Qu
feo inspir jamas un amor a primera vista? El feo que logra ser amado,
lo consigue siempre a fuerza de maas, o de bondad de corazon, o de
injenio: por eso las mujeres que se ven conquistadas por un feo se
escusan amenudo con un--pero si es tan bueno!--u ocultan su vergenza
bajo el prestijio de la habilidad o del talento de su feo. Mas qu
ser, Dios mio, del que ademas de tener la fealdad en su cara, tiene la
pobreza en el corazon i menguado el entendimiento! A ese solo puede
salvarle el capricho femenil, i si no sabe esplotarlo o si no es capaz
de aprovecharse de las estravagancias de una mujer, no le queda otro
mundo que la celda de un convento, ni otro amor que el de Dios.

Al fin esto es algo: peor es entregarse como Calivan al amor del diablo.
I sin embargo, hai tantos Calivanes en este mundo, que sin ser hijos de
la bruja Sycorax, tienen una intelijencia grosera, un natural ruin i una
figura humana con todos los instintos i deformidades de la figura bruta!
Para esos, la maldicion del hombre i de la mujer! El que nace Calivan i
no tiene la virtud de la conformidad, i en lugar de hacerse bueno,
cultiva la envidia, i se enardece con el odio i el egoismo, es un
monstruo que no merece tan siquiera los caprichos de una bella, ni las
estravagancias de una fea, porque la mujer que se dejase conquistar por
l, no podria disculparse con un--pero si es tan hbil!

Afortunadamente no se hallaba don Guillermo clasificado en ninguna de
estas categoras de la fealdad, como fcilmente se habr colejido al
verle enamorar con solo su presencia a una hechicera tan encantadora por
sus gracias como por sus artes. I aquel amor era como todos los que se
descifran a primera vista: l i ella se habian leido el corazon el uno
al otro, i se habian intimado i casi cristalizado, como si llevaran
largos dias de buen trato i de dares i tomares.

Hallbanse los enamorados a las puertas de un inmenso edificio, que era
el alczar de los Jenios, cuando se cambiaron sus ltimas promesas.
Lucero penetr en el alczar seguida de su pjaro, el cual no tenia ya
ni la forma de tal, ni la del padre Adan en que habia sido cazado: era
el mismo hermoso don Guillermo que solia ver en su meson Madama Ferran
por las tardes, con la diferencia de que su rostro estaba ahora radiante
con las luces del amor i de la esperanza, i no sombreado por las dudas
que en otro tiempo le inspiraba Julia.

Lucero se perdi en aquella atmsfera crepuscular que ocupaba los antros
del alczar, dejando a Mr. Livingston en un punto de apoyo desde donde
podia descubrirlo todo. No habia all salones, ni apartamentos, ni
bvedas, ni suelo: era un espacio inconmensurable, infinito, sin luz,
porque no eran sus habitantes los Jenios de la luz; tnuemente alumbrado
por un claror parecido al de la incierta luna bajo la enramada de una
encina, como el que alumbraba el infierno cuando el poeta lo visit.
Sombras difanas pero opacas circulaban lentamente, unas verticales,
otras inclinadas, stas recostadas muellemente en el ambiente, i muchas
como hendiendo el aire para subir o descender: eran los Jenios, i los
habia de todas dimensiones i figuras, pero conservando siempre aquella
forma que los pintores dan al alma, cuando la representan
desprendindose del cuerpo que muere. Voces metlicas, sonoras,
vibrantes, como las que arranca una pasion ardiente, surjian de todas
partes, al parecer en confusion.

Pero esa confusion era aparente: cuando don Guillermo fu recobrando el
imperio de su discernimiento i el uso de sus sentidos, libre ya del
estupor que le habia causado la novedad i estraeza del espectculo,
observ que en todo reinaba un rden admirable, i que los Jenios,
poseedores del portentoso poder de abrazar aquella inmensidad con una
mirada, con su voz, con su atencion, se comprendian sin estorbo, i se
ocupaban familiarmente de sus tareas sublimes. La intelijencia humana
del ingles no alcanzaba a descifrar otra cosa, sino que desde aquel
centro inconmensurable partia la inspiracion para el mundo profano; pero
no podia esplicarse cmo, ni podia distinguir a los mensajeros que
trasmitian los apotegmas con que resonaban los antros. A juzgar como
puede hacerlo un mortal, se trataba all de muchos puntos
simultneamente.

En algunos crculos se ocupaban al parecer en dictar la Constitucion
poltica de un pueblo, pues se oia vibrar una o muchas voces que
esclamaban:

Aquella es la mejor de las constituciones polticas, que mas fcilmente
puede ser desobedecida i burlada por los que mandan, mediante una sbia
interpretacion, o merced a alguna clusula que destruya las garantas
que ella concede.

Los abusos de la autoridad son santos, o por lo mnos inocentes: cuando
se trata de evitar el uso de la libertad i los abusos de los que
obedecen.

La fuerza del poder no debe buscarse en la opinion ni en el concurso de
los intereses de todos, sino en las armas i en los tesoros; pues la
resistencia a las pasiones ajenas i a los intereses ajenos es la mejor
poltica de los que mandan.

En otras partes se oian proclamaciones que parecian consejos:

No hai leyes buenas, se decia, si son malos los hombres encargados de
aplicarlas: corromped el corazon de los hombres i no tendreis que temer
de las reformas.

Ensead a esperarlo todo de la voluntad de los que mandan, i as
acostumbrareis a los hombres a respetar la autoridad en las personas que
la ejercen i no en las leyes.

Haced a los hombres desleales, disimulados e hipcritas, egostas,
orgullosos e intolerantes, i as tendreis defensores contra toda novedad
que hiera el sistema actual de vida.

Entristeced al pueblo, quitadle todas las ocasiones en que pueda
holgarse su espritu, con el pretesto de atacar los vicios i de evitar
la corrupcion, i as lograreis inspirarle aquellas virtudes.

Protejed i fomentad la relijion, como aliada del poder, porque mintras
mas relijioso es el pueblo, mejor podrn vuestros aliados ayudaros a
conservar el rden.[13]

       [13] Se ha procurado condensar en estos apotegmas terribles toda
       la filosofa poltica del partido conservador. Filosofia que se
       revelaba no en las palabras, sino en los hechos de los pelucones,
       principalmente en los del gobierno absolutista de la poca.

Mas all se oia que se trataba de prescribir el escudo de armas de una
nacion, pues una voz sonora esclamaba de este modo:

El emblema de un gran pueblo que est bajo nuestros auspicios, no debe
componerse del rbol de la libertad ni de los Andes i el sol. Es
necesario que los smbolos sean mas adecuados, i si se han de buscar en
la naturaleza, debe elejirse una ave de rapia i un cuadrpedo
montaraz, hurao i tan intil, que ni siquiera haya sido visto por los
hombres: orladas esas criaturas por dos ramas de laurel entrelazadas,
formarn un verdadero jeroglfico de ese pueblo.....[14]

       [14] Alude a la reforma del escudo de armas de la Repblica de
       Chile, que hizo el partido pelucon.

Una luz mas viva ajit el aire i Lucero, radiante i veloz, apareci a
los ojos del ingles, que atnito i abismado, contemplaba i oia con toda
su alma lo que pasaba i se decia. Los ojos claros de la hada i su
semblante abierto i espresivo, derramaron el consuelo i la esperanza en
el corazon de su enamorado.

--Ya ests libre, le dijo, pero necesitas llenar una condicion de
ceremonia.

--Cul es? Ordena, Lucero, i sers obedecida.

--Los Jenios te conceden su indulto, pero debes solicitarlo en una
representacion respetuosa, en que implores perdon.

Una sombra siniestra cubri la frente de Mr. Livingston, que baj los
ojos como pesaroso i triste.

--Qu te sucede, esclam Lucero, dudas?

--No dudo, dijo l siempre mstio; pero de qu implorar perdon? Cul
es mi culpa? Hai mucho de indigno en la vctima que pide perdon a quien
oprime sin razon i sin mas lei que la de la fuerza!

Lucero se entristeci, pero reanimndose sbitamente, replic:

--Una gracia se pide siempre al poderoso.[15]

       [15] El gobierno triunfante en aquel tiempo exijia de sus
       enemigos vencidos que implorasen perdon desde el destierro para
       volver a la patria.

--Es verdad; observ Mr. Livingston, pero yo no creo que deba pedir
gracia, cuando me hallo en el caso de reclamar justicia; i cuando no
tengo quien me la haga, ni puedo valerme por m propio, me resigno a mi
suerte, ntes que implorar favor, porque un favor solo ha de pedirse o
recibirse, cuando es grato deberlo.

--Comprendo tu dignidad, le dijo Lucero, oprimindolo cariosamente con
su brazo; i no solo la comprendo, sino que te amo ya demasiado para que
pueda imponerte un sacrificio, ni contrariar tus sentimientos. Pero si
no te libertas por este medio, tienes que arrastrar grandes peligros
para conseguirlo con una fuga: yo te acompaar, porque nuestra causa es
comun, i padecer contigo. Vamos!

--Imposible! Tampoco debo yo imponerte a t sacrificios, djame
solo.....

--Me los impones sin ofenderme, i yo los acepto con amor i con la
esperanza de que traer tu libertad mi triunfo. Djame el placer de ser
tu guia, tu salvadora, que l es mas grande que las penas que tenga que
sufrir por t. Vamos! Adelante!


XV.

Digresiones.

No sabemos cuanto tiempo habia pasado desde que don Guillermo fu
trasportado como cuerpo muerto de la playa del Pacfico a los antros de
la Cueva del Chibato, ni cuanto va trascurriendo desde que emprendi su
fuga con Lucero, desde los umbrales del Alczar de los Jenios en busca
de su libertad. Si, como creian los antiguos, el espacio i el tiempo no
son mas que simples relaciones de los seres; o si el tiempo como creen
otros, no es mas que la determinacion de la duracion, hecha por el
entendimiento i revestida de formas por la imajinacion, de todos modos,
no podemos saber cmo consideraban esas cosas los habitantes de
Espelunco; pues ni conocemos asertivamente sus relaciones, ni tenemos
datos sobre el modo como contaban la duracion. Lo mas probable es que no
les hubiese alcanzado la correccion Gregoriana, por catlicos que
fuesen, i que, por consiguiente sus meses i sus aos fuesen mui
diferentes de los nuestros. Quin sabe si aquel ao de noviciado que
hacian sufrir a los imbunches no era un siglo? Ya se v que eso no
habria sido tan malo, pues hai espritus tan tenaces que no se doman
jamas! Testigo aquel porfiado prisionero de Chillon, de quien nos cuenta
Byron, i a quien no le bastaron ocho aos de argolla para dejar de ser
republicano; i tambien aquel otro viejo empecinado a quien no abatieron
diez i seis aos de silencio forzado, ni tres de reclusion rezando los
salmos penitenciales, para que dejase de hacer alarde de sus herejas,
esclamando _e pur si muove_, cuando se levant del sitio en que le puso
arrodillado la santa Inquisicion para que abjurase sus errores. Rara
condicion la de algunos hombres que no saben jamas amoldarse a las
circunstancias para pasarlo bien, i que prefieren sacrificarse por una
quimera de esas que se llaman teoras o utopias! Bien merecido tienen su
mal, i ellos solos lo sufren, con la maldicion del diablo i la befa de
la jente sensata que sabe vivir. Nosotros los hombres prcticos, los
vividores, como se decia al estilo antiguo, no debemos incomodarnos por
mejorar el mundo: si somos sbditos, bien nos viene el obedecer i
callar, porque donde manda capitan no manda marinero, i porque al fin i
al postre no hai nada mejor que el gobierno; i si por fortuna somos
mandones o estamos en peligro de serlo, ah est nuestro modelo, el
ladino Sancho, que cuando se las soaba en el reino de Micomicon,
esclamaba: Qu se me da a m que mis vasallos sean negros? Habr mas
que cargar con ellos i traerlos a Espaa, donde los podr vender i a
donde me los pagarn de contado, de cuyo dinero podr comprar un ttulo
o algun oficio con que vivir descansado todos los dias de mi vida? No
sino dormos, i no tengais injenio ni habilidad para disponer de las
cosas, i para vender treinta o diez mil vasallos en dcame esas pajas:
por Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, i que
por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos: llegaos, que
me mamo el dedo! As han dejado a los pueblos, mamndoselo, algunos
ex-presidentes i ministros americanos que se han ido a vivir descansados
todos los dias de su vida a Europa, i a gozar de los frutos de su
injenio, que no lo tuvieron mnos grande que Sancho. Hai mas que
imitarlos? Bueno es el mundo i bien se est San Pedro en Roma!

Otra cosa que ignoramos es el cmo la hermosa Lucero inici a su querido
en sus hechiceras, ensendole a metamorfosear su figura
instantneamente, a volar por lo alto como pjaro, a arrastrarse como
culebra por lo bajo i a resbalarse como pez entre las manos. Ya se ve
que todo eso i mucho mas era preciso a quien tenia que andar asendereado
i perseguido en un pais donde la polica estaba servida por brujos
capaces de dar caza al mismo Cojuelo, si hubiese ido a incomodar i a
alterar el rden. Semejante polica no cabeceaba ni roncaba, cuando
estaba de servicio, ni incomodaba con pitos ni gritos a los vecinos que
la pagaban, ni mostraba su valor sableando a los inermes i estropeando a
los beodos, ni probaba su vijilancia dejando robar a los ladrones, sin
prenderlos, i aprisionando o espiando a los enemigos de la autoridad que
no hacen dao.[16] N, aquello era otra cosa, i don Guillermo tenia
mucha necesidad de las artes de su dulce amiga para escapar del peligro
de las agujas, de que ya le habia salvado una vez.

       [16] Se refiere a los hechos de la poca en que apareci el
       cuento, no solo en lo de la polica, sino tambien en los demas
       puntos que tocan estas digresiones.

Ah! cunto dieran algunos de por ac para alcanzar a poseer esas artes
diablicas! Pero es el caso que debe haber mucho de cierto en lo que
pensaba de nosotros el padre Malebranche, cuando sostenia que el alma no
obraba de manera alguna sobre el cuerpo, i que Dios es el nico que obra
sobre el alma i sobre el cuerpo: as es que, por mas que uno desee
volverse perro para amar i no sentir, o moscon para fastidiar al
prjimo, jamas lo consigue, porque Dios no quiere, i porque el cuerpo
solo puede acordar sus movimientos al pensamiento mediante la accion
divina. No queda mas recurso que un pacto con el diablo. Pero esto
quin lo consigne, ni quin puede verle la cara a ese njel? Desde que
l acab sus tareas en el mundo, se jubil i desapareci para siempre:
hoi ya ni se acuerda de nosotros. Estuvo tanto tiempo ensendonos i nos
ense tanto, que viendo que en maldades i necedades podiamos darle
lecciones, se restreg las manos complacido i se retir a descansar.
Solo all, de tarde en tarde, cuando aparece un Fausto en el mundo, cosa
que no se ha visto mas que una vez, i en Alemania, suele darle el padre
viejo permiso para venir a acompaarle.

Ahora hai quien evoca los espritus i tiene comercio con ellos, pero ese
es un negocio absolutamente yankee que no se puede hacer en todas partes
ni por todos. Santos i notabilsimos varones ha habido que lo han tomado
a lo srio, i aun han lanzado contra los que lo hacen anatemas i
escomuniones. Pero quin tiene la f o las creederas que estos santos
necesitan tener! Los yankees de los espritus se han de estar riendo de
esas creederas, como se rien de los que les compran los jamones i
moscadas de madera que venden tan barato.

Como quiera que sea, si no hai cuerpo que no tenga su espritu, en ese
grande i admirable rden de la naturaleza, lo cierto es que hai muchos
humanos que al parecer no tienen el suyo, a no ser que lo tengan tan
escondido como las rocas o los rboles. Pero tanto el arte de evocar
esos espritus ocultos, como las demas artes diablicas, no se pueden
aprender fcilmente en el estado actual de cosas. Desde que la filosofa
ha dado al traste con la f, los brujos han ido a esconderse en los
antros de la tierra, i quien no tenga la fortuna de Mr. Livingston, no
puede ponerse al habla con ellos ni aprender sus hechizos.

Mas, en obsequio de la verdad i en honor de nuestro hroe, debe
reconocerse que lo de brujo no disminuy en un pice sus instintos de
buen ingles, pues lo primero que hizo en el pais de su peregrinacion,
fu instruirse del estado en que se hallaban las garantas de _habeas
corpus_, ya que tanto le interesaba conservar el suyo. Pero hall que en
materia de prisiones, aquello era una atrocidad, porque sobre estar
habitualmente presas, como en un convento, aquellas jentes, sucedia que
no habia brujo ni bruja, como quien dice perro ni gato, que no tuviese
la facultad de mandar a la crcel i aun de condenar a muerte a
cualquiera estante o habitante, aunque no fuese mas que por verle mala
cara. La seguridad individual no era all conocida, sino por los
servidores de los Jenios, que, al fin como de la carda, estaban exentos
de los percances que ellos eran encargados de hacer sufrir a los demas.
El ingles se asust de ver que el _habeas corpus_ estaba suspenso sin
ceremonia, i nunca perdi el susto por mas que procuraba imitar a los
paisanos suyos que por all encontraba enteramente conformes i
contentos con esa inseguridad: pero no advertia que esos eran tambien de
la carda, mintras que l habia desechado las propuestas de afiliacion
que en otro tiempo le hizo el juez del crmen de Espelunco.

Pero en cuanto a libertad de pensamiento, era eso otra cosa: los Jenios
dejaban la libertad de pensar i la de hablar por lo bajo cuanto se
quisiera, con tal que no se pasara de la conversacion privada; i era
libre el chismeo i el cuchicheo hasta lo infinito, i se podia hasta
soplar a la oreja un _venticello_ de aquellos cuya fuerza describia don
Basilio tan sabiamente. No, en ese punto estaban todos a sus anchas i
contentos, i hasta se les dejaba campo abierto para hacerse oradores
pblicos, si querian, pues no se prohibia el hablar a gritos ni a los
histriones, ni a los predicadores, ni a los panejiristas del gobierno de
los Jenios, siempre que en todas esas loas fuesen estos loados i no
enlodados.

La misma libertad existia para el pensamiento escrito: gracias a Dios,
existia la libertad de imprenta! La censura estaba rigurosamente abolida
para ntes i despues del parto: la autoridad no censuraba ntes de la
publicacion lo que parian los escritores, pero tampoco permitia publicar
ningun parto que la censurase a ella. La lei era pareja i por
consiguiente justa, pues cuando un gobierno no censura previamente las
obras, tiene justicia para no permitir la publicacion de escritos en que
lo censuren a l o a sus amigos. Qu cosa mas racional! Pero sobre ser
justo este plan, produce ademas una ventaja inapreciable, tal es la de
que no pueden aparecer otras publicaciones que las que la autoridad
fomenta o tolera; i si alguna de estas saca a veces los pis del plato,
hai razon para que las otras i la autoridad se le vayan encima, las
primeras con el peso de la injuria i la calumnia, i la segunda con su
pesantez especfica i cuantitativa, para castigarla i anonadarla, pues
que falt al pacto i perturb el rden.[17]

       [17] No se hizo as con este cuento, que se public por primera
       vez en la _Semana_. Se le dej pasar en silencio. No se escribi
       ni se habl de l, i se le conden al aislamiento, como a un
       apestado.

Mas don Guillermo, ingles al cabo, no comprendia esta libertad de
imprenta i se imajinaba que mas bien era una libertad de mentir por
escrito con patente autorizada, pues observaba que los escritores eran
verdaderos prestijiadores que embaucaban a sus lectores, variando el
sentido de las cosas, adulterando los hechos i convirtiendo en liebres
todos los gatos. Segun l, habia una perfecta contradiccion entre los
hechos que tocaba en la sociedad i los artculos que leia en la prensa;
pues mintras que en aquella todo era malo, atrasado i podrido, para
esta no habia gobierno mas justo i liberal, ni mejor administrador, ni
pueblo que hiciera mas progresos ni que fuese mas afortunado que el de
Espelunco.

Solo un ingles puede tener la estravagancia de no conocer que hai un
derecho natural tan sagrado como el de la defensa propia, i es el del
propio elojio. Los ingleses no conocen cunto cinismo i perversidad hai
en revelar nuestros vicios, i en descubrir nuestras lacras, pues ellos
hallan mui natural i puesto en razon el censurar a sus gobiernos i el
criticar sus vicios sociales. Que falta de patriotismo tan
imperdonable! Qu ingratitud! Maldecir de su propia madre, acusando sus
vicios, i atacar a su gobierno descubriendo sus pasteles, son verdaderos
parricidios que merecen el terrible consorcio del jimio, del gallo i la
culebra. Pero los ingleses no solo cometen esos crmenes diariamente,
sino que asilan en su tierra a todos los perseguidos i les dejan mplia
libertad para que maldigan de sus gobiernos i desacrediten a su patria,
revelando al mundo lo que como buenos patriotas debian callar, basta que
se trate de los suyos, pues entre buenos hermanos todo debe quedar en
casa. No hai emigrado en Inglaterra que no haya gozado de esa libertad
de desacreditar: los espaoles de Fernando VII, los franceses de
Napoleon, los napolitanos del rei Bomba i hasta los arjentinos de Rosas.
Qu mucho, si los malos se dan la mano i se protejen! Pues esos mismos
emigrados cometen cuando pueden en sus paises los mismos crmenes,
echando sin vergenza a la estampa sus vicios sociales, i celebrando a
los escritores que lo hacen hasta elevarlos a la categora de clsicos!
No han hecho eso los espaoles con su Larra i los franceses con una
caterva de escritores parricidas? No han elevado esttuas a Voltaire, a
Cervantes i a otros maldicientes de este jaez? I los ingleses no se
llenan la boca con los nombres del dean Swift i del cura Sterne, dos
sacerdotes protestantes tan deslenguados i sarcsticos contra las
costumbres de su tiempo, como el benedictino Rabelais?[18]

       [18] Esta ironia espresa en compendio las ideas que entnces
       predominaban contra los escritores independientes.

Pues esa perversidad era lo que echaba de mnos el ingles entre los
virtuosos habitantes de la Cueva, quienes, si como criaturas frjiles,
tenian sus defectos, como buenos cristianos se los disimulaban, i como
buenos patriotas los callaban para no desacreditar su Cueva ni a sus
amos.

Viciado por su educacion el criterio de don Guillermo, i agriado su
nimo por la persecucion de que era vctima, no podian ser acertados los
juicios que se formaba del pais que recorria; i haciendo abstraccion de
ellos, para salvar nuestra responsabilidad, as como de las cuestiones
de tiempo i modo que pueden suscitarse sobre la duracion de su
peregrinacion en la Cueva i sobre su aprendizaje de las artes
diablicas, sigamos sus pasos hasta el punto donde le encontramos al
principio, i basta de digresiones.


XVI.

Primer cuadro.

--_Grandes voces_. No hai que salir! De aqu no nos movermos!
Estamos en paz! aqu no hai rias ni bulla! Afuera los brujos; Muera
la polica![19]

       [19] En este cuadro se representa una escena de las que suelen
       suceder entre el bajo pueblo i la polica, i en ella se hacen
       notar dos hechos de la poca que el cuento describe, los cuales
       por su singularidad no se han repetido despues. Es el primero la
       devocion al gobierno absoluto de los comerciantes ingleses,
       residentes en el pais, los cuales habian hecho causa comun con el
       partido dominante, hasta el estremo de contarse algunos de ellos
       que se habian constituido en jefes del partido en Valparaiso, i
       se entendian como tales con los gobernantes. Esta intervencion de
       los ingleses se hizo notar en muchos sucesos graves, i aun de
       carcter oficial, los cuales no se han escapado a la historia; i
       era corriente en la vida ordinaria. Por ejemplo, cuando lleg a
       Valparaiso la noticia de que el intendente de Copiap habia hecho
       azotar por mano del verdugo a varios ciudadanos que habia
       encarcelado por venganzas personales, el pueblo estaba
       consternado, i los ingleses llenaban el salon de la Bolsa,
       aplaudiendo el atentado, i condenando a los liberales. El autor
       de este libro estaba all, i escandalizado por la insolencia,
       sac su cartera para anotar el hecho. Un viejo residente ingles
       se le acerc preguntndole qu escribia.--Anoto, le respondi,
       los nombres de los ingleses que tanto celebran la brutalidad del
       intendente, para tratarlos como merecen el dia en que triunfemos
       los liberales. Este dicho se divulg; los ingleses callaron i
       principiaron a despejar a toda prisa.

       El segundo hecho es el de los garitos que entnces mantenia la
       polica para enganchar soldados i protejer a sus espas, que eran
       los que obtenian la ganancia.

--_Un jefe._ S saldrn! No se permiten reuniones! Afuera, afuera!

Suenan los sablazos. Un gran grupo de hombres sin armas se echa sobre
los sableadores, que retroceden.

--_Algunas voces de estranjeros._ Por aqu, por aqu! Viva la
autoridad! Favor a la lei! Rodeadlos, tomadlos presos...!

Reforzados los brujos por los estranjeros, dispersan el gran grupo en
fracciones que huyen, i aprehenden a varios hombres que amarran i
conducen a la prision. Los ausiliadores quedan en el mismo sitio i dos
jvenes, al parecer estranjeros tambien, se acercan i les hablan en
lengua estraa.

--_Varias voces._ Tienen razon esos pobres diablos. Estaban quietos i no
daban motivo.

--_Uno de los jvenes._ Entnces, por qu ayudasteis a perseguirles?

--_Una voz._ Porque es necesario apoyar a la autoridad.

--_El otro jven._ Aunque no tenga razon?

--_Otra voz._ Ciertamente.

--_Primer jven._ Habria sido mejor no mezclarse. Nosotros debemos
prescindir i mantener neutralidad en todos los asuntos del pais.

--_Otra voz._ Mnos cuando se altera el rden i se pone en peligro
nuestra propiedad.

--_Segundo jven._ Podemos defender nuestra propiedad, no hai duda; pero
cuando se halle atacada. La lei i el gobierno nos protejen, i es preciso
confiar en esa proteccion, ntes de anticiparnos a su accion. Si con el
pretesto de evitar un peligro, nos creemos autorizados para tomar parte
en las cuestiones intestinas, podremos equivocamos mui a menudo i nos
espondrmos a atacar a nuestra vez el derecho de otros.

--_Otra voz._ No importa: lo que nos conviene es la estabilidad del que
manda, sea quien fuere, i cualquiera que sea su conducta. Nosotros no
debemos mezclamos en las cuestiones intestinas para averiguar quin
tiene razon o a qu lado est la justicia; pero s debemos en todas
circunstancias apoyar a la autoridad, reforzar el poder, aunque sea el
de Lucifer, porque eso es lo que conviene a nuestros intereses.

--_Otra voz. All right!_ No discutamos al aire: vamos!

Los dos jvenes se separaron i siguieron hasta entreverarse en los
grupos de jente del pueblo que llenan una espaciosa calle, i que marchan
cabizbajos en una misma direccion.

--_Un hombre._ Buen dar, amigos, que no podamos divertirnos onde nos d
la regalada gana!

--_Otro._ Ni cuando ni como queremos, sino como quieren los brujos.

--_Un viejo._ Toa la via ha sio lo mesmo: no hai mas que aguantar. Para
morir nacimos i para sufrir vivimos.

--_Una vieja._ Como los burros: en eso nos parecimos i en la paciencia.
Bienaventurados los que lloran.

--_Un mozo._ Porque llorarn siempre.

--_La vieja._ Bienaventurados los que han hambre i sed de la justicia
porque ellos sern hartos.

--_El mozo._ Para all me las guardes. Somos pocos todava; cuando
seamos hartos se nos quitar la sed.

--_El hombre._ No hai mas que ir al garito: all s que es permitido
divertirse.

--_El otro._ I caer en el garlito! Qu se ha de hacer!

--_Uno de los jvenes._ Por qu no les permiten divertirse donde
ustedes quieran?

--_El viejo._ As est mandao, seor.

--_El jven._ Quin lo manda?

--_La vieja._ Quien puede! Aqu manda no quien quiere, sino quien
puede.

--_El otro jven._ Quin es el gobernador de esta ciudad?

--_Un hombre._ Quin sabe! Yo no lo conozco ni s quin es.

--_Varias voces._ Ni yo tampoco. Yo mnos.

--_La vieja._ Yo no conozco mas que a algunos de los brujos que cuidan
del rden.

--_El mismo jven._ Pero sabrn ustedes por qu les permiten ir al
garito i no a otra taberna?

--_El mozo._ Miren qu gracia! Porque si all pierde uno la plata que
le adelantan, tiene que quedar obligao a servir!

--_El mismo jven._ En qu?

--_La vieja._ Preguntn es el jutre!

--_El hombre._ En ir afuera a trer nios.

--_El otro._ I hombres que hacer imbunches.

--_El viejo._ Para aumentar los vasallos.

Una vocera interrumpe el dilogo: es orijinada por una ria que se
traba entre varios grupos. Todo se conmueve: los nios silban, las
mujeres chillan i los hombres gritan, se revuelven, se entreveran, se
golpean. Ayes i blasfemias se perciben en medio de la grita. Algunos
hombres ensangrentados huyen. El tumulto se aplaca poco a poco; pero la
polica no parece. Solo quedan hombres jadeantes i de miradas atroces.
Algunos arreglan sus vestidos, otros rien a carcajadas, i no pocos hai
srios i tristes.

Los jvenes que se habian visto envueltos en el torbellino, reconocen
que han sido despojados por manos diestras de los adminculos que
guardaban sus faltriqueras. Pero continan mezclados con los grupos i
siguen la marcha, anudando su dilogo, o mas bien empezando otro,
porque sus interlocutores han desaparecido.

--_Primer jven._ Por qu ha sido la ria?

--_Una mujer._ Porque un hombre quiso vengarse de otro.

--_El segundo jven._ Contadnos eso.

--_Un hombre._ Con cunto lo manda!

--_Primer jven._ Lo suplicamos: no tendriamos con qu mandarlo. Nos han
dejado los bolsillos pelados.

Una carcajada universal estall al oir esta gracia.

--_Otro hombre._ Chuparse el deo no mas! Otra risotada acompaada de
rechifla casi hizo avergonzarse a los preguntones. Una mujer comprendi
la situacion de los jvenes i se interes por ellos, esclamando:

--Yo les contar, pero vamos andando. Todos se pusieron en marcha. A los
lados de los jvenes caminaban mujeres i nios que los miraban con
curiosidad. A alguna distancia iban hombres silenciosos que los miraban
de reojo.

--_La mujer._ No era naa, sino que un hombre habia jurao que otro se la
habia de penar; lo encontr agora, i le meti el belduque.

Los amigos salieron a la defensa i se form el pleito.

--_El segundo jven._ Qu le habia hecho el otro?

--_La mujer._ Le habia levantao el testimonio de que era desertor, i por
eso le habian pegado muchos palos i lo habian tenio preso hasta agora.

--_El primer jven._ I le habian tomado preso por el falso testimonio?

--_La mujer._ No, seor, aqu agarran jente para que sirva, i as lo
habian tomao.

--_Otra mujer._ Pero como cualquiera puede libertarse, dando un tanto en
plata, ste iba a dar lo que le tocase, i entnces el otro, que es un
testimonero, lo acus en falso.

--_El primer jven._ Por qu fuerzan as a la jente?

--_Un hombre de atras._ Porque somos pobres, i para el pobre no hai mas
que zanja i horca.

--_El mismo jven._ Se reclama......

--_Una voz._ A quin!

--_Otra voz._ Contra quin!

--_Muchas voces._ Para el pobre no hai justicia!

--_Uno de los jvenes al otro._ Silencio, mas cautela, porque aunque
stos no conocen a la autoridad, sino que la aborrecen, nunca falta
entre ellos algun traidor que la busca para denunciar estas
conversaciones, pues saben que esos denuncios se pagan jenerosamente.

Estas palabras no fueron oidas mas que por el otro jven. El silencio
sucedi por algunos momentos. Un silbido trajo otros, una palabra
lanzada al aire provoc otras, i sin embargo de que todos marchaban en
paz, comenzaron a elevarse algunos terrones i piedrecitas que caian
perpendicularmente sobre los jvenes.

As continuaron hasta que fueron desapareciendo casi todos por la puerta
de una fonda, dentro de la cual habia gran ruido i movimiento.

Los dos jvenes que habian entrado tambien tranquilamente, sin hacer
caso de las provocaciones, se instalaron en una mesa que estaba sola;
pero los circunstantes no podian reconocer en ellos a los que les habian
hecho compaa por la calle, pues eran enteramente distintos en
fisonoma.

--_Uno de los jvenes al otro._ Observas a algunos de esos hombres que
entran a aquel caramanchel i salen de all contando dinero?

--_El otro jven._ Si, he visto a varios. Se da acaso dinero en ese
cubichete?

--N, se presta, con la condicion de devolverlo ntes de salir de este
sitio. El que recibe se pone a probar fortuna en el juego, i si pierde,
tiene que pagar el prstamo con su persona.

--Cmo as?

--Quedando obligado a servir en todo lo que lo ocupen los Jenios,
principalmente en perseguir i cazar mas hombres en el mundo para
aumentar el nmero de los que aqu sufren.

--No acaban de quejrsenos esos mismos porque no se les hace justicia?
No deploran su situacion, mostrando su odio contra la opresion que
sufren? Cmo es entnces que lo olvidan todo por satisfacer un vicio, i
venden su misma libertad?....

--No comprendes que todas esas contradicciones i esas miserias son
efecto puro de la ignorancia? Esos hombres no conocen el poder de los
Jenios, sino por el mal que les hace; i, sin embargo, olvidan ese mal,
por dar rienda a su egoismo, i sirven lo mismo que aborrecen.

--La ignorancia!

--S: observa la verdad de lo que te he dicho ya. Aquellos monstruos que
encantan i aprisionan a la libertad, no son sino una alegoria de la
verdad. Esos monstruos existen en la sociedad, son la sociedad misma,
porque en ella estn la ignorancia, la mentira, el fanatismo i la
ambicion: circulan en su sangre. Recuerda lo que has visto, observa lo
que ves. No viste ya la ambicion entronizada, trabajando por sostener
su imperio? No viste ya la mentira infiltrada en la prensa i en la
sociedad? V ahora la ignorancia encarnada en el pueblo mismo: observa
mas i la irs encontrando en todas partes entrelazada fuertemente, de un
modo indisoluble, con la mentira i el fanatismo. Comprendes ahora cmo
es que esos monstruos no pueden ser combatidos ni vencidos con el hierro
i el fuego? Comprendes que para vencerlos por la fuerza seria preciso
decapitar a la sociedad entera?

--S, Lucero: t me iluminas, pero abates mi espritu con tan terribles
verdades, que me dan a conocer que la libertad no puede salvarse de sus
enemigos, que la libertad es imposible!....

--No, Guillermo:la libertad no es imposible! Por qu desesperas? La
libertad es la justicia misma i existe en la naturaleza del hombre. Es
cierto que ella aborrece la violencia, porque su triunfo no es la
fuerza; pero aunque lentamente, tarde o temprano, se abre paso ayudada
por la ilustracion que mata la ignorancia, alumbrada por la verdad que
ahuyenta la mentira. Cuando la accion de estos ajentes es dirijida por
el patriotismo, ese amor celestial, esa caridad fecunda, que armoniza
nuestro interes con el de todos i que enjendra la noble ambicion de
enaltecer la patria que nos di el ser, entnces no se hace esperar el
triunfo de la justicia; de la justicia que, inspirando seguridad a
todos, derrama en la sociedad la confianza, la tranquilidad i el
contento, que dan dignidad al hombre i brillo a las naciones. Ese es el
imperio de la libertad!


XVII.

Segundo cuadro.

De noche ya, van entrando en una ciudad, opaca i silenciosa, un viejo i
un jven. El primero tiene narices para dar i prestar, i el segundo,
aunque nio todava, muestra unos ojos claros, tan poderosos i
ardientes, como si fuera mujer. S, porque los hombres, aunque tengan
ojos hermosos, jamas los tienen poderosos como las mujeres.

Entran mbos a una casa que estaba iluminada i concurrida.

--Hai posada para dos viajeros? pregunt el viejo.

--Como no, le respondieron, i para mas tambien: entren ustedes al salon:
por aqu, inter se les prepara un cuarto. Con dos camas, no es esto?
Porque ustedes no deben ser la pareja de macho i hembra que acaba de
venir a buscar la polica.....

Estas palabras fueron dichas por el fondista adentro del gran salon,
donde habia muchos parroquianos. Todos levantaron la cabeza hcia la
puerta por donde entraban los viajeros, i muchos se miraron entre s,
como de intelijencia mutua.

El nio que acompaaba al viejo, hacindose mas indiscreto que el
fondista, replicaba a ste:

--Pierda usted cuidado: tras de la misma pareja andamos nosotros, porque
somos ajentes secretos, como muchos de estos seores que estn aqu.[20]

       [20] En la escena de majia que se representa en este cuadro, se
       describen los principales tipos de los ajentes i servidores
       subalternos que entnces empleaba la autoridad para dominar la
       opinion independiente i perseguir a sus enemigos. Los que mas se
       distinguian eran premiados con empleos pblicos, i no dejaron de
       salir de entre ellos gobernadores i oficiales de polica o de
       ejrcito.

El fondista se descubri i salud a los recien venidos, cosa que no
habia hecho ntes, porque no les habia adivinado la autoridad. Ellos,
por su parte, tomaron asiento mui familiarmente alrededor de la mesa a
donde estaban los demas velando un tazon, o mas bien, abismados en la
llama de un tazon de ponche.

--Loado sea Dios! dijo uno cuando se estingui la llama.

--Cmo tarda esa en quemarse! dijo otro.

--Esto es siendo espritu, agreg un tercero. Cunto tardaria el
cuerpo de un hereje cuando se usaba la hoguera!

El viejo, como si hubiera tenido algo de hereje, esclam conmovido:

--Afortunadamente, hoi no se quema a nadie!

--Quienes pierden con eso, replic el nio, son los mirones. Qu mas le
da al que muere que le maten a fuego de lea o de fusil, a hierro de
cuchillo o a soga? Todo es morir: la muerte es la que espanta, la que
encanece todos los cabellos en una noche, no el instrumento.

Todos callaron, como aterrados por la locuacidad del nio, quien, sin
ser invitado, se sirvi ponche i continu.--El hombre necesita matar a
su semejante, porque solo la muerte sacia su orgullo: si hubiera un
dolor mas supremo que la muerte, el poder del hombre no se saciaria con
ella, i la muerte dejaria de ser pena capital, quedando al nivel de
cualquiera otra de esas penas que no satisfacen. En otro tiempo la
relijion servia de pretesto para quemar, porque no se hallaban bastantes
delincuentes en el rden ordinario. Felipe II, ese corazon seco, que
solo estaba apasionado de su autoridad, i que castigaba con la muerte
cualquiera contradiccion a su poder, no teniendo rebeldes que ahorcar,
fu a buscar en las hogueras de la inquisicion, una satisfaccion a su
orgullo: por eso la foment i por eso esclamaba que mas queria no tener
ningun vasallo, que tenerlos herejes. Desacreditado aquel pretesto, la
autoridad ocup el lugar de la relijion: hoi no se usa de la hoguera
para castigar la opinion relijiosa; pero se usan muchos jneros de
muerte para castigar las opiniones polticas. I se dice que han
mejorado las costumbres!

--A m poco me importa que se empeoren, esclam uno de los
circunstantes, escancindose una buena parte de la ponchera. Todos
imitaron su ejemplo, i otro, mirando el fondo de su vaso despues de
haberlo apurado, agreg:

--Quisiera Dios mostrarme mi porvenir en el asiento de este vaso!

--Eso es lo que interesa, i no la mejora de las costumbres, dijeron
varios con algazara.

--Por eso hacen ustedes bien en mirar el concho, agreg el viejo, porque
el vaso suele decirlo todo cuando se llena i se vaca repetidas veces.

--En lo que hacen mal, observ el nio, es en pedir a Dios que muestre
el porvenir. Dios no se ocupa en eso, ni tiene para qu pensar en el
porvenir de bribones como nosotros. Quieren ustedes que yo evoque al
Diablo para que nos cuente nuestro horscopo?

--S, s, repitieron todos; veamos cmo.....

El nio traz encima de la mesa, con una varita que sac de su ropa, dos
tringulos inversos, i dijo: esta es la cruz de Salomon. Despues hizo
tres crculos concntricos a la cruz, i puso sobre sta la ponchera.
Vaci una botella de ron, alleg la luz i revolvi con la varita,
recitando entre dientes un conjuro. De repente surji una hermosa llama
de fondo azul i flancos amarillentos, que di a todos los semblantes un
color lvido i cadavrico: las luces de la sala se apagaron solas, i las
sombras de los que rodeaban la mesa, se retrataron tremulosas i
jigantescas en las murallas.

Todos miraban de hito en hito la llama i con unas caras vidas i
desconcertadas. El viejo solo tenia un aire tranquilo i meditabundo.

En el centro de la llama comenz a delinearse un objeto. Todos se
apiaron, devorando con los ojos la figura, hasta que apareci bien
perceptible en el puro azul de la luz una mscara roja, de cuya ancha
boca salian siete lenguas, i cuyos costados estaban guarnecidos de
multitud de orejas.

--Qu es eso! Quin es ese? preguntaron varios precipitadamente.

--Todos! respondi el nio.

--No, no, no; ese no puede ser el porvenir de todos, gritaron muchos.
Toda la vida no hemos de estar escuchando, chismeando i mintiendo; esta
es una carrera como cualquiera otra. Nuestro horscopo no es ese.

--No, es el presente, replic el hechicero: cada cual ver su horscopo
en su vaso. Apronte cada uno el suyo, voi a servir para que bebamos.

--Empecemos por el principio, esclam uno, el primero toca al mas
anciano. Despues continuarmos a la redonda: vamos, nmero uno; i seal
al viejo.

Este alarg impasible su vaso. La mscara habia desaparecido, i la llama
del tazon borbollaba formando jirones, crculos i tirabuzones, como
impulsada por un fuego activo. El nio llen el vaso que se le
presentaba, cayendo el licor como si hubiera sido de rubes derretidos,
i coronando los bordes una tnue llamarada azul, que poco a poco fu
condensndose i mostrando una figura.

Era un viejo de estatura elevada, pero inclinado hcia adelante. Parecia
absorto con un pensamiento terrible. Sus lacias canas bajaban hasta
confundirse con su blanca barba. Tenia un ancho sombrero, cargaba sobre
su hombro una manta, i llevaba un largo bordon en la mano derecha.

Todos miraban con curiosidad, pero el asombro se pint en los
semblantes, cuando vieron que el viejo se trasformaba en un hermoso
jven que dando la mano a una mujer radiante de belleza, se elevaba con
ella hasta confundirse en una estrella vivsima que ilumin por un
momento la estancia, dejando a los circunstantes deslumbrados.

--Qu es eso? preguntaron varios.

El nio respondia con un sonrisa, i el viejo dijo secamente que l
comprendia su horscopo i no tenia para qu revelarlo.

--Nmero dos! gritaron todos, i el que se sentaba al costado del viejo
alarg su vaso. La misma operacion se repiti pero la llama dibuj otra
figura, que no fu comprendida a primera vista, i que despues de
examinada apareci ser una banda o faja bicolor enredada en un baston.

Hubo un silencio profundo. Todos miraban la figura i cavilaban, hasta
que lguien dijo con nfasis: Eso significa poder, autoridad,
mando!--I una carcajada universal estall como eco de esas palabras.

_Varios._--Hombre! T con poder! T mandatario! A los cincuenta aos
de vicios, de pereza i de miserias! Cmo puede ser cierto este
horscopo! Ja, ja, jaaa!

_Nmero 2._--Vamos por partes, mis amigos: acaso no estoi yo en carrera
como ustedes? No puedo llegar adonde ustedes se proponen? Qu mas
tienen ustedes que yo? La mayor o menor edad, no importa: aunque han
dado en creer que los jvenes son mejores para el mando porque son mas
enrjicos, cuando no son mas que atolondrados. Puesto en el caso, yo
probaria que solo en mi edad se encuentra la verdadera enerja, i
demostraria que hai _siticos_ capaces de mucho!

