The Project Gutenberg EBook of Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco Ibez, by 
Eduardo Zamacois

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Title: Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco Ibez

Author: Eduardo Zamacois

Release Date: March 18, 2014 [EBook #45171]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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                          MIS CONTEMPORNEOS

                                   I

                         VICENTE BLASCO IBEZ

                [Illustration: Vincente Blasco Ibez]




                           Eduardo Zamacois

                          MIS CONTEMPORANEOS

                                   I

                         VICENTE BLASCO IBEZ

                        [Illustration: colofn]

                                MADRID
                 LIBRERA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
                       Calle del Arenal, nm. 11
                                 1910

                             Es propiedad.
                        Queda hecho el depsito
                           que marca la ley.

          Imprenta Artstica Espaola, San Roque, 7.--Madrid

                 [Illustration: una barra decorativa]




                         VICENTE BLASCO IBEZ




                                   I

     Biografa.--Sus viajes.--Cmo trabaja.--El teatro. Su concepto de
     la mujer y de la vida.


Vive el insigne novelista  la derecha del paseo de la Castellana, muy
cerca del Hipdromo, en un pintoresco hotelito de planta baja, cuya
fachada irregular se abre en ngulo al fondo de un pequeo jardn. Aqu
y all,  lo largo de los viejos muros y sobre el tronco de los rboles,
la hierba y el musgo pintan manchas verdes, de un verde aterciopelado,
jugoso y obscuro. En la alegre quietud maanera, bajo el magnfico dombo
ail del espacio, baado en sol, la tierra, negra, recin removida por
manos diligentes, huele  humedad. Triunfa el silencio. Aquel rincn,
ms que un jardinillo cortesano, parece un trozo de huerta, algo
desaliado y rstico, donde se echa de menos un perro, un montn de
estircol y unas cuantas gallinas.

Es medioda.

Encuentro  Vicente Blasco Ibez escribiendo ante una amplia mesa
cubierta de papeles, las carnosas mejillas un tanto congestionadas por
la fiebre del esfuerzo mental, la enrgica cabeza nimbada por el humo de
un cigarro habano. Al verme el maestro se levanta, y la expresin
belicosa de sus manos cerradas y la prontitud elstica con que su recio
cuerpo se retrepa y engalla sobre las piernas rgidas, dan una sensacin
rotunda de voluntad y de vigor fsico.

Acaba de cumplir cuarenta y tres aos. Es alto, ancho, macizo; su
rostro, moreno y barbado, parece el de un rabe. Sobre la alta frente,
llena de inquietudes y de ambicin, los cabellos, que debieron de ser
crespos y abundantes, resisten todava  la calvicie; entre las cejas,
la reflexin marc hondamente su arruga imperiosa y vertical; grandes
son los ojos y de mirar rectilneo y franco; la nariz, aguilea, sombrea
un bigote que cubre frondoso el misterio de una boca epicrea y risuea,
en cuyos gruesos labios sultanes tiembla la mueca de una sed insaciable.

Un momento el autor maravilloso de _Caas y barro_ permanece en pie
delante de m; me observa, y yo siento en mis pupilas la expresin de
las suyas, registradoras y curiosas. Calza zapatillas de pao gris, y
viste una tosca pelliza abrochada sobre el cuello hercleo, corto y
rollizo, desbordante de savias vitales. El apretn de manos con que me
recibe es amable y simptico, pero rudo, como el que cambian los atletas
en los circos antes de justar. Su voz es fuerte--voz de marino--; su
hablar copioso, brusco y generosamente aderezado de interjecciones.
Parece un artista... tambin parece un conquistador; uno de aquellos
aventureros de leyenda que, necesitando servirse simultneamente de la
lanza y del broquel, saban gobernar un caballo con slo las rodillas, y
que, aun siendo muy pocos, bastaron  aclarar el cobre americano.
Nacido en esta poca, la blandura de nuestras costumbres desarm sus
manos, que tienden atvicas  cerrarse para herir  para retener lo
ganado; nacido  fines del siglo xv, hubiese vestido la cota y seguido
la estrella roja de Pizarro  de Corts.

Vicente Blasco Ibez se instala cmodamente en un silln, respira
fuerte, cruza una pierna sobre otra... Yo le miro complacido: es uno de
esos hombres excepcionales--hombres de presa--cuyo aspecto saludable,
tranquilo y optimista, invita  vivir.

--Yo--dice--nac en Valencia y soy hijo de comerciantes; pero mis padres
pertenecen  esa raza brava y rebelde oriunda del Bajo Aragn, cuyas
generaciones, invariablemente, como obedeciendo  una tradicin, dejan
la aridez de sus montaas para marchar  la conquista de las
hospitalarias ciudades levantinas, donde la existencia es fcil porque
la abundancia de agua y el ardimiento prolfico del sol mantienen
perenne en la tierra el espasmo sagrado de la fecundidad...

Si las leyes de la herencia son ciertas,  estos progenitores de origen
celtbero, tozudos y audaces, deben referirse las preexcelentes
aptitudes fsicas de luchador y las bizarras increbles de voluntad que
distinguen al gran novelista. No de otro modo podran explicarse las
desusadas complejidades de su carcter; carcter extrao y movedizo que
 veces parece el de un artista puro, desligado de toda finalidad
prctica, y  ratos vuelve  la realidad y sabe esclavizar la fortuna y
mostrarse como un domador extraordinario de hombres.

Entre los ascendientes ms notables de Blasco Ibez figura un clrigo
aragons, llamado Mosn Francisco, hermano de su abuela materna. Aquel
tipo membrudo y violento, que pele  las rdenes de Cabrera en la
primera guerra civil, dej en la memoria impresionable del futuro
escritor emocin duradera. Blasco, nio entonces, no ha olvidado el
porte belicoso de aquel gigante,  ratos sacerdote y guerrero  ratos,
cobrizo como un marroqu, que tena zarpas de oso y caminaba con ritmo
marcial. As, aunque disfrazado de modos diversos, en el transcurso de
su obra el recuerdo de Mosn Francisco asoma varias veces. Yo sospecho
su lejana influencia en la confeccin de aquel pare Miquel, con gorra
de pelo y carabina, que en _Caas y barro_ arregla  culatazos las
cuestiones de sus feligreses; y en aquel temible don Sebastin,
ambicioso y soberbio, que vive desenfadadamente con una hija suya en su
palacio arzobispal de Toledo; y un poco, quiz, en don Facundo, el
cura bonachn y caballista de _El intruso_; y tambin en aquel Priamo
Febrer, caballero de Malta, mitad guerrero y mitad sacerdote, cuya
sombra pasa con el ruido blico de sus acicates por las pginas de _Los
muertos mandan_. Sin duda el escritor, paladn ardoroso de la libertad,
recuerda con simpata al fantico Mosn Francisco. Cmo? Acaso porque
la intransigencia de aquel hombre, que tantas veces sacrific su
tranquilidad y expuso su vida por un ideal, guarda una belleza, merced 
la cual, oh indulgencia divina del arte!, el novelista comprende al
guerrillero y le estrecha las manos.

La niez de Blasco Ibez, como la de Octavio Mirbeau, fu tumultuosa:
era un muchacho inteligente, pero ms aficionado  los juegos de
agilidad y de valor que  los libros; un indcil refractario  cuanto
implicase mtodo  disciplina; haba en su temperamento un exceso de
vigor, un revertimiento ininterrumpido y descarrilado de actividad que
le obligaba  vivir en rebelda perpetua. Su abuela le mimaba mucho. Un
da _Vicentet_ se neg  comer; no tena apetito, no le gustaba el
almuerzo. Cansada de oirle su madre, que tena el genio pronto y la mano
dura, fuse  l y, asindole por los cabezones, le propin una azotaina
memorable. Aquel dolor fsico, lejos de abatir al muchacho, le seren,
despert su hambre y le permiti comer perfectamente. Yo veo compendiada
en esta sencilla ancdota infantil toda la psicologa del futuro
artista: voluntad sin miedo, para quien el esfuerzo rudo y los vaivenes
de la pelea haban de ser ms tarde motivos de pasatiempo y regocijo.

A los diez y siete aos Vicente Blasco Ibez desapareci de su casa, y
en un modesto coche de tercera se traslad  Madrid. Hablando de
aquellos das de belleza y de miseria, los ojos del maestro brillan
todava con juvenil entusiasmo. Fu amanuense de Manuel Fernndez y
Gonzlez, que, viejo, pobre y casi ciego, se acercaba  la muerte. El
famoso autor de _El cocinero de su majestad_ estaba deshecho, exhausto y
apenas poda dictar. Muchas noches se quedaba dormido sobre un silln,
al terminar un prrafo. Blasco, inconscientemente, empujado por el
inters de la fbula, continuaba escribiendo, y cuando Fernndez y
Gonzlez despertaba, leale lo escrito. A pesar de su proverbial
orgullo, el anciano maestro se dignaba felicitarle: aquello no estaba
mal; el muchacho prometa, tena madera de artista. As, los dos,
compusieron varios libros, entre otros, _El mocito de la Fuentecilla_,
novela de manolas y de toreros, apunte primoroso de costumbres,
pintoresco y caliente como un cuadro de Goya.

Habitaba por aquella poca Blasco Ibez en un cuartucho de la calle de
Segovia, cerca del Viaducto. Estaba alegre, ganaba lo indispensable para
comer mal; pero,  su edad, se vive con tan poco!... Entretanto, iba
conociendo  los prohombres de la literatura, se asomaba  las
redacciones, visitaba los museos y el paraso del teatro Real, se
instrua; y por las noches, cuando regresaba  su domicilio, las pobres
mujeres que exhiben su belleza en las aceras, admirando su juventud y
sus cabellos ensortijados, le detenan sonrindole con sonrisa
prometedora, llena de desinters. La poltica tambin le atraa. Cierta
noche habl tempestuosamente en un _meeting_, ante un pblico ardoroso y
rugiente, como mar encrespado, de carpinteros, zapateros y albailes; su
palabra triunf y centenares de manos callosas le aplaudieron
vehementes. Terminado el acto, dirigise  su casa, rodeado por un
nutrido grupo de admiradores. Blasco Ibez caminaba mecido por el humo
de su victoria, orgulloso, como si llevase ceida  sus sienes la
clsica corona de roble y laurel que las vrgenes vestales adjudicaban
en los Juegos Olmpicos. Al llegar  su domicilio, dos agentes le
detuvieron.

--Dse usted preso.

La multitud iba  protestar; los ms entusiastas cerraban ya los puos,
dispuestos  defender  golpes la libertad de su hroe. Pero Blasco les
contuvo. Nadie se mueva! Estaba encantado; se vea camino de la crcel;
sin duda, era un conspirador temible cuando la autoridad se molestaba en
detenerle. No fu el miedo lo que entonces estremeci su alma, sino la
ambicin de gloria, la alegra, la seguridad de que empezaba  ser
hombre notable y de que muy pronto, acaso al da siguiente, la Prensa
hablara de l. Ahora la prisin, como antao los azotes maternales, le
producan un bienestar sedante, indecible. Verdaderamente, su carrera de
hombre poltico no poda empezar mejor. Con este cortejo de ilusiones,
se dej llevar al Gobierno civil, donde se encontr con su madre. Oh
suprema decepcin! No era al revolucionario temible, sino al muchacho
travieso, fugado de su casa,  quien la polica haba detenido. Blasco
hubo de rendirse; qu hacer? Era menor de edad. Fu aquella, tal vez,
la nica ocasin en que el futuro novelista tuvo vergenza de su
juventud.

Blasco Ibez me habla ligeramente, sin ilusin alguna, de sus primeras
campaas polticas: por atacar las instituciones y tambin por su innata
aficin  bravear los peligros, estuvo desterrado varias veces, una de
ellas en Pars, en 1890, viviendo todava Ruiz Zorrilla: fu una
temporada deliciosa de dos aos, pasada en compaa de los militares
emigrados y en pleno Barrio Latino. En otra ocasin visti el traje del
presidio algn tiempo. Otras campaas periodsticas le llevaron  la
crcel unas treinta veces, y el pueblo de Valencia le aclam diputado en
ocho elecciones seguidas. Pero su verdadero ideal, sin embargo, estaba
en la literatura.

--Antes--dice--yo trabajaba en condiciones fatales. All en Valencia, en
la redaccin de _El Pueblo_, diario fundado por m, despus de redactar
el artculo de fondo y de ajustar el peridico y de recibir  todos los
representantes de los comits republicanos que iban  visitarme, me
pona  escribir novelas. Esto no ocurra nunca hasta pasadas las dos de
la madrugada. As compuse mis primeros libros: _Arroz y tartana_, _Flor
de Mayo_, _La barraca_... Ahora laboro con ms comodidad. En todo tiempo
me levanto temprano,  las ocho, y me sirven el desayuno: un verdadero
almuerzo!... Porque yo, si no como mucho, no hago nada... Es ms: los
hombres que comen poco me parecen seres dbiles; no me gustan...

Y al hablar as su ademn es imperioso, terminante, y sus pupilas
refulgen con expresin glotona y triunfal.

--Inmediatamente--contina--me siento  escribir y produzco sin descanso
hasta las cuatro de la tarde. A esa hora vuelvo  comer bien. Despus
doy un paseo y en seguida reanudo mi trabajo. A las once ceno. Luego me
acuesto, y en la cama leo hasta las dos  las tres de la madrugada. Como
ve usted, duermo muy poco.

El resultado obtenido por los primeros libros de Blasco Ibez fu
insignificante. De _Arroz y tartana_, que apareci en 1894, y de _Flor
de Mayo_, apenas vendi quinientos ejemplares; _La barraca_ tambin pas
casi inadvertida, y fu preciso que aos despus el famoso hispanfilo
G. Hrelle, que la compr casualmente en San Sebastin un da de toros,
entusiasmado con su lectura la tradujese al francs, para que nuestra
Prensa y nuestro pblico reconociesen el mrito de esta novela ejemplar.
Pero su autor tena el amor  su profesin y la ciega fe en s mismo que
caracterizan  los que llegan, y persisti en su empeo. Seguro de que
nicamente en lo vivido reside el estremecimiento mago, motivo de toda
suprema belleza, de tal suerte que nada que previamente no haya sacudido
el temperamento del artista, sea novelista, pintor  msico, puede
utilizarse como lmpido origen  slido cimiento de ninguna obra de
arte, aplicse devotamente  pasar por cuanto luego haba de servirle de
molde  sus libros. As, para escribir _Flor de Mayo_, fu  Tnger y
volvi en una de esas barcas, llamadas lades, que se dedican al
contrabando de tabaco; como para sentir uno de los captulos ms
interesantes de _La horda_ se expuso  recibir un balazo franqueando, en
compaa de varios cazadores furtivos y de perros amaestrados--perros
que no ladran cuando ven  la presa--, los muros que circundan los
bosques del real sitio de El Pardo; como para componer _Los muertos
mandan_ anduvo recorriendo en un bote las costas de Ibiza, hasta que,
sorprendido por un temporal, hubo de refugiarse en un islote, donde
permaneci catorce horas sin comer y remojado por las olas hasta los
huesos.

Estas aventuras del novelista, unidas  los extremados lances y desafos
del antiguo revolucionario y  su desmedida aficin  los viajes--Blasco
Ibez ha recorrido gran parte de la Amrica del Sur, Francia,
Inglaterra, los Pases Bajos, las naciones de la Europa Central,
Constantinopla y todas las ciudades maravillosas de Grecia y de
Italia--, prestaron  su literatura una riqueza de color y una inquietud
espiritual extraordinarias. Su obra multiforme, inspirada en los puntos
de vista ms heterogneos, es imagen afortunada de su propio vivir,
abigarrado y peregrino como una quimera folletinesca.

Vicente Blasco Ibez es un productor formidable. Para reunir los
elementos que haban de informar su clebre novela _Sangre y arena_, le
bast ir  Sevilla en compaa del matador de toros Antonio Fuentes. Los
datos que recogi en Bilbao para componer _El intruso_ los orden en una
semana; la mayor parte de sus libros los ha escrito en dos meses; en la
redaccin de algunos slo invirti cuarenta y cinco das. Dominado por
la impaciencia, deja que sus originales vayan sin leer  la imprenta, y,
como Balzac, nicamente los corrige cuando estn en pruebas.

Le pregunto:

--Tiene usted la concepcin fcil?

--Mucho--responde--; yo soy un impresionista y un intuitivo; por lo
mismo, esa lucha terrible entre el pensamiento y la forma, de que tanto
se lamentan otros autores, apenas existe para m. Es cuestin de
temperamento. Yo creo que las obras de arte se ven instantneamente  no
se ven nunca: si lo primero, el asunto se agarra con tal fuerza  mi
imaginacin y me absorbe y posee tan en absoluto, que, para descansar,
necesito llevarlo al papel de un tirn. El alboroto nervioso que me
produce la redaccin de los ltimos captulos, especialmente,
constituye para m una verdadera enfermedad: se me cansan la mano y el
pecho, me duelen los ojos, el estmago, y, sin embargo, no puedo dejar
de escribir; el desenlace tira de m, me esclaviza, me golpea en la
nuca, me enloquece; parezco sonmbulo; me hablan y no oigo; quiero salir
 dar un paseo y no me atrevo; la mesa me atrae y vuelvo al trabajo.
Muchas veces he escrito diez y seis y diez y ocho horas seguidas. En una
ocasin llegu  escribir treinta horas sin descansar ms que el tiempo
indispensable para beberme alguna taza de caldo  de caf...

Este era el modo de producir que tena Alfonso Daudet.

Es--dice el autor de _Safo_--como un flujo de calor vital que nos sube
al cerebro; nos sentimos dominados, invadidos por el asunto, y empezamos
 escribir febrilmente. Nada nos detiene entonces: el tintero queda
vaco, el lpiz se rompe; no importa; seguimos adelante. Nos irritamos
contra la noche que llega y nos cegamos en la penumbra del crepsculo
esperando la lmpara que no traen. Le disputamos el tiempo  la comida y
al sueo. Si es necesario marcharse, ir al campo, emprender un viaje, no
podemos resolvernos  dejar el trabajo y continuamos escribiendo de pie,
sobre una maleta...

Como todos los grandes novelistas meridionales, Blasco Ibez posee una
memoria extraordinaria para los paisajes, especialmente cuando hace
mucho tiempo que los vi. En la distancia de lo pretrito, las viejas
imgenes se precisan y acoplan con rara exactitud; es un torrente de
armonas pasajeramente olvidadas, de perfumes, de colores que resurgen
con toda su antigua calidez palpitante. Este influjo que los elementos
plsticos de la realidad ejercen en su espritu es tal, que con
frecuencia se yuxtaponen  las sensaciones de otra ndole:  las
auditivas, verbigracia. Blasco Ibez es un melmano; la msica le
produce estremecimientos inefables; Beethoven y Wagner son sus dolos;
muchas de sus cuartillas las escribi cantando... Y, sin embargo, hay
momentos en que las notas del pentagrama se ofrecen  su imaginacin
como algo extenso, palpable, sujeto  las leyes del color y de la lnea.