_Uno._--Eso quin lo duda? Pero t debes tener _p_ lquida, porque hai
_siticos_ i _psiticos_...

_Otro._--No toquemos esas cuestiones de nobleza!

_Varios._--Que bestia! Qu tiene que ver con esto la nobleza?

_Nmero 2._--Ahora no hai mas nobleza que la del vicio o el talento. La
nobleza de pergamino est en derrota. Cualquier hombre como yo puede
elevarse i hacer fortuna por el trabajo.

_Todos._--Ja, ja, ja, jaa! En qu trabajas t! Ni t! ni t tampoco!

_Uno._--Ni nadie! Quin de nosotros sabe hacer nada? Quin quiere
trabajar? Vamos claro: cuando se nos ofrece una mayordoma, la
desechamos por el poco sueldo i mucho trabajo. No aprendemos oficio,
porque es indigno de nosotros, aunque nuestros padres hayan sido
zapateros. Ni queremos trabajar bajo la dependencia de otros, porque
hemos nacido para patrones. Pero lo que hai de cierto en todo esto es
que no sabemos hacer nada, que no queremos hacer nada, i que solo
aspiramos a tener fortuna por medios cmodos, por caminos fciles, sin
trabajo, aunque sea a costa de la honradez i de la decencia....

_Varios._--Cierto! Es verdad! Bueno ha estado el sermon! Qu se
repita! Nmero 2 tiene la palabra.

_Nmero 2._--Entendmonos: cuando yo he hablado de trabajo, es porque he
tomado la palabra en su sentido mas lato. Todos trabajamos: el que entre
nosotros sobresale por su talento o educacion tiene la breva segura, es
verdad, con solo alistarse entre los servidores de la buena causa, pero
sin embargo no deja de tener que trabajar. El que no pese aquellas
ventajas, como yo, debe trabajar el doble, primero para congraciarse con
los que mandan, a fin de conseguir un destino, i despues para
acreditarse de buen servidor. Cunto no tendr yo que hacer todava
para poner mi crdito a la altura en que debe estar el de un candidato
al mando poltico de un pueblo! Yo trabajar en ello, no hai duda,
alcanzar lo que otros muchos: por eso he dicho que un hombre como
nosotros puede elevarse por el trabajo. Estas ajencias en que andamos,
son un trabajo como cualquier otro. I para qu habriamos de tener este
cargo, sino hubiramos de subir! Valdria mas entnces seguir la carrera
de la virtud, que aunque no conduce a los puestos pblicos ni a la
fortuna, nos llevaria siquiera al cielo, aunque tarde. Si queremos lo
positivo, lo mas pronto i bueno en este mundo pecador, es necesario
sacarle el quilo al vicio, i para esto es necesario trabajar. Me
entienden ustedes? Me he esplicado? Caballeros! El sitico deja de
serlo, cuando mejora su traza, cuando cambia su tipo, que es puramente
transitorio; i para esto es necesario trabajar, no en tareas manuales,
que son pesadas i duras; ni en faenas serviles, que son indignas de
nuestras aspiraciones; en algo mas grande i de pronto lucro!

_Uno._--Pero en qu, si no tenemos una profesion ni talentos, ni cabeza
para nada?

_Nmero 2._--Vean qu bruto! Qu no sabes que la maldad i el vicio han
sido siempre necesarios al sosten de las grandes causas? Un jeneral en
campaa necesita de los espas para triunfar; la inquisicion fomentaba i
pagaba a los delatores; el despotismo necesita de muchos ajentes: esto
sin contar el interes individual, que tambien echa mano mui amenudo de
los servicios de un bribon. Para qu necesitamos de profesiones ni de
talentos? Yo tengo el talento de la maldad, i eso me basta.....

_Muchos._--Es claro! Es evidente! Tiene mucha razon! Has hablado
como un libro! Vamos a otra cosa! Nmero 3, nmero 3!

Este puso su vaso. La llama de su lquido represent al instante un
grupo informe, que poco a poco fu aclarndose i dibujando charreteras,
espadas i trofeos militares.

Nueva algazara de risas, hurras i esclamaciones.

--Seores, pido la palabra, grit uno: el nio nos embroma: no dudo yo
de que un calavera sin oficio ni beneficio tenga talento para
distinguirse de algun modo, aunque sea un triste ajente de maldades, i
que a fuerza de constancia llegue a ennoblecerse i a procurarse un
destino que le eleve a la majistratura i a los honores: ese tunante de
Nmero 2 puede llegar a ser gobernador de alguna nsula, aunque no tenga
otro talento que el del vicio, porque yo, como Sancho Panza, he visto ir
mas de dos asnos a los gobiernos; i que llevasen a ste no seria cosa
nueva. Pero que este otro salvaje pueda llegar a los honores militares,
_nequaquam_: eso no me entra a m, porque para ascender en la milicia,
cuando no se tiene valor, se necesita siquiera no ser un tonto como
Nmero 3.

_Nmero 3._--Nadie es tonto para su negocio, amigo; i yo tengo para m
que el nio no nos engaa i que mi horscopo puede ser cierto; pues
aunque no soi militar, ni ganas tengo de serlo, no estoi ljos de llegar
a ser coronel de milicias siquiera. Todo est no mas en que al diablo se
le antoje, pues si yo me doi maa para meter bulla a tiempo, i para
acreditarme de buen servidor, aunque no sea mas que de correveidile o de
patrullero en pocas de bochinche, no est ljos que me emplumen i que
salga cierto mi porvenir.

_El nio._--Lo que est escrito, est escrito: yo no quito ni pongo rei.
El diablo es quien les predice a ustedes la buena ventura: pero si no lo
creen, asunto concludo.

_Todos._--No, no, siga usted, hasta ver el porvenir de todos.

_El nio._--No es posible, la llama casi no arde ya, solo hai para tres,
i acabemos.

Los tres nmeros siguientes ponen sus vasos: la llama del cuarto
representa una pluma negra, grande i gruesa; la del quinto, una soga, i
la del sesto, otra pluma mas chica jaspeada de blanco i negro. Todos se
paralizan sin comprender lo que ven. Un rato de silencio....

_Uno._--Lo de la soga est claro: ste va a parar en verdugo o va a
morir ahorcado.

_Otro._--Sin duda! I bien lo merece. Pero qu quiere decir esa pluma
de jote i esa otra de pavo?...

_Nmero 4._--Que seremos escritores con el tiempo i la voluntad de Dios.

_Otro._--Solo as, obrando Dios un milagro, pueden ustedes ser
escritores.

_Nmero 6._--Hombre, no seremos escritores de pluma de acero, ni de
pluma bien cortada; pero, por qu no lo hemos de ser de pluma de jote o
de pavo? La cosa no es difcil. Yo por ejemplo me siento con vocacion
para cronista o para corresponsal de un diario?....

_Nmero 4._--I yo para historiador....

_Nmero 6._--Ustedes son desconfiados i mas que todo intolerantes: si
supieran que Rousseau empez a escribir a los cuarenta aos de edad, no
estraarian que nuestro porvenir sea el de escritores, porvenir que sin
duda es el de mas fcil realizacion. Qu se necesita para ser escritor?
Nada mas que voluntad, porque el papel i plumas abundan, i las palabras
sobran. Qu mas hai que poner por escrito lo mismo que hablamos? Si yo
fuera diarista, escribiria contra los abogados, contra los literatos i
contra los que pretenden monopolizar las plumas que Dios ha dado a todos
los pjaros de este mundo i que ha hecho del dominio comun, como el aire
i la luz. Escribiria....

_Nmero 5._--No sigas, hombre! Qu hablas de escribir t, cuando no
sabes ni ortografa, ni siquiera tienes buena letra! Para escribir, se
necesita tener alguna educacion.

_Nmero 4._--T ests chafado, porque te ha salido una soga en tu llama.
No eres voto. Si te hubiera salido una pluma, comprenderias, como
nosotros, que no se necesita saber escribir para ser corresponsal o
cronista de un diario: as se principia la carrera, i uno comienza a
hacerse espectable, vistindose al efecto de negro, andando con paso
srio i con cara _feira_ por la calle. Qu educacion ni ortografa se
necesita para alabar a la autoridad por angas o por mangas, para dar
cuenta de las muertes repentinas, de los albaales o pantanos, de los
ascensos civiles i militares, i de todas las demas porqueras,
calumnias, mentiras i adulaciones al poder con que se llena la prensa
diaria? Al fin, para ser historiador, como yo deseo, se necesita algo
mas! Pero tambien se puede salir del paso con solo parlotear un poco,
sobre todo si se escribe para el otro mundo, es decir, para Amrica.
Cuando yo sea escritor, ensear a los americanos que la principal
mision del partido conservador de esos paises, es la de restablecer, en
la civilizacion i en la sociabilidad, el espritu espaol para combatir
el espritu socialista de la civilizacion francesa; no el espritu
espaol actual, porque la Espaa tambien est fuera del buen camino,
sino el de la Espaa del tiempo de la colonia. Yo har ver a aquellas
pobres jentes que al meterse a improvisar repblicas con las
reminiscencias del contrato social i el ejemplo del rjimen
anglo-americano, se han olvidado de una sola cosa, i es que para
constituir _democracias_ se necesitan _pueblos_![21]

       [21] Testualmente esta era la doctrina del peridico semi oficial
       que la administracion de 1851 tuvo al principio con el ttulo
       crnico de _La Civilizacion_. Esa doctrina fu la base de un
       sistema poltico que suponiendo que no habia pueblo para
       constituir democracia, trataba de impedir que sta lo educase
       para llegar a ser lo que es hoi, i lo aherrojaba para que nunca
       se formara, ni se desarrollara.

_El viejo._--Bravo! No tiene usted mas que escribir lo que dice i ya
est realizado su horscopo. Pero no olvide de decirles a los americanos
que aunque sus pueblos no eran educados para la democracia, cuando
establecieron sus repblicas, eran, sin embargo, buenos, dciles i bien
intencionados; que con esto tenian bastante para principiar, porque
siempre se ha de principiar por algo; i que si en los cuarenta aos que
llevan de vida poltica, no los hubieran corrompido i estraviado,
pervirtiendo su espritu, desmoralizndolos, i acostumbrndolos a ver en
las formas republicanas una farsa i en el poder un negocio de granjera,
ya estarian mui adelantados en la carrera pblica, mui acostumbrados a
su sistema republicano, porque no hai nada que eduque mejor i con mas
prontitud al pueblo que la prctica leal i real de sus derechos. Para
constituir democracias, se necesitan pueblos, es verdad, pero mas que
todo se necesita que los que las constituyen sean honrados i comprendan
con amor la forma. Si los norte americanos, en lugar de sus Washington i
Jefferson, hubieran tenido los mandones que han deshonrado a la Amrica
espaola, sus pueblos no habrian servido tampoco para la democracia ni
para gobierno alguno.

_Nmero 4._--Eso no! Es usted un animal! No dir yo semejantes
disparates, porque perderia mi carrera. Dir al contrario que los
americanos han hecho mui bien en corromperse, en pervertir i
desacreditar la forma republicana, en llegar a ser ingobernables por su
falta de f, de patriotismo i de principios fijos, porque eso es lo que
conviene para el triunfo de la reaccion del espritu antiguo de la
colonia: as ser premiado, laureado, encumbrado a los mas altos
puestos. I t, nmero 6, si llegas a realizar tu vocacion de cronista,
no salgas de este tema, que as sers grande!

_Nmero 6._--I alcanzarmos, hijo, a poseer la gloria mas brillante de
estos tiempos, la gloria literaria!.....

_Nmero 2._--Error craso! no es la gloria literaria la mas brillante,
es la del mando!

_Nmero 3._--Mentira insolente! Es la gloria militar! Qu puede
compararse a la aureola deslumbrante del guerrero?

_Uno._--Eso es cuando es guerrero, cuando el militar tiene el talento
de la destruccion i el valor de una fiera, pero no cuando es un cobarde
i un bestia como t!

_Nmero 3._--Qu engao! Ese talento i ese valor se suplen, amigo mio,
con un poco de maa: si encuentro a tiro a una tropa de enemigos,
indefensos, me los como, aunque sean mis hermanos; o si se presenta la
ocasion de hacer una delacion, la hago aunque arda Troya. En uno i otro
caso gano grados i honores, i no necesito talento para destruir, ni
valor para pelear. Mas hace un tonto con un poco de trapacera a tiempo,
que un cuerdo con su talento. Sobre todo, hijos de mi alma, tengamos
confianza i audacia, que la fortuna ha de fortalecernos a todos, pues
que del pueblo salen i han salido siempre los grandes hombres!

_El viejo._--S, pero cuando el pueblo es ignorante i sus hijos
corrompidos i egostas, en lugar de dar grandes hombres, da grandes
malvados....

La ponchera vol por la cabeza del viejo a estas ltimas palabras,
estinguindose la dbil llama que aun le quedaba. La oscuridad fu
profunda. Las blasfemias i gritos fueron aterrantes. Las puertas del
salon estallaron sbitamente, i la polica se present intimando
silencio.....

_El nio._--Por aqu, Guillermo.....

_El viejo._--Slvame, Lucero.....

Ambos se escurrieron como sombras por la oscuridad, i dejaron a la
polica i a sus ajentes secretos ocupados en un prolijo registro de la
fonda.


XVIII.

Huye, que solo aquel que huye escapa.

Puestos en salvo i en la calle los dos fujitivos, Lucero declar que era
indispensable que mbos se separasen para distraer la atencion de la
polica, que naturalmente debia fijarse en todas las parejas que
encontrara, puesto que era una pareja lo que buscaba.

El ingles recibi con pesar esta rden i aun se atrevi a objetarla con
la consideracion de que era mucho peor que aprendiesen a uno solo. Pero
Lucero le convenci, mnos con argumentos, que con el ascendiente que
sobre l tenia, i le persuadi a separarse.

Si t caes, le decia, quedo yo libre para trabajar en tu salvacion. Pero
si a m me toca esa mala suerte, t debes solo pensar en hallar la
salida de la Cueva para ir al mundo a emprender la peregrinacion que ha
de salvarme. Harias mal en emplear aqu tu tiempo para arrancarme de mi
cautiverio: no lo conseguirias; i aunque tuvieras la felicidad de romper
mis prisiones, no podrias desencantarme mintras aqu permanecieras. Haz
lo que te digo, sigue fielmente mis instrucciones, si no has de volverme
a ver en estos lugares; no dejes nunca de tenerme sobre tu corazon. Si
perdieras mi recuerdo, no solo serias ingrato para mi amor, sino traidor
a tus convicciones i a la santa causa que has jurado. Vete i no olvides
un momento ni mis consejos ni mi amor.

Dijo, i mbos se estrecharon mudamente, confundindose en un espritu
sus dos almas en aquel momento de efusion ntima i completa. Despues,
cada uno caminaba en opuestas direcciones al punto de reunion que se
habian sealado, pero por un movimiento elctrico i simultaneo, los dos
volvian a mirarse de cuando en cuando i a suspirar, hasta que se
perdieron de vista.

Hicieron bien: las calles estaban atestadas de brujos que acechaban i
que se aprontaba listos para lanzarse sobre la primera pareja que
hubieran husmeado. La polica de aquel lugar estaba montada a la
francesa, es decir, no porque anduviese a caballo, que eso habria sido a
la chilena, sino porque sus ajentes eran invisibles: no gastaban
uniforme, ni porte ni armas militares, ni pitaban, ni gritaban, ni
miraban a lo turnio por las calles; sino que eran mansos i vestan i
andaban como todos i entre todos.

Don Guillermo apresur su paso, i en pocos minutos lleg al lugar de la
cita, que estaba fuera de la ciudad.

Entretanto la poblacion estaba como si le hubieran tocado arrebato:
todos corrian, pero a esconderse, porque uno de los jefes de los brujos,
estimulado por su propio miedo, i no por el de nadie, habia desplegado
una enerja estraordinaria para perseguir i aprehender a todos los
vivientes, como suelen hacer los cazadores de jilgueros, que por tomar
uno de ua blanca, arrastran con todos los que se acercan a la trampa. I
en efecto que el tal jefe hacia mui bien, porque solamente con un
arrastre semejante podia alcanzar a cojer algo de lo que deseaba. As lo
comprendieron las estranjeros de Espelunco, que no los nacionales,
siempre tardos e injustos para apreciar el mrito de sus compatricios,
pues aquellos con esa imparcialidad que es natural en todos los
traficantes, votaron una accion de gracias en favor del distinguido
jefe, hacindose los ecos de la poblacion entera. Eso se llama hacer
justicia a tiempo. Un soberano premia con decoraciones i ttulos a sus
benemritos servidores: as el pueblo debe premiar a los que se han
distinguido en su servicio, aunque sea apalendolo, decian los
estranjeros con ese aplomo que Dios les ha dado. Pero no fu esto todo:
los autores de tan bello pensamiento tuvieron ademas la habilidad de
asociar a su manifestacion a los mismos que habian sufrido en aquella
batida del jefe, o a los que la habian reprobado, lo cual no era difcil
de lograr en aquel pais, que como inculto que era, abundaba en
imbciles, pues tales bichos tienen de comun con el poleo, eso de
multiplicarse en las tierras incultas hasta el estremo de
infestarlas.[22] Contra la imbecilidad no hai mas remedio que la
cultura: la imbecilidad es el verdadero pecado orijinal de la humanidad,
la fuente de todos los vicios i errores, de todas las faltas i crmenes,
pues que todo eso tiene su asiento en la flaqueza de espritu, que es el
patrimonio comun del hombre, i que no se corrije sino a fuerza de
educacion i de cultivo.

       [22] Alude a un obsequio esplndido que los comerciantes ingleses
       de Valparaiso hicieron al intendente que se habia distinguido,
       como jefe de la provincia, en la persecucion de liberales.

La noche estaba fria, pues aunque primavera en aquel pais, era ya una de
esas altas horas en que la tierra comienza a despedir vapores hmedos
que destemplan la atmsfera, i afectan el sistema nervioso de los que no
estn recojidos en su cama. Don Guillermo se sentia enteramente crispado
por un calofrio mortal, i trat de guarecerse en el alfeizar de una
enorme puerta que vislumbr cerca. Pero all seguia tiritando, a pesar
de que estaba resguardado; i entnces comenz a comprender que su
calofrio partia del corazon. En efecto Lucero tardaba mucho ya para que
su enamorado no estuviera rodeado de temores i aprehensiones, que le
hacian afluir a borbollones la sangre al corazon, helndole las
estremidades i la superficie.

Qu hacer? pensaba el ingles: si voi a buscarla, me espongo a que ella
venga, i no encontrndome en el sitio, se alarme i vuelva al pueblo en
busca mia. Todo parece ya en silencio. Habr terminado la San
Bartolom que los brujos han representado esta noche? Ah! Qu va a ser
de m si pierdo a mi Lucero! Esa mujer es el complemento de mi ser: su
corazon es parte de mi corazon, su intelijencia es la luz de mi
intelijencia, su vida es mi vida. No, con esa mujer no se cumplir jamas
en m aquella eterna lei que hace que el corazon aborrezca hoi lo que
ayer deseaba con fervor. Esa lei se ha hecho para el curso ordinario de
la vida humana, i en esa lei est el principio de actividad que lleva al
hombre siempre tras de lo mejor, en pos de la perfeccion. Pero cuando
uno ha encontrado esa perfeccion i la siente en todo su ser, el corazon
late satisfecho i no se cansa ni sacia jamas con la felicidad.

I tenia razon de sobra Mr. Livingston, porque hai ocasiones, aunque
raras, en que dos seres se complementan como un tornillo con su tuerca;
de modo que si llegan a encontrarse i a concertarse, quedan como en su
centro, como queda el tornillo cuando se le ajusta la tuerca, i el
corazon deja de volar tras de las ilusiones que lo arrebatan, cuando
todava no ha encontrado otro corazon que lo complete.

Esa era su situacion respecto de Lucero, i he all la razon por qu
tiritaba con solo la aprehension de perder a su hechicera.

En estos i en otros pensamientos converjentes al quicio sobre que
rodaban todas las ideas de nuestro ingles, fueron pasndose las horas,
hasta que los primeros albores de la maana comenzaron a desprenderse de
las montaas i a inundar el valle. Los pajarillos, desperezndose i
sacudiendo su plumaje, lanzaban las primeras notas del armonioso
concierto con que saludaban el alba. La brisa embalsamada ajitaba los
follajes; i las flores, como sensibles a su aliento, se elevaban para
alcanzarla, sacudiendo las gotas de aljfar que durante la noche habian
inclinado sus corolas hcia el suelo. Ruidos indefinibles se alzaban por
todas partes, porque la naturaleza toda comenzaba a despertar.

Don Guillermo estaba arrobado, porque esas grandes escenas de la
naturaleza tienen el poder de arrebatarnos la atencion i de hacernos
olvidar aun los pensamientos que dan aliento a nuestra existencia. Todo
renace, decia l, todo se renueva cuando la naturaleza sacude el sueo
de la noche. Qu es el hombre en ese cuadro portentoso que se reproduce
sin cesar siempre bello, siempre fresco i nuevo? No es mas que esa flor,
no es mas que ese rbol, que esa avecilla: nfima parte de un todo
infinito, detalle insignificante, elemento perecedero i frjil, que no
se renueva i que solo aparece por algunos instantes a embellecer un
punto del inmenso cuadro de la naturaleza, que no perece jamas, i que se
muestra cada vez mas jven, lozana i brillante!.....

Pensamientos son estos capaces de quitar el frio a cualquier cristiano;
pero como don Guillermo era protestante, no se le alcanzaba que el rei
de la creacion, destinado por Dios para la vida eterna, no puede ni debe
ser considerado como una avecilla destinada a ser comida en estofado, o
como una flor, que si llega a tener buen fin no es otro que el de
perecer disecada en el lbum de un enamorado. El hombre, aunque pecador,
debe ser mas respetado: basta que todo le pertenezca en este mundo i el
otro, segun lo ha dicho no s que santo. Don Guillermo pensaba en
aquellas herejas naturalmente, i por eso no perdia el frio que le tenia
yerto i sin accion.

Sbitamente se abre de par en par la puerta en que estaba apoyado, i por
poco hubo de caer, al sentirse flaquear en cuerpo i alma, pues que a mas
del espanto natural que esto le producia, perdia el punto de apoyo que
habia hallado en la puerta cerrada.

Una especie de hombre fu lo que vi detras Mr. Livingston, cuando
volvi sus ojos espantados, i luego otro, i otro mas, todos vestidos
uniformemente i con aire i actitud iguales.

--Recbrese, hermano, le dijo uno de ellos, i pase adelante, si se le
ofrece algo.

--Gracias, replic el ingles medio aturdido, debo permanecer aqu.

--Es intil, agreg otro, porque la persona a quien usted espera no
vendr. Anoche ha sido aprehendida, a poco de separarse de usted, i
usted mismo lo habria sido, si no hubiese salido tan pronto de la
ciudad.

Don Guillermo ocult su rostro en sus dos manos, como para esconder la
impresion dolorosa que le causaron estas palabras. Qued irresoluto,
perplejo, temiendo que aquello fuese otra prision donde se le hacia
entrar con buenos modos para que no se alarmase. Casi estuvo a punto de
echar a correr para salvarse, pero vi que no tenia para donde. El valle
era all estrechsimo i cerrado por altos cerros, que describian en su
curso el estremo de una elipse, cuya parte abierta se prolongaba por el
lado donde estaba situada la ciudad. Ser este el trmino de la Cueva,
pensaba entre s Mr. Livingston, o ser la entrada?

Los personajes que tenia al frente le miraban como adivinndole sus
pensamientos. Entre usted le dijo uno, talvez estaria usted mas seguro
entre nosotros que aqu afuera; no tema usted nada, que estamos
dispuestos a ampararle.

Mal de su grado hubo de corresponder el ingles a tan bondadosa oferta i
sigui los pasos de sus nuevos protectores que le conducian en
silencio.


XIX.

Vida contemplativa.

Nada mas propio de un amante desgraciado que meterse en un convento:
testigo de ello la clebre poetisa cubana que cuando enviud por primera
vez se retir a las monjas i no sali de ellas, sino cuando le volvi el
estro del consuelo i se reconcili con el mundo. Otros muchos testigos
podrian citarse en apoyo de esa verdad; pero para qu se necesita mas
testimonio que el de una mujer que por s sola equivale a un rejimiento.
El dolor, con ser la lei primordial de nuestra flaca naturaleza, es sin
embargo siempre una cosa nueva para nosotros, siempre nos toma
desprevenidos, i nunca, a pesar de su frecuencia, nos produce efectos
anlogos, sino bien diferentes i aun contradictorios. En unos desarrolla
la sociabilidad hasta el punto de confundir sus efectos con el miedo,
porque el dolorido no puede quedarse solo un momento, i halla su alivio
en la compaa de otro ser que le comprenda; pero en los enamorados, el
dolor desarrolla la mas seca misantropa, los hace ariscos i fieros,
insociables i fastidiosos, hasta que pra con ellos en algun convento,
como en busca de arrepentimiento, o les inspira el saludable deseo de
suicidarse, como para libertar a la especie humana de un ente intil.
Todo eso es natural i sucede porque debe suceder: luego no debemos
condenarlo; ni tampoco debemos admirarnos de que nuestro hroe se
hubiese hallado tan bien i tan a sus anchas en aquella especie de
convento donde le dejamos entrando, que pasados algunos dias, ya no
pensaba en salir, porque solo all podia llorar con libertad la prdida
de su Lucero. I afortunadamente lloraba, que as pudo salvarse de la
enfermedad propia de los de su raza, que se suicidan hasta por
libertarse del trabajo de abrocharse los pantalones. Qu sbia es la
naturaleza! Solamente a los ingleses les ha regalado esa enfermedad que
se llama esplin, porque solo ellos son los mas orgullosos de los
hombres, i por tanto los que mas necesitan de un mal que les haga
comprender que son tan miserables como los demas humanos. As nos ha
dado tambien a los espaoles la mana de gobernar demasiado, porque
precisamente somos los mortales mas ingobernables, cuando tenemos
libertad, acostumbrados por tantos siglos como estbamos a ser arreados
a ltigo en todo i para todo. Este mal de nuestra casta ha sujerido a
algunos sbios el dislate de que no somos aptos para el sistema
republicano ni para ejercer nuestros derechos: con la misma ljica
podriamos discurrir que el esplin hace a los ingleses incapaces para la
cocina, i esto no seria tan errneo, porque todava no se ha visto entre
los ingleses ni un Botargus, ni un Brillat Savarin, ni un Soyer.

Pero don Guillermo no pasaba todo su tiempo en llorar, que al fin los
ojos son una brillante porcion de la humanidad, i naturalmente cumplen
tambien con la lei de cansarse de hacer siempre una misma cosa. Largos i
frecuentes ratos empleaba en sabrosas i sbias conversaciones con sus
albergadores, pero sin llegar jamas a comprenderlos a derechas. Al
principio tomlos por escribas i fariseos por lo doctos i leguleyos que
eran, i tambien por ciertos ribetes de hipcritas que les hallaba; pero
luego vari de parecer i los calific decididamente de Esenios. No era
mui versado el ingles en materias de cultos, ni mucho mnos en conocer
rdenes relijiosas, pues todo su saber no pasaba en el asunto de ciertas
reminiscencias bblicas; pero creia encontrar en sus huspedes los
mismos principios i sistema que aquella secta juda profesaba. Hacian
vida comun, sin comunidad de bienes; se trataban como hermanos i tenian
su espritu de cuerpo, sin fraternidad; creian en la inmortalidad del
alma, pero negaban absolutamente el libre arbitrio, i por tanto nuestra
responsabilidad personal, como los Esenios; pues sostenian que todos
nuestros actos i pensamientos son el resultado necesario de un rden
superior que no comprendemos ni podemos variar; practicaban el celibato,
pero sin negar ni desconocer las ventajas del matrimonio, sino solo por
motivos de pureza, a diferencia de aquel mozo de perros de que nos habla
Victor Hugo, que habia renunciado a varios matrimonios ventajosos, i se
habia consagrado a cuidar perros, por la sencilla razon de que estos
tienen solo siete especies de rabia i la mujer mil.

Como quiera que fuese, los Esenios de la Cueva, ya que por tales los
tom quien pudo observarlos de cerca, eran all una potencia, en cuanto
no se movia una paja sin su voluntad en todos aquellos contornos: ellos
dirijian las conciencias i las opiniones, o mas bien eran los dueos del
pensamiento, porque presentndose como ministros de Dios i como
intrpretes de su divina voluntad, su palabra era la lei, i su persona
merecia una especie de adoracion, como que era el reflejo del poder
eterno en cuanto repartian a su arbitrio la bienaventuranza o la
perdicion. I para que su analoja con los Esenios antiguos fuese mas
perfecta, tenian el mismo talento organizador, pues por medio de
asociaciones piadosas, reglamentaban la caridad en su prctica, el
sentimiento relijioso en todas las formas imajinables, hasta las de la
idolatra, i todos los demas sentimientos i deberes, i aun los usos,
trajes, maneras i modales, proporcionndose as un ejrcito de devotos
que no les costaba un centavo, i consiguiendo por medio del ascendiente
relijioso mucho mas que cuanto pudo alcanzar Pedro el Grande con todo su
poder, cuando se propuso domesticar a los rusos. De esta manera les
pertenecia a ellos, mucho mas que a los Jenios, la sociedad entera de
Espelunco, i si habia jentes en quienes no tenia mucho prestijio el
poder de los Esenios, esas jentes, sin embargo se sometan a l por no
aparecer como rebeldes i conservar su buen crdito, o por no chocar lo
que en su lenguaje llamaban preocupaciones del vulgo, i que, a pesar de
creerlas tales, acataban i reverenciaban como verdades, como justas i
sbias creencias.[23]

       [23] Esta alegoria representa el poder del clero catlico, que en
       aquella poca preludiaba la organizacion de los elementos del
       partido poltico clerical.

Don Guillermo, hombre poco vividor, nada prctico, como hemos podido ya
conocerlo, no podia estar en paz con las jentes que por indolencia
soportaban i aun aprobaban lo que su conciencia rechazaba i su juicio
condenaba como malo. A l no le causaba estraeza que los Esenios no se
contuvieran en el verdadero lmite de su ministerio, i que arrastrados
por la facilidad de conquistar poder, fuesen hasta sojuzgar la razon i
pervertir el buen sentido con supercheras i mentiras: al fin en eso no
hacian ni mas ni mnos que lo que hace todo ambicioso sin nobleza i todo
el que especula con el engao. Pero lo que no podia soportar era que
hombres que se daban el aire de tales, reconociendo aquella invasion i
condenndola en secreto, se abstuviesen de elevar su voz i su poder
contra ella i la tolerasen con indiferencia o con respeto, ya por
indolencia, ya por no poner en peligro su nombre o su quietud. En esto
pensaba como ingles de educacion i honradez, pues que en su pais son mui
raras esas transacciones de la indolencia i del egoismo con la maldad o
el error, o a lo mnos no son tan frecuentes como en los pueblos de
nuestra projenie, i tal suponemos al de la Cueva, donde la indolencia
raya en imbecilidad i el egoismo en crmen.

Estas i otras observaciones de nuestro hroe casi son capaces de
hacernos creer que los habitantes de la Cueva eran medio porros, pues
vivian embaucados, imbunchados i estraviados en todos sus actos i
pensamientos i a todas horas. Don Guillermo, que habia conocido al
pueblo i a los hijos del pueblo cuando corria la caravana con Lucero,
estaba ltimamente entre los Esenios colocado mui ventajosamente para
tratar i conocer a la flor i nata de aquella sociedad, i hallaba que no
era ella mnos que el pueblo pobre la vctima de la ignorancia, de la
mentira, del fanatismo i de la ambicion. En todas las clases notaba la
misma indolencia, el mismo egoismo, el mismo descontento i malestar
moral; la misma falta de principios, la misma carencia de amor i de f
por alguna idea o sistema, i por fin, la misma ansiedad por algo nuevo,
por algo que variase la situacion social entera: i en nada contribuia la
f relijiosa para consolar ese eterno dolor, porque en realidad no
existia tan siquiera esa f, i lo que se tomaba por tal no era otra cosa
que miedo a la vida eterna en unos, especulacion en muchos, i en los
mas, principalmente en las mujeres, necesidad de un principio, de un
sentimiento, de algo en que ocupar la actividad humana que no hallaba en
aquella sociedad muerta para todo lo bueno i lo grande ni empleo, ni
estmulo, ni asiento.[24]

       [24] Este rasgo pinta la situacion moral de la sociedad chilena
       en la poca que trata de disear este cuento.

Es cierto, decia entre s don Guillermo: si las jentes de all arriba
son como stas, no pueden ni con mucho tener el sentimiento del
patriotismo. Qu atractivo para el espritu, qu goce para el corazon
pueden hallar en una sociedad semejante? Fuera de los afectos
domsticos, no hai nada que ligue al individuo con la patria, nada que
halague siquiera su orgullo nacional; i fuera de los goces ntimos, el
corazon no encuentra ni gloria que lo haga palpitar, ni grandeza que lo
atraiga, ni belleza moral que despierte su amor hcia la patria, ni
goces ni bienestar que lo adhieran al lugar de su residencia. El hombre
se apega a las cosas por el sentimiento, i cuando la sociedad que nos da
el ser no tiene medios de insinuarse en nuestros corazones, i por el
contrario, nos hace pesada la vida, no puede ni debe contar con nuestro
amor. Apostaria que no hai un habitante de Espelunco que no desee ser
estranjero!...

       *       *       *       *       *

El trato con Lucero habia hecho filsofo a Mr. Livingston, i el retiro
del claustro en que vivia, el silencio de sus parques i jardines, i mas
que todo las penas que le atormentaban, le hacian meditar i moralizar a
menudo, i aprovechar las lecciones de la esperiencia: es cosa sabida i
mui repetida que los viajes i las desgracias ensean mas que una
biblioteca.

       *       *       *       *       *

Pero habia una cosa que le hacia perder sus nfulas de filsofo i le
hacia reir en medio de su dolor, i era la pretension que tenian algunos
caballeros de los que frecuentaban su asilo de querer hallar un remedio
a aquellos males sociales en la monarqua o en el gobierno de un
rei.[25] No estaban contentos con la oligarqua de los Jenios, i querian
un solo dueo, una familia consagrada que les diera gobernantes de
casta, a modo de los aficionados a las rias de gallos que buscan el
pollo fino i lo cultivan desde que es huevo, hasta que tiene estacas que
afilarle, con la diferencia de que los galleros se comen en cazuela los
pollos que salen malos, mintras que los monarquistas son comidos vivos
por el rei de casta que sale bribon.

       [25] Esta pretension, aunque disimulada, era mui comun, sin que
       faltasen estadistas de profesion que la revelaban i sostenian.

Don Guillermo no discutia con estos polticos, sin embargo de que
departia a menudo con ellos, pasendose en los jardines o descansando en
los hogares de los Esenios. Ni como discutir con hombres que leian los
escritos de algunos espaoles a quienes se les ha ocurrido justificar
las crueldades de don Pedro el colorin, porque con ellas se proponia dar
unidad a la autoridad real; o rehabilitar a Felipe II, porque tambien se
proponia otras grandes cosas, como si el fin justificase todos los
medios, o como si esos grandes fines no hubieran podido conseguirse sino
con enterrar hombres vivos i con quemar en la hoguera, perseguir i
espatriar a jeneraciones enteras. Naturalmente esos polticos debian
estar enamorados de los gobiernos fuertes, i llamar a Felipe, con cierto
obispo electo de ac arriba, el pio, humano i liberal monarca,
justificndole porque otra reina hertica mat mas cristianos, como si
un bandido pudiera escusarse con presentar otro mas bandido que l.[26]
Con su pan se lo coman, decia entre s el ingles: si stos creen que
porque hai grandes naciones bajo el gobierno monrquico, deben esa
grandeza a la monarqua i no a una antigua i vasta civilizacion i a
otras causas benficas que se han desarrollado a pesar de esta forma de
gobierno, yo les daria que viniesen a remover con veinte yuntas de reyes
los hondos males que aquejan a este pais. N, no es el despotismo de uno
o de muchos, cualquiera que sea su forma, el que puede estinguir la
ignorancia, desterrar la mentira, atajar los avances del fanatismo i
evitar los estravos de la ambicion en una sociedad, sino el gobierno
que, naciendo del pueblo, respeta su orjen i corresponde al pueblo,
protejiendo sus derechos, hacindole justicia, sirvindole con amor, i
cimentando su autoridad en el interes comun, en la union de las
opiniones, en la fraternidad que surje naturalmente de la concordia i
armona de todas las aspiraciones.

       [26] El obispo electo para Chilo sostuvo esta tsis en un
       sermon. Este obispo, que no lleg a consagrarse, era el
       presbtero Tocornal.

Algun egoismo habia al parecer en esta reserva de Mr. Livingston, pero
aun sin atenerse al refran que dice: en el pais a donde fueres haz lo
que vieres, l necesitaba mucha circunspeccion para no chocar a los que
le retenian en un asilo tan seguro, del cual no se atrevia a fugar,
mintras no tuviese siquiera algun conocimiento de la topografa de
aquella comarca, para dirijirse en busca de la salida de la Cueva.

Terrible situacion la de nuestro amigo! Era vctima del amor como
Abelardo, un Abelardo prisionero, sin saber donde, como Monte-Cristo; un
Monte-Cristo pobre como Aman; un Aman lleno de paciencia i de esperanza,
como Job; un Job dispuesto a sacrificarse por salvar a un pueblo como
Marco Curcio. Qu va a ser de l? Cundo podr salvarse? Cul ser el
premio de tanto sufrimiento?


XX.

Tercer cuadro.

Era una tardecita de invierno, i el sol habia traspuesto los montes
vecinos, dejando los parques i jardines de los Esenios iluminados con
los ltimos reflejos que todava inundaban la bveda celeste. Pero la
oscuridad invadia ya las grutas i cenadores, los bosquecillos i los
laberintos de aquella deliciosa mansion. Un aire sutil penetraba por los
ramajes i enfriaba el ambiente.

Don Guillermo, que meditaba o penaba solitario en aquellos sitios, se
retir a los claustros, sintiendo la necesidad de abrigo. All not un
movimiento desusado: multitud de notables de la ciudad llenaban los
corredores, i secreteaban como tratando sobre algun gran acontecimiento.
Poco a poco fueron desapareciendo, pues entreverados con los Esenios,
entraban a un salon reservado, i cerraban tras de s la puerta.

El ingles quiso mostrarse desentendido de todo i gan otro claustro,
tomando una galera en alto que corria al costado del salon i que estaba
ya oculta entre las sombras de la noche. All se puso a pasear a lo
largo i cabizbajo, sin tener en su mente idea fija ninguna: estaba en
una de aquellas situaciones en que suele uno encontrarse cuando se
propone averiguar un misterio i no halla por donde principiar, ni tiene
luz alguna que le d entrada a la cuestion que quiere resolver. Pero
habindose acordado ya su vista con la oscuridad del sitio, al poco rato
de estar all, divis un bulto que le sorprendi, i que estaba inmvil
cerca de una puertecita aislada que habia como nica abertura del largo
pao de muralla que formaba aquel corredor. Aproximse a l, i vi
claramente que era un viejecillo pequeo, enjuto, de mala pinta, narigon
i de ojos grandes que relampagueaban en la oscuridad, como los del
tigre. Una conmocion involuntaria le hel la sangre i le hizo dar un
chasquido en el corazon.

El viejo, sonrindose i en una jerga poco intelijible, le pregunt:

--Has perdido t un rosario?

--No, respondi don Guillermo un poco amostazado.

--Ah est uno colgado en el tirador de esa puerta, le dijo el viejo, i
si t lo quitaras i lo arrojaras bien ljos, me harias un gran servicio.

El ingles, lleno de sospechas, se acerc a la puerta, pasando por detras
de su interlocutor, por precaucion, i not que ademas el viejo tenia en
sus espaldas una enorme joroba. Descolg el rosario, i conoci, en el
tacto, que era de cuentas de Jerusalem i que tenia en su estremo una
cruz i un corazon pequeo de pao, que sin duda contenia alguna
reliquia. Al volverse al viejo, como sealndole el rosario, not, item
mas, que el hombrecillo era cojo, pues di un paso hcia atras con una
pierna tiesa e inflexible que parecia de palo.

--Crees t en la virtud de ese sartal catlico, apostlico, romano? le
pregunt el viejo.

--No, dijo el protestante, porque no creo que nuestro Seor lo haya
autorizado, ni en las sagradas escrituras se encuentra nada que lo
autorice.

--Arrjalo, entnces.

--Ser mejor colocarlo en esta baranda, replic el ingles, acercndose a
la de los balcones del corredor; basta que haya aqu una cruz.

--Lo mismo da; pero all, bien ljos, aadi con sonrisa el viejo i
haciendo chispear sus ojos: ese talisman no me dejaba abrir la puerta.
Me has hecho un favor, porque me interesa mucho asistir de tapado a la
conferencia que hai adentro de esa sala. Quieres t asistir tambien?

Don Guillermo no queria otra cosa, pero dudando aceptar la invitacion
que le hacia un desconocido, que no le habia sido presentado, le dijo:

--No s si deba, pues no s con quin hablo, aunque me trata de t.....

--Hum! esclam el viejo, escrpulos de ingles! I resbalando hcia
atras su pierna de palo, hizo un esguince en forma de cortesa, i aadi
accionando con su mano derecha: Tengo el honor.... Soi el seor
Asmodeo, interventor en todos los negocios humanos, i que ya una vez,
hace trece aos, tuvo que ver contigo, hijo mio.

Otro tiriton volvi a retirarle la sangre de las estremidades al ingles,
al oir esta peregrina presentacion. Se qued esttico, i mintras tanto
el viejo se acerc a la puerta, la toc con dos dedos para abrirla de
par en par sin ruido, i volviendo a repetir su cortesa con el cuerpo i
la mano derecha, le dijo:

--_Come in, come along_, conmigo.....

Don Guillermo titube; estuvo a pique de arrancar. Pero luego tuvo una
corazonada, i sigui a su cortes compaero, entrando a una tribuna alta
i balconada que daba vista al interior de una sala espaciosa i de muros
altos, sin adorno arquitectnico de ninguna clase.

El viejito se sent en un taburete de los que all habia, puso su pierna
buena sobre la mala, sac de su bolsillo una ancha cartera roja, cuyo
lpiz revis, i apoyando su barba en el puo cerrado de su derecha,
inund la sala con sus ojos grandes i redondos, que lanzaban rayos
siniestros i que se armonizaban con una perpetua sonrisa que pendia de
sus finsimos lbios.

All, en el fondo del salon, se divisaba una larga mesa cubierta con
tapete verde i rodeada de sillones del mismo color, en los cuales
estaban como incrustados los Esenios i los caballeros. A lo largo de la
mesa corrian en hileras veinte blandones de metal con sendas hachas de
cera verde coronadas por una llama azulada, que despedia reflejos
inciertos i que apnas aclaraba los ngulos i la bveda del salon.

Miren qu cuadro! dijo Asmodeo. Miren qu caras! Ninguno de los
convidados tiene ni lo negro de la ua del padre Schwartz, pero no por
eso dejarn de ir a hacer tertulia en los infiernos a este reverendo
inventor de la plvora. Unos son panzones, otros enjutos; unos viejos,
otros mozos; unos soberbios, otros humildes; pero de todos ellos no se
puede hacer un buen demonio. I diciendo esto, comenz a escribir en su
cartera, con mano convulsa, pero lijera, veloz, rpida, como si fuera
movida por vapor; i sin dejar la operacion, pregunt a don Guillermo:
Qu dices t de esto, hijo?

Mr. Livingston se iba familiarizando con un viejo tan afable, lijero i
gracioso; i tomndole por un instante por taqugrafo de algun diario
como el TIMES, le correspondi con esta otra pregunta:

--Toma usted apuntes para publicar esta sesion?

--Qu disparate!, le replic el viejo con una mirada que avergonz al
ingles. Me has visto cara de chorlito o de escritor que es lo mismo?
Mira, en este pais no hai ente inverosmil de esos que ests mirando que
no sepa hacer su negocio mejor que los escritores, pues estos nenes
cifran toda su dicha en verse reproducidos por la estampa, i por tal de
publicar sus ideas en urdiembre, se despestaan i gastan su dinero,
tiempo i salud, a sabiendas de que nadie los lee, ni entre ellos mismos,
porque nadie sabe leer, aunque algunos sepan decorar. Con qu! Me ves
pinta de pertenecer a esa especie de locos? Vamos atendiendo a la
sesion: all tienes un tonel que habla.

I en efecto, un seor casi cuadrado, que se divisaba de frente, llevaba
la palabra en ese momento. Yo vivo retirado del mundo i pensando
solamente en estar bien con Dios; pero no por esto me liberto de
vejaciones atroces. No hago mal a nadie.....

--Pero tampoco haces bien, refunfuaba entre dientes Asmodeo,
rasguando, que no escribiendo en su cartera; ni eres capaz de dar un
grano de trigo al gallo de la pasion, porque piensas que con solo rezar
por tu alma cumples con el que est all arriba.

Yo, agregaba otro de los notables, he consultado con mi conciencia mui
detenidamente i hallo que la resistencia es un deber.

--As puedes hallarte sbio en tu conciencia, gruia Asmodeo, porque t
te la formas a tu paladar, pues la conciencia no es sino la opinion que
cada cual se forma segun sus creencias, errores, gustos e inclinaciones.

Otro convidado tom la palabra, protestando que l no pensaba mas que en
sus negocios, sin mezclarse en nada, i que, sin embargo, sufria mucho en
su persona e intereses.

Pero Asmodeo le acotaba:--Piensas en tus negocios, pero mucho mas en los
ajenos, porque tienes los instintos de la sanguijuela, a pesar de tu
figura de tbano.

Yo, esclamaba, uno, hago todo el bien que puedo; porque ests cansado
de hacer mal i temes a la muerte, aadia el viejo siempre tomando notas.

Para qu cansarnos, seores! grit con nfasis otro. Quines mas
acreedores a respeto i consideracion que nosotros, que siempre hemos
apoyado el poder i permanecido devotos a nuestra relijion?...

--S, dijo Asmodeo rindose, la devocion es vuestro fuerte. Sois devotos
al poder porque os gusta gobernar o porque sacais siempre piltrafas de
estar bajo el ala del poderoso; i sois devotos a la relijion de puro
miedo al infierno, porque os imajinais saldar con golpes de pecho
vuestra larga cuenta con el diablo, i no por amor a Dios ni a su lei,
que no conoceis ni por las tapas. En el fondo no teneis mas que egoismo
i presuncion, indolencia i orgullo.

--I es posible, pregunt el ingles, que todos sean tan malos?

--No, replic Asmodeo, hai tambien buenos, i con esos no hablo, porque
estn en minora, i se limitan a llorar i deplorar la corrupcion
jeneral. All en el cielo se duerme mucho, amigo, o se pasa el tiempo
mui bien entretenido, pues nunca se acuerdan de las cosas de ac abajo i
dejan a los buenos sin proteccion, i a los malos sin atajo: por eso es
que nuestra cosecha es siempre mejor i mas abundante que la del padre
viejo, i por eso es que mas gobernamos nosotros en el mundo que el Dios
de los buenos.

En ese momento tomaba la palabra uno de los Esenios, encantando con su
dulce semblante i sus suaves ademanes a la concurrencia; pero arrancando
al viejito algunas esclamaciones, como stas: Brigand! Bribon!
Rascal! Impostore! Conspirador! Traditore!

Confiando nosotros, decia aquel, en el parecer que uniformemente han
mostrado todos estos respetables seores, hemos tomado algunas medidas
preventivas. Entre otras, por ejemplo, hace tiempo que retenemos aqu a
un estranjero que era perseguido con una hechicera que le acompaaba en
su fuga. Una noche en que hubo de ser aprehendido, pudimos obrar de modo
que lo fuese su compaera, i l quedase libre i asilado entre nosotros.
(Esto es contigo, dijo Asmodeo al ingles.) Este hombre puede servirnos
mucho. Estando a nuestra disposicion i en nuestra casa misma la salida
de la Cueva, porque nosotros dirijimos la inspiracion de los Jenios al
mundo, i mantenemos la comunicacion con esas rejiones, podemos
facilitarle la salida con la condicion de que nos procure el auxilio de
los de afuera para derrocar a los Jenios i establecer nuestro poder.
(Don Guillermo no respiraba: no era mas que orejas para oir i ojos para
mirar.) Este hombre necesita vengarse de su larga peregrinacion en la
Cueva, se afiliar con entusiasmo a nuestro servicio. Nosotros poseemos
la clave del sistema sobrenatural de que los Jenios se valen para
influir en las cosas humanas, pero no tenemos la fuerza necesaria para
derrocarlos, para ocupar su lugar i ejercer su poder. Apelemos a la
alianza con los hombres que en el otro mundo profesan nuestra doctrina.
Pero para llevar a cabo el plan, es necesario que podamos disponer de un
caudal, que lo formemos entre todos...

El discurso fu interrumpido por los regeldos de un notable a quien le
habia dado flato.

--Fuit Illium! dijo Asmodeo, ardi Troya, i se ech a reir
convulsivamente.

El enfermo se habia levantado de su asiento, i con l casi todos los
concurrentes. Algunos de ellos, ganando la sombra de los otros, se
acercaban a la puerta mui disimulados i desfilaban para afuera. Otros se
ponian en corrillos a conversar por lo bajo con gran seriedad; aquellos
se paseaban, i muchos, contajiados por el flato, comenzaron a sentirse
indispuestos. En un cuarto de hora mas, habiendo ya mui pocos
concurrentes, el senescal de los Esenios crey prudente aplazar la
reunion para otro dia, i el salon qued desierto i a oscuras. La reunion
habia terminado sin acuerdo ninguno, sin resultado, repentinamente, como
termina la sesion de una cmara, cuando se ve en apuros un ministro que
dispone de la campanilla. Talvez los Esenios i sus afiliados no tenian
hbitos parlamentarios, o talvez entre estos ltimos habia costumbre de
salvar un compromiso o de conjurar un peligro, recurriendo al flato.

Como quiera que sea, los dos espectadores de este espectculo se habian
quedado en la tribuna el uno rindose i refunfuando, i el otro
estupefacto, como una esttua de piedra, i casi en ayunas del contenido
i significacion de lo que acababa de ver.[27]

       [27] Este cuadro hace la descripcion, salvo los detalles
       necesarios para mantener la verdad relativa del cuento, de una de
       las primeras conferencias que celebraron los pelucones por
       organizar la conspiracion de 1829 contra el gobierno liberal;
       reunion que termin como aqu se refiere. El autor oy a Don
       Ventura Marin, su maestro, describir esta conferencia, que tuvo
       lugar en el cuarto del cannigo Meneses, rector del Instituto
       Nacional.


XXI.

En donde se ve que no es malo salir como se ha entrado.

--En qu piensas, Guillermo? decia Asmodeo un momento despues a su
compaero, sacudindole de un brazo; i ste alumbrado en medio de
aquellas tinieblas por los dos carbunclos que usaba por ojos el otro,
tom un asiento, como fatigado i sigui pensando, puesto un dedo en la
sien i la vista fija en el suelo.

--Piensas quedarte aqu? No puede ser porque voi a cerrar la puerta,
agreg el viejo.

--N, al contrario, dijo el ingles: pienso en irme ahora mismo. Como ha
podido escaprseme la salida de la Cueva?, puesto que est en esta misma
casa, que tanto he recorrido i examinado. Qu misterio es este? Miente
acaso el Esenio que acaba de hacer esa revelacion?

--Dice la verdad, replic Asmodeo, i t debes haber pasado mil veces por
esa salida sin reconocerla: est al fin del parque mas inmediato. Pero
por qu no esperas a que te nombren embajador?

--Si hubiese de ser para que todos cayeran, esperaria! Mas, la salida!
Dios mio!!...

--Cuidado con esas esclamaciones, si quieres hallar la salida.

--Por qu? Podria sealrmela usted?

--Es claro que s. Favor por favor: t me has abierto la puerta de esta
tribuna; yo te abrir la otra. Pero necesitas, no solamente el valor que
tenias cuando entraste a la Cueva, sino otro tanto mas: vas a atravesar
un camino espantoso. Yo te acompaar con una condicion...

--No admito condiciones: fio en mi valor i en mi porvenir.

--Corriente. Voi solamente a ponerte en la puerta; favor por favor i
estamos a mano. Vamos.

--Vamos pronto.

I salieron de la tribuna, cerrndose tras de ellos suavemente la puerta.
Bajaron de la galera, tomaron un claustro, se introdujeron por un
pasadizo, pasaron una puerta, otra mas i despues otra; todava un
callejon i salieron a un parque cuyos frondosos rboles dormian en
silencio, sin que la mas lijera brisa ajitase su follaje. El silencio
era profundo; solo se oia el golpe de la pierna coja de Asmodeo en el
suelo limpio i endurecido de la avenida de rboles que habian tomado. El
viejo marchaba a paso redoblado adelante, i el ingles tenia que apurar
el suyo para no quedar atras.

Al fin de la avenida, se esplanaba el lugar, pues terminaba la arboleda
i solo tenian a su frente un cerro elevadsimo que parecia tocar las
estrellas con su cumbre. Mr. Livingston veia levantarse sombras
vaporosas por todos lados, i comprimi sus ojos con la mano, para
persuadirse de que esos fantasmas eran una ilusion de su vista. Pero
cuando volvi a mirar, los hall mas cerca, i no pudo mnos de esclamar:

--Estamos perdidos, nos han rodeado los Esenios!

--No hai cuidado, son mis espritus, que me hacen los honores de
ordenanza, esclam el viejo, al momento de llegar a tocar una enorme
roca que se avanzaba del cerro, como centinela. Aqu esta la puerta:
busca un boton que debe estar ah.

Don Guillermo recorri con su mano durante algunos minutos el paraje que
se le indicaba i hall un punto redondo que le pareci de fierro.

--Aqu est, dijo conmovido.

--Apritalo, le replic Asmodeo; i el peasco di una media vuelta sobre
su eje, a la presion violenta que el ingles hizo en el boton, dejando en
su base una abertura oscura i renegrida, larga i angosta, que seguia en
su curso la curva de la figura de la roca.

--Entra, agreg Asmodeo, i buenas noches; hasta mas ver.

El ingles intent darle la mano en muestra de agradecimiento, pero l le
volvi su joroba mirando hcia el parque i silbando despacito un aire de
Roberto el Diablo.

Baj Mr. Livingston lleno de emocion, i adentro sinti una atmsfera
tibia i seca que le paraliz.

--Adelante, derecho, sin titubear, valor!... le grit de afuera
Asmodeo.

El obedeci, i sintiendo el suelo firme i parejo bajo su planta, ech a
andar con rapidez. Despues de algun tiempo de marcha no interrumpida,
not que la oscuridad no era tan profunda ni el silencio tan continuado,
pues que algunos ruidos indefinibles herian su oido. Pens en Lucero,
suspir por ella con dolor i con esperanza, i record la descripcion que
en otro tiempo le habia hecho del camino de la salida i las
instrucciones que le habia dado. Pronto debo encontrar, dijo entre s,
al monstruo de la ignorancia.

Un rujido espantoso aturdi a don Guillermo, pero no conmovi su
corazon. Sinti que le repelian con violencia, i fijando con toda
intensidad su vista, vi delante de s que la bveda de la caverna habia
desaparecido, i que marchaba por una agostura aclarada por una vislumbre
opaca que dejaba ver a uno i otro lado elevadsimas murallas de roca. A
pocos pasos mas, ya no pudo andar sintiendo sus pis enlazados como por
un anillo de hierro. Cruz ambas manos sobre el pecho i esper. El
anillo de hierro subia lentamente, pero mas bien eran nuevos anillos los
que le abrazaban las piernas, puesto que mas arriba del primero que le
lig los pis, sentia otro i otros que se le enroscaban i apretaban,
producindole una impresion de hielo que le daba un frio mortal a pesar
de sentirse empapado de sudor. Un jadeo silbante i spero, como el del
boa constrictor, llegaba a sus oidos, i sentia un hlito pestfero,
cuando los anillos le subian ya hasta la cintura.

El peso de los anillos casi le doblaba, i al mover sus brazos para
balancearse i equilibrarse, sinti con ellos la cabeza enorme de la
serpiente que le envolvia i toc la forma i la morbidez glacial de su
cuerpo. Entnces los levant hcia arriba para que en ellos se enroscase
el monstruo i preservar su cuello de la estrangulacion. As sucedi, i
aquella serpiente atroz dobl sobre el codo del brazo derecho su cabeza
de un pi de largo, con ojos de scuas, de boca abierta i de lengua de
saeta que movia horizontalmente con velocidad, i la coloc cerca de la
cara del animoso ingles.

La luz de la JUSTICIA, el ardor del PATRIOTISMO i el poder de la
DEMOCRACIA disipan las tinieblas, i aniquilan la ignorancia! dijo el
hroe con voz trmula i pausada.

La serpiente di un silbo parecido al que hace la tempestad en la jarcia
de un navo, i se desplom al suelo...

El hroe qued inmvil algunos instantes i repitiendo--Justicia,
Patriotismo, Democracia, emprendi su marcha rpida i segura hcia
adelante.

Una luz viva i rosada inundaba entnces aquel estrecho sendero por donde
apnas cabian cuatro hombres de frente. A uno i otro lado se notaba la
superficie desigual i ondulada de la montaa, que al parecer habia
sufrido un rajamiento obrado por un cataclismo, como se ve en la
angostura de Chaarcillo i en las gargantas del Caspio. Los ngulos i
demas formas salientes de un lado correspondian a las hendiduras i
curvas del otro; i el perfil de ambas lneas culminantes era igual, i
ese perfil se divisaba a una elevacion prodijiosa.

Mr. Livingston abarc de una mirada la fisonoma del lugar, i sigui las
ondulaciones del camino, sin saber lo que habia detras del punto que le
interceptaba la vista. Pero marchaba con valor i confianza, a pesar de
que todava sentia helada su sangre, hmeda su frente, i se miraba las
manos como si fueran de mrmol.

A medida que avanzaba, not que la vereda se ensanchaba, pero que la luz
disminuia i se ponia de un tinte incierto que estraviaba la vista i
hacia vacilar la cabeza. Trat de sobreponerse a aquel prestijio i
redobl su paso; pero al dar vuelta una curva de la montaa, se hall
con tres caminos. Parse dudoso i casi se afliji: no sabia cul de esos
caminos debia tomar, i habia perdido la direccion del rumbo que traia.

Una mujer bellsima se presenta en el punto que hacia centro a los
caminos. Vestia ropas lucientes i ricas, tachonadas de mscaras i
lenguas rojas, mostraba solo una pierna por la abertura de su tnica
talar, porque la otra le cojeaba; i llevaba en la mano un haz de pajas
ardiendo, cuyas llamas deslumbraban i perturbaban la vista del viajero.

--A dnde vas? le pregunt con una sonrisa que descubria una boca negra
i oscura.

--En busca del Patriotismo, respondi con severidad don Guillermo.

--Para qu? Con qu fin?

--Porque esa virtud nos traer la luz de la Justicia i el poder de la
Democracia, que hacen triunfar la verdad i matan la mentira!

--Marchad! dijo ella i se estingui repentinamente la llama del haz de
pajas, despidiendo humo renegrido i hediondo.

--Cul es el camino? pregunt el viajero.

--El de la derecha...

--I por qu no el de la izquierda?

--El que queris, dijo la bella, i di vuelta las espaldas, ocultando
con el manto su pierna coja.

Pero el ingles mir con vista fija i cierta, i distingui bien que el
camino del centro estaba iluminado, mintras que los otros eran oscuros,
diferencia que ntes no habia notado, porque su vista vacilaba i la
llama del haz de pajas la estraviaba. Entnces tom con denuedo la senda
iluminada, mintras que la Mentira se perdia en las sinuosidades
lbregas del camino de la derecha, i se oia el grrulo sonido que hacia
al andar con sus vestidos.

La luz fu mas viva i dorada por algun tiempo i la angostura mas ancha i
derecha, pero all a lo ljos se divisaba una columna negra que cerraba
el camino en toda su altura, como si fuera su trmino. As anduvo el
viajero una inmensa distancia, hasta que vi distintamente que la
columna no era un cuerpo perpendicular, como le habia parecido, sino una
abertura profunda, que indicaba que el camino continuaba oscuro como una
caverna, estrecho i sinuoso. Por un instante sinti que el corazon se le
oprimia, pero un rayo de su mente le represent la imjen de Lucero i
cay sobre su corazon, desahogndolo i dndole contento.

Adelante! dijo, i penetr en las tinieblas. Pero al punto tropez en un
estorbo, i una voz gutural, ronca i desapacible como la que sale de un
pecho enfermo, esclam:--Cuidado con mi pierna, que es la mala, mi
buen Guillermo! Eres valiente i sagaz. Bravo! Has dado pruebas mas
esplndidas que las que di en su mocedad nuestro hijo Napoleon el
Grande. Eres mas grande t! Eres un Wellington! I a propsito, sabes
que ese diantre de viejo se conserva todava en todos sus brios i
comiendo uvas como un viatero?

Mr. Livingston habia reconocido al mismo Asmodeo, su compaero en la
tribuna, que estaba all sentado en el suelo i que le miraba con sus
ojos redondos i ardientes.

--Qu hace usted aqu? le pregunt sorprendido.

--Hijo, le respondi, me adelant a t luego que te v triunfar de la
sierpe, pues te habia seguido desde la entrada, i aqu me he puesto a
esperarte.

--Para qu?

--Para aconsejarte que no sigas adelante. Me das lstima, i me intereso
por un valiante como t.

--Estoi decidido: yo no vuelvo a la Cueva, suceda lo que sucediere.

--Ah, t no sabes lo que te espera!

--Pero usted lo sabe i me lo dir.

--Me gusta tu confianza. Pues, hijo, aqu, en esta noche de mar en
tempestad en que vas a entrar, te encontrars con una bandada; n, con
una turba, mnos: con una atmsfera de cuervos voraces que te harn
pedazos i para quienes no valdrn los conjuros que te ha enseado
Lucero.

--Yo vencer, pasar adelante.

--Lo creo, t te volvers guila, porque puedes hacerlo i pelears,
hasta salir desplumado. Pero mas adelante i en el trmino de la salida,
no te valdr ninguna brujera, ningun ensalmo, ningun valor. All el
suelo est erizado de bayonetas, al estremo de no haber donde pueda
pisar un mosquito; i la atmsfera est cruzada en todas direcciones de
balas de todos los calibres imajinables, que te mataran aunque te
volvieras pulga. Hijo, yo te lo digo con esperiencia: con los cuervos i
los soldados que manejan aquellas armas no hai medio, pues que los unos
pican i los otros matan todo lo que no les pertenece. Lo mejor es no
hacerles frente, no luchar con ellos a la descubierta, i dejarlos que
solos entre s se piquen i se destrozen, porque cuando tienen enemigos
que combatir, se unen i se hermanan respectivamente a las mil
maravillas.

--Es cierto que yo no debo combatir ni resistir.

--Ya, pero tampoco debes siquiera presentarte a esos monstruos en ningun
caso. Un hombre cuerdo no lo hace jamas. Lo que importa es huir bien
ljos de ellos, dejarlos aislados, solos, que se devoren en su propio
fuego.

--Qu hacer entnces?

Asmodeo se qued pensativo un rato. Luego continu:--Hombre, yo te
salvara, pero no puedo hacer nada de valde, i t no admites
condiciones. Me daras tu alma?

--La tengo dada a Lucero.

--Para dirijirla solamente, para ser tu padre espiritual.

--Lucero me dirije.

--Qu diablos!... Pero me ayudarias all en el mundo en algunas cosas
que yo te encargaria de vez en cuando?

--Eso s, con tal de que no me estraviase de mi principal mision.

--No hai temor! Yo tengo hecho ya el nimo a ver triunfar la
democracia. Los hombres son hombres siempre, i tanto me da pescarlos en
China como en Inglaterra, en Turqua como en la Union Norte Americana.
Vamos, manos a la obra.

El viejecillo se levant, i dando una cabriola, volvi las espaldas al
ingles. Sbitamente se desprendieron de su joroba dos enormes alas de
murcilago, que despleg con natural donaire. En la articulacion
superior de esas alas aparecieron dos pequeos cuernos rosados que las
coronaban graciosamente.

--Ya est, esclam, chate sobre m i afrrate de esos cuernecitos.
Cuernos de cabron fueron los que te simbraron a la playa del mar cuando
entraste a la Cueva, i cuernos de murcilago son los que te sacan para
lanzarte a la ceja de la cordillera. Lo mismo da, i saldrs como has
entrado.--Dijo i parti volando hcia arriba como una bomba arrojada por
el mortero.

El vuelo fu atroz, violento, mas veloz que el huracan, mas impetuoso
que el rayo. Don Guillermo, aferrado de los cuernos i tendido en las
espaldas de Asmodeo, sentia silbar el aire en sus oidos, veia
precipitarse como una ilusion las montaas hcia abajo, i un vrtigo
doloroso le quit el sentido. El instinto o mas bien la crispadura de
sus nervios, le mantuvo asido a los cuernos.

Asmodeo lleg arriba i sent airoso su planta. Sacudi el cuerpo i tir
su carga al suelo. El ingles estaba exnime, lvido, sin pulso. El viejo
le ech una mirada al soslayo, sonrindose; i haciendo una castaeta con
ambas manos, ahuec su boca dndole el sonido burlesco de un calabozo, i
se lanz a la Cueva como un guila sobre su presa...


XXII.

1841.

El sol estaba en su zenit, i desprendia a torrentes sobre la tierra esa
luz caliente, confortante, clara, ntida, esplndida con que nos regala
en un dia de junio, cuando el suelo est ennegrecido por la lluvia, i
los rboles en esqueleto nos presentan su triste desnudez.

La bveda celeste ostentaba toda su pureza, ni un vapor la empaaba, i
su limpio azul relucia mas, en vez de atenuarse, con el esplendor del
sol. La vista podia dilatarse i penetrar bastas las ltimas ondas de
aquel ter dulcsimo que azula nuestro cielo en un dia de invierno.

Ese calor vivificante obr en los miembros ateridos de nuestro hroe,
que vuelto en s, recobr todo su vigor i se puso de pi. Estaba en la
cumbre de una montaa, a cuyo pi se estendia manso, inmenso i
portentoso el ocano: all a lo ljos se divisaba una franja de espuma
blanca como la nieve, describiendo el mismo curso de la base de las
colinas, que formaban una estensa baha. En el fondo aparecian como
columnas flotantes algunos buques que surcaban las olas, i otros se
veian de costado ostentando todo el lujo de sus velas, como las gaviotas
que se columpian en sus alas desplegadas. Al pi de la montaa se
elevaban columnas de humo, i en los ltimos declives se distinguian
casas apiadas, cuyos techos de diversos colores estaban limpios como
despues de un aguacero.

Don Guillermo suspir con efusion inefable, i sinti que las lgrimas se
le agolpaban i le eclipsaban la vista. Se arrodill i or......

Despues de pasada esta primera impresion consagrada a Dios, reconoci
que estaba en una senda que se prolongaba por toda la ceja de la montaa
i descendia al mar.

--Este es el camino de Carretas, dijo; no hai duda! All est
Valparaiso!!!....

I corri como un nio hcia abajo, lanzando gritos de alegra i ajitando
sus brazos de contento. Despues de largo tiempo, se sinti fatigado;
par, se sent en una pea, i desde all descubrieron sus ojos una
ciudad estensa, cuyas calles se prolongaban a la orilla del mar,
formadas por edificios elegantes, limpios i de variados colores. Sinti
el bullicio, i en las casas que faldeaban las colinas mas prximas, vi
el movimiento de los habitantes.

--N, esclam tristemente, n; Valparaiso no es ese, no es tan grande,
no es as! Adonde estoi!

Mucho rato estuvo absorto, pero sin pensar en nada; i al fin su vigorosa
intelijencia despert.

Se puso en marcha de nuevo, pero pausadamente i aun con tristeza. As
comenz a penetrar por entre las primeras casas, i no sindole estrao
el tipo de las jentes que encontraba, par enfrente de unas mujeres que
cosian tomando sol a la puerta de una habitacion.

--Qu barrio es este, nias? les pregunt en buen espaol.

--El cerro de Carretas, seor, le respondieron con afabilidad.

--Gracias, dijo, i sigui su camino.

--Mira, qu gringo tan buen mozo! oy que decia una mujer.

--Qu plido! De dnde vendr! decia otra.

Don Guillermo iba mas tranquilo, i su continente era ya el de un hombre
que ha sufrido grandes desgracias, mas calmado.

El sol descendia tras de la punta de Curaumilla, cuando el ingles bajaba
las ltimas laderas de la quebrada del Arrayan i penetraba por
callejuelas estrechas i barrosas.

Despues de algunos minutos desembocaba a la plaza Municipal i se dirijia
sin vacilar a la calle de la Planchada. Multitud de jentes cruzaban en
todas direcciones, pero nadie se dignaba echar una mirada sobre el
viajero. Entre tanto l los miraba a todos i a cada momento creia
encontrar a algun antiguo conocido; el corazon le palpitaba con
violencia, la cabeza se le reventaba i sentia vahidos que le hacian
sudar, las piernas le flaqueaban: tal era la fuerza de su emocion al
verse salvo en los mismos sitios donde ntes so venturas.

De repente i casi maquinalmente, par en el hotel de Francia, en cuya
ancha puerta habia unos franceses con sendos i poco fragantes puros en
la boca, hablando todos a un tiempo, _sans faon_, como si estuvieran en
casa. El ingles entr derecho, i ellos, hacindole paso, le miraron de
alto a abajo, no sin fijarse en el hermoso sobretodo que le cubria su
elevado cuerpo, hasta mas abajo de las rodillas.

En el patio se present un mozo, i Mr. Livingston se diriji a l
preguntndole por madama Ferran.

--Ya no est aqu, seor, le dijo aquel, tiene ahora el hotel de Europa.

--A dnde?

--En la plaza Municipal, a la entrada de la calle de los Alamos.....

Mr. Livingston di media vuelta i desanduvo su camino, volviendo a
llamar la atencion de los franceses de la puerta, que le tomaron
entnces por capitan de buque.

Lleg a la casa sealada, i apnas entr al patio sinti que madama
Ferran llenaba todos los mbitos de la casa con su voz sonora, dando
rdenes desde los altos. Subi la escalera, sigui el rumbo de la voz, i
lleg hasta la persona que la producia. La voz par un momento, pero
luego se desat como una catarata. La servidumbre entera se puso en
movimiento. Corrian luces por todas partes, tronaban los pisos
entablados con las carreras, tropezaban los mozos llevando ropas de
cama, bandejas, cubiertos i uno de ellos se despe escalera abajo,
impulsado por madama Ferran que le mandaba a la cocina.

Un cuarto de hora despues todo estaba tranquilo.

Pasados algunos dias, en una tarde hmeda i nebulosa, Mr. Livingston
estaba tomando caf en el Aguila i sucedia lo que se refiri al
principio.


XXIII.

1860.

Pronto se enterarn diez i nueve aos contados desde aquella tarde. Mr.
Livingston habr hecho hasta entnces dos mil ochocientos cincuenta
viajes entre Santiago i Valparaiso, i habr repetido en cada una de esas
ciudades mil cuatrocientas veinte i cinco veces tres palabras
misteriosas.

I nosotros qu hemos hecho? Nada. Un solo viaje! Para atras o para
adelante? Ese es el problema. Los descontentos, que son muchos, dicen
que para atras. Los contentos, que son pocos, dicen que para adelante.
Mr. Livingston, que nos ve con ojos serenos, talvez creer que
principiamos a andar cuando l emprendi su peregrinacion, pero que a
pocos pasos que dimos tropezamos i nos caimos de cabeza en un abismo.

Pero cules sern esas tres palabras sacramentales que el ingles
pronunciar todava ciento cincuenta veces hasta enterar sus veinte aos
de peregrinacion? Sern las mismas que pronunciaba al salir de la
Cueva--JUSTICIA, PATRIOTISMO, DEMOCRACIA? No lo sabemos; puede ser que
sean, si es cierto que el amor a la patria, cuando es puro i verdadero,
estimula al patriota a practicar la justicia i a buscar la felicidad de
la patria en el triunfo de la democracia.

Lo que es indudable, porque Lucero lo dijo, es que el dia en que se
halle el patriotismo perdido, ser dia de gloria, de contento, de paz i
de fraternidad.

Entnces talvez se aclarar el problema ntes indicado, i sabremos si
hemos vivido hcia atras, como Quevedo; si hemos ido adelante como la
tortuga, o si hemos estado en un abismo como suelen estar los zapos
entumecidos i sin accion en las entraas de la tierra.

Mr. Livingston viaja todava. Su constancia es un ejemplo. Hoi se le ve
ya estenuado de fatiga, flaco i andrajoso. Su color se ha atezado, sus
ojos se han apagado. La melancola mas profunda se pinta en su
semblante. Acaso desespera de hallar lo que busca? Morir ntes de ese
dia de gloria que le anunci Lucero?.....

Hace mui pocos dias que un coche paraba en el camino de Valparaiso, i un
ingles de figura respetable sacaba medio cuerpo por la portezuela para
llamar a don Guillermo. Este se acerc triste, mirando al suelo, i
salud. El del coche le paso su mano estendida i cubierta de monedas; el
peregrino tom una sola.

--Cul es su nombre? le pregunt aquel en ingles.

--_Pagan_ (peegan), respondi ste i saludando sigui su camino.....

Por qu ese otro nombre? Cul es el verdadero?

Como quiera que sea, Livingston o Pagan, l es digno de las bendiciones
del cielo.[28]

       [28] En efecto vivia i viajaba todava Mr. Livingston en ese ao.
       El encuentro de que se habla fu efectivo, i el ingles que le
       llam era el hbil i distinguido D. Federico Green, que venia en
       un coche con el autor de este cuento, i que habia conocido a Mr.
       Livingston en 1828, como dependiente de comercio en Valparaiso,
       pero sin recordar si era este su nombre, o si se llamaba Pagan,
       como lo dijo al responder.


Postdata.

Esa fu la ltima vez que vimos a nuestro hroe. El nombre de _Pagan_
que habia tomado simbolizaba su idolatra, i la espresion inefable de su
rostro perfilado i trasparente indicaba cun ardiente era la f que
tenia en su dolo.

Yo participaba de su f, i hubo momentos en que me alucin, creyendo que
l habia triunfado, llenando su mision. Engao cruel! En 1868 he sabido
que el pobre loco habia muerto despeado en una cuesta del camino de
Valparaiso por una carreta, ntes de completar sus tres mil viajes
sagrados! El talisman del patriotismo qued siempre encantado i Lucero
perdida en las tinieblas. Lo que yo creia un triunfo no habia sido otra
cosa que el claror deslumbrante del haz de pajas de la Mentira.[29]

       [29] A Alude el autor a las esperanzas que despert en los
       sinceros liberales la inauguracion de la administracion Perez, i
       al desengao que en 1868, ao en que se escribi esta postdata,
       habia producido la alianza clerical i conservadora en que se
       apoy despues aquel gobierno.

Funesta desgracia! El hroe habia vencido a la Ignorancia i a la
Mentira con una firmeza incontrastable, i se habia salvado del poder de
la Ambicion i del Fanatismo con un valor de todos los diablos. Trabajo
perdido! Su admirable constancia no alcanz a desencantar al
Patriotismo, i la verdad, la justicia i la democracia quedarn todava
en los abismos, hasta que las levante de all otro hroe que no muere
jamas, que tiene mas firmeza i mas valor que un hombre solo; otro hroe
que ha atravesado los siglos luchando por aquellos bienes, a quien los
griegos llamaban _Demos_, talvez por lo que tiene de demonio, i a quien
nosotros llamamos _Pueblo_, en nuestro lenguaje moderno.




EL DIARIO DE UNA LOCA.


I.

Ah! Estoi sola. Gracias a Dios!...

Son las dos de la maana. Qu lindo es mi reloj! Pobre muchacho! El me
lo regal el dia en que se cas con mi hija. Qu ser de ella? Adnde
estar?...

Ah! Estoi libre, sola!... Pero no, esa monja horrible, mi guardian,
est all. Est tranquila, merced a mi estpido sueo, i no estoi libre.
Esa pesada puerta est con llave, ni es posible moverla siquiera. Pero
la ventana oh, qu alegra! De par en par! Dios mio! Qu reja tan
enorme!

Habrn sabido sin duda que mi mas vehemente deseo, mi deseo de tantos
aos, es matarme. Mas no saben que soi tan cobarde! Mil veces he podido
acabar con esta vida espantosa, pero he tenido miedo!...

El suicidio! S, recuerdo las palabras de aquel clebre escritor, amigo
de mi marido. Qu bella era aquella tarde! Vino de visita i lo
recibimos en el corredor de la quinta, con vista al rio.

Recuerdo que estbamos tomando mate. El sol se habia escondido en la
pampa, i las aguas del Plata se dilataban a nuestra vista mansas i
blancas, formando un inmenso horizonte. Qu fisonoma tan enrjica la
de aquel hombre! No recuerdo su nombre, pero tengo viva su imjen, i
sus palabras resuenan todava en mis oidos!...

Los pesares profundos, dijo, matan o enloquecen, cuando no hai fuerza
de espritu para recibirlos de frente i sonreirles. Los cerebros dbiles
se dejan dominar por la idea del dolor i se gastan o se desorganizan,
hasta el punto de hacerse maniticos, o de debilitar el organismo i
hacerlo pasto de las enfermedades naturales o artificiales. El suicidio
es una enfermedad artificial, voluntaria.

Cierto! Mi organismo firme i robusto me ha salvado de las enfermedades
naturales, i de esa enfermedad artificial, que se llama suicidio. El ha
predominado por su fuerza vital, i ha hecho prevalecer sobre el deseo de
morir la necesidad de vivir. Mi cobarda no es mas que esa necesidad
imperiosa de vida que tiene mi sr. Pero mi cerebro es dbil, i no se ha
resistido a la locura....

Ser cierto que estoi loca?

Qu noche tan oscura! Que calor tan sofocante! El Pan de Azcar se v
aqu cerca, como una sombra jigantesca. La baha de Botafogo apnas se
dibuja por la oleada fosfrica de la orilla. El mar no hace ruido. Pero
esa luz blanca que estalla pausadamente, de cuando en cuando, contra la
ribera, indica los latidos de su hondo seno.

S, estoi en Rio, lo conozco. All se ven las luces de la calle, que se
reflejan en los boscajes inmviles de los jardines. Todo duerme. Pero yo
velo, i casi siempre estoi velando, cuando todos duermen.

Ser cierto que soi loca?

Qu se han hecho los mios? Ah! Dicen que han muerto! I me han dejado
aqu, sola, en una casa de locos!

Lo recuerdo bien. Si estuviera loca, no lo recordaria. O ser que
cuando lloro mucho, despierto de mi locura. S, mi pauelo est empapado
de lgrimas. Siempre est as, cuando me pongo a pensar i a escribir. I
ntes de llorar qu ha sido de m? He estado dormida, o he estado
loca? Pero lo recuerdo bien: un dia me llev mi marido a una gran casa.
Bajamos del coche. Entramos a un gran vestbulo. Subimos las escaleras.
All habia otro vestbulo espacioso con dos esttuas bronceadas que
representaban hombres vestidos a la moderna. Parecian negros. Serian
esttuas de negros? Tambien habia una esttua blanca que dijeron era del
emperador. Nos recibieron mui bien....

Desde entnces no recuerdo mas. Los recuerdos me vienen solamente cuando
he llorado mucho. Oh, el llanto es el roco del alma! La mia est seca
i helada como un pramo. Necesita de ese roco para vivificarse.

S, comprendo. Soi loca. Por eso me trajeron aqu. Lo recuerdo bien.
Llegu buena, pero profundamente triste. Algo de mui raro sentia yo en
mi pecho. Hubiera dado mi vida en aquel momento por llorar, i no
podia!...

Qu multitud de fisonomas! En un salon habia muchos hombres a lo largo
de una mesa. Los v al pasar. Todos jesticulaban i trabajaban; pero
estaban en silencio, i unas monjas de caridad los vijilaban. Mas all
entraban en ese momento a otro salon muchas mujeres en fila, todas
vestidas uniformemente, i venian custodiadas tambien por monjas.
Contigua a la salita a que me condujeron (oh! es esta misma, la misma
colgadura, los mismos muebles!) habia otro aposento en que se paseaba
con lijereza una mujercita fea, de ojos saltados, vestido aseado; pero
era horrible. Dijeron que era una portefa rica, que se llamaba... no s
cmo. Entramos aqu, nos sentamos, i entnces?... Entnces!

Ah! S, l. Pas ese infame. Lo v, la misma figura, la misma sotana,
el mismo breviario en la mano... Oh! S, lo v. Infame! Sacrlego!
Demonio! Satlite infernal de mi hermano! Ah! Ah! Me muero!
Socorro!... Quita all, monja del diablo!... Yo no te llamo, no te
quiero!...


II.

Bueno: que se vaya en paz. Pobre monja. Es bondadosa. Con qu risa tan
cordial me contaba el trabajo que le cost sujetarme anoche, i cunto
habia hecho por hacerme callar. Dice que la ultraj mucho: pero lo decia
con una alegra que muestra el candor de su alma, que da donosura a su
seco rostro i gracia a su enorme boca llena de raros dientes. Pobre
monja! Qu paciencia necesitan estas mujeres para soportar su oficio!

Son las dos de la tarde en mi lindo reloj. He dormido mucho; pero tengo
fiebre. Ah! qu seca est mi mano, qu negra i arrugada! Soi vieja,
s, vieja de cuerpo; pero mi pobre corazon se resiste a envejecer.

Es l quien me atormenta. Es l quien tiene la memoria de lo pasado. Es
l quien ama todava. Mi razon solo le ha servido para ocultar sus
deseos, para disfrazar sus latidos, para disimular sus arranques, sus
delirios, sus dolores; pero jamas lo ha dominado, jamas le ha puesto
freno.

Ah, corazon! Por qu no envejeces como mi cara, como mis manos? Si
hubieras envejecido, yo habria sido feliz. Mi vida habria corrido
tranquila como el Plata, luciente como ese pequeo golfo que diviso al
traves de la reja, serena como el Illimani...

Ah! Mi cerro, mi monte querido, el compaero de mi infancia, el blanco
de las profundas miradas de mi juventud. Mi cerro! Te acuerdas de m?
Yo miraba tu blanca cabeza todas las maanas al levantarme, i me
estasiaba contemplndote. Cuando el sol del ocaso te doraba, t atraas
mis ojos i hermanabas tu eterna juventud con mi juventud pasajera. Yo
tambien resplandecia entnces. Te acuerdas? Cuando una cortina de gasa
cubria tu inmensa majestad, yo estudiaba los graciosos pliegues de tu
velo para imitarlos en mi traje.

Todos me llamaban bonita. Talvez lo seria. N, realmente lo era. Este
elevado talle que aun me queda era flexible i gracioso como una tierna
tacuara. Mi color i mi ctis, enrojecidos por el dolor, eran de rosa: i
mis ojos, crdenos i marchitos ahora, tenian tus luces i tus relmpagos,
hermano mio, caro Illimani...

T ests siempre all, inmvil en tu base de oro. Yo soi un tizon de tus
yaretas arrancadas para el fuego. Nunca me lo imajin. Creia vivir
siempre contigo, i siempre como t. Cuntos juramentos hice a tu
presencia, creyndolos eternos, como t eres! No te acuerdas? Una noche
pasaba yo a tu vista, descansando amorosamente en el brazo de Fructuoso.
La luna lo abrazaba todo con su luz de turquesa, i t apagabas sus ondas
con el reflejo de tu cumbre nevada.

--Mira como se hermanan, me decia Fructuoso, la luz del Illimani con la
de la luna. Se podria sealar la lnea en que se confunden.

--Son la imjen de tu alma i la mia, le replicaba yo, con aquel acento
imperceptible que solamente oyen los corazones que se adoran.

--Pero la imjen mengua i desaparece, Pepa querida,--dijo l suspirando
como quien llora.

--I vuelve siempre, eternamente, i no acabar jamas, como mi amor, le
repuse, estrechando su brazo dulcemente.

En ese momento paraba nuestra comitiva i guardaba silencio para oir.
Nosotros, que bamos adelante tambien paramos. Se sentia una sonora
guitarra, pulsada con maestra. Aquellos acentos eran deliciosos. Yo
temblaba i no era duea de m. Una voz varonil i dulce, acompaada de la
msica, cantaba un yarav cuyos ltimos versos se me quedaron grabados
en el corazon:

       El que jura amor eterno,
           Triste, se olvida
       De que amor no es el infierno,
           Sino la vida.

I esclam entnces con toda la fuerza de mi alma:

Prefiero que el mio sea un infierno para que no acabe.

--No, alma mia, ser un cielo, que tambien es eterno, murmur Fructuoso
a mi oido.

Cul de los dos anunci la verdad en aquel momento de felicidad, de que
t fuiste testigo, Illimani portentoso?

Mi deseo se cumpli. Mi amor ha sido i es un infierno!...

Estoi loca. En los accesos de mi mal debo amar furiosamente. Las
palabras i los actos que me recuerda la monja, como para correjirme, lo
dicen. El llanto apaga ese incendio: pero entnces quedo amando, como
ahora, con el dolor punzante del recuerdo, con el fuego concentrado de
un volcan que se esconde debajo de su crter. Siempre mi amor es un
infierno...

Ah! Si yo pudiera salir de aqu, navegar libremente en ese lindo golfo,
sentada a bordo de esos pequeos vapores que lo cruzan, oyendo la msica
de las harpas i violines de los italianos, que ganan su vida tocando!
Qu feliz fuera yo!

All aparece uno. Rompe audaz las olas serenas, levantando espumas.
Cul viene la jente! Qu movimiento, qu alegra! Pero no se acerca
aqu. Esta playa es desierta. Han aislado la mansion de la locura!...

Por qu no aislan tambien las ciudades? No son todos locos? Oh, s,
el mundo tambien est aislado! Ser porque est habitado por locos. A
quin hacia yo mal? No devoraba en silencio mi dolor? No callaba? No
me ocultaba para llorar? Por qu me han puesto aqu? Quin podr
libertarme, si todos los mios han muerto?...

S! Fructuoso! Oh qu muerte tan horrible! El clrigo! All, all
aparece...

No, no os alarmeis, sor Mara. Entrad sin cuidado. No estoi loca.
Hablaba sola, porque estoi escribiendo lo que hablo. Sentaos, i dejadme
llorar, las lgrimas me ahogan...


III.

Mucho llor ayer, i despues me dorm profundamente. Qu ser el llanto,
qu sern las lgrimas?... Por qu el dolor del alma se desahoga mas
por los ojos que por los suspiros del corazon? Parece que el fuego del
alma produce la lluvia como los rayos de que se corona el Illimani
producen los torrentes que se desbordan de sus faldas. Aqu tambien el
fuego de este cielo abrasador sofoca a veces, i cuando los rayos
estallan con su espantoso estampido en la cumbre del Corcobado, el cielo
se deshace en lgrimas, i con el fresco de la humedad, se restablece la
calma. Ser que l tambien padece i llora como yo?...

Ah! Es preciso no llorar! Quien llora como yo, es encerrado en un
asilo de locos... Los cuerdos no lloran, rien de todo. Para ser cuerdo,
es necesario no tener fuego en el alma. Eso que llaman gran mundo en la
sociedad tiene un pramo en su cerebro, siempre helado, siempre yerto,
jamas ardiente.

Prefiero ser loca...!

Pero esta maana se ha admirado el doctor de mi mejora, i le repetia a
sor Mara: que ella duerma, cuidad de su sueo, que duerma mucho,
aunque llore mas. Los ojos, cansados de llorar, se cierran pronto...
Hacedla pasear por las galeras...

Pasear! Para qu? Para presenciar aquel cuadro espantoso?

Los locos desfilaban a hacer su almuerzo en el comedor. Iban callados i
en rden, como los nios de un colejio. Abajo, en ese hondo patio,
separado por rejas de las galeras que lo rodean, habia unos cuantos, de
ropas desgarradas, de caras siniestras, dispersos i ljos unos de otros.
Ni se miraban. Uno vestia casaca. Era militar. Su alma, sin duda, no fu
un pramo...