El cabrilleo de las temblonas aguas de las acequias heridas por la
luz--escribe en _Arroz y tartana_--era el trino dulce y tmido de los
violines melanclicos; los campos, de verde apagado, sonaban para el
visionario joven como tiernos suspiros de los clarinetes, las mujeres
amadas, como les llamaba Berlioz; los inquietos caares con su
entonacin amarillenta y los frescos campos de hortalizas, claros y
brillantes como lagos de esmeralda lquida, resaltaban sobre el conjunto
como apasionados quejidos de amor de la viola  romnticas frases del
violoncello; y en el fondo, la inmensa faja de mar, con su tono azul
esfumado, semejaba la nota prolongada del metal que,  la sordina,
lanzaba un lamento interminable.

Esta admirable concurrencia y fusin de emociones no es, en Blasco
Ibez, un estado pasajero de conciencia. Muy al contrario, constituye
una normalidad, y, por as decirlo, el fundamento  redao ms firme y
dichoso de su complexin artstica. Nueve aos despus, en 1903, su modo
de ver la msica es el mismo.

Hay pasajes musicales--afirma un personaje de _La catedral_--que me
hacen ver el mar, azul, inmenso, con olas de plata (y eso que yo nunca
he visto el mar); otras obras desarrollan ante m bosques, castillos,
grupos de pastores y rebaos blancos. Con Schubert veo siempre dos de
amantes suspirando al pie de un tilo, y ciertos msicos franceses hacen
desfilar por mi imaginacin hermosas seoras que pasean entre parterres
de rosales, vestidas de color violeta, siempre violeta.

La propensin inconsciente que el espritu del insigne novelista tiene 
simplificar sus sensaciones reducindolas todas  fenmenos de visin,
es el secreto de su arte, rezumante de plasticidad y colorido:  l debe
referirse la seguridad admirable y la frondosa abundancia de sus
descripciones, la exactitud en su manera de adjetivar, el desusado
vigor, sobrio y justo  la vez, que emplea en el trazado de sus figuras,
el balzaciano entono y verismo de los caracteres, y aquella emotividad
poderosa, semejante  un gran soplo vital, que infunde  las escenas.

El autor de _La barraca_ no prepara los elementos de sus libros con la
meticulosidad ahincada y paciente de que los novelistas franceses hablan
en sus autobiografas; su temperamento, siervo tumultuoso y ardiente de
la impresin, se lo impide. Blasco Ibez es un desordenado. Las
frases  los pensamientos que se le puedan ocurrir yendo por la
calle, nunca los apunta; las notas que han de formar sus novelas no
las escribe, las lleva en la memoria como un bagaje secreto, medio
olvidado; pero apenas se sienta  escribir, cuando todas despiertan, y
cual si obedeciesen  una evocacin bruja vuelven giles y lozanas  su
espritu. El procedimiento que emplea en la confeccin y desarrollo de
sus libros es sencillsimo: al principio slo tiene el argumento
capital, el bloque, y los nombres de las tres  cuatro figuras
principales; lo episdico, como los personajes secundarios, que
podramos llamar de relleno, la divisin de los captulos, etc., va
surgiendo despus, al volar calenturiento de la pluma. Escribe con
asombrosa celeridad, y pone en el curso de la narracin cuanto se le
ocurre; as, cuando termina, cada libro es una especie de selva munfica
y desbordante. Entonces viene la poda; el novelista exuberante se
eclipsa y aparece el crtico hosco, que corta, raja y suprime sin
piedad. Saturno devora  sus hijos. Esto sobra y lo otro tambin;
aquellos dos prrafos pueden reducirse  uno... etc. El estilo es
fcil, tranquilo, sin rebuscados atildamientos de concepto  de frase.

--Cuanto ms sencillo es un autor--dice Blasco--menos esfuerzo cuesta su
lectura. Por lo mismo procuro siempre escribir sin oropeles retricos,
llanamente, con el propsito nico de que el lector se olvide de que
est leyendo, y al terminar la ltima pgina le parezca que sale de un
sueo,  que acaba de devanarse ante sus ojos una visin de
cinematgrafo.

La farndula le aburre, le molesta; su temperamento de marino, enamorado
del horizonte y de la inmensidad saludable de los paisajes, desdea la
vida angosta de los escenarios; por buena que sea una obra teatral,
siempre ve su artificio; no comprende que pueda ocurrir nada bello ni
interesante sobre un tablado rodeado por rboles de cartn  paredes de
trapo. Los dramas ms espeluznantes suelen provocar su hilaridad, y
asegura que la noche en que asisti siendo nio  una representacin de
_En el seno de la muerte_, tuvo que salir del teatro antes de que
cayese el teln, porque pens reventar de risa...

--Y de la mujer--pregunto--qu opina usted? Cree usted en su
complejidad, en su perfidia?...

Adivino su respuesta, pero quiero recibirla de sus labios. Bah!...
Vicente Blasco Ibez sonre, se encoge de hombros y por su rostro pasa
la expresin satisfecha, un poco petulante, del hombre que, en lances de
amor, ha triunfado muchas veces.

--La mujer--exclama--no es toda la vida... ni siquiera la mitad de la
vida!... con ser, indudablemente, lo mejor que hay en ella. No es que yo
la desprecie, como los orientales, pero tampoco sufr jams su imperio
tirnico. Yo soy un macho, un gozador, no un sentimental. Yo opino que
la mujer es una de las muchas cosas legtimamente codiciables y dignas
de conquista que hay bajo el sol...

Despus, nuestra conversacin se remonta y llegamos  la regin de las
grandes sntesis.

--Cree usted en la gloria, como fin de la vida? Ama usted el dinero?

El maestro no vacila al contestar.

--La gloria, como el dinero, como el amor--declara--, son adornos de
la vida, y nada ms; arrequives brillantes que la embellecen y nos la
ofrecen bajo un disfraz amable. Pero el verdadero fin de la vida est,
sencillamente, en vivir. No debemos vivir para ser ricos, ni para ser
clebres, ni para endiosar  una mujer, digan lo que quieran los falsos
poetas: la vida goza de substantividad propia; se justifica  s
misma...

Y esta respuesta enrgica y breve compendia el alma, toda el alma, de
este hombre excepcional, conquistador rezagado, mezcla feliz de artista
y de aventurero, que, sin apoyo de nadie, supo vencer  la pobreza y
darle  la Vida un zarpazo de len.




                                  II

     Novelas regionales: "Arroz y tartana".--"Flor de Mayo".--"La
     barraca".--"Entre naranjos".--"Snnica la cortesana".--"Caas y
     barro".


Son seis las novelas correspondientes  este primer perodo, y las
denomino as por desarrollarse todas ellas en la regin valenciana, con
tipos y paisajes y hasta modismos de lenguaje arrancados  la gran
hermosura brava de la huerta; no por juzgarlas menos interesantes y
comprensivas, ni tampoco inferiores  las que su autor desenvolvi ms
tarde en amplios escenarios: pues la emocin artstica no reside en la
magnitud decorativa del marco, ni en la condicin noble de las
figuras, como ensean todava ridculamente vulgares textos de retrica,
sino en esa eficacia descriptiva y en esa habilidad para trazar
caracteres reales, que han de llevar al libro, al mrmol  al lienzo, el
estremecimiento sagrado de la Vida.

En estas obras, Vicente Blasco Ibez, aunque incorrecto muchas veces, y
 ratos, quiz, frondoso y plateresco en demasa, se muestra, sin
embargo, como un artista fascinante y magnfico, evocador insuperable
de horizontes. Toda la orquestal polifona de la Naturaleza resuena  la
vez en su cerebro y es recogida ordenadamente por su sensibilidad
delicadsima: no slo ve la realidad, sino que al mismo tiempo la
huele, la oye y la siente, cual si la tuviese entre sus brazos: por lo
mismo, ni un aroma, ni una nota, ni un color, ni un detalle, se escapan
 su penetracin vigilante. Guardan estos libros un fragor incesante de
pasiones, un revertimiento constante de jugos vitales, una especie de
convulsin pnica, que as agita las simientes echadas en el surco, como
desborda los ros y enardece las almas. Alternativamente, luciendo una
facilidad elstica donde jams se atisba el menor rastro de cansancio,
Blasco Ibez tan pronto se refugia en los caracteres y los diseca y
escudria discreta y sutilmente, como vuelve al mundo objetivo,
reconstituyndolo de diversos modos; unas veces con labor mesurada y
paciente de miniaturista, otras  largos trazos, con brochazos heroicos,
cual si le tentase la majestad sencilla y enorme del cielo tendido sobre
el mar.

Su complexin le lleva  sentir el amor  la Naturaleza con
extraordinaria intensidad; aunque siempre escribi en prosa, es un
verdadero y altsimo poeta de la vida, un enamorado fervoroso de la
tierra, semejante  aquellos sacerdotes de los antiguos cultos que
asistan de rodillas al orto del sol. Dueo de una paleta riqusima,
los colores del iris le sirven dcilmente y le pertenecen como esclavos;
su estilo esplendoroso, ardiente como un mantn filipino, le envuelve
bajo el prestigio asitico, hecho de oro y de seda, de un manto real; y
 su conjuro, los rincones de la huerta valenciana se rebullen y
despiertan, y aparecen  nuestros ojos con toda su cegante luminosidad
meridional. Sigamos al maestro en su xodo desde el lago maravilloso de
la Albufera  los bosques de Alcira, aljofarados de oro por las
naranjas; desde las ruinas drudicas de Sagunto la heroica  las playas
soleadas y rientes del Cabaal; y sentiremos cmo la poesa,
simultneamente enrgica y perezosa, de aquella tierra sultana, nos
penetra y concluye enseorendose de nuestro nimo: por todas partes
triunfan el amarillo quemante del sol, el azul vigoroso del espacio, el
verde esmeralda de la planicie cultivada, inmensa y prolfica; y aqu y
all, rompiendo la monotona griega de este acorde magnfico, la belleza
rabe de las palmeras litrgicas, implorantes como sacerdotes en
oracin, abriendo desmayadamente sus ramas en un gesto de inconsolable
dolor; y las barracas enjalbegadas de blanco, con sus techumbres
puntiagudas defendidas por una cruz. Y, finalmente, las noches
valencianas, noches difanas, en las que las olas empenachadas de espuma
sonren misteriosamente bajo la luna con sonrisa de plata, y en que el
cielo, baado en la serenidad lvida de la luz astral, parece ms
alto...

De todos los libros de esta poca, _Arroz y tartana_ es, indudablemente,
el ms flojo; y, sin embargo, tanto por el nmero y calidad de sus
tipos, como por el raro calor de humanidad que hay en l, es una obra
recia, de estirpe balzaciana.

Vivir con arroz y tartana significa vivir ostentosamente, aparentando
poseer mucho ms de lo que se tiene y sin cuidarse de la bancarrota, del
_crac_ final.

El argumento de esta novela es sencillo, y en l asoman frecuentemente
ramalazos de la juventud de su autor.

Como  otros hijos de aragoneses,  don Eugenio Garca sus padres le
abandonaron una maana en la plaza del Mercado, ante la iglesia de San
Juan. El muchacho, al principio, llor mucho, luego fu consolndose;
entr  servir como dependiente en un comercio del barrio, y  fuerza de
perseverancia en el trabajo y de economas, pudo establecerse por su
cuenta. Bien pronto su tienda, llamada _Las tres rosas_, fu popular.

Tena don Eugenio  sus rdenes y como primer dependiente  un tal
Melchor Pea, y cultivaba la sociedad de un ntimo y antiguo amigo suyo
llamado Manuel Fora,  quien, por haber sido novicio en su juventud,
apodaban _el Fraile_. De su matrimonio, Fora hubo dos hijos: Juan,
especulador codicioso y avaro, como su padre, y Manuela, disipadora y
pretenciosa.

Manuela y Melchor Pea se casaron y don Eugenio traspas  su antiguo
empleado el comercio, modesto aunque slido, de _Las tres rosas_; l ya
era viejo y haba luchado mucho; deba descansar. Poco despus _el
Fraile_ muri de apopleja, legando  cada uno de sus hijos setenta mil
duros. Juan, desconfiado y previsor, continu trabajando y no se movi
de la casa solariega; pero Manuela, sin considerar que su herencia no la
redituara lo suficiente para lanzarse  desusados lujos, quiso lucir,
salirse de su esfera, humillar  sus amigas. Avergonzndose de su
obscuro origen, no soseg hasta conseguir que su marido se retirase del
comercio. Pobre Melchor! Obligado por la nueva existencia que su
consorte le impona  vestirse el frac todas las noches, su buen humor
haba desaparecido junto con los colores de su cara; una obesidad
grasosa y amarillenta hinchaba su cuerpo; y, al fin, un ao despus de
abandonar la tienda, muri, sin que los mdicos supieran con certeza su
enfermedad.

De este primer matrimonio le qued  doa Manuela un hijo, llamado Juan,
 quien no amaba porque tena, como su padre, las manos grandes y el
tipo vulgar.

Al ao siguiente cas doa Manuela con su primo Rafael Pajares, mdico
licencioso y gastador, del que hubo tres hijos. Aquel matrimonio fu
breve; Pajares, rodo y maltrecho por sus vicios, muri pronto, pero
dejando notablemente quebrantada la fortuna de su mujer. Esta, sin
embargo, no se intimid; un implacable delirio de grandezas la posea;
su desbocada ambicin soaba casar  sus hijas con prncipes 
millonarios y esperaba de la Fortuna novelescas sonrisas. Firme en su
propsito, hipotec sus fincas, pidi dinero  rdito, amonton deudas
sobre deudas y al cabo lleg  la ruina total. Entonces, desesperada,
sin amor, con la sordidez brutal de una ramera, abandonse entre los
brazos de su antiguo dependiente, Antonio Cuadros, dueo  la sazn de
_Las tres rosas_. Hasta que, de sbito, la catstrofe que se cerna
sobre todos los desdichados personajes de este gran drama, tan vulgar y,
no obstante, tan intenso, explota horrsono y tableteante como trueno
apocalptico. La misma tarde en que Juan descubre los sucios amores de
su madre, el famoso banquero don Ramn Morte, especie de dios penate con
levita y sombrero de copa, que pareca velar por los intereses de
infinidad de familias, quiebra fraudulentamente y huye de la ciudad;
unos le suponen camino de Amrica, otros le creen refugiado en
Francia... En aquella quiebra Juan pierde todos sus ahorros, y Antonio
Cuadros, que ve evaporarse con Morte la mayor parte de su fortuna,
desaparece tambin. Juan muere de dolor; doa Manuela y sus hijas se ven
desamparadas; qu ser de ellas?... Ni fuerzas tienen para llorar; la
palabra ruina, en la que nunca meditaron, las envuelve ahora, tejiendo
 su alrededor una especie de noche inmensa.

El libro no concluira bien si no hablase de don Eugenio, el veterano
del Mercado. Qu haca, en medio de tanto dolor, el fundador de _Las
tres rosas_?... Ah! Vindose solo, miserable y sin la tienda donde
enterr las savias todas de su juventud, qu haba de hacer, sino
morir?... Y as fu: muri donde haba vivido, en la plaza, frente  San
Juan. Primero se doblaron sus rodillas, quedando de hinojos en aquel
lugar donde su padre le haba abandonado setenta aos antes; despus
cay de bruces en la acera.

Esta obra, en el curso de la cual intervienen catorce  diez y seis
figuras sobriamente trazadas, y en que el enrgico inters de la fbula
permite al lector ir sin fatiga de uno  otro episodio, anunciaba en
Vicente Blasco Ibez, muy joven entonces, un novelista de grandes
recursos y de visin amplsima. La crtica reconoci que el provinciano
y obscuro autor de _Arroz y tartana_, prometa. Las ilusiones de los
que as le juzgaron no resultaron fallidas: Blasco las satisfizo todas
publicando un ao despus, en 1895, su lindsima novela _Flor de Mayo_.

Qu emocin tan fuerte, tan inolvidable, deja este libro!... Es
pesimista, es trgico; sus ltimas pginas, especialmente, tienen toda
la amargura del mar, y por su arquitectura cae en absoluto dentro de
aquellos moldes en que el padre melanclico y casto de la novela
moderna, Emilio Zola, fabricaba los suyos. Y, sin embargo, qu extrao
raudal de luz, qu alegre vigor y qu intensas rfagas de ruda poesa
hay en l!...

Sirve de escenario  la obra la playa del Cabaal; todos los personajes
son pescadores, gente brava y noble, que tiene torpe la palabra y el
ademn pronto y vehemente.

Tona cas con el to Pascualo, pescador temerario que, una noche de
borrasca, pereci en el mar. Una ola devolvi su barca  la orilla, y
all le encontraron, con la cabeza destrozada, sirvindole de tumba el
armazn de tablas, ilusin de toda su vida, que representaba treinta
aos de economas amasadas ochavo sobre ochavo. Varios meses la pobre
viuda, acompaada de sus hijos Pascual y Tonet, pidi limosna de puerta
en puerta. Sus ojos implorantes, arrasados en lgrimas, excitaban la
compasin: al principio muchos la socorran, ste con dinero, aqul con
un puado de pescado  un trozo de pan; mas esta situacin haba de
durar poco, pues en la ingrata condicin humana la virtud de la caridad
es la que ms pronto se usa y fatiga. Tona lo comprendi as; era una
mujer fuerte que saba mirar cara  cara  la vida; su instinto de
conservacin venci y se impuso  su dolor.

No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca rota donde muri su
marido, y que puesta en seco se pudra sobre la arena, unas veces
inundada su cala por las lluvias y otras resquebrajndose su madera con
los ardores del sol, anidando en sus grietas voraces enjambres de
mosquitos.

Tona tena un plan. Donde estaba la barca poda plantear su industria.
La tumba del padre servira de sustento para ella y los hijos.

Qu bello smbolo! La vida alimentndose y surgiendo triunfal de la
muerte; la desilusin suprema de la nada, sonando  risas y vistindose
con las flores de una esperanza nueva...

Un costado de la barca fu aserrado hasta el suelo, formando una puerta
con pequeo mostrador. En el fondo de la barca colocronse algunos
tonelillos de aguardiente, ginebra y vino; la cubierta fu substituida
por un tejado de tablones embreados que dejaba mayor espacio en el
lbrego tabuco:  proa y popa, con los tablones sobrantes, formronse
dos agujeros  modo de camarotes; el uno para la viuda y el otro para
los nios, y sobre la puerta extendise un tinglado de caas, bajo el
cual mostrbanse con cierta prosopopeya dos mesillas cojas y hasta media
docena de taburetes de esparto.

En aquel ambiente crecieron Pascual y Tonet. No parecan hermanos:
Pascual,  quien luego llamaron _el Retor_, era, como su padre, de
complexin recia y voluntarioso para el trabajo, econmico, dcil,
callado; todo lo contrario de Tonet, vagabundo y pinturero, tan
aficionado al vino como  holgar con las mozas. _El Retor_ se casa con
Dolores, Tonet con Rosario; y ms adelante Dolores y Tonet, que en otro
tiempo fueron novios, vuelven  tener relaciones, pero esta vez ms
ntimas, ms graves... La narracin va devanndose rpidamente y con un
inters dramtico que crece segn se aproxima el desenlace. Cuando el
pobre _Retor_ descubre la traicin de su compaera y se convence de que
Pascualet, el chiquillo que crea suyo, es hijo de su hermano, sus celos
se desbocan y por sus brazos nervudos de remero corre un estremecimiento
homicida. Quiere abalanzarse sobre Tonet, trabarle por la garganta,
arrancarle aquella lengua infame que enga  su Dolores y la precipit
al adulterio. Luego reflexiona; esto an es poco; Tonet debe morir...
pero y l? Podr ser dichoso entre la mujer que le traicion y aquel
hijo que no es suyo? Por primera vez, su alma heroica, que hasta
entonces pele sin fatiga, siente el trabajo de vivir y la intil
melancola del esfuerzo. S, era preferible acabar! Y una madrugada,
desoyendo los consejos de otros patronos que no comprendan la terquedad
de Pascual, ste aparej su barca y acompaado de Tonet y del muchacho,
sali al encuentro de la tempestad que ya empezaba  rugir en el
horizonte. Ninguno de los tres volvi...

Hay en esta novela tipos gallardamente dibujados, como el de la ta
Picores, una especie de leona de la Pescadera, procaz y deslenguada,
capaz de reir  puetazos con un hombre; el del to Paella, padre de
Dolores; el del sior Martnes, carabinero andaluz, perezoso y
sentimental, que pasa como un soplo de poesa por la taberna de Tona; y
el de su hija Roseta, aquella virgen rubia, con largos ojos azules y
contemplativos, que lo saba todo. Y tambin merecen recordarse dos 
tres escenas de primer orden: tales como la del naufragio, la de la
bendicin de la barca, y la de aquella tarde en que Pascual y Tonet
deciden ir  Argel por un cargamento de tabaco. En esta ltima
descripcin, especialmente, Blasco Ibez se excede y mejora  s mismo;
la blancura de la playa arenosa reverberante bajo el sol; la quietud de
las barcas tendidas  lo largo de la costa con un abandono casi
inteligente, cual si tuviesen conciencia de que descansan; la serenidad
verde del mar emperezado por el calor de la siesta; el silencio, el
enorme silencio, que llena el espacio azul; y,  ratos, en la lejana
luminosa del horizonte, una vela blanca, como una pechuga de gaviota...
componen un lienzo pasmoso que Joaqun Sorolla hubiese firmado.

Los azares de la poltica apartaron momentneamente  Vicente Blasco
Ibez de la poltica. Por aquella poca el encono de los partidos lleg
 su apogeo; Valencia herva; todas las semanas estallaba un motn y la
sangre liberal enrojeca las calles; sobre la redaccin de _El Pueblo_
llovan denuncias. Blasco Ibez se vi encerrado durante ocho meses en
la crcel de San Gregorio, y al cabo tuvo la fortuna de que la pena de
reclusin le fuese conmutada por la de destierro. Entonces emigr 
Italia, donde escribi los captulos de su libro _En el pas del arte_,
publicado en 1896.

Sin embargo, el pblico, el gran pblico indiferente de Espaa, no
conoca an al escritor rebelde, mitad artista, mitad poltico, que
batallaba en una capital de provincias. Ante su nombre, la crtica, tan
servicial y diligente con los consagrados como desdeosa con los
nuevos, callaba y se encoga de hombros perezosamente. As Blasco
Ibez no palade las mieles de una verdadera victoria hasta dos aos
ms tarde, en 1898, con la publicacin de _La barraca_.

Libro admirable! Su autor lo vi bien, de un golpe, y lo escribi con
una vehemencia y una diafanidad de estilo inimitables. Toda el alma
rabe, brava y sufrida de los hijos de la huerta, late all: la lucha de
los hombres con la tierra, el cario dedicado por el labrador al caballo
que trabaja con l sobre el surco y al perro que de noche vigila su
hacienda; el respeto tradicional al amo que de hecho, ya que no de
derecho, oprime todava  sus colonos con el peso de una autoridad
omnmoda y feudal; y tambin el alma del paisaje, con su cielo
ailado, sus palmeras hierticas eternamente tristes, su red de
infinitos y pequeos canales, por donde el agua, semejante  un dios
helnico, bordea los verdes bancales, distribuyendo en ellos, con su
frescura murmurante, el regocijo de la vida. En _La barraca_ nada falta,
nada tampoco sobra; en la historia de la novela espaola contempornea,
este libro quedar como un modelo definitivo de nuestra literatura
regional.

El to _Barret_, como todos sus ascendientes, labor durante muchos aos
las tierras del usurero don Salvador; ellas se llevaron lo mejor de su
juventud. Cunto trabaj el infeliz y con cun poco xito! Hubo varios
aos malos, las cosechas fueron mezquinas y el producto de su venta
apenas bast  la manutencin de la familia. Cmo pagar  don Salvador
los alquileres devengados?... Al verse despedido, el pobre to Barret
trat de conmover el duro corazn del amo. El, que no haba llorado
nunca, gimote como un nio; toda su altivez, su gravedad moruna,
desaparecieron de golpe, y arrodillse ante el vejete pidiendo que no le
abandonara... Pero el amo se mostr inflexible; l tambin tena
compromisos y necesitaba dinero, su dinero... El to Barret,
humillado, pisoteado cruelmente en su dignidad, se march furioso,
jurando defender  tiros su derecho  vivir. Transcurrieron varios das.
Una tarde el to Barret sali de su barraca llevando consigo lo mejor
que haba en ella; la hoz de su abuelo, una joya que no la cambiaba ni
por cincuenta hanegadas. La fatalidad le atraves  don Salvador en su
camino: trabronse de palabras los dos hombres y el usurero cay, segada
la garganta. El matador fu condenado  cadena perpetua y en el penal de
Ceuta fin su triste existencia; su mujer, intil y vieja, muri en el
hospital, y sus cuatro hijas se dispersaron, siguiendo  travs de la
inmensidad de la humana miseria rumbos distintos: unas se pusieron 
servir, otras cayeron en la prostitucin... y de este modo, la gran
iniquidad legal qued consumada. Pas mucho tiempo; los herederos de don
Salvador trataron de arrendar la barraca del to Barret y las tierras 
ella anejas, y no lo consiguieron; nadie las quera; dirase que la
sombra vengativa del presidiario las defenda, las reclamaba an;
aquellos campos donde hogao los hierbajos silvestres medraban lozanos,
parecan malditos...

Hasta que por la huerta corri la noticia de que la barraca fatal estaba
habitada por una familia venida nadie saba de dnde. El hecho era
cierto. Batiste, un aventurero cansado de probar distintos oficios y de
pelear brazo  brazo con la miseria, se haba instalado all acompaado
de su mujer Teresa y de sus hijos Roseta, Batistet y Pascualet,  quien
por su carita bonachona y rosada, sus padres llamaban el Obispo. Qu
escndalo! El rumor se transmita  grito pelado de un campo  otro
campo, y un estremecimiento de alarma, de extraeza, de indignacin,
corra por toda la vega como si no hubieran transcurrido los siglos y
circulara el aviso de que en la playa acababa de aparecer una galera
argelina buscando cargamento de carne blanca. Instantneamente, sin
aviso previo, los vecinos organizan contra el intruso una especie de
cruzada,  la cabeza de la cual, y como jefe, figura el valentn
Piment. El forastero est asombrado; si l no hizo dao  nadie, si
slo aspira  vivir pacfica y honradamente,  qu debe atribuir aquel
odio?... Una tarde, al tramontar del sol, cierto pastor, anciano y
ciego, se acerca al predio maldito y aconseja  Batiste irse de all
cuanto antes: en sus ojos blancos y sin luz, en la lentitud con que
levanta al cielo sus brazos sarmentosos, hay algo paternal y
cabalstico. Sus palabras resuenan agoreras en el silencio de la tarde;
aquellas tierras, regadas con sangre, necesariamente han de ser funestas
para quien las cultive. Concluye:

_Creume, fill meu: te portarn desgrasia_.

Batiste se encogi de hombros; l  nada tena miedo y estaba seguro de
que sus manos, infatigables como su voluntad, eran capaces de realizar
milagros. Y as fu. En poco tiempo aquel campo, que durante diez aos
haba permanecido inculto, apareci limpio de malezas, roturado y
dispuesto  producir opulentas cosechas; los muros de la barraca,
enjalbegados pulcramente de blanco, relucan alegres bajo el sol; el
pozo qued limpio; ante la casita una parra frondosa tenda su sombra
bienhechora sobre una minscula plazoleta de ladrillos rojos. El sano
regocijo que Batiste experimentaba con estas mejoras, dur poco; la
experiencia le demostr que jams se arrostraron impunemente los odios
de un pueblo, y la conjuracin, solapada al principio, revienta al fin,
atacando simultneamente  los forasteros por todos los caminos. La
hostilidad que rodea  los padres trasciende implacable  sus hijos y
les envuelve. A Roseta la maltratan las muchachas de su edad, y Batistet
y Pascualet son golpeados al salir de la escuela por sus compaeros. La
lucha se prolonga semanas y meses tenaz y sin cuartel. En una de
aquellas trifulcas Pascualet, el ms pequeo de los dos hermanos, cae en
una zanja llena de agua, y la impresin de la cruel mojadura determina
unas calenturas que acaban con la vida del muchacho. Su padre, acosado
por unos y otros, se defiende  tiros y mata  Piment. Pero su herosmo
es baldo: una noche, hallndose todos acostados, la barraca empieza 
arder; nadie acude en su auxilio; las barracas vecinas permanecen
cerradas, y esta indiferencia es lo que mejor demuestra el
aborrecimiento que inspiran los intrusos. Qu rumbo seguir? Cmo
defenderse de aquel enemigo invisible y enorme? El heroico Batiste acaba
por rendirse; no luchara ms: Huiran de all para comenzar otra vida,
sintiendo el hambre tras ellos, pisndoles los talones; dejaran  sus
espaldas la ruina de su trabajo y el cuerpecillo de uno de los suyos,
del pobre _albaet_, que se pudra en las entraas de aquella tierra,
como vctima inocente de la loca batalla.

Guarda este libro pginas soberbias, como las consagradas al entierro
de Pascualet y al incendio de la barraca, y hasta media docena de tipos
perfectamente trazados. Su autor lo escribi de un tirn y en un estado
de hiperestesia que iba creciendo y agudizndose conforme se acercaba el
desenlace. Los dos ltimos captulos, especialmente, llegaron 
colocarle en un estado de verdadero desequilibrio mental. Sufri
alucinaciones. La noche en que termin la novela trabaj hasta la
madrugada; estaba solo; acababa de escribir la cuartilla final y levant
la cabeza: sentado delante de l vi  Piment. La impresin fu tan
violenta, que Blasco tir la pluma y retrocediendo, como para no ser
acometido por la espalda, se retir  su cuarto; la sombra trgica del
huertano permaneci all, de codos sobre la mesa, junto al quinqu,
inmvil en medio del silencio y la amplitud del saln obscuro.

El triunfo obtenido dos aos ms tarde por _Entre naranjos_, igual y
acaso sobrepuj, al de _La barraca_.

Hay en esta novela una parte autobiogrfica muy interesante. Blasco
Ibez haba conocido en uno de sus viajes  cierta artista rusa, tiple
de pera, mujer extraordinaria, hermosa, fuerte y sdica como una
_walkyria_, que recorra el mundo llevando consigo  una pobre muchacha
 quien en sus frecuentes arrebatos de mal humor azotaba cruelmente.
Fueron aqullos unos amores de pesadilla, vehementes y rpidos; la
artista, con su elevada estatura y sus biceps de hierro, era una
verdadera amazona, celosa y agresiva, de la que sus amantes necesitaban
defenderse  puetazos; instintivamente su temperamento rebelde se
negaba  rendirse, y cada posesin requera una escena ancestral de
lucha y de doma, en la que luego los besos servan para restaar la
sangre de los golpes.

La accin principal de la novela se desarrolla cerca de Valencia, en
Alcira, pueblo lindsimo, pintoresco como un capricho de abanico, cuyo
blanco casero parece flotar sobre el ocano verde de los inmensos
naranjales que lo circundan.

Leonora, artista de pera de reputacin mundial, se ha refugiado all
guiada por esa necesidad de aislamiento que las almas aventureras
sienten de cuando en cuando. Rafael Brull,  quien sus adeptos acaban de
elegir diputado, se enamora de ella; Leonora quiere resistir, tiene
miedo  las pasiones que desencadena su belleza... pero la soledad, que
enardece las imaginaciones, suele ser mala consejera de la virtud, y al
cabo resbala y se abandona entre los brazos de Rafael una noche de luna,
bajo los naranjos cuajados de azahares. Esta aventura concita contra la
artista los odios de todo el vecindario, pacato y catlico. Leonora se
encoge de hombros; qu pueden importarla la enemistad  las groseras
de aquellas pobres gentes? Pero, al mismo tiempo, su voluntad errante
siente el deseo, cada vez ms exigente y punzador, de volver al mundo
para correr tras el espejismo de los horizontes; es su sino... Brull
quiere seguirla, y su intento fracasa: se lo impiden su pasado, el
recuerdo de su padre, el carcter de su madre, devota y austera, y hasta
el amor de su prometida, muchacha modosita, insignificante, que aportar
al matrimonio una herencia considerable... Leonora y Rafael se separan,
y ni una sola carta vuelve  cruzarse entre ellos. Todo ha concluido.
Rafael Brull se casa, tiene hijos y su nombre obscuro aparece alguna vez
que otra en el _Diario de Sesiones_. Transcurren muchos aos. Una tarde,
al salir del Congreso, el diputado se encuentra con Leonora. Es la
_walkyria_ de siempre, fuerte y hermosa; acaba de llegar  Madrid y  la
maana siguiente piensa salir para Lisboa. Brull siente renacer en su
alma los recuerdos de su antiguo amor: est triste, aburrido; sus ojos
se llenan de lgrimas; an pueden ser felices...

Ella le rechaza con estas palabras bellas y tristes:

--No te esfuerces, Rafael--dice--, esto se acab. El Amor que dejaste
pasar est lejos, tan lejos, que aunque corriramos mucho, nunca le
daramos alcance. A qu cansarnos? Al verte ahora, siento la misma
curiosidad que ante uno de esos vestidos viejos que en otro tiempo
fueron nuestra alegra. Veo framente los defectos, las ridiculeces de
la moda pasada...

Leonora se despide de su antiguo amante framente, y Rafael Brull
permanece solo en medio de la acera, ridculo, abatido, casi viejo,
haciendo esfuerzos sobrehumanos para reprimir el deseo, un inmenso deseo
que tiene, de echarse  llorar...

As, suavemente, con la melancola de un pauelo mojado en lgrimas que
desde lejos nos dijese adis, termina el libro; libro exquisito,
aromado por la tragedia, la gran tragedia sin sangre, de las ilusiones
perdidas.

_Snnica la cortesana_ constituye, en la tcnica de Vicente Blasco
Ibez, un gesto aparte; y si la incluyo entre sus novelas
regionales, es porque su autor, segn confesin propia, ms que un vano
alarde arqueolgico, trat de hacer con este libro la novela valenciana
antigua.

La accin se desenvuelve durante los ltimos das de Sagunto, cuyo
espritu, costumbres y trajes fueron evocados y descritos con
sorprendente precisin. Snnica es una cortesana que, por no dejar  un
amante, llev  las costas levantinas de Espaa un rayo del sol alegre
de Grecia, la cuna excelsa de la filosofa y del arte, donde las
mujeres, cual las diosas, tenan la bondad de aliviar el dolor de los
hombres mostrndose desnudas: como era generosa, el pueblo la adoraba, y
en su palacio suntuoso, hecho de mrmoles, las luces que alumbraban los
festines con que la hetera obsequiaba  sus invitados, no se apagaban
nunca antes de salir el sol. Alrededor de Snnica aparecen agrupadas la
figura belicosa de Acten, amigo de Annbal; la del cnico parsito y
filsofo Eufobias, la del afeminado Lcaro, la de los jvenes amantes
Ranto y Erocin, la del famoso arquero Mopso y otras, que, unidas todas,
recomponen cabalmente el alma, orgullosa y democrtica  la vez, de la
poca.

En el cuadro final, con el fiero asalto que dieron  las murallas
saguntinas las tropas semi-brbaras que acaudillaba el general
cartagins y el herosmo con que los sitiados, cogidos de las manos, se
precipitaban en la hoguera inmensa donde haban jurado perecer, el autor
puso todo su aliento y supo darnos la emocin de aquella epopeya,
asombro del mundo antigua y gloria todava de nuestra raza.

A fines del ao siguiente,  sea en Noviembre de 1902, Vicente Blasco
Ibez public su novela _Caas y barro_, el mejor,  mi juicio, de
todos sus libros. Luego supe que su autor lo tena en igual estima, y
no me extra; _Caas y barro_ es una obra maestra.

Explicar el argumento de esta novela es empresa difcil, porque ms que
un asunto puede afirmarse que hay en ella dos  muchos, todos igualmente
interesantes y desarrollados simultneamente, lo que da  la narracin
una jugosidad excepcional, un calor de humanidad extraordinario: es el
espejo donde van reflejndose las historias de varias familias que viven
paralelamente, el tornavoz que recoge los gritos de dolor, las zozobras,
las alegras mezquinas, todas las palpitaciones, en suma, de un trozo
del pintoresco enjambre humano. _Caas y barro_ es la vida en la clebre
Albufera valenciana, hmeda, fangosa, calenturienta, con sus arrozales,
que forman horizonte. Tipos?... Los hay  puados; podran contarse por
docenas: all estn el to Paloma, el pescador ms antiguo del lago,
alma independiente, movediza como su propia barca, para quien el oficio
de agricultor es una profesin de esclavos; su hijo Toni, voluntad de
acero, trabajador infatigable, empeado en rellenar con tierra trada de
muy lejos una charca profunda que le cedi graciosamente cierta seora
rica que no saba qu hacer de ella; Tonet _el Cubano_, flor de vicio,
tumbn y sensual, que aspira  vivir en la holganza merced  la
proteccin de su querida Neleta, esposa del rico tabernero y antiguo
contrabandista _Caamel_; el borracho _Sangonera_, socarrn delicioso,
especie de dios Baco,  quien los habitantes del lago solan encontrar
dormido junto  las orillas, la cabeza ceida de flores, y que al cabo
muri de un atracn; el _pare_ Miquel, la _Borda_, la _Samaruca_ y
otros... Todos estos seres, movindose en el mismo escenario y agitados
por sentimientos afines, dan una sensacin rotunda, magnfica, de
humanidad en marcha.