Quines son esos? pregunt a sor Mara, que me hablaba en ese momento
de la Vrjen.

--Son los furiosos,--me respondi.

--Ah! Tan pocos hai?

--Todos los demas, aadi ella, con cierta intencion, estn en sus
celdas separadas, i tienen cada uno un guardian... como yo...

Ser yo furiosa? dije entre m...

A las sazon les tiraban el almuerzo por la verja a los furiosos. El
militar lo arroj con la punta del pi, se quit la casaca, la dobl con
prolijidad, i ponindola de cabecera, se tendi en las piedras.

Los otros comieron. No he visto jamas nada mas horrible! Solo el tigre
come as, devorando, aspirando el alimento, mirando a todas partes,
gruendo tal como si hubiera otro tigre para arrebatrselo, lanzando
rayos por los ojos. En un minuto no habia nada sobre las losas, i los
furiosos gruian todava. Estaba all solamente el animal. El espritu
se habia volatilizado...

Me admir. Me aflij, tembl de miedo...

--As como yo? pregunt a sor Mara, llena de vergenza.

--Oh! No, seora mia, mi pobre seora! Usted no come cuando est con
el accidente, me replic la monja.

--Hago como el militar?

--S, mi seora, pero nadie la v, sino yo, que la cuido, yo que la
quiero tanto!...

--Quin es ese oficial?

--Un frances, un compatriota mio, que dej aqu un navo que vino a
repararse, de paso para la Guayana, llevando prisioneros del golpe de
Estado. El pobre se volvi loco a bordo. Solo se enfurece el 2 de cada
mes, i se lleva tres dias combatiendo por la repblica.

--Tambien enloquece el amor a la libertad?...

--Debe ser as, porque en mi pais hai muchos de esos locos...

--Los tiranos no enferman as, porque la locura es su elemento. Estn
como el pez en el agua. Son los reyes de los locos, de toda esa turba
que se cree cuerda, porque no tiene alma, i que hace casas como esta
para los que la tienen. Vamos, sor Mara, me siento mal...


IV.

En efecto, aquello me enferm. He reposado. Sor Mara me ha dejado sola.

Qu dia tan esplndido, pero cun ardiente! No, hai brisa. El golfo no
se mueve. He ah a Rio de Janeiro, con sus colinas resplandecientes de
verdura i cuajadas de blancos edificios. All el Rosario, mas ac las
palmas del Largo de Machao, todos esos boscajes que suben son los
jardines de Larangeiras. Qu lindas quintas! Mas ac se perfila el
barrio de Botafogo, con sus elegantes casas aisladas i rodeadas de
verdes mangueiras, de plateadas magnolias, i de aquellos arbustos de
hojas purpurinas i amarillas, que tan bello contraste forman entre esos
abundantes i ricos colores. Qu naturaleza!

I esa es la mansion de un pueblo de cuerdos, que ha construido en este
sitio un palacio para sus locos! Adnde est la razon, all o aqu?
All, si la razon consiste en ajustar la vida a las conveniencias del
egoismo i a las exijencias de la sociedad: aqu, si nicamente tienen
alma los que saben pensar i sentir sin egoismo, sin esclavitud, sin
miedo, sin estupidez.

La humanidad no piensa, i se llama racional i se dice la reina del
mundo! Solo piensa una mnima porcion, i de esos que piensan, los unos
no hacen mas que estudiar el modo de esclavizar el espritu i de sujetar
a la sociedad a un sistema de ideas i de intereses, propio para
dominarla: los demas que piensan, i no piensan de ese modo, son locos.

Pero todos sienten i se dejan llevar de sus instintos. El que sabe
gobernarlos en provecho propio, sacindolos en secreto, i disimulndolos
en pblico, para ajustarse a las conveniencias de la sociedad, ese es
cuerdo.

En eso consiste la racionalidad, la superioridad del hombre. Solo los
brutos no calculan, ni especulan con sus instintos. Tambien los locos...
El cerebro que no calcula i se deja dominar de una idea, de una pasion,
es cerebro descompuesto. Va al hospital.

Tiene una la culpa de ser as? Por qu nos aprisionan entnces, como a
los criminales? Ah! porque somos bestias feroces, no somos
racionales... El cerebro desorganizado carece de razon...

Yo no soi racional, porque me he dejado dominar de un amor tan inmenso
como desgraciado...

El era tan hermoso, tan valiente, tan noble! La primera vez que lo v,
muchacho aun, con su uniforme punz, a la cabeza de un batallon
vistosamente vestido, me pareci un njel que irradiaba, que
deslumbraba... Mi primer movimiento fu entrar a mi aposento i postrarme
delante de la Vrjen, con el corazon anhelante, a pedirle que salvara de
la muerte a aquel precioso jven, que le tuviera de su mano en los
combates, en los peligros de la guerra.

Volv a los balcones, en el momento de la partida. Iban a la campaa del
Per. Todo era movimiento en aquella plaza, todo bullicio; pero las
msicas militares llenaban el aire con sus melodas, i parecia que
lloraban. Sus acentos atravesaban el alma i humedecian todos los
semblantes con dulces lgrimas.

Fructuoso montaba un potro blanco, que no marchaba sino que piafaba.

Frente a mis ventanas estuvo mucho tiempo, i yo me extasiaba mirndolo.

El sol reflejaba mas sobre el blanco mate de su cara, que sobre sus
bruidas armas. Parecia tranquilo, pero triste i severo. Su cabeza
levantada dejaba ver toda su hermosura.

Sus ojos se fijaron muchas veces en m, i cuando los mios se
encontraron con ellos, me parece que se unieron i confundieron dos rayos
de luz, que l cort, moviendo graciosamente su espada para saludarme...

Ya nos ambamos!...

Una hora despues estaban desiertas la plaza i las calles. Pero yo creia
divisar todava a Fructuoso entre la nube del polvo que dibujaba por la
senda del Alto la columna en marcha.

Me parecia oir todava la vaga armona de la msica que se despedia, i
sentia mi corazon opreso con aquella angustia del amor en ausencia.

El recuerdo de ese dia me hace llorar i mis lgrimas van borrando lo que
escribo. Este dolor tan dulce ser locura?...


V.

Basta de lgrimas. Pero, no; quiero reanudar esos recuerdos.

Yo no s tampoco si viv o no durante aquellos largos meses que pasaron
hasta que Fructuoso volvi con los laureles de Yanacha i Socabaya.

Era coronel i estaba aun mas bello, mas dulce, mas adorable.

Tenia veintitres aos, i no habia una mujer que no se muriera por l.

En el primero de los grandes bailes con que se celebraban aquellos
triunfos, se atraia todas las miradas. All estaba la corte de la Gran
Confederacion. El Protector i sus jenerales brillaban por el oro de sus
trajes i la pedrera de sus cruces.

Fructuoso, vestido sencillamente, brillaba entre todos por la elegancia
de su porte, por la serenidad i hermosura de su rostro.

El Protector lo present a mi madre i a m, i cuando l estrech mi
mano, pidindome una contradanza, me desvanec, no s si de gloria o de
amor...

Cuando bailbamos, me dijo l:

--Usted es la reina del baile, segun el voto de todos; pero yo la he
visto a usted mas bella i mas deslumbradora en otra ocasion.

--Cundo?

--En aquel momento de mi partida a la campaa. Cuando nuestras miradas
se cruzaron, confundiendo nuestras almas en un ardiente amor.

--Seor!

--Para qu disimular? Nuestros corazones se comprenden, i no es justo
que nosotros los tiranicemos, hacindolos disfrazar su intimidad.

En efecto. Desde este instante nos hablamos i nos comunicamos como si
hiciera largos aos que nos tratbamos. Eramos uno.

Seis largas filas de contradanza, infinitos grupos de cuadrillas se
organizaban en aquel vasto recinto, cubierto de luces i de flores que
enbalsamaban el ambiente, i a m me parecia estar sola con l.

Nada veia, sino su dulce fisonoma; nada escuchaba, sino sus
encantadoras palabras al traves de los vivaces compases de la msica.

Cuando pasebamos, yo reclinada en su brazo i lnguida de emocion, se
abrian para darnos paso aquellas turbas de oficiales brillantes i
alegres, que parecian saludar con entusiasmo una nueva aurora de amor
que se levantaba; i yo entnces veia la aprobacion i el aplauso en todos
los semblantes.

Si era tan simptica la union de nuestros corazones, por qu fu
despues tan cruelmente desgarrada, por qu he venido a llorarla en una
casa de locos?

Oh! El amor feliz es simptico, no hai duda; pero cuando la desgracia
lo hiere, todos apartan de l sus miradas. La sociedad no gusta de la
desgracia, no quiere que la imjen del dolor se le presente en su
camino. Por eso hace hospicios. Por eso no se acuerda de los que lloran,
i los deja rezagados a un lado de la senda, para que mueran ljos de su
vista.

Su caridad consiste en tener depsitos para que el dolor se albergue
ljos, mui ljos de su bullicio.

Maldita sociedad! Amasijo de egoismo, de estupidez i de fatuidad! Yo
no te necesito para llorar. El horrible crmen que tronch los lazos de
mi amor fu tu triunfo. Si no lo aplaudiste, como aplaudes toda infamia,
lo aprobaste; o callaste de miedo, lo que es peor! La virtud que habia
estrechado aquellos lazos fu la vctima. Cundo has tendido tu mano a
la virtud? Jamas, sino cuando esperas que te aplaudan, o cuando ganas!

La virtud que t respetas es la que te humilla, la que te amenaza, esa
virtud que te habla a nombre de Dios, i que a nombre del infierno te
esclaviza! Qu bien te conocen tus amos, los que te despotizan!...


VI.

Hoi ha leido al doctor algunas pjinas de mi diario.

--Bien! esclam. Dejadla escribir, sor Mara. La pluma, el llanto i el
sueo van a curarla pronto. Ya lleva una semana de mejora, i todo se
debe a...

--Acabad, doctor, agregu yo. A qu se debe?

--Dejadme mirar vuestros ojos. Ah! Estais tranquila...

No es as? Parece que ese apstrofe que lanzasteis a la sociedad os
desahog. Lanzad cuantos os vengan a la imajinacion. Vaciad vuestra
alma en el papel. Prefiero verla en tinta, ntes que en lgrimas...

--Dejad las chanzas, doctor. Decidme a qu se debe todo!...

--Eh! Ya vais a tomar otro barreno. Todo se debe a que os quit de la
vista al que habiais tomado...

--No entiendo, doctor. Por piedad, hablad claro. Ya sabeis que la mejor
panacea que tomo es vuestra conversacion, i ella no ha sido jamas
enigmtica. La claridad de vuestras ideas es lo que ha iluminado mi
espritu. Hablad, hablad...

--No tengais aprensiones, seora. Principiad a curaros de vuestra
susceptibilidad. Lo que he dejado de deciros es una nimiedad. Atendedme,
pero prometedme no preocuparos. He notado que muchas veces os causaba el
acceso un pobre loco que paseaba libremente por estas galeras, i he
dispuesto lo pongan en otra parte. Eso es todo. Comprendeis?

--Un clrigo!...

--S, un clrigo. Sentaos. Perdeis el color, Dios mio! Fijaos bien en
mis palabras. Desechad recuerdos. Ese clrigo os recordaba algo, pero no
es l quien puede haberos hecho mal. Es un pobre que tiene la rareza de
haber pasado de tonto a loco. Nunca ha salido del Brasil. No podeis
haberle hallado en otra parte.

--No por cierto. Es que se parece a otro que a decir verdad no me ha
hecho mal; a otro que ayud a bien morir a...

--Seora! Fijaos en m. No recordeis nada. Agua, sor Mara! El pomo...

--I despues se rea!...

--Tomad un poco de descanso! Hablemos de otra cosa. Es un rico olor el
de ese pomo, verdad? Venid, venid a la ventana, el emperador pasa! Va
a la Lagoa, al Jardin de Plantas....

Este es el dilogo que he tenido con el doctor esta maana. Lo he
copiado por encargo suyo. Quiere ver si es exacto i darme en premio
patente de sanidad. Si os falta un pice, me dijo, si hai inexactitud,
es prueba de que aun estais mal. Yo no recuerdo si mediaron otras
palabras. No s que refiri sobre la visita del emperador al jardin...

--Oh! si tuviera yo una persona que me hablara as, como ese viejo
doctor, tan alegre, algunas horas todos los dias! El portugues me parece
una lengua hermossima en su boca. Qu bien habla! Como resplandecen
sus lucientes ojos en su negra cara i bajo esa cabellera blanca como la
nieve! Es un mdico mui sabio. Es mdico de locos...

Qu diferencia con sor Mara! Siempre me habla de Dios en su jerga
gabacha, sin salir de su tema. Quiere convencerme de que Dios prueba a
sus criaturas mandndoles fuertes pesares, horribles pasiones, grandes
dolores. Qu ocupacion! Yo habria preferido que no me probase! Si l
sabe que soi dbil, por qu me puso entre el crmen i el amor? Por qu
no inspir mejor al criminal, para ahorrarme el dolor en mi inocencia,
para ahorrarme la locura!...

Esta monja sabr mi historia tal vez? En mis raptos de dolor se me
habr escapado. Siempre alude a lo mal que hace una mujer cuando ama sin
reserva, i sin temor de Dios, a un hombre. Ser necesario amar a
medias, sujetar el amor al temor de las iras de Dios?

Talvez se podr hacer eso, cuando se ama tranquilamente, sin obstculo,
a un hombre que debe ser esposo; o cuando se ama a un hombre con quien
no podremos unirnos jamas; i es necesario que la razon prevalezca para
salvarnos de una vergenza, de una deshonra...

Pero era alguna de esas mi situacion?

Yo respet las leyes de Dios i del honor, mintras mi amor era
aplaudido de todos, mintras mi madre lo bendecia, i Fructuoso era mi
prometido. Entnces corrian felices nuestros dias. Fructuoso me trataba
libremente i queria hacer bendecir nuestra union ntes de que se
emprendiera una nueva guerra. Se decia que los chilenos trataban de
declararla a la Confederacion.

Un dia lleg mi hermano, del ejrcito. Yo tembl; sabia que odiaba
entraablemente a mi prometido. Fructuoso desapareci durante largos
dias. Yo estaba llena de angustias. Mi madre se mostraba severa: mi
hermano mstio i saudo. Al fin, recib furtivamente una carta que
conservo en la memoria:

Mi Pepa querida, dolo mio, insisto en escribirte, aun que no me
contestes. Tal vez no has recibido mis cartas; pero creo que esta
llegar a tus manos. Tu madre me ha intimado romper toda relacion
contigo. Tu hermano se ha atrevido a declararme que me matar si intento
verte. He tenido que sufrir el ultraje. Es tu hermano. Por conservar tu
amor, toleraria que l me matara.

Somos nuevos Romeo i Julieta, pues mi tio i tu hermano son Mantegon i
Capuleto. Esto lo dice todo. Qu haremos? Necesitamos ponernos de
acuerdo. Pienso que la nueva campaa que se anuncia pueda obrar un
cambio eficaz.

Yo partir al Per i despues de la guerra, tal vez tu hermano se
saciar de honores i de poder, i los pagar concedindome tu mano. Mi
tio, estoi seguro, lo olvidar todo por nuestra felicidad.

Alma mia, mi Pepa, ten valor. No para reir, n; una lucha ahora
romperia para siempre nuestras esperanzas. Confia i espera. Mas es
necesario que ordenemos de acuerdo nuestro plan, para vencer a nuestro
enemigo.

Si no puedes escribirme, est todo perdido. Es preciso que nos veamos.
Habla con esa buena amiga que te entregar esta carta con un millon de
carios de tu--Fructuoso.

Esa carta me lo revelaba todo. No s por qu me re al leerla, si de
furor o de amor. Mi hermano! Qu ttulos tenia l para dominarme as?
Era mi padre? Por qu me hacia la vctima de sus odios? Mi anciana
madre podria cederle. Yo, n, mil veces n. Desde ese momento lo mir
frente a frente, desafindolo, i delante de l mismo interpel a mi
madre sobre su intimacion a Fructuoso.

La seora call i se deshizo en lgrimas. El quiso tratarme como a un
soldado, hacindome callar i obedecer. Para qu recordar aquel ardiente
dilogo? El tuvo que callar i acept mi declaracion de guerra con su
mirada i un movimiento de cabeza, sin decirme una palabra. Tal vez no
quiso aumentar el dolor de mi madre que tenia su cara cubierta con el
pauelo en que enjugaba su llanto...


VII.

Ayer estuve mal. Los recuerdos que escrib el dia anterior me hicieron
dao.

El doctor ha estraado mucho el quebranto, i como es mi confidente, tuve
que confiarle la causa. Ley i me consol. El quiere que me habite a
hacer estos recuerdos con tranquilidad, que tenga valor i serenidad para
afrontar el pasado. Su conversacion me ha fortalecido, i l me ha
prescrito que la narre aqu: es su receta.

--No recordeis, me ha dicho, esa catstrofe que tanto os espanta, i que
yo no quiero saber. Contadme solamente vuestro amor. Su recuerdo puede
ser un blsamo para vuestro corazon. Os visteis con Fructuoso?

--S, muchas veces, a pesar de la vijilancia de mi hermano, que me tenia
rodeada de guardianes i de espas.

--Los guardianes son temibles. Los espas n.

--Con efecto, los espas fueron pronto mios o de Fructuoso. Los
guardianes se olvidaban de su cargo, cuando se ausentaba mi hermano.

--I vuestra madre?

--Ella me queria, me hacia justicia, i tal vez se imajinaba que al fin
se santificaria nuestra union. Pero no creo que supiera que Fructuoso me
veia.

--Era peligrosa vuestra situacion. Una jven no puede exponerse jamas a
un amor clandestino.

--Lo s, pero tenia ya lo culpa? Deberia yo apagar, aniquilar mi amor,
en obsequio de los odios de mi hermano? Deberia someterme a su capricho
i condenar a mi amante a un eterno olvido? Qu razon habia para
exijirme tal sacrificio? Qu conveniencia? Mi amor no habria sido amor,
si hubiera cedido a semejante obstculo... Al contrario, l se exaltaba
i se hacia mas ardiente a presencia de tal injusticia.

--Comprendo. Era lo natural, sobre todo cuando no mediaba el respeto al
amor o al interes de nuestros padres que en ocasiones merece el
sacrificio de una hija amante.

--Oh! si esa hubiese sido mi situacion, Fructuoso mismo me habria
fortalecido para arrastrarla. Era tan noble, tan leal; i me amaba tanto
que, apesar de no ser otra la causa de nuestra desgracia que un capricho
indigno de respeto, l me trataba siempre como a la esposa que queria
recibir pura i honrada.

--Admirable jven!

--No es cierto? Si, era admirable, era adorable!..... El primer beso
que estamp en mi frente fu tan puro como su amor, i no se ocult de
nuestra amiga confidente.

--I cmo creeis no haberos salvado de una vergenza?

--Por que al fin fu madre... Si ello es mi vergenza, no la siento. Si
es una falta, la he purgado mui severamente...

--N, no lloreis, amiga mia, haced vuestros recuerdos con tranquilidad.
Referdmelo todo.

--La ltima noche, vspera de la partida de Fructuoso a la segunda
campaa al Per, la pas en sus brazos, desvanecida, extasiada... No
tengo ideas fijas... Ni quiero tenerlas... Fu dbil? No lo s. Pero,
Dios mio!...

--Basta, no lloreis! Yo os absuelvo con toda la efusion de mi amistad
paternal.

--I vos llorais tambien, i no quereis que yo llore! Todos me han
absuelto. Mi madre, mi pobre madre tambien! Mnos mi hermano!...

--Volvisteis a ver al padre de vuestro hijo?

--S. Fructuoso volvi con los restos de ejrcito de Yungai. La campaa
habia sido desgraciada. Mi hermano se aprovech de aquella inmensa
desgracia de la patria para llenar su ambicion. Se hizo poderoso...

--Se frustr el plan de vuestro novio...

--S, pero l crey alcanzar mi mano a fuerza de constancia. Se someti
a todo, continu en el servicio bajo las rdenes de su enemigo, con la
esperanza de reducirlo a fuerza de sumision i lealtad... Ah! no puedo
mas! Doctor mio, me viene a la memoria aquella horrible catstrofe!
Favor, piedad! . . .

--Llorad, llorad ahora. Venid aqu, a la ventana, respirad la brisa del
mar, enjugad vuestros ojos... Tomad este calmante, que os har dormir
dulcemente. Vamos a olvidar todo eso. Solamente os prescribo que me
narreis otro dia, con calma, vuestro matrimonio, vuestra peregrinacion
al Plata, cosas as, que os sean gratas, que no os hagan llorar.
Recostaos. Yo i sor Mara vamos a velar vuestro sueo...


VIII.

Mi hijo! ah! vive aun o muere? Nada s de l. Se parecer a su
padre? Ser bello, valiente, noble, como l? Tener un hijo, saber que
vive, i no conocerlo, no saber como es, no haberle oido jamas!... Hai
una cosa mas rara?

Mi voto mas ardiente es que mi hijo no sea jamas el satlite de un
dspota. El debe vengamos, i para vengamos tiene que ser el azote de
todos los tiranos, el paladin de la inocencia i de la justicia!

Los tiranos! Hai nada mas horrible? Hai nada mas irracional? Cmo es
necesario ser para vivir odiando, para vivir matando, para vivir en
lucha constante con todos i con todo, con la justicia, con la honra, con
la amistad, con el amor?... Cmo se esplican esos odios tenaces,
fervientes, implacables, que la poltica aborta, i que, unidos en una
alma de fiera, producen lo que se llama un dspota? I para estos locos
no hai hospicios! Solo hai honores, riquezas, sumision, humillacion,
vileza! Ah! que mi hijo. Dios mio, no sea jamas, el siervo de una
locura semejante!...

Si l tiene en su alma una chispa de la mia, sabr ntes morir que
someterse a esa infamia, que es propia, solamente de esa turba de tontos
i egostas que llaman pueblo.

Yo, jamas me somet, jamas me humill! Si el cielo no pone en mi camino
a un hombre de gran corazon, que, por amor o por lstima, me sacara de
la esclavitud; juro que todava jemiria en ella, pero sin someterme!

--Tu matrimonio esta arreglado, me dijo un dia mi hermano, consiento en
l!...

--Hola! Consientes? le contest yo, lo mismo daria que no
consintieras, si l, tan caballero, como es, quiere salvarme de tu
opresion.

--Todava ests loca? Yo no te oprimo.

--Pero has asesinado mi corazon, me has vuelto loca. Mi desgracia es tu
obra. Sacrificaste mi amor en aras de tus odios.

--Quise vengarte i salvarte de la perdicion.

--Vengarme? de qu? de ser amada? Hipcrita! Salvarme de la
perdicion? Quin me perdi si fu perdida?, sino tu infamia, tus odios,
tu venganza!...

--Te perdi quien te sedujo, i el que seduce a una nia es un criminal.

--T lo dices. I el que seduce a las esposas de los servidores, de los
amigos? I el que no se sacia jamas de seducir, prevalido del poder?...

--Ese tiene el derecho de hacer todo lo que dices, porque puede.

--Pero no debe asesinar a azotes al que supone amante de su mujer! Ni
debe matar a sus propios hijos, por suponerlos de otro hombre! Ni debe
asesinar al esposo de la hermana...

--Ests mas loca que nunca! Te har encerrar otra vez, en el acto,
hasta que te vuelva la razon...

--Oh! N; ahora no. Soi la prometida de un hombre jeneroso, que me
salvar, i a quien t no podrs asesinar!...

--Loca! Necia! Ese hombre sabr tu historia repugnante i te
abandonar!

--Ya sabe mi historia desgraciada, no repugnante, i a pesar de eso me
toma por esposa i me salvo de t...

--Quin se la ha referido, d, habla?...

--Solo un infame puede imajinar que una mujer desgraciada sea capaz de
engaar al hombre noble que se compadece de ella i que liga a ella su
suerte. Te imajinas que yo callaria i no revelara mi pasado al amigo
jeneroso que me ofrece su mano? Crees que yo le haya mentido amores, o
le haya ocultado la verdad? Le he abierto mi corazon, le he presentado
mi pasado. Todo lo sabe, mnos, s, te lo juro, mnos tu crmen!...

--Ah! Respiro! Has obrado como quien eres, como la hermana de un
hombre como yo...

--Si hubiera obrado como tu hermana, habria mentido, habria engaado,
habria traicionado, habria...

--Calla, Pepa. Tu odio a m te pierde. Esa es tu locura. S racional por
tu propio interes. Vamos a separarnos. El dia de tu matrimonio ser para
m el principio de mi descanso. No volvamos a hablar. Por nuestra santa
madre, te pido que me olvides!...

--Perdonarte, s. Olvidarte, no! Cmo puede olvidar la vctima a su
verdugo?

--Muriendo.

--Matndola. T debes saberlo. Por qu no me has muerto a m? Harto lo
he deseado. He deseado mas. He querido matarme yo misma. Desde que t
asesinaste mi corazon, hace ya algunos aos, no he tenido otro anhelo...

--No estarias ahora de novia.

--S, no estaria ahora obligada a asirme de esa nica tabla de
salvacion. Si quieres, la trueco por la muerte. Me caso por salvarme de
t. Por conseguir lo mismo, me mataria, dejaria con gusto que me
mataras; i talvez seria mejor. Quin sabe lo que me va a suceder!

--Eso no me importa!--dijo l dando vuelta las espaldas, i retirndose
despechado, talvez furioso.

Yo qued desahogada. Hacia aos que no hablaba con l, que ni lo miraba
siquiera.

No s cunto tiempo habia pasada encerrada, sin mas asistencia que la de
dos cholas, que cuidaban de m, i que a menudo lloraban conmigo...
Decian que estaba loca. Tomaban por locura mi dolor; pero era porque no
se queria que mis lamentos revelasen la verdad. Al fin me sacaron a la
sociedad. Seria porque habia dejado de lamentarme? Talvez. Ya entnces
mi dolor era mudo, impotente, resignado, no hacia dao...

En la sociedad, fu muda. Tenia la relijion del dolor i me encerraba
para rendirle culto, el culto de mis lgrimas. Todos me compadecian, i
no disimulaban su compasion. Cada cual se esmeraba en protestarme sus
buenos deseos. Qu consuelo! El desgraciado sabe bien lo que valen los
buenos deseos de los felices. Le dan risa. Solo estima las simpatas de
otros desgraciados.

Mi marido lo seria? Por qu simpatic con l? Por qu me comprendi
l, i se intim conmigo? Tal vez porque era jeneroso, i no sabia mentir
los buenos deseos con que ofenden los afortunados.

El dia de nuestro enlace volv a hablarle, a decirle la verdad, porque
aun era tiempo de que desistiese de tomarme por esposa. El se reia con
aquella injenuidad que le hacia tan amable. Me dijo que le bastaba que
yo le tomase como libertador, aunque no lo amara, que su oficio era
libertar, i que en esta vez lo ejercia conmigo porque me amaba. Si soi
capaz de libertar a los que no conozco, me agreg, con cunta mas razon
no me sacrificaria por libertar a la mujer que amo i a quien elijo por
compaera de mi vida? Pepa, tranquilizaos, me vais a deber amor i
libertad!

As fu. Cumpli como caballero. Pero como el cielo no me ahorr
dolores, tambien me arrebat a mi libertador...


IX.

Oh, qu sublime! Todo est iluminado por la luz de la borrasca!

Son las dos de la maana. Es imposible dejar de contemplar este
espectculo, por mas que el doctor me ordene dormir en paz toda la
noche, sin levantarme.

La tempestad asusta. A m me deleita. Una luz verdosa, pero vivamente
ajitada, intermitente, fosfrica ilumina todo el horizonte. Es un
relmpago perpetuo. El trueno no acaba, redobla en todos los mbitos, i
solo es sobrepujado por el estampido de los rayos que caen ac, all,
mas ljos, en todas direcciones, describiendo violentos ngulos con su
fuego, i bordando las nubes con cintas i culebrillas rojas i azuladas.
Es un solo trueno, un solo relmpago, pero los rayos i centellas son a
millares.

El mar ajita sus olas, que parecen de fuego i de esmeralda. Es una
esmeralda en combustion, que se liquida i hierve. Sus resplandores
dibujan la ribera, e inundan los edificios i los rboles, que parecen
fantasmas que danzan i se ajitan convulsivamente.

La lluvia es un torrente que se desploma. Por qu no hunde este asilo i
la ciudad misma bajo su peso? Cmo reiria el _Gigante_! Ese Gigante
recostado sobre la sierra que circunda la baha! Estar en este momento
siempre tendido, siempre dormido? No se ajitan, ni se desplegan su
enorme nariz i su puntiaguda barba con una risa atroz?

No, ya el cielo se apaga, el trueno se retira, la tempestad corre, i
solo deja en pos el torrente que se desprende de las nubes!

El pecho se ensancha! Qu grato es respirar este ambiente hmedo i
fresco! Qu ljos se oye el trueno! Por qu pasa con tanta lijereza
la borrasca? Ya el mar no se v. Se oye solamente, como se oyen rodar
los torrentes que bajan de la montaa!...

Imjen de la vida! El cielo tropical es el remedo de nuestra vida.
Aunque seamos de los polos, de las alturas o del llano, nuestra vida
tiene borrascas como las de este cielo. Cuando las borrascas son
perptuas, oh, viene la locura!...

No ha bastado para enloquecerme una sola que demor sobre m mas de lo
que debiera? I aun hoi todava pesa sobre mi corazon!

Ayer escribia para mi doctor la historia de mi matrimonio. Ese episodio
fu en la borrasca de mi vida el viento que refresca, pero el trueno no
ces. Aunque a lo ljos, su estampido no se apag, como se ha apagado
ahora el de la borrasca que acaba de pasar.

El cambio de vida, la variacion de la escena reaccionaron en m
favorablemente. Viv consolada, pero siempre triste. El bullicio de la
sociedad me distrajo, sin impresionarme. Las nuevas relaciones me
impusieron deberes que me fastidiaron i que por lo mismo distrajeron mi
dolor.

Mi llegada al Plata fu de buen agero. Llegu en dias de fiesta, que a
m me parecieron de alarma, de conflicto. Las calles se veian llenas de
jentes que corrian, de corrillos que discutian, de transeuntes que se
atropellaban, de pesados carretones que asordaban el aire, de carruajes
que volaban. Todo era por que se aproximaban las dos de la tarde, hora
en que el caon del Parque anunciaba que estaba abierto el carnaval.
Aquellos dias de agua, de ruido i de algazara, de mascaradas, de bailes
i saraos me impresionaron vivamente; pero me iniciaron en la vida alegre
de aquella risuea cuidad, vida que restituy la calma a mi espritu,
aunque no cauteriz jamas su herida.

Cuando pas la novedad de mi instalacion, cuando mis ojos se habituaron
a aquel inmenso horizonte, cuando se me hicieron familiares el rio, la
pampa, los boscajes de la ribera, entnces mi imajinacion me trasport
al Illimani. Yo no veia lo que me rodeaba. Solo veia a mi patria, sus
altas cumbres, sus torrentes, sus profundos senos... Una cruel memoria
volvi a atormentar a mi pobre corazon.


X.

Un afan, al cual nunca me habitu, i un amor cuyos encantos se
disiparon, fueron la principal ocupacion de mi vida durante aquellos
aos de calma.

El afan de disimular el tenaz recuerdo de mi pasado. El amor del njel
que vino a consagrar mi union, el amor de mi linda hija.

Dedicada a los deberes de mi estado, tenia siempre en mi alma la
punzante espina de mi dolor. Nada lo calmaba, i a todo instante vivia en
mortificante alarma, temiendo que mi marido sorprendiese mi pena.
Conversaba, sin ideas fijas; trabajaba, absorta en mis recuerdos;
paseaba sin ver el paisaje, dormia despertando sobresaltada de temor de
que mi ensueo me denunciara; i cuando oia msica, huia con cualquier
pretesto, para que las lgrimas no me traicionaran.

Qu afan tan crudo! Era mi locura. Todos lo veian al traves de mi
triste semblante, de mis lnguidas miradas, i me preguntaban qu tenia,
qu sufria, hacindome estremecer con esta terrible pregunta. Solo mi
marido no me lo preguntaba jamas. Lo sabia todo.

Entre tanto mi hija crecia, i sus gracias, su anjelical belleza, crecian
con ella. Pero mi maternal cario bastaba a consolarme? N. Mintras
mas dulce i graciosa me parecia, mas temia que ella, como yo, llegase a
ser vctima de un amor desgraciado. Mintras mas cariosa era conmigo,
mas me recordaba a mi otro hijo, perdido para siempre. No sabia como
inspirarla, como dirijirla. Su enseanza me era grata, pero su
educacion, la formacion de su espritu me arredraba, porque temia
contajiarla con mi locura...

Esta nia, me decia su padre, solo hace su voluntad. No hai quien la
dirija.--Djala que goce, le contestaba yo, es nica i puede ser la
reina de mi casa. Quin sabe que porvenir la espera!

Ella no fu desgraciada, como yo lo temia. Su primer amor fu bendecido
por nosotros. No hubo un tirano que la sacrificase a sus venganzas. Mi
ambicion fu satisfecha. Pero parece que con ello tom nueva fuerza mi
antiguo dolor.

Por qu sucede esto? me preguntaba yo. Es acaso envidia de la
felicidad de mi hija lo que aviva en m el dolor de mi desgracia? N, no
era envidia. La hija que se emancipa por el matrimonio no pertenece ya a
su madre. Es la rama de un rbol trasplantada a otro terreno feraz; sta
i el rbol paternal son dos seres distintos, por mas que la svia de su
vida sea una misma. Desprendida de m aquella parte de mi sr, separado
de m aquel njel, que no debia jamas participar de mi dolor, yo tambien
me sent libre para sufrir, i mi terrible recuerdo, comprimido por tan
largo tiempo, volvi a dominar mi corazon. El temor de disgustar a mi
marido se disip. Me habia habituado a creer que l era el nico de
quien no podia ocultarme, i naturalmente pas a no poner cuidado en
disimular delante de l.

Los aos no habian bastado. La edad habia sido ineficaz. Pero qu
pueden los aos, ni la edad, cuando se ama a una sombra ensangrentada,
cuando se ama a un cadver destrozado en medio del bullicio i de la
curiosidad de un pueblo? Es ese un amor que se apaga, un amor que se
olvida? Hai algo en el mundo, algo en la vida, que sea capaz de hacer
olvidar la imjen de un patbulo?

Mi linda hija pudo eclipsar esa imjen. El eclipse termin. La imjen
brill de nuevo. Sola yo, mi recuerdo empez. Me falt la fuerza para
dominarlo. Me entregu a l, i las forzosas ausencias de mi marido
quitaron toda valla a mi dolor. Los dias huyeron de m. No los sent, no
los v, no supe si pasaban. Solamente recuerdo que algunas veces me
rodeaban en mi lecho mi marido, mi hija, mis amigos, que me trataban
como enferma, que se alegraban de poder hablar conmigo, i me preguntaban
qu sentia, qu necesitaba.

No s cuanto tiempo pas as, ni recuerdo cmo llegu aqu. Pero ahora
debo estar sana, puesto que siento los dias, veo la luz, respiro la
brisa del mar por la noche, siento las tempestades i me recreo en ellas,
escribo i lloro, sabiendo lo que hago. El doctor tambien lo dice, que
estoi buena...

Oh! El entra, le mostrar mi ltima frase...


XI.

Mucho temo que ella sea tambien la ltima de su diario. Pobrecita!
Pobre mujer, tan noble como desgraciada.

Yo talvez tengo la culpa. He apurado demasiado.

Cmo es posible que un mdico viejo i esperimentado, como yo, haga
esto?

Pero ella estaba ya en la plenitud de su razon. Se habia habituado a
escribir con calma sus impresiones, sus recuerdos; i hablaba conmigo,
abrindome su corazon i su clara intelijencia, con tanta lucidez, que me
imajin que ya era tiempo de probar su situacion. La prueba era
sensible. Me proponia hacerla que me refiriese con calma la catstrofe
cuyo recuerdo le habia causado la locura.

Lo hizo as aunque con rapidez, sin detalles, porque era necesario no
apurar demasiado su sensibilidad. Pero al fin su tierno corazon
estall... La furia ha reaparecido. La fiebre la devora. Su estado es
alarmante.

Mintras velo su vijilia, ese sopor que la fiebre causa en su cerebro,
voi a continuar su diario. Ella tendr placer de ver trazado por m su
terrible dilogo, cuando mejore. Tal vez, leyndolo una i otra vez, a mi
lado, con mis consuelos i reflexiones, se acostumbre a afrontar su
espantoso recuerdo.

--Ved lo que acabo de escribir, me dijo ayer, cuando entr a verla.--El
doctor tambien lo dice, que estoi buena.

--S, le contest. Efectivamente, hace tiempo que no sorprendo en vos
ningun sntoma de vuestro mal. Ahora mismo leo aqu que decis que amais
a una sombra ensangrentada, que recordais un patbulo; i a pesar de eso,
veo que continuais vuestra narracion con toda cordura. Esto es un
progreso inmenso.

--Lo creis as? Pues entnces estoi buena. Escrib eso sin llorar, i
record sin estremecerme el ltimo instante de mi amor. Podria
referroslo, aunque talvez lloraria...

--Lo que no seria peor. Hace dias que no llorais, me parece...

--Eso no. Lloro diariamente, i casi siempre despierto por la noche
llorando, porque sueo con Fructuoso muerto.

--Nunca dejareis de representrosle as?

--Jamas! No puedo recordarlo jamas, sino en sus ltimos momentos.

--Qu muri a vuestro lado?

--Oh! No...

--No contengais vuestras lgrimas. Desahogad el corazon, pobre amiga
mia. Tal vez hubo jente bastante temeraria que os hizo la historia de
su muerte?, o vos lo fuisteis para oirla o leerla. Pero no ser yo
tambien un temerario al haceros hablar de esto?

--N, no, doctor. Es preciso que lo sepais todo. Lo necesitais para
curarme. Si hubo temeridad, solo fu de mi parte. En la vspera de aquel
terrible dia, prest el oido imprudentemente a una conversacion que
ciertos infames satlites de mi hermano tenian en una antesala.

Uno se jactaba de haber prestado una declaracion en las mismas palabras
que estaban en el papel que se le habia dado. Otro le reprochaba que esa
fidelidad podia ser causa de que fusilaran al coronel injustamente. No
ser mia la culpa, replicaba el primero; he cumplido con la rden que se
me di, aunque s que el coronel es inocente, i que si lo fusilan es en
castigo de su amor... No por conspiracion, pero a m, qu me importa?
Al contrario, me darn un grado, para que calle...

Esta conversacion me hizo estremecer. Hacia muchos dias que no sabia de
Fructuoso, que no hallaba noticias suyas. Mi inquietud fu terrible. No
com, no dorm; llor, me desesper, i llegu al estremo de intentar
salir a la calle esa noche, a las tres de la maana, en busca de
Fructuoso. No lo consegu. No pude forzar ninguna puerta, ni escalar
ningun techo, ni seducir a ningun sirviente, a ningun soldado...

Al dia siguiente, apnas se abri mi casa, sal para ir a la iglesia.
En la puerta de calle, un soldado me detuvo, dicindome que no se podia
salir. Todo fu intil. Nadie me obedeci, nadie me oy siquiera.

Volv a mi aposento, llorando amargamente. Me ech en un sof, fuera de
tino, llena de dudas, de aprehensiones, de temores, que desechaba o
admitia, que combatia o aceptaba. Un coronel, vctima inocente. Pueden
haber varios. Por qu ha de ser Fructuoso? Pero ser fusilado en
castigo de su amor... Acaso los amores no son parte principal de la
poltica de mi hermano? Habr tantos castigados por causa de su amor!
Por qu ha de ser precisamente Fructuoso?...

I estas reflexiones eran justas en ese momento. La plaza, las calles
estaban de fiesta: destacamentos militares con sus msicas, jento,
bullicio, gritos, silbos, risas de alegra. Todo era movimiento i
algazara. No era dia de castigo, no era posible que se tratara de
ajusticiar a nadie. El pueblo podia estar tan alegre?

Casi me tranquilic. Pero temblaba de acercarme al balcon, aunque la
curiosidad me devoraba. La msica habia cesado, el bullicio se apagaba.
Yo daba un paso al balcon i dos atras. Algo me sujetaba. No sabia qu.
La angustia me sobrecoje de nuevo. Me reprendo. Qu cobarda! Por qu
me formo fantasmas? Estoi loca! Vamos, serenidad!...

Un redoble! Una voz de mando, ruido de armas! Silencio... Un tambor
sordo se acerca, tocando una marcha que aun ahora me retumba en el
corazon--tan--tamatan--tan... Qu ser? Por qu ese silencio? Ese
tambor siniestro!...

Me lanzo a la ventana. Miro: era l, Fructuoso, s, Fructuoso, rodeado
de soldados; un clrigo con un Santo-Cristo en las manos le acompaaba i
le hablaba. El marcha sereno, firme, airoso. Al pasar me saluda con la
mano, llevndosela al corazon. Pasa... Yo no creo lo que veo. No lo
comprendo. No me lo esplico. No s, no...

--Basta, basta, amiga mia, no continueis.

--S, no continu. Me desvanec. Me dobl, me desplom sin vida; pero
veia, oia, sentia... Silencio profundo. Una descarga, msica, bulla...

--Oh, estoi despierta! Era todo ilusion. Me levanto, pero como de una
pesadilla, con un vrtigo que me despedaza la cabeza. Miro, veo gran
movimiento; all, all, donde mismo le habia conocido seis aos ntes,
bizarro, deslumbrador; s, all donde el sol me habia iluminado su bello
semblante; all mismo estaba sentado en un banquillo, su bella cabeza
inclinada hcia atras, su pecho desgarrado, cubierto de sangre...

Todos pasaban. El clrigo, rodeado de varios, con el crucifijo en una
mano, un libro en la otra, accionaba con viveza i reia a carcajadas...

S, reia como yo... Ahaaaa, jajaja!...

--No, Pepa, amiga mia, no riais...

--Qu no veis que es la carcajada de las lgrimas!... I vos no reis,
vos! Ahora! todos rien, el clrigo, los hombres, las msicas, los
nios. No los veis? La sangre hace reir, las lgrimas hacen reir, el
gusto hace reir, el dolor hace reir!... I por qu no? Qu le importa
al mundo que muera un hombre querido, un hombre inocente? No mueren los
malvados? Por qu no han de morir los buenos? Todo da risa, todo da
llanto. I qu diferencia hai entre el llanto i la risa? Oh! miradle,
all, venid a la ventana i vereis que no miento. No es verdad que est
lleno de sangre? No es verdad que rodean el patbulo muchos curiosos,
que se retiran, unos callados, otros hablando, riendo; s, todos rien,
como el clrigo, como su Santo-Cristo, como yo. Aha-ja-ja-ja!...

--Sor Mara, ayudadme a levantarla; pongmosla en su lecho; est
desmayada...


XII.

Me fu imposible contenerla. Su narracion nerviosa, intermitente,
violenta, no me daba lugar. La impresion misma que me causaba, me
impedia dominar el caso: la sensibilidad triunfaba de la ciencia. Yo no
era mdico en aquel instante. Su delirio la abati, i a m me despert.
Pero todo fu intil, ineficaz, en aquel momento de crisis. La fiebre ha
sobrevenido. El letargo cerebral ha dominado. Ah! si l bastara a
restablecer el organismo! La reaccion suele restablecer las funciones...
Pero la debilidad, la atona...

Oh! no, ella despierta, se incorpora, se sienta, su mirada no est
turbada. Voi, amiga mia...


XIII.

S, fu a su lecho...

Pero para recojer su ltimo suspiro!

--Doctor, me dijo, estoi buena. Me habeis vuelto la razon, pero para
morir. Me siento morir... No con el corazon desgarrado por las balas,
como l. El mio est sano para consagrarle su ltimo suspiro!... Dios
bendiga a mis hijos! Dios los salve de la infamia, que es la locura de
los cuerdos...

Su voz se apag. Su busto cay dulcemente sobre el lecho. Era un
cadver...