La atencin del lector, sin embargo, propende inconscientemente 
olvidar la epopeya grandiosa de Toni para fijarse en los amores
adulterinos de Neleta con Tonet _el Cubano_. Caamel ha muerto, Neleta
se halla encinta de su amante y es indispensable que el nio
desaparezca, pues, de lo contrario, la viuda, por su proceder liviano,
perdera su derecho  heredar al difunto, segn ste lo determin en su
testamento. En aquella desalmada mujer la codicia es ms fuerte que el
instinto maternal, y el recin nacido es inmolado sin piedad; su mismo
padre lo sacrifica: le llevaba en su lancha, y de pronto, asindole con
ambas manos, le arroj violentamente lejos de s, como si quisiera
aligerar la embarcacin de un lastre inmenso. Y ms tarde, cuando _el
Cubano_, horrorizado de su crimen, se suicida, Toni, su padre, enterado
por el to Paloma de lo ocurrido, le inhuma secretamente. Dnde? En su
charca. La _Borda_, su hija adoptiva, le ayud en esta operacin
macabra. Amaneca y las primeras luces matutinas daban al lago la
tonalidad gris de una lmina inmensa de acero. Cogieron entre los dos el
cadver y le descendieron  la fosa cuidadosamente, como si fuese un
enfermo que poda despertar. El sepelio concluy. Pobre Toni! Su vida
estaba terminada. Cmo dar idea de su dolor lacerante, infinito?...
Hera con sus pies aquella tierra que guardaba la esencia de su vida.
Primero la haba dedicado su sudor, su fuerza, sus ilusiones; ahora,
cuando haba que abonarla, la entregaba sus propias entraas, el hijo,
el sucesor, la esperanza, dando por terminada su obra.

La crtica crey ver en este final prodigioso un efectismo; algo muy
bello, s, pero artificiosamente preparado desde el principio de la
obra. No hay tal. Yo quiero hacer constar que ese desenlace fu una
improvisacin. Blasco Ibez, apenas sali de la Albufera donde, para
estudiarla de cerca, acababa de pasar ocho  diez das pescando y
durmiendo al raso en el fondo de una barca, empez  escribir su novela
sin saber an cmo la concluira. Comenzaba la estacin otoal. Muchas
noches, desde un balcn de su finca de la Malvarrosa, Blasco miraba al
mar tranquilo, susurrante, plateado por la luna, mientras tarareaba la
Marcha Fnebre de _Sigfrido_. Entretanto, meditaba el ltimo captulo
de su libro. De pronto lo vi; fu una emocin tan eficaz que casi la
sinti en los ojos; acababa de sugerrselo el recuerdo del cadver del
hroe wagneriano, tendido sobre su escudo y llevado por sus guerreros...

Y por qu no haba de ser as, segn el novelista lo explica?

No olvidemos que para Vicente Blasco Ibez, fcil ms que ningn otro
artista  las emboscadas de la impresin, el arte es instinto.




                                  III

     Novelas de rebelda: "La catedral".--"El Intruso" "La bodega".--"La
     horda".


En todas las novelas examinadas hasta aqu, asoma constantemente la
necesidad obsesionadora, ineluctable, del dinero, y la lucha universal y
terrible que los hombres rien con la tierra por ganarlo; pero el
ambiente donde sus asuntos se desenvuelven es tan bello y jocundo, hay,
as en el lago de la Albufera como en la casita azul de Leonora, como
en los verdes bancales que rodean la barraca de Batiste, como en la
playa arenosa del Cabaal, tan subidsima poesa, que la magnificencia
del paisaje se sobrepone y hace olvidar el trabajo cruel de vivir.
Intilmente el novelista nos describe la ruda existencia de la gente
marinera y apostrofa  las clases privilegiadas, reprochndolas su
codicia y asegurando que  duro deba venderse la libra de ese pescado
que suele dejar en la orfandad  tantos nios: el lector, dominado
siempre por la hermosura triunfal de la Naturaleza, se emociona sin
clera. No; no puede haber verdadero dolor, ni quebrantos irreparables,
en un pas donde los rboles se desgajan bajo el peso de la fruta y la
esplendidez del panorama es tal que sus habitantes, artistas por
temperamento, parece que han de olvidar sus penas y darse por contentos
y generosamente pagados, con slo tener ante los ojos, al concluir sus
faenas, la belleza de una puesta de sol...

Sin duda Vicente Blasco Ibez, acaso inadvertidamente, lo entendi as,
y por eso traslad la accin de sus novelas sucesivas  otras regiones,
en donde la pobreza de la tierra  la desigualdad abominable con que fu
repartida, exige de los desheredados que escarban en ella mayores
sacrificios. Estos libros que yo llamo de rebelda, son, antes que
nada, libros de combate, vehculos elegantes de propaganda
revolucionaria, armas recias y lindas, cuidadosamente templadas, de
demolicin y protesta: en ellos reaparece el antiguo espritu belicoso
de su autor; el poltico iguala al artista y rivaliza con l,
componiendo entre ambos una obra bella y buena en que la utilidad y la
amenidad se acoplan y conciertan en maridaje feliz. A este perodo
corresponden _La catedral_, _El intruso_, _La bodega_ y _La horda_.

Con loable sinceridad Blasco Ibez me declara que _La catedral_, 
pesar de ser el ms traducido de sus libros, es el que menos le gusta.

--Lo encuentro pesado--exclama--; hay en l demasiada doctrina...

Tal vez; su opinin es para m preciosa, pues creo que, digan lo que
quieran los crticos, nadie puede hablar con ms autoridad de una obra
de arte que su propio autor. De todos modos, _La catedral_ es un libro
que en nuestra vieja Espaa, atrasada y empobrecida bajo el yugo
execrable de las asociaciones monsticas, los defensores de la libertad
deban hacer circular de mano en mano  modo de breviario meritsimo.

La accin se desarrolla en Toledo, la ciudad venerable, hermosa y triste
como un museo, que an parece dormir,  la sombra de sus iglesias, el
horrible sueo letrgico--sueo de quietismo y de renunciacin--de la
Edad Media.

El anarquista Gabriel Luna, despus de un xodo penossimo, regresa 
Toledo, donde se propone acabar pacficamente sus das junto  su
hermano Esteban, antiguo servidor de la catedral. Enterado de que su
sobrina Sagrario, que aos atrs se haba fugado de la casa paterna con
un hombre, arrastraba en Madrid una vida dantesca de miseria y de
oprobio, da los pasos necesarios para recobrarla y al cabo consigue
restituirla  su hogar y que su padre la perdone. Por qu no hacer el
bien, cueste lo que cueste? El perdn es santo, tanto ms santo cuanto
mayor sea la gravedad del delito indultado. Gabriel Luna,  quien el
dolor y las privaciones de su existencia errante hirieron en el pecho
con herida mortal, es un carcter apacible y dulce, un visionario
bondadoso, indulgente como un cristiano primitivo. Ama  Sagrario, que
es dbil y est enferma tambin, y ella le corresponde: es una pasin
casta y tranquila, un cario espiritual en el que slo se besan las
almas.

No te separes--la dice--, no me temas. Ni yo soy un hombre ni t eres
ya una mujer. Has sufrido mucho, has dicho adis  las alegras de la
tierra, eres fuerte por el infortunio y puedes mirar cara  cara  la
verdad. Somos dos nufragos de la vida: slo nos resta esperar y morir
en el islote que nos sirve de refugio. Estamos deshechos, rasgados y
arrollados: la muerte se incuba en nuestras entraas: somos harapos
cados  informes despus de haber pasado por los engranajes de una
sociedad absurda. Por esto te quiero: porque eres igual  m en la
desgracia...

Las predicaciones de Luna, conversaciones fciles, rebosantes de
evanglica uncin, ocupan casi todas las pginas del libro: l acaricia
la visin de una sociedad nueva, gobernada por las blandas leyes del
amor; un mundo de paz y de infinita tolerancia, en que no habr pobres
porque tampoco habr ricos...

Las palabras del anarquista, aunque pacificadoras y ungidas con las
mieles misericordiosas, inefables, del Nuevo Testamento, desatan en el
obscuro cerebro de las gentes incultas que le escuchan, ideas
criminales. Una noche en que Luna cumpla la guardia nocturna de la
catedral, sus discpulos se presentan, armados y dispuestos  robar el
Tesoro del templo: quieren ser ricos, gozar, ser como esos seores que
van en coche y tiran el dinero... Gabriel Luna, asustado de lo mal que
aquellos hombres han interpretado sus doctrinas, les increpa furioso,
les amenaza; hasta que uno de ellos se arroja sobre l y con el grueso
manojo de llaves que lleva en la mano le rompe la frente.

Una vez ms las ovejas, convertidas en lobos devoraron  su pastor. La
humanidad es as. Como Cristo, Gabriel Luna pag con la vida el delito
ms peligroso de todos los delitos: el delito de ser bueno...

Al ao siguiente, en 1904, Blasco Ibez public _El intruso_, cuya
trama se desenvuelve en Bilbao, la tierra fuerte, hecha de hierro, que
alimenta la voracidad insaciable de los Altos Hornos. _La catedral_ es
el smbolo de la religin tradicional, quietista y como momificada, que
subsiste aislada del mundo y confa  la autoridad y esclarecimiento de
su larga historia la salud de su porvenir: _El intruso_, por el
contrario, es la mscara de la religin moderna, la religin militante,
que huye del reposo claustral porque comprende que en l est la muerte,
y ambula por las calles, y frecuenta salones y publica libros y estrena
obras y funda establecimientos de enseanza y establece compaas
annimas de navegacin y acomete negocios de ferrocarriles y de minas, y
procura, en fin, asociarse  todas las palpitaciones de la existencia
contempornea. _El intruso_, para decirlo de una vez, es el jesuta; la
especie ms inteligente y ladina, y por lo mismo ms temible, de la
muchedumbre ensotanada; el amo desptico, aunque aparentemente se
muestre risueo y tolerante, de muchas fortunas y de muchas conciencias.

Hablando de la clebre Universidad de Deusto, la gran obra del
jesuitismo, que alza su mole romana en los alrededores de Bilbao,
escribe Blasco Ibez estas palabras elocuentes:

En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, haban levantado
los jesutas una imagen de San Jos con un arco de focos elctricos.
Mientras dorman los buenos padres, el semicrculo luminoso recordaba 
los pueblos de la ra y  la misma Bilbao que all estaba la orden
poderosa y dominadora, pronta siempre  ponerse de pie, no queriendo
abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El doctor
hallaba natural que fuese San Jos el escogido para esta glorificacin;
el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de la impotencia,
hermoso molde escogido por aquellos educadores para formar la sociedad
del porvenir.

El opulento naviero Snchez Morueta, protagonista del libro, rene,  un
infalible golpe de vista para los negocios, una voluntad de diamante;
todo le sale  derechas; lo que arruin  otros  l le enriquece: es un
luchador excepcional que supo sujetar bajo sus rodillas  la fortuna
veleidosa y convertirla en una especie de suave y obediente cabalgadura.
Estableca nuevas fabricaciones--dice Blasco--, y al poco tiempo
marchaban por s solas con una exactitud desesperante. Construa barcos,
y no naufragaba uno, para alterar con una catstrofe la monotona de su
existencia. La desgracia era impotente para l, estaba abroquelado, y
aunque ella corriese  estrecharle entre sus brazos, la caricia mortal
sera un roce insignificante.

El novelista se complace en afirmar las proporciones ciclpeas de esta
figura, porque as resplandecer mejor al final el poder ilimitado,
disolvente, del jesuitismo. Poco  poco, de un modo imperceptible, con
una suavidad sigilosa y rastreante, el enemigo va filtrndose en la
intimidad de aquel hogar. El jefe de la casa, alma ruda abstrada en sus
negocios, no sospecha la gravedad de la traicin que se avecina y que
insensiblemente va cercndole. El peligro le estrecha, le provoca, se
sienta  su mesa, duerme  su lado por las noches, y l no lo ve.
Cristina, su mujer, deposita con impudicia fantica al pie del
confesonario sus secretos conyugales ms ntimos, y su hija renuncia al
amor de un hombre inteligente y de ideas liberales que la pretende, para
ser la prometida de un rbula discpulo de Deusto. Cuando Snchez
Morueta se percata de lo que sucede  su alrededor, ya no puede
defenderse; es tarde: su esposa, su hija, sus empleados, todos le
abruman con idnticos consejos; y l mismo, reconocindose viejo y
triste, siente la necesidad cobarde de ser religioso, de volver los ojos
hacia aquel cielo en el que nunca se detuvo  pensar y que, no obstante,
tanto y tan eficazmente le haba ayudado siempre. Terrores extraos de
otra vida le asedian; puede morir y debe ocuparse en lavar su
conciencia. El antiguo luchador se rinde  discrecin y acaba por ir,
acompaado de su familia,  pasar una temporada al monasterio de Loyola:
es preciso purificarse, rezar mucho, repartir muchas limosnas; para todo
esto cuenta con su padre espiritual. Pobre Snchez Morueta! El
intruso haba luchado con l en su propia casa y le haba vencido.

En _La bodega_, como en _El intruso_, se siente tambin la mano del
jesuitismo; es algo magntico, invisible, que se cierne en la atmsfera,
y unas veces obliga  los obreros  concurrir  misa para no ser
expulsados de sus talleres, y otras bendice los campos. En las tortuosas
callejas toledanas, como en las minas bilbanas donde truena la
oratoria mordiente del doctor Aresti, como en los feraces campos
andaluces por donde pasa la figura evanglica, todo dulzura y caridad de
aquel Cristo moderno que se llam Fermn Salvoechea, laten los mismos
dolores, gemebundea el mismo treno inmenso que arranca  los
desheredados de todas las provincias la injusticia social.

Pablo Dupont, dueo de una importantsima bodega de Jerez, pertenece 
la estirpe hazaosa de los Snchez Morueta. Su hermano Luis, prototipo
del seorito andaluz, dilapidador, mujeriego, bravucn  intil,
desdea los negocios y lleva en su sangre los desbocados apetitos y las
insolencias de una raza feudal: los pobres son para l, como en los
tiempos medioevales, siervos del terruo, esclavos de la gleba, de los
que un caballero principal puede usar libremente y sin extremado
quebranto de las buenas costumbres. Los de abajo, sin embargo, no
piensan as, los tiempos han cambiado; lentamente, gota  gota, las
modernas corrientes libertarias, van desentumeciendo las conciencias y
mostrando  los hombres el camino sagrado de la ciudad futura: y, por lo
mismo,  lo largo de esta novela que va devanndose alegre y
pintorescamente, se advierten rumores, de lucha intestina,
estremecimientos agoreros de odio y de dolor: los maltratados por la
suerte se cansan de su servidumbre y la palabra reivindicacin resuena
amenazadora por las noches en el silencio montaraz de las gaanas; los
cuerpos, inclinados sobre el surco, de los segadores, se yerguen  ratos
con un gesto altivo; las manos que antes se abran humildes, como
implorando una limosna, ahora se crispan conquistadoras y vengativas.

El bondadoso Salvatierra, lamentndose de la abulia nacional, es el
principal propagandista de estas ideas emancipadoras.

--Esa gente sufre y calla, Fermn, porque las enseanzas que heredaron
de sus antecesores son ms fuertes que sus cleras. Pasan descalzos y
hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que muri por ellos, y
el rebao miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin
cumplirse nada de lo que aqul prometi. Todava las hembras, con el
femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran
sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para
siempre por el ms colosal de los fracasos. Hay que gritarles: No
pidis  los muertos: secad vuestras lgrimas para buscar en los vivos
el remedio de vuestros males.

Los campesinos le escuchan, haciendo signos de asentimiento; dice bien
el predicador vagabundo; y, poco  poco, el espritu de rebelin crece
como una ola roja y amarga.

Pero Luis Dupont, calavera y orgulloso de su dinero y de su figura,
olvida tales presagios, y una noche en que se halla de fiesta en una de
sus posesiones, viola  Mara de la Luz; y poco despus un hermano de
sta, convencido de que el miserable galn no piensa reparar su crimen,
le insulta y le mata. Pero el mal est hecho; Mara de la Luz ya no ser
dichosa, ya no podr casarse con Rafael, su novio, el elegido adorado de
su alma; se lo prohibe su educacin cristiana, la creencia absurda de
que en la virginidad reside la pureza de la mujer. Rafael opina lo
mismo; quiere  Mara, acaso ms que nunca, pero comprende que no debe
unirse  ella; el idilio est roto...

Hasta que el bondadoso don Fernando Salvatierra--seudnimo con que el
autor presenta en su libro al anarquista Salvoechea--habla con Rafael y
le convence de que su desgracia no es irreparable. Necesitaba ser fuerte
y sobreponerse  los fantasmas del pasado. La virginidad! Qu es eso?
Qu importancia puede tener un detalle fsico tan mezquino en el
porvenir de dos seres que se aman ardientemente?... Las palabras de
Salvatierra resonaban indulgentes y consoladoras en los odos del mozo:

Lo saba todo. Valor! Era una vctima de la corrupcin social, contra
la que tronaba l con sus ardores de asceta. An poda comenzar de
nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es grande.

Rafael le escucha y poco  poco siente que su dolor y sus celos, tan
punzantes hasta entonces, van suavizndose. Dice bien aquel hombre: por
qu la integridad fsica de una mujer ha de anteponerse  la pureza de
su espritu?... El mismo Rafael explica  Mara de la Luz este
pensamiento, pensamiento santo, pues que les ofrenda la felicidad. Las
vergenzas del cuerpo--dice--representan muy poco... El amor es lo que
importa; lo dems son preocupaciones de animales.

Y con esta seguridad reparadora se abrazan estrechamente mientras
piensan en Amrica, la tierra frtil y hospitalaria, hacia donde se
embarcaran muy pronto y en la que les aguardaba una bella vida de
cario y de trabajo.

_La horda_ es, en el orden cronolgico, la ltima de las novelas de
rebelda; y entre los muchos aciertos que avaloran este libro, su mismo
ttulo, evidentemente es el mayor. Esa horda  que Blasco Ibez se
refiere, es la muchedumbre de desheredados--traperos, matuteros,
vagabundos de todas clases, cazadores furtivos, chalanes, pordioseros,
ladrones--que vive en las afueras de Madrid, trabajando unas veces,
merodeando otras, disputndose los detritus de la gran ciudad alrededor
de la cual forman una especie de crculo siniestro y amenazador, cual
si olfateasen la oportunidad de caer sobre ella para devorarla. Son los
parias de la vida, los ex hombres de que habl Gorki. En torno de la
urbe limpia, bien oliente, con sus hermosos paseos, sus palacios de
mrmol, sus cafs y sus teatros que las mujeres llenan con la alegra
lasciva de sus descotes y el frufruteo aromado de sus vestidos; y sobre
la cual, de noche, sus millares de luces tienden un halo rojizo y
gigante que da la sensacin de que toda la ciudad re estremecindose
con la locura de una fiesta bquica, los maltratados de la suerte, los
sin fortuna, los hambrientos, parecen rondar como lobos famlicos
alrededor del aprisco; sus ojos desesperados relucen en la obscuridad,
sus puos se crispan, un rictus ancestral tuerce sus labios y desnuda
sus dientes... Madrid no les quiere y les expulsa de su seno, pero les
tolera porque ellos, acaparadores de la basura, de lo roto, de lo que se
pudre, son los principales mantenedores de la higiene y del aseo de la
ciudad; Madrid les desprecia, pero les necesita; les teme, pero no
sabra prescindir de su trabajo; y ellos, que lo comprenden, no se
alejan mucho de la ciudad, estrechndola, oprimindola en un anillo de
miseria. Ah, cuando llegue el da del hartazgo!...

Maltrana--escribe Blasco Ibez refirindose al protagonista de _La
horda_--pens en los traperos de Tetun, en los obreros de Cuatro
Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peuelas y las
Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin
trabajo del barrio que tena delante, en todos los infelices que la
orgullosa urbe expela de su seno y acampaban  sus puertas, haciendo
una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre
primitivo, amontonndose en la promiscuidad de la miseria, procreando
sobre el estircol  los herederos de sus odios y los ejecutores de sus
venganzas.

Esa habilidad balzaciana que el ilustre novelista posee para idear
figuras, constituir familias y darnos la sensacin caliente, llena de
movilidad y de inters, de las muchedumbres, sobresale en este libro ms
quiz que en otro ninguno.

Isidro Maltrana es un muchacho ilustrado y de claro entendimiento, pero
de flaca y desorientada voluntad, y  este desequilibrio de facultades
debemos referir muchas de las desgracias que luego, en el devanar del
tiempo, amargan su vida. Naci de una pobre mujer y de un albail que
muri siendo l todava muy nio. Su abuela materna era una trapera del
barrio de las Carolinas llamada _la Mariposa_, y que viva maritalmente
con un trapero viejo, cazurro, borracho y un poco filsofo,  quien
todos conocan por _Zaratustra_. Isidro Maltrana, por consiguiente,
vena de abajo, era hijo del pueblo y acaso hubiese vivido
tranquilamente si, desde pequeo, le hubieran dedicado  un oficio. Mas
no fu as; una seora rica y bondadosa,  cuya casa la madre de Isidro
iba  trabajar, admirando las excelentes disposiciones que el chiquillo
demostraba tener para el estudio, quiso encargarse de su educacin y
darle una carrera. Maltrana comenz  estudiar afanosamente, graduse
bachiller y segua con notable aprovechamiento el penltimo curso de la
facultad de Filosofa y Letras, cuando su protectora falleci. Como por
ensalmo el pobre muchacho se hall desamparado, inerme ante la gran
batalla de la vida: no tena carrera, no saba ningn oficio: los de
arriba, conociendo su origen humilde, le miraban despectivamente; y,
por otra parte, para vivir entre los de su clase, le estorbaba su
ilustracin y posea unas manos y unos gustos demasiado finos. Era un
inadaptable, un inutilizado por el cambio de ambiente,  quien el
porvenir reservaba das muy negros.

A falta de otra ocupacin mejor, Isidro Maltrana se hizo periodista; su
bohemia fu larga, dura, estril. En sus visitas  Cuatro Caminos, donde
viva su abuela, conoci  Feliciana, hija de un cazador furtivo  quien
llamaban Mosco. Isidro y Feliciana se amaron y concluyeron marchndose 
vivir  un cuartucho interior situado en las inmediaciones del Rastro.
Ella era joven, graciosa y bonita, l era inteligente y alegre; los dos
hubiesen podido ser felices; pero la fatalidad les persegua sauda, sin
darles un momento de tregua. Maltrana careca de trabajo; su voluntad
dbil no saba imponerse; Feliciana estaba encinta: hambrientos, medio
desnudos, los dos vencidos fueron  refugiarse en una casuca de las
Cambroneras, desamparada y miserable como choza de hngaros. Segn vamos
acercndonos al desenlace, una tristeza enorme, una melancola fra y
negra de crepsculo, desciende sobre el libro. La madre de Isidro, que 
poco de enviudar fuse  vivir con un albail, hombre muy de bien,
falleci en el hospital; su amante se cay de un andamio y muri
tambin; el hijo nico que tuvieron, criado en el ambiente vicioso del
arroyo, estaba en la crcel; al Mosco, los guardas de la Casa de Campo
le mataron  tiros. Finalmente, Feliciana da  luz en el hospital y
acaba all sus das, y su cadver va  la fosa comn despus de haber
pasado por el espanto de la sala de diseccin... El Destino es
implacable con los pobres: los patea, los tritura, los deshace, les
niega hasta el nombre; dirase que no quiere que de ellos quede nada, ni
aun el recuerdo... Y esta conclusin sera desoladora si el autor,
bondadosamente, no la iluminase con un rayo de esperanza: Isidro
Maltrana, desanimado, ablico y prximo  sumirse en el envilecimiento
sin redencin del alcoholismo, reacciona  tiempo. Ya no aspira 
obtener una reputacin literaria, pero trabajar, ser un obrero del
arte, ya que no pudo llegar  ser artista. Su voluntad se rebulle y
levanta con desacostumbrado bro: pelear con la suerte y la vencer: lo
que no hizo por su pobre compaera, ni por s mismo, lo har por su
hijo. Esta vez no claudicar; el cario que aquella criatura le inspira
es de hierro...

Y este germinal inesperado nos consuela asegurndonos que, cerca 
lejos, qu importa la distancia?... la humanidad hallar un maana de
justicia y de paz, un maana de fraternidad, en el que no habr dolor...

_La catedral_, _El intruso_, _La bodega_ y _La horda_, son libros de
combate, apasionados, fieros, que desataron contra su autor las ms
vehementes censuras. Se le tild de intransigente, de sectario fantico.
Conformes; y qu?... As ha de pelearse, y no es buen soldado quien 
la hora de la batalla dispara al aire; los golpes todos al corazn del
contrario deben ir dirigidos, pues la importancia de la herida es lo
nico que informa del mrito de la estocada. Los ms egregios paladines
de nuestras libertades, respondiendo con la tolerancia  las
acometividades sin cuartel de sus enemigos, probaron su ineptitud para
la lucha y retrasaron, en ms de un siglo, el desarrollo intelectual de
Espaa. Al fanatismo y  la intransigencia, con fanatismo y con
intransigencia deben rechazarse; como las religiones, las libertades por
el hierro y por el fuego deben imponerse; la clemencia vendr ms tarde,
despus que las cicatrices estn bien curadas y no haya peligros de
infeccin. As lucha Blasco Ibez y as debe lucharse: echando fuera de
la barricada todo el cuerpo, poniendo en la reciedumbre de cada golpe
toda el alma. El novelista arremete violento contra el poder clerical
que empobrece  las naciones y ahoga las iniciativas y rebeldas del
pensamiento y ahuyenta del mundo el bienestar de vivir; y truena tambin
contra esa abominable constitucin social que puso las riquezas en unas
cuantas manos y deja que familias enteras mueran de hambre, de suciedad
y de fro sobre una tierra que, mejor cultivada, bastara  la felicidad
de todos. Nada le detiene, y estas cuatro novelas son otras tantas
lanzas rotas en pro del Amor, del Trabajo y de la Libertad, los tres
nicos caminos que llevan  Sin, la ciudad prometida...




                                  IV

     Novelas de la tercera poca: "La maja desnuda".--"Sangre y
     arena".--"Los muertos mandan".--"Luna Benamor".


Este nuevo ciclo ocupa un perodo de cerca de cuatro aos,  sea desde
la aparicin de _La mala desnuda_,  principios de 1906, hasta _Luna
Benamor_, publicada  mediados de 1909.

Retratados ya los principales aspectos  paisajes de la novela regional
valenciana, y agotados los temas mximos de la novela revolucionaria 
de controversia, Vicente Blasco Ibez cambia de rumbo; su espritu gil
deriva hacia otros horizontes, restringe el escenario donde su
observacin diligentsima ha de emplearse, y su curiosidad, antes
distrada en la contemplacin de vastos panoramas, se dedica al estudio
de las almas y sabe descender  ellas. El trabajo que hasta entonces fu
de sntesis,  partir de este momento ser de anlisis. El cambio es
duro:  ratos, como en muchas hermossimas pginas de _Sangre y arena_ y
de _Los muertos mandan_ sucede, la imaginacin librrima del novelista
bate sus alas aquilferas y se remonta para regalarse con la
contemplacin de alguna lontananza inmensa, cual si obedeciera al hbito
de respirar el aire de las grandes alturas; pero bien pronto el prurito
psicolgico predomina, y vuelve  imperar la observacin de ese
incesante y maravilloso trajn, semejante  un hervor, que llamamos
conciencia, y el lector asiste nuevamente al amanecer de los
sentimientos,  su desarrollo sigiloso,  las penumbras y mudanzas de
las ideas,  la formacin de aquellos avendavalados vientos interiores
denominados pasiones; amasijo estupendo, plateresco, lleno de emboscadas
y de sorpresas, como las frmulas de un libro cabalstico. Dirase que
la pupila del autor se contrae y recoge para slo percibir lo pequeo, y
que,  imitacin de los maestros pintores de la antigua escuela
veneciana, nicamente otorga importancia  las figuras. Esta nueva
tendencia imprime  la obra total de Blasco Ibez un carcter nuevo,
cientfico, de investigacin y cosmopolitismo muy agradable.

_La maja desnuda_ es un libro desesperado, un libro trgico, donde
triunfa la muerte. As, la huella que su lectura graba en el espritu es
profunda: dura mucho tiempo: ms que un rastro es una cicatriz.

El pintor Mariano Renovales, apenas gusta las primeras caricias de
fortuna y de gloria con que algunas veces--muy pocas--el dios Azar
suele favorecer  los artistas jvenes, se casa con Josefina Torrealta,
hija de un diplomtico; un pobre hombre insignificante, pero grave,
tieso, con toda la tiesura escnica inherente  su profesin. Josefina
hered de su padre la vulgaridad: es la burguesita modesta, catlica,
sin arrebatos personales, esclava constante de la opinin ajena.
Renovales, por el contrario, es un espritu independiente, valeroso,
enamorado frentico de su arte. Ay! Sus dos almas, aunque prendadas
fervorosamente la una de la otra, no coincidirn nunca, no se fundirn
jams en el beso de fuego del mismo ideal. Para Renovales el arte es la
vida; para Josefina un medio de vivir; por lo mismo, los ms egregios
ensueos de su compaero no la conmueven. Luego de recorrer las
principales ciudades italianas, se establecen en Roma: l acaricia la
visin de lienzos difciles, inmortales; ella se opone, suavemente al
principio, con lgrimas y asperezas despus. Menos esfuerzo cuestan esos
cuadritos de costumbres, hechos rpidamente y de memoria, y que los
yanquis suelen pagar muy bien. Acerca de esto disputaron varias veces:
los celos de la joven iban despertando; odiaba  las modelos; en su
vulgaridad no comprenda que su marido pudiera dejarse dominar por su
amor al arte hasta el extremo de no sentir ante la belleza de aquellas
mujeres que se desnudaban en su estudio ninguna emocin lasciva. Le
aconsejaba que pintase nios, con pellico y abarcas, tocando la gaita,
rizados y mofletudos como el nio Jess; viejas campesinas de rostro
arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba...

Renovales cedi; adoraba en Josefina y quera complacerla; pero esta
claudicacin fu pasajera. Su vocacin, momentneamente represada,
renaca avasalladora; y esta vez su asalto fu ms fiero y seguro,
porque le ayudaba el amor. La cara de Josefina no era muy bonita, pero
el cuerpo s; el cuerpo era precioso: menudo, cimbreante, de una
tonalidad mate y nerviosa: los senos pequeos y erectos, el vientre
recogido y duro, las piernas delgadas y elsticas... Era la maja
desnuda, la mujercita inmortal de Goya... Ah! Si l pudiera
retratarla as!... Mariano Renovales discurse, suplic, derroch sus
recursos de artista y de amante, y al cabo consigui su objeto.
Josefina, por vana curiosidad, sin comprender la misin sagrada--misin
de Belleza--que iba  representar, se prest  servir de modelo. Pobre
Renovales! Tres das trabaj con una fiebre loca, los ojos
desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su retina
aquellas formas armoniosas... El cuadro qued terminado; era un lienzo
prodigioso, definitivo; la espuma de su alma; el Ideal hecho lnea y
color, apresado all, acaricindole con una sonrisa de Inmortalidad...

Luego, desvanecido el primer instante de estupor y vanidoso
contentamiento, la joven quiso romper el lienzo. Aquello estaba muy
bien, pero era una porquera... Una porquera! El artista sinti que el
suelo del estudio trepidaba bajo sus pies: tuvo deseos de llorar, de
morir... Josefina, desnuda an, haba saltado sobre el cuadro con una
agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uas ray de arriba 
abajo el lienzo, mezclando los colores todava tiernos, arrancando la
cascarilla de las partes secas. Despus cogi el cuchillete de la caja
de colores y _raas_... el lienzo exhal un largusimo quejido, se
parti bajo el impulso de aquel brazo blanco, que pareca azulear con el
espeluznamiento de la clera.

El artista no se movi; para qu? Se senta anonadado, deshecho; su
porvenir, roto por la vulgaridad triunfante de su compaera, acababa de
saltar en pedazos como un cristal. Odi  Josefina: era un odio pasivo,
indiferente, que helaba su carne y fue invadiendo su alma poco  poco.
Cmo pudo l casarse con aquella mujer? No lo comprenda. Se aburra en
su casa y empez  frecuentar los salones. Experimentaba un deseo
calenturiento de divertirse, de gozar, de componerse una segunda
juventud. Pero Josefina le estorbaba. Ah, si se muriese!...

As termina la primera parte.

Al fin, ya en los umbrales mismos de la vejez, Mariano Renovales se
enamora locamente, con vehemencias de muchacho, de la condesa de
Alberca. Ella, al principio, coquetea y le burla; al cabo se rinde: es
una caprichosa, una hambrienta insaciable de emociones nuevas.

Una casualidad descubre  Josefina la existencia de estos amores, y el
mal que la roe se agrava; los celos exacerban su neurastenia; el dolor
realiza estragos en aquel organismo dbil: de da en da se la ve
palidecer, consumirse, acercarse  la muerte; por las tardes, en las
horas de fiebre, sus cabellos se adhieren sobre las sienes lvidas,
cubiertas de sudor; su rostro va adquiriendo el perfil fino, aguileo,
de los cadveres...

Muere Josefina y Mariano Renovales, que ya se asoma  la vejez y aun ha
dado algunos pasos dentro de ella, se siente, de pronto, solo...
horriblemente solo!... Su hija Milita, su nica hija, se ha casado y
slo va  verle para pedirle dinero. Sin razn alguna, como por ensalmo,
experimenta una repugnancia invencible hacia su coima, la condesa de
Alberca. En su casa, en el hotel donde Josefina falleci, todo le habla
de la muerta: los muebles, los cortinajes suntuosos que exornan las
puertas, los mismos muros... parecen guardar el perfume y el frufruteo
que levantaron sus faldas la ltima vez que pas por all.

Esta epifana, al parecer ilgica, de los viejos recuerdos, esa brusca
regresin al pasado, esa contradiccin en virtud de la cual Mariano
Renovales adora muerta  la mujer que preteri y aun odi cuando viva,
constituye un precioso fenmeno de psicologa amorosa, y uno de los
aciertos ms terminantes del novelista.

Desesperado, el infeliz trata de pintarla de memoria, y slo consigue
trazar una figura extravagante, de una extravagancia malsana, que
vagamente reproduce los rasgos de la muerta.

Saltaba  la vista la inverosimilitud de los rasgos, la rebuscada
exageracin; los ojos enormes, monstruosos en su grandeza; la boca
diminuta como un punto; la piel de una palidez luminosa, sobrenatural.
Solamente en sus pupilas haba algo notable: una mirada que vena de muy
lejos, una luz extraordinaria que pareca traspasar el lienzo.

Pero, aunque satisfecho de su obra, Renovales no est tranquilo: quiere
ms, quiere recobrar  Josefina, oirla, estrecharla entre sus brazos,
poseerla otra vez... Y para conseguir su propsito se dedica  buscar
por las calles y de teatro en teatro, una mujer que se la parezca... Al
fin cree hallarla: es la Bella Fregolina, una _divette_... La muchacha
no es inaccesible ni mucho menos, y va al estudio del pintor. Renovales
la obliga  vestirse una falda y unas medias que pertenecieron  la
otra... Unicamente vestida de aquel modo podr retratarla. Ella
accede... Al verla, el artista cree, por un momento, que Josefina,
efectivamente, ha resucitado: aqul es su cuerpo, aqullos son sus ojos,
velados y tristes. Pero, de pronto, su entusiasmo se apaga, el vigor le
abandona: no es la misma! No es ella!... Y mientras la Bella
Fregolina, asustada y creyendo habrselas con un loco, se viste  toda
prisa, Renovales llora inconsolable sobre las ruinas de su ltima
ilusin. Juventud, juventud! Por qu te fuiste?...

Al ao siguiente, de regreso de un viaje de siete meses por la Europa
central, Turqua y Asia Menor, Vicente Blasco Ibez public su libro
_Oriente_. Es una obra amensima, una visin de novelista, palpitante de
inters y de emocin. Contiene varios captulos meritsimos, tales como
aquel donde describe  Ginebra, la ciudad del refugio, como el autor
la llama inspiradamente; los que dedica  Viena la elegante y al
Hermoso Danubio azul!...; y el titulado La noche de la Fuerza;
pginas inolvidables, donde hay como un latido formidable de vida:
dirase que las generaciones futuras van acercndose y que en el
silencio de la noche sagrada se las siente llegar...

_Sangre y arena_, que apareci poco despus, obtuvo xito
extraordinario. Su asunto es sencillo: tiene la simplicidad de los
caracteres francos y rudos que intervienen en ella.

El torero Juan Gallardo es,  su modo, un hombre de presa, un
_arriviste_, que  fuerza de arrogancia, destreza y valor, consigue
ocupar un puesto entre los matadores de ms cartel. Es joven, guapo,
rico; todo le sonre: las empresas se le disputan, los peridicos
publican su retrato, en las calles la multitud se detiene  mirarle, las
heteras ms elegantes y codiciosas, aquellas por las que los hombres de
mundo se arruinan, le escriben brindndole graciosamente el dulzor de
sus labios... En Sevilla, Juan Gallardo tiene amores con la viuda de un
diplomtico, una tal doa Sol, sobrina del marqus de Moraima. La llaman
_la Embajadora_, y aunque nacida en Andaluca, es un tipo extico, una
flor de cosmpolis, interesante y rara, que recuerda  Leonora, la
_walkyria_ bella y sdica de _Entre naranjos_. Su alma ofrece una
complejidad y al mismo tiempo una frivolidad encantadoras: todo la
entusiasma y de todo se aburre; apenas tiene hambre, cuando ya est
ahita; es una caballista que sabe derribar toros, una enamorada de la
bizarra y de la fuerza, y tambin una sentimental que prende,
romnticamente, una rosa de otoo en la solapa de un bandolero. Las
relaciones de doa Sol con Juan Gallardo duran poco, y esta vez es ella
quien olvida.

El medio donde la accin se desarrolla permite al novelista presentar
varios tipos limpiamente retratados y describir muchas escenas y cuadros
andaluces, entre los que sobresale, por la exactitud y munfica riqueza
del colorido, el de la Semana Santa sevillana, de renombre mundial.