MERCEDES.


I.

Corria el ao 1831, i Alejo cursaba estudios mayores en Santiago de
Chile. Hacia cuatro aos que habia llegado a esa ciudad, nio aun, solo,
sin guia i armado de una recomendacion que le aseguraba la asistencia
que un estudiante forastero puede necesitar en una gran ciudad para
completar su carrera.

Vivia en un barrio apartado i solitario, algo mas, un barrio peligroso;
i aunque l era valeroso, o a lo mnos indolente, cuidaba sin embargo de
que las sombras de la noche no le tomaran fuera de su casa. Todos los
vecinos hacian lo mismo.

Las historias de los peligros de aquella calle venian de mui atras. Se
contaba que en otro tiempo una viuda la cuidaba de noche, viuda
terrible, espantosa, que perseguia a todos los transeuntes. Un
respetable vecino de Santiago, don Jos Olmedo, salia una madrugada al
campo por esa calle, su caballo se espant al enfrentar un matorral, i
mintras don Jos le afirmaba las espuelas, la viuda salt a las ancas,
saliendo de entre las ramas. El jinete quiere derribarla i su brazo se
estrella con un cuerpo de bronce, duro i helado, que le hiela a l la
sangre i le heriza los pelos. El caballo no podia correr a pesar del
ltigo i la espuela: solo marchaba jadeando i casi doblndose con el
peso de la viuda. Al salir de la calle, la vision se desmont
tranquilamente i desapareci.

Hacia tiempo que los vecinos no tenian noticias de la viuda; pero casi
todas las maanas, cuando Alejo salia hojeando su libro para recordar la
leccion, las comadres del barrio le referian que el penitente habia
desnudado a alguno o le habia herido, o se habia contentado con quitarle
la bolsa.

Entnces estaban en uso unas bolsas de tejido de malla, que eran una
comodidad para el penitente.

Este recorria la calle con el busto desnudo, un fustan blanco a la
cintura i la disciplina en la mano; pero llevaba una mscara. Los
vecinos sentian desde su encierro los azotes que se descargaba sobre las
espaldas, i los que se arriesgaban a transitar por all los oian desde
ljos. Al encontrarlos el penitente, los detenia con esta frase
sacramental:--La bolsa o la vida.--El transeunte largaba la primera i
confiaba a la lijereza de sus piernas la segunda.

Alejo hacia bien en encerrarse temprano. Qu curiosidad podria tener de
ver a un penitente, l que habia visto tantos en sus cuatro aos de
residencia en la capital?

Aislado, desconocido, habia seguido a las turbas con su libro debajo del
brazo, para ver fusilar al teniente Villegas en la plaza de San Pablo, a
los oficiales Trujillo i Paredes en el Tajamar; a un negro del Pudeto en
el Basural, por atentado de lujuria contra su seora.

Luego habia estado en la plaza por la madrugada, i en el cuartel de San
Pablo por la tarde, el dia de la sublevacion de la escolta de coraceros.
Ese dia se habian cerrado las aulas, pero el caf de la _Nacion_ habia
abierto sus mesones de balde a todo el mundo, inclusos las estudiantes.
Alejo habia llenado con toda servidad su deber; sin abandonar su libro
i sin dejar de hacer honor a cuanta botella se habia destapado, estuvo
en el ataque de la tarde colgado a una reja de ventana para verlo en
todos sus detalles. Que mas podia haber hecho?

En la derrota de las tropas cvicas en la Aguada, l estuvo divertido
detras de unas tapias; i al dia siguiente fu de los que mas grit en la
plaza, unido al pueblo, contra el batallon sesto i los dragones
vencedores de la vspera.

Durante la campaa del ejrcito del Sud en Ochagavia, a fines de 1829,
Alejo, aunque el colejio estaba cerrado casi todos los dias, llegaba a
sus puertas relijiosamente con su libro estrechado al pecho. Las
hallaba con llave? Seguia de paso redoblado hasta los Olivos de Ovalle,
donde acampaba el ejrcito constitucional, i all pasaba hasta la tarde,
siguiendo con vivo interes todos los encuentros diarios, los tiroteos de
avanzadas, las escaramuzas i los asaltos. Al anochecer estaba encerrado,
estudiando con toda atencion, i sin curarse del penitente de su calle.

Alejo hallaba a Santiago mui divertido, mui alegre, i no tomaba a lo
srio nada de lo que veia. Solo dos cosas le habian impresionado
vivamente, un muerto i una casa misteriosa. Ninguna relacion habia entre
ambas cosas, pero en su memoria estaban asociadas. El recuerdo del
muerto le hacia estremecer i le asaltaba a menudo, sobre todo en la
cama. La casa misteriosa le causaba una curiosidad que rayaba en
inquietud.


II.

Era una maana fria del invierno de 1828. Alejo entraba a la plaza de la
Independencia por la calle de las Monjitas, recitando de memoria su
leccion i apresurando el paso para llegar a tiempo al colejio. El frio
le hacia dar diente con diente, pero l, mui en cuerpo, estrechaba sus
codos para abrigarse i apretaba las manos sobre el pecho.

Al enfrentar al prtico de la crcel, un grupo de curiosos le llama la
atencion. Rodeaban un cadver que estaba estendido de espaldas sobre el
empedrado. En ese tiempo se esponian all los muertos que se encontraban
abandonados. Hoi parece que es costumbre conducirlos al hospital, como a
los enfermos.

Alejo se acerc, mir i qued absorto. El muerto era un jven de
veintidos aos, de elevada estatura, bello i elegante; pelo negro,
abundante i sedoso, como sus patillas; largas i crespas pestaas. Su
traje era rico i esquisitamente arreglado: pantalon bombacho, al uso de
la poca, de color trtola i menudamente plegado en la cintura; fraque
azul de botonadura dorada, camisa bordada i chaleco amarillo. Una gruesa
cadena de oro, terminada con tres enormes sellos de lo mismo, pendia de
la relojera del pantalon i se estendia hasta el suelo en que yacia el
cadver.

No habia sangre. Cmo habia muerto?

Uno de los soldados de la guardia satisfizo la curiosidad.

--La herida est en la espalda, dijo, i debe haber sido de daga, porque
es mui chica i no tiene sangre.

--Pero dnde fu encontrado?

--En la calle de Santa Rosa afuera, cerca del Cequion, aadi el mismo
soldado; i los serenos de la calle han declarado que tarde de la noche
vieron salir en un caballo colorado a un hombre flaco, que llevaba a
otro por delante, sujetndolo con mucho trabajo, porque se iba para los
lados como borracho. Despues volvi solo el mismo hombre en su caballo.

--Pobrecito! esclamaron algunos, Dios lo haya perdonado! Tan nio!
Tan buen mozo!

Alejo callaba, siempre absorto, i devoraba todos los detalles del
cadver con sus miradas, Esta cadena! decia para s, yo la he visto,
pero a dnde? Todos las usan iguales, mas una noche yo he encontrado a
un jven alto como este, que me llam la atencion porque iba de prisa i
llevaba una cadena parecida que se cimbraba i sonaba al andar. Seria
este mismo? Cundo fu eso? S, hace pocas noches, cuando se me pas la
hora viendo jugar una partida de billar en el caf de la Nacion. El
jven iba, s, por mi calle. Ah! El penitente, ya estoi. Pero no, el
penitente le habria quitado por lo mnos el reloj.

Alejo se retir del prtico despues de largo tiempo i sigui su camino,
siempre absorto en sus reflecciones. N, no puede ser, decia
continuando su monlogo; hai tantos iguales! Fuera malos juicios! Yo no
he de ser el juez de este crmen. Qu jven tan hermoso! Qu bien
vestido! Debe ser mui conocido. Pues s, yo creo haberlo visto muchas
veces!...

Balbuceando estas i otras frases, lleg al colejio. La hora habia
pasado. Alejo volvi a su casa dominado de la misma impresion. No pudo
estudiar. El cadver estaba tenazmente a su vista. En la tarde se le
pas tambien la hora, i falt al colejio. Por la noche se sinti mal,
tom la cama; pero su sueo fu una larga pesadilla con el muerto.

En 1831, todava tenia viva la imjen del cadver, i no habia
acontecimiento de los muchos que habia presenciado, en aquella poca
ajitada, que le hiciera olvida al muerto. Lo mas raro es que jamas habia
podido adquirir la menor noticia que le aclarase el misterio. Muchas
veces habia escuchado con interes las conversaciones del caf sobre el
muerto, pero lo nico que habia sacado en limpio era que nadie, ni la
misma justicia, habian podido adquirir dato alguno sobre el asesinato.
El jven habia sido mui conocido i estimado; pero Alejo no habia sabido
de l otra cosa que su nombre. Se llamaba Manuel P.... Todo lo demas que
habia oido eran conjeturas, como las que l mismo habia formado. El
nombre de su calle no habia figurado jamas en las hablillas del caf.


III.

Aquel muerto habia quitado muchas horas al estudio i al sueo de Alejo.

No se las habia quitado mnos la casita misteriosa de su barrio. Pero
qu tenia de particular esa casa? Nada. Unicamente se distingua de los
demas caserones vetustos del barrio, interceptados por anchos solares
tapiados o aportillados, en que tenia al frente un altillo, un solo
balconcito, que eternamente estaba cerrado. As lo estaba tambien la
puerta de calle, que era talvez la mas alta i decente de toda la calle.

Alejo conocia a todos los vecinos, o mejor dicho, sabia quines eran.
Pero siempre que preguntaba quin vivia en la casita, le respondian que
unos viejos godos, Como la mayor parte de los propietarios del barrio.
Su nombre no lo sabian, o las vecinas se disputaban entre s sobre cul
era el verdadero.

Cualquier jven habria pasado por alto estas menudencias.

Pero Alejo era curioso, i sobre todo mui inclinado a lo misterioso.
Regularmente se sentaba en el umbral de su puerta de calle a leer o
estudiar, pero atisbando siempre la casita, i jeneralmente despues de
largas horas, tenia que entrarse, sin haber visto nada, sin haber
siquiera sentido moverse las puertas de la casa misteriosa.

Al fin se propuso olvidar esa pesadilla, i se impuso el deber de no
mirar a la casita; pero sus ojos le desobedecian, la curiosidad le
vencia, i l tenia que renovar con juramento todos los dias su
propsito.

Un domingo de otoo, Alejo subi al cerro de Santa Luca a tomar su
paseo de descanso. Los rayos tibios del sol de la tarde inundaban la
ciudad i la campia, i el aura tnue i deliciosa refrescaba el ambiente.
Las arboledas i las vias amarillaban al lado de los verdes potreros, al
Oriente i al Sur; el rio corria solitario i serpenteaba a lo largo del
tajamar, dejando a la orilla opuesta un blanco pedregal que se iba a
perder en las lejanas arboledas de San Cristval; i al poniente estendia
la ciudad sus largas calles de techos brillantes, sobre los cuales se
alzaban los templos i uno que otro edificio pblico. Hermoso panorama!
Alejo estaba embebido, i sobre todo no podia apartar sus ojos de los
claustros del Crmen Alto, que tenian para l el atractivo del misterio
por su soledad, apnas interrumpida de tarde en tarde por el bulto de
una monja que se escurria a lo largo de un corredor. Alejo pensaba en la
austeridad de aquel aislamiento, i esta idea le record aquella casita,
que tambien estaba aislada all en su barrio.

La tenia a sus pis, la dominaba con su vista. Prodijio! qu veo!
esclam Alejo.

En efecto, un batiente de la puerta del balcon estaba despejado. Se
afirmaba contra la hoja una mujer que, leyendo un libro, estaba como
escondida, dando su frente al cerro, pero sin que saliese ni siquiera el
ruedo de su vestido al balcon. Desde la calle era imposible verla. Pero
desde los altos peascos en que estaba sentado Alejo, se la veia como
era, pequea de estatura, pero mas bella que el lucero que aparece al
alba coronando los Andes.

Alejo creia verla tan bien como si la tuviera a su lado; veia el jiro
luminoso de sus grandes ojos sobre el libro, sus lbios entreabiertos,
su perfilada nariz, su tez de rosa; creia sentir su respiracion i ver
las oscilaciones de su ancho seno, que apnas estaba velado a medias por
el corpio gracioso de su vestido.

El sol llegaba ya a su ocaso i Alejo no sentia el tiempo. Solo despert
de su arrobamiento cuando la bella lectora cerr su libro, pase sus
ojos por el cielo, suspir mirando a los peascos en que estaba Alejo, i
como sorprendida junt violentamente la puerta.

Desde entnces, Alejo estableci su bufete de estudio en los peascos de
Santa Luca; pero jamas volvi a ver a aquella mujer, que ya era dolo
de su alma. El misterio se complic.


IV.

Alejo tenia una alma tan ardiente como sensible. Estaba en la edad en
que se ama todo, si se tiene un corazon bien puesto, como el suyo. Los
espritus tmidos o apocados no conocen esa poca de la vida. La pasan
entre la f ciega i el miedo, habitundose al clculo. Calculan para
defenderse contra los fuertes de su crculo. Calculan para ocultar sus
inclinaciones i sus sentimientos de miedo de que se les castigue en esta
o en la otra vida. Calculan, en fin, para pasarlo bien con Dios i con
los hombres, porque temen al uno i a los otros. En ellos prende de veras
el santo temor de Dios, que es el arte de saber vivir.

I ellos son despues los hbiles, los afortunados en la sociedad. El
corazon jeneroso i desprenddo, el espritu independiente i noble, que
no aprendi a calcular desde temprano, que se dej arrebatar por el
ideal de lo bello, de lo bueno, de lo justo, entra a la sociedad a
luchar, no a eludir las batallas de la vida, a sacrificarse, no a
medrar.

Alejo era de estos ltimos, i su juventud despuntaba entre el ardor de
las pasiones jenerosas i el anhelo por lo grande, por lo desconocido, lo
maravilloso, lo bello. Su curiosidad por aquella casa misteriosa se
habia satisfecho, convirtindose en un amor, tanto mas ardiente, cuanto
era imposible. Desde entnces comparti su tiempo entre sus libros i su
bella desconocida; pero a menudo era sta la que ocupaba mas su
espritu, i su imjen andaba siempre barajado con los temas de sus
estudios.

Todos los dias ideaba i abandonaba nuevos proyectos para penetrar el
misterio, para llegar hasta aquel njel de sus ilusiones. Pero en vano.
El tiempo trascurria, i l no adelantaba.

Habia momentos de desesperacion, de cruel desengao, pero su amor volvia
con mas violencia i le reanimaba. Hacia un bello aprendizaje de
constancia, que talvez, mas tarde, debia servirle en mucho, aunque no
fuera mas que para investigar una idea, como ahora investigaba un amor
de nio.

Salia una maana de su barrio a la hora de costumbre, a las siete, i
tuvo un encuentro que habia dejado de llamarle la atencion, porque era
casi diario. Pero esta vez iba enardecido, casi iracundo.

El insomnio de la noche le habia fastidiado, i pasaba por uno de
aquellos instantes de decepcion, que le habrian hecho incomodarse del
aire.

Al salir a la calle encontr a un viejo a quien encontraba siempre casi
en el mismo sitio.

Era un viejo albino, de ojos colorados, como los de un conejo blanco.
Sombrero bajo i una capa cuesco de lcuma, que jamas se apartaba de sus
hombros, hiciera frio o calor, i que cubria su cuerpo vestido de
chaqueta i de calzon de pana negra. El calzon se ajustaba a la rodilla
con una hebilla de acero i dejaba libres unas medias blancas como la
nieve, que terminaban en zapatones de pana igual a la del traje.

--Esta estampa me choca, murmur entre dientes Alejo. Es un viejo brujo
que debe vivir por este lado. I que no haya sido yo capaz de averiguar
quin es! Lo he de seguir, aunque falte a clase.

Dicho i hecho. Volvi sobre sus pasos, i tuvo que acortarlos al tenor de
los del viejo.

--Que haya todava estafermos a la laya! pens Alejo. I conservan sus
vestidos! Todo pasa sobre ellos, como sobre esa piedra de esquina!

Distraido as, se acercaba en ocasiones demasiado al viejo, i paraba
para tomar distancia. Pero en una de las veces en que mas se le habia
acercado, sin saberlo, el viejo par, sac una llave, abri una puerta,
i al entrar se encontr con otro hombre flaco, seco, de color verdoso,
que le dice:

--Buenos dias, Miguel, ya oste tu misa?

--S, Ramiro, contest el albino, i te encomend a Dios.

Ambos se cruzaron, la puerta se volvi a cerrar, i Alejo estaba en el
mismo umbral, convertido en esttua de piedra. Ramiro le mir al soslayo
i dijo:

--Qu quiere este babieca?

Pero sigui su camino.

Cuando volvi Alejo de su vrtigo, de su pasmo, esclam:

--Luego esta escena se repite todos los dias! I mintras yo estoi en el
colejio!... Qu estpido! Nunca he acechado a estas horas. Tal vez
ella tambien sale!...

La puerta en que esclamaba de este modo, la puerta que se habia abierto
i cerrado, para dar paso a Miguel i a Ramiro, era la puerta de calle de
la casita del misterio.

Alejo ech casi a correr para alcanzar a Ramiro, que tenia tranco largo,
porque era alto i de largas piernas, i le llevaba mucho adelantado.

Queria verle de cerca, saber a dnde iba i averiguar quin era.

A las cuatro cuadras estuvo cerca de l; pudo estudiarle. Llevaba fraque
verde oscuro de angostas puntas que le pasaban de las corbas, i de ancha
solapa cuyos pequeos picos se le veian desde atras recostados sobre los
hombros. Sombrero alon de campana, pantalon de brin blanco, i grueso
garrote por baston.

Alejo acort el paso i guard una respetuosa distancia. A dos cuadras de
la plaza, en la calle de la Catedral, Ramiro se par, abri una puerta
de par en par, i entr. Alejo pas despues, mui quedito, i vi que aquel
cuarto era una fbrica de tacos de billar i de otros tiles de lo mismo.

--Este hace tacos i tambien bolas, dijo para s. I aquel _chonchon_ de
ojos de aj qu fabricar? El misterio se aclara! Paciencia i
esperar! Yo no tengo que barajar como Durandarte en la cueva!...


V.

En el poco tiempo trascurrido desde que le atrap el amor en las rocas
de Santa Luca, Alejo se habia transformado. Su alma habia abandonado
aquellos vagos horizontes en que revolotea el alma de un jven, cuando
es ardiente, como las mariposas amarillas de verano en un jardin.

Tenia un horizonte fijo, volaba el rededor de una sola flor.

I esa flor le hacia pensar sriamente.

No solo eso: le hacia tambien calcular sus propias fuerzas; i como entre
las que el amor emplea, figuran en primera lnea las de los atractivos
personales, el espejo pas a serle tan importante como sus libros, i el
sastre entr a ser uno de sus primeros ausiliares. Tenia la esperanza de
que su bella desconocida le mirase i le viese en la ocasion mnos
pensada.

Dej de vagar por las calles en las horas de ocio. Dedic las primeras
de la noche al caf, i casi abandon las relaciones de sus camaradas de
estudio.

El caf de la Nacion i el de Hvia, que acababa de establecerse en la
plaza de la Independencia, eran entnces de la primera sociedad. Los
comerciantes i los jvenes de mundo los invadian a todas horas. Los
aristcratas i sus retoos acudian a refrescar por la noche, i a pasar
algunas horas en tertulia. Para stos, aquellas casas hacian el oficio
que hoi desempean los clubs.

La juventud de Santiago no estaba por esos aos tan adelantada como
ahora. Quiz la aristocracia tendria en ella algunos estafadores que la
representaran. Talvez no faltaban cortabolsillos elegantes, de esos que,
llevando nombre i fisonoma de caballeros, despojan de su reloj al
primero de los suyos que encuentran beodo, o que escamotan su
portamonedas al primero que entra en una partida de juego por aturdirse
i pasar mejor su noche. Eso es de todos los tiempos i paises, i las
familias que se dicen nobles no se preocupan de tener en su seno un
calavera, porque saben que para l no se han hecho las leyes. Lo que era
desconocido entnces entre los jvenes era ese tipo aristocrtico del
letrado injerto en jesuita, que profesa i mantiene la relijion de sus
padres, ardiendo en odios piadosos, i que no v el progreso ni halla la
libertad fuera de la iglesia romana.

Aquellos jvenes no adoraban al Papa, ni al becerro de oro. Eran mas
bien jentiles que sacrificaban a Venus, a Terpscore i a Baco; eran unos
perdidos que no sabian especular, hacindose los santurrones o los
siervos del poder para enriquecerse i hacer carrera. No hablaban ni del
confesor, ni de sermones, ni del retiro de los domingos, ni de los
herejes, ni de los gobiernos ateos, ni de los escndalos de los impos.

Hoi se sabe vivir mejor.

Un devoto, o como se dice un _pechoo_, no solo cuenta con los respetos,
sino con la proteccion de todos los poderes i de los potentados. Un rico
con solo serlo, es respetado, aplaudido, adulado: nadie tiene que
averiguar como lleg a la fortuna. Para l todos los aplausos, todos los
elojios, todas las atenciones; as como para el que ejerce algun poder,
sobre todo si tiene un gran poder. Para el verdadero mrito, hai siempre
alguna palabra de desprecio, siempre algun desden, si no alguna
calumnia. Qu mrito puede haber sin poder o sin riquezas? Prueba que
lo tiene quien no ha alcanzado a hacer fortuna, quien no ha logrado un
alto empleo?

En aquel tiempo, un usurero, un estafador de los que amasan riquezas a
costa de los sudores i de las lgrimas de los pobres, i quiz de algo
mas, era simplemente un ladron, i no se le estimaba de otro modo. Las
lenguas andaban sueltas, no al oido, sino al aire libre, contra los
bribones, porque siempre el brazo estaba listo para sustentar las
sentencias de la opinion. El arte de don Basilio no estaba todava en
uso. La calumnia i la maledicencia andaban solo en letra de molde, pues
la prensa no era aun el instrumento de la verdad i de la discusion, sino
una mquina de hacer ruido i de arrojar lodo, sin ser visto; all se
parapetaban los calumniadores.

Hoi ha variado todo eso. Solo calumnia o ultraja en letra de molde el
que emplea la prensa para representar el pasado; i ello es ljico,
porque no se puede defender el atraso contra las invasiones del progreso
i de la libertad, sin mantener la prensa diaria en su situacion
incipiente. En los tiempos que recordamos, la sociedad vieja estaba
vencida i carecia de defensores en la prensa. Ni aun en Francia habia
aparecido entnces el escritor catlico, ese que hoi en todas partes se
llama _diarista clerical_, cuya definicion nos da en estos trminos un
pintor de costumbres: El diarista clerical es una especialidad aparte,
como escritor, que adora las polmicas i las querellas empenachadas de
injurias i de palabrotas. Fuera de la esfera de sus ideas, no hai
salvacion. En lugar de esponer los principios conservadores i relijiosos
en lenguaje sencillo, prefiere morder a sus adversarios mas abajo de los
riones. Las cuestiones de forma, las cuestiones secundarias--he ah su
estribillo. Sublevar desacertadamente cuestiones intiles, espinosas, en
que Roma i el clero no llevan la ventaja--he ah su fuerte. Su oficio es
irritar a todo el mundo i no convencer a nadie... Este tipo de la edad
moderna no era conocido.

Aquella era una sociedad en embrion. Como entnces no habia sino mui
pocas fortunas i el poder aun no se habia consolidado, el imperio no
pertenecia ni a los gobernantes, ni a los ricos. Estos apnas comenzaban
a emprender para alcanzarlo i hacerlo suyo en todas partes, de arriba a
abajo.

Aquella sociedad era de todos, pertenecia a todos, i como no habia quien
la dominase, quien la empujase por una sola va, cada cual hacia de las
suyas i era seor de s mismo. Por consiguiente habia una franqueza casi
salvaje, sin disimulo, sin hipocresa, sin sujecion a conveniencias
determinadas, ni a creencias regladas.

La juventud no era brillante, sino atolondrada. Hablaba recio i claro,
aunque sin presuncion. Le faltaban todas las condiciones del buen tono:
la voz ronca, el hablar traposo, desgalichado, desganado, que sienta tan
bien a un elegante, sobre todo cuando afecta suficiencia i decide
majistralmente hasta sobre lo que sucede en la luna; el andar en el
paseo, como en casa, hablando a gritos i riendo a carcajadas, lo que es
una gracia; el tutear a todos i maldecir de todos; el mirar con cara
abobada, pero con ojos de maton, sin saludar. Le faltaban en fin todas
las gracias de la buena nobleza i todos los sntomas del buen tono. No
andaba en coches, porque no los habia; ni oia su misa los domingos,
porque no necesitaba ir al templo para hacer negocio o para ver a las
amigas; ni salia atropndose i encimndose de la platea del teatro,
ntes de caer el telon, para verlas salir, formndoles calle en el
vestbulo. Era aquella una juventud perdida, que frecuentaba el caf,
que charlaba i discutia en pblico sobre todo, hasta de relijion i
poltica, que paseaba a caballo i en carreta, a la luz del medio dia, i
que bailaba todas las noches, en todas las casas, sin necesidad de
_soire_, de sarao, ni de ambig.

Ya se puede comprender qu haria en aquella sociedad, sin tutores ni
directores, un jven como Alejo, que no los tenia de su parte, porque
parece que sus padres le habian lanzando solo a aquel gran mundo,
confiando quiz demasiado en su juicio i en su aficion al estudio.

Pero Alejo creia que podia ser buen estudiante i tener un amor, aunque
fuese platnico, para entretenerse agradablemente. I con efecto, l
nunca faltaba a sus deberes, a pesar de que amaba locamente, i de que
jugaba al billar en el caf, ponindose a veces su mejor camisa, para
jugar una partida a fraque quitado, como lo hacian los elegantes de la
poca en las noches de verano. Alejo usaba diariamente el fraque, como
todos, i para tiempos frios no le faltaba su chaqueta ricamente
encordonada, para debajo del capote de paon con tres o cuatro
esclavinas sobre la espalda.

No habia nadie que no le conociera, quien no gustara de su osada i
despercudimiento; pero l preferi a los tertulianos del caf de la
Nacion, porque eran pipiolos, i por supuesto jente mas abierta que la
que rodeaba las mesas del gran patio del caf de Hvia, donde no se
hablaba mucho de amores ni de poltica. Aqu solia llegar con otros
estudiantes, i regularmente veia al fabricante de tacos de billar, solo,
fumando, pensativo i tocando alguna marcha sobre la mesa con sus dedos
encorvados.

Qu hombre tan seco, tan verde de cara, tan anguloso, tan militar en su
porte! Quin es este? decia siempre Alejo a sus compaeros. Quin
sabe! respondian los otros con desden, porque entnces no habia
costumbre de averiguar quin era un vecino a quien se le ocurria andar
por la calle, o entrar al caf, o pasearse en el tajamar. Con mnos
poblacion, Santiago era mnos curioso de saber la vida i milagros de sus
habitantes.


VI.

Eso as, Alejo tenia una costumbre contraria, la de seguir la pista a
Ramiro i al viejo albino, para conocer quines eran, de dnde venian i
adnde iban. Diariamente saludaba con gran cortesa al albino,--Dios lo
guarde, seor don Miguel!--Pero a Ramiro, no se atrevia ni a mirarle de
frente.

El albino le contestaba cariosamente, i a fuerza de oirle saludar, ya
le conocia desde ljos cuando le encontraba por la maana, o le veia, a
pesar de sus ojos de sangre, arrodillado cerca de l en la Merced,
oyendo misa. Siempre que Alejo podia, entraba a la Merced a observar al
viejo, i cuidaba de pasarle la mano mojada en agua bendita, cuando, al
salir del templo, se acercaba don Miguel a la pila.

Un domingo salieron juntos, saludndose como antiguos amigos.

--Parece que llevamos el mismo camino, dijo el viejo.

--Como no, seor don Miguel, le respondi Alejo; si somos vecinos, i yo
lo conozco a usted tanto, i lo quiero de gracia.

--Dios se lo pague, amiguito. Eso prueba buen corazon, i su Divina
Majestad premia siempre a los nios que honran a los pobres viejos
ciegos, como yo.

--No diga usted eso, seor; usted no es un pobre viejo, sino un
caballero de respeto que merece honra i consideracion.

--Qu bien hablado el muchacho! T no debes ser de estos tiempos,
hijito; pues eres el nico de quien oigo tales cosas. Todos los dias me
empujan i me insultan en la iglesia i en la calle. No oigo otra cosa:
all va la lechuza--quita all lechuza...

--Vea usted que desvergenza! Disimule usted, seor don Miguel, no haga
caso de eso.

--Oh! si yo les hiciese caso, ya estaria loco, como mis hermanos. Se lo
ofrezco todo a Dios, i paso mi camino; llego a casa i me encierro hasta
el otro dia. De casa a la iglesia, i de la iglesia a casa. Hace muchos
aos que no salgo de aqu, ni s cmo est la ciudad.

--Pero el seor Ramiro s que anda mucho, Me parece que vive con usted?

--S, a veces llega a comer o a dormir. Como es casado con mi sobrina
Mercedes...

--Pobre seorita! Tan sola que lo pasa. No se la ve nunca. Parece que
no hubiera mujer en la casa!

--As es. Ni ella ni su madre se mueven, ni siquiera a misa. O son
judas o locas. Yo no las entiendo. La Mercedes no baja de su cuarto, ni
siquiera a comer. Los domingos suele bajar a saludarnos.

--Qu hace sola?

--Se lleva leyendo, i siempre manda buscar papeles, como ese que llevas
en la mano. Qu papel es ese?

--El _Trompeta_, continuacion del _Defensor de los Militares_, seor don
Miguel. Un papel mui bien escrito, que le gustaria mucho a la seorita
Mercedes.

--De los militares? Ser de los insurjentes! Cmo pueden defender a
esos condenados?

--N, seor, no se trata de insurjentes, sino de los caidos, de los
nuestros, que tarde o temprano han de volver...

--Los nuestros no caen, nio de Dios. Qu ests creyendo t en los
triunfos de los insurjentes? Dios no lo permita! Dios no lo permita,
repetia el albino, abriendo la puerta de calle, i cerrndola despues de
l i de Alejo, que se habia deslizado con l del modo mas natural.

Al entrar en la salita, el viejo fu interrumpido en sus imprecaciones
contra los insurjentes por otra vieja que le preguntaba a quin traia.
Miguel present a Alejo, como vecino i antiguo conocido, i la seora
hizo que el jven se sentara cerca de ella.

La sala era pequea i tenia una tarima, como de un pi de alto, que
cubria una tercera parte de su ancho, i estaba colocada desde la puerta
de entrada hasta la cabecera de la pieza. Sobre la tarima se estendia
una alfombra de motas de todos colores, mui espesa i blanda, i a la
orilla de la pared corria una hilera de taburetes forrados en baqueta.
Al estremo se sentaba la seora sobre unos cojines de filipichin rojo.
El resto del ajuar eran taburetes de brazo arrimados a la pared, i una
mesa de nogal, de patas arqueadas i talladas, que sustentaba, al arrimo
de la pared, un rico crucifijo de marfil, dos urnas a los lados con la
Vrjen i San Juan, i algunas conchas de perla que servian como de
floreros. Los ladrillos del piso estaban soplados.

El albino arroj su capa i su sombrero i se sent en la tarima de medio
lado, afirmando su mano izquierda de plano sobre la alfombra. Una
muchacha de pollera azul le pas mate i un pan blanco, que el viejo
parti con trmula avidez.

La seora tenia su blanca cabeza cuidadosamente peinada. Un pao blanco
doblado en tringulo le ceia el cuello i cubria el seno, formando
armona con un estrecho vestido de angaripola de fondo rojo oscuro, con
flores blancas i azules. Su semblante era dulcsimo i lleno de
inocencia.


VII.

Doa Mara, que as se llamaba aquella amable matrona, hizo a Alejo un
fuego graneado de preguntas, i en dos por tres le averigu sus
antecedentes i consiguientes, su pasado, presente i porvenir, i hasta
sus intenciones; congratulndose mui cordialmente de que el muchacho no
fuera insurjente i de que se le mostrara afecto a la causa, como se
decia entnces, i firmemente persuadido, como lo estaban la vieja i el
viejo, de que Quintanilla se mantenia fuerte en Chilo, i de que los
patriotas habian sido deshechos en abril del ao treinta sobre la misma
Cancha Rayada, donde lo habian sido en marzo de 1818.

Alejo se portaba sriamente, i aunque era un patriota exaltado, i mas
que eso, un pipiolo intachable, se hizo el godo i jur por el rei
Fernando. El mate, entre tanto, pasaba de mano a mano entre el viejo i
la seora, i Alejo sintindose mas fuerte en su repugnancia a la
bombilla, que en su patriotismo, habia resistido tenazmente a las
invitaciones que se le hacian para que aceptase un matecito. La
sirvienta debia cebarlos mui sabrosos, porque los tomadores se mostraban
complacidos i hacian gargantear la bombilla de lo lindo.

Entre mate i mate, doa Mara esclam:--Mira, chivata, todava no le
has llevado el chocolate a tu amita!--Su merced dijo que bajaria a
tomarlo aqu--respondi la muchacha.

Al acabar la frase, una lijera sombra se desliz en la sala, i ntes de
que nadie se fijara, Mercedes estaba saludando a su madre i abrazndola.
Mintras la seora le contestaba i la reconvenia por que no habia bajado
el dia anterior, Mercedes en pi, puesta blandamente su mano derecha
sobre el hombro izquierdo de su mam, se qued mirando con sorpresa,
pero con graciosa dulzura, a Alejo, que en pi tambien i lnguido de
emocion esperaba un saludo.

--Sintese usted, caballero, le dijo Mercedes, rechazando con la mano a
la muchacha que le presentaba el chocolate, i sealndole la mesa para
que colocase el plato. Luego salt de la tarima i fu a sentarse frente
a frente de Alejo, en un taburete al lado de la mesa.

--Aqu tienes, dijo la seora, a un vecinito nuestro, que se ha hecho
amigo de Miguel. Pobre nio, solo i forastero...

--Estoi reconocindolo, replic Mercedes con viveza.

--A m, seorita? aadi Alejo sorprendido.

--A usted, caballerito. No vive usted mas arriba, casa de...?

--Justamente, seorita; pero estrao tener la dicha de que usted me
conozca.

--Por que? No pasa usted tantas veces al dia por mi ventana?

--Pero como la ventana est siempre cerrada...

--I los postigos tienen vidrieras, que dejan ver para fuera, i hasta me
permiten verlo a usted estudiando entre los peascos del cerro... No
tiene usted all su estudio?

--Entre los peascos estudia don Alejo? pregunt la seora, rindose.

--Qu lindo nombre! esclam Mercedes. Usted se llama Alejo?

--Le gusta a usted de veras? contest ste.

--Mucho! Tengo los recuerdos mas gratos de un Alejo que me ha gustado
tanto! Conoce usted _Alejo o la casita en los bosques_? Justamente
aquel dia, hace meses, recuerda usted? aquel dia en que usted miraba
desde los peascos del enfrente, yo leia esa novela i estaba afirmada en
la puerta de mi balcon, gozando de aquella tarde tan deliciosa...

--Yo era entnces actor en otra novela que podria titular--Alejo i la
casita misteriosa, replic el jven con intencion.

Una graciosa risotada de Mercedes, que le hizo descubrir sus dientes de
plata mate i su boca de corales, dej frio i casi avergonzado al pobre
enamorado. Mercedes comprendi, i agreg:

--Escrbala usted. Yo me rio porque recuerdo que en aquel instante era
tambien personaje de otra novela que ideaba. Qu papel tiene usted en
la mano?

--El _Trompeta_.

--Ah! mi papel. Trae mucho de bueno?

--No he leido mas que una graciosa letrilla que tiene este estribillo:

       El uno se llama Diego,
       El otro Jos Toms.

--Tenga usted la bondad de leerla.

Alejo ley con esa voz fresca i plateada de un pecho bien organizado,
con aquella uncion que se les derrama a los enamorados. A cada verso
Mercedes reia i apostillaba con agudeza, i cuando acab la lectura
esclam:

--Qu bien lee usted, Alejo! Oh si yo tuviera quien me leyera as!...

--Nada mas fcil, seorita. Para m seria una dicha ser su lector en las
horas desocupadas que tengo, en la noche por ejemplo.

--Usted ganara en eso, dijo doa Mara, pues dejaria de ir al caf, i
no lo pasara tan solo. Figrate, Mercedes, que no tiene con quien
hablar en su casa, ni amigos en el barrio, ni nios conocidos, i se ve
obligado a ir al caf, a riesgo de adquirir malas costumbres, o de que
una noche lo encuentre el penitente, i...

--S, aadi Mercedes, vngase usted a casa, no tiene mas que llamar a
la puerta.

--Que siempre est cerrada, dijo la seora, desde que muri el finado...

--I que no se abrir, segun dice su merced, hasta que vuelvan a gobernar
los godos, aadi Mercedes. Pues ahora ya estn en el gobierno. Qu son
ese Diego i ese Jos Toms de que habla la letrilla? No son i han sido
godos toda su vida?

--No est en eso la monta, dijo el albino que hasta entnces habia
permanecido callado; lo que importa es que se sometan a su seor
natural, porque nosotros ni el reino ganaremos nada con que ellos sean
realistas, si se usurpan el poder real.

--Para qu estamos con esas? esclam doa Mara, la puerta no est
cerrada de dia sino por tu marido, que no quiere que nadie entre en la
casa!...

Mercedes se puso plida i un lijero tinte violado color sus prpados;
pero mostrando una habilidad ejercitada, se ech a reir, i prob con
hechos convincentes que todos tenian la culpa del encierro misterioso:
su mam por el duelo, su tio i su mam de miedo a los ladrones, ella por
hbito de soledad i encierro, su marido por celos infundados; i en fin,
todos porque se sentian mejor en el aislamiento de su pobreza...

Alejo, mostrndose satisfecho con las esplicaciones, afect una
injenuidad infantil, i les refiri, causndoles gran hilaridad, que l
habia vivido tan preocupado con aquel encierro, que durante algunos
aos, la _Casita misteriosa_ habia sido su pesadilla.

--Ya est deshecho el encanto, disipado el misterio! acentu Mercedes
con gracia fascinadora. Puede usted venir a la _Casita misteriosa_ como
a la suya; la puerta se abrir apnas usted la toque, i adentro hallar
jente pobre i sencilla que le ofrece cario i amistad.

Alejo luci su donaire espresando sus agradecimientos, i creyendo
oportuno aquel momento para retirarse produciendo buen efecto, hizo una
despedida tan graciosa, que dej encantados a los ancianos i fascinada a
Mercedes.


VIII.

I ya era tiempo. La visita se habia prolongado un tanto. Pero Mercedes
estaba tan encantadora, que el dia entero no le habria bastado al
estudiante para admirarla i adorarla.

I en efecto que Mercedes era bonita.

Sus ojos coronados de crespas i largas pestaas, i algo relevados,
despedian luces a torrentes, i su aire espresivo, su habla viva i dulce
la daban un atractivo tan poderoso, que casi no se podia estar con ella,
sino oyndola i admirndola.

Vestia entnces traje celeste de anchas i enfaroladas mangas, i de falda
tan alta, que dejaba ver un pequeo pi calzado de zapato de cabritilla
bordada, i su pierna cubierta de una rica media de seda encarnada, sobre
la que cruzaban anchas cintas negras, sujetando el calzado. Una bufanda
de punto, crespa i elstica, de seda rosa i verde, apnas velaba su
ancha escotadura, cayendo desde el cuello a la falda. Su pelo profuso,
negro i sedoso estaba arreglado en gruesos crespos sujetos en peinetas
sobre las sienes, i atras recojido en trenzas al rededor de una peineta
de carei tan ancha como su cabeza i alta, en forma de corona de condesa.

Mercedes no salia de casa, pero diariamente consagraba a su tocador
algunas horas, teniendo a menudo que desnudarse, por la noche, sin que
otros ojos que los suyos hubiesen gozado de su tocado i de su belleza.

Su salita, adornada con ajuar moderno, tenia en un rincon un tlamo
matrimonial de bronce, que parecia poco usado, i al lado una pequea
alcoba que le servia de dormitorio a ella sola.

Todo estaba all bien colocado, todo limpio i brillante, i las flores
vivas, cuidadosamente colocadas en ramilletes sobre pequeos floreros,
embalsamaban el ambiente.

Los libros, nicos compaeros de aquella preciosa solitaria, se veian en
las mesas i en las sillas, i uno o dos estaban siempre en el costurero
de caoba, revueltos con cintas i muselinas, con carreteles i
almohadillas.

El marido solia llegar. No era su costumbre; i cuando llegaba a aquella
perfumada estancia, era para dormir la siesta, entre una i dos de la
tarde, o para pasar la noche solo en el tlamo.

Cuando llegaba, Mercedes estaba siempre recojida en su alcoba.

Nunca se veian, cuando mas se oian. Por qu esa incomunicacion? No lo
sabemos.

Lo cierto es que Ramiro, cuando estaba en casa, solo charlaba con la
suegra i el tio, i no subia a dormir la siesta, sino cuando aquellos se
dormian ntes, i no le prestaban una almohada para echarse sobre la
alfombra de la tarima.

Ramiro tuvo noticias de la nueva amistad, i oy callado i hosco los
elojios que su suegra hizo del vecino. Despues subi a los altos con
pesados pasos, se acerc a una de las mesas de arrimo donde habia
tintero i algunos cuadernillos de papel, tom la pluma i con buena letra
espaola traz esta lnea:

Hai otra vez moros en la costa? Cuidado!

No volvi hasta los cuatro dias a la misma hora, i acercndose a ver lo
que habia escrito, hall debajo, de puo i letra de Mercedes, esta
respuesta:

El tigre suea. Tiembla de una paloma. Qu risa!...

El semblante cetrino del fabricante de tacos se puso anaranjado, i eso
fu lo nico que revel su vergenza, porque no se movi un solo msculo
de su cara, i sus ojos quedaron firmes i airados como siempre.

Di la vuelta i se ech a la cama, donde permaneci despierto, pero
inmvil, por mas de una hora.

Se levant, se acerc de nuevo a la mesa, volvi a leer, i sali,
sonrindose i meneando la cabeza.

Ninguno de sus movimientos se habia ocultado a Mercedes.

Durante aquellos cuatro dias, Mercedes, sin embargo, no habia podido
olvidar a la paloma con la cual soaba el tigre.

Mercedes soaba tambien con ella, i casi no se habia apartado del
postigo de su ventana, con el libro o la costura en la mano, pero sin
leer una lnea, ni dar una puntada.

Qu se habria hecho Alejo? No le habia vuelto a ver.


IX.

Era que Alejo tenia el pudor del nio, i mas que todo se estimaba
demasiado para arriesgarse a pasar por importuno. Su eclipse no era
efecto de un clculo de enamorado. Nadie sufria mas que l, eclipsndose
en aquellas circunstancias; pero tuvo bastante fuerza para no hacerse
sentir de Mercedes, i hasta para no pasar por su balcon en esos dias,
sin embargo de que de noche no apartaba su vista de la luz que alumbraba
la estancia de Mercedes, hasta que las vidrieras de la ventana dejaban
de reflejarla.

No sabia a qu horas debia hacer su segunda visita, i esta fu una
cuestion que le preocup tanto, que por resolverla no estudiaba ni
atendia a las esplicaciones de su profesor. Al fin se decidi por las
horas del medio dia, i se acerc una vez temblando a tocar la puerta de
calle.

La muchacha le abri, i en cuanto le reconoci le dijo:

--Suba arriba, seor, que mi amita Mercedes me ha mandado que le diga
que all lo recibe.

La sangre de Alejo estaba paralizada. Un vrtigo le turbaba la cabeza i
la vista. Al subir la escalera di unos cuantos tropezones con paso
pesado, de modo que Mercedes se perturb, i arrojando el libro que tenia
en las manos, se levant murmurando esta frase:--Ramiro a estas
horas! i corri a encerrarse en su alcoba, donde se puso en acecho.

Al entrar a la estancia, Alejo respir, ensanchando sus pulmones con
aquel ambiente embalsamado que se respira en el hogar de una mujer
bonita i elegante. Se apret los ojos, casi los enjug, volvi en s, i
no viendo a nadie, se apoy en el sillon de Mercedes. Levant un pauelo
que habia caido, lo acerc dulcemente a sus lbios, respir su aroma i
qued extasiado. El pauelo se le desprendi i volvi a caer en el
momento de aparecer Mercedes, radiante i llena de contento, en la puerta
de su dormitorio, saludndole con toda la espansion de una mujer que
comprende que es adorada.

--Qu mal cumple usted! dijo Mercedes tomando su asiento i sealando
otro a Alejo. Ahora no mas se acuerda usted de que me prometi ser mi
lector?

--No he tenido tiempo, murmur Alejo avergonzado.

--Hola! Le falta a usted el tiempo para m? I de noche, qu hace
usted?

--Seorita, dijo Alejo con viveza, no s disimular, no soi para rodeos.
No he venido de...

--De cortedad, acab Mercedes.

--Algo mas, de vergenza, de miedo talvez.

--Miedo! A qu, a quin? pregunt Mercedes un poco sobrecojida.

--No lo s. Es lo cierto que no deseo otra cosa que venir aqu, i sin
embargo no puedo. Hai algo que no me esplico i que corta a cada
instante mi determinacion.

--La falta de costumbre! Es que todava no sabe usted visitar, no sabe
usted tener amistades, exclam rindose Mercedes; pero, observando que
Alejo se avergonzaba, agreg: quiere usted que yo sea su maestra? Venga
aqu como a su casa, i le aseguro que en mui breve tiempo se
acostumbrar usted al trato de seoras. Yo no soi de sociedad, no tengo
mundo; pero al fin soi diferente de sus condiscpulos, nicas personas a
quienes usted trata; i quizas, quizas podr acertar a iniciar a usted en
el trato con las damas. Seria una dicha para m que usted mas adelante,
cuando sea un jven notable en los estrados, se acordase de que una
pobre ermitaa como yo le di las primeras lecciones.

Esto, dicho con candor i amabilidad, cay sobre el espritu de Alejo
como el riego sobre una flor marchita a las horas en que el sol se pone.
Su cabeza se irgui, se estremeci de vida i de placer, sus ojos se
purificaron, i su voz i sus palabras brotaron entnces seguras i
sonoras.

Alejo tuvo confianza. Replic a las ofertas de Mercedes con gracia i
desenvoltura; pero call, qued meditabundo i srio. Una idea le habia
asaltado. Puedo yo ofender con mi amor a una mujer tan noble, tan
buena, tan afectuosa conmigo, siendo esta mujer la esposa de otro?

--Qu tiene usted? le dijo Mercedes; parece que piensa usted en la
ruina del mundo.

--Talvez pienso en lo que lo arruina, replic Alejo.

--En el odio, en las venganzas, en los crmenes de la ambicion, de la
codicia, de la ingratitud?

--En los de la traicion! agreg con nfasis el estudiante, i Mercedes
palideci.

--Cundo se hace traicion? esclam Mercedes serenndose.

--Cuando se falta a la f jurada, cuando se promete para no cumplir,
cuando se finje para engaar, contest Alejo.

--I si jura usted o promete sin saber lo que hace, por obedecer?

--Yo distinguiria. Cuando se jura o promete sin saber lo que se hace, yo
absolveria la falta. Pero cuando se jura o promete por obedecer, porque
obedeciendo sacamos algun provecho, entnces queda ligada nuestra
voluntad i no podemos faltar sin hacer traicion.

--Qu severo es usted, Alejo!

--Mas yo he salido de mi cuestion. No hablaba de esa especie de
traicion. Me referia a la que se hace engaando. Le parece a usted,
Mercedes, que uno seria inculpable, finjiendo amistad para conseguir la
satisfaccion de otra pasion, como la de la codicia, por ejemplo?

--Seguramente que no! Pero parece usted un estudiante de moral. Yo
tenia un hermano mui querido que cuando estudiaba moral en el Instituto,
me hacia leer sobre las pasiones el cuaderno impreso por su profesor don
Miguel Varas, i all se hablaba de la amistad como usted me est
hablando.

--Justamente. Ese es mi estudio ahora. Pero no cree usted que mi
observacion es justa?

--A no dudarlo, Alejo. Mas quiere usted decirme cmo es que usted ha
saltado tan alto, para salir de una conversacion tan llana como la que
tenamos?

--Qu quiere usted! no s hablar de otra cosa que de lo que tengo entre
manos. I como usted me brindaba tan sinceramente su amistad, no estrae
que al jurar ac en mi pecho ser su verdadero amigo, haya yo remontado
el vuelo hasta hablar de las traiciones que pueden hacerse a un
juramento.

--Luego usted estaba jurndome amistad entre s?

--No, precisamente. Estoi dudoso. No me atrevo todava a hacerle a usted
ese juramento.

--Es posible, Alejo? No se atreve usted a ser mi amigo?

--Ah! No diga usted eso, Mercedes, no s lo que ser para usted. Ser
un esclavo. No mas por ahora. No me pregunte ni me exija mas. No sabria
qu responder, qu hacer. Hablemos de otra cosa!...

Mercedes, disimulando un suspiro con una risa de encantadora gracia,
tom el libro que estaba en su costurero, i hojendolo dijo:

--Sampreer a Julia. Vaya, mi esclavo, mi favorito esclavo blanco, lea
usted ah...

Alejo ley con amor i dulzura una carta de la _Julia_ de Rousseau,
mintras Mercedes plegaba unos encajes, dndole furtivas miradas, i
revelando a cada paso las impresiones i observaciones que le sujeria la
lectura.

Al acabar la carta, Alejo esclam:

--Se podr engaar as a una nia inocente i pura? No es esto hacer
traicion?

--El hombre que seduce por darse el placer de una conquista, dijo
Mercedes, es simplemente un infame, algo mas que un traidor. El que ama
de veras, el que en amores no hace el oficio del cazador, acechando la
trtola para dispararle, es otra cosa...

--I el que ama sabiendo que no debe amar, que no puede amar, llega a ser
tan infame como el que finje amor para seducir, agreg Alejo.

--Pero se puede vencer un amor verdadero por la sola consideracion del
deber? pregunt Mercedes.

--Ah est la virtud, la fuerza de espritu para vencer al corazon, para
sofocar los afectos estraviados.

--Bella teora! Pero cun difcil en la prctica! Yo creo que nadie es
mas filsofo que el amor, Alejo, para argir i contestar las razones del
deber.

--No lo he experimentado. Talvez eso depende de la fuerza moral de cada
cual, de las circunstancias de cada caso. Yo no s qu hacer. No sabria
qu hacer si amara a una mujer que no fuese libre para corresponderme...

--A una mujer casada. Yo, por ejemplo. No es esto?

--S, por ejemplo. Si yo la estimara i la respetara como la estimo a
usted i la respeto, no me atreveria a amarla. Tendria fuerza para no
amarla.

--Solo por estimacion, no por respeto al matrimonio! Es as?

--Mercedes, el matrimonio es un pacto, un compromiso de lealtad entre
los esposos, con el cual nada tienen que ver los estraos, sobre todo si
no deben amistad al marido.

--Eso le ensea a usted su profesor de filosofa? Jesus! qu teoras!

--No precisamente. Es lo que discurro.

--De modo que si usted no estimase a la esposa, ni tuviese amistad con
el marido, se permitiria amarla!

--Creo que no podria amarla sin estimarla. Desde que la amara de veras
la estimaria, i huiria de hacerla faltar a su deber. Pero si mi amor
fuera pura galantera, talvez procederia de otro modo.

--Parece que usted ha pensado mucho sobre el asunto. Tiene ideas tan
fijas!

--Lo he pensado, i he tenido gran interes en pensarlo.

--I se ha puesto usted en el caso de un matrimonio descompuesto, que
exista solo en el nombre?

--Seria intil. Estimando i respetando a la mujer a quien se ama, la
situacion es igual, porque tanto vale hacerla faltar a su esposo, como
hacerla faltar a la sociedad.

--Le repito a usted que es mui severo, Alejo.

--Talvez de palabras. No s si podr practicar mis ideas.

--Justamente ese es un punto que discut muchas veces con mi pobre
hermano. El tenia convicciones fijas. Salido al mundo, se ech de lleno
en la gran poltica. No le veamos en casa sino al levantarse. Algunas
maanas estaba profundamente triste.--Cmo tiene uno que modificar sus
ideas en el mundo! me decia; no te puedes imajinar, Mercedes, cunto
tengo que sufrir. Casi nadie piensa como yo; a cada paso tengo que hacer
cosas que no apruebo.--Eso solo prueba tu debilidad, le replicaba yo.
Sometes tus convicciones al interes de los demas, en lugar de
convencerlos.--Pero no es posible vivir con los demas, me decia l, sin
cederles, sin seguir la corriente.--Eso harn los egostas, los
especuladores, objetaba yo; un hombre de carcter puede condescender,
puede sacrificarse, pero en sus conveniencias, mas no en sus ideas: es
preciso hacer lo que se dice i decir lo que se hace.

Alejo escuchaba con admiracion aquellas palabras de Mercedes, las cuales
caian una a una estereotipndose en su mente.

Mercedes call, enjugando una lgrima que le arrancaba el recuerdo de su
querido hermano; i Alejo, sin poder reprimirse, le arrebat una mano i
estamp en ella un ardiente beso.

--S! dijo, juro practicar siempre mis ideas, i en esto ser, Mercedes,
su fiel discpulo, mas que en aprender el trato de las damas.

--Ser usted, Alejo, un desgraciado. El mundo no sufre a los hombres que
tienen ideas propias, i se subleva contra toda superioridad. Testigo
ese pobre muchacho, cuyo recuerdo me hace llorar todos los dias!

--A dnde est ahora?

--En el destierro... Talvez para siempre!...

--Ah! si yo pudiera reemplazarle! exclam Alejo con viveza.

--Imposible! dijo Mercedes sollozando.

--S, imposible es ocupar su lugar en el corazon de usted, Mercedes;
pero no es imposible que yo la ame a usted como l, mas todava, si un
hermano puede adorar a una hermana...

El horizonte de aquellos dos interlocutores se habia estrechado, se
habia oscurecido. Cuando mbos volvieron en s, Alejo estaba de rodillas
inundando de lgrimas las manos i el regazo de Mercedes.

Mercedes le miraba con lnguida sonrisa i con ojos velados por el llanto
i profundamente dulces...


X.

Aquella primera visita habia fijado de un modo definitivo las relaciones
de Alejo i de Mercedes.

Esta le amaba como ama una mujer de gran corazon i de espritu
independiente, con pasion i sin reserva. Alejo amaba a Mercedes como a
una hermana de alta superioridad, con acendrada veneracion i no poca
admiracion.

Ambos amores estaban en contraste, pero solo era Mercedes quien lo
notaba i quien se sentia contrariada.

Alejo aprendia mucho con su trato, i ella se habituaba poco a amarlo
como hermano, i se enorgullecia de su superioridad sobre aquel nio cuyo
corazon disciplinaba, i a cuyo espritu abria anchos horizontes.

La intimidad crecia. Muchas veces Alejo, despues de hacer una larga
lectura que encantaba a Mercedes, o despues de discutir con sta los
temas de sus estudios, reclinaba la cabeza en el blando regazo de su
amiga i se dormia sintiendo un beso en la frente, o desmayndose bajo la
cariosa mano de Mercedes que resbalaba por sus cabellos i jugaba con
ellos.

Pero en ocasiones el corazon se sobreponia al espritu, i entnces
Mercedes era la que mas se dejaba arrastrar por l, en tanto que Alejo
era el que con mas severidad refrenaba sus mpetus, pues su voluntad era
poderosa. De esas luchas ardientes, mudas pero violentas, Alejo salia
siempre satisfecho de haber cumplido su juramento de venerar al dolo de
su alma. Mercedes le admiraba i sin decir por qu, ni sin que viniera al
caso, terminaba siempre con esta esclamacion, que Alejo no comprendia i
que ya le era habitual:

--T vas a ser un grande hombre!

No sabemos cunto tiempo dur aquella escuela de amor i de virtud entre
esta mujer estraordinaria, que unia a todas las graciosas i dulces
debilidades de su sexo un espritu elevado, i aquel estudiante que se
estrenaba en la vida equilibrando las fuerzas de su corazon con las de
su alma, para hacerlas marchar unidas i mas poderosas. Lo cierto es que
aquella jimnstica hizo un hombre de un nio de diez i ocho aos.

Alejo no aspiraba mas que a ser digno de Mercedes, e idolatraba en ella.


XI.

I bien lo prob en cierta ocasion.

Era el medio dia de un domingo de verano, i los salones del caf de
Hvia estaban llenos de jentes que tertuliaban o jugaban al billar. El
caf de la Nacion habia decaido con el partido pipiolo: uno que otro
rezagado se veian en sus mesas, mstios i hablando jeneralmente en
secreto.

El gobierno pelucon triunfaba en toda la lnea, persiguiendo sin piedad
a los vencidos, dispersndolos o encarcelndolos. En el caf de Hvia no
se oia mas que su elojio, i eran naturalmente sus mas ardientes
partidarios los polticos del caf.

Entre stos figuraba como el primero, por su locuacidad i arrogante
presencia, un jven que acababa de volver a Chile, despues de haber
derrochado una fortuna en el estranjero, i que pretendia recobrarla al
calor del sol que se levantaba. Era un espadachin de primera fuerza, i
entre sus muchas aventuras, la que le allegaba mas fama era la de haber
dado muerte en duelo a dos hermanos que, pretendiendo vengar el honor de
una hermana seducida por l, le habian desafiado, cada uno en distinta
ocasion i en paises diferentes. Todos le respetaban o le temian, i el
gobierno le trataba como a uno de sus mejores adeptos.

Aquel domingo el brillante seductor jugaba guerra, en una mesa con Alejo
i otros, habiendo colgado su frac verde de botones de oro, para lucir
una camisa de estopilla ricamente bordada.

Se hablaba mas de poltica que de los lances del juego, i el seductor
tenia la palabra, justificando el destierro de muchos pipiolos notables,
sobre todo el del hermano de Mercedes, a quien maldecia cada vez que le
nombraba. Alejo le habia replicado varias veces con moderacion i
firmeza, i sus rplicas habian enardecido al novel pelucon, que dando
suelta a su lengua, agreg:

--Una cosa buena tenia ese infame gallego, su hermana jemela, a quien le
hice el amor algunos dias, i me gust; para qu lo he de negar.

--Un caballero no habla as de una seora! dijo Alejo con serenidad,
mirndole de frente.

--Pero s de una mujer! replic con insolencia el politicastro, al
tiempo que Alejo le quebraba la punta de su taco en la cabeza.

El agredido tir un estileto italiano i se lo perdi en el hombro
izquierdo al estudiante, cayendo en el acto derribado i con la cabeza
abierta por la masa del taco que ste le descarg con violencia.

Toda la concurrencia del caf se agolp al sitio de la catstrofe, i la
atencion jeneral se contrajo al caido, creyndole muerto.

Alejo sali sin ser sentido, i despues que pas la primera sorpresa, i
se vi que el caido estaba vivo i sin peligro, todos los circunstantes
buscaban al estudiante para felicitarle, i no se alzaba una voz que no
fuera en su defensa.

Entre tanto, l habia llegado a casa de un su amigo, que tenia la gracia
de ser uno de los dos nicos estudiantes de medicina que habia en aquel
tiempo, i all sentado en una silla, medio desnudo, habia recibido la
primera curacion de su peligrosa herida, para tomar despues la cama,
haciendo decir en su casa que le habia atrapado el contajio de la
escarlatina, que hacia poco habia diezmado la poblacion de Santiago.


XII.

Ramiro, constante parroquiano del caf, conoci aquella aventura a las
pocas horas, pero guard silencio.

Mercedes, ignorante de lo sucedido, comenz a inquietarse de la ausencia
de Alejo, cuando pas sin verle tres dias. Es posible, decia ella, que
haya salido de vacaciones mi Alejo sin despedirse? A dnde se ha ido?
En la semana anterior todo fu ocuparse de sus exmenes, pero llegaba
aqu por momentos a noticiarme sus triunfos. El dia en que di su exmen
final en pblico i a presencia del presidente i los ministros, vino a
descansar en mis faldas. Desde entnces no le he visto a derechas. Ahora
ha desaparecido. Habr mandado por l su familia sin dejarle tiempo de
venir?

Tales conjeturas quitaban a Mercedes su tranquilidad, su sueo. Los dias
corrian, i ella no tenia noticias de su querido. Al fin arriesg un
billetito primorosamente escrito i doblado con amor; pero se lo
devolvieron con la respuesta de que Alejo no estaba en casa. Le fu
imposible resistir mas: baj su escalera, i corri a la casa vecina, en
la cual no tenia relaciones. Entr temblando de amor, de dudas, de
vergenza, i se qued esttica, desvanecida, cuando supo que Alejo tenia
la escarlatina i que estaba asistido con esmero paternal en casa del
doctor Moran.

Sin ser duea de s misma, Mercedes sali de all, i a poco despert en
los umbrales de una casa situada a las espaldas del templo de la Merced,
donde era recibida con esquisita urbanidad i conducida al lecho de
Alejo.

El momento fu solemne. Ambos se abrazaron en silencio, i pasados
algunos minutos, Mercedes se desplom en la silla de la cabecera
sollozando. Los circunstantes guardaron silencio respetuoso, pues
conocedores de la aventura del caf, respetaban aquellas lgrimas, que
juzgaron derramadas por la gratitud, no por el amor.

Alejo se habia desmayado. La fiebre le devoraba, la inflamacion de su
herida era mortal. Los mdicos estaban en junta, el doctor Moran
sostenia que debia abrirse de nuevo la herida i prolongarse, so pena de
perder al enfermo; i agregaba que si su hijo hubiera hecho aquello desde
el principio, el jven estaria ya sano.

--Lo salvaremos, padre mio, lo salvaremos! repetia el hijo; pero los
demas doctores opinaban que la operacion, aunque indispensable, era
sumamente peligrosa. Sin embargo, el anciano Moran no desmayaba. Con el
ascendiente que le daban su talento, su lenguaje enftico i persuasivo,
sus ojos vivaces i espresivos, su cabeza de nieve que formaba contraste
con el color moreno de su semblante, domin a la junta e hizo adoptar su
parecer.

Todos los doctores llegaron al lecho del enfermo, cuando l habia vuelto
de su desmayo i cambiaba algunas palabras con su madre, una seora jven
i hermosa, i con Mercedes, cuya belleza se realzaba con el dolor. El
doctor Moran principi por hacer salir a la primera i a los demas
circunstantes, pero Mercedes persisti en permanecer al lado de su
amigo, i ste lo exiji tambien, diciendo que estaba dispuesto al
trance.

Hechos los preparativos, el viejo doctor esclam con voz acentuada:

Nunc opus, Eneas! Nunc pectore firmo.

--Eso me sobra, replic Alejo. Tengo mucha voluntad de vivir; i tendi a
Mercedes su mano derecha con una sonrisa encantadora.

Mercedes estrech aquella mano de fuego con efusion, i al sentir el
rasgo de la horrible cuchilla, dada con mano firme por el anciano,
reclin su frente sobre la de su querido, i casi sell sus lbios con su
boca de rosas.

Alejo no habia hecho mas que suspirar, pero de nuevo se habia desmayado.
Mercedes cay de rodillas i sin color.

El doctor Moran la alz con dulzura, i la condujo afuera, persuadindola
con amabilidad de que debia retirarse.

Mercedes se encontr sola en el patio. Todas las puertas estaban
cerradas, i no se atrevi a tocar a ninguna. Una hora pas all
enjugando sus lgrimas, hasta que salieron los mdicos de la junta a
montar a caballo para retirarse.

--Vive? pregunt temblando al mas anciano.

Todava! le respondi ste, agregando que nada se podia asegurar hasta
que pasaran veinticuatro horas; pero que era necesario mucho silencio i
que nadie se acercase al lecho del moribundo...

Mercedes sali desolada tras de los mdicos a la calle. El sol
reverberaba en las dos aceras. Todo estaba solo. No se oian mas que los
galopes de los doctores que se retiraban por diferentes rumbos.

Cuando lleg a su casa, el postigo de la puerta de calle estaba
entornado. Subi a su aposento i se ech en su sillon, sin sentido i
agobiada de calor i de fatiga.


XIII.

Quin no conoce esas horas de dolor, en las cuales no se vive, ni se
muere? Todos los instintos se apagan, el alma no tiene mas que una sola
idea, si tiene alguna.

Una especie de vapor envuelve nuestro sr, una noche tenebrosa, en la
cual no reluce mas que una sola estrella, la del dolor.

El tiempo pasa lento i pesado; pero el corazon no lo siente, i aun lo
halla corto para su pesar.

As habia pasado aquel dia infausto para Mercedes, i las sombras de la
noche habian oscurecido su salon, sin que ella lo notase.

Mas de repente un prolongado silbido la despierta i sobresalta. Fija su
oido, i terminado el silbo, cantaba el sereno del barrio:

Ave Mara pursima! Las diez han _dao i nublaaaao_!

Mercedes salta de su sillon i en pocos momentos mas, penetraba en
puntillas en la casa del doctor Moran.

Todo estaba en silencio i a oscuras. Pero en la puerta del aposento que
conducia al de Alejo, a un lado habia un brasero encendido con tetera
encima de las brasas, i al otro lado una mujer sentada en una silleta
pequea.

Mercedes se acerc lentamente, la mujer se levant, i respondi a sus
preguntas, noticindola de que el enfermo estaba malo, i que solamente
entraban a su cuarto la madre i el doctor jven, que no se separaban del
lecho.

Mercedes rog a la mujer que le permitiera estar con ella i ayudarla a
trasnochar.

La mujer le cedi su sillita de paja i se sent a su lado en el suelo.

El silencio era profundo. La noche estaba borrascosa i el calor
sofocante. A menudo relampagueaba, i la luz elctrica iluminaba aquellos
dos bultos negros.

La mujer, como acabando de rezar, se santigu, i suspirando dijo por lo
bajo:

--La noche est de muerte.

Mercedes se estremeci i pregunt:

--Cree usted que morir Alejo?

--As dicen, seorita, i tendremos otra nima que pene en esta casa,
ademas de las muchas que ya hai.

--Aqu hai nimas que penan?

--Ah! no se puede figurar su merced cmo nos tienen; pero el patron no
cre, i cada vez que la seora le cuenta alguna mano, se echa a reir i
nos trata de tontas i majaderas. Yo creo que este caballerito enfermo se
va a morir, porque desde que est aqu, entran hasta de la calle las
nimas.

--Cmo es eso! replic con viveza Mercedes.

--S, seorita. Nunca se habia visto lo que ahora. Algunas noches se
aparece aqu en el patio, sin saber cmo, una fantasma que pregunta por
el enfermo i se desaparece. Nadie sabe quin es, ni se le puede ver la
cara.

--Vendr esta noche?

--Puede ser, porque hace dos o tres noches que se aparece. Vea,
seorita, hablando del rei de Roma: all la tiene en el zaguan. Madre
mia del Crmen, favorceme! Jesus, Jesus!...

Un hombre alto, mui alto i seco, acechaba desde el zaguan i los primeros
rayos de la luna que entraban por la puerta de la calle dibujaban su
sombra.

Luego, paso a paso se acerc a las dos mujeres i en voz mui baja
pregunt:--Cmo est el jven?

La cuidadora, haciendo la cruz con una mano i tapndose los ojos con la
otra, le respondi:

--No pasa de esta noche.

El fantasma qued inmvil i medio inclinado hcia las mujeres. Mercedes
se cubri con su mantilla.

Momentos despues, el fantasma estir su largo brazo i asiendo del puo a
Mercedes, la levant i arrastr con l a la calle, dicindole:

--T no debes estar aqu, imprudente!

La luna menguante se elevaba sobre los Andes entre nubes negras, cuyos
bordes teia de palo i zafiro, e iluminaba la vereda del sur de la
calle de la Merced.

--Vamos a la sombra, dijo Ramiro, sin soltar el puo de Mercedes, que
temblaba de coraje.

--Me persigues hasta en mi dolor, hombre siniestro! dijo Mercedes casi
llorando.

--No, clmate, Mercedes. Comprende. Pinsalo bien. No basta que yo sea
el rgano de tu gratitud?

--Mi gratitud? Quieres decir de mi amor! T el rgano de mi amor?...

--Espera. S que amas a ese muchacho; pero puede convenirte a t ni a
m que el mundo crea que l ha hecho eso porque es tu amante? Qu
gracia tendria entnces! Por el contrario, nadie sabe que te conozca, i
todos creen que ha obrado de puro noble i valiente. Precisamente por eso
paso siempre a informarme de su salud i hoi he estado al morirme de
clera, al saber que t habias venido.

Mercedes call. No entendia ni una palabra de este lenguaje, i pens un
momento que su marido estaba loco. Pero a medida que ste insistia en
persuadirla de que no debia ver a Alejo, comprendi que habia algo de
mui grave, que ella no conocia i se interes en la conversacion de
Ramiro.

Cuando llegaron a la casa, ya Mercedes estaba instruida de la aventura
del caf, i su corazon latia con violencia.

El espaol entr a su aposento, dicindole con toda la dulzura de una
fiera:

--Promteme, mujer, no ir otra vez a casa del enfermo. Yo te traer
noticias de l...

--No puedo! Me moriria si no fuera a verlo siquiera una vez al dia...

--Pues, murete! No irs, yo cargar la llave de la puerta, dijo
Ramiro, cerrando con mpetu la de la alcoba.

Todo qued en silencio en la habitacion. A lo ljos se oia el triple i
sonoro taido de la campana de las Capuchinas, que llamaba a los
maitines de la media noche.

Mercedes sinti la necesidad de Dios, i cay de rodillas a pedirle
favor, a rogar por la vida de su amigo.


XIV.

Al dia siguiente, Ramiro estaba sentado en uno de los salones de billar
del caf de Hvia. Era domingo.

Varios estudiantes, que aun permanecian en Santiago, jugaban una partida
con gran ruido i algazara.

--Qu ser del defensor del gobierno? decia uno de los jugadores.

--Cul, preguntaba otro, el de la camisa de estopilla?

--S, agregaba un tercero, el de la cabeza abollada.

--Oh! Dicen que ha habido que raparle a navaja i ponerle un parche de
mate, esclamaba aqul.

--No, decia el de mas all, yo he visto en la calle al tal asesino. Sale
de noche, pero todava con la cabeza atada. Ha hecho cama muchos dias, i
lo ha asistido el mdico de palacio.

--Quin? Indelicato? Por supuesto, su compaero en la tertulia de
Portales, esclamaba uno de los jugadores, gritando en seguida: Psame la
de Alejo, billarero, que esa es la que merecen todos esos tunantes.

El billarero le alargaba la maza, i el estudiante ntes de tirar, la
blandi en seal de amenaza.

--Que ser del pobre Alejo? dijo en voz baja el otro jugador, al picar
de pasa-bola la suya, i se qued mirando su rumbo con todos sus
sentidos.

Todos callaron.

--Ninguno ha ido hoi a saber de l? esclam un momento despues otro
estudiante que no jugaba.

--Para qu? dijo uno. Para recibir la tremenda noticia, i pasar un mal
dia de fiesta?--En ese momento entraba otro, i varios de los de adentro
le preguntaron a un tiempo: Has sabido de Alejo?

--Debe de ser alma del purgatorio en este momento, respondi el que
llegaba. No me he atrevido a ir a saber de l.

--Por qu lo dices?

--Porque anoche estuve en una casa, donde el doctor Polar estaba
descuerando al viejo Moran, porque se habia salido con hacer una
operacion, contra el parecer de todos los mdicos. Ellos opinaban que
debia desarticularse el brazo, por lo imposible que era penetrar en la
fosa del estileto del asesino, para abrir de nuevo la herida; pero el
viejo se sali con la suya, echndose toda la responsabilidad. Quin
sabe!

--Morir tan jven!... Pero con honor!...

Ramiro, que habia permanecido impasible, se conmovi al oir tal
esclamacion, i sali de prisa del salon.

Ninguno de los circunstantes sabia que ese hombre era el marido de la
mujer, cuya honra habia defendido Alejo. Pero, sin saber por qu, todos
le miraron a un tiempo, cuando se levant.

--Quin ser ese pejegallo? dijo riendo uno de los estudiantes.

--Algun espa!

--Compaero del de la camisa bordada.

--Justamente, debe serlo, esclam uno de los jugadores. Jamas habia
visto en los billares a ese as de bastos, sino en las mesas del patio.
Pero desde el suceso de Alejo, su presencia aqu parece suplir la
ausencia del de la cabeza remendada.

La partida se terminaba en ese momento.

--En fin, dijo uno, tirando el taco: no se diga de nosotros que somos
indolentes i mataperros. Vamos todos a saber de Alejo. Si el viejo Moran
ha acertado su cuchillada, seguimos de largo hasta los baos de
Alexandri, donde acabaremos alegres el dia, para irnos esta noche al
Parral de Gomez.

--I si el viejo ha echado bolas a la raya? pregunt el ltimo llegado.

--Tambien seguiremos de largo, pero solo a baarnos. Haremos duelo por
ese bravo muchacho; i escarmentaremos en l. Por lo que a m toca,
aunque hable de mi madre el primer pillo que llegue, me callar la boca.
Pues ah es nada, que por cosa de mas o mnos le entierren a uno el
pual, i lo despachen en los albores de la vida!

--Qu bestia! esclam aqul. Hablas como un canalla!

--As piensan en el Maule? pregunt otro.

--Cada uno para s i Dios para todos, respondi el interpelado. Ya
pasaron los tiempos de don Quijote.

--Pero el tiempo de los caballeros i de las almas nobles no pasa nunca,
concluy el que le llamaba bestia.

Los estudiantes salieron, sin cuidarse de los que oian su conversacion,
i al salir por el gran patio, encontraron a Ramiro que volvia sereno i
casi alegre a tomar asiento en una de las galeras del jardin.

--A dnde iria tan de prisa este lagarto? esclam uno de los
estudiantes.

--A saber de Alejo, respondi con fisga otro, sin saber que acertaba en
la verdad.

Al cruzar para los viejos portales de la plaza, los estudiantes vieron
pasar al galope, en un caballo blanco, al doctor Moran i esclamaron:
parece que va contento el seor don Pedro. Buenas seas!

La caravana se diriji a la calle de la Merced.


XV.

Varios dias habia pasado Mercedes en su estrecha prision. Ya no tenia
lgrimas en los ojos. La fiebre la consumia.

Ramiro, que contra sus hbitos habia estado mas a menudo en casa,
durante esos dias, se habia acercado algunas veces al dormitorio de
Mercedes, i dando tres golpecitos en la puerta, le habia dicho
secamente:--El enfermo est fuera de peligro.--Tu amigo convalece
rpidamente.

Cada vez que Mercedes oia algunas de estas palabras, esclamaba:--El
tigre se divierte!--El infame se burla!

El silencio volvia a reinar en los aposentos, i solo era interrumpido
por hondos suspiros, por ayes de angustia, por sollozos sofocados.

Mil medios habia tentado Mercedes para salir a la calle, pero en vano.
Hasta habia creido posible lanzarse por el balcon.

Mediante la bondad de su madre, a quien habia confiado su pesar, se
habia aprovechado de las salidas indispensables de la muchacha
sirvienta, para informarse de Alejo; pero sin avanzar nada.

En la casa vecina, la muchacha no habia podido penetrar. Estaba sola i
permanecia cerrada.

En casa del doctor Moran, que la sirvienta habia tardado en hallar,
nunca le daban contestaciones fijas, i siempre la habian despedido en la
puerta.

Al fin un dia Mercedes oy decir a su tio el albino, que en la noche
precedente habia estado en los _Desagravios_, en la Merced.

--Cmo pudo usted salir de casa, mi tio? pregunt Mercedes.

--Por la puerta, dijo don Miguel secamente.

--Pues qu, ya no tiene la llave Ramiro?

--N, hace dias que me la entreg, dicindome que ya no la necesitaba.

--Se fij usted, mi tio, en la casa que est a los pis de la iglesia?
Not usted algo?

--Cual, la del mdico? S, estaban tocando el piano creo que bailaban.

Mercedes se cubri con las dos manos la cara.

--Oh mundo! esclam. Ayer un muerto, i hoi msica i baile!

--El muerto al hoyo i el vivo al pollo, dijo sonrindose don Miguel.

--Podriamos ir, mamita, a los Desagravios esta noche? pregunt con
cario Mercedes, i agreg: no le parece a usted que Ramiro no me
prohibir ir a la iglesia?

--Quin sabe! esclam la seora. Hace tanto tiempo que no puedo salir
a la iglesia!

--Por favor, dijo Mercedes, abrazndola; iremos al paso, se apoyar su
merced en m, i descansaremos donde sea necesario.

--Anda, mujer, aadi don Miguel. Cuando la hija te pide que vayas a la
iglesia, es porque Dios habla por su boca.

La seora se inclin hcia su hija i la dijo en voz baja:

--Por qu no vas t sola? Desde que tu marido ha dejado la llave i no
te vijila, se entiende que no reina su prohibicion.

--No obstante, mamita, le respondi Mercedes estrechndola, no me atrevo
a salir sola, ni quiero rebajarme a preguntar a ese hombre si puedo
salir. Acompeme su merced. Haga este sacrificio por su hija
desgraciada!

Mercedes se inclin llorando sobre el seno de su madre. Esta la bes en
la cabeza i le dijo:

--Clmate. Iremos al anochecer.

--Al cabo Dios toc tu corazon empedernido, esclam el albino,
levantndose de la mesa, donde los tres habian hecho su comida.

Mercedes estaba ya mas familiarizada con la idea de la muerte de su
querido. Habia pagado el primer tributo de angustias i de desesperacion
que produce la separacion eterna de un ser amado; le quedaba aquel dolor
que es tanto mas sereno mintras mas profundo, en el cual suele cebarse
el corazon. Por eso anhelaba conocer los detalles de la muerte de Alejo.
La curiosidad la molestaba cada dia mas, desde que su marido habia
dejado de dar los tres golpes en su puerta para decirle en seguida una
frase de consuelo, que ella recibia como un sarcasmo.

Al anochecer de aquel dia, bajaban lentamente por la vereda del sud de
la calle de la Merced dos mujeres de luto, con lijeras i angostas
mantillas sobre la cabeza que cubrian los perfiles de sus rostros.

Las chilenas no acostumbraban entnces vestirse de monjas, con anchos
mantos, para asistir al templo.

De trecho en trecho se paraban a descansar. Una de ellas, que era la
madre de Mercedes, se apoyaba en sta, i se sentaba si el sitio ofrecia
un asiento.

Al entrar en la cuadra de la Merced, ambas afirmaron su marcha. Mercedes
se sinti fuertemente conmovida al oir el piano de la casa del doctor,
cuyos acordes en ese instante parecian estar en la calle, porque estaban
todas las puertas abiertas. Las ventanas del estudio estaban de par en
par, i adentro conversaba en alta voz el anciano con varios amigos. Qu
contraste para el pobre corazon de aquella hermosa!

Mercedes no sabia cmo hacer. Entraria en la casa? Llamaria para tomar
informes del primero que saliera? Pasaria de largo, perdiendo el objeto
de su escursion?...

Pero al enfrentar a la puerta, el doctor jven salia i se encontr
frente a frente de Mercedes. Esta tuvo valor i le detuvo.

--Por favor, seor, le dijo, podria usted oirme una palabra?

El jven vacil un momento. Mas al reconocerla, esclam:

--Oh qu fortuna! Desde hoi tengo una carta para usted, seorita, i me
proponia hacerla llegar a sus manos esta noche misma. Me encaminaba a
buscar su casa.

--Una carta! repiti Mercedes.

--S, de Alejo, que me escribe por primera vez, desde que nos separamos.

Mercedes sinti paralizarse la sangre de sus venas. No comprendi nada i
se qued mirando estupefacta al jven.

--No oyes? la dijo la seora sacudindola: una carta de Alejo!

--S, de Alejo, continu el jven, que est de carnaval en Rancagua, en
donde ha asistido a dos bailes de mscaras. Su familia vino con l a
pasar all los ltimos dias, despues de haber estado un mes en la
hacienda donde yo lo dej ya sano.

--Sano! repiti Mercedes conservando la carta en la mano con la misma
actitud en que la habia recibido.

--No lo crees? Qu nia! esclam la seora sacudindola del brazo otra
vez.

--Oh! Su sanidad qued asegurada al otro dia de la terrible operacion,
prosigui el jven. Luego creimos conveniente sacarlo al campo, e
hicimos con la familia el viaje en carreta. Yo no me vine sino cuando ya
lo dej paseando a caballo. El me encarg que la visitara a usted, i me
confieso reo de la falta. Pero entre tanto pasaremos adentro. No se diga
que yo las recibo a ustedes en la calle.

--No, gracias, contest la seora, es imposible...

La despedida fu cariosa, mnos de parte de Mercedes, que apnas tuvo
alientos para dar las buenas noches.

Ambas volvieron sobre su camino. Mercedes anhelante, ahogada en suspiros
i lgrimas, arrastraba mas bien que conducia a su madre.

--Vive! esclamaba a veces. Alejo vive! Dios mio! i estrechaba a su
corazon la carta i la besaba con efusion.

--S, aadia la seora, vive. Dios es justo. Ya lo decia yo; ese jven
no podia morir.

La maana siguiente era esplndida. Una lijera tormenta de verano la
habia refrescado i las auras jugueteaban sin rumbo.

Los balcones de Mercedes estaban abiertos.

Ella vestia de blanco i tenia todo su negro i joyante cabello estendido
sobre las espaldas. Un lijero tinte violado en sus prpados, resto de su
agudo pesar, formaba contraste con la alegra que se irradiaba de su
bello semblante.

Eran las diez de la maana i a esas horas todava leia Mercedes, por
milsima i una vez, las siguientes lneas:

       *       *       *       *       *

Qu es de t, hermana querida, mi Mercedes, mi amiga idolatrada? Por
qu no me has escrito?

Sabes por qu no lo habia hecho yo ntes de ahora? Porque estaba en
una hacienda, donde ademas de no conocerse el papel, ni mas plumas que
las de las aves del corral, no me dejaban hacer otra cosa que pasear i
aburrirme.

La ltima noticia que tuve de t, era que habias sido arrebatada del
patio del doctor, una noche, por un fantasma que te arrastr por los
aires, despidiendo raudales de chispas.

Todos los dias hacia yo repetir esta conseja a mi sirvienta, testigo de
vista. Su seriedad nos hacia reir, pero su f solia ser contajiosa, pues
mi madre i la seora del doctor no se reian en ocasiones.

Al tiempo de mi partida, dej encargo de que te avisaran, dndote mi
direccion para que me escribieras. Por eso es que no he podido
esplicarme tu silencio.

Te dir que pensaba i pienso en t a toda hora, i que mi alma te
pertenece aun en sueos? Si as no hubiera sido, no habria yo
convalecido. Queria vivir para t. Queria sanar para t. Tengo yo otro
halago en la vida?

Me parece que te oigo a cada momento, i a menudo, aun estando
profundamente pensativo, me sobresalto, porque siento que t murmuras mi
nombre a mi oido. Te amo tanto Mercedes!

Pero no. No tengo para qu escribirte una carta de amor.

Ni s hacerlo, ni t necesitas que lo haga.

He tomado la pluma para notificarte que estoi bueno i prximo a
trasladarme a Santiago. Pero no ya para vivir cerca de t. Sigo a mi
familia a otra casa.

Mas me ser posible verte, como ntes?

Se me olvidaba esto, que es lo que me preocupa, i lo que mas necesito
comunicarte.

Estoi lleno de sobresalto, desde que recib la carta que te incluyo. Es
de tu marido i te aseguro que me da miedo. Ya te he dicho otras veces
que el nico hombre que me ha inspirado terror en mi vida es l. Har
conmigo lo que promete?

Mira, mi adorada Mercedes, t debes creerme que por t moriria con
placer. Mas despues de haber sacrificado mi corazon por honrarte i ser
digno de t, es posible arriesgar la vida para deshonrarte i perderte?

No s qu hacer. No hallo otro arbitrio que entenderme con l i
exijirle que fe en mi probidad, i me permita verte. No me siento capaz
de adoptar un plan para burlar su vijilancia, porque desde que nuestra
amistad fuera furtiva, declinaria, i mi Mercedes dejaria de ser mi
njel.

Seria necesario que yo te amara mnos, para prostituirte. I podria yo
arrancar del trono de mi corazon, para arrastrar en el fango, al sr que
mas venero, a la mujer que mas amo, a esa alta intelijencia que ha
abierto los horizontes de mi espritu, que ha educado mi corazon, que me
ha hecho lo que soi?...

Necesito de t. Ya lo ves. Principi alegre esta carta, i ahora me
siento abrumado de pena, de incertidumbre. La luz de alegra que me
iluminaba al saludarte, se ha convertido en tinieblas. Se me ha cerrado
el mundo. No lo ves? Necesito de t.

Cundo hablaremos? Te buscar el siguiente dia de mi llegada, el
primero del entrante, a las tres de la tarde. Oyes? Creo que a esa hora
podremos estar solos. Hablaremos. Definiremos nuestro porvenir.

Adios, hasta entnces. Te abrazo desde este momento. Entnces te dar
un beso tu

                                                          _Alejo_.

       *       *       *       *       *

Alma de oro! esclam Mercedes. Hai lguien mas noble en el mundo? Ni
mas inocente, ni mas puro? No, dolo mio, no sers t el sacrificado!
Antes que esa fiera te toque, yo la enfrenar!... La har caer a mis
pis!

Es esto posible? que se haya atrevido este infame a escribir esa carta
al que por defender mi honor, el de l, del infame! hubo de perder la
vida? Alma de cieno!... Oh cunta es mi desgracia!...

I Mercedes estrujaba la carta de Ramiro a Alejo; i despues la estendia i
la releia con una risa sarcstica en su graciosa boca:


            Seor D. Alejo.

      Mui seor mio i mi dueo:

Como usted ya est bueno, segun se me asegura, creo de mi deber
advertirle que en llegando a sta, ser usted perseguido por aquel
asesino del caf. Si usted quiere salvarse, es necesario que le desafe
ntes i tenga seguro que le admite.

En tal caso, yo reclamo su lado, pues ningun otro que yo debe ser su
padrino. Mas ntes es preciso que usted reciba algunas lecciones. Yo s
estocadas que nadie conoce, i puedo adiestrarle a usted en dos horas.

Con esto pago a usted mi deuda, i a fuer de caballero leal, debo
declararle que all terminarian nuestras relaciones.

Conozco sus amores con mi esposa, i no est en mi dignidad tolerarlos.
Espero que usted ser bastante caballero para no ponerme en el caso de
probarle que tengo un pulso mas certero que el de aquel tunante. Que no
le vea a usted, por Dios, en mi casa, ni cerca, pues no quisiera cumplir
el juramento que le hago, de cortar con el acero los amores que usted,
si es honrado, debe cortar voluntariamente. Soi de usted

                                                         _Ramiro_.


Los amores!--Mi esposa!--A fuer de caballero leal! repiti Mercedes
sonriendo.

I en efecto, la carta est calculada para inspirar terror a un nio como
Alejo. Nio? N. Es un hombre. Es valiente. Pero es mas que todo
caballero i honrado. S, es necesario salvarlo del tigre! Lo salvar.

No debo pagarle su amor, su jenerosidad, su defensa de mi honor con
esponerlo a ser... Ah! S, Dios mio! A ser asesinado! A mis plantas!
Por m!...

N. Valor. Soi yo quien debo sacrificarme. S, me sacrificar. Salvar a
mi hermano, a mi querido Alejo. Es fcil. Lo ver ... s, una sola vez.
Me despedir de l para siempre!...

Mercedes llor. Mas tranquila despues, se levant casi contenta.

Qu no podr yo amarlo, sin tenerlo a mi lado? No podr adorarlo desde
ljos? Oh, s: lo amar siempre. Sabr de l. Sus triunfos sern mi
alegra. Lo buscar, lo mirar a la distancia. Lo adorar i no lo
perder...

Mercedes dej las cartas i pas a su tocador; al mirarse en el espejo
esclam:

Oh! s. Entnces se criaban hijas bonitas para darlas al primer mastin
que las apetecia. Qu tiempos! I hai mujeres casadas a la antigua
espaola que son felices! Almas de cntaro!... Ya se v, no les habr
tocado un taco de billar por marido! Qu un taco? Un asesino!...