La fortuna de los grandes toreros es esplendorosa y fascinante como la
de los conquistadores, pero suele ser breve; unas veces porque los
msculos se aflojan, otras porque el corazn declina y el ardimiento de
la sangre se apaga y con l flaquea tambin el valor. Hay muchos toreros
que son bravos y excelentes lidiadores hasta la tarde en que reciben la
primera cornada. Esto le sucedi  Gallardo. Al recobrarse de una grave
cogida se hall dbil de cuerpo, y lo que era mucho peor, flaco tambin
de espritu. Haba perdido la confianza en s mismo; el recuerdo de los
dolores sufridos empavorecieron su voluntad; no poda acercarse  los
toros; sus pies, automticamente, le separaban de ellos; les tena
miedo. El pblico lo not, los peridicos propalaron la noticia, y la
estrella del famoso matador empez  declinar; y con qu ocaso tan
rpido, tan humillante y tan triste!... En vano trataba de recobrarse,
de imponerse  su propia flaqueza para reconquistar lo perdido; haba
muerto su antiguo valor; era otro hombre.

En Madrid, doa Sol y Juan Gallardo vuelven  encontrarse; el torero la
recuerda su amor, aquel viejo amor que todava quema su alma; mas ella
se encoge de hombros. Bah! Quin se acuerda del pasado?... S, es
cierto; ella le quiso... un poco... pero fu un capricho rpido,  flor
de piel, del que no haba para qu hablar. Esta conversacin entre la
aventurera elegante y aristcrata y el lidiador ignorantn y zafio, es
breve, pero intensa y amarga, de una amargura desgarradora: l no sabe
qu decir; ella, vindole aturrullado, le mira con curiosidad, con
desdn. Crea soar...

Se acord de un rajh,  quien haba conocido en Londres, y trat de
explicar al torero la impresin que aquel personaje indostnico, bello y
triste, con su tez cobrea, sus actitudes perezosas y su bigote lacio,
la haba producido:

--Era hermoso, era joven, me adoraba con sus ojos misteriosos de animal
de la selva, y yo, sin embargo, le encontraba ridculo, y me burlaba de
l cada vez que balbuceaba en ingls uno de sus cumplimientos
orientales. Temblaba de fro, le hacan toser las brumas, movase como
un pjaro bajo la lluvia, agitando sus velos lo mismo que si fuesen alas
mojadas... Cuando me hablaba de amor, mirndome con sus ojos hmedos de
gacela, me daban ganas de comprarle un gabn y una gorra, para que no
temblase ms. Y, sin embargo, reconozco que era hermoso y que poda
haber hecho la felicidad por unos cuantos meses de una mujer ansiosa de
algo extraordinario. Era cuestin de ambiente, de escena... Usted,
Gallardo, no sabe lo que es eso.

Tena razn. El torero miraba  su interlocutora boquiabierto, cual si
todas aquellas palabras perteneciesen  un idioma desconocido para l.
La joven, cada vez ms sorprendida de ser como era, pensaba:

Y ella haba podido sentir un amor de unos cuantos meses por aquel
mozo rudo y grosero, y haba celebrado como rasgos ingeniosos las
torpezas de su ignorancia, y hasta le exiga que no abandonase sus
costumbres, que oliera  toro y  caballo, que no borrase con perfumes
la atmsfera de animalidad que envolva  su persona!...

Y doa Sol, indulgente consigo misma, sonrea:

Ay, el ambiente! A qu locuras impulsa!...

El desenlace de la obra es magnfico; una de las pginas ms entonadas y
brillantes de su autor. Juan Gallardo cae en la plaza, al dar una
estocada, una estocada incomparable, suicida, la mejor de su
historia!... No muere desesperado por la ingratitud de doa Sol; final
hubiera sido ste harto mezquino para los alientos de su recia alma de
lidiador; muere por amor propio, por vanidad de artista, por quedar
bien ante el pblico, el gran veleidoso que tan pronto encumbra y
diviniza  sus dolos, como les pisotea. Su desgracia no interrumpe la
fiesta; el espectculo contina; en los tendidos baados en sol ruga
la fiera: la verdadera, la nica.

_Los muertos mandan_, juntamente con _Caas y barro_, _Entre naranjos_ y
_La barraca_, es,  mi juicio, una de las cuatro novelas maestras sobre
que descansa el alto prestigio de Vicente Blasco Ibez. Libro
excepcional y meritsimo que une  la amenidad de los paisajes en l
evocados, la intensa rebusca y minuciosa penetracin de los caracteres y
la expresin potica, admirablemente sinttica, de una honda y
trascendental visin filosfica.

Jaime Febrer, ltimo vstago de una antigua y muy noble familia
arruinada, tras una primera juventud alegre y fastuosa, vuelve 
Mallorca, su pas natal, y para recomponer su casi deshecha fortuna
trata de casarse con Catalina Valls, hija nica de cierto judo
riqusimo. Jaime es un hombre independiente, que ha recorrido toda
Europa, y, por lo mismo, se cree ajeno  todos esos ridculos escrpulos
de campanario que infiernan la vida de las ciudades pequeas. Mas apenas
descubre su designio, cuando todos los que le conocen, y aun los que
jams le saludaron, le miran con asombro y enojo. El mismo Pablo Valls,
to de Catalina,  pesar de comprender los beneficios que este enlace
reportara  los suyos, aconseja noblemente  Jaime que renuncie  tal
proyecto: l le conoci nio, le quiere bien y no permitir que sea
desgraciado. Un Febrer! Un descendiente de la familia ms catlica de
Mallorca, de una familia que haba dado al mundo cardenales,
inquisidores y caballeros de Malta, casarse con una _chueta_!
Imposible!... Qu dira la isla? Y, aunque renunciase  vivir all,
en qu rincn del planeta ira  refugiarse que no le alcanzase la
execracin y el desprecio de todos?... Adems, por mucho que amase 
Catalina, no podra ser feliz con ella; tarde  temprano la odiara.
Acaso una mujer y un hombre pueden, por s solos, destruir la herencia
de rencores acumulada durante muchos siglos entre dos razas?...

Jaime Febrer, que no quiere  Catalina, se deja convencer, y para
destruir de cuajo y ms pronto su naciente noviazgo, se traslada 
Ibiza. Qu remedio? Es algo fatal; los muertos lo disponen as.

En Ibiza Jaime Febrer se instala en una vieja torre, propiedad suya, que
llaman del Pirata, y en aquella soledad agreste se enamora de
Margalida, hija de Pp, propietario de _Can Mallorqu_ y descendiente de
labriegos modestos, feudatarios de los muy ilustres progenitores de
Jaime. Por lo mismo, ste, aunque totalmente arruinado, contina siendo
el amo, una especie de hombre superior aislado de los dems por los
dones preexcelsos de su inteligencia y de su raza. As, la pasin que
siente Febrer hacia Margalida escandaliza  todos, incluso  sus padres:
aquello es imposible, es absurdo; el seor est loco. En Ibiza, como
en Mallorca, el pasado se opona al porvenir y dificultaba su marcha. En
todas partes, la historia, la raza, la autoridad inapelable de lo que ha
sido...

Rea amargamente de su optimismo en aquella ocasin, de la confianza
que le haba hecho despreciar todas sus ideas sobre el pasado. Los
muertos mandan: su autoridad y su poder eran indiscutibles. Cmo haba
podido l,  impulsos del entusiasmo amoroso, desconocer esta enorme y
desconsoladora verdad?... Bien le hacan sentir los lbregos tiranos de
nuestra vida todo el peso abrumador de su poder. Qu haba hecho l
para que en este rincn de la tierra, su ltimo refugio, le mirasen como
un extrao?... Las innumerables generaciones de hombres, cuyo polvo y
cuya alma estaban confundidos con la tierra de la isla natal, haban
dejado como herencia  los presentes el odio al extranjero, el miedo y
la repulsin al extrao, con el que vivieron en guerra. El que llegaba
de otros pases era recibido con un aislamiento repelente, ordenado por
los que ya no existan.

Cuando, despreciando sus antiguos prejuicios, intentaba aproximarse 
una mujer, la mujer replegbase misteriosa y asustada de tal
aproximacin, y el padre, en nombre de su respeto servil, se opona 
este hecho inaudito. Era una obra de loco la suya: la conjuncin del
gallo y la gaviota soada por un fraile extravagante que tanto haca
reir  los payeses. As lo haban querido los hombres en otros tiempos
al fundar la sociedad y dividirla en clases, y as deba ser. Intil
rebelarse contra las cosas establecidas. La vida de un hombre era corta,
y no bastaba para batirse con centenares de miles de vidas que haban
existido antes de ella y parecan espiarla invisibles, oprimindola
entre creaciones materiales que eran recuerdo de su paso por la tierra,
abrumndola con sus pensamientos, que llenaban el ambiente y eran
aprovechados por todos los que nacan sin fuerza para discurrir algo
nuevo.

Los muertos mandan, y es intil que los vivos se resistan  obedecer.
Todas las rebeliones por salir de esta servidumbre, por romper la cadena
de los siglos, todo mentira. Febrer recordaba la rueda sagrada de los
indios, smbolo budhista que haba visto en Pars al presenciar una
ceremonia religiosa oriental en un museo. La rueda era el smbolo de
nuestra vida. Creemos avanzar porque nos movemos; creemos progresar
porque vamos hacia adelante, y cuando la rueda da la vuelta completa,
nos encontramos en el mismo sitio. La vida de la humanidad, la historia,
todo era un interminable recomenzamiento de las cosas. Nacen los
pueblos, crecen, progresan; la cabaa se convierte en castillo y despus
en fbrica; se forman las enormes ciudades de millones de hombres,
sobrevienen despus las catstrofes, las guerras por el pan que escasea
para tantas gentes, las protestas de los desposedos, las grandes
matanzas, y las ciudades se despueblan y caen en ruinas. La hierba
invade los orgullosos monumentos: las metrpolis se hunden poco  poco
en la tierra y duermen siglos y siglos bajo colinas. El bosque bravo
cubre la capital de remotas pocas; pasa el cazador salvaje por donde en
otro tiempo eran recibidos los caudillos vencedores con aparato de
semidioses; pacen las ovejas y sopla el pastor en su caramillo sobre las
ruinas que fueron tribuna de leyes muertas; vuelven  agruparse los
hombres y surge la cabaa, la aldea, el castillo, la fbrica, la ciudad
enorme, y se repite lo mismo, siempre lo mismo, con una diferencia de
centenares de siglos, como se repiten de unos hombres en otros iguales
gestos, ideas y preocupaciones en el transcurso de unos aos. La rueda!
El eterno recomenzar de las cosas! Y todas las criaturas del rebao
humano cambiando de aprisco, pero jams de pastores: y los pastores
siempre los mismos, los muertos, los primeros que pensaron, y cuyo
pensamiento primordial fu como el puado de nieve que rueda y rueda por
las pendientes, agrandndose, llevando adherido en su pegajosidad todo
cuanto encuentra al paso!...

Los hombres, orgullosos de su progreso material, de los juguetes
mecnicos inventados para su bienestar, creanse libres, superiores al
pasado, emancipados de la original servidumbre, y todo cuanto decan se
haba dicho centenares de siglos antes con diversas palabras; sus
pasiones eran las mismas; sus pensamientos, que consideraban originales,
eran destellos y reflejos de otros pensamientos remotos; y todos los
actos que tenan por buenos  malos eran respetados como tales porque
as los haban clasificado los muertos, los tirnicos muertos,  los que
el hombre tendra que matar de nuevo si deseaba ser libre realmente!...
Quin llegara  realizar esta gran hazaa libertadora? Qu paladn
con fuerzas suficientes para matar al monstruo que pesaba sobre la
humanidad, enorme y abrumador, como los dragones de las leyendas
guardaban bajo su corpachn intiles tesoros?...

Este pensamiento embebe el nimo del autor y reaparece  cada momento
bajo su pluma, siendo el verdadero protagonista del libro; un
protagonista invisible, pero tremendo, extendido, como el cielo, de un
horizonte  otro.

Los vivos--aade Blasco Ibez--no estaban solos en ninguna parte:
rodebanles los muertos en todos los sitios, y como eran ms,
infinitamente ms, gravitaban sobre su existencia con la pesadez del
tiempo y del nmero. No; los muertos no se iban, como crea el refrn
popular. Los muertos se quedaban inmviles al borde de la vida, espiando
 las nuevas generaciones, hacindolas sentir la autoridad del pasado
con rudo tirn en el alma cada vez que intentaban apartarse de la
ruta...

No he podido arrancarme  la tentacin de transcribir los anteriores
prrafos, porque, amn de expresar limpiamente el espritu del libro 
que me refiero, son por su especial contextura, colorista y sonante, una
de las muestras ms cabales del estilo de Blasco Ibez; estilo
frecuentemente desaliado, con el desalio clido de la impaciencia que
lo inspir, pero siempre grfico, viril y jugoso.

Como antes en Mallorca, ahora en Ibiza todo se confabula para que Jaime
y Margalida no se amen. Pero esta vez Jaime Febrer no transige, la
pasin que le anima es sincera y robusta, y los obstculos que se oponen
 la realizacin de su deseo le enardecen, lejos de abatirle. Al fin se
casa. Convaleciente an de la grave herida que le infiri uno de los
mozos que cortejaban  Margalida, Febrer, dirigindose  un amigo suyo,
repite esta sabia frase: Pablo, matemos  los muertos!... Es decir:
destruyamos lo pretrito, vivamos horros de preocupaciones imbciles,
afirmemos nuestra personalidad labrando independientemente ese porvenir
donde puede aguardarnos la dicha.

Declaro que, segn avanzaba en la lectura de esta obra, iba apoderndose
de m un malestar creciente; imponindose  la magnificencia
mediterrnea de los paisajes,  la hermosura del cielo radiante y azul y
 la fertilidad de los campos verdes, con el bruido verdor de las
esmeraldas mojadas, una melancola invencible, semejante  una
evaporacin de dolor, amortiguaba el regocijo de la Naturaleza. Eran los
muertos... As, cuando de pronto, avasallando todo el fatal prestigio de
lo que ha sido, la vida se impone, experimenta el lector ese alivio
inefable que, en medio de los terrores de una pesadilla, produce la luz.

Y el libro concluye con esta declaracin optimista, llena de salud,
riente como un rayo de sol maanero: No; los muertos no mandan: quien
manda es la vida, y sobre la vida el amor.

Tal es el desenlace que Blasco Ibez da  su obra, y, conociendo su
temperamento enrgico, no pudo ser otro: destruyamos el pasado: sobre l
lo futuro, que es la esperanza, la ilusin, debe caer como una losa.

Para concluir, citar  _Luna Benamor_: es una novela corta que tiene la
poesa filante, dulcemente triste, de los andenes y de los puertos. En
la sociedad cosmopolita que pulula por las calles de Gibraltar, Luis
Aguirre conoce  Luna, una hebrea, y quiere casarse con ella; pero la
joven, aunque enamorada de l, no accede; sus religiones les separan,
sus dioses no les permiten unirse; ella se casar con uno de su raza. Y
as es: el desenlace es pesimista; esta vez, los muertos han
vencido...




                                   V

     Sntesis.--Las mujeres en la obra des Blasco Ibez.--Los
     conquistadores.--El dolor.--Los desenlaces trgicos.


Recordando la impresin que la obra total de Vicente Blasco Ibez ha
dejado en mi espritu, dir que sus libros se ofrecen  mi imaginacin
como flores de pesadilla extravagantes y magnficas, unas azules, otras
negras, aqullas rojas como la sangre; y todas grandes, frescas,
lozaneando pomposamente sobre un paisaje donde triunfan los dos colores
principales con que se disfraza la vida: el verde del mar y de los
campos, y el amarillo del sol. Y ms all, muy lejos, formando
horizonte, los desenlaces trgicos de casi todas sus novelas componen
una lnea obscura que habla de injusticias y de dolor.

No quiero desaprovechar la ocasin que ahora se me ofrece de esclarecer,
siquiera sea ligersimamente, el verdadero puesto ocupado por Blasco
Ibez en la historia de nuestra novela contempornea.

Por ser, segn hemos visto, partidario acrrimo del mtodo experimental
 de observacin, y ms an, por haber empezado  escribir cuando el
prestigio extraordinario de Emilio Zola rebasaba las fronteras francesas
y llenaba el mundo, el autor de _La barraca_ fu considerado como
discpulo de Zola y representante de la escuela naturalista en Espaa.
Esta afirmacin caprichosa, lanzada por un crtico profesional
cualquiera, la repiti alegremente el vulgo de los escritores y ms
tarde el pblico. El prurito de clasificacin, que tanto adula la
pereza intelectual de las muchedumbres porque puede encerrar en el
clich de una frase la personalidad completa de un autor, acab de dar
validez  lo que, por su esencia, era totalmente arbitrario y gratuito.
Este criterio prevaleci durante muchos aos: era intil que Blasco
Ibez publicase obras arqueolgicas como _Snnica la cortesana_, 
libros de tan alquitarado lirismo como _Entre naranjos_; trabajo baldo;
su renombre, para placentera comodidad y sosiego de la opinin, estaba
ya fijado, catalogado y equivala  una cdula personal. La crtica--esa
crtica acfala que no lee y juzga del mrito de los libros por su
precio y los colorines de su portada--le haba diputado mantenedor del
naturalismo espaol, y era intil que el novelista demostrase, con sus
libros, renunciar al cargo; el pblico no le admita la dimisin, cual
si fuese aquel un puesto que no pudiese quedar vacante.

Cmo negar que hay prolijos y notables puntos de concomitancia entre la
obra de Emilio Zola y la de Blasco Ibez?... Mas ello no significa que
ste siguiese puntual y servilmente las huellas de aqul, aunque las
arquitecturas que ambos dieron  sus libros sean muy parecidas; como
tampoco pueden considerarse discpulos de Zola, ni al maravilloso
Alfonso Daudet, ni al enorme Maupassant, ni  Mirbeau, ni siquiera 
Marcelo Prvost, aunque todos ellos cultiven el mtodo experimental:
pues  travs de temperamentos tan enrgicos y rotundos como los
precitados, la realidad, aun siendo indivisible y nica, siempre se nos
muestra remozada bajo matices distintos.

Es ms; salvo _Arroz y tartana_, obra de juventud, escrita bajo la
sugestin, legtimamente obsesionadora, del autor de _Germinal_, los
dems libros de Vicente Blasco Ibez definen, por momentos con mayor
energa, la personalidad del copioso novelista espaol. Blasco Ibez es
un impulsivo, un impresionista, un impaciente formidable, que produce
por explosn, sin pauta ni medida, con una generosidad de catarata; y
Zola, por el contrario, era el artista metdico, fro, avaro de su
tiempo, que antes de sentarse  escribir un libro ordenaba sus notas y
trabajaba con el reloj puesto sobre la mesa: fu Zola un temperamento
calculador, una voluntad sin intermitencias, que burilaba la realidad y
ahondaba en ella cachazudamente y por penetracin, con una lentitud
perseverante, uniforme, de viejo buey uncido al yugo. Esto lo dice su
estilo compacto. Emilio Zola, adems, fu un casto, un mstico triste y
solitario, un hombre de vida interior abrumado por la preocupacin
vigilante de amontonar volmenes; mientras Blasco Ibez es una
vitalidad patriarcal, prolfica, desbordante, en cuyas obras campea la
satisfaccin de vivir, honda, sincera, inmarcesible.