Call i se estremeci.


XIV.

El dia de la cita se acercaba, i entre tanto Mercedes leia siempre las
cartas i meditaba. El tono de su mirada i la tranquilidad de su
semblante anunciaban que habia tomado una resolucion.

Llegado ese dia que era de fiesta, los transeuntes pudieron verla a cada
instante en su balcon, primorosamente ataviada i esplndidamente
hermosa.

Entre tres i cuatro de la tarde, la calle estaba solitaria, i Mercedes
distingui mas con el corazon que con los ojos, a Alejo que se acercaba
lentamente i como receloso: al instante baj a la puerta de calle. All
esper tranquila, serena.

Alejo, al verla, se precipit, i lleg tendindole los brazos. Mercedes
le tom de la mano sin desplegar sus lbios, i le condujo a su salon,
cerrando cuidadosamente la puerta tras de s.

Un abrazo mudo, estrecho, prolongado, precedi a las caricias i a las
lgrimas de aquellas dos almas ardientes que se idolatraban.

Entre risas i suspiros, Mercedes hizo a su querido la historia de sus
sobresaltos durante la ausencia. Alejo la escuchaba enternecido, i le
pedia perdon, culpndose a s solo de no haber tenido cuidado de
informarla directamente, cuando ella le suponia muerto.

--Ahora, tenemos que fijar nuestro porvenir, dijo Mercedes,
sobresaltndose instantneamente.

Pesados pasos hacian crujir la escalera.

Mercedes toma violentamente a su querido i le empuja a la alcoba. All
le encierra en un ancho ropero tallado i cuajado de labores de concha de
perla, i coloca la llave en su pecho. Alejo habia obedecido en silencio.
Mercedes se habia recostado en su lecho.

En ese momento, la puerta de la alcoba se abre, Ramiro aparece airado,
ceudo.

Mercedes se endereza con mirada furibunda, blandiendo convulsivamente en
su mano derecha, que apoya de puo en la cama, un pequeo i agudo pual.

--Qu quieres? le dice.

--Nada, cre que no estabas sola, respondi el espaol, dando vuelta la
espalda i cerrando de nuevo la puerta.

Por un momento se sintieron los pasos de Ramiro. Luego el ruido del
tlamo indic que se echaba a reposar, como solia hacerlo a veces.

Ella permaneci en la misma actitud, pensativa, con los ojos fijos en la
puerta, inmvil, sus lbios entreabiertos. Pas mucho tiempo.

Reinaba un profundo silencio, que solo era interrumpido a veces por el
que reposaba en el salon. A cada ruido, Mercedes se ajitaba, acechaba, i
en cierto momento se acerc a su puerta en el ademan de la fiera que se
lanza sobre su presa.

All qued fija como una esttua, plida, los ojos desencajados, un pi
hcia adelante, su mano derecha hcia atras, pronta a levantarse para
descargar el pual.

Los pasos de Ramiro, que se repitieron, no la conmovieron. Esos pasos se
sintieron de nuevo en la escalera. Mercedes abri su puerta i sali
espiando.

Cuando l estuvo en el patio, ella volvi i se encontr de sorpresa con
Alejo, que habia abierto por dentro el ropero i la seguia de cerca.

Ambos se encontraron. El pual cay i Mercedes estall en sollozos i
convulsiones violentas, cayendo tambien al suelo...

Alejo la coloc en el sillon i le suministr los recursos que tuvo a
mano para mitigar el ataque. Cuando Mercedes pudo respirar i dar
espansion a sus suspiros i lgrimas, l la cubri de caricias.

Los ltimos lampos del crepsculo de la tarde alumbraban aquella escena.

Mercedes jemia aun i por momentos se sofocaba. El se puso de rodillas,
para estrecharla mejor. Mas ella, lanzando un ai! profundo, se levant
bruscamente esclamando:

--No! No! Por Dios, Alejo, no: l estaba as cuando ese monstruo lo
asesin a mis pis...

--Quin? grit Alejo, levantndose, i volviendo a sentar a Mercedes.

Esta se incorpor, tom aliento i haciendo sentar a su lado a Alejo,
continu:

--S. Es preciso que lo sepas todo. Tu eres el nico que puede
absolverme.

--Habla, alma mia. T no puedes tener secretos para tu hermano. Confia
en m, le dijo Alejo acaricindola.

--Mi primera culpa es tu amor, Alejo idolatrado. Antes no fu culpable.
Solo fu coqueta por curiosidad, yo no lo am jamas. Admit sus
obsequios, como una muchacha que desea conocer qu es el amor. El me
perseguia i te juro que yo a veces me sentia contrariada, i le oia sin
atencion, i aun le dejaba mi mano por indolencia. Jamas le cumpl sus
deseos, dicindole que le amaba. Te lo juro por nuestro amor, Alejo
mio!

Mercedes call i llor. Alejo no sabia qu pensar.

--Mas una tarde como esta, continu Mercedes, cubrindose la cara i
llorando amargamente, el lleg aqu a estas horas. Me hall en este
sillon i se precipit a mis pis, repitindome sus protestas de amor. Yo
principi por reir. Luego sent vergenza i gran inquietud. Trat de
levantarlo. Quise levantarme yo misma i l me sujet. Esta lucha no me
dej oir...

Los sollozos ahogaban a Mercedes. Alejo estaba estupefacto. Mercedes
continu con palabras entrecortadas i apnas perceptibles:

--Mi marido habia penetrado hasta aqu... El no lo vi... Yo d un
grito; i le v caer en el estrado... atravesado de una pualada...

--A quin! grit Alejo.

--A Manuel...

--A Manuel P.?... interrumpi Alejo.

--S, murmur Mercedes.

--Cuyo cadver fu espuesto en el prtico de la crcel al dia
siguiente? volvi a interrogar Alejo.

--S, repiti Mercedes. S, pero ese cadver estuvo aqu muchas horas.
Yo me habia desmayado. Cuando volv en m, me hall a oscuras i
encerrada. No tenia como encender luz. Abr los balcones. Con la
vislumbre de la calle distingu el cadver en el mismo sitio. Vacil,
pero con la intencion de salvarlo aun, me acerqu, lo toqu i sent que
estaba yerto. Volv a caer sin sentido.

Alejo estrech a Mercedes a su corazon i llor con ella.

--Pobre hermana mia! Tranquilzate. No hables si te mortificas.

--No, Alejo mio. Debes saberlo todo... Yo me habia refujiado de terror a
mi dormitorio, i aunque apretaba los ojos, veia todava el cadver de
aquel desgraciado. Me desesperaba... Ah! no puedo recordar esas
horas!... Tarde de la noche, sent pasos. El tigre lleg hasta m, i
tomndome de un brazo me condujo diciendo: Aydame a bajar a tu
amigo!... El arrastr el cadver escalera abajo i me forz a conducirlo
hasta el patio, donde estaba un caballo ensillado... El asesino coloc a
su vctima en la montura, no s cmo, i mont detras. Abre la puerta
dijo, cirrala otra vez i esprame aqu mismo. Al venir el dia volvi,
i fu a reconocer si quedaba sangre en algun sitio. No hall nada...

El silencio sucedi por largo tiempo entre los dos interlocutores.
Mercedes sollozaba. Alejo estaba abismado. Habia plena oscuridad. De
repente, Mercedes se levant i tomando a Alejo de la mano, le dijo:

--Ahora, hermano mio, slvate! Quiz yo no podr defenderte! Vamos,
despidmonos para siempre... Acepta el juramento que te hago de ser
tuya, aunque vivamos separados. Si te compadeces de m, haz que yo
pueda verte alguna vez...

Mercedes conducia al mismo tiempo a Alejo por la escalera, i lleg as,
hasta la puerta de calle, que abri con cautela.

--N, Mercedes, dijo Alejo: nos volveremos a ver i convendremos en la
manera de vernos en adelante. Yo no puedo despedirme as de t.
Imposible!

--Para verme, replic Mercedes, espera a que yo te cite. Ahora
apresrate. El va a llegar...

Se abrazaron i Alejo parti paso entre paso, todava abismado.

Marchaba as por la calle, cuando de sorpresa se siente detenido al
frente por un hombre.

--Viene usted de casa, amigo? le pregunta Ramiro.

--Solo usted vive en esta calle? le contesta Alejo.

--Cuidado! esclam el espaol.

--Amenazas? dice Alejo. T, infame asesino, amenazarme a m? Te he de
arrastrar de la lengua al patbulo, canalla! Cuidado que me molestes,
i que yo sepa que molestas a tu desgraciada esposa por celos conmigo!

El espaol habia saltado hcia atras. Estaba inmvil, esttico.

Paso! esclama Alejo apartndole con violencia. Que no te vea yo otra
vez, porque irs a pagar en el banquillo tu crmen!

Alejo prosigui de prisa. El espaol qued all como un poste.


XVIII.

Hace cuarenta aos!

Se han vuelto a ver Alejo i Mercedes?

Jamas...

Se han olvidado?

Nunca...

Las crnicas refieren que el espaol desapareci desde aquellos
momentos. Hai quien asegura que realiz su negocio, que parti a
Valparaiso, i se embarc, no se sabe para dnde.

Tendria miedo al patbulo?

Mercedes le vi desaparecer, pero temi una acechanza. Creia verle
llegar todos los dias.

Talvez por eso no di la cita prometida.

I Alejo, por qu no volvi a ver a Mercedes?

Cules fueron las reflexiones que le hicieron dominar su pasion?

Talvez, la misma fuerza de voluntad, que emple para conservar pura a
Mercedes, le sirvi para apartarse de ella para siempre.

Pero l mismo se sorprendi muchas veces al rededor de la casita
misteriosa, sin saber cmo.

Las puertas permanecian cerradas, siempre cerradas, como en la poca en
que Alejo viera aquel cadver en el prtico de la crcel...

Mercedes se habitu al aislamiento. El se acostumbr a no turbar su
encierro. Los triunfos de escuela, i talvez puede decirse, nuevos amores
distrajeron el alma del estudiante.

Pasado el tiempo, Alejo mir todo aquello como una novela.




UNA HIJA.

  ANCDOTA DEDICADA A LA DISTINGUIDA SEORA DOA
  =MARTINA BARROS DE ORREGO=.


I.

--Escelente viaje, hermanas mias! decia un jven casi nio, a dos
hermosas, que estaban sentadas en un salon del Hotel Morin, situado en
la plaza principal de Lima, esquina de las Mantas. Escelente viaje!
Pocos tendrn, como nosotros, la felicidad de llegar de Liverpool al
Callao en cincuenta dias, habiendo atravesado ese portentoso Estrecho de
Magallanes, que se abre entre dos cadenas verdinegras, coronadas de
blanca nieve.

--Calla, Roberto! esclam una de las hermanas, tambien mui nia, con
una cara tan de criolla, que se la habria tomado por una de esas
graciosas limeas de ojos negros i de tez plida que pueblan las
vecindades del Acho, si los suyos no fueran color de cielo, i si sus
crespos cabellos no fueran de un rubio apagado, pero claro. Portentoso
el Estrecho de Magallanes? continu, rindose. No hai nada en el mundo
mas oscuro, mas ttrico, mas adusto i viejo, que ese tormentoso estrecho
de rocas pardas i negras, de vejetacion raqutica i amarillenta. Se
oprime el alma, al recorrer aquel paisaje siempre melanclico.

--Ana, le replic Roberto, t no tienes el gusto de lo raro, de lo
estrao...

La palabra fu interrumpida por la aparicion de otro jven de aspecto
severo, que decia a unos cargadores: por aqu, muchachos, en ese cuarto
del fondo colocad las maletas de las seoritas, i en este otro el
equipaje del seor; i despidiendo con su propina a los conductores, el
jven tom asiento, como fatigado i esclam.--Pero, chicos! Por qu
habeis hecho el viaje por el Estrecho, que es el fin i remate de estas
Amricas? Cuando, t Roberto, me anunciaste el viaje, supuse que lo
harias por el Istmo. As es que cuando don Sebastian me escribi a
Lambayeque que bajarian del Polo, me sorprend; pero con sorpresa i
todo, me embarqu inmediatamente en un vapor que pasaba i he tenido la
fortuna de llegar al Callao un dia ntes que vosotros.

--Desebamos conocer, respondi Roberto, a Montevideo, esa blanca corona
del Plata, el Estrecho, Valparaiso, que parece se estendiera
agazapndose sobre sus altos cerros, para no caerse al mar, i todos los
demas puertos de esta costa, cuyas poblaciones parecen campamentos
provisionales. Felizmente partia para estos rumbos un nuevo vapor de la
compaa inglesa del Pacfico, i lo aprovechamos. Escelente barco el
_Nueva Granada_, flamante, bien servido, i con un tiempo de mi flor. Mis
hermanas han tomado el viaje como un paseo. No es as?

--Mnos en el Estrecho, aadi Ana. Por lo demas, parecia que para
darnos gusto se habian hecho el buen tiempo, el mar i el buque. Si no
hubiera sido eso, yo me habria muerto de fastidio, ntes de llegar a
esta patria tan remota.

--S, estamos en nuestra patria, esclam Roberto. Nada de ella recordaba
yo, pero no s por qu, me parece que ya la conocia. I t, Luisa, que
tienes, t debes recordar algo de nuestra Lima?

--Imposible! murmur con tristeza la interpelada. Tenia yo tres aos,
cuando nos llev pap a Inglaterra. Ana andaba en dos, i t no habias
cumplido seis meses. Ni aun siquiera s de donde partimos, i solo
recuerdo que pap nos referia que el viaje habia sido desastroso, i que
llegamos a Liverpool con el buque desmantelado.

--Qu diferencia con nuestro viaje de vuelta! Pero, Luisa, te repito
que te noto triste. Te estrao, pues no te he visto as en toda la
travesa. Al contrario, venias tan alegre, que eras el encanto de todos
los compaeros de viaje.

En efecto, estaba pensativa Luisa, que era una jven de veintitres aos,
alta, esculturalmente modelada, de proporciones graciosas, de aire noble
i un tanto severo, i de un bello rostro, sombreado por una espesa
cabellera negra i naturalmente rizada. Su vigor i su tono estatuario
revelaban un alma enrjica i levantada.

No respondi a la observacion de Roberto, pero despues de un corto
silencio, Ana esclam con viveza.

--Quieres que te diga la causa, Roberto?

--Ah! La comprendo, dijo ste. Desde 1830, en que nos fuimos, hasta
1850, en que volvemos a la patria, Luisa se ha hecho inglesa perfecta, i
comienza a sentir nostaljia.

--No es eso, muchacho, continu Ana rindose, los ingleses no saben
sentir nostaljia, porque han nacido viajeros, como los pjaros
trasmigrantes. Luisa est triste... Lo digo?...

--Alguna estravagancia. Calla, loca! interrumpi Luisa.

--Mira, continu la hermana, t misma me lo has revelado, i lo olvidas.
Ests triste porque tienes la aprehension de que Pedro te ha recibido
con frialdad, hasta con indiferencia... Eso es todo.

--Yo indiferente? esclam don Pedro de Llorente, que era el jven que
habia recibido a los viajeros. No lo s! Creo haberlos recibido a los
tres con todo cario. Si no he hablado particularmente contigo, Luisa,
durante el viaje del Callao, es porque tenia que conversar con todos.
Luego, como venian tantos pasajeros en aquel maldito carro... Por eso no
me gustan los trenes yankees, en que se viaja en compaa de todo el
mundo...

--Has hecho bien, murmur Luisa con dulzura. Sin embargo, Pedro, debo
decrtelo, ya que se ofrece: he notado en t no s que desvio, cierta
reserva en tus modos, que me ha dado miedo. No he visto, como lo
esperaba, tu alma en tu saludo, i me has tratado con cumplimientos que
no usas conmigo i que sientan mal en un novio... Hace solo cuatro meses
que nos separamos, i ya...

--No se han cumplido aun los cuatro meses, es verdad, replic Llorente
con cierta gravedad; i es natural que yo recuerde que, al separarnos en
Londres, tu padre estaba lleno de vida i de esperanzas. Cuando l
dispuso que yo viniera al Per, a examinar el estado de sus propiedades
i a conocer a tu madre, ntes de verificar nuestro enlace, yo no pude
imajinarme que habia de morir a los quince dias de mi partida...

Todos quedaron en silencio, i Roberto pens entre s que aquella
gravedad e indiferencia de Llorente podrian significar un mal estado de
los bienes de la familia.

Luisa con sus miradas bajas i como distraida, agreg pausadamente.

--Como pap te dijo que si despues de tu viaje aqu, no insistias en
nuestro matrimonio, te dejaba en plena libertad, como si no existiera
nuestro compromiso...

I Ana continu con sorna:

--Temiendo talvez que el seorito encontrara por ac una limea que le
cautivara i que le retrajera de hacerse fabricante de azcar contigo en
Lambayeque...

--Eso no, interrumpi Llorente con indiferencia. Por qu tomar las
cosas de ese modo? El seor Greene, vuestro padre, era prudente,
previsor, i a fuer de tal hizo aquella salvedad. Pero bien sabia l que
Luisa no tiene rival, pues que ni aun tiene pareja, i que yo estaba
decidido a darle mi mano...

Entnces bruscamente cort Roberto las dificultades del momento,
pidindole a Pedro noticias del estado de los intereses. Este respondi
con entusiasmo que todo iba con admirable prosperidad, que el injenio
producia cuatrocientas arrobas de azcar al dia, que la hacienda era la
mejor de Lambayeque, que las plantaciones de caa i de arroz no tenian
fin i que por ltimo, en el rden i arreglos de aquel gran
establecimiento, se notaba a cada paso la habilidad i prevision de su
fundador, el padre de su novia.

--Viste a mi madre? le pregunt con timidez la hermosa Luisa.

--Mucho que s, respondi Llorente. Durante diez aos despues del viaje
de tu padre a Inglaterra, ella fu la directora de todo aquello. Pero la
pobre se postr despues, el trabajo la ha inutilizado, no es dueo de
sus piernas, i tienen que conducirla en un sillon. Como deseaba doa
Rosalia venir conmigo a recibiros! Con que amor recuerda a su Robertito,
a t, a quien, cuenta ella, quiso robarse para que no te llevaran, a
Ana, que ya principiaba a hablar cuando la separaron de su regazo.
Vamos! Ella tiene mil historias de vuestra niez.

--Pronto la abrazaremos! esclam con efusion Luisa. No es as?
Partiremos para Lambayeque en el vapor que sale dentro de cuatro dias.
Recuerdas, Ana, que en la primera carta que mam nos diriji decia que
habia aprendido a escribir, solamente para podernos decir que nos
idolatraba?

Ana respondi:

--I por qu no habia aprendido ntes a escribir?

Mas, Roberto como indiferente a la candidez de esta respuesta, volvi a
hablar de negocios i pregunt a Llorente por las cuentas de don
Sebastian Agero, el apoderado de su padre. Pedro declar que eran
irreprochables, i que no sabia que admirar mas, si la honradez de aquel
buen viejo, que era tan campechano, franco i alegre, o la fiel amistad
que habia profesado al seor Greene i a su seora. El ha procedido
siempre aadi, de acuerdo con doa Rosalia i hoi mismo lo administra
todo con su consejo.

--Es decir, interrumpi Ana, que te haces azucarero, Pedro, puesto que
te gusta tanto el injenio, i no renunciars a Luisa, desde que no le has
hallado rival.

En ese momento un sirviente anunci que el almuerzo estaba servido.
Luisa se escus de ir a la mesa i Llorente qued con ella, diciendo que
habia almorzado en el Callao, cuando entraba el _Nueva Granada_.

La maana era como muchas del verano de Lima, entoldada, hmeda i
sofocante. El nimo de los dos personajes que permanecian en el salon
parecia estar bajo la influencia de aquella pesada atmsfera. Guardaban
silencio, sin mirarse, l en pi i pensativo, i ella mirando
inciertamente las corrientes de transeuntes que se chocan i entreveran
con gran ruido en la confluencia de la calle de las Mantas i la de
Mercaderes con la plaza.


II.

De improviso Luisa se acerca a Llorente, le toma una mano con cario i
le dice, casi llorando.

--Es posible que tan corta ausencia haya puesto a prueba tu amor?...

--No, Luisa mia, contest Pedro, con aire sincero, no te dejaria de
amar, aunque estuviramos un siglo separados. T sabes que hace dos aos
nos conocimos en Roma, cuando viajabas con tu familia en el continente.
Tu belleza me cautiv entnces, i segu a tu padre en sus viajes, por
seguirte a t. En Londres nuestro amor ya era nuestra vida, i tu padre
lo bendijo. Te amo siempre lo mismo.

--Sin embargo, has variado tanto! Tienes alguna queja de m?...

--Ninguna. Eres tan buena, tan sincera, tan fiel, que jamas me creo
autorizado a quejarme de t. Pero sabes? Preferiria que me hubieras
dado algun motivo de queja... Talvez no seria hoi tan desgraciado...

--Desgraciado?... No te comprendo, replic la hermosa nia,
sorprendida. T desgraciado! T deseando tener motivo de amarme mnos!
Necesitas esplicarte...

Llorente call, i despues de una pausa, agreg:

--Que quieres que te esplique? Soi desgraciado. Bstete saberlo. T
misma lo eres, pero no me preguntes por qu... Luisa, no debemos
amarnos... Nuestra union se ha hecho imposible!

--Te comprendo mnos, Pedro. Hai aqu algun misterio que yo no debo
penetrar? Te creia un caballero i jamas esper de t una traicion. Sin
embargo, ahora me dices que nuestra union es imposible. Amars a otra...

I diciendo esto, le volvi la espalda con despecho i se diriji a su
dormitorio. Llorente la detuvo cariosamente i esclam:

--N, mi pobre Luisa, no soi perjuro. No amo; no amo a otra. No me
condenes tan sin justicia. A lei de caballero debo hablarte como te
hablo; pero no puedo... s, a lo mnos por ahora, no puedo decrtelo
todo...

--Qu esperas? Tenerme en martirio un siglo, para llegar a revelarme
la causa misteriosa de tu desvo, cuando las dudas, los celos, la
desesperacion hayan acabado de destrozar mi corazon? Te parece a t que
por ahora debo conformarme con oirte decir que nuestra union es
imposible, sin saber por qu?...

Luisa se ech llorando en un sillon. Llorente qued meditabundo i
despues aadi con calma:

--Tienes razon... Mas espera, Luisa mia, no me condenes todava.

--No condenarte, cuando te veo romper sin piedad nuestro amor!...
Dmelo pronto, s, dime sin vacilar por qu no debemos amarnos? Quin
me arrebata tu corazon?...

--Tienes razon... s, pero yo no s como hacer. Soi un torpe mas bien
que desleal... Espera, Luisa. Habria un medio... En tu mano est. Puedes
sin contrariarte, s, t puedes...

--Habla por Dios, no trepides. Qu es lo que yo puedo, cul es ese
medio? le interrumpi Luisa con animacion.

--Dime, Luisa, respondi Llorente, estrechndole las dos manos, pero
dmelo con calma... Puedes tomarte el tiempo que quieras...

--Acabars? qu cosa te he de decir? por qu vacilas?...

--Renunciarias por m a tu madre? le pregunt Pedro vacilando.

--A mi madre? esclam Luisa, desprendindose de sus manos i tomando una
actitud trjica. Renunciar a mi madre! Te he oido bien? No te
entiendo. Qu me propones?...

--S, a tu madre...

--Me asustas, Pedro... T no ests en tu juicio! Renunciar a mi eterno
anhelo de ventura, a mi madre, a quien amo tanto, con este amor que se
ha hecho mas intenso, mintras mas he pensado en ella; con este amor que
se ha convertido en una ilusion, en una fantasa, a medida que mi padre
se mostraba mas reservado sobre mi pobre madre!

--Lo s, pero ha llegado el momento de acabar con esa fantasa... Tu
padre tenia razon en esa reserva...

--Por qu?... Acabar por fin este misterio?... S, lo recuerdo:
siempre que interrogaba a mi pap sobre mi madre, acerca de la causa de
su larga separacion, jamas me daba esplicaciones satisfactorias... Pero
no la acusaba, no la trataba de ingrata, de infiel... la amaba i nos
enseaba a nosotros a amarla... Aun mas. Si su ltima voluntad fu la de
que nos uniramos a ella, por qu pretendes t quitrmela?... Hai una
crueldad inmensa en este misterio! Cuando yo voi a tocar mi tesoro, t
quieres arrebatrmelo. Por qu?, dime, porque me pides que te
sacrifique mi bello ensueo, mi amor de hija, mi deber de hija?

--Sabes por qu?... Porque no puedo volver contigo a mi familia, si t
no renuncias a tu madre. Es casi una condicion de nuestra felicidad
futura. Piensa, Luisa, que cuando mi padre me mand a viajar al
continente, no fu para que renunciara a mi patria, que es Espaa, ni
para que abandonase a mi familia. Cuando te entregu mi corazon, no fu
tampoco para renunciar a mi patria. T recuerdas que te lo dije. Cuando
tu padre me concedi tu mano, le declar que te llevaria a vivir
conmigo en Madrid, i l me di su aprobacion. Mis padres tambien
bendijeron mi eleccion por eso: te esperan con sus brazos abiertos. Mas
no puedo llevarte, si t no renuncias a tu ilusion. Debes hacerlo por tu
propio interes, para asegurar tu porvenir.

--Cada vez te comprendo mnos. Por qu llamas ilusion el deber de una
hija? Por qu ha de ser una ilusion el amor de una hija, i no lo seria
tu amor por tus padres? La razon: quiero saberla. Por qu una hija ha
de tener que renunciar a su madre para asegurar su porvenir? Se ha
visto eso alguna vez?... Quin es mi madre? Una mujer indigna,
criminal, infame, hasta el estremo de que sus hijos deben renegarla?

--Nada de eso, Luisa. No habr quien pueda tachar con motivo la conducta
de tu madre. Me lo has oido, ella es quien ha dirijido los negocios,
duplicando la fortuna de tu padre, hasta imposibilitarse en el
trabajo... Pero...

--A t te conviene que yo renuncie a ella, porque talvez no corresponde
a tu cuna, a tus ideas de nobleza... Ahora te comprendo. Sin embargo mi
madre es mi madre, i yo ser su hija, aunque sea la hija de una mujer
criminal. Yo la rehabilitaria!

--Tu ilusion, que no tu amor filial nos pierde a t i a m, Luisa. No te
engaes. No puedes amar a una madre que no conoces, i vas a ver, cuando
la conozcas, que esa mujer no puede inspirarte amor.

--Ser talvez deforme, espantosa?... Mayor motivo para amarla... Pero
qu te contiene? por qu no dejas ya esas reticencias, i me dices quien
es mi madre?...

Esto decia Luisa, juntando las manos en ademan de splica, cuando Pedro,
buscando en su cartera, sac una fotografia i se la presenta,
dicindole:

--Aqu la tienes!...

Luisa, mirndola con avidez, se queda esttica i esclama sordamente:

--Una negra!...

--S, una negra esclava, acenta Llorente con desden.

Luisa, reponindose i levantando el retrato con orgullo, le replica:

Es mi madre, caballero... Mi querida madre!...


III.

En esos momentos volvian del comedor Roberto i Ana, conduciendo a un
jven de baja estatura, fino de facciones, de ojos negros, hermosos e
intelijentes, i vestido con esmerada elegancia.

--Te presento, dijo el primero, dirijindose a Luisa, al doctor Agero,
hijo de don Sebastian, que nos le manda a prevenirnos su visita.

Tambien le present a Llorente, i el jven limeo, que habia saludado a
Luisa con cierto asombro, impresionado por la hermosura de la hija de la
negra, se mostr un poco chocado de la terquedad del espaol, que estaba
saudo i preocupado.

--Nuestro amigo Agero, continu Roberto, que ya lo es, pues basta verle
una vez para quererle, nos ha estado dando una idea de la situacion de
este pais, que ya t debes conocer, Pedro. Por lo mnos sabrs que el
Presidente de la Repblica es todo un orijinal.

--S, tengo el honor de conocer al jeneral Castilla, dijo Llorente, i s
que es un gran carcter, que con sus orijinalidades mantiene en rden
esta tierra, i ha convertido a Lima en el refujio de todos sus vecinos.

--Con efecto, agreg el pequeo doctor, hai aqu muchos emigrados
granadinos, ecuatorianos, chilenos i arjentinos, como otras veces, i
aun ahora, ha habido muchos fujitivos peruanos en las repblicas
vecinas. Pero lo que es el jeneral no tiene buen modo de mantener el
rden, porque gobierna con la punta de su bota, como lo hacen a punta de
bayoneta en otras partes, i a filo de cuchillo en Buenos Aires.

--A falta de un rei de dinasta, replic Llorente. Eso es lo que
necesitan estas pobres colonias, que creyeron ser mas felices con la
repblica, que bajo el cetro de la Espaa. La prueba es que solo
prosperan aquellas que tienen presidentes con talla i voluntades de
soberano, como Rosas.

--Error, caballero, si Ud. me lo permite, interrumpi el doctor, tomando
una actitud que le hacia aparecer de doble tamao. Craso error!
Precisamente esos presidentes soberanos son los que nos retienen todava
en el rjimen colonial, alejndonos de la repblica. Si se practicara
con sinceridad el gobierno republicano, si los que se apoderan del mando
tuvieran amor por esa forma, fundando el poder en el derecho, enseando
al pueblo a practicar el sistema, ya veria Ud. que sus monarquas
europeas tendrian que envidiarnos.

--Lo creo, se apresur a decir Roberto. Mi padre lo repetia siempre que
nos llegaban a Londres noticias de las turbulencias americanas. Tienen
que aprender, decia, a usar de la libertad, como tienen que aprenderlo
los franceses i los espaoles; i no lo aprendern en Amrica mintras no
tengan gobiernos que les hagan olvidar sus tradiciones monrquicas i
amar las prcticas democrticas. Pero ello vendr.

Entre tanto Luisa se retiraba del salon, mirando furtivamente el retrato
de su madre, i Ana esclamaba festivamente:

--Qu bien hace mi hermana en huir de estas cuestiones polticas! Voi a
imitarla, porque nada tengo que hacer con la punta de la bota del
jeneral Castilla.

--No hagas tal, la replicaba Roberto, qudate Ana, pues vamos a variar
de tema. Yo tambien quiero cortar la conversacion poltica, porque no
tengo las ideas de Pedro, i no quiero reir con l. Pero Luisa no ha
huido de nuestra conversacion poltica. Huye de la jente. Est mui
preocupada.

--Quiz est arrepentida de haber hecho el viaje, dijo sordamente Pedro.
Quin sabe si a todos nos va a suceder otro tanto!

--No lo espero, ni lo temo, se apresur a decir Roberto. Es natural que
uno est desabrido en los primeros momentos de llegar a un pais que no
se conoce, aunque sea la patria.

--En efecto, aadi el jven Agero, lo desconocido siempre inquieta el
nimo; fuera de que la seorita Luisa quiz echa algo de mnos, sentir
_saudades_...

--Luisa, acentu Ana, no puede estar ni arrepentida ni inquieta de haber
llegado aqu, pues va a realizar su deseo supremo.

--Cul? pregunt Llorente.

--El de conocer a mi madre, respondi Ana, yo haria dos veces el viaje
por conocerla.

--I yo cuatro, aadi Roberto. Es nuestro anhelo, al fin de nuestra
larga empresa; i t vers, Pedro, que es vano tu temor, pues no nos
hemos de arrepentir de haber venido a conocer a mi madre, a llevrnosla,
para cumplir con la voluntad de mi pobre pap.

--Sabes que no comprendo el motivo de ese mandato de tu padre? dijo
Llorente con animacion. Por qu mover de su pais a una mujer enferma,
anciana, imposibilitada, que jamas podr acomodarse a vivir en
Inglaterra?

--El motivo es claro, esclam Roberto, puesto que mi padre queria que
viviramos al lado de nuestra madre, para atenderla en su enfermedad,
para hacerle llevadera su ancianidad.

--I eso, por qu no aqu, en el propio pais de la seora? pregunt
Llorente.

--Yo no me conformaria con eso, esclam Ana.

--Mi padre, dijo Roberto, tuvo siempre deseos de que no viviramos en el
Per. Talvez temia a los gobiernos de bota fuerte.

--En tal caso, replic Llorente, bastaria que conocierais a vuestra
madre, i volvieseis a residir sin ella en Inglaterra.

Roberto i Ana esclamaron a un tiempo, el primero.--Imposible!--la
segunda--Eso seria lo mejor!


IV.

Un sirviente puso fin a aquel dilogo, anunciando a don Sebastian, en un
viejito risueo, de movimientos jiles que entr haciendo gran ruido.

Era l de un color cobrizo que daba tono a una cara espresiva, de ojos
vivaces, al traves de los anteojos que descansaban en una nariz
aguilea, la cual se encorvaba hcia una boca sin dientes i de pliegues
de constante burla. Su espaciosa frente, que se apoyaba en cejas
prominentes i pobladas, se ligaba con una lustrosa calva que invadia
casi todo su crneo, bien modelado.

Don Sebastian hablaba alto, con acento espaol i una pronunciacion
perceptible, acentuada, pero abierta como la de los venezolanos.

Roberto se adelant a abrazarle, llamndole el fiel amigo de su padre.

--Hijo mio! esclam don Sebastian. Ah, t eres Roberto!, no es
verdad? T eres Robertito, aquel a quien, hace veinte aos, llev en
mis brazos abordo de la fragata _Bacon_, viejo cascaron que por nada no
di en los abismos con su cargamento, incluso la familia de mi amigo
Greene! Esta es Ana, la adivino. Qu linda nia, qu mona! dijo
abrazndola, i luego mirando a todos lados, aadi.--Pero Luisa!
Adnde est Luisa?

Esta salia apresurada en ese instante de su aposento i se echaba en los
brazos de don Sebastian, quien, despues de estrecharla, se qued
mirndola, i esclam:

--Pero nia, que bella eres! Sabes que eres mas hermosa que la otra?
Haces honor a Lambayeque, donde viste la luz. Mas, me parece que has
llorado? Por qu mi linda Luisa, que tienes, d?

--He estado contrariada, respondi ella. Esperaba hallar aqu a mi
madre. Deseo tanto estrecharla a mi corazon!...

--Tienes tiempo, hija mia. Entre tanto, consulate con tu novio. Tu
padre, al recomendarme a este afortunado seor don Pedro, que est de
cuerpo presente, me decia que iba a ser tu marido al volver a
Inglaterra. Lo que es tu pobre madre, no ha podido venir a esperarte,
porque tiene una parlisis, que segun tu futuro, le impidi hacer el
viaje, aunque lo mismo da para un paraltico que lo echen a su aposento
que en un barco. T la recordars talvez mi bella Luisa!

--No la recordaba ntes de llegar aqu, contest esta; solo hacia vagas
reminiscencias de mi nodriza, i acabo ahora de comprender que la que yo
recordaba como en sueos era mi madre, mi querida madre...

--En realidad, ella te cri a sus pechos, dijo el viejo conmovido. Qu
hermosa era en aquellos tiempos la buena Rosalia!... Vamos, todo se
acaba!...

--Mucho tiempo hace, le pregunt Roberto, que usted no la v?

--Toma! Si voi todos los meses al injenio. Por que me ves viejo, crees
que no puedo viajar a Lambayeque? Quin no puede viajar desde que los
ingleses han traido a estos mundos esa infernal invencion de los
vapores! Hoi todo se hace por vapor, i cuando tu veas el que mueve el
injenio de azcar, te has de quedar estupefacto.

--Con cuntos esclavos se trabaja la hacienda? interrog Roberto.

--Esclavos, dices?... esclam don Sebastian, arrugando las narices,
sealando sus rojas encias i echando atras los brazos. Qu no sabes que
hace diez aos, tu madre i yo, con el poder de Greene, emancipamos a mas
de quinientos que habia, por escritura pblica i demas solemnidades del
caso? Ese era el gran deseo de doa Rosalia, i estrao mucho, que t no
conozcas un hecho que levant aqu una bataola infernal, dando que
hablar a todas las gacetas del mundo. I lo mas orijinal es que ninguno
de los emancipados sali del injenio. Todos quedaron al lado de tu
madre, trabajando como hombres libres, con su salario, con habitaciones
cmodas para sus familias, con escuelas, enfermera, tratados en fin
como jentes. Viva la libertad! T vas ahora a ver ese pueblo de
libres.--Ah! I como se han chasqueado los que vaticinaban que se iba a
arruinar la empresa con la libertad de los esclavos! Justamente desde
entnces han llovido las bendiciones de Dios sobre nosotros. Un ingles,
como t, no debe hablar de esclavitud!

Luisa i Ana se habian conmovido, oyendo con sumo interes la relacion de
don Sebastian, i esclamaban:

--Libres! Todos libres! Bendita sea mi madre! I el alegre anciano,
batiendo el brazo en el aire, gritaba:

--Libres, como nosotros!

Pero luego, bajando la voz, agreg:

--Aunque en realidad de verdad por ac no lo somos tanto, como los
negros del injenio! Que no me oigan los libres de esta tierra!...

--Aunque emancipados, los esclavos nunca dejan de ser tales, dijo
secamente Pedro, quien lo habia oido todo, sin participar de la alegra
de los demas.

El jven Agero se sonri i con mucha cortesa le replic:

--Otra rectificacion, seor Llorente, i perdone Ud., que siento mucho no
estar de acuerdo con su opinion. No creo que en jeneral el emancipado
permanezca siempre esclavo i no pueda rejenerarse. Es indudable que la
esclavitud degrada, corrompe, pervierte; pero es porque siendo ella la
negacion mas completa de la personalidad humana, deja sin embargo viva
la responsabilidad personal. El esclavo que carece de derechos, tiene
que respetar los ajenos, i debe cumplir deberes como hombre libre: de
modo que es fustigado como bestia de trabajo i se siente horriblemente
destrozado como ser moral. Emancpelo Ud., vulvalo a su equilibrio
moral, como hombre de derecho i de responsabilidad, i ver que en la
mayor parte de los casos sale de su abyeccion para rejenerarse por el
trabajo i la libertad. Esa es la esperiencia.

--Djate de filosofas, grit don Sebastian, con los amigos de la
esclavitud, con los partidarios del despotismo! No han inventado ellos
tambien su filosofa para hacernos creer que hai una _raza latina_ que
no ha nacido para la vida libre, sino para vejetar bajo el amparo de sus
dspotas coronados? Con su pan se lo coman esos nenes que han dado en
llamarse raza latina; i como en materia de latines no hai quien tenga
tantos como los espaoles, dejemos al seor Llorente con su amor a la
esclavitud de los negros, quienes por la cuenta deben ser de la misma
raza latina. En el poco tiempo que conozco al seor don Pedro, me ha
hecho pensar muchas veces que los de su raza son incorrejibles en
materia de preocupaciones contra la libertad. No se lo he dicho a Ud.
mismo, caballero?...

--Le debo esa, como otras muchas franquezas, seor don Sebastian,
respondi Llorente; pero no se equivoque Ud: no soi partidario de la
esclavitud, ni s latin, por mas que pertenezca, como espaol, a la raza
latina. Lo que s creo es que la esclavitud es a veces una necesidad, un
hecho que se impone por la fuerza de las cosas, como aqu en el Per, en
Cuba, en Estados Unidos; i me parece que tal hecho es justificable
respecto de los negros, i solo de los negros, que no son de nuestra
raza, sino seres imperfectos nacidos para esclavos. I eso es tanto, que
aunque se les emancipe, siempre quedan esclavos, porque son negros.

--Parece que no conocieras la historia, le interrumpi Luisa con
tristeza. Recuerda un poco que la primera civilizacion de que hai
memoria en el mundo, esa gran civilizacion ejipcia que ilustr a los
griegos i judos, que pas a los romanos, i de todos ellos, a la edad
moderna, es la obra de la raza semtica i de los pueblos brberis. Esos
son los negros que tanto desprecias, i la civilizacion de que hoi nos
jactamos no nos autoriza para vejarlos en su decadencia, como no nos da
tampoco fundamento alguno para esclavizarnos entre nosotros mismos,
inventando una raza latina con el fin de justificar lo injustificable.

--Todas esas son historias, Luisa mia, esclam don Sebastian, i debes
saber que la historia, a fuerza de tornizcones, tanto puede servir a los
enemigos de la libertad como a los que la defendemos, sin necesidad,
puesto que la libertad se defiende por s misma, sin que la daen el
pro ni el contra. Yo quiero solo hacer una pregunta al seor Llorente, o
latino, que es lo mismo. Por qu han de ser los negros mas apropiados a
la esclavitud que los blancos?...

--Porque nacieron tiznados! respondi Llorente, i Luisa se retir
aflijida del crculo i sentse en un ngulo de la sala.

--Luego Ud. i yo, que lo somos un poco... agreg don Sebastian con una
cara radiante de risa. Pero, amigo mio, no v Ud. que por razon anloga
los blancos deben ser mas aptos para la esclavitud puesto que nacen
desteidos? Si hai antagonismo entre ambas razas por su color, por su
fisonoma, por su civilizacion, i eso le da a Ud. ttulo para esclavizar
a los negros, tambien debe confesar que stos a su turno tendrian igual
derecho, por el mismo motivo, para esclavizar a los blancos. Entnces
tenian razon los piratas de Tnez i de Arjel cuando cautivaban blancas
para sus harenes i blancos para sus servicios. Ah! Si ellos hubieran
tenido mas fuerza que los europeos que robaban negros en Africa para
venderlos en Amrica, i hubieran hecho otro tanto en Espaa i en Italia,
hoi estarian los seores moros i los etiopes servidos por blancos. I yo
no s, querido, que estos no se hubiesen enbrutecido, corrompido i
envilecido mas que los negros, despues de trescientos aos de cadena. De
seguro que Ud. no habia de hallar ahora en su raza blanca eso que puede
ver a cada paso en los pobres negros, que despues de diez jeneraciones
de esclavitud, conservan siempre, con el vigor i gracia de las formas,
aquella profunda bondad del alma que se revela en esa eterna risa que
descubre sus dientes de plata i en aquella inocencia con que hablan en
alta voz a solas, publicando su pensamiento a todos vientos!...

--Sin embargo, interrumpi Ana, seor don Sebastian, a m me asustan
los negros, me horripilan. No lo puedo remediar, me parecen monos, qu
s yo!...

--No me pasa a m otro tanto, dijo con cierta reserva Roberto. Mas,
aunque nunca he visto un esclavo, se me figura que me he de aflijir si
veo alguno. Bendita sea mi madre que me ha libertado de ese dolor!

Don Sebastian los mir alelado, diciendo entre dientes:

--Luego estos no saben que...

Pronto agreg:

--Vamos, nios, no exajereis! Estoi cierto de que mi amigo Greene no ha
de haberos inspirado tales aprensiones. Por el contrario, ha de haberos
enseado a amar a todos los hombres, como l los amaba, blancos, negros
o amarillos, que tambien los hai. Solo inspiran horror los tiranos, sean
monarcas, presidentes, o negreros, que lo mismo da. No hai otros
monstruos en la humanidad. No hai mas bestias feroces en la sociedad que
los que despojan al hombre de sus derechos, sea para gobernarle como a
bestia, sea para hacerle esclavo en su provecho. No hai diferencia entre
un tirano coronado o con banda i un hacendado negrero. A todos esos es
preciso darles con un canto, i no a los pobres que jimen en la
esclavitud. Para stos, la libertad, la enseanza, a fin de
rejenerarlos. Eso hicieron vuestros padres... Mas dejmonos de darnos
codillo por cosas de negros. Hablemos de otra cosa. Dime, Roberto, de
qu muri mi amigo Greene?

--De una violenta anjina que apnas le di tiempo para hacer sus
disposiciones, dijo ste.

--Cmo dispuso de sus bienes?

--Mitad para su esposa, segun la lei del Per, i mitad para nosotros.
Ademas me encarg venir a llevar a mi madre, para establecerla en una
propiedad que habia comprado cerca de Dover, i orden que se hiciera el
matrimonio de Luisa, segun el rito catlico, si Pedro persistia en la
union, a su vuelta del Per. Parece que pap quiso que el futuro de su
hija conociera a mi madre, ntes de decidirse.

--Era tan prudente, repuso el anciano. Nunca os dijo por qu habia
prolongado tantos aos su separacion de doa Rosalia?

--Por atender a nuestra educacion, por sus negocios... Pero
constantemente proyectaba viaje para venir a llevrsela...

--Dime, le pregunt don Sebastian, cmo os hablaba de ella? Tenia su
retrato?

--Nos decia que era un modelo de bondad, que nosotros no nos pareciamos
a mam i que l deseaba que furamos buenos como ella. Pero no tenia su
retrato.--

Luisa, en ese momento, se levant repentinamente del lejano asiento en
que habia permanecido, e interponindose entre los interlocutores,
present a don Sebastian la fotografia que le diera Llorente, i le
pregunt:--Conoce usted este retrato?

Ana i Roberto se agruparon con suma curiosidad a ver la fotografia,
preguntando de quin era, i don Sebastian les contest con alegre
cario:

--Es vuestra madre, hijos mios, la buena Rosalia!...

Ana, desvanecindose, esclam:--Una negra!...

Roberto, asustado, grit:--Imposible!

Llorente sostuvo en sus brazos a Ana, i el doctor Agero estrech
cariosamente las mano de Roberto.

Hubo un largo silencio.


V.

El silencio fu interrumpido por la hermosa Luisa, dando lugar su
palabra a la siguiente escena dramtica entre los circunstantes:

LUISA. Qu! Os espanta vuestra madre?

D. SEBASTIAN. No lo permita Dios! Un hijo que se asustara de su madre
seria un imbcil.

ANA. (Volviendo en s, risuea.) Pero es una broma, no es verdad?

ROBERTO (ttrico). Una impostura!

D. SEB. Calma, hijos mios, calma. No veis la resignacion anjelical de
vuestra hermana mayor?

ANA (levantndose con resolucion). Pero tengo yo cara de negra, Dios
mio? Podemos nosotros descender de una negra? Basta mirarnos.

D. SEB. Sin embargo, no hai nada mas cierto. No sois los primeros
blancos que nacen de una negra.

ROB. De todos modos, hai una impostura: esa negra no ha podido ser la
esposa de un caballero ingles. Bien puede un hijo ignorar quin fu la
querida de su padre.

D. SEB. I seria su deber no averiguarlo. Mas cuando ella es madre i se
revela a sus hijos, stos no pueden negarla, sin cometer un crmen.

LUISA. Mi corazon me dice que esa negra es mi madre. Yo la acepto, yo la
amo. No me importa que os asuste.

ROB. Eres una loca, Luisa. Yo necesito pruebas; i aun as...

D. SEB. T eres el loco. Pero, hombre, no hai que darse por perdidos,
solo porque vuestra madre no os ha trasmitido su color. I si en lugar
de heredar la sangre de vuestro padre, hubiese prevalecido en vosotros
la naturaleza de su esposa?

ROB. (con calor). No fu su esposa!...

LUISA. Pero es nuestra madre!...

D. SEB. S, su esposa i vuestra madre; no lo dudeis. Os sentis
contrariados por vuestras falsas ideas, por vuestra vanidad de
muchachos, lo dir sin rodeos. Qu mas da? Cuntos blancos hai que
descienden de negros, sin alarmarse como vosotros? I qu son una buena
parte de los blancos que hacen la gloria de estas Amricas, sino
descendientes de negros? Vamos, si no sabeis conformaros con lo que os
impuso la naturaleza, vuestra ser la culpa!

ROB. (con amargura). N, n; la culpa seria de quien nos di el ser,
sin contar con nuestra vergenza!

LUISA (indignada). Calla, temerario! Es una infamia inculpar a nuestro
padre! Un hijo no puede jamas, si no es un infame, juzgar al autor de
sus dias! Si una falta es nuestro orjen, aun mas, si un crmen lo
fuera, el que cay en esa falta, el que cometi ese crmen, es sagrado
para nosotros. Un hijo solamente puede, solo debe perdonar i amar al
instrumento de Dios, al ajente de la naturaleza que le di la vida...

D. SEB. (conmovido). Ven njel, que te abrace! (La abraza). T no haces
mas que obedecer una lei de Dios, que tus hermanos pisotean, la que nos
manda venerar a nuestros padres. Sers bendecida de Dios i de los
hombres... Yo he visto hijos abandonados de sus padres, llorar su
abandono, pero sin condenarlos. He visto hijos que no han conocido a sus
padres, que no han nacido en una familia, quejarse de la desgracia de no
tenerlos para amarlos, pero sin condenar jamas la falta que les di el
ser. He visto hijos de padres desnaturalizados, viciosos, criminales;
pero no los he visto condenar, sino defender, disculpar a sus padres
desgraciados. Creedlo, nada hai mas natural en el hombre que el honrar a
sus padres, sin necesidad de que lo mande el declogo. Pero lo que no he
visto jamas es un hijo que pretenda negar a su madre porque es negra, i
que condene a su padre porque le di tal madre...

ROB. (echndose en los brazos de Llorente). Ya lo has visto, Pedro. Es
una negra! Pero, dime: es cierto que fu la esposa de mi padre?

LLO. (con gravedad). Indudable. He visto los documentos que comprueban
su matrimonio con la negra esclava.

D. SEB. Calumnia seor Llorente, calumnia impropia de un caballero!
Doa Rosalia era ya libre, cuando naci Luisa, este njel del cielo. El
seor Greene le otorg su libertad, cuando le di su corazon i la hizo
su esposa ante la Iglesia, porque la consider digna de ser la madre de
sus hijos. Si esa virtuosa negra no hubiera preferido quedarse en el
trabajo, para multiplicar la fortuna de su marido, mintras ste iba a
educar a sus hijos en su patria, vosotros, queridos nios, habriais
crecido amando a la negra que hoi os repugna.

ROB. (desolado, dirijindose a Llorente). Qu vamos a hacer. Dios mio!
T debes resolver...

LLO. Volvernos a Inglaterra.

LUISA. Sin verla?

LLO. (secamente). S.

ANA. Sin verla, s, inmediatamente.

ROB. Esa es mi resolucion. Nos volvemos.

LUISA (con dignidad). Pero sin mi! Volveos en hora buena, que llevareis
la maldicion de Dios i la risa de los hombres... Yo? yo, corro a
abrazar a mi madre!

ROB. Eso es imposible. Se disolveria nuestra familia.

LUISA. Se disolver, si as lo quereis, i Pedro faltar a su compromiso.

LLO. En tal caso, sers t, Luisa, la que faltas.

LUISA. Por qu no desprecio a mi madre, por obedecer a tus
preocupaciones?... Quereis que partamos todos, despues que mi madre sabe
que hemos venido a conocerla? No comprendeis que vais a matarla con un
desprecio criminal?

ROB. Qudate t, para consolarla, ya que renuncias a tus hermanos, a tu
esposo...

LUISA. Ah! No, sois vosotros los que renunciais a vuestra hermana, los
que repudiais a vuestra madre!... Es Pedro el que me abandona!...

D. SEB. Mirad lo que haceis. No tomeis de pronto una resolucion tan
grave, una resolucion, permitidme que os lo diga, que os acusa de locura
i de algo mas. El seor Llorente es dueo de quedar como un mal negro,
faltando a su compromiso; pero t, Roberto, t Ana, no sois dueos de
renegar de vuestra madre i de vuestra hermana. Ved lo que haceis...

LLO. Luisa rompe nuestro compromiso por obedecer a su capricho. Ha
rehusado terminantemente renunciar a su madre. Yo no puedo, no debo
unirme a ella, si prefiere quedar al lado de la que quiere reconocer
como madre...

D. SEB. Eso es claro: Ud. seor Llorente, no quiere casar con la hija de
una negra, puesto que a su entender, su compromiso fu con la hija de
una blanca. Pero Roberto i Ana son hijos de una negra, i no tienen
derecho de negarla, aunque se hayan creido hijos de una blanca.

ROB. Sin embargo, la negaremos i nos iremos de aqu, sin reconocer a tal
madre.

LLO. S, nos iremos, i Luisa con nosotros.

LUISA. Perded toda esperanza... Yo no mato a la que me di el ser,
desconocindola, desprecindola... Volveos a Europa, vosotros, si
quereis romper tan cruelmente los vnculos que nos unen, si quereis
desobedecer a nuestro padre, ultrajar su memoria... (llorando). Volveos,
yo corro a abrazar a mi madre, a consolarla de vuestra ingratitud... Yo
llorar con ella!...


VI.

Ocho dias despues, a las dos de la tarde, se encontraban Luisa i el
doctor Agero conversando, en el mismo salon del Hotel Morin en que
habia pasado la escena dramtica que se acaba de leer.

Luisa estaba sentada al piano, recorriendo con indolencia el teclado,
del cual arrancaban sus bellas manos vagas melodas i dulces
reminiscencias de los pasajes mas tiernos de Bellini. Agero estaba en
pi a su lado.

Tocando con la derecha el llanto de la Sonmbula, cuando su novio le
arranca el anillo, decia Luisa.

--Me complazco en reconocerlo. Es Ud. mui jeneroso. Debo agradecerle el
interes que ha tomado en mi defensa.

--Me paga Ud. con usura, la replicaba el doctor. No merece gratitud mi
sincera admiracion, mi admiracion entusiasta por la hija que ama i
venera a su madre, hasta sacrificar su porvenir a su deber filial. Qu
hago yo con aceptar su noble causa? Qu mrito tengo en combatir las
absurdas preocupaciones de sus hermanos i de su novio, que la sacrifican
en aras de su error, renegando aquellos de la que les di su ser,
desgarrando ste el corazon de su prometida? Qu hago sino ponerme al
lado de lo mas justo i noble, obedeciendo a ... mis principios ... a, lo
dir claro, obedeciendo a la admiracion, al amor que Ud. me inspira...

Al oir estas palabras, Luisa se levant con dignidad del piano, i si
hubiera mirado a la puerta del salon, que estaba entornada, podria haber
descifrado la figura de Llorente, que acababa de llegar, quedndose
afuera en acecho de lo que pasaba en lo interior.

--Su amor por m? esclam ella. No, seor Agero. Yo no puedo aceptar
su amor. Podria yo consentir en que me amase otro hombre que el que
pose mi corazon? Permtame Ud. ser franca i pagarle con mi sinceridad
su noble desprendimiento.

--No soi digno de amarla, hermosa Luisa! murmur turbado el doctor.

--No es eso, caballero. En todo caso yo seria la indigna de su amor,
desde que no puedo ni debo corresponderlo.

--En verdad, volvi a murmurar Agero, hace apnas una semana que nos
conocemos, i no ha tenido Ud. tiempo de comprenderme, ni de estimarme...

--Tampoco es eso, acentu Luisa, pues yo le conozco a Ud. i le estimo
como a un verdadero amigo. Pero Ud. lo sabe, soi la prometida de Pedro,
a quien tanto amo...

--Lo s demasiado i por eso no s concebir por qu le guarda Ud.
fidelidad, despues que l...

--Me ha abandonado, interrumpi la hermosa. Pero soi yo dueo de mi
corazon? No le pertenece siempre, a pesar de su desvo? Nunca podr
olvidarle, no sabr jamas aborrecerle, i siempre tendr que confesar que
le amo, para consolarme...

--Ud, aprender, Luisa, a olvidarle i tambien a aborrecerle.

--Jamas! Puede una mujer olvidar al hombre que despert su corazon,
que le inspir su primer amor, sus primeras ilusiones, sus primeras
esperanzas?

--Puras fantasas de nia! Fantasas que sirven de lenitivo al desden
seorita! Su juicio de Ud. triunfar, tiene que triunfar cuando Ud. se
convenza de que no puede retener al que despert su corazon, por que l
tiene mas amor, mas fidelidad por su cuna que por su novia... Apelo a su
futuro desengao.

--Apelar Ud. en vano. Ya tengo el desengao en el alma, pues el
abandono que hace de m el que debi ser mi esposo me ofende de veras:
i tanto, que no estaria en mi dignidad de hija de una pobre negra el no
conformarme con l, sin rplica. Cree Ud. que yo podr jamas rogar al
que me abandona, al que rompe sus compromisos tan solo porque descubre
que es hija de una negra la que ntes llamaba su dolo?...

--Eso seria indigno de Ud., i por lo mismo comprendo mnos la sinceridad
de sus protestas de amarle siempre.

--Son sinceras porque ni s vengarme, ni tampoco s cmo despedazar mi
corazon para arrancarle un amor que lo ocupa todo entero. Cierto es que
hai ofensas que no tienen otra reparacion que la muerte. Pero puedo yo
tener un corazon de Otelo? Ah! Ser mi propia muerte la que me vengue,
poniendo trmino a un amor que no s cmo dominar!...

--He ah el despecho, noble Luisa! No lo dude Ud. Eso acabar cuando
Ud. se calme, cuando reflexione con serenidad, que no la ha amado el
hombre que conquist su corazon, puesto que sus preocupaciones de
familia son mas fuertes en su espritu que el amor que le jur a Ud., i
mas sagradas que su juramento. Entnces, cuando ese desengao que hoi la
atormenta aclare su mente, Ud. me hallar a m siempre amndola con toda
mi alma. Espero. El verdadero amor tiene paciencia.

Luisa lloraba, i entre sollozos esclam:

--No hablo por despecho. Acepto mi desengao i no conservo esperanza
alguna. Mi espritu est sereno, cuando le digo a Ud. que solo acabar
mi amor con la muerte. Tengo la conviccion de que no dejar de amar
nunca al hombre que es indigno de mi amor... Qu no sabe Ud. que hai
amores indelebles, que hai amores que no pueden desecharse, ni apagarse
jamas?... Bien lo sabia yo cuando me resolv a sacrificarme, por mi
deber, a mi desgraciada madre!...

La voz de Luisa se apag entre lgrimas, al oirse en los pasadizos la de
don Sebastian que altercaba con lguien, i en ese momento penetr
Llorente en el salon, seguido mui de cerca por el bullicioso anciano.


VII.

Llorente se adelant al sillon en que Luisa reposaba, i tomndole con
cario la mano, le pregunt por qu lloraba, llamndola Luisa querida.

--Ah!... No lo s, respondi ella, levantando sobre l su lnguida
mirada, todava velada por el lloro; i luego agreg:--Hablbamos con
este caballero sobre mi situacion, sobre nuestra situacion, Pedro...

Llorente estaba perturbado. No respondi, i tom asiento al lado de
Luisa. Entre tanto don Sebastian habia entrado haciendo esclamaciones de
contento, al hallar a su hijo, a quien decia estaba buscando una hora
hacia en toda la ciudad; i luego, dirijindose a la hermosa nia,
esclam:

--Qu tal, Luisita! Siempre llorando eh? Ud. seor don Pedro parece
que est algo atufado!...

--No hai de qu estar contentos, seor don Sebastian, replic Llorente;
i mintras don Sebastian retiraba de un brazo a su hijo hcia un estremo
del salon, se puso a conversar en voz baja con Luisa.

Padre e hijo hablaron con animacion i en secreto, sin que se dejase de
percibir que el anciano decia que esos nios habian dispuesto su viaje a
Europa para el dia siguiente, en el vapor ingles que debia salir para
Panam; i ordenaba al hijo salir para el Callao inmediamente.

--Con qu objeto? dijo ste.

I don Sebastian le contest al oido:

--Temo que en el Paquete del Norte, que llega esta tarde, venga doa
Rosalia, i si se nos presenta aqu de improviso, arde Troya, i lo
echamos todo a perder. Ana i Roberto, aconsejados por el espaol, estn
resueltos a desconocerla, i sern capaces de matarla con su desprecio.
El fanatismo de la nobleza es como el de la relijion: mata en honra i
gloria de su dios, i se lava las manos. Es necesario evitar un desastre.

El doctor pregunt a su padre por qu creia que podia llegar doa
Rosalia; i ste cruzando los brazos por detras, i echndole su calva
frente sobre el rostro, a punto de hacerle dar un paso atras, le dijo:

--Pues es claro. Qu no sabes que la seora queria venirse con
Llorente? que ste se neg a traerla, hasta fastidiarla? Ella me lo dice
en su carta, e insistiendo en que quiere venir, cree poder tomar el
prximo vapor, el que llega hoi. Entiendes? Una mujer acostumbrada a
mandar en jefe, aunque sea una negra, cesgar en sus determinaciones? No
seas nene!

--I qu debo de hacer, dijo el doctor humildemente.

--Traerla a casa con todo sijilo, respondi el viejo, para que no se
presente a sus hijos sino en el momento en que yo lo determine. Si Ana i
Roberto llegaran a saber que su madre est en Lima, alcanzarian al
sublime de su locura. Qu se vayan con cuatro lejiones de diablos, como
rprobos que son; pero que no se salgan con la suya de despreciar a la
madre que los pari i que los adora!...

Don Sebastian se enjug una lgrima, i el doctor le dijo:

--Ordene Ud., padre mio; qu debo hacer? El tiempo urje, pues el tren
para el Callao est al partir.

El padre tom al hijo con violencia del brazo i parti con l.

Al salir, Llorente esclam:

--Diga Ud. don Sebastian, volver pronto? Tenemos algo que hablar para
el arreglo de los poderes que debemos dejarle i demas cosas de nuestra
partida.

Don Sebastian, sin volver la cara, replic:

--Luego. Volver en el acto para ponerme a sus rdenes.


VIII.

Llorente, volvindose a Luisa, le dijo con tristeza.

--Ya le corresponders; te lo repito. Ya comenzars a amar, si no amas
ahora mismo a ese ardiente limeo.

--Puede ser, replic Luisa, sonriendo dulcemente. No dicen que muchas
veces del trato nace el amor?

--Cuando no es de primera vista, esclam Llorente; pero t no necesitas
criar tu amor por l, ya lo tienes en el corazon.

--Tanto mejor para t, Pedro, as te considerars disculpado en tu
infidelidad...

--Pero no estar libre de celos, murmur Llorente, i Luisa continu:

--Eres mui afortunado. Me retiras sbitamente tu amor i tu promesa,
porque descubres que mi madre no es blanca; abandonas como indigna de tu
alcurnia a la hija de la negra, que amaste mintras la suponias seora;
i al momento hallas quien te reemplaze, como para dejarte libre hasta de
remordimientos... Que mas podias desear?

--Eso es falso, decia hablando para s Llorente. No hai quien me
reemplaze en tu corazon, i sin embargo los celos me devoran... I
dirijindose a su interlocutora le dijo con firmeza:--N, Luisa, no soi
yo quien te abandona. T eres la que...

--Concluye, esclam ella, concluye. Yo soi la que por no despreciar a su
desgraciada madre te abandona a t... No es esto lo que quieres decir?

--T lo dices...

--Lo digo i tambien lo hago, porque no quiero matar de dolor a la que
me di el sr, no quiero abandonarla, en homenaje a una preocupacion que
en tu alma tiene mas fuerza que el amor que me juraste! N, jamas
sacrificar mis deberes filiales a mi felicidad contigo, si para ser
feliz debo sacrificar a mi madre en aras de tu ciego error. Cmo podria
yo salvarme de mi arrepentimiento el dia que tu amor decline? Mi deber
de hija tendr que desaparecer ante tu capricho?

--No se trata de sacrificar un deber. Te alucinas.

--No tiene una hija el deber de amar i de honrar a su madre?...

--A una madre digna de t, digna de m, s. A una negra que no conoces,
a quien no has visto jamas, i que no ha podido inspirarte amor, n!
n!

--De manera, esclam Luisa indignada, que a tu juicio una negra no tiene
el derecho de ser madre; i si lo es, no tiene derecho a que sus hijos la
honrasen, cuando son blancos, a que la reconozcan como tal, aunque hayan
vivido, como yo, con la ilusion de poseer una madre, adorndola en la
ausencia... I t te llamas civilizado, i haces alarde de ser cristiano
catlico, de ser caballero, hombre de honor!... Cmo conciliar todo eso
con tu desprecio por la madre de tu prometida; con el abandono que haces
de m, quitndome a mis hermanos, porque no desconozco a mi madre,
porque no la humillo para darte gusto, porque no la mato de pesar para
probarte mi amor...

--Basta, dijo secamente el espaol, basta ya... Yo no falto a mi honor.

--Sin embargo de que faltas a tu compromiso, exijindome como condicion
para cumplirlo que yo sofoque en mi corazon el amor que me liga a mi
madre, ese amor entretenido i fortificado por el constante anhelo de
conocerla, ese amor que renacer mas ardiente cuando el tuyo se resfrie,
i que me mostrar en toda su deformidad la culpa que cometeria si
obedeciera a tu capricho. Oh, t nunca me has amado! T no eres digno
de que yo te ame!...

Llorente le tom con efusion las dos manos, dicindole:--Clmate, Luisa,
reflexionemos como amigos, como dos esposos que se aman. No digas que
soi indigno de tu amor, que siempre ha llenado mi alma. No he dejado de
adorarte. Pero piensa, mi Luisa, que no basta que tengas razon en lo que
me dices. Advierte que tambien es necesario pensar como piensa la
sociedad en que vivimos, respetar sus conveniencias i sus costumbres,
someternos a lo que prescribe esa civilizacion que invocas... Me tengo
por caballero, i precisamente por eso es que procedo del modo que t
repruebas.

--Luego uno u otro estamos equivocados, replic Luisa con cario. Veamos
si soi yo, Pedro, ya que no pienso cmo piensa la sociedad. Si
desconozco a mi madre, porque es una negra, si huyo de ella,
desprecindola, como mis hermanos, la sociedad aplaudir, la
civilizacion aprobar, crees t?...

--No terjiverses, le interrumpi Llorente. La sociedad i la civilizacion
reprobarian al hijo que tal hiciera con su madre. Pero la alta sociedad
rechaza de su seno al que se confiesa hijo de un negro, sin ocultar su
orjen, pudiendo hacerlo.

--Entnces ser preciso engaar a la sociedad, ser necesario hacerle
creer que una no es hija de la que le di la vida? interrog Luisa.

--I con tanta mas razon, querida mia, cuanto que t no has conocido
jamas a la que te di el sr, i puedes con toda facilidad volver a
Europa sin reconocerla, para que la alta sociedad en que hemos de vivir
no conozca tu desventurado orjen.

--Oh! esclam Luisa, t hallas lcito ese proceder que despedazaria mi
corazon i me sumiria en un remordimiento eterno! Hallas conforme a la
moral, a la civilizacion que yo mate a mi madre con mi desprecio, para
que la sociedad no sepa de quien soi hija. Luego, segun tu moral, se
puede cometer un crmen, con tal, que se salven los apariencias, se
puede llevar el alma manchada i torturada, para gozar de las
consideraciones de esa alta sociedad, para procurarse en ella un puesto
de prestado, que se perder el dia en que se descubra el secreto... Si
eso es la moral, si eso es la civilizacion de la alta sociedad en que
vamos a vivir, dime, no podr tambien una esposa deshonrar a su marido,
cuidando de que ste ni la sociedad lo sepan?... No ser lcito
pisotear todos nuestros deberes, ultrajar todas las leyes de Dios i de
los hombres, con tal que la alta sociedad lo ignore, aunque sea por
algun tiempo? Qu tal, Pedro querido? Te parece que mi padre aprobaria
estas doctrinas, l, que siempre nos di el ejemplo i la enseanza de la
probidad?...

Llorente despues de dar un paseo por la sala, como para despejar su
turbacion, le contest:

--No arguyas, Luisa. Reflexionemos con tranquilidad. El hecho es el
hecho. Puede no tener razon la sociedad, pero su desprecio, es
desprecio, i yo no me siento capaz de arrostrarlo... Quiero vivir en el
centro en que nac, i quiero vivir contigo por que te amo, por que sin
t no quiero la vida, T lo sabes, mi eleccion de la mujer que ha de ser
la compaera de mi vida es la obra de mi corazon, i fu tambien aprobada
por tu padre, que me consider digno de t. Imitemos a tu padre: el no
revel jamas el orjen de sus hijos...

--Te engaas, Pedro. Mi padre confes siempre a su esposa, nos la
present siempre como madre, i al morir, nos ha ordenado juntarnos a
ella, reconocerla a nuestro lado.

--Pero jamas os dijo que era una negra, porque ese era su propio
martirio. El era justo i prudente.

--I t quieres ahora que esa espiacion del padre continue atormentando a
la hija, que quiere salvarse de semejante martirio, prefiriendo tener la
satisfaccion de reconocer a la negra como madre, para no tener que
ocultar su orjen.

--Precisamente, dijo Llorente con cario, es eso lo que no quiero. No
reconociendo t a Rosalia como tu madre, te salvars del martirio de tu
padre i no hars sufrir a tus hijos. Reconocindola, publicando tu
orjen, condenas a tus hijos a la vergenza de ser rechazados de la
sociedad en que debemos vivir. Un hombre bien nacido que cautivase el
corazon de una hija tuya, la repudiaria como esposa, al saber que
descendia de una negra, i causaria la desgracia de toda su vida.

--Haria lo que t conmigo. No es eso? Mas si yo tuviera una hija, le
inspiraria ideas exactas de moral i de honor, como las que me inspir mi
padre; i con la esperiencia que t me das hoi, la enseara a huir de
los hombres que fundan el honor en la limpieza de su sangre. No llaman
as la raza sin cruzas? No haria yo de una hija mia la esclava de esa
sociedad en que los hombres que se creen nobles o simplemente hidalgos,
como t, se suponen autorizados para no ser honrados, para terjiversar
la moral, para faltar a las leyes del honor, causando la desgracia de
una pobre nia, que no quiere mancharse, a los ojos de Dios i de su
propia conciencia, con el crmen de despreciar a su madre, por finjir
que su sangre es limpia. Mi padre fu tambien de noble cuna en
Inglaterra, i no vacil en dar su mano a la negra que le entreg su
corazon i su pureza, ni en ensear a sus hijos a que amaran a la negra
que es su madre. T, Pedro, que no eres capaz de sacrificarme tu
preocupacion, me exijes que te sacrifique a mi madre, porque no hallas
digna de tu mano a la hija de una negra...

--Soi capaz de sacrificarte mi vida, Luisa mia...

--Mas no tu preocupacion, le interrumpi la hermosa jven. Si, tu
preocupacion infundada, porque t no tienes ttulos de nobleza; solo
tienes una simple vanidad.

--Tengo que respetar el medio en que nac, las ideas de mi centro
social, que son las de una familia de hidalgos.

--En hora buena, Pedro, sigue esas ideas i djame a mi seguir mi deber,
si eso puede mas en tu corazon que tu amor, que tus juramentos. Haces
bien, perfectamente bien. Si no puedes vivir como mi esposo aqu, en mi
patria o en Inglaterra, donde tu carcter te daria una posicion como la
que tienes en Espaa por lo mnos, te absuelvo de tu compromiso. No
quiero tu amor.

--Pero, Luisa, s racional. Recuerda que tengo que volver al seno de mi
familia...

--All no puedo yo vivir contigo, sino a condicion de renegar a mi
madre. Solo con esta condicion me crees racional... No, mil veces n.
Vuelve t a tu patria. Yo no puedo seguirte a donde mis cualidades
personales no me salvarian del desprecio, que agoviaria a la hija de una
negra, que tambien tiene su honor, que tambien cre en la probidad...

Dijo esto Luisa anegada en lgrimas i sali del salon, a la vez que
entraban hablando en alta voz don Sebastian i Roberto.


IX.

Don Sebastian, que habia oido las ltimas palabras de Luisa, entr
refunfuando estas frases.

--S, la hija de una negra que tambien tiene su honor, i que por su
admirable buen juicio es mas seora que muchas de sangre azul que yo
conozco, i que usted tambien conocer, seor Llorente. Esto se v
siempre que los blancos o trigueos tienen alma de cntaro! No lo digo
por ustedes, nada de eso, mis amigos, porque espero que al fin me
probarn que son blancos, no haciendo cosas de negros...

--De eso se trata, interrumpi Llorente.

--Lo veremos, agreg Roberto. Pero sabes, Pedro, que tropezamos con un
millon de dificultades para arreglar nuestro viaje?

--No s cuales, dijo Pedro, que se mostraba preocupado i sin tomar
interes en la conversacion.

--Oye, dijo Roberto: el notario o alguacil a quien fuimos a ver me
declar, mirndome de alto abajo, que yo no podia dar poder a don
Sebastian, ni a nadie, por ser menor de edad; i que siendo albacea de mi
padre doa Rosalia, necesitaba yo presentarme al juez, para que me diera
un curador. Lo mismo dijo de Ana i nos despidi para que visemos a un
abogado que nos dirijiera en la larga tramitacion que se necesita. Esto
nos impediria partir en el vapor de maana.

Llorente observ con indiferencia que habria que hacer lo que exijia el
escribano.

--O no, replic Roberto. T puedes dejar el poder, como marido de Luisa.
Ana i yo arreglaremos nuestra representacion en Londres.

--Olvidas que no soi todava el marido de Luisa? pregunt Llorente.

--Puedes serlo hoi mismo, dijo el jven.

--Eso supondria que Luisa consiente en casarse i en irse, sin ver a su
madre, agreg don Sebastian.

Hubo un largo silencio, que interrumpi Roberto, preguntando a Pedro.

--Qu dice Luisa? Se va con nosotros?

--Luisa es inexorable, murmur aquel. No puedo persuadirla. Antes
bien...

--Te ha persuadido a t? interrog Roberto. De modo que no hai quien
tenga autoridad sobre esa caprichosa. Ella ha de hacer su voluntad.

--Pues es claro! grit don Sebastian. Quin tiene autoridad para
obligar a una hija a que reniegue a su madre?

--Su novio, su esposo, contest Roberto. El que puede conducirla al
altar en el acto, seor don Sebastian.

--Tampoco, nio atolondrado, acentu el viejo. El poder de un marido no
llega a tanto. El de un amante, talvez... Pero a Luisa, no s que nadie
pueda hacerla cometer un disparate, ni aun el jeneral Castilla. Me
imajino que no ha de haber sobre la tierra quien pueda conseguir que una
muchacha que no es torpe se someta a semejante exijencia. Verdad, amigo
Llorente?...

--I mui amarga, dijo ste, con desesperacion. Yo he agotado mis
recursos. No s mas... He puesto a prueba su amor con mi indiferencia,
con mi terquedad. He hablado a su corazon, que me pertenece. Le he
demostrado nuestro interes, nuestra conveniencia recproca en el
porvenir. Nada... No puedo dominar su alta intelijencia ni su altivo
corazon. Sus ideas, sus convicciones, hijas de una educacion especial,
son inquebrantables...

--Pero no habrn triunfado de t, lo espero, interrumpi Roberto.
Dejmosla con su madre, que abandone a su novio i sus hermanos, que
falte a su compromiso, no importa. T puedes cumplir con mi padre...

--No s como, dijo secamente don Pedro.

--Casndote con Ana, que tambien te ama.

--Salt la liebre, esclam don Sebastian. S, es cuestion de quedar
siempre en la familia, no importa el cmo. No se trata de casar con
Luisa por amor, i t supones, Roberto, que para el caballero de Llorente
es lo mismo la una que la otra. Tiene el seor algo del leon, que
espresa con la misma cara i el mismo visaje tanto la rabia como el
contento?...

Llorente sinti bochornos en su cara, i visiblemente turbado, dijo sin
mirar a nadie.

--Amo a Luisa i no podr vivir sin ella. La amo mucho mas ahora, que la
estimo mas, ahora que la admiro, i que he aprendido a venerar su
virtud...

Roberto se indign i preguntle con violencia.

--Ya te has resuelto a obedecer su capricho, a quedarte con ella?...

--No lo s, contest el otro.

--Perdon! le dijo don Sebastian, estrechndole la mano, perdon, amigo.
Reconozco al hombre de corazon, respeto al caballero.

--Soi digno de su amistad, don Sebastian; i t Roberto, no debes
precipitarte: tenemos tiempo para resolver lo que mas convenga.

--Veo, dijo ste, que cambias de modo de ver en tus cosas, i con mucha
prontitud. Esta maana considerabas urjente nuestra partida, porque
temias que llegara la mujer de mi padre...

--Tu madre, dirs, le interrumpi don Sebastian.

--No temia eso, agreg Llorente. Tenia esperanza de reducir a Luisa hoi
mismo, para partir maana.

--I lo esperas todava? interrog Roberto.

--Talvez. Hai situaciones que exijen calma, i nosotros nos encontramos
en la necesidad de tenerla.


X.

En ese momento entraba al salon el doctor Agero, i a la vez Roberto se
echaba como desesperado en un sillon, ocultando su rostro en sus dos
manos. Llorente di un lento paseo con su cabeza inclinada, sin fijarse
en el doctor, que hablaba en voz baja con su padre. Este con la cabeza
hcia atras, arrugando las narices i sealando los dientes, decia a su
hijo, a medida que le hablaba.

--Bien! Te has portado mui bien; perfectamente!...

Llorente, volvindose a Roberto, esclam: Pero hai un medio, que puede
aprovecharnos maravillosamente; un arbitrio en el cual no habamos
pensado.

I mbos comenzaron a hablar en secreto. Entre tanto don Sebastian decia
a media voz.

--Todo va bien. Estos estn llenos de dificultades para su viaje, i
sospecho que el espaol se quedar al fin con Ana. Lo que es a Luisa, no
la pescas.

--Ana no es como Luisa, balbuce el jven Agero.

A lo cual el padre contest, encojindose de hombros.--Si no te gusta la
rubia, no ser yo quien te haga fuerza.--I dirijiendo la palabra al
espaol, le pregunt de que plan hablaba. Este decia a la sazon:

--No te equivoques, Roberto: tu hermana tiene ese bello ideal i no
renunciar a realizarlo. Quiere conocer a su madre, i yo como su esposo
no puedo contrariar su voluntad, que es justa. Dmosle gusto, para que
se desengae ... i agreg contestando a don Sebastian con otra pregunta.

--No es verdad que usted se prestaria para acompaar a Luisa a ver a su
madre? Porque yo decia ahora a Roberto que en estas circunstancias nos
conviene complacer a Luisa, hacindola ir a Lambayeque para que conozca
a doa Rosalia. Despues que haya satisfecho su anhelo, volver mas
tranquila, i probablemente desengaada de sus ilusiones... En tal caso
podremos verificar nuestro matrimonio, i Luisa no se resistir a
seguimos a Inglaterra.

--Bien pensado, dijo don Sebastian. El plan es racional i si lo aprueba
Roberto, yo estoi dispuesto a acompaar a Luisa en el vapor que partir
maana, i que debia llevarlos a ustedes a Panam.

--Entre tanto, aadi Llorente, tu podrs Roberto, arreglar aqu tu
representacion. El seor Agero, que es abogado, tendr la bondad de
decirnos qu se ha de hacer para obtener que el juez te nombre un
curador.

--Poca cosa, dijo el doctor. Bastaria presentar las partidas de bautismo
i una constancia de la muerte del seor Greene.

--Basta entnces presentar el testamento, en el cual consta nuestra
edad, i ademas lleva, en las dilijencias de comprobacion, la f de
muerte, esclam Roberto.

--En hora buena, agreg el doctor, presentaremos el testamento del seor
Greene, i con l probaremos ademas que los tres son hijos de doa
Rosalia.

--Caspita! grit Roberto. En tal caso buscaremos las partidas de
bautismo i guardaremos el testamento.

--I como de esas partidas de bautismo, dijo riendo a carcajadas don
Sebastian, ha de constar lo mismo, te luces, querido. A dnde irs,
pobre cabezudo, que no te encuentres con documentos que prueben que eres
hijo de la madre que repudias?...

--En tal caso me ir sin dejar representante.

--Sin embargo, observ el doctor, hai todava otros medios...

--No seria Ud. abogado si le faltaran medios, esclam con cortesa
Llorente.

El doctor continu:

--Se puede ofrecer una informacion de testigos que den f de la menor
edad de Ud. i de Ana, de la muerte del padre, i de que mbos no tienen
madre conocida.

--Perfectamente, esclam don Sebastian, i Roberto repiti la palabra.
Pero aquel agreg:

--I como del testamento resulta que Luisa es hija de la esposa de
Greene, a la cual reconoce, ama i venera la muchacha, probando con
buenos testigos que Roberto i Ana no tienen madre conocida, por que no
son hijos de la esposa de su padre, tendremos que mi escelente amigo
Llorente, como marido de la hija lejtima, se saca la lotera, es decir,
arrastra con un milloncejo algo largo de pesos, i los deja a ustedes
tocando tabletas. Bravo! Justo castigo de la imbecilidad!

Roberto di varios pasos atras, como asustado, i abriendo los ojos
pregunt:

--De qu nos sirve entnces dejar aqu un curador?

Don Sebastian respondi:

--Pues es claro! Para darte el placer de comprobar que t i Ana no son
hijos de su madre. No es esa tu aspiracion? Pues realzala a costa de
tu fortuna. Reniega a tu madre, que mas te vale ser hijo adltero que
serlo de una negra, la cual sin embargo es mas digna de respeto que t,
i mas seora que la gorra de Pilatos!

--Esto es grave, dijo Llorente. Hablemos seriamente, i llamemos a Luisa,
debemos oir su parecer.

--Entren ustedes, seoritas, esclam don Sebastian. Ya lo han escuchado
todo desde la puerta. Venga Anita i dganos si quiere lo que su buen
hermano Roberto quiere para s.

Ambas nias entraron, Luisa con aire severo i resuelto, Ana cabizbaja i
sonriendo de despecho. Aquella dirijindose a Llorente, desde su
entrada, decia con firmeza:

--Mi parecer, lo conoces t. Mi resolucion est tomada, nadie la
desconoce. Pero t que aconsejas a mis hermanos, deberias resolver las
dificultades en que los colocas... Con todo, se deberia tener en cuenta,
i ustedes me permitirn decirlo bien alto, que si hai en esta familia,
en el momento presente, una cabeza, no es mi hermano menor, ni mucho
mnos Anita, que no sabe lo que hace...

--Bien dicho! interrumpi don Sebastian. Hace tiempo que debieras,
Luisa, haber reclamado tu puesto. T tienes el deber i el derecho de
dirijir a tus hermanos!

--No lo hacia, acentu aquella, porque Pedro tenia la direccion. Pero
hoi es otra cosa. El me abandona, deja de ser mi novio, i yo le absuelvo
de sus compromisos. Hoi no es sino el amigo, que podria aconsejarnos
bien a todos, pero no dirijir a mis hermanos.

Todos quedaron en silencio, como sobrecojidos por la actitud de Luisa.
Llorente reclin su cabeza sobre la mano izquierda, mirando al suelo.

Pero Roberto, que se balanceaba, como dudando rompi el silencio con
cierta altanera, i el dilogo continu precipitado i ardiente, mas o
mnos en esta forma:


XI.

ROBERTO. Tambien mi partido est tomado. Me vuelvo a Inglaterra con
Pedro, sin dejar representacion, que Luisa haga lo que quiera, ya que es
libre.

ANA. Yo te sigo, Roberto. No me quedo con Luisa, si ella quiere tener
una madre que no puede ser la mia...

D. SEB. Pero reflexionad que vosotros no sois dueos de hacer vuestra
voluntad, i que no debeis seguir al seor Llorente, quien no es ya nada
para vosotros, i que maana u otro dia puede dejaros para siempre.

ROB. (_insistiendo_). Mas es nuestro amigo, i no nos abandonar...

D. SEB. I entre tanto vosotros abandonais a vuestra hermana, renegais a
vuestra madre, por un amigo. No ves, Roberto, que esto es sencillamente
un absurdo?

LUISA. Es sencillamente el capricho de un nio, que no sabe lo que dice.
T, Roberto, no puedes resolver, t no puedes disponer de tu persona, ni
hai amigo alguno que pueda separarte de m; ni a t, ni a Ana.
Desconocereis a mi madre si quereis, pero estareis a mi lado, porque
tengo la responsabilidad de vuestro cuidado.

LLOR. No vamos tan all. Si todo estaba ya arreglado, por qu ir a
tales estremos? Por qu entrar en estas disputas de autoridad? Dime,
Luisa, consientes en ir con don Sebastian a abrazar a tu madre, a
pedirle que bendiga nuestra union, para volver despues a Lima, donde
celebraremos nuestro matrimonio?

LUISA. Pregunta escusada, desde que reanudas nuestro compromiso,
consintiendo en que yo reconozca a mi madre. Mas quisiera saber si
persistes aun en ponerme condiciones para despues de nuestro
matrimonio...

LLOR. Satisfecho tu deseo, nos volveremos a Europa, i t no volvers a
ver tu madre, eso es todo.

(D. Sebastian sale, sin ser visto.)

LUISA (_con superioridad_). De ese modo piensas conciliar mis deberes
de hija con los de esposa, i con el capricho de mis hermanos? Nos
iremos, ellos renegando de su madre, sin reconocerla; i yo abandonndola
en su enfermiza ancianidad, no es eso? Cres digna de tu esposa
semejante conducta?

LLOR. (_vacilando_) No pretendo imponerte nada que sea indigno... Si
quieres quedar al lado de tu madre... Si no quieres seguir a tu
marido... Pero dejemos eso para meditarlo despues. V i entre tanto
deliberaremos...

AGUE. (_aparte_) A donde habr ido mi padre?... Creer llegado el
momento?

ROB. (_a Ana_). Veo que Pedro quiere abandonarnos, hermana mia. Qu
vamos a hacer?...

ANA. No s, sino que me espanta la idea de confesarme hija de una negra.

LLOR. No tienes, Roberto, por qu decir eso: yo no te abandono. Cumplo
con tu padre, al resolverme a tomar a Luisa como mi mujer. Yo no puedo
iniciar con un choque brutal mi matrimonio con ese njel, que amo tanto,
que admiro...

(Luisa se enjuga las lgrimas.)

AGUE. (_aparte a Luisa_). Reciba, Luisa, mis sinceras felicitaciones por
el triunfo de su virtud. Aplaudo su union i me conformo con ser el mas
respetuoso de sus amigos...

(Luisa le estrecha la mano.)

ROB. Sabes que no te entiendo, Pedro? Ests resuelto a complacer a
Luisa, que quiere lo que nosotros no queremos; i sin embargo aseguras
que no nos abandonas... El resultado ser que t i ella tendrn una
madre que nosotros no podemos tener, i que Ana i yo quedaremos solos...

LLOR. Siempre tendrn t i Ana una madre en Luisa, i en m a vuestro
padre. No quedareis solos, ni os haremos violencia para que acepteis una
madre que repudiais... Esta ignorar siempre vuestro proceder, i es
necesario que lo ignore para no morir de dolor...

_Ana._ Mas creo que no podremos permanecer aqu, ni estar al lado de
Luisa, sin reconocerla... Qu haremos; Dios mio!...

ROB. S... qu haremos! Dlo t, Pedro, t que ya eres el jefe de
nuestra familia...

D. SEB. (_volviendo, i desde la puerta del fondo_). No es cierto,
querido, no lo es!... Aqu no hai otro jefe de vuestra familia que la
seora doa Rosalia, que est presente... Luisa, abraza a tu madre...

(Sorpresa jeneral.--Dos sirvientes introducen a Rosalia, vestida de
negro i con un velo espeso que le cubre el rostro, sentada en un sillon,
que colocan en la penumbra de la lmpara.)

LUISA (_precipitndose a abrazar a Rosalia, cae de rodillas a sus
pis_). Madre, madre mia!...

D. ROS. Mi Luisa!...

LLOR. (_que ha seguido a Luisa, colocndose al lado del sillon_). I su
esposo, seora, si me la concedeis...

D. ROS. Su padre te la di... Es tuya (ALZANDO A LUISA I ENTREGNDOLA A
LLORENTE, QUE LA RECIBE EN SUS BRAZOS). Pero a dnde est Roberto!
Cul es mi Ana! Por qu no vienen!

D. SEB. (_que ha estado instando a Roberto i Ana, los empuja hcia el
sillon_). Que Dios mueva vuestros corazones empedernidos! Vamos, un
momento de jenerosidad con la pobre madre!

ROB. i ANA (_mintras dice don Sebastian estas ltimas palabras, corren
a arrodillarse a los pis de Rosalia, esclamando_:) Perdon, perdon,
madre mia!...





End of the Project Gutenberg EBook of Antao i Ogao, by J. L. Lastarria

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ANTAO I OGAO ***

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