La labor de Vicente Blasco Ibez, examinada en conjunto, brinda al
observador puntos de vista dignos de consideracin y recuerdo.

El recio carcter del novelista, su complexin sangunea y batalladora y
aquel desdn imperceptible, un poco oriental, que su temperamento
impaciente de gozador siente hacia la mujer, causas son de que stas no
ocupen en su obra los primeros puestos. El las quiere, las quiere
mucho... pero le aburren sus nerviosidades, su debilidad, la tacaera
de su horizonte intelectual, la unilateralidad de sus instintos,
dedicados siempre al amor, cual si fuera de este sentimiento no le
quedasen al hombre desacotados y ubrrimos campos donde ejercitar su
diligencia. Los jardines rumorosos de Armida le fatigan pronto: la
hembra bella, acariciadora, indulgente, pulida por los refinamientos de
la civilizacin, buena es para ese breve rato que los sentimentales
llaman poticamente el cuarto de hora azul, de la pasin. Pero luego
el varn fuerte debe zafarse de los blancos brazos enlazados  su
cuello, y proseguir su camino, su lucha sagrada por el mejoramiento y
bienestar humanos y la conquista de la tierra.

As, excepcin hecha de _Entre naranjos_ y de _Snnica la cortesana_, en
sus dems libros el dulce enemigo fu relegado prudentemente  un
modesto segundo trmino. Siendo de notar tambin, que as la
protagonista de _Entre naranjos_, como Snnica, la hetera ateniense, son
dos tipos enrgicos, perfectamente varoniles, que de su sexo slo tienen
la hermosura.

Algunas de estas hembras concretan la parte ms especulativa, ms
limpiamente artstica, del alma de su autor. Son las soadoras. En
este grupo figuran pocos nombres. Leonora, la herona vagabunda de
_Entre naranjos_, personificacin de el Amor, que pasa una sola vez en
la vida coronado de flores con su cortejo de besos y de risas, y doa
Sol, la teatral pecadora de _Sangre y arena_, pertenecen  la misma
raza:  las dos las trastorna la msica, y capaces hubieran sido de dar
su virginidad por un beso recibido en el hechizo de una meloda de
Schubert; las dos son veleidosas y sienten el acicate mordedor de
empeados y peregrinos lances; las dos caminan aburridas,
desilusionadas de s mismas, cautivadas nicamente por la atraccin
novelesca de lo que no tienen, y apenas consiguen lo que buscaban cuando
lo rechazan con fastidio; su infierno va con ellas: no amarn nunca
fuertemente, no sentirn el gozo reparador de las grandes ilusiones, no
conocern jams ese bienestar, bienestar de reposo, que los espritus
agitados experimentan cuando una vez se detienen en la ruta de amargura
de sus sensaciones. Para ellas nada hay substantivo, todo es cuestin
de ambiente, de escena...

En la obra de Blasco Ibez tambin hay pocas bravas, pues sin duda
el novelista estima que raras veces la virtud del valor busc aposento
en pechos femeninos, mejor apercibidos para alimentar  los hijos y
servir de regalo y lascivo contento  los hombres, que para vestir la
cota y desafiar peligros. Algunas mujeres, sin embargo, pertenecen 
este grupo: Dolores, verbigracia, la garrida pescadora de _Flor de
Mayo_; y Neleta, aquella mujercita acerada y pequea de _Caas y barro_,
 quien los terribles desgarramientos del parto apenas arrancan un
quejido...

Casi toda la multitud femenina que vive en las novelas de Blasco Ibez,
puede dividirse en dos grupos. A saber: humildes y catlicas. Para
el autor de _La barraca_, ni la independencia de criterio ni las
rebeldas de voluntad son rasgos peculiares de la mujer espaola,
acostumbrada por imposiciones de educacin y leyes de herencia,  la
docilidad; y tan cierto es esto, que para explicar el alborotado
temperamento de doa Sol y de Leonora, las presenta como espritus
exticos, educados lejos del patrio terruo, nico modo de sustraerse 
la normalidad tediosa del alma castellana, desjugada y uniforme como su
suelo. La mujer espaola es fuerte y valerosa, pero con el valor de la
resistencia, de la pasividad; y si alguna vez despierta para lanzarse 
las vehemencias del ataque, es cuando la religin, nico resorte que
despus del amor y muchas veces por encima del amor, agita su nimo, la
impulsa  ello.

Las humildes abundan; forman un generoso ramillete de frentes plidas,
de cervices inclinadas, de labios sin color, de ojos esclavos perdidos
en la melancola de la tierra; hembras silenciosas que caminan sin
ruido; caracteres recogidos acostumbrados  obedecer, primero al padre,
al esposo despus,  los hijos ms tarde... A este grupo pertenecen
_Tonica_, la costurerilla de _Arroz y tartana_; la Rosario infeliz de
_Flor de Mayo_, que trabaja toda la semana para que  su Tonet, al
amo, no le falte tabaco ni dinero con que ir  la taberna; la Teresa de
_La barraca_, tozuda, infatigable, en su lucha con la tierra; la pobre
_Borda_, de _Caas y barro_, enamorada de _el Cubano_ con una pasin
oculta y sin esperanza, de sierva; pasin que nunca le confa y que
nicamente se descubre romntica cuando, vindole muerto, le besa en los
labios; Sagrario, la pecadora arrepentida y casi moribunda de _La
catedral_; Feliciana, la mrtir que, ms que de parto, muere de pena, de
miseria y de fro, en las ltimas pginas de _La horda_; y Josefina, la
burguesita desventurada, vctima de su educacin, de _La maja desnuda_;
y Margalida, la cordera asombrada y dulce, de _Los muertos mandan_...

Al lado de estas hembras vulgares, pacatas, faltas de iniciativas, y sin
otra virtud que la virtud cmoda, pero infecunda, de la obediencia,
estn las catlicas; voluntades belicosas, tirnicas, defensoras
intransigentes de lo tradicional. Son doa Bernarda, la ta fantica de
Rafael Brull, y tambin Remedios, la esposa de ste; una chiquilla de
sensibilidad atrofiada para quien el matrimonio no pas de ser una
curiosidad; y son doa Cristina y su hija Pepita, en _El intruso_; y
aquella terrible doa Juana de _Los muertos mandan_, que vieja,
doncellona y millonaria, deshereda  su sobrino Jaime Febrer por el
delito de haberse querido casar con una juda...

Conociendo el apasionado espritu de Blasco Ibez, el modo
impresionista, casi instantneo, que tiene de ver los asuntos, y la
tumultuosa celeridad con que escribe, arracimando caracteres y paisajes
alrededor de la idea matriz, no sorprende la insistencia con que todos
sus libros aparecen construdos sobre la historia de un macho bravo,
irresistible, incapaz de claudicaciones, susceptible de caminar hacia el
desenlace sin apartarse en una tilde de la lnea recta. El hombre de
presa, el hroe casto y sobrio, dominado nicamente por la obsesin de
llegar, no falta nunca; es una especie de _materia prima_; y es porque
el novelista, inconscientemente, se complace en s mismo y se retrata en
sus obras.

Fuera de duda est que, tanto como los lances de amor, interesan  las
multitudes los empeos de fuerza y bizarra. Si los primeros son
golosos, los segundos tambin ejercen sobre nuestra curiosidad un poder
de atraccin enorme; y apuradillos nos encontraramos todos si
hubisemos de responder con estricta sinceridad si solicita ms nuestra
atencin el grupo apacible, silencioso, de dos novios que se besan,  el
choque brutal de dos hombres que se matan.

Como siempre, en este caso el Amor y la Muerte se disputan y reparten,
acaso en proporciones iguales, el dominio de la humana emocin. Todo
ello realmente depende, ms que del fenmeno en s, de la idiosincrasia
sentimental  belicosa del espectador: hay temperamentos para quienes el
beso es lo nico bello y trascendental que alumbra el sol; y otros, en
cambio, de temple aventurero, que suean con ser protagonistas de
hazaosas empresas. De todos modos es innegable que las ms de las veces
las muecas de la muerte ejercen sugestin eficacsima sobre nuestro
organismo, y ello explica el nmero inmenso de devotos que tienen la
crnica negra de los peridicos, los toros, los domadores de fieras,
las luchas y, en general, todos los ejercicios donde la muchedumbre
olfatea un peligro.

En el teatro, sea drama  comedia lo que los actores representen, son
pocos los hombres que se rinden al inters de la fbula escnica hasta
el extremo de olvidarse de la mujer  quien acompaan: la idea de
aparecer galantes les preocupa, y  cada momento, con un contacto de
codos  una frase trivial, procurarn demostrarla que piensan en ella; y
la dama les mirar de soslayo y sonreir engreda, sintindose
triunfante. Este imperio de la hembra se amortigua en la plaza de toros,
y ms an en los circos, donde dos atletas van  luchar. La perspectiva
del combate, la visin de la muerte, los esfuerzos y las fintas maosas
del torneo, acelerando la marcha del corazn, calientan la sangre de los
espectadores y provocan en todos los cuerpos una trepidacin
subconsciente de clera. Un lgamo de instintos ancestrales se revuelve
en nosotros: los ojos chispean, los puos se crispan, algo brbaro
endurece la expresin de los labios. En tales momentos prescindimos de
la mujer  quien poco antes sonreamos; no la vemos y, si nos llama, no
la omos. Las peripecias de la lucha nos obsesionan: sentimos la
necesidad de gritar, de reir, de precipitarnos, sin saber por qu,
sobre el espectador ms cercano...

Y lo que ocurre en los circos y en los tendidos de las plazas de toros,
sucede en la vida, ante las mil muecas de la humana farndula. Hay
autores para quienes el mundo es una alcoba, un jardn versallesco, un
capricho de Watteau, un susurro constante de madrigales y de faldas; y
otros, por el contrario, que al asomarse  la realidad slo ven su gran
gesto trgico, su desesperacin, sus miserias, sus injusticias y el
inmenso clamoreo de rabia y de dolor que arranca  la humanidad el
trabajo de vivir. Y estos escritores, por las razones arriba apuntadas,
se olvidan de la hembra; los incidentes de la formidable hecatombe
social les tiraniza, y heridos por la crueldad ominosa con que los
fuertes,  mansalva, patean sobre los vencidos, su indignacin estalla
con tempestuosidades profticas.

Vicente Blasco Ibez pertenece  este grupo: al par que un verdadero
artista es un luchador, una voluntad, un temperamento de accin, que no
sabe permanecer cruzado de brazos ante la universal pelea. De aqu la
importancia capitalsima, absorbente, que en sus libros tienen los
conquistadores. Citar sus novelas equivale  contar los tipos de esa
raza perseverante y esforzada  que el autor sirve de tronco. El modesto
luchador aragons don Eugenio Garca, de _Arroz y tartana_, aparece ms
 menos desfigurado, pero guardando siempre los rasgos capitales de su
fisonoma moral, en el _Retor_ de _Flor de Mayo_, en el heroico Batiste
de _La barraca_, en Toni de _Caas y barro_, en el asombroso Snchez
Morueta de _El intruso_, en la figura de Pablo Dupont de _La bodega_, en
el genial pintor Mariano Renovales de _La maja desnuda_... por no citar
otros.

Refirindose  Snchez Morueta, dice el autor de _El intruso_:

Haba amado y haba sufrido como todos los que batallan por un ideal.
Saba lo que era forcejear  zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y
fecundarla con ardorosa violacin. _Haba llegado_ como los polticos
clebres  los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,
conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro.

Esta es, en compendiosos y expresivos renglones, la historia misma del
novelista, y tambin el gran gesto vertical y triunfante que uno tras
otro, y cada cual dentro de su esfera, van repitiendo los protagonistas
de sus libros: son gentes que nacen en la pelea y en ella se consumen,
sin fatiga ni desmayos; luchadores para quienes la vida, segn la frase
profunda de Nietzsche, no es ms que un medio para hacer triunfar una
voluntad.

El combate epopyico que los protagonistas de las obras de Blasco Ibez
se ven obligados  sostener con la tierra y con los hombres, forma una
especie de fondo negro inmenso, de tragedia inacabable y cruenta; la
vida es lucha, es dolor; los das se suceden y los aos pasan y los
hombros ms robustos se encorvan bajo el peso de la edad, y el cruel
torneo no concluye. No hay cuartel ni puerto de refugio para los
justadores: el tiempo apaga el coraje en sus espritus y el trabajo
blandea sus msculos; uno por uno, la Vida devuelve cuantos golpes
recibe; de noche, de da, siempre se halla propicia  combatir; no se
cansa, no ceja; es un formidable enemigo que ni duerme siestas ni
enarbola jams la bandera blanca.

Blasco Ibez, con su habilidad maravillosa para levantar multitudes y
su arte balzaciano de explicar el origen de las familias ha compuesto en
sus libros una especie de caravana enorme, de humanidad en marcha
lanzada  la conquista del amor, del dinero y de la justicia.

A ratos y como para descanso y solaz de su propio espritu, el autor
interpola algunas pginas ligeras, aderezadas por un discreto buen
humor. Tales, el tipo del _Sangonera_, muriendo de un hartazgo en medio
de la consideracin, un tanto burlona, de sus convecinos; el del trapero
_Zaratustra_, tan aficionado al vino Valdepeas como  la filosofa; las
conversaciones de Isidro Maltrana con el marqus de Jimnez, quien le
pide  aqul un libro de poltica con muchas citas al pie de cada
pgina... y otras de la misma laya, en las que la sonrisa va siempre
acibarada por unas livianas gotas de irona...

Pero estos son momentos de inapresable duracin, fulgureos brevsimos,
rpidos como un guiar de ojos; y apenas se desvanecen cuando la noche,
la horrible noche sin luna ni amanecer, del universal sufrimiento,
vuelve  cerrarse. Y el combate milenario se reanuda, extendindose de
polo  polo como un estremecimiento telrico. Se pelea sobre el mar en
_Flor de Mayo_, sobre el surco en _La barraca_ y en _La bodega_, y bajo
tierra, en las negruras de la mina, en _El intruso_. Y cual si la lucha
ciclpea contra el planeta no bastase  consumir todos los alientos de
la humana actividad, los hombres pelean entre s: por el amor en _Entre
naranjos_, por la gloria en _La maja desnuda_, por el progreso en _La
catedral_, contra los fantasmas irreductibles del pasado en _Los muertos
mandan_. Y todas estas historias de quemantes zozobras, ambiciones y
pesadumbres, componen un grito gigante, un treno infinito que llena el
espacio y parece disputarle al tiempo el imperio de su eternidad.

A esto debe atribuirse la inclinacin de Vicente Blasco Ibez  los
desenlaces trgicos. Unicamente los idlicos amores de Margalida y de
Jaime Febrer en _Los muertos mandan_, terminan de un modo alegre,
francamente confortador; los dems asuntos se desanudan tristemente:
cuando en ellos no hay sangre, como acontece en _Entre naranjos_  en
_La maja desnuda_, hay un inenarrable dolor, un desgarro supremo.

Por qu? Acaso Blasco Ibez no es optimista?... S; el novelista es
un hombre que tiene la alegra de sus victorias, el orgullo sano de su
fuerza. Pero, por lo mismo que luch mucho, conoce el mprobo trabajo
que cuesta vencer la gravedad de los obstculos, la longitud y asperezas
del camino que conduce al bien; camino ingrato,  lo largo del cual
millares de almas sucumben de tristeza. Y entonces el conquistador se
olvida generosamente de s mismo para compadecer  la legin infinita de
los dbiles, que no pueden subir. S, la vida, cuando se la vence, es
hembra fcil y sumisa; sin duda, la felicidad, la justicia, estn aqu,
al alcance de nuestras manos, pero hay que ir por ellas y merecerlas por
un milagro de voluntad. Y estn tan lejos y tan altas, y el combate es
tan duro!...




                                  VI

     Una ancdota curiosa.--El libro "Argentina y sus
     grandezas".--Proyectos.


He vuelto  ver  Vicente Blasco Ibez en su hotelito de la calle de
Salas: deseaba ratificar mis impresiones, recoger algunos datos
relativos  su vida y  su obra...

El despacho del maestro es grande y de forma irregular, con dos ventanas
abiertas sobre el jardn, ante un grupo de rboles. Al fondo hay varios
estantes cargados de libros; unos retratos de Maupassant, de Zola, de
Balzac y de Tolstoy, parecen presidir la estancia; los cuatro estn
juntos, y existe entre sus frentes pensativas, atormentadas por el
esfuerzo mental, una rara y dolorosa armona. Adornan las paredes muchos
objetos antiguos y varios apuntes primorosos de Joaqun Sorolla. Todo
ocupa su sitio; las figulinas, los tapices y los muebles aparecen
colocados, sin duda, donde deben estar, y, sin embargo, yo siento  mi
alrededor algo extrao, un latido caliente y febril de impaciencia, como
si la alfombra y los cuadros y los sillones y los viejos bargueos que
decoran la habitacin, participasen, en virtud de inexplicables
magnetismos, del recio y prolongado alboroto espiritual del escritor.

Sentado enfrente de m, una pierna sobre otra, la cabeza apoyada
cmodamente contra el respaldo del silln. Vicente Blasco Ibez fuma y
mira al espacio. A intervalos entorna los prpados, y tienen sus
actitudes y el descuido afectuoso de su conversacin, el dulce
cansancio, el bienestar depurado y recndito, del hombre que acaba de
realizar un grave esfuerzo y est satisfecho de su obra. Al porvenir,
cuando es risueo, lo miramos mejor as, con los ojos cerrados.

Todo calla  nuestro alrededor; la brisa cuchichea festiva en la alegra
verde y fresca del jardn arbolado; un hilo de sol pinta en la penumbra
del despacho una lnea recta, vibrante y ardorosa como un florete de
oro.

Vuelvo  sentir aquella vaga emocin de bienestar de que habl al
principio: los que peleamos mucho con la vida y conocemos por
experiencia las virtudes higinicas de la lucha y del esfuerzo, amamos
la sociedad de estos hombres que Mauricio Barrs llam profesores de
energa, y lo son realmente; no ya porque saben aplicar  sus empresas
arranques maravillosos de vigor, sino porque de ellos parece
desprenderse algo fsico, una especie de efluvio magntico, que
sugestiona  los cados y les alegra, mejora y enardece.

Yo pienso:

Este hombre ha llegado...

Y ha llegado, en efecto, al prestigio artstico y  una comodidad
material muy vecina de la riqueza, como debe llegarse, en la plenitud de
la edad viril, cuando el pecho es an hoguera de entusiasmos y el mundo
nos parece todava un hadado jardn; cuando en cada camino hay un
misterio y una gota de dulce locura en cada boca de mujer.

El dinero, los amoros, las satisfacciones de la ambicin triunfadora,
regalos y paramentos deben ser de la juventud, como los fueron de la
niez los juguetes y los teatritos de fantoches. Darle  un viejo la
gloria--uno de los adornos ms bellos de la vida, el ms bello quiz--es
como ofrecerle  un mozo de treinta aos una mueca que cierre los
ojos... Lo que haga ste con su regalo, har aqul con el suyo: mirarlo
tristemente y pensar:

Por qu tardaste tanto en llegar  m?...

Pero Blasco Ibez logr el triunfo mucho antes de asomarse  la vejez,
cuando poda disfrutar de l largamente, merced excelentsima reservada,
en verdad,  muy pocos; pues de tal modo la lucha por la vida quebranta
y entristece  los hombres, que unos quedan derrotados, y los que se
coronan triunfadores, salen tan molidos y extenuados del encuentro, que
ni alientos les quedan para gozar de su victoria.

Le hablo  Blasco Ibez de sus libros y me sorprende hallarle menos
enterado de ellos que yo. Le cito nombres, tipos, recompongo escenas, y
el novelista se encoge de hombros...

--No me acuerdo--dice.

Su memoria conserva, s, las grandes lneas generales de sus obras, pero
ha olvidado los detalles.

--Yo--aade--soy un hombre  quien slo le interesa el presente, y acaso
ms que el presente el porvenir; el pasado no me importa; lo desdeo, lo
olvido. Esto, evidentemente, me ayuda  vivir,  defender mi buen
humor... Muchos dicen que soy bueno. No lo crea usted; yo no soy
bueno... ni malo... soy un impulsivo terrible que, al pronto, bajo el
primer latigazo de la impresin, me ciego y voy por donde el huracn de
mis nervios quiere llevarme: pero luego, nada; ni odio, ni rencor;
nada... Basta que por mi alma pase un sueo para que todo cuanto hay en
ella se borre.

Prosigue hablando llanamente, con un desalio familiar y afectuoso que,
por contraste, me recuerda  los muchos escritores franceses que he
conocido: tan preocupados de todo lo formal, tan esclavos de los
detalles, tan escnicos... Blasco Ibez atribuye su inclinacin 
olvidar, no  la generosidad de su carcter, sino  su fortaleza.

--Unicamente los dbiles--aade--se acuerdan,  travs de los aos, del
dao que recibieron, porque ese recuerdo que conservan de lo que han
sufrido, disimula siempre un poco de temor.

Hay una pausa; el maestro sonre.

--Si yo le dijese  usted--exclama--que el ms grave de los desafos
que he tenido lo afront por bondad!

--Por bondad?...--repito.

--S; por bondad de carcter... no acierto  explicarme!... Pero es
eso; por bondad; porque no batindome, mi rival iba  quedar en una
situacin difcil...

El lance me interesa; es de una originalidad extraordinaria.

Hace ocho  nueve aos,  la salida del Congreso y con motivo de una
manifestacin republicana que acababa de celebrarse, tuvo Blasco Ibez
un serio altercado con un oficial de polica. Por ser militar su enemigo
y considerarse ofendidos en su persona todos los oficiales del cuerpo,
sus padrinos dispusieron el desafo en condiciones de gravedad nunca
vistas;  saber: colocando  los combatientes  veinte pasos uno de
otro, y dndoles para apuntar y hacer fuego un espacio de treinta
segundos. El lance, preparado as, equivala  un suicidio. El
presidente del Congreso se opuso tenazmente  que un diputado se batiese
por palabras pronunciadas en el Parlamento, y hasta lleg  amenazarle
con expulsarle de la Cmara... Fundndose en lo extraordinario y
terrible del lance, sus padrinos se negaron  representarle.

Eso es un disparate--decan--; no debe usted batirse...

Realmente, tenan razn...

--Pero--me dice Blasco explicndome su actitud de espritu en aquella
ocasin novelesca--si yo rehusaba el lance, mi rival quedaba en una
situacin difcil ante sus compaeros y acaso perdiese su carrera; y yo
no quera perjudicarle, no senta hacia l la ms leve animadversin...

Meditando en esto el novelista lleg  convencerse de que lo mejor era
dejar las cosas segn estaban, y sin ms vacilaciones fu al terreno,
llevando,  falta de padrinos, dos testigos. Una vez all, esper  que
el oficial disparase, y recibi un balazo en el mismo sitio del hgado;
golpe que hubiese sido mortal  no haberse aplastado milagrosamente la
bala sobre una hebilla de un pequeo cinturn. El choque fu tan rudo
que le quit el aliento y le hizo vacilar; afortunadamente la bala
rebot y la herida convirtise en contusin. Con esto se di por
terminado el desafo, y mientras el ilustre doctor San Martn curaba al
novelista, asegurndole que, en aquel momento, acababa de nacer, uno de
los padrinos del oficial, precisamente el que haba exigido todas las
brbaras condiciones de aquel lance, y que, por cierto, un ao despus
muri en un manicomio, acudi  felicitarle:

--Muy bien, muy bien!...--exclam estrechndole la mano--; celebro que
esto haya terminado as, pues le advierto que soy un admirador de usted
y que he ledo todas sus novelas. Me gustan mucho, mucho!...

A lo que Blasco Ibez repuso sencillamente:

--Pues ha estado usted  punto de acabar con la fbrica.

La contestacin tiene verdadero humor. El maestro concluye su ancdota
con esta paradoja:

--Y vea usted cmo es posible que un hombre ande  tiros con otro por no
perjudicarle...

La conversacin cambia de rumbo. Pregunto:

--Me han dicho que es usted abogado...

--Es cierto.

--No ha ejercido usted nunca su carrera?...

--S, cuando muchacho... recin salido de la Universidad. Pero es una
profesin que no me gusta: es rida, detallista... Tengo ganas de
escribir una novela con tipos y escenas de esa vida de los tribunales de
justicia que, por fortuna  desgracia, conozco muy bien.

--Cundo?...

--Oh, no s!... Me falta tiempo.

Adivino que su pensamiento anda muy lejos de lo que hablamos, y no me
equivoco. Son otros los planes que en aquellos momentos embeben el
ambicioso espritu del novelista.

Vicente Blasco Ibez me ensea los ltimos pliegos de su obra
_Argentina y sus grandezas_, que publicar en breve; obra
interesantsima, monumental, de historiador y de poeta. Formar un
volumen magnfico, digno ciertamente de la gloriosa Repblica  quien va
dedicado, con ms de mil pginas y ms de tres mil grabados, lminas en
color, planos, etc., y cuya edicin no costar menos de treinta mil
duros.

Es imposible reproducir aqu las impresiones tan hondas, tan complejas,
tan refinadamente poticas, que produce la reposada lectura de este
libro amensimo, delicioso, imponente como una selva americana. Su autor
lo compuso trabajando en l doce y catorce horas diarias, durante cinco
meses: fu un esfuerzo inverosmil que, slo una complexin privilegiada
como la suya, hubiese resistido.

Ningn artista mejor dispuesto, por razones de temperamento, que Vicente
Blasco Ibez para sentir y fijar en pginas de prosa fuerte y matizada
los esplendores polcromos de la tierra argentina. Hay en este libro
sonoridades wagnerianas, lontananzas enormes sintetizadas en una frase
de afortunada exactitud y pujante relieve, visiones profticas de
caudalosa ilusin, como ventanales magnficos abiertos sobre el
porvenir; y, al mismo tiempo, una emocin de historia, de humanidad,
que,  travs de los siglos, se renueva y camina.

La figura de los primeros conquistadores, tipos legendarios,
superhombres ms excelsos que los cantados por Homero y Tirteo,
arrebatan la imaginacin volcnica del novelista; sus extraordinarias
facultades de pintor tocan  rebato, y las maravillas de la epopeya
inmortal relucen bajo su pluma como lingotes de oro heridos por el sol.
Aquellos guerreros, con sus rostros cobrizos, sus barbazas intonsas y
sus ojos duros acostumbrados  mirar  la muerte, recorren las pampas
americanas como una legin de ensueo; hostilizados por los indgenas,
acosados por el hambre, tostados por la sed, combatidos por las fieras,
 infatigables, sin embargo, bajo la grave pesadumbre de sus armaduras
de hierro. Nada atajaba su avanzar temerario: ni el cansancio de las
largas jornadas, ni las asechanzas constantes del enemigo, ni el calor,
el horrible calor de las planicies yermas, compactas, como de bronce.
Dirase que su marcha era algo fatal, preestablecido, irrevocable, que
haba de cumplirse.

El autor, entretanto, haciendo, ms que uso, prdigo alarde y derroche
de su asombrosa capacidad de restaurador de paisajes, evoca los
grandiosos horizontes argentinos, su vegetacin ubrrima que produce
rboles cuyos troncos cuatro hombres, cogidos de las manos, no podran
abarcar; su fauna multicolor y extraa, sus boas enroscadas, dormidas al
sol, semejantes  peascos enormes cados en la uniformidad de la
llanura; sus legiones de caimanes amodorrados en las orillas cenagosas
de los lagos; sus cordilleras altsimas, sobre cuya crestera, cubierta
de nieves perpetuas, las alas del condor solitario pintan una sombra
errante; sus noches mgicas, embellecidas por la cancin de las
cataratas argentinas, las ms caudalosas del mundo...

Habla luego de Buenos Aires; describe las grandezas industriales y
mercantiles de la Argentina actual, las excelencias de sus puertos, sus
vas frreas, de ao en ao ms numerosas; su inagotable riqueza
agrcola... y su facundia descriptiva relampaguea hasta conseguir darnos
una visin neta, terminante, de tan vasto escenario. En los meses que ha
permanecido all, el novelista, enardecido por una curiosidad
insaciable, lo ha preguntado todo, lo ha recorrido todo, sin omitir
gasto ni ahorrarse fatiga.

--Dificulto--me dice--que haya muchos argentinos que conozcan su pas
mejor que yo...

Y aade:

--Ha habido ocasiones en que he realizado viajes de cinco y seis das 
caballo por ver un salto de agua.

Hablando de aquellos hermosos pases, entusiastas y prsperos, regados
por las savias hidalgas del viejo y noble solar castellano, la
inspiracin meridional del maestro se exalta. Sus ojos relucen. La
Argentina, con sus llanuras feraces donde pastan rebaos que forman
horizonte, sus montaas y sus ros inmensos, poderosos como mares, le ha
producido una especie de deslumbramiento: todo all es joven, grande,
magnfico, con magnificencia epopyica, superior  toda hiprbole.

La actividad infatigable del novelista se aplica ahora  estudiar
cuestiones de electricidad y de agricultura; le preocupan las bombas
elevadoras, los saltos de agua, los nuevos aparatos de riego... Su
imaginacin ardorosa acaricia la visin de algo titnico, muy bello y
muy til.

--All en Patagonia--prosigue--, en la confluencia de los ros Neuquem y
Limay, espero adquirir pronto unas leguas de tierra. El clima es
inmejorable, la vegetacin ubrrima, desbordante... All fundar una
colonia espaola que se llamar Cervantes. Ser una villa interesante:
oh, tengo vastos proyectos!... Antes de levantar ninguna casa, el
primer monumento que pienso erigir en medio de aquella naturaleza
virgen, donde todava, hace treinta aos, haba indios salvajes, es una
estatua del autor del _Quijote_, hecha por Benlliure...

Blasco Ibez, como Alonso de Ercilla, es un conquistador poeta. Sus
designios entusiasman; es un hombre que sabe infundir  la vida la
intensidad imaginativa de las novelas.

Como si todo esto fuese poco, tambin me habla de los libros que tiene
en preparacin, de un ciclo en cinco volmenes dedicados  la
conquista de Amrica, la ms egregia de cuantas empresas realiz la raza
hispana, y que piensa escribir all, en su villa de Cervantes,
mientras  su alrededor zumbe la agitacin calenturienta y alegre de la
flamante colonia. El tomo primero se titular _El tesoro del Gran Kan_,
 tal vez _La cuna_, y ser un  guisa de prlogo en donde aparece
Cristbal Coln, tipo complejo, verdaderamente novelesco, de sordidez,
grandiosidad y misticismo. En el segundo volumen, sin ttulo an,
hablar de los hazaosos Alonso de Ojeda y Vasco Nez de Balboa. En el
tercero, de la conquista de Mjico por Hernn Corts. El cuarto lo
dedicar al vencedor del Per, Francisco Pizarro, y llevar por ttulo
_El oro y la muerte_. Y en el quinto, en fin, cantar las altas empresas
del fundador de Buenos Aires, don Juan de Garay...

Mientras Blasco Ibez habla con el calor habitual en l, yo le miro
atento, sinceramente maravillado de que en la breve vida de un hombre
quepan tantas ambiciones, tantos proyectos y tantas victorias. Es tarde
y me levanto. El maestro me acompaa hasta el jardn y, ufanamente, mira
 su alrededor. Sus ojos se impacientan y por su rostro, que colorea el
furor de vivir, pasa un gesto de contrariedad.

--Me aburre esta casa--exclama de pronto, como hablando consigo mismo--;
es incmoda, triste... La compr porque no hall entonces nada mejor.
Pero el ao prximo mandar derribarla, y en este mismo solar levantar
otra  mi gusto.

Esta afirmacin le retrata; es el padre de Toni y de Batiste, quien
habla as.

Atravieso el jardn, y al llegar  la calle vuelvo la cabeza para
saludar al novelista. Vicente Blasco Ibez, con su cuerpo erguido y
aplomado sobre las piernas, su aire jaque y su ancha frente baada en
sol, me parece un smbolo: el smbolo del hombre que venci  la Vida y
se siente bien agarrado  una tierra que domin y es suya.

Madrid, Julio 1910.

FIN




                                NDICE


.....Pginas.

 VICENTE BLASCO IBEZ.--I. Biografa.--Sus viajes.--Cmo trabaja.--El
 teatro.--Su concepto de la mujer y de la vida.....5

 II.--Novelas regionales: Arroz y tartana.--Flor de Mayo.--La
 barraca.--Entre naranjos.--Snnica la cortesana.--Caas y
 barro.....25

 III.--Novelas de rebelda: La catedral.--El intruso.--La
 bodega.--La horda.....51

 IV.--Novelas de la tercera poca: La maja desnuda.--Sangre y
 arena.--Los muertos mandan.--Luna Benamor.....69

 V.--Sntesis.--Las mujeres en la obra de Blasco Ibez.--Los
 conquistadores.--El dolor.--Los desenlaces trgicos.....91

 VI.--Una ancdota curiosa.--El libro Argentina y sus
 grandezas.--Proyectos.....107

       *       *       *       *       *

OBRAS DE V. BLASCO IBEZ

=Cuentos valencianos.=

=La condenada= (cuentos).

=En el pas del arte= (viajes).

=Arroz y tartana= (novela).

=Flor de Mayo= (novela).

=La barraca= (novela).

=Entre naranjos= (novela).

=Snnica la cortesana= (novela).

=Caas y barro= (novela).

=La catedral= (novela).

=El intruso= (novela).

=La bodega= (novela).

=La horda= (novela).

=La maja desnuda= (novela).

=Oriente= (viajes).

=Sangre y arena= (novela).

=Los muertos mandan= (novela).

       *       *       *       *       *

OBRAS TRADUCIDAS DEL MISMO AUTOR


 =Terres maudites= (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

 =Fleur de Mai= (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

 =Boue et Roseaux= (Traduccin de Maurice Bixio), Pars.

 =Contes espagnols= (Traduccin de G. Menetrier), Pars.

 =Dans l'ombre de la cathdrale= (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

 =Terras malditas= (Traduccin de Napoleo Toscano), Lisboa.

 =A cathedral= (Traduccin de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa),
 Lisboa.

 =Die Kathedrale= (Traduccin de Josy Priems), Zurich.

 =Flor de Mayo= (Traduccin de Josy Priems), Zurich.

 =Erdfluch= (Traduccin de Wilhelm Thal), Berln.

 =Schilfund Schlamm= (Traduccin de Wilhelm Thal), Berln.

 =Der Eindringling= (Traduccin de J. Broul), Berln.

 =De vloek= (Traduccin del Dr. A. A. Fokker), Haarlem.

 =Waar Oranjeboomen Bloeien= (Traduccin del doctor A. A. Fokker),
 Amsterdam.

 =Chalupa= (Traduccin de A. Pikhart), Praga.

 =Marn chlouba= (Traduccin de A. Pikhart), Praga.

 =Ah, il panel...= (Traduccin de F. Gelormini), Palermo.

 =Hvad en mand har at gove= (Traduccin de Johanne Allen), Copenhague.

 =Vinnyi sklad= (Traduccin de Watson), Petersburgo.

 =Bodega= (Traduccin de K. G.), Petersburgo.

 =Prokliatac Pole= (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

 =Sobor= (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

 =Duoyoy vistrel= (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

 =Gelanznodorognoy zaiaz= (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

 =Naloguiza obnagennaia= (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

 =Arnes sanglantes= (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

 =La horde= (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

 =A cortezan de Sagunto= (Traduccin de Riveiro de Carvalho y Moraes
 Rosa), Lisboa.

 =O intruso= (Traduccin de Carvalho), Lisboa.

       *       *       *       *       *

                 _HISTORIA DE LA REVOLUCIN FRANCESA_

                            Por J. MICHELET

               Traduccin y prlogo de V. BLASCO IBEZ

            Tres gruesos volmenes, encuadernados en tela,
               *  *  *  *  =treinta pesetas=  *  *  *  *


                               HISTORIA
                              SOCIALISTA

                            Por JUAN JAURS

             Cuatro tomos encuadernados en tela y plancha

                *  *  dorada, =cuarenta pesetas=  *  *

                    SE SIRVE TAMBIN POR CUADERNOS

                   *       *       *       *       *

                                 OBRAS

                          DE EDUARDO ZAMACOIS

NOVELAS

La enferma.--Punto-Negro.--Incesto.--Tik-Nay (_El payaso
inimitable_).--Loca de amor.--El seductor.--Duelo  muerte.--Memorias de
una cortesana.--Sobre el abismo.--El otro.

NOVELAS CORTAS

Bodas trgicas.--La estatua.--La quimera.--El lacayo.--Noche de
bodas.--Amar  obscuras.--Semana de pasin (4 volmenes).

TEATRO GALANTE

Nochebuena.--El pasado vuelve.--Fro (un volumen).

CRITICA

Desde mi butaca (_Apuntes para una psicologa de nuestros
actores_).--Impresiones de arte.--Ro abajo.--De mi vida.

CUENTOS

De carne y hueso.--Horas crueles.

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

Universidad de Deuste=> Universidad de Deusto {pg 56}

sagado de la ciudad futura=> sagrado de la ciudad futura {pg 59}

no es innacesible=> no es inaccesible {pg 75}

carcter del novelisa=> carcter del novelista {pg 94}

me lavanto=> me levanto {pg 119}






End of the Project Gutenberg EBook of Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco
Ibez, by Eduardo Zamacois

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MIS CONTEMPORANEOS; 1 VICENTE BLASCO IBEZ ***

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

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increasing the number of public domain and licensed works that can be
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where we have not received written confirmation of compliance.  To
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